




Jos&#233; Emilio Pacheco


Las batallas en el desierto


 1981


A la memoria de Jos&#233; Estrada,

Alberto Isaac y Juan Manuel Torres,

Y a Eduardo Mej&#237;a


The past is a foreign country. They do things

differently there.

L. P. Hartley:The Go-Between





I


EL MUNDO ANTIGUO


Me acuerdo, no me acuerdo: &#191;qu&#233; a&#241;o era aqu&#233;l?; Ya hab&#237;a supermercados pero no televisi&#243;n, radio tan s&#243;lo: Las aventuras de Carlos Lacroix, Tarz&#225;n, El Llanero Solitario, La Legi&#243;n de los Madrugadores, Los Ni&#241;os Catedr&#225;ticos, Leyendas de las calles de M&#233;xico, Panseco, El Doctor I.Q., La Doctora Coraz&#243;n desde su Cl&#237;nica de Almas. Paco Malgesto narraba las corridas de toros, Carlos Albert era el cronista de futbol, el Mago Septi&#233;n trasmit&#237;a el beisbol. Circulaban los primeros coches producidos despu&#233;s de la guerra: Packard, Cadillac, Buick, Chrysler, Mercury, Hudson, Pontiac, Dodge, Plymouth, De Soto. &#205;bamos a ver pel&#237;culas de Errol Flynn y Tyrone Power, a matin&#233;s con una de episodios completa: La invasi&#243;n de Mongo era mi predilecta. Estaban de moda Sin ti, La rondalla, La burrita, La m&#250;cura, Amorcito Coraz&#243;n. Volv&#237;a a sonar en todas partes un antiguo bolero puertorrique&#241;o: Por alto est&#233; el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo, no habr&#225; una barrera en el mundo que mi amor profundo no rompa por ti.

Fue el a&#241;o de la poliomielitis: escuelas llenas de ni&#241;os con aparatos ortop&#233;dicos; de la fiebre aftosa: en todo el pa&#237;s fusilaban por decenas de miles reses enfermas; de las inundaciones: el centro de la ciudad se convert&#237;a otra vez en laguna, la gente iba por las calles en lancha. Dicen que con la pr&#243;xima tormenta estallar&#225; el Canal del Desag&#252;e y anegar&#225; la capital. Qu&#233; importa, contestaba mi hermano, si bajo el r&#233;gimen de Miguel Alem&#225;n ya vivimos hundidos en la mierda.

La cara del Se&#241;orpresidente en dondequiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegor&#237;as del progreso con Miguel Alem&#225;n como Dios Padre, caricaturas laudatorias, monumentos. Adulaci&#243;n p&#250;blica, insaciable maledicencia privada. Escrib&#237;amos mil veces en el cuaderno de castigos: Debo ser obediente, debo ser obediente, debo ser obediente con mis padres y con mis maestros. Nos ense&#241;aban historia patria, lengua nacional, geograf&#237;a del DF: los r&#237;os (a&#250;n quedaban r&#237;os), las monta&#241;as (se ve&#237;an las monta&#241;as). Era el mundo antiguo. Los mayores se quejaban de la inflaci&#243;n, los cambios, el tr&#225;nsito, la inmoralidad, el ruido, la delincuencia, el exceso de gente, la mendicidad, los extranjeros, la corrupci&#243;n, el enriquecimiento sin l&#237;mite de unos cuantos y la miseria de casi todos.

Dec&#237;an los peri&#243;dicos: El mundo atraviesa por un momento angustioso. El espectro de la guerra final se proyecta en el horizonte. El s&#237;mbolo sombr&#237;o de nuestro tiempo es el hongo at&#243;mico. Sin embargo hab&#237;a esperanza. Nuestros libros de texto afirmaban: Visto en el mapa M&#233;xico tiene forma de cornucopia o cuerno de la abundancia. Para el impensable a&#241;o dos mil se auguraba -sin especificar c&#243;mo &#237;bamos a lograrlo- un porvenir de plenitud y bienestar universales. Ciudades limpias, sin injusticia, sin pobres, sin violencia, sin congestiones, sin basura. Para cada familia una casa ultramoderna y aerodin&#225;mica (palabras de la &#233;poca). A nadie le faltar&#237;a nada. Las m&#225;quinas har&#237;an todo el trabajo. Calles repletas de &#225;rboles y fuentes, cruzadas por veh&#237;culos sin humo ni estruendo ni posibilidad de colisiones. El para&#237;so en la tierra. La utop&#237;a al fin conquistada.

Mientras tanto nos moderniz&#225;bamos, incorpor&#225;bamos a nuestra habla t&#233;rminos que primero hab&#237;an sonado como pochismos en las pel&#237;culas de Tin Tan y luego insensiblemente se mexicanizaban: tenqu&#237;u, oqu&#233;i, uasamara, sherap, sorry, uan m&#243;ment pliis. Empez&#225;bamos a comer hamburguesas, pays, donas, jotdogs, malteadas, &#225;iscrim, margarina, mantequilla de cacahuate. La cocacola sepultaba las aguas frescas de jamaica, ch&#237;a, lim&#243;n. Los pobres segu&#237;an tomando tepache. Nuestros padres se habituaban al jaibol que en principio les supo a medicina. En mi casa est&#225; prohibido el tequila, le escuch&#233; decir a mi t&#237;o Juli&#225;n. Yo nada m&#225;s sirvo whisky a mis invitados: hay que blanquear el gusto de los mexicanos.



II


LOS DESASTRES DE LA GUERRA


En los recreos com&#237;amos tortas de nata que no se volver&#225;n a ver jam&#225;s. Jug&#225;bamos en dos bandos: &#225;rabes y jud&#237;os. Acababa de establecerse Israel y hab&#237;a guerra contra la Liga &#193;rabe. Los ni&#241;os que de verdad eran &#225;rabes y jud&#237;os s&#243;lo se hablaban para insultarse y pelear. Bernardo Mondrag&#243;n, nuestro profesor, les dec&#237;a: Ustedes nacieron aqu&#237;. Son tan mexicanos como sus compa&#241;eros. No hereden el odio. Despu&#233;s de cuanto acaba de pasar (las infinitas matanzas, los campos de exterminio, la bomba at&#243;mica, los millones y millones de muertos), el mundo de ma&#241;ana, el mundo en el que ustedes ser&#225;n hombres, debe ser un sitio de paz, un lugar sin cr&#237;menes y sin infamias. En las filas de atr&#225;s sonaba una risita. Mondrag&#243;n nos observaba trist&#237;simo, se preguntaba qu&#233; iba a ser de nosotros con los a&#241;os, cu&#225;ntos males y cu&#225;ntas cat&#225;strofes a&#250;n estar&#237;an por delante.

Hasta entonces el imperio otomano perduraba como la luz de una estrella muerta: Para m&#237;, ni&#241;o de la colonia Roma, &#225;rabes y jud&#237;os eran "turcos". Los "turcos" no me resultaban extra&#241;os como Jim, que naci&#243; en San Francisco y hablaba sin acento los dos idiomas; o Toru, crecido en un campo de concentraci&#243;n para japoneses; o Peralta y Rosales. Ellos no pagaban colegiatura, estaban becados, viv&#237;an en las vecindades ruinosas de la colonia de los Doctores. La calzada de La Piedad, todav&#237;a no llamada avenida Cuauht&#233;moc, y el parque Urueta formaban la l&#237;nea divisoria entre Roma y Doctores. Romita era un pueblo aparte. All&#237; acecha el Hombre del Costal, el gran Robachicos. Si vas a Romita, ni&#241;o, te secuestran, te sacan los ojos, te cortan las manos y la lengua, te ponen a pedir caridad y el Hombre del Costal se queda con todo. De d&#237;a es un mendigo; de noche un millonario elegant&#237;simo gracias a la explotaci&#243;n de sus v&#237;ctimas. El miedo de estar cerca de Romita. El miedo de pasar en tranv&#237;a por el puente de avenida Coyoac&#225;n: s&#243;lo rieles y durmientes; abajo el r&#237;o sucio de La Piedad que a veces con las lluvias se desborda.

Antes de la guerra en el Medioriente el principal deporte de nuestra clase consist&#237;a en molestar a Toru. Chino chino japon&#233;s: come caca y no me des. Aja, Toru, embiste: voy a clavarte un par de

banderillas. Nunca me sum&#233; a las burlas. Pensaba en lo que sentir&#237;a yo, &#250;nico mexicano en una escuela de Tokio; y lo que sufrir&#237;a Toru con aquellas pel&#237;culas en que los japoneses eran representados como simios gesticulantes y mor&#237;an por millares. Toru, el mejor del grupo, sobresaliente en todas las materias. Siempre estudiando con su libro en la mano. Sab&#237;a jiu-jit-su. Una vez se cans&#243; y por poco hace pedazos a Dom&#237;nguez. Lo oblig&#243; a pedirle perd&#243;n de rodillas. Nadie volvi&#243; a meterse con Toru. Hoy dirige una industria japonesa con cuatro mil esclavos mexicanos.

Soy de la Irg&#250;n. Te mato: Soy de la Legi&#243;n &#193;rabe. Comenzaban las batallas en el desierto. Le dec&#237;amos as&#237; porque era un patio de tierra colorada, polvo de tezontle o ladrillo, sin &#225;rboles ni plantas, s&#243;lo una caja de cemento al fondo. Ocultaba un pasadizo hecho en tiempos de la persecuci&#243;n religiosa para llegar a la casa de la esquina y huir por la otra calle. Consider&#225;bamos el subterr&#225;neo un vestigio de &#233;pocas prehist&#243;ricas. Sin embargo, en aquel momento la guerra cristera se hallaba menos lejana de lo que nuestra infancia est&#225; de ahora. La guerra en que la familia de mi madre particip&#243; con algo m&#225;s que simpat&#237;a. Veinte a&#241;os despu&#233;s continuaba venerando a los m&#225;rtires como el padre Pro y Anacleto Gonz&#225;lez Flores. En cambio nadie recordaba a los miles de campesinos muertos, los agraristas, los profesores rurales, los soldados de leva.

Yo no entend&#237;a nada: la guerra, cualquier guerra, me resultaba algo con lo que se hacen pel&#237;culas. En ella tarde o temprano ganan los buenos (&#191;qui&#233;nes son los buenos?). Por fortuna en M&#233;xico no hab&#237;a guerra desde que el general C&#225;rdenas venci&#243; la sublevaci&#243;n de Saturnino Cedillo. Mis padres no pod&#237;an creerlo porque su ni&#241;ez, adolescencia y juventud pasaron sobre un fondo continuo de batallas y fusilamientos. Pero aquel a&#241;o, al parecer, las cosas andaban muy bien: a cada rato suspend&#237;an las clases para llevarnos a la inauguraci&#243;n de carreteras, avenidas, presas, parques deportivos, hospitales, ministerios, edificios inmensos.

Por regla general eran nada m&#225;s un mont&#243;n de piedras. El presidente inauguraba enormes monumentos inconclusos a s&#237; mismo. Horas y horas bajo el sol sin movernos ni tomar agua -Rosales trae limones; son muy buenos para la sed; p&#225;sate uno- esperando la llegada de Miguel Alem&#225;n. Joven, sonriente, simp&#225;tico, brillante, saludando a bordo de un cami&#243;n de redilas con su comitiva.

Aplausos, confeti, serpentinas, flores, muchachas, soldados (todav&#237;a con sus cascos franceses), pistoleros (a&#250;n nadie los llamaba guaruras), la eterna viejecita que rompe la valla militar y es fotografiada cuando entrega al Se&#241;orpresidente un ramo de rosas.

Hab&#237;a tenido varios amigos pero ninguno les cay&#243; bien a mis padres: Jorge por ser hijo de un general que combati&#243; a los cristeros; Arturo por venir de una pareja divorciada y estar a cargo de una t&#237;a que cobraba por echar las cartas; Alberto porque su madre viuda trabajaba en una agencia de viajes, y una mujer decente no deb&#237;a salir de su casa. Aquel a&#241;o yo era amigo de Jim. En las inauguraciones, que ya formaban parte natural de la vida, Jim dec&#237;a: Hoy va a venir mi pap&#225;. Y luego: &#191;Lo ven? Es el de la corbata azulmarina. All&#237; est&#225; junto al presidente Alem&#225;n. Pero nadie pod&#237;a distinguirlo entre las cabecitas bien peinadas con linaza o Glostora. Eso s&#237;: a menudo se publicaban sus fotos. Jim cargaba los recortes en su mochila. &#191;Ya viste a mi pap&#225; en el Exc&#233;lsior? Qu&#233; raro: no se parecen en nada. Bueno, dicen que sal&#237; a mi mam&#225;. Voy a parecerme a &#233;l cuando crezca.



III


AL&#205; BAB&#193; Y LOS CUARENTA LADRONES


Era extra&#241;o que si su padre ten&#237;a un puesto tan importante en el gobierno y una influencia decisiva en los negocios, Jim estudiara en un colegio de mediopelo, propio para quienes viv&#237;amos en la misma colonia Roma venida a menos, no para el hijo del poderos&#237;simo amigo &#237;ntimo y compa&#241;ero de banca de Miguel Alem&#225;n; el ganador de millones y millones a cada iniciativa del presidente: contratos por todas partes, terrenos en Acapulco, permisos de importaci&#243;n, constructoras, autorizaciones para establecer filiales de compa&#241;&#237;as norteamericanas; asbestos, leyes para cubrir todas las azoteas con tinacos de asbesto cancer&#237;geno; reventa de leche en polvo hurtada a los desayunos gratuitos en las escuelas populares, falsificaci&#243;n de vacunas y medicinas, enormes contrabandos de oro y plata, inmensas extensiones compradas a centavos por metro, semanas antes de que se anunciaran la carretera o las obras de urbanizaci&#243;n que elevar&#237;an diez mil veces el valor de aquel suelo; cien millones de pesos cambiados en d&#243;lares y depositados en Suiza el d&#237;a anterior a la devaluaci&#243;n.

A&#250;n m&#225;s indescifrable resultaba que Jim viviera con su madre no en una casa de Las Lomas, o cuando menos Polanco, sino en un departamento en un tercer piso cerca de la escuela. Qu&#233; raro. No tanto, se dec&#237;a en los recreos: la mam&#225; de Jim es la querida de ese tipo. La esposa es una vieja horrible que sale mucho en sociales. F&#237;jate cuando haya algo para los ni&#241;os pobres (je je, mi pap&#225; dice que primero los hacen pobres y luego les dan limosna) y la ver&#225;s retratada: espantosa, gord&#237;sima. Parece guacamaya o mamut. En cambio la mam&#225; de Jim es muy joven, muy guapa, algunos creen que es su hermana. Y &#233;l, terciaba Ayala, no es hijo de ese cabr&#243;n ratero que est&#225; chingando a M&#233;xico, sino de un periodista gringo que se llev&#243; a la mam&#225; a San Francisco y nunca se cas&#243; con ella. El Se&#241;or no trata muy bien al pobre de Jim. Dicen que tiene mujeres por todas partes. Hasta estrellas de cine y toda la cosa. La mam&#225; de Jim s&#243;lo es una entre muchas.

No es cierto, les contestaba yo. No sean as&#237;. &#191;Les gustar&#237;a que se hablara de sus madres en esa forma? Nadie se atrevi&#243; a decirle estas cosas a Jim pero &#233;l, como si adivinara la murmuraci&#243;n, insist&#237;a: Veo poco a mi pap&#225; porque siempre est&#225; fuera, trabajando al servicio de M&#233;xico. S&#237; c&#243;mo no, replicaba Alcaraz: "trabajando al servicio de M&#233;xico": Al&#237; Baba y los cuarenta ladrones. Dicen en mi casa que est&#225;n robando hasta lo que no hay. Todos en el gobierno de Alem&#225;n son una bola de ladrones. Ya que te compre otro suetercito con lo que nos roba.

Jim se pelea y no quiere hablar con nadie. No me imagino qu&#233; pasar&#237;a si se enterase de los rumores acerca de su madre. (Cuando &#233;l est&#225; presente los ataques de nuestros compa&#241;eros se limitan al Se&#241;or.) Jim se ha hecho mi amigo porque no soy su juez. En resumidas cuentas, &#233;l qu&#233; culpa tiene. Nadie escoge c&#243;mo nace, en d&#243;nde nace, cu&#225;ndo nace, de qui&#233;nes nace. Y ya no vamos a entrar en la guerra de los recreos. Hoy los jud&#237;os tomaron Jerusal&#233;n pero ma&#241;ana ser&#225; la venganza de los &#225;rabes.

Los viernes, a la salida de la escuela, iba con Jim al Roma, el Royal, el Balmori, cines que ya no existen. Pel&#237;culas de Lassie o Elizabeth Taylor adolescente. Y nuestro predilecto: programa triple visto mil veces: Frankenstein, Dr&#225;cula, El Hombre Lobo. O programa doble: Aventuras en Birmania y Dios es mi copiloto. O bien, una que al padre P&#233;rez del Valle le encantaba proyectar los domingos en su Club Vanguardias: Adi&#243;s, m&#237;ster Chips. Me dio tanta tristeza como Bambi. Cuando a los tres o cuatro a&#241;os vi esta pel&#237;cula de Walt Disney, tuvieron que sacarme del cine llorando porque los cazadores mataban a la mam&#225; de Bambi. En la guerra asesinaban a millones de madres. Pero no lo sab&#237;a, no lloraba por ellas ni por sus hijos; aunque en el Cinelandia -junto a las caricaturas del Pato Donald, el Rat&#243;n Mickey, Popeye el Marino, el P&#225;jaro Loco y Bugs Bunny-pasaban los noticieros: bombas cayendo a plomo sobre las ciudades, ca&#241;ones, batallas, incendios, ruinas, cad&#225;veres.



IV


LUGAR DE ENMEDIO


&#201;ramos tantos hermanos que no pod&#237;a invitar a Jim a mi casa. Mi madre siempre arreglando lo que dej&#225;bamos tirado, cocinando, lavando ropa; ansiosa de comprar lavadora, aspiradora, licuadora, olla express, refrigerador el&#233;ctrico. (El nuestro era de los &#250;ltimos que funcionaban con un bloque de hielo cambiado todas las ma&#241;anas.) En esa &#233;poca mi madre no ve&#237;a sino el estrecho horizonte que le mostraron en su casa. Detestaba a quienes no eran de Jalisco. Juzgaba extranjeros al resto de los mexicanos y aborrec&#237;a en especial a los capitalinos. Odiaba la colonia Roma porque empezaban a desertarla las buenas familias y en aquellos a&#241;os la habitaban &#225;rabes y jud&#237;os y gente del sur: campechanos, chiapanecos, tabasque&#241;os, yucatecos. Rega&#241;aba a H&#233;ctor que ya ten&#237;a veinte a&#241;os y en vez de asistir a la Universidad Nacional en donde estaba inscrito, pasaba las semanas en el Swing Club y en billares, cantinas, burdeles. Su pasi&#243;n era hablar de mujeres, pol&#237;tica, autom&#243;viles. Tanto quejarse de los militares, dec&#237;a, y ya ven c&#243;mo anda el pa&#237;s cuando imponen en la presidencia a un civil. Con mi general Henr&#237;quez Guzm&#225;n, M&#233;xico estar&#237;a tan bien como Argentina con el general Per&#243;n. Ya ver&#225;n, ya ver&#225;n c&#243;mo se van a poner aqu&#237; las cosas en 1952. Me canso que, con el pri o contra el pri, Henr&#237;quez Guzm&#225;n va a ser presidente.

Mi padre no sal&#237;a de su f&#225;brica de jabones que se ahogaba ante la competencia y la publicidad de las marcas norteamericanas. Anunciaban por radio los nuevos detergentes: Ace, Fab, Vel, y sentenciaban: El jab&#243;n pas&#243; a la historia. Aquella espuma que para todos (a&#250;n ignorantes de sus da&#241;os) significaba limpieza, comodidad, bienestar y, para las mujeres, liberaci&#243;n de horas sin t&#233;rmino ante el lavadero, para nosotros representaba la cresta de la ola que se llevaba nuestros privilegios.

Monse&#241;or Mart&#237;nez, arzobispo de M&#233;xico, decret&#243; un d&#237;a de oraci&#243;n y penitencia contra el avance del comunismo. No olvido aquella ma&#241;ana: en el recreo le mostraba a Jim uno de mis Peque&#241;os Grandes Libros, novelas ilustradas que en el extremo superior de la p&#225;gina ten&#237;an cinito (las figuras parec&#237;an moverse si uno dejaba correr las hojas con el dedo pulgar), cuando Rosales, que nunca antes se hab&#237;a metido conmigo, grit&#243;: Hey, miren: esos dos son putos. Vamos a darles pamba a los putos. Me le fui encima a golpes. P&#225;same a tu madre, pinche buey, y ver&#225;s qu&#233; tan puto, indio pendejo. El profesor nos separ&#243;. Yo con un labio roto, &#233;l con sangre de la nariz que le manchaba la camisa.

Gracias a la pelea mi padre me ense&#241;&#243; a no despreciar. Me pregunt&#243; con qui&#233;n me hab&#237;a enfrentado. Llam&#233; "indio" a Rosales. Mi padre dijo que en M&#233;xico todos &#233;ramos indios, aun sin saberlo ni quererlo. Si los indios no fueran al mismo tiempo los pobres nadie usar&#237;a esa palabra a modo de insulto. Me refer&#237; a Rosales como "pelado". Mi padre se&#241;al&#243; que nadie tiene la culpa de estar en la miseria, y antes de juzgar mal a alguien deb&#237;a pensar si tuvo las mismas oportunidades que yo.

Millonario frente a Rosales, frente a Harry Atherton yo era un mendigo. El a&#241;o anterior, cuando a&#250;n estudi&#225;bamos en el Colegio M&#233;xico, Harry Atherton me invit&#243; una sola vez a su casa en Las Lomas: billar subterr&#225;neo, piscina, biblioteca con miles de tomos encuadernados en piel, despensa, cava, gimnasio, vapor, cancha de tenis, seis ba&#241;os. (&#191;Por qu&#233; tendr&#225;n tantos ba&#241;os las casas ricas mexicanas?) Su cuarto daba a un jard&#237;n en declive con &#225;rboles antiguos y una cascada artificial. A Harry no lo hab&#237;an puesto en el Americano sino en el M&#233;xico para que conociera un medio de lengua espa&#241;ola y desde temprano se familiarizara con quienes iban a ser sus ayudantes, sus prestanombres, sus eternos aprendices, sus criados.

Cenamos. Sus padres no me dirigieron la palabra y hablaron todo el tiempo en ingl&#233;s. Honey, how do you like the little Spic? He's a midget, isn't he? Oh Jack, please. Maybe the poor kid is catching on. Don't worry, dear, he wouldn't understand a thing. Al d&#237;a siguiente Harry me dijo: Voy a darte un consejo: aprende a usar los cubiertos. Anoche comiste filete con el tenedor del pescado. Y no hagas ruido al tomar la sopa, no hables con la boca llena, mastica despacio trozos peque&#241;os.

Lo contrario me pas&#243; con Rosales cuando acababa de entrar en esta escuela, ya que ante la crisis de su f&#225;brica mi padre no pudo seguir pagando las colegiaturas del M&#233;xico. Fui a copiar unos apuntes de civismo a casa de Rosales. Era un excelente alumno, el de mejor letra y ortograf&#237;a, y todos lo utiliz&#225;bamos para estos favores. Viv&#237;a en una vecindad apuntalada con vigas. Los ca&#241;os inservibles anegabanelpatio. En el agua verdosaflotaba mierda. 

A los veintisiete a&#241;os su madre parec&#237;a de cincuenta. Me recibi&#243; muy amable y, aunque no estaba invitado, me hizo compartir la cena. Quesadillas de sesos. Me dieron asco. Chorreaban una grasa extra&#241;&#237;sima semejante al aceite para coches. Rosales dorm&#237;a sobre un petate en la sala. El nuevo hombre de su madre lo hab&#237;a expulsado del &#250;nico cuarto.



V


POR HONDO QUE SEA EL MAR PROFUNDO


El pleito convenci&#243; a Jim de que yo era su amigo. Un viernes hizo lo que nunca hab&#237;a hecho: me invit&#243; a merendar en su casa. Qu&#233; pena no poder llevarlo a la m&#237;a. Subimos al tercer piso y abri&#243; la puerta. Traigo llave porque a mi mam&#225; no le gusta tener sirvienta. El departamento ol&#237;a a perfume, estaba ordenado y muy limpio. Muebles flamantes de Sears Roebuck. Una foto de la se&#241;ora por Semo, otra de Jim cuando cumpli&#243; un a&#241;o (al fondo el Golden Gate), varias del Se&#241;or con el presidente en ceremonias, en inauguraciones, en el Tren Olivo, en el avi&#243;n El Mexicano, en fotos de conjunto. "El Cachorro de la Revoluci&#243;n" y su equipo: los primeros universitarios que gobernaban el pa&#237;s. T&#233;cnicos, no pol&#237;ticos. Personalidades morales intachables, insist&#237;a la propaganda.

Nunca pens&#233; que la madre de Jim fuera tan joven, tan elegante y sobre todo tan hermosa. No supe qu&#233; decirle. No puedo describir lo que sent&#237; cuando ella me dio la mano. Me hubiera gustado quedarme all&#237; mir&#225;ndola. Pasen por favor al cuarto de Jim. Voy a terminar de prepararles la merienda. Jim me ense&#241;&#243; su colecci&#243;n de plumas at&#243;micas (los bol&#237;grafos apestaban, derramaban tinta viscosa; eran la novedad absoluta aquel a&#241;o en que por &#250;ltima vez us&#225;bamos tintero, manguillo, secante), los juguetes que el Se&#241;or le compr&#243; en Estados Unidos: ca&#241;&#243;n que disparaba cohetes de salva, cazabombardero de propulsi&#243;n a chorro, soldados con lanzallamas, tanques de cuerda, ametralladoras de pl&#225;stico (apenas comenzaban los pl&#225;sticos), tren el&#233;ctrico Lionel, radio port&#225;til. No llevo nada de esto a la escuela porque nadie tiene juguetes as&#237; en M&#233;xico. No, claro, los ni&#241;os de la Segunda Guerra Mundial no tuvimos juguetes. Todo fue producci&#243;n militar. Hasta la Parker y la Esterbrook, le&#237; en Selecciones, fabricaron en vez de plumas materiales de guerra. Pero no me importaban los juguetes. Oye &#191;c&#243;mo dijiste que se llama tu mam&#225;? Mariana. Le digo as&#237;, no le digo mam&#225;. &#191;Y t&#250;? No, pues no, a la m&#237;a le hablo de usted; ella tambi&#233;n les habla de usted a mis abuelitos. No te burles Jim, no te r&#237;as.

Pasen a merendar, dijo Mariana. Y nos sentamos. Yo frente a ella, mir&#225;ndola. No sab&#237;a qu&#233; hacer: no probar bocado o devorarlo todo parahalagarla. Si como, pensar&#225; que estoy hambriento;si no como, creer&#225; que no me gusta lo que hizo.Mastica despacio, no hables con la boca llena.&#191;De qu&#233; podemos conversar? Por fortuna Marianarompe el silencio. &#191;Qu&#233; te parecen? Les dicen Flying Saucers: platos voladores, s&#225;ndwiches asados en este aparato. Me encantan, se&#241;ora, nunca hab&#237;a comido nada tan delicioso. Pan Bimbo, jam&#243;n, queso Kraft, tocino, mantequilla, ketchup, mayonesa, mostaza. Eran todo lo contrario del pozole, la birria, las tostadas de pata, el chicharr&#243;n en salsa verde que hac&#237;a mi madre. &#191;Quieres m&#225;s platos voladores? Con mucho gusto te los preparo. No, mil gracias, se&#241;ora. Est&#225;n riqu&#237;simos pero de verdad no se moleste.

Ella no toc&#243; nada. Habl&#243;, me habl&#243; todo el tiempo. Jim callado, comiendo uno tras otro platos voladores. Mariana me pregunt&#243;: &#191;A qu&#233; se dedica tu pap&#225;? Qu&#233; pena contestarle: es due&#241;o de una f&#225;brica, hace jabones de tocador y de lavadero. Lo est&#225;n arruinando los detergentes. &#191;Ah s&#237;? Nunca lo hab&#237;a pensado. Pausas, silencios. &#191;Cu&#225;ntos hermanos tienes? Tres hermanas y un hermano. &#191;Son de aqu&#237; de la capital? S&#243;lo la m&#225;s chica y yo, los dem&#225;s nacieron en Guadalajara. Ten&#237;amos una casa muy grande en la calle de San Francisco. Ya la tumbaron. &#191;Te gusta la escuela? La escuela no est&#225; mal aunque -&#191;verdad Jim?- nuestros compa&#241;eros son muy latosos.

Bueno, se&#241;ora, con su permiso, ya me voy. (&#191;C&#243;mo aclararle: me matan si regreso despu&#233;s de las ocho?) Un mill&#243;n de gracias, se&#241;ora. Todo estuvo muy rico. Voy a decirle a mi mam&#225; que compre el asador y me haga platos voladores. No hay en M&#233;xico, intervino por primera vez Jim. Si quieres te lo traigo ahora que vaya a los Estados Unidos.

Aqu&#237; tienes tu casa. Vuelve pronto. Muchas gracias de nuevo, se&#241;ora. Gracias Jim. Nos vemos el lunes. C&#243;mo me hubiera gustado permanecer all&#237; para siempre o cuando menos llevarme la foto de Mariana que estaba en la sala. Camin&#233; por Tabasco, di vuelta en C&#243;rdoba para llegar a mi casa en Zacatecas. Los faroles plateados daban muy poca luz. Ciudad en penumbra, misteriosa colonia Roma de entonces. &#193;tomo del inmenso mundo, dispuesto muchos a&#241;os antes de mi nacimiento como una escenograf&#237;a para mi representaci&#243;n. Una sinfonola tocaba el bolero. Hasta ese momento la m&#250;sica hab&#237;a sido nada m&#225;s el Himno Nacional, los c&#225;nticos de mayo en la iglesia, Cri Cri, sus canciones infantiles -Los caballitos, Marcha de las letras, Negrito sand&#237;a, El rat&#243;n vaquero, Juan Pesta&#241;as- y la melod&#237;a circular, envolvente,h&#250;meda de Ravel con que la xeq iniciaba sustransmisiones a las seis y media, cuando mi padreencend&#237;a el radio para despertarme con el estruendo de La Legi&#243;n de los Madrugadores. Al escuchar el otro bolero que nada ten&#237;a que ver con el de Ravel, me llam&#243; la atenci&#243;n la letra. Por alto est&#233; el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo.

Mir&#233; la avenida &#193;lvaro Obreg&#243;n y me dije: Voy a guardar intacto el recuerdo de este instante porque todo lo que existe ahora mismo nunca volver&#225; a ser igual. Un d&#237;a lo ver&#233; como la m&#225;s remota prehistoria. Voy a conservarlo entero porque hoy me enamor&#233; de Mariana. &#191;Qu&#233; va a pasar? No pasar&#225; nada. Es imposible que algo suceda. &#191;Qu&#233; har&#233;? &#191;Cambiarme de escuela para no ver a Jim y por tanto no ver a Mariana? &#191;Buscar a una ni&#241;a de mi edad? Pero a mi edad nadie puede buscar a ninguna ni&#241;a. Lo &#250;nico que puede es enamorarse en secreto, en silencio, como yo de Mariana. Enamorarse sabiendo que todo est&#225; perdido y no hay ninguna esperanza.



VI


OBSESI&#211;N


Cu&#225;nto tardaste. Mam&#225;, le dije que iba a merendar a casa de Jim. S&#237; pero nadie te dio permiso para volver a estas horas: son ocho y media. Estaba preocupad&#237;sima: pens&#233; que te mataron o te secuestr&#243; el Hombre del Costal. Qu&#233; porquer&#237;as habr&#225;s comido. Ve t&#250; a saber qui&#233;nes ser&#225;n los padres de tu amiguito. &#191;Es ese mismo con el que vas al cine?

S&#237;. Su pap&#225; es muy importante. Trabaja en el gobierno. &#191;En el gobierno? &#191;Y vive en ese mugroso edificio? &#191;Por qu&#233; nunca me hab&#237;as contado? &#191;C&#243;mo dijiste que se llama? Imposible: Conozco a la esposa. Es &#237;ntima amiga de tu t&#237;a Elena. No tienen hijos. Es una tragedia en medio de tanto poder y tanta riqueza. Te est&#225;n tomando el pelo, Carlitos. Qui&#233;n sabe con qu&#233; fines pero te est&#225;n tomando el pelo. Voy a pedirle a tu profesor que desenrede tanto misterio. No, por favor, se lo suplico: no le diga nada a Mondrag&#243;n. &#191;Qu&#233; pensar&#237;a la mam&#225; de Jim si se enterase? La se&#241;ora fue muy buena conmigo. Ahora s&#237;, s&#243;lo eso me faltaba. &#191;Qu&#233; secreto te traes? Di la verdad: &#191;No fuiste a casa del tal Jim?

Finalmente convenc&#237; a mi madre. De todos modos le qued&#243; la sospecha de que algo extra&#241;o hab&#237;a ocurrido. Pas&#233; un fin de semana muy triste. Volv&#237; a ser ni&#241;o y regres&#233; a la plaza Ajusco a jugar solo con mis carritos de madera. La plaza Ajusco adonde me llevaban reci&#233;n nacido a tomar sol y en donde aprend&#237; a caminar. Sus casas porfirianas, algunas ya demolidas para construir edificios horribles. Su fuente en forma de tr&#233;bol, llena de insectos que se deslizaban sobre el agua. Y entre el parque y mi casa viv&#237;a do&#241;a Sara P. de Madero. Me parec&#237;a imposible ver de lejos a una persona de quien hablaban los libros de historia, protagonista de cosas ocurridas cuarenta a&#241;os atr&#225;s. La viejecita fr&#225;gil, dign&#237;sima, siempre de luto por su marido asesinado.

Jugaba en la plaza Ajusco y una parte de m&#237; razonaba: &#191;C&#243;mo puedes haberte enamorado de Mariana si s&#243;lo la has visto una vez y por su edad podr&#237;a ser tu madre? Es idiota y rid&#237;culo porque no hay ninguna posibilidad de que te corresponda. Pero otra parte, la m&#225;s fuerte, no escuchaba razones: s&#243;lo repet&#237;a su nombre como si el pronunciarlo fuera a acercarla. El lunes result&#243; peor. Jim dijo: Le ca&#237;ste muy bien a Mariana. Le gusta que seamos amigos. Pens&#233;: Entonces me registra, se fij&#243; en m&#237;, se dio cuenta -un poco, cuando menos un poco- de en qu&#233; forma me ha impresionado.

Durante semanas y semanas preguntaba por ella con cualquier pretexto para que Jim no se extra&#241;ase. Trataba de camuflar mi inter&#233;s y al mismo tiempo sacarle informaci&#243;n sobre Mariana. Jim nunca me dijo nada que yo no supiera. Al parecer ignoraba su propia historia. No me imagino c&#243;mo pod&#237;an saberla los dem&#225;s. Una y otra vez le rogaba que me llevara a su casa para ver los juguetes, los libros ilustrados, los c&#243;mics. Jim le&#237;a c&#243;mics en ingl&#233;s que Mariana le compraba en Sanborns. Por lo tanto despreciaba nuestras lecturas: Pep&#237;n, Paqu&#237;n, Chamaco, Cartones; para algunos privilegiados el Billiken argentino o El Peneca chileno.

Como siempre nos dejaban mucha tarea s&#243;lo pod&#237;a ir los viernes a casa de Jim. A esa hora Mariana se hallaba en el sal&#243;n de belleza, arregl&#225;ndose para salir de noche con el Se&#241;or. Volv&#237;a a las ocho y media o nueve y jam&#225;s pude quedarme a esperarla. En el refrigerador estaba lista la merienda: ensalada de pollo, cole-slaw, carnes fr&#237;as, pay de manzana. Una vez, al abrir Jim un cl&#243;set, cay&#243; una foto de Mariana a los seis meses, desnuda sobre una piel de tigre. Sent&#237; una gran ternura al pensar en lo que por obvio nunca se piensa: Mariana tambi&#233;n fue ni&#241;a, tambi&#233;n tuvo mi edad, tambi&#233;n ser&#237;a una mujer como mi madre y despu&#233;s una anciana como mi abuela. Pero en aquel entonces era la m&#225;s hermosa del mundo y yo pensaba en ella en todo momento. Mariana se hab&#237;a convertido en mi obsesi&#243;n. Por alto est&#233; el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo.



VII


HOY COMO NUNCA


Hasta que un d&#237;a -un d&#237;a nublado de los que me encantan y no le gustan a nadie- sent&#237; que era imposible resistir m&#225;s. Est&#225;bamos en clase de lengua nacional como le llamaba al espa&#241;ol. Mondrag&#243;n nos ense&#241;aba el pret&#233;rito pluscuamperfecto de subjuntivo: Hubiera o hubiese amado, hubieras o hubieses amado, hubiera o hubiese amado, hubi&#233;ramos o hubi&#233;semos amado, hubierais o hubieseis amado, hubieran o hubiesen amado. Eran las once. Ped&#237; permiso para ir al ba&#241;o. Sal&#237; en secreto de la escuela. Toqu&#233; el timbre del departamento 4. Una dos tres veces. Al fin me abri&#243; Mariana: fresca, hermos&#237;sima, sin maquillaje. Llevaba un kimono de seda. Ten&#237;a en la mano un rastrillo como el de mi padre pero en miniatura. Cuando llegu&#233; se estaba afeitando las axilas, las piernas. Por supuesto se asombr&#243; al verme. Carlos, &#191;qu&#233; haces aqu&#237;? &#191;Le ha pasado algo a Jim? No, no se&#241;ora: Jim est&#225; muy bien, no pasa nada.

Nos sentamos en el sof&#225;. Mariana cruz&#243; laspiernas. Por un segundo el kimono se entreabri&#243; levemente. Las rodillas, los muslos, los senos, el vientre plano, el misterioso sexo escondido. No pasa nada, repet&#237;. Es que No s&#233; c&#243;mo decirle, se&#241;ora. Me da tanta pena. Qu&#233; va a pensar usted de m&#237;. Carlos, de verdad no te entiendo. Me parece muy extra&#241;o verte as&#237; y a esta hora. Deber&#237;as estar en clase, &#191;no es cierto? S&#237; claro, pero es que ya no puedo, ya no pude. Me escap&#233;, me sal&#237; sin permiso. Si me cachan me expulsan. Nadie sabe que estoy con usted. Por favor, no le vaya a decir a nadie que vine. Y a Jim, se lo suplico, menos que a nadie. Prom&#233;talo.

Vamos a ver: &#191;Por qu&#233; andas tan exaltado? &#191;Ha ocurrido algo malo en tu casa? &#191;Tuviste alg&#250;n problema en la escuela? &#191;Quieres un chocomilk, una cocacola, un poco de agua mineral? Ten confianza en m&#237;. Dime en qu&#233; forma puedo ayudarte. No, no puede ayudarme, se&#241;ora. &#191;Por qu&#233; no, Carlitos? Porque lo que vengo a decirle -ya de una vez, se&#241;ora, y perd&#243;neme- es que estoy enamorado de usted.

Pens&#233; que iba a re&#237;rse, a gritarme: est&#225;s loco. O bien: fuera de aqu&#237;, voy a acusarte con tus padres y con tu profesor. Tem&#237; todo esto: lo natural. Sin embargo Mariana no se indign&#243; ni se burl&#243;. Se qued&#243; mir&#225;ndome trist&#237;sima. Me tom&#243; la mano (nunca voy a olvidar que me tom&#243; la mano) y me dijo:

Te entiendo, no sabes hasta qu&#233; punto. Ahora t&#250; tienes que comprenderme y darte cuenta de que eres un ni&#241;o como mi hijo y yo para ti soy una anciana: acabo de cumplir veintiocho a&#241;os. De modo que ni ahora ni nunca podr&#225; haber nada entre nosotros. &#191;Verdad que me entiendes? No quiero que sufras. Te esperan tantas cosas malas, pobrecito. Carlos, toma esto como algo divertido. Algo que cuando crezcas puedas recordar con una sonrisa, no con resentimiento. Vuelve a la casa con Jim y sigue trat&#225;ndome como lo que soy: la madre de tu mejor amigo. No dejes de venir con Jim, como si nada hubiera ocurrido, para que se te pase la infatuation-perd&#243;n: el enamoramiento- y no se convierta en un problema para ti, en un drama capaz de hacerte da&#241;o toda tu vida.

Sent&#237; ganas de llorar. Me contuve y dije: Tiene raz&#243;n, se&#241;ora. Me doy cuenta de todo. Le agradezco mucho que se porte as&#237;. Disc&#250;lpeme. De todos modos ten&#237;a que dec&#237;rselo. Me iba a morir si no se lo dec&#237;a. No tengo nada que perdonarte, Carlos. Me gusta que seas honesto y que enfrentes tus cosas. Por favor no le cuente a Jim. No le dir&#233;, pierde cuidado.

Solt&#233; mi mano de la suya. Me levant&#233; para salir. Entonces Mariana me retuvo: Antes de que te vayas &#191;puedo pedirte un favor?: D&#233;jame darte un beso. Y me dio un beso, un beso r&#225;pido, no en los labios sino en las comisuras. Un beso como el que recib&#237;a Jim antes de irse a la escuela. Me estremec&#237;. No la bes&#233;. No dije nada. Baj&#233; corriendo las escaleras. En vez de regresar a clases camin&#233; hasta Insurgentes. Despu&#233;s llegu&#233; en una confusi&#243;n total a mi casa. Pretext&#233; que estaba enfermo y quer&#237;a acostarme.

Pero acababa de telefonear el profesor. Alarmados al ver que no aparec&#237;a, me buscaron en los ba&#241;os y por toda la escuela. Jim afirm&#243;: Debe de haber ido a visitar a mi mam&#225;. &#191;A estashoras? S&#237;: Carlitos es un tipo muy raro. Qui&#233;nsabe qu&#233; se trae. Yo creo que no anda bien de la cabeza. Tiene un hermano g&#225;ngster medioloco.

Mondrag&#243;n y Jim fueron al departamento. Mariana confes&#243; que yo hab&#237;a estado all&#237; unosminutos porque el viernes anterior olvid&#233; mi libro de historia. Y a Jim le dio rabia esta mentira. No s&#233; c&#243;mo pero vio claro todo y le explic&#243; al profesor. Mondrag&#243;n habl&#243; a la f&#225;brica y a la casa para contar lo que yo hab&#237;a hecho, aunque Mariana lo negaba. Su negativa me volvi&#243; a&#250;n m&#225;s sospechoso a los ojos de Jim, de Mondrag&#243;n, de mis padres.



VIII


PR&#205;NCIPE DE ESTE MUNDO


Nunca pens&#233; que fueras un monstruo. &#191;Cu&#225;ndo has visto aqu&#237; malos ejemplos? Dime que fue H&#233;ctor quien te indujo a esta barbaridad. El que corrompe a un ni&#241;o merece la muerte lenta y todos los castigos del infierno. Anda, habla, no te quedes llorando como una mujerzuela. Di que tu hermano te malaconsej&#243; para que lo hicieras.

Oiga usted, mam&#225;, no creo haber hecho algo tan malo, mam&#225;. Todav&#237;a tienes el cinismo de alegar que no has hecho nada malo. En cuanto se te baje la fiebre vas a confesarte y a comulgar para que Dios Nuestro Se&#241;or perdone tu pecado.

Mi padre ni siquiera me rega&#241;&#243;. Se limit&#243; a decir: Este ni&#241;o no es normal. En su cerebro hay algo que no funciona. Debe de ser el golpe que se dio a los seis meses cuando se nos cay&#243; en la plaza Ajusco. Voy a llevarlo con un especialista.

Todos somos hip&#243;critas, no podemos vernos ni juzgarnos como vemos y juzgamos a los dem&#225;s. Hasta yo que no me daba cuenta de nada sab&#237;a que mi padre llevaba a&#241;os manteniendo la casa chica de una se&#241;ora, su exsecretaria, con la que tuvo dos ni&#241;as. Record&#233; lo que me pas&#243; una vez en la peluquer&#237;a mientras esperaba mi turno. Junto a las revistas pol&#237;ticas estaban Vea y Vodevil. Aprovech&#233; que el peluquero y su cliente, absortos, hablaban mal del gobierno. Escond&#237; el Vea dentro del Hoy y mir&#233; las fotos de Tongolele, Su Muy Key, Kalant&#225;n, casi desnudas. Las piernas, los senos, la boca, la cintura, las caderas, el misterioso sexo escondido.

El peluquero -que afeitaba todos los d&#237;as a mi padre y me cortaba el pelo desde que cumpl&#237; un a&#241;o- vio por el espejo la cara que puse. Deja eso, Carlitos. Son cosas para grandes. Te voy a acusar con tu pap&#225;. De modo, pens&#233;, que si eres ni&#241;o no tienes derecho a que te gusten las mujeres. Y si no aceptas la imposici&#243;n se forma el gran esc&#225;ndalo y hasta te juzgan loco. Qu&#233; injusto.

&#191;Cu&#225;ndo, me pregunt&#233;, hab&#237;a tenido por vez primera conciencia del deseo? Tal vez un a&#241;o antes, en el cine Chapultepec, frente a los hombros desnudos de Jennifer Jones en Duelo al sol. O m&#225;s bien al ver las piernas de Antonia cuando se sub&#237;a las faldas para trapear el suelo pintado de congo amarillo. Antonia era muy linda y era buena conmigo. Sin embargo yo le dec&#237;a: Eres mala porque ahorcas a las gallinas. Me angustiaba verlas agonizar. Mejor comprarlas muertas y desplumadas. Pero esa costumbre apenas se iniciaba. Antonia se fue porque H&#233;ctor no la dejaba en paz.

No volv&#237; a la escuela ni me dejaron salir a ning&#250;n lado. Fuimos a la iglesia de Nuestra Se&#241;ora del Rosario adonde &#237;bamos los domingos a o&#237;r misa, hice mi primera comuni&#243;n y, gracias a mis primeros viernes, segu&#237;a acumulando indulgencias. Mi madre se qued&#243; en una banca, rezando por mi alma en peligro de eterna condenaci&#243;n. Me hinqu&#233; ante el confesionario. Muerto de verg&#252;enza, le dije todo al padre Ferr&#225;n.

En voz baja y un poco acezante el padre Ferr&#225;n me pregunt&#243; detalles: &#191;Estaba desnuda? &#191;Hab&#237;a un hombre en la casa? &#191;Crees que antes de abrirte la puerta cometi&#243; un acto sucio? Y luego: &#191;Has tenido malos tactos? &#191;Has provocado derrame? No s&#233; qu&#233; es eso, padre. Me dio una explicaci&#243;n muy amplia. Luego se arrepinti&#243;, cay&#243; en cuenta de que hablaba con un ni&#241;o incapaz de producir todav&#237;a la materia prima para el derrame, y me ech&#243; un discurso que no entend&#237;: Por obra del pecado original, el demonio es el pr&#237;ncipe de este mundo y nos tiende trampas, nos presenta ocasiones para desviarnos del amor a Dios y obligarnos a pecar: una espina m&#225;s en la corona que hace sufrir a Nuestro Se&#241;or Jesucristo.

Dije: S&#237; padre; aunque no pod&#237;a concebir al demonio ocup&#225;ndose personalmente de hacerme caer en tentaci&#243;n. Mucho menos a Cristo sufriendo porque yo me hab&#237;a enamorado de Mariana. Como es de rigor, manifest&#233; prop&#243;sito de enmienda. Pero no estaba arrepentido ni me sent&#237;a culpable: querer a alguien no es pecado, el amor est&#225; bien, lo &#250;nico demon&#237;aco es el odio. Aquella tarde el argumento del padre Ferr&#225;n me impresion&#243; menos que su involuntaria gu&#237;a pr&#225;ctica para la masturbaci&#243;n. Llegu&#233; a mi casa con ganas de intentar los malos tactos y conseguir el derrame. No lo hice. Rec&#233; veinte padresnuestros y cincuenta avesmar&#237;as. Comulgu&#233; al d&#237;a siguiente. Por la noche me llevaron al consultorio psiqui&#225;trico de paredes blancas y muebles niquelados.



IX


INGL&#201;S OBLIGATORIO


El psiquiatra me interrog&#243; y apunt&#243; cuanto le dec&#237;a en unas hojas amarillas rayadas. No supe contestar. Yo ignoraba el vocabulario de su oficio y no hubo ninguna comunicaci&#243;n posible. Nunca me hab&#237;a imaginado las cosas que me pregunt&#243; acerca de mi madre y mis hermanas. Despu&#233;s me hicieron dibujar a cada miembro de la familia y pintar &#225;rboles y casas. M&#225;s tarde me examinaron con la prueba de Rorschach (&#191;Habr&#225; alguien que no vea monstruos en las manchas de tinta?), con n&#250;meros, figuras geom&#233;tricas y frases que yo deb&#237;a completar. Eran tan bobas como mis respuestas:

"Mi mayor placer": Subirme a los &#225;rboles y escalar las fachadas de las casas antiguas, la nieve de lim&#243;n, los d&#237;as de lluvia, las pel&#237;culas de aventuras, las novelas de Salgari. O no: m&#225;s bien quedarme en cama despierto. Pero mi padre me levanta a las seis y media para que haga ejercicio, inclusive s&#225;bados y domingos. "Lo que m&#225;s odio": La crueldad con la gente y con los animales, la violencia, los gritos, la presunci&#243;n, los abusos de los hermanos mayores, la aritm&#233;tica, que haya quienes no tienen para comer mientras otros se quedan con todo; encontrar dientes de ajo en el arroz o en los guisados; que poden los &#225;rboles o los destruyan; ver que tiren el pan a la basura.

La muchacha que me hizo las &#250;ltimas pruebas convers&#243; delante de m&#237; con el otro. Hablaron como si yo fuera un mueble. Es un problema ed&#237;pico clar&#237;simo, doctor. El ni&#241;o tiene una inteligencia muy por debajo de lo normal. Est&#225; sobreprotegido y es sumiso. Madre castrante, tal vez escena primaria: fue a ver a esa se&#241;ora a sabiendas de que podr&#237;a encontrarla con su amante. Disc&#250;lpeme, Elisita, pero creo todo lo contrario: el chico es list&#237;simo y extraordinariamente precoz, tanto que a los quince a&#241;os podr&#237;a convertirse en un perfecto idiota. La conducta at&#237;pica se debe a que padece desprotecci&#243;n, rigor excesivo de ambos progenitores, agudos sentimientos de inferioridad: Es, no lo olvide, de muy corta estatura para su edad y resulta el &#250;ltimo de los hermanos varones. F&#237;jese c&#243;mo se identifica con las v&#237;ctimas, con los animales y los &#225;rboles que no pueden defenderse. Anda en busca del afecto que no encuentra en la constelaci&#243;n familiar.

Me dieron ganas de gritarles: imb&#233;ciles, siquiera p&#243;nganse de acuerdo antes de seguir diciendo pendejadas en un lenguaje que ni ustedes mismos entienden. &#191;Por qu&#233; tienen que pegarle etiquetas a todo? &#191;Por qu&#233; no se dan cuenta de que uno simplemente se enamora de alguien? &#191;Ustedes nunca se han enamorado de nadie? Pero el tipo vino hacia m&#237; y dijo: Ya puedes irte, mano. Enviaremos el resultado de los tests a tu papi.

Mi padre me esperaba muy serio en la antesala, entre n&#250;meros maltratados de Life, Look, Holiday, orgulloso de poder leerlos de corrido. Acababa de aprobar, el primero en su grupo de adultos, un curso nocturno e intensivo de ingl&#233;s y a diario practicaba con discos y manuales. Qu&#233; curioso ver estudiando a una persona de su edad, a un hombre viej&#237;simo de 48 a&#241;os. Muy de ma&#241;ana, despu&#233;s del ejercicio y antes del desayuno, repasaba sus verbos irregulares -be, was/were, been; have, had, had; get, got, gotten; break, broke, broken; for-get, forgot, forgotten- y sus pronunciaciones -apple, world, country, people, business- que para Jim eran tan naturales y para &#233;l resultaban de lo m&#225;s complicado.

Fueron semanas terribles. S&#243;lo H&#233;ctor tomaba mi defensa: Te vaciaste, Carlitos. Me pareci&#243; estupenda puntada. Mira que meterte a tu edad con esa tipa que es un aut&#233;ntico mango, de veras est&#225; m&#225;s buena que Rita Hayworth. Qu&#233; no har&#225;s, pinche Carlos, cuando seas grande. Haces bien lanz&#225;ndote desde ahora a tratar de coger, aunque no puedas todav&#237;a, en vez de andar haci&#233;ndote la chaqueta. Qu&#233; espl&#233;ndido que con tantas hermanas t&#250; y yo no salimos para nada maricones. Ora cu&#237;date, Carlitos: no sea que ese cabr&#243;n vaya a enterarse y te eche a sus pistoleros y te rompan la madre. Pero, hombre, H&#233;ctor, no es para tanto. Nom&#225;s le dije que estaba enamorado de ella. Qu&#233; tiene de malo. No hice nada de nada. En serio no me explico el esc&#225;ndalo.

Ten&#237;a que suceder -se obstinaba mi madre-: por la avaricia de tu pap&#225;, que no tiene dinero para sus hijos aunque le sobra para derrocharlo en otros gastos, fuiste a caer, pobre ni&#241;o, en una escuela de pelados. Imag&#237;nate: admiten al hijo de una cualquiera. Hay que inscribirte en un lugar donde s&#243;lo haya gente de nuestra clase. Y H&#233;ctor: Pero, mam&#225; &#191;cu&#225;l clase? Somos puritito mediopelo, t&#237;pica familia venida a menos de la colonia Roma: la esencial clase media mexicana. All&#237; est&#225; bien Carlos. Su escuela es nuestro nivel. &#191;Adonde va usted a meterlo?



X


LA LLUVIA DE FUEGO


Mi madre insist&#237;a en que la nuestra -es decir, la suya- era una de las mejores familias de Guadalajara. Nunca un esc&#225;ndalo como el m&#237;o. Hombres honrados y trabajadores. Mujeres devotas, esposas abnegadas, madres ejemplares. Hijos obedientes y respetuosos. Pero vino la venganza de la indiada y el peladaje contra la decencia y la buena cuna. La revoluci&#243;n -esto es, el viejo cacique- se embols&#243; nuestros ranchos y nuestra casa de la calle de San Francisco, bajo pretexto de que en la familia hubo muchos cristeros. Para colmo mi padre -despreciado, a pesar de su t&#237;tulo de ingeniero, por ser hijo de un sastre- dilapid&#243; la herencia del suegro en negocios absurdos como un intento de l&#237;nea a&#233;rea entre las ciudades del centro y otro de exportaci&#243;n de tequila a los Estados Unidos. Luego, a base de pr&#233;stamos de mis t&#237;os maternos, compr&#243; la f&#225;brica de jab&#243;n que anduvo bien durante la guerra y se hundi&#243; cuando las compa&#241;&#237;as norteamericanas invadieron el mercado nacional.

Y por eso, no cesaba de repetirlo mi madre, est&#225;bamos en la maldita ciudad de M&#233;xico. Lugar infame, Sodoma y Gomorra en espera de la lluvia de fuego, infierno donde suced&#237;an monstruosidades nunca vistas en Guadalajara como el crimen que yo acababa de cometer. Siniestro Distrito Federal en que padec&#237;amos revueltos con gente de lo peor. El contagio, el mal ejemplo. Dime con qui&#233;n andas y te dir&#233; qui&#233;n eres. C&#243;mo es posible, repet&#237;a, que en una escuela que se supone decente acepten al bastardo (&#191;qu&#233; es bastardo?), o mejor dicho al m&#225;ncer de una mujer p&#250;blica. Porque en realidad no se sabe qui&#233;n habr&#225; sido el padre entre todos los clientes de esa ramera pervertidora de menores. (&#191;Qu&#233; significa m&#225;ncer? &#191;Qu&#233; quiere decir mujer p&#250;blica? &#191;Por qu&#233; la llama ramera?)

Mi madre se hab&#237;a olvidado de H&#233;ctor. H&#233;ctor se vanagloriaba de ser conejo de la Universidad. Dec&#237;a que &#233;l fue uno de los militantes derechistas que expulsaron al rector Zubir&#225;n y borraron el letrero "Dios no existe" en el mural que Diego Rivera pint&#243; en el Hotel Del Prado. H&#233;ctor le&#237;a Mi lucha, libros sobre el mariscal Rommel, la Breve historia de M&#233;xico del maestro Vasconcelos, Gara&#241;&#243;n en el har&#233;n, Las noches de la insaciable, Memorias de una ninf&#243;mana, novelitas pornogr&#225;ficas impresas en La Habana que se vend&#237;an bajo cuerda en San Juan de Letr&#225;n y en los alrededores del T&#237;voli. Mi padre devoraba C&#243;mo ganar amigos e influir en los negocios, El dominio de s&#237; mismo, El poder del pensamiento positivo, La vida comienza a los cuarenta. Mi madre escuchaba todas las radionovelas de la XEW mientras hac&#237;a sus quehaceres y a veces descansaba leyendo algo de Hugo Wast o M. Delly.

H&#233;ctor, qui&#233;n lo viera ahora. El industrial enjuto, calvo, solemne y elegante en que se ha convertido mi hermano. Tan grave, tan serio, tan devoto, tan respetable, tan digno en su papel de hombre de empresa al servicio de las transnacionales. Caballero cat&#243;lico, padre de once hijos, gran se&#241;or de la extrema derecha mexicana. (En esto al menos ha sido de una coherencia a toda prueba.)

Pero en aquella &#233;poca: sirvientas que hu&#237;an porque "el joven" trataba de violarlas (guiado por la divisa de su pandilla: "Carne de gata, buena y barata", H&#233;ctor irrump&#237;a a medianoche, desnudo y erecto, enloquecido por sus novelitas, en el cuarto de la azotea; forcejeaba con las muchachas y durante los ataques y defensas H&#233;ctor eyaculaba en sus camisones sin lograr penetrarlas: los gritos despertaban a mis padres; sub&#237;an; mis hermanas y yo observ&#225;bamos todo agazapados en la escalera de caracol; rega&#241;aban a H&#233;ctor, amenazaban con echarlo de la casa y a esas horas desped&#237;an a la criada, a&#250;n m&#225;s culpable que "el joven" por andar provoc&#225;ndolo); enfermedades ven&#233;reas que le contagiaban las putas de Meave o bien las del 2 de Abril; un pleito de bandas rivales en los bordes del r&#237;o de La Piedad: a H&#233;ctor de una pedrada le rompieron los incisivos; &#233;l con una varilla le fractur&#243; el cr&#225;neo a un cerrajero; una visita a la delegaci&#243;n porque H&#233;ctor se endrog&#243; con sus amigos del parque Urueta e hizo destrozos en un caf&#233; de chinos; mi padre tuvo que pagar la multa y los da&#241;os y mover influencias en el gobierno para que H&#233;ctor no fuera a la c&#225;rcel. Cuando escuch&#233; que se hab&#237;a endrogado cre&#237; que H&#233;ctor deb&#237;a dinero, pues en mi casa siempre se les llam&#243; drogas a las deudas. (En este sentido mi padre era el perfecto drogadicto.) M&#225;s tarde Isabel, mi hermana mayor, me explic&#243; de qu&#233; se trataba. Era natural que H&#233;ctor simpatizara conmigo: por un momento le hab&#237;a quitado su lugar como oveja negra.



XI


ESPECTROS


Tambi&#233;n hubo l&#237;os a principios de a&#241;o cuando Isabel se hizo novia de Esteban. En los treinta hab&#237;a sido famoso como actor infantil. Al crecer perdi&#243; su vocecita y su cara de inocencia. Ya no le dieron papeles en cine ni en teatro: Esteban se ganaba la vida leyendo chistes en la xew, beb&#237;a como loco, estaba empe&#241;ado en casarse con Isabel e ir a probar suerte en Hollywood aunque no sab&#237;a una palabra de ingl&#233;s. Llegaba a verla borracho, sin corbata, oliendo a rayos, con el traje manchado y los zapatos sucios.

Nadie se lo explicaba. Pero Isabel era aficionada fan&#225;tica. Esteban le parec&#237;a maravilloso porque Isabel lo vio en su &#233;poca de oro y, a falta de Tyrone Power, Errol Flynn, Clark Gable, Robert Mitchum o Cary Grant, Esteban representaba su &#250;nica posibilidad de besar a un artista de cine. Aunque fuera de cine mexicano, tema predilecto de las burlas familiares, casi tan socorrido por nosotros como el r&#233;gimen de Miguel Alem&#225;n. &#191;Ya viste qu&#233; cara de chofer tiene el tal Pedro Infante? S&#237; claro, con raz&#243;n les encanta a las gatas.

Una noche mi padre sac&#243; a Esteban a gritos y empujones: al llegar tard&#237;simo de su clase de ingl&#233;s, lo encontr&#243; en la sala a media luz con la mano metida bajo la falda de Isabel. H&#233;ctor lo golpe&#243; en la calle, lo derrib&#243; y lo sigui&#243; pateando hasta que Esteban pudo levantarse ensangrentado y huir como un perro. Isabel le retir&#243; la palabra a H&#233;ctor y se dedic&#243; a hostilizarme por cualquier motivo, si bien yo hab&#237;a tratado de frenar a mi hermano cuando pateaba en el suelo al pobre de Esteban. Isabel y Esteban no volvieron a encontrarse jam&#225;s: poco despu&#233;s, aniquilado por el fracaso, la miseria y el alcoholismo, Esteban se ahorc&#243; en un &#237;nfimo hotel de Tacubaya. A veces pasan por televisi&#243;n sus viejas pel&#237;culas y me parece que contemplo a un fantasma.

Pero en aquel momento la &#250;nica ventaja fue quedarme con un cuarto propio. Hasta entonces hab&#237;a dormido en camas gemelas con Estelita, mi hermana menor. Cuando me declararon perverso, mi madre juzg&#243; que la ni&#241;a corr&#237;a peligro. La cambiaron a la pieza de las mayores, con gran disgusto de Isabel, que estudiaba en la Preparatoria, y de Rosa Mar&#237;a que acababa de recibirse de secretaria en ingl&#233;s y espa&#241;ol.

H&#233;ctor pidi&#243; que comparti&#233;ramos la habitaci&#243;n. Mis padres se negaron. A ra&#237;z de sus haza&#241;as policiales y su &#250;ltimo intento de forzar a una criada, H&#233;ctor dorm&#237;a bajo candado en el s&#243;tano. S&#243;lo le daban cobijas y un colch&#243;n viejo. Su antigua rec&#225;mara la utilizaba mi padre para guardar la contabilidad secreta de la f&#225;brica y repetir mil veces cada lecci&#243;n de sus discos. At what time did you go to bed last night, that you are not yet up? I went to bed very late, and I overslept myself. I could not sleep until four o'clock in the morning. My servant did not call me, therefore I did not wake up. No conozco otra persona adulta que en efecto haya aprendido a hablar ingl&#233;s en menos de un a&#241;o. No le quedaba otro remedio.

Escuch&#233; sin ser visto una conversaci&#243;n entre mis padres. Pobre Carlitos. No te preocupes, se le pasar&#225;. No, esto lo va a afectar toda su vida. Qu&#233; mala suerte. C&#243;mo pudo ocurrirle a nuestro hijo. Fue un accidente, como si lo hubiera atropellado un cami&#243;n, haz de cuenta. Dentro de unas semanas ya ni se acordar&#225;. Si hoy le parece injusto lo que hemos hecho, cuando crezca comprender&#225; que ha sido por su bien. Es la inmoralidad que se respira en este pa&#237;s bajo el m&#225;s corrupto de los reg&#237;menes. Ve las revistas, el radio, las pel&#237;culas: todo est&#225; hecho para corromper al inocente.

As&#237; pues, estaba solo, nadie pod&#237;a ayudarme. El mismo H&#233;ctor consideraba todo una travesura, algo divertido, un vidrio roto por un pelotazo. Ni mis padres ni mis hermanos ni Mondrag&#243;n ni el padre Ferr&#225;n ni los autores de los tests se daban cuenta de nada. Me juzgaban seg&#250;n leyes en las que no cab&#237;an mis actos.

Entr&#233; en la nueva escuela. No conoc&#237;a a nadie. Una vez m&#225;s fui el intruso extranjero. No hab&#237;a &#225;rabes ni jud&#237;os ni becarios pobres ni batallas en el desierto -aunque s&#237;, como siempre, ingl&#233;s obligatorio. Las primeras semanas resultaron infernales. Pensaba todo el tiempo en Mariana. Mis padres creyeron que me hab&#237;an curado el castigo, la confesi&#243;n, las pruebas psicol&#243;gicas de las que nunca pude enterarme. Sin embargo, a escondidas y con gran asombro del periodiquero, compraba Vea y Vodevil, practicaba los malos tactos sin conseguir el derrame. La imagen de Mariana reaparec&#237;a por encima de Tongolele, Kalant&#225;n, Su Muy Key. No, no me hab&#237;a curado: el amor es una enfermedad en un mundo en que lo &#250;nico natural es el odio.

Desde luego no volv&#237; a ver a Jim. No me atrev&#237;a a acercarme a su casa ni a la antigua escuela. Al pensar en Mariana el impulso de ir a su encuentro se mezclaba a la sensaci&#243;n de molestia y rid&#237;culo. Qu&#233; estupidez meterme en un l&#237;o que pude haber evitado con s&#243;lo resistirme a mi imb&#233;cil declaraci&#243;n de amor. Tarde para arrepentirme: hice lo que deb&#237;a y ni siquiera ahora, tantos a&#241;os despu&#233;s, voy a negar que me enamor&#233; de Mariana.



XII


COLONIA ROMA


Hubo un gran temblor en octubre. Apareci&#243; un cometa en noviembre. Dijeron que anunciaba la guerra at&#243;mica y el fin del mundo o cuando menos otra revoluci&#243;n en M&#233;xico. Luego se incendi&#243; la ferreter&#237;a La Sirena y murieron muchas personas. Al llegar las vacaciones de fin de a&#241;o todo era muy distinto para nosotros: mi padre hab&#237;a vendido la f&#225;brica y acababan de nombrarlo gerente al servicio de la empresa norteamericana que absorbi&#243; sus marcas de jabones. H&#233;ctor estudiaba en la Universidad de Chicago y mis hermanas mayores en Texas.

Un mediod&#237;a yo regresaba de jugar tenis en el J&#250;nior Club. Iba leyendo una novelita de Perry Mason en la banca transversal de un Santa Mar&#237;a cuando, en la esquina de Insurgentes y &#193;lvaro Obreg&#243;n, Rosales pidi&#243; permiso al chofer y subi&#243; con una caja de chicles Adams. Me vio. A toda velocidad baj&#243; apenad&#237;simo a esconderse tras un &#225;rbol cerca de "Alfonso y Marcos", donde mi madre se hac&#237;a permanente y maniquiur antes de tener coche propio y acudir a un sal&#243;n de Polanco.

Rosales, el ni&#241;o m&#225;s pobre de mi antigua escuela, hijo de la afanadora de un hospital. Todo ocurri&#243; en segundos. Baj&#233; del Santa Mar&#237;a ya en movimiento, Rosales intent&#243; escapar, fui a su alcance. Escena rid&#237;cula: Rosales, por favor, no tengas pena. Est&#225; muy bien que trabajes (yo que nunca hab&#237;a trabajado). Ayudar a tu mam&#225; no es ninguna verg&#252;enza, todo lo contrario (yo en el papel de la Doctora Coraz&#243;n desde su Cl&#237;nica de Almas). Mira, ven, te invito un helado en La Bella Italia. No sabes cu&#225;nto gusto me da verte (yo el magn&#225;nimo que a pesar de la devaluaci&#243;n y de la inflaci&#243;n ten&#237;a dinero de sobra). Rosales hosco, p&#225;lido, retrocediendo. Hasta que al fin se detuvo y me mir&#243; a los ojos.

No, Carlitos, mejor una torta, si eres tan amable. No me he desayunado. Me muero de hambre. Oye &#191;no me tienes coraje por nuestros pleitos? Qu&#233; va, Rosales, los pleitos ya qu&#233; importan (yo el generoso, capaz de perdonar porque se ha vuelto invulnerable). Bueno, muy bien, Carlitos: vamos a sentarnos y conversamos.

Cruzamos Obreg&#243;n, atravesamos Insurgentes. Cu&#233;ntame: &#191;Pasaste de a&#241;o? &#191;C&#243;mo le fue a Jim en los ex&#225;menes? &#191;Qu&#233; dijeron cuando ya no regres&#233; a clases? Rosales callado. Nos sentamos en la torter&#237;a. Pidi&#243; una de chorizo, dos de lomo y un Sidral Mundet. &#191;Y t&#250;, Carlitos: no vas a comer? No puedo: me esperan en mi casa. Hoy mi mam&#225; hizo rosbif que me encanta. Si ahora pruebo algo, despu&#233;s no como. Tr&#225;igame por favor una coca bien fr&#237;a.

Rosales puso la caja de chicles Adams sobre la mesa. Mir&#243; hacia Insurgentes: los Packards, los Buicks, los Hudsons, los tranv&#237;as amarillos, los postes plateados, los autobuses de colores, los transe&#250;ntes todav&#237;a con sombrero: la escena y el momento que no iban a repetirse jam&#225;s. En el edificio de enfrente, General Electric, calentadores Helvex, estufas Mabe. Largo silencio, mutua incomodidad. Rosales inquiet&#237;simo, esquivando mis ojos. Las manos h&#250;medas repasaban el gastado pantal&#243;n de mezclilla.

Trajeron el servicio. Rosales mordi&#243; la torta de chorizo. Antes de masticar el bocado tom&#243; un trago de sidral para humedecerlo. Me dio asco. Hambre atrasada y ansiedad: devoraba. Con la boca llena me pregunt&#243;: &#191;Y t&#250;? &#191;Pasaste de a&#241;o a pesar del cambio de escuela? &#191;Te ir&#225;s de vacaciones a alg&#250;n lado? En la sinfonola termin&#243; La M&#250;cura y empez&#243; Riders in the Sky. En Navidad vamos a reunimos con mis hermanos en Nueva York. Tenemos reservaciones en el Plaza. &#191;Sabes lo que es el Plaza? Pero oye: &#191;Por qu&#233; no me contestas lo que te pregunt&#233;?

Rosales trag&#243; saliva, torta, sidral. Tem&#237; que se asfixiara. Bueno, Carlitos, es que, mira, no s&#233; c&#243;mo decirte: en nuestro sal&#243;n se supo todo. &#191;Qu&#233; es todo? Eso de la mam&#225;. Jim lo coment&#243; con cada uno de nosotros. Te odia. Nos dio mucha risa lo que hiciste. Qu&#233; loco. Para colmo, alguien te vio en la iglesia confes&#225;ndote despu&#233;s de tu declaraci&#243;n de amor. Y en alguna forma se corri&#243; la voz de que te hab&#237;an llevado con el loquero.

No contest&#233;. Rosales sigui&#243; comiendo en silencio. De pronto alz&#243; la vista y me mir&#243;: Yo no quer&#237;a decirte, Carlitos, pero eso no es lo peor. No, que otro te diga. D&#233;jame acabarme mis tortas. Est&#225;n riqu&#237;simas. Llevo un d&#237;a sin comer. Mi mam&#225; se qued&#243; sin trabajo porque trat&#243; de formar un sindicato en el hospital. Y el tipo que ahora vive con ella dice que, como no soy hijo suyo, &#233;l no est&#225; obligado a mantenerme. Rosales, de verdad lo siento; pero eso no es asunto m&#237;o y no tengo por qu&#233; meterme. Come lo que quieras y cuanto quieras -yo pago- pero dime qu&#233; es lo peor.

Bueno, Carlitos, es que me da mucha pena, no sabes. Anda ya de una vez, no me chingues, Rosales; habla, di lo que me ibas a decir. Es que mira, Carlitos, no s&#233; c&#243;mo decirte: la mam&#225; de Jim muri&#243;.

&#191;Muri&#243;? &#191;C&#243;mo que muri&#243;? S&#237;, s&#237;: Jim ya no est&#225; en la escuela: desde octubre vive en San Francisco. Se lo llev&#243; su verdadero pap&#225;. Fue espantoso. No te imaginas. Parece que hubo un pleito o algo con el Se&#241;or &#233;se del que Jim dec&#237;a que era su padre y no era. Estaban &#233;l y la se&#241;ora -se llamaba Mariana &#191;no es cierto?- en un cabaret, en un restor&#225;n o en una fiesta muy elegante en Las Lomas. Discutieron por algo que ella dijo de los robos en el gobierno, de c&#243;mo se derrochaba el dinero arrebatado a los pobres. Al Se&#241;or no le gust&#243; que le alzara la voz all&#237; delante de sus amigos poderos&#237;simos: ministros, extranjeros millonarios, grandes socios de sus enjuagues, en fin. Y la abofete&#243; delante de todo el mundo y le grit&#243; que ella no ten&#237;a derecho a hablar de honradez porque era una puta.

Mariana se levant&#243; y se fue a su casa en un libre y se tom&#243; un frasco de Nembutal o se abri&#243; las venas con una hoja de rasurar o se peg&#243; un tiro o hizo todo esto junto, no s&#233; bien c&#243;mo estuvo. El caso es que al despertar Jim la encontr&#243; muerta, ba&#241;ada en sangre. Por poco &#233;l tambi&#233;n se muere del dolor y del susto. Como no estaba el portero del edificio, Jim fue a avisarle a Mondrag&#243;n: no ten&#237;a a nadie m&#225;s. Y ya ni modo: se enter&#243; toda la escuela. Hubieras visto el montonal de curiosos y la Cruz Verde y el agente del ministerio p&#250;blico y la polic&#237;a.

No me atrev&#237; a verla muerta, pero cuando la sacaron en camilla las s&#225;banas estaban todas llenas de sangre. Para todos nosotros fue lo m&#225;s horrible que nos ha pasado en la vida. Su mam&#225; le dej&#243; a Jim una carta en ingl&#233;s, una carta muy larga en que le ped&#237;a perd&#243;n y le explicaba lo que te cont&#233;. Creo que tambi&#233;n escribi&#243; otros recados -a lo mejor hab&#237;a uno para ti, c&#243;mo saberlo- aunque se hicieron humo, pues el Se&#241;or de inmediato le ech&#243; tierra al asunto y nos prohibieron hacer comentarios entre nosotros y sobre todo en nuestras casas. Pero ya ves c&#243;mo vuelan los chismes y qu&#233; dif&#237;cil es guardar un secreto. Pobre Jim, pobre cuate, tanto que lo fregamos en la escuela. De verdad me arrepiento.

Rosales, no es posible. Me est&#225;s vacilando. Todo eso que me cuentas lo inventaste. Lo viste en una pinche pel&#237;cula mexicana de las que te gustan. Lo escuchaste en una radionovela cursi de la xew. Esas cosas no pueden pasar. No me hagas bromas as&#237; por favor.

Es la verdad, Carlitos. Por Dios Santo te juro que es cierto. Que se muera mi mam&#225; si te he dicho mentiras. Preg&#250;ntale a quien quieras de la escuela. Habla con Mondrag&#243;n. Todos lo saben aunque no sali&#243; en los peri&#243;dicos. Me extra&#241;a que hasta ahora te enteres. Conste que yo no quer&#237;a ser el que te lo dijera: por eso me escond&#237;, no por los chicles. Carlitos, no pongas esa cara: &#191;est&#225;s llorando? Ya s&#233; que es muy terrible y espantoso lo que pas&#243;. A m&#237; tambi&#233;n me impresion&#243; como no te imaginas. Pero no me vas a decir que, en serio, a tu edad, estabas enamorado de la mam&#225; de Jim.

En vez de contestar me levant&#233;, pagu&#233; con un billete de diez pesos y sal&#237; sin esperar el cambio ni despedirme. Vi la muerte por todas partes: en los pedazos de animales a punto de convertirse en tortas y tacos entre la cebolla, los tomates, la lechuga, el queso, la crema, los frijoles, el guacamole, los chiles jalape&#241;os. Animales vivos como los &#225;rboles que acababan de talarle a Insurgentes. Vi la muerte en los refrescos: Mission Orange, Spur, Ferroquina. En los cigarros: Belmont, Gratos, Elegantes, Casinos.

Corr&#237; por la calle de Tabasco dici&#233;ndome, tratando de decirme: Es una chingadera de Rosales, una broma imb&#233;cil, siempre ha sido un cabr&#243;n. Quiso vengarse de que lo encontr&#233; muertodehambre con su cajita de chicles y yo con mi raqueta de tenis, mi traje blanco, mi Perry Mason en ingl&#233;s, mis reservaciones en el Plaza. No me importa que abra la puerta Jim. No me importa el rid&#237;culo. Aunque todos vayan a re&#237;rse de m&#237; quiero ver a Mariana. Quiero comprobar que no est&#225; muerta Mariana.

Llegu&#233; al edificio, me sequ&#233; las l&#225;grimas con un cl&#237;nex, sub&#237; las escaleras, toqu&#233; el timbre del departamento cuatro. Sali&#243; una muchacha de unos quince a&#241;os. &#191;Mariana? No, aqu&#237; no vive ninguna se&#241;ora Mariana. Esta es la casa de la familia Morales. Nos cambiamos hace dos meses. No s&#233; qui&#233;n habr&#225; vivido antes aqu&#237;. Mejor preg&#250;ntale al portero.

Mientras hablaba la muchacha pude ver una sala distinta, sucia, pobre, en desorden. Sin el retrato de Mariana por Semo ni la foto de Jim en el Golden Gate ni las im&#225;genes del Se&#241;or trabajando al servicio de M&#233;xico en el equipo del Presidente. En vez de todo aquello. La Ultima Cena en relieve met&#225;lico y un calendario con el cromo de La Leyenda de los Volcanes.

Tambi&#233;n el portero estaba reci&#233;n llegado al edificio. Ya no era don Sindulfo, el de antes, el viejo excoronel zapatista que se volvi&#243; amigo de Jim y a veces nos contaba historias de la revoluci&#243;n y hac&#237;a la limpieza en su casa porque a Mariana no le gustaba tener sirvienta. No, ni&#241;o: no conozco a ning&#250;n don Sindulfo ni tampoco a ese Jim que me dices. No hay ninguna se&#241;ora Mariana. Ya no molestes, ni&#241;o; no insistas. Le ofrec&#237; veinte pesos. Ni mil que me dieras, ni&#241;o: no puedo aceptarlos porque no s&#233; nada de nada.

Sin embargo, tom&#243; el billete y me dej&#243; continuar la b&#250;squeda. En ese momento me pareci&#243; recordar que el edificio era propiedad del Se&#241;or y ten&#237;a empleado a don Sindulfo porque su padre -al que Jim llamaba "mi abuelito" hab&#237;a sido amigo del viejo cuando ambos pelearon en la revoluci&#243;n. Toqu&#233; a todas las puertas. Yo tan rid&#237;culo con mi trajecito blanco y mi raqueta y mi Perry Mason, preguntando, asom&#225;ndome, a punto de llorar otra vez. Olor a sopa de arroz, olor a chiles rellenos. En todos los departamentos me escucharon casi con miedo. Qu&#233; incongruencia mi trajecito blanco. Era la casa de la muerte y no una cancha de tenis.

Pues no. Estoy en este edificio desde 1939 y, que yo sepa, nunca ha vivido aqu&#237; ninguna se&#241;ora Mariana. &#191;Jim? Tampoco lo conocemos. En el ocho hay un ni&#241;o m&#225;s o menos de tu edad pero se llama Everardo. &#191;En el departamento cuatro? No, all&#237; viv&#237;a un matrimonio de ancianitos sin hijos. Pero si vine un mill&#243;n de veces a casa de Jim y de la se&#241;ora Mariana. Cosas que te imaginas, ni&#241;o. Debe de ser en otra calle, en otro edificio. Bueno, adi&#243;s; no me quites m&#225;s tiempo. No te metas en lo que no te importa ni provoques m&#225;s l&#237;os. Ya basta, ni&#241;o, por favor. Tengo que preparar la comida; mi esposo llega a las dos y media. Pero, se&#241;ora Vete, ni&#241;o, o llamo a la patrulla y te vas derechito al Tribunal de Menores.

Regres&#233; a mi casa y no puedo recordar qu&#233; hice despu&#233;s. Debo de haber llorado d&#237;as enteros. Luego nos fuimos a Nueva York. Me qued&#233; en una escuela en Virginia. Me acuerdo, no me acuerdo ni siquiera del a&#241;o. S&#243;lo estas r&#225;fagas, estos destellos que vuelven con todo y las palabras exactas. S&#243;lo aquella cancioncita que no volver&#233; a escuchar nunca. Por alto est&#233; el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo.

Qu&#233; antigua, qu&#233; remota, qu&#233; imposible esta historia. Pero existi&#243; Mariana, existi&#243; Jim, existi&#243; cuanto me he repetido despu&#233;s de tanto tiempo de rehusarme a enfrentarlo. Nunca sabr&#233; si el suicidio fue cierto. Jam&#225;s volv&#237; a ver a Rosales ni a nadie de aquella &#233;poca. Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acab&#243; esa ciudad. Termin&#243; aquel pa&#237;s. No hay memoria del M&#233;xico de aquellos a&#241;os. Y a nadie le importa: de ese horror qui&#233;n puede tener nostalgia. Todo pas&#243; como pasan los discos en la sinfonola. Nunca sabr&#233; si a&#250;n vive Mariana. Si hoy viviera tendr&#237;a ya ochenta a&#241;os.



Jos&#233; Emilio Pacheco



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