




Eduardo Mendoza


La Isla Inaudita


Com, passant de Villa inaudita,

qui s'exalta al somni volgut

en la perla ardent que limita.

Carles Riba,

Salvatge cor





CAP&#205;TULO PRIMERO



I

Quiz&#225; lo que me ocurre es que toda mi vida he sido un so&#241;ador, pens&#243; F&#225;bregas una ma&#241;ana de primavera mientras se afeitaba, mirando fijamente en el espejo sus propias facciones embotadas por el sue&#241;o, aparentemente disociadas de la lucidez con que la idea hab&#237;a sido formulada en su interior. Luego sigui&#243; arregl&#225;ndose, pero aquella rutina placentera no logr&#243; disipar el desasosiego que le ven&#237;a invadiendo desde hac&#237;a varias horas. En otras ocasiones una idea semejante no lo habr&#237;a perturbado: siempre se hab&#237;a tenido por un hombre pr&#225;ctico y consideraba que el conocer las facetas m&#225;s inestables de su propia personalidad formaba parte de aquel pragmatismo; pero no esta vez. &#191;Y si cometiera un disparate?, se dijo. Y sin hacerse m&#225;s consideraciones al respecto, acudi&#243; como todos los d&#237;as a su despacho y recibi&#243; en &#233;l al asesor jur&#237;dico de la empresa.

Riverola, me voy de viaje -le anunci&#243;.

El abogado hizo un movimiento con la cabeza sin levantar la vista de los papeles que sosten&#237;a en la mano. Con aquel gesto quer&#237;a decir que tal cosa era imposible, que los asuntos de la empresa no permit&#237;an que F&#225;bregas se ausentara. Pero &#233;ste no estaba dispuesto a renunciar a su proyecto.

No te he preguntado nada -dijo-. Me voy y basta.

Al diablo la empresa, pens&#243;. Salvo esta empresa heredada de su padre, a la que hab&#237;a dedicado toda su vida hasta el presente y por la que nunca hab&#237;a sentido ning&#250;n inter&#233;s, nada le ataba a Barcelona. Unos a&#241;os antes se hab&#237;a casado llevado de un impulso repentino que seguramente ten&#237;a poco que ver con el amor verdadero; poco despu&#233;s su mujer y &#233;l se hab&#237;an separado en los t&#233;rminos m&#225;s amigables. De aquel matrimonio ten&#237;a un hijo al que ahora ve&#237;a ocasionalmente. La intimidad corta e insustancial con su ex mujer apenas hab&#237;a dejado huella en su memoria, sobre todo a ra&#237;z de otros episodios amorosos posteriores, m&#225;s breves, pero m&#225;s intensos. Hacia sus amigos sent&#237;a un desapego creciente; nada le produc&#237;a entusiasmo. Desde hac&#237;a unos meses andaba envuelto, casi a su pesar, en una relaci&#243;n m&#225;s tormentosa que pasional con la esposa de un financiero muy conocido en los c&#237;rculos mercantiles de la ciudad, el cual, recientemente, de modo imprevisto y por razones ajenas a los enredos de su esposa, de los que no sab&#237;a nada, se hab&#237;a convertido en uno de los principales acreedores de la empresa de F&#225;bregas, precisamente cuando &#233;sta empezaba a hacer agua. Ahora la posibilidad de que una fuga le permitiera liquidar aquel asunto erizado de reproches, sustos y sospechas pesaba favorablemente en el &#225;nimo de F&#225;bregas.

Aquella misma tarde se fue a Par&#237;s con poco equipaje. Desde all&#237; escribi&#243; una carta escueta a su amante, en la que expon&#237;a confusamente los motivos de su marcha y que, sin que de una cosa se derivara necesariamente la otra, conclu&#237;a diciendo: No creo que debamos hacernos muchas ilusiones respecto del futuro de nuestra relaci&#243;n. Una vez enviada la carta sinti&#243; un alivio no exento de remordimiento. Pensaba cu&#225;nto m&#225;s caballeroso por su parte no habr&#237;a sido asestar aquel golpe de viva voz y cara a cara, arrostrando las consecuencias de su decisi&#243;n, si las hab&#237;a. A la ma&#241;ana siguiente Riverola, que hab&#237;a dado con su paradero sabe Dios c&#243;mo, le hizo llegar un t&#233;lex en el que le conminaba a regresar de inmediato. Su ausencia repentina y sin justificaci&#243;n hab&#237;a creado un clima de desconfianza hacia la empresa que amenazaba con precipitar la crisis a la que aqu&#233;lla parec&#237;a abocada de no mediar soluciones dr&#225;sticas a ciertos problemas, le dec&#237;a en el t&#233;lex. F&#225;bregas arroj&#243; el t&#233;lex a la papelera y, vi&#233;ndose desculan lo, se fue de Par&#237;s. Durante una semana vag&#243; por vanas ciudades sin encontrar en ninguna de ellas lo que i re&#237;a estar buscando. Finalmente lleg&#243; a Venecia una noche de mediados de abril. El cielo estaba estrellado y la ciudad parec&#237;a extra&#241;amente vac&#237;a. F&#225;bregas tuvo una corazonada si algo importante est&#225; por ocurrirme, ha de ser aqu&#237; pens&#243;.

Elhall del Gran Hotel del Moro, donde planeaba hospedarse, tambi&#233;n estaba desierto: en la b&#243;veda resonaban sus pasos sobre el m&#225;rmol escaqueado; los tr&#225;mites de inscripci&#243;n fueron despachados r&#225;pidamente, casi sin mediar palabra; al entrar en la habitaci&#243;n encontr&#243; que su equipaje ya hab&#237;a sido deshecho: ahora los trajes colgaban de las perchas y las camisas y la ropa interior hab&#237;an sido colocadas ordenadamente en los anaqueles del armario. Antes de acostarse abri&#243; los postigos y las persianas y se acod&#243; en el alf&#233;izar de la ventana. Fuera la noche era h&#250;meda y fr&#237;a; reinaba una quietud absoluta; s&#243;lo el agua produc&#237;a un murmullo suave al lamer la piedra; las c&#250;pulas y las torres proyectaban una masa compacta contra el cielo. Un reloj dio una sola campanada. F&#225;bregas se meti&#243; en la cama presa de gran agitaci&#243;n y no pudo conciliar el sue&#241;o hasta el alba.

Sin embargo la ma&#241;ana le ten&#237;a reservada una desilusi&#243;n. Le despert&#243; un griter&#237;o persistente y al salir del hotel encontr&#243; las calles abarrotadas de turistas. De todas las visitas que hizo aquella jornada s&#243;lo recordaba luego las colas y las aglomeraciones. Era absurdo quejarse, puesto que en definitiva &#233;l era un turista m&#225;s, se dec&#237;a, pero esta reflexi&#243;n no imped&#237;a que su irritaci&#243;n fuera en aumento a medida que transcurr&#237;an los d&#237;as sin cambio. Esto es un escarnio, pensaba. S&#243;lo por las noches, cuando se retiraban los &#250;ltimos trasnochadores y reinaba nuevamente la quietud, recobraba aquella vaga sensaci&#243;n de inminencia que hab&#237;a experimentado a su llegada. Tambi&#233;n le pesaba la soledad: ahora se sorprend&#237;a a s&#237; mismo recordando con simpat&#237;a el trabajo y la vida social que tanto hab&#237;an llegado a hastiarle y a&#241;orando el abandono y la ternura que le hab&#237;a proporcionado aquella mujer a cuyo cari&#241;o acababa de renunciar irreversiblemente. El tiempo, que al principio se hab&#237;a mantenido estable, se volvi&#243; desapacible: el cielo amanec&#237;a cubierto de nubarrones y era raro el d&#237;a en que no ca&#237;a un aguacero; soplaba un viento racheado y salobre y el bar&#243;metro experimentaba unos cambios bruscos que no auguraban mejor&#237;a.



II

F&#225;bregas llevaba una semana en Venecia cuando se tropez&#243; en plena calle con un hombre de negocios catal&#225;n, de apellido Marcet, a quien conoc&#237;a superficialmente y a quien en otras circunstancias se habr&#237;a limitado a saludar con un gesto. Ahora, sin embargo, su situaci&#243;n, el hecho de hallarse ambos lejos de Barcelona y lo casual del encuentro, hicieron que F&#225;bregas extremara las muestras de cordialidad e incluso que propusiera a Marcet comer juntos, salvo que Marcet ya tuviera otros compromisos. Marcet, que, seg&#250;n dijo sin que viniera a cuento, acababa de llegar de Mil&#225;n, a donde hab&#237;a ido con la intenci&#243;n de pasar un par de d&#237;as y donde hab&#237;a sido retenido por complicaciones inesperadas, se mostr&#243; reacio a la idea. Aunque pasaba en su medio por ser hombre extrovertido y sandunguero, aquel encuentro lo hab&#237;a dejado cariacontecido: respond&#237;a a las preguntas de F&#225;bregas con evasivas y miraba dubitativamente en todas direcciones. No veo raz&#243;n para que me trate como si yo fuera un apestado, se dijo F&#225;bregas al advertir finalmente la actitud desabrida del otro. Pero en aquel momento preciso, como si el azar hubiera querido aclarar su duda, se abri&#243; una puerta muy peque&#241;a, de madera oscura, en la que F&#225;bregas no hab&#237;a reparado hasta entonces porque la ocultaban las sombras de un soportal, y de ella sali&#243; con paso ligero una mujer alta y delgada, cubierta por un chubasquero negro. Al verla, Marcet sonri&#243; forzadamente. Ella se le colg&#243; familiarmente del brazo y &#233;l hizo unas presentaciones apresuradas y confusas. F&#225;bregas mascull&#243; una excusa y se fue.

De modo que por eso estaba tan hura&#241;o conmigo, iba pensando camino del hotel; sin duda una acompa&#241;ante de alquiler, &#191;y a m&#237; qu&#233; m&#225;s me da? &#161;Bah!, &#161;qu&#233; recato innecesario! &#161;Como si yo no tuviera otras cosas en qu&#233; pensar!, se dijo. Y ciertamente las ten&#237;a, porque la vida era tan cara en Venecia que el dinero de que se hab&#237;a provisto al iniciar el viaje empezaba a escasear. Comi&#243; solo en el restaurante del hotel y a los postres se hizo traer un tel&#233;fono a la mesa, llam&#243; a Riverola y le orden&#243; que le girase fondos a la mayor brevedad. Al o&#237;r su voz, Riverola se puso a gritar como un desaforado.

&#191;Qu&#233; mosca te ha picado?, &#191;por qu&#233; no contestaste al t&#233;lex que te curs&#233; a Par&#237;s?

Ahora llov&#237;a torrencialmente. Por la ventana ve&#237;a una estatua ecuestre sobre un pedestal; la lluvia hab&#237;a oscurecido la estatua; la cabeza, la cola y los flancos del caballo chorreaban agua, Esta lluvia, que habitualmente le habr&#237;a exasperado, parec&#237;a protegerle ahora de las reconvenciones que le llegaban a trav&#233;s de la l&#237;nea telef&#243;nica. Entend&#237;a, sin embargo, que su presencia en Barcelona era necesaria, no s&#243;lo para llevar a cabo ciertas operaciones que la requer&#237;an, sino para disipar los rumores que hab&#237;a despertado su desaparici&#243;n. Es preciso recobrar la confianza de clientes y acreedores, oy&#243; decir a Riverola. Aquel tono conminatorio surt&#237;a en &#233;l un efecto contraproducente.

No regresar&#233; si no me env&#237;as el dinero -dijo tras un silencio cargado de reticencia-, porque no puedo saldar la cuenta del hotel con lo que me queda.

Riverola le pregunt&#243; en qu&#233; hotel se hospedaba, pero F&#225;bregas se neg&#243; a revelar este dato.

G&#237;rame el dinero a la poste restante. Yo ir&#233; a retirarlo pasado ma&#241;ana. Entonces regresar&#233;.

No lo arrojes todo por la borda -le dijo Riverola con m&#225;s pesadumbre que severidad en la voz-. T&#250; puedes hacer lo que te apetezca con tu dinero, pero no olvides que la supervivencia de muchas familias depende de la empresa.

La lluvia sigui&#243; cayendo a raudales todo ese d&#237;a y toda la noche. F&#225;bregas la o&#237;a repicar en las persianas y no pod&#237;a dormir. No s&#233; qu&#233; me ocurre, pensaba; antes dorm&#237;a como un bendito y ahora me desvela cualquier cosa. Mientras se revolv&#237;a en la cama no dejaba de reflexionar sobre lo que le hab&#237;a dicho Riverola. No hab&#237;a duda de que Riverola ten&#237;a toda la raz&#243;n, pensaba.



III

Al d&#237;a siguiente hab&#237;a escampado, pero la ciudad apareci&#243; cubierta de agua casi por completo. En el hotel le proporcionaron unas katiuscas muy anchas que le permit&#237;an vadear las calles, pero con las que andaba como un pato. Los turistas brincaban en fila india por unos tablones que se sosten&#237;an inestablemente sobre ladrillos; algunos acababan metiendo uno o los dos pies en el agua, entre gritos y risas. El suelo reflejaba los edificios y las personas y tambi&#233;n un cielo lechoso que irradiaba una claridad homog&#233;nea y deslumbrante. F&#225;bregas deambul&#243; un par de horas con grandes dificultades. A mediod&#237;a se sent&#243; en un caf&#233; y al levantarse olvid&#243; introducir de nuevo en la ca&#241;a de las katiuscas el borde de los pantalones, que quedaron empapados apenas pis&#243; la calle. Pero no por eso regres&#243; al hotel: la perspectiva de pasar un d&#237;a m&#225;s privado de compa&#241;&#237;a se le hac&#237;a insoportable e inconscientemente recorr&#237;a los lugares m&#225;s frecuentados con la esperanza de reencontrar a Marcet. Sin embargo, en todo el d&#237;a no dio con &#233;l ni con ninguna otra persona conocida. Si hubiese dispuesto de dinero en efectivo se habr&#237;a ido de Venecia sin dilaci&#243;n. Pas&#243; otra noche de insomnio y dio unas cabezadas ligeras al amanecer. Como en los &#250;ltimos a&#241;os se hab&#237;a vuelto algo aprensivo, estaba convencido de que iba a enfermar de resultas del remoj&#243;n, pero aparte de un leve escozor en la garganta, no percibi&#243; s&#237;ntoma alguno de resfriado. El recepcionista del hotel le pregunt&#243; si se sent&#237;a indispuesto.

Duermo mal -dijo-. Debe de ser el clima.

El hotel dispone de servicio m&#233;dico para los se&#241;ores clientes -dijo el recepcionista-. Tal vez le puedan prescribir al se&#241;or un somn&#237;fero suave.

Antes de decidir si deb&#237;a tomar el ofrecimiento del recepcionista al pie de la letra o si sus palabras ocultaban algo turbio, respondi&#243; que ya no val&#237;a la pena hacer nada, porque de todos modos ten&#237;a que dar por terminada su estancia en Venecia.

En realidad he venido a pedirle que me vaya preparando la nota -dijo al recepcionista.

El se&#241;or ha tenido mala suerte con el tiempo -dijo el recepcionista mientras recorr&#237;a un fichero con los dedos.

As&#237; es -dijo F&#225;bregas-. Volver&#233; dentro de una hora.

Si el se&#241;or lo desea, dir&#233; que le hagan el equipaje -dijo el recepcionista-. Y no olvide ponerse las katiuskas si va a salir a la calle.

Est&#225; bien -dijo F&#225;bregas.

Antes de ir a recoger el dinero que deb&#237;a haberle girado Riverola y como la irritaci&#243;n de garganta que hab&#237;a notado al despertar no remit&#237;a, entr&#243; en una farmacia. All&#237;, mientras esperaba ser despachado, le salud&#243; una mujer a la que reconoci&#243; por el chubasquero negro. Otra coincidencia, pens&#243;; primero Marcet y ahora esta mujer. Dos d&#237;as antes, cuando hab&#237;an sido presentados torpemente, la sensaci&#243;n de estar siendo inoportuno le hab&#237;a impedido fijarse en su apariencia; luego, a solas, la memoria hab&#237;a reconstruido aquella apariencia de manera falaz: la estatura aventajada le hab&#237;a hecho imaginarla de m&#225;s edad; la prenda negra, de facciones m&#225;s acusadas. En realidad era muy joven, de rasgos poco definidos, muy p&#225;lida de tez. Probablemente me equivoqu&#233; al juzgarla una profesional, pens&#243; F&#225;bregas mientras ambos intercambiaban frases triviales. O quiz&#225; no, se dijo; nunca se sabe.

Cuando salieron a la calle ninguno de los dos acertaba a despedirse. Por romper el silencio, F&#225;bregas dijo que se dirig&#237;a a la estafeta, donde esperaba encontrar una remesa.

&#191;Y conoce el camino? -pregunt&#243; la mujer mir&#225;ndole a los ojos con una expresi&#243;n que se le antoj&#243; enigm&#225;tica.

F&#225;bregas, a quien el portero del hotel hab&#237;a dado indicaciones detalladas para que pudiese llegar a su destino sin extraviarse, dijo que no. Ella se ofreci&#243; inmediatamente a acompa&#241;arle.

No deseo desviarla de su camino ni hacerle perder tiempo -dijo &#233;l.

No tengo nada que hacer -respondi&#243; ella.

&#191;Verdaderamente nada? -pregunt&#243; F&#225;bregas.

Ella le cont&#243;, como si la pregunta hubiera sido formulada sin asomo de malicia, que, aunque era veneciana de nacimiento, acababa de regresar a Venecia despu&#233;s de una larga ausencia: ahora estaba sin trabajo y apenas ten&#237;a amigos.

En la estafeta hab&#237;a cola y F&#225;bregas temi&#243; que ella, considerando cumplido su deber de cortes&#237;a, lo abandonase all&#237;. Por m&#225;s que se devanaba los sesos no encontraba ning&#250;n pretexto para retenerla, pero ella permaneci&#243; a su lado con naturalidad. Si es una profesional, pens&#243; F&#225;bregas, le interesar&#225; saber cu&#225;nto dinero voy a retirar. Mientras guardaban cola siguieron charlando ajenos a la gente que los rodeaba. La estafeta era un local rectangular, peque&#241;o y bajo de techo; las paredes estaban cubiertas de manchas oscuras. F&#225;bregas se lament&#243; del clima de Venecia, de los precios astron&#243;micos y del gent&#237;o que lo invad&#237;a todo. Ella defend&#237;a su ciudad natal sin enfadarse: le dijo que el turismo multitudinario no era algo exclusivo de Venecia; hab&#237;a estado recientemente en Londres e iba a Roma con cierta regularidad y en todos esos lugares hab&#237;a visto el mismo fen&#243;meno repetido.

Hoy todo el mundo viaja -dijo encogi&#233;ndose de hombros.

Reconoci&#243; que el tiempo hab&#237;a sido malo en los &#250;ltimos d&#237;as, pero todo parec&#237;a indicar que las nubes estaban por irse: pronto lucir&#237;a el sol y &#233;l podr&#237;a ver el cielo incomparable de Venecia, a&#241;adi&#243;.

En cuanto a las inundaciones -agreg&#243; se&#241;alando las katiuscas de &#233;l y los chanclos negros que llevaba ella-, son cosa habitual. Pronto se acostumbrar&#225; usted a ellas.

F&#225;bregas no pudo menos de estremecerse al o&#237;r esta frase. Quiso decir: dentro de unas horas me voy de Venecia; pero no tuvo valor. Al llegar su turno, ella se alej&#243; discretamente de la ventanilla. Ella no sabe hasta qu&#233; punto la he ofendido con mis sospechas, pens&#243; F&#225;bregas. Una vez satisfechos todos los requisitos, lo que result&#243; un proceso largo y complicado, la busc&#243; por el local y no la vio. Se ha ido, pens&#243;. Pero ella le aguardaba en la calle, acodada en el parapeto de un puente. Parec&#237;a abstra&#237;da viendo discurrir el agua, pero apenas F&#225;bregas se hubo aproximado, volvi&#243; la cara hacia &#233;l con una sonrisa.

Cre&#237; que lo hab&#237;an metido preso -dijo.

Poco ha faltado -dijo F&#225;bregas mostr&#225;ndole un pagar&#233;-. Y a&#250;n tengo que ir al banco para que me lo abonen.

Al salir del banco sinti&#243; el bulto que formaban los fajos de liras en los bolsillos del pantal&#243;n y pens&#243;: hay algo obsceno en todo esto; pero ella no pareci&#243; advertirlo.

Venga -le dijo ella cuando ambos se reunieron en el centro de la placita donde le hab&#237;a estado esperando-, ya que estamos aqu&#237;, quiero ense&#241;arle una iglesia que tiene unas pinturas de cierto inter&#233;s. No queda lejos y no figura en las gu&#237;as normales, de modo que no nos encontraremos con esas muchedumbres que tanto le irritan.

Caminaron un trecho sin decir nada y llegaron ante una puerta cerrada a cal y canto. Rodearon el edificio y encontraron las dem&#225;s puertas igualmente cerradas. Por fin una anciana, que les hab&#237;a venido observando desde un portal cercano, les dijo que la iglesia no abrir&#237;a hasta la hora del rezo vespertino. Por la ma&#241;ana s&#237; estaba abierta al p&#250;blico, les dijo, entre las nueve y las doce aproximadamente. F&#225;bregas le pregunt&#243; si acud&#237;an muchos turistas a visitar la iglesia a lo que la anciana respondi&#243; que s&#237;.

Sobre todo japoneses -a&#241;adi&#243;.

Vest&#237;a de luto riguroso, pero llevaba una botas de agua de un color verde subido, casi fosforescente. F&#225;bregas a duras penas pod&#237;a contener la risa.

No deber&#237;a usted ser tan burl&#243;n -le reconvino ella cuando se hubieron alejado-. Los venecianos tienen mucho amor propio. Y las venecianas, m&#225;s a&#250;n.

Pero usted no se incluye en este grupo, por lo que veo -dijo F&#225;bregas.

Yo s&#243;lo soy medio veneciana -replic&#243; ella con aquel encogimiento de hombros que F&#225;bregas empezaba a reconocer, pero cuyo significado a&#250;n no hab&#237;a logrado desentra&#241;ar-. Alg&#250;n d&#237;a le contar&#233; mi historia, pero ahora, &#191;qu&#233; le apetece hacer?

No lo s&#233;. Sin embargo, aunque todav&#237;a es un poco pronto, creo que ya podr&#237;amos ir a comer, si no queremos encontrar todos los restaurantes de la ciudad abarrotados -dijo F&#225;bregas.

Bueno -dijo ella.

La clientela del fig&#243;n al que le condujo ella, que se hab&#237;a adjudicado t&#225;citamente el papel de gu&#237;a, parec&#237;a compuesta exclusivamente por gente del barrio, lo que agrad&#243; mucho a F&#225;bregas. Tambi&#233;n le satisfizo la calidad de la comida y su precio, muy inferior a lo habitual.

Qu&#233; diferente se vuelve todo cuando se sale de los circuitos tur&#237;sticos -coment&#243;.

Eso es bien verdad -dijo ella-, pero, si tanto le disgusta hacer turismo, &#191;por qu&#233; vino a Venecia?

F&#225;bregas empez&#243; a enumerar someramente algunos de los motivos que a su juicio le hab&#237;an inducido a emprender aquel viaje, pero a medida que hablaba se iba dando cuenta de que aquellos razonamientos eran pura palabrer&#237;a. Poco a poco su relato fue adquiriendo un sesgo distinto y finalmente se sorprendi&#243; hablando con gran locuacidad de s&#237; mismo, del fracaso de su vida sentimental y de la p&#233;rdida consiguiente de su hijo, un tema al que jam&#225;s hac&#237;a referencia y sobre el cual procuraba no pensar mucho. A decir verdad, se hab&#237;a consolado de aquella p&#233;rdida dici&#233;ndose que se trataba de una situaci&#243;n transitoria que el tiempo acabar&#237;a arreglando. De ni&#241;o &#233;l mismo hab&#237;a tenido muy poco contacto con su padre. Recordaba haber estado continuamente pegado a las faldas de su madre durante la infancia. Luego, sin saber c&#243;mo y de un modo gradual, se hab&#237;a ido separando de su madre, de la que depend&#237;a cada vez menos, y estableciendo una relaci&#243;n m&#225;s intensa con su padre, con quien empezaba a compartir algunos intereses y a quien finalmente hab&#237;a de quedar en cierto modo adscrito cuando entr&#243; a formar parte de la empresa familiar. Naturalmente, no se le escapaba el hecho de que entre ambas situaciones, la pasada y la presente, las similitudes eran s&#243;lo superficiales: no s&#243;lo las costumbres familiares vigentes en su infancia hab&#237;an cambiado radicalmente en la actualidad, sino que, sin que se hubiera dado entre ellos una armon&#237;a perfecta, sus padres siempre hab&#237;an permanecido unidos. No obstante, aquella referencia vaga le serv&#237;a de consuelo.

No puedo quejarme de c&#243;mo me han ido la cosas, francamente, y no me quejo -dijo a modo de conclusi&#243;n-, pero tampoco puedo evitar que de un tiempo a esta parte me asalte de cuando en cuando una melancol&#237;a invencible. En estas ocasiones, la realidad me resulta mucho m&#225;s irreal que los sue&#241;os.

Ella escuchaba con atenci&#243;n, como si compartiera plenamente aquella visi&#243;n pesimista de la vida. Esto que estoy diciendo no puede ser m&#225;s rimbombante, pens&#243; F&#225;bregas.

Me temo que la estoy aburriendo con mis lamentaciones -dijo.

No, de ning&#250;n modo -dijo ella. Y viendo que F&#225;bregas guardaba un silencio pudoroso, a&#241;adi&#243;-: siga hablando.

Ya he dicho todo lo que ten&#237;a que decir, y quiz&#225; m&#225;s -dijo &#233;l finalmente recobrando el tono desenfadado que hab&#237;a tenido la conversaci&#243;n durante la comida.

Pero a&#250;n no ha contestado a la pregunta -dijo ella.

&#191;Qu&#233; pregunta?

Por qu&#233; vino a Venecia.

Ah, eso est&#225; contestado en seguida -dijo F&#225;bregas-. Una ma&#241;ana me vi en el espejo y mi propia mirada me sorprendi&#243;. Comprend&#237; que la vida cotidiana se hab&#237;a vuelto insoportable para m&#237;, hice las maletas y aqu&#237; estoy, d&#225;ndole la lata a usted, que no tiene culpa de nada.

Cuando el camarero trajo la nota ella sac&#243; del bolso una carterita de piel. F&#225;bregas hizo un adem&#225;n autoritario.

No faltar&#237;a m&#225;s -dijo.



IV

Al salir del fig&#243;n vieron que hab&#237;a despejado; la luz sesgada del sol de media tarde doraba las piedras mojadas.

&#191;Quiere que vayamos a ver si han abierto ya aquella iglesia que le quise ense&#241;ar antes? -dijo ella.

Tal como les hab&#237;a anunciado la vieja de las botas fosforescentes, de la que esta vez no vieron rastro, la puerta de la iglesia estaba abierta, pero ni en el vest&#237;bulo ni en el interior de la nave hab&#237;a nadie ni nada denotaba que all&#237; se fuera a celebrar ning&#250;n oficio. Al cabo de un rato acudi&#243; un capell&#225;n y les pregunt&#243; en qu&#233; pod&#237;a serles de utilidad. La sotana del capell&#225;n se confund&#237;a con la oscuridad de la nave y su cabeza, redonda y canosa, con el pelo cortado a ras de cr&#225;neo, parec&#237;a flotar en el aire. Qu&#233; imagen m&#225;s singular, pens&#243; F&#225;bregas.

Vengan por aqu&#237; -dijo el capell&#225;n cuando ella le hubo explicado el motivo de su visita-, y procuren no tropezar con los reclinatorios.

&#191;A d&#243;nde nos lleva? -pregunt&#243; F&#225;bregas con un deje de sorna en la voz.

El capell&#225;n abri&#243; una puertecita situada a la derecha del altar y puls&#243; un interruptor; luego les hizo entrar en una habitaci&#243;n cuadrada, ni muy amplia ni muy alta de techo. A la luz de una bombilla desnuda se pod&#237;a ver que tres de las paredes de la habitaci&#243;n estaban cubiertas de frescos.

Esta pieza -dijo el capell&#225;n, que les hab&#237;a seguido y hab&#237;a cerrado la puertecita a sus espaldas- pertenec&#237;a a la antigua bas&#237;lica del siglo X, sobre cuyos restos fueron edificadas las iglesias posteriores, en n&#250;mero de tres, hasta llegar a la que acabamos de dejar. Por fortuna estas pinturas sobrevivieron a las demoliciones sucesivas y hoy podemos admirarlas tal y como fueron realizadas hace mil a&#241;os. Los colores, que han resistido inc&#243;lumes el paso de los siglos, son los originales.

F&#225;bregas examin&#243; con escepticismo los muros: en ellos aparec&#237;an pintadas diez figuras masculinas estilizadas y esquem&#225;ticas, de tama&#241;o algo mayor que el natural; los diez hombres vest&#237;an t&#250;nicas de colores desva&#237;dos. Los rostros de los diez hombres eran muy semejantes entre s&#237;, como si un solo modelo hubiera servido para ejecutar la obra entera; todos ten&#237;an una expresi&#243;n intensa y dura y parec&#237;an ir mal afeitados.

Estos frescos, de estilo bizantino, datan de finales del siglo X o principios del XI -sigui&#243; diciendo el capell&#225;n- y versan sobre el patrocinio de San Marcos. Seg&#250;n quiere la tradici&#243;n, San Marcos, enviado por San Pedro a predicar el Evangelio en Italia, lleg&#243; a estas islas, a la saz&#243;n semidesiertas y sumidas en el caos: el aire estaba impregnado de gases mef&#237;ticos procedentes de la putrefacci&#243;n de los peces muertos que las olas iban depositando sin cesar en las orillas y la tierra estaba infestada de serpientes. Los escasos habitantes de la zona viv&#237;an a&#250;n en la Edad de Piedra: en lugar de herramientas de hierro u otros utensilios se val&#237;an de las u&#241;as, com&#237;an crudos los animales que atrapaban y mataban sin excepci&#243;n a quien no pertenec&#237;a a su tribu. En tan agreste paraje se detuvo San Marcos a descansar y en sue&#241;os se le apareci&#243; un &#225;ngel, que le dijo: Marcos, en este lugar existir&#225; una ciudad en la cual descansar&#225;n tus restos. Esta ciudad estar&#225; bajo tu protecci&#243;n y t&#250; velar&#225;s porque sus habitantes sean sabios, justos y virtuosos. El santo, sin embargo, olvid&#243; pronto su sue&#241;o, pues ten&#237;a muchos de &#237;ndole similar. Prosigui&#243; su viaje, nunca volvi&#243; a pisar estas tierras y finalmente entreg&#243; el alma a Dios en Alejandr&#237;a, donde fue enterrado. Esta primera figura representa al propio San Marcos, al que se distingue por el halo que le circunda la cabeza. En las manos sostiene una ciudad diminuta. Por supuesto, se trata de una ciudad ideal, imaginaria, que no guarda ninguna semejanza con la Venecia actual. El hecho de tomarla en sus manos simboliza que el santo pone la ciudad bajo su protecci&#243;n.

F&#225;bregas dej&#243; de prestar atenci&#243;n a las pinturas y mir&#243; de reojo a la mujer que le acompa&#241;aba. Ni siquiera s&#233; su nombre, pens&#243;. La luz d&#233;bil de la bombilla acentuaba su palidez. La frente, la nariz, los labios, la barbilla y el cuello forman una l&#237;nea suave, de gran dulzura, pens&#243;. Al notarse observada ella lade&#243; ligeramente la cabeza y le dirigi&#243; una sonrisa m&#225;s con los ojos que con los labios. F&#225;bregas se sinti&#243; invadido por una paz inusitada y al mismo tiempo por una exaltaci&#243;n tan intensa que los ojos se le velaron y hubo de resta&#241;&#225;rselos con el canto de la mano antes de mirar de nuevo las pinturas. El capell&#225;n prosegu&#237;a su exposici&#243;n sin percatarse de lo que suced&#237;a a sus espaldas.

En el a&#241;o 828 de nuestra era, dos fieles venecianos hurtaron el cuerpo del santo de su sepulcro original con &#225;nimo de sacarlo de Alejandr&#237;a, entonces bajo dominaci&#243;n musulmana. No queriendo trocear el cuerpo para eludir la vigilancia de los guardias fronterizos, como aconsejaba la prudencia, lo envolvieron en trapos sucios tras haberlo untado de grasa de cerdo, pues es bien sabido que los sarracenos, en su ceguera, creen que la carne de cerdo es pecaminosa para el alma, nociva para la salud y repugnante al paladar y al olfato. As&#237; consiguieron traer sin percances el cuerpo del santo a Venecia. Esta figura central, quiz&#225; la mejor conservada del conjunto, representa al dux Giustiniano Particiaco en el momento de recibir el cuerpo de San Marcos. Es posible que estas dos figuras laterales representen los fieles comerciantes venecianos que llevaron a cabo la sustracci&#243;n, Rustico da Torcello y Buono da Malamocco. Adviertan c&#243;mo el cuerpo del santo, que el dux sostiene en las manos como el propio San Marcos sosten&#237;a la ciudad en la figura que acabamos de ver hace un instante, tampoco se atiene a las proporciones reales, sino que es muy peque&#241;o y se asemeja a un mu&#241;eco. El arte bizantino no trataba de reproducir fielmente la realidad, sino su significaci&#243;n para el creyente: por esta raz&#243;n y no por falta de pericia var&#237;an tanto de tama&#241;o las cosas y las personas.

Cuando el capell&#225;n hubo concluido la explicaci&#243;n y se dispon&#237;a a abrir de nuevo la puertecita que daba a la nave de la iglesia, ella dijo al o&#237;do de F&#225;bregas:

Dele una propina.

&#201;l as&#237; lo hizo y el capell&#225;n los dej&#243; solos en la iglesia. Alguien hab&#237;a encendido unas l&#225;mparas macilentas que irradiaban un resplandor rojizo. Ella le cogi&#243; de nuevo del brazo.

V&#225;monos de aqu&#237; -dijo F&#225;bregas.

Al salir a la calle vieron que ya hab&#237;a ca&#237;do la noche. Ella le indic&#243; el modo de llegar hasta el Rialto; una vez all&#237; no le ser&#237;a dif&#237;cil orientarse, le dijo. F&#225;bregas se deshizo en expresiones de agradecimiento y le pidi&#243; varias veces disculpas por las molestias que sin duda alguna le hab&#237;a causado. En su azaramiento hilvanaba una frase con la siguiente sin acertar a poner t&#233;rmino a la perorata. Por fin ella le tendi&#243; la mano y ambos echaron a andar en direcciones opuestas. Al llegar al hotel le sorprendi&#243; encontrar su equipaje hecho y alineado en el hall. Acudi&#243; de inmediato a la recepci&#243;n y pregunt&#243; si segu&#237;a libre su habitaci&#243;n. Le respondieron que no, que precisamente hab&#237;a sido ocupada esa misma tarde, pero que si deseaba prorrogar su estancia en el hotel pod&#237;an proporcionarle otra habitaci&#243;n casi id&#233;ntica a aqu&#233;lla. Mientras sub&#237;an el equipaje y colocaban nuevamente las cosas en su sitio, alquil&#243; una caja de seguridad y guard&#243; en ella la mayor parte del dinero que hab&#237;a retirado del banco.



V

En toda la noche no durmi&#243; ni un instante, pero esta vez las horas de vigilia transcurrieron en un vuelo y vio clarear casi con pena. En realidad, tampoco pod&#237;a afirmarse que hubiera pasado la noche en vela, sino en un estado de suspensi&#243;n durante el cual no hab&#237;a hecho otra cosa sino ver infinidad de veces los sucesos triviales del d&#237;a anterior desarrollarse n&#237;tidamente ante sus ojos en forma fragmentaria y recurrente, no convocados por la memoria, sino de manera arbitraria, como movidos por el af&#225;n de preservar su propia vigencia, empe&#241;ados en seguir siendo sucesos vivos y no meros recuerdos. Luego gradualmente las im&#225;genes hab&#237;an ido perdiendo fuerza y frescura y se hab&#237;an ido distorsionando y adquiriendo un car&#225;cter grotesco y confuso. Entonces se despert&#243; y comprendi&#243; que hab&#237;a acabado por dormirse moment&#225;neamente. Ahora el sol entraba oblicuamente a trav&#233;s de las persianas formando un abanico de luz y sombras en la pared lateral de la habitaci&#243;n. Se sent&#243; en la cama y repas&#243; las sensaciones que hab&#237;a estado experimentando aquella noche ins&#243;lita. Ahora que hab&#237;a cesado el torbellino ten&#237;a el &#225;nimo en calma y pod&#237;a pensar con claridad. Pronto la curiosidad dej&#243; paso al desasosiego. &#191;Qu&#233; me est&#225; ocurriendo?, se dec&#237;a; no soy yo, no me reconozco, algo me ha pasado o me est&#225; pasando en este mismo instante o me va a pasar dentro de poco, pero &#191;qu&#233;? Debo admitir que esa chica me resulta atractiva, pero no es la primera vez que una mujer me resulta atractiva a primera vista; esto es algo corriente, que me ha pasado docenas de veces; y, sin embargo, en este caso todo parece desorbitado, pens&#243;. Ahora, repasando fr&#237;amente su conducta, ve&#237;a hasta qu&#233; punto hab&#237;a actuado con desatino. Habl&#233; m&#225;s de la cuenta, dije lo que no ten&#237;a que haber dicho y no dije lo que cab&#237;a esperar que dijera, pens&#243;, &#191;en qu&#233; estar&#237;a yo pensando? No hay duda de que ha de haber influido en m&#237; esta ciudad extravagante. Bueno, se dijo, &#191;qu&#233; m&#225;s da? Ni yo s&#233; su nombre ni ella sabe quiz&#225;s el m&#237;o y no hay forma de que podamos localizarnos de nuevo el uno al otro; de no mediar otra casualidad, lo m&#225;s probable es que no volvamos a vernos nunca m&#225;s. Hoy pasear&#233; por la ciudad, ma&#241;ana regresar&#233; a casa y dentro de una semana lo habr&#233; olvidado todo, se dijo.

Sali&#243; a la calle con el sol ya muy alto y se dirigi&#243; a la Plaza de San Marcos. El agua que la hab&#237;a cubierto en d&#237;as anteriores se hab&#237;a retirado y ahora el pavimento estaba seco; soplaba un aire limpio y tibio y el cielo era de un azul brillante. Delante de la bas&#237;lica, que F&#225;bregas se hab&#237;a propuesto visitar de nuevo, estaba congregado un centenar de j&#243;venes. Om&#237;an, beb&#237;an o dormitaban con la cabeza recostada en las mochilas. Todos iban sucios y astrosos, como si hubieran realizado una larga peregrinaci&#243;n sin otro bagaje que sus radios y magnet&#243;fonos. Yo nunca fui as&#237;, pens&#243; F&#225;bregas.

Despu&#233;s de todo, quiz&#225;s el mal tiempo sea una bendici&#243;n -le dijo se&#241;alando a los j&#243;venes el individuo cuyos servicios se hab&#237;a procurado a la puerta de la bas&#237;lica. F&#225;bregas no respondi&#243;. El individuo, sin dejarse amilanar por aquel silencio hosco, dijo llamarse Laurencio. Era un hombre enjuto y nervioso, de sonrisa servil y dientes amarillentos. F&#225;bregas se habr&#237;a desembarazado sumariamente de &#233;l si hubiera podido contraponer a la obsequiosidad porfiada del otro la energ&#237;a que hab&#237;a dejado en la vor&#225;gine de la noche precedente. Ahora se ve&#237;a atado por cansancio a un desaprensivo que se arrogaba las funciones de gu&#237;a del modo m&#225;s irregular-. Esto parece verdaderamente un supermercado -sigui&#243; diciendo una vez hubieron entrado en la bas&#237;lica. En efecto, all&#237; no se pod&#237;a dar un paso; en la penumbra aquella turbamulta resultaba doblemente enojosa-. &#161;Qu&#233; c&#225;fila! -exclam&#243; el gu&#237;a.

Como la mayor&#237;a de los visitantes formaban agrupaci&#243;n, los gu&#237;as respectivos procuraban hacer que todo el mundo siguiera el mismo trayecto y mantener un ritmo homog&#233;neo en los desplazamientos. As&#237; preservaban la fluidez del tr&#225;nsito. Si alguien quer&#237;a pasar por alto alg&#250;n detalle o demorarse en otro por m&#225;s tiempo del asignado a &#233;l, se produc&#237;an choques y trastazos. Aquella ma&#241;ana las cosas funcionaban particularmente mal porque un grupo de inv&#225;lidos alteraba aquel orden r&#237;gido cada dos por tres. En varias ocasiones F&#225;bregas y su gu&#237;a, a cuyas explicaciones aqu&#233;l no prestaba la menor atenci&#243;n, hubieron de hacerse a un lado para dejar paso a las angarillas. M&#225;s tarde y a consecuencia de un empell&#243;n fortuito, la llama de una candela encendi&#243; la mantilla de una mujer muy vieja, que fue presa del p&#225;nico y quiz&#225;s habr&#237;a perecido de no haber intervenido los que estaban a su lado. Contagiados por los chillidos de la pobre mujer, todos los que la rodeaban se pusieron a vociferar. Finalmente el fuego fue extinguido sin dificultad y se restableci&#243; la calma, pero la v&#237;ctima sufri&#243; un colapso. F&#225;bregas, que se encontraba casualmente junto al lugar del suceso, alcanz&#243; a ver c&#243;mo dos hombres llevaban en volandas a la mujer a un banco, donde la dejaron tendida. Su rostro exang&#252;e y surcado de arrugas parec&#237;a hecho de celof&#225;n. F&#225;bregas aprovech&#243; la confusi&#243;n para eludir al gu&#237;a y abrirse paso a codazos hasta la salida. En el tumulto perdi&#243; un zapato y al agacharse a buscarlo estuvo a un tris de ser aplastado. Por &#250;ltimo gan&#243; la plaza de nuevo sin que el gu&#237;a, que hab&#237;a cobrado sus honorarios por anticipado, le hubiera dado alcance.

Por alejarse de aquella barah&#250;nda tom&#243; el camino que hab&#237;a seguido el d&#237;a anterior para ir a la estafeta. De este modo se encontr&#243; de nuevo en las calles y plazoletas por donde hab&#237;a deambulado en compa&#241;&#237;a de aquella mujer an&#243;nima cuyo recuerdo ahora le ofuscaba. Este alela-miento hac&#237;a que el barrio por donde ahora iba, pese a estar desprovisto de inter&#233;s art&#237;stico o de pintoresquismo, se le antojase un lugar cargado de significaci&#243;n. As&#237; fue paseando hasta que, a fuerza de doblar esquinas al azar, acab&#243; perdi&#233;ndose; por m&#225;s que andaba no consegu&#237;a dar de nuevo con la estafeta ni con la oficina bancaria donde le hab&#237;an abonado el giro postal ni mucho menos con el restaurante donde hab&#237;an comido o la iglesia que hab&#237;an visitado juntos por sugerencia de ella. Sus pasos le llevaban una y otra vez al borde de un canal infranqueable que le obligaba a desandar lo andado y a describir un arco cuyo final eran de nuevo las aguas verdes del mismo canal o de otro id&#233;ntico. Acuciado por el hambre entr&#243; en un restaurante igual en apariencia a aquel que buscaba, pero en realidad malo y caro. No hay duda, dijo para s&#237; levant&#225;ndose malhumorado de la mesa, de que todo ha terminado.

Al salir del restaurante no encontr&#243; en las inmediaciones a nadie a quien pedir orientaci&#243;n para volver al hotel o simplemente al centro: las calles parec&#237;an muertas y las casas abandonadas. El sol ca&#237;a verticalmente sobre su cabeza y hac&#237;a un calor h&#250;medo muy molesto. Pronto le vencieron el cansancio y la desaz&#243;n. Se quit&#243; la americana, se afloj&#243; el nudo de la corbata, se desabroch&#243; el cuello de la camisa y se sent&#243; en un poyo de piedra. &#191;Qu&#233; har&#233; aqu&#237;?, se preguntaba como si el destino le hubiera condenado a permanecer el resto de sus d&#237;as sentado en aquel poyo.

Entonces vio tres personas doblar la esquina y venir hacia &#233;l. Estaba por ir a su encuentro y recabar de ellas la informaci&#243;n que precisaba cuando le disuadi&#243; de hacerlo algo an&#243;malo en la traza de aquel tr&#237;o, formado por dos hombres y una mujer cuyas edades dificultaba precisar su aspecto estrafalario. Uno de los hombres, tan alto, que el otro, sin ser bajo, a duras penas le llegaba al hombro, llevaba el pelo te&#241;ido de color cobre, pero no las cejas, que eran negras y espesas y le confer&#237;an un aire tremebundo. Era muy fornido, parec&#237;a poseer una fuerza descomunal. El otro hombre era enjuto, de pelo ralo y tez enfermiza; vest&#237;a con atildamiento descomedido: traje cruzado de lino blanco, camisa de seda carmes&#237;, corbata de lunares, pa&#241;uelo amarillo lim&#243;n; su expresi&#243;n era perspicaz y aviesa. La mujer, por contra, iba cubierta de una camiseta sin mangas y un pantal&#243;n corto, desflecado, zurcido y apedazado; sus facciones habr&#237;an podido ser de gran belleza, pero su sonrisa perenne y la mirada perdida exteriorizaban una mente desvariada; la cara, el cuello, las piernas y los brazos parec&#237;an cubiertos de moraduras y rasgu&#241;os y de tiznones, churretones y lodo; llevaba el pelo apelmazado y trasquilado con tanta desma&#241;a, que en unas partes era largo y desgre&#241;ado y en otras tan corto que dejaba al descubierto el cuero cabelludo cruzado de chirlos viol&#225;ceos. Su andar era desmayado y con toda seguridad se habr&#237;a desplomado repetidamente si no hubiera llevado anudado al cuello un ronzal del que tiraba sin miramientos el gigante de cuando en cuando. Era evidente que aquella mujer estaba necesitada de atenci&#243;n m&#233;dica, pens&#243; F&#225;bregas, pero, &#191;qu&#233; pod&#237;a hacer &#233;l? Su instinto de conservaci&#243;n le impulsaba a adoptar una actitud despreocupada, como si aquel espect&#225;culo morboso no fuera con &#233;l, pero sus principios y su propia estimaci&#243;n le forzaban a una intervenci&#243;n que sab&#237;a in&#250;til de antemano y a buen seguro peligrosa. Con el &#225;nimo dividido esper&#243; a que los tres personajes llegaran a su altura; entonces salt&#243; del poyo y se interpuso en su camino.

Se&#241;orita -dijo con voz firme, aunque algo entrecortada por el miedo-, &#191;se encuentra bien?

La mujer no dio muestras de haber o&#237;do su pregunta ni tan siquiera de haber reparado en su existencia. El gigante, en cambio, sin soltar el ronzal, sac&#243; de la faltriquera de su zamarra de cuero tachonado una cadena corta y empez&#243; a describir molinetes en el aire con ella; silbaba el aire ominosamente con cada giro de la cadena, en cuyo manejo se ve&#237;a ducho al gigante: todo hac&#237;a pensar que aquella cadena pod&#237;a ser un arma mort&#237;fera en sus manos. F&#225;bregas se qued&#243; inm&#243;vil. &#191;Qu&#233; me va a pasar?, pens&#243;. El hombre atildado le dirigi&#243; una sonrisa en la que era f&#225;cil discernir la mofa. Al hacerlo dej&#243; ver que le faltaban varios dientes. Luego se acerc&#243; a F&#225;bregas, que no osaba esbozar el menor movimiento, y, sin decir nada, le arrebat&#243; la americana que llevaba al brazo; registr&#243; los bolsillos de la americana, traspas&#243; a los suyos el dinero que encontr&#243; en ella y la dej&#243; caer al suelo. Luego hizo una se&#241;a a sus compa&#241;eros y los tres prosiguieron la marcha con una parsimonia a todas luces burlona y afectada. Cuando hubieron desaparecido, F&#225;bregas se agach&#243;, recogi&#243; la americana, la sacudi&#243; y se la ech&#243; sobre los hombros. Le temblaban las rodillas, pero se sent&#237;a satisfecho: hab&#237;a cumplido con su deber y las consecuencias de ello no hab&#237;an sido graves: un susto breve y una suma irrisoria de dinero. Durante un momento llegu&#233; a temer por mi propia vida, pens&#243;, &#161;qu&#233; azaroso es todo!

El incidente le hab&#237;a aligerado el &#225;nimo. Volvi&#243; a caminar a paso vivo y pronto dio con una cabina telef&#243;nica. Como le hab&#237;an sustra&#237;do el papel moneda, pero no la calderilla, y como siempre llevaba consigo una tarjeta del hotel, en previsi&#243;n de emergencias como la presente, llam&#243; a la recepci&#243;n, describi&#243; al recepcionista el lugar en que se hallaba y dio orden de que enviaran a alguien en su busca. El recepcionista le dijo que tuviera la bondad de caminar unos cincuenta pasos a la izquierda, hasta encontrar un canal; all&#237; deb&#237;a aguardar a que le recogiera una g&#243;ndola que zarpaba al punto. F&#225;bregas hizo lo que le acababa de decir el recepcionista. Al borde del canal vio caer la noche; en algunas ventanas brillaban luces p&#225;lidas, que se reflejaban en el agua; en el firmamento aparecieron unas pocas estrellas; el aire se volvi&#243; fr&#237;o y la humedad le fue calando los huesos. Cuando lleg&#243; la g&#243;ndola estaba aterido y de p&#233;simo humor. Ahora el encuentro con los rufianes ya no le parec&#237;a un hecho heroico, sino rid&#237;culo. Hab&#237;a incurrido en un riesgo grande por pura petulancia, puesto que, en definitiva, la suerte de aquella infeliz le tra&#237;a sin cuidado. Ahora sent&#237;a sobre s&#237; el peso de aquella jornada fatigosa y vacua.

&#191;Quiere el se&#241;or que le cante una canci&#243;n? -pregunt&#243; el gondolero. Y viendo que su cliente no respond&#237;a, a&#241;adi&#243;-: Est&#225; incluido en el precio del servicio.

Me da igual -dijo F&#225;bregas-. Usted lim&#237;tese a remar y ll&#233;veme al hotel tan aprisa como le sea posible.



VI

Aquella noche acompa&#241;&#243; la cena con abundante vino y la remat&#243; con tres copas de co&#241;ac confiando en que una embriaguez moderada le ayudar&#237;a a dormir. As&#237; ocurri&#243;: apenas acostado cay&#243; en un sue&#241;o profundo y tranquilo, del que le sac&#243; bruscamente el ruido producido por la zambullida de un cuerpo en el agua. Salt&#243; de la cama, corri&#243; a la ventana y abri&#243; de par en par los postigos y las persianas. A la luz de la luna escudri&#241;&#243; las aguas del canal: nada parec&#237;a haber perturbado su quietud recientemente. El aire estaba inm&#243;vil y el cielo sereno. Sinti&#243; un escalofr&#237;o y cay&#243; en la cuenta de que ten&#237;a el cuerpo entero ba&#241;ado en sudor. He debido de so&#241;ar algo que ahora no acierto a precisar, pens&#243;. Volvi&#243; a examinar con detenimiento el agua oscura y silenciosa y suspir&#243;. Ah, ha sido aquello otra vez, se dijo. Cerr&#243; las persianas y los postigos y se tendi&#243; de nuevo en la cama a sabiendas de que ya no volver&#237;a a conciliar el sue&#241;o en varias horas. &#191;Por qu&#233; esta noche precisamente, despu&#233;s de tanto tiempo?, pens&#243;. Cre&#237;a haber solucionado hac&#237;a mucho aquel episodio que ahora, sin justificaci&#243;n aparente y con la misma efectividad dolorosa de otros tiempos le devolv&#237;a a la luz de aquel atardecer remoto, junto al agua tranquila y turbia de lo que pod&#237;a haber sido un r&#237;o o un lago o incluso un estanque grande o una alberca, en cuya orilla se hab&#237;a sentado a jugar. Por m&#225;s que forzaba los l&#237;mites de la memoria, nunca lograba recuperar los instantes previos al inicio de aquel sue&#241;o reiterado. De su madre guardaba la imagen distinta y precisa de una mujer joven, delgada y nerviosa de gestos; del hombre, s&#243;lo lo que en aquel momento le hab&#237;an permitido ver su estatura m&#237;nima y su posici&#243;n: unos zapatos brillantes de dos colores, unos pantalones claros acampanados y el extremo inferior de un bast&#243;n fino o una ca&#241;a de bamb&#250;. &#191;Por qu&#233; he de pasar otra vez por esto?, se dijo. Le habr&#237;a bastado encender la luz de la mesilla de noche para que aquellas figuras y aquel paisaje se volatilizaran. Qu&#233; m&#225;s da, pens&#243; sin moverse; despu&#233;s de todo, ya s&#233; lo que va a ocurrir: ahora mam&#225; tomar&#225; carrerilla y se tirar&#225; al agua; ver&#233; otra vez el destello de las medias de cristal cuando sus piernas pasen a la altura de mis ojos; la falda marr&#243;n, plisada; los zapatos levantar&#225;n polvo y guijarros; luego oir&#233; el ruido de la zambullida. Como siempre, sinti&#243; que se le cortaba el resuello al ver las aguas cubrir del todo a su madre, inclusive el sombrero, que quiz&#225; llevaba sujeto a la barbilla con una goma o una cinta a modo de barboquejo o que quiz&#225; ella misma hab&#237;a agarrado con la mano instintivamente en el momento de ser cubierta por las aguas. Y de repente su madre estar&#225; otra vez all&#237;, con la cara mojada, el pelo y la ropa chorreando, el sombrero en la mano, estremecida por la excitaci&#243;n y el fr&#237;o. &#201;l habr&#225; roto a llorar con desconsuelo y su madre se habr&#225; puesto en cuclillas a su lado y le habr&#225; dicho ri&#233;ndose: &#161;Tonto, no llores!, &#161;si era s&#243;lo un juego! Durante a&#241;os hab&#237;a so&#241;ado esta misma escena centenares de veces, siempre con el mismo terror y con el mismo alivio, sin antecedentes ni continuaci&#243;n. Al principio aquel sue&#241;o le hab&#237;a producido una turbaci&#243;n y un desasosiego tan grandes que no se hab&#237;a atrevido a hablar con nadie del asunto. Le parec&#237;a estar en posesi&#243;n de un gran secreto, sin que supiera explicar por qu&#233;, y aquella sensaci&#243;n le agobiaba. Al cabo de varios a&#241;os, y como el mismo sue&#241;o segu&#237;a acos&#225;ndole, decidi&#243; plantear a su madre la cuesti&#243;n de forma m&#225;s o menos directa. Pero si en alguna etapa de su vida su madre hab&#237;a sido aquella mujer impulsiva, exc&#233;ntrica y desconcertante, capaz de arrojarse vestida a las aguas heladas de un r&#237;o por impresionar a un hombre, aquella etapa hab&#237;a quedado atr&#225;s. Ahora ya no era una mujer esbelta y nerviosa, sino grave de porte y talante. Ahora la vida parec&#237;a consistir para ella en un concurso de padecimientos del cual procuraba salir siempre ganadora: ella era la persona que dorm&#237;a menos, la que con m&#225;s facilidad perd&#237;a el apetito, la m&#225;s propensa a la fatiga y a la enfermedad. Si alguien dec&#237;a o aparentaba sufrir en su presencia, se sulfuraba, como si aquel sufrimiento fuera una prerrogativa suya que alguien tratara de usurparle. Por esta raz&#243;n o por otras, todos los intentos de F&#225;bregas por tocar el tema dieron resultados negativos: su madre no quer&#237;a o&#237;r hablar del pasado; acostumbraba a considerarse el ser m&#225;s desventurado del universo, cualquier alusi&#243;n a un pasado posiblemente dichoso desencadenaba un alud de lamentos y recriminaciones. Luego aquella etapa mala de su vida dej&#243; paso a otra m&#225;s serena, pero para entonces ya se hab&#237;a producido entre F&#225;bregas y ella un distanciamiento dif&#237;cil de salvar. Tuvieron que pasar varios a&#241;os m&#225;s para que, restablecida entre ambos una relaci&#243;n cordial, aunque no &#237;ntima, &#233;l decidiera poner de nuevo el tema sobre el tapete. Aquella vez su madre se hab&#237;a encogido de hombros; con un gesto hab&#237;a minimizado aquella an&#233;cdota que ahora estimaba trivial, aquel per&#237;odo entero de su vida que ahora, cuando empezaban a manifestarse los primeros s&#237;ntomas de su enfermedad, ella ya daba por saldado globalmente. Para entonces &#233;l tambi&#233;n hab&#237;a evolucionado: ya no le interesaba tanto como antes lo que aquel sue&#241;o pudiera tener de revelador ni sus posibles concomitancias con alg&#250;n suceso real, sino otros aspectos menos concretos, para cuyo esclarecimiento la colaboraci&#243;n de su madre probablemente habr&#237;a carecido de valor. Ahora le intrigaba sobre todas las cosas la personalidad del misterioso individuo que compart&#237;a el sue&#241;o con ellos. Este personaje era el que m&#225;s hab&#237;a ido cambiando a medida que el sue&#241;o reaparec&#237;a en momentos distintos de su vida. Primero, de ni&#241;o, aquel desconocido de los zapatos bicolores y el bast&#243;n le hab&#237;a producido una sensaci&#243;n de miedo que al despertar perduraba en su &#225;nimo durante horas; luego la presencia del desconocido hab&#237;a dejado de ser terrible para ser solamente amenazadora: le parec&#237;a que aquel hombre ten&#237;a el poder de causarle a &#233;l o de causar a su madre, o a ambos, un gran mal, y aunque ese poder nunca llegase a ejercerse, la certeza de su existencia bastaba para desazonarle. Finalmente, y de un modo incongruente, el misterioso acompa&#241;ante hab&#237;a empezado a producirle una sensaci&#243;n de tristeza absurda, pero innegable. En una ocasi&#243;n crey&#243; haber reconocido sus propias facciones de adulto en el rostro del acompa&#241;ante misterioso y esta visi&#243;n le produjo un malestar casi f&#237;sico. En otra ocasi&#243;n, en el estado de somnolencia que segu&#237;a al sue&#241;o, hab&#237;a tenido una revelaci&#243;n: la de que aquel hombre era &#250;nicamente una imagen del pasado, a la que s&#243;lo  preservaba de la extinci&#243;n definitiva la pervivencia en su sue&#241;o.



VII

Antes de acudir al comedor pas&#243; por el mostrador de recepci&#243;n y dijo al empleado que le preparara nuevamente la cuenta y dispusiera que le hicieran el equipaje. El empleado de la recepci&#243;n era el mismo que le hab&#237;a atendido dos d&#237;as antes y se interes&#243; discretamente por su estado. F&#225;bregas le dijo que persist&#237;a el insomnio que le hab&#237;a aquejado las noches precedentes, pero que confiaba en mejorar pronto.

Est&#225; visto que nuestro clima no sienta bien al se&#241;or -coment&#243; el recepcionista.

Desde la mesa donde le sirvieron el desayuno s&#243;lo ve&#237;a el cielo y una franja estrecha de agua. Podr&#237;a estar en un barco, pens&#243; con nostalgia. Cre&#237;a que en los barcos s&#243;lo hab&#237;a que dejarse llevar y por eso siempre que se encontraba ante una encrucijada pensaba en los barcos con nostalgia. Tan pronto haya liquidado la cuenta y est&#233; listo el equipaje me ir&#233; al aeropuerto y all&#237; esperar&#233; a que salga el primer avi&#243;n, pens&#243;. No volver&#233; a pisar las calles de Ve-necia, se dijo. Pero de vuelta a la recepci&#243;n, el recepcionista le entreg&#243; un mensaje que consist&#237;a en un n&#250;mero garrapateado al dorso de un trozo de papel impreso.

Una se&#241;orita ha llamado preguntando por el se&#241;or -dijo el recepcionista-. Como el se&#241;or no estaba en su habitaci&#243;n, la se&#241;orita ha dejado este n&#250;mero y el encargo de que el se&#241;or la llame lo antes posible.

&#191;No ha dejado dicho su nombre? -pregunt&#243; F&#225;bregas.

El recepcionista llam&#243; por un tel&#233;fono interior a la telefonista que hab&#237;a atendido la llamada, habl&#243; con ella un rato vivamente y colg&#243;.

El nombre era Mar&#237;a Clara -dijo el recepcionista dirigi&#233;ndose de nuevo a F&#225;bregas-. Tambi&#233;n dio el apellido, pero la telefonista no lo anot&#243; en su momento y ahora lamenta haberlo olvidado.

Est&#225; bien -dijo F&#225;bregas-, hablar&#233; con ella.

El recepcionista llam&#243; otra vez a la telefonista y, transcurridos unos instantes, indic&#243; a F&#225;bregas que pod&#237;a utilizar una de las cabinas telef&#243;nicas que hab&#237;a en el hall. F&#225;bregas entr&#243; en una cabina tapizada de velludo granate y cerr&#243; la puerta. En una repisita hab&#237;a un tel&#233;fono que empez&#243; a emitir un timbrazo d&#233;bil y entrecortado. F&#225;bregas descolg&#243; el tel&#233;fono y dijo:

&#191;Mar&#237;a Clara?

Ah, es usted ^dijo ella. Al o&#237;r su voz, que reconoci&#243; al punto y sin dificultad, F&#225;bregas sinti&#243; un vac&#237;o en el est&#243;mago y al mismo tiempo la necesidad de golpear con los pu&#241;os las paredes tapizadas de la cabina, como si fuera un demente en estado de agitaci&#243;n-. Me dijeron que hab&#237;a salido.

Estaba desayunando -dijo &#233;l. Luego se qued&#243; sin saber qu&#233; a&#241;adir y se produjo un silencio en la l&#237;nea telef&#243;nica. En estas cabinas no se puede respirar, pens&#243;; as&#237; deben de ser los ata&#250;des por dentro.

En vista del buen tiempo que est&#225; haciendo -dijo ella de repente. F&#225;bregas carraspe&#243;, pero no dijo nada. Le era factible notar la confusi&#243;n de ella-. La verdad es que, despu&#233;s de las cosas terribles que dijo el otro d&#237;a acerca de la ciudad, me he cre&#237;do en el deber de rehabilitarla a sus ojos.

Por Dios, no hablemos de eso; s&#233; muy bien que me comport&#233; de un modo impertinente -balbuce&#243;.

No, no, llevaba usted mucha raz&#243;n. Por eso espero que no tenga un compromiso para hoy -dijo ella-. Hab&#237;a pensado llevarle a visitar un lugar que muy pocos turistas conocen; algo alejado, en una isla

Estoy seguro de que me gustar&#225; much&#237;simo, pero no quisiera que se molestara usted tanto por m&#237; -dijo F&#225;bregas.

No, no; &#191;le parece bien si le paso a buscar por el hall del hotel dentro de media hora?

Me parece muy bien -dijo &#233;l-. Estar&#233; esper&#225;ndola.

Al salir de la cabina telef&#243;nica crey&#243; que iba a sufrir un vah&#237;do por culpa del calor, pero se repuso en seguida; luego regres&#243; al mostrador de recepci&#243;n y all&#237; dio aviso al encargado de que cancelaba nuevamente la partida y orden&#243; que deshicieran su equipaje si ya lo hab&#237;an hecho como &#233;l hab&#237;a dispuesto con anterioridad. El recepcionista asinti&#243; a todo sin hacer ning&#250;n comentario, pero F&#225;bregas crey&#243; que le observaba con atenci&#243;n redoblada. &#161;Y a m&#237; qu&#233;!, pens&#243;. Conteniendo a duras penas el nerviosismo, que le impulsaba a dar saltos y hacer cabriolas, mat&#243; m&#225;s de una hora y media hojeando peri&#243;dicos y revistas, consumiendo caf&#233; y dando paseos cortos por elhall, cuyos l&#237;mites no se atrev&#237;a a franquear. Finalmente apareci&#243; ella. Tra&#237;a el cabello alborotado y jadeaba, como si acabara de recorrer una distancia considerable a la carrera, pero saltaba a la vista que su precipitaci&#243;n era ficticia y no ten&#237;a otro objeto que encubrir la tardanza.

Venga, venga, d&#233;monos prisa o se nos echar&#225; el tiempo encima -le dijo en tono apremiante. F&#225;bregas se dej&#243; conducir sin replicar al embarcadero del hotel, donde les aguardaba una motora tripulada por un viejo lobo de mar. De sobra se ve&#237;a que la motora no era usada habitualmente para el transporte de pasajeros; por carecer de todo, no ten&#237;a asientos, salvo una repisa estrecha que corr&#237;a a ambos costados y en la que era dif&#237;cil incluso mantener el equilibrio. Era una barca inc&#243;moda y algo desacoplada, pero pintada de colores alegres. El viejo lobo de mar vest&#237;a una cazadora marr&#243;n de corte moderno, muy descolorida y gastada, como si se hubiera servido de ella durante varias d&#233;cadas. Ni les ayud&#243; a embarcar ni hizo siquiera amago de saludar: manten&#237;a la vista fija en el agua, el ce&#241;o fruncido y la expresi&#243;n hosca. Era la imagen misma de la misantrop&#237;a, pens&#243; F&#225;bregas.

Sin que mediaran &#243;rdenes, el viejo lobo de mar dirigi&#243; la motora h&#225;bilmente por los canales hasta salir a la laguna. Soplaba una brisa tibia y entre la bruma se ve&#237;an los contornos de muchas islas.

Ahora me doy cuenta por primera vez de que Venecia es realmente un archipi&#233;lago -coment&#243; F&#225;bregas.

Ella le explic&#243; que Venecia deb&#237;a su supervivencia a las aguas de aquella laguna, demasiado profundas para ser vadeadas por un ej&#233;rcito, pero no tanto que permitieran el paso de los barcos de guerra. F&#225;bregas, que hab&#237;a le&#237;do esta explicaci&#243;n en varias gu&#237;as y folletos, pens&#243; que ella la recitaba de carrerilla, como si tuviera por costumbre pasear turistas. Sin embargo ella no volvi&#243; a decir nada m&#225;s durante la media hora que dur&#243; la traves&#237;a, al t&#233;rmino de la cual y tras haber rebasado un grupo de pe&#241;ascos &#225;ridos que sobresal&#237;an del agua desordenadamente, atracaron en un embarcadero formado por troncos que el agua cubr&#237;a en buena parte. Aquel embarcadero parec&#237;a tener varios siglos de antig&#252;edad y F&#225;bregas coment&#243; que no comprend&#237;a c&#243;mo la madera resist&#237;a tan bien los efectos del agua. Ella le explic&#243; que no era el agua lo que pudr&#237;a la madera, sino el aire. Mientras dec&#237;an estas cosas, iban subiendo una cuesta empinada hasta coronar un altozano desde el cual se pod&#237;a divisar toda la isla. A los lados del camino crec&#237;an jaras y brezos y zumbaban enjambres de abejorros. Al volver la vista atr&#225;s, F&#225;bregas advirti&#243; que el viejo lobo de mar hab&#237;a puesto nuevamente en marcha la motora y se alejaba costeando hasta que una roca ocult&#243; a sus ojos la barca y el tripulante. Los rayos del sol ca&#237;an perpendicularmente sobre ellos.

&#191;D&#243;nde estamos? -pregunt&#243;.

Desde la loma que acababan de coronar, la isla parec&#237;a enteramente deshabitada; una vegetaci&#243;n tupida, oscura y baja lo cubr&#237;a todo; aqu&#237; y all&#225; sobresal&#237;a alg&#250;n cipr&#233;s solitario.

Estamos en la c&#233;lebre isla de Ondi -dijo ella. &#201;l hizo con la cabeza un gesto de reconocimiento, aunque nunca hab&#237;a o&#237;do mencionar aquel lugar-. Hasta hace poco a&#250;n la poblaban pescadores, pero hoy en d&#237;a nadie pesca. Luego podr&#225; ver en la vertiente opuesta el pueblo abandonado. Tambi&#233;n hay una antena de radio, que ya no se utiliza. Naturalmente -a&#241;adi&#243; con una sonrisa- no es esto lo que me propongo ense&#241;arle. Pero antes de la visita, convendr&#237;a que comi&#233;ramos algo, porque se ha hecho tarde.

&#191;Y d&#243;nde comeremos? -dijo F&#225;bregas-. La isla parece desierta.

Lo parece, pero no lo est&#225; -dijo ella.

Caminaron largo rato por un sendero pedregoso. La isla era m&#225;s extensa de lo que F&#225;bregas hab&#237;a calculado a partir del panorama divisado desde el altozano: a medida que avanzaban iba percibiendo zonas que hasta entonces hab&#237;an ocultado a sus ojos las irregularidades del terreno. Tampoco ahora hablaban: ella abr&#237;a la marcha y &#233;l la segu&#237;a sin apartar la mirada de ella. La ligereza con que ella se mov&#237;a por aquel terreno accidentado le produc&#237;a estupor; le costaba concebir que aquel cuerpo pudiera servir para trepar cuestas y salvar obst&#225;culos. Finalmente, cuando ya empezaba a faltarles el resuello, el camino se volvi&#243; llano y al cabo de muy poco iniciaron el descenso: ahora ve&#237;a la ribera opuesta de la isla y all&#237;, tal como ella le hab&#237;a anunciado, una agrupaci&#243;n de casas blancas, algunas de las cuales carec&#237;an de techumbre. Pese a su abandono evidente, la blancura de los muros resultaba deslumbrante al sol del mediod&#237;a. F&#225;bregas se puso la mano a modo de visera y se qued&#243; inm&#243;vil, contemplando aquella visi&#243;n desolada.

Venga -dijo ella.

Bajaron hacia el pueblo y antes de llegar a &#233;l tomaron una desviaci&#243;n que los condujo a una rada. All&#237; hab&#237;a una casa id&#233;ntica a las que acababan de ver, pero sin duda habitada, porque sal&#237;a humo de la chimenea y unas s&#225;banas se oreaban al sol en el patio. En el agua se balanceaba una lancha amarrada a una boya diminuta de color naranja. Cuando estaban muy cerca de la casa, vieron salir de ella a una mujer en bata y delantal, que llevaba un estropajo en una mano y un rollo de papel de cocina en la otra. La mujer se puso a gritar y a conminarles por gestos a que no siguieran avanzando. F&#225;bregas se detuvo en seco, por instinto, como si hubiese salido a su encuentro un perro guardi&#225;n, pero luego, viendo que Mar&#237;a Clara no se dejaba intimidar por los aspavientos y amonestaciones de la mujer, apret&#243; el paso y ambos entraron codo con codo en el patio. Para entonces la mujer ya deb&#237;a de haber identificado a Mar&#237;a Clara, porque hab&#237;a depuesto su actitud, aunque no variado la expresi&#243;n hura&#241;a del semblante. Deb&#237;a de frisar los cuarenta a&#241;os y ten&#237;a el pelo negro, las facciones regulares y la dentadura blanqu&#237;sima y algo protuberante. Cuando miraba de frente no se notaba nada inusual en sus ojos, pero cuando trataba de mirar de soslayo, una de las pupilas se quedaba quieta mientras la otra se desplazaba hacia la sien; entonces se advert&#237;a que era tuerta o estr&#225;bica. Antes de intercambiar saludos con los reci&#233;n llegados les dijo que el restaurante todav&#237;a no estaba abierto, que precisamente en esos d&#237;as lo estaban poniendo a punto para la temporada estival que se iniciar&#237;a en breve. Al decir esto levantaba las manos y mostraba el estropajo y el papel. Fuera de temporada, les dijo, el restaurante permanec&#237;a cerrado y ella, su marido, su madre y sus hijos, viv&#237;an en Mestre. Era evidente que estas explicaciones iban dirigidas a F&#225;bregas, puesto que la mujer y Mar&#237;a Clara parec&#237;an conocerse de antiguo. Sin duda ha tra&#237;do aqu&#237; a otras personas, pens&#243; &#233;l. La mujer sigui&#243; diciendo que, a pesar de lo que acababa de contarles y si estaban dispuestos a conformarse con algo sencillo, les servir&#237;an de comer. F&#225;bregas y Mar&#237;a Clara pasaron a otro patio, cubierto por un toldo de ca&#241;as, que daba a la rada. De la casa sali&#243; un hombre bajo y musculoso acarreando una mesa de madera, que coloc&#243; ruidosamente en el centro del patio. Luego salud&#243; a Mar&#237;a Clara con efusividad y ella le present&#243; a F&#225;bregas, cuya mano estruj&#243; y zarande&#243;. Dijo ser yugoslavo y llevar muchos a&#241;os en Venecia, dedicado al negocio de la hosteler&#237;a. En realidad el negocio consist&#237;a &#250;nicamente en aquel restaurante, que explotaba con su familia durante tres o cuatro meses al a&#241;o.

Los millonarios que vienen en sus yates se matan por comer lo que les sirvo -dijo con una mezcla de orgullo e iron&#237;a.

Y lo que sirve, &#191;lo pesca usted mismo? -pregunt&#243; F&#225;bregas.

No, qu&#233; va. Lo compro en el mercado -dijo el yugoslavo-, pero ellos no lo saben. Si lo preguntan, les digo la verdad; si no, les dejo que piensen lo que quieran. No s&#233; qu&#233; se creen. Mire, ahora la rada est&#225; desierta, &#191;ve? -a&#241;adi&#243; se&#241;alando el agua-; s&#243;lo aquella barquita, que es la nuestra. Bueno, pues si vuelven ustedes dentro de quince d&#237;as ver&#225;n los yates haciendo cola para entrar en la rada. Hasta cuarenta palos he llegado yo a contar en un solo d&#237;a del mes de julio. Lo que le digo: para darles de comer a todos me har&#237;a falta una flota pesquera.

Mientras hablaban la mujer hab&#237;a servido la mesa. En lugar de mantel y servilletas les puso varias hojas del papel de cocina que llevaba en la mano poco antes, cuando sali&#243; a su encuentro. Los platos eran de una loza basta y desportillada. F&#225;bregas insisti&#243; en sentarse de espaldas al agua, a pesar de las protestas de Mar&#237;a Clara, que quer&#237;a cederle el lugar preferente, de cara al mar. Por &#250;ltimo F&#225;bregas gan&#243; la batalla pretextando que le molestaba el centelleo del sol en el agua. Ahora el rostro de &#233;l quedaba a oscuras y su silueta, nimbada por la claridad de la rada; en cambio, el rostro de ella recib&#237;a los puntos y rayas de sol que dejaba filtrar el entramado de ca&#241;as. Como la vez anterior, en el curso de la comida s&#243;lo intercambiaron frases breves y triviales, pero al llegar al postre, F&#225;bregas, viendo que Mar&#237;a Clara parec&#237;a absorta y presa de la melancol&#237;a, le dijo:

El otro d&#237;a habl&#233; m&#225;s de la cuenta; es justo que hoy sea usted quien me cuente su vida. Le recuerdo que me prometi&#243; hacerlo.

Ah -respondi&#243; ella-. Mi vida no tiene mucho inter&#233;s.

No le pido una historia pormenorizada. D&#237;game s&#243;lo lo que la tiene tan preocupada en este mismo instante -dijo &#233;l.

Ella le mir&#243; fijamente unos segundos, con desconfianza, pero luego, como si hubiera venido de repente en su ayuda una idea tranquilizadora, esboz&#243; una sonrisa.

Casi prefiero darle cuenta de mi vida -dijo; y acto seguido, tras una pausa destinada aparentemente a poner en orden los datos que se dispon&#237;a a proporcionarle, empez&#243; su relato confirmando lo que le hab&#237;a dicho en su encuentro anterior, esto es, que era veneciana s&#243;lo en parte, no obstante la idea que &#233;l parec&#237;a haberse formado al respecto.

&#191;Y c&#243;mo sabe usted qu&#233; idea me he formado respecto de esto o de cualquier otra cosa? -dijo &#233;l.

Ay, vaya, &#161;pero si desde el primer momento me ha venido tratando como si yo fuera el s&#237;mbolo viviente de esta ciudad! -replic&#243; ella-. A veces pienso que incluso me considera responsable de todos los contratiempos que le han sucedido desde que lleg&#243;.

F&#225;bregas busc&#243; una respuesta ingeniosa a esta acusaci&#243;n, pero comprendi&#243; en seguida que tal cosa desviar&#237;a el di&#225;logo hacia otros derroteros y prefiri&#243; aceptarla con afable humildad.

Me confieso culpable, pero le proh&#237;bo hablar de m&#237; hasta que haya terminado de disipar este velo de misterio que la envuelve -dijo.

Ella se ri&#243; por primera vez en el transcurso de aquel d&#237;a.

&#191;Misterio? &#161;pobre de m&#237;! -exclam&#243; visiblemente halagada.

Mientras hablaban se hab&#237;an ido acercando a la mesa tres gaviotas de gran tama&#241;o; su falta de recelo ante la presencia humana rayaba en la altaner&#237;a. Mar&#237;a Clara les arroj&#243; los restos del pescado que hab&#237;an comido. Al instante acudieron unos mirlos, que se posaron a una distancia prudencial, a la espera de que las gaviotas sufrieran una distracci&#243;n. Pero las gaviotas acabaron con todo parsimoniosamente y permanecieron luego a la expectativa.

&#191;Ve lo que ha hecho? -dijo F&#225;bregas-. Ahora ya no nos las quitaremos de encima en todo el d&#237;a.

&#191;De veras quiere que le cuente mi vida? -dijo ella.

Si vuelvo a interrumpirla, le dejo que imponga el castigo que usted elija -dijo &#233;l.



VIII

Mar&#237;a Clara empez&#243; a relatar su historia diciendo que su apellido, por si &#233;l lo ignoraba todav&#237;a, era Dolabella. Este apellido, bastante com&#250;n en aquella zona, la emparentaba, seg&#250;n hab&#237;a o&#237;do contar miles de veces a su familia, con Tommaso Dolabella, un pintor veneciano de principios del siglo XVII bastante reputado en su tiempo, pero casi olvidado en la actualidad, ensombrecida su fama por la de los grandes maestros venecianos: Tiziano, Tintoretto y Ti&#233;polo. En el propio Palacio Ducal, sin ir m&#225;s lejos, pod&#237;a verse una obra de Tommaso Dolabella tituladaEl Dux y los procuradores adorando la Hostia. Todo esto, agreg&#243; de inmediato, no lo contaba para envanecerse tontamente de un antepasado c&#233;lebre, sino porque de aquel pintor arrancaba precisamente la historia de su familia. En efecto, en un momento de su vida, Tommaso Dolabella, por razones que ella nunca lleg&#243; a conocer, emigr&#243; a Cracovia, a la saz&#243;n una ciudad floreciente. All&#237; muri&#243; el a&#241;o 1650. Luego los a va tares de la historia hab&#237;an empujado a uno de sus descendientes a emigrar, como tantos polacos, a los Estados Unidos, donde sucesivas generaciones de Dolabellas hab&#237;an de conseguir amasar una peque&#241;a fortuna primero y perderla luego. Finalmente, el padre de Mar&#237;a

Clara, Charles Dolabella, deseoso de investigar su genealog&#237;a, hab&#237;a viajado a Venecia, se hab&#237;a enamorado de una veneciana, se hab&#237;a casado con ella y se hab&#237;a quedado a vivir all&#237; definitivamente. De esta forma la estirpe de los Dolabella conclu&#237;a un periplo de tres siglos regresando al punto de partida.

Una historia rom&#225;ntica con un final feliz -dijo F&#225;bregas.

S&#243;lo en el enunciado -dijo ella-. En realidad el matrimonio de mis padres no tuvo suerte.

&#191;Qu&#233; entiende usted por no tener suerte? -pregunt&#243; &#233;l.

Mi padre nunca se ha adaptado a la vida europea y mi madre siempre ha tenido mala salud.

Ah -dijo &#233;l.

Como el padre no hab&#237;a querido dar por definitiva su instalaci&#243;n en Venecia y despu&#233;s de tantos a&#241;os a&#250;n segu&#237;a so&#241;ando en regresar a los Estados Unidos, y como la madre jam&#225;s hab&#237;a permitido que se hablara siquiera de tal cosa, la vida de la familia se hab&#237;a caracterizado siempre por la provisionalidad.

De peque&#241;a siempre pens&#233; que cualquier tarde, al volver del colegio, encontrar&#237;a la casa entera desmantelada, el equipaje hecho y un barco a la puerta dispuesto para zarpar. El hecho de que esto no sucediera nunca no alteraba en nada mi convencimiento. Viv&#237;a con la sensaci&#243;n de tener un pie puesto a todas horas en el estribo, como suele decirse. De este modo nunca me preocup&#233; por mis estudios ni me tom&#233; la molestia de entablar unas amistades que cre&#237;a ef&#237;meras.

Lo comprendo -dijo F&#225;bregas-, pero supongo que esta sensaci&#243;n acab&#243; por desvanecerse andando el tiempo.

S&#237;, claro -respondi&#243; ella-, pero para entonces ya era demasiado tarde. Cuando me vi ante la necesidad de decidir lo que hab&#237;a de hacer con mi vida, no supe qu&#233; camino tomar.

Nada en particular le interesaba verdaderamente; casi todo despertaba en ella un inter&#233;s pasajero y superficial. Por fin decidi&#243; hacer lo que en su d&#237;a hab&#237;a hecho su padre, pero en sentido inverso, es decir, trasladarse a los Estados Unidos, con la esperanza de encontrar all&#237; algo que diera sentido a su vida. Por desgracia, esta idea, f&#225;cilmente realizable sobre el papel, result&#243; inviable en la pr&#225;ctica. Tantos a&#241;os de ausencia hab&#237;an disuelto los v&#237;nculos de familia y amistad que su padre pudiera haber tenido tiempo atr&#225;s en su pa&#237;s de origen. Ahora no contaba con nadie a quien poder confiar la custodia de su hija ni dispon&#237;a de medios para costear los gastos de manutenci&#243;n en una instituci&#243;n docente. Probablemente el asunto habr&#237;a podido resolverse por otros cauces, pero la familia Dolabella carec&#237;a de todo sentido pr&#225;ctico. Por &#250;ltimo, como soluci&#243;n intermedia, Mar&#237;a Clara fue enviada a Inglaterra, donde viv&#237;a una hermana de su padre, a la que nadie, salvo &#233;l, hab&#237;a visto nunca, pero que se ofreci&#243; sin vacilaci&#243;n a hacerse cargo de Mar&#237;a Clara tan pronto como el padre de &#233;sta rompi&#243; un silencio de d&#233;cadas para insinuarle la idea. Era una mujer madura, viuda, solitaria y bastante rica. Aunque distaba mucho del proyecto original, Mar&#237;a Clara hab&#237;a acogido esta oportunidad inesperada con aut&#233;ntica alegr&#237;a, porque para entonces s&#243;lo pensaba en escapar del medio familiar, que se le hab&#237;a hecho progresivamente asfixiante.

Me habr&#237;a ido al &#250;ltimo conf&#237;n del mundo -dijo ella-. Por eso cuando el otro d&#237;a trat&#243; usted de exponer las razones que le hab&#237;an impulsado a dejar Barcelona, las comprend&#237; de inmediato.

Esta afirmaci&#243;n irrit&#243; a F&#225;bregas: ofend&#237;a su vanidad que le dijeran que su caso se asemejaba tanto a otro. &#191;Ser&#225; posible que el resultado de toda una vida sea solamente esto: un caso id&#233;ntico en todo a muchos otros, desprovisto de individualidad?, pens&#243;. S&#237;, sin duda los seres humanos estamos predestinados a disolvernos en una sola masa homog&#233;nea, un verdadero magma del que s&#243;lo est&#225; llamado a destacar uno entre decenas de millones, se dijo; e involuntariamente record&#243; las im&#225;genes de aquellos santos, cuya mera existencia era dudosa, pero cuyas proezas, fruto de la imaginaci&#243;n popular, figuraban ahora eternizadas en las iglesias y los museos. &#161;Qu&#233; arbitrario es todo!, se dijo una vez m&#225;s.

Mientras pensaba estas cosas iba escuchando distra&#237;damente el relato de Mar&#237;a Clara. Previsiblemente, la estancia de &#233;sta en Inglaterra no hab&#237;a colmado ni de lejos sus expectativas. Aparte de mantenerse alejada de su familia durante un tiempo, poco provecho hab&#237;a sacado de aquellos dos a&#241;os de permanencia all&#237;: tampoco en esa ocasi&#243;n hab&#237;a visto realizado su deseo de echar ra&#237;ces en alg&#250;n lugar o de encontrar un ambiente en el que, seg&#250;n sus propias palabras, pudiera sentirse integrada de veras. A conseguir esto &#250;ltimo no hab&#237;a contribuido en nada su t&#237;a, una mujer exc&#233;ntrica que, no obstante gozar de una posici&#243;n desahogada, prefer&#237;a vivir en una roulotte, en pleno campo y en medio de grandes incomodidades y estrecheces. Durante aquellos a&#241;os Mar&#237;a Clara y su t&#237;a hab&#237;an mantenido contactos espor&#225;dicos. &#201;sta, que pose&#237;a en Londres unos apartamentos min&#250;sculos y no muy confortables, cuyos alquileres acrec&#237;an sus rentas, hab&#237;a cedido a su sobrina uno de aquellos apartamentos, a la saz&#243;n vacante, le hab&#237;a asignado un subsidio semanal, que el banco hac&#237;a llegar a sus manos puntualmente, y se hab&#237;a desentendido de ella, salvo cuando se decid&#237;a a abandonar su refugio e ir a la ciudad, lo que suced&#237;a raras veces. En estas ocasiones pernoctaba en un hotel de &#237;nfima categor&#237;a e invitaba a Mar&#237;a Clara a cenar en un restaurante chino apestoso, l&#250;gubre e incre&#237;blemente barato. Ahora ella recordaba estas cenas con asco e irritaci&#243;n. En el curso de la cena era interrogada por su t&#237;a acerca de su salud y de sus progresos en el uso del idioma ingl&#233;s. Luego, sin haber prestado la menor atenci&#243;n a las respuestas recibidas, la t&#237;a sol&#237;a contarle de manera fragmentaria y confusa alguna an&#233;cdota remota en la que hab&#237;an participado juntamente ella y el padre de Mar&#237;a Clara. En estos relatos Mar&#237;a Clara no hab&#237;a detectado nunca nostalgia ni afecto; m&#225;s bien parec&#237;an historias desenterradas con desgana, hilvanadas toscamente y referidas sin otro objeto que el de salvar un silencio inc&#243;modo. Esto, la fragilidad de la memoria de su t&#237;a, que se quebraba de continuo, la insustancialidad de las propias historias y el hecho de que su t&#237;a se empe&#241;ase en hablar con Mar&#237;a Clara en italiano, idioma del que apenas ten&#237;a nociones rudimentarias, hac&#237;an estas an&#233;cdotas sumamente aburridas y exasperantes. No obstante, Mar&#237;a Clara no pod&#237;a dejar de sentir por su t&#237;a una mezcla de respeto y piedad. Era una mujer diminuta, flaca y rid&#237;cula, con el rostro cubierto de una capa de pomada y colorete oscura y cuarteada que le daba al cutis aspecto de hojaldre viejo. Vest&#237;a desali&#241;adamente y desprend&#237;a un olor ofensivo, no tanto a suciedad como a decadencia. Esta falta de higiene y el poco cuidado que pon&#237;a en su salud y en su apariencia daban a entender que no sent&#237;a por s&#237; misma ni inter&#233;s ni ternura. La t&#237;a llevaba siempre consigo un perro, lo que no se desdec&#237;a, como a primera vista habr&#237;a podido parecer, de su estoicismo ostensible. Este perro, ladrador y muy desabrido de car&#225;cter, era un pequin&#233;s de color gris, de pelo desigual, polvoriento y apelmazado, enjuto, desgarbado y asim&#233;trico; a juzgar por su aspecto parec&#237;a que acababa de ser arrollado por un cami&#243;n. Tampoco por &#233;l manifestaba la t&#237;a ning&#250;n cari&#241;o: cargaba con &#233;l como quien carga con un paquete liviano pero molesto; sin embargo nunca lo dejaba en el suelo ni se desprend&#237;a de &#233;l, ni siquiera para comer. En estas ocasiones, sosten&#237;a el perro con la mano y el antebrazo derechos y com&#237;a con una cuchara que manejaba con la mano izquierda, pues era zurda. Mientras su due&#241;a com&#237;a, el perro miraba la comida con avidez y emit&#237;a un ronquido asm&#225;tico. Una baba espesa y negra le colgaba del belfo. A veces la t&#237;a, aburrida de su propia perorata, parec&#237;a perderse en sus propias c&#225;balas y dejaba vagar la vista por el aire viciado del restaurante. Entonces el perro estiraba el cuello como si fuera un avestruz y hund&#237;a las fauces en el plato. Si ten&#237;a ocasi&#243;n, tambi&#233;n daba lametazos a la cuchara. Cuando la t&#237;a sal&#237;a de su ensimismamiento, el perro recobraba su habitual circunspecci&#243;n y ella, que no se hab&#237;a percatado de lo ocurrido, o se hab&#237;a percatado, pero no era persona remilgada, segu&#237;a comiendo del mismo plato y con la misma cuchara. Mar&#237;a Clara ten&#237;a que hacer un esfuerzo arduo para no exteriorizar su repugnancia ante esta escena. Por lo dem&#225;s, aquellos alimentos, devorados con tanta ansiedad, sentaban indefectiblemente mal al perro, el cual, a los pocos minutos de haberlos ingerido, expel&#237;a unos pedos repelentes, que invad&#237;an en un instante todo el local, a pesar de provenir de un animal tan peque&#241;o, y en una velada particularmente aciaga hab&#237;a llegado incluso a escagarruciarse sobre el mantel, sin que su t&#237;a diese a entender que tal cosa le produc&#237;a disgusto o preocupaci&#243;n. Ante los hechos consumados, se hab&#237;a limitado a sacar del bolsillo de la chaqueta un pa&#241;uelo, a todas luces veterano de varios resfriados sin que por ello hubieran pasado por &#233;l el agua ni el jab&#243;n, y a posarlo con gesto indiferente sobre la parte afectada del mantel, mientras segu&#237;a comiendo y hablando, como si lo sucedido fuera cosa de todos los d&#237;as y lugares. En otras ocasiones, cuando el perro guardaba la compostura y no se produc&#237;an percances como los descritos, Mar&#237;a Clara trataba discretamente de romper la rutina establecida t&#225;citamente para este tipo de encuentros y llevar la conversaci&#243;n a otros terrenos. Estos intentos, sin embargo, casi nunca daban resultado, porque su t&#237;a no escuchaba lo que ella le dec&#237;a o porque lo escuchaba, pero lo entend&#237;a equivocadamente.

Al margen de estas cosas, la estancia de Mar&#237;a Clara en Londres no hab&#237;a sido &#250;til ni placentera. Londres le hab&#237;a parecido una ciudad poco acogedora, en general rica en promesas, pero poco dadivosa con el forastero carente de relaciones o fortuna. No hab&#237;a hecho amistades s&#243;lidas y los d&#237;as all&#237; se le hab&#237;an hecho eternos; hab&#237;a buscado alg&#250;n trabajo eventual, m&#225;s por combatir la soledad y el tedio que por apremios de dinero, pero tampoco en eso hab&#237;a tenido suerte. El clima era riguroso y el apartamento en que viv&#237;a estaba tan mal acondicionado que a veces dejaba transcurrir el d&#237;a entero sin salir de la cama, y hasta diez d&#237;as seguidos sin darse un ba&#241;o.

Vamos, vamos -dijo F&#225;bregas de pronto-, me cuesta creer que en dos a&#241;os no consiguiera entablar ning&#250;n tipo de relaci&#243;n personalmente remuneradora.

La torpe formulaci&#243;n de este comentario, que en realidad pretend&#237;a ser gentil, el tono en que fue hecho o algo en la expresi&#243;n de F&#225;bregas, hizo que Mar&#237;a Clara enrojeciera. Se hizo un silencio engorroso que solvent&#243; F&#225;bregas pidiendo la cuenta a voces. Estaba irritado, pero no consegu&#237;a vislumbrar las causas de esta irritaci&#243;n, cuya injusticia, en cambio, se le hac&#237;a patente. Mir&#243; a Mar&#237;a Clara de soslayo y se enterneci&#243;. Debo decirle algo tranquilizador, pens&#243;; algo como: disculpe la indiscreci&#243;n de mi comentario est&#250;pido; o: por supuesto, no me debe ninguna explicaci&#243;n en lo que ata&#241;e a sus actos; pero no es esto lo que ella espera de m&#237;, sino esta frase: haga usted lo que haga, a m&#237; me parecer&#225; siempre bien. Pero para decir tal cosa har&#237;a falta una magnanimidad que yo no poseo, se dijo. Acababa de pensar esto cuando ella levant&#243; la mirada que hasta entonces hab&#237;a tenido clavada en el mantel y la dirigi&#243; hacia el horizonte. Entonces &#233;l vio que sus ojos eran grises y muy claros y que por esta causa cambiaban continuamente de color, seg&#250;n lo que se reflejara en ellos; ahora eran de un azul plomizo, como el agua de la laguna. Le sonri&#243; y alarg&#243; la mano para coger la de ella, como si con este gesto y esta sonrisa quisiera decir: tenga paciencia, no soy tan riguroso ni tan inflexible como usted me juzga, pero por ahora no me es posible hacer m&#225;s. Sin embargo, se detuvo sin concluir el gesto y su sonrisa se desvaneci&#243; sin que ella hubiera tenido tiempo de advertirla.



IX

Cuando ya se iban, el yugoslavo que regentaba el establecimiento les dijo que la pr&#243;xima vez que fueran all&#237; les preparar&#237;a una bullabesa.

No hay otra igual en todo el Mediterr&#225;neo -fanfarrone&#243;. El aliento le ol&#237;a a vino, pero F&#225;bregas dedujo de sus palabras que el yugoslavo daba por sentado que regresar&#237;an a aquel restaurante en breve y decidi&#243; tomar la baladronada por un buen augurio. El yugoslavo les acompa&#241;&#243; a la puerta.

&#191;Van a visitar la ermita? -les pregunt&#243;.

F&#225;bregas, que no hab&#237;a o&#237;do siquiera hablar de una ermita no supo qu&#233; responder y mir&#243; a Mar&#237;a Clara. Ella dijo que s&#237; y acto seguido le explic&#243; que en aquel islote se encontraban las ruinas de una ermita c&#233;lebre donde hab&#237;a habido hasta pocos a&#241;os atr&#225;s una reliquia de San Francisco de As&#237;s, el cual hab&#237;a estado all&#237; en vida, orando y predicando.

Y tambi&#233;n haciendo milagros -se apresur&#243; a a&#241;adir el yugoslavo. Y a continuaci&#243;n pas&#243; a referirles uno de aquellos milagros que, seg&#250;n dijo, hab&#237;a acaecido en el mismo lugar donde ahora se encontraba el restaurante o muy cerca de all&#237;-. Una vez estaban San Francisco y otro monje paseando por este sendero a la ca&#237;da de la tarde y hablando de asuntos acuciantes de la orden cuando acudi&#243; a posarse junto al sendero una bandada de p&#225;jaros piando y chillando de un modo escandaloso. El monje, enojado por aquella irrupci&#243;n, que les imped&#237;a proseguir el di&#225;logo, cogi&#243; una piedra del suelo e hizo adem&#225;n de arroj&#225;rsela a los p&#225;jaros, pero San Francisco le detuvo dici&#233;ndole: D&#233;jalos que p&#237;en, hermano, porque no nos hacen ning&#250;n mal; antes bien, nos dan ejemplo, pues alaban al Se&#241;or exaltando Su obra; vayamos donde ellos est&#225;n y cantemos a su lado las horas can&#243;nicas. Y diciendo esto fue a donde estaban los p&#225;jaros, los cuales, vi&#233;ndole venir, no huyeron, sino que permanecieron quietos y en silencio hasta que San Francisco, dirigi&#233;ndose a ellos, les dijo: Hermanos p&#225;jaros, acompa&#241;adme en el rezo de mi oficio en honor de Nuestro Se&#241;or. Dicho lo cual, se puso a cantar, pero no con su voz habitual, sino con el gorjeo de los p&#225;jaros, mientras &#233;stos coreaban su canto balanceando la cabeza y agitando las alas. Cuando hubieron terminado, San Francisco se reuni&#243; de nuevo con el monje, que hab&#237;a asistido mudo de asombro a aquel milagro, y los p&#225;jaros levantaron el vuelo y no volvieron a importunarles m&#225;s.

Al salir del restaurante el sol ya declinaba y los &#225;rboles proyectaban una sombra agradable en el camino, por el que anduvieron un rato en silencio hasta que F&#225;bregas, sin poderse contener, dej&#243; escapar una carcajada.

&#191;De qu&#233; se r&#237;e usted? -pregunt&#243; ella.

De la majader&#237;a que acaba de contarnos el se&#241;or del restaurante -dijo &#233;l.

Es una leyenda muy antigua -dijo ella-. Yo la he o&#237;do contar varias veces. En el fondo, no hace m&#225;s que ilustrar el cari&#241;o proverbial de San Francisco hacia los animales y no veo qu&#233; tiene eso de irrisorio.

Por favor -exclam&#243; F&#225;bregas-, no me diga que esa historia no le parece rid&#237;cula y sin sentido.

Rid&#237;cula tal vez lo sea -dijo ella con una seriedad que desconcert&#243; a F&#225;bregas-, pero no sin sentido. Los milagros no tienen otro objeto que dar testimonio de la omnipotencia de Dios; lo que ocurre es que usted no ve sentido a lo que no produce un beneficio pr&#225;ctico directo e inmediato. Hoy en d&#237;a los milagros son siempre as&#237;: la curaci&#243;n de una enfermedad irreversible o el salir indemne de un accidente aparatoso. Ya ve usted que la religi&#243;n no puede ser algo tan mezquino.

La veo muy impuesta en la materia -dijo F&#225;bregas en un tono de extra&#241;eza no exento de iron&#237;a.

No es eso -replic&#243; ella sin abandonar la seriedad con la que ven&#237;a hablando-; es que usted lo ignora casi todo.

Sobre una loma hab&#237;a una construcci&#243;n en ruinas que a F&#225;bregas le pareci&#243; una fortaleza antigua, pero que era en realidad la ermita a la que se dirig&#237;an. Los muros eran altos y macizos y estaban cubiertos de hiedra. Los sillares que compon&#237;an estos muros eran de tal grosor que F&#225;bregas no pod&#237;a dejar de preguntarse c&#243;mo era posible que se hubieran derrumbado en tantas partes: s&#243;lo un temblor de tierra o un ca&#241;&#243;n de gran calibre pod&#237;an haber sido la causa de tantos boquetes, pens&#243;. Unos matorrales enmara&#241;ados cegaban el acceso a la puerta de la ermita, de cuyas jambas parad&#243;jicamente a&#250;n colgaban las bisagras. Cuando entraron en la ermita por uno de los boquetes del muro, pudo ver que el techo hab&#237;a desaparecido, pero que a&#250;n permanec&#237;an en pie los dos arcos rom&#225;nicos que lo hab&#237;an sustentado en su d&#237;a: ahora por entre los arcos se ve&#237;an pasar unas nubes largas, estrechas y deshilachadas por los bordes. En las paredes interiores se pod&#237;an distinguir restos de pintura y entre la hierba que cubr&#237;a el suelo asomaban losas rectangulares cubiertas de inscripciones en lat&#237;n y de relieves borrosos. F&#225;bregas iba sorteando los obst&#225;culos en seguimiento de Mar&#237;a Clara, de cuyos labios esperaba o&#237;r alguna explicaci&#243;n. Ella, sin embargo, parec&#237;a no advertir su presencia. Finalmente se detuvo en el centro de la nave, cogi&#243; un palo del suelo y con &#233;l empez&#243; a remover y separar las hierbas hasta dejar al descubierto una l&#225;pida en cuyo centro un bajorrelieve que el tiempo hab&#237;a desgastado hasta dejarlo apenas reconocible representaba un yelmo rematado por un penacho. F&#225;bregas se reuni&#243; con ella, examin&#243; la l&#225;pida y aguard&#243; a que ella dijese algo, pero cuando parec&#237;a disponerse a hacerlo un rat&#243;n de campo sali&#243; corriendo de las matas que ella hab&#237;a removido y pas&#243; zigzagueando entre los pies de Mar&#237;a Clara, que dio un brinco involuntariamente.

Vaya -dijo de inmediato-, me parece que sin querer he perturbado la paz de este inquilino.

Me temo que ha perturbado usted algo m&#225;s que su paz -dijo F&#225;bregas poni&#233;ndose en cuclillas y se&#241;alando el lugar de donde hab&#237;a salido precipitadamente el rat&#243;n-. Mire lo que hay aqu&#237;.

Ella se agach&#243; y mir&#243; hacia donde &#233;l se&#241;alaba. All&#237; hab&#237;a cinco ratoncitos reci&#233;n nacidos, a los que su madre, atemorizada, acababa de abandonar.

Ni siquiera tienen los ojos abiertos -dijo &#233;l tomando uno de los ratoncitos con dos dedos y coloc&#225;ndoselo en la palma de la mano. El ratoncito no era mayor que el dedo pulgar de &#233;l y ten&#237;a la piel rosada, sin pelo y surcada de pliegues. F&#225;bregas acerc&#243; la mano a los ojos de Mar&#237;a Clara para que ella pudiera examinarlo mejor. El cuerpo del ratoncito se agitaba como si jadease o como si los latidos del coraz&#243;n le repercutieran en todo el cuerpo-. Han nacido hace unas horas, posible Tiente mientras nosotros com&#237;amos. Vea c&#243;mo busca todav&#237;a el calor de la madre.

&#191;Usted cree que ese rat&#243;n que acaba de salir huyendo era en realidad la madre de esta carnada? -pregunt&#243; ella mirando fijamente el rat&#243;n que sosten&#237;a F&#225;bregas, pero sin decidirse a tocarlo.

De eso no hay duda -dijo &#233;l depositando de nuevo el ratoncito junto a sus hermanos.

Yo cre&#237;a que los animales defend&#237;an a sus cr&#237;as -dijo ella.

S&#243;lo cuando la defensa tiene alg&#250;n prop&#243;sito -dijo F&#225;bregas-. En este caso la madre sab&#237;a de sobra que no pod&#237;a plantarnos cara, de modo que ha salido huyendo. A lo mejor trataba de atraer sobre s&#237; nuestra atenci&#243;n y evitar de esta manera que descubri&#233;ramos el escondrijo de sus cr&#237;as. Pero tambi&#233;n es posible que s&#243;lo tratara de ponerse a salvo. A veces eso es lo &#250;nico que se puede hacer por las personas que dependen de uno, &#191;no le parece?

Mar&#237;a Clara se qued&#243; reflexionando, como si aquellas palabras fueran en realidad una alegor&#237;a de otra situaci&#243;n o escondieran un significado importante. Luego mir&#243; a F&#225;bregas con la esperanza de ver en los ojos de &#233;ste una expresi&#243;n que le permitiera descifrar aquella inc&#243;gnita, pero &#233;l no la miraba. Con uns ramas secas estaba ocultando los ratoncitos.

&#191;Qu&#233; hace? -le pregunt&#243;.

Su madre volver&#225; cuando crea que ha pasado el peligro -dijo &#233;l-. Seguramente est&#225; escondida por aqu&#237; cerca, espi&#225;ndonos y esperando que nos vayamos.

En tal caso, &#191;no ser&#237;a mejor dejar los ratoncitos en lugar visible, en vez de ocultarlos como est&#225; usted haciendo?

No -dijo &#233;l-. Si los dej&#225;ramos a la vista no tardar&#237;a en caer sobre ellos alg&#250;n ave rapaz. Y de todas formas la madre los localizar&#225; por el olfato o por el o&#237;do. &#191;No oye como chillan?

Mar&#237;a Clara inclin&#243; la cabeza y pudo percibir un chillido muy agudo y muy tenue.

&#161;Pobrecitos, deben de estar muertos de hambre! -exclam&#243;-. Vay&#225;monos cuanto antes y dejemos que su madre regrese.

Se puso de pie y sacudi&#243; del borde de la falda las briznas adheridas a la tela. F&#225;bregas se incorpor&#243; luego y ambos se alejaron de aquel lugar y se apostaron junto a una piedra que en su d&#237;a debi&#243; de haber sido el soporte del altar. Ella confiaba en ver desde all&#237; la rata cuando &#233;sta acudiese nuevamente junto a sus cr&#237;as, pero &#233;l le dijo que no cab&#237;a esperar tal cosa.

No asomar&#225; el hocico hasta que no se cerciore de que nos hemos ido -le dijo-. Antes la hemos pillado desprevenida; ya no permitir&#225; que la sorprendamos por segunda vez.

Salieron al campo por otro boquete del muro. Este boquete era tan ancho que entre las dos partes del muro que a&#250;n permanec&#237;an en pie hab&#237;a echado ra&#237;ces una higuera.

&#191;Usted cree que estar&#225;n a salvo? -dijo Mar&#237;a Clara mirando por &#250;ltima vez en direcci&#243;n al punto donde hab&#237;an dejado ocultos los ratoncitos.

Nadie est&#225; a salvo -dijo &#233;l-, pero en este caso particular creo que podemos contar con la intercesi&#243;n de ese santo pajarero al que usted tanto admira.

Ya veo que se ha enfadado conmigo porque antes le he reprochado su ignorancia y su incredulidad -respondi&#243; ella mir&#225;ndole primero a los ojos fijamente y luego al cielo-. Venga: falta poco para la puesta de sol y eso es algo que merece ser visto.



X

Anduvieron un trecho a campo traviesa hasta desembocar nuevamente en el camino, por el que descendieron, siempre en direcci&#243;n a poniente, hasta alcanzar la orilla del agua. En aquella parte la costa se allanaba formando una playa estrecha de guijarros oscuros. En uno de los extremos de esta playa se alzaba una formaci&#243;n rocosa sobre la cual se ve&#237;a el armaz&#243;n de una antena de radio en desuso, en cuyo v&#233;rtice, sin embargo, segu&#237;a encendi&#233;ndose y apag&#225;ndose con regularidad una luz roja que preven&#237;a al tr&#225;fico a&#233;reo de la presencia de la antena. Al pie del promontorio rocoso, sobre la playa, hab&#237;a una caseta de madera maltrecha y sin puerta.

Sent&#233;monos aqu&#237; -dijo ella se&#241;alando un lugar cualquiera en la playa. F&#225;bregas se quit&#243; la americana, la dobl&#243; y la coloc&#243; sobre las piedras. Todo esto lo hizo con tanta rapidez, habilidad y discreci&#243;n que Mar&#237;a Clara se encontr&#243; sentada sobre la americana de &#233;l inadvertidamente. En definitiva aquel gesto acab&#243; pareciendo un truco de prestidigitaci&#243;n antes que un acto de galanter&#237;a. F&#225;bregas se sent&#243; directamente sobre los guijarros, rode&#243; con los brazos las piernas encogidas y apoy&#243; el ment&#243;n en las rodillas. Esta actitud ten&#237;a algo de antiguo. As&#237; estuvo un buen rato, callado y mirando fijamente el agua. Comprend&#237;a que hab&#237;a cometido con ella una incorrecci&#243;n grave y que le deb&#237;a una disculpa, pero no sab&#237;a qu&#233; decir. La acusaci&#243;n de escepticismo que ella le hab&#237;a lanzado por despecho, al azar y sin fundamento, le hab&#237;a causado un impacto inesperado. Efectivamente, siempre hab&#237;a sido un esc&#233;ptico, no s&#243;lo en materia de religi&#243;n, sino en todos los sentidos, pens&#243;. En su fuero interno estaba convencido de que todo el mundo pensaba como &#233;l, incluso quienes profesaban expl&#237;citamente una creencia o una doctrina de cualquier tipo, y la experiencia no hab&#237;a hecho m&#225;s que ratificarle en su opini&#243;n. Ahora, sin embargo, llegado a aquellas alturas de su vida, la acusaci&#243;n que ella le lanzaba sin conocimiento de causa parec&#237;a encontrar eco en su propio desasosiego. Quiz&#225; lo que me ocurre es que nunca he tenido un ideal, pens&#243;. Una r&#225;faga de aire fr&#237;o le sac&#243; de su abstracci&#243;n. Le pareci&#243; o&#237;r a lo lejos el retumbar de un trueno y al levantar la mirada del suelo vio que el agua se hab&#237;a vuelto del color del plomo. Presa de un temor irracional mir&#243; a Mar&#237;a Clara con una expresi&#243;n que la sobresalt&#243;.

&#191;Qu&#233; le ocurre? -dijo ella.

&#201;l recobr&#243; la calma al o&#237;r su voz.

Perdone si la he asustado -dijo-. Anoche tuve una pesadilla y en este mismo instante he cre&#237;do revivirla.

El cielo se hab&#237;a encapotado y se aproximaba el fragor de la tormenta. F&#225;bregas sinti&#243; un escalofr&#237;o y ella, al advertirlo, se levant&#243; y le devolvi&#243; la americana.

P&#243;ngasela -dijo-, no sea imprudente.

Deber&#237;amos regresar sin perder un minuto -dijo &#233;l-, pero no veo de qu&#233; forma.

No lo ve porque es usted un hombre sin fe -dijo ella-. Mire.

F&#225;bregas mir&#243; hacia donde ella se&#241;alaba y vio aparecer entre las rocas del promontorio la misma barca que unas horas antes los hab&#237;a llevado al islote.

Vamos, vamos, usted hab&#237;a quedado con el barquero en que nos recogiera a esta hora y ha hecho coincidir la conversaci&#243;n con su llegada para sorprenderme -dijo.

No, no, &#191;c&#243;mo pod&#237;a saber yo el instante preciso en que aparecer&#237;a la barca? -replic&#243; ella en tono jocoso.

F&#225;bregas no supo qu&#233; responder a esto y volvi&#243; a sus cavilaciones, de las que le sac&#243; la voz &#225;spera del barquero, quien, despu&#233;s de atracar, les apremiaba.

Entonces, &#191;vamos a tener tormenta? -pregunt&#243; F&#225;bregas cuando Mar&#237;a Clara y &#233;l se hubieron acomodado en la barca.

Eso parece -dijo el viejo lobo de mar-, aunque con el tiempo, nunca se sabe.

Yo pensaba que los lobos de mar siempre sab&#237;an estas cosas -dijo F&#225;bregas.

Los lobos de mar, puede que s&#237; -respondi&#243; el viejo lobo de mar-, pero yo s&#243;lo soy un marinero de agua dulce que se gana la vida paseando turistas.

Apestaba a vino, pero se hab&#237;a vuelto muy locuaz. Puso proa a Venecia y aceler&#243; el motor hasta el l&#237;mite de su potencia. La tormenta les persegu&#237;a: el cielo se hab&#237;a vuelto negro y el agua empezaba a encresparse.

Tampoco sab&#237;a que hubiera tormentas en la laguna -dijo F&#225;bregas.

Pues las hay, y bien fuertes -dijo el viejo lobo de mar. Y a&#241;adi&#243; acto seguido-: Precisamente se cuenta una leyenda que viene muy a cuento y que la se&#241;orita ya debe de conocer, pero que a usted, que es forastero, le gustar&#225;. Mire, dice as&#237;: Una noche, hace cientos de a&#241;os, se desencaden&#243; en la laguna una tormenta tan terrible que todos cre&#237;an que Venecia entera iba a desaparecer bajo las aguas. Nadie se atrev&#237;a a salir de su casa, salvo un pobre pescador, que luchaba desesperadamente por poner su barca a salvo del oleaje. De pronto se acerc&#243; al pobre pescador un individuo y le dijo: Oye, t&#250;, desata la barca y ll&#233;vame a donde te dir&#233;. Un embozo imped&#237;a ver su rostro, pero su mirada no admit&#237;a r&#233;plica. El pobre pescador le ayud&#243; a subir a bordo, desamarr&#243; la barca y se puso a remar en medio del temporal. El embozado le indic&#243; por se&#241;as que se dirigiera a la isla de San Jorge, donde otro individuo, igualmente embozado, subi&#243; a la barca y orden&#243; al pobre pescador que se dirigiera a San Nicol&#225;s, en el Lido. All&#237; embarc&#243; un tercer embozado que, a su vez, orden&#243; al pobre pescador que los llevara a la boca de la laguna, precisamente donde las aguas estaban m&#225;s embravecidas. El pobre pescador se santigu&#243; y murmur&#243; para sus adentros: H&#225;gase la voluntad de Dios, pero bien sabe &#201;l que yo habr&#237;a preferido morir en seco. Desde all&#237; y a la luz de los rel&#225;mpagos que se suced&#237;an sin interrupci&#243;n, vieron una galera fondeada frente a la boca de la laguna. Esta galera iba cargada de demonios y eran estos demonios en realidad quienes provocaban aquella tempestad funesta. Entonces los tres embozados abrieron sus capas y revelaron su aut&#233;ntica identidad: eran San Marcos, San Jorge y San Nicol&#225;s, los tres patrones de Venecia. Al reconocerlos, los demonios prorrumpieron en denuestos y blasfemias; con las manos y los pies les hac&#237;an gestos procaces y amenazadores, les mostraban desenfadadamente las partes pudendas y les arrojaban inmundicias hasta que finalmente San Jorge desenvain&#243; su espada y les grit&#243;: &#191;Qu&#233; pasa, demonios? &#201;stos al punto callaron. Entonces San Nicol&#225;s traz&#243; en el aire la se&#241;al de la cruz con el b&#225;culo y el mar se puso en calma. Y San Marcos, levantando la cara hacia las nubes, emiti&#243; su pavoroso reg&#252;eldo de le&#243;n. Se disolvieron las nubes y se esfum&#243; la galera y su cargamento. Luego el pobre barquero devolvi&#243; a cada santo al lugar en que lo hab&#237;a recogido. Al despedirse de &#233;l, San Marcos le dio su anillo de oro para que se lo entregara de su parte al Dux. A&#250;n hoy pueden ustedes ver en la bas&#237;lica el anillo del santo y una pintura antigua que conmemora este milagro.

Cuando el viejo lobo de mar concluy&#243; el relato, que sufri&#243; numerosas interrupciones debido a los incidentes de la navegaci&#243;n, ya estaban llegando a la orilla de los Schia-voni. Una luz zodiacal iluminaba la ciudad que se extend&#237;a ante sus ojos.

Me parece que nos hemos librado del remoj&#243;n -dijo F&#225;bregas.

Delante del Palacio ducal hab&#237;a una multitud que contemplaba el animado tr&#225;fico de embarcaciones. Entre aquella multitud F&#225;bregas distingui&#243; de repente el tr&#237;o misterioso que la v&#237;spera le hab&#237;a hecho pasar un mal rato. Sin saber por qu&#233;, agarr&#243; a Mar&#237;a Clara fuertemente del brazo y le se&#241;al&#243; la multitud.

Mire, mire, &#191;no ve a tres tipos estrafalarios? -dijo con vehemencia.

Ojal&#225; s&#243;lo hubiera tres tipos estrafalarios en Venecia -respondi&#243; ella.

Ah, es que &#233;stos son particularmente inquietantes -exclam&#243; F&#225;bregas-. Bah, ya no se ven, &#161;qu&#233; l&#225;stima! Me habr&#237;a gustado mostr&#225;rselos.

Aquella noche le despert&#243; la lluvia en dos o tres ocasiones. Entonces se levantaba, abr&#237;a la ventana y pasaba el rato acodado en el alf&#233;izar. La tormenta hab&#237;a cesado y la lluvia ca&#237;a mansamente en el canal.



XI

A la ma&#241;ana siguiente la esper&#243; en elhall del hotel. Se hab&#237;an separado apresuradamente, acuciados por los primeros goterones de la tormenta, sin haber concertado ninguna cita, pero F&#225;bregas estaba convencido de que ella acudir&#237;a a buscarle como efectivamente hizo con la mayor naturalidad, como si lo hubiera establecido as&#237; la costumbre. Aquel d&#237;a y los d&#237;as siguientes, sin embargo, no se aventuraron a ir muy lejos por causa de la inestabilidad atmosf&#233;rica. El tiempo hab&#237;a vuelto a ser variable y era raro el d&#237;a en que no llov&#237;a un rato. Cuando no llov&#237;a, el cielo segu&#237;a nubloso y turbio. S&#243;lo a veces escampaba y sal&#237;a el sol por un per&#237;odo breVe; entonces se produc&#237;a un cambio sorprendente. En estas ocasiones, todo contribu&#237;a a dar a la ciudad un aspecto primaveral: los tiestos floridos en las ventanas, la hiedra que cubr&#237;a los muros, los &#225;rboles cuyas copas asomaban por las tapias de los jardines escondidos, incluso los puestos de frutas y verduras que se instalaban en las plazas. En estas ocasiones F&#225;bregas experimentaba una alegr&#237;a rayana en la demencia. El resto del tiempo estaba absorto y encandilado. Ya no le irritaba el clima desapacible. Hab&#237;a dejado de protestar enteramente: ahora se dejaba conducir de buen grado y sin hacer preguntas a donde ella hubiera decidido llevarle con anterioridad. Ni siquiera las aglomeraciones le molestaban: era paciente si ten&#237;an que hacer cola y a veces parec&#237;a sentirse a gusto en medio de aquellas muchedumbres. Aunque nunca hab&#237;a sentido la menor inclinaci&#243;n hacia el arte, all&#237; donde &#233;ste era exhibido guardaba un silencio respetuoso y pon&#237;a inter&#233;s en percibir lo que pudieran tener de conmovedor o de grandioso aquellas pinturas o aquellas estatuas de fama universal. Este empe&#241;o, sin embargo, casi nunca daba los frutos deseados, porque le costaba poner atenci&#243;n en todo lo que no fuera ella. S&#243;lo por ella lamentaba ahora no tener una opini&#243;n formada respecto del arte y la cultura. Por m&#225;s que se devanaba los sesos no consegu&#237;a que se le ocurriera nada que diera pie a un comentario: entonces tem&#237;a que su seriedad y su mutismo hicieran de &#233;l un acompa&#241;ante aburrido en extremo. Pero contra esta limitaci&#243;n, que ven&#237;a de antiguo, &#233;l no pod&#237;a luchar. En sus a&#241;os formativos nadie se hab&#237;a ocupado de educar su sensibilidad ni &#233;l hab&#237;a hecho nada para suplir por su cuenta aquella carencia. Hab&#237;a pasado distra&#237;damente por el colegio y la Universidad, sin que nada despertara su curiosidad, echando al olvido lo que iba aprendiendo a medida que los resultados de los ex&#225;menes le iban liberando de la necesidad de recordar alg&#250;n dato. El resto de su formaci&#243;n lo deb&#237;a casi por entero a su padre, quien, sin ocuparse de ello expl&#237;citamente en ning&#250;n momento, hab&#237;a ido construy&#233;ndole un modelo de conducta con su propio ejemplo. La vida de su padre hab&#237;a transcurrido en una actividad continua: cuando no le absorb&#237;a el trabajo, se entreten&#237;a jugando con sus hijos, practicando alg&#250;n deporte, viajando, asistiendo a espect&#225;culos y frecuentando la sociedad, a solas o con su mujer. Desde que se despertaba hasta que se iba a dormir no parec&#237;a dedicar un solo minuto a la reflexi&#243;n. En la vejez goz&#243; de una serenidad sin fisuras: hablaba de su pasado muy raramente, sin poner en ello ning&#250;n &#233;nfasis y sin sombra de melancol&#237;a; a lo sumo, con una leve condescendencia hacia las insensateces que dec&#237;a haber cometido, como, seg&#250;n &#233;l, hac&#237;an inexorablemente los seres humanos a lo largo de sus vidas. Oy&#233;ndole hablar as&#237; cab&#237;a pensar que la suya hab&#237;a sido una sarta de an&#233;cdotas deslavazadas. No parec&#237;a haberle ocurrido nunca nada tr&#225;gico ni doloroso. La guerra, en la que se hab&#237;a visto forzado a participar tard&#237;amente y en el bando perdedor, sin que de ello se hubieran seguido consecuencias negativas para &#233;l, hab&#237;a servido &#250;nicamente para poner a prueba su picard&#237;a a la hora de complementar el rancho menguado del cuartel al que hab&#237;a sido destinado. Los negocios y la familia s&#243;lo le hab&#237;an proporcionado satisfacciones y parec&#237;a guardar un recuerdo afectuoso y divertido de las personas allegadas cuya compa&#241;&#237;a le hab&#237;a ido arrebatando el paso inexorable de los a&#241;os. S&#243;lo los achaques de la vejez, que le hab&#237;an postrado en un sill&#243;n y condenado a una inmovilidad casi absoluta, hab&#237;an puesto de manifiesto en &#233;l una faceta sensiblera que nadie le hab&#237;a conocido hasta entonces: ahora se le anegaban los ojos de l&#225;grimas por cualquier insignificancia. Finalmente la muerte le hab&#237;a sorprendido en forma inesperada una noche mientras ve&#237;a a solas la televisi&#243;n. Tampoco en aquel trance parec&#237;a haber experimentado angustia ni dolor: sus facciones inexpresivas y su mirada vidriosa no difer&#237;an de las que habitualmente adoptaba en el desempe&#241;o de aquella actividad. F&#225;bregas estaba satisfecho de haber heredado o adquirido por reflejo aquella forma de ser, que pod&#237;a tomarse f&#225;cilmente por sabidur&#237;a o por imbecilidad, pero que no ten&#237;a nada de la una ni de la otra. Ahora, sin embargo, se sent&#237;a anodino, superfluo y vulgar. Habr&#237;a querido causar en ella una fuerte impresi&#243;n y no sab&#237;a c&#243;mo. Notaba que los d&#237;as transcurr&#237;an pl&#225;cidamente, sin que el poso de cada uno de ellos les hiciera vivir el siguiente con m&#225;s intensidad, y de esto se culpaba exclusivamente a s&#237; mismo. Por m&#225;s que rechazaba este pensamiento, sab&#237;a que aquella relaci&#243;n fortuita no se sustentaba en nada y que tarde o temprano el curso natural de las cosas le pondr&#237;a fin, si antes no se transformaba en algo distinto, y nada hac&#237;a ver que tal cosa fuera a producirse de inmediato: todo se hab&#237;a convertido en h&#225;bito para ellos. Ahora ya nunca hablaban de s&#237; mismos ni debat&#237;an cuestiones importantes en sus conversaciones; ahora se limitaban a comentar las incidencias m&#237;nimas del paseo que acababan de dar, confrontaban gustos o debat&#237;an nimiedades. Sin embargo y con la salvedad de alg&#250;n momento aislado de reserva o preocupaci&#243;n, F&#225;bregas no lamentaba que su relaci&#243;n con ella hubiera ido adquiriendo naturalmente aquella apariencia insustancial, porque tem&#237;a que si tomaba un sesgo distinto, las circunstancias personales de cada uno de ellos se conjugar&#237;an para imponer su ruina. A &#233;l le bastaba con lo que hab&#237;a para ser feliz: las horas del d&#237;a se le iban sin sentir en compa&#241;&#237;a de ella; luego, a solas, tendido en la cama del hotel, hac&#237;a inventario de todo lo que hab&#237;an hecho y dicho juntos y nada le parec&#237;a prosaico ni desde&#241;able. A veces en el curso de esta operaci&#243;n le venc&#237;a el cansancio y descabezaba un sue&#241;o breve del que invariablemente se despertaba apremiado por el temor de haber omitido del repaso un detalle trivial que, analizado ahora, pudiera revelar un gran secreto. Esta ansiedad, sin embargo, s&#243;lo lo acosaba cuando dejaba de verla. Con ella se sent&#237;a ligero de &#225;nimo y sin zozobra; todo le hac&#237;a re&#237;r. A veces, sin que nada pareciera motivarlo, se pon&#237;a a perorar con volubilidad sobre cualquier tema, trayendo a cuento los argumentos m&#225;s irrelevantes y sin que nada ni nadie pudieran hacerle callar. En realidad hablaba de este modo para evitar que se produjera un silencio definitivo, del que ya s&#243;lo podr&#237;a sacarlo la confesi&#243;n de una gran verdad. Si ahora callo, pensaba en estas ocasiones, s&#243;lo podr&#233; volver a hablar para decirle que la adoro.



XII

Entretanto Riverola no cejaba en su empe&#241;o; quer&#237;a hacerle entrar en raz&#243;n, convencerle de que deb&#237;a volver. No le hab&#237;a costado averiguar nuevamente en qu&#233; hotel se hospedaba y le telefoneaba casi a diario para instarle a que abandonara aquella actitud cerril e irresponsable. Estas exhortaciones surt&#237;an en &#233;l un efecto variable, seg&#250;n cu&#225;l fuera su estado de &#225;nimo en el momento de ser hechas. Algunas veces las consideraciones del abogado hac&#237;an mella en su conciencia. Realmente, pensaba, Riverola est&#225; en lo cierto y yo soy un canalla y un majadero; al fin y al cabo, no hay motivo alguno que me impida ausentarme de Venecia por dos o tres d&#237;as, resolver los asuntos m&#225;s apremiantes y regresar de nuevo aqu&#237;; ni siquiera es preciso que deje de verla durante este viaje: podr&#237;a invitarla a visitar Barcelona; estoy convencido de que aceptar&#237;a encantada. Sin embargo, cuando estas reflexiones parec&#237;an a punto de desembocar en una respuesta afirmativa a los requerimientos de Riverola, bastaba que &#233;ste pronunciara una frase cualquiera como ha llamado Brihuesca o ayer vinieron los de Suministros Totus para que se presentara a su &#225;nimo una imagen repulsiva, que no correspond&#237;a a la realidad cotidiana de la empresa, a la que estaba sobradamente acostumbrado y en la que no se sent&#237;a mal, sino a una especie de esencia falaz y espantosa, cuya sola perspectiva no pod&#237;a menos que hacerle reaccionar con violencia. Entonces reiteraba su negativa con gran vehemencia y obstinaci&#243;n y Riverola, que ven&#237;a advirtiendo esperanzado el electo de sus persuasiones, se quedaba perplejo. Luego trataba de contemporizar para que no se perdiera irremisiblemente lo que un minuto antes cre&#237;a tener ya en sus manos.

Est&#225; bien, no vengas si no quieres -le dec&#237;a-, pero deja que yo vaya a verte. Al menos hablaremos de este asunto cara a cara.

Esta propuesta parec&#237;a sacar de quicio a F&#225;bregas.

No quiero verte -le replicaba-; no puedes obligarme a que te vea si yo no quiero. Si vienes o simplemente si creo que vas a venir, cambiar&#233; de hotel, adoptar&#233; un nombre falso e ir&#233; por la calle disfrazado de turco.

Estas palabras inquietaban mucho a Riverola, no por lo que significaban, sino porque le parec&#237;an provenir de una mente desquiciada. Entonces plegaba velas y no volv&#237;a a dar se&#241;ales de vida hasta unos d&#237;as m&#225;s tarde. Otras veces era el propio Riverola quien perd&#237;a los estribos, insultaba a F&#225;bregas y amenazaba con dimitir de su cargo.

Por m&#237; puedes hacer lo que te d&#233; la gana -le dec&#237;a F&#225;bregas en estos casos.

Dimitir&#237;a ahora mismo si creyera que la empresa tiene salvaci&#243;n -replicaba el otro-; pero no la tiene y el sentido del deber me obliga a hundirme con el barco.

Entonces era F&#225;bregas quien se desconcertaba y no sab&#237;a c&#243;mo continuar la disputa. Hab&#237;a conocido a Riverola en el colegio; hab&#237;an hecho juntos la carrera y el servicio militar y hab&#237;an entrado a trabajar en la misma empresa el mismo d&#237;a, aunque por puertas distintas, porque F&#225;bregas era el hijo del due&#241;o y Riverola, s&#243;lo un empleado. Ahora, sin embargo, se daba cuenta de que todos aquellos a&#241;os de compa&#241;erismo no hab&#237;an dejado ning&#250;n poso de intimidad ni de conocimiento. En realidad Riverola le hab&#237;a irritado continuamente, porque aqu&#233;l siempre hab&#237;a dado pruebas de entrega, lealtad y valor, tres cualidades supremas de las que &#233;l cre&#237;a carecer; enfrentado a Riverola, se ve&#237;a obligado a admitir su inferioridad moral y a confesarse adem&#225;s la indignidad de la envidia. Hac&#237;a mucho que deseaba verse libre de &#233;l, pero la subordinaci&#243;n del uno respecto del otro le imped&#237;a tomar medidas arbitrarias. Poco a poco se hab&#237;an ido distanciando: ahora se ve&#237;an s&#243;lo ocasionalmente fuera del trabajo. Riverola llevaba una vida sentimental y familiar ordenada. Se hab&#237;a casado despu&#233;s de que lo hiciera F&#225;bregas, pero su matrimonio, a diferencia del de &#233;ste, hab&#237;a resultado estable y armonioso. Poco antes de la boda de Riverola, sin embargo, en el transcurso de una fiesta, F&#225;bregas hab&#237;a arrastrado a la novia de aqu&#233;l a un rinc&#243;n resguardado de las miradas ajenas y la hab&#237;a besado apasionadamente sin que ella ofreciera la menor resistencia a este asalto inadvertido. Si t&#250; quieres, le hab&#237;a dicho ella, deshar&#233; la boda en este mismo instante. F&#225;bregas, que hab&#237;a actuado de aquel modo por pura malevolencia y no esperaba verse enfrentado a una muestra de arrojo como la que ella le estaba dando, hubo de salir del paso con evasivas. A esto ella reaccion&#243; bien: nunca le dijo nada a Riverola y simul&#243; que el paso del tiempo borraba el suceso de su memoria. F&#225;bregas, a fuerza de pensar en ello, acab&#243; llegando a la conclusi&#243;n de que todas las mujeres, en v&#237;speras de su boda, estaban dispuestas a echarse en brazos del primer sinverg&#252;enza que se lo propusiera.

Por su parte, Riverola no pod&#237;a sospechar que ten&#237;a su mejor aliado en el silencio. Lo que por tel&#233;fono era arrebato y vocer&#237;o, la quietud de la noche lo volv&#237;a reflexi&#243;n. Verdaderamente las cosas no pueden seguir as&#237;, pensaba entonces F&#225;bregas. Por &#250;ltimo, decidi&#243; plantear la cuesti&#243;n a Mar&#237;a Clara. Le dir&#233; que debo ausentarme brevemente, se dijo. Para abordar este tema, que a &#233;l se le hac&#237;a de gran trascendencia, eligi&#243; una tarde en que hab&#237;an ido al Lido aprovechando una mejor&#237;a s&#250;bita del tiempo. Aquel d&#237;a, sin embargo, Mar&#237;a Clara no estaba de buen humor: hablaba poco y pasaba largos ratos encerrada en un mutismo hura&#241;o. Esto era ins&#243;lito en ella y saltaba a la vista que algo le ven&#237;a preocupando. F&#225;bregas se preguntaba si el motivo de aquella preocupaci&#243;n no ser&#237;a precisamente la naturaleza de sus relaciones. Tem&#237;a haber elegido el peor momento para anunciar el viaje; por esta causa iba postergando el asunto, las horas transcurr&#237;an lentamente y la tirantez entre ambos iba en aumento. &#201;l comprend&#237;a que deb&#237;a hacer algo para levantar el &#225;nimo de ella y hacer que recobrase el talante habitual, pero se sent&#237;a abrumado por su propia congoja ante la perspectiva de la separaci&#243;n y todo lo que dec&#237;a o hac&#237;a era inoportuno y de mal gusto. Se hab&#237;an sentado en una terraza que daba a la playa. En las mesas de m&#225;rmol hab&#237;a unos parasoles enormes, ahora cerrados y sujetos por correas para que la clientela del establecimiento pudiera disfrutar del sol tibio de la tarde. La brisa era fresca, pero suave.

Es preciso que le diga algo -se aventur&#243; a decir &#233;l finalmente con una voz baja y compungida que no lleg&#243; a o&#237;dos de ella o, cuando menos, no bast&#243; para arrancarla de su ensimismamiento. Para no ver su rostro crispado, F&#225;bregas desvi&#243; los ojos hacia la playa, por la que en aquel momento deambulaban varias personas que acapararon fugazmente su atenci&#243;n. Estas personas, que pese a formar un grupo homog&#233;neo en apariencia no se hablaban ni se miraban entre s&#237;, se dirig&#237;an al agua con andares vacilantes; parec&#237;an impedidos. A menudo alguno trastabillaba y se ve&#237;a obligado a hincar una rodilla o ambas rodillas en la arena por no dar de bruces en la playa; entonces tomaba arena con la mano y se la llevaba a los labios, como si tuviera la intenci&#243;n de degustarla, pero se limitaba a rozarla con los labios y luego la dejaba escurrir entre los dedos.

&#191;Ha visto esa gente? -dijo F&#225;bregas con volubilidad fingida-; cualquiera pensar&#237;a que son locos o borrachos si no fuera evidente que se dirigen a cumplir un rito.

Ella hizo un gesto de impaciencia y le dirigi&#243; una mirada torva. &#191;Ser&#225; posible que tengamos que separarnos con aspereza?, pens&#243;. Luego desvi&#243; nuevamente la mirada hacia la playa. La cofrad&#237;a hab&#237;a llegado al borde del agua y se hab&#237;a detenido all&#237;. Ahora todos miraban c&#243;mo un hombre joven se destacaba del grupo, se revest&#237;a de una sobrepelliz, se descalzaba, se arremangaba los pantalones y se adentraba escasos metros en el agua. Es evidente que he hecho algo que la ha ofendido, pens&#243; F&#225;bregas, pero no s&#233; qu&#233; puede haber sido.

Es preciso que me vaya -dijo ella de repente.

&#201;l consult&#243; instintivamente su reloj: s&#243;lo eran las cuatro y media.

Pedir&#233; la cuenta -dijo.

Ella le puso la mano en el brazo que se dispon&#237;a a levantar para llamar la atenci&#243;n del camarero.

No me ha entendido bien -dijo-. Es preciso que me vaya de Venecia.

&#161;C&#243;mo! &#161;Irse de Venecia! &#161;Ahora! -exclam&#243; &#233;l con el &#250;nico prop&#243;sito de o&#237;rle desmentir aquellas afirmaciones; luego, como ella no hac&#237;a m&#225;s que corroborarlas con su mutismo, a&#241;adi&#243; casi en un susurro-: No es posible.

&#191;Por qu&#233; no ha de ser posible? -replic&#243; ella en un tono ligeramente desafiante.

Quiero decir que sin duda habr&#225; alg&#250;n medio de solucionar desde aqu&#237; lo que sea que la obligue a irse Si en algo depende de m&#237; si en alguna forma yo soy el causante

Por favor, no me obligue a darle explicaciones: eso me resultar&#237;a penoso y no aclarar&#237;a pr&#225;cticamente nada. Perm&#237;tame que ahora me vaya sola; qu&#233;dese aqu&#237; y no intente seguirme.

&#161;Espere! -grit&#243; viendo que ella estaba realmente dispuesta a dejarlo abandonado en aquel preciso momento-. D&#237;game al menos a d&#243;nde tiene que ir con tanto apremio.

A Roma o a cualquier otro sitio, &#191;qu&#233; m&#225;s le da? De todas formas, vaya a donde vaya, no debe usted seguirme; &#161;por ning&#250;n concepto debe usted seguirme!

&#161;A Roma! -dijo &#233;l-. &#191;Y cu&#225;ndo tiene previsto regresar?

Ella se encogi&#243; de hombros y &#233;l percibi&#243; nuevamente aquella mirada enigm&#225;tica que cre&#237;a haber advertido en los comienzos de su relaci&#243;n, pero que en los d&#237;as posteriores hab&#237;a echado en olvido.

No lo s&#233;. Es posible que no regrese jam&#225;s, pero lo m&#225;s probable es que est&#233; de vuelta dentro de nada. Todo depende de unos factores sobre los que no tengo ning&#250;n control, cr&#233;ame.

&#201;l se cubri&#243; la cara con las manos, como si no quisiera ver nada de lo que ocurr&#237;a a su alrededor.

V&#225;yase -le dijo.



XIII

Sigui&#243; con la cara tapada hasta que la voz del camarero, que acudi&#243; al cabo de un rato a preguntarle si se encontraba mal, le hizo comprender que no pod&#237;a permanecer en aquella postura indefinidamente. El reflejo del sol en el agua le deslumbr&#243; moment&#225;neamente. Luego vio que estaba solo en la terraza; ca&#237;a la tarde. Tambi&#233;n la playa estaba vac&#237;a. Pag&#243; y fue caminando hasta el embarcadero del vaporeto, donde, despu&#233;s de comprar el billete y de mirar sin ver el horario encolado a la pared, se sent&#243; a esperar en un banquito de madera. Transcurridos unos minutos hizo su entrada en el embarcadero un grupo de hombres y mujeres de avanzada edad, en quienes crey&#243; reconocer a los que un rato antes hab&#237;an consumado una ceremonia en la playa. Poco despu&#233;s lleg&#243; el joven que se hab&#237;a arremangado los pantalones para entrar en el agua y reparti&#243; entre los ancianos los billetes que acababa de comprar.

Que cada cual conserve su billete -les dijo-. Pres&#233;ntenlos al subir al vaporeto y, sobre todo, no los vayan a perder.

Los ancianos, que acusaban una fatiga considerable, respondieron a esta admonici&#243;n con un murmullo d&#233;bil. El joven se sent&#243; al lado de F&#225;bregas, cuyo aislamiento hab&#237;an respetado hasta entones instintivamente los ancianos, y le explic&#243; que aquel grupo lo integraban devotos de San Mamas, que acud&#237;an todos los a&#241;os a aquel lugar en aquel d&#237;a preciso con objeto de conmemorar la llegada de las reliquias del santo a la isla.

Su n&#250;mero, por desgracia, es cada vez m&#225;s exiguo -a&#241;adi&#243; el joven bajando la voz, para que s&#243;lo pudiera o&#237;r este comentario su interlocutor.

&#191;El de las reliquias? -pregunt&#243; F&#225;bregas.

El de los devotos -corrigi&#243; el joven.

No es un santo popular -dijo F&#225;bregas.

Usted lo ha dicho. Cuando vinieron a buscarme para que oficiara la ceremonia, habiendo fallecido el p&#225;rroco de San Salvador, que lo hac&#237;a habitualmente, hube de documentarme para la ocasi&#243;n.

Ah, luego es usted sacerdote.

Coadjutor, pero no le estaba hablando de m&#237;, sino de la devoci&#243;n a San Mamas, cuyos or&#237;genes, seg&#250;n pude colegir, se remontan al siglo quinto, nada menos.

Me deja de una pieza.

Al parecer, en esos tiempos, aunque el cristianismo ya era la religi&#243;n oficial del Imperio Romano, todav&#237;a subsist&#237;an muchos centros de paganismo y de superstici&#243;n, contra los que las autoridades luchaban en vano. Uno de estos centros, quiz&#225;s el m&#225;s c&#233;lebre, era el llamado santuario de Dioniso, dios de la embriaguez, situado en las inmediaciones de Atenas, donde su culto ten&#237;a mucha raigambre. All&#237; viv&#237;an unos sacerdotes que, invocando a ese &#237;dolo, pod&#237;an realizar prodigios como convertir los hombres en bestias, hacer brillar el sol a medianoche, las piedras hablar, las tortugas volar y resucitar los muertos. Tambi&#233;n hab&#237;a all&#237; una fuente milagrosa que sanaba las enfermedades a quienes beb&#237;an de sus aguas, restauraba las energ&#237;as perdidas y conservaba el vigor de los a&#241;os mozos, y una vieja pitia o adivina que predec&#237;a el futuro. No hace falta decir que entre unas cosas y otras el santuario atra&#237;a un n&#250;mero considerable de fieles, por lo que el gobernador del lugar, deseoso de contrarrestar su influjo, decidi&#243; erigir un templo cristiano justo enfrente del de Dioniso y pidi&#243; al Sumo Pont&#237;fice que le enviara alguna reliquia con tal fin, a lo que accedi&#243; el Papa con sumo gusto. Cuando el templo estuvo enteramente construido, el Papa envi&#243; all&#237; los restos del m&#225;rtir Mamas, canonizado pocos meses antes. No bien estos restos hubieron sido depositados con gran unci&#243;n y pompa en un sarc&#243;fago de m&#225;rmol ricamente labrado, el sarc&#243;fago colocado bajo el altar mayor del templo, y el templo consagrado por el obispo de la di&#243;cesis, los sacerdotes de Dioniso perdieron sus poderes, el sol y la luna regresaron a sus &#243;rbitas, la fuente dej&#243; de manar y la profetisa qued&#243; muda. Esto motiv&#243; una conversi&#243;n en masa y el santuario de Dioniso fue derribado por los mismos que, perdida ahora la fe, poco antes acud&#237;an a &#233;l henchidos de ella.

Pero aqu&#237; no acaba la historia -agreg&#243; el joven sacerdote tras una pausa que dedic&#243; a rascarse las pantorrillas-. Desaparecido el santuario de Dioniso, el templo de San Mamas se convirti&#243; en centro de devoci&#243;n y peregrinaje hasta que subi&#243; al trono de Bizancio Juliano el Ap&#243;stata, el cual, ansioso por reinstaurar los antiguos cultos, orden&#243; reconstruir el santuario de Dioniso, al que dot&#243; con el cuantioso patrimonio reunido por el templo cristiano, derribar &#233;ste y arrojar al mar el sarc&#243;fago de m&#225;rmol que conten&#237;a los restos del santo. Cu&#225;l no ser&#237;a el asombro de los esbirros que perpetraban esta tropel&#237;a al ver c&#243;mo el sarc&#243;fago flotaba en el mar cual si fuera una barca de madera liviana y las olas se llevaban el sarc&#243;fago mar adentro. A&#250;n hab&#237;an de pasar muchos a&#241;os hasta que una tarde unos ni&#241;os que jugaban en la playa del Lido que acabamos de visitar vieran c&#243;mo las olas depositaban dulcemente en la arena un objeto de regulares dimensiones.

Acerc&#225;ronse los ni&#241;os al objeto creyendo ser &#233;ste el resto de un naufragio o de una batalla naval, y al hacerlo advirtieron que se trataba de un sarc&#243;fago de m&#225;rmol, de cuyo interior brotaba un aroma delicioso. Abierto el sarc&#243;fago fueron encontrados dentro de &#233;l unos restos humanos milagrosamente conservados, pese a haber viajado tantos a&#241;os a la deriva por el mar, y un letrero que dec&#237;a: Soy San Mamas.

El joven sacerdote hizo otra pausa efectista, que F&#225;bregas aprovech&#243; para preguntar:

&#191;Y usted cree de veras todas estas animaladas?

El joven sacerdote, que hasta aquel momento cre&#237;a tener en &#233;l un oyente embelesado, le dirigi&#243; una mirada de perplejidad y volvi&#243; a rascarse las pantorrillas.

En fin -dijo al cabo de un rato- no es preciso admitir a ciegas todos los detalles del relato Ya sabemos que la imaginaci&#243;n popular, con el paso de los a&#241;os, enriquece y ampl&#237;a espont&#225;neamente todo aquello que llama su atenci&#243;n y que existe una tendencia, por lo dem&#225;s comprensible, a confundir lo sobrenatural con lo maravilloso y pintoresco pero en lo esencial, yo no veo nada de inveros&#237;mil en lo que acabo de referirle: los milagros forman parte esencial de la religi&#243;n y yo soy, a fin de cuentas, un hombre metido en religi&#243;n. En cambio usted, por lo que veo, debe de ser un agn&#243;stico.

Ca -replic&#243; F&#225;bregas-; ni siquiera s&#233; lo que significa eso. Yo s&#243;lo soy un adulto en pleno uso de raz&#243;n que se resiste a que le tomen el pelo.

Hum, es usted muy libre de pensar as&#237;, por supuesto -dijo el joven sacerdote al cabo de un rato-. Por supuesto, no es preciso que crea a pies juntillas en el milagro de San Mamas. Pero como sacerdote que soy, le recomiendo que no deje de creer que existe un Dios todopoderoso y justiciero, que lleva la cuenta de nuestros pensamientos, palabras y actos y ante cuya Presencia todos deberemos comparecer en un plazo inconcebiblemente breve.

Despu&#233;s de esto, ya no hablaron m&#225;s.



XIV

Durante el trayecto F&#225;bregas contemplaba desde la cubierta del vaporeto la panor&#225;mica de la ciudad desplegada ante sus ojos. Ahora aquellos edificios majestuosos le parec&#237;an erigidos con el prop&#243;sito exclusivo de burlarse de &#233;l. Un decorado tan falaz como mis propias ilusiones, pens&#243;. Apenas llegado al hotel comunic&#243; a la gerencia que partir&#237;a tan pronto saliera el sol.

Yo mismo me ocupar&#233; del equipaje -dijo.

Una vez en su cuarto meti&#243; sus pertenencias en las maletas a trompadas y bastonazos; cuando las hubo llenado descubri&#243; que no pod&#237;a cerrarlas ni siquiera echando sobre ellas el peso de todo el cuerpo. Desesperado y exhausto por las emociones del d&#237;a, se tendi&#243; en la cama sin cenar ni desvestirse y no tard&#243; en quedarse dormido. Cuando se despert&#243;, once horas m&#225;s tarde, record&#243; haber so&#241;ado que recib&#237;a en su antigua casa de Barcelona la visita simult&#225;nea de muchos conocidos. Aquella recepci&#243;n, que en el sue&#241;o no recordaba haber convocado, le llenaba de desaz&#243;n, porque los deberes ineludibles de anfitri&#243;n que le impon&#237;a le imped&#237;an acudir a una cita previamente concertada con Mar&#237;a Clara. El recuerdo de este sue&#241;o elemental le hizo sentirse cansado y triste. Comprendi&#243;, sin saber explicar por qu&#233;, que precisamente ahora no pod&#237;a abandonar Venecia; que la marcha de ella y la posibilidad incierta de su regreso le ataban a la ciudad m&#225;s que su misma presencia en ella. Invadido por la languidez, baj&#243; a comunicar a la gerencia su cambio de planes, desayun&#243; y volvi&#243; a meterse en la cama, donde pas&#243; buena parte del d&#237;a en estado de duermevela. En varias ocasiones crey&#243; despertar con sensaci&#243;n de ahogo: era el llanto inmotivado, que le atenazaba la garganta y le imped&#237;a respirar debidamente.

Divagando entre episodios recientes y lejanos que acud&#237;an a su &#225;nimo desordenadamente, tuvo la sensaci&#243;n de que su vida hab&#237;a sido algo vac&#237;o y absurdo. La lluvia que repicaba en los cristales de la ventana le trajo el recuerdo de las vacaciones de verano que unos a&#241;os atr&#225;s hab&#237;a pasado excepcionalmente en el campo, con su mujer y su hijo. En esa ocasi&#243;n hab&#237;a llovido todos los d&#237;as, sin cesar, y &#233;l hab&#237;a permanecido en un estado de irritaci&#243;n perpetua: cualquier nimiedad le daba pie para quejarse insidiosamente. Todas las veces que hab&#237;an salido a dar un paseo, aprovechando alg&#250;n intervalo de serenidad, hab&#237;a acabado llevando a hombros a su hijo, que acababa de cumplir tres a&#241;os y se cansaba en seguida de caminar. Ahora recordaba n&#237;tidamente el olor de la tierra mojada y los &#225;rboles oscuros, con las hojas todav&#237;a vencidas por el peso del agua; entonces se maldec&#237;a por no haber sabido disfrutar de aquellas horas irrecuperables. Pronto me morir&#233; y habr&#233; vivido sin placer y sin gracia, como un f&#243;sil, pens&#243;. Esta noci&#243;n le produjo un hormigueo de angustia en todo el cuerpo. Su agitaci&#243;n lleg&#243; a tal extremo que temi&#243; que el armaz&#243;n de la cama acabara por ceder a aquellos embates. &#161;Qu&#233; verg&#252;enza si ocurriera tal cosa!, pens&#243;; como sea he de poner fin de inmediato a esta tortura, que no conduce a nada.

Fue al cuarto de ba&#241;o, se sent&#243; en el suelo de la ba&#241;era y abri&#243; la ducha sin detenerse a graduar la temperatura del agua. Al cabo de un rato se sinti&#243; muy aliviado. Cruz&#243; la habitaci&#243;n sin secarse ni vestirse, abri&#243; la ventana de par en par y se sent&#243; a horcajadas en el alf&#233;izar. Por fortuna ya hab&#237;a oscurecido y circulaban muy pocas embarcaciones por el canal debido al mal tiempo reinante: era po^o probable que alguien advirtiese aquel individuo desnudo que cabalgaba grotescamente el alf&#233;izar lanzando pu&#241;etazos al aire.

A&#250;n estaba entregado a este desahogo cuando oy&#243; tocar unas campanas que convocaban los fieles a oraci&#243;n. Arrepi&#233;ntete de tu insensatez, parec&#237;an decirle las campanas con su ta&#241;ido persistente. Sin pensarlo dos veces decidi&#243; acudir a su llamada. Se visti&#243;, se calz&#243; y sali&#243; a la calle. Sin peinar presentaba un aspecto chabacano a los viandantes. Gui&#225;ndose por el sonido de las campanas recorri&#243; varias calles, en algunas de las cuales aqu&#233;l parec&#237;a perderse, duplicarse o volverse sobre s&#237;; cuando pasaba esto se desorientaba; entonces se deten&#237;a jadeando o desandaba lo andado, aguzaba el o&#237;do tratando de precisar nuevamente la procedencia de las campanadas. As&#237; lleg&#243; por fin ante un edificio que ten&#237;a un portal&#243;n semicircular entreabierto; por la abertura de este portal&#243;n se o&#237;a cantar un coro acompa&#241;ado de un armonio. El ta&#241;ido de las campanas llenaba la calle. Aqu&#237; es, se dijo. En realidad las campanas no sonaban en aquel edificio, que carec&#237;a de ellas, sino en el convento de las monjas reclusas, situado en la misma calle, a escasos metros de distancia, pero &#233;l ni entonces ni luego supo que hab&#237;a sido v&#237;ctima de un error y que hab&#237;a entrado casualmente en el &#250;ltimo reducto de la secta de Pelagio, combatida ferozmente por San Agust&#237;n y desaparecida en el siglo VI, pero preservada, en forma muy distinta a lo que hab&#237;a sido en sus or&#237;genes, por un grupo de chiflados que se dec&#237;an descendientes de los herejes primitivos y que se reun&#237;an all&#237; peri&#243;dicamente para celebrar unas misas rid&#237;culas, cuya liturgia pretend&#237;an remontar a la era paleocristiana. Debido a esta creencia sin fundamento, los sacerdotes de esta secta vest&#237;an coseletes de cuero y pieles sin curtir y agitaban sonajeros de hueso; el pelo les llegaba a media espalda y la barba, a la cintura. El recinto en que se celebraba la misa estaba iluminado &#250;nicamente por la luz de ocho cirios montados en dos candelabros rupestres. De un brasero brotaba profusamente un sahumerio intoxicante proveniente de la combusti&#243;n de mirra y clavo. Cuando sus ojos se hubieron habituado a la penumbra, vio que los asistentes eran unos ancianos y ancianas que al pronto confundi&#243; con los que hab&#237;a encontrado el d&#237;a anterior en el Lido, hasta que un examen m&#225;s detenido le sac&#243; de su error. Ahora estos ancianos desatend&#237;an la misa y le lanzaban miradas rencorosas de soslayo, porque no estaban acostumbrados a sufrir la intromisi&#243;n de curiosos. F&#225;bregas se qued&#243; junto a la puerta, donde la oscuridad era mayor, y adopt&#243; lo que juzg&#243; ser una actitud de recogimiento. Cuando cre&#237;a que nadie reparaba en &#233;l, estudiaba el lugar; si se sent&#237;a observado, segu&#237;a el desarrollo de la misa como ve&#237;a hacer a los dem&#225;s. En el cielo raso del templo, ennegrecido por el humo de los cirios y el sahumerio, se pod&#237;an distinguir a&#250;n, minuciosamente pintadas, las Pl&#233;yades y Orion, la Osa mayor y otras constelaciones. El oficiante entonaba una letan&#237;a a la que los feligreses respond&#237;an al un&#237;sono abriendo de par en par sus bocas desdentadas.

No hay duda de que he ca&#237;do en mitad de un aquelarre, dijo F&#225;bregas en su fuero interno, y de que estoy rodeado de locos, pero tambi&#233;n es evidente que su devoci&#243;n es genuina y que sus rezos no carecen de sentido. No puede ser casual que yo haya venido a parar aqu&#237;; lo que yo llamo casualidad por fuerza ha de ser parte de un designio m&#225;s amplio, pens&#243;. Este razonamiento, que a su juicio encerraba un misterio y una se&#241;al cierta de predestinaci&#243;n, unido a la embriaguez que le produc&#237;a la inhalaci&#243;n del sahumerio y el efecto enervante de aquella m&#250;sica reiterativa, hicieron que afluyera en aquel instante a sus ojos la congoja desbordada: rompi&#243; a llorar en forma callada y continua, perdida la noci&#243;n del tiempo y del lugar en que se encontraba, hasta que una indicaci&#243;n cort&#233;s le vino a indicar que la misa hab&#237;a concluido hac&#237;a unos minutos y que su presencia ante la puerta del templo imped&#237;a la salida de los feligreses. Deshaci&#233;ndose en excusas gan&#243; la calle apresuradamente; all&#237; ech&#243; a andar sin rumbo. La lluvia hab&#237;a cesado y en el cielo brillaban unas estrellas que crey&#243; identificar al punto con las que acababa de ver pintadas en el cielo raso del templo. Todo encaja, pens&#243; con alivio. Las l&#225;grimas abundantes derramadas en el transcurso de la misa que acababa de o&#237;r hab&#237;an dejado intactas las causas de su dolor, pero hab&#237;an amortiguado sus efectos inmediatos. Ahora se sent&#237;a tranquilo, fortalecido y casi dichoso, como si los avatares amargos de su existencia formaran parte de un orden universal preestablecido al que cre&#237;a pertenecer y en cuyas leyes eternas e inexorables encontraba el sentido &#250;ltimo de aqu&#233;llos.



CAP&#205;TULO SEGUNDO



I

Finalizadas aquellas lluvias primaverales, el tiempo cambi&#243; radicalmente: ahora se suced&#237;an los d&#237;as soleados y hac&#237;a un calor h&#250;medo; pronto las aguas quietas de algunos canales empezaron a desprender efluvios mef&#237;ticos. Con la llegada del verano la afluencia de visitantes se multiplic&#243;; ahora era dif&#237;cil caminar por las calles c&#233;ntricas y en los lugares m&#225;s afamados se produc&#237;an diariamente avalanchas que a menudo resultaban en traumatismos, fracturas y luxaciones. El griter&#237;o era ensordecedor en todas partes, incluso en aquellas que por su naturaleza parec&#237;an destinadas a la contemplaci&#243;n callada. Tambi&#233;n era evidente que la categor&#237;a social de estos turistas hab&#237;a bajado en proporci&#243;n directa al incremento de su n&#250;mero: ahora la mayor&#237;a de turistas vest&#237;an andrajos y apestaban; los m&#225;s dorm&#237;an al raso, envueltos en mantas o trapos e incluso en hojas de diario, amontonados los unos sobre los otros. Por no gastar dinero consum&#237;an alimentos enlatados, que muchas veces les produc&#237;an v&#243;mitos y diarreas. Algunos restaurantes econ&#243;micos, por negligencia o por lucro, serv&#237;an comida en malas condiciones y no pocos vendedores ambulantes despachaban carne, pescado, verdura y fruta en estado de verdadera descomposici&#243;n: esto tambi&#233;n causaba estragos entre la poblaci&#243;n flotante. Sin embargo, no todos los turistas eran v&#237;ctimas de la situaci&#243;n: tambi&#233;n hab&#237;an acudido a la ciudad ladrones, estafadores y carteristas; malhechores y rufianes medraban a costa del hacinamiento y la confusi&#243;n. Un tr&#225;fico intenso y lucrativo de estupefacientes, objetos robados y falsificaciones se desarrollaba a plena luz, en la m&#225;s absoluta impunidad. Si ahora deambular por los sectores concurridos de la ciudad resultaba exasperante, hacerlo por las callejuelas retiradas y desiertas entra&#241;aba peligros diversos: all&#237; salteadores, drogadictos y majaderos ca&#237;an sobre los paseantes indefensos para despojarlos de sus pertenencias y propinarles palizas ves&#225;nicas. Al menor signo de resistencia sal&#237;an a relucir navajas y punzones y hasta dagas de empu&#241;adura labrada, recamadas de pedrer&#237;a, que apenas unas horas antes hab&#237;an figurado en las vitrinas de alg&#250;n museo. Cad&#225;veres desnudos, con el cuerpo lacerado, el cr&#225;neo roto o la cabeza separada del tronco, aparec&#237;an luego, flotando en los canales, de los que emerg&#237;an en el momento m&#225;s inopinado, sembrando el p&#225;nico entre los reci&#233;n casados o los matrimonios de m&#225;s edad que hab&#237;an acudido all&#237; a pasar su luna de miel o a celebrar sus bodas de plata y que ve&#237;an de pronto c&#243;mo una mano exang&#252;e se aferraba r&#237;gidamente a la borda de la g&#243;ndola que los paseaba o c&#243;mo unos ojos vidriosos les observaban fijamente desde el fondo del canal a cuyas aguas se hab&#237;an asomado buscando el reflejo de aquellos palacios serenos y armoniosos. Nadie estaba libre de estas asechanzas y menos a&#250;n las mujeres j&#243;venes a las que se hac&#237;a objeto de agresiones y abusos con frecuencia obsesiva. Las que se apartaban de los circuitos m&#225;s frecuentados llevadas de la curiosidad o en pos de un poco de sosiego o atra&#237;das por los requerimientos de un seductor fingido eran violadas de fijo cuando no cloroformizadas y expedidas a l&#250;gubres prost&#237;bulos de Karachi, Penang o Asunci&#243;n. Las autoridades se ve&#237;an desbordadas por las circunstancias y se limitaban a preservar mal que bien la integridad f&#237;sica de la ciudad: un helic&#243;ptero la sobrevolaba incesantemente para prevenir a las fuerzas del orden y a los bomberos si se produc&#237;an incendios o saqueos o si alg&#250;n brote de violencia degeneraba en batalla campal. Aparte de esta medida, dejaban que imperase la ley de la selva. Tambi&#233;n los venecianos parec&#237;an haber abandonado las calles a los turistas y logreros y haberse refugiado en el interior de sus casas sombr&#237;as.

Este estado de cosas, aunque no le pasaba inadvertido, no afectaba a F&#225;bregas, que por puro desinter&#233;s sal&#237;a poco a la calle y aun entonces se limitaba a deambular por las inmediaciones del hotel, sufriendo estoicamente los empellones de la multitud. Consideraba aquel per&#237;odo de su vida un comp&#225;s de espera y juzgaba in&#250;til cualquier intento de amenizarlo o darle otro sentido. Al principio intent&#243; visitar solo algunos lugares que d&#237;as antes hab&#237;a visitado en compa&#241;&#237;a de ella, pero estas visitas le dejaron extra&#241;amente indiferente. No acierto a comprender por qu&#233; vinimos aqu&#237; entonces ni por qu&#233; he vuelto yo ahora, se dec&#237;a. Estos recorridos nost&#225;lgicos no aumentaban ni disminu&#237;an la sensaci&#243;n de abandono que le dominaba. Parad&#243;jicamente, s&#243;lo recib&#237;a consuelo de lo que ahondaba y hac&#237;a patente su soledad. Pod&#237;a sentarse en el banco polvoriento de alg&#250;n museo y pasar una tarde entera inadvertido de todos, contemplando a los ni&#241;os que aprovechaban las galer&#237;as espaciosas para correr y patinar por aquellos suelos de m&#225;rmol y para dar curso de este modo a la energ&#237;a constre&#241;ida por horas interminables de autocar o de coche y por la estrechez y la formalidad de los hoteles y restaurantes que sus padres les obligaban a frecuentar. Tambi&#233;n le gustaba visitar alg&#250;n palacio o local suntuoso abierto al p&#250;blico, en cuyos salones y pasillos, concebidos para ser habitados y recorridos por personas ocupadas en sus quehaceres o para ser teatro de tertulias, amor&#237;os y conspiraciones, hoy desnudos de muebles y adornos y salvados de la ruina con el &#250;nico objeto de ser sometidos a la contemplaci&#243;n apresurada de los grupos que los recorr&#237;an boquiabiertos y extenuados, oyendo resonar en las b&#243;vedas el ruido de sus propios pasos en tropel, sent&#237;a una melancol&#237;a imprecisa y sosegada que le hac&#237;a bien. Pero lo que suced&#237;a en la ciudad no le pasaba por alto. Aquellos sucesos estaban en boca de todos y cada ma&#241;ana, al entregar la llave de su habitaci&#243;n, el conserje del hotel le pon&#237;a al corriente de los m&#225;s notables de la jornada anterior.

Anoche apareci&#243; un libanes descuartizado en el atrio de San S&#225;tiro -le dec&#237;a- y esta madrugada se han o&#237;do tiros en el palacio Orfei, donde tiene su museo el se&#241;or Fortuny, compatriota del se&#241;or, si no me equivoco.

Parec&#237;a sentir por F&#225;bregas una mezcla de respeto, cari&#241;o y conmiseraci&#243;n, y por su ciudad, un orgullo mal entendido que le hac&#237;a ufanarse de aquella profusi&#243;n de excesos y desaguisados. F&#225;bregas escuchaba estas efem&#233;rides sin hacer comentarios. En el transcurso de sus paseos no s&#243;lo percib&#237;a claramente la tensi&#243;n que hab&#237;a en el ambiente, sino que cre&#237;a adem&#225;s que no era ajena a ella el extra&#241;o tr&#237;o que hab&#237;a seguido viendo a diario desde su reencuentro al regreso de Ondi y cuya presencia se hac&#237;a m&#225;s conspicua conforme avanzaba el verano. F&#225;bregas ten&#237;a por cierto que aquel tr&#237;o andaba implicado en todo lo malo que suced&#237;a en la ciudad y hab&#237;a llegado incluso a pensar si no deb&#237;a poner a la polic&#237;a al corriente de sus sospechas, pero como carec&#237;a totalmente de pruebas que las sustentaran y ten&#237;a por poco probable que la polic&#237;a de Venecia ignorase lo que a &#233;l le resultaba evidente, hab&#237;a renunciado a hacerlo. Siempre que se cruzaba con ellos fing&#237;a no verlos y ellos tampoco daban muestras de reparar en &#233;l, pero era evidente que se reconoc&#237;an.

La mayor parte de las horas, sin embargo, las pasaba en el hotel, sin salir de su habitaci&#243;n. A veces, para no tener que abandonarla, se hac&#237;a servir all&#237; las tres comidas. En estas ocasiones exig&#237;a que el camarero dejara el carrito de la comida en el pasillo y s&#243;lo abr&#237;a la puerta de la habitaci&#243;n para recogerlo cuando estaba seguro de que aqu&#233;l se hab&#237;a retirado completamente de su vista. En estas ocasiones su misantrop&#237;a le llevaba al extremo de hacerse avisar por tel&#233;fono momentos antes de que el personal de limpieza se dispusiera a entrar en la habitaci&#243;n para asearla: entonces se encerraba en el armario y permanec&#237;a all&#237; hasta que ya no hab&#237;a nadie en la habitaci&#243;n. Estas horas de soledad eran dedicadas a rememorar el pasado, como ven&#237;a haciendo &#250;ltimamente, bajo una nueva luz. No hac&#237;a esto con m&#233;todo ni a prop&#243;sito ni con ninguna finalidad: simplemente ocurr&#237;a que los recuerdos se apoderaban de &#233;l con una fuerza inusitada y no pod&#237;a hacer nada para zafarse de ellos o contrarrestar sus efectos devastadores. Despu&#233;s de habitar un rato largo los recuerdos, &#233;stos adquir&#237;an para &#233;l una realidad que reemplazaba en su &#225;nimo la realidad actual. Entonces los momentos evocados parec&#237;an corp&#243;reos y el presente, en cambio, se convert&#237;a en algo imaginario, en una ficci&#243;n endeble que s&#243;lo ten&#237;a raz&#243;n de ser como sustento y motivo del recuerdo. De estas experiencias sal&#237;a extenuado. Entonces, para reponerse de ellas, se iba a pasear, convencido de que hab&#237;a de hacerle bien mezclarse con la multitud, como si fuese a fundirse en ella y perder de este modo aquella identidad propia que iba descubriendo paulatinamente y que le estaba resultando extra&#241;a y agobiante. En estas ocasiones buscaba siempre mezclarse con los grupos m&#225;s gregarios y papanatas y rehu&#237;a por igual a quienes, m&#225;s cultos y sensibles a la belleza, andaban con el ce&#241;o fruncido, procurando eludir la tropa candorosa, y a quienes, no queriendo ser confundidos con el com&#250;n de los turistas, hac&#237;an ver que les tra&#237;a sin cuidado la ciudad y sus tesoros y fing&#237;an un gran desparpajo para dar a entender que estaban all&#237; como en su propia casa. Estos viajeros desenvueltos y resabiados, que miraban a los dem&#225;s con suficiencia, que se consideraban autorizados a no respetar colas ni preferencias y que no se recataban de silbar o cantar en p&#250;blico, de hurgarse las narices o asearse la entrepierna o el culo, le produc&#237;an en especial una viva repugnancia. Este desprecio por los doctos y los ma&#241;osos y este afecto por los pazguatos no respond&#237;an a un af&#225;n de originalidad ni eran arbitrarios. Lo que le ocurr&#237;a era esto: que al rememorar su infancia, s&#243;lo acud&#237;an a su memoria im&#225;genes prestadas: ilustraciones de libros, fotograf&#237;as, escenas de pel&#237;culas que le hab&#237;an impresionado vivamente. Este tipo de recuerdos le desazonaba, porque ve&#237;a que aqu&#233;llas no eran cosas que &#233;l hubiera vivido, sino im&#225;genes de vivencias que otras personas hab&#237;an tenido y manipulado para transmit&#237;rselas a &#233;l. Entonces cre&#237;a no haber vivido realmente y envidiaba a los que hab&#237;an tenido un contacto inmediato con aquellas visiones y aventuras. Pero luego, reflexionando, hab&#237;a acabado por comprender que aquellas personas a las que envidiaba tampoco hab&#237;an vivido realmente lo que representaban. En realidad, como los turistas que ahora disparaban sus c&#225;maras hacia los monumentos y canales de la ciudad, aquellas personas hab&#237;an vivido tambi&#233;n a trav&#233;s de sus c&#225;maras en un mundo limitado, enmarcado por la t&#233;cnica de sus profesiones respectivas. Ahora F&#225;bregas pensaba que tal vez la vida fuera as&#237;: un continuo trasiego de im&#225;genes. Tal vez, se dec&#237;a, la realidad no existe salvo en la medida en que alguien la fotograf&#237;e y en el fondo sean estos turistas enloquecidos quienes anden en lo cierto. Al llegar a este punto las ideas se le complicaban de tal modo que ten&#237;a que buscar alg&#250;n sistema para dejar de pensar. En estas ocasiones acud&#237;a a un gimnasio que le hab&#237;a recomendado el conserje del hotel y del que se hab&#237;a hecho socio: all&#237; practicaba la halterofilia o se entregaba a ejercicios fren&#233;ticos. Aquel gimnasio era un lugar de mala muerte, frecuentado por tipos de torva catadura, chulos y descuideros que no vacilaban en limpiar los bolsillos de la ropa dejada en los vestuarios. F&#225;bregas, despu&#233;s de haber sido v&#237;ctima de estos peque&#241;os hurtos varias veces, se hab&#237;a resignado a ellos. Pero estos breves momentos de esparcimiento no bastaban para compensar el hast&#237;o que le embargaba la mayor parte del tiempo.

&#191;Qu&#233; ser&#225; de m&#237; si ella no vuelve?, se dec&#237;a.

Una tarde, por distraerse, se le ocurri&#243; dar un paseo en g&#243;ndola y, sin fijarse en lo que hac&#237;a, abstra&#237;do como sol&#237;a ir, salt&#243; dentro de una de las g&#243;ndolas atracadas en el embarcadero del hotel. Cuando estuvo dentro advirti&#243; que estaba rodeado de flores y que las flores estaban dispuestas de un modo an&#243;malo.

&#191;Qu&#233; significa esto? -le pregunt&#243; al gondolero-, &#191;Qu&#233; hacen aqu&#237; estas flores?

El gondolero le dijo que alguien le hab&#237;a encargado llevar aquellas flores a un velorio, pero que no lo hab&#237;a hecho antes porque esperaba que subiese a la g&#243;ndola alg&#250;n pasajero; de este modo, confes&#243;, aprovechaba el viaje doblemente.

Al fin y al cabo -agreg&#243;-, a los clientes lo mismo les da ir en una direcci&#243;n que en otra. Lo que quieren es pasear en g&#243;ndola por los canales, y eso es precisamente lo que vamos a hacer.

Antes de que F&#225;bregas pudiera replicar, le refiri&#243; los muchos gastos a que deb&#237;a hacer frente cada mes un trabajador con familia numerosa como &#233;l.

A m&#237; todo esto me trae sin cuidado -exclam&#243; finalmente F&#225;bregas-. Yo no quiero ir de paseo rodeado de coronas de muerto. Haga usted el favor de devolverme ahora mismo al embarcadero.

Pero el gondolero, sin dejar de lamentar su suerte, segu&#237;a remando con creciente celeridad: de sobras se ve&#237;a que quer&#237;a cumplir cuanto antes el encargo. En su indignaci&#243;n, F&#225;bregas estuvo tentado de saltar al agua, pero vio que &#233;sta era de color marr&#243;n y opt&#243; por resignarse a esta nueva humillaci&#243;n. Me est&#225; bien empleado por caer en esta est&#250;pida tentaci&#243;n tur&#237;stica, se dijo.



II

As&#237; transcurr&#237;an los d&#237;as hasta que finalmente, por azar, se encontr&#243; de nuevo con ella.

No me imaginaba que estuviese usted todav&#237;a en Ve-necia -se apresur&#243; a decir ella antes de que &#233;l pudiera hacerle alg&#250;n reproche. Luego, sin dejarle hablar, se abalanz&#243; sobre &#233;l, como si se dispusiera a besarle efusivamente, pero de inmediato dio un respingo y retrocedi&#243; con un moh&#237;n de repugnancia.

&#161;Uf! -exclam&#243;-, &#191;a qu&#233; demonios huele usted?

En el gimnasio, del que acababa de salir cuando se produjo el reencuentro, hab&#237;a trabado conversaci&#243;n con un hamp&#243;n que tambi&#233;n lo frecuentaba y con quien hab&#237;a coincidido varias veces previamente en el vestuario. Mientras se peinaban, el hamp&#243;n le hab&#237;a ofrecido en prueba de cordialidad su colonia, que desprend&#237;a un olor a espliego estomagante, y &#233;l se hab&#237;a servido de ella sin tasa por no parecer descort&#233;s. Ahora aquel perfume nauseabundo lo envolv&#237;a.

No es nada -dijo secamente, decidido a no dar ni pedir explicaciones.

Pens&#233; llamarle a mi regreso -dijo ella-, pero supuse que sus obligaciones le habr&#237;an llevado de nuevo a Barcelona.

No le habr&#237;a costado nada verificar esta suposici&#243;n llamando de todas formas al hotel.

En efecto, y me dispon&#237;a a hacerlo as&#237; esta misma noche. En realidad, volv&#237; de Roma ayer -dijo ella.

Yo, en cambio, no me he movido de aqu&#237;.

&#191;Y sus negocios?

Los dirijo telef&#243;nicamente -minti&#243;. En realidad era Riverola el que ahora, con su asentimiento t&#225;cito, dirig&#237;a la empresa con prudencia, sin imaginaci&#243;n. De este modo hab&#237;a podido ser evitada una acci&#243;n judicial por parte de los acreedores, quienes, viendo la empresa en manos juiciosas, se hab&#237;an avenido a postergar sus demandas. Esto, naturalmente, F&#225;bregas se abstuvo de cont&#225;rselo. Guardaba un silencio taciturno que no encerraba, sin embargo, sombra de animadversi&#243;n. En realidad actuaba &#250;nicamente con cautela, temeroso de dar rienda suelta a una alegr&#237;a que ella pod&#237;a pulverizar f&#225;cilmente en cualquier momento con una sola frase. De este modo llegaron a la puerta del hotel. All&#237; se acrecent&#243; su miedo. En una ocasi&#243;n hab&#237;a le&#237;do un art&#237;culo sobre ciertos reptiles antediluvianos que extra&#237;an toda su energ&#237;a de la luz del sol y se mineralizaban al llegar la noche; ahora ten&#237;a la sensaci&#243;n de que s&#243;lo la presencia de ella le manten&#237;a con vida. Cuando ella se vaya, pens&#243;, me convertir&#233; en una estatua apestosa. Ella le tendi&#243; la mano.

A&#250;n no le he preguntado c&#243;mo le fue en Roma -dijo &#233;l tontamente.

No lo haga -dijo ella con una expresi&#243;n que a &#233;l se le antoj&#243; desde&#241;osa.

La vio alejarse caminando a buen paso, como si ya al encontrarle hubiera llevado prisa y el acompa&#241;arle hasta la puerta del hotel hubiera supuesto para ella un rodeo y un contratiempo. Ahora, al menos, ya s&#233; a qu&#233; atenerme, pens&#243;; quiz&#225;s haya sido mejor as&#237;. Pero mientras pronunciaba estas frases en su fuero interno, la cabeza le daba vueltas y se ahogaba como si el aire hubiera sido succionado a su alrededor o como si sus propios pulmones desacataran su voluntad de respirar. Intent&#243; seguirla, pero ya era tarde: pronto comprendi&#243; que nunca la encontrar&#237;a entre aquel gent&#237;o. Incapaz de permanecer en la calle, pero incapaz tambi&#233;n de encerrarse a solas con sus pensamientos, decidi&#243; pasar un rato en el bar del hotel.

Hasta entonces no hab&#237;a visitado nunca aquel bar. Los bares de los hoteles siempre le hab&#237;an parecido lugares desangelados y deprimentes. Aquel en el que ahora entraba era ambas cosas, y polvoriento por a&#241;adidura. De las escasas mesas con que contaba s&#243;lo una de ellas estaba ocupaba entonces por cinco hombres que conversaban en voz baja. F&#225;bregas ocup&#243; una mesa contigua a aqu&#233;lla y pidi&#243; una copa de co&#241;ac. En un extremo del bar hab&#237;a un peque&#241;o estrado de madera y sobre &#233;l un piano de media cola al que nadie se sentaba por el momento. S&#243;lo romp&#237;an el silencio del local el murmullo de la conversaci&#243;n de los cinco hombres y el susurro espor&#225;dico de las zapatillas del camarero, un hombre enjuto y corcovado, muy desali&#241;ado en el vestir y sumamente &#225;spero de trato, m&#225;s parecido en todo a un sacrist&#225;n que a un camarero. F&#225;bregas no tard&#243; en percatarse de que los cinco hombres de la mesa contigua hablaban en franc&#233;s, aunque resultaba evidente que &#233;sta no era la lengua materna de ninguno de ellos. Este hecho trivial despert&#243; su curiosidad, la cual, espoleada por los retazos de conversaci&#243;n que consegu&#237;a entender y las copas de co&#241;ac que iba consumiendo, le indujo a levantarse, acercarse a la mesa que ocupaban los cinco hombres y preguntarles educadamente pero sin ambages qui&#233;nes eran y qu&#233; asunto se tra&#237;an entre manos. Los cinco hombres le respondieron con afabilidad que lo que discut&#237;an en aquel momento era algo tan complicado y antiguo que la mera menci&#243;n de lo esencial les llevar&#237;a mucho tiempo.

Tiempo es lo &#250;nico que me sobra -dijo &#233;l.

No basta. Le ser&#225;n precisos inter&#233;s y paciencia tambi&#233;n -dijo uno de aquellos hombres.

Entonces se dio cuenta de que los cinco hombres eran muy viejos y de que cada uno de ellos pertenec&#237;a a una raza diferente.

Ante todo -empez&#243; diciendo uno de ellos-, hemos de rogarle que guarde absoluto secreto sobre lo que le vamos a contar, ya que, por muchas razones, que usted mismo apreciar&#225;, conviene que nuestra presencia aqu&#237; no sea conocida de nadie.

F&#225;bregas hizo repetidas protestas de discreci&#243;n y el mismo individuo que le hab&#237;a encarecido silencio le revel&#243; ser en realidad el cardenal Vida, enviado especial de Su Santidad el Papa y representante, por ende, de la Iglesia de Roma en aquel encuentro. Los otros cuatro individuos representaban a la iglesia jacobita, a la iglesia armenia, a la iglesia malabar y al catolicado de Echmiadzin respectivamente. No era aqu&#233;lla la primera vez que se reun&#237;an, aclar&#243; el cardenal; en realidad, se hab&#237;an venido celebrando reuniones como la presente, siempre en el m&#225;s riguroso inc&#243;gnito y con car&#225;cter preliminar, desde que el concilio Vaticano II hab&#237;a puesto de manifiesto la necesidad de buscar un acercamiento entre las iglesias. A partir de entonces, sigui&#243; diciendo el cardenal Vida, &#233;l se hab&#237;a estado reuniendo peri&#243;dicamente con aquellos cuatro miembros de la iglesia monofisita, sin que por el momento sus contactos y negociaciones hubieran dado ning&#250;n fruto, explic&#243; el cardenal con un deje de resignaci&#243;n en la voz. Hab&#237;a ocasiones en que los representantes de las distintas facciones cre&#237;an haber llegado a un principio de entendimiento, ocasiones en que todos ellos cre&#237;an discernir vagamente la f&#243;rmula que, andando el tiempo, hab&#237;a de permitirles limar diferencias y aproximar posiciones; pero luego todo aquello quedaba en nada, a&#241;adi&#243; con pesadumbre. Siempre se llegaba a un punto en el que se hac&#237;a patente el n&#250;cleo irreductible de su desavenencia. Entonces, de com&#250;n acuerdo, postergaban las negociaciones sine die. No pasaban muchos meses, sin embargo, sin que uno de ellos, despu&#233;s de haber reflexionado sobre la cuesti&#243;n y creyendo haber dado con una nueva f&#243;rmula viable, convocara a los otros y la pl&#225;tica suspendida se reanudara all&#237; donde la hab&#237;an dejado. De este modo llevaban veinte a&#241;os, mucho tiempo para las esperanzas de concordia que el Sumo Pont&#237;fice y la cristiandad entera hab&#237;an abrigado en su d&#237;a, pero una minucia en comparaci&#243;n con los quince siglos que llevaba en vigor la controversia, nacida casi por error, sin malicia de nadie, en la primera mitad del siglo quinto. En efecto, dijo el cardenal Vida, habiendo negado Nestorio la unidad personal de Cristo, cayeron quienes impugnaban esta herej&#237;a en la contraria, esto es, en la de negar haber en Cristo dos naturalezas realmente distintas: una divina y otra humana. El error encontr&#243; pronto un defensor ac&#233;rrimo en Eutiques, archimandrita de un monasterio pr&#243;ximo a Constantinopla, y aqu&#233;l, a su vez, en su ahijado, el eunuco Crisafio, que poco antes hab&#237;a accedido al poder por dudosos medios. En el s&#237;nodo celebrado en dicha ciudad el a&#241;o 448, el patriarca Flaviano conden&#243; y depuso a Eutiques, tras lo cual, y con el prop&#243;sito de hacer extensiva su condena a todo el mundo cristiano, march&#243; a Roma. Eutiques, sin embargo, se le hab&#237;a adelantado: cuando Flaviano consigui&#243; hacerse o&#237;r del Papa Le&#243;n el Magno, Eutiques ya se hab&#237;a granjeado el apoyo del Emperador Teodosio II. A esto siguieron concilios y cartas dogm&#225;ticas, pero la semilla de la discordia ya hab&#237;a echado para entonces ra&#237;ces profundas. La cuesti&#243;n no hizo m&#225;s que complicarse cuando tom&#243; cartas en ella el Emperador de Bizancio. &#201;ste, que por una parte experimentaba la repugnancia l&#243;gica de todo pr&#237;ncipe cristiano hacia una idea disolvente, no pod&#237;a dejar de sentirse atra&#237;do, al mismo tiempo, por una forma de religi&#243;n aut&#243;ctona que a la corta o a la larga hab&#237;a de llevar al Imperio Bizantino a la escisi&#243;n de Roma, liber&#225;ndolo del &#250;ltimo v&#237;nculo que todav&#237;a lo un&#237;a a la antigua metr&#243;poli: la obediencia al Papa. Pero los Emperadores ignoraban que al aliarse con los herejes estaban introduciendo en su propia casa el esp&#237;ritu de Satan&#225;s. Pronto el monofisismo se convirti&#243; en elemento indisociable de los frecuentes y sangrientos golpes de palacio, cuando no en su &#250;nica raz&#243;n de ser. Era com&#250;n que un Emperador abrazara p&#250;blicamente la herej&#237;a y pusiera todos los medios del Estado al servicio de su difusi&#243;n y que su inmediato sucesor utilizara aquellos mismos medios para erradicarla y acabar con quienes, alentados por el trono, hab&#237;an estado ejerciendo una intensa labor de apostolado. Hubo muchas muertes.

Pero ninguna violaci&#243;n -dijo el patriarca de Alejandr&#237;a, que se sentaba a la derecha del cardenal Vida.

Es cierto: ninguna violaci&#243;n -hubo de corroborar &#233;ste a fuer de sincero.

El que acababa de intervenir aprovech&#243; la tesitura para proseguir la explicaci&#243;n desde un &#225;ngulo menos desfavorable a la facci&#243;n que &#233;l mismo representaba. S&#243;lo en parte vio cumplido su prop&#243;sito, pues aun siendo el m&#225;s joven de los cinco, un defecto en el habla o una dentadura postiza de deficiente factura hac&#237;an casi ininteligibles sus palabras. Con todo, F&#225;bregas sac&#243; esto en claro: que a un per&#237;odo de prosperidad y expansi&#243;n monofisitas debido al apoyo decidido de la Emperatriz Eudoxia, viuda de Teodosio II, hab&#237;an seguido a&#241;os de persecuci&#243;n, especialmente bajo la f&#233;rula de Justiniano, de triste memoria. Este Emperador imp&#237;o, decidido a atajar la reforma de ra&#237;z, hab&#237;a concentrado sus ataques en los obispos monofisitas, a fin de que, desaparecidos &#233;stos, no pudieran ser ordenados en el futuro nuevos sacerdotes de su misma tendencia. El plan, sin embargo, no hab&#237;a podido ser llevado a t&#233;rmino en su totalidad gracias al valor, habilidad y tes&#243;n del obispo Jacobo Baradoeus o Baradai, el cual, huyendo de las asechanzas del Emperador, en el curso de sus continuos y trabajosos viajes, hab&#237;a ido ordenando sacerdotes y consagrando obispos. De este modo, lejos de quedar ac&#233;fala y sin pastor, la Iglesia monofisita se hab&#237;a extendido por Siria, Mesopotamia y el Kurdist&#225;n, donde perduraba todav&#237;a con el nombre de Iglesia Jacobita, en memoria de su propagador.

Esta breve exposici&#243;n, hecha sin el menor asomo de agresividad, fue contestada de inmediato y con una virulencia inesperada por el patriarca de Jerusal&#233;n, lo que no dej&#243; de sorprender a F&#225;bregas, advertido lo cual y como quiera que en el calor de la discusi&#243;n los dos contendientes no tardaron en revertir a la lengua griega, al parecer com&#250;n a ambos, el cardenal Vida tuvo la amabilidad de aclararle a media voz que, en contra de lo que &#233;l pudiera haber supuesto, la Iglesia monofisita no presentaba en cuestiones de fe un frente unido, como hac&#237;a la Iglesia cat&#243;lica; antes bien, exist&#237;an en su seno no pocos bandos y desacuerdos, algunos de los cuales databan de muchos siglos, siendo precisamente uno de los m&#225;s encarnizados aquel que ahora enfrentaba a los dos te&#243;logos, es decir, el de si el cuerpo de Cristo era corruptible o no. Quienes sosten&#237;an haber estado sujeto efectivamente el cuerpo de Cristo a la corrupci&#243;n en el sepulcro eran llamados corrupt&#237;colas, phthart&#243;latras o, por Severo de Antioqu&#237;a, severianos, y sus oponentes, fantasiastas, aphthartodocetas o julianistas, por haber sido Juli&#225;n de Halicarnaso su m&#225;ximo valedor. Estos &#250;ltimos, no s&#243;lo defend&#237;an que el cuerpo de Cristo era incorruptible, sino tambi&#233;n impasible, como corresponde a la divinidad, lo que, a juicio de los otros, hac&#237;a de la Pasi&#243;n una simulaci&#243;n o pantomima y, en &#250;ltimo t&#233;rmino, una befa. Por eso ahora discut&#237;an tan acaloradamente.

Pero todas estas cosas -dijo F&#225;bregas-, &#191;no resultan un poco trasnochadas hoy en d&#237;a?

Oh -respondi&#243; el cardenal Vida-, nada de eso. En primer lugar, para aquel que cree en Dios, nada de cuanto le concierne es trivial ni pierde actualidad, por m&#225;s qu&#233; el mundo cambie; en segundo lugar, de estas cuestiones, en apariencia especulativas, se derivan otras de enorme importancia pr&#225;ctica, como pueden ser, por citar s&#243;lo un ejemplo, los misterios relativos a la Sant&#237;sima Virgen; en tercer lugar, y puesto que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, todo cuanto concierne a la naturaleza de Dios concierne a la del hombre, de la que aqu&#233;lla es punto necesario y &#250;nico de referencia, de tal modo que ser monofisita, nestoriano o cat&#243;lico implica tener del hombre y del mundo un concepto radicalmente distinto.



III

Al llegar a este punto F&#225;bregas apenas si pod&#237;a seguir los argumentos que le daba el cardenal. Por efecto del co&#241;ac se sent&#237;a despierto y ligero de cuerpo, pero incapaz de comprender lo que le dec&#237;an o de fijar su atenci&#243;n en ninguna cosa: el tiempo y el espacio se le antojaban el&#225;sticos. Se daba cuenta de que no pod&#237;a abandonar a quienes hab&#237;an tenido la gentileza de admitirle en su c&#237;rculo y hacerle part&#237;cipe de sus asuntos en forma s&#250;bita y sin mediar pretexto, pero por m&#225;s que se devanaba los sesos no lograba dar con ninguno plausible. Finalmente mascull&#243; algo, se levant&#243; con gran cuidado para no derribar la mesa ni cuanto hab&#237;a sobre ella y se dirigi&#243; al lavabo de caballeros. All&#237; se ech&#243; agua fr&#237;a al rostro repetidas veces, hasta sentirse m&#225;s sereno o, a lo sumo, m&#225;s dispuesto a resolver su situaci&#243;n de un modo airoso. Les dir&#233; que estoy muy cansado, que ma&#241;ana he de madrugar y, por a&#241;adidura, que me siento algo indispuesto, se iba diciendo. Sin embargo, al salir del lavabo y regresar al bar se encontr&#243; con un cuadro inesperado que trastocaba por completo sus intenciones. Ahora los dos prelados a quienes hab&#237;a dejado enzarzados en violenta discusi&#243;n parec&#237;an haberse reconciliado o, cuando menos, haber abandonado moment&#225;neamente su enfrentamiento para hacer causa com&#250;n con los otros dos y atacar de consuno al cardenal Vida, cuyo rostro, al aproximarse, F&#225;bregas vio c&#225;rdeno por la ira. Aunque abr&#237;a y cerraba la boca como un pez fuera del agua, de ella no sal&#237;a ning&#250;n sonido articulado. En aquel punto, y para agravar las cosas, los cuatro prelados monofisitas se pusieron a volar sin dejar de sonre&#237;r beat&#237;ficamente. Aquello enardeci&#243; a&#250;n m&#225;s al cardenal Vida: las venas de la frente y del cuello se le hincharon peligrosamente y el ment&#243;n le temblaba como si en realidad tiritase de fr&#237;o. F&#225;bregas temi&#243; que fuese a sufrir un s&#237;ncope.

C&#225;lmese- le recomend&#243;.

El prelado pareci&#243; calmarse un tanto al o&#237;r su voz.

Siempre la misma sandez -dijo con voz tr&#233;mula-. Cuando ya no tienen c&#243;mo contestar mis argumentos, recurren a este truco de feria para zaherirme. Pero no se deje impresionar: ahora mismo ver&#225; c&#243;mo arreglo yo el asunto en un santiam&#233;n. &#161;Camarero -exclam&#243; levantando la voz-, tr&#225;igame un sif&#243;n!

El camarero, que a todas luces no quer&#237;a inmiscuirse en aquella disputa secular, dijo que se le hab&#237;an acabado. El cardenal daba brincos tratando en vano de asir alguno de sus contendientes.

&#161;Dios os castigar&#225;, payasos! -les iba gritando. Uno de sus manotazos alcanz&#243; por error a F&#225;bregas en plena cara. Despert&#243; s&#250;bitamente al sentirse abofeteado y comprendi&#243; al instante que acababa de so&#241;ar el vuelo de los monofisitas.

Vaya, por fin resucita -oy&#243; decir a su lado.

&#191;Es usted la que me ha pegado? -pregunt&#243; con voz apenas audible.

Llevo diez minutos zarande&#225;ndole y d&#225;ndole cachetes in&#250;tilmente -dijo ella.

&#191;D&#243;nde estoy? -En su habitaci&#243;n.

Le bast&#243; una ojeada para corroborar estas palabras. Sobre una butaca vio doblada pulcramente la ropa que recordaba haber llevado la v&#237;spera.

&#191;Qu&#233; hace usted aqu&#237;? -pregunt&#243;.

Vine a buscarle esta ma&#241;ana, como acostumbraba a hacer antes -respondi&#243; ella-, pero el conserje le estuvo llamando por el tel&#233;fono interior durante una hora sin obtener respuesta, hasta qu&#233;, sabiendo que no hab&#237;a abandonado usted el hotel y temiendo que le hubiese ocurrido alg&#250;n percance, decidimos subir a comprobarlo. &#201;l abri&#243; con una llave maestra y yo, al ver en qu&#233; estado estaba, lo despach&#233;.

Pues habr&#237;a preferido que me hubiera visto &#233;l y no usted en estas condiciones.

&#191;Qu&#233; le pas&#243;?

No tengo la menor idea, aunque supongo que deb&#237; de beber una copa de m&#225;s. Ni siquiera s&#233; qui&#233;n me trajo aqu&#237; y me meti&#243; en la cama.

Almas caritativas. &#191;Se encuentra mal?, &#191;quiere que llame a un m&#233;dico?

No, gracias. Me encuentro fatal, pero creo que puedo incorporarme y seguir viviendo sin ayuda. Me dar&#233; una ducha: eso me sentar&#225; bien. Si quiere, puede esperarme abajo.

No -dijo ella-, me quedar&#233; aqu&#237; para recogerle si se cae y se desnuca.

No se ensa&#241;e con mi desvalimiento -mascull&#243; &#233;l mientras se dirig&#237;a al cuarto de ba&#241;o envuelto en la s&#225;bana encimera. All&#237; se sumergi&#243; primero en un ba&#241;o de agua tibia; luego se aplic&#243; una ducha fr&#237;a estoicamente. Por &#250;ltimo se arroll&#243; la toalla a la cintura, cruz&#243; la habitaci&#243;n y entr&#243; en el vestidor. Ella aguardaba sentada en el brazo de la butaca.

Yo no le ten&#237;a por tan aguerrido -le dijo al pasar.

Es que he estado haciendo pesas &#250;ltimamente -dijo &#233;l desde el vestidor.

&#161;Hum! -dijo ella.

Bajaron alhall y F&#225;bregas le pregunt&#243; al conserje si todav&#237;a estaban a tiempo de desayunar, a lo que &#233;ste respondi&#243; que no: el restaurante estaba cerrado al p&#250;blico en ese momento y ya no abrir&#237;a sus puertas hasta la hora de comer. En cambio, pod&#237;an sentarse, si lo deseaban, en la terraza del hotel; all&#237; funcionaba el servicio de bar ininterrumpidamente, les dijo.

Ocuparon una mesa junto a la balaustrada. Una sombrilla les proteg&#237;a del sol, pero no de su reverberaci&#243;n en el agua del canal. Mirando a lo lejos se ve&#237;a que la ciudad estaba cubierta de neblina. F&#225;bregas pidi&#243; una botella de vino blanco muy fr&#237;o al camarero que acudi&#243; a servirles.

Tr&#225;igame tambi&#233;n dos aspirinas -le dijo.

&#191;No deber&#237;a comer algo s&#243;lido? -dijo ella cuando el camarero se hubo ido.

M&#225;s tarde -dijo &#233;l-. Ahora no podr&#237;a.

De vez en cuando pasaba una barca por el canal, rozando la balaustrada; entonces los ocupantes de la barca los observaban al pasar con curiosidad.

Anoche tuve un encuentro curioso y luego un sue&#241;o de lo m&#225;s raro -dijo &#233;l. De esta forma pensaba explicar las causas de su indisposici&#243;n ante ella, pero advirti&#243; de inmediato que ella no prestaba la menor atenci&#243;n a sus palabras. En el estado de embotamiento en que se encontraba las ideas muy simples se le representaban con mucha claridad. Desde que ha regresado de Roma no es la misma, pens&#243;. Ahora mismo, con los ojos clavados en el vac&#237;o, parece lela, se dijo.

&#191;A d&#243;nde se propon&#237;a llevarme hoy? -pregunt&#243; al fin con objeto de sacarla de su abstracci&#243;n.

A un palacio veneciano -respondi&#243; ella apartando los ojos del aire y dirigi&#233;ndole aquella mirada enigm&#225;tica que le produc&#237;a tanto desconcierto-. &#191;Se considera en condiciones de verlo?

Si no se mueve, s&#237;.

No se ha movido en seis siglos.

&#161;Hum! -dijo &#233;l.



IV

Una g&#243;ndola los dej&#243; al pie de una escalera empinada, cubierta de un musgo afelpado que la hac&#237;a muy resbaladiza. Del muro lateral colgaba una argolla, roja de or&#237;n. Aquel lugar, situado en el recodo de un canal estrecho, siempre a cubierto de la luz del sol, ten&#237;a algo de l&#250;gubre. All&#237; el agua ten&#237;a un color plomizo, irisado, y ol&#237;a a una mezcla de moluscos muertos, pescado y brea. Cuando la g&#243;ndola los dej&#243; solos en la plataforma del embarcadero, F&#225;bregas sinti&#243; un escalofr&#237;o recorrerle el espinazo.

&#191;Est&#225; segura de que nos abrir&#225;n la puerta? -pregunt&#243;. En realidad no cre&#237;a que nadie habitara aquel caser&#243;n.

Claro, &#161;qu&#233; pregunta! -respondi&#243; ella golpeando repetidamente el aldab&#243;n.

A cada lado de la puerta hab&#237;a un coloso de piedra que sosten&#237;a un balconcito sobre los hombros. Las dos estatuas estaban muy sucias: tiznadas de holl&#237;n y pringadas por las palomas. La piedra presentaba porosidades y grietas; en algunas partes parec&#237;a que alguien hubiera descargado a corta distancia varios tiros de postas contra los colosos. A uno de ellos adem&#225;s se le hab&#237;a desprendido la nariz y varias esquirlas del ment&#243;n. Pese a todo, su aspecto segu&#237;a siendo m&#225;s amenazador que suntuario.

&#161;Vaya tipos! -dijo.

No me diga que le dan miedo -dijo ella.

No se lo dir&#233;, pero me lo dan.

&#161;Qu&#233; absurdo!

&#191;Qui&#233;n demonios vive en esta casa sombr&#237;a?

Yo.

&#161;Atiza! Esta s&#237; que no me la esperaba -dijo F&#225;bregas.

Una mujer rechoncha, de pelo blanco, vestida con una bata de percal que le llegaba a los tobillos, abri&#243; la puerta. Al hacerlo la corriente de aire agit&#243; los rizos de su cabellera.

Esta ma&#241;ana se fue usted sin desayunar -dijo apenas vio a Mar&#237;a Clara-. Acabo de ver el t&#233; y las rosquillas en la mesa de la cocina.

Era una vieja sirvienta cuyo campo visual no rebasaba los l&#237;mites de la casa y sus cuidados.

Traigo un visitante -dijo Mar&#237;a Clara se&#241;alando a F&#225;bregas con la cabeza. La vieja sirvienta lo examin&#243; con extra&#241;eza, como si su presencia se le hubiera hecho patente al conjuro de las palabras de Mar&#237;a Clara, pero no antes.

&#191;Lo saben sus padres? -pregunt&#243; visiblemente alarmada.

No les he dicho nada. Av&#237;sales; nosotros esperaremos en el zagu&#225;n. No tardes.

El zagu&#225;n, de paredes desnudas y desconchadas, estaba techado por una claraboya a la que faltaban varios paneles; por aquellas aberturas se ve&#237;a el cielo. En el &#225;ngulo que formaban la claraboya y las vigas dorm&#237;an varios murci&#233;lagos con la cabeza enfundada en las alas. Aprovechando su letargo un rat&#243;n cruz&#243; el zagu&#225;n a toda velocidad. Mar&#237;a Clara parec&#237;a no enterarse de la presencia de aquellos animales o, si la percib&#237;a, estaba tan habituada a ella, al igual que a la de los dos colosos de la entrada, que no juzgaba dignas de comentario ni la una ni la otra. La sirvienta volvi&#243; y les dijo que si quer&#237;an pod&#237;an pasar.

&#191;Qu&#233; est&#225; haciendo pap&#225;? -pregunt&#243; ella.

Est&#225; en el gabinete, con sus papeles -respondi&#243; la vieja sirvienta.

&#191;Vestido?

A&#250;n no.

&#191;Y mam&#225;?

Descansando en su habitaci&#243;n. No ha pasado buena noche. La he o&#237;do que llamaba al doctor Pimpom.

Se adentraron por una galer&#237;a recta, larga, baja y estrecha que a trechos regulares era cortada por otras galer&#237;as transversales id&#233;nticas en apariencia a aquella por la que iban. Aquel sector del palacio parec&#237;a una guarida de tej&#243;n. En realidad, seg&#250;n le explic&#243; ella, hab&#237;an entrado en el palacio por la parte trasera y ahora caminaban hacia la parte llamada noble. Aquellas galer&#237;as, a&#241;adidas al cuerpo principal del edificio en el siglo XVIII, hab&#237;an sido concebidas en aquella forma enredada e inquietante deliberadamente para disuadir a los extra&#241;os de su uso y facilitar a los habitantes del palacio fugas y encuentros, le explic&#243; tambi&#233;n. Ahora, sin embargo, aquella entrada tortuosa se hab&#237;a convertido en la pr&#225;ctica en el &#250;nico acceso al palacio, puesto que la fachada principal amenazaba ruina y el vest&#237;bulo hab&#237;a debido ser apuntalado por una trama de vigas y ristreles que lo hac&#237;an intransitable, dijo. Por lo dem&#225;s, la parte llamada noble del palacio, de estilo g&#243;tico flam&#237;gero, resultaba fr&#237;a y h&#250;meda buena parte del a&#241;o e inc&#243;moda en extremo siempre, por lo que la vida familiar transcurr&#237;a enteramente en la parte nueva, la agregada a &#233;l en el siglo XVIII. Ahora el palacio precisaba de nuevo una modernizaci&#243;n urgente, acab&#243; diciendo.

Mientras hablaban hab&#237;an desembocado en una c&#225;mara cuadrada, muy alta de techo, alumbrada por la luz cenital proveniente de otra claraboya semejante a la del zagu&#225;n, esta vez entera, a diferencia de aqu&#233;lla, pero tan mugrienta que apenas daba paso a la claridad del d&#237;a.

&#191;D&#243;nde estamos? -pregunt&#243; F&#225;bregas.

En lo que se llama el sal&#243;n de m&#250;sica -dijo ella.

&#201;l busc&#243; en vano alg&#250;n instrumento musical que justificase aquella denominaci&#243;n, pero s&#243;lo vio unos pocos muebles sencillos y desproporcionadamente peque&#241;os para las dimensiones de la c&#225;mara, arrimados de cualquier modo contra las paredes y casi invisibles en la oscuridad reinante. Pero ella, sin darle tiempo a pedir una aclaraci&#243;n o a manifestar su asombro, ya hab&#237;a llegado al extremo opuesto de la c&#225;mara, donde hab&#237;a golpeado una puerta suavemente con los nudillos y, habiendo o&#237;do, al parecer, una respuesta satisfactoria a su llamada, hab&#237;a abierto la puerta y, asomando la cabeza, anunciado de viva voz su presencia y la de un visitante. Luego se volvi&#243; a F&#225;bregas, a quien conmin&#243; a entrar en lo que result&#243; ser otra pieza algo m&#225;s reducida de tama&#241;o que la llamada sal&#243;n de m&#250;sica y mucho mejor iluminada que &#233;sta por la luz que dejaban pasar unas ventanas rectangulares que se abr&#237;an sobre una plaza. De la plaza llegaban ahora voces de ni&#241;os. Un reloj de p&#233;ndulo dio la hora. F&#225;bregas vio que el techo de la estancia formaba una b&#243;veda suave y que all&#237; una pintura algo quebrada y deslucida representaba una mujer desnuda recostada sobre un damasco que se desparramaba por el techo y la pared hasta acabar arrollado falsamente en el z&#243;calo. Aquella tela escarlata, sobre la cual la anatom&#237;a p&#225;lida de la mujer desnuda parec&#237;a simbolizar una carnalidad est&#225;tica y funeraria, no consegu&#237;a en ning&#250;n momento producir sensaci&#243;n de realidad. Pintados tambi&#233;n sobre el fondo azul celeste de aquella b&#243;veda, junto a la mujer desnuda, hab&#237;a dos angelitos o cupidos, uno de los cuales volcaba sobre la mujer una canasta de la que ca&#237;an p&#233;talos de flor, mientras el otro ta&#241;&#237;a un instrumento parecido a un la&#250;d. Los dos angelitos fing&#237;an en su expresi&#243;n una picard&#237;a madura que resultaba, por contraste, desencantada y procaz. Aquella estancia pod&#237;a haber sido, tiempo atr&#225;s, la alcoba de una cortesana, pens&#243; F&#225;bregas. Ahora, sin embargo, la alcoba hab&#237;a sido transformada al parecer en un gabinete de trabajo: all&#237; hab&#237;a un archivador met&#225;lico aparatoso, una m&#225;quina de escribir el&#233;ctrica montada sobre un carrito met&#225;lico y una mesa de despacho cubierta de papeles por completo. Un hombre trajinaba febrilmente papeles de la mesa al archivador y del archivador a la mesa. No parec&#237;a conceder, sin embargo, la menor atenci&#243;n a lo que hac&#237;a, como si en realidad su trabajo consistiera en realizar reiterativamente aquella operaci&#243;n, sin parar mientes en su contenido. S&#243;lo cuando estuvieron a su lado y Mar&#237;a Clara le dirigi&#243; la palabra interrumpi&#243; la faena para posar en los reci&#233;n llegados una mirada aturdida.

Pap&#225;, he tra&#237;do una persona a visitar la casa -dijo ella.

F&#225;bregas le tendi&#243; una mano que el otro, antes de estrechar, estudi&#243; un rato at&#243;nito, como si aquel m&#237;nimo ritual le cogiera de nuevas. Luego repentinamente dio muestras de una cordialidad te&#241;ida de azoramiento.

Disculpe que le reciba de este modo -balbuce&#243;-, pero ten&#237;a que despachar unos asuntos apremiantes de preciso. Consid&#233;rese en su casa. j

F&#225;bregas, notando el acento peculiar de su interlocutor, record&#243; haber o&#237;do contar a Mar&#237;a Clara que su padre era americano. Ahora este hombre deb&#237;a de contar escasamente cincuenta a&#241;os de edad. Era alto, fornido y de facciones toscas, lo que contrastaba a primera vista con su expresi&#243;n pasmada y sus modales apocados.

No quisiera interrumpir su trabajo ni ocasionarle ninguna molestia -dijo F&#225;bregas.

Por favor, no interprete mal mis palabras -dijo el otro precipitadamente-. Su presencia no me incomoda en absoluto. S&#243;lo quer&#237;a disculpar mi atuendo y el no haber acudido a recibirle en persona cuando me anunciaron su llegada. La verdad es que estoy muy ocupado esta ma&#241;ana, muy ocupado.

Dicho esto volvi&#243; a su tarea: sacaba papeles del archivador y los pon&#237;a sobre la mesa; luego hac&#237;a lo opuesto con tanta energ&#237;a y precisi&#243;n de gestos como falta de discernimiento. A fuerza de verle repetir la operaci&#243;n, F&#225;bregas crey&#243; advertir que alguno de aquellos papeles viajaba varias veces de un mueble al otro sin que esta mudanza pareciera tener ninguna consecuencia. El padre de Mar&#237;a Clara vest&#237;a un pijama gris, de un material parecido a la felpa, que se volv&#237;a el&#225;stico en las extremidades de las mangas y perneras a fin de sujetarse firmemente en las mu&#241;ecas y tobillos. Lavados sucesivos o un error de origen hab&#237;an hecho muy exiguo para su usuario el pijama, que ahora pon&#237;a brutalmente de manifiesto los gl&#250;teos y genitales de aqu&#233;l. En los pies llevaba a modo de chancletas unas sandalias tijereteadas al buen tunt&#250;n.

De modo -dijo sin aminorar el ritmo de su actividad- que est&#225; usted interesado en el palacio.

Es un edificio notable -respondi&#243; F&#225;bregas evasivamente.

En efecto. Supongo que mi hija le habr&#225; puesto en antecedentes.

La verdad es que no -dijo F&#225;bregas.

&#161;Y para esto le hemos pagado la mejor educaci&#243;n posible! -exclam&#243; el padre de Mar&#237;a Clara sin el menor enfado en su tono.

Ella intervino para decir que tal vez al visitante no le interesaran por el momento aquellos detalles, a lo que su padre respondi&#243; que a eso y no a otra cosa ven&#237;an en masa los extranjeros a Venecia.

&#191;Qu&#233; opina usted? -pregunt&#243; ella dirigi&#233;ndose a F&#225;bregas, que no supo muy bien c&#243;mo responder a esta pregunta, porque padre e hija hab&#237;an sostenido toda la conversaci&#243;n en ingl&#233;s y &#233;l, que s&#243;lo pose&#237;a conocimientos rudimentarios de este idioma, no estaba muy seguro de haber captado cabalmente el sentido de aquel di&#225;logo.

Por m&#237; todo est&#225; bien -dijo; y sin que esta frase trivial ni las circunstancias en que hab&#237;a sido pronunciada lo justificaran, se sinti&#243; invadido por una gran paz, como si verdaderamente todo fuese armonioso y conveniente para &#233;l. Tal vez lo que me ocurre es que, despu&#233;s del atropello de anoche, estoy sintiendo el efecto de las aspirinas sobre mi organismo, pens&#243;.

Ofrece al menos algo de beber a nuestro hu&#233;sped -dijo el padre-. Yo no puedo hacerle los honores de la casa mientras no acabe con este asunto endiablado. Represento -aclar&#243; cambiando de idioma y de oyente, pero sin dejar por un momento el papeleo- a varias empresas multinacionales de perfumer&#237;a masculina.

F&#225;bregas mir&#243; de reojo a Mar&#237;a Clara esperando que ella le indicara con un gesto o un gui&#241;o si deb&#237;a tomar en serio o no lo que le dec&#237;a aquel individuo que irradiaba un verdadero hedor, pero ni el rostro ni la actitud de ella le revelaron nada.

Por ahora cubro el V&#233;neto y la Lombard&#237;a, pero cuando me compre un ordenador personal, podr&#233; tocar tambi&#233;n Suiza y Yugoslavia. De momento no doy abasto. Antes me ayudaba mi esposa; hasta que empez&#243; a fallarle la salud, quiero decir. Y Mar&#237;a Clara tambi&#233;n me ayudaba, de cuando en cuando, hasta que decidi&#243; independizarse. Yo no se lo reprocho ni debe usted interpretar mis palabras en ese sentido -a&#241;adi&#243; dirigiendo a su hija una mirada cargada de ternura-. Yo a su edad ya me hab&#237;a ido de casa y me ganaba la vida como pod&#237;a. A&#250;n recuerdo el primer empleo que consegu&#237;: portero de cine. Ten&#237;a que comprobar que las entradas que me daban correspond&#237;an a aquel cine, a aquella fecha y a aquella sesi&#243;n y, al mismo tiempo, vigilar que nadie se colase. Por supuesto, siempre hab&#237;a espabilados que acababan col&#225;ndose. Con esto tampoco quiero decir que una cosa, porque la haya hecho yo, s&#243;lo por esta raz&#243;n, ya est&#233; bien. No, al contrario: cuando recuerdo aquellos tiempos, mi vida me parece un c&#250;mulo de idioteces: as&#237; lo exige la edad. &#191;Qu&#233; le apetece beber?

Un refresco cualquiera, si no es molestia -dijo &#233;l.

Ninguna en absoluto. Mi hija se lo ir&#225; a buscar de mil amores. Ir&#237;a yo, pero no puedo: esta ma&#241;ana estoy muy ocupado. Pero le dir&#233; c&#243;mo ocuparemos el tiempo hasta que ella vuelva: yo le contar&#233; todo lo concerniente a este palacio y usted lo oir&#225;.



V

Ha de saber usted -empez&#243; diciendo el padre de Mar&#237;a Clara cuando &#233;sta los hubo dejado solos- que en este palacio, aunque no en la parte en que nos encontramos ahora, agregada posteriormente a aqu&#233;l, muy distinta en estilo e intenci&#243;n y destinada, seg&#250;n colijo de la pintura que adorna este techo y otras similares, a cosas algo turbias o, en todo caso,non sanctas, por as&#237; decir, sino en la parte antigua, que le mostrar&#233; luego, se aloj&#243; en cierta ocasi&#243;n Santa Marina, cuando una enfermedad la detuvo en Venecia -mientras hablaba hab&#237;a dejado el trasiego de papeles que, seg&#250;n propia confesi&#243;n, le ten&#237;an tan ocupado, hab&#237;a rodeado la mesa y hab&#237;a ido a colocarse distra&#237;damente junto a la ventana-. Esta santa, como usted sabe, hab&#237;a ingresado a consecuencia de un desenga&#241;o mundano en un convento de frailes disfrazada de hombre, caso en modo alguno &#250;nico en aquella &#233;poca. Mientras vivi&#243;, nadie descubri&#243; la impostura, llegando incluso la santa a ser elegida prior del convento, cargo que desempe&#241;&#243; de manera ejemplar durante tres d&#233;cadas. A su paso por Venecia, en misi&#243;n propia del cargo que ostentaba, era ya de edad avanzada y gozaba de fama muy extendida de hombre sabio y virtuoso. Con objeto de disimular su condici&#243;n femenina, llevaba una larga barba de estopa que sujetaba con alambres a las orejas. Al re&#237;r, cosa que hac&#237;a de continuo, pues era proverbial su buen talante frente a todo tipo de circunstancias, tanto adversas como favorables, la barba postiza se le sub&#237;a a la frente y all&#237; se quedaba, a modo de visera, revelando de este modo su rostro lampi&#241;o, hasta que ella misma la colocaba de nuevo en su lugar tironeando, todo lo cual, a decir verdad, no sorprend&#237;a a nadie en aquella &#233;poca imbuida de fe y hecha a las maravillas y caprichos de sus santos. Posiblemente en relaci&#243;n con esta estancia de la santa en el palacio, a la saz&#243;n en posesi&#243;n de la familia que lo erigi&#243;, y de la que le hablar&#233; acto seguido, y del trato deferente que aqu&#237; debi&#243; de serle dispensado, cuando la santa muri&#243;, unos a&#241;os m&#225;s tarde, y sus restos fueron divididos, como era costumbre piadosa entonces, Su Santidad el Papa tuvo a bien enviar un hueso a dicha familia, con lo cual &#233;l palacio qued&#243;, por as&#237; decir, legitimado a los ojos de la ciudad, o lo que es igual, de la Signoria. El palacio, cuando la santa lo honr&#243; con su presencia, contaba poco menos de un siglo de existencia. Lo hab&#237;a hecho edificar, casi al final de su azarosa vida, un navegante de origen franc&#233;s o catal&#225;n, llamado en los documentos de su tiempo Ser Alberigo Pastoret, el cual &#161;Ah, qu&#233; bien, ya nos traen los refrescos!, -exclam&#243; repentinamente al ver entrar en el gabinete a su hija con una bandeja en las manos. En aquella bandeja tintineaban cuatro copas llenas hasta el borde de un l&#237;quido opaco-. &#191;Qu&#233; nos traes, hija?, &#191;qu&#233; nos traes? -pregunt&#243; abandonando precipitadamente la ventana y corriendo a situarse de nuevo entre la mesa y el archivador-. &#161;Ah, vinetto piccolo! Delicioso. Delicioso y verdaderamente apropiado para esta hora del d&#237;a. Pero, hija, si somos tres, &#191;por qu&#233; has tra&#237;do cuatro copas?

Ha venido el doctor Pimpom -dijo ella.

Ah, vaya -dijo el padre enrojeciendo visiblemente. Luego tom&#243; una de las copas y oli&#243; su contenido con notable satisfacci&#243;n-. Bien -a&#241;adi&#243;-, no hace ninguna falta que esperemos por &#233;l, &#191;no le parece? Ya se unir&#225; a nosotros cuando se lo permitan sus ocupaciones. Bebamos -dijo predicando con el ejemplo y exhalando un largo suspiro despu&#233;s de haber bebido-. &#161;Ajaj&#225;! Qu&#233; bueno, &#191;verdad?

Delicioso, en efecto -respondi&#243; F&#225;bregas, a quien iba dirigida la pregunta, aunque en su fuero interno encontraba aquella bebida bastante ins&#237;pida-. Pero me estaba usted contando

&#161;Atiza! Es verdad, &#161;qu&#233; memoria! -dijo el padre de Mar&#237;a Clara-. A media conversaci&#243;n se me va el santo al cielo Antes no me ocurr&#237;a eso, cr&#233;ame. Es ahora, al irme haciendo mayor. Nunca deb&#237; venir a Venecia.

Pap&#225;, por favor -le interrumpi&#243; su hija en este punto.

Hija -dijo despu&#233;s de una pausa que destin&#243; a sacar varios papeles del archivador y apilarlos sobre la mesa-, quiz&#225; convendr&#237;a que fueras a ver si tu madre o el doctor necesitan algo

Mar&#237;a Clara sali&#243; del gabinete sin decir nada, dejando en una esquina de la mesa su copa intacta. En cuanto se hubo ido, el padre corri&#243; a colocarse nuevamente junto a la ventana.

Como le ven&#237;a diciendo -agreg&#243; en un tono m&#225;s pausado, mirando fijamente los ni&#241;os que jugaban en la plaza a esa hora del d&#237;a-, Ser Alberigo Pastoret, tambi&#233;n llamado, en otros documentos, Alberigo Cacaforte, fue un navegante de origen oscuro al servicio de la Seren&#237;sima. El a&#241;o 1314 se hizo a la mar en una galera de dos palos y nueve remos por banda, armada de una bombarda y dos falconetes. Durante varios lustros naveg&#243; por el Golfo P&#233;rsico, el Mar Rojo y el infame Cuerno de &#193;frica, comprando y vendiendo y abriendo rutas comerciales al imperio. De sus peripecias y descubrimientos fue dando cuenta en unas relaciones escuetas, no exentas, a veces, de exageraci&#243;n: en una ocasi&#243;n afirma haber visto con sus propios ojos el p&#225;jaro Roe; en otra, haber encontrado en un mercado de Somalia alfombras voladoras por cuya adquisici&#243;n puj&#243; en balde. Otros relatos, en cambio, resultan veros&#237;miles y hasta prosaicos, como &#233;ste que le voy a referir.

En la primavera del a&#241;o 1320 o 1321, Pastoret arrib&#243; con su galera a una isla del &#237;ndico habitada entonces por cortadores de cabezas. Iniciados los contactos, no sin riesgo, los nativos le ofrecieron uno de aquellos feroces trofeos, que &#233;l adquiri&#243;, venciendo su natural repugnancia y tras regatear, como era costumbre hacer en la regi&#243;n, para demostrar a aquellas gentes que todo lo que fuera objeto de comercio era tambi&#233;n objeto de su inter&#233;s. Finalmente el reyezuelo local, habiendo o&#237;do hablar de &#233;l en t&#233;rminos elogiosos, se avino a recibirle. Me han dicho que ha comprado usted una cabeza, le dijo cuando estuvieron frente a frente. As&#237; es, majestad, respondi&#243; Pastoret. Perm&#237;tame verla, dijo el reyezuelo. Cuando Pastoret se la mostr&#243;, el reyezuelo se ri&#243; de buen gana. Le han estafado, dijo. &#191;C&#243;mo es eso?, pregunt&#243; Pastoret. Esta cabeza no tiene ning&#250;n valor, le explic&#243; el reyezuelo. S&#243;lo tienen valor las cabezas de personas que previamente han sido estranguladas, porque una buena cabeza ha de tener colgando la lengua tumefacta; venga y le ense&#241;ar&#233; mi colecci&#243;n. De este modo se granje&#243; su confianza y pudo adquirir clavo, canela y otras especias a un precio irrisorio; se hizo rico y, ya de avanzada edad, pudo retirarse a vivir en Venecia, donde se construy&#243; este palacio. En el curso de sus viajes hab&#237;a visto tantas porquer&#237;as que procur&#243; que en su palacio todo fuera noble, bello y lujoso. En los cimientos del palacio hizo enterrar la cabeza y otras muchas cosas truculentas que hab&#237;a ido adquiriendo igualmente para que los nativos vieran que era buen comprador y creyeran que pod&#237;an estafarle con facilidad.

Sin embargo, tambi&#233;n hab&#237;a tra&#237;do consigo de sus viajes inadvertidamente una enfermedad larvada que acab&#243; con &#233;l no bien estuvo concluido el palacio de sus sue&#241;os y que hizo que las autoridades pusieran el palacio y sus habitantes en cuarentena. Esto y el haber sido Pastoret un advenedizo relegaron familia y palacio al ostracismo hasta que, como antes le refer&#237;, la reliquia de Santa Marina vino a conferirle el reconocimiento

Ejem, ejem -exclam&#243; a ver entrar en el gabinete de nuevo a su hija, acompa&#241;ada esta vez de un individuo que deb&#237;a de ser, seg&#250;n dedujo F&#225;bregas, el doctor Pimpom.

Nada en el aspecto del reci&#233;n llegado justificaba el pavor que su mera presencia parec&#237;a infundir en el padre y la hija. Un leve balanceo al andar y un bast&#243;n oscuro, en el que se apoyaba ligeramente de cuando en cuando, daban elegancia y autoridad a su figura, por los dem&#225;s corrient&#237;sima: el doctor era hombre cincuent&#243;n, diminuto y algo rechoncho, de facciones peque&#241;as y joviales, muy atildado en su indumentaria. F&#225;bregas tuvo la sensaci&#243;n fugaz de haber visto antes aquel hombre. Ahora su aparici&#243;n le irritaba, sin que pudiera explicarse el porqu&#233;. Se sent&#237;a cansado de aquel visiteo, deseaba salir de all&#237; de inmediato y s&#243;lo la compa&#241;&#237;a de ella le imped&#237;a hacerlo sin miramientos. En los ojos que el doctor fij&#243; en &#233;l al ser presentados, crey&#243; leer una mezcla de perspicacia y petulancia. Es posible que &#233;l pueda intuir lo que estoy pensando en este mismo instante, pens&#243;, pero tambi&#233;n es posible que se trate s&#243;lo de una actitud profesional estudiada, encaminada a cimentar la confianza de sus pacientes; como si con esta mirada quisiera decir: est&#225; en mis manos devolverle a usted la salud, &#161;bah, qu&#233; fantochadas! El doctor apuraba la copa degraspia que le hab&#237;a sido reservada. Luego tendi&#243; un papel a Mar&#237;a Clara.

Le ha cambiado la medicaci&#243;n -dijo ella.

Es cosa de ir probando -dijo el m&#233;dico-. Eventualmente

El padre de Mar&#237;a Clara volvi&#243; a enrojecer hasta que la cabeza y el cuello se le pusieron de color morado y el doctor inici&#243; una explicaci&#243;n pormenorizada y repetitiva acerca de la forma en que las medicinas hab&#237;an de serle administradas a la enferma: su frecuencia y dosificaci&#243;n. F&#225;bregas dej&#243; vagar aburridamente la mirada por el gabinete.

Al mirar el techo advirti&#243; que los &#225;ngeles mal&#233;volos pintados en la b&#243;veda guardaban un parecido innegable con el doctor. Las mismas facciones ani&#241;adas y perversas, pens&#243;, y el mismo aire de suficiencia intolerable.

Debo irme -dijo de pronto, casi contra su voluntad, pero incapaz de seguir all&#237;.

Ella lo mir&#243; con enojo.

No sab&#237;a que tuviera un compromiso -dijo-. Si me lo hubiera dicho, no le habr&#237;a tra&#237;do tan lejos.

No -aclar&#243; &#233;l-, es que acabo de acordarme de que tengo que hacer una llamada sin falta.

Puede hacerla desde aqu&#237;.

Ser&#237;a abusar de su hospitalidad Adem&#225;s -a&#241;adi&#243; para reforzar aquella excusa endeble-, he de consultar el n&#250;mero en mi directorio, que por distracci&#243;n he dejado en el hotel

Est&#225; bien, no queremos retenerle contra su voluntad -dijo ella-. Si se espera un segundo a que acabe de despachar con el doctor, le acompa&#241;ar&#233; a la puerta.

Deja, yo mismo le acompa&#241;ar&#233;, para que no pierda m&#225;s tiempo del que ya le hemos robado -dijo inopinadamente su padre abandonando una vez m&#225;s sus presuntas ocupaciones.

F&#225;bregas inici&#243; una protesta que el otro fingi&#243; no o&#237;r: de sobra se notaba que estaba aprovechando aquel pretexto de mil amores para dejar la compa&#241;&#237;a del doctor, que le ocasionaba una turbaci&#243;n patente. F&#225;bregas se encontr&#243; cazado en su propia trampa: ahora se ve&#237;a obligado a separarse de ella sin haber concertado una nueva cita.

&#191;La podr&#233; ver luego? -le pregunt&#243; haciendo caso omiso de la presencia de testigos.

Ella, que disimulaba su enfado leyendo las recetas del doctor, enrojeci&#243; a su vez, enderez&#243; la cabeza y le dirigi&#243; una mirada despectiva.

No veo c&#243;mo -replic&#243; secamente.

Puedo esperarla donde usted me indique.

Con el rabillo del ojo advirti&#243; que el doctor contemplaba aquel coloquio con expresi&#243;n c&#237;nica, como si su perspicacia le permitiera discernir en aquel enfrenta-miento una estrategia general, cuya complejidad la hac&#237;a incomprensible a los propios contendientes. S&#243;lo el padre, que rebuscaba en los cajones de su mesa, parec&#237;a ajeno por completo a lo que suced&#237;a en el gabinete.

Ah -exclam&#243; de pronto mostrando a los presentes una linterna de aluminio-, ya la he encontrado.

Tal vez antes de salir deber&#237;a telefonear al hotel, para que me enviasen un taxi -dijo F&#225;bregas, que se resist&#237;a a partir sin arrancar de ella un compromiso formal.

No hace falta -dijo el padre con animaci&#243;n-. Saldremos a la plaza; desde all&#237; puede ir a pie, si su hotel no est&#225; lejos, o tomar el vaporeto. Todo est&#225; muy bien indicado; no tiene m&#225;s que seguir las flechas sin desviarse.

Entonces -dijo &#233;l-, &#191;la ver&#233; de nuevo?

Es posible -dijo ella entre dientes, como si estuviese librando en aquel momento una batalla en su interior-; pero ahora debo atender al doctor. Disc&#250;lpeme.

El doctor le tendi&#243; la mano con una cordialidad a la que respondi&#243; con frialdad deliberada. No hay duda de que me ha ganado esta primera escaramuza, pens&#243; F&#225;bre-gas, porque es evidente que entre nosotros hay una guerra abierta, por m&#225;s que yo ignore todav&#237;a la raz&#243;n y lo que anda en juego. Pero no debo darme por vencido tan f&#225;cilmente. Si es ella el motivo de nuestra rivalidad, cosa que dudo, yo tengo ahora muchas bazas en mi mano; ahora s&#233; d&#243;nde vive y puedo volver aqu&#237; por ella cada d&#237;a, a todas horas, si es preciso. Con estas lucubraciones en el &#225;nimo iba siguiendo los pasos del padre, que se hab&#237;a adentrado en un corredor cuyo final parec&#237;a ser un tabique sin aberturas.



VI

Un viento h&#250;medo atravesaba las estancias que iban cruzando: antec&#225;maras vac&#237;as y salones enormes en los que naufragaban unos muebles de ocasi&#243;n. A lo lejos oyeron pitar un tren. F&#225;bregas pregunt&#243; si aqu&#233;lla era la parte antigua del palacio, a lo que su acompa&#241;ante respondi&#243; que no.

La parte antigua es un puro escombro, ya ver&#225; -dijo-. &#201;sta, en cambio, aunque bastante deteriorada, todav&#237;a est&#225; presentable. A ver si funcionan las luces y puedo mostrarle el sal&#243;n de recepciones Qu&#233;dese ah&#237;, no vaya a tropezar y hacerse da&#241;o &#191;D&#243;nde estar&#225; el interruptor? &#161;Esto est&#225; m&#225;s negro que los cojones de un grillo!

Desde que ambos hab&#237;an salido del gabinete, se hab&#237;a vuelto locuaz y hasta alegre. Se sab&#237;a d&#233;bil de car&#225;cter e incapaz por consiguiente de afrontar y resolver su vida de un modo global, pero como no era propenso a la desesperaci&#243;n ni al drama, aprovechaba cualquier circunstancia propicia para divertirse fugazmente; aquellos minutos de esparcimiento sustra&#237;dos a una existencia sembrada de fracasos, humillaciones y contrariedades ten&#237;an para &#233;l el gusto embriagador de la libertad, que apreciaba m&#225;s sabi&#233;ndola casual e improrrogable.

Ahora que nadie nos oye -sigui&#243; diciendo mientras pulsaba in&#250;tilmente un interruptor, que chascaba sin producir efectos visibles-, le confesar&#233; que por mi gusto no vivir&#237;a ni un solo d&#237;a en esta porquera. No hay nada m&#225;s inc&#243;modo que los palacios: grandes, desangelados y sin raz&#243;n de ser -se hab&#237;a adentrado en las tinieblas, desde donde llegaba su voz con un tono algo met&#225;lico, como si hablara desde otra dimensi&#243;n-. Por aqu&#237; tendr&#237;a que haber otro interruptor -dijo; y a&#241;adi&#243;-: Yo no soy europeo, como mi hija quiz&#225; le haya contado, aunque mi familia &#161;epa!, &#161;atenci&#243;n a ese desnivel! mi familia era de origen polaco y, m&#225;s remotamente, veneciano. Sin embargo, hace varias generaciones que nos afincamos en los Estados Unidos, donde siempre vivimos bien, con cierto desahogo econ&#243;mico. El apellido familiar, eso s&#237; lo sabr&#225; usted, es Dolabella, como el pintor hom&#243;nimo, nuestro antepasado, seg&#250;n dicen; pero all&#237; siempre fuimos conocidos por el apellido m&#225;s sencillo de Dolly. Hasta que vine aqu&#237;, a los veinticuatro a&#241;os, todo el mundo me llam&#243; Charlie Dolly. Dolabella o Dolly es en realidad el apellido de mi madre, por el que opt&#233; al llegar a la mayor&#237;a de edad. Mis padres se separaron cuando yo ten&#237;a cinco a&#241;os

Hab&#237;a conseguido prender una luz. Ahora estaban en mitad de un sal&#243;n de proporciones tan vastas que la bombilla exigua que colgaba del techo no alcanzaba a iluminar las cuatro paredes. Desde all&#237; parec&#237;a que la oscuridad se extendiera hasta el infinito.

&#191;Qu&#233; le empuj&#243; a venir a Venecia, Charlie? -pregunt&#243; F&#225;bregas.

&#161;Qui&#233;n sabe! -respondi&#243; el otro-. Mire, le contar&#233; algo que no le he contado nunca a nadie

Bien, pero, &#191;es preciso que me lo cuente en este sitio tan inh&#243;spito?

S&#237;, s&#237;, ha de ser aqu&#237; -dijo con &#233;nfasis-. Escuche: mis padres se separaron cuando yo ten&#237;a cinco a&#241;os. Como eran cat&#243;licos no pudieron divorciarse y por consiguiente no se pudieron volver a casar. Mi padre desapareci&#243; pronto de nuestra vida. Pronto dej&#243; de enviarnos dinero y entonces el juez le priv&#243; del derecho a visitar a sus hijos: de este modo zanj&#243; dos compromisos engorrosos de una sola vez. Mi madre ten&#237;a entonces treinta a&#241;os y aunque ten&#237;a unos ojos risue&#241;os, una piel luminosa y un perfil de cierta distinci&#243;n no era una belleza llamativa. Con todo, no tard&#243; en trabar relaci&#243;n con un hombre de posibles llamado Luna. &#201;l ten&#237;a un negocio peque&#241;o pero pr&#243;spero de compraventa de autom&#243;viles usados, y estaba casado. Mi madre debi&#243; de hacerle creer inicialmente que vivir&#237;an juntos un romance corto y fogoso; en realidad consigui&#243; retenerlo a su lado muchos a&#241;os, durante los cuales vivimos a su costa. &#201;l nunca pens&#243; en abandonar a su mujer y a sus hijos; supongo que no lleg&#243; a enamorarse de mi madre ni siquiera pasajeramente: nos segu&#237;a visitando por inercia y a desgana, como quien cumple una obligaci&#243;n familiar ineludible y onerosa. En estas ocasiones mi madre siempre acababa pidi&#233;ndole dinero; le ped&#237;a cantidades peque&#241;as, cuidadosamente calculadas para que no pudiera neg&#225;rselas sin parecer mezquino. Debo decir en su descargo que siempre dio lo que se le ped&#237;a sin chistar, hasta que un d&#237;a, al cabo de seis o siete a&#241;os, se le ocurri&#243; calcular someramente lo que le hab&#237;a supuesto aquella sangr&#237;a durante un per&#237;odo tan largo. Entonces se puso furioso y jur&#243; no volver a poner los pies en aquella casa. Estuvimos sin verlo casi un mes. Luego volvi&#243; sin decir por qu&#233; y las cosas continuaron como antes. Era un hombre de buen coraz&#243;n, aunque col&#233;rico y autoritario. A veces se empe&#241;aba en inculcarnos disciplina, de la que nos cre&#237;a faltos, a mi hermana y a m&#237;. En realidad su sola compa&#241;&#237;a ya era un ejercicio de disciplina muy fatigoso, porque ten&#237;amos que poner toda nuestra atenci&#243;n en no cometer ninguna falta que pudiera servirle de pretexto para no volver m&#225;s. Nunca le cobramos el menor cari&#241;o ni &#233;l hizo nada por congraciarse; aqu&#233;llos fueron a&#241;os de disimulo y acomodo. Mi madre sufr&#237;a adem&#225;s sabiendo que viv&#237;a en una situaci&#243;n incompatible con sus creencias religiosas. Segu&#237;a asistiendo a misa, pero permanec&#237;a alejada de los sacramentos. Al final, entre una cosa y la otra, perdi&#243; el juicio. Ahora mi hermana y yo aborrec&#237;amos al se&#241;or Luna, pero esper&#225;bamos su presencia con verdadera ilusi&#243;n, porque mam&#225; s&#243;lo recobraba la cordura en su presencia. El resto del tiempo cre&#237;a ser Santa Mar&#237;a Egipciaca. Ya no se cortaba, lavaba ni peinaba el cabello, que le llegaba a las rodillas, y en varias ocasiones tuvimos que impedir que saliera de casa en cueros vivos, provista de un cayado, con intenci&#243;n de dirigirse a pie a Tierra Santa. M&#225;s tarde le entr&#243; la man&#237;a, por lo dem&#225;s muy com&#250;n, de que algunas emisoras de televisi&#243;n utilizaban su imagen con fines innobles. Entonces enviaba cartas amenazadoras a los estudios diciendo que tal d&#237;a a tal o cual hora hab&#237;an emitido un programa de variedades en el que sal&#237;a ella practicando el coito con alg&#250;n animal, cosa que ella nunca hab&#237;a hecho ni se propon&#237;a hacer, con la salvedad de las cosas que deb&#237;a hacer de cuando en cuando con el se&#241;or Luna por mor de la supervivencia; de esto &#250;ltimo, a&#241;ad&#237;a, bien sab&#237;a que deb&#237;a rendir cuentas a Dios, pero no ve&#237;a raz&#243;n alguna para rend&#237;rselas tambi&#233;n a los televidentes; por ello, conclu&#237;a diciendo, esperaba recibir de la emisora correspondiente una disculpa escrita y una indemnizaci&#243;n que pod&#237;a ascender, seg&#250;n su estado de &#225;nimo, a cientos de miles de d&#243;lares. Estas cartas, huelga decirlo, jam&#225;s tuvieron respuesta ni consecuencia, siendo habitual una correspondencia abundante de este tipo en todos los estudios de televisi&#243;n del mundo, lo que no imped&#237;a que a nosotros nos produjeran una desaz&#243;n constante, de la que, por supuesto, no pod&#237;amos hacer part&#237;cipe al se&#241;or Luna. &#201;ste, por lo dem&#225;s, hab&#237;a acabado adapt&#225;ndose a la rutina de aquella familia suplementaria hasta tal punto que, llevado de su desinter&#233;s, no advert&#237;a que ahora mam&#225; andaba arrastrando las gre&#241;as por la alfombra, que a menudo no llevaba otra prenda que una piel sin curtir o un pedazo de arpillera arrollado a las caderas y que, desde hac&#237;a meses, le llamaba Z&#243;simo y le daba tratamiento de obispo.

Cuando aquella situaci&#243;n empez&#243; a hacerse insostenible, mi hermana, que era algo mayor que yo, consigui&#243; atrapar a un incauto adinerado. No s&#233; de d&#243;nde lo sac&#243;, porque el c&#237;rculo social en el que nos mov&#237;amos era &#237;nfimo, ni c&#243;mo lo hizo, porque mi hermana nunca fue guapa ni particularmente simp&#225;tica. Por supuesto, &#233;l tambi&#233;n estaba casado, pero mi hermana debi&#243; de sorberle el seso, porque se divorci&#243; para casarse con ella. Mam&#225; se resinti&#243; mucho de este desenlace: cre&#237;a habernos inculcado una formaci&#243;n cat&#243;lica s&#243;lida y ahora ve&#237;a casarse su hija con un protestante divorciado. Aquella boda agrav&#243; su mal. Por este motivo y otros varios, mi hermana y su marido, apenas casados, decidieron, con muy buen criterio, cambiar de aires y &#233;l, que ten&#237;a un cargo de cierta importancia en una empresa multinacional, consigui&#243; que lo destinaran a Inglaterra. La despedida fue dolorosa. La noche anterior a su partida, mi hermana vino a casa. Cuando estuvimos a solas ella y yo, me ech&#243; los brazos al cuello y se puso a llorar: era obvio que se hab&#237;a casado con aquel pendejo para huir de casa y que ahora, ante los hechos consumados, se arrepend&#237;a de haber dado un paso tan trascendental. Ven con nosotros, Charlie, me rog&#243;.

Yo le dije que no sin dar ninguna explicaci&#243;n a mi negativa. Si le hubiese dicho que consideraba mi deber permanecer all&#237;, al lado de mam&#225;, ella lo habr&#237;a interpretado como un reproche, y no lo era. Adem&#225;s, por lo que a m&#237; respecta, decir eso habr&#237;a sido mentir: yo tambi&#233;n esperaba la oportunidad de huir de casa. Si no me val&#237; de aqu&#233;lla fue porque no me gustaba, sencillamente.

Viv&#237;amos en un barrio suburbial -continu&#243; diciendo Charlie-, en una casita humilde, de dos plantas y un peque&#241;o jard&#237;n del que nadie se hab&#237;a ocupado jam&#225;s y que, por consiguiente, hab&#237;a ido convirti&#233;ndose en una mezcla de selva y vertedero. Transcurridos dos meses de la marcha de mi hermana, mam&#225; se fue a vivir al jard&#237;n. Con cuatro trastos se construy&#243; all&#237; una caba&#241;a y se pertrech&#243; de un crucifijo de palo, una calavera adquirida Dios sabe d&#243;nde y un devocionario. Se alimentaba de ra&#237;ces e insectos y hac&#237;a penitencia. El se&#241;or Luna y yo no sab&#237;amos qu&#233; hacer; le llev&#225;bamos comida y ropa y las rechazaba con tanta suavidad como firmeza; tendimos un cable el&#233;ctrico desde la casa hasta la caba&#241;a para que pudiera enchufar una estufa, un hornillo o un televisor, pero no quiso saber nada de todo aquello. Muy espaciadamente se aven&#237;a a hablar con el se&#241;or Luna o conmigo. As&#237; pasaron casi dos a&#241;os. Los inviernos eran riguros&#237;simos y muchas ma&#241;anas acud&#237;a a verla con el temor de encontrarla muerta de fr&#237;o o de inanici&#243;n, pero la verdad es que parec&#237;a gozar de una salud excelente; hab&#237;a adelgazado hasta quedar escu&#225;lida, pero nunca enferm&#243; ni la o&#237; quejarse. Tampoco parec&#237;a aburrirse. Un d&#237;a me cont&#243; que estaba tratando de hacer un milagro, no por presunci&#243;n, pues no aspiraba a que nadie se enterase de ello, sino como prueba de que Dios hab&#237;a perdonado sus faltas y le hab&#237;a otorgado Sus favores. Hab&#237;a clasificado los milagros, seg&#250;n me dijo, en cuatro grandes categor&#237;as o grados ascendentes. Ahora se propon&#237;a recorrer toda la escala, empezando por lo m&#225;s elemental. La clasificaci&#243;n, que todav&#237;a recuerdo, era como sigue: 1) Desplazamiento o elevaci&#243;n de objetos peque&#241;os y curaci&#243;n de dolencias simples, como esguinces, u&#241;eros u orzuelos; 2) desplazamiento o elevaci&#243;n de objetos medianos, curaci&#243;n de enfermedades v&#237;ricas leves, transmutaci&#243;n de sustancias an&#225;logas, como agua en vino o pan en queso, o de animales de la misma especie, como moscas en abejas, y breve levitaci&#243;n; 3) desplazamiento o elevaci&#243;n de objetos grandes, transmutaci&#243;n de sustancias dis&#237;miles o de animales de distinta especie, curaci&#243;n de enfermedades graves y levitaci&#243;n prolongada; 4) traslaci&#243;n incorp&#243;rea en el tiempo o en el espacio, desplazamiento o elevaci&#243;n de inmuebles, don de lenguas, transmutaci&#243;n de seres humanos en animales o viceversa, alteraci&#243;n de accidentes geogr&#225;ficos, como mares, r&#237;os o monta&#241;as, curaci&#243;n de enfermedades terminales o cong&#233;nitas y aureola visible.

Transcurridos aquellos dos a&#241;os, recibimos una carta de mi hermana, de la que no hab&#237;amos tenido noticias desde que se hab&#237;a casado y se hab&#237;a ido a vivir a Inglaterra. Hab&#237;a enviudado de un modo ins&#243;lito: como no deseaba tener hijos, por lo menos de su marido, por el que s&#243;lo sent&#237;a rencor y desprecio, hab&#237;a convencido a &#233;ste de que se sometiera a una operaci&#243;n de vasectom&#237;a, a lo que &#233;l hab&#237;a accedido, tras hacerse de rogar, y de resultas de la cual, por negligencia de los cirujanos que le intervinieron, hab&#237;a muerto en la mesa del quir&#243;fano, bajo los efectos de la anestesia, sin experimentar dolor ni angustia. Ahora mi hermana se encontraba libre de nuevo, con una pensi&#243;n respetable y con la suma con que los tribunales hab&#237;an obligado a los cirujanos a indemnizarle. A la carta adjuntaba un cheque a mi nombre. No especificaba el destino que deb&#237;a dar a aqu&#233;l dinero, pero record&#233; nuestra despedida y entend&#237; que aquel cheque no era el inicio de unas remesas peri&#243;dicas, sino la oportunidad &#250;nica que yo hab&#237;a estado aguardando. Ten&#237;a entonces veinte a&#241;os. Le dije al se&#241;or Luna que me iba, le confi&#233; el cuidado de mam&#225; y cog&#237; el primer autob&#250;s, camino de Nueva York. &#191;Conoce usted Nueva York?

S&#237; -dijo F&#225;bregas.

Yo viv&#237; all&#225; cuatro a&#241;os -dijo Charlie-. Entonces Nueva York era una ciudad dura, exigente, pero generosa. No s&#233; si habr&#225; cambiado. Tuve que luchar, trabajar y tolerar mucho, pero sobreviv&#237; sin pasar nunca hambre, aunque s&#237; estrecheces. Desempe&#241;&#233; varios oficios ocasionales, como el de portero de cine, que ya he dicho, y sobre todo el de taxista, al que recurr&#237;a cuando no hab&#237;a otros menos arduos y peligrosos a mi alcance. Llevaba una vida desordenada y disoluta, que entonces juzgaba reprobable y hoy a&#241;oro. Finalmente me entr&#243; la man&#237;a de cambiar de vida: pensaba que, de seguir como estaba, hab&#237;a de acabar mal.

En el &#250;ltimo a&#241;o hab&#237;a conseguido acumular algunos ahorros, con los que viaj&#233; a Europa, donde en aquella &#233;poca quien dispusiera de d&#243;lares a&#250;n pod&#237;a pasar por persona acaudalada y vivir bien. Antes de enloquecer mam&#225; sol&#237;a contarnos que descend&#237;amos de un c&#233;lebre pintor veneciano, cuyas obras todav&#237;a adornaban, seg&#250;n nos dec&#237;a ella, los salones del Palacio ducal. Este relato hab&#237;a inflamado mi imaginaci&#243;n, por lo que vine aqu&#237; antes que a ning&#250;n otro sitio. Conoc&#237; a poco de llegar a la que hoy es mi esposa y todav&#237;a sigo aqu&#237;, como usted ve. Ahora recuerdo a veces con nostalgia los Estados Unidos, a donde no he vuelto desde entonces. Incluso de aquellos a&#241;os terribles de mi ni&#241;ez conservo alg&#250;n recuerdo grato &#161;Hola!, &#191;se puede saber qu&#233; demonios pasa hoy en esta casa embrujada?



VII

La exclamaci&#243;n que antecede ven&#237;a motivada por un apag&#243;n, que acababa de dejarlos en la tiniebla m&#225;s absoluta.

Ea, no se mueva usted, que yo tratar&#233; de abrir los postigos para dejar pasar la luz del d&#237;a -dijo Charlie.

F&#225;bregas oy&#243; sus pasos vacilantes, alg&#250;n que otro traspi&#233;s y mucho mascullar improperios contra aquel palacio y sus inconvenientes. Finalmente los postigos fueron separados con gran violencia de sus marcos, donde los hab&#237;a encajado firmemente el desuso, y la estancia qued&#243; ba&#241;ada por la claridad proveniente del exterior que filtraban los cristales. Las campanas de una iglesia vecina anunciaban la hora del avemar&#237;a en aquel mismo momento. La luz crepuscular apenas tra&#237;a fuerzas para vencer la suciedad que esmerilaba los cristales. Luego, una vez en la sala, aquella luz mortecina parec&#237;a dejarse llevar por el polvo que flotaba en el aire. Por esta causa all&#237; todo parec&#237;a decr&#233;pito y espectral.

Siempre ocurre este fen&#243;meno desagradable cuando ponen a funcionar la lavadora y la plancha al mismo tiempo -explic&#243; Charlie mientras se arreglaba precipitadamente el pantal&#243;n del pijama, por cuya abertura frontal, de resultas del esfuerzo que hab&#237;a realizado al tironear de los postigos, se le hab&#237;a salido la titola- &#161;y eso que se lo tengo dicho mil veces! Pero &#191;se cree usted que aqu&#237; alguien me hace caso?

F&#225;bregas aprovechaba la ocasi&#243;n para examinar el lugar en el que se encontraban. Aquella pieza, que Charlie hab&#237;a llamado sala de recepciones, parec&#237;a tener forma circular a simple vista: en realidad su planta era un oct&#243;gono en el que se alternaban lienzos de pared estrechos, cubiertos de espejos desde el z&#243;calo hasta el plaf&#243;n de una cornisa situada a media altura, con otros m&#225;s anchos, en los que se abr&#237;an puerta y ventanas o estaban tapizados de damasco oscuro y a lo largo de los cuales corr&#237;a un sof&#225; de madera dorada y terciopelo verde. A partir de la cornisa, los ocho lienzos perd&#237;an sus v&#233;rtices y se confund&#237;an en una b&#243;veda de madera artesonada. Por supuesto, la madera de la b&#243;veda se hab&#237;a desprendido en varios puntos, formando abultamientos, o se hab&#237;a abierto por efecto del calor o de la humedad y ahora presentaba horribles heridas erizadas de astillas; la tapicer&#237;a de las paredes ya no era m&#225;s que unos amasijos de harapos e hilachas, que recordaban los sudarios de algunas momias, y a trav&#233;s de los cuales se ve&#237;an fragmentos irregulares de pared desconchada y enmohecida; el sof&#225; hab&#237;a perdido m&#225;s de la mitad de las patas y brazos y por las tajadas que el tiempo y la desidia hab&#237;an hecho en el terciopelo asomaban muelles oxidados y manojos de la borra y la paja que rellenaban los cojines; los espejos estaban desportillados y sin azogue; all&#237; donde exist&#237;a un &#225;ngulo las ara&#241;as hab&#237;an acumulado telas de un di&#225;metro y espesor incre&#237;bles; donde antes hab&#237;a habido l&#225;mparas y candelabros ahora hab&#237;a &#250;nicamente ganchos y clavos, cables cortados y trozos de bronce o hierro rotos y torcidos, como si antes de entrar en decadencia aquel sal&#243;n hubiera sido objeto de saqueo. En todas partes reinaba un olor penetrante a gato y a meados antiguos.

Vea usted -dijo de pronto Charlie, que hab&#237;a guardado un rato de silencio para que su hu&#233;sped pudiera examinar el lugar a su antojo-, vea usted lo que le andaba diciendo ahora mismo: &#161;qu&#233; cochambre! Pero, &#161;chit&#243;n! -agreg&#243; llev&#225;ndose el dedo &#237;ndice a los labios-; alguien se acerca. Si fuera mi mujer -susurr&#243; al o&#237;do de F&#225;bregas, a cuyo lado se hab&#237;a colocado en dos zancadas-, no le diga que he estado despotricando del palacio: ella no debe saber lo que yo pienso.

Ambos hab&#237;an clavado la vista en la puerta, a la que se aproximaban unos pasos leves, una luz vacilante y una tos intermitente que alternaba con aspiraciones sibilantes. &#191;Qu&#233; farsa es &#233;sta?, se dijo F&#225;bregas; cuando estoy con ella, que es lo &#250;nico que me importa en el mundo, me emperr&#243; en irme, y ahora, &#191;qu&#233; hago aqu&#237;? Ante este majadero y esta enferma, &#191;qu&#233; actitud debo adoptar?, se preguntaba, &#191;qu&#233; pensar&#225;n ellos de m&#237;?, &#191;qu&#233; les habr&#225; dicho su hija?, &#191;c&#243;mo me habr&#225;n conceptuado? Ah, &#161;si al menos estuviera en un terreno conocido y no en esta ratonera de la que no puedo salir por mis propios medios! Finalmente la figura de la enferma apareci&#243; en el vano de la puerta, donde se detuvo.

Mujer, &#191;qu&#233; est&#225;s haciendo en esta parte de la casa? -le dijo Charlie precipitadamente, como si fuera importante para &#233;l haber tomado la iniciativa en aquel encuentro-. &#191;No te tiene dicho el doctor que hagas reposo?

En eso estaba -respondi&#243; ella con una voz musical, pero apenas audible-, cuando o&#237; un estr&#233;pito que me alarm&#243;: tem&#237; que hubieran entrado ladrones.

Y si efectivamente hubieran entrado, &#191;qu&#233;?, &#191;los habr&#237;as puesto en fuga con tu sola presencia? -replic&#243; Charlie en tono de fingida rega&#241;ina, como si, dirigi&#233;ndose a una persona de poco raciocinio, hubiese adoptado &#233;l mismo una actitud infantil.

Ella no aparentaba siquiera escucharlo: estudiaba atentamente a F&#225;bregas con una mezcla de inter&#233;s e iron&#237;a que incomod&#243; a &#233;ste hasta que lleg&#243; a la conclusi&#243;n de que en realidad &#233;l era el objeto del inter&#233;s y de que la iron&#237;a iba dirigida exclusivamente a Charlie, as&#237; como el pretexto inveros&#237;mil con que ella acababa de justificar su presencia all&#237;. Sin embargo, antes de que pudiera confirmar esta hip&#243;tesis, aquella expresi&#243;n hab&#237;a desaparecido de la fisonom&#237;a de la enferma. Ahora ninguna expresi&#243;n turbaba su semblante. Llevaba un salto de cama color de horchata, cuyo ruedo hab&#237;a ido dejando una huella irregular en el polvo del entarimado. Ahora solamente la ondulaci&#243;n que la corriente de aire imprim&#237;a a los pliegues de aquella prenda, los cuales, sin embargo, contagiados de la languidez de la enferma, parec&#237;an moverse con extrema lentitud y pesadumbre, y las sombras que abanicaban sus facciones conforme oscilaba la llama de la vela que sosten&#237;a a la altura del pecho alteraban su inmovilidad. Esta quietud repentina, sin embargo, no parec&#237;a producto &#250;nicamente de la debilidad o el cansancio, sino de una actitud innata o premeditada de antiguo, fruto de un &#225;nimo fr&#225;gil, pero muy firme, que ya hab&#237;a cre&#237;do detectar en su hija, pens&#243; F&#225;bregas. En realidad s&#243;lo buscaba ansiosamente en ella un reflejo de su hija o una clave que, pudiendo ser descifrada en aqu&#233;lla, le permitiera luego interpretar correctamente algunos aspectos desconcertantes de &#233;sta. Sin embargo, no tard&#243; en abandonar esta intenci&#243;n inicial, porque siempre se hab&#237;a considerado ciego a lo que pudiera tener de revelador o de sintom&#225;tico la apariencia externa de las personas. De no ser as&#237;, otro gallo me habr&#237;a cantado en los negocios y en el amor, pensaba a menudo. Ahora ya no intentaba traspasar la barrera de las apariencias, que tomaba en su significado m&#225;s elemental: as&#237; dispon&#237;a, cuando menos, de un dato cierto. De lo dem&#225;s se preven&#237;a desconfiadamente: por nada del mundo se compromet&#237;a sin disponer antes de una garant&#237;a objetiva y fehaciente.

Aquella situaci&#243;n est&#225;tica, en la que cada uno parec&#237;a aguardar la iniciativa del otro, se habr&#237;a podido prolongar de modo indefinido si Charlie no hubiera intervenido diplom&#225;ticamente.

Le estaba ense&#241;ando el palacio a nuestro visitante -dijo en tono cohibido, como de disculpa.

Al o&#237;r estas palabras, que le abr&#237;an un campo ilimitado de posibilidades, la enferma pareci&#243; cobrar vida.

Charlie ya le habr&#225; dicho sin duda que &#233;ste era el sal&#243;n de recepciones -dijo con volubilidad, abandonando el umbral y avanzando hasta el centro de la estancia con el mismo comedimiento con que lo habr&#237;a hecho si en aquel momento se hubiese estado celebrando all&#237; efectivamente una de aquellas recepciones a las que el sal&#243;n iba destinado. Este desplazamiento majestuoso produjo a F&#225;bregas la viva impresi&#243;n de una pintura que, desprendi&#233;ndose de repente del lienzo, echase a caminar imaginariamente por el espacio de los vivos. El simulacro, sin embargo, no fue suficiente para conjurar otros fantasmas; por el contrario, la presencia de la enferma all&#237; hac&#237;a todav&#237;a m&#225;s patente la vacuidad y el estado catastr&#243;fico de la estancia.

No vea usted la de saraos que se habr&#225;n celebrado aqu&#237; -dijo la efigie en un tono mundano, pero sin perder la suavidad de la voz y los modos- ni la de cosas que podr&#237;an contarnos estos espejos si supieran hablar. El siglo XVIII &#161;menudo siglo!

Ya le he explicado -intervino Charlie, siendo al punto fulminado por los ojos tranquilos de la enferma- que ahora tenemos esta parte del palacio un poco abandonada.

Todo palacio requiere una restauraci&#243;n constante y unos cuidados que nosotros, por desgracia, no podemos sufragar como deber&#237;amos -dijo ella-. S&#243;lo muy de cuando en cuando

Para m&#237; todo esto tiene un gran inter&#233;s -dijo F&#225;bregas.

Venga, entonces; aprovechemos la poca luz que nos queda todav&#237;a -dijo ella. Y, dirigi&#233;ndose a su marido-: Charlie, cari&#241;o, s&#233; un &#225;ngel: adel&#225;ntate y ve abriendo los postigos para que veamos.

Apag&#243; la vela de un soplo y se la dio a su marido. Cuando &#233;ste se hubo hecho cargo de la vela, la enferma ofreci&#243; su brazo a F&#225;bregas e inici&#243; una marcha lenta hacia la oscuridad. Charlie les preced&#237;a abriendo y cerrando postigos y levantando a su paso nubes de polvo que luego permanec&#237;a suspendido en el aire, como embebido de la luz acaramelada del atardecer. As&#237; fueron recorriendo, sin detenerse en ninguna de ellas, estancias tan desmanteladas y tristes como la que acababan de dejar atr&#225;s. En todas ellas encontraron ara&#241;as, cucarachas y carcoma. Nada de todo aquello parec&#237;a afectar a la enferma, que deb&#237;a de haberse acostumbrado a ver su casa de aquel modo o que hab&#237;a sido testigo de un deterioro gradual y no se hab&#237;a percatado del estado a que hab&#237;an llegado las cosas poco a poco. Hecha ella misma un andrajo circulaba ahora por aquella desolaci&#243;n como si el palacio acabara de ser desalojado por quienes hab&#237;an vivido en &#233;l sus a&#241;os de esplendor. All&#237; donde no hab&#237;a sino mugre y soledad ella ve&#237;a un comedor, un sal&#243;n, un tocador, un ba&#241;o y, en suma, todos los aposentos de una gran mansi&#243;n como la que aquella misma sin duda tiempo atr&#225;s deb&#237;a de haber sido.

Esta parte del palacio -le iba diciendo-, como seguramente le habr&#225; contado mi marido, fue edificada en el siglo XVIII. El primer palacio, que ahora no le podemos ense&#241;ar, por estar moment&#225;neamente en obras, fue construido en el siglo XIV por un rico comerciante

Ya le he contado esta historia, mujer -dijo Charlie uni&#233;ndose a ellos en aquel punto e interrumpiendo el relato de su esposa-. Es -a&#241;adi&#243; para refrescar la memoria de F&#225;bregas- aquel navegante que le dije, el que compraba cabezas a los salvajes.

&#191;De qu&#233; cabezas hablas, Charlie? -exclam&#243; la enferma con un moh&#237;n de disgusto-. Aqu&#237; nadie ha comprado nunca una cabeza ni nada por el estilo. &#191;C&#243;mo se te ocurren estos disparates?

Vamos, vamos, no hay por qu&#233; avergonzarse de ello -replic&#243; Charlie gui&#241;ando al mismo tiempo un ojo a F&#225;bregas-. Todas las fortunas tienen or&#237;genes parecidos y nadie les hace ascos.

Platicando de este modo llegaron nuevamente al gabinete de donde un rato antes hab&#237;an salido dejando a Mar&#237;a Clara en compa&#241;&#237;a del doctor. Ahora, sin embargo, no hab&#237;a rastro de ellos all&#237;. Los &#250;ltimos rayos del sol entraban horizontalmente por las ventanas. La enferma se dej&#243; caer en una butaca y rog&#243; por se&#241;as a F&#225;bregas que ocupara el asiento contiguo a &#233;sta. Cuando &#233;l se hubo sentado, Charlie hizo lo propio, cruz&#243; las piernas, apoy&#243; el codo en la rodilla y la barbilla en la palma de la mano y adopt&#243; una actitud atenta, como si supiera que les iba a ser referida una historia cargada de inter&#233;s. La enferma entorn&#243; los p&#225;rpados, exhal&#243; dos suspiros hondos, pre&#241;ados de pena, e inici&#243; el siguiente relato.



VIII

Como le contaba -empez&#243; diciendo la enferma-, este palacio fue construido originalmente por un viajero en el siglo XIV. Luego, en el siglo XVI, arruinada la familia Pastoret al perder Venecia el monopolio comercial entre Oriente y Occidente, el palacio fue adquirido por los Roca, una familia antigua, pero sin nobleza de sangre, que se hab&#237;a enriquecido sirviendo al gobierno de la Seren&#237;sima en cargos de mucha responsabilidad.

A mediados del siglo XVIII, Giuseppe Roca, que durante muchos a&#241;os hab&#237;a desempe&#241;ado el papel de embajador de Venecia en Constantinopla, inici&#243; las obras de ampliaci&#243;n del palacio, que quedaron suspendidas a su muerte, ocurrida el a&#241;o 1763, tras una larga enfermedad. Giuseppe Roca no dej&#243; otra descendencia que una hija, a la saz&#243;n de 15 a&#241;os, llamada Cecilia, de extraordinaria belleza. Desde muy peque&#241;a Cecilia hab&#237;a mostrado una inclinaci&#243;n inequ&#237;voca a la vida piadosa y al recogimiento espiritual, por lo que nadie dudaba de que, muerto su padre, a cuyo cuidado hab&#237;a dedicado los &#250;ltimos a&#241;os de aqu&#233;l con una abnegaci&#243;n ejemplar, entrar&#237;a en religi&#243;n, y por ello todas las &#243;rdenes de Venecia, crey&#233;ndola heredera de una fortuna considerable, se disputaban su devoci&#243;n y su dote. Pero ella dejaba sin respuesta los requerimientos que se le hac&#237;an de continuo en este sentido. Siempre hab&#237;a sido tan callada que muchos pensaban que hab&#237;a hecho voto de silencio. S&#243;lo se la ve&#237;a salir de casa al despuntar el alba, cuando acud&#237;a a misa a San Pietro acompa&#241;ada de su vieja nodriza y cubierta de la cabeza a los pies por una saya oscura, &#225;spera y maloliente. En la iglesia la gente se agolpaba junto al altar, porque s&#243;lo all&#237;, cuando ella se levantaba un instante el velo para recibir la Sagrada Forma, era posible contemplar fugazmente sus facciones celestiales. Fuera de estos momentos, nadie sab&#237;a en qu&#233; ocupaba sus horas.

Una noche de invierno, cuando Cecilia estaba en su alcoba rezando las letan&#237;as de la Virgen, sonaron cinco aldabonazos en la puerta del palacio. La nodriza acudi&#243; a la llamada: en el quicio hab&#237;a un hombre embozado. Decid qui&#233;n sois y qu&#233; dese&#225;is, le conmin&#243;. Quiero hablar con la due&#241;a de la casa, respondi&#243; el embozado, id y decidle que mi nombre es Fiasco: ella me espera. No sin recelo la nodriza hizo entrar al embozado; luego avis&#243; de su presencia a Cecilia, la cual, suspendiendo al punto sus devociones, lo recibi&#243; con grandes muestras de cortes&#237;a. Aqu&#237; pod&#233;is quitaros el embozo, le dijo, nadie nos ve. Luego orden&#243; a la nodriza que los dejara a solas. Una hora m&#225;s tarde el misterioso embozado abandonaba alcoba y palacio. Temblorosa y acongojada corri&#243; la fiel nodriza a la alcoba de Cecilia, a la que encontr&#243; presa de la desesperaci&#243;n: con los pu&#241;os se azotaba los costados y con la frente golpeaba ruidosamente el travesa&#241;o del reclinatorio; el velo que le cubr&#237;a el rostro estaba empapado de las l&#225;grimas que brotaban a raudales de sus ojos preciosos. Hija de mi alma, por el amor del cielo, &#191;qu&#233; ocurre?, exclam&#243; la nodriza prorrumpiendo a su vez en llanto; di, &#191;qui&#233;n era ese hombre en cuya presencia he cre&#237;do oler a azufre?. &#161;Ay, Lisetta, qu&#233; va a ser de nosotras!, dec&#237;a la doncella abrazando a la nodriza. Por fin, a instancias de &#233;sta, se seren&#243; aqu&#233;lla y le refiri&#243; en pocas palabras la causa de su aflicci&#243;n.

Contrariamente a lo que todos supon&#237;an, micer Roca no le hab&#237;a legado al morir sino deudas, habiendo invertido en la reforma y ampliaci&#243;n del palacio el capital acumulado a lo largo de su carrera y habi&#233;ndose visto forzado m&#225;s tarde a acudir a un prestamista para subvenir a los gastos ocasionados por el tratamiento de su penos&#237;sima enfermedad. Inexorablemente hab&#237;a vencido ahora el plazo fijado para la devoluci&#243;n de aquellos pr&#233;stamos cuantiosos y Cecilia no sab&#237;a c&#243;mo hacer frente al cumplimiento cabal de sus obligaciones. Ya hab&#237;a vendido secretamente los pocos objetos de valor que pose&#237;a e incluso, al socaire de su ascetismo, toda su ropa, con excepci&#243;n de las sayas asquerosas que en esos momentos la cubr&#237;an, para costear un entierro adecuado a la categor&#237;a de su difunto padre. No le quedaba nada por vender ni parientes a quienes acudir ni amigos a quienes apelar, pues la vida retra&#237;da que hab&#237;a elegido piadosamente le hab&#237;a privado de hacer amistad con nadie; estaba sola en el mundo, a merced de un usurero sin entra&#241;as. Con s&#250;plicas y pla&#241;idos hab&#237;a conseguido enternecer un poco su coraz&#243;n de piedra y arrancarle una pr&#243;rroga brev&#237;sima, transcurrida la cual, de no mediar un milagro, aguardaba la deshonra.

Despu&#233;s de o&#237;r este relato, la fiel nodriza medit&#243; unos instantes y luego dijo: &#191;Y no podr&#237;amos vender el palacio, pagar las deudas con el producto de la venta y tomar despu&#233;s los h&#225;bitos? &#161;Eso jam&#225;s!, exclam&#243; Cecilia resta&#241;&#225;ndose las l&#225;grimas con la bocamanga. Al ver aquel cambio brusco y advertir la firmeza con que su sugerencia hab&#237;a sido recusada, la anciana Lisetta volvi&#243; a temblar. Hija, &#191;qu&#233; te propones?, pregunt&#243;. El nuevo plazo vence dentro de una semana, dijo Cecilia; rezar&#233; y me mortificar&#233; y Dios me ayudar&#225;. &#191;Y si Dios, en Su Divina Sabidur&#237;a, te niega Su ayuda?, pregunt&#243; la nodriza. Entonces recabar&#233; Su perd&#243;n por lo que habr&#233; de hacer para reunir la suma que se me exige, dijo la doncella.

Un acceso de tos interrumpi&#243; aqu&#237; el relato de la enferma. Cuando hubo remitido, se llev&#243; un pa&#241;uelo a los labios, mir&#243; a F&#225;bregas tiernamente y le dirigi&#243; una sonrisa exculpatoria. &#161;Qu&#233; comedianta!, pens&#243; &#233;l. La enferma agit&#243; el pa&#241;uelo en direcci&#243;n a su marido.

Charlie, amor, &#191;por qu&#233; no enciendes alguna l&#225;mpara? Con esta oscuridad ya no veo la cara de nuestro invitado -dijo.

Sin hacerse de rogar, Charlie corri&#243; a prender una luz de muy poca potencia y regres&#243; luego a su silla, donde adopt&#243; nuevamente la actitud embelesada con que hab&#237;a seguido la primera parte del relato que ahora la enferma se dispon&#237;a a proseguir.

Por aquellas fechas -sigui&#243; diciendo-, se celebraba en Venecia el legendario carnaval, que, como usted sabr&#225; sin duda, empezaba en la festividad de San Esteban y se prolongaba hasta el primer d&#237;a de la Cuaresma. Durante esos meses toda actividad productiva quedaba postergada; las calles y plazas eran guarnecidas de adornos; las embarcaciones eran pintadas y ornamentadas para convertirlas en alegor&#237;as pobladas de sirenas, tritones y monstruos marinos; todos los d&#237;as hab&#237;a desfiles, bailes y mascaradas, y por doquier reinaban la confusi&#243;n y el desenfreno. Como es l&#243;gico, mientras duraban estos festejos imp&#237;os, las personas decentes no osaban salir de sus casas ni dejarse ver.

Aquel a&#241;o hab&#237;an ca&#237;do sobre la ciudad fuertes nevadas y el fr&#237;o era intenso. Por esta raz&#243;n la comparsa hab&#237;a optado atinadamente por disfraces c&#225;lidos, como el de oso, gallina, arc&#225;ngel, borrego o espantajo, y dejando para m&#225;s entrado el a&#241;o los atav&#237;os b&#237;blicos y mitol&#243;gicos, m&#225;s vistosos, pero m&#225;s expuestos por su naturaleza y representaci&#243;n a los agentes atmosf&#233;ricos. De ah&#237; que aquel d&#237;a la multitud que se agolpaba al paso de las carrozas quedara at&#243;nita al ver en una de ellas el cuerpo escultural que una mujer, pues un leve cendal que ondeaba al viento no ocultaba a las miradas ninguno de sus atributos, exhib&#237;a con doble atrevimiento. Ni siquiera en esta ciudad de vicio y liviandad, obsesionada por el culto enfermizo a la belleza hab&#237;an sido vistas unas formas tan perfectas como las que ahora les era dado contemplar. Un silencio sepulcral rodeaba el paso de aquella diosa cuya blancura sin m&#225;cula s&#243;lo alteraba el lustre dorado de su vello primerizo y el p&#225;lido roset&#243;n que coronaba sus senos. Por m&#225;s que todos se hac&#237;an c&#225;balas, nadie, ni siquiera el tristemente c&#233;lebreseigneur de Seingalt, el corrupto y despiadado Giacomo Casanova, presente en Venecia, de quien se dec&#237;a que pod&#237;a reconocer cualquier hembra de Europa con s&#243;lo serle mostrado un fragmento o extremidad de ella, acertaba a barruntar la identidad de aquella diosa, cuya cabeza envolv&#237;a una caperuza de terciopelo negro sujeta por una gargantilla de perlas al cuello de alabastro. Pero m&#225;s a&#250;n que el secreto de su persona conturbaba en aquellos momentos el &#225;nimo de los venecianos, pese a estar habituados a que a&#241;o tras a&#241;o acudieran al carnaval meretrices y sarasas de todo el mundo, la insolencia con que la diosa pregonaba sus intenciones por medio de un letrero colgado de la parte posterior de la carroza, cuya leyenda, pintada en letra grande y clara, dec&#237;a as&#237;: Estoy en venta. Quien quiera saber m&#225;s, acuda al anochecer a la taberna de San Cosme. Poco pod&#237;a sospechar aquel p&#250;blico salaz y malpensado que oculta por la tela tupida y asfixiante de la bolsa que velaba el rostro a su curiosidad la diosa segu&#237;a desgranando las letan&#237;as que la noche anterior hab&#237;a interrumpido el usurero con su llegada y que, como las im&#225;genes sacras de las procesiones, sobre cuya serena majestad ahora trataba ella de modelar su porte, se sent&#237;a protegida de las miradas lascivas, que notaba en la piel como aguijones, por el manto invisible de la virtud.

&#191;Har&#225; falta decir que a la hora indicada en el reclamo m&#225;s de cien cr&#225;pulas bizarramente disfrazados dilucidaban en la taberna de San Cosme a estocadas y pistoletazos qui&#233;n de entre ellos hab&#237;a de merecer para s&#237; el galard&#243;n que aqu&#233;l promet&#237;a? Malas consecuencias habr&#237;a tenido para la ciudad el suceso si finalmente no hubiera comparecido en la taberna una anciana de aspecto bondadoso, aunque no exento de astucia, la cual, ateni&#233;ndose, seg&#250;n explic&#243; a la concurrencia, a instrucciones muy precisas de su due&#241;a, seleccion&#243; al ganador de aquella puja. El precio es alto, le advirti&#243;. El elegido arroj&#243; sobre el mostrador de la taberna un talego repleto de monedas con una mueca jactanciosa que ocult&#243; la careta de raposa con que celaba sus rasgos. Hay otra condici&#243;n, dijo la vieja despu&#233;s de haber sopesado el talego. Veamos de qu&#233; se trata, dijo el gentilhombre agraciado en la elecci&#243;n. No hab&#233;is de hacer preguntas, dijo la vieja. Eso es de rigor, dijo &#233;l. Tambi&#233;n ten&#233;is que venir a donde yo os lleve, dijo ella. A la boca del averno, si es preciso, dijo &#233;l. Con los ojos vendados, a&#241;adi&#243; la alcahueta. Eso es mucho pedir, respondi&#243; el terne acariciando su daga, pero conf&#237;o en vos. Una g&#243;ndola los deposit&#243; ante una portezuela que se abri&#243; sigilosamente a su paso. Introducido en palacio, el gentilhombre fue conducido por c&#225;maras, pasillos y vericuetos a una estancia caldeada. Un perfume denso le aturd&#237;a. Oy&#243; una voz femenina, tan dulce como el perfume, que le dec&#237;a: Pod&#233;is mirar. El gentilhombre se arranc&#243; la venda: recostada sobre cojines de seda bordada en oro, que su padre hab&#237;a tra&#237;do como recuerdo de su estancia en Constantinopla, estaba la diosa, desnuda como &#233;l la hab&#237;a visto aquel mismo d&#237;a en el desfile, con la cabeza todav&#237;a envuelta en aquella tela negra que ahora, frente a frente y a solas, le infund&#237;a espanto. &#191;Qui&#233;n sois?, pregunt&#243; olvidando la promesa que le hab&#237;a arrancado la vieja en la taberna. Hab&#233;is pagado por gozar, no por saber, le respondi&#243; la diosa; todo lo que ten&#233;is a la vista es vuestro; lo que no veis, s&#243;lo me pertenece a m&#237;. Si el trato no os satisface, os ser&#225; devuelto el dinero y podr&#233;is marcharos. El trato es justo, dijo el gentilhombre tras un instante de titubeo, obnubilado por lo que contemplaban sus ojos y lo que prefiguraba su imaginaci&#243;n. Permitidme a cambio que conserve mi careta, dijo. Ella indic&#243; su aquiescencia con un gesto y &#233;l empez&#243; a desnudarse, pero a media operaci&#243;n se sinti&#243; de nuevo amedrentado por el misterio que rodeaba la aventara y se detuvo. &#191;Y si en realidad esta funda ocultara un rostro monstruoso, horripilante?, dijo de pronto, incapaz de silenciar la raz&#243;n de su zozobra. Eso, dijo la diosa, no lo sabr&#233;is jam&#225;s: as&#237; me hab&#233;is deseado y as&#237; me tendr&#233;is; en cuanto a mi cara, ser&#225; hermosa o fea seg&#250;n sea de generosa o mezquina vuestra fantas&#237;a. Veo que ten&#233;is una respuesta discreta a cada cuesti&#243;n, dijo el gentilhombre en un tono desabrido que hizo ver a la doncella la conveniencia de no mostrarse sensata ni aguda en demas&#237;a en semejantes circunstancias. Call&#243;, pues, la r&#233;plica que habr&#237;a podido dar al gentilhombre y, recurriendo de nuevo a la imaginer&#237;a piadosa, a cuya contemplaci&#243;n hab&#237;a dedicado tantas horas, adopt&#243; la actitud callada y sumisa aprendida en los retablos de la Anunciaci&#243;n. Al verla as&#237;, voluptuosa y a su merced, se disiparon los &#250;ltimos vestigios de recelo del gentilhombre, que acab&#243; de desnudarse a toda prisa. A trav&#233;s de unos agujeros practicados en la caperuza, la doncella miraba y no daba cr&#233;dito a sus ojos: nunca hasta aquel momento el azar le hab&#237;a despejado el enigma de la anatom&#237;a masculina ni su pudor le hab&#237;a permitido hacer siquiera conjeturas al respecto. Ahora, viendo a una distancia tan escasa el formidable mostrenco que le iba destinado, no pudo reprimir un gemido y un estremecimiento que no pasaron desapercibidos a la atenci&#243;n del gentilhombre. &#191;Tembl&#225;is?, pregunt&#243;. De anhelo, minti&#243; ella. El gentilhombre se abalanz&#243; sobre la diosa. Al instante &#233;sta crey&#243; fenecer, pero el recuerdo de la lanzada en el costado del Se&#241;or y de los siete pu&#241;ales de la Dolorosa le ayudaron a no desvanecerse ni gritar. Cuando unos segundos m&#225;s tarde el gentilhombre se desplom&#243; a su lado, ella gate&#243; hasta un pebetero situado a prop&#243;sito en el rinc&#243;n m&#225;s oscuro de la estancia y all&#237;, mientras fing&#237;a reavivar las brasas, enjug&#243; con un pa&#241;o la sangre que le resbalaba por los muslos. Luego regres&#243; junto al gentilhombre que, tendido boca arriba en los cojines, recobraba al mismo tiempo el resuello y el br&#237;o. &#191;Se puede saber qu&#233; est&#225;is haciendo?, exclam&#243; la doncella sorprendida. &#161;Deteneos de inmediato! &#191;No o&#237;s? Ya canta el gallo: vest&#237;os y partid. &#161;C&#243;mo! &#191;partir ahora?, gimi&#243; el gentilhombre; pues, &#191;ser&#233;is capaz de dejarme as&#237;: por dos motivos sobre ascuas?. &#191;Tanto os ha gustado?, pregunt&#243; ella con verdadera curiosidad. El gentilhombre malentendi&#243; la pregunta. &#161;Ah, exclam&#243; incorpor&#225;ndose a medias en el lecho de cojines, sois a la vez tierna y cortesana; vuestro cuerpo enloquece y apacigua, vuestra piel enciende y acaricia como los rayos del sol en primavera y exhal&#225;is el perfume de las flores que encierran en su c&#225;liz el m&#225;s delicioso n&#233;ctar. &#191;Gustarme, dec&#237;s? &#161;Por mi vida que todas las culifrescas de Venecia juntas no valen ni la mitad que vos! Pero todo esto de sobra lo sab&#233;is. La doncella lanz&#243; un suspiro de alivio. No, no lo sab&#237;a; la verdad es que &#233;sta ha sido la primera vez, dijo, pero guardadme el secreto y siempre ser&#233;is bien recibido en esta casa. Y ahora, por cortes&#237;a, vest&#237;os y dejad que os anude de nuevo la venda de los ojos: estoy terriblemente cansada. Cuando el gentilhombre hubo partido, la nodriza ayud&#243; a la doncella a despojarse de la caperuza. &#191;C&#243;mo te encuentras, pobre hija m&#237;a?, le pregunt&#243;. La doncella se restreg&#243; los ojos y bostez&#243;. &#191;Sabes una cosa, Lisetta?, le dijo, me parece que no lo hemos hecho nada mal. &#191;Has contado las monedas que hab&#237;a en el talego?. Con cinco como &#233;ste se saldar&#237;a la deuda, respondi&#243; la vieja. Se saldar&#225;, Lisetta, se saldar&#225;, dijo la diosa en voz baja, como si en realidad hablara &#250;nicamente para s&#237;. Luego, reteniendo por la manga a la nodriza, que se dispon&#237;a a abandonar la estancia, &#191;Lo viste sin careta en la taberna?, pregunt&#243; con la voz alterada, &#191;lo identificaste por su porte o su vestuario?, &#191;dijo algo revelador mientras ven&#237;ais?, &#191;ser&#237;as capaz de reconocerlo si lo volvieras a ver?, &#191;te fijaste en la expresi&#243;n de sus ojos? &#161;Di!. La nodriza mir&#243; con perplejidad a la doncella, la cual, recobrando su habitual talante, a&#241;adi&#243; sin transici&#243;n: &#161;Bah!, no hablemos ahora de estas cosas. Ve y prep&#225;rame la tinaja: necesito ba&#241;arme y si no nos apresuramos, llegaremos tarde a misa.



IX

Ay, disculpe usted -exclam&#243; la enferma en aquel punto haciendo un alto en el relato-, me cansa hablar tanto rato seguido. No tengo la costumbre, &#191;sabe?; apenas recibimos y yo nunca salgo de casa, por mi mala salud Todo me cansa al cabo de un rato: hablar, leer, ver la tele; tambi&#233;n estar de pie, estar sentada, estar echada: cualquier postura que adopto se acaba convirtiendo en un verdadero tormento Charlie, cielito, &#191;qu&#233; hora es? -a&#241;adi&#243; dirigi&#233;ndose a su marido.

Las siete treinta, querida -respondi&#243; &#233;ste.

Ay, Charlie, &#161;las siete treinta! &#191;No podr&#237;as decir las siete y media, como se ha dicho siempre? Las siete treinta s&#243;lo lo dicen las personas ordinarias, que llevan relojes digitales. Las siete treinta, las veintiuna cincuenta y dos &#161;qu&#233; horror!

Pues no veo yo qu&#233; tienen de malo los relojes digitales -replic&#243; Charlie con firmeza, pero sin acritud-. A m&#237; me gusta saber la hora exacta. Y odio los relojes antiguos, que siempre atrasan, cuando no se paran. Esta casa est&#225; llena de relojes antiguos y nunca hay modo de saber qu&#233; hora es. No s&#233; si ser&#225;n m&#225;s elegantes que los otros, pero si yo no me ocupara de darles cuerda y de andar subiendo y bajando las pesas, como si orde&#241;ara una vaca, &#191;sabes para qu&#233; servir&#237;an? Para acumular polvo y para nada m&#225;s. Odio los relojes antiguos y odio las cosas antiguas en general.

Ay, Charlie, &#161;eres tan tonto! -dijo la enferma con voz desmayada. Y luego, con la misma entonaci&#243;n, dirigi&#233;ndose a F&#225;bregas, agreg&#243;-: Por supuesto, se quedar&#225; usted a cenar.

&#161;C&#243;mo! &#191;A cenar? -dijo &#233;l. Hac&#237;a dos horas que estaba saliendo de aquella casa.

Ya s&#233; que la hora le parecer&#225; absurda, sobre todo siendo usted espa&#241;ol -dijo la enferma-. Nunca he estado en Espa&#241;a, pero s&#233; que all&#237; tienen por costumbre cenar alrededor de la medianoche. Y seg&#250;n me cuentan, esta costumbre se va extendiendo por todas partes; pero nosotros seguimos aferrados al horario tradicional europeo. Si no le importa, por una vez, adaptarse a nuestras costumbres

Por Dios, no es eso, cr&#233;ame -se apresur&#243; a decir.

En tal caso, no hay m&#225;s que hablar: se queda usted -dijo la enferma en un tono afectadamente triunfal.

F&#225;bregas asinti&#243; y luego se deshizo en disculpas por las molestias que estaba causando y en muestras de gratitud.

Ah, no espere usted grandes maravillas de nuestra mesa. Somos personas de gustos sencillos y desgraciadamente no sab&#237;amos que &#237;bamos a contar con el placer de su presencia -dijo la enferma.

No se preocupe usted por ello en lo m&#225;s m&#237;nimo. Estoy seguro de que me encantar&#225; lo que me den. En cambio, tiene que prometerme que acabar&#225; de contarme la historia que ha dejado en suspenso hace un momento.

&#161;Pill&#237;n! -dijo la enferma.

Mientras hablaban, Charlie hab&#237;a estado repicando con una campanilla de metal muy deslucido, de resultas de lo cual y casi inmediatamente, como si hubiera estado todo el tiempo junto a la puerta esperando ser llamada, compareci&#243; la misma sirvienta que aquella tarde hab&#237;a abierto la puerta del palacio a F&#225;bregas a su llegada. Con ella penetr&#243; tambi&#233;n en el gabinete el vaho que desprenden las patatas en ebullici&#243;n. La enferma le pregunt&#243; si estaba lista la cena y, habiendo recibido esta pregunta una respuesta afirmativa, aunque no del todo exenta de reserva, dispuso que fuera a&#241;adido un plato a la mesa.

El se&#241;or se quedar&#225; a cenar -dijo se&#241;alando a F&#225;bregas.

La sirvienta volvi&#243; a mirarlo con curiosidad, como hab&#237;a hecho antes, al verlo por primera vez. F&#225;bregas advirti&#243; que la sirvienta s&#243;lo se fijaba en &#233;l cuando alguien le se&#241;alaba su presencia. A cualquier cosa le llaman cena, parec&#237;a decir ahora la sirvienta con su mirada.

Espero que haya comida suficiente para uno m&#225;s -dijo la se&#241;ora.

S&#237; habr&#225; -dijo la sirvienta-, porque la se&#241;orita Mar&#237;a Clara no viene a cenar.

Esta respuesta dej&#243; at&#243;nito a F&#225;bregas, que no hab&#237;a aceptado aquella invitaci&#243;n tan embarazosa y poco atractiva por otra raz&#243;n que la de volver a verla con certeza.

Tendr&#225; usted que disculparla -dijo la enferma cuando la sirvienta se hubo retirado-. Mar&#237;a Clara es muy independiente, como lo son hoy en d&#237;a todas las chicas de su edad, ya sabe En fin, espero que no le importe cenar a solas con nosotros

De ning&#250;n modo -dijo.

En definitiva -dijo la enferma-, esta circunstancia nos permitir&#225; seguir adelante con la historia de nuestra antepasada. Hay cosas que prefiero no contar delante de Mar&#237;a Clara. En esto tambi&#233;n somos chapados a la antigua, Charlie y yo. Es posible que hoy por hoy la vida no guarde ya secretos para una mujer joven y soltera, como suced&#237;a antes; seguramente la televisi&#243;n y el cine les han ido revelando espont&#225;neamente aquellos misterios que tanto nos atormentaban en mis tiempos y que s&#243;lo la vida, dolorosamente y con cuentagotas, no lo s&#233;. S&#243;lo s&#233; que en mi propia casa prefiero mantener el car&#225;cter reservado de algunas cosas. Yo misma no tuve un conocimiento cabal de esta historia hasta que me hube casado con Charlie. Antes de eso hab&#237;a o&#237;do hablar de ella, por supuesto. En aquellos a&#241;os, cuando a&#250;n viv&#237;a mi padre, recib&#237;amos con mucha frecuencia y era inevitable que yo, que entonces ten&#237;a una curiosidad muy viva y gustaba de pulular entre los invitados, fuera sacando conclusiones de comentarios y fragmentos de conversaci&#243;n cazados al vuelo, aqu&#237; y all&#225;, en el transcurso de aquellas veladas a las que concurr&#237;a toda Venecia

Un nuevo ataque de tos oblig&#243; a la enferma a interrumpir otra vez su perorata. F&#225;bregas pens&#243;, como en ocasiones anteriores, que se trataba de una pausa artificiosa introducida para acrecentar el inter&#233;s del relato o para subrayar alg&#250;n punto de &#233;ste, pero esta vez el acceso de tos era tan prolongado y visiblemente tan doloroso para la enferma que dud&#243; de que se tratara de un golpe de efecto, como &#233;l cre&#237;a. Charlie y la sirvienta hab&#237;an salido y &#233;l se encontraba ahora sentado a solas frente a una enferma que parec&#237;a a pique de sufrir un colapso sin saber qu&#233; cosa deb&#237;a hacer desde el punto de vida m&#233;dico y social. Por no fijar su vista sin descanso en los estertores de la enferma, mir&#243; distra&#237;damente a su alrededor. Sus ojos se detuvieron en la pintura de la mujer desnuda y los &#225;ngeles que decoraba la b&#243;veda del gabinete. Ahora esta pintura, que anteriormente hab&#237;a enjuiciado con esp&#237;ritu cr&#237;tico, revest&#237;a para &#233;l un significado nuevo. Ahora pensaba que aquel tema y aquella imagen, por m&#225;s que respondieran a los usos y c&#225;nones de su &#233;poca, no eran casuales: sin duda la cortesana que entonces habitaba el palacio y cuya historia le hab&#237;a estado siendo referida unos momentos antes hab&#237;a tenido que ver con la elecci&#243;n del tema y probablemente posado para el pintor encargado de ejecutar la obra. De ser as&#237;, la pintura no deb&#237;a de haber sido realizada al inicio de sus proezas galantes, sino m&#225;s tarde, cuando ya los a&#241;os, el fastidio y la fatiga de su arte hab&#237;an dejado las huellas de su paso en aquellas carnes m&#243;rbidas y cenicientas y en aquella mirada introvertida y fr&#237;a. La sangre que hab&#237;a corrido por sus venas era la misma que ahora corr&#237;a por las venas de la enferma, pens&#243; F&#225;bregas: una sangre gastada y macilenta. Ahora &#233;l se preguntaba si la infusi&#243;n de sangre americana habr&#237;a bastado para rescatar a Mar&#237;a Clara de aquella decadencia. De esta reflexi&#243;n le sac&#243; la voz de la enferma, d&#233;bil y confusa, acompa&#241;ada de aquel silbido angustioso que parec&#237;a escapar por las fisuras de la tr&#225;quea.

Perd&#243;neme

Por favor, se&#241;ora, no se disculpe usted. &#191;Hay algo que yo pueda hacer? -dijo &#233;l.

No, no ya ha pasado no es grave no se inquiete. &#191;De qu&#233; habl&#225;bamos?

De la historia de

Los papeles escandalosos de nuestra antepasada, en efecto Siempre supe, como le dec&#237;a, que en alg&#250;n lugar de la casa estaban guardados bajo llave, protegidos por el compromiso t&#225;cito de no darlos a conocer mientras siguieran en manos de la familia. Por supuesto, no hab&#237;a un secreto absoluto al respecto; era imposible que se mantuviera entonces algo en secreto aqu&#237;, en Venecia Por eso yo hab&#237;a o&#237;do hablar Pero no me fue permitido leerlos hasta que me hube casado con Charlie Charlie, ratoncito, &#191;te acuerdas?

Charlie, que acababa de entrar en el gabinete por una puerta distinta de aquella por donde hab&#237;a salido poco antes, dirigi&#243; a su mujer una sonrisa est&#250;pida y sol&#237;cita.

S&#237;, cari&#241;o &#191;de qu&#233; tengo que acordarme? -dijo. Llevaba al brazo una chaqueta de punto desva&#237;da, de la que colgaban no pocas hilachas-. Te he o&#237;do toser y te he tra&#237;do una rebequita, no vayas a quedarte fr&#237;a con esta humedad.

Le ayud&#243; a ponerse aquella piltrafa y luego dej&#243; la mano derecha en el hombro de la enferma, que apoy&#243; un instante all&#237; la mejilla. Verdaderamente, pens&#243; F&#225;bregas al confrontar la piel de la mano del hombre con el cutis de la enferma, &#161;qu&#233; p&#225;lida est&#225;!

Le contaba a nuestro amigo -sigui&#243; diciendo ella- de cuando le&#237;mos por primera vez las memorias de nuestra antepasada, te acuerdas, &#191;verdad Charlie? Hac&#237;a poco que nos hab&#237;amos casado Una noche, despu&#233;s de cenar, mi padre nos hizo entrega del legajo con mucha prosopopeya. A ti te dirigi&#243; un gui&#241;o de complicidad y a m&#237; me dijo: ahora ya no te sorprender&#225;n estas diabluras. Yo ya te hab&#237;a puesto al corriente de lo que era aquello, pero t&#250; te deb&#237;as de haber olvidado, porque pusiste una cara muy rara y quer&#237;as abrir all&#237; mismo el legajo y empezar a leerlo en aquel momento preciso, &#191;te acuerdas?, pero pap&#225; hizo un gesto y t&#250; te quedaste paralizado, con la boca abierta, m&#225;s rojo que un pimiento, mirando a pap&#225;. Estas cosas hay que leerlas en el dormitorio, dijo pap&#225; y yo cog&#237; el legajo con una mano y con la otra cog&#237; la tuya y te arrastr&#233; al dormitorio. T&#250; te resist&#237;as, porque a&#250;n no hab&#237;as entendido nada; todav&#237;a eras muy americano para captar la elegancia y la desenvoltura de la vieja Europa, &#191;verdad, Charlie?

&#161;C&#243;mo!, &#191;otra vez albondiguillas? -exclam&#243; Charlie en aquel instante, viendo entrar en el gabinete a la sirvienta con un puchero humeante cuyo contenido mostr&#243; a la enferma desde cierta distancia, como si temiera que &#233;sta pudiera lanzar un zarpazo al condumio, pero en realidad para evitar que la vaharada espesa y pestilente que sal&#237;a del puchero y se esparc&#237;a por el aire de la estancia, sin elevarse al techo, hiriera su olfato delicado.

Se han pegado -musit&#243; la sirvienta con aire resignado, como si aquel percance fuera en realidad cosa de todos los d&#237;as y especialmente como si no esperase recibir de palabra ni de hecho soluci&#243;n al problema, como en efecto no recibi&#243;.

Con los p&#225;rpados entrecerrados la enferma le hizo se&#241;as de que se fuera; como quien aventa una mosca com&#250;n con la mano, sin parar mientes en ella, y cuando la sirvienta hubo salido y cerrado la puerta a sus espaldas, reanud&#243; sus remembranzas ajena por completo a la interrupci&#243;n de que &#233;stas hab&#237;an sido objeto.

Aquella noche nos quedamos leyendo hasta rayar el alba, Charlie, &#191;te acuerdas? S&#243;lo entonces apagamos la luz. T&#250; te levantaste a correr las cortinas que hab&#237;amos dejado abiertas para ver el reflejo de la luna en el agua del canal; cerraste el paso a los primeros rayos del sol y volviste a tientas a la cama. Ese d&#237;a no bajamos a desayunar

La enferma escondi&#243; la cara entre las manos, como si se sintiera abrumada de pronto por la verg&#252;enza de haber hecho p&#250;blico un suceso tan &#237;ntimo, y permaneci&#243; un rato con la cara cubierta, emitiendo un sonido gutural entrecortado y sacudiendo los hombros a intervalos cortos, sin que su marido ni F&#225;bregas pudieran inferir de ambas cosas si la enferma sollozaba o si era acometida nuevamente por la tos.



X

En unos platos desportillados, puestos sobre un mantel cubierto por completo de manchas y salpicaduras y tan grasiento que se adher&#237;an a &#233;l los platos y los vasos y todos los objetos que lo tocaban, campaban las alb&#243;ndigas que la sirvienta hab&#237;a conseguido salvar sin demasiado escr&#250;pulo del desastre. Una salsa marr&#243;n, espesa como la brea, las cubr&#237;a disimulando la socarrina. La servilleta que F&#225;bregas se llev&#243; a los labios ol&#237;a a leche cuajada.

No haga cumplidos y ataque sin ceremonial -le anim&#243; Charlie al advertir sus vacilaciones, que atribuy&#243; a un exceso de urbanidad-. Mire que no sobran y que el que se distraiga se queda sin repetir.

F&#225;bregas empez&#243; a subdividir las unidades que compon&#237;an su raci&#243;n con unos cubiertos mellados y pringosos. No hab&#237;a comido nada desde la noche anterior y la sola visi&#243;n de aquella bazofia le produc&#237;a arcadas. Por fortuna, como descubri&#243; en seguida, nadie le prestaba la menor atenci&#243;n: Charlie s&#243;lo ten&#237;a ojos para la comida y la enferma s&#243;lo los ten&#237;a para aqu&#233;l.

Charlie, mono, por lo que m&#225;s quieras, &#191;has de comerte las alb&#243;ndigas dentro del pan? -le dec&#237;a al ver c&#243;mo su marido vaciaba media barra de pan introduciendo la mano entera por un extremo de la barra y sac&#225;ndola por el otro extremo con la miga apretada en el pu&#241;o.

Mujer, si a m&#237; me gustan as&#237;, &#191;qu&#233; m&#225;s te da?

A m&#237; no se me da nada, Charlie, pero es una ordinariez. No s&#233; c&#243;mo tengo que dec&#237;rtelo.

As&#237; las com&#237;amos en mi casa.

Pues raz&#243;n de m&#225;s.

Mientras ellos manten&#237;an este di&#225;logo, Charlie no cesaba de dirigir a F&#225;bregas miradas de inteligencia; a veces se llevaba a la sien un dedo untado en salsa, como dando a entender a su hu&#233;sped que no todos los presentes estaban bien por igual de la cabeza. Como no hac&#237;a el menor esfuerzo por ocultar esta pantomima a los ojos de la persona objeto de ella, &#233;sta se vio en la obligaci&#243;n de defenderse de las insinuaciones de su marido.

La primera vez que traje a Charlie a cenar a casa, pap&#225; se llev&#243; una impresi&#243;n tan desfavorable de &#233;l, que en su propia presencia trat&#243; de disuadirme de que me casara con semejante bruto -dijo.

Pero aqu&#237; estoy -dijo Charlie mientras introduc&#237;a con ayuda del tenedor y los dedos una alb&#243;ndiga tras otra en el canuto de pan que acababa de confeccionar con este fin.

Pap&#225; era un caballero en la mesa, en el vestir, en los modales Nunca o&#237; de sus labios una palabra grosera, ni una frase pronunciada en mal tono o de una manera estridente o con retint&#237;n.

Mire -dijo Charlie mostr&#225;ndole un frasquito de cristal opaco-, le voy a ofrecer lo m&#225;s preciado que hay en esta casa:Barbecue devil sauce.

El nombre no me dice nada.

Pru&#233;bela y ya no podr&#225; decirlo nunca m&#225;s. Le prevengo de que es fuerte. Si toma mucha podr&#225; encender puros a eructo limpio. Ea, bromas aparte, en esta casa siempre se ha comido de maravilla. Hoy, la verdad sea dicha, la cena deja algo que desear, porque ha habido un peque&#241;o accidente. La sirvienta, ya la ha visto usted, es una mujer entrada en a&#241;os. Pierde facultades de d&#237;a en d&#237;a. Naturalmente, no la podemos despedir por esta raz&#243;n. Lleva aqu&#237; desde tiempo inmemorial. Dicen que cuando edificaron el palacio, ella ya estaba aqu&#237;; que lo fueron construyendo a su alrededor. Con esto quieren decir que es muy vieja y que lleva mucho tiempo en esta casa Bueno, no hablemos m&#225;s. &#161;A comer se ha dicho! -concluy&#243; diciendo, y a continuaci&#243;n propin&#243; un mordisco al canuto de pan con tanto br&#237;o que una alb&#243;ndiga sali&#243; disparada por el extremo opuesto y aterriz&#243; en el mantel- &#161;Diantre! -exclam&#243; Charlie sorprendido por este fen&#243;meno en plena masticaci&#243;n.

F&#225;bregas fing&#237;a comer poniendo buen cuidado en no introducir por error en la boca ni un &#225;tomo de aquella vianda espantosa. Con mucha parsimonia iba desmenuzando la parte s&#243;lida, esparci&#233;ndola por todo el plato y cubri&#233;ndola de salsa. Por este m&#233;todo lleg&#243; a formar una masa uniforme que la sirvienta retir&#243; junto con los dem&#225;s platos sin dar muestras de extra&#241;eza.

Tomaremos el caf&#233; en el gabinete -le dijo a aqu&#233;lla la enferma, dando a entender as&#237; que la cena hab&#237;a concluido.

No, no, nada de caf&#233; -ataj&#243; Charlie antes de que la sirvienta saliera a cumplir la orden que acababa de serle dada-. A ti no te conviene el caf&#233;. Ya sabes lo que te tiene dicho el m&#233;dico: el caf&#233;, ni olerlo. Si quieres, una infusi&#243;n. Yo tambi&#233;n tomar&#233; una infusi&#243;n. Temo haber abusado de la salsa picante. La verdad es que estaba todo tan bueno que no habr&#237;a sido humano resistirse a la tentaci&#243;n, &#191;no le parece?

Una cena exquisita -dijo F&#225;bregas.

Y eso no es nada. Espere a que mi mujer se ponga buena y est&#233; otra vez en condiciones de cocinar. Le har&#225; un h&#237;gado a la veneciana que no tiene parang&#243;n. &#161;Un h&#237;gado de rechupete!

Lo creo -dijo F&#225;bregas.

En el gabinete estuvieron esperando en silencio a que la sirvienta trajera las infusiones. Hab&#237;a oscurecido por completo y de la plaza ya no llegaba ning&#250;n sonido. F&#225;bregas se asom&#243; a la ventana: no se ve&#237;a un alma. En una ventana, al otro extremo de la plaza, parpadeaba el resplandor de un televisor. En aquel momento ech&#243; de menos los ruidos y las luces de la circulaci&#243;n rodada. Suspir&#243; y se alej&#243; de la ventana. La enferma le indic&#243; que se sentara a su lado. Charlie se hab&#237;a desplomado en un sill&#243;n y parec&#237;a dormir con los ojos muy abiertos, fijos en el techo.

Este gabinete, donde estamos ahora, fue en su d&#237;a la alcoba de mi c&#233;lebre antepasada la del manuscrito, ya sabe cu&#225;l digo.

S&#237; -dijo F&#225;bregas sintiendo de pronto sobre s&#237; el peso entero de aquella jornada interminable.

Aqu&#237; -prosigui&#243; diciendo la enferma en voz muy baja- recib&#237;a a sus visitantes En el manuscrito aparecen todos consignados, sin citar sus nombres ni sus cargos, por supuesto, pero con muchos detalles particulares. Por aqu&#237; pas&#243; todo el que entonces era alguien en Europa: pr&#237;ncipes, prelados, pol&#237;ticos, generales, artistas y banqueros. Los hombres m&#225;s ricos de su tiempo, o los m&#225;s atrevidos. Pero &#191;sabe qu&#233; es lo m&#225;s curioso?

S&#237; -repiti&#243; F&#225;bregas, que no prestaba atenci&#243;n a lo que o&#237;a. Ahora aquel relato, que en sus inicios le hab&#237;a suscitado cierta curiosidad, se le antojaba abyecto y grosero; experimentaba la sensaci&#243;n casi f&#237;sica de envilecerse al escucharlo y le habr&#237;a puesto fin sin dilaci&#243;n de haber sabido c&#243;mo hacerlo razonablemente.

No me ha entendido. Yo le preguntaba si sab&#237;a qu&#233; era lo m&#225;s curioso de toda aquella lista de visitantes -dijo la enferma.

Perd&#243;n. No; no s&#233; lo que era curioso.

Que ninguno de aquellos hombres volvi&#243; jam&#225;s -dijo ella. Y agreg&#243; tras una pausa-: &#191;A qu&#233; lo atribuye usted?

&#191;C&#243;mo quiere que lo sepa?

Pens&#233; que siendo un hombre podr&#237;a darme una respuesta satisfactoria -dijo ella.

&#191;Qu&#233; respuesta le dio Charlie?

La enferma mir&#243; con perplejidad a Charlie, que roncaba con la boca y los p&#225;rpados abiertos de par en par, bizqueando horrorosamente.

Charlie es muy inocente -dijo.

&#191;Lo dice con cari&#241;o o con un resentimiento? -pregunt&#243; F&#225;bregas.

A veces lo veo dormir y pienso: &#191;qui&#233;n ser&#225; este hombre? -dijo ella como si no hubiera o&#237;do lo que &#233;l le preguntaba-. Por supuesto, cuando me cas&#233; con &#233;l no le amaba. Ninguna mujer ama al hombre con el que se casa. Pero, &#191;sabe lo que me ocurri&#243;? Que ca&#237; en una trampa id&#233;ntica en todo a la trampa del amor. Pens&#233;: lo que ahora siento por &#233;l lo sentir&#233; siempre: la ternura, el inter&#233;s, la atracci&#243;n Por supuesto, me equivocaba La atracci&#243;n f&#237;sica desaparece sin que sepamos c&#243;mo. Un d&#237;a la pasi&#243;n nos arrebata y al d&#237;a siguiente ya no es as&#237;. Las cosas no suceden paulatinamente: de repente vemos que han pasado semanas y hasta meses sin sin efecto &#191;Qu&#233; ha ocurrido?, nos preguntamos, &#191;a d&#243;nde ha ido a parar aquella fantas&#237;a, aquella fogosidad? Y no hay respuesta Usted est&#225; casado, por supuesto.

Lo estuve -dijo &#233;l.

De repente se sinti&#243; presa de un furor ves&#225;nico, no tanto por haberse visto forzado a poner de manifiesto su situaci&#243;n personal, de la que, por lo dem&#225;s, no hac&#237;a misterio, sino por la certeza de haber sido manipulado por aquella mujer con fines que &#233;l ignoraba. Ahora todo lo hablado con &#233;l o incluso con terceros en su presencia le parec&#237;a un embuste encaminado a sonsacarle. De repente se puso de pie.

&#161;Bueno, ya est&#225; bien! -dijo sin dirigirse a nadie en particular-. Llevo demasiado tiempo en esta casa. Me voy de una vez.

Hum -exclam&#243; Charlie, que sal&#237;a en aquel momento de su letargo-, definitivamente la cena me ha producido un desarreglo.

&#191;Se puede? -dijo una voz desde la puerta.

&#161;Vaya, qu&#233; sorpresa! -dijo la enferma recuperando s&#250;bitamente aquella voz cantarina que F&#225;bregas hab&#237;a advertido en ella en un primer momento, pero que luego se hab&#237;a ido convirtiendo en una cantinela mon&#243;tona y destemplada-. Yo le hac&#237;a en otro sitio. No me diga que ha estado en la casa todo este tiempo.

Oh, no, qu&#233; va -respondi&#243; el doctor Pimpom lanzando miradas de soslayo a F&#225;bregas. Ahora sus facciones rechonchas reflejaban el cansancio de la jornada-. He salido a evacuar unos asuntos y ahora, antes de retirarme definitivamente a mis soledades, se me ha ocurrido dejarme caer para ver c&#243;mo segu&#237;a usted -levant&#243; a la altura de la cara el malet&#237;n que llevaba en la mano, como si la posesi&#243;n de este utensilio bastara para demostrar la veracidad de su afirmaci&#243;n o como si la condici&#243;n de m&#233;dico que simbolizaba el malet&#237;n pusiera todos sus actos a cubierto de sospecha-. Y tambi&#233;n, &#191;por qu&#233; no decirlo todo?, para ver si me invitaban a una taza de caf&#233;, aunque veo que no soy oportuno.

Si lo dice por m&#237;, me estaba yendo -dijo F&#225;bregas secamente.

Iba efectivamente hacia la puerta cuando vio en &#233;sta a Mar&#237;a Clara, que al punto recul&#243;, como si buscase escondite en la penumbra de la sala contigua. El gesto, sin embargo, hab&#237;a sido realizado tard&#237;amente y ella, al percibirlo, desisti&#243; de su primera intenci&#243;n y opt&#243; por plantarle cara.

As&#237; que usted tambi&#233;n estaba aqu&#237; todo este tiempo -dijo ella.

Yo tambi&#233;n estaba a punto de retirarme -anunci&#243; Charlie desperez&#225;ndose de su sill&#243;n.

Parece que la casa ha estado muy concurrida todo este tiempo -dijo F&#225;bregas con iron&#237;a mal disimulada.

El doctor Pimpom se hab&#237;a sentado en la silla que aqu&#233;l acababa de dejar vacante y ahora colocaba a la enferma un brazalete inflable para verificar su tensi&#243;n arterial.

&#191;Ya te quieres acostar, Charlie? -pregunt&#243; la enferma mirando a su esposo con desamparo, como si estuviese a punto de serle practicada una intervenci&#243;n quir&#250;rgica de gran envergadura.

Casualmente su hija y yo nos hemos encontrado en la puerta -dijo el m&#233;dico sin que nadie le hubiese pedido justificaci&#243;n de aquella coincidencia-. Ella me ha abierto la puerta; por esto no me han o&#237;do tocar -a&#241;adi&#243; ri&#233;ndose como si le pareciera muy c&#243;mico este hecho trivial o como si le dieran risa los datos que en aquel momento le iba proporcionando su instrumental.

Todav&#237;a no, mi vida -dijo Charlie-. Es que me ha venido caca de repente.

Y qu&#233;, &#191;qu&#233; tal hemos cenado hoy? -dijo el m&#233;dico dirigi&#233;ndose a la enferma, pero sin apartar los ojos de la esfera de su reloj: tomaba el pulso a la enferma y mientras hablaba segu&#237;a con un balanceo leve de cabeza el avance sincopado de la segundera.

Sin ganas, doctor, como siempre -respondi&#243; la enferma.

F&#225;bregas, que acababa de ver con sus propios ojos que todo lo que ella dec&#237;a respecto a su inapetencia era falso, se preguntaba si la desfachatez con que ahora ment&#237;a era inconsciente o si tambi&#233;n ten&#237;a la finalidad de transmitirle alg&#250;n mensaje.

Hay que hacer un esfuerzo, mujer -le dijo el m&#233;dico.

Ya lo hago, doctor, pero cr&#233;ame que cada bocado me cuesta un verdadero calvario.

Aprenda de su marido, que no le hace ascos a nada.

Calle, calle, doctor -intervino Charlie-, que de un tiempo a esta parte, no vea usted las flatulencias que me marco.

Vete si te tienes que ir, Charlie -dijo su mujer-; por el doctor ya sabes que no tienes que hacer cumplidos pero desp&#237;dete de nuestro hu&#233;sped.

Charlie, que ya estaba a punto de salir del gabinete, volvi&#243; sobre sus pasos y se dirigi&#243; a la puerta que F&#225;bregas llevaba rato queriendo cruzar, pero que Mar&#237;a Clara se obstinaba en no franquearle, obstruy&#233;ndola con su cuerpo sin que aquella actitud pasiva pareciera conducir a nada.

He tenido mucho gusto en conocerle -dijo Charlie tendi&#233;ndole la mano-. Siempre que quiera, ya sabe.

El gusto ha sido m&#237;o -respondi&#243; &#233;l estrech&#225;ndosela-, y perm&#237;tanme que la pr&#243;xima vez sea yo quien les invite a cenar en mi hotel. No puedo garantizarles una cena tan op&#237;para, pero no tengo otro medio de corresponder a su hospitalidad -dijo F&#225;bregas sin apartar los ojos de Mar&#237;a Clara, a quien iba dirigida la sorna con que hab&#237;a sido pronunciada aquella f&#243;rmula de cortes&#237;a.

Ella enrojeci&#243; de s&#250;bito.

Lamento que se haya visto forzado a pasar una velada con mis padres -susurr&#243; de modo que s&#243;lo el pudiera o&#237;rle.

Cr&#233;ame que no ten&#237;a otra cosa mejor que hacer -replic&#243; &#233;l en voz alta.

&#191;Qu&#233; le ocurre? -dijo ella-, &#191;se puede saber qu&#233; le hecho yo?

F&#225;bregas cerr&#243; los ojos para no verla. No hay duda de que el doctor la ha hecho su amante, pens&#243;; incluso es probable que el muy canalla tenga acceso por igual a la madre y a la hija; de no ser as&#237;, &#191;a qu&#233; tanta farsa? La sensaci&#243;n de rid&#237;culo le hizo enrojecer. No hay duda de que en este mismo edificio, separada de nosotros por un simple tabique y mientras sus padres me infling&#237;an aquella cena atroz, ella estaba emulando las haza&#241;as de su tatarabuela, pens&#243;.

Cr&#233;ame que siento por usted un profundo desprecio -mascull&#243; como si hablara s&#243;lo para s&#237; mientras asi&#233;ndole del brazo la hac&#237;a a un lado y ganaba la pieza cuya entrada ella le hab&#237;a venido obstaculizando hasta entonces. Una vez fuera del gabinete ech&#243; a correr.

&#161;Estirpe de furcias! -grit&#243; alej&#225;ndose. El ruido de sus pasos precipitados en el m&#225;rmol cubri&#243; sus palabras. En realidad hab&#237;a bastado el contacto de su mano en el brazo de ella para que se disipara de golpe toda su ira. Ahora sent&#237;a c&#243;mo el arrebatamiento que le pose&#237;a hu&#237;a de &#233;l, dej&#225;ndolo sumido en el cansancio. Quiera Dios que no haya o&#237;do lo que le acabo de decir, iba pensando mientras corr&#237;a dando traspi&#233;s, como un beodo. A medida que se adentraba en aquel laberinto de estancias vac&#237;as, la oscuridad se iba haciendo m&#225;s densa. Finalmente lleg&#243; a un punto en el que ya no le era posible seguir adelante sin grave riesgo. Al retroceder choc&#243; con la arista de un mueble y se hizo tanto da&#241;o que hubo de sentarse en el suelo y permanecer all&#237; un rato, frot&#225;ndose la parte magullada y recobrando fuerzas. Ahora ya no le quedaba resto de enfado, salvo el que sent&#237;a contra s&#237;.



XI

Iba arrastr&#225;ndose a lo largo de las paredes, buscando a tientas una abertura por la que salir de aquella estancia y pensando: &#161;Hay que ver lo que cuesta salir de esta casa! De cuando en cuando trataba de ponerse de pie, pero de inmediato volv&#237;a a caerse: unas veces le flaqueaba la pierna que acababa de magullarse y otras veces, la pierna indemne. Finalmente consigui&#243; abandonar aquel lugar, pero s&#243;lo para encontrarse en otro de id&#233;nticas caracter&#237;sticas. Quiz&#225; la muerte sea as&#237;, pens&#243;. Vagaba a ciegas, procurando no derribar a su paso alg&#250;n candelabro u otro objeto inestable. En una ocasi&#243;n oy&#243; una voz que parec&#237;a provenir de una pieza cercana. Reconoci&#243; la voz de Charlie que canturreaba:There'll be no teardrops tonight; luego el ruido del agua acumulada en la cisterna inundando la letrina tap&#243; su voz. Si gritara &#161;auxilio! tal vez &#233;l me oyera, pens&#243;; pero no, no puedo ser visto de nuevo por esta familia, a la que acabo de ofender irreparablemente. La verg&#252;enza le abrumaba y prefer&#237;a morir all&#237; de inanici&#243;n a pedir auxilio. Luego, sin embargo, cuando se hubo restablecido de nuevo el silencio, se arrepinti&#243; de no haberlo hecho cuando a&#250;n estaba a tiempo. Ahora le parec&#237;a que toda su vida hab&#237;a transcurrido de este modo, entre la indefensi&#243;n y el orgullo. En realidad no entend&#237;a c&#243;mo hab&#237;a logrado mantener las apariencias hasta entonces. Nunca se hab&#237;a sentido seguro, frente a ninguna eventualidad. En el trabajo, especialmente desde que se hab&#237;a hecho cargo de la empresa, siempre hab&#237;a pensado que sus decisiones eran arbitrarias, sin ning&#250;n tipo de fundamento que las hiciera preferibles a otras opuestas o simplemente distintas. No sab&#237;a por qu&#233; hac&#237;a las cosas. Luego, una vez hechas, esperaba los resultados con un nerviosismo que era mezcla de temor y curiosidad. Estos resultados, que pod&#237;an ser catastr&#243;ficos o casualmente afortunados, resultaban siempre decepcionantes, porque no eran ni una cosa ni la otra. A menudo ten&#237;a la sensaci&#243;n de que alguien en la sombra gestionaba sus asuntos y de que sus actos eran una mera figuraci&#243;n. Todo lo que yo haga es indiferente, pensaba entonces, tanto da que exponga el balance consolidado de la empresa ante el consejo de administraci&#243;n como que devore mis propios calzoncillos en su presencia. Convencido de que realmente no hab&#237;a nadie en la sombra que velara por &#233;l, hab&#237;a llegado a la conclusi&#243;n de que el mundo caminaba solo y de que los planes y programas de los hombres eran tan in&#250;tiles como sus sue&#241;os. Tres cuartos de lo mismo ocurr&#237;a en el amor: ni de sus fracasos ni de sus &#233;xitos sentimentales se sent&#237;a autor; tampoco achacaba a sus sucesivas parejas la responsabilidad de los unos ni de los otros. Las cosas hab&#237;an sucedido simplemente de aquel modo, como pod&#237;an haber sucedido de otro. Entonces, &#191;qu&#233;?, se preguntaba. Pocos meses antes parec&#237;a que su ausencia inexplicable iba a causar la bancarrota de su empresa; ahora, sin embargo, la empresa, por causa de una coyuntura propicia, continuaba funcionando bien que mal, como movida por una inercia contra la cual ni los aciertos ni los errores pod&#237;an nada. Al final, pens&#243;, la empresa seguir&#225; a flote y yo me habr&#233; muerto aqu&#237;, en este laberinto, cubierto de polvo, telara&#241;as y verg&#252;enza.

Pensando estas cosas y recibiendo coscorrones de m&#233;nsulas traicioneras que por carecer de patas no permit&#237;an que fuera detectada su presencia por la mano previamente, segu&#237;a recorriendo estancias sin saber si esta trayectoria mortificante le conduc&#237;a a la salida o si estaba recorriendo repetidamente los mismos lugares sin darse cuenta. La oscuridad era absoluta y tan opresiva a sus ojos, que se afanaban en vano por taladrarla, que a veces cre&#237;a ver ante s&#237; de repente un resplandor viv&#237;simo, como si a pocos pasos de donde &#233;l se encontraba en aquel momento se hubiera materializado un ser luminoso, aparecido portentosamente all&#237; no para alumbrar su camino, sino para amedrentarlo o para hacerle part&#237;cipe de una gran revelaci&#243;n. Estos fogonazos, que eran solamente ilusiones &#243;pticas, fen&#243;menos que ten&#237;an lugar solamente en el nervio &#243;ptico, se desvanec&#237;an con tanta rapidez como se hab&#237;an manifestado, de tal modo que, una vez pasados, no sab&#237;a si los hab&#237;a presenciado realmente o si s&#243;lo estaba reconstruyendo, a partir de una falsa impresi&#243;n en la retina, otra impresi&#243;n externa inexistente. Esta confusi&#243;n, lejos de distraerle de sus penalidades verdaderas, se agregaba a ellas y le infund&#237;a un miedo irracional y nuevo. Nunca hab&#237;a tenido miedo a la oscuridad, ni siquiera de ni&#241;o. Hab&#237;a temido, l&#243;gicamente, los peligros que hubieran podido acecharle ocultos en la oscuridad, pero no la oscuridad en s&#237;: le bastaba asegurarse de que tales peligros no exist&#237;an para que sus temores se disiparan de inmediato. Entonces pod&#237;a permanecer a oscuras por tiempo indefinido, sin que su escasa fantas&#237;a poblara aquella oscuridad de fantasmas o alima&#241;as amenazantes. Ahora, en cambio, aquella ecuanimidad parec&#237;a haberle abandonado; se sent&#237;a invadido por un miedo cerval que en vano trataba de desechar tach&#225;ndolo de patarata. Ahora cre&#237;a sentir a cada instante un tacto fr&#237;o y viscoso en la piel o un aliento c&#225;lido y cargado de miasmas en el cogote. En cierta ocasi&#243;n, cuando &#233;l contaba cinco o seis a&#241;os de edad, sus padres le hab&#237;an llevado de excursi&#243;n al campo. Otras personas hab&#237;an participado tambi&#233;n en la excursi&#243;n, pero &#233;l nunca hab&#237;a sabido qui&#233;nes eran o, si lo hab&#237;a sabido entonces, lo hab&#237;a olvidado luego. En cambio recordaba vivamente la presencia de su padre, que en aquella &#233;poca participaba muy poco de la vida familiar, al parecer alejado de ella por otros asuntos, y a quien s&#243;lo ve&#237;a ocasional y fugazmente, de un modo precipitado y tangencial, como &#233;l mismo hab&#237;a de hacer m&#225;s tarde con su propio hijo. Ahora sin embargo no era la compa&#241;&#237;a excepcional de su padre lo que evocaba, sino un suceso terrible ocurrido durante aquella excursi&#243;n. Una mujer, que a &#233;l entonces se le hab&#237;a antojado muy mayor, pero que probablemente fuera todav&#237;a joven, hab&#237;a dejado caer un objeto en un arbusto e inmediatamente y sin parar mientes en lo que hac&#237;a hab&#237;a metido la mano en el arbusto con intenci&#243;n de recuperarlo. Al instante hab&#237;a proferido un grito y hab&#237;a retirado la mano, en cuyos dedos aparec&#237;a ahora enroscada una serpiente peque&#241;a, de color pardo. Ante el estupor de todos los presentes, que no acertaban a socorrerla de ning&#250;n modo, la mujer hab&#237;a tratado de sacudirse primero la serpiente agitando el brazo y luego, como &#233;sta continuara all&#237;, hab&#237;a tratado de expulsarla forcejeando con la otra mano. Finalmente la serpiente, que probablemente deseaba tambi&#233;n verse libre de aquel asidero al que se hab&#237;a encaramado por error, se hab&#237;a dejado caer de nuevo en el arbusto de donde hab&#237;a salido y la mujer, que hasta ese momento hab&#237;a mostrado tanta entereza, hab&#237;a sufrido un desmayo. Mientras las mujeres la atend&#237;an, los hombres empezaron a perseguir la serpiente con mucha cautela, propinando grandes golpes al arbusto con sus bastones y hundiendo en &#233;l las puntas met&#225;licas de &#233;stos, sin duda con la esperanza de sacarlos con la serpiente ensartada en ellos. Pero el animal deb&#237;a de haberse puesto a salvo bajo una piedra o hab&#237;a huido de all&#237; sin ser visto, porque la cacer&#237;a no dio fruto. Nadie sab&#237;a si la serpiente era venenosa, en cuyo caso la vida de la mujer corr&#237;a grave peligro, o si se trataba de un ejemplar inofensivo. Trasladada al pueblo de donde hab&#237;a partido la excursi&#243;n, la mujer fue atendida por un m&#233;dico local, que se abstuvo de pronunciarse en un sentido o en otro. La mujer no parec&#237;a presentar signos de mordedura reciente, dijo, pero no pod&#237;a descartarse la posibilidad de una mordedura muy superficial, invisible, pero igualmente mort&#237;fera. Aquellas serpientes, dijo, ten&#237;an a veces unos dientes afilad&#237;simos y mord&#237;an a sus v&#237;ctimas con tanta rapidez y limpieza que &#233;stas no se percataban de lo ocurrido hasta que empezaban a notar los primeros efectos del veneno. S&#243;lo cab&#237;a esperar y confiar en la suerte. Aquel doctor era un hombre bajo, grueso, de cuello corto y pelo cano, cortado al cepillo; vest&#237;a una bata blanca muy limpia, pero arrugada y zurcida, como si nadie se ocupase de &#233;l o como si alguien lo hiciera con eficacia, pero sin cari&#241;o. Ten&#237;a aspecto de viudo y hablaba en el tono mon&#243;tono de quien no est&#225; acostumbrado a dialogar. Al hablar usaba palabras altisonantes; parec&#237;a que quer&#237;a impresionar a los presentes m&#225;s de los que &#233;stos ya estaban. Al final la historia hab&#237;a terminado de un modo feliz, pero deslucido: con el paso de las horas y los d&#237;as el estado de la v&#237;ctima, recuperada del desmayo y del susto, no hab&#237;a experimentado cambio alguno. Finalmente el hecho hab&#237;a quedado reducido a la categor&#237;a de an&#233;cdota trivial y hasta jocosa. Ahora, sin embargo, este incidente tan remoto, que durante muchos a&#241;os cre&#237;a haber relegado al olvido, se le representaba con toda viveza, como si en ese mismo instante sus protagonistas de entonces, muertos ya la mayor&#237;a de ellos, lo estuvieran rein-terpretando con toda exactitud en su beneficio. &#191;Qu&#233; har&#237;a yo si en este momento sintiera que al amparo de esta oscuridad se me enrosca una serpiente en la mano?, se preguntaba con un escalofr&#237;o. Al mismo tiempo no lograba disociar este temor de la imagen de aquella mujer en el acto de caer al suelo desmayada, con revuelo de faldas y los cinco dedos de la mano muy abiertos a la altura de los ojos.



XII

No sab&#237;a a ciencia cierta cu&#225;nto tiempo llevaba all&#237; y ya daba por perdida toda esperanza de abandonar aquel encierro, cuando oy&#243; el tableteo de un motor no lejos del punto en que se hallaba. Este tableteo, sin duda producido por una embarcaci&#243;n, le revel&#243; encontrarse relativamente cerca del canal y por consiguiente de la salida. Un &#250;ltimo esfuerzo le permiti&#243; localizar la puerta de entrada al palacio, abrirla y salir al embarcadero dominado por los dos colosos de piedra percudida: all&#237; hab&#237;a llegado con ella varias horas antes con un prop&#243;sito incierto, que tal vez se hab&#237;a cumplido o tal vez no. Una vez all&#237; suspir&#243; aliviado; ahora, fuera del laberinto, todo le parec&#237;a bello: las losas resbaladizas del embarcadero, el agua muerta del canal, incluso la compa&#241;&#237;a tenebrosa de aquellos dos colosos severos, inm&#243;viles y erosionados. Pronto comprendi&#243;, sin embargo, que su situaci&#243;n s&#243;lo hab&#237;a mejorado en apariencia. Por aquel canal estrecho y sombr&#237;o no transitaba ninguna embarcaci&#243;n y aunque a corta distancia pod&#237;a ver otro canal m&#225;s ancho, en el que todav&#237;a se apreciaba un tr&#225;fico regular, ni sus gritos ni sus aspavientos llegaban a o&#237;dos de quien pudiera acudir a recogerle o, si llegaban, eran tomados por los desafueros de un orate. Al final, convencido de que nadie iba a acudir en su busca y habiendo desechado de nuevo la idea de llamar a la puerta en petici&#243;n de ayuda, se sent&#243; en el suelo, apoy&#243; la espalda en la pantorrilla de uno de los colosos y se dispuso a permanecer all&#237;, como un n&#225;ufrago, hasta que el azar dispusiera de su suerte. El cielo estaba estrellado y se entretuvo un rato contemplando aquel espect&#225;culo raro. Una vez, de peque&#241;o, alguien hab&#237;a intentado iniciarle en los rudimentos de la astronom&#237;a, pero &#233;l, advirtiendo en seguida que lo que de antemano promet&#237;a ser un periplo fascinante en realidad era una ciencia &#225;rida y sin sorpresas, se hab&#237;a desinteresado pronto del tema. Ahora, desprovisto de toda referencia cient&#237;fica, el firmamento se le presentaba como algo familiar y tranquilizante, del todo extra&#241;o a las magnitudes disparatadas que se le atribu&#237;an para desconcierto del profano. Por suerte la noche era tibia. Despu&#233;s de todo, pens&#243;, no se est&#225; tan mal aqu&#237;. Le dol&#237;an las articulaciones y se sent&#237;a d&#233;bil, pero ninguna d ambas sensaciones le resultaba molesta. Perdido su pensamiento en la contemplaci&#243;n del cielo, no experimentaba ni sue&#241;o ni cansancio, sino una mezcla de laxitud corporal y agudeza perceptiva que le sorprend&#237;a grandemente. Esta perceptividad exacerbada no se concretaba en nada-no era una herramienta que le permitiera analizar las cosas con provecho ni un veh&#237;culo mediante el cual llegar a conclusiones radicales; en realidad era un estado de gracia, una especie de pasmo beat&#237;fico y, en definitiva, un despilfarro de sus facultades.

&#161;C&#243;rcholis! -exclam&#243; una voz a sus espaldas, sac&#225;ndole bruscamente de su arrobamiento.

Se volvi&#243; sobresaltado hacia la puerta del palacio, d donde proced&#237;a aquella exclamaci&#243;n, e involuntariament ofendido de que alguien osara perturbar as&#237; su exaltad sosiego. En aquel instante deb&#237;a de parecer un demente o un perro furioso, porque el doctor Pimpom retrocedi&#243; unos pasos prudentemente. Entonces se le hizo patente lo absurdo de su actitud y lo grotesco de su situaci&#243;n, enrojeci&#243; y recobr&#243; su talante habitual.

Buenas noches, doctor Pimpom -dijo con suave urbanidad-. La verdad es que no esperaba verle de nuevo tan pronto.

Ni yo, a fuer de sincero -respondi&#243; el m&#233;dico-. Pero, d&#237;game, &#191;qu&#233; est&#225; haciendo en este lugar a estas horas?

Estaba esperando que pasara alguna embarcaci&#243;n para pedirle que me llevara al hotel -dijo &#233;l despu&#233;s de buscar en vano alguna justificaci&#243;n menos bochornosa a su desvalimiento.

Pero, hombre, &#191;no sabe que por aqu&#237; no pasa nadie nunca? -dijo el m&#233;dico-. Si quer&#237;a que vinieran a buscarle, &#191;por qu&#233; no pidi&#243; por tel&#233;fono que le enviaran un taxi?

Porque soy forastero y porque nadie tuvo la amabilidad de indicarme lo que hab&#237;a que hacer.

Ah, vaya -dijo el m&#233;dico-. La verdad es que, al verle salir con tanta decisi&#243;n, pens&#233; que dispon&#237;a de medios propios de locomoci&#243;n. De todos modos, acabo de llamar un taxi; con mucho gusto le depositar&#233; donde m&#225;s le convenga.

Es usted muy amable, pero no quisiera desviarle de su ruta.

No tengo ruta -dijo el m&#233;dico-. &#201;n realidad, voy de retirada. Hoy he tenido una jornada larga y tediosa. Pero, d&#237;game, &#191;verdaderamente ha estado aqu&#237; todo este tiempo?, &#191;de veras? Y, &#191;qu&#233; hac&#237;a? &#191;Miraba las estrellas? -pregunt&#243; coligiendo la verdad de la mirada que su interlocutor dirigi&#243; al cielo-. &#161;Qu&#233; cosa extraordinaria! Le confesar&#233; que a m&#237; me produce v&#233;rtigo todo lo referente al cosmos. Antes no era as&#237;, pero ahora, con estos programas de divulgaci&#243;n cient&#237;fica que echan a veces en la televisi&#243;n ya no s&#233;. &#191;Sab&#237;a que algunas de estas estrellas que ahora mismo est&#225;n ah&#237;, en realidad se extinguieron hace miles de a&#241;os, pero que, debido a su lejan&#237;a, continuamos percibiendo su luz y admirando, por consiguiente, lo que ya no existe? Esto demuestra hasta qu&#233; punto son enga&#241;osos los sentidos y hasta qu&#233; punto nos es f&#225;cil enga&#241;ar y ser enga&#241;ados. Y, sin embargo, &#161;cu&#225;nta importancia damos a la verdad!, &#191;no le parece?

La llegada de una lancha motora interrumpi&#243; en este punto la pl&#225;tica del m&#233;dico sin dar tiempo a que F&#225;bregas decidiese para sus adentros si en aquellas frases convencionales hab&#237;a una intenci&#243;n espec&#237;fica o si en realidad no ten&#237;an m&#225;s objeto que amenizar un intervalo forzoso en compa&#241;&#237;a de un desconocido. Ch&#225;chara de m&#233;dico, se dijo mientras &#233;ste saltaba a bordo de la lancha motora con una agilidad notable, aunque no ins&#243;lita en un habitante de aquella ciudad acu&#225;tica. A instancias del m&#233;dico, F&#225;bregas hizo lo propio con gran dificultad.

&#191;Qu&#233; le ocurre? -pregunt&#243; el m&#233;dico, a cuyo ojo experto no hab&#237;a escapado la torpeza del otro-. &#191;Cojea usted? &#161;Qu&#233; raro! Hace un rato no cojeaba. &#191;Re&#250;ma, tal vez?

Acabo de darme un buen trastazo -admiti&#243; F&#225;bregas.

&#161;Atiza!, &#191;quiere que le eche una ojeada?

No es preciso: no me he roto ning&#250;n hueso.

A la plaza de San Marcos, por favor -dijo el m&#233;dico dirigi&#233;ndose al taxista-. Ma&#241;ana tendr&#225; un moret&#243;n.

Eso de fijo -dijo &#233;l.

Al llegar a su destino F&#225;bregas insisti&#243; en abonar la carrera del taxista, pero el m&#233;dico no se lo consinti&#243;. Luego anduvieron un rato en silencio por la plaza. A aquella hora tard&#237;a todav&#237;a quedaban algunos grupos de turistas que deambulaban cansinamente. De los bares y caf&#233;s sal&#237;a un humo aceitoso y ruido de platos.

Venga -dijo de repente el m&#233;dico cogiendo a su acompa&#241;ante por el brazo-. Le invito a un helado, salvo que tenga alg&#250;n compromiso.

No lo tengo, pero no quiero abusar m&#225;s de usted.

Le dejar&#233; pagar -dijo el m&#233;dico.

F&#225;bregas asinti&#243; por puro agotamiento y se dej&#243; guiar por el otro, que se le colg&#243; familiarmente del brazo y pareci&#243; recobrar su campechan&#237;a habitual, como si acabara de reponerse repentinamente de su cansancio.

Salgamos de esta zona cursi, infestada de caf&#233;s artificiales -le dijo-. Son trampas para desplumar incautos y verdaderas enga&#241;ifas arquitect&#243;nicas. Cuando yo era ni&#241;o, poco despu&#233;s de acabada la guerra, estos caf&#233;s estaban m&#225;s o menos como est&#225;n ahora. Entonces, en vista de que escaseaba la clientela, fueron transformados en cafeter&#237;as modernas, al estilo americano:self service y rock and roll, usted ya me entiende. Luego empez&#243; a llegar esta masa de pazguatos en busca de antiguallas y hubo que reproducir lo que hab&#237;a antes a toda prisa. Naturalmente, los materiales originales se hab&#237;an perdido irremisiblemente: quien m&#225;s, quien menos, todos hab&#237;amos usado la madera de los artesonados para caldear las casas; de modo que hubo que improvisar, como siempre. A puntapi&#233;s avejentamos cuatro tablones, desportillamos unos m&#225;rmoles y el resultado, a la vista est&#225;. &#201;sta es una ciudad de tramoya y sablazo. No crea nada de lo que ve ni escuche nada de lo que le cuenten. Mire, entremos aqu&#237;: &#233;ste es un buen sitio; un aut&#233;ntico bar veneciano.

Entraron en un local largo, estrecho y desolado. La luz de los fluorescentes que colgaban del techo, reflejada en la superficie de las mesas de aluminio, daba un tinte cadav&#233;rico a los escasos parroquianos que las ocupaban. En el local flotaba un olor acre y penetrante, mezcla de cerveza, vinagre y pis. El espejo que cubr&#237;a enteramente una de las paredes laterales aparec&#237;a tachonado de moscas. Escrita en tiza sobre el espejo pod&#237;a leerse la lista de los n&#250;meros premiados en el sorteo de alguna loter&#237;a provincial. F&#225;bregas y el doctor Pimpom ocuparon una mesa, lejos de la entrada y cerca de las puertas batientes que conduc&#237;an al retrete, en la cual hab&#237;a un paraguas abandonado. El m&#233;dico examin&#243; el paraguas detenidamente, d&#225;ndole muchas vueltas y flexionando las varillas y acerc&#225;ndose a las gafas la empu&#241;adura primero y la tela despu&#233;s y olfateando finalmente la contera, como si buscase all&#237; huellas digitales u otros indicios de los que deducir los avatares que hab&#237;an conducido el paraguas hasta aquella mesa. Acabada la investigaci&#243;n, lo dej&#243; apoyado contra la pared sin hacer ning&#250;n comentario.

&#191;Hace mucho que conoce a la familia Dolabella? -pregunt&#243; de sopet&#243;n.

No, mucho no -dijo F&#225;bregas. La vaguedad de la pregunta del doctor Pimpom permit&#237;a una respuesta igualmente cautelosa. &#201;ste, sin embargo, no pareci&#243; quedar insatisfecho. Quiz&#225;s en el fondo aquella pregunta no era un cebo, sino una sonda, pens&#243; F&#225;bregas. Y como el otro guardaba silencio, agreg&#243;-: De hecho hoy he visitado su palacio por primera vez, seg&#250;n demuestra mi ignorancia respecto del taxi.

No me refer&#237;a a eso -dijo el m&#233;dico sin mirarle los ojos.

Pues &#191;a qu&#233;? -pregunt&#243; F&#225;bregas.

El m&#233;dico no respondi&#243;. Parec&#237;a buscar afanosamente un camarero y, viendo que ninguno de los que hab&#237;a en el local se pon&#237;a al alcance de su voz, hizo se&#241;as al que atend&#237;a la barra, el cual acogi&#243; esta se&#241;a con un encogimiento de hombros cargado de desd&#233;n.

Hoy por hoy el servicio en esta ciudad deja mucho que desear -mascull&#243; el m&#233;dico.

Doctor Pimpom, le he preguntado algo -insisti&#243; F&#225;bregas.

Ah, s&#237; -se apresur&#243; a decir el m&#233;dico advirtiendo un deje de impaciencia en la voz de su interlocutor-. Ella es una buena chica.

&#191;Ella? &#191;Qui&#233;n es ella?

Mar&#237;a Clara, &#191;qui&#233;n va a ser? -dijo el m&#233;dico. Y repiti&#243; balanceando la cabeza de atr&#225;s a delante, como si estuviera emitiendo un dictamen largo tiempo meditado-: Es una buena chica.

&#191;Qui&#233;n lo pone en duda? -pregunt&#243; F&#225;bregas.

Usted -dijo el doctor Pimpom-. Ahora bien, sus padres son otra cosa: eso no se lo discuto. Harina de otro costal, podr&#237;amos decir. &#191;En qu&#233; sentido? En varios sentidos &#161;Bueno, albricias, por fin se nos hace caso aqu&#237;! -exclam&#243; se&#241;alando con el pulgar a un individuo malcarado y ce&#241;udo que por la suciedad de su delantal m&#225;s parec&#237;a un matarife que un camarero y que se hab&#237;a colocado junto a la mesa sin proferir palabra.

F&#225;bregas pidi&#243; un botell&#237;n de agua mineral sin gas y el doctor Pimpom, una bola de helado de vainilla.

Tendr&#225;n que ser dos bolas -dijo el camarero.

No veo raz&#243;n -replic&#243; el m&#233;dico.

Pues la raci&#243;n son dos bolas.

Pues yo quiero una sola bola y no tengo por qu&#233; comerme lo que no quiero, ni tirarlo, ni mucho menos pagarlo, especialmente si de antemano le advierto de que no! lo quiero. Por lo dem&#225;s, me consta que las bolas de helado no vienen pegadas de dos en dos, por lo que mi petici&#243;n no les causa ning&#250;n perjuicio y es, por consiguiente, del todo razonable. De forma que haga el favor de traerme exactamente lo que le he pedido y no se insolente conmigo, mozalbete.

El camarero se alej&#243; refunfu&#241;ando y el m&#233;dico esboz&#243; una sonrisa de triunfo.

Abusan de los clientes, porque saben que nadie se atreve a plantarles cara -dijo-. Hoy por hoy todo el mundo vive amilanado por los terroristas, por los delincuentes y por los sindicatos. Todo el mundo intenta pasar desapercibido, evitar todo lo que pueda ser tomado por una provocaci&#243;n. Piensan as&#237;: chit&#243;n, no vayan a descerrajarme cuatro tiros en la cara por decir que hay una mosca en la sopa; y se toman la sopa y se comen la mosca y a&#250;n cazan al vuelo tres o cuatro moscas m&#225;s, que ingieren con delectaci&#243;n, como si &#233;ste fuera su manjar favorito. En esto nos han convertido el comunismo y sus secuelas.

Habl&#225;bamos de los Dolabella -dijo F&#225;bregas.

Su padre era un mangante -dijo el m&#233;dico recobrando el hilo de su discurso-. Me refiero al padre de la madre, al abuelo de Mar&#237;a Clara, el &#250;ltimo de los Roca: un hombre guapo y simp&#225;tico como pocos, pero un verdadero tarambana. Mujeriego, jugador, holgaz&#225;n y petardista. Nunca gan&#243; una lira y dilapid&#243; en un abrir y cerrar de ojos los flecos de una fortuna familiar ya muy menguada. Fue &#233;l quien invent&#243; y puso en circulaci&#243;n todas las leyendas que a&#250;n se oyen acerca del palacio: la del navegante que lo construy&#243; y la del santo o la santa cuyas reliquias todav&#237;a permanecen escondidas en alg&#250;n recoveco del edificio, en un relicario de oro y piedras preciosas, esperando que alguien las encuentre. Era un embustero profesional y hac&#237;a correr estos bulos en los a&#241;os de prosperidad en que por fin las familias pudientes de Venecia pudieron deshacerse de sus palacios decr&#233;pitos e instalarse en apartamentos confortables, de techo verdaderamente bajo, con armarios empotrados y un buen sistema de calefacci&#243;n. Roca inventaba aquellas leyendas para que alg&#250;n mentecato podrido de d&#243;lares se encaprichara de la ruina que hab&#237;an ido creando sucesivas generaciones de par&#225;sitos y gandules.

El camarero dej&#243; sobre la mesa lo que le hab&#237;an pedido y se fue.

&#191;Ve usted lo que le dec&#237;a? Una sola bola de helado. Basta con demostrar que uno tiene agallas. Plantarse y decir: de aqu&#237; no me muevo. Nadie lo hace, por supuesto: la gente tiene prisa, piensa que no vale la pena, que es una p&#233;rdida de tiempo, que, por unas pocas liras no se justifica el esc&#225;ndalo y as&#237; vamos claudicando de nuestra dignidad. &#191;Qu&#233; le estaba contando?

Las trolas del abuelo Roca.

Eso es -dijo el m&#233;dico comi&#233;ndose el helado con fruici&#243;n-. Luego, cuando su hija hubo crecido un poco -a&#241;adi&#243; limpi&#225;ndose los labios con un tri&#225;ngulo de papel que hac&#237;a las veces de servilleta-, hizo correr el bulo de que hab&#237;a sido encontrado un manuscrito en el que una antepasada imaginaria relataba sus devaneos con toda minuciosidad. Una patra&#241;a soez que en su momento lleg&#243; a gozar de cierta popularidad. Pronto empezaron a circular por la ciudad varios ejemplares del presunto manuscrito yo mismo recuerdo haber tenido uno en mis manos. En realidad era un triste refrito de la literatura pornogr&#225;fica al uso. El planteamiento era el habitual en estos casos: una mujer joven, bella y de conducta intachable se ve forzada a obtener dinero a cambio de sus encantos. A esto sigue una serie tediosa de encuentros donde se llevan a cabo todas las piruetas y desvar&#237;os a que d&#233; lugar la fantas&#237;a de un degenerado o un imb&#233;cil. Aparecen hombres y mujeres dotados de verdaderas curiosidades anat&#243;micas y todos est&#225;n dispuestos a hacer o dejarse hacer cualquier majader&#237;a. Recuerdo que abandon&#233; la lectura del manuscrito al llegar a un episodio particularmente desapacible en el cual a alguien le cos&#237;an una rata al culo o algo por el estilo. &#161;Caray, qu&#233; bueno estaba este helado! &#161;Camarero, tr&#225;igame otra bola de vainilla, tenga la bondad!

Doctor Pimpom, no se vaya por las ramas -dijo F&#225;bregas-. Usted acaba d&#233; decir que ese tal Roca invent&#243; las memorias de una cortesana cuando hubo crecido su hija. &#191;Qu&#233; relaci&#243;n hab&#237;a entre una cosa y la otra?



XIII

No tome lo que le digo necesariamente al pie de la letra ni se precipite en sus juicios -continu&#243; diciendo el doctor Pimpom mientras atacaba con bravura la segunda porci&#243;n de helado, que el camarero hab&#237;a dejado sobre 1a mesa con brusquedad y desabrimiento, pero sin protestas audibles-. Los venecianos siempre hemos sido comerciantes. Tampoco he querido decir que las cosas pasaran a mayores, ni lo ha dicho nadie. Vea usted: por aquellas fechas, y al amparo de lo que los peri&#243;dicos llamaban el plan Marshall, Italia trataba, no sin cierto &#233;xito, de insuflar nueva vida a una industria cinematogr&#225;fica que se hab&#237;a desarrollado mucho en las d&#233;cadas anteriores a la guerra gracias a la protecci&#243;n de nuestro Mussolini, hombre aficionado al cine, como el Hitler de los alemanes y como su propio Franco de ustedes, pero que la guerra hab&#237;a malbaratado, como tantas otras cosas. Con este fin, y para competir con la gran industria cinematogr&#225;fica norteamericana, se nos ocurri&#243; comercializar lo &#250;nico que ten&#237;amos: unas actrices aparatosas, hembras de culo y teta, como las que producen las razas verdaderamente hambrientas Hab&#237;a una en particular, que usted con toda certeza no recordar&#225;, pero que alcanz&#243; bastante fama en su d&#237;a. Se llamaba, si la memoria no me es infiel, Sof&#237;a Lo-ren: una mujer verdaderamente garrida Es posible que ya haya muerto, aunque espero que no sea as&#237;; deseo que viva muchos a&#241;os y que sea feliz Por supuesto, hab&#237;a otras actrices de caracter&#237;sticas muy similares, pero sus nombres en este momento no me vienen a la memoria En definitiva, &#233;ste era uno de los medios de subsistencia de que nos val&#237;amos y no el peor de ellos. La guerra hab&#237;a trastocado todas las cosas y nos ten&#237;amos que adaptar una vez m&#225;s a los nuevos tiempos: ahora nos tocaba la democracia y el liberalismo y &#161;ay de aquel que no supiera jugar a ese juego! Claro, muchos pensaban, y siguen pensando todav&#237;a hoy, que la democracia consist&#237;a en trabajar menos y ganar m&#225;s. Eran los comunistas los que al socaire de las libertades civiles le met&#237;an estas ideas locas en la cabeza a la clase obrera, con los resultados que a la vista est&#225;n: huelgas todos los d&#237;as, sabotaje y salvajismo, cuando no atentados y otros hechos de sangre Pero lo que a usted le interesa saber es si la chica se ganaba el pan en cama ajena y yo a eso le responder&#233;: puede que s&#237;, puede que no. De todos modos, le diga lo que le diga, &#191;por qu&#233; me iba a creer? En estos asuntos es donde m&#225;s inciertos son los hechos: unos saben y callan, otros no saben y hablan por los codos; en definitiva, los que m&#225;s podr&#237;an decir son los primeros en guardar silencio y los que m&#225;s meten el palo en candela a menudo lo hacen por envidia o por malicia. As&#237; que de fijo no puedo decirle nada. Desde luego, fama de remilgada no ten&#237;a la chica, pero la lama, &#191;qu&#233; es?

Finalmente, y para no alargar la historia, el padre Roca muri&#243; de repente y en forma imprevisible: inadvertidamente comi&#243; un producto enlatado en mal estado y eso lo mat&#243;. Ya ten&#237;a el h&#237;gado muy trabajado; hab&#237;a malgastado la salud en francachelas y cuando la necesit&#243;, ya no le quedaba bastante, de modo que se fue al otro mundo. Ten&#237;a cuarenta y seis o cuarenta y siete a&#241;os cuando ocurri&#243; lo que le estoy contando.

-Con esto la chica se encontr&#243; sola y su situaci&#243;n cambi&#243; de la noche a la ma&#241;ana: mientras su padre viv&#237;a, ella pod&#237;a pasar por una hija rebelde y algo casquivana, pero ahora, sola en el mundo, la menor prueba de liviandad habr&#237;a sido suficiente para convertirla en una profesional de la cosa a los ojos de la opini&#243;n. As&#237; que tuvo que buscarse un marido a la carrera, aprovechando la apariencia de honorabilidad que le daban el luto, la orfandad y el desamparo. Y en ese momento preciso el pobre Charlie Dolabella tuvo a bien hacer su entrada en escena. De aquel encuentro s&#243;lo pod&#237;a salir lo que usted mismo ha podido comprobar: una serie interminable de desacierto y calamidades.

Y Mar&#237;a Clara -dijo F&#225;bregas.

Tal vez -dijo el otro con un asomo de sonrisa en la comisuras de los labios.

Hum -dijo F&#225;bregas advirtiendo el gesto.

Dejemos eso por ahora -continu&#243; diciendo el m&#233;dico- y vayamos a las cosas tal como sabemos que sucedieron. Charlie lleg&#243; a Venecia buscando un pasado que s&#243;lo hab&#237;a existido en la imaginaci&#243;n atormentada de s~ pobre madre, una loca que vegetaba y que quiz&#225;s a&#250;n si vegetando en la celda acolchada de alg&#250;n hospital p&#250;blico. Yo no digo que no pueda haber alg&#250;n nexo de parentesco entre &#233;l y el Dolabella que pint&#243; unos cuadros e Venecia y luego emigr&#243; a Cracovia, pero, aunque as&#237; fuera, &#191;qu&#233; demonios esperaba encontrar aqu&#237;? Hay que ser ingenuo como un americano para pensar que el pasado un objeto encontrable.

Sin embargo -dijo F&#225;bregas- no puede negar qu algo encontr&#243;.

Lo que se merec&#237;a: un saco de mentiras -replic&#243; m&#233;dico con desprecio. La interrupci&#243;n o el propio re&#237;a que iba desgranando parec&#237;an haberle contrariado. D un pu&#241;etazo en la mesa que hizo tintinear la copa de h

lado, el plato y la cucharilla. Luego resopl&#243;, como para dar salida a los vapores de su ira, y prosigui&#243; diciendo-: En el fondo el enga&#241;o fue impremeditado, mutuo y completo. Ella pens&#243; haber encontrado un multimillonario, un verdadero rey del petr&#243;leo; &#233;l, una arist&#243;crata de pel&#237;cula. Ambos creyeron ver materializados en su oponente sus sue&#241;os de clase media. En realidad, ella era un golfa y &#233;l, un taxista. Y lo peor era que ninguno de los dos sab&#237;a disimular su propia condici&#243;n. Carentes de inter&#233;s humano, arruinados y sin &#237;nfulas, pronto se quedaron solos, y cuando esto sucedi&#243;, ni el diablo se apiad&#243; de ellos.

A lo mejor en el fondo se amaban -apunt&#243; F&#225;bregas.

El doctor Pimpom lo mir&#243; fijamente. Ahora sus ojos parec&#237;an m&#225;s vidriosos que las propias lentes de sus anteojos, en cuyas superficies titilaba ocasionalmente el resplandor viol&#225;ceo de los tubos fluorescentes.

Ella nunca debi&#243; pertenecerle -sentenci&#243; al fin en voz muy baja. Luego se paso la mano por la boca. Al retirarla sus labios hab&#237;an recobrado la sonrisa ir&#243;nica que hasta entonces hab&#237;a venido enmarcando sus palabras-. Adem&#225;s, perm&#237;tame discrepar, como hombre de ciencia, de eso que usted llama amor.

Dicen que hay quien se muere de eso -apunt&#243; F&#225;bregas.

M&#225;s bien hay quien se aferra a esa quimera cuando se siente morir de otras causas m&#225;s crudas -replic&#243; el m&#233;dico-; pero dejemos eso tambi&#233;n: es algo abstracto, un asunto acad&#233;mico que podr&#237;a conducirnos a una discusi&#243;n eterna y sin objeto. Yo le cuento lo que hubo y luego usted lo adereza como mejor le plazca, &#191;qu&#233;?

No s&#233; si me interesan tanto los hechos -apunt&#243; F&#225;bregas.

No hay otra cosa -replic&#243; el m&#233;dico-. Yo le cuento lo que hubo. Charlie y ella se casaron. Ella presentaba ya un estado de gestaci&#243;n avanzado que hizo de la ceremonia un verdadero escarnio por el que muchas sensibilidades fueron heridas. Con aquel acto absurdo se desvaneci&#243; toda ilusi&#243;n y toda esperanza: ambos se convirtieron de la noche a la ma&#241;ana, en un santiam&#233;n, por as&#237; decir, en aquello que estaban destinados a ser fatalmente. Charlie se volvi&#243; un mu&#241;eco fofo y peludo y ella, una enferma imaginaria.

A la que usted, sin embargo, trata como si verdaderamente lo fuera -dijo F&#225;bregas.

Como si fuera qu&#233; cosa &#191;Una enferma? -dijo el m&#233;dico- &#161;Y qui&#233;n dice que no lo es!

Usted mismo acaba de decir que se trata de una enfermedad imaginaria -exclam&#243; F&#225;bregas-. Yo no invento sus palabras. &#191;Por qu&#233; se empe&#241;a en contradecirme todo el tiempo, doctor Pimpom?

Y usted, &#191;por qu&#233; se empe&#241;a en llamarme de esta forma rid&#237;cula? -exclam&#243; a su vez el otro-. &#161;Yo no m llamo doctor Pimpom! &#191;De d&#243;nde ha sacado este nombre grotesco e incluso degradante? Mi verdadero nombre es Scamarl&#225;n, doctor Scamarl&#225;n. Pero dejemos eso. Voy contarle un caso horripilante al que hube de enfrentarme apenas iniciada mi carrera de m&#233;dico. Escuche.

En aquel momento los clientes del bar empezaron a pagar sus consumiciones respectivas y abandonar aquel como movidos un&#225;nimemente por una llamada t&#225;cita, verlos de pie F&#225;bregas advirti&#243; que muchos de ellos vest&#237;an uniformes distintivos de su oficio o del lugar donde trabajaban: eran los cocineros, camareros y empleados d los restaurantes, los caf&#233;s y los hoteles del vecindario, que concurr&#237;an a aquel bar en sus horas libres, antes de recogerse por el d&#237;a. Ahora algunos de ellos, viendo en &#233;l u turista, le dirig&#237;an miradas de displicencia o de fastidio; otros, por el contrario, reconoc&#237;an al doctor Pimpom, que saludaban con respeto, y hac&#237;an part&#237;cipe de aquel respeto a su acompa&#241;ante, por deferencia hacia &#233;l.

Estaba un d&#237;a en mi consulta, que acababa de abrir, pues, como le ven&#237;a diciendo, me hab&#237;a iniciado hac&#237;a poco en el ejercicio de la medicina, cuando vino a verme un hombre joven, de aspecto saludable e inteligente, que dijo precisar de mis servicios, ya que, de un tiempo aquella parte, no se encontraba nada bien -continu&#243; diciendo el doctor Pimpom una vez hubo saludado al &#250;ltimo parroquiano que abandonaba el bar-. Yo, como debe hacerse en estos casos, le ped&#237; que me describiese los s&#237;ntomas de su dolencia con la m&#225;xima exactitud, pero s&#243;lo supo dar a mi ruego respuestas imprecisas: fatiga, inapetencia, des&#225;nimo y un malestar general que no concentraba en ning&#250;n dolor determinado ni quedaba 1ocalizado en ninguna parte de su organismo. Lo somet&#237; un reconocimiento detenido, del que no pude sacar ninguna conclusi&#243;n, le pregunt&#233; si hab&#237;a sufrido recientemente alg&#250;n disgusto grave que hubiera podido influir en su estado f&#237;sico, si ten&#237;a problemas en su trabajo, si su vida personal le resultaba satisfactoria, etc&#233;tera, y &#233;l me contest&#243; que nada le hab&#237;a perturbado de un modo an&#243;malo en los &#250;ltimos tiempos, que estaba contento con su trabajo, en el que todos le auguraban un futuro brillante, y que hac&#237;a poco menos de un a&#241;o se hab&#237;a casado felizmente con una mujer a la que amaba y por la que cre&#237;a de fijo ser amado. En vista de ello, me limit&#233; a recomendarle sin demasiada severidad que dejara de fumar, que comiera y bebiera con moderaci&#243;n y que hiciera algo de ejercicio, y le dije que, de no mejorar su estado, volviera a visitarme al cabo de quince d&#237;as. Con esto le dej&#233; ir; una semana m&#225;s tarde hab&#237;a muerto. Aunque en rigor no pod&#237;a considerarlo como uno de mis pacientes, tan pronto como la noticia de su muerte lleg&#243; a mis o&#237;dos me sent&#237; en la obligaci&#243;n de acudir a la casa mortuoria, donde encontr&#233; a su mujer en tal estado de alteraci&#243;n nerviosa que al punto hube de administrarle un sedante. El cad&#225;ver del marido, al que velaban familiares, amigos, compa&#241;eros y vecinos, no presentaba s&#237;ntomas de emaciaci&#243;n. En la partida de defunci&#243;n que firm&#233;, a instancias de la familia, consign&#233; como causa probable del fallecimiento un paro card&#237;aco. No obstante mis temores, ning&#250;n allegado del difunto parec&#237;a dispuesto a atribuir aquel infortunio a mi impericia o a mi negligencia. En las exequias se me inst&#243; a que ocupase un lugar de honor, al lado de la viuda, que tuvo que apoyarse en mi brazo en varias ocasiones para no caer ex&#225;nime.

Un mes m&#225;s tarde, obsesionado todav&#237;a por este caso, al que mis conocimientos no lograban dar explicaci&#243;n satisfactoria, lo expuse prolijamente ante un grupo de colegas con quienes ten&#237;a entonces tertulia espor&#225;dica en elgrill del antiguo hotel Ambassador. Despu&#233;s de o&#237;r mi relato, uno de los contertulios, m&#233;dico forense, se ech&#243; a re&#237;r a grandes carcajadas, como suelen hacer los m&#233;dicos de esta especialidad, quiz&#225; para combatir as&#237; en cierto modo el ambiente algo t&#233;trico en que se mueven. Yo le pregunt&#233; la causa de su hilaridad y &#233;l me respondi&#243; diciendo que el caso que acababa de referir no ofrec&#237;a a su juicio la menor dificultad y que, por si me interesaba saberlo, mi pobre paciente hab&#237;a muerto sin duda alguna envenenado.

Al principio cre&#237; que trataba de gastarme una broma, pero &#233;l asegur&#243; hablar muy en serio. Os quedar&#237;ais de piedra si supierais la cantidad de hombres que mueren a diario envenenados por sus mujeres, especialmente en el primer a&#241;o de matrimonio, nos dijo sin dejar de re&#237;r a mand&#237;bula batiente, pese a ser &#233;l mismo hombre casado.

Posteriormente datos sueltos, recogidos de aqu&#237; y de all&#225;, vinieron a corroborar la afirmaci&#243;n de mi colega y contertulio. En efecto, pocas semanas despu&#233;s del entierro, la viuda de mi paciente, habiendo percibido el monto correspondiente al seguro de vida de su difunto esposo, abandon&#243; Venecia inesperadamente. Alguien dijo haberla visto luego en Suiza, casada con un pariente del difunto cuya esposa hab&#237;a fallecido casualmente un a&#241;o antes que aqu&#233;l, y en circunstancias muy similares. Por supuesto, es tos hechos no demostraban nada ni era cosa de ponerlo en conocimiento de la polic&#237;a: una exhumaci&#243;n tan tard&#237;a de los dos cad&#225;veres dif&#237;cilmente habr&#237;a podido arrojar y ninguna pista y, por otra parte, los culpables, si verdaderamente lo eran, hab&#237;an tenido buen cuidado en ponerse fuera del alcance de la justicia.

&#191;Por qu&#233; le cuento este caso? Le cuento este caso para demostrarle que la pr&#225;ctica de la medicina, a diferencia de la de cualquier otra ciencia, no puede limitarse &#250;nicamente a aquello que constituye su objeto, es decir, a lo trastornos del organismo, y que el buen m&#233;dico no es el que acierta en sus diagn&#243;sticos, sino aquel que, por cualquier m&#233;todo, consigue prolongar al m&#225;ximo la vida d sus pacientes. Las enfermedades, incluso las m&#225;s grave s&#243;lo son uno de los muchos enemigos de la vida. As&#237;, por ejemplo, una persona que lograse evitar un accidente d aviaci&#243;n o un naufragio ser&#237;a mejor m&#233;dico que otra que hubiera dedicado su vida entera al estudio y la pr&#225;ctica d la medicina convencional. &#191;Sigue usted mi razonamiento

S&#237; -dijo F&#225;bregas-, y no estoy de acuerdo con &#233; aunque en este mismo momento no sabr&#237;a razonar ad cuadamente esta discrepancia.

Una sonrisa condescendiente ba&#241;&#243; el rostro del doctor Pimpom.

Es natural que lo que le vengo diciendo le pille de nuevas -dijo con suavidad-. Usted seguramente piensa que la vida consiste en el correcto funcionamiento de 1os &#243;rganos corporales; &#191;no es as&#237;?

Pues s&#237; -admiti&#243; F&#225;bregas tras reflexionar un instante-; eso pienso.

Es natural -repiti&#243; el otro-. Pero piense tambi&#233;n esto: que desde los tiempos m&#225;s remotos el ser humano ha cre&#237;do que la vida era algo distinto del cuerpo: un soplo, un h&#225;lito exterior, algo dado y eterno. &#191;No ser&#225; esto m&#225;s cierto y en todo caso m&#225;s cient&#237;fico que atribuir el secreto de la vida al funcionamiento mec&#225;nico de una docena de v&#237;sceras? &#161;Por lo que m&#225;s quiera! Hay que ignorarlo casi todo para pronunciar juicios tan taxativos. &#191;Ha asistido alguna vez a una autopsia?

No -dijo F&#225;bregas-, ni ganas.

Eso salta a la vista -dijo el doctor Pimpom-: nadie que haya tenido en la mano un h&#237;gado, un coraz&#243;n o un bazo puede seguir pensando que la vida gira en torno a unas cosas tan ordinarias y elementales. Por supuesto, los que no saben nada de estas cosas pretenden que la medicina ha de limitarse a velar por el funcionamiento correcto de semejantes porquer&#237;as. &#161;Pamplinas!

No se enoje de nuevo -ataj&#243; F&#225;bregas-. Efectivamente, no s&#233; nada de este asunto ni creo que &#233;ste sea el momento adecuado para iniciarme en &#233;l. Est&#225;bamos hablando de otras cosas: le ruego que vuelva a ellas.

El doctor Pimpom mir&#243; de hito en hito a su oponente, pero como una luz que se aleja, el brillo col&#233;rico de sus ojos se fue atenuando hasta ser reemplazado por una mirada serena, cansada y algo perpleja.

Pues qu&#233;, &#191;ya no puede uno esgrimir sus argumentos con vehemencia? -dijo en el tono compungido de quien considera un infortunio inmerecido el verse inopinadamente cogido en falta-; despu&#233;s de todo, ha sido usted el que me ha reprochado hace un rato el incumplimiento de mis deberes profesionales

Yo s&#243;lo he dicho

Y en un tono que deploro.

No era &#233;sa mi intenci&#243;n; tal vez me expres&#233; mal

Todos nos dejamos llevar a veces por la impaciencia -dijo conciliador el doctor Pimpom-. Usted quer&#237;a que yo siguiera hablando de los Dolabella, aunque el tema que yo he sacado a colaci&#243;n es mucho m&#225;s interesante, o quiz&#225; no. Mire, le resumir&#233; la cosa en dos palabras: ella, que cre&#237;a haber cazado al pobre Charlie, result&#243; ser en definitiva la v&#237;ctima de una estafa. En el fondo, &#191;qui&#233;n es m&#225;s digno de compasi&#243;n? En cuanto a las enfermedades de ella, &#191;qu&#233; quiere que le diga? Desde luego, reales no son, pero, &#191;qu&#233; suceder&#237;a si no se les diera tratamiento? &#191;Qui&#233;n nos asegura que ella no renunciar&#237;a a seguir vi-) viendo en ese caso? &#191;Qu&#233; es lo que nos mantiene con vida, despu&#233;s de todo? Esto le preguntaba yo a usted hace un momento, pero usted ni siquiera ha querido escuchar la pregunta.

Doctor, a usted le consta lo que a m&#237; me interesa -dijo F&#225;bregas.

Han cerrado hace rato -dijo el doctor Pimpom levant&#225;ndose-. Hab&#237;amos quedado en que invitaba usted, de modo que vaya pagando mientras yo visito los servicios.

El local en efecto estaba vac&#237;o y el &#250;nico empleado que a&#250;n permanec&#237;a all&#237;, despu&#233;s de haber apilado las sillas en dos columnas inestables, esperaba cruzado de brazos junto a la puerta met&#225;lica a medio bajar. F&#225;bregas le hizo se&#241;as. Era el mismo camarero que les hab&#237;a atendido; ahora se hab&#237;a despojado del delantal e incluso de la camisa, que hab&#237;a reemplazado por una camiseta azul sin mangas. Tambi&#233;n llevaba una boina peque&#241;a, que le hac&#237;a parecer orejudo. F&#225;bregas pag&#243; las consumiciones y agreg&#243; una propina generosa.

Disculpe las molestias -dijo.

Cada noche la misma historia -dijo el camarero se&#241;alando la puerta del retrete-; primero arma una trifulca y al final acaba comi&#233;ndose las dos bolas de helado.

Y eso &#191;qu&#233; tiene de malo? -pregunt&#243; &#233;l.

Y &#233;l &#191;por qu&#233; diantre tiene que salirse siempre con la suya? -respondi&#243; el camarero.



XIV

Al quedarse de nuevo a solas con sus pensamientos, tuvo la impresi&#243;n de que las palabras casuales del camarero hab&#237;an sido dichas de un modo providencial. Ahora, en ausencia del doctor Pimpom, se arrepent&#237;a de haber aceptado la compa&#241;&#237;a de &#233;ste. Al hambre y al cansancio se un&#237;a ahora la sensaci&#243;n inc&#243;moda de haber estado cediendo terreno en contra de su voluntad. Esperando obtener de su interlocutor una informaci&#243;n que &#233;ste a todas luces no estaba dispuesto a suministrarle, hab&#237;a acabado por sincerarse con alguien de quien s&#243;lo pod&#237;a esperar deslealtad si ella, como todos los indicios y en especial la actitud, las propias palabras y evasivas del doctor Pim-pom parec&#237;an confirmar, era en efecto su amante. Ahora estaba seguro de haber sido un juguete en manos de aquel avispado micifuz, al que imaginaba en aquel preciso instante haciendo balance de la situaci&#243;n, felicit&#225;ndose por el &#233;xito de sus argucias y carcaje&#225;ndose en la soledad del retrete, agarrado con ambas manos al borde de la taza y echando las piernas al aire en se&#241;al de j&#250;bilo. Con todo, F&#225;bregas no pod&#237;a dejar de preguntarse qu&#233; objetivo persegu&#237;a realmente el m&#233;dico y a d&#243;nde pretend&#237;a llevarle, qu&#233; mensaje encerraban en s&#237; aquellas digresiones aparentemente absurdas y qu&#233; hab&#237;a querido insinuar con sus pretendidas confidencias y chismorreos. &#191;Acaso ven&#237;a a decirle con sus historias escabrosas que todos los miembros de la familia Dolabella estaban en venta? &#191;Actuaba el m&#233;dico de mediador en una transacci&#243;n iniciada bajo buenos auspicios meses antes, pero todav&#237;a inconclusa por la confusi&#243;n introducida en el asunto por unos sentimientos extempor&#225;neos?

Emprendamos la retirada -dijo el m&#233;dico sobresaltando con su llegada a F&#225;bregas, que, perdido en sus c&#225;balas, hab&#237;a olvidado por un momento el lugar en que se encontraba y el motivo de su presencia all&#237;-. Yo he tenido un d&#237;a bastante movido y a estas alturas usted tampoco parece muy lozano. Venga, le acompa&#241;ar&#233; a su hotel.

No se moleste.

Me servir&#225; de paseo -dijo el doctor Pimpom.

El odio s&#250;bito que F&#225;bregas sent&#237;a hacia aqu&#233;l le produc&#237;a un frenes&#237; que s&#243;lo la debilidad extrema de su estado le preven&#237;a de exteriorizar violentamente. Luego, sin embargo, a ratos, aquella inquina se volatilizaba repentinamente y sin motivo; entonces miraba a aquel hombre rid&#237;culo y petulante con una ternura inexplicable. En estas ocasiones la convicci&#243;n de que el doctor Pimpom obten&#237;a de ella inmerecidamente aquellas cosas a las que &#233;l en justicia se cre&#237;a acreedor por la magnitud de su amor, en lugar de constituir una causa de odio, acrecentaba su estima por &#233;l. Entonces sent&#237;a un deseo irreprimible de abrazarle, de colmarle de obsequios y de desvivirse por &#233;l. Al mismo tiempo, esta actitud impremeditada, que ten&#237;a tanto de magn&#225;nimo como de est&#250;pido, no pod&#237;a meno de irritarle. As&#237;, en un abrir y cerrar de ojos, renac&#237;a todo su encono con m&#225;s virulencia. Este vaiv&#233;n de las pasiones, que su porte exterior no trasluc&#237;a, le produc&#237;a una ansiedad descomedida: el coraz&#243;n le lat&#237;a entonces con tanta fuerza que pod&#237;a percibir claramente en el cerebro el eco de cada latido. Las piernas le flaqueaban y por un instante, al salir a la calle, crey&#243; que la vista se le nublaba. En realidad esto &#250;ltimo no ten&#237;a nada de patol&#243;gico: mientras se encontraban en el bar, la ciudad hab&#237;a sido cubierta por una niebla tan baja que parec&#237;a provenir del subsuelo. Los escasos transe&#250;ntes que todav&#237;a circulaban a esa hora lo hac&#237;an con la mitad inferior del cuerpo sumergida enteramente en la niebla, invisible a los dem&#225;s e incluso a s&#237; mismos. M&#225;s arriba, la niebla se desle&#237;a formando un bosque tupido de columnas sinuosas e imprecisas que se fund&#237;an con la oscuridad a medida que ganaban altura. F&#225;bregas avanzaba temerosamente a trav&#233;s de esta masa insustancial, cuyos girones parec&#237;an sugerir a sus ojos formas extra&#241;as y amenazantes, esbozos de esqueletos y seres de ultratumba que acechaban al viandante y le hac&#237;an se&#241;as y cuchufletas desde las esquinas y los soportales. Como si fuera un ciego, hab&#237;a colocado la mano sobre el hombro del doctor Pimpom, que le guiaba tanteando el pavimento con su bast&#243;n. Las farolas alineadas a lo largo de las ribas produc&#237;an una fosforescencia opaca y como de &#225;mbar, que no penetraba la niebla ni la oscuridad. En un momento dado sinti&#243; en los pies el peso leve y fugaz de lo que pod&#237;a haber sido un gato o una rata. De este modo llegaron ante la puerta del hotel. All&#237; el doctor Pimpom le tendi&#243; la mano y cuando F&#225;bregas se la estrech&#243;, retuvo la de &#233;ste en la suya con fuerza mientras le miraba fijamente a los ojos, como si all&#237; pudiera leer la clave de un secreto.

No s&#233; si este encuentro habr&#225; servido para algo -dijo al cabo de un rato.

Quiz&#225;s hemos estado hablando de cosas distintas -dijo &#233;l.

Quiz&#225;s -repiti&#243; el m&#233;dico solt&#225;ndole la mano.

Buenas noches, doctor; y muchas gracias por haberme acompa&#241;ado -dijo &#233;l subiendo con esfuerzo los tres pelda&#241;os que conduc&#237;an a la puerta giratoria. Hac&#237;a rato que el portero nocturno del hotel, advertido de la presencia de un hu&#233;sped, hac&#237;a girar la puerta a la espera de que &#233;ste se decidiese a entrar. En cada giro un retazo de niebla quedaba atrapado entre las hojas de la puerta y era trasvasado por este conducto al hall del hotel, en cuya penumbra se quedaba flotando unos instantes, como un esp&#237;ritu de poco rango.

&#161;Espere! -dijo de pronto el doctor Pimpom-. Si hemos de separarnos ahora quiz&#225; definitivamente, satisfaga antes al menos mi curiosidad. Con respecto a Mar&#237;a Clara

S&#237;, &#191;qu&#233; pasa con respecto a ella? -pregunt&#243; &#233;l deteni&#233;ndose tan cerca de la puerta giratoria que el canto de goma de una de las hojas pas&#243; roz&#225;ndole la cara.

Nada -respondi&#243; el m&#233;dico amedrentado por el rencor y la furia que pudo advertir en la voz del otro-. D&#237;game solamente por qu&#233; esta tarde la ha ofendido usted de un modo tan arbitrario.

F&#225;bregas baj&#243; de nuevo los pelda&#241;os dispuesto a golpear a su interlocutor de permit&#237;rselo sus fuerzas, ya completamente consumidas. Hundido en la niebla hasta la cintura, la figura diminuta del doctor Pimpom habr&#237;a podido resultar grotesca si aquella misma niebla, impregnada extra&#241;amente de la luz remota de las farolas, no hubiera envuelto su cabeza en una especie de nimbo, imprimiendo a su fisonom&#237;a un resplandor que parec&#237;a provenir de su &#225;nimo ecu&#225;nime e intr&#233;pido. Esta inesperada imagen de bravura impresion&#243; a F&#225;bregas, que se detuvo frente a &#233;l de un modo abrupto, pero sosegado.

&#191;Usted qu&#233; cree? -pregunt&#243; secamente.

Bueno -respondi&#243; el m&#233;dico con inseguridad-, yo tengo formada una idea, pero no s&#233; si usted quiere o&#237;rla o si yo debo realmente revel&#225;rsela.

No se ande con rodeos -dijo F&#225;bregas-. &#191;Qu&#233; idea es &#233;sa?

Que usted se comporta as&#237; porque est&#225; enfermo.

&#161;C&#243;mo! -exclam&#243; F&#225;bregas-. &#191;Enfermo yo? &#161;Qu&#233; disparate!

Ya le dije que era s&#243;lo una suposici&#243;n.

Vamos, doctor Pimpom, no escurra el bulto: &#191;A qu&#233; tipo de enfermedad se refiere?

Ah -respondi&#243; el m&#233;dico-, eso es usted quien debe dec&#237;rmelo.

&#191;Yo? Pero &#191;no es usted el m&#233;dico?

Y eso, &#191;qu&#233; tiene que ver? -dijo el doctor Pimpom con un deje de impaciencia en la voz-. &#191;Piensa usted que los m&#233;dicos lo sabemos todo? &#161;No sea pueril! Los m&#233;dicos vamos a tientas y s&#243;lo ocasionalmente acertamos en algo No, no, es usted quien tiene que saber d&#243;nde le aprieta el zapato.

No s&#233; si debo fiarme de su honradez -dijo F&#225;bregas.

Bien; ya veo que ahora es a m&#237; a quien pretende insultar -respondi&#243; el m&#233;dico con una calma impropia de su car&#225;cter-. Haga usted lo que le venga en gana. Yo ya le he dicho lo que le ten&#237;a que decir. Si quiere hacerme caso, cu&#237;dese o, mejor a&#250;n, som&#233;tase a un reconocimiento cabal cuanto antes. Buenas noches.

Sin aguardar respuesta, el doctor Pimpom gir&#243; sobre sus talones, dio unos pasos en direcci&#243;n opuesta al hotel y fue tragado por la niebla antes de que F&#225;bregas acertase a reaccionar. Arrepentido de la injuria que acababa de cometer y que sab&#237;a motivada por razones ajenas a la &#233;tica profesional del m&#233;dico, de cuya rectitud no ten&#237;a fundamento alguno para dudar, pens&#243; primero en darle alcance y pedirle disculpas, pero pronto comprendi&#243; que tal cosa ya no era posible en las circunstancias atmosf&#233;ricas imperantes. Avergonzado de su impetuosidad, volvi&#243; a subir los pelda&#241;os del hotel, empuj&#243; la puerta giratoria, que el portero nocturno hab&#237;a abandonado discretamente para no verse involucrado en el altercado que presinti&#243; fraguarse ante sus ojos, y entr&#243; en elhall. All&#237; el portero nocturno, que le aguardaba detr&#225;s del mostrador, le tendi&#243; con una mano la llave de su habitaci&#243;n y con la otra un papel doblado.

Una se&#241;orita ha venido esta tarde o, para ser exactos, vino en la tarde del d&#237;a de ayer, y dej&#243; este mensaje para el se&#241;or -dijo.

Era un hombre joven, afectado de gestos y muy redicho; una obesidad incipiente restaba todo atractivo a sus facciones correct&#237;simas, y una expresi&#243;n de necedad ufana, a sus ojos.

&#191;Una se&#241;orita? -pregunt&#243; F&#225;bregas desconcertado.

La de costumbre -dijo el portero; y enrojeciendo a&#241;adi&#243; para corregir lo que consider&#243; una falta de respeto-; quiero decir la que el se&#241;or usa habitualmente.

No es posible -replic&#243; F&#225;bregas-. &#191;A qu&#233; hora estuvo aqu&#237;?

No puedo informar al se&#241;or de preciso, por no haber estado yo de servicio durante esas horas -respondi&#243; el portero nocturno-, pero al relevar a mi compa&#241;ero del turno anterior, &#233;ste me dijo, por si el se&#241;or lo preguntaba, que la se&#241;orita hab&#237;a venido varias veces en el curso de la tarde a preguntar por el se&#241;or, hasta que finalmente hubo de desistir de sus prop&#243;sitos de verle y que fue entonces cuando dej&#243; este mensaje.

Ah -exclam&#243; F&#225;bregas tomando la llave y el mensaje de manos del portero nocturno y encamin&#225;ndose hacia el ascensor sin despedirse siquiera de aqu&#233;l-, entonces

Al entrar en su habitaci&#243;n se ech&#243; vestido en la cama y se qued&#243; mirando el techo estupefacto, sin fuerzas f&#237;sicas ni morales para leer el contenido del papel que le acababa de entregar el portero nocturno.

Entonces era cierto -iba repitiendo a media voz, como si tratara de desenmara&#241;ar para un presunto oyente la madeja de acontecimientos fortuitos y malentendidos que hab&#237;an configurado su situaci&#243;n actual-. Realmente ella no pas&#243; la tarde con el doctor Pimpom, al que en efecto encontr&#243; en la puerta del palacio cuando ambos regresaban a &#233;l de sus respectivos menesteres; antes bien, suponiendo que mi visita al palacio ser&#237;a breve, habi&#233;ndole yo dicho que deseaba verla una vez concluida aqu&#233;lla y no habiendo concretado lugar ni hora de la cita, vino a buscarme al hotel, a donde pens&#243; que yo habr&#237;a vuelto. Y yo, d&#225;ndomelas de avispado, la her&#237; de una forma repulsiva. &#161;Qu&#233; bochorno! Yo la amo con locura y ella evidentemente no siente lo mismo por m&#237;; sin embargo, desde que nos conocemos, s&#243;lo he recibido de ella muestras de afecto y constancia, mientras que yo, en cambio, no he dejado de maltratarla un solo instante. &#161;Malditas sean mi arrogancia y mi ruindad!



XV

Para no caer en la desesperaci&#243;n a la que se ve&#237;a predestinado en breve, decidi&#243; emplear el resto de la noche a pasar revista a los sucesos del d&#237;a, en la confianza de que &#233;stos ofrecieran a sus ojos una brecha por la que introducir, al menos, un conato de explicaci&#243;n y disculpa; pero esta revisi&#243;n minuciosa y repetitiva no trajo a su &#225;nimo ninguna esperanza. Finalmente decidi&#243; dar el asunto por perdido. Despu&#233;s de todo, se dijo, las cosas estaban sentenciadas a este final. El pensar as&#237; le produjo una sensaci&#243;n transitoria de alivio, animado por la cual encendi&#243; todas las luces de la habitaci&#243;n, abri&#243; de par en par los armarios y cajones y se puso a hacer el equipaje con tal entusiasmo que los hu&#233;spedes de las habitaciones contiguas, despertados bruscamente por la jarana, se pusieron a golpear los tabiques que las separaban de la suya y a dar voces de protesta. Esta llamada al orden le hizo ver de pronto lo absurdo de sus actividades, en las cuales ces&#243; al punto. Luego, sin molestarse en recoger las prendas y art&#237;culos que hab&#237;a esparcido por los muebles y el suelo ni en cerrar los armarios y cajones, apag&#243; las luces, se tendi&#243; de nuevo en la cama y permaneci&#243; all&#237; un rato hasta que le subi&#243; del pecho a la garganta un sollozo tan grande que por unos instantes crey&#243; que iba a ser asfixiado por la pena. Luego se fue recuperando poco a poco hasta alcanzar un estado de insensibilidad completa; ni siquiera notaba el contacto de la colcha con su cuerpo. Parece que est&#233; flotando, pens&#243; entonces, ingr&#225;vido como aquellos astronautas que antiguamente aparec&#237;an en los reportajes cinematogr&#225;ficos. Ahora le enternec&#237;a el recuerdo de aquellas escenas rodadas sabe Dios por qui&#233;n en el interior de unas naves angostas y abarrotadas de tubos, volantes y manivelas y en las cuales sol&#237;a verse un individuo en mallas hacer volatines lentamente en el aire mientras otro vestido de igual modo le&#237;a sentado con apacibilidad y soltura en el techo y un tercero, con la boca desmesuradamente abierta y gestos de c&#243;mica perplejidad, trataba en vano de comerse un flan que aparentemente dotado de voluntad propia, autonom&#237;a motriz y malicia, hu&#237;a hacia arriba, como si todo aquello constituyera el objetivo principal de los viajes espaciales o, al menos, como si aquellos individuos, sin duda osados, poseedores de unos conocimientos cient&#237;ficos fuera de lo ordinario y serios a carta cabal, pero herederos de una &#233;poca en la cual los inventos hab&#237;an de tener siempre una faceta recreativa, no desde&#241;aran de vez en cuando hacer de payasos y malabaristas. Era su madre quien habitualmente le acompa&#241;aba los d&#237;as de asueto a aquellas sesiones cinematogr&#225;ficas de las que nunca sal&#237;a defraudado ni insatisfecho, como si hubieran sido concebidas con el fin exclusivo de colmar exactamente sus deseos y expectativas. Ahora, al recordar aquellos reportajes de actualidad que preced&#237;an la pel&#237;cula y que &#233;l saboreaba doblemente, convencido de que, aun siendo interesant&#237;simos, eran s&#243;lo el pre&#225;mbulo de una pel&#237;cula que lo ser&#237;a todav&#237;a m&#225;s, se preguntaba si esta felicidad o el recuerdo de ella no ven&#237;a motivado en realidad por el recuerdo de su madre. Ahora, al menos, era as&#237;, no prodig&#225;ndole muestras de cari&#241;o, sino quieta, silenciosa y con la mirada puesta en otra parte, pero a su lado, como habr&#237;a deseado disponer de ella. Quiz&#225; por esta causa no hab&#237;a habido entonces para &#233;l nada comparable al cine ni lugar m&#225;s maravilloso que una sala cinematogr&#225;fica. Ahora ya no era as&#237;: ahora dejaba pasar meses e incluso m&#225;s de un a&#241;o sin entrar en una de ellas, y cuando lo hac&#237;a no era llevado por ning&#250;n inter&#233;s espec&#237;fico, sino por matar confortablemente un par de horas; en tales ocasiones encontraba las salas desvencijadas, vac&#237;as, casi t&#233;tricas. Estas sesiones err&#225;ticas le dejaban luego una sensaci&#243;n amarga, como si hubiese estado haci&#233;ndose a s&#237; mismo una estafa o una traici&#243;n.

Divagaba alrededor de estas cosas cuando una idea s&#250;bita, como enviada por un agente externo, le retrajo al presente. &#161;C&#225;spita!, se dijo. La confusi&#243;n, la verg&#252;enza y el descorazonamiento le hab&#237;an hecho olvidar hasta entonces el mensaje que ella hab&#237;a entregado al recepcionista la tarde precedente y que ahora obraba en su poder por mediaci&#243;n del portero nocturno. Hasta ese momento hab&#237;a dado por supuesto que el mensaje hab&#237;a de limitarse a dejar constancia de sus intentos repetidos e infructuosos por encontrarle, pero nada le garantizaba que en efecto contuviera tal cosa y nada m&#225;s. Incorpor&#225;ndose en la cama busc&#243; a tientas el interruptor de la l&#225;mpara de sobremesa y, como el nerviosismo no le permit&#237;a encontrarlo en la oscuridad, acab&#243; sacando del bolsillo interior de la chaqueta un cajita de cerillas y prendiendo una, a cuya luz endeble, habiendo encontrado y desdoblado el papel, ley&#243; su contenido con tal ansia que al pronto no pudo extraer ninguna significaci&#243;n de sus palabras. Finalmente hubo de apagar la cerilla y encender otra, y serenado por esta operaci&#243;n mec&#225;nica, ley&#243; lo siguiente:

&#191;D&#243;nde se ha metido? Llevo busc&#225;ndole la tarde entera. &#191;Me viene huyendo? Por favor, no haga tal cosa: le necesito urgentemente.

Recobraba la cordura y con ayuda de una tercera cerilla, localiz&#243; el interruptor de la l&#225;mpara de sobremesa, la encendi&#243; y pudo leer varias veces el mensaje sin apremio, hasta que, considerando haber comprendido su alcance sin error ni incertidumbre, apag&#243; la l&#225;mpara, se levant&#243; y fue a la ventana, cuyas persianas abri&#243; de par en par, con objeto de aspirar el aire de la noche. La bruma se hab&#237;a levantado y la luz de las farolas se reflejaba en el empedrado h&#250;medo y en el agua quieta del canal. Ahora una capa neblinosa muy tenue cubr&#237;a la ciudad como un toldo, a trav&#233;s del cual pod&#237;a verse, muy apagado y lejano, el brillo de algunas estrellas. Ma&#241;ana sin falta ir&#233; a buscarla, pens&#243;; si me necesita, tal como dice, no har&#225; falta ninguna excusa, pero yo se la dar&#233; igualmente. En aquel momento cruz&#243; el cielo una estrella fugaz y su luz, m&#237;nima y breve, al penetrar en la niebla, fue retenida y agigantada por &#233;sta de tal modo que durante un rato crey&#243; estar viendo un cometa an&#243;nimo, cuyo resplandor se desparramaba por el cielo hasta el horizonte y hac&#237;a aparecer ante sus ojos la ciudad entera. Luego aquella luz se fue extinguiendo lentamente y la ciudad qued&#243; ba&#241;ada en plata hasta que cada edificio fue echando su sombra sobre el edificio contiguo y la oscuridad lo cubri&#243; de nuevo todo. Aunque nunca hab&#237;a sido supersticioso, F&#225;bregas cre&#237;a que ciertas coincidencias o sucesos fortuitos brindaban a la imaginaci&#243;n un trasunto simple y claro del estado de &#225;nimo de la persona que los contemplaba, de modo que &#233;sta pod&#237;a decir: ah, as&#237; es como me siento realmente en estos momentos. Reconfortado por esta interpretaci&#243;n del espect&#225;culo que acababa de presenciar, cerr&#243; las persianas, volvi&#243; a la cama y se durmi&#243;.

Al despertar record&#243; aquel fen&#243;meno ins&#243;lito y se pregunt&#243; si no se habr&#237;a producido &#250;nicamente en sus sue&#241;os. Acudi&#243; de nuevo a la ventana y abri&#243; las persianas: a&#250;n no hab&#237;a amanecido. Contempl&#243; un instante entre dos luces la ciudad que unas horas antes hab&#237;a sido revelada a sus ojos por aquel resplandor venido especialmente para la ocasi&#243;n del infinito. Ahora todo era igual, pero m&#225;s sereno y sin misterio. La brisa del alba, que entraba por la ventana reemplazando el aire viciado de la habitaci&#243;n, hizo volar el mensaje desde la mesilla de noche a la alfombra. F&#225;bregas lo recogi&#243; y lo ley&#243; una vez m&#225;s, temeroso de haber so&#241;ado tambi&#233;n su contenido. Luego, tranquilizado a este respecto, se duch&#243;, se visti&#243; a toda prisa y baj&#243; alhall, donde el portero nocturno se dispon&#237;a a partir. Sin la casaca cubierta de pasamaner&#237;a, que era distintivo del hotel, su aspecto era m&#225;s ordinario que la noche anterior. Sus facciones acusaban tambi&#233;n el cansancio de tantas horas pasadas entre vigilias, cabezadas y sobresaltos. F&#225;bregas le pregunt&#243; si hab&#237;a visto aquella noche un cometa y el portero nocturno le contest&#243; secamente que no. Despu&#233;s de la impresi&#243;n producida en &#233;ste por el incidente ocurrido ante las escaleras del hotel, que F&#225;bregas no hab&#237;a tenido el tacto de disipar con unas frases amables y una propina, el portero nocturno no parec&#237;a muy dispuesto a entablar conversaci&#243;n con &#233;l fuera de horas de servicio. F&#225;bregas lo comprendi&#243; as&#237; y lo dej&#243; marchar. Luego &#233;l mismo sali&#243; a la calle.



CAP&#205;TULO TERCERO



I

Pronto se dio cuenta de que no iba a serle f&#225;cil dar por s&#237; solo con el palacio de los Dolabella. La v&#237;spera, cuando Mar&#237;a Clara le hab&#237;a conducido all&#237;, no hab&#237;a reparado en la direcci&#243;n que ella hab&#237;a dado al gondolero: como le suced&#237;a siempre que estaban juntos, no hab&#237;a podido apartar un instante su atenci&#243;n de ella. Luego, por la noche, el odio que sent&#237;a hacia el doctor Pimpom le hab&#237;a impedido de nuevo parar mientes en el trayecto. Ahora no recordaba ning&#250;n detalle que pudiera servirle de referencia. Al cabo de un rato de vagar in&#250;tilmente vio un grupo de gondoleros que desayunaba en una tasca, a la espera de los clientes matutinos, y dirigi&#233;ndose a ellos les pregunt&#243; si conoc&#237;an por casualidad un palacio ruinoso cuya entrada trasera estaba flanqueada por dos estatuas colosales; a esto le respondieron los gondoleros que en Venecia hab&#237;a varias docenas de edificaciones que respond&#237;an a esta descripci&#243;n. El d&#237;a promet&#237;a ser caluroso y h&#250;medo y la neblina hac&#237;a el aire denso y fatigoso. Despu&#233;s de conversar un rato con los gondoleros, F&#225;bregas contrat&#243; a uno de ellos, que se comprometi&#243; a darle vueltas por los canales hasta localizar el palacio que buscaba. Al mediod&#237;a la excursi&#243;n no hab&#237;a dado fruto y el gondolero le anunci&#243; que ten&#237;a que ceder la g&#243;ndola a su socio, con quien compart&#237;a embarcaci&#243;n, trabajo y beneficios.

Pero no la parienta -a&#241;adi&#243; en tono jocoso.

En el muelle donde se produjo el relevo de socios, F&#225;bregas cerr&#243; con el nuevo gondolero el mismo trato, pero al cabo de una hora, viendo que aqu&#233;l volv&#237;a a llevarle por los lugares que acababa de recorrer en la ma&#241;ana, agobiado por el calor y harto de permanecer encajonado en la g&#243;ndola, se hizo desembarcar en un punto cualquiera del recorrido. Hasta los turistas m&#225;s contumaces hab&#237;an abandonado las calles a la espera de que el crep&#250;sculo aliviase el bochorno reinante. Ahora F&#225;bregas caminaba por una ciudad desierta, deteni&#233;ndose de vez en cuando en alg&#250;n bar a beber agua, cerveza, limonada o cualquier otro refresco que le aliviara moment&#225;neamente la sed. Luego segu&#237;a caminando y el l&#237;quido ingerido le hac&#237;a sudar copiosamente. Tampoco hab&#237;a comido nada ese d&#237;a, pero la sola idea de llevarse algo s&#243;lido a la boca le produc&#237;a n&#225;useas. A media tarde se le ocurri&#243; de pronto que tal vez ella hubiera acudido de nuevo al hotel esperando encontrarle all&#237;, resguardado del calor. Esta idea le trastorn&#243; enormemente. Por suerte en aquel momento acert&#243; a pasar por donde se hallaba un taxi y pudo tomarlo y hacerse conducir al hotel sin dilaci&#243;n. En el mostrador de recepci&#243;n le fue entregado un mensaje que dec&#237;a: Veo que sigue rehuyendo mi presencia. &#191;Qu&#233; le he hecho? Pidi&#243; recado de escribir al recepcionista y garrapate&#243; a su vez esta nota: Salgo en su busca; regresar&#233; a eso de las nueve. Esp&#233;reme en el hotel y no se le ocurra marcharse.

Si ella vuelve, dele este mensaje y no deje que se vaya: es importante -dijo al recepcionista entreg&#225;ndole su mensaje y una propina rumbosa.

&#191;Y no ser&#237;a mejor que el se&#241;or la esperase aqu&#237;, tranquilamente? -sugiri&#243; el recepcionista; y, ante el estupor que esta sugerencia parec&#237;a haber producido a su interlocutor, se apresur&#243; a a&#241;adir-: Disculpe mi entremetimiento, pero el se&#241;or no tiene buena cara.

El quedarme aqu&#237; no la mejorar&#225; mucho -replic&#243; &#233;l.

Vaya a su habitaci&#243;n, dese un ba&#241;o y rel&#225;jese. Yo le enviar&#233; una masajista. Para d&#237;as como &#233;ste, un ba&#241;o y un buen masaje son de lo m&#225;s indicado -dijo el recepcionista con firmeza.

En otra ocasi&#243;n -dijo F&#225;bregas.

Cuando volvi&#243; a salir del hotel declinaba el d&#237;a y los turistas, angustiados ante la perspectiva de una jornada malograda, hab&#237;an invadido nuevamente calles y sitios, dispuestos a arrostrar el calor y la humedad. Esta vez ser&#233; met&#243;dico, se dijo. En una librer&#237;a compr&#243; una gu&#237;a de forasteros con tapas de pl&#225;stico rojas, blancas y amarillas. Con ella se propon&#237;a recorrer todos los palacios enumerados all&#237; sistem&#225;ticamente e ir tachando cada palacio recorrido. Con la gu&#237;a de forasteros en el bolsillo anduvo un trecho y, llegado a la explanada que se extend&#237;a frente al Palacio ducal, donde antiguamente hab&#237;an tenido lugar las ejecuciones p&#250;blicas, la sac&#243; para consultarla. S&#243;lo entonces se dio cuenta de que por distracci&#243;n hab&#237;a comprado un ejemplar de la gu&#237;a de forasteros en alem&#225;n, idioma del que lo ignoraba casi todo. Pod&#237;a aprovechar, sin embargo, los planos y trazados hasta tanto no se le presentara la ocasi&#243;n de adquirir otra. Por causa de la neblina persistente, la luz era menguada para ser verano y le costaba descifrar los planos. Al cabo de un rato de forzar la vista, empez&#243; a ver doble. Lo que me faltaba, pens&#243;. Un grupo de turistas pas&#243; por donde estaba d&#225;ndole empellones; en uno de estos empellones la gu&#237;a de forasteros se le cay&#243; de las manos y fue pisoteada por aquel tropel. Ahora todos los l&#237;quidos que hab&#237;a bebido a lo largo del d&#237;a pugnaban por ser regurgitados. Pens&#243; acercarse al borde del agua, considerando m&#225;s higi&#233;nico vomitar all&#237; que hacerlo sobre el pavimento, pero desisti&#243; de ello por miedo de resbalar e ir a parar al agua. Cualquier cosa menos el agua, pens&#243; en aquel momento. Luego hizo acopio de energ&#237;a y logr&#243; entrar en el Palacio ducal mezclado con la masa de turistas. Una vez dentro del recinto busc&#243; los lavabos sin encontrarlos. La gente sub&#237;a y bajaba las escaleras apresuradamente, porque se hac&#237;a tarde y estaban a punto de cerrar el palacio a los visitantes. Huyendo de pordioseros y granujas que le acosaban con ofrecimientos diversos, entr&#243; al azar en un sal&#243;n donde no hab&#237;a mucha gente. En aquel sal&#243;n, cerrado a cal y canto, hac&#237;a tanto calor que crey&#243; desvanecerse. Sin embargo, un cuadro bastante grande, colgado de una de las paredes, atrajo su atenci&#243;n en el &#250;ltimo momento: eraEl Dux y los procuradores adorando la Hostia, de aquel Tommaso Dolabella de quien Mar&#237;a Clara y su padre cre&#237;an descender. En varias ocasiones ella le hab&#237;a conducido a aquel mismo sal&#243;n para mostrarle la obra de su presunto antepasado, pero &#233;l hab&#237;a mirado el cuadro sin verlo realmente. Si al t&#233;rmino de cada visita alguien le hubiese preguntado de qu&#233; trataba aquel cuadro, no habr&#237;a sabido qu&#233; responder. Ahora, en cambio, sent&#237;a un vivo af&#225;n por examinarlo minuciosamente a fin de fijarlo de una Vez por todas en la memoria, como si fuera a emprender un largo viaje y quisiera llevarse consigo el recuerdo del cuadro como &#250;nico bagaje. Pero ahora el cuadro &#250;nicamente presentaba a sus ojos un conjunto de manchas sin forma ni sentido. Confiado en que de m&#225;s cerca mejorara la visi&#243;n de aqu&#233;l, cruz&#243; el sal&#243;n dando traspi&#233;s. Estaba tan cerca de la tela que algunos de los presentes, temiendo que tratara de atentar contra la integridad de &#233;sta, se apostaron a su lado dispuestos a intervenir para imped&#237;rselo, toda vez que su aspecto no deb&#237;a de parecerles peligroso. &#201;l hizo un adem&#225;n que quer&#237;a ser tranquilizador: con &#233;l pretend&#237;a dar a entender que sus intenciones no eran destructivas. En realidad s&#243;lo quer&#237;a leer el nombre del pintor, que era el de ella, antes de perder el sentido. Al punto varias manos le sujetaron. &#201;l miraba aquellas manos estupefacto, porque hab&#237;a advertido que todas ellas eran de color verdoso o amarillento, como la tripa de algunos reptiles. Nadie tiene la piel as&#237;, pens&#243;; deben de llevar guantes de alg&#250;n material sint&#233;tico. Pero cuando levant&#243; la vista advirti&#243; que tambi&#233;n el cuadro entero era del mismo color malsano. Entonces comprendi&#243; que era su vista la que se hab&#237;a cubierto de un tul de aquel color.



II

Al despertar vio un hombre joven, de aspecto afable, que le observaba con reticencia. Este joven ten&#237;a el cabello y la barba rojizos. No le dol&#237;a nada y sent&#237;a el cuerpo ligero y la cabeza clara, como si despertara pl&#225;cidamente de un sue&#241;o reparador. Al tratar de incorporarse vio que no llevaba otra ropa que una especie de camisola corta, de una tela no muy fina, pero limpia y planchada, de color azul pastel, abierta por la espalda y anudada por unas cintas detr&#225;s de la nuca. Si me levanto, me quedar&#233; ense&#241;ando el trasero, pens&#243;, pero &#191;qu&#233; importa? El joven de la barba rojiza, advirtiendo sus intenciones, le hizo un gesto conminatorio que quer&#237;a decir: siga acostado. F&#225;bregas obedeci&#243; m&#225;s por debilidad que por respeto a aquel individuo que no cre&#237;a haber visto antes nunca.

&#191;Es usted el masajista? -le pregunt&#243;.

El joven de la barba rojiza estuvo sonriendo un rato sin decir nada, como si ponderase la respuesta que deb&#237;a dar a esta pregunta. Finalmente dijo:

No.

F&#225;bregas advirti&#243; entonces que no estaba en su habitaci&#243;n, ni en otra similar del hotel, sino en un cuarto angosto y sin ventanas ni aberturas visibles al exterior, salvo una puerta de marco de madera y paneles de vidrio opaco.

&#191;D&#243;nde estoy? -pregunt&#243;.

En San B&#225;bila -respondi&#243; el joven de la barba rojiza.

Yo soy ateo -protest&#243; &#233;l.

No se inquiete: no le estamos rezando un responso. San B&#225;bila es un dispensario.

&#191;Qu&#233; ha pasado? &#191;Me desmay&#233;?

El joven consult&#243; un cuaderno y luego movi&#243; la cabeza afirmativamente.

Ah, ya recuerdo. Y antes de desmayarme, &#191;vomit&#233;?

No lo s&#233;: yo no estaba presente; pero seg&#250;n dice este informe, al ingresar en el dispensario le fue practicado un lavado de est&#243;mago, lo que parece indicar que no vomit&#243;, si eso le viene preocupando.

&#191;Y mi ropa?

No la tra&#237;a cuando lo trajeron.

&#191;Quiere decir que me la hab&#237;an quitado?

M&#225;s bien que se la hab&#237;a quitado usted mismo. Seg&#250;n el informe, entr&#243; usted desnudo en una sala del Palacio ducal. Al parecer la cosa no pas&#243; de ah&#237;, porque la polic&#237;a no levant&#243; atestado ni se ha presentado denuncia alguna. Con el calor que estamos teniendo, a m&#225;s de uno se le debi&#243; de ocurrir la misma idea.

Oiga, yo no estoy loco.

Me da igual que lo est&#233; o no: yo no soy psiquiatra. &#191;De veras no recuerda haberse desmayado?

No.

&#191;Qu&#233; otra cosa no recuerda?

Recuerdo perfectamente todo lo dem&#225;s.

&#191;Cu&#225;l es su nombre?

Charlie.

Charlie qu&#233; m&#225;s.

Charlie nada m&#225;s.

Hum. &#191;Tiene familia?, &#191;esposa, compa&#241;era, amiga, secretaria?

No, nada de eso.

&#191;Viaja solo?

S&#237;.

&#191;D&#243;nde se hospeda?

Ahora mismo no sabr&#237;a decirle. &#191;En un hotel?

Eso es usted quien tiene que dec&#237;rmelo. &#191;Qu&#233; hotel?

No recuerdo su nombre.

&#191;C&#243;mo es? &#191;Un hotel de lujo?, &#191;un hotel de medio pelo?, &#191;una pensi&#243;n?

Caro. Un hotel caro.

Mejor para usted. &#191;Es argentino?

Espa&#241;ol.

&#191;Le gustan los toros?

&#191;A qu&#233; viene esta sandez?

Soy m&#233;dico y estoy observando sus reacciones. &#191;A&#250;n no se hab&#237;a dado cuenta?

Yo no necesito un m&#233;dico.

Se desnuda en p&#250;blico, se desmaya, sufre de amnesia y pretende no necesitar un m&#233;dico: &#191;qui&#233;n de los dos est&#225; diciendo sandeces, Charlie?

Quiero que venga mi m&#233;dico particular.

&#191;De Espa&#241;a? &#191;Cree que vendr&#225; si le llamamos?

Aqu&#237; tambi&#233;n tengo m&#233;dico particular.

&#191;Aqu&#237;? &#191;D&#243;nde es aqu&#237;?

En esta ciudad.

&#191;C&#243;mo se llama esta ciudad?

Venecia.

Vaya; algo es algo. &#191;C&#243;mo se llama su m&#233;dico en Venecia?

Doctor Pimpom.

Vamos, Charlie, esto es un nombre rid&#237;culo: en Venecia no hay ning&#250;n m&#233;dico que se llame de esta manera. &#191;Cu&#225;ntos dedos hay aqu&#237;?

Tres.

Muy bien. Mire aquel cuadrito colgado de la pared. &#191;Qu&#233; representa?

Un hombre alto, con barba. &#191;Su retrato?

No, hombre. Es una estampa de San B&#225;bila el anacoreta, bajo cuya advocaci&#243;n fue puesto este dispensario. Si me promete estarse quieto mientras le tomo la presi&#243;n, le contar&#233; su historia.

Le advierto que a m&#237; San B&#225;bila me la sopla.

Peor para usted -dijo el m&#233;dico de la barba rojiza-; se quedar&#225; sin saberla. A ver, abra la boca, ci&#233;rrela y sostenga el term&#243;metro; no lo escupa ni se lo trague. Extienda el brazo; voy a tomarle la presi&#243;n. Mientras tanto, conteste a mis preguntas diciendo s&#237; o no con la cabeza. No intente hablar, porque se le caer&#225; el term&#243;metro al suelo. &#191;Lo ha entendido? Muy bien. &#191;Es usted diab&#233;tico? &#191;Ha habido diab&#233;ticos en su familia? &#191;C&#243;mo puede decir si ha habido o no diab&#233;ticos en su familia si no recuerda ni su propio nombre? &#161;No hable! Le he dicho que no hable. S&#243;lo s&#237; o no. &#191;Fuma? &#191;Bebe mucho? &#191;Se hab&#237;a desnudado anteriormente en alg&#250;n lugar p&#250;blico? &#191;Cree que alguien le persigue? &#191;Sue&#241;a a menudo? Bueno, ya est&#225;. La temperatura es normal, pero tiene la presi&#243;n un poco descompensada y el pulso acelerado. En t&#233;rminos generales, yo lo veo bien, pero me gustar&#237;a tenerle el resto de la noche en observaci&#243;n.

&#161;C&#243;mo! &#191;El resto de la noche? -exclam&#243; F&#225;bregas-. &#191;Pues qu&#233; hora es?

Las once y media.

&#161;Cielo santo, ten&#237;a una cita inaplazable a las nueve!

Me temo que ya la ha aplazado, pero me alegra ver que recuerda sus citas -dijo el m&#233;dico de la barba rojiza.

Tambi&#233;n acabo de acordarme del nombre de mi hotel: Gran Hotel del Moro. Llame al hotel: all&#237; le dar&#225;n raz&#243;n de m&#237;.

&#191;En el Gran Hotel del Moro tambi&#233;n se hace llamar Charlie a secas? -pregunt&#243; el m&#233;dico de la barba rojiza.

No &#191;Qu&#233; ha sido de mi documentaci&#243;n?

Debi&#243; de quedarse con la ropa. Sigue sin recordar su nombre, &#191;verdad?

Lo tengo en la punta de la lengua.

Con la punta de la lengua no se va muy lejos. Acu&#233;stese y procure dormir. Si ve que no puede conciliar el sue&#241;o, llame a la enfermera y p&#237;dale un somn&#237;fero. D&#237;gale que yo se lo he recetado. Por desgracia, yo no puedo dedicarle m&#225;s tiempo. La gente disfruta rompi&#233;ndose la crisma y a estas horas el dispensario est&#225; abarrotado. Volver&#233; ma&#241;ana por la ma&#241;ana, antes de que venga el turno de d&#237;a. Entonces veremos c&#243;mo va esa memoria. &#191;De acuerdo?

No. Quiero irme de aqu&#237; ahora mismo -dijo F&#225;bregas.

No tiene la cabeza tan firme como usted cree. H&#225;game caso y no se arrepentir&#225;.

Oiga, doctor, si la polic&#237;a no ha presentado denuncia contra m&#237;, &#191;puedo ser retenido en contra de mi voluntad?

El m&#233;dico de la barba rojiza se encogi&#243; de hombros.

Haga lo que le d&#233; la gana -murmur&#243; con un deje de desaliento en la voz-, pero venga ma&#241;ana a partir de las cinco, para que veamos qu&#233; tal van las cosas. Por supuesto, si no quiere venir, tampoco puedo obligarle a que venga: usted ver&#225; lo que le conviene.

Mientras hablaba iba rellenando un formulario. Cuando hubo acabado de rellenarlo separ&#243; el original de la copia y entreg&#243; el original a F&#225;bregas.

Tenga -le dijo-. Al salir entregue este volante a la enfermera que encontrar&#225; en el mostrador, en el vest&#237;bulo. Ella le facilitar&#225; la forma de volver a su hotel.

Tal como le hab&#237;a indicado el m&#233;dico de la barba rojiza, en el vest&#237;bulo hab&#237;a un mostrador, pero la enfermera que deb&#237;a haberlo atendido estaba ausente cuando F&#225;bregas se person&#243; en &#233;l. Viendo que el reloj que presid&#237;a el vest&#237;bulo estaba a punto de dar las doce, dej&#243; el volante sobre el mostrador y sali&#243; a la calle. Una vez all&#237; lament&#243; no haber le&#237;do lo que el m&#233;dico de la barba rojiza hab&#237;a escrito en el volante acerca de su estado f&#237;sico y mental. Realmente no s&#233; d&#243;nde tengo la cabeza, pens&#243;; he de cuidarme un poco si no quiero acabar mal. Advirtiendo que los transe&#250;ntes miraban de reojo su atuendo estrafalario, decidi&#243; que no era prudente permanecer demasiado rato en el mismo sitio. Se alej&#243; caminando a buen paso, pero sin rumbo, m&#225;s atento a impedir que la brisa le levantara los faldones de la camisola y dejara al aire sus verg&#252;enzas que a encontrar un camino que le condujera al hotel. Cuando finalmente se detuvo, sabi&#233;ndose extraviado una vez m&#225;s, se le acerc&#243; un hombre obeso que le hab&#237;a venido siguiendo desde hac&#237;a un trecho.

Venga conmigo -le dijo cogi&#233;ndole del brazo con firmeza-; volveremos juntos al hotel.

&#191;C&#243;mo sabe usted en qu&#233; hotel me alojo? -pregunt&#243; F&#225;bregas dej&#225;ndose conducir por el desconocido.

El Gran Hotel del Moro, &#191;no es as&#237;? -dijo el hombre obeso, y luego, sonriendo afablemente, a&#241;adi&#243;-: Yo tambi&#233;n me alojo all&#237;.

Pero yo no le conozco a usted.

Tampoco en eso hay misterio -dijo el hombre obeso-: hemos coincidido en el restaurante del hotel, a la hora del desayuno, en un par de ocasiones. De eso le conozco, aunque usted no me conozca a m&#237;, quiz&#225; porque es usted m&#225;s llamativo que yo, o porque yo soy m&#225;s observador que usted. &#191;Se encuentra bien?

Perfectamente, muchas gracias. En cuanto a mi vestimenta

Todos tenemos un mal d&#237;a -ataj&#243; el hombre obeso con afabilidad.

El portero nocturno del hotel torci&#243; el gesto al verlo aparecer en elhall de aquella guisa, pero el hombre obeso le tranquiliz&#243; murmur&#225;ndole unas palabras al o&#237;do y desliz&#225;ndole subrepticiamente un billete en el bolsillo de la casaca. Frente a la puerta de la habitaci&#243;n de F&#225;bregas, &#233;ste y el hombre obeso estuvieron un rato intercambiando f&#243;rmulas de cortes&#237;a hasta que el hombre obeso, aduciendo que a ambos les conven&#237;a descansar de la fatiga del d&#237;a, se alej&#243; en direcci&#243;n al ascensor. F&#225;bregas entr&#243; en la habitaci&#243;n, recorri&#243; la distancia que le separaba de la cama sin encender siquiera la luz y se acost&#243; inmediatamente. Tiene raz&#243;n el hombre obeso, pens&#243;; estoy verdaderamente exhausto. Y como si la frase rutinaria pronunciada por aqu&#233;l hubiera sido la aut&#233;ntica raz&#243;n de su cansancio, apenas la hubo repetido para sus adentros, se qued&#243; dormido.



III

Crey&#243; estar en la cubierta de un barco, acodado en la barandilla, mirando el mar. Cuando iba a retirarse a su camarote, el hombre obeso que momentos antes hab&#237;a venido a ocupar un lugar contiguo al suyo, le retuvo asi&#233;ndole del brazo e inst&#225;ndole encarecidamente a que se quedase, ya que, seg&#250;n le dijo, faltaba poco para avistar la isla y su famoso templo, a lo que &#233;l replic&#243; no saber a qu&#233; isla ni a qu&#233; templo se refer&#237;a su interlocutor, el cual, con una sonrisa paternal, le reproch&#243; no haber le&#237;do atentamente la gu&#237;a de forasteros y mostr&#243; consternaci&#243;n cuando F&#225;bregas le cont&#243; que hab&#237;a perdido la suya. Hoy por hoy, le vino a decir, viajar sin una buena gu&#237;a de forasteros es tanto como viajar desnudo. F&#225;bregas habr&#237;a querido replicar a esto que precisamente la noche anterior hab&#237;a embarcado en aquel mismo paquebote un grupo bastante numeroso de nudistas, que se hab&#237;a pasado la ma&#241;ana chapoteando en la piscina y jugando alvolley-ball en pernetas, pero se abstuvo de hacerlo porque record&#243; de pronto que algunos viajeros, a la vista de aquel espect&#225;culo ins&#243;lito, hab&#237;an decidido seguir el ejemplo de los nudistas y, despoj&#225;ndose all&#237; donde estaban de todas sus ropas, se hab&#237;an unido a aqu&#233;llos en medio de grandes gritos y risotadas, y que precisamente la esposa del hombre obeso, que acompa&#241;aba a &#233;ste en su viaje de negocios, en ausencia de su marido, el cual hab&#237;a preferido permanecer durante la ma&#241;ana en el camarote revisando unos documentos relacionados con su trabajo, hab&#237;a sido una de las partidarias m&#225;s entusiastas de la idea, si no su promotora. Por lo cual se limit&#243; a pedir a su interlocutor que le dijera qu&#233; isla era aqu&#233;lla, a lo que el otro respondi&#243; que la isla donde hab&#237;a vivido y muerto San B&#225;bila el anacoreta. Y eso &#191;qu&#233; inter&#233;s tiene?, quiso saber, a lo que el otro replic&#243; que eso depend&#237;a de las creencias y devociones de cada cual, y agreg&#243; acto seguido que &#233;l, personalmente, se ten&#237;a por ateo o, cuando menos, por agn&#243;stico y consideraba las historias de milagros y prodigios meras leyendas po&#233;ticas en el mejor de los casos y supersticiones deplorables en el peor de ellos, pero que, ello no obstante, ten&#237;a conocimientos abundantes de estas cosas a trav&#233;s de su mujer, que era persona muy piadosa y mojigata y lectora ferviente de vidas de santos. F&#225;bregas, que hab&#237;a sor-pendido la v&#237;spera a la esposa de su interlocutor, en un rinc&#243;n oscuro de la cubierta, abrazada a un marinero, al que introduc&#237;a con fruici&#243;n la lengua en la oreja mientras le frotaba la entrepierna con el muslo, se abstuvo de manifestar en voz alta el asombro que le produc&#237;an las palabras del otro, el cual, ajeno a esto, le refiri&#243; lo que su esposa le hab&#237;a referido a su vez acerca de c&#243;mo San B&#225;bila hab&#237;a sido en su juventud hombre gallardo y de costumbres licenciosas hasta que, enamorado de una muchacha bella y virtuosa y desde&#241;ado por &#233;sta, o arrebatada &#233;sta por la c&#233;lebre peste en la flor de la edad, hab&#237;a abominado de su vida anterior y decidido hacerse anacoreta. A tal fin, hab&#237;a viajado hasta la costa veneciana, pues era oriundo del interior, y all&#237; hab&#237;a pedido a un marinero que a la saz&#243;n estaba aparejando su barca que le condujera a una isla peque&#241;a y &#225;rida, situada a varias leguas de la costa. El marinero le hab&#237;a dicho que en aquella isla no crec&#237;a ninguna hierba ni hab&#237;a siquiera all&#237; insectos que pudieran servirle de sustento, que en realidad la isla era s&#243;lo un pe&#241;ascal, a lo que el anacoreta hab&#237;a respondido diciendo: Dios proveer&#225;. Al cabo de dos d&#237;as, una ballena hab&#237;a embarrancado en la isla, donde no hab&#237;a tardado en morir, quedando su corpach&#243;n varado en la playa. El anacoreta, que sab&#237;a que en el Adri&#225;tico no hab&#237;a habido nunca ballenas, hab&#237;a visto en aquello la mano del Alt&#237;simo. Obtuvo sal evaporando el agua del mar y con ella conserv&#243; la ballena en salaz&#243;n, aliment&#225;ndose de aquella reserva durante cincuenta a&#241;os. Con el esqueleto de la ballena, que iba quedando al descubierto a medida que el anacoreta se iba comiendo la carne, empez&#243; a construir un templo. Con un buril de piedra iba labrando en cada hueso escenas de la vida y la pasi&#243;n de Cristo, de la vida de Mar&#237;a, de los hechos de los Ap&#243;stoles y del Apocalipsis. Los barcos que pasaban frente a la isla iban viendo crecer aquel templo, que reluc&#237;a al sol, pero, conociendo su origen, no se atrev&#237;an a acercarse a la isla, por no perturbar la soledad del anacoreta. Finalmente un d&#237;a el templo qued&#243; acabado. Lo remataba una cruz de barbas de ballena. Los marineros y pescadores que frecuentaban aquella ruta, al ver el templo acabado, supieron que tambi&#233;n el anacoreta hab&#237;a acabado su misi&#243;n y desembarcaron para llevar su cuerpo a Venecia, donde todo estaba dispuesto desde hac&#237;a mucho para su sepelio. El cuerpo del anacoreta, pese a haberse alimentado durante tantos a&#241;os de carne de ballena en salaz&#243;n &#250;nicamente, desprend&#237;a un aroma exquisito.

Concluida la historia, el hombre obeso dijo hab&#233;rsele hecho un nudo en la garganta, como siempre que ten&#237;a ocasi&#243;n de refer&#237;rsela a alguien; sin que supiera explicar por qu&#233;, dijo, aquella historia de abnegaci&#243;n y constancia siempre le hab&#237;a emocionado. Hoy ya no exist&#237;an hombres as&#237;, agreg&#243; a modo de colof&#243;n. F&#225;bregas dio su asentimiento a ello con m&#225;s cortes&#237;a que convicci&#243;n. Hac&#237;a rato que su atenci&#243;n hab&#237;a sido atra&#237;da por la llegada de la mujer del hombre obeso, la cual, dando muestras de extrema discreci&#243;n y respeto, no hab&#237;a osado interrumpir el relato de aqu&#233;l y se hab&#237;a quedado algo apartada de ambos, callada y quieta, en una actitud modesta que al principio impresion&#243; favorablemente a F&#225;bregas, quien, sin embargo, crey&#243; advertir, aunque sin adquirir certeza al respecto, cada vez que una r&#225;faga de viento arremolinaba el vestido veraniego de la mujer, que ella no llevaba debajo ninguna prenda interior. Estos atisbos precarios y la sospecha de que ella, no obstante el recato de su aspecto, propiciaba con su colocaci&#243;n y sus posturas la complicidad del viento, le produjeron una excitaci&#243;n que no sab&#237;a de qu&#233; modo ocultar a los ojos del hombre obeso, quien, por fortuna, parec&#237;a del todo ajeno al devaneo que se desarrollaba en sus propias barbas. Desde el primer momento en que la hab&#237;a visto se hab&#237;a encendido en F&#225;bregas una pasi&#243;n por aquella mujer de la que nada parec&#237;a poder apartarle. Aquella pasi&#243;n le dominaba. &#201;l se preguntaba qu&#233; hab&#237;a hecho aquella mujer para alterarle de aquel modo ins&#243;lito, qu&#233; hab&#237;a en ella y qui&#233;n ser&#237;a en realidad, pues, a pesar de que apenas hab&#237;a tenido ocasi&#243;n de examinar su rostro con detenimiento, unas veces debido a los efectos de la luminosidad cegadora del cielo, otras, al contraste entre esa misma luminosidad y la sombra de la toldilla, y otras, por &#250;ltimo, a su cabellera rojiza, que, al juguetear con la brisa, se lo cubr&#237;a parcialmente, aqu&#233;l no le resultaba desconocido. Ahora esta suma de rasgos entrevistos, pero nunca ofrecidos verdaderamente a su contemplaci&#243;n, le trastornaba hasta el delirio.

As&#237; permanecieron los tres un rato, en silencio, simulando otear el mar en busca de la isla, hasta que de pronto el hombre obeso les anunci&#243; inesperadamente que deb&#237;a ausentarse sin demora. Confes&#243; que el nerviosismo producido por la expectativa le hab&#237;a provocado la necesidad inaplazable de orinar, cosa que pensaba hacer en elwater de su camarote y aprovechar de paso la ocasi&#243;n para proveerse all&#237; de un catalejo que hab&#237;a adquirido precisamente para la traves&#237;a, pero de cuya existencia se hab&#237;a olvidado hasta ese momento. Apenas el hombre obeso hubo girado sobre sus talones, la mujer abandon&#243; todo fingimiento y con voz perentoria orden&#243; a F&#225;bregas que la siguiese. Cuando ella pas&#243; por su lado, lleg&#243; a su olfato un perfume penetrante y c&#225;lido que le record&#243; el &#233;ter. Por una escotilla descendieron al corredor a cuyos lados se alineaban las puertas de los camarotes. En el corredor no hab&#237;a nadie a aquella hora; all&#237; todo era silencio, penumbra y frescor. Tambi&#233;n su camarote estaba envuelto en una penumbra dorada; la luz del sol reflejada en el agua entraba por las rendijas de la persiana y serpenteaba alegremente en el techo. Ahora se arrepent&#237;a de haber aceptado resignadamente el camarote que le hab&#237;an adjudicado sin consultarle. Era un camarote tan estrecho que la cama apenas dejaba un corredor angosto por donde caminar de lado, rozando las paredes con la espalda. Aquella estrechez, al principio, hab&#237;a sido de su agrado. Desde la cama pod&#237;a ver el mar y le bastaba alargar el brazo para colocar la mano en el alf&#233;izar de la ventana. Ahora estas menudencias le humillaban. Ella, sin embargo, no parec&#237;a haber reparado en la estrechez del camarote: era toda salacidad y encendimiento; con los ojos en blanco le echaba los brazos al cuello y musitaba palabras procaces y chocantes. Entonces &#233;l cay&#243; en la cuenta de qui&#233;n era; era aquel pelo largo y te&#241;ido, aquella permanente vulgar, aquellas pesta&#241;as postizas y aquel maquillaje chabacano lo que le hab&#237;a despistado hasta entonces, le dijo. Ella emiti&#243; una carcajada soez, como si aquellas apostillas injuriosas a su aspecto la halagaran. No hab&#237;a l&#237;mites a su envilecimiento, le dijo en tono jactancioso. Acto seguido le cont&#243; que, v&#237;ctima de una serie de a&#241;agazas que no era &#233;se momento de enumerar, se hab&#237;a visto forzada a casarse con el hombre obeso, por quien s&#243;lo sent&#237;a una repulsi&#243;n que con el transcurso del tiempo hab&#237;a ido en aumento. A su lado, sin embargo, se ve&#237;a obligada a guardar una conducta intachable, que hab&#237;a enga&#241;ado a todos, incluso a F&#225;bregas, sigui&#243; diciendo, ya que su marido, bajo la apariencia de mansedumbre que mostraba en p&#250;blico, ocultaba un car&#225;cter feroz y perverso. El hombre obeso era en realidad un ser arrebatado, violento y peligros&#237;simo cuando le dominaban los celos. S&#243;lo los raros viajes que emprend&#237;an juntos le deparaban la oportunidad de dar curso libre a su incontinencia, a&#241;adi&#243;. &#201;l afirm&#243; entonces no haber comprendido esto &#250;ltimo, ya que, a su entender, era precisamente en los viajes cuando la convivencia forzosa y continuada dificultaba m&#225;s eludir el control de la persona en cuya compa&#241;&#237;a se viajaba, a lo que ella replic&#243; que en su caso particular suced&#237;a precisamente lo contrario, ya que su marido s&#243;lo viajaba por motivos profesionales y en esas ocasiones no pensaba en otra cosa que en el dinero. No obstante, a&#241;adi&#243;, deb&#237;an darse prisa, pues incluso en las circunstancias favorables que ella acababa de describir, una desaparici&#243;n prolongada por su parte pod&#237;a despertar las sospechas del hombre obeso. Como si estas palabras hubieran sido premonitorias, apenas hubo acabado de pronunciarlas, sonaron unos golpes en la puerta del camarote. Era &#233;l, dijo ella abraz&#225;ndole con una fuerza que parec&#237;a nacida del terror. Estaban perdidos. Ambos ponderaron la idea de arrojarse por la ventana al mar, no estim&#225;ndola factible. Arreciaban los golpes en la puerta, acompa&#241;ados ahora de voces conminatorias. Ella le propuso entonces consumar su pasi&#243;n, colmarse rec&#237;procamente de dicha mientras las bisagras resistieran, pero &#233;l, aunque habr&#237;a querido llevar a t&#233;rmino lo que ella le propon&#237;a, juzg&#225;ndolo heroico, no se ve&#237;a con &#225;nimos para ello, por lo que, sordo a sus ruegos e insensible a la voluptuosidad que ella, habi&#233;ndose desgarrado el vestido con sus propias manos, trataba por todos los medios de contagiarle, la apart&#243; de s&#237; e hizo amago de saltar del lecho.

Entonces advirti&#243; que alguien estaba golpeando en efecto la puerta de la habitaci&#243;n y comprendi&#243; que en realidad aquel sue&#241;o tan largo y entreverado en apariencia hab&#237;a durado solamente una fracci&#243;n de segundo.



IV

&#161;Usted! -exclam&#243; al verla en el corredor del hotel.

Era la &#250;ltima persona a la que esperaba encontrar all&#237; y ahora, en su presencia, maldec&#237;a la precipitaci&#243;n con que hab&#237;a acudido a la llamada. La perturbaci&#243;n del &#225;nimo, de la que el sue&#241;o que acababa de tener hab&#237;a sido a la vez causa y efecto, no se hab&#237;a disipado todav&#237;a; ahora se confund&#237;an en aqu&#233;l las dos im&#225;genes antit&#233;ticas de ella: la real y la so&#241;ada. Esta &#250;ltima segu&#237;a provoc&#225;ndole una reacci&#243;n alborotada de la que no pod&#237;a desentenderse mientras siguiera llevando la camisola azul del dispensario. Ella, sin embargo, no dio muestras de extra&#241;eza ni de azoramiento, bien por inadvertencia, bien por delicadeza.

Siento mucho haberle despertado -dijo con naturalidad.

De ning&#250;n modo. Soy yo quien debe excusarse por haberle abierto de este modo Pero pase usted, por favor; no se quede en el pasillo -dijo &#233;l aturdido, haci&#233;ndose a un lado.

&#191;Se encuentra bien? -pregunt&#243; ella entrando en la habitaci&#243;n y mir&#225;ndole de refil&#243;n con una sombra de inquietud en la mirada.

S&#237; -murmur&#243; &#233;l; y confundiendo el objeto y la raz&#243;n de la pregunta, a&#241;adi&#243; en tono compungido-: es que estaba teniendo un sue&#241;o extra&#241;o.

Apenas dicho esto, enrojeci&#243; vivamente.

Menos mal -dijo ella interpretando a su vez en forma incorrecta su respuesta-. Tem&#237; que le hubiera pasado algo Le he estado llamando por el tel&#233;fono interior del hotel al menos media hora. Luego en vista de que no contestaba a la llamada y de que no se encontraba en el restaurante ni en ninguna otra dependencia del hotel y de que tampoco hab&#237;a salido a la calle, me decid&#237; a subir y aporrear su puerta. &#191;De veras no o&#237;a el tel&#233;fono?

No. Ni la puerta tampoco. Me temo que habr&#225; tenido que aporrearla bastante rato.

Aporrearla y dar voces. Ha sido bastante divertido: varios hu&#233;spedes se han asomado al pasillo creyendo ser testigos de una reyerta matrimonial. &#191;No era usted el que se quejaba de insomnio?

&#201;l no quiso decirle lo que estaba pensando: que en el dispensario le hab&#237;an administrado seguramente alg&#250;n sedante o anest&#233;sico despu&#233;s de practicarle el lavado de est&#243;mago. Ella, por su parte, parec&#237;a haber dado por zanjada la cuesti&#243;n. Ahora recorr&#237;a la habitaci&#243;n con desenvoltura, curioseando por todas partes, pero sin tocar nada. Vi&#233;ndola moverse as&#237;, F&#225;bregas se avergonz&#243; de haberle atribuido en sue&#241;os apariencia y conducta ruines. Ahora se preguntaba si en realidad el sue&#241;o no tra&#237;a aparejada esta conclusi&#243;n: que s&#243;lo rebaj&#225;ndola moralmente pod&#237;a hacerla suya su fantas&#237;a. Por fortuna, ella no se barrunta nada, pens&#243; con alivio. El retumbar de un trueno a lo lejos le sac&#243; de su abstracci&#243;n.

Parece que vamos a tener tormenta -coment&#243; ella asom&#225;ndose a la ventana y contemplando el cielo oscuro y amenazador. F&#225;bregas encendi&#243; todas las luces de la habitaci&#243;n para conjurar la atm&#243;sfera escasa y triste que la invad&#237;a. Sin embargo, sigui&#243; pensando a su pesar, en el sue&#241;o sus labios eran frescos y arom&#225;ticos-. Era evidente que el calor asfixiante de ayer y de hoy ten&#237;a que acabar por fuerza en tormenta -a&#241;adi&#243; ella d&#225;ndose la vuelta y encar&#225;ndose con &#233;l, que permanec&#237;a a&#250;n junto a la puerta-. &#191;Y esta prenda tan sugestiva? -pregunt&#243; de pronto.

Oh -dijo &#233;l, incapaz de improvisar una explicaci&#243;n veros&#237;mil y decidido a no referirle a ella el incidente lamentable del Palacio ducal.

Le confesar&#233; una cosa -dijo ella-: cuando le conoc&#237; pens&#243; que deb&#237;a de dormir siempre con pijamas listados, de seda No s&#233; por qu&#233;, pens&#233; que ser&#237;a esa clase de hombre. Pero anteayer dorm&#237;a usted vestido y hoy, con canes&#250;. Presiento que lleva usted una vida nocturna muy interesante. Alg&#250;n d&#237;a me la contar&#225;.

En aquel momento F&#225;bregas tuvo la sensaci&#243;n de que la alegr&#237;a de ella era fingida. Se oy&#243; otro trueno, m&#225;s cercano. Del sue&#241;o s&#243;lo quedaba en su &#225;nimo un poso de melancol&#237;a. Abri&#243; el armario y se puso una bata de invierno que le hizo sudar copiosamente de inmediato.

Tengo hambre -dijo-, &#191;Ha desayunado? -y viendo que ella respond&#237;a negativamente, a&#241;adi&#243;-: &#191;Qu&#233; le parecer&#237;a si pidiese desayuno para dos en la habitaci&#243;n?

Una gran idea -dijo ella sin aparente entusiasmo.

F&#225;bregas descolg&#243; el tel&#233;fono e hizo lo que acababa de sugerir. &#191;Ser&#225; posible que ella me haya perdonado sin reservas?, iba pensando mientras hablaba por tel&#233;fono; de otro modo, &#191;qu&#233; est&#225; ocurriendo aqu&#237;?, si esta visita no preludia un giro radical en nuestras relaciones, &#191;a qu&#233; obedece? Ah, se dijo, los mensajes, sigo empe&#241;ado en olvidar los mensajes.

D&#237;game, &#191;qu&#233; puedo hacer por usted? -le pregunt&#243;.

La seriedad de su tono y el aspecto monacal que le daba la bata parec&#237;an amedrentarla. Antes de contestar vacil&#243; un rato, como si la forma en que lo hiciera hubiera de condicionar decisivamente la reacci&#243;n de su interlocutor. Finalmente abri&#243; la boca, pero antes de pronunciar palabra la volvi&#243; a cerrar. Luego, vi&#233;ndose observada con fijeza, exclam&#243;:

&#161;D&#233;jeme! &#191;Por qu&#233; me mira de este modo? &#161;No le entiendo y me da miedo!

A continuaci&#243;n se apoy&#243; en el alf&#233;izar de la ventana y escondi&#243; la cara entre las manos. Sollozos o convulsiones le agitaban el cuerpo. F&#225;bregas se qued&#243; desconcertado. Qu&#233; simple, a pesar de todo, es la vivencia de los sue&#241;os, pens&#243;; en cambio, en la realidad, todo son preguntas e in-certidumbres.

&#191;Le ocurre algo? -pregunt&#243;-. &#191;En qu&#233; la he molestado?

Ella dej&#243; de agitarse, pero no separ&#243; las manos del rostro.

No me haga caso -dijo con voz ronca y entrecortada-. Estoy muy nerviosa. Yo tambi&#233;n he tenido un sue&#241;o extra&#241;o esta noche. Un sue&#241;o que me ha puesto triste.

&#191;De veras?, &#191;y qu&#233; ha so&#241;ado? &#191;Algo que pasaba en un barco, en alta mar?

No, en absoluto, &#191;por qu&#233; lo pregunta?

Por nada. Mi sue&#241;o transcurr&#237;a en un barco y pens&#233; que pod&#237;a haber habido una coincidencia. &#191;No va a contarme ese sue&#241;o que ahora le preocupa tanto?

No -dijo ella descubri&#233;ndose la cara-. Cu&#233;nteme el suyo.

Aunque vio que ella ten&#237;a los ojos enrojecidos por el llanto y que dos l&#225;grimas le surcaban las mejillas, no pudo dejar de sonre&#237;r al o&#237;r lo que ella le propon&#237;a.

Eso es imposible por ahora -dijo-. &#191;Por qu&#233; llora?

&#191;Puedo sentarme?

&#161;Qu&#233; pregunta! Claro que puede.

Ella se dej&#243; caer en una butaca. La nueva postura le hizo llorar otra vez, pero ahora calmadamente.

En todo el mundo s&#243;lo puedo contar con usted -dijo.

Si es as&#237;, no me sorprende que le d&#233; por llorar -dijo &#233;l.

No se burle de m&#237; ni me tome a broma.

&#191;A broma? -dijo &#233;l lentamente, deteniendo en ella un rato la mirada, como si quisiera eternizar la imagen que ella le ofrec&#237;a de s&#237; misma: sola, triste, indefensa, con un vestido de verano sin mangas, estampado de flores, que le daba un aire infantil y sin malicia. Todo en ella era cambiante a sus ojos: el cabello casta&#241;o de otras veces se le antojaba ahora dorado; un momento antes, vi&#233;ndola apoyada en el alf&#233;izar de la ventana, hab&#237;a pensado &#161;qu&#233; alta es!, &#161;qu&#233; esbelta!: ahora en cambio, hundida en la butaca, le parec&#237;a diminuta y compacta. Comprendi&#243; que nunca se cansar&#237;a de mirarla-. &#161;Qu&#233; va! -exclam&#243;.

La lluvia empez&#243; a repicar en las persianas.

Necesito que me preste usted dinero -dijo ella de sopet&#243;n, en el tono imperioso de quien por fin se ha resuelto a dar un paso arduo-. Por supuesto, se lo devolver&#233;

De eso no me cabe la menor duda -ataj&#243; &#233;l-. &#191;Cu&#225;nto quiere?

Ella lo mir&#243; sorprendida: seguramente hab&#237;a previsto varias respuestas alternativas &#225; su solicitud, pero no el tono reservado y empresarial que F&#225;bregas hab&#237;a adoptado de un modo autom&#225;tico. &#201;l, a la vista de lo que suced&#237;a, repiti&#243; la pregunta en un tono apacible y tranquilizador.

&#191;Cu&#225;nto dinero necesita? D&#237;gamelo sin miedo. -Es mucho.

Si verdaderamente lo necesita

Ah, eso s&#237;.

Pues venga esa cifra fatal.

Dos -tartamude&#243; ella- dos millones.

Suyos son -dijo &#233;l tan pronto ella hubo acabado de enunciar la cifra-. Pero dos millones &#191;de qu&#233;? -De liras, claro est&#225;.

F&#225;bregas descolg&#243; el tel&#233;fono y orden&#243; a la gerencia del hotel que le subieran esa suma en un sobre a su habitaci&#243;n de inmediato. Cuando colg&#243; el tel&#233;fono ella se hab&#237;a levantado y estaba otra vez en la ventana, viendo llover a trav&#233;s de los intersticios de la persiana. De esta forma ocultaba su rostro a F&#225;bregas, quien comprendi&#243; en ese mismo instante que ella necesitaba aquel dinero para volverse a marchar de Venecia. Puesto que la cosa no tiene remedio, pens&#243; apresuradamente, ser&#237;a absurdo hacer una escena; no, es preciso que ella no note nada, que todo siga como hasta ahora; luego ya ver&#233; lo que termino haciendo, se dijo.

&#191;Ve qu&#233; f&#225;cil ha sido? -dijo en voz alta.

Si en vez de pedirle dos millones de liras le hubiera pedido dos millones de d&#243;lares, &#191;me los habr&#237;a dado igual? -pregunt&#243; ella.

Ni tan de prisa ni en efectivo, pero igualmente se los habr&#237;a dado -respondi&#243; &#233;l, e inmediatamente pens&#243; que esta respuesta era fatua y enga&#241;osa. Nunca le hab&#237;a revelado la naturaleza exacta de sus actividades ni la procedencia de un dinero que, sin embargo, derrochaba ante sus ojos sin la menor cautela. Era l&#243;gico que ella, viendo que pod&#237;a pasar meses enteros sin ocuparse de sus negocios y gastando de aquel modo, le supusiera unas rentas inagotables o una forma turbia de obtener beneficios. Lo m&#225;s probable, con todo, es que a ella este asunto le traiga sin cuidado, se dijo-. Sin embargo, no soy tan rico como usted debe de creer -a&#241;adi&#243; en voz alta.

Ya le he dicho que se lo -empez&#243; a decir, pero &#233;l, adivinando lo que ella se propon&#237;a decirle, le impuso silencio con un adem&#225;n. Ella obedeci&#243; un rato; luego a&#241;adi&#243;-: No crea que por suponerle rico no valoro su amabilidad y su confianza. Me es violento agregar m&#225;s, pero conf&#237;o en que me entienda.

Ahora llov&#237;a torrencialmente. Ella se retir&#243; de la ventana, camin&#243; hasta el centro de la habitaci&#243;n y apoy&#243; una mano en el bur&#243;. &#201;l la observ&#243; imp&#225;vido, con una curiosidad tranquila y sin expectaci&#243;n.

Por Dios, no me mire as&#237; -dijo ella-. S&#233; muy bien lo que est&#225; pensando.

Con un gesto brusco se llev&#243; la mano que no apoyaba en el bur&#243; al tirante del vestido y la dej&#243; all&#237;, inm&#243;vil. &#201;l sonri&#243;. No hab&#237;a parado mientes en aquel gesto impulsivo, sino en las palabras que lo hab&#237;an precedido: una frase hecha que hab&#237;a o&#237;do repetidamente a lo largo de su vida en situaciones an&#225;logas. Ahora recordaba otra vez el sue&#241;o de la noche anterior y pensaba hasta qu&#233; punto esa frase era err&#243;nea en la ocasi&#243;n presente. Estaba pensando en esto cuando sonaron unos golpes en la puerta.

Ya traen el dinero -dijo-. Se podr&#225; ir en seguida.

Acudi&#243; a la llamada con parsimonia, pero se qued&#243; at&#243;nito al ver entrar en la habitaci&#243;n un camarero que empujaba un carrito sobre el que hab&#237;a una bandeja con dos servicios de desayuno. Repuesto de su chasco, indic&#243; al camarero d&#243;nde deb&#237;a dejar el carrito. El camarero, despu&#233;s de remolonear un instante a la espera de una propina, se fue cerrando a sus espaldas la puerta de la habitaci&#243;n con suavidad. En el carrito hab&#237;a un jarro de cristal de Murano, alto y estrecho, con una rosa roja.

Anoche perd&#237; todo el dinero de bolsillo -dijo F&#225;bregas, cuando el camarero se hubo ido, a prop&#243;sito de la propina que deb&#237;a haberle dado a &#233;ste-. Y la documentaci&#243;n tambi&#233;n. Hoy ir&#233; a denunciar la p&#233;rdida sin falta.

Lo siento. &#191;C&#243;mo fue?

Bah, una tonter&#237;a de la que s&#243;lo se me puede culpar a m&#237; -dijo &#233;l-. &#191;Quiere alguna cosa?

Sabiendo que se refer&#237;a al desayuno, ella dijo que no con la cabeza.

Le ruego que disculpe lo que le acabo de decir -dijo al cabo de un rato-. Estoy avergonzada. No crea que hago las cosas atolondradamente o sin pensar en sus consecuencias. Jam&#225;s procedo de este modo, pero es posible que usted, aunque me conoce bien, siga pensando que s&#237;: que act&#250;o en forma irreflexiva; en realidad, no ser&#237;a un error de juicio por su parte opinar eso, porque verdaderamente mis acciones no parecen responder a l&#243;gica ni orden; y en efecto as&#237; es. En definitiva, no s&#233; qu&#233; hacer ni a d&#243;nde ir Pero eso no significa que no piense; al contrario, todo mi desconcierto se debe a que pienso demasiado. Ante la duda y la incertidumbre, no hago otra cosa que pensar. Tambi&#233;n pienso que pensar no conduce a nada, que es un modo est&#250;pido de vivir. S&#233; que s&#243;lo la acci&#243;n trae consigo la acci&#243;n, que s&#243;lo la acci&#243;n puede cambiar las cosas o iniciar el cambio de las cosas. Pensando no se pone el mundo en movimiento; al contrario, el pensamiento lo estanca todo. Yo pienso esto que acabo de decir, pero no me sirve de nada; pensarlo no me sirve de nada. Me aborrezco y me averg&#252;enzo de mi apat&#237;a. Cuando pienso en m&#237;, en lo que soy y en lo que hago, no me gusto: el balance siempre es negativo. Me aborrezco de veras. Es probable que en definitiva nadie est&#233; contento de su propia conducta, que nadie se guste a s&#237; mismo; pero no puedo creer que haya nadie tan disconforme como yo lo estoy con todo. A veces me pregunto c&#243;mo puede haber tanta disparidad como la que hay entre lo que yo quisiera ser y haber sido y lo que realmente soy. Si estuviera en mi mano cambiar mi vida, lo cambiar&#237;a todo: mi modo de ser, mis sentimientos, mi pasado, el ambiente en el que me muevo, la educaci&#243;n que he recibido; ya lo ve: todo. Pero tambi&#233;n s&#233; que eso es irrealizable, que pensarlo es est&#250;pido: una forma de no hacer frente a la realidad y, sobre todo, una forma despreciable y nociva de ego&#237;smo. En cuanto a usted, yo siempre

Calle; no siga diciendo tonter&#237;as -dijo &#233;l. Siempre, y m&#225;s en el caso presente, le hab&#237;a resultado exasperante y embarazoso escuchar las confesiones que las personas se cre&#237;an obligadas a hacer en determinadas circunstancias. Estas confesiones, seg&#250;n hab&#237;a cre&#237;do advertir en todas las ocasiones en que hab&#237;a sido receptor de ellas, ten&#237;an menos de sinceridad que de enajenamiento; eran fruto de una intoxicaci&#243;n del &#225;nimo, de una turbaci&#243;n profunda y un desasosiego cuyo alivio no estribaba en el esclarecimiento de la verdad, sino en una degradaci&#243;n descarada de su autor a los ojos de quien la recib&#237;a. Ahora &#233;l se preguntaba si aquella confesi&#243;n innecesaria no ser&#237;a un medio para soslayar la gratitud o un preludio de otra entrega.

Bah, &#191;qu&#233; importa?, se dijo, no voy a permitir ahora que estas cosas empa&#241;en mi gesto-. En realidad habla usted as&#237; porque todav&#237;a es muy joven -a&#241;adi&#243; decidido a poner de nuevo las cosas en su lugar-. Con esto no quiero decir que a medida que pasan los a&#241;os la personas se vayan reconciliando con su propia naturaleza; por lo que a m&#237; respecta, sigo pensando hoy lo mismo que pensaba hace tiempo, lo que he pensado siempre: algo que no difiere mucho de lo que usted acaba de decir en t&#233;rminos generales. Lo que s&#237; creo -sigui&#243; diciendo sin dar muestras de advertir la expresi&#243;n de fastidio con que ella acog&#237;a sus palabras- es que antes o despu&#233;s dejar&#225; de considerar esa actitud culpable y ego&#237;sta. Para entonces seguramente le parecer&#225; que la conformidad ha llegado demasiado tarde, pero eso tampoco ser&#225; cierto: nada llega tarde si en su momento todav&#237;a podemos hacer acopio del valor necesario para afrontar la vida. No estoy hablando de la felicidad, sino de una disposici&#243;n del &#225;nimo que no es susceptible de calificaci&#243;n, inexplicable. A diferencia de lo que usted asegura querer, yo no le hablo en estos t&#233;rminos para que usted me comprenda. Antes ha dicho saber lo que pensaba yo, pero no dec&#237;a la verdad: ni usted sabe lo que yo pienso, ni yo lo que piensa usted; nadie sabe lo que piensan las dem&#225;s personas. A lo sumo, podemos colegir los m&#243;viles inmediatos de ciertos actos, y aun eso sin certeza. Cr&#233;ame: no vale la pena hacerse mala sangre ni sufrir in&#250;tilmente. Otra ocasi&#243;n de vivir no se la va a brindar nadie. En cuanto a m&#237;, no s&#233; lo que iba a decir cuando me he permitido interrumpirla, pero fuera lo que fuese, no lo diga -viendo que ella frunc&#237;a el ce&#241;o, levantaba el brazo y abr&#237;a la boca, volvi&#243; a atajarla con un adem&#225;n que no admit&#237;a r&#233;plica: era importante para &#233;l impedir que ella pudiera hacer expl&#237;cito su ofrecimiento, en el supuesto de que fuera &#233;sa su intenci&#243;n. En todo caso, soy yo quien debe exigir, pero no ella ofrecer, pens&#243;-. En cuanto a m&#237; -repiti&#243; en voz alta-, d&#233;jeme donde me ha encontrado: no intente hacer de m&#237; lo que no soy, ni tampoco olvidarme como si nunca hubiera existido. Y piense que si estuviera en mi mano cambiar en usted alguna de esas cosas que tanto le exasperan, no lo har&#237;a: ya ve hasta qu&#233; punto mi compa&#241;&#237;a no le conviene.

Call&#243; cuando sonaron de nuevo golpes en la puerta. Esta vez s&#237;, pens&#243; con alivio. Hab&#237;a estado perorando sin atender el sentido de sus propias palabras, con el &#250;nico objeto de no permitir que ella siguiera sufriendo. En la puerta hab&#237;a un hombre vestido de oscuro, con el pelo engominado. F&#225;bregas no recordaba haberlo visto nunca hasta ese momento. En una mano llevaba unos impresos y en la solapa de la americana, una gardenia. Entreg&#243; los impresos a F&#225;bregas para que &#233;ste estampara en ellos su firma y, una vez cumplido este requisito, sac&#243; del bolsillo interior de la americana un sobre alargado cuyo contenido amenazaba destripar las junturas, y lo canje&#243; por los impresos. Todos sus gestos parec&#237;an innecesarios, como sucede con los gestos que son hechos con absoluta precisi&#243;n. Cuando se hubo marchado, F&#225;bregas estuvo sonriendo un rato. Ahora &#233;l ten&#237;a en la mano un sobre con el dinero que ella le hab&#237;a dicho necesitar. Pod&#237;a preguntarle qu&#233; se propon&#237;a hacer con aquel dinero. En realidad, puede hacer muchas cosas una vez este dinero obre en su poder, pens&#243;, pero por el momento, puesto que todav&#237;a obra en el m&#237;o, soy yo quien puede ejercer los derechos que confiere una suma tan abultada. Ahora le repugnaba de repente la noci&#243;n de haberse comportado con caballerosidad y dulzura hasta aquel momento. Ahora le asaltaban ideas feroces y depravadas que desdec&#237;an de su comportamiento anterior y de su bata. Hacer algo abominable ser&#237;a lo mejor para los dos, pens&#243;; s&#243;lo un acto vil podr&#237;a restablecer en este momento la normalidad en nuestra relaci&#243;n, acoplarla a la verdad y permitirle una evoluci&#243;n natural y abierta. En aquel instante son&#243; el trallazo de un rayo y casi simult&#225;neamente un trueno hizo temblar el edificio. Tintine&#243; la cristaler&#237;a en el carrito. Cuando se hubieron extinguido los ecos del trueno, la lluvia, que hasta entonces hab&#237;a ido arreciando, ces&#243; s&#250;bitamente por completo y el sol, que se abr&#237;a paso entre los nubarrones, hizo brillar el filo de la persiana. Como si este cambio hubiera sido una se&#241;al convenida, ella abandon&#243; el apoyo que parec&#237;a haber estado buscando todo aquel tiempo en el bur&#243; y se dirigi&#243; resueltamente hacia la puerta de la habitaci&#243;n. Al pasar por su lado no le mir&#243; ni siquiera de reojo. Tampoco aminor&#243; la marcha al coger el sobre que &#233;l le tend&#237;a. Llegada a la puerta, la abri&#243;, sali&#243; y la cerr&#243; con violencia. Aun sabiendo que ella no hab&#237;a de volver, F&#225;bregas esper&#243; unos segundos antes de quitarse la bata y el canes&#250;, que arroj&#243; a la papelera. Al salir del ba&#241;o afeitado, duchado y cubierto de colonia, se qued&#243; mirando un rato el desayuno para dos dispuesto en el carrito. Encargarlo hab&#237;a sido el primer y &#250;ltimo acto de su vida en com&#250;n; una humilde tentativa, pens&#243; sin tristeza.



V

Bajando la escalinata que conduc&#237;a al hall, se sinti&#243; satisfecho, casi jubiloso. Llevaba un traje de lino azul cobalto que le gustaba especialmente y que por esta raz&#243;n reservaba para ocasiones muy particulares. La verdad es que, para ser tan poco hablador, no he estado nada mal, pensaba ahora recordando su reciente disertaci&#243;n. Hasta ese momento siempre hab&#237;a despreciado la elocuencia y cualquier forma de gracia en el hablar, que consideraba un adorno provinciano al alcance de quien se propusiera obtenerlo. Deliberadamente procuraba expresarse con palabras ordinarias y con frases cortas y sencillas, separadas entre s&#237; por pausas y carraspeos. Consideraba elegante trabucarse y tartamudear. Esta forma de hablar infund&#237;a respeto en los medios mercantiles en los que siempre se hab&#237;a movido y donde la facilidad de palabra pod&#237;a hacer que las transacciones derivaran hacia un histrionismo contagioso que a la larga reportara &#250;nicamente beneficios al m&#225;s desenfadado.

Al pasar ante la puerta del comedor, vio en una de las mesas al hombre obeso, el cual, suponiendo que a F&#225;bregas le resultar&#237;a poco grato recordar lo sucedido la noche anterior, fingi&#243; no haber advertido su presencia. F&#225;bregas, sin embargo, se dirigi&#243; a &#233;l y le expres&#243; su agradecimiento por lo que el otro hab&#237;a hecho de un modo tan desinteresado.

Hoy por ti y ma&#241;ana por m&#237;, como suele decirse -respondi&#243; el hombre obeso para quitarle importancia al asunto-. &#191;No se sienta? &#191;Ha desayunado ya?

No voy a desayunar -dijo F&#225;bregas-, pero si est&#225; usted solo y no le perturba mi compa&#241;&#237;a, me sentar&#233; cinco minutos.

El hombre obeso le asegur&#243; que no esperaba a nadie y que le complac&#237;a mucho contar con la compa&#241;&#237;a de F&#225;bregas, porque no ten&#237;a nada que hacer hasta el mediod&#237;a ni ganas de callejear con aquel calor y aquella inestabilidad atmosf&#233;rica.

En efecto, el chaparr&#243;n de esta ma&#241;ana ha sido muy aparatoso, pero no ha hecho bajar la temperatura y, en cambio, ha hecho subir todav&#237;a m&#225;s la humedad -dijo F&#225;bregas.

Lleva usted toda la raz&#243;n -asinti&#243; el hombre obeso-. Y ni siquiera es seguro que no vuelva a caer la intemerata. Por suerte, en el hotel se est&#225; fresquito y bien.

Un camarero acudi&#243; a preguntar a F&#225;bregas si deseaba t&#233; o caf&#233; en el desayuno, a lo que &#233;ste respondi&#243; que s&#243;lo deseaba tomar una taza de caf&#233;. El camarero le advirti&#243; que a esa hora s&#243;lo se serv&#237;an desayunos completos en el restaurante y le sugiri&#243; ir al bar si quer&#237;a tomar &#250;nicamente un caf&#233;, pero F&#225;bregas, recordando la actitud viril del doctor Pimpom en una circunstancia similar, dijo que estaba charlando con el hombre obeso e insisti&#243; en que el camarero le trajera exactamente lo que &#233;l hab&#237;a pedido. El camarero se retir&#243; sin replicar, pero al cabo de muy poco regres&#243; trayendo en una bandeja un desayuno completo que deposit&#243; en la mesa con aire desafiante.

Vaya -dijo F&#225;bregas cuando se hubo ido el camarero-, ser&#225; el tercer desayuno que abono y no pruebo en lo que va de d&#237;a.

Muy frugal le veo -dijo el hombre obeso-. Yo, en cambio, me levanto siempre con un hambre atroz. Creo que podr&#237;a comerme una ballena entera. Adem&#225;s -agreg&#243; sin percibir la sonrisa con que su interlocutor hab&#237;a acogido aquella expresi&#243;n-, en vista de lo que cuesta la habitaci&#243;n y ya que el desayuno est&#225; comprendido en el precio, ser&#237;a un crimen dejar una sola miga en el plato.

De lo que acaba de decir, deduzco que viaja usted por cuenta propia -dijo F&#225;bregas empujando la bandeja hacia el hombre obeso, quien, entendiendo el ofrecimiento de que era objeto, se anud&#243; al cuello la servilleta que a&#250;n ten&#237;a sobre las rodillas y atac&#243; las viandas con verdadera fogosidad.

En parte s&#237; y en parte no -aclar&#243; sin dejar de masticar-. En realidad, viajo por cuenta de una empresa de la que soy socio &#250;nico.

Bueno; as&#237; y todo, podr&#225; deducir los gastos de este viaje.

Al o&#237;r esto, el hombre obeso emiti&#243; un suspiro prolongado.

Ay, amigo m&#237;o, por desgracia no es la partida de gastos la que sufre de desnutrici&#243;n, sino la de ingresos -exclam&#243;.

Acto seguido, el hombre obeso explic&#243; a F&#225;bregas que era productor cinematogr&#225;fico y que se encontraba en Venecia con motivo del festival de cine que se celebraba todos los a&#241;os en aquella ciudad. En realidad, su prop&#243;sito era conseguir por los medios que fuera que los organizadores del festival seleccionaran una pel&#237;cula en la que hab&#237;a invertido una fuerte suma y cuyos resultados comerciales, francamente decepcionantes hasta la fecha, amenazaban conducirlo a la ruina. La publicidad que se derivar&#237;a de la eventual selecci&#243;n de la pel&#237;cula sin duda har&#237;a que &#233;sta remontara el vuelo, pero por el momento la respuesta de los organizadores a sus insinuaciones hab&#237;a sido poco entusiasta, cuando no fr&#237;a.

La verdad -confes&#243; el hombre obeso tras una pausa- es que la pel&#237;cula es un petardo.

&#191;Y qu&#233; har&#225; si al final se confirman sus temores? -pregunt&#243; F&#225;bregas-. Quiero decir si la pel&#237;cula acaba no yendo al festival.

&#191;Que qu&#233; har&#233;? Pues &#191;qu&#233; he de hacer? -respondi&#243; el productor-: &#161;Volver a empezar, como he hecho tantas veces!

Ah, luego &#233;ste no ser&#237;a su primer fracaso -dijo F&#225;bregas.

&#191;Mi primer fracaso? -repiti&#243; con sorna el hombre obeso-. &#161;Quite all&#225;! Todas mis pel&#237;culas han sido descalabros tremebundos. Hoy en d&#237;a casi todas las pel&#237;culas lo son. Mire: estos d&#237;as la ciudad est&#225; invadida de productores en situaci&#243;n id&#233;ntica a la m&#237;a. En las habitaciones de los hoteles se amontonan millares de pel&#237;culas a la espera de ser seleccionadas. S&#243;lo unas pocas lo ser&#225;n y de &#233;stas, una nada m&#225;s obtendr&#225; el Le&#243;n de Oro. &#161;Y ni eso siquiera garantiza que luego vaya a salir a flote! El cine es una industria sin futuro. Est&#225; llamado a desaparecer, pero la inercia que lleva es grande, hay todav&#237;a mucho dinero metido en el asunto y por eso le cuesta terminar su ciclo -se llev&#243; pensativamente la cuchara vac&#237;a a la boca y la estuvo chupando un rato. Luego se&#241;al&#243; con la cuchara en direcci&#243;n alhall del hotel-. &#191;No ha reparado usted en que a ciertas horas el hall de este hotel se llena de jovencitas que pululan sin saber qu&#233; hacer ni a d&#243;nde ir? Son aspirantes a estrellas. A lo sumo, alguna ha asistido a un cursillo de interpretaci&#243;n; las m&#225;s bizquean y hacen caranto&#241;as cuando se ponen ante una c&#225;mara y no saben pronunciar su propio nombre en forma inteligible. Todas tienen un f&#237;sico apetecible y la cabeza llena de ilusiones. Por una promesa inconcreta, cualquiera de ellas estar&#237;a dispuesta a echarse en brazos de un tipo ordinario y arruinado como yo, &#191;y para qu&#233;? Para acabar haciendo una o dos pel&#237;culas y quedar luego relegadas al olvido m&#225;s pat&#233;tico. Esto es lo que mantiene a&#250;n viva la industria cinematogr&#225;fica: la fantas&#237;a irreductible de la gente. &#161;Ojo! No ser&#233; yo quien les reproche nada a esas pobres chicas. Todos hemos compartido su ilusi&#243;n en mayor o menor grado. La &#250;nica diferencia estriba en que nosotros fuimos m&#225;s l&#250;cidos o m&#225;s esc&#233;pticos o m&#225;s cobardes. Despu&#233;s de todo, y a la vista de lo que nos acaba deparando la vida, &#191;no es mejor hacer un poco el indio y perseguir quimeras?

Las reflexiones desencantadas del hombre obeso llevaron a F&#225;bregas a pensar de nuevo en Mar&#237;a Clara. S&#237;, cu&#225;nto mejor no ser&#237;a para ella arrojar por la borda todo vestigio de cautela y seguir sus impulsos sin ambages, se dijo.

Ya entiendo lo que me quiere decir -dijo en voz alta dirigi&#233;ndose al hombre obeso-. Lo que no veo es por qu&#233; sigue usted metido en un mundo en el que ha dejado de creer y del que, para postre, no obtiene ninguna ganancia.

&#161;Qu&#233; pregunta! -ri&#243; el productor con un deje de amargura-. Sigo metido en este negocio asqueroso porque estoy arruinado y cuando uno est&#225; arruinado, la &#250;nica forma de evitar el colapso definitivo es seguir arruin&#225;ndose. Es una ley econ&#243;mica extra&#241;a, pero irrebatible: nadie conoce los l&#237;mites de la ruina, salvo los que se detienen por miedo o por cansancio. Por la ruina, como por el cosmos, se puede ir viajando sin llegar nunca al final. Lo s&#233; porque una vez produje una pel&#237;cula de ciencia-ficci&#243;n que trataba de este tema. Se llamabaViaje a los l&#237;mites del cosmos o algo parecido. No finja recordar el t&#237;tulo ni haberla visto: nadie la vio, a juzgar por la taquilla. Con lo que costaron los efectos especiales se habr&#237;a podido resolver el problema del hambre en Etiop&#237;a. Luego la cr&#237;tica la despach&#243; con dos frases sarc&#225;sticas y tuvimos que meternos la pel&#237;cula en salva sea la parte. Para enjugar las deudas tuve que pedir un cr&#233;dito descomunal, que los bancos no me habr&#237;an concedido si no les hubiera dicho que iba destinado a una superproducci&#243;n mucho m&#225;s cara que la anterior. Y as&#237; llevo producidas cuarenta y seis pel&#237;culas, a cual m&#225;s mala.

El hombre obeso guard&#243; silencio y F&#225;bregas, comprendiendo que andaba perdido en sus propios pensamientos, se abstuvo de importunarle. Finalmente, el hombre obeso sonri&#243; con benevolencia, como si, despu&#233;s de juzgarse a s&#237; mismo severamente, hubiera optado por absolverse de sus propias culpas.

No me haga caso -dijo-. Le estoy dando la lata sin ton ni son. En realidad mi vida es el cine y si a veces me sulfuro es porque lo veo agonizar y me s&#233; impotente ante este fen&#243;meno. Hay que rendirse a la evidencia: la televisi&#243;n y el v&#237;deo se han llevado el gato al agua. La cosa no ha hecho m&#225;s que empezar y el proceso es irreversible. L&#243;gico tambi&#233;n; al fin y al cabo, son otros tiempos. Pero mire, yo tuve una vez una novia con la que no llegu&#233; a casarme. En realidad lo nuestro dur&#243; muy poco, unas semanas a lo sumo. Luego vinieron otras y finalmente conoc&#237; a la que hoy es mi mujer. Somos un matrimonio bien avenido, tenemos tres hijos; yo dir&#237;a que hemos sido felices, dentro de lo que cabe. Hace dos a&#241;os celebramos nuestras bodas de plata Pero esa otra, la novia que le dec&#237;a, esa con la que no me llegu&#233; a casar bueno, una tarde, en un cine de estreno, me hizo una paja ya sabe a lo que me refiero Est&#225;bamos viendoJohnny Guitar. No s&#233; por qu&#233; esta pel&#237;cula le inspirar&#237;a aquel gesto magn&#225;nimo, como no fuera la canci&#243;n. No s&#233;. El caso es que ahora ya no me acuerdo de su cara ni de su apellido; s&#243;lo de su nombre y hasta para eso tengo que hacer un verdadero esfuerzo. Pero si alguien me preguntara cu&#225;l es el momento de mi vida cuyo recuerdo hoy me inspira m&#225;s ternura, yo creo que dir&#237;a sin rodeos: aquella sesi&#243;n de tarde.



VI

A partir de aquel d&#237;a, como si la tormenta matutina hubiera sido la se&#241;al esperada de su fin, el verano perdi&#243; definitivamente su brillo. Ahora los d&#237;as amanec&#237;an nublados y s&#243;lo por la tarde, un poco antes del ocaso, se abr&#237;an las nubes y luc&#237;a un rato el sol. Menudeaban los chubascos y al oscurecer se levantaba un viento del Norte, h&#250;medo y fr&#237;o, que ten&#237;a la particularidad de ulular de un modo lastimero y l&#250;gubre. Otras veces, en cambio, cuando el viento proven&#237;a del Sur, reinaba un calor asfixiante y pegajoso; entonces sal&#237;a vaho del empedrado, el agua ol&#237;a mal y se difuminaba el paisaje en la calina.

F&#225;bregas permanec&#237;a encerrado en el hotel a todas horas. All&#237; se aburr&#237;a, pero no encontraba ninguna raz&#243;n para salir a la calle. Con la intenci&#243;n de matar las horas, prob&#243; de ver la televisi&#243;n, pero los programas que ve&#237;a se le antojaban extra&#241;os, como si hubieran sido concebidos y realizados para otro tipo de personas, m&#225;s inocentes y tranquilas, m&#225;s interesadas en la pol&#237;tica, en los deportes, en la vida del pr&#243;jimo y en el dinero. Al cabo de unos d&#237;as, F&#225;bregas lleg&#243; a la conclusi&#243;n de no ser &#233;l lo bastante virtuoso para entender y apreciar lo que se estaba dilucidando all&#237;, ante sus ojos, de no participar en las ilusiones, los intereses y las preferencias de los espectadores y de no pertenecer a su fraternidad por esta causa. Verdaderamente nunca hab&#237;a sentido por aquel pasatiempo el inter&#233;s que hab&#237;a visto manifestarse siempre por &#233;l a su alrededor. S&#243;lo en una &#233;poca, antes de que la echasen a perder el color, el perfeccionamiento t&#233;cnico y la variedad, cuando su aparici&#243;n acababa de producir un cambio radical en la idiosincrasia y la forma de vivir de las personas, hab&#237;a sentido curiosidad por la televisi&#243;n. Ahora recordaba en particualr un programa de variedades semanal que, sea por su fama, sea por el d&#237;a en que se emit&#237;a, sea por alguna otra raz&#243;n, consegu&#237;a congregar frente al televisor un n&#250;mero considerable de espectadores: todos los miembros de la familia, el servicio dom&#233;stico y algunos vecinos que por razones econ&#243;micas, por indecisi&#243;n, por apat&#237;a o por cualquier otro motivo todav&#237;a no hab&#237;an adquirido su propio aparato. Este programa era tan insulso, su contenido era tan est&#250;pido y sus presentadores y estrellas eran tan decr&#233;pitos que su visi&#243;n resultaba en cierto modo fascinante, como el ver desarrollarse una liturgia tosca y arcana, especialmente cuando por oausas atmosf&#233;ricas la retransmisi&#243;n era defectuosa y una capa de ceniza en suspensi&#243;n velaba la escena o cuando los personajes. aparec&#237;an desdibujados o desdoblaban su propia imagen como abanicos de sombras. En aquellas noches, cuando la televisi&#243;n a&#250;n era vista con unci&#243;n, a nadie se le habr&#237;a ocurrido encender la luz. Entonces s&#243;lo el resplandor iridiscente del televisor iluminaba el semic&#237;rculo de espectadores atentos y silenciosos, que nunca habr&#237;an osado apartar los ojos de la pantalla. De haberlo hecho habr&#237;an podido ver la concurrencia convertida en un coro marm&#243;reo, como estatuas de un pante&#243;n. Era as&#237; como ahora, desaparecidos irremisiblemente sus padres, F&#225;bregas imaginaba a veces que podr&#237;a ser su reaparici&#243;n: con aquel mismo resplandor, aquella inmovilidad y mansedumbre, en el &#225;ngulo m&#225;s &#237;ntimo del sal&#243;n.

En los primeros d&#237;as de septiembre cesaron las lluvias y las nubes desaparecieron definitivamente. Ahora el sol ba&#241;aba la ciudad con una luz melosa que ya presagiaba el oto&#241;o; no hac&#237;a calor y las noches empezaban a reclamar prendas de abrigo. Con el t&#233;rmino de la temporada estival tambi&#233;n descendi&#243; visiblemente la afluencia de turistas. F&#225;bregas, sin embargo, segu&#237;a encerrado en su habitaci&#243;n. Se hab&#237;a hecho acoplar a su televisor un aparato reproductor de v&#237;deo-casettes y proyectaba una pel&#237;cula tras otra, sin m&#225;s interrupci&#243;n que la necesaria para canjear una remesa de pel&#237;culas por otra en un v&#237;deo-club situado junto a la iglesia de San Samuele, donde en su d&#237;a hab&#237;a sido bautizado Casanova. Aquel retraimiento intransigente tra&#237;a aparejada una inmovilidad enervante e insana que al principio trat&#243; de contrarrestar reanudando las visitas regulares al gimnasio que unos meses atr&#225;s hab&#237;a frecuentado con asiduidad y agrado; pero a poco de haberse reintegrado en &#233;l, advirtiendo por primera vez el ambiente a un tiempo turbio y dicharachero que imperaba all&#237;, se dio de baja. Como, pese a ello, no quer&#237;a renunciar a unos ejercicios que juzgaba beneficiosos para su salud y sus nervios, compr&#243; en una tienda de art&#237;culos de deporte un juego de pesas, con el que forcejeaba a todas horas en su habitaci&#243;n mientras ve&#237;a sin prestar la menor atenci&#243;n las pel&#237;culas que hab&#237;a alquilado en el v&#237;deo-club. Cuando se le acababa de s&#250;bito el repertorio de pel&#237;culas de que se hab&#237;a provisto, no queriendo interrumpir los ejercicios gimn&#225;sticos en aquel punto ni proseguirlos ante una pantalla angustiosamente ciega, corr&#237;a al v&#237;deo-club llevando consigo un travesa&#241;o met&#225;lico a cuyos extremos hab&#237;a fijado sendas esferas macizas de hasta 30 kilogramos de peso. La gente que se cruzaba entonces en su camino lo miraba con extra&#241;eza y desconfianza. Sin &#233;l saberlo iba adquiriendo en la ciudad fama de raro, peligroso y atontolinado. La opini&#243;n ajena, por lo dem&#225;s, hab&#237;a dejado de importarle. Ahora no ten&#237;a otros contactos humanos que los que le proporcionaban a veces, cuando los altibajos de su humor los propiciaban, el due&#241;o del v&#237;deo-club, un hombre de edad avanzada a quien todos llamaban respetuosamente don Modesto.

Este individuo, con el que F&#225;bregas lleg&#243; a entablar cierta relaci&#243;n de amistad, hab&#237;a tenido en el mismo local que ahora regentaba una librer&#237;a muy selecta, a juzgar por sus propias palabras, que un par de a&#241;os atr&#225;s se hab&#237;a visto obligado a convertir en v&#237;deo-club por razones de supervivencia. &#201;l se consideraba un intelectual de viejo cu&#241;o, despreciaba la llamada cultura de la imagen y se lamentaba amargamente de haber tenido que claudicar de sus creencias y aficiones precisamente al final de su vida activa.

Nunca he tenido suerte -le dijo un d&#237;a a F&#225;bregas, mientras &#233;ste, que hab&#237;a dejado apoyado en el mostrador el travesa&#241;o y las pesas, recorr&#237;a los estantes e iba llenando una bolsa de pl&#225;stico con las pel&#237;culas que sacaba de ellos sin consultar ning&#250;n cat&#225;logo ni prestar la menor atenci&#243;n a sus t&#237;tulos.

Don Modesto era el menor de diez hermanos. Cuando ten&#237;a siete u ocho a&#241;os de edad, su padre, apremiado por la necesidad, decidi&#243; emigrar a Am&#233;rica llev&#225;ndose consigo a su mujer y su prole. De toda la familia, don Modesto fue el &#250;nico que no lleg&#243; a pisar tierra americana. Durante la traves&#237;a del oc&#233;ano contrajo una enfermedad que le impidi&#243; bajar del barco, donde las autoridades sanitarias norteamericanas lo tuvieron confinado hasta que, debiendo el barco hacerse de nuevo a la mar y no habiendo remitido para entonces los s&#237;ntomas de su mal, zarp&#243; aqu&#233;l otra vez rumbo a Italia llev&#225;ndose a don Modesto a bordo.

Estuve muy malo; tanto, que nadie crey&#243; que llegase a puerto -dijo.

Una tarde, crey&#233;ndole inconsciente o dormido, el m&#233;dico y el capit&#225;n del barco se pusieron a debatir en su presencia las disposiciones que deb&#237;an tomarse cuando se produjera el desenlace que todos esperaban. Al capit&#225;n le preocupaba el hecho de que el interfecto fuera menor de edad, pero el m&#233;dico, m&#225;s curtido en estas lides, le dijo que, dada la imposibilidad de ponerse en contacto con la familia, lo mejor ser&#237;a proceder en la forma habitual y deshacerse del cuerpo arroj&#225;ndolo al mar.

Yo, que lo hab&#237;a o&#237;do todo, pens&#233; que iban a arrojarme por la borda para que fuera pasto de los tiburones, cuyas aletas hab&#237;a visto seguir la estela del barco con siniestra paciencia, como si presintieran que tarde o temprano su constancia no hab&#237;a de quedar sin recompensa -dijo don Modesto-. Naturalmente, a esa edad yo no pod&#237;a concebir siquiera la idea de mi propia muerte.

Don Modesto era hombre culto y, enamorado de Venecia, gustaba de contar a quien quisiera escucharle las vicisitudes de su historia.

No ha habido en el mundo gente m&#225;s lista que los venecianos -sol&#237;a decir-. &#191;Quiere que le cuente c&#243;mo se enriquecieron originariamente los venecianos? Ahora ver&#225; usted. Antiguamente el dinero no ten&#237;a ni para las personas ni para las gobiernos el valor que nosotros le damos hoy. Los antiguos consideraban que el dinero s&#243;lo serv&#237;a para ser gastado. Entonces llegaron los venecianos, que eran m&#225;s listos que los dem&#225;s, y decidieron que el dinero tambi&#233;n serv&#237;a para ser ahorrado y manipulado. Como esta idea a&#250;n no era compartida por el resto del mundo, a los venecianos no les cost&#243; nada hacerse con el dinero ajeno: as&#237; se enriqueci&#243; Venecia.

De esta forma -dijo otro d&#237;a, retomando el hilo de la narraci&#243;n en el punto en que lo hab&#237;a dejado- los mercaderes se erigieron aqu&#237; en clase dominante. Era inevitable que las cosas ocurrieran de este modo. La clase que tiene a su cargo el orden pr&#225;ctico de la comunidad acaba imponiendo tambi&#233;n el orden moral. En otros lugares sucedi&#243; con los soldados y aqu&#237;, como le digo, con los comerciantes. Lo malo fue que, una vez encumbrados, dieron en pensar que un sistema que a ellos les hab&#237;a dado buenos resultados no era s&#243;lo un buen sistema, sino el &#250;nico sistema posible. De esta forma pasaron a pensar que lo que les conven&#237;a y agradaba era por fuerza aquello que ten&#237;a que ser. Como es l&#243;gico, esta actitud concit&#243; el odio y el resentimiento del resto de la poblaci&#243;n. Entonces laSignoria estableci&#243; en la rep&#250;blica un r&#233;gimen de terror y opresi&#243;n. La polic&#237;a secreta lo controlaba todo y los ciudadanos, para escapar a su vigilancia, dieron en llevar m&#225;scaras todos los d&#237;as del a&#241;o.

Mientras el anciano librero hablaba, F&#225;bregas iba llenando su bolsa de pel&#237;culas. Don Modesto se enfurec&#237;a viendo el consumo inmoderado que aqu&#233;l hac&#237;a de &#233;stas.

&#191;No ve usted que con toda esta bazofia que se lleva no le va a quedar tiempo para hacer otras cosas? -le advert&#237;a. Y como F&#225;bregas le respond&#237;a que tampoco habr&#237;a tenido nada que hacer en ese tiempo, aunque hubiera dispuesto de &#233;l, a&#241;ad&#237;a con amargura-: Por lo visto la juventud de hoy d&#237;a ha desertado del mundo. El que no se droga, se embrutece por otros medios. &#161;Qu&#233; desolaci&#243;n!

En su juventud hab&#237;a militado en las filas del fascismo. Ahora lamentaba la guerra en que hab&#237;a desembocado todo aquello, pero no se retractaba de haber profesado una ideolog&#237;a que consideraba preferible al descreimiento y la indolencia.

Entonces, cuando menos, ten&#237;amos un ideal -dec&#237;a.



VII

A finales de septiembre F&#225;bregas conoci&#243; amadame Gestring.

No por sociabilidad, sino por dar un descanso a sus ojos y sus m&#250;sculos, fatigados de muchas horas de v&#237;deo y gimnasia, hab&#237;a bajado al bar del hotel, donde le sorprendi&#243; encontrar un grupo de caballeros vestidos de etiqueta, que mariposeaban alrededor de una dama, a la que hac&#237;an objeto sin cesar de sus agasajos y melindres. Intrigado, pregunt&#243; al camarero qui&#233;nes eran aquellos petimetres, a lo que respondi&#243; el camarero recitando una lista de nombres.

Gente ilustre y acaudalada -a&#241;adi&#243; acto seguido, advirtiendo que aquella n&#243;mina no impresionaba a su interlocutor-, gente de talento tambi&#233;n.

&#191;Y por eso van de frac? -pregunt&#243; F&#225;bregas.

Oh, no, se&#241;or -dijo el camarero-. Es que hoy ha habido funci&#243;n de gala en la Fenice.

Ah, ya comprendo. &#191;Y la se&#241;ora?

Pero, &#161;bueno!, &#191;es posible que el se&#241;or no conozca amadame Gestring? -exclam&#243; el camarero.

F&#225;bregas apur&#243; la copa de co&#241;ac, pidi&#243; otra y mientras la sorb&#237;a pausadamente acodado en la barra, se dedic&#243; al examen detenido de aquella dama singular. S&#237;, se dijo, no hay duda de que resulta turbadora, pero, &#191;por qu&#233;? &#191;Es hermosa? Sin duda. &#191;Distinguida? Tambi&#233;n. Verdaderamente, dos cualidades raras, y m&#225;s raro a&#250;n el encontrarse juntas en una misma persona. &#191;Qu&#233; edad tendr&#225;? &#191;La m&#237;a?, quiz&#225; m&#225;s, no s&#233;: esta ropa ceremoniosa y estas joyas hacen que una mujer parezca mayor de lo que es a veces. Desde luego, sus ademanes no son juveniles, pero esta forma de re&#237;rse, a veces, s&#237; lo es. &#191;Cu&#225;l ser&#225; su estado? Soltera no, por supuesto: las mujeres as&#237; nunca llegan solteras a esa edad. Entonces, &#191;qu&#233;?, &#191;viuda?, &#191;divorciada? &#191;Qu&#233; m&#225;s da? Y estos mequetrefes que van con ella, &#191;qu&#233; buscar&#225;n? Siendo tantos, &#191;qu&#233; esperan de ella? Quiz&#225; nada, pens&#243;.

Y, d&#237;game -volvi&#243; a preguntar al camarero interrumpiendo moment&#225;neamente su examen-, esa se&#241;ora, &#191;se hospeda en el hotel?

Ah, eso ya no se lo puedo decir de fijo. Pero es probable que s&#237;: todos los a&#241;os, por estas fechas,madame Gestring nos honra con su visita. Espero que este a&#241;o no nos haya sido infiel -dijo el camarero.

F&#225;bregas iba a preguntar m&#225;s, pero un murmullo creciente puso fin moment&#225;neamente al di&#225;logo y les hizo dirigir de nuevo la atenci&#243;n al grupo. Ahora los caballeros imploraban de la dama un favor que ella se resist&#237;a a conceder.

Por favor, no nos deje as&#237;: t&#243;quenos algo -oy&#243; que le dec&#237;an.

&#191;Pero es que no han tenido bastante ya por hoy? -protest&#243; ella.

Ellos porfiaron hasta vencer su resistencia. Con gestos de resignaci&#243;n exagerados se quit&#243; los guantes de raso, que dej&#243; sobre el respaldo de un sill&#243;n, y fue a sentarse al piano de media cola que hab&#237;a al fondo del bar.

&#191;Qu&#233; quieren que les toque? -pregunt&#243; desde all&#237; a los caballeros sin volver hacia ellos la cabeza, que ten&#237;a inclinada sobre el teclado.

Los caballeros expresaron sus preferencias. Unos dec&#237;an que Chopin, otros, que Schubert o Brahms. Finalmente, todos convinieron en dejar a ella la elecci&#243;n. Entonces la dama, sin perder un instante, se puso a tocar una pieza que F&#225;bregas no hab&#237;a o&#237;do nunca antes, cosa nada extra&#241;a, pues no era mel&#243;mano.

La ejecuci&#243;n demadame Gestring fue celebrada con una salva de aplausos. Ella hizo adem&#225;n de levantarse, pero los caballeros le rogaron que siguiera tocando. Ella toc&#243; otra pieza y luego, accediendo a los ruegos de los caballeros, una tercera, finalizada la cual abandon&#243; el piano, se reintegr&#243; al grupo y rog&#243; a su vez a los caballeros que la dejaran sola, porque estaba fatigada y deseaba retirarse a descansar. Los caballeros le fueron besando la mano por riguroso turno y luego abandonaron todos juntos el local. Pero ella, cuando se encontr&#243; finalmente a solas, en lugar de retirarse, como hab&#237;a anunciado, se dirigi&#243; a la barra con paso resuelto y pidi&#243; una cerveza. Cuando el camarero se la hubo servido, bebi&#243; un trago largo y luego se dirigi&#243; a F&#225;bregas, que la observaba abiertamente.

&#191;Qu&#233; le ha parecido el recital? -le pregunt&#243; mientras con la mirada iba examin&#225;ndolo sin disimulo pero sin osad&#237;a.

Oh, por supuesto extraordinario, verdaderamente extraordinario -balbuce&#243; &#233;l en forma patosa, vencido de una s&#250;bita timidez que le dificultaba incluso la respiraci&#243;n. Debe de ser el perfume, pens&#243;, o el brillo de las piedras preciosas del collar. De cerca parec&#237;a m&#225;s joven y su expresi&#243;n, que antes se le hab&#237;a antojado autoritaria, hab&#237;a cobrado de repente una viveza contagiosa. Su atractivo es envolvente, pens&#243;; verdaderamente, una mujer seductora. Pero hay algo en especial que me trastorna. &#191;Qu&#233; ser&#225;?, se preguntaba-. &#191;Es usted profesional? -agreg&#243; al cabo de un rato.

Ella vacil&#243; antes de contestar. Luego le dijo que lo hab&#237;a sido, pero que hab&#237;a optado por renunciar al piano a poco de casarse. Ahora practicaba a diario para su propia satisfacci&#243;n y tocaba ocasionalmente para los amigos, como lo hab&#237;a hecho aquella noche.

F&#225;bregas, que hab&#237;a ido recobrando el dominio de s&#237; paulatinamente, la felicit&#243; por su ejecuci&#243;n y se felicit&#243; a s&#237; mismo por haber asistido casualmente a aquel acontecimiento.

&#191;Y no se ha arrepentido luego de su decisi&#243;n? -le pregunt&#243;.

Ella respondi&#243; que a veces sent&#237;a la nostalgia de la bohemia, pero nunca de los escenarios, que siempre hab&#237;a pisado a costa de un esfuerzo de voluntad arduo y fatigoso en extremo. Tambi&#233;n se alegraba, dijo, de haber acabado con la vida trashumante.

Ya estaba harta de hoteles y de aeropuertos -dijo-. Y usted &#191;a qu&#233; se dedica?

F&#225;bregas se rasc&#243; la cabeza un rato antes de responder.

Se lo dir&#233;, pero no me va a creer -dijo finalmente-. Hace un tiempo ten&#237;a una empresa en Barcelona, pero un buen d&#237;a me sucedi&#243; lo mismo que a usted, s&#243;lo que a la inversa: me hart&#233; de la vida sedentaria. Ahora ya no s&#233; qu&#233; habr&#225; sido de la empresa. Ya no me ocupo de ella. Debe de seguir en pie, porque recibo dinero con regularidad.

No lo diga con este aire compungido -dijo ella cuando &#233;l hubo acabado de exponer su caso-. Yo tampoco hago nada productivo y nunca he experimentado el menor remordimiento por ello.

Acab&#243; de beber la cerveza y se enjug&#243; los labios con una servilleta de papel. F&#225;bregas no pudo dejar de decir lo que estaba pensando en aquel momento.

Hasta los gestos m&#225;s ordinarios resultan encantadores cuando los hace usted,madame Gestring.

Ella le explic&#243; acto seguido que su marido pertenec&#237;a al Alto Estado Mayor Conjunto de la OTAN. En aquellos momentos estaba en Washington, participando en una reuni&#243;n en la que tal vez se decidiera el futuro de Europa. De resultas de aquellas reuniones de desplazaban por el mapamundi divisiones acorazadas y buques de guerra. Ella hab&#237;a aprovechado la ocasi&#243;n para hacer una escapada.

Me chifla Venecia. &#191;Lleva usted aqu&#237; muchos d&#237;as?

Varios meses -respondi&#243; &#233;l-. He perdido la cuenta.

Para ser una persona que aborrece la vida sedentaria, no est&#225; mal. &#191;Y a qu&#233; dedica su tiempo, se&#241;or?

F&#225;bregas.

&#191;A qu&#233; dedica su tiempo, se&#241;or F&#225;bregas?

A ver v&#237;deos.

&#191;C&#243;mo ha dicho?

Ha o&#237;do bien: permanezco encerrado en la habitaci&#243;n del hotel viendo v&#237;deos sin parar.

&#191;Solo?

S&#237;.

&#191;Har&#237;a una excepci&#243;n conmigo? -pregunt&#243; ella de improviso-. &#191;Me invitar&#237;a a su habitaci&#243;n a ver un v&#237;deo?

Por supuesto, ser&#225; un privilegio -respondi&#243; F&#225;bregas sorprendido.

Apenas entraron en la habitaci&#243;n, ella le inst&#243; vivamente a que cerrara la puerta con llave y diera &#243;rdenes terminantes a la recepci&#243;n del hotel: no deb&#237;a permit&#237;rsele a nadie que subiera all&#237; ni hab&#237;a de serle pasada ninguna llamada telef&#243;nica. Aunque la reuni&#243;n en la que participaba su marido todav&#237;a deb&#237;a prolongarse varios d&#237;as, aclar&#243; cuando F&#225;bregas hubo atendido a sus instancias, no cab&#237;a descartar la posibilidad de que aqu&#233;l la abandonase con cualquier pretexto y se personase en Venecia de improviso. Hasta el momento jam&#225;s hab&#237;a hecho una cosa semejante, pero no estaba de m&#225;s tomar precauciones, dijo. Sus palabras o, cuando menos, el tono en que fueron dichas, no dejaban traslucir la menor inquietud: aquellos consejos parec&#237;an provenir de su sentido pr&#225;ctico. No quiero dramas, parec&#237;an querer decir. Todos sus gestos revelaban un gran aplomo, que F&#225;bregas atribuy&#243; a la costumbre. Probablemente aquellas correr&#237;as eran algo usual en su vida, se dijo. Sin embargo cuando le toc&#243; el brazo advirti&#243; que ten&#237;a la piel perlada de sudor fr&#237;o.

&#191;Quiere que cierre los postigos? -le pregunt&#243;.

Ella dijo que no con un deje de alarma en la voz, como si de la realizaci&#243;n de aquella propuesta pudiera seguirse la asfixia de ambos.

&#191;No hab&#237;amos venido a ver v&#237;deos? -dijo ella recobrando la naturalidad o, cuando menos, el desenfado.

Perdone. &#191;Qu&#233; le gustar&#237;a ver? -dijo &#233;l se&#241;alando las cajas apiladas en la mesa de gavetas sobre la que descansaban tambi&#233;n el televisor y sus admin&#237;culos.

Cualquier cosa que no ofenda la dignidad de una se&#241;ora -dijo ella-. &#191;Para que sirve este trasto tan largo y tan imponente?

Para hacer levantamiento de pesas. No trate de levantarlo: se podr&#237;a lastimar.

No tema: soporto bien los pesos -replic&#243; ella- y se lo demostrar&#233; si me ayuda a quitarme este maldito vestido de noche que me viene agarrotando desde hace varias horas.

&#201;l le ayud&#243; a desprender los corchetes que sujetaban por la parte posterior el vestido, el cual, una vez finalizada esta operaci&#243;n, ella hizo resbalar con una sacudida del cuerpo hasta la alfombra, donde qued&#243; formando ruedo en torno sus pies. Ella abandon&#243; aquel ruedo dando un paso atr&#225;s con extrema precauci&#243;n, como si temiera da&#241;ar la tela del vestido con el tac&#243;n de los zapatos que a&#250;n conservaba o como si al abandonar aquella indumentaria fastuosa e inc&#243;moda depusiera al mismo tiempo con cierta solemnidad una actitud de fingimiento. Ahora llevaba &#250;nicamente una enagua corta y un justillo carmes&#237; de seda y blondas que pon&#237;a de manifiesto su contorno.

Apague la luz -orden&#243; asiendo la barra de metal con ambas manos y tirando de ella con todas sus fuerzas mientras &#233;l pulsaba el interruptor general y dejaba en penumbra la habitaci&#243;n.

Con gran esfuerzo logr&#243; izar las pesas a la altura de las clav&#237;culas, descans&#243; un rato y luego, afirmando los dos pies en la alfombra, arqueando ligeramente el cuerpo hacia delante y apretando los dientes, dio un tir&#243;n brusco y tens&#243; ambos brazos sobre la cabeza. Al hacerlo el busto rebas&#243; los bordes del justillo, en cuya seda reverberaba ahora el resplandor tornasolado del televisor.

No suelte ahora las pesas o se partir&#225; el cr&#225;neo -grit&#243; F&#225;bregas advirtiendo el peligro que corr&#237;a y coloc&#225;ndose a sus espaldas-. Flexione poco a poco la pierna derecha as&#237;. Yo sujetar&#233; las pesas &#191;ve? Ya est&#225;. Puede soltar. Ret&#237;rese. &#161;Uf!

Aunando fuerzas hab&#237;an conseguido finalmente depositar las pesas en el suelo con relativa suavidad. Ella temblaba visiblemente, pero consigui&#243; pese a ello esbozar una sonrisa desafiante.

Ya ha demostrado que pod&#237;a hacerlo,madame Gestring, pero no lo vuelva a intentar -le reprendi&#243; F&#225;bregas.

&#191;Que habr&#237;a pasado si no hubieras estado t&#250; aqu&#237; para ayudarme? -pregunt&#243; ella.

Nada. Si yo no hubiera estado aqu&#237; t&#250; no habr&#237;as hecho el rid&#237;culo tratando de levantar las pesas -dijo &#233;l advirtiendo el tuteo que ella usaba ahora y advirtiendo tambi&#233;n el hecho de que aquel cambio en el tratamiento no revelaba intimidad por su parte; antes bien, camarader&#237;a deportiva.

No me rega&#241;es, cari&#241;o -dijo ella acarici&#225;ndole la mejilla con la palma de la mano. Aquella caricia condescendiente parodiaba el gesto amanerado de una dama de alcurnia que cree premiar de este modo los servicios de un pillete. &#201;l arrug&#243; el entrecejo y ella se ech&#243; a re&#237;r-. Olvidemos este incidente absurdo -dijo alej&#225;ndose con ligereza en direcci&#243;n al cuarto de ba&#241;o, en cuya puerta se detuvo para gritar-. Amor, mientras me ducho, di que nos suban una botella de champa&#241;a y unassiette de petits fours &#161;no!, mejor a&#250;n, que suban beluga y lonchas de pavo fr&#237;as con mayonesa y cornichon. &#161;Estoy desfallecida! y algo para ti tambi&#233;n, lo que t&#250; quieras A&#250;n no conozco tus gustos, pero te quiero vigoroso: esta noche debemos sacarle mucho rendimiento al cuerpo.



VIII

Se despert&#243; repentinamente, como si alguien le hubiera arrancado el sue&#241;o de los ojos de un tir&#243;n. Busc&#243; el cuerpo demadame Gestring junto al suyo, pero s&#243;lo encontr&#243; un revoltillo de prendas y los cornichons con que hab&#237;an estado jugando. &#191;Se habr&#225; ido?, pens&#243; con una mezcla de irritaci&#243;n y desahogo; pero no, pens&#243; de inmediato, puesto que su ropa todav&#237;a est&#225; aqu&#237;. La habitaci&#243;n estaba invadida de una luz muy tenue en la cual el mobiliario mostraba una forma indecisa, pero de una pureza extra&#241;a, como si hubiera sido sorprendido en el acto de transformarse en materia. Entonces vio su silueta enmarcada en la ventana. Un escalofr&#237;o le recorri&#243; el cuerpo. Se va a resfriar, pens&#243;. No quiso ir al armario por la bata para no romper el silencio que preced&#237;a el alba y acudi&#243; a su lado arrastrando la v&#225;nova, con la cual la envolvi&#243; sin que ella hiciera el menor gesto. Ahora era &#233;l quien corr&#237;a el riesgo de contraer un resfr&#237;o, desnudo frente a la ventana.

&#191;Qu&#233; piensas? -susurr&#243;.

No ten&#237;a que haber tocado aquellas variaciones de Schumann -dijo ella como si hablara para sus adentros.

&#191;Por esta raz&#243;n no puedes dormir?

Ella se encogi&#243; de hombros y le dirigi&#243; una mirada enigm&#225;tica. &#201;l reconoci&#243; al punto el gesto y la mirada y se estremeci&#243;. Esto era lo que me atra&#237;a y me turbaba de ella, pens&#243;: el mismo misterio, la misma distancia insalvable.

Da miedo, &#191;verdad? -dijo ella sin aclarar si aquel miedo a que hac&#237;a referencia era atribuible a alguna circunstancia concreta, a la &#237;ndole de sus pensamientos, a la luz del amanecer o al agua tenebrosa que discurr&#237;a a los pies de la ventana. &#201;l crey&#243; comprender que aquella pregunta no le iba dirigida o, cuando menos, que la &#250;nica respuesta que pod&#237;a darle era seguir callando, cosa que hizo, pese a que le casta&#241;eteaban los dientes.

Mi padre, que era viudo y jefe de estaci&#243;n -dijo ella tras una pausa-, habiendo prestado o&#237;dos a quienes auguraban en mi infancia que andando el tiempo yo hab&#237;a de convertirme en una mujer hermosa, como al parecer hab&#237;a sido mi madre, de la que no guardo ning&#250;n recuerdo, pues muri&#243; a poco de nacer yo, decidi&#243;, cuando alcanc&#233; la edad escolar y sin parar mientes en los enormes sacrificios pecuniarios que hab&#237;a de acarrearle su decisi&#243;n, enviarme a un internado de se&#241;oritas que ten&#237;an entonces las clarisas cerca de Karlsbad y donde, seg&#250;n &#233;l cre&#237;a, hab&#237;a de serme impartida una educaci&#243;n esmerada, la cual, unida a mi belleza hipot&#233;tica, habr&#237;a de permitirme m&#225;s adelante rebasar los l&#237;mites sociales que la suerte me hab&#237;a marcado al nacer. Naturalmente, &#233;l no pod&#237;a saber que aquel internado, que anta&#241;o hab&#237;a acogido a lo m&#225;s granado de la sociedad alemana, se hab&#237;a desmoronado en los &#250;ltimos a&#241;os, pues la guerra hab&#237;a diezmado la comunidad religiosa que lo regentaba, sin que luego &#233;sta, en los a&#241;os terribles que siguieron a la derrota, pudiera cubrir las bajas con nuevas vocaciones, de resultas de lo cual, cuando ingres&#233; en el internado, una docena escasa de octogenarias hab&#237;a de hacerse cargo de su gesti&#243;n y todo andaba all&#237; manga por hombro. Para colmo de males, en los &#250;ltimos d&#237;as de la guerra, aquellas ancianas hab&#237;an sido violadas sin excepci&#243;n por las tropas sovi&#233;ticas. Este suceso atroz, sobrevenido a una edad provecta y consumado, para mayor inri, entre cirios, azucenas y bordados, hab&#237;a ocasionado un trauma indecible a las monjitas. Ahora &#233;sta dejaba caer por la comisura de los labios una baba sempiterna, aqu&#233;lla prorrump&#237;a en aullidos infundados a cualquier hora del d&#237;a o la noche, la de m&#225;s all&#225; hab&#237;a contra&#237;do tal horror a su propio cuerpo que desatend&#237;a las exigencias m&#225;s inexcusables de la higiene, y as&#237; sucesivamente. Incapacitadas de asumir plenamente la docencia de sus pupilas por su escaso n&#250;mero, su edad y su condici&#243;n ps&#237;quica, las pobres monjas se hab&#237;an visto obligadas a contratar profesores laicos all&#237; donde los hab&#237;an encontrado. Estos profesores, en su mayor&#237;a desertores de la Wehrmacht, mutilados de guerra o simples delincuentes escapados de las c&#225;rceles al amparo de la ca&#237;da del Reich, no obstante odiarse entre s&#237; y pelearse de continuo los unos con los otros, hab&#237;an aunado sus fuerzas para hacer del internado un verdadero lupanar a espaldas de las monjas. &#161;All&#237; era el beberschnaps y el jugar a los dados y a los naipes, el forzar las p&#225;rvulas y el entonar canciones blasfemas y licenciosas todas las noches! Pero no era esto lo que quer&#237;a contarte.

Le puso la palma de la mano en el pecho y le sonri&#243; como si aquella sonrisa y aquel gesto pudieran disculpar de antemano el giro que se propon&#237;a imprimir a su relato o el mero hecho de prolongarlo a aquella hora y en aquel sitio inapropiado. Entonces advirti&#243; que &#233;l tiritaba.

Pero, &#191;qu&#233; haces aqu&#237; desnudo? &#191;Quieres acatarrarte? -exclam&#243; como si hasta entonces no se hubiera percatado de las condiciones en que se hallaba &#233;l-. Anda, ven, c&#250;brete con la v&#225;nova o, mejor a&#250;n, vuelve a la cama y t&#225;pate bien. Yo ir&#233; en seguida en cuanto acabe de contarte lo que te quer&#237;a contar antes, cuando me he ido por otros derroteros &#161;Por Dios que eres extra&#241;o! &#191;Qu&#233; ser&#225; que s&#243;lo doy con hombres extra&#241;os? Ver&#225;s, una vez, hace unos a&#241;os, en un hotel de Lugano conoc&#237; un individuo No, ya veo lo que est&#225;s pensando No lo conoc&#237; como hoy te he conocido a ti. Ver&#225;s. Yo estaba cenando una noche en el restaurante de aquel hotel, cuando vino a mi mesa un individuo de aspecto estrafalario, pero en modo alguno inquietante, el cual me salud&#243; cort&#233;smente y me dijo que &#233;l tambi&#233;n se alojaba en el hotel desde hac&#237;a unos d&#237;as y que me hab&#237;a visto llegar unas horas antes, sola, en un taxi. Yo le respond&#237; la verdad: que estaba esperando a mi marido, que deb&#237;a reunirse all&#237; conmigo tan pronto se lo permitieran sus ocupaciones. Con esto nos despedimos. A la ma&#241;ana siguiente en la recepci&#243;n del hotel me entregaron un paquete acompa&#241;ado de una nota. La nota era del individuo que me hab&#237;a abordado la noche anterior en el restaurante y que, seg&#250;n me informaron, acababa de partir. Usted es la persona que andaba buscando para confiarle mi diario, dec&#237;a la nota. L&#233;alo y dele el destino que estime conveniente. Abr&#237; el paquete y vi que conten&#237;a un libro bastante grueso, encuadernado en tela. En la primera p&#225;gina hab&#237;a una entrada que dec&#237;a as&#237;: Lunes, 7. Llueve a c&#225;ntaros. No me atrevo a salir. Estoy muy nervioso. El resto de las p&#225;ginas estaba en blanco. &#191;No te parece extra&#241;o?

S&#237;, muy extra&#241;o -dijo &#233;l desde la cama-. Pero &#191;qu&#233; era lo que ibas a contarme?

Ella desvi&#243; la mirada. Ahora parec&#237;a escrutar el horizonte. El cielo se hab&#237;a vuelto de color a&#241;il y un resplandor rosado parec&#237;a cubrir su rostro de rubor.

Nada, insignificancias -dijo.

Dej&#243; caer la v&#225;nova al suelo y corri&#243; a ocultarse enteramente entre las cobijas. Al cabo de un rato se levant&#243;, bebi&#243; un vaso de agua, volvi&#243; a la cama y continu&#243; hablando.

Al internado del que hablaba hace un rato ven&#237;a todos los viernes un fraile benedictino con el prop&#243;sito de instruirnos en materia de religi&#243;n. Era un hombre joven, pero la guerra y sus secuelas hab&#237;an hecho mella en &#233;l. V&#237;ctima de la consunci&#243;n, no era raro que hubiera de interrumpir varias veces sus disertaciones para llevarse a los labios un pa&#241;uelo, que retiraba manchado de sangre. Este pobre fraile, del que muchas est&#225;bamos enamoradas, pero cuya escasa energ&#237;a lo convert&#237;a en blanco f&#225;cil de nuestras diabluras, con el fin de mantener cierta disciplina entre las alumnas, sol&#237;a relatarnos vidas de santos, sacadas de los escritos de San Jer&#243;nimo o de Eusebio de Ces&#225;rea y en las que, a su juicio, se combinaba lo edificante con lo ameno. Una de estas historias, que ha permanecido intacta en mi memoria m&#225;s de treinta a&#241;os, es lo que te quer&#237;a contar.

San Hilari&#243;n hab&#237;a nacido en Capadocia, en el seno de una familia acomodada. Enviado a la edad de quince a&#241;os a Alejandr&#237;a para que terminase all&#237; sus estudios de ret&#243;rica, conoci&#243; a San Cirilo, se convirti&#243; al cristianismo, se retir&#243; al desierto, medit&#243; y or&#243;, regres&#243; a Capadocia, se dedic&#243; a la predicaci&#243;n, fue nombrado obispo, obr&#243; milagros. Los sacerdotes de Minerva, divinidad protectora de la ciudad en la que San Hilari&#243;n ten&#237;a su sede, envidiosos de las conversiones que lograba y humillados por la facilidad con que refutaba sus argumentos el santo, lo denunciaron al prefecto Sulpicio, el cual le hizo detener y conducir a su presencia cargado de cadenas. Me han venido a decir que te andas riendo de nuestra religi&#243;n, dijo el prefecto al santo cuanto lo tuvo ante s&#237;. Por toda respuesta, San Hilari&#243;n sacudi&#243; los brazos y las cadenas que lo envolv&#237;an se quebraron como el cristal. Hum, dijo el prefecto Sulpicio, veremos si puede m&#225;s tu fe o mi autoridad. Por orden suya, San Hilari&#243;n fue conducido a una mazmorra. All&#237; lo ataron al potro y le descoyuntaron los huesos, le arrancaron las u&#241;as y los dientes con tenazas, le desgarraron la carne con garfios, le aplicaron tizones a los costados y lo volvieron a someter al potro. Finalmente el prefecto Sulpicio, convencido de que la fe del santo se habr&#237;a debilitado, le hizo comparecer de nuevo. &#191;Todav&#237;a te quedan ganas de re&#237;r?, le pregunt&#243;. San Hilari&#243;n prorrumpi&#243; en grandes carcajadas. Entonces todos vieron que las u&#241;as y los dientes le hab&#237;an vuelto a crecer y que no quedaba huella visible en &#233;l de los tormentos que le hab&#237;an sido infligidos. El prefecto dispuso que all&#237; mismo le fueran propinados cien latigazos, pero los l&#225;tigos se transformaron en serpientes que, enrosc&#225;ndose en las mu&#241;ecas de los verdugos que los bland&#237;an, les mordieron e inocularon su ponzo&#241;a, de resultas de lo cual aqu&#233;llos fallecieron al instante echando espumarajos y maldiciendo a Minerva por no haberlos sabido proteger de aquel sortilegio letal. Acto seguido el prefecto Sulpicio hizo que trajeran un le&#243;n hambriento, pero la fiera, al llegar junto a San Hilari&#243;n, se irgui&#243; sobre las patas traseras, abri&#243; las fauces y enton&#243; con potente voz de bar&#237;tono elGloria patris, acabado el cual y habiendo ordenado Sulpicio que lo devolvieran a su jaula, dio zarpazos y dentelladas a los soldados que se dispon&#237;an a hacerlo, ocasionando entre ellos gran carnicer&#237;a, hasta que tras larga lucha lograron los legionarios alancear el le&#243;n. Finalizado el incidente del le&#243;n, el prefecto Sulpicio orden&#243; a los arqueros asaetear a San Hilari&#243;n, pero las flechas, antes de tocar al santo, describ&#237;an un semic&#237;rculo en el aire e iban a atravesar el cuello de los arqueros que las hab&#237;an disparado, los cuales, en el momento de fenecer, reconoc&#237;an ser m&#225;s poderoso dios Aquel contra el que luchaban que la propia Minerva. A continuaci&#243;n el prefecto Sulpicio hizo que una catapulta arrojara sobre San Hilari&#243;n una piedra de gran tama&#241;o y peso, pero la piedra, desvi&#225;ndose de su objetivo, fue a chocar contra las columnas que sosten&#237;an el templo de la diosa, que se desplom&#243; sepultando la efigie de aqu&#233;lla, los sacerdotes que le rend&#237;an culto y la multitud que se hallaba congregada all&#237;. Entonces el prefecto Sulpicio, abandonando su sitial, desenvain&#243; la espada y cort&#243; las manos, los brazos, las piernas y finalmente la cabeza del santo, la cual, desde el suelo, se dirigi&#243; a Sulpicio y le dijo: Dentro de un instante yo estar&#233; gozando en el Para&#237;so y t&#250; arder&#225;s eternamente en el infierno, mamarracho. Dicho esto, lanz&#243; la &#250;ltima y m&#225;s estent&#243;rea risotada y enmudeci&#243; para siempre.

Cuando ella dio por finalizada la historia del prefecto Sulpicio y San Hilari&#243;n, F&#225;bregas la abraz&#243; en silencio pero con ternura, porque, a diferencia de lo que le hab&#237;a ocurrido tiempo atr&#225;s en situaciones an&#225;logas, ahora comprend&#237;a lo que significaba para ella la historia que acababa de contarle la mujer que ten&#237;a a su lado.

Mientras dur&#243; la estancia demadame Gestring en Venecia, nunca la vio dormir m&#225;s de quince o veinte minutos seguidos. Durante el d&#237;a, ten&#237;a mil ocupaciones que atender. Muy temprano se echaba a la calle. Visitaba exposiciones y galer&#237;as de arte o se desplazaba de una punta de la ciudad a la otra para admirar una vez m&#225;s una pintura, un edificio o un lugar que recordaba haber visto con especial agrado en ocasiones anteriores. Tambi&#233;n entraba en varios establecimientos selectos. Al mediod&#237;a regresaba al hotel cargada de paquetes y acud&#237;a directamente a la habitaci&#243;n de F&#225;bregas, que hab&#237;a aprovechado su ausencia para entregarse a un sue&#241;o benefactor. Mientras le mostraba lo que hab&#237;a comprado, le contaba lo que hab&#237;a visto. Entre las compras siempre hab&#237;a alg&#250;n regalo para &#233;l. A continuaci&#243;n se hac&#237;an servir en la habitaci&#243;n una comida ligera, cuya ingesti&#243;n simultaneaban, como ella dec&#237;a haber aprendido de los simios del zool&#243;gico de Ba-silea, con actos fornicarios, al t&#233;rmino de los cuales volv&#237;a a marcharse sin demora, porque conoc&#237;a a mucha gente en Venecia y ten&#237;a que pagar visitas o cumplir con otros compromisos de diversa &#237;ndole. Al atardecer pasaba de nuevo por el hotel, donde se ba&#241;aba y arreglaba para la noche, pues siempre estaba invitada a una cena o un espect&#225;culo, cuando no a ambas cosas.

Al filo de la medianoche F&#225;bregas se apostaba en la barra del bar del hotel para verla entrar. Poco despu&#233;s de la una ella hac&#237;a acto de presencia en el bar luminosa, enjoyada, magn&#233;tica, cimbreante, alegre, coqueta y lozana como si por largo tiempo no hubiera hecho otra cosa sino descansar. La acompa&#241;aba su cortejo habitual de petimetres. En aquel local min&#250;sculo las botellas de champa&#241;a eran descorchadas con ruido de trabucazo. A la algarab&#237;a y los brindis segu&#237;an los ruegos, que ella atend&#237;a sin entusiasmo, pero de grado. Entonces, quiz&#225;s en honor de F&#225;bregas, de cuya presencia no daba nunca muestras de haberse percatado, interpretaba aquellas variaciones de Schumann que la primera noche hab&#237;an propiciado el inicio de su relaci&#243;n. &#161;Qu&#233; bella es!, &#161;qu&#233; incitante!, pensaba F&#225;bregas; verdaderamente hay que ser idiota para no perder el juicio por ella. Y esta m&#250;sica arrebatada que invariablemente la enoja y la entristece, &#191;por qu&#233; se empe&#241;ar&#225; en tocarla noche tras noche? En una ocasi&#243;n, a solas en la habitaci&#243;n, se hab&#237;a atrevido a pregunt&#225;rselo, pero ella no hab&#237;a querido o no hab&#237;a sabido responderle; antes bien, se hab&#237;a enfadado con &#233;l. F&#225;bregas, habituado a sus cambios de humor repentinos, no los tem&#237;a, pero procuraba no provocarlos con su actitud o sus palabras: por nada del mundo quer&#237;a enturbiar una relaci&#243;n que sab&#237;a destinada a finalizar en breve. Prefer&#237;a admirarla en silencio. Esta admiraci&#243;n, sin embargo, no era ciega: le hab&#237;a bastado poco tiempo para calibrar las limitaciones y debilidades de aquella mujer que parec&#237;a no tener ninguna y poseer una vitalidad sin l&#237;mites. Tambi&#233;n &#233;l, de ni&#241;o, hab&#237;a cre&#237;do que su madre dispon&#237;a de un caudal constante e inagotable de energ&#237;a que contrastaba notablemente con la apat&#237;a de los dem&#225;s miembros de la familia. Parec&#237;a que &#233;stos hubieran puesto sus energ&#237;as respectivas a contribuci&#243;n y hubieran decidido confiar la suma resultante a su madre, para que ella la administrara del mejor modo posible. En realidad su madre hab&#237;a sido siempre el miembro m&#225;s d&#233;bil e indeciso de aquella familia; el que, disponiendo de menos poder, hab&#237;a acaparado un n&#250;mero mayor de atribuciones. A la larga, aquel sistema cimentado en la falsedad y la conveniencia hab&#237;a acabado convirti&#233;ndose en un sistema opresivo; la autoridad hab&#237;a degenerado en tiran&#237;a y la sumisi&#243;n que impon&#237;a esta autoridad insensata hab&#237;a ido minando el temple de todos y propiciando la ruina individual de cada uno por separado. Ahora &#233;l no quer&#237;a saber de situaciones an&#225;logas. Prefer&#237;a o&#237;rla hablar en los interludios, de pie, frente a la ventana, donde ella se colocaba siempre, protegida del relente por la bata de F&#225;bregas unas veces, y otras, por su propio echarpe de tis&#250;. Ella le agradec&#237;a el silencio y &#233;l, a su vez, agradec&#237;a su presencia, pues, aunque a ratos deseaba recuperar la soledad perdida, sab&#237;a en el fondo que la alternativa a la compa&#241;&#237;a de aquella mujer era el tedio y el insomnio. No cre&#237;a amarla: en su ausencia olvidaba sus rasgos personales y su fisonom&#237;a. Sin embargo, le costaba desprenderse del recuerdo de su voz, su olor propio y su calor natural. En su ausencia se despertaba sintiendo todav&#237;a su contacto febril y seco que parec&#237;a provenir de la misma combusti&#243;n lenta e implacable que imprim&#237;a un brillo peculiar a las piedras preciosas cuando ella las llevaba sobre la piel. Finalmente un d&#237;a ella acudi&#243; a su habitaci&#243;n a una hora inusual de la tarde. Desde la puerta le comunic&#243; escuetamente que su marido acababa de llegar. Ahora mismo se estaba refrescando en la habitaci&#243;n que a partir de aquel momento iban a compartir ambos, le dijo; y sin agregar nada m&#225;s se march&#243;.



IX

Dejado nuevamente a su suerte, reemprendi&#243; las excursiones peri&#243;dicas al v&#237;deo-club hasta que, a mediados de octubre, el due&#241;o del establecimiento le comunic&#243; que hab&#237;a decidido traspasar &#233;ste y retirarse del negocio. Nunca le hab&#237;a gustado la idea de regentar un v&#237;deo-club ni, salvo excepciones, el p&#250;blico que frecuentaba el suyo, le dijo; adem&#225;s, aquel negocio, en teor&#237;a exento de complicaci&#243;n, en la pr&#225;ctica le ocasionaba quebraderos de cabeza incesantes debido a la informalidad de algunos distribuidores y los atropellos de algunos clientes desaprensivos. Ya era mayor y no ve&#237;a raz&#243;n para seguir postergando una jubilaci&#243;n de la que ahora, mientras Dios le conservase la salud, a&#250;n podr&#237;a disfrutar, siquiera modestamente, agreg&#243;.

Pero &#191;y yo?; &#191;qu&#233; ser&#225; de m&#237;, don Modesto? -replic&#243; F&#225;bregas.

H&#225;gase socio de otro v&#237;deo-club -le respondi&#243; aqu&#233;l-. Hay uno en cada esquina.

Oh, no es lo mismo -protest&#243; F&#225;bregas-. Yo estaba acostumbrado a &#233;ste.

Todos son iguales -dijo don Modesto-, pero, ya que la suerte le depara esta oportunidad, h&#225;game caso: deje en paz los v&#237;deos y &#233;chese a la calle, haga amistades, aprenda a conocer a los venecianos.

A m&#237; no me interesan los venecianos. Si me interesaran las personas no me habr&#237;a ido de Barcelona -dijo F&#225;bregas.

Pues ded&#237;quese a mirar las bellezas de esta ciudad. No hay otra igual en el mundo entero.

&#161;Pero eso ya lo he hecho!

Pues vu&#233;lvalo a hacer -le reprendi&#243; don Modesto-. &#191;O cree usted que la belleza es como un pastel, que va menguando a medida que se consume? Vamos, usted confunde lo bello con lo novedoso. No sea est&#250;pido: siempre se puede avanzar en la contemplaci&#243;n de la belleza; s&#243;lo es cuesti&#243;n de querer. Haga la prueba y ver&#225; c&#243;mo agradece mi consejo. No pierda tiempo: viva su vida y reflexione y si despu&#233;s de eso a&#250;n le queda tiempo libre, lea. Es la recomendaci&#243;n de un hombre viejo.

En contra de lo que don Modesto le hab&#237;a augurado, el cumplimiento de sus consejos s&#243;lo report&#243; a F&#225;bregas el rebrote de su pasada ansiedad. Ahora deambulaba de nuevo sin rumbo ni sosiego. Incapaz de concentrarse para trazar un plan y menos a&#250;n para llevarlo a t&#233;rmino, sus paseos eran erradizos y sol&#237;an conducirle, por una mezcla de albur e inclinaci&#243;n, a los lugares m&#225;s solitarios y t&#233;tricos. Le gustaba andar por algunas calles tan estrechas que pod&#237;a tocar simult&#225;neamente los muros opuestos sin tener que estirar del todo los brazos. Aquellas calles, en las que el sol no hab&#237;a penetrado jam&#225;s y ten&#237;an, por este motivo, las paredes comidas por la humedad, le recordaban los patios interiores de las casas donde hab&#237;a vivido de ni&#241;o. Buena parte de su infancia se le hab&#237;a ido sin notarlo en contemplar tediosamente aquellos patios y escuchar sus ruidos. Despu&#233;s de estos paseos regresaba al hotel y preguntaba si hab&#237;a llegado alguna carta para &#233;l. Sin saber por qu&#233;, esperaba ansiosamente una carta larga y esclarecedora demadame Gestring. Se hab&#237;a formado la noci&#243;n, tan veros&#237;mil como su contraria, de que madame Gestring, de resultas de su relaci&#243;n, hab&#237;a intuido acerca de &#233;l alguna verdad cuya revelaci&#243;n hab&#237;a de ayudarle a recobrar la senda extraviada. No le cab&#237;a en la cabeza la posibilidad de que durante los d&#237;as y noches que hab&#237;an pasado juntos ella hubiera estado pendiente &#250;nicamente de s&#237; misma. Ella me dir&#225; d&#243;nde radica mi mal, pensaba, porque lo que es yo, por m&#225;s vueltas que le doy al asunto, no entiendo nada. S&#233; que todo viene de mi modo de ser, pero &#191;cu&#225;l es ese modo?, se preguntaba perplejo. La reflexi&#243;n sobre su propia identidad, lejos de aclarar sus ideas, le confund&#237;a a&#250;n m&#225;s. Por m&#225;s que hac&#237;a, no lograba verse como una suma de caracter&#237;sticas que, entremezcladas, formaban su identidad. Para s&#237; mismo era s&#243;lo una persona a la que esas caracter&#237;sticas, venidas de fuera como invasores de otra galaxia, hab&#237;an elegido como campo de batalla por casualidad. Seg&#250;n &#233;l, valor y cobard&#237;a, mezquindad y altruismo, tes&#243;n y desidia luchaban ferozmente por conquistar su &#225;nimo y seg&#250;n cu&#225;l de ellos resultaba vencedor en la contienda, as&#237; era luego su conducta. Esta concepci&#243;n absurda se deb&#237;a probablemente al hecho de no haber reflexionado nunca con anterioridad sobre estas cosas. Ahora ya estaba demasiado habituado a ser due&#241;o de sus criterios y mal pod&#237;a ponerlos en duda. Sab&#237;a que aquella noci&#243;n de su propia identidad era insostenible, pero no acertaba a concebir otra. Un d&#237;a, en la iglesia de la Santa Pax, vio un retablo antiguo que parec&#237;a sustanciar cabalmente sus ideas a este respecto. En aquel retablo un hombre desnudo era tironeado por un &#225;ngel y un diablo que lo sujetaban de los brazos. El &#225;ngel quer&#237;a arrastrar el hombre al cielo, donde le aguardaban la Sant&#237;sima Trinidad y el resto de los &#225;ngeles y bienaventurados; el diablo, por el contrario, quer&#237;a llev&#225;rselo al infierno, desde donde le jaleaban otros diablos peludos, orejudos y bizcos, que bailoteaban entre llamas y tizones. El hombre, a punto de ser partido por la mitad e incapaz de brindar su apoyo a uno o a otro bando, miraba al frente con estupefacci&#243;n. &#191;Qui&#233;n me habr&#225; metido a m&#237; en esta disputa?, parec&#237;a decir. F&#225;bregas se sinti&#243; plenamente solidario con aquel hombre.

Privado del pasatiempo que le proporcionaban los v&#237;deos, las horas de insomnio se convirtieron en un suplicio inacabable. Antes de acostarse prolongaba su permanencia en el bar del hotel hasta que el camarero le indicaba haber llegado la hora del cierre. Entonces se encaminaba a su habitaci&#243;n con renuencia, como si all&#237; hubiera de serle aplicado un castigo, pero tambi&#233;n con cierto respiro, ya que la atm&#243;sfera agobiante de aquel bar recargado y vac&#237;o enardec&#237;a en su &#225;nimo el recuerdo todav&#237;a vivo demadame Gestring, cuya ausencia se le hac&#237;a m&#225;s patente y dolorosa en aquel lugar, que hab&#237;a sido escenario de su connivencia. Ahora recordaba all&#237; las noches en que ella, aparentemente entregada a sus admiradores, que no estaban en el secreto de su relaci&#243;n, simulaba no verle, y el recuerdo de esta dilaci&#243;n pre&#241;ada de promesas le entristec&#237;a. Si finalmente dorm&#237;a, su sue&#241;o era acosado por las pesadillas. Estas pesadillas, cuya reiteraci&#243;n no las hac&#237;a m&#225;s soportables, sino precisamente m&#225;s temibles, se presentaban bajo formas distintas: unas veces cre&#237;a verse involucrado sin saber c&#243;mo en una acci&#243;n b&#233;lica o en un episodio similar, presidido por la m&#225;xima violencia y ejecutado siempre en un lugar angosto, cerrado y oscuro. All&#237; las detonaciones, los gritos repentinos de las v&#237;ctimas de los disparos, el temor a ser alcanzado por las balas le asustaban y sum&#237;an en un paroxismo del que despertaba ba&#241;ado en sudor. Entonces el silencio de la habitaci&#243;n por contraste le resultaba opresivo, le parec&#237;a haberse despertado en un tanque sellado y lleno de agua en el cual &#233;l hubiera sido sumergido maniatado y sin escape. Entonces ten&#237;a que hacer acopio de energ&#237;a, saltar de la cama, correr al cuarto de ba&#241;o, echarse agua fr&#237;a con la ducha sobre la cabeza y el cuerpo y acudir as&#237; a la ventana, que en previsi&#243;n de estas eventualidades dejaba abierta de par en par todas las noches. S&#243;lo all&#237;, donde tiempo atr&#225;s madame Gestring hab&#237;a afrontado sus ansias, encontraba &#233;l ahora consuelo a las suyas. Otras, aqu&#233;llas revest&#237;an un car&#225;cter m&#225;s sutil e inquietante: eran pesadillas tranquilas en las cuales el miedo que las impregnaba no proven&#237;a de ning&#250;n hecho peculiar ni obedec&#237;a a una raz&#243;n precisa. Estas pesadillas, que por su propia &#237;ndole pon&#237;an a prueba su paciencia y se resolv&#237;an en un despertar gradual y sin sobresaltos, dejaban su &#225;nimo calado de una intranquilidad pusil&#225;nime y una sensaci&#243;n de amenaza que arrastraba muchas horas, si no el d&#237;a entero, y que no consegu&#237;a disipar por ning&#250;n medio. Era este &#250;ltimo tipo de pesadillas aqu&#233;l que m&#225;s tem&#237;a, pero no sab&#237;a c&#243;mo conjurarlo. Resignado a que los escasos momentos en que el sue&#241;o le visitaba fueran tambi&#233;n momentos de agitaci&#243;n y sufrimiento, procuraba luego discernir el origen de aquellas fantas&#237;as malsanas, pero lo sue&#241;os, como es l&#243;gico, escapaban a todo intento de sistematizaci&#243;n: esto le enervaba.

A mediados de noviembre el insomnio hab&#237;a hecho mella en su constituci&#243;n: ya no pod&#237;a practicar sus ejercicios gimn&#225;sticos. Ahora las pesas permanec&#237;an arrumbadas en el cuarto de ba&#241;o. De cuando en cuando tomaba la m&#225;s ligera y probaba de levantarla; al punto deb&#237;a dejarla nuevamente en el suelo: de este modo comprobaba el ritmo de su debilitamiento. Segu&#237;a sin noticias demadame Gestring y tambi&#233;n de Mar&#237;a Clara. Solamente Riverola le llamaba por tel&#233;fono con cierta regularidad y le manten&#237;a al corriente de la marcha de sus asuntos. Por &#233;l supo que su antiguo suegro, ejercitando unos poderes amplios que a&#241;os atr&#225;s el propio F&#225;bregas le hab&#237;a otorgado, y con la anuencia expresa de todos los socios de la empresa, hab&#237;a vendido la empresa a una sociedad de cartera, posiblemente extranjera, de fines inciertos. Para evitar pleitos, hab&#237;an acordado mantener a F&#225;bregas en el consejo de administraci&#243;n de la nueva empresa, aunque relevado de toda obligaci&#243;n, y asignarle un sueldo honroso que cubriera moment&#225;neamente sus gastos. La propia sociedad matriz se hab&#237;a comprometido a hacerle llegar este sueldo todos los meses a un banco de Venecia o del lugar en que se encontrase si en alg&#250;n momento decid&#237;a cambiar de domicilio. Naturalmente, el consejo se reservaba la facultad de revocar la remuneraci&#243;n y el cargo que la justificaba cuando las circunstancias lo hiciesen aconsejable o as&#237; lo determinase el propio consejo por mayor&#237;a simple. De este modo la empresa contaba con garantizar su silencio. Esta operaci&#243;n, aparentemente sencilla, pero en realidad plagada de obst&#225;culos, circunvoluciones y entresijos, hab&#237;a sido llevada &#225; t&#233;rmino con extrema lentitud y sus resultados definitivos le fueron comunicados a lo largo de varias conversaciones vacilantes y contradictorias que le sum&#237;an en la perplejidad, hasta que comprendi&#243; que los autores de la maniobra tem&#237;an su reacci&#243;n o, cuando menos, las complicaciones legales que habr&#237;an podido derivarse de ella y que por este motivo actuaban con tanta cautela y disimulo, convirtiendo en confabulaci&#243;n un negocio al que &#233;l habr&#237;a accedido de buen grado y sin tardanza si alguien hubiera tenido el valor de pedirle su aquiescencia sin rodeos. Aquel proceder timorato pon&#237;a de manifiesto lo incierto de su situaci&#243;n.

Esta sinecura es una enga&#241;ifa -le dijo a Riverola en una de las &#250;ltimas conversaciones telef&#243;nicas que mantuvieron-. Dentro de unos meses alg&#250;n contable descubrir&#225; que soy un gasto in&#250;til, enviar&#225; un memorando al consejo y &#233;ste, ampar&#225;ndose en unos c&#225;lculos ininteligibles, decidir&#225; prescindir de m&#237;.

Al otro lado de la l&#237;nea percibi&#243; una risita que se le antoj&#243; insensata.

Est&#225;s muy anticuado -le dijo el abogado cuando hubo acabado de re&#237;rse-. En definitiva todo depende del programa que hayan introducido en el ordenador. Si t&#250; formas parte de ese programa, percibir&#225;s tus emolumentos pase lo que pase, aunque transcurran doscientos a&#241;os.

&#191;Y t&#250;? -pregunt&#243; relacionando la risita del abogado con la explicaci&#243;n que &#233;ste acababa de darle-, &#191;tambi&#233;n formas parte de ese programa?

No -respondi&#243; Riverola-, yo he presentado ya mi dimisi&#243;n; nunca fui partidario de la venta; siempre dije que toda la operaci&#243;n era una filfa. Ahora no es cosa de claudicar.

Ay, Riverola, &#191;qui&#233;n de los dos es el anticuado? -exclam&#243; F&#225;bregas-. En cuanto t&#250; dejes la empresa, con m&#225;quina o sin ella, yo no durar&#233; ni tres semanas en n&#243;mina.

Asunto tuyo -dijo el abogado.

Ahora los d&#237;as serenos alternaban con otros nublados o lluviosos y las temperaturas hab&#237;an descendido sensiblemente. Al deambular ve&#237;a nuevamente la ciudad como la hab&#237;a visto el d&#237;a que lleg&#243; a ella, meses atr&#225;s. Entonces hab&#237;a tenido la sensaci&#243;n de que algo importante hab&#237;a de serle revelado all&#237; si sab&#237;a buscarlo. Durante aquellos meses se hab&#237;a mantenido sin saberlo a la expectativa, atento a un mensaje cuyos signos impredecibles deb&#237;a estar en condiciones de descifrar. Ahora, sin embargo, su actitud hab&#237;a variado; cre&#237;a que la revelaci&#243;n pod&#237;a producirse en cualquier instante, pero pensaba que el contenido de aqu&#233;lla, cualquiera que fuese, hab&#237;a de dejarle indiferente. Lejos de buscar un significado a cada cosa, rehu&#237;a toda manifestaci&#243;n que pudiera encerrar alguno, siquiera simb&#243;lico.

A finales de noviembre arreciaron las lluvias. Por esta causa volvi&#243; a recluirse en la habitaci&#243;n del hotel. All&#237; cerraba las ventanas, se met&#237;a en la cama y esperaba a que escampase. De ni&#241;o le hab&#237;a gustado o&#237;r la lluvia desde la cama. Entonces se sub&#237;a el embozo de la s&#225;bana hasta la barbilla y el repicar de la lluvia en los cristales del balc&#243;n le infund&#237;a por contraste una sensaci&#243;n de bienestar que con los a&#241;os fue perdiendo. Ahora el sonido destemplado de la lluvia en el exterior ten&#237;a para &#233;l algo de siniestro y desolado.



X

A primeros de diciembre la lluvia ces&#243; por completo y volvi&#243; a salir el sol, pero las calles siguieron inundadas varios d&#237;as, por lo que una vez m&#225;s hubo de calzar katiuscas para poder abandonar el hotel. Esto le record&#243; vivamente las circunstancias en que hab&#237;a conocido a Mar&#237;a Clara meses atr&#225;s, en tiempo semejante, en una farmacia. Mientras pensaba estas cosas iba siguiendo sin propon&#233;rselo el mismo camino que en aquella ocasi&#243;n hab&#237;a propiciado su encuentro. Esta actitud resultaba tan pueril a sus propios ojos que estaba por deponerla cuando crey&#243; ver fugazmente la silueta de ella en la margen opuesta del canal junto al que transitaba. &#191;Ser&#225; posible que las cosas se produzcan en esta forma melodram&#225;tica?, pens&#243;.

Grit&#243; para llamar su atenci&#243;n, pero s&#243;lo consigui&#243; con aquel grito que levantara el vuelo una bandada de palomas posada en la riba del canal. Aquel revuelo bast&#243; para que la perdiera de vista: cuando las palomas se hubieron posado de nuevo ya no pudo hallarla. Chapoteando retrocedi&#243; sobre sus pasos para cruzar el canal que lo separaba de ella por un puente met&#225;lico que recordaba haber rebasado momentos antes. Ya en la otra margen, corri&#243; hacia la esquina que seg&#250;n sus conjeturas ella deb&#237;a de haber doblado y desde all&#237; crey&#243; distinguir a lo lejos su chubasquero de charol. Sin embargo, por m&#225;s que corr&#237;a, no consegu&#237;a acortar la distancia que mediaba entre ambos, hasta que finalmente perdi&#243; su rastro de una vez por todas. O todo ha sido una alucinaci&#243;n, se dijo, o por fuerza ha tenido que meterse en alg&#250;n portal, pero &#191;en cu&#225;l de ellos? Frente a una casa vio una mujer vestida de luto, sentada en una silla tosca de madera blanca y anea. Al acercarse a ella para preguntarle si hab&#237;a visto pasar una muchacha cubierta de un chubasquero negro, advirti&#243; que la mujer llevaba unas botas de agua de un color verde subido, casi fosforescente, que le daban un aspecto estrafalario y c&#243;mico y gracias a las cuales record&#243; ser aqu&#233;lla la misma vieja que les hab&#237;a dado indicaciones pr&#225;cticas cuando Mar&#237;a Clara y &#233;l, el d&#237;a de su primer encuentro, hab&#237;an intentado visitar una iglesia cercana. &#161;Cu&#225;ntas coincidencias!, pens&#243;. La vieja, ante la cual se hab&#237;a quedado mudo y desconcertado, lo miraba con la boca abierta. Finalmente F&#225;bregas le pregunt&#243; si all&#237; cerca no hab&#237;a una iglesia con unos frescos antiguos, a lo que la vieja respondi&#243; en sentido afirmativo. Con el dedo se&#241;alaba la puerta de un edificio pr&#243;ximo, el cual, visto desde aquel &#225;ngulo, no parec&#237;a un templo.

Llame all&#225; y el se&#241;or cura p&#225;rroco le atender&#225; si puede -dijo la vieja; y luego a&#241;adi&#243; de improviso-: Se conoce que le gustaron las pinturas la otra vez.

&#161;C&#243;mo!, &#191;se acuerda usted de m&#237;? -exclam&#243;.

Con los a&#241;os voy perdiendo la memoria -dijo la vieja-, pero jam&#225;s olvido una cara. Eso no.

Pues con tanto turista, cada mes ver&#225; usted varios millares de caras nuevas.

S&#237;, pero no olvido ninguna, as&#237; pasen cincuenta a&#241;os.

Entonces, recordar&#225; a la se&#241;orita que me acompa&#241;aba en esa ocasi&#243;n, cuando usted me vio por primera vez -dijo &#233;l.

La reconocer&#237;a si la viera, a buen seguro. Pero recordarla es otra cosa. No, no creo que fuera capaz de hacer algo as&#237;.

Entonces, &#191;no ha vuelto a verla desde aquel d&#237;a?

No le s&#233; decir: ahora no me acuerdo de haberla visto, pero lo que s&#237; s&#233; es esto: que si la hubiera visto, la habr&#237;a reconocido -dijo la vieja con aplomo.

Esta afirmaci&#243;n contundente, sin embargo, pareci&#243; dejar sumida en un mar de confusiones a la vieja de las botas verdes. F&#225;bregas se despidi&#243; de ella y se encamin&#243; a la puerta de la iglesia. &#191;Ser&#225; posible que ella, impelida por los recuerdos, haya tenido la idea de venir de nuevo a este lugar precisamente en este d&#237;a?, se preguntaba; y con un residuo de cordura se respond&#237;a: &#161;qu&#233; va!

Empuj&#243; la puerta de la iglesia y vio que &#233;sta no estaba cerrada, como le hab&#237;a parecido en un principio, de modo que, sin anunciar su presencia, se introdujo en un zagu&#225;n oscuro donde una docena de personas, agrupadas alrededor de una joven, escuchaba silenciosamente la explicaci&#243;n que ella les daba.

Ahora -dijo la joven cuando hubo concluido sus explicaciones- yo me quedar&#233; aqu&#237; y el se&#241;or cura p&#225;rroco les mostrar&#225; los frescos de que les acabo de hablar. Es un hombre de cierta edad, muy piadoso, pero un poco obtuso -al decir esto se golpe&#243; ligeramente la sien con el dedo &#237;ndice y al mismo tiempo, como si quisiera ofrecer a sus oyentes un adelanto de la escena hilarante que la estupidez del cura iba a proporcionarles en breve, torci&#243; los labios en una mueca horrible y bizque&#243;; de este modo consigui&#243; conferir a su rostro, hasta entonces vulgar e inexpresivo, un car&#225;cter nuevo, no exento de atractivo sexual. Los turistas que la rodeaban acogieron con alborozo aquel alivio inesperado a una visita que promet&#237;a ser tediosa. Aquellos turistas consideraban el viaje que estaban realizando un fin en s&#237;, de cuyo disfrute pleno les detra&#237;an aquellas visitas contra las cuales, sin embargo, no se pod&#237;an rebelan Ahora s&#243;lo deseaban cumplir cuanto antes con aquella obligaci&#243;n y regresar al hotel para seguir cosechando las an&#233;cdotas triviales y jocosas que luego hab&#237;an de constituir su acervo m&#225;s preciado-. No es preciso que escuchen lo que &#233;l les cuente -sigui&#243; diciendo la joven gu&#237;a despu&#233;s de haber recuperado la serenidad-, pero hagan como que le prestan atenci&#243;n y, por favor, no se r&#237;an.

Apenas hab&#237;a acabado ella de hablar, el cura p&#225;rroco hizo su entrada en el zagu&#225;n, la cual fue recibida por una carcajada general y apenas sofocada. Sin parar mientes en ello, el capell&#225;n indic&#243; al grupo que le siguiera.

No se dispersen -les dijo dirigi&#233;ndose en particular a F&#225;bregas, que permanec&#237;a algo destacado-: la iglesia est&#225; un poquito oscura y podr&#237;an tropezar con los reclinatorios.

F&#225;bregas recordaba aquellas palabras, que el mismo capell&#225;n, en el mismo lugar, hab&#237;a dirigido a Mar&#237;a Clara y &#233;l en el mismo tono. La noci&#243;n de que durante todos aquellos meses, que para &#233;l hab&#237;an supuesto una mudanza completa, aquel capell&#225;n hab&#237;a estado repitiendo diariamente la misma advertencia escueta le hizo estremecer.

El capell&#225;n detuvo el grupo ante las gradas del altar y se adelant&#243; a abrir la puertecita que comunicaba la iglesia con la c&#225;mara donde estaban los frescos bizantinos. Luego de pulsar el interruptor y encender la bombilla de la c&#225;mara, hizo se&#241;as al grupo para que entrase en &#233;sta. F&#225;bregas lo hizo a la zaga de aqu&#233;l y se encontr&#243; de s&#250;bito enfrentado a aquellas diez figuras severas ante las cuales ahora cre&#237;a comparecer. Entonces advirti&#243; que los diez hombres pintados en aquellos muros no s&#243;lo se parec&#237;an entre s&#237; de un modo notable, como ya hab&#237;a advertido en el curso de la primera visita, sino que los diez se parec&#237;an mucho a &#233;l mismo. Entonces comprendi&#243; que aquellos rostros, que al principio hab&#237;a tomado por representaciones burdas de la fisonom&#237;a masculina, representaban en realidad con lev&#237;simas variantes el rostro del padecimiento. Entonces record&#243; la mirada que un a&#241;o atr&#225;s hab&#237;a sorprendido en el espejo del cuarto de ba&#241;o y cuya significaci&#243;n hab&#237;a interpretado en aquel momento de un modo tan err&#243;neo y presuntuoso. Ahora el ciclo hab&#237;a llegado a su fin: ya no hab&#237;a prisa, pens&#243;. Deseaba vivamente salir de aquel lugar, pero esper&#243; a que el capell&#225;n terminara de referir la sobada historia del traslado milagroso de San Marcos a Venecia, a la que no prestaba atenci&#243;n ni simulaba prestarla, a diferencia de los turistas, los cuales, desatendiendo el consejo malintencionado de la joven gu&#237;a, parec&#237;an absortos en la peripecia que les era narrada. Un miembro del grupo, sin embargo, se separ&#243; de &#233;ste y acudi&#243; a situarse sigilosamente junto a F&#225;bregas. Era una mujer entrada en a&#241;os, extra&#241;amente vestida de hombre, o un viejo petimetre muy afeminado. El colorete con que trataba de infundir lozan&#237;a a sus p&#243;mulos se hab&#237;a cuarteado transversalmente y ahora formaba una cuadr&#237;cula con las arrugas profundas que le recorr&#237;an la cara de la frente al ment&#243;n.

Me encuentro mal -susurr&#243; a o&#237;dos de F&#225;bregas.

F&#225;bregas vio que su interlocutor ten&#237;a la lengua color de fresa.

Yo no puedo hacer nada por usted -replic&#243; secamente-. Haga que le vea un m&#233;dico.

He ido a todos los especialistas -dijo su interlocutor.

Yo no puedo hacer nada por usted -repiti&#243; F&#225;bregas en forma imperiosa, pero sin alzar la voz.

S&#237; -dijo su interlocutor alej&#225;ndose de &#233;l.

Al salir de la c&#225;mara de pinturas, F&#225;bregas volvi&#243; a quedarse rezagado. Antes de llegar al zagu&#225;n, entreg&#243; al capell&#225;n una cantidad prudencial de dinero.

Un donativo -dijo.

El capell&#225;n le dio las gracias y le entreg&#243; una estampa. Cuando entr&#243; en el zagu&#225;n, los &#250;ltimos componentes del grupo ganaban la calle. All&#237; lanzaban gritos y se gastaban bromas ruidosas mutuamente. S&#243;lo el personaje ambiguo que le hab&#237;a interpelado poco antes se manten&#237;a algo apartado de sus compa&#241;eros, con la mirada fija en F&#225;bregas. Para eludir aquella mirada embarazosa, se puso a estudiar con suma atenci&#243;n la estampa que acababa de brindarle el capell&#225;n. En la parte anterior de &#233;sta vio la efigie de un negro con sotana y birreta al que flanqueaban un le&#243;n y una cebra. Era el beato Trulawayo, ordinarioin partibus infidelium de Basutolandia en la segunda mitad del siglo anterior. La conversi&#243;n a una fe impopular entre su gente y el empe&#241;o por combatir las creencias y ritos seculares de los basutos hab&#237;an forzado su exilio vitalicio en Grenoble, donde una enfermedad penosa, sobrellevada con entereza y resignaci&#243;n, le hizo entregar el alma en el a&#241;o de gracia de 1930. Posteriormente algunas curaciones milagrosas o, cuando menos, inexplicables, obtenidas por su intercesi&#243;n, hab&#237;an llevado a su beatificaci&#243;n en 1976. F&#225;bregas no pudo menos de sonre&#237;r al leer esta semblanza nimia. Ah, murmur&#243; guard&#225;ndose la estampa en el bolsillo, vosotros tambi&#233;n sent&#237;s la necesidad de renovaros. Pero es in&#250;til, agreg&#243; para su fuero interno mientras emprend&#237;a cansinamente el camino de regreso al hotel. Todo es in&#250;til.

Sin embargo, no bien hubo alcanzado de nuevo el canal en cuya margen hab&#237;a cre&#237;do ver a Mar&#237;a Clara, oy&#243; una voz que parec&#237;a salir del agua y que le llamaba a grandes gritos. Una lancha se detuvo a la altura de la riba en que se encontraba y su tripulante se puso en pie, con lo que consigui&#243; colocar la cabeza a la altura de las rodillas del otro.

&#161;Caramba! -exclam&#243; &#233;ste al reconocer al tripulante de la lancha- &#161;El doctor Pimpom! &#161;Qu&#233; c&#250;mulo de casualidades!

&#191;Casualidades? -exclam&#243; a su vez el m&#233;dico-. Pues &#161;c&#243;mo!, &#191;acaso no est&#225; usted yendo al palacio de los Dolabella?

No -respondi&#243; F&#225;bregas-. A decir verdad, hace siglos que no s&#233; nada de esa familia. Pero usted s&#237; se dirige all&#225;, y con grandes prisas. &#191;Es que ocurre algo malo?

Oh, no, &#191;qu&#233; quiere que ocurra? -rezong&#243; el m&#233;dico torciendo el gesto, como si el poner en tela de juicio la buena salud de sus pacientes comprometiera al mismo tiempo su propia reputaci&#243;n-. Bien se ve -a&#241;adi&#243; luego sin desarrugar el ce&#241;o- que no ha reparado usted en el d&#237;a que es hoy. Bueno, &#191;que m&#225;s da? Suba a la lancha y vayamos juntos.

Zigzagueando por los canales, llegaron al cabo de un rato ante el embarcadero situado en la fachada posterior del palacio, cuya puerta sombr&#237;a custodiaban dos colosos de piedra. Ahora hab&#237;a varias embarcaciones atracadas frente al embarcadero diminuto.

&#161;Mecachis! -mascull&#243; el doctor Pimpom a la vista de las embarcaciones-. Ya debe de estar aqu&#237; todo el mundo. Si algo aborrezco es significarme llegando con retraso a las citas. Y en especial con esta gente

Pues &#191;de qui&#233;n se trata, doctor? &#191;Qu&#233; estamos haciendo aqu&#237;? -pregunt&#243; F&#225;bregas.

Vamos, vamos, &#191;cree que tenemos tiempo que perder en explicaciones? -le inst&#243; el otro saltando de la lancha a los pelda&#241;os que conduc&#237;an al embarcadero y acompa&#241;ando sus palabras de gestos bruscos de reprobaci&#243;n, como si la &#250;nica raz&#243;n de su retraso fuera la pregunta que acababa de hacerle F&#225;bregas, el cual, en vista de ello, se abstuvo de insistir y sigui&#243; al m&#233;dico sumisamente, alcanz&#225;ndole en el momento en que aqu&#233;l, sin haberse detenido a golpear el aldab&#243;n, empujaba la puerta y se introduc&#237;a en el l&#243;brego vest&#237;bulo. De all&#237; y sin aguardar a su acompa&#241;ante, se adentr&#243; en los corredores que, seg&#250;n recordaba F&#225;bregas de su primera y &#250;nica visita al palacio, conduc&#237;an a la parte habitada de &#233;ste, la cual, no obstante, el doctor Pimpom cruz&#243; decididamente, sin aminorar siquiera la marcha. F&#225;bregas le ven&#237;a pisando los talones, porque recordaba la ocasi&#243;n en que se hab&#237;a extraviado en aquel laberinto y la humillaci&#243;n que se hab&#237;a seguido de aquel percance. Finalmente la persecuci&#243;n qued&#243; interrumpida ante una puerta de doble hoja, que el doctor abri&#243; de par en par.



XI

Cruzado el umbral se encontraron en una pieza que F&#225;bregas reconoci&#243; al punto: era aquella pieza octogonal en la que meses atr&#225;s, a solas con Charlie, hab&#237;a tenido que o&#237;r de labios de &#233;ste el relato de su vida, y a la que el propio Charlie hab&#237;a denominado entonces pomposamente la sala de recepciones, un t&#237;tulo que en aquella ocasi&#243;n &#233;l hab&#237;a juzgado rid&#237;culo, pero que ahora parec&#237;a confirmar un n&#250;mero considerable de parejas de edad que caminaban por ella pausadamente, cogidas del brazo, describiendo c&#237;rculos conc&#233;ntricos, como si en realidad deambularan por unfoyer. &#191;D&#243;nde cuernos he ca&#237;do?, pens&#243;. Un examen m&#225;s atento de aquella concurrencia inesperada le permiti&#243; advertir que lo que hab&#237;a tomado en un principio por un vagar ocioso destinado a colmar un intervalo era en realidad un rito gobernado por un antiguo protocolo y que, por consiguiente, aquellos zascandiles vestidos de gala estaban all&#237; en cumplimiento de algo importante y solemne. Una vez m&#225;s hubo de rectificar su juicio: ahora el murmullo de aquellas conversaciones comedidas y la luz de los candelabros que se reflejaba en la l&#250;gubre oquedad de los espejos sin azogue para lanzar luego destellos mortecinos en los vestidos opulentos y alhajas de las damas, en las encomiendas y medallas que ostentaban los caballeros en sus chaqu&#233;s, los entorchados y alamares de los uniformes, los abanicos de n&#225;car y encaje, los penachos de bicornios y morriones, y acabar pos&#225;ndose en el terciopelo polvoriento y gastado de los almohadones y en el damasco astroso de la tapicer&#237;a, parec&#237;an infundir a la sala una vida prestada, avara y fugaz, pero no exenta de dignidad, de una punzante melancol&#237;a.

Caramba, caramba, qu&#233; alegr&#237;a tenerle de nuevo con nosotros -dijo una voz sac&#225;ndole de la perplejidad en que le hab&#237;a sumido esta constataci&#243;n.

Charlie -murmur&#243; F&#225;bregas al darse la vuelta y ver el rostro risue&#241;o de aqu&#233;l, en cuyos ojos se le&#237;a un afecto genuino. Ahora Charlie vest&#237;a un traje oscuro y llevaba colgada al cuello una cinta de seda de la que pend&#237;a una cruz de oro y esmalte rojo, que F&#225;bregas no supo identificar.

Se hace usted caro de ver, amigo m&#237;o, se hace usted caro de ver Oh, no -dijo el due&#241;o de la casa atajando con un adem&#225;n la excusa que el otro a todas luces se aprestaba a ofrecerle-, no tiene que decirme nada. Me hago perfecto cargo de que sus ocupaciones &#191;no es as&#237;? Mi esposa y yo le recordamos con cari&#241;o: esto es todo lo que quise decir. Mi esposa estar&#237;a encantada de volver a verle, si se encontrase aqu&#237;, me consta. Por desgracia, como es habitual en ella, se ha sentido indispuesta de buena ma&#241;ana. Ya sabe lo delicado de su salud. Me. pidi&#243; que hiciese los honores de la casa y que dijera a todos que m&#225;s tarde, si las fuerzas se lo permit&#237;an, har&#237;a acto de presencia. A decir verdad, yo creo que lo har&#225; sin tardanza, habiendo llegado ya el doctor Pimpom -agreg&#243; Charlie esbozando una mueca sarc&#225;stica-. Pero hablemos de usted: &#191;C&#243;mo est&#225;?, &#191;qu&#233; tal van sus negocios?

Todo bien, Charlie, todo bien -respondi&#243; el interpelado-, pero, d&#237;game, toda esta gente tan peripuesta &#191;qui&#233;n es y qu&#233; est&#225; haciendo?

Ah -exclam&#243; Charlie abriendo mucho los ojos y la boca, pero sin levantar la voz-, veo que desconoce una de las tradiciones m&#225;s consustanciales a nuestra ciudad Venga conmigo, yo le pondr&#233; en antecedentes y, si lo desea, le presentar&#233; a estas personas, las m&#225;s distinguidas de la sociedad veneciana, nuestra aut&#233;ntica aristocracia.

Yo ten&#237;a entendido que Venecia era una rep&#250;blica de comerciantes -dijo F&#225;bregas con sorna.

S&#237; -respondi&#243; Charlie sin inmutarse-, y tambi&#233;n de grandes militares, artistas y sabios. &#191;Ve usted aquel individuo de barba blanca y gafas de concha, con aspecto magistral? Pues es por derecho propio un pr&#237;ncipe d&#225;lmata, habiendo estado Dalmacia durante siglos, como usted bien sabe, agregada a Venecia, al igual que Croacia y buena parte del Imperio Bizantino, a cuyo servicio ganaron muchos venecianos t&#237;tulos nobiliarios de leg&#237;timo fundamento, sin que debamos olvidar los merecidos en las sucesivas cruzadas en que intervinimos. Y mire, mire aquel se&#241;or alto, al que acompa&#241;a una mujer menuda, vestida de verde, &#191;no advierte la insignia que lleva al pecho? Comendador de la orden del Santo Sepulcro, &#191;qu&#233; le parece? Pues &#191;y aquel que se contonea al andar y lleva biso&#241;&#233; pajizo?, &#191;qui&#233;n dir&#237;a al verle que desciende por l&#237;nea directa de San Luis, rey de Francia? &#191;Y qu&#233; decir de aquella mujer de talle esbelto, cuello de alabastro y escote generoso, por cuyas venas corre a&#250;n la sangre de los Pale&#243;logos? &#161;Ay, amigo m&#237;o, cu&#225;nto honor!, &#161;cu&#225;nto honor!

No se lo discuto, Charlie, pero &#191;qu&#233; diablos est&#225;n haciendo aqu&#237; estas antiguallas?

Mantener viva una costumbre ancestral -dijo Charlie, y agreg&#243; de repente, cambiando el tono-: &#161;Ah vaya, ya est&#225; aqu&#237; mi mujer! &#191;Qu&#233; le hab&#237;a dicho? Seguro que alguien habr&#225; corrido a decirle que hab&#237;a llegado ese pavero -concluy&#243; se&#241;alando con el pulgar al doctor Pimpom, que se hallaba en el mismo sal&#243;n, algo alejado.

Ocupada en saludar prolijamente a toda la concurrencia, la enferma, que llevaba un vestido de seda y organd&#237; tan aparatoso como anticuado, tard&#243; un rato largo en dirigirse a F&#225;bregas.

Gracias por haber venido -le dijo entonces estrech&#225;ndole las dos manos al mismo tiempo.

&#191;Le puedo decir que su aspecto es inmejorable y que este vestido le sienta la mar de bien? -replic&#243; F&#225;bregas.

&#191;Ha visto el sal&#243;n?, &#191;no parece otro? -dijo la enferma aceptando el cumplido de su hu&#233;sped con un moh&#237;n y aludiendo a lo dicho por ella con motivo de la visita de aqu&#233;l al palacio, meses atr&#225;s-. &#161;Ay, si hubiera podido verlo hace a&#241;os, en vida de mi pobre padre, que en gloria est&#233;! En aquella &#233;poca feliz todo era siempre as&#237;, como hoy Todos los d&#237;as este mismo esplendor, este bullicio Recuerdo que aqu&#237;, en esta parte, donde estamos ahora, hab&#237;a un piano: un piano de cola que hab&#237;a pertenecido a la familia desde tiempo inmemorial. Mi abuela, de joven, fue retratada junto al piano. Y, sin embargo, de la noche a la ma&#241;ana desapareci&#243;. Yo a&#250;n no me explico c&#243;mo pudo suceder tal cosa, porque un piano de cola no desaparece tan f&#225;cilmente, ni siquiera en un caser&#243;n como &#233;ste; pero el hecho es que de la noche a la ma&#241;ana, como le ven&#237;a diciendo, desapareci&#243;, y por m&#225;s que lo hemos buscado, nunca ha vuelto a aparecer. &#191;No es as&#237;, Charlie?

Tal como t&#250; lo cuentas, vida m&#237;a -corrobor&#243; Charlie con aire distra&#237;do, pero con mucha vehemencia en la voz.

Fue una p&#233;rdida irreparable -sigui&#243; diciendo la enferma con un ligero temblor en los labios-, no tanto por su valor material, aun siendo alto, como por su valor sentimental &#161;Cu&#225;ntas manos sensibles no lo hab&#237;an tocado!, &#161;qu&#233; de emociones no hab&#237;an hecho vibrar sus cuerdas!

Monina -intercal&#243; Charlie aprovechando una pausa en el relato conmovido de la enferma-, &#191;no deber&#237;amos ofrecer un peque&#241;o refrigerio a nuestros invitados? Yo no s&#233; a ellos, pero a m&#237; me ruge el mondongo que da miedo o&#237;rlo.

Charlie, &#161;qu&#233; cosas tienes! &#191;C&#243;mo quieres que me ocupe de nada en mi estado? -replic&#243; ella con impaciencia-. La verdad, no s&#233; en qu&#233; pensar&#225; este hombre. A bueno no hay quien le gane, pero en todo lo dem&#225;s, un verdadero pedrusco, como me dijo mi padre, con muy buen tino, el primer d&#237;a que lo traje a casa.

Yo ten&#237;a entendido que cuando usted y Charlie se conocieron, su padre hab&#237;a fallecido ya -dijo F&#225;bregas, que recordaba lo que le hab&#237;a contado el doctor Pimpom al respecto.

Es posible que me confunda de persona -dijo de inmediato la enferma sin acusar la insidia de su hu&#233;sped-. En aquellos tiempos tuve tantos pretendientes -a&#241;adi&#243; con un gui&#241;o de picard&#237;a-. &#191;Le he contado que en la curia vaticana hay m&#225;s de dos y m&#225;s de tres que en su d&#237;a me hicieron la corte y a alguno de los cuales, debo confesar con rubor, no fui del todo indiferente? Pero, no -agreg&#243; tras una pausa consagrada aparentemente al recuerdo-, esto ser&#237;a largo de contar. &#191;Qu&#233; le ven&#237;a diciendo? Ah, s&#237;, &#161;aquellos tiempos! Entonces la casa estaba siempre llena de invitados, con quienes papito aliviaba la soledad. Personajes de renombre. Varias veces tuve que ayudarle a meter en la cama a Ernest Hemingway en estado de embriaguez; Cari Jung y Vasili Kandinsky tuvieron aqu&#237; largas disputas, y a&#250;n ahora me basta con cerrar los ojos para volver a ver a Artur Rubinstein paseando por esta misma sala, con su bat&#237;n de tafet&#225;n y sus babuchas de tafilete de oro. Yo era muy ni&#241;a y sol&#237;a tocar el piano. Huelga decir que mis conocimientos eran muy rudimentarios. Mi padre se hab&#237;a empe&#241;ado en que adquiriese cierta formaci&#243;n musical, como correspond&#237;a a nuestra posici&#243;n, y yo no hac&#237;a m&#225;s que cumplir lo dispuesto por &#233;l. Entonces Rubinstein, que me o&#237;a esbozar una escala o tratar de arrancarle al teclado alguna melod&#237;a sencilla, depositaba en una repisa con sumo cuidado la copa de champa&#241;a y la boquilla que siempre llevaba en las manos y me dec&#237;a sonriente:C'est pas comme &#231;a, ma fille, c'est pas comme &#231;a, y coloc&#225;ndome sobre sus rodillas y apartando mi osito de felpa y mi poup&#233;e de chiffon, correg&#237;a mis movimientos defectuosos o mi postura. &#161;Ay, entonces los pulmones se me inundaban de m&#250;sica y la m&#250;sica me corr&#237;a por las venas, aligerando la sangre! Luego Rubinstein y pap&#225; se pelearon por un asunto de faldas, a los que ambos eran proclives, y no volvimos a verle nunca m&#225;s. Ahora Hemingway, Jung, Kandinsky, Rubinstein y pap&#225; nos han dejado, el piano ha desaparecido, incluso este palacio mismo se desmorona inexorablemente y s&#243;lo quedo yo, vieja y enferma, para guardar memoria de aquella maravilla. Bien s&#233; que esto que digo son cosas absurdas, propias de una mujer de poco mundo. Por supuesto, la m&#250;sica es un arte pasajero; est&#225; en su esencia misma ser vol&#225;til. Pero es esta noci&#243;n misma de creaci&#243;n y olvido constante lo que me aterra: la noci&#243;n de nuestra propia futilidad. Entonces, cuando caigo en estas reflexiones sombr&#237;as, suelo preguntarme

Lo que la enferma se dispon&#237;a a decir acto seguido qued&#243; cortado por la llegada de Charlie, que acababa de cruzar el sal&#243;n trastabillando entre la gente y poniendo en peligro constante el contenido de la bandeja de cart&#243;n que llevaba en las manos.

&#191;No quiere probar una tartaleta de queso? &#161;Est&#225;n buen&#237;simas! -dijo mostrando la bandeja con orgullo, como si &#233;l mismo hubiese confeccionado aquellas masas grasientas.

Charlie siempre ha sido un compendio de discreci&#243;n y tacto -dijo la enferma.



XII

Lentamente las parejas se iban despidiendo de los due&#241;os de la casa con prosopopeya. Los caballeros doblaban la espalda hasta formar &#225;ngulo recto con el cuerpo; las mujeres hincaban la rodilla en el suelo marrano del sal&#243;n; al hacerlo, tintineaban los torces de oro y las cuentas de perlas y los escotes boqueaban revelando mamelones que exhalaban un olor c&#225;lido y empalagoso, como de almizcle. Todos ten&#237;an para los anfitriones palabras de elogio y agradecimiento.

Una merienda deliciosa.

Una disposici&#243;n de muy buen gusto.

Para no entorpecer estas formalidades con su presencia, F&#225;bregas se hab&#237;a retirado a un rinc&#243;n, donde se le uni&#243; a poco el doctor Pimpom.

Cada a&#241;o la misma pompa -le oy&#243; mascullar-, pero cada a&#241;o las tetas m&#225;s descolgadas.

Este comentario le hizo caer en la cuenta de que a la recepci&#243;n, fuera cual fuese su car&#225;cter, no hab&#237;a asistido ninguna persona joven. Otra tradici&#243;n que se extingue, pens&#243;: la eterna cantinela. Toda su vida hab&#237;a estado viendo los &#250;ltimos estertores de tradiciones que declinaban y se perd&#237;an: era evidente que le hab&#237;a tocado vivir una &#233;poca de transici&#243;n. Ahora, sin embargo, se preguntaba si esta transici&#243;n no ser&#237;a un estado permanente de las cosas y si lo que por inercia todos llamaban tradici&#243;n no ser&#237;a algo habitual y anodino que, llegado el t&#233;rmino de su utilidad, empezaba a descomponerse de acuerdo con su propia naturaleza, siendo entonces esta descomposici&#243;n parte de su propia raz&#243;n de ser, una manifestaci&#243;n m&#225;s de su propia utilidad. Ahora contemplaba aquellas tarascas reflejadas en los espejos turbios del sal&#243;n, saludando y alej&#225;ndose por aquel infinito ficticio y sin azogue y no pod&#237;a menos que decirse: as&#237; ha de ser.

En estas reflexiones perdi&#243; la noci&#243;n del tiempo y s&#243;lo la recobr&#243; cuando el &#250;ltimo de los invitados a la ceremonia se retiraba del sal&#243;n, en el que ahora reinaba un silencio s&#243;lo roto por la respiraci&#243;n sibilante de la enferma.

&#193;nimo, pich&#243;n, ya acab&#243; todo -musit&#243; Charlie al o&#237;do de su esposa.

Suj&#233;tame, Charlie -respondi&#243; &#233;sta a su confortaci&#243;n-: me falta el aire, los huesos no me tienen y la vista se me nubla.

Ya sab&#237;a yo que acabar&#237;amos as&#237; -rezong&#243; el doctor Pimpom coloc&#225;ndose con ligereza frente a la enferma y abraz&#225;ndole el talle en el momento en que ella, como si una mano invisible hubiera cortado de repente los cables que la manten&#237;an suspendida de lo alto, se ven&#237;a al suelo.

&#161;Charlie, no se quede ah&#237; pasmado y ay&#250;deme! -dijo el m&#233;dico-. &#191;No ve que las fuerzas no me dan? Eso es, c&#243;jala de los tobillos. As&#237; no, hombre, con delicadeza. &#191;Cu&#225;ndo dejar&#225; de ser uncow-boy?

Yo no soy uncow-boy -replic&#243; Charlie encolerizado-. Yo no hab&#237;a visto una vaca en mi vida hasta que llegu&#233; a Italia. Yo nac&#237; en un suburbio industrial y hasta la carne que com&#237;amos ven&#237;a enlatada.

Est&#225; bien, Charlie -respondi&#243; el m&#233;dico con condescendencia-. Ya hablaremos de esto en otra ocasi&#243;n. Ahora, si no le parece mal, ay&#250;deme a llevar a su esposa a la cama. S&#237;, Charlie, usted delante. Vamos.

Tambale&#225;ndose bajo el peso de la enferma, los dos hombres abandonaron el sal&#243;n y en &#233;l a F&#225;bregas, quien, temeroso de agravar la situaci&#243;n si se sumaba al cortejo, opt&#243; por permanecer donde estaba, sin ofrecer su ayuda, pero sin hacer de s&#237; un impedimento. Ahora, sin embargo, al verse una vez m&#225;s a solas en aquella estancia, se arrepent&#237;a de su circunspecci&#243;n. Parece que el destino ha resuelto que yo venga a perderme en esta casa, se dijo. Decidido a salir de all&#237; a toda costa, cruz&#243; la puerta que Charlie y el m&#233;dico hab&#237;an dejado abierta al salir y de este modo gan&#243; un pasillo oscuro del que arrancaba una escalera, en cuyo extremo superior se ve&#237;a una claridad azulada, como la que difunde una l&#225;mpara cubierta por una pantalla de tul. Se dispon&#237;a a subir por aquella escalera cuando detuvo sus pasos un sonido procedente del lugar al que se encaminaba. Este sonido se fue haciendo cada vez m&#225;s n&#237;tido, aunque sin aumentar el volumen. Ahora F&#225;bregas, inmovilizado al pie de la escalera, percib&#237;a una voz humana, d&#233;bil y quejumbrosa, que parec&#237;a repetir una palabra incomprensible, quiz&#225;s en un idioma extranjero. Hola, &#191;qu&#233; es esto?, se pregunt&#243; con cierto sobrecogimiento, porque sin saber la raz&#243;n, ten&#237;a constancia de estar asistiendo a un fen&#243;meno sobrenatural o, cuando menos, inexplicable. As&#237; permaneci&#243; varios segundos; luego, de repente, enmudeci&#243; la voz y en lo alto de la escalera apareci&#243; un hombre cubierto de un bat&#237;n de tafet&#225;n, que llevaba en las manos una copa de champa&#241;a y una boquilla larga, de metal plateado. Aquella figura era indudablemente una visi&#243;n: desde donde estaba, F&#225;bregas pod&#237;a seguir viendo los pelda&#241;os de la escalera a trav&#233;s de ella no bien hubo &#233;sta iniciado el descenso. Fue la transparencia de la figura, sin embargo, lo que le tranquiliz&#243;. No hay motivo alguno para pensar que se trate de un fantasma, se dijo, antes bien, de una supercher&#237;a. Los fantasmas no son transparentes; ahora los creemos transparentes porque el cine siempre los ha representado as&#237;, pero en realidad s&#243;lo es un truco mec&#225;nico de superposici&#243;n de im&#225;genes, un simple efecto especial. No obstante, decidi&#243; regresar al sal&#243;n y, habi&#233;ndolo hecho, cerr&#243; a sus espaldas la puerta que conduc&#237;a a la escalera.

Sus razonamientos s&#243;lo le hab&#237;an proporcionado una tranquilidad relativa. Ahora cre&#237;a ver en el fondo de los espejos del sal&#243;n unos hombres muy gordos y risue&#241;os, vestidos con telas de color escarlata, que le hac&#237;an se&#241;as, como si le saludaran y luego, convencidos de haber atra&#237;do su atenci&#243;n, juntaban las manos, adoptaban una expresi&#243;n de recogimiento y oraban o simulaban orar. &#191;Qu&#233; querr&#225;n decirme?, se preguntaba; tal vez que me una a sus rezos, pero &#191;c&#243;mo? Yo nunca he rezado; a lo sumo, de ni&#241;o, repet&#237;a unas letan&#237;as aprendidas de memoria, sin tener idea de su significado, pero eso no era rezar o quiz&#225; s&#237;, se dijo. Cerr&#243; los ojos y se pas&#243; las manos por la cara. Quiz&#225; soy yo, se dijo, quiz&#225; algo no anda bien en mi cabeza. Cuando abri&#243; los ojos de nuevo, las apariciones se hab&#237;an disipado. He de salir de esta casa cuanto antes, se dijo. Ah, &#191;cu&#225;ntas puertas tendr&#225; este maldito sal&#243;n? &#191;Siete?, &#191;seis?, &#191;nueve? Imposible saberlo. Eran los espejos intercalados lo que le imped&#237;a llevar a cabo un recuento satisfactorio. Finalmente decidi&#243; abrir una puerta cualquiera. Al hacerlo le asalt&#243; el temor de estar abriendo de nuevo por distracci&#243;n la que llevaba a las escaleras que el aparecido para entonces sin duda habr&#237;a terminado de bajar, pero tuvo suerte y no sucedi&#243; tal cosa. Ahora se encontraba en una sala contigua al sal&#243;n y tan desnuda de muebles como &#233;ste, salvo por una mesa de altar tapizada de damasco rojo, alumbrada por varios cirios gruesos y coronada por una hornacina recubierta de flores de papel. En la hornacina vio la imagen de una mujer muy joven, de belleza grave y transida, revestida de una t&#250;nica blanca y de un manto azul ce&#241;ido a la frente por una cinta. Este manto bajaba luego por los costados de la imagen, dejando al descubierto &#250;nicamente su rostro, sus manos y la punta de los pies. Un aro de alambre colocado sobre su cabeza sosten&#237;a doce estrellas de hojalata en c&#237;rculo. Ante la imagen F&#225;bregas se sinti&#243; invadido del desfallecimiento. Todos los acontecimientos extra&#241;os que hab&#237;an precedido este encuentro no hab&#237;an logrado prepararle para esta &#250;ltima visi&#243;n. Clav&#243; los ojos en el rostro de la imagen y &#233;sta respondi&#243; a su mirada con una ligera inclinaci&#243;n de cabeza. Luego recobr&#243; la inmovilidad.

&#191;Piensa permanecer as&#237; eternamente? -dijo F&#225;bregas, que hab&#237;a recuperado el habla despu&#233;s de un largo silencio.

&#191;No queda nadie? -pregunt&#243; ella.

S&#243;lo yo.

Entonces ay&#250;deme a bajar de la hornacina. No quisiera echar a perder las flores.

&#201;l le tendi&#243; la mano; las de ella estaban fr&#237;as como el m&#225;rmol y ten&#237;a las mejillas, la frente y el ment&#243;n tiznados por el humo de los cirios. Aquellos tizones resaltaban su palidez.

Al verla la cre&#237; -empez&#243; a decir &#233;l.

No lo diga -ataj&#243; ella.

Transformada en algo inmaterial, inaccesible a todos nosotros, quise decir -dijo &#233;l-. &#191;Qu&#233; hac&#237;a subida a este aparato? &#191;Cu&#225;nto tiempo lleva aqu&#237;, inm&#243;vil, fingiendo ser una estatua? &#191;Y por qu&#233; esta representaci&#243;n?

&#161;Y yo qu&#233; s&#233;! -exclam&#243; ella malhumorada, golpeando el suelo con el pie descalzo-. &#191;Cree que todav&#237;a tengo ganas de interrogatorios?

Pero al instante, antes de que &#233;l pudiera replicar, cambi&#243; de tono y continu&#243; diciendo:

Acomp&#225;&#241;eme a dar un paseo, por favor: tengo el cuerpo entumecido y el fr&#237;o metido en los huesos.

&#191;No deber&#237;a abrigarse?

Primero har&#233; un poco de ejercicio para restablecer la circulaci&#243;n sangu&#237;nea y luego me dar&#233; un ba&#241;o, si hay agua caliente en este caser&#243;n dejado de la mano de Dios -dijo; luego, como avergonzada de sus palabras, a&#241;adi&#243;-: No s&#233; por qu&#233; digo estas cosas. A mi edad ya deber&#237;a haber encontrado la forma de mejorar la situaci&#243;n de mi familia o, si eso no, al menos la de independizarme de ella. Pero aqu&#237; sigo, ni rebelde ni d&#243;cil, s&#243;lo in&#250;til y quejumbrosa.

No empiece a atormentarse y cu&#233;nteme lo que hac&#237;a en la hornacina -ataj&#243; &#233;l.

Nada, lo de siempre: mantener viva una vieja tradici&#243;n que agoniza -dijo ella colg&#225;ndose de su brazo y oblig&#225;ndole a concertar sus pasos. Luego, mientras caminaban por el sal&#243;n, al que hab&#237;an accedido, empez&#243; a referirle la siguiente historia-: Desde hace much&#237;simos siglos era costumbre en Venecia celebrar la fiesta de la Inmaculada con una procesi&#243;n. Por supuesto, el dogma de la Inmaculada Concepci&#243;n no fue proclamado hasta mediados del siglo pasado, pero la creencia siempre fue consustancial al cristianismo. El asunto, en realidad, siempre fue honrar a la Virgen, para lo cual, al inicio de la primavera, pues la festividad todav&#237;a no hab&#237;a sido trasladada al 8 de diciembre, una joven virtuosa y bella era revestida de t&#250;nica y manto, coronada de estrellas y paseada a hombros por las calles en una andas adornadas de lirios, ramas de olivo y gavillas de trigo, que simbolizaban respectivamente la pureza, la sabidur&#237;a y la fecundidad. Iba descalza y en los pies llevaba dos rosas. M&#225;s tarde, sin embargo, y con el pretexto falaz de que las mujeres no pod&#237;an intervenir en ning&#250;n tipo de ceremonia religiosa, el clero prohibi&#243; que una doncella personificara a la Madre de Dios e hizo que fuera reemplazada por un sacerdote joven o un di&#225;cono. No hace falta que le cuente en qu&#233; acab&#243; la cosa. Para entonces Venecia se hab&#237;a convertido en una rep&#250;blica de tiranos obsesionada &#250;nicamente por su propia seguridad; la polic&#237;a secreta y las denuncias continuas hab&#237;an creado un estado de opresi&#243;n insoportable. Por esta causa, cualquier circunstancia que permitiera un alivio pasajero a tanta tensi&#243;n y tanta disciplina era aprovechada no ya con alacridad, sino con desafuero. La procesi&#243;n degener&#243; pronto en un espect&#225;culo del peor gusto. Los hombres se vest&#237;an de mujeres, se cubr&#237;an el rostro de afeites y deambulaban por la ciudad profiriendo obscenidades, adoptando los modos m&#225;s soeces y fingiendo con mucha convicci&#243;n los dolores y avatares del parto. Las mujeres se vest&#237;an de hombre, ostentaban barbas y bigotes postizos, beb&#237;an aguardiente sin tasa, juraban y blasfemaban con voz bronca, fing&#237;an actitudes achuladas, al menor pretexto echaban mano a la espada, y agred&#237;an de palabra y de obra a las mujeres honestas que no se hab&#237;an sumado al aquelarre. Cl&#233;rigos viejos disfrazados de paloma bailaban fandango con novicios a quienes hab&#237;an obligado a vestirse de querubines. En las plazas se corr&#237;an y mataban toros, cerdos y perros del modo m&#225;s salvaje y sanguinario. Naturalmente, no toda la poblaci&#243;n participaba en estas algaradas. Los m&#225;s se retiraron a sus casas y all&#237;, agrupadas varias familias por raz&#243;n de parentesco o clase, continuaron honrando a la Inmaculada a la manera antigua. Luego, cuando la Iglesia y el Estado de consuno intervinieron para poner coto por la violencia a los desmanes del populacho, la tradici&#243;n continu&#243; inalterable tras los muros de los palacios. Luego la festividad fue movida a la fecha de hoy y se convirti&#243; en el inicio t&#225;cito de la temporada navide&#241;a. Por riguroso turno, incumbe a una familia del viejo c&#237;rculo aristocr&#225;tico, progresivamente venido a menos, organizar la velada a la que usted acaba de asistir. Es costumbre ineludible que una joven de la familia organizadora se vista como ahora me ve, salvo en la eventualidad, muy rara, de que no haya persona de la edad o el sexo adecuado o de que, habi&#233;ndola, &#233;sta no re&#250;na las condiciones necesarias para desempe&#241;ar el papel, bien por su aspecto f&#237;sico, bien por otros motivos, en cuyo caso se admitir&#237;a que ocupara su lugar alg&#250;n miembro del servicio dom&#233;stico o incluso una persona contratada para la ocasi&#243;n. Tambi&#233;n es costumbre que los convidados, aparentando entregar un donativo a la imagen de la Virgen, aporten sumas modestas de dinero que, acumuladas, ayuden a la familia de turno a salir de apuros ese a&#241;o. No es costumbre, en cambio, que la familia de turno obsequie a sus convidados con unas tartaletas tan baratas y rancias como las que mi padre andaba ofreciendo hace un rato. Venga; ya he caminado bastante y el estar tantas horas de pie me ha fatigado: sent&#233;monos.

No quisiera que pillara un resfr&#237;o -dijo &#233;l.

No hay miedo: estas prendas son de mucho abrigo -dijo ella sent&#225;ndose en uno de los sof&#225;s del sal&#243;n, encogiendo las piernas y cubri&#233;ndose los pies con el ruedo del manto que ahora, tras el paseo, aparec&#237;a cubierto de cazcarrias. Luego, sin cambiar el tono coloquial con que hab&#237;a pronunciado estas palabras, prosigui&#243; diciendo-: Tambi&#233;n es posible que lo que acabo de contarle sea pura leyenda, que la costumbre del visiteo y el disfraz la impusieran a mediados del siglo pasado los austr&#237;acos, muy devotos de la Sant&#237;sima Virgen, y que calara f&#225;cilmente entre la aristocracia, mucho m&#225;s dispuesta que el pueblo llano a colaborar con las fuerzas imperiales de ocupaci&#243;n. Como quiera que sea, hoy perdura como un mero nexo de uni&#243;n de una sociedad que se desintegra sin remedio y cuya &#250;nica justificaci&#243;n, a sus propios ojos y a los de nadie m&#225;s, consiste en marcar las diferencias que las separan de unas masas supuestamente groseras e incontroladas. En el fondo, todo es fraude y cambalache.

Suspir&#243; y a&#241;adi&#243; despu&#233;s de un silencio que F&#225;bregas, intuyendo que era el pr&#243;logo a una confidencia, se guard&#243; de romper:

S&#233; que mis padres, a quienes no falta tup&#233;, le refirieron la historia ap&#243;crifa de nuestra antepasada, la celebrada meretriz. Ignoro si la dio por cierta o no, pero es evidente que extrajo de ella algunas conclusiones poco halag&#252;e&#241;as con respecto a m&#237;. No voy a impugnarlas: es usted muy libre de pensar lo que quiera y yo lo soy tambi&#233;n de justificar o no mi conducta, seg&#250;n se me antoje. Una cosa solamente le quiero contar: hace poco m&#225;s de un a&#241;o, en Roma, a donde hab&#237;a ido a mi regreso de Londres con la vana intenci&#243;n de encontrar trabajo, conoc&#237; a un hombre cuya influencia ha sido y sigue siendo decisiva en mi vida todav&#237;a. Le conoc&#237; cuando &#233;l acababa de llegar a Roma para tomar posesi&#243;n de un cargo de gran responsabilidad al que hab&#237;a sido electo y cuya naturaleza no revelar&#233; para no poner de manifiesto innecesariamente su identidad. Como la residencia que le correspond&#237;a en virtud de su cargo hab&#237;a sido ocupada hasta pocos d&#237;as antes de su llegada por su predecesor, el cual hab&#237;a fallecido all&#237; tras una enfermedad larga y aparatosa, hubo de alojarse en un hotel mientras aqu&#233;lla era habilitada para acoger en la forma debida al nuevo ocupante. En aquel hotel le visit&#233; en repetidas ocasiones, siempre con el riesgo de atraer la atenci&#243;n de un periodista o de tener un tropiezo con el personal encargado de velar por su seguridad. Por suerte, su misma presencia hab&#237;a convertido el hotel en un hervidero de personas cuyos asuntos no admit&#237;an demora. De este modo pude apa&#241;&#225;rmelas para burlar toda sospecha. La importancia de sus funciones, el volumen de papeleo que engendraban y el flujo continuo de visitas que acud&#237;an a verle le obligaron a ocupar unasuite del hotel a la que, al cabo de muy poco, hubo que ir agregando las habitaciones contiguas. En este habit&#225;culo improvisado estaba a sus anchas: hab&#237;a llevado siempre una vida trashumante y desarrollado una habilidad especial para hacer su casa all&#237; donde las circunstancias lo pusieran. Apenas aposentado colg&#243; de las paredes de la suite los trofeos de caza que hab&#237;a acumulado durante dos largas estancias en &#193;frica, en la &#250;ltima de las cuales hab&#237;a contra&#237;do unas fiebres que no pon&#237;an en peligro su vida, pero que le causaban molestias recurrentes. De resultas de estas fiebres hab&#237;a encanecido prematuramente y perdido todo el vello corporal. Cuando la fiebre experimentaba una recidiva, la temperatura pod&#237;a subirle en pocos segundos a cuarenta y uno o cuarenta y dos grados. En estas ocasiones sus ojos brillaban en la oscuridad, como un fuego fatuo, y deliraba. Fuera de estos trances pasajeros y aunque hac&#237;a a&#241;os que hab&#237;a dejado atr&#225;s la juventud, era hombre de energ&#237;a extraordinaria. Despu&#233;s de una jornada de trabajo de quince horas ininterrumpidas, durante las cuales hab&#237;a tenido que solventar los problemas m&#225;s graves y asumir responsabilidades abrumadoras, a&#250;n ten&#237;a &#225;nimos para invitar a cenar a un grupo numeroso y variado d&#233; personas y para enzarzarse en la discusi&#243;n m&#225;s acalorada o de animar &#233;l solo la sobremesa hasta el alba. S&#243;lo entonces, cuando se quedaba solo y los primeros rayos del sol acariciaban los tejados de Roma, me llamaba a su presencia. Rara vez acud&#237;a por mi propio pie a esta llamada: las largas horas de espera en una de las habitaciones contiguas a la suite, donde permanec&#237;a oculta, hab&#237;an consumido mis fuerzas y me hab&#237;a quedado dormida entre pilas de cartapacios y legajos llegados de todos los puntos del globo. Entonces ven&#237;a &#233;l a buscarme, me despertaba con dulzura y me llevaba a la suite en volandas.

Dispon&#237;amos de muy pocas horas. Alg&#250;n d&#237;a sal&#237;amos a la calle subrepticiamente por una de las puertas de servicio del hotel. Para no ser reconocido &#233;l llevaba una peluca, gafas de sol y un traje que yo me hab&#237;a encargado de procurarle a mis expensas. Entonces pase&#225;bamos por las calles y plazas casi desiertas, aspirando el aire limpio de la ma&#241;ana y contemplando el perezoso despertar de la ciudad, un espect&#225;culo que a m&#237; me dejaba indiferente, pero que a &#233;l, separado del resto de los mortales y de las minucias de la vida cotidiana por causa de su cargo, le emocionaba hasta las l&#225;grimas. &#161;Ah!, exclamaba a la vista de un campesino que dispon&#237;a sobre los carretones de un mercadillo ambulante los productos de la tierra para su venta, de modo que esto es lo que come la gente, o, deteni&#233;ndose ante el escaparate de unaboutique, cuyas puertas a&#250;n no hab&#237;an abierto, &#161;Hola, con que esto es lo que se llevar&#225; este a&#241;o! Disfrutaba como un ni&#241;o. Si algo se le antojaba hasta el punto de desearlo con verdadero frenes&#237;, era yo quien deb&#237;a adquirirlo, porque &#233;l no dispon&#237;a de dinero en efectivo ni pod&#237;a pedirlo sin justificar el destino que pensaba darle. Como no pod&#237;a mentir a este respecto y todas sus pertenencias estaban minuciosamente inventariadas, nunca me pudo hacer ning&#250;n regalo. De todos los hombres de la tierra, yo estoy obligado a ser el m&#225;s mezquino, me dec&#237;a a menudo. Pero estas excursiones callejeras eran la excepci&#243;n. La mayor parte de los d&#237;as nos qued&#225;bamos en la suite: &#233;l hablando y yo escuchando. Al principio me sorprend&#237;a que a un hombre que se pasaba tantas horas despachando asuntos de viva voz todav&#237;a le quedaran ganas de hablar, hasta que comprend&#237; que de lo que hablaba conmigo no pod&#237;a hablar con nadie m&#225;s. Siempre me hablaba de caza. &#201;sta era su gran pasi&#243;n y, sin que pudiera decirse que fuese hombre modesto en ning&#250;n terreno, lo cierto es que de nada se sent&#237;a tan ufano como de sus haza&#241;as cineg&#233;ticas. Ya le he dicho que de las paredes de la suite colgaban numerosos trofeos. Algunas piezas estaban disecadas, pero habiendo sido realizada esta operaci&#243;n, por razones obvias de distancia y clima, pr&#225;cticamente in situ, en lugares donde la t&#233;cnica de la taxidermia era todav&#237;a muy tosca y quienes la practicaban, inexpertos, los animales disecados presentaban un aspecto acartonado, irreal y casi grotesco, por lo que, en vista de estos primeros fracasos, &#233;l hab&#237;a optado luego por preservar &#250;nicamente las calaveras de las presas que se iba cobrando, para lo cual bastaba, seg&#250;n me explic&#243;, con dejar las cabezas a la intemperie y esperar a que las hienas, los buitres y las hormigas dejasen la osamenta monda y lironda. Ahora colgaban de aqu&#237; las fauces de un le&#243;n, de all&#237; las mand&#237;bulas de un cocodrilo, de m&#225;s all&#225; la testuz de un b&#250;falo. Todas estas fieras imponentes hab&#237;an sido abatidas por &#233;l desde el suelo, esperando a pie firme la embestida o el salto y sabiendo que errar el tiro era garant&#237;a de dentellada, cornada o zarpazo. El recuerdo de aquellos momentos de tensa expectativa, en los que la supervivencia depend&#237;a de la entereza y el acierto de un instante, le enardec&#237;a de tal forma que en ocasiones perd&#237;a literalmente el mundo de vista y, olvidando qui&#233;n era, sacaba de un armario un viejo rifle, ahora herrumbroso y descargado, y me obligaba a correr a cuatro patas por la suite, a ocultarme detr&#225;s de los muebles y a tratar de saltar sobre &#233;l de improviso; &#233;l, plantado en medio de la pieza, escudri&#241;aba a su alrededor y, cuando cre&#237;a haber descubierto mi escondite, se echaba el arma a la cara y gritaba a pleno pulm&#243;n: &#161;paboum!, &#161;paboum! No me interprete mal: este juego pueril no me divert&#237;a en lo m&#225;s m&#237;nimo. Siempre supe que estaba en presencia de un hombre sumamente necio y vacuo; nunca me hice ilusiones respecto de &#233;l y mucho menos respecto de lo que pudiera depararme el futuro a su lado. Simplemente me atra&#237;a de un modo irremisible. Si &#233;l me miraba yo olvidaba mi vida; se lo habr&#237;a dado todo sin pedirle nada. Por lo dem&#225;s, lo nuestro estaba condenado de buen principio al fracaso, porque no ignoraba que una vez concluidas las obras de su residencia oficial e instalado &#233;l all&#237;, nuestra relaci&#243;n hab&#237;a de volverse por fuerza dificil&#237;sima, si no imposible, como en efecto sucedi&#243;. Regres&#233; a Venecia profundamente abatida, pero decidida a echar en olvido aquella aventura insensata. Reanud&#233; viejas amistades y trab&#233; amistades nuevas: &#233;stos fueron los d&#237;as en que nos conocimos usted y yo. Poco despu&#233;s descubr&#237; haber quedado encinta en Roma. Ponder&#233; la posibilidad de interrumpir la gestaci&#243;n, pero no me atrev&#237; a dar un paso as&#237; sin el consentimiento de &#233;l, sabiendo como sab&#237;a lo firme de su posici&#243;n en la materia. Ten&#237;a que verle y poner en su conocimiento lo sucedido. Fui a Roma. No le abrumar&#233; cont&#225;ndole por qu&#233; medios intrincados le hice saber de mi presencia en Roma ni de qu&#233; ins&#243;litos mediadores se vali&#243; &#233;l para indicarme la hora y el lugar de la entrevista que yo le hab&#237;a pedido y a la que &#233;l acced&#237;a con evidente renuencia. Por fin, despu&#233;s de varias semanas de maquinaci&#243;n y de mil peripecias, nos vimos a solas por &#250;ltima vez una noche, en el jard&#237;n de su residencia. De aquella entrevista recuerdo con viveza el brillo de la luna entre los cipreses, la brisa perfumada por los rosales en flor y el croar de las ranas en un estanque cercano. &#201;l no parec&#237;a reparar en estos detalles. El desempe&#241;o formal de su cargo, del que ahora, seg&#250;n me dijo, se sent&#237;a por fin plenamente investido, le hab&#237;a cambiado. En contra de mis predicciones, lo que hab&#237;a ido a decirle no le produjo inquietud ni sorpresa; antes bien, pareci&#243; dejarle indiferente, como si el asunto no fuera con &#233;l. Me record&#243; que, pese al boato en que viv&#237;a inmerso, no dispon&#237;a de medios econ&#243;micos. Yo le tranquilic&#233; al respecto: siempre hab&#237;a sabido que no pod&#237;a esperar nada de &#233;l, le dije. Mi aparente abnegaci&#243;n despert&#243; sus sospechas y adopt&#243; un aire impaciente y glacial que sin duda deb&#237;a haberme irritado. Pero mi &#225;nimo estaba tranquilo; nunca hab&#237;a experimentado antes una serenidad como aqu&#233;lla. Comprend&#237; que hab&#237;a llegado el momento de la separaci&#243;n definitiva. Entre nosotros se hizo un silencio embarazoso. A lo lejos o&#237;mos resonar los taconazos y susurros que acompa&#241;aban el relevo de la guardia en la caserna situada al fondo del jard&#237;n. Adi&#243;s, dijo &#233;l tendi&#233;ndome la mano a modo de despedida. Yo retuve su mano entre las m&#237;as. Hay algo que necesito saber, le dije. Me mir&#243; a los ojos y yo advert&#237; en los suyos la fosforescencia de las tercianas. Aquel acceso s&#250;bito de fiebre hizo desaparecer por un instante la frialdad de su porte y comprend&#237; que ahora sus ojos le&#237;an mis pensamientos. Si &#233;l hubiera hecho el m&#225;s m&#237;nimo gesto yo habr&#237;a ca&#237;do de nuevo para siempre en sus brazos, habr&#237;a aceptado el arreglo que me hubiera propuesto; por &#233;l habr&#237;a soportado cualquier humillaci&#243;n. &#201;l sin brusquedad, pero con firmeza, desprendi&#243; su mano de las m&#237;as y se&#241;al&#243; al cielo. S&#243;lo tres cosas debes saber ahora y siempre, me dijo: Que Jesucristo naci&#243; en el portal de Bel&#233;n, que muri&#243; por nuestros pecados y que al tercer d&#237;a resucit&#243;. &#191;Eso es todo?, pregunt&#233; yo. S&#237;, eso es todo, respondi&#243;. Lo dem&#225;s s&#243;lo sirve para confundir las ideas y extraviar las almas, dijo acto seguido. Regres&#233; a Venecia abrumada por la incertidumbre. Por supuesto, deb&#237;a dejar a mis padres ignorantes de la situaci&#243;n. Pens&#233; en confiarme a usted, a quien me sorprendi&#243; gratamente reencontrar en la ciudad, de la que le hac&#237;a ausente, pero tambi&#233;n usted hab&#237;a sufrido una transformaci&#243;n inexplicable. Mi estado requer&#237;a atenciones m&#233;dicas y me puse en manos del doctor Pimpom, que se mostr&#243; m&#225;s competente que comprensivo. Como amigo de la familia y hombre de honor quer&#237;a tomar cartas en el asunto a toda costa e insist&#237;a en saber la identidad del autor de mi embarazo. Ante mi negativa a revel&#225;rsela decidi&#243; investigar por su cuenta. No le sorprender&#225; saber que la tarde en que usted y yo vinimos juntos a esta casa &#233;l extrajese de las apariencias una conclusi&#243;n err&#243;nea. Vi&#233;ndole convencido de que usted era la persona a quien buscaba, supuse que intentar&#237;a sonsacarle a mis espaldas e intent&#233; ponerle sobre aviso para evitar que se produjera una lamentable confusi&#243;n, pero esa tarde usted no regres&#243; al hotel, como yo pens&#233; que har&#237;a, sino que permaneci&#243; aqu&#237;, retenido por mi madre, que tambi&#233;n deb&#237;a de abrigar alguna sospecha acerca de mi estado y sin duda pens&#243; inocentemente que usted pod&#237;a ser, a la corta o a la larga, la soluci&#243;n de muchos problemas. Por eso trat&#243; de atraerlo hacia la familia con halagos y mentiras, un m&#233;todo que ella siempre ha juzgado infalible y que es, por no decir otra cosa, contraproducente. Ya ve que estoy poniendo las cartas sobre el tapete. Pero no es esto lo que quer&#237;a contarle en realidad.

Mi estado evolucionaba conforme a las leyes naturales, aunque no tanto que pudiera llamar la atenci&#243;n hasta poco antes de cumplirse el tiempo del alumbramiento. Entonces vi que deb&#237;a dejar Venecia. El doctor Pimpom escribi&#243; a varios m&#233;dicos de Roma a quienes conoc&#237;a y a quienes rogaba me atendieran. Tambi&#233;n me proporcion&#243; alg&#250;n dinero, aunque no tanto que me permitiera sufragar los gastos del parto y mi manutenci&#243;n en las semanas previas y posteriores a aqu&#233;l. Por esta raz&#243;n recurr&#237; a usted de nuevo. Fui a verle a su habitaci&#243;n dispuesta a revelarle los m&#243;viles de mi conducta; se lo habr&#237;a contado todo si usted hubiera estado dispuesto a escucharme y en condiciones de hacerlo, pero no era &#233;ste el caso. De todos modos, me dio el dinero que yo necesitaba y por este motivo le estar&#233; eternamente reconocida. Con &#233;l me fui a Roma y all&#237; acud&#237; a todas las direcciones a las que hab&#237;a escrito el doctor Pimpom. El resultado de estas visitas fue siempre id&#233;ntico: unos, ampar&#225;ndose en la proverbial ineficacia del servicio de correos, aseguraban no haber recibido ninguna carta; otros admit&#237;an haberla recibido, pero dec&#237;an desconocer al remitente; otros, por &#250;ltimo, se limitaban a decir que no pod&#237;an hacer nada por m&#237;. Alguno, apiadado de mi condici&#243;n, hizo amago de ofrecerme un dinero que rehus&#233;; los m&#225;s se limitaron a regalarme muestras gratuitas de medicamentos que les hab&#237;an enviado los laboratorios farmac&#233;uticos. De resultas de todo esto me encontr&#233; en una situaci&#243;n de desamparo absoluto, a la que se sumaban las molestias propias de mi estado. Ca&#237; en un gran torpor; dorm&#237;a la mayor parte del tiempo y lloraba el resto. No sab&#237;a qu&#233; hacer.

Por estirar al m&#225;ximo el dinero de que dispon&#237;a, me hab&#237;a alojado en una pensi&#243;n modesta, en un barrio poco c&#233;ntrico. En aquella pensi&#243;n se hospedaba tambi&#233;n una muchacha menuda y jovial, de aspecto avispado, no mayor de veinte o veintid&#243;s a&#241;os ni exenta de atractivos, de quien los dem&#225;s hu&#233;spedes sol&#237;an murmurar. Ella no hac&#237;a nada que diera p&#225;bulo a las murmuraciones, pero tampoco sal&#237;a al paso de &#233;stas con su conducta: en la pensi&#243;n se comportaba siempre con el m&#225;ximo comedimiento, pero sus horarios eran por dem&#225;s irregulares y, aunque vest&#237;a de un modo discreto y recatado, todos sab&#237;amos que usaba ropa interior de fantas&#237;a, pues la lavaba en su cuarto y la oreaba en su ventana. De todo lo cual deduje que aquella muchacha no desempe&#241;aba una profesi&#243;n deshonesta, pero que probablemente se val&#237;a de medios deshonestos para desempe&#241;ar una profesi&#243;n honesta en forma exitosa. Esto, como es de suponer, me tra&#237;a sin cuidado, y si he tra&#237;do este personaje a colaci&#243;n ha sido porque fue, desde mi llegada a Roma, el &#250;nico ser humano que me prodig&#243; algunas atenciones y me dio muestras de afecto.

Cuando comprend&#237; que el embarazo tocaba a su fin, tuve miedo. Por inconsciencia o cobard&#237;a, nunca me hab&#237;a puesto a calibrar las consecuencias de todo aquello: ni los riesgos f&#237;sicos que llevaba aparejado el parto ni los problemas que hab&#237;a de acarrearme la criatura que yo estaba a punto de traer al mundo. Quiz&#225; por esta raz&#243;n el miedo inconcreto que ahora sent&#237;a era m&#225;s asfixiante. Dormida me asaltaban pesadillas y despierta era presa de un nerviosismo rayano en la histeria. Ning&#250;n m&#233;dico se ocupaba de m&#237; y solventaba todos los desarreglos an&#237;micos y corporales con la ayuda de un farmac&#233;utico que me recetaba remedios y medicinas. No s&#233; c&#243;mo logr&#233; sobrevivir. Finalmente decid&#237; incumplir lo que me hab&#237;a prometido a m&#237; misma, prescindir del orgullo y pedir ayuda a la persona que me hab&#237;a puesto en semejante situaci&#243;n. Por supuesto, no pod&#237;a ir a verle con aquella facha, as&#237; que hube de confiar en alguien. Eleg&#237; hacerlo en la muchacha de la pensi&#243;n de que le habl&#233; hace un momento. A la primera ocasi&#243;n propicia la llev&#233; aparte y le refer&#237; el caso. Ella escuch&#243; el relato en silencio y concluido aqu&#233;l se limit&#243; a mascullar: Todos son iguales. Le hice jurar que me ayudar&#237;a y ella trat&#243; de hacerlo, pero los d&#237;as pasaban y sus gestiones no daban ning&#250;n fruto. Hoy no he podido ir, me contestaba cuando yo, al verla entrar en la pensi&#243;n, la asediaba con mis preguntas. O bien: Hoy he ido, pero hab&#237;a mucha cola y no me he podido quedar. Y as&#237; sucesivamente. Hasta que una tarde, tres semanas antes de lo que el doctor Pimpom y yo hab&#237;amos calculado, tuve los primeros avisos de que el momento decisivo estaba pr&#243;ximo. Alertados por m&#237; los due&#241;os de la pensi&#243;n, y despu&#233;s de un breve concili&#225;bulo, alguien llam&#243; al hospital m&#225;s pr&#243;ximo y pidi&#243; que enviaran una ambulancia sin demora a recogerme. Le respondieron que el personal hospitalario estaba en huelga y los servicios, interrumpidossine die; que el ret&#233;n que atend&#237;a los casos m&#225;s graves no daba abasto a todos ellos; que dej&#225;ramos nuestro nombre y direcci&#243;n y que tuvi&#233;ramos la bondad de aguardar un d&#237;a o dos. En vista de esto, la due&#241;a de la pensi&#243;n se mostr&#243; partidaria de llamar a la polic&#237;a. Si pasa algo, tendremos l&#237;o, dijo en tono agorero; a lo que replic&#243; su marido diciendo que &#233;l nunca hab&#237;a tenido tratos con la polic&#237;a ni los pensaba tener; y se ech&#243; a la calle en busca de su madre, una mujer octogenaria que en su juventud hab&#237;a ejercido ocasionalmente de comadrona.

As&#237; dieron comienzo aquellas horas terribles, interminables. Aunque estaba avanzado el oto&#241;o, la temperatura era alta y, como mi habitaci&#243;n carec&#237;a de ventana, pronto el calor se hizo agobiante y la atm&#243;sfera, irrespirable. Me llevaron a otra habitaci&#243;n que dispon&#237;a de una ventana alta y estrecha por la que ahora entraba la luz del atardecer. El cielo estaba dorado y melanc&#243;lico y de la calle llegaba el murmullo de la circulaci&#243;n rodada y el traj&#237;n de los platos en un restaurante pr&#243;ximo. Tampoco el farmac&#233;utico pudo ser localizado: al t&#233;rmino de la jornada hab&#237;a cerrado la farmacia y se hab&#237;a ido a su casa, cuya direcci&#243;n nadie conoc&#237;a. Para calmar el dolor de las contracciones, cada vez m&#225;s intenso, me dieron lo que ten&#237;an: aspirinas ygrappa. Con esta mezcla qued&#233; medio atontada. Los dolores iban y ven&#237;an y perd&#237; la noci&#243;n del tiempo. En un momento dado vi la luna enmarcada en la ventana; en otro, la cara apergaminada de la comadrona, que llevaba rato atendi&#233;ndome sin que yo me hubiera percatado de ello. Ten&#237;a mucha sed y me dieron agua. La muchacha en quien hab&#237;a confiado entr&#243; a verme. Ven&#237;a de la calle y exhalaba un perfume c&#225;lido que me revolvi&#243; las tripas. Ped&#237; que nos dejaran a solas un instante y, cuando lo hubieron hecho, le dije: Es posible que no salga de &#233;sta. Ella me interrumpi&#243; diciendo que no dijera tonter&#237;as. Lo que me pasaba era una cosa molesta, pero sencilla. Constantemente est&#225;n naciendo miles y miles de ni&#241;os, sobre todo en Asia, agreg&#243;. Yo le interrump&#237; a mi vez para decirle: Escucha: la criatura que va a nacer s&#243;lo me tiene a m&#237;, y si a m&#237; me pasara algo, se quedar&#237;a sola en el mundo. Tienes que ir a verle, intentarlo una vez m&#225;s y esta vez abrirte paso hasta &#233;l como sea; dile que venga; expl&#237;cale las cosas como son. Anda, ve. Ella me respondi&#243; que har&#237;a lo que yo le ped&#237;a, pero en sus ojos le&#237; la indecisi&#243;n y la duda. Sali&#243; la muchacha de la habitaci&#243;n y yo deb&#237; de perder el conocimiento. Me despert&#243; un gemido lastimero; tard&#233; un rato en darme cuenta de que yo misma lo hab&#237;a proferido. La luna ya no estaba en la ventana: ahora era noche cerrada, sin nubes y sin estrellas. Poco a poco fui recobrando la cordura y haci&#233;ndome cargo de d&#243;nde estaba y qu&#233; ocurr&#237;a. Record&#233; los dolores inhumanos que hab&#237;a estado padeciendo y pens&#233; que no ser&#237;a capaz de soportarlos nuevamente, pero transcurrieron varios minutos y los dolores no volvieron. Al verme despierta acudi&#243; la vieja comadrona. Nena, &#191;c&#243;mo est&#225;s?, o&#237; que me preguntaba. Bien, le respond&#237; esperanzada. &#191;Ya pas&#243; todo? Falta muy poco, dijo ella. &#191;Te duele algo? No, pero tengo mucha sed; d&#233;me agua, por favor. No debes beber nada, respondi&#243; la vieja comadrona; ning&#250;n l&#237;quido. &#191;Qui&#233;n lo ha dicho?, quise saber, y ella mir&#243; de reojo hacia el otro extremo de la habitaci&#243;n. Segu&#237; su mirada y vi dos hombres muy altos que parec&#237;an hermanos. Uno iba vestido enteramente de blanco y el otro, enteramente de negro. Miraban lo que hab&#237;a en una mesita sobre la que una l&#225;mpara cubierta por una pantalla grande, hecha de trozos de cart&#243;n doblado, proyectaba una luz intensa, mientras dejaba en penumbra el resto de la habitaci&#243;n. Miraban lo que hab&#237;a en aquella mesita y cuchicheaban animadamente. Al advertir que me hab&#237;a despertado, acudieron a la cabecera del lecho. La vieja comadrona se retir&#243; y ellos se situaron a ambos lados de aqu&#233;l. &#191;C&#243;mo se encuentra, se&#241;ora?, me preguntaron los dos a la vez. Les dije que me encontraba bien, que los dolores hab&#237;an cesado. El hombre de blanco hablaba con acento franc&#233;s y el de negro, con acento alem&#225;n. Cuando hablaban entre s&#237;, el que ten&#237;a acento franc&#233;s se dirig&#237;a al otro en alem&#225;n, y el que ten&#237;a acento alem&#225;n le respond&#237;a en franc&#233;s. Esto me hizo pensar absurdamente que deb&#237;an de ser suizos: dos hermanos suizos que hab&#237;a adoptado aquella soluci&#243;n equitativa a los problemas pr&#225;cticos de su biling&#252;ismo. Estas cosas las pensaba porque la cabeza no me reg&#237;a bien. Mientras el hombre de negro me tomaba el pulso y me auscultaba, el hombre de blanco fue a la mesita iluminada y regres&#243; con una jeringa. Me hicieron ladear el cuerpo y sent&#237; un pinchazo en la espalda. El hombre de negro volvi&#243; a auscultarme, murmur&#243;: Todav&#237;a no, y anot&#243; algo en su cuaderno. Los dos hombres volvieron a situarse junto a la mesita y a hablar entre s&#237; con gran animaci&#243;n. Lo que me hab&#237;an inyectado me sumi&#243; en un estado de gran bienestar f&#237;sico. Ahora todo estaba bien, todo era como deb&#237;a ser; en fin de cuentas, &#233;l ten&#237;a raz&#243;n: s&#243;lo la entrega puede salvarnos del caos; la felicidad es un estado de gracia que s&#243;lo se confiere al que sabe renunciar y aceptar, me dije. Pensando estas cosas no me enteraba de lo que ocurr&#237;a a mi alrededor. En cambio, registraba con nitidez todos los sonidos que llegaban de la calle. Cuando abr&#237; de nuevo los ojos, la ventana estaba cerrada y por los cristales entraba la luz del d&#237;a. Delante de m&#237; estaban la comadrona y el hombre vestido de blanco; ambos me miraban fijamente a los ojos con el ce&#241;o fruncido y el semblante grave, como si estuvieran recabando mi atenci&#243;n para reprenderme. Sin apartar su mirada de la m&#237;a, el hombre vestido de blanco hizo una se&#241;a y acudi&#243; el hombre vestido de negro. Vi que llevaba las manos cubiertas por unos guantes de goma y comprend&#237; que hab&#237;a llegado el momento decisivo. De mi &#225;nimo desapareci&#243; toda la paz de que hab&#237;a estado gozando y me invadi&#243; un terror irreprimible. En aquel momento pens&#233; que aquellos dos hombres hab&#237;an sido enviados all&#237; para impedir que el suceso que estaba a punto de producirse trascendiera las paredes de aquella miserable habitaci&#243;n. Imagin&#233; haber sido vigilada continuamente desde que puse el pie en Roma e interpret&#233; bajo un nuevo prisma la actitud arisca de los m&#233;dicos a quienes hab&#237;a acudido en un principio y las tentativas supuestamente infructuosas de mi amiga de llegar hasta &#233;l. Ahora todos aquellos hechos formaban parte en mi imaginaci&#243;n de una conjura destinada a eliminarme a m&#237; y a hacer desaparecer a la criatura que en aquel instante pugnaba por salir al mundo. Quise saltar de la cama, pero me lo impidieron. Valor, ya casi est&#225;, o&#237; murmurar a la comadrona. El hombre de negro, con su peculiar acento, me grit&#243;: Poussez, madame, poussez!, y yo comprend&#237; que quer&#237;a vivir por encima de cualquier otra consideraci&#243;n. En aquel momento reson&#243; en la pensi&#243;n un grito terrible, como si acabara de irrumpir en ella un animal &#225;vido y feroz, y sent&#237; p&#225;nico, pero no por m&#237;, sino por mi hijo; entonces comprend&#237; que no estaba dispuesta a consentir que nadie me lo arrebatara. Al grito sigui&#243; un breve silencio, durante el cual comprend&#237; que hab&#237;a sido yo quien lo hab&#237;a proferido. Luego o&#237; un llanto tenue y extra&#241;amente pr&#243;ximo y me pregunt&#233; cu&#225;l de los dos hombres estar&#237;a llorando y por qu&#233;. La comadrona se inclin&#243; sobre la cama para decirme algo, pero yo no pod&#237;a o&#237;r sus palabras, porque s&#243;lo ten&#237;a o&#237;dos para aquel llanto, ni pod&#237;a distinguir la expresi&#243;n de sus facciones, porque ten&#237;a los ojos inundados de l&#225;grimas. Finalmente entend&#237; que s&#243;lo quer&#237;a decirme lo que yo ya sab&#237;a: que todo hab&#237;a ido bien. Es un ni&#241;o muy hermoso, a&#241;adi&#243;. Y yo le dije: No deje que nadie se lo lleve.



XIII

Efectivamente, he vivido mi vida como un imb&#233;cil, escribi&#243;, pero ahora comprendo que no me fue dada otra alternativa y que, puesto que tampoco me ser&#225; dada otra oportunidad, tanto la queja como el arrepentimiento resultan superfluos. Este pensamiento, sin embargo, no me reconcilia conmigo mismo ni con la vida: deploro el da&#241;o que he causado y el que sigo causando y me sulfura la impotencia m&#237;a y la de todos ante el sufrimiento de los inocentes. La realidad no se aviene a tapujos; de continuo vemos cometerse cr&#237;menes horribles que nos hielan la sangre. Cerr&#243; la pluma estilogr&#225;fica, la dej&#243; suavemente sobre la mesa y se levant&#243; a echar una espuerta de le&#241;a a la chubesqui. Antes de volver a la mesa remolone&#243; al calor del fuego, frot&#225;ndose la manos y reflexionando. Aunque en la ventana se ve&#237;a un recuadro del cielo azul, en el interior de la pieza reinaba la penumbra. Una l&#225;mpara de pantalla met&#225;lica arrojaba un cono de luz sobre las cuartillas que llevaba emborronando desde el mediod&#237;a. Ahora, bajo el foco que lo individualizaba en la penumbra, aquel mensaje adquir&#237;a la relevancia de una prueba irrecusable. Se sent&#243;, suspir&#243;, destap&#243; la pluma estilogr&#225;fica y continu&#243; escribiendo. Para combatir esta desaz&#243;n, algunos se entregan a una actividad sin tregua; otros, por la misma causa, persiguen el dinero, el &#233;xito, el poder u otros fines igualmente superfluos. Hab&#237;a usado la palabra superfluos unos renglones m&#225;s arriba, pero la interrupci&#243;n para avivar el fuego le imped&#237;a advertir esta reiteraci&#243;n. Otros, por &#250;ltimo, prosigui&#243;, se encierran en s&#237; mismos, como si s&#243;lo una vida interior llevada a los l&#237;mites de la demencia pudiera dulcificar la aridez de toda existencia. De todos, &#233;stos son los peores, pens&#243;; pero no consign&#243; esta idea por escrito: no quer&#237;a influir en la opini&#243;n de la persona a quien iba dirigida aquella carta. El fr&#237;o y el mal tiempo no han cesado, a&#241;adi&#243; en cambio. Tampoco han ido a m&#225;s, pero nuestra resistencia est&#225; ya muy menguada. A mi alrededor todos presentan s&#237;ntomas de emaciaci&#243;n; la moral es baja y reinan la dejadez y el mal humor, pero tambi&#233;n la resignaci&#243;n y la tolerancia: en el fondo, todos sabemos que se trata de un estado pasajero, que cambiar&#225; con la primavera, que ya se anuncia en la ventana. Se llev&#243; la pluma a los labios y se qued&#243; pensativo. Como si lo hubiera conjurado con sus palabras, el abatimiento que acababa de describir vino a alojarse en su &#225;nimo. Ten&#237;a m&#225;s cosas que decir, pero no encontraba la energ&#237;a necesaria para hacerlo: la mera escritura se le antojaba ahora un esfuerzo superior a sus posibilidades. Concluy&#243; la carta con una f&#243;rmula com&#250;n a la que agreg&#243;, sin mucha convicci&#243;n, la promesa de escribir de nuevo en unos d&#237;as, firm&#243; la carta, dobl&#243; el papel, lo introdujo en el sobre y escribi&#243; en &#233;l el nombre de su hijo y las se&#241;as de su antiguo domicilio conyugal.

Al salir a la calle para ir a la estafeta, donde se propon&#237;a hacerse sellar y certificar la carta, advirti&#243; haber sido v&#237;ctima de un enga&#241;o: el azul que hab&#237;a visto en la ventana de la pieza era s&#243;lo un m&#237;nimo fragmento del cielo, que se presentaba en general encapotado. La primavera que hab&#237;a augurado inminente en la carta, todav&#237;a tardar&#237;a semanas, si no meses, en llegar. La nieve, en la cual el invierno no hab&#237;a sido parco, se hab&#237;a convertido en charcos p&#250;tridos all&#237; donde el sol la hab&#237;a logrado disolver; donde los rayos del sol no llegaban, todav&#237;a se ve&#237;an unos rid&#237;culos promontorios ennegrecidos por la suciedad del aire. S&#243;lo en un canal solitario, sobre una g&#243;ndola cubierta de lona asf&#225;ltica, la nieve conservaba inexplicablemente su blancura original. El balanceo ocasional de la g&#243;ndola hac&#237;a que se desprendiesen diminutas agujas de hielo del cable que la sujetaba a una bita de amarre. Entonces las agujas, alargadas y transparentes como l&#225;grimas de una l&#225;mpara antigua, ca&#237;an al agua silenciosamente. F&#225;bregas sab&#237;a, por haberlo o&#237;do contar, que en la riba de aquel canal cierto caballero hab&#237;a sido muerto a traici&#243;n por dos sicarios de un rival expeditivo, los cuales, hall&#225;ndolo all&#237; solo y desprevenido, lo pasaron de parte a parte con sus estoques. Esto hab&#237;a ocurrido dos siglos atr&#225;s, pero ahora, al pasar por aquel lugar apartado, al que la blancura de la nieve acumulada sobre la funda de la g&#243;ndola confer&#237;a por contraste cierta tenebrosidad, cre&#237;a distinguir sombras de fuga y o&#237;r los gemidos de dolor y las s&#250;plicas tard&#237;as del caballero, a quien sus ejecutores, cumplida su misi&#243;n, hab&#237;an abandonado all&#237; moribundo.

En la estafeta tuvo que hacer varias colas y cuando sali&#243; la tarde ya declinaba. El cielo, sin embargo, se hab&#237;a despejado de nubes. Despu&#233;s de todo, aquel fragmento de azul no hab&#237;a sido tan enga&#241;oso, pens&#243;. Ahora estaba seguro de que la primavera no tardar&#237;a en llegar. Animado por esta convicci&#243;n, desvi&#243; la ruta que llevaba y dirigi&#243; sus pasos a la plaza de San Marcos. La plaza estaba muy poco concurrida cuando desemboc&#243; en ella. Algunos turistas cabizbajos se apresuraban por los soportales. Al ver que se le acercaba una pareja de polic&#237;as uniformados, un vagabundo que orinaba en un rinc&#243;n se alej&#243; andando de lado, sin dejar de orinar. Aunque no era hora de visita ni de culto, las puertas de la bas&#237;lica estaban abiertas de par en par para permitir que un batall&#243;n de mujeres baldeara el suelo embarrado. Aprovechando esta ocasi&#243;n rara, F&#225;bregas entr&#243; en la bas&#237;lica sin que ninguna de aquellas mujeres le diera el alto. Dentro hab&#237;a m&#225;s equipos de limpieza. El color vivo de los cubos de pl&#225;stico resultaba chocante en aquel lugar. Procurando no pisar los trozos reci&#233;n fregados, F&#225;bregas deambul&#243; a sus anchas por la bas&#237;lica vac&#237;a. Si alguien le hubiera hecho una observaci&#243;n, se habr&#237;a ido sin rechistar, pero nadie parec&#237;a reparar en &#233;l. Durante casi una hora fue contemplando los mosaicos, las estatuas, las pinturas, los tesoros fabulosos, las flores marchitas, las vasijas selladas que conten&#237;an las reliquias de los santos de mayor renombre: visceras humanas obtenidas por medios que no exclu&#237;an la extorsi&#243;n y la violencia, tra&#237;das de todos los confines del mundo como bot&#237;n de guerra. Y no sin raz&#243;n, pens&#243;. Los siglos hab&#237;an ido dejando a su paso recuerdos funestos y estos residuos extravagantes, que los hombres hab&#237;an querido identificar con lo bueno, lo glorioso y lo esperanzador. Y no sin raz&#243;n, pens&#243; nuevamente. De aquella historia aciaga de guerras, matanzas, asesinatos, torturas, hambre, epidemias, desastres naturales, odios y temores, hab&#237;a surgido aquella caterva enloquecida de fan&#225;ticos y demiurgos que ahora parec&#237;an mirarle desde las paredes, los techos, las hornacinas y los altares con expresi&#243;n idiotizada. He de hacer llegar a mi hijo sin falta esta gran verdad, pens&#243; mientras se dirig&#237;a a la calle.

Una vez en la plaza advirti&#243; que ya era noche cerrada. Esto le sorprendi&#243;: no cre&#237;a haber estado tanto tiempo en el interior de la bas&#237;lica. Luego advirti&#243; que en realidad no era tan tarde, sino que el cielo hab&#237;a vuelto a nublarse inopinadamente. Estos nubarrones, sin embargo, eran distintos de los que hab&#237;a visto disiparse un rato antes. &#201;stos eran nubarrones de tormenta: traer&#237;an lluvias torrenciales, pero tambi&#233;n una subida de las temperaturas. A lo lejos reson&#243; un trueno prolongado. F&#225;bregas emprendi&#243; el camino de regreso a paso vivo. Apenas un mes antes un chaparr&#243;n como el que ahora se avecinaba hab&#237;a inundado dos habitaciones y les hab&#237;a llevado un esfuerzo enorme y dos jornadas enteras achicar el agua. Ahora quer&#237;a asegurarse de que no iba a suceder una cosa parecida o, cuando menos, de que hab&#237;an sido tomadas ciertas precauciones para ello. Cuando lleg&#243; ante la puerta ca&#237;an los primeros goterones.

Ya dentro oy&#243; un lloriqueo intermitente y se dirigi&#243; a la habitaci&#243;n de donde proced&#237;a aqu&#233;l con la esperanza de encontrarla all&#237;, pero junto a la cuna s&#243;lo estaba Charlie, que trataba en vano de tranquilizar al ni&#241;o.

Los truenos han debido de despertarle -dijo Charlie.

Llevaba un pantal&#243;n de franela muy ra&#237;do y una camiseta gris en cuya parte delantera se le&#237;a: UNIVERSITY OF BALTIMORE, Baltimore, Md. La habitaci&#243;n, caldeada por un convector y apenas ventilada, ol&#237;a intensamente a leche agria y a agua de colonia. F&#225;bregas roz&#243; con la palma de la mano la frente del ni&#241;o, y habi&#233;ndose cerciorado de que no estaba caliente, meci&#243; un poco la cuna y le dijo a Charlie que se fuera a descansar.

No estoy cansado -respondi&#243; aqu&#233;l-. Vete t&#250;; yo me quedar&#233; aqu&#237; todav&#237;a un ratito.

Los acontecimientos de los &#250;ltimos meses hab&#237;an cambiado a Charlie: ahora una actitud responsable y directa hab&#237;a sustituido a su antigua solicitud empalagosa e improductiva. F&#225;bregas sali&#243; de la habitaci&#243;n sin decir nada. Por contraste con la habitaci&#243;n que acababa de abandonar, el corredor y los salones del palacio le parecieron a&#250;n m&#225;s fr&#237;os. Las reparaciones efectuadas hab&#237;an impedido un deterioro irreparable del edificio, pero habr&#237;a hecho falta un desembolso muy superior para hacerlo m&#237;nimamente confortable y F&#225;bregas no dispon&#237;a de tanto. En realidad, ya no dispon&#237;a de nada. Hab&#237;a llegado a un acuerdo con los due&#241;os de su antigua empresa, en virtud del cual renunciaba a los emolumentos mensuales que le hab&#237;an sido asignados en su d&#237;a a cambio de un tanto alzado que saldaba en forma definitiva su relaci&#243;n con la empresa familiar. No le hab&#237;a costado nada llegar a este acuerdo con los nuevos due&#241;os de &#233;sta que as&#237;, mediante una suma relativamente modesta, se ve&#237;an libres de un gasto peque&#241;o pero recurrente que afeaba los balances y exig&#237;a explicaciones engorrosas. Con aquel dinero hab&#237;a adecentado un poco el palacio de los Dolabella y, consciente de que a partir de entonces tanto &#233;stos como &#233;l mismo habr&#237;an de ganarse la vida de alg&#250;n modo, hab&#237;a destinado una parte sustancial de la inversi&#243;n a convertir las estancias del palacio que daban a la plaza en una tienda abierta al p&#250;blico. Al principio este proyecto hab&#237;a chocado con la oposici&#243;n de la familia Dolabella, que lo consideraba indigno de su nombre y aun vejatorio, pero &#233;l hab&#237;a porfiado hasta vencer una resistencia con la que, por lo dem&#225;s, ya contaba y contra la que iba equipado de argumentos incontestables. El capital de que dispon&#237;an, les hab&#237;a dicho, no permit&#237;a iniciar otro tipo de negocio y no parec&#237;a factible que ninguno de ellos obtuviera un trabajo decorosamente remunerado en poco tiempo. Por otra parte, aunque reconoc&#237;a haber vivido en un estado de obnubilaci&#243;n perpetua desde que hab&#237;a llegado a Venecia hasta entonces, su instinto comercial de catal&#225;n no hab&#237;a estado enteramente inactivo en todo aquel tiempo y ahora, serenado su &#225;nimo, se hac&#237;a cargo de las posibilidades infinitas que ofrec&#237;a una ciudad tan concurrida como aqu&#233;lla, hab&#237;a a&#241;adido. Naturalmente, no ignoraba la competencia numeros&#237;sima a que habr&#237;an de hacer frente, hab&#237;a dicho acto seguido adelant&#225;ndose a las objeciones que sus interlocutores se dispon&#237;an a hacerle, pero estaba persuadido de que con imaginaci&#243;n, tes&#243;n y flexibilidad podr&#237;an salir adelante. La idea hab&#237;a entusiasmado pronto a Charlie, que ya se ve&#237;a a s&#237; mismo detr&#225;s de un mostrador, departiendo con una clientela distinguida, pero no as&#237; a su mujer, la cual, sin embargo, ofreci&#243; una resistencia meramente formal: en el fondo sab&#237;a que su futuro y el de los suyos depend&#237;an de F&#225;bregas. Despu&#233;s de hacer algunos aspavientos y de murmurar como para s&#237; que los huesos de sus antepasados se revolver&#237;an en sus tumbas, acab&#243; dando su conformidad al proyecto y previniendo a todos de que su mala salud no le permitir&#237;a en ning&#250;n caso aportar su colaboraci&#243;n a &#233;l. En aquella ocasi&#243;n F&#225;bregas le hab&#237;a replicado, medio en serio, medio en broma, que apenas se viera al frente de un negocio pujante de seguro le volver&#237;an los br&#237;os y las ganas de vivir y que estaba dispuesto a apostar con ella cualquier cosa a que as&#237; ser&#237;a, a lo que ella hab&#237;a respondido, moviendo la cabeza tristemente, que mucho tem&#237;a no llegar siquiera al d&#237;a en que, finalizadas las obras, la tienda abriera sus puertas. Por supuesto, nadie hab&#237;a hecho el menor caso de esta profec&#237;a que, sin embargo, result&#243; cierta: a finales de enero, con gran extra&#241;eza de todos, y muy en especial del doctor Pimpom, la enfermedad que ella siempre hab&#237;a pretendido tener se agrav&#243; de un modo alarmante. Trasladada de inmediato al hospital, los m&#233;dicos que la reconocieron coincidieron en calificar su mal de irreversible. Entonces comprendieron que el fingimiento de todos aquellos a&#241;os hab&#237;a sido un intento descabellado pero eficaz de ocultar a los ojos de los dem&#225;s y de negarse a s&#237; misma la existencia de una enfermedad acerca de la cual ella nunca hab&#237;a abrigado dudas en su fuero interno. En el hospital, enfrentada a lo que hab&#237;an de ser sus &#250;ltimas horas, depuso la actitud pla&#241;idera de siempre y adquiri&#243; una serenidad inimaginable para quienes hab&#237;an estado padeciendo su monserga durante tanto tiempo. Ya con las fuerzas muy menguadas, hab&#237;a pedido que le llevaran a su nieto, al que hasta entonces se hab&#237;a negado a ver y al que siempre se hab&#237;a referido con el calificativo de bastardo. En esta ocasi&#243;n, F&#225;bregas, dejando a Charlie a la cabecera de la enferma y aunque nevaba copiosamente, hab&#237;a acudido al palacio en busca de Mar&#237;a Clara, que permanec&#237;a all&#237; al cuidado del beb&#233;. Entre los dos lo hab&#237;an abrigado con todas las prendas de invierno que compon&#237;an su escas&#237;simo ajuar, lo hab&#237;an envuelto en dos mantas y lo hab&#237;an llevado al hospital en una g&#243;ndola que avanzaba con lentitud exasperante bajo la nieve. Una vez en el hospital, la enferma hab&#237;a examinado a su nieto detenidamente y luego, como el peque&#241;o hubiera roto a llorar, hab&#237;a pedido a los presentes que la dejaran sola y hab&#237;a vuelto la cara hacia la pared para que nadie viera las l&#225;grimas correr por sus mejillas. Esa misma noche muri&#243;. Unos individuos la vistieron con un h&#225;bito de monja y la colocaron en un ata&#250;d acolchado, con la cabeza reclinada en un almohad&#243;n de encaje; en las manos le anudaron un rosario de cuentas de plata. Luego le pintaron las u&#241;as, la peinaron y le empolvaron la cara. El funeral y el entierro se efectuaron dos d&#237;as m&#225;s tarde. Hab&#237;a cesado de nevar y brillaba el sol en un cielo limpio, de un azul p&#225;lido y fr&#237;o. Para evitar que a las exequias acudiera la gente en cumplimiento de una obligaci&#243;n social tan molesta como inexcusable, Charlie, Mar&#237;a Clara y F&#225;bregas, de com&#250;n acuerdo, optaron por no difundir la noticia de su celebraci&#243;n. Al cementerio s&#243;lo hab&#237;an ido ellos y el doctor Pimpom, con mucho el m&#225;s afectado por el suceso; vi&#233;ndole se habr&#237;a dicho que le hab&#237;an ca&#237;do de golpe veinte a&#241;os encima. Sobre las causas del fallecimiento, ning&#250;n m&#233;dico se quiso pronunciar abiertamente. Varias posibilidades fueron invocadas, pero, descartada la autopsia por voluntad de la familia, qued&#243; para siempre sin determinar la naturaleza exacta de aquella enfermedad larga e inveros&#237;mil. En los quince d&#237;as siguientes al entierro el palacio se vio invadido a todas horas por las visitas de p&#233;same. Era patente que todos se esforzaban por decir algo bueno de la difunta, pero que los elogios no acud&#237;an con facilidad a los labios de nadie. Por el contrario, la desaparici&#243;n de la enferma alivi&#243; la atm&#243;sfera de pesadumbre que hab&#237;a estado ensombreciendo el palacio a todas horas. Donde antes s&#243;lo se o&#237;an lamentos y reconvenciones, resonaban ahora el llanto de un reci&#233;n nacido y las voces, juramentos y canciones de los alba&#241;iles, fontaneros, carpinteros, yeseros, estucadores y pintores que, ajenos al drama que acababa de producirse en el edificio, prosegu&#237;an sus trabajos de rehabilitaci&#243;n. La presencia absorbente del ni&#241;o hizo que tanto Charlie como Mar&#237;a Clara pudieran dedicar muy poco tiempo al duelo. Ahora hab&#237;an pasado ya dos meses de aquellos hechos luctuosos y las obras estaban terminadas, al menos en su fase inicial. M&#225;s adelante, si el negocio que estaban a punto de emprender resultaba pr&#243;spero, instalar&#237;an un buen sistema de calefacci&#243;n y restaurar&#237;an alguno de los salones, pensaba F&#225;bregas. Ahora, sin embargo, la tienda acaparaba toda su atenci&#243;n. Para abrirla al p&#250;blico s&#243;lo faltaba que llegaran algunas mercanc&#237;as cuya entrega se retrasaba sin causa aparente. Aquella misma tarde Mar&#237;a Clara hab&#237;a acudido a las oficinas de la empresa transportista para protestar una vez m&#225;s por aquel retraso injustificado que les ocasionaba a ellos una p&#233;rdida cierta. Quiera Dios que no le haya pillado el aguacero en plena calle, se dijo F&#225;bregas oyendo repicar la lluvia en los cristales. Pensaba, no sin raz&#243;n, que el nacimiento del ni&#241;o, la crianza de &#233;ste, la muerte de su madre, el trastorno de las obras y la incertidumbre con que ahora se enfrentaban juntos al futuro por fuerza deb&#237;an de haber mermado mucho sus defensas y hecho de ella presa f&#225;cil de cualquier enfermedad. Este pensamiento le hizo estremecer. Oy&#243; el ruido de la puerta de entrada y sinti&#243; una corriente de aire h&#250;medo recorrer los pasillos. En dos zancadas gan&#243; el vest&#237;bulo: all&#237; la encontr&#243;, fr&#225;gil, p&#225;lida y ojerosa, pero sana y salva.

&#191;Te has mojado?, &#191;has pasado fr&#237;o?, &#191;est&#225;s bien? -le pregunt&#243; abraz&#225;ndola y palpando su cabello, misteriosamente seco.

La inquietud exagerada que trasluc&#237;an sus gestos y sus palabras hicieron aflorar una sonrisa en los labios de ella.

Siempre me est&#225;s diciendo que sea precavida y, ya ves, previ la lluvia y sal&#237; de casa bien provista -dijo se&#241;alando con un gesto el chubasquero de charol negro que goteaba colgado de un gancho de la pared.

El ni&#241;o est&#225; bien -dijo F&#225;bregas-. Ha pasado buena tarde, sin fiebre y sin moquitos. Los truenos lo han despertado, pero hace rato que no lo oigo; se habr&#225; vuelto a dormir. Tu padre est&#225; con &#233;l.

Ah -contest&#243; ella con una mezcla de indiferencia y fastidio en la voz, como si juzgase aquella informaci&#243;n que no hab&#237;a solicitado algo in&#250;til, excesivo y oficioso. &#201;l no se ofendi&#243;. Sab&#237;a que esta actitud era fingida: una frialdad pretendida que encubr&#237;a las tribulaciones de la maternidad y la inseguridad de su propia situaci&#243;n. A diferencia de Charlie, que dedicaba todas las horas del d&#237;a y de la noche a su nieto, en quien ahora cifraba sin disimulo su orgullo y su raz&#243;n de ser, Mar&#237;a Clara hab&#237;a preferido poner su entusiasmo al servicio del negocio en ciernes. S&#243;lo parec&#237;an importarle los asuntos que concern&#237;an de alg&#250;n modo a la tienda y a sus proveedores.

&#191;Qu&#233; te han dicho en la agencia? -le pregunt&#243; F&#225;bregas.

Lo de siempre: que la culpa no es suya. &#161;Menudos mangantes! Tendr&#237;as que o&#237;r lo que les he dicho -respondi&#243; ella con las mejillas arreboladas por la indignaci&#243;n.

Y empez&#243; a referirle de manera pormenorizada la escaramuza que acababa de mantener en la agencia. F&#225;bregas la escuchaba s&#243;lo a medias. Sab&#237;a de sobras que luego, a altas horas de la noche, cuando lo creyera dormido, ella se levantar&#237;a con sigilo de la cama, se echar&#237;a la bata de &#233;l sobre los hombros, buscar&#237;a a tientas las zapatillas y saldr&#237;a de la alcoba sin encender la luz. &#201;l fingir&#237;a no enterarse de esta incursi&#243;n clandestina a la cuna. &#161;Cu&#225;nto la amo!, pensaba en estas ocasiones. Y recordaba con rubor la pasi&#243;n enfebrecida que ella le hab&#237;a suscitado en el mismo instante en que el azar los hab&#237;a puesto frente a frente. Ahora comprend&#237;a que aqu&#233;lla hab&#237;a sido una pasi&#243;n est&#250;pida y ego&#237;sta, para librarse de la cual hab&#237;a sido preciso un a&#241;o entero de suplicio, obstinaci&#243;n y tropiezos. De esta prueba hab&#237;a salido triunfante, aunque no ileso. Ahora se sent&#237;a feliz sin reservas y en su fuero interno no lamentaba aquellos meses de transici&#243;n. Ella tambi&#233;n hab&#237;a bebido, como &#233;l, el agua amarga de la prueba y se hab&#237;a granjeado el derecho a vivir con sus dudas y temores sin injerencia de nadie. Por este motivo ahora, cuando ella acudiera en aquellas horas de angustia que preceden al alba y que &#233;l conoc&#237;a mejor que nadie a cerciorarse de que a su hijo no le hab&#237;a sucedido nada malo, &#233;l callar&#237;a y fingir&#237;a dormir: para no revelarle que tambi&#233;n &#233;l pasaba buen parte de la noche en vela.

Le despert&#243; un chillido lastimero y s&#243;lo cuando estuvo en pie acert&#243; a descifrar su procedencia. Hab&#237;a estado so&#241;ando y el graznido de una gaviota se hab&#237;a venido a mezclar con las angustias del sue&#241;o. A tientas se puso la bata y las zapatillas y sali&#243; del dormitorio. Despu&#233;s de verificar que el ni&#241;o respiraba pausadamente fue al gabinete donde Charlie hab&#237;a tenido en otro tiempo sus archivadores, se asom&#243; a la ventana y dej&#243; vagar la mirada por la plaza iluminada por la luna, que ahora brillaba en un cielo n&#237;tido y sereno. Eran solamente las dos y media, pero sab&#237;a que ya no volver&#237;a a conciliar el sue&#241;o hasta el amanecer. Con todo, ahora ten&#237;a cosas en que pensar y la perspectiva de pasar aquellas horas a solas consigo mismo no le produc&#237;a el menor desasosiego. Tambi&#233;n ten&#237;a para s&#237; el paisaje de aquella isla inaudita, finalmente conquistada. Contempl&#243; las torres y las c&#250;pulas, linternas y chapiteles iluminados por la luz de la luna. Ma&#241;ana ser&#225; otro d&#237;a, pens&#243;. En la plaza hab&#237;a un individuo que caminaba con pasos cortos y met&#243;dicos, como si fuera a sus cosas sin importarle lo intempestivo de la hora. En las manos llevaba lo que de lejos parec&#237;a una radio de transistores. En el otro extremo de la plaza hizo su aparici&#243;n un grupo reducido que F&#225;bregas reconoci&#243; de inmediato; eran los tres maleantes que mucho tiempo atr&#225;s la hab&#237;an tomado con &#233;l: el joven atildado, el gigante y la chica tontiloca a la que &#233;ste segu&#237;a llevando sujeta por un ronzal. Ahora toda aquella gente, el caminante desconocido y el tr&#237;o intranquilizador, pertenec&#237;an a sus ojos a un mundo antiguo y distante; su presencia en la plaza se le antojaba irreal. El caminante segu&#237;a andando sin aminorar el ritmo de sus pasos. Al cruzarse con el tr&#237;o, sus integrantes se le interpusieron. El caminante se detuvo y entre el joven atildado y &#233;l mediaron palabras. En un momento dado el joven atildado se&#241;al&#243; a la chica sujeta por el ronzal y el desconocido lade&#243; la cabeza e hizo ademanes vehementes. El joven atildado se hizo a un lado, como para dejar pasar al desconocido, que reemprendi&#243; la marcha. Antes de que estuviera fuera de su alcance, el joven atildado toc&#243; en la espalda al caminante y &#233;ste, pese a que el gesto hab&#237;a tenido en apariencia m&#225;s de amistoso que de hostil, dobl&#243; las rodillas, dej&#243; caer la radio de transistores y apoy&#243; las palmas de las manos en el suelo para no dar de bruces en &#233;l. El joven atildado levant&#243; el brazo. Ahora la hoja de un arma blanca centelleaba a la luz de la luna. El desconocido hu&#237;a a cuatro patas, de un modo grotesco. No tard&#243; en caer de nuevo y el joven atildado se puso a su lado en dos zancadas. Cuando intentaba incorporarse le clav&#243; el pu&#241;al en el cuello. Dej&#225;ndolo tendido en el suelo, el tr&#237;o prosigui&#243; su camino. No hab&#237;a nada de feroz o sanguinario en aquella escena breve; todo hab&#237;a sido hecho de un modo escueto y deliberado, sin arbitrariedad ni ensa&#241;amiento. Probablemente un ajuste de cuentas, pens&#243; F&#225;bregas, cosa de todos los d&#237;as. Descolg&#243; el tel&#233;fono con &#225;nimo de dar parte de lo sucedido a la polic&#237;a, pero el tel&#233;fono, de resultas de las obras efectuadas en el palacio, no funcionaba. Colg&#243; el auricular y volvi&#243; a la ventana. En la plaza segu&#237;a el cuerpo ex&#225;nime del desconocido, al que ahora se aproximaban con cautela unas palomas. Bien poco se pod&#237;a hacer por &#233;l, pens&#243;. Por lo dem&#225;s, si acudo junto al cad&#225;ver, &#191;qui&#233;n me garantiza que los asesinos no est&#233;n apostados y no caigan sobre m&#237;?, se dijo. Ma&#241;ana me presentar&#233;motu propio a la polic&#237;a, se dijo, aunque de bien poco ha de valer el testimonio de un extranjero sin oficio ni beneficio que a su vez ha sido detenido por perturbar el orden p&#250;blico con sus gansadas. En el fondo,

&#191;qu&#233; se me da a m&#237; lo que ocurre de puertas afuera?, pens&#243;. La lejan&#237;a parec&#237;a exculparle de toda obligaci&#243;n.

No obstante la bata de lana que llevaba, sinti&#243; el fr&#237;o calarle los huesos. Si sigo aqu&#237; un minuto m&#225;s, ma&#241;ana estar&#233; de fijo a cuarenta de fiebre, se dijo. No le seduc&#237;a la perspectiva de meterse en la cama y permanecer all&#237; varias horas despierto, a oscuras e inm&#243;vil para no alterar el descanso de ella, pero ahora no pod&#237;a permitirse el lujo de caer enfermo ni la destemplanza que reinaba en el palacio ofrec&#237;a otra posibilidad que aqu&#233;lla, de modo que reemprendi&#243; parsimoniosamente el regreso al dormitorio, aunque no por el camino m&#225;s corto. En la sala de recepciones se detuvo: los espejos sin azogue le mostraron desde todos los &#225;ngulos su propia figura. Perdido en medio de aquel espacio desolado e iluminado por la luz fr&#237;a de la luna parec&#237;a un personaje de sus propias fantas&#237;as. Quiz&#225; lo que me ocurre en realidad es esto: que toda mi vida he sido un so&#241;ador, pens&#243;.



Eduardo Mendoza



***






