




Mijail Sh&#243;lojov


Lucharon Por La Patria


     1942

Traducci&#243;n de Gerardo Escod&#237;n



1

Todav&#237;a no hab&#237;a amanecido. Sobre las anchas praderas soplaba un viento sur tibio, primaveral y rico.

La helada nocturna hab&#237;a endurecido los charcos de nieve fundida que llenaban los caminos. La nieve esponjosa m&#225;s reciente, congelada, se desprend&#237;a en bloque de los barrancos produciendo crujidos caracter&#237;sticos. Empujadas por el viento corr&#237;an hacia el norte por el cielo todav&#237;a oscuro negras nubes que formaban estratos a ras de tierra. Antes de que se viera a los gansos se o&#237;a el flamear intenso de sus alas, que golpeaban el aire h&#250;medo desordenada y ruidosamente. Las bandadas transitaban con lentitud y solemnidad camino de los antiguos anidamientos, camino del calor.

Desde mucho antes del alba Nikolai Streltsof estaba despierto; Nikolai trabajaba en el parque de tractores y m&#225;quinas de Chernoiarsk como agr&#243;nomo jefe. Los postigos chirriaban quejumbrosamente. Por la chimenea soplaba el viento. Una chapa desclavada bat&#237;a sobre el tejado.

Streltsof se demor&#243; tumbado boca arriba y con las manos bajo la cabeza. Su vista vagaba en la penumbra azul del alba; no pensaba en nada. Se limitaba a o&#237;r los embates del viento contra la pared de su casa y, al mismo tiempo, la respiraci&#243;n infantil y tranquila de su mujer, que dorm&#237;a junto a &#233;l.

Pas&#243; un rato; una lluvia ligera empez&#243; a tamborilear sobre el tejado. El agua corr&#237;a por el canal&#243;n con un gorgoteo entrecortado para ir a caer mansamente en la tierra.

No logr&#243; dormirse de nuevo. Se levant&#243;, puso cuidadosa-mente los pies descalzos en el crujiente suelo de madera y se dirigi&#243; a la mesa. Encendi&#243; la l&#225;mpara y se sent&#243; para fumar un cigarrillo. Por las rendijas que hab&#237;a entre las tablas entraba un aire intensamente fr&#237;o. Streltsof encogi&#243; sus largas piernas para acomodarse y se dedic&#243; a o&#237;r el sonido de la lluvia, cada vez m&#225;s intensa.

&#161;Qu&#233; gusto! Y a&#250;n seguir&#225; lloviendo, medit&#243; con alegr&#237;a Streltsof. Decidi&#243; que esa ma&#241;ana ir&#237;a al campo. Le apetec&#237;a contemplar el trigo oto&#241;al del kolj&#243;s V&#237;a al Comunismo; aprovechar&#237;a, adem&#225;s, para preocuparse por las dem&#225;s labores. Cuando acab&#243; de fumar se puso la ropa, se calz&#243; las botas de agua y se ech&#243; el impermeable encima; no encontraba la gorra. La busc&#243; en la entrada penumbrosa de la casa, tras el armario, bajo la mesa y en el perchero.

Cuando pas&#243; ante el dormitorio se detuvo. Olga dorm&#237;a todav&#237;a cara a la pared. Por la almohada se esparc&#237;a su cabellera en desorden, rubia y con un ligero reflejo cobrizo. El tirante de su camis&#243;n, blanqu&#237;simo, contrastaba con un lunar oscuro y moldeaba a la perfecci&#243;n un hombro moreno y lleno.

No oye el viento, la lluvia Puede dormir como si su conciencia estuviera perfectamente en paz, pens&#243; para s&#237; Streltsof observando el oscuro bulto de su mujer con amor y odio al mismo tiempo. Se qued&#243; un rato al pie de la cama y entrecerr&#243; los ojos.

Con un dolor apagado en el coraz&#243;n resucitaban en su esp&#237;ritu los recuerdos, algo desva&#237;dos, algo incoherentes, de un pasado que no hac&#237;a mucho tiempo fue feliz. En todo su ser not&#243; el abandono pausado, tranquilo e inevitable de la alegr&#237;a que le causara la lluvia del amanecer y el impetuoso viento que arrastraba el marasmo del invierno a punto ya para el dif&#237;cil y fatigoso trabajo de los campos del kolj&#243;s

Streltsof sali&#243; sin su gorra. Pero ya no reaccion&#243; como en otros tiempos ante el batir de alas del cielo pizarroso, ni turb&#243; tan intensamente al que hab&#237;a sido apasionado cazador el grito fascinante de una manada de patos en la imperceptible lejan&#237;a.

Algo en su interior se hab&#237;a descompuesto durante ese instante en que tuvo frente a sus ojos el rostro, familiar y extra&#241;o al mismo tiempo, de su mujer. Streltsof encontraba nuevo y diferente todo cuanto le rodeaba; un extra&#241;o mundo sin l&#237;mites, inexplicable, que se ofrec&#237;a a cada nueva realizaci&#243;n de la vida

La lluvia se intensificaba. Ca&#237;an gotas menudas y de trav&#233;s que, lo mismo que en verano, empapaban velozmente la tierra y saciaban su sed con generosidad. Con la cabeza expuesta a la lluvia y al viento, Streltsof no cesaba de aspirar, como esperando sin resultado captar el olor del humus, de la fr&#237;a tierra sin vida. Ni siquiera la primera lluvia despu&#233;s del invierno, inexorable e incolora, aportaba ese aroma ligero de las lluvias primaverales. Al menos eso le parec&#237;a a Streltsof.

Se ech&#243; la capucha del impermeable por encima de la cabeza y se dirigi&#243; a la cuadra para darle heno al caballo. Voronok detect&#243; con su olfato la presencia del amo desde lejos. Relinch&#243; quedamente, removi&#243; sus patas traseras con inquietud e hizo resonar el suelo de madera con las herraduras.

En la cuadra el ambiente era c&#225;lido y seco; ol&#237;a a verano remoto, al heno de la estepa almacenado y al sudor del caballo. Streltsof llen&#243; el pesebre de heno y se quit&#243; la capucha.

El caballo estaba solo y aburrido en la oscuridad de aquella cuadra. Olfate&#243; el heno de mala gana, dio un relincho y se encamin&#243; hacia su due&#241;o roz&#225;ndole ligeramente la mejilla con sus sedosos belfos, hasta que al tropezar con el rudo bigote lanz&#243; un involuntario bufido y le rode&#243; la cara con una bocanada de aire y olor a heno masticado; luego, jugando, se puso a mordisquearle la manga del impermeable. Cuando Streltsof se encontraba de buen humor agradec&#237;a sus mimos y, a veces, charlaba con &#233;l. Pero en este momento no ten&#237;a el &#225;nimo dispuesto. Dio un brusco empuj&#243;n al animal y se dirigi&#243; a la salida.

Voronok, aparentemente ajeno al mal humor de su amo, retozaba cerr&#225;ndole el paso con la grupa. Repentinamente, Streltsof asest&#243; un pu&#241;etazo al lomo del animal mientras, con voz ronca, le gritaba:

&#191;As&#237; que tienes ganas de jugar? &#161;Vete al diablo!

Temblando y retrocediendo con un movimiento nervioso de sus patas traseras, Voronok se qued&#243; pegado a la pared. En ese momento, Streltsof sinti&#243; verg&#252;enza de su inaceptable falta de dominio. Descolg&#243; el farol que pend&#237;a de un clavo y lo deposit&#243; en el suelo sin apagarlo. Despu&#233;s se sent&#243; sobre la silla de montar que se encontraba pr&#243;xima a la puerta y se dispuso a fumar. En seguida coment&#243; en voz baja:

Est&#225; bien, amigo, perd&#243;name, ya tenemos bastante con lo que nos ofrece la vida.

Voronok torci&#243; el cuello bruscamente, gir&#243; un ojo brillante y viol&#225;ceo y despu&#233;s de lanzar una mirada de soslayo a su melanc&#243;lico amo, que segu&#237;a sentado, empez&#243; a masticar con desgana el heno fresco.

Se notaba en el establo un olor apagado de hierbas marchitas de la estepa. La lluvia densa, que parec&#237;a oto&#241;al, ca&#237;a sobre el tejado de juncos. Alboraba un amanecer gris y turbio Streltsof permaneci&#243; mucho rato sentado, con la cabeza baja y los codos pesadamente apoyados en las rodillas. No le apetec&#237;a ir a la casa, donde dorm&#237;a su mujer, no quer&#237;a ver su cabellera rubia, algo rizada, esparcida sobre la almohada, ni el lunar redondo, tan familiar, en el hombro moreno. Quiz&#225;s en el establo estuviera mejor, m&#225;s tranquilo

Cuando abri&#243; la puerta casi hab&#237;a amanecido del todo. Sobre los &#225;lamos hab&#237;a sucios bancos de niebla, una niebla gris que rodeaba los edificios del parque de m&#225;quinas y tractores; la granja, a lo lejos, apenas era visible. Las ramas de una acacia blanca, quemadas por el hielo, temblaban a merced del viento. De pronto, y desde m&#225;s all&#225; del azul de las nubes, reson&#243; en el silencio del amanecer el grito de las grullas. A Streltsof se le oprimi&#243; a&#250;n m&#225;s el coraz&#243;n. Se levant&#243; de inmediato y durante un buen rato aguz&#243; el o&#237;do para o&#237;r los gritos de la bandada de grullas; luego, como en un sue&#241;o, dijo:

&#161;No puedo m&#225;s! Tengo que aclarar las cosas con Olga, llegar hasta el final. &#161;Ya no puedo m&#225;s, no tengo fuerza!

As&#237;, sin alegr&#237;a, inici&#243; su primer d&#237;a verdaderamente primaveral Nikolai Streltsof, angustiado por la tristeza y los celos. Aquel mismo d&#237;a, cuando sali&#243; el sol, surgi&#243; la primera brizna de hierba en la loma arcillosa, junto a la casa de Streltsof. Su punta verde p&#225;lido asomaba por el entramado de hojas oto&#241;ales de arce tra&#237;das por el viento desde lugares lejanos; luego la dobleg&#243; el peso excesivo de una gota de lluvia. Pero de pronto una r&#225;faga de viento del Sur impuls&#243; a ras de tierra las hojas muertas convirti&#233;ndolas en polvo h&#250;medo mientras la brillante gota de lluvia rodaba por tierra. En seguida la hierba se enderez&#243; de nuevo, imperceptible y solitaria en la grandeza de la tierra, tendi&#233;ndose tenazmente y con avidez hacia el sol, eterna fuente de vida.

Al lado de un mont&#243;n de paja, donde el hielo no se hab&#237;a deshecho todav&#237;a, un tractor de la f&#225;brica de Chernoiarsk gir&#243; bruscamente y despidi&#243; gran cantidad de virutas heladas mezcladas con barro y paja; la cadena izquierda del veh&#237;culo se dirig&#237;a r&#225;pidamente al cerco. Apenas se hab&#237;a introducido cuando, con un movimiento brusco, se hundi&#243; por la parte trasera. Todo intento de salir le hund&#237;a todav&#237;a m&#225;s en el agua sucia de esti&#233;rcol, hasta que se detuvo. Un humo azulado envolvi&#243; todo el veh&#237;culo como una nube extendi&#233;ndose por el rastrojo pardo. El motor se puso en marcha a pocas revoluciones y por fin se par&#243;.

El tractorista camin&#243; hacia el barrac&#243;n de la brigada de tractores; le costaba trabajo despegar los pies del barro; mientras caminaba dificultosamente, se limpiaba las manos con un manojo de estopa.

Ya te hab&#237;a dicho, Iv&#225;n Stepanovich, que no hac&#237;a ninguna falta empezar hoy. Mira el resultado: se ha atascado el tractor. &#191;Qui&#233;n lo sacar&#225; de ah&#237;? Tendr&#225;n que trabajar hasta la noche para desatascarlo -dec&#237;a Streltsof de mal humor mientras jugueteaba con su negro bigote. Sin ocultar su irritaci&#243;n miraba el rostro encendido y rollizo del director del parque de m&#225;quinas y tractores.

El director se limit&#243; a responder con un gesto de amargura. Ya cerca del barrac&#243;n dirigi&#243; una mirada bondadosa a Streltsof y, ladeando la cabeza, dijo:

Venga, no te enfades. No hay que enfadarse por tonter&#237;as. No se hundir&#225; tu tractor, no le pasar&#225; nada malo. Los muchachos lo sacar&#225;n antes del anochecer y ma&#241;ana volveremos a probar. El esfuerzo no ha sido in&#250;til. Hay que empezar alguna vez. &#191;O es que vamos a esperar la sequ&#237;a? &#191;Has estado en los cultivos de oto&#241;o?

S&#237;, hace cinco d&#237;as. -&#191;Y qu&#233;?

Nada especial, han soportado bien los fr&#237;os del invierno. All&#225; abajo, junto al barranco de Golog, se ha inundado una parcela.

&#191;De las grandes?

No, poca cosa, unas dos hect&#225;reas. Pero habr&#225; que volver a sembrar. Ahora ir&#233; otra vez por all&#237; a echar una ojeada. &#161;Y no se te ocurra labrar todo en un solo d&#237;a! S&#233; que eres obstinado, pero esta cualidad tuya no har&#225; que la tierra se seque antes. Yo hubiera llevado dos tractores a Staliniest. Ya sabes que all&#237; el terreno es arenoso y se puede arar mejor.

El director, asustado, agit&#243; las manos.

&#191;Y el ganado? &#191;Y el gasto de combustible? &#161;M&#225;s vale que no hables de eso! &#161;Vaya broma, enviar tractores a doce kil&#243;metros por un par de d&#237;as! &#161;Me desollar&#237;an vivo en el comit&#233; regional! &#161; Me acusar&#237;an de no saber distribuir las fuerzas! Me cargar&#237;an la cabeza y me atacar&#237;an. No, ni una palabra de traslados.

O sea que, seg&#250;n t&#250;, es mejor que los tractores permanezcan inactivos.

El director frunci&#243; el ce&#241;o y agit&#243; silenciosamente la mano, como dando la conversaci&#243;n por terminada. No quer&#237;a seguir escuchando los argumentos de Streltsof; aceler&#243; el paso, aloj&#225;ndose. Pero &#233;ste logr&#243; alcanzarle y le pregunt&#243;:

&#191;Por qu&#233; te callas? El silencio no es un argumento a tu favor.

Creo que todo est&#225; dicho; no discutamos m&#225;s aqu&#237;, en el equipo.

Discutamos, pues, en otro lugar.

&#191;D&#243;nde?

En el comit&#233; regional.

Muy pocas veces no se mostraba afable el director. En esta ocasi&#243;n solt&#243; una carcajada y, golpeando con su manaza el hombro de Streltsof, exclam&#243;:

&#161;Qu&#233; ardoroso eres, agr&#243;nomo Nikolai! &#191;Sabes qu&#233; les pasa a los hombres impetuosos como t&#250;? &#161;Casi nada! Intenta decir algo en el comit&#233; regional y te ver&#225;s en un brete. Te acusar&#233; de sustituirme &#161;legalmente y de entrometerte en mis funciones administrativas. &#191;Qu&#233; te parece?

La bondad inagotable del complaciente Iv&#225;n Stepanovich siempre desarmaba al impetuoso Streltsof. Sin bromear pero ya m&#225;s tranquilo, dijo:

No me entrometo, yo s&#243;lo aconsejo

Pero el director le interrumpi&#243;:

Para empezar, no te exaltes. Las emociones pueden perjudicar tu d&#233;bil constituci&#243;n.

Sin embargo, al advertir que Streltsof se enfadaba, abandon&#243; su tono alegre y empez&#243; a hablar como un hombre de negocios.

&#161;Al demonio! Quiz&#225; tengas raz&#243;n. Lo pensar&#233;, lo hablar&#233; en el equipo y si merece la pena, por la noche trasladaremos los tractores a Staliniest. Indudablemente, all&#237; ya pueden empezar. Pero yo pensaba que Romanenko podr&#237;a arregl&#225;rselas solo. Hay que llamarle para saber si se ha puesto ya a arar o si a&#250;n no se ha decidido.

Y hablando al tractorista que se acercaba, movi&#243; la cabeza con gesto de reproche, diciendo:

&#161; Ay, Fiodor, Fiodor! &#191;C&#243;mo se te ocurre hundir el tractor? Y eso que serviste en tanques y te distinguieron cuando eras soldado

El tractorista Fiodor Beliavin era apodado por sus compa&#241;eros, no sin malicia, Escarabajo Negro. Llevaba zapatos negros, pantalones negros de algod&#243;n y una prenda del mismo color como abrigo, echada sobre los hombros; una gorra de cuero negro con orejeras, por debajo de la cual asomaba un mech&#243;n negro; su rostro estaba tiznado de manchas de gasolina imposibles de lavar y todo ello justificaba sobradamente el apodo con que le designaban.

Gui&#241;ando los ojos burlonamente hizo centellear el azul de sus pupilas y el blanco de sus dientes; luego respondi&#243;:

Se ha hundido por tu culpa, Iv&#225;n Stepanovich. Todos te lo dijimos, el brigada, el agr&#243;nomo y todos los tractoristas, que no pasar&#237;a. Es in&#250;til discutir contigo. Todos estamos empe&#241;ados en lo mismo. Y ahora m&#237;ralo si quieres, pero ay&#250;danos a sacarlo. Tienes fuerzas suficientes para ello. Tienes un aspecto tan bueno como el de la f&#225;brica de tractores de Chernoiarsk. &#161;Ya te has cuidado durante el invierno!

&#161;Ya est&#225;s lloriqueando otra vez! -exclam&#243; el director sin inmutarse y con tono ligeramente despectivo -. &#161;Vaya! Se te saltan las l&#225;grimas y los muchachos te consideran un h&#233;roe. Creo que est&#225;n equivocados Vayamos a ver qu&#233; has hecho.

Se acercaron los dos al tractor. El brigada tambi&#233;n llegaba con dos tractoristas. Streltsof, de mala gana, fue hacia el barrac&#243;n junto al que estaba atado Voronok. No quer&#237;a marcharse del equipo, donde respiraba con m&#225;s libertad. En el trabajo y rodeado de gente le resultaba m&#225;s f&#225;cil soportar la desgracia que le hab&#237;a ca&#237;do encima. Pero tambi&#233;n deb&#237;a echar una ojeada a las labores en el exterior de los koljoses. Caminaba lentamente sobre la hierba marchita y aplastada; se miraba los pies intentando alejar el pensamiento de su mujer y de sus relaciones con el profesor Ovrazin, de todo lo que en los &#250;ltimos tiempos le oprim&#237;a el coraz&#243;n con un peso amargo y vergonzoso que no le dejaba ni de noche ni de d&#237;a y le estorbaba para vivir y trabajar.

&#161;Qu&#233;dese a almorzar con nosotros, camarada Streltsof! He cocinado unas gachas como no las ha comido usted en su vida  le dijo Marfa, la cocinera del equipo, cuando Streltsof, con la cabeza inclinada, pasaba junto a la cocina de campa&#241;a, instalada junto al barrac&#243;n por las manos h&#225;biles de uno de los tractoristas, avezado a aquellos trabajos.

Streltsof asinti&#243; agradecido con la cabeza y sin querer le dedic&#243; una sonrisa.

Bueno, Marfa, s&#237;rveme, que no volver&#233; a casa hasta la noche.

Se sent&#243; en uno de los escalones del barrac&#243;n, tom&#243; de manos de la cocinera el plato con las gachas y record&#243; que no hab&#237;a probado bocado desde la ma&#241;ana del d&#237;a anterior. Despu&#233;s de saborear unas cuantas cucharadas dej&#243; el plato en el suelo y, una vez m&#225;s, extrajo de su vieja pitillera de cuero un cigarrillo arrugado



2

Unas nubes totalmente blancas se diseminan y se paran a merced del viento en el cielo cegadoramente azul y ardoroso por el sol estival. En el camino han dejado sus marcas claramente se&#241;aladas los tanques; sus huellas se cruzan con las de los autom&#243;viles. Aqu&#237; y all&#225; la estepa parece asfixiada por el calor agobiante. La hierba est&#225; marchita y medio agostada. De los terrenos salinos surge un resplandor p&#225;lido e inerte; sobre las lomas lejanas hay una niebla azulada y temblorosa, ligera. Alrededor todo es tan silencioso que puede o&#237;rse desde muy lejos el grito ronco del topo. El zumbido de las alas de los saltamontes vibra en el aire caliente.

En las primeras filas iba Nikolai. Al llegar a la cima de la monta&#241;a se volvi&#243; para mirar atr&#225;s. De un solo vistazo abarc&#243; a todos los supervivientes de la batalla. Estaban junto a la granja del Olmo Seco. Avanzaban en una apretada columna ciento diecisiete soldados y oficiales, lo que quedaba del regimiento terriblemente diezmado en los &#250;ltimos combates. Marchaban con paso cansino, sufriendo el polvo de la estepa que se arremolinaba a su alrededor. Junto a la cuneta caminaba cojeando el capit&#225;n Sumskov, que ostentaba la comandancia en jefe del regimiento por muerte del comandante titular, de modo que hab&#237;a tenido que dejar el cargo de comandante del segundo batall&#243;n. El sargento Liubchenko llevaba sobre el hombro, envuelta el asta en una funda, la bandera del regimiento, que hab&#237;a podido ser salvada en la retirada. Los soldados con heridas leves iban tambi&#233;n caminando con las vendas manchadas de polvo.

En el lento caminar de aquel destrozado regimiento hab&#237;a algo grandioso y conmovedor. La mesurada conducta de los hombres, agotados por los combates, el calor, las noches de insomnio y las largas caminatas, no ocultaba su disposici&#243;n a desplegarse de nuevo y comenzar otra vez la lucha en el momento preciso.

Nikolai ech&#243; una ojeada r&#225;pida a los rostros conocidos, ennegrecidos y flacos. &#161; Cu&#225;ntos hab&#237;a perdido el regimiento en aquellos cinco d&#237;as malditos! Not&#243; que sus labios secos empezaban a temblar y se apresur&#243; a volver la cabeza. Inesperadamente, unos sollozos se le atragantaron y se ech&#243; sobre los ojos la visera del casco recalentado para que sus compa&#241;eros no vieran las l&#225;grimas. He perdido el aplomo, estoy destrozado Es la consecuencia del calor, del cansancio, pensaba mientras mov&#237;a dificultosamente los pies, que le pesaban como el plomo, procurando no acortar el paso.

Caminaba sin volverse, mir&#225;ndose torpemente los pies. Sin embargo, y como en un sue&#241;o inoportuno, acud&#237;an a su mente inn&#250;meras escenas de la lucha reciente que quedaron grabadas para siempre en su memoria y que hab&#237;an causado aquella gran retirada. Ve&#237;a de nuevo arrastrarse los pesados tanques alemanes por las laderas de la monta&#241;a; a los soldados que se cruzaban corriendo por doquier, envueltos en polvo y con sus armas autom&#225;ticas, las negras columnas de humo, los combatientes del batall&#243;n vecino que se retiraban en desorden campo a trav&#233;s, entre los trigales sin segar. Despu&#233;s el enfrentamiento con la infanter&#237;a motorizada enemiga, la retirada del punto en que se hallaban medio sitiados, el mort&#237;fero fuego desde los flancos, los girasoles destrozados, el ca&#241;&#243;n estriado de la ametralladora enterrado en un embudo mientras su servidor yac&#237;a muerto, despedido por la explosi&#243;n, boca arriba, cubierto de p&#233;talos de girasol, extra&#241;a y horriblemente salpicados de sangre.

Aquel d&#237;a los bombarderos alemanes hicieron cuatro incursiones en la retaguardia del regimiento. Los cuatro ataques sucesivos de los tanques enemigos fueron rechazados. Han luchado bien pero no han podido resistir, pens&#243; Nikolai record&#225;ndolo.

Cerr&#243; los ojos un instante y vio de nuevo los girasoles florecientes entre los cuales se encontraba tirado el servidor de la ametralladora. Incoherentemente le asaltaban pensamientos extra&#241;os; se preguntaba por qu&#233; no hab&#237;an recogido las semillas de girasol; quiz&#225; porque en el kolj&#243;s no hab&#237;a suficiente mano de obra, muchos koljoses estaban ahora cubiertos de hierbajos y a&#250;n no se hab&#237;an recolectado las semillas de los girasoles desde la primavera. Le parec&#237;a que el servidor de la ametralladora era un hombre de los de verdad porque, de no ser as&#237;, &#191;c&#243;mo se hab&#237;a apiadado de &#233;l la muerte en el campo de batalla y no le hab&#237;a destrozado, sino que se le ve&#237;a cubierto por una especie de bandera de girasoles, con los brazos abiertos? Nikolai pens&#243; despu&#233;s que todo eso no eran m&#225;s que tonter&#237;as, que hab&#237;a visto a muchos hombres valientes destrozados por la metralla, horriblemente deformados, que lo del servidor de la ametralladora era una casualidad: una onda explosiva le hab&#237;a lanzado y hab&#237;a ca&#237;do sobre el cad&#225;ver una lluvia de p&#233;talos de girasol roz&#225;ndole el rostro como si fuera la &#250;ltima caricia del invierno. Pod&#237;a parecer hermoso, pero en la guerra la belleza exterior tiene algo de sacrilegio; de ah&#237; que retuviera en su memoria durante mucho tiempo a ese soldado, con su guerrera clara y descolorida, sus fuertes brazos extendidos sobre la c&#225;lida tierra, sus ojos azules inertes abiertos al sol

Con un esfuerzo de voluntad Nikolai ahuyentaba los recuerdos in&#250;tiles. Decidi&#243; que quiz&#225; fuera mejor no pensar en nada, mantener los ojos cerrados, dejarse llevar por el pesado ritmo de la marcha, intentar olvidar el dolor sordo de la espalda y de los pies hinchados.

Sent&#237;a sed. Aunque estaba seguro de que no le quedaba una gota de agua en la cantimplora, estir&#243; el brazo e hizo adem&#225;n de beber; s&#243;lo logr&#243; tragar la pegajosa saliva que ten&#237;a en la garganta.

El viento hab&#237;a disipado el polvo de la ladera de la monta&#241;a. S&#250;bitamente sus pisadas empezaron a retumbar sobre el suelo duro; sus pies ya no se hund&#237;an en el polvo. Nikolai abri&#243; los ojos. Abajo se divisaba una aldea de cosacos, medio centenar de chozas rodeadas de huertos y la ancha llanura limitada por el riachuelo de la estepa. Vistas desde arriba las peque&#241;as y blancas chozas resplandec&#237;an como cantos rodados esparcidos desordenadamente por la hierba.

La tropa silenciosa se reanim&#243; y se oyeron voces:

Tendr&#237;amos que hacer alto aqu&#237;.

Claro. Hemos caminado cerca de treinta kil&#243;metros desde la ma&#241;ana.

Detr&#225;s de Nikolai, alguien hizo un chasquido con los labios y dijo con voz enronquecida:

Necesitar&#237;amos cada uno medio cubo de agua helada del manantial

Tras pasar ante las aspas inm&#243;viles del molino entraron en la aldea. Terneros de manchas rojizas deambulaban perezosa-mente por la hierba descolorida, junto al cercado; una gallina cacareaba; las malvas inclinaban sus flores rojizas tras las vallas; en una ventana abierta se mov&#237;a un visillo blanco Streltsof se sinti&#243; invadido por una paz y tranquilidad inesperadas y abri&#243; los ojos; contuvo la respiraci&#243;n como temiendo que esta paz  que anta&#241;o hab&#237;a experimentado en alguna ocasi&#243;n- se desvaneciera al momento como un espejismo en el aire caliente.

En la plaza se apag&#243; de nuevo el paso r&#237;tmico de la infanter&#237;a. S&#243;lo se o&#237;a c&#243;mo las botas golpeaban la hierba mientras se cubr&#237;an de polen verde.

Incluso a esta aldea, perdida en la estepa del Don, hab&#237;a llegado la guerra. En los patios cercanos a los establos estaban los veh&#237;culos del batall&#243;n m&#233;dico; por las calles deambulaban los soldados del regimiento de zapadores del ej&#233;rcito rojo. Camiones de tres ejes cargados hasta los topes transportaban hacia el r&#237;o las tablas de sauce reci&#233;n aserradas. En un huerto, junto a la plaza, estaba emplazada una bater&#237;a antia&#233;rea. Al lado de los &#225;rboles las piezas de artiller&#237;a estaban perfectamente camufladas entre el follaje verde; en el fondo de los hoyos reci&#233;n abiertos se hacinaban montones de hierba y cerca del callej&#243;n de las bater&#237;as se alzaba un tronco desafiante en el que se apoyaba una ancha rama de manzano, casi abatida por el peso de los frutos de color verde p&#225;lido, que no hab&#237;an tenido tiempo de madurar.

Sviaguintsev empuj&#243; a Nikolai con el codo mientras le dec&#237;a jovialmente:

&#161;Pero si es nuestra cocina, Nikolai! &#161;Levanta las narices! Descansamos, tenemos un r&#237;o con agua y a Pietka Lisichenko en la cocina, &#191;qu&#233; m&#225;s quieres?

El regimiento acamp&#243; a la orilla del r&#237;o, en un gran jard&#237;n abandonado. Nikolai beb&#237;a a peque&#241;os sorbos el agua fr&#237;a y ligeramente salada, deteni&#233;ndose de vez en cuando para volver a aplicar despu&#233;s los labios al borde del cubo. Mientras le observaba, Sviaguintsev habl&#243;:

Lo mismo que cuando lees las cartas de tu hijo: lees un trozo, te paras y vuelves a leer. Yo prefiero no alargar las situaciones. Bueno, p&#225;same el cubo, que si no te vas a hinchar.

Tom&#243; el cubo de manos de Nikolai y bebi&#243;, echando la cabeza hacia atr&#225;s, a sorbos largos y ruidosos como si fuera un caballo. Su nuez, cubierta de vello rojizo, se desplazaba de arriba abajo y sus ojos estaban entornados. Despu&#233;s de beber lanz&#243; un gru&#241;ido y se pas&#243; la bocamanga de la guerrera por los labios y la barbilla; luego, malhumorado, dijo:

No es que el agua sea muy buena. Lo &#250;nico que tiene es que est&#225; fr&#237;a y mojada. Si se le pudiera quitar la sal &#191;Quieres beber m&#225;s?

Nikolai hizo un gesto negativo con la cabeza y Sviaguintsev le espet&#243;:

Tu hijo te escribe a menudo, en cambio no he visto que recibieras cartas de tu mujer. &#191;Eres viudo?

Nikolai, que no esperaba tal pregunta, contest&#243;:

No tengo mujer. Estoy divorciado.

&#191;Desde hace tiempo?

Hace un a&#241;o.

&#161;Vaya! -exclam&#243; Sviaguintsev con tono compasivo -. &#191;D&#243;nde est&#225;n tus hijos? Tienes dos, &#191;verdad?

S&#237;, dos. Est&#225;n con mi madre.

&#191;Dejaste a tu mujer, Nikolai?

No, ella me abandon&#243; El primer d&#237;a de guerra. Cuando regres&#233; a casa del servicio, ella ya no estaba. Se march&#243; dejando una nota

Nikolai hablaba con tranquilidad, pero de repente se interrumpi&#243; y qued&#243; en silencio. Ten&#237;a el ce&#241;o fruncido y los labios apretados mientras se dirig&#237;a a la sombra del manzano y empezaba a descalzarse silenciosamente. Sent&#237;a profundamente lo que hab&#237;a dicho. Hab&#237;a necesitado un a&#241;o entero para albergar dentro de su coraz&#243;n este dolor sordo e inexpresable y soltarlo ahora sin necesidad a la primera persona que le demostraba cierta compasi&#243;n. &#191;Qu&#233; le hab&#237;a impulsado a hablar? &#191;Por qu&#233; le hab&#237;an de interesar sus problemas a Sviaguintsev?

&#201;ste, que no pod&#237;a percibir la expresi&#243;n contrita de Nikolai, sigui&#243; con su interrogatorio:

&#161;Qu&#233;! &#191;Se busc&#243; otro, la muy sinverg&#252;enza?

No lo s&#233; -respondi&#243; Nikolai cortante.

&#161;Eso quiere decir que lo encontr&#243;! -exclam&#243; Sviaguintsev exaltado, haciendo oscilar la cabeza con desconsuelo -. &#161;C&#243;mo son estas mujeres! Se ve a la legua que eres todo un se&#241;or y seguro que ten&#237;as un buen salario. &#191; Qu&#233; m&#225;s pod&#237;a querer? Si al menos hubiera pensado en sus hijos, la muy perra

Entonces Sviaguintsev logr&#243; vislumbrar el rostro de Nikolai oculto bajo el casco y se dio cuenta inmediatamente de que no deb&#237;a proseguir con aquel tipo de conversaci&#243;n. Con ese tacto propio de las personas bondadosas y sencillas, se qued&#243; en silencio, suspir&#243; y cambi&#243; la postura de sus piernas. Luego se sinti&#243; apenado por aquel hombre fuerte y vigoroso que era su compa&#241;ero en el combate y que compart&#237;a con &#233;l, desde hac&#237;a dos meses, los rigores y las necesidades del soldado. Intent&#243; consolarle y sent&#225;ndose a su lado le dijo:

Nikolai, no te atormentes por ella. Espera a que la guerra termine y entonces veremos qu&#233; pasa. Adem&#225;s tienes hijos y eso es lo m&#225;s importante. Los hijos, amigo, son lo principal. Yo creo que en ellos se encuentra el fundamento de la vida. Ellos ser&#225;n los encargados de reordenar la destrozada existencia; la guerra habr&#225; servido para algo. En cuanto a las mujeres, sinceramente, no hay quien las entienda. Alguna que otra acaba encontrando lo que quiere. La mujer es un animal astuto. &#161;Yo las conozco a fondo, amigo! Mira esta cicatriz que tengo en el labio superior. Tambi&#233;n procede de algo que sucedi&#243; el a&#241;o pasado. Fue durante la fiesta del 1 de mayo; nos reunimos para echar unos tragos varios compa&#241;eros del trabajo de las m&#225;quinas y yo. Era una celebraci&#243;n casi en familia y ven&#237;an tambi&#233;n nuestras respectivas mujeres. Como es l&#243;gico, beb&#237; un poco m&#225;s de la cuenta, y mi mujer tambi&#233;n. Pero ella es como un alem&#225;n con un arma autom&#225;tica cargada; si le das un fusil no quedar&#225; contenta hasta que haya vaciado el cargador y, aunque sea a la fuerza, sabr&#225; hacerse due&#241;a de cualquier situaci&#243;n.

En la fiesta hab&#237;a una muchacha que bailaba primorosamente unas danzas gitanas. Yo la segu&#237;a con la vista, interesado pero sin ninguna intenci&#243;n oculta. Entonces mi mujer se me acerca y d&#225;ndome un pellizco me susurra al o&#237;do: "&#161;No mires!" Pienso: "Ya volvemos a las andadas. &#191;Tendr&#233; que poner cara de vinagre durante toda la fiesta?" As&#237; que vuelvo a mirar a la bailarina. Veo a mi mujer que de nuevo se acerca a m&#237; y me pellizca en una pierna con tanta fuerza que me hace da&#241;o: "&#161;No mires!" Me doy la vuelta y me digo: "&#161;Al diablo! No mirar&#233;, me privar&#233; de ese placer." Despu&#233;s del baile nos dirigimos a la mesa. Mi mujer se sienta a mi lado con unos ojos que parecen los de un felino: redondos y chispeantes. Yo estoy dolido de los cardenales que han dejado los pellizcos en los brazos y en las piernas. Sin darme cuenta miro a la muchacha y pienso: "&#161;Idiota!, y todo esto por tu culpa. T&#250; ah&#237; moviendo las pantorrillas y mientras tanto yo aqu&#237;, pagando las consecuencias." A&#250;n no hab&#237;a terminado de pensar esto cuando mi mujer agarra de encima de la mesa un plato de esta&#241;o y lo lanza contra m&#237;. Cierto es que el blanco era perfecto; yo entonces ten&#237;a la cara m&#225;s gorda. No te lo creer&#225;s, pero el plato se rompi&#243; por la mitad y empez&#243; a brotarme sangre de las orejas y de la nariz como si tuviera una herida muy grave.

Ya te puedes imaginar, la muchacha se asusta y se pone a gritar y el acordeonista, levantando los pies por encima de la cabeza, se revuelca en el sof&#225; riendo y gritando con su voz terriblemente desagradable: "&#161;P&#233;gale con el samovar; ya ver&#225;s como no le tumba!" Yo, que no ve&#237;a muy claro, me levanto y sin hacerle nada a mi mujer, como si fuera su hermanito, le digo: "&#191;Qu&#233; te pasa, fiera? &#191;Desde cu&#225;ndo solucionas as&#237; tus asuntos?" Y ella me contesta con parsimonia: "&#161;Ya te dije que no miraras a la muchacha, demonio colorado!" Me tranquilizo un poco, me siento y me dirijo a ella trat&#225;ndola de usted: "Natacha Filipovna  le digo-, &#191;usted cree que son maneras de demostrar su educaci&#243;n? Tenga en cuenta que es un gesto de groser&#237;a andar lanzando platos a la cabeza de la gente. Pero ya tendremos ocasi&#243;n de hablar usted y yo en casa, como se debe."

Bueno, el caso es que me arruin&#243; la fiesta. Ten&#237;a el labio partido en dos, un diente medio colgando, la camisa blanca bordada te&#241;ida de sangre y la nariz torcida con un hermoso hematoma. Tuvimos que abandonar la fiesta. Nos levantamos, dijimos adi&#243;s a los due&#241;os, nos disculpamos como corresponde y nos dirigimos a casa. Ella caminaba delante y yo, como un culpable, detr&#225;s. La maldita hizo todo el recorrido muy vivaracha pero nada m&#225;s llegar a la puerta de casa se desmay&#243;. Tendida en el suelo, sin respirar y con la cara encendida como una granada, apenas si le quedaba una peque&#241;a rendija en el ojo izquierdo a trav&#233;s de la cual poder mirarme. "Bueno -pienso-, tampoco es momento para re&#241;irle. No vaya a ser que le ocurra algo malo." Me las arreglo como puedo para echarle un poco de agua por encima y quitarle el susto de la muerte. Pasan unos momentos y vuelve a desmayarse. Esta vez, ni siquiera ha dejado el ojo entreabierto. Le echo de nuevo un cubo de agua, vuelve en s&#237; y de repente empieza a gritar, se deshace en l&#225;grimas, patalea: "&#161;Eres esto y lo de m&#225;s all&#225;! -exclama -. Me has echado a perder mi blusa nueva de seda, la has dejado toda mojada. &#161;Traidor! &#161;Se te va la vista detr&#225;s de cualquier mujerzuela! &#161;Eres un monstruo, no puedo vivir contigo!", y otras cosas por el estilo. "Bueno -pienso -, se acuerda de su blusa y patalea, eso significa que sigue con vida, que a&#250;n pasar&#225; el invierno. &#161;Pobrecita!"

Me siento a la mesa, fumo y observo. Mi agradable mujercita se encamina hacia el ba&#250;l y hace un hatillo con sus cosas. Luego se va con &#233;l hasta la puerta y me dice: "Me voy de tu casa. A partir de ahora vivir&#233; con mi hermana." No intento contradecirle, pues me doy cuenta de que tiene en su cuerpo al mism&#237;simo Satan&#225;s, as&#237; que le doy la raz&#243;n: "S&#237;, ve -le digo -, all&#237; estar&#225;s mejor." "&#161; Ah, de modo que esas tenemos! -grita -. &#191;Tanto me quieres que ni siquiera haces nada por retenerme? Bueno, pues ahora no me marcho. Me ahorcar&#233; y la conciencia te remorder&#225; toda tu vida, &#161;hijo de perra!"

Sviaguintsev, animado por aquellos recuerdos, sac&#243; la petaca, sonri&#243; ladeando la cabeza y se dispuso a liar un cigarrillo. Nikolai, que ten&#237;a los calcetines calientes y h&#250;medos por el sudor de las manos, tambi&#233;n sonre&#237;a aunque se sent&#237;a so&#241;oliento y d&#233;bil. Ten&#237;a que ir a lavar los calcetines hasta el pozo pero se sent&#237;a atra&#237;do por la charla de Sviaguintsev y no quer&#237;a interrumpirle; adem&#225;s le faltaban fuerzas para levantarse y caminar a pleno sol. Una vez hubo encendido el cigarrillo, Sviaguintsev continu&#243; su relato:

Lo pens&#233; un momento y le dije: Muy bien, Natacha Filipovna, ah&#243;rcate; encontrar&#225;s una cuerda detr&#225;s del ba&#250;l. Dej&#243; el hatillo, cogi&#243; r&#225;pidamente la cuerda y se dirigi&#243; a la habitaci&#243;n de arriba. Movi&#243; un poco la mesa y luego sujet&#243; un cabo de la soga al gancho que en otros tiempos hab&#237;a servido para atar la cuna; en el otro cabo hizo un nudo corredizo que se pas&#243; alrededor del cuello. Pero en vez de saltar de la mesa, dobla las rodillas apoyando la barbilla en el lazo y empieza a soltar estertores como si realmente se estuviera ahorcando. Yo mientras tanto segu&#237;a sentado en la mesa desde donde pod&#237;a ver todo lo que ella estaba haciendo en aquella habitaci&#243;n a trav&#233;s de la puerta abierta. Transcurridos unos momentos, coment&#233; en voz alta: &#161;Vaya, afortunadamente parece que se ha ahorcado! Acab&#243; mi sufrimiento. &#161;Ten&#237;as que haber visto c&#243;mo salt&#243; de la mesa y corri&#243; hacia m&#237; con los pu&#241;os cerrados! &#191;De modo que estar&#237;as satisfecho si me hubiera ahorcado?  grit&#243; -. &#161;Qu&#233; amoroso es mi marido! Tuve que apaciguarla por la fuerza bruta. A pesar de que hab&#237;a tragado casi un litro de vodka, se me pas&#243; la borrachera como si me hubieran dado un pu&#241;etazo. Despu&#233;s de esta escena me pongo a pensar: Mucha gente se ha ido a ver la representaci&#243;n a la Casa del Pueblo y yo tengo funci&#243;n gratis en mi propia casa. Me dio la risa y hasta me puse contento.

Ya ves de qu&#233; cosas son capaces las mujeres. &#161;Son de lo que no hay! Y m&#225;s vale que los ni&#241;os no estaban aquella noche en casa; se los hab&#237;a llevado una de mis parientes. De no ser as&#237; les habr&#237;amos dado un buen susto.

Sviaguintsev permaneci&#243; en silencio durante un buen rato, pero luego reanud&#243; la conversaci&#243;n aunque sin el mismo entusiasmo de antes:

No creas, Nikolai, que siempre ha sido as&#237;. Ella empez&#243; a estropearse hace dos a&#241;os. Y para decirlo claramente, la estrope&#243; la literatura.

Durante ocho a&#241;os nuestra vida transcurri&#243; con normalidad. Ella trabajaba como tractorista: ni se mareaba ni inventaba ninguna clase de truco. Luego empez&#243; a leer libros y las cosas cambiaron. Tiene una manera de hablar tan culta que nunca utiliza palabras corrientes, s&#243;lo utiliza las m&#225;s complicadas. Muchas noches las pasa enteras leyendo, de modo que durante el d&#237;a anda como una cabra de un lado a otro y cay&#233;ndosele todo de las manos. En una ocasi&#243;n se me acerc&#243; dulzona y me dijo: "Vania, alguna vez deber&#237;as dirigirte a m&#237; con palabras un poco m&#225;s elevadas. Jam&#225;s he o&#237;do de tus labios palabras tiernas como las que se emplean en los libros." Me entr&#243; como una especie de odio. "Ya basta de lecturas", me digo a m&#237; mismo; y a ella: "Natacha, te est&#225;s volviendo idiota. Llevamos diez a&#241;os viviendo juntos, hemos criado a tres hijos y &#191;a santo de qu&#233; tengo que declararme ahora? &#161;Ya no tengo la lengua para esas cosas! Desde que era joven nunca he utilizado palabras tiernas, he tenido que utilizar mis manos y ahora no voy a cambiar. &#161;No vayas a pensar que estoy tan loco! Y a ti, m&#225;s te valdr&#237;a ocuparte de los ni&#241;os y no de leer tanto libro." Porque es cierto que los ni&#241;os no est&#225;n atendidos, corretean por doquier como golfillos y en la casa no hay orden ni concierto.

Imag&#237;nate, Nikolai, &#191;acaso se puede consentir eso? Por supuesto, no estoy en contra de los libros que pueden instruirle a uno, como los que tratan de motores, de cosas t&#233;cnicas. Yo tambi&#233;n ten&#237;a varios libros y muy interesantes. Sobre el cuidado del tractor, uno acerca del motor de combusti&#243;n interna, otro sobre la instalaci&#243;n de un motor Diesel y no digamos sobre m&#225;quinas complejas, las que realizan el trabajo de un mont&#243;n. Le he dicho cantidad de veces: "Natacha, deber&#237;as leer ese libro sobre el tractor; es muy curioso, tiene dibujos y esquemas. Trabajas de tractorista, as&#237; que debes conocerlo." &#191;Te parece que lo ha le&#237;do? &#161;Qu&#233; va! Hu&#237;a de mis libros como de la peste; para ella s&#243;lo cuenta la literatura de esa que trata sobre el amor y nada m&#225;s. Re&#241;&#237; con ella, intent&#233; convencerla de que no obraba correctamente, pero fue todo in&#250;til. Pegarle no, porque en mi vida le he pegado. Fui herrero durante seis a&#241;os, antes de trabajar en las m&#225;quinas, y me qued&#243; una mano muy dura.

As&#237; transcurr&#237;a nuestra vida familiar antes de que me llamaran a filas, amigo. Y si crees que ahora que estamos separados estamos mejor, te dir&#233; que es m&#225;s bien todo lo contrario. Te hablar&#233; con franqueza y en secreto: no logro de ninguna manera poner orden en mi correspondencia con Natacha Filipovna; no lo logro por m&#225;s que llore. Ya sabes, Nikolai, aqu&#237; en el frente todos recibimos con alegr&#237;a las cartas de nuestras casas, incluso nos las leemos unos a otros en voz alta; t&#250; mismo me has le&#237;do alguna carta de tu hijito. Sin embargo, a m&#237; me da verg&#252;enza leer las cartas de mi mujer. Cuando todav&#237;a no nos hab&#237;amos alejado de Jarkov, recib&#237; tres cartas suyas una detr&#225;s de otra, y cada una empezaba as&#237;: "&#161;Mi pollito adorado!" Cuando leo tal cosa se me ponen los pelos de punta. Me pregunto de d&#243;nele ha podido sacar semejante calificativo gallin&#225;ceo y la respuesta no puede ser otra que de los libros. &#191; No estar&#237;a mejor que escribiera "querido Vania" o algo por el estilo? &#161;Pero "pollito"! Cuando estaba en casa me llamaba cada vez m&#225;s frecuentemente "demonio colorado" y ahora que me he marchado, me he convertido en "pollito". En todas las cartas me contaba las cosas como si nada: que los ni&#241;os se encontraban bien y que el parque de m&#225;quinas y tractores segu&#237;a como siempre y luego, en el resto de p&#225;ginas, empieza a hablar de amor pero con unas palabras tan extra&#241;as, tan literarias, que se me escapan las ideas y la vista empieza a fallarme

Dos veces le&#237; estas cartas insoportables y me sent&#237; como borracho. Slyusarev, de la segunda secci&#243;n, se me acerca y me pregunta: "&#161;Qu&#233;, muchacho! &#191;Alguna novedad en casa?" Escondo r&#225;pidamente la carta en el bolsillo y me limito a hacerle un gesto con la mano, como d&#225;ndole a entender:

'L&#225;rgate, simp&#225;tico, d&#233;jame en paz.' Me vuelve a preguntar: '&#191;Todo va bien por all&#225;? Por la cara que pones parece que ha habido una desgracia.' Y yo, &#191;qu&#233; puedo decirle? Lo pienso un instante y respondo: 'La abuelita, mira, se me ha muerto la abuelita.' As&#237; ya no me molesta y se va.

Cuando cae la noche, me pongo a escribir a mi mujer. Le mando recuerdos para los ni&#241;os, para los dem&#225;s familiares y luego paso a explicarle detenidamente todo lo relacionado con el servicio. M&#225;s adelante le escribo: "No me llames de cualquier modo pues tengo mi nombre de pila; acaso hace treinta y cinco a&#241;os se me pod&#237;a considerar un 'pollito' pero ahora soy un gallo hecho y derecho, y lo de 'pollito' no corresponde a mis ochenta y dos kilos. Y lo que es m&#225;s, te ruego que dejes de hablarme de amor y de marearme. Quiero saber c&#243;mo van las cosas en el parque de m&#225;quinas, cu&#225;les son los amigos que permanecen en casa y qu&#233; tal funciona el nuevo director"

Bueno, pues recib&#237; la respuesta poco antes de la retirada. Me tiemblan las manos cuando cojo la carta, la abro y &#161;me da una especie de fiebre!

Me dice: "Hola, mi adorado gatito" y durante cuatro p&#225;ginas m&#225;s no me habla m&#225;s que de amor. Del parque de m&#225;quinas, ni menci&#243;n. En alg&#250;n p&#225;rrafo, en vez de llamarme Iv&#225;n me llama Eduardo. Pienso: "Bueno, es el colmo; est&#225; claro que ese est&#250;pido amor lo saca de los libros. Si no, no me explico de d&#243;nde sale ese Eduardo. &#191;Y por qu&#233; pone tantas comas en sus cartas? Antes no sab&#237;a ni que existieran y ahora no hay manera de entender lo que escribe; su carta tiene tantas comas como pecas tendr&#237;a un hombre comido por la viruela. &#191;Y los apodos? Primero 'pollito', luego 'gatito' &#191;Qu&#233; me llamar&#225; la pr&#243;xima vez? En su quinta carta igual me llama 'tesoro' o cualquier tonter&#237;a de esas que se dicen a los ni&#241;os de pecho. Ni que hubiera nacido en un circo" Tengo un manual de la f&#225;brica de tractores de Chernoiarsk que me traje de casa y lo suelo llevar conmigo por si alguna vez tengo ganas de darle un vistazo. Pues bien, me daban ganas de copiar un par de p&#225;ginas y envi&#225;rselas, as&#237; me las pagar&#237;a todas juntas. Luego cambi&#233; de idea. Tal vez se sintiera ofendida. De cualquier manera, algo tengo que inventar para sacarle de la cabeza esas historias &#191;Qu&#233; har&#237;as t&#250; en mi caso, Nikolai?

Sviaguintsev mir&#243; a su compa&#241;ero y lanz&#243; una exclamaci&#243;n amarga. Nikolai, boca arriba, dorm&#237;a profundamente. Sus dientes torcidos blanqueaban por debajo de su ralo bigote oscuro y en las comisuras de sus labios se apreciaba la sombra de una sonrisa que no termin&#243; de escapar de su boca, dej&#225;ndole &#250;nicamente unas arrugas.



3

A Nikolai apenas le cost&#243; despertarse. Un vientecillo ligero mov&#237;a el follaje del manzano.

En la hierba resplandec&#237;a la claridad de la luz haciendo formas cambiantes. Cerca de all&#237; arrullaba una t&#243;rtola, aunque su voz era apagada por el motor de un tractor, que sonaba entrecortadamente.

De la calleja surg&#237;an risas y voces. Una voz joven y fuerte, como de tenor, exclam&#243;:

&#161;Ya te he dicho que esa buj&#237;a no va bien! &#191;D&#243;nde est&#225; la llave inglesa? &#161;P&#225;samela! &#161;Venga, date prisa, ojo de pez!

El huerto estaba invadido de olores: de hierba marchita, de gachas recalentadas, de humo. Junto a la cocina de campa&#241;a estaba con las piernas muy abiertas Piotr Lopajin, fusilero anticarro y buen amigo de Nikolai. Discut&#237;a con el cocinero Lisichenko sin dejar de fumar.

&#191;Cocinando gachas otra vez, caballo cap&#243;n?

S&#237;, gachas, y no me insultes.

&#161;Estoy de tus gachas hasta aqu&#237;! &#191;Me entiendes?

Me importa un bledo hasta d&#243;nde est&#233;s de las gachas.

Lo que pasa es que t&#250; no eres cocinero, hasta un ni&#241;o se dar&#237;a cuenta. En tu cabeza no hay ni una idea decente; es como una cazuela vac&#237;a que no produce m&#225;s que ruido. &#191;No has podido conseguir en el pueblo un cordero o un lech&#243;n birl&#225;ndoselo a alguien? Podr&#237;as haber hecho unas sopas de repollo y luego, de raci&#243;n, pod&#237;as haber preparado

&#161;L&#225;rgate! &#161;Haz el favor de largarte ya! Estoy harto de escucharte.

Hace tres semanas que no nos das m&#225;s que gachas de harina. &#191;Eso hacen los cocineros que se precian? &#161;T&#250; tienes de cocinero lo mismo que de zapatero!

Pero bueno, &#191;qu&#233; pretendes? &#191;Un hermoso entrecot? &#191;O acaso una buena chuleta de cerdo?

&#161; De ti podr&#237;amos sacar unas chuletas magn&#237;ficas si no fuera porque la materia prima es de p&#233;sima calidad! &#161;L&#225;stima! &#161;Te has inflado como un intendente de segunda clase!

&#193;ndate con cuidado, Pietia, tengo agua hirviendo al alcance de la mano &#191;Has ido al batall&#243;n m&#233;dico?

S&#237;.

&#191;Y qu&#233;? -Nada.

&#191;Puedo saber para qu&#233; has ido?

Lopajin hizo como que bostezaba y se mantuvo en silencio. Lisichenko se puso en jarras sonriendo y se le qued&#243; mirando a la espera de una contestaci&#243;n.

Fui por hacer algo, sin un motivo especial; quer&#237;a ver si hab&#237;a alg&#250;n conocido -contest&#243; Lopajin con desenfado.

Anda por all&#237; una mujer muy atractiva &#191;No ha ca&#237;do en la trampa?

No le he tendido ninguna.

Bueno, dej&#233;moslo. He observado c&#243;mo te frotabas los zapatos con hierba y c&#243;mo limpiabas la medalla con un trapo. Pero no te ha servido de mucha ayuda, &#191;verdad? Adem&#225;s, &#191;c&#243;mo te iba a servir de ayuda? Si al menos tuvieras alguna condecoraci&#243;n; eso s&#237; que te servir&#237;a. Ya sabes que no te han dado una medalla por tu valor. &#161; Amigo, los hay con otro tipo de condecoraciones!

&#161;Imb&#233;cil! -replic&#243; Lopajin, inocente-. Te aseguro que no llevaba ning&#250;n plan; lo &#250;nico que quer&#237;a era dar un paseo por la aldea. Despu&#233;s de las comidas que nos preparas no hay manera de pasear. &#218;ltimamente he adelgazado tanto que hasta he dejado de so&#241;ar con mi mujer.

&#191;Y qu&#233; ocupa tus sue&#241;os, valiente?

Mis sue&#241;os son de ayuno. Sue&#241;o con cualquier bazofia, hasta con tus gachas.

Qu&#233; ganas tienen de mover la lengua, pens&#243; Streltsof mientras se levantaba y estiraba sus entumecidos brazos.

Se le acerc&#243; Lopajin y le hizo una reverencia en plan de broma.

&#191;C&#243;mo ha descansado el ilustre se&#241;or Streltsof?

Sigue charlando con el cocinero, tengo dolor de cabeza  dijo Nikolai con aspereza.

Lopajin entorn&#243; sus ojos claros y picaros y movi&#243; la cabeza tiernamente.

Ya s&#233; lo que te pasa. Nuestra retirada te ha puesto de mal humor. &#191;Tienes calor? &#191;Te duele la cabeza? Oye, Kolia, vamos a ba&#241;arnos hasta la hora de comer. Pronto reemprenderemos la marcha. Nuestros muchachos se pasan el d&#237;a en el r&#237;o. Yo ya me he dado un chapuz&#243;n.

No hac&#237;a mucho que Lopajin y Nikolai se hab&#237;an hecho amigos. Fue en el transcurso de la batalla por el sovj&#243;s Sendero Claro, en el que coincidieron sus trincheras. Lopajin se hab&#237;a incorporado al regimiento con el &#250;ltimo reemplazo y Nikolai lo vio por primera vez en pleno trabajo. Los soldados antitanques hab&#237;an incendiado dos carros de combate, permiti&#233;ndoles aproximarse ciento cincuenta y cien metros respectivamente; pero una vez que el segundo servidor de la pieza hubo muerto, Lopajin tard&#243; en disparar. El tercer tanque vio el fuego desde el camino y pas&#243; junto a la trinchera de los fusileros antitanque. Luego, se dirigi&#243; a toda velocidad hacia las posiciones de la bater&#237;a. Nikolai segu&#237;a arrodillado, cargando tembloroso el peine de la ametralladora. Vio como llov&#237;a s&#243;brela trinchera de Lopajin gran cantidad de tierra arcillosa que saltaba de debajo del tanque y pens&#243; que los fusileros anticarro deb&#237;an de haber muerto; pero unos instantes despu&#233;s sali&#243; de la trinchera medio destruida el largo ca&#241;&#243;n del fusil, apuntando hacia el lugar donde estaba el tanque agujereado. Son&#243; un &#250;nico disparo y por el blindaje oscuro del carro sali&#243; despedida una llama, un lagarto veloz; a continuaci&#243;n surgi&#243; un espeso humo negro. En aquel mismo instante Lopajin grit&#243; a Nikolai:

&#161;Eh, t&#250;, el moreno de los bigotes! &#191;Est&#225;s vivo? -Nikolai levant&#243; la cabeza y vio el rostro de Lopajin enrojecido, iracundo y lleno de sangre-. &#191;Por qu&#233; no disparas? &#161;Que se lleven tus huesos al ata&#250;d! Pero &#191;no est&#225;s viendo que se nos echan encima? -grit&#243; Lopajin con una mirada fiera en sus ojos desmesuradamente abiertos, se&#241;alando a los alemanes que se arrastraban a lo largo del lindero.

La primera r&#225;faga que Nikolai dispar&#243; seg&#243; las cabezas de las margaritas que hab&#237;a en lo alto del parapeto; luego apunt&#243; m&#225;s abajo y pudo escuchar con satisfacci&#243;n un agudo grito que se repiti&#243; dos veces.

Al anochecer, terminada la lucha, Lopajin entr&#243; en la caba&#241;a. Mir&#243; a todos y cada uno de los soldados y pregunt&#243;:

Muchachos, &#191;ten&#233;is por ah&#237; a un soldado moreno y con bigotazo, parecido al ministro ingl&#233;s Anthony Ed&#233;n?

Nikolai volvi&#243; la cara a la luz: Lopajin al verle exclam&#243;:

&#161;Vaya, ya te encontr&#233;! Vamos, compadre, sal conmigo a fumar un pitillo.

Se sentaron junto a la caba&#241;a y encendieron cigarrillos.

Te has cargado con habilidad el &#250;ltimo tanque -dijo Nikolai mientras observaba el rostro moreno y de color ladrillo del fusilero anticarro -. Ya me parec&#237;a que os hab&#237;an sepultado cuando, de pronto, vi aparecer el fusil

Lopajin le interrumpi&#243; jovialmente:

Eso es lo que yo esperaba. Te extra&#241;as de lo que he hecho, pero t&#250; &#191;por qu&#233; no disparabas cuando el tanque aplastaba mi trinchera? &#191;Por qu&#233; no empezaste a disparar hasta que te grit&#233;? Necesito tu admiraci&#243;n tanto como un muerto una cataplasma. &#191;Est&#225; eso claro? &#161;A m&#237; me interesan los hechos, no la admiraci&#243;n!

Nikolai sonri&#243; y le explic&#243; que la demora se deb&#237;a a que en aquel momento hab&#237;a vaciado todos los cargadores. Lopajin frunci&#243; el ce&#241;o, le mir&#243; de reojo y coment&#243;:

&#191;C&#243;mo se te ocurre meterte en la lucha sin estar preparado? S&#243;lo falta una cosa: que hagas como nuestros unionistas, echarte la conciencia a la espalda y pasarme los cartuchos para que yo haga la guerra por ti. &#191;Te parece bonito? &#161;Buenas ser&#237;an nuestras relaciones!

Al ver que Nikolai se empezaba a enfadar, Lopajin le tendi&#243; su corta y fuerte mano y dijo con tono pacificador:

No te enfades. &#191;Por qu&#233; enfadarse por una cosa que es cierta? Ya que nos ha unido la necesidad, luchemos juntos; conozc&#225;monos bien; tengo la impresi&#243;n de que t&#250; y yo somos paisanos. &#191;Eres de la regi&#243;n de Rostov? Yo soy de la ciudad de Shajt. Nada, tan amigos.

Efectivamente, desde aquel d&#237;a se hicieron amigos, con esa amistad sencilla y s&#243;lida propia de los soldados. Lopajin  guas&#243;n, mal hablado, alegre y mujeriego- parec&#237;a complementario del reservado Nikolai. El cabo primero Popristshenko, un ucraniano viejo y tranquilo, sol&#237;a decir:

Si a Piotr Lopajin y a Nikolai Streltsof se les transformara en pasta y con ella, una vez amasada, se hiciera un hombre nuevo, tal vez de los dos saldr&#237;a un hombre completo. O quiz&#225; no. &#191;Qui&#233;n sabe lo que podr&#237;a salir de semejante mezcla?

En la orilla del r&#237;o sonaban camarinas las sierras de los zapadores; resonaban el chapoteo del agua y las carcajadas de los soldados del Ej&#233;rcito Rojo que se ba&#241;aban. Lopajin y Nikolai andaban en silencio por la hierba. Lopajin propuso:

Vayamos detr&#225;s del puente; all&#237; el agua cubrir&#225; m&#225;s.

&#201;l salt&#243; primero por encima de la valla ca&#237;da. Con un gesto de la cabeza se&#241;al&#243; el tractor que estaba parado en el camino. Dos tractoristas arremangados se afanaban junto al motor. Sviaguintsev, con el torso desnudo, les estaba ayudando. Ten&#237;a los brazos y las recias espaldas salpicados de grasa e incluso se le ve&#237;an manchas oscuras en la cara. Se hab&#237;a quitado la guerrera por precauci&#243;n y le hac&#237;a sentirse bien hallarse junto a un motor. Se puso a manejar las herramientas con decisi&#243;n.

&#161;T&#250;, elegante! Pide un estropajo a esos muchachos y ven a ba&#241;arte con nosotros. Ya encontraremos la manera de rascarte la grasa -grit&#243; Lopajin al pasar.

Sviaguintsev mir&#243; en aquella direcci&#243;n y al ver a Nikolai sonri&#243;.

&#161;Escucha Nikolai, un tractor es siempre un tractor! Tiene una fuerza irresistible. &#191;Has visto qu&#233; juguete lleva dentro? Me he acercado a &#233;l y me ha dado la impresi&#243;n de estar en casa, es como si estuviera en el parque de m&#225;quinas y tractores. &#161;Este motor, adem&#225;s, es mejor que tres m&#225;quinas complejas!

El rostro sudoroso de Sviaguintsev irradiaba tal felicidad que Nikolai lleg&#243; a sentir envidia.



4

En las aguas estancadas flotaban nen&#250;fares amarillos. Dominaba un olor a cieno y a humedad. Nikolai se lav&#243; la guerrera y los calcetines. Cuando hubo terminado se sent&#243; en el suelo y se agarr&#243; las rodillas con las manos. A su vera se sent&#243; Lopajin.

Nikolai, te noto melanc&#243;lico.

&#191;Acaso tengo alg&#250;n motivo para estar contento? Por lo menos, yo no lo veo.

&#191;Para qu&#233; quieres motivos? &#161;Est&#225;s vivo, al&#233;grate! &#191;No has visto el d&#237;a que hace? Mira el sol, el r&#237;o, los nen&#250;fares flotando &#161;Qu&#233; hermoso es todo! Es raro, eres un veterano, llevas m&#225;s de un a&#241;o combatiendo y sin embargo reaccionas ante cualquier sufrimiento como un soldado biso&#241;o. &#191;Qu&#233; te parece a ti? Ahora nos han dado un descanso. &#191;Crees t&#250; que eso significa que todo ha terminado? &#191;Que ha llegado el fin del mundo? &#191;El final de la guerra?

Nikolai hizo un gesto de mal humor y repuso con tono enojado:

&#191;C&#243;mo que el final de la guerra? Yo ni pienso en eso; pero tampoco dejo de lado todo lo que ha sucedido hasta el momento. No soy yo, eres t&#250; el que se porta como si no hubiera sucedido nada importante. Yo veo claramente que hemos padecido una cat&#225;strofe. Tanto yo como t&#250; ignoramos el alcance de esta cat&#225;strofe, pero algo podemos imaginar. Hace ya cinco d&#237;as que marchamos; pronto llegaremos al Don y luego a Stalingrado. Nuestro regimiento est&#225; destrozado. &#191;Qu&#233; habr&#225; pasado con los dem&#225;s? &#191;Qu&#233; habr&#225; pasado con el Ej&#233;rcito Rojo? Desde luego, han roto el frente por varios sitios. Tenemos a los alemanes pegados a los talones. Hasta ayer no hemos podido separarnos ni un poco de ellos. No hacemos m&#225;s que patalear sin saber cu&#225;ndo se afianzar&#225;n nuestras posiciones. &#191;No es triste seguir as&#237;, sin saber nada? &#191;Y con qu&#233; ojos nos miran los civiles? &#161;Es como para volverse loco!

Nikolai rechin&#243; los dientes y se dio la vuelta. Guard&#243; silencio durante un minuto, como para vencer la agitaci&#243;n que le invad&#237;a, y luego continu&#243; hablando, ya m&#225;s tranquilo y con un tono de voz m&#225;s bajo:

Encima de que a&#250;n se me parte el alma con todo esto, t&#250; te pones a predicar: &#161;Al&#233;grate, hombre, est&#225;s vivo, los nen&#250;fares flotan! &#161;Al infierno t&#250; y tus nen&#250;fares, da asco mirarlos! Pareces el animador de una obra barata, hasta te las has arreglado para pasar por el batall&#243;n m&#233;dico-sanitario.

Lopajin se desperez&#243; con un crujido, diciendo:

L&#225;stima que no hayas venido conmigo, Kolia; all&#237; hay una doctora de tercera clase que, s&#243;lo al verla, me entran ganas de que me hieran en combate. &#161; No es una doctora sino algo mucho mejor, te lo aseguro!

Escucha, &#161;vete al demonio!

&#161;No, va en serio! Es una mujer tan bella que pone los pelos de punta. No es una doctora, es un mortero de seis ca&#241;ones, e incluso m&#225;s peligrosa que un arma de &#233;sas para nuestro hermano soldado, y, desde luego, para los mandos.

Nikolai contemplaba en silencio y con aire taciturno una nubecita blanca reflejada en el agua. Lopajin prosigui&#243; con toda calma, maliciosamente:

Yo no veo motivo para meter el rabo entre las piernas, siguiendo la costumbre de los perros. &#191;Nos atacan? Por algo ser&#225;. &#161;Luchad, hijos de perra! Agarraos con los dientes a cada palmo de vuestra propia tierra, combatid contra el enemigo de tal manera que le hag&#225;is sentir hasta el espasmo de la muerte. Y si no pod&#233;is luchar, no os ofend&#225;is si os llenan la cara de sangre y los civiles os miran mal. &#191;C&#243;mo iban a recibirnos con el pan y la sal? Ya puedes dar gracias de que no nos escupan a la cara. A ver, t&#250; que no eres animador expl&#237;came esto: &#191; por qu&#233; el alem&#225;n se mete en un pueblo y aunque sea peque&#241;&#237;simo cuesta un trabajo enorme sacarlo de all&#237;, y, en cambio, nosotros entregamos ciudades enteras huyendo continuamente? &#191;Hemos de apropiarnos nosotros de ellas o lo har&#225; otro en nuestro lugar? Pero esto ocurre, excelencia, porque t&#250; y yo no hemos aprendido a luchar como debemos y nos falta odio aut&#233;ntico. Cuando sepamos entrar en combate de modo que la espuma de la rabia hierva en nuestros labios, entonces los alemanes dar&#225;n la espalda al este, &#191;comprendes? Yo, por ejemplo, he llegado a odiar tanto que cuando escupo la saliva me hierve. Por eso me siento alegre, por eso mantengo el rabo en alto. &#161;Soy terriblemente cruel! Pero t&#250; das vueltas con el rabo entre piernas y ba&#241;ado en l&#225;grimas: &#161;Ay, que han destrozado nuestro regimiento! &#161; Ay, que el ej&#233;rcito est&#225; deshecho! &#161; Ay, c&#243;mo han avanzado los alemanes! &#161;Matemos al maldito alem&#225;n! Meterse ya se han metido, pero &#191;qui&#233;n los va a sacar de aqu&#237; cuando reunamos fuerzas para dar el golpe? Si ahora combatimos retir&#225;ndonos, cuando se produzca la invasi&#243;n ser&#225; diez veces m&#225;s dif&#237;cil enfrentarnos a ellos. Nosotros nos retiramos y ellos no necesitan retroceder; pero &#191;qu&#233; pasar&#225;? En cuanto se sit&#250;en de espaldas al este les daremos en la cresta a esos hijos de perra, dondequiera que la tengan, para que no puedan seguir destruyendo nuestra tierra. Eso es lo que pienso, y a&#250;n te dir&#233; m&#225;s: cuando yo est&#233; delante, haz el favor de no llorar; yo no voy a enjugar tus l&#225;grimas. La guerra me ha endurecido las manos e incluso podr&#237;a sacudirte.

No necesito que me consueles, idiota, no desaproveches tu facilidad de palabra -replic&#243; Nikolai-. Prefiero que me digas cu&#225;ndo aprenderemos a combatir o cu&#225;ndo llegaremos a Siberia.

&#191;A Si-be-ria? -exclam&#243; Lopajin gui&#241;ando sin cesar sus ojos claros -. No, excelencia, &#161;esa escuela no es de aqu&#237;! Aprenderemos aqu&#237;, en estas mismas estepas, &#191;entiendes? Por ahora a Siberia la borramos del mapa. Ayer mi ayudante Sacha me dijo: Llegaremos hasta los Urales, y all&#237;, en las monta&#241;as, en seguida daremos cuenta de los alemanes. Y yo le contest&#233;: &#161;Sapo asqueroso, si vuelves a hablarme de los Urales no ahorrar&#233; un cartucho para tirarte esa est&#250;pida pelota de encima de los hombros! &#161;Te arreglar&#233; con el mosquet&#243;n y mi punter&#237;a! &#201;l entonces se ech&#243; para atr&#225;s y me dijo que s&#243;lo era una broma. Y le contest&#233; que yo tambi&#233;n bromeaba. &#191;Acaso por una estupidez se van a malgastar los cartuchos de un magn&#237;fico fusil antitanque como &#233;ste? Bueno, pues as&#237; terminamos la agradable conversaci&#243;n.

Lopajin se arrastr&#243; hasta acercarse al agua, se lav&#243; los pies y luego pas&#243; un buen rato frot&#225;ndose las plantas con arena gruesa. Despu&#233;s volvi&#243; el rostro hacia Nikolai.

Recuerdo, Kolia, las palabras de Rusaiev, un instructor pol&#237;tico ya fallecido, unas palabras que, seg&#250;n creo, las pronunci&#243; un general famoso: Si cada componente del Ej&#233;rcito Rojo hubiera matado a un alem&#225;n, har&#237;a tiempo que la guerra habr&#237;a terminado. &#191;Querr&#237;a decir con eso que matamos a pocos de esos canallas?

Nikolai se sent&#237;a aburrido y respondi&#243; con irritaci&#243;n:

Esa aritm&#233;tica es bastante simple Si cada uno de nuestros generales hubiera ganado una batalla, la guerra habr&#237;a terminado m&#225;s r&#225;pidamente a&#250;n.

Lopajin dej&#243; por un momento de frotarse los pies y solt&#243; una carcajada.

&#161;Bobo! &#191;C&#243;mo iban a ganar batallas los generales sin nosotros? Adem&#225;s, intenta ganar una batalla con soldados como mi Sacha. Todav&#237;a no ha llegado al Don y ya piensa en los Urales. Yo creo que un general sin ej&#233;rcito o con un mal ej&#233;rcito es como un novio sin miembro viril; y nosotros sin general somos como una boda sin novio. Desde luego, hay generales como Sacha. A alg&#250;n pobre desgraciado los alemanes le han cascado desde la frontera, y a&#250;n contin&#250;an casc&#225;ndole. Y, claro est&#225;, est&#225; tan agotado que ya no piensa en c&#243;mo vencer al alem&#225;n, sino en c&#243;mo arregl&#225;rselas para que no sigan zurr&#225;ndole. Pero hay pocos de &#233;sos y no ser&#225;n ellos los que inclinen la balanza. A nosotros nos ha pasado lo siguiente: apenas nos llega la noticia de un fracaso en el frente, aparecen las murmuraciones contra los generales; que si son unos tales y unos cuales, que no saben combatir Se les atribuyen alegremente todos los males. Si se hiciera justicia al hablar, no siempre resultar&#237;an culpables; no se les debe censurar tanto, los generales son las personas m&#225;s desgraciadas de la tierra. Oye, &#191;por qu&#233; te quedas ante m&#237; como un carnero quieto ante una valla? Es como te lo digo. Antes yo era tan est&#250;pido que envidiaba la graduaci&#243;n de general. &#161;Vaya -pensaba -, qu&#233; vida m&#225;s tranquila! Presumiendo por ah&#237; como un pavo real, no cava trincheras, no tiene que ensuciarse la barriga arrastr&#225;ndose Pero luego, pens&#225;ndolo un poco mejor, me he desenga&#241;ado.

Entonces yo era tirador, a&#250;n no me hab&#237;an hecho fusilero anticarro, y de pronto lanzaron la l&#237;nea de vanguardia al ataque. La verdad es que yo me qued&#233; atr&#225;s; el fuego era muy intenso y no ten&#237;a ganas de despegarme del suelo, pero el comandante de la secci&#243;n vino corriendo hacia m&#237;, me amenaz&#243; con el rev&#243;lver y me chill&#243;: "&#161;Lev&#225;ntate!" Pasamos al ataque y en aquellos momentos pens&#233;: "Est&#225; bien, soy un soldado m&#225;s y he recibido una bronca por mi mal comportamiento; yo s&#243;lo respondo de m&#237; mismo, mientras que el comandante de la secci&#243;n es responsable de millares de personas. Si fuera &#233;l quien hiciera lo que no deb&#237;a, &#191;cu&#225;ntas broncas le caer&#237;an? &#191;Y al general que manda el ej&#233;rcito?" Empec&#233; a calcular y me asustaron las proporciones que pod&#237;a alcanzar el asunto. &#161;No, no! &#161;Prefiero ser soldado raso!

Imag&#237;nate la escena, Nikolai: el general pasa noches enteras con el jefe de estado mayor preparando el asalto, sin comer ni dormir, con una sola idea fija; tiene los p&#225;rpados inflamados por sus dif&#237;ciles reflexiones y hace tantas c&#225;balas que la cabeza le da vueltas; tiene que preverlo y adivinarlo todo Conduce los regimientos al asalto y resulta que el asalto fracasa. &#191;Por qu&#233;? &#161;Qui&#233;n sabe por qu&#233; motivo! Supongamos que deposit&#243; su confianza en Pietia Lopajin como si fuera su propio padre, pero Pietia se acobard&#243; y se fug&#243;, y tras &#233;l Kolia Streltsof y tras Streltsof otros soldados igualmente cobardes. &#161;Se acab&#243; el baile! Los que han muerto, desde luego, ya no pueden criticar al general, pero los que respiran tranquilos despu&#233;s de haber huido dejan al general que no hay por d&#243;nde cogerlo. Le censuran porque creen con toda sinceridad que el general es responsable de todo, como si ellos no contaran para nada. De acuerdo con el reglamento, naturalmente, todos se echan mutuamente las culpas, pero &#191;acaso es as&#237; mejor para el general? &#201;l permanece en su tienda con la cabeza entre las manos, rodeado de voces invisibles que le injurian, miles de voces como mariposillas nocturnas revoloteando en torno a una l&#225;mpara. Y adem&#225;s suena el tel&#233;fono: llamada para el pobre general desde Mosc&#250; por la l&#237;nea directa. Los pelos de la cabeza levantan la bonita gorra del general, que coge el auricular y piensa: "Por qu&#233; mi pobre madre me habr&#225; parido general, precisamente." Por tel&#233;fono no le insultan ni le mientan a la madre, en Mosc&#250; viven personas educadas; pero supongamos que le hablaran as&#237;: "&#191;Qu&#233; clase de persona es usted, Iv&#225;n Ivanovich, que batalla tan desastrosamente? Hemos gastado en usted dinero del presupuesto del Estado, le hemos dado estudios, se le ha vestido y calzado, se le ha alimentado &#191;Y nos hace usted esto? A un ni&#241;o de pecho se le perdona que ensucie los pa&#241;ales, para eso es un ni&#241;o de pecho, pero usted ya no es una criatura y, sin embargo, no son unos pa&#241;ales lo que ha ensuciado, sino una operaci&#243;n de asalto entera. &#191; C&#243;mo ha podido suceder? &#161; Intente explicarse!" Es una voz amable la que habla, pero consigue que el general se ahogue y el sudor le empiece a correr por la espalda como un arroyo.

No, Kolia, piensa lo que quieras, pero no deseo ser general. A pesar de todo mi orgullo, no deseo ser general. Y si de pronto me llamaran al Kremlin para decirme: "Camarada Lopajin, acepte el mando de la divisi&#243;n tal", temblar&#237;a de pies a cabeza y seguro que me negar&#237;a en redondo. Y si insistieran saldr&#237;a de all&#237;, trepar&#237;a por la muralla del Kremlin y desde all&#237; me arrojar&#237;a al Moscova. &#161;As&#237;!

Lopajin junt&#243; las manos sobre la cabeza, dio un gran salto y se dej&#243; caer como una piedra en las verdes y densas aguas. Sali&#243; a la superficie en medio del r&#237;o, lanz&#243; un resoplido y mirando a su compa&#241;ero, grit&#243;:

&#161;&#201;chate pronto si no quieres que te ahogue!

Nikolai cogi&#243; carrerilla y se tir&#243; al agua aullando al notar en su cuerpo el fr&#237;o punzante; sac&#243; sus largos brazos y se dirigi&#243; a nado hacia Lopajin.

&#161;Ahora ver&#225;s c&#243;mo te vas a zambullir, demonio patizambo! -exclam&#243; ri&#233;ndose; y ya se dispon&#237;a a coger a Lopajin cuando &#233;ste, haciendo una mueca de susto, se volvi&#243; a hundir. Por un instante dej&#243; ver sus nalgas morenas y brillantes y despu&#233;s empez&#243; a mover las piernas con mucha rapidez.

Nikolai se sinti&#243; aliviado gracias al ba&#241;o. Se disiparon el dolor de cabeza y el cansancio. Miraba de otra manera, con brillantes ojos, el mundo que le rodeaba, invadido por aquel sol cegador del mediod&#237;a.

&#161;Qu&#233; bien me encuentros &#161;Es como si hubiera renacido!  dijo a Lopajin.

Despu&#233;s de un ba&#241;o as&#237; lo bueno ser&#237;a beber un vasito y luego comerse unas buenas schi caseras. Pero ese maldito Lisichenko ha vuelto a calentar gachas. &#161;Que se le indigesten, eso le deseo! -exclam&#243; Lopajin irritado, mientras saltaba sobre una pierna e intentaba meter la otra en los pantalones que sosten&#237;a abiertos -. &#191;No podr&#237;amos ir a pedir unas schi a alguna vieja?

Resulta algo embarazoso.

&#191;Crees t&#250; que nos las dar&#237;a?

Quiz&#225; nos las diera, pero no por ello dejar&#237;a de resultar embarazoso.

&#161;Ah, qu&#233; diablos! &#191;Y si no tuvi&#233;ramos cocina? &#161;Qu&#233; embarazoso ni qu&#233; ni&#241;o muerto! &#161;Vamos! Mira que no encontrar unas schi en nuestra propia regi&#243;n

No somos peregrinos ni mendigos -dijo Nikolai con indecisi&#243;n.

Dos soldados a quienes conoc&#237;an salieron de la represa. Uno de ellos, alto y seco, de ojos descoloridos y boca peque&#241;a, llevaba en la mano un hatillo mojado mientras el otro iba a la zaga abroch&#225;ndose los botones de la guerrera al tiempo que caminaba. Su rostro, azul como el de un ahogado, se contra&#237;a de fr&#237;o y los labios le temblaban. Los soldados se acercaron a Lopajin y &#233;ste, alargando el cuello como un ave de rapi&#241;a, inquiri&#243;:

&#191;Qu&#233; llev&#225;is en el hatillo, pajarracos?

Cangrejos -repuso el m&#225;s alto a rega&#241;adientes.

&#161;Vaya! &#191;D&#243;nde los hab&#233;is encontrado?

Cerca de la represa. Hay un manantial all&#237;. &#161;El agua est&#225; terriblemente tria!

&#191;C&#243;mo no se nos habr&#225; ocurrido a nosotros? -exclam&#243; Lopajin con gesto airado mirando a Nikolai; y luego, con aire de hombre de negocios, se dirigi&#243; al alto-: &#191;Cu&#225;ntos llev&#225;is en el hato?

Cerca de cien, pero no son muy grandes.

Es lo mismo, para dos es demasiado -dijo Lopajin con decisi&#243;n -. Iremos con vosotros. Yo conseguir&#233; un cubo y sal para cocerlos. &#191;De acuerdo?

Id a buscarlos vosotros mismos, &#233;stos son nuestros.

&#161;Venga, hombre, si no nos da tiempo! Invita, no te hagas de rogar; en cuanto tomemos Berl&#237;n te convidar&#233; a cerveza. &#161;Palabra de fusilero anticarro!

El soldado alto puso sus labios como la boquilla de una trompeta y silb&#243; burlonamente.

&#161;Eso me consuela poco!

Estaba claro que Lopajin ten&#237;a muchas ganas de comer los cangrejos cocidos. Despu&#233;s de haber pensado un instante, dijo:

Adem&#225;s tengo algo de vodka; quiz&#225; llegue a un vasito por barba; la guardaba por si ca&#237;a herido pero ahora habr&#225; que beber&#237;a con los cangrejos.

&#161;Entonces, vamos! -dijo en seguida el alto; sus ojos brillaron alegremente.



5

Caminando con seguridad, Lopajin empuj&#243; la verja retorcida y, como si se tratara de su propia casa, pas&#243; a un patio invadido por las ortigas y la maleza. Alrededor del patio todo estaba medio ruinoso. De una bisagra colgaba una contraventana; los pelda&#241;os de madera de la entrada estaban medio podridos; era evidente que en aquella casa faltaban manos de hombre. Parece que el amo est&#225; en el frente. A ver si conseguimos algo, reflexion&#243; Lopajin.

Junto al cobertizo estaba una viejecilla diminuta con cara avinagrada y vestida con una falda azul y un blus&#243;n poco limpio; trasteaba con trozos de abono seco. Oy&#243; el chirrido de la verja, se enderez&#243; haciendo un esfuerzo y se llev&#243; una mano oscura a la frente para mirar al soldado que ten&#237;a delante. Lopajin se le acerc&#243;, la salud&#243; con respeto y pregunt&#243;:

&#161;Hola, madrecita! &#191;Ser&#237;a tan amable de dejarnos un pozal y un pu&#241;ado de sal? Hemos cogido unos cuantos cangrejos y nos gustar&#237;a cocerlos.

La vieja gru&#241;&#243; y dijo con voz hombruna y cascada:

&#191;Quer&#233;is sal? Yo creo que aunque os diera pedazos de abono me dar&#237;a l&#225;stima desperdiciarlos. &#161;O sea que no digamos si me ped&#237;s sal!

Lopajin, muy extra&#241;ado, parpade&#243; y volvi&#243; a preguntar:

&#191;Por qu&#233; siente tanto desprecio por nosotros?

&#161;Vaya! &#191;No te imaginas por qu&#233;? -inquiri&#243; la vieja con rudeza-. &#161;Qu&#233; poca verg&#252;enza! &#191;Ad&#243;nde vais? &#191;Corriendo hacia el Don? &#191;Y qui&#233;n luchar&#225; aqu&#237;? A lo mejor nos mand&#225;is a las viejas tomar las armas para defendernos de los soldados alemanes. Llev&#225;is ya tres d&#237;as en el pueblo. &#161;Estamos m&#225;s que hartos de veros! &#191; Qui&#233;n se va a quedar a cargo de la poblaci&#243;n? &#161;No ten&#233;is verg&#252;enza ni conciencia, no ten&#233;is nada de nada, malditos! &#191;Cu&#225;ndo se ha visto que el enemigo llegue hasta nuestros pueblos? Desde que estoy en este mundo no ha ocurrido nunca. Por las ma&#241;anas se oye c&#243;mo retumban los ca&#241;ones por el oeste. &#191;Quer&#233;is sal? &#161;Que os salen en el otro mundo, que no dejen de hacerlo! &#161;No os dar&#233; sal! &#161;Fuera de aqu&#237;!

Rojo de verg&#252;enza, confusi&#243;n y rabia, Lopajin escuchaba las airadas palabras de la vieja; anonadado, dijo:

Est&#225; bien. &#161;Ya eres cruel, madrecita!

No mereces que sea buena contigo. &#191;Acaso tengo que recompensarte por hab&#233;rtelas ingeniado para capturar unos cangrejos? Te habr&#225;n dado una medalla por eso, &#191;no?

No te metas con la medalla, madrecita, que no es cosa tuya.

La vieja estaba encorvada sobre el abono troceado y, enderez&#225;ndose de nuevo, clav&#243; en &#233;l una profunda mirada. Jovialmente, pero con rabia, dijo:

S&#237; es cosa m&#237;a, muchacho. He trabajado hasta la vejez, he pagado los impuestos y no he ayudado al gobierno para que ahora corr&#225;is como conejos dej&#225;ndolo todo desolado y destruido. &#191;Comprendes, cabeza hueca?

Lopajin gimi&#243; e hizo un gesto como si le doliesen las muelas.

&#161;Madrecita, ya s&#233; todo eso, no hace falta que me lo digas! Pero te confundes

Juzgo como puedo. A mis a&#241;os no vendr&#225;s t&#250; a ense&#241;arme.

Seguramente no tienes a nadie en el ej&#233;rcito, si no, no hablar&#237;as as&#237;.

&#191;Que no tengo a nadie en el ej&#233;rcito? Vete a preguntar a los vecinos, a ver qu&#233; te dicen. Tengo tres hijos y el yerno en el frente; el m&#225;s joven muri&#243; a las puertas de Sebastopol, &#191;entiendes? T&#250; no eres de aqu&#237;, eres forastero, por eso te hablo pac&#237;ficamente; pero si apareciera de repente uno de mis hijos, no le dejar&#237;a entrar en el corral. Le dar&#237;a mi bendici&#243;n con un palo en la cabeza y le dir&#237;a con cari&#241;o maternal: &#191;As&#237; que hab&#233;is ido a luchar? Pues bien, diablos, hacedlo como est&#225; mandado, no traig&#225;is detr&#225;s al enemigo ni hag&#225;is pasar a vuestra madre verg&#252;enza delante de la gente.

Lopajin se enjug&#243; el sudor de la frente con un pa&#241;uelo y dijo:

Bueno, perdona, madrecita; lo nuestro corre prisa, ir&#233; a otro lado a pedir el pozal.

Despu&#233;s de despedirse se meti&#243; por un callej&#243;n lleno de hierbajos, mientras pensaba con despecho: El diablo me ha conducido hasta aqu&#237;. Y eso que yo le he hablado con tanta dulzura como si hubiera comido miel

&#161;Eh, soldado, espera!

Lopajin se dio la vuelta. La vieja iba tras &#233;l; en silencio se dirigi&#243; a la casa, subi&#243; lentamente los pelda&#241;os crujientes y sac&#243; un pozal y sal en una escudilla de madera desportillada.

Cuando acabes, tr&#225;eme los cacharros -dijo la vieja con el mismo tono severo.

Con su ocurrencia y desenfado habituales, Lopajin murmur&#243; de modo ininteligible:

Bueno, no somos orgullosos Se puede aceptar Gracias, madrecita.  Y sin saber por qu&#233;, se inclin&#243; ante ella.

Y aquella vieja menuda, cansada, doblada por el trabajo y el paso de los a&#241;os, pas&#243; junto a &#233;l con tan severa majestad que a Lopajin le pareci&#243; que era dos veces m&#225;s alta que &#233;l y se sinti&#243; mirado de arriba abajo, con una mirada como de l&#225;stima y desprecio

Nikolai y los otros dos soldados le esperaban fuera del patio. Se hab&#237;an sentado, soportando el fr&#237;o bajo el tejadillo. Los cangrejos se mov&#237;an en el hatillo que hab&#237;an hecho con una camisa mojada.

El soldado alto mir&#243; al sol y dijo:

Pues s&#237; que tarda nuestro fusilero antitanque. No habr&#225; encontrado un pozal. No nos dar&#225; tiempo de cocer los cangrejos.

S&#237;, nos dar&#225; -replic&#243; el otro -. El capit&#225;n Surnskov y el comisario del batall&#243;n hace poco han ido al tel&#233;fono, donde est&#225;n los de antia&#233;reos.

Despu&#233;s comentaron que aquel a&#241;o habr&#237;a trigo en todas partes, que las trilladoras y segadoras tendr&#237;an mucho trabajo, que las mujeres estar&#237;an muy atareadas en la recolecci&#243;n; a no ser que se retrasara la retirada, era m&#225;s que probable que los alemanes se aprovecharan de cantidad de bienes. Hablaban de las cuestiones del campo detenidamente, como campesinos en d&#237;a de fiesta, sentados en un banco cerca de la isba. Nikolai pensaba: Ayer, sin ir m&#225;s lejos, esta gente tomaba parte en la batalla y hoy da la impresi&#243;n de que para ellos no existe la guerra. Han descansado, se han ba&#241;ado y ya est&#225;n hablando de la cosecha. Sviaguintsev se preocupa por el tractor. Lopajin intenta cocer unos cangrejos Para ellos, todo es claro y sencillo. Casi no hablan de la retirada ni de la muerte. La guerra es para ellos algo as&#237; como la subida a un monte empinado; la victoria est&#225; all&#225;, en la altura, y van subiendo sin pensar en las dificultades inevitables del camino, sin pensar siquiera en ellas. Dejan en segundo plano sus propias experiencias: lo importante es llegar a la cumbre cueste lo que cueste. Resbalan, se precipitan, caen, pero se vuelven a levantar y siguen el camino. &#191;Qu&#233; puede detenerlos? Se romper&#225;n las u&#241;as, sangrar&#225;n, pero llegar&#225;n a la cima. &#161;Aunque sea a gatas, pero llegar&#225;n!

A Nikolai le resultaba agradable meditar sobre la gente con quien hab&#237;a entablado amistad durante la guerra. Sus pensamientos fueron interrumpidos por Lopajin. Sonrojado y sudoroso, se acerc&#243; a grandes zancadas y dijo casi sin aliento:

&#161;Menudo calor! &#161;Es infernal!

Dirigi&#243; a Nikolai una mirada escrutadora, como intentando adivinar si hab&#237;a o&#237;do la conversaci&#243;n mantenida con la vieja.

&#191;Te has ocupado tambi&#233;n de las sch&#237;i -pregunt&#243; Nikolai.

Qu&#233; schi ni qu&#233; gaitas, si vamos a cocer cangrejos -contest&#243; Lopajin irritado.

Entonces, &#191;por qu&#233; has tardado tanto?

Lopajin, que no hac&#237;a m&#225;s que lanzar miradas furtivas, contest&#243;:

La vieja era tan alegre y charlatana que me ha costado trabajo marchar. Se ha interesado por todo: qui&#233;nes somos, de d&#243;nde venimos, adonde vamos &#161;Es una verdadera maravilla, algo m&#225;s que una viejecita! Sus hijos tambi&#233;n est&#225;n en el ej&#233;rcito, y en cuanto ha visto a un soldado se ha derretido. Insisti&#243; en invitarme, me ofreci&#243; reques&#243;n

&#191;Y lo has rechazado? -pregunt&#243; con asombro Nikolai. Lopajin le dirigi&#243; una mirada fulminante.

&#191;Te crees que yo soy un peregrino o un mendigo, para privar a una vieja de la peque&#241;a raci&#243;n de reques&#243;n que le quedaba?

Es absurdo que lo hayas rechazado -objet&#243; Nikolai apenado -. Pod&#237;as haberlo pagado.

Mirando hacia otro lado, Lopajin a&#241;adi&#243;:

No sab&#237;a que el reques&#243;n te gustara tanto, de lo contrario, naturalmente, lo hubiera cogido. Pero eso tiene arreglo: luego le devuelves el pozal, que yo he ido una vez y ya tengo bastante, y de paso le pides reques&#243;n. Es una viejecita tan buena que no te pedir&#225; ni un copec. No se te ocurra ofrecerle dinero, se ofender&#237;a. Me ha dicho: Me dan tanta l&#225;stima los soldados en retirada, tanta l&#225;stima, que yo se lo dar&#237;a todo Bueno, vamos, que si no, los cangrejos se ir&#225;n al cuerno.



6

Nikolai se comi&#243; las gachas y a continuaci&#243;n lav&#243; y sec&#243; su plato. Lopajin ni siquiera toc&#243; su raci&#243;n. Agachado junto al fuego, remov&#237;a el contenido del pozal con un palo y miraba con avidez los cangrejos, cuyas pinzas inm&#243;viles asomaban por entre el vapor. Alrededor de la hoguera dominaba el olor dulz&#243;n del hinojo caliente; Lopajin olfateaba de vez en cuando y hac&#237;a comentarios:

Vaya, esto es como el hotel Inturist, el Sadovoi de Rostov. Huele a cangrejos y a hinojo. Si tuvi&#233;ramos unas cuantas cervezas frescas de Los tres montes, estar&#237;a todo completo. &#161;Vosotros, camaradas, echadme una mano! &#161;Huele tan bien que me voy a caer al fuego!

De vez en cuando pasaban hacia el este veh&#237;culos del batall&#243;n m&#233;dico-sanitario. El &#250;ltimo que pas&#243; era un descapotable de fabricaci&#243;n americana nuevo y pintado de verde; la pintura reflejaba la luz pero se notaba que hab&#237;a recibido varios balazos; el cap&#243; estaba estropeado. En la caja trasera se acomodaban como pod&#237;an los heridos leves. La blancura de las vendas destacaba contra sus rostros bru&#241;idos.

Tendr&#237;an que ponerles una lona impermeable -coment&#243; disgustado Nikolai-. Van a pasar mucho calor.

El soldado m&#225;s alto ech&#243; una ojeada a los heridos y suspir&#243;.

&#191;Por qu&#233; los transportan de d&#237;a? Se les ve desde lejos en la estepa pueden llegar los aviones y machacarlos. &#161;No se enteran de nada!

S&#237;, a lo mejor es necesario -repuso el otro -. Ahora ya no se oye a los zapadores. Somos los &#250;nicos que estamos refresc&#225;ndonos.

Nikolai prest&#243; o&#237;do. En la aldea reinaba un silencio extra&#241;o, s&#243;lo se o&#237;a el ruido de los veh&#237;culos que se alejaban y el despreocupado arrullo de un t&#243;rtolo; pero pronto lleg&#243; del oeste el conocido martilleo lejano de la artiller&#237;a.

&#161;Nos han jorobado los cangrejos! -exclam&#243; Lopajin tristemente, y lanz&#243; una palabra gruesa a estilo minero.

As&#237;, pues, no hubo tiempo de cocer los cangrejos. Al cabo de unos minutos el regimiento se puso en pie. El capit&#225;n Sumskov pas&#243; r&#225;pidamente revista a los soldados formados y llev&#225;ndose la mano a su contusionada cabeza, dijo con aire preocupado:

&#161;Camaradas! Se ha recibido una orden: hay que organizar la defensa en la colina, detr&#225;s del pueblo, en el cruce de caminos. Hay que defenderse hasta que lleguen los refuerzos. &#191; Est&#225; clara nuestra misi&#243;n? Hemos perdido mucho en estos &#250;ltimos d&#237;as pero hemos conservado la bandera del regimiento; es preciso conservar, asimismo, el honor del regimiento. &#161;Resistiremos hasta el final!

El regimiento abandon&#243; el pueblo. Sviaguintsev dio un golpe con el codo a Nikolai, y animadamente, con los ojos brillantes, dijo:

&#161;Entraremos en combate con la bandera, pero ojal&#225; no nos retiremos tambi&#233;n con ella! En los &#250;ltimos d&#237;as no pod&#237;a verla ni de lejos, y m&#225;s de una vez he pensado: Que se la den a Pietia Lisichenko y que la guarde en la cocina; de lo contrario, volveremos la espalda al enemigo con la bandera entre nosotros. En cierto modo era molesto ante la gente, por uno mismo y tambi&#233;n por la bandera -Guard&#243; silencio durante unos instantes; luego pregunt&#243;-: &#191;T&#250; que crees? &#191;Resistiremos?

Nikolai se encogi&#243; de hombros y contest&#243; evasivamente:

Hay que resistir. -Y pensaba para sus adentros: &#161;El romanticismo de la guerra! Ha quedado poco del regimiento; solamente se conserva la bandera, unas cuantas ametralladoras, varias armas anticarro y la cocina, y ahora nos vamos a colocar de barrera Ni artiller&#237;a, ni secci&#243;n de morteros, ni enlaces. Ser&#237;a interesante saber de qui&#233;n ha recibido la orden el capit&#225;n. &#191;De un superior inmediato? &#191;Y d&#243;nde est&#225; ese superior? Si al menos nos cubrieran los antia&#233;reos en el caso de que nos atacaran los tanques Pero lo m&#225;s probable es que se muevan hacia el Don para cubrir el paso del r&#237;o. &#191;Y con qu&#233; fin se dirigir&#237;an al pueblo? Todos iban hacia el Don y por las estepas pululan unidades en desorden; a lo mejor ni el propio comandante conoce su situaci&#243;n. Y no hay una mano dura para poner orden en todo esto &#161;Siempre suceden cosas absurdas en las retiradas!

Durante unos momentos Nikolai pens&#243; con inquietud: &#191;Qu&#233; ocurrir&#225; si nos asedian, si nos atacan con muchos tanques y en medio de la confusi&#243;n no llegan refuerzos?

La amargura de la derrota era tan profunda que ni siquiera tan tr&#225;gico pensamiento hizo mella en su conciencia; haciendo un gesto con la mano pens&#243;, disimulando su rabia con falsa alegr&#237;a: &#161;Bueno, pues al cuerno! Pronto sabremos la soluci&#243;n. Si podemos atrincherarnos, nos desquitaremos de los fascistas alemanes. &#161;Y tanto que nos desquitaremos! S&#243;lo con que tengamos municiones La gente que ha quedado en el regimiento es veterana, la mayor&#237;a es del partido y el capit&#225;n es bueno. &#161;Resistiremos!

Junto a un molino de viento, un ni&#241;o descalzo, de cabello claro, cuidaba unos patos. Se acerc&#243; corriendo al camino, se detuvo moviendo levemente sus rojos labios y contempl&#243; admirado a los soldados que pasaban junto a &#233;l. Nikolai le mir&#243; despacio y, con los ojos muy abiertos, pens&#243;: &#161;S&#237; que se le parece! Los mismos ojos azules de su hijo mayor, su pelo descolorido Hab&#237;a una extra&#241;a coincidencia en los rasgos de su cara e incluso en su constituci&#243;n. &#191;D&#243;nde se hallar&#237;a ahora su tan querido hijo, el peque&#241;o Nikolai Streltsof? Nikolai quiso darse la vuelta para mirar a aquel ni&#241;o tan extraordinariamente parecido a su hijo, pero se contuvo: antes de entrar en combate no le conven&#237;an recuerdos que le enternecieran el coraz&#243;n. Recordar&#237;a a sus hijitos hu&#233;rfanos y a su mala madre; no en los &#250;ltimos momentos, como suele escribirse en las novelas, sino despu&#233;s de echar a los alemanes del mont&#237;culo an&#243;nimo. Ahora el soldado Nikolai Streltsof tiene que apretar con fuerza los labios e intentar pensar en algo superficial; ser&#225; lo mejor

Durante un buen rato Nikolai sigui&#243; caminando con aire preocupado, con los ojos fijos en lo que ten&#237;a ante s&#237; y la mirada abstra&#237;da, intentando recordar cu&#225;ntos cartuchos le quedaban en el macuto. No obstante, al fin no pudo reprimir su impulso y se volvi&#243;. Aunque la columna ya hab&#237;a pasado, el ni&#241;o estaba a&#250;n junto al camino, sin apartar la mirada de los soldados que se alejaban, agitando un pa&#241;uelo que sosten&#237;a con su manecita por encima de la cabeza, en un gesto de despedida. Como aquella misma ma&#241;ana, Nikolai sinti&#243; que se le oprim&#237;a dolorosamente el coraz&#243;n y not&#243; que se le formaba en la garganta un nudo caliente y tr&#233;mulo



7

En lo alto de la loma, la tierra, seca por los rayos del sol, estaba dura como la piedra. La pala se hund&#237;a unos pocos cent&#237;metros, arrancaba peque&#241;os terrones que se desmoronaban y en el punto donde hab&#237;a golpeado quedaba un borde brillante.

La tropa cavaba trincheras a toda velocidad. Acababa de pasar un avi&#243;n de reconocimiento alem&#225;n. Sin volar demasiado bajo, dispar&#243; dos r&#225;fagas de ametralladora y se perdi&#243; por el este. Ahora vendr&#225; lo malo, pensaron los soldados.

Nikolai no dej&#243; de cavar hasta que la trinchera le lleg&#243; a las rodillas. Hizo una pausa. Junto a &#233;l cavaba Sviaguintsev. La parte trasera de su guerrera estaba empapada y ten&#237;a el rostro surcado por el sudor.

&#161;Menuda tierra! &#161;Vaya pueblo! -exclam&#243; exasperado respirando con fuerza y frot&#225;ndose el rostro enrojecido con la manga-. Mejor ser&#237;a que le pusi&#233;ramos cartuchos de p&#243;lvora en vez de intentar cavar con una pala. Por lo menos los alemanes no est&#225;n encima. Con una tierra as&#237;, si hicieran fuego no tendr&#237;amos donde escondernos.

Antes de coger de nuevo la pala, Nikolai prest&#243; o&#237;dos durante un buen rato al rugido de la artiller&#237;a, que iba apag&#225;ndose a lo lejos.

El coraz&#243;n le palpitaba aceleradamente, le costaba respirar y el polvo, terriblemente molesto, se le met&#237;a por los ojos y por la nariz. Cav&#243; denodadamente su trinchera hasta llegar a la altura de la cintura. De repente se percat&#243; de que le faltaban &#225;nimos para seguir rascando el fondo de la zanja. Escupi&#243; violentamente la arena que rechinaba entre sus dientes y se sent&#243; en el borde del hoyo.

&#191;C&#243;mo va ese productivo trabajillo? -pregunt&#243; Sviaguintsev.

Ya he terminado.

Ya ves, Nikolai, as&#237; es la guerra. &#161;La de tierra que se llega a remover con la pala! Echando cuentas, creo que yo solo, en el frente, he movido tanta tierra como un tractor en una temporada entera. M&#225;s que una unidad de trabajo cotidiano del kolj&#243;s.

&#161;Ya vale, para de hablar! -grit&#243; fuertemente el teniente Golostchiekov; y con ins&#243;lita agilidad Sviaguintsev salt&#243; a la trinchera.

Hacia las tres de la tarde las zanjas pod&#237;an albergar a una persona. Nikolai camufl&#243; cuidadosamente su trinchera con un matojo de ajenjo gris&#225;ceo; en el hueco que hab&#237;a en la parte anterior de la zanja, al pie, coloc&#243; granadas y cartuchos. Entre las piernas ten&#237;a el macuto abierto con sus objetos personales de soldado y varias municiones. A continuaci&#243;n empez&#243; a mirar atentamente a su alrededor.

La falda occidental de la colina descend&#237;a hacia un precipicio en el que se diseminaban encinas j&#243;venes. En la vertiente hab&#237;a ciruelos silvestres y espinos.

A ambos lados de la colina hab&#237;a dos precipicios hondos que se juntaban en el barranco. Nikolai se tranquiliz&#243; pensando que los tanques no podr&#237;an pasar por los flancos.

El calor persist&#237;a. Como antes, el sol segu&#237;a recalentando la tierra. El olor del ajenjo despert&#243; en &#233;l una s&#250;bita tristeza. Apoyado en la trinchera, Nikolai, muy cansado, contemplaba la destripada y maltratada estepa, cubierta por montecillos que delataban madrigueras de marmotas, y la cumbre de la colina, por la que raleaban los blancos espinos de la estepa. Por entre las ramitas del ajenjo se pod&#237;a ver un cielo intensamente azul; a lo lejos se dibujaban vagamente los contornos de los sotos, que parec&#237;an de color azul claro y como si planearan sobre la tierra.

Nikolai estaba atormentado por la sed pero s&#243;lo bebi&#243; un corto trago de la cantimplora, sabiendo por experiencia el valor que tiene cada gota de agua en el momento del combate. Mir&#243; el reloj. Eran las cuatro menos cuarto. Pas&#243; otra media hora de espera angustiosa. Nikolai fumaba su segundo cigarrillo cuando, de pronto, oy&#243; el zumbido de los motores. Crec&#237;a, se ensanchaba y cada vez se hac&#237;a m&#225;s agudo e intenso; era un trueno que parec&#237;a surgir del seno de la tierra. Por el camino se arremolinaba una nube de polvo. Los tanques avanzaban. Nikolai lleg&#243; a contar catorce. Quedaron ocultos por el precipicio y se desperdigaron, tomando posiciones para el ataque. El rumor de los motores no cesaba. Por el camino avanzaban veh&#237;culos transportando a la infanter&#237;a. El &#250;ltimo que pas&#243; se ocult&#243; en un recodo del camino; era un cami&#243;n cisterna blindado.

Hab&#237;a llegado el momento que precede al combate, esos instantes breves pero llenos de tensi&#243;n interior en que el coraz&#243;n late r&#225;pida y sordamente y el soldado se siente solo, a pesar de hallarse con sus camaradas, invadido de un sudor fr&#237;o y con el coraz&#243;n latiendo fren&#233;ticamente. Nikolai conoc&#237;a bien estos instantes y sus consecuencias; en una ocasi&#243;n habl&#243; de ello con Lopajin y &#233;ste le dijo con gravedad ins&#243;lita: Luchamos juntos pero morimos por separado, ya que la muerte de cada uno es la suya propia, tan personal como el macuto que lleva sus iniciales marcadas con tinta. Adem&#225;s, Kolia, la cita con la muerte es algo grave. Se cumpla o no la cita, no por ello el coraz&#243;n deja de latir como el de un enamorado, e incluso ante los dem&#225;s te sientes como si en el mundo s&#243;lo estuvierais los dos: t&#250; y ella. Cada hombre es un ser vivo, &#191;qu&#233; quieres, pues?

Nikolai sab&#237;a que en cuanto se iniciara el combate, este sentimiento se ver&#237;a sustituido por otros, breves, intensos, quiz&#225; no siempre razonables. Con el aliento entrecortado se puso a mirar fijamente la estrecha franja verde que separaba el barranco de la pendiente de la colina. M&#225;s all&#225;, tras esa franja, todav&#237;a se escuchaban los zumbidos sordos y acompasados de los tanques. La tensi&#243;n hizo que brotaran algunas l&#225;grimas de los ojos de Nikolai; todo su cuerpo empez&#243; a hacer peque&#241;os movimientos, como si ya no le perteneciese; incontroladamente, sus manos tentaron los cartuchos que estaban abajo como si &#233;stos, calentados por el sol, pudieran desaparecer. Se alis&#243; las arrugas de la guerrera sin apartar la vista del precipicio, movi&#243; un poco la ametralladora y cuando cayeron del parapeto trozos de arcilla seca, los aplast&#243; con la puntera de la bota y luego separ&#243; de nuevo las ramitas del ajenjo, a pesar de que se ve&#237;a lo suficiente. A continuaci&#243;n se encogi&#243; de hombros Eran movimientos instintivos de los que Nikolai ni siquiera se daba cuenta. Concentrado en la observaci&#243;n, miraba fijamente hacia el oeste, sin notar que Sviaguintsev le llamaba en voz baja.

Por la parte del precipicio rugieron los motores y aparecieron los tanques. Detr&#225;s de ellos, sin encorvarse, con el cuerpo bien tieso segu&#237;a la infanter&#237;a.

&#161;Qu&#233; insolentes se han vuelto les muy malditos! Caminan como si estuvieran en un desfile &#161;Bueno, ahora os preparamos una recepci&#243;n! L&#225;stima que no tengamos artiller&#237;a, de lo contrario hubi&#233;ramos recibido este desfile como corresponde, pensaba Nikolai respirando afanosamente, mientras contemplaba las figuritas min&#250;sculas de los enemigos en la lejan&#237;a.

Los tanques avanzaban lentamente sin separarse de la infanter&#237;a, sorteando con cuidado las madrigueras de las marmotas y ametrallando los lugares de apariencia sospechosa. Nikolai vio corno era alcanzado por las balas un arbusto espinoso que se hallaba a unos doscientos metros; impulsadas por el viento ca&#237;an sus hojas y sus ramas.

Los carros de combate abr&#237;an fuego sin dejar de avanzar. Los proyectiles no alcanzaban la cumbre de la colina; la mayor&#237;a se quedaba entre los arbustos; despu&#233;s empezaron a formarse negras columnas de humo seg&#250;n se iban acercando a las trincheras. Nikolai se apretaba contra la pared de su zanja, dispuesto a saltar en todo momento.

Cuando los tanques atravesaron m&#225;s de la mitad de la distancia y estuvieron entre los espinos, aceleraron la marcha. Nikolai oy&#243; las apagadas voces de mando. Casi al un&#237;sono empezaron a disparar las ametralladoras y los fusiles antitanque; al ruidoso tableteo de las armas autom&#225;ticas se sumaba el ruido seco y trepidante de los fusiles.

La infanter&#237;a alemana separada de los tanques sufri&#243; algunas p&#233;rdidas; pero siguieron adelante. Luego se echaron al suelo, obligados por el fuego que se cern&#237;a sobre ellos.

Los disparos de las armas antitanque se fueron incrementando. El primer tanque se detuvo sin llegar a la zona de los espinos; el segundo estall&#243; y qued&#243; del rev&#233;s, lanzando hacia el cielo una columna de humo negro como el alquitr&#225;n. Otros dos tanques se incendiaron por los costados. Los soldados arreciaron el fuego. Disparaban sobre la infanter&#237;a que intentaba ponerse en pie, sobre las mirillas y sobre los tanquistas, que intentaban saltar por las escotillas.

El quinto tanque logr&#243; alcanzar la l&#237;nea de defensa a unos ciento veinte metros, aprovechando que el fuego anticarro de Borsij enmudeci&#243; por un momento. Sin embargo, el cabo Kochetigov ya iba a su encuentro. Apretado contra el suelo, el peque&#241;o y h&#225;bil Kochetigov se arrastraba con rapidez por entre los mont&#237;culos pardos de las madrigueras de las marmotas. Su desplazamiento s&#243;lo se notaba por el ligero movimiento de los arbustos.

Nikolai vio c&#243;mo se levantaba impetuosamente, se llevaba la mano a un lado, y tras lanzar una granada contra aquel enorme y colosal carro blindado, se agazapaba.

A un costado del tanque se elev&#243; una p&#225;lida columna de arena, como si un p&#225;jaro inmenso hubiese sacudido de pronto sus negras alas. El tanque se volc&#243; de costado y qued&#243; inm&#243;vil; bajo el fuego a que estaba sometido, se ve&#237;a el flanco en que estaba dibujada una cruz.

El fusilero antitanque Borsij, que se hab&#237;a quedado inm&#243;vil unos momentos, volvi&#243; a la carga, haciendo funcionar ininterrumpidamente su fusil contra aquel tanque volcado, estropeado e indefenso. La ametralladora del tanque dispar&#243; una r&#225;faga y en seguida enmudeci&#243;. Sus ocupantes no quisieron o no pudieron salir. A los pocos minutos empezaron a estallar sus municiones y se levant&#243; una gran humareda que surg&#237;a en densas columnas por el boquete y por la torreta enmudecida.

La infanter&#237;a enemiga, sometida al fuego de ametralladoras, intent&#243; varias veces incorporarse y avanzar, pero en seguida se ve&#237;a obligada a echarse de nuevo al suelo. Finalmente lo consiguieron; con carrerillas r&#225;pidas lograron avanzar y acercarse; pero al mismo tiempo los tanques se replegaron dando media vuelta; dejaron abandonados, en la vertiente, seis tanques quemados y averiados.

Desde alg&#250;n lugar, como si fuera de debajo de la misma tierra, Nikolai oy&#243; la voz alborozada de Sviaguintsev:

&#161;Nikolai, les hemos dado un ba&#241;o! &#161;Quer&#237;an tomar la posici&#243;n como si fuera un paseo militar! &#161;Les est&#225; bien empleado! &#161;Que vengan otra vez y les daremos otro ba&#241;o!

Nikolai carg&#243; cuidadosamente los peines de su fusil, se acerc&#243; la cantimplora a los labios, bebi&#243; un poco de agua -que estaba como caldo- y mir&#243; el reloj. Le daba la impresi&#243;n de que la lucha hab&#237;a durado unos minutos, pero en realidad hab&#237;a transcurrido media hora desde que empez&#243;. El sol se ocultaba y sus rayos empezaban a disminuir de intensidad.

Tras beber otro sorbo de agua, Nikolai apart&#243; la cantimplora de sus labios resecos y mir&#243; con cautela hacia el exterior. Percib&#237;a un olor terrible a hierro quemado y gasolina, mezclado con el amargo tufo de la hierba carbonizada. Por encima de los mont&#237;culos ard&#237;an los yerbajos junto a un tanque cercano, y apenas se notaba a la luz diurna. Las leng&#252;ecitas de hierba segu&#237;an humeantes en la vertiente, destac&#225;ndose las oscuras masas de los tanques inmovilizados; junto a ellos segu&#237;an los montecillos de color pardusco de las madrigueras de las marmotas, que ahora ten&#237;an una forma mucho m&#225;s alargada; incluso su color parec&#237;a gris verdoso. Cuando observ&#243; m&#225;s detenidamente, Nikolai se dio cuenta de que eran los cad&#225;veres de los alemanes muertos; en el fondo de su alma habr&#237;a deseado en aquel momento que no hubiera tantos montecillos de color gris verdoso

Desde el barranco sub&#237;a el ruido de las ametralladoras. Nikolai escondi&#243; la cabeza tras su parapeto. Suspirando, apoy&#243; el cuerpo sudoroso en la trinchera y mir&#243; hacia lo alto. All&#237;, en aquel firmamento azul, nada hab&#237;a cambiado: el aguilucho de la estepa volaba armoniosamente dando vueltas y mov&#237;a de vez en cuando las alas, iluminadas desde abajo. Una nubecilla clara de tono viol&#225;ceo, parecida a una concha ba&#241;ada de n&#225;car fin&#237;simo, permanec&#237;a en el mismo sitio de antes, completamente inm&#243;vil, y desde alguna parte llegaban los trinos de la alondra; todo ello se sent&#237;a en el coraz&#243;n. S&#243;lo la columna de humo parec&#237;a difuminarse en la lejana colina; los sotos que la limitaban no parec&#237;an tan amenazadores; flotando sobre la tierra, daban la impresi&#243;n de ser m&#225;s azules y de tener consistencia tosca.

Nikolai esperaba que el segundo ataque alem&#225;n empezara cuando los tanques y las ametralladoras hubieran realizado un movimiento envolvente. Mas al parecer los alemanes pretend&#237;an llegar a la encrucijada y salir al camino nivelado al pie de la colina. Como la primera vez, los tanques y la infanter&#237;a que les acompa&#241;aba, con obtusa tenacidad, iban a la cabeza de la formaci&#243;n, por la pendiente sembrada de cad&#225;veres.

Una vez m&#225;s el fuego separ&#243; a la infanter&#237;a de los tanques y los soldados tuvieron que echarse al suelo mientras los carros se dirig&#237;an precipitadamente a la zona defensiva. Dos tanques pudieron llegar a las trincheras por el flanco derecho. A pesar de haber sido ambos alcanzados por las granadas, uno logr&#243; aplastar algunas trincheras y, envuelto en llamas, sigui&#243; avanzando; rug&#237;a terriblemente y la torreta dirig&#237;a todo su fuego por la &#250;nica banda que no hab&#237;a sido tocada. Por su blindaje recalentado se deslizaban luci&#233;rnagas de color azul amarillento. Mientras, la pintura, derretida por el calor, se iba desprendiendo en espirales.

Los rayos solares, ya oblicuos, daban bajo el casco, de modo que resultaba dif&#237;cil mirar y seguir con el punto de mira las figuras de los que corr&#237;an. Nikolai disparaba r&#225;fagas cortas para ahorrar munici&#243;n; disparaba solamente sobre seguro, pero ten&#237;a ya los ojos cansados y cegados por el sol. Cuando rechazaron el segundo ataque, suspir&#243; de satisfacci&#243;n y cerr&#243; los ojos un instante.

&#161;Ya les hemos dado otro ba&#241;o! -son&#243; a su lado la bronca y contenida voz de Sviaguintsev-. &#191;Est&#225;s vivo, Nikolai? &#191;Est&#225;s vivo? Muy bien. Lo importante es saber si tendremos municiones suficientes para seguir casc&#225;ndoles. Uno les dispara, pero se arrastran por entre el trigo como bichos.

Murmur&#243; algo m&#225;s en un tono de voz incomprensible pero Nikolai ya no le escuchaba. Estaba absorto por el ruido bajo e intermitente producido por los aviones alemanes.

Lo que faltaba, pens&#243; mientras oteaba el firmamento y maldec&#237;a al sol que imped&#237;a ver bien.

Una docena de Junkers segu&#237;a la ruta noroeste; al parecer se dirig&#237;an hacia el Don. Desde el primer instante Nikolai calcul&#243; la direcci&#243;n que llevaban y dedujo que aquellos aviones pretend&#237;an bombardear el paso del r&#237;o. Suspir&#243; aliviado y pens&#243;: &#161;Pasaron! Pero en aquel mismo instante observ&#243; que cuatro de los aviones se separaban de la formaci&#243;n y, dando la vuelta, se dirig&#237;an exactamente hacia la colina.

Nikolai se escondi&#243; todo lo que pudo en el interior de la trinchera y se prepar&#243; para disparar, pero s&#243;lo pudo lanzar una r&#225;faga contra un avi&#243;n que se dirig&#237;a contra &#233;l oblicuamente. Al ruido del motor se uni&#243; el zumbido de las bombas.

Nikolai no oy&#243; el bramido del suelo sacudido por la explosi&#243;n ni vio la masa de tierra que se hab&#237;a levantado junto a &#233;l. Una ola de aire caliente, densa y compacta, se apoder&#243; de la trinchera, arrastrando el parapeto anterior con tanta fuerza que la cabeza de Nikolai choc&#243; contra un lado. La parte trasera del casco le golpe&#243; la nuca de tal modo que la correa que llevaba bajo el ment&#243;n se rompi&#243;. Perdi&#243; el conocimiento y qued&#243; medio asfixiado, ensordecido

Nikolai se recuper&#243; cuando los aviones enemigos hab&#237;an efectuado ya dos pasadas lanzando su cargamento de bombas y la infanter&#237;a alemana se preparaba para el tercer ataque aproxim&#225;ndose a la l&#237;nea defensiva para dar el golpe final.

Alrededor de Nikolai la lucha estaba al rojo vivo. Los escasos soldados que quedaban en el regimiento aguantaban con sus &#250;ltimas fuerzas; su fuego se hab&#237;a debilitado, quedaba poca munici&#243;n para la defensa. Por el flanco izquierdo se lanzaban granadas y los supervivientes se preparaban a recibir a los enemigos con la bayoneta calada. Nikolai, medio cubierto de tierra, permanec&#237;a en el fondo de la trinchera como un bulto inerte, respirando trabajosamente; cada vez que expel&#237;a aire, su mejilla rozaba el suelo de la trinchera. Sangre tibia y cosquilleante manaba de su nariz. Al parecer hac&#237;a tiempo que le sal&#237;a, pues la sangre se hab&#237;a secado en su bigote y en sus labios. Nikolai se pas&#243; la mano por el rostro y se incorpor&#243; un poco.

Unas violentas n&#225;useas le tumbaron de nuevo. Pronto se le pas&#243;. Se levant&#243;, mir&#243; con ojos turbios y lo comprendi&#243; todo: los alemanes estaban muy cerca.

Los brazos, debilitados, le dolieron durante mucho tiempo. Nikolai empez&#243; a colocar municiones en el peine mientras intentaba incorporarse, pero s&#243;lo pudo ponerse de rodillas. La cabeza le daba vueltas. El olor agrio de lo que hab&#237;a devuelto le mareaba todav&#237;a m&#225;s. Pero super&#243; las n&#225;useas, los mareos y la debilidad que le invad&#237;a y se puso a disparar, ajeno a cuanto suced&#237;a a su alrededor. Crispaba fuertemente los labios, teniendo presentes sus dos deseos m&#225;s poderosos: &#161;vivir y luchar hasta el fin!

Transcurrieron minutos que le parecieron horas. No se dio cuenta de que tres K.V. amigos, procedentes del sur del precipicio, se echaban sobre los veh&#237;culos alemanes. Iban acompa&#241;ados de una brigada de infanter&#237;a motorizada. Tan ofuscado se hallaba que no acert&#243; a comprender por qu&#233; los alemanes, tendidos a unos cien metros de sus trincheras, dejaban de disparar y retroced&#237;an arrastr&#225;ndose, para luego levantarse y correr en desbandada, pero no hacia atr&#225;s, sino de norte a sur, hacia el precipicio.

Ca&#237;an por la pendiente como hojas de color gris verdoso recogidas e impulsadas por un fuerte viento. La mayor&#237;a de ellos ca&#237;a, se confund&#237;a entre las hojas y ya no volv&#237;a a levantarse.

Cuando Sviaguintsev, el teniente Golostchiekov y otros soldados saltaron por encima del embudo que hab&#237;a hecho una bomba, pasando junto a Nikolai, &#233;ste comprendi&#243; lo que ocurr&#237;a al fijarse en sus rostros p&#225;lidos de furia y llenos de alegr&#237;a. En su garganta rugi&#243; algo ronco, pues tambi&#233;n quer&#237;a, como los dem&#225;s, gritar con fuerza; como hab&#237;a hecho en otros tiempos, deseaba tambi&#233;n saltar y correr con sus camaradas. Pero sus miembros, d&#233;biles y sin fuerza, ced&#237;an y &#233;l se arrastraba por el borde de la trinchera. No pudo salir de ella. De su nariz manaba una sangre tibia y cosquilleante. Nikolai se apoy&#243; en el parapeto destrozado y, con rabia y desesperaci&#243;n, se puso a llorar por su propia impotencia y porque la suerte le hab&#237;a vuelto la espalda. Hab&#237;an resistido en la colina, la ayuda hab&#237;a llegado a tiempo y el maldito enemigo hu&#237;a por tercera vez.

No lleg&#243; a ver c&#243;mo Sviaguintsev y algunos soldados m&#225;s atacaban con las bayonetas a los alemanes que hu&#237;an; no lleg&#243; a ver c&#243;mo el sargento Liubchenko se apartaba de la tropa caminando lentamente con el pie herido, mientras sosten&#237;a con una mano la bandera sin desplegar y aguantaba fuertemente con la otra la ametralladora; no pudo tampoco ver c&#243;mo el capit&#225;n Sumskov sal&#237;a arrastr&#225;ndose de su trinchera, destruida por una bomba. Apoyado en el brazo izquierdo, el capit&#225;n se dejaba caer por la vertiente siguiendo a sus soldados. Ten&#237;a el brazo derecho destrozado y la guerrera, hecha harapos, estaba empapada de sangre. De vez en cuando se tumbaba sobre el hombro izquierdo, descansaba y segu&#237;a arrastr&#225;ndose. Estaba p&#225;lido como un muerto, ten&#237;a el rostro completamente blanco y, no obstante, continuaba avanzando, mientras echaba hacia atr&#225;s la cabeza para gritar con vocecita infantil:

&#161;Aguiluchos! &#161;Adelante, adelante, amigos m&#237;os! &#161;Dadles su merecido!

Nikolai no pudo ver nada de esto. En el tenue firmamento nocturno acababa de iluminarse la primera estrella temblorosa y tintineante. Pero para &#233;l ya se hab&#237;a hecho la noche cerrada, con una p&#233;rdida de memoria prolongada y pacificadora.



8

Durante toda la noche ardieron siniestramente enormes campos de trigo maduro incendiados por las bombas alemanas. Durante toda la noche resplandeci&#243; el fuego, inm&#243;vil y tremolante a la vez. Al resplandor de la estepa iluminada por la guerra se a&#241;ad&#237;a la luz ambigua y enga&#241;osa de la luna menguante, muy d&#233;bil y que en cierto modo parec&#237;a innecesaria.

El viento iba empujando el humo de los incendios hacia el este, de modo que acompa&#241;aba continuamente a la tropa en su retirada hacia el Don, persigui&#233;ndolos como un mal recuerdo. Kil&#243;metro tras kil&#243;metro, Sviaguintsev iba sinti&#233;ndose cada vez m&#225;s triste en el fondo de su coraz&#243;n, como si aquel aire venenoso y amargado por el humo le afectara tanto al alma como a los pulmones.

Las unidades de protecci&#243;n de retaguardia segu&#237;an su marcha hacia el r&#237;o; los refugiados, en carros repletos de trastos, avanzaban a los lados del camino. Los tanques tronaban, chirriaban sus cadenas y todo se envolv&#237;a en un polvo dorado. Los reba&#241;os de corderos de los distintos koljoses en su camino hacia el Don se perd&#237;an por la estepa confundidos por los tanques, desperdig&#225;ndose en la noche oscura. Aqu&#237; y all&#225; se o&#237;an las pisadas veloces de las pezu&#241;as, los sollozos de las mujeres y los lloros de los ni&#241;os, que iban empujando los reba&#241;os tratando al mismo tiempo de contenerlos para que no se desperdigaran.

Sviaguintsev dio un rodeo para evitar un grupo de veh&#237;culos parados en medio del camino y, junto a la cuneta, arranc&#243; una espiga que hab&#237;a sido calcinada por el fuego y la mir&#243; fijamente. Era una espiga granada y rica, a punto de estallar. Era trigo de la variedad memyanopus. Ten&#237;a las puntas quemadas y la piel que cubr&#237;a el grano estaba abierta por el calor; toda la espiga estaba lamentablemente desfigurada por el fuego y desprend&#237;a un intenso olor a humo.

Oliendo aquella espiga, Sviaguintsev murmur&#243;:

&#161;C&#243;mo te has ahumado, pobrecita! Hueles a humo como un gitano. &#161;Y la culpa es del maldito alem&#225;n!

Apretando la espiga entre los dedos, sac&#243; los granos, los sopl&#243;, se los pas&#243; de una mano a otra y se los llev&#243; con todo cuidado a la boca intentando que no se le cayera al suelo ninguno. A continuaci&#243;n los mastic&#243; y luego suspir&#243; tres veces.

En los largu&#237;simos meses que llevaba en el frente, Sviaguintsev hab&#237;a conocido muchas muertes, muchas desgracias generales y muchos sufrimientos personales. Hab&#237;a visto incendios, pueblos arrasados, f&#225;bricas destruidas, ruinas y chatarra donde poco tiempo antes hab&#237;a pueblos hermosos. Hab&#237;a visto los campos f&#233;rtiles aplastados por los tanques y destruidos por el fuego. Pero lo que no hab&#237;a visto durante toda la guerra le tocaba verlo aquel d&#237;a: grandes extensiones de la estepa, cubiertas de trigo, entregadas al fuego destructor. Esto le angustiaba en el fondo de su coraz&#243;n. March&#243; durante un buen rato conteniendo los suspiros de su pecho. A la luz del atardecer contempl&#243; los campos calcinados por el enemigo; de cuando en cuando arrancaba una espiga de cebada o de trigo salvada del fuego, en la cuneta misma, y pensaba en la mucha riqueza, en los muchos bienes pertenecientes al pueblo que se echaban a perder in&#250;tilmente; meditaba en la crueldad de la guerra que sosten&#237;an los alemanes contra todo lo que tuviera una apariencia de vida.

En ocasiones descansaba su mirada en trozos de terreno coloreados de verde; all&#237; hab&#237;a girasol y ma&#237;z que no hab&#237;a sufrido la acci&#243;n del fuego. Pero a ambos lados del camino pronto volv&#237;a a extenderse la calcinada tierra, triste y oscurecida en su desgracia; a Sviaguintsev le produc&#237;a l&#225;stima mirarla.

Notaba todas las articulaciones fatigadas, se sent&#237;a extenuado, necesitaba reposo; pero despu&#233;s de haber visto aquello, hab&#237;a algo que le espoleaba. Sviaguintsev pensaba en la guerra; para ahuyentar el sue&#241;o se puso a murmurar con voz audible:

&#161;Maldito alem&#225;n, qu&#233; par&#225;sito tan malo eres! Culebra asquerosa, qu&#233; pronto te acostumbras a correr por tierra ajena y a ser insolente. Espera, ya ver&#225;s lo que sucede cuando llevemos la guerra a tu pa&#237;s. &#191;Qu&#233; crees que pasar&#225; entonces? En esta tierra est&#225;s tan fresco, matas con total despreocupaci&#243;n a mujeres y ni&#241;os, abrasas enormes extensiones sembradas de trigo, destruyes nuestros pueblos y nada conmueve tu esp&#237;ritu. Pero ya ver&#225;s lo que ser&#225; de ti cuando se libre la lucha en tu propio territorio, en tu tierra fascista. Entonces cambiar&#225;n las tornas, alem&#225;n obstinado; ya no estar&#225;s tan ricamente como ahora, acomodado en la trinchera y tocando el acorde&#243;n: te olvidar&#225;s de la m&#250;sica, levantar&#225;s el morro y empezar&#225;s a aullar como un perro, pues tu olfato te dir&#225; lo cerca que est&#225; tu destino. &#191;A cu&#225;ntas mujeres has dejado viudas, alem&#225;n, a cu&#225;ntos ni&#241;os hu&#233;rfanos? Son tantos que, inevitablemente, tenemos que desquitarnos. Ni uno de nuestros soldados, ni uno de nuestros oficiales tendr&#225; una palabra amable para ti; nadie abogar&#225; por tu vida. &#161; Puedes estar seguro! Y yo vivir&#233; hasta que llegue ese d&#237;a, el d&#237;a en que nos traslademos a tu tierra inmunda con todo nuestro fuego; pues quiero ver c&#243;mo te enjugas el llanto. Y ser&#225; as&#237; porque te odio demasiado. Tengo deseos de enviarte al otro mundo por los siglos de los siglos; tengo deseos de que te quedes en tu nido de serpiente, no aqu&#237;, en nuestra tierra.

Sin dejar de marchar y murmurando en voz baja contra el invisible alem&#225;n, se desahogaba injuriando a todo lo que en aquel momento representaba para &#233;l el ej&#233;rcito alem&#225;n. Le horrorizaba la magnitud de las maldades que se hab&#237;an hecho en territorio ruso. Sviaguintsev hab&#237;a presenciado muchas maldades en la guerra, en los frentes, y ahora, una vez m&#225;s, pod&#237;a comprobarlas bajo el cruel resplandor de los incendios.

Pensar en voz alta le ayudaba a combatir el sue&#241;o. En lo profundo de su conciencia cada vez estaba m&#225;s seguro de que, pronto o tarde, el enemigo tendr&#237;a su merecido; y esto por encima de las continuas tentativas destructoras de los alemanes.

&#161;Te aniquilaremos, te destruiremos, hijo de perra! &#191;Quieres ir de visita? Pues aprende a recibir visitas -iba diciendo Sviaguintsev en voz cada vez m&#225;s alta, seg&#250;n sus pensamientos le acaloraban.

Lopajin, que marchaba cansinamente a pocos metros de &#233;l, aceler&#243; el paso, le puso una mano en el hombro y le pregunt&#243;:

&#191;Qu&#233; murmuras, maquinista? Pareces un gallo en el pajar. &#191;No estar&#225;s calculando la cantidad de trigo que se ha perdido? Vamos, no te atormentes m&#225;s, esas p&#233;rdidas ni siquiera te caben en la cabeza. Har&#237;a falta un buen profesor de matem&#225;ticas.

Entonces Sviaguintsev se call&#243; y al poco rato replic&#243; con voz baja y so&#241;olienta:

Lo que pasa es que esa es mi manera de ahuyentar el sue&#241;o. No te creas, a m&#237; me da mucha l&#225;stima el trigo perdido, tanta como al campesino. &#161;Dios m&#237;o, cuant&#237;simo se ha perdido! Hay que calcular cien o ciento veinte puds por hect&#225;rea, hermano, nada menos. Y hacer crecer con tanta fuerza el trigo no se parece en nada a sacar carb&#243;n.

Claro, como que el trigo crece solo, mientras que el carb&#243;n hay que irlo sacando. Pero no creo que lo entiendas. Oye, &#191;por qu&#233; no me dices c&#243;mo se te ocurre hablar solo? Tendr&#237;as que, hablar conmigo, si sigues murmurando no sabr&#233; si est&#225;s en tu juicio o si has perdido esta noche la poca sensatez que te quedaba; que no se te ocurra volver a hablar a solas. Es una tonter&#237;a y te lo proh&#237;bo.

Pero bueno, t&#250; no eres mi superior, no puedes prohibirme nada -le respondi&#243; irritado Sviaguintsev.

Est&#225;s confundido, amiguito. Precisamente sucede que soy ahora tu jefe inmediato.

Sviaguintsev volvi&#243; un poco para dar la cara a Lopajin y pregunt&#243; con voz apagada y sin gran inter&#233;s:

&#191;C&#243;mo es que figuras entre los mandos?

Lopajin dio un golpecito con su u&#241;a manchada de nicotina en el casco de Sviaguintsev; a continuaci&#243;n le dijo con tono socarr&#243;n:

&#161; A ver si piensas con la cabeza y no con el pedazo de hierro que llevas encima! &#191;Preguntas por qu&#233; soy tu jefe? Ahora te lo dir&#233;; en el ataque el comandante estaba delante, &#191;verdad? Y en la retirada estaba detr&#225;s, &#191;no es as&#237;? Y cuando defendimos la colina, detr&#225;s del pueblo, mi trinchera estaba unos veinte metros por delante de la tuya; y ahora, en este momento, yo estoy detr&#225;s de ti. O sea que usa tu pobre cabezota y piensa: &#191;qui&#233;n es aqu&#237; el jefe, t&#250; o yo? No tienes que ponerte insolente conmigo, sino, al contrario, darme gusto en todo lo posible.

Qu&#233; cosas tienes. &#191;Por qu&#233; hab&#237;a de ser as&#237;? -pregunt&#243; cada vez m&#225;s enfadado Sviaguintsev, que no ten&#237;a aguante para las bromas y soportaba mal las guasas de Lopajin.

Esc&#250;chame, pedazo de alcornoque. En el regimiento s&#243;lo quedamos unos pocos, y si tenemos que seguir luchando y resistir en una posici&#243;n en un par de ocasiones m&#225;s, llegar&#225; un momento en que s&#243;lo quedemos tres: t&#250;, yo y el cocinero Lisichenko. Y cuando s&#243;lo quedemos tres en todo el regimiento, el comandante ser&#233; yo; y a ti, idiota, te har&#233; jefe de estado mayor. De modo que intenta no perder mi amistad por la cuenta que te trae.

Sviaguintsev hizo un gesto de mal humor y agit&#243; ligeramente un hombro para acomodarse la correa del fusil. Sin darse la vuelta replic&#243; a los comentarios de Lopajin con tono de sincera irritaci&#243;n:

Yo no he visto nunca que haya comandantes como t&#250;.

&#191;Y por qu&#233;?

Pues porque el comandante de un regimiento ha de ser una persona responsable de sus palabras, seria.

&#191;Y t&#250; crees que yo no soy una persona seria?

Te voy a decir lo que eres t&#250;: un charlat&#225;n y un juerguista. T&#250; s&#243;lo hablas para decir guasas y bromas, usas la lengua como si tocaras la balalaika. &#161;Menudo comandante har&#237;as! &#161;Un buen sinverg&#252;enza, s&#237;, pero lo que es un comandante!

Lopajin carraspe&#243;; cuando habl&#243; de nuevo, en sus palabras hab&#237;a guasa:

&#161;Sviaguintsev, Sviaguintsev, eres un pobre ingenuo koljosiano! Hay comandantes de muy distintos tipos, seg&#250;n sean su inteligencia y su car&#225;cter. Unos son serios, otros alegres, otros muy listos e incluso algunos algo tontos. Pero los jefes de estado mayor son todos del mismo aire, todos son hombres inteligentes. F&#237;jate, en estos &#250;ltimos tiempos ha habido comandantes como el que te voy a describir ahora: un comandante que es tonto rematado pero al mismo tiempo valiente y tenaz; que tiene mucha energ&#237;a y es capaz de echar una mano al que est&#225; a su lado; en cuestiones de guerra a lo mejor ni siquiera tiene ideas; y sin embargo se le hincha el pecho, se le pone el bigote tieso y saca una voz bien recia para dar &#243;rdenes; y adem&#225;s su madre dice que es un genio. En fin, que manda en todo, es un buen comandante y no se puede decir nada en contra de &#233;l. Porque en la guerra no basta con tener un uniforme vistoso, &#191;no te parece?

Sviaguintsev hizo un gesto de asentimiento; Lopajin sigui&#243; su perorata:

Bueno, pues llegado el caso, a este comandante le ponen un jefe de estado mayor que es inteligente de verdad. &#161;Y f&#237;jate en qu&#233; se convierten ahora las buenas acciones de nuestro aguerrido comandante! S&#243;lo por tener junto a &#233;l una autoridad superior, la suya crece; al poco tiempo todos empiezan a hablar bien del comandante, no hacen m&#225;s que alabarlo; y mientras tanto el jefe de estado mayor, listo como un zorro pero mucho m&#225;s modesto, vive a la sombra del comandante Claro, nadie habla bien de &#233;l, nadie le llama Iv&#225;n Ivanovich; sin embargo, es el cerebro de todo, el comandante es s&#243;lo la pantalla donde &#233;l se proyecta. Estas cosas ya pasaban en tiempos de los faraones.

Pieria, a veces dices cosas sensatas -exclamo Sviaguintsev con una amplia sonrisa-. Desde luego, si a m&#237; me pusieran a tu lado, por poner un ejemplo, como jefe de estado mayor, ya me cuidar&#237;a de que no hicieses demasiadas burradas. S&#237;, yo considero que soy una persona seria, mientras que t&#250;, y no te ofendas porque te lo digo, tienes la cabeza llena de p&#225;jaros. Naturalmente, estando yo a tu lado las cosas ir&#237;an mejor'.

Lopajin, con un gesto de sentida amargura, hizo oscilar la cabeza antes de replicar:

Sviaguintsev, eres un mal bicho. Pensar que has vuelto del rev&#233;s todas mis palabras para que te favorezcan a ti

&#191;Volverlas del rev&#233;s? -pregunt&#243; Sviaguintsev con tono sorprendido.

S&#237;, las has empleado en tu propio beneficio, ni m&#225;s ni menos. Y eso no est&#225; bien.

Bueno, esp&#233;rate un momento; t&#250; has dicho que al comandante las cosas le van mucho mejor cuando dispone de un jefe de estado mayor inteligente. &#191;Has dicho eso o no lo has dicho?

&#161;Lo dicho, dicho est&#225;, no me echo atr&#225;s! -replic&#243; Lopajin con aire de resignaci&#243;n-. Desde luego, est&#225; claro que un comandante resuelve las cosas mucho mejor cuando tiene a su lado un buen jefe de estado mayor. Pero nuestro caso es muy diferente y las cosas ser&#225;n al rev&#233;s: yo ser&#233; el comandante sensato y t&#250;, aunque ya s&#233; que no tienes nada en la cabeza, ser&#225;s, a pesar de todo, mi jefe de estado mayor. Y ahora te explicar&#233;, porque seguro que te interesa saberlo, por qu&#233; he decidido nombrarte jefe de estado mayor, siendo tan bobo como eres. Para empezar, s&#243;lo te nombrar&#233; a ti cuando de todo el regimiento no nos quede m&#225;s que el maldito cocinero, Pietia Lisichenko. &#201;l tendr&#225; que empu&#241;ar el fusil y cumplir las &#243;rdenes; y t&#250; desarrollar&#225;s mis ideas estrat&#233;gicas y guisar&#225;s las gachas; y adem&#225;s te arrastrar&#225;s en mi presencia como un hijo de perra. Y si adem&#225;s de Pietia Lisichenko quedan todav&#237;a m&#225;s soldados del regimiento, ni se te ocurra pensar que puedes alcanzar los poderes de jefe de estado mayor. Como m&#225;ximo llegar&#225;s a tener las obligaciones de ayudante m&#237;o, ordenanza y ayudante al mismo tiempo. Tendr&#225;s que limpiar mis zapatos, ir&#225;s a la cocina a buscarme el rancho, la vodka todas esas cosas dom&#233;sticas.

Sviaguintsev, que le escuchaba atentamente, escupi&#243; con rabia y se mantuvo en silencio. Un soldado que caminaba al lado de Lopajin se ri&#243; en voz baja. Al cabo de un rato Sviaguintsev se recuper&#243; y dijo:

Lopajin, eres exactamente igual que una balalaika. &#161;Ojal&#225; no tenga que servir nunca a tus &#243;rdenes! Tienes la cabeza vac&#237;a. Si yo tuviera un servicio as&#237;, me ahorcar&#237;a, pues t&#250; har&#237;as tantas burradas al cabo del d&#237;a que yo necesitar&#237;a una semana para deshacerlas.

Oye, oye, a ver si hablas con m&#225;s respeto, que si no no te tomar&#233; ni como ordenanza.

Lopajin, &#191;has sufrido alguna desgracia? -pregunt&#243; Sviaguintsev.

Lopajin bostez&#243; tranquilamente antes de replicar:

S&#237;, ahora tengo una. &#191;Por qu&#233; lo dices?

Pues porque no se te nota.

Yo no exhibo mi desgracia.

Vamos, dime cu&#225;l es esa desgracia.

La normal en las circunstancias en que estamos: los alemanes han tomado mi querida Bielorrusia, y Ucrania, y la zona del Don, y seguro que ya se han apoderado de mi pueblo, donde est&#225;n mi mujer, mi viejo padre, la mina en que trabajaba yo Adem&#225;s, he perdido para siempre a muchos camaradas por culpa de esta guerra &#191;Entiendes?

&#191;Ves qu&#233; clase de hombre eres? -exclam&#243; Sviaguintsev-. Tienes semejante desgracia y encima te quedan ganas de bromear. &#191;Se te puede considerar un hombre serio despu&#233;s de esto? Nada de eso, eres un hombre vac&#237;o, todo fachada, sin nada por detr&#225;s. Todav&#237;a me extra&#241;a que te hayan hecho tirador antitanque. Ser de antitanques es cosa de responsabilidad y eso a tu car&#225;cter no le va. Tu car&#225;cter es atolondrado, alegre, digamos que s&#243;lo servir&#237;as para tocar los platillos o la flauta o incluso el tambor.

Sviaguintsev, pi&#233;nsalo bien. Y reconoce que has dicho tantas tonter&#237;as porque est&#225;s medio dormido, si no ya ver&#225;s la que te espera -dijo Lopajin con rabia.

Pero Sviaguintsev estaba ya perfectamente despejado y hablaba con animaci&#243;n. De vez en cuando se volv&#237;a hacia Lopajin y le miraba a los ojos.

Pietia, t&#250; no est&#225;s en un puesto adecuado para ti por culpa de algunos jefes que tienen un car&#225;cter como el tuyo; es decir, que son unos cabezas huecas. Por ejemplo, &#191;puede saberse por qu&#233; me han mandado a m&#237; a infanter&#237;a, si soy tractorista especializado y lo que m&#225;s me va son los motores? Yo en realidad tendr&#237;a que estar con los tanques y sin embargo me veo en infanter&#237;a cavando trincheras y arrastr&#225;ndome por el suelo como un topo. Y a ti, que tan bien te ir&#237;a tocar el tambor para alegrar a la gente, te dir&#233; que puedes estar satisfecho de que te hayan alistado en antitanques; y adem&#225;s, como primer proveedor. Y a&#250;n hay cosas m&#225;s extra&#241;as. La primera unidad en que yo estuve se form&#243; en una peque&#241;a ciudad de la ribera del Volga. La guarnici&#243;n de la plaza era un regimiento cosaco de caballer&#237;a. Luego lleg&#243; el reemplazo del Don y de la provincia de Stavropolsk. Los cosacos y los de Stavropolsk fueron destinados a infanter&#237;a, con nosotros; y m&#225;s adelante los cosacos pasaron a zapadores, a telefonistas &#161;Qu&#233; demonios pod&#237;an hacer all&#237;!

Los carpinteros que hab&#237;an sido reclutados en Rostov fueron destinados a caballer&#237;a; les dieron pantalones de montar con raya roja, casacas azules y todo eso. De manera que los cosacos daban hachazos, hac&#237;an labor de pontoneros y cuando ve&#237;an un caballo, se pon&#237;an a suspirar; mientras tanto, los de Rostov, hombres que antes de la guerra ten&#237;an oficio, carpinteros, alba&#241;iles y dem&#225;s, ten&#237;an que trajinar con caballos, con los que estaban tan poco familiarizados que hasta les daban miedo; pues aquellos hombres en tiempos de paz no ve&#237;an caballos ni en pintura. Y por si fuera poco aquellos caballos, de tres a&#241;os de edad, proven&#237;an de Salsk, en las estepas de los kalmucos, y estaban sin domar. Ya puedes imagin&#225;rtelo que sucedi&#243;. Hubo risas y lamentos. Aquellos carpinteros y alba&#241;iles ensillaban un caballo salvaje; y el maldito animal, rodeado de gente, se pon&#237;a a saltar, desmontaba al jinete, le mord&#237;a y lo dejaba hecho unos zorros por el suelo. Imag&#237;nate, qu&#233; situaci&#243;n.

Un d&#237;a que yo estaba de guardia en un almac&#233;n de ferrocarriles vi que se preparaba un escuadr&#243;n para marchar al frente. El comandante mand&#243; ensillar; unos cuarenta de entre aquellos ciento cincuenta hombres eran carpinteros y alba&#241;iles de Rostov y no sab&#237;an ni ensillar un caballo. De verdad, yo mismo lo vi. El comandante del escuadr&#243;n se ech&#243; las manos a la cabeza y se puso a jurar de un modo terrible. Pero en realidad la culpa no la ten&#237;an aquellos alba&#241;iles y carpinteros. &#161;Ya ves qu&#233; cosas pasan! Y el motivo es que en ocasiones hay comandantes como t&#250;, con la cabeza, llena de serr&#237;n.

Vaya, parece que te he molestado -dijo Lopajin con un suspiro aparatoso -. Te has mosqueado y ahora s&#243;lo dices bobadas para tranquilizarte y demostrarme que yo no puedo llegar a comandante. Pues aunque no lo quieras ser&#233; comandante y te quitar&#233; toda la tonter&#237;a que tienes en la cabeza. Te tendr&#233; a raya, me obedecer&#225;s a pies juntillas. Antes de que llevaran al hospital a Kolia Streltsof, me encarg&#243; de que cuidara de ti. Me dijo: Oc&#250;pate de ese Sviaguintsev, que est&#225; medio sonado. De otro modo le matar&#225;n por cualquier tonter&#237;a. Por eso no quiero perderte de vista. &#161;Bueno -me dije -, le hablar&#233; para distraerle de sus tristes pensamientos! Pero siento haberte hablado. F&#237;jate, llevo un rato pensando en c&#243;mo taparte la boca a ver si te callas un rato. Por ejemplo &#191;Quieres una rebanada de pan?

Bueno, dame una.

Torna, ah&#237; tienes dos. Lo &#250;nico que te pido a cambio es que te calles y que no discutas m&#225;s. No me hace ninguna gracia que un subordinado me lleve la contraria.

Sviaguintsev ya iba a empezar a refunfu&#241;ar pero cogi&#243; una de las rebanadas de pan que le ofrec&#237;a Lopajin y se la llev&#243; a la boca. Con tono adormilado, habl&#243; a continuaci&#243;n:

Nikolai Streltsof era un hombre de una pieza, serio e inteligente; no era como t&#250;. Adem&#225;s no es cierto que me tuviera por medio loco. Nos apreci&#225;bamos mutuamente. Sol&#237;amos hablar de las cosas de la familia y de todo en general. &#201;l s&#237; que hubiera sido buen comandante; era una persona muy instruida, sab&#237;a hablar. Antes de la guerra era agr&#243;nomo pero su mujer le abandon&#243; por la seriedad de su car&#225;cter. En cuanto a ti, &#191;sabes qu&#233; eres? Eres un minero, tienes el alma de carb&#243;n, s&#243;lo vales para extraer carb&#243;n de la mina; y no s&#233; para qu&#233; te han dado ese fusil que tienes entre las manos, pues disparas de cualquier manera; y por si fuera poco

Sviaguintsev sigui&#243; hablando durante un buen rato de las virtudes de Streltsof. Al cabo de un tiempo empezaron a trabuc&#225;rsele las palabras, fue bajando la voz y al fin se call&#243;. Camin&#243; durante un rato con la cabeza gacha. Marchaba con dificultad hasta que, repentinamente, se agach&#243; un poco y sali&#233;ndose de las filas se dirigi&#243; a la cuneta. Lopajin se dio cuenta de que a Sviaguintsev ya no le aguantaban las piernas, de que se le doblaban las rodillas, de lo que dedujo que se estaba durmiendo. Corri&#243; a ayudar a su camarada y le sostuvo con un brazo sacudi&#233;ndole con fuerza.

Venga, v&#225;monos a la cola, no hay que romper la formaci&#243;n  le dijo amablemente.

Estas palabras sonaban tan ins&#243;litas y extra&#241;as en boca de Lopajin que Sviaguintsev, recobr&#225;ndose, le mir&#243; con atenci&#243;n y le pregunt&#243;:

&#191;Qu&#233; sucede, Pietia, me he quedado medio dormido?

No, nada de medio dormido, te has dormido entero como un roc&#237;n capado con toda la impedimenta encima. Si no te llego a coger a tiempo, seguro que te caes al suelo. Tienes tanta fuerza como un caballo, pero cuando te ataca el sue&#241;o eres muy d&#233;bil.

Es verdad -reconoci&#243; Sviaguintsev-. A lo mejor vuelvo a dormirme de pie. T&#250;, si ves que se me cae la cabeza, dame buenos golpes en la espalda; pero con fuerza, que si no no me entero.

No te preocupes, lo har&#233; con mucho gusto; te pegar&#233; bien fuerte con la culata del fusil  le prometi&#243; Lopajin estrechando a Sviaguintsev por los hombros. A continuaci&#243;n le pas&#243; la petaca y le dijo -: Vamos, Vania, l&#237;ate un cigarrillo a ver si se te va el sue&#241;o. Tienes un aspecto lamentable, bastante peor que si fueras un prisionero rumano.

Sviaguintsev, que segu&#237;a a Lopajin como un cordero, llevaba la petaca en la mano; mir&#243; su contenido y, con suspiro de pena, dijo:

Aqu&#237; s&#243;lo queda tabaco para liar un cigarrillo. Toma, coge tu petaca, no quiero dejarte sin fumar. Hasta el tabaco se nos est&#225; acabando

Lopajin le replic&#243; en tono autoritario:

&#161;T&#250; fuma y no pienses! -y detr&#225;s de su severidad se transparentaba una ternura masculina que le hizo a&#241;adir-: No me da l&#225;stima pasar el &#250;ltimo cigarrillo a un buen camarada, y tambi&#233;n le dar&#237;a la &#250;ltima gota de mi sangre. T&#250; eres un camarada como debe ser y un buen soldado, pues no te dan miedo los tanques, manejas muy bien el fusil y combates con tanto ardor que cuando caminas te tiemblan las piernas. A m&#237; me inspiran respeto los hombres capaces de luchar hasta morir. No hay que dar tregua al maldito alem&#225;n, hay que estar dispuesto a combatir en todo momento hasta conseguir la victoria. Y para esto no sirve un mercenario con sangre fr&#237;a. As&#237; pues, Vania, fuma y que te aproveche. Adem&#225;s, te dir&#233; una cosa: que hagas el favor de no ofenderte por mis bromas. A m&#237; me resulta m&#225;s f&#225;cil vivir y luchar si puedo gastar bromas, &#191;me entiendes?

Sviaguintsev acab&#243; sinti&#233;ndose cercano a Lopajin gracias a aquellas &#250;ltimas briznas de tabaco recibidas de un camarada en un momento duro; gracias a las expresiones amistosas que sal&#237;an de boca de Lopajin, y a causa tambi&#233;n de la profunda soledad que experimentaba Sviaguintsev desde que se llevaron a Nikolai Streltsof a un hospital en un cami&#243;n que pasaba por el camino.

Cuando amaneci&#243;, los restos del regimiento se unieron a las tropas que defend&#237;an los accesos al paso del r&#237;o. A aquella hora Sviaguintsev ya hab&#237;a cambiado de opini&#243;n en lo que a la actitud de Lopajin se refiere. Sviaguintsev, como siempre, segu&#237;a murmurando y jurando contra el duro suelo y la amarga vida del soldado; pero cav&#243; r&#225;pidamente su trinchera y a continuaci&#243;n se acerc&#243; a Lopajin; con una sonrisita mal disimulada, dijo:

Deja, ya lo har&#233; yo. Creo que a un futuro comandante no le pega eso de cavar -y escupi&#233;ndose en las manos, tom&#243; la pala.

Lopajin acept&#243; la ayuda de Sviaguintsev con silencioso agradecimiento; pero apenas hab&#237;an transcurrido unos minutos cuando comenz&#243; a gritarle como si fuera su superior y a gastarle bromas de mal gusto. Dando codazos en las espaldas sudorosas de su nuevo amigo, le dec&#237;a:

&#161;Tienes que cavar m&#225;s hondo, peregrino Iv&#225;n! &#191;Qu&#233; es eso de trabajar como un viejo y limitarse a ara&#241;ar la tierra? Tanto en la tierra como en el amor, hay que llegar a cierta profundidad; y t&#250;, in&#250;til, escarbas como una gallina. &#161;Qu&#233; hombre tan superficial! Ahora entiendo por qu&#233; tu mujer te escribe tan poco: seguro que no recuerda nada bueno de ti, demonio colorado

Lopajin, flaco y enjuto, cavaba con ardor y habilidad de profesional, r&#225;pidamente, sin descansar, sin perder tiempo ni para fumar. En los poros de su rostro moreno se notaba el color azulado que deja el polvo de carb&#243;n; las gotitas de sudor que lo surcaban parec&#237;an l&#225;grimas y ten&#237;a los finos labios fuertemente apretados. Iba separando con destreza la tierra arcillosa y cuando alg&#250;n pedrusco se resist&#237;a a sus esfuerzos, torc&#237;a el morro y juraba tanto que el mismo Sviaguintsev, experto en la materia, balanceaba la cabeza de lado a lado y pas&#225;ndose la lengua por los labios cortados le dec&#237;a con tono de reproche:

&#161;Pietia, Dios m&#237;o! &#161;Hasta d&#243;nde vas a llegar! &#161;No reniegues tanto! Tendr&#237;as que jurar menos y no decir palabras tan fuertes, no las sueltes sin m&#225;s ni m&#225;s, llega un momento en que es como si estuvieras subiendo por una escalera y no encontraras el &#250;ltimo pelda&#241;o.

Lopajin sonri&#243; ense&#241;ando sus dientes blancos y, con ojos brillantes, replic&#243;:

Hermano m&#237;o, eso depende de a qui&#233;n se recuerda con m&#225;s frecuencia. Por ejemplo, t&#250; despu&#233;s de cada frase dices: Dios m&#237;o, se&#241;or m&#237;o. En cambio yo utilizo otras expresiones. Adem&#225;s, t&#250; eres un pat&#225;n que ha podido trabajar al aire libre, con las m&#225;quinas, y gracias a ello no tienes los nervios alterados; t&#250; no tienes motivos para blasfemar. Pero yo soy minero y cada d&#237;a sacaba el trescientos por ciento del carb&#243;n que se exig&#237;a. Y, oye, sacar un trescientos por ciento, y no con la inteligencia, sino a base de fuerza, no resulta f&#225;cil; de ah&#237; que haya que considerar que mi trabajo era inteligente. Y, claro, me ha pasado lo que sucede a los inteligentes, que los nervios de la inteligencia se me han desbaratado. Por eso blasfemo de vez en cuando, para templarme los &#225;nimos. Y si tu educaci&#243;n refinada no te permite escuchar mis palabras, pues te tapas los o&#237;dos con algod&#243;n. Es lo que sol&#237;an hacer en tiempos de paz los artilleros para no quedarse sordos por los estampidos del ca&#241;&#243;n; dicen que les daba buen resultado.

En cuanto sus posiciones estuvieron preparadas, a Lopajin se le ocurri&#243; la idea de unir ambas trincheras por medio de un pasadizo. Pero Sviaguintsev, que estaba ya extenuado, protest&#243; en&#233;rgicamente:

&#191;Pero t&#250; qu&#233; te crees, &#191;que vas a pasar aqu&#237; todo el invierno? Lo que es yo, no tengo ninguna intenci&#243;n de seguir cavando.

No es que piense pasar aqu&#237; el invierno, pero es impepinable que tenemos que parapetarnos mientras los dem&#225;s pasan el r&#237;o. &#191;No te has fijado en la cantidad de material que hab&#237;a en el paso del r&#237;o? &#161;Hab&#237;a much&#237;simo! No se puede permitir de buenas a primeras que todo eso caiga en manos de los alemanes; has de saber que mi conciencia no me lo permite. &#191;Entendido?  dijo Lopajin con seriedad ins&#243;lita en &#233;l.

&#161;Pietia, t&#250; est&#225;s loco! Pero &#191;c&#243;mo vamos a cavar una zanja de cuarenta metros? Tendr&#225;s que prescindir de ella. Adem&#225;s, &#191;para qu&#233; demonio la necesitas? Y si es preciso, cuando te apetezca salir de la trinchera te arrastras, s&#237;, como si fueras una criatura Pero vamos a ver, &#191;por qu&#233; me metes la pala por las narices? Ya te he dicho que no quiero cavar m&#225;s y no lo har&#233;. &#191;Acaso soy yo tu zapador? No nos quedan fuerzas para gastarlas in&#250;tilmente. Si quieres, haz t&#250; mismo una zanja de comunicaci&#243;n, como si la haces de un kil&#243;metro. Pero est&#225;s muy equivocado si crees que la har&#233; yo.

&#191;Y si hace falta? &#191;Tendr&#233; que ponerme a trepar por esa zona pelada? -y Lopajin se&#241;al&#243; con un gesto un trozo de terreno bald&#237;o, cubierto por alguna hierba marchita-. Yo tengo que ser el primero, de modo que si me derriban me dejar&#225;n hecho una chuleta, me dejar&#225;n como un sombrero atravesado por un clavo. &#161;Ay, qu&#233; poca gratitud humana! Yo defendi&#233;ndole a pecho descubierto de los tanques y a &#233;l le da pereza seguir cavando &#161;Vete al demonio! Lo har&#233; sin ti pero te advierto de antemano que si me convierten en comandante y me proponen para una condecoraci&#243;n, no esperes nada de m&#237; por mucho que des saltos e intentes sobresalir; aunque te meriendes vivos a los fascistas alemanes, no recibir&#225;s nada. Ya ver&#225;s entonces lo que es canela.

Vaya, ya has encontrado con qu&#233; asustarme -dijo Sviaguintsev sonriente; y perezosamente se dispuso a empu&#241;ar la pala.

Lopajin sali&#243; de su trinchera para echar un vistazo alrededor. Mientras tanto Sviaguintsev y el segundo proveedor, Aleksandr Kopytovski, un muchacho con la cara redonda como una torta y con el pelo demasiado largo, limpiaban la pala quit&#225;ndole el barro arcilloso que se hab&#237;a adherido.

El roc&#237;o cubr&#237;a la hierba de color gris azulado; los tallos se doblaban pesadamente hacia el suelo hasta apoyarse sobre las hojas secas. El sol ya se hab&#237;a puesto y abajo, m&#225;s all&#225; de los &#225;lamos, se divisaba una de las curvas que describ&#237;a el Don. Se extend&#237;a sobre las aguas la niebla surgida de las zonas ribere&#241;as, que parec&#237;an ba&#241;arse en agua hirviendo, al igual como sucede en primavera cuando crecen las aguas y se desbordan los r&#237;os.



9

La l&#237;nea defensiva estaba situada en los l&#237;mites de un pueblo. Lo que quedaba del regimiento hab&#237;a sido agrupado en una sola unidad. Los soldados ten&#237;an sus puestos en las cercan&#237;as de un edificio ruinoso con tejas coloradas; junto a &#233;l hab&#237;a un huerto.

Lopajin dedic&#243; un buen rato a examinar los alrededores. Calcul&#243; la distancia que hab&#237;a hasta lo alto de la colina que ten&#237;an delante; tras averiguar la orientaci&#243;n del lugar, afirm&#243; con satisfacci&#243;n:

&#161;Tengo una posici&#243;n magn&#237;fica! Esto es una maravilla, no una posici&#243;n. Es un punto ideal para atacar a los blindados alemanes. Ya ver&#233;is, convertir&#233; a los tanques en chatarra y a los tanquistas en pedazos de carne asada.

S&#237; que eres valiente ahora -coment&#243; mordazmente Sashka Kopytovski desperez&#225;ndose-. En cuanto te has enterado de que tenemos, adem&#225;s de nuestras armas, fuerzas antitanque, te has puesto m&#225;s alegre que un manojo de cascabeles. Hab&#237;a que verte ayer, cuando ten&#237;amos los tanques encima; s&#237; que estabas p&#225;lido entonces.

S&#237;, cuando se me vienen encima, siempre me pongo p&#225;lido  replic&#243; Lopajin con sencillez.

&#161;Hay que ver c&#243;mo chillabas, que parec&#237;as un chivo: Los cartuchos, prepara los cartuchos! Como si no supiera yo lo que tengo que hacer en cada momento sin necesidad de que me lo diga nadie. Anda, que estabas tan nervioso que parec&#237;as una mujer.

Lopajin mantuvo silencio y prest&#243; atenci&#243;n a los sonidos circundantes. Desde alg&#250;n punto del huerto lleg&#243; el chillido de una mujer y un ruido de vajilla. Su mirada distra&#237;da se espabil&#243; ilumin&#225;ndose como por encanto; estirando el cuello, inclin&#243; todo su cuerpo hacia adelante, aguz&#243; el o&#237;do y prest&#243; atenci&#243;n.

&#191;Qu&#233; pasa? &#191;Venteas alguna pieza? -pregunt&#243; sonriendo Kopytovski. Pero Lopajin no le hizo caso.

Las tejas de un edificio blanco, empapadas por la humedad, brillaban. Los rayos del sol, oblicuos, daban reflejos dorados a las tejas y te&#241;&#237;an las ventanas de color azulado. Por entre los &#225;rboles, a media luz, Lopajin pudo ver dos figuras femeninas y se le encendi&#243; una idea.

Sashka, qu&#233;date un momento velando por los intereses de la patria, que yo voy a ese edificio de las tejas coloradas a ver qu&#233; pasa -dijo a Kopytovski gui&#241;ando un ojo.

Su interlocutor arque&#243; las cejas gris&#225;ceas y pregunt&#243;:

&#191;A qu&#233; vas?

Tengo un presentimiento; me parece que si esa casa no es una escuela o un dispensario antituberculoso, conseguir&#233; algo bueno para el desayuno.

Pues a m&#237; me parece que aquello debe ser una cl&#237;nica veterinaria -coment&#243; Kopytovski; y a&#241;adi&#243;-: Seguro que es una cl&#237;nica veterinaria, o sea que aparte de tina y sarna de oveja, no encontrar&#225;s nada para comer.

Lopajin entrecerr&#243; los ojos haciendo un gesto de desconfianza y pregunt&#243;:

&#191;C&#243;mo sabes eso? &#191;Precisamente una cl&#237;nica, y adem&#225;s veterinaria? S&#237; que est&#225;s enterado, clarividente.

Digo yo que ser&#225; una cl&#237;nica veterinaria, porque est&#225; en un lugar apartado. Adem&#225;s, hace un rato he o&#237;do desde la parte de all&#237; los mugidos de una vaca; de una vaca enferma, o sea que la habr&#225;n llevado all&#225; para curarla.

Lopajin se hizo el desentendido y se puso a silbar. Durante un rato las dudas le hicieron sentirse melanc&#243;lico y decepcionado. Pero se recuper&#243; y decidi&#243; ir.

Pues a pesar de todo voy a echar un vistazo -afirm&#243; con decisi&#243;n-. Si por casualidad viene el cabo o alguna otra persona preguntando por m&#237;, le dec&#237;s que tengo fuertes dolores de vientre, que a lo mejor es disenter&#237;a.

Lopajin, inclinado, arrastrando los pies y con la cabeza gacha, dio un rodeo para evitar la trinchera del teniente Golostchiekov; procur&#243; que los telefonistas, que tend&#237;an un cable entre el puesto de mando y una posici&#243;n adelantada, no le vieran; por fin se meti&#243; en el huerto. En cuanto se vio protegido por los cerezos, que le ocultaban de los dem&#225;s, se irgui&#243;, se ci&#241;&#243; el correaje, se lade&#243; un poco el casco y, contone&#225;ndose, se encamin&#243; a la entrada del edificio, cuya puerta estaba hospitalariamente abierta.

Desde lejos puedo ver movimiento de mujeres junto a las cuadras; distingui&#243; tambi&#233;n una hilera de bidones que brillaban bajo los d&#233;biles rayos del sol poniente. De todo ello sac&#243; la conclusi&#243;n de que estaba en una lecher&#237;a o una granja koljosiana. Sufri&#243; una desilusi&#243;n cuando, tras saltar la valla, vio junto a las cuadras a un viejo que impart&#237;a &#243;rdenes al elemento femenino. L&#225;stima, siempre hab&#237;a confiado en la ternura y la bondad del coraz&#243;n femenino; y aunque hab&#237;a sufrido algunos fracasos en las lides amorosas, segu&#237;a creyendo que era irresistible. En cuanto a los viejos, no les ten&#237;a ning&#250;n aprecio; consideraba que, sin excepci&#243;n, eran todos unos avaros; en consecuencia, procuraba por todos los medios no tener que recurrir a ellos ni pedirles nada. Pero en aquella situaci&#243;n no ten&#237;a ninguna posibilidad de librarse del viejo; por lo que pod&#237;a ver, era &#233;l quien mandaba all&#237;.

Se arm&#243; de valor y esperando en su fuero interno que el viejo se muriera de repente, Lopajin se acerc&#243; a la cuadra. No iba con el paso jacarandoso y el rostro sonriente que luc&#237;a al entrar, talante de conquistador de corazones femeninos, sino que llevaba paso decidido. Se hab&#237;a enderezado el casco y ya no le brillaban los ojos.

Tras observar sagazmente la espalda recta y los hombros cuadrados de aquel anciano, Lopajin medit&#243;: &#161;Seguro que este barbudo ha sido sargento! Si no hay m&#225;s remedio, le tratar&#233; con educaci&#243;n. Avanz&#243; unos pasos m&#225;s hacia &#233;l, hizo chocar los talones al detenerse y salud&#243; militarmente corno si estuviera ante el jefe de una divisi&#243;n. Su estratagema tuvo &#233;xito. El anciano, impresionado, devolvi&#243; el saludo llevando la mano a la visera de su viejo gorro de cosaco; con tono respetuoso y voz de bajo, dijo:

Salud.

&#191;Qu&#233; es esto, padrecito? &#191;La cuadra de un kolj&#243;s?  inquiri&#243; Lopajin se&#241;alando los establos.

No, no, es nuestra granja regional lechera. Estamos prepar&#225;ndonos para la retirada.

Han tardado demasiado en decidirse -le dijo Lopajin con seriedad  Ten&#237;an que haberlo pensado mucho antes.

El viejo se acarici&#243; la barba suspirando y dijo, contemplando a Lopajin:

Maldita sea la hora en que hab&#233;is llegado sin orden ni concierto a nuestro pueblo, cuadrilla de alborotadores. Anteayer mismo la radio dec&#237;a que los combates ten&#237;an lugar en la aldea de Rososhi, y hoy ya est&#225;is pegados a nuestros almacenes; desde luego, parece que los alemanes os siguen de cerca y os atizan.

La conversaci&#243;n amenazaba con tomar derroteros que a Lopajin no le interesaban; con habilidad, consigui&#243; darle otro cariz, preguntando con inter&#233;s:

&#191;No han trasladado todav&#237;a las vacas a la otra ribera del Don? Porque parece que las vacas de aqu&#237; son de raza.

&#161;Las vacas que tenemos aqu&#237; son m&#225;s que vacas, son oro puro! -exclam&#243; el viejo entusiasmado  El traslado empez&#243; anoche, pero no s&#233; si podr&#225; continuar hoy, pues en el paso del r&#237;o hay un foll&#243;n terrible. Los alemanes llevan dos d&#237;as bombardeando el puente y a este paso lo destruir&#225;n todo. &#161;Y con la cantidad de m&#225;quinas y veh&#237;culos de guerra que hay all&#237;! Seguro que ante el paso del r&#237;o est&#225;n rompi&#233;ndose la cabeza los oficiales pensando en c&#243;mo trasladar todo eso.

S&#237;, la verdad es que el asunto est&#225; complicado -asinti&#243; Lopajin -. Pero usted, padrecito, no tiene que preocuparse por eso, pues nuestro heroico regimiento ha optado por montar la defensa. O sea que puede estar seguro de que los alemanes no pasar&#225;n el Don; los sangraremos en esta ribera del r&#237;o.

Si nuestro pueblo queda en zona de combate, si la lucha se entabla por aqu&#237;, arder&#225; todo  dijo el viejo con voz temblorosa y en tono de triste premonici&#243;n.

S&#237;, padrecito, el pueblo tambi&#233;n sufrir&#225;, pero lo defenderemos mientras nos quede sangre en las venas.

Que el Se&#241;or os ayude -coment&#243; el viejo con confianza, y pareci&#243; que iba a santiguarse; pero al mirar a Lopajin de reojo y ver que &#233;ste ten&#237;a una medalla en el pecho, no se llev&#243; la mano a la frente, sino que empez&#243; a mesarse lentamente su barba blanca y sedosa  &#191;Es vuestra unidad la que estaba cavando trincheras m&#225;s all&#225; del huerto?

S&#237;, padrecito, es nuestra unidad. Cavamos, nos esforzamos todo lo posible y, claro, tenemos la boca completamente seca  Lopajin guard&#243; silencio diplom&#225;ticamente pero al parecer el viejo no hab&#237;a prestado atenci&#243;n a sus palabras. Segu&#237;a mes&#225;ndose las barbas y observaba el trabajo de las orde&#241;adoras, que cargaban unos bidones en el carro; inesperadamente empez&#243; a gritar con voz potente:

&#161;Glaska, maldita sea! &#191;C&#243;mo puede ser que no est&#233; aqu&#237; todav&#237;a la yegua? &#161;Empezar&#233;is a espabilar cuando hayan llegado los alemanes!

Glaska, una orde&#241;adora rellenita y fuerte, con gruesos labios rojos, lanz&#243; una mirada fulminante a Lopajin mientras susurraba unas palabras a las dem&#225;s mujeres, que se pusieron a re&#237;r entre cloqueos. Despu&#233;s, sin ninguna prisa, contest&#243; al viejo:

No te impacientes, Luka Mijailich, que en seguida la traen; tendr&#225;s tiempo de llevar a tu vieja al Don.

Lopajin, muy tranquilo, se extasiaba en la contemplaci&#243;n de la orde&#241;adora, frunciendo el ce&#241;o como si le molestara el sol. No sin cierto esfuerzo separ&#243; su mirada del rostro moreno y encendido de aquella mujer, suspir&#243; y pregunt&#243; con voz ronca:

Qu&#233;, padrecito, &#191;c&#243;mo se viv&#237;a en este kolj&#243;s antes de la guerra? Yo dir&#237;a que esta gente est&#225; bien alimentada

S&#237;, se viv&#237;a muy bien. Ten&#237;amos escuela, hospital, club y todo lo dem&#225;s, para no hablar de los alimentos; nos sobraba de todo, y ahora ahora hay que abandonar todo lo que nos da la tierra. &#191;Ad&#243;nde iremos a parar? Veremos todo esto quemado, qu&#233; desgracia -dijo el viejo con aire inexorable, como si inevitablemente hubiera de ser as&#237;.

En circunstancias normales a Lopajin le hubiera inspirado l&#225;stima la desgracia ajena; pero en aquella ocasi&#243;n no pod&#237;a perder el tiempo e intent&#243; nuevamente dar a entender al viejo el motivo de su visita:

Pues resulta que el agua del pozo que tenemos es salada. Estamos abriendo trincheras y pasamos una sed terrible pero no encontramos agua buena en ning&#250;n sitio. &#191;Ustedes tienen agua buena? -pregunt&#243; con insistencia intencionada.

&#191;Salada? &#191;Agua salada? -pregunt&#243; el viejo con extra&#241;eza-. &#191;De qu&#233; pozo dice que la sacan?

Lopajin, que no hab&#237;a probado el agua de aquel pueblo, no sab&#237;a d&#243;nde estaba el pozo, de modo que hizo un gesto vago con el brazo se&#241;alando el lado en que estaban los &#225;rboles del jard&#237;n de la escuela. El viejo pareci&#243; extra&#241;arse todav&#237;a m&#225;s.

&#161;Qu&#233; cosa m&#225;s rara! El agua del pozo de la escuela es la mejor de aqu&#237;, todo el mundo bebe de esa agua. &#191;C&#243;mo puede ser que se haya estropeado? Ayer mismo sacaron de ese pozo agua clara y buena, yo beb&#237; de ella.

Clav&#243; una pensativa mirada en el suelo y se qued&#243; en silencio; Lopajin, ya casi desalentado, dijo:

Padrecito, es que no nos permiten beber agua sin hervir para evitar las diarreas y las infecciones.

Nuestra agua puede beberse sin necesidad de hervirla  afirm&#243; el anciano  Cada a&#241;o limpiamos el pozo y hace much&#237;simo tiempo que no enferma nadie del vientre.

Lopajin, al ver que no consegu&#237;a, a pesar de todos los recursos utilizados, que aquel anciano obstinado le comprendiera, decidi&#243; hablar claramente:

&#191;No podr&#237;amos conseguir aqu&#237; algo de mantequilla o un poco de leche?

Muchacho, si eso es lo que quieren tendr&#225;n que dirigirse a la administraci&#243;n de la granja central lechera. La administradora es aqu&#233;lla, la que est&#225; con las orde&#241;adoras; esa pecosa un poco llenita que lleva el chal gris.

&#191;Y cu&#225;l es el cargo que tiene usted aqu&#237;? -pregunt&#243; algo confuso Lopajin.

El viejo, mes&#225;ndose de nuevo las barbas, repuso orgulloso:

Llevo ya tres a&#241;os trabajando como mozo de cuadra. As&#237; pues, trabajo, siego, cuido de los caballos y hago un poco de todo en la granja. Incluso me prometieron una recompensa para este a&#241;o

El viejo segu&#237;a hablando; pero Lopajin, impaciente, salud&#243; llev&#225;ndose la mano al casco y, sin pronunciar palabra, se acerc&#243; a la mujer del chal gris.

La administradora ten&#237;a aspecto de mujer sencilla y bondadosa. Prest&#243; atenci&#243;n a las demandas de Lopajin y a continuaci&#243;n le respondi&#243;:

Hemos enviado ciento cincuenta litros de leche y mantequilla para los heridos del hospital. Nos ha quedado algo que no podemos llevarnos con nosotros. &#191;Tendr&#225; bastante con dos latas de leche? &#191;Habr&#225; suficiente para todos los soldados? Glaska, dale dos latas de leche de ayer por la tarde al camarada comandante; y si en la nevera queda mantequilla, le das tambi&#233;n dos o tres kilos.

Lopajin, orondo y satisfecho de haber sido tomado por comandante, estrech&#243; efusivamente la mano de la administradora y baj&#243; a la c&#225;mara frigor&#237;fica. Tom&#243; los bidones de leche de manos de la orde&#241;adora y le dijo con admiraci&#243;n:

&#161;Glaska, no s&#233; cu&#225;l es su nombre completo, pero es usted algo m&#225;s que una mujer, es una maravilla! Tengo tanta hambre que me la comer&#237;a entera; pero eso s&#237;, a pedacitos chicos para que me durase m&#225;s, aunque fuera sin sal.

Cada uno es como es -repuso secamente la ingenua orde&#241;adora.

Vamos, Glaska, no sea modesta. &#161;Est&#225; usted estupenda! L&#225;stima que no est&#233; con nosotros. Y d&#237;game, &#191;con qu&#233; se ha puesto tan redondita? &#191;A base de leche fresca o con natillas?  dec&#237;a Lopajin con gesto extasiado.

Coja los bidones y v&#225;yase. Luego puede volver a por la mantequilla.

Por m&#237;, estoy dispuesto a pasarme la vida entera con usted en este frigor&#237;fico -afirm&#243; Lopajin descaradamente.

Mir&#243; cautelosamente la puerta cerrada e intent&#243; abrazar el apetitoso cuerpo de la orde&#241;adora; pero &#233;sta se resisti&#243; y ense&#241;&#243; a Lopajin un pu&#241;o moreno, a pesar de lo cual sonre&#237;a amistosamente.

Escucha, chico, esto te enfriar&#225; mucho m&#225;s que el hielo. Has de saber que yo soy una viuda muy seria y que no me gustan las tonter&#237;as.

Cualquier cosa que me d&#233; una viuda as&#237; tiene que gustarme por fuerza; adem&#225;s, no pienso echarme atr&#225;s. Creo que ya he retrocedido lo suficiente -a&#241;adi&#243; acerc&#225;ndose con decisi&#243;n a la orde&#241;adora, con la vista clavada en sus labios colorados.

En aquel momento se abri&#243; la puerta; apareci&#243; en el umbral la oscura silueta del viejo, que empez&#243; a vociferar:

&#161;Glikerya! &#191;Andas perdida por ah&#237;? &#191;O se te han pegado las faldas al hielo? &#161;Sal ahora mismo y haz que me traigan la yegua inmediatamente!

Lopajin se retir&#243; precipitadamente soltando una retah&#237;la de juramentos; subi&#243; a toda velocidad los pelda&#241;os h&#250;medos y resbaladizos y, una vez en el exterior, esper&#243; a la orde&#241;adora. &#201;sta segu&#237;a mir&#225;ndole con sonrisa maliciosa. Lopajin, que no perd&#237;a todas las esperanzas, le pregunt&#243; con voz melosa:

&#191;Pens&#225;is pasar al otro lado del r&#237;o o vais a quedaros? Me interesa por si acaso A lo mejor hay alguna ocasi&#243;n

S&#237;, soldadito, nosotros nos vamos. Pero no me digas que quieres acompa&#241;arnos

No, de momento no es &#233;se mi camino -le respondi&#243; Lopajin secamente y con gesto que denotaba entereza. Pero inmediatamente su voz enronquecida se hizo dulce-: Pero si fuera as&#237;, dime d&#243;nde podr&#237;amos encontrarnos, Glashenka.

La mujer, entre risas, apart&#243; con un hombro a Lopajin de la puerta y contest&#243;:

Yo creo que no hay motivo para que nos encontremos; de todos modos, si tienes muchas ganas de verme y no puedes aguantarte, puedes buscarme en el bosque, en la otra ribera del Don. Nosotros no nos alejaremos del pueblo.

Lopajin, suspirando y maldiciendo la vida del soldado, carg&#243; con los bidones de leche y se encamin&#243; hacia el huerto, que atraves&#243; r&#225;pidamente. Le apetec&#237;a mucho volverse a mirar a la viuda, de apariencia tan seria pero de expresi&#243;n y mirada dulce y tierna. Por fin se gir&#243; y casi se cay&#243; de bruces al topar con un mont&#243;n de piedras. Se alej&#243; r&#225;pidamente mientras notaba el eco de una risa femenina en su coraz&#243;n.

Cuando lleg&#243; a la trinchera, Lopajin se amorr&#243; a uno de los bidones y, sin apartar los labios del borde del recipiente, bebi&#243; largamente paladeando la leche. Luego, ah&#237;to y contento como una criatura, dijo a Kopytovski que repartiera el l&#237;quido tonificante entre la tropa, d&#225;ndoles a cazo por persona y a&#241;adiendo que, si sobraba, no escatimara nada. Decidi&#243; que se marchaba de nuevo pero Kopytovski, preocupado, le aconsej&#243; que no hiciera tal cosa.



10

No se te ocurra ir, el cabo se va a enfadar.

Con aire so&#241;ador, Lopajin le contest&#243;:

Bueno, a lo mejor yo no quiero ir, pero son las piernas las que me llevan. All&#237; hay una orde&#241;adora que se llama Glaska, y si no fuera por la maldita guerra me pasar&#237;a la vida entera junto a ella, bajo el vientre de una vaca y sin soltar las ubres.

Kopytovski, con los ojos entrecerrados por la risa y poni&#233;ndose ante la boca un mano negra, le dijo:

&#191;De qu&#233; tetas dices que te coger&#237;as?

Eso es lo de menos -contest&#243; Lopajin distra&#237;damente, como si pensara en otro asunto.

Dejaba que su mirada se deslizase por la mancha verde de los bosquecillos cercanos hasta tropezar con el tejado rojizo de la central lechera.

&#193;ndate con ojo, no sea que te sorprenda el cabo primero. Est&#225; desde ayer m&#225;s rabioso que un perro atado -le avis&#243; Kopytovski.

Antes de romper a hablar, Lopajin hizo un gesto con la mano; luego replic&#243; ardorosamente:

&#161;Vete al demonio con tanto consejo, tanto cabo primero y tanto ni&#241;o muerto! &#191;Es que no puedo ni mover una mano? T&#250;, si te preguntan, dices que Lopajin se ha ido a por mantequilla. Y mientras tanto les invitas a leche. Y como se le ocurra al primero meterse conmigo, ya ver&#225; lo que se encuentra. Estoy m&#225;s que harto de las gachas de Lisichenko. Acabar&#233; con &#250;lcera de est&#243;mago. Tendr&#237;an que darnos un rancho como est&#225; mandado en el reglamento y as&#237; no har&#237;a falta que cada uno se las arreglara por su cuenta. &#191;T&#250; crees que yo estar&#237;a bien de la cabeza si me negara a aceptar la mantequilla fresca que me ofrece la gente? &#161;No tengo ninguna intenci&#243;n de dejar que caiga en manos del enemigo!

De acuerdo, de acuerdo. Si es verdad que te van a dar mantequilla, no te retrases; vete ahora mismo  dijo Kopytovski repentinamente convencido.

Al rato, Lopajin caminaba por el peque&#241;o sendero del huerto escuchando el canto madrugador de los p&#225;jaros y respirando con satisfacci&#243;n el olor fresco y fugaz de la hierba h&#250;meda por el roc&#237;o.

Aunque apenas hab&#237;a dormido en las &#250;ltimas jornadas, no se hab&#237;a alimentado lo suficiente y hab&#237;a efectuado marchas agotadoras con los dem&#225;s soldados, marchas de m&#225;s de doscientos kil&#243;metros, aquella ma&#241;ana se sent&#237;a de muy buen humor. &#191;Acaso necesita gran cosa un hombre en la guerra? La alegr&#237;a del soldado se alcanza con apartarse un poco de la muerte consabida, descansar, dormir a pierna suelta, comer bien, recibir alguna carta de casa y fumar un cigarrillo con los amigos sin prisas. En realidad Lopajin no hab&#237;a tenido correspondencia de su familia, pero en cambio la noche anterior les hab&#237;an dado tabaco, por el que tanto suspiraban desde hac&#237;a tiempo, una lata de carne en conserva y gran cantidad de munici&#243;n. Antes de amanecer pudo conciliar un poco el sue&#241;o; luego, ya fresco y animado, cav&#243; trincheras convencido de que en la ribera del Don se interrumpir&#237;a al fin esa amarga retirada; no sent&#237;a tanto odio como antes hacia el trabajo que le hab&#237;an encomendado. Estaba satisfecho de la posici&#243;n que hab&#237;a conseguido y m&#225;s que satisfecho por haber podido beber leche a sus anchas. Adem&#225;s, hab&#237;a tenido ocasi&#243;n de conocer la belleza salvaje de Glaska. &#161;Demonio! Naturalmente, hubiera preferido conocerla en alg&#250;n lugar de descanso, pues all&#237; habr&#237;an podido despacharse a gusto, como en otros tiempos. De todos modos el breve encuentro le hab&#237;a proporcionado unos minutos agradables. En la guerra se hab&#237;a acostumbrado a conformarse con poco y a resignarse a toda clase de privaciones.

Lopajin ri&#243; embebido en sus pensamientos y silb&#243; muy bajito mientras avanzaba por el sendero, apartando con el pie las hojas vencidas por el roc&#237;o. Al principio no se percat&#243; de que un d&#233;bil y bajo rumor llegaba de detr&#225;s de la monta&#241;a. Repentinamente el ruido se hizo m&#225;s intenso y Lopajin se detuvo para prestar atenci&#243;n. En seguida se dio cuenta de que se trataba de aviones alemanes; al mismo tiempo oy&#243; una voz que gritaba: &#161;A-via-ci&#243;n!

Lopajin se volvi&#243; r&#225;pidamente y se dirigi&#243; a las trincheras a todo correr. Por espacio de unos segundos se desliz&#243; por su mente un pensamiento amargo: Ha desaparecido la mantequilla y tambi&#233;n Glaska Pero despu&#233;s, a pesar de la profunda tristeza que le causaba esta doble p&#233;rdida, se olvid&#243; de ella por mucho tiempo.

Hicieron acto de presencia por encima del horizonte catorce aviones alemanes; se acercaban con decisi&#243;n. Apenas Lopajin hab&#237;a tenido tiempo de alcanzar su trinchera cuando empez&#243; a retumbar la artiller&#237;a emplazada en el jard&#237;n de la escuela. Los peque&#241;os c&#237;rculos de color gris oscuro de las explosiones estallaban en el cielo casi delante y por debajo de los aparatos. Pronto se incrementaron los disparos de la artiller&#237;a, que se mezclaban en el cielo claro y despejado. Casi acompa&#241;ando a los aviones, les obligaron a romper la formaci&#243;n que llevaban e incluso a cambiar de rumbo.

&#161;Uno menos! -grit&#243; con entusiasmo Sashka Kopytovski. Lopajin salt&#243; a la trinchera, levant&#243; la cabeza y pudo ver c&#243;mo el avi&#243;n que encabezaba la patrulla giraba sin control sobre un ala, se envolv&#237;a en humo negro y empezaba a caer oblicuamente. Entre silbidos y chillidos pas&#243; por encima de las trincheras y despu&#233;s de caer sobre la apisonada tierra de los prados de la aldea, estall&#243; a causa de sus propias bombas. El ruido del estallido fue tan fuerte que Lopajin cerr&#243; los ojos un instante. Luego mir&#243; a Sashka con rostro iluminado.

&#161;Magn&#237;fico! &#161;Estaba cargado de bombas! &#161;Ojal&#225; estos demonios de artilleros dispararan siempre as&#237;!

Otro aparato atacado por el fuego de la posici&#243;n se desintegr&#243; en pedazos en el aire y fue a caer m&#225;s all&#225; de la aldea. Los dem&#225;s orientaron su rumbo hacia el r&#237;o. Recibidos por el fuego de las ametralladoras y de la segunda bater&#237;a de artiller&#237;a, los aviones dejaban caer las bombas de cualquier manera; a continuaci&#243;n se dirigieron hacia el oeste, despu&#233;s de haber circundado una zona extremadamente peligrosa.

A&#250;n no hab&#237;a tenido tiempo para posarse el polvo de las bombas cuando por detr&#225;s de la monta&#241;a apareci&#243; una segunda oleada de bombarderos alemanes, alrededor de treinta. Cuatro aparatos se separaron y volvieron a las l&#237;neas de defensa.

&#161;Vienen a por nosotros!  exclam&#243; Sashka con voz temblorosa y con los dientes apretados  &#161;Mira, Lopajin, los bombarderos bajan en picado! &#161;Ahora empezar&#225;n a caer! &#161;Ah&#237; vienen!

Tras tomar el fusil, Lopajin, un poco p&#225;lido, apoy&#243; con fuerza un pie en el pelda&#241;o inferior de la trinchera y apunt&#243; con precisi&#243;n. Sus ojos claros estaban entornados y Sashka, al dirigirle una mirada r&#225;pida, s&#243;lo vio unas rendijas diminutas como cortadas con un cuchillo, y profundas arrugas en la oscura y tensa piel alrededor de los ojos.

&#161;A tres cuerpos! &#161;A tres y medio! &#161;A cuatro! &#161;Dispara, vamos! -pudo gritar el desorientado Sashka en medio del rugido ensordecedor de los motores, que perforaba los o&#237;dos.

Lopajin oy&#243; su grito como en sue&#241;os y la conocida y temblorosa voz del teniente Golostchiekov, que con su tono elevado de costumbre voceaba: &#161;A los aviones e-ne-mi-gos! Logr&#243; disparar, sinti&#243; en su hombro el retroceso y en una peque&#241;&#237;sima fracci&#243;n de segundo se dio cuenta de que hab&#237;a fallado el tiro. El conocido y odiado silbido de la bomba se increment&#243; r&#225;pidamente hasta terminar con un bramido ensordecedor.

Sobre el casco y la inclinada espalda de Lopajin empezaron a caer trozos de tierra, como una lluvia de granizo; el olor met&#225;lico corrosivo de la explosi&#243;n se le met&#237;a por las fosas nasales impidi&#233;ndole respirar.

Las bombas estallaban de vez en cuando a lo largo de la l&#237;nea de trincheras; sin embargo, la mayor&#237;a de las explosiones se produc&#237;an detr&#225;s de las trincheras, en el jard&#237;n de la escuela. Haciendo un esfuerzo Lopajin levant&#243; la cabeza y a trav&#233;s de


una nube de polvo sucio y revuelto vio a la izquierda, en medio del cielo azul, un avi&#243;n; incluso pudo divisar la esv&#225;stica que llevaba en la cola. Salt&#243; como un muelle, los dientes le rechinaron de nuevo y otra vez cogi&#243; el fusil con &#237;mpetu.

&#161;Dispara a esa carro&#241;a! &#161;Dale pronto! -Sashka gritaba a su o&#237;do, tembloroso y febril.

Esta vez Lopajin no pod&#237;a, no deb&#237;a fallar el tiro. Estaba como petrificado; sus manos, movi&#233;ndose hacia la izquierda, cog&#237;an el fusil con la f&#233;rrea fuerza de un minero, parec&#237;an fundidas con &#233;l; mientras tanto sus ojos segu&#237;an entornados, como inyectados y despidiendo llamas de ira, sin perder de vista el avi&#243;n que volaba en lo alto, preparado para atacar. Pero otra vez fall&#243; el tiro Un ligero temblor se apoder&#243; de sus labios al ver c&#243;mo el aparato tomaba altura y se lanzaba de nuevo en picado sobre las trincheras.

&#161;Un cartucho! -grit&#243; enfurecido.

El J-87 bajaba veloz, regando con fuego de ametralladoras los amarillos surcos de las trincheras. En tierra la ametralladora del sargento Nikiforov disparaba sin cesar; las r&#225;fagas de las ametralladoras sonaban al un&#237;sono, sordas y tableteantes. Lopajin esperaba. Observaba sin cesar el avi&#243;n que descend&#237;a con un tiroteo bajo, intenso y creciente; al mismo tiempo, sin propon&#233;rselo, su o&#237;do captaba los dem&#225;s sonidos de la contienda: el estallido de las bombas que ca&#237;an en el jard&#237;n d&#233; la escuela, junto a las posiciones de la bater&#237;a, y los estridentes ladridos de las ametralladoras. Incluso pudo distinguir algunos disparos de fusil antitanque. Por lo visto, no era &#233;l el &#250;nico fusil antitanque que intentaba acertar al bombardero en picado.

&#191;Te has quedado de piedra? &#161;Pregunto si te has quedado petrificado! &#191;No estar&#225;s herido? -le gritaba Sashka.

Pero Lopajin, que no perd&#237;a de vista el avi&#243;n, se limit&#243; a soltar algunos tacos. Sashka se sent&#243; en el ancho fondo de la trinchera cubierta de cascotes, ya seguro de que Lopajin estaba vivo e ileso.

En el segundo ataque, la llama ardiente de las ametralladoras levant&#243; mucho polvo y tronch&#243; el ajenjo que hab&#237;a en el parapeto delantero de la trinchera, logrando incluso alcanzar un extremo y desmoronar parte del parapeto. Pero Lopajin ni siquiera se inmut&#243;.

&#161;Ag&#225;chate! &#161;Te va a acribillar, insensato! -grit&#243; Sashka. -&#161;Ni hablar, no tendr&#225; tiempo! -exclam&#243; Lopajin; y en el momento en que el avi&#243;n iba a entrar en picado, apret&#243; el gatillo.

El avi&#243;n inclin&#243; ligeramente el morro pero en seguida se enderez&#243; para tomar rumbo sur, balance&#225;ndose como un p&#225;jaro, elev&#225;ndose lentamente, ya sin seguridad. Por el costado izquierdo de su fuselaje plano empezaba a salir una nubecilla de humo.

&#161;Toma! &#161;Has terminado tu viaje! -dijo Lopajin con voz queda-. &#161;Has acabado de volar!  repiti&#243; en voz m&#225;s baja y con tono significativo, mientras segu&#237;a con ansia todos los movimientos del avi&#243;n alcanzado.

A&#250;n no hab&#237;a superado la cima de la monta&#241;a, cuando el aparato comenz&#243; a dar bandazos para caer finalmente a plomo. Choc&#243; en tierra con tal crujido que parec&#237;a como si alguien hubiera soltado un huevo cocido sobre una mesa. Lopajin suspir&#243; aliviado, con alegr&#237;a y satisfacci&#243;n, mientras dirig&#237;a una mirada a Sashka.

&#161;As&#237; hay que atizar! -exclam&#243; tomando aire fuertemente por la nariz, sin ocultar su triunfo.

&#161;Sin comentarios! &#161;Le has dado de pleno y certeramente, Piotr Fedotovich! -exclam&#243; admirado Sashka, que por primera vez desde que estaban juntos le honraba llam&#225;ndole por su patron&#237;mico.

Con las manos temblorosas, Lopajin se puso a liar un cigarrillo. Estaba fatigado y, hasta cierto punto, destrozado. Se sent&#243; en el fondo de la trinchera y dio con avidez varias chupadas seguidas, soltando nubes de humo.

&#161;Casi se escapa el maldito!  dijo, ya m&#225;s apaciguado; pero a causa de la emoci&#243;n sus palabras eran lentas todav&#237;a  Si hubiera pasado m&#225;s all&#225; de la loma, &#161;demonios, qui&#233;n sabe! Quiz&#225;s hubiera ca&#237;do, o pod&#237;a haber llegado a su guarida. Pero se la peg&#243; contra el suelo y ahora se quema a gusto

Sin acabar de fumar el cigarrillo se levant&#243; y contempl&#243; con satisfacci&#243;n durante un rato, en silencio, los restos humeantes del aparato en lontananza. Los otros tres aparatos que hab&#237;an bombardeado la bater&#237;a de ametralladoras se dirigieron hacia el sur. Pero los bombarderos a&#250;n sobrevolaban como aves de rapi&#241;a el paso del r&#237;o; la artiller&#237;a disparaba infatigable, estallaban las bombas y densas columnas de agua se alzaban en la espesa humareda. Pronto termin&#243; la incursi&#243;n y un enlace se acerc&#243; a Lopajin para decirle que le llamaba el comandante.

Todo el terreno alrededor de las trincheras parec&#237;a plagado de &#250;lceras, agujeros redondos y amarillos de diversos tama&#241;os, con los bordes calcinados. Los senderos oblicuos abiertos por las bombas en el jard&#237;n de la escuela se hallaban cruzados por &#225;rboles ca&#237;dos y destrozados que dejaban al descubierto las paredes y los tejados de las casas, antes invisibles, cubiertos por las ramas.

Junto a la trinchera que ocupaba Sviaguintsev hab&#237;a un gran cr&#225;ter y all&#237; yac&#237;a una espoleta cubierta de tierra hasta la mitad, con los bordes met&#225;licos destrozados y retorcidos. Todo el contorno daba la impresi&#243;n de ser algo nuevo, salvaje y desconocido. Sin embargo, casi por doquier se ol&#237;a el aroma dulz&#243;n de la hierba, se escuchaban las voces de los soldados, y desde el nido de ametralladoras, situado en un viejo silo subterr&#225;neo, llegaba una voz temblorosa y alegre a la vez, interrumpida por una risa tan jovial y alegre que Lopajin, al pasar a su lado, pens&#243; con satisfacci&#243;n: &#161;Qu&#233; demonios! &#161;Son inagotables! Aunque les hayan bombardeado hasta ponerlos patas arriba, cuando todo ha pasado se echan a re&#237;r a carcajadas como gara&#241;ones que no hubieran salido del establo durante mucho tiempo. Y &#233;l mismo se ech&#243; a re&#237;r involuntariamente cuando oy&#243; la conocida voz del sargento Nikiforov, aguda y llorosa de tanto re&#237;r, que dec&#237;a:

Cuando lo miro est&#225; como un cangrejo, mueve la cabeza y me pregunta: Fedia, &#191;no te han matado? Los ojos se le sal&#237;an de la cara como pu&#241;os y ol&#237;a que no veas Se conoce que el miedo

En una trinchera apartada alguien se re&#237;a cansada y quedamente, con sus &#250;ltimas fuerzas pero sin parar, como si le hubieran maniatado y le sometieran a un cosquilleo constante. Con la sonrisa en los labios, Lopajin evit&#243; los emplazamientos de las ametralladoras y los cr&#225;teres para alcanzar al enlace, a quien dijo:

El tal Nikiforov es un muchacho alegre.

Hay alegr&#237;a para unos y, para otros, l&#225;grimas, o incluso el descanso eterno -repuso el enlace con aire taciturno, mientras se&#241;alaba una abertura producida por la ca&#237;da de una bomba y a un soldado con la guerrera empapada de sangre, que caminaba a lo lejos, como borracho, apoy&#225;ndose en el brazo del sanitario.

El teniente Goiostchiekov le acogi&#243; con una gran sonrisa; con un movimiento del brazo le indic&#243; que bajara a la trinchera. Aprovechando aquellos instantes de calma, acababa de desayunar. Se limpi&#243; los labios con un pa&#241;uelo negro por la suciedad y le gui&#241;&#243; un ojo maliciosamente.

&#191;Lo has derribado t&#250;, Lopajin?

Creo que s&#237;, camarada teniente.

Buen trabajo. &#191;Es el primero que derribas en tu servicio?

S&#237;, el primero.

Bueno, si&#233;ntate entonces, ser&#225;s mi hu&#233;sped. Dices que es el primero; esperemos que no sea el &#250;ltimo -dijo el teniente bromeando, mientras tiraba a la zanja un puchero de gachas sin terminar y sacaba una cantimplora que hab&#237;a tomado como bot&#237;n.

En la trinchera del teniente ol&#237;a a tierra arcillosa y h&#250;meda, que no hab&#237;a tenido tiempo de secarse, a polvo y a algo avinagrado debido al sudor humano, a las correas de las armas y a las municiones amontonadas. Lopajin pens&#243; en la rapidez con que las trincheras adquieren un olor humano distinto y caracter&#237;stico de cada persona. Aunque no ven&#237;an a cuento, record&#243; las palabras del sargento Nikiforov y sonri&#243;. El teniente interpret&#243; aquella sonrisa a su manera, le sirvi&#243; vodka en un vaso de aluminio y le dijo discretamente:

Los vecinos, &#233;sos de las ametralladoras, me han proporcionado hoy combustible; hac&#237;a tiempo que hab&#237;a terminado el m&#237;o Bueno, felicidades por el &#233;xito: toma, bebe.

Lopajin tom&#243; cuidadosamente el vaso con dos dedos y le dio las gracias; para sus adentros pens&#243; con tristeza que el vaso era demasiado peque&#241;o para beber al estilo ruso; cerrando los ojos sorbi&#243; lentamente la vodka tibia, que ol&#237;a levemente a gasolina.

El teniente produjo un chasquido con la lengua al mismo tiempo que Lopajin, como si estuvieran compartiendo la bebida, pero &#233;l no bebi&#243;; guard&#243; la cantimplora.

&#161;Vaya gente tenemos ahora! &#191;Eh, Lopajin? Antes, en cuanto llegaban los aviones alemanes, se echaban al suelo V ol&#237;an la hierba. Ahora, en cambio, tienen que volar sobre nosotros a una altura prudencial para que no les calentemos la grupa. &#191;Verdad, Lopajin?

Exacto, camarada teniente.

Hace poco ha llamado el comandante preguntando qui&#233;n ha derribado el avi&#243;n. La gente ha dicho que has sido t&#250; y yo mismo lo he visto. Al parecer ser&#225;s propuesto para una recompensa. Bueno, m&#225;rchate, hay que esperar un nuevo ataque; mucha atenci&#243;n a los tanques. Pasa por donde est&#225; Borsij y advi&#233;rtele de mi parte; dile que la lucha ser&#225; fuerte: hay que combatir y resistir, como suele decirse, hasta la muerte. Dile que deposito mi confianza en &#233;l. Ahora voy a ir al flanco derecho Alg&#250;n motivo tendr&#225;n los alemanes para empe&#241;arse en combatir el paso del r&#237;o Ser&#225; un d&#237;a muy fuerte, de modo que preoc&#250;pate de las dos cosas.

Lopajin volv&#237;a a su puesto radiante de alegr&#237;a y colorado como un ladrillo a causa de la vodka, pero ya cerca de la trinchera del anticarro Borsij, borr&#243; la sonrisa de su cara.

Borsij estaba desayunando; rebanaba con gran cuidado una lata de carne con una miga de pan.

Lopajin se acerc&#243; a la trinchera preguntando:

&#161;Qu&#233;! &#191;C&#243;mo te van las cosas, ciudadano de Siberia? &#191;No te impresionan las bombas?

A m&#237; no me impresionar&#225; nada hasta que me muera -replic&#243; con voz de bajo el siberiano, ancho de espaldas y &#225;gil, sin interrumpir lo que estaba haciendo.

Oye, &#191;no me invitas a sbaneski? He venido aqu&#237; en calidad de invitado.

Pres&#233;ntate como invitado en Omsk, en casa de mi mujer; hoy es domingo y seguro que prepara sbaneski. Ella te convidar&#225;.

Lopajin baj&#243; la cabeza triste y negativamente.

Eso est&#225; muy lejos; no ir&#233;. Que se las trague el polvo, y a ti tambi&#233;n

S&#237;, cae un poco lejos, y adem&#225;s -dijo Borsij suspirando. No se pod&#237;a adivinar por qu&#233; suspiraba: si por su Omsk natal, lejana en la desnuda estepa, o porque se le hab&#237;a acabado la lata de carne.

Casi sin moverse, Borsij tir&#243; la lata vac&#237;a a la maleza, se limpi&#243; las manos en los pantalones grasientos y dijo:

Mejor ser&#225; que me invites a tabaco, Lopajin.

&#191;Es que ya te has fumado el tuyo? -pregunt&#243; Lopajin extra&#241;ado.

&#191;Qu&#233; tiene que ver eso? El de los dem&#225;s siempre sabe mejor  respondi&#243; Borsij juiciosamente. Extrajo un papel de fumar y sac&#243; la mano de la trinchera-. Echa, no seas miserable. Si yo hubiera derribado un avi&#243;n, gastar&#237;a todo el tabaco en invitar a los amigos.

Despu&#233;s de haber aspirado dos bocanadas de humo, Lopajin dijo:

El teniente me ha ordenado que te avise para que est&#233;s alerta. Es un t&#237;o listo y cree que lo primero que har&#225;n los tanques ser&#225; plantarnos cara a nosotros. Detr&#225;s de las lomas que est&#225;n frente a nosotros pueden concentrarse. Adem&#225;s, all&#237; hay un buen camino y una barranca ocultos. &#191;Lo has visto?

Borsij asinti&#243; con la cabeza en silencio.

El teniente dijo tambi&#233;n estas palabras: Lopajin, deposito mi confianza en ti y en Borsij. Resistiremos hasta el final.

Hace bien en confiar -coment&#243; Borsij prudentemente-. Nos ha quedado poca gente; sin embargo, son hombres valientes. Nosotros resistiremos, s&#237;, pero &#191;y los vecinos?

Los vecinos tienen que preocuparse de s&#237; mismos  replic&#243; Lopajin.

Borsij asinti&#243; de nuevo con un gesto de la cabeza. Lopajin se levant&#243; y estrechando la ancha y fuerte mano del camarada, dijo:

&#161;Te deseo buena suerte, Akim!

Lo mismo te digo.

Cruz&#243; dos trincheras de tiradores y cuando lleg&#243; a la altura OC la tercera se detuvo como si se encontrara ante un obst&#225;culo inesperado; se frot&#243; los ojos como anonadado y murmur&#243; entre dientes: &#161;Qu&#233; maravilla! A mis a&#241;os, s&#243;lo me faltaba esto. Unos ojos azules, inm&#243;viles, cansados e inexpresivos como siempre, le miraban debajo de un casco. Sentado en una trinchera abierta al cielo y perfectamente visible, estaba el cocinero Lisichenko. El rostro lleno del cocinero, con mofletes como manzanas, era juvenil e incluso alegre y sus ojos azules desped&#237;an tranquilidad. A Lopajin le pareci&#243; que se entornaban de un modo provocativo y descarado.

Con aires marciales Lopajin se acerc&#243; a la trinchera, se puso en cuclillas, mir&#243; al cocinero de arriba abajo y le dijo con voz solemne:

Se le saluda.

Lo mismo le digo -replic&#243; Lisichenko fr&#237;amente.

&#191;C&#243;mo est&#225; su salud? -se interes&#243; amablemente Lopajin dirigiendo al cocinero una mirada fulminante, algo contenida para que no se le notara la rabia.

Bien, gracias; siga adelante y v&#225;yase al demonio.

Podr&#237;a replicarte con todas las reglas militares, pero para ti  dijo Lopajin irgui&#233;ndose- no tengo palabras amables ni rebuscadas. Resp&#243;ndeme s&#243;lo a esta pregunta: &#191;qui&#233;n es el bobo que te ha metido en esta trinchera? Y si piensas seguir en ella, &#191;d&#243;nde est&#225; la cocina? &#191;Qu&#233; vamos a comer hoy, si puede saberse, gracias a tu gran persona?

Nadie me ha metido aqu&#237;, amiguito. Yo mismo he cavado la trinchera y yo solo me he metido en ella  contest&#243; Lisichenko con voz triste y tranquila.

Lopajin estuvo a punto de ahogarse de indignaci&#243;n.

&#191;O sea que t&#250; te has metido aqu&#237;? &#161;Ay de ti! &#191;Y la cocina?

La he dejado. Y no vengas a lamentarte, no quieras asustarme. Empezaba a sentirme triste en la cocina; por eso la he abandonado hoy.

Te has sentido triste, has dejado la cocina y te has metido aqu&#237; t&#250; mismo.

Eso es. &#191;Qu&#233; m&#225;s te interesa, h&#233;roe?

&#191;Es que piensas que sin ti no podemos resistir? -le espet&#243; r&#225;pidamente Lopajin, dirigiendo una fulminante mirada de odio a Lisichenko.

Pero no era f&#225;cil amilanar e intimidar a un cocinero que hab&#237;a visto de todo y que se encontraba de vuelta de muchas cosas. Mir&#243; pausadamente a Lopajin de arriba abajo y dijo:

Pues precisamente has dado en el clavo, Lopajin. No me fiaba de ti. Incluso he pensado que en un momento de apuro te pondr&#237;as a temblar, por eso he venido.

&#191; C&#243;mo es que no te has puesto el gorro blanco? He visto al cocinero del general y llevaba uno limpio, limp&#237;simo &#191;Por qu&#233; no te lo pones t&#250;? -pregunt&#243; Lopajin casi exhausto.

Bueno, &#233;l era el cocinero del general, pero yo &#191;por qu&#233; demonios hab&#237;a de pon&#233;rmelo? -pregunt&#243; a su vez Lisichenko.

Lopajin no pod&#237;a m&#225;s y dijo con gusto y complacencia:

&#161;Tienes que pon&#233;rtelo para que te maten antes, pavo atiborrado!

Lisichenko se limit&#243; a hacer un gesto de desinter&#233;s y replic&#243; sin inmutarse:

A m&#237; s&#243;lo me matar&#225;n cuando las malvas florezcan sobre tu tumba, Pietia, cuando los sapos salten sobre tu cuerpo, pero antes no.

Hablar con el cocinero era in&#250;til. Su extremada paciencia de ucraniano le hac&#237;a invencible, era como una fortaleza de cemento armado. Lopajin, despu&#233;s de suspirar, dijo quedamente y con inseguridad:

Yo te pegar&#237;a con algo pesado para que se te saliera todo el mijo de dentro, pero no quiero gastar fuerzas en semejante porquer&#237;a. Dime qu&#233; vamos a comer ahora.

Schi.

&#191;C&#243;mo?

Schi con carnero y col fresca.

Lopajin crey&#243; que el cocinero le tomaba el pelo pero no encontraba palabras para contestar como era debido.

Se puso en cuclillas de nuevo ante la trinchera, recurri&#243; al dominio de s&#237; mismo y se puso a hablar con cierta agudeza:

Lisichenko, antes de entrar en combate estoy muy nervioso y ya me han hartado tus bromas. Dime seriamente: &#191;vas a dejar a la gente sin comer algo caliente? Los muchachos no te lo perdonar&#225;n. Yo mismo podr&#237;a zumbarte, me da igual lo que pueda pasarte y el color que tenga tu cara cuando acabe. &#191;Es que no comprendes que eres el cocinero? Lo primero es la comida, tanto en el ataque como en la retirada. Una tropa sin comida es como un cero a la izquierda. &#191;Por qu&#233; holgazaneas aqu&#237;? Ser&#237;a mucho mejor que te largaras cuanto antes si no quieres salir con los pies por delante. M&#225;rchate, v&#237;stete como est&#225; mandado y, como ahora todo est&#225; tranquilo en el campo de batalla, incluso puedes calentar unas gachas sin humo. &#161;Demonios! Estoy dispuesto a comer tus gachas, porque al fin y al cabo sin ellas se est&#225; peor que con ellas. &#191;Qu&#233; queda de nosotros sin alimento caliente? &#161;Unos desgraciados, eso es lo que quedar&#237;a! Yo, por cumplo, si no como me convierto en el m&#225;s desgraciado de los italianos y en algo peor que el m&#225;s desgraciado de los rumanos. Me pasa que ya no soy el mismo, me tiemblan las piernas, me Hojean los brazos Vete, Lisichenko, y estate tranquilo: aqu&#237; nos pasaremos sin ti. Te juro que tu ocupaci&#243;n es tan honrosa como la m&#237;a. Bueno, quiz&#225; tan s&#243;lo sea unas diez veces inferior

Lopajin esperaba una respuesta. Pero Lisichenko sac&#243; lentamente del bolsillo una petaca rojiza con adornos de colores, arranc&#243; con calma una tira de papel de una hoja de peri&#243;dico y a&#250;n m&#225;s lentamente empez&#243; a liar un cigarrillo. Una vez liado, cogi&#243; un mechero que hab&#237;a tomado al enemigo y dijo sin apresurarse:

Suplicas en vano, h&#233;roe. No puedo cruzar el Don con la cocina a la espalda, me hundir&#237;a al momento; y vadearlo por el puente tambi&#233;n es imposible. La destruir&#233; con una bomba cuando sea preciso, pero por el momento las schi siguen coci&#233;ndose en el puchero. De verdad, te lo juro. &#191;Por qu&#233; me miras as&#237;? Ap&#225;rtatelos de m&#237; o agu&#225;ntalos con las manos para que no se te caigan. &#191;Comprendes de qu&#233; va? Junto al puente una bomba mat&#243; a varias ovejas de un reba&#241;o. Naturalmente, yo apuntill&#233; a una, no quer&#237;a que muriera sufriendo por la metralla que ten&#237;a en el cuerpo. Despu&#233;s consegu&#237; coles de un huerto, aunque, la verdad, las consegu&#237; rob&#225;ndolas. Tambi&#233;n encargu&#233; a dos heridos leves que vigilaran las coles, les a&#241;ad&#237; todo lo necesario y me largu&#233;, as&#237; que lo tengo todo en orden. O sea que har&#233; un poco la guerra, os ayudar&#233;, y cuando llegue la hora de comer me arrastrar&#233; por el bosque y tendr&#233;is vuestra comida caliente. &#191;Est&#225;s contento de m&#237;, h&#233;roe?

Lopajin, conmovido, sent&#237;a deseos de abrazar al cocinero. &#201;ste, sonriendo, se sent&#243; en el fondo de la trinchera y le dijo:

En lugar de andar con bobadas mejor ser&#237;a que me dieras una granada. Podr&#237;a servirme para algo.

&#161;Mi querido compa&#241;ero, eres un hombre de cuidado! Puedes luchar todo lo que quieras. &#161;Te autorizo! -exclam&#243; Lopajin con solemnidad; y desprendi&#243; una granada del correaje que entreg&#243; con respeto al cocinero.

Probablemente Lopajin hubiera seguido de charla con el cocinero, pero al o&#237;rse otra vez el ruido de los aviones alemanes que se acercaban de nuevo, se encamin&#243; a toda prisa a su trinchera.

Cuando los aviones se acercaban a su objetivo, se separaron. Una secci&#243;n se dirigi&#243; a las l&#237;neas de defensa mientras las otras, atravesando el fuego de la artiller&#237;a, se dirigieron hacia el r&#237;o.

Se levant&#243; una densa nube de polvo pardo que envolvi&#243; las trincheras como una niebla en el aire quieto, impidiendo el paso de los rayos solares. Entre el caracter&#237;stico zumbido y el ruido de los trozos de metralla al clavarse en tierra, Lopajin intentaba o&#237;r el fuego de sus propias ametralladoras. La bater&#237;a emplazada en el jard&#237;n de la escuela estaba silenciosa. Lopajin pens&#243; apesadumbrado: &#161;Malditos reptiles, los han enterrado! Luego se le ocurri&#243; pensar que quiz&#225;s hubieran tenido tiempo de trasladarse a sus antiguas posiciones y se tranquiliz&#243; algo.

Entre el fragor y el estr&#233;pito que hab&#237;a a su alrededor no oy&#243; los gritos de Sashka que le llamaban. Ensordecido y agobiado por el rugir de las explosiones, procur&#243; sacar fuerzas de flaqueza; de vez en cuando asomaba la cabeza por encima de la trinchera e incluso sal&#237;a cauteloso por encima del parapeto. Las sacudidas c&#225;lidas de las ondas explosivas le hac&#237;an tambalear la cabeza, pero continuaba alerta y mirando al frente por si a trav&#233;s de la polvareda de humo intentaban avanzar los tanques alemanes, protegidos por la cobertura del bombardeo a&#233;reo.

En una de las ojeadas, gracias a la claridad del sol unida a la de las llamas de varias explosiones, pudo ver a Sviaguintsev en su trinchera; con alivio y alegr&#237;a observ&#243; que despu&#233;s de una r&#225;faga de ametralladora permanec&#237;a sereno, aferrado al fusil; pero segundos m&#225;s tarde pudo distinguir en el casco de Sviaguintsev una abolladura a un lado; todo &#233;l aparec&#237;a ahora gastado y sin brillo; tanto Sviaguintsev como su casco estaban cubiertos de polvo.

&#161;Es un gran muchacho! -pens&#243; Lopajin con admiraci&#243;n-. A &#233;se no le asusta ninguna m&#250;sica

Muy pronto se confirmaron los temores de Lopajin: a&#250;n no hab&#237;an tenido tiempo los aviones de descargar su material en dos pasadas cuando empez&#243; a o&#237;rse detr&#225;s de la loma un ruido de motores completamente distinto, a ras de tierra y compacto, mezclado con el fuerte rechinar met&#225;lico de los tanques. Casi al mismo tiempo la artiller&#237;a alemana abri&#243; fuego desde la loma y junto al r&#237;o, y en el mismo instante nuestras bater&#237;as, emplazadas al otro lado del Don, empezaron a contestar al fuego.

&#161;Bueno, Sashka, suj&#233;tate bien los pantalones y aguanta! -dijo Lopajin animado y sonriente-. Y vigila que no escape ning&#250;n tanquista cuando yo incendie su carro. &#191;C&#243;mo estamos de &#225;nimos? &#191;Bien? Eso es lo bueno; lo m&#225;s importante de nuestra profesi&#243;n es que los &#225;nimos no decaigan.

Aferr&#243; el fusil y de nuevo, como cuando el avi&#243;n enemigo, viniendo de detr&#225;s de la loma, ca&#237;a en picado sobre las trincheras, como si se hubiera fundido con su arma, no apartaba la vista de las rugientes planchas de acero envueltas en una gran capa de polvo que formaban una especie de cu&#241;a.

&#161;S&#237;, ahora se pod&#237;a respirar a pleno pulm&#243;n! El inicio de este combate no se pod&#237;a comparar con aquel otro en que los restos del regimiento diezmado pudieron defenderse en la cima y frenar el impulso del enemigo contando solamente con cuatro armas antitanque y algunas ametralladoras. Ahora el combate se desarrollaba de otro modo; todav&#237;a no hab&#237;an alcanzado los tanques la mitad de la distancia calculada por Lopajin cuando en su camino cay&#243; una descarga de artiller&#237;a levantando una gran nube negra. La artiller&#237;a del regimiento luchaba con ardor y con impulso y pronto tres de los veinte tanques medianos que aparecieron detr&#225;s de la colina quedaron inmovilizados; un cuarto no pudo recorrer ni una decena de metros m&#225;s. Arrastraba por la parte posterior una humareda negra; el tanque comenz&#243; a ladearse sobre el costado derecho como si quisiera acariciar y sorber el esp&#237;ritu de la tierra del Don que momentos antes aplastaba pesadamente con sus orugas.

Entusiasmado por el fuego de la artiller&#237;a, Lopajin hizo presi&#243;n con sus dedos sobre el hombro de Sashka y grit&#243;:

&#161;Est&#225;n disparando! &#161;C&#243;mo disparan! &#161;Vaya, hijitos! &#191;Qui&#233;n os ha ense&#241;ado? &#161;Os besar&#237;a las cabecitas! &#161;Caray, Sashka, a este paso vamos a quedarnos sin nada que hacer!

Una bater&#237;a antitanque emplazada en el huerto se puso a disparar contra los carros desde el flanco izquierdo. Al cabo de unos minutos otros dos tanques quedaban fuera de combate; sin embargo, los restantes pudieron atravesar la l&#237;nea de fuego. Se encontraban a doscientos metros de las trincheras.

Lopajin vio claramente el cuerpo gris y rechoncho de un tanque que marchaba oblicuamente; divis&#243; los rasgos difusos de una tremenda fiera con cola, pintada de blanco en el borde del tanque, un poco a la izquierda de la cruz. Con los ojos desencajados y llorosos lo ve&#237;a todo pero segu&#237;a esperando que se redujera la distancia en medio centenar de metros para poder disparar sobre seguro.

De las orugas del tanque se desprend&#237;a un polvillo gris que se posaba sobre el ajenjo de la estepa. A veces brillaba de repente al sol un elemento met&#225;lico de la oruga; en otras ocasiones, como si arrastrara algod&#243;n gris, se formaba detr&#225;s del tanque una nube de polvo; encima del carro daba vueltas la torreta y surg&#237;a y desaparec&#237;a una llamita p&#225;lida y puntiaguda como la lengua de un &#225;spid, casi invisible bajo los rayos del sol de la manara. Al cabo de unos segundos, en el ala derecha de 1a compa&#241;&#237;a, delante y detr&#225;s de los mont&#237;culos que delataban la presencia de las trincheras, hac&#237;a explosi&#243;n un mont&#243;n de tierra que se posaba luego lentamente; al mismo tiempo se o&#237;an los ruidos caracter&#237;sticos de la explosi&#243;n.

Al segundo disparo Lopajin acert&#243; en el tanque. Casi al mismo tiempo se incendiaron otros dos carros. Los dem&#225;s, dando una r&#225;pida media vuelta desaparecieron detr&#225;s de la


colina. En cuanto el &#250;ltimo de los tanques hubo desaparecido tras la polvorienta cresta de la loma, Lopajin volvi&#243; la mirada, contempl&#243; el rostro p&#225;lido de Kopytovski y le pregunt&#243; con acento afectuoso:

&#191;Qu&#233; te sucede, Sashka? Parece que te has puesto gris.

Con esta clase de vida cualquiera se pone gris -respondi&#243; Kopytovski respirando con dificultad.



11

Al cabo de media hora los alemanes volvieron al ataque. Unos diez carros de combate protegidos con fuego de ametralladora intentaron romper el enlace defensivo entre las dos compa&#241;&#237;as, una de ellas bajo las &#243;rdenes del teniente Golostchiekov. Un tanque de tama&#241;o mediano que encabezaba la unidad enemiga se abalanz&#243; sobre una cerca quedando atascado en el barro de la fragua del kolj&#243;s. Momentos despu&#233;s se enderez&#243; entre nubes de polvo y sali&#243; a toda velocidad, lleno de ramaje seco y de barro, disparando hacia las ametralladoras antitanques y pasando por encima de las trincheras de la infanter&#237;a. Avanzaba en zigzag sobre las trincheras y las aplastaba con sus cadenas moviendo a izquierda y derecha su morro gris.

El tanque se acercaba a toda velocidad a la trinchera de Lopajin. Cubri&#243; con su enorme masa la trinchera del cabo Kochetigov; repentinamente se detuvo una de las cadenas y el pesado veh&#237;culo empez&#243; a girar sobre s&#237; mismo con la intenci&#243;n de llenar de tierra por completo la trinchera. Lopajin dispar&#243; r&#225;pidamente pero aquel tanque no lo iba a destrozar &#233;l: el cabo Kochetigov, cubierto de tierra hasta la cintura, se enderez&#243; todo lo que pudo y, mientras el tanque intentaba apisonar su trinchera, con gesto torpe levant&#243; un brazo. Un frasquito se estrell&#243; en silencio contra las chapas del veh&#237;culo gris. El tanque estall&#243; en pedazos mientras por su blindaje corr&#237;an las llamaradas y se elevaba una columna de humo azul

Como un animal enfurecido, el tanque incendiado se puso a girar con el motor rugiente y sali&#243; corriendo hacia el huerto, donde intent&#243; apagar las llamas contra las ramas de un cerezo silvestre.

Cegado por la asfixiante humareda, el conductor del tanque apenas pod&#237;a ver; en plena marcha, el veh&#237;culo cay&#243; en el fondo de un gran pozo vac&#237;o y abandonado; al ladearse qued&#243; al descubierto su fondo negro y recalentado por el aceite; all&#237; qued&#243; atrapado, indefenso e inofensivo, en espera de la muerte. A&#250;n giraba r&#225;pidamente la oruga izquierda, intentando por todos los medios que sus zapatas se adhirieran al suelo; mientras, la oruga derecha, rota, qued&#243; colgando sobre la tierra, impotente y lamentable.

Kopytovski lo hab&#237;a visto todo. Respiraba jadeante y con rapidez y segu&#237;a con los ojos desmesuradamente abiertos los movimientos violentos y los estertores finales del tanque enemigo. S&#243;lo reaccion&#243; cuando son&#243; cerca de su o&#237;do el conocido disparo del arma de Lopajin. Con la rapidez de un p&#225;jaro Kopytovski volvi&#243; la cabeza y pudo ver a su derecha, a unos cien metros de la trinchera, un tanque que avanzaba a sacudidas y que al cabo de un rato se detuvo; y entonces vio junto a s&#237; el rostro enrojecido de Lopajin.

Las sombras grises de los tanquistas salieron por la escotilla del veh&#237;culo inutilizado. Uno de ell6s, con la guerrera desabrochada, cay&#243; de espaldas; seguidamente gir&#243; sobre sus talones con los brazos en cruz. El segundo -sin gorra, de cabello oscuro y con una camisa gris remangada hasta los codos  intent&#243; ponerse de rodillas, pero inmediatamente cay&#243; a plomo y se arrastr&#243; ondulante como una serpiente, moviendo in&#250;tilmente los brazos.

En aquel instante Lopajin not&#243;, con un segundo de retraso, que le arrebataban la ametralladora de las manos. Lopajin, sin perder de vista al soldado que se arrastraba, apret&#243; contra s&#237; la ametralladora de Kopytovski. Al mismo tiempo Sviaguintsev, por el lado derecho, solt&#243; un disparo. El impacto hizo que el alem&#225;n cayera de bruces en el mismo suelo. Lopajin solt&#243; la ametralladora, dirigi&#243; el rostro enfurecido hacia Kopytovski y con un silbido de ira balbuce&#243;:

T&#250;, canalla, pedazo de animal. &#191;Est&#225;s luchando o qu&#233;?, Por qu&#233; no has disparado a tiempo? &#191;Acaso piensas hacerle prisionero? &#161;M&#225;tale antes de que pueda levantar los brazos! &#161;M&#225;tale en seguida! En esta tierra no necesito alemanes prisioneros, sino muertos. &#191;Comprendido, hijo de tu mam&#225;?



12

En el horizonte azul y limpio se levantaba el sol sobre una tierra martirizada por la artiller&#237;a. El ajenjo recalentado desprend&#237;a su aroma m&#225;s penetrante y amargo. En las alturas del Don volvieron a presentarse, entre la niebla, los tanques y la infanter&#237;a alemanes. Se iniciaba el tercer asalto infructuoso.

La tropa de la unidad que proteg&#237;a el paso del Don rechaz&#243; seis ataques furiosos. A mediod&#237;a los alemanes tuvieron que retirarse tras unas lomas y hubo un breve descanso en la batalla.

Sviaguintsev not&#243; un silencio repentino y extra&#241;o tras el zumbido atronador de la artiller&#237;a, el fragor de las explosiones y el ladrido de las ametralladoras de primera l&#237;nea. Con movimientos pausados se quit&#243; el casco, se pas&#243; la manga de la guerrera con gesto de fatiga por la frente, se enjug&#243; el sudor y habl&#243; en voz alta para o&#237;r su propia voz:

Vaya, ahora se ha callado todo

Aquel silencio sosegado le produjo un sentimiento de satisfacci&#243;n. Lade&#243; un poco la cabeza y con concentraci&#243;n casi infantil se puso a escuchar los d&#233;biles rumores de la tierra arcillosa que se desprend&#237;a de las paredes de su trinchera. Los granos de arena y los trozos de tierra amarillenta y apelmazada ca&#237;an como en cascada formando lentamente montoncillos en el fondo de la trinchera. De cuando en cuando un guijarro chocaba con los casquillos que hab&#237;a a los pies de Sviaguintsev y produc&#237;a un tintineo, como si hubiera campanillas bajo la tierra oscura. No lejos de all&#237; zumbaba un saltamontes. Un sonido nuevo atrajo repentinamente su atenci&#243;n y Sviaguintsev volvi&#243; la cabeza hacia &#233;l. Era un abejorro anaranjado que, zumbando como una cuerda de bajo mal afinada, dio un par de vueltas sobre la trinchera para ir despu&#233;s a posarse en una margarita. Parpadeando velozmente, Sviaguintsev observaba fijamente el balanceo exagerado de la margarita como si fuera un fen&#243;meno que viera por vez primera en su vida. Repentina-mente gir&#243; la cabeza con un movimiento de extra&#241;eza: desde alg&#250;n lugar lejano el viento suavemente perfumado tra&#237;a hasta sus o&#237;dos el grito claro y sonoro de la codorniz.

Los siseos del viento sobre la hierba quemada por el sol, la t&#237;mida y sencilla belleza de la margarita con sus p&#233;talos blancos, el revoloteo del abejorro en el ambiente c&#225;lido, el canto de la codorniz que le era familiar desde la infancia, todas las menudencias de la vida todopoderosa hicieron que Sviaguintsev se sintiera a la vez alegre y perplejo: &#161;Qu&#233; cosa tan rara, es como si no hubiera habido una batalla!, pensaba sorprendido. Hac&#237;a solamente un instante que la muerte acechaba muy de cerca, y ahora surg&#237;an la codorniz, los zumbidos de los insectos, y todo con pleno orden, como si estuvieran en paz y cada uno se cuidara de lo suyo. &#161;Milagros, eran milagros!

Sviaguintsev miraba distra&#237;damente a su alrededor; daba la impresi&#243;n en ese momento de un hombre reci&#233;n despertado de una pesadilla dolorosa que, con un suspiro de alivio, acepta una existencia sencilla y real. Necesit&#243; un buen rato para asimilar el silencio y adaptarse a &#233;l. La calma era tensa, desagradable, como si precediera a una tormenta, y si se hubiera prolongado seguramente Sviaguintsev se hubiera sentido inc&#243;modo. Pero al poco rato se oyeron por el lado izquierdo, m&#225;s all&#225; de la cima, los disparos de las ametralladoras y los morteros alemanes; la inesperada tregua acab&#243; tan repentinamente como se hab&#237;a iniciado.

Un municionero joven a quien apenas conoc&#237;a Sviaguintsev se arrastr&#243; hasta su trinchera y tras un fuerte resoplido le dijo:

Te traigo municiones. Bueno, qu&#233; pasa, barbas, &#191;vas a aprovisionarte?

Sviaguintsev se pas&#243; la mano por la mejilla; ten&#237;a abundantes pelos medio rojizos; en tono ofendido, pregunt&#243;:

&#191;Qu&#233; es eso de barbas? &#191;Acaso crees que soy un viejo?

Hombre, tanto como viejo no, pero casi. La barba te ha crecido tanto que casi ni se te conoce.

&#161;Claro que me crece! No tengo tiempo para cuidarme, en una retirada como &#233;sta; deber&#237;as comprenderlo. En cuanto a los a&#241;os, no tengo tantos como para considerarme un viejo -insisti&#243; Sviaguintsev algo molesto, mientras tocaba la funda de los cartuchos con sus manos grasientas.

Sin hacer caso de sus protestas, el municionero parlanch&#237;n prosigui&#243;:

&#161;Qu&#233; padrecito! &#191;Te pudres en la trinchera como un alma en pena? &#161;No hay alemanes a la vista y pr&#225;cticamente no disparan! &#161;Mejor ser&#237;a que salieras al sol, a desentumecer tus viejos huesos!

Lo de padrecito y viejos huesos no hab&#237;a sido del agrado de Sviaguintsev, quien, frunciendo el ce&#241;o, pregunt&#243; ir&#243;nicamente:

Entonces, jovencito, &#191;por qu&#233; te arrastras barriga en tierra, si no hay alemanes que disparan?

Es una vieja costumbre -contest&#243; el municionero, sonriendo-. Es mi trabajo, &#191;comprendes? Estoy tan acostumbrado a arrastrarme que a veces me parece que no puedo ponerme de pie. As&#237; que casi siempre me arrastro por los suelos

Eso es absurdo y poco inteligente; puedes llegar a desacostumbrarte del todo -coment&#243; animado Sviaguintsev.

Se encontraba tan aburrido que le entraron ganas de charlar con aquel mozo. Le pregunt&#243;, como se suele hacer cuando se habla con soldados j&#243;venes, con tono involuntario de indulgencia y protecci&#243;n:

&#191;Eres de la tercera, muchacho? Tu cara me suena.

S&#237;, pertenezco a la tercera.

Y &#191;c&#243;mo te llamas?

Utishev.

&#191;Est&#225;s casado, Utishev?

El muchacho, sonriendo, hizo con la cabeza un gesto negativo.

Todav&#237;a soy joven. Antes de la guerra no tuve tiempo.

Vaya, no tuviste tiempo Pues mira, como eres municionero te olvidar&#225;s de andar, y despu&#233;s de la guerra, cuando pienses en casarte, en vez de caminar con las piernas como la gente normal, te acordar&#225;s de tus tiempos de guerra y te arrastrar&#225;s sobre la tripa para ir a buscar a una muchacha. &#161;Se enfadar&#225; cuando vea un novio as&#237;! Y su madre te dar&#225; con una vara en las espaldas, dici&#233;ndote: &#161;No deshonres a tu novia, sinverg&#252;enza! &#161;Camina como es debido!

Aunque est&#225;s sin afeitar eres un guas&#243;n T&#250; no me l&#237;es. Yo te escucho, pero tambi&#233;n llevo la cuenta de los cartuchos. &#161;Se acab&#243;! No eres el &#250;nico que tiene que disparar.

Sviaguintsev quer&#237;a decirle algo m&#225;s pero Utishevse arrastr&#243; hasta la trinchera contigua y, sin volver la cabeza, a&#241;adi&#243; con repentina seriedad:

Oye, barbas, ahorra los disparos y apunta bien, que parece que disparas al aire, como si fuese a una moneda. A tu edad deber&#237;as pensar menos en las chicas, y as&#237; las manos no te temblar&#237;an.

Ante aquella ofensa inesperada, Sviaguintsev se qued&#243; sin saber qu&#233; responder; al cabo de un rato rompi&#243; a gritar con todas sus fuerzas:

&#161;Le vas a ense&#241;ar a tu abuela c&#243;mo se dispara! &#161;Vaya mocoso est&#225;s hecho!

Utishev segu&#237;a arrastr&#225;ndose y tirando de la caja de cartuchos, riendo y sin girarse. Sviaguintsev mir&#243; despectivamente sus espaldas, en las que destacaban dos manchas de sal, y advirti&#243; que la cuerda que llevaba en bandolera se le clavaba en la guerrera deste&#241;ida por el sol y descolorida, y pens&#243; amargamente: &#161;Qu&#233; gente poco seria nos ha salido! &#161;S&#243;lo el demonio sabe qu&#233; clase de gente es! Se dir&#237;a que son alumnos de Pietia Lopajin &#161;Qu&#233; desgracia, qu&#233; l&#225;stima que no est&#233; aqu&#237; Nikolai Streltsof! No hay ni una persona decente con quien hablar.

Tras esta breve lamentaci&#243;n por la ausencia del amigo, Sviaguintsev puso en orden toda su impedimenta de soldado y arroj&#243; fuera las vainas de los cartuchos que hab&#237;a bajo sus pies, limpi&#243; su escudilla con un manojo de hierba y la meti&#243; en el hueco de la trinchera; le hubiera gustado ahondar un poco m&#225;s la trinchera, pero todo su cuerpo se opuso a la idea de empu&#241;ar la pala nuevamente y arrancar trabajosamente trozos de tierra seca y dura como la piedra; sinti&#243; tal cansancio que decidi&#243; inmediatamente: La verdad es que puede pasar tal como est&#225;; no hace falta cavar un pozo. Si la muerte se empe&#241;a, tambi&#233;n le encuentra a uno en un pozo.

Unas pocas nubes se dirig&#237;an lenta y majestuosamente hacia el este. De vez en cuando una nubecilla blanca parec&#237;a menguar la potencia de los rayos del sol; sin embargo, ni esos instantes consegu&#237;an refrescar la atm&#243;sfera calurosa. La tierra caldeada s&#243;lo respiraba calor e incluso la parte de la trinchera que estaba en sombra estaba caliente, hasta tal punto que al propio Sviaguintsev le daba repugnancia apoyarse en ella.

Dentro de la trinchera se respiraba una atm&#243;sfera caliginosa y pesada, como un ba&#241;o turco. Algunas moscas surgidas de no se sabe d&#243;nde molestaban con su zumbido. Sviaguintsev, aplanado por el calor del mediod&#237;a, se levant&#243; despu&#233;s de haber permanecido un rato echado sobre el capote; se frot&#243; los ojos con el dorso de la mano y al contemplar los tanques destruidos y quemados vio tambi&#233;n los cad&#225;veres de los alemanes tirados por la estepa y una gran nube de polvo que dejaba una estela y que se mov&#237;a m&#225;s all&#225; de las monta&#241;as, sobre el camino dirigido al este, siguiendo paralelamente la corriente del Don. Los malditos fascistas alemanes preparan algo -pens&#243; mientras segu&#237;a con la mirada aquella nube de polvo-. Seguramente producen esta humareda los refuerzos que les llegan. Lo intentar&#225;n de nuevo, se reagrupar&#225;n, se lamer&#225;n las heridas y volver&#225;n a lanzarse. &#161;Sois unos diablos tercos, unos demonios obstinados! Pero nosotros tampoco somos de barro, hemos aprendido a golpear y ahora tendr&#225;n que limpiarse la sangre de las narices. &#161;Ya no es el a&#241;o 41! Al principio tuvieron suerte, pero &#161;ya est&#225; bien!, segu&#237;a pensando Sviaguintsev para tranquilizarse a s&#237; mismo. Luego dirigi&#243; una mirada al tanque destruido por Lopajin.

La m&#225;quina gris&#225;cea, hasta hac&#237;a muy poco amenazadora, yac&#237;a volcada con un gran boquete y callada para siempre, con el ca&#241;&#243;n a media altura. El primer tanquista hab&#237;a salido por la escotilla y yac&#237;a en el suelo con las piernas segadas por una r&#225;faga de ametralladora. Ten&#237;a los brazos totalmente abiertos y el viento mov&#237;a indolentemente su guerrera desabrochada; el segundo, en cambio, que hab&#237;a sido alcanzado por Sviaguintsev, antes de morir tuvo tiempo de apartarse un poco del carro. Por entre los setos Sviaguintsev ve&#237;a su nuca morena, su mano quemada echada hacia delante con la manga gris remangada hasta el codo, los herrajes de las botas brillantes a la luz del sol; ve&#237;a tambi&#233;n las cabezas blancas y gastadas de los clavos de las suelas de las botas.

Con el calor los muertos se hinchar&#225;n y apestar&#225;n de un modo horrible. Con semejantes vecinos nos ser&#225; imposible respirar -exclam&#243; Sviaguintsev haciendo una mueca de asco.

Not&#243; un cosquilleo en la espalda y una sensaci&#243;n de fr&#237;o le hizo encoger los hombros. Se acord&#243; del olor nauseabui.do y dulz&#243;n de los cad&#225;veres que desde la primavera acompa&#241;aba al regimiento tanto en los combates como en las retiradas.

Ya hab&#237;a pasado mucho tiempo desde la &#233;poca en que Sviaguintsev sent&#237;a curiosidad por ver el rostro de los enemigos a quienes mataba; ahora observaba fr&#237;amente al tanquista de elevada estatura que yac&#237;a no muy lejos de &#233;l, abatido por una bala, y s&#243;lo deseaba saltar cuanto antes de aquella trinchera angosta en la que seis horas de permanencia eran bastante para enloquecerle, y dormir de un tir&#243;n dos d&#237;as seguidos en cualquier parte sobre un mont&#243;n de paja fresca de centeno.

Record&#243; con fuerza el fragante aroma del centeno reci&#233;n trillado, suspir&#243; por los recuerdos que le asaltaban y hac&#237;an palpitar su coraz&#243;n, se sent&#243; una vez m&#225;s en el fondo de la trinchera, ech&#243; la cabeza hacia atr&#225;s y cerr&#243; los ojos. Ten&#237;a tanto sue&#241;o que con gusto habr&#237;a charlado incluso con Lopajin para apartar de s&#237; la modorra que le invad&#237;a. Pero despu&#233;s del cuarto ataque alem&#225;n Lopajin se hab&#237;a cambiado a una trinchera de reserva y ahora se hallaba bastante lejos.

En la modorra del calor y la fatiga, en el l&#237;mite de la vigilia y el sue&#241;o, Sviaguintsev ve&#237;a a su mujer y a sus hijos, al tanquista de la camisa gris a quien hab&#237;a matado, al director del parque de m&#225;quinas y tractores; ve&#237;a tambi&#233;n un riachuelo de poco caudal, desconocido, de corriente r&#225;pida, y un guijarro pulimentado y de colores en su lecho El riachuelo corr&#237;a entre abruptas m&#225;rgenes de arcilla con un murmullo cada vez m&#225;s fuerte y sonoro; Sviaguintsev, sin querer, se despabil&#243; y abri&#243; los ojos: por encima de &#233;l, en el cielo, pasaba una formaci&#243;n de seis aviones que se dirig&#237;an a lo lejos, dejando tras de s&#237; el rugir de los motores.

Sviaguintsev era hombre de car&#225;cter eminentemente pr&#225;ctico y no siempre ni en cualquier momento le gustaba la aviaci&#243;n; s&#243;lo la apreciaba cuando le proteg&#237;a desde el aire y cuando bombardeaba ante sus propios ojos las posiciones enemigas. Por eso acompa&#241;aba a aquellos cazabombarderos con la mirada fr&#237;a y so&#241;olienta de sus ojos inflamados por el sue&#241;o, y murmuraba con rabia:

&#161;Otra vez ven&#237;s con retraso! Mientras los alemanes nos atacaban y bombardeaban como si estuvi&#233;ramos atados, probablemente vosotros estar&#237;ais bebiendo caf&#233; y poni&#233;ndoos vuestras malditas botas; y ahora, cuando todo se ha acabado, os present&#225;is para arar en el agua y quemar el combustible del Estado &#161;No sois m&#225;s que unos derrochadores de gasolina!

No tuvo tiempo para acabar de refunfu&#241;ar: los alemanes hab&#237;an iniciado la preparaci&#243;n artillera y en la primera zona se concentr&#243; r&#225;pidamente una fuerte lluvia de proyectiles. Sviaguintsev se olvid&#243; al momento de los aviones y del resto del mundo.

Cientos de explosiones de proyectiles y minas zumbaban y rug&#237;an desgarrando la atm&#243;sfera caliginosa; los trozos de metralla volaban por los aires para incrustarse cerca de las trincheras, levantando verdaderos surtidores de tierra y humo y atravesando la sinuosa l&#237;nea de defensa, que estaba plagada de hoyos. Las explosiones se suced&#237;an una tras otra con velocidad inveros&#237;mil y cuando varias de ellas coincid&#237;an sobre la tierra estremecida por los disparos, se levantaba un gran rumor sordo que vibraba pesadamente y lo aplastaba todo.

Hac&#237;a tiempo que Sviaguintsev no ve&#237;a un fuego tan concentrado y denso, hac&#237;a tiempo que no sent&#237;a una desesperaci&#243;n tal que le dejaba el coraz&#243;n aterido. Las minas y los proyectiles ca&#237;an cerca, abundantes y ensordecedores, y aquel ruido infernal crec&#237;a tanto que Sviaguintsev empezaba a perder el &#225;nimo y la valent&#237;a que le caracterizaban desde siempre, y hasta perd&#237;a la esperanza de salir con vida de aquel infierno

Las noches insomnes, el cansancio extenuante y la tensi&#243;n de un combate de seis horas contribuyeron lo suyo, y cuando estall&#243; un proyectil a la izquierda de su trinchera y entre el fragor de la lucha oy&#243; el grito de su vecino herido, en el interior de Sviaguintsev algo pareci&#243; truncarse. Se estremeci&#243;, se apoy&#243; con fuerza contra la pared delantera de la trinchera, con el pecho, con los hombros, con su corpach&#243;n, y apret&#243; los pu&#241;os tanto que los dedos se le durmieron. Abri&#243; los ojos desmesuradamente y le pareci&#243; que a causa de las explosiones toda la tierra se mov&#237;a y se abr&#237;a a sus pies como en una sensaci&#243;n febril; impelido por un fuerte temblor, se apret&#243; a&#250;n m&#225;s contra el suelo, que tambi&#233;n trepidaba, buscando una protecci&#243;n que no hall&#243;. En ese momento de desesperaci&#243;n perdi&#243; su maravillosa idea de que quiz&#225; a otros no, pero a &#233;l, a Iv&#225;n Sviaguintsev, la tierra patria le proteger&#237;a de la muerte

Por unos momentos atraves&#243; su mente una idea clara: Ten&#237;a que haber cavado m&#225;s hondo la trinchera. Luego ya no tuvo ideas cuerdas; s&#243;lo sent&#237;a el coraz&#243;n oprimido de terror. Sviaguintsev cerr&#243; los ojos involuntariamente mientras dejaba caer las manos sobre las rodillas; inclinando mucho la cabeza, tragaba saliva con dificultad, pues se le hab&#237;a vuelto amarga como la bilis; se puso a rezar en silencio.

En su lejana infancia, cuando estudiaba todav&#237;a en la escuela parroquial, el peque&#241;o Vania Sviaguintsev iba con su madre a misa todos los d&#237;as festivos; se sab&#237;a de memoria todas las oraciones, pero desde entonces, durante muchos a&#241;os, no hab&#237;a molestado a Dios con petici&#243;n alguna y se le hab&#237;an olvidado todas las oraciones. Por eso rezaba a su manera, de forma breve y reiterada, susurrando continuamente lo mismo. &#161;Se&#241;or, s&#225;lvame! &#161;No dejes que me pierda!

Pasaron unos momentos de angustia interminables. El fuego no cesaba. Sviaguintsev levant&#243; de pronto la cabeza, volvi&#243; a apretar con fuerza los pu&#241;os hasta que le crujieron las articulaciones y mir&#243; con sus ojos hinchados, centelleantes de rabia, la pared de la trinchera de la cual se desprend&#237;an montones de tierra. Se puso a gritar en alta voz, diciendo palabrotas y blasfemando. El mismo Lopajin habr&#237;a sentido envidia de haberle o&#237;do. Pero tampoco esto le alivi&#243;. Se call&#243;. Gradualmente se apoderaba de &#233;l una indiferencia cada vez mayor Se quit&#243; de la barbilla la correa resbaladiza y mojada de sudor, se desprendi&#243; del casco, presion&#243; la mejilla gris&#225;cea contra la pared de la trinchera y, harto ya y sin inter&#233;s por nada, dijo en su interior: &#161;Que me maten pronto, que acaben ya!

Alrededor, todo rug&#237;a y tronaba en medio del polvo y de los rel&#225;mpagos amarillos de las explosiones. La aldea, abandonada por sus habitantes, ard&#237;a por todas partes. Sobre las casas, polvorientas por el tiroteo, se alzaban las alas imprecisas de una gran nube de polvo. Por encima de las trincheras flotaba el olor corrosivo a p&#243;lvora mezclado con el amargo humo de los &#225;rboles y la paja quemados.

El fuego de preparaci&#243;n artillero no dur&#243; m&#225;s de media hora pero al aterrorizado Sviaguintsev le pareci&#243; haber vivido toda una segunda existencia. Acababa de asaltarle un deseo insensato: saltar de su agujero y dirigirse corriendo a la monta&#241;a, al encuentro de la negra masa que avanzaba hacia las trincheras. Tuvo que hacer un gran esfuerzo de voluntad para no cometer tan insensata acci&#243;n.

La artiller&#237;a alemana dirigi&#243; su fuego al fondo de la l&#237;nea de defensa. El sordo ruido de los proyectiles crec&#237;a en el poblado en llamas e incluso m&#225;s lejos, por el peque&#241;o robledal esparcido por la pradera anegada. Sviaguintsev, hundido y envejecido en esa media hora maldita, se puso maquinalmente el casco, frot&#243; con la manga el cerrojo y el punto de mira del fusil y ech&#243; un vistazo fuera de su trinchera.

M&#225;s all&#225; de las monta&#241;as, en la lejan&#237;a, la compacta infanter&#237;a alemana iba avanzando bajo la protecci&#243;n de los carros de combate. Sviaguintsev oy&#243;, amortiguado por la distancia, el ruido de los motores, el griter&#237;o de los soldados alemanes que iban al ataque, y sin saber c&#243;mo ni por qu&#233; se le hizo un nudo en la garganta. Haciendo un esfuerzo logr&#243; reaccionar.

Aunque su coraz&#243;n segu&#237;a latiendo acelerada y desacompasadamente, ya no quedaba en &#233;l rastro alguno del des&#225;nimo que hab&#237;a sufrido. La lenta penetraci&#243;n de los carros enemigos, acompa&#241;ados por los gritos de los alemanes, representaba un peligro evidente contra el cual se pod&#237;a actuar; y Sviaguintsev estaba acostumbrado a hacerlo. Al fin y al cabo, hab&#237;a algo que depend&#237;a tambi&#233;n de &#233;l, de Iv&#225;n Sviaguintsev. Por lo menos ahora pod&#237;a defenderse y no quedarse sentado, cruzado de brazos, esperando triste e impotente que un alem&#225;n invisible, atontado por el calor, hiciera blanco en su trinchera disparando al azar

Sviaguintsev bebi&#243; un trago de agua tibia que sab&#237;a a barro y se recobr&#243; definitivamente. Al principio sinti&#243; unos terribles deseos de fumar, pero se dio cuenta de que no tendr&#237;a tiempo para liar un cigarrillo y fum&#225;rselo entero. Record&#243; el p&#225;nico que hab&#237;a experimentado hac&#237;a poco y c&#243;mo hab&#237;a rezado, con qu&#233; pena, y pens&#243; como si se tratara de otra persona: &#161;Hay que ver lo que han hecho con el hombre, a qu&#233; punto le hacen llegar! &#161;Bestias! Luego imagin&#243; la c&#225;ustica sonrisa del rostro de Lopajin y en seguida pens&#243;, precavido: Tengo que callarme todo esto. &#161;Dios me libre de cont&#225;rselo a Piotr! &#161;No me dejar&#237;a vivir, acabar&#237;a haci&#233;ndome la vida imposible! Desde luego, a m&#237; la religi&#243;n no me est&#225; prohibida, puesto que no soy del partido. De todos modos no es muy aunque no estoy seguro

Recordando lo que hab&#237;a pasado experimentaba cierto descontento, una ligera sensaci&#243;n de verg&#252;enza, pero no ten&#237;a tiempo ni ganas de buscar razones de peso para justificarse. Se maldijo a s&#237; mismo y pens&#243;: &#161;Ay, qu&#233; desgracia, que haya rezado un poco! Bueno, la verdad es que he rezado muy poco &#161;A&#250;n podr&#237;a hacer cosas peores, si el destino me obligara! La muerte no le cae bien a nadie, resulta horrible a todos, al que es del partido, al que no lo es y a cualquier persona, sea lo que sea.

La artiller&#237;a enemiga concentr&#243; otra vez el fuego en la primera l&#237;nea, pero ahora Sviaguintsev ya no se tomaba a pecho todo lo que suced&#237;a alrededor suyo: el fuego enemigo ya no le parec&#237;a tan arrollador y las bombas no remov&#237;an la tierra solamente alrededor de la trinchera, como cre&#237;a antes, sino que, siguiendo el designio alem&#225;n, iban ribeteando la l&#237;nea defensiva destruida.

La infanter&#237;a alemana se acercaba a la l&#237;nea de fuego y a las trincheras. Los soldados, erguidos, avanzaban en formaci&#243;n compacta; los tanques disparaban sobre la marcha y haciendo pausas. Sin embargo, Sviaguintsev se dio cuenta de que el fuego Je respuesta iba en disminuci&#243;n y se debilitaba. Entonces lleg&#243; en nuestra ayuda la artiller&#237;a pesada. A lo lejos, m&#225;s all&#225; del Don, se oy&#243; un trueno de cuatro explosiones juntas; los proyectiles, con un grave y fuerte susurro, trazaron sobre las trincheras arcos invisibles y pronto empezaron a verse inmensas columnas de tierra que se desintegraban en el aire, ante las filas alemanas.

Los tanques avanzaban con rapidez para salir de la zona batida. Sin darles alcance, la infanter&#237;a alemana corr&#237;a tras ellos.

Sviaguintsev observaba con el coraz&#243;n en un pu&#241;o c&#243;mo los grupos de soldados enemigos ca&#237;an derribados por las explosiones, evitaban cr&#225;teres, se acercaban r&#225;pidamente, astutamente diseminados y muy disminuidos en n&#250;mero. Muchos de ellos disparaban las ametralladoras sin dejar de correr. &#161;Y de pronto pareci&#243; volver a la vida nuestra primera l&#237;nea, hasta entonces silenciosa y secreta! Daba la impresi&#243;n de que todo lo vivo hac&#237;a tiempo que hab&#237;a sido barrido por la artiller&#237;a enemiga, arrasado por completo. Pero cuando los puestos supervivientes empezaron a actuar todos a una, la infanter&#237;a alemana se vio sesgada por un mort&#237;fero chaparr&#243;n de fuego de ametrallado-ras. Los alemanes se echaron cuerpo a tierra pero poco despu&#233;s empezaron a efectuar breves carreras de aproximaci&#243;n.

Durante unos instantes Sviaguintsev levant&#243; la vista que ten&#237;a fija en tierra; nada se hab&#237;a alterado arriba, en el cielo, durante aquella media hora; el firmamento segu&#237;a tan azul como antes, tranquilo e inalterable en su profundidad; las nubes se mov&#237;an lentamente en la misma direcci&#243;n, separadas, como quemadas por el sol y un poco ahumadas en sus bordes, impulsadas continuamente por un airecillo que las orientaba hacia el este. Sviaguintsev pudo ver un retazo de ese mundo azul lleno de sol, pero todo lo que tuvo tiempo de divisar en una mirada r&#225;pida atraves&#243; su coraz&#243;n de parte a parte como la apesadumbrada sonrisa de despedida de una mujer, toda llena de l&#225;grimas

Junto a la mejilla de Sviaguintsev, cerca de su ojo entornado, se mec&#237;a una margarita inclinada y cubierta de polvo, molest&#225;ndola el campo de visi&#243;n. Las ramitas gris azulado de ajenjo tambi&#233;n se mov&#237;an; m&#225;s all&#225; de los matojos de hierbas se dibujaban distintamente las figuras de los enemigos que aumentaban de tama&#241;o seg&#250;n se acercaban, inexorablemente.

Eran ocho los soldados alemanes que se dirig&#237;an directamente a la trinchera de Sviaguintsev. Los encabezaba, inclin&#225;ndose un poco hacia adelante, como si le diera un fuerte viento de frente, un oficial. Mientras caminaba mov&#237;a distra&#237;damente una vara que llevaba en la mano; luego se volvi&#243; y al parecer transmiti&#243; una orden. Los soldados echaron a correr hasta alcanzarle.

Sviaguintsev apunt&#243; al oficial, contuvo la respiraci&#243;n un instante y dispar&#243;. Esperaba que el oficial cayera, pero &#233;ste sigui&#243; su avance como si nada. Maravillado del arrojo del oficial y al mismo tiempo indignado consigo mismo, Sviaguintsev dispar&#243; por segunda y tercera vez. Era met&#243;dico y al mismo tiempo se precipitaba; efectu&#243; dos disparos m&#225;s. El oficial segu&#237;a como si estuviera embrujado, incluso parec&#237;a que acelerase el paso; y, como antes, mov&#237;a juguetonamente el bast&#243;n que llevaba en la mano, como si fuera de paseo. Pareci&#243; que dec&#237;a algo a los soldados que le segu&#237;an.

&#161;El muy perro debe estar borracho! se le ocurri&#243; pensar a Sviaguintsev; y con manos temblorosas se apresur&#243; a llenar de nuevo el cargador; sus dientes rechinaban de rabia e indignaci&#243;n. Espera y ver&#225;s. &#161;Te har&#233; besar el suelo! Llevar&#225;s a la tierra tu

Mientras cargaba el arma, el sargento Nikiforov derrib&#243; con dos r&#225;fagas cortas al oficial y a tres de sus soldados. Los cinco restantes, amedrentados ante tales p&#233;rdidas, se refugiaron r&#225;pidamente en los cr&#225;teres que hab&#237;a por aquella zona y empezaron a disparar como si quisieran terminar la munici&#243;n lo antes posible.

Por alg&#250;n lugar de la derecha se o&#237;a el rugido de los tanques. En el fragor de la lucha Sviaguintsev justamente oy&#243; la voz del teniente Golostchiekov que, aunque ronca, sonaba muy aguda:

&#161;Deja que pasen los tanques! &#161;Deja que pasen los tanques! &#161;Fuego a la infanter&#237;a!

A lo largo de toda la l&#237;nea defensiva ocupada por la compa&#241;&#237;a, as&#237; como en el sector vecino, hacia donde avanzaba principalmente el enemigo, la infanter&#237;a alemana, que hab&#237;a quedado retrasada de los tanques por el fuego a que estaba sometida, se ech&#243; a tierra; pero luego se levant&#243; para seguir a los tanques e ir ganando posiciones protegida por los mismos, en espera del ataque decisivo.

Los alemanes estaban ya bastante cerca. Sviaguintsev o&#237;a perfectamente las &#243;rdenes del mando alem&#225;n, extra&#241;as impresiones del odiado lenguaje enemigo, y los fuertes latidos de su coraz&#243;n le llenaban el pecho. Disparaba y al mismo tiempo escuchaba con impaciencia: &#191;cu&#225;ndo empezar&#237;a a o&#237;rse la ametralladora de Nikiforov, que se hab&#237;a quedado muda? Pero la ametralladora guardaba silencio. Ahora, a la bayoneta, se dijo Sviaguintsev sinti&#233;ndose irremediablemente perdido, mientras palpaba una granada con manos sudorosas. La emoci&#243;n le dificultaba la respiraci&#243;n, abr&#237;a las fosas nasales e inspiraba el aire caliente, que ol&#237;a a humo, con un ronquido, como un caballo al que obligaran a correr.

A los pocos minutos los alemanes se levantaron gritando. Como a trav&#233;s de una niebla Sviaguintsev vio las guerreras de color verde gris&#225;ceo, pudo o&#237;r fuertes pisadas y el retumbar de las explosiones de las granadas de mano, los estallidos r&#225;pidos de los disparos, las r&#225;fagas de las ametralladoras, entrecortadas y continuas. Ech&#243; un vistazo r&#225;pido e iracundo a ambos lados; de las dem&#225;s trincheras ya saltaban los camaradas, sus c&#225;mara-das entra&#241;ables, hermanos en la vida y en la muerte. No eran muchos, pero el claro hurra que lanzaron en el momento de avanzar sonaba ardiente y amenazador.

El soldado Sviaguintsev salt&#243; de su trinchera como lanzado por una catapulta; su cuerpo voluminoso parec&#237;a haberse aligerado e incluso le pareci&#243; haber perdido parte de su peso habitual; con la ametralladora en la mano, ech&#243; a correr hacia delante, sin dejar de mirar a los alemanes que se le aproximaban; sinti&#243; que todo el peso del fusil pasar&#237;a en seguida al extremo de la bayoneta.


S&#243;lo tuvo tiempo para alejarse unos metros de la trinchera. A sus espaldas relampague&#243; una llama, son&#243; un ruido ensordecedor y Sviaguintsev cay&#243; de bruces en la oscuridad m&#225;s absoluta, que se abri&#243; de improviso ante sus ojos enloquecidos y desorbitados por un dolor fort&#237;simo.



13

Antes de que llegara el anochecer los alemanes disminuyeron la intensidad de su ataque. Fatigados por los extenuantes intentos de apoderarse de los puentes del Don, se hicieron fuertes en las cotas de las monta&#241;as cercanas y, sin iniciar ataques en toda regla, se dedicaron a bombardear ininterrumpidamente el paso del r&#237;o y los caminos desiertos que discurr&#237;an por la pradera. El fuego de la artiller&#237;a y de los morteros no se deten&#237;a.

Ya por la tarde la unidad de cobertura hab&#237;a tenido conocimiento de la orden de replegarse hasta la ribera izquierda del Don. Tuvieron que esperar al anochecer para empezar a retirarse silenciosamente de sus posiciones. Evitando las ruinas incendiadas del pueblo, cruzaron los campos y sin seguir camino alguno se retiraron hacia el Don.

Iba al mando de la compa&#241;&#237;a el cabo primero Popristshenko. Los soldados iban relev&#225;ndose para llevar la camilla del teniente Golostchiekov, que hab&#237;a ca&#237;do gravemente herido. Cerraba la marcha Lopajin, enfurecido y malhumorado como un diablo.

Apartado de &#233;l avanzaba Kopytovski, agobiado por el peso de una mochila llena de cartuchos y del fusil antitanque del soldado Borsij, que hab&#237;a muerto.

Volvieron a pasar por el lugar que hab&#237;an visto aquella ma&#241;ana; antes brillaba la hojarasca verde del huerto y se o&#237;a el alegre canto de los p&#225;jaros. Ahora s&#243;lo se ve&#237;an troncos carbonizados, como golpeados por una tormenta de fuerza irresistible. Los &#225;rboles, arrancados de la tierra, quebrados y malheridos, yac&#237;an desordenadamente; el ramaje estaba destrozado por la metralla. Lopajin se par&#243; un momento junto al gran pozo y contempl&#243; la mancha oscura del carro alem&#225;n abrasado en la penumbra. Su masa segu&#237;a recostada sobre uno de los flancos; una de las orugas aplastaba unas frambuesas y la vieja noria del molino, molino gracias al cual en otro tiempo all&#237; hab&#237;an nacido, crecido y fructificado los &#225;rboles. En la atm&#243;sfera abrasadora imperaba una mezcla de olores: lubricante, hierro caliente y carne achicharrada; pero ni ese olor tan repugnante llegaba a cubrir el aroma suav&#237;simo, presente antes que todos los dem&#225;s, de la hierba prematuramente agostada, que no hab&#237;a llegado a florecer. De aquel huerto casi desaparecido surg&#237;a un h&#225;lito grato y maravilloso.

Arrastrando las botas por entre los setos destrozados de las zarzamoras, Kopytovski se le acerc&#243; suspirando y dijo en voz baja:

&#161;Qu&#233; asco de vida la nuestra! Si por lo menos pudi&#233;ramos fumar

Se dir&#237;a que te has aburrido. Aguanta sin fumar -le replic&#243; Lopajin con sequedad.

&#161;Aguantar, aguantar! -exclam&#243; Kopytovski de malhumor-. Desde luego, el soldado ruso lo soporta todo, pero su paciencia no es de hierro. Yo he aguantado tanto que mi paciencia ya ha rebasado el l&#237;mite

Lopajin segu&#237;a mirando con fijeza y en silencio el oscuro y enorme tanque. Kopytovski se acomod&#243; el macuto a las espaldas y dijo:

Tengo muchas ganas de fumar, &#161;y no digamos de comer! Todo depende de la naturaleza de cada uno; algunos, cuando tienen miedo s&#243;lo sienten deseos de vomitar, mientras que a m&#237;, cuando me asusto, me entra el hambre. &#161;Y el d&#237;a de hoy ha sido de miedo! &#161;C&#243;mo nos atacaba el maldito alem&#225;n! Yo ya me hab&#237;a apuntado en la lista de los muertos y cre&#237; que me olvidar&#237;a de respirar. Pero no fue as&#237;.

Lopajin no prestaba atenci&#243;n a Kopytovski; con voz queda y se&#241;alando el tanque, dijo:

Esto ha sido trabajo de Kochetigov, que ya no se encuentra entre los vivos; ha muerto como un h&#233;roe. &#161;Qu&#233; buen muchacho era!

Aunque no se pod&#237;a evitar, resultaba desagradable hablar de la muerte de los camaradas; y por eso exist&#237;a el acuerdo t&#225;cito de no mencionarla. Pero fue como si Lopajin rompiera el acuerdo, y eso que por lo general no era aficionado a desahogarse. De pronto empez&#243; a hablar, con un susurro:

&#161; Ese muchacho era todo fuego! Un aut&#233;ntico secretario del Konsomol. No hay nada parecido en el regimiento. &#161;Qu&#233; digo en el regimiento! &#161;Ni en todo el ej&#233;rcito! &#191; Viste c&#243;mo quem&#243; el tanque? Ya le hab&#237;a aplastado, le hab&#237;a cubierto de tierra hasta la mitad del cuerpo, le hab&#237;a estrujado el pecho Yo mismo vi c&#243;mo le sal&#237;a la sangre por la boca. Pero se irgui&#243; en la trinchera, se levant&#243; con el &#250;ltimo aliento y lanz&#243; la botella. &#161;Y lo incendi&#243;! &#191;Llegar&#225; a saber su madre c&#243;mo ocurri&#243;? &#191;C&#243;mo podr&#225; vivir despu&#233;s de lo sucedido? Yo mismo dispar&#233; sobre ese tanque maldito. &#161;Pero no acert&#233;, no le di! &#161;Maldito! Ten&#237;a que haber disparado antes, y no de frente, sino de lado &#161;Qu&#233; est&#250;pido soy! &#161;No soy m&#225;s que un viejo tres veces maldito por Dios! Yo me precipit&#233; y el muchacho perdi&#243; la vida No hab&#237;a tenido tiempo de vivir, apenas hab&#237;a salido del cascar&#243;n, pero ten&#237;a un coraz&#243;n de &#225;guila. &#161;De qu&#233; heroicidad ha sido capaz! Y yo, hermano, cuando veo matar ante m&#237; a criaturas as&#237;, me entran ganas de llorar &#161;De llorar y de matar sin compasi&#243;n a esos cerdos alemanes! Para m&#237;, morir es algo completamente distinto, yo soy un hombre maduro y he saboreado todos los aspectos de la vida. Pero cuando caen personas como Kochetigov, mi coraz&#243;n no lo aguanta, &#191;comprendes? &#191;C&#243;mo van a pagar eso los alemanes? &#191;Con qu&#233;? F&#237;jate en esa carro&#241;a alemana que se ha quedado aqu&#237;; apesta y, no obstante, mi coraz&#243;n est&#225; sediento de venganza. &#191;Y c&#243;mo van a pagar por las l&#225;grimas de la madre? &#161;Me manchar&#233; de la sangre de los alemanes hasta las rodillas, hasta el cuello, hasta las narices, y considerar&#233; que no han pagado! &#161;Que ni siquiera han empezado!

A Kopytovski le extra&#241;aron y preocuparon las palabras de Lopajin, con su defecto de pronunciaci&#243;n y desconexas como si fuera un borracho. Al principio le escuchaba con indiferencia; para quitarse las ganas de fumar, se ech&#243; a la boca un trocito de tabaco de mascar que hab&#237;a picado previamente. Mastic&#243; el amargo pedacito de tabaco que le escoc&#237;a el paladar y las enc&#237;as sin comprender qu&#233; le ocurr&#237;a a Lopajin, siempre tan comedido, para ahora, de repente, exteriorizarse de semejante modo. &#161;No parec&#237;a Lopajin, no parec&#237;a el mismo! Finalmente, Kopytovski se trag&#243; la saliva amarga producida por el tabaco e intent&#243; examinar con detenimiento, en la oscuridad, el rostro de Lopajin. Pero estaba de medio lado, con la cabeza muy inclinada; en su entonaci&#243;n y en la postura de su cabeza hab&#237;a algo que sac&#243; a Kopytovski de sus casillas. Todos esos comentarios y recuerdos sobre la muerte de Kochetigov estaban fuera de lugar, no era el momento apropiado, Kopytovski estaba convencido de ello. Venciendo su emoci&#243;n, dijo decidida y tajantemente:

&#161;Basta! En este momento pareces una mujer. Qu&#233;, han matado al muchacho, &#191;y a otros muchos no? No puedes pagar por todos ellos, y de todas formas eso no es asunto tuyo ni m&#237;o. Adem&#225;s esta conversaci&#243;n no lleva a nada. Vamos, mu&#233;vete, que los muchachos ya se alejan y vamos a quedarnos atr&#225;s.

Lopajin se volvi&#243; r&#225;pidamente y, sin pronunciar una palabra, ech&#243; a andar. Pasaron sin hablar junto a las ruinas de la central lechera, sumidas en tinieblas viol&#225;ceas; con paso s&#243;lido, pisoteaban los trozos de ladrillos, que cruj&#237;an bajo sus botas. Una vez en el bosque, cuando se sentaron un instante a descansar, Lopajin rompi&#243; el prolongado silencio:

&#191;Tambi&#233;n ha muerto Sviaguintsev?

&#191;Qu&#233; s&#233; yo?

T&#250; has dicho que viste c&#243;mo ca&#237;a.

S&#237;, pero no s&#233; si muerto o herido; no le he tomado el pulso.

A lo mejor no era &#233;l. Tal vez no fuera &#233;l No se distingue bien en medio de la confusi&#243;n -dijo Lopajin con acento de esperanza en la voz.

Kopytovski not&#243; en la temblorosa voz de Lopajin cierta lastima desconocida; involuntariamente se conmovi&#243; y le respondi&#243; en otro tono:

S&#237;, Sviaguintsev ha ca&#237;do. Estoy seguro de que lo he visto. I In morterazo estall&#243; detr&#225;s de &#233;l y &#161;al suelo! Herido mortal-mente o lo que sea, eso no lo s&#233;.

&#191; T&#250; qu&#233; sabes? &#191; Qu&#233; vas a saber t&#250;? &#161; No entiendes nada de nada! &#191;Qu&#233; quieres saber, si te falta ese aparato? -le espet&#243; Lopajin, excitado y mordaz -. Lev&#225;ntate, vamos. Te has instalado ah&#237; como si estuvi&#233;ramos en un balneario. &#161;Menudo elemento est&#225;s hecho!

Estas palabras s&#237; que eran del Lopajin de antes, el de siempre, v su voz sonaba como antes; toscamente, con una tirantez sorda. Kopytovski se sinti&#243; en cierto modo aliviado y guard&#243; silencio; con el Lopajin anterior era m&#225;s f&#225;cil convivir

De nuevo caminaban sumidos en la profunda oscuridad, tropezaban con las ra&#237;ces quemadas de las encinas, se enganchaban en las ramas tronchadas de los arbustos y se orientaban por el sonido de los pasos que les preced&#237;an. En la vaguada, al llegar al cruce de caminos, fueron atacados por los morteros enemigos. Se tumbaron durante unos momentos apretando fuertemente los cuerpos contra el suelo fr&#237;o y arenoso; poco despu&#233;s el cabo primero les orden&#243; levantarse y cruzar corriendo el camino. Disparaban a ciegas y no tuvieron bajas.

Cuando se acercaban a la presa medio destruida, donde los alemanes disparaban aprovechando un poco de luz, se encontraron de nuevo bajo el fuego; en esta ocasi&#243;n permanecieron durante media hora pegados a los matorrales.

La oscuridad se rasgaba con las explosiones, era atravesada por los haces de luz que describ&#237;an las balas de fogueo. A menudo se encend&#237;a en las monta&#241;as donde se hallaban los alemanes una cegadora luz blanca de bengala; su resplandor se posaba sobre las copas de los &#225;rboles, discurr&#237;a suave y caprichosamente por entre las ramas, y despu&#233;s, repentinamente, se apagaba. De noche, en el bosque, los estallidos ten&#237;an un sonido sordo. Kopytovski, asombrado, exclamaba:

&#161;Aqu&#237; resuena como en un barril de hierro!

Les llamaron desde el otro lado de la presa. El rayo de una linterna cubierta por el bajo de un capote brill&#243; p&#225;lidamente y se apag&#243; en seguida. Se oy&#243; una voz de bajo, con acento bonach&#243;n:

Bueno, &#191;hacia d&#243;nde marcha la infanter&#237;a? &#191;Hacia d&#243;nde? Pate&#225;is como ovejas y por aqu&#237; todo est&#225; minado. Seguid por la izquierda de la presa, unos cien metros m&#225;s a la izquierda &#191;C&#243;mo que no est&#225; se&#241;alizado? &#161; Incluso demasiado se&#241;alizado! Mira los postes clavados y los centinelas repartidos &#191;Que d&#243;nde est&#225; la l&#237;nea divisoria? Pues al otro lado de la vaguada os saldr&#225;n al encuentro y os indicar&#225;n el camino. All&#237; os acompa&#241;ar&#225;n los hermanos zapadores. Los zapadores son capaces de todo; pueden llevaros al otro mundo e incluso m&#225;s lejos &#191;Qu&#233; es eso? &#191;Un herido? &#191;Es un teniente? &#161;Mala suerte! Por ese camino se os har&#225; trizas. Deber&#237;ais ir por la izquierda, all&#225; el terreno es m&#225;s llano.

Los fragmentos de conversaci&#243;n captados por Kopytovski le pusieron de un humor sombr&#237;o.

&#191;Has o&#237;do, Lopajin, lo que dice ese pelagatos? -exclam&#243; irritado-. Hablan de nosotros como de simple infanter&#237;a, y ellos, &#191;qu&#233; hacen? &#161;Vaya con los zapadores! Toda la vida con el hacha y las palas, y ahora vienen con guasas Colocan minas y luego plantan unos postecitos para cercarlas. Ni que esto fuera un campo de pruebas. Aqu&#237; tropieza uno con un poste de tel&#233;grafos y hasta que no se pega de frente, no se entera Desgraciados, sorbecaldos, palurdos, topos No se ve nada a dos pasos y encima ponen postecitos Si ese zapador del diablo se hubiera dormido, ahora podr&#237;amos estar metidos en un campo de minas, por las buenas. &#161;Bonito asunto! Nos libramos de los alemanes y por poco volamos sobre nuestras propias minas Tenemos que cruzar el maldito Don y all&#225; nos encontraremos seguros. Ah&#237; tienes, &#161;hala!, un poquito m&#225;s y nos metemos en nuestro propio campo de minas. &#161;Cosas como esta ocurren a porrillo! Cuando parece que uno ha conseguido algo, todo se va al demonio. En nuestro kolj&#243;s ocurri&#243; algo curioso antes de la guerra. Un contable anduvo detr&#225;s de una chica cerca de tres a&#241;os, ella trabajaba como telefonista en el soviet agr&#237;cola. &#201;l insist&#237;a pero ella no le hac&#237;a ning&#250;n caso porque no le gustaba y no sent&#237;a amor por &#233;l. Pero el hijo de perra logr&#243; salirse con la suya. Se puso tan pesado que finalmente ella accedi&#243; a casarse con &#233;l. Se dice que el agua llega perforar la piedra, y eso es lo que sucedi&#243; en este caso: tres a&#241;os tard&#243; en conseguir lo que quer&#237;a. La chica dec&#237;a a sus Mitigas llorando: Me caso con &#233;l porque no me deja en paz, no porque sienta hacia &#233;l alg&#250;n cari&#241;o. En una palabra, que todo lleg&#243; a su fin y se inscribieron en el registro civil. El d&#237;a de la boda por la tarde el contable reuni&#243; a sus amistades. Sentado a la mesa, estaba orondo como un cerdo untado de mantequilla; se sent&#237;a orgulloso, muy orgulloso de s&#237; mismo. Pero all&#237; mismo, al poco rato, sentado a la mesa, se muri&#243;. &#191;Sabes cu&#225;l fue la causa? &#161;Se atragant&#243; con un trozo de pastel! No s&#233; si de alegr&#237;a o de glotoner&#237;a, pero el caso es que se lo trag&#243; em&#233;rito,.ni masticar, y se le atraves&#243; en la garganta. &#161;Y se acab&#243;! Le dieron golpes en la espalda, incluso con sillas, le pusieron cabeza abajo, pero todo result&#243; in&#250;til. A pesar de los innumerables esfuerzos, que no sirvieron para nada, acab&#243; asfixiado. F&#237;jate, la joven telefonista enviud&#243; all&#237; mismo para satisfacci&#243;n suya Y todav&#237;a podr&#237;a contarte otras muchas an&#233;cdotas del kolj&#243;s

D&#233;jate de majader&#237;as -dijo Lopajin con tono tajante. Kopytovski se mantuvo en silencio con resignaci&#243;n. Un momento despu&#233;s tropez&#243; con un toc&#243;n, trastabill&#243; y cay&#243; a tierra cuan largo era.

&#161;Contigo se podr&#237;a tapar un boquete en el puente!  exclam&#243; Lopajin.

Es*que esto est&#225; tan oscuro -dijo Kopytovski con aire culpable, como si quisiera justificarse, a la vez que se frotaba la rodilla.

Despu&#233;s de lo que hab&#237;a pasado a lo largo del d&#237;a, Kopytovski no estaba dispuesto a callarse; al cabo de un rato dijo:

Lopajin, &#191;sabes a d&#243;nde nos conduce el cabo primero?

Hacia el Don.

No es eso, quiero saber si nos lleva hacia el puente o hacia d&#243;nde.

M&#225;s hacia la izquierda.

&#191;Y c&#243;mo vamos a vadear el r&#237;o? -pregunt&#243; Kopytovski asustado.

Con las narices -cort&#243; Lopajin.

Kopytovski sigui&#243; caminando en silencio durante unos minutos y luego dijo, conciliador:

&#161;No te enfades, Lopajin! Te enfadas en seguida &#191;Y por qu&#233;, me pregunto? &#191;Eres t&#250; el &#250;nico amargado o qu&#233;? Todos estamos igual de mal.

Me enfado porque s&#243;lo sueltas tonter&#237;as.

&#191;C&#243;mo que tonter&#237;as? Me parece que no he dicho nada de particular.

&#191;Nada? &#191;C&#243;mo que no has dicho nada? &#191;No ves que los alemanes est&#225;n acechando el puente?

Ya lo veo, claro.

Lo ves y encima preguntas si vamos al puente o a d&#243;nde. S&#243;lo haces preguntas. Pues est&#225; bien claro, s&#243;lo faltar&#237;a que nos llevaran al puente batido Y, adem&#225;s, deja de hacerme preguntas est&#250;pidas y no me vengas pisando los talones, porque te dar&#233; un codazo que te har&#225; salir sangre de las narices.

Ponte farolillos en los talones, que en la oscuridad no se te ven. Ahora resulta que tienes los talones delicados -refunfu&#241;&#243; Kopytovski.

Te colgar&#233; los farolillos a ti, si llega el caso, pero de momento no me empujes. No eres una vaca ni yo soy un ternero, &#191;entendido?

Pero si yo no te empujo

Procura mantener la distancia, &#191;de acuerdo?

Ya guardo la distancia.

&#191;Qu&#233; distancia ni que demonio, si no haces m&#225;s que pisarme los talones? &#191;Por qu&#233; te arrastras detr&#225;s de m&#237;?

No me arrastro tras de ti, no me hace ninguna falta.

&#161;Claro que te arrastras! &#191;Acaso temes perderte?

Otra vez te has enfadado  dijo Kopytovski desanimado -. No es que tema perderme, pero eso de vadear el r&#237;o sin puente &#191;C&#243;mo te dir&#237;a yo? &#161;Bueno, pues tengo miedo! &#191;Y qu&#233;? A ti te resulta f&#225;cil porque sabes radar, pero yo no s&#233; nadar ni un poco. &#161;Y s&#243;lo faltaba eso! Vamos m&#225;s a la izquierda del puente y all&#237; no habr&#225; lanchas, estoy seguro. De modo que tendremos que cruzar el r&#237;o por nuestros propios medios, y eso no me gusta nada. He vadeado el Donetz por m&#237; mismo, y &#161;vaya una broma!

&#191;No eres capaz de dejar de cotorrear? -dijo la voz de Lopajin en la oscuridad con irritada amabilidad.

Kopytovski, abatido aunque con terca resoluci&#243;n, dej&#243; o&#237;r su voz de bajo:

&#161;No, no me callo! Despu&#233;s de todo, s&#243;lo me queda de vida hasta que lleguemos al Don y tengo que decirlo todo antes de morir. Incluso hay una ley que permite decir todo lo que se quiera antes de la muerte. Cuando dicen que hay que vadear por los propios medios, eso, si no sabes nadar, no significa nada; si no sabes, t&#225;pate la nariz con los dedos lo m&#225;s fuerte posible y baja al fondo a hacer compa&#241;&#237;a a los cangrejos Cuando recibimos la orden de cruzar el Donetz, el comandante nos dijo: &#161;Muchachos, emplead vuestros propios medios! &#161;Seguidme! &#161;R&#225;pido! Ech&#233; al agua un bid&#243;n de gasolina de los alemanes vac&#237;o, me agarr&#233; a &#233;l y empec&#233; a mover los pies con la Intenci&#243;n de atravesar el Donetz. Llegu&#233; hasta el centro no s&#233; c&#243;mo, empujado por la corriente o por el viento. Luego, en cuanto la ropa se me empap&#243;, empec&#233; a separarme del bid&#243;n. El maldito no hac&#237;a m&#225;s que dar vueltas en el agua y yo tambi&#233;n, de un lado para otro. Unas veces ten&#237;a la cabeza fuera, otras dentro del agua. Una vez abr&#237; los ojos y, &#161;madre m&#237;a, qu&#233; hermosura! El sol, el cielo azul, los &#225;rboles en las riberas Los abr&#237; otra vez y, &#161;maldita sea!, ten&#237;a el agua verdosa alrededor, apenas se ve&#237;a el fondo y junto a m&#237; iban subiendo unas burbujas claras. Claro, yo hab&#237;a soltado el bid&#243;n y bajaba hacia el fondo Menos mal que un camarada se zambull&#243; y me sac&#243;. -&#161;Qu&#233; l&#225;stima que lo hiciera! &#161;No ten&#237;a que haberte sacado! se lament&#243; Lopajin.

Lo que quieras, pero me sac&#243;. Desde luego, t&#250; no me hubieras sacado. &#191;Qu&#233; cosa buena cabe esperar de ti? Por eso no quiero saber nada de los propios medios. Es mejor estar bajo el fuego enemigo pero en un puente. Por eso se me corta la respiraci&#243;n al recordar la cantidad de agua que tragu&#233; en el Donetz De golpe me metidos cubos llenos, ten&#237;a que tragarla a la fuerza

No te quejes tanto, Sashka. &#161;C&#225;llate un rato! De una forma o de otra, esta vez podr&#225;s vadearlo -le dijo Lopajin para animarle.

&#191;C&#243;mo voy a vadearlo? -exclamaba deprimido Kopytovski-. &#191;Acaso est&#225;s sordo? Te estoy diciendo todo el rato que no s&#233; nadar y a&#250;n quieres que lo cruce. Encima me has cargado el macuto de cartuchos y adem&#225;s el fusil de Borsij, y tambi&#233;n llevo el capote, y el fusil ametrallador con sus peines de balas, y la pala como los zapadores, y mis zapatos, que pesan lo suyo Incluso sabiendo nadar, con toda esta impedimenta cualquiera se hunde; fig&#250;rate el que no sabe, como yo. Basta de meterse en el agua hasta las rodillas para caerse y morir all&#237; mismo. &#161;Forzosamente tengo que ahogarme con todo esto! No s&#233; por qu&#233; llevo tantos cartuchos y tanto equipo, ser&#225; para martirizarme antes de morir. &#161;No lo entiendo! En cuanto llegue al Don lo echar&#233; todo al agua, me quitar&#233; los pantalones y me ahogar&#233; desnudo. Desnudo a lo mejor resulto m&#225;s agradable

&#161;Haz el favor de callarte, no te hundir&#225;s! El esti&#233;rcol no se hunde -murmur&#243; de mal humor Lopajin.

Claro que el esti&#233;rcol no se hunde, Lopajin. Pero t&#250; vadear&#225;s el r&#237;o al primer intento, mientras que de m&#237; no quedar&#225; nada. En cuanto lleguemos al Don te regalar&#233; mi maquinilla de afeitar como recuerdo. No soy tan rencoroso como t&#250;, yo no recuerdo las cosas malas. T&#250; te afeitas a tu gusto con mi maquinilla y te acuerdas de Alexandr Kopytovski, que se ahog&#243; heroicamente.

&#161;Vaya pajarracos corren por el mundo! -mascull&#243; Lopajin entre dientes acelerando el paso.

Caminaban insult&#225;ndose en voz baja, con los pies hundidos en la tierra hasta los tobillos. Empezaron a descender por la vertiente arenosa de la colina y al fin pudieron ver la franja gris&#225;cea del Don a la luz que se filtraba por entre los matorrales. Hab&#237;a varias barcas amarradas a la orilla y mucha gente permanec&#237;a en pie con las botas hundidas en la arena.

&#161;Sashka, dame la maquinilla! &#191;Oyes lo que te pido, ahogado?  exclam&#243; Lopajin severamente.

Pero Kopytovski, contento ya y con tono burl&#243;n, repuso:  &#161;No amigo, ahora me servir&#225; a m&#237;! &#161;Estoy vivo otra vez! S&#243;lo con ver la balsa es como si hubiera nacido por segunda vez.

&#191;Eres t&#250;, Lopajin? -grit&#243; en la oscuridad el cabo primero Popristshenko.

S&#237; -contest&#243; Lopajin con desgana.

El cabo primero se separ&#243; del grupo que estaba junto a la balsa y fue a su encuentro, haciendo crujir a su paso las conchas menudas que pisaba. Se plant&#243; delante de Lopajin y dijo con voz turbada:

No ha conseguido llegar hasta aqu&#237;. El teniente ha muerto. Lopajin puso el arma en el suelo lentamente y se quit&#243; el casco. Permanecieron de pie, silenciosos. Un vientecillo c&#225;lido, casi agradable, y h&#250;medo, les soplaba el rostro.



14

Aquella noche llov&#237;a; a intervalos llegaba un viento h&#250;medo y desagradable y se o&#237;a el ruidoso gemido de los enormes.11.1111 os que crec&#237;an a la orilla izquierda del Don. Lopajin, empapado hasta los huesos y tembloroso por el fr&#237;o, se acurrucaba junto a Kopytovski; &#233;ste roncaba pac&#237;ficamente. Se ech&#243; por encima de la cabeza el capote empapado, que pesaba mucho m&#225;s de lo normal, y, en estado de duermevela, o&#237;a los i melosos truenos; en comparaci&#243;n con el rugido de la artiller&#237;a parec&#237;an un rumor pac&#237;fico e inofensivo.

De madrugada escamp&#243; un poco pero la lluvia se vio sustituida por una densa niebla. Lopajin consigui&#243; conciliar un sue&#241;o pesado y alterado pero al poco rato le despertaron. El cabo primero los reuni&#243; a todos y, con la voz cascada por la tos, habl&#243;:

Tenemos que enterrar al teniente como es debido. Luego seguiremos marchando; no veo por qu&#233; tendr&#237;amos que quedarnos aqu&#237;, en medio del fango.

Cavaron la fosa Lopajin y otro soldado llamado Maiboroda en un claro del bosque, al pie de un manzano silvestre con las hojas cargadas de agua de lluvia. Maiboroda dijo, despu&#233;s de haber empezado a cavar:

Mira qu&#233; cosa, no ha dejado de llover en toda la noche y sin embargo la tierra apenas ha calado.

As&#237; es -contest&#243; Lopajin.

Y hasta terminar el trabajo no volvieron a hablar. En un momento dado el soldado Maiboroda sac&#243; una paletada del tierra, dej&#243; la pala y dio por terminada la fosa. Se quit&#243; el sudor de la frente con la mano y dijo suspirando:

Bien, aqu&#237; tiene su &#250;ltima trinchera nuestro teniente.

S&#237; -respondi&#243; Lopajin escuetamente.

&#191;Y si fumamos ahora? -pregunt&#243; Maiboroda. Lopajin hizo un gesto negativo con la cabeza. Todo su rostro, de tono amarillento y surcado por las arrugas de la falta de sue&#241;o, se encogi&#243; un poco. Se dio la vuelta vencido por la emoci&#243;n pero a los pocos momentos se control&#243; con entereza y dijo con voz grave:

Ir&#233; a informar al cabo de que ya est&#225; preparada la zanja. Fuma t&#250; mientras tanto.



15

Aquel cabo primero era parlanch&#237;n y Lopajin, que lo sab&#237;a, tem&#237;a que intentara decir al pie de la tumba del teniente algunas palabras vacuas e innecesarias que casi tendr&#237;an tono ofensivo. Observ&#243; con desconfianza la cara del cabo con sus bigotazos rojos y sus ojos inflamados. Luego mir&#243; el correaje y la cartera Je campa&#241;a del teniente, ya bastante, ajada, que el cabo manten&#237;a contra su pecho con el brazo izquierdo.

El d&#237;a anterior Lopajin hab&#237;a bebido vodka con el teniente en su trinchera. Hac&#237;a unas pocas horas aquella cartera ajada y aquel correaje se ce&#241;&#237;an sobre el cuerpo esbelto del teniente. Y ahora aquel mismo cuerpo estaba junto a la tumba, encogido por la muerte e inm&#243;vil; lo que quedaba del teniente Golostchiekov estaba envuelto en un capote ensangrentado; el agua de la lluvia ya no corr&#237;a por su rostro; era el momento del &#250;ltimo adi&#243;s.

El cabo primero empez&#243; a hablar con voz enronquecida v entre murmullos; al o&#237;rle, Lopajin se estremeci&#243;.

&#161;Camaradas soldados, combatientes, hijos m&#237;os! Enterramos ahora a nuestro teniente, el &#250;nico oficial que nos quedaba en el regimiento. Era ucraniano, como yo, de la regi&#243;n de Dniepropietrovsk, cerca de donde vivo. Deja en Ucrania a su mujer, a tres hijos peque&#241;os y a su anciana madre. Ya sab&#233;is que era un buen jefe y un buen camarada, no hace falta hablar de ello. Lo que quiero deciros junto a esta tumba es que

El cabo primero se call&#243;; buscaba las palabras adecuadas. Al poco, con la voz fortalecida y como cargada por una energ&#237;a interior, habl&#243;:

Hijos m&#237;os, mirad la niebla que nos rodea. &#191;Ya la veis? Pues una niebla parecida convertida en una siniestra desgracia pes sobre nuestro pueblo en Ucrania; y no s&#243;lo all&#237;, sino en otro muchos sitios ocupados por los alemanes. Es una desgracia que no deja dormir de noche a la gente ni le permite gozar de la luz durante el d&#237;a. Tendr&#237;amos que tenerlo continuamente presente; tanto ahora, cuando damos sepultura a un camarada, como en el momento de descanso en que suene un acorde&#243;n junto a nosotros. &#161;Hemos de recordarlo siempre! Seg&#250;n marchamos hacia el este, debemos tener la vista fija en el oeste. &#161;Miremos hacia all&#225; hasta que acabemos con nuestras propias manos con el alem&#225;n que se encuentra en nuestro territorio! Nosotros, hijos m&#237;os, hemos retrocedido despu&#233;s de combatir como deb&#237;amos. Mirad cu&#225;ntos hemos quedado: unos pocos y para de contar. No debe avergonzarnos mirar a los ojos de las personas buenas. No nos averg&#252;enza s&#243;lo debe causarnos alegr&#237;a. &#161;Pero no resulta f&#225;cil! A&#250;n es demasiado pronto para levantar la vista hacia la monta&#241;a. &#161;Es todav&#237;a demasiado pronto para levantarla! De todos modos, quiero que no nos averg&#252;ence mirar cara a cara a los hu&#233;rfanos de nuestro difunto camarada y teniente, que no nos averg&#252;ence mirar a los ojos de su madre y de su esposa, y que cuando les veamos podamos decirles con palabras sinceras: Acabaremos lo que hemos empezado con vuestro hijo y padre, aquello por lo que vuestro hombre ha dado su vida junto al Don. &#161;No daremos descanso al alem&#225;n hasta que reviente! Nos han dado un duro golpe, qu&#233; duda cabe, nos hemos tambaleado mucho. Pero yo soy un viejo entre vosotros, hombres y soldados, soy un viejo, es la cuarta guerra en que intervengo y s&#233; que un hueso vivo siempre vuelve a cubrirse de carne. &#161;Tambi&#233;n nos recubriremos nosotros! Nuestro regimiento estar&#225; al completo y en seguida recuperaremos el terreno y nos dirigiremos hacia el oeste. Pisaremos fuerte, tan fuerte, que la tierra se estremecer&#225; bajo los pies de los alemanes.

El cabo primero se arrodill&#243; con la dificultad propia de los viejos e inclin&#225;ndose sobre el cuerpo del teniente, habl&#243; tan bajo que el nervioso Lopajin apenas pod&#237;a entenderle:

A lo mejor usted, camarada teniente, a&#250;n se da cuenta de nuestra marcha. Es posible que los aires de Ucrania lleguen a su tumba

Dos soldados saltaron a la fosa y con mucho cuidado trasladaron a ella el cuerpo r&#237;gido del teniente. El cabo, que segu&#237;a rodilla en tierra, arroj&#243; un pu&#241;ado de tierra y levant&#243; el puno.

R&#225;pidamente se form&#243; sobre la tumba un mont&#237;culo de arena y se le rindieron honores con tres disparos de fusil, que fueron seguidos por la descarga ruidosa de una bater&#237;a emplazada no una lejos de all&#237;.

Jam&#225;s como en esas horas hab&#237;a sentido Lopajin tanta amargura y pesar en su coraz&#243;n. En busca de soledad, se dirigi&#243; al bosque y se sent&#243; bajo un manzano. Lentamente pasaron junto a &#233;l Kopytovski y otro soldado. Lopajin pudo o&#237;r las palabras de Kopytovski, lleno de admiraci&#243;n y envidia, que dec&#237;a:

Una divisi&#243;n nueva que ha llegado aqu&#237; hace muy poco. &#191;Has visto qu&#233; muchachos? &#161;Qu&#233; pantalones, qu&#233; guerreras, qu&#233; capotes! &#161;Todo flamante y reci&#233;n estrenado, todo reluciente! &#161;Demonio, van elegantes como mujeres! Me mir&#233; a m&#237; mismo y parec&#237;a que hab&#237;a salido de un fest&#237;n de perros, o como si me hubieran atacado veinte mastines. Tengo el pantal&#243;n roto por tres sitios y lo voy ense&#241;ando todo; y no puedo cos&#233;rmelo por falta de hilo. Por detr&#225;s la guerrera est&#225; podrida por el sudor, se deshilacha y parece una red de pesca; en cuanto al calzado, para qu&#233; hablar: la bota izquierda ha abierto la boca y no s&#233; qu&#233; es lo que pide, si un hilo telef&#243;nico para sujetar la suela o un buen remiendo. &#161;Y c&#243;mo se alimentan los soldados nuevos! &#161;Como en un balneario! Comen el pescado del Don atontado por las bombas. &#161;En mis propias narices echaron una carpa peque&#241;a al fuego! Viven como si estuvieran de vacaciones en una casa de campo. Desde luego, as&#237; ya se puede combatir. &#161;Si hubieran estado en el baile que nosotros tuvimos ayer, ya ver&#237;as si cambiar&#237;an de color esos pollos!

Lopajin se hab&#237;a tumbado con los codos apoyados en la tierra mullida y pensaba con indolencia que quiz&#225; mandar&#237;an a retaguardia los restos del regimiento para reorganizarlo o completar con ellos cualquier unidad nueva. Y caso de ser as&#237;, no resultar&#237;a nada bueno y se tendr&#237;a que despedir del frente por mucho tiempo. Adem&#225;s, &#161;en qu&#233; circunstancias, precisamente cuando el alem&#225;n presionaba hacia el Volga y en el frente cada hombre val&#237;a much&#237;simo! Se ve&#237;a con un macuto vac&#237;o a la espalda, abatido y en una retaguardia desconocida. La imaginaci&#243;n le mostr&#243; en seguida el panorama: una vida triste y anodina en una ciudad peque&#241;a de provincias, sin las inquietudes y alegr&#237;as de la lucha, la vida ins&#237;pida del soldado de reserva, los ejercicios t&#225;cticos en un campo de las afueras de la ciudad golpeado por los rayos de sol, con tiro al blanco contra maquetas de blindados de madera, las instrucciones est&#250;pidas de alg&#250;n teniente veterano que a causa de su graduaci&#243;n le mirar&#237;a a &#233;l, a Piotr Lopajin, como a un recluta orejudo, a &#233;l, que estaba curtido por los fuegos y las trompetas Lopajin movi&#243; la cabeza indignado y se encogi&#243;. &#161;No, demonios, esa vida no era para &#233;l! Prefer&#237;a disparar sobre tanques alemanes reales y no sobre maquetas absurdas, marchar hacia el oeste y no hacia el este y, poni&#233;ndose en lo peor, incluso seguir all&#237;, junto al Don, esperando un nuevo asalto. &#191;Y qu&#233; pod&#237;a retenerle en la unidad, de la que apenas hab&#237;a quedado ning&#250;n camarada? No estaba Streltsof y ni siquiera se sab&#237;a en qu&#233; hospital ingresar&#237;a y a d&#243;nde ser&#237;a enviado cuando saliera de &#233;l. El d&#237;a anterior hab&#237;an muerto Sviaguintsev, el cocinero Lisichenko, Kochetigov, el sargento Nikiforov, Borsij &#161;Cu&#225;ntos hombres cuya amistad se hab&#237;a forjado en la guerra quedaron para siempre entre los grandes espacios que separan a Jarkov del Don! Yac&#237;an en tierra propia, profanada por el enemigo, pidiendo venganza en silencio. &#161;Y &#233;l, Lopajin, iba a la retaguardia a disparar contra tanques de madera y aprender lo que ya hab&#237;a aprendido en la pr&#225;ctica, en el campo de batalla!

Lopajin se levant&#243; repentinamente y, sacudi&#233;ndose la tierra de las rodillas, se dirigi&#243; a la vieja caba&#241;a en que estaba el cabo primero.

Pedir&#233; que me dejen en una unidad activa. &#161;Se acab&#243; el baile, no me mover&#233; de aqu&#237; para ir a otra parte!, se dijo Lopajin decidido. Cruz&#243; en l&#237;nea recta los espesos matorrales de escaramujo.

Apenas hab&#237;a andado unos veinte pasos cuando oy&#243; la voz conocida de Streltsof. Lopajin, sorprendido y sin dar cr&#233;dito a sus o&#237;dos, se dirigi&#243; a un costado, sali&#243; a un peque&#241;o claro y vio a Streltsof de espaldas con tres soldados desconocidos.

&#161;Nikolai! -grit&#243; Lopajin lleno de alegr&#237;a.

Los soldados, volvi&#233;ndose hacia Lopajin, esperaron; pero Streltsof continu&#243; su camino sin volverse, hablando en voz alta.

&#161;Nikolai! &#191;De d&#243;nde sales? -grit&#243; de nuevo Lopajin enloquecido de alegr&#237;a, tembl&#225;ndole incluso la voz, de puro emocionado.

Uno de los soldados que iban con Streltsof le toc&#243; en un brazo y &#233;ste se volvi&#243;. Al momento su rostro se ilumin&#243; con una amplia sonrisa y se dirigi&#243; al encuentro de Lopajin.

Amigo m&#237;o, &#191;de d&#243;nde vienes? -volvi&#243; a gritar Lopajin desde lejos.

Streltsof sonre&#237;a silenciosamente, moviendo sus largos brazos y caminando por el claro del bosque a grandes zancadas, aunque con cierta inseguridad.

Cuando estuvieron juntos, al lado de una zanja abierta recientemente, entre montones de tierra, se abrazaron fuertemente. Lopajin vio de cerca los ojos negros de Streltsof radiantes de felicidad; entusiasmado, exclam&#243;:

&#161;Demonio! Te chillo a grito pelado y t&#250; como si no. &#191;Qu&#233; ha pasado? Dime de d&#243;nde vienes. &#191;Por qu&#233; has aparecido aqu&#237;?

Streltsof, casi inm&#243;vil, con una sonrisa fr&#237;a en el rostro miraba fijamente el movimiento de los labios de Lopajin. Finalmente pronunci&#243; muy lentamente estas palabras, tartamudeando.

&#161;Pietia, qu&#233; contento estoy de verte! No puedes imaginar hasta qu&#233; punto. Ya hab&#237;a perdido la esperanza de ver a alguno de vosotros Hay tanta gente por aqu&#237;

Pero &#191;de d&#243;nde sales? &#191;No te hab&#237;an mandado al batall&#243;n m&#233;dico-sanitario? -pregunt&#243; Lopajin.

&#161; Desde ayer noche os estoy buscando por todas las compa&#241;&#237;as! Quise pasar a aquel lado pero un capit&#225;n de artiller&#237;a me dijo que todos se retiraban de all&#225;  dijo Streltsof tartamudeando un poco m&#225;s, con los labios brillantes.

Sin darse cuenta todav&#237;a de lo que le hab&#237;a pasado a su amigo, Lopajin se ri&#243;; d&#225;ndole golpecitos en la espalda, dijo:

&#161;Eh, padrecito! &#191;No oyes bien? Mira por d&#243;nde nos pasa lo mismo que en el cuento sat&#237;rico: &#161;Hola, compadre! Vengo del mercado. &#191;Te has quedado sordo? He comprado un gallo. Pero t&#250;, &#191;es que no oyes bien? -pregunt&#243; Lopajin levantando un poco m&#225;s la voz -. Hablas torpemente, tartamudeas Espera &#191;Eso es lo que te ha ocurrido despu&#233;s de la conmoci&#243;n? &#161;Claro, eso tiene que ser!

Lopajin se sonroj&#243; de ira y contempl&#243; con profundo dolor el rostro de Streltsof, que, a pesar de todo, conservaba la misma sonrisa de antes. Puso sobre el hombro de Lopajin su temblorosa mano y tartamude&#243; con dificultad, penosamente:

Vamos a sentarnos, Pietia. Resulta dif&#237;cil hablar contigo. Despu&#233;s de aquella bomba no oigo nada. Y ves, hasta tartamudeo Escribe y yo te contestar&#233;.

Sent&#225;ndose junto a la zanja, sac&#243; del bolsillo una sucia libreta de notas y un l&#225;piz. Lopajin cogi&#243; el l&#225;piz de sus manos y escribi&#243; r&#225;pidamente: Ya entiendo. &#191;Te has escapado del batall&#243;n m&#233;dico-sanitario? Streltsof le mir&#243; por encima del hombro y dijo:

Bueno, c&#243;mo te explicar&#237;a yo me escap&#233;. M&#225;s exactamente me fui. Le dije al doctor que me ir&#237;a en cuanto me sintiera mejor.

&#161;Qu&#233; diablos! &#191;Por qu&#233;? &#161;Lo que has de hacer es curarte, est&#250;pido!, escribi&#243; Lopajin; apretaba tanto la punta del l&#225;piz que la rompi&#243; cuando puso el signo de admiraci&#243;n.

Streltsof ley&#243; la nota y se encogi&#243; de hombros con extra&#241;eza.

&#191;C&#243;mo que diablos? La sangre ya no me sale por los o&#237;dos y apenas tengo n&#225;useas. &#191;Para qu&#233; ten&#237;a que estar all&#237; acostado?  Cogi&#243; cuidadosamente el l&#225;piz de manos de Lopajin y le afil&#243; la punta con una navaja; despu&#233;s sopl&#243; las virutas que hab&#237;an ca&#237;do sobre sus rodillas y dijo-: Adem&#225;s, en aquel momento no pod&#237;a quedarme all&#237;. El regimiento estaba pasando un momento dif&#237;cil, qued&#225;bamos pocos &#191;C&#243;mo pod&#237;a dejar de venir? Y vine. Aunque est&#233; sordo, puedo seguir luchando al lado de los camaradas. &#191;No es cierto, Pietia?

El orgullo que le inspiraba aquel hombre, el cari&#241;o y la admiraci&#243;n llenaron el coraz&#243;n de Lopajin. Ten&#237;a ganas de abrazar y besar a Streltsof, pero sinti&#243; que se le formaba en la garganta un nudo caliente y, avergonzado de sus l&#225;grimas, sac&#243; tapidamente la petaca del bolsillo.

Con la cabeza gacha, Lopajin se puso a liar un cigarrillo; cuando ya casi hab&#237;a terminado, una l&#225;grima grande y clara cay&#243; sobre el papel, que se deshizo entre sus dedos.

Pero Lopajin era hombre tenaz: cogi&#243; un pedazo de papel de peri&#243;dico, negro por la suciedad y los dobleces, le ech&#243; el tabaco y volvi&#243; a liar el cigarrillo.



16

Sviaguintsev se recuper&#243; de las convulsiones y de un dolor agudo que se ense&#241;oreaba de su cuerpo como si fuera una centella. Empez&#243; a toser suspirando roncamente; ten&#237;a la boca llena de polvo y tierra. Oy&#243; su propia voz, suave y entrecortada, como si procediera de otra parte. De lo m&#225;s profundo de su ser surgi&#243; un lamento.

A su alrededor explotaban minas y proyectiles. Los estallidos estremec&#237;an la tierra, unos m&#225;s y otros menos. El aire estaba lleno de fragmentos de metralla que corr&#237;an con el zumbido de la muerte. Desde atr&#225;s llegaba el sonido de las r&#225;fagas largas de una ametralladora. Sviaguintsev se aplastaba contra el suelo en un in&#250;til intento de evitar las bocanadas de aire caliente y de humo procedentes de las explosiones m&#225;s cercanas. A su alrededor revoloteaban nubes de polvo. Sviaguintsev o&#237;a estos ruidos como si provinieran de un lugar alejado e invisible. Hizo un movimiento y sinti&#243; un dolor agudo. En su conciencia entorpecida se abri&#243; paso la idea de que estaba vivo.

No ten&#237;a fuerzas para moverse. Not&#243; que la guerrera estaba empapada en sangre por los hombros y la espalda, al igual que los pantalones. Sviaguintsev dedujo de ello que estaba gravemente herido. Ese era el motivo del dolor lacerante que le dominaba por entero.

Ahog&#243; un quejido y con la lengua intent&#243; sacar la tierra viscosa que ten&#237;a en la boca y que le imped&#237;a respirar. La arena rechinaba entre sus dientes; era un sonido tan agudo que le retumb&#243; la cabeza. El olor de sangre coagulada era tan fuerte que casi vomit&#243; y volvi&#243; a perder el conocimiento, que pend&#237;a de un hilo muy fino que amenazaba con romperse en cualquier momento. Pero a poco sus sentidos empezaron a fortalecerse y Sviaguintsev volvi&#243; en s&#237;. Con el consiguiente retraso empez&#243; a recordar aterrado que hac&#237;a poco rato hab&#237;a salido de la trinchera y hab&#237;a visto a los alemanes acerc&#225;ndosele, concretamente a uno de ellos, encorvado y con la guerrera desabrocha-da, sucia de barro, con unos ojos grises que casi se le sal&#237;an de las &#243;rbitas El alem&#225;n corr&#237;a apretando con fuerza sus labios finos, respirando jadeante por la nariz y echando el hombro izquierdo un poco hacia delante. Al mismo tiempo que corr&#237;a, intentaba meter en el fusil ametrallador un cargador plano y negro. Entonces Sviaguintsev, con pasos cortos y decididos, se top&#243; con &#233;l. Vio los ojos grises del enemigo, iracundos por la suerte del ataque, y el bot&#243;n descolorido de su guerrera, por debajo del cual deb&#237;a penetrar la punta de la bayoneta, y vio tambi&#233;n c&#243;mo temblaba de tal modo que pod&#237;an observarse los brillos de su machete a medida que corr&#237;a. Todo ocurri&#243; en escasos segundos. Algo breve como un trueno de verano estall&#243; con fuerza detr&#225;s y le golpe&#243; con violencia la espalda y las piernas. Sviaguintsev cay&#243; de bruces y en esa ca&#237;da terrible, al no tener fuerzas para levantar los brazos y protegerse la cara del golpe, pens&#243; que hab&#237;a llegado su fin.

Haciendo un esfuerzo, Sviaguintsev abri&#243; los p&#225;rpados. A trav&#233;s del polvo mezclado con l&#225;grimas y del ap&#243;sito sucio que llevaba en el ojo pudo distinguir un pedazo de cielo turbio y rojizo, as&#237; como las hierbecillas que al moverse a impulsos del viento le rozaban las mejillas. Al parecer le arrastraban sobre un capote por encima de la hierba. La dura y dificultosa respiraci&#243;n del que iba arrastr&#225;ndole se mezclaba con el ruido seco de la hierba que le rozaba; y as&#237;, cent&#237;metro a cent&#237;metro, iba avanzando su cuerpo.

Poco despu&#233;s Sviaguintsev sinti&#243; c&#243;mo, primeramente la cabeza y luego todo el cuerpo, resbalaban hacia abajo. Se dio un golpe fuerte contra algo duro y de nuevo perdi&#243; el conocimiento. Se recobr&#243; nuevamente y sinti&#243; en su rostro el contacto de una mano ancha y peque&#241;a. Le estaban limpiando cuidadosamente la cara y los ojos con una gasa h&#250;meda. Por un instante pudo ver una mano femenina, diminuta, y una vena azul en una mu&#241;eca blanca; despu&#233;s le acercaron a los labios el cuello de una botella tibia y un chorro fino de vodka le abras&#243; la garganta y la laringe. Trag&#243; lenta y convulsivamente. Cuando le retiraron la cantimplora de los labios, a&#250;n hizo tres veces m&#225;s como si tragara, pero en el vac&#237;o, como un ternero cuando le apartan de las ubres. Tras lamerse los labios resecos, entorn&#243; los ojos. El rostro de una muchacha desconocida se inclinaba sobre &#233;l. listaba p&#225;lida y se le notaban las pecas a pesar de su tez morena. Un gorrito militar descolorido cubr&#237;a sus rizos de color rojizo. Su rostro no era muy agraciado, se trataba de una muchacha rusa sencilla y chata. Sin embargo, hab&#237;a en sus rasgos cierta bondad profunda y sincera y una inquietud honda; sus ojos amables y grises parec&#237;an sentir tanta compasi&#243;n que Sviaguintsev necesitaba esos ojos, casi imprescindibles para su existencia, como si sobre &#233;l se hubiera abierto un cielo interminable, con una sucesi&#243;n de nubes en lo alto.

La satisfacci&#243;n de estar vivo y de no haber sido abandonado por los suyos, la gratitud que apenas pod&#237;a expresar a la muchacha, enfermera de otro regimiento, le oprimi&#243; el coraz&#243;n y s&#243;lo con gran dificultad pudo susurrar:

Hermanita querida &#191;de d&#243;nde sales?

La vodka reanim&#243; a Sviaguintsev. Un calor h&#250;medo le recorri&#243; todo el cuerpo, aparecieron en su frente unas gotitas de sudor y le pareci&#243; que el dolor de las heridas se calmaba, que ya no lo sent&#237;a tan agudamente.

Hermanita, &#191;por qu&#233; no me das un poco m&#225;s de vodka?  dijo intentando hablar m&#225;s alto, admirado de su propia voz suave y d&#233;bilmente infantil.

&#191;C&#243;mo que beber m&#225;s vodka? &#161;Ya no puedes tomar m&#225;s! Ya te has recobrado, ya est&#225; bien ahora. &#161;Vaya jaleo est&#225;s armando! &#161;Es espantoso! -a&#241;adi&#243; la muchacha-. A ver si te puedo trasladar desde aqu&#237; al batall&#243;n m&#233;dico-sanitario.

Sviaguintsev movi&#243; un brazo hacia el lado izquierdo y despu&#233;s hizo lo mismo con el otro; con los dedos de las manos, que apenas quer&#237;an obedecerle, palp&#243; el cerrojo y el ca&#241;&#243;n del fusil ametrallador; estaban recalentados por el sol. Intent&#243; mover las piernas sin conseguirlo y, apretando los dientes a causa del dolor, pregunt&#243;:

Oye, &#191;en d&#243;nde me han herido?

Por todas partes est&#225;s herido. Te han alcanzado por todas partes.

&#191;Y las piernas? &#191;Est&#225;n enteras las piernas? -Interrog&#243; sordamente; su esp&#237;ritu estaba ya dispuesto a lo peor; sin embargo, no se resignaba del todo.

Enteras, est&#225;n enteras, querido; solamente est&#225;n un poquito agujereadas. No te preocupes y no hables, llegaremos al puesto, te mirar&#225;n y te vendar&#225;n lo que haga falta; seguramente te curar&#225;n y luego te enviar&#225;n a un hospital de retaguardia. Todo estar&#225; en orden, a la guerra le gusta el orden

Sviaguintsev no pudo comprender todo lo que ella le dec&#237;a.

En resumen, que me han machacado, &#191;no es as&#237;? -volvi&#243; a preguntar; y tras permanecer unos instantes en silencio, susurr&#243; con tono amargo-: Tambi&#233;n dec&#237;as &#191;qu&#233; orden es &#233;ste?

Segu&#237;an tumbados en un hondo cr&#225;ter, sobre mont&#237;culos de tierra arcillosa. Era uno de los primeros cr&#225;teres abiertos por las bombas. Una bomba de mortero, con su caracter&#237;stico zumbido, pas&#243; por encima de ellos; el zumbido aumentaba progresivamente y Sviaguintsev, que permanec&#237;a indiferente a todo menos a su dolor, vio con los ojos entreabiertos c&#243;mo la muchacha se tiraba al suelo en espera de la explosi&#243;n inminente: encogi&#243; todo el cuerpo, enarc&#243; las cejas y con ingenuidad infantil se tap&#243; los ojos con las palmas de las manos.

Sviaguintsev, que todav&#237;a no hab&#237;a podido compadecerse de s&#237; mismo en los cortos instantes de lucidez que iluminaban su conciencia como explosiones, y que a&#250;n no se hab&#237;a percatado de lo angustioso de su situaci&#243;n, experiment&#243; compasi&#243;n por la muchacha y pens&#243;: &#161;Es una ni&#241;a, verdaderamente una ni&#241;a! Lo que tendr&#237;a que hacer es estar en la clase de d&#233;cimo curso estudiando &#225;lgebra y aritm&#233;tica, y sin embargo est&#225; aqu&#237; soportando el fuego constante, sufriendo horriblemente y arrastrando a nuestro hermano

Parec&#237;a que el fuego disminu&#237;a; cuanto menos se notaban las explosiones, m&#225;s fuerte era el tono de voz de Sviaguintsev y m&#225;s debilitado estaba; se hab&#237;a apoderado de &#233;l una turbia tranquilidad: era la inconsciencia del olvido, de la muerte

La muchacha se inclin&#243; sobre &#233;l mir&#225;ndole los ojos desgarrados por el dolor y ya casi fuera de s&#237;, y como contestando a un lamento mudo, preso en sus ojos y en las arrugas que hab&#237;a junto a sus labios, grit&#243; con voz exigente y asustada:

&#161;Aguanta un poco! &#161;Por favor, aguanta aunque sea un poco! Seguiremos en seguida, ya estamos cerca. &#191;Me oyes?

Le sac&#243; del hoyo con gran esfuerzo. Sviaguintsev se recobr&#243; e intent&#243; colaborar empuj&#225;ndose &#233;l mismo con las manos, pero los dedos se le enganchaban en los pinchos de los matojos y el dolor se hac&#237;a casi insoportable. Apret&#243; la mejilla mojada por las l&#225;grimas contra el capote ensangrentado, mordiendo la bocamanga de la guerrera para que la enfermera no descubriera una debilidad de hombre y para no aullar por el dolor que sacud&#237;a tan desgarradoramente su atormentado cuerpo.

A unos metros del cr&#225;ter la muchacha solt&#243; de entre sus manos sudorosas el extremo del capote. Exhal&#243; un profundo suspiro y, con voz llorosa, exclam&#243;:

&#161;Se&#241;or! &#191;Por qu&#233; alistan en el ej&#233;rcito a estos Oblomov? &#191;Por qu&#233;? &#191;Podr&#233; arrastrarte hasta all&#237;? &#161;Debes pesar cerca de seis puds!

Sviaguintsev entreabri&#243; los dientes y replic&#243;:

Noventa y tres

&#191;C&#243;mo? &#191;Noventa y tres? &#191;Qu&#233;? -pregunt&#243; la muchacha jadeando ruidosamente.

Esos son los quilos que pesaba yo antes de la guerra. Ahora peso menos -dijo Sviaguintsev; luego se call&#243; y escuch&#243; la pesada respiraci&#243;n de la enfermera.

Le inspir&#243; cierta piedad aquella muchacha, que agotaba sus propias fuerzas, pero abstra&#237;do, pens&#243;: Mi Natacha ser&#225; as&#237; dentro de seis a&#241;os; no muy guapa, pero con muy buen coraz&#243;n Luego intent&#243; in&#250;tilmente dar vigor a su voz para dejar clara la preponderancia masculina, y respirando con dificultad dijo:

T&#250;, hijita D&#233;jame, no te preocupes Yo mismo &#161;Tengo los brazos enteros y de una forma u otra llegar&#233;!

&#161;Vamos, qu&#233; tonter&#237;as! &#161;Los hombres no hac&#233;is m&#225;s que decir disparates! -dijo la muchacha en un susurro, enojada -. &#191;Ad&#243;nde crees que llegar&#237;as? S&#243;lo me siento un poco cansada, en cuanto haya descansado continuaremos en seguida. &#161;T&#250; qu&#233;date tranquilo, que he arrastrado a otros m&#225;s pesados que t&#250;! &#161;Me he visto en situaciones peores que esta! No te fijes en que soy menuda; soy fuerte.

A&#241;adi&#243; todav&#237;a algunas cosas m&#225;s con viveza y jactancia pero Sviaguintsev, aunque lo intentaba, ya no la comprend&#237;a. La suave voz de la muchacha empez&#243; a ensordecerse, a alejarse, y por &#250;ltimo desapareci&#243;. Sviaguintsev perdi&#243; el conocimiento otra vez.

Lo recobr&#243; horas m&#225;s tarde, ya al otro lado del Don, en el puesto m&#233;dico-sanitario. Estaba acostado en una camilla; lo primero que sinti&#243; fue un profundo olor a medicinas. Luego el techo verde de la gran tienda de campa&#241;a. Por el suelo, cubierto de lona impermeabilizada, discurr&#237;an en silencio personas vestidas con batas blancas.

He perdido el conocimiento tres veces pero sigo vivo. &#161;Esto quiere decir que sobrevivir&#233;, que a&#250;n no me ha llegado la hora de morir!, pens&#243; Sviaguintsev con esperanza.

Hab&#237;a algo en &#233;l que le imped&#237;a respirar; con cuidado, lentamente, se llev&#243; la mano sucia a la boca y escupi&#243;. La saliva era blanca, no hab&#237;a co&#225;gulos rojos en su palma. Sviaguintsev se alegr&#243; y esto &#250;ltimo le convenci&#243; de que saldr&#237;a bien parado. Los pulmones est&#225;n enteros y si un resto de metralla se ha incrustado en el h&#237;gado a trav&#233;s de la espalda, los m&#233;dicos me lo sacar&#225;n. Lo m&#225;s importante son las piernas. &#191;Habr&#225; llegado al hueso? &#191;Andar&#233; o quedar&#233; inv&#225;lido?, pensaba observ&#225;ndose de nuevo la callosa palma de la mano.

Junto a &#233;l hab&#237;a dos enfermeros desnudando a un soldado herido. Uno lo sosten&#237;a por los brazos; el otro proced&#237;a con sus gruesos dedos a descoserle los pantalones sucios y de color pardo; en cuanto los pantalones ensangrentados estuvieron amontonados en el suelo, Sviaguintsev pudo ver una herida enorme en la pierna del soldado, m&#225;s abajo del muslo; era una gran masa de carne roja sangrante que dejaba entrever el hueso blanco.

El soldado guardaba cierto parecido con Streltsof en detalles, dif&#237;cil de captar. Era hombre maduro, de bigotes canosos sobre una boca hundida, con mand&#237;bulas prominentes y como cubiertas de un color azul p&#225;lido. Se comportaba con hombr&#237;a, no solt&#243; ni una queja o lamento, estuvo durante todo el rato contemplando un punto distante con la mirada abstra&#237;da. Sviaguintsev le mir&#243; la pierna izquierda, delgada y velluda, indolentemente doblada por la rodilla, que temblaba de modo escalofriante; tuvo que cerrar los ojos, no pod&#237;a seguir contemplando el dolor y el sufrimiento de otro.

Este hombre ya ha recibido lo suyo. Los m&#233;dicos le cortar&#225;n esa pierna con la misma naturalidad con que dan de beber a un enfermo, y yo a&#250;n andar&#233; un poco. &#191;Y si tambi&#233;n yo tuviera las piernas destrozadas?, pensaba Sviaguintsev en aburrida espera.

En aquel momento un enfermero calvo, maduro y con gafas se le acerc&#243;, le revis&#243; las piernas con mirada penetrante e, inclin&#225;ndose, intent&#243; empezar a cortar las botas por la ca&#241;a. Pero Sviaguintsev, que segu&#237;a su tarea silenciosamente, con mirada fija y tensa, reuni&#243; todas sus fuerzas y con voz queda pero tajante, habl&#243;:

No me importa que descosas los pantalones, pero las botas, por favor, no me las toques, no te lo permito. A&#250;n no hace un mes que las llevo y no me cost&#243; poco conseguirlas. &#191; No ves qu&#233; tipo de botas son? Las suelas est&#225;n curtidas, las ca&#241;as son de aut&#233;ntico cuero de vaca No se trata de una imitaci&#243;n, tienes que comprenderlo Ya he sido suficientemente castigado por Dios: me he dejado el capote y el macuto en la trinchera, de modo que haz el favor de no quitarme las botas, &#191;Entendido?

No tienes que decirme lo que debo hacer -replic&#243; el enfermero con indiferencia, mientras segu&#237;a cortando la costura cuidadosamente.

&#191;C&#243;mo que no he de dec&#237;rtelo? &#191;Pues no son m&#237;as las botas? -dijo Sviaguintsev con irritaci&#243;n.

El enfermero enderez&#243; un poco la espalda y le dijo con tono indiferente:

&#191;C&#243;mo que son tuyas? Fueron tuyas y no puedo quit&#225;rtelas con las piernas dentro.

Escucha, idiota, tira con cuidado, suavemente, y aguantar&#233;  orden&#243; Sviaguintsev, que tem&#237;a moverse; y como si esperase un nuevo y torturante dolor, abri&#243; los ojos desmesuradamente y los clav&#243; en el techo.

Haciendo caso omiso de sus palabras, el enfermero se inclin&#243; y, con un movimiento h&#225;bil, descosi&#243; la ca&#241;a hasta el tal&#243;n, empezando despu&#233;s con la otra bota. Sviaguintsev no hab&#237;a tenido tiempo a&#250;n de pensar detenidamente en el sentido exacto de aquellas palabras: Fueron tuyas, cuando escuch&#243; el leve chasquido del hilo al irse rompiendo. Le dio un vuelco el coraz&#243;n y la respiraci&#243;n se le cort&#243; cuando oy&#243; el suave ruido de los tacones de las botas que hab&#237;an sido arrojadas al suelo. En ese momento, sin poderse contener, dijo con voz temblorosa y llena de ira:

&#161;Asqueroso calvo! &#161;Maldito demonio calvo! &#191;Qu&#233; haces, especie de in&#250;til?

Calla, anda, que ya est&#225; hecho. Te sienta bastante mal decir burradas. Deja que te ayude a ponerte de lado -contest&#243; el enfermero pac&#237;ficamente.

&#161;L&#225;rgate con tu ayuda al lugar de donde has venido, y m&#225;s lejos! -grit&#243; Sviaguintsev henchido de indignaci&#243;n y de rabia-.  &#161;Te la cargar&#225;s, camello sin pelo, peste con gafas! &#191;Qu&#233; has hecho con mis botas del Estado, hijo de puta? &#191;C&#243;mo me apa&#241;ar&#233; con ese descosido si tengo que volver a llevarlas en el pr&#243;ximo oto&#241;o? &#191;No ves que por mucho que las recosa las costuras calar&#225;n de todos modos? &#161;Animal calvo, sarnoso! &#161;No eres m&#225;s que un asqueroso enemigo del pueblo!

En silencio y con mucho cuidado el enfermero le quitaba los calcetines empapados de sangre y de sudor, que desped&#237;an una especie de vaho. Despu&#233;s de sacarle el segundo se irgui&#243; y, sin ocultar una sonrisa bajo sus bigotes rojizos, le dijo con voz de sargento:

&#161;Ilia Muromets! &#191;Has terminado de insultarme? Sviaguintsev se sent&#237;a debilitado despu&#233;s del ataque de rabia.

Acostado y en silencio, los latidos del coraz&#243;n se le hac&#237;an cada vez m&#225;s fuertes y frecuentes y sent&#237;a un peso insoportable en todo su cuerpo y un extra&#241;o fr&#237;o en los pies. Pero encontr&#243; fuerzas para seguir injuriando al enfermero que tan mala pasada le hab&#237;a jugado; con voz debilitada y escogiendo las palabras, le dijo:

&#161;Eres como un &#225;rbol podrido y no como un hombre! &#161;Mejor dicho, ni siquiera se te puede considerar un &#225;rbol, sino un mont&#243;n de tierra! &#191;Tienes inteligencia por casualidad? &#161;Deber&#237;as avergonzarte de lo que has hecho! Lo m&#225;s seguro es que antes de la guerra s&#243;lo tuvieras en tu casa unos cuantos sapos, y encima se morir&#237;an de hambre &#161;Ap&#225;rtate de mi vista, desgraciado, culo de mal asiento, pesadilla con patas!

Evidentemente, el comportamiento de Sviaguintsev alteraba el orden: el estricto silencio que reinaba en el centro sanitario de campa&#241;a del batall&#243;n s&#243;lo se ve&#237;a alterado, por regla general, por los quejidos y lamentos de los heridos. Pero eran rar&#237;simas las ocasiones en que se o&#237;an blasfemias o injurias. No obstante el enfermero segu&#237;a con la mirada fija en el rostro de Sviaguintsev, lleno de pelos rojizos, manteniendo todo el rato en los labios una sonrisa clara y cierta alegr&#237;a. Tras ocho meses de guerra y despu&#233;s de ver de cerca tanto sufrimiento ajeno, el enfermero hab&#237;a envejecido f&#237;sica y espiritualmente. Mas no por ello se le hab&#237;a endurecido el coraz&#243;n. Hab&#237;a visto a muchos soldados y oficiales heridos y agonizantes, a tantos, que ya ten&#237;a bastante y prefer&#237;a las injurias de este hombre a los espasmos dolorosos de los que le tra&#237;an con ataques de demencia. De pronto, y sin que viniera a cuento, se acord&#243; de sus dos hijos, que combat&#237;an en el frente oeste, y lanzando un suspiro pens&#243;: &#161;Este sobrevivir&#225;! &#161;Vaya diablo vivo y espabilado! &#191;C&#243;mo estar&#225;n mis hijos? &#161;Qu&#233; vida llevamos! Me gustar&#237;a verles, aunque s&#243;lo fuera un instante, para saber c&#243;mo cumplen el servicio. &#191;Estar&#225;n vivos todav&#237;a o los habr&#225;n internado en alguna parte, destrozados?

Sviaguintsev no s&#243;lo viv&#237;a sino que se aferraba a la existencia con u&#241;as y dientes; incluso tendido en la camilla, p&#225;lido como un muerto, con los ojos cerrados, inflamados, no hac&#237;a m&#225;s que pensar en las botas irremisiblemente perdidas y en el soldado con la pierna destrozada que hab&#237;an metido hac&#237;a poco en la tienda de operaciones. &#161;Pobre hombre, est&#225; destrozado, tiene metralla por todas partes! Tiene casi todo el hueso fuera pero no se queja. &#161;Calla como un h&#233;roe! Mal asunto el suyo, pero yo debo salir de esta. Los dedos del pie tambi&#233;n me duelen. &#161;A ver si el m&#233;dico se confunde y me corta las piernas! Bueno, me quedar&#233; aqu&#237; acostado un poco y luego seguir&#233; luchando. A lo mejor el alem&#225;n que me dirigi&#243; el morterazo cae en mis manos &#161;Ah, no le matar&#237;a de golpe! &#161;No, le tendr&#237;a en mis manos retorci&#233;ndole el pescuezo para que muriera poco a poco! Lo que est&#225; claro es que a ese muchacho le cortar&#225;n la pierna. Y entonces, &#191;para qu&#233; le servir&#225;n las botas? Ni piensa en ellas. Pero lo m&#237;o es distinto. En cuanto me haya recuperado un poco volver&#233; a la compa&#241;&#237;a, y no encontrar&#233; ya unas botas como &#233;stas. &#161;Ni hablar! &#161;Y con qu&#233; rapidez me las ha descosido el calvo maldito! &#161;Dios m&#237;o, pensar que permiten que semejantes canallas sean enfermeros! Ese deber&#237;a estar en un matadero de ganado, en lugar de estropear las botas de sus propios soldados

La historia de sus botas conmovi&#243; seriamente a Sviaguintsev, definitivamente convencido de que estaba ya lejos de la muerte. Se sent&#237;a tan ofendido que a pesar de ser un hombre indiferente y nada rencoroso, cuando estaba desnudo en la mesa de operaciones, a las palabras del cirujano que le estaba examinando: Es preciso que resistas un poco, hermano, contest&#243; enfadado: &#161;Ya he aguantado bastante! &#191;A qu&#233; viene esto? Lo que tiene que hacer es procurar no cortarme m&#225;s de la cuenta, porque la responsabilidad ser&#225; suya. El cirujano era joven y enjuto. A trav&#233;s de las gafas de aquel hombre Sviaguintsev pudo ver unos ojos hinchados por muchas noches de no dormir. No obstante, estaban atentos a pesar de parecer infinitamente cansados.

Bueno, pues tienes que aguantar una vez m&#225;s, soldado, no hay nada m&#225;s que aguantar; y no te preocupes que no te extirpar&#233; nada innecesariamente: no nos hace falta nada tuyo  le tranquiliz&#243; el cirujano con cierta dulzura.

Una joven m&#233;dico que estaba al otro lado de la mesa de operaciones se inclinaba arqueando las cejas para examinar detenidamente la espalda de Sviaguintsev, afectada por la metralla. Ten&#237;a una herida que se prolongaba hasta la nalga y la pantorrilla. Sviaguintsev fij&#243; sus ojos en ella, avergonzado de su desnudez, y haciendo una mueca dijo:

&#161;Dios m&#237;o! &#191;Por qu&#233; me mira tanto, camarada mujer? &#191; Acaso no ha visto hombres desnudos? No tengo nada especial ni curioso, y esto no es, que digamos, una feria ganadera sovi&#233;tica, ni yo soy tampoco un toro semental

Los ojos de la doctora brillaron al o&#237;rle, y al cabo replic&#243; con crudeza:

No contemplo sus bellezas, me limito a cumplir lo que es mi obligaci&#243;n. Y lo mejor ser&#237;a que se callara usted, camarada. Permanezca acostado y no hable. &#161;Ya se ve que es usted un combatiente poco disciplinado!

Sviaguintsev lanz&#243; un bufido y se dio media vuelta. Sin embargo, fij&#225;ndose en aquellas mejillas sonrosadas y en aquellos ojos maliciosos y redondos como los de un gato, pens&#243; amargamente: S&#237;, l&#237;ate con una mujer de &#233;stas y ver&#225;s. Le lanzas un disparo y contesta con una r&#225;faga Claro que, por otra parte, no es que su trabajo sea f&#225;cil; se pasa d&#237;a y noche hurgando en nuestras carnes de buey Avergonzado de su comportamiento grosero con los m&#233;dicos, con tono sol&#237;cito y tranquilo a&#241;adi&#243;:

Usted, camarada m&#233;dico militar, que detr&#225;s del delantal no se le ve la graduaci&#243;n, deber&#237;a ordenar que me echaran alcohol en las heridas y en las entra&#241;as.

El silencio fue la &#250;nica respuesta. Entonces Sviaguintsev mir&#243; de arriba abajo con aire suplicante al m&#233;dico de las gafas y para que no le oyera la doctora, que estaba de espaldas, le susurr&#243; en voz baja:

Disc&#250;lpeme, camarada m&#233;dico, pero tengo un dolor tan fuerte que casi me gustar&#237;a que empezara por el final

El cirujano sonri&#243;:

&#161;Vaya, ya hablas mejor! As&#237; me gusta m&#225;s. Espera que te examinemos y ya veremos. Si se puede, yo no me opongo, te dar&#233; unos tragos del que corresponde al frente.

Esto no es el frente, no se parece en nada al frente; y aqu&#237;, con este sufrimiento, se puede beber m&#225;s -dijo Sviaguintsev entornando los ojos.

Pero cuando penetr&#243; en el interior de la herida que ten&#237;a en el hombro una especie de esp&#225;tula previamente mojada con alcohol, lanz&#243; un rugido de dolor y dijo, con voz que ya no ten&#237;a nada de tranquila y sol&#237;cita, como antes, sino que sonaba ronca y amenazadora:

&#161;Bueno, vale pero cuidado con la punter&#237;a!

&#161;Venga, hermano, no te portas bien! &#191;Por qu&#233; resoplas como un ganso delante de un perro? &#161;Enfermera: d&#233;me alcohol y algod&#243;n! Ya te he dicho que tendr&#237;as que resistir un poco. &#191;Qu&#233; pasa? &#191;Tienes mal genio?

&#191;Qu&#233; hace ah&#237;, camarada m&#233;dico? &#191;Est&#225; hurgando en mi herida como si fueran sus propios bolsillos? Perd&#243;neme pero es m&#225;s que para resoplar, es para ladrar para aullar como los perros -repuso con enfado Sviaguintsev, teniendo que hacer pausas entre palabra y palabra.

&#191;Duele mucho? &#191;Se aguanta?

No es que duela, es que me hace cosquillas y desde ni&#241;o las temo Por eso no aguanto -dijo Sviaguintsev con los dientes apretados; y se volvi&#243; de lado para secarse las l&#225;grimas que le resbalaban por las mejillas, cuidando de que no le vieran usar el extremo de la s&#225;bana.

&#161;Aguanta, soldado, aguanta! Ahora te encontrar&#225;s mucho mejor -dijo el cirujano.

Lo que deber&#237;a hacer es ponerme un poquito de anestesia. &#191;Por qu&#233; escatima de este modo las medicinas? -susurr&#243; Sviaguintsev.

Pero el cirujano contest&#243; algo breve y tajante; y Sviaguintsev, que durante la guerra se hab&#237;a acostumbrado a obedecer &#243;rdenes lac&#243;nicas e imperativas, call&#243; humildemente y aguant&#243; sumido en un profundo sopor. Sin embargo, ese sopor no imped&#237;a que en ciertos momentos sintiera tales pellizcos que ten&#237;a la impresi&#243;n de que su cuerpo yac&#237;a sobre una llama cruel que intentaba llegar hasta sus propios huesos.

Unas manos suaves, femeninas al parecer, le sujetaban las mu&#241;ecas; sent&#237;a el calor de aquellas manos por todo el cuerpo. Luego le dieron un poco de vodka y al final se sent&#237;a como borracho. No por la vodka  resultaba imposible emborracharse con un vasito de alcohol -, sino por todo lo que hab&#237;a pasado en aquella jornada dif&#237;cil y poco com&#250;n. M&#225;s tarde el dolor se hizo en cierto modo diferente, m&#225;s suave, m&#225;s calmado, gracias i las manos expertas del cirujano.

Cuando ya retiraban vendado a Sviaguintsev -que no sent&#237;a el peso de su cuerpo- en la camilla, intent&#243; mover el brazo s.ino, el derecho, y dijo en voz muy baja, tan baja que s&#243;lo los camilleros pudieron o&#237;rle, a pesar de que &#233;l cre&#237;a gritar a pleno pulm&#243;n:

&#161;No quiero quedarme en esta secci&#243;n! &#161;Al demonio! &#161;Mis nervios no aguantar&#225;n aqu&#237;! &#161;Que me lleven a cualquier parte menos aqu&#237;! &#191;Al frente? &#161;Eso es, al frente! &#161;Aqu&#237; no quiero estar m&#225;s! &#191;D&#243;nde han metido mis botas? &#161;Tr&#225;iganmelas aqu&#237;, que las pondr&#233; debajo de mi cabeza! As&#237; se conservar&#225;n &#161;Aqu&#237; hay muchos que se dedican a quedarse con las botas ajenas! &#161;No, g&#225;natelas primero, ll&#233;valas antes de morir! Cualquier in&#250;til puede descoserlas &#161;Dios m&#237;o, c&#243;mo me duele!

Dijo todav&#237;a algo m&#225;s, algunas palabras deshilvanadas; deliraba, llamaba a Lopajin, lloraba, rechinaba los dientes y, como si le sumergieran en un ba&#241;o de agua tibia, perdi&#243; el conocimiento. Mientras, el cirujano, con ambas manos apoyadas en el borde de la mesa, en la que parec&#237;a haberse vertido vino tinto, se mec&#237;a, balance&#225;ndose de las punteras a los tacones de sus zapatos. Dorm&#237;a. Cuando un colega -un m&#233;dico alto, de negras barbas- termin&#243; en la mesa contigua una dif&#237;cil laparatom&#237;a, se quit&#243; los guantes de las manos, blandos y pegajosos por la sangre que los empapaba, y le pregunt&#243; en voz baja: Bien, &#191;c&#243;mo va su caballero, Nikolai Petrovich? &#191;Vivir&#225;?; el cirujano joven se despert&#243;, separ&#243; las manos que se aferraban al borde de la mesa y tras ajustarse las gafas con un gesto habitual, dijo con voz ronca pero de persona diligente:

Sin ninguna duda. De momento no hay nada que temer. Este no s&#243;lo tiene que vivir, sino que volver&#225; a luchar. &#161;El diablo sabe hasta qu&#233; punto es hombre sano! Incluso causa envidia De momento no se le puede enviar al frente. Una de sus heridas tiene mal aspecto.

Guard&#243; silencio y se meci&#243; unas cuantas veces m&#225;s desde las punteras a los tacones. Luchaba con toda su fuerza contra el sue&#241;o y el cansancio, y cuando recobr&#243; de nuevo la conciencia y la voluntad, volvi&#243; nuevamente el rostro hacia la puerta de sala, cubierta por una cortina, y mirando con la misma atenci&#243;n de hac&#237;a media hora, con los ojos inflamados y horriblemente cansados, se limit&#243; a decir secamente:  &#161;Evstignetev, el siguiente!



17

A lo largo del bosque sonaban las explosiones. Con un bostezo, alguien que estaba cerca de Lopajin, tras unos mato-11.des, exclam&#243;:

&#161;C&#243;mo mejora la punter&#237;a el par&#225;sito! Ya ver&#225;s, ahora empezar&#225; a lanzar proyectiles de todo tipo y entre los morteros y las minas machacar&#225; el bosque entero. &#161; Qu&#233; sinverg&#252;enza, no le importa disparar m&#225;s de la cuenta!

Pero el fuego pronto amain&#243; hasta que las r&#225;fagas secas y cortantes de las ametralladoras s&#243;lo se oyeron en la otra ribera del Don, junto al puente destruido por el bombardeo. Al parecer el ej&#233;rcito alem&#225;n se dedicaba a comprobar peri&#243;dicamente el silencio del bosque.

Al poco rato dej&#243; de o&#237;rse la ametralladora germana para dar paso a otros sonidos de la guerra: el prolongado trueno de la artiller&#237;a, que amortiguaba la distancia; el rugido de un avi&#243;n alem&#225;n de reconocimiento que se iba acentuando, pues volaba por el este a gran altura; el rodar de los tanques y blindados alemanes por la orilla derecha del Don, camino de la stanitzs de Kletskaia.

Los altos &#225;lamos, que el viento no mov&#237;a, estaban envueltos en una capa de niebla violeta que casi no atravesaban los rayos del sol. Sobre las hierbas so&#241;olientas y las flores sonrosadas del escaramujo brillaban gotas de roc&#237;o como reflejos del arco iris.

Streltsof se qued&#243; pensativo y, admirando el bosque vivificado por la lluvia nocturna, dijo:  &#161;Qu&#233; cosa m&#225;s hermosa!

Lopajin se qued&#243; mir&#225;ndole pero no dijo nada. Apret&#243; los dientes con fuerza y volvi&#243; la mirada al cerro que hab&#237;a tras la ribera derecha del Don, observando sin pesta&#241;ear la polvareda de mal ag&#252;ero que all&#237; se levantaba, mientras escuchaba en silencio los rugidos amenazadores, conocidos desde hac&#237;a mucho tiempo, de la gran ofensiva.

A Lopajin le gustaba la naturaleza, la quer&#237;a como puede quererla un hombre que se ha pasado largos a&#241;os de su existencia bajo la tierra, en la mina. Incluso a veces, en las trincheras, en las breves pausas de los combates, se deten&#237;a a admirar alguna nubecilla blanca como un cisne que sobrevolaba majestuosamente la atm&#243;sfera llena del humo del frente de guerra o alguna flor silvestre que asomaba confiadamente al borde de un cr&#225;ter de tierra quemada, mostrando su belleza natural

Pero ahora Lopajin no ve&#237;a el encanto embriagador del bosque lavado por la lluvia ni la triste hermosura del cercano escaramujo. No ve&#237;a nada excepto la gran polvareda que levantaban los veh&#237;culos enemigos en su desplazamiento hacia el oeste.

All&#237;, en el oeste, se encontraban sus camaradas ca&#237;dos en el fragor de la lucha en las estepas azuladas, junto al Don; all&#237;, en el lejano oeste, estaba su ciudad natal, con su familia, con su peque&#241;a casa paterna y los esbeltos arces sembrados por su propio padre, que siempre estaban plateados por el polvillo del carb&#243;n y que, a pesar de su aspecto lastimero, todas las ma&#241;anas, indefectiblemente, les alegraban la vista a &#233;l y a su padre cuando iban a la mina. Todo lo que hab&#237;an amado en su vida y que tanto les hab&#237;a alegrado sus corazones all&#237; quedaba, en poder de los alemanes. Y una vez m&#225;s en el n&#250;mero incalculable de veces que lo hab&#237;a experimentado en el curso de la guerra, Lopajin sinti&#243; de pronto un odio ciego hacia el enemigo sin poderlo expresar mediante una injuria salida de su garganta reseca. Esto ya le hab&#237;a sucedido en diversas ocasiones a lo largo de la guerra. Pero entonces ten&#237;a ante s&#237; a los soldados enemigos y a sus malditos carros de combate de color gris oscuro y con sus cruces en los flancos; y no s&#243;lo los ten&#237;a ante s&#237;, sino que los eliminaba a todos con sus propias armas. El odio que brotaba en su interior y se apoderaba de su garganta hallaba desfogue en el combate. Pero, &#191;y ahora? Ahora no era m&#225;s que un espectador pasivo, un soldado de una compa&#241;&#237;a descalabrada que contemplaba con impotente rabia la furia con que disparaban los enemigos contra su patria y c&#243;mo avanzaban sin cesar hacia el este

Lopajin arranc&#243; de manos de Streltsof la libreta y escribi&#243; apresuradamente: Nikolai, yo no ir&#233; a la retaguardia, pues al parecer nuestros asuntos van mal. &#161;Ahora no puedo irme de aqu&#237;! Pienso quedarme para defender el paso del r&#237;o, me alistar&#233; en alguna compa&#241;&#237;a. &#161;Kolia, qu&#233;date tambi&#233;n conmigo!

Streltsof ley&#243; lo escrito e inmediatamente respondi&#243; sin tartamudear y sin pausa alguna:

Lo mismo opino. Por ese motivo he venido. Claro que habr&#225; que ver al cabo. &#191;Te lo permitir&#225;? Me temo Para m&#237; es m&#225;s sencillo: por el momento figuro en el batall&#243;n m&#233;dico-sanitario.

&#191;C&#243;mo? &#161;Si no se trata de pedirle permiso para reunirme con mi mujer! &#191;Por qu&#233; no va a darme ese permiso? &#161;A ver si es capaz de no d&#225;rmelo?  exclam&#243; Lopajin indignado, olvidando por un momento que Streltsof no le o&#237;a. Al mirar a su amigo a la cara, atenta y expectante como la de un sordomudo, como en una tensa espera, se call&#243; entristecido y escribi&#243; en la libreta: Permitir&#225;, seguido de una serie de signos de admiraci&#243;n como si quisiera dar &#233;nfasis a la palabra y desvanecer totalmente las dudas de Streltsof.

En la copa de un fresno frondoso cantaba un cuclillo. Pero de repente se call&#243; como si comprendiera que su canto, triste y meditabundo, quedaba fuera de lugar en aquel bosque lleno de gente armada y de fragor artillero. Casi en aquel mismo instante, Lopajin oy&#243; la voz de Kopytovski, pedante y antip&#225;tica, que dec&#237;a:

&#161;Vaya p&#225;jaro listo ese cuclillo! Canta hasta el d&#237;a de San Pedro y su canto es tan agradable como el ruido del tocino crepitando en la sart&#233;n. Pero, aparte de eso, no le pidas nada m&#225;s. Despu&#233;s de haberle o&#237;do, s&#233; el tiempo que vivir&#233; todav&#237;a. El maldito ha cantado dos veces y luego se ha callado. &#161;Pues s&#237; que ha sido generoso el rabilargo! Ahora s&#233; que podr&#233; seguir luchando dos a&#241;os m&#225;s sin que me maten. &#161;Es magn&#237;fico! No necesito nada m&#225;s. La guerra se acabar&#225; antes de dos a&#241;os, &#191;no? Seguro. Pues bien, despu&#233;s de la guerra no prestar&#233; atenci&#243;n al canto del cuclillo y seguir&#233; viviendo todo lo que me d&#233; la gana. &#161;F&#237;jate si es f&#225;cil!

&#161;Qu&#233; bien lo arreglas, chico! -dijo Pavel Nekrasof, servidor de ametralladora, con voz acatarrada- Eso supone que ahora crees en el cuclillo y que despu&#233;s de la guerra no har&#225;s caso de sus predicciones.

&#191;Y qu&#233; quieres? -replic&#243; Kopytovski juiciosamente -. Amigo m&#237;o, es ahora cuando necesito un tranquilizante, despu&#233;s de la guerra ya me arreglar&#233; por m&#237; mismo y podr&#233; pasar sin calmantes.

Kopytovski vio la figura de Streltsof que sal&#237;a de entre los arbustos caminando muy despacio y le mir&#243; fijamente con los ojos muy abiertos. Una incomprensible y est&#250;pida sonrisa llen&#243; la redondez de su rostro carnoso. Se golpe&#243; la cadera, que llevaba al aire por un roto de sus pantalones que iba de la cintura a la misma rodilla, y le grit&#243;:

&#161;Streltsof! &#161;Qu&#233; sorpresa!

Nekrasof, flem&#225;tico por naturaleza, sin soltar de las manos el fusil ametrallador que le colgaba del cuello, dijo, como si s&#243;lo hiciera media hora que se hab&#237;a separado de Streltsof:

&#191;Has vuelto, Nikolai? &#161;Muy bien! De lo contrario, se hubiera notado un triste vac&#237;o. &#218;ltimamente nos ha jorobado tanto el maldito alem&#225;n que parec&#237;a que nos iba pasando por una criba.

Streltsof miraba fijamente la tierra con la cabeza inclinada, como meditabundo y concentrado en algo. Se atusaba el bigote con los dedos de la mano izquierda, sin advertir la presencia de los camaradas que iban a su encuentro.

Lopajin dirigi&#243; una mirada r&#225;pida a aquel cuerpo vacilante, observ&#243; su cabeza y su mano, que parec&#237;an pose&#237;dos de un tic caracter&#237;stico de temblor senil, y espet&#243; a bocajarro y con odio al saludable Kopytovski:

&#161;No grites! De todos modos no te oir&#225;, se ha quedado completamente sordo.

&#191;No oye nada? -pregunt&#243; Kopytovski extra&#241;ado, al tiempo que volv&#237;a a golpearse la cadera.

No oye -dijo Lopajin; alzando la voz y ruboriz&#225;ndose ligeramente, a&#241;adi&#243; -: &#191;Por qu&#233; te golpeas las carnes desnudas, como si estuvieras en escena? &#161;Menudo actor est&#225;s t&#250; hecho! Est&#225; contusionado, no hay por qu&#233; asombrarse ni ponerse a hacer gestos como en un ballet. Mejor ser&#237;a que remendaras tus pantalones, que con esa facha pareces un santo en el para&#237;so ense&#241;ando las verg&#252;enzas

&#161; Mis pantalones, eso te ha llegado al alma!  le interrumpi&#243; Kopytovski, ofendido -. &#191;Cu&#225;ntas veces me lo has dicho? &#161;Ya estoy harto! &#191;C&#243;mo voy a remendarlos, si no tengo con qu&#233;? &#161;Adem&#225;s, mira c&#243;mo est&#225;n ya estos pantalones! Por delante, solo queda la entrepierna; por detr&#225;s, la trabilla; lo dem&#225;s est&#225; tan podrido que s&#243;lo con tocarlo se rompe del todo. Aqu&#237;, aunque no quieras, pareces un santo, si no algo peor Adem&#225;s no hay hilo. &#191;Sabes t&#250; d&#243;nde est&#225;n los hilos, en las tiendas del ej&#233;rcito? Seguramente m&#225;s all&#225; de Saratov. Pero t&#250;, dale que dale con la misma historia: que los remiendes, que los remiendes

Nekrasov apoy&#243; un brazo en el hombro de Streltsof y le dijo a voz en cuello: -&#161;Hola, Nikolai!.

Streltsof, sobresaltado, levant&#243; la cabeza y frunci&#243; el ce&#241;o, pero al momento una sonrisa descubri&#243; bajo sus bigotes la blancura de sus dientes desiguales. Abri&#243; la boca como si intentara decir algo y puso el cuello en tensi&#243;n, la cabeza le temblaba. La nuez de la garganta, cubierta de pelillos negros, le sub&#237;a y le bajaba a intervalos mientras unos sonidos ininteligibles agitaban convulsivamente su garganta.

A Lopajin se le encog&#237;a el coraz&#243;n. Como le ocurr&#237;a cada vez que pasaba por momentos de agitaci&#243;n interior, se le pusieron blancas las ventanillas de la nariz y de repente se enfrent&#243; a Kopytovski con los ojos muy abiertos y llenos de furia:

&#161;L&#225;rgate con tus escr&#250;pulos! &#191;Por qu&#233; le miras de ese modo? &#161;Se ha quedado sordo v tartamudo! &#161;No le mires! &#191;No comprendes que le resulta desagradable? &#161;Vete de aqu&#237; ahora mismo, demonio andrajoso!

Kopytovski, cohibido, se encogi&#243; de hombros.

No me he dado cuenta. &#191;Por qu&#233; gritas tanto, Lopajin? Con esa garganta lo que deber&#237;as hacer es vender pipas de girasol en un almac&#233;n o meterte a charlat&#225;n callejero Desde luego, eres un grosero, un insolente, y por si fuera poco trabajabas en una mina y asist&#237;as a las clases nocturnas de una universidad laboral. Tienes tanta cultura como la que cabe en una cabeza de alfiler. &#161;Ni m&#225;s ni menos!

Kopytovski, excitado, junt&#243; una u&#241;a con el dedo me&#241;ique para indicar cu&#225;nta era la cultura de Lopajin. Pero &#233;ste no hizo caso de sus palabras. Agarrando pu&#241;ados de hierba se arrastr&#243; por el suelo con impaciencia en espera de que Streltsof hablase. Incluso se sonroj&#243; de emoci&#243;n.

Streltsof, cerrando los ojos y con las pesta&#241;as temblorosas por la tensi&#243;n a que estaba sometido, pronunci&#243; unas palabras de saludo; entonces Lopajin se sec&#243; el sudor de la frente y dijo con un suspiro de alivio:

Lo peor es cu&#225;nto le cuesta empezar; pero cuando lo ha hecho, aunque sea con dificultad, se le puede entender aunque pronuncie r&#225;pidamente. Hay oradores que hablan peor en las reuniones. &#161;Palabra de honor!

Tras soltar un breve discurso, sonre&#237;r con gesto de culpabilidad y estrechar las manos de sus camaradas, Streltsof prosigui&#243;:

Me he quedado sordo, muchachos, y la lengua no me responde muy bien no me obedece. Pero el m&#233;dico ha dicho que es una cosa pasajera. Estoy muy contento de encontrarme de nuevo entre vosotros. Lo que pasa es que para comunicarse conmigo hay que hacerlo por escrito. Lopajin y yo hemos montado una oficina -y con los ojos entornados y sonrientes se&#241;al&#243; las p&#225;ginas escritas del cuaderno de notas.

Compungido y con aire de l&#225;stima, Nekrasov solt&#243; el fusil ametrallador y se sent&#243; junto a Streltsof; le dio unos golpecitos en la espalda, como compartiendo su dolor.

Ya ves, han estropeado a un hombre a fondo -dijo alargando las s&#237;labas  Lo han mutilado. &#161;Qu&#233; bestias!

En el claro del bosque un vientecillo mov&#237;a la hierba fina y hac&#237;a que las hojas de los &#225;rboles se desprendieran de las &#250;ltimas gotas de lluvia. Ol&#237;a a escaramujo recalentado por el sol y al ins&#237;pido aroma de las ra&#237;ces de la hierba. De la tierra reblandecida por la lluvia se desprend&#237;a un olor como de barril de encina, con el &#225;spero amargor de las hojas descompuestas del a&#241;o pasado.

En la ribera derecha del Don se o&#237;an ruidosas explosiones; por encima de los cercanos chopos varias columnas de humo ascend&#237;an lentamente hacia el cielo.

Est&#225;n estallando veh&#237;culos de avituallamiento y combustible. &#161;Nuestra riqueza se pierde en vano! -dijo Kopytovski para s&#237;, sin dirigirse a nadie en particular.

Permanecieron un rato en silencio y finalmente Nekrasov le pregunt&#243; a Lopajin:

&#191;Qu&#233; crees t&#250;? &#191;Nos mandar&#225;n a reorganizarnos? Lopajin se encogi&#243; de hombros y se mantuvo silencioso.

El cabo primero ha ido a preguntar d&#243;nde debe meternos ahora. Tal vez los nuestros est&#233;n cerca de aqu&#237;. Parece que alguno de los muchachos dice que ha visto al jefe de estado mayor de la treinta y cuatro. Ya es hora de que salgamos de aqu&#237; -dijo pausadamente Nekrasov -. La gente se ocupa de la defensa: unos montan blindajes, otros abren las comunicaciones; todo el mundo hace algo, mientras que nosotros estamos sin hacer nada, vagando por el bosque y molestando a los dem&#225;s.

Lopajin sigui&#243; mudo. Nekrasov le ech&#243; una mirada y sacudi&#243; la cabeza, pensando en Streltsof.

Nikolai ha hecho mal en largarse del puesto m&#233;dico-sanita-rio. Escr&#237;bele que ha de curarse; de lo contrario se quedar&#225; as&#237; toda la vida, tartamudo, y seguir&#225; moviendo la cabeza como una cabra hasta que se muera.

Ya se lo he escrito -contest&#243; escuetamente Lopajin.

&#191;Y qu&#233; dice &#233;l?

Que se quedar&#225; aqu&#237;.

&#191;Ha venido porque ha querido? -&#191;Y qu&#233; crees t&#250;?

&#161;L&#225;stima! Ten&#237;as que haberle convencido. Vosotros sois amigos, al fin y al cabo.

Ya lo he intentado. -&#191;Y qu&#233;?

Que no quiere. &#201;l ve las cosas de manera distinta que otros que son unos hijos de puta -replic&#243; Lopajin, agresivo.

&#161;Y que lo digas! -coment&#243; Nekrasov entre dientes mientras miraba a Streltsof con cierta iron&#237;a.

Hac&#237;a bastante tiempo que Lopajin conoc&#237;a a Nekrasov. Juntos hab&#237;an formado parte de una compa&#241;&#237;a que hab&#237;a padecido las fatigas de las luchas de invierno en la ruta de Jarkov. Despu&#233;s pasaron a este regimiento y formaron parte de los refuerzos. Nunca hab&#237;an trabado amistad y no simpatizaban, probablemente porque Nekrasov no se mostraba sociable, si bien era indudable que se pod&#237;a confiar en &#233;l durante la lucha. Lopajin lo sab&#237;a muy bien; por ello, mirando a Nekrasov a los ojos, azulados y llenos de fatiga, le dijo:

Streltsof y yo hemos decidido que nos quedamos aqu&#237;. La situaci&#243;n actual no es como para irse a retaguardia. Ya ves hasta d&#243;nde nos han hecho retroceder los alemanes. &#161;Da verg&#252;enza ver hasta d&#243;nde nos han empujado estos hijos de perra! &#191;Y t&#250; qu&#233;, Nekrasov? &#191;No nos acompa&#241;ar&#225;s, como viejo amigo? Si se queda un veterano, y otro, y otro m&#225;s, eso ya constituye una fuerza. Muchas gotas de cera forman un cirio pascual. &#191;No te parece que hacemos aqu&#237; m&#225;s falta que en otra parte?

Kopytovski not&#243;, admirado, que en la voz de Lopajin hab&#237;a cierta solicitud hacia &#233;l. Pero Nekrasov, sin pararse a reflexionar, respondi&#243; con tono decidido:

No, yo no me quedar&#233;. Que sean los reclutas los que luchen y sufran un poco, que ni siquiera han olido todav&#237;a la p&#243;lvora. Yo no me opondr&#233; a ir a retaguardia. Mientras esto se reorganiza, entre una cosa y otra descansar&#233; a mis anchas. &#161;Me resarcir&#233; un poco de estos d&#237;as agotadores! &#191;No ves que en los &#250;ltimos tiempos me han salido hasta piojos, quiz&#225; de nostalgia?

Es de suciedad. Si te ba&#241;aras una vez al a&#241;o, por lo menos  dijo Lopajin en voz baja fijando la vista en las manos de Nekrasov, cuyas u&#241;as sucias y negras formaban una especie de costra ovalada.

Quiz&#225; sea de suciedad -admiti&#243; Nekrasov -. Pero sabes de sobra que no tengo tiempo para ba&#241;arme. Adem&#225;s, no estamos en un balneario, y tampoco me lo permite la malaria. Aprovechar&#233; para quitarme en la retaguardia los piojos por una temporada y ser&#233; temporalmente yerno de alguna comadre &#161;Me da igual c&#243;mo sea con tal de que tenga una vaca en el establo! &#161;Y vivir&#233; de maravilla a base de reques&#243;n y pastelillos de miel! Descansar&#233; todo lo que me haga falta, y despu&#233;s despu&#233;s a lo mejor vuelvo al frente, no me opondr&#237;a

Nekrasov se expresaba con aire so&#241;ador, los ojos entrecerrados, mostrando unas pesta&#241;as blanquecinas y haciendo chasquear los labios con cierta satisfacci&#243;n. Lopajin, elevando cada vez m&#225;s la ceja izquierda, escuchaba su lenta charla, hasta que finalmente, sin poder aguantar m&#225;s, dijo con alegr&#237;a fingida:

&#161;Nekrasov, eres un tipo bien raro!

Yo no soy raro, el raro es el carnero, que mama hasta la tiesta del Prokov y tiene los ojos redondos. En cambio yo nada tengo de raro. En eso te equivocas.

Entonces, si no eres un tipo raro, eres algo mucho peor -dijo Lopajin tranquilo y con la malicia contenida que preced&#237;a siempre a sus arrebatos de ira.

A estas alturas no me vas a cambiar, ya es tarde -replic&#243; Nekrasov-. Adem&#225;s, en todo esto no hay nada raro. Escucha, uno de nuestra divisi&#243;n, que estaba en la l&#237;nea defensiva, me ha contado esto: la unidad se hab&#237;a formado en la ciudad de Volsk y all&#237; &#233;l tuvo relaciones con una mujerzuela cuyo marido estaba en el ej&#233;rcito; en aquella casa hab&#237;a tres cabras lecheras. &#161;Dec&#237;a que aquello no era vida, sino un carnaval continuo! Y sea por la leche de cabra o por cualquier otra causa, el caso es que engord&#243; seis quilos. Y lo comprendo -a&#241;adi&#243;- &#161;Vaya veraneo!

Est&#225;s loco -replic&#243; cruelmente Lopajin-. &#191;Es que no te enteras, atontado, c&#243;mo va la guerra?

S&#237;, me entero, no estoy sordo.

Entonces, &#191;de qu&#233; me hablas? &#191;De qu&#233; mujerzuelas? &#191;De qu&#233; descanso?

Lopajin al fin estall&#243; y empez&#243; a decir injurias sin detenerse en t&#233;rminos tan raros, prolijos y groseros que Nekrasov, sin terminar de escucharle, de repente sonri&#243; beat&#237;ficamente, cerr&#243; los ojos e inclin&#243; la testa sobre el hombro derecho, como si estuviera gozando de una m&#250;sica celestial.

&#161;Mu&#233;rete de una vez! &#161;Mira que eres complicado para explicarte! -exclam&#243; con alegr&#237;a y desenfado cuando Lopajin, ya un poco calmado, se detuvo para llenar de aire los pulmones.

Parec&#237;a que de un manotazo hubieran quitado a Nekrasov el cansancio so&#241;oliento que le invad&#237;a; se puso a hablar r&#225;pidamente, mirando de vez en cuando a Lopajin y sonriendo:

&#161;Vaya, t&#250; est&#225;s fuerte, amigo! Precisamente tuvimos en nuestra compa&#241;&#237;a en el a&#241;o cuarenta y uno a un joven instructor pol&#237;tico, Astajov, que era un maestro soltando palabras y discursos bonitos. &#161;Pero no pod&#237;a ni compararse contigo! El muchacho ya muri&#243;; a veces no le sal&#237;an las palabras, parec&#237;an burlarse de &#233;l. &#161;Pero era un buen orador a pesar de todo! A veces, a pesar de incitarnos al ataque, nosotros segu&#237;amos tirados. Entonces se volv&#237;a a un lado y gritaba: &#161;Camaradas! &#161;Adelante, contra el maldito enemigo! &#161;Abajo los fascistas canallas! Nosotros segu&#237;amos tumbados porque los fascistas alemanes disparaban de tal modo que no dejaban ni respirar. Ellos, los muy brutos, saben que est&#225;n a pocos pasos de la muerte y creen que estamos a punto de levantarnos Entonces Astajov se acerca a m&#237; o a otro soldado rechinando los dientes de ira: &#191;Piensas levantarte o vas a echar ra&#237;ces en el suelo? &#191;Eres un hombre o una remolacha? El que est&#225; tumbado suelta un lamento que se oye por todas partes. Con voz fuerte, como de bajo, que atronaba. Entonces nos levantamos todos para atacar a los fascistas alemanes con todas nuestras fuerzas, hasta hacerlos picadillo. Astajov siempre ten&#237;a un mont&#243;n de palabras a punto para soltarlas. Al escuchar una de sus arengas tumbado en el barro, bajo el fuego enemigo, sent&#237;a un hormigueo en la espalda como si me picara una pulga y, como si me hubiera tragado medio litro de vodka, corr&#237;a a toda velocidad hacia las trincheras de los fascistas alemanes. &#161;No corr&#237;a, volaba! &#161;No se nota el fr&#237;o ni el miedo, todo queda atr&#225;s! Y Astajov iba delante correteando y gritando con voz sobrehumana: &#161;Dadles, muchachos, de una vez para siempre! &#191;C&#243;mo no combatir con semejante instructor pol&#237;tico? &#201;l daba el mejor ejemplo en la lucha, fuera manejando el fusil o lanzando granadas, y mejor todav&#237;a hablando. &#161;Se expresaba con imaginaci&#243;n y belleza! Cuando pronunciaba un discurso, si quer&#237;a, pod&#237;a hacer saltar las l&#225;grimas a toda la compa&#241;&#237;a; y si quer&#237;a, levantaba el &#225;nimo de tal manera que nos revolc&#225;bamos de risa. &#161;Era un hombre que hablaba maravillosamente!

Espera. &#191;A qu&#233; vienen ahora los discursos hermosos? dijo Lopajin meditabundo, intentando cortar a Nekrasov; pero &#233;ste, inmerso en los recuerdos, hizo un gesto de impaciencia.

&#161;No me interrumpas y sigue escuchando! Para que te enteres, a Astajov le comprend&#237;an y respetaban soldados de todas las nacionalidades. &#161;Era todo un hombre! Y aunque no formaba parte del cuadro de mandos ni era muy instruido, adem&#225;s de ser ya un poco mayor, &#161;era un gran combatiente! &#161;Como que le concedieron la bandera roja por su intervenci&#243;n en la guerra civil! Todos los de la compa&#241;&#237;a le estim&#225;bamos mucho. Le quer&#237;amos por su valor, por su bondad con los dem&#225;s y sobre todo por lo bien que se expresaba. Cuando le enterramos, cerca de la aldea de Krasny Kut, lloraba toda la compa&#241;&#237;a; veteranos y reclutas le lloramos como ni&#241;os. Todos los que formaban la compa&#241;&#237;a, adem&#225;s de nosotros, los rusos, le lloraban, y cada uno expresaba su dolor en su propia lengua. &#191;Y t&#250;, Lopajin, dices que a qu&#233; viene ahora hablar de bonitos discursos? Hermano, hablar bien es una cosa importante para una persona; y la palabra precisa, si se dice a tiempo, siempre encuentra el camino hacia el coraz&#243;n. Al menos, as&#237; lo creo yo.

Desconcertado, Lopajin escuchaba a su compa&#241;ero y se encog&#237;a de hombros lleno de sorpresa, lanzando miradas de perplejidad a Kopytovski y al adormilado Streltsof; en su rostro se reflejaba un desconcierto inhabitual en &#233;l. No se esperaba que sus blasfemias hubieran causado tal impresi&#243;n ni imaginaba que Nekrasov las encajar&#237;a de aquella forma, pues siempre le hab&#237;a tenido por hombre duro e indiferente a cualquier elocuencia.

Nekrasov todav&#237;a sonre&#237;a pensativamente, inmerso en sus recuerdos, mientras Lopajin se frotaba con fuerza la arrugada mejilla, en cuyos poros a&#250;n hab&#237;a polvillo de carb&#243;n. Finalmente, dijo-:

Escucha, amiguito, la cuesti&#243;n no es esa. No se trata de bonitos discursos, &#161;al demonio con ellos! La cuesti&#243;n es que el alem&#225;n se nos adelanta y se dirige hacia el Volga. Y all&#237; est&#225; Stalingrado. &#191;Entiendes ahora?

S&#237;, ya veo, est&#225; muy claro. Seguro que quieren ir all&#237;, los muy bestias, eso es lo que buscan, los canallas.

Y entonces, &#191;en qu&#233; piensas? &#191;Por qu&#233; mierda s&#243;lo sue&#241;as en convertirte en yerno y en descansar? Qu&#237;tate esas bobadas de la cabeza, Nekrasov. Tienes el cerebro embotado, eso es lo que te pasa; es porque has dormido en la tierra mojada

&#191;Y t&#250; en un colch&#243;n de plumas? Todos hemos dormido en la tierra mojada.

Pero t&#250; eres el &#250;nico a quien se le ha ocurrido casarse. Di lo que quieras, pero eso te ha sucedido por culpa de la humedad

&#191;De qu&#233; humedad hablas? -dijo Nekrasov mosqueado -. Estoy muy cansado, despu&#233;s de un a&#241;o de combatir. Eso es lo que pasa, si quieres saberlo. &#191;Es que el mundo se acaba conmigo? A m&#237; no tienes por qu&#233; hacerme propaganda; estoy educado pol&#237;ticamente desde ni&#241;o. Y si me quedo aqu&#237; contigo, &#191;haremos mucho t&#250; y yo juntos? &#191;Vamos a contener el frente? &#161;Claro que no! Lopajin, desde los primeros d&#237;as de la guerra llevo a la espalda esta miseria gris. -Nekrasov golpe&#243; con su ancha mano el capote; sus ojos apagados se animaron de pronto con un brillo claro y agresivo -. &#191;Acaso no tengo derecho a descansar?

Descansar &#191;Cu&#225;ndo y c&#243;mo? -contest&#243; evasivamente Lopajin.

No, d&#233;jate de excusas. &#161;Dilo!

Ahora, no tienes derecho a descansar.

Lopajin habl&#243; con dureza y de nuevo mir&#243; a Nekrasov a los ojos, con fijeza y sin pesta&#241;ear. Nekrasov gir&#243; la cabeza a un lado como si buscara comprensi&#243;n y ayuda y gui&#241;&#243; un ojo a Kopytovski, que segu&#237;a sin perder palabra la conversaci&#243;n.

&#161;Aja! As&#237; que ahora no. &#191;Cu&#225;ndo, pues? La primera vez que fui herido no pude siquiera darme cuenta de c&#243;mo me reintegraron del batall&#243;n m&#233;dico-sanitario a mi compa&#241;&#237;a. A la segunda vez pas&#233; revista en la compa&#241;&#237;a de la retaguardia y me hice la ilusi&#243;n de que probablemente me enviar&#237;an a casa para descansar una semana al menos. &#161;Pero no fue as&#237;! &#161;C&#243;mo me iban a dar permiso! Despu&#233;s de un traslado volv&#237; a o&#237;r el tronar del frente. La tercera vez que me hirieron, me ingresaron en un hospital militar; y luego, vuelta a la compa&#241;&#237;a. Llevo un a&#241;o entero dando vueltas gratis por esta feria. &#191;Hasta cu&#225;ndo puede divertirse as&#237; un hombre ya mayorcito? Yo ya no estoy en mis a&#241;os mozos.

Entonces, &#191;eres viejo para combatir pero no para casarte?

&#191;Piensas que me voy a arrimar a una mujer por &#237;mpetu juvenil? &#161;Es por necesidad, est&#250;pido! &#161;Las malditas gachas de mijo concentrado me han echado a perder el est&#243;mago y el bazo! -grit&#243; Nekrasov cada vez m&#225;s enfadado -. Adem&#225;s, despu&#233;s de tres heridas se resiente la salud.

Entonces, &#191;no tienes salud suficiente para combatir pero s&#237; para convertirte en yerno? -pregunt&#243; de nuevo Lopajin con la misma seriedad de antes.

Kopytovski solt&#243; un resoplido, como un caballo cuando sabe que le van a dar avena, y se tap&#243; la boca con la mano. Pero Nekrasov, mirando a Lopajin atentamente, dijo:

En el hospital me he enterado de que existe una enfermedad terrible que se llama c&#225;ncer de est&#243;mago.

Lopajin hizo una mueca maligna.

&#191;No tendr&#225;s t&#250; c&#225;ncer?

No tengo esa enfermedad; eres t&#250;, Lopajin, esa enfermedad, mi enfermedad. Pero bueno, &#191;es que no se puede hablar contigo como una persona? Siempre est&#225;s con tus bromitas, tus ocurrencias y tus tonter&#237;as &#161;T&#250; no eres un hombre, eres un c&#225;ncer de est&#243;mago con dos patas!

De m&#237; no merece la pena hablar; mejor ser&#225; que hablemos de ti. &#191;Por qu&#233; se resiente tu salud? &#191;De qu&#233; te quejas?

&#161;D&#233;jame en paz, vete al demonio!

No, de veras. Dime qu&#233; pasa con tu salud.

Si t&#250; no eres m&#233;dico, &#191;para qu&#233; voy a explicarte? -repuso Nekrasov indeciso.

Lopajin lio un cigarrillo con parsimonia, despu&#233;s le pas&#243; la petaca a Nekrasov y cuando, casualmente, se le ocurri&#243; echarle un vistazo, se qued&#243; estupefacto: Nekrasov hab&#237;a arrancado un buen pedazo de papel de un peri&#243;dico y echando tabaco generosamente, se dispon&#237;a a liar un buen cigarrillo.

&#161;Quieto! -grit&#243; asustado Lopajin quit&#225;ndole la petaca-,; As&#237; no! &#191;C&#243;mo quieres hacerlo tan grueso como mi dedo? No llevo un almac&#233;n de tabaco en el macuto. &#161;Echa la mitad!

Es que yo no s&#233; liar cigarrillos delgados con tabaco ajeno -repuso Nekrasov tranquilamente.

Entonces ya te lo har&#233; yo, &#191;vale?

No, no lo toques que se te caer&#225;. Lo har&#233; yo mismo.  Nekrasov se puso a liar el cigarrillo y mientras lo pegaba con saliva no hac&#237;a m&#225;s que mirar de reojo a Lopajin.

Tienes verdadera pr&#225;ctica en hacerte buenos puros con el tabaco de los dem&#225;s -Lopajin mov&#237;a la cabeza, mirando y sopesando con amargura la petaca liviana que ten&#237;a en la mano.

Con mi tabaco me salen la mitad de delgados -dijo Nekrasov tan fresco, y se dispuso a encender el cigarrillo.

Encendieron los dos con la misma cerilla y se quedaron en silencio, mir&#225;ndose el uno al otro con animadversi&#243;n evidente.



18

Al iniciarse la conversaci&#243;n Streltsof escudri&#241;aba con atenci&#243;n los gestos de Nekrasov y de Lopajin: pero al poco se aburri&#243;. Reclin&#243; la cabeza en el capote plegado y sinti&#243; un cansancio tan grande por todo el cuerpo que casi le produjo n&#225;useas. Sab&#237;a por experiencia que las charlas de los soldados en las horas de ocio forzado se prolongaban mucho, y aunque quer&#237;a dormir no lograba conciliar el sue&#241;o. Sent&#237;a en los o&#237;dos un zumbido agudo y persistente; le dol&#237;an las sienes. Parec&#237;a rodearle un silencio pesado y mort&#237;fero.

Streltsof no se acustumbraba a su nueva condici&#243;n de sordo, era incapaz de asimilar la repentina p&#233;rdida del o&#237;do. Ve&#237;a que las hojas brillantes, ba&#241;adas por la lluvia nocturna, se mov&#237;an sobre su cabeza; ve&#237;a que Jos abejorros y las avispas revoloteaban por encima de los escaramujos; y todo lo que contemplaba estaba privado de los correspondientes sonidos. Empez&#243; a darle vueltas a la cabeza. Cerrando los ojos se puso a rememorar lentamente el pasado, su tranquila vida, que se hab&#237;a visto alterada el 22 de junio del a&#241;o anterior. Y cuando record&#243; a sus hijos y empez&#243; a pensar en el futuro, que hac&#237;a ya tiempo le obsesionaba, volvi&#243; a estremec&#233;rsele el coraz&#243;n y de repente se le agolparon a los ojos unas l&#225;grimas; volvi&#243; a abrirlos.

Lopajin estaba igual que ante?, encorvado y con las robustas manos sobre las rodillas angulosas. Pero en su cara ya no brillaban la malignidad y la tensi&#243;n. Su mirada clara y atrevida hac&#237;a gui&#241;os de confianza y en las comisuras de los labios le afloraba una sonrisa.

Streltsof conoc&#237;a esta expresi&#243;n en los rasgos de Lopajin; sin propon&#233;rselo sonre&#237;a, pensando: Seguro que est&#225; exasperando al tonto de Nekrasov.

Al poco rato Streltsof qued&#243; sumido en un sue&#241;o pesado y triste; pero tambi&#233;n durante el sue&#241;o su cabeza daba sacudidas y sus manos, apoyadas en el pecho, eran presa de un temblor febril.

Nekrasov le mir&#243; un buen rato, tragando en silencio el humo de su cigarrillo y moviendo la nuez con dificultad; luego arroj&#243; a sus pies la colilla, que le estaba quemando las puntas de los dedos, y por &#250;ltimo habl&#243;:

&#191;Qu&#233; combatiente va a ser &#233;l? Es una triste realidad, pero ya no es un soldado. Mira las convulsiones que sufre; no podr&#225; tomar una ametralladora con esas manos, y a pesar de ello le animas para que se quede en primera fila. Lopajin, t&#250; tendr&#225;s mucha persuasi&#243;n, pero lo que es cabeza

T&#250; no hables de los dem&#225;s; ser&#225; mejor que no cuentes lo de tu enfermedad secreta -dijo Lopajin sonriendo, y mir&#243; atentamente el curtido rostro de Nekrasov, cuyos p&#243;mulos se empezaban ya a despellejar.

No hay motivo para re&#237;rse -repuso Nekrasov despechado-. No viene a cuento. Por si quieres saberlo, no tengo m&#225;s que la enfermedad de las trincheras, eso es todo.

&#161;La primera vez que oigo eso! &#191;Qu&#233; broma es &#233;sta?  pregunt&#243; Lopajin, sinceramente asombrado -. &#191;Algo as&#237; como?

Nekrasov, molesto, se enfurru&#241;&#243;.

No, no tiene nada que ver con la simpleza que pens&#225;is. La enfermedad no es corporal sino cerebral.

&#191;Ce-re-bral? -exclam&#243; Lopajin separando mucho las s&#237;labas -. &#161;Vaya estupidez! No puedes sufrir esa enfermedad, no tienes por qu&#233;, &#161;no hay motivo!

&#191;En qu&#233; consiste esa especie de enfermedad? Cu&#233;ntanoslo, no te calles ahora -interrumpi&#243; Kopytovski picado por la curiosidad.

Nekrasov hizo como que no o&#237;a las palabras de Lopajin. Durante un buen rato se entretuvo haciendo dibujos en la arena con una ramita que hab&#237;a cortado; despu&#233;s se la pas&#243; por las gastadas botas y finalmente, con desgana, empez&#243; a hablar.

Ver&#225;s c&#243;mo sucedi&#243;. Ya en el invierno empec&#233; a notar que algo cambiaba en m&#237;. No ten&#237;a ganas de charlar con los amigos, de afeitarme, de lavarme ni de otras cosas. S&#243;lo me cuidaba escrupulosamente de mi ametralladora, pero no me preocupaba de nada de mi persona. No hice nada para arreglarme el forro del cuello, que estaba roto, ni procur&#233; tener un aspecto aseado; incluso te dir&#233; que no me cambi&#233; la ropa interior ni me lav&#233; como es debido durante unos dos meses. Un pobre diablo que se pierde -pens&#233;-, da igual que se lave o no. En una palabra, me volv&#237; triste y muy nervioso. Vivo como en sue&#241;os, camino como un inv&#225;lido El teniente Zmykov me amenaz&#243; con enviarme al batall&#243;n de castigo, pero yo ni siquiera le escuch&#233;, ya ten&#237;a mi idea formada: &#161;no me mandar&#237;an m&#225;s all&#225; del frente ni pod&#237;an rebajarme a menos de soldado raso! S&#243;lo consegu&#237; embrutecerme. Evitaba a los camaradas, no me entend&#237;a a m&#237; mismo, nada me causaba l&#225;stima, ni los compa&#241;eros ni los amigos ni yo mismo. Ya est&#225;bamos en primavera &#191;Te acuerdas, Lopajin, cuando nos reagruparon y avanzamos a lo largo del frente, que pasamos una noche en Semienovka? Fue entonces cuando me sucedi&#243; todo esto por vez primera. A media compa&#241;&#237;a nos metieron en una isba y all&#237; dormimos amontonados, sentados o como pudimos.

En la isba hab&#237;a una atm&#243;sfera irrespirable, el bochorno era asfixiante y faltaba poco para que desfalleci&#233;ramos. Despert&#233; al sentir una necesidad, me puse en pie y se me ocurri&#243; que estaba en una chabola y que para salir ten&#237;a que subir unos pelda&#241;os. Estaba despierto, lo recuerdo perfectamente, y me sub&#237; a una estufa &#161;Y en la estufa hab&#237;a una vieja durmiendo! Aquella mujer deb&#237;a de tener m&#225;s de noventa a&#241;os y a causa de la vejez parec&#237;a estar cubierta de musgo

De pronto Kopytovski hip&#243; de un modo extra&#241;o, enrojeci&#243; y luego se puso azulado; se llev&#243; las manos a la boca como si se asfixiara. Miraba a Nekrasov por entre los dedos y con los ojos llenos de l&#225;grimas, estremeci&#233;ndose en silencio para contener la risa.

Nekrasov se qued&#243; cortado y Lopajin se enfad&#243;. Movi&#243; los labios con rabia, sin que Nekrasov se diera cuenta, y amenaz&#243; con su pu&#241;o nudoso a Kopytovski, diciendo:

Venga, Nekrasov contin&#250;a, no te d&#233; verg&#252;enza, que aqu&#237;, aparte de un idiota, todos somos comprensivos.

De espaldas, Kopytovski, que era muy dado a la risa, hac&#237;a resonar las tripas, roncaba y lanzaba peque&#241;os silbidos intentando por todos los medios cortar el ataque de risa que le asaltaba. Nekrasov esper&#243; a que Kopytovski se calmara y, con la misma serenidad de antes en su rostro taciturno, continu&#243;:

&#161;Pues lo que aquella anciana lleg&#243; a imaginarse! Yo estaba al borde de la estufa. La vieja tinosa, medio dormida y con el consiguiente susto, se puso muy nerviosa y me dijo lastimera: &#161;Hijo m&#237;o! &#191;Qu&#233; se te ha ocurrido, maldito?, y me ech&#243; las botas a las narices. Debido a sus a&#241;os, aquella mujer dorm&#237;a, incluso en aquella estufa caliente, con las botas y la pelliza puestas. &#161;Dios m&#237;o, daban ganas de re&#237;r y llorar a la vez! Bueno, pues cuando me dieron las botas en las narices, espabil&#233; y le dije: Abuela, por Dios, no hagas ruido y deja de dar patadas, que te puede dar un repente. Ver&#225;s, yo estaba medio dormido y cre&#237; que sal&#237;a de una chabola. Por eso he subido hasta aqu&#237;. Perdona, abuela, por haberte molestado, pero no te preocupes por tu virginidad. &#161;Antes me coger&#225; el c&#243;lera! Baj&#233; de all&#237; pero a causa del sue&#241;o me tambaleaba como si estuviera borracho y los o&#237;dos me ard&#237;an. Madre m&#237;a -pens&#233;-, &#191;qu&#233; ha pasado? Si alguno de los muchachos ha o&#237;do mi conversaci&#243;n con esa vieja, &#191;qu&#233; pensar&#225;? &#161;Por culpa de esa vieja est&#250;pida me van a desollar vivo con sus bromas! Acababa de pensar esto cuando alguien me agarr&#243; por una pierna. Un comandante de transmisiones dorm&#237;a cerca de la estufa. Se hab&#237;a despertado; encendi&#243; una linterna y me pregunt&#243; muy seriamente: &#191;Qu&#233; ocurre? &#191;Qu&#233; te pasa? Con buenas palabras le expliqu&#233; que me hab&#237;a dormido, que hab&#237;a imaginado absurdamente estar en una chabola y que, sin querer, hab&#237;a importunado a la viejecita. &#201;l me dijo: Camarada soldado, t&#250; tienes la enfermedad de las trincheras. A m&#237; me pas&#243; lo mismo en el frente occidental. La puerta est&#225; a la derecha; sal e intenta no ir a parar al tejado para hacer tus necesidades, podr&#237;as romperte la cabeza.

Menos mal que ninguno de los muchachos oy&#243; nuestra conversaci&#243;n; estaban demasiado cansados y dorm&#237;an a pierna suelta, de modo que todo acab&#243; bien. Sin embargo, desde entonces es rara la noche en que no me imagino encontrarme en una chabola, en un fort&#237;n o en alg&#250;n refugio. Esta es mi desgracia. Si tocan generala inmediatamente me doy cuenta de lo que pasa, pero cuando me despierto con una necesidad siempre empiezo a hacer cosas raras

La semana pasada, cuando pasamos la noche en Stukachev, me las ingeni&#233; por todos los medios para meterme en una estufa. &#161;En una estufa! S&#243;lo un verdadero loco har&#237;a semejante cosa. Por poco me asfixio all&#237;. Donde quiera que me meta, &#161;el acab&#243;se! No se me ocurri&#243; dar un paso atr&#225;s, puse la cabeza en el ladrillo y me acost&#233;. Alrededor apestaba a quemado Bueno -pens&#233;-, ya ha llegado mi muerte, me han sepultado con granadas. Un caso parecido me sucedi&#243; en noviembre del a&#241;o pasado, cuando me enterraron vivo en un fort&#237;n. Si entonces no me hubieran desenterrado r&#225;pidamente mis cama-radas, seguramente en estos momentos estar&#237;a criando malvas. Y ah&#237; me ten&#233;is, ara&#241;ando el ladrillo con las u&#241;as. De repente di un manotazo a la le&#241;a, me agit&#233; y grit&#233; con todas mis fuerzas: &#161;Camaradas! &#191;Qui&#233;n ha quedado vivo? &#161;Vamos a desenterrarnos por nuestros propios medios! Nadie me contest&#243;. &#218;nicamente o&#237; mi propio coraz&#243;n que, a causa del susto, me lat&#237;a casi en la garganta. Fui tanteando con las manos, pues no llevaba la pala. Pens&#233; que los dem&#225;s muchachos hab&#237;an podido desenterrarse y que yo solo no lograr&#237;a conseguirlo. Y al darme cuenta de todo esto me puse a llorar. Pens&#233;: &#161;Qu&#233; muerte tan absurda me acecha por segunda vez! &#161;Morir de esta manera, en esta guerra! En aquel instante not&#233; que alguien me cog&#237;a de las piernas. Era el cabo primero. Me sac&#243; arrastr&#225;ndome y yo, que estaba tumbado, no vi qui&#233;n era. Al ponerme en pie sent&#237; gran alegr&#237;a. &#161;Gracias, muchacho, eres un buen t&#237;o, camarada, que nos has salvado de la muerte! &#161;Apresur&#233;monos a sacar a los dem&#225;s, si no, acabar&#225;n asfixiados! El cabo primero, so&#241;oliento a&#250;n, no comprend&#237;a una sola palabra de todo aquello; me agarr&#243; por un hombro y al o&#237;do, muy lentamente, me dijo: Pero &#191;cu&#225;ntos estabais en la estufa, y por qu&#233; demonio? Luego, al darse cuenta de lo que pasaba, me llev&#243; al refugio, me ech&#243; una bronca y termin&#243; diciendo: He luchado en tres guerras en las que he visto todo tipo de cosas, pero lun&#225;ticos que en vez de andar por los tejados se metan en las estufas ajenas, es la primera vez que veo. Si t&#250; mismo has visto que la patrona hab&#237;a sacado todo el combustible y la hab&#237;a cargado de le&#241;a, &#191;por qu&#233; demonio te has metido all&#237;?

Yo me empezaba a recuperar y quise darle una explicaci&#243;n sobre mi enfermedad de las trincheras, pero &#233;l no quer&#237;a escucharme. Se rasc&#243;, bostez&#243; y luego, con suave acento ucraniano, dijo muy despacio: &#161;Sufres alucinaciones, hijo del demonio! Ma&#241;ana cubrir&#225;s dos servicios, por haber ido a hurgar en una estufa ajena y ofender a la gente, y otros dos servicios m&#225;s por no saber buscar en el lugar adecuado, pues la leche hervida y las schtchi que sobraron de la cena se las llev&#243; la patrona al s&#243;tano al anochecer. &#161;Ni siquiera tienes capacidad de observaci&#243;n militar!

Kopytovski se ech&#243; a re&#237;r y se dio una palmada en la cadera desnuda.

&#161;Con qu&#233; buen criterio lo arregl&#243; todo el cabo primero! &#161;Eso no es un cabo primero, sino un tribunal supremo!

Nekrasov le mir&#243; con cara de pocos amigos y con mucha parsimonia, como si estuviese hablando de otra persona, continu&#243;:

&#161;He ensayado todos los sistemas para conciliar el sue&#241;o durante las noches, pero es in&#250;til! He pasado d&#237;as enteros sin probar agua y sin llevarme a la boca comida caliente. &#161;Y nada! Antes del alba pego un salto como impulsado por la voz de firmes y empiezo a vagabundear Incluso esta misma noche me he despertado antes del amanecer; llov&#237;a y yo ten&#237;a los pies mojados. Todav&#237;a so&#241;ando, la maldita enfermedad de las trincheras me ha hecho pensar: La chabola se ha inundado, tendr&#233; que sacar el agua que ha entrado durante la noche. Me levanto y palpo un &#225;rbol con las manos. No me daba cuenta de que Maiboroda y yo nos hab&#237;amos echado a dormir bajo un &#225;lamo. Segu&#237; tanteando el &#225;rbol creyendo que era una pared;

busco las escalerillas, porque quiero subir. Mientras estaba rodeando el tronco del &#225;lamo le pis&#233; sin querer la cabeza a Maiboroda &#161;Vaya jaleo arm&#243;! Se levanta de un salto, tira el capote, traga saliva y se pone a blasfemar y a soltar palabrotas. &#161;Est&#250;pido -me dijo -, eres un psic&#243;pata, que si esto y lo otro, que si te has vuelto loco de repente y por las noches trepas a los &#225;rboles como los monos! &#161;Por lo menos no molestes a los dem&#225;s y no andes por encima de sus cabezas; de lo contrario coger&#233; el fusil y os agujear&#233; a ti y al &#225;rbol! &#161;Te pudrir&#225;s como una manzana llena de gusanos!

El muy idiota no quer&#237;a comprender que yo le hab&#237;a molestado porque no estaba en mi juicio y que la culpa la ten&#237;a la maldita enfermedad de las trincheras. Estuvo diciendo palabrotas hasta que se qued&#243; af&#243;nico de tanto gritar. Como comprend&#237; que yo era culpable de aquello tuve que callarme. El recogi&#243; sus cosas, las envolvi&#243; en el capote y antes de buscar un nuevo sitio en el bosque, me solt&#243; como despedida: Mira qu&#233; suerte m&#225;s perra: a los muchachos buenos los matan y en cambio t&#250;, Nekrasov, todav&#237;a sigues vivo. Entonces ya no me pude aguantar y le dije: &#161; Vete, haz el favor, no me apestes aqu&#237;! &#161;L&#225;stima que haya pisado tu cabezota est&#250;pida con un solo pie, en vez de hacerlo con los dos y a fondo! Y &#233;l, que es un tipo recio y robusto como un toro, vino hacia m&#237; ense&#241;&#225;ndome los pu&#241;os. Yo cog&#237; el fusil ametrallador, di dos pasos atr&#225;s y le grit&#233; de lejos: &#161;No te acerques o te limpiar&#233; la cara con una r&#225;faga! &#161;Te har&#233; migas! Por poco pasamos a las manos.

Ya he o&#237;do esta noche como os gritabais -coment&#243; Lopajin-. Pero &#191;para qu&#233; nos cuentas todo eso? No entiendo

Pues est&#225; claro, que necesito un descanso.

Y los dem&#225;s, &#191;qu&#233;?

De los dem&#225;s yo no s&#233; nada. Quiz&#225; yo no sea tan fuerte como los dem&#225;s -dijo Nekrasov con tono lastimero.

Se hab&#237;a sentado con las piernas muy abiertas; sus botas de color blanquecino estaban estropeadas por la vegetaci&#243;n de la estepa; segu&#237;a haciendo dibujos absurdos sobre la arena con una ramita fina sin levantar la cabeza inclinada hacia el suelo.

Una refriega a&#233;rea se libraba a la izquierda, detr&#225;s del bosque, en aquel cielo azul despejado que desde la tierra parec&#237;a s&#243;lido y compacto. Ninguno de los que estaban sentados en el claro del bosque hab&#237;a visto los aviones. Solamente se o&#237;a c&#243;mo en las alturas se cruzaban el sonoro ruido de las r&#225;fagas de las ametralladoras y los continuos y sordos disparos de los ca&#241;ones.

Del conjunto de sonidos distintos y del conjunto de los motores se separ&#243; por unos momentos el rugido de un avi&#243;n cazabombardero; al principio era fino y agudo, luego se incrementaba hasta convertirse en un sonido ronco y muy rabioso que al poco rato ces&#243; de repente. A lo lejos se o&#237;an sonidos de disparos y explosiones, como si estuvieran rasgando un tejido.

De pronto surgi&#243; en la parte izquierda del cielo una columna de humo inclinada; en su extremo se divisaba la silueta de un avi&#243;n que se precipitaba a tierra y cuyo fuselaje brillaba bajo los rayos del sol. Poco despu&#233;s se oy&#243; un estruendo seco y rechinante en la otra orilla del Don.

Kopytovski palideci&#243; visiblemente y murmur&#243;:

Ah&#237; va uno &#161;Madre m&#237;a, que no sea de los nuestros! Se me revuelve el est&#243;mago cada vez que veo caer a uno de los nuestros.

Permaneci&#243; unos instantes en silencio y cuando se repuso de la primera impresi&#243;n mir&#243; receloso a Nekrasov y con un tono de voz preocupado le pregunt&#243;:

Oye, esa enfermedad de las trincheras que tienes &#191;no es contagiosa? Porque a lo mejor se sienta uno a tu lado tranquilamente y en su juicio y luego, por la noche, empieza a trepar por donde no debe.

Nekrasov frunci&#243; el entrecejo y exclam&#243; despectivo: -&#161;Idiota!

Muy interesante. &#191;Por qu&#233; soy idiota? -pregunt&#243; Kopytovski maravillado.

Porque con la salud que tienes t&#250; no se te pegar&#237;a ni el carbunco, y menos a&#250;n una enfermedad cerebral.

Kopytovski, al parecer halagado, adoptando expresi&#243;n juvenil e hinchando el pecho, aspir&#243; una bocanada de aire y, visiblemente orgulloso de s&#237; mismo, dijo:

Lo que dices es cierto, yo gozo de buena salud.

Nekrasov observ&#243;, entristecido:

Los j&#243;venes pueden combatir sin descanso, pero yo ya no puedo. Mis a&#241;os no son los tuyos, me gustar&#237;a poder estar en mi casa Tengo cuatro hijos y, compr&#233;ndelo, hace un a&#241;o que no les veo He olvidado hasta la cara que tienen, es decir sus rasgos. Recuerdo vagamente sus miradas y veo sus figuras como a trav&#233;s de la niebla. A veces por la noche, cuando no combatimos, me atormento tratando de imagin&#225;rmelos, pero no puedo. &#161;Por m&#225;s que lo intento, y aunque se me desgarra el coraz&#243;n, no logro imagin&#225;rmelos! Y lo peor es que me pasa lo mismo con la mayor de los cuatro, Masutka, que tendr&#225; unos quince a&#241;os Es inteligente, siempre queda la primera de la clase

Nekrasov hablaba cada vez m&#225;s sordamente y con menos claridad. Pronunci&#243; las &#250;ltimas palabras tembloroso, casi sin voz, y qued&#243; en silencio. Rompi&#243; la ramita con la que hab&#237;a estado jugueteando y de pronto dirigi&#243; hacia Lopajin sus ojos brillantes por las l&#225;grimas, sonriendo como si quisiera disimular su estado de &#225;nimo.

Y ya no hablo de mi mujer Para eso no tengo palabras S&#243;lo puedo decir que hace tiempo que he olvidado c&#243;mo le huelen los sobacos

P&#225;lido, casi sin poder dominarse, Lopajin miraba a Nekrasov con ojos llenos de rabia y le escuchaba en silencio; al cabo de un rato, con voz suave y lenta, pregunt&#243;:

&#191;De d&#243;nde eres, Nekrasov? &#191;De Kursk?

Tambi&#233;n en voz baja y tosiendo ligeramente, Nekrasov contest&#243;:

S&#237;, de Kursk, cerca de Lebedjan.

Lopajin apret&#243; los dedos con fuerza y, sin apartar la vista del entristecido rostro de Nekrasov, dijo sordamente:

&#161;Qu&#233; l&#225;stima da escucharte cuando hablas de los ni&#241;os, da verdadera l&#225;stima! &#161; O&#237;rte hablar como un amante padre y esposo! Sin embargo, mientras los alemanes se apoderan de tu hogar y se quedan con tu familia, t&#250; s&#243;lo piensas en convertirte en un yerno m&#225;s, aqu&#237; en la retaguardia; has buscado el momento m&#225;s oportuno para Bueno, pues descansa, ll&#233;nate la barriga de comida, divi&#233;rtete con otra mujer y deja que mientras tanto los alemanes labren la tierra de tu mujer y-que tus hijos se mueran de hambre como perros. &#161;Total, qu&#233; m&#225;s da! &#161;Y encima dices que te has olvidado de las caras de tus hijos! &#191;No te da verg&#252;enza preocuparte s&#243;lo de tu propio pellejo? &#161;Escucha, no vuelvas la jeta! Dices que te gustar&#237;a estar en tu casa, pero &#191;c&#243;mo piensas estar all&#237;? &#191;Entrando con la conciencia y el honor de un soldado o arrastrando la barriga como prisionero de los alemanes? Despu&#233;s te arrastrar&#225;s hasta tu puerta y mover&#225;s el rabo para alegrar a tu familia, pues nuestro h&#233;roe se siente fatigado de combatir pero est&#225; dispuesto a servir en cuerpo y alma al fascista alem&#225;n, &#191;no es eso? Nekrasov, yo cre&#237;a que eras un aut&#233;ntico ruso y por lo visto eres un individuo de nacionalidad desconocida. &#161;Vete de aqu&#237; sapo asqueroso, no me hagas desbarrar!

A medida que Lopajin hablaba, su coraz&#243;n se le iba endureciendo cada vez m&#225;s; finalmente se call&#243; y dej&#243; salir el aire de sus pulmones con tanto &#237;mpetu como si tuviera en el pecho el fuelle de un forjador.

Quiz&#225; ser&#237;a mejor que te largaras, Nekrasov; de lo contrario podr&#237;a suceder que &#233;ste te pegara sin querer -aconsej&#243; Kopytovski seriamente preocupado, no por las palabras de Lopajin, sino por su forma de hablar amenazadora y contenida.

Nekrasov ni se inmut&#243;. Al principio escuchaba sonroj&#225;ndose lentamente, sin apartar su brillante mirada de los ojos de Lopajin. Despu&#233;s apart&#243; la vista y tanto en sus mand&#237;bulas como en su ment&#243;n y en los p&#243;mulos despellejados apareci&#243; una palidez azulada.

Ahora permanec&#237;a silencioso, cabizbajo, y sus dedos temblorosos jugueteaban con la correa del fusil ametrallador. Tan pesado se hab&#237;a hecho el silencio que Lopajin no lo pudo resistir y, con voz todav&#237;a m&#225;s dura y &#225;spera, se volvi&#243; hacia Kopytovski.

Bueno, y t&#250;, Sashka, &#191;qu&#233;? &#191;Te quedar&#225;s aqu&#237;? Kopytovski rasg&#243; rabiosamente un trozo de papel para liar un cigarrillo y elev&#243; una ceja con enojo, mientras dec&#237;a:

&#161;Vaya pregunta dif&#237;cil de contestar! &#191;Partiremos en dos nuestro fusil? Si te quedas t&#250;, tambi&#233;n me quedo yo. T&#250; y yo somos como el pez y el agua. Marcharemos juntos hasta la victoria final. No puedo dejarte. Sin m&#237; te morir&#237;as de nostalgia, no tendr&#237;as a qui&#233;n insultar. Yo tengo mucha paciencia, otro cualquiera no te aguantar&#237;a, seg&#250;n lo que le dijeras.

A Lopajin se le ilumin&#243; la mirada y algo nuevo brill&#243; en sus ojos cuando se volvi&#243; para mirar de reojo a su ayudante.

Eso es justo  dijo con tono de aprobaci&#243;n-. Es camarader&#237;a. Mi querido Sashenka, qu&#233;date junto a Streltsof mientras yo voy a ver al cabo primero. Hay que comunicar a los jefes que nos quedamos, esto no puede hacerse a escondidas.

Nekrasov ech&#243; a correr para alcanzarle.

&#161;Ya est&#225; bien! &#191;Qu&#233; m&#225;s quieres ahora, yerno de cualquier mujerzuela? -dijo groseramente Lopajin sin volverse.

Despu&#233;s de alcanzarlo, Nekrasov, con voz apenas audible, dijo:

He decidido que tambi&#233;n yo &#161;He decidido quedarme con vosotros, eso es! Con tanta fatiga y tanta maldad, uno ya no sabe lo que piensa y la locura le hace decir cosas est&#250;pidas. Y t&#250;, Lopajin, no tengas en cuenta las tonter&#237;as &#191;Cu&#225;nto hemos caminado juntos? No somos extra&#241;os el uno al otro No tienes por qu&#233; enfadarte tanto, &#191;entiendes, Pietia? &#191;Fumamos el cigarrillo de la paz?

El coraz&#243;n de Lopajin a&#250;n guardaba rencor hacia su compa&#241;ero. Lopajin aceler&#243; el paso al mismo tiempo que le alargaba su petaca y, con voz m&#225;s suave, murmur&#243;:

&#161;Habr&#237;a que invitarte a un culatazo, no a un cigarrillo! El demonio sabe lo que haces, y adem&#225;s dices tantas tonter&#237;as que haces que pierda los estribos. &#161; Ah, y no olvides que cuando l&#237;es un cigarrillo con la petaca de otro, debes hacerlo m&#225;s delgado!

&#161;Te juro que no s&#233; hacerlos delgados! -exclam&#243; alegremente Nekrasov.

Lopajin se detuvo, lio un cigarrillo muy delgado y se lo pas&#243; a Nekrasov. &#201;ste lo tom&#243; cuidadosamente con sus negros dedos, lo examin&#243; por todas partes, le prendi&#243; fuego en silencio y, soltando un suspiro, se puso a fumar.



19

En el momento justo se presentaron en la tienda del cabo primero. El servidor de ametralladoras Vasili Jmys estaba en la entrada, firmes y con las manos pegadas a las costuras de los pantalones. Popristshenko, el cabo primero, le estaba echando una bronca; sus p&#225;rpados estaban enrojecidos e inflamados y mov&#237;a los ojos con celeridad:

&#161;Menudos h&#233;roes tenemos! No respetan las reglas de la disciplina militar, no saben lo que es el servicio y se comportan como muchachos en d&#237;a de feria. &#161;Parece que habr&#237;a que darles todos los caprichos! &#191;Acaso no sabes que el soldado tiene la obligaci&#243;n de comer el rancho y de morirse cuando lo ordene el comandante, no cuando a &#233;l le d&#233; la gana?

Mir&#243; fijamente al ametrallador en silencio; repentinamente alz&#243; el tono de la voz:

&#161;Vaya hatajo de granujas! &#161;Sois capaces de todo! Pero vamos a ver, &#191;c&#243;mo se te ha ocurrido presentarte a m&#237;? &#191;Qu&#233; es esto, una unidad de guerra o el taller de un carpintero? &#191;Crees que te has alistado en una faena a destajo? &#191;Acaso tengo yo derecho a darte permiso para cambiar de compa&#241;&#237;a? &#191;Qu&#233; derecho puedo yo tener? Si hoy te vas t&#250;, ma&#241;ana se ir&#225; otro, y &#191;qu&#233; pasar&#225; despu&#233;s? Pues que me quedar&#233; solo. Y entonces &#191;tendr&#233; que presentarme a solas al coronel de la divisi&#243;n? Claro, hombre, y le dir&#233;: Camarada coronel, &#191;en alguna ocasi&#243;n ha visto usted a un viejo idiota? Tengo el honor de presentarme a usted: el cabo primero Popristshenko. En el regimiento hab&#237;a supervivientes, pero he dejado que se vayan adonde les apetezca, como la gallina que vuelve al corral sin sus pollos. Qu&#237;teme los galones de cabo primero y d&#233; orden de que me cuelguen de una rama, me he ganado a pulso que me columpien &#191;Es eso, Vasili Jmys? &#191;Ese es el tipo de honor que me reservas para mi vejez de soldado? &#191;No lo hab&#237;as pensado, hijo de los demonios?

El cabo primero junt&#243; las yemas de los dedos, te&#241;idos de nicotina, y durante un buen rato las tuvo apoyadas en su nariz encorvada mientras segu&#237;a diciendo al soldado de ametralladoras:

Si por una imbecilidad se te ocurre marcharte por las buenas, te considerar&#233; un desertor. &#161;Ent&#233;rate! &#161;Y tendr&#225;s que presentarte ante un tribunal para responder de tu deserci&#243;n! &#161;Vete al infierno y no vuelvas m&#225;s por aqu&#237; con semejantes tonter&#237;as!

De acuerdo, camarada cabo primero, no volver&#233; m&#225;s ante tu presencia con semejantes tonter&#237;as -subray&#243; Jmys; y frunciendo sus finas cejas juveniles gir&#243; a la izquierda y entrechoc&#243; blandamente sus talones desgastados.

El cabo primero acompa&#241;&#243; con la mirada su figura erguida y un tanto orgullosa y abri&#243; ampliamente los brazos.

Menudos elementos han venido -exclam&#243; con ojos llorosos y sin dejar de parpadear y de soplar a trav&#233;s del bigote rojizo que empezaba a encanecer-. Es el cuarto que se me presenta esta ma&#241;ana, y todos con la misma copla. &#161;El cuarto! No quieren ir a retaguardia, se quieren quedar aqu&#237; A lo mejor tampoco yo tengo muchas ganas de ir a la retaguardia, pero &#161;debo cumplir &#243;rdenes! -grit&#243; de pronto con voz de falsete; luego, un poco m&#225;s apaciguado, prosigui&#243; en tono m&#225;s sereno-: Acabo de ver al comandante del treinta y cuatro regimiento. Ha ordenado dirigirse inmediatamente a la aldea de Talovsky, donde est&#225; el estado mayor de nuestra divisi&#243;n. Me atrev&#237; a preguntarle qu&#233; ser&#237;a de nosotros y me dijo: No te preocupes, viejo: si hab&#233;is conservado lo m&#225;s sagrado en la lucha, la bandera, no disolver&#225;n vuestro regimiento, sino que alistar&#225;n r&#225;pidamente hombres nuevos, completar&#225;n los mandos y os enviar&#225;n de nuevo al frente, al lugar m&#225;s importante. -El cabo primero levant&#243; el dedo &#237;ndice y repiti&#243; -: &#161;Al m&#225;s importante! &#191;Comprend&#233;is? Porque nuestra divisi&#243;n -dijo el comandante- es de cuadros, ha sufrido todas las pruebas y ha demostrado que sabe resistir. Y una divisi&#243;n as&#237;, aunque est&#233; maltrecha, no puede permanecer inactiva. Eso dijo el comandante, para que ahora vengan unos cuantos listos a calentarme la cabeza con su hero&#237;smo infantil. Lo que quieren es dejar su unidad para vagabundear por el frente como intrigantes entre bastidores. &#191;D&#243;nde se ha visto que uno, por su propia cuenta, vaya de unidad en unidad? Y digo yo: &#191;de qu&#233; va a saber esa criatura, Vasili Jmys, d&#243;nde est&#225; el lugar m&#225;s importante? A lo mejor otra divisi&#243;n se encarga de esta defensa y ocupa nuestro puesto hasta el invierno, con lo cual no ser&#237;a raro que estuviera aqu&#237; sin dar golpe, sin intervenir en ning&#250;n combate, como el que cumple una condena. Porque, &#191;qui&#233;n sabe m&#225;s, el comandante o ese bocazas de Vaska?

&#161;Todo se iba a los demonios! Los anteriores c&#225;lculos y planes de Lopajin se desmoronaron ante las palabras irrefutables del cabo primero.

Lopajin se quit&#243; maquinalmente el casco y lo acarici&#243; con la palma de la mano por la parte recalentada por el sol. El viejo maldito tiene toda la raz&#243;n. &#191;C&#243;mo no he removido yo antes esas ideas en mi puchero? -pens&#243; sorprendido mientras lanzaba una mirada al cabo primero -. Adem&#225;s es l&#243;gico que nos env&#237;en a un lugar de responsabilidad, pues es muy posible que los fascistas alemanes olviden esta zona. Eso es lo que pasar&#225;, seguro! Avanzan hacia el este y nos dejan de lado Vaya, me he confundido y ahora no me queda m&#225;s remedio que dar marcha atr&#225;s.

Y vosotros, hijos, &#191;a qu&#233; hab&#233;is venido? -pregunt&#243; maliciosamente, con modales insinuantes, el cabo primero; y temiendo algo desagradable, esper&#243; su contestaci&#243;n estirando el cuello arrugado con gesto de gallo de pelea.

La. pregunta inesperada hizo que Nekrasov se quedara con la boca abierta. Lopajin, limpi&#225;ndose con la manga el sudor que le corr&#237;a por la frente, respondi&#243; con aire de indiferencia:

Venimos a saber cu&#225;ndo entraremos en acci&#243;n.

El cabo primero lanz&#243; un suspiro de alivio.

Lopajin prescindi&#243; del anterior aplomo y suspir&#243; tambi&#233;n. Pero Nekrasov, inspirando aire con un silbido, susurr&#243;:

&#191;Por qu&#233; andar con rodeos? &#161;D&#237;selo ya! &#161;Habla, a nosotros no va a asustarnos!

&#161;Ya est&#225; dicho todo! -cort&#243; Lopajin. Y volvi&#233;ndose al cabo primero, agreg&#243;-: M&#225;ndales formar, no sea que se te desmande la tropa.



20

Alrededor de las seis de la tarde tuvo lugar el transporte a unos quince kil&#243;metros de distancia. Cuando el calor empezaba a disminuir hicieron un descanso. Luego entraron en un pueblo situado en zona de secano y lleno de sauces.

A&#250;n faltaban unos siete kil&#243;metros desde aquel punto hasta Talovsky, aldea donde se alojaba el estado mayor de la divisi&#243;n. Pero antes de entrar en la aldea de los sauces el cabo Popristshenko avis&#243; de que pasar&#237;an all&#237; la noche. Descontento, un soldado hizo un comentario:

&#161;Todav&#237;a es pronto para pensar en pernoctar! Cabo primero, yo creo que lo mejor ser&#237;a hacer un alto y fumar un cigarrillo; luego seguimos y al anochecer podemos estar en Talovsky. &#191;No ser&#237;a mejor?

A&#241;adi&#243; otro:

&#161;Hemos pasado el d&#237;a sin comer! Por lo menos all&#237; podr&#237;amos acercarnos al caldero del jefe

Popristshenko gru&#241;&#243; por entre los bigotes grises y se encar&#243; severamente con los parlanchines:

&#161;Ya basta de discutir y de cotorrear! No puedo plantarme ante el coronel con un hatajo de muertos de hambre descalzos, &#191;lo entend&#233;is? O sea que pasaremos aqu&#237; la noche y pondremos orden. Hay que coser y zurcir la ropa, limpiar las botas, dejar el armamento brillante, lavarse y rapar las barbas. Quiero un zafarrancho y ma&#241;ana ha de estar todo brillante como el cristal. Y pasar&#233; revista. &#191;Est&#225; claro? Ya me ocupar&#233; de pedir al kolj&#243;s todo lo que necesitemos. Aqu&#237; no hay m&#225;s fuerza que la nuestra, de modo que no tenemos por qu&#233; mendigar de puerta en puerta. &#161;No somos pobres pordioseros! &#161;Quede claro y entendido que no consentir&#233; que se deshonre al regimiento!

Encontraron al presidente del kolj&#243;s en el despacho de direcci&#243;n. El cabo primero entr&#243; en el edificio mientras los soldados se sentaban a la sombra. Algunos se acercaron pesadamente hasta el pozo. Unos quince minutos m&#225;s tarde oyeron voces en el interior de la casa: la juiciosa y casi suplicante del cabo primero y la otra, de tenor, al parecer del presidente, que repet&#237;a una y otra vez en todos los tonos: No puedo. Nada, que no puedo. &#161;No puedo, camarada cabo primero!

Parece que no llegan a un acuerdo. Lopajin, ve a ayudar al viejo -aconsej&#243; Kopytovski, que estaba a la escucha.

Hac&#237;a ya rato que Lopajin prestaba atenci&#243;n a la conversaci&#243;n. Se levant&#243; y se dirigi&#243; decidido a la entrada.

Estaban en una peque&#241;a habitaci&#243;n junto a la ventana. El presidente del kolj&#243;s estaba sentado junto a los cristales de dicha ventana, pegados con tiras de papel de peri&#243;dico, y llevaba sobre los hombros una guerrera militar muy ajada. Era un hombre joven de apariencia y llevaba gorra sin estrella. La manga derecha de la guerrera, vac&#237;a, la llevaba sujeta a la cintura. El cabo primero se puso frente a &#233;l, acercando un taburete de forma que sus rodillas casi rozaban las del presidente. Como si quisiera hacer resaltar la ronquera de su voz, le dec&#237;a con aplomo:

T&#250; has estado en el frente y sin embargo no quieres comprender nuestra situaci&#243;n. Perdona que te diga que piensas como una mujer est&#250;pida

Al presidente le centelleaban maliciosamente los ojos, que manten&#237;a entrecerrados, y torci&#243; los labios en silencio. Estaba claro que le molestaba aquella conversaci&#243;n. Lopajin salud&#243; y tom&#243; asiento en el borde de un banco.

&#191;De qu&#233; hablan ustedes? &#191;Qu&#233; se discute? Sin mirarle siquiera, el presidente le respondi&#243;:

El cabo primero quiere que le entreguemos diversos art&#237;culos del almac&#233;n del kolj&#243;s, y yo no puedo hacerlo.

&#191;Por qu&#233; no?

&#161;Ja! &#161;Por qu&#233;! Pues porque el almac&#233;n est&#225; vac&#237;o. &#191;Os figur&#225;is que sois los primeros que pasan huyendo a trav&#233;s del pueblo?

Nosotros no huimos -corrigi&#243; Lopajin esforz&#225;ndose por contenerse. Not&#243; c&#243;mo en su interior se incrementaba un odio hacia aquel hombre, cuya voz le parec&#237;a cada vez m&#225;s-presuntuosa. Se le ha olvidado c&#243;mo se vive en el frente, ha dejado de luchar, ahora no hace m&#225;s que cebarse. &#191;Qu&#233; demonios le importa la necesidad ajena? Ahora todo le da igual, pens&#243; dirigiendo una mirada hostil al cuello fuerte y enrojecido y a las mejillas tersas y bien afeitadas del presidente del kolj&#243;s.

No sois los primeros en huir ni ser&#233;is los &#250;ltimos -repiti&#243; tercamente el presidente.

Insisto en que nosotros no huimos -dijo secamente Lopajin -. Eso, en primer lugar; y en segundo lugar, somos los &#250;ltimos. No hay nadie detr&#225;s de nosotros, nadie.

&#161;Para nosotros eso no importa! &#161;Muchos os han precedido ya y han ido haciendo una limpieza como si barrieran con una escoba!

El presidente volvi&#243; el rostro hacia Lopajin, como si quisiera a&#241;adir algo. Pero Lopajin se le adelant&#243; para preguntar:

&#191;Has estado alguna vez en el frente?

&#191;Piensas que un cordero se me ha merendado el brazo?

&#191;Has tenido que retroceder?

De todo hubo. Pero jam&#225;s he visto lo que estoy presenciando ahora.

Comprende, pedazo de alcornoque, que no puedo dejar hambrienta a toda esta gente -insisti&#243; el cabo primero -. Soy responsable ante el coronel de todos y cada uno de ellos, &#191;entiendes? Exti&#233;ndeme un vale, ya encontraremos alguna cosa; no es mucho lo que necesitamos.

Con gesto persuasivo el cabo primero puso una mano encima de la rodilla del presidente, pero &#233;ste retir&#243; la pierna sonriendo tranquilamente.

&#161;Ay, cabo, cabo! &#191;C&#243;mo te lo har&#233; entender, viejo? Te estoy hablando en ruso: no hay nada en el almac&#233;n, s&#243;lo ratones, aunque no lo creas. Y no me toques la pierna, que no soy una mujerzuela; adem&#225;s, mi pierna no es sensible a las peticiones, es artificial. Mi &#250;ltima oferta: os dar&#233; dos kilos de mijo, eso es todo. Encontrar&#233;is pan por las casas de aqu&#237;.

&#191;Y qu&#233; quieres que haga yo con dos kilos para veintisiete personas en activo, para todo el regimiento? Adem&#225;s, &#191;con qu&#233; vamos a condimentar las gachas? Por otro lado, no permitir&#233; que los soldados vayan de puerta en puerta pidiendo pan. &#191; Est&#225; claro?

Lopajin not&#243; el gesto avinagrado del cabo primero y separ&#243; el banco, haciendo un leve ruido. El cabo primero le advirti&#243; con un gesto:

Lopajin, no te sulfures.

Vamos al almac&#233;n -se limit&#243; a decir el jefe del kolj&#243;s.

Pisando con fuerza y haciendo chirriar su pierna artificial al arrastrarla, se dirigi&#243; a la salida. Popristshenko le segu&#237;a satisfecho. Lopajin iba tras ellos.

Cuando llegaron al granero, el presidente dej&#243; que el cabo primero entrara primero y cogi&#243; a Lopajin por el codo.

Mira t&#250; mismo, impulsivo, lo que nos queda. No tengo ning&#250;n granero oculto, no voy a esconderos nada de nada. Al parecer sois buenos soldados, valientes, y os dar&#237;a con gusto una oveja para que os la comierais, pero el ganado, grande y peque&#241;o, fue evacuado ayer por orden de la jefatura del distrito. S&#243;lo queda lo que corresponde al uso particular de cada miembro del kolj&#243;s. Os regalar&#237;a mi oveja si tuviera una, pero en mi hogar s&#243;lo quedan mi mujer y un gato.

Lopajin, en silencio, ayud&#243; a abrir el candado y se introdujo en el almac&#233;n de grano, sumido en la penumbra. En un rinc&#243;n se amontonaba un poco de mijo. El cabo primero not&#243; la indecisi&#243;n de Lopajin y le orden&#243; imperativamente:

&#161;Date prisa!

Agach&#225;ndose, rojo de verg&#252;enza y de tensi&#243;n, Lopajin amonton&#243; en el centro, con ayuda de una pluma de ganso que encontr&#243;, todo el mijo que hab&#237;a. Cuando hubo terminado, se levant&#243;.

En total habr&#225; unos tres kilos.

Bueno, pues cogedlo todo, no lo vamos a guardar para simiente -dijo el presidente con aire ben&#233;volo, sin quitar los ojos de Lopajin.

Mientras Lopajin echaba a pu&#241;ados el mijo en el macuto, el cabo primero sac&#243; del bolsillo una cartera sucia de sudor y moviendo los bigotes llenos de polvo, empez&#243; a contar unos rublos grasientos.

&#191;Cu&#225;nto vale? -pregunt&#243; mirando al presidente por el rabillo del ojo.

Este, ri&#233;ndose, movi&#243; el brazo que le quedaba.

De ninguna manera. No cobramos por una insignificancia.

Y nosotros no nos llevamos nada sin pagar, &#191;entiendes?  El cabo primero dej&#243; el dinero en el lugar donde se guardaba el mijo y luego a&#241;adi&#243; respetuosamente-: Agradecemos tu amabilidad.

Y se dirigi&#243; hacia la salida.

Los ratones se van a comer tu dinero -coment&#243; sonriendo el presidente.

El cabo primero no respondi&#243;. Una vez traspasado el umbral, se dirigi&#243; a Lopajin, dici&#233;ndole:

Ya tenemos la base, pero &#191;y el resto? El cuento dice que un soldado calent&#243; gachas con un hacha, pero s&#243;lo era un cuento. &#191;Qu&#233; haremos nosotros, minero? Unas sopas ligeras, sin condimento y sin pan, son como una boda sin novio. &#161;Y los muchachos est&#225;n que se mueren de hambre! Una situaci&#243;n imposible -concluy&#243; tristemente el cabo primero.

&#191;Una situaci&#243;n imposible? &#161;No existen situaciones imposibles! O por lo menos siempre lo hab&#237;a cre&#237;do as&#237;, y es posible que la &#250;ltima frase del cabo primero le llevase a cometer alguna imprudencia Unas lucecitas alegres brillaron en los ojos claros de Lopajin. &#161;Demonio! &#191;C&#243;mo no hab&#237;a ca&#237;do antes en la cuenta &#191;C&#243;mo pod&#237;a rendirse cuando ten&#237;a en sus manos una baza tan importante, su atractivo personal y su gran &#233;xito entre las mujeres, &#233;l, tan irresistible entre el bello sexo? Lopajin dio unas palmaditas al cabo primero en el hombro; ten&#237;a un aspecto de profundo abatimiento, y le dijo:

&#161; Popristshenko, lo m&#225;s importante es que no te desanimes! D&#233;jalo todo de mi cuenta. De mi cuenta. Ahora lo organizaremos. No prometo mucho para hoy. Me dedicar&#233; a estudiar la situaci&#243;n y a explorar el terreno, &#161;pero ma&#241;ana os podr&#233; alimentar a todos! &#191;De acuerdo? -y mientras dec&#237;a esto se acerc&#243; la palma de la mano a la nariz.

Pero, &#191;qu&#233; se te ha ocurrido? -intent&#243; averiguar el cabo primero -. &#191;No habr&#225;s pensado en algo ilegal?

Todo ser&#225; perfectamente legal, palabra de tirador antitanque  asegur&#243; Lopajin sonriendo -. En este asunto el &#250;nico perjudicado ser&#233; yo. Tendr&#233; que prescindir de mis principios morales, aunque la verdad es que de un tiempo a esta parte se han debilitado un tanto; adem&#225;s, estoy dispuesto a sacrificarme por mis compa&#241;eros.

Si claro y no me marees m&#225;s.

Bien, ahora lo sabr&#225;s. &#161;Un minuto m&#225;s, camarada presidente!

Lopajin se acerc&#243; a &#233;l clavando su mirada en la del presidente. Jugueteando con un bot&#243;n de la guerrera del camarada, dijo con aplomo.

Eres una buena persona y te hablar&#233; con claridad: tenemos que comer sea como sea, &#191;no es as&#237;? T&#250; no puedes hacer nada para proporcionarnos comida, &#191;verdad? Pues ay&#250;danos de otra manera.

&#191;C&#243;mo?

Tiene que haber en este kolj&#243;s alguna viuda o mujer de soldado que viva desahogadamente y que tenga gallinas, ovejas o cualquier clase de peque&#241;os animales dom&#233;sticos.

Claro que las hay. Nuestro kolj&#243;s es bastante rico. -Bien, pues en tal caso debes instalarnos en la casa de una de esas ciudadanas acomodadas para pernoctar. Una vez all&#237;, corre de nuestra cuenta lo dem&#225;s. Pero, por favor, que no tenga una cara horrible. Que tenga m&#225;s o menos aspecto de mujer: &#191;me entiendes?

El presidente gui&#241;&#243; un ojo maliciosamente y pregunt&#243;:

&#191;Y que no tenga m&#225;s de setenta a&#241;os?

El asunto era demasiado serio para que Lopajin se permitiera bromear. Qued&#243; pensativo y repuso:

Setenta quiz&#225; resulte demasiado, es un precio muy elevado; pero en caso de necesidad una de setenta servir&#237;a. &#161;Hay que aceptar alg&#250;n riesgo! De todos modos ser&#237;a preferible que fuera m&#225;s joven

&#191;Qu&#233; dices? &#161;Claro que es posible! -exclam&#243; el presidente frunciendo los labios -. Decides con la seguridad de un soldado. Dicen que a falta de pan buenas son tortas. Te llevar&#233;, pero con una condici&#243;n: que luego no te enfades conmigo.

&#191;Por qu&#233;? -pregunt&#243; Lopajin.

Cerca de aqu&#237; vive la mujer de un soldado. Tiene unos treinta a&#241;os. Su marido es teniente y est&#225; en la guerra. En su casa est&#225; sola pero tiene gallinas, gansos, patos, dos cerdos y docena y media de ovejas. Vive en la abundancia. Lo m&#225;s importante es que est&#225; ella sola, no tiene hijos ni a nadie. &#191;Ves?, es aquella casa del tejado verde, m&#225;s all&#225; de los &#225;lamos. Ah&#237; vive. Su marido antes de la guerra trabajaba en

No me interesa su marido  le interrumpi&#243; Lopajin impaciente-. &#191;Y qu&#233; ocurre? &#191;Por qu&#233; me puedo enfadar? &#161;La edad me va bien!

Amigo, sucede que es una mujer dura. &#161;Vaya que si es dura!

Bueno, eso no es terrible. Otras parecidas se han doblegado  contest&#243; Lopajin muy seguro de s&#237; mismo, y se volvi&#243; hacia el cabo primero-: &#191;Me das permiso para actuar, cabo primero?

Popristshenko hizo un gesto lleno de fatiga.

Act&#250;a. Pero no estoy muy seguro de que no nos vayas a comprometer.

&#191;Yo? &#191;Comprometeros yo? -exclam&#243; Lopajin irritado. -No ser&#237;a tan dif&#237;cil. Cuando serv&#237; en el viejo ej&#233;rcito y a&#250;n era joven, hac&#237;a de todo, no pod&#237;a vivir sin pecar. Y en ocasiones, cuando uno se separaba de los dem&#225;s para ir a casa de alguna amiguita, siempre volv&#237;a con alguna tortilla y una botellita de vodka. Pero aqu&#237; hay veintisiete hombres. No s&#233; c&#243;mo habr&#225; que tratar a esa mujer para que nos d&#233; comida, no para uno solo, sino para veintisiete. Aqu&#237;, minero, es donde hay que esforzarse. Yo dir&#237;a que

No me importa tener que esforzarme -le asegur&#243; Lopajin con aires modestos.



21

En el oeste parec&#237;a colgar del cielo una nube blanca aureolada de rojo. Alrededor de la nube soplaba el viento ondulando la aureola que la envolv&#237;a. Por encima de la nube se dirig&#237;an en direcci&#243;n norte cuatro Messerschmitt. Tras pasar las aldeas descendieron y poco despu&#233;s el viento trajo el t&#237;pico tableteo de las ametralladoras y las explosiones apagadas.

Por el camino est&#225;n sacudiendo a alguien. Seguro que est&#225;n pasando un mal rato -coment&#243; un soldado alto y cuellilargo que pescaba cangrejos en la otra ribera del Don.

Lopajin alz&#243; un momento la cabeza, escuch&#243; las explosiones, no muy lejanas, y volvi&#243; a inclinar la frente. Se escupi&#243; las botas y luego, con un trozo de capote alem&#225;n, las limpi&#243; parsimoniosamente.

Bajo el tejado del granero se instal&#243; la tropa. Se quedaron en mangas de camisa, sucios y sudorosos, y empezaron a coser los rotos de las guerreras, viejas y deslucidas. Les toc&#243; luego el turno a los capotes y a los pantalones. A continuaci&#243;n intentaron arreglar el calzado. Un soldado encontr&#243; unos cuantos instrumentos de zapatero, un par de hormas e hilo. Kopytovski result&#243; un zapatero aceptable. Puso a sus botas unas medias suelas, lo que le vali&#243; que sus camaradas le encomendaran las suyas. Kopytovski murmuraba irritado:

&#161;As&#237; que hab&#233;is topado con un remend&#243;n! &#161;Hab&#233;is encontrado un idiota que ni siquiera cobra! &#161; Me tendr&#233; que estar aqu&#237; d&#225;ndole al martillo hasta que amanezca!

Estaba sentado en un toc&#243;n, en calzoncillos (grises y desgastados) y con las piernas abiertas. Insertaba con furia cu&#241;as de madera de abedul en unas medias suelas para las botas de Nekrasov. &#201;ste, a su lado, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, intentaba poner un remiendo en la pernera de los pantalones de Kopytovski con una aguja torcida, tarea en la que se mostraba un tanto torpe. En sus manos iba quedando un costur&#243;n lleno de protuberancias; Kopytovski, dejando su trabajo dijo con esp&#237;ritu cr&#237;tico:

Nekrasov, t&#250; quiz&#225; tengas alguna idea de lo que es un sastre, pero careces de ma&#241;a. S&#243;lo puedes hacer atalajes para caballos, pero nada de remendar pantalones de soldados. &#161;Vamos! &#191;Qu&#233; manera es esa de trabajar? &#161;Es una burla para los pantalones, no un trabajo! Cualquier piojo se matar&#225; si se cae por esa costura del tama&#241;o de un dedo. &#161;Eres un desgarramantas, no un sastre!

&#161;Menudos pantalones los tuyos! -repuso Nekrasov-. &#161;S&#243;lo tenerlos en las manos da asco! Yo intento remend&#225;rtelos con el segundo repuesto antig&#225;s, y por mucho que me atormento, no se ve el final de esto Habr&#237;a que hacerte unos pantalones de hojalata, entonces quiz&#225; sirvieran para algo. Sashka, &#191;por qu&#233; no les hacemos tirantes a tus calzoncillos y quemamos los pantalones?

Kopytovski puso los ojos en blanco mientras pensaba una respuesta c&#225;ustica pero en aquel momento alguien grit&#243;:

&#161;Muchachos, que viene la patrona!

De repente todos callaron. Veintis&#233;is pares de ojos dirigieron sus miradas hacia la puerta; s&#243;lo Streltsof sigui&#243; silbando suavemente, engrasando con cuidado el cerrojo desmontado de su fusil ametrallador, sin levantar la cabeza, que manten&#237;a inclinada.

Una mujer se acercaba majestuosamente al umbral de la puerta. Era bastante alta, corpulenta y hermosa. Bien proporcionada, ten&#237;a facciones hermosas y su estatura rebasaba al menos en una cabeza al m&#225;s alto de ellos. En medio del silencio, alguien suspir&#243;:

&#161;Vaya, fijaos en eso!

El cabo primero abriendo los ojos desmesuradamente empuj&#243; a Lopajin.

Al&#233;grate, muchacho. &#161;Esto no lo esper&#225;bamos! Lopajin se apret&#243; el correaje, se arregl&#243; inmediatamente los pliegues de la guerrera y tras quitarse el casco, se alis&#243; los cabellos con la palma de la mano. Irgui&#233;ndose completamente, como un caballo que hubiera o&#237;do los clarines que llaman al combate, con ojos embelesados acompa&#241;aba a aquella mujer de aspecto imponente.

El cabo primero mov&#237;a con desesperaci&#243;n los brazos, diciendo:

&#161;No hay nada que hacer! &#161;Ahora mismo voy a romperle los morros a ese presidente! &#161;Para que se burle otra vez de nosotros, el muy hijo de puta!

Lopajin le dirigi&#243; una mirada confusa y, algo descontento, le pregunt&#243;:

&#191;De qu&#233; demonios te asustas?

&#191;C&#243;mo que de qu&#233;? -se indign&#243; el cabo primero -. &#191;No has visto acaso lo que viene?

Lo veo. Una mujer de una pieza. Con faldas y todo lo dem&#225;s. &#161;Una maravilla, no una mujer! -exclam&#243; Lopajin admirado.

&#161;De una pieza! &#161;Maravilla con faldas! -gru&#241;&#243; el cabo primero -. No es una mujer lo que viene, es un monumento. &#161;Da miedo mirarla! Vi una parecida en una exposici&#243;n agr&#237;cola de Mosc&#250;, antes de la guerra. A la entrada hab&#237;a una mujer de piedra, un monumento, como &#233;sta &#161;Dios ha creado cada cosa!  El cabo primero, escupiendo y blasfemando, arrastr&#243; a Lopajin a un rinc&#243;n del granero y le pregunt&#243; en voz baja -: &#191;Qu&#233; haremos? &#191;Nos mudamos de alojamiento?

Lopajin, seguro de s&#237; mismo, mir&#225;ndole de arriba abajo le dijo, encogi&#233;ndose de hombros:

&#191;De qu&#233; hablas? &#191;Por qu&#233; mudarnos? Haremos lo que hemos acordado. Todo sigue en pie como antes.

&#161;Pero Lopajin, deber&#237;as limpiarte los ojos! &#161;Mira bien! &#191;No ves que tu cabeza apenas alcanza a los hombros de esa mujer?

Bueno, &#191;y qu&#233; importa eso?

Pues que eres bajito para ella, &#191;no lo ves?

Mirando el rostro demudado y casi asustado del cabo primero, Lopajin sonri&#243; con aire despectivo:

Cabo, ya te han salido canas e ignoras lo que sabe cualquier mujer

&#191;Qu&#233; ignoro? Puedo enterarme ahora

Pues que la pulga peque&#241;a pica m&#225;s fuerte y mejor &#191;comprendes?

El cabo primero, disipadas algunas de sus dudas, contemplaba en silencio y con profundo respeto a Lopajin, que parec&#237;a irradiar aplomo y arrogancia. Lopajin, frunciendo el ce&#241;o, dijo con alegre sonrisa:

Oye, cabo, &#191;has estudiado alguna vez historia antigua? -No he tenido ocasi&#243;n. Para hacerme alba&#241;il no la necesit&#233; en absoluto. &#191;Por qu&#233; lo preguntas?

En la antig&#252;edad hubo un jefe supremo de los ej&#233;rcitos que se llamaba Alejandro de Macedonia, y m&#225;s tarde, en Roma, vivi&#243; otro jefe de los ej&#233;rcitos llamado Julio C&#233;sar, cuyo lema era Llegu&#233;, vi y venc&#237;. Yo tengo el mismo lema y no me asusta lo m&#225;s m&#237;nimo la estatura de esta ciudadana. &#191;Me das tu permiso para actuar, cabo primero?

Claro, act&#250;a, no puedo oponerme, no tenemos otra salida. Pero te dir&#233; una cosa, minero: t&#250; no morir&#225;s de muerte natural.

El cabo primero movi&#243; la cabeza con desconsuelo, pero Lopajin le gui&#241;&#243; un ojo alegremente poniendo su manaza sobre el hombro del viejo cabo.

Todo saldr&#225; bien. &#161; Cabo primero, no te har&#233; ninguna faena ni me la har&#233; tampoco a m&#237;! &#161;Puedes estar totalmente seguro!



22

Lopajin se empe&#241;&#243; en la ardua tarea de ganarse las simpat&#237;as de la patrona. Ofreci&#243; su ayuda para regar el huerto y en vez de alejarse lentamente del pozo con los cubos colmados, como hacen los hombres de la estepa, se apresuraba tomando la delantera a la mujer y dando saltitos alegres. Al hacer le&#241;a mandaba en todas direcciones astillas de abedul. Sin detenerse a meditarlo se quit&#243; las botas brillantes, se remang&#243; los pantalones hasta las rodillas y se lanz&#243; ardientemente a limpiar el corral de verano de las vacas. El esti&#233;rcol le llegaba a los tobillos.

Por su parte la patrona aceptaba esta ayuda con placer; contemplaba al ardiente Lopajin con una sonrisa picara y jovial en sus ojos grises. De cuando en cuando volv&#237;a la cabeza y se arreglaba torpemente el pa&#241;uelo blanco que la cubr&#237;a. &#161;Si hubiera podido ver entonces Lopajin la sonrisa franca del que todo lo sabe!

El resto de los soldados segu&#237;an sentados al amparo del cobertizo del granero. Hablaban a media voz; cada cual se entreten&#237;a en sus asuntos pero a nadie se le escapaba el menor gesto de la patrona y de Lopajin, a quienes observaban de continuo. El cabo primero era el m&#225;s interesado por las evoluciones de Lopajin. Se instal&#243; en el asiento de una segadora averiada y desde all&#237;, junto al granero, observaba el patio como un jefe militar que contemplara un campo de batalla. El ametrallador Vasili Jmys le dijo burlonamente, dirigiendo un gui&#241;o a la tropa:

Camarada cabo primero, su puesto de vig&#237;a es mejor que el de un general. &#161;Seguro que disfruta de una buena vista desde all&#237;!

El cabo primero gru&#241;&#243;:

&#161;C&#225;llate, perra parturienta! Hay un hombre que hace todo lo posible por vosotros y t&#250; no sabes m&#225;s que ladrar.

El cabo primero segu&#237;a observando a Lopajin con desconfianza, pero su rostro se ilumin&#243; cuando, al volverse, oy&#243; que la mujer llamaba con voz suave y cari&#241;osa a Lopajin, que estaba cortando le&#241;a.

&#161;Menuda pieza! &#161;Es terrible con las mujeres! &#161;Ya ha conseguido que le llame por su patron&#237;mico! &#191;Hab&#233;is o&#237;do? Le ha llamado Piotr Fedotovich. &#161; Qu&#233; minero! No es de los que se pierden o se quedan hu&#233;rfanos.

&#161;Ya pica! -exclam&#243; satisfecho Nekrasov moviendo la cabeza y se&#241;alando a la mujer, mientras daba un golpecito amistoso al cabo primero.

&#161;Claro que pica! Dime, &#191;por qu&#233; no iba a picar? Es un buen muchacho y la estatura a fin de cuentas, &#191;qu&#233; importa? Para hacer buena pareja con esa mujer har&#237;a falta un hombre largo como la viga de un puente o dos muchachos fornidos colocados uno encima del otro, para que el de arriba llegara a la altura de ella &#161;Pero este Lopajin no necesita trucos, el muy hijo de perra! Por algo dicen que la chinche aunque es peque&#241;a huele mal. Act&#250;a como un h&#233;roe, como ese jefe del ej&#233;rcito -Al llegar a este punto el cabo primero, arrugando los labios, mir&#243; fijamente a Nekrasov y s&#250;bita e inesperadamente pregunt&#243;-: &#191;T&#250; has estudiado alguna vez, por casualidad, historia antigua?

Tengo muy pocos estudios -contest&#243; Nekrasov con un suspiro -. No pude acabar ni siquiera la ense&#241;anza primaria por culpa del maldito zarismo y de la pobreza de mis padres. No he tenido ocasi&#243;n de conocer la historia antigua. Y lo que no lo s&#233;, pues no lo s&#233;; no soy pretencioso.

&#161;Ya es l&#225;stima que no hayas estudiado, ya es l&#225;stima!

exclam&#243; el cabo primero en tono de reproche, y con aires de superioridad se atus&#243; el bigote -. Cuando yo era peque&#241;o tampoco se me daban bien algunas asignaturas. Sol&#237;a ocurrirme que cuando ten&#237;a que estudiar historia antigua, o cualquier otra materia desagradable, como la geograf&#237;a, me daban hasta dolores de cabeza. Pero bueno, llega el momento en que se supera todo eso y uno va adquiriendo poco a poco educaci&#243;n y m&#225;s instrucci&#243;n, &#191;comprendes?

Claro que comprendo -afirm&#243; resuelto Nekrasov admirando la cultura del cabo primero, que antes no hab&#237;a descubierto debido a los avatares de la guerra.

Por ejemplo, en la antig&#252;edad vivi&#243; un general famoso, Alejandro Alejandro &#161;Ay, maldita memoria! De repente no me acuerdo de un apellido La memoria de un viejo es como un cacharro viejo. Alejandro

&#191;Suvorov? -pregunt&#243; Nekrasov t&#237;midamente.

Nada de Suvorov, Alejandro Makedonskov. &#161;Ese era su apellido! &#161;Me ha costado acordarme, con este ajetreo del diablo! Vivi&#243; bastante antes que Suvorov, en tiempos del zar Goroj, cuando a&#250;n hab&#237;a poca gente. Pues bien, el caso es que este Alejandro combat&#237;a de la siguiente manera: &#161;uno y dos, jaque mate! Su precepto principal ante el enemigo era: Llegu&#233;, vi y holl&#233;. Y dejaba tales huellas el muy hijo de perra que el enemigo al cabo de cien a&#241;os a&#250;n no se hab&#237;a recuperado. &#161;Y a cu&#225;ntos atiz&#243;! Pudo con los alemanes, con los franceses, con los suecos y hasta con algunos italianos. S&#243;lo se estrell&#243; contra Rusia, donde no pudo hacer nada, y por ello tuvo que retroceder. &#161;Le ven&#237;a grande Rusia!

&#191;De qu&#233; nacionalidad era? -pregunt&#243; Nekrasov francamente interesado.

&#191;Qui&#233;n? &#191;Alejandro?  La pregunta inesperada dej&#243; at&#243;nito al cabo primero, que durante unos segundos se estuvo atusando el bigote, con la frente fruncida y musitando-: &#161; Ah, maldita memoria! A un hombre de edad le ocurre como a un caballo viejo: le llaman por su nombre y ni siquiera mueve la cola; se le olvidan hasta los nombres -El cabo primero se qued&#243; un rato pensativo y en silencio, luego dijo, con decisi&#243;n-: Supongo que tendr&#237;a su propia nacionalidad.

&#191;C&#243;mo que su propia nacionalidad? -pregunt&#243; Nekrasov, admirado por la respuesta.

Pues eso, que ten&#237;a la suya, simplemente. Su propia nacionalidad y se acab&#243;. &#191;Est&#225; claro? As&#237; lo explica la historia antigua. Tuvo su propia nacionalidad, y luego todo se fue al demonio y no qued&#243; ni para simiente. Bueno, pero no tiene importancia. Lopajin y yo hemos recordado a ese Alejandro a causa de la actual circunstancia. Le he dicho: Muchacho, no te vayas a quemar con esa mujer, no nos hagas una jugarreta con los alimentos. Y el hijo de perra sonr&#237;e y dice: Tengo la misma costumbre que Alejandro Makedonskov: "Llegu&#233;, vi y holl&#233;". Bueno -le digo- quiera Dios que nuestro ternero siga vivo. Ve y act&#250;a, g&#225;nate a esa mujer de manera que al final se desprenda, al menos, de una oveja. &#161;Que no sea menos! Prometi&#243; cumplir su palabra y por lo visto la cosa le va bien. &#191;Has o&#237;do c&#243;mo le habla? Le ha dicho: Piotr Fedotovich, d&#233;me un cubo. En primer lugar, se ha dirigido a &#233;l llam&#225;ndole por su patron&#237;mico, y en segundo lugar le ha tratado de usted. Esto significa algo, &#191;no es verdad?

Claro, tienes raz&#243;n -confirm&#243; Nekrasov satisfecho -. Y no estar&#237;a mal que pudi&#233;ramos comernos unos schi frescos con cordero lechal. La patrona tiene en su granja unos corderitos muy buenos. Especialmente hay uno ya crecido, que debe de tener casi cuatro kilos de grasa. Si la patrona se desprende de un animal, s&#243;lo tenemos que hacer la matanza y &#161;a comer! Antes me he quedado sorprendido al ver a ese animal cuando volv&#237;a de pastar.

El borstch de cordero queda muy sabroso cuando se guisa con coles tiernas -coment&#243; meditabundo el cabo primero.

La col debe ser tierna, mientras que la patata ha de ser vieja para poder hacer un buen borstch  dijo animadamente Nekrasov-. La patata nueva no sirve para cocerla.

Se le puede echar patata vieja -consider&#243; el cabo primero-. Y tampoco quedar&#237;a mal con un poco de cebolla frita

Vasili Jmys, que se hab&#237;a acercado sin que ellos lo advirtieran, dijo so&#241;adoramente:

Antes de la guerra mi madre siempre que hac&#237;a borstch iba al mercado y compraba ri&#241;ones. &#161;Para el borstch son buen&#237;simos los ri&#241;ones de cordero! &#161;Y si se le echa hinojo, toda la casa despide un aroma delicioso!

El hinojo es demasiado fino. Lo importante es que la col y los tomates est&#233;n maduros. &#161;En eso consiste la verdadera gracia! -dijo el cabo primero, convencido.

La zanahoria tampoco le va mal -exclam&#243; Nekrasov con aire so&#241;ador.

El cabo primero estaba a punto de a&#241;adir algo pero de repente escupi&#243; y exclam&#243; con rabia:

&#161;Bueno! &#161;Se acab&#243; la charla! &#161;Vamos a limpiar las armas! Luego pasar&#233; revista minuciosamente. Se empiezan charlas est&#250;pidas y cuando uno las escucha, se le revuelven las tripas



23

Casi toda la tropa se prepar&#243; para el descanso junto al granero, en el patio. La patrona dispuso para s&#237; una cama en la cocina. En otra habitaci&#243;n separada se tendieron en el suelo Streltsof, Lopajin, Jmys, Kopytovski, el cabo primero y otros cuatro soldados. El soldado de cuello alargado a quien apodaban Pescacangrejos y Jmys se quedaron charlando en voz baja largo rato. Kopytovski consigui&#243; cazar una pulga soltando palabrotas entre dientes. Lopajin, silencioso, se fum&#243; dos cigarrillos. Un rato despu&#233;s le dijo en voz baja el cabo primero:

&#191;Duermes, Lopajin? -No.

&#161;Intenta no dormirte!

&#161;T&#250; no te preocupes!

Tienes que animarte y tener fuerza, te conviene un poco de vodka. &#191;D&#243;nde demonios podr&#237;amos conseguirla? Lopajin dijo ri&#233;ndose en la penumbra:

No me hace falta la vodka.

Se levant&#243; y se estir&#243; desperez&#225;ndose; le crujieron los huesos.

&#191;Ya te vas? -inquiri&#243; en voz baja el cabo primero.

&#191; Por qu&#233; hab&#237;a de perder aqu&#237; el tiempo?  repuso Lopajin con tono de voz normal.

&#161;Que la suerte te acompa&#241;e! -dijo con &#225;nimo el camarada Pescacangrejos.

Lopajin no repuso; en la oscuridad se dirigi&#243; de puntillas al zagu&#225;n.

Dentro de la casa dormimos los m&#225;s hambrientos; el resto est&#225; en el patio -dijo Jmys a media voz, y bostezando como con descuido se tap&#243; la boca con la mano.

&#191;C&#243;mo dices? -pregunt&#243; sorprendido Kopytovski.

&#161;No pasar&#225;! &#161;No pasar&#225;! -exclam&#243; Jmys con la voz temblorosa por la risa.

En aquel momento Akimov, tirador del tercer batall&#243;n, hombre bilioso y amargado, que antes de la guerra hab&#237;a trabajado como contable en una gran empresa constructora de Siberia, dijo:

Le ruego, camarada Jmys, que tenga mucho cuidado con las palabras que emplea y que son sagradas para la humanidad. Por lo que he podido saber, usted recibi&#243; la segunda ense&#241;anza, es un intelectual, pero sus maneras de expresarse son descuidadas, emplea las palabras con demasiada ligereza.

&#161;No pasar&#225;! -exclam&#243; otra vez el joven Jmys sin poder contener la risa.

&#191;Por qu&#233; graznas, pajarraco? -pregunt&#243; indignado Pesca-cangrejos-. &#161;No pasar&#225;, no pasar&#225;, pero va avanzando lentamente! &#191;No oyes c&#243;mo cruje el suelo? Sin embargo, t&#250; continuas con el no pasar&#225;. &#161;Y tanto que pasar&#225;! &#161;Y muy f&#225;cilmente!

Kopytovski avis&#243;:

&#161;M&#225;s bajo! Aqu&#237; lo importante es roncar y callar.

Yo creo que sobran los ronquidos.

Lo m&#225;s importante es el camuflaje y el silencio. Si el hambre no te deja dormir, haz como que duermes.

&#191;Qu&#233; camuflaje si a mime cantan las tripas de tal modo que se oye desde la calle? -grit&#243; enfurecido Pescacangrejos -. &#161;Vaya con los explotadores! &#161;Malditos campesinos enriquecidos! &#191;C&#243;mo es posible que no den de comer a los soldados? &#191; C&#243;mo es eso? En la regi&#243;n de Smolensk yo he visto a una mujer dar a un soldado sus &#250;ltimas patatas. &#161;Pero estas mujeres no te dar&#237;an ni un pu&#241;ado de nieve en pleno invierno! Seguro que es un kolj&#243;s formado por antiguos kulaks Y a &#233;se, qu&#233; le ocurre? &#191;Anda o no anda? No se le oye.

&#161;Ha llegado a la posici&#243;n de salida, pero seguramente no pasar&#225;! -exclam&#243; Jmys entre risotadas.

A usted, joven, la atm&#243;sfera del frente le ha perturbado gravemente. Por lo que se ve, es un hombre incorregible -dijo Akimov indignado.

Bueno, ya est&#225; bien, dejad de charlar -orden&#243; enfadado el cabo primero.

Y &#233;ste, &#191;por qu&#233; grazna como un cuervo? Lo que deber&#237;a hacer es lo que hacen los abuelos, estar echado y sorberse los mocos. La verdad es que nosotros no tenemos un cabo primero, sino una fiera enjaulada.

&#161;Ma&#241;ana ver&#225;s t&#250; la fiera! &#191;Crees que no he reconocido tu voz, Nekrasov? &#161;Por mucho que cambies la voz te reconozco perfectamente!

Durante algunos minutos s&#243;lo se oyeron en la estancia algunos ronquidos; por &#250;ltimo, Pescacangrejos dijo impaciente:

&#161;No avanza! &#191;Qu&#233; estar&#225; haciendo? &#161;Ya pod&#237;a ir m&#225;s r&#225;pido! Hasta que no salga de la l&#237;nea de fuego nos tendr&#225; en un pu&#241;o. &#161;Oh, Se&#241;or, qu&#233; tortura nos has enviado! &#161;Ma&#241;ana por la ma&#241;ana a&#250;n no habr&#225; llegado al zagu&#225;n!

Se quedaron de nuevo en silencio hasta que Pescacangrejos dijo con voz desesperada:

&#161;No se mueve! &#191;Se habr&#225; acostado? &#191;O ser&#225; que ella ha colocado una alambrada en la cocina?

El cabo primero se incorpor&#243; un poco y, agotada ya la paciencia, exclam&#243;:

&#161;Callaos, hijos del demonio!

&#161;Vaya, aqu&#237; estamos peor que bajo los morteros alemanes!  murmur&#243; entre dientes Pescacangrejos, y se call&#243;; Kopytovski le tap&#243; la boca con su mano ancha y negra.

Pasaron unos largos minutos de angustiosa espera hasta que les lleg&#243; desde la cocina la voz enojada de la patrona, as&#237; como un ligero ajetreo que dur&#243; unos instantes. Algo se cay&#243; con gran estruendo y se oy&#243; un ruido de vajilla rota estrell&#225;ndose contra el suelo. En seguida son&#243; un fuerte portazo; y la puerta choc&#243; tan violentamente que cayeron trozos de estuco y empez&#243; a tintinear un reloj que estaba colgado encima del ba&#250;l.

Abriendo la puerta de espaldas, Lopajin entr&#243; en la habitaci&#243;n tambale&#225;ndose; dio unos pasos r&#225;pidos e indecisos. Apenas pod&#237;a tenerse en pie, parec&#237;a un milagro que se sostuviese en mitad de la estancia.

El cabo primero se incorpor&#243; con viveza, encendi&#243; la l&#225;mpara de petr&#243;leo y la levant&#243; por encima de su cabeza. Lopajin segu&#237;a en pie, con las piernas muy separadas. Ten&#237;a una inflamaci&#243;n entre negra y azulada en el ojo derecho, que manten&#237;a casi cerrado, mientras el izquierdo desped&#237;a chispas. Los soldados, que estaban tumbados en el suelo, se incorporaron inmediatamente como si obedecieran una orden. Sentados sobre los capotes, todos observaban en completo silencio a Lopajin. Evidentemente, no hab&#237;a nada que preguntar: el ojo hinchado y el chich&#243;n que Lopajin ten&#237;a en la frente, del tama&#241;o de un huevo de gallina, hablaban por s&#237; mismos sin necesidad de m&#225;s explicaciones.

&#161;Alejandro Makedonskov! &#161;Vaya pulga miserable! &#191;Qu&#233; tal la sorpresa? -exclamaba el cabo primero entre dientes, irritado.

Lopajin se tentaba con cuidado el chich&#243;n que ten&#237;a sobre la ceja derecha y que iba creciendo por momentos, e hizo un gesto de displicencia.

&#161;Ha sido un error imprevisible! De todos modos, hermanos, &#161;qu&#233; fuerza la de esta mujer! &#161;No es una mujer, es una maravilla! No conozco otra igual. Es un p&#250;gil de primera categor&#237;a, un verdadero luchador de peso pesado. Menos mal que estoy acostumbrado a los platos fuertes, tengo fuerza en los brazos y levanto sacos de un quintal de peso y los arrastro adonde sea Me ha cogido en brazos, por encima de las rodillas y por los hombros, y me ha dicho: &#161;Vete a dormir, Piotr Fedotovich, o te tiro por la ventana! Bueno -le digo -, eso ya lo veremos. Y lo he visto. Tanto afanarme, y ah&#237; ten&#233;is  Lopajin, con la cara crispada de dolor, se palp&#243; el chich&#243;n color violeta que ten&#237;a sobre la ceja y a&#241;adi&#243;-: Y menos mal que he dado con la espalda contra la puerta porque pod&#237;a haber dado de canto y hubiera sido peor Pero si yo sigo vivo despu&#233;s de la guerra, volver&#233; a este pueblo y dar&#233; a esta mujer su merecido aunque sea en presencia del teniente. &#161;Eso es un tesoro, no una mujer!

&#191;Y qu&#233; pasar&#225; con la oveja? -pregunt&#243; Nekrasov con entonaci&#243;n triste.

Por toda respuesta hubo tal estallido de carcajadas que Streltsof, despert&#225;ndose sobresaltado, se dirigi&#243; r&#225;pidamente hacia su fusil ametrallador, que se hallaba a poca distancia de donde estaba tumbado.

&#191;Nos dar&#225; de comer ma&#241;ana tu tesoro? -pregunt&#243; el cabo primero sin poder disimular la rabia.

Lopajin bebi&#243; agua tibia de su cantimplora y tras dejarla, respondi&#243; tranquilamente:

Lo dudo.

Entonces, &#191;para qu&#233; nos has hecho pasar tales sudores y nos has mareado tanto?

&#191;Qu&#233; pretendes de m&#237;, camarada cabo primero? &#191;Quieres acaso que vuelva a visitar a la patrona? Preferir&#237;a entend&#233;rmelas con los tanques alemanes. Y si est&#225;s tan impaciente, ve t&#250; mismo. A m&#237; me ha hecho un chich&#243;n, pero estoy seguro de que a ti te har&#225; una docena. &#191;Quieres que te acompa&#241;e hasta la cocina?

El cabo primero escupi&#243;, reneg&#243; entre dientes y se visti&#243; la guerrera. Una vez vestido, y sin dirigirse a nadie en particular, como si hablara consigo mismo, murmur&#243; con aire taciturno:

Me voy a ver al presidente del kolj&#243;s. No saldremos de aqu&#237; sin desayunar. No puedo presentarme ante el mando diciendo, a modo de novedad: Alimentad a estos desharrapados. Vosotros tranquilos, que yo vuelvo pronto.

Lopajin se acost&#243; en el lugar que le estaba reservado, se puso los brazos debajo de la cabeza y con el sentimiento del deber cumplido, dijo:

Bueno, ahora ya puedo dormir. Mi ataque ha sido rechaza-do. He hecho una retirada ordenada aunque con algunas p&#233;rdidas, y ante la clara superioridad de las fuerzas enemigas no repetir&#233; el asalto a la posici&#243;n. S&#233; que os reir&#233;is de m&#237;, muchachos, durante dos meses -al menos los que sobrevivan dos meses -, pero s&#243;lo os pido una cosa: que lo hag&#225;is a partir de ma&#241;ana, pues ahora quiero dormir.

Sin esperar respuesta, Lopajin se acomod&#243; y a los pocos segundos estaba sumido en un profundo sue&#241;o, como un ni&#241;o.



24

Kopytovski despert&#243; a Lopajin temprano:

&#161;Pulga del demonio, lev&#225;ntate y desayuna! &#161;Venga, especie de pulga!

&#191;C&#243;mo que pulga? Pero si es Alejandro Makedonskov  intervino Akimov sin dejar de restregar unos cubiertos de aluminio con un trozo de tela.

S&#237;, el terror de las mujeres, el defensor de los pueblos  dijo Jmys -. Y sin embargo, como yo dec&#237;a, ayer no pas&#243;.

&#161;Te morir&#225;s de hambre si se te ocurre confiar en semejante defensor! -exclam&#243; Nekrasov.

Lopajin entreabri&#243; los ojos y se recost&#243;. Como siempre, su ojo izquierdo brillaba con vivacidad, pero el derecho segu&#237;a ribeteado por una mancha c&#225;rdena. S&#243;lo recib&#237;a luz por una rendija.

&#161;S&#237; que te ha tratado bien la mujer! -dijo Kopytovski con el ce&#241;o fruncido; a continuaci&#243;n se volvi&#243; de espaldas para que el otro no viera c&#243;mo se re&#237;a. Lopajin sab&#237;a a la perfecci&#243;n que s&#243;lo mediante el silencio era posible salir indemne de las burlas de sus compa&#241;eros.

Se puso a silbar con indiferencia, sac&#243; del macuto una toalla y un trozo de jab&#243;n y sali&#243; al exterior. Los soldados, al pie del pozo, se lavaban codo con codo. Sobre la hierba de un peque&#241;o jard&#237;n estaban desperdigados los macutos; sobre cada uno de ellos estaban el plato y el perol correspondiente. Cerca de all&#237; ard&#237;a una gran hoguera. La olla grande del regimiento pend&#237;a de una viga de hierro. La patrona, muy acicalada, alimentaba el fuego. Con una cuchara de madera remov&#237;a el contenido del recipiente inclinando su robusto talle.

A Lopajin todo esto le pareci&#243; un sue&#241;o. Hizo una mueca dolorosa y se frot&#243; los ojos. &#161;Maldita bruja!, pens&#243;, pero en ese preciso instante lleg&#243; hasta sus narices un olor a sopa de carne. Lopajin se encogi&#243; de hombros y sali&#243; al porche. Acerc&#225;ndose al fuego, dijo con galanter&#237;a:

Buenos d&#237;as, Natalia Stepanovna.

La patrona se irgui&#243;, le dirigi&#243; una mirada penetrante y aguda y se inclin&#243; nuevamente sobre el puchero. Sus mejillas se sonrojaron ligeramente y en su recio cuello blanco aparecieron algunas manchas rojas.

&#161;Hola! -repuso ella en voz baja-. Bueno, perd&#243;name Piotr Fedotovich. Tienes un ojo morado que no presenta buen aspecto Espero que tus camaradas no estuvieran a la escucha anoche

No tiene importancia -repuso Lopajin con suficiencia-. Los cardenales adornan la cara de un hombre. Cierto que usted deber&#237;a emplear sus pu&#241;os con m&#225;s acierto, pero ahora ya no hay remedio. No se preocupe por m&#237;, ya se me pasar&#225;. Cuando el perro sale, encuentra un hueso. Yo fui a verla a usted y encontr&#233; un chich&#243;n. Lo nuestro, Natalia Stepanovna, es cosa de solteros.

La patrona se irgui&#243; nuevamente, dirigi&#243; una mirada a Lopajin y, moviendo las cejas con un gesto severo, le dijo:

&#161;Eso es lo malo, que est&#233; usted soltero! &#191;Cree que porque mi marido se halle en el ej&#233;rcito tengo yo que comportarme como una infame? Por eso, Piotr Fedotovich, me vi obligada a ense&#241;arle la eficacia de mis pu&#241;os, ya que Dios no me ha privado de fuerza

Lopajin mir&#243; asustado, con su ojo sano, a la patrona, que ten&#237;a los suyos entornados, y pregunt&#243;:

Claro, claro, le pido perd&#243;n por mi atrevimiento. Pero, d&#237;game: &#191;c&#243;mo es su marido? &#191;Cu&#225;l es su estatura?

La patrona midi&#243; a Lopajin con la mirada y sonri&#243;:

M&#225;s o menos como usted, Piotr Fedotovich, s&#243;lo que &#233;l es algo m&#225;s grueso.

Seguro que se pasar&#237;an el d&#237;a peleando, como el gato y el perro.

&#191;Qu&#233; dice? &#191;C&#243;mo se le ocurre, Piotr Fedotovich? Viv&#237;amos el uno para el otro.

Los p&#243;mulos prominentes de la mujer enrojecieron. Se volvi&#243; de espaldas y se sec&#243; una l&#225;grima con el pico del pa&#241;uelo, al tiempo que sonre&#237;a maliciosamente. Mirando a Lopajin, le dijo con los ojos ligeramente desorbitados.

Como mi marido no hay nadie en el mundo. Es una persona excelente, trabajadora, sosegada. S&#243;lo tiene un defecto, que cuando bebe un poco m&#225;s de la cuenta se pone nervioso. Sin embargo, nunca he ido a quejarme al miliciano del distrito; cuando empezaba a armar jaleo, ya le apa&#241;aba yo. No le pegaba fuerte, sino as&#237;, con cari&#241;o. Ahora est&#225; herido en el hospital de Kibishev. Quiz&#225; le dejen venir a casa para que se restablezca.

Seguro que le dar&#225;n permiso -dijo Lopajin -. Pero d&#237;game: &#191;por qu&#233; usted, Natalia Stepanovna, est&#225; preparando comida para toda nuestra gente? Hay algo que no comprendo

No hace falta comprender. Si usted me hubiera explicado ayer el asunto claramente y le hubiera dicho al presidente del kolj&#243;s que su unidad se hab&#237;a batido valerosamente con los alemanes cerca de la aldea de Podiemsky, yo no estar&#237;a preparando ahora su comida, sino que ya lo habr&#237;a hecho ayer mismo. Nosotras las mujeres pens&#225;bamos que los nuestros hu&#237;an en desbandada y que no quer&#237;an defenderse del enemigo; hab&#237;amos decidido que los que huyeran del Don y se retiraran, ya pod&#237;an morirse de hambre los muy malditos: no les dar&#237;amos un mendrugo de pan ni una gota de leche. Por el contrario, a los que marcharan hacia el Don para defendernos les dar&#237;amos de comer aunque no lo pidieran. Y as&#237; lo hemos estado haciendo. No sab&#237;amos que ustedes hubieran combatido en Podiemsky. Anteayer las mujeres de nuestro kolj&#243;s llevaron alimentos al Don. Al volver nos dijeron que corr&#237;a la voz de que nuestras fuerzas hab&#237;an sufrido muchas bajas en la otra orilla del r&#237;o, pero que tambi&#233;n los alemanes hab&#237;an ca&#237;do a montones y que estaban esparcidos por el campo de batalla como le&#241;a ca&#237;da. Si llegamos a saber que eran ustedes los que hab&#237;an luchado de esa forma, les habr&#237;amos recibido de otra manera. Su jefe, el viejo entre canoso y pelirrojo, fue ayer noche a ver al presidente y le dijo lo mucho que hab&#237;an sufrido. Y al amanecer el presidente ha venido a mi patio a todo correr. Natalia, hemos metido la pata -ha dicho -. No son hombres que huyen, son h&#233;roes. Mata algunas gallinas y asa una pierna de cordero para que coman lo que quieran. Me ha contado como se defendieron en Podiemsky y las p&#233;rdidas que sufrieron. Ahora estoy asando una pierna de cordero y he matado ocho gallinas que ya se est&#225;n cociendo. &#191;Acaso vamos a escatimar los alimentos a nuestros defensores? &#161;Todo lo dar&#237;amos con tal de que los alemanes no lleguen hasta aqu&#237;! &#191;Hasta cu&#225;ndo va a durar esta retirada? Habr&#237;a que empezar a afianzarse No se ofenda por la dureza de mis palabras, pero la verdad es que da pena verles

O sea que no hemos acertado con la llave de su cerradura  coment&#243; Lopajin.

Eso es -sonri&#243; la patrona.

Lopajin refunfu&#241;&#243; con despecho, hizo un gesto con el brazo y se dirigi&#243; hacia el pozo. Algo me va mal con el amor &#250;ltimamente, medit&#243; tristemente mientras caminaba por el sendero.



25

Marshenko, coronel jefe de la divisi&#243;n, se prepar&#243; para descansar. Por la ma&#241;ana le hab&#237;an cambiado los vendajes del antebrazo y de la cabeza, donde hab&#237;a resultado herido cerca de Serafimovich. Se sent&#237;a muy d&#233;bil y le invad&#237;a una somnolencia profunda, producto de la p&#233;rdida de sangre y de las noches insomnes.

En cuanto cay&#243; postrado en un sue&#241;o profundo, alguien llam&#243; a la puerta con suavidad repetidas veces. Golovkov, comandante de estado mayor, entr&#243; en la habitaci&#243;n en penumbra sin esperar que le respondieran.

&#191;Est&#225;s dormido, Vasili Semionovich? -inquiri&#243;.

No, no duermo. &#191;Qu&#233; quieres?

Golovkov se aproxim&#243; a la ventana a pasos cortos; estaba grueso como una barrica y era de baja estatura. De espaldas a Marshenko se quit&#243; las gafas, las limpi&#243; con el pa&#241;uelo y dijo con voz temblorosa:

El treinta y ocho ya ha llegado

Vaya -Marshenko se incorpor&#243; al momento y rechin&#243; los dientes. Sinti&#243; un dolor agudo en la sien que casi le oblig&#243; a recostarse.

Se ech&#243; nuevamente y pregunt&#243; con voz extra&#241;a, reuniendo todas sus fuerzas:

&#191;Y qu&#233; ha pasado?

Desde la lejan&#237;a le lleg&#243; la voz de Golovkov, que tanto conoc&#237;a:

Son veintisiete combatientes; cinco est&#225;n levemente heridos. Los trae el cabo primero Popristshenko. Son casi todos del segundo batall&#243;n; en cuanto al material Se conserva la bandera del regimiento. Esperan formados. -Se acerc&#243; a su o&#237;do y a&#241;adi&#243;-: Vasia, no hace falta que te levantes, ya les recibir&#233; yo. No seas insensato, podr&#237;as da&#241;arte, no se te ocurra levantarte. &#161;Est&#225;s p&#225;lido como la cera! &#191;T&#250; crees que puedes ir as&#237;?

Marshenko se qued&#243; unos segundos sentado en el catre; se pasaba la mano oscura por el vendaje que le cubr&#237;a parte de la cabeza. Unas gotas de sudor le perlaban la sien derecha. Con gran esfuerzo irgui&#243; su cuerpo huesudo y replic&#243; secamente:

Yo saldr&#233; a recibirles. Fiodor, ya sabr&#225;s que yo serv&#237; bajo esa bandera antes de la guerra; fueron ocho a&#241;os S&#237;, ir&#233; a recibirles.

&#191;No te caer&#225;s, como pas&#243; ayer?

No -repuso Marshenko.

Ser&#225; conveniente que alguien te sostenga del brazo.

No. Diles que no hace falta que den la novedad; y que saquen la bandera.

Saliendo al exterior, Marshenko baj&#243; lentamente y con cautela los inseguros escalones; se apoyaba en la barandilla. En cuanto su pie toc&#243; la tierra, los veintisiete pares de botas de la formaci&#243;n militar que ten&#237;a delante dieron un taconazo sordo y un&#225;nime.

Marshenko tanteaba primero el suelo con la punta del pie para apoyar luego toda la planta; parec&#237;a un ciego. Finalmente se irgui&#243;, aproxim&#225;ndose lentamente a la formaci&#243;n. En el profundo silencio no se o&#237;a m&#225;s que la respiraci&#243;n de los soldados y el crujido de la tierra bajo los pies del coronel.

Se par&#243; en seco y con el ojo que no estaba vendado, brillante, oscuro como el carb&#243;n e inquisidor, contempl&#243; uno a uno los rostros de los soldados. De modo inesperado exclam&#243; con fuerte voz:

&#161;Soldados! &#161;Vuestra patria y Stalin no olvidar&#225;n nunca vuestra heroicidad y vuestro sacrificio! Os agradezco que hay&#225;is conservado la bandera, reliquia del regimiento. -Estaba emocionado y no pod&#237;a ocultarlo. Una convulsi&#243;n nerviosa le recorr&#237;a con intermitencia la mejilla derecha.

Dej&#243; transcurrir unos momentos de silencio y sigui&#243; ha blando:

En dos ocasiones rindi&#243; honores militares a esta bandera nuestro gran Stalin en el a&#241;o 1919; era cuando estaba en el frente sur y su regimiento combat&#237;a contra las tropas de Danikin. Esta bandera la vio en Sivasch el camarada Fruse. Tambi&#233;n los camaradas Vorochilov y Budeny la han visto desplegada muchas veces

El coronel levant&#243; la sucia mano, cerr&#243; el pu&#241;o y lo puso sobre su cabeza. Su voz, llena de fe, de pasi&#243;n y de energ&#237;a, creci&#243; y reson&#243; como la cuerda tensa de un instrumento.

&#161;Venceremos nosotros, no importa que el enemigo celebre de momento sus &#233;xitos! &#161;Ten&#233;is que llevar nuestra bandera a Alemania! Sobre ese pa&#237;s maldito, cuna de violadores, asesinos y saqueadores, caer&#225; la desgracia. En los &#250;ltimos enfrentamiento, ya en suelo alem&#225;n, nuestra bandera se desplegar&#225; &#161;La bandera de nuestro gran ej&#233;rcito liberador! &#161;Soldados, gracias!

La bandera dorada enarbolada en el asta ondeaba a los soplos del viento. Silenciosamente el coronel se acerc&#243; a ella y clav&#243; la rodilla en tierra. Por unos momentos su cuerpo se inclin&#243; y su mano derecha se apoy&#243; en la h&#250;meda arena. Venciendo aquel rasgo de debilidad se irgui&#243;, inclin&#243; respetuosamente la vendada cabeza y comprimi&#243; los labios temblorosos contra el pa&#241;o aterciopelado de la bandera; ol&#237;a a p&#243;lvora, al polvo de los caminos lejanos, al inevitable ajenjo de las estepas

Apretando los dientes, Lopajin se manten&#237;a quieto; oy&#243; un gemido a su derecha y esto le hizo volver la cabeza. El cabo primero Popristshenko, un veterano de guerra, temblaba; pero segu&#237;a en posici&#243;n de firmes. Ca&#237;an de sus ojos entrecerrados l&#225;grimas que se deslizaban por aquellas mejillas ajadas. Por respeto al reglamento no movi&#243; la mano para enjug&#225;rselas; se limitaba a inclinar lentamente la cabeza



Mijail Sh&#243;lojov



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