




Espido Freire


La Flor Del Norte


 Espido Freire, 2011


Seennor te dexo de toda la tierra de la mar ac&#225;. Sy la en este estado en que te la yo dexo la sopieres guardar, eres tan buen rey commo yo. Et sy ganares por ti m&#225;s, eres meior que yo; et si desto menguas, non eres tan bueno commo yo.

Testamento del rey Fernando III el Santo, referido a su hijo Alfonso X el Sabio


Aunque debieras vivir tres mil a&#241;os y otras tantas veces diez mil, recuerda no obstante que nadie pierde otra vida que la que vive ni vive otra que la que pierde. En consecuencia, lo m&#225;s largo y lo m&#225;s corto confluyen en un mismo punto. El presente, en realidad, es igual para todos, lo que se pierde es tambi&#233;n igual, y lo que los separa es, evidentemente, un simple instante. Luego ni el pasado ni el futuro se podr&#237;a perder, porque lo que no se tiene, &#191;c&#243;mo podr&#237;an arrebat&#225;rnoslo?

MARCO AURELIO, Meditaciones





SEVILLA


1262


Ahora s&#233; con toda certeza que morir&#233; en breve, que no finalizar&#233; nada de lo que he comenzado, que no ver&#233; erigida mi capilla. Y tengo prisa por morir, porque no soporto el dolor constante de continuar viva ni las promesas rotas a mis espaldas.

El d&#237;a es claro, y hemos derrotado al invierno mucho antes que otros a&#241;os. Hemos vencido a la oscuridad y a las amenazas de rebeli&#243;n, a la hambruna que azota el norte y que se ha quedado prendida en los Pirineos, hemos criado con salud, leche y miel a todos los ni&#241;os nacidos en la corte, y ninguna parturienta ha muerto. Siguen vivos los ancianos, arropados por calor y alimento, sanos los esclavos y fieles los siervos. Todas mis oraciones han sido atendidas, y por mucho que mi vanidad humana se debata ahora que se acerca mi hora, he de reconocer que el &#250;ltimo invierno ha sido generoso con nosotros, y Dios no se ha apartado de nuestro lado, aunque me niegue una mirada clemente.

Hoy debiera encontrarme con Baruch, mi consejero, y que me informara de qu&#233; podemos esperar en las negociaciones con el reino de Navarra y con los genoveses, de los que a&#250;n aguardamos una respuesta a la &#250;ltima oferta, pero le he enviado un mensajero para pedirle que sea ma&#241;ana cuando nos veamos. Mi cabeza razona con m&#225;s lentitud a&#250;n de lo que acostumbra, y quiero dedicar el d&#237;a a los sentidos, y no a los pensamientos.

Mariquilla -le he pedido esta ma&#241;ana a una de mis due&#241;as-, que lo preparen todo para bajarme al patio.

La mujer ha asentido sin ocultar la renuencia con la que obedecer&#225;n. Causa un peque&#241;o revuelo el que a&#250;n desee algo, y me provoca una infinita pereza el atolondramiento de los esclavos nuevos, unas criaturas medrosas, con las pupilas dilatadas por un miedo continuo. Aun as&#237;, en el patio encontrar&#233; sol, agua y &#225;rboles, y algunas flores nuevas de las que quiero despedirme.

El proceso resulta penoso: primero han de quitarme la camisa, que sustituyen por una nueva, y lavarme el cuerpo con pa&#241;os empapados en agua de rosas. El tacto r&#237;gido del hilo nuevo me levanta la piel en escalofr&#237;os. Bajo la s&#225;bana, empapada, aguardo a que cubran la silla con telas y almohadones moros. Mis due&#241;as, Mariquilla y la Muda, tiran de m&#237; con delicadeza y colocan una cinta ancha bajo mi cadera.

Con cuidado, con cuidado

&#201;se ser&#225; el momento m&#225;s doloroso, el latigazo que recorre mi vientre hinchado y se me clava en las costillas, sin aire ni espacio para la respiraci&#243;n. Abrazada a la Muda, vuelo en el aire hasta la silla. Para entonces, tirito de fr&#237;o, y un sudor espeso como la resina ha rezumado hasta la camisa limpia.

Con cuidado, animales -murmura Mariquilla-. &#191;No veis que sufre?

Me cubren con dos pieles, una sobre las rodillas, otra que me envuelve todo el cuerpo, y mientras entro en calor y me dan un vaso de vino con clavo, mi dama de compa&#241;&#237;a, do&#241;a In&#233;s, tan hermosa y tan amable, se encarga de darme algo de color en las mejillas y de peinarme de manera que ofrezca un aspecto digno. Con sus dedos y las peinetas logra dar la impresi&#243;n de que mi cabello a&#250;n es abundante.

&#191;D&#243;nde est&#225; mi se&#241;or el infante? -pregunto, y a diferencia de otros d&#237;as, hoy fijo mi mirada en el espejo sin rehuir lo que veo. A&#241;oro a mi marido, con quien me gustar&#237;a almorzar y conversar de temas que nos ata&#241;en, y si tal circunstancia se da, deber&#237;a acicalarme con m&#225;s esmero.

Abandon&#243; el palacio temprano esta ma&#241;ana. &#191;Quer&#233;is que le mande llamar?

A don Felipe le adornan las virtudes del encanto personal y el trato f&#225;cil, y las emplea a nuestro favor: devuelve visitas y favores, y convoca a unos y a otros, y con ello hace olvidar a todos que vivimos casi como desterrados en Sevilla.

No, pero si regresa a mediod&#237;a, pedidle que coma conmigo.

Entonces, cuando he finalizado el aseo y el vino, la puerta se abre y entran los cuatro muchachos que se encargan de la silla.

La silla de manos fue un obsequio de mi cu&#241;ado don Fabrique, que me quiere bien. La encontr&#243; en tierra de moros africana, donde al parecer era privilegio de los se&#241;ores principales y de las novias en sus desposorios. No hay un dedo de madera sin tallar ni sin dorados ni volutas, como es su costumbre, y los asideros para que cuatro esclavos la levanten en el aire est&#225;n suavizados con cuero cordob&#233;s.

Las due&#241;as me pasan por la cintura y el pecho una banda de lino, que cruzan dos veces y atan tras el respaldo alto, que tuvimos que a&#241;adir despu&#233;s de la ocasi&#243;n en la que, ya con casi todas mis fuerzas perdidas, no pude mantener el equilibrio y me ca&#237; mientras me conduc&#237;an al sal&#243;n. Esper&#225;bamos a la infanta Leonor, mi ahijada, a la que tra&#237;an para que la bendijera por su cumplea&#241;os, y la ni&#241;a tuvo que marchar sin bendici&#243;n por el miedo a que se asustara al verme con el rostro hinchado y roto. Desde entonces, mi silla es tan c&#243;moda y tan segura que en ocasiones me quedo dormida en ella, como en la m&#225;s blanda cama.

As&#237; llevan, en hombros, sobre su escudo, los cad&#225;veres de los hombres notables en mi tierra. Pero tambi&#233;n as&#237;, pienso en los d&#237;as de humor m&#225;s negro, atada a dos palos, se llevan a las vacas, una vez degolladas, para destazarlas.

Hace un a&#241;o me era posible a&#250;n descender por m&#237; misma, apoyada en una due&#241;a, y con pausas entre los escalones. Despu&#233;s era mi marido quien me cog&#237;a en brazos y quien me dejaba en el patio, pero a ra&#237;z de una de sus estancias en una finca amiga perdimos ese h&#225;bito, que no se recuper&#243; a su regreso. Lleg&#243; entonces la silla de mi cu&#241;ado, en buen momento, porque me agostaba en la penumbra del cuarto, y se me hab&#237;a pasado ya por la cabeza tomar habitaci&#243;n en la planta baja, con los siervos y las due&#241;as y la proximidad insalubre de la cocina.

Bajamos entonces sin plisas por la escalera, una vuelta, dos. Los esclavos contienen la respiraci&#243;n, jadean por el esfuerzo y se inclinan por el peso de la silla, hasta el hermoso patio lleno de agua y flores, donde me posan en el lugar que prefiero. No siempre es el mismo: el sol gira, huye del lobo que desea engullirlo, y me ciega. Comprendo entonces a las flores, que se acomodan para ofrecer sus rostros a la luz y giran para recibirla, pero nunca la miran directamente. La piel de marta que me cubre, que fue, de las de mi ajuar, mi preferida, se ha convertido en un trapo sin brillo, pero al menos se ha librado de la polilla. A veces, cuando me despierto, recuerdo que he so&#241;ado con Bitte Litten. Otras veces no sue&#241;o nada, regreso por sorpresa al patio de m&#225;rmol y me desoriento por un instante. &#191;Qui&#233;n soy, d&#243;nde estoy, soy realmente quien creo, estoy realmente donde pienso? Entonces el mundo se asienta y recuerdo bruscamente qui&#233;n soy, qui&#233;n me trajo, d&#243;nde estoy.

Me llamo Cristina, la sangre que corre por mis venas, ahora mortecina, proviene de fuente real, y soy infanta de Castilla.

Junto a mi silla han colocado una mesita muy baja, lacada, con una bandeja hexagonal, una jarra de vino y dos copas de plata. Esperamos la visita de mi confesor, el abad Quint&#237;n, que casi todos los d&#237;as busca una excusa y viene a charlar conmigo. Siempre me lleva un momento reconocerle, porque sus rasgos se desdibujan, como si su rostro se reflejara constantemente en un estanque.

Hoy os acompa&#241;an las fuerzas -me dice, animado, tras las bendiciones de rigor.

Le presentamos escabeches y conservas, y las rechaza con un gesto de su mano blanda. Nunca acepta comer, ni siquiera las amargas aceitunas, ali&#241;adas en bilis, que a m&#237; me entusiasman: creo que la cercan&#237;a de los enfermos y los moribundos le disgusta y le afecta el car&#225;cter. Antes de que se haya sentado a mi lado me llega una vaharada de perfume, que se ha aplicado en la puerta.

Evita acercarse demasiado y lanza miradas de reojo a la comida, como si estuviera contaminada. Comparte esos usos con otros visitantes, pero en &#233;l me irritan m&#225;s que en nadie, porque est&#225; a cargo de mi alma, y cada una de sus preocupaciones delata que se afana m&#225;s por su cuerpo.

Pero, pese a sus miedos, comparte con gusto mi vino, y bajo el sol eterno de Sevilla se achispa y habla m&#225;s de la cuenta. Do&#241;a In&#233;s le tira de la lengua, y &#233;l se deja sonsacar. Yo le escucho de buen grado, porque me dedica tiempo, y entre las ense&#241;anzas dignas y provechosas, cortas y despachadas a toda prisa, me trae cotilleos y rumores. Y, que el cielo me perdone, nunca pens&#233; que existiera un momento en el que anhelar&#237;a encontrarme en el mundo tanto como ahora, atenta a las intrigas y los traspi&#233;s.

&#191;Hay noticias? -pregunta do&#241;a In&#233;s.

Finalmente, malpari&#243; -dice el abad, con tanto sentimiento que nosotras nos sentimos obligadas a fijar la mirada en el suelo y a suspirar con &#233;l-. &#161;Estaba de Dios!

La siguiente vez -a&#241;ado yo, y el abad mueve la cabeza, afligido, porque nada desea m&#225;s que lograr un potrillo de su yegua mora preferida, y es la segunda vez que lo pierde-. Pero ya ayer barruntabais un mal final.

Estaba de Dios -repite, sumido en presagios oscur&#237;simos.

Supe que mi enfermedad no ten&#237;a cura cuando, hace dos meses, mi fr&#237;volo confesor comenz&#243; a deslizar en su conversaci&#243;n, tan propia de charlas de corte y visitas por compromiso, amables frases de consuelo entretejidas con loas a mi familia castellana.

Do&#241;a Cristina, la nuera de un hombre santo no debe temer nada en la otra vida.

Yo, que no hab&#237;a reparado en el tiempo que llevaba sin caminar y me aferraba a&#250;n a la esperanza de la sanaci&#243;n, tard&#233; alg&#250;n tiempo en escuchar lo que me dec&#237;a, y m&#225;s a&#250;n en comprender que se refer&#237;a a mi suegro, el rey Fernando.

La nuera de un rey preferido por Dios, siervo de Mar&#237;a Sant&#237;sima, al que s&#243;lo la mala ocasi&#243;n le impidi&#243; ver rematadas las catedrales que hab&#237;a encomendado, encontrar&#225; siempre una intercesi&#243;n divina.

Divertida, le segu&#237; la corriente. Qu&#233; sencillo les resulta a los sanos consolar a los enfermos.

Pero si el buen rey Alfonso inicia pronto la cruzada africana, &#191;no me beneficiar&#237;a de ello en mi muerte?

Pas&#243; entonces a hablarme de la santidad del rey Alfonso, mi cu&#241;ado.

La cu&#241;ada de un se&#241;or clar&#237;simo, a&#250;n m&#225;s amante de la Santa Madre que su santo padre, no tiene nada que temer de malignas asechanzas ni de los caminos oscuros. Sabemos, adem&#225;s, que esa cruzada tendr&#225; lugar un d&#237;a u otro.

No conoc&#237; a mi suegro, pero conozco, y bien, la bondad de mi hermano pol&#237;tico, a quien, si Dios da vida, alg&#250;n d&#237;a veremos tambi&#233;n en los altares, como toda su familia intenta al menos con un miembro por generaci&#243;n. San Alfonso el Sabio. Hijo de san Fernando de Castilla, primo de san Luis de Francia, pariente de santa Isabel de Hungr&#237;a. Una familia virtuosa, intachable. El buen abad omite que el cristian&#237;simo rey me cas&#243; con un arzobispo, cuando mi nombre era a&#250;n Kristina Haakonard&#243;ttir, para mejor gobierno de mi alma. Por lo tanto, atada a mi silla dorada e infiel, pero protegida por tanto santo aristocr&#225;tico, el camino hacia el cielo se me presenta abierto. S&#243;lo he de encargarme de morir.

Escucho a mi confesor diga lo que diga, porque mi hermana Cecilia me ense&#241;&#243; a hacerlo con todos los que se encontraran en mi entorno, y los viejos h&#225;bitos son dif&#237;ciles de desarraigar: ellos, los castellanos, que son del sur, saben negociar con Dios y con los santos de mejor manera que nosotros en el norte. Tratan con ellos con la familiaridad que les da el que compartan su apellido.

Quisiera prepararme para una confesi&#243;n general -indico, cuando considero que su mente ya se ha apartado del potrillo. El deja la copa sobre la bandeja con un adem&#225;n tan ofendido que cojo fuerzas para una lluvia de reproches entusiastas.

&#191;En eso pens&#225;is, se&#241;ora, en lugar de orar por quienes son m&#225;s desafortunados que vos?

No sabemos cu&#225;ndo nos presentaremos para rendir cuentas, y mi estado no permite abrigar muchas esperanzas. Y una deuda con lo Alto pesa sobre mi conciencia.

Yo os indicar&#233; cu&#225;ndo es tiempo para la confesi&#243;n general, y entretanto, rezad, rezad mucho, que los milagros son cosa f&#225;cil para quien alberga fe.

El venerable abad paladea el vino y elude cuidadosamente mi promesa a san Olav, que me obliga a erigirle una iglesia, como se le oculta a un moribundo que el m&#233;dico tarda, que su esposa no le ha perdonado, que sus hijos no acudir&#225;n a su lecho. Si le pregunto por c&#243;mo van los tr&#225;mites, si han reunido el dinero, si falta o sobra algo que est&#233; a&#250;n en mi mano, lo hago en el preciso momento en el que el borroso hombre ha de marcharse precipitadamente, olvid&#243; algo, aguardan por &#233;l en otro lugar, la misa se acerca. Ahora mismo noto, por sus silencios entre los sorbos, que en breve se levantar&#225;, se despedir&#225; de do&#241;a In&#233;s y de m&#237;, y no regresar&#225; en dos, tres d&#237;as. Qu&#233; mala suerte la m&#237;a. Nunca es buen momento para hablar de mi iglesia a san Olav.

Id con Dios, abad.

Quedad con &#233;l, do&#241;a Cristina.

Bajo la luz del sol observo mis manos. &#191;Es posible que esta piel amarilla, estas u&#241;as descoloridas me pertenezcan? Si levanto mi brazo a contraluz adivino el hueso bajo la carne, un esqueleto que me acompa&#241;a y me da caza para devorarme. Otra vez siento tentaciones de pedir un espejo. &#191;Y si, finalmente, mi esposo regresa a tiempo para almorzar y me encuentra as&#237;? Luego abandono esa idea: no es tiempo para caer en el pecado de la curiosidad, y de la misma manera que me avergonzaban los elogios por bonita, me doler&#237;a ahora la pena de ver mi rostro ajado.

Adem&#225;s, don Felipe nunca almuerza en nuestra casa.

Me llamo Kristina Haakonard&#243;ttir, hija y nieta de reyes, princesa de Noruega, infanta de Castilla. Me llamaban la flor del Norte, el Regalo Dorado, la Extranjera y, en los &#250;ltimos meses, la pobre do&#241;a Cristina. Me obligan a confesarme como una infeliz pecadora, aunque nunca en mi vida he hecho, en mi conocimiento, mal a nadie, y me niegan luego la confesi&#243;n, como si mi rango me privara de las tentaciones.

No me han casado con un rey, no tendr&#233; hijos que ser&#225;n a su vez reyes. De las ramas que se derivan de una familia extensa, me ha cabido el papel de una hiedra atrevida, de esas prensiles ramas de hiedra que avanzan por una pared hostil, sin hojitas tiernas, con toda certeza sacrificada al empuje de la savia central. Pero soy orgullosa, y me resisto. No trepo hacia la luz, sino hacia la sombra.

Me llamo Cristina, tengo veintiocho a&#241;os, no logr&#233; concebir hijos, y nada de eso alberga ahora la menor importancia, porque todos saben que me estoy muriendo.

He olvidado la mayor&#237;a de las flores y los &#225;rboles de mi pa&#237;s, y no he aprendido sus nombres en los nuevos idiomas que me rodean. Cada vez dudo m&#225;s al pronunciar las palabras que antes me eran &#250;tiles. Cierto es que las lenguas se comportan como los metales, y se cubren de herrumbre si no se protegen.

S&#243;lo se mantienen algunas hierbas en mi memoria. Lyng, la flor rosada del brezo, se enrosca en torno a mi lengua, aunque no he vuelto a ver el brezo desde que abandon&#233; Noruega. Hab&#237;a otras flores peque&#241;as, redondas, de colores brillantes, que no ol&#237;an: &#191;kl&#248;ver? No, era otro el nombre, pero, entonces, &#191;qu&#233; significaba kl&#248;ver?

Mi patio rebosa, en cambio, de plantas que nunca cre&#237; que existieran, porque llegaban a mi cuarto condensadas en aceites; nardo, jazm&#237;n, azahar. Para m&#237; eran perfumes. &#191;Era posible que floreciera algo tan delicado como el jazm&#237;n? Embalsamados en grasa como en la paja las naranjas, los cad&#225;veres de p&#233;talos de las flores llegaban en redomas diminutas, y las due&#241;as de confianza de mi madre las olfateaban y palpaban con una atenci&#243;n tan avariciosa, tan llena de envidia, que casi eliminaban mi placer por obtenerlos.

Mi madre, la reina Margrat, no se cuidaba de esas cosas. Despreciaba la vanidad. Mi madre, sobrina y nieta de reyes, casada con un rey, madre de rey (si san Hallvard y Nuestra Se&#241;ora interceden por mi hermano Magnus), no pens&#243; nunca que su &#250;nica hija viva no seguir&#237;a sus pasos, que no aplicar&#237;a su sabidur&#237;a a su existencia; nunca pudo imaginar que su habilidad para elegir aliados se desperdiciar&#237;a, que de nada valdr&#237;an sus consejos para confeccionar de la manera adecuada la confitura de ar&#225;ndanos y los bordados de ara&#241;a. Pero &#233;se es, en fin, el destino de las princesas: criar hijas para otros y verlas marchar sin una l&#225;grima, porque fueron criadas como enlace con costumbres y mundos ajenos.

Mi madre me destinaba, como a mis primas, como a mi hermana, a un reino vecino. Sus ense&#241;anzas fueron, por lo tanto, las propias de su familia: &#191;c&#243;mo aceptar con gracia el cortejo de un rey n&#243;rdico? &#191;Qu&#233; hacer con las pieles despu&#233;s de una cacer&#237;a, oso, alce, zorros que el marido hubiera cazado? &#191;C&#243;mo seducir al esposo en los meses propicios, de manera que los ni&#241;os nazcan en primavera y sobrevengan en sus momentos m&#225;s tiernos bajo el tibio sol del verano?

Mando pocas cartas a mi madre, y sospecho que cree que miento de continuo. Albergo la creencia de que le ser&#225; imposible creer que vivo entre flores y fuentes eternas, que el sol brilla por igual en noviembre que en junio, que los reyes moros esconden entre nosotros su oro y sus rub&#237;es, y que vivo bajo el gobierno del se&#241;or m&#225;s sabio de la cristiandad. Que aqu&#237;, en la ribera del Guadalquivir, no hay nieve.

En ocasiones le hablo de los ritos en la catedral de Santa Mar&#237;a, de la manera en la que se invoca aqu&#237; a Dios y los nombres de los santos que veneran. Hablo de los atardeceres de colores tan intensos que obligan a cerrar los ojos cuando el sol, rojo como un tiz&#243;n, se sumerge en la nada.

Le escribo en lat&#237;n, porque no hay nadie en mi casa de Sevilla que hable noruego, y supongo que eso la mortificar&#225;, porque precisar&#225; de un traductor que le transmita de nuevo mis noticias, y eso nos priva de cercan&#237;a, o de enviarle las noticias que realmente desear&#237;a que ella supiera. Imagino que me cree llena de orgullo y de &#237;nfulas, revestida de nuevas man&#237;as. &#191;Qui&#233;n me considero, para escribirle en lat&#237;n? &#191;Es que no me basta ya el noruego para comunicarme con ella? En mi familia se detestaba la ostentaci&#243;n de cualquier tipo.

Y si cree eso, para qu&#233; contarle el resto, para qu&#233; hablarle de mis dolencias, del encanto natural de mi esposo, de la falta de herederos, de mi silla de manos, de mi ajuar innecesario en una corte que presume de austeridad, de las moscas insistentes, de mi casa junto a un r&#237;o que parece fluir contracorriente y que desaparece agua arriba, del ruido constante de la corte cuando se instala en Sevilla.

Mi madre no entender&#237;a la obsesiva manera en la que los castellanos y los moros se lavan, temerosos de que el sudor del calor se confunda con el del miedo. Es una anciana y ha sufrido ya bastante. Le aguarda un &#250;ltimo dolor, pero llevo tanto tiempo alejada de ella que incluso la noticia de mi muerte ser&#225; r&#225;pidamente enterrada bajo la distancia y la fe. Ya soy una pariente lejana a la que se recuerda de tarde en tarde, qu&#233; fue de Cristina, a qui&#233;n se parec&#237;a, qu&#233; tierna de ni&#241;a, record&#225;is sus ocurrencias, a Cristina le gustaban las manzanas verdes, este vestido perteneci&#243; a Cristina, hoy hace dos, cinco, veinte a&#241;os de su entierro.

Si nuestro primer hijo es hembra, ser&#237;a mi gusto que se llamara Mar&#237;a Fernanda -le susurr&#233; a mi marido la segunda noche de esponsales-. Si Dios lo quiere var&#243;n, que se llame Felipe Magno.

El infante don Felipe sonri&#243;, remota su hermosa mirada.

Se har&#225; como dese&#233;is -dijo.

No era una cuesti&#243;n casual. Desde que, unos d&#237;as antes, lo hab&#237;a elegido entre sus hermanos, me hab&#237;a aplicado, como mi madre me ense&#241;&#243;, en complacer a mi marido de todas las maneras posibles.

Hab&#237;a indagado con toda la discreci&#243;n a mi alcance acerca de sus aficiones y sus gustos: &#191;de qu&#233; color prefer&#237;a vestidas a las damas? &#191;A qu&#233; otras hab&#237;a distinguido con su afecto? &#191;Qu&#233; platos le hac&#237;an perder la cabeza?

Por desgracia, mi marido hab&#237;a pertenecido a la Iglesia hasta el mismo momento de nuestro compromiso. Con mucha picard&#237;a, las due&#241;as a las que preguntaba ladeaban la cabeza y me observaban, como gallinas ya viejas.

No os apur&#233;is. A los hombres que han sido educados para Dios cualquier cosa les basta. A don Felipe todo le parecer&#225; bien.

En lo referente a las comidas pod&#237;an orientarme mejor: le gustaba la caza menor, pero &#250;nicamente en la mesa, porque despreciaba el desaf&#237;o que supon&#237;a para un buen tirador; el carnero muy especiado; una salsa a la manera mora para mojar el pan; los almendrados, y un refresco hecho con rosas y nieve que se hab&#237;a puesto de moda en la corte.

Para todo lo dem&#225;s hube de moverme a tientas. Adapt&#233; entonces mi car&#225;cter a su pasado, agudic&#233; mi piedad, mi humildad, y me dispuse a parir un hijo lo antes posible, para que sirviera como frontera entre su anterior vida y la nueva, y como manera de complacer al rey y asegurarnos su favor.

Se llamar&#237;a Fernanda, como el nombre de su padre, muerto en olor de santidad, adorado por todos sus hijos, y tambi&#233;n odiado por aquellos de sus v&#225;stagos que no hab&#237;an recibido por igual su amor. Mar&#237;a, bajo la invocaci&#243;n de la Santa Madre, como al rey Alfonso le placer&#237;a, por m&#225;s que &#233;l hab&#237;a mostrado devoci&#243;n por el nombre de Beatriz. Felipe, para que mi esposo iniciara una saga de hijos fuerte y valerosa. Magno, como mi hermano, y como tantos afamados reyes noruegos de ambas ramas, los birkebeiner y los bagler.

Yo sonre&#237; en la oscuridad, me despoj&#233; de la camisa y aguard&#233;, con el cuerpo tenso y las trenzas en la almohada, expuesta desnuda como lo hab&#237;a estado todo el d&#237;a vestida. Mi marido se inclin&#243; sobre m&#237;, me bes&#243; en la frente y luego me dio la espalda.

Que pas&#233;is una buena noche, do&#241;a Cristina -me dijo.


Eso fue todo entonces.

Ahora carece de importancia.


Poseen todos los hermanos los mismos ojos azules, heredados de su madre alemana. El rey y los infantes Fadrique, Manuel, Sancho, mi esposo don Felipe, las mujeres, el ausente infante don Enrique Todos ojigarzos y de espesas pesta&#241;as. Dicen que el difunto infante don

Fernando miraba de la misma manera. Algunos de ellos son altos, otros de constituci&#243;n oscura, una familia dispareja, entretejida con narices llamativas, y a los que la sangre de otros lugares ha hecho bien.

En un principio me resultaba dif&#237;cil distinguirlos, en especial a los infantes y a los nobles de segunda sangre, y eso me granje&#243; antipat&#237;as que a&#250;n perduran. &#161;Por Dios que pueden ser orgullosos los castellanos!

Esta ma&#241;ana -les dec&#237;a yo a las due&#241;as- me cruc&#233; con don Manuel, el obispo

Se&#241;ora -me cortaban-, os refer&#237;s a don Sancho. A don Manuel le mand&#243; el destino a la buena de do&#241;a Constanza.

Como si yo no lo supiera. Pod&#237;a recitar de corrido las relaciones de primeros y segundos matrimonios, los nombres de los hijos muertos al nacer y de los acallados por haberse logrado en amantes, pero ni todo el esfuerzo del estudio hubiera podido mejorar mi memoria. Todos los rostros me parec&#237;an similares. Las mujeres, con sus tocas id&#233;nticas, salvo la de la reina Violante, aparec&#237;an y desaparec&#237;an para mi desconcierto, sin un cabello suelto que me permitiera distinguirlas.

Ser&#225;s mi hermana -dijo la reina al recibirme, y yo la cre&#237;, ingenua.

Una hermana. En realidad, nunca me ha enga&#241;ado. Cuando conoc&#237; a su hermana Constanza, la infeliz Constanza de Arag&#243;n, la buena de do&#241;a Constanza que el cielo le hab&#237;a destinado a don Manuel, aquella ovejita en las fauces de los lobos azuzados por la reina, entend&#237; lo que comprend&#237;a Violante de Arag&#243;n por ser hermanas.

Los m&#237;os, todos mis hermanos, menos Magnus, han muerto j&#243;venes. Contaban con m&#225;s m&#233;ritos que yo para que el Cielo quisiera arrebatarlos, pero la balanza de la muerte, que a todos llega, tampoco me ha dado demasiada ventaja. Tard&#233; en comprender, y lo hice lentamente, con la misma dolorida sorpresa de cuando una abeja pica en un dedo y el aguij&#243;n no se percibe de inmediato, que ese destino es el que hubiera deseado Violante de Arag&#243;n para sus parientes; no creo que su rostro maquillado se hubiera alterado lo m&#225;s m&#237;nimo en la contemplaci&#243;n de su agon&#237;a. No creo que nunca haya derramado una l&#225;grima por las dolencias de Constanza, ni por las m&#237;as.

Cobrad fuerzas, por Dios -le hemos escuchado decir las dos incontables veces-. &#191;A qui&#233;n quer&#233;is asustar con vuestras historias de enfermedad y quejas? S&#243;lo logr&#225;is haceros ingrata a los ojos de quienes os quieren bien. &#191;Verdad, hijo m&#237;o? -a&#241;ade, dirigi&#233;ndose a uno de sus ni&#241;os, o al peque&#241;o que lleva en brazos-. Mira qu&#233; fea y descolorida est&#225; tu se&#241;ora t&#237;a. &#191;No te gustar&#237;a verla gorda y rosada?

Con sus fr&#237;os ojos magiares nos observa a todos, en todos gobierna. S&#243;lo he notado, en estos a&#241;os, un cambio en la luz de esas facciones, por otra parte bellas: cuando tras las semanas de acecho al rey, con sonrisas y caricias imprudentes, incluso en p&#250;blico, se dirige a nosotras, antes, mientras habitaba en su corte, de viva voz, ahora por emisario.

Hermana, alegraos por m&#237;. Si mis sospechas son ciertas, Nuestra Se&#241;ora me ha bendecido con un nuevo infante.

Las damas de sangre real nos miramos entre nosotras, reprimiendo un suspiro. Las due&#241;as estallan en ruidosas bendiciones, y ella, en el centro de la sala, recibe con calma el homenaje. Aparece ante nosotras con las cintas del brial aflojadas, como si con dos o tres meses pudiera hab&#233;rsele ya abultado el vientre.

&#191;Puede ser? &#191;Tan pronto?

&#191;No ser&#225; una indiscreci&#243;n? Apenas hace cuatro meses que alumbrasteis.

Ella, con un gesto de su barbilla, las manda callar.

Durante a&#241;os me obligu&#233; a aprender la paciencia y la resignaci&#243;n, mientras se suced&#237;an los meses sin hijos. Ahora me han premiado los cielos con el don de la fertilidad. &#191;Qui&#233;n soy yo para negarme? Que se haga en m&#237; Su voluntad.

Casi sin mirarnos se dirige a nosotras, las infantas.

Si os place, se&#241;oras, pod&#233;is comenzar a bordar el ajuar del nuevo infante.

Que nadie se llame a enga&#241;o: no es que la reina de Castilla no pueda servirse de cientos de doncellas que tuerzan, borden e hilen la lana merina, que es, por cierto, la m&#225;s hermosa y delicada del mundo. Los infantes reci&#233;n nacidos llegan al mundo en una tierra pr&#243;diga en tejidos: gusanos de seda, que morir&#225;n para que de ellos nazcan tejidos crujientes o velludos en los que se hunde la mano, se cr&#237;an en Levante. La flor del lino azul bordea hasta los caminos m&#225;s pobres, las ovejas pastan en toda la llanura central; los genoveses hacen su agosto con nav&#237;os abarrotados de fardos de tejidos orientales que los sastres convertir&#225;n en vestidos a la manera mora o cristiana.

No. De hecho, los pa&#241;ales de Holanda que cortamos, y los encajes que adornan los gorritos de los infantes, plisados por las damas, en rara ocasi&#243;n salen del arca: la reina de Castilla, la hermosa Violante, la Yolanda de los poetas que la cantan, disfruta cuando nos encuentra con la espalda encorvada sobre la labor, trabajando para ella.

Nos lo pide cort&#233;smente, aunque puede orden&#225;rnoslo, pero no le hace falta. Ninguna de nosotras nos negamos a una tarea que llevamos a cabo sin amor ni mucho oficio, salvo quiz&#225;s mi cu&#241;ada, do&#241;a Berenguela, que es un alma bendita y encuentra placer en todo. Violante desear&#237;a gobernar sobre m&#225;s mujeres, pero somos muy pocas las que vivimos en su proximidad: los hermanos del rey, salvo don Manuel, no se han casado, y las hermanas viven lejos, Leonor en Inglaterra, Beatriz en Portugal. Y yo, en Sevilla, desde hace m&#225;s de un a&#241;o no sirvo para nada. Es do&#241;a In&#233;s quien remata las prendas por m&#237;. Pobre Violante, que desear&#237;a mandar sobre los ej&#233;rcitos y se ve limitada a mangonear con los pa&#241;ales.

No os angusti&#233;is con ideas pesadas -dice mi marido-. Vivir&#233;is, si Dios quiere, y tendr&#233;is tantos hijos como gust&#233;is, porque sois joven y no hay impedimento alguno para que eso no sea as&#237;. Confiad, se&#241;ora, y recuperad fuerzas, porque el cuerpo y la mente van unidas, y no hay salud en una cabeza doliente.

Me besa entonces, en la frente y en los ojos, y se vuelve de espaldas a su rinc&#243;n de la cama. Hasta hace unos meses me despertaba a menudo, sobresaltada, porque durante la noche me abrazaba en sue&#241;os y no me permit&#237;a moverme. Muy poco a poco me deslizaba de la tenaza y manten&#237;a entre las suyas una mano, un dedo, para que durmiera protegido.

Ahora que mi estado ha empeorado me visita con la misma frecuencia, pero tiene cuidado de no acercarse bajo las s&#225;banas y que su cuerpo no roce el m&#237;o, de no aferrarse a m&#237;, de fingir que no escucha si en mitad de la noche le llamo. Mantiene los ojos cerrados con obstinaci&#243;n si han de sangrarme o si preciso de la bacinilla. Cuando despierto por la ma&#241;ana y abro los ojos estoy sola.

Hab&#233;is tenido la suerte de nacer hermosa y de que el infante don Felipe os muestre tanto amor -me dice de continuo Mariquilla, que da por buenas todas mis exigencias con tal de continuar al servicio de mi marido-. Los hombres son ligeros y tornadizos. El se&#241;or, que pas&#243; por la Iglesia, sabe honraros incluso en estas circunstancias.

Es lo que repite la familia real, de unos a otros. Felipe, que parec&#237;a el m&#225;s afortunado de todos, concita ahora la compasi&#243;n por haberse desposado con una extranjera est&#233;ril, que ni se muere ni deja de agonizar.

Me cuidar&#233; de que sepa aprovechar esa corriente de simpat&#237;a.

Hay muchos ni&#241;os en la familia real, todos lindos, reidores y malcriados. Reci&#233;n llegada, imaginaba entre ellos a mis hijos. Dicen todos, creo que por piedad, que los nacidos de Felipe y de m&#237; ser&#237;an los m&#225;s hermosos. Tambi&#233;n extienden otras maldades que se esmeran en ocultarme. Dicen que hice voto de castidad en mi infancia, que en mi matriz falta el humor c&#225;lido necesario para concebir, que la mora amante de mi marido nos maldijo cuando &#233;l la abandon&#243; para casarse conmigo.

Oir&#233;is muchos rumores falsos en esta corte -me revel&#243; don Quint&#237;n, el abad, cuando llegamos a Sevilla y se present&#243; ante m&#237;. Yo comenzaba a comprender el castellano y a comprender, parejo a ello, la magnitud de las mentiras que giraban en torno a nosotros como buitres-. En todas las cortes que he conocido se intriga, pero en &#233;sta gran parte de las fuerzas se escapan en cultivar la fantas&#237;a y hacer que los cuentos corran como manera de hacer da&#241;o.

El deber&#237;a saberlo. Es el inventor de gran parte de ellos.

Desde que soy infanta de Castilla he aprendido a no creer nada de lo que se cuenta de los notables, porque nada de lo que se dice sobre m&#237; es cierto. Pero eso no es &#243;bice para que aguarde las visitas del abad con impaciencia, qu&#233; se dice, qu&#233; critican, qu&#233; se murmura por las cocinas, cu&#225;l es la &#250;ltima maldad sobre los infantes de Arag&#243;n, sobre los reinos de Francia

Me cuentan, por ejemplo, que el rey Alfonso revienta de c&#243;lera porque hab&#237;a le&#237;do en las estrellas que el pasado a&#241;o obtendr&#237;a, por fin, la corona de Emperador. No es mal astr&#243;logo don Alfonso, pero como todos aquellos que est&#225;n demasiado cerca de sus deseos, no sabe interpretar la realidad, y la modifica como mejor le conviene. Sabido es que no hay otra cosa que desee nuestro se&#241;or m&#225;s que convertirse en Rey de los Romanos, en Emperador del Sacro Imperio, al que tiene derecho por herencia de su madre.

&#201;sa es una mala noticia para sus allegados, para su pueblo, que ver&#225; nuevos impuestos, y para todos los que dependen de &#233;l, porque su obsesi&#243;n no le permite volverse a otros problemas m&#225;s urgentes. Se habr&#225;n alegrado en cambio quienes deciden los destinos de los reinos centrales, los alemanes y el papado, que han encontrado en el rey castellano una inagotable limosnera llena de oro.

Ah, el Fecho del Imperio &#191;No les bastar&#225; a los hombres con ser reyes, que anhelan tambi&#233;n ser emperadores? Desde hace a&#241;os emisarios vienen y emisarios van por los pa&#237;ses, cargados de mensajes y de dineros para ganarse las voluntades. Diera la impresi&#243;n de que el rey Alfonso s&#243;lo sabe vivir si lo hace contra alg&#250;n enemigo: ahora, contra el Papa y Ricardo de Cornualles. Antes, contra su hermano don Enrique.

En eso el rey se comporta como mi padre. Si tuviera a bien escucharme le hablar&#237;a de lo que vi de ni&#241;a en Noruega, y de la muestra de cordura que supone retirarse de una competici&#243;n a tiempo, antes de que las fuerzas abandonen y la cabeza se obstine. Alfonso, que siempre me ha tratado con correcci&#243;n, no siente respeto ni cari&#241;o hacia m&#237;. Quiz&#225;s por mi timidez o mi mal lat&#237;n no supe gan&#225;rmelo, y ahora es tarde, porque me ve por los ojos de Violante, filtrada por los comentarios misericordiosos de los cortesanos. Tampoco yo aprecio en demas&#237;a al rey, pero como detesto en &#233;l los mismos defectos que veo en m&#237;, puedo aconsejarle bien, porque lucho contra errores similares.

Mantengo con &#233;l, como con otros fantasmas, conversaciones en mi mente. Al menos, espero que en mi mente se queden, porque hablar con el aire define al loco, y no albergo la menor intenci&#243;n de volverme loca.

Se&#241;or -le digo-, apartad la mirada de los astros y fijadla en vuestra corte, donde hierven calderos de intrigas.

&#201;l entonces me mirar&#237;a con fingida sorpresa, porque no le puede ser ajeno, tras tantas traiciones, que se gesten otras nuevas.

Olvidad el Sacro Imperio Romano -prosigo- y ce&#241;id con mano firme la corona de Castilla. Dejad, por un tiempo los versos y los pla&#241;ideros cantos galaicos, y disciplinad todo vuestro talento a la causa de vuestro reino, porque hay otros que mientras vos habl&#225;is con traductores, ellos pactan a vuestras espaldas, que mientras vos confi&#225;is, ellos traman, mientras vos escog&#233;is aliados, ellos se adelantan.

Pero mi padre, en su lecho de muerte -me responde el rey, admirado ante mi buen juicio-, me orden&#243; que mantuviera las tierras ganadas por &#233;l y que, si me fuera posible, ganara a&#250;n m&#225;s.

Ya hab&#233;is ganado bastantes -digo yo, y noto c&#243;mo el buen rey se alivia de su carga, y cierra los ojos, aliviado-. Se acab&#243; la b&#250;squeda. Se acab&#243; el Fecho.

No es propio de los grandes hombres el buen dominio de las peque&#241;as cosas; pero si contin&#250;a as&#237;, el rey Alfonso no conseguir&#225; reputaci&#243;n como sabio cuando el tiempo pase y mueran las adulaciones y los cortesanos. Comienza la casa por el tejado, en lugar de asentar bien los cimientos, y antes de haber ce&#241;ido la corona ya embarc&#243; a toda la canciller&#237;a real en el proyecto de redactar las leyes y las normas que regir&#237;an en un futuro en su imperio. No le bast&#243; con el Fuero Real y con El esp&#233;culo de las leyes, que ya qued&#243; incompleto, y ha iniciado la redacci&#243;n de siete partidas.

Cada cierto tiempo, el rey despacha con los mejores, entre ellos con el maestro Jacobo y el jurista Fernando Mart&#237;nez de Zamora, para ver la marcha de estas partidas. M&#225;s oro. M&#225;s tiempo perdido. El pueblo se queja de tantas leyes, que poda antes de que hayan florecido, para plantar otras en su lugar. Tantos cambios consumen gran parte de su inteligencia, y si nadie le aconseja bien, don Alfonso no habr&#225; logrado lo que, como rey, hubiera podido asegurar a sus hijos y a su pueblo.

No hay nada m&#225;s triste que morirse solo -desear&#237;a decirle a ese fantasma del rey que viene a verme en mi mente-. Pero yo me prepar&#233; para ello cuando dej&#233; mi pa&#237;s y no encontr&#233; mi sitio aqu&#237;, y vos, se&#241;or, aqu&#237; nacisteis, aqu&#237; hab&#233;is engendrado una docena de hijos, aqu&#237; habr&#233;is perdido todo lo que se os dio.


No recuerdo cu&#225;ndo apareci&#243; en mis fantas&#237;as la evidencia del matrimonio: debi&#243; de ser, por fuerza, a una edad muy temprana, porque cuando Cecilia se cas&#243; con Gregorius, yo entend&#237;a perfectamente a qu&#233; se compromet&#237;a mi hermana. Acababan de destetarme, y andaba yo como suelen hacerlo los ni&#241;os cuando los privan de cari&#241;o y alimento, como un animalillo en busca de calor. Lloraba por cualquier cosa y me entraban accesos de timidez, me escond&#237;a detr&#225;s de las faldas, pero tambi&#233;n era capaz, de pronto, de una osad&#237;a que divert&#237;a a mi padre, de ofrecer respuestas ocurrentes y de un razonamiento muy alabado en una criatura.

Puedo llevarla conmigo a todas partes -presum&#237;a mi madre-, y no me avergonzar&#225;.

Estrenaba un vestido nuevo de mangas largas y una coronita de plata, regalo de mi madrina, y aguardaba junto a mi madre a que la comitiva de la novia entrara en la capilla. De vez en cuando, un manotazo de mi madre me advert&#237;a de que era tiempo de que dejara de chuparme el pulgar. Cuando la ceremonia termin&#243;, me acercaron para que le diera un beso a Cecilia. Entonces (y lo han contado mis hermanos, lo narraban mis hermanos fallecidos, mis primos, mis padres, he sido causa de risas y se ha mezclado ese recuerdo feliz con las l&#225;grimas), me aferr&#233; al cuello de mi madre y me ech&#233; a llorar.

No, no -gimoteaba, mientras rechazaba a mi hermana, a quien quer&#237;a por encima de todas las cosas.

Cecilia, tambi&#233;n con los ojos rebosantes, intentaba abrazarme.

Kristina, soy yo, no llores. Ven, ven.

Yo la mir&#233;, a&#250;n asustada.

&#191;Qui&#233;n eres?

Porque yo encontraba que aquella muchacha con los mismos ojos y la misma voz que Cecilia no pod&#237;a continuar siendo la misma despu&#233;s de que la entreg&#225;ramos a otra familia, su cabello cubierto porque ya no era una doncella. No comprend&#237;a tampoco los celos que me enfadaban al ver que un desconocido la tomaba de la mano y c&#243;mo unos extra&#241;os la besaban. Tampoco yo era del todo yo con mi vestido verde nuevo; nada transcurr&#237;a como de costumbre, y nadie era quien parec&#237;a ser.

Qu&#233; felices &#233;ramos entonces, y qu&#233; bondadoso fue Dios al ocultarnos que lo &#233;ramos. Recuerdo (o, m&#225;s bien, recuerdo que recuerdo, los rostros borrosos, las frases claras) que esa tarde todos comimos hasta reventar, incluso Olaf, siempre melindroso y vigilado por mi madre, debido a su est&#243;mago delicado. Los ni&#241;os jugamos y bailamos hasta caer rendidos: Sigurd viv&#237;a, y Olaf viv&#237;a, y Haakon viv&#237;a, y Magnus era un beb&#233; que me llenaba de orgullo, porque por fin, gracias a &#233;l, yo hab&#237;a dejado de ser la menor.

Fue la boda m&#225;s hermosa que recuerdo, la &#250;ltima del verano, la de la novia m&#225;s delicada y la alegr&#237;a m&#225;s genuina, porque los esposos se amaban y, adem&#225;s, esa uni&#243;n sellaba la &#250;ltima herida que podr&#237;a quedar entre nuestro linaje y los enemigos, ya que Gregorius Andresson era un bagler.

Mi madre sonre&#237;a entre dientes al hablar de mi boda.

Yo hubiera deseado contar con un tercio de tu suerte -explicaba, si yo le preguntaba algo, o si alguien insinuaba una palabra al respecto.

Me miraba a veces con sorpresa, como si no recordara que hab&#237;a dado a luz a una hija y se la encontrara de pronto, ya crecida, ante sus ojos. Quiz&#225;s fuera as&#237; y, con la atenci&#243;n dedicada a asuntos m&#225;s urgentes, olvidara que yo exist&#237;a.

Tendremos que sortearte -dec&#237;a- o iniciar una guerra nueva para escogerte marido entre los pretendientes que sobrevivan. Cuando yo era ni&#241;a pod&#237;a caminar durante tres d&#237;as sin ver un hombre en las aldeas vac&#237;as, atestadas de viejos y mujeres.

Ella, que sab&#237;a de las debilidades de la vanidad masculina, se esmeraba mucho en hablar as&#237; cuando mi padre se encontraba cerca, con la voz apenas m&#225;s alta que de costumbre, pero clara. Cantaba como un p&#225;jaro, y su voz era uno de sus encantos m&#225;s celebrados.

Era cierto que mi padre hab&#237;a rematado las guerras civiles, que hab&#237;an cesado las matanzas entre hermanos y que, como suele ocurrir en tiempos de paz tras el horror de la muerte, en el a&#241;o de su boda hab&#237;an nacido m&#225;s ni&#241;os que durante el siglo anterior.

Noruega criaba ni&#241;os, los ve&#237;a gatear, brotaban de las esquinas, ped&#237;an pan y calentaban las rodillas de sus abuelos, que hab&#237;an cre&#237;do que el mundo se acababa con ellos. Para cuando cumpl&#237; los quince a&#241;os, eran tantas las posibilidades de entroncar con familias notables que mis padres perdieron cuidado. Yo era la &#250;nica princesa real (mi padre, por mucho que amara a Cecilia y a su madre, no le hab&#237;a otorgado ese privilegio) y no ten&#237;a prisa por abandonar mi hogar.

S&#243;lo te casar&#233; -hab&#237;a prometido mi padre- cuando encuentre algo m&#225;s valioso que el oro por lo que cambiarte.

No te creas todo lo que te dice -advert&#237;a mi madre-. Te ve con los ojos de padre. Cuando se vea obligado a mirarte con atenci&#243;n de rey, no te duelas si no puede cumplir esa promesa absurda. Te casar&#225;s con quien sea menester, como todas hemos hecho.

Quiz&#225;s eso me haya hecho distinta a las mujeres de aqu&#237;, a las castellanas, el vivir rodeada de varones, el no considerarlos m&#225;s importantes que a mis due&#241;as, o a los cocineros que preparan las gachas del almuerzo. Aqu&#237;, en los reinos del sur, los hombres caminan con mucho estruendo y, en ocasiones, ni siquiera se quitan las espuelas, para que sus piernas, muy separadas, marquen al andar el bulto bajo sus calzas. Esta es una corte abarrotada de j&#243;venes solteros, de obispos que no deseaban serlo, de viudos y de impedidos, una corte que respira deseo y violencia. Quiz&#225;s tambi&#233;n lo era la de mi padre, y yo miraba hacia otro lado. No lo asegurar&#237;a. Nunca me han interesado los hombres lo suficiente como para dedicarles demasiado tiempo.

Mis cu&#241;adas los adoran; viven para ellos, se pintan para ellos, respiran por ellos. Tratan por igual a sus hijos y a sus maridos, con una mano de hierro barnizada de lisonjas. Si tienen amantes, me los ocultan, con una extra&#241;a hermandad de raza que hace que le escondan sus debilidades a la extranjera. Violante, que lamenta amargamente no haber nacido con vello y verga, halaga a los guerreros y desprecia de manera sutil a los sabios que su marido atrae a Sevilla. Sabe bien que unos son inseguros y los otros arrogantes, y que la mejor medicina para el inter&#233;s es negarles a unos lo que tienen y ofrecerles a otros aquello de lo que carecen. En consecuencia todos, militares y escolares, la persiguen y mueren por ella, unos para obtener m&#225;s miel de sus labios, otros por conseguirla al menos una vez.

Ella, con ojo experto, admira a mis esclavos moros y me recomienda que los castre.

Son muy hermosos, y os dar&#225;n disgustos.

S&#233; que me envidia a mi negro, y sus insinuaciones para que se lo regale, o para que le regale un v&#225;stago de &#233;l me han abrumado; pero ya hace tiempo que finjo no comprender los requerimientos de Violante, a menos que sean claros y evidentes.

Le gusta tambi&#233;n el m&#225;s joven de ellos, un muchachito de Berber&#237;a, con los ojos verdes de un gatito y al que la Muda protege con la obstinaci&#243;n de un animal reci&#233;n parido. No son parientes ni, por lo que me han contado, tienen trato carnal, aunque el chico abandona a veces su cama para deslizarse en la de la Muda, y lo encuentran all&#237;, ovillado, cuando llega la ma&#241;ana. Me dar&#237;a pena castrar a esa criatura, y Felipe opina de la misma manera. Todos ellos han sido tan bien elegidos, poseen tan rara perfecci&#243;n f&#237;sica, que ser&#237;a una l&#225;stima no sacarles cr&#237;a.

En una ocasi&#243;n, cuando yo era ni&#241;a, uno de nuestros esclavos encontr&#243; un santo. Aquello era impropio de esas zonas, h&#250;medas y mar&#237;timas, pero lo sab&#237;amos posible porque en otros lugares pantanosos no resultaba infrecuente encontrar un cuerpo incorrupto, conservado por la mano de Dios entre la turba y las inmundicias de los p&#225;ramos. El santo mostraba la piel pegada a la calavera, los dientes intactos, una sobria vestidura de c&#225;&#241;amo y lana y un pedazo de soga a&#250;n prendida al cuello.

Los sacerdotes nos dijeron que habr&#237;a sido martirizado durante los a&#241;os de san Olav; era un cristiano obligado a renunciar a la verdadera fe y por ello asesinado de la manera en la que lo hac&#237;an los antiguos noruegos, entregados al culto de Od&#237;n: ahorcado.

Cortaron peque&#241;os pedacitos de la vestidura del santo, en buena hora, porque pocos d&#237;as despu&#233;s de llegar a la corte el cuerpo comenz&#243; a desmenuzarse y se convirti&#243; en polvo. Mi madre mand&#243; hacer un relicario para que cada uno de nosotros llev&#225;ramos cerca del coraz&#243;n los trocitos de tela y las briznas de u&#241;a y cabello que lograron arrancarle.

Hemos sido testigos de un milagro -me dijo-, no lo olvid&#233;is nunca, y dad fe de ello, como ordena nuestro se&#241;or.

A veces, en la enf&#225;tica manera de expresarse de mi madre, las palabras se confund&#237;an. &#191;Hablaba de Nuestro Se&#241;or Jesucristo o de mi padre, Haakon Haakonarson? Durante a&#241;os no fui capaz de distinguir si era mi padre, el rey, el que multiplic&#243; los panes y los peces cuando fue necesario, o si el lugar preferido de mi Salvador era nuestro diminuto palacio de las islas Oreadas.

Ahora pienso que, posiblemente, no hay diferencia.

Los dos lograron acabar con el hambre, los dos aman esa tierra hermosa y maldita diseminada por el mar del Norte.

De las Oreadas proced&#237;a la primera mujer de mi padre, con la que nunca lleg&#243; a casarse, la madre de Sigurd y Cecilia. De ella luc&#237;an el pelo rojizo y el cuello largo. Se llamaba Kanja. Kanja la Joven.

Mi padre recordaba, en las noches de nostalgia, en las que la bebida le soltaba la lengua a&#250;n m&#225;s que de costumbre, c&#243;mo se hab&#237;a encontrado con ella en mitad de aquellos islotes &#225;ridos, en los veranos sin oscuridad de las Oreadas. Era una muchachita que hab&#237;a entrevisto entre las cortinas de las puertas, siempre abiertas. Contaban que nunca domin&#243; el noruego por completo, que insertaba palabras desconocidas y modales inusuales, y que era eso lo que dominaba a mi padre, como si le invitara a la conquista de otras tierras &#225;ridas y salvajes. All&#237; acababa el arco iris. All&#237; comenzaba el otro mundo conocido.

No era tan joven -replicaba mi madre, a la que si le impiden la entrada en el cielo ser&#225; por otras razones, pero no por la murmuraci&#243;n cuando se mencionaba a Kanja-. Cuando yaci&#243; con tu padre hab&#237;a cumplido al menos los diecisiete; pero como ocurre con las mujeres vulgares, su cuerpo era tan sutil y su piel tan gruesa que soportaba los rigores del tiempo con m&#225;s fortuna que otras.

Sus comentarios sobre Kanja menudearon cuando Cecilia se cas&#243; y, por lo tanto, mi hermana no pod&#237;a escucharla, y se hicieron constantes a medida que la edad le arrojaba sobre las espaldas pliegues en el rostro.

Adem&#225;s, &#191;qui&#233;n dice que aquel encuentro fuera casual? Entonces a los hombres les preparaban trampas, y alguien deb&#237;a conocer bien los gustos de tu padre. Conven&#237;a que encontrara un v&#237;nculo en las Oreadas, porque desde que aquella mujer comparti&#243; el lecho real las islas, que se pudr&#237;an de miseria, hab&#237;an florecido, y el bolsillo de tu padre parec&#237;a tener siempre una raja por la que manaba dinero.

Kanja muri&#243; con un hijo atravesado en el vientre, y unos meses m&#225;s tarde, mi padre despos&#243; a mi madre. Se llev&#243; consigo a Sigurd y a Cecilia, y mi madre se mostr&#243; con ellos constante y generosa. Pero era humana. De vez en cuando aleteaban los celos en su frente, cuando mi padre se emborrachaba y a&#241;oraba a su Kanja de modales bruscos. Ella observaba con ansia si yo era de mayor estatura, de rasgos m&#225;s claros que Cecilia, si Olaf o Haakon aventajaban en cualquier disciplina a Sigurd.

Nosotros no venimos de una isla -dec&#237;a de vez en cuando, como si fuera para s&#237;.

Ten&#237;a raz&#243;n. A diferencia de las otras mujeres que hab&#237;an conquistado a nuestros reyes, nacimos en firme. Una lengua de tierra nos une a un continente, poseemos lo m&#225;s provechoso del mar y lo m&#225;s granado de las monta&#241;as, y tampoco he acabado yo, como otras princesas de m&#233;rito, en una isla. Castilla apenas huele el mar, lo anhela en las irregulares mareas del Guadalquivir. Ya me he acostumbrado. Bastante he llorado por la sal, por las piedras golpeadas y la libertad de marcharse con el agua.

La &#250;ltima vez que vi el mar fue antes de arribar a Francia, hace cuatro a&#241;os, antes de mis desposorios. De ni&#241;os, una tarde de siesta se nos antoja una p&#233;rdida irreparable. Ahora, cuatro a&#241;os en mi vida no son sino un parpadeo, una respiraci&#243;n, el momento necesario para reflexionar y, de pronto, emitir un cambio repentino de criterio.

Mi hermana, en cambio, nunca se alej&#243; del mar; por mar regres&#243;, viuda, alg&#250;n tiempo m&#225;s tarde, y de la misma manera parti&#243; tras su segundo matrimonio hacia las islas H&#233;bridas con su relicario de coral, las arcas con ropa nueva, las bendiciones del obispo y, nuevamente, las l&#225;grimas de quienes la am&#225;bamos.

Pero, pens&#225;ndolo con calma, quiz&#225;s no sea una mala idea mantenerme alejada del agua. Del agua, de los viajes, del poder, de la dicha. De todo lo que pueda ahogarnos y, con un golpe, alejarnos del goce.

A&#250;n me chupo el pulgar, a veces. S&#243;lo lo hago porque anhelo el manotazo corrector de mi madre.


Nac&#237; en Bergen, la ciudad de las siete colinas. Rodearon mi cuna de amuletos, para que creciera con salud, y de gatos, para que ni una rata ni un rat&#243;n impuro pudieran llegar desde el suelo a m&#237; y contagiarme la peste o cualquiera de las enfermedades de las ciudades portuarias. Mi madre recordaba con sonrisas las veces en las que me encontr&#243; abrazada a una gata enorme, listada, que me cre&#237;a su hija, y me lam&#237;a las orejas y las manos, y bufaba si mis hermanos se acercaban para mirarme, brava y dulce.

No he encontrado ciudad m&#225;s bella que aquella en la que nac&#237;. A Sevilla, donde el ruido nunca cesa, le faltar&#237;a el encanto sin sus naranjos. En las tardes de calor, el sol destroza lo que encuentra a su paso, y los miasmas del r&#237;o impiden respirar. Burgos es una calzada levantada, a la espera de que rematen su catedral.

De Bergen no recuerdo defectos. El mar la abraza, y la nieve la observa a distancia, y en la ladera que asciende por el puerto las casitas de madera se guardan de la humedad con barnices de colores. Los pabellones y las casas de piedra que mi padre orden&#243; erigir sirven como cortafuegos y como se&#241;ales de que los tiempos modernos han llegado a la vieja ciudad. Llueve con generosidad, y eso hace que salgamos a bendecir cada rayo de sol y mantengamos los alimentos bien custodiados, como si los preserv&#225;ramos en altares. Cada comida es sagrada, al fin y al cabo. Los &#225;rboles crecen con rapidez, cierran en un parpadeo los claros que los le&#241;adores causan, y los fiordos guardan secretos que no ser&#225;n nunca revelados. Se puede confiar en los fiordos. Nunca devolver&#225;n un cad&#225;ver, ni un barco que se traguen, ni un deseo arrojado a sus aguas.

Sevilla, Dios la guarde, es blanca y verde, blanca y azul, blanca y grana. Las vetas de m&#225;rmol de mi patio deslumbran bajo el sol, y s&#243;lo encuentran como oposici&#243;n perpetua un verde de mirto y el borbot&#243;n de color de las buganvillas. Qu&#233; caprichosa, qu&#233; vana soy. Mis padres dar&#237;an lo que fuera por este momento de esplendor, por esta flor rosa, por este sol prematuro. Sus huesos ya cansados se alimentar&#237;an de la luz que brota de cada esquina de mi casa. Y yo, absurdo ser, gozo de todo lo que desear&#237;an de mi tierra y me devora la nostalgia, anhelo la nieve, la lluvia, la aspereza, cualquier cosa que me aleje de lo que tengo.

Mi tierra. Mi pa&#237;s. Mi ciudad. Mi familia, mi madre, mi lengua, mis costumbres. Todo aquello que fui, mis a&#241;os de ni&#241;a y mis miedos de mujer, mi padre, mis secretos escondidos, el rinc&#243;n del jard&#237;n en el que enterramos a mi hermano Olaf. No tengo nada de eso, se me ha escapado entre las manos, lo he dejado marchar sin una queja, convencida de que era mi deber. Y con ello he dejado jirones de alma, hasta que &#250;nicamente la parte m&#225;s mezquina de m&#237; (mi cuerpo mortal, mis pieles, las joyas que me traje) ha permanecido y se estira y esponja ahora al sol, sin peso ni consistencia.

Amigas -pregunt&#243; don Felipe, mi esposo, el mismo d&#237;a en el que nos prometimos-. &#191;Os acompa&#241;a alguna?

No -dije yo, y por un momento pens&#233; en Astrid, y luego el pensamiento se esfum&#243; y ya no hubo nadie.

&#191;Due&#241;as?

Las que orden&#233;is.

&#191;Parientes? -dijo, y yo no fui capaz de comprender esa palabra-. Familia. Deudos.

S&#237; -respond&#237;. Y luego, r&#225;pidamente, a&#241;ad&#237;-: No, no. Ninguno de ellos me acompa&#241;a. Los que me trajeron hasta aqu&#237; han regresado. No tengo a nadie. Me presento sola ante vos.

As&#237; es -a&#241;adi&#243; &#233;l, tras una pausa-. Pero ahora pertenec&#233;is a la corte de Castilla. Vuestra nueva familia no os abandonar&#225; jam&#225;s, y no tendr&#233;is que temer nunca a la soledad.

Mi coraz&#243;n quiso leerlo como una declaraci&#243;n de amor. Mi mente, aviesa, m&#225;s r&#225;pida, me alert&#243;. Como un animal, se aprest&#243; a huir. Como un animal, se someti&#243;, mordi&#243; el anzuelo, baj&#243; la testuz.

Es cierto, desde ese momento nunca he estado sola: me han observado y atendido, me han sopesado, han contado los pedazos de carne que ingiero, las copas que bebo, las varas de hilo que gasto. Calculan ahora cu&#225;nto queda para mi muerte. Como una vaca vieja, aguardo en el centro del patio, bajo el sol, el momento del sacrificio.

Los birkebeiner estamos acostumbrados a la muerte: no tememos inmolarnos, no sentimos miedo ante la muerte. Nosotros, los v&#225;stagos m&#225;s j&#243;venes, hemos perdido la costumbre de convivir con el dolor, pero a la menor provocaci&#243;n, en cuanto un rasgu&#241;o de la piel delicada hace que surja el hueso m&#225;s profundo, recuperamos la dureza y el esp&#237;ritu frente a las dificultades.

Nos tallaron as&#237; los infinitos a&#241;os de lucha contra los bagler, las acechanzas y la supervivencia de los que no comet&#237;an errores, los que eran valientes y persistentes. A los bagler tampoco les faltaban esas virtudes. Si no hubi&#233;ramos estado tan igualados, la guerra civil hubiera durado mucho menos, y hubi&#233;ramos sangrado menos, y la mente hubiera inventado menos leyendas y mentiras para justificar los hechos.

Cuando un bagler joven ca&#237;a, mor&#237;an con &#233;l sus hijos, y los hijos de sus hijos, y los nietos de sus hijos. Cuando un birkebeiner era asesinado, sus hermanas, su esposa, su propia madre se afanaban en concebir otro que le reemplazara, y en que creciera pronto, casi sin infancia.

Salid -animaban las viejas a las mujeres f&#233;rtiles, a&#250;n con la sal de las l&#225;grimas en las mejillas-, vest&#237;os como para un d&#237;a de fiesta, elegid un hombre fuerte y yaced con &#233;l. El que se ha ido no volver&#225;.

Y las mujeres, atontadas algunas por los narc&#243;ticos que tomaban para amortiguar el dolor, o tan serenas como si hiciera mucho tiempo que supieran la muerte del hermano, del marido, del cu&#241;ado, se daban color en los labios, se trenzaban el cabello y obedec&#237;an.

Los birkebeiner se casaban en cuanto ten&#237;an edad para ello, se les animaba a que pre&#241;aran a todas las mujeres posibles. Durante aquellos a&#241;os se aboli&#243; la diferencia entre mujeres y concubinas, entre bastardos e hijos legales: no hab&#237;a tiempo para delicadezas propias de los tiempos de paz. Cuesta mucho criar a un hombre, y no lleva m&#225;s de un instante matarlo. Luego a m&#237; se me ense&#241;ar&#237;a lo que ocurre entre un var&#243;n y una mujer como si fuera un secreto, con las yeguas y las vacas, pero aqu&#233;llos eran tiempos sin delicadezas, en las que el mayor pecado era no parir hijos vivos.

S&#243;lo hab&#237;a uno mayor: concebir, por amor, por violencia o por error, un hijo del otro clan.

Birkebeiner.

El que se hace sus propios zapatos.

El que trabaja el corcho.

Aquel que, sin una moneda para el cuero, la piel, la suela, protege sus pies con corcho, con cortezas, con pedazos de cuero viejo y de abedul.

Nosotros, mi antigua, noble y venerada familia, &#233;ramos birkebeiner. La abuela Inga lo dictamin&#243;.

Fue una buena elecci&#243;n. Conoc&#237;a bien a los bagler, porque hab&#237;a nacido en su territorio, y con ellos se mor&#237;a de hambre. Cambi&#243; de bando y con ello salv&#243; a mi padre y nos asegur&#243; la vida a todos. Los birkebeiner fueron tambi&#233;n responsables de ese movimiento, tambi&#233;n lo decidieron a su manera, la empujaron sin dudar hacia el lado correcto. Las resoluciones tomadas cuando no hay nada que perder suelen resultar acertadas. &#201;sa ha sido una de mis tragedias, haber nacido bajo un techo cuando eran necesarios el hambre, el fr&#237;o, para no errar.


Era la abuela Inga astuta, fruto de su tiempo, como lo soy yo del m&#237;o. La h&#225;bil, misteriosa, &#225;spera abuela Inga.

Nunca me cre&#237; del todo su historia, que formaba parte ya de las leyendas de Noruega. Era tan extra&#241;a y tan conveniente que s&#243;lo pudo haberla inventado. Debi&#243; de haber sido joven entonces, supongo. Puede que linda. Yo la recuerdo flaca pero muy vigorosa, con brazos de hombre, tan cubierta de joyas de &#225;mbar como si se cobijara con un peto, con el cuello envuelto en sedas, cuchicheando al o&#237;do de mi padre, con una mirada de desprecio a los nietos que a veces, por error, nos cruz&#225;bamos con ella.

No molestes a la abuela -nos dec&#237;an, y a veces ella nos dedicaba la misma frase, seca, distante en su h&#225;bito de hablar de s&#237; misma en tercera persona.

En mis pesadillas aparec&#237;a su rostro sereno, surcado por preocupaciones superiores, con las cejas fruncidas, y sus manos encogidas en un pu&#241;o, con la piel tan tensa que las u&#241;as deb&#237;an ser recortadas con todo esmero, para que no crecieran a trav&#233;s de la palma.

Entiendo, ahora, desde la distancia, que la abuela mintiera para salvar su vida. La imaginaba, alta y flexible, de colores frescos, pero no m&#225;s bella ni m&#225;s h&#225;bil que cualquiera de las chicas de su aldea. Era una traidora: en tierras de los bagler, accedi&#243; a encontrarse con un birkebeiner, nada menos que el rey de su facci&#243;n. Durante a&#241;os me pregunt&#233; c&#243;mo hab&#237;a sucedido, si cre&#237;a en la causa liberal, o si encontraba irresistible a mi abuelo, o si la obligaron a entregarse a los soldados enemigos. Luego descubr&#237; otras verdades de la verdad.

La leyenda, la historia que se contaba y que imagino que a&#250;n se contar&#225; en Noruega, era &#233;sta: Inga de Varteig, una campesina que no sab&#237;a ni siquiera hablar otra lengua que su dialecto, hermosa, fuerte y trabajadora, se las arregl&#243; para atraer la atenci&#243;n de mi abuelo, Haakon III, el mejor de los hombres de su era.

&#201;l no lo sab&#237;a, no lo sab&#237;a ella mientras acced&#237;a al deseo del se&#241;or, pero a Haakon III no le quedaba demasiado tiempo de vida. Era joven, cre&#237;a, como todos los de su familia, que el tiempo para el amor era corto y para el matrimonio, eterno. Cuando muri&#243;, apenas un a&#241;o m&#225;s tarde, el &#250;nico heredero con razones para aspirar al trono era el que se mec&#237;a en la cuna de Inga.

As&#237; contaban la versi&#243;n m&#225;s breve, y la m&#225;s popular: la abuela Inga, en la flor de sus a&#241;os, entregada al amoroso abrazo del abuelo Haakon, en el r&#237;o, junto al pozo, protegidos por la hierba alta del prado. &#191;Qui&#233;n pod&#237;a resistirse a esa fuerza? Una joven que se jugaba la vida al escaparse para ver a su amado, un guerrero que se enamor&#243; lo suficiente como para infiltrarse a escondidas en tierras enemigas, y luego, un ni&#241;o nacido del amor en los tiempos de la muerte constante.

No hubi&#233;ramos sido una familia sin la protecci&#243;n del Se&#241;or.

La abuela hizo lo posible porque el ni&#241;o no naciera -ha contado siempre ella, sin ocultarnos detalles-. Me clav&#233; agujas, me atraqu&#233; de perejil y de ruda, me arroj&#233; ladera abajo una y otra vez. Nada result&#243;.

Lejos de sentirse avergonzado, mi padre re&#237;a a carcajadas. Le parec&#237;a un buen presagio el que su madre hubiera intentado matarle y que &#233;l hubiera sobrevivido.

&#161;No result&#243; nada! -repet&#237;a, como si hubiera escuchado el mejor de los chistes.

Qu&#233; hombre extra&#241;o, capaz de perdonar la mayor ofensa y de castigar un delito insignificante. &#201;l decid&#237;a el bien y el mal, qu&#233; pod&#237;a ser divulgado y qu&#233; conven&#237;a callar. El rey no se equivocaba. Cuando era una ni&#241;a albergu&#233; el est&#250;pido deseo de pillarle en falta alguna vez. As&#237;, yo podr&#237;a sacarle de su error.

Luego me di cuenta de lo ego&#237;sta de mi petici&#243;n. Para que mi capricho se hiciera realidad, un rey justo deber&#237;a cometer un fallo y herir a su pueblo. Rec&#233; para que mi deseo fuera revertido. No fue as&#237;.

A&#241;os m&#225;s tarde, durante un noviembre helado, con mi capucha de piel y las manos en un manguito de zorro, fui testigo de c&#243;mo el verdugo cortaba la cabeza de un caballero joven y ambicioso al que una petici&#243;n real hubiera ahorrado la muerte. No me atrev&#237; a hacerlo. El mozo se me hab&#237;a aproximado torpemente antes de subir al pat&#237;bulo.

&#161;Interceded por m&#237;, princesa! -me suplic&#243;-. Me he juntado con malas compa&#241;&#237;as, que han hecho que me desv&#237;e de lo justo, pero nunca he conspirado contra el rey.

Era feo, ten&#237;a la piel plagada de pus y suciedad. Dud&#233;. Le cre&#237;, el acento de sus palabras escond&#237;a la verdad.

Hubiera podido salvarle. Lo envi&#233; a la muerte porque no me agrad&#243;, porque no deseaba que nadie uniera mi nombre al suyo. Porque hac&#237;a fr&#237;o y mis zapatos ten&#237;an las suelas demasiado finas, porque me hab&#237;a convertido en el centro de atenci&#243;n una ma&#241;ana en la que no estaba preparada para ello.

Ganamos todos: mi padre hered&#243; sus tierras, parcelas ricas del este, y una salina que comerciaba con Rusia. Sus padres, privados de heredero, vivieron seguros bajo la mano suave de mi rey, que nunca se ensa&#241;aba con los vencidos, y sospech&#233; cierto alivio bajo el duelo de su madre, que se recuper&#243; sorprendentemente pronto de la p&#233;rdida de un hijo aturdido, ambicioso y errado.

De estas cosas no hablo nunca. Nadie me pregunta, pero con un poco de astucia me resultar&#237;a sencillo hac&#233;rselo ver a mi marido, y que supiera as&#237; que su mujer goz&#243; de poder y autoridad sobre la vida y la muerte, que no es &#250;nicamente piececitos curvos, cabellos dorados y cintura estrecha. Lo har&#237;a y lo anunciar&#237;a al mundo y me servir&#237;a para acercarme un poco m&#225;s a la posici&#243;n de Violante; pero en lo que yo soy, para lo que yo valgo, &#191;de qu&#233; sirve haber dispuesto sobre la vida y la muerte?

Pero, antes de perderme en mis pensamientos, yo refer&#237;a la historia de la abuela Inga, del abuelo Haakon. Aunque debieran serlo, no son la misma historia en absoluto. El era rico, ella, una mendiga. El nacimiento del abuelo hab&#237;a sido aguardado con expectaci&#243;n, el de ella, posiblemente fuera recibido con verg&#252;enza. El abuelo

Haakon naci&#243; con rango real, aunque era hijo de la amante de su padre, el rey Sverre.

Nunca supimos qui&#233;nes fueron los padres de la abuela, que se qued&#243; hu&#233;rfana cuando ni&#241;a. En realidad, aunque recitamos cada detalle de la vida de los hombres de mi familia, y los han seguido poetas que cantan sus haza&#241;as, y leyendas que las contradicen, y conocemos sus m&#233;ritos por detractores y fieles, no dedicamos apenas atenci&#243;n a las mujeres que les dieron el poder.


Mi bisabuelo, el rey Sverre, por ejemplo, naci&#243; de manera misteriosa, se cri&#243; alejado de la corte, en las islas Feroe, y no supo que era hijo de reyes hasta que un d&#237;a le atormentaron las pesadillas.

En las islas Feroe el liquen amarillo crece pegado a la roca y no hay nada verde, salvo la lengua de los musgos, eternamente h&#250;medos. Las ballenas son tan mansas que se entregan a la muerte sin resistencia, y los habitantes las descuartizan mientras hablan entre ellos en norn. En ocasiones, los bancos de bacalaos llegan hasta all&#237;, desorientados. Cuentan que hace muchos siglos, azotados por la hambruna, sus habitantes se dirigieron a san Olav, y &#233;ste comenz&#243; a rezar, a rezar, asomado a uno de los riscos.

Entonces, miles de peces plateados saltaron sobre la costa por s&#237; mismos, invocados por nuestro santo. Y desde entonces no ha habido m&#225;s hambre, porque cada cierto tiempo los bacalaos son tantos y tan grandes que viajan al sur envueltos en sal, para salvaci&#243;n de las Feroe y mayor gloria de san Olav.

No hay nada en las Feroe, salvo caba&#241;as de pescadores que buscan abrigo entre las rocas. Sin embargo, en lo alto de las colinas desnudas a&#250;n se desmoronan tras cada tormenta los dos monasterios de monjes irlandeses que, antes que san Olav, acudieron a esas tierras remotas para predicar la palabra de Cristo. En uno de ellos habitaba el bisabuelo, con su t&#237;o, el obispo, que deb&#237;a convertirlo en un hombre de letras.

El bisabuelo Sverre no conoc&#237;a m&#225;s casa que aquel monasterio, salvo algunos recuerdos, muy tenues, del dormitorio que compart&#237;a con su madre en una aldea del oeste, cuando apenas levantaba dos palmos. Era un muchacho listo, mucho m&#225;s despierto que lo habitual a su edad; su t&#237;o, contra toda l&#243;gica, se negaba a que ahondara en los misterios de la Iglesia.

Yo cre&#237;a -se quejaba &#233;l con sus amigos- que de algo me servir&#237;a ser el sobrino del obispo. Y veo, en cambio, que cada d&#237;a se me presenta una dificultad nueva, y que no importa lo que estudie ni lo que pene. Vosotros avanz&#225;is, y yo me quedo atascado, sin reconocimientos ni m&#233;ritos.

Con la espalda apoyada contra las rocas de uno de los claustros, escondidos en la oscuridad y muertos de sue&#241;o, los amigos lo consolaban; su situaci&#243;n despertaba simpat&#237;as en todos.

Tu t&#237;o debe de albergar alg&#250;n prop&#243;sito secreto -comentaban-, porque resulta demasiado obvio que te humilla de manera deliberada, y es un hombre de buen juicio como para incurrir en una conducta tan deshonrosa. Ten paciencia.

Paciencia -rumiaba &#233;l-, junto con la prudencia, la virtud de los cobardes.

De cuando en cuando el obispo lo encontraba con expresi&#243;n mustia y lo acusaba de ambicioso.

&#191;No te basta -le amonestaba- con leer y conocer a los grandes sabios que han vivido en Grecia, en Roma, en Mesopotamia, en las tierras soleadas, donde el pensamiento se revela m&#225;s claro y sin circunvoluciones? &#191;No te basta el estudio, el silencio, este aire claro, que adem&#225;s anhelas la tonsura antes de tiempo?

T&#237;o, yo s&#243;lo aspiro a ser &#250;til.

Un novicio no aspira a nada. Ve a las cocinas y cumple con las tareas que te corresponden.

El obispo le castigaba manteni&#233;ndolo alejado de los libros y le encomendaba recados en la aldea. Sverre, con el coraz&#243;n en carne viva, obedec&#237;a y serv&#237;a como mandadero del convento, e intentaba aprender la humildad y la calma, que sin duda era algo que su t&#237;o deseaba que dominara.

Pero, por el camino, conoci&#243; otros talentos que se encuentran ausentes de los manuscritos y de los tratados, y que les estaban vedados a sus compa&#241;eros. Descubri&#243; en s&#237; mismo una capacidad desconocida para regatear y discutir, y una voz dulce que facilitaba que se saliera con la suya. Aprendi&#243; que lo importante para cerrar un buen negocio no consist&#237;a en el dinero que se tuviera ni en el inter&#233;s de la mercanc&#237;a, sino en conocer, en apenas unos momentos, a qui&#233;n se ten&#237;a como contrincante, si era suave o violento, propenso a la adulaci&#243;n o recto. Cuando regresaba al monasterio casi a tientas, envuelto en la oscuridad eterna del invierno, con lo que le hab&#237;an encargado y alguna moneda sisada en la faltriquera, reflexionaba que quiz&#225;s no fuera un buen monje, pero que se abrir&#237;a camino como despensero.

Comprob&#243;, por ejemplo, que las muchachas le mostraban apego, y que &#233;l perd&#237;a la cabeza en su compa&#241;&#237;a. El salitre y el fr&#237;o curt&#237;an la piel en pocos a&#241;os, y hombres y mujeres envejec&#237;an y se ajaban muy pronto. Sent&#237;an prisa por aprovechar los meses de frescor, las horas de luz, y Sverre, protegido en el monasterio, conservaba el rostro y el tacto aterciopelado de una chica.

Pronto comenz&#243; a ofrecerse para los mismos trabajos que antes rechazaba, y el t&#237;o obispo se mord&#237;a los labios para no sonre&#237;r, porque conoc&#237;a &#233;l m&#225;s de la vida que su sobrino y que los indignados estudiantes que tan estricto lo cre&#237;an.

Estudias poco, hijo.

Todo el tiempo que me permiten mis obligaciones, y todas las que me orden&#233;is.

Espero, entonces, que te dediques con entusiasmo a esas obligaciones.

Y el pobre aprendiz se cre&#237;a, como todos a su edad, m&#225;s h&#225;bil y r&#225;pido que el maestro.

Sverre fue el primero de nuestro linaje en amar a las mujeres de las islas: en sus labios debi&#243; de haberse quedado atrapado un cristal de sal, la viscosa textura de las algas que, en tiempos de hambruna, los campesinos devoraban.

De d&#237;a en d&#237;a dedic&#243; mayor inter&#233;s a dos jovencitas de la aldea. Al cabo de pocos meses, la preferida hab&#237;a tomado poder sobre &#233;l, sobre sus pensamientos y su entrepierna. Sus padres, pescadores, la manten&#237;an en tierra remendando redes y pregonando el pescado. La llamaban Astrid la Rubia y, como casi todas las mujeres de mi linaje, no destacaba por su delicadeza ni su ternura.

&#191;Por qu&#233; Astrid la Rubia? &#191;Era, acaso, m&#225;s rubia que las rub&#237;simas criaturas de las Feroe? &#191;No hubo, alguna vez, alguien m&#225;s joven que Kanja la Joven? &#191;No habitaban hembras f&#233;rtiles m&#225;s tiernas y apetecibles que esa Kanja?

Mis hombres, los de mi sangre, las deseaban algo hoscas, altivas, encendidas de s&#250;bito como fuegos fatuos.

Hubiera debido preocuparme m&#225;s por lo que obsesiona a los de Castilla y Suabia. Por lo que en una mujer los vuelve locos. Lo hice, pero sin conclusiones claras. El rey Alfonso inclin&#243; su noble testuz ante una mujer hermosa, falsa e inteligente. Don Manuel no parece demasiado feliz con una santa en vida. Don Fadrique y el et&#233;reo don Enrique, solteros, poco amigos de las hembras, nada ten&#237;an que decir. Mi esposo, Dios lo bendiga, se alza como un misterio ante m&#237;. Los otros se desposaron con la Iglesia. O con causas perdidas.

Pero, sea como sea, Astrid, la m&#225;s rubia, en su lecho, en las playas con sol de mediod&#237;a, en los rincones del establo, atrajo la atenci&#243;n de mi bisabuelo. Levant&#243; su saya, le baj&#243; el calz&#243;n. Mucho m&#225;s j&#243;venes que yo ahora, hojas al viento de su vida, gozaron de los momentos de rabia y calma que nos est&#225;n vedados a los nobles, porque nuestra misi&#243;n, m&#225;s elevada, se desliga del coraz&#243;n.

Entonces comenzaron las pesadillas. Sverre se despertaba con el &#250;ltimo sonido de su grito, que alertaba a sus compa&#241;eros de celda. A menudo lo encontraban con los ojos en blanco, a&#250;n prendido entre los dientes del sue&#241;o.

&#191;Qu&#233; ves? &#191;Qu&#233; ves?

Cosas imposibles -contestaba, gimoteando, cuando reun&#237;a saliva y fuerzas.

Los sue&#241;os se soltaron de las auroras, se extendieron a las noches: el novicio, privado del descanso, recorr&#237;a las salas y acud&#237;a a misa envuelto en una costra de lejan&#237;a. Esparc&#237;a esa infelicidad a su alrededor, como polvo de ceniza.

La visi&#243;n, borrosa a veces, en otras muy clara, era la de un caballero en armadura completa, coronado, con la antigua ense&#241;a de la casa de Noruega. Su yelmo se alzaba muy lentamente. Un rostro cadav&#233;rico, casi un esqueleto, le miraba desde el hueco del acero. Ninguna se&#241;al o gesto demostraba que lo conociera. Entonces, aquella figura resplandeciente, aquellos huesos, le se&#241;alaba, con un &#237;ndice acusador a la altura de su pecho, de su barbilla, y susurraba unas palabras con ecos terribles:

V&#233;ngame, hijo m&#237;o. Venga a tu padre.

Otras veces el esqueleto armado se sentaba a su lado, le pasaba una mano helada sobre su hombro y le susurraba que deb&#237;a dejar su carrera religiosa para convertirse en el rey de Noruega.

&#191;Qu&#233; haces t&#250; aqu&#237;, en el fin del mundo? &#191;En qu&#233; empleas el tiempo, en qu&#233; tus dones? Sal de aqu&#237;, como si abandonaras una vez m&#225;s el claustro materno, y reclama tu apellido y tu herencia.

Sverre, que jam&#225;s hab&#237;a inquirido acerca de su origen ni su constituci&#243;n, satisfecho como estaba con el presente, comenz&#243; a indagar acerca de su padre, que hab&#237;a dejado una viuda muy joven. Le intrig&#243; levantar el misterio sobre sus rasgos y su apellido, que se le antojaban, de pronto, extra&#241;os, y sobre las costumbres que le hab&#237;an llevado a alejarse del coraz&#243;n de un pa&#237;s en guerra.

Noruega se desangraba en guerras civiles, lejos de las islas peladas en las que &#233;l viv&#237;a. En las Feroe apenas alg&#250;n lisiado en busca de pan recordaba que se abr&#237;an brechas cada d&#237;a, que en los territorios en lucha mor&#237;an hombres cada d&#237;a, que se ajusticiaban mujeres. Los monasterios manten&#237;an una lucha paralela. Las frases m&#225;s &#250;tiles y sabias de todos los tiempos se preservaban en manuscritos, la fe divina prevalec&#237;a. Nunca se supo de peleas entre religiosos, salvo que Roma se viera favorecida por la pugna.

Al cabo, el obispo le mand&#243; llamar. El mozo hab&#237;a languidecido. Marcas moradas le rodeaban los ojos, y unas l&#237;neas desconocidas, profundas, le hend&#237;an la boca. El obispo levant&#243; la mirada del escritorio, siempre cubierto de papeles. Sverre hab&#237;a observado que durante meses las leves hojas pintarrajeadas parec&#237;an las mismas.

Me han contado que no encuentras reposo en las noches, y que tus gritos alertan al resto de los novicios.

Me acuso, padre -dijo &#233;l-, de debilidad de esp&#237;ritu. Varios demonios me visitan por las noches. Uno de ellos ha hurgado con sus dedos en mi punto m&#225;s flaco y halaga mi vanidad. Y en la lucha que entablamos grito y perturbo la tranquilidad del monasterio.

El t&#237;o obispo, imagino, porque de esto poco me han hablado, y mi absurda imaginaci&#243;n ha de llenar los huecos, como el mar los arrecifes, se sinti&#243; conmovido. Debi&#243; levantarse, o quiz&#225;s aferrar algo pr&#243;ximo.

&#191;Qu&#233; te cuentan esos demonios, hijo?

Que alg&#250;n d&#237;a ser&#233; rey. Que soy hijo de reyes. Uno de ellos se dice mi padre e inflama mi fantas&#237;a con promesas falsas. Me presenta llanuras floridas, montes nevados, r&#237;os que no se encuentran en Noruega. Con sus dedos puntiagudos me se&#241;ala qu&#233; camino seguir, o reniega de m&#237; como hijo si desobedezco sus indicaciones. Y me tortura de d&#237;a, pero, como sab&#233;is, me atenaza por las noches, para que su voluntad y la m&#237;a sean la misma. Y en ocasiones creo flaquear y perder la raz&#243;n.

Encomendaos a Dios -respondi&#243; el buen obispo-, y aguardad, que no hab&#233;is ejercitado la paciencia conmigo en vano.

Y entonces, las mechas humeando a su paso, le dej&#243;, como acostumbraba, con la palabra en la boca, a punto de brotar, y con las preguntas en el aire.

Diez d&#237;as m&#225;s tarde se llam&#243; al convento a reuni&#243;n capitular. No se siguieron las normas ortodoxas porque se desconoc&#237;an. Las modernas hab&#237;an sido descuartizadas por las guerras, y las anteriores, por los ratones y la humedad.

&#191;Era Sverre Sigurdsson un digno emisario de la Iglesia?

No, no lo era, indicaba su obispo y maestro.

&#191;Qu&#233; aguardaba entonces a Sverre Sigurdsson?

El monasterio se hab&#237;a cubierto de musgo y mu&#233;rdago. Ni uno solo de los novicios, antes tan amigos, ahora tan remotos en su simpat&#237;a, falsos o probados v&#237;rgenes, se manten&#237;an aparte de la decisi&#243;n que se tomaba, porque, por muy alejados que se encontraran del sur, ellos y sus familias tambi&#233;n dominaban y perd&#237;an o ganaban en la guerra.

Un espectro -dijo el obispo- en las noches le se&#241;ala, le indica, con el &#237;ndice se&#241;alando al norte, el camino de la conquista. Un fantasma que le suplica ventaja. &#191;Habremos de permitir que un rey vague sin venganza?

Se acord&#243; que el obispo pedir&#237;a audiencia en la corte itinerante, y que pulsar&#237;a all&#237; las emociones de los lendmenn que se opon&#237;an al rey Magnus, y que se encontraban descabezados. De sobra se sab&#237;a que no hab&#237;a herederos directos del anterior rey Sigurd ni de sus parientes. Los enemigos se observaban a distancia y tomaban aire, se lam&#237;an las heridas, como lobos dispuestos al salto en la menor ocasi&#243;n.

Aburridos de falsas esperanzas, apenas prestaron atenci&#243;n al religioso. Bostezaban, entraban y sal&#237;an de la sala, sin educaci&#243;n ni cortes&#237;a. Languidec&#237;a la tarde, y el obispo se recuperaba de su disgusto y de la irregular afluencia de dignatarios en la corte. De pronto, como un potrillo pataleando, mir&#243; en su completa severidad a los se&#241;ores.

Nosotros no deseamos un cambio en Noruega -comenz&#243;-, no deseamos m&#225;s poder para los campesinos, ni tampoco un reparto de tierras entre los se&#241;ores que luchen por nosotros. Deseamos que todo permanezca igual. Cuando la guerra finalice, todo permanecer&#225; igual que ahora.

Un muchacho afirmaba que en sue&#241;os su padre le atosigaba.

Una mujer, m&#225;s rubia que el trigo, con los ciclos en el mismo tiempo que las cr&#243;nicas indicaban, una mujer libre de toda tacha o rumor, afirmaba que era su hijo. E hijo del aspirante, adem&#225;s.

Sverre.

Sverre Sigurdsson.

Del mismo Sigurd.

Su madre, Gunhild, as&#237; lo hab&#237;a confesado.

Me tom&#243; -dijo, con la serenidad propia de una viuda, cubierto el rostro por la verg&#252;enza y el estupor.

&#191;C&#243;mo era? -pregunt&#243; primero Sverre, y luego, una y otra vez, todos aquellos a los que se les cont&#243; la historia.

Su cintura se combaba hacia la izquierda, y una cicatriz le cruzaba, de muslo a rodilla, una pierna poco h&#225;bil.

Quienes hab&#237;an conocido al rey testificaron. La mujer hablaba con se&#241;ales ciertas. El rey no cojeaba, nadie que no le hubiera visto desnudo hubiera podido desvelar el dolor de aquella herida que le avergonzaba. El parecido del muchacho con el rey difunto era tan destacado que, a toda prisa, Sverre fue jurado hijo real.

Nunca adivinaron por qu&#233; esa mujer hab&#237;a guardado el secreto con tanto af&#225;n, ya que pod&#237;a sacarla de la miseria y colocarla en un palacio. Ya por entonces todos los hijos de rey, leg&#237;timos o bastardos, compart&#237;an el mismo derecho al trono. Pero un obispo velaba por ella y su muchacho, y se dio por bueno. Si algo oculto resultaba ser voluntad de Dios, ah&#237; estaban los sacerdotes para descifrarlo.

&#191;Luchar&#225; contra el rey Magnus?

Si no se reconoce su derecho, luchar&#225; contra &#233;l, como es cosa de honor.

Cuando, recuperadas las fuerzas con pan de centeno y tocino, se le dijo que deb&#237;a marchar al sur, hacia Bergen, sinti&#243; que un peso se alzaba de sus hombros y que un velo muerto y agotado ca&#237;a. Sus ojos cobraron nuevo brillo, y la inmovilidad que un monasterio aseguraba a otras almas contemplativas se convirti&#243; en una sangre nueva.

Astrid le hab&#237;a dado un hijo que a&#250;n no gateaba, al que llamaban Haakon. Se despidieron sin duelo, con la resignaci&#243;n de quien se limita a cumplir con una parte de su destino.

Cuando haya crecido, env&#237;amelo con este brazalete, como se&#241;al tuya.

Bien.

Te he amado m&#225;s que nadie. M&#225;s que a nada.

Astrid, con la mente m&#225;s en las dos vacas que pose&#237;an, que aguardaban el orde&#241;o en aquella madrugada, que en Sverre, le despach&#243; con un gesto de urgencia.

S&#237;, s&#237;. Cuando pueda valerse por s&#237; mismo, te lo remito. Pierde cuidado, velar&#233; por &#233;l. Es mi hijo tambi&#233;n.

Sverre aguard&#243; junto a la puerta de las cuadras, contaminado por la esperanza y los libros que hab&#237;a le&#237;do.

Mandar&#233; a alguien a por ti.

Si vives.

Vivir&#233;.

Entonces -dijo ella, exasperada-, cons&#237;gueme a alguien que orde&#241;e estas vacas y las cabras, y juro por mi vida que respirar&#233; para ti y tus caprichos. Mientras tanto, d&#233;jame en paz, por Dios, Sverre.

A&#241;os m&#225;s tarde, cuando Sverre fue coronado, se llev&#243; a su amante y a su hijito Haakon a la corte. Vivieron con discreci&#243;n, alejados de peligros y de penas, bajo la mirada vigilante del obispo, que hab&#237;a sido nombrado tutor real.

El bisabuelo se las arregl&#243; para enfrentarse pr&#225;cticamente a todos los bandos: a la Iglesia, a los nobles, a las facciones conservadoras, a los bagler, m&#225;s tarde, y a buena parte de los ej&#233;rcitos mercenarios. Y, sin embargo, durante periodos dorados de su reinado, logr&#243; la paz. Nunca firm&#243; una tregua duradera ni alcanz&#243; la temporada de prosperidad que se ha vivido con mi padre y mi hermano, pero fue el primero, en largos a&#241;os de guerra, que lo consigui&#243;.

No olvid&#243;, ni su t&#237;o se lo permiti&#243;, que las palabras que hab&#237;an permitido que fuera rey eran las que les hab&#237;an recordado a los birkebeiner que ellos no se meter&#237;an en luchas de clases ni de tierras. Esa posici&#243;n le result&#243; enormemente &#250;til para atraerse a las guerrillas de hombres libres m&#225;s humildes, que luchaban para que ning&#250;n se&#241;or, bagler o birkebeiner, los sometiera como siervos. Pero tambi&#233;n lo hizo simp&#225;tico a los ojos de los nobles rebeldes al rey Magnus, que eran minor&#237;a, y que ve&#237;an garantizados sus estados si Sverre ganaba.

Sverre gan&#243;: se enfrent&#243; a Magnus en la batalla del Fiordo de Sogne. Al final de la contienda, que acab&#243; con una victoria aplastante del bisabuelo, apareci&#243; el cuerpo muerto del rey Magnus. El luto por el monarca dur&#243; siete d&#237;as, y fue seguido con escrupulosidad por el propio Sverre, que hab&#237;a llegado a apreciarlo y que admiraba su capacidad para atraerse a la gente llana.

No hubiera tenido que acabar as&#237; -se lamentaba-. Si hubiera aceptado la propuesta de reinar conmigo

Pero la Iglesia se opuso -dec&#237;a su t&#237;o.

Si hubiera accedido a repartir el reino, como le indiqu&#233;

La Iglesia lo impidi&#243;.

&#161;La Iglesia, la Iglesia, t&#237;o! &#161;Por Dios que nada bueno sale de la Iglesia!

Por eso te eduqu&#233; en ella, muchacho. Para que conocieras bien tu sombra y a tu enemigo.

Pero, si no dais vuestro brazo a torcer, antes o despu&#233;s -le recomendaban sus ministros, atenazados precisamente por la Iglesia. El bisabuelo miraba a su t&#237;o. El t&#237;o negaba imperceptiblemente.

&#191;Quer&#233;is un pa&#237;s en manos de esos asnos?

La Iglesia lo aborrec&#237;a en Roma y en Noruega. Algunos de los antiguos compa&#241;eros de convento, con los a&#241;os, se hab&#237;an destacado y, apoyados por sus familias en s&#243;lidos puestos, parec&#237;an no perdonarle su buena suerte: lo quisieron mientras pod&#237;an compadecerse de &#233;l. Adem&#225;s, se sent&#237;an desnudos ante sus ojos inquisitivos: conoc&#237;a demasiados secretos de las confidencias, entonces tan inocentes, en los claustros y el refectorio.

El papa lo excomulg&#243;; cuando el bisabuelo quiso ser coronado, lo hizo de la mano del obispo Nicol&#225;s de Oslo. Nicol&#225;s, que hab&#237;a sido fiel al rey Magnus y hab&#237;a permanecido encarcelado hasta pocos d&#237;as antes, lo hizo de mala gana, suspirante, y con una t&#250;nica sucia y vieja. Cuando se le acabaron los llantos, corri&#243; a quejarse a Roma.

Te han excomulgado -dijo el t&#237;o, cuando recibieron los documentos sellados, sin necesidad de leerlos. Sverre se ech&#243; a re&#237;r y levant&#243; la mirada de ellos.

No s&#243;lo a m&#237;. El Papa ha puesto bajo interdicto a la entera Noruega, y ordena a todos los obispos noruegos que se exilien en Dinamarca, donde &#233;l los recibir&#225; y proveer&#225; para ellos.

El t&#237;o palideci&#243;.

No os preocup&#233;is, t&#237;o. Si los obispos se marchan, siempre nos quedar&#225;n los arzobispos.

Los ministros, que aconsejaban seg&#250;n lo que se esperaba de ellos, pero, en general, en su provecho, desligados de sus posesiones en provincias y sus peque&#241;as luchas intestinas, le fueron siempre fieles.

Con vos siempre, se&#241;or.

Y as&#237; fue. Nunca cambiaron de bando ni le traicionaron.

Los mercenarios resultaron m&#225;s aviesos, como dragones de siete cabezas: se les segaba una, para que siete m&#225;s aparecieran. Pero a la fuerza hab&#237;a que pactar con ellos para pacificar el pa&#237;s: controlaban los caminos y las aldeas, y ejerc&#237;an una ilimitada influencia sobre los se&#241;ores locales. Desesperado, pidi&#243; ayuda a unos y a otros. Formul&#243; promesas de las que no podr&#237;a cumplir, pero que en su momento insuflaron confianza en quienes la hab&#237;an perdido. Casi sin darse cuenta, mientras luchaba contra un enemigo invisible, logr&#243; dome&#241;arlo.

Se hizo as&#237; con el apoyo de los birkebeiner, que no eran por entonces m&#225;s que unos bandidos sin organizaci&#243;n, y con el del rey de Suecia, con cuya hija Margrat se cas&#243;. Aqu&#233;lla result&#243; ser la &#250;ltima maniobra de su t&#237;o, el obispo, la m&#225;s costosa, y despu&#233;s de ella el anciano falleci&#243; en paz, seguro de haber servido a su pa&#237;s y a su rey como conven&#237;a.

Nunca fue poca cosa, ni entonces ni ahora, enlazar con los reyes de Suecia. El matrimonio se vio como una embajada, ya que los caminos resultaban tan peligrosos que, apenas lleg&#243; la novia, se celebr&#243; la ceremonia, se la meti&#243; en la cama, con las flores de su tocado de desposada a&#250;n frescas, y se dio pruebas de que el matrimonio hab&#237;a sido consumado.

No hubo espacio para celebraciones, ni d&#237;as de indulgencia, ni festejos p&#250;blicos. Quiz&#225;s ella lo vivi&#243; como una ofensa. O quiz&#225;s se le coloc&#243; a ese aspirante desconocido como una manera de librarse de una mujer problem&#225;tica, enferma de atenci&#243;n.

Y as&#237;, la princesa sueca Margrat entr&#243; en nuestra familia y se dedic&#243; a arruinarla, por razones que nunca conocimos, porque proced&#237;a de noble estirpe y siempre se la trat&#243; bien, en consideraci&#243;n a su alta cuna.

Nacen as&#237; algunas personas: con la sangre envenenada y mirada de drag&#243;n; no importa que las hayan mimado o que hayan sufrido los rigores m&#225;s extremos. Esas v&#237;boras surgen en los recovecos de la luz m&#225;s deslumbrante. Todos los dignatarios han de sufrirlas, hermosas, sutiles, letales. Como las manzanas sanas o las que llegan ruines a las manos, Margrat, la sueca, lleg&#243; con un alarido seco en los ojos, y no par&#243; hasta que ese grito detenido se extendi&#243; por Noruega, como si no le bastara su propio dolor y tuviera que contagiarlo.

El fuego destruye de la misma manera. Mil formas hab&#237;a de lograr el poder: podr&#237;a haber convertido la mente del ni&#241;o Haakon en un terreno a su merced. Podr&#237;a haber propiciado el acercamiento a la Iglesia, que nunca aprob&#243; el casamiento con la princesa. Nada de eso hizo, y su amargura se agudiz&#243; cuando dio a luz a una ni&#241;a. La sueca segu&#237;a los movimientos del hijo de Astrid y lo castigaba de las peores maneras:

Ven -le incitaba, con una golosina en las manos, alguna de las mil tonter&#237;as que entusiasman a los ni&#241;os-. Ven, &#191;a qu&#233; le tienes miedo?

Y entonces, cuando el peque&#241;o se acercaba, com&#237;a ella la fruta con fruici&#243;n, o arrojaba al suelo el confite y lo pisaba, para comprobar si el principito lloraba o si le pod&#237;a tanto la pena y el deseo que se arrodillaba en el suelo para lamerlo. De ambas cosas, cuando se las revelaba al rey, se re&#237;a y se burlaba ella. De ambas cosas extra&#237;a beneficio. Lo abofeteaba sin raz&#243;n, por hab&#233;rselo encontrado en los pasillos, o azuzaba a los dos perrillos de regazo que la acompa&#241;aban, para que le mordieran las piernas.

Mi confesor dice que a todos, ricos y pobres, nobles y siervos, se nos reparte igual n&#250;mero de tristezas y alegr&#237;as en la vida. Quiz&#225;s sea cierto. Se me antoja que no es del todo verdad. O quiz&#225;s pesen m&#225;s las alegr&#237;as, y por ello sean m&#225;s escasas, frente a las livianas y abundantes penas.

Muri&#243; el bisabuelo como mueren todos los hombres: en mitad de la vida, con tantas deudas por pagar, con tanto por arrepentirse. Muri&#243; solo, como todos. Rodeado de otros, como acostumbra a ocurrir. Antes de tiempo, como todos creemos. Con sobrado espacio para la infelicidad, y pocas sonrisas para llevarse al otro lado, del que nadie regresa.

El pobre rey Sverre, el primer rey birkebeiner, el estratega y el guerrero m&#225;s brillante que conoci&#243; Noruega, que hab&#237;a sido educado con todo primor y esmero por un obispo con intenci&#243;n de que fuera un hombre santo, muri&#243; excomulgado, porque siempre pensaba que estaba a tiempo de reconciliarse con la Iglesia y lo dejaba por lo tanto para m&#225;s adelante. Muri&#243; con el &#250;nico consuelo de un hijo bastardo, logrado en su amor de juventud en las Feroe. Un hijo que crec&#237;a con la misma calma con la que se logran los cedros, los &#225;lamos, todas las plantas que derrotan al tiempo, y que nos hacen maravillarnos ante la fugacidad de la vida humana. Un hijo que, como los &#225;rboles, podr&#237;a ser abatido con un golpe diestro de hacha.

De la hija del rey de Suecia s&#243;lo tuvo esa hembra, llamada Kristin, como yo, al parecer tan retorcida y cruel como su madre.


Mi abuelo Haakon III se encontr&#243; de la noche a la ma&#241;ana en una corte hastiada de guerras, pero siempre dispuesta para una m&#225;s, con la obligaci&#243;n de unificar el pa&#237;s, pero con unos lendmenn y unos jarls sin la menor intenci&#243;n de avenirse, con una madrastra odiosa y con el consejo de su padre, muerto en pecado, de que lograra el apoyo de la Iglesia.

Durar&#225; dos d&#237;as y regresar&#225; llorando con su mam&#225; -era el pensamiento general-. Es demasiado joven, carece de experiencia, s&#243;lo ha visto del mundo lo que se ha encontrado en este palacio.

Era cierto; pero, precisamente, el mejor lugar para aprender de pol&#237;tica era aquel palacio, y hab&#237;a contado con los mejores maestros.

El ni&#241;o al que Margrat maltrataba hab&#237;a aprendido que para sobrevivir m&#225;s le val&#237;a abrir mucho los ojos y mantener la boca cerrada. A diferencia de su padre, tan dotado para el lenguaje, &#233;l era m&#225;s bien callado, incluso algo tosco. Pose&#237;a un s&#243;lido sentido com&#250;n y gran habilidad para el pacto, porque carec&#237;a de orgullo y no le importaba ceder.

Met&#243;dico y riguroso como era, se aplic&#243; en sanar todas las heridas abiertas en los a&#241;os anteriores. Alej&#243; a su madre, Astrid, de las intrigas palaciegas, y la mand&#243; de nuevo a las islas Feroe, con una sustanciosa cantidad de regalos para el convento en el que se hab&#237;a criado su padre, y que se encontraba casi derruido y abandonado.

El resultado fue tan satisfactorio que Haakon descubri&#243; que si a la guerra se iba por honor, o por codicia, a la paz se iba a trav&#233;s del dinero. Con su actitud calmosa y varios presentes entregados en los momentos oportunos, se atrajo la simpat&#237;a de los obispos, que ya nunca flaquear&#237;an en su apoyo.

Se sent&#237;a muy solo. Su padre hab&#237;a contado con un buen consejero, el t&#237;o obispo. Su abuelo, el rey Sigurd, se hab&#237;a acompa&#241;ado de toda una horda de juristas, barones y militares. &#201;l pasaba de puntillas por aquel palacio, al que hab&#237;a llegado cuando ya sab&#237;a que no pertenec&#237;a a ese mundo, y se maravillaba de que tanto trabajo, y tan pesado, recayera sobre sus j&#243;venes espaldas.

Quiz&#225;s no sea tan mal rey, si se le da tiempo -comenzaban a decir los lendmenn, que encontraban, por fin, un poco de equilibrio en un tiempo destartalado, en el que se hab&#237;an olvidado los ritos, las fiestas, los modales.

Hemos de reconciliarnos con los bagler -anunci&#243; un d&#237;a, y el silencio mortal que sigui&#243; a esta frase revel&#243; la profundidad del rencor entre las dos facciones.

Los nobles y los plebeyos enriquecidos que formaban parte de la corte itinerante y empobrecida de Haakon III se consideraban birkebeiner hasta la m&#233;dula, incluso los que de manera muy reciente hab&#237;an abrazado esa facci&#243;n. M&#225;s organizados, con mejor formaci&#243;n estrat&#233;gica y militar, deb&#237;an al rey Sverre una estructura similar a la de un ej&#233;rcito, pero con la capacidad de maniobra que necesitaba un pa&#237;s como Noruega y un grupo armado que hab&#237;a integrado a docenas de mercenarios en sus filas.

Los bagler, los que caminan con bastones, se encontraban tan agotados como los birkebeiner, y mucho m&#225;s diezmados. Si hab&#237;a alg&#250;n momento propicio para finalizar la guerra, era &#233;se. Felipe Simonsson, el caudillo, era no s&#243;lo sobrino del anterior rey bagler, sino tambi&#233;n del obispo de Oslo, el mismo que hab&#237;a coronado al rey Sverre.

Matemos, pues -dijo el abuelo-, dos p&#225;jaros de un tiro.

Unos meses m&#225;s tarde, gracias a la intensa labor de diplomacia que el abuelo hab&#237;a desplegado, los obispos regresaban del exilio. Haakon III gozaba, oficialmente, del favor de la Iglesia, y el obispo de Oslo le miraba con ojos de adoraci&#243;n, como una enamorada. Devolvi&#243; los bienes que su padre se hab&#237;a anexionado, les dio libertad respecto al rito que deseaban seguir, y puede decirse sin &#225;nimo de mentir que no hubo un rey m&#225;s querido, m&#225;s mimado y aclamado por los sacerdotes que el hijo de aquel imp&#237;o Sverre.

Con el regreso de los obispos, la reconciliaci&#243;n con los bagler era cosa hecha.

Salvo que salvo que -dijo el obispo de Oslo, con los ojos entrecerrados- deber&#237;ais entregar una muestra de alianza, de buena voluntad, para que los de una y otra facci&#243;n se sientan hermanos.

Se encontraban en la cena mensual que hab&#237;an convertido en costumbre; era viernes y observaban la vigilia con un potaje de col, aunque algunos de los caballeros remov&#237;an su plato con la cuchara, y aguardaban con paciencia el final del encuentro, confiando en que las cocinas albergar&#237;an algo m&#225;s sabroso.

Que vos deb&#233;is aspirar a un enlace m&#225;s alto se da por descontado -continu&#243; el obispo, y el rey Haakon record&#243; por un instante la manera en la que su madrastra le mostraba un confite y luego se lo arrebataba-, y ellos, adem&#225;s, no pueden ofrecer una doncella bagler en edad adecuada. Muchas son ni&#241;as a&#250;n. Pero vuestra hermana Kristin a&#250;n est&#225; soltera.

No veo con malos ojos casarla con vuestro sobrino Felipe -dijo mi abuelo-. Son de edad af&#237;n y de rango semejante.

Ambos continuaron sentados a la mesa, cada cual perdido en sus ambiciones y esperanzas, mientras los lendmenn se escabull&#237;an, hambrientos o aburridos, porque eran hombres de acci&#243;n y las urdimbres propias de las bodas y los pactos no les interesaban.

Para eso hemos servido siempre las mujeres, para acercar las mesas y los lechos y que haya acuerdos entre quienes ni han comido ni han dormido juntos. Por eso me han educado en no sentir m&#225;s repugnancia por los enemigos que por aquellos que han errado y han salido de su equivocaci&#243;n. Nunca se sabe en qu&#233; manera un enemigo puede volverse un aliado, y por lo tanto un marido, un cu&#241;ado, un yerno. Ni tampoco cu&#225;ndo el pacto de alianza ser&#225; roto y no habr&#225; ya m&#225;s familia que la del marido, porque la guerra habr&#225; estallado de nuevo. La historia de mi familia abunda en casos de princesas que han sido entregadas a facciones rebeldes y, aun as&#237;, han sabido ser respetadas.

Aquella Kristin, en cambio, no deseaba ese destino.

&#191;Qu&#233;? -vocifer&#243; su madre, indignada, y sus gritos se escucharon por todo el palacio-. &#191;Vas a entregar a mi hija a un bagler piojoso, para que en cuanto se alcen de nuevo en rebeld&#237;a la maltrate y la humille, y yo no pueda verla jam&#225;s? &#161;Antes pasar&#225;s por encima de mi cad&#225;ver!

As&#237; se har&#225; si es necesario -repuso el abuelo, con indiferencia.

&#161;Kristin es nieta del rey de Suecia!

Ahora mismo, le resulta m&#225;s conveniente ser la hermana del de Noruega. Su abuelo no puso tantos inconvenientes a que su hija se casara con un birkebeiner.

Yo sab&#237;a ya entonces que me convertir&#237;a en reina. Si mi hija se casa con Felipe Simonsson, &#191;qu&#233; ser&#225; de ella? &#191;C&#243;mo continuar&#225; su linaje?

Con honor, como lo ha hecho el de los bagler -resopl&#243; Haakon, que ya comenzaba a hartarse-. Madre Margrat, Kristin no podr&#237;a hacer mejor boda sin abandonar el pa&#237;s ni aunque lo dese&#225;ramos. Nombrar&#233; a Felipe corregente. Ser&#225;, por debajo de ti y hasta que me case, la mujer de m&#225;s rango de Noruega, y si muero sin herederos varones, sus hijos subir&#225;n al trono. &#191;Qu&#233; m&#225;s puedo ofrecerle?

Kristin lloraba desconsolada, entre hipidos estremecedores. Su horror a la idea de casarse con Felipe Simonsson no se comprend&#237;a, salvo que su madre le hubiera calentado la cabeza con ideas grandiosas para su futuro.

No permitir&#233; esa boda -anunci&#243;, finalmente, la reina Margrat.

El abuelo Haakon suspir&#243;.

Intentad ser razonables. Kristin ser&#237;a venerada como una santa por haber puesto fin a esta rivalidad de a&#241;os. A ella le cabr&#237;a el orgullo de iniciar un apellido y una familia nueva. Necesitamos sellar de alguna manera el acuerdo, y ellos insisten en esta boda. Nos conviene a todos.

Las dos mujeres, una iracunda, la otra deshecha en llanto, guardaron un silencio obstinado.

Est&#225; bien -dijo el rey-. Ser&#233; paciente. Al fin y al cabo, incluso con los bagler apaciguados, las guerras contin&#250;an. Si no caso a mi hermanastra este a&#241;o, ser&#225; el siguiente. Mientras tanto, hay centenares de enemigos a los que aplacar.

Qu&#233; curioso, una Kristin por casar de la mano de su hermano Haakon, una madre llamada Margrat y un pretendiente con el nombre de Felipe. Qu&#233; curioso, qu&#233; lecci&#243;n de futuro y qu&#233; malos presagios para mi boda, si me hubiera detenido a pensarlo a tiempo, me brindaba esta historia.

Cuando madre e hija intentaron fugarse por mar, auxiliadas por unos enviados suecos, la paciencia del rey Haakon se acab&#243;. Con toda la discreci&#243;n posible, las hizo traer de regreso a Bergen y all&#237; puso a su hermanastra bajo vigilancia; hubiera encerrado tambi&#233;n a la madre, pero hab&#237;a logrado escapar durante el traslado desde el sur a Bergen, y desde Suecia llegaron cartas, cada vez m&#225;s acuciantes, para que le devolvieran a su hija, retenida contra su voluntad. El rey sueco nunca demostr&#243; el menor inter&#233;s por involucrarse en esos asuntos, de manera que Haakon conserv&#243; a su hermana a su lado.

La siguiente vez que la reina Margrat puso pie en Noruega fue para envenenar a Haakon III. Todos los noruegos, de la facci&#243;n que fueran, lloraron esa muerte innecesaria y cruel. S&#243;lo hab&#237;a reinado por dos a&#241;os, y hab&#237;a hecho mucho bien.

(Mientras tanto, en una aldea de Ostland, la abuela Inga obligaba a sus amigas a que le dieran pu&#241;etazos en el vientre, se privaba de alimento, lloraba por las noches sin saber qu&#233; hacer con aquel ni&#241;o que amenazaba con acabar con ella cuando naciera.)

Los venenos de hace cincuenta a&#241;os carec&#237;an de la sutilidad de los que ahora usamos; en eso, el comercio que los genoveses entablaron con Oriente ha aportado grandes mejoras, tanto en ant&#237;dotos como en pociones. Perdidos los antiguos secretos de los romanos, que fueron, sin duda, incomparables (&#191;no envenenaban los &#225;rboles para que la fruta naciera ya mort&#237;fera, y no lograban que el vino escondiera todo rastro de ponzo&#241;a?), los venenos antiguos oscurec&#237;an el rostro y las entra&#241;as, y mataban adem&#225;s con grandes sufrimientos.

Result&#243; tan evidente que el abuelo hab&#237;a sido asesinado, que los nobles, con el obispo Nicol&#225;s Arnesson y los bagler a la cabeza, prendieron a la reina Margrat, la llevaron al castillo y votaron para someterla, como es costumbre, al Juicio de Dios. Ella recurri&#243; a todos sus ardides: a la sangre noble, a su inocencia como mujer de otro reino, a las alianzas de su padre, pero no sirvi&#243; de nada.

Yo no mat&#233; al rey. &#191;C&#243;mo podr&#237;a? Fui su madre. Le cri&#233; junto a mi ni&#241;a, como a otro hijo. &#191;Qu&#233; enemigos me difaman?

Su madre -dijeron algunos, con amargura-, y qu&#233; dulce madre ha sido para &#233;l.

Se&#241;ora, elegid -dijo el lendmann de Torenberg-. Si no hab&#233;is manchado vuestras manos con sangre real, no ten&#233;is nada que temer. Podr&#233;is escoger entre la prueba de fuego y la de agua.

Ya que no me dais otra opci&#243;n m&#225;s que limpiar as&#237; mi nombre -se resign&#243; ella-, que sea la del fuego. Y que quien ha desconfiado as&#237; de m&#237; arda entre las llamas eternas del infierno, que &#233;sas s&#237; que han de inspirar temor a los pecadores.

Cuando llegu&#233; a Castilla me enter&#233;, con estupor, de que se hab&#237;a prohibido el Juicio de Dios hace casi dos siglos. &#191;C&#243;mo pod&#237;a, entonces, probarse la inocencia de un acusado o determinar con certeza su culpabilidad? Bajo el dominio de un rey que legisla y mueve las leyes a su antojo, alentados por su poder, los jueces de este reino se consideran superiores al Creador y, con su arrogancia humana, deciden sobre temas s&#243;lo destinados a la voluntad del rey o a la clemencia divina.

Sea como fuere, lleg&#243; el d&#237;a del Juicio, y la reina Margrat, vestida de luto y cubierta de pies a cabeza, apareci&#243; en la plaza p&#250;blica frente al palacio de Bergen. No le faltaba elegancia, pero en aquella ocasi&#243;n nadie se la reconoci&#243;. En un peque&#241;o cadalso, lo suficientemente alto como para que quienes se hab&#237;an congregado all&#237; pudieran observarlo, el verdugo calentaba al rojo la barra que deb&#237;a sostenerse durante el tiempo que se tardaba en decir la invocaci&#243;n divina. Los nobles, los antiguos compa&#241;eros de armas del rey, los regidores y el resto del pueblo aguardaban sin expectaci&#243;n, como quien presencia un tr&#225;mite obligatorio.

Ni siquiera se hab&#237;an ataviado como correspond&#237;a para mostrarse en presencia de una reina. No luc&#237;an sus ense&#241;as ni las distinciones de guerra. De no haber sido por los gritos de los asistentes, por el viento que agitaba banderolas con los colores del rey Sverre, se hubiera podido pensar que se reun&#237;an para un tr&#225;mite breve, entre caballeros, algo que pudiera ser despachado sin apenas protocolo.

La sueca hab&#237;a logrado que la antipat&#237;a que siempre despert&#243; se hubiera convertido en abierta repulsa. Ni siquiera la insultaban, no, al menos, en voz alta. Algunos maldec&#237;an entre murmullos, pero el sentimiento general era de curiosidad por ver c&#243;mo aquella mujer malvada se las ingeniaba para salir del Juicio de Dios.

El asesinato de Haakon Sverrisson colocaba el pa&#237;s en el mismo punto de partida en el que hab&#237;a estado durante m&#225;s de un siglo. Todos se hab&#237;an hartado de sangre, del miedo, de los malentendidos que convert&#237;an cada conversaci&#243;n en un malabarismo, y aquella mujer p&#225;lida y ego&#237;sta hab&#237;a terminado con el pacificador por un enfrentamiento insignificante.

La reina avanz&#243; hacia el cadalso, se levant&#243; brevemente el velo negro hasta mostrar los ojos, hizo una reverencia ante el crucifijo que le tendieron y design&#243; con un gesto cu&#225;l de sus criados deb&#237;a someterse a la ordal&#237;a. Quienes lo vieron cuentan que era un joven robusto, bien educado, que tendi&#243; sin dudar su mano derecha para apretar el hierro al rojo mientras rezaba la f&#243;rmula impuesta.

Gloria Patri, et Filio et Spiritui Sancto.

Demostr&#243; valor y soport&#243; el hierro candente hasta el final. Lo solt&#243; entonces, retrocedi&#243; y, ba&#241;ado en sudor, hizo adem&#225;n de retirarse, mientras los hombres de Margrat, que, con su librea verde, hab&#237;an vigilado todo el Juicio, se lo llevaban con toda celeridad, para ocultar que estaba medio desmayado. Los jueces los detuvieron.

&#161;Un momento!

&#161;Ya ha resistido la prueba! -gritaron los suecos, y se pudo ver que algunos de ellos se hab&#237;an infiltrado entre el populacho- &#191;Qu&#233; m&#225;s hay que demostrar?

&#191;Quer&#233;is finalizar el Juicio de Dios cuando ni siquiera ha comenzado? -grit&#243; el obispo de Bergen, imponiendo orden.

Le obligaron a mostrar lo que el olor a carne quemada hab&#237;a indicado ya: la mano del siervo de Margrat se hab&#237;a cubierto de ampollas, y cuando las presionaron, el hombre se desvaneci&#243;. Cubrieron con vendas el brazo entero, imprimieron el sello real sobre el lacre para que no aplicaran sobre la mano emplastos ni remedios y lo emplazaron al cabo de tres d&#237;as. La multitud se dispers&#243; con el aire de encontrarse ya preocupada por otros motivos urgentes, y las due&#241;as de la reina se la llevaron con muchas prisas, porque nada bueno pod&#237;an esperar si aguardaban all&#237;.

Cuando transcurrieron los tres d&#237;as, esperaron en vano a que la reina se presentara de nuevo ante los nobles. Ya hab&#237;a corrido la voz de que aquella p&#233;cora hab&#237;a escapado a su pa&#237;s, disfrazada, y el aspecto de las vendas del siervo, de aquella mano devorada por el fuego, demostraba que su alma femenina se encontraba manchada por el pecado. Lo dejaron marchar, y le comunicaron a la princesa Kristin que su condici&#243;n era la de reh&#233;n del nuevo rey que se designara y que se esperaba de ella que, sin tardanza, se desposara con Felipe Simonsson.

Todos los all&#237; convocados fueron infelices en los a&#241;os venideros. Kristin contrajo matrimonio con Felipe Simonsson, tal y como se le hab&#237;a ordenado, pero muri&#243; pocos meses m&#225;s tarde, en un mal parto en el que tambi&#233;n muri&#243; su hijo, con lo que la paz no se sell&#243; hasta que mi hermana Cecilia se cas&#243; con Gregorius, el sobrino de Felipe y su heredero. Hasta entonces la guerra entre bagler y birkebeiner continu&#243;, y sobre la nieve y sobre el musgo se trazaron senderos de sangre noruega.

Margrat vivi&#243; en un exilio perpetuo, sin medios ni amistades, repudiada por todos, porque no se vierte impunemente la sangre de un rey. Y el siervo de la mano quemada apareci&#243; ahorcado de un &#225;rbol, poco tiempo despu&#233;s, deshonrado e in&#250;til para el trabajo tras aquella absurda exhibici&#243;n p&#250;blica. Caiga su muerte sobre el alma negra de Margrat Eriksdotter.

El buen rey Haakon III hab&#237;a muerto con el rostro negro el primer d&#237;a del a&#241;o 1204, y el nuevo siglo se presentaba bajo los peores auspicios. En amplias regiones, los campos hab&#237;an dejado de cultivarse, y las nevadas se iniciaban cada vez antes. Los lobos se hab&#237;an acostumbrado a alimentarse de carne humana, y se les ve&#237;a merodear por los campos de batalla en los que el hielo no permit&#237;a ni siquiera una fosa cavada por compasi&#243;n.

Mientras tanto, mi abuela Inga llevaba un ni&#241;o a la espalda, contaba los meses que la separaban del encuentro que hab&#237;a tenido con los soldados en su aldea y trazaba planes ambiciosos, cada vez m&#225;s alados, la cabeza en las nubes y las manos en las ubres de las cabras que orde&#241;aba. Y as&#237; un d&#237;a se escabull&#243; sin ser notada, con un hato de pan y queso y el ni&#241;o bien fajado, y camin&#243; hasta que lleg&#243; a la frontera donde se hab&#237;a establecido el cuartel general de los birkebeiner.

Tengo conmigo al hijo del rey Haakon -anunci&#243;-. Naci&#243; hace ahora dos a&#241;os, y aunque nunca me dio palabra de casamiento, juro por mi honor que es un ni&#241;o de sangre real, engendrado por Su Majestad en esta humilde sierva.

Estaba convencida de que la arrojar&#237;an de all&#237; a patadas, pero los soldados la llevaron inmediatamente ante el comandante y le ofrecieron bebida y queso y pan para comer.

&#191;Tienes alguna prueba de ello? &#191;Una prenda? &#191;Testigos?

No. Pero si el parecido f&#237;sico no es suficiente, me someto, si es menester, al Juicio de Dios.

El comandante de la plaza, un noble provinciano llamado Torstein Skevla, la mir&#243; durante un instante, sin decir palabra, mientras ella com&#237;a con la cabeza gacha.

Claro -dijo al cabo de un momento, meditando bien cada palabra-. Ya te recuerdo. Mujer, te hemos buscado por todo el pa&#237;s. A ti y a tu hijo, el heredero. Alabado sea Dios, que te ha librado de todos los peligros y te ha tra&#237;do con vida y con salud hasta nosotros.

&#191;Qu&#233; hubiera sido de nosotros sin una Gunhild, una Astrid, una Inga que en un momento determinado hubieran dicho: Este es el hijo del rey? De las mujeres de mi familia, mi madre es la &#250;nica que ha dado a luz herederos leg&#237;timos. &#191;Cu&#225;nta de la sangre del rey Sigurd alimenta mi coraz&#243;n? &#191;Cu&#225;nta del rey Sverre? &#191;Hay, por fortuna, en mi cuerpo una sola gota de Haakon Sverrisson? Tuvimos m&#225;s suerte que otros, que desaparecieron sin descendencia; en los a&#241;os en los que mi padre crec&#237;a sin contratiempos, entre los bagler murieron herederos con cinco, doce a&#241;os. Imagino a un pu&#241;ado de guerreros junto a la cama del ni&#241;o, con las manos entrelazadas y los cuerpos agotados por las luchas, no os mur&#225;is, no ahora, esperad al menos a engendrar un hijo, aguantad siete a&#241;os m&#225;s, dos a&#241;os, que nos quede al menos alguna esperanza.

Eran como yo, esos chiquillos: un manojo de promesas, una casualidad malograda, un d&#237;a de invierno.

La abuela Inga sobrevivi&#243; porque, sin familia, sin honor y sin medios, encontr&#243; un motivo por el que hacerlo. Su hijo, al que llamaron Haakon IV, se convirti&#243; en su &#250;nica raz&#243;n de ser, en el salvoconducto para escaparse de una tierra en la que se condenaba a muerte a quienes daban cobijo a los birkebeiner.

La versi&#243;n que cantan los poetas es la misma que la historia breve, pero adornada con palabras sutiles. Ella, hermosa y sonrosada, atrajo la mirada del rey Haakon, que se encontraba recorriendo Ostfold bajo identidad secreta. Se encontraron junto a una fuente, y ella le dio de beber de su c&#225;ntaro, como hizo la samaritana con Nuestro Se&#241;or. Durante d&#237;as, con peligro de su vida, la cortej&#243;. Inga destacaba en todas las habilidades femeninas rurales, tan distintas a las que deb&#237;a dominar una cortesana, y ten&#237;a la piel del color de la leche, y una sabidur&#237;a innata, la del pueblo noruego al que tanto amaba el rey. Sus caballeros vieron el desarrollo del romance y dejaron que prosperara.

Lleg&#243; el d&#237;a en el que Haakon hubo de marcharse, porque si permanec&#237;a por m&#225;s tiempo en tierras bagler su vida corr&#237;a peligro. Adem&#225;s, deb&#237;a convencer a su hermana Kristin para que se casara con el rey enemigo y se firmara la paz, pero antes de irse, le entreg&#243; un anillo a la dulce Inga y le dijo:

Si el hijo que esperas es var&#243;n, m&#225;ndamelo con esta prenda cuando haya cumplido los ocho a&#241;os, y yo lo educar&#233; como pr&#237;ncipe de Noruega. Si es hembra, env&#237;ame el anillo cuando haya cumplido los quince, y yo la dotar&#233; como a una princesa.

Los caballeros que acompa&#241;aban al rey juraron por su honor que as&#237; hab&#237;a sido, y que ellos sab&#237;an que aquella mujer esperaba un hijo real. Aseguraron que, en ese tiempo, el rey recordaba a menudo a Inga, y fantaseaba con desposarla, aunque no fuera de origen noble; que Margrat la Envenenadora sab&#237;a de esa pre&#241;ez, y que &#233;sa hab&#237;a sido la causa del asesinato, y que hab&#237;an perdido la pista de Inga y del ni&#241;o, aunque se hab&#237;an adentrado en Ostfold en numerosas ocasiones: parec&#237;an haberse esfumado.

Los nobles m&#225;s considerados de Noruega, hijos de soldado, nietos de los que luchaban descalzos con suelas de corcho y corteza de abedul, pusieron a Dios por testigo de que Inga les hab&#237;a entregado el anillo con el sello real, y que desde muy ni&#241;o les parec&#237;a ver en el peque&#241;o Haakon Haakonarson los gestos y las hechuras de su padre. Decidieron que el rey suplente, Inge II, deb&#237;a conocer que exist&#237;a un heredero leg&#237;timo. Pero para entonces, la noticia de que un principito se criaba en tierra bagler se hab&#237;a extendido. Era s&#243;lo cuesti&#243;n de tiempo el que lograran asesinarlo, a &#233;l y a su madre.

De casa en casa, con antorchas en la noche, los bagler comenzaron la b&#250;squeda del ni&#241;o ese mismo invierno. Expon&#237;an a los ni&#241;os varones de dos a&#241;os desnudos sobre la nieve, ante las mujeres llorosas, hasta que les dieran alguna prueba de que no eran el que buscaban. Fue una segunda matanza de los inocentes, que contar&#225; como otro pecado para los bagler. Algunas de las criaturas murieron, y el peque&#241;o Haakon hubiera estado entre ellos, de no ser porque el mismo grupo de guerreros que hab&#237;a acompa&#241;ado a su padre en la incursi&#243;n secreta por Ostlfold se comprometi&#243; a rescatarlo y a llevarlo hasta la corte del rey Inge, en Trondheim.

No queda m&#225;s remedio que presentar al ni&#241;o -le contaron a la madre-. &#191;Lo entiendes? Si dan con &#233;l antes de que sea reconocido por el rey Inge, estaremos todos muertos.

Inga lo comprendi&#243;. Sab&#237;a m&#225;s de escaparse y de salir con vida que ninguno de ellos.

La partida se dividi&#243; en dos. Una facci&#243;n escoltaba a Inga, a la que hab&#237;an ataviado como a una dama para que sirviera de se&#241;uelo, o, al menos, de distracci&#243;n para los perseguidores. Intentar&#237;an llegar a Trondheim por los caminos reales, a lo largo de los cuales las posadas manten&#237;an cierta condici&#243;n neutral.

El segundo grupo parti&#243; a caballo con el ni&#241;o, en la oscuridad sin estrellas de la noche de enero. Eran ocho, y se mov&#237;an con sigilo, con el aliento entrecortado que arrojaba nubes de vapor a sus espaldas.

Unas horas m&#225;s tarde, supieron que los segu&#237;an. Escucharon a los perros y los inconfundibles gritos de guerra bagler. Picaron espuelas y, en medio de una terrible tormenta de nieve, avanzaron hacia el este. Los bagler azuzaban a los perros, y ellos escuchaban los ladridos deformados por el viento, sin saber decir si les pisaban los talones o se encontraban, por el contrario, a leguas de distancia. Agotados, con las cejas cuajadas de escarcha, rezaban en silencio y se preguntaban si tendr&#237;an valor para matar de manera misericordiosa al ni&#241;o antes de que cayera en manos enemigas.

Entonces, el capit&#225;n Torstein Skevla hizo un alto.

No podemos maniobrar de esta manera. Somos demasiados.

Los hombres, que hab&#237;an pensado lo mismo durante las dos &#250;ltimas horas, fijaron la mirada en el suelo.

Skjervald Skrukka vendr&#225; conmigo.

Skjervald era su segundo, y el soldado con el que m&#225;s diferencias hab&#237;a mantenido. Si le eleg&#237;a era porque confiaba en que ser&#237;a capaz de ver aquello que &#233;l no miraba y de pensar de una manera diferente. Sacudieron la nieve que se hab&#237;a acumulado en los esqu&#237;s de las sillas de los caballos y los ataron a sus pies. Torstein envolvi&#243; al peque&#241;o Haakon en dos capas y dio las &#250;ltimas &#243;rdenes a sus hombres:

Continuaremos solos. No les permit&#225;is pasar.

Hasta las &#250;ltimas consecuencias, capit&#225;n.

Se abrazaron todos, abandonando la timidez que durante mucho tiempo los hab&#237;a privado de ese contacto, y, con el ni&#241;o en brazos, los dos guerreros se adentraron en la noche blanca, sin comida, sin agua, con el tesoro de Noruega a su cuidado y la habilidad de sus piernas como &#250;nica arma para preservarlo. Los otros soldados mantuvieron la calma, protegieron los caballos entre los &#225;rboles y aguardaron a que los ladridos los cercaran. Ninguno de ellos regres&#243; con vida, pero su haza&#241;a fue tan celebrada como la de Torstein Skevla y Skjervald Skrukka, que llegaron exhaustos y con los pies congelados a Trondheim, con el ni&#241;o en perfecto estado de salud.

A mi padre le entusiasmaba aquella historia, y con el tiempo deb&#237;a hacer un esfuerzo para recordar que no recordaba la noche de aquella tormenta. Cuando fue coronado, decidi&#243; que una vez al a&#241;o aquel hito deb&#237;a ser repetido, y que los nobles y los villanos que lo desearan podr&#237;an participar, sobre sus esqu&#237;s, en la Birkebeinerrennet, la escapada de los birkebeiner.

Me alegra celebrar, al menos una vez al a&#241;o, que pude estar muerto y que sigo vivo.

Mi padre siempre ha gozado de un extra&#241;o sentido del humor.

La abuela Inga pudo criar a su hijo en la corte del rey Inge, y se convirti&#243; en su sombra, hosca, siempre desconfiada. Nunca tuvo un pr&#237;ncipe mejor esbirro. Avanzaba por los pasillos unos pasos por delante de &#233;l, en el campo de juego unos por detr&#225;s, probaba la comida de su cuchara y el vino de su copa.

Los otros muchachos le ten&#237;an p&#225;nico. Inga surg&#237;a de la nada, para agarrarlos de un brazo.

&#191;Qui&#233;n eres t&#250;? &#191;Cu&#225;l es tu casa?

En los entrenamientos o las expediciones, vedadas a las mujeres, continuaba a trav&#233;s de ellos su vigilancia. Dos meses al a&#241;o los j&#243;venes navegaban hasta las Oreadas, donde se escond&#237;an varios de los campamentos de los birkebeiner, y eran instruidos con una severidad espartana. Tras esa prueba, muchos, sobre todo los menores, regresaban cojos, eliminados del ej&#233;rcito por cobardes o enloquecidos por las penalidades.

Cuida de mi hijo -le recordaba a alguno de los j&#243;venes de m&#225;s edad que le acompa&#241;aban-. Alg&#250;n d&#237;a estar&#225; en disposici&#243;n de devolverte el favor y no lo olvidar&#225;. &#191;Me oyes?

Pese al miedo, sent&#237;an respeto por ella, porque entre tanto condesito y tanto heredero malcriado, al que sus madres guardaban como tesoros, Inga no los sobornaba ni se mostraba como no era. Exig&#237;a su nombre o que custodiaran a su hijo con una autoridad casi real, como si le fuera debido y estuviera de m&#225;s solicitarlo.

Ten&#237;a buenas razones para mantenerse alerta. Si el muchacho mor&#237;a, si quedaba lisiado, nadie se preocupar&#237;a por ellos. El ni&#241;o resultaba &#250;til porque hab&#237;a sido reconocido heredero por el rey Inge, pero faltaban la aprobaci&#243;n de la Iglesia y las lealtades de los nobles. Incluso aunque llegara a adulto, las posibilidades de que muriera en alguna batalla en la que necesariamente deb&#237;a destacar para lograr m&#233;ritos eran alt&#237;simas, y si no hab&#237;a procreado antes, todo habr&#237;a sido en vano.

En la corte, Inga recib&#237;a el trato de una dama de segunda sangre. Ning&#250;n noble hab&#237;a querido desposarla, por respeto a la memoria del rey envenenado, y las dos &#250;nicas insinuaciones que le fueron hechas en ese sentido fueron despachadas con una inusitada violencia, muy para la satisfacci&#243;n de Haakon. La uni&#243;n entre ellos era extrema, m&#225;s propia de compa&#241;eros de armas que de madre e hijo.

El rey Inge muri&#243; justo a tiempo: mi padre acababa de cumplir los trece a&#241;os, hab&#237;a sido designado heredero, y el otro aspirante, Skule B&#225;rdsson, pose&#237;a pocos apoyos pese a su mayor edad y experiencia. El joven Haakon se hab&#237;a ganado las voluntades de quienes lo conoc&#237;an. De allanar las dificultades pol&#237;ticas se encargaban Torstein Skevla y Skjervald Skrukka, sus padrinos, que hab&#237;an escalado en influencia y poder desde la primera vez que Inga hab&#237;a recurrido a ellos, y que trabajaban en acuerdo estrecho con ella.

En la familia se cuenta que la idea fue de la abuela, y no hay razones para que no fuera as&#237;. Siempre posey&#243; un s&#243;lido sentido pr&#225;ctico y una capacidad para ver sin telara&#241;as entre los enga&#241;os palatinos. El joven Haakon contaba con la formaci&#243;n adecuada y con m&#225;s influencia ganada sobre el resto de los pretendientes al trono. Adem&#225;s, Felipe Simonsson, el rey bagler, acababa de fallecer, mientras que el joven Haakon, no siendo m&#225;s que un muchacho, hab&#237;a engendrado ya un hijo en las Oreadas. Era el momento adecuado para finalizar las disputas intestinas; &#250;nicamente faltaba el respaldo de la Iglesia, que ve&#237;a con ojos aviesos que un ni&#241;o con una historia tan oscura y tan poca legitimidad gobernara sobre un pa&#237;s cristiano.

Sin los obispos, no conseguiremos nada -dijo la abuela a los padrinos-. Y si a m&#237; no me han cre&#237;do, deber&#225;n creer a Dios.

Y as&#237;, unos a&#241;os m&#225;s tarde de la vergonzosa ordal&#237;a de Margrat la Envenenadora, la abuela Inga se presentaba ante el pueblo, los nobles y los obispos para someterse a un nuevo Juicio de Dios.

Aquella escena se encontraba fresca en la memoria de todos los que all&#237; se hallaban. Como las heridas del siervo ahorcado, la muerte de Haakon III, con su paso tan breve, tan ben&#233;fico, no hab&#237;a curado nunca, y si algo deseaban los presentes era creer que el jovencito alto y risue&#241;o que se encontraba junto a los jueces era carne de su carne.

Con un mimo especial, la abuela se hab&#237;a encargado de que las circunstancias de su Juicio de Dios y del de la Envenenadora fueran id&#233;nticas, y lo hab&#237;a logrado: con un escalofr&#237;o, quienes recordaban aquella fecha como el regreso del caos encontraron las banderolas con los colores del rey Sverre, y en un estrado alto, pero no ostentoso, a los nobles, los obispos y los lendmenn sentados por edad y privilegios.

S&#243;lo se hab&#237;an desviado en un detalle, que los padrinos aprobaron satisfechos: la barra de metal que el verdugo calentaba al rojo en la plaza de Bergen no era tal, sino una cruz que pod&#237;a aferrarse c&#243;modamente con una mano.

Inga de Varteig avanz&#243; con dignidad, r&#237;gida bajo su manto de viuda, con un velo espeso sobre el rostro, que s&#243;lo levant&#243; en el momento de santiguarse, antes de tomar la cruz. Recorri&#243; con la mirada a los all&#237; reunidos, a la multitud capaz de ensalzarla o de despedazarla, y grit&#243; a pleno pulm&#243;n para hacerse o&#237;r.

Juro ante Dios y ante los hombres que el hijo de mi seno es el leg&#237;timo heredero de Haakon Sverrisson, que yaci&#243; conmigo como esposo antes de su muerte! &#161;Y si miento, que el Cielo me lo reclame!

Con un gesto brusco, cerr&#243; la mano sobre la cruz que con unas tenazas le ofrec&#237;a el verdugo.

&#161;Gloria Patri, et Filio, et Espiritui Sancto!

Yo he visto esa cruz incontables ocasiones. Es de metal, muy sencilla, la obra primeriza de un herrero de pueblo. La he sostenido de manera similar a como mi abuela lo hizo, con la palma contra la uni&#243;n de los dos brazos, all&#237; de donde colgar&#237;a Nuestro Salvador. He imaginado el dolor, la extensi&#243;n de la quemadura del metal en su mano enorme.

Inga de Varteig no ten&#237;a derecho a elegir a quien valiera por ella, porque, trato de dama aparte, era una sierva de nacimiento. Incluso aunque hubiera existido alg&#250;n resquicio legal, ella misma hab&#237;a insistido en poner de manifiesto en su carne que dec&#237;a la verdad. Sab&#237;a que nadie, en generaciones, olvidar&#237;a aquel d&#237;a ni negar&#237;a lo que vieron.

La abuela dej&#243; caer la cruz sobre los carbones y se volvi&#243; a los que la observaban alrededor del cadalso. No se dirigi&#243; a los jueces, sino que mostr&#243; el brazo extendido al pueblo, a los que segu&#237;an la ordal&#237;a con una oraci&#243;n en los labios. El alarido de la gente fue ensordecedor. En la mano de aquella mujer enlutada no hab&#237;a ninguna huella ni se&#241;al, nada, salvo piel reseca y unos dedos cuadrados, masculinos, que hab&#237;an segado y cosechado y lavado en agua helada, y ahora rozaban una corona.

Los cl&#233;rigos dieron fe: la mano de la madre del rey (ya no cab&#237;a duda de ello) se encontraba tan fresca y limpia como si hubiera sostenido una azucena, y no un metal al rojo. No hubo necesidad de vendas, ni de los tres d&#237;as de espera, aunque hubiera sido lo adecuado. En medio del griter&#237;o y las bendiciones generales, la madre y el hijo fueron llevados en volandas al interior del palacio real. Los fieles a mi padre se abrazaban, besaban la mano de la abuela, se felicitaban como si el resto de las guerras estuvieran ya ganadas.

En parte, as&#237; fue. A&#250;n restaba la certificaci&#243;n papal, y s&#243;lo faltaba una guerra m&#225;s, la m&#225;s cruel, la que devast&#243; a mi familia y amenaz&#243; con romper de nuevo el pa&#237;s. Pero nadie dudaba ya del derecho divino de Haakon Haakonsson al trono noruego: las otras luchas tuvieron lugar por otras razones.

Ens&#233;&#241;anos c&#243;mo lo hiciste, abuela -le preguntamos en alguna ocasi&#243;n, dispuestos a maravillarnos como ante alg&#250;n mago-. Dinos c&#243;mo se puede caminar sobre brasas sin quemarse, c&#243;mo puedes atrapar el hierro candente.

La abuela nos prestaba la misma atenci&#243;n breve y a disgusto de siempre.

Vosotros no entend&#233;is nada -contestaba-. Despu&#233;s de lo que hab&#237;a vivido, aquella prueba era insignificante. Dios me lo deb&#237;a.

Nunca dijo m&#225;s, pero a mi padre no le guardaba secretos. Mi padre no ten&#237;a secretos con mi madre, y mi madre odiaba los secretos. As&#237; funcionaba mi familia, y de esa manera nos enter&#225;bamos de todo lo que los mayores deseaban que supi&#233;ramos pero consideraban poco digno contarnos.

La hab&#237;an acorralado cuando regresaba a la aldea con el ganado, despu&#233;s de tres d&#237;as sola con sus cabras en la monta&#241;a. Ella era pobre incluso entre los pobres; vagaba sin rumbo con los animales por un jornal, y ni siquiera se hab&#237;a enterado de que las hostilidades recorr&#237;an de nuevo aquel territorio.

Junto con otras dos mujeres, los soldados birkebeiner la llevaron a un cobertizo, donde las encerraron durante un d&#237;a entero, sin comer ni beber. Una de las compa&#241;eras se ahorc&#243; con su enagua, que hab&#237;a desgarrado a tiras. Inga y la otra le ayudaron: estaba reci&#233;n casada, no podr&#237;a regresar al pueblo con honor. Sus propios padres, su marido, la habr&#237;an condenado al destierro o la habr&#237;an dejado morir de hambre.

Pi&#233;nsalo de nuevo -le dijo Inga-. S&#243;lo se vive una vez.

La chica movi&#243; la cabeza, resignada, y se dej&#243; caer desde el techo.

Durante el segundo d&#237;a, los soldados aparecieron en dos ocasiones. Hab&#237;an realizado una incursi&#243;n hasta el valle y regresaban de buen humor, porque tra&#237;an con ellos a todos sus hombres. Les dieron pan, carne y aguardiente. La otra mujer se neg&#243; a probar bocado y suplic&#243; con la voz enronquecida por las l&#225;grimas que la dejaran regresar con su familia.

Tengo dos hijos peque&#241;os

Inga observaba los rostros de los birkebeiner y c&#243;mo cuando uno de ellos parec&#237;a a punto de conmoverse los otros se mofaban, y por lo tanto, le forzaban a ser el m&#225;s cruel de todos, para ganarse su respeto. Apret&#243; los dientes para que dejaran de temblarle los labios, y cuando le toc&#243; el turno, no pidi&#243; clemencia. Era virgen, de manera que acept&#243; el aguardiente para darse fuerzas y bebi&#243; casi tanto como los hombres.

A la ma&#241;ana siguiente, ayud&#243; a que la segunda mujer se ahorcara.

As&#237; condenas a tus hijos -dijo Inga, a la que le dol&#237;a la cabeza tanto que cualquier otra sensaci&#243;n quedaba embotada y lejana.

No tengo ning&#250;n hijo -contest&#243; la otra, ya casi sin voz.

S&#243;lo eran dos, y no pudieron colocar la cuerda trenzada con tanta precisi&#243;n como con la otra muchacha, de manera que la mujer forceje&#243; en una agon&#237;a eterna, con los pies en escorzos imposibles, hasta que se balance&#243; suavemente, de un lado a otro. Inga la auxili&#243; porque lo cre&#237;a su obligaci&#243;n, aunque estaba convencida de que los hombres, enardecidos por el desaf&#237;o de las mujeres, la tomar&#237;an con ella. No fue as&#237;. Sorprendidos por su valor, y ya un tanto hastiados de violencia, le permitieron que se sentara con ellos y la alimentaron con generosidad.

&#191;C&#243;mo te llamas?

Inga.

&#191;Cu&#225;ntos a&#241;os tienes?

No lo s&#233;.

&#191;Viven tus padres?

No lo s&#233;.

&#191;Quieres venir con nosotros?

No lo s&#233;.

Tres d&#237;as m&#225;s tarde la liberaron. Los vio marchar en la puerta del cobertizo, y no entr&#243; de nuevo hasta que los caballos no eran sino una mancha min&#250;scula entre los &#225;rboles. Ten&#237;a moratones por todo el cuerpo y un olor nauseabundo pegado a la piel, pero salvo eso, se encontraba bien. No la golpearon porque no opuso resistencia, pero sus manos y sus piernas le hab&#237;an estragado la piel. No hab&#237;an matado sus cabras, y le dieron una moneda de plata, casi a escondidas, como si quisieran lavar su conciencia. La hab&#237;an violado todos, los ocho, cada d&#237;a, por riguroso turno jer&#225;rquico, sin ni siquiera permitir que se lavara entre uno y otro.

Cuando se alej&#243; del cobertizo pens&#243; en arrojar al r&#237;o la moneda, que le quemaba en la mano. Tras un instante alej&#243; ese pensamiento, desech&#243; el orgullo y la escondi&#243; en la saya. Tendr&#237;a que comer, tarde o temprano, y no esperaba clemencia en su aldea.

Mientras le abr&#237;a las piernas y las manten&#237;a separadas por las rodillas, el &#250;nico birkebeiner con barba le hab&#237;a dicho:

Di que viva el rey Haakon Sverrisson.

Viva el rey Haakon Sverrisson -hab&#237;a repetido ella, ya borracha e insensible a cualquier dolor.

&#161;Dilo m&#225;s alto!

&#161;Viva! &#161;Viva el rey Haakon Sverrisson!

No sab&#237;a qui&#233;n era. Hasta entonces, no hab&#237;a escuchado aquel nombre jam&#225;s.


Mi madre, la reina, que era quien, ara&#241;ada por las guerras civiles, m&#225;s deb&#237;a llorar, ocultaba sus penas con una fortaleza que yo no he heredado. Cuando mi padre, o su ej&#233;rcito, mataban a alguno de sus parientes, era la primera en celebrarlo y en defenderse as&#237; de las murmuraciones.

No son mis hermanos, ni mi padre, desde que me casaron. A esta familia le debo fidelidad, y mal pagar&#237;a al Cielo lo que me ha dado si mostrara pesar por sus enemigos.

Cualquier otra hubiera dicho algo parecido y luego, a escondidas, con sus criadas, con sus amigas o sus hijas, hubiera llorado y rendido respetos a sus muertos. Mi madre no. Aceptaba que la vida, que su propio padre, la hubiera situado en ese bando y abrazaba esa causa con las espinas y con la gloria.

Seg&#250;n las leyes naturales, mi madre y la abuela Inga hubieran debido odiarse. No cabe bajo el cielo una disparidad mayor de caracteres, de intereses y de or&#237;genes. Adem&#225;s, las dos amaban con pasi&#243;n a mi padre, y quiz&#225;s esa coincidencia era la que podr&#237;a haber desencadenado mayores males que los desacuerdos.

Mando sobre un pa&#237;s para que dos mujeres acaben gobernando sobre m&#237; -refunfu&#241;aba mi padre, y tambi&#233;n mi hermano, en los d&#237;as en los que ellas los agobiaban con sus peticiones, o en las ocasiones, frecuentes, en las que ellas hab&#237;an tenido raz&#243;n en un consejo o en una advertencia.

Sin embargo, mediaba entre ellas una armon&#237;a que se extend&#237;a al resto de la casa, y el afecto que se mostraban, mi madre con su natural serio y desprendido, mi abuela con sus reservadas maneras, no me prepar&#243; para las intrigas de una corte como la castellana. Ni una mala palabra se cruz&#243; nunca entre ellas. Antes bien, conspiraban para lograr el bien de mi padre, y era extra&#241;o que dieran un paso sin consultar, o al menos anunciar a la otra qu&#233; senda seguir&#237;an. Mi abuela no interfer&#237;a en nada relacionado con nosotros o la intimidad del matrimonio, y mi madre nunca sinti&#243; inter&#233;s por la vida p&#250;blica y las artes pol&#237;ticas, en las que la abuela Inga tanto se jugaba.

Era frecuente verlas, cabeza con cabeza, juntas, en una meditaci&#243;n que iniciaba una y continuaba la otra. O flanqueando a mi padre en la mesa, a la espera de una excusa para quedarse a solas con &#233;l y presentarle un problema.

El viejo Oyvind

Ese ni&#241;o que nos encomendaron

La cerveza que te empe&#241;aste en comprar

La abuela opina

Mi madre hab&#237;a nacido en una casa noble llamada Rein, en la regi&#243;n de Fosen, como hija del duque Skule B&#225;rdsson, un firme aspirante al trono, y su destino se decidi&#243; muy pronto: fue una maniobra cl&#225;sica, que se hab&#237;a repetido desde hac&#237;a siglos y que en ocasiones funcionaba con mayor efectividad que un tratado, o como refuerzo del mismo.

El rey Inge miraba al duque con afecto, porque hab&#237;a desbaratado varias rebeliones, la m&#225;s grave de ellas, la de los campesinos que se hab&#237;an amotinado en Tr0ndelag. Adem&#225;s, eran parientes. Aunque mi padre hab&#237;a sido nombrado heredero, Skule fue designado su tutor, debido a su poca edad, y gobernaba sobre un tercio de Noruega. Otro tercio se encontraba bajo el cetro de Felipe Simonsson, el rey bagler. Todos aguardaban a que el honesto Inge muriera para saltar sobre el trono, y el buen rey muri&#243; sabedor de que as&#237; ser&#237;a, repartiendo consejos a unos y a otros. Pero Haakon, al que cre&#237;an dominado por la mano de Skule, decidi&#243; que sus derechos al trono deb&#237;an ser respetados.

Las reuniones que se convocaron para llegar a un acuerdo entre los pretendientes terminaban con espantadas de los nobles, con m&#225;s intrigas y con pactos que duraban lo que las hojas en los &#225;rboles. Skule, obedeciendo un antiguo deseo del rey Inge, decidi&#243; casar a su hija con el heredero, Haakon, aquel ni&#241;o misterioso aparecido entre la nieve y la noche, convertido en un mozo de acero y voluntad, y asegurar as&#237; la satisfacci&#243;n de todos los aspirantes. Con esa boda, Skule no ser&#237;a rey, pero s&#237; suegro de rey y abuelo de reyes, y ver&#237;a a su hija en el trono.

No es de mi entera satisfacci&#243;n -dijo el abuelo a quien quisiera escucharle, y eran muchos los que deseaban prestarle o&#237;dos, rumiando la revancha-, porque el origen del muchacho a&#250;n no se ha refrendado, y porque as&#237; me entrego a &#233;l sin luchar. Pero sea, si eso nos ahorra verter m&#225;s sangre.

Poco despu&#233;s de que tuviera lugar el Juicio de Dios en Bergen, a&#250;n a la espera de que Roma se pronunciara acerca de la legitimidad de mi padre, pero con toda Noruega entregada ante el milagro que hab&#237;an presenciado, a mi madre, que no hab&#237;a cumplido los once a&#241;os, se le pidi&#243; opini&#243;n. &#191;Deseaba ella casarse con aquel joven?

Ella pidi&#243; contemplarle en persona, sin ser vista y sin que &#233;l supiera el rango que ella ten&#237;a. Mi madre, a la que hab&#237;an educado para obedecer, pero s&#243;lo si la orden no contradec&#237;a su moral y su dignidad, conoc&#237;a vagamente a su futuro esposo, y el acuerdo le parec&#237;a bien, pero era ni&#241;a, al fin, y hab&#237;a o&#237;do hablar mucho ya de Haakon Haakonsson como para no sentir deseos de al menos curiosear.

Su t&#237;a se la llev&#243; al palacio en el que hab&#237;a vivido el rey Inge, convertido en campamento de maniobras, con la excusa de visitar a sus primos, y, con un brial de sarga, como si fuera una criadita, lo observ&#243; en los ejercicios de destreza primero, y luego, durante un descanso, en el que emple&#243; a otro de sus compa&#241;eros como montura y se dej&#243; caer luego sobre la hierba, riendo.

&#191;Te gusta? -pregunt&#243; la t&#237;a, que recordaba con cu&#225;nta intensidad se clavan las emociones en las almas j&#243;venes.

S&#237; -dijo ella.

Se comprometieron en una ceremonia r&#225;pida, demasiado formal para que pudieran entenderla, y ella regres&#243; a casa con sus padres hasta que, seis a&#241;os m&#225;s tarde, tuviera lugar la boda.

Durante esos seis a&#241;os, muchos sucesos hab&#237;an tenido lugar: la guerra, siempre la guerra. La muerte de parientes y el miedo constante de las mujeres. Cuando mi madre se reencontr&#243; con mi padre hab&#237;a perdido gran parte de su inocencia. La cercan&#237;a del matrimonio y el goteo continuo de las obligaciones que, como futura esposa, se esperaban de ella hab&#237;an restado ilusi&#243;n a la jovencita. Le asustaba casarse, pero le aterraba a&#250;n m&#225;s no llegar a estarlo, o que su prometido falleciera de manera imprevista y quedarse viuda antes de la boda.

Conoc&#237;a de los hombres algunas pasiones y comportamientos; sab&#237;a que el primer amor de su futuro marido hab&#237;a muerto de parto, y no se le ocultaba la existencia de los dos ni&#241;os que hab&#237;an nacido en las Oreadas. Le hab&#237;an aconsejado que los criara como propios, y no sab&#237;a si podr&#237;a albergar afecto por ellos. No se le escapaba tampoco que, de no gustarse Haakon y ella o no considerarlo conveniente, cualquiera de los dos pod&#237;a poner fin al matrimonio; pero resultaba claro que para ella hubiera sido casi imposible encontrar un marido a su edad y en esas circunstancias.

&#191;Qu&#233; os dijisteis la primera vez que os visteis, mam&#225;?

Nada. La primera vez &#233;l no me vio.

Pero &#191;y la primera vez que s&#237; os visteis? -insist&#237;a Cecilia, tan ansiosa de comprender el pasado de nuestros padres como yo.

No nos permitieron hablar. En nuestra ceremonia de compromiso nos unieron las manos, repetimos las f&#243;rmulas en lat&#237;n y cada uno regres&#243; con su familia.

Nosotras, exasperadas, suspir&#225;bamos.

Entonces, m&#225;s tarde, cuando de nuevo os encontrasteis, antes de la boda.

Las j&#243;venes bien educadas no habl&#225;bamos con los novios antes de la boda.

Pero en alg&#250;n momento tuvisteis que deciros algo.

Con los maridos no se habla, Cecilia. Se combate.

Al cabo de alg&#250;n tiempo, al vernos enfurru&#241;adas y decepcionadas, se reconciliaba con nosotras.

No recuerdo las primeras palabras que nos intercambiamos vuestro padre y yo, pero s&#237; recuerdo que en las v&#237;speras de la boda una de las due&#241;as arrastraba de la mano a dos ni&#241;os muy t&#237;midos. Uno era un muchachito, y la otra, una ni&#241;ita de rizos rojos.

Nosotras, sobre todo yo, mucho menor, conten&#237;amos la respiraci&#243;n, porque por primera vez Sigurd y Cecilia aparec&#237;an en nuestra historia familiar.

Yo no sab&#237;a a&#250;n que esos ni&#241;os eran mis primeros hijos, pero mi coraz&#243;n vol&#243; con esa ni&#241;a pelirroja, y a&#250;n no se ha apartado de ella.

Alg&#250;n tiempo m&#225;s tarde supe que lo que mi madre contaba no pod&#237;a ser cierto: Sigurd y Cecilia hab&#237;an llegado con un convoy, con parte de los bienes que las Oreadas regalaban a mi padre como tributo de las bodas, y no fue sino dos meses despu&#233;s de la boda cuando mi madre los encontr&#243; y los prohij&#243;.

Por mucho temor que hubiera sentido a que no se celebrara la boda, ella no se mostr&#243; demasiado ansiosa por casarse: hubiera sido una muestra de desprecio a su familia de origen y una se&#241;al de que era una mujer d&#243;cil, dispuesta a cualquier cosa por complacer a su marido. Eran tiempos curiosos aqu&#233;llos, en los que los hombres mor&#237;an como moscas y condenaban a las mujeres a agostarse sin hijos ni esposos, pero en los que, al mismo tiempo, ellas deb&#237;an mostrarse reacias a casarse, y ocultaban lo que m&#225;s deseaban.

Mi madre oblig&#243; a mi padre a un breve cortejo, le rehuy&#243;, le hizo sentirse un cazador en busca de una cierva, y sembr&#243; para siempre la desconfianza en su coraz&#243;n. &#201;l, el adorado de todos, la esperanza de Noruega, no pod&#237;a conseguir sin esfuerzo que una muchacha de diecis&#233;is a&#241;os le diera un beso, y nada le aseguraba que en la siguiente cita se lo concediera de nuevo.

No te comprendo, mujer -le dec&#237;a, mientras ella se defend&#237;a con u&#241;as y dientes de &#233;l, ocultando la risa, en los pocos momentos, cuidadosamente dispuestos, en los que los mayores los dejaban a solas.

Ya me comprender&#225;s. Tienes toda la vida para la comprensi&#243;n.

Dios me libre de ello -se quejaba &#233;l, tambi&#233;n riendo.

Y en la siguiente ocasi&#243;n repet&#237;an de nuevo el juego: ella se escapaba, &#233;l la acorralaba por unos instantes hasta que una patada o un ara&#241;azo le permit&#237;a correr libre.

Ya casados, no olvid&#243; nunca que la primera lecci&#243;n de una mujer casada era mantener siempre la sonrisa pronta y el misterio sobre sus emociones. Si nadie adivinaba qu&#233; era lo que deseaba o lo que le repugnaba, nadie podr&#237;a acusarla de intrigar a favor de sus intereses.

Nunca compart&#237;a del todo sus pensamientos con su marido, y &#233;l se acostumbr&#243; a malvivir en la incertidumbre de si su mujer le amaba o no. De vez en cuando, sin venir a cuento, le regalaba joyas, que mi madre aceptaba con una sonrisa pero dejaba luego olvidadas en cualquier rinc&#243;n, como si no les diera la menor importancia o encontrara normal que apreciaran su valor con oro. Hizo siempre de &#233;l lo que quiso, pero se asegur&#243; de que lo que ella quer&#237;a fuera lo adecuado para &#233;l.

No te regalar&#233; nunca nada m&#225;s -promet&#237;a &#233;l, al que le gustaba que sus presentes fueran acogidos con grandes celebraciones y agradecimiento eterno-. He reservado a mi orfebre preferido durante dos meses para montarte esa sortija de esmeraldas, y esta noche la olvidaste sobre la mesa de la cena. &#191;C&#243;mo puedes hacerme esto, mujer?

Mi cabeza se ocupa de demasiadas tareas. De todas maneras, no necesitaba m&#225;s sortijas.

Mi padre se enfurru&#241;aba a&#250;n m&#225;s.

Nunca te regalar&#233; nada m&#225;s.

Me parece lo justo -dec&#237;a ella.

Unas semanas m&#225;s tarde mi padre aparec&#237;a con un rollo de seda o unas cintas bordadas, o con una nueva joya. Y mi madre, sin que nadie pudiera apercibirse de ello si no prestaba mucha atenci&#243;n, sonre&#237;a, victoriosa.

Intent&#243; ense&#241;arnos ese comportamiento a Cecilia y a m&#237;, pero fue una de las pocas empresas en las que fracas&#243;: Cecilia hab&#237;a nacido con el don de esparcir la felicidad y, sin esfuerzo, era adorada y obedecida. Dicen que los que son as&#237; permanecen pocos a&#241;os en este mundo, pero cre&#237;amos que la suerte de mi hermana lograr&#237;a evitar ese destino.

La &#250;ltima guerra civil tuvo lugar porque as&#237; lo quer&#237;a Dios, porque, de otra manera, no existe ning&#250;n motivo para que ocurriera. Ni mi padre ni sus enemigos la deseaban, y la evitaron por todos los medios. Aun as&#237;, sucedi&#243;, y en ella murieron los dos hombres m&#225;s notables de su tiempo: mi abuelo materno, Skule B&#225;rdsson, y el lendmann poeta Snorri Sturlusson.

A mi cu&#241;ado, el noble rey Alfonso, que se siente a gusto entre poetas, le hubiera gustado conocer a Snorri: quiz&#225;s extrajera una ense&#241;anza de su vida, de lo in&#250;til de que los se&#241;ores se dediquen a las letras y a la poes&#237;a. Como todos los islandeses, Snorri compon&#237;a versos, que dedicaba a los dioses paganos y a los reyes vivos. Como todos ellos, tambi&#233;n, manten&#237;a una delicada relaci&#243;n con Noruega, extremada, en su caso, por el hecho de que mi pa&#237;s le hab&#237;a convertido en el hombre m&#225;s adinerado y poderoso del suyo. Sentimos poco su muerte, aunque mi padre y mi hermano Haakon le admiraban, porque en aquellos d&#237;as hab&#237;a muertes m&#225;s cercanas por las que lamentarse y enemigos m&#225;s amables por los que sufrir.

Mi abuelo Skule hab&#237;a muerto. Cre&#237;mos que era lo que deseaba. Aquel se&#241;or noble, estirado con los extra&#241;os, cercano con nosotros, los ni&#241;os, se hab&#237;a inmolado en una pelea contra su yerno que sab&#237;a perdida de antemano, pero a la que su bando le hab&#237;a obligado. Unos d&#237;as antes se hab&#237;a despedido de nosotros. Se hab&#237;a inclinado en una reverencia ante la abuela Inga, a la que admiraba, y nos hab&#237;a dejado a los nietos, a&#250;n ignorantes de lo que ocurr&#237;a en realidad, berreando entre l&#225;grimas.

Desde que mis padres se hab&#237;an casado, la relaci&#243;n entre mi padre y mi abuelo hab&#237;a crecido como las malas hierbas, sin flores y con ra&#237;ces que envenenaban el suelo. Las escaramuzas entre los partidarios de uno y de otro menudeaban, y un aire espeso y enturbiado permanec&#237;a en las salas en las que se reun&#237;an y discut&#237;an. Dos d&#237;as despu&#233;s de que el padre de mi madre presentara sus respetos ante la madre de mi padre, el abuelo Skule se reuni&#243; con dos huestes que aguardaban por &#233;l en Nidaros, en el coraz&#243;n de sus posesiones.

Nuestros mensajeros, que aguardaban los informes de los esp&#237;as en la frontera entre tierras, reventaron dos caballos para que la noticia volara.

Tu padre se ha proclamado rey -nos anunci&#243; el m&#237;o, con la frente surcada de arrugas. Mi madre retrocedi&#243; hasta su asiento y se dej&#243; caer en &#233;l.

No puede ser posible.

Ha asaltado la catedral de Nidaros, ha robado las reliquias de san Olav, frente a las que ha jurado lealtad a Noruega, y ha enviado emisarios al Papa, a los suecos y a los lendmenn rebeldes. Desde hace meses sus hombres recorr&#237;an el norte del pa&#237;s para reclutar otro ej&#233;rcito, eso ya lo sab&#237;amos, pero cre&#237; que no era m&#225;s que otro intento de intimidaci&#243;n.

Deber&#237;amos haber accedido a sus peticiones -dijo la abuela-. Si ninguna guerra trae nada bueno, no podremos contar los males que nos costar&#225; &#233;sta.

Mi madre se revolvi&#243; contra ella.

&#191;Y entregar un tercio del reino a mi hermano Peter? Antes prefiero la muerte que robarle as&#237; la herencia a mi hijo.

Skule ten&#237;a derecho a su tercio y a designar heredero -dijo mi padre-. Y nosotros ejercimos el nuestro a no dar nuestra aprobaci&#243;n a su heredero. Se acercan tiempos complicados; sobre todo para ti, Margret. Reserva tus fuerzas para esas luchas.

Esto prueba -dijo mi abuela, cuyo silencio demostraba que hab&#237;a continuado absorta en sus pensamientos, como si se encontrara en otra sala y lo que ocurriera ante sus ojos no le ata&#241;era- que hemos de adoptar el sistema de sucesi&#243;n que siguen los franceses. Un hijo leg&#237;timo que herede del padre y que legue al nieto leg&#237;timo el trono. Las elecciones de los senados, los tribunales y los duques s&#243;lo nos han cubierto de heridas y de muertes.

S&#237;, madre, s&#237; -contest&#243; mi padre, harto de la canci&#243;n mil veces repetida-. Ten&#233;is raz&#243;n. Ten&#233;is raz&#243;n las dos, como siempre, ten&#233;is raz&#243;n. Haakon, y no Sigurd, un heredero de sangre designado y jurado.

Y que ni se te pase por la cabeza el casar a Kristina con tu cu&#241;ado Peter -remach&#243; mi abuela.

Mi padre se levant&#243;, furioso, con lo que demostr&#243; que la idea hab&#237;a madurado ya en &#233;l, y parti&#243; al d&#237;a siguiente hacia el sur, donde trazar&#237;a la defensa contra los rebeldes, enfadado con las mujeres de su casa.

En Bergen comenzamos con el racionamiento de las porciones de comida, de le&#241;a y grasa, y organizaron el env&#237;o de monturas, hombres y suministros al frente, que no podr&#237;a alimentarse &#250;nicamente con lo que encontrara en su camino hacia el sur: la primavera a&#250;n se encontraba muy tierna, y los campos no hab&#237;an granado. La abuela se convirti&#243; en la sombra de mi madre: no la abandonaba ni un momento, y si mi madre se comportaba como una reina y fing&#237;a ocuparse &#250;nicamente de los asuntos dom&#233;sticos y manten&#237;a el rostro sereno de siempre, la vieja Inga clavaba su mirada perturbadora en todos y cortaba, antes de que hubieran brotado, los comentarios maliciosos sobre mi madre.

&#191;Hay noticias? -les pregunt&#225;bamos cada ma&#241;ana a los emisarios, a los correveidiles, a los muleros que cubr&#237;an los tramos entre el frente y Bergen. Muy lentamente, la luz mortecina de marzo se abr&#237;a camino entre el fr&#237;o.

Se combate en Nannestad, en las proximidades de Oslo.

&#191;Qu&#233; m&#225;s se sabe? -inquir&#237;a mi madre, con el mismo tono despreocupado con el que pedir&#237;a otro hilo para su costura.

El rey se ha retirado, pero las bajas son pocas, y &#233;l no ha recibido heridas.

Entonces, con la ayuda de Dios, se recuperar&#225;n y dominar&#225;n a los rebeldes.

Las cartas del sur nos indicaron que el duque Skule, con un ej&#233;rcito muy reducido pero compuesto por guerreros experimentados y &#225;speros, se hab&#237;a hecho con Oslo. Mi madre, en privado, se retorc&#237;a las manos de angustia.

&#191;Qu&#233; hace tu padre que no se lanza desde las colinas? Les aventajan en n&#250;mero.

Est&#225; preparando un ataque por la costa -explicaba mi hermano Haakon, en voz baja, mientras nos serv&#237;an vino aguado y gachas, la comida real desde que hab&#237;an comenzado las hostilidades. Se&#241;al&#243; hacia los siervos, siempre atento a qu&#233; noticias propagaban-. As&#237; los envolver&#225; y los estrangular&#225; en la ciudad.

&#161;Qu&#233; sabr&#225;s t&#250; de c&#243;mo piensa mi padre! -se quejaba la reina-. Defender&#225; la ciudad calle a calle, piedra a piedra. Se maneja mejor en ese terreno, en el que cuenta m&#225;s la pericia que la fuerza, que en campo abierto. &#191;D&#243;nde est&#225; el escribano? Debo alertar al rey.

Las cartas no llegar&#225;n a tiempo. Deben de estar luchando hoy mismo, quiz&#225;s ma&#241;ana.

Yo rezaba con el rosario que colgaba de mi cintur&#243;n y ayunaba durante las horas de oscuridad, pero con poco convencimiento, segura como estaba de la victoria de mi padre. Apenas recordaba algunos gestos dispersos del abuelo Skule, renacidos de pronto en un movimiento de mi madre, que se le parec&#237;a mucho. De mi padre, en cambio, manten&#237;a un retrato claro en mi cabeza, y s&#243;lo lograba explicar esa disparidad de im&#225;genes con el presagio de nuestro triunfo.

A finales de abril, mi padre regres&#243; por sorpresa a Bergen, acompa&#241;ado de una facci&#243;n de ochenta caballeros. Enjutos, pero en perfecto estado, enrabietados por las derrotas, rechazaron las gachas y los nabos que les ofrecimos, pilladas de improviso.

&#191;No hay carne para los h&#233;roes? -grit&#243; mi padre-. &#191;Es esto por lo que luchamos, por potaje fr&#237;o y vino bautizado? &#161;Bonita recompensa por arriesgar la vida! -Y mientras las amas de mi madre corr&#237;an a la cocina, aturdidas por las &#243;rdenes y por la alegr&#237;a, retuvo a mi madre por el brazo-. Tu hermano ha muerto. Fue en combate en buena lid, y no le mat&#233; yo, ni ninguno de los duques. Envi&#233; su cad&#225;ver y mis condolencias a tu padre.

Mi madre le mantuvo la mirada, sin parpadear. Se liber&#243; de la tenaza que la inmovilizaba.

&#191;Qu&#233; se sabe del rebelde? -pregunt&#243;.

Logramos acorralarle en la zona este de la ciudad, pero alcanz&#243; la catedral de Oslo y, junto con un buen n&#250;mero de sus hombres, se acogi&#243; al asilo en sagrado.

Tras un momento de indecisi&#243;n, mi hermano tom&#243; la palabra:

&#191;Y se le respet&#243;?

&#191;Qu&#233; quieres? -fue la r&#233;plica de mi padre, mientras se encog&#237;a de hombros-. &#191;Que despu&#233;s de lo que nos ha costado la bendici&#243;n de la Iglesia rompi&#233;ramos tratos con ella por una argucia de Skule? No s&#243;lo se le respet&#243;: le dimos, como respetuosos caballeros de la paz de Dios, tregua desde el mi&#233;rcoles al lunes por la ma&#241;ana, y miramos hacia otro lado mientras se escabull&#237;an hacia las colinas.

Trajeron carne ahumada y la repartieron en el gran sal&#243;n de banquetes, desprovisto de colgaduras o adornos, como si nos encontr&#225;ramos en lo m&#225;s &#225;rido de la Cuaresma, mientras los cocineros promet&#237;an a voces, desde la puerta, que estaban matando pollos y que los freir&#237;an en manteca en cuanto les fuera posible.

No le queda m&#225;s escapatoria que regresar al norte. Su heredero ha muerto, los soldados quieren regresar a sus tierras para recolectar la cosecha. Casi todos son campesinos con derecho a portar armas. Carece de dinero, y sus apoyos flaquean. No se rearmar&#225; hasta la primavera pr&#243;xima, y para entonces le daremos caza en sus propios dominios.

Mi madre suspir&#243; y tom&#243; un plato de lat&#243;n de las manos de una de las siervas, para present&#225;rselo a mi padre. &#201;l lo rechaz&#243; con un gesto.

Que los hombres coman, que se lo tienen merecido. Se han alimentado de huevos cocidos y de verdura medio podrida durante d&#237;as. Re&#250;ne a los ni&#241;os y prep&#225;rate para acudir a la catedral. Que no quede un solo dignatario eclesi&#225;stico que desconozca que le he perdonado la vida a mi suegro, y que mi primer deseo fue postrarme ante el altar.

Olaf est&#225; dispensado -dije yo.

Mi padre me mir&#243; con tanto desprecio que casi me hizo llorar.

Quiero veros a los cinco pr&#237;ncipes de rodillas ante san Olav, dispensados, no dispensados o muertos. A los cinco.

Haakon me pellizc&#243; en la mano.

&#191;Desde cu&#225;ndo contradices al rey? -susurr&#243;, y el castigo, que no me dedicaba a menudo, me sorprendi&#243; m&#225;s que me doli&#243;-. Avisa a las due&#241;as de Olaf y c&#225;mbiate de camisa. Y llora, que se te vea y se te oiga llorar con desconsuelo.

Durante los primeros d&#237;as despu&#233;s del regreso de mi padre a nadie se le permiti&#243; descansar. Aunque yo no lo recordaba, me contaron que siempre era as&#237; despu&#233;s de una batalla, que los humores de los varones se descompensaban y hasta que no se equilibraran de nuevo no encontraban nada a su gusto, alborotaban por cualquier cosa y luego, de pronto, romp&#237;an a llorar o abollaban escudos porque cargaban contra ellos una y otra vez. Por primera vez presenci&#233; la tensa espera de mi madre mientras mi padre le gritaba con una rabia desconocida en &#233;l.

&#191;Qu&#233; es esto? &#191;Qu&#233; es esto? -hab&#237;an sido las preguntas que iniciaron la pelea. Mi padre apretaba en la mano unas piedras talladas, unos amuletos que mi madre acostumbraba a deslizar bajo nuestra almohada desde que la guerra hab&#237;a comenzado-. &#191;A qu&#233; te conducen esas supersticiones? &#191;Qu&#233; piensas que puede ocurrir si una de tus criadas, a las que tanto mimas, acude a la casa del obispo con un pu&#241;ado de runas? &#191;Por qu&#233; os empe&#241;&#225;is, t&#250; y los tuyos, en arriesgar mi vida?

Dijo que la batalla se inclinaba a tu favor, y en eso, como en todo, acert&#243;.

&#191;Has consultado de nuevo a esa vieja? &#191;Has desobedecido mi voluntad?

Ella

&#161;Ella -cort&#243; mi padre- no te relata m&#225;s cuentos que los que deseas escuchar, ni m&#225;s presagios que los que anhelas! &#161;Las guerras no se vencen con hechizos ni con p&#243;cimas de mujeres! &#161;Hay que regar los campos con sangre! &#161;Hay que sembrar con oro! -Se volvi&#243; a la abuela Inga, que contemplaba la pelea en silencio-. &#191;Qu&#233; dices t&#250;, madre? &#191;Qu&#233; comportamiento de reina es &#233;ste, engatusada con las artes oscuras?

No te encuentras en una posici&#243;n tan fuerte como para despreciar ninguna ayuda -dijo ella-. Antes nos dec&#237;an que hab&#237;a que sacrificar a los antiguos dioses. Ahora sacrificamos a los nuevos, a los santos de los que nos hablan los curas y al Dios invisible de los obispos. No creo que los dioses mueran tan pronto ni pierdan su poder tan r&#225;pidamente como los reyes. Coge esas runas y ll&#233;valas contigo. Es un acto de arrogancia despreciar la ayuda de los dioses, de cualquier dios.

Mi padre fij&#243; su atenci&#243;n en las piedrecitas, las arroj&#243; al suelo y se alej&#243; hacia el patio gru&#241;endo. Nosotras recogimos las runas y volvimos a colocarlas, con extrema delicadeza, bajo su almohada.

Esa primavera nuestro ej&#233;rcito prepar&#243; una incursi&#243;n por mar hacia las posesiones de mi abuelo. El rey, mi padre, poco experto en el mando marino, sigui&#243; el desarrollo de la nueva campa&#241;a desde un campamento en la frontera con Trondelag, y nosotros, algo m&#225;s serenos al saberlo lejos del frente, continuamos con lo que nos quedaba por administrar.

Nuestros hombres, descansados y gordos tras un invierno en el que los hab&#237;amos atiborrado de comida, mimos y confianza, se abrieron camino sin dificultades y acorralaron al abuelo y los restos de sus tropas en la localidad de Elgeseter, contra el r&#237;o Nigelven. El duque Skule intent&#243; repetir la maniobra y pidi&#243; asilo en el monasterio agustino que coronaba uno de los montes.

Pero Elgeseter, en su lejan&#237;a, sin testigos delatores que narraran su versi&#243;n de la historia, no era Oslo, ni la paciencia de mi padre la misma. Mientras el obispo de Nidaros, amigo de la infancia de Skule, suplicaba a mi padre que llegara a un acuerdo y perdonara la vida a los rebeldes, mi padre hab&#237;a dado ya la orden de incendiar el monasterio con todos sus ocupantes. Ninguno sobrevivi&#243;. Algunos contaban que el abuelo se hab&#237;a negado a huir y que pereci&#243; abrasado. Otros soldados, en las noches de celebraci&#243;n, contaban, borrachos, que los hab&#237;an hostigado hasta que intentaron escapar de las llamas y que hab&#237;an pasado a cuchillo al maldito Skule, al escurridizo rebelde.

Aqu&#233;lla fue la &#250;ltima guerra. Dimos gracias a Dios por ello.

Yo contaba con diez o doce a&#241;os cuando mi madre me llev&#243; a la Bruja. Me hab&#237;a amenazado con castigos extremos si me iba de la lengua, si una sola palabra se me escapaba en presencia de la abuela o de mi padre, o, a&#250;n peor, de las siervas.

Aunque prohibidas con sumo rigor por la Iglesia (no transcurr&#237;an m&#225;s de dos semanas sin que el serm&#243;n del obispo de Bergen aludiera a la labor maligna de aquellas mujeres y a su perversidad), las brujas viv&#237;an protegidas por el pueblo, que encontraba en ellas soluciones simples a sus problemas y aires de esperanza, ahora que la guerra hab&#237;a finalizado y se pod&#237;a aspirar a algo m&#225;s que a una vida de supervivencia.

Mi madre hab&#237;a elegido llevarme a la que m&#225;s fama hab&#237;a logrado; velada y con ropas prestadas, me gui&#243; de la mano hasta el puerto, justo cuando comenzaba a anochecer, a principios de oto&#241;o, y all&#237; callejeamos colina arriba, hasta una casa con la puerta encarnada. La Bruja viv&#237;a en una habitaci&#243;n orientada al sur, pero que manten&#237;a en total oscuridad. El cuarto ol&#237;a a sebo, a hierbas secas y, mezclado entre aromas que casi pod&#237;an mascarse, prevalec&#237;a el mismo olor envolvente y oriental que en las iglesias.

&#201;sta es la ni&#241;a, entonces -dijo, y me indic&#243; que me acercara. Su rostro, de color marr&#243;n, como una manzana fuera de tiempo, era suave y sin arrugas, como el de los esquimales del norte, pese a que se ve&#237;a, se sent&#237;a, que era muy anciana.

Me volvi&#243; la cara a un lado y a otro, y me observ&#243; a la luz de la lamparilla con suma atenci&#243;n.

Muy bien, muy bien -musit&#243;.

Me palp&#243; los huecos de los p&#243;mulos, las rodillas y las caderas. Acerc&#243; su o&#237;do a mi coraz&#243;n y escuch&#243; durante mucho tiempo. Yo, mientras tanto, observaba el camastro del rinc&#243;n, separado por una cortina, en el que dorm&#237;a un gato, enroscado sobre s&#237; mismo.

Va a crecer a&#250;n mucho -le dijo a mi madre-, y ser&#225; hermosa. No tanto como la otra, pero atraer&#225; todas las miradas. Ser&#225; propicia a las ojeras, porque sus humores son fr&#237;os y con ellos la sangre no circula, pero vivir&#225; una existencia larga y dichosa, sin problemas de salud.

Me sent&#233; de nuevo junto a mi madre. El gato dio una vuelta sobre s&#237; mismo y estir&#243; una pata, con absoluta satisfacci&#243;n. La Bruja remov&#237;a un mont&#243;n de piedras sobre la mesa que nos separaba, y cuando les prest&#233; atenci&#243;n vi que eran runas talladas en huesos muy menudos, id&#233;nticas a las que mi padre hab&#237;a desechado.

Escoge tres, y luego dos -me pidi&#243;.

Se&#241;al&#233; cinco sin rozarlas, temerosa de que los huesos fueran humanos. La Bruja se levant&#243; y nos sirvi&#243; tres cuencos con un t&#233; muy oloroso y caliente. La infusi&#243;n se abr&#237;a camino a trav&#233;s de los pensamientos y clavaba las ideas en el aire, las hac&#237;a visibles, para desvanecerse luego.

Tendr&#225; m&#225;s suerte que su hermana -dijo-. Tendr&#225; m&#225;s suerte que su hermano. La primera runa es la sagrada Erhwaz, la de los inicios dichosos, y la segunda, Kano, el fuego. Vivir&#225; una larga vida dominada por la suerte y la pasi&#243;n. La tercera es Gebo: creci&#243; rodeada de dones y regalos, y ella misma ser&#225; un regalo. Le adornar&#225;n toda serie de virtudes, y el oro y la plata no significar&#225;n para ella m&#225;s que la lluvia para las plantas. Ella misma es una flor.

Hizo una pausa y roz&#243; con la punta de la u&#241;a la talla en la cuarta runa.

Aqu&#237; -a&#241;adi&#243;- es donde la predicci&#243;n se vuelve interesante para ti, madre. Estos dos tri&#225;ngulos opuestos de la sagrada Jera dicen que ser&#225;s una abuela joven y dichosa. La ni&#241;a parir&#225; hijos sanos, para gloria de tu familia y de la familia de su marido. Los alumbrar&#225; con el verano, el tiempo m&#225;s adecuado para ello, y una de ellas, una de tus nietas, cuidar&#225; de ti. No te aflijas si tu hija debe abandonarte, que &#233;se es el destino de las hembras, porque regresar&#225; a ti.

Si mi madre se sinti&#243; aliviada, no lo dej&#243; ver. Yo, por mi parte, no encontraba nada de sorprendente en lo que la Bruja dec&#237;a: as&#237; hab&#237;a imaginado yo mi futuro.

La &#250;ltima runa es la de la confianza en el sagrado Od&#237;n. No temas nada, todo ser&#225; para bien. As&#237; como tu otra hija te habr&#225; causado l&#225;grimas, y las seguir&#225;s vertiendo por ella, las que &#233;sta te haya hecho derramar habr&#225;n sido agua para la tierra seca. Esta ni&#241;a te llenar&#225; de orgullo y s&#243;lo atraer&#225; el bien.

Mi madre le dio las gracias y le asegur&#243; que una de las siervas le pagar&#237;a esa misma semana, porque a ella no le era posible disponer de dinero. La Bruja se encogi&#243; de hombros.

Con tu protecci&#243;n me basta, se&#241;ora. Pero soy pobre, y si quieres compartir tu riqueza y tu alegr&#237;a con los pobres, ser&#237;a injusto despreciarlo.

Apuramos el t&#233; que nos dilataba las pupilas de los ojos y nos agudizaba el tacto y la mirada, e intercambiamos las bendiciones de despedida.

&#191;C&#243;mo se llama? -pregunt&#233;.

Contest&#243; sin mirarme, comprendiendo perfectamente a qu&#233; me refer&#237;a.

No tiene nombre. Los gatos, los vencidos y los dioses nuevos nunca tienen nombre, de la misma manera que las mujeres honestas s&#243;lo tienen eso, su nombre. No lo olvides, si alg&#250;n d&#237;a quieres ser una buena reina.


Mi hermana Cecilia hubiera sido, bajo las ense&#241;anzas de mi madre, una reina mucho m&#225;s digna que yo, aunque su or&#225;culo no lo pronosticaba y aunque no fue una princesa ejemplar. Cuando viv&#237;a con nosotros me despertaba muchas veces su risa como presagio de un buen d&#237;a, porque se mostraba alegre desde la ma&#241;ana a la noche, y lo demostraba sin esc&#225;ndalos, como si hubiera heredado, suavizados por la femineidad, el sentido del humor y el buen car&#225;cter de mi padre. Pero si el rey se alimentaba de s&#237; mismo, del manantial de risa que brotaba en su interior y se desparramaba, la alegr&#237;a de mi hermana s&#243;lo cobraba sentido si hac&#237;a felices a quienes la rodeaban.

Tengo un petirrojo y tengo un gorrioncillo -nos engatusaba nuestro padre-. Tengo dos pajaritos para m&#237;, y s&#243;lo me piden migajas para cantar y calentarme el coraz&#243;n. &#191;No soy afortunado?

Mi hermana era generosa y despistada, y en ocasiones ocultaba su generosidad fingiendo despistes. Pretend&#237;a ser m&#225;s golosa de lo que en realidad era, por el puro placer de repartir luego pasteles entre sus hermanos o sus amigas. Los siervos hubieran dado la vida por ella, porque recordaba sus nombres y escuchaba sus penas, y en ocasiones interced&#237;a por ellos ante mi madre. Otras veces ni siquiera daba ese paso, pero escuchaba con tanta atenci&#243;n, como un confesor clemente, que les bastaba eso para sentirse desagraviados.

Era uno de los muchos h&#225;bitos de Cecilia que mi madre desaprobaba pero que, con el tiempo, le permiti&#243; porque le conven&#237;a. Cecilia suavizaba la vida de la corte como la grasa los ejes de los carros, y cuando actuaba de manera contraria a sus costumbres no s&#243;lo ella parec&#237;a una flor marchita: la propia vida en el castillo se ralentizaba, los ni&#241;os llor&#225;bamos por cualquier raz&#243;n y los cocineros, malhumorados, prestaban menos atenci&#243;n a la comida.

&#161;C&#243;mo se nota que naciste en una tierra salvaje, de una madre salvaje! -le gritaba mi madre cuando se enojaba con ella-. &#191;Qu&#233; haremos contigo? &#191;Qui&#233;n te quitar&#225; esas espinas, para que un marido pueda quererte?

Olvidaba constantemente que, aunque no le hubieran concedido ese t&#237;tulo, a todos los efectos era una princesa real, y actuaba como celestina de los amor&#237;os de sus amigas y due&#241;as, asaltaba la despensa, de la que hab&#237;a conseguido las llaves, arrasaba el jard&#237;n para llenar de flores la capilla y se quedaba dormida durante las misas. No le gustaba peinarse, y hasta que mi madre le daba caza y la obligaba a ello, era capaz de pasarse d&#237;as sin desenmara&#241;ar su cabello, que, como el de todos los pelirrojos, tend&#237;a a ensortijarse. Entonces, sentada ante dos desganad&#237;simas due&#241;as, que cumpl&#237;an con su labor de tirones y aceitado con profundo pesar, se volv&#237;a a mi madre y le dec&#237;a, sin el menor rastro de iron&#237;a:

No te disgustes, mam&#225;. No soy mala, pero no me veo capaz de distinguir sin ayuda lo adecuado de lo incorrecto.

Y mi madre notaba que se le entibiaba el coraz&#243;n y pactaba con ella promesas que sab&#237;a que acabar&#237;an incumplidas, porque lo que dec&#237;a era cierto; Cecilia, que jam&#225;s hizo mal a nadie, no sab&#237;a diferenciar lo que ella cre&#237;a bueno de lo que se aceptaba en una corte.

Mi memoria salta del d&#237;a de su primera boda a los meses que, tras enviudar, pas&#243; de nuevo con nosotros. Hab&#237;a vivido con Gregorius Andresson como con nosotros, a su antojo, y el matrimonio y la viudez no le hab&#237;an dejado grandes heridas. Se deslizaba en el tiempo como los ni&#241;os, con la vista fija en cada momento presente, sin ayer ni ma&#241;ana, y aunque hab&#237;a amado tiernamente a Gregorius, no le dol&#237;a su muerte.

Dios ha querido que &#233;l muera y que yo siga viva Alabada sea Su Voluntad.

Yo, que me hab&#237;a enamoriscado un poco de mi cu&#241;ado, me indignaba ante su falta de duelo, que s&#243;lo se mostraba en sus ropas enlutadas.

&#191;C&#243;mo puedes alabar a Dios y cantar cuando tu marido a&#250;n no se ha enfriado en su tumba? &#191;Qu&#233; clase de mujer eres? No puedo comprenderte.

Cecilia se compung&#237;a apenas.

Eres demasiado joven para comprenderme, pero ya te llegar&#225;n penas en la vida que te har&#225;n sentirte m&#225;s cercana a como pienso. &#191;Qu&#233; gano yo con llorar? &#191;Qu&#233; bien le hago al pobre Gregorius, que s&#243;lo buscaba mi felicidad? La vida es demasiado corta para gastarla en l&#225;grimas, Kristina. Empl&#233;ala en el amor y en la risa, que el oto&#241;o llega pronto y a todos nos aguarda la noche.

No es decente -insist&#237;a yo.

&#161;En esta corte nada es decente, a menos que sea aburrido!

Pero enfadarse con mi hermana era in&#250;til. S&#243;lo hab&#237;a vivido momentos felices con Gregorius, y ahora, convencida de su derecho a que esa dicha continuara, esperaba con paciencia a que mi padre le buscara un nuevo marido.

El rey se hab&#237;a tomado como una ofensa personal el que Gregorius falleciera y hab&#237;a convocado a la corte a varios pretendientes viudos y solteros, para encontrar un sustituto con el que mi hermana se sintiera satisfecha, y &#233;l, complacido.

Los bagler no muestran formalidad ni para morirse. &#161;A Gregorius le quedaban a&#250;n diez, veinte a&#241;os de vida! -refunfu&#241;aba, y luego retrasaba la cuesti&#243;n del matrimonio de mi hermana, porque era reacio a separarse de esa potrilla distra&#237;da y risue&#241;a-. No te pareces en nada a tu madre, pero &#161;por Dios, c&#243;mo me recuerdas a tu madre!

Por aquellos d&#237;as la salud de mi hermano Olaf empeoraba r&#225;pidamente: nunca hab&#237;a compartido nuestra fortaleza. Naci&#243; a los ocho meses, casi ciego, y todos los alimentos le provocaban dolores y ardor. Se alimentaba de sopas y caldos, y de pan remojado en ellos. Aunque lo manten&#237;amos a nuestro lado y asist&#237;a a las celebraciones m&#225;s importantes, mis padres se hab&#237;an despegado de &#233;l, y su ama seca era quien lo cuidaba en sus habitaciones.

En ocasiones nos olvid&#225;bamos de que Olaf exist&#237;a; o incluso de que los otros chicos (el peque&#241;o Magnus, Haakon, Sigurd) compart&#237;an nuestra vida, tan alejadas eran sus rutinas de infancia de las nuestras, las de las muchachas. A ellos, salvo a Sigurd, les ocurr&#237;a lo mismo, y de vez en cuando nos miraban sobresaltados al encontrarnos en el sal&#243;n, y antes de que su boca esbozara una mueca amable los ojos ya hab&#237;an revelado lo que sent&#237;an.

Ah, pero &#191;eres t&#250;?

Olaf tuvo una muerte dulce, un sue&#241;o temprano (se encontraba cansado, hab&#237;a dicho, y lo hab&#237;an llevado al lecho al mediod&#237;a, a&#250;n con luz, lo hab&#237;an arropado, hab&#237;a rezado sus oraciones con su ama) del que no despert&#243;. Se sab&#237;a que en ocasiones los v&#225;stagos m&#225;s endebles son los que perduran m&#225;s en el tiempo, y creo que, muy escondido entre otros miedos, mi familia albergaba &#233;se: lo notamos en la cabeza erguida de mi padre, en la postura de mi madre durante el entierro. Parec&#237;an m&#225;s j&#243;venes, m&#225;s altos. Se hab&#237;an deshecho de una pesada carga.

Aunque la muerte de Olaf iniciaba una temporada de luto de dos a&#241;os, la cuesti&#243;n del matrimonio de Cecilia no permit&#237;a demasiada demora. Mi hermana no hab&#237;a tenido hijos, y cada mes que pasaba se acercaba m&#225;s a la edad en la que no podr&#237;a concebirlos, de manera que se decidi&#243; por uno de los pretendientes a los que ella volv&#237;a casi locos con su amable manera de olvidarse de sus nombres y de sus encuentros. En eso, como a m&#237;, nunca la acompa&#241;&#243; la memoria.

Vos sabr&#233;is disculparme -le confesaba, de pronto, a un noble dan&#233;s que la hab&#237;a acompa&#241;ado en actitud sumisa durante toda una tarde-, pero he olvidado vuestro nombre. &#191;Me lo repet&#237;s?

Y el pobre hombre, que hablaba con el espeso acento de su tierra y se sent&#237;a ya bastante avergonzado por ello, repet&#237;a su nombre, su rango y su capital, porque se estremec&#237;a con la certeza de que Cecilia no los conoc&#237;a y que elegir&#237;a por capricho cuando se la presionara.

Al final, se decidi&#243; por el rey de un reino diminuto compuesto por un pu&#241;ado de islas, Harald el de las H&#233;bridas, que deb&#237;a impuestos y obediencia a mi padre y era un hombre apuesto de cabello negro y una mirada de perro leal casi id&#233;ntica a la de Gregorius.

La segunda boda de mi Cecilia result&#243; tan alegre como la primera, aunque los fastos fueron menores debido al luto por Olaf, y porque las nupcias de una viuda 110 permit&#237;an tanta celebraci&#243;n como las de una virgen. Por lo tanto, se organiz&#243; un almuerzo despu&#233;s de la ceremonia de esponsales, que se prolong&#243; hasta que los novios se retiraron para consumar el matrimonio.

Lo &#250;nico que nos apenaba, entre los brindis, la cerveza y las visitas de cumplido de parientes y deudos, era que cuando terminaran los festejos, mi hermana se marchar&#237;a a las H&#233;bridas y la ver&#237;amos en raras ocasiones.

Volveremos a vernos pronto -dec&#237;a, como si el trayecto hasta sus nuevas islas fuera algo que pudiera abarcarse con facilidad-. &#161;Si no, enviudar&#233; otra vez, y no os quedar&#225; otro remedio que aceptarme de nuevo!

Mi madre hizo un gesto para alejar la mala suerte, mientras todos nos re&#237;amos.

Si entierras a otro marido -la conmin&#243; mi padre- me enterrar&#225;s a m&#237; con &#233;l. &#161;No puedo pagar una tercera boda!

La recuerdo con su vestido verde ribeteado de pieles, los rizos atados con cuerdas de oro, en nuestra despedida en el puerto. La noche anterior me hab&#237;a hablado de las obligaciones del matrimonio y de que, nuevamente, el lecho compartido con Harald era un lugar de gozo para ella.

No volvimos a verla. Una semana m&#225;s tarde nos lleg&#243; la noticia de que el barco que los llevaba a su nuevo hogar hab&#237;a naufragado. S&#243;lo algunas cuadernas, unos cabos destrozados, se hab&#237;an recuperado del mar. Las H&#233;bridas, sin monarca y sin heredero, pasaban a ser posesi&#243;n noruega, y a cambio mi padre entregaba a su hija al mar como sacrificio.

Sigurd, que la quer&#237;a m&#225;s que ninguno de nosotros, prorrumpi&#243; en alaridos cuando supo la noticia. Durante d&#237;as gimi&#243; y rechaz&#243; todo alimento, hasta que se convirti&#243; en un espectro de ojos enormes, casi sin fuerzas.

Me lo han arrebatado todo, todo.

As&#237; como mi hermana hab&#237;a sido afortunada en cada ocurrencia que emprendi&#243;, as&#237; Sigurd estaba tocado por la desgracia. Si las antiguas leyes hubieran continuado en vigor, &#233;l, y no mi hermano Haakon, hubiera heredado el trono, porque fue a instancias de mi madre y de mi abuela por lo que se logr&#243; que s&#243;lo los hijos leg&#237;timos obtuvieran ese honor. De haberse mantenido las normas de las Oreadas, hubiera podido pedir la mano de Cecilia, porque en esas islas salvajes no importaban los lazos de sangre, y los hombres, como los viejos dioses, se casaban entre hermanos.

Mi padre lo hubiera consentido, feliz de retener a sus dos hijos pelirrojos bajo el mismo techo, como dec&#237;an que hizo el emperador Carlos el Magno con sus hijas; pero no osaba enfurecer a los obispos, que hab&#237;an hablado claramente acerca de esa costumbre pagana. Mi hermano Sigurd, por lo tanto, fue rechazado con firmeza en las tres ocasiones en las que lo propuso, y se le indic&#243; que tampoco yo, hija de otra madre, me libraba de la prohibici&#243;n papal.

Te buscaremos una esposa a tu gusto, una muchacha bien educada. El&#237;gela t&#250; mismo. A diferencia de Haakon, no te atan obligaciones de que pertenezca a una casa real. An&#237;mate, y la dotaremos bien.

No quiero una mocosa cualquiera. Quiero a alguien de mi sangre. De mi linaje.

Si vuelves a hablar as&#237; -dijo mi madre, sin levantar la voz, pero con la amenaza marcando cada s&#237;laba, como asoma la navaja bajo la manga del asesino-, como te atrevas a acercarte a mi hija o a verter una sola palabra para convencerla de tu idea, yo misma me encargar&#233; de hacerte descuartizar.

Sigurd nos miraba sin saber c&#243;mo amarnos: le hab&#237;a sido negado el entregarnos su coraz&#243;n y su cuerpo a Cecilia y a m&#237;, y la envidia y el sentimiento de que el reino le hab&#237;a sido arrebatado envenenaba su cari&#241;o por Olaf, por Haakon y el peque&#241;o Magnus. Respetado, con dinero y posesiones pero sin un rango real, era el reverso de Cecilia: nunca cometi&#243; nada incorrecto, porque distingu&#237;a perfectamente lo adecuado de lo indigno, pero, ah, c&#243;mo lo deseaba, c&#243;mo ansiaba destruirlo todo

Que pas&#233;is una buena noche, do&#241;a Cristina -dijo mi marido la primera noche, y tras &#233;sa, todas las dem&#225;s.

AI principio, bajo la ligera capa de sorpresa, lat&#237;a el alivio. Despu&#233;s, cuando las semanas pasaron, el alivio se convirti&#243; en preocupaci&#243;n, y luego en una angustia ciega y ardiente. Mi padre hab&#237;a engendrado seis hijos, y mi madre hablaba con franqueza de las dificultades que le supon&#237;a refrenar su ardor. Cecilia me hab&#237;a revelado la felicidad que encontraba con sus maridos por las noches, y del alivio que le proporcionaba confesarlo por las ma&#241;anas en la capilla. La mirada de Sigurd nos segu&#237;a con un deseo palpable, espeso como la pez. No sab&#237;a c&#243;mo despertar el inter&#233;s de un hombre correcto pero fr&#237;o, que me trataba como a una hermana, cuando mi propio hermano ansiaba asaltarme como a una esposa.


Mi hermano Sigurd muri&#243; durante la celebraci&#243;n de la Birkebeinerrennet, en una tarde ventosa durante la cual se separ&#243; del grupo y se desorient&#243;. Sus amigos lo buscaron hasta desfallecer, llam&#225;ndolo a gritos que la niebla amordazaba. Lo encontraron unos d&#237;as m&#225;s tarde, congelado y devorado por las fieras.

El pueblo lament&#243; la iron&#237;a de que un pr&#237;ncipe perdiera la vida en la misma fiesta que recordaba que su padre hab&#237;a ganado la suya. Le lloraron por respeto al dolor del rey, a quien ve&#237;an postrado, y porque cada p&#233;rdida en la casa real recordaba los terribles tiempos en los que bastaba una muerte para que el delicado equilibrio constituido saltara por los aires. En sus treinta a&#241;os de vida mi hermano hab&#237;a hecho pocos amigos y, sin despertar odio, tampoco mov&#237;a a muchas simpat&#237;as.

Eso fue lo que se hizo creer, y lo que todos creyeron. La verdad, celosamente preservada, era que mi hermano se hab&#237;a ahorcado en su cuarto, poco despu&#233;s de que Cecilia desapareciera, tragada por las aguas. Mi madre lo encontr&#243; cuando su cuerpo a&#250;n guardaba calor, despu&#233;s de haber entrado en su habitaci&#243;n en una intuici&#243;n que intentaba acallar.

Durante el &#250;ltimo a&#241;o Sigurd ced&#237;a cada vez m&#225;s a menudo a la melancol&#237;a, y se encerraba durante d&#237;as enteros. Su bilis ennegrec&#237;a y le privaba de fuerzas para levantarse, o comer, o caminar.

Se&#241;or, organicemos un baile, echemos a danzar a las mozas bonitas y que los hombres las agasajen -le aconsejaban algunos cortesanos, preocupados-. Ten&#233;is un hijo fuerte y sano que se ahoga en vida sin dar una sola oportunidad al amor.

No quiero bailes -era la contestaci&#243;n de Sigurd cuando se le propon&#237;a-. No quiero nada.

Antes le gustaba la caza. Que &#233;l y el heredero retomen esa afici&#243;n: hay ciervos y gamos que aguardan en los bosques, y en el contacto con la tierra, los &#225;nimos se elevan.

Mi hermano se volv&#237;a con el rostro a la pared y no dec&#237;a nada.

Otorgadle un puesto de responsabilidad. Durante a&#241;os ha vivido a la sombra del heredero, pero quiz&#225;s un cargo como administrador despierte en &#233;l la ambici&#243;n y los deseos por serviros.

Lo agradezco -fue la contestaci&#243;n de Sigurd-, pero no entiendo de esas artes y ser&#233; derrotado en eso, como lo he sido en todo lo dem&#225;s.

Mi madre, preocupada, le compr&#243; una concubina sueca, muy dulce, que Sigurd rechaz&#243;. El resto de los remedios prescritos contra la tristeza fracasaron, y mi padre, incapaz de comprender en qu&#233; tent&#225;culos se enredaba su hijo, comenz&#243; a rehuir su presencia y a encomendarnos su cuidado a las mujeres de la familia.

Vosotras alberg&#225;is m&#225;s paciencia y un esp&#237;ritu m&#225;s amable. Convencedle, prometedle lo que sea, pero sacudid ese mal aire y devolvedme a mi hijo de nuevo.

Mi padre se entend&#237;a bien con el heredero, mi hermano Haakon, que pose&#237;a un car&#225;cter similar al suyo y que hab&#237;a sido ya nombrado cogobernante. Le obedecimos como mejor supimos, y las tres (mi abuela, mi madre, yo misma), cada una con nuestra porci&#243;n de amor, cada una en nuestro entendimiento, mantuvimos la lucha contra su dolencia.

Jam&#225;s se hab&#237;a dado el caso de un melanc&#243;lico en la familia, y ahora que yo misma lo soy reparo en con qu&#233; torpeza tratamos a mi hermano. Le forz&#225;bamos a la luz, a la comida, a la compa&#241;&#237;a, le atropell&#225;bamos con nuestra charla, cuando era &#233;l quien necesitaba vaciar su alma y regular sus humores.

Durante horas yo parloteaba sin orden, con la creencia de que alguno de los temas que trataba atraer&#237;a su inter&#233;s. Con los ojos cerrados, cada vez con menos paciencia, mi hermano s&#243;lo musitaba una frase.

Por favor, d&#233;jame solo.

Mientras Cecilia viv&#237;a, las largas charlas con ella le mantuvieron cuerdo: Cecilia escuchaba sin prisa, se tragaba sus preguntas y sus interrupciones, tan s&#243;lo miraba y escuchaba. Con ella muerta, el dolor de Sigurd ferment&#243; en su interior, sin una sangr&#237;a de palabras que le liberara del peso, y ni mi abuela, demasiado fr&#237;a, ni mi madre, demasiado ocupada, ni yo, demasiado joven, pudimos atajar la enfermedad.

Cuando le encontramos, no dudamos en c&#243;mo deb&#237;amos obrar: un hijo del rey no pod&#237;a morir como los antiguos paganos, ahorcado en honor a Od&#237;n. Apartamos la mirada de su entrepierna, que delataba que hab&#237;a muerto en pecado mortal, y lo envolvimos en una s&#225;bana de lino. Como cazadores furtivos, sin que nuestros movimientos alertaran a los siervos, siempre dispuestos a hablar de lo que no deb&#237;an, nos deslizamos de cuarto en cuarto.

Pero -preguntaron los hombres- &#191;c&#243;mo ha podido? &#191;Qui&#233;n lo vigilaba?

Bajamos la mirada, atrapadas en falta. Nadie le vigilaba: no le consider&#225;bamos peligroso, ni tan enfermo. A m&#237; se me deslizaban las l&#225;grimas por la nariz, y sent&#237;a la garganta en carne viva.

Ahora ya es tarde -dijo mi hermano Haakon-. Hay que sacarlo del palacio, y es preciso hacerlo pronto. Un accidente de caza resulta adecuado para un pr&#237;ncipe.

Que parezca, entonces, un accidente infortunado.

Faltaban seis jornadas para la Birkebeinerrennet, y mi hermano Haakon se preparaba para asistir a ella con sus amigos. El viento azotaba las piedras cargado de nieve, y promet&#237;a tormenta.

Lo llevar&#233; en mi carro -dijo Haakon-, y lo esconderemos en el bosque. Lo lloraremos cuando lo encontremos. Hasta entonces, refrenad las l&#225;grimas, porque nadie debe saber nada.

Asentimos sin apenas palabras. La certeza de nuestra fragilidad como familia, como clan dominante, se impon&#237;a con un latigazo renovado: ya s&#243;lo sobreviv&#237;amos tres de los hijos del rey, y, aunque acallados, los enemigos de mi padre se sentir&#237;an felices de encontrar una causa para acabar con nosotros. El miedo, que no sent&#237;a desde que era una ni&#241;a, pos&#243; su mano fr&#237;a en mi est&#243;mago.

No puedes llev&#225;rtelo as&#237; -dijo mi abuela-. El fr&#237;o lo conservar&#225; tal y como lo hemos encontrado. Debemos fingir que fue herido.

Mi padre pareci&#243; no escucharla, y luego se alej&#243; de ella.

Haced como os parezca -dijo, antes de abandonar el cuarto.

La abuela Inga se encarg&#243; de mutilar el cuerpo, para que desaparecieran las marcas de su cintur&#243;n en el cuello y se abrieran heridas parecidas a las de una fiera. Recogi&#243; con esmero cada tasajo de carne, cada grumo de sangre coagulada, y los enterr&#243; luego en el jard&#237;n, en un rinc&#243;n que bendijo con agua y una reliquia.

Cuando finaliz&#243;, de mi hermano no quedaba nada, ni siquiera el alma, que se condenar&#237;a por toda la eternidad. Casi decapitado, apenas restaba un rasgo reconocible en su cabello, en las manos que se parec&#237;an tanto a las m&#237;as. Yo estaba demasiado aterrorizada para llorar, con el sabor amargo de la n&#225;usea en la boca, mientras mi madre buscaba alguna joya para completar el traje de caza, y mi abuela la miraba hacer, hosca.

Est&#250;pido, cobarde, ni&#241;o consentido -susurr&#243; de pronto-. La guerra no se acaba hasta que uno muere. &#191;Qu&#233; sabes t&#250; de lo que te traer&#237;a el futuro? &#191;C&#243;mo pod&#237;as saber si los sobrevivir&#237;as a todos, o si lograr&#237;as un feudo por herencia o conquista? No tienes una gota de mi sangre

Calla, madre -le pidi&#243; la m&#237;a, con los ojos dilatados por el espanto.

C&#225;llate t&#250; -contest&#243; la abuela-. La vida no nos pertenece. La de este muchacho, como la tuya, era patrimonio del rey. &#191;Qu&#233; problemas viv&#237;a Sigurd? No le falt&#243; nunca comida ni abrigo, tuvo todo lo que se le pod&#237;a antojar. Pero &#233;l miraba m&#225;s all&#225;, quer&#237;a m&#225;s, ansiaba lo que no pod&#237;a obtener. No le hab&#233;is hecho caso a la abuela.

Os hab&#233;is encari&#241;ado con ellos. &#201;ste es el destino de los hijos malcriados, y la culpa recae sobre vosotros, los padres, que no los hab&#233;is educado como debierais, rodeados siempre de lujos y de mimos y de caprichos otorgados.

La voz de la abuela nos llevaba de nuevo a tiempos que nadie quer&#237;a recordar, a los a&#241;os atroces en que la guerra la hab&#237;a obligado a comer ra&#237;ces y a vagar como mendiga. Ella nunca los hab&#237;a olvidado, ni cuando se inclinaban a su paso como la reina madre ni cuando la paz parec&#237;a asegurada. Com&#237;a con frugalidad, pero siempre ocultaba alimentos en su c&#225;mara, siempre controlaba las salidas secretas de cada casa en la que dorm&#237;a.

Aqu&#233;lla fue la vez en la que m&#225;s pr&#243;xima al llanto la vi, con los ojos secos y enrojecidos y la voz cargada de ira hacia aquel nieto al que apenas miraba. La abuela Inga hab&#237;a renunciado a querernos en su af&#225;n por desligarse de todo aquello que pudiera perder y causarle una herida, para ense&#241;arnos, con su ejemplo, que no se nos puede arrebatar aquello a lo que no nos hemos aferrado. Y nosotros, est&#250;pidos nietos de tiempos mejores, nos enred&#225;bamos en cari&#241;os y afectos, sufr&#237;amos como idiotas al perderlos y dispon&#237;amos de nuestra existencia de manera irresponsable, como si crey&#233;ramos que pod&#237;amos repartir el coraz&#243;n y quedar impunes.

Amigas -pregunt&#243; don Felipe, mi esposo, cuando yo a&#250;n no me atrev&#237;a a mirarle a la cara, reci&#233;n hecha mi elecci&#243;n-. &#191;Os acompa&#241;a alguna? -No -dije yo.

&#191;Y due&#241;as? &#191;Cu&#225;les escoger&#233;is, y de qu&#233; clase?

Las que orden&#233;is.

&#191;Parientes? -dijo, y yo no fui capaz de comprenderle-. Familia. Deudos.

No, no -respond&#237;-. Ninguno de ellos me acompa&#241;a. Los que me trajeron hasta aqu&#237; han regresado. No tengo a nadie. Estoy sola.

Bajo las raqu&#237;ticas pieles de mi ajuar, magras por falta de fr&#237;o, mis miembros se han adormecido, y noto que mi barbilla cae sobre el pecho, con los ojos cargados de sue&#241;o. La Muda, Mariquilla, los esclavos encargados de la silla me han abandonado en el patio, que comienza a sumergirse en la sombra. &#201;ste es el final de mi viaje, y me invade la pereza y el abatimiento. Mi cabello, recogido con las peinetas que se estilan en el sur, pesa demasiado para mi cuello, y despierto con sobresaltos antes de que me haya entregado del todo al sue&#241;o.

Cada vida obtiene su raci&#243;n de gloria y deshonor, de goce y de privaciones, y no s&#233; qu&#233; me asusta m&#225;s, si pensar que la m&#237;a llegar&#225; pronto a su fin, o confiar en una recuperaci&#243;n, en el don de Dios de recobrar mis piernas, mis fuerzas, una vida como la que aqu&#237; he llevado y que se extienda hasta la vejez sin pausa, sin sentido, como el agua que fluye bajo los puentes.



EL VIAJE DE CRISTINA


1257-1258


El h&#233;roe envi&#243; a la doncella

A pa&#237;ses lejanos, a trav&#233;s de mares brav&#237;os. 

&#161;Oh, rey! Nunca se supo de una princesa 

Que obtuviera una dote m&#225;s espl&#233;ndida. 

Los remeros se la llevaron 

Con su fortuna, por el mar, hacia el sur. 

Ojal&#225; esos monarcas reciban a esa hija tuya 

Como si fuerais vos quien atraviesa el mar.

STURLI THORDASSON,

Haakonar saga Hakonarsonar


De los sos ojos tan fuertemientre llorando [] 

burgueses e burguesas por las finestras son, 

plorando de los ojos, tanto hab&#237;an el dolor. 

De las sus bocas todos diz&#237;an una raz&#243;n: 

&#161;Dios, qu&#233; buen vasallo! &#161;Si hubiese buen se&#241;or!

AN&#211;NIMO, Cantar de Mio Cid



Aquel verano mand&#243; el rey Haakon el Joven emisarios a Espa&#241;a, al rey de Castilla, con un sacerdote, de nombre El&#237;as, a su mando. Llev&#225;banle al rey como obsequio aves de cetrer&#237;a dif&#237;ciles de encontrar en su reino. Cuando llegaron a Castilla, el rey los recibi&#243; muy gentilmente, y se complaci&#243; con los presentes que le llegaban del rey de Noruega. Durante varios meses permanecieron en esas tierras los embajadores, y fueron acogidos en todas partes con honores y homenajes.


Aquel verano cumpl&#237; veintid&#243;s a&#241;os. Agotados por el est&#237;o, poco deseosos de celebrar mi lento camino hacia la vejez, no hubo fiestas. El calor lleg&#243; pronto y nos abandon&#243; tarde, y se dieron algunos casos de tifus, porque el agua estancada de los pozos verdeaba y se llenaba de corrupci&#243;n. Sin embargo, no se declar&#243; una epidemia, y los enfermos de la corte se recuperaron, salvo una anciana zurcidora, que muri&#243; consumida al cabo de cuatro d&#237;as.

La campa&#241;a contra Halland, una provincia danesa que mi padre codiciaba, hab&#237;a finalizado con &#233;xito, y esper&#225;bamos, con la calma que da la fuerza, a que se resolvieran conflictos en Groenlandia e Islandia, que, si nuestros ministros no andaban errados, finalizar&#237;an con esos territorios bajo nuestro poder.

As&#237; fue: Islandia, la pieza m&#225;s complicada, cay&#243; a nuestros pies porque el volc&#225;n Hekla, uno de los de la cordillera sur, comenz&#243; a vomitar humo, y los habitantes de esa zona huyeron, lo que permiti&#243; a los soldados de mi padre ganar medio pa&#237;s con rapidez. El volc&#225;n no expuls&#243; lava, como en ocasiones precedentes, pero los vapores malignos envenenaron el ganado de la regi&#243;n, y la primera muestra de buena voluntad de mi padre se manifest&#243; en los env&#237;os de varias barcazas repletas de reses y ovejas, que fueron recibidas con gran agradecimiento.

El rey disfrutaba de la tranquilidad que supon&#237;a el haber sido reconocido por el Papa como heredero y rey leg&#237;timo, y nuestra familia de la de comprobar que hab&#237;a abandonado por fin sus pretensiones a la corona del Imperio, que nos hab&#237;an causado tanto dinero y sinsabores, enfrentamientos con los embajadores alemanes y vagas respuestas del papado.

La corona de Emperador del Sacro Imperio Romano titilaba ante los ojos de los reyes como la falda de Salom&#233; ante Herodes. Hab&#237;amos visto grabados de los antiguos reyes francos que la luc&#237;an, un oct&#243;gono de placas de oro con una cruz que se alzaba sobre la frente, una franja dorada cuajada de piedras de colores, tantas y de tantos matices que podr&#237;a parecer falsa, como las que nos hac&#237;an con vidrio y esta&#241;o a las ni&#241;as, como la que mi madrina me hab&#237;a regalado para que la luciera en la primera boda de Cecilia. El primero de aquellos emperadores sin territorio hab&#237;a sido Carlos el Magno, y desde hac&#237;a cuatrocientos a&#241;os los reyes cristianos se peleaban entre s&#237; como chiquillos para que el Papa los nombrara defensores de la religi&#243;n.

&#191;No hemos purgado ya nuestros pecados a ojos del Santo Padre, como para continuar endulzando sus o&#237;dos con nuestras palabras? -dijo mi hermano Haakon cuando se le concedi&#243; voz para ello.

La abuela Inga, como de costumbre, us&#243; menos melindres.

Bien est&#225; que gastes un dinero que no tenemos en untar a se&#241;ores alemanes, si con ese capricho quedas satisfecho. Los hombres de tu edad prefieren cubrir de joyas a las rameras j&#243;venes o cambiar de esposa. Nosotras aceptaremos de buen grado que cubras de oro a los cardenales, si con eso enjugas la fiebre que sufr&#237;s los hombres viejos y regresas a nuestro lado sano y calmado.

Muy a disgusto, mi padre acept&#243; que le aconsejaban bien. Acab&#243; por convencerse, por fin, de que Ricardo de Cornualles o alguno de los Staufen ser&#237;a coronado emperador, y el caudal de plata que se desviaba a sobornar a sus aliados y padrinos se detuvo en las fronteras noruegas.

Me hago viejo -reconoci&#243; un d&#237;a-. &#191;En qu&#233; pensaba? Hace unos a&#241;os me llamaban el pr&#237;ncipe bastardo. Y, de la noche a la ma&#241;ana, buscaba ser ungido Pr&#237;ncipe de la Cristiandad.

Se reconoc&#237;a incapaz de detener su mente en un &#250;nico objetivo, y cada cierto tiempo buscaba nuevas obsesiones: no le bastaba con que Noruega se encontrara en paz, y le era indiferente el que hubiera obtenido, bajo su poder, m&#225;s territorios e influencia que nunca antes.

Habla t&#250;, Haakon -le dijo a mi hermano, al que hab&#237;a designado corregente despu&#233;s de la muerte del abuelo-. Quiero o&#237;r una voz nueva. Si Noruega debe conocer un esplendor del que se admiren en los reinos de sur, y en todo Oriente, &#191;qu&#233; hemos de hacer? &#191;C&#243;mo debo obrar?

Mi hermano Haakon, que fue llamado el Joven, hab&#237;a recibido una educaci&#243;n esmerada para suceder a mi padre, pero no la hubiera necesitado. Pose&#237;a un talento natural para la estrategia, heredado de manera directa de la abuela Inga, un esp&#237;ritu inquieto y una comprensi&#243;n intuitiva de las situaciones, que sab&#237;a ver en su totalidad. Como mi padre, prefer&#237;a el cambio a la inactividad, y probaba en las campa&#241;as en el extranjero nuevas t&#225;cticas de guerra, que le asegurar&#237;an la superioridad si en alg&#250;n momento la paz se romp&#237;a. No sab&#237;a detenerse en el presente: aprend&#237;a del pasado, que conoc&#237;a casi tan bien como si lo hubiera vivido, y su inteligencia se adentraba en el futuro y desenmara&#241;aba intrigas y secretos que otros ni siquiera percib&#237;an.

Deber&#237;amos fundar nuevos monasterios y dotar a los hijos de los nobles para que fortalecieran la Iglesia, como hacen en el sur.

Mi padre lo meditaba, y asent&#237;a.

&#201;se hubiera sido tambi&#233;n el sentir de tu abuelo -musitaba, y se refer&#237;a a Skule. Con el tiempo, mi padre a&#241;oraba el enfrentamiento con su suegro, y se dirig&#237;a a &#233;l a menudo, como si a&#250;n pudiera escucharle-. &#201;l fund&#243; monasterios y yo me dediqu&#233; a incendiarlos, Dios me perdone.

Al cabo de poco tiempo florecieron abad&#237;as y nuevas iglesias, codiciadas por los hijos segundones y que aseguraban a mi familia no s&#243;lo el apoyo de los nobles, sino el control de una nueva generaci&#243;n de eclesi&#225;sticos, m&#225;s leales al rey que al lejano poder de Roma. Los canteros y los arquitectos lo adoraban y bendec&#237;an su nombre, y los le&#241;adores llamaban a sus hachas El dedo de Haakon.

Con las nuevas disposiciones para la construcci&#243;n, los incendios, que antes arrasaban barrios enteros, disminuyeron y se espaciaron. Donde antes s&#243;lo se constru&#237;a con madera, comenz&#243; a verse la piedra y el granito, y los tejados de turba se sustituyeron por losetas de pizarra, sobre las que las chispas de los rayos o la yesca resbalaban, inocentes.

En las ciudades en las que mi padre resid&#237;a por temporadas, que eran casi una docena, las casas se alzaban firmes y s&#243;lidas, y los nobles compet&#237;an entre s&#237; por construirse residencias hermosas. La fiebre por mostrarse a la moda arras&#243; con las caba&#241;as de los puertos, salpic&#243; de pavimento las calles de los gremios, reci&#233;n formados, e incluso las casuchas de los pueblos, casi enterradas en las laderas de las monta&#241;as, renovaron sus puertas y postigos y pintaron con colores alegres las ventanas que daban al sur.

Ser&#237;a conveniente que envi&#225;ramos a Knut Haakosson a alguna misi&#243;n principal. Se mantuvo fiel en el levantamiento del abuelo, y no estar&#237;a de m&#225;s que lo premi&#225;ramos con una embajada en la que se le trate casi como a un rey. Que un noble que pudo alzarse contra vos y no lo hizo hable de vuestros logros s&#243;lo puede volverse a nuestro favor.

Knut Haakosson hab&#237;a sido aspirante al trono en los terribles a&#241;os de la guerra familiar; antes de la rebeli&#243;n de Nidaros, el duque Skule se hab&#237;a entrevistado con &#233;l, sin fruto alguno. Y la abuela Inga insist&#237;a en que se le honrara y se le premiara, porque adem&#225;s disfrutaba del apoyo de un buen n&#250;mero de barones importantes.

Lento y ceremonioso, parec&#237;a haberse quedado varado en el pasado, como una ballena apresada.

Lo mandar&#233; a Francia.

Dejadme que me ocupe yo de &#233;l -terciaba mi hermano-. Quiero enviar una embajada al rey de Castilla, y deseo que Knut vaya al frente.

S&#237;, pero no solo. Mandad a El&#237;as con &#233;l. Es menos impulsivo, y como hombre de Iglesia, habla mejor lat&#237;n.

Unos meses m&#225;s tarde Knut Haakosson part&#237;a hacia Castilla, con el encargo de abrir nuevas rutas comerciales y el nav&#237;o lleno de jaulas con p&#225;jaros y aves de presa, porque mi hermano hab&#237;a averiguado que al rey Alfonso de Castilla y, sobre todo, a sus hermanos, los infantes, les interesaba la cetrer&#237;a. Le enviaba tambi&#233;n varios libros de nuestros monasterios, que hab&#237;an sido copiados a toda prisa, pieles y objetos de capricho, de acuerdo con los gustos del rey.

Deber&#237;amos -insist&#237;a mi hermano-, deber&#237;amos, deber&#237;amos

Mi padre encanec&#237;a, y arrugas nuevas se le hund&#237;an cada vez m&#225;s profundamente en la piel.

Me hago viejo -repet&#237;a-. He perdido el esp&#237;ritu de los tiempos.

Haakon pose&#237;a la inteligencia de abordarle en esos momentos y de insuflarle confianza. A veces ni siquiera se despojaba del traje de caza, y se dirig&#237;a a mi padre sin ceremonias, como si las ideas se le agolparan mientras se dedicaba a su deporte preferido. O como si, de esta manera sutil, le recordara que &#233;l, el Joven, a&#250;n montaba, a&#250;n era capaz de perseguir osos y venados, mientras que el anciano se retorc&#237;a en dudas y recuerdos, recluido en la sala de reuniones.

Deber&#237;amos atraer a los poetas, para que cantaran la gloria de Noruega. Paguemos bien a Sturli Thordasson, y que se instale en nuestra corte, que eduque a Magnus y que versifique nuestras haza&#241;as.

Y as&#237; Sturli Thordasson, el sobrino del que fue el mejor poeta del mundo, Snorri Sturlusson, olvid&#243; que mi padre hab&#237;a ordenado ejecutar a su t&#237;o por sublevarse junto al abuelo Skule y acall&#243; su pena con nuestro oro. Tras su rastro, centenares de islandeses (poetas, juglares, m&#250;sicos, nobles que alegraban las tardes con instrumentos y cantos, que tem&#237;an que tras el susto del Hekla otros volcanes se rebelaran o que ansiaban labrarse un futuro mejor) llegaron a Bergen y juraron lealtad al rey.

La primera caravana de poetas sacudi&#243; el polvo de las salas, porque todas las ventanas se abrieron de golpe para escuchar sus canciones, y en cada ventana y cada puerta apareci&#243; una mujer ruborizada. &#191;Qui&#233;n pod&#237;a resistirse a un poeta? Llegaban en una comitiva pintoresca, cinco docenas de ellos, en un pasacalles lleno de color. Acamparon en los alrededores del palacio real, y luego, como si fueran los representantes de un pa&#237;s en concordia con Noruega, solicitaron audiencia.

Poetas -buf&#243; mi padre-. &#191;Para qu&#233; nos har&#225;n falta?

&#161;Poetas! -exclam&#243; mi hermano, que apenas disimulaba su contento-. &#161;Padre, sacude ese malhumor! Con los poetas se logra el favor de las damas, y a trav&#233;s de ellas, la alegr&#237;a de las naciones. Los poetas extienden nuestras noticias, publican nuestras haza&#241;as o las convierten en traiciones. Mira c&#243;mo le cambian el semblante a la abuela -dijo, en un extraordinario malabarismo con la verdad, porque la vieja Inga pensaba, punto por punto, como su hijo-. Que hablen de nosotros. No vale de nada conseguir hitos si el resto del mundo no los conoce.

Y, a&#250;n riendo, se dirigi&#243; al patio para convidar a los reci&#233;n llegados a un barril de cerveza y distinguir qui&#233;n entre ellos era sobresaliente, qui&#233;n mediocre y qui&#233;n un embaucador.

Su predilecto, y tambi&#233;n el de mi madre, el poeta de moda en la corte, el que cantar&#237;a a mi hermano cuando hubiera logrado algo digno de ser narrado, era Jan Gudleik, un noruego del norte, reidor y vivaz, al que las muchachas no tom&#225;bamos demasiado en serio pero que lograba ablandar el coraz&#243;n de las due&#241;as mayores. Cojeaba un poquito, tras una ca&#237;da, y exageraba ese defecto cuando le conven&#237;a, para mostrarse necesitado de afecto y de atenci&#243;n. Le sobraba el talento, pero, por alguna raz&#243;n, lograba siempre que se hablara de &#233;l por un romance, una borrachera, un problema, y no por sus canciones y poemas.

Era el que mejor versificaba al estilo franc&#233;s y el que inventaba los romances contrariados m&#225;s conmovedores; el amor cort&#233;s se aceptaba como moneda corriente, y los poetas incitaban a los amantes a adorarse con el coraz&#243;n y con el cuerpo, aunque las referencias m&#225;s pecaminosas se evitaban si la generaci&#243;n anterior se encontraba presente. Los nombres de las damas variaban seg&#250;n una nueva belleza hac&#237;a su aparici&#243;n en la corte, o si la abandonaba para casarse. Gudleik, como todos sus amigos, mostraba una gran facilidad para que se le rompiera el coraz&#243;n. Cuando me promet&#237;, tras jurar que le hab&#237;a roto el coraz&#243;n, prepar&#243; unas endechas en mi honor, como la &#250;nica huella que, pasados los a&#241;os, quedar&#237;a de m&#237; en mi tierra.

El estilo ha cambiado -dec&#237;a mi hermano-. Si en las sagas y las antiguas leyendas se esperaba que la historia fuera verdadera y el estilo hermoso, ahora basta con que la historia y el estilo sean hermosos.

Estos infelices no hacen sino lo que siempre se hizo -reflexionaba mi padre-. Revolver la verdad con la mentira, y que no puedan distinguirse.

Eran a&#241;os de cerrar heridas, de que las cicatrices palidecieran y se confundieran con la piel, de acallar conciencias con monedas y de atraer aliados, y mi abuela, mi padre y mi hermano, tan parecidos entre s&#237;, tej&#237;an redes tan bien armadas que los peces ca&#237;an en ellas gustosos.

Nuestro pueblo tiene que ver a sus antiguos reyes cuando os mire -dijo un d&#237;a mi hermano-. No basta la coronaci&#243;n. No basta la bendici&#243;n papal. A Sigurd el Peregrino le recuerdan por su viaje a Tierra Santa y su participaci&#243;n en la Cruzada. De su hermano Oyvind, que fue un buen rey y gobern&#243; con sabidur&#237;a en su ausencia, &#191;qui&#233;n habla hoy? Deber&#237;amos mostrarnos dispuestos a participar en una Cruzada, si alguna se organiza. Noruega ha vivido en el caos desde que el Peregrino muri&#243;. Volvamos a aquel orden anterior.

No m&#225;s guerras, hijo. Al menos, no en nuestro territorio. -Mi padre, que hab&#237;a regresado con el humor agriado desde la campa&#241;a en Halland, hablaba como todos los viejos, como todos los vencidos-. Danos pronto un heredero, consigue tierras por matrimonio y no por guerras, por muy santas que sean.

Las nuevas leyes dictadas por mi padre indicaban que s&#243;lo los hijos varones leg&#237;timos pose&#237;an derecho al trono, y que era el rey quien deb&#237;a designar sucesor. Sin hermanos ni t&#237;os, con la rama de la familia de mi madre mutilada casi en su totalidad, s&#243;lo los hijos de Haakon y sus hijos, y los hijos de sus hijos, reinar&#237;an en Noruega a partir de entonces.

Deber&#237;amos casar a Kristina -repet&#237;a, cada a&#241;o, mi padre, o era mi hermano el que se lo dec&#237;a a &#233;l. Y entonces, el otro rey repet&#237;a, a&#241;o tras a&#241;o:

A&#250;n no. A&#250;n no. Todav&#237;a no somos lo suficientemente fuertes, todav&#237;a podemos conseguir una alianza mejor. Ser&#237;a una l&#225;stima que surgiera cuando Kristina se haya entregado ya. Es m&#225;s preciosa que el oro. Un a&#241;o m&#225;s, un a&#241;o tan s&#243;lo.

Aquel verano cumpl&#237;, como dije, veintid&#243;s a&#241;os, y los dos reyes a&#250;n no hab&#237;an encontrado a quien me mereciera. La embajada de Knut Haakosson a Castilla tuvo lugar, su hija ingres&#243; como abadesa casi al mismo tiempo, Sturli cantaba al valor de mi abuelo en baladas inacabables, y todo indicaba que la vida continuar&#237;a por siempre as&#237;, apacible y algo aburrida tras los a&#241;os de sobresaltos, dirigida con mano certera por los cambios casi insignificantes que mi familia introduc&#237;a y que, al poco tiempo, lograban que todos creyeran muy antiguos, suplantando el pasado que, con los muertos y los desterrados, desaparec&#237;a, hielo en primavera.


El rey Haakon IV march&#243; sin demora hacia la bah&#237;a del Norte. En Agder recibi&#243; al sacerdote El&#237;as, al que su hijo Haakon el Joven hab&#237;a puesto al mando de la embajada hacia Castilla. El hombre santo les confi&#243; que con ellos llegaba un se&#241;or principal, llamado Fernando, y que buscaba despachar importantes asuntos con el rey Haakon. El rey de Castilla buscaba la amistad del monarca noruego y daba pruebas de lo profunda que deseaba que fuera esa alianza. Cuando el rey lleg&#243; a Radasund los embajadores le aguardaban all&#237;, y le prestaron homenaje. A continuaci&#243;n, le revelaron la misi&#243;n que los hab&#237;a llevado hasta all&#237;. El rey decidi&#243; que permanecieran en T0nsberg hasta que &#233;l regresara al sur tras el invierno. Entonces les dar&#237;a respuesta a su embajada, que habr&#237;a consultado con sus mejores ministros. Y, con esa amable acogida, el rey se recogi&#243; a Bergen, donde le aguardaban para su estancia invernal.


Yo tendr&#237;a que haber reparado en que algo estaba a punto de cambiar: cierto es que los &#250;ltimos seis a&#241;os me han otorgado m&#225;s sabidur&#237;a de la que hubiera deseado, e infinitamente m&#225;s de la que pose&#237;a siendo una muchacha; pero eso no excusa mi ceguera. Mi padre y mi hermano comenzaron a reunirse con los nobles, extranjeros y patrios, con mayor frecuencia. Viajaban, conced&#237;an audiencias y recib&#237;an despachos, y ninguno, ni siquiera los alemanes, los lejanos rusos, les interesaban m&#225;s que las noticias que llegaban desde Espa&#241;a y que, al parecer, les llenaban de gozo.

Los pesados barcos que atracaban en el puerto dejaron espacio para drakkars delicados, con las quillas talladas y un aire mucho m&#225;s gr&#225;cil: nav&#237;os para las comunicaciones r&#225;pidas, &#225;giles sobre el agua y desprotegidos como gaviotas, porque nadie aspiraba a su ataque.

Las tierras f&#233;rtiles de las colinas se dividieron en pa&#241;uelitos de labranza. Al amanecer, los ciudadanos se dirig&#237;an a las huertas que se les hab&#237;a regalado y pasaban all&#237; dos, tres horas, seguros de que no pasar&#237;an hambre con las coles, los nabos, los dos manzanos y los tres cerdos que cab&#237;an en su parcela. Los montes comunales ofrecieron bayas y le&#241;a, y, como era costumbre, reservaron la caza mayor para el rey y los suyos, aunque los ciudadanos podr&#237;an cazar liebres y conejos, que se reproduc&#237;an como una plaga.

Haakon emprend&#237;a peque&#241;os viajes de apenas dos o tres d&#237;as que enlazaban las residencias reales, y part&#237;a a continuaci&#243;n. Como cuarta dama del reino (me anticipaban en honores mi madre, mi abuela y mi cu&#241;ada ni&#241;a), deb&#237;a prestar atenci&#243;n a sus vestiduras y a las de sus caballeros, y se me permit&#237;a despedirle y recibirle en cada ocasi&#243;n, algo que comenz&#243; a resultar agobiante cuando sus responsabilidades aumentaron.

Mi hermanita se queja -me atosigaba-, y no entiendo de qu&#233; se queja. &#191;En qu&#233; mejor puede pasar su tiempo que en atender a su hermano?

En destripar sapos -contestaba yo-. En clarearme el cabello. En despuntar las espinas de los rosales de mi madre. En limpiar las bo&#241;igas de mi potrilla.

El suspiraba.

&#191;As&#237; me pagas el amor que te muestro y la clemencia que me inspiras?

Tal mercanc&#237;a, tal paga.

Tal dama, tales dones.

Tal caballero, tales mercedes otorgadas.

El juego pod&#237;a continuar durante horas, hasta que mi hermano fing&#237;a ser vencido, me besaba la mano o la frente y se retiraba a medir su inteligencia con enemigos m&#225;s dignos. Yo no pod&#237;a concebir que alguna vez pudiera amar a alguien con mayor veneraci&#243;n que a Haakon.

Por entonces mis quehaceres eran los propios de las damas de sangre real: acompa&#241;aba a mi madre, administraba mi peque&#241;o capital de doncellas y due&#241;as (contaba con tres doncellas a mi servicio, una due&#241;a, un mozo de servicio, un ta&#241;edor de la&#250;d y un cantante, pero tambi&#233;n deb&#237;a supervisar las tareas de los otros sirvientes reales), bordaba poco y cantaba menos. Me cuesta recordar ahora a qu&#233; dedicaba mi tiempo cuando estaba a&#250;n soltera, en el palacio de mi padre. Deb&#237;an ser tareas importantes, porque se me destinaban, pero si lo eran, &#191;c&#243;mo puede ser que no las eche de menos aqu&#237;, que no las haya reproducido en esta casa junto al Guadalquivir?

&#191;Qu&#233; ocupaba mi atenci&#243;n? Mi madre y yo dedic&#225;bamos mucho tiempo a fortalecer las relaciones con la Iglesia, visit&#225;bamos monasterios y nos hosped&#225;bamos en abad&#237;as. Las mujeres que all&#237; viv&#237;an parec&#237;an envejecer bajo otros d&#237;as, su rostro protegido del aire y el fr&#237;o. Envi&#225;bamos mensajes de los reyes, tan sutilmente envueltos que no parec&#237;an &#243;rdenes, pero que en boca de una princesa real no toleraban ser desobedecidos. Las hijas de los nobles que all&#237; profesaban no sol&#237;an destacar por su vocaci&#243;n religiosa: muchas hab&#237;an finalizado all&#237; como castigo por un esc&#225;ndalo, o porque sus padres no pod&#237;an mantenerlas con los privilegios que merec&#237;a su apellido. Pero, en su mayor&#237;a, eran v&#237;rgenes maduras que padec&#237;an la matanza de hombres de los a&#241;os de las guerras. Hab&#237;an quedado sin protectores, sin familia, o les resultaba imposible encontrar esposo, porque en su generaci&#243;n el n&#250;mero de mujeres doblaba el de varones.

Visit&#225;bamos con particular afici&#243;n un monasterio en Rein, a dos jornadas de camino desde Bergen, muy cerca de la casa natal de mi madre. All&#237;, cuando yo a&#250;n no hab&#237;a nacido, mi abuelo Skule hab&#237;a ca&#237;do enfermo de unas fiebres fulminantes, y hab&#237;a prometido erigir una casa santa si sanaba.

Como san&#243; -contaba mi madre- no le bast&#243; con fundarla, sino que reclam&#243; a su hermana, mi t&#237;a Sigrid, de quien todos sab&#237;an que hab&#237;a malcasado, y la nombr&#243; abadesa. Y entonces exigi&#243; a su cu&#241;ado que devolviera la dote y la aportara al monasterio.

Mal comienzo -me aventur&#233; a decir yo.

P&#233;simo comienzo. Pero para entonces mi padre hab&#237;a recuperado la salud, y nada de eso le importaba gran cosa.

La t&#237;a Sigrid, que demostr&#243; mayor fortuna para la vida en recogimiento que para el siglo, era, adem&#225;s de mi madrina, aquella a la que m&#225;s me asemejaba de todas las mujeres de la familia, y ambas encontr&#225;bamos un secreto orgullo en ello. Alta y erguida como un junco, muy rubia y muy clara, conservaba el eco de una belleza que se resist&#237;a a marcharse. Y desde muy tierna edad yo constat&#233;, para mi mal, que era linda, menos ex&#243;tica, menos tentadora que Cecilia, pero mucho m&#225;s hermosa que mi madre y que mi abuela.

La abadesa Sigrid me recordaba que la belleza no siempre consegu&#237;a lo que los varones pretend&#237;an, y que quiz&#225;s su mejor uso fuera la oscuridad y el retiro de un convento. Pero, al mismo tiempo, ambiciosa y joven como era, me resist&#237;a a no ser admirada, a que los juegos con mi hermano y sus amigos finalizaran, a que una vida de honorable due&#241;a o de honorable monja segara mi rutina y mi alegr&#237;a.

Nuestras horas se dedicaban a los hombres, a preparar sus vestiduras y reparar las cotas de malla que portaban, que necesitaban en algunos puntos una mano delicada que las cosiera de nuevo. Eso nos supon&#237;a desvelos singulares, porque deb&#237;amos recurrir a herreros o a mozos de forja, que apenas iniciados en las artes del remiendo deseaban llevarse las cotas y repararlas a precios mucho m&#225;s altos.

Cuando mi hermano y sus soldados regresaban de una expedici&#243;n que los hab&#237;a alejado de nosotras una, dos, seis semanas, el palacio reverdec&#237;a. Las damas los observaban a distancia, desde sus ventanales, y yo sal&#237;a al encuentro de Haakon, en solitario mientras se mantuvo soltero, con su mujer cuando se cas&#243;, para descalzarle y darle una bebida. Los poetas, desbancados de sus puestos de honor, tragaban la bilis de la envidia y procuraban enterarse antes que nadie de los temas sobre los que deb&#237;an versar.

Gracias, madre. Gracias, Riquilda. Gracias, Kristina -formulaba Haakon, mientras tomaba un sorbo de cada refresco que se le ofrec&#237;a y se inclinaba ante nosotras.

Los caballeros de mi hermano recib&#237;an parecidas atenciones, y durante el tiempo que pasaban en casa las mujeres nos dej&#225;bamos perseguir y los evit&#225;bamos, hu&#237;amos y nos dej&#225;bamos cazar, y ellos nos persegu&#237;an y, como en otra guerra m&#225;s cort&#233;s y mucho, m&#225;s placentera, predec&#237;an nuestros movimientos y nuestras reacciones.

Y, con cada primavera, se celebraban los matrimonios.

Jovencitas m&#225;s j&#243;venes que yo, con menos fortuna, con el rostro deformado por una mand&#237;bula dura o por una piel viciada de viruelas daban la mano a guerreros con patrimonio y se alejaban de la corte.

No vamos a entregar oro en manos codiciosas -se excusaba mi padre, sin que yo me quejara de nada.

Las que nada pose&#237;amos de nada pod&#237;amos quejarnos.

Se esperaba de m&#237; tambi&#233;n que me ocupara de mi cu&#241;ada Riquilda, la criatura m&#225;s aburrida, quisquillosa y malcriada que imaginarse pueda. A veces pensaba que Riquilda era la cruz que Nuestro Se&#241;or me mandaba, un permanente recordatorio de a qu&#233; estragos pod&#237;a llevar una educaci&#243;n relajada y un car&#225;cter caprichoso. Luego descubr&#237; que no, que mi cruz se llamar&#237;a do&#241;a Violante y que me aguardaba en un reino remoto.

Riquilda y Haakon hab&#237;an contra&#237;do matrimonio cuando ella ten&#237;a siete a&#241;os, pero no nos la hab&#237;an enviado hasta que cumpli&#243; catorce. A&#250;n fue n&#250;bil por a&#241;o y medio m&#225;s, pero imagino que en su familia, muy numerosa, no soportaban m&#225;s a aquella chiquilla. Desde entonces, atormentaba mis d&#237;as.

Haakon la trataba con distante cortes&#237;a y apenas pasaba tiempo con ella, y las quejas que su esposa vert&#237;a sobre mi inconstante y desapegado hermano sonaban en mis o&#237;dos de la ma&#241;ana a la noche. Magnus la detestaba sin disimulos, y la sola idea de que esa ni&#241;a de barbilla fina e insidioso deje sueco fuera un d&#237;a la reina de mi pa&#237;s me enfermaba. No obstante, sab&#237;a ser refinada, y su gusto en vestiduras y en m&#250;sica superaba mucho el m&#237;o. Criada como princesa real sueca, tuvo mucho m&#225;s tiempo que yo para perderlo en las elegantes banalidades de la vida en la corte.

&#191;Y mis damas? -exigi&#243;, nada m&#225;s abrir sus arcones, intercambiando los regalos de boda a toda prisa.

Ya las tra&#233;is con vos -dijo mi madre, de mal humor, porque no sent&#237;a ni simpat&#237;a ni inter&#233;s por aquel enlace.

&#191;Esas bobas? -contest&#243; ella, sin poder reprimirse-. &#161;Ah, no! No he salido del dominio de mi aya para que me controlen esas mujeres.

Mi madre me dirigi&#243; una mirada desva&#237;da.

Kristina, oc&#250;pate de que nuestra princesa encuentre todo a su gusto y de ense&#241;arle nuestras costumbres. Ahora es tu hermana: comp&#243;rtate como tal.

Como orden&#233;is -respond&#237; yo, desalentada. Me impon&#237;an la tarea de vaciar el mar con una taza.

En nuestro palacio de Bergen se aburr&#237;a. La hab&#237;an mimado en exceso, y a diferencia de mi caso, en el que a los veintid&#243;s a&#241;os ni siquiera estaba prometida, ella hab&#237;a sido una mujer casada desde su infancia. Eso la colocaba en un lugar incierto, a medio camino entre las responsabilidades de su futura labor y las distracciones infantiles. Sab&#237;a m&#225;s de lo que una ni&#241;a debiera entender, pero carec&#237;a por completo de las ense&#241;anzas que una mano firme debe administrar a una chiquilla.

Ayer me visit&#243; mi esposo, el rey -revelaba, cada vez que se daba el caso, mientras la peinaban, rodeada de sus doncellas, de las m&#237;as y de las due&#241;as que le hab&#237;amos asignado.

Las mujeres ahogaban un suspiro de emoci&#243;n perfectamente fingido.

Durmi&#243; conmigo hasta el alba.

Yo la interrump&#237;a, impaciente.

A&#250;n no conozco a un mozo que no duerma de un tir&#243;n hasta el alba, si se le brinda la oportunidad.

La est&#250;pida de mi cu&#241;ada, con un aletear de faldas completamente innecesario, iniciaba una risita tonta.

Es que no durmi&#243; Qu&#233; sabr&#233;is vos de esas cosas, Kristina, qu&#233; sabr&#233;is

Yo, mantenida a la fuerza en una posici&#243;n de hija, de hermana, durante m&#225;s a&#241;os de los naturales, me hab&#237;a anclado en una inocencia impropia de mi edad, o al menos eso deb&#237;a aparentar. Protegida por ellos, los lazos que me ataban a mi familia eran tan fuertes que no pod&#237;a imaginarlos rotos, no era capaz de verme en una cama que no fuera mi lecho de soltera, con otros problemas que no fueran los de mi linaje.

Por lo tanto, no echaba de menos los entretenimientos que hab&#237;an llenado los d&#237;as de Riquilda. Una vez decidida la ley de legitimidad, para dar ejemplo, mi hermano hab&#237;a renunciado rigurosamente a mantener concubinas, y hab&#237;a desterrado, sin excepciones, a las de los principales se&#241;ores. Algunas lograron casarse con sus amantes. Otras, la voz silenciada con una casa en las monta&#241;as y unas cuantas joyas, abandonaron la ciudad con sus bastardos. Por irritante que le pareciera Riquilda, por mucho que le sacara de sus casillas, el joven rey s&#243;lo la visitaba a ella, y mi padre, el otro rey, hab&#237;a sido el primero de una larga saga en guardar fidelidad a su primera esposa y a mi madre.

Una oleada de castidad se extendi&#243; por la corte, y ante la sorpresa de los poetas islandeses y franceses, acostumbrados a gozar del favor de las damas a las que cantaban, las noruegas los escuchaban con agrado y cerraban luego las puertas de sus aposentos con doble llave; una pre&#241;ez en solter&#237;a o un hijo logrado sin ser bendecido se condenaba y las condenaba a ellas. Se conformaban, por lo tanto, con suspirar con aire acongojado, con musitar ardientes declaraciones de amor y con acostarse con las sirvientas.

Yo, que no conoc&#237;a otra cosa, nada echaba de menos.

Riquilda, enamorada cada mes de un joven diferente, ansiaba tanto ser cortejada, estaba tan hambrienta de atenci&#243;n y de miradas, que compon&#237;a una figura lamentable. Autoritaria, pero sin dignidad, bien vestida, pero sin elegancia, quejosa, pero indulgente consigo misma, mentirosa, exagerada, maleable, &#233;sas eran las virtudes que atesoraba la futura reina.

Inventemos algo, Kristina. -Y yo tem&#237;a esas palabras, porque de manera inequ&#237;voca significaban que se enredar&#237;a en alg&#250;n problema y me atrapar&#237;a a ella con &#233;l-. Me aburro, ideemos algo.

Mi padre, que con la edad hab&#237;a desarrollado man&#237;as que antes nunca padeci&#243;, se irritaba sobremanera con ella, aunque su rango le imped&#237;a manifestarlo de manera clara: por lo tanto, estorbaba cualquier actividad que Riquilda iniciara, y aunque procuraba no cruzarse con ella por los pasillos, cuando se daba el caso yo me preven&#237;a para una nueva bater&#237;a de cr&#237;ticas, advertencias y recriminaciones.

&#191;Qu&#233; es eso? -se&#241;al&#243; mi padre, sobresaltado, un d&#237;a en el que cen&#225;bamos todos juntos y hab&#237;an sentado a Riquilda frente a &#233;l. Su dedo apuntaba al escote de mi cu&#241;ada, que hab&#237;a descendido tres dedos al despojarlo de un ribete de piel ya muy usado.

Mi cu&#241;ada contest&#243; con absoluta candidez, mientras yo, advertida de lo que nos aguardaba a continuaci&#243;n, comenzaba a enrojecer.

La nueva moda francesa sube el talle e impone escotes m&#225;s bajos.

La abuela, que, como acostumbraba, se encontraba hundida en sus propias cavilaciones, pos&#243; la cuchara en el plato y prest&#243; atenci&#243;n.

&#191;Y puedo saber desde cu&#225;ndo sois francesa?

&#161;Pero es la moda! Y vos dese&#225;is una corte moderna.

&#161;Moderna, pero no depravada! -contest&#243; mi padre. Se hizo un silencio, mientras el moh&#237;n compungido de mi cu&#241;ada se congelaba en su rostro-. &#161;Pero cubr&#237;os, por el amor de Dios! -continu&#243; gritando-. Tened en consideraci&#243;n que podr&#237;a ser vuestro propio padre.

Haakon, que no hab&#237;a reparado en el escote de su mujer, inici&#243; otro tema, pero mi padre, como un perro tras la presa, no se desviaba.

En mis tiempos, una mujer era venerada por su hermosura y por sus virtudes -refunfu&#241;&#243;-. Ahora a los j&#243;venes s&#243;lo os interesa la apariencia, si viste de aquella o de tal manera, y cu&#225;ntas coronas ha costado su manto. No entiendo que la moda no pueda casarse con el gusto, como antes. Moda y modestia debieran caminar de la mano y engalanarse la una a la otra; no en vano se pronuncian de similar manera y proceden del mismo vocablo.

Mi madre, con una ojeada r&#225;pida, se asegur&#243; de que los vestidos de las otras mujeres presentes no aumentaran el enfado de mi padre, pero todas luc&#237;amos pudorosos sobrevestes. Sin embargo, la situaci&#243;n no acab&#243; con ello. Tres d&#237;as m&#225;s tarde, mi padre me mand&#243; llamar y me pidi&#243; mi opini&#243;n sobre las vestimentas de las cortesanas.

Son costumbres pasajeras, y casi siempre extranjeras.

El rey parec&#237;a preocupado.

Con vuestra ligereza, las mujeres est&#225;is tentando al Cielo. Si os empe&#241;&#225;is en mostraros medio desnudas, los pechos al aire y las faldas cada vez m&#225;s cortas, ofreciendo los tobillos y aun parte de la pantorrilla, como lecheras, atraer&#233;is la c&#243;lera y el castigo divino.

No son m&#225;s que atav&#237;os -dije yo.

&#191;Ah, s&#237;? &#191;Y crees que Nuestro Se&#241;or Dios, que no tuvo paciencia con Sodoma y Gomorra y mand&#243; una tormenta de fuego para arrasarlas, pensar&#225; lo mismo? &#191;Habitan en esta corte diez mujeres honestas, al menos? S&#243;lo es ropa pero &#191;no hundi&#243; por sus pecados la Atl&#225;ntida, porque sus reyes se mostraban soberbios y orgullosos y sus mujeres fr&#237;volas, en espacio de tres credos? &#191;Qu&#233; fue de Aland, que desapareci&#243; tragada por las aguas? &#191;Y las imp&#237;as Pompeya y Herculano, que fueron devoradas por un volc&#225;n, sin que nada quedara de ellas? -Trag&#243; saliva-. A todos nos pon&#233;is en peligro las mujeres con vuestros atuendos, haciendo que los hombres caigan en el torp&#237;simo pecado de la lujuria. &#161;No hay nada m&#225;s vil! Ya fuimos avisados por aquel volc&#225;n de que los pecados de Islandia y sus poetas pod&#237;an ocasionarle la ruina. &#161;Y ahora vivo en una corte infectada de poetas y de mujeres que visten a la francesa!

Yo baj&#233; la cabeza, porque el ataque de c&#243;lera ya s&#243;lo pod&#237;a remitir.

Te encargar&#225;s de que todas las damas de la corte se cosan vestidos que cubran el brazo, hasta los pu&#241;os. No sufrir&#233; otro escote como el que me cort&#243; el apetito el otro d&#237;a, durante la cena. Y cuidado tambi&#233;n con descubrir la garganta y el cuello.

Pero -dije yo- las joyas lucen mejor sobre la piel, padre. No nos priv&#233;is de ese placer.

Las joyas lucen mejor sobre las mujeres decentes, que son quienes las merecen.

Sal&#237; de la reuni&#243;n con las nuevas indicaciones y las comuniqu&#233;, para gran decepci&#243;n de las damas j&#243;venes. Riquilda suspir&#243;.

Coser&#233; otra vez la piel sobre el escote -dijo.

La abuela hizo un gesto de impaciencia y, por sorpresa, se posicion&#243; a nuestro favor.

Cuando se enfurece tanto, su c&#243;lera se aplaca pronto. Moveos con discreci&#243;n durante dos semanas y vestid luego como os parezca, porque su mente se habr&#225; vaciado ya de esa inquietud -terci&#243;-. Los hombres se quejaban de la impudicia ya en tiempos de la abuela, y a&#250;n no se ha acabado el mundo.

As&#237; lo hicimos, y todos los ribetes de piel desaparecieron poco a poco. Mi padre no volvi&#243; a reparar en ello. De vez en cuando, mi madre se acercaba al grupo de j&#243;venes que charl&#225;bamos o cos&#237;amos juntas y se burlaba de nosotras.

Por el amor de Dios, ni&#241;as, &#191;no ten&#233;is fr&#237;o?

Nosotras nos inclin&#225;bamos, la abuela sonre&#237;a con un raro rictus de satisfacci&#243;n mal disimulado y Riquilda continuaba con sus vestidos, cada vez m&#225;s atrevidos.

En otra ocasi&#243;n, mi cu&#241;ada me llam&#243; con mucho sigilo y cerr&#243; la puerta de su alcoba detr&#225;s de m&#237;.

Necesito vuestra ayuda -me dijo. Estaba sonrojada, y le temblaba la voz-. De vos no sospechar&#225;n.

A sus espaldas, distingu&#237; la figura de una de sus damas, una muchacha llamada Astrid, a la que yo prodigaba un especial cari&#241;o. Abr&#237; mucho los ojos, sorprendida, mientras aventuraba lo peor.

&#191;Qu&#233; es lo que ocurre?

Astrid -dijo mi cu&#241;ada- ha de verse con su amante; pero los esp&#237;an. Todos los muros tienen ojos, de manera que los he citado aqu&#237;. Nadie buscar&#225; en los aposentos de la reina.

La reina -correg&#237; yo- es mi madre, y no vos.

S&#237;, s&#237; -accedi&#243; ella, impaciente-. Vamos, el tiempo apremia.

&#191;Astrid tiene un amante? -pregunt&#233;, reparando, muy despacio, en lo que significaba lo que acababa de escuchar.

Era cierto, si ataba todos los cabos, que en los &#250;ltimos meses hab&#237;a reparado en alguna de sus ausencias, en gestos de desd&#233;n hacia algunos de sus pretendientes y en que hab&#237;a evitado las modas m&#225;s atrevidas, pero lo achaqu&#233; a su buen juicio, que no se dejaba arrastrar por la influencia de Riquilda, y no a que hubiera entregado sus favores a un &#250;nico hombre.

&#191;C&#243;mo se os ocurre correr ese riesgo? &#191;Sab&#233;is qu&#233; ocurrir&#237;a si sorprendieran a un hombre en vuestro cuarto? &#191;Hab&#233;is perdido el juicio las dos?

Riquilda daba golpecitos en el suelo con el pie, que calzaba con un borcegu&#237; escarlata con un pico exagerado.

Nadie tiene por qu&#233; saberlo. S&#243;lo necesito que os qued&#233;is conmigo en la antec&#225;mara, hablando en voz muy alta, de manera que sea evidente que somos dos las mujeres que aqu&#237; estamos. Luego, con disimulo, regresad a vuestra c&#225;mara, y si algo pasa, decid que no os hab&#233;is movido de all&#237; en toda la tarde.

Astrid hab&#237;a juntado las manos, en se&#241;al de s&#250;plica. En mis o&#237;dos incr&#233;dulos resonaban las mismas palabras una y otra vez.

Por favor, por favor, princesa &#161;Es tan f&#225;cil para vos, y me dar&#233;is tanta satisfacci&#243;n!

Sin duda, el amor la hab&#237;a enloquecido. Astrid pertenec&#237;a al rango m&#225;s bajo de la nobleza rural; su misi&#243;n en la corte del rey era destacarse a nuestros ojos y que as&#237; lograra un matrimonio con una familia similar en sangre y apadrinada por el rey. Mi familia ten&#237;a su tutela, y a efectos legales, aunque cedida al servicio de Riquilda, depend&#237;a enteramente de mi voluntad.

Si su amante era, como sin duda as&#237; resultaba, un cortesano sin nobleza de sangre, resultar&#237;a imposible su boda, en primer lugar, y su redenci&#243;n, en segundo. Si hab&#237;a atra&#237;do la atenci&#243;n de un caballero de alto linaje, un duque o uno de los lendmenn originales, su matrimonio tampoco podr&#237;a celebrarse, porque la dote que su familia aportaba era peque&#241;a y bien conocida, y porque mi padre escog&#237;a con mimo las esposas para esos se&#241;ores, asegur&#225;ndose de que la red de lealtades se tensara a&#250;n m&#225;s.

Con el constante flirteo y la presencia de tantos j&#243;venes en la corte cab&#237;a en lo humano que por un instante se perdiera de vista el sentido de la vida y la presencia de todos los que all&#237; viv&#237;amos; pero lo que arriesgaba Astrid val&#237;a mucho. En realidad, se trataba de todo cuanto pose&#237;a. Y lo que Riquilda pon&#237;a en juego al protegerla a&#250;n adquir&#237;a mayor precio: el honor de mi hermano, y, por lo tanto, el m&#237;o.

O sois necias, o hab&#233;is perdido el juicio. Ni Astrid ni vos tomar&#233;is parte en esto. Si es necesario, os encerrar&#233; aqu&#237;, o dar&#233; voces. Astrid vendr&#225; conmigo, y nos sentaremos con todos, en el sal&#243;n.

Entonces se quedaron en silencio, como ni&#241;as sorprendidas en una falta, con la misma incr&#233;dula expresi&#243;n que adoptaba mi hermana cuando reparaba en que hab&#237;a dicho una inconveniencia pero a&#250;n no sab&#237;a cu&#225;l, ni c&#243;mo disculparse. Riquilda se justific&#243; en un murmullo.

Pero ellos deben verse

Tom&#233; de la manga a Astrid, que se dej&#243; arrastrar. De un empuj&#243;n la saqu&#233; de los aposentos de Riquilda, que ni siquiera nos sigui&#243;. Empeque&#241;ecida, en el quicio, nos vio alejarnos. Ni siquiera se le hab&#237;a pasado por el pensamiento el que yo no pensara como ella, el que alguien no opinara lo mismo que su atolondrado coraz&#243;n.

Por favor -suplic&#243; Astrid-, por favor, no dig&#225;is nada. Os lo imploro de rodillas, no nos delat&#233;is. Fue la princesa heredera la que me convenci&#243; para acordar la cita. El es un caballero principal, y mi afecto por &#233;l es sincero. Nuestra uni&#243;n convendr&#225; a mi familia, y podr&#233; as&#237; devolver muchos favores prestados. Os tengo por mi amiga

Pod&#237;a imaginarlo con nitidez, la est&#250;pida de Riquilda llena de emoci&#243;n y con el pulso acelerado, con su afecto ligero como patitas de p&#225;jaro, contagiada por la historia de Astrid y su amante y, como el eco en una cueva, haci&#233;ndolo todo mayor y m&#225;s complicado, con brillos de los que carec&#237;a. La mir&#233; con desprecio. As&#237; pues, no s&#243;lo el aleteo del amor iluminaba los ojos de Astrid, sino que su codicia hab&#237;a calculado con rigor el peligro que corr&#237;a, y anhelaba ese t&#237;tulo hasta el punto de salpicar a Riquilda con su proyecto.

Yo no tengo amigas entre las de tu clase.

Lloraba cuando entr&#243; en el gran sal&#243;n, y no lo disimulaba. Fing&#237; haberme enfadado con ella porque me hab&#237;a roto un tul de un desgarr&#243;n, y me sent&#237; malhumorada hasta que lleg&#243; la noche. Entre las damas que cos&#237;an conmigo mi hostilidad hab&#237;a extendido un miedo inconcreto, como si adivinaran que el tul se comportaba como los hielos flotantes y que el peligro de mi c&#243;lera se escond&#237;a bajo el agua. Las vi marchar a todas y les di mi bendici&#243;n a rega&#241;adientes. Entonces me dirig&#237; a mi madre.

No quiero a Astrid m&#225;s a mi lado, madre. Es torpe y vulgar, y no deseo que mujeres as&#237; me rodeen ni me influyan con sus modales.

Mi madre levant&#243; con calma la mirada del fuego, que se extingu&#237;a en brasas sin fuerza.

Pero Astrid es dama de Riquilda, y no te pertenece &#250;nicamente a ti decidir sobre su suerte.

Con mayor raz&#243;n, entonces. Riquilda no necesita otra cosa salvo buenos ejemplos, y no m&#225;s ni&#241;as tontas como ella; no hay d&#237;a en que no me averg&#252;ence. Me siento extenuada, vivo en el ansia de que su siguiente paso no despierte las iras de mi padre o el desprecio de Haakon. Me comporto como su aya y empleo mi tiempo en educarla, cuando cada d&#237;a me convenzo m&#225;s de que no aprender&#225; nada ni mejorar&#225; nunca. Y si sus damas no me dan sino problemas, &#191;c&#243;mo podr&#233; soportarlo?

Odiaba mentir, pero no soportaba la idea de volver a cruzarme con Astrid, de sus futuros cuchicheos con Riquilda, de sus miradas tristes de soslayo, ni deseaba la sensaci&#243;n de que su vida y su honor estaban en mis manos, con mayor peligro y precisi&#243;n que en las de su amante.

Quiero -me obstin&#233;- que la alej&#233;is de Bergen, que sea enviada a otra de las casas del rey. Nuestro compromiso con su familia s&#243;lo consist&#237;a en casarla, y eso puede realizarse en otro palacio.

S&#233; que est&#225;s enfadada porque te ha rasgado una camisa -dijo mi madre, pensativa. Tambi&#233;n ella envejec&#237;a, y la persuad&#237;amos con mayor facilidad que en el pasado-. Pero es cualidad de los poderosos mostrarse compasivos, y nunca mostraste un coraz&#243;n mezquino. Nunca te hab&#237;a visto perder la compostura por el yerro de un inferior. Med&#237;talo, pide consejo en la oraci&#243;n, y si ma&#241;ana contin&#250;as con el mismo parecer, enviar&#233; a Astrid a las Feroe.

Astrid parti&#243; dos d&#237;as m&#225;s tarde, primero al encuentro de una comitiva que proced&#237;a del este, y de ah&#237;, en un viaje sin retorno, a las islas del norte. La vi marchar sin l&#225;grimas, con una secreta satisfacci&#243;n, aunque durante mucho tiempo so&#241;&#233; con ella y con sus manos unidas en una plegaria ante m&#237;, cuando cre&#237;a que a&#250;n ser&#237;a posible que se entrevistara con su amante.

Riquilda no me dirigi&#243; la palabra en varios d&#237;as, y lejos de aliviarme, esa venganza pueril me entristeci&#243;. El resto de las damas y las siervas se mostraron excepcionalmente cuidadosas con mis vestidos y mi peinado, porque se hab&#237;a extendido el rumor de que por una nader&#237;a hab&#237;a desterrado a mi amiga m&#225;s cercana, y todas caminaban silenciosas como ratones, sobre pies de vidrio. Comenzaron a preferir la compa&#241;&#237;a de Riquilda, que lo vivi&#243; como un triunfo sobre m&#237; y que las consent&#237;a y adulaba de manera escandalosa.

En mis momentos de mayor desesperaci&#243;n, daba gracias por no ser como ella y por tener un espejo tan fiel de lo que aborrecer&#237;a ser, si alg&#250;n d&#237;a, por fin, me encontraba en la situaci&#243;n de ser una mujer casada.


Recibi&#243; entonces el rey Haakon el Joven una carta de su padre, el rey Haakon IV, pidi&#233;ndole que fuera a Oslo a encontrarse con el obispo Haakon y que aguardara a que &#233;l regresara de Bergen. El padre y el hijo discutir&#237;an, reunidos all&#237;, qu&#233; respuesta dar a la complicada encomienda del embajador don Fernando. El rey de Castilla, don Alfonso, el grande y sabio, solicitaba la mano de la doncella Kristina, hija del rey, para uno de sus hermanos


No debi&#243; haber sido as&#237;. No era as&#237; como mi hermano imaginaba su partida de ajedrez.

Si las damas de la corte se dejaban llevar por dulces enso&#241;aciones sobre los amores que cantaban los poemas, sobre caballeros cruzados que se crec&#237;an en las adversidades y se manten&#237;an leales a una mujer, Haakon cay&#243; tambi&#233;n v&#237;ctima de un singular enamoramiento.

Haakon pensaba noche y d&#237;a en don Alfonso, el d&#233;cimo de Castilla, el aspirante a Emperador del Sacro Imperio Romano. El rey Sabio. Ese hombre, que hab&#237;a llegado al trono ya barbado, con treinta a&#241;os, despertaba la admiraci&#243;n de mi hermano, que encontraba grandes semejanzas entre su figura y la suya.

Lo observ&#243; durante a&#241;os, y adapt&#243; como mejor le cupo sus movimientos acertados a nuestro pa&#237;s. Como &#233;l, instig&#243; la devoci&#243;n a los santos y la cercan&#237;a a la Iglesia. Estudiaba sus pactos y tratados, y los aplicaba a los que nuestro pa&#237;s necesitar&#237;a. Se preocup&#243;, como Alfonso hac&#237;a, de que se estudiara la ret&#243;rica y se fijara por escrito el derecho en los monasterios. De &#233;l aprendi&#243; que las guerras y los matrimonios no eran la &#250;nica manera de engrandecer un pa&#237;s. Y, en todas sus embajadas, en toda la comunicaci&#243;n con el sur, preguntaba siempre:

&#191;Ha concebido ya mi se&#241;ora do&#241;a Violante?

El rey de Castilla y su esposa, una infanta aragonesa, no ten&#237;an hijos, pese a que se hab&#237;an unido en matrimonio en el a&#241;o remoto de 1249. Y cada a&#241;o sin descendencia mi hermano acariciaba nuevas ideas, tej&#237;a caminos nuevos y esperaba, pacientemente, a que le informaran de que Alfonso de Castilla hab&#237;a repudiado a la hermosa Violante, la Yolanda de los poetas, por su vientre est&#233;ril.

Y as&#237;, cada noticia que vert&#237;a en los o&#237;dos extranjeros sobre m&#237; estaba destinada al conocimiento del rey Alfonso. Kristina de Noruega era devota, y para probarlo yo recorr&#237;a santuario tras santuario y entregaba dinero de sus arcas, porque no ser&#237;a conveniente que otra princesa me arrebatara la reputaci&#243;n de santa. El rey castellano parec&#237;a encontrar gozo en el estudio, y por ello se le dec&#237;a que Kristina hablaba lat&#237;n y otras cinco lenguas y hab&#237;a aprendido a leer y a escribir como un hombre de leyes, y en su boca y en sus palabras yo parec&#237;a una mujer instruida, en lugar de una muchacha que supiera decir cuatro frases de cumplido en ruso y en alem&#225;n.

Se contaron muchas invenciones hermosas sobre m&#237; en aquellos a&#241;os. Kristina aventajaba en belleza a todas las princesas de su generaci&#243;n, y se insist&#237;a en que era rubia y de ojos azules, como casi todas las j&#243;venes que me rodeaban. Pero Haakon sab&#237;a que la madre del rey Alfonso, debido a su origen alem&#225;n, se me asemejaba, y no se le ocultaba que la mayor parte de los hombres poderosos buscan esposas que les recuerden a sus madres. Y por lo tanto, si alg&#250;n rasgo hab&#237;a que comparti&#233;ramos Beatriz de Suabia y yo (y de ella se dec&#237;a que era &#243;ptima, pulchra, sapiens et p&#250;dica), se pon&#237;a de manifiesto hasta el aburrimiento.

A m&#237; no me alcanzaba la hipocres&#237;a hasta negar que fuera hermosa: lo era, pero ni remotamente la mujer m&#225;s bella de mi generaci&#243;n, ni siquiera de mi corte. Pero la reputaci&#243;n, como hab&#237;a anunciado mi hermano, se extend&#237;a en las lenguas de los romances y las baladas, y ellos dictaminaban que mi fama se conformase as&#237;, y por lo tanto, as&#237; era.

Si Alfonso repudiaba a Violante de Arag&#243;n, de la estirpe de Hungr&#237;a, se expon&#237;a a la c&#243;lera de su reino vecino, el regido por el belicoso rey Jaime I: se contaban atrocidades del rey aragon&#233;s. Hab&#237;a logrado, en los a&#241;os de su reinado, unos territorios considerables, la conquista de las islas Baleares y la sumisi&#243;n de infinitos reyes moros. De su capricho depend&#237;a la vida y la muerte de numerosos se&#241;ores colocados en las marcas, y a&#250;n dormido trazaba planes de batalla. Nadie sab&#237;a qu&#233; podr&#237;a ocurrir si le contrariaban de esa manera. Aun as&#237;, a don Alfonso, sin hijo var&#243;n, no le quedar&#237;a otro remedio m&#225;s que deshacer el matrimonio, ni al aragon&#233;s otro que tragar ponzo&#241;a tan amarga.

Los espa&#241;oles matrimoniaban entre ellos o con los alemanes, eso era de todos sabido, y por lo tanto, otras infantas peninsulares y la voraz y prol&#237;fica rama alemana acechaban el grosor de la cintura de Violante. Mi hermano deb&#237;a jugar bien sus cartas y sopesar sus influencias, y como una vieja de pueblo, su estrategia era la de no pedir nada, ofrecerlo todo, convencer al rey castellano, a sus hermanos y consejeros, de que la idea de casarse con una princesa n&#243;rdica les pertenec&#237;a por entero y que, por cierto, era una magn&#237;fica ocurrencia.

Estuvo a punto de salirse con la suya, como en otros tantos casos; pero en la &#250;ltima embajada le refirieron que la odiada Violante hab&#237;a dado a luz a una ni&#241;a y que esperaba, en breve espacio de tiempo, un segundo hijo.

Pero eso no puede ser -repet&#237;a, at&#243;nito-. &#161;Es del todo imposible! &#191;Por qu&#233; ahora? &#191;Por qu&#233; en este momento?

Luego supe que la Bruja le hab&#237;a dado esperanzas en esa causa: sus runas me ve&#237;an comprometida con la corona de Castilla, y al rey, sin hijos durante varios a&#241;os a&#250;n.

Fuera porque el rey hubiera vencido un virgo resistente, por milagros de la Santa Madre, remedios de brujas o un amante bien elegido, Violante no dej&#243;, desde ese momento, de parir hijos. Ya entonces esa mujer nos amargaba la existencia. En ocasiones, la gloria de una familia supone el ocaso de otra. Los ni&#241;os rosados que lloraban entre las puntillas castellanas amargaron los d&#237;as de mi hermano. Incluso antes de que yo tuviera noticia completa de todo esto, Haakon hab&#237;a claudicado; en dos cosas &#250;nicamente hab&#237;a fallado en su vida: no hab&#237;a nacido en primer lugar, aunque la suerte ah&#237; le hab&#237;a colocado, y no lograba encontrar el destino adecuado para su hermana. &#201;l ocupaba por orden natural un segundo lugar, y se ve&#237;a obligado a entregarme para que cubriera uno semejante.

Pero hemos estado tan cerca, tan cerca

Cuando pensaba en alto sus palabras delataban que a&#250;n albergaba alguna esperanza.

Ella puede morir. Sus hijos pueden ser desheredados a favor de otros, nacidos de otra madre, de una princesa real. Pero -y su voz se entristec&#237;a de nuevo- Violante de Arag&#243;n tambi&#233;n es infanta real.

Atormentado, menos comprensivo cada vez con las ocurrencias de su mujer y silencioso conmigo y con mi madre, decidi&#243; tomar a dos de sus amigos y marcharse al este, a uno de los cotos de caza que manten&#237;a. En esos territorios extensos y agradecidos hab&#237;a conseguido los halcones que envi&#243; al rey Alfonso.

Cuando regres&#243; quiso verme inmediatamente.

Prep&#225;rate para un viaje. Iremos a Agder -me dijo-, donde mi padre y yo deseamos hablarte de temas concernientes a tu futuro.


Haakon el Joven acostumbraba a montar a caballo, y se complac&#237;a cazando con aves y pe&#241;os. Un d&#237;a decidi&#243; encaminarse hacia el este y cruzar el r&#237;o, en direcci&#243;n a la isla Dorada. Aquella noche se sinti&#243; indispuesto, y se apresur&#243; en regresar a la bah&#237;a en un barco. El viento le fue favorable. No obstante, cuando arrib&#243; en Olden, enferm&#243; de nuevo. Por lo tanto, fletaron un velero y lo llevaron a remo hasta T0nsberg. All&#237; tampoco encontr&#243; consuelo, por lo que lo trasladaron hasta el monasterio de Munklif donde le prepararon una cama.

Sabedores de eso los espa&#241;oles le enviaron un m&#233;dico que hab&#237;a viajado desde Espa&#241;a con don Fernando, y, tras muchas dudas, le administr&#243; un medicamento para su dolencia. Para infortunio de todos, eso no alivi&#243; sil mal. Dos noches m&#225;s tarde, pasado el d&#237;a de la Santa Cruz, mor&#237;a el joven rey. Todos se dolieron de esa muerte, porque Haakon el Joven era, muy querido por la gente humilde, y muy generoso. Delgado y de talla mediana, de gran fortaleza y agilidad, le hab&#237;a dado Dios bonitos ojos, bella cabellera y un semblante atractivo. Nadie, en toda Noruega, montaba a caballo mejor que &#233;l. El cuerpo de Haakon el Joven, que hubiera sido rey, fue llevado a Oslo y enterrado en la iglesia de San Hallvard, donde otros reyes descansaban.


No hubo, ni habr&#225; nunca, caballero como mi hermano Haakon.

Sus huesos son ahora polvo. De sus bonitos cabellos, el orgullo de mi madre, no quedar&#225;n ahora m&#225;s que hilachas en su tumba. De su inteligencia, de las horas inclinado sobre los libros, de las conversaciones agudas con los sabios de su tiempo, no queda nada ya. No consigui&#243; fortuna propia, ni tierras, ni un tratado con su nombre. Sin herederos, cuando nosotros hayamos muerto su nombre se perder&#225; sobre la tierra, como un viento que calentara la tarde de octubre y se enfriara luego, agotado. No obtuvo nada para &#233;l ni fund&#243; el linaje al que hubi&#233;ramos entregado nuestro pa&#237;s.

Era el cuarto de mis hermanos que mor&#237;a, y el primero que lo hac&#237;a en su cama, aunque las circunstancias fueran sorprendentes. S&#243;lo me quedaba ya Magnus, un jovencito discreto y estudioso, al que mir&#225;bamos con indulgencia y un rastro de piedad, porque las comparaciones se formaban solas y a &#233;l le faltaba el brillo que acompa&#241;aba a Haakon, un brillo que lo hab&#237;a distinguido entre todos los nobles desde que era un ni&#241;o.

Si nosotros perd&#237;amos a nuestro hermano predilecto, Noruega perd&#237;a al mejor rey que hubiera podido tener, al c&#243;mplice de mi padre, a la mente m&#225;s prodigiosa que hab&#237;a dado su siglo.

Riquilda prorrumpi&#243; en alaridos cuando supo la noticia. Por un angustioso momento, no supimos cu&#225;l de los dos reyes Haakon hab&#237;a muerto. Las dos posibilidades parec&#237;an aterradoras. Con mi padre, el futuro se impon&#237;a, con el tajo potente de un zarpazo, y se dejaba atr&#225;s el pasado, siempre pesado sobre nuestros hombros. Con mi hermano, mor&#237;a la esperanza, los aires de renovaci&#243;n, el camino al sur, la lenta ascensi&#243;n de nuestra familia.

&#161;Lo han envenenado! &#161;Lo han envenenado! -gritaba Riquilda, mientras se clavaba las u&#241;as en el rostro y se golpeaba sin tino contra las paredes.

Nosotras la retuvimos, vagamente avergonzadas de su excesivo dolor. El nuestro, el de las mujeres de la familia, era mucho m&#225;s intenso, como un hueso roto que se clavara en la garganta, pero manten&#237;amos la compostura ante extra&#241;os y ante los embajadores espa&#241;oles, que, muy molestos, no dejaban de recitar condolencias.

El m&#233;dico que lo atendi&#243; en su enfermedad, un jud&#237;o versado en las artes moras y europeas, se present&#243; ante mis padres.

Debemos descartar el envenenamiento -explic&#243;-. Los miembros del heredero se mantuvieron flexibles y llenos, y su rostro no perdi&#243; el color.

Esos cotos albergan fiebres y miasmas -dijo mi madre-. No era la primera vez que &#233;l o alguien de su s&#233;quito regresaban enfermos.

Nunca de tanta gravedad -observ&#233; yo.

Mi madre observaba al m&#233;dico.

&#191;Sois de la raza jud&#237;a?

As&#237; es, majestad.

Entonces nada se pod&#237;a hacer. La Bruja me alert&#243; de que conservara siempre cerca, y protegidos, a los vuestros, porque en los momentos decisivos ser&#237;ais la salvaci&#243;n de mi familia. Si no hab&#233;is podido salvarle, nada pod&#237;a hacerse.

El jud&#237;o inclin&#243; la cabeza.

Hice lo que pude -musit&#243;.

Ha sido la voluntad de Dios -dec&#237;a mi padre, que hab&#237;a recuperado parte de su prestancia perdida.

Alabado sea -respondimos todos, por costumbre.

Yo cre&#237;a verlo en cada esquina, se me antojaba que escuchaba su voz o su peculiar carcajada. En cualquier momento tendr&#237;a que bajar, a la carrera, con su refresco preparado, para darle la bienvenida. Aparec&#237;a en la mesa cuando com&#237;amos, en los corredores, en los que me parec&#237;a atisbarlo por el rabillo del ojo. So&#241;aba de continuo, y en todos los sue&#241;os viv&#237;a, fuerte y apuesto, y un alivio inmenso me acompa&#241;aba hasta el despertar.

Mi madre, que pese a su dolor hab&#237;a recuperado cierta serenidad tras hablar con el m&#233;dico jud&#237;o, no hablaba de &#233;l.

Ya estamos en paz, Kanja -dijo una vez, de pronto-. Ya nos ha igualado la vida. T&#250; has perdido dos hijos. Yo he perdido dos hijos.

Luego, cuando ya venc&#237;a el luto, dej&#233; marchar a Haakon, y su esp&#237;ritu se afin&#243;. Pensaba en &#233;l con menor frecuencia, y con menos aflicci&#243;n. Como ocurri&#243; con Olaf, con Cecilia, con Sigurd, sus almas se fusionaron con la m&#237;a, y un d&#237;a, cuando me despert&#233;, ya no sent&#237;a nada. El dolor hab&#237;a arrasado mi coraz&#243;n como en un incendio, y la tierra carbonizada estaba preparada para la siembra.


Mientras tanto, el rey Harald IV preparaba su regreso al sur, y cuando por mar abandon&#243; Bergen y lleg&#243; a Agder, tuvo conocimiento de la muerte de su hijo Haakon el Joven. La noticia, como es natural, le sumi&#243; en el abatimiento, porque lo amaba mucho. Se dirigi&#243; entonces a T0nsberg, donde, en solitario, convoc&#243; al obispo, al arzobispo y a todos los consejeros nacionales para que dieran opini&#243;n sobre la respuesta que debiera ofrecer al rey de Castilla y a la princesa Kristina. El arzobispo y los sabios dijeron, sin apenas excepciones, que aquella petici&#243;n de mano resultaba muy conveniente si, como con toda probabilidad ocurr&#237;a, la situaci&#243;n no cambiaba. Despu&#233;s de consultar con sus cortesanos, el rey dio su consentimiento, y decidi&#243; enviar a la princesa Kristina, su &#250;nica hija, a Castilla, seg&#250;n los deseos del rey Alfonso. Decidi&#243; que la princesa fuera vasalla del rey castellano, como lo ser&#237;an los caballeros que la acompa&#241;aran como s&#233;quito, siempre que la princesa escogiera entre los hermanos del rey a aquel que le placiera m&#225;s.


Las semanas siguientes a su muerte transcurrieron suavizadas por una niebla tenue. Mi madre, encerrada en sus pensamientos y sus oraciones, apenas formulaba una frase completa. Hubo que devolverle la dote a Riquilda, y luego llegaron los preparativos de su regreso a Suecia, que fue casi inmediato. S&#243;lo ella lloraba cuando su barco la alejaba de nosotros. En poco tiempo, los poetas la hab&#237;an olvidado, y ya no hubo hermosas Riquildas que negaran con crueldad sus mercedes a los enamorados. Mi abuela, que hab&#237;a envejecido de repente, ve&#237;a c&#243;mo se suced&#237;an los acontecimientos sin intervenir, por primera vez en su vida.

Los ropajes negros colgaban hasta los pies y se cargaban de la lluvia oto&#241;al, que los volv&#237;a pesados y toscos. Durante semanas, los pendones de luto oscilaron en las torres y en las plazas. El pa&#237;s entero lloraba la ausencia de Haakon, y volcaba, como un ni&#241;o, su pena en nosotros, los que m&#225;s sufr&#237;amos, para que lo consol&#225;semos. Mujerucas que nunca hab&#237;an posado sus ojos en mi hermano suplicaban al cielo que se las llevara, para as&#237; acompa&#241;arle. Los ni&#241;os reci&#233;n nacidos eran bautizados en su honor, y su tumba, que se encontraba cerca de la de Sigurd el Peregrino, a quien tanto hab&#237;a admirado, mantuvo flores y ofrendas durante a&#241;os.

La embajada espa&#241;ola aguardaba, en un silencio respetuoso, a que retom&#225;ramos el contacto con ellos. Todos conoc&#237;amos ya la propuesta que tra&#237;an consigo: deseaban mi mano como enlace entre Noruega y Castilla y que me desposara con uno de los hijos del rey Fernando III el Santo, con uno de los muchos hermanos del rey Alfonso.

Haakon no albergaba dudas -reflexionaba mi padre-. En cambio, yo

Obedec&#237;amos todos al impulso de un muerto, a la creencia inamovible de que la intuici&#243;n de mi hermano era certera y que, si &#233;l hab&#237;a planeado nuestra alianza con Castilla, razones m&#225;s que probadas tendr&#237;a. En vano intent&#233; recordar alguna frase al respecto que me aclarara su intenci&#243;n. Despu&#233;s de haber aguardado por tanto tiempo, el desposarme con un infante de Castilla me decepcionaba un tanto.

Infanta. Una infanta sin derecho a trono, cuando hasta la est&#250;pida de Riquilda hab&#237;a sido esposa del heredero real.

Por otro lado, entre los reinos vecinos no hab&#237;a reyes que pudieran resultar elegibles. Mi familia hab&#237;a demorado tanto la decisi&#243;n que, salvo en caso de que alguno de ellos enviudara, no quedaban hombres disponibles.

En Castilla, en cambio, sobraban los varones, al parecer. Sobre mi conciencia reca&#237;a la responsabilidad final, la de unirme al hombre que, por linaje, condici&#243;n o suerte, pudiera perseguir el destino m&#225;s brillante: quiz&#225;s no fuera reina, pero mis hijos podr&#237;an serlo. Yo, y en eso el pacto no ofrec&#237;a dudas, escog&#237;a. La mano de mis cartas ven&#237;a repartida as&#237;.

No resultaba habitual que el destino de una princesa se deslizara con tanta placidez como el m&#237;o; y as&#237;, con el convencimiento de que era la pena por la muerte de mi hermano lo que me frenaba, y mi miedo femenino a lo venidero lo que me atormentaba, acced&#237; a los deseos de mi padre, reun&#237; mi dote y me dispuse a navegar hacia el sur.

Elige al que m&#225;s te agrade -dec&#237;a mi padre-. No te condenes a un matrimonio con un hombre que te resulte repugnante. Todos los infantes son similares en rango y nobleza, de manera que permite que tus ojos y tu coraz&#243;n decidan.

No te dejes llevar &#250;nicamente por el deseo -indicaba mi madre-. Los cuerpos envejecen, los hombres libran batallas y se cubren de heridas. La apostura no significa nada, y el que tenga buen car&#225;cter no ha de enturbiarte la mirada. Escoge al m&#225;s cercano al rey, al mayor de ellos, al que sientas m&#225;s ambicioso. Al fin y al cabo, hablamos de matrimonio, y tu marido no tiene por qu&#233; gustarte.

Ten en mente que all&#237; estar&#225;s sola, que tu familia sabr&#225; poco de ti y nos encontraremos muy lejos. Esfu&#233;rzate porque tu esposo sea tu amigo, como tu madre y yo lo somos, y que s&#243;lo persig&#225;is un inter&#233;s com&#250;n -me aconsejaba el rey.

La familia no significa nada, hija -dec&#237;a mi madre-. Mi padre me traicion&#243;, y me oblig&#243; a repudiarlo. Mi hermano luch&#243; para arrebatarnos lo que era nuestro. Nacemos solos, y solos morimos. El amor es una fantas&#237;a de los hombres, que justifican as&#237; sus pecados y sus ligerezas. Cuanto antes te des cuenta de ello, mejor.

Mi abuela no me dio ning&#250;n consejo.

Eres como tu hermano Haakon -dijo un d&#237;a, despu&#233;s de observarme largo tiempo, en silencio-. Nunca ser&#225;s feliz, porque no eres cruel y no sabes defenderte; y si alguna vez lo fueras, no podr&#237;as vivir con tu conciencia.

S&#233; defenderme, abuela. Pero no tengo necesidad de ello, porque no tengo enemigos.

S&#237;, eso es lo que dec&#237;a Haakon -replic&#243; ella-. Eso es, exactamente, lo que dec&#237;a tu hermano.

Los enviados castellanos procuraban pasar desapercibidos, pero sus ojos y su tez los delataban. Aguardaban, e incluso cuando mi padre les comunic&#243; que acced&#237;an, que el pacto se sellaba y que cumpl&#237;amos el deseo por el que mi hermano hab&#237;a trabajado a lo largo de tantos a&#241;os, continuaron a la espera. Con sus caperuzas de tejidos gruesos, abrigados en sus mantos coloreados, ateridos de fr&#237;o, ped&#237;an m&#225;s le&#241;a para su campamento, se reun&#237;an con los nobles noruegos y alemanes m&#225;s distinguidos, cerraban pactos y, sin duda, espiaban y tomaban buena nota de lo que ve&#237;an, de lo que se les contaba y de aquello que s&#243;lo intu&#237;an.


Despu&#233;s de eso, el rey prepar&#243; el viaje y escogi&#243; con mimo el s&#233;quito de la princesa. Al mando se encontraban Peter de Hammar, el padre Sim&#243;n, que era dominico, y muchos nobles, como Ivar Englisson, Thorleif el Furioso, Lodin el Velloso y Amund Haraldsson. M&#225;s de cien hombres y una buena cantidad de damas de la m&#225;s alta alcurnia la acompa&#241;aban. Tanto oro y plata, tantas pieles blancas y grises, tantos dones preciosos le otorg&#243; el rey Haakon que la de Kristina fue, sin ninguna duda, la dote m&#225;s espl&#233;ndida de todas las que hasta la fecha se hab&#237;an visto. El rey Haakon mand&#243; botar una nave de gran tama&#241;o, con dos camarotes privados, uno para la princesa y otro para el embajador don Fernando, porque &#233;ste, como hombre de tierra firme, sufr&#237;a durante la navegaci&#243;n.


Mi padre, como era su costumbre, encontr&#243; en la acci&#243;n un consuelo, y dirigi&#243; en persona los preparativos del viaje.

Bien, bien, bien -rugi&#243; un d&#237;a, frot&#225;ndose las manos-, tomada la decisi&#243;n, toda demora nos perjudica. Es mi voluntad que los armadores me presenten un informe en el que enumeren las naves que poseen, para elegir en cu&#225;l has de viajar.

&#191;Para cu&#225;ndo fij&#225;is la fecha del viaje?

Para este oto&#241;o -dijo mi padre.

Yo me sobresalt&#233;.

&#191;Tan pronto?

&#191;Qu&#233; inconveniente ves? -contest&#243; mi madre, con frialdad.

&#161;Pero es muy poco tiempo!

Si nos retrasamos, llegar&#225; el invierno, y no podr&#237;as viajar hasta marzo o abril. La boda no se celebrar&#237;a sino en verano, y para entonces t&#250; habr&#237;as cumplido un a&#241;o m&#225;s, y parte de los tratados firmados por tus bodas habr&#237;an perdido efecto.

Por lo tanto, al cabo de apenas unos d&#237;as, mi padre escogi&#243; el barco que nos deb&#237;a llevar hasta la costa inglesa y dio &#243;rdenes para que lo habilitaran a su gusto. Le gustaba la navegaci&#243;n, y se inclin&#243; sobre los planos que le mostraban con aire experto.

He hablado con tu madre, y ambos somos de la opini&#243;n de que no hay tiempo para demoras en ajuares -se me comunic&#243;.

March&#233; entonces con dos de las amas a inspeccionar los ba&#250;les de ropa blanca y as&#237; hacerme una idea de cu&#225;nto faltaba por confeccionar. Las amas se mostraban reacias a acompa&#241;arme.

Pero &#191;qu&#233; quer&#233;is ver, se&#241;ora? &#191;Qu&#233; busc&#225;is?

Presentadme todas las prendas que se destinan a mi casa, los vestidos ya cosidos y los que s&#243;lo se han cortado, sin montar.

Despu&#233;s de algunas vacilaciones, una de las dos me mantuvo la mirada.

No hay tales prendas, se&#241;ora.

&#191;C&#243;mo?

No hay nada reservado para esta ocasi&#243;n. Se hizo, en su momento, para la princesa Cecilia, pero todo se hundi&#243; en el naufragio.

Entonces descubr&#237; para mi sorpresa que en los a&#241;os de mi solter&#237;a nadie se hab&#237;a ocupado en preparar mis av&#237;os y que, salvo varias piezas de hilo para el lecho, no contaba con nada. Me ech&#233; a llorar.

Pero &#191;en qu&#233; pensaba mi madre durante todo este tiempo?

Las amas guardaron un silencio respetuoso, y me acompa&#241;aron de regreso a mis habitaciones. A&#250;n incr&#233;dula, me enfrent&#233; a mi madre esa misma noche. Ella se ofendi&#243;.

Y t&#250;, &#191;en qu&#233; pensabas? &#191;Alguna vez se te ocurri&#243; preguntar por tu ajuar, o destinarle un minuto, o dar una puntada?

&#161;He cosido para vos, para los conventos, para mi cu&#241;ada! &#161;He cosido para todos menos para m&#237;!

&#161;Has supervisado que otros lo hicieran, como yo lo he hecho con el resto de las labores de cada siervo de esta casa, y de todas las casas del rey!

Me envi&#225;is a tierras extranjeras como una mendiga, sin una camisa que vestir -me quejaba yo, mientras recordaba con desesperaci&#243;n los arcones de Riquilda, sus t&#250;nicas bordadas sin entrenar y los exquisitos borcegu&#237;es de piel rusa. &#191;Qu&#233; arcas eran las m&#237;as, salvo las dos de mi aposento, con los vestidos de diario, y un peque&#241;o cofrecito con mis joyas?

Mi padre medi&#243; entre nosotras.

No quiero escenas. Estas preocupaciones, Kristina, carecen de importancia. Tu dote ser&#225; digna de una princesa, te lo aseguro, y ya encontrar&#225;s tiempo en Castilla para confeccionar all&#237; ropajes, porque el clima es otro y la moda y el corte tambi&#233;n. Pero el tiempo huye, y todo hay que hacerlo en escaso plazo.

As&#237;, mientras mi madre encargaba a rega&#241;adientes un liviano ajuar en las dos abad&#237;as de costureras m&#225;s h&#225;biles, mi padre atestaba la bodega del barco con pieles de zorro, de armi&#241;o y lobo, de reno y foca, de liebre y de caballo, apenas curtidas, con &#225;mbar y maderas preciosas y cuernos. No hab&#237;a refinamiento, exquisiteces ni nada propio de una dama, sino una acumulaci&#243;n de riqueza tosca, para que fuera transformada a mi agrado en el sur. Me entreg&#243; sartas de perlas en bruto, con la idea de que luego las insertara en mis ropas y las del infante, mi esposo, y yo dejaba caer entre mis manos aquellas cadenas de mar, sin saber qu&#233; uso darles.

S&#233; generosa en presentes -me dijo-, porque contar&#225;s con pocas semanas para lograr aliados mientras mis emisarios te acompa&#241;en, y nada les suaviza tanto el coraz&#243;n como el oro. Cuando la delegaci&#243;n noruega regrese, depender&#225;s &#250;nicamente de tu ingenio y de tus habilidades.

Forjaron anillos de piedras preciosas y oro, de todos los tama&#241;os, para que pudiera repartirlos entre unos y otros. En plata fundieron jarras y copas, cucharas y suficientes platos para la mesa del infante que fuera mi esposo. Mi padre me regal&#243; dos coronas, una de ellas suntuosa, collares similares a petos, a la antigua usanza n&#243;rdica, similares a los que luc&#237;a la abuela, y que a m&#237; me parec&#237;an insufriblemente anticuados, y brazaletes centelleantes. Como una versi&#243;n sacra de las joyas, incluy&#243; tambi&#233;n armaduras y espadas, y ornamentos eclesi&#225;sticos de plata quemada. Destin&#243;, adem&#225;s, dinero para la comitiva que me acompa&#241;ara, para sus gastos, y para los animales que deber&#237;amos comprar una vez en Francia.

D&#233;jate aconsejar por los hombres que te acompa&#241;an en aquello que no sabes, como las monturas y la protecci&#243;n. Compra armas de buena calidad en Inglaterra y en Francia y a&#241;&#225;delas a tu dote. Ellos te guiar&#225;n. Todos son respetables, todos dignos de confianza. Pero no olvides que el dinero lo administras t&#250;, hasta que llegues a Castilla y sea custodiado por los cancilleres del rey, de manera que mu&#233;strate cauta y discreta. A menudo, una bonita espada muestra al ojo experto debilidades que t&#250; no apreciar&#237;as.

Yo, poco acostumbrada a tales responsabilidades y lujos, me sent&#237;a abrumada, y pensaba en mis nuevos privilegios mientras doblaba con mi madre las piezas de lana y de lino que nos llegaban de las abad&#237;as, incapaz de imaginarles destino. Deb&#237;an durarme toda la vida, o, al menos, hasta que no cambiara de estado. Las m&#225;s toscas servir&#237;an para vestir a los sirvientes y esclavos, las sedas, te&#241;idas en colores vivos, deber&#237;an aguardar hasta que me familiarizara con las costumbres castellanas.

Las tierras del sur, en lucha constante con los infieles, han de dar ejemplo de modestia y de comportamiento cristiano, con lo que pese a los calores, dudo mucho de que se estilen los escotes franceses y esas tonter&#237;as. Ten en cuenta, adem&#225;s, que como mujer casada el recato formar&#225; parte de tus obligaciones.

Claro, madre.

No me contestes Claro, madre, como si te aburrieran mis consejos. Muestra el respeto debido.

Perdonad, madre.

Me rega&#241;aba sin reparar en qui&#233;n se encontraba presente, siervas, damas o caballeros, o las costureras que preparaban un manto para el rey Alfonso, que deb&#237;a serle entregado en mis desposorios y que presentaba un intrincado bordado en hilo de oro. Dedicaban m&#225;s amor y atenci&#243;n a ese manto que a mis propias vestiduras de desposada. Mi madre, que se azoraba tanto con los preparativos que acababa gritando o golpeando a las criadas, ve&#237;a que el tiempo de mi marcha se acercaba, y atajaba mis ideas con frases cortantes.

&#191;Calzas? -me dijo, at&#243;nita, el d&#237;a en el que le propuse que confeccion&#225;ramos algunas en hilo suave-. &#191;Qu&#233;, en el nombre de Dios, te hace pensar que un infante de Castilla no tenga ya todas las calzas que necesita?

Yo me sent&#237; tan confusa que a punto estuve de romper a llorar.

El poeta preferido de mi hermano Haakon, Jan el Cojo, hab&#237;a convocado a las damas para que conocieran qu&#233; estilos encontrar&#237;a yo en Castilla y tambi&#233;n en las otras tierras que recorrer&#237;a durante mi viaje. Ansiosas siempre de nuevas historias, aquellas sesiones nos permit&#237;an olvidarnos por unas horas de las preocupaciones.

En Inglaterra, la corte escucha baladas y rimas -comenz&#243;, con un peque&#241;o salterio entre las manos-. Muchas de ellas hablan del gran rey Arthur y de sus heroicos caballeros, y muchos otros hablan de un bandido.

&#191;De un bandido? -se extra&#241;&#243; mi madre-. &#191;Ante se&#241;ores nobles?

S&#237;, majestad. Un buen ladr&#243;n, que roba a los ricos para d&#225;rselo a los pobres.

Nunca o&#237; de ninguno que hiciera tal cosa -murmuraron mis damas, mientras conten&#237;amos la risa.

Qu&#233; moderno -dijo mi madre-. Se me antoja un tanto peligroso. Bastantes historias licenciosas escuchan los j&#243;venes como para exponerse a otro mal ejemplo.

En modo alguno, se&#241;ora, porque todas ellas son jocosas y de buen final. Como el santo Dimas, que se arrepinti&#243; en su muerte junto a Nuestro Se&#241;or, este bandido ser&#225; salvado por su amor a la Madre de Dios, que lo protege de todo mal. Pero sirve de azote de los malos cl&#233;rigos y de los monjes perezosos.

Mi madre, cada vez m&#225;s intrigada, sonri&#243;.

Entonces, esas historias no gozar&#237;an de aprecio en Noruega, donde todos los cl&#233;rigos son intachables, y los monjes, diligentes. As&#237; lo afirman ellos.

As&#237; lo afirman todos, Majestad.

Me agradar&#237;a escuchar una de esas rimas.

Gudleik comenz&#243; a cantar, pero seg&#250;n la balada avanzaba y el bandido Robin y sus alegres compa&#241;eros enga&#241;aban y apaleaban a un monje borracho, mi madre frunc&#237;a m&#225;s y m&#225;s la frente, y recibi&#243; el final de la historia con un silencio glacial.

Me cuesta comprender que un reino tan avanzado y digno como es Inglaterra encuentre alg&#250;n tipo de placer en estas chanzas.

El gusto de los j&#243;venes y el de los mayores no siempre avanzan de la mano -replic&#243; el poeta-. Es ley de vida, y sin duda vuestro padre no aprobaba los entretenimientos que en vuestra edad moza os complac&#237;an.

Abr&#237; la boca y la cerr&#233; de golpe. Gudleik pisaba hielo muy fino, y la reina hab&#237;a retirado su favor a jarls poderosos por referencias menos expl&#237;citas que aqu&#233;lla; pero en esta ocasi&#243;n, mi madre no pareci&#243; ofenderse, y le mir&#243; con severidad.

Mi hijo, el rey, se encuentra a&#250;n en una edad muy tierna. Os proh&#237;bo que escuche esta poes&#237;a moderna; que, por el contrario, aprenda los buenos ejemplos de sus antepasados y de las glorias de Noruega en las sagas tradicionales. Bien est&#225; que las cosas cambien, pero no todas han de cambiar. Y, desde luego, no tan r&#225;pidamente, ni todas a la vez.

Se&#241;ora -dijo el poeta, fingiendo sentirse avergonzado, al cabo de un momento-, dadme otra oportunidad de complaceros y volved hacia m&#237; vuestros hermosos ojos; que si el sol se nubla, &#191;de qu&#233; viviremos los villanos? Si quer&#233;is historias de amor, versificar&#233; al modo franc&#233;s, que empalaga a los m&#225;s ansiosos de dulce.

Ah, no -rechaz&#243; mi madre, levantando la mano.

Las damas m&#225;s jovencitas mantuvieron el semblante serio, a&#250;n sin saber si se hab&#237;a aplacado o conven&#237;a afligirse-, id a otra parte con vuestras Isoldas ad&#250;lteras y vuestros caballeros que mueren de amor. &#161;Nadie se muere de amor!

Ahora s&#237; -dijo uno de los poetas islandeses.

Mi madre rechaz&#243; de nuevo esa idea con la mano. Yo observaba el juego de miradas que algunas de las due&#241;as manten&#237;an con los pajes y con los m&#250;sicos, e intentaba dibujar el complejo patr&#243;n de las relaciones que ocultaban. De vez en cuando, una de las mujeres recompon&#237;a los pliegues de su falda, en lo que sin duda era un lenguaje secreto de citas y mensajes.

Ahorradme esas pamplinas. Por suerte, la princesa vivir&#225; en un reino cristiano donde el propio rey canta a la Madre de Dios. Ense&#241;adnos algunas de esas cantigas o levantaos y hagamos algo m&#225;s provechoso.

Gudleik, que como el resto de los poetas de la corte consideraba el estilo castellano pesado y mon&#243;tono y que, probablemente, hab&#237;a planeado que toda la tarde se dedicara a los ligeros romances franceses y al deleite de coquetear con las damas, ocult&#243; su contrariedad.

La princesa ya las escuchar&#225; cuando se case, y encontrar&#225; tiempo para hastiarse de ellas. Si quer&#233;is una historia edificante, os cantar&#233; algunas de las que cuentan en la Provenza sobre el Pobrecillo de As&#237;s.

Mis damas extendieron un murmullo de aprobaci&#243;n: Francisco, el pobre de As&#237;s, se contaba entre nuestros temas preferidos. Mi madre, a rega&#241;adientes, acept&#243;. No encontraba demasiada diferencia moral entre el ensalzamiento de los delitos de un forajido y la admiraci&#243;n por un monje que abrazaba la pobreza y hablaba con los animales y el fuego, pero deb&#237;a ceder en algo. A&#250;n no hab&#237;a finalizado el primer romance cuando se escabull&#243; con discreci&#243;n y permiti&#243; que los j&#243;venes escuch&#225;ramos lo que nos viniera en gana.

As&#237;, entre mis dudas por el ajuar, las reuniones entre los embajadores y los nobles y el nerviosismo general, los convites a los invitados extranjeros y la llegada de mercaderes que, sabiendo la noticia, acud&#237;an para tentar a mi padre, amaneci&#243; el d&#237;a en el que se ped&#237;a oficialmente mi mano.

Llov&#237;a; el cielo de Bergen, cerrado a cal y canto, parec&#237;a rozar las siete colinas, y los embajadores espa&#241;oles tiritaban en las estancias sin fuego bajo sus abundantes pieles, que los hac&#237;an parecer extra&#241;os animales de dos patas. El sal&#243;n, apenas engalanado, pero libre de los crespones de luto, albergaba a los nobles y los eclesi&#225;sticos testigos de la petici&#243;n del rey Alfonso.

Me hab&#237;an cosido un sobrevestido de velludo granate, tachonado de estrellas de oro, muy pesado, con forro de piel de ardilla, que me rozaba en el cuello y en los codos. Era, sin embargo, tan bonito que lo eleg&#237; para el compromiso, porque deseaba impresionar a los castellanos. La camisa y la capa se hab&#237;an tejido en hilo de oro, y una redecilla de diamantes, con nudos en forma tambi&#233;n de estrella, me retiraba el cabello del rostro.

Seis damas me segu&#237;an, vestidas con briales dorados. De manera similar hab&#237;a llegado Riquilda a nuestra corte, despu&#233;s de sus bodas con mi hermano en tierra sueca, y mi padre hab&#237;a repetido la ceremonia.

M&#225;s trabajo, m&#225;s gastos -gem&#237;a mi madre.

Hay que respetar las tradiciones -dec&#237;a mi padre-, y crearlas donde no las encontremos.

Don Fernando, el m&#225;s distinguido embajador sure&#241;o, se acerc&#243; al estrado en el que aguard&#225;bamos mi madre, mi padre y yo. Observado a distancia parec&#237;a un hombre grande, pero pronto descubr&#237; que apenas me llegaba a la oreja: sus andares, el empaque de su figura y una altaner&#237;a constante enga&#241;aban sobre su estatura real. Con las palabras rituales, me puso un anillo de oro y perlas en el dedo. Desde ese momento, se apalabraba mi entrega al rey Alfonso; los embajadores se arrodillaron y me saludaron como infanta de Castilla.

Las celebraciones posteriores me estaban vedadas, porque, aunque comprometida, a&#250;n era doncella, de manera que me retir&#233; cuando las bendiciones formales finalizaron. A ellos les aguardaba un banquete que se hab&#237;a preparado durante d&#237;as, los enormes bueyes as&#225;ndose en hogueras improvisadas en el patio, y diversiones con acr&#243;batas, m&#250;sicos y combate de poetas. En mis habitaciones, acompa&#241;ada de mis seis damas, cen&#233; con frugalidad y, desvelada por las agudas melod&#237;as de la flauta, no pude dormir hasta la madrugada.

A solas, observaba mi anillo. Hab&#237;a visto la marca del hierro en el ganado, y me comparaba, en mis momentos m&#225;s amargos, a una res vendida. En las horas luminosas me re&#237;a de m&#237; y de mis aprensiones, y me comparaba a un gato nervioso y sin nombre, lami&#233;ndose el pelaje, absorto en s&#237; mismo.

Nunca se supo de un viaje m&#225;s lujoso ni preparado con m&#225;s esmero. Cuando todos estuvieron aviados se hicieron a la mar.

No nos alcanz&#243; el tiempo se&#241;alado para preparar el manto que aguardaba el rey Alfonso.

Animales, perezosas, &#161;bestias! -se desesperaba mi madre. Inquieta, caminaba de un lado a otro de la sala, hasta que dio con la soluci&#243;n-. Acompa&#241;ar&#233;is a la princesa, s&#237;, s&#237;, vosotras, las costureras, las bordadoras, las torcedoras. S&#237;, s&#237;, no supliqu&#233;is ahora. Antes deber&#237;ais haberos preocupado por ello. Durante el viaje, dar&#233;is remate al ajuar.

Las que se encontraban presentes aguardaban cabizbajas la c&#243;lera de la reina, que, a diferencia de la de mi madre, no se calmaba con el tiempo, y callaban porque sab&#237;an bien que no hab&#237;an avanzado lo suficiente con el manto. Todas iniciaron desconsolados llantos y quejas. Muchas de ellas ni siquiera hab&#237;an cruzado m&#225;s all&#225; de los l&#237;mites de sus pueblos.

&#161;Ni una l&#225;grima! -exigi&#243; mi madre-. Regresar&#233;is con los nobles del s&#233;quito, una vez que se hayan cuidado de la llegada de la princesa a Castilla.

Conoc&#237;a a gran parte de los caballeros que hab&#237;an recibido el encargo de custodiarme: de ellos, Ivar Englisson y Amund Haraldsson me resultaban simp&#225;ticos. El primero, hijo de un noble que se hab&#237;a destacado en los a&#241;os mozos de mi padre, hab&#237;a sido uno de los mejores amigos de Haakon, y se esperaban grandes logros en su futuro. El segundo, un hombre calmoso y callado, algo mayor que mi padre, hab&#237;a encabezado la expedici&#243;n a Halland, y era pariente de Knut Haakosson, que no nos acompa&#241;aba por haber regresado del sur con los pulmones y el est&#243;mago da&#241;ado.

Todos ellos hab&#237;an estado presentes en la ceremonia de mi compromiso y se encontraban al tanto, en ocasiones mejor que yo, de las condiciones de mi contrato nupcial. Se les hab&#237;an encargado importantes tareas diplom&#225;ticas, disfrazadas bajo la misi&#243;n de ni&#241;era de una princesa, y si bien algunos me escoltar&#237;an hasta Castilla, la mayor parte de ellos har&#237;an escalas en el trayecto y regresar&#237;an por otros medios, con sus secretos y sus contactos.

Si Haakon hubiera vivido, me hubiera acompa&#241;ado &#233;l mismo a Castilla, con Riquilda en un carruaje similar al m&#237;o y con varios de sus amigos m&#225;s prometedores. &#201;l en persona hubiera puesto mi mano en la de mi futuro esposo, y hubiera aguardado con calma a que el invierno pasara antes de regresar a Noruega. Quiz&#225;s hubiera esperado hasta saber que yo estaba encinta, y entonces, con los lazos firmemente atados, hubiera retornado. Hay muchas maneras de enamoramiento, y, con la visita a Alfonso, Haakon hubiera completado una de ellas. Mi viaje hubiera sido m&#225;s lento y provechoso, cada reino con una embajada particular encabezada por el heredero, y un encuentro provechoso del que luego extraer sustancia durante su reinado.

Pero Haakon hab&#237;a muerto, y las se&#241;ales de luto por su p&#233;rdida se marchitaban. Muy pronto s&#243;lo su familia encender&#237;a velas para guiar su alma hacia el cielo, para que cada llama le aligerara de sus pecados. Por respeto a &#233;l, sus nobles me dieron trato de reina, y como homenaje a sus planes y su memoria se embarcaron en el viaje: creo que ninguno de ellos hubiera tratado mejor a su hermana o a su hija; pero ninguno de ellos pod&#237;a sospechar c&#243;mo Haakon me trataba ni qu&#233; aspiraba de m&#237;, c&#243;mo esperaba de su Kristina, m&#225;s valiosa que el oro, honores, prebendas y tratados.

Los d&#237;as se agotaban. Entre las instrucciones de mi padre se adivinaban retazos de pasado, consejos que un rey anciano daba para una realidad que ya le sobrepasaba. Mi madre me regal&#243; de su propio ajuar un relicario, un anillo hueco y un juego de salero y pimentero incrustado con turquesas. Manos muy cautas los hab&#237;an tallado primorosamente en un coral delicado.

El relicario guarda los restos del santo del p&#225;ramo -me explic&#243;-, y cuando nazca tu primer hijo, c&#243;rtale un mech&#243;n de pelo y gu&#225;rdalo siempre junto a tu coraz&#243;n. As&#237; me lo dijo mi madre, y yo no le obedec&#237;, y por esa causa pierdo a todos mis hijos. En el anillo, introduce un ant&#237;doto, cuerno de unicornio o leche de magnesia, porque esas a las que te enviamos son cortes taimadas. Lleva siempre contigo tu propia sal y tu propia molienda de pimienta y recuerda que el coral cambia de color y se vuelve azul cuando hay veneno en la mesa. Que sean estas joyas tu garant&#237;a de vida y tus amigos m&#225;s fieles.

Mi madre, la serena mujer que hab&#237;a visto sin una vacilaci&#243;n c&#243;mo su padre se desped&#237;a antes de partir hacia su propia muerte, intent&#243; ocultar las l&#225;grimas de los ojos enrojecidos.

Te mando a tierra extra&#241;a, y no tengo c&#243;mo protegerte, hija m&#237;a. F&#237;ate del coral y entr&#233;gate a Nuestro Se&#241;or, que te mantendr&#225; libre de todas las acechanzas. Despu&#233;s de ti s&#243;lo me queda un hijo Es el castigo de Dios a mi orgullo. Aunque no siempre nos hemos entendido, que te acompa&#241;e mi bendici&#243;n y mi amor, y que san Olav te guarde.

Yo romp&#237; a llorar tambi&#233;n, por esa extra&#241;a simpat&#237;a de almas que se produce ante las l&#225;grimas, pero s&#243;lo pod&#237;a pensar en una cosa: siempre obedec&#237; a mi madre, siempre cumpl&#237; su voluntad y no me apart&#233; de su lado en los m&#225;s de veinte a&#241;os de mi vida bajo el sol.

&#191;Cu&#225;ndo, por piedad? &#191;Cu&#225;ndo no nos hemos entendido? &#191;Cu&#225;ndo os falt&#233; o contrari&#233;? &#191;Qu&#233; mal hice para ofenderos?

Pero mi madre se alej&#243; de m&#237; y no contest&#243;. &#191;Qu&#233; albergaba el seno de mi madre, y por qu&#233; la suya no era la misma pena, el mismo desgarro que a m&#237; me rajaba en dos?

Me colgu&#233; el relicario, en mi flaco dedo coraz&#243;n oscila a&#250;n hoy el anillo cargado de carb&#243;n, y en una faltriquera, en torno a mi cintura, guardo el peque&#241;o salerito y el m&#237;nimo hueco excavado en el coral para la pimienta de Persia.

Siguen siendo tan hermosos como hace cuatro a&#241;os, tan bellos como cuando mi madre, en las ocasiones se&#241;aladas, me los dejaba tocar de ni&#241;a. Conozco de memoria las curvas del relicario, un medall&#243;n grande, partido en dos, de color sangre. Ese tono nunca se ha oscurecido ni ha virado al azul, pero algunas de las perlas han perdido el oriente, ante el mordisco de los perfumes y los afeites: los que blanquean la piel matan el brillo de las perlas y deshacen el oro; s&#243;lo la fortaleza de la piel morena los tolera. No, desde luego, la m&#237;a.

La reina, mi madre, le ocult&#243; sus joyas de coral a mi hermana Cecilia. Le dio, como a m&#237;, consejos y oraciones para las enfermedades, las tormentas y los malos partos, pero nunca mencion&#243; nada de los venenos y sus ant&#237;dotos. Quiz&#225;s me quer&#237;a m&#225;s. O puede que, entre las bodas de una y otra, aprendiera a recelar de m&#225;s peligros, a ver enemigos donde antes s&#243;lo encontraba carne y vino.

Mi padre me hab&#237;a habilitado un camarote en la popa del nav&#237;o, con husos, ruecas, pieles y estrados, un lecho enorme y tapices sobre las cuadernas. Al embajador don Fernando, otro muy similar, de lujo parejo. A mi estancia fueron a parar las &#250;ltimas adquisiciones de la dote, los cuarzos en bruto y las amatistas, las flores de azafr&#225;n secas e incluso una silla de montar de fastuoso marfil, que golpeaba contra las maderas con la oscilaci&#243;n del barco.

La familia que me despidi&#243; en el puerto de Bergen era escasa, los m&#225;s fuertes, los m&#225;s afortunados. La abuela Inga, imbatible a su avanzada edad, que me dio pronto la espalda, incapaz de soportar una pena sin combatirla. Mis padres, reyes antes que progenitores, supervivientes de mil muertos entre los birkebeiner, de mil entre los bagler, todos los consejos enunciados ya, y la certeza de una separaci&#243;n eterna ante nuestros ojos. Mi hermanito Magnus, el nuevo rey, severo en sus pocos a&#241;os y en la certeza de su destino.

Nadie llor&#243;, y me enorgullec&#237; vagamente de ello. Ante mis ojos continuaban los excesos emocionales de Riquilda, que gritaba como una loca mientras plegaba su equipo sin un m&#237;nimo fallo, sin dejar nada atr&#225;s ni olvidar un nimio objeto. Ya habr&#237;a tiempo de llantos a solas, de pena o de alegr&#237;a. Las princesas &#233;ramos amables estorbos, bellos en el mejor de los casos, pero in&#250;tiles, hermosos de contemplar, como la luna llena, pero apenas m&#225;s necesarios. Al menos la luna llena, que alumbraba en mi primera noche de viaje, indicaba cu&#225;ndo plantar y cu&#225;ndo segar, pero yo, en mi barco repleto de riquezas, &#191;para qu&#233; le serv&#237;a ya a mi pa&#237;s?

Y as&#237; mi barco se alej&#243; del familiar puerto de Bergen, de sus siete colinas, de sus casitas multicolores y la nieve que aleteaba en las cimas, de sus gigantes de hielo y sus florecitas primaverales, de las calles que trepaban por la ladera y el palacio de piedra donde hab&#237;a transcurrido gran parte de mi existencia. Todo aquello hab&#237;a sido una prueba, el periodo de aprendizaje para la aut&#233;ntica vida, que se iniciaba mientras el ancla ascend&#237;a por su cadena y las velas se hinchaban con el viento del norte.


Arribaron a Yarmouth, en Inglaterra. Desde all&#237; atravesaron el mar hasta Normand&#237;a. Al llegar all&#237;, Ivar Englisson opin&#243; que se deb&#237;a continuar en barco desde la costa oeste, pero don Fernando, Thorleif el Furioso y algunos otros, que llevaban consigo embajadas para el rey de Francia, prefirieron el viaje por el interior, para visitarlo. Ganaron los segundos, y desembarcaron. Compraron m&#225;s de setenta caballos, adem&#225;s de los que ya ten&#237;an. Thorleif el Furioso y don Fernando mantuvieron una audiencia con el rey de Francia, que los acogi&#243; con todos los honores.

Es m&#225;s, cuando supo que la princesa los acompa&#241;aba, les sugiri&#243; que abandonaran la idea de atravesar la Gascu&#241;a y que viajaran a trav&#233;s de su reino, porque &#233;l les otorgar&#237;a su carta y su sello. Adem&#225;s, les proporcion&#243; un gu&#237;a que los llevara hasta Narbona, en el Mediterr&#225;neo Mar de Jerusal&#233;n. Y, como se&#241;or que era de todas sus tierras, los honr&#243; y les dio cobijo.


La navegaci&#243;n entre Bergen y Yarmouth careci&#243; de problemas, y nos malacostumbr&#243; para lo sucesivo: durante el d&#237;a, las costureras hilvanaban sus agujas sin problemas en los camarotes comunes y retiraban las planchas de madera del m&#237;o, de manera que se convert&#237;a en un gran sal&#243;n. Yo jugaba con Ivar partidas al ajedrez de eternas combinaciones, sin que un sobresalto arrojara el pe&#243;n sobre el tablero. El mar apenas se mov&#237;a.

Don Fernando, en cambio, se encerraba en su gran aposento con los paneles bien encajados, beb&#237;a vino con jengibre, tomaba manzanas machacadas y se arrojaba al suelo con la menor marejada.

&#161;Que el Cielo tenga piedad de m&#237;! -se lamentaba-. &#161;Que la Sant&#237;sima Madre de Dios me ampare!

Daba l&#225;stima presenciar el sufrimiento de un caballero cumplido como era &#233;ste; pero al cabo de algunos d&#237;as, tras haber recitado todo el santoral y habernos sobresaltado de noche y de ma&#241;ana, se mostraba tan exigente, tan impertinente y lloroso que toda compasi&#243;n desapareci&#243; en seguida.

&#161;Voy a morir, voy a morir en este barco, y en lugar de en tierra bendita me arrojar&#225;n al mar, para que me coman los peces!

Peces o gusanos que alimentan a los peces -dec&#237;an mis caballeros en noruego, hartos de &#233;l-. &#191;Qu&#233; diferencia hay?

Para la navegaci&#243;n cont&#225;bamos con mapas reci&#233;n trazados, y de buenos marinos. Para tierra firme, confi&#225;bamos en la memoria y saber hacer de los gu&#237;as. Gran parte del tiempo dedicado a los preparativos del viaje se nos hab&#237;a ido en obtener los salvoconductos de ordinaria administraci&#243;n. Cont&#225;bamos con que, al viajar con se&#241;ores de alcurnia, se nos ahorraran parte de las incomodidades.

Don Fernando importunaba a mis mujeres y les suplicaba que lo cuidaran de tan malos modos que ninguna acced&#237;a.

Princesa, hay que elegir: o cosemos, o cuidamos al noble espa&#241;ol. No necesita compa&#241;&#237;a, necesita una nodriza.

Hijas de las olas y el mar, no comprend&#237;amos que el se&#241;or de tierra adentro se mareara. J&#243;venes, escapaba a nuestro entendimiento el que aquel viaje fuera algo salvo una aventura, lejos de los padres, tan amados pero tan insidiosos, y del peso de la realidad, que cargaba nuestros hombros con pesos invisibles. Y si algo estrope&#243; nuestra pl&#225;cida traves&#237;a mar&#237;tima, fueron las quejas de este hombre calvo, solemne y poderoso, al que sus pares rehu&#237;an, tan inc&#243;modos sobre la mar como &#233;l pero algo m&#225;s dignos, mientras buscaban la compa&#241;&#237;a de mis caballeros noruegos, algo avergonzados por el comportamiento de don Fernando.

En Inglaterra se seren&#243; un poco. Conoc&#237;a bien Yarmouth, y desde el d&#237;a anterior a arribar se encontr&#243; en condiciones de comer algo y de retenerlo en su d&#233;bil est&#243;mago. Cuando desembarcamos dirigi&#243; con mano segura los tr&#225;mites que deb&#237;an llevarse a cabo, y aconsej&#243; con buen tino a mis hombres sobre los gastos y las compras que deb&#237;an realizarse. En todas partes conoc&#237;a a alguien, y en todos los lugares encontraba amigos.

La escala en Inglaterra marcaba el momento de aprovisionarnos de viandas: necesit&#225;bamos carne de vaca para los halcones enjaulados, que rechazaban la que les d&#225;bamos porque ol&#237;an la podredumbre, y conejos y ratas para los gatos que llev&#225;bamos con nosotros. Los embajadores espa&#241;oles insist&#237;an en que nuestra raza de gatos, bondadosos, de gran talla, peludos y juguetones, se desconoc&#237;a en Castilla, y que ser&#237;an un buen obsequio. Prefer&#237;an la carne al pescado, aunque no hac&#237;an ascos a un pez a&#250;n vivo, reci&#233;n capturado, con el que jugaban con la inocencia de los que no poseen alma.

De vez en cuando, un alarido rasgaba la tranquilidad del barco.

Loado sea Dios -dec&#237;a Ivar, y se levantaba para ir a consolar a la atribulada costurera, a la que uno de los gatos, ronroneante, hab&#237;a obsequiado con una rata depositada a sus pies. Luego, con calma y una sonrisa en el rostro, regresaba a mi lado-. Esta vez ha sido el macho. No s&#233; nunca qu&#233; hacer, si tranquilizar a la dama o premiar al gato, que no puede comprender por qu&#233; no aprecian su regalo. Y, por lo tanto, una mano acaricia la delicada mu&#241;eca de la mujer, y la otra, el lomo del gato, y los dos contentos.

Los tres contentos, quer&#233;is decir.

Los gatos cazaban con tanta rapidez que al poco tiempo se encontraron sin comida. Deb&#237;a ser el nuestro el &#250;nico barco del mundo que carec&#237;a de ratas, y eso complac&#237;a a todos menos a los gatos.

Renovamos los pellejos de vino, los barriles de agua y revisamos la loza y los enseres. A&#250;n sin desembarcar comimos ostras hasta hartarnos y bebimos una cerveza tibia y floja, propia de la zona, que pon&#237;a tristes a los marineros y les hac&#237;a cantar historias melanc&#243;licas sobre bacala&#237;tos de las islas Lofoten que acababan en la olla y sobre las muchachas abandonadas en su hogar, que aguardar&#237;an en vano el regreso de un hombre.

Basta ya, por favor -supliqu&#233;.

Continuaron.

Basta, hemos dicho -dijo uno de los espa&#241;oles.

Lodin amenaz&#243; con reventar la cabeza de quienes cantaban penas, pero eso s&#243;lo desemboc&#243; en un silencio l&#250;gubre que resultaba m&#225;s penoso que las palabras. Al final, una de las modistas inici&#243; una ristra alegre de canciones picantes a las que todos nos unimos sin demora. Al parecer, la cerveza inglesa potenciaba el humor, fuera el que fuera. S&#243;lo bastaba con invocar el correcto.

Compramos tambi&#233;n arcos y ballestas, las mejores del mundo, tensadas en secreto y probadas en las Cruzadas. Las que nos vendieron, contaban, hab&#237;an sido requisadas al grupo de bandoleros de Robin i' the Hood, un conde de Nottingham que se hab&#237;a declarado en rebeld&#237;a. Arcos largos y cortos, de cuerdas s&#243;lidas y un manejo tan sencillo que yo misma podr&#237;a haberlos disparado.

Pero -dije yo, de pronto, atando cabos- ese conde de Nottingham no puede ser el mismo Robin de las baladas.

As&#237; es, se&#241;ora -me aclar&#243; el dignatario ingl&#233;s que nos recibi&#243;, John Henry, un bar&#243;n enriquecido con el comercio de aduanas y que serv&#237;a de comisario para supervisar los bienes que necesit&#225;bamos-, el mismo que nos hacer re&#237;r y llorar en las voces de los juglares no hace llorar y re&#237;r con sus fechor&#237;as y con sus armas. Pero se le acab&#243; el re&#237;rse por una temporada, porque lo han atrapado a &#233;l y a todos los de su ralea, y se pudrir&#225; en vida hasta que pueda pudrirse en muerte en las mazmorras reales.

Mi rostro debi&#243; delatar mi decepci&#243;n, porque el digno ingl&#233;s se apresur&#243; a explicar que eso hab&#237;a escuchado, pero que de los rumores no deb&#237;a fiarse nadie sensato.

Cada a&#241;o juran que han atrapado a Robin i' the Hood, y cada a&#241;o burla las fuerzas que el sheriff les manda. De manera que no ser&#237;a extra&#241;o que tambi&#233;n en esta ocasi&#243;n pudieran rearmarse -a&#241;adi&#243;, comprobando de reojo que los hombres cargaran los arcos y los apilaran adecuadamente.

&#191;Cu&#225;l es su delito? -preguntaron mis caballeros, que hab&#237;an mostrado tanta desilusi&#243;n como yo.

Oh, infinitos, se&#241;ores, infinitos. Todos ellos, todos los forajidos, cazan en los bosques reales, y no precisamente presas peque&#241;as. Se jactan de alimentarse de los corzos m&#225;s tiernos y de los ciervos mejor cornados, y lo que sobran lo cortan y salan y trafican con ello en los p&#225;ramos del norte. Se burlan de la Iglesia, porque roban y viven en pecado, pero protegen algunas de las abad&#237;as y de las ermitas mayores, que los albergan en sagrado y los protegen siempre. Sirven como escoltas de algunos de los nobles enemistados con la corona, y se dice que roban, por encargo de ellos, en las casonas nobles abandonadas o donde s&#243;lo quedan mujeres; y de la misma manera asaltan a los recaudadores de impuestos, con los que se ensa&#241;an cruelmente. Son guerreros temibles, curtidos en las Cruzadas, y que conocen t&#233;cnicas de emboscada orientales en un terreno que conocen palmo a palmo. Nadie podr&#225; detenerlos, a no ser que prendan fuego al bosque de Sherwood y los obliguen a salir de all&#237;.

Yo cre&#237;a -dije- que Robin i' the Hood, como el buen rey Alfonso de Castilla, era devoto de la Santa Madre.

Me mir&#243; por un momento, sin comprender.

El conde de Nottingham es un hereje maldecido que no ha pisado una iglesia en los &#250;ltimos diez a&#241;os. El anterior Robin s&#237; lo fue, se&#241;ora. El anterior entregaba el diezmo a la Iglesia, y otro tanto de lo robado a los pobres, y se lo pagaron mat&#225;ndole a traici&#243;n por mano de una abadesa malvada, que con una sangr&#237;a suelta lo dej&#243; seco y fr&#237;o como a un cerdo. Las baladas que habr&#233;is escuchado se referir&#225;n a &#233;l. Pero vivimos en una edad de hierro, dulce dama, una edad de hierro, y los hombres que nacemos en ella no somos en nada diferentes a los animales, que ni creen ni rezan ni honran a Dios.

Entonces, &#191;cu&#225;ntos Robin i' the Hood ha habido?

El emisario se ech&#243; a re&#237;r, firm&#243; con su sello la entrega de armas y mene&#243; la cabeza.

Tantos como reyes, buen amigo. Tantos como reyes, y los seguir&#225; habiendo hasta que no haya reyes en Inglaterra, Dios no lo quiera. Venid, no expong&#225;is a la princesa y a sus delicadas damas a los olores infectos del puerto. He preparado una cena fr&#237;a para vuestra comitiva, nada de protocolo, dos entremeses y un poco de fiambre, pero ser&#225; un orgullo para m&#237; que los vuestros me honr&#233;is en mi casa.

Aceptamos de buen grado, y pronto, envuelta en telas r&#237;gidas como las cuadernas, enceradas y que no permit&#237;an pasar una gota de roc&#237;o ni una brizna de viento, me trasladaron a la casa de John Henry. Nos hab&#237;a mentido: una chimenea chisporroteaba como una muchacha bonita, su familia y su servidumbre al completo nos esperaba, y varios platos de sopa, de carnero humeante y de bacalao en salsa se dispon&#237;an en el centro de la mesa, tal y como era su costumbre.

Mi mujer -se&#241;al&#243; con displicencia- debi&#243; considerar insuficiente el fiambre. Tanto mejor para m&#237;. No os forj&#233;is la absurda idea de que un bar&#243;n venido a menos cena as&#237; todos los d&#237;as.

Don Fernando, en posesi&#243;n de su antiguo y diminuto ser, recibi&#243; los honores de la casa y los agradeci&#243; en consecuencia. Hablamos de temas banales y cortesanos, y tambi&#233;n de mis nupcias y de los nobles infantes entre los que me era dado elegir.

Aym&#233; -dijo John Henry-, que os ver&#233;is privada del mejor.

Me habl&#243; del infante de Castilla que &#233;l conoc&#237;a, de don Enrique; durante algunos a&#241;os se hab&#237;a refugiado del destierro en Londres, porque la reina inglesa era su medio hermana.

Como a las tormentas, nada le domina -me cont&#243; el emisario ingl&#233;s, que se mostr&#243; con un trato m&#225;s cordial de lo que en un principio parec&#237;a, como me hab&#237;an advertido que ocurr&#237;a en su pa&#237;s-, y poco pueden competir con &#233;l en nobleza y en inteligencia. Har&#237;ais bien en elegirle, si para entonces se ha reconciliado con don Alfonso, porque desde hace a&#241;os no se hablan ni se tratan, pero los rumores indican que tal vez eso cambie pronto.

Don Fernando guard&#243; silencio, pero en su gesto moh&#237;no pudo leerse que no le agradaban las palabras del ingl&#233;s.

&#191;Por qu&#233; le desterr&#243; su hermano? -pregunt&#233;-. Muy duro ha sido el castigo, y no s&#233; si resulta adecuado a la falta o no.

Los poderosos no se equivocan. S&#243;lo, cuando las circunstancias cambian, rectifican. El rey de Castilla mantiene una exquisita observancia del honor, que puede resultar incomprensible en otros pa&#237;ses.

Pero &#191;qu&#233; hizo?

Enamorarse de su madrastra -dijo el ingl&#233;s.

Rebelarse contra su se&#241;or -contest&#243;, al mismo tiempo, el espa&#241;ol.

Ivar me hizo una se&#241;a. La situaci&#243;n pod&#237;a convertirse en un conflicto diplom&#225;tico en el que no deb&#237;amos tomar parte.

Desconozco muchos de los usos de mi nuevo pa&#237;s -dije-, y con ellos vendr&#225; un mayor conocimiento de su historia y de sus circunstancias.

Se&#241;ora, si una pizca de sabidur&#237;a reduce, como es habitual en las mujeres, una pizca de vuestra belleza, la p&#233;rdida ser&#237;a tan sensible que os preferimos ignorante y hermosa -dijo John Henry-. En cuanto a la elecci&#243;n, que es una tarea que vuestro sexo ha llevado a cabo con peligro para el hombre desde Eva, no dudo de que vuestros padres y deudos os habr&#225;n aconsejado que elij&#225;is seg&#250;n los intereses que convienen a vuestro pa&#237;s.

La elecci&#243;n corresponde &#250;nicamente a la princesa -dijo don Fernando-, y si lo desea, le daremos informes de don Enrique. Pero lo que se comenta en Londres del perd&#243;n real parece m&#225;s bien un rumor en el que el propio infante es el primer interesado: en Toledo no se piensa en que el infante regrese, ni se cuenta con &#233;l en partici&#243;n ni empresa alguna.

El embajador ingl&#233;s call&#243; y se mostr&#243; tan mustio como el espa&#241;ol. Finalizamos los platos y trajeron los confites sin que ninguno de los dos lograra remontar la conversaci&#243;n. Parec&#237;an dos muchachos enfrascados en una carrera de caracoles, ambos aburridos y defraudados por algo que, en un inicio, se les hab&#237;a antojado emocionante.

Con las bodegas cargadas y los gatos, ah&#237;tos de p&#225;jaros, tumbados en sus rincones con el vientre redondeado, lleg&#243; el momento de partir a Francia y de la renovada agon&#237;a de don Fernando. Entonces, de nuevo encerrado en su cuarto frente al m&#237;o, vomitaba, gem&#237;a y juraba, mientras los peones de Ivar ca&#237;an uno a uno y mis damas finalizaban el intrincado manto de mi nuevo se&#241;or.

Arribamos a Francia en un d&#237;a terrible, de viento oeste, con las nubes arremolinadas sobre un horizonte difuso. A gritos, mis hombres discut&#237;an: don Fernando reconoc&#237;a su est&#243;mago d&#233;bil y el poco uso que le dar&#237;an a su fuerza si, al continuar por mar hasta Vizcaya, los piratas daban con el nav&#237;o. Ivar Englisson era de otra idea:

El tiempo se abreviar&#237;a, los gastos disminuyen por mar, y yo soy el responsable de presentar las cuentas al rey Haakon. Lamento en mi alma los malestares que afectan al embajador espa&#241;ol; pero mi misi&#243;n y mis &#243;rdenes son otras.

Thorleif el Furioso, no obstante, apoyaba a don Fernando.

La amenaza de los piratas no ha de despreciarse. &#191;Qui&#233;n desea ser responsable del error, si capturan el barco, y a la princesa y sus tesoros con &#233;l? Por tierra, al menos, contaremos con escolta y protecci&#243;n. Adem&#225;s, de nada servir&#237;a el viaje de la princesa si no nos permite saludar a los reyes y arzobispos de la zona.

Amund era de la misma idea.

Me disgustan los viajes r&#225;pidos. Por tierra, es mi voto.

Yo no sab&#237;a qu&#233; decir. Me parec&#237;a bien lo que ellos decidiesen.

En consecuencia, los caballeros principales se reunieron con los franceses, a los que por orden del rey indicaron nuestro destino, y despacharon tres o cuatro temas pendientes que, de manera no oficial, Ivar y Lodin el Velloso portaban al monarca de Francia.

Fuimos invitados a la corte de Par&#237;s, y nos dirigimos hacia all&#237; con el despliegue de honores y seguridad que consideraron oportunos. Durante los primeros d&#237;as, al pisar tierra firme, nuestras rodillas vacilaban, a&#250;n a&#241;orando el vaiv&#233;n del mar. Cuando pensaba en mi encuentro con el rey Luis de Francia yo tambi&#233;n flaqueaba. Nunca en mi vida me hab&#237;a enfrentado en soledad a la audiencia con un rey, y el primero de ellos se acompa&#241;aba de tanta pompa, de tanto poder, que encontraba insuficiente mi educaci&#243;n, mis ropajes, mi acompa&#241;amiento.

Adem&#225;s, mientras el barco nos cobijaba pudimos soslayar sin peligro los roces de nuestro car&#225;cter. Para que esa nave se mantuviera a flote, cada cual deb&#237;a desempe&#241;ar su papel, y quien no lo tuviera deb&#237;a aprender a no estorbar. Por lo tanto, pese al escaso espacio, las tareas se distribu&#237;an con claridad y se llevaban a cabo con disciplina, y m&#225;s nos val&#237;a mantener la sonrisa clara, porque no hab&#237;a d&#243;nde refugiarse.

En tierra, en cambio, cada cual regresaba a sus defectos, y las disputas menudeaban. De la nada, las disputas entre costureras estallaban a gritos, y hab&#237;a que separarlas por la fuerza.

Te matar&#233; -se dec&#237;an, con los ojos entrecerrados por el odio, cuando hasta entonces hab&#237;an sido como hermanas, y a fe m&#237;a que lo hubieran hecho si no las hubi&#233;ramos retenido.

Yo os mandar&#233; matar -siseaba yo- si este esc&#225;ndalo se repite. Carec&#233;is de honor, todas vosotras.

A mis espaldas se hac&#237;an gestos amenazadores. Y cuando &#233;stas se amigaban, otras encontraban motivos para guerrear por un dedal, unas puntadas mal dadas o las miradas de uno de los hombres.

Se hicieron evidentes las carencias en las que, desde Bergen, nadie hab&#237;a reparado. Hubo que comprar una tienda lujosa que me diera acomodo en las jornadas en las que no encontr&#225;bamos posada o no resultaba adecuada, y otras para la comitiva. Liberamos a los halcones, que volaban amarrados a sus portes, y encerramos a los gatos, que hubieran escapado, curiosos.

Hab&#237;amos calculado el coste de la manutenci&#243;n, pero no en moneda francesa, que cobraba por todo cuatro veces m&#225;s que la noruega. Las monturas facilitaban mucho el tr&#225;nsito, pero exig&#237;an tambi&#233;n atenci&#243;n y marcaban su paso m&#225;s que mis caprichos.

Francia ofrec&#237;a bellos paisajes cubiertos de hierba y de los &#225;rboles m&#225;s frondosos, pero ciudadanos hostiles y mal encarados, poco hospitalarios. Los posaderos se comportaban como ricos hombres, y no parec&#237;a sino que nos hicieran un favor al hospedarnos. La comida y el vino corriente se pagaban como si fueran manjares, y en muchas ocasiones fing&#237;an no entender lo que les dec&#237;amos, por m&#225;s que la voz fuera clara y las palabras correctas.

Estas son gente de campo -dec&#237;a don Fernando-, pero nos resarciremos cuando lleguemos a Par&#237;s.

Sin embargo, yo no vi Par&#237;s. Ni sus hermosas calles con empedrados que avergonzar&#237;an a la Roma Imperial, ni los tan aclamados jardines, ni las iglesias de tanta fama. Acampamos en las afueras, en la margen derecha del r&#237;o Louvre, porque el permiso que nos otorgaron no nos admit&#237;a intramuros ni ofrec&#237;a garant&#237;a para las mujeres.

Su Graciosa Majestad no dispuso de tiempo para verme. Despach&#243; con mis embajadores, que lograron el salvoconducto para acceder a su palacio, en apenas una hora, dispuso un par de cartas de garant&#237;as y regres&#243; a su timorata vida. Luis IX, que ahora goza, cada vez m&#225;s, de reputaci&#243;n de santidad, no quiso recibir ni dar consuelo a una princesa perdida, en su lento caminar hacia la muerte.

Debiera haberlo hecho. &#201;l, como hijo de infanta castellana, conoc&#237;a las costumbres &#225;ridas de la corte a la que me dirig&#237;a, y sus consejos me hubieran resultado preciosos. Nada me importa que cada viernes compartiera su mesa con leprosos, ni que como humillaci&#243;n lavara los pies de los mendigos que acud&#237;an a su palacio. Nada me importa su fama como cruzado. Esos excesos, impropios de un rey, no son sino demostraciones ostentosas de piedad, o argucias militares para conquistar reinos paganos.

No, la piedad se encuentra en otro lugar: en una mirada alentadora, en una argucia compartida, en una frase que alivie un coraz&#243;n inquieto, o sufriente. Y &#233;sa le falt&#243; al rey franc&#233;s. Dios se lo haga pagar.

Quiz&#225;s sean mis palabras duras: no pod&#237;a entonces el rey saber de mis sufrimientos de hoy. Pero, entonces, &#191;qu&#233; santo es? &#191;Qu&#233; divinidad encarna? Los tocados por Dios son muy sabios, muy excelsos. Luis IX de Francia y su contrato de no agresi&#243;n con mi padre no se asomaron a mi barco agrio de v&#243;mitos y pieles, ni a mi tienda de campa&#241;a, m&#225;s civilizada y honrosa, para darme una bendici&#243;n de compromiso u ofrecerme una cena en mi honor. Francia es tierra de tr&#225;nsito, y una mujer destinada a un infante no le resultaba ninguna novedad. Mi orgullo sufri&#243; aquellos d&#237;as, porque estaba acostumbrada a ser mostrada en sociedad, y no a que se me rehuyera como una mercanc&#237;a maloliente.

Mis hombres, en cambio, se mostraban satisfechos, con el pecho transido de emoci&#243;n.

Es, en verdad, un hombre santo. Con qu&#233; dignidad, con qu&#233; suave voz ha preguntado por nuestros planes.

Con raz&#243;n -dec&#237;a Lodin-. Debi&#243; habernos hospedado al menos una noche, y gastar as&#237; con nosotros lo que se ahorraba en esp&#237;as.

&#191;Y qu&#233; pretend&#237;ais? -dijo, casi sin aliento por la c&#243;lera, don Fernando-. &#191;Enga&#241;ar a uno de los m&#225;s nobles reyes?

Podr&#237;amos haber mantenido alguna ambig&#252;edad respecto a nuestro prop&#243;sito.

El conoce su pa&#237;s. Nosotros, no.

&#201;l conoce ahora, adem&#225;s, nuestras intenciones. Nosotros, no.

&#191;Preferir&#237;as arriesgar a vuestra princesa frente a los piratas, antes que fiaros de los salvoconductos del rey?

Arriesgar&#237;a hoy mismo vuestro est&#243;mago frente a las olas del mar, antes que revelar mi trayecto a un rey como &#233;ste.

Con la tierra firme llegaba el barro, y con el barro los caminos y las calles, los pueblos diminutos y asombrados y las ciudades llenas de orines, de festejos y de ocultas maravillas. Se cerraban las puertas de las murallas al anochecer y dentro comenzaba la fiesta. A veces, en honor a un santo o una virgen. A veces porque s&#237;, porque la vida era corta y dif&#237;cil, y los &#225;nimos, muchos. Vade&#225;bamos r&#237;os y nos hosped&#225;bamos en monasterios que nos entregaban poco y esperaban mucho. Yo contaba por las noches mi tesoro de plata quemada y me preguntaba si bastar&#237;a para que los nobles castellanos parpadearan.

Hab&#237;a que retomar, adem&#225;s, costumbres olvidadas. Los colchones deb&#237;an renovar su paja o sus plumas en menos tiempo del que tarda en decirse, y era necesario que la ropa se oreara en sus arcones, o corr&#237;amos el riesgo de que la polilla o el moho nos dejaran sin ella. Si la navegaci&#243;n prohib&#237;a el fuego, y a veces en el barco tirit&#225;bamos y hubi&#233;ramos entregado nuestra alma por una hoguera, por un brasero, el invierno en el continente exig&#237;a que para mantener esas anheladas fogatas buscaran le&#241;a para las noches, muy a pesar de aquellos a los que tal tarea se encomendaba. Hab&#237;a que espulgar a los animales y ahumar las vestiduras.

Nos hicimos en nuestro devenir por Francia con las bestias que nos llevar&#237;an hasta Castilla y con los sirvientes que cumplir&#237;an con ello. Cada carro contaba con su carrero, con un perro guardi&#225;n que s&#243;lo obedec&#237;a sus &#243;rdenes, con dos corceles de recambio y un mozo de cuadra. Descargamos el tesoro que me pertenec&#237;a y a&#241;adimos, de paso, alg&#250;n presente m&#225;s. Un carro, que hac&#237;a las veces de capilla, portaba los sacros objetos con los que me recibir&#237;a la Iglesia castellana, con los c&#225;lices de altar y los libros sagrados. Otro portaba las viandas, otro m&#225;s la cerveza suave que hab&#237;amos adquirido en Yarmouth y que, habiendo sobrevivido al viaje, guard&#225;bamos como presente para el rey.

Mi ropa, muy lejos de las cincuenta mudas que se me supon&#237;an, continuaba elabor&#225;ndose por el camino. En Francia adquirimos sarga, bayeta y piedras preciosas del lugar. Las modistas apenas me dirig&#237;an la palabra, llenas de ira, porque nada de lo que hac&#237;an recib&#237;a mi aprobaci&#243;n, y tambi&#233;n porque reprim&#237;a con mano dura sus quejas o sus peleas. Recamaban velos e hilaban con poca gana, absortas ellas mismas en el viaje, y menos en sus deberes. S&#243;lo las lavanderas, ociosas hasta entonces, me aborrec&#237;an m&#225;s que las modistas. Pero &#191;qu&#233; pod&#237;a hacer? Aunque se quedaran una jornada por detr&#225;s, de continuo necesit&#225;bamos ropa limpia. &#201;ramos muchos, y los caminos rebosaban barro.

Si mientras naveg&#225;bamos nos hab&#237;amos visto desasistidas en nuestra fe, al llegar a Francia, con el carro-capi11a, recuperamos los buenos h&#225;bitos. Cada ma&#241;ana inici&#225;bamos la marcha al alba. Al amanecer escuch&#225;bamos misa. Romp&#237;amos el ayuno con un pedazo de pan y un sorbo de vino o cerveza, e inici&#225;bamos el viaje.

Hay problemas con los turnos de nuevo, se&#241;ora.

Ivar, no me dig&#225;is eso.

Entonces, no os hablar&#233;. Pero de nuevo hay problemas con las muchachas que han de mantener los turnos.

Y yo, fuera la hora que fuera, me levantaba y, en traje completo o en camisa, solventaba el conflicto que hubiera surgido entre mis est&#250;pidas siervas, que se escapaban o chantajeaban a los vig&#237;as, o se dorm&#237;an antes de que el fuego, ese preciado animal, avisara con sus brasas de que era necesario renovarlo.

Antes del mediod&#237;a, que era fr&#237;o y llegaba tarde en esas &#233;pocas, nos deten&#237;amos para el almuerzo. Nos lav&#225;bamos entonces, y las hogueras calentaban el agua para ello. Se cocinaba lo que se hab&#237;a comprado el d&#237;a anterior para una comitiva de cien personas: ternera y vaca, congrio, rodaballo, pichones y algunos capones, bacalao, ganso, y si los caballeros hab&#237;an sido afortunados, caza. Llev&#225;bamos a menudo corzos para que maduraran, o faisanes, hasta que sus plumas indicaran que era posible comerlos.

Y mucho antes del oscurecer deb&#237;amos haber tomado la resoluci&#243;n de d&#243;nde pernoctar. Los caballeros que abr&#237;an el paso llegaban para informarnos de qu&#233; nos aguardaba. Dorm&#237;amos entonces en un burgo o en un descampado, en un cuarto en el que antes solt&#225;bamos a nuestros gatitos para que dieran caza a ratones, lagartijas, moscas o sabandijas, o dorm&#237;amos en la tienda, estremecidas con el menor ruido, con el viento incansable, con las voces extranjeras.

Mi paso por Francia, la de los hermosos &#225;rboles, fue &#225;rido y solitario. En los carros, las due&#241;as marcaban con carb&#243;n y aguja mis iniciales sobre las s&#225;banas reci&#233;n cortadas de las piezas de hilo. Cada pueblo que nos ve&#237;a partir sab&#237;a que era &#233;sa la comitiva de la princesa del norte, porque as&#237; lo hac&#237;amos notar. Los mastines rodeaban los carros, y las ac&#233;milas, que mostraban parte de sus tesoros a trav&#233;s de un minucioso despliegue de fardos, segu&#237;an tercamente sus malos instintos.

Como Ivar, yo hubiera preferido un viaje por mar. Solitario, cruel y sincero, el mismo mar que ba&#241;aba los pies de mi padre, el rey, en Bergen.

No he visto de nuevo el mar. Mi esposo me promete que me acercar&#225; a su orilla cuando mejore, y mientras tanto me regala algunas conchas que esconden sus susurros. Si hago memoria, puedo sentir de nuevo el olor de algas, el chillido de reci&#233;n nacido de las gaviotas ladronas, el brote constante del mar contra las rocas. Jam&#225;s hab&#237;a visto, hasta llegar a estas tierras, un olivo ni una higuera, &#225;rboles domesticados, con los brazos en cruz para mostrar su sumisi&#243;n. Nuestros abetos, nuestros cedros crecen altos, y no se pueden dome&#241;ar. Pero tambi&#233;n a ellos los alcanza el rayo, y el hacha, El dedo de Haakon.


Cuando abandonaron Francia llegaron a Catalu&#241;a, parte destacada del reino de Arag&#243;n, donde no pudieron recibirlos mejor. Si bien tuvieron que atravesar altas monta&#241;as y caminos dif&#237;ciles, desde los cuales se ve&#237;a el mar, la joven princesa resisti&#243; el viaje con la misma fuerza que en otros pa&#237;ses hab&#237;a demostrado. Y su alegr&#237;a aumentaba cuanto m&#225;s se acercaba al reino que hab&#237;a de recibirla. Llegaron entonces a la ciudad de Gerona. En cuanto el conde que la reg&#237;a supo de la llegada de Kristina, la recibi&#243; con un obispo a dos millas de la ciudad. Trescientos hombres, a pie y a caballo, le segu&#237;an. Cuando ella se aproxim&#243; a la ciudad, el conde mismo tom&#243; de la brida al caballo y la condujo hasta el centro urbano. El obispo la sigui&#243; al otro flanco, y la escolt&#243;.


Esa noche, en lugar de cerveza, me dieron vino, mucho m&#225;s dulce que el que yo hab&#237;a probado hasta entonces, y me sum&#237; en un amodorramiento delicioso. Don Fernando, muy ufano, se revisti&#243; de esa autoridad que le daba prestancia. El hombre perdido, enfermo y bajito en Inglaterra, algo nervioso y distante en Francia, desapareci&#243;, al mismo tiempo que yo me convert&#237;a en algo a&#250;n por definir. Si en Inglaterra a&#250;n se me dio tratamiento de princesa de Noruega, y en Francia, en cambio, no era sino una peregrina, &#191;c&#243;mo deb&#237;a comportarme en Arag&#243;n? El embajador se despoj&#243; de sus quejas y se emple&#243; en mostrarme lo que nos tra&#237;a cada milla.

Mirad -indicaba-, mirad. Reparad en aquello, se&#241;ora.

El paisaje era el m&#225;s hermoso hasta entonces visto, pero yo lo atisbaba desde el carro de las modistas, y no a caballo. En el momento en el que cruc&#233; la Gascu&#241;a ya no cabalgaba, como los varones, salvo en contadas ocasiones. Se me destinaba un carro dorado, lujoso y c&#243;modo, como una cama de enfermo, pero desesperantemente lento. Y aunque le interrogara, no me hablaba de los infantes ni del rey que pronto ser&#237;a el m&#237;o.

Os instruir&#225;n personas m&#225;s ilustres que yo. Cuanto menos sep&#225;is ahora, m&#225;s sabr&#233;is entonces. Mirad. Observad.

Una opini&#243;n al menos &#191;Por cu&#225;l sent&#237;s vos mayor querencia?

Mirad qu&#233; montes

Por bello que fuera el reino de Arag&#243;n, no era el m&#237;o. Recorr&#237;amos tierras donde siempre era octubre, por la suavidad del aire y la dulzura de la brisa. Las monta&#241;as nevadas que lo separaban de Francia, los valles verdes con lagos azules y turquesas parec&#237;an una copia para ni&#241;os de aquellos en los que me cri&#233;. Ay, Noruega, mis montes, mis lagos, mi mar eterno e indomable.

Pero si mi timorato coraz&#243;n abrigaba alguna duda acerca del trato que se me dar&#237;a, don Jaime, el rey, las espant&#243;, como nuestros gatos a las moscas de las posadas. Con su barba blanca bien trenzada, vestido con lujo deslumbrante y en un gara&#241;&#243;n de incalculable precio, a la cabeza de su corte, me recibi&#243; como a un monarca extranjero.

Do&#241;a Kristina, nunca se supo de una estrella que trajera el sol a una corte. Pero las leyes de la naturaleza est&#225;n ah&#237; para romperlas, y Dios debe amaros mucho para permitiros milagros semejantes.

Durante los primeros momentos, me comport&#233; como una de mis costureras cortejadas. Luego fui capaz de salir del paso con un par de respuestas cortesanas, que quiz&#225;s &#233;l no esperaba, o quiz&#225;s s&#237;, pero que le hicieron sonre&#237;r y mirarme con aprobaci&#243;n.

Buen carruaje os lleva, se&#241;ora, pero la belleza de una dama s&#243;lo se aprecia si se observa a lomos de un caballo que se le asemeje. Quiz&#225;s &#233;ste -dijo, se&#241;alando al magn&#237;fico ejemplar negro que llevaba de la brida- no os parezca demasiado malo.

Tend&#237; mi mano para que me ayudara a bajar de mi carro y aguard&#233; a su lado hasta que ensillaron de la manera apropiada al gara&#241;&#243;n. Y as&#237;, a lomos del caballo del rey, salvamos la distancia de tres millas que nos separaba de Barcelona.

Y lo que hab&#237;a imaginado que me aguardar&#237;a en Francia, el lujo, la delicadeza, las divertidas conversaciones de amor cort&#233;s que hablaban de una sociedad sofisticada, la que me hab&#237;an transmitido sus poemas y canciones, lo encontr&#233; en Arag&#243;n. Un reino del que apenas hab&#237;a escuchado hablar, porque su rey era anciano y sus conquistas no nos favorec&#237;an, un reino de retama, tomillo, r&#237;os bravos y gente a&#250;n m&#225;s brava.


Con honores parecidos, seg&#250;n se corr&#237;a la voz, fue recibida en todos los lugares. Cuando se dirig&#237;a a Barcelona, el rey Jaime I de Arag&#243;n sali&#243; a su encuentro con tres obispos y un enorme ej&#233;rcito, y tres millas antes de que llegara la recibi&#243; y la llev&#243; en su caballo hasta la ciudad. Durante dos d&#237;as no los dej&#243; marchar, ni a ella ni a sus caballeros, y dio orden de que en su reino salieran a su encuentro y la honraran, tal y como &#233;l hab&#237;a hecho.


Don Jaime, se&#241;ora, es un anciano -intentaba decirme Ivar.

Qu&#233; extra&#241;os gestos de mi hermano detectaba en &#233;l, la manera brusca de girarse o de llamar la atenci&#243;n sobre algo. Hab&#237;an compartido m&#225;s intimidad que yo con &#233;l, m&#225;s horas de las que me fueron permitidas pasar a su lado. Llevaba el cabello cortado a la manera de mi Haakon. El preferido entre mis damas era Lodin. Yo, en mi fuero interno, prefer&#237;a a Ivar.

Don Jaime, se&#241;ora

Banquetes, monta&#241;as, se&#241;ores y siervos, una faltriquera nueva que llevaba junto al seno y una mu&#237;a, un caballo, un carro a mi disposici&#243;n. &#191;Qu&#233; deseaba? Se me daba todo.

Don Jaime

Esa debilidad por el caballero Ivar, en caso de haberla demostrado m&#225;s all&#225; de las c&#225;rceles de mi coraz&#243;n y mi pensamiento, no hubiera significado nada. Las costureras, entregadas a los soldados, qui&#233;n sabe cu&#225;ntas de ellas pre&#241;adas en el largo viaje, los dedos protegidos por el dedal, hilo torcido, escarlata cosida, pa&#241;o ingl&#233;s hilvanado; los centinelas espa&#241;oles, incorruptibles, leales a su se&#241;or hasta la muerte; los marinos noruegos, prontos a velar por su princesa; don Fernando, calvo, de corta estatura y desmesurado orgullo. Todos, en fin, unos u otros, presenciaron cada encuentro entre el caballero Ivar y yo.

Quien pueda alzar un dedo contra mi castidad, que lo haga.

Se&#241;ora Se&#241;ora, las habladur&#237;as

Nadie podr&#237;a ser m&#225;s consciente de las habladur&#237;as y su alcance que yo. Por eso me las ingeniaba para que no sospecharan de mis aut&#233;nticos pensamientos, ni siquiera de las miradas que de manera distra&#237;da pudiera dirigir a un caballero, o a su rival. Evitaba las murmuraciones y que se hablara de damas que no estuvieran presentes. Nadie hablaba de m&#237;, ni siquiera yo. A veces, como ahora sigo haciendo, imaginaba las conversaciones ajenas, como una manera m&#225;s de matar el tiempo. Relacionaba mi nombre de manera lasciva con cualquiera de los hombres que me rodeaban, e imaginaba mi encendida defensa frente al rey Alfonso, frente a mi padre o frente a un tribunal. Me ve&#237;a a m&#237; misma muriendo de amor por razones desconocidas, porque ninguno de los hombres que me acompa&#241;aban hubiera podido inspirarme, ni mucho menos, una pasi&#243;n similar.

Pero a mi alrededor s&#243;lo encontraba silencio, aburrido, salvador silencio. Nunca di motivos para que alguien murmurara de m&#237;.

Ivar hab&#237;a engendrado tres hijas a las que no podr&#237;a legar su fortuna, porque las hab&#237;a logrado en una mujer indigna. No sab&#237;a por qu&#233;, ella le seduc&#237;a una y otra vez. Malhumorada y ruin, pero tambi&#233;n astuta y tentadora, le ataba por la cintura y lo llevaba al pecado. Seg&#250;n las leyes de Haakon no le segu&#237;a heredero, al no haber nacido un var&#243;n. No se hab&#237;a casado tampoco, de manera que su camino a&#250;n se extend&#237;a ante sus ojos, libre y joven.

Fui su hermana. Quien diga lo contrario miente, mentir&#237;a ante juicio de Dios. Pero &#191;por qu&#233; nadie quiso llevarme ante esa autoridad? &#191;Por qu&#233; nadie sospech&#243;, al menos? Fui su hermana, sequ&#233; sus l&#225;grimas como sec&#243; &#233;l las m&#237;as. Me aconsejaba y me advert&#237;a, porque por mi poca experiencia tend&#237;a, una y otra vez, a malinterpretar los hechos y los caracteres.

Nos convertimos en c&#243;mplices ante el embajador espa&#241;ol. Sellamos juntos nuestro desprecio por el rey franc&#233;s, jugamos incontables partidas de ajedrez, un arte en el que ambos despunt&#225;bamos. Algunas veces gan&#233;. Otras perd&#237;, y a&#250;n otras me dej&#233; ganar, porque as&#237; me hab&#237;a ense&#241;ado a hacerlo mi madre, para complacer la vanidad de los hombres.

Compart&#237;amos idioma, edad y el amor por mi hermano. Entre los l&#237;mites en los que una doncella y un hombre pueden encontrar el afecto, trazamos nosotros el nuestro. Ivar hab&#237;a nacido para el mando, controlaba voluntades y domaba con su voz y con sus bromas a animales y a ni&#241;os, de la misma manera en la que yo hab&#237;a nacido para dar a luz herederos y torc&#237;a hilos entre mis dedos fr&#237;os.

Don Jaime

Hablad, Ivar.

Don Jaime es un hombre viejo de cuerpo nuevo, se&#241;ora. Vos sois hermosa.

Acab&#225;ramos, don Ivar.

Vacilaba, su cuerpo alt&#237;simo encogido por un instante. Yo le manten&#237;a la mirada. &#201;l arrojaba la cabeza hacia atr&#225;s, hablaba en voz m&#225;s alta de lo normal.

Vos sois hermosa, y una tentaci&#243;n para los ojos, pero a &#233;l le puede el instinto de acabar con el reino de Castilla. Lo ha codiciado siempre. Sed cauta, se&#241;ora. No en vano se muestra con vos como lo hace. No es vuestra belleza lo que le retiene a su lado. Es el padre de do&#241;a Violante, es el abuelo de vuestros sobrinos, y s&#243;lo mira por sus intereses.

&#191;Y qu&#233; quer&#233;is que yo le haga? -Inclinaba el rostro sobre el hombro, coqueta, con un adem&#225;n aprendido de otras, porque nunca fui dada a esos juegos-. No puedo desairar al rey de Arag&#243;n.

Yo encontraba en aquel monarca canoso, encantador, la quilla de mi destino. Me regal&#243; adem&#225;s dos moros m&#250;sicos, para que me entretuvieran durante el resto de mi viaje. Sure&#241;o, seductor y cort&#233;s, me hablaba en un franc&#233;s embriagador, y pese a los gestos desatinados de Ivar y las se&#241;as casi desesperadas de don Fernando, yo charlaba durante horas con el rey de Arag&#243;n.

Se&#241;ora -dec&#237;a, mi manita entre sus enormes dedos-, por estas manos que han conquistado nuevos reinos, por esta fea cabezota que inclino ante vos, que es una l&#225;stima que ojos tan bellos y talle tan fino vayan a enterrarse en una corte tan l&#250;gubre como la de Castilla. Os quemar&#225; el sol esa tez delicada. Quedaos en Arag&#243;n, do&#241;a Kristina, y os dar&#233; Mallorca como dote.

Yo me re&#237;a, algo desconcertada por la mezcolanza de lat&#237;n, franc&#233;s, espa&#241;ol, y por el vino, que me calentaba las sienes dulcemente.

&#191;No ten&#233;is suficientes hijos, don Jaime, que a&#250;n quer&#233;is una esposa nueva?

&#201;l resopl&#243;.

Al demonio mis hijos, mis hijas y quienes los han llevado a bautizar. Casaos conmigo y os har&#233; se&#241;ora de Montpellier. &#191;No os dais cuenta de que si os cas&#225;is en Castilla ya no podr&#233; atacar esas tierras, porque me ten&#233;is embrujado y no podr&#237;a toleraros ning&#250;n da&#241;o? Por el bien de Arag&#243;n os lo pido.

Observo que un hombre puede haber tenido suficientes hijos, pero nunca obtendr&#225; suficientes tierras. &#191;Por ventura ocult&#225;is la intenci&#243;n de invadir Castilla? Qu&#233; gran deslealtad ser&#237;a para con vuestra hija, la reina.

Vamos, se&#241;ora, soy viejo ya. Haced una obra de caridad y compadeceos de este anciano. Hab&#233;is hecho conmigo lo que el santo Francisco con el lobo de Gubbio.

Eran los reinos del sur tan amigos de contar relatos como nosotros, pero sus ense&#241;anzas eran otras, y su manera de narrar, muy distinta. No conoc&#237;an a los trolls ni a los hombres de hielo, no sab&#237;an nada del &#225;rbol Yggdrasil, y llamaban Parcas a las Nornas. Nadie les hab&#237;a acercado las historias de Robin el Encapuchado, pero compart&#237;an las del Pobrecito, su lobo y sus alondras.

Tendr&#233;is piedad de una ignorante doncella y me contar&#233;is esa historia, buen rey.

No es una historia, sino una verdad bien contrastada, y uno de los milagros de Francisco el de As&#237;s, el santo pobre.

Nunca supe que la pobreza diera bien con la santidad.

Eso es, deliciosa hipocritilla, porque vuestros pocos a&#241;os s&#243;lo pueden aceptar una &#250;nica verdad en un hombre, y no la complejidad de un car&#225;cter sutil. Pues era esto que un lobo terrible asolaba la ciudad de Gubbio, en los tiempos del santo. Era la bestia grande, y sanguinaria, porque hab&#237;a hincado los dientes en carne humana y, tal y como se cuenta, les parece m&#225;s dulce y sabrosa que la de cordero, y ya no se cuidan de matar hombres o animales. La ciudad cerraba sus puertas, y ya nadie sal&#237;a solo, fuera armado o inerme. San Francisco, entonces, sali&#243; a su encuentro. Cuando lo hall&#243;, le hizo la se&#241;a de la Cruz, y le conmin&#243; a que se acercara. &#161;Hermano lobo! -llam&#243;-. Ven, que no te espera ning&#250;n mal aqu&#237; de nadie.

El rey Jaime bebi&#243; un sorbo m&#225;s, me bes&#243; la mano y la mu&#241;eca, y continu&#243;:

Juro por mi salvaci&#243;n que as&#237; ocurri&#243;, que me lo cont&#243; un escudero italiano que tuve a mi servicio por muchos a&#241;os. &#161;Hermano lobo! Y el lobo baj&#243; la testuz, se le acerc&#243; y se sent&#243; a sus pies. Y el santo le amonest&#243; como har&#237;a con un ser humano, le afe&#243; sus muertes y sus pecados y le dijo que si por el pueblo fuera, le dar&#237;an caza y lo quemar&#237;an. Pero que &#233;l quer&#237;a poner paz entre todos, porque sab&#237;a lo mala que era el hambre y los extremos a los que llevaba. Y el lobo le miraba como un ser con entendimiento, y mov&#237;a la cola como un perro. Determinaron, en fin, que el lobo se alejar&#237;a del ganado y del mal, y que, a cambio, el pueblo de Gubbio le dar&#237;a alimento. Se dieron la mano, como dos letrados, y de ah&#237; en adelante fue el lobo de casa en casa, donde fue festejado y querido como un ciudadano m&#225;s. Ni los perros le ladraban ni los gatos se erizaban. Com&#237;a pan de la mano, como un corderito, hasta que muri&#243; de viejo, y le lloraron todos. Y eso, do&#241;a Kristina hermosa, hab&#233;is hecho de m&#237;, un pobre animal de quien era un lobo.

Yo re&#237; de buena gana.

Por mi fe, se&#241;or rey, que me enga&#241;&#225;is. A Noruega han llegado tambi&#233;n los prodigios del santo Francisco, pero os olvid&#225;is de la parte que remata esa historia del lobo.

Los caballeros, que no abandonaban mi presencia jam&#225;s, cabeceaban, poco interesados en duelos de historias; tras dos d&#237;as de asueto, el viaje prosegu&#237;a al amanecer, y yo no mostraba prisa.

Sacadme entonces de mi error.

Quien saca de sus errores a los reyes suele encontrar un mal fin.

Ya os he advertido de ello, pero ni siquiera para evitar ese mal fin quer&#233;is casaros conmigo.

Yo pas&#233; por alto su gesto de exagerada desesperaci&#243;n.

Es cierto, como dec&#237;s, que el lobo lleg&#243; a ese acuerdo. Pero al cabo de alg&#250;n tiempo, le lleg&#243; noticia a san Francisco de que su naturaleza lo hab&#237;a dominado y que de nuevo mataba y devoraba humanos. Muy enfadado, sali&#243; a su encuentro, y lo encontr&#243; con sangre en las fauces. &#191;Qu&#233; es esto, lobo'? -le dijo-. &#191;No hab&#237;amos cerrado un pacto? Y el lobo, muy tranquilo, le contest&#243;: Francisco, mata el hombre a su mujer, hermanos contra hermanos atentan, se atacan todos entre s&#237; como lobos, mienten, destrozan, roban y hieren, &#191;y no hab&#237;a de matar yo? As&#237; me contaron a m&#237; el cuento, se&#241;or, y tambi&#233;n s&#233; sacar ense&#241;anzas de &#233;l, que no se supo nunca que un lobo dejara de serlo, ni que un conquistador se encontrara a gusto en paz.

El rey rompi&#243; a re&#237;r y me dio la raz&#243;n. Era noche cerrada, y medio casada, medio soltera, ning&#250;n hombre me cortejaba como don Jaime.

Todas las mujeres que he amado las he perdido a favor del reino de Castilla -se lamentaba-. Primero mi hija, do&#241;a Violante. Una hermosura llena de aristas, con un coraz&#243;n indescifrable. Luego, mi hija, do&#241;a Constanza, un &#225;ngel arrojado a la tierra porque deb&#237;an encontrarse con que en el Cielo hab&#237;a ya demasiados. Ahora, vos.

Un p&#225;jaro ulul&#243; en la distancia, y otro, quiz&#225;s uno de nuestros presos cantores, le respondi&#243;. Hac&#237;a fr&#237;o, y el relente ca&#237;a sobre la hierba y sobre las piedras del castillo y amortiguaba el fuego de la chimenea.

He casado a mi hija mayor con un loco, y a la menor, con un d&#233;bil. A saber a qu&#233; destino os aboco a vos. Yo tuve otra hija, a la que idolatraba. Do&#241;a Mar&#237;a. Era tan deliciosa que Dios mismo la quiso para s&#237;. Ingres&#243; en el monasterio de Sigena, que yo convert&#237; en un para&#237;so en la tierra. &#191;Qu&#233; Dios es &#233;ste, do&#241;a Kristina, que me arrebata a mi hija predilecta y me deja, para que lidie con ellas, a las m&#225;s rebeldes, a las menos hijas m&#237;as?

A menudo pienso en lo mismo, majestad -dije-. Mi hermana muri&#243;, mis dos hermanos, los mejores caballeros del reino, fallecieron antes de tiempo. Y han dejado viva a esta mezquina sierva.

Tres -dijo una voz dentro de m&#237;-. Tus tres hermanos. Y la sombra de Olaf me se&#241;al&#243; en la distancia.

No se&#225;is necia. Vos sois un &#225;ngel. Su hermana do&#241;a Sancha quiso seguir sus pasos. No os voy a mentir, cuando me habl&#243; de su decisi&#243;n de hacerse mercedaria me irrit&#233;. Me enfad&#233;, incluso. El car&#225;cter de Sancha no se adapta a esa orden. Ha logrado con esto lo que siempre quiso: peregrinar a Tierra Santa. Dios la bendiga, quiz&#225;s consigamos algo de provecho con su empecinamiento.

Bebi&#243; y orden&#243; beber. Mis caballeros fingieron hacerlo.

Pero mi Mar&#237;a Hab&#237;a querido legar su fortuna a las damas que la siguieron, y mil escudos m&#225;s a quien la alberg&#243;. No supo nunca que carec&#237;a de fortuna propia. Y cuando muri&#243;, hace un a&#241;o, me llamaron del monasterio. Hab&#237;a acudido all&#237; desnuda. Como venganza, quise infligirle esa humillaci&#243;n. No conservaba m&#225;s que las joyas que le regal&#233;; y el monasterio, desprotegido y pobre, me ofrec&#237;a que las recuperara. Durante algunos meses guard&#233; silencio. Despu&#233;s, don&#233; los mil escudos a quienes ella deseaba. Se me aparec&#237;a por las noches, en sue&#241;os, sin decir nada: me miraba, con aire desconsolado, y suspiraba.

Pero vos dijisteis que hab&#237;ais convertido esa casa en un para&#237;so, se&#241;or. &#191;C&#243;mo es que no tuvo dote?

Me mir&#243;, con los ojos fijos y agudos como un pedernal.

Tened cuidado con Violante, do&#241;a Cristina. Tiene la sangre oriental de su madre y la ambici&#243;n de su pecador padre. Convierte las palabras en lo que ella quiere que sean. Prestad vuestro o&#237;do a todos, pero a pocos vuestro afecto. Y no a mi Violante.

&#191;D&#243;nde, en aquella lenta comitiva por Arag&#243;n, siempre hacia el sur y el oeste, con la misma ruta de los peregrinos que ped&#237;an clemencia a san lago, en el final de la tierra, quedaba Noruega? &#191;D&#243;nde los sabios consejos de mi abuela, d&#243;nde la lenta vida de la corte en Bergen? Mis d&#237;as se trazaban con la elecci&#243;n de mi vestuario (la lana verde de mi traje, la capa casta&#241;a), el orden de caballeros, el inventario de mi fortuna. Ivar de Noruega y Fernando de Castilla me vigilaban por igual. Mi mu&#237;a segu&#237;a amistosamente a sus monturas, aunque no me agradara la senda que segu&#237;a, siempre m&#225;s peligrosa y retorcida que la de los caballos.

La tierra ced&#237;a ante nuestros pies, siempre en movimiento, y ni mapas, ni charlas de caballeros que se agregaban a mi comitiva, ni las se&#241;as marcadas en mi camino me permit&#237;an saber si me acercaba, en las &#225;ridas tierras aragonesas, a la propiedad del rey Alfonso.

No os entregu&#233;is a don Jaime.

Est&#225;is loco.

Si existen motivos para pensar que pod&#233;is hacerlo, d&#225;dmelos, para que as&#237; pueda defenderos mejor cuando me pidan explicaciones.

Est&#225;is loco, Ivar. No me conoc&#233;is.

No conozco a nadie. No conozco a nadie, aqu&#237;.

Yo tampoco.


Faltaban dos noches para la Navidad cuando la princesa lleg&#243; por fin a Castilla, a una ciudad llamada Soria. Acudieron a su encuentro un hermano del rey, de nombre Luis, y el obispo de Astorga, amabil&#237;simos ambos. Arribaron a Burgos para la Nochebuena, y en el monasterio en el que se hospedaban resid&#237;a do&#241;a Berenguela, la hermana del rey. Oyeron misa el tercer d&#237;a de Navidad, y la princesa les regal&#243; un primoros&#237;simo c&#225;liz. Muy poco tiempo antes, su padre hab&#237;a enviado uno similar a Tierra Santa, y otro parecido hab&#237;a entregado ella en Rouen.


Ablanda el coraz&#243;n con oro, me dijo el rey.

Entrega tu plata.

Tus pieles de princesa r&#250;stica, de pobre confusa del norte.

A los nobles aliados. A la Iglesia. A los reyes, a los parientes de los reyes hasta el tercer grado.


Oro. Plata. Sonrisas.

Sonrisas. Marfil. Oro.


Por el precio y la calidad de sus ofrendas a la Iglesia se hab&#237;a hecho tan querida y famosa la princesa, que nadie recordaba que una princesa extranjera hubiera sido acogida de tan buen grado y con tantos honores. A Noruega llegaban rumores de que nunca ning&#250;n rey hab&#237;a obtenido tanto favor como el de la princesa.

(Esa hija -pensar&#237;a mi madre, que era rolliza y hermosa, sufriendo por mis clav&#237;culas descubiertas y mis caderas magras-. Qui&#233;n la amar&#225;, delgada y extra&#241;a como es. Sin s&#225;banas ni t&#250;nicas, mi hija pobre, mi hija indigna)

O quiz&#225;s:

(Esa hija, extra&#241;a y hosca, esa mujer mayor, virgen e in&#250;til Qu&#233; ocurrir&#225; si no es de su agrado, si, como siempre, muestra un car&#225;cter rebelde que no pueda dome&#241;ar, una opini&#243;n propia que contrar&#237;e al rey. C&#243;mo podremos aceptarla si la rechazan, qu&#233; ser&#225; de su dote, c&#243;mo enga&#241;aremos sobre su edad)


Cuatro d&#237;as despu&#233;s de Navidad abandonaron Burgos. El rey de Castilla les hab&#237;a mandado mensaje de que al cabo de cuatro d&#237;as deseaba que la princesa se encontrara en el lugar en el que &#233;l moraba.

Aquella misma noche do&#241;a Berenguela, princesa real hermana de don Alfonso, le envi&#243; siete sillas de montar de dama, todas ellas de alto precio, y un dosel como el que ella misma empleaba a diario. Dec&#237;an que ese mismo d&#237;a el rey hab&#237;a salido de Palencia a su encuentro y que la hab&#237;a recibido como si de su hija se tratara. Nunca hab&#237;a ocurrido que a la hija de otro rey don Alfonso le llevara por la brida hasta el centro de la ciudad.

Acompa&#241;&#243; el rey a la princesa el d&#233;cimo d&#237;a, y a Valladolid fueron. Con prelados, obispos, arzobispos, barones, caballeros y se&#241;ores infieles, embajadores y deudos. El rey no permit&#237;a que nadie se fuera sin ser honrado, y nadie recordaba tanta magnificencia.


Hab&#237;a perdido la costumbre ya del fr&#237;o, y los cuchillos de escarcha se me clavaban en las manos que sujetaban las riendas, porque hab&#237;a elegido unos guantes finos. La comitiva real ven&#237;a a por m&#237;, y a mi espalda, los noruegos aguardaban el encuentro con las mand&#237;bulas apretadas y sus mejores galas. A m&#237; me cubr&#237;a el rostro un velo, y mi yegua nueva, a la que prefer&#237;a por encima de la mu&#237;a o del macho regalado por el rey Jaime, parec&#237;a tambi&#233;n inquieta, bailarina sobre sus cascos finos.

Esa noche hab&#237;a so&#241;ado con mi madre. Con Cecilia, quiz&#225;s, tambi&#233;n. Me entregaba al sue&#241;o agotada, y cuando me despertaban por la ma&#241;ana me parec&#237;a no haber dormido. Deseaba descansar semanas enteras, en un &#250;nico lugar, que todo aquello hubiera ocurrido ya y recordarlo desde mi vejez, a salvo, reci&#233;n sacudida de un sue&#241;o agradable.

Frente a m&#237; se hab&#237;an congregado gran n&#250;mero de castellanos, villanos y burgueses, que aguardaban presenciar la recepci&#243;n del rey. Algunos se hab&#237;an mantenido en ese lugar durante horas, con sus familias y sus alimentos y sus mantas gruesas, como si fueran de romer&#237;a. Nosotros, con el sudor o el fr&#237;o punteando la espina dorsal, esper&#225;bamos. Valladolid era una urbe inmensa, en la que habitaban veinticinco mil almas. Una ciudad monstruosa, llena de ruido, de gente, desbordada en su insensato tama&#241;o.

Los sones anunciaron la proximidad de los monarcas. Como en Arag&#243;n (como en todas partes menos en la mezquina Francia), llegaba despu&#233;s de los primeros escoltas una procesi&#243;n de antorchas, m&#250;sicos con sus instrumentos y, al remate de una fila de doce caballeros y doce damas a caballo, costosamente guarnecidos, mi rey don Alfonso con do&#241;a Violante. Los pajes, vestidos con la ense&#241;a real, se acercaron a m&#237;; el rey descabalg&#243; y me dio la bienvenida.

En lat&#237;n.

Yo murmur&#233; unas palabras de agradecimiento. No s&#233; si se escucharon. El pueblo gritaba mi nombre, el del rey, vitoreaban y cantaban al son de la m&#250;sica. Ivar se acerc&#243; a m&#237; y me arranc&#243; el velo y la toca, de manera que el pueblo pudiera verme el rostro con claridad y a su placer. Tras un instante de silencio, comenzaron de nuevo los gritos, esta vez entusiasmados.

Redoblaron sus alabanzas e intentaron acercarse a nosotros, aunque fuera su acci&#243;n no m&#225;s que un teatro, porque est&#225;bamos protegidos por los caballeros y ellos lo sab&#237;an, y por lo tanto no hab&#237;a sino un forcejeo falso, contenido sin esfuerzo.

&#191;Lo escuch&#225;is? Os alaban por hermosa -dijo el rey.

Entonces, Ivar hizo un gesto y yo me cubr&#237; de nuevo. Hab&#237;an arrojado algunas flores a los pies de los caballos, y otras se hab&#237;an quedado prendidas en mis ropas. Entre el tumulto apenas atisbado se distribu&#237;an hogazas de pan y jarras de vino. Calcul&#233; de memoria el desorbitado gasto. &#161;Veinticinco mil almas, m&#225;s las llegadas de otros lugares para el festejo!

El pueblo participaba de la alegr&#237;a real. El rey tom&#243; la brida de mi caballo, y as&#237; caminamos hasta el palacio donde nos hosped&#225;bamos. Hab&#237;an preparado una gran cena, aunque no eran sino las cuatro de la tarde y todav&#237;a el sol se encontraba muy alto en el cielo, algo imposible en Noruega.

Por debajo de mis velos pude ver que era don Alfonso apuesto, con rubia barba y constituci&#243;n sangu&#237;nea, como la reina, su esposa, que a su vera caminaba y mostraba, entre p&#250;rpuras imperiales, un vientre repleto. Do&#241;a Violante pose&#237;a un vigor extra&#241;o en los ojos, que indicaba que no abandonaba f&#225;cilmente una presa, y era muy bella, aunque tuviera el cuerpo deformado por el embarazo y las manos y el cuello hinchados. Me sentaron junto al rey, que, nuevamente, me dio la bienvenida y me bes&#243;, como era la costumbre castellana.

Nos honra recibiros como hermana y saberos piadosa, bella e instruida.

Permanec&#237; en silencio casi toda la noche, y apenas prob&#233; bocado. Aunque el viaje hab&#237;a finalizado, a&#250;n restaba mi particular elecci&#243;n. El viaje comenzaba, por lo tanto, all&#237;. Miraba a unos y a otros, aturdida, como si so&#241;ara aquel momento, y como si no fuera tampoco la vez primera que so&#241;aba con ello.

A efectos pr&#225;cticos, era aquella cena la importante, y no la de mis esponsales. En mis gestos, seg&#250;n mis reacciones o miradas, juzgar&#237;an lo que ser&#237;a dicho m&#225;s tarde de m&#237;. Sobre el suelo cubierto de ramas de pino y de retama los pies pateaban con estruendo cuando se me dedicaba un brindis, pero los ojos de muchos continuaban fr&#237;os.

Prefiero no hablar de ello. Me he obstinado tanto en ello que aquellos d&#237;as transcurren en mi recuerdo apresurados y borrosos, cada acto superpuesto al otro, cada hora asesina de la anterior. Me miraban, y yo sonre&#237;a y besaba, recib&#237;a besos y escuchaba c&#243;mo se hablaba de m&#237; sin reparo, con la aspereza de quien habla frente a un extranjero que no conoce la lengua y, por lo tanto, no merece la discreci&#243;n de la cr&#237;tica en voz baja.

Ahora hubiera sabido lo que rumoreaban. Muchos me encontraban hermosa, pero eso era algo que esperaba y que, de no ser as&#237;, hubiera supuesto una grave decepci&#243;n. Otros comentaban acerca de mi s&#233;quito, o los modales mostrados en la acogida o la recepci&#243;n. Los que m&#225;s, especulaban sobre mi presencia all&#237;. &#191;Qu&#233; hac&#237;a, qu&#233; pretend&#237;a? &#191;Qui&#233;nes podr&#237;an contar con mi apoyo?

La reina y los diplom&#225;ticos me hablaban en franc&#233;s. Con las preguntas que el rey, en voz baja e &#237;ntima, me hizo, hab&#237;a quedado claro que apenas entend&#237;a el lat&#237;n que ellos hablaban y que mi conocimiento de la lengua castellana era muy imperfecto. Sonrojada, me dirig&#237; a &#233;l en un franc&#233;s que me pareci&#243;, por comparaci&#243;n con el que hablaba do&#241;a Violante, oscuro. El rostro del rey no vari&#243;, pero los silencios se hicieron m&#225;s largos.

&#191;Os gustan las historias, se&#241;ora?

Mucho -asent&#237;-; pero casi siempre he de contentarme con las que los cantores me dedican y con los poemas que narran.

As&#237; lo hacen, en general, las damas.

En mi caso, s&#243;lo me queda la poes&#237;a para el disfrute, porque no s&#233; escribir -dije.

El rey clav&#243; en m&#237; una mirada penetrante. La reina, sentada frente a nosotros, no perd&#237;a una palabra.

Os complacer&#225;n, entonces, las historias de Calila y Dimna -a&#241;adi&#243; don Alfonso, despu&#233;s de una larga pausa-, que son deleitosas y propias para las damas.

Se volvi&#243; entonces hacia don Fernando, el embajador, y no me prest&#243; m&#225;s atenci&#243;n en el resto de la noche.

Hubiera deseado decirle que no se estilaba, en mi tierra, que las damas recibi&#233;ramos una educaci&#243;n basada en las tres y las cuatro normas, salvo que se nos destinara a la Iglesia. Que hablaba con correcci&#243;n sueco, dan&#233;s e island&#233;s, ingl&#233;s y franc&#233;s. Que lo que en realidad hab&#237;a querido contarle era que no sab&#237;a escribir narraciones, pero que era una poeta bastante h&#225;bil, que una de mis ocupaciones con Riquilda y sus damas hab&#237;a sido versificar en island&#233;s, al estilo de Snorri Sturlusson, y que las aventajaba a todas ellas, tras horas y horas de escuchar a nuestros poetas.

Fui t&#237;mida y call&#233;. Miraba el fondo de mi plato y fing&#237;a entusiasmo ante las bailarinas que hac&#237;an acrobacias con bolas y bastones. Para Alfonso, que hablaba las lenguas peninsulares, m&#225;s el provenzal, el &#225;rabe, el griego y el hebreo, que conoc&#237;a de astrolog&#237;a y de leyes, &#191;qu&#233; significaba el island&#233;s?

Aquella cena se perpetu&#243; hasta que la noche se volc&#243; sobre los tejados y los hombres estuvieron tan borrachos que no resultaba digno que las damas lo presenci&#225;ramos. Entonces, evitando con gracia los restos del banquete que ensuciaban el suelo, la reina do&#241;a Violante me aferr&#243; de la mano y, sin detenerse por los caballeros que intentaban rozar la orla de su manto, me llev&#243; a unos aposentos privados destinados a las damas. Como hab&#237;a hecho el rey, me bes&#243; en la frente, en los ojos y en la boca.

Me estalla el pecho de alegr&#237;a al encontrar una hermana, una c&#243;mplice. Do&#241;a Kristina, vos y yo no somos castellanas. Nuestro pa&#237;s y nuestro car&#225;cter brota como los manantiales, brusco pero insaciable.

Yo callaba, avergonzada ante los cuidados de aquella mujer.

Gracias

Las que nos encontramos privadas de la familia y el afecto debemos ayudarnos entre nosotras. Yo ser&#233; vuestra amiga: pod&#233;is confiar en m&#237;. Sabed que no creo nada de lo que se cuenta de vos, y que os proteger&#233; siempre, siempre. No tem&#225;is nada. Me he sentido tan sola durante estos a&#241;os Ser&#233;is mi hermana.

M&#225;s tarde supe que la mujer silenciosa que se encontraba sentada a nuestra derecha, demasiado cohibida para acercarse a m&#237;, era aquella hermana que tanto se lamentaba por no encontrar: Constanza de Arag&#243;n, ignorada por todos, despreciada por la mayor&#237;a. El &#225;ngel en la tierra de su padre don Jaime. Sonri&#243; con timidez y asinti&#243; a las palabras de la reina. Nunca la vi hacer otra cosa salvo ceder, ni esboz&#243; jam&#225;s un pensamiento propio.

Y, respecto a la elecci&#243;n, que nada os inquiete. Elegir&#233;is bien, con la ayuda de Dios. No, no me pregunt&#233;is, que no me sonsacar&#233;is nada. Bastar&#225; con una mirada y escoger&#233;is, estoy convencida de ello. Al mejor, a mi predilecto. No parec&#233;is necia ni lenta de entendimiento, y sabr&#233;is pronto lo que os conviene. Pero &#161;qu&#233; ojos, y qu&#233; tez, y qu&#233; talle! Tendr&#233;is que darme remedios del norte para conservar el cabello tan fuerte y rubio. A m&#237;, con las pre&#241;eces, se me est&#225; quedando en nada -suspir&#243;, llev&#225;ndose la mano a su espl&#233;ndida mata de pelo, visible a trav&#233;s del velo.

Con un gesto, indic&#243; a dos esclavas moras que acercaran un brasero y se reclin&#243; en uno de los asientos. La descalzaron y sumergieron sus pies enrojecidos en una tinaja con una tisana que ol&#237;a a verbena.

Imagino que traer&#233;is vuestras propias damas

Carezco de damas. Mis padres no las consideraron necesarias.

&#191;No? Qu&#233; extra&#241;o. En este reino se acostumbra que las infantas mantengan a su lado esclavas, criadas y damas de compa&#241;&#237;a. Yo os buscar&#233; algunas. Do&#241;a Juana, de la casa de Castro, es virtuosa y muy buena, pero tan aburrida &#161;Do&#241;a Mayor puede servir para esa tarea! Quiz&#225;s os conviniera do&#241;a In&#233;s, la hija de Gonz&#225;lez Gir&#243;n. Nobil&#237;sima, su padre fue mayordomo mayor de mi suegro, y muy linda. Pero no nos ocupemos de eso ahora. S&#233; que hab&#233;is visto a mi padre y que fuisteis de su agrado. &#191;Qu&#233; cuenta el viejo lobo? &#191;Pod&#233;is creer que me tiene abandonada aqu&#237;, en Castilla, sin mandarme llamar, ni visitarme, ni apenas enviarme noticias? Si no fuera por mi insistencia, no sabr&#237;a nada del reino en el que me cri&#233;. Ll&#233;vate eso -dijo, sin pausa, a una esclava que le acercaba una copa-. Pero &#161;qu&#233; alegr&#237;a teneros entre nosotros, y qu&#233; impresi&#243;n han creado vuestros regalos en la corte! Do&#241;a Berenguela me ha hablado de una capichuela de armi&#241;o que tra&#233;is, y que es cosa de ver. Claro, que no creo que me la destin&#233;is a m&#237;.

Es vuestra -dije, mientras aceptaba, a mi vez, un poco m&#225;s de vino.

No, no, de ninguna manera -pareci&#243; vacilar-. Aunque, bien pensado, no os he de desairar si ten&#233;is el capricho de regal&#225;rmela. He visto tambi&#233;n el manto que bordasteis para el rey mi se&#241;or. Muy hermoso, muy hermoso, una obra de arte Cierto que no es el estilo de la corte el llevar tantas perlas Hace a&#241;os que esa moda ya pas&#243;, pero por supuesto, vos no ten&#237;ais manera de adivinarlo. Aun as&#237;, no me cabe duda de que Su Majestad apreciar&#225; el detalle. &#191;Qu&#233; es esto? -pregunt&#243;, se&#241;alando el relicario de coral que mi madre me hab&#237;a regalado y que siempre llevaba conmigo.

Un relicario.

Qu&#233; forma m&#225;s curiosa.

Es de coral para alertar del veneno.

Do&#241;a Violante se incorpor&#243; y chapote&#243; un poco en el agua.

No puedo creerme que a&#250;n cre&#225;is en esos atrasos Encomendaos a Mar&#237;a Sant&#237;sima y libraos de esas supersticiones. &#161;Venenos en la corte de Castilla! &#191;Por qui&#233;n nos tom&#225;is? &#161;Ay! -suspir&#243;-. Me temo que habremos de instruiros en casi todo.

Yo, aturdida por los giros de su pensamiento, no sab&#237;a qu&#233; decir.

No com&#233;is casi nada, do&#241;a Cristina -espet&#243;, de pronto-. &#191;C&#243;mo quer&#233;is presumir de colores si no os aliment&#225;is? Pero aqu&#237; os daremos bien de comer. -Lanz&#243; una mirada de soslayo a do&#241;a Constanza, que, al igual que yo, era de miembros menudos-. A mal que lo hag&#225;is, os aprovechar&#225; mejor que a do&#241;a Constanza. Ya me han contado que apenas tra&#233;is vestidos. Me result&#243; chocante, con todo el tiempo que vuestro padre se demor&#243; en casaros. Pero que no os enoje eso, que ya hablaremos de los ropajes cuando las fiestas hayan pasado, y quiz&#225;s os encontr&#233;is entonces con alguna sorpresa. Y ahora dejadme todas. Tengo tanto sue&#241;o que si no os vais me quedar&#233; dormida mientras hablo.

Nos despidi&#243; con la mano, sonriente, y cuando abandonamos el cuarto do&#241;a Constanza se detuvo un momento a mi lado. Tambi&#233;n esperaba otro hijo.

Yo la mir&#233; con desconsuelo. El manto, aquel manto por el que dos docenas de costureras me hab&#237;an seguido en el largo viaje, hab&#237;a perdido su valor en una frase de la reina. No pod&#237;a expresar mi desencanto, pero sent&#237;a que las sienes me lat&#237;an, y si no me hubiera contenido hubiera entrado de nuevo en los aposentos para abofetear a aquella absurda parlanchina.

Ya os acostumbrar&#233;is, siempre es as&#237;. Est&#225; llena de vida.

Con paso lento, entorpecida por unos pies que no recibir&#237;an ni mimos ni cuidados ni el ba&#241;o cuidadoso de las siervas, me gui&#243; hasta mi cuarto.

Y el rey siempre parece algo severo, porque as&#237; lo requiere su cargo; pero nadie se va de su lado sin que le acompa&#241;en generosas mercedes. Hemos llegado, se&#241;ora.

Dios os bendiga, do&#241;a Constanza.

Que &#233;l os guarde, do&#241;a Kristina.

Y, sin criadas ni camareras que me ayudaran a desvestirme, lejos de todos los que me hab&#237;an sido fieles en mi pa&#237;s y en otros, me dispuse para dormir en mi primera noche en la corte castellana.

Alfonso el D&#233;cimo no me esperaba a m&#237;, sino a mi hermano. Pero tampoco yo confiaba, durante todo mi viaje, en hallar a quien me encontr&#233;.

En realidad, ambos, el rey y yo, esper&#225;bamos encontrarnos con mi hermano.


Y, mientras en esto holgaban, recibieron mensaje del rey de Arag&#243;n, suegro del de Castilla, a su yerno, el rey, y a la reina, su hija, pidi&#233;ndoles que le concedieran la mano de la princesa noruega. El rey habl&#243; de este asunto con los embajadores, y a&#241;adi&#243; que el rey de Arag&#243;n no pod&#237;a ser mejor monarca; pero los sabios regidores descartaron al venerable rey de Arag&#243;n por su mucha edad y los pocos a&#241;os de la princesa, y no se habl&#243; m&#225;s de este tema.


Don Jaime.

No, Ivar.

Pensadlo. &#201;l os tratar&#225; con afecto.

Es viejo.

Pero es rico. Os cubrir&#225; de perlas y oro.

Es rey rival.

Aun as&#237;, es rey, que siempre ser&#225; mejor que un infante. Y os desea y puja con dineros.

Pero a m&#237; me espera ya un infante de Castilla.

Sus poetas hablan de vuestro cuerpo, de vuestro cuello de garza. Sin conoceros, los aragoneses os aman.

Si a tal me remit&#237;s, don Ivar, he de negaros el saludo.

Princesa.

No os entiendo. Hace unas semanas os horrorizaba el que me pudiera comprometer con el de Arag&#243;n, y ahora me anim&#225;is a que inicie otro viaje, traicione a mi padre y la voluntad de mi hermano y me vaya.

Entonces era entonces, y s&#243;lo conoc&#237;amos lo que se ofrec&#237;a ante nuestros ojos. Ahora nuestras armas son otras.

Idos. No os escuchar&#233;.

Princesa &#161;Princesa!


Luego, con mayor tranquilidad y sosiego, el rey present&#243; a la princesa a todos sus hermanos. Le describi&#243; el car&#225;cter de cada uno de ellos. Federico, el mayor, era el mayor de todos ellos, un hombre valiente, buen guerrero, buen juez, bueno en todas las artes. Le gustaba la caza, y era por esa raz&#243;n por la que le deformaba una cicatriz el labio.


Elige al que m&#225;s te agrade.

No te dejes llevar &#250;nicamente por el deseo.


El mismo fr&#237;o de los d&#237;as anteriores helaba el agua en las jofainas y enrojec&#237;a la nariz de las mujeres que, al cabo de dos d&#237;as, me hab&#237;an sido asignadas. Como las Cortes que el rey hab&#237;a convocado se encontraban reci&#233;n finalizadas, a&#250;n manten&#237;an en el llano, en las afueras de la ciudad, las tiendas al estilo moro en las que hab&#237;an tenido lugar. All&#237; nos reunimos los reyes, los infantes y los miembros m&#225;s destacados de las dos delegaciones, y el viento agitaba las telas y silbaba como un cabrero entre el brocado y las cintas tendidas.

Uno a uno me presentaron a los infantes. Con parsimonia, el rey, sentado junto a m&#237; en un trono similar, aunque un escal&#243;n por encima del m&#237;o, me indicaba sus virtudes y sus carencias.

Yo vest&#237;a un brial encarnado, de tafilete, que me hubiera hecho tiritar de no haberme envuelto en pieles y en un manto azul que se ajustaba en mis hombros con un broche de oro. Los infantes, por el contrario, hab&#237;an elegido atuendos humildes, de un lienzo casta&#241;o que cualquier campesino podr&#237;a haber comprado.

Se escapa de lo com&#250;n -dijo el rey, primero en lengua castellana y luego en franc&#233;s- que una dama escoja entre los pretendientes, sin que &#233;stos se hayan batido en duelo o desafiado. Entre hermanos, pecado ser&#237;a que se atacaran. Pero la dama es tan hermosa, y re&#250;ne tantos m&#233;ritos, que s&#243;lo el mejor entre los nuestros ser&#237;a digno de ella, y as&#237; lo manifestamos a su padre, el rey Haakon. Por lo tanto, princesa, prestad atenci&#243;n a sus virtudes, que su coraz&#243;n, el de todos ellos, ya os pertenece.

Don Fadrique com&#237;a &#250;nicamente por una de las comisuras de la boca, y hablaba a trav&#233;s de la misma herida, en un murmullo incomprensible. Le faltaban parte de los labios y media lengua. Conoc&#237;a a los hombres como &#233;l: en Bergen abundaban, como testigos de los tiempos pasados. Se sent&#237;an a gusto en la monta&#241;a, entre animales y hombres, alejados de la sociedad y de las mujeres, y el tiempo los convert&#237;a en seres similares a los lobos, a los osos, a los trolls de las monta&#241;as, sin que importara su origen o su educaci&#243;n. Privados de lenguaje y de un rostro amable, el resto de su cuerpo crec&#237;a y se transformaba en roca y &#225;rbol.

Le hice una reverencia y adivin&#233; en su semblante que yo no era de su agrado. &#191;C&#243;mo pod&#237;a serlo? Con un chasquido y una sola mano me podr&#237;a haber partido el cuello. Yo era, como hab&#237;a comprobado, de mayor estatura que las francesas y castellanas, pero tambi&#233;n flaca y rubia, mimada y suave. Aquel hombre soportaba por Dios la carga de haber sido destinado para gru&#241;ir y hacer gemir, para el aire libre, el campo de batalla y la caza, para encontrar en otros hombres su consuelo, y no en m&#237;. Yo ser&#237;a a sus ojos el recordatorio perpetuo de otra vida, y &#233;l ser&#237;a a los m&#237;os la muestra de lo m&#225;s despreciable de la m&#237;a.

El rey observaba, con los brazos cruzados sobre el pecho y un atav&#237;o mucho m&#225;s sencillo del que hab&#237;a lucido en los d&#237;as anteriores. M&#225;s all&#225;, la reina aguardaba, con uno de sus ni&#241;os a sus pies.

Hermano -dije yo, dirigi&#233;ndome a don Fadrique, con los ojos bajos y mucha dulzura-, aceptad unas pieles y algunos arcos ingleses en nombre de nuestra amistad, y dadles buen uso. Pues, o mucho me enga&#241;o, o m&#225;s os gustan estos placeres que los del matrimonio, y no quiero forzaros yo a obrar contra vuestra voluntad.

Sois discreta -dijo el rey, mientras los dos sirvientes de don Fadrique segu&#237;an a los m&#237;os para recoger el regalo-, aunque es un triste consuelo perder una dama y ganar unos arcos.

S&#243;lo necesita consuelo aquel que padece una pena -dije yo.

Don Fadrique me bes&#243; la mano y se apart&#243; a un lado.

Hermana -dijo, con dificultad, en un tono que desment&#237;a sus palabras-, estoy desolado.


Le habl&#243; luego de su hermano don Enrique, el m&#225;s aguerrido y feroz de todos los hermanos. Pero cuando la princesa pareci&#243; mostrarle querencia, se le aclar&#243; que no deb&#237;a amarle, porque se hab&#237;a sublevado contra el rey y no hab&#237;a perd&#243;n para &#233;l en todas sus tierras.


Me morir&#233; con la espina de no haber conocido a ese infante, a quien las leyendas han hecho mayor y m&#225;s conocido que a todos sus hermanos. En &#193;frica, contaban, se hab&#237;a librado de ser devorado por varios leones hambrientos. Hab&#237;a mantenido amores con su madrastra y con una infinidad de mujeres m&#225;s; guapo, aguerrido, astuto.

No le dediqu&#233; entonces m&#225;s pensamientos, advertida como estaba desde Yarmouth de que no deb&#237;a hacerlo, pero ahora, en las noches de insomnio, me pregunto c&#243;mo hubiera sido la existencia al lado de ese hombre. Es probable que fuera una vida dura y deshonrosa, incapaz como parece de mantenerse alejado de problemas, intrigas y traiciones, pero qui&#233;n sabe: quiz&#225;s una mujer serena le hubiera acercado al camino correcto, a la reconciliaci&#243;n con el rey, a una paz de esp&#237;ritu de la que carece.


Le segu&#237;a el arzobispo Sancho, buen hombre, digno y leal. Pero se mostraba feliz con su estado, y mala obra de una mujer ser&#237;a si por un capricho se le apartaba de su vocaci&#243;n.


No eleg&#237;, por lo tanto, a don Sancho, aunque de haberme sido posible, tampoco hubiera encontrado en aquel hombre ambicioso y descuidado al compa&#241;ero de mi coraz&#243;n. Era el de peor aspecto y mirada m&#225;s turbia de los hermanos. Hab&#237;a depositado sus energ&#237;as en la obtenci&#243;n de poder, y lograba del rey prebendas que no se le negaban en su calidad de hermano y por el v&#237;nculo a la Iglesia, que el rey venera.

Alentaba en &#233;l el mismo esp&#237;ritu que en don Enrique, pero de &#237;ndole m&#225;s ruin: nunca se enfrentaba con valent&#237;a, sino con sonrisas y reverencias y humillaciones, con el Santo Nombre rumiando en su boca de continuo y la mirada fija en su deseo, en su conveniencia y su provecho.

Hace dos a&#241;os, cuando se convocaron las Cortes en Sevilla, s&#243;lo se hablaba de &#233;l y de su enfrentamiento con el arzobispo de Sevilla; don Sancho entr&#243; en esta ciudad con una comitiva deslumbrante, m&#225;s propia de infante que de hombre de la Iglesia, y con su cruz arzobispal, cuajada de perlas y rub&#237;es (perlas, por cierto, que yo le hab&#237;a regalado), alzada y bien visible para todos. El arzobispo don Raimundo se ofendi&#243;, y con raz&#243;n. Si a alguien le correspond&#237;a ese honor, al que hab&#237;a renunciado por humildad, era a &#233;l. Supon&#237;a adem&#225;s una nada sutil indicaci&#243;n de que los derechos de Sevilla le pertenec&#237;an, ya que antes hab&#237;an sido de su hermano.

Medi&#243; el rey, mediaron los obispos, y el infante escribi&#243; una carta de disculpa, en la que se fing&#237;a m&#225;s ignorante de lo que era: no sab&#237;a, no quer&#237;a, no hubiera debido, indicaba. Est&#225; mal hablar de forma alguna de los muertos, y peor a&#250;n si se cuentan verdades dolorosas, pero a menudo me olvido de rezar por ese cu&#241;ado. Dios castig&#243; su mal proceder haci&#233;ndole morir sin lo que m&#225;s ansiaba, la silla de obispo, y con eso demuestra Su eterna sabidur&#237;a.

El hermano que m&#225;s se le parec&#237;a, el menor de todos, don Manuel, hab&#237;a desposado a la dulce do&#241;a Constanza. Los daban por bien casados, por m&#225;s que &#233;l no mostrara nunca una sonrisa para ella en el rostro. Pero para lo que a m&#237; me afectaba, era una cara menos que recordar, una elecci&#243;n ya hecha. Y, la verdad, nunca dediqu&#233; dos pensamientos a mi cu&#241;ado don Manuel.


Y segu&#237;a otro arzobispo, el de Sevilla, pero no era su naturaleza la que un cl&#233;rigo necesitaba. El pr&#237;ncipe don Felipe amaba la caza, la naturaleza, el monte, los perros y las aves, los osos y los jabal&#237;es. Era, de todos los hermanos, el m&#225;s risue&#241;o, el m&#225;s caballeroso y al que la sociedad m&#225;s alababa. Dijo tambi&#233;n, lleno de orgullo, que, de todos los se&#241;ores de su edad, &#233;l era el m&#225;s valiente, el m&#225;s fuerte, el m&#225;s noble.


Elige al que m&#225;s te agrade.

No te dejes llevar &#250;nicamente por el deseo.

Escoge al m&#225;s cercano al rey. Al mejor de ellos.


El rey, en cambio, ocult&#243; su prestancia y su belleza, porque eran prendas que los noruegos podr&#237;an apreciar en cuanto lo vieran. Pero resultaba obvio que era don Felipe el hermano m&#225;s amado por el rey, y el que m&#225;s adecuado resultaba para ellos y la princesa. As&#237;, de entre los se&#241;ores, escogi&#243; ella al mejor.


Primero le mantuve la mirada, incr&#233;dula. Luego me ruboric&#233; y quise huir. Como aparece el sol entre las nubes, as&#237; se alz&#243; Felipe entre el resto de los hombres. Y, como frente al sol, baj&#233; los ojos y trat&#233; de ocultarme. Por fin comprend&#237;a las im&#225;genes de los poetas que hablaban constantemente de las estrellas, de c&#243;mo las miradas deslumbraban y her&#237;an.

Vest&#237;a, adem&#225;s de las ropas de lienzo, un manto de velludo oscuro, con una cadena de oro, muy gruesa, que le ca&#237;a hasta la cintura. Como sus hermanos, era rubio, pero los ojos cansados del rey manten&#237;an la inocencia en este infante, y escond&#237;an el mismo color que el mar.

&#191;Y bien, do&#241;a Kristina?

Nunca hab&#237;a visto a alguien tan apuesto. Me contaron que cuando oficiaba la misa, las beatas cre&#237;an ver al mismo Jesucristo sobre la tierra. En un rel&#225;mpago de espanto, me di cuenta de que con ese hombre pasar&#237;a el resto de mi vida, que cada uno de mis d&#237;as se hab&#237;an encaminado hacia ese momento, y que ya no cab&#237;a m&#225;s demora, ni dudas. A mis espaldas escuch&#233; una risa ahogada de la reina do&#241;a Violante. Levant&#233; de nuevo la cabeza, sinti&#233;ndome insignificante, por m&#225;s que aquel d&#237;a llevara mi cintur&#243;n y mi aderezo de madreperla, que relumbraban al menor rayo de luz. Me sacaba una cabeza de altura, y sus hombros doblaban en dos veces los m&#237;os.

Aguardaba en pie, con la misma expresi&#243;n vac&#237;a con la que yo hab&#237;a esperado a los emisarios castellanos. Observ&#233; entonces que sus ojos se mov&#237;an, aunque su cabeza no, y que segu&#237;an mis movimientos. Vi que tragaba saliva. Luego mir&#243; al frente, de nuevo.

Elige.

El rey Alfonso susurr&#243; a mi o&#237;do:

&#191;Ser&#225; &#233;ste vuestro esposo, se&#241;ora?

Yo respond&#237; con un hilo de voz:

Fiat.

El amor sirve &#250;nicamente para justificar los pecados de los hombres. Sus ligerezas. Y as&#237;, con la mano del infante Felipe posada en mis dedos, a&#250;n sin mirarnos, y el aplauso de toda la corte, se hizo la voluntad del rey Alfonso, y a trav&#233;s de &#233;l la m&#237;a. S&#243;lo los noruegos parec&#237;an ajenos a la alegr&#237;a, torvos y pensativos. Ivar me dirigi&#243; una larga mirada pensativa, y desvi&#243; luego su atenci&#243;n hacia el horizonte.


El Mi&#233;rcoles de Ceniza don Felipe y do&#241;a Cristina se prometieron. Y ella, como primer deseo, le expres&#243; el capricho de que se alzara una capilla a san Olav, su santo familiar, a lo que &#233;l accedi&#243; de buen grado. Todos los deseos que ella expres&#243; fueron cumplidos sin apenas tener que formularlos, y convinieron todos que la boda tendr&#237;a lugar despu&#233;s de la Pascua.


Don Felipe era hombre de pocas palabras, como pude averiguar pronto, y de silencios de dif&#237;cil interpretaci&#243;n. Bastaba sin embargo con mirarle para sentirse a gusto. En las ocasiones en las que nos vimos antes de los esponsales no nos dejaron nunca solos, y por lo tanto apenas pod&#237;amos intercambiar unas palabras de cumplido. Hablaba un franc&#233;s excelente, porque se hab&#237;a educado en Francia, en la Universidad de Par&#237;s, como su hermano don Sancho, y sus modales se asemejaban m&#225;s a los de ellos que a los castellanos.

Eso lo convert&#237;a en una criatura ex&#243;tica, casi liviana, pese a su estatura. Caminaba y se mov&#237;a de manera diferente, algo a lo que quiz&#225;s hubieran ayudado sus a&#241;os en la Iglesia, que le hab&#237;an mantenido alejado de los campos de batalla. Sus piernas, por lo tanto, no se hab&#237;an arqueado, ni mostraba ninguna marca de guerra. Salvo por su amor por la caza, sus gustos eran los de un escolar, y su trato con las damas, delicado y tierno.

Sufrir&#233;is si sois celosa -me dijo la reina.

No soy celosa -contest&#233; yo.

Ya lo ser&#233;is.

El Mi&#233;rcoles de Ceniza escuchamos misa y, con la frente a&#250;n marcada por la cruz que nos recordaba que no &#233;ramos sino polvo, se celebr&#243; en una ceremonia sin formalidades el compromiso. En los aposentos privados del rey, en presencia de &#233;l y de do&#241;a Violante y de dos testigos m&#225;s, mis emisarios noruegos, intercambiamos los votos. Despu&#233;s, ya &#250;nicamente en la compa&#241;&#237;a de la reina, le entregu&#233; una cruz de oro y esmalte, como recordatorio de la santidad del matrimonio. &#201;l me dio, a cambio, cuatro peinecillos muy labrados y de largos dientes que yo mir&#233; con extra&#241;eza.

Las mujeres os ense&#241;ar&#225;n a usarlos -dijo, divertido-. Los peinados de moda no pueden conseguirse sin estos artilugios. Eran de mi madre, la reina Beatriz.

Por un momento pareci&#243; a punto de levantarse para marcharse, pero pareci&#243; pensarlo mejor.

Quiero hablar de vuestro s&#233;quito -dijo, al fin-, y de qu&#233; compromisos hab&#233;is contra&#237;do con esos caballeros.

Ninguno -respond&#237;-. Obedecen a mi padre, y se encuentran aqu&#237; en misi&#243;n suya, no por obediencia a m&#237;. Despu&#233;s de nuestra boda, regresar&#225;n a mi pa&#237;s.

&#191;Todos ellos?

As&#237; lo creo.

&#191;Y las mujeres que tra&#233;is?

Fueron enviadas conmigo con la promesa de que ser&#237;an devueltas y escoltadas por los soldados.

El infante Felipe pareci&#243; sopesar esa respuesta.

Y amigas -pregunt&#243;-. &#191;Os acompa&#241;a alguna?

No -dije yo, y por un momento pens&#233; en Astrid, y luego el pensamiento se esfum&#243; y ya no hubo nadie.

&#191;Due&#241;as?

Las que vos orden&#233;is. Yo no tengo preferencias.

Damas, entonces, tampoco.

La reina ha nombrado a dos de ellas, y estoy gustosa de tomarlas.

Os gustar&#225;n, don Felipe -dijo la reina-. Silenciosas y bien dispuestas.

&#191;Parientes? -dijo &#233;l, y yo no fui capaz de comprenderle-. Familia. Deudos.

S&#237; -respond&#237;, porque el alma de los muertos no nos abandona nunca, y suficientes muertos me acompa&#241;aban hasta ese momento-. No -rectifiqu&#233;-, no. No tengo a nadie. Me presento sola ante vos.

Ya veo -a&#241;adi&#243; &#233;l, tras una pausa-. Ahora pertenec&#233;is a la corte de Castilla. Como yo. Y los de Castilla no estamos nunca solos.

Me puso en las manos las peinetas como si dejara all&#237; su palabra. Entre el verde de sus ojos brillaban algunas hebras doradas, muy sutiles.

&#161;Qu&#233; hermosas! -dijo enseguida la reina, que examin&#243; mi regalo con atenci&#243;n-. Un trabajo delicad&#237;simo. Una l&#225;stima que el oro destaque tan poco en los cabellos de do&#241;a Cristina.

Mi madre era tambi&#233;n rubia -contest&#243; el infante, en una de sus escasas r&#233;plicas para ella. Do&#241;a Violante se mantuvo en silencio, claramente ofendida, hasta que mi prometido nos dej&#243;.

Me extra&#241;a que sea don Felipe quien posea las peinetas, y que no hayamos sabido de ellas ni do&#241;a Constanza ni yo. Lo l&#243;gico hubiera sido que las heredara yo, la reina, de manos de la otra reina, o en el peor de los casos, mi cu&#241;ada do&#241;a Berenguela. Sois una muchacha con suerte.

Con evidente desgana me devolvi&#243;, una a una, las cuatro peinetas de oro y piedras.

Qu&#233; extra&#241;o. Y qu&#233; groser&#237;a por parte de don Felipe -remach&#243;.

En otra de sus visitas mi prometido me trajo una jaulita con un animal que yo desconoc&#237;a. Parec&#237;a un gato muy peque&#241;o, con la piel manchada y grandes ojos casta&#241;os y c&#225;lidos.

Es una gineta -me explic&#243;-. Os la regalo a cambio de vuestros gatos. En Castilla se emplea para mantener la casa libre de ratones.

&#161;Qu&#233; indiscreci&#243;n! -dijo la reina, que siempre se las ingeniaba para encontrarse presente en nuestros encuentros-. Tened cuidado, Cristina, y alejad esa alima&#241;a. Muerden sin aviso.

La llamar&#233; Bitte Litten -dije.

&#191;Qu&#233; significa?

Nada -contest&#233;, deseosa de que una m&#237;nima parcela de la corte me perteneciera-. No tiene significado.

Do&#241;a Violante, que orden&#243; con un gesto que apartaran la jaulita de su lado, volvi&#243; a terciar.

Eso no es regalo para una prometida. Do&#241;a Kristina, deb&#233;is pedir algo de precio, que realmente dese&#233;is.

Medit&#233; un instante. En realidad, hab&#237;a pensado en ello desde que hab&#237;a abandonado Noruega, desde la despedida de mi madrina, la abadesa, y los consejos de mi madre.

Una ermita, una iglesia peque&#241;a.

La reina se escandaliz&#243;. Esperaba vestiduras, joyas, algo que, con el tiempo, ella pudiera solicitar o heredar.

&#191;C&#243;mo dec&#237;s?

Una ermita, mi reina. Una ermita a san Olav.

Pero &#191;qu&#233; santo es ese del que habl&#225;is?

Me pareci&#243; tan sorprendente que en Castilla no se venerara a san Olav que mi deseo arreci&#243;.

Como dese&#233;is -dijo mi prometido-. Apenas nos hayamos casado la construiremos.

Sin embargo, don Felipe parec&#237;a olvidarse de los milagros que le contaba, y me pidi&#243; en varias ocasiones que le repitiera las razones de mi devoci&#243;n. Parec&#237;a que s&#243;lo en el sur pod&#237;a darse el caso de un rey santo. Pero san Olav era tambi&#233;n un rey que pertenec&#237;a, aunque remotamente, a mi linaje, y que era conocido por sus prodigios y venerado en todo el pa&#237;s. Los ciegos y los cortos de vista, que en mi pa&#237;s invocaban a san Olav, rezaban aqu&#237; a santa Luc&#237;a de Siracusa, que devolv&#237;a, como mi santo, la vista y las fuerzas.

Cuando se hayan pasado las bodas hablaremos de eso, como de las otras cuestiones pendientes -me repet&#237;a, y cuando sonre&#237;a dos hoyos aparec&#237;an en sus mejillas, m&#225;s profundo el de la derecha.

Har&#233;is bien invocando a san Olav. Tendr&#233;is que ser muy h&#225;bil para mantener vuestra vista &#225;gil y a vuestro marido alejado de peligros -me dijo en una ocasi&#243;n la reina-. &#161;Es tan aguerrido que las damas pugnar&#225;n por arrebatarlo! Muchas condenar&#237;an su alma por albergarlo en su lecho. Aunque tengo entendido que a las mujeres de vuestra tierra os instruyen bien en esas artes.

Estupefacta, tard&#233; un momento en reaccionar.

&#191;Qu&#233;, en nombre de Nuestro Se&#241;or Jesucristo, quer&#233;is insinuar con eso?

Digo que en vuestras tierras las mujeres no viven en la ignorancia, como aqu&#237;. De sobra s&#233; que a algunas princesas s&#243;lo las casan cuando han dado pruebas ya de fertilidad y han tenido un hijo o dos. Por eso se casan mayores que aqu&#237; Vuestras criadas me han contado que amabais a un buf&#243;n llamado Gudleik. Pero que no os averg&#252;ence eso, do&#241;a Cristina. Las costumbres de un lugar no son las mismas que las de otros.

As&#237;, a bofetones, me iba familiarizando con el verdadero car&#225;cter de la reina.

Jan Gudleik era el poeta preferido de mi hermano, y un hombre notable en la corte de la que provengo.

Pero os dedicaba versos.

&#161;Ya vos, se&#241;ora, todos los poetas del reino!

La reina se encogi&#243; de hombros.

&#161;Oh, pero eso es completamente distinto!

Era capaz de enturbiar cualquier alegr&#237;a y de agriar el encuentro m&#225;s dulce. Comenc&#233; a desearle el mal, a reprimir mis deseos de clavarle las u&#241;as en los ojos o en el vientre. Mi consuelo se sosten&#237;a en que tras la boda se nos destinar&#237;an unas tierras y un t&#237;tulo nuevo para don Felipe y me ver&#237;a libre de la tiran&#237;a de aquella aragonesa aborrecible.


Se casaron con los mayores festejos posibles en el pa&#237;s. El mi&#233;rcoles despu&#233;s de las bodas, los dos ministros del rey de Noruega, padrinos de la novia, llegaron a Castilla, para poner al tanto a los nobles de lo que el rey deseaba.


Me cas&#233; en abril, en una ma&#241;ana radiante como no hab&#237;a visto en las taciturnas primaveras de mi pa&#237;s. Hab&#237;a despertado muy pronto, con el canto de los p&#225;jaros que las due&#241;as guardan, como es la moda, en cada c&#225;mara, y que con la primera luz se vuelven locos y celebran continuar vivos, aunque presos. Extend&#237; los brazos en el lecho, para abarcarlo por entero, porque aqu&#233;lla era la &#250;ltima vez que me despertaba sola y como doncella, y cerr&#233; los ojos. A trav&#233;s de los p&#225;rpados pod&#237;a vislumbrar un resplandor rojizo, y si los entreabr&#237;a, un haz de arco iris se colaba entre mis pesta&#241;as.

A&#250;n faltaba para que vinieran a vestirme; me arrodill&#233; en el reclinatorio de mi carromato-capilla, que parec&#237;a inmenso en mi cuarto, y rec&#233; a san Olav y a la Sant&#237;sima Se&#241;ora para que mi matrimonio fuera largo, feliz y fecundo. Record&#233; una vez m&#225;s a mi madre y a mi hermana, y el gusto amargo en la garganta me advirti&#243; de que las l&#225;grimas no se encontraban demasiado lejos. Bitte Litten, la gineta, a&#250;n dorm&#237;a, con el hocico en la barriga, tras haber saltado y jugado durante toda la noche.

Duerme -le dije-. T&#250; no te casas hoy.

Mis ropas nupciales se encontraban dispuestas desde dos d&#237;as antes y ocupaban toda la c&#225;mara: la camisa, muy amplia, con doble hilera de encajes, hab&#237;a sido pensada para que asomara, como espuma, bajo el vestido, que hab&#237;an cortado r&#237;gido y amplio en tejido de oro. Enlazados con cordones, dos tules bordados con perlas part&#237;an de la cintura. Uno colgaba sobre la falda, hasta arrastrar varias varas por el suelo, y el segundo sub&#237;a hasta la cabeza, donde, enganchado con las peinetas que don Felipe me hab&#237;a regalado, dejaban ver las dos trenzas que, a la manera de mi pa&#237;s, hab&#237;a elegido mostrar. Salvo el relicario de coral de mi madre, no luc&#237;a m&#225;s joyas.

Las sirvientas me trajeron una colaci&#243;n ligera, que no toqu&#233;, porque pensaba comulgar, y casi inmediatamente entraron las dos damas que me hab&#237;an asignado: do&#241;a In&#233;s Rodr&#237;guez Gir&#243;n y do&#241;a Juana. A&#250;n no nos comprend&#237;amos bien, y se mostraban agitadas, hasta que les ped&#237; que me dejaran un momento a solas y regresaran cuando se hubieran serenado.

Me sent&#233; ante el enorme espejo de cristal de roca que me hab&#237;a enviado como obsequio el nuevo arzobispo de Sevilla y que, a la manera del sur, se apoyaba contra una plancha met&#225;lica; ve&#237;a mi rostro con tanta claridad como reflejado en un estanque. Me pint&#233; los p&#225;rpados con antimonio y alargu&#233; la curva de las cejas, para que mis ojos parecieran m&#225;s grandes. Do&#241;a In&#233;s, que peinaba con mucha gracia, se acerc&#243; para ayudarme con el velo.

Bonita como una ma&#241;ana de mayo -dijo, y no pude evitar un pensamiento: Pero ahora estamos en abril-. Que viv&#225;is toda la felicidad que yo os deseo.

Clav&#243; la primera peineta y me llev&#233; la mano a la cabeza. Los dientes de la joya, agudos como alfileres, me hab&#237;an ara&#241;ado la piel. Do&#241;a In&#233;s se deshizo en excusas.

&#161;Ay de m&#237;, do&#241;a Cristina, qu&#233; torpe y qu&#233; indigna soy! Vuestro pelo es distinto al de las castellanas, y tambi&#233;n lo hab&#233;is dispuesto de diferente manera. &#161;V&#225;lgame el cielo, si os he hecho sangre!

Era la primera vez que las usaba, y a&#250;n ahora no comprendo c&#243;mo pueden las mujeres soportar estos instrumentos de tortura; pero la vanidad de mantener el cabello alto y lustroso bajo las tocas es m&#225;s fuerte que el sufrimiento y, pese al resto de los pinchazos y puyas que seguir&#237;an, a&#250;n hoy las uso. Do&#241;a Juana le quit&#243; importancia a lo sucedido.

Una gota de sangre sobre vuestro velo de novia Eso es un buen presagio.

Baj&#233; las escaleras de la misma manera lenta y solemne que hab&#237;a ensayado. Al pie de la escalinata me esperaban los noruegos que me hab&#237;an escoltado, los encargados de entregarme. En el mismo sal&#243;n en el que se hab&#237;a celebrado el banquete a mi llegada, pero en esta ocasi&#243;n cubierto de flores y de ramas verdes, di mi consentimiento al matrimonio. Los emisarios de mi padre depositaron ante el infante Felipe y el rey dos documentos, con los que les hac&#237;a saber qu&#233; bienes me acompa&#241;aban y se los donaba, aunque yo tuviera derecho de uso y disfrute de ellos mientras viviera.

Todos los noruegos (el padre Sim&#243;n, el timorato dominico, Peter de Hammar, a quien nunca conoc&#237; bien, Lodin el Velloso e Ivar Englisson, mi buen amigo, Thorleif el Furioso y Amund Haraldsson) desfilaron ante m&#237; y me dijeron adi&#243;s. Cada uno de ellos se arrodillaba y me ped&#237;a la mano. Mientras me la besaba, yo le bendec&#237;a. Durante un instante posaba mi mano en su hombro y hac&#237;a sobre su cabeza la se&#241;al de la cruz. Luego regresaron a su lugar en el sal&#243;n, oscuros y en silencio. No hubiera sido adecuado mostrar alegr&#237;a por perder a una princesa de su sangre.

Entonces, el rey Alfonso le entreg&#243; un anillo al infante, y el infante me lo puso en el dedo &#237;ndice. Lo pas&#243; luego al dedo medio y, por &#250;ltimo, lo coloc&#243; en el anular; me proteg&#237;a as&#237; de las acechanzas del mundo, el demonio y la carne. Era la primera vez, desde que le hab&#237;a elegido, que me tomaba de nuevo la mano, y las suyas, que parec&#237;an delicadas, rozaron la piel de mis palmas, y las sent&#237; &#225;speras. Record&#233; entonces que cazaba, que no se deslizaba su vida &#250;nicamente entre libros y rezos. Las m&#237;as temblaban un poco, muy a mi pesar, aunque para atenuar mi inquietud evitaba fijar en &#233;l la vista: era una figura vestida de grana a mi lado, desdibujada. Ya habr&#237;a tiempo de mirarnos durante el resto de nuestra vida.

Entonces nos dirigimos a la colegiata de Santa Mar&#237;a la Mayor, que mi suegro, el rey Santo, hab&#237;a mandado edificar, para que atendi&#233;ramos a la misa nupcial. Hab&#237;an repartido alimentos de nuevo, y sin duda por eso gritaban a mi paso: la ciudad de Valladolid, como toda Castilla, pasaba hambre, y a m&#237; se deb&#237;a que en el mismo invierno recibieran hogazas y queso, y vino para brindar por la novia.

En la capilla el sol desaparec&#237;a, y en la oscuridad, salpicada de velas, mi marido continuaba siendo la misma sombra esquiva que se mov&#237;a en el rabillo del ojo. Comulgu&#233;, or&#233; de nuevo por mis muertos y por mi vida y repet&#237; las mismas frases santas, consoladoras, que formulaban en estay otra tierra, en todas las iglesias del mundo.

S&#243;lo en el banquete perd&#237; el sabor a incienso que me hab&#237;a llenado la boca, y me pareci&#243; despertar. Me hab&#237;a casado, mi esposo era aquel hombre joven y fuerte que com&#237;a a mi derecha, que aceleraba mi coraz&#243;n con una sola frase, y no un rey caduco o un guerrero enloquecido por la sangre. A&#250;n demasiado cohibidos para mirarnos, compart&#237;amos el mismo plato y la misma cuchara, y, de vez en cuando, sent&#237;a que su pie pisaba mi velo de encaje. Con suavidad, tiraba del tejido para librarlo de la presi&#243;n. El rey nos bendijo, y se iniciaron los brindis en nuestro honor.

Por la princesa -dijeron los noruegos.

&#161;Por la infanta! -gritaron los castellanos.

Yo apenas beb&#237;, aunque mi &#225;nimo me inclinaba a ello. Con el est&#243;mago vac&#237;o, tem&#237;a que el vino me sentara mal y retirarme mareada. Inquieta, hac&#237;a girar el anillo de bodas en mi dedo. Me quedaba muy grande.

Nos dijeron que erais una mujer alta -dijo mi marido. Fue la &#250;nica frase que cruzamos en el d&#237;a de nuestra boda.

Luego a m&#237; me condujeron a la c&#225;mara nupcial, donde me despojaron de las ropas y de las peinetas asesinas. El encaje, como me tem&#237;a, se hab&#237;a rasgado y ensuciado. Tendr&#237;a que repararlo. En el lecho, aguard&#233; despierta hasta que do&#241;a In&#233;s se desliz&#243; hasta mi cabecera, silenciosa como un rat&#243;n, y me dijo que durmiera tranquila, que se hab&#237;an llevado al infante Felipe, completamente ebrio, como casi todos los otros caballeros, a otra estancia.

Otra noche ser&#225; -a&#241;adi&#243;, con dulzura, y apag&#243; el candil. Yo tard&#233; a&#250;n en cerrar los ojos, con un pu&#241;ado de angustia en el est&#243;mago y el insoportable silencio del cuarto, vac&#237;o sin las carreras de Bitte Litten, por toda compa&#241;&#237;a.


Entonces los noruegos se prepararon para el regreso: el obispo Peter, los hijos de Amund Haraldsson (Andreas y Peter) regresaron a Noruega. Ivar Englisson y Thorleifel Furioso partieron hacia Jerusal&#233;n. Ivar muri&#243; por el camino. Nadie supo de qu&#233;.


Me desped&#237; de Ivar y de Thorleif la v&#237;spera de su viaje. Segu&#237;an ruta en una comitiva distinta: sin que supiera la raz&#243;n, posiblemente la de indagar en las garant&#237;as dadas a mi padre en caso de que particip&#225;ramos (participaran) en una Cruzada, se les mandaba a Tierra Santa.

Por Dios Nuestro Hacedor -les supliqu&#233;-, no os vay&#225;is tan pronto. No me dej&#233;is sola. El resto de la comitiva partir&#225; dentro de una semana. A&#250;n no conozco las costumbres de este reino, a&#250;n no tengo un solo amigo

Se&#241;ora -dijo Thorleif-, nuestro viaje ha terminado. Hemos cumplido con lo que se nos encomend&#243;, y vos recibir&#233;is aqu&#237; el respeto debido a una infanta de Castilla. Ya no os une nada a nosotros. Dios os guarde.

Por favor

Thorleif se alej&#243; y aguard&#243; a que su compa&#241;ero le siguiera. Me dirig&#237; a Ivar:

Por favor, convencedle. Interceded por m&#237;. Dos o tres semanas m&#225;s no os supondr&#225;n una gran demora.

Hemos de contar con el clima -dijo con suavidad- y con las lluvias de primavera, y ya ha pasado la Pasi&#243;n del Se&#241;or. Nuestro tiempo para marchar es ahora.

Pero -comenzaron a asomar a mis ojos las l&#225;grimas- &#191;qu&#233; voy a hacer sin vos? &#191;Qui&#233;n me aconsejar&#225;?

&#201;l esboz&#243; una sonrisa.

Mis consejos no os han calado en demasiada profundidad. Os advert&#237; de que &#233;sta era una corte hostil. Ser&#237;ais m&#225;s feliz en la de Arag&#243;n, pero ahora es demasiado tarde. Os han casado con un buen gal&#225;n. Aprovechadlo, ya que al viejo no lo quisisteis.

&#201;se es un comentario cruel.

Acostumbraos. Escuchar&#233;is muchos as&#237; de ahora en adelante.

Me sent&#233;, deshecha en sollozos. &#201;l me contempl&#243;, con el semblante imp&#225;vido.

Hay algo por lo que deb&#237; daros las gracias hace mucho tiempo, pero el pudor me lo impidi&#243;.

Intrigada, busqu&#233; su mirada.

Es un favor antiguo, de la &#233;poca en la que vuestro hermano, el rey, viv&#237;a. Yo era m&#225;s joven, y pensaba menos las cosas, y por eso mismo era m&#225;s feliz: luchaba si me lo ped&#237;an, com&#237;a cuando era el momento y beb&#237;a siempre que pod&#237;a. Entonces, mi regimiento lleg&#243; a Bergen, nos instalamos en el palacio y desde el patio vi a varias doncellas en las ventanas. Haakon me mostr&#243; a su esposa. La aborrec&#237;a con todo su ser, pero era hermosa y de cuerpo ligero, y las noches se le hac&#237;an m&#225;s breves que los d&#237;as. Junto a ella contempl&#233; por primera vez a una mujer que me rob&#243; el aliento.

Intent&#233; interrumpirle, pero no me dej&#243;.

Callad. Durante meses persegu&#237; a esa muchacha, sabedor de que mi coraz&#243;n no ser&#237;a m&#225;s que una piedra si no me amaba. Aunque ella ni siquiera reparaba en mi existencia, la ilusi&#243;n de verla de nuevo al d&#237;a siguiente me estremec&#237;a. Todo lo que cuentan los poetas se convirti&#243; en verdad. Me hubiera gustado iniciar una guerra s&#243;lo por ella, o batirme en duelo para demostrarle que mi vida no val&#237;a nada si ella lo decid&#237;a as&#237;. Yo no era ingenuo, ten&#237;a ya dos hijos con la otra, pero aquello no se parec&#237;a a nada de lo que hab&#237;a experimentado. Sent&#237;a celos de lo que la rodeaba, de las mismas due&#241;as que se sentaban y se re&#237;an con ella. Pero ella no me miraba

Recordaba con precisi&#243;n el regreso del que hablaba, y aparec&#237;an en mi memoria los encuentros en los corredores con Ivar y Haakon, mi f&#233;rrea determinaci&#243;n a no dedicarle un pensamiento, ni a &#233;l ni a ninguno de los de su clase, porque, al fin y al cabo, mi futuro se encontraba en otra parte. Con un dolor que me imped&#237;a respirar, le vi de nuevo en los salones familiares, riendo con mesura las ocurrencias de los bufones y las siempre inesperadas de Gudleik, y di un sentido distinto a mi sorpresa al encontrarlo all&#237; con tanta frecuencia.

S&#237; os miraba, pero yo

Entonces, un d&#237;a, cuando cre&#237;a, porque as&#237; me lo dec&#237;an sus ojos y porque me lo hab&#237;an asegurado las siervas, que podr&#237;a tener una esperanza, supe que se hab&#237;a marchado. La hab&#237;ais enviado a las islas Feroe porque os hab&#237;a destrozado un vestido, me contaron, y os juro que durante meses os odi&#233; por ello con mayor virulencia de la que he odiado jam&#225;s a nadie. En vano ped&#237; que me destinaran al norte, o intent&#233; encontrarla. Se la hab&#237;a tragado el hielo y la distancia. Tal y como sospechaba, mi alma se hab&#237;a partido, como un huevo, y todo lo que manaba de ella era ponzo&#241;a.

Yo ya no lloraba. Ten&#237;a la boca seca, y, de pronto, con un monstruoso latido, mi coraz&#243;n se desboc&#243;.

Luego, con el tiempo, me di cuenta de que me hab&#237;ais hecho un enorme servicio: ella no era sino una dama menor. Al cabo de un a&#241;o, me hubiera hartado de ella, y para entonces hubiera sido tarde, los votos hubieran sido formulados y no habr&#237;a tenido remedio. Ped&#237; a Haakon que me prometiera a una dama de mayor alcurnia, y as&#237; lo hizo. Cuando regrese de la embajada en Tierra Santa, me casar&#233;. Es condesa, y a&#250;n muy joven, aunque ya hu&#233;rfana. De manera que os debo haber encontrado una fortuna mejor.

Entonces -dije, con un hilo de voz- me alegro de no haberos supuesto &#250;nicamente males y penas.

He aprendido de vos a no tener en cuenta lo que me dicen mis emociones, y a ahogar las palabras y los gestos. Os he observado a lo largo del viaje: digna, bella y fr&#237;a como una estatua. Ni por un momento se os ha conmovido el semblante ni hab&#233;is hecho una excepci&#243;n a vuestra disciplina. No hab&#233;is mirado ni por un descuido a quienes os serv&#237;an o escoltaban. Adelante, siempre adelante. Cuando tuvimos que dejar atr&#225;s al joven Jan, un ni&#241;o apenas, ni siquiera reparasteis en su ausencia. Las lavanderas lloraban con los dedos quebrados por el fr&#237;o, y vos las castigabais sin pan, porque se retrasaban en la colada. Os hab&#233;is olvidado de lo que era ser joven, o nunca lo hab&#233;is sido. Una aut&#233;ntica princesa.

Suspir&#243;. Yo, sin poder contenerme, suspir&#233; tambi&#233;n, aunque con m&#225;s amargura, m&#225;s profundamente.

La &#250;nica ocasi&#243;n en la que os vi con alma de mujer fue en la cena con el rey Jaime: &#233;l os hubiera entendido. Hubiera sido vuestro amigo, y vos hubierais sido reina, y no una sombra m&#225;s en esta corte poblada de ellas. Pero hab&#233;is preferido a un barbilindo segund&#243;n. En vuestro pecado llev&#225;is la penitencia, infanta -a&#241;adi&#243;, separ&#225;ndose de m&#237;-. Y vamos, reponeos, do&#241;a Cristina. Hoy es la primera ocasi&#243;n en la que os veo llorar, y no es digno que lo hag&#225;is porque se os marchan los escuderos. Aferrad ese trozo de hielo que ten&#233;is por entra&#241;as, y que os congele las l&#225;grimas. Las m&#237;as se secaron hace mucho tiempo por vuestra culpa.

Dio media vuelta y sali&#243; de la estancia, sin aguardar mi respuesta y sin que yo reuniera aliento para decir nada. Con un esfuerzo, me acerqu&#233; a la ventana. No los vi cruzar el patio interior. Cuando llegaron mis due&#241;as para desnudarme, la hinchaz&#243;n de mis ojos hab&#237;a desaparecido, y para cuando mi esposo se acost&#243;, ya hab&#237;a recuperado la serenidad.

Yo no recordaba a ning&#250;n Jan.

Yo ya no recordaba a casi nadie.

Ivar llevaba raz&#243;n. Durante los siguientes meses mi pecho se deshizo en hiel hacia su nombre. Retazos de su conversaci&#243;n regresaban a mi mente cuando menos lo esperaba y se me clavaban como trozos de loza. Murmuraba su nombre con tanta rabia que sent&#237; miedo a perder el juicio, aquella revelaci&#243;n la gota de tantas otras humillaciones y trabajos que colmaban ya la copa.

Luego, con el tiempo y sus trabajos, pensaba en &#233;l con menos sa&#241;a. Algunos de los momentos transcurridos en el viaje (las partidas de ajedrez, las llegadas a las ciudades, los breves momentos de contacto) se alternaban en mis maldiciones. Cuando lleg&#243; a Sevilla la noticia de que hab&#237;a muerto, le llor&#233; sinceramente. Yo me encontraba ya enferma y todo lo que sonaba a Noruega me parec&#237;a una cura. Su muerte no supuso el perd&#243;n definitivo, no obstante. En ocasiones, Dios me perdone, le aborrezco y le deseo una larga estancia en el Purgatorio: un a&#241;o por cada una de las odiosas palabras de aquella hilera de mentiras y malinterpretaciones con las que me azot&#243; antes de marcharse.


En el oto&#241;o de 1258 el s&#233;quito de la princesa Kristina, el padre Sim&#243;n, Lodin el Velloso y Amundi Haralsson, pusieron pie en tierra noruega. Hab&#237;an regresado en un barco, atravesando la mar. El obispo Peter hab&#237;a viajado por tierra, hasta Flandes, y por lo tanto lleg&#243; m&#225;s tarde. Andreas Nicolasson se qued&#243; un a&#241;o en Francia. Al llegar el obispo y los ministros ante el rey Haakon le trajeron gran n&#250;mero de noticias del extranjero. Insistieron sobre todo en c&#243;mo el rey de Castilla hab&#237;a recibido a la princesa Kristina y a todo su s&#233;quito, y en la generosidad con la que los hab&#237;a despedido, cargados de presentes. Tra&#237;an consigo ochocientos marcos de plata, adem&#225;s del importe necesario para el viaje. Con todo aquello, era clara la buena disposici&#243;n del rey castellano hacia el noruego. Adem&#225;s, hab&#237;a jurado su apoyo y ayuda al rey Haakon en caso de guerra contra cualquier pa&#237;s, salvo Francia, Inglaterra y Arag&#243;n, donde reinaba su suegro. El rey Haakon prometi&#243; a su vez ayuda en caso de guerra, salvo que Castilla atacara Inglaterra, Suecia o Dinamarca.

Por aquel entonces estaba el rey Alfonso muy ocupado con sus guerras contra los infieles, y le interesaba mucho que el rey Haakon le prestara ayuda en ellas. El rey Haakon hab&#237;a hecho promesa de que combatir&#237;a en una cruzada, y el castellano hab&#237;a logrado del Papa que su guerra en &#193;frica contara como si hubiera tenido lugar en Jerusal&#233;n.


Les regalaron un leopardo. &#191;Puede ser eso posible? Un leopardo que, como mi imagen reflejada en el nuevo espejo, hab&#237;a seguido un viaje similar al m&#237;o pero en sentido inverso, de sur a norte, desde el coraz&#243;n de &#193;frica a la llanura amarilla de Burgos.

Lodin se hizo cargo del obsequio. No era diferente a un gato grande, salvo en que le gustaba m&#225;s el cordero que el pollo y en su bella piel. Permit&#237;a que se le acariciara, y se le pod&#237;a pasear como a un perrito. A Magnus le encantar&#237;a.

No s&#233; qui&#233;n cuid&#243; de &#233;l, porque Lodin no destacaba por su delicadeza (me estremec&#237;a cuando clavaba las espuelas en su caballo como si me las hincara a m&#237;), pero el leopardo lleg&#243; sano y salvo a Noruega. Soport&#243; el fr&#237;o de los Pirineos, el tedioso viaje en barco, las penalidades y el fr&#237;o paralizante del sur de Noruega. Durante los mismos a&#241;os que yo he pasado en Sevilla, ha comido con apetito y ha sido la joya del parque animal de mi hermano. En sus cartas, mi madre siempre me habla de &#233;l.

En esos d&#237;as debimos reunimos mi marido y yo con el rey y con sus consejeros, porque faltaba por acordar nuestro futuro, y quer&#237;an que supiera y firmara el inventario de mi dote.

Nos hab&#233;is dado grandes alegr&#237;as -anunci&#243; el rey Alfonso- y enorme fama. Desde tiempos de la reina Riclitza, que se despos&#243; con el emperador Alfonso, ninguna princesa hab&#237;a viajado tan lejos para casarse en Castilla. Ahora, tras los tiempos de celebraciones y de vacas gordas, llegan las estrecheces y las vacas flacas. Este reino es pobre, se&#241;ora, y gusta demasiado del lujo. Deb&#233;is saber que de hoy en adelante, finalizadas las fiestas de vuestras bodas, hemos de vivir de otra manera.

El discurso se hac&#237;a tedioso, porque las palabras del rey, que se dirig&#237;a a m&#237; en franc&#233;s, se traduc&#237;an con toda calma al castellano, para que todos quedaran enterados y conformes.

No aport&#225;is tierras al matrimonio, pero no os amaremos menos por eso -continu&#243; el rey-. Para que viv&#225;is con dignidad, entrego a mi hermano, el infante, las villas de Piedrah&#237;ta, Valdecorneja, La Horcajada y Almir&#243;n. Doyle tambi&#233;n las rentas del obispado de &#193;vila y de Segovia, y las del arzobispado de Toledo y de Sevilla, hasta que encontremos sustituto para su silla. Le concedo los impuestos reales que paga la ciudad de &#193;vila, los cristianos por San Mart&#237;n y los jud&#237;os cuando es la costumbre, y le mantengo la herencia que le leg&#243; nuestra abuela do&#241;a Berenguela, que le mostr&#243; mucho amor.

Por lo dem&#225;s, de vuestra dote, salvo el tercio real, podr&#233;is llevaros todo lo que os pertenece y administrarlo a vuestro antojo. Y si algo os falta, no os apur&#233;is, que proveeremos en todo y os ayudaremos en lo que haya menester.

Fue as&#237; como supe que mi marido carec&#237;a de toda propiedad antes de nuestro matrimonio y que, salvo amigos y aliados, la mayor parte de su fortuna era la que hab&#237;a conseguido con mi dote. Me cab&#237;a a m&#237;, por tanto, pasar a moneda castellana cu&#225;nto podr&#237;amos destinar a servidumbre y cu&#225;nto a vivienda, qu&#233; gastos pod&#237;amos permitirnos y qu&#233; dineros vendr&#237;an cada a&#241;o de las rentas.

Don Felipe tamborileaba con los dedos sobre la mesa, y sus u&#241;as ovaladas, algo largas, repiqueteaban mientras yo le preguntaba por los detalles.

&#191;Es esto necesario? -pregunt&#243;.

Yo levant&#233; la cabeza, sorprendida.

Nos va en ello la vida.

Mi hermano me humilla deliberadamente. Nunca quiso que abandonara la Iglesia, y nos concede ahora apenas lo necesario para sobrevivir.

No os preocup&#233;is, mi se&#241;or -dije-. Saldremos bien de todo. Me he casado con vos para compartir vuestro destino y, sea el de la pobreza o el de la gloria, estar&#233; a vuestro lado.

Pude ver en su expresi&#243;n que no le agradaba que le recordara que no pose&#237;a bienes; pero tampoco para m&#237; era plato de gusto, y quiz&#225;s fuera aqu&#233;lla la &#250;nica ocasi&#243;n para reproch&#225;rselo.

Iremos al sur -decidi&#243; &#233;l-. La vida es m&#225;s barata, y a&#250;n conservo deudos del arzobispado. Preparaos para viajar a Sevilla, donde tomaremos casa. &#191;Pod&#233;is organizar el viaje para dentro de dos o tres d&#237;as? Hablad con las damas, y tomad alguna due&#241;a. El resto lo compraremos all&#237;.

En dos d&#237;as estar&#233; lista -promet&#237;, y me ve&#237;a capaz de hacerlo incluso en menos, porque a&#250;n estaban empacadas mis posesiones, y ansiaba huir de Valladolid, lejos del aire que viciaba la reina.

Llam&#233; a las dos damas que me acompa&#241;ar&#237;an y acord&#233; con ellas un sueldo y privilegios. Do&#241;a Juana, envejecida y solterona, no contaba con otra opci&#243;n, pero supon&#237;a que con el viaje tendr&#237;a que dejar atr&#225;s a do&#241;a In&#233;s, una belleza de pesta&#241;as r&#237;gidas que bordeaban dos enormes ojos negros. Para mi sorpresa, accedi&#243;.

No tengo otro prop&#243;sito, y vos me lo pagar&#233;is bien.

Le hice saber que se encontraba en la mejor edad para casarse, y que Sevilla no era Toledo o Valladolid. Me mostr&#243; un anillo con una cruz.

He hecho voto de castidad por cinco a&#241;os, se&#241;ora, por una merced que me concedi&#243; la Sant&#237;sima Virgen. Y s&#233; que al cabo de esos cinco a&#241;os vos me dar&#233;is el marido que merezco.

Solventado el asunto de las damas, que resolver&#237;an, a su vez, gran parte de mis problemas, no quedaba sino pedir la venia a la reina.

Os vais, entonces -dijo, secamente.

Si vos me dais vuestra bendici&#243;n.

Ella rompi&#243; a re&#237;r.

&#161;Al fin os dais cuenta de la realidad y repar&#225;is en qu&#233; lugar os encontr&#225;is! Pobre do&#241;a Cristina, la venda ha ca&#237;do de vuestros ojos. Pensabais que el mundo era vuestro, que todos nos arrodillar&#237;amos ante vos. &#191;Sab&#233;is cu&#225;ntos dineros me da el rey, para que comamos? Ciento cincuenta maraved&#237;es para &#233;l y ciento cincuenta para m&#237;, y no m&#225;s. Para el resto, he de apa&#241;arme con la mitad, salvo cuando recibimos visitantes extranjeros. &#191;Os extra&#241;aba que os demostraran tanto amor, noruega? Com&#237;amos mejor por vos y por los vuestros. Ahora que sois castellana, regresa el hambre a la corte. El rey vive a dieta y, por mantener su salud, el resto del reino ayuna. Hemos de elegir entre d&#237;as de carne y d&#237;as de pescado, y nunca m&#225;s de tres pescados o dos pedazos de carne. Desped&#237;os de las sedas y de vuestros armi&#241;os, de los bordados de escarlata o del dorado de vuestro vestido de novia, porque est&#225;n prohibidos. S&#243;lo pueden traerlos los extranjeros, y vos ya sois de las nuestras. No podr&#233;is mostrar m&#225;s de tres t&#250;nicas al a&#241;o, porque estrenar cuatro es un privilegio que se guarda el rey, como vestir de rojo. Vivimos tiempos de crisis, do&#241;a Cristina, y el rey ha de dar ejemplo. Vuestro manto real se deshar&#225;, el hilo de oro fundido y las perlas vendidas para sufragar la campa&#241;a del Imperio. Dad gracias a mi generosidad, que no os arrebato los ostentosos tules de boda que lucisteis para verg&#252;enza de nuestro pueblo. &#191;No os dije que tendr&#237;ais sorpresas? Pues bien, halladlas aqu&#237;. Id, id a Sevilla. En mala hora ir&#233;is. Y preocupaos por tener muchos hijos, porque, por cada uno, vuestra renta sube. Iba yo a soportar estas fatigas, de no ser as&#237;.

Corr&#237; a los aposentos de do&#241;a Constanza y golpe&#233; desesperada, hasta que me abri&#243;. Con las ropas revueltas y el cabello desordenado, comprend&#237; que la hab&#237;a despertado de su siesta&#161;

&#191;Por qu&#233; es as&#237;? &#191;Por qu&#233; se comporta conmigo de esa manera? &#191;Qu&#233; mal le he hecho yo?

Ella me ofreci&#243; asiento; se pein&#243; con los dedos antes de responderme.

No es culpa suya, &#191;entend&#233;is? Siempre ha sido as&#237;. Es la sangre de los h&#250;ngaros, que nunca se harta de crueldad. Deb&#233;is disculparla, porque es superior a sus fuerzas. No sopesa lo que dice, y luego se arrepiente. La he escuchado llorar durante sus confesiones. Nosotras, las que somos m&#225;s fuertes, debemos comprenderla y disculparla.

Me levant&#233; del lecho en el que me hab&#237;a derrumbado y camin&#233; hacia la puerta, muy despacio. Como el efecto de los venenos, que tomados en peque&#241;as raciones sirven de ant&#237;doto a los nobles, aquella mujer buena, pero d&#233;bil, se hab&#237;a inmunizado contra el desprecio, el asco y el dolor.

Esa noche mand&#233; llamar a mi se&#241;or. Nuestro matrimonio a&#250;n no se hab&#237;a consumado, y la rabia y la inquietud me hac&#237;an caminar de un lado a otro de mi aposento, furiosa por las humillaciones y la incomprensi&#243;n, con Bitte Litten oculto bajo la cama o una silla.

Don Felipe vino a verme cuando frisaban las diez de la noche. Su cabeza rozaba el dintel de la puerta, pero avanzaba con la gracia que le era propia.

&#191;Resolvisteis los problemas?

Dentro de dos d&#237;as partimos hacia Sevilla.

Sois una mujer cabal.

Se mov&#237;a con lentitud y cuidado, como si diera caza a un animal salvaje.

Venid -le dije, se&#241;alando la cama. Yo estaba ya en camisa-. Acercaos.

Le aferr&#233; por el jub&#243;n. Deshice, una a una, las ataduras de su camisa, le despoj&#233; de las botas. Sent&#237;a a la altura de las sienes, donde a&#250;n me dol&#237;an las heridas de las peinetas, una presi&#243;n seca, la de los deseos a punto de verse satisfechos, y una fiebre repentina en la frente. Mis dedos, que tanto hab&#237;an temblado en la ceremonia de boda, caminaban seguros sobre las telas y la piel desnuda.

Tengamos un hijo -dije-, y si es hembra, que se llame Mar&#237;a Fernanda, en honor de vuestro padre -le susurr&#233; al o&#237;do-. Y si nos lo mandan var&#243;n, que se llame Felipe Magno. As&#237; se iniciar&#225; con vos una nueva estirpe de reyes.

El infante don Felipe sonri&#243;, complacido. Aun as&#237;, su hermosa mirada parec&#237;a fijarse en algo que no era yo.

Sois una bruja -dijo-. No puedo negaros nada.

Temblando, me desnud&#233;. Mis trenzas se desparramaban sobre la almohada. Mi marido se inclin&#243; sobre m&#237;, me bes&#243; en la frente y luego me dio la espalda.

Que pas&#233;is una buena noche, do&#241;a Cristina -me dijo.


Eso fue todo entonces.

Qu&#233; m&#225;s da ahora.



SEVILLA


1262


Sempr' a Virgem groriosa faz aos seus entender quando em algua cosa filha pesar ou prazer.

E desta gram maravilha um chanto mui doorido vos direi que end' ave&#245;, sol que me seja o&#237;do, que conteceu em Sevilha quando foi o apelido dos mouros, como g&#227;arom Xerez com seu gram poder.

Entom el rei Dom Afonso, filho del rei Dom Fernando, reinava, que da reinha dos ceos t&#237;a bando contra mouros e crisch&#227;os maos, e, demais, trabando andava dos seus miragres grandes que sabe fazer.

Cantiga 345, atribuida a Alfonso X el Sabio


De lo que contesci&#243; a un mancebo que cas&#243; con una mujer muy fuerte et muy brava

E asent&#243;se et cat&#243; a cada parte teniendo la espada sangrienta en el regazo: et desque cat&#243; a una parte et a otra et non vio cosa viva, volvi&#243; los ojos contra su mujer muy bravamente et dijol con grand sa&#241;a teniendo la espada en la mano: -Levanta vos et datme agua a las manos. E la mujer que non esperaba otra cosa sin&#243;n que la despedazar&#237;a toda, levant&#243;se muy apriesa et diol agua a las manos. E acost&#225;ronse a dormir: e desque hobieron dormido una pieza dijol &#233;l:

Con esta sa&#241;a que hobe esta noche non pude bien dormir. Catad que non me despierte eras ninguno e tenedme bien adobado de comer.

E cuando fu&#233; gran ma&#241;ana los padres et las madres et los parientes llegaron a la puerta, e cuando ella los vio lleg&#243; muy paso et con grand miedo et comenz&#243;les a decir:

Locos traidores &#191;qu&#233; facedes? &#191;c&#243;mo osades llegar a la puerta nin fablar? &#161;Callad! Sin&#243;n todos, tambi&#233;n vos como yo, todos somos muertos.

Don Juan Manuel, El conde Lucanor, Ejemplo XXXV



Ahora qu&#233; m&#225;s da ya si mi matrimonio se consum&#243; o no. Ha pasado ya tanto tiempo que las verdades se desl&#237;en, como los tintes en el agua, y se convierten en otros colores que no fueron. Durante cuatro a&#241;os, mi esposo ha sido un atento y fiel servidor. Tan s&#243;lo me ha defraudado en dos campos: uno, en la batalla que se libra en la cama. Dos, en la promesa de que erigir&#237;a la capilla a san Olav, el &#250;nico deseo que le he formulado.

Por decirlo de una manera, en lo &#250;nico en lo que deb&#237;a haberme honrado, me ha desatendido. Pero por decirlo de otra, de tantas formas en las que pod&#237;a ofenderme, s&#243;lo lo ha hecho en dos. No resulta tan mal trato cuando se pacta con infantes de Castilla.

En lo dem&#225;s, lo s&#233; yo y lo sabe toda Sevilla, don Felipe es un caballero perfecto, formal y galante. Me ha atendido con todo cuidado en la salud y en la enfermedad. Respecto a la pobreza y la riqueza, mejor callemos: ambos sabemos qu&#233; le debemos a mi plata quemada, y qu&#233; a sus rentas de &#193;vila.

Hace hoy doce d&#237;as desde que me atrev&#237; a bajar por &#250;ltima vez al patio. Me encontraron dormida, casi me dieron por muerta. Con mucho estruendo, posiblemente mucho m&#225;s del necesario, y, sin duda, tanto como con el que me hab&#237;an bajado, me subieron a mi cuarto, me fregaron las mu&#241;ecas y las sienes, y cuando volv&#237; en m&#237;, todos ellos juraron que no me hab&#237;an dejado sola en mi silla ni por un instante.

Se&#241;ora, por mi honor -protestaron las due&#241;as-. So&#241;&#225;is. &#191;C&#243;mo cre&#233;is que os abandonar&#237;amos, sabedoras de vuestra debilidad?

Porque os conozco, malditas.

Se&#241;ora, son inventos de vuestra imaginaci&#243;n.

El cirujano no se atrevi&#243; a sangrarme. Con aire grave, midi&#243; mi pulso y mi aliento.

Se&#241;ora, hice cuanto pude. Est&#225; todo ahora en manos de Dios. Solicitad confesi&#243;n y pedid la Santa Unci&#243;n, no vaya vuestra alma pur&#237;sima a padecer males por no haberos yo advertido.

Estall&#233; en una carcajada tan ruidosa, tan poco aristocr&#225;tica, que el pobre hombre pens&#243;, sin duda, que hab&#237;a perdido el juicio.

Marchad en paz -dije, a&#250;n ri&#233;ndome-, y que mi bendici&#243;n os acompa&#241;e. Hab&#233;is sido un buen hombre.

A solas, de vez en cuando sigo riendo sin control. Muy pocos ser&#237;an capaces de entender la fina iron&#237;a de mi destino. Han tardado tanto en nombrar un nuevo obispo para Sevilla que los &#243;leos que me ungir&#225;n ser&#225;n a&#250;n los que fueron consagrados por mi marido.

Por fin, accede el buen abad a prepararme para confesi&#243;n general. Muy azorado, me toma una mano y se dispone a escucharme cuando as&#237; lo tenga a bien.

Me acuso, padre

&#161;Confesi&#243;n general! La nuera de un hombre santo no debe temer las penas del infierno. La cu&#241;ada del preferido de Mar&#237;a Sant&#237;sima no ha de flaquear ante las oscuras acechanzas ni ante los caminos malignos. Pero yo soy yo. Sin cu&#241;ados ni suegros, todo el podrido pavor que mi alma me inspira fermenta ante m&#237; y me deja indefensa y desnuda.

Me acuso, padre, de

Confieso, padre, que he pecado. He pecado mucho de palabra, obra. He pecado, sobre todo, de omisi&#243;n. Confieso mis pensamientos, mis frases, confieso los malos deseos de mi coraz&#243;n, las viles inclinaciones de mi temperamento, las aflicciones, la tendencia, heredada de un lejano pariente, a la man&#237;a melanc&#243;lica y la desesperaci&#243;n. Tomo aliento y me dirijo al cl&#233;rigo.

Os mandar&#233; llamar, abad, cuando haya hecho examen de conciencia.

Se&#241;ora, urge que

No anida en m&#237; el menor deseo de morir sin confesi&#243;n. Pero antes he de atender algunos asuntos m&#225;s mundanos y, sobre todo, he de asegurarme de que se hace previsi&#243;n de dineros y de intenciones para erigir mi capilla a san Olav.

Ese dinero, do&#241;a Cristina, que por fuerza ha de ser una suma cuantiosa, estar&#237;a mejor repartido entre los pobres, y no destinado al culto de un santo desconocido.

Me incorporo para mirarle, para una &#250;ltima ojeada a ese rostro afeminado y blando. &#191;Desconocido, mi santo? Como con el cirujano, s&#243;lo me apetece re&#237;rme y burlarme de &#233;l en su propia cara. El abad Quint&#237;n ha refrenado su miedo a enfermar, ha dedicado su precioso tiempo a visitarme y a aleccionarme, me ha destacado entre las nobles damas de su predilecci&#243;n con la esperanza de quedarse con el legado para san Olav. &#161;Qu&#233; obvio resulta ahora eso! &#191;Qu&#233; parte de ingenuidad resid&#237;a a&#250;n en m&#237; como para imaginarme otras razones?

Nunca cre&#237; que sintiera aprecio por m&#237;. &#191;Por qu&#233;, entonces, me duele saber que, otra vez m&#225;s, me he equivocado en mi juicio sobre una persona? Dudo si desenga&#241;arle. Dudo si dar rienda suelta a mis impulsos y soltar la carcajada que se aprisiona en mi garganta. Como tantas otras veces, trago saliva y miento.

No os aflij&#225;is por eso, abad, que lo que destine a la capilla se os dar&#225;, en igual moneda y cantidad, para que lo administr&#233;is a vuestro antojo.

El hombre cambia su expresi&#243;n: intenta contener su regocijo.

Vuestra generosidad, se&#241;ora

Ahora estoy fatigada. Bendecidme y partid, que harta hora es de ello.

He mandado llamar a Baruch. Hemos de cerrar asuntos de importancia, y a &#233;l corresponde explic&#225;rselos a mi esposo, el infante. Pobre don Felipe: &#191;qu&#233; ser&#225; de su vida sin m&#237;? Do&#241;a In&#233;s ha entrado para aderezarme. Su rostro se ha acostumbrado a mi tez amarilla y al olor extra&#241;o de mi cuerpo, y sin una vacilaci&#243;n cubre mis brazos y mis pies de perfume, ajusta mis pieles a la cintura, anuda mis cabellos en la tortura constante y coqueta de mis peinetas. Disimulo una mueca de dolor.

Cuando Baruch salga, venid vos -le digo-. He de hablaros de mis &#250;ltimas disposiciones.

Como gust&#233;is, do&#241;a Cristina.

La veo marchar, su paso gr&#225;cil y la cintura firme, sin que haya envejecido un d&#237;a en estos cuatro a&#241;os, hermosa, delicada y siempre sonriente. Entonces, incorporada en el lecho, mi consejero de confianza accede a la habitaci&#243;n. Se detiene un instante en el dintel. Vacila.

&#193;nimo, se&#241;ora -me dice-. A&#250;n hay esperanza.

Presentad los n&#250;meros -contesto yo.

La presencia de la muerte me otorga valor y una sonrisa de cierta crueldad se acerca a mis labios de cuando en cuando. Por primera vez en mi vida no me importan las reacciones ajenas, y esa sensaci&#243;n me invade la sangre con tanto &#237;mpetu que me sorprende no hab&#233;rmela permitido antes.

Baruch, minucioso, me explica que con la primavera hemos duplicado las cabezas de ganado menor en Castilla.

Se espera que las exportaciones de lana sean buenas, mejores, en todo caso, que el a&#241;o anterior. En Portugal hubo peste y murieron muchas ovejas, con lo que poco podr&#225;n ofrecer a sus compradores.

Se han recaudado los impuestos de mi marido y se han colocado a buen inter&#233;s. Los dineros que se emplearon en las expediciones a G&#233;nova, ya amortizadas, crecen a buen ritmo, y otra parte se invirti&#243; en herrer&#237;as en Vizcaya y en los negocios que se traen los navarros con los peregrinos que avanzan hacia el oeste.

Nada de lo que preocuparse tampoco ah&#237;. Conf&#237;o en las garant&#237;as que nos ofrecen.

He plantado olivos hasta que mi vista se ha aburrido de las motas verdes sobre la tierra amarilla. El resto de mis inversiones, los pr&#233;stamos a cristianos y moros interpuestos a su nombre, el de Baruch, me son beneficiosos, y si se mantienen as&#237; en los pr&#243;ximos dos a&#241;os legar&#225;n una peque&#241;a fortuna a mi viudo. Tras absurdos esfuerzos, soy miembro del Honrado Consejo de la Mesta, o, siendo precisos, lo es don Felipe, y ellos cuidar&#225;n de mis ovejas y mis corderos.

Y esto es todo, se&#241;ora. Espero haberos servido bien, y que lo que os cuento sea de vuestro agrado.

He seguido las ense&#241;anzas del Evangelio y estoy en circunstancias de responder por el destino de los talentos que me encomendaron. Desde que llegu&#233; al reino he vivido y visto tal pobreza que no he tolerado, bajo protecci&#243;n real, que un solo mendigo se marchara sin auxiliarle.

Encuentro a Baruch mucho mayor de lo que era hace cuatro a&#241;os, cuando lo conoc&#237;. Tras la boda, mientras era claro que nuestro destino se encontraba en el sur, don Felipe quiso mostrarme sus heredades en Burgos y Covarrubias.

Mucho me agrad&#243; Covarrubias: de no encontrar Sevilla tan de mi gusto, no me importar&#237;a vivir all&#237;, cerca de un r&#237;o murmurador, rodeada de tantas y tan bellas casas que no me faltar&#237;a compa&#241;&#237;a ni en qu&#233; entretenerme. Las m&#225;s altas de ellas, encaladas, con vigas negras que asoman como dedos que se entrelazan, miran con envidia a las torres y con admiraci&#243;n a la colegiata, con su patio interior recogido y honesto.

Muy ancha, y muy extensa es Castilla -me hab&#237;an dicho-, pero ning&#250;n espejo muestra mejor su rostro que estas tierras y las que de aqu&#237; hasta Toledo os encontrar&#233;is.

All&#237;, mientras descans&#225;bamos del viaje en una de las casas principales, porque pese a ser feudo de mi marido no pose&#237;amos una propia salvo la del arzobispado, y no parec&#237;a sensato alojarse all&#237;, me lleg&#243; noticia de que un hombre ped&#237;a la gracia de que le recibiera.

&#191;Yo? -pregunt&#233;.

En eso insiste.

&#191;Yo? &#191;No el infante mi se&#241;or?

He de indicaros, se&#241;ora, que trae la ense&#241;a del rey de Arag&#243;n, y que su atuendo demuestra que es jud&#237;o.

De mi madre hab&#237;a heredado una corriente de simpat&#237;a por esa raza que tantos maltratos sufre de manos de cristianos, y cuando le mand&#233; pasar sonre&#237;, para infundirle valor, del que parec&#237;a muy necesitado.

Os manda el rey de Arag&#243;n, tengo entendido.

As&#237; es, clar&#237;sima se&#241;ora. Y con sus respetos y su amor, os traigo mensajes que os ser&#225;n provechosos en esta carta que conmigo porto.

Le&#233;dmela, pues, y ya que es del gran rey don Jaime, la escuchar&#233; como si de la mano de mi padre viniera.

Tras los saludos y las bendiciones de rigor, el Batallador me hablaba con la misma claridad y falta de rodeos con la que me hab&#237;a recibido en Barcelona, durante aquellos dos d&#237;as que ahora parec&#237;an tan remotos.

Y, ya que no nos hab&#233;is querido por marido, sabed que como hija os tratamos, y como a tal y por el mucho amor que os tenemos pl&#225;cenos haceros dos mercedes. La primera es que acoj&#225;is al jud&#237;o que porta este mensaje, pues os habr&#225; de ser de utilidad. Ll&#225;manle Baruch de Estella, y de m&#225;s de un problema nos ha sacado, diestro como es en todo lo que se refiere a los dineros y el trato con comerciantes. Y ahora que el rey de Castilla, nuestro hijo, tiene en mente devaluar la plata, como hace alg&#250;n a&#241;o hizo, pienso que vuestra fortuna se ver&#225; menguada, y por esta raz&#243;n os lo env&#237;o, con sus gastos pagados hasta el d&#237;a de San Silvestre.

La segunda es que, hall&#225;ndonos viejos y con las fuerzas menguadas, os dejamos como &#250;nica herencia las razones que han gobernado nuestra vida, que os ser&#225;n de utilidad en este reino para encaminar la vuestra. Los mismos les dimos a nuestros hijos y al rey de Castilla, y para que no se&#225;is menos, cinco consejos os legamos.

El primero: cumplid siempre vuestra palabra, que es preferible la verg&#252;enza de decir que no la deshonra de decir que s&#237; y no cumplir luego. El segundo: pensad antes de dar vuestra confianza si quien la pide se la merece. El tercero: no rechac&#233;is a quien se os encomienda. El cuarto: si hab&#233;is de elegir, retened a vuestro lado a hombres de la Iglesia y a villanos, pues son m&#225;s fieles que los caballeros. El quinto: si hab&#233;is de hacer justicia, que sea en p&#250;blico, y si hab&#233;is de reparar una falta, hacedlo ante los ojos de los dem&#225;s, pues no es propio de nobles juzgar en privado.

Hacedlo as&#237;, y que Dios y su Sant&#237;sima Madre os guarden.

Me encontr&#233; con la mirada del jud&#237;o, que aguardaba, con adem&#225;n humilde, una respuesta.

Creo que hab&#233;is venido para quedaros.

As&#237; se me indic&#243;, se&#241;ora.

No s&#233; en qu&#233; daros empleo.

Yo lo encontrar&#233;, si me honr&#225;is con vuestra confianza. No entiendo de otra cosa que de comercio y canjes, y aun de esto hay muchos que dominan esas artes con mayor perfecci&#243;n; pero como dama y extranjera no tardar&#225;n en aprovecharse de vos, o eso teme el rey, y en lo que pueda valeros hasta el d&#237;a de San Silvestre, disponed de m&#237;.

Y lleg&#243; el invierno. Y pas&#243; el d&#237;a de San Silvestre, y otro m&#225;s, y otro, y desde entonces ac&#225; lo he tenido siempre a mi lado, dot&#225;ndole de todo lo necesario, porque as&#237; lo merece. Ha sido un amigo fiel y un h&#225;bil consejero. De todas las mercedes y conocimientos, de todas las gracias que le debo al rey Batallador, Baruch de Estella ha sido la que m&#225;s aprecio.

Hab&#237;a llegado a Arag&#243;n huyendo de las matanzas de jud&#237;os que ten&#237;an lugar en su tierra, en el reino navarro. All&#237; Baruch hab&#237;a sido un miembro destacado de la Aljama, y un hombre de fortuna, y sin aviso ni advertencia hab&#237;a partido sin nada en las manos.

Cada cierto tiempo, en &#233;poca de hambre, era costumbre saquear a los jud&#237;os y maltratarlos; en Toledo y en Miranda hab&#237;an matado con sufrimientos inmensos a esos infelices, y en Pamplona y Estella se hab&#237;an visto diezmados y perseguidos.

Aqu&#237;, en Sevilla, hace dos a&#241;os, comenz&#243; de nuevo esa corriente. Como sol&#237;a ocurrir, un religioso prend&#237;a la llama; se iniciaba llam&#225;ndolos asesinos de Cristo, y pasaban luego a achacarles que mataban a los ni&#241;os y maldec&#237;an a las mujeres, que envenenaban los pozos y las cosechas, y de ah&#237; se arrasaba la juder&#237;a. Bastaba con que un ni&#241;o muriera, con que una mujer malpariera, para que los asesinatos se hicieran incontrolables.

Sin embargo, arribaron a la ciudad nuevas de la guerra que preparaba el rey Alfonso en el norte de &#193;frica, y con eso se distrajo la atenci&#243;n y se apaciguaron los &#225;nimos, y pudieron andar los jud&#237;os tranquilos y a su aire.

S&#233; ahora que no fueron casuales los dos hechos: don Alfonso financi&#243; la guerra con las d&#225;divas que los jud&#237;os de Sevilla le dieron para obtener su protecci&#243;n si los ataques se iniciaban. Entonces era yo m&#225;s inocente, y me preocup&#233; tanto por Baruch y por los suyos que le rogu&#233; que se quedara en mi casa, y que no le vieran por las calles, por el miedo a que le hirieran o le robaran.

Ante todo, que no puedan distinguir vuestro rostro entre otros, porque ni mi influencia ni la de mi marido podr&#237;an salvaros, en caso de caer en manos malvadas.

No, se&#241;ora, no ocurrir&#225; tal, que ya me he librado de otras acechanzas.

Cuando me lo envi&#243;, los pron&#243;sticos de don Jaime parec&#237;an malos augurios, pero, bien informado por esp&#237;as y mensajeros, estaba en lo cierto. Alfonso redujo el valor de la plata casi a nada, y de no haber sido advertida y haberla vendido a buen precio con antelaci&#243;n, todo el tesoro de mi padre hubiera desaparecido. Sin tierras ni posesiones, yo deb&#237;a pensar no como los nobles, sino como los burgueses: el dinero, en las arcas, no val&#237;a de nada, ni era tanto como para comprar lo que poseyera alg&#250;n apellido deslucido que tuviera que malvender un feudo. Si yo llegaba a llamar m&#237;a a una comarca, ser&#237;a por merced del rey, que no parec&#237;a, ni entonces ni ahora, dispuesto a ese regalo.

Hubo entonces que invertirlo, y de nuevo Baruch me aconsej&#243; bien:

Por fuerza, algo deb&#233;is comprar en lana. Pero no hag&#225;is como los ignorantes, que creen que con los tejidos mantendr&#225;n su fortuna. Pensad que el rey est&#225; limitando el lujo en su corte y, por lo tanto, los castellanos no comprar&#225;n como antes lo hac&#237;an. Y si pens&#225;is en vender en el extranjero, seguro estoy de que no pasar&#225; mucho tiempo antes de que el rey legisle nuevos impuestos sobre los tejidos, y gane &#233;l y no vos.

Le mantuve la mirada, incapaz de pensar a tan largo plazo y con semejante celeridad.

Confiad en m&#237;, se&#241;ora. Es cosa cierta que subir&#225;n esos impuestos.

En eso, como en todo, ten&#237;a raz&#243;n. Hoy son escandalosos los pagos que la corona percibe por vara de tejido. De los pa&#241;os de Ypres de menor calidad, cuarenta maraved&#237;es. De los encajes de Brujas, treinta maraved&#237;es. De los pa&#241;os de Castilla, treinta y ocho, de los pa&#241;os de Londres, treinta y cinco. Yo, con mi confianza fortalecida por la experiencia, segu&#237; prestando atenci&#243;n a Baruch, que de todo sab&#237;a: de matem&#225;ticas y del mundo, de la religi&#243;n de los cristianos y de la suya, de las leyes de Arag&#243;n y de las de Castilla, y no se dir&#237;a sino que adivinaba el futuro, pues no bien daba un paso el rey Alfonso, y Baruch ya hab&#237;a tomado las previsiones para que ning&#250;n mal nos sucediera.

&#191;Le&#233;is augurios? -le pregunt&#233; un d&#237;a, intrigada. &#201;l permaneci&#243; en silencio, sin mirarme.

&#191;C&#243;mo es que me pregunt&#225;is eso, se&#241;ora?

Dec&#237;dmelo con menos embarazo, si es cierto, que no me escandalizo yo con tan poca cosa. Sabido es que el rey Sabio lee las estrellas en el cielo en busca de advertencias, y mi madre, la reina, se hac&#237;a aconsejar por una bruja con reputaci&#243;n de infalible que ley&#243; mi futuro y el de mis hermanos en m&#225;s de una ocasi&#243;n.

&#201;sas son licencias que los cristianos pod&#233;is permitiros, pero no los que son como yo. La magia me llevar&#237;a a la hoguera, o a morir apedreado, a&#250;n antes que mi fe. No, no leo augurios. Basta con conocer las intenciones del rey y mantenerse al tanto de los edictos, que es casi como atisbar el futuro. La corte es pobre, don Alfonso no sabe c&#243;mo reducir los gastos y legisla con la mente en la faltriquera. Esa es toda mi ciencia.

Si algo de bueno tuvo la taca&#241;er&#237;a del rey Alfonso cuando nos prohibi&#243; m&#225;s de dos platos de carne al d&#237;a y arrebat&#243; las pieles de nutria de los vestidos, fue que las muestras externas de lujo desaparecieron de inmediato: aquella riqueza de atuendo que tanto me preocupaba en Bergen se redujo de tal manera que pude ahorrar el dinero que costar&#237;a exhibirlas para otras necesidades. Todo estaba regulado por decreto, hasta tal punto que no hab&#237;a semana que no se nos dijera, por orden real, c&#243;mo hab&#237;an de ser los arneses de los caballos, el color de los blasones o los d&#237;as de celebraci&#243;n de las bodas.

Mi esposo don Felipe no decid&#237;a nada, ni en nada opinaba. Mientras me vi buena, se encontraba casi todos los d&#237;as con las familias nobles, cenaba en sus salones, o deb&#237;amos agasajarlas en los nuestros.

Esposa, convendr&#237;a que a los convidados que ma&#241;ana espero se les agasajara con todo el esmero que vuestro ingenio discurra.

&#191;Mand&#225;is algo en particular?

Nada, lo que dispong&#225;is estar&#225; bien.

Raras veces me indicaba el grado de nobleza de quienes esper&#225;bamos, de manera que siempre se les agasajaba como a infantes. Si me correspond&#237;a presidir la mesa, manten&#237;a una sonrisa fija en el rostro e intentaba memorizar las relaciones que entabl&#225;bamos y sus motivos. Pero sin ayuda de don Felipe, y nueva en la ciudad, la tarea resultaba ardua.

Sin hablar, &#233;l hall&#243; su misi&#243;n y yo la m&#237;a: &#233;l buscaba enlaces y apoyos para fortalecer nuestra posici&#243;n, y yo me encargaba de aumentar nuestra fortuna y del gobierno dom&#233;stico. Cuando, al poco de instalarnos en Sevilla, comenc&#233; a padecer, se interrumpieron paulatinamente las reuniones y los encuentros en mi casa, aunque no las que lo solicitaban en palacios y nobles villas, y nos vimos menos.

Mis malestares continuos no ayudaban a que vivi&#233;ramos una existencia feliz. Tampoco se daba, entre nuestros caracteres y nuestras opiniones, nada que compartir y menos de lo que hablar, porque &#233;l, al mismo tiempo que su radiante presencia, manten&#237;a su natural taciturno, de manera que cuando mi adoraci&#243;n por &#233;l mengu&#243; a lo que debe sentir de manera normal una esposa por su marido, pronto me acostumbr&#233; a la soledad del d&#237;a y al silencio de las noches.

Do&#241;a Juana pidi&#243; permiso, al poco de haber llegado a la ciudad, para profesar en un convento. Como me ocurr&#237;a a m&#237;, se fatigaba con el calor, perd&#237;a la respiraci&#243;n y cre&#237;a morirse.

Cuando me llegue la hora, quiero que me encuentre en santidad -me dijo.

Ingres&#243; en el convento de San Salvador, al que de vez en cuando acud&#237;a para escuchar misa. La vi marchar sin l&#225;stima y no la a&#241;or&#233;. Seca y aburrida como una estaca, prefer&#237;a cien veces antes la compa&#241;&#237;a de do&#241;a In&#233;s, a quien al menos me un&#237;a la edad.

Pod&#233;is escribir a la reina, y que os aconseje algunas damas de linaje a las que les agradar&#237;a vivir con vos.

No -dije yo-. La reina tiene otros quehaceres, y no juzga a la gente con las mismas medidas que yo empleo.

Lo cierto es que tras haber discurrido toda mi vida empleada en la educaci&#243;n de jovencitas, me encontraba cansada y sin fuerzas como para indicar de nuevo a una desconocida c&#243;mo me gustaba que se hicieran las cosas a mi alrededor. No tom&#233; nuevas damas, pese a que pronto se supo que viv&#237;a casi sola, y algunas de las muchachas de apellidos ilustres se ofrecieron a acompa&#241;arme. A cambio, prefer&#237; que fueran due&#241;as de origen humilde y de buenas costumbres, y encontr&#233; a Mariquilla y a la Muda, que desde entonces me sirven.

La casa que compramos mi esposo y yo hab&#237;a sido de un moro principal, y al estilo suyo, contaba con dos pisos, un patio de m&#225;rmol, hierbas y &#225;rboles y una fuente. Las ventanas que se abr&#237;an a la calle apenas med&#237;an un palmo, y las habitaciones se manten&#237;an en penumbra; pero en el patio, el sol entraba a raudales. Se encontraba algo alejada de la ciudad, al oeste, entre &#233;sta y un barrio marinero que llamaban de Triana. Para llegar a la ciudad hab&#237;a que cruzar el Guadalquivir, pero el aire resultaba m&#225;s puro y el paisaje m&#225;s bello que en las otras casas que hab&#237;amos visitado.

Si vivi&#233;ramos m&#225;s cerca de los barrios principales -se disculpaba mi marido-, no ser&#237;a tanta la distancia que habr&#237;a de recorrer para las visitas, y os acompa&#241;ar&#237;a con mayor frecuencia.

Id con Dios y sednos de gran ayuda, don Felipe -dec&#237;a yo, resignada. Lo cierto es que no hubi&#233;ramos podido mantener una casa grande en el centro, sin tierras y, por lo tanto, sin posibilidad de sustento para los criados.

Hube de montar sin ayuda ni mucho conocimiento la marcha de nuestro hogar. Salvo los escuderos y mozos de don Felipe, no tra&#237;amos apenas sirvientes. Por suerte, en las tierras reci&#233;n conquistadas del sur, los esclavos eran baratos, porque los padres, seg&#250;n sus h&#225;bitos, vend&#237;an a los hijos de ni&#241;os si no pod&#237;an mantenerlos o si les disgustaban en exceso. Busqu&#233; entre ellos a los m&#225;s hermosos, con la intenci&#243;n de educarlos a mi manera y de rodearme siempre de belleza, porque en Sevilla, bajo el cielo y entre los naranjos, todo rebosaba perfecci&#243;n.

Durante los primeros meses, al menos una vez cada dos semanas me hac&#237;a llevar al centro, a la otra orilla, para las pujas de africanos. Los tratantes me conoc&#237;an y se inclinaban ante m&#237;.

Los de hoy os gustar&#225;n -me dec&#237;an, c&#243;mplices.

Mil veces se hab&#237;an ofrecido a reservarme los que ya sab&#237;an de mi agrado y llev&#225;rmelos a mi quinta, para que eligiera, y mil veces lo hab&#237;a rechazado. Las ocasiones que encontraba para abandonar mi casa no eran demasiadas. O bien sal&#237;a para escuchar a alg&#250;n predicador de fama o acompa&#241;aba a mi esposo a sus compromisos. No hab&#237;a logrado hacer amigas; paseaba con desgana por los jardines, llegaba hasta la torre del Oro y regresaba de nuevo por el r&#237;o. Al menos, las pujas de esclavos me ocupaban una ma&#241;ana entera.

As&#237; adquir&#237; al negro que tanto envidiaba mi cu&#241;ada, y a varios moros de gran m&#233;rito. Uno de ellos logr&#243; comprar su precio, no quise saber c&#243;mo, y se qued&#243; en la casa, como liberto, cumpliendo con las mismas tareas que de esclavo, y creo que esa acci&#243;n, poco frecuente, da medida de mi comportamiento hacia ellos.

El problema, como ocurre con las caballerizas grandes, no radicaba en comprar esclavos, sino en mantenerlos luego, porque comen, y visten, y hay que procurarles lo que necesitan. Decid&#237; entonces que en los huertos que hab&#237;amos comprado y que pertenec&#237;an a mi finca se roturara la tierra de la manera adecuada, y, mientras tanto, me asegur&#233; de abastecerlos con pan y con vino, con sardinas, tocino y queso.

Si puedo hoy presumir de que no ha muerto nadie encomendado a m&#237;, como me aconsej&#243; el rey don Jaime, se debe a que durante todo el invierno, mientras la tierra era roma, les daba un pan entero a cada uno, y un jarro de vino, y cada semana dos sardinas y un queso, coles y cebollas y, si los hab&#237;a, un huevo y un pu&#241;ado de nueces y aceitunas. Nadie podr&#225; decir que he matado de hambre a mis sirvientes. Han comido mejor de lo que como yo ahora, que s&#243;lo me dan sopas de vino, y a&#250;n &#233;ste, aguado.

Me cuid&#233; de que su pan fuera bueno y erradiqu&#233; la costumbre de mezclar la harina a medias con polvo de teja, para que el coste resultara menor. No lo hice sin dudas, y sin recelos, porque era preciso comer todos los d&#237;as y el pan encarec&#237;a el presupuesto mensual. Aun as&#237;, me mantuve firme y les di buen pan. Y como resultado, me alaban los esclavos, y mi orgullo es que mantienen los dientes y el pelo, que les brilla la piel, mientras que en otras casas tienen todos los ojos cercados de sombras negras y la nariz colorada.

Le di oficio a cada uno, y adem&#225;s de cultivar la tierra, sab&#237;an las mujeres hilar y los hombres herrar y trabajar el cuero, porque un esclavo que s&#243;lo sirve para una cosa, no sirve para ninguna cuando cambia de amo, y aunque nadie los quiere viejos, si conocen alg&#250;n trabajo delicado, se paga a&#250;n buen precio por ellos, aunque tengan a&#241;os. Y salvo que muy merecido lo tuvieran, no los maltrat&#233; ni pegu&#233;. El Cielo me lo tendr&#225; en cuenta.


Nac&#237; en una tierra muy distinta, y all&#237; fui noble y considerada, y de esta que me ver&#225; morir me marcho con pena, porque aunque suficiente he vivido, a&#250;n me quedan negocios por completar e historias cuyo final desear&#237;a ver.

Mientras escucho a Baruch, que ultima ya sus explicaciones, pienso en los &#250;ltimos barcos enviados, en el Mediterr&#225;neo y sus naufragios, y en que en medio del torbellino llegamos y nos vamos en mitad del torbellino.

He de dejarte, Baruch, un dinero para ti.

El jud&#237;o me mira, sorprendido, como si hubiera olvidado que lo mand&#233; llamar para mis &#250;ltimas disposiciones.

&#191;Para m&#237;?

Y es mi voluntad que lo gastes en lo que te plazca, mientras no sea en lo que m&#225;s deseas.

Baruch baja la cabeza. S&#243;lo un defecto le he encontrado a este hombre, y, al parecer, lo arrastra desde que era un muchacho. Prohibido est&#225; que cristiano, jud&#237;o o moro, en toda tierra castellana, juegue a dados o a naipes. Y si se le hallara en primera vez, que pagara sesenta maraved&#237;es, y si fuera segunda, ciento veinte, m&#225;s pena de c&#225;rcel, y por tercera, seiscientos maraved&#237;es y cincuenta azotes.

Sin embargo, nada ha acabado con esa lacra. &#191;Qu&#233; vi cuando llegu&#233; a Sevilla? Espaldas rasgadas y mentes enteras, &#225;vidas por escaparse de nuevo a contar naipes, los puntos de los dados o el dinero perdido en ello. Bastaba con curiosear entre las celos&#237;as de las callejas, tan estrechas que pod&#237;a hacerse sin esfuerzo, para escuchar las apuestas en los pat&#237;os y el golpe de los nudillos al contar los puntos.

&#218;nicamente en una ocasi&#243;n fui incapaz de librar a mi Baruch de la pena. Cincuenta latigazos por una falta menor que al rey no causa molestia, y que recibi&#243; un esclavo en su lugar. Recuerdo su incertidumbre y su humillaci&#243;n cuando pagu&#233; los seiscientos maraved&#237;es.

Se&#241;ora, es mi falta: he de pagarla yo.

Tu dinero no te duele. Pero el m&#237;o s&#237;. Aprende de esto, y no peques m&#225;s.

Nunca m&#225;s le encontraron en falta, pero s&#233;, porque lo noto en su ansia, avivada cuando no juega, casi imperceptible cuando lo ha hecho, que contin&#250;a desobedeciendo la ley. S&#233; qu&#233; uso dar&#225; a mi dinero, y ahora mismo me importa poco, si he de ser sincera. Si es capaz de apasionarse tanto por algo, justo es que lo disfrute. Mi coraz&#243;n nunca ha deseado con tanto ardor nada, y por eso no lo entiendo, y lo envidio. Qu&#233; satisfactorio, qu&#233; deleite tan puro ha de ser el que algo domine por completo el entendimiento y que, por amor a ello, se afronten males, castigos y culpas. Algo as&#237; deb&#237;a ser el amor de la abuela Inga por mi padre, algo as&#237; el deseo de los caballeros por las damas en las voces de los poetas.

Me duele morir ahora, cuando Sevilla crece m&#225;s hermosa y yo conozco algo el gobierno de las cosas del mundo. Ahora los atardeceres son cada vez m&#225;s tard&#237;os y bellos, e invitan a pasear cuando el calor ha aflojado. En la puerta del Sol se dan cita los j&#243;venes, para rondar luego las casas de sus amadas, y entreverlas asomadas a una ventana cuando se ha oscurecido lo suficiente como para mostrar ese valor, pero no tanto como para que no se pueda verlas. Las amas y las due&#241;as intrigantes andan con mensajes entre unos y otras, y el deseo convierte el aire en aceite.

En d&#237;as como &#233;ste yo me sentaba en el centro del patio, protegida por un parasol y ataviada con alguno de mis trajes reci&#233;n cortados. Preparaba la bebida de rosas y nieve que le plac&#237;a al infante y le aguardaba, para saber si cuando anocheciera nos esperaban en alg&#250;n lugar o, por el contrario, cenar&#237;amos en casa. O esperaba la llegada de Baruch, o calculaba, con avaricia, mi siguiente movimiento para asegurarnos el invierno.

Cada primavera Castilla enviaba sus tesoros a Flandes. Lana, hierro. Almendra, cueros, vino, aceite. Cera. Mercurio. Comino, pimienta, azafr&#225;n, cochinilla. Todo ello sujeto a impuestos, a largos viajes y a salteadores. Por h&#225;bitos aprendidos pero in&#250;tiles, debido a las actuales leyes, el reino pide sedas de Florencia, pa&#241;os de Flandes e hilos de Brujas.

En los barcos que financio salen para lugares extra&#241;os la sal, la cera, el cuero, el aceite, las salazones de este pa&#237;s. Mercanc&#237;as baratas y sin impuestos, que devuelven al poco tiempo las ganancias multiplicadas. Frente a los poderosos, que por inercia venden lo de siempre y compran lo de siempre, marco otro camino: este reino regido por caballeros no entiende que ha llegado el tiempo de los burgueses.

Cuando llegu&#233;, Sevilla necesitaba v&#237;veres. Me necesitaba. Centrada en ese puerto que, hasta que este a&#241;o se conquist&#243; C&#225;diz, ha sido el camino hacia el mar, Sevilla crec&#237;a y exig&#237;a una flota de barcos m&#225;s h&#225;bil que la mediocre que hasta entonces ten&#237;a, y marineros m&#225;s diestros. Y yo vengo de una tierra de mar. Paso a paso, mientras el mundo me ve&#237;a rematar los pa&#241;ales para los hijos de Violante y no sospechaban en m&#237; otra habilidad que la de bordar, he conseguido hacer mi voluntad y completar mi fortuna. Y ahora que he conseguido todo esto, ahora que lo poseo, morir&#233;

Queda pendiente la cantidad que destino a mi capilla. La cuesti&#243;n se presenta dificultosa, porque mi marido no ha mostrado inter&#233;s en gastar parte de lo poco que tiene en cumplirme el capricho, y no creo que esa inclinaci&#243;n cambie cuando herede mi dinero. Tampoco puedo entregarle un legado a Baruch, porque ser&#237;a imposible que alguien de su raza administrara la dote para una iglesia.

Ay, Baruch. &#191;Qu&#233; puede hacerse?

Hay muchas tretas que pueden sacaros de ese trance.

Para cuando se nos ocurran, yo ya habr&#233; muerto.

Prometo ingeniar algo -me dice, y pienso en que bien podr&#237;a fiarme de &#233;l, si no fuera por su amor a los dados-. El abad Quint&#237;n, se&#241;ora, aguardaba por m&#237; en vuestro port&#243;n. Me inform&#243; de que le ser&#237;a asignada una cantidad, como merced vuestra.

La imagen del confesor de moda en Sevilla, al acecho del jud&#237;o a las puertas de mi casa, me devuelve mi humor perverso.

Decidle que, como le promet&#237;, le asignar&#233; la misma cantidad que a mi capilla. Y que se dirija luego a mi marido, y que &#233;ste le explique cu&#225;nto ha reservado para erigirla.

El abad no me guiar&#225; con sus oraciones hacia la luz, pero, en definitiva, fue &#233;l quien me convenci&#243; de que no las necesitaba, nuera y cu&#241;ada de quien soy. Id con Dios, abad. Ya me encargo yo de quedarme con &#201;l.

Falta que me indiqu&#233;is qu&#233; le destin&#225;is a do&#241;a In&#233;s, por sus servicios y su compa&#241;&#237;a.

Nada.

&#191;Nada, tampoco? -repite Baruch, que, de las cosas que pod&#237;a decirle, no esperaba &#233;sta.

Ni un dinero. Mis razones tengo. Le reservo un buen regalo; pero no se lo revel&#233;is. No le dig&#225;is nada.

Hace cinco d&#237;as, apenas recuperada del desmayo que sufr&#237; en el patio, Baruch me indic&#243; que uno de los de su raza quer&#237;a verme.

No me encuentro de humor ni en disposici&#243;n de ver a nadie.

Insisto en ello, se&#241;ora.

&#191;Por qu&#233; me importun&#225;is?

Es m&#233;dico, y de gran fama.

Nada va a aliviar mi mal, amigo m&#237;o. Me han visto cirujanos y charlatanes, todos han prometido curarme, y el &#250;nico que me ha aliviado un tanto fue el &#250;ltimo.

Me hab&#237;an visitado curanderos, brujas y una rezadora que una y otra vez repet&#237;a una oraci&#243;n a san Miguel Arc&#225;ngel:

Sancte Michael Archangele, defende nos in proelio; contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. Imperet illi

Deus, supplices deprecamur: tuque, Princeps militiae caelestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum peruagantur in mundo, divina virtute in infernum detrude. Sancte Michael Archangele

Hasta que tuve la certeza de que mi cabeza estallar&#237;a si la escuchaba invocar al &#225;ngel una vez m&#225;s, y la despach&#233;.

Sospecho que no tiene que ver con eso, do&#241;a Cristina. Dice que conoci&#243; a vuestro hermano y que desea presentaros sus respetos.

Con un dolor casi olvidado, enterrado entre mis padecimientos f&#237;sicos, apareci&#243; ante m&#237; el rostro y el nombre de mi hermano Haakon. Durante los &#250;ltimos cuatro a&#241;os, poco hab&#237;a pensado en &#233;l. Las magras cartas enviadas a mi madre no lo mencionaban, ni hablaba ella de otros hijos que no fu&#233;ramos Magnus y yo. Y, de vez en cuando, del leopardo.

Que le hagan pasar, entonces.

Nunca hab&#237;a visto a aquel hombre, al que le faltaba un ojo y que al arrodillarse ante m&#237; me pidi&#243; la mano, como si fuera yo la reina.

Se&#241;ora do&#241;a Cristina, mucho os agradezco la merced que me hac&#233;is, y bendigo este d&#237;a en el que puedo ver de nuevo vuestro dulce rostro -me dijo, en franc&#233;s-. He pensado en vos de continuo desde hace cinco a&#241;os, aunque nunca so&#241;&#233; con teneros as&#237;, ante m&#237;, y no he sido

Habladme en castellano -le interrump&#237;-, que bien lo entiendo y gusto de ello.

El hombre asinti&#243;.

&#191;Por qu&#233; dec&#237;s que os alegr&#225;is de verme de nuevo? &#191;Nos conocemos?/

Nos conocemos de otros tiempos y de otra vida. Pero los a&#241;os me han maltratado mucho, y no resulta extra&#241;o que no lo record&#233;is.

Sonre&#237; con amargura.

No puede decirse que hayan sido clementes conmigo, precisamente. &#191;Cu&#225;ndo me tratasteis?

Recordar&#233;is, se&#241;ora, aquellos d&#237;as en los que erais a&#250;n princesa de Noruega. Yo gozaba del favor del rey Alfonso, entonces, y me mandaron en una expedici&#243;n a vuestro pa&#237;s, con la intenci&#243;n de cerrar tratados y de pediros en matrimonio.

Aquel verano cumpl&#237; veintid&#243;s a&#241;os

Viaj&#233; con mi se&#241;or, don Fernando de Lara, que encabezaba nuestra comitiva porque, aunque era un caballero de val&#237;a, en otras ocasiones se hab&#237;a sentido enfermo cuando navegaba en alta mar, y se me solicit&#243; que aliviara yo sus males. Cuid&#233; de &#233;l como mejor supo mi conocimiento, y lo cierto es que gracias a mis tisanas, salvo el primer d&#237;a, pudo hacer vida en la mar como la hac&#237;a en tierra.

Ay, su est&#243;mago d&#233;bil

El rey, vuestro padre, nos recibi&#243; en Radasund, pero la entrevista fue breve, porque se acercaba el invierno, y ten&#237;a &#233;l por costumbre retirarse al oeste, a Bergen. Nos dej&#243; sin respuesta sobre nuestra misi&#243;n y sin objetivo, solos en una tierra extra&#241;a de la que nada sab&#237;amos, salvo que no hab&#237;a luz durante los d&#237;as, ni calor durante los meses de oscuridad.

Bergen, con sus casas de colores, sus nuevas construcciones de piedra, su viento suave y siempre cargado de lluvia, los huertos primorosamente roturados, Bergen, con su olor a puerto y a tripas de pescado, que, a primera hora del alba, invad&#237;a las calles y sub&#237;a hasta las siete colinas. Sent&#237; de pronto un deseo irrefrenable de chuparme el pulgar.

Entonces, pasadas unas semanas, me despert&#243; con toda urgencia don Fernando en mitad de la noche. Deb&#237;a viajar al monasterio de Munklif, al este, donde el joven don Haakon padec&#237;a de un mal extra&#241;o. Como me contaron que hab&#237;a estado de cacer&#237;a, imagin&#233; una pierna rota o unas costillas hendidas; en lugar de eso encontr&#233; un hombre joven al que la vida se le iba por cada poro de la piel. Cada uno de sus miembros sangraba, y &#233;l, con alaridos, suplicaba un remedio. Los monjes le retiraban las s&#225;banas, empapadas en sudor y en sangre muy roja, y no pod&#237;an rozarle, porque enloquec&#237;a de dolor.

Haakon, mi Haakon, sus cabellos rizados y claros en los que mi madre hund&#237;a su mano, incluso cuando &#233;l ten&#237;a ya edad de avergonzarse por ello. Son mi orgullo, dec&#237;a ella.

Yo hab&#237;a estudiado con un alumno predilecto de Mosh&#233; ben Maim&#243;n, a quienes los cristianos llam&#225;is Maim&#243;nides, y hab&#237;a copiado palabra por palabra el tratado sobre los venenos y sus ant&#237;dotos que le dedic&#243; al sult&#225;n Saladino, y nunca hab&#237;a visto nada similar, aunque hab&#237;a le&#237;do sobre ello. Le hab&#237;an suministrado un veneno que se llamaAcqua Nefanda, que se compone de cant&#225;rida, nuez moscada, cimbalaria y mandr&#224;gora. Esa ponzo&#241;a abre primero las venas, y luego los otros &#243;rganos, y luego la piel, hasta que el pobre Enfermo se desangra por el sudor.

(No lo envenenaron -nos dijeron-, su cuerpo se manten&#237;a flexible, y su rostro, sonrosado.)

Hice todo lo que supe. Le obligu&#233; a beber resina y rusco, y si hubiera sido mi hijo (porque era de la misma edad de mi hijo), no hubiera seguido otro tratamiento. Cuando se hizo evidente que nada podr&#237;a salvarle, le di mirra y ac&#243;nito, y sus gritos cesaron para dar paso a un sopor dulce. Al cabo de dos d&#237;as muri&#243;; no me hab&#237;a separado de &#233;l, pero ni mi ciencia ni mis a&#241;os de estudio hab&#237;an servido para nada.

&#191;Por qu&#233; no se nos inform&#243; de la verdad? -pregunt&#233;, sin ni siquiera tener claro el que hubiera sido as&#237;. &#191;No sabr&#237;a mi padre esta historia? &#191;No nos la habr&#237;a ocultado a las mujeres, para mejor gobierno de nuestra pena?

Cuando don Haakon muri&#243;, me hicieron regresar donde mi se&#241;or aguardaba a toda prisa. Me interrog&#243;, y le cont&#233; la verdad. Pareci&#243; desolado. Toda la comitiva espa&#241;ola lo estaba. Un reino sin rey es un animal sin gobierno, y nos encontr&#225;bamos all&#237;, en aquel momento, y sin un tratado de protecci&#243;n. Don Fernando me llev&#243; aparte y me pregunt&#243; de nuevo por los efectos y el veneno.

La cant&#225;rida se usa para otros prop&#243;sitos -dijo, meditabundo-. &#191;Estoy en lo cierto?

Los hombres con poco vigor la emplean para satisfacer a sus mujeres. Fue el remedio con el que Cleopatra despert&#243; el ardor de Marco Antonio.

&#191;Viajaban mujeres con don Haakon y sus cazadores?

No, que yo las viera.

Hombres solos, entonces.

Me vi impulsado a protestar.

Mi se&#241;or, los da&#241;os que vi en su cuerpo no se deb&#237;an a una p&#243;cima para mantener la verga tiesa. Sus l&#225;grimas eran de sangre, su orina era sangre, su sudor manaba como la sangre.

Pero, como vos apunt&#225;is, con todo eso, ten&#237;a la verga tiesa.

Abr&#237; la boca, estupefacto.

O&#237;d, jud&#237;o. Ha muerto un rey. Ha muerto el rey al que nos dirig&#237;amos, y lo ha hecho en vuestras manos. Ser&#237;a una indiscreci&#243;n el que llegaran rumores a o&#237;dos de su padre de que ha sido envenenado en momentos delicados como &#233;stos, y m&#225;s cuando se sabe que los jud&#237;os sois maestros en t&#243;sigos. Y no resultar&#237;a digno si, como sospecho, al joven Haakon se le fue la mano queriendo complacer a alguna dama. Todos hemos tenido su edad y hemos sentido que la noche no nos llega para cumplir el deseo. En vuestra mano queda ofrecer una respuesta satisfactoria, que os libre a vos y a m&#237; de culpa y que nos permita continuar con nuestro negocio.

Escrib&#237; a vuestro padre y a los m&#233;dicos de vuestro padre con una descripci&#243;n fiel de una apoplej&#237;a, mentirosa a la verdad. Comparec&#237; ante vos, ante vuestra madre y vuestros hermanos, para contar, de nuevo, las mismas mentiras.

Le observ&#233; con m&#225;s atenci&#243;n, pero no fui capaz de recordarle en aquella escena. Palabra por palabra, las frases dichas regresaban a m&#237;, pero no su cara ni su ojo tuerto.

Vos vest&#237;ais una saya azul y una camisa verde, y aparec&#237;ais p&#225;lida y silenciosa. Repet&#237; que, a mi entender, no se trataba de envenenamiento.

Esos cotos albergan fiebres y vapores, dijo mi madre. En ocasiones, &#233;l o alguien de su s&#233;quito regresaban enfermos.

Pero nunca con tanta intensidad, dijisteis vos. La reina me pregunt&#243; si era jud&#237;o.

Entonces nada se pod&#237;a hacer. La Bruja me pidi&#243; que mantuviera a los jud&#237;os cerca, siempre protegidos, porque en los momentos decisivos ser&#237;an la salvaci&#243;n de mi familia. Pero no hab&#233;is podido salvarle. Nada pod&#237;a hacerse. Nada pod&#237;a hacerse.

El jud&#237;o continu&#243; hablando.

Con gran entereza, vuestro padre se resign&#243; a la voluntad de Dios. Dos d&#237;as m&#225;s tarde, junto con dos caballeros de la comitiva, recib&#237; &#243;rdenes de dirigirme a Pisa, y de ah&#237; a Roma, para custodiar un documento que el rey deseaba enviar al papado. Abandon&#233; Noruega con premura, y se me hizo saber cuando llegamos a Italia que no se deseaba ni mi presencia ni mis servicios para la corona de Castilla hasta que pasaran cinco a&#241;os.

&#191;Qui&#233;n envenen&#243; a mi hermano? -pregunt&#233;, tras un silencio. Baruch miraba hacia la puerta, inc&#243;modo, como quien deseara otra vida y otra realidad. El otro jud&#237;o, en cambio, fij&#243; en m&#237; su &#250;nico ojo.

Eso deb&#233;is saberlo vos, pues vuestra mente piensa como la de los poderosos, y la m&#237;a como la de los servidores. No fueron los dignatarios castellanos, porque aqu&#233;l era un veneno potente y delator, que despierta inmediatamente sospechas, y los usos castellanos se inclinan por venenos lentos, discretos, que desv&#237;an la atenci&#243;n de quien los suministra. Adem&#225;s, nosotros necesit&#225;bamos a don Haakon vivo. En nada nos beneficiaba su muerte. Es todo cuanto puedo deciros.

&#191;Por qu&#233; debo creer esa historia, y no la que me contaron en su d&#237;a?

El m&#233;dico baj&#243; la voz.

Desde que esto ocurri&#243;, hace cinco a&#241;os, mi vida se ha arruinado. Perd&#237; el favor del rey, y se me prohibi&#243; pisar esta tierra hasta el mes pasado. Perd&#237; este ojo en una pelea contra un ladr&#243;n. Mi mujer fue muerta en una de las matanzas de nuestra raza en Toledo, y no s&#233; a&#250;n nada de mi hijo. El rostro de vuestro hermano me ha perseguido en sue&#241;os, y cuando parec&#237;a desvanecerse por las nuevas vivencias, aparec&#237;a de nuevo ante mis ojos. Por los barcos que llegaban a G&#233;nova supe que vos estabais viva y en Sevilla, y que erais generosa con los jud&#237;os. Cargo como Ca&#237;n con una marca, y creo que s&#243;lo as&#237; puedo lavarla de mi frente. Don Haakon era de estatura alta, y sus brazos y espalda estaban muy desarrollados. Ten&#237;a la marca de una flecha en el muslo derecho y una herida larga y estrecha en la espalda. No pod&#237;a entender sus palabras, pero repet&#237;a una y otra vez mor, mor y kald.

Mi hermano muri&#243; llamando a mi madre y sintiendo fr&#237;o. Mis ojos continuaban secos. Sent&#237; ganas de cantar, para que se acallara la lluvia de pensamientos que comenzaban a aparecer en mi cabeza y que destellaron como un rel&#225;mpago. Fuera continuaba el rumor de la fuente en el patio, el sol de primavera, la suavidad del aire y el clima del sur.

Entonces -dije, muy despacio, casi para m&#237;-, a m&#237; tambi&#233;n me est&#225;n envenenando.

El m&#233;dico baj&#243; la cabeza.

De pronto, todo pareci&#243; muy sencillo. La existencia, con todas sus revueltas y complicaciones, con sus senderos y atajos, mostraba un &#250;nico camino ante mis ojos. All&#237; estaban, la verdad y la muerte, de la mano, avanzando muy despacio hacia m&#237;, para abrazarme y darme la bienvenida tras el largo viaje, tan alegres de verme como mi gineta cuando llegaba la noche.


No lo he sabido, no he sabido nada de vuestras dolencias -dijo el m&#233;dico jud&#237;o- hasta que, cuando llegu&#233; a Sevilla, pregunt&#233; por vos y me dirigieron a Baruch de Estelia. Y cuando Baruch me habl&#243; de vuestros dolores, y de c&#243;mo llegasteis sana a Castilla y os hab&#233;is marchitado poco a poco, reconoc&#237; en esas penas la huella de un veneno que me resulta bien familiar, porque yo mismo ayud&#233; a mejorarlo.

Continu&#233; escuchando, con un educado inter&#233;s, como hab&#237;a hecho toda mi vida, como me hab&#237;a ense&#241;ado mi hermana Cecilia.

Por orden del rey Alfonso y sus hermanos, con la labor de unos meses perfeccion&#233; la p&#243;cima que hab&#237;an empleado durante el reinado del rey Fernando, para matar a quienes se les opon&#237;an, a los infantes, al rey o a la corona de Castilla.

Comenz&#243; con un temblor muy suave al poco de mis bodas. En ocasiones, cuando estaba ociosa, sentada o prepar&#225;ndome para dormir, mis manos vacilaban y eran incapaces de atinar con la precisi&#243;n que esperaba de ellas.

Qu&#233; torpe -me disculpaba, y entre las familias nobles que visit&#225;bamos se extendi&#243; esa frase. La infanta do&#241;a Cristina era muy hermosa, pero tan torpe que era incapaz de beber una copa de vino sin derramarse la mitad por encima.

Luego me desapareci&#243; el apetito.

No os preocup&#233;is -me dec&#237;an-. Ha de ser cosa del cambio de clima. Cuando os acostumbr&#233;is al calor de Castilla, comer&#233;is como antes.

Nunca me acostumbr&#233; del todo, y nunca volv&#237; a sentir la punzada del hambre. Llegaban las horas de comer y se iban, y tomaba dos bocados por fuerza.

&#191;No os gustar&#237;a, hija m&#237;a, ver a vuestra t&#237;a gorda y sana?

Lo que os mata -prosigui&#243;- es una amalgama de mercurio y plomo. La cre&#243; un alquimista moro, que lleg&#243; a ella por casualidad hace cincuenta a&#241;os, y a m&#237; me pidieron que le diera una forma sencilla para que matara de manera discreta, sin que hubiera necesidad de verterla en l&#237;quidos.

En los siguientes meses llegaron la pesadez de manos y pies, la aceleraci&#243;n de los latidos y la hinchaz&#243;n de vientre.

Hemos de llamar a un m&#233;dico para que os trate -dijo don Felipe, cuando se convirti&#243; en normal el que me despertara con n&#225;useas y dolores agudos en el est&#243;mago-. Hay algo de lo que tom&#233;is o de lo que beb&#233;is que os est&#225; haciendo mal.

Tres desfilaron el primer a&#241;o. Tres doctores, cada uno de fama mayor que el anterior. Me cambiaron la dieta, me obligaron a comer s&#243;lo carne de buey casi cruda y su jugo, y el siguiente achac&#243; a ese r&#233;gimen el que se me hubieran hinchado las articulaciones y casi me hubiera desaparecido la orina, y me prescribi&#243; verduras y legumbres y pan sin fermento que me debilitaron y me convirtieron en el esqueleto amarillo que soy ahora.

A partir de ese momento, ya no experiment&#233; m&#225;s cambios, s&#243;lo la tristeza, la debilidad y una melancol&#237;a creciente. Recordaba la mirada apagada de mi hermano Sigurd cuando rogaba que le dej&#225;ramos solo y mov&#237;a la cabeza, con amargura y resignaci&#243;n. El cabello se me volvi&#243; lanoso y se me ca&#237;a con frecuencia, y un cerco negro apareci&#243; en mis enc&#237;as, afeando mis dientes, que antes eran lindos, blancos y parejos, y ahora sent&#237;a flojos.

Yo le di forma de ung&#252;ento, para que pudiera abrirse paso hacia la sangre a trav&#233;s de la piel, y moder&#233; sus efectos para que fueran lentos y pudieran confundirse con otras dolencias.

No hay cura, &#191;verdad? -pregunt&#233;, como si hablara de otra persona.

El m&#233;dico movi&#243; la cabeza de un lado a otro.

En un principio, puede atajarse si se toman levaduras y pasta de nueces, y algunos otros remedios, pero causa siempre da&#241;os, y no hay ant&#237;doto para ello. Destroza los ri&#241;ones y el cerebro, y muchos mueren locos, con la memoria perdidas

Yo ya hablaba sola. Tr&#233;bol, record&#233;, de pronto. Kl0ver significaba tr&#233;bol Kl0ver significaba tr&#233;bol Tr&#233;bol.

Pero mi relicario, mi salero y mi pimienta nunca variaron su color.

Eran tan hermosos, tan rojos y vivos como el primer d&#237;a. Oscilaban cuando me mov&#237;a, el salero en la bolsa, el medall&#243;n nervioso y saltar&#237;n sobre mi pecho. Por suerte, mi madre los reserv&#243; para m&#237; y no acabaron en el fondo del mar, con los huesos y las joyas de Cecilia, y el ajuar que ella tuvo y que no encontr&#233; dispuesto yo.

Son supersticiones, se&#241;ora. Ni la vajilla de barro ni el polvo de unicornio ni las reliquias protegen del veneno cuando la familia real ha fijado en alguien su odio. Si quer&#233;is saber qui&#233;n os traiciona, buscad alguna herida en vuestra piel y el modo de que el veneno se haya podido aplicar en ella.

Baruch dej&#243; escapar un gemido.

Perd&#243;n, do&#241;a Cristina. Cre&#237;a que parte de mi trabajo consist&#237;a en obedecer sin que la moral entrara en mis c&#225;lculos, y me aguarda un duro castigo por ello. Como vuestro hermano, me perseguir&#233;is hasta que muera, y m&#225;s all&#237;, quiz&#225;s.

Continuaba de rodillas ante m&#237;, y era evidente que sufr&#237;a.

Cre&#237;a que entre los vuestros no se estilaban la confesi&#243;n ni la contrici&#243;n.

Mi Dios distingue claramente el bien del mal, premia y castiga con justicia.

Id en paz -dije-. Vos no ten&#233;is culpa en esto. Ser&#237;a acusar al filo de la espada por cortar, y que escapara sin culpa quien la empu&#241;a. Os perdono de todo coraz&#243;n. No ahora, porque soy incapaz de ello, pero os prometo que cuando estos primeros momentos hayan pasado, elevar&#233; una oraci&#243;n por vos.

Hace de esto cinco d&#237;as: algo de verdad debe de haber en que el mercurio vac&#237;a el cerebro, porque soy una nuez hueca, que piensa con pausas entre las frases, que regresa una y otra vez a la misma idea. Nunca fui muy lista, pero no creo haber sido siempre tan tonta como soy ahora.

Castilla me envenenaba, pero &#191;qui&#233;n? &#191;Qui&#233;n de ellos podr&#237;a odiarme tanto, qui&#233;n podr&#237;a ambicionar lo poco que ten&#237;a, una gota de agua frente a sus mares, yo, que ni siquiera ten&#237;a hijos y no era, por lo tanto, un peligro, que nunca hab&#237;a intrigado, ni hecho ning&#250;n mal?

&#191;Qu&#233; error hab&#237;a cometido para que alguien, lentamente, me viera apagarme y dolerme, y dispusiera que a&#250;n hab&#237;a de sufrir m&#225;s antes de mi muerte?

&#191;Y qui&#233;n hab&#237;a envenenado a mi hermano? &#191;Qui&#233;n se hab&#237;a beneficiado de ello, si todos salimos perdiendo?

Cuando se convocaron las Cortes en Sevilla y aqu&#237; vinieron los infantes, sus acompa&#241;antes y, finalmente, los reyes, do&#241;a Violante se alegr&#243; tanto de encontrarme enferma como el resto de la comitiva se horroriz&#243;. Acostumbrada a verme cada d&#237;a un poco m&#225;s d&#233;bil, y a un espejo sincero, no fue agradable que me compadecieran y desviaran la mirada.

Os dije que comierais bien -me dijo mi cu&#241;ada, mientras repasaba la labor de aguja que yo le entregaba, para que sus cada vez m&#225;s numerosos ni&#241;os tuvieran prendas cosidas por manos reales-, y, como en todo, no me hab&#233;is hecho caso. Est&#225;is tan flaca y amarilla como mi hermana do&#241;a Constanza. Es una l&#225;stima, erais hermosa &#191;Tan malos os parecen nuestros alimentos, que no quer&#233;is probarlos? Os tra&#237;a a vuestra ahijada, do&#241;a Leonor, para que os conociera, pero es una ni&#241;a impresionable, y no deseo que os recuerde as&#237;. Prefiero que mantenga la idea de que erais una mujer alta y bien formada. Aunque no lo s&#233;, quiz&#225;s sea desalmado por mi parte el privaros de la compa&#241;&#237;a de la ni&#241;a, ya que vos os hab&#233;is probado incapaz de concebir una. Ser&#233; generosa. Ya os la mandar&#233; otro d&#237;a.

Estaba tan acostumbrada a su lengua que ya nada me importaba. Durante las pocas ocasiones en las que me vio en Sevilla, mientras se hospedaban con frugalidad en el alc&#225;zar, se esmer&#243; en buscar ofensas nuevas, pero yo ya me encontraba fuera de su alcance. Me concentraba en otra cosa, en el aroma de azahar, en las mariposas que se persegu&#237;an por los patios. Ella intrigaba, pobre mujer, mientras yo decid&#237;a sobre mi peque&#241;o imperio. Pobre, cruel, est&#250;pida Violante, que hubiera sido un buen general para mandar sobre los ej&#233;rcitos, y se ha visto obligada a tragar su propia bilis y a macerarse en su propio odio.

Don Alfonso me felicit&#243; por mi buen manejo del castellano, que no esperaba de m&#237;, y se mostr&#243; distra&#237;do con mi esposo y cort&#233;s conmigo.

&#191;Sois feliz aqu&#237;?

Todo cuanto una mujer puede serlo.

&#191;Mi hermano, el infante, os trata con consideraci&#243;n?

Con absoluta consideraci&#243;n y gracia cuando sus obligaciones no le imponen abandonar la casa.

Ya veo.

De sobra conoc&#237;a que las relaciones entre los dos hermanos no hab&#237;an mejorado desde nuestra boda y que las amistades de don Felipe no plac&#237;an al rey. El monarca, adem&#225;s, estaba disgustado por el proceder ostentoso de su hermano don Sancho, que hab&#237;a ofendido con su orgullo al obispo de Sevilla, y se le o&#237;a quejarse de que sus hermanos s&#243;lo le causaban penas.

Una familia extensa era, en tiempos antiguos, una bendici&#243;n de Dios. A m&#237; se me ha dado como prueba, para que aprecie la soledad y el estudio, y como ense&#241;anza para que no desespere cuando la muerte se lleve a alguno de ellos.

Le cedimos nuestro cuarto cuando nos hizo el honor de mudarse por unos d&#237;as a nuestra casa de las afueras, y, apoyada en el hombro de la Muda, le mostr&#233; las despensas y el patio, las caballerizas y toda mi labor.

Sabr&#233;is disculpar nuestra humildad

Sin melindres, do&#241;a Cristina, sin melindres.

Tuve el orgullo de acompa&#241;arle a nuestra biblioteca, que, como correspond&#237;a a un infante que hab&#237;a sido hombre de la Iglesia, era numerosa. Contaba con cuarenta y un ejemplares, y no creo que hubiera en toda Sevilla otra que se le comparara.

Ten&#233;is el Dialogas contra iudaeos de Pedro Alonso -se admir&#243;-. Antes de convertirse a la fe se hab&#237;a llamado Mosh&#233; Sefard&#237;, y lo leo con frecuencia y con mucho agrado, por haber sido muy buen astr&#243;logo y aritm&#233;tico.

Por sugerencia de Baruch, nos hab&#237;amos hecho con una copia de los Fundamentos de la inteligencia y la torre de la fe, de Abraham Bar Hiyya, que yo nunca supe descifrar, pero que le arranc&#243; otra sonrisa a don Alfonso.

Sab&#233;is, sin duda, que vuestro hermano don Magnus ha desposado a una princesa danesa -me dijo, mientras nos sent&#225;bamos en el patio interior y el negro, un morito y una esclava rubia nos atend&#237;an.

As&#237; es.

Magnus se hab&#237;a casado en septiembre con Ingeborg Eriksdatter, hija de reyes, de la que se contaba que era muy dulce y muy instruida, y que amaba la poes&#237;a. Claro que tambi&#233;n de m&#237; se dijo que dominaba el lat&#237;n.

Vuestro hermano ser&#225; un gran rey -dijo el de Castilla-. Ha llegado al trono en el momento adecuado, y cuenta con los apoyos precisos. Sed mi anfitriona, do&#241;a Cristina, sentaos a mi lado y deleitadme, que nos vemos poco y por nuestras obligaciones sospecho que a&#250;n menos nos veremos.

Hice que los esclavos moros tocaran los instrumentos que eran propios de su tierra, y as&#237;, con buena comida y algo de refinamiento, atend&#237; lo mejor que supe a mi se&#241;or y a su s&#233;quito. Les serv&#237; frutas, en primer lugar, higos de mis &#225;rboles, manzanas verdes y naranjas dulces y amargas. Carnero y torcaz, un besugo que hab&#237;a despertado la admiraci&#243;n en la cocina y, despu&#233;s de las viandas acostumbradas, nueces con miel.

Record&#225;is bien mis gustos, pese al breve tiempo que vivisteis con nosotros.

&#191;C&#243;mo olvidar nada referente a quien tan grande honor me hizo?

&#191;No ten&#237;ais vos una gineta, se&#241;ora?

S&#237;, Majestad.

&#191;Ya no la ten&#233;is?

No, Majestad.

L&#225;stima. Se les coge cari&#241;o a esos animalillos.

En la conversaci&#243;n, le escuch&#233; con atenci&#243;n, como hac&#237;an todos, o fing&#237;an hacer, cuando el rey hablaba, y s&#243;lo una cosa le dije. Indagu&#233; si permanec&#237;a en su mente el Fecho del Imperio y si continuaba con la ambici&#243;n de ce&#241;ir la corona de emperador.

As&#237; es, do&#241;a Cristina -contest&#243;-, y si es vuestra intenci&#243;n afe&#225;rmelo, ahorraos el esfuerzo, porque ya sabemos que han sido muchos empe&#241;os vanos los que llevamos; pero este a&#241;o se ver&#225; completado mi deseo. Este a&#241;o tengo una corazonada. Los astros son claros en ese aspecto, y he aprendido una manera nueva de leerlos. Y decidme qui&#233;n os env&#237;a con esa pregunta, porque no creo que sea don Felipe, mi hermano, que bastante tiene con intrigar con esos Castro y esos Lara.

Lo dijo en voz suficientemente alta como para que mi marido, sentado a cierta distancia, lo escuchara; pero don Felipe hablaba con don Manuel y aparent&#243; no haber sido aludido.

Tambi&#233;n yo me sentar&#233; en el trono del Imperio en buen momento -continu&#243;-. Conquistamos C&#225;diz, que significa obtener dominio sobre Jerez, San Lucas de Barrameda, El Puerto, Palos, Moguer y Lepe. Los moros quedan acorralados en los altos y en el reino de Granada.

Pero -dije yo- en tanto que eso ocurre, la gente huye, y nadie cultiva los campos.

Mientras mov&#237;a a los moros, los mataba y los expulsaba, la tierra se quedaba muerta. Y don Alfonso no organizaba, a la par que la guerra, llamadas a la gente de otros lugares para que fueran all&#237; a instalarse y as&#237; dar vida a lo que antes hab&#237;an sido vegas y valles populosos.

Acudir&#225;n poco a poco. No quiero despoblar Castilla para que se llene de gente el sur. Mientras cuente con el apoyo de Portugal y de Arag&#243;n, continuar&#233; conquistando tierras. Antes de morir, mi padre el rey Santo me dijo que si manten&#237;a el reino como lo hab&#237;a heredado, ser&#237;a tan buen rey como &#233;l. Bien, pues yo lo convertir&#233; en un imperio.

El apoyo del rey de Portugal nos cuesta mucho -me atrev&#237; a decir-. A Sevilla llegaron muchos s&#250;bditos de Niebla, hambrientos y desesperados.

Niebla, Niebla, harto estoy de o&#237;r hablar de Niebla. Nos cost&#243; nueve meses de asedio, nuestros buenos dineros y las quejas de todos. Es cierto que Niebla nunca nos atac&#243; y que pagaba sus impuestos, pero se reun&#237;an all&#237; moros y mud&#233;jares de toda la morer&#237;a. Cambiaban mensajes con los africanos y eran cabeza de rebeli&#243;n. &#191;Qu&#233; se me achaca? Como rey, mi obligaci&#243;n es la conquista, y, como cristiano, la conversi&#243;n de los infieles. Aguantamos el cerco mes tras mes, soportamos una plaga de moscas como no se ha visto nada igual. Los condenados moros nos arrojaban desde las murallas ingenios que ard&#237;an y estallaban como truenos, que dicen que es invento oriental, la p&#243;lvora. Los rendimos por hambre, pero sufrimos mucho. Venc&#237; el reino de Niebla en buena lid, le di buena casa y buen retiro a Ibn Mahfuz, su rey. Aqu&#237; lo ten&#233;is, viviendo en Sevilla con sus sirvientes.

Sus sirvientas. Mi cu&#241;ado olvidaba que hab&#237;a pasado a cuchillo a todos los varones del pac&#237;fico y diminuto reino, y que tan s&#243;lo hab&#237;a respetado la vida del rey. Y luego, en un gesto de generosidad, hab&#237;a entregado Niebla al rey portugu&#233;s.

Com&#237;an los infantes y sus deudos a mi mesa, y yo pensaba en que la guerra ya no era rentable. Si de otras anteriores extra&#237;amos bienes y metales de los sarracenos, las &#250;ltimas nos hab&#237;an empobrecido lamentablemente. &#191;Cu&#225;ntos se&#241;ores no se enriquecieron con las expediciones a tierras de moros? Varios nobles con un v&#237;nculo com&#250;n lograban el beneficio de las muertes y las expediciones.

Con los nuevos tiempos, todo cambiaba. La nobleza menor no se aplacaba con sangre ni oro. Ansiaba el poder. Har&#237;an falta enormes sacrificios para mantenerla callada, que no satisfecha. En un tiempo anterior, saque&#225;bamos a los otros. A los moros. A los jud&#237;os. En breve nos ver&#237;amos abocados a robarnos entre nosotros.

Mientras entraban el besugo, que se hab&#237;a asado en el segundo patio, para que apreciaran su impresionante tama&#241;o, y aplaud&#237;an su sabor por adelantado los mejores de Castilla, la gente mor&#237;a de hambre. Los ni&#241;os no nac&#237;an. El hambre enfriaba las matrices de las mujeres, que no alcanzaban el suficiente calor para cocinar nuevos siervos. En esta tierra yerma y estragada de Castilla se nos mor&#237;an los viejos y los j&#243;venes, los que vivir&#237;an para nosotros y los que por nosotros morir&#237;an.

Se hac&#237;a necesario el reparto de comidas mientras se recuperaban del roc&#237;o y la granizada las cosechas. Y, m&#225;s urgente a&#250;n, conven&#237;a informar a los campesinos de las ventajas de plantar, con el tiempo por delante, vi&#241;edos y olivos, y con los d&#237;as amarrados a la garganta, garbanzos y lentejas. Era preciso, con urgencia, que se acometieran los cambios que en mis humildes posesiones se hab&#237;an llevado a cabo. Abr&#237; la boca, y la cerr&#233; luego.

Si ni siquiera mi esposo, cuya fortuna hab&#237;a multiplicado, hab&#237;a gastado un momento en preguntarme de qu&#233; manera lo hac&#237;a; si el rey ni siquiera escuchaba a sus consejeros, muchos de los cuales eran de mi idea, y pose&#237;an sobre &#233;l m&#225;s influencia y ascendiente; si a cualquier plan que yo sugiriera la reina iba a encontrarle mil peros, mil defectos y una necedad risible, &#191;a qu&#233; iba a hablar?

Y as&#237;, el rey Sabio, la mente m&#225;s brillante de su siglo, perd&#237;a la tierra bajo sus pies, mientras intentaba tocar el cielo sobre su cabeza.

Cuando finaliz&#243; su estancia en mi casa, porque eran muchas las que deb&#237;a honrar y en las que le deb&#237;an vasallaje, me bes&#243;, como hab&#237;a hecho cuando me conoci&#243;, en la frente, en los ojos y en la boca.

Quedo en deuda con vos, do&#241;a Cristina, y que la Madre Sant&#237;sima os bendiga con sus favores. Mi suegro os alaba por discreta, y veo ahora que esa fama es cierta.

Dios quiera que regres&#233;is pronto y honr&#233;is de nuevo esta finca.

Don Alfonso pareci&#243; vacilar.

No s&#233; cu&#225;ndo volveremos a vernos. S&#233; que no est&#225;is buena: tampoco yo tengo la salud de anta&#241;o. Un dolor persistente me nace de esta muela, y se extiende por mi mand&#237;bula, y por mucho que ahonde el cirujano, no le encuentra la ra&#237;z. Venimos a sufrir a este valle de l&#225;grimas, pero tened &#225;nimo, que sois joven y goz&#225;is del amor de vuestro esposo y de todos los que os conocen. Con la primavera y la sangre nueva volver&#233;is a ser la flor del Norte.

Sonre&#237;, a mi pesar. &#201;l tambi&#233;n sonri&#243;.

Y que no os ocupen la cabeza los asuntos de Estado ni de pol&#237;tica, que son cosas de varones, y sin duda parte de vuestras dolencias provienen de ah&#237;. Que la inteligencia no tenga tratos con vuestra hermosura, y as&#237; se mantendr&#225;n cada una en su lugar.

Marcharon todos y la casa qued&#243; en un silencio l&#250;gubre. Acostumbrada como estaba a la soledad, no hab&#237;a reparado en cu&#225;nto se hab&#237;a parecido por aquellos d&#237;as mi casa sevillana al palacio de Bergen, los ni&#241;os, los escuderos, el traj&#237;n en las cocinas, los ruidos a deshora que perturbaban los nervios, s&#237;, pero c&#243;mo consolaban el coraz&#243;n.

Dos d&#237;as m&#225;s tarde me anunciaron la visita de mi cu&#241;ado don Fadrique. Esperaba a caballo, tal y como era su privilegio por sangre, y a sus espaldas le segu&#237;a un carro con una silla mora. Le recib&#237; en mis habitaciones, mientras los esclavos daban vueltas en torno al regalo que me tra&#237;a y comentaban entre ellos en algarab&#237;a. Don Fadrique hab&#237;a engordado desde mi ma&#241;ana de elecci&#243;n en Valladolid, y parec&#237;a tambi&#233;n m&#225;s joven.

&#191;C&#243;mo os encontr&#225;is? -me pregunt&#243;.

Tal mal como aparento.

Yo nunca he estado enfermo -dijo, mientras sorb&#237;a con una paja de centeno el jugo de naranja que le hab&#237;a ofrecido-, pero s&#233; que es una cosa triste. Un pajarillo del norte como vos se ahoga en Sevilla. Id a vuestras posesiones de Covarrubias. El fr&#237;o de all&#237; os devolver&#225; la salud.

Mi lugar es ahora esta casa, y don Felipe no quiere regresar a Burgos. Sus intereses est&#225;n aqu&#237;, y los m&#237;os nacen parejos a los suyos.

Los intereses de don Felipe son s&#243;lo suyos, os lo aseguro

Do&#241;a In&#233;s se asegur&#243; de que no necesit&#225;ramos nada m&#225;s y abandon&#243; el cuarto, silenciosa. Era la hora en la que se acercaba a escuchar misa a una iglesia cercana, que antes hab&#237;a sido mezquita y se coronaba con una torrecilla retorcida y puntiaguda.

No debimos traeros aqu&#237; -dijo, con su voz entre dientes y labios cerrados, mi cu&#241;ado.

Era mi destino.

Si me hubierais elegido a m&#237;, yo os hubiera dado mejor trato que Felipe.

Si hubierais sido amigo de mujeres, yo os hubiera elegido.

El se ri&#243;.

Pero &#191;c&#243;mo os&#225;is?

&#191;Se castigan ahora las verdades en Castilla?

Las verdades siempre han sido castigadas, en Castilla y en cualquier otro lugar. -Dio otro sorbo-. Hicimos mal en traeros. Val&#237;ais m&#225;s que el oro y el trigo.

S&#233; lo que val&#237;a en plata quemada.

Al menos, los noruegos comen pan gracias a vos.

En un primer momento, no le entend&#237;. Luego intent&#233; mantener la r&#233;plica &#225;gil, como hasta entonces.

Los noruegos siempre comieron buen pan, don Fadrique.

Puede. Pero convendr&#233;is conmigo, do&#241;a Cristina, en que nuestro vino es infinitamente mejor.


La abuela Inga me hab&#237;a despreciado cuando yo, con la insensatez de la juventud, hab&#237;a asegurado no tener enemigos. Ella nunca dej&#243; de mirar bajo la cama, entre los tapices, ni prescindi&#243; nunca de la esclava sueca catadora, que probaba antes que ella cada bocado y cada sorbo.

Para nosotros, sus nietos, el peligro proced&#237;a de nombres concretos y de acciones fijas. No cre&#237;amos, como ella, que la vida fuera una lucha contra todo y contra todos, un pulso desesperado contra la muerte en el que se perd&#237;a siempre, aunque conven&#237;a mantenerse en la batalla durante el mayor tiempo posible.

Si ella deb&#237;a lo que ten&#237;a al juicio de Dios, a su mano imbatible y su fuerza de voluntad, yo viv&#237;a en un reino en el que la &#250;nica ordal&#237;a de los &#250;ltimos a&#241;os hab&#237;a tenido lugar para elegir qu&#233; rito debiera imperar en la Iglesia, si el romano o el toledano. Se libr&#243; en Burgos, un Domingo de Ramos.

Mientras los caballeros defensores batallaban entre ellos, se prendi&#243; una hoguera de le&#241;a en la plaza principal, y a ella se arrojaron dos misales, el que conten&#237;a el oficio romano, y otro, bien guarnecido, que llevaba escrito, palabra por palabra, el toledano. Si uno de los misales no se quemaba, era &#233;se el que triunfar&#237;a en las iglesias. Por caprichos del fuego, el toledano salt&#243; fuera del suelo. Y el rey (algunos dicen que no fue &#233;l, sino un emisario real), de una patada, sin respeto por el santo texto, lo devolvi&#243; al fuego, donde se consumi&#243;. De lo que se deduce lo que siempre hemos sabido de los juicios de Dios, que donde impera voluntad real, obedecen las leyes del Cielo.

&#191;Qui&#233;n se beneficiaba de la muerte de Haakon? S&#243;lo una persona: el peque&#241;o Magnus. Quiero decir, Su Majestad, el rey Magnus de Noruega.

Lo vimos crecer con la atenci&#243;n fijada en otras gracias, en otros avances. Nunca guard&#243; demasiada relaci&#243;n con Sigurd ni con Cecilia, con quienes la diferencia de edad era dilatada. Tampoco se acerc&#243; demasiado a Haakon, cuyos deberes como heredero eran tantos y tan pesados que se le marcaban aparte. Olaf no le sirvi&#243; de apoyo, perdido en las tinieblas de su ceguera, encerrado, como yo ahora, en su triste c&#225;mara.

En cuanto a m&#237;, Magnus fue mi juguete durante algunos a&#241;os. Lo llevaba conmigo a todas partes, me enorgullec&#237;a su semblante serio y su precocidad de entendimiento. Luego, cuando me hice mujer, lo abandon&#233;. No s&#233; c&#243;mo. No recuerdo c&#243;mo. Otros juegos m&#225;s fascinantes me ocuparon. Magnus, sencillamente, desapareci&#243;.

No lo ve&#237;a cuando sal&#237;amos a recibir a Haakon las tres damas principales de la corte, cada una con su refresco. No obten&#237;a demasiada atenci&#243;n en los pocos torneos en los que se le permit&#237;a participar, ni tampoco destacaba en los juegos de versos. Durante a&#241;os pas&#243; desapercibido, sentado en los lugares menores de la mesa, mientras estudiaba y se formaba, con toda probabilidad, para la Iglesia.

Llevaba sangre birkebeiner y bagler. Sangre de asesino, como todos nosotros. Sangre cainita; vio c&#243;mo mi madre le negaba a su hermano un tercio del reino, y c&#243;mo celebr&#243; su muerte. Nosotros le mostramos el ejemplo. Cuando despedazamos el cuerpo de Sigurd, cuando nos negamos a la piedad para los j&#243;venes poseedores de salinas que solicitaban merced, &#233;l observaba, y alimentaba con esa ponzo&#241;a su coraz&#243;n.

S&#243;lo ten&#237;amos ojos para Haakon, y nos arranc&#243; los ojos.

Necesitar&#237;a c&#243;mplices. El se mantuvo a nuestro lado mientras Haakon cabalgaba hacia los cotos. No fueron muchos los caballeros que le acompa&#241;aron. Ivar se contaba entre ellos. &#191;Podr&#237;a Ivar haberle traicionado? La dama de alta alcurnia a la que estaba destinado, &#191;se la hab&#237;a conseguido Haakon, poco dado a esas labores, o Magnus, que por el contrario destacaba, como mi padre, en la visi&#243;n para los enlaces familiares?

Magnus hubiera tenido f&#225;cil acceso al Acqua Nefanda. A diferencia de los m&#237;os, de los de mi madre, de los de Haakon, sus movimientos no llamaban la atenci&#243;n. Y la Bruja, a la que mi madre hab&#237;a llevado a todos sus hijos, era una conocida envenenadora. Envenenadora, partera, remendadora de virgos, lectora de runas y de augurios.

&#191;Qu&#233; le profetizar&#237;a a Magnus? &#191;Cu&#225;ntas veces se reunir&#237;an ambos, para beber aquella tisana que aligeraba la cabeza y dilataba las pupilas? &#191;Con qu&#233; planes, con qu&#233; futuro? Nada adivin&#243; de mis dorados pron&#243;sticos.

Un puro enga&#241;o, como mi padre dijo. Pero &#191;y del de Magnus?

Con cu&#225;nta rapidez se reh&#237;zo, admiramos. Mientras mi madre zanjaba sus cuentas pendientes con el fantasma de Kanja, y mi padre inclinaba su noble cabeza, abrumado de nuevo por el poder en solitario, &#233;l tom&#243; la carga que no le estaba destinada y la asumi&#243;. Escuch&#243; los llantos del pueblo, que invocaba el nombre de Haakon y prend&#237;a velas para guiar su alma. Y luego, con serenidad, con toda calma, se sent&#243; en su silla, en el lugar principal de la mesa.

La abuela tuvo que haberlo sabido. Puede que incluso la idea partiera de ella. Todos la hab&#237;amos decepcionado. Cecilia, por obligarle, a ella y a mi padre, a buscarle otro marido cuando ya le hab&#237;an destinado el bagler; Sigurd, de voluntad d&#233;bil y esp&#237;ritu torturado; Olaf, a quien ni siquiera dedicaba un instante; yo, que no parec&#237;a servir para ning&#250;n trato real, o provechoso, o adecuado; Haakon, irreflexivo e impulsivo, mucho m&#225;s inteligente que mi padre y libre de sus inseguridades, y, por lo tanto, menos deseoso que &#233;l de dejarse guiar por los juicios de la abuela Inga.

Magnus, callado, silencioso, taimado, era como ella: un superviviente que no alardeaba, un escorpi&#243;n agazapado en una esquina, tan inflexible como ella, e igual de ambicioso.

Mi abuela s&#237; miraba a Magnus. Mi abuela, a la que no se le escapaba nada de lo que ocurriera a su alrededor, no se dejaba deslumbrar y se dirig&#237;a hacia lo que deseaba como una flecha que busca el blanco. Siempre hab&#237;a logrado lo que buscaba.

La imagin&#233; envuelta en sus sedas de siempre, con el peto de &#225;mbar que le gustaba, caminando sin prisa por los pasillos del palacio de Bergen. La vi alimentando al leopardo con Magnus, los dos cabeza con cabeza, mientras mi padre lamentaba la ausencia de Haakon, con quien tan bien se entend&#237;a, y mi madre, sin nada ya que hacer, con demasiado tiempo ante s&#237; y nada con lo que llenarlo, no aconsejaba, no decid&#237;a, no ve&#237;a. El poder siempre hab&#237;a estado en las manos de la abuela Inga; y ahora se encontraba, tambi&#233;n, en quien ella hab&#237;a designado. Y, mientras tanto, nosotros escuch&#225;bamos las haza&#241;as de los reyes antiguos y olvid&#225;bamos que &#233;ramos nosotras, Astrid la Rubia, Kanja la Joven, Inga la Santa, las que hab&#237;amos dicho &#233;ste es mi hijo, &#233;ste ser&#225; vuestro pr&#243;ximo rey. 


Si mi bisabuelo, el rey Sverre hubiera tenido quien le cantara, como ocurre ahora con los reyes modernos, nos hubiera legado tambi&#233;n valiosas lecciones.

De &#233;l, criado en un monasterio y excomulgado en el d&#237;a de su muerte, hubiera aprendido a ejercitar la paciencia y a no esperar demasiado de quienes en un inicio parec&#237;an nuestros amigos y aliados. Hubiera aprendido a pactar con los enemigos de uno en uno, aun cuando pareciera que con eso se adelantaba poco y se deseara acabar de una vez.

Durante estos a&#241;os he pensado qu&#233; decirle al rey Alfonso y c&#243;mo ganar su favor con consejos y estrategias que nunca tuve la oportunidad de desplegar, cuando tendr&#237;a que haberme aconsejado a m&#237; misma. Se&#241;or -fantase&#233; con que le dir&#237;a mil veces-, tomad ejemplo del rey de Navarra, que no s&#243;lo saca provecho de su situaci&#243;n, tan dulce, en pleno camino de San lago, sino que adem&#225;s da prebendas a quienes desean dirigirse al norte. Tenemos al sur en guerra y al norte como amigo. Mirad hacia el norte, entonces. -Y no reparaba en que ten&#237;a al sur en guerra y el norte lejano, muy lejano.

Yo pensaba en c&#243;mo salvar el reino de Castilla y, mientras tanto, me dejaba envenenar. Era yo quien, ignorante de que me encontraba al borde de un precipicio, me empe&#241;aba en asomarme a &#233;l para coger una flor en su extremo. Como don Alfonso, miraba las estrellas, sin fijarme en las trampas a mis pies.

Un reino que deja morir de hambre a sus s&#250;bditos mientras el rey legisla los correajes de los caballos, que quema los libros mientras pide prestado dinero a los infieles que ignoran la palabra de Dios, ofrece unos peligros que yo deb&#237; observar y de los que deb&#237; aprender. Pero era una extranjera en tierra nueva, una mujer ignorante y sola, y confiada en mis fuerzas y en mi belleza.

Desde que hace cinco d&#237;as desped&#237; con mi bendici&#243;n al m&#233;dico jud&#237;o me he negado a tomar las medicinas que me ofrec&#237;an, incluso el delicioso vino con especias que me mov&#237;a a una euforia amable y me amodorraba al sol, y era uno de mis pocos deleites. Se acerca mi fin, y necesito pensar con claridad, para que se abra entre las tinieblas un poco de luz y mi vida no haya sido en vano. He recordado conversaciones enterradas en desatenci&#243;n y, como un labrador, en la tierra lisa he abierto surcos para entender mejor las frases que fueron dichas y escuchadas en su momento con ligereza.

Por momentos he pensado si no ser&#237;a mejor que me aumentaran la raci&#243;n de vino y deslizarme as&#237; hacia la muerte con dulzura; no me gusta lo que he recordado, ni me agrada lo que veo. A mi manera, preparo mi particular confesi&#243;n general, y se me asemeja al paso de los rasgos algo deformados que me mostraban los espejos viejos de metal a la claridad despiadada del espejo de cristal de roca. Los afeites que parec&#237;an favorecedores reflejados en el bronce bru&#241;ido son m&#225;scaras de teatro en los nuevos espejos. Y, sin embargo, bajo esa luz y esa claridad nos ven los hombres, no suavizadas por las aguas del bronce.

No ten&#233;is mi sangre -hab&#237;a dicho la abuela-, ninguno de vosotros. No es cierto. Aunque demasiado tarde, descubro que algo de ella corre por mis venas, y con la sangre, su mirada aguda, fija siempre en lo que los dem&#225;s no pod&#237;amos ver.

&#191;C&#243;mo me ve&#237;an a m&#237;, hace cuatro a&#241;os, los aragoneses y los castellanos, sino como un pacto ya caduco propuesto a un rey que acababa de morir? &#191;C&#243;mo, sino como una intrusa que tendr&#237;a mal encaje en una corte ya establecida, en la que no cab&#237;an m&#225;s rangos y en la que cada cual hab&#237;a encontrado su lugar, mal que les pesara? &#191;Por qu&#233;, fijados ya los pactos por el Fecho del Imperio, hab&#237;an de modificarse por una noruega cuya presencia nadie requer&#237;a? &#191;Qu&#233; ven&#237;a a buscar al sur Kristina Haakonard&#243;ttir, soltera de cierta edad, a la que tampoco hab&#237;an encontrado acomodo en su propio reino?

Me he despedido de Baruch y le he dado mi sello, para que pueda firmar los documentos que quedan abiertos con mi autorizaci&#243;n y los que en un futuro surjan.

Se&#241;ora, pensar&#233; siempre en vos con amor -ha musitado, con la voz ahogada.

No os gast&#233;is todo el dinero -le he dicho-. Ten&#233;is el don de ganarlo, y la maldici&#243;n de no saber conservarlo.

Lo he visto marchar hasta que se ha convertido en una sombra (mis ojos han perdido mucha agudeza en las &#250;ltimas dos semanas), y he llamado a do&#241;a In&#233;s Rodr&#237;guez Gir&#243;n, que, sonriente, como siempre, presurosa, como siempre, se ha acercado a mi silla.

&#191;Qu&#233; se os ofrece, do&#241;a Cristina?

Durante los &#250;ltimos cinco d&#237;as he urdido en mi mente qu&#233; decirle, y c&#243;mo hacerlo. Si me pudiera tener en pie, si mi brazo conservara el impulso que mueve el de un reci&#233;n nacido, le ara&#241;ar&#237;a el rostro y la escupir&#237;a. La arrastrar&#237;a por esos cabellos endrinos que conserva, mientras los m&#237;os se mueren, le arrancar&#237;a los ojos con mis propias manos. Nada de eso es posible ahora, y observo el rostro que tanto he querido y al que tanto he agradecido con un odio nuevo, burbujeante.

Amiga, sabido es que muero. -Por costumbre, protesta. Impaciente, la atajo-: No tengo fortuna propia porque, como sab&#233;is, se ha invertido toda en negocios, pero comoquiera que hace cuatro a&#241;os os promet&#237; que os dotar&#237;a bien, y esos a&#241;os se cumplen por estas fechas, quiero que al menos teng&#225;is un recuerdo m&#237;o. Acercaos.

Fuerza, se&#241;ora -musita do&#241;a In&#233;s, y se sienta a mis pies.

Os lego mi bien m&#225;s preciado. -Y mi mano busca entre mi pelo amarrado y arranca una de las peinetas de oro que, cada ma&#241;ana, sus dedos diligentes clavan en mi cabeza. Con los ojos desorbitados ve c&#243;mo la dirijo hacia su cabello, quiz&#225;s hacia su rostro, si mi pulso falla, y de un salto se aleja de m&#237; y de mi asiento.

Nos observamos como lo que somos: cazador y alima&#241;a. Ella yergue la cabeza y me mantiene la mirada. Se arregla, incluso, sin volver hacia &#233;l su atenci&#243;n, un pliegue de la manga.

&#191;Desde cu&#225;ndo lo sab&#233;is?

Desde hace cinco d&#237;as.

Bien -dice ella, y guarda silencio. Intento encontrar las palabras preparadas, o que, adem&#225;s de mirarme, hable.

&#191;Cu&#225;ndo comenz&#243; esto? -pregunto.

El d&#237;a de vuestra boda, y cada d&#237;a que me he despertado junto a vos desde entonces.

&#191;Manch&#225;is las peinetas?

Ella asiente con la cabeza.

He de impregnarlas con un unto cada d&#237;a. El oro, que es material noble, ni lo absorbe ni delata el proceso.

Tomo aliento. Ella se acerca de nuevo, con precauci&#243;n.

&#191;Qu&#233; mal os hice en este mundo -pregunto- para infligirme esta tortura? &#191;Alguna vez os caus&#233; da&#241;o? &#191;He mirado por otra cosa que no sea vuestro bien o vuestra comodidad? -Do&#241;a In&#233;s calla-. &#191;Qu&#233; resentimiento podr&#237;ais albergar contra m&#237;, para verme d&#237;a tras d&#237;a, cada noche, m&#225;s y m&#225;s enferma? &#191;Qu&#233; coraz&#243;n ten&#233;is? &#191;No tem&#233;is las penas del infierno, la condenaci&#243;n eterna, el fuego de los pecadores? &#191;Qu&#233; os hice yo, y qu&#233; le hice a do&#241;a Violante, para que conspirarais as&#237; contra m&#237;? &#191;En qu&#233; os beneficia mi muerte, y c&#243;mo os premiar&#225; la reina esta traici&#243;n? &#191;Con dineros? &#191;Con un marido?

Do&#241;a In&#233;s me mira con desprecio. Habla con desprecio.

Pensar que os tienen por discreta &#191;Qu&#233; se me trae a m&#237; con la reina, do&#241;a Cristina? &#191;Y qu&#233; ten&#233;is en su contra? &#191;Cre&#233;is que se manchar&#237;a con estos asuntos que s&#243;lo a nosotras nos incumben?

Fue la reina quien me la recomend&#243;, quien la coloc&#243; en mi s&#233;quito desde los primeros d&#237;as. Violante, la Yolanda de los poetas, contra la que su propio padre me hab&#237;a prevenido.

&#191;No es ella la que os recompensa? -balbuceo, confusa.

Con vuestra muerte recibo yo mi recompensa -dice ella, su boquita fruncida-. Ya os dije hace tiempo que a su debido momento me proporcionar&#237;ais el marido que merec&#237;a.

Da vueltas a su anillo, que lleva una cruz pintada en laca. Mil veces antes hab&#237;a visto esa cruz en los pechos de cien hombres. Eran las tropas castellanas esclavas de las voluntades de sus se&#241;ores. Y entre ellos se encontraban las &#211;rdenes Militares del Temple y de Santiago, de Calatrava y el Hospital, y los caballeros de las milicias de Toledo, Medina, Segovia, &#193;vila, Cuenca, de Burgos y del resto de las ciudades de las que mi esposo don Felipe recib&#237;a impuestos, d&#225;divas y compromisos. Le conoc&#237; yo ya sin cruz. Le vi con un jub&#243;n de pa&#241;o zafio, un manto de terciopelo negro y una cadena gruesa que finalizaba en su cintura.

Como los eslabones de esa cadena, se anclan los rumores y cobra sentido lo que hasta entonces estaba disperso. Ha querido el Cielo que me entere as&#237; de las verdades, mientras a otros les son reveladas con suavidad y avisos.

&#191;Cre&#233;is, loca, que se casar&#225; con vos? &#191;Un infante de Castilla, con fortuna propia y apostura? &#191;Con una dama de compa&#241;&#237;a, la hija de un secretario?

Se casar&#225; conmigo porque as&#237; me lo prometi&#243;, y porque no piensa en otra cosa desde que me conoci&#243;.

Rompo a re&#237;r.

Las promesas de los hombres se las lleva el primer viento que pase. Aunque enviude, elegir&#225; a una mujer de apellido. Una Lara o una Rodr&#237;guez de Castro.

Ella se acerca m&#225;s a m&#237; de nuevo, con cuidado, como si yo, como las ginetas sin amaestrar, pudiera a&#250;n morderla o ara&#241;arla con los peinecillos.

Nos conocimos en Burgos, hace seis a&#241;os. Acudi&#243; a la casa de mi padre, para tratar del asunto de una bula que hab&#237;amos solicitado, y al mirarnos, se nos perdi&#243; el coraz&#243;n por los ojos. Enloquec&#237;. Cuando me supe correspondida, me sent&#237; dispuesta a saltar por encima del fuego, a cualquier sacrificio que me cupiera. Don Felipe pidi&#243; entonces al rey que le liberara de sus votos, porque deseaba regresar al mundo. El rey se lo neg&#243;. Seis veces elev&#243; sus peticiones, y seis veces le fueron rechazadas, cada vez m&#225;s iracundo el rey, porque deseaba a alguien de su confianza en la Iglesia, y m&#225;s en Sevilla, y don Sancho, que Dios guarde, no era hombre de palabra.

El car&#225;cter del arzobispo de Sevilla no es apropiado para su santo ministerio, me dijeron, mientras me lo colocaban ante los ojos, el &#250;ltimo, el m&#225;s hermoso. La &#250;nica opci&#243;n posible.

Entonces, el rey cambi&#243; de idea y le mand&#243; llamar, conciliador. Con el temor en el cuerpo, pero esperanzados, vimos una esperanza para nuestra uni&#243;n. Acudi&#243; don Felipe a Toledo y regres&#243; con el permiso de ahorcar los h&#225;bitos, pero s&#243;lo bajo la condici&#243;n de que matrimoniara con vos, porque al rey le hac&#237;an falta los votos de los noruegos en el Fecho del Imperio y mataba, cre&#237;a as&#237;, dos p&#225;jaros de un golpe, las quejas del hermano y el halago al rey noruego.

Hizo una pausa.

Cre&#237; morir. Los sufrimientos de los que os preci&#225;is vos ahora -me se&#241;al&#243;- no son nada comparados con las fiebres que me arrasaron. Dej&#233; de comer, y me era imposible dormir. Ped&#237; entonces a la Sant&#237;sima Virgen que me iluminara, y ella as&#237; lo hizo. Ella no abandona nunca a los desesperados.

Robin the Hood, desangrado por una abadesa imp&#237;a. El rey don Alfonso, con una infecci&#243;n en la mand&#237;bula, solo y enga&#241;ado por todos. Oh, s&#237;. No desampara a sus fieles.

Fing&#237; voto de castidad por el favor de haberme recuperado y ped&#237; a mis padres que me presentaran ante la reina. A la reina yo le estorbaba, y como no me quer&#237;a a su alrededor, tal y como era de esperar, fue r&#225;pida en entregarme a vos.

Nunca he sido afortunada en mis amistades con las mujeres. Astrid, primero, y esta v&#237;bora, ahora. S&#243;lo Cecilia me quiso, y quiz&#225;s &#250;nicamente por ser mi hermana.

Don Felipe no os ama. Quiz&#225;s lo hizo, tiempo atr&#225;s, cuando era cl&#233;rigo, pero ni siquiera os mira ahora. Ha cuidado de m&#237; desde entonces. Ni una sola noche ha dejado de yacer conmigo.

Do&#241;a In&#233;s comienza a re&#237;r.

&#191;Yacer? &#191;A qui&#233;n le cont&#225;is eso? &#191;Olvid&#225;is mi puesto? &#191;Y qui&#233;n os dice que para el amor hace falta la noche? &#191;Y qui&#233;n os dice lo que ocurre en las horas entre las que cerr&#225;is los ojos y los abr&#237;s de nuevo? Sois doncella, y lo s&#233; bien, porque en las noches en las que nos pod&#237;a el deseo, os suministraba una droga con el vino de la cena, y holg&#225;bamos, y nos re&#237;amos de vos, y aguard&#225;bamos con paciencia lo inevitable. Tres veces os he pedido permiso para irme en estos cuatro a&#241;os a la casa de mi padre, y en las tres nunca llegu&#233; all&#225;. Me escapaba a la casa de una mujer en Erija, que sabe de estas cosas y que me daba las hierbas necesarias para desembarazarme, y cuando me hab&#237;a recuperado, regresaba a Sevilla, sin que nadie notara nada. &#191;Cu&#225;ntas veces os hab&#233;is pre&#241;ado vos?

Dice la verdad, porque as&#237; lo siento y porque de nuevo la cadena se alarga con nuevos eslabones que encajan. Y, sin embargo, cu&#225;ntas noches, entregado al sue&#241;o, me ha despertado don Felipe porque me abrazaba con fuerza y no me dejaba moverme, ni siquiera respirar. Y cu&#225;ntas otras noches no ha podido dormir si no me cog&#237;a de la mano, como un ni&#241;o peque&#241;o que buscara la protecci&#243;n, el perd&#243;n, el descanso.

Vuestra noche de bodas -contin&#250;a contando la arp&#237;a- fue mi noche de bodas. Fue el regalo que me hizo, despreciar el lecho de una hija de reyes para venirme a gozar al m&#237;o. Y desde entonces, as&#237; ha sido en todas las ocasiones posibles.

Intento recuperar la entereza. Mi mente no puede ordenar las frases a tanta velocidad. La miro, atravesada por el asco.

Aun as&#237;, sois una envenenadora. Una asesina. Mi marido no os perdonar&#225; eso, por muy hechizado que le teng&#225;is.

R&#237;e a&#250;n m&#225;s. M&#225;s fuerte.

&#191;De qui&#233;n cre&#233;is que fue la idea? &#191;Qui&#233;n pens&#225;is que me dio fuerzas, en los momentos en los que flaqueaba, en los que vi que pasaban los meses y no os mor&#237;ais, maldita, no os mor&#237;ais? &#191;Qui&#233;n cre&#233;is que me dio el unto para las peinetas, que s&#243;lo est&#225; al alcance de los infantes de Castilla? &#191;A qui&#233;n se lo vais a contar que no est&#233; de mi parte, o que os crea? Si quisiera, podr&#237;a mataros ahora mismo. Mirad el regalo de oro que nos tra&#237;an del norte, ved en qu&#233; se ha quedado. Confesaos de vuestros pecados, que os ha llegado la hora, y yo los m&#237;os los aguanto muy bien sobre mi conciencia.


Escoge al mejor de ellos.

Entrega tu plata.

Ahora qu&#233; m&#225;s da todo eso.


Mi abuelo, Haakon III, muri&#243; as&#237;, como yo muero.

Pero ahora que lo pienso con detenimiento, yo ya sab&#237;a parte de esto que me han contado. Por mucho que me mintiera a m&#237; misma, por muchas explicaciones que perge&#241;ara en mi cabeza, sab&#237;a que el infante don Felipe no era impotente, ni d&#233;bil, ni estaba mal formado.

Durante los primeros meses, en los que a&#250;n intentaba seducirle y me acercaba a &#233;l y le acariciaba, su olor se mezclaba con otros extra&#241;os, ecos de piel humana y no de perfume, y yo adivinaba otra rival cerca. En dos ocasiones le entrev&#237; con una de las esclavas, pero comoquiera que ninguna se me present&#243; con un hijo suyo, no ten&#237;a ninguna protesta que hacerle. Adem&#225;s, sin heredades que legar ni t&#237;tulos que quedaran detr&#225;s, mi obligaci&#243;n de darle un hijo continuaba, pero atenuada, como un deber eternamente pospuesto.

La mayor parte del tiempo me resignaba a esta vida. Hab&#237;a visto a demasiadas mujeres morir o quedar in&#250;tiles tras un parto como para echar de menos la experiencia, mujeres que perd&#237;an los dientes con el primer embarazo o no sobreviv&#237;an a las fiebres puerperales. Yo hab&#237;a vivido veinticuatro, veinticinco a&#241;os sobre esta tierra, y me sent&#237;a afortunada. Adem&#225;s, todos los santos elogiaban la castidad y la pureza, aun dentro del matrimonio.

Buenas noches, do&#241;a Cristina.

Buenas noches, esposo.

Pero otras veces, cuando por las ma&#241;anas me despertaba y tras un instante de inquietud recordaba qui&#233;n era, d&#243;nde estaba, qu&#233; me hab&#237;a llevado all&#237;, me asaltaba una furia ciega, el deseo de hacer da&#241;o sin mirar a qui&#233;n, por el propio placer de que alguien sufriera como yo sufr&#237;a.

Uno de esos d&#237;as me despert&#233; antes de lo habitual. Mi marido dorm&#237;a fuera: hab&#237;a ido a correr los toros a alg&#250;n lugar que no recuerdo y se ausentaba durante unas jornadas. Escuch&#233; unas risas ahogadas y unos jadeos. Intrigada, me levant&#233; (a&#250;n pod&#237;a caminar sin la ayuda de nadie) y segu&#237; el sonido. Josefa, una de mis due&#241;as, hab&#237;a dejado la puerta de su cuarto abierta, porque mediaba julio y el calor agobiaba, y s&#243;lo con el ventanuco y la entrada franca se entablaba un poco de corriente que lo aliviara.

Se hab&#237;a subido al cuarto a mi esclavo m&#225;s joven, al que adiestraba para ser mi preferido, y le estaba ense&#241;ando el juego del hombre y la mujer. Sin pudor, sin reparos. Los atrap&#233; como dos perros, y tan absortos estaban en su pecado que hasta que agarr&#233; una vara y comenc&#233; a golpearlos ni siquiera repararon en mi presencia.

&#161;Cerdos! &#161;Animales!

Di voces, convoqu&#233; a la casa. Mariquilla y do&#241;a In&#233;s, y do&#241;a Juana, que a&#250;n habitaba conmigo, intentaron calmarme, pero fue en vano. Jur&#233; en noruego, repet&#237; las palabras sucias que se les dedicaba a las caballer&#237;as y a las furcias, y luego, con una idea en la mente, me calm&#233;.

Castrad al muchacho -orden&#233;-, cortadle la lengua a la due&#241;a.

Comenzaron a gritar todos ellos.

No lo repetir&#233;. Si no lo hac&#233;is de inmediato, los matar&#233;, y os mandar&#233; azotar a todos.

Algo en mi voz los convenci&#243; de que no exageraba el castigo. Callaron. Do&#241;a In&#233;s, muy p&#225;lida, empuj&#243; al esclavo que ten&#237;a a su lado.

&#191;No hab&#233;is o&#237;do a la infanta? &#161;Vamos! &#161;Proceded!

Pese a los alaridos de los pecadores, no se atrevieron a desobedecerme.

Esa tarde, cuando a&#250;n no se hab&#237;a disipado en el patio el olor a carne quemada de los cuchillos cauterizadores, me sobrevinieron los remordimientos. Recordaba mi acceso de c&#243;lera como si lo hubiera experimentado otra persona, como si mi madre hubiera tomado mi cuerpo prestado y lo hubiera empleado para gritar en la manera en la que ella lo hac&#237;a. Entre l&#225;grimas le confes&#233; a Baruch que tem&#237;a que mi marido se contrariara y me ri&#241;era.

Qu&#233; verg&#252;enza, Baruch, as&#237; sigo los buenos consejos que me dio nuestro se&#241;or don Jaime

Vamos, vamos, no os disgust&#233;is por una tonter&#237;a. Don Felipe no se cuida de las due&#241;as, y al muchacho hab&#237;a que castrarlo antes o despu&#233;s. Vos no dig&#225;is nada, que me encargar&#233; yo de amedrentar a los otros.

Le mir&#233; esperanzada. &#201;l asinti&#243;.

No castigu&#233;is vuestros preciosos ojos con ese llanto por algo tan balad&#237;. Recobrad la compostura, yo me ocupo.

As&#237; fue. Alguna vez le he mencionado a mi marido que se acercaba el momento de castrar al chiquillo de Berber&#237;a, pero su respuesta es siempre compasiva:

Pobrecillo, es tierno a&#250;n. Aguardemos un poco m&#225;s.

Yo finjo entonces sentir pena, tambi&#233;n, y as&#237; pasan los d&#237;as. Con cierta frecuencia, los dos, el chico capado y Josefa la Muda, comparten lecho, aunque ya nada pueden hacer, y yo hago la vista gorda. Nos aferramos a los h&#225;bitos, por m&#225;s que no tengan sentido ya en el presente. Tambi&#233;n yo, con m&#225;s frecuencia de la que desear&#237;a, me chupo el pulgar cuando me siento sola.

La vida de los hombres transcurre, por lo habitual, de la manera m&#225;s mon&#243;tona. Los hijos suceden a sus padres en sus oficios y puestos, y los d&#237;as, los meses y los a&#241;os giran y se repiten, siempre en hilera, la noche y la luz. Nada cambia, y al final, llega la muerte. A m&#237; me destin&#243; Dios a una existencia llena de saltos y a un largo viaje. Pero tambi&#233;n as&#237; me llega la muerte, siguiendo los mismos oficios y cayendo en las mismas trampas que mis antepasados. Porque late en nosotros su sangre, somos sus hijos, y nada puede apartarnos de nuestro destino, ni las oraciones, ni los amuletos, ni las promesas a los santos, ni la m&#225;s decidida de las voluntades humanas.


&#191;C&#243;mo llegar&#225; a o&#237;dos de mi madre, la reina, la noticia de que &#250;nicamente le queda un hijo? Mi madre nunca me tuvo gran afecto. Se desilusion&#243; cuando supo que era una ni&#241;a, porque adem&#225;s los meses de mi espera hab&#237;an sido molestos para ella, y el parto dif&#237;cil. Me entreg&#243; al aya lo antes posible, y busc&#243; un nuevo hijo, que fue el malogrado Olaf, en cuanto le fue posible.

En mis primeros a&#241;os aprend&#237; r&#225;pidamente a comportarme como ella deseaba, porque se le acababa pronto la paciencia y me apartaba de s&#237; si lloraba o la importunaba.

Quita. Aparta. No haces sino avergonzarme. No puedo llevarte a ning&#250;n sitio.

No toleraba que considerara nada m&#237;o, y hasta me arrebat&#243; a la gata nodriza que me proteg&#237;a en la cuna cuando era muy peque&#241;a.

Cuando crec&#237;, supe que de poco me val&#237;an las l&#225;grimas, y si Cecilia fing&#237;a no escuchar las exigencias de mi madre, y acu&#241;aba con ello la reputaci&#243;n de mantener la cabeza en las nubes, yo comenc&#233; a enfrentarme a ella y a su tiran&#237;a de gritos y de obligaciones.

Aunque sea a palos -me dec&#237;a, con los ojos entrecerrados por la ciega c&#243;lera que le provocaba- aprender&#225;s a ser una buena hija. As&#237; tenga que costarme a m&#237; la salud y a ti la vida, me obedecer&#225;s.

Si me ped&#237;a que cosiera, yo me negaba. Me encerraba entonces y me encontraba dos horas m&#225;s tarde, con los brazos cruzados y ni una sola puntada en el tejido. Si me llevaba a la cocina para que aprendiera, de la manera convencional, a aprovechar los ar&#225;ndanos del verano, yo miraba hacia otro lado y fing&#237;a no escuchar ni una sola palabra, hasta que me golpeaba.

Nadie te querr&#225; -gritaba, exasperada-. No sabes hacer nada, no tienes nada que no te d&#233; yo o no te regale tu padre. &#191;Qui&#233;n te va a querer, presuntuosa, flaca, fea como eres?

Vomitaba si me forzaba a curtir las pieles, y soportaba bien el que me castigara sin alimentos. A veces mi abuela Inga interced&#237;a, y me hac&#237;a llegar una manzana verde, mis preferidas, sin que nadie se enterara. As&#237; era la vida de las doncellas en la corte, esclavas de las mujeres mayores que intentaban domar nuestro car&#225;cter para que nos someti&#233;ramos, para que ocurriera lo que nos ocurriera en las casas o los reinos a los que est&#225;bamos destinadas nuestra voluntad estuviera preparada y no nos rindi&#233;ramos o nos pleg&#225;ramos a las normas; seg&#250;n la fuerza de nuestros enemigos.

He visto c&#243;mo ejecutaban a mi padre ante mis propios ojos, y no creas que llorar&#233; si tengo que matarte a ti a golpes para que me obedezcas -dec&#237;a mi madre, y a m&#237; me aterraba, porque la sab&#237;a capaz de ello, y recordaba muy vagamente los detalles de la muerte del abuelo, el traidor contra mi padre y los nuestros.

Creo que, con los a&#241;os, mi madre me tom&#243; alg&#250;n afecto. No lo suficiente como para mimarme, pero s&#237; como para relajar su vigilancia sobre m&#237;. Se hac&#237;a mayor y prefer&#237;a dedicar su atenci&#243;n a temas m&#225;s importantes que yo.

Ha de ver que eres como ella -me aconsej&#243; Cecilia-. Te pareces en exceso a la familia de nuestro padre, y no sabe c&#243;mo tratarte. Mu&#233;strate dura, pero no frente a sus deseos: im&#237;tala.

No lo lograr&#233; -le dec&#237;a.

S&#237; que lo har&#225;s. Si yo he podido, t&#250; tambi&#233;n.

Durante alg&#250;n tiempo me pregunt&#233; qu&#233; lograr&#237;a que mi madre me mirara con amor. Entonces, en una de las ejecuciones del invierno a las que, por compromiso, deb&#237;amos asistir, se present&#243; mi oportunidad. El condenado me vio pasar a su lado y se arroj&#243; sobre el barro helado. Intent&#243; tocar el borde de mi t&#250;nica.

&#161;Princesa, tened piedad! &#161;Piedad, se&#241;ora! &#161;Nunca me alc&#233; contra el rey ni albergu&#233; ninguna traici&#243;n! &#161;Han sido malos enemigos los que me han delatado, y por ellos encuentro mi ruina! &#161;Salvadme, se&#241;ora, que mis padres no tienen m&#225;s hijo que yo!

Apret&#233; las manos, una contra la otra, dentro del manguito de piel. Le hab&#237;an torturado, y el miedo le deformaba la boca. Sent&#237; cierta compasi&#243;n, mezclada con la repugnancia y el desprecio, y entonces, en mi nuca, percib&#237; la mirada fija y ardiente de mi madre.

Le escup&#237; y me apart&#233; de &#233;l, para ocupar mi lugar en mi tribuna. Por primera vez, vi que los labios de la reina se relajaban en una sonrisa diminuta, apenas perceptible. Por fin, despu&#233;s de tantos esfuerzos, de los gritos y las privaciones, me asemejaba a ella. El hombre, que era noble y acaudalado, fue decapitado de un solo golpe bien asestado. Sobre sus padres se levantaron las sospechas y el arresto, y mi padre consigui&#243; una salina y nuevas tierras.

S&#237;, todos salimos ganando.

&#191;Qui&#233;n le dir&#225; a mi madre que he muerto? &#191;Qui&#233;n le contar&#225; la verdad y le hablar&#225; del fracaso de su hija, a la que intent&#243; educar para que fuera una esposa como ella, siempre dispuesta y seductora, la que se dejaba olvidadas las joyas que mi padre le regalaba s&#243;lo por enfurecerlo y demostrarle que no se compraba con oro? &#191;Qui&#233;n podr&#225; contarle que las &#250;nicas joyas que el infante de Castilla me leg&#243; son el instrumento de mi muerte?

&#191;C&#243;mo se lo har&#225; saber a mi padre, y a mi abuela, si es que a&#250;n vive? Quiz&#225;s Magnus reciba una carta del rey Alfonso y tengan que pactar entre ambos la devoluci&#243;n de mi dote, y as&#237; sepan que la hija m&#225;s querida que el oro ya no existe, y con ello, que se cierren los pactos con los puertos del este.


Yo era m&#225;s preciada que el oro.

Pero no que el trigo.


Llevaba raz&#243;n don Fadrique, pero nunca lo hubiera reconocido de no escucharlo con otra mente y en otras bocas: Noruega necesitaba pan, y en nuestras tierras de luz y sombra no crec&#237;a suficiente trigo. Ni siquiera las variedades m&#225;s duras granaban. Desde que hab&#237;a memoria, entre las guerras y los pactos, era Inglaterra quien nos surt&#237;a de trigo, de centeno y de la cebada que nos faltaba, a cambio de bacalao y arenque, y de las rosadas tiras de salm&#243;n de mi pa&#237;s.

Pero cuando yo era ni&#241;a el precio del trigo importado hab&#237;a subido,, primero una vez, luego dos, hasta costar el triple de lo establecido. Nuestros emisarios rug&#237;an, indignados, y los ingleses se encog&#237;an de hombros y culpaban al coste de los barcos, al largo camino hasta nuestros puertos y a lo endemoniado del clima en invierno.

Deber&#237;amos -insist&#237;a mi hermano Haakon-, deber&#237;amos., deber&#237;amos

La atenci&#243;n de los reyes se volvi&#243; a las ciudades alemanas de la Liga Hanse&#225;tica, y en especial al puerto de L&#252;beck, la ciudad de las siete torres. A trav&#233;s de L&#252;beck pod&#237;a importarse el cereal del B&#225;ltico en menos tiempo y a menor precio, y, a su vez, nuestro pescado, m&#225;s barato y en mejor estado que el dan&#233;s que les llegaba, podr&#237;a servir de moneda de cambio.

Deber&#237;amos casar a Kristina.

A&#250;n no. Es demasiado pronto. Reserv&#233;mosla.

Pact&#243;, guiada por la necesidad, mi familia con Federico II, al que deb&#237;an obediencia los de L&#252;beck, una serie de contratos que nos garantizaban el grano. Pero muri&#243; Federico II, y muri&#243; su sucesor, y el rey de Castilla, que era hijo de alemana, reclam&#243; entonces el condado de Suabia, la corona de emperador y con ello el control de L&#252;beck.

Que El&#237;as y Knut partan hacia Castilla y que hablen con el rey Alfonso de la ayuda y el apoyo que podemos prestarle, siempre que nos garantice, cuando sea coronado, el control del puerto alem&#225;n.

Y as&#237; fue como Knut Haakoson parti&#243; hacia Castilla con un barco lleno de p&#225;jaros, el apoyo incondicional al Fecho del Imperio y la oferta de sellarlo con mi mano. Noruega recibir&#237;a el trigo, y don Alfonso, ayuda. Nada de ello quedaba cerrado. Muchas cosas deb&#237;an transcurrir para que ese hecho se diera, para que los barcos del B&#225;ltico inundaran de grano dorado las ciudades noruegas y para que el rey, frente a la oposici&#243;n de Inglaterra y la opini&#243;n variable del papado, fuera ungido. Por lo tanto, no merec&#237;a la pena sellarlo con una prenda de excesivo valor.

Una princesa para un infante. Que fuera Haakon y no el rey padre el que me entregara, para que salvara las apariencias frente a los otros aspirantes al Imperio. Quiz&#225;s fueron entonces los alemanes, o los ingleses, y no Magnus, qui&#233;n sabe, los que asesinaron a mi hermano, al que sab&#237;an cercano a la causa castellana. Tal vez me he dejado llevar en exceso por la imaginaci&#243;n, atenazada por enemigos como me hallo, y culpe a mi hermanito de un pecado mortal del que ni siquiera tiene idea.

Fuera como fuera, result&#243; muerto d&#237;as despu&#233;s mi hermano, mi amado, mi brillante estratega, demasiado confiado, como yo, para rodearse de catadores y escuderos.

Debi&#243; pactarse entonces, todo encaja, que este enlace y esta princesa pasaran desapercibidos, pero que sirviera como un pe&#243;n que pudiera convertirse en reina, llegado el momento. Don Alfonso no ser&#225; emperador, y yo muero sin haber serado de nada. Qu&#233; mala apuesta. Y yo que cre&#237;a dominar el ajedrez. Qu&#233; mal jugado. Qu&#233; hiedra in&#250;til se desarraiga de la pared.

Pide permiso mi marido para verme, y se lo concedo. Con el paso ligero al que me he acostumbrado, se inclina sobre m&#237; y me besa en los ojos.

&#191;C&#243;mo os sent&#237;s?

Tan mal como aparento -digo, por costumbre.

He hablado con do&#241;a In&#233;s.

Pese a lo que s&#233;, me resulta imposible odiarle. Las historias, como los &#225;rboles, cuentan con capas, y mi rencor no ha atravesado a&#250;n las que restan para llegar a mi marido. Es tan apuesto que el coraz&#243;n se regocija al mirarlo. Cuentan que el demonio fue el m&#225;s bello &#225;ngel. As&#237; se vale Dios de nuestra vanidad, para enamorarnos de la hermosura y que nos enga&#241;emos y arrepintamos.

La ten&#233;is enga&#241;ada -digo, con una d&#233;bil sonrisa, y me doy cuenta de que mi voz es ronca y d&#233;bil.

S&#237; -reconoce &#233;l.

&#191;Qu&#233; har&#233;is con ella, luego, una vez muerta yo?

No lo s&#233;. -Frunce el ce&#241;o, y ladea la cabeza-. A veces siento que no puedo vivir sin ella. Otras veces la estrangular&#237;a con mis propias manos. Desde que la conoc&#237;, creo en las brujas. S&#233; que la he amado porque no ha sido nunca del todo m&#237;a, pero cuando pueda tenerla, sospecho que mi capricho se desvanecer&#225; pronto.

Suspiro. El suspira conmigo.

Eso es lo que siempre os ocurre a los hombres.

Al menos, es lo que me ocurre a m&#237;.

Os convendr&#237;a una noble -digo.

S&#237;. Lo s&#233;. Una de las Castro. El tiempo dir&#225;. Vos no os preocup&#233;is ahora por esto.

Me coge en volandas y, como a una ni&#241;a, me sienta en su regazo. Yo desaparezco entre sus brazos. &#191;Fue siempre tan alto don Felipe?

Lamento haberos hecho sufrir -confiesa-. Nunca sospech&#233; que el t&#243;sigo causara tanto da&#241;o ni que opusierais tanta resistencia. Se os ve&#237;a tan delgada y fr&#225;gil

Soy de una raza fuerte.

Ya lo s&#233;. &#191;Me perdon&#225;is, do&#241;a Cristina?

Intento sonre&#237;r.

No. El &#250;nico gusto que os he pedido, mi capilla a san Olav, me lo hab&#233;is negado.

No encontr&#233; tiempo para ello. Los d&#237;as pasan volando y siempre he tenido algo m&#225;s importante a lo que atender. Ya lo har&#233;, descuidad. &#191;No me guard&#225;is m&#225;s reproches, hermosa?

Mantenemos, por primera vez en cuatro a&#241;os, una conversaci&#243;n de enamorados.

Si me detengo a pensarlo, sin duda encontrar&#233; alguno.

No afe&#233;is vuestra frente pensando de esa manera.

Mucho he de pensar para que mi frente se afee a&#250;n m&#225;s.

El infante entierra la nariz en mi cuello.

Nunca os he tocado. Por mi culpa, vais a morir sin la dicha de haber conocido var&#243;n.

No creo que me pierda demasiado.

Eso depende del var&#243;n.

Ah, la vanidad masculina.

&#191;Me est&#225;is cortejando, don Felipe?

El infante se levanta de mi asiento, conmigo a&#250;n en brazos. Desde lo alto, antes de que me deposite en el lecho, acierto a ver dos tapices, mis pieles arrojadas a los pies de la cama, la peque&#241;a arqueta en la que siempre he guardado mis joyas. Coloca mi cabeza sobre un almohad&#243;n y se coloca a horcajadas sobre m&#237;. Sus ojos, con las vetas doradas que reptan en el fondo, me miran muy de cerca.

A&#250;n hay tiempo para recuperar lo perdido.

Como tantas otras veces, iniciamos el juego de los cordones, con la diferencia de que en esta ocasi&#243;n es &#233;l quien me afloja el corpi&#241;o, quien se suelta la camisa. Entonces, a mi mente acuden voces, im&#225;genes, cenas en las que no me dirig&#237;an la palabra, y mi enorme tristeza, mi b&#250;squeda constante de en qu&#233; me hab&#237;a equivocado, qu&#233; hac&#237;a mal, c&#243;mo pod&#237;a ser que no me amara. Surge su espalda a caballo en cada ocasi&#243;n en la que se alejaba, camino de Sevilla, y mis atardeceres solitarios, cada vez m&#225;s enferma.

No -digo yo. Y repito otra vez-: No. -Se detiene, sorprendido-. No os molest&#233;is, don Felipe. Ya me hab&#233;is hecho suficientes favores.

Si lo deseara, podr&#237;a continuar. S&#243;lo visto una camisa, carezco de fuerzas, puede dominarme con una mano y taparme la boca con la otra. Sin embargo, se detiene. Mi rechazo le ha herido en el orgullo, el exquisito orgullo de los hombres castellanos. Con adem&#225;n airado, se ata el cuello y se ajusta de nuevo las calzas. Se vuelve para mirarme.

Nunca, mientras yo viva, se alzar&#225; esa iglesia.

Entonces, me ocupar&#233; desde donde me encuentre de que no encontr&#233;is ni calma ni consuelo.

Nunca me han hecho falta. -Y noto en su voz un temblor rid&#237;culo, algo agudo, el olor de la ofensa. Termina de vestirse y se inclina sobre m&#237;-. Me hab&#233;is amargado la vida -me susurra, al o&#237;do, antes de irse.

Oscurece lentamente, y en mi cuarto s&#243;lo el ventanuco ofrece un rect&#225;ngulo de luz. Exhausta, con casi todos los eslabones de la cadena en su lugar, saboreo el pobre triunfo de haber humillado dos veces en mi vida a don Felipe. La &#250;ltima, por ese no que le ha bajado al mismo tiempo el engreimiento y la virilidad. La otra, por llevarme conmigo el secreto de los juegos de amores, por haber jugado tan bien, al menos en ese aspecto, con mi aspecto de inocencia y de desconocimiento.


Los juegos comenzaron hace mucho tiempo, y me habl&#243; de ellos mi hermana Cecilia, que, como en tantas otras cosas, abr&#237;a mis ojos a realidades ante las cuales mi madre me colocaba una venda.

He de contarte algo.

Ay, Cecilia. Ya basta de secretos. S&#233; clara.

Acababa de casarse con su segundo marido, pero a&#250;n aguard&#225;bamos a que los vientos que la llevar&#237;an a las H&#233;bridas fueran favorables. Aprovech&#225;bamos juntas los pocos momentos que nos quedaban, sin saber que ser&#237;an los &#250;ltimos, y conspir&#225;bamos como si tuvi&#233;ramos la misma edad y los mismos intereses.

No eres ya una ni&#241;a, pero tendr&#225;s que correr mucho para aventajarme -me dijo-. Yo he conseguido dos maridos, y t&#250; a&#250;n no has cazado ninguno.

Mi padre proveer&#225;. A&#250;n soy joven.

No tanto. Los a&#241;os vuelan. M&#237;rame a m&#237;, en el &#250;ltimo se me han cubierto de arrugas las comisuras de los ojos. -Sonri&#243;, forzando el gesto, y una red de marcas delicad&#237;simas le recorrieron las sienes-. &#191;Has tomado ya alg&#250;n amante?

&#191;Est&#225;s loca? -contest&#233;, ri&#233;ndome-. &#191;Crees que quiero que mi madre me mate?

Deber&#237;as hacerlo.

No quiero acabar mi vida tan pronto. Gracias.

Si algo he aprendido a mis a&#241;os -dijo ella- es que cada instante robado al placer es un momento in&#250;til. Sin aviso, como un ladr&#243;n, llega la muerte y te arrebata todo, lo que obtuviste y lo que dejaste por hacer. De todos los errores que puedes cometer, no caigas en &#233;se.

Las dos pens&#225;bamos en muertos queridos.

No puedo elegir un amante -expliqu&#233;, repentinamente seria-. Quiz&#225;s contigo hayan sido m&#225;s permisivos, pero a m&#237; me destinan a un puesto m&#225;s alto. Es probable que hagan verificar mi virginidad.

Hay otros modos.

Ya los conozco; y no quiero que la Bruja me remiende, como a un tambor.

Hay otros modos -insisti&#243; ella-, y te dejar&#225;n tan intacta y doncella como a Mar&#237;a Sant&#237;sima.

Te escucho.

Jug&#243; un poco conmigo.

Pens&#225;ndolo bien, no s&#233; si te encuentras preparada Y si mi madre nos descubre, nos matar&#237;a a ambas.

Cecilia, no seas cruel.

Me explic&#243; entonces las distintas maneras en las que pod&#237;an ajuntarse un hombre y una mujer, unidos o no por lazos sagrados, y de qu&#233; forma burlar las pre&#241;eces y gozar de las obligaciones del matrimonio. Me mostr&#233; tan asustada y fascinada como cuando me hab&#237;a contado de qu&#233; manera montaban mis padres uno sobre el otro, y c&#243;mo eso era lo que tra&#237;a hijos al mundo.

Pero eso es eso es imp&#237;o. &#161;No puede resultar placentero! &#161;Dios nos dio un agujero a la mujer para ese fin!

Si Dios quisiera que &#250;nicamente us&#225;ramos ese agujero -dijo entre carcajadas-, &#191;para qu&#233; nos dar&#237;a otros?

&#161;Eres terrible!

Luego, volviendo a la serenidad, me recomend&#243;:

No obstante, has de ser sensata y elegir con cabeza, no vayas a ser luego chantajeada o tratada con poca delicadeza. Tu primer amante deber&#237;a ser Haakon. Al fin y al cabo, es tu hermano mayor y tu rey, y, tanto por las antiguas leyes como por las nuevas, tiene derechos adquiridos sobre ti.

Prefiero morirme antes que insinuarle algo as&#237;. &#191;Con qu&#233; palabras? &#191;De qu&#233; manera?

Agit&#243; las manos, desesperada ante mi ineptitud.

&#191;Qu&#233; amor o qu&#233; confianza te unen a tu hermano, que no eres capaz de hablarle con claridad?

Todo el amor, y toda la confianza. Pero

Cecilia me vio azorada y se compadeci&#243; de m&#237;.

Yo hablar&#233; con Haakon, si tantas dificultades encuentras. Pero con esto, recuerda que te obligas a un favor.

Esa noche, Haakon llam&#243; a mi cuarto.

&#191;Duermes?

No

&#191;Deseas dormir?

No -repet&#237;, y le cog&#237; las manos-. No te vayas.

Llev&#243; mis dedos a sus labios y los cubri&#243; de besos. &#201;sa fue la primera ocasi&#243;n en la que comparti&#243; mi lecho. Con la calma de un maestro, me ense&#241;&#243; a respirar con calma, a mantener el cuerpo flexible, y luego, cuando fuera preciso, tensarlo, el uso de los aceites de fr&#237;o y los aceites de calor.

En su espalda, una cicatriz larga, que Cecilia le hab&#237;a cosido a puntadas menudas, parec&#237;a la trayectoria de una pu&#241;alada.

Me alegro de haber atendido los consejos de Cecilia -le dije.

Yo tambi&#233;n.

&#191;Cu&#225;nto tiempo m&#225;s continuar&#233; en Noruega, Haakon?

A&#250;n algo m&#225;s. Debemos aprovecharlo bien.

Me hablaba del rey Alfonso de Castilla, a quien me destinaba. Compar&#225;bamos nuestras manos y nuestros pies, copias id&#233;nticas en tama&#241;os distintos, me cubr&#237;a la cara y el pecho de besos y luego se marchaba, porque su mujer le aguardaba y no quer&#237;a irritarla; Riquilda se mostraba muy celosa por nuestra intimidad.

En Suecia, los hermanos y las hermanas no se dedican tanta atenci&#243;n.

Porque sois un pueblo b&#225;rbaro, que nada sabe de los lazos de sangre, ni los respeta.

&#191;Por qu&#233; baja la princesa a recibir al heredero? -se quejaba a mi madre-. Bien est&#225; que lo haga la reina, y la futura reina, pero &#191;por qu&#233; ella?

Porque Haakon as&#237; lo quiere, y as&#237; se ha hecho siempre. Es nuestra obligaci&#243;n conservar las tradiciones, y cuando no las hay, crearlas.

Riquilda observaba el rostro de Haakon al verme, el tiempo en el que me manten&#237;a abrazada a &#233;l, y lo contaba con la avaricia de una vieja.

Ay, quiera el Cielo que la casen de una vez y con ello se aleje de mi vida.

Eso debieron de pensar en Suecia cuando os empaquetaron para mi reino.

Si mi madre sospech&#243; algo, nunca lo dijo. Pronto las noticias y el duelo por el naufragio de Cecilia ocuparon su atenci&#243;n, y yo, por mi parte, mientras que Riquilda mostraba el pecho y el cuello con sus vestidos franceses, me mostraba m&#225;s estricta y m&#225;s casta que nunca ante los ojos ajenos.

Haakon y yo nos consolamos de la p&#233;rdida de nuestra hermana a escondidas, con besos que parec&#237;an dentelladas, como si en su recuerdo intent&#225;ramos que el placer compitiera con el dolor y lo venciera.

Prom&#233;teme que me dejar&#225;s permanecer a tu lado un a&#241;o m&#225;s -suplicaba yo, colg&#225;ndome de su cuello.

No hubo, ni habr&#225; nunca, caballero como mi hermano Haakon.

No podr&#237;a casarte antes, aunque lo deseara. Si la aragonesa sigue yerma un a&#241;o m&#225;s, habr&#225; esperanzas para que el rey Alfonso la repudie; pero a&#250;n no puedo enviarte all&#237;. Mientras tanto, har&#225;s bien en formarte en las disciplinas que sean de su agrado. Te enviar&#233; a Gudleik. Es un hombre delicado, y te ense&#241;ar&#225; a complacer a tu marido al estilo del sur, como hacen con los poetas en las cortes de Francia y Espa&#241;a.

Pero no me abandonar&#225;s, &#191;verdad?

Por supuesto que no. De lo que &#233;l te ense&#241;e, tambi&#233;n me beneficiar&#233; yo.

Jan Gudleik, tan t&#237;mido que se ruborizaba como una muchacha cuando deb&#237;a hablar sin ayuda del verso, me adentr&#243; en el mundo de las prendas y los chantajes de amor y me ense&#241;&#243; a componer poemas que lo dijeran todo sin decir nada.

Ten&#233;is talento para versificar, princesa -me alababa-. Ninguna de las otras doncellas puede alcanzaros.

Me adul&#225;is.

Nunca adulo cuando hablo de poes&#237;a. Me sobran los modos para hacerlo en otros campos.

Supe por &#233;l, en suma, todo el placer que pod&#237;a procurar la boca, tanto con sus palabras como con su uso en otras formas, y tan gustoso e inocente que ning&#250;n mal pod&#237;a procurarme.

La primera vez que su lengua roz&#243; la carne tierna que se ocultaba bajo mi vello p&#250;bico cre&#237; morir: desprevenida, di un grito, que no tuve tiempo de ahogar bajo mi mano. Contuvimos la respiraci&#243;n, seguros de que alguien deb&#237;a haberme escuchado, pero la noche se mantuvo silenciosa y oscura.

&#191;Dese&#225;is que contin&#250;e? -pregunt&#243;, en voz baja.

No deseo otra cosa -respond&#237;, a&#250;n agitada.

Cuando, un par de noches m&#225;s tarde, le ense&#241;&#233; lo aprendido a mi hermano, &#233;l tambi&#233;n contuvo un alarido mientras se vaciaba en mi boca.

Por Dios -resopl&#243;-, qu&#233; bien hice atrayendo a los poetas a esta corte.

Contuvimos la risa, y me atrajo hacia su pecho.

Mi Kristina, mi Kristina &#191;C&#243;mo voy a soportar tu ausencia?

Yo volv&#237;a la cabeza.

Calla. No me lo recuerdes.

Pero es preciso recordarlo. Todo esto no es sino la preparaci&#243;n para tu futura vida.

Y as&#237;, agridulces, pasaban las noches, y los d&#237;as se deslizaban con calma, cada cual con su ocupaci&#243;n.

Deber&#237;amos casar a Kristina -dec&#237;a, de vez en cuando, mi padre.

A&#250;n no -contestaba mi hermano-. D&#233;jamela un a&#241;o m&#225;s, un a&#241;o tan s&#243;lo.

Sus huesos son ahora nada, hilachas en el ata&#250;d. Cuando muri&#243;, perd&#237; a mis compa&#241;eros de juegos, porque el poeta no se atrevi&#243; a regresar a mi lecho, ni yo me sent&#237;a con &#225;nimos como para propon&#233;rselo.

De hecho, no volv&#237; a apremiar a mi cama a ning&#250;n otro hombre. Ivar Englisson se invit&#243; solo, despu&#233;s de que durante semanas nos mir&#225;ramos por encima del tablero de nuestras batallas de marfil, la noche en Yarmouth en la que, un poco borrachos, hab&#237;amos cantado todos, los j&#243;venes y los viejos, las canciones que nos tra&#237;a la cerveza. El mareo de don Fernando, aquella noche, no se deb&#237;a al oleaje. Cay&#243; redondo sobre su lecho, en su camarote, mientras nosotros nos desnud&#225;bamos y entrelaz&#225;bamos las piernas, encendidos por la prisa y la espera.

Ivar conoc&#237;a las mismas t&#233;cnicas que Haakon y, si cerraba los ojos, pod&#237;a pensar que a&#250;n me hallaba en Bergen, en mi cuarto, y que las manos que recorr&#237;an mi espalda eran las suyas. Cuando regresaba a la realidad, me sobresaltaba por un segundo, y &#233;l, que me observaba con el rostro muy cercano al m&#237;o, conten&#237;a una expresi&#243;n de desencanto. A diferencia de mi hermano, el caballero Ivar mostraba propensi&#243;n a los celos, que a veces le delataban.

Durante el d&#237;a no me dirig&#237;s una mirada.

No deben descubrirnos.

Jug&#225;is conmigo.

Ten&#233;is mi honor en vuestras manos. &#191;Qui&#233;n juega con qui&#233;n?

Cuando, en tierra firme, las ocasiones para que nos encontr&#225;ramos a solas fueron menos y desaparecieron finalmente, sus quejas aumentaron.

No os entregu&#233;is a don Jaime. Es un viejo baboso, que os ensucia con s&#243;lo miraros.

Est&#225;is loco, Ivar. Cualquiera dir&#237;a que no me conoc&#233;is.

No os conozco, ni conozco a nadie. No conozco a nadie, aqu&#237;.

El deseo, como el hambre, crece cuanto m&#225;s se alimenta. Cuando me despos&#233; con don Felipe, me sent&#237;a yo henchida de esperanzas y de cierto miedo, porque por mucho que hubiera aprendido en los juegos de amor anteriores, me faltaba la entrega m&#225;s importante, aquella que deb&#237;a sellarse en mi noche de bodas.

No lleg&#243;. Las primeras semanas me mord&#237;a las u&#241;as, impaciente, con la sangre hirviendo ante la simple presencia de don Felipe. Me revolv&#237;a hacia &#233;l cuando compart&#237;amos el lecho, hasta que me enfriaban r&#225;pidamente su fr&#237;a cortes&#237;a y la espalda vuelta a mis ojos y mis trucos, que de pronto parec&#237;an muy humildes.

Buenas noches, se&#241;ora.

Buenas noches.

Para lo que me vali&#243; haberla conservado, hubiera podido entregar mi virginidad a Haakon, a Gudleik. Se la hubiera podido regalar a Ivar. Nadie me pidi&#243; pruebas de ella, y a nadie le import&#243; que no la perdiera.

Cuando me desped&#237; de Ivar, mi alma no s&#243;lo lloraba el desgajarse por completo de mi pa&#237;s, sino tambi&#233;n mis noches est&#233;riles, tan distintas de las que durante mi viaje me hab&#237;an mantenido despierta y risue&#241;a.

No os vay&#225;is tan pronto -le supliqu&#233;-. No me dej&#233;is sola. &#191;Qu&#233; voy a hacer sin vos?

El esboz&#243; una sonrisa.

Os han casado con un buen gal&#225;n. Aprovechadlo, ya que al viejo no lo quisisteis.

Continu&#225;is siendo celoso, aunque muchas veces os lo he reprochado, que es defecto que no perdono en un caballero. &#201;se es un comentario cruel.

Acostumbraos. A m&#237; no hab&#233;is de verme m&#225;s. Cuando regrese de la embajada en Tierra Santa, me casar&#233;. Es condesa, y a&#250;n muy joven, y dicen que muy bella. Le ense&#241;ar&#233; lo que he aprendido de vos: a no tener en cuenta las emociones; a no hacer excepci&#243;n a vuestra disciplina; a marchar adelante, siempre adelante. Aunque dej&#233;is por el camino un reguero de sangre, vos os comport&#225;is como una aut&#233;ntica princesa. Vamos, reponeos, do&#241;a Cristina. Hab&#233;is preferido a un barbilindo segund&#243;n. Hoy es la primera ocasi&#243;n en la que os veo llorar, y no es digno que lo hag&#225;is porque se os marcha vuestro escudero. Aferrad ese trozo de hielo que ten&#233;is por entra&#241;as, y que os congele las l&#225;grimas. Las m&#237;as se secaron hace mucho tiempo por vuestra culpa.

Cuando llegaron mis due&#241;as para desnudarme, la hinchaz&#243;n de mis ojos hab&#237;a desaparecido, y para cuando mi esposo se acost&#243;, ya hab&#237;a recuperado la serenidad. Pero durante los siguientes meses mi pecho se deshizo. Murmuraba su nombre con tanta frecuencia que sent&#237; miedo a ser descubierta. Luego, con el tiempo y sus trabajos, pensaba en &#233;l con menos frecuencia. Cuando lleg&#243; a Sevilla la noticia de que hab&#237;a muerto le llor&#233; sinceramente.

&#191;Qui&#233;n era? -me pregunt&#243; do&#241;a In&#233;s, cuando me vio tan apenada.

Uno de los caballeros de mi escolta. Un hombre recto. Un hombre bueno.

Nunca le am&#233; como a Haakon, pero si incluso a mi hermano le he relegado al olvido, si han pasado d&#237;as y d&#237;as en los que no le he recordado en una oraci&#243;n o en un pensamiento, &#191;qu&#233; le quedar&#225; al pobre Ivar? En ocasiones, Dios me perdone, le aborrezco y le deseo una larga estancia en el Purgatorio: un a&#241;o por cada una de las odiosas palabras con las que me castig&#243; antes de marcharse.


Mi hermano Sigurd ser&#225; el &#250;nico de mis parientes a quien no encuentre en el Cielo, porque Dios castiga con m&#225;s dureza a quien se arrebata la vida que a quien la roba, a quien le priva de su alma, justamente ganada, que a quien envenena, miente o asesina, y todos sabemos que de ellos hay abundancia en mi familia, y qui&#233;n sabe entre aquellos que, sin ser familia, se nos atribuyen.

O quiz&#225;s no.

Quiz&#225;s fueron los alemanes, los ingleses

Creo que, por un instante, me qued&#233; dormida. He de ser muy cuidadosa y no morir de la manera enga&#241;osa en la que Olaf lo hizo, porque a&#250;n he de despedirme de mis recuerdos, y no quiero morir antes de hacerlo y de deleitarme en lo poco que me queda. Ha oscurecido por completo, y el silencio, fuera de mi cuarto, resulta extra&#241;o. Nadie ha venido a verme. Tal vez entre las due&#241;as y los esclavos se ha corrido el rumor de que agonizo. O de que he descubierto a do&#241;a In&#233;s.

Quiz&#225;s ya lo sab&#237;an; puede que lo supieran todos en la casa y lo atribuyeran a un justo castigo por las veces en las que los mand&#233; azotar, por la mutilaci&#243;n del chico de Berber&#237;a y la Muda, por otras ofensas que las mentes de los servidores conservan con peculiar encono. Ni siquiera escucho el rumor de la fuente. De cuando en cuando oigo un silbido irregular, bronco. Entonces me doy cuenta de que es mi respiraci&#243;n.

San Olav, a quien tanta devoci&#243;n tuve, o quiz&#225;s san Fernando, mi suegro, o cualquiera de nuestros abundantes santos familiares me conceden la merced de morir en paz y serena, y l&#250;cida. No necesito a ese odioso abad para la confesi&#243;n general. Ya no siento dolores. Ni siquiera noto el peso de las piernas, de los brazos. S&#243;lo mi pensamiento es libre, y vuela ligero.

Le he indicado a Baruch de Estella que es mi deseo que me entierren en Sevilla, pero lo hice antes de aprender que mi verdugo era mi marido. Ahora no quisiera que el infante viera mi tumba, ni siquiera que me recordara, viva o muerta. Hace demasiado calor en Sevilla, y no puedo so&#241;ar con que devuelvan mi cuerpo a Bergen, para descansar bajo un &#225;rbol, cerca de un fiordo. Ah, entregar mi cad&#225;ver a un fiordo, como un secreto nunca revelado.

Me llamaban la flor del Norte. El regalo dorado. Luego fui, simplemente, la extranjera, y, en los &#250;ltimos meses, la pobre do&#241;a Cristina. Da igual mi nombre. Los gatos, los vencidos y los dioses nuevos nunca tienen nombre, de la misma manera que las buenas reinas s&#243;lo tienen eso, su nombre. S&#243;lo queda eso tras ellas. No lo he olvidado. No lo he olvidado.

Como una vaca vieja aguardo, en esta casa del patio, el momento para mi sacrificio. Por entre mis dedos agarrotados se desliza lo que queda del d&#237;a. Mi tierra. Mi pa&#237;s. Mi ciudad. Mi familia, mi madre, mi lengua casi olvidada, mis costumbres perdidas. Todo aquello que fui, mis a&#241;os de ni&#241;a y mis miedos de mujer, mi padre, mis secretos escondidos, los juegos del amor, el rinc&#243;n del jard&#237;n en el que enterramos a mi hermano Olaf. Bitte Litten. La mirada de Haakon, las manos de Ivar, los rizos pelirrojos de Cecilia, los ojos moteados de mi marido. No poseo nada de eso; se escapa entre las manos, lo dejo marchar sin una queja, como es mi deber. Atr&#225;s queda la parte m&#225;s mezquina de m&#237; (mi cuerpo mortal, mis pieles apolilladas, el coral que no supo protegerme) y s&#243;lo los jirones de alma se agitan, y se estiran y flotan hacia lo alto, sin peso, sin consistencia, sin sentido.



&#205;ndice de personajes

Sverre I o Sveire Sigurdsson (el bisabuelo Sverre) fue uno de los reyes m&#225;s importantes de Noruega. Hab&#237;a nacido en 1151. Lleg&#243; al poder como l&#237;der de los birkebeiner, clamando que hab&#237;a recibido en sue&#241;os la noticia de que era hijo ileg&#237;timo de Sigurd II y de una mujer llamada Gunhild. Sorprendentemente, no se le hizo pasar por la ordal&#237;a del fuego para comprobarlo. Dedic&#243; gran parte de su vida a pelear contra las otras facciones y contra la Iglesia cat&#243;lica, pese a que lo hab&#237;a educado su t&#237;o Roe, obispo en las Feroe, y que &#233;l mismo fue ordenado sacerdote. Era un magn&#237;fico estratega, lo que le llev&#243;, tras incesantes a&#241;os de guerra, a ser investido como &#250;nico rey de Noruega. Se cas&#243; con Margrat de Suecia, hija del rey Erik el Santo, con la que tuvo una hija llamada Kristin. Muri&#243; de enfermedad, recomend&#225;ndole al &#250;nico hijo que le sobreviv&#237;a, Haakon III, que se reconciliara con la Iglesia.


Haakon III (el abuelo Haakon) era hijo del rey Sverre y de una mujer de las Feroe llamada Astrid Roesdatter. Sus dos hermanas, Cecilia e Ingeborg, se casaron con pr&#237;ncipes suecos. Su hermanastra Kristin, con el aspirante bagler, Felipe Simonsson. Fue un joven rey muy querido, y durante su breve reinado (1202-1204) logr&#243; mantener la paz. Al parecer muri&#243; envenenado por su madrastra, Margrat de Suecia, soltero y sin hijos, hasta que Inga de Varteig asegur&#243; haber dado a luz un hijo suyo.


Margrat Eriksdotter de Suecia, esposa de Sverre I, fue princesa de Suecia y reina de Noruega. Tras la muerte de su marido se neg&#243; a que su hijastro Haakon III casara a su hija, Kristin, por un inter&#233;s pol&#237;tico. Cuando el rey muri&#243;, el 1 de enero de 1204, se acus&#243; a Margrat de haberlo envenenado. La sueca no super&#243; la ordal&#237;a del metal al fuego, y escap&#243; a su pa&#237;s, dejando a su hija atr&#225;s. Kristin acab&#243; cas&#225;ndose con Felipe Simonsson, el pretendiente bagler, como su hermanastro hab&#237;a dispuesto, y muri&#243; de parto.


Inga de Varteig (la abuela Inga) era una campesina que asegur&#243; haber tenido un hijo p&#243;stumo de Haakon III. Varios nobles birkebeiner la apoyaron, e incluso sacaron al ni&#241;o de territorio bagler, a riesgo de su vida, en una traves&#237;a a trav&#233;s de la nieve y el invierno que a&#250;n se sigue conmemorando como evento deportivo, bajo el nombre de Birkebeinerrennet. Inga se someti&#243; a la prueba del metal candente, que super&#243;, con lo que ayud&#243; a su hijo a sentarse en el trono.


Haakon IV, rey de Noruega, naci&#243; en 1204, en territorio de guerra bagler, de una campesina llamada Inga de Varteig, que atestigu&#243; ante el Juicio de Dios, aferrando un metal al rojo, que el ni&#241;o era hijo del difunto rey birkebeiner Haakon III. Logr&#243; finalizar con las guerras civiles entre los dos bandos, unific&#243; el pa&#237;s, y fue considerado el rey m&#225;s grande de Noruega. Se cas&#243; con Margrat Skulesdatter, la hija de su principal rival, Skule B&#225;rdsson, al que mat&#243; en una batalla. De una amante, Kanja la Joven, tuvo a Sigurd y a Cecilia. De Margrat, a Haakon, Olaf, Kristina y Magnus. En su lecho de muerte, s&#243;lo Magnus le sobreviv&#237;a.


Sigurd, Olaf y Cecilia Haakonsson y Haakondatter, los hermanos de Kristina, son un misterio. Olaf muri&#243; de ni&#241;o y Sigurd, siendo joven. Cecilia se cas&#243; dos veces; la primera con Gregorius Andresson, sobrino del &#250;ltimo rey bagler y, cuando enviud&#243;, con el rey Harald de las H&#233;bridas. Cuando regresaban a las H&#233;bridas tras la boda, su barco se hundi&#243; y murieron ahogados. Los tres hermanos murieron sin hijos.


Haakon el Joven, el hermano mayor de Kristina, y quien pact&#243; su matrimonio, era corregente de Noruega con su padre, quien lo preparaba como su sucesor. Muri&#243; a los veinticinco a&#241;os mientras se encontraba de caza, por razones desconocidas. Estaba casado con Riquilda Birgersdotter, una princesa sueca, y no ten&#237;an hijos.


Magnus VI el Legislador, el hermano menor de Kristina, fue rey de Noruega durante veinte a&#241;os (1261-1280), tras la muerte de sus hermanos varones. Se cas&#243; con una princesa danesa, Ingeborg, cuya herencia disput&#243; como algo personal. Fue un rey europe&#237;sta, que reform&#243; leyes y territorios, formalista y que dio gran importancia a tratados y embajadas diplom&#225;ticas.


Snorri Sturlusson y su sobrino Sturli Thordasson fueron nobles islandeses, y grandes poetas. Snorri, que logr&#243; su enorme fortuna a trav&#233;s del matrimonio con mujeres adineradas, logr&#243; del rey Haakon IV un t&#237;tulo de nobleza a cambio de que sus compatriotas aceptaran la soberan&#237;a de Noruega. Eso no gust&#243; ni a islandeses ni a noruegos, quienes acabaron asesin&#225;ndole tras las guerras con Islandia. Escribi&#243; la Edda menor y varias sagas. Su sobrino, menos conocido, vivi&#243; como poeta oficial en Noruega, y fue autor de la saga que narra el viaje de Kristina.


Ivar Englisson fue uno de los caballeros que acompa&#241;aron como escolta a Kristina de Noruega en su largo viaje hacia el reino de Castilla.


Jaime I de Arag&#243;n, el Conquistador, debe su apodo a que lo conquist&#243; todo: Ibiza, Mallorca, Valencia, Formentera, Menorca, Murcia Al parecer, su padre, Pedro II, lo concibi&#243; por error: cre&#237;a que, en lugar de con su mujer, la reina, se estaba acostando con una de sus amantes. Se cas&#243; dos veces, mantuvo numerosos amor&#237;os (sufri&#243; un flechazo con la princesa Kristina de Noruega, a la que incluso propuso matrimonio a su paso por su reino) y tuvo diez hijos, dos de los cuales se casaron en Castilla, Violante y Constanza. Reparti&#243; su reino entre sus hijos, antes que conservar el territorio unido. Erudito, como el rey Sabio, longevo (su reino se extiende entre 1213-1276), escribi&#243; mucho y bien; protegi&#243; a los jud&#237;os, y mir&#243; por los intereses de Castilla por el bien de su hija y sus nietos.


Alfonso X de Castilla, el Sabio, fue un rey fascinante e inabarcable, de largo reinado (1252-1284). Legislador, guerrero, estratega, escritor, poeta, ling&#252;ista, astr&#243;nomo, eterno aspirante a la corona del Sacro Imperio Romano Germ&#225;nico, empresa a la que dedic&#243; enormes cantidades de dinero y esfuerzo; sorprende descubrir su actividad diaria. Su reinado, profundamente reformador, que tuvo en cuenta una intensa campa&#241;a de repoblaci&#243;n tras las guerras, no estuvo exento de conquistas ni de enfrentamientos (con sus hijos, con sus hermanos, con reyes vecinos). Casado con Violante de Arag&#243;n, tuvo quince hijos, diez de ellos con ella. Devoto del saber, las lenguas, el ajedrez, las leyes y la Virgen Mar&#237;a, se cree que en ella ve&#237;a la imagen idealizada de su madre, Beatriz de Suabia. Se cree que muri&#243; de un c&#225;ncer de mand&#237;bula.


Violante de Arag&#243;n fue princesa de Arag&#243;n y reina de Castilla. Con diez a&#241;os la casaron con el rey Sabio, lo que quiz&#225;s explique por qu&#233; tuvo durante mucho tiempo fama de ser est&#233;ril. Fervorosa defensora de sus hijos, apoy&#243; a los infantes de la Cerda, sus nietos, y se enfrent&#243; a Mar&#237;a de Molina.


Constanza de Arag&#243;n fue princesa de Arag&#243;n e infanta de Castilla por su matrimonio con el infante Manuel, hermano del rey Sabio. Tras su muerte, don Manuel se cas&#243; con Beatriz de Saboya, con la que tuvo al famoso escritor el infante don Juan Manuel, autor de El conde Lucanor. Muri&#243; joven.


Don Fadrique, infante de Castilla, el hermano de mayor edad del rey Sabio, cuya cicatriz recordaban quienes le ve&#237;an, conspir&#243; contra &#233;l para declararle in&#250;til y heredar el reino. Fue apresado, y seg&#250;n las distintas versiones, el Sabio le mand&#243; ahogar (Cr&#243;nica de Alfonso X) o encerrarlo en una Dama de Hierro, cuyos pinchos le desangraron (.Anales del reinado de Alfonso X). Corr&#237;a el a&#241;o 1277. Otros afirmaban que la condena de muerte se deb&#237;a a su relaci&#243;n homosexual con su yerno, un hecho penado con la muerte y que habr&#237;a iniciado durante su estancia en tierras de moros. Su cuerpo fue arrojado a un estercolero. No dej&#243; hijos varones.


Don Enrique, el hermano rebelde del rey Alfonso, vivi&#243; una existencia plagada de aventuras y de viajes. Tras la muerte de Alfonso X fue bien recibido por su sobrino Sancho I el Bravo, que le otorg&#243; el se&#241;or&#237;o de Vizcaya y al que nombr&#243; tutor de su hijo Fernando IV el Emplazado. Durante la minor&#237;a de edad del rey, considerado ileg&#237;timo por el papado, don Enrique protegi&#243; sus intereses y los de la reina Mar&#237;a de Molina. En su lecho de muerte, su herencia provoc&#243; amargas disputas entre sus familiares; el infante donju&#225;n Manuel le arrebat&#243;, mientras agonizaba, joyas y documentos de valor. Muri&#243;, abandonado por todos, en 1303.


Don Sancho, el arzobispo de Toledo, falleci&#243; en 1261, esto es, un a&#241;o antes de la muerte de Kristina, con tan s&#243;lo veintiocho a&#241;os de edad.


Don Manuel, padre del infante don Juan Manuel, fue el m&#225;s cercano al rey Alfonso en pol&#237;tica y en apoyos. Se cas&#243; dos veces: con Constanza de Arag&#243;n, hermana de la reina Violante, y con Beatriz de Saboya despu&#233;s. Muri&#243; en 1283.


Don Felipe, infante de Castilla, el esposo de Kristina de Noruega, se cas&#243; dos veces m&#225;s despu&#233;s de enviudar: la segunda, casi inmediatamente, con In&#233;s Rodr&#237;guez Gir&#243;n, que falleci&#243; en 1265. Y la tercera, con Leonor Rodr&#237;guez de Castro, con la que tuvo un hijo, Felipe de Castilla, que muri&#243; en la infancia, y una hija, Beatriz. Don Felipe se sublev&#243; en 1272 contra su hermano, junto a la familia de su tercera mujer, tomando as&#237; partido por los nobles descontentos. El rey intent&#243; parlamentar con &#233;l, con escaso &#233;xito. Don Felipe mor&#237;a en 1274, a los cuarenta y dos a&#241;os, y se encuentra enterrado junto con su segunda esposa, do&#241;a In&#233;s, en Villalc&#225;zar de Sirga, en un sepulcro cuajado de s&#237;mbolos templarios, a cuya orden perteneci&#243;. Cuando fue abierto, la momia del infante atestiguaba que era un hombre alto, que sobrepasaba los dos metros.

Don Felipe jam&#225;s cumpli&#243; la promesa hecha a su esposa Kristina de erigir una capilla en honor a San Olav.


Kristina Haakonard&#243;ttir, conocida como Cristina de Noruega, muri&#243; en Sevilla en 1262, por causas desconocidas. Es muy poco lo que se sabe de ella. Ten&#237;a veintiocho a&#241;os de edad, y hab&#237;a llegado a Castilla cuatro a&#241;os antes, tras un largo viaje a trav&#233;s de Inglaterra y Francia, como se narra en la saga de Sturli Thordasson. La misma saga indica que tuvo derecho a elegir esposo entre los hermanos del rey Alfonso. Muri&#243; sin hijos, dicen que de melancol&#237;a y por ser incapaz de adaptarse al clima andaluz. Su tumba se encuentra en la colegiata de Covarrubias. Cuando fue abierta, se encontr&#243; una momia con el cabello a&#250;n rubio, y algunos remedios medicinales adecuados para las enfermedades del o&#237;do y del ri&#241;&#243;n.



Espido Freire



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