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Muriel Barbery


La elegancia del erizo


(PRE&#193;MBULO)


A St&#233;phane, con quien he escrito este libro





MARX



1

Quien siembra deseo

Marx cambia por completo mi visi&#243;n del mundo -me ha declarado esta ma&#241;ana el hijo de los Palli&#232;res, que no suele dirigirme nunca la palabra.

Antoine Palli&#232;res, pr&#243;spero heredero de una antigua dinast&#237;a industrial, es el hijo de una de las ocho familias para quienes trabajo. &#218;ltimo bufido de la gran burgues&#237;a de negocios -la cual no se reproduce m&#225;s que a golpe de hipidos limpios y sin vicios-, resplandec&#237;a sin embargo de felicidad por su descubrimiento y me lo narraba por puro reflejo, sin pensar siquiera que yo pudiera estar enter&#225;ndome de algo. &#191;Qu&#233; pueden comprender las masas trabajadoras de la obra de Marx? Su lectura es ardua; su lenguaje, culto; su prosa, sutil; y su tesis, compleja.

Y entonces por poco me delato como una tonta.

Deber&#237;as leer La ideolog&#237;a alemana -le digo a ese papanatas con trenca color verde pino.

Para comprender a Marx y comprender por qu&#233; est&#225; equivocado, hay que leer La ideolog&#237;a alemana. Es la base antropol&#243;gica a partir de la cual se construir&#225;n todas las exhortaciones a un mundo nuevo, y sobre la que reposa una certeza esencial: los hombres, a quienes pierde el deseo, har&#237;an bien en limitarse a sus necesidades. En un mundo en el que se amordace la hibris del deseo podr&#225; nacer una organizaci&#243;n social nueva, despojada de luchas, opresiones y jerarqu&#237;as delet&#233;reas.

Quien siembra deseo, recoge opresi&#243;n -a punto estoy de murmurar como si s&#243;lo me escuchara mi gato. Pero Antoine Palli&#232;res, cuyo repugnante y embrionario bigote nada tiene de felino, me mira desconcertado por mis extra&#241;as palabras. Como siempre, me salva la incapacidad que tienen los seres de dar cr&#233;dito a todo aquello que hace a&#241;icos los marcos que compartimentan sus mezquinos h&#225;bitos mentales. Una portera no lee La ideolog&#237;a alemana y, por lo tanto, no podr&#237;a de ninguna manera citar la und&#233;cima tesis sobre Feuerbach. Por a&#241;adidura, una portera que lee a Marx, a la fuerza lo que le interesa tiene que ser la subversi&#243;n, y le vende el alma a un diablo llamado CGT. Que pueda leer a Marx para elevar su esp&#237;ritu es una incongruencia que ning&#250;n burgu&#233;s llega a concebir siquiera.

D&#233;le recuerdos a su madre -mascullo, cerr&#225;ndole la puerta en las narices, con la esperanza de que la fuerza de prejuicios milenarios cubra la disfon&#237;a de ambas frases.



2

Los milagros del Arte

Me llamo Ren&#233;e. Tengo cincuenta y cuatro a&#241;os. Desde hace veintisiete, soy la portera del n&#250;mero 7 de la calle Grenelle, un bonito palacete con patio y jard&#237;n interiores, dividido en ocho pisos de lujo, todos habitados y todos gigantescos. Soy viuda, bajita, fea, rechoncha, tengo callos en los pies y tambi&#233;n, a juzgar por ciertas ma&#241;anas que a m&#237; misma me incomodan, un aliento que tumba de espaldas. No tengo estudios, siempre he sido pobre, discreta e insignificante. Vivo sola con mi gato, un animal grueso y perezoso, cuya &#250;nica caracter&#237;stica notable es que le huelen las patas cuando est&#225; disgustado. Ni uno ni otro nos esforzamos apenas por integrarnos en el c&#237;rculo de nuestros semejantes. Como rara vez soy amable, aunque siempre cort&#233;s, no se me quiere, si bien pese a todo se me tolera porque correspondo tan bien a lo que la creencia social ha aglutinado como paradigma de la portera de finca, que soy uno de los m&#250;ltiples engranajes que hacen girar la gran ilusi&#243;n universal seg&#250;n la cual la vida tiene un sentido que se puede descifrar f&#225;cilmente. Y como en alguna parte est&#225; escrito que las porteras son viejas, feas y ariscas, tambi&#233;n est&#225; grabado en letras de fuego en el front&#243;n del mismo firmamento est&#250;pido que dichas porteras tienen gruesos gatos veleidosos que se pasan el d&#237;a dormitando sobre cojines cubiertos con fundas de crochet.

Asimismo, tambi&#233;n est&#225; escrito que las porteras ven la televisi&#243;n sin descanso mientras sus gruesos gatos dormitan, y que el vest&#237;bulo del edificio tiene que oler a potaje, a sopa o a guiso de legumbres. Tengo la inmensa suerte de ser portera en una residencia de mucha categor&#237;a. Era para m&#237; tan humillante tener que cocinar esos platos infames que la intervenci&#243;n del se&#241;or de Broglie, el consejero de Estado del primero -intervenci&#243;n que debi&#243; de describir a su esposa como educada pero firme, y que ten&#237;a como fin erradicar de la existencia com&#250;n ese tufo plebeyo-, fue un inmenso alivio que disimul&#233; lo mejor que pude bajo la apariencia de una obediencia forzosa.

Eso fue hace veintisiete a&#241;os. Desde entonces, voy cada d&#237;a a la carnicer&#237;a a comprar una loncha de jam&#243;n o un filete de h&#237;gado de ternera, que guardo en mi bolsa de la compra entre el paquete de fideos y el manojo de zanahorias. Exhibo con complacencia estos v&#237;veres de pobre, realzados por la caracter&#237;stica apreciable de que no huelen porque soy pobre en una casa de ricos, con el fin de alimentar a la vez el lugar com&#250;n consensual y a mi gato, Le&#243;n, que si est&#225; gordo es por esas viandas que deber&#237;an estarme destinadas, y que se atiborra ruidosamente de embutido y pasta con mantequilla mientras yo puedo dar rienda suelta, sin perturbaciones olfativas y sin levantar sospechas, a mis propias inclinaciones culinarias.

M&#225;s ardua fue la cuesti&#243;n de la televisi&#243;n. En tiempos de mi difunto esposo, me acostumbr&#233; sin embargo, porque la constancia con que &#233;ste se aplicaba a su contemplaci&#243;n me ahorraba a m&#237; la pejiguera de tener que hacerlo yo. Llegaba hasta el vest&#237;bulo el ruido ahogado del aparato, y ello bastaba para perpetuar el juego de las jerarqu&#237;as sociales, la apariencia de las cuales, una vez fallecido Lucien, tuve que esforzarme por mantener, a costa de m&#225;s de un quebradero de cabeza. En vida, mi marido me liberaba de la inicua obligaci&#243;n; una vez muerto, me privaba de su incultura, escudo indispensable contra el recelo ajeno.

La soluci&#243;n la hall&#233; en un bot&#243;n que no era tal.

Una campanilla unida a un mecanismo que funciona por infrarrojos me avisa ahora de cualquier ir y venir por el vest&#237;bulo del edificio, lo cual hace in&#250;til todo bot&#243;n que, al pulsarse, me advertir&#237;a de alguna presencia en el portal, por muy lejos que yo me encontrase. En tales ocasiones, permanezco en la habitaci&#243;n del fondo, donde paso la mayor parte de mis horas de ocio y donde, al amparo de los ruidos y los olores que mi condici&#243;n me impone, puedo vivir como me place sin verme privada de la informaci&#243;n vital para todo centinela, a saber: qui&#233;n entra, qui&#233;n sale, con qui&#233;n y a qu&#233; hora.

As&#237;, los residentes que cruzaban el vest&#237;bulo o&#237;an los sonidos ahogados que indican que hay un televisor encendido y, m&#225;s por carencia que por exceso de imaginaci&#243;n, se formaban la imagen de la portera arrellanada en el sof&#225; ante la caja tonta. Yo, encerrada en mi antro, no o&#237;a nada pero sab&#237;a que alguien transitaba. Entonces, en la habitaci&#243;n contigua, por el ojo de buey situado frente a la escalera, oculta tras el visillo blanco, averiguaba con discreci&#243;n la identidad del transe&#250;nte.

La aparici&#243;n de las cintas de v&#237;deo y, m&#225;s adelante, del dios DVD, cambi&#243; las cosas de manera a&#250;n m&#225;s radical en lo que a mi beatitud se refiere. Como no es muy frecuente que una portera disfrute con Muerte en Venecia, y que de la porter&#237;a provengan notas de Mahler, recurr&#237; a los ahorros conyugales, con tanto esfuerzo reunidos, y adquir&#237; otro aparato que instal&#233; en mi escondrijo. Mientras, garante de mi clandestinidad, el televisor de la porter&#237;a berreaba sin que yo lo oyera insensateces para cerebros poco o nada refinados, yo pod&#237;a extasiarme, con l&#225;grimas en los ojos, ante los milagros del Arte.


Idea profunda n 1

Ans&#237;o las estrellas

mas abocada estoy

a la pecera

Aparentemente, de vez en cuando los adultos se toman el tiempo de sentarse a contemplar el desastre de sus vidas. Entonces se lamentan sin comprender y, como moscas que chocan una y otra vez contra el mismo cristal, se inquietan, sufren, se consumen, se afligen y se interrogan sobre el engranaje que los ha conducido all&#237; donde no quer&#237;an ir. Los m&#225;s inteligentes llegan incluso a hacer de ello una religi&#243;n: &#161;ah, la despreciable vacuidad de la existencia burguesa! Hay c&#237;nicos de esta &#237;ndole que comparten mesa con pap&#225;: &#191;Qu&#233; ha sido de nuestros sue&#241;os de juventud?, preguntan con aire desencantado y satisfecho. Se han desvanecido, y cu&#225;n perra es la vida. Odio esta falsa lucidez de la edad madura. La verdad es que son como todos los dem&#225;s: chiquillos que no entienden qu&#233; les ha ocurrido y que van de duros cuando en realidad tienen ganas de llorar.

Sin embargo, es f&#225;cil de comprender. El problema est&#225; en que los hijos se creen lo que dicen los adultos y, una vez adultos a su vez, se vengan enga&#241;ando a sus propios hijos. La vida tiene un sentido que los adultos conocen es la mentira universal que todos creen por obligaci&#243;n. Cuando, una vez adulto, uno comprende que no es cierto, ya es demasiado tarde. El misterio permanece intacto, pero hace tiempo que se ha malgastado en actividades est&#250;pidas toda la energ&#237;a disponible. Ya no le queda a uno m&#225;s que anestesiarse como puede tratando de enmascarar el hecho de que no le encuentra ning&#250;n sentido a la vida, y enga&#241;a a sus propios hijos para intentar convencerse mejor a s&#237; mismo. De entre las personas que frecuenta mi familia, todas han seguido el mismo camino: una juventud dedicada a tratar de rentabilizar la propia inteligencia, a exprimir como un lim&#243;n el fil&#243;n de los estudios y a asegurarse una posici&#243;n de &#233;lite; y luego toda una vida dedicada a preguntarse con estupefacci&#243;n por qu&#233; tales esperanzas han dado como fruto una existencia tan vana. La gente cree ansiar y perseguir estrellas, pero termina como peces de colores en una pecera. Me pregunto si no ser&#237;a m&#225;s sencillo ense&#241;arles a los ni&#241;os desde el principio que la vida es absurda. Ello le robar&#237;a algunos buenos momentos a la infancia, pero permitir&#237;a que el adulto ganara un tiempo considerable (por no hablar de que uno se ahorrar&#237;a al menos un trauma: el de la pecera).

En lo que a m&#237; respecta, tengo doce a&#241;os, vivo en la calle Grenelle, n&#250;mero 7, en un piso de ricos. Mis padres son ricos, mi familia es rica y por consiguiente mi hermana y yo somos virtualmente ricas. Pap&#225; es diputado, despu&#233;s de haber sido ministro, y sin duda llegar&#225; a ser presidente de la Asamblea Nacional y se pimplar&#225; la bodega entera del palacete de Lassay, sede de dicha Asamblea. Mam&#225; Pues bien, mam&#225; no es lo que se dice una lumbrera pero tiene cierta cultura. Es doctora en letras. Escribe sus invitaciones para cenar sin faltas de ortograf&#237;a y se pasa el tiempo d&#225;ndonos la tabarra con referencias literarias (Colombe, no te pongas en plan Guermantes, Tesoro, eres una verdadera Sanseverina).

Pese a ello, pese a toda esta suerte y toda esta riqueza, hace mucho tiempo que s&#233; que el destino final es la pecera. &#191;Que c&#243;mo lo s&#233;? Pues porque da la casualidad de que soy muy inteligente. Excepcionalmente inteligente, incluso. No tengo m&#225;s que compararme con los dem&#225;s ni&#241;os de mi edad para ver que nos separa un abismo. Como no me apetece mucho llamar la atenci&#243;n, y en una familia en la que la inteligencia se considera un valor supremo a una ni&#241;a superdotada no la dejar&#237;an nunca en paz, en el colegio trato de hacer menos de lo que podr&#237;a, pero aun as&#237; siempre soy la primera en todo. Hay quien podr&#237;a pensar que resulta f&#225;cil hacerse pasar por alguien con una inteligencia normal cuando, como yo, a los doce a&#241;os se tiene el nivel de una universitaria de una facultad de dificultad superior. Pero &#161;no, en absoluto! Hay que esforzarse mucho por parecer m&#225;s tonto de lo que se es. Aunque, en cierta manera, este empe&#241;o no salva de morir de aburrimiento: todo el tiempo que no tengo que pasar aprendiendo y comprendiendo, lo empleo en utilizar el estilo, las respuestas, las formas de proceder, las preocupaciones y los peque&#241;os errores de los buenos alumnos normales y corrientes. Leo todo lo que escribe Constance Boret, la segunda de la clase, en mates, lengua e historia, y as&#237; me entero de lo que tengo que hacer: en lengua, una serie de palabras coherentes y correctamente ortografiadas; en mates, la reproducci&#243;n mec&#225;nica de operaciones desprovistas de sentido; y en historia, una sucesi&#243;n de hechos ligados entre s&#237; por conectores l&#243;gicos. Pero incluso si me comparo con los adultos, soy mucho m&#225;s lista que la mayor&#237;a de ellos. As&#237; son las cosas. No me siento especialmente orgullosa porque tampoco es que el m&#233;rito sea m&#237;o. Pero lo que est&#225; claro es que yo no pienso terminar en la pecera. He reflexionado mucho antes de tomar esta decisi&#243;n. Incluso para una persona tan inteligente como yo, con tanta facilidad para los estudios, tan diferente de los dem&#225;s y tan superior a la mayor&#237;a de la gente, mi vida ya est&#225; toda trazada, lo cual es trist&#237;simo: nadie parece haber ca&#237;do en la cuenta de que si la existencia es absurda, lograr en ella un &#233;xito brillante no tiene m&#225;s valor que fracasar por completo. Simplemente es m&#225;s c&#243;modo. O ni siquiera: creo que la lucidez hace amargo el &#233;xito, mientras que la mediocridad alberga siempre alguna esperanza.

He tomado pues una decisi&#243;n. Pronto dejar&#233; atr&#225;s la infancia y, pese a mi certeza de que la vida es una farsa, no creo que pueda resistir hasta el final. En el fondo, estamos programados para creer en lo que no existe, porque somos seres vivos que no quieren sufrir. Por ello empleamos todas nuestras energ&#237;as en convencernos de que hay cosas que valen la pena y que por ellas la vida tiene sentido. Por muy inteligente que yo sea, no s&#233; cu&#225;nto tiempo a&#250;n podr&#233; luchar contra esta tendencia biol&#243;gica. Cuando entre en el mundo de los adultos, &#191;ser&#233; todav&#237;a capaz de hacer frente al sentimiento de lo absurdo? No lo creo. Por eso he tomado una decisi&#243;n: al final de este curso, el d&#237;a en que cumpla 13 a&#241;os, el pr&#243;ximo 16 de junio, me suicidar&#233;. Pero cuidado, no pienso hacerlo a bombo y platillo como si fuera un acto de valent&#237;a y un desaf&#237;o. De hecho, m&#225;s me vale que nadie sospeche nada. Los adultos tienen con la muerte una relaci&#243;n rayana en la histeria, el hecho adopta proporciones enormes, se comportan como si fuera algo important&#237;simo cuando en realidad es el acontecimiento m&#225;s banal del mundo. Por otra parte, lo que a m&#237; me importa no es el hecho del suicidio en s&#237;, sino el c&#243;mo. Mi vertiente japonesa se inclina evidentemente por el seppuku. Cuando digo mi vertiente japonesa me refiero a mi amor por el Jap&#243;n. Estoy en octavo y, como es obvio, he elegido el japon&#233;s como segunda lengua. El profe de japon&#233;s tampoco es que sea muy bueno, se come las palabras cuando no habla su idioma y se pasa el tiempo rasc&#225;ndose la coronilla con aire perplejo, pero el libro de texto no est&#225; mal y, desde que empez&#243; el curso, he progresado mucho. Tengo la esperanza de que, de aqu&#237; a pocos meses, podr&#233; leer mis c&#243;mics manga preferidos en su edici&#243;n original. Mam&#225; no entiende que una ni&#241;a tan lista como t&#250; pueda leer manga. Ni siquiera me he tomado la molestia de explicarle que manga en japon&#233;s quiere decir simplemente tebeo. Ella cree que me atiborro de subcultura, y yo no hago nada por sacarla de su error. Dentro de unos meses quiz&#225; pueda leer a Taniguchi en japon&#233;s. Pero esto nos lleva de nuevo a nuestra cuesti&#243;n de antes: eso tendr&#237;a que conseguirlo antes del 16 de junio porque ese d&#237;a me suicido. Pero nada de seppuku. Ser&#237;a un gesto cargado de sentido y de belleza pero da la casualidad de que no tengo ninguna gana de sufrir. M&#225;s a&#250;n, detestar&#237;a sufrir; encuentro que cuando uno toma la decisi&#243;n de morir, justamente porque considera que es algo l&#243;gico, hay que hacerlo con tiento. Morir ha de ser un paso delicado, un deslizarse suavemente hacia el descanso. &#161;Hay gente que se suicida tir&#225;ndose por la ventana de un cuarto piso, bebi&#233;ndose un vaso de lej&#237;a o incluso ahorc&#225;ndose! &#161;Es aberrante! Lo encuentro incluso obsceno. &#191;De qu&#233; sirve morir si no es para no sufrir? Yo, en cambio, he previsto bien mi salida de este mundo: desde hace un a&#241;o, todos los meses le cojo a mam&#225; un somn&#237;fero de la caja que guarda en su mesilla de noche. Se toma tantos que, de todas maneras, no se dar&#237;a ni cuenta si le cogiera uno cada d&#237;a, pero he decidido ser muy prudente. No hay que dejar ning&#250;n cabo suelto cuando se toma una decisi&#243;n que es harto improbable que nadie comprenda. Uno no imagina la rapidez con la que la gente obstaculiza los proyectos a los que m&#225;s apego se tiene, en nombre de tonter&#237;as del estilo de el sentido de la vida o el amor a los hombres. Ah, y tambi&#233;n: el car&#225;cter sagrado de la infancia.

As&#237; pues, me encamino tranquilamente a la fecha del 16 de junio y no tengo miedo. Tan s&#243;lo alg&#250;n que otro pesar quiz&#225;. Pero el mundo tal y como es no est&#225; hecho para las princesas. Dicho esto, que uno tenga el proyecto de morir no quiere decir que hasta entonces tenga que vegetar como una verdura podrida. Antes al contrario. Lo importante no es morir ni a qu&#233; edad se muere, sino lo que uno est&#233; haciendo en el momento de su muerte. En los c&#243;mics de Taniguchi, los h&#233;roes mueren escalando el Everest. Como no tengo ninguna probabilidad de poder trepar al K2 o a las Grandes Jorasses antes del pr&#243;ximo 16 de junio, mi Everest personal es una exigencia intelectual. Me he puesto como objetivo tener el mayor n&#250;mero posible de ideas profundas y apuntarlas en este cuaderno: si nada tiene sentido, al menos que el esp&#237;ritu se vea forzado a enfrentarse a tal situaci&#243;n, &#191;no? Pero como tengo una vertiente japonesa muy acusada, he a&#241;adido una obligaci&#243;n m&#225;s: esta idea profunda ha de expresarse bajo la forma de un peque&#241;o poema a la japonesa: un haik&#250; (tres versos) o un tanka (cinco versos).

Mi haik&#250; preferido es de Basho.

En esas chozas

comen los pescadores

&#161;gambas y grillos!

&#161;Esto, de pecera nada, no; esto es poes&#237;a, s&#237;, se&#241;or!

Pero en el mundo en el que vivo, hay menos poes&#237;a que en una choza de pescador japonesa. &#191;Y os parece normal que cuatro personas vivan en cuatrocientos metros cuadrados cuando muchas otras, y entre ellas quiz&#225; incluso algunos poetas malditos, ni siquiera tienen una vivienda decente y se hacinan en grupos de quince en veinte metros cuadrados? Cuando este verano nos enteramos en las noticias de que unos africanos hab&#237;an muerto porque se hab&#237;a incendiado el edificio insalubre en el que viv&#237;an, se me ocurri&#243; una idea. Ellos, la pecera la tienen delante de las narices todo el d&#237;a, no pueden escapar de ella a golpe de poes&#237;a. Pero mis padres y Colombe se imaginan que nadan en el oc&#233;ano s&#243;lo porque viven en un piso de cuatrocientos metros cuadrados atestado de muebles y de cuadros.

Entonces, el 16 de junio pienso refrescarles un poco esa memoria de sardinas que tienen: voy a prenderle fuego a la casa (utilizando pastillas de barbacoa). Ojo, no soy ninguna criminal: lo har&#233; cuando no haya nadie (el 16 de junio cae en s&#225;bado, y los s&#225;bados por la tarde Colombe va a casa de Tib&#232;re, mam&#225;, a su clase de yoga, pap&#225;, a su c&#237;rculo y yo me quedo en casa), evacuar&#233; a los gatos por la ventana y avisar&#233; a los bomberos con el margen de tiempo suficiente para que no haya v&#237;ctimas. Despu&#233;s me ir&#233; tranquilamente a dormir a casa de la abuela con mis somn&#237;feros.

Sin piso y sin hija quiz&#225; s&#237; piensen ya en todos esos africanos muertos, &#191;no?



Camelias



1

Una arist&#243;crata

Los martes y los jueves, Manuela, mi &#250;nica amiga, toma el t&#233; conmigo en mi casa. Manuela es una mujer sencilla a la que veinte a&#241;os malgastados en limpiar el polvo en casas ajenas no han despojado de su elegancia. Limpiar el polvo es adem&#225;s un eufemismo de lo m&#225;s p&#250;dico. Pero, en casa de los ricos, las cosas no se llaman por su nombre.

Vac&#237;o papeleras llenas de compresas -me dice con su acento dulce y sibilante-, recojo la vomitona del perro, limpio la jaula de los p&#225;jaros -qui&#233;n dir&#237;a que unos animalitos tan peque&#241;os puedan hacer tanta caca- y saco brillo a las tazas de los v&#225;teres. As&#237; que, &#191;el polvo?, &#161;vamos, hombre, eso es lo de menos!

Hay que tener en cuenta que cuando baja a la porter&#237;a a las dos de la tarde, los martes desde la casa de los Arthens, los jueves desde la casa de los de Broglie, Manuela ha limpiado minuciosamente con bastoncillos de algod&#243;n, hasta dejarlos impolutos, unos retretes de post&#237;n cubiertos de pan de oro que, no obstante, son tan sucios y apestosos como todos los meaderos y cagaderos del mundo, porque si hay una cosa que los ricos comparten a su pesar con los pobres es unos intestinos nauseabundos que siempre acaban por zafarse en alg&#250;n sitio de lo que los hace tan apestosos.

Por ello Manuela merece nuestras reverencias y nuestros aplausos. Pese a sacrificarse en el altar de un mundo en el que las tareas ingratas est&#225;n reservadas para algunas, mientras otras se tapan la nariz sin mover un dedo, ella no renuncia por ello a una inclinaci&#243;n al refinamiento que supera con creces todo revestimiento de pan de oro, por muy sanitario que sea.

Para comer nueces hay que poner debajo un mantel -dice Manuela, que saca de su vieja cesta una cajita de madera clara de cuya tapa se escapan volutas de papel de seda color carm&#237;n. A buen recaudo en su estuchito nos aguardan unas tejas con almendras. Preparo un caf&#233; que no tomaremos pero cuyos efluvios ambas adoramos, y bebemos a sorbitos una taza de t&#233; verde para acompa&#241;ar las tejas, que comemos a mordisquitos para saborearlas.

De la misma manera que yo soy para mi arquetipo una traici&#243;n permanente, Manuela es para el de la asistenta portuguesa pura deslealtad. Pues la hija de Faro, nacida bajo una higuera tras siete reto&#241;os y antes de otros seis, enviada a trabajar al campo desde su m&#225;s tierna infancia y al poco casada con un alba&#241;il pronto expatriado, madre de cuatro hijos franceses por derecho de suelo pero portugueses por consideraci&#243;n social, la hija de Faro pues, con medias negras y pa&#241;uelo en la cabeza incluidos, es una arist&#243;crata, una de verdad, una bien grande, de las que no se prestan a discusi&#243;n porque, aun llevando el sello en el mismo coraz&#243;n, desde&#241;a toda etiqueta y todo abolengo. &#191;Qu&#233; es una arist&#243;crata? Una mujer a la que la vulgaridad no alcanza pese a acecharla por todas partes.

Vulgaridad de una familia pol&#237;tica que, los domingos, combate a golpe de risotadas el dolor de haber nacido d&#233;bil y sin porvenir; vulgaridad de un vecindario marcado por la misma p&#225;lida desolaci&#243;n que los neones de la f&#225;brica a la que van los hombres cada ma&#241;ana como si bajaran al infierno; vulgaridad de las se&#241;oras cuya vileza no podr&#237;a enmascarar ni todo el dinero del mundo, y que se dirigen a ella como a un perro ti&#241;oso. Pero hay que haber visto a Manuela ofrecerme como a una reina los frutos de sus elaboraciones reposteras para captar toda la gracia que habita en esta mujer. S&#237;, como a una reina. Cuando hace su aparici&#243;n Manuela, mi porter&#237;a se transforma en palacio, y nuestras meriendas de parias, en festines de monarcas. De la misma manera que el contador de historias transforma la vida en un r&#237;o de resplandecientes reflejos en el que se anegan la pena y el tedio, Manuela metamorfosea nuestra existencia en una epopeya c&#225;lida y jubilosa.

El ni&#241;o de los Palli&#232;res me ha saludado en la escalera -dice de pronto, quebrando el silencio.

Yo le contesto con un gru&#241;ido despectivo.

Lee a Marx -digo, encogi&#233;ndome de hombros.

&#191;Marx? -repite, pronunciando la x como una che, una che un poco mojada que tiene el encanto de los cielos l&#237;mpidos.

El padre del comunismo -le contesto.

Manuela emite un sonido de desd&#233;n.

La pol&#237;tica -me dice-. Un juguete de ni&#241;atos ricos, y no se lo prestan a nadie.

Reflexiona un momento, con el ce&#241;o fruncido.

No es el tipo de libro que suele leer -comenta.

Las revistas que los j&#243;venes esconden debajo del colch&#243;n no escapan a la sagacidad de Manuela, y el ni&#241;o de los Palli&#232;res parec&#237;a antes enfrascado en un consumo aplicado aunque selectivo de las mismas, como de ello daba fe el desgaste de una p&#225;gina de t&#237;tulo m&#225;s que expl&#237;cito: Las marquesas picantonas.

Nos re&#237;mos y charlamos un rato m&#225;s de esto y lo otro, en el sosiego apacible de las viejas amistades. Esos momentos son para m&#237; muy valiosos, y se me encoge el coraz&#243;n cuando pienso en el d&#237;a en que Manuela cumplir&#225; su sue&#241;o y volver&#225; para siempre a su pueblo, dej&#225;ndome aqu&#237;, sola y decr&#233;pita, sin compa&#241;era que haga de m&#237;, dos veces por semana, una reina clandestina. Me pregunto tambi&#233;n con aprensi&#243;n qu&#233; ocurrir&#225; cuando la &#250;nica amiga que he tenido nunca, la &#250;nica que todo lo sabe sin haber preguntado jam&#225;s nada, dejando tras de s&#237; una mujer desconocida por todos, la sepulte con ese abandono bajo un sudario de olvido.

Se oyen unos pasos en el portal, y luego distinguimos con nitidez el sonido sibilino de la mano del hombre sobre el bot&#243;n de llamada del ascensor, un viejo aparato de reja negra y puertas que se cierran solas, acolchado y forrado de madera que, de haber habido m&#225;s espacio, anta&#241;o habr&#237;a ocupado un ascensorista con librea. Reconozco ese paso; es el de Pierre Arthens, el cr&#237;tico gastron&#243;mico del cuarto, un oligarca de la peor especie que, por como entorna los p&#225;rpados cuando permanece de pie ante el umbral de mi porter&#237;a, debe de pensar que en cueva oscura, pese a que lo que acierta a entrever le informe del contrario.

Pues bien, me he le&#237;do esas famosas cr&#237;ticas suyas.

No me entero de nada de lo que dice -me coment&#243; un d&#237;a Manuela, para quien un buen asado es un buen asado y no hay m&#225;s que hablar.

No hay nada que comprender. Es triste ver una pluma como la suya malograrse as&#237; a fuerza de ceguera. Escribir sobre un tomate p&#225;ginas y p&#225;ginas de prosa deslumbrante -pues Pierre Arthens critica como quien narra una historia y ya s&#243;lo eso deber&#237;a haber hecho de &#233;l un genio- sin nunca ver ni sostener en la mano dicho tomate es una funesta proeza. Pero &#191;se puede ser tan competente y a la vez tan ciego a la presencia de las cosas?, me he preguntado a menudo al verlo pasar delante de m&#237; con su narizota arrogante. Pues se dir&#237;a que s&#237;. Algunas personas son incapaces de aprehender en aquello que contemplan lo que constituye su esencia, su h&#225;lito intr&#237;nseco de vida, y dedican su existencia entera a discurrir sobre los hombres como si de aut&#243;matas se tratara, y de las cosas como si no tuvieran alma y se resumieran a lo que de ellas puede decirse, al capricho de inspiraciones subjetivas.

Como movidos por una voluntad, los pasos retroceden de pronto y Arthens llama a mi puerta.

Me levanto, con cuidado de arrastrar los pies, calzados con unas zapatillas tan conformes al personaje que s&#243;lo la coalici&#243;n de la baguette y la boina puede considerarse un desaf&#237;o en cuanto a t&#237;picos lugares comunes se refiere. Al hacerlo, s&#233; que exaspero al Maestro, oda viva a la impaciencia de los grandes depredadores, y ello tiene algo que ver con la aplicaci&#243;n con la que entorno muy despacio la puerta, asomando una nariz desconfiada que espero luzca coloradota y lustrosa.

Estoy esperando un paquete por mensajero -me dice, gui&#241;ando los ojos y arrugando la nariz-. Cuando llegue, &#191;podr&#237;a tra&#233;rmelo inmediatamente?

Esta tarde, el se&#241;or Arthens lleva una gran chalina de lunares que flota alrededor de su cuello de patricio y no le favorece en absoluto, porque la abundancia de su cabellera leonina y el vuelo holgado y et&#233;reo del pedazo de seda evocan ambos una suerte de tut&#250; vaporoso que anega la virilidad que suele exhibir el hombre como atributo. Y qu&#233; diablos, esa chalina me trae algo a la memoria. A punto estoy de sonre&#237;r al recordarlo. Es la de Legrandin. En En busca del tiempo perdido, obra de un tal Marcel, otro portero notorio, Legrandin es un esnob dividido entre dos mundos: el que frecuenta y aquel en el que le gustar&#237;a entrar; un pat&#233;tico esnob cuya chalina, de esperanza en amargura y de servilismo en desd&#233;n, expresa sus m&#225;s &#237;ntimas fluctuaciones. As&#237;, en la plaza de Combray, al no tener deseo alguno de saludar a los padres del narrador, pero no pudiendo evitar cruzarse con ellos, encomienda a la chalina la tarea de denotar, dej&#225;ndola volar al viento, un humor melanc&#243;lico que lo exima del saludo habitual.

Pierre Arthens, que ha le&#237;do a Proust pero no concibe por ello ninguna indulgencia especial para con las porteras, carraspea con impaciencia.

Recuerdo al lector su pregunta:

&#191;Podr&#237;a tra&#233;rmelo inmediatamente (el paquete por mensajero, pues los paquetes de los ricos no emplean las v&#237;as postales ordinarias)?

S&#237; -contesto yo, batiendo marcas de concisi&#243;n, animada por la suya propia y por la ausencia de un por favor que, a mi juicio, la forma interrogativa y condicional no alcanza a disculpar del todo.

Es muy fr&#225;gil -a&#241;ade-, tenga cuidado, se lo ruego.

La conjugaci&#243;n del imperativo y ese se lo ruego tampoco me complace, sobre todo porque Arthens me cree incapaz de tales sutilezas sint&#225;cticas y s&#243;lo las emplea porque s&#237;, sin tener la cortes&#237;a de suponer que yo podr&#237;a sentirme insultada por ello. Equivale a tocar fondo en el &#225;mbito social percibir en la voz de un rico que s&#243;lo se est&#225; dirigiendo a s&#237; mismo y que, si bien las palabras que pronuncia nos est&#225;n t&#233;cnicamente destinadas, ni siquiera alcanza a imaginar que podamos entenderlas.

&#191;C&#243;mo de fr&#225;gil? -pregunto pues con un tono no muy amable.

Suspira ostensiblemente, y noto en su aliento un liger&#237;simo toque de jengibre.

Se trata de un incunable -me dice, y clava en mis ojos, que yo trato de poner vidriosos, su mirada satisfecha de terrateniente.

Pues nada, que le aproveche -le contesto con expresi&#243;n de asco-. Se lo subo en cuanto llegue el mensajero.

Y le doy con la puerta en las narices.

Me complace sobremanera la perspectiva de que Pierre Arthens narre esta noche durante la cena, a t&#237;tulo de an&#233;cdota jocosa, la indignaci&#243;n de su portera, que, al mencionar en su presencia un incunable, sin duda vio en ello algo escabroso.

Dios sabr&#225; qui&#233;n de nosotros dos se humilla m&#225;s.


Diario del movimiento del mundo n1

Permanecer centrado en s&#237; mismo sin perder el short [calz&#243;n]

Est&#225; muy bien esto de tener regularmente una idea profunda, pero no me parece suficiente. O sea, quiero decir: voy a suicidarme y a prenderle fuego a la casa dentro de unos meses, as&#237; que es obvio que no puedo pensar que me sobra tiempo, tengo que hacer algo consistente en el poco que me queda. Y sobre todo, me he planteado a m&#237; misma un peque&#241;o reto: si uno se suicida, tiene que estar seguro de lo que hace y no puede quemar la casa para nada. Entonces, si hay una cosa en el mundo por la que valga la pena vivir, no me la puedo perder, porque una vez que uno se muere es demasiado tarde para arrepentirse de nada, y morir porque te has equivocado es una tonter&#237;a como un piano.

Y s&#237;, vale, tengo mis ideas profundas. Pero en estas ideas profundas juego a ser lo que a fin de cuentas soy: una intelectual (que se burla de los dem&#225;s intelectuales). Este pasatiempo no es siempre muy glorioso pero s&#237; muy recreativo. Entonces se me ha ocurrido que hab&#237;a que compensar este aspecto gloria espiritual con otro diario que hable del cuerpo o de las cosas. No de las ideas profundas del esp&#237;ritu, sino de las obras maestras de la materia. De algo encarnado, tangible; pero tambi&#233;n bello o est&#233;tico. Aparte del amor, la amistad y la belleza del Arte, no veo gran cosa que pueda alimentar la vida humana. Soy demasiado joven para aspirar verdaderamente al amor y a la amistad. Pero el Arte si no tuviera que morir, el Arte habr&#237;a sido toda mi vida. Bueno, cuando digo el Arte, tengo que aclarar a qu&#233; me refiero: no estoy hablando s&#243;lo de las grandes obras de los maestros. Ni siquiera por Vermeer le tengo apego a la vida. Su obra es sublime pero est&#225; muerta. No, yo me refiero a la belleza en el mundo, a lo que puede elevarnos en el movimiento de la vida. El diario del movimiento del mundo lo dedicar&#233; pues al movimiento de la gente, de los cuerpos, o, incluso, si de verdad no hay nada que decir, de las cosas, y a encontrar en ello algo lo bastante est&#233;tico como para darle valor a mi vida. Gracia, belleza, armon&#237;a, intensidad. Si encuentro esas cosas, entonces quiz&#225; reconsidere las opciones; si encuentro un movimiento bello de los cuerpos, a falta de una idea bella para el esp&#237;ritu, entonces quiz&#225; piense que vale la pena vivir.

A decir verdad, esta idea del diario doble (uno para el esp&#237;ritu, otro para el cuerpo) se me ocurri&#243; ayer porque pap&#225; estaba viendo un partido de rugby por la tele. Hasta ahora, en esos casos yo sobre todo observaba a pap&#225;. Me gusta mirarlo cuando se remanga la camisa, se descalza y se arrellana en el sof&#225; con su cerveza y su plato de salchich&#243;n para ver el partido, y todo en &#233;l clama: Mirad el tipo de hombre que tambi&#233;n puedo ser. Al parecer no se le pasa por la cabeza que un estereotipo (el muy serio se&#241;or Ministro de la Rep&#250;blica) m&#225;s otro estereotipo (buena persona pese a todo y amante de la cerveza fresquita) dan como resultado un estereotipo al cuadrado. Pero bueno, resumiendo, que el s&#225;bado pap&#225; volvi&#243; a casa antes de lo normal, dej&#243; tirada su cartera donde Dios le dio a entender, se descalz&#243;, se remang&#243; la camisa, cogi&#243; una cerveza de la cocina y se repanching&#243; delante de la tele dici&#233;ndome: anda, bonita, tr&#225;eme un poco de salchich&#243;n, por favor, que no me quiero perder el haka. De perderse el haka, nada, tuve tiempo de sobra de cortarle las lonchas de salchich&#243;n y, para cuando se las llev&#233; en una bandeja, todav&#237;a no hab&#237;an terminado los anuncios. Mam&#225; estaba sentada en equilibrio precario sobre el reposabrazos del sof&#225;, para dejar bien clara su oposici&#243;n a todo aquello (en la familia estereotipo, yo me pido ser la rana intelectual de izquierdas), y le daba la tabarra a pap&#225; con una historia complicad&#237;sima de no s&#233; qu&#233; cena en la que hab&#237;a que invitar a dos parejas enfadadas para reconciliarlas. Conociendo la sutileza psicol&#243;gica de mam&#225;, un proyecto de ese calibre s&#243;lo puede dar risa. Bueno, total, que le llev&#233; el salchich&#243;n a pap&#225; y, como sab&#237;a que Colombe estaba en su habitaci&#243;n escuchando su m&#250;sica supuestamente vanguardista iluminada del siglo V, me dije: despu&#233;s de todo, por qu&#233; no, vamos a ver qu&#233; tiene que ofrecer este haka. Que yo recordara, el haka era una especie de baile un poco grotesco que hacen los jugadores del equipo neozeland&#233;s antes del partido. En plan baile intimidatorio de gorilas. Y que yo recordara tambi&#233;n, el rugby era un juego pesado, con tiarrones que se tiran al c&#233;sped sin parar y se levantan para volver a caerse y a arremolinarse unos sobre otros tres pasos m&#225;s all&#225;.

Los anuncios se terminaron por fin y, despu&#233;s de unos letreros sobre una imagen de un mont&#243;n de t&#237;os cachas tumbados en la hierba, la c&#225;mara enfoc&#243; el estadio con la voz en off de los comentaristas, y luego un primer plano de los mismos (adictos al cassoulef) para despu&#233;s volver al estadio. Los jugadores hicieron su aparici&#243;n en el terreno, y desde ese momento ya empec&#233; a sentir una suerte de fascinaci&#243;n. Al principio no lo entend&#237;a del todo, eran las mismas im&#225;genes que de costumbre pero produc&#237;an en m&#237; un efecto nuevo, como un cosquilleo, una tensi&#243;n, un estoy conteniendo el aliento. A mi lado, pap&#225; ya se hab&#237;a pimplado su primera birra y se preparaba a proseguir en esa misma vena gala, pidi&#233;ndole a mam&#225;, que acababa de despegarse del reposabrazos, que le trajera otra. Yo, como digo, conten&#237;a el aliento. &#191;Qu&#233; ocurre?, me preguntaba mirando la pantalla, y no acertaba a saber qu&#233; era lo que me estaba produciendo ese cosquilleo.

Se me hizo la luz cuando los del equipo neozeland&#233;s empezaron su haka. Entre ellos hab&#237;a un jugador maor&#237; muy alto y muy joven. Era &#233;ste el que hab&#237;a atra&#237;do mi atenci&#243;n desde el principio, sin duda por su estatura primero, y luego tambi&#233;n por su manera de moverse. Un tipo de movimiento muy curioso, muy fluido pero sobre todo muy concentrado, quiero decir muy concentrado en s&#237; mismo. La mayor&#237;a de la gente cuando se mueve lo hace en funci&#243;n de lo que tiene alrededor. Justo en este momento, mientras escribo, Constituci&#243;n pasa por delante de m&#237; arrastrando la tripa sobre el suelo. Esta gata no tiene ning&#250;n proyecto en la vida y sin embargo se dirige hacia algo, probablemente un sill&#243;n. Y eso se ve en su manera de moverse: va hacia algo, y recalco el hacia. Mam&#225; acaba de pasar en direcci&#243;n a la puerta principal, se va a hacer la compra y de hecho, ya est&#225; fuera, su movimiento se anticipa a s&#237; mismo. No s&#233; muy bien c&#243;mo explicarlo, pero cuando te desplazas, de alguna manera ese movimiento hacia algo te desestructura: est&#225;s ah&#237; y a la vez ya no est&#225;s porque ya est&#225;s yendo a otra parte, no s&#233; si me explico. Para dejar de desestructurarse, habr&#237;a que dejar de moverse por completo. O te mueves y ya no est&#225;s entero, o est&#225;s entero y no te puedes mover. Pero ese jugador en cambio, en cuanto sali&#243; al terreno de juego sent&#237; con respecto a &#233;l una cosa distinta. La impresi&#243;n de verlo moverse, s&#237;, pero a la vez segu&#237;a ah&#237;. Absurdo, &#191;verdad?

Cuando empez&#243; el haka, yo sobre todo lo miraba a &#233;l. Saltaba a la vista que no era como los dem&#225;s. De hecho, Cassoulet n 1 dijo: Y Somu, el temible zaguero neozeland&#233;s, sigue impresion&#225;ndonos con sus hechuras de coloso; dos metros siete, ciento dieciocho kilos, once segundos en los cien metros, &#161;una monada de criatura, s&#237;, se&#241;or! Ten&#237;a hipnotizado a todo el mundo, pero nadie sab&#237;a exactamente por qu&#233;. Sin embargo, el motivo se hizo patente durante el haka: se mov&#237;a, hac&#237;a los mismos gestos que los dem&#225;s (darse palmadas en los muslos, aporrear el suelo r&#237;tmicamente, tocarse los codos, todo ello clavando los ojos en los del adversario con aire de guerrero nervioso) pero, mientras que los gestos de los dem&#225;s se dirig&#237;an hacia sus adversarios y hacia todo el estadio que los estaba mirando, los gestos de este jugador permanec&#237;an en &#233;l, estaban concentrados en &#233;l mismo, y ello le confer&#237;a una presencia y una intensidad incre&#237;bles. Y como consecuencia de ello, el haka, que es un canto guerrero, adquir&#237;a toda su fuerza. Lo que hace la fuerza del soldado no es la energ&#237;a que emplea en intimidar a su adversario envi&#225;ndole un mont&#243;n de se&#241;ales, sino la fuerza que es capaz de concentrar en s&#237; mismo, centr&#225;ndose en s&#237;, sin salir de s&#237; mismo. El jugador maor&#237; se convert&#237;a en un &#225;rbol, un gran roble indestructible con ra&#237;ces profundas, que irradiaba una fuerza poderosa, de la que todo el mundo era consciente. Y sin embargo, uno ten&#237;a la certeza de que ese gran roble tambi&#233;n pod&#237;a echar a volar, que iba a ser tan r&#225;pido como el viento, a pesar de o gracias a sus grandes ra&#237;ces.

Entonces, a partir de ese momento me puse a seguir el partido con atenci&#243;n buscando siempre lo mismo: esos momentos compactos en que un jugador se convert&#237;a en su propio movimiento sin la necesidad de fragmentarse dirigi&#233;ndose hacia algo. &#161;Y vi montones de ellos! En todas las fases del juego: en las mel&#233;s, con un punto de equilibrio evidente, un jugador que encontraba sus ra&#237;ces, convirti&#233;ndose as&#237; en una peque&#241;a ancla bien s&#243;lida que le daba su fuerza al grupo; en las fases de despliegue, con un jugador que encontraba la velocidad precisa al dejar de pensar en anotar, al concentrarse en su propio movimiento, y que corr&#237;a como si estuviera en estado de gracia, con el bal&#243;n pegado al cuerpo; en la exaltaci&#243;n de los pateadores, que se aislaban del resto del mundo para encontrar el movimiento perfecto del pie. Pero ninguno llegaba a la perfecci&#243;n del gran jugador maor&#237;. Cuando marc&#243; el primer ensayo para Nueva Zelanda, pap&#225; se qued&#243; como atontado, con la boca abierta, sin acordarse de beberse su cerveza. Deber&#237;a haberse disgustado porque &#233;l iba con el equipo franc&#233;s, pero en lugar de eso, dijo: &#161;Vaya jugador!, pas&#225;ndose la mano por la frente. Los comentaristas eran un poco reacios a prodigarse en alabanzas, pero con todo tampoco lograban ocultar que acab&#225;bamos de presenciar algo verdaderamente bello: un jugador que corr&#237;a sin moverse dejando a todo el mundo atr&#225;s. Eran los otros los que parec&#237;an hacer movimientos fren&#233;ticos y torpes, incapaces de alcanzarlo.

Entonces me dije: ya est&#225;, he podido encontrar en el mundo movimientos inm&#243;viles; &#191;vale la pena seguir viviendo por esto? En ese momento, un jugador franc&#233;s perdi&#243; el calz&#243;n corto en un maul, y, de golpe, me sent&#237; s&#250;per deprimida porque todo el mundo se desternillaba de risa, incluido pap&#225;, que se tom&#243; otra cervecita para celebrarlo, a pesar de los dos siglos de protestantismo que han regido nuestra familia. Yo me sent&#237;a como si todo fuera una profanaci&#243;n.

As&#237; que, no, esto no basta. Para convencerme ser&#225;n necesarios otros movimientos. Pero, al menos, habr&#233; acariciado la idea de que s&#237; val&#237;a la pena vivir.



2

De guerras y colonias

No tengo estudios, dec&#237;a en el pre&#225;mbulo de mi discurso. No es del todo exacto; pero mi juventud escolar lleg&#243; hasta el certificado de estudios, antes del cual me hab&#237;a cuidado muy mucho de no llamar la atenci&#243;n -asustada por las sospechas que sab&#237;a que en el se&#241;or Servant, el maestro, hab&#237;a levantado el descubrirme devorando con avidez su diario, que no hablaba m&#225;s que de guerras y de colonias, cuando apenas contaba yo diez a&#241;os.

&#191;Por qu&#233;? No lo s&#233;. &#191;Creen ustedes realmente que habr&#237;a podido? Es una pregunta para los adivinos de anta&#241;o. Digamos que la idea de luchar en un mundo de pudientes, yo, la hija de un don nadie, sin belleza ni encanto, sin pasado ni ambici&#243;n, sin don de gentes ni esplendor, me fatig&#243; antes incluso de, intentarlo. Yo s&#243;lo deseaba una cosa: que me dejaran en paz, sin exigirme demasiado, y poder disfrutar, unos instantes al d&#237;a, de la libertad de saciar mi hambre.

Para quien no conoce el apetito, la primera punzada de hambre es a la vez un sufrimiento y una iluminaci&#243;n. Yo era una ni&#241;a ap&#225;tica y casi minusv&#225;lida, tan cargada de espaldas que casi parec&#237;a jorobada, que si se manten&#237;a en la existencia no era sino porque desconoc&#237;a que pudiera haber otra v&#237;a. La ausencia de gusto en m&#237; rayaba en la nada; nada me dec&#237;a nada, nada despertaba nada en m&#237; y, cual d&#233;bil brizna de paja empujada aqu&#237; y all&#225; al capricho de enigm&#225;ticas r&#225;fagas de viento, ignoraba incluso hasta el mismo deseo de poner fin a mi vida.

En mi casa apenas se hablaba. Los ni&#241;os chillaban y los adultos se afanaban en sus tareas como lo hubieran hecho de haber estado solos. Ten&#237;amos suficiente para comer, aunque frugalmente, no se nos maltrataba y nuestra ropa de pobres estaba limpia, de modo que aunque pod&#237;a causarnos verg&#252;enza, al menos no sufr&#237;amos el fr&#237;o. Pero no nos habl&#225;bamos.

La revelaci&#243;n tuvo lugar cuando, a la edad de cinco a&#241;os, en mi primer d&#237;a de colegio, tuve la sorpresa y el susto de o&#237;r una voz que se dirig&#237;a a m&#237; pronunciando mi nombre.

&#191;Ren&#233;e? -preguntaba la voz, mientras yo sent&#237;a posarse sobre la m&#237;a una mano amiga.

Era en el pasillo donde, con ocasi&#243;n del primer d&#237;a de colegio y porque llov&#237;a, se hab&#237;a apelotonado a un tropel de ni&#241;os.

&#191;Ren&#233;e? -segu&#237;a modulando la voz que ven&#237;a de lo alto, y la mano amiga no dejaba de ejercer sobre mi brazo -incomprensible lenguaje- ligeras y tiernas presiones.

Levant&#233; la cabeza, en un movimiento ins&#243;lito que casi me dio v&#233;rtigo, y mis ojos se cruzaron con una mirada.

Ren&#233;e. Se trataba de m&#237;. Por primera vez, alguien se dirig&#237;a a m&#237; por mi nombre. Mientras que mis padres recurr&#237;an a un gesto o a un gru&#241;ido, una mujer, cuyos ojos claros y labios sonrientes observ&#233; entonces, se abr&#237;a camino hasta mi coraz&#243;n y, pronunciando mi nombre, entraba conmigo en una proximidad de la que hasta entonces yo nada sab&#237;a. Descubr&#237; a mi alrededor un mundo que, de pronto, adornaban mil colores. En un destello doloroso, percib&#237; la lluvia que ca&#237;a en el patio, las ventanas lavadas por las gotas, el olor de la ropa mojada, la estrechez del corredor, angosto pasillo en el que vibraba la asamblea de p&#225;rvulos, la p&#225;tina de los percheros de pomos de cobre en los que se amontonaban las esclavinas de pa&#241;o barato, as&#237; como la altura de los techos, a la medida de los cielos para la mirada de un ni&#241;o.

Entonces, con mis enormes ojos clavados en los suyos, me aferr&#233; a la mujer que acababa de traerme a la vida.

Ren&#233;e -repiti&#243; la voz-, &#191;quieres quitarte el impermeable?

Y, sujet&#225;ndome con firmeza para que no me cayera, me desvisti&#243; con la rapidez que otorga la larga experiencia.

Se cree err&#243;neamente que el despertar de la conciencia coincide con el momento del primer nacimiento, quiz&#225; porque no sabemos imaginar otro estado vivo que no sea &#233;se. Nos parece que siempre hemos visto y sentido y, seguros de esta creencia, identificamos en la venida al mundo el instante decisivo en que la conciencia nace. Que, durante cinco a&#241;os, una ni&#241;a llamada Ren&#233;e, mecanismo perceptivo operativo dotado de vista, o&#237;do, olfato, gusto y tacto, hubiera podido vivir en una perfecta inconsciencia de s&#237; misma y del universo desmiente tan apresurada teor&#237;a. Pues para que se d&#233; la conciencia, es necesario un nombre.

Sin embargo, por un concurso de circunstancias desgraciadas, se desprende que a nadie se le hab&#237;a ocurrido darme el m&#237;o.

Qu&#233; ojos m&#225;s bonitos tienes -a&#241;adi&#243; la maestra, y tuve la intuici&#243;n de que no ment&#237;a, que en ese instante mis ojos brillaban animados por toda esa belleza y, reflejando el milagro de mi nacimiento, lanzaban mil destellos.

Me puse a temblar y busqu&#233; en los suyos la complicidad que engendra toda alegr&#237;a compartida.

En su mirada dulce y bondadosa s&#243;lo le&#237; compasi&#243;n.

Cuando por fin nac&#237;a al mundo, s&#243;lo inspiraba piedad.

Estaba pose&#237;da.

Puesto que mi hambre no pod&#237;a saciarse con el juego de interacciones sociales inconcebibles para mi condici&#243;n -y eso no lo entend&#237; hasta m&#225;s tarde, esa compasi&#243;n en los ojos de mi salvadora, pues &#191;alguna vez se ha visto a una pobre experimentar la ebriedad del lenguaje y ejercitarse en &#233;l con los dem&#225;s?- se saciar&#237;a con los libros. Por primera vez, toqu&#233; uno en mi vida. Hab&#237;a visto a los mayores de la clase mirar en ellos invisibles rastros, como si una misma fuerza los moviera a todos y, sumi&#233;ndose en el silencio, extraer del papel muerto algo que parec&#237;a vivo.

Aprend&#237; a leer sin que nadie se enterara. Los dem&#225;s ni&#241;os segu&#237;an balbuciendo las letras cuando yo hac&#237;a tiempo que conoc&#237;a ya la solidaridad que teje entre s&#237; los signos escritos, sus combinaciones infinitas y los sonidos maravillosos que me hab&#237;an marcado en ese mismo lugar, el primer d&#237;a, cuando la maestra pronunciara mi nombre. Nadie lo supo. Le&#237; como una posesa, a escondidas primero, luego, cuando me pareci&#243; haber superado el tiempo de aprendizaje normal, a la vista de todos pero cuid&#225;ndome mucho de disimular el placer y el inter&#233;s que la lectura me suscitaba.

La ni&#241;a fr&#225;gil se hab&#237;a convertido en un alma hambrienta.

A los doce a&#241;os dej&#233; el colegio para trabajar en casa y en el campo con mis padres y mis hermanos. A los diecisiete me cas&#233;.



3

El caniche como t&#243;tem

En el imaginario colectivo, la pareja de porteros, d&#250;o fusionado compuesto de entidades tan insignificantes que s&#243;lo su uni&#243;n las revela, es due&#241;a a la fuerza de un caniche. Como todo el mundo sabe, los caniches son una clase de perros de pelo rizado cuyos amos suelen ser jubilados adeptos del poujadismo, se&#241;oras muy solas que hacen trasvase de cari&#241;o sobre el animal o conserjes de finca urbana agazapados en sus l&#250;gubres porter&#237;as. Pueden ser negros o color albaricoque. Los segundos son m&#225;s agresivos que los primeros, pero &#233;stos huelen peor que aqu&#233;llos. Todos los caniches ladran con acritud a la menor ocasi&#243;n, pero sobre todo cuando no ocurre nada. Siguen a su amo trotando sobre sus cuatro patas r&#237;gidas, sin mover el resto de su tronquito en forma de salchicha. Sobre todo, tienen unos ojillos negros y malvados, hundidos en unas &#243;rbitas insignificantes. Los caniches son feos y tontos, sumisos y fanfarrones. As&#237; son los caniches.

Por ello la pareja de porteros, metaforizada en su tot&#233;mico can, parece privada de tales pasiones como el amor y el deseo y, como el propio t&#243;tem, destinada a ser por siempre fea, tonta, sumisa y fanfarrona. Si bien ocurre que en ciertas novelas los pr&#237;ncipes se enamoren de las obreras o de las princesas de las galeras, nunca se da el caso, entre un portero y otro, incluso de sexos opuestos, de romances como los que viven los dem&#225;s y que merecer&#237;an relatarse en alguna parte.

No s&#243;lo no tuvimos nunca ning&#250;n caniche, sino que tambi&#233;n creo poder decir que nuestro matrimonio fue feliz. Con mi marido pude ser yo misma. Recuerdo con nostalgia las ma&#241;anas de domingo, esas benditas ma&#241;anas pues eran las del descanso, en las que, en la cocina silenciosa, &#233;l se tomaba su caf&#233; mientras yo le&#237;a. Me cas&#233; con &#233;l a los diecisiete a&#241;os, despu&#233;s de un cortejo breve pero adecuado. Trabajaba en la f&#225;brica, como mis hermanos mayores, y a la salida a veces se ven&#237;a con ellos a casa para tomar un caf&#233; o una copita de licor. Por desgracia, yo era fea. Sin embargo, ello no habr&#237;a sido en absoluto decisivo si mi fealdad hubiera sido como la de las dem&#225;s. Pero mi fealdad ten&#237;a la crueldad de que era s&#243;lo m&#237;a y de que, despoj&#225;ndome de toda frescura cuando a&#250;n no era siquiera una mujer, a los quince a&#241;os me confer&#237;a ya la apariencia que tendr&#237;a a los cincuenta. La espalda encorvada, la cintura ancha, las piernas cortas, los pies torcidos, el vello abundante, los rasgos toscos, en fin, sin gracia ni contornos, se me podr&#237;an haber perdonado en beneficio del encanto propio de toda juventud, aun ingrata; pero, en lugar de eso, a los veinte a&#241;os yo ya parec&#237;a una vieja pretenciosa y aburrida.

Por ello, cuando las intenciones de mi futuro marido se precisaron, y ya no me fue posible ignorarlas, me abr&#237; a &#233;l, hablando por vez primera con franqueza a alguien que no fuera yo misma, y le confes&#233; mi perplejidad ante la idea de que pudiera querer casarse conmigo. Era sincera. Hac&#237;a tiempo que me hab&#237;a acostumbrado a la perspectiva de una vida solitaria. Ser pobre, fea y, por a&#241;adidura, inteligente, condena en nuestras sociedades a trayectorias sombr&#237;as y desenga&#241;adas a las que m&#225;s vale resignarse lo antes posible. A la belleza se le perdona todo, incluso la vulgaridad. La inteligencia ya no se ve como una justa compensaci&#243;n de las cosas, una manera de restablecer el equilibrio que la naturaleza ofrece a los menos favorecidos de entre sus hijos, sino como un juguete superfiuo que realza el valor de la joya. En cuanto a la fealdad, siempre se la considera culpable, y yo estaba condenada a ese destino tr&#225;gico con el dolor que precisamente me confer&#237;a mi lucidez.

Ren&#233;e -me respondi&#243; &#233;l con toda la seriedad de la que era capaz, y agotando en esa larga parrafada toda la facundia que ya nunca m&#225;s habr&#237;a de desplegar-, Ren&#233;e, yo no quiero por mujer a una de esas ingenuas que en el fondo no son sino unas desvergonzadas y, detr&#225;s de su cara bonita, no tienen m&#225;s cerebro que un mosquito. Quiero una mujer fiel, una buena esposa, una buena madre y una buena ama de casa. Quiero una compa&#241;era apacible y segura que permanecer&#225; a mi lado para apoyarme. A cambio, de m&#237; puedes esperar que sea serio en el trabajo, tranquilo en el hogar y tierno cuando convenga serlo. No soy un mal hombre y lo har&#233; lo mejor que pueda. Y as&#237; lo hizo.

Bajito y enjuto como la cepa de un olmo, ten&#237;a no obstante una expresi&#243;n agradable, por lo general sonriente. No beb&#237;a, no fumaba, no mascaba tabaco y no apostaba. En casa, despu&#233;s de trabajar, ve&#237;a la televisi&#243;n, hojeaba revistas de pesca o jugaba a las cartas con los amigos de la f&#225;brica. De car&#225;cter muy sociable, invitaba a la gente a nuestra casa con frecuencia. Los domingos se iba de pesca. En cuanto a m&#237;, me ocupaba s&#243;lo de las tareas del hogar, pues se opon&#237;a a que lo hiciera en casas ajenas.

No le faltaba inteligencia, no obstante no fuera &#233;sta de la clase que valora el genio social. Si bien sus competencias se limitaban al terreno de lo manual, desplegaba en &#233;ste un talento que no respond&#237;a &#250;nicamente a aptitudes motoras y, pese a ser inculto, abordaba todas las cosas con ese ingenio que, en los trabajos manuales, distingue a los laboriosos de los artistas y, en la conversaci&#243;n, informa que el saber no lo es todo. Resignada desde tan tierna edad a una existencia de monja, me parec&#237;a pues bien clemente que el Cielo hubiera puesto entre mis manos de esposa un compa&#241;ero de tan agradables modales y que, sin ser un intelectual, no era por ello menos listo.

Me podr&#237;a haber tocado en suerte un Grelier.

Bernard Grelier es uno de los pocos seres del n&#250;mero 7 de la calle Grenelle con el cual no temo delatarme. Poco importa que le diga: Guerra y Paz es la puesta en escena de una visi&#243;n determinista de la historia o Conviene que engrase los goznes del cuartito de la basura, no otorgar&#225; m&#225;s sentido a una frase o a otra, ni tampoco menos. Me pregunto incluso por qu&#233; inexplicado milagro la segunda exhortaci&#243;n llega a desencadenar en &#233;l un principio de acci&#243;n. &#191;C&#243;mo se puede hacer lo que no se comprende? Sin duda este tipo de proposiciones no requiere tratamiento racional alguno y, al igual que esos est&#237;mulos que, sucedi&#233;ndose sin tregua en la m&#233;dula espinal, desencadenan el reflejo sin solicitar la intervenci&#243;n del cerebro, la exhortaci&#243;n de engrasar quiz&#225; no sea m&#225;s que una solicitaci&#243;n mec&#225;nica que pone los miembros en movimiento sin que concurra el esp&#237;ritu.

Bernard Grelier es el marido de Violette Grelier, la gobernanta de los Arthens. Contratada treinta a&#241;os antes como simple criada, hab&#237;a ido ascendiendo en categor&#237;a a medida que los se&#241;ores se iban enriqueciendo y, aupada ya a la funci&#243;n de gobernanta, soberana de un irrisorio reino compuesto por la asistenta (Manuela), un mayordomo ocasional (ingl&#233;s) y un mozo para tareas varias (su marido), ten&#237;a por el pueblo llano el mismo desprecio que los grandes burgueses de sus jefes. De la ma&#241;ana a la noche parloteaba como una cotorra, se afanaba aqu&#237; y all&#225;, d&#225;ndose mucho pisto, re&#241;&#237;a a los criados como en los tiempos dorados de Versalles y mortificaba a Manuela con pontificales discursos sobre el amor al trabajo bien hecho y el declive de los buenos modales.

&#201;sta en cambio no ha le&#237;do a Marx -me dijo un d&#237;a Manuela.

La pertinencia de esta constataci&#243;n, por parte de una portuguesa de pro poco versada sin embargo en el estudio de los fil&#243;sofos, me llam&#243; la atenci&#243;n. No, desde luego que Violette Grelier no hab&#237;a le&#237;do a Marx, debido a que no figuraba en ninguna lista de productos limpiadores para la plata de los ricos. El precio de esa laguna era la herencia de una vida cotidiana adornada por interminables cat&#225;logos que hablaban de almid&#243;n y de trapos de lino.

La m&#237;a hab&#237;a sido pues una buena boda.

Adem&#225;s, no tard&#233; mucho en confesarle a mi marido mi gran pecado.


Idea profunda n 2

El gato de aqu&#237; abajo

ese t&#243;tem moderno

y a ratos decorativo

As&#237; por lo menos ocurre en mi casa. Si se quiere comprender a nuestra familia, basta con observar a los gatos. Nuestros gatos son dos grandes odres atiborrados de croquetas de lujo que no tienen ninguna interacci&#243;n interesante con las personas. Se arrastran de un sof&#225; a otro, dej&#225;ndolo todo perdido de pelos, y nadie parece haber comprendido que no sienten el m&#225;s m&#237;nimo afecto por nadie. El &#250;nico inter&#233;s que presentan los gatos es el de ser objetos decorativos con capacidad de movimiento, un concepto que encuentro intelectualmente interesante, pero a los nuestros les cuelga demasiado la barriga como para que pueda aplic&#225;rseles.

Mam&#225;, que se ha le&#237;do toda la obra de Balzac y cita a Flaubert en cada cena, demuestra hasta qu&#233; punto la educaci&#243;n es una aut&#233;ntica tomadura de pelo. Basta observarla con los gatos. Es vagamente consciente de su potencial decorativo, pero se obstina sin embargo en hablarles como si fueran personas, lo cual no se le pasar&#237;a por la cabeza si se tratara de una l&#225;mpara o de una estatuilla etrusca. Parece ser que los ni&#241;os creen hasta edad avanzada que todo lo que se mueve tiene alma e intenci&#243;n. Mam&#225; ya no es ninguna ni&#241;a, pero est&#225; visto que no alcanza a considerar que Parlamento y Constituci&#243;n no tienen m&#225;s entendimiento que la aspiradora. Estoy dispuesta a reconocer que la diferencia entre la aspiradora y ellos estriba en que un gato puede sentir dolor y placer. Pero &#191;significa eso que tiene m&#225;s aptitudes para comunicarse con el ser humano? En absoluto. Ello s&#243;lo deber&#237;a incitarnos a tomar precauciones especiales, como con un objeto muy fr&#225;gil. Cuando oigo a mam&#225; decir: Constituci&#243;n es una gatita a la vez muy orgullosa y muy sensible cuando la gata en cuesti&#243;n est&#225; repanchingada en el sof&#225; porque ha comido demasiado, me dan ganas de re&#237;r. Pero si reflexionamos sobre la hip&#243;tesis seg&#250;n la cual el gato tiene como funci&#243;n la de ser un t&#243;tem moderno, una suerte de encarnaci&#243;n emblem&#225;tica y protectora del hogar, reflejando con benevolencia lo que son los miembros de la familia, la teor&#237;a se hace patente. Mam&#225; hace de los gatos lo que le gustar&#237;a que fu&#233;ramos nosotros y que en absoluto somos. Pocos son menos orgullosos y sensibles que los tres miembros de la familia Josse que me dispongo a mencionar: pap&#225;, mam&#225; y Colombe. Son del todo ap&#225;ticos y anestesiados, vac&#237;os de emociones.

Resumiendo, yo pienso que el gato es un t&#243;tem moderno. Por mucho que se diga, por mucho que se perore sobre la evoluci&#243;n, la civilizaci&#243;n y un mont&#243;n m&#225;s de palabras que terminan en ci&#243;n, el hombre no ha progresado mucho desde sus inicios: sigue pensando que no est&#225; aqu&#237; por casualidad y que unos dioses en su mayor&#237;a ben&#233;volos velan por su destino.



4

Rechazo al combate

He le&#237;do tantos libros

Sin embargo, como todos los autodidactas, nunca estoy segura de lo que he comprendido de mis lecturas. Un buen d&#237;a me parece abarcar con una sola mirada la totalidad del saber, como si invisibles ramificaciones nacieran de pronto y unieran entre s&#237; todas mis lecturas dispersas; y, de repente, el sentido no se deja aprehender, lo esencial se me escapa y por mucho que lea y relea las mismas l&#237;neas, las comprendo cada vez un poco menos y me veo a m&#237; misma como a una vieja chalada que piensa tener el est&#243;mago lleno s&#243;lo por haber le&#237;do con atenci&#243;n el men&#250;. Al parecer, la conjunci&#243;n de esa aptitud y esa ceguera es la marca caracter&#237;stica de la autodidaxia. Privando al sujeto de las gu&#237;as seguras que toda buena formaci&#243;n proporciona, le hace no obstante ofrenda de una libertad y una s&#237;ntesis de pensamiento all&#237; donde los discursos oficiales imponen barreras y proscriben la aventura.

Esta ma&#241;ana precisamente, me encuentro, perpleja, en la cocina, con un librito ante m&#237;. Estoy en uno de esos momentos en que me arrebata el delirio de mi empresa solitaria y, a un paso de tirar la toalla, temo haber dado por fin con mi amo.

Que lleva por nombre Husserl, un nombre que rara vez se otorga a los animales de compa&#241;&#237;a o a las marcas de chocolate, debido a que evoca algo serio, &#225;rido y vagamente prusiano. Pero ello no me consuela. Considero que el destino me ha ense&#241;ado, mejor que a nadie, a resistir a las sugestiones negativas del pensamiento mundial. D&#233;jenme que les diga algo: si hasta el momento se hab&#237;an imaginado que, a fuerza de fealdad, vejez, viudez y reclusi&#243;n en una porter&#237;a, me hab&#237;a convertido en un ser miserable resignado a la bajeza de su suerte, es que carecen de imaginaci&#243;n. Me he replegado, es cierto, y he rechazado el combate. Pero, en la seguridad de mi esp&#237;ritu, no existe desaf&#237;o que yo no sea capaz de afrontar. Indigente de nombre, posici&#243;n y apariencia, soy en mi entendimiento una diosa invicta.

Por ello, Edmund Husserl, que, a mi juicio, es un nombre para aspiradores sin bolsa, amenaza la perennidad de mi Olimpo privado.

Bueno, bueno, bueno, bueno -digo, respirando bien hondo-, todo problema tiene soluci&#243;n, &#191;no? -y le lanzo una mirada a mi gato, buscando algo de aliento por su parte.

El ingrato no responde. Acaba de tragarse una monstruosa loncha de pat&#233; y, animado desde ese momento por una gran benevolencia, coloniza el sill&#243;n.

Bueno, bueno, bueno, bueno -repito tontamente y, perpleja, contemplo una vez m&#225;s el rid&#237;culo librito.

Meditaciones cartesianas  Introducci&#243;n a la fenomenolog&#237;a. Uno se da cuenta enseguida, por el t&#237;tulo de la obra y al leer las primeras p&#225;ginas, que no es posible abordar a Husserl, fil&#243;sofo fenomen&#243;logo, sin haber le&#237;do antes a Descartes y a Kant. Pero resulta tambi&#233;n patente, con la misma prontitud, que dominar a Descartes y a Kant no basta para que a uno se le abran las puertas de acceso a la fenomenolog&#237;a trascendental.

Es una l&#225;stima; pues siento por Kant una s&#243;lida admiraci&#243;n, por los dispares motivos de que su pensamiento es un concentrado glorioso de genio, rigor y locura y porque, por espartana que pueda ser su prosa, apenas he tenido dificultad en descifrar su sentido. Los textos de Kant son grandes textos, y as&#237; lo atestigua su aptitud para superar la prueba de la ciruela Claudia. La prueba de la ciruela claudia asombra por su evidencia; tan evidente es, como digo, que lo deja a uno desarmado. Su fuerza estriba en una constataci&#243;n universal: al morder la fruta, el hombre comprende al fin. &#191;Qu&#233; es lo que comprende? Todo. Comprende la lenta maduraci&#243;n de una especie humana abocada a la supervivencia que, un buen d&#237;a, llega a la intuici&#243;n del placer, la vanidad de todos los apetitos ficticios que distraen de la aspiraci&#243;n primera a las virtudes de las cosas sencillas y sublimes, la inutilidad de los discursos, la lenta y terrible degradaci&#243;n de los mundos a la cual nadie podr&#225; sustraerse y, pese a ello, la maravillosa voluptuosidad de los sentidos cuando conspiran a ense&#241;ar a los hombres el placer y la aterradora belleza del Arte. La prueba de la ciruela claudia se efect&#250;a en mi cocina. Sobre la mesa de f&#243;rmica dispongo la fruta y el libro, y, atacando la primera, me lanzo tambi&#233;n sobre el segundo. Si resisten mutuamente a sus cargas poderosas, si la ciruela Claudia no logra hacer que dude del texto y si &#233;ste no acierta a arruinarme la fruta, entonces s&#233; que me hallo en presencia de una empresa de envergadura y, atrev&#225;monos a decirlo, de excepci&#243;n, tan escasas son las obras que no se ven disueltas, ridiculas y fatuas, en la extraordinaria suculencia de los peque&#241;os frutos dorados.

Pues estoy apa&#241;ada -le digo a Le&#243;n, porque mis competencias en materia de kantismo son muy poquita cosa frente al abismo de la fenomenolog&#237;a.

No se puede decir que tenga mucha alternativa. No me queda m&#225;s remedio que ir a la biblioteca y tratar de dar con una introducci&#243;n al asunto. Por lo general desconf&#237;o de esas glosas o atajos que aprisionan al lector en un pensamiento escol&#225;stico. Pero la situaci&#243;n es demasiado grave como para que pueda otorgarme el lujo de tergiversar. La fenomenolog&#237;a se me escapa y ello me resulta insoportable.


Idea profunda n3

Los m&#225;s fuertes

entre los hombres

no hacen nada

hablan y hablan

sin parar

&#201;sta es una idea profunda m&#237;a, pero naci&#243; a su vez de otro idea profunda. Lo dijo un invitado de pap&#225; que vino ayer a cenar: Los que saben hacer las cosas, las hacen; los que no saben, ense&#241;an a hacerlas; los que no saben ense&#241;ar, ense&#241;an a los que ense&#241;an, y los que no saben ense&#241;ar a los que ense&#241;an, se meten en pol&#237;tica. Todo el mundo pareci&#243; encontrar aquello muy inspirado, pero no por los motivos adecuados. Cu&#225;nta raz&#243;n tiene, dijo Colombe, que es especialista en falsa autocr&#237;tica. Forma parte de aquellos que piensan que el saber vale por el poder y el perd&#243;n. Si s&#233; que formo parte de una &#233;lite autosatisfecha que sacrifica el bien com&#250;n por exceso de arrogancia, me libro de la cr&#237;tica y consigo con ello el doble de prestigio. Pap&#225; tambi&#233;n tiende a pensar as&#237;, aunque es menos cretino que mi hermana. &#201;l todav&#237;a cree que existe algo llamado deber y, aunque sea a mi juicio quim&#233;rico, ello lo protege de la idiotez del cinismo. Me explico: no hay mayor frivolidad que ser c&#237;nico. Si adopta la actitud contraria es porque todav&#237;a cree a pies juntillas que el mundo tiene sentido y porque no acierta a renunciar a las pamplinas de la infancia. La vida es una golfa, ya no creo en nada y gozar&#233; hasta la n&#225;usea es el lema del ingenuo contrariado. O sea, mi hermana, vamos. Por mucho que estudie en una de las universidades m&#225;s prestigiosas de Francia, todav&#237;a cree en Papa Noel, no porque tenga buen coraz&#243;n, sino porque es totalmente pueril. Se re&#237;a como una tonta cuando el colega de pap&#225; solt&#243; su ingeniosa frase, como si pensara qu&#233; lista soy, domino la meta-referencia, y eso me confirm&#243; lo que opino desde hace tiempo: Colombe es un cero a la izquierda.

Pero yo en cambio pienso que esta frase es una aut&#233;ntica idea profunda, precisamente porque no es verdad, por lo menos no del todo. No significa lo que uno cree que significa. Si uno ascendiera en la escala social de manera proporcional a su incompetencia, os puedo asegurar que el mundo no marchar&#237;a como marcha. Pero el problema no es &#233;se. Lo que esta frase quiere decir no es que los incompetentes tengan un lugar bajo el sol, sino que no hay nada m&#225;s dif&#237;cil e injusto que la realidad humana: los hombres viven en un mundo donde lo que tiene poder son las palabras y no los actos, donde la competencia esencial es el dominio del lenguaje. Eso es terrible porque, en el fondo, somos primates programados para comer, dormir, reproducirnos, conquistar y asegurar nuestro territorio, y aquellos m&#225;s h&#225;biles para todas esas tareas, aquellos entre nosotros que son m&#225;s animales, &#233;sos siempre se dejan enga&#241;ar por los otros, los que tienen labia pero ser&#237;an incapaces de defender su huerto, de traer un conejo para la cena y de procrear como es debido. Es un terrible agravio a nuestra naturaleza animal, una suerte de perversi&#243;n, de contradicci&#243;n profunda.



5

Triste condici&#243;n

Despu&#233;s de un mes de lectura fren&#233;tica, decido con inmenso alivio que la fenomenolog&#237;a es una tomadura de pelo. De la misma manera que las catedrales siempre han despertado en m&#237; ese sentimiento pr&#243;ximo al s&#237;ncope que se experimenta ante la manifestaci&#243;n de lo que los hombres pueden construir para rendir homenaje a algo que no existe, la fenomenolog&#237;a acosa mi incredulidad ante la perspectiva de que tanta inteligencia haya podido servir una causa tan vana. Como estamos en noviembre, por desgracia no tengo ciruelas Claudias a mano. En tal caso, once meses al a&#241;o a decir verdad, recurro al chocolate negro (70% de cacao). Pero conozco de antemano el resultado de la demostraci&#243;n. Si tuviera la posibilidad de saborear el patr&#243;n de prueba, seguro que me partir&#237;a de risa leyendo, y un bonito cap&#237;tulo como Revelaci&#243;n del sentido final de la ciencia en el empe&#241;o de "vivirla" como fen&#243;meno noem&#225;tico o Los problemas constitutivos del ego trascendental podr&#237;a incluso matarme de risa; caer&#237;a fulminada en mi mullida poltrona, con zumo de ciruela Claudia o hilillos de chocolate rodando por las comisuras de mis labios.

Si se quiere abordar la fenomenolog&#237;a, hay que ser consciente del hecho de que se resume a una doble interrogaci&#243;n: &#191;de qu&#233; naturaleza es la conciencia humana? &#191;Qu&#233; conocemos del mundo?

Empecemos por la primera.

Hace milenios que, desde el con&#243;cete a ti mismo hasta el pienso luego existo, no se deja de glosar esta irrisoria prerrogativa del hombre que constituye la conciencia que &#233;ste tiene de su propia existencia y, sobre todo, la capacidad que tiene esta conciencia de tomarse a s&#237; misma como objeto. Cuando algo le pica, el hombre se rasca y tiene conciencia de estar rasc&#225;ndose. Si se le pregunta: &#191;qu&#233; haces? Responde: me rasco. Si se lleva m&#225;s lejos la investigaci&#243;n (&#191;eres consciente del hecho de que eres consciente de que te rascas?), responde otra vez que s&#237;, y as&#237; con todos los eres consciente que se puedan a&#241;adir. &#191;Alivia en algo su sensaci&#243;n de picor el saber que se rasca y que es consciente de ello? &#191;Influye acaso de manera beneficiosa la conciencia reflexiva en la intensidad del picor? Quia. Saber que a uno le pica y ser consciente del hecho de que se es consciente de saberlo no cambia estrictamente nada el hecho de que a uno le pique. Y desventaja a&#241;adida, hay que soportar la lucidez que resulta de esta triste condici&#243;n, y apuesto diez libras de ciruelas Claudias a que ello acrecienta una molestia que, en el caso de mi gato, un simple movimiento de la pata anterior basta para aliviar. Pero resulta para los hombres tan extraordinario, porque ning&#250;n otro animal lo puede y porque as&#237; escapamos a la bestialidad, que un ser pueda saberse sabiendo que se est&#225; rascando, que esta prelaci&#243;n de la conciencia humana parece para muchos la manifestaci&#243;n de algo divino, algo que en nosotros escapa al fr&#237;o determinismo al que est&#225;n sometidas todas las cosas f&#237;sicas.

Toda la fenomenolog&#237;a se asienta sobre esta certeza: nuestra conciencia reflexiva, marca de nuestra conciencia ontol&#243;gica, es la &#250;nica entidad en nosotros que vale la pena estudiarse pues nos salva del determinismo biol&#243;gico.

Nadie parece consciente del hecho de que, puesto que somos animales sometidos al fr&#237;o determinismo de las cosas f&#237;sicas, ello anula todo lo anterior.



6

Sotanas de tela basta

Consideremos la segunda pregunta: &#191;qu&#233; conocemos del mundo?

A esta pregunta, los idealistas como Kant responden.

&#191;Qu&#233; responden?

Responden: poca cosa.

El idealismo es la postura que considera que s&#243;lo podemos conocer aquello que nuestra conciencia, esa entidad semidivina que nos salva de la bestialidad, aprehende. Conocemos del mundo lo que nuestra conciencia puede decir de &#233;ste porque lo aprehende, y nada m&#225;s.

Consideremos un ejemplo, casualmente un simp&#225;tico gato llamado Le&#243;n. &#191;Por qu&#233;? Porque encuentro que es m&#225;s f&#225;cil con un gato. Y yo les pregunto: &#191;c&#243;mo pueden estar seguros de que se trata de verdad de un gato, e incluso saber lo que es un gato? Una respuesta sana ser&#237;a arg&#252;ir que nuestra percepci&#243;n del animal, completada por algunos mecanismos conceptuales y ling&#252;&#237;sticos, nos lleva a formar ese conocimiento. Pero la respuesta idealista consiste en alegar la imposibilidad de saber si lo que percibimos y concebimos del gato, si lo que nuestra conciencia aprehende como gato, concuerda con lo que es el gato en su intimidad profunda. Quiz&#225; mi gato, que, en el momento en el que hablamos, yo aprehendo como un cuadr&#250;pedo obeso con bigotes tr&#233;mulos y que guardo en mi mente en un caj&#243;n etiquetado como gato, sea en realidad y en su misma esencia una bola de liga verde que no hace miau. Pero mis sentidos est&#225;n constituidos de tal manera que no lo percibo as&#237;, y el inmundo mont&#243;n de cola verde, enga&#241;ando mi repulsi&#243;n y mi candida confianza, se presenta a mi conciencia bajo la apariencia de un animal dom&#233;stico glot&#243;n y sedoso.

He ah&#237; el idealismo kantiano. No conocemos del mundo m&#225;s que la idea que nuestra conciencia forma del mismo. Pero existe una teor&#237;a m&#225;s deprimente que &#233;sta, una teor&#237;a que abre perspectivas m&#225;s aterradoras todav&#237;a que la de acariciar sin darse cuenta de ello un pedazo de baba verde o, por las ma&#241;anas, hundir en una cueva pustulosa las rebanadas de pan que uno cre&#237;a destinadas al tostador.

Existe el idealismo de Edmund Husserl, que ahora ya evoca para m&#237; una marca de sotanas de tela basta para sacerdotes seducidos por un oscuro cisma de la Iglesia baptista.

En esta &#250;ltima teor&#237;a s&#243;lo existe la aprehensi&#243;n del gato. &#191;Y el gato? Pues bien, el gato no le importa a nadie. El gato no es necesario en absoluto. &#191;Para qu&#233;? &#191;Qu&#233; gato? A partir de ahora, la filosof&#237;a se permite complacerse s&#243;lo con la lujuria de la mente nada m&#225;s. El mundo es una realidad inaccesible que ser&#237;a vano tratar de conocer. &#191;Qu&#233; conocemos del mundo? Nada. Puesto que todo conocimiento no es m&#225;s que la autoexploraci&#243;n por s&#237; misma de la conciencia reflexiva, se puede mandar el mundo a paseo.

Tal es la fenomenolog&#237;a: la ciencia de lo que aparece a la conciencia. &#191;C&#243;mo es un d&#237;a normal de un fenomen&#243;logo? Se levanta, tiene conciencia de enjabonar bajo la ducha un cuerpo cuya existencia carece de fundamento, de tomarse unas tostadas reducidas a la nada, de vestir una ropa que es como unos par&#233;ntesis vac&#237;os, de ir al trabajo y de asir un gato.

Poco le importa que el gato exista o no y lo que el gato sea en su esencia misma. Lo que no se puede decidir no le interesa. En cambio, es innegable que a su conciencia se le aparece un gato y es ese aparecer lo que preocupa a nuestro hombre.

Un aparecer por lo dem&#225;s bastante complejo. Es desde luego notable que se pueda detallar hasta ese punto el funcionamiento de la aprehensi&#243;n por parte de la conciencia de algo cuya existencia en s&#237; es indiferente. &#191;Saben ustedes que nuestra conciencia no aprehende nada de una sentada, sino que efect&#250;a complicadas series de s&#237;ntesis que, mediante perfilados sucesivos, consiguen que nuestros sentidos perciban objetos diversos como, por ejemplo, un gato, una escoba o un matamoscas? (No me negar&#225;n que no resulta &#250;til este mecanismo.) Realicen el ejercicio de mirar a su gato y de preguntarse c&#243;mo es que saben ustedes qu&#233; aspecto tiene por delante, por detr&#225;s, por arriba y por abajo cuando en ese momento s&#243;lo lo est&#225;n viendo de frente. Ha sido necesario que su conciencia, sintetizando sin que ustedes se dieran cuenta siquiera las m&#250;ltiples percepciones de su gato desde todos los &#225;ngulos posibles, termine creando esa imagen completa del gato que su visi&#243;n actual no le proporciona jam&#225;s. Lo mismo ocurre con el matamoscas, que no perciben nunca ustedes m&#225;s que por un lado, si bien pueden visualizarlo entero en sus mentes y, milagro, saben sin tener siquiera que darle la vuelta qu&#233; aspecto tiene por el otro lado.

Estaremos de acuerdo en que ese saber resulta muy &#250;til. Resulta dif&#237;cil imaginar a Manuela utilizando un matamoscas sin echar mano inmediatamente del saber que tiene de los distintos perfilados necesarios para su aprehensi&#243;n. Por otra parte, resulta dif&#237;cil imaginar a Manuela utilizando un matamoscas por la sencilla raz&#243;n de que en las casas de los ricos nunca hay moscas. Ni moscas, ni viruela, ni malos olores, ni secretos de familia. En casa de los ricos todo es limpio, sin aristas, sano y por consiguiente preservado de la tiran&#237;a de los matamoscas y del oprobio p&#250;blico.

He aqu&#237; pues lo que es la fenomenolog&#237;a: un mon&#243;logo solitario y sin fin de la conciencia consigo misma, un autismo puro y duro que ning&#250;n gato real y verdadero importuna jam&#225;s.



7

En el Sur conferederado

&#191;Qu&#233; est&#225; leyendo? -me pregunta Manuela, que viene, jadeando, de casa de cierta se&#241;ora de Broglie a quien la cena que organiza esa noche ha vuelto t&#237;sica. Al recibir de manos del mozo de supermercado siete cajas de caviar Petrossian, respiraba como Dark Vader.

Una antolog&#237;a de poemas folkl&#243;ricos -le digo, cerrando para siempre el cap&#237;tulo Husserl.

Hoy Manuela est&#225; de buen humor, salta a la vista. Saca con br&#237;o una cajita llena de pastas de almendras provistas a&#250;n de los papelitos blancos fruncidos sobre los que se han confeccionado, se sienta, le quita con esmero las arrugas al mantel, pre&#225;mbulo de una declaraci&#243;n que a todas luces la exalta.

Yo dispongo las tazas, me siento a mi vez y aguardo.

La se&#241;ora de Broglie no est&#225; satisfecha con sus trufas -empieza Manuela.

&#191;Ah, no? -contesto educadamente.

No huelen a nada -prosigue con expresi&#243;n hosca, como si ese fallo fuera para ella una ofensa personal de m&#225;xima importancia. esa informaci&#243;n en su justo valor, y me complazco en imaginarme a Bernadette de Broglie en su cocina, azorada y desgre&#241;ada, afan&#225;ndose por vaporizar sobre las infractoras una decocci&#243;n de jugo de setas y n&#237;scalos con la esperanza irrisoria pero desesperada de que terminar&#225;n as&#237; por exhalar algo que pueda evocar un bosque.

Y Neptune se ha hecho pis en la pierna del se&#241;or Saint-Nice -prosigue Manuela-. El pobre animal deb&#237;a de llevar horas aguant&#225;ndose, y cuando el se&#241;or ha sacado la correa, no se ha podido contener y se lo ha hecho en el mismo hall sobre el bajo de su pantal&#243;n.

Neptune es el cocker de los propietarios del tercero derecha. La segunda y la tercera son las &#250;nicas plantas divididas en apartamentos (de doscientos metros cada uno). En el primer piso est&#225;n los de Broglie; en el cuarto, los Arthens; en el quinto, los Josse; y, en el sexto, los Palli&#232;res. En el segundo viven los Meurisse y los Rosen. En el tercero, los Saint-Nice y los Badoise. Neptune es el perro de los Badoise o m&#225;s exactamente de la se&#241;orita Badoise, que estudia derecho en Assas y organiza concentraciones de propietarios de cockers que tambi&#233;n estudian derecho en Assas.

Tengo una gran simpat&#237;a por Neptune. S&#237;, nos apreciamos mucho, sin duda por la gracia de la complicidad que nace de que los sentimientos de uno son inmediatamente accesibles al otro. Neptune siente que le tengo cari&#241;o; sus distintos deseos me son a m&#237; transparentes. Lo sabroso de todo este asunto reside en el hecho de que &#233;l se obstina en ser un perro cuando su ama querr&#237;a hacer de &#233;l un caballero. Cuando sale al patio, tirando, tirando a m&#225;s no poder de su correa de cuero amarillo, mira con codicia los charcos de agua enfangada que se pasan todo el d&#237;a ah&#237; tan tranquilos. En cuanto su due&#241;a tira con un golpe seco de su yugo, Neptune baja el trasero a ras del suelo y, sin m&#225;s ceremonia, se pone a lamerse los atributos. Cuando ve a Ath&#233;na, la rid&#237;cula whippet de los Meurisse, saca la lengua como un s&#225;tiro l&#250;brico y jadea de manera anticipada, con la cabeza llena de fantas&#237;as. Lo m&#225;s gracioso que tienen los cockers es que, cuando est&#225;n de buen humor, tienen unos andares como si se balancearan; es como si llevaran unos muellecitos fijados a las patas que, al andar, los impulsaran hacia arriba, pero suavemente, sin brusquedad. Al andar as&#237; se les agitan tambi&#233;n las patas y las orejas, como el balanceo de un nav&#237;o, y el cocker, barquito amable que cabalga sobre tierra firme, aporta a estos pagos urbanos un toque mar&#237;timo que me encanta.

Neptune, por &#250;ltimo, es un comil&#243;n dispuesto a todo por un vestigio de nabo o un mendrugo de pan duro. Cuando su due&#241;a pasa delante del cuartito de la basura, &#233;ste tira como un loco de su correa en direcci&#243;n al mismo, con la lengua fuera y agitando la cola como un loco. Diane Badoise se desespera. Esta alma distinguida estima que su perro deb&#237;a haber sido como las muchachas de clase alta de Savannah, en el sur confederado de antes de la guerra, que s&#243;lo pod&#237;an encontrar marido si fing&#237;an no tener apetito.

En lugar de eso, Neptune es m&#225;s bien un, yankee hambriento.


Diario del movimiento del mundo n 2

Bacon para el cocker

En mi edificio hay dos perros: la whippet de los Meurisse, que parece un esqueleto recubierto por una costra de cuero beis, y el cocker rojizo de Diane Badoise, la hija del abogado ese tan pijo, una rubia anor&#233;xica que lleva impermeables de Burberrys. La whippet se llama Ath&#233;na y el cocker, Neptune. Esto lo digo por si hasta ahora no os hab&#237;ais dado cuenta de la clase de edificio en que vivo. Aqu&#237; nada de perros Rex ni Toby. Bueno, total que ayer, en el vest&#237;bulo, se cruzaron los dos perros y tuve la ocasi&#243;n de presenciar una coreograf&#237;a muy interesante. No har&#233; comentarios sobre los perros, que se olisquearon el trasero. No s&#233; si a Neptune le huele mal el suyo, pero el caso es que Ath&#233;na se ech&#243; para atr&#225;s de un salto mientras que &#233;l, por el contrario, parec&#237;a estar olisqueando un ramo de rosas en medio del cual hubiera un gran chulet&#243;n poco hecho.

Pero no, lo interesante en este asunto eran las dos humanas que sujetaban el otro extremo de las correas. Porque, en la ciudad, son los perros quienes llevan a los amos de paseo, aunque nadie parezca comprender que el hecho de haber querido cargar voluntariamente con un perro al que hay que sacar a pasear dos veces al d&#237;a, llueva, nieve o haga viento, equivale a pasarse uno mismo una correa por el cuello. Bueno, resumiendo, que Diane Badoise y Anne-H&#233;l&#232;ne Meurisse (mismo modelo de mujer con veinticinco a&#241;os de intervalo) se cruzaron en el vest&#237;bulo, sujeta cada cual a su correa. &#161;En esos casos, es siempre un l&#237;o de aqu&#237; te espero! Son las dos tan torpes como si llevaran aletas de buceo en los pies y en las manos, porque son incapaces de hacer lo &#250;nico que ser&#237;a eficaz en esa situaci&#243;n: reconocer lo que ocurre para poder evitarlo. Pero como hacen como si sacaran a pasear a un par de peluches distinguidos sin ninguna pulsi&#243;n fuera de lugar, no pueden gritarles a los perros que dejen de olisquearse el culo o de lamerse las pelotas.

He aqu&#237; pues lo que ocurri&#243;: Diane Badoise sali&#243; del ascensor con Neptune, y Anne-H&#233;l&#232;ne Meurisse esperaba justo delante con Ath&#233;na. Por as&#237; decirlo, echaron a los perros uno contra el otro y, por descontado, no pod&#237;a ser de otra manera, Neptune se puso como loco. Salir tan tranquilito del ascensor y encontrarse con el hocico en el trasero de Ath&#233;na no es algo que ocurra todos los d&#237;as. Hace la tira de tiempo que Colombe nos da la tabarra con el kairos, un concepto griego que significa m&#225;s o menos el momento propicio, eso que seg&#250;n ella Napole&#243;n sab&#237;a aprovechar, pues por supuesto mi hermana es experta en estrategia militar. Bueno, pues eso, que el kairos es la intuici&#243;n del momento, vaya. Pues dejadme que os diga que Neptune el suyo lo ten&#237;a justo delante del hocico y no se anduvo por las ramas, no, qu&#233; va, se puso en plan h&#250;sar a la antigua: se mont&#243; encima. &#161;Oh, Dios m&#237;o!, exclam&#243; Anne-H&#233;l&#232;ne como si fuera ella misma la v&#237;ctima del ultraje. &#161;Oh, no!, protest&#243; a su vez Diane Badoise, como si toda la verg&#252;enza recayera sobre ella, cuando me apuesto una chocolatina Michoko a que ni se le hubiera pasado por la cabeza subirse sobre el trasero de Ath&#233;na. Y entonces se pusieron las dos a la a tirar de sus perros por medio de las correas, pero hubo un problema y eso fue lo que dio lugar a un movimiento interesante.

El caso es que Diane deber&#237;a haber tirado hacia arriba y la otra, hacia abajo, lo cual habr&#237;a separado a los perros, pero, en lugar de eso, tiraron cada una de un lado, y como el espacio que hay delante del hueco del ascensor es reducido, muy pronto se toparon con un obst&#225;culo: una choc&#243; contra la reja del ascensor y, la otra, contra la pared de la izquierda; gracias a eso, Neptune, al que la primera tracci&#243;n hab&#237;a desestabilizado, pudo recuperar algo de impulso y se arrim&#243; con m&#225;s &#237;mpetu a&#250;n si cabe a Ath&#233;na, que pon&#237;a ojos de susto, chillando como una loca. En ese momento, las humanas cambiaron de estrategia, tratando de arrastrar a sus perros hacia espacios m&#225;s amplios para poder repetir la maniobra con mayor comodidad. Pero la cosa urg&#237;a: todo el mundo sabe que llega un momento en que no se puede despegar a dos perros de ninguna manera. Pusieron pues ambas el turbo gritando a la vez ay Dios, ay Dios, ay Dios y tirando de las correas como si de ello dependiera su virtud. Pero, en su precipitaci&#243;n, Diane Badoise resbal&#243; ligeramente y se torci&#243; el tobillo. Y he aqu&#237; el movimiento interesante: el tobillo se le torci&#243; hacia fuera y, al mismo tiempo, todo su cuerpo se movi&#243; en esa misma direcci&#243;n, salvo su cola de caballo que describi&#243; la trayectoria inversa.

Os aseguro que fue impresionante: parec&#237;a un cuadro de Bacon. Hace siglos que en el cuarto de ba&#241;o de mis padres hay un cuadro de Bacon enmarcado en el que sale una persona en el cuarto de ba&#241;o, justamente, pero a lo Bacon, o sea, en plan torturado y no muy atractivo. Siempre pens&#233; que deb&#237;a de tener cierto efecto sobre la serenidad de los actos pero bueno, aqu&#237; en casa todo el mundo disfruta de su propio cuarto de ba&#241;o, as&#237; que nunca me he quejado. Pero cuando Diane Badoise se desarticul&#243; por completo al torcerse el tobillo, formando con las rodillas, los brazos y la cabeza unos &#225;ngulos extra&#241;os, todo ello coronado por la cola de caballo, dispuesta en horizontal sobre el resto, enseguida pens&#233; en el cuadro de Bacon. Durante un brev&#237;simo instante, pareci&#243; una marioneta desarticulada, se oy&#243; un gran crac corporal y, durante varias mil&#233;simas de segundo (porque todo ocurri&#243; muy deprisa pero, como ahora presto atenci&#243;n a los movimientos del cuerpo, lo vi como a c&#225;mara lenta), Diane Badoise se asemej&#243; a un personaje de Bacon. De ah&#237; a que yo me diga que ese chisme lleva todos estos a&#241;os en el cuarto de ba&#241;o de mis padres s&#243;lo para que yo pudiera apreciar bien ese movimiento extra&#241;o, no hay m&#225;s que un paso. Despu&#233;s Diane se cay&#243; sobre los perros y con ello resolvi&#243; el problema, pues Ath&#233;na, al aplastarse contra el suelo, se zaf&#243; de Neptune. A ello sigui&#243; una coreograf&#237;a complicada, porque Anne-H&#233;l&#232;ne quer&#237;a ayudar a Diane a la vez que pugnaba por mantener a su perra a distancia del l&#250;brico monstruo, y Neptune, del todo indiferente a los gritos y al dolor de su ama, segu&#237;a tirando de la correa en direcci&#243;n al chulet&#243;n con aroma de rosas. Pero en ese preciso instante la se&#241;ora Michel sali&#243; de la porter&#237;a, y yo cog&#237; la correa de Neptune y lo alej&#233; de all&#237;.

Qu&#233; chasco se llev&#243; el pobre. De repente se sent&#243; y se puso a lamerse sus partes haciendo mucho ruido, lo cual no hizo sino agravar la desesperaci&#243;n de la pobre Diane. La se&#241;ora Michel llam&#243; a una ambulancia porque su tobillo empezaba a parecer una sand&#237;a y llev&#243; a Neptune de vuelta a casa de sus amos, mientras Anne-H&#233;l&#232;ne se quedaba con Diane. En cuanto a m&#237;, volv&#237; a mi casa pregunt&#225;ndome: y bien, por un Bacon al natural, &#191;vale la pena seguir viviendo?

Decid&#237; que no: porque no s&#243;lo Neptune no consigui&#243; su golosina sino que, adem&#225;s, se qued&#243; sin paseo.



8

Profeta de las &#233;lites modernas

Esta ma&#241;ana, mientras escuchaba la emisora France Inter, me he llevado la sorpresa de descubrir que no soy quien cre&#237;a ser. Hasta entonces hab&#237;a atribuido a mi condici&#243;n de autodidacta proletaria las razones de mi eclecticismo cultural. Como ya he mencionado, he dedicado cada segundo de mi existencia que pod&#237;a sustraer al trabajo a leer, ver pel&#237;culas y escuchar m&#250;sica. Pero ese frenes&#237; en devorar objetos culturales adolec&#237;a a mi juicio de una falta de gusto total, la de la mezcla brutal de obras respetables con otras que lo eran mucho menos.

Sin duda es en el campo de la lectura donde mi eclecticismo es menos acusado, si bien mi diversidad de intereses es en dicho &#225;mbito la m&#225;s extrema. He le&#237;do obras de historia, de filosof&#237;a, de econom&#237;a pol&#237;tica, de sociolog&#237;a, de psicolog&#237;a, de pedagog&#237;a, de psicoan&#225;lisis y, por supuesto y ante todo, de literatura. Las primeras me han interesado; la &#250;ltima constituye toda mi vida. Mi gato, Le&#243;n, debe su nombre a Tolstoi. El anterior se llamaba Dongo por Fabrice del. Al primero lo bautic&#233; Karenina por Ana, nombre que yo acortaba en Kare, por miedo a que me desenmascarasen. Exceptuando la infidelidad stendhaliana, mis gustos se sit&#250;an de manera muy n&#237;tida en la Rusia anterior a 1910, pero me vanaglorio de haber devorado una parte bastante apreciable de la literatura mundial, teniendo en cuenta que soy una persona de origen campesino cuyas esperanzas de hacer carrera alcanzaron hasta la porter&#237;a del n&#250;mero 7 de la calle de Grenelle, cuando habr&#237;a podido pensarse que un destino como el m&#237;o me abocara al culto eterno de las novelitas rosas de Barbara Cartland. Bien es cierto que soy -y me siento- culpable de cierta inclinaci&#243;n por las novelas polic&#237;acas, pero las que yo leo las considero literatura de alt&#237;sima categor&#237;a. Me resulta especialmente dif&#237;cil, algunos d&#237;as, sustraerme a la lectura de alguna novela de Connelly o de Mankell para contestar al timbrazo de Bernard Grelier o de Sabine Palli&#232;res, cuyas preocupaciones no son congruentes con las meditaciones de Harry Bosch, el agente amante del jazz del LAPD [[1] As&#237; en el original. Entre corchetes de deja la traducci&#243;n de la versi&#243;n espa&#241;ola.] [Departamento de Polic&#237;a de Los &#193;ngeles], sobre todo cuando me preguntan:

&#191;A qu&#233; se debe que el olor de la basura llega hasta el patio?

Que Bernard Grelier y la heredera de una antigua familia de la Banca puedan preocuparse por las mismas trivialidades e ignorar ambos que la construcci&#243;n sint&#225;ctica encabezada por a qu&#233; se debe rige el empleo del subjuntivo arroja nueva luz sobre la humanidad.

En el cap&#237;tulo cinematogr&#225;fico, por el contrario, mi eclecticismo alcanza cotas insospechadas. Me gustan las blockbusters [[2] En ingl&#233;s en el original [Nota del escaneador].] [pel&#237;culas comerciales] americanas y las obras del cine de autor. De hecho, durante mucho tiempo consum&#237; preferentemente cine de entretenimiento americano o ingl&#233;s, con excepci&#243;n de algunas obras serias que yo consideraba con mi mirada pronta a pasarlo todo por el tamiz de la est&#233;tica, esa mirada pasional y emp&#225;tica que s&#243;lo se codea con el entretenimiento. Greenaway suscita en m&#237; admiraci&#243;n, inter&#233;s y bostezos, mientras que lloro cual magdalena esponjosa cada vez que Melly y Mammy suben la escalera de los Butler tras la muerte de Bonnie Blue, y considero Blade Runner una obra maestra de la distracci&#243;n de primera categor&#237;a. Durante mucho tiempo, he estimado una fatalidad que el s&#233;ptimo arte fuera bello, poderoso y sopor&#237;fero y que el cine de entretenimiento fuera f&#250;til, divertido y abrumador.

Miren, hoy por ejemplo bullo de impaciencia ante la perspectiva del regalo que me he hecho a m&#237; misma. Es el fruto de una paciencia ejemplar, el cumplimiento del deseo, largo tiempo diferido, de ver de nuevo una pel&#237;cula que vi por vez primera la Navidad de 1989.



9

Octubre rojo

La Navidad de 1989 Lucien estaba muy enfermo. Si bien no sab&#237;amos todav&#237;a cu&#225;ndo llegar&#237;a la muerte, ya sent&#237;amos el nudo de la certeza de su inminencia, un nudo doble, el que cada uno sent&#237;a en su fuero interno y el de ese v&#237;nculo invisible que nos un&#237;a el uno al otro. Cuando la enfermedad entra en un hogar, no se apodera s&#243;lo de un cuerpo, sino que teje entre los corazones una tela oscura que entierra toda esperanza. Como el hilo de una telara&#241;a que se enredara alrededor de nuestros proyectos y de nuestro aliento, la enfermedad, d&#237;a tras d&#237;a, devoraba nuestra vida. Cuando volv&#237;a a entrar a casa desde el exterior, ten&#237;a la impresi&#243;n de penetrar en una tumba y sent&#237;a fr&#237;o todo el rato, un fr&#237;o que nada aliviaba hasta el punto de que, los &#250;ltimos tiempos, cuando dorm&#237;a junto a Lucien me parec&#237;a que su cuerpo aspiraba todo el calor que el m&#237;o hubiera podido robar en otro sitio.

La enfermedad, diagnosticada en la primavera de 1988, lo carcomi&#243; durante diecisiete meses y se lo llev&#243; en la Nochebuena de 1989. La se&#241;ora de Meurisse, la madre, organiz&#243; una colecta entre los residentes del palacete, y dejaron ante mi puerta una bonita corona de flores, ce&#241;ida por una cinta que no llevaba ninguna menci&#243;n. Ella fue la &#250;nica que asisti&#243; al funeral. Era una mujer piadosa, fr&#237;a y r&#237;gida, pero hab&#237;a cierta sinceridad en sus modales austeros y un poco bruscos, y cuando muri&#243;, un a&#241;o despu&#233;s de Lucien, me hice la reflexi&#243;n de que era una mujer de bien y que la echar&#237;a de menos, aunque durante quince a&#241;os apenas hubi&#233;ramos intercambiado alguna que otra palabra.

Le amarg&#243; la vida a su nuera hasta el final. Descanse en paz, era una santa mujer -hab&#237;a a&#241;adido Manuela (que profesaba por la se&#241;ora de Meurisse, la nuera, un odio raciniano) a guisa de oraci&#243;n f&#250;nebre.

Exceptuando a Cornelia Meurisse, sus velos y sus rosarios, la enfermedad de Lucien no le pareci&#243; a nadie algo digno de inter&#233;s. Los ricos piensan que la gente modesta, quiz&#225; porque su vida est&#225; enrarecida, privada del ox&#237;geno del dinero y el don de gentes, siente las emociones humanas con una intensidad menor y una mayor indiferencia. Dado que &#233;ramos porteros, parec&#237;a darse por hecho que la muerte era para nosotros una evidencia en el curso de las cosas, mientras que, para aquellos a los que la fortuna hab&#237;a sonre&#237;do, habr&#237;a revestido el h&#225;bito de la injusticia y el drama. Un portero que se extingue es un ligero hueco en el transcurso de la vida cotidiana, una certeza biol&#243;gica que no lleva asociada ninguna tragedia y, para los propietarios que se cruzaban con &#233;l todos los d&#237;as en la escalera o ante la porter&#237;a, Lucien era una no existencia que volv&#237;a a una nada que nunca hab&#237;a abandonado, un animal que, porque viv&#237;a una semivida, sin fasto ni artificios, en el momento de la muerte sin duda deb&#237;a experimentar s&#243;lo una semirrebeli&#243;n. El hecho de que, como todo el mundo, pudi&#233;ramos vivir un infierno y que, con el coraz&#243;n encogido de rabia a medida que el sufrimiento arrasaba nuestra existencia, acab&#225;ramos de descomponernos, en el tumulto del temor y del horror que la muerte a todos inspira, no se le pasaba siquiera por la mente a nadie en aquel lugar.

Una ma&#241;ana, tres semanas antes de Navidad, cuando volv&#237;a de la compra con una bolsa llena de nabos y algo de casquer&#237;a para el gato, me encontr&#233; a Lucien vestido, dispuesto a salir a la calle. Se hab&#237;a puesto incluso la bufanda y, de pie, me estaba esperando. Despu&#233;s del caminar extenuado de un marido a quien el trayecto del dormitorio a la cocina agotaba toda fuerza y sum&#237;a en una espantosa lividez, despu&#233;s de semanas enteras sin verlo desprenderse de un pijama que se me antojaba el h&#225;bito mismo del tr&#225;nsito, descubrirlo con mirada chispeante y expresi&#243;n traviesa, con el cuello de su abrigo de invierno bien subido hasta unas mejillas que animaba un extra&#241;o arrebol, a punto estuvo de hacerme desfallecer.

&#161;Lucien! -exclam&#233;, e iba a esbozar el adem&#225;n de ir hacia &#233;l para sostenerlo, sentarlo, desvestirlo, qu&#233; s&#233; yo, todos los gestos desconocidos que me hab&#237;a ense&#241;ado la enfermedad y que, esos &#250;ltimos tiempos, hab&#237;an pasado a ser los &#250;nicos que sab&#237;a hacer, iba a dejar en el suelo mi bolsa de la compra, a abrazarlo, estrecharlo entre mis brazos, llevarlo en volandas y todas esas cosas, cuando, con la respiraci&#243;n entrecortada, sintiendo en el coraz&#243;n una extra&#241;a dilataci&#243;n, me detuve.

Tenemos el tiempo justo -me dijo Lucien-, la sesi&#243;n es a la una.

En el calor de la sala, al borde del llanto, feliz como nunca me hab&#237;a sentido, sostuve su mano tibia por primera vez desde hac&#237;a meses. Sab&#237;a que una oleada inesperada de energ&#237;a lo hab&#237;a hecho levantarse de la cama, le hab&#237;a dado la fuerza de vestirse, la sed de salir, el deseo de que una vez m&#225;s comparti&#233;ramos ese placer conyugal, y sab&#237;a tambi&#233;n que era la se&#241;al de que quedaba poco tiempo, era el estado de gracia que precede al final, pero no me importaba y s&#243;lo quer&#237;a disfrutar de aquello, de esos instantes que le rob&#225;bamos al yugo de la enfermedad, de su mano tibia en la m&#237;a y de las vibraciones de placer que nos recorr&#237;an a ambos porque, a Dios gracias, era una pel&#237;cula cuyo sabor pod&#237;amos compartir.

Pienso que muri&#243; inmediatamente despu&#233;s. Su cuerpo resisti&#243; tres semanas m&#225;s todav&#237;a, pero su esp&#237;ritu se extingui&#243; al final del pase, porque sab&#237;a que era mejor as&#237;, porque me hab&#237;a dicho adi&#243;s en la sala oscura, sin anhelos desgarradores en exceso, porque hab&#237;a hallado la paz as&#237;, seguro de lo que nos hab&#237;amos dicho sin necesidad de palabras, mientras mir&#225;bamos juntos la pantalla iluminada en la que se narraba una historia.

Yo lo acept&#233;.

La caza del octubre rojo era la pel&#237;cula de nuestro &#250;ltimo abrazo. Quien quiera comprender el arte del relato no tiene m&#225;s que verla; cabe preguntarse por qu&#233; la Universidad se empe&#241;a en ense&#241;ar los principios narrativos a golpe de Propp, Greimas u otros castigos en lugar de invertir en una sala de proyecci&#243;n. Primicias, intriga, actantes, peripecias, b&#250;squeda, protagonistas y otros coadyuvantes: basta un Sean Connery en uniforme de oficial de submarino ruso y varios portaaviones bien situados.

Pero, como iba diciendo, esta ma&#241;ana me he enterado al escuchar la emisora France Inter de que esta contaminaci&#243;n de mis aspiraciones a la cultura leg&#237;tima por otras inclinaciones a la cultura ileg&#237;tima no constituye un estigma de mi baja extracci&#243;n social ni de mi acceso solitario a las luces del esp&#237;ritu, sino una caracter&#237;stica contempor&#225;nea de las clases intelectuales dominantes. &#191;C&#243;mo me he enterado? Por boca de un soci&#243;logo, del que me habr&#237;a encantado saber si a &#233;l mismo le habr&#237;a encantado saber que una portera con zuecos ortop&#233;dicos del doctor Scholl acababa de erigirlo en icono sagrado. En su estudio de la evoluci&#243;n de las pr&#225;cticas culturales de intelectuales anta&#241;o inmersos en una educaci&#243;n de alto nivel desde el alba hasta el crep&#250;sculo y que ya se han convertido en polos de sincretismo en los que la frontera entre la verdadera y la falsa cultura se ha vuelto ya irremediablemente borrosa, describ&#237;a a un catedr&#225;tico universitario de letras cl&#225;sicas que anta&#241;o habr&#237;a escuchado a Bach, le&#237;do a Mauriac y consumido pel&#237;culas de arte y ensayo, y que, hoy, escucha a Haendel y al rapero MC Solaar, lee a Flaubert y a John Le Carr&#233;, va al cine a ver una de Visconti y la &#250;ltima entrega de Die Hard [[3] As&#237; en el original. Entre corchetes de deja la traducci&#243;n de la versi&#243;n espa&#241;ola.] [Jungla de cristal], almuerza hamburguesas y cena sushi.

Resulta siempre muy perturbador descubrir un h&#225;bito social dominante all&#237; donde uno cre&#237;a ver la marca de su propia singularidad. Perturbador e incluso decepcionante. Que yo, Ren&#233;e, de cincuenta y cuatro a&#241;os, portera y autodidacta, sea, pese a mi enclaustramiento en la t&#237;pica porter&#237;a, pese a un aislamiento que deber&#237;a haberme protegido de las taras de la masa, pese a esta avergonzada cuarentena ignorante de las evoluciones del vasto mundo en la que me he confinado, que yo, Ren&#233;e, sea testigo de la misma transformaci&#243;n que agita a las &#233;lites actuales -compuestas por v&#225;stagos Palli&#232;res que leen a Marx y van con la pandilla a ver Terminator, o de reto&#241;os Badoise que estudian derecho en Assas y lloriquean ante pel&#237;culas como Notting Hill- supone un mazazo del que me cuesta recuperarme. Pues resulta muy obvio, para quien preste atenci&#243;n a la cronolog&#237;a, que no imito a esos pipiolos sino que, en mis pr&#225;cticas ecl&#233;cticas, me he adelantado a ellos.

Ren&#233;e, profeta de las &#233;lites contempor&#225;neas.

Bueno, bueno, &#191;y por qu&#233; no? -me digo, extrayendo de mi bolsa de la compra el filete de h&#237;gado de ternera del gato y exhumando, de debajo, dos filetitos de salmonete que pienso marinar para despu&#233;s cocinar en zumo de lim&#243;n saturado de cilantro.

Y en ese preciso momento ocurre el hecho.


Idea profunda n 4

Cuida de

las plantas

los ni&#241;os

A mi casa viene una asistenta tres horas todos los d&#237;as, pero de las plantas se ocupa mam&#225;. Y no ve&#225;is el circo que monta. Tiene dos regaderas, una para el agua con abono y otra para el agua sin cal, y aparte un vaporizador con distintas posiciones para pulverizaciones a chorro, en forma de lluvia o en bruma ligera. Todas las ma&#241;anas pasa revista a las veinte plantas de la casa y administra un tratamiento ad hoc a cada una. Y masculla un mont&#243;n de cosas, del todo indiferente al resto del mundo. Se le puede decir cualquier cosa a mam&#225; mientras se ocupa de sus plantas, porque total no hace ni caso. Por ejemplo: Hoy tengo pensado dragarme y morir de sobredosis obtiene como respuesta: La punta de las hojas de la kentia amarillea, adem&#225;s est&#225; encharcada; no pinta nada bien.

Esto ya nos da el principio del paradigma: si quieres arruinar tu vida a fuerza de no o&#237;r nada de lo que te dicen los dem&#225;s, oc&#250;pate de las plantas. Pero no queda ah&#237; la cosa. Cuando mam&#225; pulveriza agua sobre las hojas de las plantas, me doy perfecta cuenta de la esperanza que la anima. Ella piensa que es como un b&#225;lsamo que va a penetrar en la planta aport&#225;ndole lo necesario para prosperar. Lo mismo se aplica al abono, en forma de bastoncillos, que introduce en la tierra (o mejor dicho, en la mezcla de tierra-mantillo-arena-turba que encarga especialmente para cada planta en la florister&#237;a de la Puerta de Auteuil). As&#237; pues, mam&#225; alimenta sus plantas como ha alimentado a sus hijas: agua y abono para la kentia, jud&#237;as verdes y vitamina C para nosotras. &#201;sa es la esencia del paradigma: conc&#233;ntrate en el objeto, ap&#243;rtale elementos nutritivos que van de fuera hacia dentro y, progresando en el interior, lo hacen crecer y le sientan bien. Un toque de pulverizador sobre las hojas y ya est&#225; la planta armada para afrontar la existencia. Se la mira con una mezcla de inquietud y de esperanza, se es consciente de la fragilidad de la vida, se preocupa uno de los accidentes que pueden ocurrir pero, al mismo tiempo, se tiene la satisfacci&#243;n de haber hecho lo que hab&#237;a que hacer, de haber desempe&#241;ado una funci&#243;n alimentaria: uno se siente reconfortado, seguro durante un tiempo. As&#237; es como ve la vida mam&#225;: como una serie de actos que conjuran el peligro, tan ineficaces como un toque de pulverizador, y dan una breve ilusi&#243;n de seguridad.

Cu&#225;nto mejor ser&#237;a si comparti&#233;ramos unos con otros nuestra inseguridad, si todos juntos nos adentr&#225;ramos en nosotros mismos para decirnos que las jud&#237;as verdes y la vitamina C, si bien alimentan al animal que somos, no salvan la vida ni sustentan el alma.



10

Un gato llamado Gr&#233;visse

Chabrot llama a mi puerta.

Chabrot es el m&#233;dico personal de Pierre Arthens. Es un viejo guaperas eternamente bronceado, de estos que se resisten a envejecer y a dejar de seducir. Este esp&#233;cimen en concreto se retuerce y se estremece ante el Maestro como el gusano que es y, en veinte a&#241;os, no me ha saludado jam&#225;s ni me ha manifestado siquiera que yo fuera perceptible a su conciencia. Una experiencia fenomenol&#243;gica interesante consistir&#237;a en inquirir los fundamentos de la no percepci&#243;n a la conciencia de algunos de aquello que s&#237; percibe la conciencia de otros. Que mi imagen pueda a la vez imprimirse en el cr&#225;neo de Neptune y escap&#225;rsele al de Chabrot es un efecto que me cautiva sobremanera.

Pero, esta ma&#241;ana, la tez de Chabrot parece haberse deste&#241;ido. Muestra unas mejillas flaccidas, le tiemblan las manos y tiene la nariz mojada. S&#237;, mojada. A Chabrot, el m&#233;dico de los poderosos, le moquea la nariz. Por si eso fuera poco, pronuncia mi nombre.

Se&#241;ora Michel.

Quiz&#225; no se trate de Chabrot sino de una suerte de extraterrestre transformista que dispone de un servicio de informaci&#243;n que deja bastante que desear, porque el verdadero Chabrot no digna ocupar su mente con datos que incumben a subalternos por definici&#243;n an&#243;nimos.

Se&#241;ora Michel -repite la imitaci&#243;n fallida de Chabrot-, se&#241;ora Michel.

Est&#225; bien, de acuerdo, ahora ya lo sabe todo el mundo: soy la se&#241;ora Michel.

Ha ocurrido una terrible desgracia -prosigue Nariz Moqueante quien, &#161;canastos!, en lugar de sonarse se sorbe los mocos.

Ah&#237; es nada. Se sorbe ruidosamente, devolviendo el hilillo de mocos al lugar de donde parti&#243;, y la rapidez de la acci&#243;n me obliga a asistir a las contracciones febriles de su nuez con vistas a facilitar el paso del hilillo antes mencionado. Es repugnante pero sobre todo desconcertante.

Miro a derecha e izquierda. El vest&#237;bulo est&#225; desierto. Si mi E.T. tiene intenciones hostiles, estoy perdida. &#201;ste se recompone y repite.

Una terrible desgracia, s&#237;, una terrible desgracia. El se&#241;or Arthens est&#225; agonizante.

&#191;Agonizante? -pregunto-. &#191;Agonizante de verdad?

Agonizante de verdad, se&#241;ora Michel, agonizante de verdad. Le quedan cuarenta y ocho horas.

&#161;Pero si lo vi ayer por la ma&#241;ana y estaba como una rosa! -digo, anonadada.

Por desgracia, se&#241;ora, cuando el coraz&#243;n falla, no hay nada que hacer. Por la ma&#241;ana uno da brincos como un cabritillo, y por la noche tiene un pie en la tumba.

&#191;Se va a morir en su casa, no va a ir al hospital?

Oooooooh, se&#241;ora Michel -me dice Chabrot, mir&#225;ndome con la misma expresi&#243;n que Neptune cuando lleva la correa al cuello-, &#191;y qui&#233;n querr&#237;a morir en un hospital?

Por primera vez en veinte a&#241;os, experimento un vago sentimiento de simpat&#237;a por Chabrot. Despu&#233;s de todo, me digo, &#233;l tambi&#233;n es un hombre y, a fin de cuentas, &#191;no nos parecemos todos?

Se&#241;ora Michel -prosigue Chabrot, y me aturulla este desenfreno de se&#241;ora Michel por aqu&#237;, se&#241;ora Michel por all&#225;, despu&#233;s de veinte a&#241;os sin una sola menci&#243;n de mi nombre-, sin duda mucha gente querr&#225; ver al Maestro antes de antes. Pero &#233;l no quiere recibir a nadie. S&#243;lo a Paul quiere ver. &#191;Puede usted impedir el paso a los importunos?

Me debato entre sentimientos encontrados. Observo, como de costumbre, que la gente no parece notar mi presencia m&#225;s que para encargarme tareas. Pero, despu&#233;s de todo, me digo, para eso estoy. Observo tambi&#233;n que Chabrot se expresa de una manera que me fascina -&#191;puede usted impedir el paso a los importunos?- y ello me perturba. Me gusta esa correcci&#243;n anticuada. Soy esclava de la gram&#225;tica, me digo, deber&#237;a haber llamado a mi gato Gr&#233;visse, como el c&#233;lebre gram&#225;tico belga. Este Chabrot me indispone, pero su expresi&#243;n me deleita. Por &#250;ltimo, &#191;qui&#233;n querr&#237;a morir en el hospital?, ha preguntado el viejo guaperas. Nadie. Ni Pierre Arthens, ni Chabrot, ni yo, ni Lucien. Mediante esta pregunta anodina, Chabrot nos ha hecho hombres a todos.

Har&#233; lo que pueda -le digo-. Pero tampoco puedo perseguirlos hasta la escalera.

No -concede &#233;ste-, pero puede usted desalentarlos. D&#237;gales que el Maestro ha cerrado sus puertas. Y me mira de una manera extra&#241;a. Tengo que andarme con cuidado, tengo que andarme con mucho cuidado. Estos &#250;ltimos tiempos estoy bajando la guardia. Primero, que si el incidente del v&#225;stago de los Palli&#232;res, esa manera tan absurda de citar La ideolog&#237;a alemana que, de haber sido el muchacho siquiera la mitad de inteligente que una almeja, habr&#237;a podido sugerirle un mont&#243;n de cosas de lo m&#225;s embarazosas. Y hete aqu&#237; que ahora, s&#243;lo porque un carcamal tostado con rayos UVA me obsequia con expresiones anticuadas, me extas&#237;o ante &#233;l y olvido todo rigor.

Anego en mis ojos la chispa que en ellos hab&#237;a surgido y adopto la mirada vidriosa de toda portera que se precie y que se dispone a hacer lo que est&#233; en su mano sin por ello llegar a perseguir a la gente hasta la escalera. La expresi&#243;n extra&#241;a de Chabrot se desvanece. Para borrar todo rastro de mis fechor&#237;as, me permito una peque&#241;a herej&#237;a.

&#191;Cree usted de que es un infarto? -pregunt&#243;n

S&#237; -contesta Chabrot-, eso es, un infarto.

Silencio.

Gracias -a&#241;ade.

De nada, a mandar -le contesto, y cierro la puerta.


Idea profunda n5

La vida

de todos

ese servicio militar

Me siento muy orgullosa de esta idea profunda. La he tenido gracias a Colombe. Bueno, al menos me habr&#225; sido &#250;til una vez en la vida. No hubiera cre&#237;do poder decir esto antes de morir.

Desde siempre, Colombe y yo estamos enfrentadas porque, para Colombe, la vida es una batalla permanente en la que hay que vencer aniquilando al otro. No puede sentirse segura si no ha aplastado al adversario y si no ha reducido su territorio al m&#237;nimo necesario. Un mundo en el que hay espacio para los dem&#225;s es un mundo peligroso seg&#250;n sus criterios de guerrera de tres al cuarto. A la vez, s&#243;lo necesita a los dem&#225;s para una peque&#241;a tarea esencial: alguien tiene que reconocer su fuerza. Por lo tanto no s&#243;lo se pasa el tiempo tratando de aplastarme por todos los medios posibles, sino que, adem&#225;s, le gustar&#237;a que le dijera, hundi&#233;ndose su espada en la carne de mi cuello, que es la mejor y que la quiero. Esto se traduce en que me trae por la calle de la amargura d&#237;a tras d&#237;a, tanto que me voy a volver loca. Y luego esto ya es la guinda: por una oscura raz&#243;n, Colombe, que no tiene dos dedos de frente, ha comprendido que lo que m&#225;s miedo me da en la vida es el ruido. Me parece que esto lo descubri&#243; por casualidad. A ella no se le habr&#237;a ocurrido espont&#225;neamente que alguien pudiera tener necesidad de silencio. Que el silencio sirva para ir al interior de uno mismo, que sea necesario para aquellos a los que no nos interesa &#250;nicamente la vida exterior, no creo que pueda comprenderlo porque su propio interior es tan ca&#243;tico y ruidoso como una calle llena de coches. Pero, sea como fuere, ha comprendido que yo necesitaba silencio y, por desgracia, mi habitaci&#243;n es contigua a la suya. Entonces, durante todo el d&#237;a, se dedica a hacer ruido. Chilla al tel&#233;fono, pone la m&#250;sica a todo volumen (y eso s&#237; que acaba conmigo), pega portazos, comenta en voz alta todo lo que hace, incluso cosas tan apasionantes como cepillarse el pelo o buscar un l&#225;piz en un caj&#243;n. Vamos, que como no puede invadir nada m&#225;s porque humanamente le soy del todo inaccesible, invade mi espacio sonoro y me amarga la vida todo el d&#237;a, desde el amanecer hasta el ocaso. N&#243;tese que hace falta tener un concepto muy pobre del territorio para llegar hasta ese extremo; a m&#237;, en cambio, me trae sin cuidado el lugar en el que me encuentre, siempre y cuando tenga la libertad de moverme sin obst&#225;culos dentro de mi cabeza. Pero Colombe, por el contrario, no se contenta con ignorar este hecho; lo transforma en filosof&#237;a: La plasta de mi hermana es una birria de persona intolerante y neurast&#233;nica que odia a los dem&#225;s y que preferir&#237;a vivir en un cementerio donde todos est&#233;n muertos; mientras que yo soy por naturaleza abierta, alegre y llena de vida. Si hay algo que odio es que la gente transforme sus incapacidades o sus alienaciones en credo. As&#237; que menuda suerte me ha tocado con Colombe.

Pero, desde hace varios meses, no se contenta con ser la hermana m&#225;s espantosa del universo. Tiene tambi&#233;n el mal gusto de comportarse de manera inquietante. Desde luego es lo que menos necesito: un purgante agresivo por hermana y, encima, asistir al espect&#225;culo de sus peque&#241;as miserias. Desde hace varios meses, a Colombe la obsesionan dos cosas: el orden y la limpieza. La consecuencia de ello es muy agradable: de zombi he pasado a ser sucia. Se tira todo el santo d&#237;a ech&#225;ndome la bronca porque he dejado migas en la cocina o porque esta ma&#241;ana hab&#237;a un pelo en la ducha. No obstante, no la toma s&#243;lo conmigo. Acosa a todo el mundo todo el d&#237;a porque hay migas o desorden. Su habitaci&#243;n, que antes era una leonera que no os cuento, luce ahora una higiene as&#233;ptica: todo impecable, ni una mota de polvo, cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa, y ay de la se&#241;ora Gr&#233;mond si no lo vuelve a dejar todo exactamente como estaba antes de entrar a limpiar. Parece un hospital. Bueno, si me apur&#225;is podr&#237;a no importarme que Colombe se haya vuelto tan mani&#225;tica. Lo que no soporto es que se las siga dando de guay. Hay un problema, pero todo el mundo hace como si no lo viera, y Colombe sigue fingiendo ser la &#250;nica de las dos que se toma la vida de manera epic&#250;rea. Pero yo os aseguro que no tiene nada de epic&#250;reo ducharse tres veces al d&#237;a y ponerse a gritar como una loca porque alguien le ha desplazado tres cent&#237;metros su lamparilla de noche.

&#191;Cu&#225;l es el problema de Colombe? Ni idea. Puede ser que, a fuerza de querer aplastar a todo el mundo, se ha transformado en un soldado, en el sentido literal del t&#233;rmino. Por eso lo deja todo impecable, limpia y saca brillo, como en el ej&#233;rcito. El soldado tiene la obsesi&#243;n del orden y la limpieza, eso lo sabe todo el mundo. Es necesario para luchar contra el desorden de la batalla, la suciedad de la guerra y todos esos hombres despedazados que la barbarie deja a su paso. Pero yo me pregunto de hecho si no es Colombe un caso exacerbado que la norma pone de manifiesto. &#191;Acaso no abordamos todos la vida como quien realiza el servicio militar? Es decir, haciendo lo que uno buenamente puede a la espera del combate o de que termine el servicio. Algunos dejan la camareta como los chorros del oro, otros hacen el vago, se pasan el tiempo jugando a las cartas, trafican o intrigan. Los oficiales mandan, los guripas obedecen pero a nadie se le escapa que se trata de una comedia a puerta cerrada: un buen d&#237;a no habr&#225; m&#225;s remedio que ir a morir, tanto los oficiales como los soldados, los cretinos como los listillos que trafican con cigarrillos o con papel higi&#233;nico.

Ya que estoy, os expongo la hip&#243;tesis psicol&#243;gica de base: Colombe es tan ca&#243;tica en su interior, tan vacua y tan llena de cosas a la vez, que trata de poner orden dentro de s&#237; misma limpiando y guardando cada cosa en su sitio. Qu&#233; gracioso, &#191;verdad? Hace tiempo que me he dado cuenta de que los psic&#243;logos son grandes humoristas que se creen que la met&#225;fora es cosa de gente muy sabia. En realidad, est&#225; al alcance de cualquier mocoso de 11 a&#241;os. Tendr&#237;ais que ver c&#243;mo se lo pasan los amigos psicoanalistas de mam&#225; con el m&#225;s m&#237;nimo juego de palabras, y tambi&#233;n las tonter&#237;as que nos cuenta mam&#225; de ellos, porque le cuenta a todo el mundo sus sesiones con su psicoanalista, como si viniera de Disneylandia: por un lado est&#225; la noria mi vida de familia, por otro la helader&#237;a mi vida con mi madre, la s&#250;per monta&#241;a rusa mi vida sin mi madre, el pasaje del terror mi vida sexual (bajando la voz para que yo no la oiga) y, por &#250;ltimo, el t&#250;nel de la muerte mi vida de mujer premenop&#225;usica.

Pero a m&#237;, lo que me asusta de Colombe es que muchas veces tengo la impresi&#243;n de que no siente nada. Todos los sentimientos que demuestra son tan falsos, tan artificiales, que me pregunto si de verdad siente algo. Y a veces me da miedo. A lo mejor est&#225; loca de atar, quiz&#225; trata por todos los medios de sentir algo aut&#233;ntico, y tal vez est&#233; a punto de llevar a cabo un acto absurdo. Ya me veo venir los titulares de los peri&#243;dicos: La Ner&#243;n de la calle Grenelle: una joven prende fuego a la casa familiar. Al interrogarla sobre las razones de su acto, contesta: "quer&#237;a sentir alguna emoci&#243;n".

Bueno, vale, estoy exagerando. Y no soy la m&#225;s indicada para criticar la piroman&#237;a. Pero al o&#237;rla gritar esta ma&#241;ana porque hab&#237;a pelos de gato en su abrigo verde, me he dicho: pobrecita m&#237;a, la batalla est&#225; perdida de antemano. Si lo supieras te sentir&#237;as mejor.



11

Desolaci&#243;n de las revueltas mogoles

Llaman suavemente a mi puerta. Es Manuela. Le acaban de decir que puede irse a casa antes de terminar su jornada.

El maestro est&#225; agonizante -me dice, y no acierto a determinar el grado de iron&#237;a que le confiere ella a la repetici&#243;n del lamento de Chabrot-. No est&#225; usted ocupada, &#191;tomar&#237;amos el t&#233; ahora?

Esa desenvoltura en la concordancia de los tiempos verbales, ese empleo del condicional en forma interrogativa, para implicar una sugerencia, esa libertad con la que Manuela se mueve por la sintaxis porque no es m&#225;s que una pobre portuguesa sometida a la lengua del exilio, tienen el mismo aroma pasado de moda que las expresiones controladas de Chabrot.

Me he cruzado con Laura en la escalera -dice, sent&#225;ndose, con el ce&#241;o fruncido-. Se sujetaba a la barandilla como si tuviera ganas de hacer pis. Al verme, se ha ido.

Laura es la segunda hija de los Arthens, una chica amable que no visita a sus padres a menudo. Cl&#233;mence, la mayor, es una encarnaci&#243;n dolorosa de la frustraci&#243;n, una meapilas consagrada en cuerpo y alma a dar la tabarra a su marido y a sus hijos hasta el final de sus tristes d&#237;as salpicados de misas, de reuniones parroquiales y de bordados de punto de cruz. En cuanto a Jean, el benjam&#237;n, es un drogadicto que se est&#225; convirtiendo en un desecho humano. De peque&#241;o era un ni&#241;o muy guapo de ojos resplandecientes que siempre iba detr&#225;s de su padre como un perrillo, como si su vida dependiera de ello, pero, cuando empez&#243; a drogarse, el cambio fue espectacular: ya no se mov&#237;a. Tras una infancia malgastada en correr en vano en pos de Dios, sus movimientos se hab&#237;an vuelto como torpes y ya no se desplazaba m&#225;s que a sacudidas, realizando en las escaleras, ante el ascensor y en el patio paradas cada vez m&#225;s prolongadas, hasta llegar incluso a quedarse dormido sobre mi felpudo y delante del cuartito de la basura. Un d&#237;a que se hab&#237;a detenido con una aplicaci&#243;n anonadante delante del arriate de las rosas de t&#233; y de las camelias enanas, le pregunt&#233; si necesitaba ayuda, y pens&#233; que cada vez se parec&#237;a m&#225;s a Neptune, con ese cabello rizado y desgre&#241;ado que le ca&#237;a en cascada sobre las sienes y esos ojos lacrimosos sobre una nariz h&#250;meda y tr&#233;mula.

Eh, eh, no -me contest&#243; entonces, imprimiendo a la frase las mismas pausas que jalonaban sus desplazamientos.

&#191;Quiere al menos sentarse un momento? -le suger&#237; yo.

&#191;Sentarse? -repiti&#243;, extra&#241;ado-. Eh, eh, no, &#191;por qu&#233;?

Para descansar un poco -le dije.

Ah, yaaaaaa -contest&#243;-. Pues, eh, eh, no.

Lo dej&#233; pues en compa&#241;&#237;a de las camelias, vigil&#225;ndolo desde mi ventana. Al cabo de un largu&#237;simo momento, se sustrajo a su contemplaci&#243;n floral y se dirigi&#243; a velocidad moderada hasta mi puerta. Abr&#237; antes de que llegara a llamar al timbre.

Voy a moverme un poco -me dijo sin verme, con sus orejas sedosas algo enmara&#241;adas ante los ojos. Luego, a costa de un esfuerzo patente, a&#241;adi&#243;- esas flores de ah&#237; &#191;c&#243;mo se llaman?

&#191;Las camelias? -pregunt&#233; yo, sorprendida.

Camelias -repiti&#243; despacio-, camelias Bueno, muchas gracias, se&#241;ora Michel -termin&#243; diciendo con una voz que de repente sonaba extra&#241;amente m&#225;s firme.

Y dio media vuelta. Pasaron semanas sin que volviera a verlo, hasta esa ma&#241;ana de noviembre en la que, al pasar ante mi puerta, no lo reconoc&#237; de tan bajo como hab&#237;a ca&#237;do. S&#237;, la ca&#237;da A ella estamos todos abocados. Pero que un hombre joven alcance antes de tiempo el punto desde el que ya no se levantar&#225; La ca&#237;da es entonces tan visible y tan cruda que le encoge a uno el coraz&#243;n de pura compasi&#243;n. Jean Arthens no era ya m&#225;s que un cuerpo reducido al suplicio que se arrastraba en una vida en la cuerda floja. Me pregunt&#233; con espanto c&#243;mo se las apa&#241;ar&#237;a para llevar a cabo los gestos tan sencillos que reclama el manejo del ascensor, cuando la repentina aparici&#243;n de Bernard Grelier, que lo cogi&#243; en brazos y lo aup&#243; en volandas como una pluma, me ahorr&#243; tener que intervenir. Tuve la breve visi&#243;n de un hombre maduro e incapaz que llevaba en brazos el cuerpo masacrado de un ni&#241;o, hasta que desaparecieron en el abismo de la escalera.

Pero va a venir Cl&#233;mence -dice Manuela que, es extraordinario, sigue siempre el hilo de mis pensamientos mudos.

Chabrot me ha pedido que le ruegue que se marche -digo yo, meditabunda-. No quiere ver m&#225;s que a Paul.

De la pena la baronesa se ha sonado la nariz en un trapo -a&#241;ade Manuela, hablando de Violette Grelier.

No me extra&#241;a. En la hora de todos los finales, adviene sin remedio la verdad. Violette Grelier es del trapo como Pierre Arthens es de la seda, y, cada uno, prisionero de su destino, ha de hacerle frente sin escapatoria y ser en el ep&#237;logo lo que en el fondo siempre fue, sea cual sea la ilusi&#243;n con la que haya querido consolarse. Codearse con el pa&#241;o fino no da ning&#250;n derecho, como tampoco tiene derecho a la salud el enfermo.

Sirvo el t&#233; y lo degustamos en silencio. Nunca antes lo hab&#237;amos tomado juntas por la ma&#241;ana, y esa brecha en el protocolo de nuestro ritual tiene un extra&#241;o sabor.

Es agradable -murmura Manuela.

S&#237;, es agradable pues gozamos de una doble ofrenda, la de ver consagrada en esta ruptura en el orden de las cosas la inamovilidad de un ritual al que hemos dado forma juntas para que, tarde tras tarde, se enquistara en la realidad hasta el punto de conferirle sentido y consistencia y que, por el hecho de transgredirse esta ma&#241;ana, adquiere de pronto toda su fuerza; pero saboreamos tambi&#233;n, como lo habr&#237;amos hecho de haber sido un n&#233;ctar preciado, el don portentoso de esa ma&#241;ana incongruente en la que los gestos mec&#225;nicos toman un impulso nuevo, en la que aspirar el aroma, probar, dejar reposar, servir de nuevo, beber a peque&#241;os sorbos viene a ser vivir un nuevo renacer. Esos instantes en que se nos revela la trama de nuestra existencia, mediante la fuerza de un ritual que recuperaremos como era antes con mayor placer a&#250;n por haberlo infringido, son par&#233;ntesis m&#225;gicos que le ponen a uno el coraz&#243;n al borde del alma, porque, fugitiva pero intensamente, una pizca de eternidad ha venido de pronto a fecundar el tiempo. Afuera, el mundo ruge o se adormece, arden las guerras, los hombres viven y mueren, perecen unas naciones y surgen otras antes de caer a su vez, arrasadas, y, en todo ese ruido y toda esa furia, en esas erupciones y esas resacas, mientras el mundo va, se incendia, se desgarra y renace, se agita la vida humana.

Entonces, tomemos una taza de t&#233;.

Como Kakuzo Okakura, el autor de El libro del t&#233;, que se lamentaba de la revuelta de las tribus mongoles en el siglo XIII no porque hubiera tra&#237;do consigo muerte y desolaci&#243;n, sino porque hab&#237;a destruido, entre los frutos de la cultura Song, el m&#225;s preciado de ellos, el arte del t&#233;, s&#233; como &#233;l que no es un brebaje menor. Cuando deviene ritual, constituye la esencia de la aptitud para ver la grandeza en las cosas peque&#241;as. &#191;D&#243;nde se encuentra la belleza? &#191;En las grandes cosas que, como las dem&#225;s, est&#225;n condenadas a morir, o bien en las peque&#241;as que, sin pretensiones, saben engastar en el instante una gema de infinitud?

El ritual del t&#233;, esta repetici&#243;n precisa de los mismos gestos y de la misma degustaci&#243;n, este acceso a sensaciones sencillas, aut&#233;nticas y refinadas, esta licencia otorgada a cada uno, sin mucho esfuerzo, para convertirse en un arist&#243;crata del gusto, porque el t&#233; es la bebida de los ricos como lo es de los pobres, el ritual del t&#233;, pues, tiene la extraordinaria virtud de introducir en el absurdo de nuestras vidas una brecha de armon&#237;a serena. S&#237;, el universo conspira a la vacuidad, las almas perdidas lloran la belleza, la insignificancia nos rodea. Entonces, tomemos una taza de t&#233;. Se hace el silencio, fuera se oye soplar el viento, crujen las hojas de oto&#241;o y levantan el vuelo, el gato duerme, ba&#241;ado en una c&#225;lida luz. Y, en cada sorbo, el tiempo se sublima.


Idea profunda n6

Dime qu&#233; ves

qu&#233; lees

en el desayuno

y te dir&#233;

qui&#233;n eres

Todas las ma&#241;anas, en el desayuno, pap&#225; se toma un caf&#233; y lee el peri&#243;dico. Varios peri&#243;dicos, de hecho: Le Monde, Le Figaro, Liberation y, una vez por semana, L'Express, Les &#201;chos, Times y Courrier International. Pero salta a la vista que su mayor satisfacci&#243;n es tomarse su primera taza de caf&#233; leyendo Le Monde. Se enfrasca en la lectura durante al menos media hora. Para poder disfrutar de esa media hora, tiene que levantarse muy, muy temprano porque tiene muchas cosas que hacer todos los d&#237;as. Pero cada ma&#241;ana, aunque haya habido una sesi&#243;n nocturna y s&#243;lo haya dormido dos horas, se levanta a las seis y se lee su peri&#243;dico tom&#225;ndose un caf&#233; bien cargado. As&#237; se construye pap&#225; cada d&#237;a. Digo se construye porque pienso que, cada vez, es una nueva construcci&#243;n, como si por la noche todo se hubiera reducido a cenizas y tuviera que volver a empezar desde cero. As&#237; vive su vida un hombre, en nuestro universo: tiene que reconstruir sin cesar su identidad de adulto, ese ensamblaje inestable y ef&#237;mero, tan fr&#225;gil, que reviste la desesperanza y, a cada uno ante el espejo, cuenta la mentira que necesitamos creer. Para pap&#225;, el peri&#243;dico y el caf&#233; son las varitas m&#225;gicas que lo transforman en hombre importante. Como la calabaza que se convierte en carroza. Obs&#233;rvese que le produce una gran satisfacci&#243;n: nunca lo veo tan tranquilo y relajado como ante su caf&#233; de las seis de la ma&#241;ana. Pero &#161;alto es el precio que tiene que pagar! &#161;Alto es el precio cuando se lleva una doble vida! Cuando caen las m&#225;scaras, porque sobreviene una crisis -y, entre los mortales, siempre hay momentos de crisis-, &#161;la verdad es terrible! Mirad por ejemplo a Pierre Arthens, el cr&#237;tico gastron&#243;mico del sexto, que se est&#225; muriendo. Hoy a mediod&#237;a, mam&#225; ha vuelto de la compra como un cicl&#243;n y, nada m&#225;s entrar en casa, ha lanzado a quien pudiera o&#237;rla: &#161;Pierre Arthens est&#225; agonizante! Quien pod&#237;a o&#237;rla &#233;ramos Constituci&#243;n y yo. Vamos, que sus palabras no han suscitado un gran inter&#233;s, la verdad sea dicha. Mam&#225;, sorprendida, se ha quedado un pel&#237;n decepcionada. Al volver pap&#225;, por la noche, lo ha asaltado enseguida para contarle la noticia. Pap&#225; parec&#237;a sorprendido: &#191;El coraz&#243;n? &#191;As&#237;, visto y no visto?, le ha preguntado.

He de decir que el se&#241;or Arthens es un malvado de los grandes. Pap&#225; en cambio no es m&#225;s que un chiquillo que juega a d&#225;rselas de adulto antip&#225;tico. Pero el se&#241;or Arthens &#233;se es un malvado de primera categor&#237;a. Cuando digo malvado, no me refiero a que sea malo, cruel o desp&#243;tico, aunque tambi&#233;n un poco. No, cuando digo que es un malvado de verdad, quiero decir que es un hombre que ha renegado tanto de lo que puede haber de bueno en &#233;l que parece un cad&#225;ver aunque a&#250;n est&#233; vivo. Porque los malvados de verdad odian a todo el mundo, desde luego, pero sobre todo se odian a s&#237; mismos. &#191;No os dais cuenta, vosotros, cuando alguien se odia a s&#237; mismo? Ello lleva a estar muerto sin dejar de estar vivo, a anestesiar los malos sentimientos pero tambi&#233;n los buenos para no sentir la n&#225;usea de ser uno mismo.

Pierre Arthens, est&#225; claro, era un malvado de verdad. Dicen que era el gur&#250; de la cr&#237;tica gastron&#243;mica y el adalid del mundo de la cocina francesa. Y eso, desde luego, no me extra&#241;a nada. Si quer&#233;is que os diga mi opini&#243;n, la cocina francesa da pena. Tanto genio, tantos medios, tantos recursos para un resultado tan pesado &#161;Todas esas salsas, esos rellenos, esos pasteles que te llenan hasta reventar! Es de un mal gusto Y cuando no es pesada, es cursi a m&#225;s no poder: te matan de hambre con tres r&#225;banos estilizados y dos vieiras sobre gelatina de algas, servido todo ello en platos en plan zen de pacotilla por camareros con cara de enterradores. El s&#225;bado pasado fuimos a un restaurante muy fino de este estilo, el Napoleon's Bar. Era una cena familiar, para celebrar el cumplea&#241;os de Colombe, que eligi&#243; los platos con su gracia habitual: un no s&#233; qu&#233; de lo m&#225;s pretencioso con casta&#241;as, cordero con hierbas de nombre impronunciable y un sambay&#243;n con Grand Marnier (el colmo del horror). El sambay&#243;n es el emblema de la cocina francesa: una cosa que se las da de ligera y que ahoga a cualquiera. Yo no me ped&#237; nada de primero (os ahorro los comentarios de Colombe sobre la anorexia de la plasta de su hermana) y luego me tom&#233;, por sesenta y tres euros, unos filetes de salmonete al curry (con dados crujientes de calabac&#237;n y zanahoria debajo del pescado) y para terminar, por treinta y cuatro euros, lo que encontr&#233; en la carta que me parec&#237;a menos malo: un fondant de chocolate amargo. Desde luego, por ese precio hubiera preferido un abono de un a&#241;o en McDonald's. Ellos al menos tienen un mal gusto sin pretensiones. Y os ahorro tambi&#233;n todo comentario sobre la decoraci&#243;n de la sala y de la mesa. Cuando los franceses quieren desmarcarse de la tradici&#243;n Imperio con sus tapices burdeos y sus dorados a mansalva, optan por el estilo hospital. Uno se sienta en sillas de Le Corbusier (de Corbu, como dice mam&#225;), come en vajillas blancas de formas geom&#233;tricas con un aire a burocracia sovi&#233;tica y, en el cuarto de ba&#241;o, se seca las manos con unas toallas tan finas que no absorben nada.

El esbozo, la sencillez no es eso. &#191;Y se puede saber qu&#233; quer&#237;as t&#250; comer?, me pregunt&#243; despu&#233;s Colombe con aire exasperado porque no me pude terminar el primer salmonete. No contest&#233;. Porque no lo s&#233;. No soy m&#225;s que una ni&#241;a, al fin y al cabo. Pero en los mangas los personajes parecen comer de otra manera. Parece algo sencillo, refinado, comedido, delicioso. Comen como se admira un cuadro hermoso o como se canta en un coro divino. No es ni demasiado ni demasiado poco: comedido, en el buen sentido de la palabra. A lo mejor me equivoco por completo; pero la cocina francesa a m&#237; me parece algo viejo y pretencioso, mientras que la cocina japonesa se me antoja pues ni joven ni vieja. Eterna y divina.

Bueno, total, que el se&#241;or Arthens est&#225; agonizante. Me pregunto qu&#233; har&#237;a &#233;l, por las ma&#241;anas, para meterse en el papel de malvado de verdad. A lo mejor se tomaba un caf&#233; muy cargado leyendo a la competencia, o se zampaba un desayuno americano con salchichas y patatas fritas. &#191;Qu&#233; hacemos por las ma&#241;anas? Pap&#225; lee el peri&#243;dico tom&#225;ndose un caf&#233;, mam&#225; se toma un caf&#233; hojeando cat&#225;logos, Colombe toma caf&#233; escuchando France Inter y yo, yo tomo chocolate leyendo mangas. Ahora estoy leyendo mangas de Taniguchi, un genio con el que aprendo un mont&#243;n de cosas sobre los hombres.

Pero ayer le pregunt&#233; a mam&#225; si pod&#237;a tomar t&#233;. Mi abuela desayuna t&#233; negro, un t&#233; con aroma a bergamota. Aunque no me parezca riqu&#237;simo, al menos tiene una pinta m&#225;s agradable que el caf&#233;, que es una bebida de malvados. Pero ayer, en el restaurante, mam&#225; se pidi&#243; un t&#233; de jazm&#237;n y me dio a probar. Lo encontr&#233; tan rico, tan yo misma que esta ma&#241;ana he declarado que es lo que quer&#237;a tomar siempre de desayuno a partir de ahora. Mam&#225; me ha puesto cara rara (su cara de somn&#237;fero mal evacuado) y luego me ha dicho s&#237;, tesoro, ya tienes edad de tomar t&#233;.

T&#233; y manga contra caf&#233; y peri&#243;dico: la elegancia y el embrujo contra la triste agresividad de los juegos adultos de poder.



12

Comedia fantasma

Tras marcharse Manuela, me dedico a todo tipo de cautivadoras ocupaciones: limpio mi casa, friego el suelo del vest&#237;bulo, saco a la calle los cubos de basura, recojo los folletos de publicidad, riego las plantas, le preparo la pitanza al gato (compuesta por una loncha de jam&#243;n con una corteza de tocino hipertrofiada), me cocino mi propio almuerzo -pasta china fr&#237;a con tomate, albahaca y queso parmesano-, leo el peri&#243;dico, me repliego en mi antro para disfrutar de una bell&#237;sima novela danesa, gestiono una crisis en el vest&#237;bulo porque Lotte, la nieta de los Arthens, la mayor de Cl&#233;mence, llora ante mi puerta porque el abuelito no quiere verla.

Termino todo esto a las nueve de la noche y de pronto me siento vieja y muy deprimida. La muerte no me da miedo, y menos a&#250;n la de Pierre Arthens, pero lo que se me hace insoportable es la espera, ese hueco en suspenso del todav&#237;a no que nos hace tomar conciencia de la inutilidad de las batallas. Me siento a oscuras en la cocina, en silencio, y experimento el sentimiento amargo del absurdo. Mi mente parte despacio a la deriva. Pierre Arthens D&#233;spota brutal, sediento de gloria y de honores, que no obstante se esfuerza hasta el final por perseguir con sus palabras una inasible quimera, desgarrado entre la aspiraci&#243;n al Arte y el hambre de poder &#191;D&#243;nde, en el fondo, est&#225; la verdad? &#191;Y d&#243;nde la ilusi&#243;n? &#191;En el poder o en el Arte? &#191;No ensalzamos acaso por la fuerza del discurso bien aprendido las creaciones del hombre, mientras que tildamos de crimen de vanidad ilusoria la sed de dominaci&#243;n que a todos nos agita -s&#237;, a todos, incluida una pobre portera en su angosta vivienda, la cual, pese a haber renunciado al poder visible, no deja por ello de perseguir en esp&#237;ritu sue&#241;os de dominaci&#243;n?

&#191;C&#243;mo transcurre pues la vida? D&#237;a tras d&#237;a, nos esforzamos valerosamente por representar nuestro papel en esta comedia fantasma. Como primates que somos, lo esencial de nuestra actividad consiste en mantener y cuidar nuestro territorio de manera que &#233;ste nos proteja y halague, en subir o no bajar en la escala jer&#225;rquica de la tribu y en fornicar de cuantas formas podamos -aunque no fuere m&#225;s que en fantas&#237;a- tanto por el placer como por la descendencia prometida. Para ello, empleamos una parte nada desde&#241;able de nuestra energ&#237;a en intimidar o seducir, pues ambas estrategias bastan para asegurar la conquista territorial, jer&#225;rquica y sexual que anima nuestro conatus. Pero nada de todo ello lo percibe nuestra conciencia. Hablamos de amor, del bien y del mal, de filosof&#237;a y de civilizaci&#243;n, y nos aferramos a esos iconos respetables como la garrapata a su perrazo caliente.

A veces, sin embargo, la vida se nos antoja una comedia fantasma. Como sacados de un sue&#241;o, nos observamos actuar y, helados al constatar el gasto vital de energ&#237;a que requiere el mantenimiento de nuestros requisitos primitivos, inquirimos estupefactos d&#243;nde ha quedado el Arte. Nuestro frenes&#237; de muecas y miradas nos parece de pronto el colmo de la insignificancia, nuestro c&#225;lido nidito, fruto del endeudamiento de veinte a&#241;os, una vana costumbre b&#225;rbara, y nuestra posici&#243;n en la escala social, tan duramente alcanzada y tan eternamente precaria, de una zafia vanidad. En cuanto a nuestra descendencia, la contemplamos con una mirada nueva y horrorizada porque, sin el barniz del altruismo, el acto de reproducirse se nos antoja profundamente fuera de lugar. S&#243;lo quedan los placeres sexuales; pero, arrastrados en la corriente de la miseria primigenia, vacilan ellos tambi&#233;n, pues la gimnasia sin el amor no encuentra cabida en el marco de nuestras lecciones bien aprendidas.

La eternidad se nos escapa.

Tales d&#237;as, en los que naufragan en el altar de nuestra naturaleza profunda todas las creencias rom&#225;nticas, pol&#237;ticas, intelectuales, metaf&#237;sicas y morales que a&#241;os de educaci&#243;n y de cultura han tratado de imprimir en nosotros, la sociedad, campo territorial agitado por grandes ondas jer&#225;rquicas, se sume en la nada del Sentido. Adi&#243;s a los pobres y a los ricos, a los pensadores, a los investigadores, a los dirigentes, a los esclavos, a los buenos y a los malos, a los creativos y a los concienzudos, a los sindicalistas y a los individualistas, a los progresistas y a los conservadores; ya no son sino hom&#237;nidos primitivos cuyas muecas y sonrisas, gestos y adornos, lenguaje y c&#243;digos, inscritos en el mapa gen&#233;tico del primate medio, s&#243;lo significan esto: representar su papel o morir.

Esos d&#237;as uno necesita desesperadamente el Arte. Aspira con ardor a recuperar su ilusi&#243;n espiritual, desea con pasi&#243;n que algo lo salve de los destinos biol&#243;gicos para que no se excluya de este mundo toda poes&#237;a y toda grandeza.

Entonces uno toma una taza de t&#233; o ve una pel&#237;cula de Ozu, para retraerse de las lidias y las batallas que son los usos y costumbres reservados de nuestra especie dominadora, y para imprimir a este pat&#233;tico teatro la marca del Arte y sus m&#225;s grandes obras.



13

Eternidad

A las nueve de la noche pues, pongo en el v&#237;deo una cinta de Ozu, Las hermanas Munakata. Es la d&#233;cima pel&#237;cula de Ozu que veo en un mes. &#191;Por qu&#233;? Porque Ozu es un genio que me salva de los destinos biol&#243;gicos.

Todo esto vino porque un d&#237;a le confi&#233; a Ang&#232;le, la joven bibliotecaria, que me gustaban mucho las primeras pel&#237;culas de Wim Wenders, y me dijo: ah, &#191;y ha visto Tokio-Ga? Y cuando se ha visto Tokio-Ga, que es un extraordinario documental sobre Ozu, por supuesto a uno le entran ganas de descubrir al propio Ozu. Descubr&#237; pues a Ozu y, por primera vez en mi vida, el Arte cinematogr&#225;fico me hizo re&#237;r y llorar como un verdadero entretenimiento.

Pongo en marcha la cinta y saboreo a sorbitos un t&#233; de jazm&#237;n. De vez en cuando rebobino la cinta, gracias a este rosario laico llamado mando a distancia.

Y he aqu&#237; una escena extraordinaria.

El padre, interpretado por Chishu Ryu, actor fetiche de Ozu, hilo de Ariadna de su obra, hombre maravilloso que irradia calidez y humildad, el padre, como digo, al que le queda poco de vida, conversa con su hija Setsuko acerca del paseo que acaban de dar por Kyoto. Beben sake.

EL PADRE: &#161;Y ese templo del Musgo! La luz realzaba a&#250;n m&#225;s el musgo.

SETSUKO: Y tambi&#233;n esa camelia que hab&#237;a encima.

EL PADRE: Ah, &#191;te hab&#237;as fijado? &#161;Cu&#225;n hermoso era! (Pausa) En el Jap&#243;n antiguo hay cosas hermosas. (Pausa.) Esta manera de decretar que todo eso es malo me parece excesiva.

La pel&#237;cula avanza y, al final del todo, est&#225; esta &#250;ltima escena, en un parque, cuando Setsuko, la mayor, charla con Mariko, su antojadiza hermana menor.

SETSUKO (con expresi&#243;n radiante): Dime, Mariko, &#191;porqu&#233; son violetas los montes de Kyoto?

MARIKO (traviesa): Es verdad. Parecen un flan de azuki.

SETSUKO, sonriente: Es un color bien bonito.

La pel&#237;cula trata de mal de amores, de matrimonios arreglados, de la familia, de hermandad, de la muerte del padre, del antiguo y el nuevo Jap&#243;n y tambi&#233;n del alcohol y la violencia de los hombres.

Pero sobre todo trata de algo que se nos escapa, a nosotros occidentales, y sobre lo que s&#243;lo la cultura japonesa arroja algo de luz. &#191;Por qu&#233; esas dos escenas breves y sin explicaci&#243;n, que nada en la intriga motiva, suscitan una emoci&#243;n tan poderosa y sostienen la pel&#237;cula entera entre sus inefables par&#233;ntesis? Y he aqu&#237; la clave de la pel&#237;cula.

SETSUKO: La verdadera novedad es lo que no envejece, pese al tiempo.

La camelia sobre el musgo del templo, el violeta de los montes de Kyoto, una taza de porcelana azul, esta eclosi&#243;n de la belleza en el coraz&#243;n mismo de las pasiones ef&#237;meras, &#191;no es acaso a lo que todos aspiramos? &#191;Y lo que nosotros, civilizaciones occidentales, no sabemos alcanzar?

La contemplaci&#243;n de la eternidad en el movimiento mismo de la vida.


Diario del movimiento del mundo n.3

&#161;Pero vamos, alc&#225;nzala!

&#161;Cuando pienso que hay gente que no tiene televisi&#243;n! Pero &#191;c&#243;mo es posible, c&#243;mo se las apa&#241;a? Yo es que podr&#237;a pasarme horas enteras viendo la tele. Quito el sonido y miro. Es como si viera las cosas con rayos X. Cuando se quita el sonido viene a ser como quitar el papel de embalaje, el bonito papel de seda que envuelve una tonter&#237;a que te ha costado dos euros. Si veis as&#237; los reportajes de los noticiarios, os dar&#233;is cuenta de una cosa: las im&#225;genes no tienen nada que ver unas con otras, lo &#250;nico que las une entre s&#237; es el comentario, que hace que una sucesi&#243;n cronol&#243;gica de im&#225;genes parezca una sucesi&#243;n real de hechos.

Bueno, resumiendo, que me encanta la tele. Y esta tarde he visto un movimiento del mundo interesante: una competici&#243;n de saltos de trampol&#237;n. En realidad, varias competiciones. Era una retrospectiva del campeonato del mundo de la disciplina. Hab&#237;a saltos individuales con figuras impuestas o figuras libres, saltadores hombres o mujeres, pero sobre todo, lo que m&#225;s me ha interesado eran los saltos dobles. Adem&#225;s de la proeza individual, con un mont&#243;n de tirabuzones, giros y piruetas, los saltadores tienen que ser sincr&#243;nicos. No tienen que ir m&#225;s o menos a la vez, no: perfectamente a la vez, no puede haber ni una mil&#233;sima de segundo de diferencia entre ambos.

Lo m&#225;s gracioso es cuando los saltadores tienen morfolog&#237;as muy diferentes: uno bajito y retaco al lado de uno alto y esbelto. Al verlos uno piensa: esto no puede funcionar, en t&#233;rminos f&#237;sicos, no pueden salir y llegar a la vez; pero s&#237; que lo consiguen, aunque no os lo pod&#225;is creer. Lecci&#243;n que hay que sacar de esto: en el universo todo es compensaci&#243;n. Cuando se es menos r&#225;pido, se tiene m&#225;s fuerza. Pero lo que me proporcion&#243; alimento para mi Diario fue cuando dos j&#243;venes chinitas se presentaron en lo alto del trampol&#237;n. Dos esbeltas diosas con trenzas de un negro brillante y que podr&#237;an haber sido gemelas por lo mucho que se parec&#237;an, pero el comentarista precis&#243; que ni siquiera eran hermanas. Bueno, total, que llegaron a lo alto del trampol&#237;n, y creo que todo el mundo debi&#243; de hacer como yo: contener el aliento.

Tras varios impulsos gr&#225;ciles, saltaron. Las primeras mieras de segundo, fue perfecto. Sent&#237; esa perfecci&#243;n en mi propio cuerpo; seg&#250;n parece es una historia de neuronas espejo: cuando se mira a alguien hacer una acci&#243;n, las mismas neuronas que activa esta persona para hacer lo que est&#225; haciendo se activan a su vez en nuestra cabeza, sin que nosotros movamos un dedo. Un salto acrob&#225;tico sin moverse del sof&#225; y comiendo patatas fritas: por eso a la gente le gusta ver deporte por televisi&#243;n. Bueno, total, que las dos gracias chinas saltan y, al principio del todo, &#233;xtasis total. Y luego, &#161;horror! De repente el espectador tiene la impresi&#243;n de que hay un liger&#237;simo desfase entre ambas. Uno escudri&#241;a la pantalla, con el coraz&#243;n en un pu&#241;o: sin lugar a dudas, hay un desfase. S&#233; que parece absurdo contar esto as&#237; cuando en total el salto no debe de durar m&#225;s de tres segundos, pero justamente porque s&#243;lo dura tres segundos, uno mira todas las fases como si duraran un siglo. Y resulta ya evidente, ya no cabe ponerse una venda en los ojos: &#161;est&#225;n desfasadas! &#161;Una va a entrar en el agua antes que la otra! &#161;Es horrible!

De repente me vi a m&#237; misma gritando ante el televisor: &#161;pero alc&#225;nzala, vamos, alc&#225;nzala! Sent&#237; una rabia incre&#237;ble contra la que se hab&#237;a rezagado. Me hund&#237; en el sof&#225;, asqueada. Bueno, entonces, &#191;qu&#233;? &#191;Es esto el movimiento del mundo? &#191;Un &#237;nfimo desfase que arruina para siempre la posibilidad de la perfecci&#243;n? Me tir&#233; al menos treinta minutos de un humor de perros. Y de pronto me pregunt&#233;: pero &#191;por qu&#233; querr&#237;a uno a toda costa que la alcanzase? &#191;Por qu&#233; duele tanto cuando el movimiento no est&#225; sincronizado? No es muy dif&#237;cil adivinarlo: todas estas cosas que pasan, que fallamos por poco y malogramos ya para siempre, eternamente Todas estas palabras que deber&#237;amos haber dicho, estos gestos que deber&#237;amos haber hecho, estos kairos fulgurantes que surgieron un d&#237;a, que no supimos aprovechar y que se sumieron para siempre en la nada El fracaso por un margen tan peque&#241;o Pero sobre todo se me vino a la mente otra idea, por lo de las neuronas espejo. Una idea perturbadora, de hecho, y vagamente proustiana (lo cual me pone nerviosa). &#191;Y si la literatura no fuera sino una televisi&#243;n que uno mira para activar sus neuronas espejo y para proporcionarse a bajo coste los escalofr&#237;os de la acci&#243;n? &#191;Y si, peor a&#250;n, la literatura fuera una televisi&#243;n que nos muestra todo aquello en lo que fracasamos?

&#161;Vaya un movimiento del mundo! Podr&#237;a haber sido la perfecci&#243;n pero es el desastre. Deber&#237;a vivirse de verdad pero es siempre un disfrute por poderes.

Entonces os pregunto: &#191;por qu&#233; permanecer en este mundo?



14

Entonces, el Jap&#243;n antiguo

A la ma&#241;ana siguiente, Chabrot llama a mi puerta. Parece haberse recuperado, ya no le tiembla la voz y su nariz est&#225; seca y con buen color. Pero parece un fantasma.

Pierre ha muerto -me dice con voz met&#225;lica.

Lo siento mucho -le contesto.

Y de verdad lo siento sinceramente por &#233;l, porque si Pierre Arthens ya no sufre, Chabrot tendr&#225; que aprender a vivir estando como muerto.

Las pompas f&#250;nebres llegar&#225;n de un momento a otro -a&#241;ade Chabrot con su tono espectral-. Le agradecer&#237;a mucho que hiciera el favor de acompa&#241;ar a estos se&#241;ores hasta la casa del se&#241;or Arthens.

Descuide -le digo.

Volver&#233; dentro de dos horas, para ocuparme de Anna.

Me mira un momento en silencio.

Gracias -dice (por segunda vez en veinte a&#241;os).

Estoy tentada de responder conforme a las tradiciones ancestrales de las porteras pero, no s&#233; por qu&#233;, las palabras no salen de mi boca. Quiz&#225; sea porque Chabrot ya no volver&#225;, porque ante la muerte las fortalezas se hacen a&#241;icos, porque me acuerdo de Lucien, porque la decencia, por &#250;ltimo, proh&#237;be una desconfianza que ofender&#237;a a los difuntos.

Por ello, no le digo:

A mandar.

Sino:

&#191;Sabe? todo llega cuando tiene que llegar. Esto puede sonar a proverbio popular, aunque sean tambi&#233;n las palabras que el mariscal Kutuzov, en Guerra y paz, dirige al pr&#237;ncipe Andr&#233;s. Me hicieron, por la guerra y por la paz, tantos reproches Pero todo lleg&#243; a su tiempo Todo llega cuando tiene que llegar para quien sabe esperar

Dar&#237;a cualquier cosa por leer directamente en ruso. Lo que siempre me ha gustado en este pasaje es el ritmo, el balanceo de la guerra y la paz, ese flujo y reflujo en la evocaci&#243;n, como la marea sobre la arena se trae y se lleva los frutos del mar. &#191;Se trata acaso de un capricho del traductor, que adorna un estilo ruso muy comedido -me hicieron tantos reproches por la guerra y por la paz- y que remite, en esta fluidez de la frase que ninguna coma viene a romper, mis elucubraciones mar&#237;timas al cap&#237;tulo de las extravagancias sin fundamento; o es la esencia misma de este texto maravilloso que, hoy todav&#237;a, me arranca l&#225;grimas de j&#250;bilo?

Chabrot asiente suavemente con la cabeza y luego se va.

El resto de la ma&#241;ana transcurre en una atm&#243;sfera de tristeza. No tengo ninguna simpat&#237;a p&#243;stuma por Arthens pero me arrastro como alma en pena y ni siquiera consigo leer. El par&#233;ntesis de felicidad que la camelia sobre el musgo del templo ha abierto en la crudeza del mundo se ha cerrado sin esperanza, y la negrura de todos esos abismos corroe mi amargo coraz&#243;n.

Entonces, el Jap&#243;n antiguo viene a inmiscuirse. De uno de los pisos desciende una melod&#237;a, clara y alegremente perceptible. Alguien toca al piano una pieza cl&#225;sica. Ah, dulce hora que de improviso desgarra el velo de la melancol&#237;a En una fracci&#243;n de eternidad, todo cambia y se transfigura. Un fragmento de m&#250;sica desprendido de una pieza desconocida, un poco de perfecci&#243;n en el flujo de las cosas humanas -inclino despacio la cabeza, pienso en la camelia sobre el musgo del templo, en una taza de t&#233; mientras el viento, fuera, acaricia las hojas de los &#225;rboles, la vida que se escapa se inmoviliza en una joya sin ma&#241;ana ni proyectos, el destino de los hombres, salvado del p&#225;lido sucederse de los d&#237;as, se nimba por fin de luz y, m&#225;s all&#225; del tiempo, exalta mi coraz&#243;n tranquilo.



15

Deber de los ricos

La Civilizaci&#243;n es la violencia dome&#241;ada, la victoria siempre inconclusa sobre la agresividad del primate. Pues primates fuimos y primates somos, por mucha camelia sobre musgo de la que aprendamos a gozar. He ah&#237; la funci&#243;n de la educaci&#243;n. &#191;Qu&#233; es educar? Proponer sin tregua camelias sobre musgo como derivativos de la pulsi&#243;n de la especie, porque &#233;sta no cesa jam&#225;s y amenaza sin tregua el fr&#225;gil equilibrio de la supervivencia.

Yo soy muy camelia sobre musgo. S&#243;lo eso, pens&#225;ndolo bien, podr&#237;a explicar mi reclusi&#243;n en esta l&#250;gubre porter&#237;a. Convencida desde los albores de mi existencia de la inanidad de &#233;sta, podr&#237;a haber elegido rebelarme y, poniendo al cielo por testigo de la iniquidad de mi suerte, nutrirme de los recursos de violencia que nuestra condici&#243;n alberga. Pero la escuela hizo de m&#237; un alma a la que la vacuidad de su destino no condujo m&#225;s que a la renuncia y al enclaustramiento. La maravilla de mi segundo nacimiento hab&#237;a abonado en m&#237; el terreno del dominio de toda pulsi&#243;n; puesto que la escuela me hab&#237;a hecho nacer, le deb&#237;a lealtad y me avine pues a las intenciones de mis educadores convirti&#233;ndome d&#243;cilmente en un ser civilizado. De hecho, cuando la victoria sobre la agresividad del primate se apodera de esas armas prodigiosas que son los libros y las palabras, la empresa es sencilla, y as&#237; es como me convert&#237; en un alma educada que extra&#237;a de los signos escritos la fuerza de resistir a su propia naturaleza.

Por ello me ha sorprendido tanto mi reacci&#243;n cuando, tras llamar Antoine Palli&#232;res tres veces imperiosamente al timbre y, sin mediar saludo, ponerse a contarme con facunda vindicta la desaparici&#243;n de su patinete cromado, le he cerrado la puerta en las narices y a punto he estado con ese mismo movimiento de amputar de su cola a mi gato, que justo en ese momento se escabull&#237;a por el marco.

No tan camelia sobre musgo, despu&#233;s de todo, me he dicho.

Y como ten&#237;a que permitir que Le&#243;n volviese a sus dominios, he vuelto a abrir la puerta nada m&#225;s cerrarla.

Disculpa, es que hay corriente.

Antoine Palli&#232;res me ha mirado con la expresi&#243;n de alguien que se pregunta si de verdad ha visto lo que ha visto. Pero como est&#225; entrenado para considerar que s&#243;lo ocurre lo que tiene que ocurrir, de la misma manera que los ricos se convencen de que su vida sigue un surco celestial que el poder del dinero cava naturalmente para ellos, ha tomado la decisi&#243;n de creerme. La facultad que tenemos de manipularnos a nosotros mismos para que no se tambaleen lo m&#225;s m&#237;nimo los cimientos de nuestras creencias es un fen&#243;meno fascinante.

S&#237;, bueno, de todas maneras ven&#237;a sobre todo para darle esto de parte de mi madre. Y me ha tendido un sobre de color blanco.

Gracias -le he dicho, d&#225;ndole una vez m&#225;s con la puerta en las narices.

Y heme aqu&#237; en la cocina, con el sobre en la mano.

Pero &#191;qu&#233; me pasa esta ma&#241;ana? -le pregunto a Le&#243;n.

La muerte de Pierre Arthens marchita mis camelias.

Abro el sobre y leo esta notita escrita en el reverso de una tarjeta de visita tan g&#233;lida que la tinta, triunfando sobre cualquier pedazo consternado de papel secante, se ha corrido ligeramente debajo de cada letra.

Se&#241;ora Michel,

&#191;podr&#237;a usted, recibir y firmar en mi nombre la ropa que manden del tinte esta tarde?

Esta noche pasar&#233; por la porter&#237;a para recogerla.

Gracias de antemano

Firma garabateada.

No me esperaba tanta hipocres&#237;a en el ataque. De estupefacci&#243;n me dejo caer sobre la silla m&#225;s pr&#243;xima.

Me pregunto de hecho si no estar&#233; un poco loca. &#191;Les produce a ustedes el mismo efecto cuando les ocurre?

Consideren lo siguiente:

El gato duerme.

&#191;La lectura de esta frasecita anodina no ha despertado en ustedes ning&#250;n sentimiento de dolor, ning&#250;n arranque de sufrimiento? Es leg&#237;timo.

Consideren ahora en cambio:

El gato, duerme.

Repito, para despejar toda sombra de ambig&#252;edad:

El gato coma duerme. El gato, duerme.

Podr&#237;a usted, recibir y firmar en mi nombre. Por un lado tenemos ese prodigioso empleo de la coma que, tom&#225;ndose libertades con la lengua porque no suele ocurrir que se separe el complemento de objeto directo del verbo que lo rige, magnifica la forma de la oraci&#243;n:

Me hicieron, por la guerra y por la paz, tantos reproches

Y, por otro, estos borrones sobre papel vitela de Sabine Palli&#232;res que clavan en la frase una coma convertida en pu&#241;al.

&#191;Podr&#237;a usted, recibir y firmar en mi nombre la ropa que manden del tinte esta tarde?

Si hubiese sido Sabine Palli&#232;res una honrada portuguesa nacida en Faro bajo una higuera, una portera reci&#233;n venida de un pueblito de Puteaux o una deficiente mental tolerada por su caritativa familia, habr&#237;a podido yo perdonar de buena gana esta ligereza culpable. Pero Sabine Palli&#232;res es una rica. Sabine Palli&#232;res es la esposa de un pez gordo de la industria armament&#237;stica; Sabine Palli&#232;res es la madre de un cretino con trenca verde pino que, tras sus varias carreras en las mejores universidades del pa&#237;s, probablemente ir&#225; a difundir la mediocridad de sus ideas de chicha y nabo en un gabinete ministerial de derechas; y, otros&#237;, Sabine Palli&#232;res es la hija de un pend&#243;n con abrigo de vis&#243;n que forma parte del comit&#233; de lectura de una important&#237;sima editorial y que est&#225; tan enjaezada de joyas que, a veces, temo que pueda desplomarse por el peso.

Por todos estos motivos, Sabine Palli&#232;res es imperdonable. Los favores del destino tienen un precio. Para quien se beneficia de las indulgencias de la vida, la obligaci&#243;n de rigor en la consideraci&#243;n de la belleza no es negociable. La lengua, esta riqueza del hombre, y sus usos, esta elaboraci&#243;n de la comunidad social, son obras sagradas. Que evolucionen con el tiempo, se transformen, se olviden y renazcan mientras, a veces, su trasgresi&#243;n se convierte en fuente de una mayor fecundidad, no altera en nada el hecho de que, para tomarse con ellas el derecho al juego y al cambio, antes hay que haberles declarado pleno sometimiento. Los elegidos de la sociedad, aquellos a los que el hado except&#250;a de esas servidumbres que son el sino del hombre pobre, tienen por ello la doble misi&#243;n de venerar y respetar el esplendor de la lengua. Por &#250;ltimo, que una Sabine Palli&#232;res haga mal uso de la puntuaci&#243;n es una blasfemia tanto m&#225;s grave cuanto que, al mismo tiempo, poetas soberbios nacidos en hediondos carromatos o en chabolas nauseabundas tienen por la Belleza la santa reverencia que le es debida.

A los ricos, el deber de lo Bello. Si no, merecen morir.

Entonces, en este punto preciso de mis reflexiones indignadas, alguien llama a mi puerta.


Idea profunda n7

Construir

vives

mueres

son

consecuencias

Cuanto m&#225;s pasa el tiempo, m&#225;s decidida estoy a prenderle fuego a la casa. Por no hablar de suicidarme. Tengo motivos: pap&#225; me ha echado la bronca porque le he llevado la contraria a uno de sus invitados que dec&#237;a una cosa que no era verdad. En realidad, era el padre de Tib&#232;re. Tib&#232;re es el novio de mi hermana. Estudia en la &#201;cole N&#243;rmale Sup&#233;rieure, como ella, pero en la rama de matem&#225;ticas. Cuando pienso que eso se considera la &#233;lite La &#250;nica diferencia que veo entre Colombe, Tib&#232;re, sus amigos y una panda de j&#243;venes del pueblo llano es que mi hermana y sus amigos son m&#225;s tontos. Beben, fuman, hablan como en los barrios humildes de los suburbios de las grandes ciudades e intercambian frases de este estilo: Hollande se ha cargado a Fabius con su refer&#233;ndum, &#191;lo hab&#233;is visto?, este t&#237;o es la leche (ver&#237;dico) o bien: Todos los DI (directores de investigaci&#243;n) que han nombrado en los &#250;ltimos dos a&#241;os son fachas de cuidado, la derecha se est&#225; atrincherando, no hay que cagarla con el director de tesis (recientito, de ayer).

Un nivel por debajo se oyen cosas como: Ah, oye, t&#237;o, la rubia que le mola a J.-B. es una anglicista, una rubia, vaya (&#237;dem) y un nivel por encima: la conferencia de Marian era una chorrada, cuando dijo eso de que la existencia no es el atributo primero de Dios (&#237;dem, justo despu&#233;s de cerrar el tema de la rubia anglicista). &#191;Qu&#233; quer&#233;is que piense de todo esto? Y aqu&#237; est&#225; la guinda, palabra por palabra (o casi): Que uno sea ateo no quiere decir que no pueda ver el poder de la ontolog&#237;a metaf&#237;sica. S&#237;, t&#237;o, lo que cuenta es el poder conceptual, no la verdad. Y el cura este, Marian, c&#243;mo controla, el jodido, &#191;eh?, menos mal.

Las perlas blancas

que en mis mangas cayeron cuando con el coraz&#243;n a&#250;n pleno 

nos separamos 

las llevo conmigo 

como recuerdo suyo.

(Kokinshu)

Me he plantado los tapones para los o&#237;dos de goma espuma amarilla de mam&#225; y me he puesto a leer unos haik&#250;s de la Antolog&#237;a de poes&#237;a japonesa cl&#225;sica de pap&#225; para no o&#237;r su conversaci&#243;n de degenerados. Despu&#233;s, Colombe y Tib&#232;re se han quedado solos y se han puesto a hacer ruidos inmundos cuando sab&#237;an muy bien que pod&#237;a o&#237;rlos. Para colmo de males, Tib&#232;re se ha quedado a cenar porque mam&#225; hab&#237;a invitado a sus padres. El padre de Tib&#232;re es productor de cine, y su madre tiene una galer&#237;a de arte en los muelles del Sena. Colombe est&#225; loquita por los padres de Tib&#232;re, el fin de semana que viene se va con ellos a Venecia, de buena me he librado, voy a poder estar tranquila tres d&#237;as.

Bueno, a lo que iba. El padre de Tib&#232;re ha dicho durante la cena: Pero c&#243;mo, &#191;no conoc&#233;is el Go, este fant&#225;stico juego japon&#233;s? En este momento estoy produciendo una adaptaci&#243;n de la novela de Sa Shan, La jugadora de Go, es un juego fa-bu-lo-so, el equivalente japon&#233;s del ajedrez. &#161;He aqu&#237; otro invento m&#225;s que les debemos a los japoneses, es fa-bu-lo-so, os lo aseguro! Y se ha puesto a explicar las reglas del juego del Go. No dec&#237;a m&#225;s que tonter&#237;as. Primero, el Go lo inventaron los chinos. Lo s&#233; porque me he le&#237;do el manga de culto sobre el Go. Se llama Hikaru No Go. Segundo, no es el equivalente japon&#233;s del ajedrez. Quitando el hecho de que es un juego de tablero y que dos adversarios se enfrentan con piezas negras y blancas, no tiene nada que ver con el ajedrez. En el ajedrez, hay que matar para ganar. En el Go, hay que construir para vivir. Y tercero, algunas de las reglas enunciadas por el se&#241;or Soy-el-padre-de-un- cretino no eran verdad. El objetivo del juego no es comerse al adversario sino construir un territorio mayor que el suyo. La regla de la posesi&#243;n de piedras de construcci&#243;n estipula que uno puede suicidarse si es para tomar las piedras del adversario, y no que est&#233; formalmente prohibido ir all&#237; donde uno pierde autom&#225;ticamente sus piedras. Etc.

Entonces, cuando el se&#241;or He-tra&#237;do-al-mundo-a-una-p&#250;stula ha dicho: El sistema de clasificaci&#243;n de los jugadores empieza en 1 kyu y despu&#233;s se sube hasta 30 kyu, y de ah&#237; se pasa a los danes: primer dan, segundo dan, etc., no he podido contenerme y he dicho: No, es al rev&#233;s: se empieza en 30 kyu y luego se llega hasta 1.

Pero el se&#241;or Disc&#250;lpenla-no-sabe-lo-que-dice se ha obcecado con cara de mala leche: No, mi querida se&#241;orita, te aseguro que tengo raz&#243;n yo. Yo lo negaba con la cabeza, mientras pap&#225; me miraba con el ce&#241;o fruncido. Lo peor es que me ha salvado Tib&#232;re. Que s&#237;, pap&#225;, que tiene raz&#243;n ella, el primer kyu es lo m&#225;s alto a lo que se puede llegar. A Tib&#232;re le apasionan las mates y juega al ajedrez y al Go. Odio esa idea. Las cosas hermosas deber&#237;an ser de la gente hermosa. Pero bueno, sea como fuere, el padre de Tib&#232;re estaba equivocado, pero pap&#225;, despu&#233;s de cenar, me ha dicho, furioso: Si s&#243;lo vas a abrir la boca para ridiculizar a nuestros invitados, mejor te abstienes. &#191;Y qu&#233; se supone que tendr&#237;a que haber hecho? &#191;Abrir la boca como Colombe para decir: La programaci&#243;n de Les Amandiers me deja perpleja cuando la pobre ser&#237;a del todo incapaz de citar un solo verso de Racine, y menos a&#250;n de percibir su belleza? &#191;Abrir la boca para decir, como mam&#225;: Parece que la Bienal del a&#241;o pasado fue muy decepcionante cuando dar&#237;a la vida por sus plantas sin importarle que ardiera la obra entera de Vermeer? &#191;Abrir la boca para decir, como pap&#225;: La excepci&#243;n cultural francesa es una sutil paradoja, que es, casi palabra por palabra, lo que ha dicho en las veinte cenas anteriores? &#191;Abrir la boca como la madre de Tib&#232;re para decir: Hoy en d&#237;a, en Par&#237;s, apenas se encuentran ya buenos queseros, sin contradicci&#243;n, esta vez, con su naturaleza profunda de comerciante de Auvernia?

Cuando pienso en el Go Un juego cuyo objetivo es el de construir territorio s&#243;lo puede ser bello. Puede haber fases de combate, pero no son sino medios al servicio del fin, a saber: asegurar la supervivencia de los territorios de cada adversario. Uno de los logros m&#225;s hermosos del juego del Go es que est&#225; comprobado que, para ganar, hay que vivir pero tambi&#233;n dejar vivir al contrincante. El jugador demasiado &#225;vido pierde la partida: es un juego sutil de equilibrio en el que hay que lograr ventaja sin aplastar al otro. Al final, la vida y la muerte no son sino la consecuencia de una edificaci&#243;n bien o mal construida. Es lo que dice uno de los personajes de Taniguchi: vives, mueres, son consecuencias. Es un proverbio de juego de Go y un proverbio de vida.

Vivir, morir: no son m&#225;s que consecuencias de lo que se ha construido. Lo importante es construir bien. Por ello, me he impuesto una nueva obligaci&#243;n: voy a dejar de deshacer, de derribar, y me voy a poner a construir. Hasta de Colombe har&#233; algo positivo. Lo que cuenta es lo que uno hace en el momento de morir y, el pr&#243;ximo 16 de junio, quiero morir construyendo.



16

El spleen de Constituci&#243;n

Ese alguien que ha llamado resulta ser la esplendorosa Olimpia Saint-Nice, la hija del diplom&#225;tico del tercero. Me cae bien Olimpia Saint-Nice. Encuentro que hace falta un car&#225;cter considerable para sobrevivir a un nombre tan rid&#237;culo, sobre todo cuando se sabe que condena a la infeliz a desternillantes Eh, Olimpia, &#191;puedo subirme a tu monte? a lo largo de una adolescencia que se antoja interminable. Por a&#241;adidura, Olimpia Saint-Nice no parece desear convertirse en aquello que su cuna le ofrece. No aspira ni al matrimonio desahogado, ni a los pasillos del poder, ni a la diplomacia y menos a&#250;n al divismo. Olimpia Saint-Nice quiere ser veterinaria.

En provincias -me confi&#243; un d&#237;a que habl&#225;bamos de gatos ante mi puerta-. En Par&#237;s s&#243;lo hay animalitos peque&#241;os. Yo tambi&#233;n quiero vacas y cerdos.

Olimpia tampoco act&#250;a de cara a la galer&#237;a, como ciertos residentes de la finca, no trata conmigo para que se vea que charla con la portera porque es una ni&#241;a bien educada, de izquierdas y sin prejuicios. Olimpia me habla porque tengo un gato, lo cual nos integra a ambas en la misma comunidad de intereses, y yo aprecio en su justo valor esta capacidad suya de obviar las barreras que la sociedad yergue sin tregua en nuestros rid&#237;culos caminos.

Tengo que contarle lo que le ha pasado a Constituci&#243;n -me dice cuando le abro la puerta.

Pero pase, pase -le digo-, &#191;o es que tiene prisa? Al menos podr&#225; quedarse un momentito

No s&#243;lo puede quedarse un momentito, sino que est&#225; tan feliz de encontrar a alguien con quien hablar de gatos y de las peque&#241;as miserias de los gatos que se queda una hora entera en la que se toma cinco tazas de t&#233; seguidas.

S&#237;, me cae muy bien Olimpia Saint-Nice. Constituci&#243;n es una encantadora gatita color caramelo, con el hociquito rosa bomb&#243;n, bigotes blancos y almohadillas lila, cuyos due&#241;os son los Josse y, como todos los animales de pelo del palacete, se ve sometida a los cuidados de Olimpia al menor achaque. Pues bien, esta cosita in&#250;til pero apasionante, de tres a&#241;os de edad, no hace mucho se pas&#243; toda la noche maullando, arruinando as&#237; el sue&#241;o de sus amos.

&#191;Y eso por qu&#233;? -pregunto en el momento adecuado, porque estamos enfrascadas en la complicidad de un relato en el que cada una quiere interpretar su papel a la perfecci&#243;n.

&#161;Por una cistitis! -exclama Olimpia-. &#161;Una cistitis!

Olimpia s&#243;lo tiene diecinueve a&#241;os y aguarda loca de impaciencia el momento de ingresar en la Facultad de Veterinaria. Mientras tanto, trabaja como una descosida y se duele a la vez que goza con los males que afligen a la fauna del edificio, la &#250;nica sobre la que puede dirigir sus experimentos.

Por ello me anuncia el diagn&#243;stico de cistitis de Constituci&#243;n como si hubiera descubierto un fil&#243;n de diamantes.

&#161;Una cistitis! -exclamo a mi vez con entusiasmo.

S&#237;, una cistitis -repite ella en voz baja, con los ojos brillantes-. Pobre animalito, se iba haciendo pip&#237; por todos los rincones y -Olimpia recupera el aliento para soltar lo mejor-: &#161;su orina era levemente hemorr&#225;gica!

Dios m&#237;o, qu&#233; deleite. Si hubiera dicho: ten&#237;a sangre en el pis, el asunto se habr&#237;a despachado visto y no visto. Pero Olimpia, vistiendo con emoci&#243;n la bata de doctor de los gatos, se ha adornado a la vez de la terminolog&#237;a que les es propia. Siempre me ha causado un gran placer o&#237;r hablar as&#237;. Su orina era levemente hemorr&#225;gica es para m&#237; una frase recreativa, euf&#243;nica y que evoca un mundo singular que distrae de la literatura. Por esta misma raz&#243;n me gusta leer los prospectos de las medicinas, por la tregua que nace de esta precisi&#243;n en el t&#233;rmino t&#233;cnico, que proporciona la ilusi&#243;n del rigor y el estremecimiento de la sencillez, y convoca una dimensi&#243;n espacio-temporal de la que est&#225;n ausentes la tensi&#243;n en pos de lo bello, el sufrimiento creador y la aspiraci&#243;n sin fin y sin esperanza a horizontes sublimes.

Hay dos etiolog&#237;as posibles para la cistitis -prosigue Olimpia-. O bien un germen infeccioso, o bien una disfunci&#243;n renal. Primero le palp&#233; la vejiga, para comprobar que no estuviera en globo.

&#191;En globo? -pregunto, extra&#241;ada.

Cuando hay disfunci&#243;n renal y el gato no puede orinar, su vejiga se llena y forma una suerte de globo vesical que puede notarse palpando el abdomen -explica Olimpia-. Pero no era el caso. Y no parec&#237;a que sintiera dolor cuando la auscultaba. Pero segu&#237;a haci&#233;ndose pip&#237; por todas partes.

Pienso fugazmente en el sal&#243;n de Solange Josse transformado en urinario gigante tendencia ketchup. Pero para Olimpia s&#243;lo son da&#241;os colaterales.

Entonces Solange le ha hecho un an&#225;lisis de orina. Pero resulta que Constituci&#243;n no tiene nada. Ni c&#225;lculo renal, ni germen insidioso escondido en su vejiguita del tama&#241;o de un guisante, ni agente bacteriol&#243;gico infiltrado. Sin embargo, pese a los antiinflamatorios, los antiespasm&#243;dicos y los antibi&#243;ticos, Constituci&#243;n se obstina.

Pero &#191;qu&#233; es lo que tiene entonces? -pregunto.

No se lo va a creer -me dice Olimpia-. Tiene una cistitis idiop&#225;tica intersticial.

Dios m&#237;o, &#191;y eso qu&#233; es? -pregunto, cay&#233;ndoseme la baba de deleite.

Pues bien, es como decir que Constituci&#243;n es una hist&#233;rica de tomo y lomo -responde Olimpia, euf&#243;rica-. Intersticial significa que concierne a la inflamaci&#243;n de la pared vesical, e idiop&#225;tica, que no tiene causa m&#233;dica asignada. Vamos, que cuando se estresa, tiene cistitis inflamatoria. Exactamente como les ocurre a las mujeres.

Pero &#191;por qu&#233; se estresa? -me pregunto en voz alta, porque si Constituci&#243;n tiene motivos para estresarse, cuando su vida cotidiana de holgazana decorativa s&#243;lo se ve perturbada por ben&#233;volos experimentos veterinarios que consisten en palparle la vejiga, el resto del g&#233;nero animal est&#225; abocado a sufrir ataques de p&#225;nico.

La veterinaria ha dicho: s&#243;lo la gata lo sabe.

Y Olimpia esboza una mueca de contrariedad.

Hace poco, Paul (Josse) le dijo que estaba gorda. Quiz&#225; fuera por eso, no se sabe. Puede ser por cualquier cosa.

&#191;Y eso c&#243;mo se cura?

Como con los humanos -se r&#237;e Olimpia-. Se administra Prozac.

&#191;En serio? -pregunto.

En serio -me contesta.

Lo que yo dec&#237;a. Animales somos, animales seguiremos siendo. Que una gata de ricos sufra los mismos males que afligen a las mujeres civilizadas no debe incitarnos a poner el grito en el cielo por pensar que se est&#233; maltratando a los felinos o que el hombre est&#233; contaminando una inocente raza dom&#233;stica; al contrario, no hace sino indicar la profunda solidaridad que teje los destinos animales. De los mismos apetitos vivimos, de los mismos males sufrimos.

Sea como fuere -me dice Olimpia-, esto me dar&#225; que pensar cuando cuide de animales que no conozco.

Se levanta y se despide amablemente.

Muchas gracias, se&#241;ora Michel, s&#243;lo con usted puedo hablar de estas cosas.

De nada, Olimpia, ha sido un placer.

Y ya me dispongo a cerrar la puerta cuando a&#241;ade:

Ah, &#191;y sabe una cosa? Anna Arthens va a vender su piso. Espero que los nuevos propietarios tambi&#233;n tengan gatos.



17

Culo de perdiz

&#161;Anna Arthens vende su casa!

&#161;Anna Arthens vende su casa! -le digo a Le&#243;n.

C&#225;spita -me responde, o por lo menos esa impresi&#243;n me da a m&#237;.

Hace veintisiete a&#241;os que vivo aqu&#237; y en todo ese tiempo nunca ha cambiado un piso de familia. La anciana se&#241;ora Meurisse cedi&#243; el sitio a la joven se&#241;ora Meurisse, y lo mismo ocurri&#243;, o casi, con los Badoise, los Josse y los Rosen. Los Arthens llegaron a la vez que nosotros; de alguna manera hemos envejecido juntos. En cuanto a los de Broglie, hace mucho que estaban aqu&#237; y aqu&#237; siguen. No s&#233; qu&#233; edad tendr&#225; el se&#241;or Consejero, pero de joven ya parec&#237;a viejo, lo que crea la situaci&#243;n de que, aun siendo muy viejo, todav&#237;a parece joven.

Anna Arthens es pues la primera, bajo mi mandato de portera, en vender un bien que va a cambiar de manos y de nombre. Curiosamente, esta perspectiva me asusta. &#191;Estoy acaso tan acostumbrada a este eterno vuelta a empezar de lo mismo que la perspectiva de un cambio a&#250;n hipot&#233;tico, que me zambulle en el r&#237;o del tiempo, me recuerda que estoy sujeta a su fluir? Vivimos cada d&#237;a como si debiera renacer ma&#241;ana, y el status quo silencioso del 7 de la calle Grenelle, que ma&#241;ana tras ma&#241;ana renueva la evidencia de la perennidad, se me antoja de pronto un islote acosado por las tempestades.

Muy perturbada, cojo mi carrito de la compra y, abandonando a Le&#243;n, que ronca bajito, me dirijo con paso vacilante hacia el mercado. En la esquina de la calle Grenelle con la calle Del Bac, inquilino imperturbable de sus cartones gastados, G&#233;g&#232;ne me mira acercarme como la m&#237;gala a su presa.

&#161;Eh, t&#237;a Michel, &#191;otra vez ha perdido a su gato?! -me grita riendo, como en la letra de la conocida cancioncilla infantil.

He aqu&#237; al menos algo que no cambia. G&#233;g&#232;ne es un clochard que, desde hace a&#241;os, pasa el invierno aqu&#237;, sobre sus m&#237;seros cartones, vestido con una vieja levita que huele a negociante ruso de finales de siglo y que, como su due&#241;o, ha atravesado los tiempos de manera peculiar.

Deber&#237;a irse al albergue -le digo, como de costumbre-, va a hacer fr&#237;o esta noche.

Ah, ah -me contesta con voz agria-, ya me gustar&#237;a verla a usted en el albergue. Se est&#225; mejor aqu&#237;. Sigo mi camino pero, atenazada por un s&#250;bito remordimiento, vuelvo sobre mis pasos.

Quer&#237;a decirle El se&#241;or Arthens muri&#243; anoche.

&#191;El cr&#237;tico? -me pregunta G&#233;g&#232;ne, con una chispa repentina en la mirada, levantando la cabeza como un perro de caza que hubiera olisqueado el culo de una perdiz.

S&#237;, s&#237;, el cr&#237;tico. El coraz&#243;n le fall&#243; de golpe.

Ah, vaya, vaya -repite G&#233;g&#232;ne, claramente conmovido.

&#191;Lo conoc&#237;a usted? -pregunto, por decir algo.

Ah, vaya, vaya -reitera el clochard-, &#161;siempre se nos van primero los mejores!

Tuvo una buena vida -me aventuro a decir, sorprendida del cariz que ha tomado la situaci&#243;n.

T&#237;a Michel, tipos como &#233;se ya no nacen, se rompi&#243; el molde. Ah, vaya -repite-, lo voy a echar de menos.

&#191;Le daba acaso algo, quiz&#225; un aguinaldo por Navidad?

G&#233;g&#232;ne me mira, se sorbe la nariz y escupe a sus pies.

Nada, en diez a&#241;os ni una m&#237;sera monedita, &#191;qu&#233; le parece? Ah, desde luego, las cosas como son, vaya car&#225;cter ten&#237;a. Se rompi&#243; el molde, s&#237;, se rompi&#243; el molde. Este peque&#241;o intercambio me perturba y, mientras recorro los pasillos del mercado, G&#233;g&#232;ne monopoliza mis pensamientos. Nunca he cre&#237;do que los pobres tuvieran grandeza de alma por el simple hecho de ser pobres y por las injusticias de la vida. Pero al menos s&#237; los cre&#237;a unidos en el odio por los grandes propietarios. G&#233;g&#232;ne me saca de mi error y me ense&#241;a lo siguiente: si hay algo que los pobres detestan es a los otros pobres. En el fondo, tiene su l&#243;gica.

Recorro distra&#237;damente los pasillos del mercado, llego al rinc&#243;n de los quesos y me compro un poco de parmesano al peso y un buen pedazo de Soumaintrain.



18

Riabinin

Cuando estoy angustiada, me recluyo en el refugio. No hace falta viajar; me basta ir a las esferas de mi memoria literaria. Pues &#191;qu&#233; distracci&#243;n hay m&#225;s noble, qu&#233; compa&#241;&#237;a m&#225;s distra&#237;da, qu&#233; contemplaci&#243;n m&#225;s deliciosa que la de la literatura?

Heme pues s&#250;bitamente ante un puesto de aceitunas, pensando en Riabinin. &#191;Por qu&#233; Riabinin? Porque G&#233;g&#232;ne lleva una levita pasada de moda, con los faldones adornados con botones hasta casi abajo del todo, que me ha recordado a Riabinin. En Ana Karenina, Riabinin, comerciante de madera vestido con levita, va a concluir a casa de Levin, el arist&#243;crata rural, una venta con Esteban Oblonsky, el arist&#243;crata moscovita. El comerciante jura y perjura que Oblonsky sale ganando con la transacci&#243;n, mientras que Levin lo acusa de despojar a su amigo de un bosque que vale tres veces m&#225;s. A esta escena precede un di&#225;logo en el que Levin pregunta a Oblonsky si ha contado los &#225;rboles de su bosque.

-&#161;Contar los &#225;rboles! -exclama el arist&#243;crata-. &#161;Es como contar granos de arena en el fondo del mar!

Seguro que Riabinin los ha contado -replica Levin.

Me gusta particularmente esta escena, primero porque se desarrolla en Pokrovskaya, en el campo ruso. Ah, el campo ruso Tiene ese encanto tan especial de los parajes salvajes y no obstante ligados al hombre por la solidaridad de esta tierra de la que todos estamos hechos La escena m&#225;s hermosa de Ana Karenina transcurre en Pokrovskaya. Levin, sombr&#237;o y melanc&#243;lico, trata de olvidar a Kitty. Estamos en primavera, y se va a los campos a segar con sus campesinos. La tarea se le antoja al principio demasiado dura. Cuando est&#225; a punto de desfallecer, el viejo campesino que dirige la hilera de segadores ordena descansar. Luego reanudan su tarea. De nuevo, Levin se siente extenuado pero, una vez m&#225;s, el viejo levanta la guada&#241;a. Descanso. Luego la hilera vuelve a ponerse en marcha, cuarenta hombretones aplanando los manojos de hierba y avanzando hacia el r&#237;o mientras se levanta el sol. El calor es cada vez m&#225;s intenso, Levin tiene los brazos y los hombros empapados en sudor pero, a fuerza de descansar y reanudar la tarea, sus gestos antes torpes y dolorosos se vuelven cada vez m&#225;s fluidos. Siente de pronto un agradable frescor en la espalda. Lluvia de verano. Poco a poco, libera sus movimientos del obst&#225;culo de la voluntad, entra en el leve trance que confiere a los gestos la perfecci&#243;n de los actos mec&#225;nicos y conscientes, sin reflexi&#243;n ni c&#225;lculo, y la guada&#241;a parece manejarse sola mientras Levin saborea el abandono en el movimiento que convierte el placer de hacer algo maravillosamente ajeno a los esfuerzos de la voluntad.

As&#237; ocurre con muchos de los momentos felices de nuestra existencia. Liberados de la carga de la decisi&#243;n y de la intenci&#243;n, avanzando en nuestros mares interiores, asistimos, como a las acciones de otro, a nuestros distintos movimientos admirando sin embargo su involuntaria excelencia. &#191;Qu&#233; otra raz&#243;n podr&#237;a yo tener para escribir esto, este irrisorio diario de una portera que se va haciendo vieja, si la escritura no participara de la misma naturaleza que el arte de la siega? Cuando las l&#237;neas se convierten en demiurgo de s&#237; mismas, cuando asisto, como una maravillosa inconsciencia, al nacimiento sobre el papel de frases que escapan a mi voluntad e, inscribi&#233;ndose ajenas a ella en el papel, me ense&#241;an lo que no sab&#237;a ni cre&#237;a querer, gozo de este alumbramiento sin dolor, de esta evidencia no concertada, de seguir sin esfuerzo ni certeza, con la felicidad del asombro sincero, una pluma que me gu&#237;a y me arrastra. Entonces, accedo, en plena evidencia y textura de m&#237; misma, a un olvido de mi propio ser rayano en el &#233;xtasis, saboreo la feliz quietud de una conciencia espectadora.

Por fin, al subir de nuevo a su carreta, Riabinin se queja abiertamente a su empleado de los modales de los se&#241;ores.

-&#191;Y qu&#233; me dice de la compra, Mijail Ignatich? -le pregunta el mozo.

-&#161;Ah, ah! -contesta el comerciante. Cuan r&#225;pido sacamos conclusiones, por la apariencia y la posici&#243;n, sobre la inteligencia de los seres Riabinin, contable de los granos de arena del fondo del mar, h&#225;bil actor y manipulador brillante, se mofa de los prejuicios sobre su persona. Nacido inteligente y paria, la gloria no lo atrae; s&#243;lo lo impulsan a recorrer los caminos la promesa de la ganancia y la perspectiva de desvalijar cort&#233;smente a los se&#241;ores de un sistema est&#250;pido que lo desprecia pero no sabe ponerle freno. As&#237; soy yo, pobre portera resignada a la ausencia de todo fasto -pero anomal&#237;a de un sistema que se revela grotesco y del que me mofo bajito, cada d&#237;a, en un fuero interno que nadie penetra.


Idea profunda n8

Si olvidas el futuro

pierdes

el presente

Hoy hemos ido a Chatou a ver a la abuelita Josse, la madre de pap&#225;, que lleva dos semanas en una residencia de ancianos. Pap&#225; la acompa&#241;&#243; cuando se instal&#243; all&#237;, y esta vez hemos ido todos juntos a verla. La abuelita ya no puede vivir sola en su caser&#243;n de Chatou: est&#225; casi ciega, tiene artrosis, ya casi no puede andar ni sostener nada en las manos y se asusta en cuanto se queda sola. Sus hijos (pap&#225;, mi t&#237;o Fran&#231;ois y mi t&#237;a Laure) intentaron solucionar el asunto con una enfermera privada, pero no pod&#237;a quedarse con ella las veinticuatro horas del d&#237;a; adem&#225;s, las amigas de la abuelita ya estaban ellas tambi&#233;n en una residencia de ancianos, as&#237; que parec&#237;a una buena soluci&#243;n. La residencia de ancianos de la abuelita no es cualquier cosa. Me pregunto cu&#225;nto costar&#225; al mes un moridero de lujo como &#233;ste. La habitaci&#243;n de la abuelita es grande y luminosa, con muebles bonitos, cortinas muy cucas, un saloncito contiguo y un cuarto de ba&#241;o con una ba&#241;era de m&#225;rmol. Mam&#225; y Colombe se han extasiado al ver la ba&#241;era de m&#225;rmol, como si para la abuelita tuviera el m&#225;s m&#237;nimo inter&#233;s que la ba&#241;era fuera de m&#225;rmol cuando ella tiene los dedos de hormig&#243;n Adem&#225;s, el m&#225;rmol es feo. En cuanto a pap&#225;, no ha dicho gran cosa. S&#233; que se siente culpable de que su madre est&#233; en una residencia de ancianos. &#191;No pretender&#225;s que se venga a vivir con nosotros?, dijo mam&#225; cuando ambos cre&#237;an que yo no los o&#237;a (pero yo lo oigo todo, sobre todo lo que se supone que no debo o&#237;r). No, Solange, claro que no, respondi&#243; pap&#225; con un tono que quer&#237;a dar a entender: Hago como si pensara lo contrario a la vez que digo "no, no" con aire cansado y resignado, en plan marido bueno que acepta lo que dice su mujer, para que quede patente que el bueno de la pel&#237;cula soy yo. Conozco muy bien ese t&#237;pico tono de pap&#225;. Significa: s&#233; que soy un cobarde, pero que nadie se atreva a ech&#225;rmelo en cara. Por supuesto, ocurri&#243; lo que ten&#237;a que ocurrir: Mira que eres cobarde, dijo mam&#225;, tirando con rabia un trapo en el fregadero. Es curioso, no falla, cuando est&#225; enfadada siempre tiene que tirar algo. Una vez tir&#243; incluso a Constituci&#243;n. Te apetece tan poco como a m&#237;, a&#241;adi&#243;, cogiendo el trapo y agit&#225;ndolo ante las narices de pap&#225;. De todas maneras, ya est&#225; hecho, concluy&#243; pap&#225;, lo cual es una frase de cobarde elevada a la m&#225;xima potencia.

Yo s&#237; que me alegro de que la abuelita no venga a vivir con nosotros. Aunque, en cuatrocientos metros cuadrados, no ser&#237;a verdaderamente un problema. Y bueno, pienso que los viejos tienen derecho a un poco de respeto, al fin y al cabo. Y estar en una residencia de ancianos desde luego no es tenerles respeto. Cuando uno va a una residencia, quiere decir: Estoy acabado/a, ya no soy nada, todo el mundo, yo incluido/a, no espera m&#225;s que una cosa: la muerte, este triste final del tedio. No, la raz&#243;n por la que no quiero que la abuelita venga a vivir con nosotros es que no me cae bien. Es una vieja asquerosa, despu&#233;s de haber sido una joven malvada. Esto tambi&#233;n me parece una profunda injusticia: pensad por ejemplo en un simp&#225;tico t&#233;cnico de calderas, que ya se ha hecho muy viejo, pero que en su vida no ha hecho m&#225;s que el bien a cuantos lo rodeaban, ha sabido crear amor, darlo, recibirlo y tejer lazos humanos y sensibles. Su mujer ha muerto, a sus hijos no les sobra el dinero y tienen a su vez un mont&#243;n de hijos a los que alimentar y criar. Adem&#225;s, viven en la otra punta de Francia. Lo mandan pues a una residencia cerca del pueblucho donde naci&#243;, donde s&#243;lo pueden ir a visitarlo dos veces al a&#241;o -una residencia de ancianos para pobres, donde tiene que compartir habitaci&#243;n, donde la comida es un asco y los empleados combaten su certeza de compartir alg&#250;n d&#237;a su misma suerte maltratando a los ancianos a su cargo. Considerad ahora a mi abuela, que en su vida s&#243;lo se ha dedicado a una larga serie de recepciones mundanas, muecas, intrigas y gastos f&#250;tiles e hip&#243;critas, y considerad el hecho de que se puede permitir una coqueta habitacioncita, un sal&#243;n privado y vieiras para almorzar. &#191;Es &#233;ste acaso el precio que hay que pagar por el amor, un final de vida sin esperanza en una s&#243;rdida promiscuidad? &#191;Es &#233;sta acaso la recompensa de la anorexia afectiva, una ba&#241;era de m&#225;rmol en una bombonera ruinosa?

As&#237; pues, no me cae bien la abuelita y yo tampoco le caigo muy bien a ella. Por el contrario, adora a Colombe que la adora a su vez, es decir, lo que hace es esperar la herencia con esa naturalidad tan aut&#233;ntica de quien no espera ninguna herencia. Pensaba pues que este d&#237;a en Chatou iba a ser un horror a tope y, &#161;bingo!, acert&#233;: Colombe y mam&#225; extasiadas ante la ba&#241;era, pap&#225; tan r&#237;gido como si se hubiera tragado un palo, unos viejos postrados y resecos a los que se saca a pasear por los pasillos con todos sus goteros puestos, una loca (Alzheimer, ha dicho Colombe con aire docto; &#191;no me digas, en serio?) que me llama Clara bonita y chilla dos segundos despu&#233;s que quiere su perro inmediatamente y por poco me saca un ojo con su sortij&#243;n de diamantes, &#161;e incluso un intento de fuga! Los residentes que a&#250;n pueden valerse por s&#237; solos llevan una pulsera electr&#243;nica en la mu&#241;eca: cuando tratan de salir del per&#237;metro de la residencia, se oye un pitido en la recepci&#243;n, y el personal se precipita fuera para perseguir al huido, al que, por supuesto, alcanzan tras un trabajoso sprint de cien metros, y que protesta con vehemencia que no est&#225;n en un gulag, exige hablar con el director y hace unos extra&#241;os aspavientos hasta que lo sientan a la fuerza en una silla de ruedas. El huido, en este caso la se&#241;ora del sprint trabajoso, se hab&#237;a cambiado despu&#233;s de la comida: se hab&#237;a puesto su atuendo de fuga, un vestido de lunares lleno de volantes, muy pr&#225;ctico para trepar vallas. Resumiendo, que a las dos de la tarde, despu&#233;s de la ba&#241;era, las vieiras y la fuga espectacular de Edmond Dant&#233;s, ten&#237;a el terreno abonado para la desesperaci&#243;n.

Pero de repente he recordado mi decisi&#243;n de construir en lugar de derruir. He mirado a mi alrededor buscando algo positivo y tratando de no poner los ojos en Colombe. No he encontrado nada. Toda esa gente esperando la muerte sin saber qu&#233; hacer hasta que llegue Y de repente, &#161;milagro!, la soluci&#243;n me la ha dado Colombe, s&#237;, Colombe. Al irnos, despu&#233;s de darle un beso a la abuelita y de prometerle que volver&#237;amos pronto, mi hermana ha dicho: Bueno, la abuelita parece bien instalada. Y lo dem&#225;s vamos a darnos prisa en olvidarlo muy deprisa. No me detendr&#233; sobre esto de darnos prisa en olvidarlo muy deprisa, ser&#237;a mezquino por mi parte, y me concentrar&#233; en la idea: olvidarlo muy deprisa. Al contrario, sobre todo no hay que olvidarlo. No hay que olvidar a los viejos de cuerpo podrido, los viejos a dos pasos de una muerte en la que los j&#243;venes no quieren pensar (conf&#237;an a la residencia de ancianos la tarea de llevar a sus padres a la muerte sin alboroto ni preocupaciones), la inexistente alegr&#237;a de esas &#250;ltimas horas que tendr&#237;an que disfrutar a fondo pero las pasan en el tedio y la amargura, rumiando los mismos recuerdos una y otra vez. No hay que olvidar que el cuerpo se degrada, que los amigos se mueren, que todos te olvidan, que el final es soledad. No hay que olvidar tampoco que esos viejos fueron j&#243;venes, que el tiempo de una vida es irrisorio, que un d&#237;a tienes veinte a&#241;os, y al siguiente ya son ochenta. Colombe cree que uno puede darse prisa en olvidar porque para ella la perspectiva de la vejez est&#225; a&#250;n tan lejos que es como si nunca fuera a ocurrirle. Yo en cambio hace tiempo que aprend&#237; que la vida se pasa volando, mirando a los adultos a mi alrededor, tan apresurados siempre, tan agobiados porque se les va a cumplir el plazo, tan &#225;vidos del ahora para no pensar en el ma&#241;ana Pero si se teme el ma&#241;ana es porque no se sabe construir el presente, y cuando no se sabe construir el presente, uno se dice a s&#237; mismo que podr&#225; hacerlo ma&#241;ana y entonces ya est&#225; perdido porque el ma&#241;ana siempre termina por convertirse en hoy, &#191;lo entend&#233;is?

De modo que sobre todo no hay que olvidarlo. Hay que vivir con la certeza de que envejeceremos y que no ser&#225; algo bonito, ni bueno, ni alegre. Y decirse que lo que importa es el ahora: construir, ahora, algo, a toda costa, con todas nuestras fuerzas. Tener siempre en mente la residencia de ancianos para superarse cada d&#237;a, para hacer que cada d&#237;a sea imperecedero. Escalar paso a paso cada uno su propio Everest y hacerlo de manera que cada paso sea una pizca de eternidad.

Para eso sirve el futuro: para construir el presente con verdaderos proyectos de seres vivos.



DE LA GRAM&#193;TICA



1

Infinitesimal

Esta ma&#241;ana, Jacinthe Rosen me ha presentado al nuevo propietario del piso de los Arthens.

Se llama Kakuro No S&#233; Qu&#233;. No me he enterado bien porque la se&#241;ora Rosen siempre habla como si tuviera una patata en la boca, y porque justo en ese momento se ha abierto la reja del ascensor y ha pasado el se&#241;or Palli&#232;res, el padre, vestido de morgue de los pies a la cabeza. Nos ha dirigido un breve saludo y se ha alejado con su paso brusco de industrial con prisa.

El nuevo es un se&#241;or de unos sesenta a&#241;os, muy presentable y muy japon&#233;s. Es m&#225;s bien bajito, delgado, con un rostro lleno de arrugas pero de expresi&#243;n clara. Toda su persona irradia amabilidad, pero yo percibo tambi&#233;n decisi&#243;n, alegr&#237;a y fuerza de voluntad.

Por ahora aguanta sin pesta&#241;ear el parloteo piti&#225;tico de Jacinthe Rosen, que parece una gallina ante un gran mont&#243;n de grano.

Buenos d&#237;as, se&#241;ora -han sido sus primeras y &#250;nicas palabras, en un franc&#233;s sin acento.

Yo me he ataviado con mi m&#225;scara de portera medio est&#250;pida. Pues se trata de un nuevo residente a quien la fuerza de la costumbre no dicta a&#250;n la certeza de mi ineptitud, y con el que debo desarrollar esfuerzos pedag&#243;gicos especiales. Me limito pues a unos s&#237;, s&#237; ast&#233;nicos como respuesta a las salvas hist&#233;ricas de Jacinthe Rosen.

Ya le ense&#241;ar&#225; usted al se&#241;or No S&#233; Qu&#233; (&#191;Shu?) las zonas comunes.

&#191;Puede explicarle al se&#241;or No S&#233; Qu&#233; (&#191;Pshu?) c&#243;mo funciona el reparto del correo?

El viernes vendr&#225; un equipo de decoradores. &#191;Podr&#237;a estar al tanto para avisar al se&#241;or No S&#233; Qu&#233; (&#191;Opshu?) entre las diez y las diez y media?

Etc.

El se&#241;or No S&#233; Qu&#233; no da muestras de impaciencia y aguarda cort&#233;smente, mir&#225;ndome con una sonrisita amable. Considero que todo est&#225; saliendo muy bien. S&#243;lo hay que esperar hasta que la se&#241;ora Rosen se canse, y entonces podr&#233; volver a mi antro.

Hasta que ocurre lo siguiente.

El felpudo que estaba delante de la puerta de los Arthens no se ha limpiado. &#191;Puede paliar a ello? -me pregunta la gallina.

&#191;Por qu&#233; siempre ha de convertirse la comedia en tragedia? Desde luego, yo misma recurro a veces al error, pero para emplearlo como arma.

&#191;Cree usted de que es un infarto?, le hab&#237;a preguntado a Chabrot para distraerlo de mis modales extra&#241;os e inesperados.

No soy pues tan sensible como para que una desviaci&#243;n menor del buen uso me haga perder la raz&#243;n. Hay que conceder a los dem&#225;s lo que uno se permite a s&#237; mismo; adem&#225;s, Jacinthe Rosen y su patata en la boca nacieron en provincias, en una modesta torre de pisos con escaleras no muy limpias, por lo que tengo con ella una indulgencia que no merece en cambio la se&#241;ora podr&#237;a usted coma recibir y firmar en mi nombre.

Y sin embargo, he aqu&#237; la tragedia: he dado un respingo al o&#237;r lo de paliar a ello en el preciso momento en el que el se&#241;or No S&#233; Qu&#233; daba tambi&#233;n un respingo, y nuestras miradas se han cruzado. Desde esa infinitesimal porci&#243;n de tiempo en que, estoy segura, hemos sido hermanos de lengua en el sufrimiento com&#250;n que nos atenazaba y, haciendo temblar nuestro cuerpo, manifestaba ante el mundo nuestro desasosiego, el se&#241;or No S&#233; Qu&#233; me mira con ojos muy diferentes.

Unos ojos alerta.

Y he aqu&#237; que me dirige la palabra.

&#191;Conoc&#237;a usted a los Arthens? Tengo entendido que era una familia muy especial -me dice.

No -le contesto, precavida-, no los conoc&#237;a mucho; era una familia como las dem&#225;s de esta casa.

S&#237;, una familia feliz -interviene la se&#241;ora Rosen, que se impacienta a ojos vistas.

&#191;Sabe?, todas las familias felices se parecen -mascullo para ventilar el asunto-, no hay nada que decir de ellas.

Pero las familias desdichadas lo son cada una a su manera -me contesta, mir&#225;ndome con una expresi&#243;n extra&#241;a y, de repente, aunque no por primera vez, me estremezco.

S&#237;, lo juro. Me estremezco, pero como sin darme cuenta. Se me ha escapado, no lo he podido evitar, la situaci&#243;n me ha superado.

Como las desgracias nunca vienen solas, Le&#243;n elige ese momento preciso para escabullirse entre nuestras piernas, rozando de paso las del se&#241;or No S&#233; Qu&#233; en una actitud cordial.

Tengo dos gatos -me dice-. &#191;Puedo preguntarle c&#243;mo se llama el suyo?

Le&#243;n -responde en mi lugar Jacinthe Rosen que, zanjando as&#237; nuestra conversaci&#243;n, toma al se&#241;or No S&#233; Qu&#233; del brazo y, d&#225;ndome las gracias sin mirarme, procede a guiarlo hasta el ascensor. Con una delicadeza infinita, &#233;ste apoya la mano sobre su antebrazo y la inmoviliza sin brusquedad.

Gracias, se&#241;ora -me dice, antes de dejarse arrastrar por su posesiva gallina.



2

En un momento de gracia

Extra&#241;o concepto este de la supuesta ignorancia o inconsciencia de uno al hacer o decir algo. Para los psicoanalistas es el fruto de las maniobras insidiosas de un inconsciente oculto. Qu&#233; vana teor&#237;a. En realidad es la marca m&#225;s visible de la fuerza de nuestra voluntad consciente que, cuando nuestra emoci&#243;n se erige como obst&#225;culo, recurre a cualquier ardid para lograr sus fines.

Cualquiera dir&#237;a que quiero que me descubran -le digo a Le&#243;n, que acaba de volver a sus aposentos y, podr&#237;a jurarlo, ha conspirado con el universo para cumplir mis deseos.

Todas las familias felices se parecen; las familias desdichadas lo son cada una a su manera es la primera frase de Ana Karenina que, como toda portera que se precie, no puedo haber le&#237;do, como tampoco se me permite estremecerme al o&#237;r la segunda parte de esta frase, en un momento de gracia, sin saber que era de Tolstoi, pues si bien las personas humildes son sensibles sin conocerla a la gran literatura, no pueden aspirar a la alta consideraci&#243;n en la que la tienen las personas instruidas.

Me paso el d&#237;a tratando de persuadirme de que me estoy angustiando por nada y de que el se&#241;or No S&#233; Qu&#233;, cuya cartera es lo bastante abultada como para comprarse la cuarta planta entera, tiene otros motivos de preocupaci&#243;n que los temblores parkinsonianos de una portera corta de luces.

Despu&#233;s, a eso de las siete, llama a mi puerta un joven.

Buenas tardes, se&#241;ora -dice, articulando a la perfecci&#243;n-, mi nombre es Paul N'Guyen, soy el secretario personal del se&#241;or Ozu.

Me tiende una tarjeta de visita.

&#201;ste es el n&#250;mero de mi m&#243;vil. Van a venir unos decoradores a casa del se&#241;or Ozu, y no querr&#237;amos que ello le ocasionase a usted una carga adicional de trabajo. Por eso, al menor problema, ll&#225;meme y vendr&#233; en cuanto me sea posible.

Habr&#225;n notado ustedes, llegados a este punto de la intriga, que el sainete carece de di&#225;logo, el cual suele reconocerse por la sucesi&#243;n de guiones al inicio de cada turno de palabra.

Deber&#237;a haber habido algo parecido a &#233;sto:

Encantada de conocerlo.

Y despu&#233;s:

Muy bien, as&#237; lo har&#233;.

Pero es obvio que nada de esto hay.

Y es porque, sin necesidad de obligarme a ello, me he quedado muda. Soy desde luego consciente de tener la boca abierta, pero ning&#250;n sonido escapa de ella, y compadezco a este apuesto joven que no tiene m&#225;s remedio que contemplar a una rana de setenta kilos llamada Ren&#233;e.

En ese punto del intercambio suele el protagonista preguntar:

&#191;Habla usted mi idioma?

Pero Paul N'Guyen me sonr&#237;e y espera.

A costa de un esfuerzo herc&#250;leo, acierto a decir algo.

En realidad, al principio no es m&#225;s que algo as&#237; como:

Grmbll.

Pero &#233;l sigue aguardando con la misma abnegaci&#243;n admirable.

&#191;El se&#241;or Ozu? -termino por decir a duras penas, con una voz a lo Yul Brynner.

S&#237;, el se&#241;or Ozu -repite-. &#191;Ignoraba usted su nombre?

S&#237; -digo con esfuerzo-, no lo hab&#237;a entendido bien. &#191;C&#243;mo se escribe?

O, z, u -me dice.

Ah -contesto-, muy bien. &#191;Es japon&#233;s?

S&#237;, se&#241;ora, exactamente -me dice-. El se&#241;or Ozu es japon&#233;s.

Se despide muy cordial, yo mascullo un buenas tardes para el cuello de mi camisa, cierro la puerta y me dejo caer sobre una silla, aplastando a Le&#243;n.

El se&#241;or Ozu. Me pregunto si no estar&#233; viviendo un sue&#241;o demente, con suspense, sucesi&#243;n maquiav&#233;lica de la acci&#243;n, aluvi&#243;n de coincidencias y desenlace final en camis&#243;n con un gato obeso en los pies y un despertador crepitante sintonizado en France &#237;nter.

Pero todos sabemos, en el fondo, que el sue&#241;o y la vigilia no tienen la misma textura y, mediante la auscultaci&#243;n de mis percepciones sensoriales, s&#233; con certeza que estoy despierta.

&#161;El se&#241;or Ozu! &#191;El hijo del cineasta? &#191;Su sobrino? &#191;Un primo lejano?

C&#225;spita.


Idea profunda n9

Si le sirves a un enemigo

Tejas de Ladur&#233;e

No creas que

Podr&#225;s ver m&#225;s all&#225;.

&#161;El se&#241;or que ha comprado el piso de los Arthens es japon&#233;s! &#161;Se llama Kakuro Ozu! &#161;Vaya suerte tengo, va y me pasa esto justo antes de morirme! Doce a&#241;os y medio viviendo en la pobreza cultural y ahora que aparece en mi vida un japon&#233;s, tengo que levantar el campamento De verdad es demasiado injusto.

Pero al menos soy sensible al lado positivo: ahora est&#225; aqu&#237; y, adem&#225;s, ayer tuvimos una conversaci&#243;n muy interesante. Antes de nada tengo que decir que todos los residentes del edificio andan locos con el se&#241;or Ozu. Mi madre no habla de otra cosa, mi padre la escucha, por una vez, mientras que normalmente piensa en otra cosa cuando ella se pone en plan blablabl&#225; sobre la vida y milagros de nuestros vecinos; Colombe me ha robado mi manual de japon&#233;s, y, hecho in&#233;dito en los anales del n&#250;mero 7 de la calle Grenelle, la se&#241;ora de Broglie ha venido a tomar el t&#233; a casa. Vivimos en el quinto, justo encima del ex piso de los Arthens, y estos &#250;ltimos tiempos ha estado en obras, &#161;unas obras enormes! Estaba claro que el se&#241;or Ozu hab&#237;a decidido cambiarlo de arriba abajo, y todo el mundo se mor&#237;a por ver esos cambios. En un universo de f&#243;siles, el m&#225;s m&#237;nimo movimiento de una piedrecita en la pendiente de un acantilado puede provocar crisis cardiacas en serie, de modo que, cuando alguien hace explotar la monta&#241;a, &#161;os pod&#233;is imaginar la que se organiza! Bueno, resumiendo, que la se&#241;ora de Broglie se mor&#237;a por echar un vistacito al piso del se&#241;or Ozu, as&#237; que se las apa&#241;&#243; para conseguir que mi madre la invitara a casa cuando se cruz&#243; con ella la semana pasada en el portal. &#191;Y sab&#233;is cu&#225;l fue el pretexto? Es para mondarse de risa. La se&#241;ora de Broglie es la esposa del se&#241;or de Broglie, el consejero de Estado que vive en el primero, que entr&#243; en el Consejo de Estado cuando gobernaba Giscard d'Estaing y es tan conservador que no saluda a los divorciados. Colombe lo llama el viejo facha porque nunca ha le&#237;do nada sobre la derecha francesa, y pap&#225; lo considera un ejemplo perfecto de la esclerosis de las ideas pol&#237;ticas. Su mujer es el equivalente a &#233;l, pero en femenino: traje sastre impecable, collar de perlas, mueca altanera y una multitud de nietos que se llaman todos Gr&#233;goire o Mane. Hasta ahora apenas saludaba a mam&#225; (que es socialista, lleva el pelo te&#241;ido y zapatos terminados en punta). Pero la semana pasada se lanz&#243; sobre nosotras como si su vida dependiera de ello. Est&#225;bamos en el portal, volv&#237;amos de la compra y mam&#225; estaba de muy buen humor porque hab&#237;a encontrado un mantel de lino color tostado por doscientos cuarenta euros. Entonces me pareci&#243; sufrir alucinaciones auditivas. Despu&#233;s de los buenos d&#237;as de rigor, la se&#241;ora de Broglie le dijo a mi madre: quisiera pedirle algo, lo que ya debi&#243; de hacerle mucha pupa en la boca. Por supuesto, usted dir&#225;, le contest&#243; mam&#225;, con una sonrisa (que se explica por lo del mantel y los antidepresivos que toma). Pues bien, mi nuera, la esposa de &#201;tienne, no se encuentra muy bien y creo que ser&#237;a aconsejable que siguiera una terapia. &#191;Ah, s&#237;?, le dijo mi madre, sonriendo a&#250;n m&#225;s. S&#237;, esto una terapia de psicoan&#225;lisis, si ve usted a lo que me refiero. La se&#241;ora de Broglie parec&#237;a un caracol en pleno desierto del Sahara, pero a pesar de todo aguantaba mecha como una jabata. S&#237;, por supuesto, la entiendo perfectamente, le dijo mam&#225;, &#191;y en qu&#233; podr&#237;a serle &#250;til? Pues bien, tengo entendido que conoce usted bien este tipo de o sea este tipo de acercamiento entonces me gustar&#237;a poder hablar de ello con usted. Mam&#225; no daba cr&#233;dito a su buena suerte: un mantel de lino color tostado, la perspectiva de poder soltarle a alguien toda su ciencia del psicoan&#225;lisis y, por si eso fuera poco, la se&#241;ora de Broglie bail&#225;ndole el agua (&#161;oh, s&#237;, desde luego, un d&#237;a redondo!). Con todo no se pudo resistir porque sab&#237;a perfectamente adonde quer&#237;a llegar la otra. Por muy r&#250;stica que sea mi madre intelectualmente hablando, no hay quien se la d&#233; con queso, las cosas como son. Sab&#237;a muy bien que el d&#237;a en que a los de Broglie les interese el psicoan&#225;lisis, los gaullistas cantar&#225;n la Internacional, y que su &#233;xito repentino llevaba la etiqueta de el rellano del quinto se encuentra justo encima del del cuarto. Sin embargo, decidi&#243; mostrarse magn&#225;nima, para demostrarle a la se&#241;ora de Broglie cuan buena es y cuan abiertos de esp&#237;ritu son los socialistas, eso s&#237;, sin renunciar a someterla a una peque&#241;a novatada. Pues claro que s&#237;, querida, encantada. &#191;Quiere que vaya alg&#250;n d&#237;a a su casa para charlar de todo ello?, le pregunt&#243;. La otra puso una cara como si estuviera estre&#241;ida, no hab&#237;a previsto un desenlace as&#237;, pero se recuper&#243; enseguida y, como mujer de mundo que es, replic&#243;: No, por Dios, qu&#233; disparate, no la voy a hacer bajar a usted, ya subir&#233; yo a verla un momentito. Mam&#225; ya hab&#237;a conseguido su peque&#241;a satisfacci&#243;n y no insisti&#243; m&#225;s. Pues bien, esta tarde estar&#233; en casa, &#191;por qu&#233; no viene a tomar el t&#233; a eso de las cinco?

La sesi&#243;n de t&#233; fue perfecta. Mam&#225; hab&#237;a hecho las cosas como es debido: el juego de t&#233; que le regal&#243; la abuelita, el que tiene dorados y mariposas verdes y rosas, tejas de la pasteler&#237;a Ladur&#233;e y, eso s&#237;, az&#250;car moreno (un detalle de izquierdas). La se&#241;ora de Broglie, que acababa de tirarse sus buenos quince minutos en el rellano de debajo, parec&#237;a algo descolocada pero satisfecha al fin y al cabo. Y un poco sorprendida tambi&#233;n. Pienso que se imaginaba que nuestra casa ser&#237;a de otra manera. Mam&#225; le hizo todo el parip&#233; de los modales distinguidos y la conversaci&#243;n mundana, incluyendo un comentario experto sobre las mejores tiendas para comprar caf&#233;, antes de inclinar la cabeza hacia un lado con expresi&#243;n compasiva y preguntar: Entonces, querida, &#191;le preocupa a usted su nuera? Mmm, ah, s&#237;, contest&#243; la otra, que casi hab&#237;a olvidado ya su pretexto y se estrujaba las meninges para encontrar algo que decir. S&#237;, est&#225; deprimida, fue lo &#250;nico que se le ocurri&#243;. Mam&#225; se puso entonces el turbo. Despu&#233;s de tanta muestra de generosidad, hab&#237;a llegado el momento de que la se&#241;ora de Broglie pagara tributo: tuvo que tragarse una lecci&#243;n magistral sobre freudismo, que inclu&#237;a algunas an&#233;cdotas sabrosas sobre las costumbres sexuales del mes&#237;as y de sus ap&#243;stoles (con detalles trash sobre Melanie Klein), adornada con algunas referencias al MLF [Movimiento de Liberaci&#243;n de la Mujer] y al car&#225;cter laico de la educaci&#243;n en Francia. Un programa completo. La se&#241;ora de Broglie reaccion&#243; como buena cristiana que es. Soport&#243; la afrenta con encomiable estoicismo, mientras pugnaba por convencerse de que as&#237; expiaba su pecado de curiosidad flagel&#225;ndose lo justito, sin exagerar. Ambas se despidieron satisfechas, aunque por motivos distintos, y luego esa noche, durante la cena, mam&#225; dijo: la se&#241;ora de Broglie es una santurrona, desde luego, pero tambi&#233;n puede ser encantadora.

Resumiendo, que el se&#241;or Ozu tiene a todo el mundo alterado. Olimpia Saint-Nice le dijo a Colombe (que la odia y la llama la mosquita muerta de los cerdos) que tiene dos gatos y que se muere de ganas de verlos. Jacinthe Rosen no para de comentar el trasiego de idas y venidas en la cuarta planta, y cada vez que lo hace se pone como en trance. Y a m&#237; me apasiona tambi&#233;n, pero por otros motivos. Esto fue lo que ocurri&#243;.

Sub&#237; en el ascensor con el se&#241;or Ozu y nos quedamos bloqueados entre el segundo y el tercer piso durante diez minutos porque un in&#250;til hab&#237;a cerrado mal la reja antes de renunciar a cogerlo y bajar a pie. En esos casos hay que esperar a que alguien se d&#233; cuenta o, si la cosa dura demasiado, alertar a los vecinos gritando, tratando a la vez de no perder la compostura, lo cual tiene su dificultad. Nosotros no gritamos. Nos dio tiempo pues a presentarnos y a conocernos un poquito. Todas las se&#241;oras de la casa hubieran dado cualquier cosa por estar en mi lugar. Yo estaba contenta porque mi gran inclinaci&#243;n por lo japon&#233;s no puede por menos de alegrarse de hablar con un japon&#233;s de verdad. Pero sobre todo, lo que m&#225;s me gust&#243; fue el contenido de la conversaci&#243;n. Primero me dijo: Tu madre me ha dicho que estudias japon&#233;s en el colegio. &#191;Cu&#225;l es tu nivel? Yo primero me hice mentalmente la observaci&#243;n de que otra vez mam&#225; hab&#237;a estado presumiendo para hacerse la interesante y luego contest&#233; en japon&#233;s: S&#237;, se&#241;or, s&#233; algo de japon&#233;s, pero no mucho. &#201;l me dijo a su vez, tambi&#233;n en japon&#233;s: &#191;Quieres que te corrija el acento?, y lo tradujo enseguida al franc&#233;s. Eso ya de entrada me gust&#243;. Mucha gente habr&#237;a dicho: &#161;Huy, pero qu&#233; bien hablas, bravo, es fant&#225;stico!, cuando seguro que pronuncio peor que una vaca bretona. Yo contest&#233; en japon&#233;s: S&#237;, se&#241;or, por favor. &#201;l me corrigi&#243; una inflexi&#243;n y a&#241;adi&#243; en japon&#233;s: Ll&#225;mame Kakuro. Yo contest&#233;, siempre en japon&#233;s: S&#237;, Kakuro-san y los dos nos re&#237;mos. Despu&#233;s fue cuando la conversaci&#243;n (en franc&#233;s) se hizo apasionante. Me dijo sin pre&#225;mbulos: Me interesa mucho nuestra portera, la se&#241;ora Michel. Me gustar&#237;a saber tu opini&#243;n. Conozco a un mont&#243;n de gente que habr&#237;a tratado de tirarme de la lengua, disimulando, como quien no quiere la cosa. Pero &#233;l fue franco y directo. Creo que no es lo que todo el mundo piensa, a&#241;adi&#243;.

Ya hace tiempo que yo tambi&#233;n sospecho lo mismo. A simple vista, es una portera como cualquier otra. Pero si se la observa con m&#225;s atenci&#243;n pues bien, entonces hay algo que no cuadra. Colombe la odia y piensa que es un desecho humano. Para Colombe, de todas maneras, cualquiera que no corresponda a su norma cultural es un desecho humano, y la norma cultural de Colombe es el poder social aderezado con la moda de la marca Agn&#233;s b. La se&#241;ora Michel &#191;C&#243;mo dir&#237;a yo? Irradia inteligencia. Y sin embargo, bien que se esfuerza, &#191;eh?, salta a la vista que hace cuanto est&#225; en su mano por que la gente piense que es una portera normal y corriente, y por parecer tonta perdida. Pero yo ya la he observado cuando hablaba con Jean Arthens, cuando habla con Neptune sin que se entere Diane, cuando mira a las se&#241;oras del edificio que pasan delante de ella sin saludarla siquiera. La se&#241;ora Michel tiene la elegancia del erizo: por fuera est&#225; cubierta de p&#250;as, una verdadera fortaleza, pero intuyo que, por dentro, tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalillos falsamente indolentes, tremendamente solitarios y terriblemente elegantes.

Bueno, dicho esto, reconozco que no soy vidente. De no ser porque ocurri&#243; algo, yo tambi&#233;n habr&#237;a visto lo mismo que los dem&#225;s: una portera que est&#225; de mal humor la mayor parte del tiempo. Pero ocurri&#243; algo no hace mucho, y tiene gracia que la pregunta del se&#241;or Ozu llegue justo ahora. Hace quince d&#237;as, Antoine Palli&#232;res volc&#243; sin querer el carrito de la compra de la se&#241;ora Michel, que estaba abriendo la puerta de su casa. Antoine Palli&#232;res es el hijo del se&#241;or Palli&#232;res, el industrial del sexto, un tipo que le da lecciones de moral a pap&#225; sobre la manera de dirigir el pa&#237;s y que vende armas a traficantes internacionales. El hijo es menos peligroso porque es un cretino redomado, pero nunca se sabe: la nocividad suele ser un capital familiar. Bueno, total, a lo que &#237;bamos, que Antoine Palli&#232;res volc&#243; el carrito de la compra de la se&#241;ora Michel. Se esparcieron por el suelo remolachas, paquetes de pasta, jab&#243;n de Marsella y cubitos de caldo concentrado y, asomando por el borde del carrito, que estaba tirado en el suelo, entrev&#237; un libro. Digo entrev&#237; porque la se&#241;ora Michel se precipit&#243; a recogerlo todo mirando furiosa a Antoine (que no pensaba mover un dedo para ayudarla, saltaba a la vista) pero tambi&#233;n con una sombra de inquietud. &#201;l no se dio cuenta de nada, pero a m&#237; ese segundo me bast&#243; para ver qu&#233; libro, o m&#225;s bien qu&#233; tipo de libro hab&#237;a en el carrito de la compra de la se&#241;ora Michel, porque desde que estudia filosof&#237;a, la mesa de Colombe est&#225; llena de libros como &#233;se. Era un libro de la editorial Vrin, &#233;sa especializada en filosof&#237;a universitaria. &#191;Qu&#233; hace una portera con un libro de Vrin en su carrito de la compra? Es evidentemente la pregunta que yo me hice, al contrario que Antoine Palli&#232;res.

Yo tambi&#233;n lo creo, le dije al se&#241;or Ozu y, de vecinos, al instante pasamos a una relaci&#243;n m&#225;s &#237;ntima, la de conspiradores. Intercambiamos impresiones sobre la se&#241;ora Michel, el se&#241;or Ozu me dijo que apostaba a que era una princesa clandestina y erudita, y nos despedimos en eso, prometi&#233;ndonos mutuamente que investigar&#237;amos m&#225;s.

He aqu&#237; pues mi idea profunda del d&#237;a: es la primera vez que conozco a alguien que busca a la gente y ve m&#225;s all&#225; de las apariencias. Puede parecer trivial, pero yo creo sin embargo que es profundo. Nunca vemos m&#225;s all&#225; de nuestras certezas y, lo que es m&#225;s grave todav&#237;a, hemos renunciado a conocer a la gente, nos limitamos a conocernos a nosotros mismos sin reconocernos en esos espejos permanentes. Si nos di&#233;ramos cuenta, si tom&#225;ramos conciencia del hecho de que no hacemos sino mirarnos a nosotros mismos en el otro, que estamos solos en el desierto, enloquecer&#237;amos. Cuando mi madre le ofrece tejas de la pasteler&#237;a Ladur&#233;e a la se&#241;ora de Broglie, se cuenta a s&#237; misma la historia de su vida y se limita a mordisquear su propio sabor; cuando pap&#225; se bebe su caf&#233; y se lee su peri&#243;dico, se contempla en un espejo al estilo del m&#233;todo Cou&#233;; cuando Colombe habla de las conferencias de Marian, despotrica sobre su propio reflejo; y cuando la gente pasa delante de la portera, no ve m&#225;s que vac&#237;o porque se trata de otra persona, no de ellos mismos.

Yo suplico al destino que me d&#233; la oportunidad de ver m&#225;s all&#225; de m&#237; misma y de conocer a la gente.



3

Bajo la c&#225;scara

Pasan varios d&#237;as.

Como todos los martes, Manuela viene a visitarme a mi casa. Antes de que entre y cierre la puerta me da tiempo a o&#237;r a Jacinthe Rosen charlando con la joven se&#241;ora Meurisse ante un ascensor que no se digna hacer acto de presencia cuando se requiere.

&#161;Mi hijo dice que los chinos son intratables! Debido a la patata, antes mencionada, que tiene en la boca, la se&#241;ora Rosen no dice los chinos sino los tsinos. Yo siempre he so&#241;ado con visitar Tsina. Se me antoja m&#225;s interesante que ir a China.

Ha despedido a la baronesa -me anuncia Manuela, que tiene las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes-, y a todos los dem&#225;s con ella.

Adopto un aire inocente a m&#225;s no poder.

&#191;Qui&#233;n? -inquiero.

&#161;Pues el se&#241;or Ozu, qui&#233;n va a ser! -exclama Manuela, mir&#225;ndome con reprobaci&#243;n.

Hay que decir que, desde hace quince d&#237;as, en el edificio no se habla (no se murmura) de otra cosa m&#225;s que de la instalaci&#243;n del se&#241;or Ozu en el piso del difunto Pierre Arthens. En este lugar fosilizado, prisionero de los hielos del poder y la ociosidad, la llegada de un nuevo residente y los actos absurdos que bajo sus &#243;rdenes han realizado profesionales tan pasmosamente numerosos, que hasta Neptune ha renunciado a olisquearlos a todos, esta llegada, como digo, ha levantado un viento de excitaci&#243;n y de p&#225;nico mezclados. Pues la aspiraci&#243;n convenida a la salvaguarda de las tradiciones y la consecuente reprobaci&#243;n por todo lo que, de lejos o de cerca, evoque la nueva riqueza -entre otras cosas, la ostentaci&#243;n en las obras de decoraci&#243;n de interiores, la compra de material de alta fidelidad o el frecuente recurso a los platos preparados de las mejores tiendas de la ciudad- disputaba al se&#241;or Ozu a una sed m&#225;s profunda, anclada en las tripas de todas esas almas cegadas por el tedio: la de la novedad. Por ello, el n&#250;mero 7 de la calle Grenelle vibr&#243; durante quince d&#237;as al ritmo de las idas y venidas de pintores, ebanistas, fontaneros, dise&#241;adores de cocinas, empleados que tra&#237;an muebles, alfombras y material electr&#243;nico, as&#237; como de mozos de mudanza, que el se&#241;or Ozu hab&#237;a contratado para, a todas luces, transformar de arriba abajo una cuarta planta que todos se mor&#237;an de ganas de visitar. Los Josse y los Palli&#232;res dejaron de coger el ascensor y, descubri&#233;ndose un vigor inesperado, deambularon a todas horas por el rellano del cuarto, por el cual, como es obvio, ten&#237;an que transitar para salir de su casa y para regresar a ella. Fueron objeto de la envidia generalizada. Bernadette de Broglie intrig&#243; para tomar el t&#233; en casa de Solange Josse, pese a que &#233;sta es socialista, mientras que Jacinthe Rosen se ofreci&#243; voluntaria para llevarle a Sabine Palli&#232;res a su casa un paquete que acababan de dejar en la porter&#237;a y que, encantada de poder ahorrarme el esfuerzo, le confi&#233; con toda profusi&#243;n de ademanes hip&#243;critas.

Ya que, &#250;nica entre todos, elud&#237;a cuidadosamente al se&#241;or Ozu. Nos cruzamos dos veces en el vest&#237;bulo pero siempre estaba acompa&#241;ado y se limit&#243; a saludarme educadamente, a lo que yo respond&#237; de id&#233;ntica manera. Nada en &#233;l delataba otros sentimientos que no fueran la cortes&#237;a y una indiferente benevolencia. Pero de la misma manera que los ni&#241;os huelen bajo la c&#225;scara de las conveniencias la verdadera textura de la que est&#225;n hechos los seres, mi radar interno, presa de un p&#225;nico repentino, me indicaba que el se&#241;or Ozu me consideraba con atenci&#243;n paciente.

Sin embargo, su secretario subven&#237;a a todas las tareas que requer&#237;an contacto conmigo. Imagino que Paul N'Guyen contribu&#237;a en algo a la fascinaci&#243;n que la llegada del se&#241;or Ozu suscitaba en los aut&#243;ctonos. Era el joven m&#225;s apuesto que hallarse pueda. De Asia, de donde era originario su padre, hab&#237;a tomado prestadas la distinci&#243;n y la misteriosa serenidad. A Europa y a su madre (una rusa blanca) deb&#237;a su gran estatura y sus p&#243;mulos eslavos, as&#237; como unos ojos claros y muy ligeramente rasgados. En &#233;l se aunaban la virilidad y la delicadeza, se realizaba la s&#237;ntesis de la belleza masculina y la dulzura oriental.

Me hab&#237;a enterado de su ascendencia un d&#237;a en que, al concluir una tarde de fren&#233;tico ajetreo en la que lo hab&#237;a visto muy ocupado, al llamar a mi puerta para anunciarme la llegada temprana al d&#237;a siguiente de una nueva hornada de entregas a domicilio, le propuse una taza de t&#233; que acept&#243; con sencillez. Conversamos con exquisita indolencia. &#191;Qui&#233;n hubiera dicho que un hombre joven, apuesto y competente -pues, cielo santo, eficaz desde luego era, como hab&#237;amos podido juzgar al verlo organizar las obras y, sin parecer nunca desbordado o cansado, llevarlas a t&#233;rmino con total tranquilidad- ser&#237;a asimismo del todo carente de esnobismo? Cuando se march&#243;, d&#225;ndome las gracias con efusividad, ca&#237; en la cuenta de que, con &#233;l, hab&#237;a olvidado hasta la idea de disimular mi verdadera naturaleza. Pero vuelvo a la noticia del d&#237;a.

Ha despedido a la baronesa y a todos los dem&#225;s con ella.

Manuela no esconde su alegr&#237;a. Anna Arthens, al abandonar Par&#237;s, prometi&#243; a Violette Grelier que la recomendar&#237;a al nuevo propietario. El se&#241;or Ozu, respetuoso de los deseos de la viuda a la que compraba un bien y desgarraba el coraz&#243;n, hab&#237;a aceptado recibir a su personal de servicio y entrevistarse con &#233;ste. Los Grelier, protegidos por Anna Arthens, podr&#237;an haber encontrado una colocaci&#243;n escogida en una buena casa, pero Violette acariciaba la loca esperanza de permanecer all&#237; donde, seg&#250;n sus propias palabras, hab&#237;a pasado sus mejores a&#241;os.

Marcharme ser&#237;a como morir, le hab&#237;a confiado a Manuela. Bueno, no hablo por usted, mujer. A usted no le quedar&#225; m&#225;s remedio que resignarse a ello.

Resignarme a ello, turur&#250; que te vi -dice Manuela que, desde que, siguiendo mi consejo, vio Lo que el viento se llev&#243;, se cree que es la Escarlata de los suburbios de Par&#237;s-. &#161;Ella se va y yo me quedo!

&#191;El se&#241;or Ozu quiere contratarla? -le pregunto.

No se lo va a creer -me dice-. &#161;Me ha contratado doce horas a la semana con un sueldo de princesa!

&#161;Doce horas! -exclamo-. &#191;Y c&#243;mo se va a apa&#241;ar usted?

Voy a dejar tirada a la se&#241;ora Palli&#232;res -responde, al borde del &#233;xtasis-, voy a dejar tirada a la se&#241;ora Palli&#232;res.

Y porque de las cosas de verdad buenas hay que abusar:

S&#237; -repite-, voy a dejar tirada a la se&#241;ora Palli&#232;res.

Saboreamos un momento en silencio este aluvi&#243;n de buenas noticias.

Voy a hacer un t&#233; -digo, interrumpiendo nuestra beatitud-. Un t&#233; blanco, para celebrar el acontecimiento.

Ah, se me olvidaba -dice Manuela-, he tra&#237;do esto.

Y me ense&#241;a una bolsita de papel de seda beis. Procedo a desatar el lacito de terciopelo azul. En el interior, unos frutos secos cubiertos de chocolate negro resplandecen como diamantes tenebrosos.

Me paga veintid&#243;s euros por hora -dice Manuela, colocando las tazas y volviendo despu&#233;s a sentarse, no sin antes pedirle cort&#233;smente a Le&#243;n que se vaya a ver mundo-. &#161;Veintid&#243;s euros! &#191;No le parece incre&#237;ble? &#161;Los dem&#225;s me pagan ocho, diez, once! La pretenciosa de la se&#241;ora Palli&#232;res me paga ocho euros y deja tiradas las bragas sucias debajo de la cama.

Quiz&#225; &#233;l tambi&#233;n deje tirados los calzoncillos sucios debajo de la cama -le digo, sonriendo.

Huy, no le pega nada -me contesta Manuela, de pronto pensativa-. Lo que s&#237; espero es saber hacer mi trabajo. Porque all&#237; arriba hay muchas cosas raras, &#191;sabe usted? Hay que regar y vaporizar todos esos bonzos.

Manuela habla de los bons&#225;is del se&#241;or Ozu. Son muy grandes, con formas esbeltas, y no presentan en absoluto ese aspecto torturado que suele causar tan mala impresi&#243;n. Se me antoj&#243;, mientras los transportaban por el vest&#237;bulo, que proven&#237;an de otro siglo y en sus hojas, que un murmullo parec&#237;a atravesar, exhalaban la visi&#243;n fugitiva de un bosque lejano.

&#161;Nunca hubiera imaginado que los decoradores hicieran eso! -prosigue Manuela-. &#161;Destruirlo todo para luego volver a construirlo!

Para Manuela, un decorador es un ser et&#233;reo que dispone cojines sobre divanes dispendiosos y retrocede luego dos pasos para admirar el efecto creado.

Echan abajo las paredes a mazazos -me hab&#237;a anunciado Manuela una semana antes, casi sin aliento, mientras sub&#237;a de dos en dos los escalones armada con una escoba desmesurada.

&#191;Sabe? Ahora han dejado la casa preciosa. Me encantar&#237;a que la visitara.

&#191;C&#243;mo se llaman sus gatos? -pregunto entonces para cambiar de tema y quitarle a Manuela de la cabeza tan peligroso capricho.

&#161;Oh, son preciosos! -contesta, considerando a Le&#243;n con expresi&#243;n consternada-. Son muy delgados y avanzan sin ruido, haciendo as&#237;.

Describe con la mano unas extra&#241;as ondulaciones.

&#191;Y sabe usted c&#243;mo se llaman? -sigo preguntando.

La gata se llama Kitty, pero el gato ya no me acuerdo -me dice.

Una gota de sudor fr&#237;o bate todas las marcas de velocidad bajando por mi columna vertebral.

&#191;Levin? -sugiero.

S&#237; -me dice-, eso es, Levin. &#191;C&#243;mo lo sabe?

Frunce el ce&#241;o.

&#191;No se tratar&#225; de ese revolucionario, espero?

No -le digo-, el revolucionario es Lenin. Levin es el protagonista de una gran novela rusa.

Kitty es la mujer de la que est&#225; enamorado.

Ha mandado cambiar todas las puertas -prosigue Manuela, que siente un inter&#233;s moderado por las grandes novelas rusas-. Ahora son correderas. Pues bien, tiene que creerme, es mucho m&#225;s pr&#225;ctico. Me pregunto por qu&#233; no hacemos igual los dem&#225;s. Se gana mucho espacio y hacen menos ruido.

Cu&#225;n cierto es. Una vez m&#225;s, Manuela hace gala de ese br&#237;o en su capacidad de s&#237;ntesis que tanto le admiro. Pero este comentario anodino provoca tambi&#233;n en m&#237; una sensaci&#243;n deliciosa que responde a otros motivos.



4

Ruptura y continuidad

Dos motivos, ligados tambi&#233;n a las pel&#237;culas de Ozu.

El primero reside en las puertas correderas en s&#237;. Ya desde la primera pel&#237;cula, El sabor del arroz con t&#233; verde, me fascin&#243; el espacio de vida japon&#233;s y esas puertas correderas que, desliz&#225;ndose suavemente sobre sus invisibles ra&#237;les, reh&#250;san hender el espacio. Pues, cuando abrimos una puerta, transformamos los lugares de manera bien mezquina. Coartamos su plena extensi&#243;n e introducimos en ellos una brecha imprudente a fuerza de malas proporciones. Pens&#225;ndolo bien, no hay nada m&#225;s feo que una puerta abierta. En la habitaci&#243;n en la que est&#225;, introduce una suerte de rotura, como un par&#225;sito marginal que rompe la unidad del espacio. En la habitaci&#243;n contigua, engendra una depresi&#243;n, una grieta abierta y est&#250;pida, perdida en un trozo de pared que hubiese preferido permanecer entero. En ambos casos, perturba el espacio sin m&#225;s contrapartida que la licencia de circular, la cual puede sin embargo garantizarse mediante otros procedimientos. La puerta corredera, por el contrario, evita los escollos y magnifica el espacio. Sin modificar su equilibrio, permite su metamorfosis. Cuando se abre, dos lugares se comunican entre s&#237; sin ofenderse mutuamente. Cuando se cierra, devuelve a cada uno su integridad. La puesta en com&#250;n y la reuni&#243;n se realizan sin intrusi&#243;n. La vida es en los espacios japoneses un tranquilo paseo, mientras que en los nuestros se asemeja a una larga serie de fracturas.

Es verdad -le digo a Manuela-, es m&#225;s pr&#225;ctico y menos brutal.

El segundo motivo viene de una asociaci&#243;n de ideas que, de las puertas correderas, me ha llevado a los pies de las mujeres. En las pel&#237;culas de Ozu son innumerables los planos en los que el actor abre la puerta, entra en el hogar y se descalza. Las mujeres sobre todo muestran en el encadenamiento de estas acciones un talento singular. Entran, deslizan la puerta a lo largo de la pared, efect&#250;an dos r&#225;pidos pasitos que las llevan al pie del espacio sobreelevado en que consisten las habitaciones, se quitan sin inclinarse unos zapatos sin cordones y, en un movimiento de piernas fluido y gr&#225;cil, giran sobre s&#237; mismas una vez escalada la plataforma que abordan de espaldas. Las faldas se ahuecan ligeramente, la flexi&#243;n de rodillas, requerida para la ascensi&#243;n, es en&#233;rgica y precisa, el cuerpo acompa&#241;a sin esfuerzo este semic&#237;rculo de los pies, que prosigue con un paso curiosamente quebrado, como si los tobillos estuvieran trabados por ligaduras. Pero, mientras que por lo general los gestos trabados evocan una suerte de coacci&#243;n, esos pasitos animados de una incomprensible sacudida confieren a los pies de las mujeres su categor&#237;a de obra de arte. Cuando caminamos, nosotros occidentales, porque nuestra cultura as&#237; lo quiere, tratamos de restituir, en la continuidad de un movimiento que concebimos sin sacudidas, lo que creemos ser la esencia misma de la vida: la eficacia sin obst&#225;culo, la acci&#243;n fluida que, en la ausencia de ruptura, figura el impulso vital mediante el cual todo se realiza. Aqu&#237;, nuestra norma es el guepardo en acci&#243;n; todos sus gestos se funden armoniosamente, no se puede distinguir uno del que lo sigue, y la carrera del gran felino se nos antoja un &#250;nico y largo movimiento que simboliza la perfecci&#243;n profunda de la vida. Pero cuando las mujeres japonesas quiebran con sus pasos entrecortados el poderoso despliegue del movimiento natural, aun cuando tendr&#237;amos que experimentar el tormento que se apodera del alma al asistir al espect&#225;culo de la naturaleza ultrajada, se produce al contrario en nosotros un extra&#241;o gozo, como si la ruptura produjera el &#233;xtasis, y el grano de arena, la belleza. En esta ofensa perpetrada contra el ritmo sagrado de la vida, en este andar contrariado, en la excelencia nacida de la traba, tenemos un paradigma del Arte.

Entonces, propulsado fuera de la naturaleza que lo querr&#237;a continuo, haci&#233;ndose por su discontinuidad misma a la vez renegado y notable, el movimiento alcanza la categor&#237;a de creaci&#243;n est&#233;tica.

Pues el Arte es la vida, pero con otro ritmo.


Idea profunda n10

La gram&#225;tica

estrato de conciencia

que lleva a la belleza.

Por lo general, por las ma&#241;anas siempre saco un ratito para escuchar m&#250;sica en mi cuarto. La m&#250;sica desempe&#241;a una funci&#243;n muy importante en mi vida. Es lo que me permite soportar pues todo lo que hay que soportar: mi hermana, mi madre, el colegio, Achille Grand-Fernet, etc. La m&#250;sica no es s&#243;lo un placer para el o&#237;do como la gastronom&#237;a lo es para el paladar, o la pintura, para los ojos. Si pongo m&#250;sica por la ma&#241;ana tampoco es que la raz&#243;n sea muy original: lo hago porque determina el tono del d&#237;a. Es muy sencillo y, a la vez, muy complicado de explicar: creo que podemos elegir nuestros estados de &#225;nimo porque poseemos una consciencia con varios estratos y tenemos la manera de acceder a ellos. Por ejemplo, para escribir una idea profunda, tengo que ponerme a m&#237; misma en un estrato muy especial, si no, no me vienen las ideas y las palabras a la cabeza. Tengo que olvidarme de m&#237; misma y a la vez estar s&#250;per concentrada. Pero no es una cuesti&#243;n de voluntad, es un mecanismo que se puede accionar o no, como rascarse la nariz o hacer una voltereta para atr&#225;s. Y para accionar el mecanismo, no hay nada mejor que un poquito de m&#250;sica. Por ejemplo, para relajarme, pongo algo que me haga alcanzar como un estado de &#225;nimo distanciado en el que las cosas no me llegan de verdad, las miro como quien ve una pel&#237;cula: un estrato de consciencia desapegado. En general, para ese estrato escucho jazz o, m&#225;s eficaz a largo plazo aunque tarden m&#225;s en notarse los efectos, Dire Straits (viva el mp3).

Esta ma&#241;ana pues he escuchado a Glenn Miller antes de salir para el colegio. Se dir&#237;a que no lo he escuchado durante el tiempo suficiente. Cuando se ha producido el incidente, he perdido todo mi desapego. Ha sido en clase de lengua, con la se&#241;ora Magra (que es un ant&#243;nimo con patas de tantos michelines como tiene). Adem&#225;s, se viste de rosa. Me encanta el rosa, pienso que es un color injustamente tratado, se suele atribuir a los beb&#233;s o a las mujeres que se maquillan como puertas, cuando el rosa es un color muy sutil y delicado, que tiene mucha presencia en la poes&#237;a japonesa. Pero el rosa y la se&#241;ora Magra es un poco como el tocino y la velocidad. Bueno, total, que esta ma&#241;ana ten&#237;a clase de lengua con ella. Ya de por s&#237; es un rollazo. La lengua con la se&#241;ora Magra se resume a una larga serie de ejercicios t&#233;cnicos, poco importa si hacemos gram&#225;tica o comentario de texto. Con ella, parece que un texto se ha escrito para que se puedan identificar los personajes, el narrador, los lugares, las peripecias, los tiempos de la narraci&#243;n, etc. Creo que no se le ha pasado jam&#225;s por la cabeza que, ante todo, un texto se escribe para ser le&#237;do y para provocar emociones en el lector. Para que os hag&#225;is una idea, nunca nos ha preguntado: &#191;Os ha gustado este texto/este libro? Sin embargo es &#233;sta la &#250;nica pregunta que podr&#237;a dar sentido al estudio de los puntos de vista narrativos o de la construcci&#243;n de la trama Por no hablar del hecho de que, en mi opini&#243;n, los alumnos de nuestra edad tenemos un esp&#237;ritu m&#225;s abierto a la literatura que los de bachillerato o los estudiantes universitarios. Me explico: a nuestra edad, por poco que se nos hable de algo con pasi&#243;n y tocando las cuerdas adecuadas (las del amor, la rebeli&#243;n, la sed de novedades, etc.), es muy f&#225;cil captar nuestro inter&#233;s. Nuestro profesor de historia, el se&#241;or Lermit, supo apasionarnos en s&#243;lo dos clases ense&#241;&#225;ndonos fotos de gente a la que se hab&#237;a cortado una mano o los labios, en aplicaci&#243;n de la ley cor&#225;nica, porque hab&#237;an robado o fumado. Sin embargo, no lo hizo en plan peli gore. Era sobrecogedor, y todos escuchamos con atenci&#243;n la clase siguiente, que pon&#237;a en guardia contra la locura de los hombres, y no espec&#237;ficamente contra el islam. Entonces, si la se&#241;ora Magra se hubiera tomado la molestia de leernos con la entonaci&#243;n adecuada algunos versos de Racine (Y que el d&#237;a amanezca y que el d&#237;a agonice/sin que ya nunca pueda ver Tito a Berenice), habr&#237;a visto que el adolescente t&#237;pico est&#225; maduro para abordar la tragedia amorosa. Una vez en el instituto, las cosas se ponen m&#225;s dif&#237;ciles: la edad adulta asoma ya la cabeza, empiezan a intuirse las costumbres de los mayores, uno se pregunta qu&#233; papel y qu&#233; lugar heredar&#225; en la obra y, adem&#225;s, se ha estropeado ya algo, la pecera est&#225; a la vuelta de la esquina.

Entonces, cuando esta ma&#241;ana, a&#241;adi&#233;ndose al rollazo habitual de una clase de literatura sin literatura y de una clase de lengua sin inteligencia de la lengua, he experimentado un sentimiento extra&#241;o, inclasificable, no he podido contenerme. La profesora estaba tratando el ep&#237;teto, con el pretexto de que en nuestras redacciones brillaba por su ausencia cuando deber&#237;ais ser capaces de emplearlo desde tercero de primaria. Alumnos tan incompetentes en gram&#225;tica como vosotros, desde luego, es como pa' pegarse un tiro, ha a&#241;adido luego, mirando especialmente a Achille Grand-Fernet. No me cae bien Achille pero tengo que decir que estaba de acuerdo con la pregunta que le ha hecho a la profesora. Creo que se impon&#237;a algo as&#237;. Adem&#225;s, que una profesora de letras diga pa' en lugar de para, a m&#237; me choca, qu&#233; quer&#233;is que os diga. Es como si un barrendero se dejara sin recoger del suelo las bolas de pelusa de polen. Pero la gram&#225;tica, &#191;para qu&#233; sirve?, le ha preguntado Achille. Deber&#237;as saberlo, le ha contestado do&#241;a Me-pagan-para-que-os-lo-ense&#241;e. Pues no, ha replicado Achille con sinceridad, por una vez, nadie se ha tomado nunca la molestia de explic&#225;rnoslo. La profesora ha dejado escapar un largo suspiro, en plan encima tengo que tragarme estas preguntas est&#250;pidas, y ha respondido: Sirve para hablar bien y escribir bien.

Entonces he cre&#237;do que me iba a dar un infarto. Nunca hab&#237;a o&#237;do tama&#241;a ineptitud. Y con esto no quiero decir que no sea verdad, digo que es una ineptitud como una casa. Decir a unos adolescentes que ya saben leer y escribir que la gram&#225;tica sirve para eso, es como decirle a alguien que se tiene que leer una historia de los cuartos de ba&#241;o a trav&#233;s de los siglos para saber hacer bien pis y caca. &#161;No tiene sentido! Si todav&#237;a nos hubiera demostrado, con ejemplos, que hay que saber ciertas cosas sobre la lengua para utilizarla bien, entonces bueno, por qu&#233; no, puede ser una base para empezar. Por ejemplo, que saber conjugar un verbo en todos los tiempos te evita cometer errores gordos que te averg&#252;enzan delante de todo el mundo en una cena mundana (Hubiera ve&#237;do esa pel&#237;cula que coment&#225;is, si no me habr&#237;an aconsejado antes que no lo haciese.) O que, para escribir como es debido una invitaci&#243;n para unirse a una peque&#241;a org&#237;a en el castillo de Versalles, conocer las reglas de concordancia entre sujeto y verbo puede resultar muy &#250;til. De esta manera uno se ahorra torpezas como &#233;sta: Querido amigo, si esa gente que usted y yo conocemos quisieran venir a Versalles esta noche, me complacer&#237;a mucho recibirlas. La Marquesa de Grand-Fernet. Pero si la se&#241;ora Magra se cree que la gram&#225;tica s&#243;lo sirve para eso De ni&#241;os hemos sabido conjugar un verbo antes de saber siquiera que se trataba de un verbo. Y, si bien el saber puede ayudar, no creo sin embargo que sea algo decisivo.

Yo en cambio creo que la gram&#225;tica es una v&#237;a de acceso a la belleza. Cuando hablas, lees o escribes, sabes muy bien si has hecho una frase bonita, o si est&#225;s leyendo una. Eres capaz de reconocer una expresi&#243;n elegante o un buen estilo. Pero cuando se estudia gram&#225;tica, se accede a otra dimensi&#243;n de la belleza de la lengua. Hacer gram&#225;tica es observar las entra&#241;as de la lengua, ver c&#243;mo est&#225; hecha por dentro, verla desnuda, por as&#237; decirlo. Y eso es lo maravilloso, porque te dices: Pero &#161;qu&#233; bonita es por dentro, qu&#233; bien formada!, &#161;Qu&#233; s&#243;lida, qu&#233; ingeniosa, qu&#233; rica, qu&#233; sutil!. Para m&#237;, s&#243;lo saber que hay varias naturalezas de palabras y que hay que conocerlas para poder utilizarlas y para conocer sus posibles compatibilidades, hace que me sienta como en &#233;xtasis. Me parece, por ejemplo, que no hay nada m&#225;s bello que la idea b&#225;sica de la lengua, a saber: que hay nombres y verbos. Sabiendo esto, es como si ya te hubieran enunciado la esencia de todo. Es maravilloso, &#191;no? Hay nombres, verbos

Para acceder a toda esta belleza de la lengua que la gram&#225;tica desvela, &#191;quiz&#225; tambi&#233;n haya que ponerse en un estado de consciencia especial? A m&#237; me da la sensaci&#243;n de que puedo hacerlo sin esfuerzo. Creo que fue cuando ten&#237;a dos a&#241;os, al o&#237;r hablar a los adultos, cuando comprend&#237;, esa vez y ya para siempre, c&#243;mo est&#225; hecha la lengua. Las lecciones de gram&#225;tica para m&#237; siempre han sido meras s&#237;ntesis a posteriori o, como mucho, precisiones terminol&#243;gicas. &#191;Se puede ense&#241;ar a los ni&#241;os a hablar bien y a escribir bien estudiando gram&#225;tica si no han tenido esta iluminaci&#243;n que tuve yo? Misterio. Mientras tanto, todas las se&#241;oras Magra de la Tierra har&#237;an mejor en preguntarse qu&#233; m&#250;sica tienen que ponerles a los alumnos para que puedan entrar en trance gramatical.

As&#237; que le he dicho a la profesora: Pero &#161;qu&#233; va, eso es totalmente reductor! Se ha hecho un gran silencio en la clase porque normalmente yo no suelo abrir la boca y porque le hab&#237;a llevado la contraria a la profesora. Me ha mirado sorprendida y luego ha puesto mala cara, como todos los profes cuando notan que las cosas se complican y que su clasecita facilita sobre el ep&#237;teto bien podr&#237;a convertirse en tribunal de sus m&#233;todos pedag&#243;gicos. &#191;Y qu&#233; sabr&#225;s t&#250; de esto, se&#241;orita Josse?, me ha preguntado con tono acerbo. Todo el mundo conten&#237;a la respiraci&#243;n. Cuando la primera de la clase no est&#225; contenta, es malo para el cuerpo docente, sobre todo cuando se trata de un cuerpo tan gordo, as&#237; que esta ma&#241;ana ten&#237;amos pel&#237;cula de suspense y n&#250;mero de circo, programa doble por el mismo precio: todo el mundo aguardaba para ver el resultado del combate, con la esperanza de que ser&#237;a sangriento.

Pues bien, habiendo le&#237;do a Jakobson, se antoja evidente que la gram&#225;tica es un fin y no s&#243;lo un objetivo: es un acceso a la estructura y a la belleza de la lengua, y no s&#243;lo un chisme que sirve para manejarse en sociedad. &#161;Un chisme! &#161;Un chisme!, ha repetido la profesora con los ojos exorbitados. &#161;Para la se&#241;orita Josse, la gram&#225;tica es un chisme!

Si hubiera escuchado bien mi frase, habr&#237;a comprendido que, justamente, para m&#237; la gram&#225;tica no es un chisme. Pero creo que la referencia a Jakobson le ha hecho perder los papeles por completo, sin contar que todo el mundo se re&#237;a, incluso Cannelle Martin, sin comprender nada de lo que yo hab&#237;a dicho pero sintiendo que una nubecita negra planeaba sobre la foca de la profesora de lengua. Por supuesto, como os podr&#233;is imaginar, nunca he le&#237;do nada de Jakobson. Por muy superdotada que sea, prefiero los c&#243;mics o la literatura. Pero una amiga de mam&#225; (que es profesora de universidad) hablaba ayer de Jakobson (mientras charlaban, a las cinco de la tarde, ventil&#225;ndose una botella de vino tinto y un buen pedazo de queso camembert). Y de repente esta ma&#241;ana se me ha venido a la cabeza.

En ese momento, al ver que la jaur&#237;a de perros ense&#241;aba ya los colmillos, he sentido compasi&#243;n. Compasi&#243;n por la se&#241;ora Magra. Adem&#225;s no me gustan los linchamientos. Nunca honran a nadie. Por no hablar ya del hecho de que no me apetece en absoluto que alguien venga a hurgar en mi conocimiento de Jakobson y empiece a sospechar sobre la realidad de mi cociente intelectual.

Por eso he dado marcha atr&#225;s y me he callado. Me he tenido que quedar dos horas m&#225;s en el colegio castigada, y la se&#241;ora Magra ha salvado su pellejo de profesora. Pero al marcharme de clase, he sentido que sus ojillos inquietos me segu&#237;an hasta la puerta.

Y, camino de mi casa, me he dicho: desdichados los pobres de esp&#237;ritu que no conocen ni el trance ni la belleza de la lengua.



5

Una impresi&#243;n agradable

Pero Manuela, insensible a los andares de las mujeres japonesas, discurre ya por otros parajes.

La Rosen pone el grito en el cielo porque no hay dos l&#225;mparas iguales -me dice.

&#191;De verdad no las hay? -le pregunto, desconcertada.

S&#237;, de verdad -me contesta Manuela -. &#191;Y qu&#233; m&#225;s da? En casa de los Rosen lo tienen todo doble, porque les da miedo que falte. &#191;Sabe usted la historia preferida de la se&#241;ora?

No -respondo, encantada de la amplitud de alcance de nuestra conversaci&#243;n.

Durante la guerra, su abuelo, que almacenaba un mont&#243;n de cosas en el s&#243;tano, salv&#243; a su familia ayudando a un alem&#225;n que buscaba una bobina de hilo para coserse un bot&#243;n del uniforme. Si no hubiera tenido bobina, estar&#237;a muerto, y toda su familia con &#233;l. Pues bien, me crea usted o no, en los armarios y en el s&#243;tano la se&#241;ora Rosen lo tiene todo doble. &#191;Y acaso es m&#225;s feliz por ello? &#191;Acaso se ve mejor en una habitaci&#243;n porque haya dos l&#225;mparas iguales?

Nunca lo hab&#237;a pensado -digo-. Es verdad que decoramos nuestros interiores con redundancias.

&#191;Con qu&#233; ha dicho? -inquiere Manuela.

Con repeticiones, como en casa de los Arthens. Las mismas l&#225;mparas y los mismos jarrones sobre la chimenea, las mismas butacas id&#233;nticas a cada lado del sof&#225;, dos mesillas de noche a juego, series iguales de tarros de cristal en la cocina

Ahora que lo dice, no se trata s&#243;lo de las l&#225;mparas -prosigue Manuela-. El caso es que no hay dos cosas iguales en casa del se&#241;or Ozu. Y d&#233;jeme que le diga que eso crea una impresi&#243;n agradable.

Agradable, &#191;en qu&#233; sentido? -quiero saber. Manuela reflexiona un momento, y se le forman arruguitas en la frente.

Agradable como despu&#233;s de una fiesta, cuando se ha comido demasiado. Pienso en esos momentos, cuando todo el mundo se ha marchado ya Mi marido y yo vamos a la cocina y yo preparo un caldito de verduras frescas; corto champi&#241;ones crudos en rodajas muy finitas, y nos tomamos el caldo con los champi&#241;ones dentro. Tenemos la impresi&#243;n de salir de una tormenta y que poco a poco vuelve la calma.

Uno ya no tiene miedo de que le falte nada. Se es feliz con el instante presente.

Uno siente que es algo natural, que comer es eso.

Se puede disfrutar de lo que se tiene, nada estorba. Una sensaci&#243;n tras otra.

S&#237;, se tiene menos pero se disfruta m&#225;s.

&#191;Qui&#233;n puede comer varias cosas a la vez?

Ni siquiera el pobre se&#241;or Arthens.

Tengo dos l&#225;mparas a juego sobre dos mesillas de noche id&#233;nticas -digo, al caer de pronto en la cuenta del hecho.

Y yo tambi&#233;n -dice Manuela.

Asiente con la cabeza.

Quiz&#225; estemos enfermos, a fuerza de tener demasiado.

Se levanta, me da un beso y vuelve a casa de los Palli&#232;res, a su dura tarea de esclava moderna. Cuando se marcha, permanezco sentada delante de mi taza de t&#233; vac&#237;a. Queda un fruto seco con chocolate, que mordisqueo por gula con los incisivos, como un ratoncito. Cambiar el modo de comer algo es como degustar un nuevo manjar.

Y medito, saboreando el car&#225;cter intempestivo de esta conversaci&#243;n. &#191;Alguna vez se ha visto que asistentas y porteras, conversando durante la hora de la pausa, elaboren el sentido cultural de la decoraci&#243;n de interiores? Les sorprender&#237;a saber de lo que habla la gente humilde. Prefiere las historias a las teor&#237;as, las an&#233;cdotas a los conceptos, las im&#225;genes a las ideas. Lo cual no es &#243;bice para filosofar. As&#237;, &#191;somos acaso civilizaciones tan carcomidas por el vac&#237;o que s&#243;lo vivimos en la angustia de la carencia? &#191;S&#243;lo disfrutamos de nuestros bienes o de nuestros sentidos cuando estamos seguros de que disfrutaremos m&#225;s a&#250;n? Quiz&#225; los japoneses sepan que s&#243;lo se saborea un placer porque se sabe que es ef&#237;mero y &#250;nico y, m&#225;s all&#225; de ese saber, son capaces de construir con ello sus vidas.

Ay de m&#237;. Mon&#243;tona y eterna repetici&#243;n que una vez m&#225;s me saca bruscamente de mi ensimismamiento -el tedio naci&#243; un d&#237;a de la uniformidad-, llaman a mi puerta.



6

Wabi

Es un mensajero mascando un chicle para elefantes, a juzgar por el vigor y la amplitud maxilar que esta masticaci&#243;n requiere.

&#191;La se&#241;ora Michel? -pregunta,

Me planta un paquete en las manos.

&#191;No tengo que firmar nada? -inquiero.

Pero ya ha desaparecido.

Es un paquete rectangular envuelto en papel de estraza y sujeto con un cordel, como los que se utilizan para cerrar los sacos de patatas o para pasear por la habitaci&#243;n un tap&#243;n de corcho para divertir al gato y obligarlo a hacer el &#250;nico ejercicio al que se presta. De hecho, este paquete con cordel me recuerda a los envoltorios de seda de Manuela pues aunque, en su g&#233;nero, el papel sea por naturaleza m&#225;s r&#250;stico que refinado, hay en el esmero puesto en la autenticidad del empaquetado algo similar y profundamente adecuado. Se observar&#225; que la elaboraci&#243;n de los conceptos m&#225;s nobles parte de lo trivial m&#225;s tosco. Lo bello es la adecuaci&#243;n es una idea sublime surgida de las manos de un mensajero rumiante.

La est&#233;tica, a nada que uno reflexione sobre ello con una pizca de seriedad, no es sino la iniciaci&#243;n a la V&#237;a de la Adecuaci&#243;n, una suerte de V&#237;a del Samurai aplicada a la intuici&#243;n de las formas aut&#233;nticas. Tenemos todos anclado en nosotros el conocimiento de lo adecuado. Este conocimiento es lo que, en cada instante de nuestra existencia, nos permite aprehender la esencia de la cualidad de lo adecuado y, en esas raras ocasiones en que todo es armon&#237;a, disfrutar de ello con la intensidad requerida. Y no hablo de esa suerte de belleza que es dominio exclusivo del Arte. Quienes, como yo, se sienten inspirados por la grandeza de las cosas peque&#241;as, la buscan hasta en el coraz&#243;n de lo no esencial, all&#237; donde, ataviada con indumentaria cotidiana, surge de cierto ordenamiento de las cosas corrientes y de la certeza de que es como tiene que ser, de la convicci&#243;n de que as&#237; est&#225; bien.

Desato el cordel y rompo el papel. Es un libro, una hermosa edici&#243;n encuadernada en cuero azul marino, de grano grueso, muy wabi. En japon&#233;s, el t&#233;rmino wabi significa una forma desdibujada de lo bello, una clase de refinamiento disfrazado de rusticidad. No s&#233; muy bien qu&#233; querr&#225; decir eso, pero esta encuademaci&#243;n es indiscutiblemente wabi.

Me calzo las gafas y descifro el t&#237;tulo.


Idea profunda n11

Abedules

ense&#241;adme que no soy nada

y que soy digna de vivir

Mam&#225; anunci&#243; ayer durante la cena, como si fuera motivo suficiente para que corriera el champ&#225;n a chorros, que hac&#237;a diez a&#241;os justos que hab&#237;a empezado su psicoan&#225;lisis (pronuncia la palabra como si llevara acento en todas las s&#237;labas). &#161;Todo el mundo estar&#225; de acuerdo en que es ma-ra-vi-llo-so! S&#243;lo se me ocurre el psicoan&#225;lisis para rivalizar con el cristianismo en la predilecci&#243;n por los sufrimientos largos. Lo que mi madre no dice es que tambi&#233;n hace diez a&#241;os que toma antidepresivos. Pero salta a la vista que no se le ocurre que una cosa pueda tener que ver con la otra. A m&#237; me parece que si toma antidepresivos no es para aliviar sus angustias, sino para soportar el psicoan&#225;lisis. Cuando te cuenta sus sesiones te dan ganas de darte de cabezazos contra la pared. El tipo dice mmm a intervalos regulares repitiendo el final de las frases de mam&#225; (Y he ido donde Len&#244;tre con mi madre: Mmm, &#191;con su madre?; Me gusta mucho el chocolate: Mmm, &#191;el chocolate?). Si es as&#237;, ma&#241;ana mismo me hago yo psicoanalista. Otras veces le endilga conferencias sobre la Causa freudiana que, al contrario de lo que la gente piensa, no son jerogl&#237;ficos incomprensibles, qu&#233; va, tienen sentido, s&#237;, s&#237;. La fascinaci&#243;n por la inteligencia es algo fascinante. Para m&#237; no es un valor en s&#237;. Gente inteligente la hay a patadas. Hay muchos cretinos, pero tambi&#233;n hay muchos cerebros muy capaces. Voy a decir una banalidad, pero la inteligencia, en s&#237;, no tiene ning&#250;n valor ni ning&#250;n inter&#233;s. Personas inteligent&#237;simas consagraron su vida a la cuesti&#243;n del sexo de los &#225;ngeles, por ejemplo. Pero muchos hombres inteligentes tienen una especie de virus: consideran la inteligencia como un fin. S&#243;lo tienen una idea en la cabeza: ser inteligentes, lo cual es muy est&#250;pido. Y cuando la inteligencia se toma por un objetivo, funciona de manera extra&#241;a: la prueba de que existe no reside en el ingenio y la sencillez de sus frutos, sino en la oscuridad de su expresi&#243;n. Si vierais la literatura que se trae mam&#225; de sus sesiones Simboliza, aniquila los pensamientos excluidos del inconsciente y subsume lo real a base de matemas y de sintaxis dudosa. &#161;Un galimat&#237;as sin sentido! Hasta los textos que lee Colombe (est&#225; estudiando a Guillermo de Ockham, un franciscano del siglo XIV) son menos grotescos. De lo que se deduce: m&#225;s vale ser un monje pensante que un pensador posmoderno.

Y, ah&#237; no termin&#243; la cosa, resulta que adem&#225;s era un d&#237;a freudiano. Por la tarde estaba comiendo chocolate. Me gusta mucho el chocolate, sin duda es lo &#250;nico que tengo en com&#250;n con mam&#225; y con mi hermana. Al morder una barrita de chocolate con avellanas, not&#233; que se me part&#237;a un diente. Fui a mirarme en el espejo y constat&#233; que, efectivamente, se me hab&#237;a ca&#237;do otro trocito m&#225;s de incisivo. El verano pasado, en el mercado de Quimper, me ca&#237; al tropezar con una cuerda y se me rompi&#243; un poco este diente, y desde entonces, se descascarilla de vez en cuando. Bueno, total, que se me cay&#243; este trocito de diente, y me hizo gracia porque me acord&#233; de una cosa que cuenta mam&#225; sobre un sue&#241;o que suele tener: se le caen los dientes, se le ponen negros y se le van cayendo uno tras otro. Y esto es lo que le dijo su psicoanalista acerca de este sue&#241;o: Mi querida se&#241;ora, un freudiano le dir&#237;a que es un sue&#241;o sobre la muerte. Tiene gracia, &#191;no? Ya no es siquiera la ingenuidad de la interpretaci&#243;n (dientes que se caen = muerte; paraguas = pene, etc.), como si la cultura no fuera un gran poder de sugesti&#243;n que nada tiene que ver con la realidad del asunto. Es el procedimiento que se supone que asienta la superioridad intelectual (un freudiano le dir&#237;a) en la erudici&#243;n distanciada, mientras que en realidad la impresi&#243;n que da es que es un loro el que habla.

Afortunadamente, para recuperarme de todo eso, hoy he ido a casa de Kakuro a tomar t&#233; con unos pastelitos de coco muy ricos y muy finos. Ha venido a casa para invitarme y le ha dicho a mam&#225;: Nos hemos conocido en el ascensor y hemos dejado a medias una conversaci&#243;n muy interesante. &#191;En serio?, ha dicho mam&#225;, sorprendida. Pues qu&#233; suerte tiene usted, mi hija apenas habla con nosotros. &#191;Quieres venir a tomar una taza de t&#233; y a que te presente a mis gatos?, ha preguntado Kakuro, y mam&#225;, por supuesto, atra&#237;da por la cola que podr&#225; traer esta historia, se ha apresurado a aceptar la invitaci&#243;n. Ya se estaba montando la pel&#237;cula en su cabeza, se ve&#237;a en plan geisha moderna invitada en casa del rico japon&#233;s. Hay que decir que uno de los motivos de la fascinaci&#243;n colectiva por el se&#241;or Ozu se debe al hecho de que es de verdad muy rico (seg&#250;n parece). Total, que he ido a su casa a tomar el t&#233; y a conocer a sus gatos. Bueno, en lo que a ellos respecta, tampoco me convencen mucho m&#225;s que los m&#237;os, pero al menos los de Kakuro son decorativos. Le he expuesto mi punto de vista, y me ha contestado que cre&#237;a en la sensibilidad y la capacidad que tiene un roble de irradiar buenas vibraciones, y por lo tanto, con m&#225;s raz&#243;n, cre&#237;a tambi&#233;n en las de un gato. De ah&#237; hemos pasado a la definici&#243;n de la inteligencia, y me ha preguntado si pod&#237;a anotar mi f&#243;rmula en su libreta: No es un don sagrado, es la &#250;nica arma que tienen los primates.

Y luego hemos vuelto a la se&#241;ora Michel. &#201;l cree que su gato se llama Le&#243;n por Le&#243;n Tolstoi, y los dos estamos de acuerdo en que una portera que lee a Tolstoi, as&#237; como libros de la editorial Vrin, quiz&#225; se sale un poco de lo corriente. &#201;l tiene incluso elementos muy pertinentes para pensar que le gusta mucho Ana Karenina y est&#225; decidido a enviarle un ejemplar. As&#237; veremos su reacci&#243;n, me ha dicho.

Pero no es &#233;sta mi idea profunda del d&#237;a. Viene de una frase que ha dicho Kakuro. Habl&#225;bamos de la literatura rusa, que yo no conozco en absoluto. Kakuro me explicaba que lo que le gusta de las novelas de Tolstoi es que son novelas universo y, adem&#225;s, que la acci&#243;n transcurre en Rusia, ese pa&#237;s en el que hay abedules por todas partes y en el que, cuando las campa&#241;as napole&#243;nicas, la aristocracia tuvo que volver a aprender el ruso pues ya s&#243;lo hablaba franc&#233;s. Bueno, &#233;sta es una t&#237;pica conversaci&#243;n de adultos, pero lo bueno con Kakuro es que todo lo hace con educaci&#243;n. Es muy agradable o&#237;rlo hablar, aunque te traiga sin cuidado lo que cuenta, porque te habla de verdad, se dirige a ti. Es la primera vez que conozco a alguien que se interesa por m&#237; cuando me habla: no espera aprobaci&#243;n ni desacuerdo, me mira con una expresi&#243;n como si estuviera diciendo: &#191;Qui&#233;n eres? &#191;Quieres hablar conmigo? &#161;Cu&#225;nto me gusta estar contigo! A eso me refer&#237;a cuando hablaba de educaci&#243;n, esta actitud de alguien que le da al otro la impresi&#243;n de estar ah&#237;. Bueno, as&#237; en general, la Rusia de los grandes rusos a m&#237; me importa bastante poco. &#191;Que hablaban franc&#233;s? &#161;Pues, qu&#233; bien, enhorabuena! Yo tambi&#233;n y no exploto a los mujiks. Pero, en cambio, y aunque al principio no he entendido muy bien por qu&#233;, he sido sensible a los abedules. Kakuro hablaba del campo ruso con todos esos abedules flexibles, cuyas hojas sonaban como un murmullo, y me he sentido ligera, ligera

Despu&#233;s, reflexionando un poco sobre ello, he comprendido en parte mi repentina alegr&#237;a al hablar Kakuro de los abedules rusos. Me ocurre lo mismo cuando se habla de &#225;rboles, del &#225;rbol que sea: el tilo en el patio de la casa de labor, el roble detr&#225;s de la vieja granja, los grandes olmos que hoy ya no existen, los pinos doblados por el viento en las costas ventosas, etc. Hay tanta humanidad en esta capacidad de amar los &#225;rboles, tanta nostalgia de nuestros embelesos primeros, tanta fuerza en este sentirse tan insignificante en el seno de la naturaleza S&#237;, eso es: la evocaci&#243;n de los &#225;rboles, de su majestuosidad indiferente y del amor que por ellos sentimos nos ense&#241;a cuan irrisorios somos, viles par&#225;sitos que pululamos en la superficie de la tierra, y al mismo tiempo nos hace dignos de vivir, pues somos capaces de reconocer una belleza que no nos debe nada.

Kakuro hablaba de los abedules y, olvidando a los psicoanalistas y a toda esa gente inteligente que no sabe qu&#233; hacer con su inteligencia, de pronto me sent&#237;a m&#225;s adulta por ser capaz de comprender la grand&#237;sima belleza de estos &#225;rboles.



Lluvia de verano



1

Clandestina

Me calzo pues las gafas y descifro el t&#237;tulo.

Le&#243;n Tolstoi, Ana Karenina.

Tambi&#233;n hay una tarjeta:

Querida se&#241;ora Michel:

En obsequio a su gato.

Cordialmente,

Kakuro Ozu

Siempre es reconfortante que lo aseguren a uno que no se ha vuelto paranoico.

Ten&#237;a yo raz&#243;n. Me han desenmascarado.

Caigo presa del p&#225;nico.

Me levanto mec&#225;nicamente y me vuelvo a sentar. Releo la tarjeta.

Algo se muda dentro de m&#237;, s&#237;, no s&#233; expresarlo de otra manera, tengo la absurda sensaci&#243;n de que un m&#243;dulo interno se traslada para ocupar el lugar de otro. &#191;No les ocurre nunca? Uno siente como unas remodelaciones internas cuya naturaleza no acierta a describir, pero es algo a la vez mental y espacial, como una mudanza.

En obsequio a su gato.

Con una incredulidad que nada tiene de fingida, oigo una risita, una suerte de gritito ahogado, que proviene de mi propia garganta. Es angustioso pero divertido. Movida por un peligroso impulso -todos los impulsos son peligrosos para quien vive una existencia clandestina- voy a buscar una hoja de papel, un sobre y un Bic (naranja), y escribo:

Gracias, no ten&#237;a que haberse molestado

La portera

Salgo al vest&#237;bulo con precauciones de indio apache -no veo a nadie- y deslizo la misiva dentro del buz&#243;n del se&#241;or Ozu.

Vuelvo a la porter&#237;a con paso furtivo -ya que no hay un alma- y, extenuada, me derrumbo sobre el sof&#225;, con el sentimiento del deber cumplido.

Una poderosa sensaci&#243;n de Dios m&#237;o, qu&#233; he hecho me embarga.

Dios m&#237;o, qu&#233; he hecho.

Este est&#250;pido impulso, lejos de poner fin al hostigamiento, lo alienta mil veces m&#225;s. Es un error estrat&#233;gico de bulto. Esta dichosa inconsciencia empieza a atacarme los nervios.

Un simple: No comprendo, firmado la portera habr&#237;a sido sin embargo lo m&#225;s l&#243;gico.

O tambi&#233;n: Se ha confundido, le devuelvo su paquete.

Sin tonter&#237;as, corto y preciso: Destinatario err&#243;neo.

Astuto y definitivo: No s&#233; leer.

M&#225;s tortuoso: Mi gato no sabe leer.

Sutil: Gracias, pero el aguinaldo es en enero.

O tambi&#233;n, administrativo: Se ruega acuse de recibo de la devoluci&#243;n.

En lugar de eso, hago melindres como si estuvi&#233;ramos en un sal&#243;n literario.

Gracias, no ten&#237;a que haberse molestado.

Me propulso del sof&#225; y me precipito hacia la puerta.

Rayos, rayos, rayos.

Por el cristal veo a Paul N'Guyen, el cual, con el correo en la mano, se dirige hacia el ascensor.

Estoy perdida.

Ya s&#243;lo me queda una opci&#243;n: hacerme la muerta.

Pase lo que pase, no estoy, no s&#233; nada, no respondo, no escribo, no tomo ninguna iniciativa.

Pasan tres d&#237;as, en la cuerda floja. Me convenzo a m&#237; misma de que aquello en lo que decido no pensar no existe, pero no dejo de pensar en ello, tanto que una vez olvido dar de comer a Le&#243;n, que desde entonces es el reproche mudo felinificado.

Despu&#233;s, hacia las diez, llaman a la puerta.



2

La obra del sentido

En el umbral encuentro al se&#241;or Ozu.

Querida se&#241;ora Michel -me dice-, me alegro de que mi env&#237;o no la haya importunado. Del pasmo, no acierto a entender nada.

S&#237;, s&#237; -respondo, sintiendo que sudo como un cerdo-. Digo, no, no -me corrijo con una lentitud pat&#233;tica-. Pues muchas gracias.

Me sonr&#237;e amablemente.

Se&#241;ora Michel, no he venido para que me d&#233; las gracias.

&#191;No? -digo, renovando con br&#237;o la ejecuci&#243;n del dejar morir en los labios cuyo arte comparto con Fedra, Berenice y la desdichada Dido.

He venido a pedirle que venga a cenar conmigo ma&#241;ana -dice-. As&#237; tendremos ocasi&#243;n de charlar sobre nuestros gustos comunes.

Eeeh -contesto, lo cual es relativamente corto.

Una cena entre vecinos, algo sencillo -a&#241;ade.

&#191;Entre vecinos? Pero si soy la portera -arguyo, aunque muy confundida.

Es posible poseer dos cualidades a un tiempo -me contesta.

Virgen santa, &#191;qu&#233; hago?

Siempre est&#225; la v&#237;a de la facilidad, aunque me repugne seguirla. No tengo hijos, no veo la televisi&#243;n y no creo en Dios, todas estas sendas que recorren los hombres para que la vida les sea m&#225;s f&#225;cil. Los hijos ayudan a diferir la dolorosa tarea de hacerse frente a uno mismo, y los nietos toman despu&#233;s el relevo. La televisi&#243;n distrae de la extenuante necesidad de construir proyectos a partir de la nada de nuestras existencias fr&#237;volas; al embaucar a los ojos, libera al esp&#237;ritu de la gran obra del sentido. Dios, por &#250;ltimo, aplaca nuestros temores de mam&#237;feros y la perspectiva intolerable de que nuestros placeres un buen d&#237;a se terminan. Por ello, sin porvenir ni descendencia, sin p&#237;xeles para embrutecer la c&#243;smica conciencia del absurdo, en la certeza del final y la anticipaci&#243;n del vac&#237;o, creo poder decir que no he elegido la v&#237;a de la facilidad.

Sin embargo, cu&#225;n tentada me siento ahora de hacerlo.

No, gracias, pero ma&#241;ana estoy ocupada -ser&#237;a el procedimiento m&#225;s indicado.

De &#233;ste existen varias variaciones corteses.

Es muy amable por su parte, pero tengo la agenda de un ministro (poco cre&#237;ble).

Qu&#233; l&#225;stima, pero ma&#241;ana precisamente me marcho a Meg&#232;ve (fantasioso).

Lo siento, pero ma&#241;ana viene mi familia a cenar (requetefalso).

Mi gato est&#225; enfermo, no puedo dejarlo solo (sentimental).

Estoy enferma, prefiero guardar cama (desvergonzado).

In fine me dispongo a decir: gracias, pero esta semana tengo gente en casa cuando, bruscamente, la serena amabilidad que muestra el se&#241;or Ozu, de pie ante m&#237;, abre en el tiempo una brecha fulgurante.



3

Fuera de tiempo

Bajo el globo caen los copos.

Ante los ojos de mi memoria, sobre la mesa de la se&#241;orita, mi maestra hasta la clase de los mayores del se&#241;or Servant, se materializa la peque&#241;a bola de cristal. Cuando nos hab&#237;amos portado bien, se nos permit&#237;a darle la vuelta y sostenerla en la palma de la mano hasta que cayera el &#250;ltimo copo al pie de la torre Eiffel cromada. A&#250;n no hab&#237;a cumplido siete a&#241;os y ya sab&#237;a que la lenta melopea de las peque&#241;as part&#237;culas algodonosas prefigura lo que siente el coraz&#243;n durante una gran alegr&#237;a. La duraci&#243;n se ralentiza y se dilata, el ballet se eterniza en la ausencia de obst&#225;culos, y cuando se posa el &#250;ltimo copo, sabemos que hemos vivido ese instante fuera del tiempo que es la marca de las grandes iluminaciones. A menudo, de ni&#241;a, me preguntaba si estar&#237;a a mi alcance vivir instantes semejantes y hallarme en el coraz&#243;n del lento y majestuoso ballet de copos, liberada por fin del tedioso frenes&#237; del tiempo.

&#191;Es eso acaso, sentirse desnuda? Libre el cuerpo de el esp&#237;ritu no se libera sin embargo de sus aderezos. Pero la invitaci&#243;n del se&#241;or Ozu hab&#237;a provocado en m&#237; el sentimiento de esa desnudez total que es la del alma sola y que, nimbada de copos, provocaba ahora en mi coraz&#243;n una suerte de deliciosa quemaz&#243;n.

Lo miro.

Y me zambullo en el agua negra, profunda, helada y exquisita del instante fuera del tiempo.



4

Sustancias ar&#225;cnidas

&#191;Por qu&#233;, pero por qu&#233;, por amor de Dios? -le pregunto esa misma tarde a Manuela.

&#161;Vamos, vamos! -me dice, colocando el servicio para el t&#233; -. Pero &#161;si est&#225; muy bien!

No lo dir&#225; usted en serio -gimo.

Ahora toca ser pr&#225;cticos -dice-. No puede ir as&#237;. Es el peinado lo que no est&#225; bien -prosigue, observ&#225;ndome con mirada experta.

&#191;Tienen idea de las concepciones de Manuela en materia de peinado? Esta arist&#243;crata del coraz&#243;n es una proletaria del cabello. Encrespado, retorcido, cardado y despu&#233;s vaporizado con sustancias ar&#225;cnidas, el cabello seg&#250;n Manuela ha de ser arquitectural o no ser.

Voy a ir a la peluquer&#237;a -digo, probando la estrategia de la no precipitaci&#243;n.

Manuela me mira con recelo.

&#191;Qu&#233; se va a poner? -me pregunta.

Aparte de mis vestidos de todos los d&#237;as, verdaderos vestidos de portera, no tengo m&#225;s que una suerte de merengue nupcial blanco sepultado en naftalina y una casulla negra y l&#250;gubre que me pongo en los escasos entierros a los que se me invita.

Me voy a poner mi vestido negro -contesto.

&#191;El de los entierros? -pregunta Manuela, aterrada.

Pero si es que no tengo otra cosa.

Entonces tiene que comprarse algo.

Pero si no es m&#225;s que una cena.

Pues claro, qu&#233; se ha cre&#237;do, s&#243;lo faltar&#237;a -responde la carabina agazapada en Manuela-. Pero &#191;es que usted no se viste cuando la invitan a cenar?



5

Encajes y perifollos

La dificultad empieza aqu&#237;: &#191;d&#243;nde comprar un vestido? Normalmente, acostumbro a comprarme la ropa por cat&#225;logo, incluidos los calcetines, las bragas y las camisetas. La idea de probarme bajo la mirada de una jovencita anor&#233;xica prendas que, sobre m&#237;, parecer&#225;n un saco, siempre me ha alejado de las tiendas. Quiere la desgracia que sea demasiado tarde para esperar una entrega a tiempo por correo.

Tengan una sola amiga pero el&#237;janla bien.

A la ma&#241;ana siguiente, Manuela irrumpe en la porter&#237;a.

Lleva una funda para ropa que me tiende con una sonrisa triunfal.

Manuela me saca quince cent&#237;metros como m&#237;nimo y pesa diez kilos menos. De su familia s&#243;lo veo una mujer cuya anchura de hombros pueda compararse con la m&#237;a: su suegra, la temible Amalia, a la que extra&#241;amente vuelven loca los encajes y los perifollos pese a no ser alma proclive a la fantas&#237;a. Pero la pasamaner&#237;a a la portuguesa evoca el estilo rococ&#243;: nada de imaginaci&#243;n ni de ligereza, s&#243;lo el delirio de la acumulaci&#243;n, que hace que los vestidos parezcan blusas de encaje de guipur, y la camisa m&#225;s sencilla, un concurso de festones.

Se imaginar&#225;n pues mi inquietud. Esta cena, que se anuncia un calvario, tambi&#233;n podr&#237;a convertirse en una farsa.

Va a parecer usted una estrella de cine -me dice precisamente Manuela. Luego, compasiva, a&#241;ade-: Es una broma -y extrae de la funda un vestido beis carente a simple vista de toda fioritura.

&#191;De d&#243;nde lo ha sacado? -pregunto, examin&#225;ndolo.

As&#237; a ojo, la talla parece la adecuada. A ojo tambi&#233;n, es un vestido caro, de tela de gabardina y de corte muy sencillo, con cuello camisero y botones delante. Muy sobrio, muy chic. El tipo de vestido que lleva la se&#241;ora de Broglie.

Anoche fui donde Mar&#237;a -me dice Manuela, encantada.

Mar&#237;a es una costurera portuguesa que vive justo al lado de mi salvadora. Pero es mucho m&#225;s que una simple compatriota. Mar&#237;a y Manuela crecieron juntas en Faro, se casaron con dos de los siete hermanos Lopes y se pusieron de acuerdo para seguirlos hasta Francia, donde llevaron a cabo la proeza de parir a los hijos pr&#225;cticamente a la vez, con pocas semanas de diferencia. Tienen incluso un gato en com&#250;n y un gusto similar por la reposter&#237;a fina.

&#191;Quiere decir que el vestido es de otra persona? -pregunto.

Mmm s&#237; -contesta Manuela esbozando una mueca-. Pero nadie lo reclamar&#225;, &#191;sabe? La se&#241;ora se muri&#243; la semana pasada. Y de aqu&#237; a que se den cuenta de que le dej&#243; un vestido a la modista para que se lo arreglara le da a usted tiempo de cenar diez veces con el se&#241;or Ozu.

&#191;Es el vestido de una muerta? -repito, horrorizada-. Pero yo no puedo hacer esto.

&#191;Y por qu&#233; no? -me pregunta Manuela, frunciendo el ce&#241;o-. Es mejor que si estuviera viva. Imag&#237;nese si se lo mancha. En ese caso habr&#237;a que ir corriendo al tinte, encontrar una excusa, qu&#233; traj&#237;n.

El pragmatismo de Manuela tiene algo de gal&#225;ctico. Quiz&#225; deber&#237;a extraer de &#233;l inspiraci&#243;n para considerar que la muerte no es nada.

Moralmente no puedo hacer esto -protesto.

&#191;Moralmente? -repite Manuela, pronunciando la palabra como si le pareciera repulsiva-. &#191;Qu&#233; tendr&#225; que ver? &#191;Acaso est&#225; usted robando? &#191;Acaso hace da&#241;o a alguien?

Pero se trata de un bien de otra persona -digo-, no puedo apropi&#225;rmelo.

&#161;Pero si est&#225; muerta! -exclama-. Y no lo roba, s&#243;lo lo toma prestado esta noche. Cuando Manuela se pone a hacer encaje de bolillos con las diferencias sem&#225;nticas, no hay escapatoria.

Mar&#237;a me ha dicho que era una se&#241;ora muy amable. Le dio varios vestidos y un precioso abrigo de palpaca. Ya no se los pod&#237;a poner porque hab&#237;a engordado, entonces le dijo a Mar&#237;a: &#191;Le vendr&#237;an bien a usted? &#191;Lo ve?, era una se&#241;ora muy amable.

La palpaca es una especie de llama de pelaje de lana muy apreciado y cabeza adornada con una papaya.

No s&#233; -digo, con menos vehemencia ya-. Tengo la impresi&#243;n de estar robando a una muerta.

Manuela me mira con aire exasperado.

Est&#225; tomando prestado, no robando. &#191;Y qu&#233; quiere que haga ya con este vestido, la pobre difunta?

Esta pregunta no admite r&#233;plica.

Es la hora de la se&#241;ora Palli&#232;res -dice Manuela, feliz, cambiando de conversaci&#243;n.

Voy a saborear este momento con usted -le digo.

All&#225; voy -anuncia, dirigi&#233;ndose hacia la puerta-. Mientras tanto, pru&#233;beselo, vaya a la peluquer&#237;a y luego volver&#233; para verla.

Considero el vestido un momento, dubitativa. Adem&#225;s de mi reticencia a llevar el traje de una difunta, temo que sobre m&#237; cause un efecto incongruente. Violette Grelier es del trapo como Pierre Arthens es de la seda y yo del vestido-delantal informe con estampado malva o azul marino. Pospongo el trance hasta mi regreso.

Caigo entonces en la cuenta de que ni siquiera le he dado las gracias a Manuela.


Diario del movimiento del mundo n 4

Qu&#233; maravilloso es un coro

Ayer por la tarde tuvimos el recital del coro del colegio. En mi colegio de los barrios elegantes hay coro; nadie lo encuentra hortera, hay tortas para formar parte de &#233;l, pero es s&#250;per selecto: el se&#241;or Trianon, el profe de m&#250;sica, elige a los integrantes con sumo cuidado. La raz&#243;n del &#233;xito del coro es el propio se&#241;or Trianon. Es joven, guapo y manda cantar tanto viejas joyas del jazz, como los &#250;ltimos hits de moda, orquestados, eso s&#237;, con mucha clase. Todo el mundo se pone de punta en blanco, y el coro canta ante los alumnos del colegio. S&#243;lo se invita a los padres de los cantantes, porque si no habr&#237;a demasiada gente. S&#243;lo con eso ya se llena el gimnasio hasta arriba y hay un ambientazo que te mueres.

De modo que ayer, todos camino del gimnasio a trote cochinero, bajo la direcci&#243;n de la se&#241;ora Magra, pues, normalmente, los martes a primera hora de la tarde tenemos lengua. Bajo la direcci&#243;n de la se&#241;ora Magra es mucho decir: hizo lo que pudo para seguir el ritmo, jadeando como un viejo cachalote. Bueno, por fin llegamos al gimnasio, todo el mundo se acomod&#243; como pudo, tuve que aguantar delante, detr&#225;s, al lado y por encima (en las gradas) conversaciones est&#250;pidas en est&#233;reo (sobre m&#243;viles, moda, m&#243;viles, qui&#233;n est&#225; con qui&#233;n, m&#243;viles, la birria de profes que tenemos, m&#243;viles, la fiesta de Cannelle) y luego hicieron su aparici&#243;n los integrantes del coro bajo las aclamaciones de los asistentes, de blanco y rojo con corbatas de pajarita los chicos, y vestidos largos de tirantes las chicas. El se&#241;or Trianon se instal&#243; en un taburete, de espaldas al p&#250;blico, alz&#243; una especie de varita con una lucecita roja intermitente en un extremo, se hizo el silencio y empez&#243; el recital.

Cada vez que ocurre, es como un milagro. Toda la gente, todas las preocupaciones, todos los odios y todos los deseos, todas las angustias, todo el a&#241;o de colegio con sus vulgaridades, sus acontecimientos menores y mayores, sus profes, sus alumnos abigarrados, toda esa vida en la que nos arrastramos, hecha de gritos y de l&#225;grimas, de risas, de luchas, de rupturas, de esperanzas frustradas y de suertes inesperadas: todo desaparece de pronto cuando el coro empieza a cantar. El curso de la vida se ahoga en el canto, de golpe hay una impresi&#243;n de fraternidad, de solidaridad profunda, de amor incluso, que diluye la fealdad cotidiana en una comuni&#243;n perfecta. Hasta los rostros de los cantantes se transfiguran: ya no veo a Achille Grand-Fernet (que tiene una bell&#237;sima voz de tenor), ni a D&#233;borah Lemeur, ni a S&#233;gol&#232;ne Rachet, ni a Charles Saint-Sauveur. Veo seres humanos que se entregan en el canto.

Cada vez ocurre lo mismo, siento ganas de llorar, tengo un nudo en la garganta y hago todo lo posible por dominarme pero, a veces, me resulta muy dif&#237;cil: apenas puedo reprimir los sollozos. Entonces, cuando cantan en canon, miro al suelo porque es demasiada emoci&#243;n a la vez: es demasiado hermoso, demasiado solidario, demasiado maravillosamente en comuni&#243;n. Dejo de ser yo misma, paso a ser parte de un todo sublime al cual pertenecen tambi&#233;n los dem&#225;s, y en esos momentos me pregunto siempre por qu&#233; no es la norma de la vida cotidiana en lugar de ser un momento excepcional.

Cuando la m&#250;sica enmudece, todo el mundo aclama, con el rostro iluminado, a los integrantes del coro, radiantes. Es tan hermoso.

A fin de cuentas me pregunto si el verdadero movimiento del mundo no es el canto.



6

Sanearlo un poco

Lo crean o no, nunca he ido a la peluquer&#237;a. Al dejar el campo para marcharme a la ciudad, descubr&#237; que hab&#237;a dos oficios que se me antojaban igual de aberrantes en la medida en que llevaban a cabo una tarea que cada cual deb&#237;a poder realizar por su cuenta. A&#250;n hoy me resulta dif&#237;cil no ver a los floristas y a los peluqueros como par&#225;sitos, unos porque viven de la explotaci&#243;n de una naturaleza que es de todos, y otros porque realizan con todo un despliegue de aspavientos y productos arom&#225;ticos una tarea que efect&#250;o yo sola en mi cuarto de ba&#241;o con unas tijeras bien afiladas.

&#191;Qui&#233;n le ha cortado as&#237; el pelo? -pregunta indignada la peluquera a la cual, a costa de un esfuerzo dantesco, he ido a confiar la tarea de hacer de mi cabellera una obra domesticada.

Estira y agita a cada lado de mis orejas dos mechones de inconmensurable tama&#241;o.

Bueno, ni se lo pregunto -prosigue con expresi&#243;n asqueada, ahorr&#225;ndome as&#237; la verg&#252;enza de tener que denunciarme a m&#237; misma-. La gente ya no respeta nada, lo veo todos los d&#237;as.

Vengo s&#243;lo a sane&#225;rmelo un poco -le digo.

No s&#233; muy bien lo que significa, pero es una r&#233;plica cl&#225;sica de las series que ponen en televisi&#243;n a primera hora de la tarde y que est&#225;n pobladas de chicas muy maquilladas que se encuentran siempre en la peluquer&#237;a o en el gimnasio.

&#191;A sane&#225;rselo? &#161;Aqu&#237; no hay nada que sanear, se&#241;ora! -exclama-. &#161;Hay que rehacer el corte de arriba abajo!

Me mira el cr&#225;neo con aire cr&#237;tico y emite un peque&#241;o silbido.

Tiene usted un cabello bonito, algo es algo. Tendr&#237;amos que poder sacar algo bueno de aqu&#237;.

Al final mi peluquera resulta ser buena chica. Pasada la irritaci&#243;n, cuya legitimidad consiste sobre todo en asentar la suya propia -y porque es tan agradable seguir al pie de la letra el gui&#243;n social al cual debemos lealtad-, se ocupa de m&#237; con amabilidad y alegr&#237;a.

&#191;Qu&#233; se puede hacer con una masa abundante de cabello si no es cortarla a diestro y siniestro cuando coge volumen? En eso constitu&#237;a mi credo en materia de peluquer&#237;a. Esculpir el aglomerado para que tome forma es a partir de ahora mi concepci&#243;n capilar m&#225;s puntera.

Tiene de verdad un cabello precioso -dice por fin, observando su obra, visiblemente satisfecha-, abundante y sedoso. No deber&#237;a dejarlo en manos de cualquiera.

&#191;Puede un peinado transformarnos tanto? Yo misma no doy cr&#233;dito a mi propio reflejo en el espejo. El casco negro que aprisionaba una cara que ya he descrito como ingrata se ha convertido en una onda ligera que juguetea alrededor de un rostro que ya no parece tan poco agraciado. Me confiere un aspecto respetable. Me encuentro incluso un falso aire de matrona romana.

Es fant&#225;stico -digo, pregunt&#225;ndome a la vez c&#243;mo sustraer tan imprudente locura a las miradas de los residentes.

Es inconcebible que tantos a&#241;os persiguiendo la invisibilidad queden varados en el banco de arena de un corte a lo matrona.

Vuelvo a casa procurando pasar inadvertida. Tengo la inmensa suerte de no cruzarme con nadie. Pero me da la impresi&#243;n de que Le&#243;n me mira de una manera extra&#241;a. Me acerco a &#233;l, y echa las orejas hacia atr&#225;s, se&#241;al de enfado o de perplejidad.

Vamos, &#191;qu&#233; pasa? -le pregunto-. &#191;No te gusta? -antes de darme cuenta de que olisquea fren&#233;ticamente a su alrededor.

El champ&#250;. Apesto a aguacate y almendras.

Me planto un pa&#241;uelo en la cabeza y me dedico a un mont&#243;n de apasionantes ocupaciones, cuyo apogeo consiste en una limpieza concienzuda de los botones de lat&#243;n de la cabina del ascensor.

Y entonces dan las dos menos diez.

Dentro de diez minutos, Manuela surgir&#225; del abismo de la escalera para inspeccionar la obra terminada.

No tengo tiempo de meditar. Me quito el pa&#241;uelo, me desnudo con rapidez, me pongo el vestido de gabardina beis que pertenece a una muerta, y llaman a la puerta.



7

Hecha un pimpollo

Guau, caray -dice Manuela.

Una onomatopeya y una expresi&#243;n tan coloquial en boca de Manuela, a la que nunca he o&#237;do pronunciar una palabra trivial, viene a ser como si el Papa, olvidando qui&#233;n es, espetara a los cardenales: Pero &#191;d&#243;nde estar&#225; esta cochina mitra?

No se burle -le digo.

&#191;Burlarme? -contesta-. Pero &#161;Ren&#233;e, si est&#225; usted fant&#225;stica!

Y, de la emoci&#243;n, tiene que sentarse.

Una verdadera se&#241;ora -a&#241;ade.

Eso es exactamente lo que me preocupa.

Voy a parecer rid&#237;cula si me presento a cenar as&#237;, hecha un pimpollo -digo, mientras preparo el t&#233;.

En absoluto -replica Manuela-, es lo m&#225;s natural, cuando uno va a cenar fuera se pone elegante. A todo el mundo le parece normal.

S&#237;, pero esto -digo, llev&#225;ndome la mano a la cabeza y experimentando la misma sorpresa al palpar algo tan vaporoso.

Despu&#233;s se ha puesto algo en la cabeza, lo tiene todo aplastado por detr&#225;s -dice Manuela, frunciendo el ce&#241;o a la vez que extrae de su cesta un hatillo de papel de seda rojo.

Pedos de monja -anuncia. S&#237;, pasemos a otra cosa.

&#191;Qu&#233; ha ocurrido?  le pregunto.

&#161;Ah, tendr&#237;a que haberlo visto! -suspira-. He pensado que le iba a dar un ataque al coraz&#243;n. Le he dicho: Se&#241;ora Palli&#232;res, lo siento pero ya no voy a poder venir m&#225;s. Me ha mirado sin comprender. &#161;He tenido que repet&#237;rselo dos veces! Entonces se ha sentado y me ha dicho: Pero &#191;qu&#233; voy a hacer yo?

Manuela calla un momento, contrariada.

Si todav&#237;a hubiera dicho: Pero &#191;qu&#233; voy a hacer yo sin usted? Suerte tiene que quiera dejar colocada a Rosie. Si no, le habr&#237;a dicho: Se&#241;ora Palli&#232;res, puede hacer lo que quiera, a m&#237; me importa una m

Tiene guasa, oye, la mitra de los cojones, dice el Papa.

Rosie es una de las muchas sobrinas de Manuela. S&#233; lo que quiere decir. Manuela ya est&#225; pensando en volver a su pueblo, pero un fil&#243;n tan jugoso como el n&#250;mero 7 de la calle Grenelle tiene que quedar en familia, por ello introduce a Rosie en su lugar en previsi&#243;n del gran d&#237;a. Dios m&#237;o, pero &#191;qu&#233; voy a hacer yo sin Manuela?

&#191;Qu&#233; voy a hacer yo sin usted? -le digo, sonriendo.

De pronto a las dos se nos saltan las l&#225;grimas.

&#191;Sabe lo que creo? -pregunta Manuela, sec&#225;ndose los ojos con un enorme pa&#241;uelo rojo que parece un capote de torero-. He dejado a la se&#241;ora Palli&#232;res, es una se&#241;al. Se van a producir cambios buenos.

&#191;Le ha preguntado la se&#241;ora el motivo?

Eso es lo mejor -dice Manuela-. No se ha atrevido. La buena educaci&#243;n a veces puede ser un problema.

Pero se va a enterar enseguida -le digo.

S&#237; -dice Manuela jubilosa, con un hilillo de voz-. Pero &#191;sabe una cosa? -a&#241;ade-. Dentro de un mes me dir&#225;: Su Rosie es una perla, Manuela. Ha hecho usted bien en pasarle el testigo. Ah, estos ricos &#161;qu&#233; pu&#241;eteros son!

Fucking mitre, exclama nervioso el Papa.

Pase lo que pase -le digo-, somos amigas. Nos miramos sonriendo.

S&#237; -dice Manuela-. Pase lo que pase.


Idea profunda n12

Esta vez una pregunta

sobre el destino

y sus escrituras precoces

para algunos

pero no para otros

Tengo un problema bien gordo: si le prendo fuego a mi casa, corro el riesgo de estropear la de Kakuro. Complicar la existencia del &#250;nico adulto que, hasta ahora, me parece digno de estima no es muy pertinente que digamos. Pero prenderle fuego a la casa es sin embargo un proyecto importante para m&#237;. Hoy he conocido a alguien y ha sido apasionante. He ido a casa de Kakuro a tomar el t&#233;. Estaba Paul, su secretario. Kakuro nos ha invitado, a Marguerite y a m&#237;, al cruzarse con nosotras y con mam&#225; en el portal. Marguerite es mi mejor amiga. Hace dos a&#241;os que estamos en la misma clase y, desde el principio, lo nuestro fue un flechazo. No s&#233; si ten&#233;is una m&#237;nima idea de lo que es un colegio hoy en d&#237;a en Par&#237;s, en los barrios elegantes, pero, francamente, no tiene nada que envidiarle a los barrios bajos de Marsella. Quiz&#225; sea incluso peor, porque all&#237; donde hay dinero, hay droga, y mucha y de mil tipos. Qu&#233; gracia me hacen los amigos de mi madre, tan nost&#225;lgicos de su Mayo del 68, con sus recuerdos alegres de porros y pipas chechenas. En mi colegio (p&#250;blico, eso s&#237;, al fin y al cabo mi padre ha sido ministro de la Rep&#250;blica) se puede comprar de todo: &#225;cido, &#233;xtasis, coca, speed, etc. Cuando pienso en los tiempos en que los adolescentes esnifaban pegamento en el cuarto de ba&#241;o No era nada comparado con lo de ahora. Mis compa&#241;eros de clase se colocan con pastillas de &#233;xtasis como si fueran caramelos, y lo peor es que donde hay droga, hay sexo. No os extra&#241;&#233;is tanto: hoy en d&#237;a los j&#243;venes tienen relaciones sexuales muy pronto. Hay ni&#241;os de sexto (bueno, no muchos, pero s&#237; algunos) que ya se han acostado. Es muy desalentador. Primero, porque yo creo que el sexo, como el amor, es algo sagrado. No me apellido de Broglie, pero si yo viviera m&#225;s all&#225; de la pubertad, ser&#237;a para m&#237; muy importante hacer del sexo un sacramento maravilloso. Segundo, porque un adolescente que juega a d&#225;rselas de adulto no deja de ser un adolescente. Imaginar que colocarse los fines de semana y andar acost&#225;ndose con unos y con otros va a hacer de ti un adulto es como creer que un disfraz hace de ti un indio. Y tercero, no deja de ser una concepci&#243;n de la vida un poco extra&#241;a querer hacerse adulto imitando los aspectos m&#225;s catastr&#243;ficos de la edad adulta A m&#237;, haber visto a mi madre chutarse antidepresivos y somn&#237;feros me ha vacunado de por vida contra ese tipo de sustancias. Al final, los adolescentes creen hacerse adultos imitando como monos a los adultos que no han pasado de ser ni&#241;os y que huyen ante la vida. Es pat&#233;tico. Aunque bueno, si yo fuera Cannelle Martin, la t&#237;a buena de mi clase, me pregunto qu&#233; har&#237;a todo el d&#237;a aparte de drogarme. Ya tiene el destino escrito en la frente. Dentro de quince a&#241;os, despu&#233;s de haberse casado con un t&#237;o rico s&#243;lo por casarse con un rico, su marido le pondr&#225; los cuernos porque buscar&#225; en otras mujeres lo que su perfecta, fr&#237;a y f&#250;til esposa habr&#225; sido del todo incapaz de darle, digamos algo de calor humano y sexual. &#201;sta dirigir&#225; pues toda su energ&#237;a hacia sus casas y sus hijos, de los cuales, por venganza inconsciente, har&#225; clones de s&#237; misma. Maquillar&#225; y vestir&#225; a sus hijas como cortesanas de lujo, las echar&#225; en brazos del primer financiero que pase y encargar&#225; a sus hijos la misi&#243;n de conquistar el mundo, como su padre, y de enga&#241;ar a sus esposas con chicas que no valen nada. &#191;Pens&#225;is que estoy divagando? Cuando miro a Cannelle Martin, su largo pelo rubio y vaporoso, sus grandes ojos azules, sus minifaldas escocesas, sus camisetas s&#250;per ce&#241;idas y su ombligo perfecto, os aseguro que lo veo tan claro como si ya hubiera ocurrido. Por ahora a todos los chicos de la clase se les cae la baba por ella, y Cannelle tiene la ilusi&#243;n de que esos homenajes de la pubertad masculina al ideal de consumo femenino que ella representa son un reconocimiento de su encanto personal. &#191;Os parece que soy mala? En absoluto, de verdad sufro al ver esto, sufro por ella, s&#237;, por ella. As&#237; que, cuando vi a Marguerite por primera vez Marguerite es de origen africano y si se llama Marguerite, no es porque viva en la zona m&#225;s elegante de Par&#237;s, sino porque es un nombre de flor. Su madre es francesa, y su padre, de origen nigeriano. Trabaja en el Quai d'Orsay, pero no se parece en nada al t&#237;pico diplom&#225;tico. Es un hombre sencillo. Parece gustarle su trabajo. No es en absoluto c&#237;nico. Y tiene una hija guap&#237;sima: Marguerite es la belleza en persona; una tez, una sonrisa y un cabello de ensue&#241;o. Y sonr&#237;e todo el rato. Cuando Achille Grand-Fernet (el gallito de la clase) le cant&#243; el primer d&#237;a esa canci&#243;n que habla de una mestiza de Ibiza que siempre va desnuda, ella le contest&#243; al instante, con una sonrisa de oreja a oreja, con otra canci&#243;n que habla de un ni&#241;ato que le pregunta a su madre por qu&#233; ha nacido tan feo. Eso es algo de Marguerite que yo admiro: no es que sea una lumbrera en el terreno conceptual o l&#243;gico, pero tiene una capacidad de r&#233;plica incre&#237;ble. Es un verdadero don, s&#237;. Yo soy intelectualmente superdotada, y Marguerite es un hacha en el campo de soltar buenos cortes. Me encantar&#237;a ser como ella; a m&#237; la respuesta se me ocurre siempre cinco minutos tarde y tengo que repetir todo el di&#225;logo en mi cabeza. Cuando, la primera vez que vino a casa, Colombe le dijo: Marguerite es bonito, pero es un nombre de abuela, ella le respondi&#243; al momento: Al menos no es un nombre de p&#225;jaro. &#161;Se qued&#243; con la boca abierta, Colombe, fue grandioso! Se debi&#243; de pasar horas rumiando la sutileza de la respuesta de Marguerite, dici&#233;ndose que era sin duda pura casualidad, pero &#161;vamos, que la afect&#243;! Lo mismo ocurri&#243; cuando Jacinthe Rosen, la gran amiga de mam&#225;, le dijo: No debe de ser f&#225;cil de peinar, un pelo como el tuyo. (Marguerite tiene una cabellera de le&#243;n de la sabana). Ella le contest&#243;: Yo no entender lo que mujer blanca decir.

El tema de conversaci&#243;n favorito de Marguerite y m&#237;o es el amor. &#191;Qu&#233; es? &#191;C&#243;mo amaremos nosotras? &#191;A qui&#233;n? &#191;Cu&#225;ndo? &#191;Por qu&#233;? Hay divergencia de opiniones. Curiosamente, Marguerite tiene una visi&#243;n intelectual del amor, mientras que yo soy una rom&#225;ntica empedernida. Ella ve en el amor el fruto de una elecci&#243;n racional (en plan www.nuestrosgustos.com), mientras que para m&#237; nace de una pulsi&#243;n deliciosa. En cambio estamos de acuerdo en una cosa: amar no debe ser un medio, sino un fin.

Nuestro otro tema de conversaci&#243;n predilecto es la prospectiva en materia de destino. Cannelle Martin: abandonada y enga&#241;ada por su marido, casa a su hija con un financiero, anima a su hijo a enga&#241;ar a su mujer y termina su vida en la periferia elegante de Par&#237;s, en una habitaci&#243;n de ocho mil euros al mes. Achille Grand-Fernet: se engancha a la hero&#237;na, ingresa en una cl&#237;nica de desintoxicaci&#243;n a los veinte a&#241;os, toma los mandos de la empresa de bolsas de pl&#225;stico de su pap&#225;, se casa con una rubia deste&#241;ida, engendra un hijo esquizofr&#233;nico y una hija anor&#233;xica, cae en el alcoholismo y muere de c&#225;ncer de h&#237;gado a los cuarenta y cinco a&#241;os. Etc. Si quer&#233;is saber mi opini&#243;n, lo peor no es que juguemos a este juego, sino que no sea un juego.

Bueno, el caso es que al cruzarse en el portal con Marguerite, mam&#225; y conmigo, Kakuro ha dicho: Esta tarde viene a visitarme mi sobrina nieta, &#191;quer&#233;is venir vosotras tambi&#233;n? Mam&#225; le ha contestado: S&#237;, s&#237;, claro, antes siquiera de que nos diera tiempo a respirar, pues sent&#237;a que se acercaba la hora de que ella misma pudiera echarle una ojeadita al piso de Kakuro. As&#237; que all&#225; hemos ido. La sobrina nieta de Kakuro se llama Yoko, es la hija de su sobrina &#201;lise, que a su vez es la hija de su hermana Mariko. Tiene cinco a&#241;os. &#161;Es la ni&#241;a m&#225;s linda del mundo! Y adem&#225;s es adorable. Gorjea, se r&#237;e, suelta grititos y mira a la gente con el mismo aire bueno y abierto que su t&#237;o abuelo. Hemos jugado al escondite, y cuando Marguerite la ha encontrado en un armario de la cocina, a la ni&#241;a le ha entrado tanta risa que se ha hecho pip&#237;. Despu&#233;s hemos tomado tarta de chocolate charlando con Kakuro, y ella nos escuchaba mir&#225;ndonos muy calladita con sus ojazos (llena de chocolate hasta las cejas).

Mir&#225;ndola, me he preguntado: &#191;Ella tambi&#233;n ser&#225; luego como todos los dem&#225;s? He tratado de imagin&#225;rmela con diez a&#241;os m&#225;s, en plan de vuelta de todo, con botas altas y un cigarro en los labios; y luego otros diez a&#241;os m&#225;s tarde, en una casa as&#233;ptica, esperando a que volvieran sus hijos del colegio, jugando a ser una buena madre y una buena esposa japonesa. Pero no pod&#237;a.

Entonces he experimentado un gran sentimiento de felicidad. Es la primera vez en mi vida que conozco a alguien cuyo destino no me resulta previsible, alguien para quien los caminos de la vida siguen abiertos, alguien lleno de frescura y de posibilidades. Me he dicho: Ah, s&#237;, a Yoko tengo ganas de verla crecer y sab&#237;a que no se trataba s&#243;lo de una ilusi&#243;n ligada a su juventud, porque ninguno de los hijos de los amigos de mis padres me ha hecho sentir as&#237;. Tambi&#233;n me he dicho que Kakuro deb&#237;a de ser de esta manera cuando era ni&#241;o y me he preguntado si entonces alguien lo mir&#243; como yo miraba ahora a Yoko, con gusto y curiosidad, esperando ver a la mariposa salir de su cris&#225;lida, ignorante de cu&#225;les ser&#237;an los dibujos de sus alas, pero confiando en que ser&#237;an buenos, fueran cuales fueran.

Entonces me hice una pregunta: &#191;Por qu&#233;? &#191;Por qu&#233; &#233;stos y no los otros?

Y otra m&#225;s: &#191;Y yo? &#191;Se ve ya mi destino escrito en mi frente? Si quiero morir es porque creo que s&#237;.

Pero si en nuestro universo existe la posibilidad de convertirse en lo que uno no es todav&#237;a &#191;sabr&#233; aprovecharla y hacer de mi vida un jard&#237;n distinto al de mis ancestros?



8

Demonios

A las siete, m&#225;s muerta que viva, me dirijo hacia la cuarta planta, rezando, hasta reventarme los nudillos, por no cruzarme con nadie.

El portal est&#225; desierto.

La escalera est&#225; desierta.

El rellano del se&#241;or Ozu est&#225; desierto.

Este desierto silencioso, que deber&#237;a haberme colmado, pre&#241;a mi coraz&#243;n de un oscuro presentimiento, y un irrefrenable deseo de huir me atenaza. Mi l&#250;gubre porter&#237;a se me antoja de pronto un refugio c&#225;lido y radiante, y siento una bocanada de nostalgia al pensar en Le&#243;n, arrellanado ante una televisi&#243;n que ya no me parece tan inicua. Despu&#233;s de todo, &#191;qu&#233; tengo que perder? Puedo dar media vuelta, bajar la escalera y regresar a mi morada. Nada m&#225;s f&#225;cil. Nada m&#225;s l&#243;gico, al contrario que esta cena que raya en el absurdo.

Un ruido en la quinta planta, justo encima de mi cabeza, interrumpe el hilo de mis pensamientos. Del susto, al instante me pongo a sudar -despiadado destino- y, sin tan siquiera comprender el gesto, aprieto con frenes&#237; el bot&#243;n del timbre.

No me da ni tiempo a que me lata el coraz&#243;n: se abre la puerta.

El se&#241;or Ozu me recibe con una gran sonrisa.

&#161;Buenas tardes! -exclama con, dir&#237;ase, una alegr&#237;a que nada tiene de fingida.

Demonios, el ruido en la planta quinta se precisa: alguien cierra una puerta.

S&#237;, s&#237;, buenas tardes -digo, empujando pr&#225;cticamente a mi anfitri&#243;n para entrar.

&#191;Me permite su bolso? -dice el se&#241;or Ozu, que sigue sonriendo de oreja a oreja.

Le tiendo el bolso, recorriendo con la mirada el inmenso vest&#237;bulo.

Mi mirada se topa con algo.



9

De oro mate

Justo delante de la puerta, atrapado en un rayo de luz, hay un cuadro.

He aqu&#237; la situaci&#243;n: yo, Ren&#233;e, cincuenta y cuatro a&#241;os y callos en los pies, nacida en el fango y destinada a permanecer en &#233;l, al ir a cenar a casa de un rico japon&#233;s del cual soy portera, por el &#250;nico error de haber dado un respingo ante una cita de Ana Karenina, yo, Ren&#233;e, intimidada y asustada hasta el tu&#233;tano y consciente hasta el desfallecimiento de la inconveniencia y el car&#225;cter blasfemo de mi presencia en este lugar que, si bien espacialmente accesible, no por ello representa menos un mundo al que no pertenezco y que desconf&#237;a de las porteras, yo, Ren&#233;e, dirijo como sin querer la mirada justo detr&#225;s del se&#241;or Ozu sobre ese rayo de luz que ilumina un cuadrito con un marco de madera oscura.

S&#243;lo el esplendor del Arte puede explicar el desvanecimiento repentino de la conciencia de mi indignidad, a la que sustituye un s&#237;ncope est&#233;tico. Ya no me conozco a m&#237; misma. Rodeo al se&#241;or Ozu, atrapada por la visi&#243;n.

Es una naturaleza muerta que representa una mesa servida para una colaci&#243;n de ostras y pan. En primer plano, sobre una fuentecita de plata, un lim&#243;n despojado a medias de su c&#225;scara y un cuchillo de mango cincelado. En el trasfondo, dos ostras cerradas, un fragmento de concha, de n&#225;car visible, y un plato de esta&#241;o que sin duda contiene pimienta. Junto a &#233;stos, un vaso dado la vuelta, un panecillo empezado con su miga blanca a la vista y, a la izquierda, un gran vaso abombado como una c&#250;pula invertida, de pie ancho y cilindrico adornado con esferas de cristal, lleno a medias de un l&#237;quido p&#225;lido y dorado. La gama crom&#225;tica va del amarillo al marfil. El fondo es de oro mate, un poco deslucido.

Soy ferviente adoradora de las naturalezas muertas. He tomado prestados de la biblioteca todas las obras del fondo pict&#243;rico, buscando obras de este g&#233;nero. He visitado el museo del Louvre, de Orsay y el de Arte Moderno, y he visto -revelaci&#243;n y maravilla- la exposici&#243;n de Chardin de 1979 en el Petit Palais. Pero ni la obra entera de Chardin vale una sola obra maestra de la pintura holandesa del siglo XVII. Las naturalezas muertas de Pieter Claesz, de Willem Claesz-Heda, de Willem Kalk y de Osias Beert son obras maestras del g&#233;nero, y obras maestras a secas, a cambio de las cuales, sin una sombra de vacilaci&#243;n, dar&#237;a todo el Quattrocento italiano.

Y &#233;sta, sin vacilaci&#243;n tampoco, es indudablemente una obra de Pieter Claesz.

Es una copia -dice detr&#225;s de m&#237; un se&#241;or Ozu del que me hab&#237;a olvidado por completo.

Otra vez tiene este hombre que sobresaltarme.

Me sobresalto.

Recuper&#225;ndome, me dispongo a decir algo del estilo de:

Es muy bonito -que es al Arte como paliar a a la belleza de la lengua.

Me dispongo, en el dominio recobrado de mi serenidad, a retomar mi papel de guardesa obtusa prosiguiendo con un:

Hay que ver las cosas que hacen hoy en d&#237;a (en respuesta a: es una copia).

Y me dispongo asimismo a propinar el golpe fatal, aquel que dejar&#225; fuera de combate los recelos del se&#241;or Ozu y que asentar&#225; para siempre la evidencia de mi indignidad:

Mire que son raros esos vasos.

Me doy la vuelta. Las palabras:

&#191;Una copia de qu&#233;? -que de pronto decida las m&#225;s apropiadas se me traban en la garganta, En lugar de eso, digo:

Qu&#233; hermoso.



10

&#191;Qu&#233; congruencia hay?

&#191;De d&#243;nde viene la fascinaci&#243;n que sentimos ante ciertas obras? La admiraci&#243;n nace ya desde la primera mirada, y si despu&#233;s descubrimos, en la paciente obstinaci&#243;n que empleamos en desvelar las causas, que toda esa belleza es el fruto de un virtuosismo que s&#243;lo se revela al escrutar el trabajo de un pincel que ha sabido dome&#241;ar la sombra y la luz y restituir, magnific&#225;ndolas, las formas y las texturas -joya transparente del vaso, grano tumultuoso de las conchas, suavidad aterciopelada y clara del lim&#243;n  ello no disipa ni desentra&#241;a el misterio del deslumbramiento primero.

Es un enigma siempre renovado: las grandes obras son formas visuales que en nosotros alcanzan la certeza de una adecuaci&#243;n intemporal. La evidencia de que ciertas formas, bajo el aspecto particular que les dan sus creadores, atraviesan la historia del Arte y, como expresi&#243;n impl&#237;cita del genio individual, constituyen todas ellas facetas del genio universal es profundamente perturbadora. &#191;Qu&#233; congruencia hay entre una obra de Claesz, una de Rafael, una de Rubens y una de Hopper? Pese a la diversidad de los temas, los soportes y las t&#233;cnicas, pese a la insignificancia y lo ef&#237;mero de existencias abocadas siempre a no ser m&#225;s que de un tiempo solo y de una cultura sola, pese tambi&#233;n a la unicidad de toda mirada, que no ve nunca m&#225;s que lo que le permite su constituci&#243;n y sufre por la pobreza de su individualidad, el genio de los grandes pintores ha llegado al coraz&#243;n del misterio y ha exhumado, bajo apariencias diversas, la misma forma sublime que buscamos en toda producci&#243;n art&#237;stica. &#191;Qu&#233; congruencia hay entre una obra de Claesz, una de Rafael, una de Rubens y una de Hopper? El ojo encuentra en estos maestros, sin tener, que buscarla, una forma que desencadena la sensaci&#243;n de la adecuaci&#243;n, porque a todos se nos aparece como la esencia misma de lo Bello, sin variaciones ni reservas, sin contexto ni esfuerzo. Pero, en la naturaleza muerta del lim&#243;n, irreductible a la maestr&#237;a de la ejecuci&#243;n, que hac&#237;a surgir el sentimiento de la adecuaci&#243;n, el sentimiento de que as&#237; es como deb&#237;an disponerse los elementos, que permit&#237;a sentir el poder de los objetos y de las interacciones entre &#233;stos, abarcar en la mirada su solidaridad y los campos magn&#233;ticos que los atraen o los repelen, el v&#237;nculo inefable que los une y engendra una fuerza, esa onda secreta e inexplicada que nace de los estados de tensi&#243;n y de equilibrio de la configuraci&#243;n, que hace surgir el sentimiento de adecuaci&#243;n, la disposici&#243;n de los objetos y los manjares alcanzaba ese universal en la singularidad: la intemporalidad de la forma adecuada.



11

Una existencia sin duraci&#243;n

&#191;Para qu&#233; sirve el Arte? Para darnos la breve pero fulgurante ilusi&#243;n de la camelia, abriendo en el tiempo una brecha emocional que parece irreductible a la l&#243;gica animal. &#191;C&#243;mo surge el Arte? Nace de la capacidad que tiene la mente de esculpir el &#225;mbito sensorial. &#191;Qu&#233; hace el Arte por nosotros? Da forma y hace visibles nuestras emociones y, al hacerlo, les atribuye este sello de eternidad que llevan todas las obras que, a trav&#233;s de una forma particular, saben encarnar el universo de los afectos humanos.

El sello de la eternidad &#191;Qu&#233; vida ausente sugieren a nuestro coraz&#243;n estos manjares, estas copas, estos tapices y estos vasos? M&#225;s all&#225; de los l&#237;mites del cuadro, sin duda, el tumulto y el tedio de la vida, esa carrera incesante y vana acosada de proyectos; pero en el interior, la plenitud de un momento en suspenso arrancado al tiempo de la codicia humana. &#161;La codicia humana! No podemos dejar de desear, y ello nos magnifica y nos mata. &#161;El deseo! Nos empuja y nos crucifica, llev&#225;ndonos cada d&#237;a al campo de batalla donde, la v&#237;spera, fuimos derrotados, pero que, al alba, de nuevo se nos antoja terreno de conquistas; nos hace construir, aunque hayamos de morir ma&#241;ana, imperios abocados a convertirse en polvo, como si el conocimiento que de su ca&#237;da pr&#243;xima tenemos no alterara en nada la sed de edificarlos ahora; nos insufla el recurso de seguir queriendo lo que no podemos poseer y, al llegar la aurora, nos arroja sobre la hierba cubierta de cad&#225;veres, proporcion&#225;ndonos hasta la hora de nuestra muerte proyectos al instante cumplidos y que al instante se renuevan. Pero es tan extenuante desear sin tregua Pronto aspiramos a un placer sin b&#250;squeda, so&#241;amos con un estado feliz que no tendr&#237;a comienzo ni final y en el que la belleza ya no ser&#237;a fin ni proyecto, sino que devendr&#237;a la evidencia misma de nuestra naturaleza. Pues bien, ese estado es el Arte. Pues esta mesa, &#191;he tenido yo que servirla? Estos manjares, &#191;debo acaso codiciarlos para verlos? En alg&#250;n lugar, en otro lugar, alguien quiso este almuerzo, alguien aspir&#243; a esta transparencia mineral y persigui&#243; el goce de acariciar con la lengua el sabor salado y suave de una ostra con lim&#243;n. Fue necesario este proyecto, enmarcado en cientos m&#225;s, que daba pie a mil otros, esta intenci&#243;n de preparar y de saborear un &#225;gape de marisco, este proyecto de lo otro, en verdad, para que el cuadro tomara forma.

Pero cuando miramos una naturaleza muerta, cuando, sin haberla perseguido, nos deleitamos con esta belleza que lleva consigo la figuraci&#243;n magnificada e inm&#243;vil de las cosas, gozamos de lo que no hemos tenido que codiciar, contemplamos lo que no hemos tenido que querer, nos complacemos en lo que no nos ha sido necesario desear. Entonces la naturaleza muerta, porque conviene a nuestro placer sin entrar en ninguno de nuestros planes, porque se nos da sin el esfuerzo de que la deseemos, encarna la quintaesencia del Arte, esta certeza de lo intemporal. En la escena muda, sin vida ni movimiento, se encarna un tiempo carente de proyectos, una perfecci&#243;n arrancada a la duraci&#243;n y a su cansina avidez -un placer sin deseo, una existencia sin duraci&#243;n, una belleza sin voluntad.

Pues el Arte es la emoci&#243;n sin el deseo.


Diario del movimiento del mundo n 5

Se mover&#225;, no se mover&#225;

Hoy mam&#225; me ha llevado a su psicoanalista. Motivo: me escondo. Esto es lo que me ha dicho mam&#225;: Mi vida, sabes muy bien que a todos nos tiene locos que te escondas as&#237;. Pienso que ser&#237;a buena idea que vinieras conmigo a hablar de ello con el doctor Theid, sobre todo despu&#233;s de lo que nos dijiste el otro d&#237;a. Primero, el doctor Theid s&#243;lo es doctor en el cerebrito perturbado de mi madre. No es m&#225;s m&#233;dico o titular de una tesis de doctorado que yo, pero es obvio que a mam&#225; le produce una enorme satisfacci&#243;n decir doctor, por aquello de la ambici&#243;n que al parecer tiene de curarla, pero tom&#225;ndose su tiempo (diez a&#241;os). No es m&#225;s que un antiguo izquierdista reconvertido al psicoan&#225;lisis despu&#233;s de unos a&#241;itos de estudio bien tranquilitos en la Universidad de Nanterre y un encuentro providencial con un pez gordo de la Causa freudiana. Y segundo, no veo d&#243;nde est&#225; el problema. Lo de que me escondo de hecho ni siquiera es verdad: me a&#237;slo all&#237; donde no puedan encontrarme. Lo &#250;nico que quiero es poder escribir mis Ideas profundas y mi Diario del movimiento del mundo en paz y, antes, s&#243;lo quer&#237;a poder pensar tranquilamente yo sola sin que me perturbaran las idioteces que mi hermana dice o escucha en la radio o en su aparato de m&#250;sica, o sin que me moleste mam&#225; que viene a susurrarme: Est&#225; aqu&#237; la abuelita, tesoro, ven a darle un beso, que es una frase de las menos apasionantes que conozco.

Cuando pap&#225;, que pone su cara de enfadado, me pregunta: Pero bueno, &#191;por qu&#233; te escondes?, por lo general no respondo. &#191;Qu&#233; se supone que tengo que decir? &#191;Porque me pon&#233;is de los nervios y tengo una obra de envergadura que escribir antes de morir? No puedo, por razones obvias. Entonces, la &#250;ltima vez prob&#233; con el humor, por aquello de desdramatizar. Adopt&#233; un aire como ausente y dije, mirando a pap&#225; y poniendo voz de moribunda: Por todas esas voces que oigo en mi cabeza. Atiza: &#161;fue un zafarrancho de combate! A pap&#225; parec&#237;a que se le fueran a salir los ojos de las &#243;rbitas, mam&#225; y Colombe llegaron a todo correr cuando fue a buscarlas y todo el mundo me hablaba al mismo tiempo: Cari&#241;o, no es grave, te vamos a sacar de &#233;sta (pap&#225;), Ahora mismo llamo al doctor Theid (mam&#225;), &#191;Cu&#225;ntas voces oyes? (Colombe), etc. Mi madre ten&#237;a su expresi&#243;n de los d&#237;as importantes, dividida entre la inquietud y la excitaci&#243;n: &#191;y si mi hija fuera un caso para la Ciencia? &#161;Qu&#233; horror, pero qu&#233; gloria! Bueno, al verlos asustarse as&#237;, les dije: &#161;Que no, hombre, que era una broma!, pero tuve que repetirlo varias veces para que por fin me oyeran, y m&#225;s veces todav&#237;a hasta que por fin me creyeran. Y con todo, no estoy segura de haberlos convencido. Total, que mam&#225; me pidi&#243; cita con Doc T. y hemos ido esta ma&#241;ana.

Primero hemos esperado en una salita muy elegante con revistas de distintas &#233;pocas: algunos ejemplares de G&#233;o de hace diez a&#241;os y el &#250;ltimo Elle bien a la vista encima del todo. Y luego ha llegado Doc T. Era del todo conforme a su foto (que sal&#237;a en una revista que mam&#225; le ense&#241;&#243; a todo el mundo) pero al natural, es decir en color y en olor: casta&#241;o y pipa. Un cincuent&#243;n de buen ver, de aspecto cuidado; el cabello, la barba muy cortita, la tez (opci&#243;n bronceado Seychelles), el jersey, el pantal&#243;n, los zapatos y la correa de reloj eran casta&#241;os todos ellos, y todo del mismo tono, es decir como una casta&#241;a de verdad. O como las hojas de oto&#241;o. Y, adem&#225;s, con un olor a pipa de primera categor&#237;a (tabaco rubio: miel y frutos secos). Bueno, me he dicho, nos embarcamos rumbo a una sesioncita en plan conversaci&#243;n oto&#241;al junto a la chimenea entre gente educada, una charla refinada, constructiva y quiz&#225; incluso sedosa (me encanta este adjetivo).

Mam&#225; ha entrado conmigo, nos hemos sentado en unas sillas delante de su escritorio, y &#233;l se ha sentado detr&#225;s, en un gran sill&#243;n giratorio con unas orejas raras, un poco en plan Star Trek. Ha cruzado las manos sobre su regazo, nos ha mirado y ha dicho: Me alegro de veros a las dos. Pues s&#237; que empezamos bien. Me ha puesto de mal caf&#233;. Una frase de comercial de supermercado para vender cepillos de dientes de doble cara a la se&#241;ora y la hija plantadas detr&#225;s de su carrito, no es precisamente lo que cabe esperar de un psicoanalista, vamos, digo yo. Pero el cabreo se me ha pasado de golpe cuando he ca&#237;do en la cuenta de un hecho apasionante para mi Diario del movimiento del mundo. He mirado bien, concentr&#225;ndome con todas mis fuerzas y dici&#233;ndome, no, no es posible. &#161;Pero s&#237;, s&#237;! &#161;Era posible! &#161;Incre&#237;ble! Estaba fascinada, tanto que apenas he escuchado a mam&#225; contar todas sus peque&#241;as miserias (mi hija se esconde, mi hija nos asusta cont&#225;ndonos que oye voces, mi hija no nos habla, mi hija nos tiene preocupados) diciendo mi hija doscientas veces cuando yo estaba sentada a quince cent&#237;metros y, cuando &#233;l me ha hablado, casi me he sobresaltado.

Tengo que explic&#225;roslo. Sab&#237;a que Doc T. estaba vivo porque hab&#237;a caminado delante de m&#237;, se hab&#237;a sentado y hab&#237;a hablado. Pero a partir de ese momento, pod&#237;a haber estado muerto perfectamente, porque no se mov&#237;a. Una vez instalado en su sill&#243;n gal&#225;ctico, ni un solo movimiento m&#225;s: s&#243;lo le temblaban un poco los labios, pero apenas. Y el resto: inm&#243;vil, totalmente inm&#243;vil. Normalmente, cuando hablas, no mueves s&#243;lo los labios, a la fuerza eso desencadena otros movimientos: m&#250;sculos de la cara, gestos muy ligeros con la manos, el cuello, los hombros; y cuando no hablas, con todo es muy dif&#237;cil permanecer inm&#243;vil del todo; siempre tiembla algo, siempre se parpadea, se mueve imperceptiblemente un pie, etc.

Pero &#233;l: rien! &#161;Nada! Wallou! Nothing! &#161;Una estatua viva! &#161;Flipante! Y bien, jovencita, me ha dicho, y me he sobresaltado, &#191;qu&#233; dices t&#250; de todo esto? Me ha costado reunir mis pensamientos porque estaba del todo fascinada por su inmovilidad, por eso he tardado un poco en responder. Mam&#225; se retorc&#237;a sobre su silla como si tuviera hemorroides, pero el Doc me miraba sin pesta&#241;ear. Me he dicho: tengo que conseguir que se mueva, tengo que conseguir que se mueva, a la fuerza tiene que haber algo que lo haga moverse. Entonces he dicho: S&#243;lo hablar&#233; en presencia de mi abogado, con la esperanza de que eso funcionara. Chasco total: ni un solo movimiento. Mam&#225; ha suspirado como una virgen en pleno suplicio, pero &#233;l se ha quedado totalmente inm&#243;vil. Tu abogado Mmm, ha dicho sin moverse. El desaf&#237;o se estaba volviendo apasionante. &#191;Se mover&#225; o no se mover&#225;? He decidido poner toda la carne en el asador para ganar la batalla. Esto no es un tribunal, ha a&#241;adido &#233;l, lo sabes muy bien, mmm. Yo me dec&#237;a: si consigo hacer que se mueva, valdr&#225; la pena, &#161;no habr&#233; perdido el d&#237;a! Bien, ha dicho la estatua, mi querida Solange, voy a tener una conversaci&#243;n a solas con esta jovencita. Mi querida Solange se ha levantado dirigi&#233;ndole una mirada de cocker lacrimoso y se ha marchado de la habitaci&#243;n haciendo un mont&#243;n de movimientos in&#250;tiles (sin duda para compensar).

Tienes a tu madre muy preocupada, ha atacado el doctor, logrando la proeza de no mover ni el labio inferior siquiera. He reflexionado un momento y he decidido que la t&#233;cnica de la provocaci&#243;n no ten&#237;a muchas probabilidades de llegar a buen puerto. &#191;Quer&#233;is asegurarle a vuestro psicoanalista la certeza de su dominio? Provocadlo como provoca un adolescente a sus padres. He decidido pues decirle muy seria: &#191;Cree que tiene que ver con la exclusi&#243;n del Nombre del Padre? &#191;Dir&#237;ais que le ha hecho moverse un pelo? En absoluto. Se ha quedado inm&#243;vil e imp&#225;vido. Pero me ha parecido ver algo en sus ojos, como una vacilaci&#243;n. He decidido explotar el fil&#243;n. &#191;Mmm?, ha preguntado. No creo que entiendas lo que dices. -Oh, s&#237;, s&#237;, le he contestado, pero hay algo en las teor&#237;as de Lacan que no entiendo, y es la naturaleza exacta de su relaci&#243;n con el estructuralismo. &#201;l ha entreabierto la boca para decir algo pero yo he sido m&#225;s r&#225;pida. Ah, y tampoco entiendo los matemas. Todos esos nudos, resulta un poco confuso. &#191;Entiende usted algo de la topolog&#237;a? Hace tiempo que todo el mundo sabe que es una tomadura de pelo, &#191;no? Ah&#237; ya s&#237; he notado cierto progreso. No le hab&#237;a dado tiempo a cerrar la boca y se le ha quedado abierta. Luego se ha recuperado y sobre su rostro inm&#243;vil ha aparecido una expresi&#243;n sin movimiento, en plan: &#191;Quieres jugar a esto conmigo, bonita? Pues claro que quiero jugar a esto contigo, mi querido marr&#243;n glac&#233;. Entonces he aguardado. Eres una jovencita muy inteligente, lo s&#233;, ha dicho (coste de esta informaci&#243;n transmitida por Mi querida Solange: 60 euros la media hora). Pero se puede ser muy inteligente y a la vez muy fr&#225;gil, &#191;sabes?, muy l&#250;cido y muy desgraciado. No me digas, &#191;en serio? &#191;Esta frase la has le&#237;do en Pif Gadget [un tebeo [[4]Pif Gadget o simplemente Pif, publicaci&#243;n mensual (originalmente quincenal) francesa de historietas, de car&#225;cter infantil y juvenil, creada en febrero de 1969 y de gran &#233;xito en Francia durante los a&#241;os 70. Fue fundada por el Partido Comunista Franc&#233;s como sucesora de Vaillant. Toma su nombre del perro Pif, personaje creado por el dibujante franc&#233;s de origen espa&#241;ol Jos&#233; Cabrero Arnal, y de los gadgets o peque&#241;os juguetes ingeniosos que se regalan con cada n&#250;mero. Desapareci&#243; en 1993 y fue resucitada en 2004 con un nuevo n&#250;mero 1 que apareci&#243; en julio de ese a&#241;o. [Nota del escaneador].]]?, he estado a puntito de preguntarle. Y, de pronto, he sentido ganas de llevar mi jueguecito un poco m&#225;s lejos. Al fin y al cabo ten&#237;a ante m&#237; al tipo que le cuesta 600 euros al mes a mi familia desde hace diez a&#241;os, con el resultado que todos conocemos: tres horas al d&#237;a regando plantas y un consumo impresionante de sustancias de laboratorio. He sentido que me invad&#237;a una oleada de rabia. Me he inclinado sobre el escritorio y he dicho en voz muy baja: Esc&#250;chame bien, se&#241;or Congelado, t&#250; y yo vamos a hacer un trato. T&#250; me vas a dejar a m&#237; en paz, y, a cambio, yo no mandar&#233; al garete tu cochino negocio difundiendo malignos rumores sobre ti en las altas esferas de los negocios y la pol&#237;tica de esta ciudad. Y cr&#233;eme, si eres capaz de ver todo lo inteligente que soy, te dar&#225;s cuenta de que est&#225; totalmente a mi alcance hacer algo as&#237;. En mi opini&#243;n, no pod&#237;a funcionar. No me lo cre&#237;a. Hay que ser de verdad idiota para creerse tantas estupideces. Pero, resulta incre&#237;ble, la victoria ha sido m&#237;a: una sombra de inquietud ha pasado por el rostro del doctor Theid. Pienso que me ha cre&#237;do. Es fabuloso: desde luego si hay algo que yo no har&#237;a jam&#225;s es difundir rumores falsos para perjudicar a alguien. Mi padre, tan republicano &#233;l, me ha inoculado el virus de la deontolog&#237;a, y por mucho que me parezca algo tan absurdo como todo lo dem&#225;s, me atengo a &#233;l al pie de la letra. Pero el bueno del doctor, que, para juzgar a la familia, s&#243;lo dispon&#237;a de la madre, ha estimado al parecer que la amenaza era real. Y ah&#237;, milagro: &#161;un movimiento! Ha chasqueado la lengua, ha descruzado los brazos, ha extendido una mano hacia el escritorio y ha golpeado con la palma su carpeta de piel de cabra. Un gesto de exasperaci&#243;n pero tambi&#233;n de intimidaci&#243;n. Entonces se ha levantado, sin una sombra ya de dulzura ni de amabilidad, se ha dirigido hacia la puerta, ha llamado a mam&#225;, le ha soltado una milonga sobre mi buena salud mental, le ha asegurado que todo se iba a arreglar y nos ha echado al instante de su rinconcito oto&#241;al junto a la chimenea.

Al principio me sent&#237;a bastante orgullosa de m&#237; misma. Hab&#237;a conseguido que se moviera. Pero conforme iba avanzando el d&#237;a, me he ido sintiendo cada vez m&#225;s deprimida. Porque lo que ha ocurrido cuando se ha movido ha sido algo no muy bonito que digamos, no muy limpio. Por mucho que yo sepa que hay adultos que llevan m&#225;scaras en plan todo dulzura, todo sabidur&#237;a, pero debajo son muy feos y muy duros; por mucho que sepa que basta con descubrirles el juego para que caigan las m&#225;scaras, cuando ocurre con toda esa violencia, me hace da&#241;o. Cuando ha golpeado la mesa con la mano, quer&#237;a decir: Muy bien, me ves tal cual soy, es in&#250;til seguir fingiendo, acepto tu pacto miserable; y ahora ya te est&#225;s largando. Pues s&#237;, me ha dolido. Por mucho que sepa que el mundo es feo, no tengo ganas de verlo.

S&#237;, abandonemos este mundo donde lo que se mueve desvela la fealdad oculta.



12

Una oleada de esperanza

Qu&#233; c&#243;modo es reprocharles a los fenomen&#243;logos su autismo sin gato; yo he dedicado mi vida a la b&#250;squeda de lo intemporal.

Pero quien persigue eternidad recoge soledad.

S&#237; -dice, cogiendo mi bolso-, estoy de acuerdo con usted. Es una de las m&#225;s sobrias y sin embargo es de una gran armon&#237;a.

La casa del se&#241;or Ozu es muy grande y muy bonita. Los relatos de Manuela me hab&#237;an preparado para un interior japon&#233;s pero, aunque hay puertas correderas, bons&#225;is, una gruesa alfombra negra orlada de gris y objetos de procedencia asi&#225;tica -una mesa baja de madera lacada y oscura o, a lo largo de una impresionante sucesi&#243;n de ventanas, estores de bamb&#250; que, bajados a alturas diversas, le dan a la habitaci&#243;n una atm&#243;sfera de pa&#237;s del sol naciente-, tambi&#233;n hay un sof&#225; y varios sillones, consolas, l&#225;mparas y bibliotecas de factura europea. Es muy elegante. Y como bien hab&#237;an observado Manuela y Jacinthe Rosen, no hay nada redundante. Tampoco es un interior despojado y vac&#237;o, como me lo hab&#237;a imaginado yo transponiendo los de las pel&#237;culas de Ozu en un nivel m&#225;s lujoso pero sensiblemente id&#233;ntico en la sobriedad caracter&#237;stica de esta extra&#241;a civilizaci&#243;n.

Venga conmigo -me dice el se&#241;or Ozu-, no nos vamos a quedar aqu&#237;, es demasiado ceremonioso. Vamos a cenar en la cocina. De hecho, cocino yo.

Caigo entonces en la cuenta de que lleva un delantal verde manzana sobre un jersey de cuello redondo color casta&#241;o y un pantal&#243;n de lona beis. Calza unas chinelas de cuero negro.

Lo sigo trotando hasta la cocina. Cielos. En un marco como &#233;se no me importar&#237;a a m&#237; cocinar todos los d&#237;as, incluso para Le&#243;n. Ah&#237; nada puede ser corriente, y hasta abrir una caja de Miauuu debe de antojarse delicioso.

Estoy muy orgulloso de mi cocina -dice el se&#241;or Ozu con sencillez.

Ya puede estarlo -le contesto, sin sombra de sarcasmo.

Todo es en blanco y madera clara, con largas encimeras y grandes aparadores llenos de fuentes y cuencos de porcelana azul, negra y blanca. En el centro, el horno, las placas de cocina, un fregadero con tres pilas y un espacio con barra de bar, a uno de cuyos acogedores taburetes me encaramo, frente al se&#241;or Ozu, que se atarea en los fogones. Ha colocado delante de m&#237; una botellita de sake caliente y dos preciosos vasitos de porcelana azul agrietada.

No s&#233; si conoce la cocina japonesa -me dice.

No muy bien -le contesto.

Me invade entonces una oleada de esperanza. En efecto, habr&#225;n observado que, hasta el momento, no hemos intercambiando m&#225;s de veinte palabras pero me hallo ante un se&#241;or Ozu que cocina ataviado con un delantal verde manzana, como si lo conociera de toda la vida, despu&#233;s de un episodio holand&#233;s e hipn&#243;tico sobre el que nadie ha glosado y que ya ha pasado al cap&#237;tulo de las cosas olvidadas.

Perfectamente la velada podr&#237;a no ser m&#225;s que una iniciaci&#243;n a la cocina asi&#225;tica. A paseo Tolstoi y todos los recelos: el se&#241;or Ozu, nuevo residente poco al corriente de las jerarqu&#237;as, invita a su portera a una cena ex&#243;tica. Conversan sobre sashimi y tallarines con salsa de soja.

&#191;Puede haber circunstancia m&#225;s anodina?

Y entonces se produce la cat&#225;strofe.



13

Vejiga peque&#241;a

Debo confesar de antemano que tengo la vejiga peque&#241;a. &#191;C&#243;mo explicar si no que la m&#225;s m&#237;nima taza de t&#233; me mande sin demora al excusado, y que una tetera me haga reiterar el desplazamiento proporcionalmente a su capacidad? Manuela es un verdadero camello: retiene lo que bebe durante horas y se toma despacito sus frutos secos con chocolate sin moverse de la silla, mientras que yo efect&#250;o numerosas y pat&#233;ticas idas y venidas al retrete. Pero en tales ocasiones estoy en mi casa y, en mis sesenta metros cuadrados, el cuarto de ba&#241;o, que nunca queda muy lejos, ocupa un lugar que conozco hace mucho tiempo.

Sin embargo, resulta que en este momento acaba de manifest&#225;rseme mi vejiga peque&#241;a y, plenamente consciente de los litros de t&#233; consumidos por la tarde, he de escuchar su mensaje: autonom&#237;a reducida. &#191;C&#243;mo se pregunta esto en las altas esferas?

&#191;D&#243;nde est&#225; el tigre? -no me parece curiosamente la manera m&#225;s id&#243;nea.

Al contrario:

&#191;Querr&#237;a indicarme d&#243;nde est&#225; el lugar? -aunque delicada en el esfuerzo de no nombrar la cosa, se expone a la incomprensi&#243;n y, por ello, a una verg&#252;enza duplicada.

Tengo ganas de hacer pis -sobrio e informativo, no se dice en la mesa ni a un desconocido.

&#191;D&#243;nde est&#225; el aseo? -no me termina de convencer. Es una pregunta fr&#237;a, con un tufillo a restaurante de provincias.

&#201;sta me gusta bastante:

&#191;D&#243;nde est&#225;n los servicios? -porque hay en esta denominaci&#243;n, los servicios, un plural que exhala infancia y caba&#241;a en el fondo del jard&#237;n. Pero entra&#241;a tambi&#233;n una connotaci&#243;n inefable de mal olor.

Entonces atraviesa mi mente una idea genial.

Los ramen son una preparaci&#243;n a base de tallarines y de caldo de origen chino, que los japoneses suelen tomar para almorzar -est&#225; diciendo el se&#241;or Ozu, levantando en el aire una cantidad impresionante de fideos que acaba de mojar en agua fr&#237;a.

Disculpe, &#191;me dice d&#243;nde est&#225; el tocador, si es tan amable? -es la &#250;nica respuesta que se me ocurre darle.

Es, reconozco, ligeramente abrupta.

Oh, lo siento mucho, no se lo he indicado -dice el se&#241;or Ozu, con total naturalidad-. La puerta que est&#225; a su espalda y, despu&#233;s, en el pasillo, la segunda puerta a la derecha.

&#191;Podr&#237;a ser todo as&#237; de sencillo siempre?

Se ve que no.


Diario del movimiento del mundo n 6

&#191;Braga o Van Gogh?

Hoy he ido con mam&#225; a las rebajas de la calle Saint-Honor&#233;. Un infierno. Hab&#237;a cola delante de algunas tiendas. Y supongo que os imagin&#225;is qu&#233; tipo de tiendas hay en la calle Saint-Honor&#233;: mostrarse tan tenaz para comprar rebajados pa&#241;uelos o guantes que, aun as&#237;, siguen valiendo lo que un Van Gogh deja flipado a cualquiera. Pero las se&#241;oras se emplean en la tarea con una pasi&#243;n furiosa. E incluso con cierta falta de elegancia.

Pero tampoco puedo quejarme del todo del d&#237;a porque he podido observar un movimiento muy interesante aunque, por desgracia, muy poco est&#233;tico. A cambio de eso, ha sido muy intenso, &#161;eso desde luego! Y tambi&#233;n divertido. O tr&#225;gico, no sabr&#237;a deciros. De hecho, desde que empec&#233; este diario, he tenido que abandonar bastantes ilusiones. Part&#237; con la idea de descubrir la armon&#237;a del movimiento del mundo, para terminar desembocando en unas se&#241;oras que se pelean por una braga de encaje. Pero bueno Creo que, de todas maneras, no cre&#237;a mucho en todo esto, de modo que, ya puestos, tampoco pasa nada por que me divierta un poco

Esto es lo que ha ocurrido: he entrado con mam&#225; en una tienda de lencer&#237;a fina. Lo de lencer&#237;a fina ya es un nombre de por s&#237; interesante. Porque si no, &#191;qu&#233; ser&#237;a? &#191;Lencer&#237;a gruesa? Bueno, en realidad quiere decir lencer&#237;a sexy; vamos, que no encontrar&#233;is en esta tienda las bragas caladas de algod&#243;n de toda la vida que llevaban nuestras abuelas. Pero por supuesto, como es en la calle Saint- Honor&#233;, es sexy pero sexy chic, con picard&#237;as de encaje hecho a mano, tangas de seda y saltos de cama de casimir peinado. No hemos tenido que hacer cola para entrar, pero para el caso es lo mismo, porque dentro hab&#237;a m&#225;s gente que en la guerra. Me he sentido como si me estuviera metiendo a presi&#243;n en una m&#225;quina secadora. Y la guinda ya ha sido que a mam&#225; enseguida se le ha ca&#237;do la baba cuando se ha puesto a hurgar en un mont&#243;n de tops de colores extra&#241;os (negros y rojos o azul petr&#243;leo). Me he preguntado d&#243;nde pod&#237;a esconderme para guarecerme hasta que encontrara (era mi peque&#241;a esperanza) un pijama de felpa, y me he escabullido detr&#225;s de los probadores. No estaba sola: all&#237; ya hab&#237;a un hombre, el &#250;nico hombre de toda la tienda, con un aire tan triste como el de Neptune cuando le arrebatan el trasero de Ath&#233;na. &#201;sa es la parte mala del te quiero, cari&#241;o. El desgraciado se deja embarcar en una sesi&#243;n de pruebas de tops lenceros y va a parar a territorio enemigo, con treinta hembras en trance que lo pisan y lo fusilan con la mirada sea cual sea el lugar donde intente aparcar su engorrosa carcasa de hombre. En cuanto a su dulce amiga, hela aqu&#237; metamorfoseada en furia vengadora dispuesta a matar por un tanga rosa fucsia.

Le he lanzado una mirada de simpat&#237;a, a la que ha contestado con una de animal acorralado. Desde donde me encontraba, ten&#237;a un panorama inmejorable sobre la tienda entera y sobre mam&#225;, que se estaba volviendo loca por una especie de sujetador muy, muy, muy peque&#241;o con encaje blanco (algo es algo) pero tambi&#233;n unos enormes floripondios malvas. Mi madre tiene cuarenta y cinco a&#241;os y le sobran unos kilitos, pero el floripondio malva no la asusta; en cambio, la sobriedad y la elegancia del beis liso la paralizan de terror. Bueno, total, que aqu&#237; est&#225; mam&#225; extirpando a duras penas de un expositor un mini sujetador floral que estima de su talla y una braga a juego, tres estantes m&#225;s abajo. Tira de ella con convicci&#243;n pero, de pronto, frunce el ce&#241;o: y es que en el otro extremo de la braga hay otra se&#241;ora, que tambi&#233;n tira de ella y frunce asimismo el ce&#241;o. Se miran las dos, miran el expositor, constatan que la braga de marras es la &#250;ltima superviviente de una larga ma&#241;ana de rebajas y se preparan para la batalla a la vez que se dedican la una a la otra una sonrisa de oreja a oreja.

Y &#233;stas son las primicias del movimiento interesante: una braga de ciento treinta euros no mide al fin y al cabo m&#225;s que unos cent&#237;metros de encaje ultrafino. Hay pues que sonre&#237;r al adversario, agarrar bien la braga y tirar de ella hacia s&#237; poniendo cuidado de no romperla. Os lo digo tal cual lo pienso: si, en nuestro universo, las leyes de la f&#237;sica son constantes, entonces esto no es posible. Despu&#233;s de varios segundos de intentos infructuosos, nuestras se&#241;oras dicen am&#233;n a Newton pero no renuncian. Hay pues que proseguir la guerra de otra manera, es decir la diplomacia (una de las citas preferidas de pap&#225;). Ello provoca el siguiente movimiento interesante: hay que hacer como que se ignora que se est&#225; tirando firmemente de la braga y fingir que uno la pide cort&#233;smente con palabras. He aqu&#237; pues a mam&#225; y a la se&#241;ora que, de golpe, ya no tienen mano derecha, la que sostiene la braga. Es como si no existiera, como si la se&#241;ora y mam&#225; hablaran tranquilamente de una braga que sigue en el expositor, una braga de la que nadie trata de apoderarse por la fuerza. &#191;D&#243;nde est&#225; la mano derecha? &#161;Ffffiu! &#161;Desaparecida! &#161;Volatilizada! &#161;Le ha cedido el paso a la diplomacia!

Como todo el mundo sabe, la diplomacia fracasa siempre cuando las fuerzas que se enfrentan est&#225;n equilibradas. Nunca se ha visto a uno m&#225;s fuerte aceptar las propuestas diplom&#225;ticas del m&#225;s d&#233;bil. As&#237;, los portavoces que han empezado al un&#237;sono con un: Disculpe, se&#241;ora, pero me parece que he sido m&#225;s r&#225;pida que usted no consiguen gran cosa. Cuando me acerco a mam&#225;, ya estamos en: No pienso soltarla y es f&#225;cil dar cr&#233;dito a ambas beligerantes.

Por supuesto, mam&#225; ha terminado perdiendo: al acercarme para ponerme a su lado, ha recordado que es una madre de familia respetable y que no le era posible, sin menoscabo de su dignidad, lanzar despedida la mano izquierda contra la cara de la otra se&#241;ora. Ha recuperado pues el uso de la mano derecha y ha soltado la braga. Resultado de la ma&#241;ana de compras: una se ha marchado con la braga, la otra, con el sujetador. Mam&#225; estaba de un humor de perros durante la cena. Cuando pap&#225; le ha preguntado qu&#233; le pasaba, ha contestado: T&#250; que eres diputado, deber&#237;as estar m&#225;s atento al declive de las mentalidades y de la buena educaci&#243;n.

Pero volvamos al movimiento interesante: dos se&#241;oras en perfecta salud mental que de repente ya no conocen una parte de su cuerpo. Ello da como resultado algo muy extra&#241;o de ver: como si hubiera una fractura en la realidad, un agujero negro que se abre en el espacio y en el tiempo, como en una novela de SF [ciencia-ficci&#243;n]. Un movimiento negativo, vaya, una especie de gesto hueco.

Y me he dicho: si uno puede fingir que ignora que tiene una mano derecha, &#191;qu&#233; otra cosa puede fingir que ignora tener? &#191;Se puede tener un coraz&#243;n negativo, un alma hueca?



14

Un solo rollo de estos

La primera fase de la operaci&#243;n transcurre sin incidentes.

Tan peque&#241;a es mi vejiga que encuentro la segunda puerta del pasillo a la derecha sin que me asalte la tentaci&#243;n de abrir las otras siete, y procedo a realizar la funci&#243;n en s&#237; con un alivio que la verg&#252;enza pasada no alcanza a empa&#241;ar. Habr&#237;a sido desconsiderado preguntar al se&#241;or Ozu d&#243;nde estaban los servicios. Unos servicios no podr&#237;an ser de una blancura n&#237;vea, desde las paredes hasta la taza del inodoro sobre la que uno apenas se atreve a apoyarse, por temor a ensuciarla. Toda esta blancura est&#225; sin embargo atemperada -de manera que el acto que en ella se realiza no sea cl&#237;nico en exceso- con una gruesa, mullida, sedosa, satinada y suave moqueta amarilla, del color de un sol radiante, que salva al lugar de la atm&#243;sfera propia de un hospital. Todas estas observaciones desencadenan en m&#237; una gran estima por el se&#241;or Ozu. La sencillez sobria del blanco, sin m&#225;rmoles ni fiorituras -debilidades estas en que a menudo incurren aquellos a los que la fortuna ha sonre&#237;do, pues se afanan por hacer suntuoso todo lo trivial- y la tierna dulzura de una moqueta solar son, en materia de W. C. [cuartos de ba&#241;o], las condiciones mismas de la adecuaci&#243;n. &#191;Qu&#233; buscamos cuando vamos a este lugar? Claridad para no pensar en todas esas profundidades oscuras que hacen coalici&#243;n y algo que cubra el suelo para cumplir con nuestro deber sin hacer penitencia congel&#225;ndonos los pies, sobre todo cuando la visita es nocturna.

El papel higi&#233;nico, asimismo, aspira a la canonizaci&#243;n. Encuentro mucho m&#225;s concluyente esta marca de riqueza que la posesi&#243;n, por ejemplo, de un Maserati o de un Jaguar cup&#233;. Lo que representa el papel higi&#233;nico para el trasero de las personas ahonda mucho m&#225;s el abismo entre las clases que otros muchos signos externos. El papel que hay en casa del se&#241;or Ozu -grueso, blando, suave y deliciosamente perfumado- est&#225; destinado a colmar de atenciones esta parte de nuestro cuerpo que, m&#225;s que ninguna otra, tan sensible es a estas atenciones. &#191;Cu&#225;nto costar&#225; un solo rollo de &#233;stos?, me pregunto pulsando el bot&#243;n intermedio de la cisterna, se&#241;alado con dos flores de loto, pues mi peque&#241;a vejiga, pese a su reducida autonom&#237;a, tiene una capacidad nada desde&#241;able. Una flor me parece que se queda justita; tres ser&#237;a vanidoso por mi parte.

Entonces ocurre el hecho.

Un estruendo monstruoso, que asalta mis o&#237;dos, a punto est&#225; de fulminarme ah&#237; mismo. Lo aterrador es que no acierto a identificar su origen. No es la cadena del inodoro, que apenas oigo; viene de alg&#250;n lugar por encima de mi cabeza y se abate sobre m&#237;. Se me va a salir el coraz&#243;n del pecho. Ya conocen la triple alternativa: frente al peligro, fight, flee o freeze (o lo que es lo mismo: plantar cara, poner pies en polvorosa o pasmarse del susto). Con gusto habr&#237;a optado por la segunda, pero de pronto ya no s&#233; abrir el pestillo de una puerta. &#191;Se forma alguna hip&#243;tesis en mi mente? Quiz&#225;, pero sin gran limpidez. &#191;He pulsado acaso el bot&#243;n equivocado, estimando mal la cantidad producida -qu&#233; presunci&#243;n, qu&#233; orgullo, Ren&#233;e, dos flores de loto para tan irrisoria contribuci&#243;n- y por ello recibo el castigo de una justicia divina cuya estruendosa ira se abate sobre mis o&#237;dos? &#191;Ser&#225; que he paladeado -lujuria- en exceso la voluptuosidad del acto en este lugar (que invita a ello) cuando deber&#237;a considerarse impuro? &#191;Me habr&#233; abandonado a la envidia, codiciando este PQ [papel higi&#233;nico] digno de pr&#237;ncipes, y se me notifica tal vez sin ambig&#252;edades el pecado mortal? &#191;Han maltratado mis dedos torpes de trabajadora manual, bajo el efecto de una ira inconsciente, la mec&#225;nica sutil del bot&#243;n de flores de loto, y desencadenado un cataclismo en las ca&#241;er&#237;as que pone la cuarta planta en peligro de derrumbe?

Sigo tratando con todas mis fuerzas de huir, pero mis manos son incapaces de obedecer mis &#243;rdenes. Trituro el pomo de cobre que, correctamente manipulado, deber&#237;a liberarme, pero no se produce el desenlace esperado.

En ese momento me convenzo ya del todo de haberme vuelto loca o de haber llegado al cielo, porque el sonido hasta entonces indistinguible se precisa e, impensable pero cierto, se asemeja a una pieza de Mozart.

Para quien quiera detalles, al Confutatis del R&#233;quiem de Mozart.

Confutatis maledictis, Flammis acribus addietis!, modulan unas bell&#237;simas voces l&#237;ricas. Me he vuelto loca.

Se&#241;ora Michel, &#191;va todo bien? -pregunta una voz al otro lado de la puerta, la del se&#241;or Ozu o, m&#225;s probablemente, la de san Pedro en las puertas del purgatorio.

Pues &#161;no consigo abrir la puerta! -digo.

Buscaba convencer por todos los medios al se&#241;or Ozu de mi deficiente inteligencia.

Pues &#161;ea!, lo he conseguido.

Quiz&#225; est&#233; usted girando el pomo en el sentido equivocado -sugiere respetuosamente la voz de san Pedro.

Considero un instante la informaci&#243;n, que se abre camino con esfuerzo hasta los circuitos encargados de gestionarla.

Giro el pomo en el otro sentido.

La puerta se abre.

El Confutatis se detiene al instante. Una deliciosa ducha de silencio inunda mi cuerpo agradecido.

Yo -le digo al se&#241;or Ozu (pues es &#233;l y no san Pedro)- yo bueno eh &#191;sabe el R&#233;quiem?

Deber&#237;a haber llamado a mi gato Sinsintaxis.

&#161;Oh, apuesto a que se ha asustado! -exclama el se&#241;or Ozu-. Deber&#237;a haberla avisado. Es una costumbre japonesa que mi hija ha querido importar aqu&#237;. Cuando se tira de la cadena, suena la m&#250;sica; es m&#225;s bonito, &#191;entiende?

Entiendo sobre todo que estamos en el pasillo, delante del cuarto de ba&#241;o, en una situaci&#243;n que pulveriza todos los c&#225;nones del rid&#237;culo.

Ah -contesto-, pues me ha sorprendido, s&#237;. -Y me abstengo de todo comentario sobre la serie de pecados que este episodio acaba de sacar a la luz.

No es usted la primera -dice el se&#241;or Ozu, amable y, se dir&#237;a, un poco divertido, a juzgar por la sombra que se le dibuja en el labio superior.

El R&#233;quiem en el cuarto de ba&#241;o es una elecci&#243;n sorprendente -respondo para recuperar algo de aplomo, no sin espantarme al instante del giro que le estoy dando a la conversaci&#243;n cuando ni siquiera hemos abandonado el pasillo y seguimos el uno frente al otro, con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo, inseguros con respecto al desenlace de este di&#225;logo.

El se&#241;or Ozu me mira.

Yo lo miro a &#233;l.

Algo se quiebra en mi pecho, con un suave clac ins&#243;lito, como una v&#225;lvula que se abriera y se cerrara brevemente. Luego asisto, impotente, al temblor ligero que sacude mi torso y, como una extra&#241;a coincidencia, me parece que el mismo principio de vibraci&#243;n agita los hombros de mi anfitri&#243;n. Nos miramos, vacilantes.

Luego una especie de ji ji ji muy suave y muy tenue escapa de la boca del se&#241;or Ozu.

Caigo en la cuenta de que el mismo ji ji ji ahogado pero irreprimible sube tambi&#233;n de mi propia garganta. Hacemos ji ji ji los dos, bajito, mir&#225;ndonos con incredulidad.

Entonces el ji ji ji del se&#241;or Ozu se intensifica.

El m&#237;o adquiere tambi&#233;n una fuerza considerable.

Seguimos mir&#225;ndonos, expulsando de nuestros pulmones unos ji ji ji m&#225;s desenfrenados por momentos. Cada vez que se aplacan, nos miramos y volvemos a soltar otra tanda. Siento espasmos en el est&#243;mago. El se&#241;or Ozu llora de risa.

&#191;Cu&#225;nto tiempo permanecemos ah&#237;, riendo convulsivamente, ante la puerta del W. C. [cuarto de ba&#241;o]? No lo s&#233;.

Pero un lapso lo bastante largo como para aniquilar todas nuestras fuerzas. Emitimos todav&#237;a algunos ji ji ji extenuados y luego, m&#225;s por cansancio que por saciedad, recuperamos la seriedad.

Volvamos al sal&#243;n -dice el se&#241;or Ozu, ganador absoluto en la carrera de recuperar el aliento.



15

Una salvaje muy civilizada

Desde luego, con usted es imposible aburrirse -es lo primero que me dice el se&#241;or Ozu una vez de vuelta en la cocina cuando, c&#243;modamente encaramada a mi taburete, me bebo a sorbitos el sake tibio, que encuentro bastante mediocre-. Es usted una persona poco corriente -a&#241;ade, deslizando hacia m&#237; sobre la mesa un cuenco blanco lleno de peque&#241;os raviolis que no parecen ni fritos ni cocidos sino un poquito de las dos cosas. Al lado deja otro cuenco con salsa de soja. -Son gyozas -precisa.

Al contrario, creo que soy una persona de lo m&#225;s corriente. Soy portera. Mi vida es de una banalidad ejemplar.

Una portera que lee a Tolstoi y escucha a Mozart -dice-. Ignoraba que ello formara parte de las pr&#225;cticas de su corporaci&#243;n.

Y me gui&#241;a el ojo. Se ha sentado sin m&#225;s ceremonias a mi derecha y ha atacado con sus palillos su raci&#243;n de gyozas.

Nunca en mi vida me hab&#237;a sentido tan bien. &#191;C&#243;mo les dir&#237;a yo? Por primera vez, me siento en un ambiente de confianza total, aunque no est&#233; sola. Incluso con Manuela, a la que sin embargo confiar&#237;a mi vida, no tengo esta sensaci&#243;n de seguridad absoluta que nace de la certeza de que nos comprendemos. Confiar la vida no es entregar el alma, y si bien quiero a Manuela como a una hermana, no puedo compartir con ella lo que hila ese poquito de sentido y de emoci&#243;n que mi existencia incongruente hurta al universo.

Degusto con palillos unos gyozas rellenos de cilantro y carne especiada y, experimentando un desconcertante sentimiento de relajaci&#243;n, charlo con el se&#241;or Ozu como si nos conoci&#233;ramos de toda la vida.

Una tambi&#233;n tiene que distraerse -digo-, voy a la biblioteca municipal y saco prestado todo lo que puedo.

&#191;Le gusta la pintura holandesa? -me pregunta y, sin esperar respuesta, a&#241;ade-: Si le dieran a elegir entre la pintura flamenca y la pintura italiana, &#191;cu&#225;l salvar&#237;a usted?

Argumentamos lo que dura un falso paso de armas en el que me complazco en exaltarme por el pincel de Vermeer -pero muy pronto descubrimos que, de todas maneras, estamos ambos de acuerdo.

&#191;Piensa usted que es un sacrilegio? -pregunto.

En absoluto, mi querida se&#241;ora -me contesta, baqueteando sin ninguna consideraci&#243;n un ravioli de izquierda a derecha en el borde de su cuenco-, en absoluto, &#191;acaso cree que he encargado la copia de un Miguel &#193;ngel para exponerla en mi vest&#237;bulo?

Hay que mojar la pasta en esta salsa -a&#241;ade, poniendo delante de m&#237; un cestito de mimbre lleno de fideos y un suntuoso cuenco azul verdoso del que se eleva un aroma a cacahuete-. Es un zalu ramen, un plato de fideos fr&#237;os con una salsa ligeramente dulce. Ya me dir&#225; qu&#233; le parece.

Y me tiende una gran servilleta de lino color sepia.

Provoca da&#241;os colaterales, tenga cuidado con su vestido.

Gracias -le digo.

Y, vaya usted a saber por qu&#233;, a&#241;ado:

No es m&#237;o.

Respiro bien hondo y digo:

&#191;Sabe?, vivo sola desde hace tiempo y no salgo nunca. Me temo que soy un poco salvaje.

Una salvaje muy civilizada entonces -me dice sonriendo.

El sabor de los fideos ba&#241;ados en la salsa de cacahuete es divino. No podr&#237;a en cambio decir lo mismo del estado del vestido de Mar&#237;a. No es f&#225;cil ba&#241;ar fideos de un metro de largo en una salsa semil&#237;quida y luego trag&#225;rselos sin causar da&#241;os. Pero como el se&#241;or Ozu se come los suyos con destreza no exenta de un ruido considerable, me siento liberada de todo complejo y aspiro con br&#237;o mis interminables fideos.

Ahora en serio -me dice el se&#241;or Ozu-, &#191;no le parece fant&#225;stico? Su gato se llama Le&#243;n, los m&#237;os, Kitty y Levin; nos gusta a los dos Tolstoi y la pintura holandesa, y vivimos en el mismo lugar. &#191;Cu&#225;l es la probabilidad de que ocurra algo as&#237;?

No deber&#237;a haberme regalado esa magn&#237;fica edici&#243;n -le digo-, no era necesario.

Mi querida se&#241;ora -responde el se&#241;or Ozu -, &#191;le ha gustado?

Pues s&#237; -le digo-, me ha gustado mucho, pero tambi&#233;n me ha dado un poco de miedo. Es que, &#191;sabe?, me esfuerzo por ser discreta, no querr&#237;a que la gente de la casa se imaginara

 &#191;qui&#233;n es usted? -completa-. &#191;Por qu&#233;?

No quiero llamar la atenci&#243;n. Nadie quiere una portera con pretensiones.

&#191;Pretensiones? Pero &#161;usted no tiene pretensiones, sino gustos, luces, cualidades!

&#161;Pero soy la portera! -protesto-. Y adem&#225;s, no tengo una educaci&#243;n, soy de otro mundo que no es el de ustedes.

&#161;Pues vaya una cosa! -dice el se&#241;or Ozu, de la misma manera, lo crean o no, que Manuela, lo cual me hace gracia.

Levanta una ceja en se&#241;al de interrogaci&#243;n.

Es la expresi&#243;n preferida de una amiga m&#237;a -digo, a guisa de explicaci&#243;n

&#191;Y qu&#233; le parece a su mejor amiga esta discreci&#243;n suya?

Huy, pues la verdad es que no tengo ni idea.

Usted la conoce -le digo-, es Manuela.

Ah, &#191;la se&#241;ora Lopes? &#191;Es amiga suya?

Es mi &#250;nica amiga.

Es una gran se&#241;ora -dice el se&#241;or Ozu-, una arist&#243;crata. Como ve, no es usted la &#250;nica en desmentir las leyes sociales. &#191;Qu&#233; hay de malo en ello? &#161;Estamos en el siglo XXI, demonios!

&#191;A qu&#233; se dedicaban sus padres? -le pregunto, un poco nerviosa por tan poco discernimiento.

El se&#241;or Ozu se imagina sin duda que los privilegios desaparecieron con Zola.

Mi padre era diplom&#225;tico. No conoc&#237; a mi madre, muri&#243; poco despu&#233;s de nacer yo.

Cu&#225;nto lo siento -le digo.

Hace un gesto con la mano, como para decir: de eso hace mucho tiempo.

Prosigo con mi idea.

Es usted hijo de diplom&#225;tico, yo soy hija de campesinos pobres. Es incluso inconcebible que cene en su casa esta noche.

Y sin embargo -dice-, cena usted aqu&#237; esta noche.

Y a&#241;ade, con una sonrisa muy cordial:

Y me siento muy honrado por ello.

Y la conversaci&#243;n prosigue as&#237;, con sencillez y naturalidad. Evocamos por este orden: a Yasujiro Ozu (un pariente lejano), a Tolstoi y a Levin segando en el prado con sus campesinos, el exilio y la irreductibilidad de las culturas, as&#237; como muchos otros temas que enlazamos unos con otros con el entusiasmo del gallo y el asno, saboreando nuestros &#250;ltimos arpendes de fideos y, sobre todo, la desconcertante similitud del curso de nuestros pensamientos.

Llega un momento en que el se&#241;or Ozu me dice:

Me gustar&#237;a que me llamara Kalcuro, es menos envarado. &#191;Le molesta que la llame Ren&#233;e?

En absoluto -le contesto, y lo pienso de verdad.

&#191;De d&#243;nde me viene esta s&#250;bita soltura en la complicidad?

El sake, que me reblandece deliciosamente el bulbo raqu&#237;deo, hace que la pregunta sea terriblemente poco apremiante.

&#191;Sabe usted lo que es el azuki? -pregunta Kakuro.

Los montes de Kyoto -digo, sonriendo ante ese recuerdo de infinitud.

&#191;C&#243;mo? -pregunta &#233;l.

Los montes de Kyoto tienen el color del flan de azuki -digo, esforz&#225;ndome de todos modos por hablar de manera inteligible.

Eso sale en una pel&#237;cula, &#191;verdad? -quiere saber Kakuro.

S&#237;, en Las hermanas Munakata, al final del todo.

Oh, vi esa pel&#237;cula hace mucho tiempo, pero no la recuerdo muy bien.

&#191;No recuerda la camelia sobre el musgo del templo? -le digo.

No, en absoluto -me contesta-. Pero hace usted que sienta ganas de volver a verla. &#191;Le apetecer&#237;a que la vi&#233;ramos juntos, un d&#237;a de &#233;stos?

Tengo la cinta -le digo-. Todav&#237;a no la he devuelto a la biblioteca.

&#191;Este week-end [fin de semana], tal vez? -sugiere Kakuro.

&#191;Tiene usted v&#237;deo?

S&#237; -me dice, sonriendo.

Entonces, de acuerdo -respondo-. Pero le propongo lo siguiente: el domingo que viene vemos la pel&#237;cula a la hora del t&#233; y yo traigo los dulces.

Trato hecho -dice Kakuro.

Y la velada prosigue, mientras continuamos hablando sin af&#225;n de coherencia ni preocupaci&#243;n de horario, bebiendo a sorbitos una infusi&#243;n de curioso sabor a algas. Como era de esperar, debo repetir mis visitas a la taza nivea y la moqueta solar. Opto por el bot&#243;n de una flor de loto nada m&#225;s -mensaje recibido- y soporto el asalto del Confutatis con la serenidad de los grandes iniciados. Lo que es a la vez desconcertante y maravilloso de Kakuro Ozu es que a&#250;na un entusiasmo y un candor juveniles a una atenci&#243;n y una benevolencia de gran sabio. No estoy acostumbrada a una relaci&#243;n as&#237; con el mundo; se dir&#237;a que lo considera con indulgencia y curiosidad, mientras que los dem&#225;s seres humanos que yo conozco lo abordan con desconfianza y amabilidad (Manuela), ingenuidad y amabilidad (Olimpia) o arrogancia y crueldad (el resto del universo). Este pacto entre apetito, lucidez y magnanimidad representa un in&#233;dito y sabroso c&#243;ctel.

Y entonces mi mirada se posa sobre mi reloj. Son las tres de la ma&#241;ana.

Me pongo en pie de un salto.

Dios m&#237;o -exclamo-, &#191;ha visto la hora que es? Consulta &#233;l mismo su reloj y luego alza los ojos hacia m&#237;, con expresi&#243;n inquieta.

He olvidado que ma&#241;ana tiene usted que madrugar. Yo soy jubilado, por lo que eso ya no me preocupa. &#191;Le va a suponer un problema?

No, claro que no -le digo-, pero s&#237; que tendr&#237;a que dormir algo, aunque sea poco.

Callo el hecho de que, pese a mi avanzada edad y, cuando de todos es sabido que los viejos duermen poco, tengo que dormir como un tronco durante al menos ocho horas para poder aprehender el mundo con discernimiento.

Hasta el domingo -se despide Kakuro, en la puerta de su casa.

Muchas gracias -le digo-, he pasado una velada muy agradable, se lo agradezco mucho.

El agradecido soy yo -me contesta-, hac&#237;a mucho tiempo que no me re&#237;a tanto y mucho tiempo tambi&#233;n que no manten&#237;a una conversaci&#243;n tan agradable. &#191;Quiere que la acompa&#241;e hasta su casa?

No, gracias, no es necesario.

Siempre hay un Palli&#232;res potencial rondando por la escalera.

Bueno, lo dicho, hasta el domingo -a&#241;ado-, o quiz&#225; nos crucemos antes.

Gracias, Ren&#233;e -vuelve a decir, con una gran sonrisa juvenil.

Al cerrar la puerta de mi casa y apoyarme en ella, descubro a Le&#243;n roncando como un oso pardo en el sill&#243;n delante del televisor y constato lo impensable por primera vez en mi vida: he hecho un amigo.



16

Entonces

Entonces, lluvia de verano.



17

Un nuevo coraz&#243;n

Recuerdo esa lluvia de verano.

D&#237;a tras d&#237;a, recorremos nuestra vida como quien recorre un pasillo.

Acordarme de la comida para el gato ha visto mi patinete es la tercera vez que me lo roban llueve tanto que parece que es de noche tenemos el tiempo justo la sesi&#243;n es a la una quieres quitarte el impermeable taza de t&#233; amargo silencio de la tarde quiz&#225; estemos enfermos a fuerza de tener demasiado todos esos bonzos que regar esas ingenuas que no son m&#225;s que desvergonzadas anda est&#225; nevando y esas flores qu&#233; son pobre animalito se iba haciendo pip&#237; por todos los rincones cielo oto&#241;al qu&#233; tristeza los d&#237;as acaban tan pronto ya a qu&#233; se debe que el olor de la basura llega hasta el patio sabe todo llega a su hora no no los conoc&#237;a especialmente era una familia como las dem&#225;s aqu&#237; parece flan de azuki dice mi hijo que los chinos son intratables c&#243;mo se llaman sus gatos podr&#237;a recibir y firmar en mi nombre la ropa del tintetodas estas navidades estos villancicos estas compras qu&#233; cansancio para comer nueces hace falta mantel c&#225;spita le moquea la nariz ya hace calor y ni siquiera son las diez corto champi&#241;ones en rodajas muy finitas y nos tomamos el caldo con los champi&#241;ones dentro deja tiradas las bragas sucias debajo de la cama habr&#237;a que volverlos a tapizar

Y entonces, lluvia de verano.

&#191;Saben lo que es la lluvia de verano?

Primero la belleza pura horadando el cielo de verano, ese temor respetuoso que se apodera del coraz&#243;n, sentirse uno tan irrisorio en el centro mismo de lo sublime, tan fr&#225;gil y tan pleno de la majestuosidad de las cosas, at&#243;nito, cautivado, embelesado por la magnificencia del mundo.

Luego, recorrer un pasillo y, de pronto, penetrar en una c&#225;mara de luz. Otra dimensi&#243;n, certezas reci&#233;n formadas. El cuerpo deja de ser ganga, el esp&#237;ritu habita las nubes, la fuerza del agua es suya, se anuncian d&#237;as felices, en un renacer.

Despu&#233;s, como a veces el llanto, cuando es rotundo, fuerte y solidario, deja tras de s&#237; un gran espacio lavado de discordias, la lluvia, en verano, barriendo el polvo inm&#243;vil, crea en las almas de los seres una suerte de h&#225;lito sin fin.

As&#237;, ciertas lluvias de verano se anclan en nosotros como un nuevo coraz&#243;n que late al un&#237;sono del otro.



18

Dulce insomnio

Despu&#233;s de dos horas de dulce insomnio, me duermo pl&#225;cidamente.


Idea profunda n13

&#191; Qui&#233;n cree

poder hacer miel

sin compartir el destino de las abejas?

Cada d&#237;a me digo que mi hermana no puede hundirse m&#225;s profundamente en el fango de la ignominia y, cada d&#237;a, me sorprende ver que s&#237; lo hace.

Esta tarde, despu&#233;s del colegio, no hab&#237;a nadie en casa. He cogido un poco de chocolate con avellanas de la cocina y me he ido a com&#233;rmelo al sal&#243;n. Estaba bien c&#243;moda en el sof&#225; y mord&#237;a el chocolate reflexionando en mi pr&#243;xima idea profunda. Pensaba que se iba a tratar de una idea profunda sobre el chocolate, o m&#225;s bien sobre la forma en que uno lo muerde, con una pregunta central: &#191;qu&#233; es lo bueno del chocolate? &#191;La sustancia en s&#237; o la t&#233;cnica del diente que lo tritura?

Pero por muy interesante que fuera esta idea, no hab&#237;a contado con mi hermana, que ha vuelto a casa antes de lo previsto e inmediatamente se ha puesto a amargarme la vida habl&#225;ndome de Italia. Desde que ha ido a Venecia con los padres de Tib&#232;re (al hotel Danieli, nada menos), Colombe no habla de otra cosa. Para colmo de males, el s&#225;bado fueron a cenar a casa de unos amigos de los Grinpard que tienen una gran finca en la Toscana. S&#243;lo con pronunciar la palabra Toscaaana, arrastrando las s&#237;labas, mi hermana se extas&#237;a, y mam&#225; con ella. Dejadme que os diga una cosa, la Toscana no es una tierra milenaria. No existe m&#225;s que para dar a personas como Colombe, mam&#225; o los Grinpard la emoci&#243;n de poseer. La Toscaaana les pertenece, tanto como la Cultura, el Arte y todo lo que pueda escribirse con may&#250;sculas.

A prop&#243;sito de la Toscaaana, pues, ya me he tenido que tragar el latazo sobre los burros, el aceite de oliva, la luz del crep&#250;sculo, la dolce vita y dem&#225;s topicazos. Pero como, cada vez, me he escabullido discretamente, Colombe no ha podido comprobar el efecto que produce en m&#237; su historia preferida. Pero, al descubrirme sentada en el sof&#225;, se ha desquitado y me ha fastidiado la degustaci&#243;n del chocolate y mi futura idea profunda.

En las tierras de los amigos de los padres de Tib&#232;re hay colmenas, las suficientes para producir un quintal de miel al a&#241;o. Los toscanos han contratado a un apicultor, que se encarga de hacer todo el trabajo para que ellos puedan comercializar la miel con el sello se&#241;or&#237;o de Flibaggi. Evidentemente, no lo hacen por el dinero. Pero la miel se&#241;or&#237;o de Flibaggi est&#225; considerada como una de las mejores del mundo, y ello contribuye al prestigio de los propietarios (que son rentistas) porque la utilizan en grandes restaurantes grandes cocineros que act&#250;an como si fuera algo extraordinario Colombe, Tib&#232;re y los padres de Tib&#232;re tuvieron el honor de protagonizar una cata de miel como las que se hacen con los vinos, y ahora ya no hay quien calle a Colombe cuando se pone a hablar sobre la diferencia entre una miel de tomillo y una miel de romero. Pues que le aproveche. Hasta ese punto del relato, la escuchaba sin prestarle mucha atenci&#243;n, pensando en lo de morder el chocolate y me dec&#237;a que si la tabarra se quedaba ah&#237;, pod&#237;a darme con un canto en los dientes.

Nunca hay que esperar algo as&#237; con Colombe. De repente, ha adoptado ese aire suyo tan poco prometedor y se ha puesto a contarme las costumbres de las abejas. Al parecer, les soltaron una clase magistral completa sobre el tema, y al esp&#237;ritu perturbado de Colombe le llam&#243; particularmente la atenci&#243;n el cap&#237;tulo dedicado a los ritos nupciales de las reinas y los z&#225;nganos. La incre&#237;ble organizaci&#243;n de la colmena, en cambio, no la impresion&#243; demasiado, cuando yo encuentro que es apasionante, sobre todo si se piensa que esos insectos tienen un lenguaje con c&#243;digo que relativiza las definiciones que se pueden dar de la inteligencia verbal como espec&#237;ficamente humana. Pero esto no le interesa en absoluto a Colombe, y eso que no se est&#225; sacando un t&#237;tulo de CAP [formaci&#243;n profesional] en fontaner&#237;a, sino un m&#225;ster en filosof&#237;a. A ella en cambio lo que le vuelve loca de inter&#233;s es la sexualidad de los bichitos de marras.

Os resumo el asunto: cuando est&#225; lista, la abeja reina inicia su vuelo nupcial, perseguida por una nube de z&#225;nganos. El primero que la alcanza copula con ella y luego muere porque, despu&#233;s del acto, su &#243;rgano genital permanece dentro del cuerpo de la abeja. Le queda pues amputado, y eso lo mata. El segundo z&#225;ngano en alcanzar a la abeja debe, para copular con ella, retirar con las patas el &#243;rgano genital del anterior y, por supuesto, despu&#233;s corre la misma suerte, y as&#237; hasta diez o quince z&#225;nganos, que llenan la bolsa esperm&#225;tica de la reina, lo que le permitir&#225; producir, durante cuatro o cinco a&#241;os, doscientos mil huevos al a&#241;o.

Esto es lo que me cuenta Colombe mir&#225;ndome con su aire venenoso y aderezando su relato con comentarios subidos de tono de esta &#237;ndole: S&#243;lo puede hacerlo una vez, &#191;eh?, entonces, claro, con uno solo no le vale, &#161;quiere quince! Si yo fuera Tib&#232;re, no me gustar&#237;a demasiado que mi novia fuera cont&#225;ndole esta historia a todo el mundo. Porque, a ver, uno no puede evitar hacer un poco de psicolog&#237;a barata: cuando una chica excitada cuenta que una hembra necesita quince machos para quedarse satisfecha y que, en se&#241;al de agradecimiento, los castra y los mata A la fuerza uno se hace preguntas. Colombe est&#225; convencida de que contar estas cosas hace de ella una chica liberada nada estrecha que aborda el sexo con naturalidad. Pero se le olvida que si me cuenta esta historia s&#243;lo lo hace para escandalizarme, y que adem&#225;s tiene un contenido nada anodino. Primero, porque para alguien como yo que piensa que el hombre es un animal, la sexualidad no es un tema escabroso sino una cuesti&#243;n cient&#237;fica. Me parece apasionante. Y segundo, os recuerdo a todos que Colombe se lava las manos tres veces al d&#237;a y chilla a la menor sospecha de pelo invisible en la ducha (siendo los pelos visibles m&#225;s improbables). No s&#233; por qu&#233;, pero me parece que esto encaja mucho con la sexualidad de las abejas reina.

Pero sobre todo, es curioso c&#243;mo interpretan los hombres la naturaleza y creen poder sustraerse a ella. Si Colombe cuenta as&#237; esta historia, es porque piensa que no le concierne. Si se mofa del pat&#233;tico retozar de los z&#225;nganos, es porque est&#225; convencida de no compartir su destino. Pero yo, en cambio, no veo nada chocante ni subido de tono en el vuelo nupcial de las abejas reina ni en el destino de los z&#225;nganos porque me siento profundamente semejante a todos estos animales, aunque mis costumbres difieran de las suyas. Vivir, alimentarse, reproducirse, llevar a cabo la tarea para la cual uno ha nacido y morir: no tiene ning&#250;n sentido, es cierto, pero as&#237; son las cosas. Qu&#233; arrogancia esta de los hombres que piensan que pueden forzar la naturaleza, escapar a su destino de insignificancias biol&#243;gicas Y qu&#233; ceguera tienen tambi&#233;n con respecto a la crueldad o la violencia de sus propias maneras de vivir, de amar, de reproducirse y de hacer la guerra a sus semejantes

Yo en cambio pienso que s&#243;lo se puede hacer una cosa: dar con la tarea para la cual hemos nacido y llevarla a cabo como mejor podamos, con todas nuestras fuerzas, sin buscarle tres pies al gato y sin creer que nuestra naturaleza animal tiene algo de divino. S&#243;lo as&#237; tendremos el sentimiento de estar haciendo algo constructivo en el momento en que venga a buscarnos la muerte. La libertad, la decisi&#243;n, la voluntad, todo eso no son m&#225;s que quimeras. Creemos que podemos hacer miel sin compartir el destino de las abejas; pero tambi&#233;n nosotros no somos sino pobres abejas destinadas a llevar a cabo su tarea para despu&#233;s morir.



Paloma



1

Afilados

Esa misma ma&#241;ana, a las siete, llaman a mi puerta.

Tardo varios instantes en emerger del vac&#237;o. Dos horas de sue&#241;o no disponen a mucha afabilidad por el g&#233;nero humano, y los numerosos timbrazos que siguen mientras me pongo bata y zapatillas y me atuso el cabello, extra&#241;amente esponjoso, no estimulan mi altruismo.

Abro la puerta y me encuentro cara a cara con Colombe Josse.

Bueno, &#191;qu&#233;, estaba atrapada en un atasco?

Me cuesta creer lo que oigo.

Son las siete -digo.

Ella me mira.

S&#237;, lo s&#233;  dice.

La porter&#237;a abre a las ocho -le indico, haciendo un enorme esfuerzo por contenerme.

&#191;C&#243;mo que a las ocho? -pregunta con aire escandalizado-. Ah, pero &#191;hay un horario?

No, la vivienda de los porteros es un santuario protegido que no conoce ni el progreso social ni las leyes salariales.

S&#237; -digo, incapaz de pronunciar una sola palabra m&#225;s.

Ah -contesta ella con voz perezosa-. Bueno, pero ya que estoy aqu&#237;

 volver&#225; usted m&#225;s tarde -digo, cerr&#225;ndole la puerta en las narices y dirigi&#233;ndome hacia la tetera. Al otro lado del cristal, la oigo exclamar: Pero &#161;bueno, esto es el colmo!, dar media vuelta, furiosa, y pulsar con rabia el bot&#243;n de llamada del ascensor.

Colombe Josse es la hija mayor de los Josse. Colombe Josse es tambi&#233;n una especie de engendro rubio que se viste como una gitana pobre. Si hay algo que aborrezco es esta perversi&#243;n de los ricos que consiste en vestirse como pobres, con trapos dados de s&#237;, gorros de lana gris, zapatos de clochard y camisas de flores que asoman bajo jers&#233;is ra&#237;dos. No s&#243;lo es feo, sino tambi&#233;n insultante; no hay nada m&#225;s despreciable que el desd&#233;n de los ricos por el deseo de los pobres.

Por desgracia, Colombe Josse tambi&#233;n lleva una brillante carrera acad&#233;mica. El oto&#241;o pasado entr&#243; en la &#201;cole N&#243;rmale Sup&#233;rieure, en la secci&#243;n de Filosof&#237;a. Me preparo un t&#233; y biscotes con mermelada de ciruela Claudia tratando de dominar el temblor de rabia que agita mi mano, mientras un insidioso dolor de cabeza se infiltra bajo los huesos de mi cr&#225;neo. Me doy una ducha, nerviosa, me visto, abastezco a Le&#243;n de alimentos abyectos (pat&#233; de cabeza y restos de cortezas de cerdo h&#250;medas y pegajosas), salgo al patio, saco los cubos de basura, saco a Neptune del cuartito de la basura y, a las ocho, cansada de todas estas salidas, regreso de nuevo a mi cocina, igual de nerviosa que cuando la dej&#233;.

En la familia Josse est&#225; tambi&#233;n la benjamina, Paloma, que es tan discreta y di&#225;fana que tengo la impresi&#243;n de no verla jam&#225;s, aunque vaya todos los d&#237;as al colegio, pues bien, a ella precisamente me env&#237;a Colombe, a las ocho en punto, como emisaria. Qu&#233; maniobra m&#225;s cobarde.

Me encuentro a la pobre ni&#241;a (&#191;qu&#233; edad tendr&#225;?, &#191;once a&#241;os, doce?) ante el felpudo de mi puerta, r&#237;gida como la ley. Respiro hondo -no descargar sobre el inocente la ira que ha provocado el maligno- y trato de sonre&#237;r con naturalidad.

Buenos d&#237;as, Paloma -le digo.

La ni&#241;a tritura el bajo de su chaleco rosa, expectante.

Buenos d&#237;as -dice, con una vocecilla aguda.

La miro con atenci&#243;n. &#191;C&#243;mo he podido no darme cuenta hasta ahora? Algunos ni&#241;os tienen el dif&#237;cil don de dejar helados a los adultos. Nada en su comportamiento corresponde a lo que se espera de su edad. Son demasiado graves, demasiado serios, demasiado imperturbables y, al mismo tiempo, tremendamente afilados. S&#237;, afilados. Al mirar a Paloma con m&#225;s atenci&#243;n, discierno una afilada agudeza, una sagacidad helada que si interpret&#233; como reserva, me digo, fue s&#243;lo porque me resultaba imposible imaginar que la trivial Colombe pudiera tener por hermana a una jueza de la Humanidad.

Mi hermana Colombe me manda avisarla de que van a traer un sobre muy importante para ella -dice Paloma.

Muy bien -contesto, velando por no dulcificar mi tono, como hacen los adultos cuando hablan a los ni&#241;os, lo cual, a fin de cuentas, no es sino una marca de desprecio tan grande como la ropa de pobre que llevan los ricos.

Pregunta si puede usted sub&#237;rselo luego a casa -prosigue Paloma.

S&#237; -le contesto.

Vale -a&#241;ade Paloma.

Y se queda ah&#237;.

Es muy interesante.

Se queda ah&#237; mir&#225;ndome tranquilamente, sin moverse, con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo y la boca un poco entreabierta. Tiene unas trenzas raqu&#237;ticas, gafas de montura rosa y unos enormes ojos claros.

&#191;Quieres tomar un chocolate? -le pregunto, porque no se me ocurre otra cosa.

Ella asiente con la cabeza, igual de imperturbable que antes.

Entra -le digo-, justamente me estaba tomando un t&#233;.

Y dejo abierta la puerta de la porter&#237;a, para atajar toda imputaci&#243;n de rapto.

Yo tambi&#233;n prefiero t&#233;, si no le molesta -me dice.

No, claro que no  respondo, algo sorprendida, observando mentalmente que empiezan a acumularse ciertos datos: jueza de la Humanidad, bonita manera de expresarse, reclama t&#233;.

Se sienta en una silla y columpia los pies en el aire mir&#225;ndome mientras le sirvo una taza de t&#233; de jazm&#237;n. Se la dejo delante y me siento ante la m&#237;a.

Todos los d&#237;as me las apa&#241;o para que mi hermana me tome por una retrasada mental -me declara tras un largo sorbo de especialista-. Mi hermana, que pasa noches enteras con sus amigos fumando, bebiendo y hablando como los j&#243;venes de los suburbios porque piensa que su inteligencia no se puede poner en duda.

Lo cual le va que ni pintado a la moda SDF [clochard].

Estoy aqu&#237; como mensajera porque es una cobarde y una miedica -prosigue Paloma sin dejar de mirarme fijamente con sus grandes ojos l&#237;mpidos.

Bueno, al menos esto nos habr&#225; proporcionado la ocasi&#243;n de conocernos -comento educadamente.

&#191;Puedo volver alguna vez? -pregunta, y hay como una s&#250;plica en su voz.

Claro, eres siempre bienvenida. Pero temo que te puedas aburrir, no hay mucho que hacer aqu&#237;.

S&#243;lo querr&#237;a estar tranquila -replica.

&#191;No puedes estar tranquila en tu habitaci&#243;n?

No -dice-, no estoy tranquila si todo el mundo sabe d&#243;nde estoy. Antes, me escond&#237;a. Pero ahora ya han descubierto todos mis escondites.

Pero &#191;sabes?, a m&#237; tambi&#233;n me molestan continuamente. No s&#233; si podr&#225;s pensar tranquila aqu&#237;.

Me puedo quedar ah&#237;. -Se&#241;ala el sill&#243;n delante del televisor encendido, sin sonido-. La gente viene para verla a usted, nadie me molestar&#225;.

Yo encantada de que vengas -le digo-, pero antes tenemos que preguntarle a tu madre si le parece bien.

Manuela, que empieza el trabajo a las ocho y media, asoma la cabeza por la puerta abierta. Se dispone a decirme algo cuando descubre a Paloma y su taza de t&#233; humeante.

Pase, pase -le digo-, est&#225;bamos tomando algo mientras charl&#225;bamos un poco.

Manuela enarca una ceja, lo que significa, al menos en portugu&#233;s: &#191;Qu&#233; est&#225; haciendo ella aqu&#237;? Yo me encojo imperceptiblemente de hombros. Manuela frunce los labios, perpleja.

&#191;Y bien? -me pregunta no obstante, incapaz de esperar.

&#191;Vuelve usted luego un momentito? -le digo, con una gran sonrisa.

Ah -dice Manuela al ver mi sonrisa-, Muy bien, muy bien, s&#237;, luego vuelvo, como siempre. Luego, mirando a Paloma:

Bueno, pues luego vuelvo. Y, educadamente:

Adi&#243;s, se&#241;orita.

Adi&#243;s -contesta Paloma, esbozando su primera sonrisa, una pobre sonrisita sin fuerzas que me parte el coraz&#243;n.

Tienes que volver ya a casa -le digo-. Tu familia se va a preocupar.

Se levanta y se dirige hacia la puerta arrastrando los pies.

Es obvio -me dice-, que es usted muy inteligente.

Y como, desconcertada, no digo nada, a&#241;ade:

Ha encontrado el mejor escondite.



2

Ese invisible

El sobre que un mensajero deja en la porter&#237;a para Su Majestad Colombe de la Escoria est&#225; abierto.

Abierto del todo, nunca estuvo cerrado. La solapa adhesiva conserva a&#250;n su tira protectora blanca, y el sobre entreabre su boca como un zapato viejo, desvelando un taco de hojas encuadernadas con espiral.

&#191;Por qu&#233; no se han tomado la molestia de cerrarlo?, me pregunto, descartando la hip&#243;tesis de la confianza en la probidad de los mensajeros y las porteras y suponiendo m&#225;s bien la convicci&#243;n de que el contenido del sobre no los interesar&#225;.

Juro y perjuro que es la primera vez y suplico que se tengan en cuenta los hechos (noche corta, lluvia de verano, Paloma, etc.).

Saco con cuidado del sobre el taco de hojas.

Colombe Josse, El argumento de potentia dei absoluta, tesina de m&#225;ster bajo la direcci&#243;n del Profesor Manan, Universidad de Par&#237;s-I, la Sorbona.

Sujeta con un clip a la cubierta hay una tarjeta de visita:

Querida Colombe Josse:

Aqu&#237; tiene mis anotaciones. Gracias por el mensajero.

Nos vemos ma&#241;ana en el Saulchoir.

Cordialmente,

J. Marian

Se trata de filosof&#237;a medieval, o al menos as&#237; me informa la introducci&#243;n al asunto. Es incluso una tesina sobre Guillermo de Ockham, monje franciscano y fil&#243;sofo l&#243;gico del siglo XIV. En cuanto al Saulchoir, es una biblioteca de ciencias religiosas y filos&#243;ficas que se encuentra en el distrito XIII y que regentan unos frailes dominicos. Posee un importante fondo de literatura medieval, con, apuesto, las obras completas de Guillermo de Ockham en lat&#237;n y en quince tomos. &#191;Que c&#243;mo lo s&#233;? Pues porque fui hace unos a&#241;os. &#191;Por qu&#233;? Por nada. Hab&#237;a descubierto en un plano de Par&#237;s esta biblioteca que parec&#237;a abierta a todo el mundo y fui a visitarla como coleccionista que soy. Recorr&#237; los pasillos de la biblioteca, m&#225;s bien vac&#237;os, ocupados exclusivamente por ancianos muy doctos y estudiantes de aire pretencioso. Siempre me fascina la abnegaci&#243;n con la que nosotros los humanos somos capaces de dedicar una gran energ&#237;a a la b&#250;squeda de la nada y a la combinaci&#243;n de ideas in&#250;tiles y absurdas. Charl&#233; sobre patr&#237;stica griega con un joven que estaba redactando una tesis doctoral y me pregunt&#233; c&#243;mo tanta juventud pod&#237;a malograrse de esa manera al servicio de la nada. Cuando se piensa bien en que lo que preocupa ante todo al primate es el sexo, el territorio y la jerarqu&#237;a, la reflexi&#243;n sobre el sentido de la oraci&#243;n en Agust&#237;n de Hipona se antoja relativamente f&#250;til. Desde luego, se arg&#252;ir&#225; sin duda que el hombre aspira a un sentido que va m&#225;s all&#225; de las pulsiones. Pero yo replico que dicha objeci&#243;n es a la vez muy cierta (&#191;qu&#233; decir, si no, de la literatura?) y muy falsa: el sentido es en s&#237; otra pulsi&#243;n, es incluso la pulsi&#243;n llevada hasta su grado m&#225;s alto de realizaci&#243;n, pues utiliza el medio m&#225;s eficaz, la comprensi&#243;n, para lograr su objetivo. Pues esta b&#250;squeda de sentido y de belleza no es el signo de la elevada naturaleza del hombre que, escapando a su animalidad, supuestamente encontrar&#237;a en las luces del esp&#237;ritu la justificaci&#243;n de su ser; no, es un arma afilada al servicio de un fin material y trivial. Y cuando el arma se toma a s&#237; misma como objeto, es una simple consecuencia de ese cableado neuronal espec&#237;fico que nos distingue de los otros animales y, al permitirnos sobrevivir gracias a ese medio eficaz, la inteligencia, nos ofrece tambi&#233;n la posibilidad de la complejidad sin fundamento, del pensamiento sin utilidad, de la belleza sin funci&#243;n. Es como un virus inform&#225;tico, una consecuencia sin consecuencia de la sutileza de nuestro c&#243;rtex, una desviaci&#243;n superflua que utiliza in&#250;tilmente medios disponibles.

Pero incluso cuando la b&#250;squeda no divaga as&#237; de esta manera, no deja de ser una necesidad que no contraviene la animalidad. La literatura, por ejemplo, tiene una funci&#243;n pragm&#225;tica. Como toda forma de Arte, tiene como misi&#243;n hacer soportable el cumplimiento de nuestros deberes vitales. Para un ser que, como el humano, da forma a su destino a fuerza de reflexi&#243;n y reflexividad, el conocimiento as&#237; obtenido tiene el car&#225;cter insoportable de toda lucidez desnuda. Sabemos que somos animales dotados de un arma de supervivencia y no dioses que dan forma al mundo con su propio pensamiento, y desde luego hace falta algo para que esta sagacidad sea para nosotros tolerable, algo que nos salve de la triste y eterna fiebre de los destinos biol&#243;gicos. Entonces, inventamos el Arte, este otro procedimiento del animal que somos, con el fin de que nuestra especie sobreviva.

Que nada complace tanto a la verdad como la sencillez a la hora de expresarla es la lecci&#243;n que Colombe Josse deber&#237;a haber aprendido de sus lecturas medievales. Hacer fiorituras conceptuales al servicio de la nada es sin embargo todo el beneficio que parece capaz de sacar de toda esta historia. Es uno de esos bucles in&#250;tiles y tambi&#233;n un despilfarro desvergonzado de recursos, entre los que se incluyen el mensajero y yo misma.

Recorro las p&#225;ginas reci&#233;n anotadas de lo que debe de ser una versi&#243;n final y me siento consternada. Habr&#225; que reconoc&#233;rsele a la se&#241;orita una pluma que no se defiende demasiado mal, aunque adolece de los vicios t&#237;picos achacables a su juventud. Pero que las clases medias se partan el espinazo para financiar con el sudor de su frente y de sus impuestos tan vana y pretenciosa investigaci&#243;n me deja sin habla. Secretarios, artesanos, empleados, funcionarios de baja categor&#237;a, taxistas y porteros se tragan una vida cotidiana hecha de ma&#241;anas grises para que la flor y nata de la juventud francesa, alojada y remunerada como es debido, despilfarre todo el fruto de estas vidas grises en el altar de rid&#237;culas tesinas.

A priori, no obstante, es del todo apasionante: &#191;Existen universales o bien s&#243;lo cosas singulares?, es la pregunta a la que, comprendo yo, Guillermo dedic&#243; lo esencial de su vida. Encuentro que es un interrogante fascinante: &#191;es cada cosa una entidad individual -y, en ese caso, lo que es similar entre una cosa y otra no es sino una ilusi&#243;n o un efecto del lenguaje, que procede mediante palabras y conceptos, mediante generalidades que designan y engloban varias cosas particulares- o bien existen realmente formas generales de las que participan las cosas singulares y que no son simples hechos de lenguaje? Cuando decimos: una mesa, cuando pronunciamos la palabra mesa, cuando formamos el concepto de mesa, &#191;designamos siempre esta mesa en concreto o bien hacemos referencia realmente a una entidad mesa universal que funda la realidad de todas las mesas particulares que existen? &#191;Es real la idea de mesa, o pertenece &#250;nicamente a nuestra mente? En ese caso, &#191;por qu&#233; son parecidos algunos objetos? &#191;Acaso el lenguaje los reagrupa de manera artificial y para comodidad del entendimiento humano en categor&#237;as generales, o bien existe una forma universal de la que participa toda forma espec&#237;fica?

Para Guillermo, las cosas son singulares, y el realismo de los universales, err&#243;neo. No hay m&#225;s que realidades particulares, la generalidad s&#243;lo pertenece a la mente y es complicar lo sencillo suponer la existencia de realidades gen&#233;ricas. Pero &#191;tan seguros estamos de ello? &#191;Qu&#233; congruencia hay entre un Rafael y un Vermeer, me preguntaba yo anoche mismo? El ojo reconoce en ambos una forma com&#250;n de la que ambos participan, la de la Belleza. Y yo por mi parte creo que tiene que haber realidad en esa forma, no puede ser un simple recurso de la mente humana que clasifica para comprender, que discrimina para aprehender: pues no se puede clasificar nada que no se preste a ello, no se puede reagrupar nada que no sea reagrupable, no se puede reunir nada que no sea reunible. Jam&#225;s una mesa ser&#225; la Vista de Delft: la mente humana no puede crear esta disimilitud, de la misma manera que no tiene el poder de engendrar la solidaridad profunda que una naturaleza muerta holandesa establece con una Virgen con Ni&#241;o italiana. De la misma forma que cada mesa participa de una esencia que le da su forma, toda obra de arte participa de una forma universal, y s&#243;lo &#233;sta puede darle el sello que la convierte en eso, en obra de arte. Bien es cierto que no percibimos directamente esta universalidad: es la raz&#243;n por la que tantos fil&#243;sofos se han mostrado reacios a considerar las esencias como reales porque nunca veo m&#225;s que esta mesa presente y no bajo su forma universal mesa, nunca veo m&#225;s que este cuadro y no la esencia misma de lo Bello. Y sin embargo sin embargo, est&#225; ah&#237;, ante nuestros ojos: cada cuadro de un maestro holand&#233;s es una encarnaci&#243;n de ella, una aparici&#243;n fulgurante que s&#243;lo podemos contemplar a trav&#233;s de lo singular pero que nos da acceso a la eternidad, a la atemporalidad de una forma sublime.

La eternidad: ese invisible que contemplamos.



3

La cruzada justa

Pero &#191;creen que todo esto interesa a nuestra aspirante a la gloria intelectual?

&#161;Qu&#233; va!

Colombe Josse, que por la Belleza o el destino de las mesas no tiene ninguna consideraci&#243;n l&#243;gica, se empe&#241;a en explorar el pensamiento teol&#243;gico de Ockham al capricho de melindres sem&#225;nticos carentes de inter&#233;s. Lo m&#225;s notable es la intenci&#243;n que preside la empresa: se trata de hacer de las tesis filos&#243;ficas de Ockham la consecuencia de su concepci&#243;n de la acci&#243;n de Dios, relegando sus a&#241;os de labor filos&#243;fica al rango de excrecencias secundarias de su pensamiento teol&#243;gico. Es sideral, embriagador como un mal vino y sobre todo muy revelador acerca del funcionamiento de la Universidad: si quieres hacer carrera, coge un texto marginal y ex&#243;tico (la Suma de l&#243;gica de Guillermo de Ockham) todav&#237;a poco explorado, insulta su sentido literal buscando en &#233;l una intenci&#243;n que el propio autor no hab&#237;a visto (pues todo el mundo sabe que la inconsciencia en materia de concepto es mucho m&#225;s poderosa que todos los designios conscientes), def&#243;rmala hasta el punto de que parezca una tesis original (es el poder absoluto de Dios, que funda un an&#225;lisis l&#243;gico cuyas repercusiones filos&#243;ficas se pasan por alto), quema al hacerlo todos tus iconos (el ate&#237;smo, la fe en la Raz&#243;n contra la raz&#243;n de la fe, el amor por la sabidur&#237;a y otras frusler&#237;as que tanto gustan a los socialistas), dedica un a&#241;o de tu vida a este jueguecito indigno a expensas de una colectividad a la que sacas de la cama a las siete y env&#237;ale un mensajero a tu director de investigaci&#243;n.

&#191;Para qu&#233; sirve la inteligencia si no es para servir? Y no hablo de esta falsa servidumbre que es la de los altos funcionarios y que exhiben con orgullo como se&#241;al de su virtud: &#233;sta es una humildad de fachada que no es sino vanidad y desd&#233;n. Ataviado cada ma&#241;ana con la ostentosa modestia del gran servidor, hace tiempo que &#201;tienne de Broglie me ha convencido del orgullo de su casta. Al contrario, los privilegios dan aut&#233;nticos deberes. Pertenecer al peque&#241;o cen&#225;culo cerrado de la &#233;lite es deber servir a la medida de la gloria y de la holgura en la existencia material que se cosecha como premio por esta pertenencia. &#191;Soy yo como Colombe Josse una joven alumna de la &#201;cole N&#243;rmale Sup&#233;rieure, con un porvenir abierto? Debo preocuparme del progreso de la Humanidad, de la resoluci&#243;n de problemas cruciales para la supervivencia, del bienestar o la elevaci&#243;n del g&#233;nero humano, del advenimiento de la Belleza en el mundo o de la cruzada justa por la autenticidad filos&#243;fica. No es un sacerdocio, hay donde elegir, los &#225;mbitos son amplios. No se entra en la filosof&#237;a como en el seminario, con un credo por espada y una v&#237;a &#250;nica por destino. &#191;Se trabaja sobre Plat&#243;n, Epicuro, Descartes, Spinoza, Kant, Hegel o incluso Husserl? &#191;Sobre la est&#233;tica la pol&#237;tica, la moral, la epistemolog&#237;a y la metaf&#237;sica? &#191;Se dedica uno a la ense&#241;anza, a la elaboraci&#243;n de una obra, a la investigaci&#243;n, a la Cultura? Tanto da, es indiferente. Ya que, en una disciplina como &#233;sta, s&#243;lo importa la intenci&#243;n: elevar el pensamiento, contribuir al inter&#233;s com&#250;n o bien unirse a una escol&#225;stica que no tiene m&#225;s objeto que su propia perpetuaci&#243;n ni m&#225;s funci&#243;n que la auto reproducci&#243;n de &#233;lites est&#233;riles -lo que convierte a la Universidad en una secta.


Idea profunda n 14

Ve al sal&#243;n de t&#233; Angelina

para saber

por qu&#233; arreglen los coches

&#161;Hoy ha ocurrido algo apasionante! He ido a la porter&#237;a de la se&#241;ora Michel para pedirle que llevara a casa un sobre para Colombe, que le iban a traer por mensajero. Se trata de su tesina de m&#225;ster sobre Guillermo de Ockham, un primer borrador que su director ha tenido que leer y que luego le va a hacer llegar con sus anotaciones. Lo divertido ha sido que la se&#241;ora Michel ha echado a Colombe porque ha llamado a su puerta a las siete para pedirle que le llevara el sobre a casa. La se&#241;ora Michel ha debido de cantarle las cuarenta (la porter&#237;a abre a las ocho), porque Colombe ha vuelto a casa como una fiera, chillando que la portera era una vieja cascarrabias y que habr&#225;se visto, &#191;qui&#233;n se cree que es? De pronto parece que mam&#225; se ha acordado de que s&#237;, en efecto, en un pa&#237;s desarrollado y civilizado no se molesta a las porteras a cualquier hora del d&#237;a y de la noche (ojal&#225; lo hubiera recordado antes de que llegara a bajar Colombe), pero eso no ha tranquilizado a mi hermana, que ha seguido berreando que porque se hubiera equivocado de horario eso no le daba derecho a esa desgraciada a darle con la puerta en las narices. Mam&#225; ha hecho como si no pasara nada. Si Colombe fuera mi hija (Darwin me libre), yo le habr&#237;a pegado un par de tortas.

Diez minutos m&#225;s tarde, Colombe ha venido a mi cuarto con una sonrisita obsequiosa. Eso s&#237; que no puedo soportarlo. Antes prefiero que me grite.Paloma bonita, &#191;te importa hacerme un favor enorme?, me ha dicho, haci&#233;ndome la pelota. Paso, le he contestado yo. Ha respirado bien hondo lamentando que yo no sea su esclava personal -me habr&#237;a podido mandar azotar- y eso le habr&#237;a hecho sentirse mucho mejor, esta mocosa me pone de los nervios, habr&#237;a dicho para sus adentros -.Quiero un trato, he a&#241;adido. Si ni siquiera sabes lo que quiero pedirte, me ha replicado con un tonillo despectivo. Quieres que vaya a ver a la se&#241;ora Michel, le he dicho yo. Se ha quedado con dos palmos de narices. A fuerza de decirse que soy retrasada mental, termina por cre&#233;rselo. O. K. [Vale], voy, pero a cambio de que no pongas la m&#250;sica alta en tu cuarto durante un mes. Una semana, ha querido negociar Colombe. Entonces no voy, le he contestado yo. O. K. [Vale], se ha rendido ella, ve a ver a esta vieja podrida y dile que me traiga a casa el sobre de Marian en cuanto se lo dejen en la porter&#237;a. Y se ha marchado dando un portazo.

He ido pues a ver a la se&#241;ora Michel y me ha invitado a tomar un t&#233;.

Por ahora, la estoy analizando. No he dicho gran cosa. Me ha mirado de una forma extra&#241;a, como si me viera por primera vez. No ha dicho nada de Colombe. Si fuera una portera de verdad, habr&#237;a dicho algo as&#237; como: Hay que ver tu hermana, no son formas, &#191;eh?, deber&#237;a mostrar un poco de respeto. En lugar de eso, me ha ofrecido una taza de t&#233; y me ha hablado con mucha educaci&#243;n, como si yo fuera una persona de verdad.

En la porter&#237;a estaba encendida la televisi&#243;n. Pero ella no la estaba viendo. Hab&#237;a un reportaje sobre los j&#243;venes que queman coches en los suburbios de Par&#237;s. Al ver las im&#225;genes, me he preguntado: &#191;qu&#233; puede llevar a un joven a quemar un coche?, &#191;qu&#233; ser&#225; lo que le pasa por la cabeza para llegar a hacer algo as&#237;? Y entonces a continuaci&#243;n se me ha ocurrido esta idea: &#191;Y yo? &#191;Por qu&#233; quiero yo prenderle fuego a mi casa? Los periodistas hablan del paro y de la pobreza, yo hablo del ego&#237;smo y de la falsedad de la familia. Pero son tonter&#237;as. Siempre ha habido paro, pobreza y familias que no valen para nada. Y sin embargo, &#161;no se queman coches o casas todos los d&#237;as! Me he dicho que, al final, todo eso eran falsos motivos. &#191;Por qu&#233; se quema un coche? &#191;Por qu&#233; quiero prenderle fuego a mi casa?

No he obtenido respuesta a mi pregunta hasta que me he ido de compras con mi t&#237;a H&#233;l&#232;ne, la hermana de mam&#225;, y mi prima Sophie. Quer&#237;amos ir a comprarle un regalo a mam&#225; por su cumplea&#241;os, que vamos a celebrar el domingo que viene. Hemos puesto como excusa que nos &#237;bamos juntas al museo Dapper, pero en realidad nos hemos ido a recorrer las tiendas de decoraci&#243;n de los distritos II y VIII. La idea era encontrar un parag&#252;ero y de paso comprar tambi&#233;n mi regalo.

En cuanto a lo del parag&#252;ero, ha sido interminable. Nos hemos tirado tres horas cuando, para m&#237;, todos los que hemos visto eran estrictamente id&#233;nticos: o bien cilindros de lo m&#225;s sosos, o bien unos chismes con herrajes en plan antigualla. Todos con unos precios por las nubes. &#191;No os chirr&#237;a un poco la idea de que un parag&#252;ero pueda costar doscientos noventa y nueve euros? Pues eso es lo que ha pagado H&#233;l&#232;ne por un chisme pretencioso de cuero envejecido (s&#237;, una porra: restregado con un cepillo de metal y punto) con costuras en plan silla de caballo, como si vivi&#233;ramos en una remonta. Yo le he comprado a mam&#225; en una tienda asi&#225;tica un pastillero de madera lacada negra para que guarde dentro sus somn&#237;feros. Treinta euros. A m&#237; eso ya me parec&#237;a muy caro, pero H&#233;l&#232;ne me ha preguntado si quer&#237;a a&#241;adir algo al regalo, puesto que era tan poquita cosa. El marido de H&#233;l&#232;ne es gastroenter&#243;logo y os puedo asegurar que en el reino de los m&#233;dicos, el gastroenter&#243;logo no es ni mucho menos el &#250;ltimo mono Pero aun as&#237; me caen bien H&#233;l&#232;ne y Claude porque son pues el caso es que no s&#233; muy bien c&#243;mo explicarlo &#237;ntegros, s&#237;, eso, son &#237;ntegros. Est&#225;n contentos con sus vidas, creo; bueno, al menos no juegan a ser lo que no son. Y tienen a Sophie. Mi prima Sophie est&#225; aquejada de s&#237;ndrome de Down. No va conmigo extasiarme ante los mong&#243;licos como piensa mi familia que est&#225; bien hacer (incluso Colombe se presta a ello). El discurso consensuado es: tienen una minusval&#237;a, pero &#161;son tan entra&#241;ables, tan cari&#241;osos, tan conmovedores! Personalmente, la presencia de Sophie se me hace bastante penosa: babea, grita, se pone de morros, coge rabietas y no entiende nada. Pero no quiere decir que no apruebe a H&#233;l&#232;ne y a Claude. Ellos mismos dicen que es una ni&#241;a dif&#237;cil y que es un horror tener una hija con s&#237;ndrome de Down, pero la quieren y se ocupan muy bien de ella, me parece a m&#237;. Eso, m&#225;s su car&#225;cter &#237;ntegro, hace que me caigan muy bien. Ver a mam&#225;, que juega a ser una mujer moderna a gusto consigo misma, o a Jacinthe Rosen, que juega a ser una burguesa de pura cepa, hace que H&#233;l&#232;ne, que no juega a nada de nada y est&#225; contenta con lo que tiene, resulte de lo m&#225;s simp&#225;tica.

Pero bueno, total, que despu&#233;s del circo del parag&#252;ero, hemos ido a tomar un chocolate con bizcocho a Angelina, el sal&#243;n de t&#233; de la calle de Rivoli. Me dir&#233;is que no puede haber nada m&#225;s alejado de la tem&#225;tica j&#243;venes de los suburbios que queman coches. &#161;Pues bien, est&#225;is muy equivocados! He visto algo en Angelina que me ha hecho comprender ciertas otras cosas. En la mesa junto a la nuestra hab&#237;a una pareja con un beb&#233;. Una pareja de blancos con un beb&#233; asi&#225;tico, un ni&#241;o que se llamaba Th&#233;o. H&#233;l&#232;ne y ellos se han ca&#237;do bien y han pegado la hebra un poco. Se han ca&#237;do bien por ser los tres los padres de un ni&#241;o diferente, por supuesto, por eso se han reconocido y han entablado conversaci&#243;n. Nos hemos enterado de que Th&#233;o era un ni&#241;o adoptado, que ten&#237;a quince meses cuando lo trajeron de Tailandia, que sus padres hab&#237;an muerto en el tsunami, as&#237; como todos sus hermanos. Yo miraba a mi alrededor y me preguntaba: &#191;c&#243;mo se las va a apa&#241;ar? Est&#225;bamos en Angelina, al fin y al cabo: todas esas personas bien vestidas, que paladeaban con aire afectado unos dulces birriosos y que no estaban ah&#237; m&#225;s que por pues por la significaci&#243;n del lugar, la pertenencia a cierto mundo, con sus creencias, sus c&#243;digos, sus proyectos, su historia, etc. Algo simb&#243;lico, vaya. Cuando se toma el t&#233; en Angelina, se est&#225; en Francia, en un mundo rico, jerarquizado, racional, cartesiano, regulado. &#191;C&#243;mo se las va a apa&#241;ar el peque&#241;o Th&#233;o? Ha pasado los primeros meses de su vida en una aldea de pescadores en Tailandia, en un mundo oriental, dominado por valores y emociones propias donde la pertenencia simb&#243;lica quiz&#225; se ponga en pr&#225;ctica en las fiestas del pueblo cuando se honra al dios de la Lluvia, en el que los ni&#241;os viven inmersos en creencias m&#225;gicas, etc. Y de repente helo aqu&#237; en Francia, en Par&#237;s, en Angelina, inmerso sin transici&#243;n en una cultura diferente y en una posici&#243;n que ha cambiado de manera radical: de Asia a Europa, del mundo de los pobres al de los ricos.

Entonces, de repente, me he dicho: quiz&#225;, dentro de unos a&#241;os, Th&#233;o tenga ganas de quemar coches. Porque es un gesto de rabia y de frustraci&#243;n, y quiz&#225; la rabia y la frustraci&#243;n m&#225;s grandes no sean el paro, ni la pobreza ni la ausencia de futuro; quiz&#225; sea el sentimiento de no tener cultura porque se est&#225; dividido entre varias culturas, entre s&#237;mbolos incompatibles. &#191;C&#243;mo existir si uno no sabe d&#243;nde est&#225;? &#191;Si tiene que asumir a la vez una cultura de pescadores tailandeses y otra de grandes burgueses parisinos? &#191;De hijos de inmigrantes y de miembros de una gran naci&#243;n conservadora? Entonces uno quema coches porque cuando no se tiene cultura, uno deja de ser un animal civilizado y pasa a ser un animal salvaje. Y un animal salvaje quema, mata y pilla.

S&#233; que no es muy profundo, pero despu&#233;s de esto al menos s&#237; se me ha ocurrido una idea profunda, cuando me he preguntado: &#191;Y yo? &#191;Cu&#225;l es mi problema cultural? &#191;De qu&#233; manera estoy yo dividida entre distintas creencias incompatibles? &#191;Qu&#233; me hace ser un animal salvaje?

Entonces, he tenido una iluminaci&#243;n: me he acordado de los cuidados conjuradores que prodiga mam&#225; a las plantas, las man&#237;as f&#243;bicas de Colombe, la angustia de pap&#225; porque la abuelita est&#225; en una residencia y todo un mont&#243;n m&#225;s de hechos como &#233;stos. Mam&#225; cree que se puede conjurar el destino a golpe de regadera; Colombe, que se puede alejar la angustia lav&#225;ndose las manos; y pap&#225;, que es un mal hijo que recibir&#225; su castigo por haber abandonado a su madre: a fin de cuentas, tienen creencias m&#225;gicas, creencias de hombres primitivos, pero, al contrario que los pescadores tailandeses, no pueden asumirlas porque son franceses cultos, ricos y cartesianos.

Y quiz&#225; yo sea la mayor v&#237;ctima de esta contradicci&#243;n porque, por una raz&#243;n desconocida, soy hipersensible a todo lo disonante, como si tuviera una especie de o&#237;do absoluto para las notas desafinadas, para las contradicciones. Esta contradicci&#243;n y todas las dem&#225;s Y, por consiguiente, no me reconozco en ninguna creencia, en ninguna de esas culturas familiares incoherentes.

Quiz&#225; yo sea el s&#237;ntoma de la contradicci&#243;n familiar y, por lo tanto, la que tiene que desaparecer para que la familla est&#233; bien.



4

El adagio b&#225;sico

Para cuando vuelve Manuela a las dos en punto de casa de los de Broglie, me ha dado tiempo de devolver la tesina a su sobre y de dejarlo en casa de los Josse.

He tenido as&#237; la ocasi&#243;n de mantener una interesante conversaci&#243;n con Solange Josse.

Todos recordar&#225;n que, para los residentes, soy una portera corta de luces que se encuentra en la frontera borrosa de su visi&#243;n et&#233;rea. Solange Josse no supone una excepci&#243;n al respecto pero, como est&#225; casada con un diputado socialista, hace no obstante alg&#250;n que otro esfuerzo.

Buenos d&#237;as -me dice, abriendo la puerta y cogiendo el sobre que le tiendo.

Y hablando de ese alg&#250;n que otro esfuerzo:

&#191;Sabe? -prosigue-, Paloma es una ni&#241;a muy exc&#233;ntrica.

Me mira para comprobar mi conocimiento de la palabra. Adopto una expresi&#243;n neutra, una de mis preferidas, que permite toda latitud en la interpretaci&#243;n.

Solange Josse es socialista pero no cree en el ser humano.

Quiero decir que es un poco rara -articula, como si estuviera hablando con una persona con dificultades para o&#237;r.

Es muy amable -comento yo, encomend&#225;ndome a m&#237; misma la tarea de inyectarle un poco de filantrop&#237;a a la conversaci&#243;n.

S&#237;, s&#237; -dice Solange Josse, con el tono de quien est&#225; deseando llegar al quid de la cuesti&#243;n pero antes debe superar los obst&#225;culos que le erige la subcultura de su interlocutor.

Es una ni&#241;a muy amable pero a veces se comporta de manera extra&#241;a. Le encanta esconderse, por ejemplo, desaparece durante horas.

S&#237; -contesto-, ya me ha contado.

Es un peque&#241;o riesgo, comparado con la estrategia que consiste en no decir nada, no hacer nada y no comprender nada. Pero creo poder representar mi papel sin delatar mi naturaleza.

Ah, &#191;ya le ha contado?

Solange Josse adopta de pronto un tono vago. &#191;C&#243;mo saber lo que la portera ha entendido de lo que Paloma le ha contado? es la pregunta que, movilizando sus recursos cognitivos, la desconcentra y le confiere ese aire ausente.

S&#237;, ya me ha contado  repito, con, reconozc&#225;moslo, un laconismo no exento de talento.

Detr&#225;s de Solange Josse entreveo a Constituci&#243;n, que pasa por ah&#237; a velocidad reducida, con su hocico indiferente a todo.

Huy, cuidado, el gato -advierte.

Y sale al rellano, cerrando la puerta tras de s&#237;. No dejar salir al gato y no dejar entrar a la portera es el adagio b&#225;sico de las se&#241;oras socialistas.

Bueno, como le iba diciendo -prosigue-, Paloma me ha dicho que le gustar&#237;a ir a su porter&#237;a de vez en cuando. Es una ni&#241;a muy pensativa, le gusta plantarse en alg&#250;n sitio y quedarse ah&#237; sin hacer nada. Si tengo que ser sincera, preferir&#237;a que eso mismo lo hiciera en nuestra casa.

Ah -digo yo.

Pero de vez en cuando, si para usted no es molestia As&#237; al menos sabr&#233; d&#243;nde est&#225;. Nos volvemos locos busc&#225;ndola por todas partes. A Colombe, que est&#225; hasta arriba de trabajo, no le hace mucha gracia tener que pasarse horas removiendo cielo y tierra para encontrar a su hermana.

Entorna la puerta y comprueba que Constituci&#243;n se ha largado.

No -digo yo entonces-, Paloma no me molesta.

Ah, muy bien, muy bien -dice Solange Josse, para quien una actividad urgente y mucho m&#225;s importante parece acaparar decididamente toda atenci&#243;n-. Gracias, gracias, es muy amable por su parte.

Y cierra la puerta.



5

Ant&#237;podas

Despu&#233;s de eso, llevo a cabo mi labor de portera y, por primera vez en todo el d&#237;a, saco un rato para meditar. La velada del d&#237;a anterior vuelve a m&#237; dej&#225;ndome un curioso sabor de boca. Se compone de un agradable aroma a cacahuete pero tambi&#233;n un principio de angustia sorda. Trato de distraerme enfrasc&#225;ndome en regar las plantas de todos los rellanos del edificio, justo el tipo de tarea que considero las ant&#237;podas de la inteligencia humana.

A las dos menos un minuto, llega Manuela, con la misma expresi&#243;n cautivada que Neptune cuando examina de lejos una mondadura de calabac&#237;n.

&#191;Y bien? -reitera sin esperar m&#225;s, tendi&#233;ndome unas magdalenas en un cestito redondo de mimbre.

Otra vez voy a necesitar sus servicios -le digo.

&#191;Ah, s&#237;? -modula, alargando mucho y a su pesar la &#250;ltima s&#237;laba.

Nunca hab&#237;a visto a Manuela en un estado tal de nervios.

El domingo que viene hemos quedado a tomar el t&#233; y yo me encargo de llevar los dulces -le digo.

Ooooooh -exclama, radiante-, &#161;los dulces!

Y, pragm&#225;tica de inmediato, a&#241;ade:

Tengo que prepararle algo que no se estropee enseguida.

Manuela trabaja hasta el s&#225;bado a mediod&#237;a.

El viernes por la noche le har&#233; un glotof -declara tras un breve lapso de reflexi&#243;n.

El glotof es un pastel alsaciano, especial para glotones.

Pero el glotof de Manuela tambi&#233;n es una aut&#233;ntica delicia. Todo lo que tiene Alsacia de pesado y de reseco se transforma entre sus manos en obra maestra perfumada.

&#191;Tendr&#225; tiempo? -le pregunto.

Pues claro -contesta, feliz-, &#161;siempre tengo tiempo para un glotof, y m&#225;s si es para usted!

Entonces se lo cuento todo: la llegada, la naturaleza muerta, el salce, Mozart, los gyozas, el zalu, Kitty, las hermanas Munakata y todo lo dem&#225;s.

Tengan s&#243;lo una amiga pero el&#237;janla bien.

Es usted fant&#225;stica -me dice Manuela, al final de mi relato-. Con todas las imb&#233;ciles que viven aqu&#237;, cuando por primera vez llega un se&#241;or como es debido, a la que invita es a usted. Engulle una magdalena.

&#161;Ha! -exclama de pronto, alargando mucho la hache inicial-. &#161;Tambi&#233;n le voy a hacer unas tartaletas al whisky!

No -le digo-, Manuela, no quiero causarle tantas molestias, con el glotof bastar&#225;.

&#191;Causarme molestias?  contesta -. Pero &#161;Ren&#233;e, si en todos estos a&#241;os usted nunca me ha causado ninguna molestia, al contrario!

Se queda pensando un segundo y pesca un recuerdo en su memoria.

&#191;Qu&#233; estaba haciendo aqu&#237; Paloma? -pregunta.

Pues estaba descansando un poco de su familia -le contesto.

Ah -dice Manuela-, &#161;la pobre! Tambi&#233;n es que con la hermana que tiene

Manuela tiene por Colombe, cuyos trapos de vagabundo le encantar&#237;a quemar antes de mandar a su due&#241;a al campo a una peque&#241;a revoluci&#243;n cultural, sentimientos muy poco ambiguos.

Al peque&#241;o de los Palli&#232;res se le cae la baba cuando la ve pasar -a&#241;ade-. Pero ella ni siquiera lo ve. Deber&#237;a ponerse una bolsa de basura en la cabeza. Ah, si todas las se&#241;oritas de la finca fueran como Olimpia

Es verdad, Olimpia es muy amable -corroboro.

S&#237; -dice Manuela-, es una buena muchacha. Neptune tuvo cagaleras el martes, &#191;sabe usted?, pues bien, lo cur&#243; ella.

Una cagalera sola es muy poquita cosa.

Ya lo s&#233; -le digo-, hemos salido bastante bien del apuro; s&#243;lo ha habido que cambiar la alfombra del vest&#237;bulo. Ma&#241;ana traen la nueva. No hay mal que por bien no venga, la otra era horrorosa.

&#191;Sabe?, puede quedarse el vestido -me informa Manuela-. La hija de la se&#241;ora le dijo a Mar&#237;a: qu&#233;deselo todo, y Mar&#237;a me ha dicho que le diga que le regala el vestido.

Oh, es muy amable por su parte, pero no puedo aceptar -protesto.

Ay, no empiece otra vez con lo mismo -dice Manuela, irritada-. De todas maneras, el tinte lo va a pagar usted. Mire, mire esto, tan bella como una orqu&#237;dea.

La orqu&#237;dea es probablemente una forma virtuosa de la org&#237;a.

Bueno, pues d&#233;le las gracias a Mar&#237;a de mi parte -le digo-. Me hace mucha ilusi&#243;n su regalo.

Eso est&#225; mejor. S&#237;, s&#237;, ya le dar&#233; las gracias de su parte.

Llaman a mi puerta con dos golpecitos breves.



6

El ave asco pus

Es Kakuro Ozu.

Buenos d&#237;as, buenos d&#237;as -dice, entrando de un salto en la porter&#237;a-. Oh, buenos d&#237;as, se&#241;ora Lopes -a&#241;ade al ver a Manuela.

Buenos d&#237;as, se&#241;or Ozu -responde ella, casi gritando.

Manuela es una persona muy entusiasta.

Est&#225;bamos tomando el t&#233;, &#191;quiere unirse a nosotras? -le propongo.

Huy, s&#237;, encantado -dice Kakuro, cogiendo una silla. Y, al ver a Le&#243;n, a&#241;ade-: &#161;Vaya, bonito ejemplar! No lo hab&#237;a visto bien la otra vez. &#161;Parece un luchador de sumo!

Pero tome una magdalena, son tan bellas como org&#237;as -dice Manuela, que se hace un l&#237;o, pas&#225;ndole el cesto a Kakuro.

La org&#237;a es al parecer una forma viciosa de la orqu&#237;dea.

Gracias -dice Kakuro, cogiendo una-. &#161;Riqu&#237;sima!  articula nada m&#225;s tragar el bocado.

Manuela se agita sobre su silla, con expresi&#243;n de absoluta felicidad.

He venido a preguntarles su opini&#243;n -anuncia Kakuro tras cuatro magdalenas-. Estoy en plena discusi&#243;n con un amigo sobre la cuesti&#243;n de la supremac&#237;a europea en materia de cultura  prosigue, dedic&#225;ndome un gui&#241;o coqueto.

Manuela, a la que m&#225;s valdr&#237;a ser m&#225;s indulgente con el peque&#241;o de los Palli&#232;res, tiene la boca abierta de par en par.

&#201;l se inclina por Inglaterra, y yo, como es obvio, por Francia. Le he dicho entonces que conoc&#237;a a alguien que pod&#237;a deshacer el empate. &#191;Quiere hacernos de &#225;rbitro?

Pero soy juez y parte -digo, sent&#225;ndome -, no puedo votar.

No, no, no -aclara Kakuro-, no va usted a votar. S&#243;lo responder&#225; a mi pregunta: &#191;cu&#225;les son los dos inventos m&#225;s importantes de la cultura francesa y de la cultura brit&#225;nica? Se&#241;ora Lopes, esta tarde estoy de suerte, usted tambi&#233;n, si quiere, puede darme su opini&#243;n- a&#241;ade.

Los ingleses -empieza diciendo Manuela, muy lanzada, pero luego se para-. Primero usted, Ren&#233;e- dice, llamada de pronto a una mayor prudencia, recordando sin duda que es portuguesa.

Yo me quedo pensando un momento.

De Francia: la lengua del siglo XVIII y el queso cremoso.

&#191;Y de Inglaterra? -quiere saber Kakuro.

De Inglaterra es f&#225;cil -le contesto.

&#191;El p&#250;dingue? -sugiere Manuela, pronunci&#225;ndolo tal que as&#237;.

Kakuro se r&#237;e a mand&#237;bula batiente.

Me hace falta uno m&#225;s -dice.

Pues el r&#250;guebi -a&#241;ade Manuela, con una entonaci&#243;n tan british como antes.

Ja ja -se r&#237;e Kakuro-. Estoy de acuerdo con usted. &#191;Y usted, Ren&#233;e, qu&#233; propone?

El habeas corpus y el c&#233;sped -digo, riendo.

Y eso nos hace a todos mucha gracia, incluso a Manuela, que ha entendido el ave asco pus, lo cual no quiere decir nada, pero aun as&#237; es muy divertido.

Justo en ese momento, llaman a la puerta.

Hay que ver, esta porter&#237;a que, ayer, no le interesaba a nadie, parece hoy el centro de la atenci&#243;n mundial.

Adelante -digo, sin pararme a pensarlo, concentrada en la conversaci&#243;n.

Solange Josse asoma la cabeza por la puerta.

La miramos los tres con aire interrogador, como si fu&#233;ramos los comensales de un banquete que con su irrupci&#243;n importunara una criada mal educada. Abre la boca, pero se lo piensa mejor. Paloma asoma la cabeza a la altura de la cerradura. Me recupero y me levanto.

&#191;Puedo dejarle a Paloma durante una horita? -pregunta la se&#241;ora Josse, que se ha recuperado tambi&#233;n pero cuyo curios&#237;metro est&#225; a punto de estallar-. Buenas tardes, mi querido se&#241;or Ozu -le dice a Kakuro, que se ha acercado para estrecharle la mano.

Buenas tardes, mi querida se&#241;ora Josse -contesta &#233;ste amablemente-. Hola, Paloma, me alegro de verte. Pues nada, mi querida amiga, su hija est&#225; en buenas manos, puede irse tranquila.

C&#243;mo echar a alguien con elegancia y en una &#250;nica acci&#243;n.

Esto bien s&#237; gracias  tartamudea Solange Josse, y retrocede despacio, todav&#237;a un poco sonada.

Cierro la puerta tras ella.

&#191;Quieres una taza de t&#233;? -inquiero.

Encantada, muchas gracias -me contesta Paloma. Una verdadera princesa entre los altos cargos del partido.

Le sirvo media taza de t&#233; de jazm&#237;n mientras Manuela la abastece con las magdalenas que han escapado a nuestro voraz apetito.

Seg&#250;n t&#250;, &#191;qu&#233; han inventado los ingleses? -le pregunta Kakuro, que sigue d&#225;ndole vueltas a su concurso cultural.

Paloma reflexiona intensamente.

El sombrero como emblema de la rigidez psicol&#243;gica.

Magn&#237;fico -aprueba Kakuro.

Observo que probablemente he subestimado con creces a Paloma y que habr&#225; que profundizar un poco en ese tema, pero, porque el destino siempre llama tres veces y puesto que todos los conspiradores est&#225;n abocados a ser desenmascarados un buen d&#237;a, vuelve a o&#237;rse un tamborileo sobre la puerta cristalera de la porter&#237;a, lo que aplaza mi reflexi&#243;n.

Paul N'Guyen es la primera persona que no parece sorprendida de nada.

Buenas tardes, se&#241;ora Michel -me dice, y luego a&#241;ade-: Buenas tardes a todos.

Ah, Paul -dice Kakuro-, hemos desacreditado definitivamente a Inglaterra. Paul esboza una sonrisa cordial.

Muy bien -dice-. Acaba de llamar su hija. Volver&#225; a llamar dentro de cinco minutos. Y le tiende un m&#243;vil.

De acuerdo. Bien, se&#241;oras, tengo que despedirme. Se inclina ante nosotras.

Adi&#243;s -proferimos al un&#237;sono las tres, como un coro virginal.

Bueno -dice Manuela-, al menos una cosa bien hecha.

&#191;Cu&#225;l? -pregunto.

Nos hemos comido todas las magdalenas. Nos re&#237;mos.

Me mira con aire pensativo y me sonr&#237;e.

Es incre&#237;ble, &#191;eh? -me dice. S&#237;, es incre&#237;ble.

Ren&#233;e, que tiene ahora dos amigos, ha dejado de ser tan arisca. Pero Ren&#233;e, que tiene ahora dos amigos, siente nacer en ella un terror informe. Cuando se va Manuela, Paloma se acurruca a sus anchas en el sill&#243;n del gato, delante de la tele, y, mir&#225;ndome con sus grandes ojos serios, me pregunta:

&#191;Cree usted que la vida tiene sentido?



7

Azul noche

En el tinte, tuve que afrontar la ira de la due&#241;a del lugar.

Unas manchas as&#237; en un vestido de esta calidad -mascull&#243;, tendi&#233;ndome un ticket azul celeste.

Esta ma&#241;ana le entrego mi rect&#225;ngulo de papel a una persona distinta. M&#225;s joven y menos despierta. Rebusca interminablemente en unas hileras compactas de perchas y luego me tiende un bonito vestido de lino color ciruela, amordazado con un pl&#225;stico transparente.

Gracias -le digo, aceptando dicho vestido tras una &#237;nfima vacilaci&#243;n.

Tengo pues que a&#241;adir al cap&#237;tulo de mis infamias el rapto de un vestido que no me pertenece a cambio del de una muerta a la que se lo rob&#233;. El mal se esconde, por lo dem&#225;s, en lo &#237;nfimo de mi vacilaci&#243;n. Si &#233;sta hubiera nacido de un remordimiento ligado al concepto de propiedad, a&#250;n podr&#237;a implorar el perd&#243;n de san Pedro, pero mucho me temo que s&#243;lo responde al tiempo necesario para calibrar hasta qu&#233; punto es practicable la fechor&#237;a.

A la una se pasa Manuela por la porter&#237;a para dejarme su glotof.

Quer&#237;a haber venido antes -explica-, pero la se&#241;ora de Broglie me vigilaba con el rabillo.

Para Manuela el rabillo del ojo es una precisi&#243;n incomprensible.

En lo que a los glotof [dulces] se refiere, encuentro, envueltos en una org&#237;a de papel de seda azul noche, un magn&#237;fico cake alsaciano renovado por la inspiraci&#243;n, unas tartaletas al whisky tan finas que da miedo romperlas y unas tejas de almendras con los bordes bien caramelizados. Se me cae la baba al instante.

Gracias, Manuela -le digo-, pero s&#243;lo somos dos, &#191;sabe?

Pues no tiene m&#225;s que empezar a comer ahora mismo -contesta.

Gracias otra vez, de verdad -le reitero-, le ha debido de llevar mucho tiempo.

Ande, calle, calle -me ordena-. De todo he hecho doble, y Fernando se lo agradece.


Diario del movimiento del mundo n 7

Este tallo quebrado que por vos he amado

Me pregunto si no me estar&#233; convirtiendo en una esteta contemplativa. Con una fuerte tendencia zen y, a la vez, una pizca de Ronsard.

Me explico. Es un movimiento del mundo un poco especial porque no es un movimiento del cuerpo. Pero esta ma&#241;ana, mientras desayunaba, he visto un movimiento. EL movimiento, deber&#237;a decir. La perfecci&#243;n hecha movimiento. Ayer (que era lunes) la se&#241;ora Gr&#233;mont, la asistenta, le trajo un ramo de rosas a mam&#225;. La se&#241;ora Gr&#233;mont pas&#243; el domingo en casa de su hermana que tiene en Suresnes un huertecito que el Estado arrienda a buen precio a la clase trabajadora, de los &#250;ltimos que quedan ya, y se trajo un ramo con las primeras rosas de la temporada: rosas amarillas, de un bonito amarillo p&#225;lido como el de las pr&#237;mulas. Seg&#250;n la se&#241;ora Gr&#233;mont, este rosal se llama The Pilgrim, El peregrino. Ya s&#243;lo eso me ha gustado. Al fin y al cabo es m&#225;s elevado, m&#225;s po&#233;tico o menos cursi que llamar a los rosales Madame F&#237;garo o Un amor de Proust (no me invento nada). Bueno, no haremos comentarios sobre el hecho de que la se&#241;ora Gr&#233;mont le regala flores a mam&#225;. Tienen la misma relaci&#243;n que todas las burguesas progresistas tienen con sus asistentas, aunque mam&#225; est&#233; convencida de que el suyo es un caso aparte: una buena relaci&#243;n paternalista, de las de toda la vida, con ramalazo de novelita rosa (se ofrece un caf&#233;, se paga como es debido, no se rega&#241;a jam&#225;s, se regala la ropa usada y los muebles rotos, se interesa uno por los hijos y, a cambio, ello da derecho a ramos de rosas y colchas de crochet marr&#243;n y beis). Pero esas rosas Eran algo serio.

Estaba pues desayunando y miraba el ramo de rosas apoyado sobre la encimera de la cocina. Creo que no pensaba en nada. De hecho, quiz&#225; por eso haya visto el movimiento; quiz&#225;, si hubiera estado absorta en otra cosa, si la cocina no hubiera estado en silencio, si yo no me hubiera encontrado all&#237; a solas, no habr&#237;a estado lo bastante atenta. Pero estaba sola, tranquila y vac&#237;a. Por eso he podido acoger en m&#237; el movimiento.

Ha sonado un ruidito, bueno, m&#225;s bien como si el aire se estremeciera e hiciera shhhhhh muy, muy, muy bajito: era un capullo de rosa con un trocito de tallo quebrado, que ca&#237;a sobre la encimera. En el momento de tocar la superficie, ha emitido un puf, un puf en plan ultrasonido, de los que s&#243;lo oyen los ratones o los hombres si est&#225;n muy, muy, muy en silencio. Yo me he quedado con la cuchara suspendida en el aire, totalmente embelesada. Era algo magn&#237;fico. Pero &#191;qu&#233; era lo magn&#237;fico? Yo no daba cr&#233;dito: no era m&#225;s que un capullo de rosa en el extremo de un tallo quebrado que acababa de caer sobre la encimera. &#191;Entonces?

Lo he comprendido al acercarme y al mirar el capullo de rosa inm&#243;vil, que hab&#237;a concluido su ca&#237;da. Es algo que tiene que ver con el tiempo, no con el espacio. Oh, claro, siempre es bonito un capullo de rosa que acaba de caer, con un movimiento gr&#225;cil. Es tan art&#237;stico: &#161;dan ganas de pintarlo una y otra vez! Pero no es eso lo que explica EL movimiento. El movimiento, este fen&#243;meno que uno cree que es algo espacial

Pero, al mirar caer este capullo y este tallo, he intuido en una mil&#233;sima de segundo la esencia de la Belleza. S&#237;, yo, una mocosa de doce a&#241;os y medio, he tenido esta oportunidad incre&#237;ble porque, esta ma&#241;ana, se daban todas las condiciones: esp&#237;ritu vac&#237;o, casa silenciosa, rosas bonitas, ca&#237;da de un capullo. Y por eso he pensado en Ronsard, sin comprenderlo del todo al principio: porque es una cuesti&#243;n de tiempo y de rosas. Porque lo bello es lo que se coge en el momento en que ocurre. Es la configuraci&#243;n ef&#237;mera de las cosas en el momento en que uno ve al mismo tiempo la belleza y la muerte.

Ay, ay, ay, me he dicho, &#191;quiere esto decir que as&#237; es como uno tiene que vivir su vida? &#191;Siempre en equilibrio entre la belleza y la muerte, el movimiento y la desaparici&#243;n?

Quiz&#225; estar vivo sea esto: perseguir instantes que mueren.



8

A sorbitos felices

Y llega el domingo.

A las tres de la tarde, me encamino a la cuarta planta. El vestido color ciruela me est&#225; ligeramente grande -una suerte en este d&#237;a de glotof- y tengo el coraz&#243;n encogido, como un gatito acurrucado.

Entre la tercera y la cuarta planta, me topo cara a cara con Sabine Palli&#232;res. Hace ya varios d&#237;as que, cuando me la cruzo, mira con desd&#233;n y desaprobaci&#243;n ostensibles mi cabello vaporoso. Se apreciar&#225; que he renunciado a disimular al mundo mi nueva apariencia. Pero esa insistencia me incomoda, por muy liberada que me sienta. Nuestro encuentro dominical no supone ninguna excepci&#243;n a la norma.

Buenas tardes, se&#241;ora -digo, subiendo los escalones sin detenerme.

Me contesta con un gesto severo de cabeza, considerando mi peinado, y, entonces, al descubrir mi atuendo, se detiene en seco en un escal&#243;n. Una oleada de p&#225;nico me golpea y perturba la regulaci&#243;n de mi transpiraci&#243;n, amenazando mi vestido robado con la infamia de cercos en las axilas.

Ya que sube, &#191;puede usted regar las flores del rellano? -me pregunta con un tono exasperado.

&#191;Acaso debo record&#225;rselo? Hoy es domingo.

&#191;Son dulces? -pregunta de repente.

Llevo en una bandeja las obras de Manuela envueltas en seda azul marino y caigo entonces en la cuenta de que todo ello disimula mi vestido, de modo que lo que suscita la condena de la se&#241;ora no son en absoluto mis pretensiones indumentarias sino la supuesta gula de alg&#250;n muerto de hambre.

S&#237;, una entrega imprevista -contesto.

Pues bien, aproveche para regar las flores  declara, y reanuda su descenso irritado.

Llego al rellano de la cuarta planta y llamo al timbre no sin cierta dificultad, pues llevo tambi&#233;n la cinta de v&#237;deo, pero Kakuro me abre con diligencia y me libera al instante de mi voluminosa bandeja.

Vaya, vaya -dice-, no era ninguna broma lo de traer usted los dulces, ya se me est&#225; haciendo la boca agua.

Es a Manuela a quien tenemos que agradec&#233;rselo -le digo, sigui&#233;ndolo hasta la cocina.

&#191;De verdad? -pregunta, extrayendo el glotof de su derroche de seda azul-. Es una aut&#233;ntica perla. Caigo entonces en la cuenta de que hay m&#250;sica. No est&#225; muy alta y emana de unos altavoces invisibles que difunden el sonido por toda la cocina.

Thy hand, lovest soul, darkness shades me,

On thy bosom let me rest.

When I am laid in earth

May my wrongs create

No trouble in thy breast.

Remember me, remember me,

But ah! forget my fate.

Es la muerte de Dido, en la &#243;pera Dido y Eneas de Purcell. Si quieren mi opini&#243;n: la obra de canto m&#225;s bella del mundo. No es s&#243;lo bella, es sublime, y lo es por un encadenamiento incre&#237;blemente denso de los sonidos, como si los ligara una fuerza invisible y como si, a la vez que se distinguen, se fundieran los unos con los otros, en la frontera de la voz humana, casi en el territorio ya del lamento animal, pero con una belleza que no alcanzar&#225;n jam&#225;s los gritos de los animales, una belleza que nace de la subversi&#243;n de la articulaci&#243;n fon&#233;tica y de la transgresi&#243;n del empe&#241;o que suele poner el lenguaje verbal en distinguir los sonidos.

Quebrar los pasos, fundir los sonidos.

El Arte es la vida, pero con otro ritmo.

&#161;Vamos all&#225;!-exclama Kakuro, que ha dispuesto tazas, tetera, az&#250;car y servilletitas de papel en una gran bandeja negra.

Lo precedo por el pasillo y, siguiendo sus indicaciones, abro la tercera puerta a la derecha.

&#191;Tiene v&#237;deo?, le hab&#237;a preguntado yo a Kakuro Ozu.

S&#237;, hab&#237;a contestado &#233;l, con una sonrisa sibilina.

La tercera puerta a la izquierda se abre sobre una sala de cine en miniatura. Hay una gran pantalla blanca, un mont&#243;n de aparatos brillantes y enigm&#225;ticos, tres hileras con cinco butacas de cine de verdad, tapizadas de terciopelo azul noche, una larga mesa baja delante de la primera y unas paredes y un techo cubiertos de seda oscura.

Por cierto, &#233;sta era mi profesi&#243;n -dice Kakuro.

&#191;Su profesi&#243;n?

Durante m&#225;s de treinta a&#241;os, he importado a Europa aparatos punteros de alta fidelidad, para grandes marcas de lujo. Es un comercio muy lucrativo, pero sobre todo maravillosamente l&#250;dico para m&#237;, pues soy un aut&#233;ntico apasionado de los gadgets electr&#243;nicos.

Me acomodo en un asiento deliciosamente c&#243;modo, y empieza la sesi&#243;n.

&#191;C&#243;mo describir este momento de intensa alegr&#237;a? Vemos Las hermanas Munakata en una pantalla gigante, ba&#241;ados en una dulce penumbra, con la espalda apoyada contra un respaldo mullido, saboreando un glotof y bebiendo un t&#233; hirviendo a sorbitos felices. De vez en cuando, Kakuro detiene la pel&#237;cula y comentamos, hablando por los codos, las camelias sobre el musgo del templo y el destino de los hombres cuando la vida es demasiado dura. En dos ocasiones voy a saludar a mi amigo el Confutatis y regreso a la sala como quien regresa a una cama calentita y c&#243;moda.

Es un espacio fuera del tiempo en el tiempo &#191;Cu&#225;ndo he experimentado yo por primera vez este abandono exquisito que s&#243;lo es posible entre dos personas? La quietud que sentimos cuando estamos solos, esa certeza de nosotros mismos en la serenidad de la soledad no son nada comparadas con este dejarse llevar, este dejarse llegar y dejarse hablar que se vive con otro, en c&#243;mplice compa&#241;&#237;a &#191;Cu&#225;ndo he experimentado por primera vez esta relajaci&#243;n feliz en presencia de un hombre?

Hoy es la primera vez.



9

Sanae

Cuando, a las siete de la tarde, despu&#233;s de haber conversado todav&#237;a un buen rato tomando t&#233;, me dispongo a despedirme, volvemos a pasar por el gran sal&#243;n y entonces reparo, en una mesita baja junto al sof&#225;, en la fotograf&#237;a enmarcada de una mujer muy hermosa.

Era mi esposa -dice Kakuro bajito, al ver que la observo-. Muri&#243; hace diez a&#241;os, de c&#225;ncer. Se llamaba Sanae.

Lo siento mucho -digo-. Era una mujer muy hermosa.

S&#237; -corrobora &#233;l-, muy hermosa.

Se instala un breve silencio.

Tengo una hija, vive en Hong-Kong -a&#241;ade-, y dos nietos.

Tiene que echarlos de menos -le digo.

Voy a verlos bastante a menudo. Los quiero mucho. Mi nieto, que se llama Jack (su padre es ingl&#233;s) y tiene siete a&#241;os, me ha dicho por tel&#233;fono esta ma&#241;ana que ayer pesc&#243; su primer pez. &#161;Es el acontecimiento de la semana, como bien se podr&#225; imaginar!

Un nuevo silencio.

Tengo entendido que usted tambi&#233;n es viuda -dice Kakuro, escolt&#225;ndome hasta el vest&#237;bulo.

S&#237; -digo-, soy viuda desde hace m&#225;s de quince a&#241;os.

Siento un nudo en la garganta.

Mi marido se llamaba Lucien. El c&#225;ncer, tambi&#233;n

Estamos delante de la puerta y nos miramos con tristeza.

Buenas tardes, Ren&#233;e -dice Kakuro.

Y, recuperando una alegr&#237;a que no es m&#225;s que pura fachada:

Ha sido un d&#237;a fant&#225;stico.

Una tristeza inmensa se abate sobre m&#237; a velocidad supers&#243;nica.



10

Nubarrones negros

Eres una pobre est&#250;pida -me digo, quit&#225;ndome el vestido color ciruela y descubriendo un poco de az&#250;car glas al whisky en un ojal-. &#191;Qu&#233; te cre&#237;as? No eres m&#225;s que una pobre portera. No hay amistad posible entre clases. Y adem&#225;s, &#191;pobre loca, qu&#233; te cre&#237;as?

&#191;Pobre loca, qu&#233; te cre&#237;as?, no dejo de repetirme estas palabras mientras procedo a mis abluciones vespertinas y me meto entre las s&#225;banas tras una corta batalla con Le&#243;n, que no tiene intenci&#243;n de ceder un &#225;pice de terreno.

El hermoso rostro de Sanae Ozu baila ante mis ojos cerrados, y me siento como un trasto viejo que de pronto hubieran vuelto a arrojar a una realidad sin alegr&#237;a.

Me duermo con el coraz&#243;n inquieto.

A la ma&#241;ana siguiente, experimento una sensaci&#243;n cercana a la resaca.

Sin embargo, la semana transcurre de gloria. Kakuro hace algunas apariciones impulsivas solicitando mis dones de arbitraje (&#191;helado o sorbete?, &#191;Atl&#225;ntico o Mediterr&#225;neo?) y su refrescante compa&#241;&#237;a me sigue produciendo el mismo placer, pese a los oscuros nubarrones que planean silenciosamente por encima de mi coraz&#243;n. Manuela r&#237;e con ganas al descubrir el vestido color ciruela, y Paloma se apalanca en el sill&#243;n de Le&#243;n.

Cuando sea mayor, ser&#233; portera -le declara a su madre, que me considera con una mirada nueva donde baila una sombra de prudencia cuando viene a dejar a su progenie en mi porter&#237;a.

Dios te libre -respondo, con una amable sonrisa para la se&#241;ora-. Ser&#225;s princesa.

Paloma exhibe una tee-shirt [camiseta] rosa bomb&#243;n a juego con sus nuevas gafas y un aire pugnaz de hija que ser&#225; portera contra viento y marea y sobre todo contra su madre.

&#191;A qu&#233; huele? -pregunta Paloma.

Hay un problema de ca&#241;er&#237;as en mi cuarto de ba&#241;o y apesta a jaula de tigre. Llam&#233; al fontanero hace seis d&#237;as pero no parec&#237;a entusiasmarle mucho la idea de venir a arreglarlo.

Las alcantarillas -respondo, poco dispuesta a desarrollar el tema.

Fracaso del liberalismo -dice ella, como si yo no hubiera contestado.

No, es una ca&#241;er&#237;a atascada.

Pues eso, lo que yo digo -insiste Paloma-. &#191;Por qu&#233; no ha venido todav&#237;a el fontanero?

&#191;Porque tiene otros clientes?

En absoluto -replica-. La respuesta acertada es: porque no se siente obligado a hacerlo. &#191;Y por qu&#233; no se siente obligado?

Porque no tiene suficientes competidores -digo yo.

&#161;Ah&#237; est&#225;! -dice Paloma, con aire triunfante- no hay regulaci&#243;n suficiente. Demasiados ferroviarios, pero no hay fontaneros suficientes. Personalmente, preferir&#237;a el kolj&#243;s.

Por desgracia, e interrumpiendo tan apasionante di&#225;logo, llaman a mi puerta.

Es Kakuro, con un aire que tiene un no s&#233; qu&#233; de solemnidad.

Entra y descubre a Paloma.

Anda, hola, jovencita -la saluda-. Bueno, Ren&#233;e, pues puedo volver un poco m&#225;s tarde, &#191;no?

Si quiere -le digo-. &#191;Est&#225; usted bien?

S&#237;, s&#237; -responde.

Luego, como decidi&#233;ndose de pronto, se tira a la piscina:

&#191;Quiere cenar conmigo ma&#241;ana?

Pues -digo, sintiendo c&#243;mo se apodera de m&#237; una tremenda angustia-, es que

Es como si las intuiciones difusas de estos &#250;ltimos d&#237;as tomaran cuerpo de pronto.

Me gustar&#237;a llevarla a un restaurante que me encanta  prosigue, con el mismo aire que un perro que aguarda a que le den un hueso.

&#191;A un restaurante? -repito, cada vez m&#225;s angustiada.

A mi izquierda, Paloma suelta un ruidito como de ratoncito.

Mire -dice Kakuro, que parece algo inc&#243;modo-, se lo ruego de verdad. Es es mi cumplea&#241;os ma&#241;ana y me har&#237;a mucha ilusi&#243;n que fuera usted mi acompa&#241;ante.

Ah -digo, incapaz de a&#241;adir nada m&#225;s.

El lunes que viene me voy a casa de mi hija, lo celebrar&#233; all&#237; en familia, claro, pero ma&#241;ana por la noche si usted quisiera

Hace una peque&#241;a pausa y me mira, esperanzado. &#191;Ser&#225; impresi&#243;n m&#237;a? Dir&#237;a que Paloma hace ejercicios de apnea.

Se instala un breve silencio.

Mire -le digo-, de verdad, lo siento mucho, pero no pienso que sea una buena idea.

Pero &#191;por qu&#233;? -pregunta Kakuro, visiblemente desconcertado.

Es muy amable por su parte -a&#241;ado, endureciendo una voz que tiende a relajarse-, se lo agradezco mucho, pero prefiero no ir, gracias. Estoy segura de que tiene usted amigos con los que podr&#225; celebrar la ocasi&#243;n.

Kakuro me mira, sin saber a qu&#233; atenerse.

Pues -dice por fin-, pues s&#237;, claro, pero en fin de verdad, me gustar&#237;a mucho no entiendo.

Frunce el ce&#241;o.

En fin -repite-, no lo entiendo.

Es mejor as&#237; -le digo-, cr&#233;ame.

Y, empuj&#225;ndolo suavemente hacia la puerta, a&#241;ado:

Tendremos otras ocasiones de charlar, estoy segura.

Se marcha con el aire de alguien que no sabe d&#243;nde est&#225; ni qu&#233; ha pasado.

Bueno, pues qu&#233; l&#225;stima -dice-, yo que estaba tan ilusionado. Es que, de verdad, no lo entiendo

Adi&#243;s  le digo, d&#225;ndole suavemente con la puerta en las narices.



11

La lluvia

Ya ha pasado lo peor, me digo.

Pero eso es porque no he contado con un destino color rosa bomb&#243;n: me doy la vuelta y me encuentro cara a cara con Paloma. Que no parece nada contenta.

&#191;Se puede saber a qu&#233; est&#225; usted jugando? -me pregunta, con un tono que me recuerda al de la se&#241;ora Billot, la &#250;ltima maestra que tuve.

No estoy jugando a nada -respondo d&#233;bilmente, consciente de la puerilidad de mi conducta.

&#191;Tiene alg&#250;n plan especial previsto para ma&#241;ana por la noche? -me pregunta.

Pues no, pero no es por eso

&#191;Y se puede saber por qu&#233; es exactamente?

No me parece buena idea -le digo.

&#191;Y por qu&#233; no? -insiste mi comisario pol&#237;tico. &#191;Por qu&#233;?

&#191;Es que acaso lo s&#233;?

Entonces, sin previo aviso, se pone a llover.



12

Hermanas

Toda esa lluvia

En mi pueblo, en invierno, siempre llov&#237;a mucho. No tengo recuerdos de d&#237;as de sol: s&#243;lo la lluvia, el yugo del barro y el fr&#237;o, la humedad que se nos pegaba en la ropa y en el pelo y que, incluso junto a la lumbre, no se disipaba nunca del todo. &#191;Cu&#225;ntas veces habr&#233; pensado despu&#233;s en esa noche de lluvia, cu&#225;ntas rememoraciones, en m&#225;s de cuarenta a&#241;os, de un acontecimiento que hoy, bajo este aguacero, resurge de nuevo?

Toda esa lluvia

A mi hermana le hab&#237;an puesto el nombre de una hermana mayor que hab&#237;a nacido muerta, y &#233;sta a su vez llevaba el de una t&#237;a difunta. Lisette era guapa, y yo ya era consciente de ello aunque a&#250;n fuera muy ni&#241;a, aunque mis ojos todav&#237;a no supieran determinar la forma de la belleza sino s&#243;lo intuir su esbozo. Como en mi casa apenas se hablaba, era un hecho que ni se mencionaba siquiera: pero estaba en boca de todos en el vecindario, y cuando mi hermana pasaba, su belleza suscitaba comentarios. Tan guapa y tan pobre, qu&#233; destino m&#225;s malo, glosaba la mercera camino del colegio. Yo, fea e inv&#225;lida de cuerpo y de mente, sosten&#237;a la mano de mi hermana, que caminaba con la cabeza alta y paso ligero, indiferente a toda menci&#243;n de destino funesto que se empe&#241;aban en atribuirle.

A los diecis&#233;is a&#241;os, se fue a la ciudad a cuidar a los hijos de los ricos. No la vimos en un a&#241;o entero. Volvi&#243; a pasar las Navidades con nosotros y trajo regalos extra&#241;os (bollos de especias, lazos de colores brillantes, bolsitas con lavanda) y un porte de reina. &#191;Pod&#237;a haber rostro m&#225;s rosa, m&#225;s vivo, m&#225;s perfecto que el suyo? Por primera vez, alguien nos contaba una historia, y nos qued&#225;bamos todos prendidos de sus labios, &#225;vidos del despertar misterioso que provocaban en nosotros las palabras que sal&#237;an de la boca de esa campesina convertida en criada de los poderosos y que hablaba de un mundo desconocido, engalanado y resplandeciente, donde las mujeres conduc&#237;an autom&#243;viles y regresaban por la noche a unas casas equipadas con aparatos que hac&#237;an el trabajo en lugar de los hombres o daban noticias del mundo con s&#243;lo pulsar un bot&#243;n

Cuando vuelvo a pensar en todo eso, calibro la carencia total en la que viv&#237;amos. Nuestra granja distaba apenas cincuenta kil&#243;metros de la ciudad, y unos doce de un pueblo grande, pero segu&#237;amos como en el tiempo de los castillos medievales, sin comodidades ni esperanza mientras perdurara nuestra &#237;ntima certeza de que siempre ser&#237;amos palurdos. Sin duda todav&#237;a existe hoy en d&#237;a, en alg&#250;n pueblo remoto y aislado, un pu&#241;ado de viejos a la deriva que ignoran la vida moderna, pero en nuestro caso se trataba de una familia entera todav&#237;a joven y activa que, al describir Lisette las calles de las ciudades iluminadas por Navidad, descubr&#237;a que hab&#237;a un mundo cuya existencia ni siquiera sospechaba.

Lisette regres&#243; a la ciudad. Durante algunos d&#237;as, como por una inercia mec&#225;nica, seguimos hablando un poco. Varias noches seguidas, durante la cena, el padre coment&#243; las historias de la hija. Qu&#233; cosas, hay que ver qu&#233; cosas. Despu&#233;s el silencio y los gritos se abatieron de nuevo sobre nosotros como la peste sobre los desheredados.

Cuando me acuerdo Toda esa lluvia, todos esos muertos. Lisette llevaba el nombre de dos difuntas; a m&#237; s&#243;lo me hab&#237;an otorgado el de una, mi abuela materna, fallecida poco antes de nacer yo. Mis hermanos llevaban los nombres de primos a los que hab&#237;an matado en la guerra, y mi madre, de una prima muerta al poco de nacer, a la que no hab&#237;a conocido. Viv&#237;amos as&#237;, sin palabras, en ese universo de muertos en el que, una noche de noviembre, Lisette volvi&#243; de la ciudad.

Recuerdo toda esa lluvia El ruido del agua martilleando sobre el tejado, los caminos anegados, el mar de barro a las puertas de nuestra granja, el cielo negro, el viento, la sensaci&#243;n atroz de una humedad sin fin, que nos pesaba tanto como nos pesaba nuestra vida: sin lucidez ni rebeli&#243;n. Est&#225;bamos api&#241;ados alrededor de la lumbre cuando, de pronto, mi madre se levant&#243;, haci&#233;ndonos trastabillar a todos; sorprendidos, la miramos dirigirse hacia la puerta y, movida por un oscuro impulso, abrirla de par en par.

Toda esa lluvia, oh, toda esa lluvia En el marco de la puerta, inm&#243;vil, con el cabello pegado al rostro, el vestido empapado, los zapatos devorados por el barro y la mirada fija, estaba Lisette. &#191;C&#243;mo lo hab&#237;a sabido mi madre? Esta mujer que, para no maltratarnos, nunca nos hab&#237;a dado a entender que nos quer&#237;a, ni con gestos ni con palabras, c&#243;mo esta mujer tosca que tra&#237;a a los hijos al mundo de la misma manera que remov&#237;a la tierra o daba de comer a las gallinas, esta mujer analfabeta, embrutecida hasta el punto de no llamarnos nunca por los nombres que nos hab&#237;a dado y los cuales dudo que a&#250;n recordara, &#191;c&#243;mo hab&#237;a sabido esta mujer que su hija medio muerta, que no se mov&#237;a ni hablaba y miraba la puerta bajo el aguacero sin pensar siquiera en llamar, esperaba a que alguien le abriera, la hiciera entrar y le ofreciera cobijo al calor de la lumbre?

&#191;Es esto acaso el amor materno, esta intuici&#243;n en el coraz&#243;n del desastre, esta chispa de empatia que perdura incluso cuando el hombre se ve reducido a vivir como un animal? Es lo que me hab&#237;a dicho Lucien: una madre que quiere a sus hijos siempre sabe cu&#225;ndo sufren. Yo en cambio no me inclino por esta interpretaci&#243;n. Tampoco guardo rencor por esta madre que no era una madre. La miseria es una guada&#241;a: siega en nosotros cuanta aptitud tenemos para la relaci&#243;n con el otro y nos deja vac&#237;os, lavados de sentimientos, para poder soportar toda la negrura del presente. Tampoco tengo convicciones id&#237;licas: no hab&#237;a nada de amor materno en esa intuici&#243;n de mi madre, sino tan s&#243;lo la traducci&#243;n en gestos de la certeza de la desgracia. Es una suerte de conciencia at&#225;vica, arraigada en lo m&#225;s profundo de los corazones, que recuerda que a pobres desdichados como nosotros siempre les llega una noche de tormenta una hija deshonrada que vuelve a morir al hogar.

Lisette vivi&#243; a&#250;n lo suficiente para traer al mundo a su hijo. El reci&#233;n nacido hizo lo que se esperaba de &#233;l: muri&#243; a las tres horas. De esa tragedia que para mis padres no era sino el curso natural de las cosas, por lo que no se afligieron m&#225;s -ni menos tampoco- que si hubieran perdido a una cabra, me frag&#252;&#233; yo dos certezas: los fuertes viven y los d&#233;biles mueren, con gozos y sufrimientos proporcionales a sus posiciones jer&#225;rquicas e, igual que Lisette hab&#237;a sido hermosa y pobre, yo era inteligente e indigente, y abocada pues a castigo similar si esperaba sacar partido de mi mente a costa del desprecio de mi clase. Pero como tampoco pod&#237;a dejar de ser lo que era, comprend&#237; que mi v&#237;a era la del secreto: deb&#237;a callar lo que era y, con el otro mundo, no mezclarme jam&#225;s.

De taciturna me convert&#237; pues en clandestina.

Y, de repente, caigo en la cuenta de que estoy sentada en mi cocina, en Par&#237;s, en ese otro mundo en cuyo seno he cavado mi peque&#241;o nicho invisible y con el que me he guardado muy mucho de mezclarme, y que lloro a l&#225;grima viva mientras una ni&#241;a de mirada prodigiosamente c&#225;lida sostiene mi mano entre las suyas y me acaricia con dulzura los dedos -y caigo en la cuenta tambi&#233;n de que lo he dicho todo, lo he contado todo: Lisette, mi madre, la lluvia, la belleza profanada y, en resumen, la mano de hierro del destino, que da a los ni&#241;os que nacen muertos madres que mueren por haber querido renacer. Lloro a l&#225;grima plena, viva, buena y convulsiva, perpleja pero incomprensiblemente feliz de la transfiguraci&#243;n de la mirada triste y severa de Paloma en pozo de calor donde encuentra consuelo mi llanto.

Dios m&#237;o -digo, calm&#225;ndome un poco-, Dios m&#237;o, Paloma, &#161;vas a pensar que soy una tonta!

Se&#241;ora Michel -me contesta ella-, &#191;sabe una cosa?, me devuelve usted un poco de esperanza.

&#191;Esperanza? -digo, sorbi&#233;ndome la nariz en un gesto pat&#233;tico.

S&#237; -me asegura-, parece posible cambiar de destino.

Y permanecemos ah&#237; largos minutos, cogidas de la mano, sin decir nada. Me he hecho amiga de un alma buena de doce a&#241;os que me provoca un hondo sentimiento de gratitud, y la incongruencia de este apego disim&#233;trico en edad, condici&#243;n y circunstancia no alcanza a empa&#241;ar mi emoci&#243;n. Cuando Solange Josse se presenta en la porter&#237;a para recuperar a su hija, nos miramos las dos con la complicidad de las amistades indestructibles y nos decimos adi&#243;s con la certeza de un cercano reencuentro. Una vez la puerta cerrada, me siento en el sill&#243;n frente al televisor, con la mano en el pecho, y me sorprendo a m&#237; misma diciendo en voz alta: quiz&#225; vivir sea esto.


Idea profunda n15

Si quieres cuidar de ti

cuida

de los dem&#225;s

y sonr&#237;e o llora

por ese cambio radical del destino

&#191;Sab&#233;is una cosa? Me pregunto si no me habr&#233; perdido algo. Como alguien que tuviera las compa&#241;&#237;as equivocadas y descubriera de pronto otra v&#237;a al conocer por fin a las adecuadas. Las compa&#241;&#237;as equivocadas m&#237;as son mam&#225;, Colombe, pap&#225; y toda esa gente. Pero hoy he conocido de verdad a la persona adecuada. La se&#241;ora Michel me ha contado su trauma: huye de Kakuro porque la traumatiz&#243; la muerte de su hermana Lisette, seducida y abandonada por un chico de buena familia. No confraternizar con los ricos para no morir por ello es, desde entonces, su t&#225;ctica de supervivencia.

Al escuchar a la se&#241;ora Michel, me he preguntado una cosa: &#191;qu&#233; es lo m&#225;s traum&#225;tico? &#191;Una hermana que muere porque la han abandonado, o los efectos permanentes de este hecho: el miedo de morir si uno no se queda en el lugar que le corresponde? La muerte de su hermana, la se&#241;ora Michel podr&#237;a haberla superado; pero &#191;se puede superar la puesta en escena que uno hace de su propio castigo?

Y, sobre todo, he experimentado otra cosa, un sentimiento nuevo y, al escribirlo ahora, estoy muy emocionada; de hecho, he tenido que dejar el boli un momento, para llorar, pues esto es lo que he sentido: al escuchar a la se&#241;ora Michel y al verla llorar, pero sobre todo al darme cuenta de hasta qu&#233; punto le sentaba bien contarme todo eso, a m&#237;, he comprendido algo: he comprendido que yo sufr&#237;a porque no pod&#237;a ayudar a nadie a mi alrededor. He comprendido que sent&#237;a rencor por pap&#225;, mam&#225; y sobre todo por Colombe porque soy incapaz de serles &#250;til, porque no puedo hacer nada por ellos. Est&#225;n en una fase demasiado avanzada de su enfermedad, y yo soy demasiado d&#233;bil. Veo bien sus s&#237;ntomas, pero no soy competente para curarlos, y eso me hace estar tan enferma como ellos, aunque no soy consciente de ello. Mientras que, al sostener la mano de la se&#241;ora Michel, he sentido que yo tambi&#233;n estaba enferma. Y, en todo caso, lo que es seguro es que no puedo cuidar de m&#237; castigando a aquellos a los que no puedo curar. A lo mejor tengo que reflexionar un poco sobre esta historia de incendio y de suicidio. Por otra parte, no tengo m&#225;s remedio que reconocerlo: ya no tengo muchas ganas de morir, de lo que s&#237; tengo ganas es de volver a ver a la se&#241;ora Michel, a Kakuro y a Yoko, su sobrina nieta tan impredecible, y de pedirles ayuda. Oh, por supuesto no me voy a plantar delante de ellos y a decirles: please, help me, soy una ni&#241;a con tendencias suicidas. Pero tengo ganas de dejar que los dem&#225;s me ayuden: despu&#233;s de todo, no soy m&#225;s que una ni&#241;a que sufre y aunque sea extremadamente inteligente, eso no cambia nada, &#191;no? Una ni&#241;a que sufre y que, en el peor momento, tiene la suerte de conocer a las personas adecuadas. &#191;Tengo moralmente derecho a desaprovechar esta oportunidad?

Bah, y yo qu&#233; s&#233;. Despu&#233;s de todo, esta historia es una tragedia. &#161;Al&#233;grate, hay personas valerosas!, tengo ganas de decirme, pero al final, &#161;qu&#233; tristeza! &#161;Terminan todas bajo la lluvia! Ya no s&#233; muy bien qu&#233; pensar. Durante un segundo, he cre&#237;do haber encontrado mi vocaci&#243;n; he cre&#237;do comprender que, para cuidar de m&#237;, ten&#237;a que cuidar de los dem&#225;s, o sea, de los que son cuidables, de los que se pueden salvar, en lugar de carcomerme por dentro porque no puedo salvar a los dem&#225;s.

Entonces qu&#233;, &#191;deber&#237;a hacerme m&#233;dico de mayor? &#191;O escritora? Es un poco lo mismo, &#191;no? Pero, por cada se&#241;ora Michel, &#191;cu&#225;ntas Colombes, cu&#225;ntos tristes Tib&#232;res?



13

En las calles del infierno

Cuando se marcha Paloma, totalmente sacudida por dentro, permanezco largo rato sentada en mi sill&#243;n.

Luego, arm&#225;ndome de valor, marco el n&#250;mero de tel&#233;fono de Kakuro Ozu.

Paul N'Guyen responde al segundo timbrazo.

Ah, hola, se&#241;ora Michel -me dice-, &#191;qu&#233; puedo hacer por usted?

Pues me gustar&#237;a hablar con Kakuro.

Est&#225; ausente en este momento -me dice-, &#191;quiere que la llame en cuanto vuelva?

No, no -le digo, aliviada de poder operar con un intermediario-. &#191;Podr&#237;a decirle que, si no ha cambiado de opini&#243;n, me encantar&#237;a cenar con &#233;l ma&#241;ana por la noche?

Por supuesto -dice Paul N'Guyen.

Cuelgo el tel&#233;fono, me dejo caer de nuevo en mi sill&#243;n y me enfrasco durante una horita en pensamientos incoherentes pero agradables.

Oiga, no huele aqu&#237; muy bien que digamos -articula una dulce voz masculina a mi espalda-. &#191;No ha venido nadie a arreglarle esto?

Ha abierto la puerta tan despacito que no lo he o&#237;do. Es un hombre joven, moreno y guapo, con el pelo un poco alborotado, una cazadora vaquera reci&#233;n estrenada y unos grandes ojos de cocker pac&#237;fico.

&#191;Jean? &#191;Jean Arthens? -pregunto, sin dar cr&#233;dito a lo que veo.

Pues s&#237; -dice, inclinando la cabeza hacia un lado, como hac&#237;a antes.

Pero eso es todo lo que queda del desecho humano, de la joven alma quemada de cuerpo descarnado; Jean Arthens, antes tan pr&#243;ximo a la ca&#237;da, ha optado visiblemente por el renacer.

&#161;Tiene un aspecto sensacional! -le digo, con la mejor de mis sonrisas.

Me la devuelve amablemente.

Hola, se&#241;ora Michel -me dice-, me alegro de verla. Le queda bien -a&#241;ade, se&#241;alando mi pelo.

Gracias -le digo-. Pero &#191;qu&#233; le trae por aqu&#237;? &#191;Quiere una taza de t&#233;?

Ah -dice, con una pizca de la vacilaci&#243;n de anta&#241;o-. Pues s&#237;, claro, encantado.

Preparo el t&#233; mientras se acomoda en una silla, mirando a Le&#243;n con ojos estupefactos.

&#191;Antes ya era as&#237; de gordo este gato? -inquiere sin la m&#225;s m&#237;nima perfidia.

S&#237;, no es muy deportista que digamos.

&#191;No ser&#225; &#233;l el que huele mal, por casualidad? -pregunta, olisque&#225;ndolo con aire consternado.

No, no -le aseguro-, es un problema de ca&#241;er&#237;as.

Debe de resultarle extra&#241;o que aparezca aqu&#237; as&#237;, tan de repente -dice-, sobre todo porque usted y yo tampoco es que habl&#225;ramos mucho nunca, &#191;eh?, no era yo muy locuaz cuando bueno, cuando viv&#237;a mi padre.

Me alegro de verlo y, sobre todo, parece que se encuentra usted bien -le digo con sinceridad.

Pues s&#237; -dice - vuelvo de muy lejos.

Aspiramos simult&#225;neamente dos sorbitos de t&#233; hirviendo.

Estoy curado, bueno, creo que estoy curado -dice-, si es que de verdad se cura uno alg&#250;n d&#237;a. Pero ya no toco la droga, he conocido a una buena chica, bueno, m&#225;s bien a una chica fant&#225;stica, tengo que decir. -Se le iluminan los ojos y resopla ligeramente mientras me mira-. Y he encontrado un trabajito bien majo.

&#191;A qu&#233; se dedica? -le pregunto.

Trabajo en el almac&#233;n de un astillero.

&#191;De barcos?

Pues s&#237;, y es un trabajo muy agradable. All&#237; siempre tengo la sensaci&#243;n de estar de vacaciones. Viene la gente y me habla de su barco, de los mares a los que van, de los mares de los que vuelven, me gusta; y estoy muy contento de trabajar, &#191;sabe?

&#191;Y en qu&#233; consiste exactamente su trabajo?

Pues soy como una especie de fact&#243;tum: trabajo de reponedor, de chico de los recados, ya sabe. Pero con el tiempo he ido aprendiendo, as&#237; que ahora ya de vez en cuando me encargan tareas m&#225;s interesantes: arreglar velas, obenques, establecer inventarios para un avituallamiento

&#191;Son ustedes sensibles a la poes&#237;a del t&#233;rmino? Se avitualla una embarcaci&#243;n o un ej&#233;rcito, se abastece una ciudad. A quienes no han comprendido que el embrujo de la lengua nace de tales sutilezas, dirijo la exhortaci&#243;n siguiente: desconf&#237;en de las comas.

Pero usted tambi&#233;n tiene muy buen aspecto -dice, mir&#225;ndome con cordialidad.

&#191;S&#237;? Bueno, se han producido ciertos cambios beneficiosos para m&#237;.

&#191;Sabe? -me dice-, no he venido a ver mi casa o a nadie de aqu&#237;. Ni siquiera estoy seguro de que me reconocieran; de hecho, me hab&#237;a tra&#237;do el carn&#233; de identidad, por si acaso tampoco usted me reconoc&#237;a. No -prosigue-, he venido porque no consigo acordarme de algo que me ha ayudado mucho, ya cuando estaba enfermo y tambi&#233;n despu&#233;s, durante mi curaci&#243;n.

&#191;Y puedo yo serle &#250;til en algo?

S&#237;, porque fue usted quien me dijo el nombre e esas flores, un d&#237;a. En ese arriate de all&#237; -se&#241;ala con el dedo el fondo del patio-, hay unas florecitas blancas y rojas muy bonitas, las plant&#243; usted, &#191;verdad? Y un d&#237;a le pregunt&#233; qu&#233; flores eran, pero no fui capaz de retener el nombre en la memoria. Sin embargo, pensaba todo el rato en esas flores, no s&#233; por qu&#233;. Son muy bonitas; cuando estaba tan mal, pensaba en esas flores y hacerlo me sentaba bien. Entonces, hoy pasaba por aqu&#237; y me he dicho: voy a ir a preguntarle a la se&#241;ora Michel, a ver si me sabe decir.

Jean espera mi reacci&#243;n, un poco inc&#243;modo.

Le debe de parecer extra&#241;o, &#191;verdad? Espero no asustarla con estas historias m&#237;as de flores y tal.

No -le digo-, en absoluto. Si hubiera sabido que le hac&#237;an tanto bien &#161;Las habr&#237;a plantado por todas partes!

Se r&#237;e como un chiquillo feliz.

Ah, se&#241;ora Michel, &#191;sabe usted?, pr&#225;cticamente me salvaron la vida. &#161;Eso ya es todo un milagro! Bueno, y entonces, &#191;me puede decir qu&#233; flores son?

S&#237;, &#225;ngel m&#237;o, s&#237; que puedo. En las calles del infierno, bajo el diluvio, sin aliento y con el coraz&#243;n en los labios, una tenue luz: son camelias.

S&#237; -le digo-. Son camelias.

Me mira fijamente, con los ojos abiertos de par en par. Luego una l&#225;grima rueda por su mejilla de ni&#241;o salvado.

Camelias -dice, perdido en un recuerdo que s&#243;lo le pertenece a &#233;l-. Camelias, s&#237;  repite, volviendo otra vez los ojos hacia m&#237;-. Eso es. Camelias.

Siento una l&#225;grima resbalar tambi&#233;n por mi mejilla.

Le cojo la mano.

Jean, no se hace una idea de lo mucho que me alegra que haya venido hoy a verme -digo.

&#191;Ah, s&#237;? -dice, extra&#241;ado-. Pero &#191;por qu&#233;?

&#191;Por qu&#233;?

Porque una camelia puede cambiar el destino.



14

De un pasillo a las calles

&#191;Qu&#233; guerra es esta que combatimos, seguros de nuestra derrota? Aurora tras aurora, extenuados ya de todas las batallas que a&#250;n est&#225;n por venir, nos acompa&#241;a el espanto del d&#237;a a d&#237;a, ese pasillo sin fin que, en las horas postreras, ser&#225; nuestro destino por haberlo recorrido tantas veces. S&#237;, &#225;ngel m&#237;o, as&#237; es el d&#237;a a d&#237;a: tedioso, vac&#237;o y anegado en desdicha. Las calles del infierno no le son en nada ajenas; uno acaba all&#237; un buen d&#237;a por haber permanecido en ese pasillo demasiado tiempo. De un pasillo a las calles: entonces acontece la ca&#237;da, sin sacudidas ni sorpresas. Cada d&#237;a, volvemos a experimentar la tristeza del pasillo y, paso tras paso, seguimos el camino de nuestra l&#250;gubre condena.

&#191;Vio &#233;l las calles? &#191;C&#243;mo se nace despu&#233;s de haber ca&#237;do? &#191;Qu&#233; pupilas nuevas sobre ojos calcinados? &#191;D&#243;nde empieza la guerra y d&#243;nde cesa el combate?

Entonces, una camelia.



15

Sobre sus hombros empapados en sudor

A las ocho de la tarde, Paul N'Guyen se presenta en mi porter&#237;a con los brazos cargados a m&#225;s no poder de paquetes.

El se&#241;or Ozu no ha vuelto todav&#237;a -un problema en la embajada con su visado-, por eso me ha pedido que le entregue todo esto -dice, con una bonita sonrisa.

Deja los paquetes sobre la mesa y me tiende una tarjetita.

Gracias -le digo-. Pero no se ir&#225; sin tomar algo, &#191;verdad?

Gracias -me contesta-, pero todav&#237;a tengo mucho que hacer. Me reservo su invitaci&#243;n para otra ocasi&#243;n.

Y me sonr&#237;e de nuevo, con un no s&#233; qu&#233; de calidez y de alegr&#237;a que me hace bien, sin reservas.

A solas en mi cocina, me siento delante de los paquetes y abro el sobre de la tarjetita.

De pronto, experiment&#243; en sus hombros empapados en sudor una agradable 

sensaci&#243;n de frescor que no acert&#243; a explicarse del todo al principio; pero, durante el descanso, vio que un nubarr&#243;n bajo que surcaba el cielo acababa de soltar su carga.

Por favor, acepte estos pocos presentes con sencillez.

Kakuro

Lluvia de verano sobre los hombros de Levin segando Me llevo la mano al pecho, conmovida como nunca. Abro uno a uno los paquetes.

Un vestido pareo de seda gris perla, con un cuellecito chimenea, cerrado por delante por un lazo de sat&#233;n negro.

Una estola de seda color p&#250;rpura, ligera y densa como el viento.

Zapatos de tac&#243;n bajo, de un cuero negro de grano tan fino y tan suave que me lo paso por la mejilla.

Miro el vestido, la estola, los zapatos.

Fuera, oigo a Le&#243;n que ara&#241;a la puerta y ma&#250;lla para entrar.

Me pongo a llorar bajito, despacio, y en mi pecho se estremece una camelia.



16

Algo tiene que terminar

A la ma&#241;ana siguiente, a las diez, llaman a la ventana de mi porter&#237;a.

Es un tipo alto y flaco, todo vestido de negro, con un gorro de lana azul marino en la cabeza y botas militares de la &#233;poca de la guerra de Vietnam. Es tambi&#233;n el novio de Colombe y un especialista mundial de la elipse en la f&#243;rmula de cortes&#237;a. Se llama Tib&#232;re.

Busco a Colombe -dice Tib&#232;re.

Aprecien, se lo ruego, lo rid&#237;culo de esta frase. Busco a Julieta, dice Romeo, es a fin de cuentas m&#225;s fastuoso.

Busco a Colombe -dice pues Tib&#232;re, que s&#243;lo le tiene miedo al champ&#250;, como se puede apreciar cuando se quita el gorro que le toca la cabeza, no porque sea cort&#233;s sino porque hace mucho calor.

Estamos en mayo, qu&#233; demonios.

Paloma me ha dicho que estaba aqu&#237; -a&#241;ade.

Y vuelve a a&#241;adir:

Joder, me caguen

Paloma, qu&#233; bien te lo pasas.

Lo acompa&#241;o r&#225;pidamente hasta la puerta y me enfrasco en pensamientos extra&#241;os.

Tib&#232;re Ilustre nombre para tan pat&#233;tico aspecto Rememoro la prosa de Colombe Josse, los pasillos silenciosos del Saulchoir y mi mente enlaza con Roma. Tiberio El recuerdo del rostro de Jean Arthens me pilla desprevenida, vuelvo a ver el de su padre y su chalina incongruente, tan rid&#237;cula Todas esas b&#250;squedas, todos esos mundos &#191;Podemos ser tan semejantes y vivir en universos tan distantes? &#191;Es posible que compartamos un mismo frenes&#237;, cuando sin embargo no somos del mismo suelo, ni de la misma sangre ni la misma ambici&#243;n? Tib&#232;re Me siento cansada, en verdad, cansada de todos estos ricos, cansada de todos estos pobres, cansada de toda esta farsa Le&#243;n salta del sill&#243;n y viene a frotarse contra mi pierna. Este gato, que no es obeso m&#225;s que por caridad, es tambi&#233;n un alma generosa que siente las fluctuaciones de la m&#237;a. Cansada, s&#237;, cansada

Algo tiene que terminar, algo tiene que comenzar.



17

Padecimientos del apresto

A las ocho de la tarde, estoy lista.

El vestido y los zapatos son exactamente de mi talla (42 y 37).

La estola es romana (60 cent&#237;metros de ancho, 2 metros de largo).

Me he secado el pelo (que previamente hab&#237;a lavado 3 veces) con un secador Babyliss de 1600 vatios y me lo he peinado 2 veces en todos los sentidos. El resultado es sorprendente.

Me he sentado 4 veces y me he levantado otras 4, lo que explica que ahora mismo est&#233; de pie, sin saber qu&#233; hacer.

Sentarme, quiz&#225;.

He sacado de su estuche detr&#225;s de las s&#225;banas en el fondo del armario 2 pendientes heredados de mi suegra, la monstruosa Yvette; 2 pendientes antiguos de plata con 2 granates tallados en forma de pera. He efectuado 6 intentos antes de lograr enganch&#225;rmelos correctamente en las orejas, y ahora tengo que vivir con la sensaci&#243;n de llevar dos gatos barrigones colgados de mis l&#243;bulos estirajados. 54 a&#241;os sin joyas no preparan para los padecimientos del apresto. Me he embadurnado los labios con 1 capa de barra de labios Carm&#237;n profundo comprado hace 20 a&#241;os para la boda de una prima. La longevidad de estas cosas ineptas, cuando vidas valerosas perecen cada d&#237;a, no dejar&#225; jam&#225;s de confundirme. Formo parte del 8% de la poblaci&#243;n mundial que aplaca su aprensi&#243;n ahog&#225;ndose en las cifras.

Kakuro Ozu llama 2 veces a mi puerta.

Abro.

Est&#225; muy guapo. Lleva un traje compuesto por una chaqueta de cuello oficial gris antracita con cubrebotones del mismo tono y un pantal&#243;n a juego, as&#237; como mocasines de cuero flexible que parecen pantuflas de lujo. Tiene un aspecto muy euroasi&#225;tico.

Oh &#161;Est&#225; usted soberbia! -me dice.

Vaya, gracias -contesto, emocionada-, pero usted tambi&#233;n est&#225; muy guapo. &#161;Feliz cumplea&#241;os!

Me sonr&#237;e y, tras cerrar con cuidado la puerta detr&#225;s de m&#237; y delante de Le&#243;n que intenta una incursi&#243;n fuera de la trinchera, me tiende un brazo sobre el que apoyo una mano ligeramente tr&#233;mula. Por favor, que no nos vea nadie, suplica en m&#237; una instancia activa en la resistencia, la de Ren&#233;e la clandestina. Por mucho que haya quemado en la hoguera montones de temores, no estoy a&#250;n preparada para ser la comidilla de la calle Grenelle.

Por eso, &#191;a qui&#233;n podr&#237;a sorprenderle lo que ocurre a continuaci&#243;n?

La puerta de entrada a la que nos dirigimos se abre antes de que nos d&#233; tiempo a alcanzarla.

Ah&#237; est&#225;n Jacinthe Rosen y Anne-H&#233;l&#232;ne Meurisse.

&#161;Demonios! &#191;Qu&#233; hacer?

Ya las tenemos encima.

Buenas noches, buenas noches, mis queridas se&#241;oras -gorjea Kakuro tirando de m&#237; con firmeza hacia la izquierda y adelant&#225;ndolas con celeridad-, buenas noches, mis queridas amigas, &#161;llegamos tarde, as&#237; que reciban nuestros m&#225;s caros saludos y nos marchamos pitando!

Ah, buenas noches, se&#241;or Ozu -dicen, poniendo boquita de pi&#241;&#243;n, subyugadas, d&#225;ndose la vuelta a un tiempo para seguirnos con la mirada.

Buenas noches, se&#241;ora -me dicen (a m&#237;) sonriendo, mostrando los dientes. Nunca hab&#237;a visto tantos dientes a la vez.

Adi&#243;s, mi querida se&#241;ora, ha sido todo un placer -me susurra Anne-H&#233;l&#232;ne Meurisse mir&#225;ndome con avidez, mientras nos precipitamos hacia la puerta.

&#161;Desde luego, desde luego! -trina Kakuro empujando con el tal&#243;n la hoja de la puerta.

Menos mal -dice-, si nos hubi&#233;ramos parado, nos habr&#237;an retenido una hora como m&#237;nimo.

No me han reconocido -comento.

Me detengo en mitad de la acera, del todo sobrecogida.

No me han reconocido -repito.

&#201;l se detiene a su vez; mi mano no se ha movido de su brazo.

Es porque no la han visto nunca -me dice-. Yo la reconocer&#237;a en cualquier circunstancia.



18

El agua en movimiento

Basta haber experimentado una vez que se puede estar ciego a plena luz del d&#237;a y ver en la oscuridad para plantearse la cuesti&#243;n de la visi&#243;n. &#191;Por qu&#233; vemos? Subiendo al taxi que hab&#237;a pedido Kakuro y pensando en Jacinthe Rosen y en Anne-H&#233;l&#232;ne Meurisse, que s&#243;lo hab&#237;an visto de m&#237; lo que pod&#237;an ver (cogida del brazo del se&#241;or Ozu, en un mundo de jerarqu&#237;as), la evidencia de que la mirada es como una mano que buscara capturar el agua en movimiento me golpea con una fuerza ins&#243;lita. S&#237;, el ojo percibe pero no escruta, cree pero no inquiere, recibe pero no busca, vaciado de deseo, sin hambre ni cruzada.

Y mientras el taxi se desliza en el crep&#250;sculo incipiente, pienso.

Pienso en Jean Arthens, sus pupilas quemadas iluminadas de camelias.

Pienso en Pierre Arthens, ojo acerado y ceguera de mendigo.

Pienso en esas se&#241;oras &#225;vidas, ojos pedig&#252;e&#241;os tan f&#250;tilmente ciegos.

Pienso en G&#233;g&#232;ne, &#243;rbitas muertas y sin fuerza, que ya s&#243;lo ven la ca&#237;da.

Pienso en Lucien, no apto para la visi&#243;n porque, a veces, la oscuridad es a fin de cuentas demasiado fuerte.

Pienso incluso en Neptune, cuyos ojos son un hocico que no sabe mentirse.

Y me pregunto si yo misma veo bien.



19

Centellea

&#191;Han visto Black Rain?

Porque si no han visto Black Rain -o, en su defecto, Blade Runner-, les ser&#225; dif&#237;cil comprender por qu&#233;, al entrar en el restaurante, tengo la sensaci&#243;n de adentrarme en una pel&#237;cula de Riddley Scott. En Blade Runner hay una escena, en el bar de la mujer serpiente, desde el cual Deckard llama a Rachel por un vide&#243;fono de pared. Tambi&#233;n est&#225; el bar de alterne de Black Rain, con el cabello rubio y la espalda desnuda de Kate Capshaw. Y est&#225;n esos planos con luz de vidriera y claridad de catedral rodeados por toda la penumbra de los infiernos.

Me gusta mucho la luz -le digo a Kakuro, sent&#225;ndome.

Nos han llevado a un reservado tranquilo, ba&#241;ado en una luz que recuerda a la del sol, rodeada de sombras centelleantes. &#191;C&#243;mo puede la sombra centellear? Pues s&#237;, centellea y no hay m&#225;s que hablar.

&#191;Ha visto Black Rain? -me pregunta Kakuro.

Nunca hubiera cre&#237;do que pudiese existir entre dos seres tal concordancia de gustos y de vericuetos ps&#237;quicos.

S&#237; -contesto-, doce veces por lo menos.

La atm&#243;sfera es brillante, chispeante, distinguida, silenciosa y cristalina. Magn&#237;fica.

Nos vamos a entregar a una org&#237;a de sushi -anuncia Kakuro, desplegando su servilleta con un gesto entusiasta-. Espero que no le moleste, pero ya he pedido; quiero hacerle descubrir lo que considero lo mejor de la cocina japonesa en Par&#237;s.

No me molesta en absoluto -digo, abriendo unos ojos como platos porque los camareros han dejado en la mesa botellas de sake y, en una mir&#237;ada de adorables cuenquitos, toda una serie de verduritas que parecen marinadas en un qu&#233; s&#233; yo qu&#233; que debe de estar riqu&#237;simo.

Y empezamos. Voy a pescar un pepino marinado, que de pepino y de marinado s&#243;lo tiene el aspecto pues, en la lengua, es algo delicioso. Kakuro levanta delicadamente con sus palillos de madera caoba un fragmento de &#191;mandarina?, &#191;tomate?, &#191;mango?, y lo hace desaparecer con destreza. Yo hurgo al instante en el mismo cuenquito.

Es zanahoria dulce para dioses gourmets.

&#161;Feliz cumplea&#241;os! -le deseo, alzando mi vaso de sake.

&#161;Gracias, muchas gracias! -me dice, brindando conmigo.

&#191;Es pulpo? -pregunto, porque acabo de descubrir un pedacito de tent&#225;culo almenado en un cuenquito de salsa amarillo azafr&#225;n.

Traen dos bandejitas de madera gruesa, sin bordes, y sobre &#233;stas, trozos de pescado crudo.

Sashimis -aclara Kakuro-. Tambi&#233;n aqu&#237; encontrar&#225; pulpo.

Me sumo en la contemplaci&#243;n de la obra. La belleza visual es tal que corta la respiraci&#243;n. Encajo un pedacito de carne blanca y gris entre mis palillos desma&#241;ados (aced&#237;as, me precisa amablemente Kakuro) y, decidida a extasiarme, lo pruebo.

&#191;Por qu&#233; buscamos la eternidad en el &#233;ter de esencias invisibles? Esta cosita blanquecina es una miga bien tangible de ella.

Ren&#233;e -me dice Kakuro-, estoy encantado de celebrar mi cumplea&#241;os en su compa&#241;&#237;a, pero tengo tambi&#233;n un motivo m&#225;s poderoso para cenar con usted.

Aunque s&#243;lo nos conozcamos desde hace un tr&#237;o de semanas, empiezo a discernir bien los motivos de Kakuro. &#191;Francia o Inglaterra? &#191;Vermeer o Caravaggio? &#191;Guerra y Paz o nuestra querida Ana?

Engullo un nuevo y liger&#237;simo sashimi -&#191;at&#250;n?- de tama&#241;o respetable que, en mi humilde opini&#243;n, habr&#237;a reclamado un poco de fraccionamiento.

La hab&#237;a invitado para celebrar mi cumplea&#241;os, s&#237;, pero entre tanto alguien me ha dado una informaci&#243;n muy importante. Por ello ahora tengo algo capital que decirle.

El pedazo de at&#250;n absorbe toda mi atenci&#243;n y no me prepara para lo que sigue.

No es usted su hermana -dice Kakuro, mir&#225;ndome a los ojos.



20

Tribus gagausas

Se&#241;oras.

Se&#241;oras que salen una noche a cenar a un restaurante lujoso, invitadas por un adinerado y amable caballero, act&#250;en en todo momento con la misma elegancia. Ya las sorprendan, las irriten o las desconcierten, conserven un mismo refinamiento en la impasibilidad y, ante palabras chocantes, reaccionen con la distinci&#243;n que tales circunstancias requieren. En lugar de eso, y porque soy una paleta que engulle sashimis como si fueran papas fritas, me atraganto espasm&#243;dicamente y, sintiendo con espanto aloj&#225;rseme en la garganta la miga de eternidad, trato de escupirla con la distinci&#243;n de un gorila. En las mesas m&#225;s pr&#243;ximas se hace el silencio mientras, tras mil y un eructos y en un &#250;ltimo y muy mel&#243;dico espasmo, logro al fin desalojar a la culpable y, apoder&#225;ndome de mi servilleta, realojarla in extremis.

&#191;Debo acaso repet&#237;rselo? -pregunta Kakuro, que parece, (&#161;diablos!), divertirse.

Yo cof cof -(toso).

El cofcof es un responsorio tradicional de la oraci&#243;n fraterna de las tribus gagausas.

Yo o sea cof cof -prosigo brillantemente.

Entonces, con la clase de quien se codea con las altas esferas, a&#241;ado:

&#191;Que ha dicho?

Se lo dir&#233; otra vez para que la cosa le quede bien clara -articula, con esa suerte de paciencia infinita que se tiene con los ni&#241;os o, m&#225;s bien, con los cortos de luces-. Ren&#233;e, no es usted su hermana.

Y, como me quedo ah&#237;, mir&#225;ndolo como una pazguata, a&#241;ade:

Se lo repito una &#250;ltima vez, con la esperanza esta vez de que no se atragante con sushis que, dicho sea de paso, cuestan treinta euros la unidad y exigen algo m&#225;s de delicadeza en la ingesti&#243;n: no es usted su hermana, podemos ser amigos. E incluso todo lo que queramos.



21

Todas esas tazas de t&#233;

Tum tum tum tum tum tum tum 

Look, if you had one shot, one opportunity, 

To seize everything you ever wanted 

One moment

Would you capture it or just let it slip?

Esto es de Eminem. Confieso que, a t&#237;tulo de profeta de las &#233;lites modernas, a veces lo escucho cuando ya no me es posible ignorar que Dido ha perecido.

Pero sobre todo, gran confusi&#243;n.

&#191;Una prueba?

Hela aqu&#237;.

Remember me, remember me 

But ah! forget my fate 

Treinta euros la unidad 

Would you capture it 

Or just let it slip?

Esto ocurre en mi cabeza y en las mejores familias, por lo que huelga todo comentario. La manera extra&#241;a que tienen las melod&#237;as de imprimirse en mi cabeza me sorprender&#225; siempre (sin evocar siquiera a un tal Confutatis, gran amigo de las porteras de vejiga peque&#241;a), y, con un inter&#233;s marginal y sin embargo sincero, observo que, esta vez, lo que importa es el medley.

Y me echo a llorar.

En la Tasca de los Amigos de Puteaux, una comensal que a punto est&#225; de ahogarse y se salva por los pelos para a continuaci&#243;n echarse a llorar, con el hocico hundido en la servilleta, constituye un entretenimiento de calidad. Pero aqu&#237;, en este templo solar de sashimis despachados por unidad, mis excesos tienen el efecto contrario. Una onda de reprobaci&#243;n silenciosa me circunscribe, y heme aqu&#237; sollozando y moqueando, obligada a recurrir a una servilleta bien cargadita ya para limpiar los estigmas de mi emoci&#243;n y tratar de enmascarar lo que la opini&#243;n p&#250;blica reprueba.

Sollozo a m&#225;s no poder.

Paloma me ha traicionado.

Entonces, arrastrados por esos sollozos, desfilan en mi seno toda una vida de esp&#237;ritu solitario transcurrida en la clandestinidad, todas esas largas lecturas recluidas, todos esos inviernos de enfermedad, toda esa lluvia de noviembre sobre el bello rostro de Lisette, todas esas camelias de regreso del infierno, encalladas en el musgo del templo, todas esas tazas de t&#233; al calor de la amistad, todas esas palabras maravillosas en boca de la maestra, esas naturalezas muertas tan wabi, esas esencias eternas iluminando sus reflejos singulares, tambi&#233;n esas lluvias de verano que irrumpen en la sorpresa del placer, copos que danzan la melopea del coraz&#243;n y, en el marco del Jap&#243;n antiguo, el rostro puro de Paloma. Y lloro, lloro sin poder contenerme, a l&#225;grima viva de felicidad, l&#225;grima c&#225;lida y hermosa, mientras a mi alrededor el mundo se sume en el abismo y no deja m&#225;s sensaci&#243;n que la de la mirada del hombre en cuya compa&#241;&#237;a me siento alguien y que, cogi&#233;ndome con dulzura de la mano, me sonr&#237;e con una calidez infinita.

Gracias -logro murmurar con un hilo de voz.

Podemos ser amigos -dice-. E incluso todo lo que queramos.

Remember me, remember me, 

And ah! envy my fate 



22

La hierba de los prados

Ahora ya s&#233; lo que hay que vivir antes de morir. Bien: se lo puedo decir. Lo que hay que vivir antes de morir es un aguacero que se transforma en luz.

No he dormido en toda la noche. Tras y pese a mis abandonos llenos de gracia, la cena fue maravillosa: sedosa, c&#243;mplice, con largos y deliciosos silencios. Cuando Kakuro me acompa&#241;&#243; hasta mi puerta, me bes&#243; largo rato la mano y nos separamos as&#237;, sin una palabra, con una sencilla sonrisa el&#233;ctrica.

No he dormido en toda la noche,

&#191;Y saben por qu&#233;?

Por supuesto que lo saben.

Por supuesto, todo el mundo se imagina que, adem&#225;s de todo lo dem&#225;s, es decir, de una sacudida tel&#250;rica que pone patas arriba una existencia s&#250;bitamente descongelada, algo ronda por mi cabeza de jovencita rom&#225;ntica quincuagenaria. Y que ese algo se pronuncia: E incluso todo lo que queramos.

A las siete, me levanto, con un gesto mec&#225;nico, catapultando a mi gato indignado al otro extremo de la cama. Tengo hambre. Tengo hambre en sentido literal (una colosal rebanada de pan sepultada en mantequilla y mermelada de ciruela Claudia s&#243;lo consigue azuzar mi dantesco apetito) y figurado: siento una fren&#233;tica impaciencia de saber qu&#233; ocurrir&#225; a continuaci&#243;n. Doy vueltas cual tigre enjaulado en mi cocina, acoso a un gato que no me hace ni caso, me meto entre pecho y espalda otra monta&#241;a de pan con mantequilla y mermelada, camino de un extremo a otro de la habitaci&#243;n ordenando cosas que no necesitan orden ninguno y me dispongo a un tercer asalto de pan con mantequilla y mermelada.

Y, de golpe, a las ocho, me tranquilizo.

Sin previo aviso, de manera sorprendente, un gran sentimiento de serenidad cae sobre m&#237; como un chaparr&#243;n. &#191;Qu&#233; ha ocurrido? Una mutaci&#243;n. No veo otra explicaci&#243;n; a algunos les crecen branquias; a m&#237; me sobreviene la sabidur&#237;a.

Me dejo caer sobre una silla y la vida retoma su curso.

Un curso por lo dem&#225;s poco o nada apasionante: recuerdo que sigo siendo portera y que a las nueve tengo que estar en la calle Del Bac para comprar limpiador para cobre. A las nueve es una precisi&#243;n fantasiosa. Pero planificando bien mis tareas del d&#237;a siguiente, me hab&#237;a dicho: Ir&#233; hacia las nueve. Cojo pues mi carrito de la compra y mi bolso y me voy por el mundo a buscar esa sustancia que saca brillo a los adornos de las casas de los ricos. Fuera hace un maravilloso d&#237;a de primavera. Desde lejos diviso a G&#233;g&#232;ne, que se levanta con esfuerzo de sus cartones; me alegro por &#233;l por el buen tiempo que se anuncia. Pienso brevemente en el apego del clochard por el gran gur&#250; arrogante de la gastronom&#237;a, y la idea me hace sonre&#237;r; al que es feliz, la lucha de clases se le antoja de pronto secundaria, me digo, sorprendida del baj&#243;n en mi conciencia social.

Y entonces ocurre: bruscamente, G&#233;g&#232;ne se tambalea. Estoy a quince pasos nada m&#225;s y frunzo el ce&#241;o, inquieta. Se tambalea mucho, como sobre el puente de un barco presa del cabeceo, y alcanzo a ver su rostro y su expresi&#243;n perdida. &#191;Qu&#233; ocurre?, pregunto en voz alta apretando el paso hacia el necesitado. Por lo general, a estas horas G&#233;g&#232;ne no est&#225; ebrio y, por a&#241;adidura, aguanta tan bien el alcohol como una vaca la hierba de los prados. Para colmo de males, la calle est&#225; casi desierta; soy la &#250;nica que ha reparado en el pobre hombre de andares vacilantes. Da unos pasos torpes en direcci&#243;n a la calzada, se detiene y, cuando apenas me separan dos metros de &#233;l, echa a correr de pronto como alma que lleva el diablo. Y esto es lo que ocurre a continuaci&#243;n.

Esto que, como todo el mundo, habr&#237;a preferido que no ocurriera jam&#225;s.



23

Mis camelias

Me muero.

S&#233; con una certeza cercana a la adivinaci&#243;n que me estoy muriendo, que voy a expirar en la calle Del Bac, una bonita ma&#241;ana de primavera, porque un clochard llamado G&#233;g&#232;ne, aquejado del baile de san Vito, ha trastabillado sobre la calzada desierta sin preocuparse de los hombres ni de Dios.

A decir verdad, tampoco estaba tan desierta la calzada.

He corrido en pos de G&#233;g&#232;ne abandonando bolso y carrito.

Y me han atropellado.

S&#243;lo al caer al suelo, tras un instante de estupor y de incomprensi&#243;n total, y antes de que el dolor me hiciera pedazos, he visto lo que me hab&#237;a atropellado. Descanso ahora de espaldas, con unas inmejorables vistas sobre el flanco de la furgoneta de reparto de una tintorer&#237;a. Ha tratado de evitarme y se ha echado hacia la izquierda, pero demasiado tarde: su ala delantera derecha me ha golpeado de pleno. Tintorer&#237;a Malavoin indica el logo azul sobre el peque&#241;o utilitario blanco. Si pudiera, me reir&#237;a. Los caminos de Dios son tan expl&#237;citos para quien se molesta en descifrarlos Pienso en Manuela, que se echar&#225; la culpa hasta el final de sus d&#237;as por esta muerte perpetrada por una tintorer&#237;a que s&#243;lo puede ser el castigo por el doble robo del cual, por su grand&#237;sima culpa, he sido a mi vez culpable Y el dolor me anega; el dolor del cuerpo, un dolor que irradia, que se desborda, logrando la proeza de no estar en ning&#250;n sitio concreto y de infiltrarse por todos los lugares donde puedo sentir algo; y el dolor del alma tambi&#233;n, porque he pensado en Manuela, a la que voy a dejar sola, a la que no volver&#233; a ver, y porque ello me abre en el coraz&#243;n una herida lancinante.

Dicen que en el momento de morir uno vuelve a ver toda su vida. Pero ante mis ojos abiertos de par en par que ya no disciernen ni la furgoneta ni a su conductora (la joven empleada del tinte que me hab&#237;a tendido el vestido de lino color ciruela y ahora llora y grita sin preocuparse lo m&#225;s m&#237;nimo del decoro), ni a los transe&#250;ntes que han acudido tras el impacto y me hablan mucho sin que nada de lo que dicen tenga sentido, ante mis ojos abiertos de par en par que ya no ven nada de este mundo desfilan rostros queridos y, para cada uno, tengo un pensamiento desgarrador.

En lugar de rostro, en realidad, primero hay un hocico. S&#237;, mi primer pensamiento es para mi gato, no por ser el m&#225;s importante de todos sino porque, antes de los verdaderos tormentos y las verdaderas separaciones, necesito quedarme tranquila sobre la suerte de mi compa&#241;ero con patas. Sonr&#237;o para mis adentros pensando en la gran mole obesa que me ha hecho las veces de acompa&#241;ante durante estos diez &#250;ltimos a&#241;os de viudedad y de soledad, una sonrisa algo triste y tierna porque, vista desde la muerte, la proximidad con nuestros animales de compa&#241;&#237;a ya no parece esa evidencia menor que el d&#237;a a d&#237;a vuelve banal; en Le&#243;n se han cristalizado diez a&#241;os de vida, y caigo en la cuenta de hasta qu&#233; punto esos gatos rid&#237;culos y superfluos que atraviesan nuestras vidas con la placidez y la indiferencia de los imb&#233;ciles son los depositarios de los momentos buenos y alegres y de la trama feliz de &#233;stas, incluso bajo el tendal de la desgracia. Hasta siempre, Le&#243;n, me digo, despidi&#233;ndome de una vida que nunca hubiera cre&#237;do tan preciada.

Luego pongo mentalmente el destino de mi gato entre las manos de Olimpia Saint-Nice, con el alivio profundo que nace de la certeza de que lo cuidar&#225; bien.

Ahora ya puedo afrontar a todos los dem&#225;s.

Manuela.

Manuela, amiga m&#237;a.

En el umbral de la muerte, te tuteo al fin.

&#191;Recuerdas esas tazas de t&#233; en la seda de la amistad? Diez a&#241;os de t&#233; y de llamarnos de usted y, al final del camino, un calor en el pecho y esta gratitud sin l&#237;mites por qui&#233;n sabe qui&#233;n o qu&#233;, la vida, quiz&#225;, por haber tenido la gracia de ser tu amiga. &#191;Sabes que mis pensamientos m&#225;s bellos los he tenido contigo? Tener que morir para ser por fin consciente de ello Todas esas horas de t&#233;, esos largos intervalos de refinamiento, esa gran dama desnuda, sin adornos ni palacios, sin los cuales, Manuela, yo no habr&#237;a sido m&#225;s que una portera, mientras que por contagio, porque la aristocracia del coraz&#243;n es una afecci&#243;n contagiosa, hiciste de m&#237; una mujer capaz de cultivar una amistad &#191;Me habr&#237;a sido acaso tan f&#225;cil transformar mi sed de indigente en placer del Arte y encandilarme con murmullos de hojas, camelias que languidecen y todas esas joyas eternas del siglo, con todas esas perlas preciosas en el movimiento incesante del r&#237;o, si, semana tras semana, no te hubieras consagrado conmigo, ofreci&#233;ndome tu coraz&#243;n, al sacro ritual del t&#233;?

Cu&#225;nto te a&#241;oro ya Esta ma&#241;ana comprendo lo que morir significa: en el momento de desaparecer, quienes mueren para nosotros son los dem&#225;s pues yo estoy ah&#237;, tumbada sobre la acera algo fr&#237;a y me trae sin cuidado fallecer; ello no tiene m&#225;s sentido esta ma&#241;ana que ayer. Pero ya nunca volver&#233; a ver a los que quiero, y si morir es eso, desde luego es la tragedia que dicen que es.

Manuela, hermana m&#237;a, no quiera el destino que yo haya sido para ti lo que fuiste t&#250; para m&#237;: un parapeto de la desgracia, una muralla contra la trivialidad. Contin&#250;a y vive, pensando en m&#237; con alegr&#237;a.

Pero, en mi coraz&#243;n, no verte nunca m&#225;s es una tortura infinita.

Y hete ah&#237;, Lucien, en una fotograf&#237;a que amarillea ya, ante los ojos de mi memoria. Sonr&#237;es, silbas. &#191;La sentiste t&#250; tambi&#233;n as&#237;, mi muerte y no la tuya, el final de nuestras miradas mucho antes del terror de sumirte en la oscuridad? &#191;Qu&#233; queda exactamente de una vida cuando quienes la vivieron juntos hace tiempo que han muerto? Experimento hoy un sentimiento curioso, el de traicionarte; morir es como matarte de verdad. No es suficiente pues que sintamos alejarse a los dem&#225;s; a&#250;n hay que dar muerte a quienes s&#243;lo subsisten a trav&#233;s de nosotros. Y sin embargo, sonr&#237;es, silbas y, de pronto, yo tambi&#233;n sonr&#237;o. Lucien te quise bien, y por ello, quiz&#225;, merezca el descanso. Dormiremos en paz en el peque&#241;o cementerio de nuestro pueblo. A lo lejos, se oye el r&#237;o. En sus aguas se pescan alosas y gobios. Los ni&#241;os van a jugar a sus orillas, gritando a pleno pulm&#243;n. Por la tarde, al ponerse el sol, se oye el &#225;ngelus.

Y usted, Kakuro, querido Kakuro, gracias a quien he cre&#237;do en la posibilidad de una camelia Si pienso hoy en usted es s&#243;lo fugazmente; unas pocas semanas no son la clave de nada; de usted no conozco mucho m&#225;s que lo que fue para m&#237;: un bienhechor celestial, un b&#225;lsamo milagroso contra las certezas del destino. &#191;Pod&#237;a ser de otro modo? Qui&#233;n sabe No puedo evitar que esta incertidumbre me encoja el coraz&#243;n. &#191;Y si? &#191;Y si me hubiera hecho re&#237;r, hablar y llorar un poco m&#225;s, lavando de todos estos a&#241;os la mancha de la falta y devolvi&#233;ndole a Lisette, en la complicidad de un amor improbable, su honor perdido? Cu&#225;n pat&#233;tico Ahora se pierde usted en la noche, y, en el momento de no verlo nunca m&#225;s, he de renunciar a conocer jam&#225;s la respuesta del destino

&#191;Acaso es eso morir? &#191;Tan miserable es? &#191;Y cu&#225;nto tiempo todav&#237;a?

Una eternidad, si sigo sin saber.

Paloma, hija m&#237;a.

Hacia ti me vuelvo. Hacia ti, la &#250;ltima.

Paloma, hija m&#237;a.

No he tenido hijos, porque no lo quiso la suerte. &#191;He sufrido por ello? No. Pero de haber tenido una hija, habr&#237;as sido t&#250;. Y, con todas mis fuerzas, lanzo una s&#250;plica para que tu vida est&#233; a la altura de lo que prometes.

Y despu&#233;s, una iluminaci&#243;n.

Una iluminaci&#243;n de verdad: veo tu hermoso rostro serio y puro, tus gafas de montura rosa y esa manera que tienes de triturarte el bajo del chaleco, de mirar directamente a los ojos y de acariciar al gato como si pudiera hablar. Y me echo a llorar. A llorar de alegr&#237;a dentro de m&#237;. &#191;Qu&#233; ven los curiosos inclinados sobre mi cuerpo roto? No lo s&#233;.

Pero, por dentro, luce un sol.

&#191;C&#243;mo se decide el valor de una vida? Lo que importa me dijo Paloma un d&#237;a, no es morir, sino lo que uno hace en el momento en que muere. &#191;Qu&#233; hac&#237;a yo en el momento de morir?, me pregunto con una respuesta ya preparada en el calor de mi coraz&#243;n.

&#191;Qu&#233; hac&#237;a yo?

Hab&#237;a conocido al otro y estaba dispuesta a amar.

Tras cincuenta y cuatro a&#241;os de desierto afectivo y moral, apenas salpicado por la ternura de un Lucien que no era sino la sombra resignada de m&#237; misma, tras cincuenta y cuatro a&#241;os de clandestinidad y de triunfos mudos en el interior acolchado de un esp&#237;ritu solitario, tras cincuenta y cuatro a&#241;os de odio por un mundo y una casta convertidos por m&#237; en exutorios de mis f&#250;tiles frustraciones, tras esos cincuenta y cuatro a&#241;os de nada, de no conocer a nadie, ni de estar jam&#225;s con el otro:

Manuela, siempre.

Pero tambi&#233;n Kakuro.

Y Paloma, mi alma gemela.

Mis camelias.

Tomar&#237;a gustosa con vosotros una &#250;ltima taza de t&#233;.

Entonces, un cocker jovial, con las orejas y la lengua colgando, cruza mi campo de visi&#243;n. Es una tonter&#237;a pero me dan ganas de re&#237;r. Hasta siempre, Neptune, eres un perro tontarr&#243;n pero parece que la muerte nos hace perder un poco los papeles; quiz&#225; te dedique a ti mi &#250;ltimo pensamiento. Y si eso tiene alg&#250;n sentido, se me escapa por completo.

Ah, no, mira por d&#243;nde.

Una &#250;ltima imagen.

Qu&#233; curioso Ya no veo rostros

Pronto llegar&#225; el verano. Son las siete. Repican las campanas en la iglesia del pueblo. Vuelvo a ver a mi padre con la espalda inclinada, concentrado en el esfuerzo, removiendo la tierra de junio. El sol declina. Mi padre se incorpora, se enjuga la frente con la manga y emprende el regreso al hogar.

Fin de la jornada.

Van a dar las nueve.

En paz, muero.


&#218;ltima idea profunda

&#191;Qu&#233; hacer

frente al jam&#225;s

si no es buscar

el siempre

en unas notas robadas?

Esta ma&#241;ana la se&#241;ora Michel ha muerto. La ha atropellado la furgoneta de reparto de una tintorer&#237;a, cerca de la calle Del Bac. No consigo creer que est&#233; escribiendo estas palabras.

La noticia me la ha dado Kakuro. Al parecer, Paul, su secretario, iba por esa calle justo en ese momento. Ha visto el accidente desde lejos, pero cuando ha llegado era ya demasiado tarde. La se&#241;ora Michel ha querido socorrer al clochard, G&#233;g&#232;ne, el de la esquina de la calle Del Bac, ese que est&#225; como un tonel de gordo. Ha corrido tras &#233;l pero no ha visto la furgoneta. Seg&#250;n parece se han tenido que llevar a la conductora al hospital porque le hab&#237;a dado una crisis de nervios.

Kakuro ha llamado a la puerta de casa a eso de las once. Ha pedido verme y entonces me ha cogido la mano y me ha dicho: No hay modo de evitarte este dolor, Paloma, as&#237; que te lo digo tal cual ha ocurrido: Ren&#233;e ha tenido un accidente hace poco, a eso de las nueve. Un accidente muy grave. Ha muerto. Lloraba. Me ha apretado la mano muy fuerte. Dios m&#237;o, pero &#191;qui&#233;n es Ren&#233;e?, ha preguntado mam&#225;, asustada. La se&#241;ora Michel, le ha contestado Kakuro. &#161;Ah!, ha exclamado mam&#225;, aliviada. Kakuro le ha dado la espalda, asqueado. Paloma, ahora tengo que ocuparme de un mont&#243;n de cosas nada agradables, pero nos veremos despu&#233;s, &#191;de acuerdo?, me ha dicho. He dicho que s&#237; con la cabeza y yo tambi&#233;n le he apretado la mano muy fuerte. Nos hemos hecho un saludito a la japonesa, una r&#225;pida inclinaci&#243;n de cabeza. Nos comprendemos. Nos duele tanto a los dos.

Cuando se ha ido, lo &#250;nico que yo quer&#237;a era evitar a mam&#225;. Ha abierto la boca, pero yo le he hecho un gesto con la mano, con la palma levantada hacia ella, para decir: Ni lo intentes. Ha soltado como un hipido pero no se me ha acercado y ha dejado que me fuera a mi cuarto. All&#237; me he acurrucado hecha una bola en la cama. Al cabo de media hora, mam&#225; ha llamado suavemente a la puerta. He dicho: No. No ha insistido.

Desde entonces, han pasado diez horas. Tambi&#233;n han pasado muchas cosas en el edificio. Las resumo: Olimpia Saint-Nice se ha precipitado a la porter&#237;a al enterarse de la noticia (hab&#237;a venido un cerrajero a abrirle la puerta) para llevarse a Le&#243;n y lo ha instalado en casa. Pienso que la se&#241;ora Michel, que Ren&#233;e lo habr&#237;a querido as&#237;. Eso me ha aliviado un poco. La se&#241;ora de Broglie ha dirigido todas las operaciones, bajo el mando supremo de Kakuro. Es curioso, pero la vieja cascarrabias casi me ha resultado simp&#225;tica. Le ha dicho a mam&#225;, su nueva amiga: Hac&#237;a veintisiete a&#241;os que estaba aqu&#237;. La vamos a echar de menos. Ha organizado al instante una colecta para las flores y se ha encargado de ponerse en contacto con la familia de Ren&#233;e. &#191;Tendr&#225; familia? No lo s&#233;, pero la se&#241;ora de Broglie va a investigar.

Lo peor es la se&#241;ora Lopes. Ha sido tambi&#233;n la se&#241;ora de Broglie quien se ha encargado de darle la noticia, cuando ha venido a las diez a limpiar. Al parecer se ha quedado un momento ah&#237; plantada sin comprender nada, tap&#225;ndose la boca con la mano. Y luego se ha ca&#237;do al suelo. Cuando ha vuelto en s&#237;, quince minutos despu&#233;s, s&#243;lo ha murmurado: Perd&#243;n, oh, perd&#243;n, se ha vuelto a poner el pa&#241;uelo y se ha ido a su casa.

Un dolor as&#237; te parte el coraz&#243;n.

&#191;Y yo? &#191;Qu&#233; siento yo? Parloteo sobre los peque&#241;os acontecimientos del 7 de la calle Grenelle pero no soy muy valiente que digamos. Me da miedo ir al interior de m&#237; misma y ver qu&#233; ocurre all&#237;. Tambi&#233;n siento verg&#252;enza. Pienso que quer&#237;a morir para hacer sufrir a Colombe, a mam&#225; y a pap&#225; porque todav&#237;a yo no hab&#237;a sufrido de verdad. O m&#225;s bien: sufr&#237;a pero sin que me hiciera da&#241;o de verdad y, por ello, todos mis peque&#241;os proyectos eran lujos de adolescente sin problemas. Racionalizaciones de ni&#241;a rica que quiere hacerse la interesante.

Pero ahora, y por primera vez, he sentido dolor, tanto dolor. Es como un pu&#241;etazo en el est&#243;mago, me corta la respiraci&#243;n, tengo el coraz&#243;n hecho migas y siento retortijones. Un dolor f&#237;sico insoportable. Me he preguntado si me recuperar&#237;a alg&#250;n d&#237;a de este dolor. Me dol&#237;a tanto que ten&#237;a ganas de gritar. Pero no he gritado. Lo que noto ahora que el dolor sigue aqu&#237; pero ya no me impide andar o hablar es una sensaci&#243;n de impotencia y de absurdo totales. Entonces, &#191;es as&#237;? De golpe, &#191;todos los posibles se apagan? Una vida llena de proyectos, de conversaciones apenas empezadas, de deseos que ni siquiera se han realizado, &#191;se apaga en un segundo y ya no hay m&#225;s nada, ya no hay nada que hacer, ya no se puede volver atr&#225;s?

Por primera vez en mi vida, he sentido el significado de la palabra nunca. Pues bien, es horrible. Pronunciamos esa palabra cien veces al d&#237;a pero no sabemos lo que decimos antes de habernos enfrentado a un verdadero nunca m&#225;s. El caso es que uno siempre tiene la ilusi&#243;n de que controla lo que ocurre; nada nos parece definitivo. Por mucho que me dijera estas &#250;ltimas semanas que pronto me iba a suicidar, &#191;de verdad lo cre&#237;a? &#191;De verdad me hac&#237;a sentir esta decisi&#243;n el significado de la palabra nunca? En absoluto. Me hac&#237;a sentir mi poder de decidir. Y pienso que, unos segundos antes de matarme, ese nunca m&#225;s habr&#237;a seguido siendo una palabra vac&#237;a. Pero cuando alguien a quien se quiere muere entonces de verdad os digo que uno siente lo que significa, y hace mucho, mucho, mucho da&#241;o. Es como un castillo de fuegos artificiales que se apagara de golpe y todo quedara negro. Me siento sola, enferma, me duele el coraz&#243;n y cada movimiento me cuesta esfuerzos tit&#225;nicos.

Y entonces ha ocurrido algo. Cuesta creerlo por lo triste que es este d&#237;a. He acompa&#241;ado a Kakuro a eso de las cinco a la porter&#237;a de la se&#241;ora Michel (quiero decir de Ren&#233;e) porque quer&#237;a coger algo de ropa suya para llevarla a la morgue del hospital. Ha llamado a nuestra puerta y le ha preguntado a mam&#225; si pod&#237;a hablar conmigo. Pero yo hab&#237;a adivinado que era &#233;l: ya estaba junto a la puerta. Por supuesto, he querido ir con &#233;l. Hemos cogido juntos el ascensor, sin hablar. Parec&#237;a muy cansado, m&#225;s cansado que triste; me he dicho: as&#237; es como se ve el sufrimiento en los rostros sabios. No se nota demasiado, s&#243;lo provoca la impresi&#243;n de un cansancio enorme. &#191;Tambi&#233;n yo parezco cansada?

Bueno, el caso es que hemos bajado a la porter&#237;a Kakuro y yo. Pero, al cruzar el patio, nos hemos parado en seco los dos a la vez; alguien se hab&#237;a puesto a tocar el piano y se o&#237;a muy bien lo que tocaba. Era algo de Satie, creo, bueno, no estoy segura (pero en todo caso era algo cl&#225;sico).

Realmente no tengo ninguna idea profunda sobre esto. De hecho, &#191;c&#243;mo tener una idea profunda cuando un alma gemela descansa en una c&#225;mara frigor&#237;fica de hospital? Pero s&#233; que nos hemos parado en seco los dos y hemos respirado hondo, dejando que el sol nos calentara la cara y escuchando la m&#250;sica que ven&#237;a de arriba. Pienso que a Ren&#233;e le habr&#237;a gustado este momento, ha dicho Kakuro. Y nos hemos quedado ah&#237; unos minutos, escuchando la m&#250;sica. Yo estaba de acuerdo con &#233;l. Pero &#191;por qu&#233;?

Pensando en eso esta noche, con el coraz&#243;n y el est&#243;mago hechos papilla, me digo que a fin de cuentas quiz&#225; sea eso la vida: mucha desesperaci&#243;n pero tambi&#233;n algunos momentos de belleza donde el tiempo ya no es igual. Es como si las notas musicales hicieran una suerte de par&#233;ntesis en el tiempo, una suspensi&#243;n, otro lugar aqu&#237; mismo, un siempre en el jam&#225;s.

S&#237;, eso es, un siempre en el jam&#225;s.

No tema, Ren&#233;e, no me suicidar&#233; y no le prender&#233; fuego a nada de nada.

Pues, por usted, a partir de ahora buscar&#233; los siempres en los jamases.

La belleza en este Mundo.



Muriel Barbery



***



[Sin duda es en el campo de la lectura donde mi eclecticismo es menos acusado, si bien mi diversidad de intereses es en dicho &#225;mbito la m&#225;s extrema. He le&#237;do obras de historia, de filosof&#237;a, de econom&#237;a pol&#237;tica, de sociolog&#237;a, de psicolog&#237;a, de pedagog&#237;a, de psicoan&#225;lisis y, por supuesto y ante todo, de literatura. Las primeras me han interesado; la &#250;ltima constituye toda mi vida. Mi gato, Le&#243;n, debe su nombre a Tolstoi. El anterior se llamaba Dongo por Fabrice del. Al primero lo bautic&#233; Karenina por Ana, nombre que yo acortaba en Kare, por miedo a que me desenmascarasen. Exceptuando la infidelidad stendhaliana, mis gustos se sit&#250;an de manera muy n&#237;tida en la Rusia anterior a 1910, pero me vanaglorio de haber devorado una parte bastante apreciable de la literatura mundial, teniendo en cuenta que soy una persona de origen campesino cuyas esperanzas de hacer carrera alcanzaron hasta la porter&#237;a del n&#250;mero 7 de la calle de Grenelle, cuando habr&#237;a podido pensarse que un destino como el m&#237;o me abocara al culto eterno de las novelitas rosas de Barbara Cartland. Bien es cierto que soy -y me siento- culpable de cierta inclinaci&#243;n por las novelas polic&#237;acas, pero las que yo leo las considero literatura de alt&#237;sima categor&#237;a. Me resulta especialmente dif&#237;cil, algunos d&#237;as, sustraerme a la lectura de alguna novela de Connelly o de Mankell para contestar al timbrazo de Bernard Grelier o de Sabine Palli&#232;res, cuyas preocupaciones no son congruentes con las meditaciones de Harry Bosch, el agente amante del jazz del LAPD [1] [Departamento de Polic&#237;a de Los &#193;ngeles], sobre todo cuando me preguntan:] As&#237; en el original. Entre corchetes de deja la traducci&#243;n de la versi&#243;n espa&#241;ola.

[En el cap&#237;tulo cinematogr&#225;fico, por el contrario, mi eclecticismo alcanza cotas insospechadas. Me gustan las blockbusters [2] [pel&#237;culas comerciales] americanas y las obras del cine de autor. De hecho, durante mucho tiempo consum&#237; preferentemente cine de entretenimiento americano o ingl&#233;s, con excepci&#243;n de algunas obras serias que yo consideraba con mi mirada pronta a pasarlo todo por el tamiz de la est&#233;tica, esa mirada pasional y emp&#225;tica que s&#243;lo se codea con el entretenimiento. Greenaway suscita en m&#237; admiraci&#243;n, inter&#233;s y bostezos, mientras que lloro cual magdalena esponjosa cada vez que Melly y Mammy suben la escalera de los Butler tras la muerte de Bonnie Blue, y considero Blade Runner una obra maestra de la distracci&#243;n de primera categor&#237;a. Durante mucho tiempo, he estimado una fatalidad que el s&#233;ptimo arte fuera bello, poderoso y sopor&#237;fero y que el cine de entretenimiento fuera f&#250;til, divertido y abrumador.] En ingl&#233;s en el original [Nota del escaneador].

[Pero, como iba diciendo, esta ma&#241;ana me he enterado al escuchar la emisora France Inter de que esta contaminaci&#243;n de mis aspiraciones a la cultura leg&#237;tima por otras inclinaciones a la cultura ileg&#237;tima no constituye un estigma de mi baja extracci&#243;n social ni de mi acceso solitario a las luces del esp&#237;ritu, sino una caracter&#237;stica contempor&#225;nea de las clases intelectuales dominantes. &#191;C&#243;mo me he enterado? Por boca de un soci&#243;logo, del que me habr&#237;a encantado saber si a &#233;l mismo le habr&#237;a encantado saber que una portera con zuecos ortop&#233;dicos del doctor Scholl acababa de erigirlo en icono sagrado. En su estudio de la evoluci&#243;n de las pr&#225;cticas culturales de intelectuales anta&#241;o inmersos en una educaci&#243;n de alto nivel desde el alba hasta el crep&#250;sculo y que ya se han convertido en polos de sincretismo en los que la frontera entre la verdadera y la falsa cultura se ha vuelto ya irremediablemente borrosa, describ&#237;a a un catedr&#225;tico universitario de letras cl&#225;sicas que anta&#241;o habr&#237;a escuchado a Bach, le&#237;do a Mauriac y consumido pel&#237;culas de arte y ensayo, y que, hoy, escucha a Haendel y al rapero MC Solaar, lee a Flaubert y a John Le Carr&#233;, va al cine a ver una de Visconti y la &#250;ltima entrega de Die Hard [3] [Jungla de cristal], almuerza hamburguesas y cena sushi.] As&#237; en el original. Entre corchetes de deja la traducci&#243;n de la versi&#243;n espa&#241;ola.

[Tienes a tu madre muy preocupada, ha atacado el doctor, logrando la proeza de no mover ni el labio inferior siquiera. He reflexionado un momento y he decidido que la t&#233;cnica de la provocaci&#243;n no ten&#237;a muchas probabilidades de llegar a buen puerto. &#191;Quer&#233;is asegurarle a vuestro psicoanalista la certeza de su dominio? Provocadlo como provoca un adolescente a sus padres. He decidido pues decirle muy seria: &#191;Cree que tiene que ver con la exclusi&#243;n del Nombre del Padre? &#191;Dir&#237;ais que le ha hecho moverse un pelo? En absoluto. Se ha quedado inm&#243;vil e imp&#225;vido. Pero me ha parecido ver algo en sus ojos, como una vacilaci&#243;n. He decidido explotar el fil&#243;n. &#191;Mmm?, ha preguntado. No creo que entiendas lo que dices. -Oh, s&#237;, s&#237;, le he contestado, pero hay algo en las teor&#237;as de Lacan que no entiendo, y es la naturaleza exacta de su relaci&#243;n con el estructuralismo. &#201;l ha entreabierto la boca para decir algo pero yo he sido m&#225;s r&#225;pida. Ah, y tampoco entiendo los matemas. Todos esos nudos, resulta un poco confuso. &#191;Entiende usted algo de la topolog&#237;a? Hace tiempo que todo el mundo sabe que es una tomadura de pelo, &#191;no? Ah&#237; ya s&#237; he notado cierto progreso. No le hab&#237;a dado tiempo a cerrar la boca y se le ha quedado abierta. Luego se ha recuperado y sobre su rostro inm&#243;vil ha aparecido una expresi&#243;n sin movimiento, en plan: &#191;Quieres jugar a esto conmigo, bonita? Pues claro que quiero jugar a esto contigo, mi querido marr&#243;n glac&#233;. Entonces he aguardado. Eres una jovencita muy inteligente, lo s&#233;, ha dicho (coste de esta informaci&#243;n transmitida por Mi querida Solange: 60 euros la media hora). Pero se puede ser muy inteligente y a la vez muy fr&#225;gil, &#191;sabes?, muy l&#250;cido y muy desgraciado. No me digas, &#191;en serio? &#191;Esta frase la has le&#237;do en Pif Gadget [un tebeo [4]]?, he estado a puntito de preguntarle. Y, de pronto, he sentido ganas de llevar mi jueguecito un poco m&#225;s lejos. Al fin y al cabo ten&#237;a ante m&#237; al tipo que le cuesta 600 euros al mes a mi familia desde hace diez a&#241;os, con el resultado que todos conocemos: tres horas al d&#237;a regando plantas y un consumo impresionante de sustancias de laboratorio. He sentido que me invad&#237;a una oleada de rabia. Me he inclinado sobre el escritorio y he dicho en voz muy baja: Esc&#250;chame bien, se&#241;or Congelado, t&#250; y yo vamos a hacer un trato. T&#250; me vas a dejar a m&#237; en paz, y, a cambio, yo no mandar&#233; al garete tu cochino negocio difundiendo malignos rumores sobre ti en las altas esferas de los negocios y la pol&#237;tica de esta ciudad. Y cr&#233;eme, si eres capaz de ver todo lo inteligente que soy, te dar&#225;s cuenta de que est&#225; totalmente a mi alcance hacer algo as&#237;. En mi opini&#243;n, no pod&#237;a funcionar. No me lo cre&#237;a. Hay que ser de verdad idiota para creerse tantas estupideces. Pero, resulta incre&#237;ble, la victoria ha sido m&#237;a: una sombra de inquietud ha pasado por el rostro del doctor Theid. Pienso que me ha cre&#237;do. Es fabuloso: desde luego si hay algo que yo no har&#237;a jam&#225;s es difundir rumores falsos para perjudicar a alguien. Mi padre, tan republicano &#233;l, me ha inoculado el virus de la deontolog&#237;a, y por mucho que me parezca algo tan absurdo como todo lo dem&#225;s, me atengo a &#233;l al pie de la letra. Pero el bueno del doctor, que, para juzgar a la familia, s&#243;lo dispon&#237;a de la madre, ha estimado al parecer que la amenaza era real. Y ah&#237;, milagro: &#161;un movimiento! Ha chasqueado la lengua, ha descruzado los brazos, ha extendido una mano hacia el escritorio y ha golpeado con la palma su carpeta de piel de cabra. Un gesto de exasperaci&#243;n pero tambi&#233;n de intimidaci&#243;n. Entonces se ha levantado, sin una sombra ya de dulzura ni de amabilidad, se ha dirigido hacia la puerta, ha llamado a mam&#225;, le ha soltado una milonga sobre mi buena salud mental, le ha asegurado que todo se iba a arreglar y nos ha echado al instante de su rinconcito oto&#241;al junto a la chimenea.]Pif Gadget o simplemente Pif, publicaci&#243;n mensual (originalmente quincenal) francesa de historietas, de car&#225;cter infantil y juvenil, creada en febrero de 1969 y de gran &#233;xito en Francia durante los a&#241;os 70. Fue fundada por el Partido Comunista Franc&#233;s como sucesora de Vaillant. Toma su nombre del perro Pif, personaje creado por el dibujante franc&#233;s de origen espa&#241;ol Jos&#233; Cabrero Arnal, y de los gadgets o peque&#241;os juguetes ingeniosos que se regalan con cada n&#250;mero. Desapareci&#243; en 1993 y fue resucitada en 2004 con un nuevo n&#250;mero 1 que apareci&#243; en julio de ese a&#241;o. [Nota del escaneador].



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