




David Liss


La Conjura


Traducci&#243;n de Encarna Quijada

T&#237;tulo original: A Spectacle of Corruption

 2004, David Liss



NOTA HIST&#211;RICA

Mientras escrib&#237;a esta novela me tom&#233; considerables molestias para tratar de reproducir con claridad los t&#233;rminos relevantes y las cuestiones que preocupaban a la pol&#237;tica brit&#225;nica de principios del siglo XVIII, pero ofrezco la siguiente informaci&#243;n para aquellos lectores que deseen una r&#225;pida panor&#225;mica o un contexto hist&#243;rico.


Sucesos significativos que precedieron

las elecciones generales de 1722


1642-1649 En Inglaterra se libraban guerras intestinas entre los realistas, que apoyaban a Carlos I, y los parlamentarios, que se rebelaron contra las tendencias cat&#243;licas del rey y buscaban instaurar un gobierno basado en ideales radicales protestantes. 

1649 El rey Carlos I fue ejecutado. 

1649-1660 Durante el per&#237;odo entre reinos, Oliver Cromwell y posteriormente su hijo, Richard, dirigieron la naci&#243;n junto con el Parlamento. 

1660 Restauraci&#243;n de la monarqu&#237;a. El ej&#233;rcito apoy&#243; el regreso del hijo de Carlos I, Carlos II. El nuevo rey era un protestante declarado, pero se sospechaba que ten&#237;a inclinaciones cat&#243;licas. 

1685 A la muerte de Carlos II, subi&#243; al trono su hermano Jacobo II, abiertamente cat&#243;lico. Jacobo ten&#237;a dos hijas protestantes de un matrimonio anterior, pero ahora estaba casado con Mar&#237;a de M&#243;dena, que era cat&#243;lica. 

1688 Mar&#237;a de M&#243;dena dio a luz a un hijo, tambi&#233;n llamado Jacobo. El Parlamento, temiendo el inicio de una nueva dinast&#237;a cat&#243;lica, invit&#243; a Guillermo de Orange, marido de Mar&#237;a, la hija mayor del rey, a tomar la corona junto con su mujer. Jacobo II huy&#243; y el Parlamento declar&#243; que hab&#237;a abdicado. 

1702 Ana, la hija menor de Jacobo II, se convirti&#243; en reina. 

1714 De acuerdo con el Acta de Sucesi&#243;n del Parlamento, a la muerte de Ana la corona pas&#243; al elector de Hanover, primo lejano de Ana, que era alem&#225;n, y asumi&#243; el nombre de Jorge I. 

1715 Primer levantamiento significativo de los jacobitas, liderados por Jacobo Eduardo Estuardo, hijo de Jacobo II y conocido como el Pretendiente. 

1720 La South Sea Company se desmoron&#243; y provoc&#243; la primera ca&#237;da del mercado de valores en Inglaterra. Como resultado de la avaricia de las empresas y la complicidad del Parlamento, el pa&#237;s se hundi&#243; en una profunda depresi&#243;n econ&#243;mica. La simpat&#237;a hacia los jacobitas fue en aumento. 

1722 Se celebraron las primeras elecciones generales desde que Jorge I subi&#243; al trono, y la opini&#243;n general era que fueron un refer&#233;ndum sobre el reinado de aquel. 


T&#233;rminos pol&#237;ticos clave


Tories Los tories eran uno de los grupos pol&#237;ticos clave. Se los asociaba con las viejas fortunas, la propiedad de tierras, una Iglesia fuerte y una monarqu&#237;a poderosa. Se opon&#237;an vigorosamente a los cambios legales que favorec&#237;an a los ingleses protestantes, y sobre todo a 

Whigs Los whigs, el segundo partido importante, se asociaban a los nuevos ricos que carec&#237;an de tierras, el mercado de valores, el protestantismo inconformista, la disociaci&#243;n del poder de la Iglesia y un poder parlamentario superior al poder real. 

Jacobitas Aquellos que consideraban que la corona deb&#237;a volver al depuesto Jacobo II -y posteriormente a sus herederos- recib&#237;an el nombre de jacobitas. Los jacobitas con frecuencia pasaban por tories, y era com&#250;n la sospecha de que los tories ten&#237;an simpat&#237;as por los jacobitas. Escocia e Irlanda eran importantes centros de apoyo a los jacobitas. 

Pretendientes Al depuesto Jacobo II -y posteriormente a sus herederos- se los conoc&#237;a como pretendientes. En esta novela el Pretendiente es Jacobo Eduardo Estuardo, el futuro Jacobo III, hijo de Jacobo II. Tambi&#233;n se le conoc&#237;a como el Caballero de San Jorge. 

Derecho a voto Al lector moderno quiz&#225; le resulte complicado entender qui&#233;n ten&#237;a derecho a voto y qui&#233;n no en la Gran Breta&#241;a del siglo XVIII. Los distritos electorales estaban compuestos por dos unidades: burgos y condados. Para votar en uno de los condados, una persona necesitaba unos ingresos anuales de sus propiedades equivalentes a cuarenta chelines o m&#225;s (cantidad que parec&#237;a considerable cuando la ley se aprob&#243;, trescientos a&#241;os antes de los sucesos narrados en la novela). Las condiciones en que se celebraban las elecciones variaban seg&#250;n los burgos. En algunos casos el derecho a voto era amplio, en cambio en otros solo un peque&#241;o grupo de hombres se reun&#237;an en privado y votaban entre ellos. En las comunidades rurales normalmente se esperaba que los granjeros votaran lo que les indicaban sus se&#241;ores. 



1

Desde la publicaci&#243;n del primer volumen de mis memorias me he convertido en objeto de una notoriedad mayor de la que jam&#225;s he tenido o hubiera podido esperar. No puedo quejarme, pues un hombre que elige exponerse al ojo p&#250;blico no tiene raz&#243;n para lamentarse por dichas atenciones. Al contrario, debe estar agradecido si el p&#250;blico decide lanzar su mirada veleidosa en su direcci&#243;n, como demuestran los incontables vol&#250;menes que languidecen perdidos en el olvido.

Ser&#233; franco: reconozco que me ha sido muy gratificante la calidez con que los lectores han respondido a la narraci&#243;n de mis primeros a&#241;os, pero tambi&#233;n me sorprende que, por haber le&#237;do unas pocas l&#237;neas sobre mis pensamientos, ciertas personas se consideren poco menos que amigos &#237;ntimos y se tomen la libertad de opinar. Y, si bien no me disgusta que quien ha le&#237;do mis palabras con detenimiento desee hacer algunas observaciones, confieso que me confunde el n&#250;mero cada vez mayor de individuos que se creen con derecho a hablar impunemente sobre cualquier aspecto de mi vida sin tener en cuenta las buenas costumbres o el decoro.

Unos meses despu&#233;s de publicar mi primer y peque&#241;o volumen, durante una cena con unas personas, estaba yo hablando de un criminal especialmente malvado al que pretend&#237;a llevar ante la justicia. Un joven gal&#225;n al que no hab&#237;a visto en mi vida se volvi&#243; hacia m&#237; y dijo que ese individuo deb&#237;a andarse con ojo, no fuera que tuviese el mismo fin que Walter Yate. Y en ese momento me dedic&#243; una sonrisa afectada, como si &#233;l y yo comparti&#233;ramos alg&#250;n secreto.

Mi sorpresa fue tal que no dije nada. No hab&#237;a vuelto a pensar en Walter Yate desde hac&#237;a tiempo, ni sab&#237;a que su nombre siguiera siendo conocido despu&#233;s de tantos a&#241;os. Pero seg&#250;n descubr&#237;, aunque yo no hab&#237;a pensado m&#225;s en aquel pobre tipo, otros s&#237; lo hab&#237;an hecho. No pasaron ni quince d&#237;as cuando otro hombre, tambi&#233;n desconocido, hizo un comentario sobre cierta dificultad que yo ten&#237;a y me aconsej&#243; que manejara aquel asunto igual que hice con Walter Yate. Cuando dijo ese nombre me dirigi&#243; un gesto malicioso y un gui&#241;o, como si, por haber pronunciado aquella contrase&#241;a, &#233;l y yo estuvi&#233;ramos unidos en alguna conspiraci&#243;n.

No me ofende que estos hombres hayan decidido referirse a incidentes de mi pasado. Sin embargo, me deja perplejo que se crean con derecho a hablar de algo que no entienden. No acierto a expresar el desconcierto que me produce que dichas personas, creyendo lo que creen sobre aquel suceso, me lo mencionen, y con algo m&#225;s que una simple nota de humor. &#191;Acaso va uno a un espect&#225;culo de circo y se pone a bromear con los tigres sobre sus colmillos?

Por tanto, he decidido escribir otro volumen de memorias, aunque solo sea para rectificar la idea que se ha hecho la gente en relaci&#243;n a este cap&#237;tulo de mi vida. No deseo volver a o&#237;r el nombre de Walter Yate en tono malicioso y confidencial. Este hombre, que yo sepa, no hizo nada para merecer que lo conviertan en objeto de risa. As&#237; pues, debo decir, sincera y definitivamente, que no actu&#233; violentamente contra el se&#241;or Yate, y menos a&#250;n con el acto de violencia m&#225;s definitivo, cosa que, seg&#250;n he descubierto, se ha convertido en la creencia popular. Es m&#225;s, si se me permite sacar al p&#250;blico de otro error, no escap&#233; al m&#225;s terrible de los castigos por su asesinato gracias a la influencia de mis amigos en el gobierno. Ninguna de estas cosas es cierta. Nunca he sabido de la existencia de estos rumores porque nadie me los hab&#237;a comentado. Pero ahora que he publicado unas pocas l&#237;neas sobre mi vida parece que estoy en boca de todos. Dejadme pues que desvele los hechos sobre este incidente, aunque solo sea para que no se vuelva a hablar de ello.


Walter Yate muri&#243;, por un golpe que le asestaron en la cabeza con una barra de hierro, solo seis d&#237;as antes de que se reuniera el Tribunal Supremo, as&#237; que, afortunadamente, cuando me arrestaron tuve poco tiempo para reflexionar sobre mi situaci&#243;n antes del juicio. Ser&#233; sincero: pod&#237;a haber empleado el tiempo de forma m&#225;s provechosa, pero en ning&#250;n momento pens&#233; que me condenar&#237;an por un crimen que no hab&#237;a cometido el asesinato de un hombre de quien apenas sab&#237;a nada. Tendr&#237;a que hab&#233;rseme ocurrido, pero no fue as&#237;.

Tan grande era mi confianza que hubo momentos en que ni siquiera escuch&#233; las palabras que se pronunciaban en mi propio juicio. No, yo me dediqu&#233; a observar a la chusma que se api&#241;aba en aquella sala de juicios al aire libre. Aquel d&#237;a de febrero ca&#237;a una lluvia fina, hab&#237;a niebla y hac&#237;a bastante fr&#237;o, pero la muchedumbre estaba all&#237; de todos modos, apretuj&#225;ndose en los bancos &#225;speros y astillados, encorvados bajo la lluvia para no perderse los procesos, que hab&#237;an tenido cierta resonancia en los peri&#243;dicos. Los espectadores, sentados, com&#237;an naranjas, manzanas, pastelillos de cordero, fumaban en sus pipas y tomaban rap&#233;. Orinaban en unos orinales que hab&#237;a en las esquinas y arrojaban las conchas de las ostras a los pies del jurado. Murmuraban, re&#237;an y meneaban la cabeza como si todo aquello fuera un espect&#225;culo de t&#237;teres montado para su entretenimiento.

Quiz&#225; hubiera debido complacerme ser objeto de semejante curiosidad para el p&#250;blico, pero la notoriedad no me resultaba gratificante. No sin la presencia de la mujer a quien m&#225;s anhelaba mirar en los momentos de dificultad. Si ten&#237;an que condenarme, pens&#233; (solo en mi imaginaci&#243;n, puesto que ve&#237;a tantas posibilidades de que me condenaran como de que me nombraran alcalde), lo &#250;nico que me importaba era que ella viniera y llorara a mis pies. Quer&#237;a sentir sus besos y sus l&#225;grimas en el rostro. Que sus manos, &#225;speras y bastas de tanto retorc&#233;rselas, tomaran las m&#237;as mientras suplicaba mi perd&#243;n, me rogaba que la escuchara y me juraba su amor cien veces. Esto, yo lo sab&#237;a, no eran m&#225;s que fantas&#237;as de una mente sobreexcitada. Ella no asistir&#237;a al juicio, ni me visitar&#237;a antes de mi imaginaria ejecuci&#243;n. No pod&#237;a.

Miriam, la viuda de mi primo, con quien hab&#237;a tratado de casarme, hab&#237;a contra&#237;do matrimonio seis meses atr&#225;s con un hombre llamado Griffin Melbury, que en el momento de mi juicio estaba prepar&#225;ndose para ser candidato de los tories en las elecciones que pronto se celebrar&#237;an en Westminster. Miriam Melbury, convertida ahora a la Iglesia anglicana y en esposa de un hombre que esperaba erigirse en un eminente pol&#237;tico de la oposici&#243;n, dif&#237;cilmente hubiera podido asistir al juicio de un rufi&#225;n jud&#237;o con quien ya no la un&#237;a ning&#250;n parentesco. Arrodillarse a mis pies o cubrir mi rostro de besos y l&#225;grimas no eran acciones a las que pudiera sentirse inclinada bajo ninguna circunstancia. Y desde luego, era impensable ahora que se hab&#237;a entregado a otro hombre.

As&#237; pues, en aquel momento de crisis, mi pensamiento estaba m&#225;s centrado en Miriam que en la posibilidad de una muerte inminente. La culpaba a ella, como si pudiera achacarle aquel absurdo juicio Despu&#233;s de todo, de haberse casado conmigo quiz&#225; hubiera dejado de perseguir ladrones y no me hubiera puesto en la situaci&#243;n que llev&#243; a aquel desastre. Me reprochaba no haberla pretendido con mayor entusiasmo aunque, desde luego, tres propuestas de matrimonio encajar&#237;an con la definici&#243;n de entusiasmo de cualquiera.

As&#237; pues, mientras el abogado de la Corona trataba de convencer al jurado de que me condenara, yo pensaba en Miriam. Y, puesto que aun cuando mi pensamiento est&#225; lleno de anhelo y melancol&#237;a sigo siendo un hombre, tambi&#233;n pensaba en la mujer del pelo de color panocha.

No debe sorprender que mi mente se volviera hacia otra mujer. En el medio a&#241;o que hab&#237;a pasado desde que Miriam se cas&#243;, hab&#237;a buscado distracciones, no para olvidar, espero que el lector lo comprenda, sino con el prop&#243;sito de hacer que la sensaci&#243;n de p&#233;rdida resultara m&#225;s intensa y lo hice sobre todo permiti&#233;ndome algunos vicios, principalmente las mujeres y la bebida. Lament&#233; no ser hombre dado al juego, pues la mayor&#237;a de los que conozco consideran que este vicio distrae tanto como los dos que yo ya practicaba, si no m&#225;s. Pero en el pasado ya hab&#237;a pagado un alto precio por perder dinero en el juego, y no acababa de encontrarle el gusto a ver que dos &#225;vidas manos se llevaban un mont&#243;n de plata que me hab&#237;a pertenecido.

Bebida y mujeres; con esos vicios me distra&#237;a. Y no era necesario que fueran de excepcional calidad; no estaba de humor para mostrarme quisquilloso. Sin embargo, sentada en el borde de uno de los bancos, hab&#237;a una mujer que atra&#237;a mi atenci&#243;n tanto como era posible en aquellos momentos de oscuridad. Ten&#237;a el pelo de un amarillo claro y sus ojos eran del color del sol. No era hermosa, pero s&#237; atractiva; su nariz puntiaguda y el ment&#243;n afilado le daban cierto aire de desparpajo. No era una gran dama; vest&#237;a como una mujer de clase media, correctamente, sin un determinado estilo ni concesiones a la moda. No, ella prefer&#237;a que la naturaleza hiciera lo que su sastre no hac&#237;a, exhib&#237;a su deslumbrante pecho en un corpi&#241;o con un pronunciado escote. En resumen, nada hubiera podido impedir que me pareciera una delicia en una taberna o cervecer&#237;a, si bien no hab&#237;a ninguna raz&#243;n en particular para que me llamara la atenci&#243;n durante un juicio en el que me jugaba la vida.

Salvo que ella no me quitaba los ojos de encima. Ni por un momento.

Otros me miraban, por supuesto: mi t&#237;o y mi t&#237;a, que lo hac&#237;an con piedad y tal vez con reproche; mis amigos, con miedo; mis enemigos, con regocijo; los desconocidos, con una curiosidad despiadada pero aquella mujer me observaba con una mirada desesperada y &#225;vida. Cuando nuestros ojos se encontraron, no sonri&#243; ni torci&#243; el gesto, se limit&#243; a mirarme como si hubi&#233;ramos compartido la vida y no hubiera necesidad de decir nada. Cualquiera hubiera pensado que est&#225;bamos casados o comprometidos, pero, que yo recordara -y mi memoria no hab&#237;a perdido facultades en aquellos seis meses de beber a conciencia-, no la hab&#237;a visto en mi vida. El enigma de su mirada monopolizaba mi pensamiento mucho m&#225;s que el enigma de c&#243;mo hab&#237;a llegado a un juicio por la muerte de un trabajador de los muelles del que no hab&#237;a o&#237;do hablar hasta dos d&#237;as antes de mi arresto.

La lluvia helada hab&#237;a empezado a caer con m&#225;s fuerza cuando el abogado de la acusaci&#243;n, un individuo algo mayor llamado Lionel Antsy, llam&#243; a Jonathan Wild al estrado. En aquel a&#241;o de 1722, a&#250;n exist&#237;a la creencia popular de que este notable criminal era el &#250;nico aut&#233;ntico baluarte frente a los ej&#233;rcitos de ladrones y bandidos que merodeaban por la ciudad. &#201;l y yo hab&#237;amos sido rivales durante mucho tiempo en nuestros esfuerzos por atrapar ladrones, pues nuestros m&#233;todos no pod&#237;an ser m&#225;s distintos. Yo pensaba que si ayudaba a la buena gente a recuperar sus propiedades perdidas recibir&#237;a una bonita recompensa por mi trabajo. Evidentemente, no siempre me guiaba por principios tan loables. Siempre estaba dispuesto a seguir la pista a deudores esquivos, a utilizar las habilidades que hab&#237;a aprendido en el boxeo para dar una lecci&#243;n a alg&#250;n brib&#243;n (si lo merec&#237;a), a intimidar, asustar y espantar a hombres que requirieran tales usos. Sin embargo, no hac&#237;a da&#241;o a quien no cre&#237;a que lo mereciera, y hasta se sabe que dej&#233; escapar a uno o dos deudores -disculp&#225;ndome siempre con alguna mentira ante quien me pagaba- si me hab&#237;an contado una historia cre&#237;ble sobre una esposa que desfallec&#237;a de hambre o sobre criaturas enfermas.

En cambio, Wild era un granuja despiadado. Mandaba a sus ladrones a robar cosas que luego volv&#237;a a vender a sus propietarios y se hac&#237;a pasar por la &#250;nica voz de Londres que se alzaba para defender a las v&#237;ctimas. Reconozco que estos m&#233;todos eran mucho m&#225;s provechosos que los m&#237;os. Dif&#237;cilmente pod&#237;a encontrarse en Londres a un ratero que se llenara los bolsillos sin que Wild tuviera su parte. Ning&#250;n asesino pod&#237;a ocultar sus manos manchadas de sangre a Wild, incluso si el gran cazador de ladrones hab&#237;a ordenado el asesinato personalmente. Ten&#237;a barcos de contrabando que visitaban todos los puertos del reino y agentes en todas las naciones de Europa. Los agiotistas de Change Alley casi no se atrev&#237;an a comprar o vender sin su consentimiento. En resumen, era un hombre considerablemente peligroso, y no me ten&#237;a ning&#250;n aprecio.

En nuestros esfuerzos incompatibles, hab&#237;amos chocado en m&#225;s de una ocasi&#243;n, aunque estos encontronazos tend&#237;an m&#225;s hacia lo fr&#237;o que hacia lo caliente. D&#225;bamos un rodeo, como perros, m&#225;s deseosos de ladrar que de pelear. Sin embargo, no ten&#237;a ninguna duda de que Wild aprovechar&#237;a aquella oportunidad para destruirme. Dado que hab&#237;a hecho carrera perjurando, la &#250;nica duda era si ser&#237;a muy severo y con cu&#225;nto entusiasmo me denostar&#237;a.

El se&#241;or Antsy fue cojeando hasta el testigo, con la cabeza gacha para evitar que la lluvia helada cayera sobre su rostro. Andar&#237;a entre los cincuenta y los cien a&#241;os de edad; estaba demacrado como la mism&#237;sima muerte, la piel le colgaba alrededor del rostro como una bota de vino vac&#237;a, y la cabeza se bamboleaba sobre la mole de su gab&#225;n. Su peluca, apelmazada por la lluvia, estaba torcida y en un estado tan lamentable que supuse que solo pod&#237;a haberla comprado en los tugurios de Holborn, donde un hombre paga tres peniques por sacar a ciegas una peluca usada de una caja. Como esa ma&#241;ana no se hab&#237;a molestado en afeitarse, y puede que tampoco la anterior, su cara estaba poblada de cerdas blancas que brotaban de la tierra rugosa de su cara.

Bien, se&#241;or Wild -dijo con voz chillona y temblorosa-, hab&#233;is sido llamado a este estrado para testificar sobre el car&#225;cter del se&#241;or Weaver, porque en cierto modo se os considera un experto en asunto de cr&#237;menes un estudioso de la filosof&#237;a del crimen, por as&#237; decirlo.

En efecto, me gusta pensar que lo soy -dijo &#233;l, con un acento de campo tan marcado que el jurado se inclin&#243; hacia delante, como si acerc&#225;ndose fueran a entenderle mejor. Wild, sobre quien la lluvia apenas se atrev&#237;a a caer, se manten&#237;a muy derecho y sonre&#237;a casi con l&#225;stima al se&#241;or Antsy. &#191;C&#243;mo pod&#237;a un viejo picapleitos como Antsy inspirar algo que no fuera desprecio en un hombre que sol&#237;a enviar a sus propios ladrones a la horca para cobrar las cuarenta libras de recompensa que ofrec&#237;a el Estado?

Se os considera el agente m&#225;s eficaz de la ciudad en la captura de ladrones, &#191;me equivoco?

No -dijo Wild con un orgullo espont&#225;neo. Se acercaba ya a la madurez, pero no por ello se lo ve&#237;a menos atractivo y en&#233;rgico con su elegante traje y su peluca. Su rostro era enga&#241;osamente amable: ojos grandes, mejillas regordetas y una sonrisa cordial y paternalista que gustaba a la gente y hac&#237;a que confiara en &#233;l de forma instant&#225;nea-. Se me conoce como el Cazador General de Ladrones, y es un t&#237;tulo que llevo con orgullo y honor. -Y es como tal que conoc&#233;is los distintos aspectos del mundo del crimen, &#191;no es as&#237;?

Exacto, se&#241;or Antsy. La mayor&#237;a de la gente sabe que, si pierde un art&#237;culo de cierta importancia o desea seguirle la pista a quien ha cometido el delito, por muy abyecto que sea, yo soy el hombre que buscan.

Nunca hay que desaprovechar la ocasi&#243;n de hacerse publicidad, pens&#233; yo. Wild ten&#237;a intenci&#243;n de hacer que me colgaran y de paso conseguir publicidad en la prensa.

Entonces, &#191;os consider&#225;is un entendido en lo referente a los criminales de nuestra ciudad?

Ya hace unos cuantos a&#241;os que me dedico a esto -repuso Wild-. Hay pocos delitos que escapen a mi conocimiento.

Olvid&#243; mencionar que ten&#237;a conocimiento de esos delitos porque, normalmente, eran &#233;l o sus secuaces quienes los preparaban.

Habladnos, si os parece, de la relaci&#243;n del se&#241;or Weaver con la muerte de Walter Yate.

Wild call&#243; un momento. Yo lo mir&#233;, furibundo, tratando de hacerle entender sin palabras que jam&#225;s me condenar&#237;an, y que si se enfrentaba a m&#237;, no dejar&#237;a pasar el asunto. Sigue adelante, le dije con los ojos, e ir&#225;s directamente hacia tu propia muerte. Wild cruz&#243; su mirada con la m&#237;a apenas un instante y asinti&#243; imperceptiblemente, aunque no entend&#237; qu&#233; pod&#237;a querer decir con aquello. Entonces se volvi&#243; hacia Antsy.

No puedo contaros gran cosa -dijo.

Antsy abri&#243; la boca, pero entonces se dio cuenta de que aquella no era la respuesta que esperaba. Se oprimi&#243; el puente de la nariz entre el &#237;ndice y el pulgar, como si tratara de sacar la respuesta de Wild de su carne, igual que se exprime el jugo de la manzana para hacer la sidra.

&#191;Qu&#233; quer&#233;is decir, se&#241;or? -pregunt&#243; con una voz chillona m&#225;s temblorosa de lo habitual.

Wild sonri&#243; apenas.

Solo que no tengo conocimiento de las circunstancias que rodean la muerte del se&#241;or Yate o de la supuesta implicaci&#243;n de Weaver aparte de lo que he le&#237;do en los peri&#243;dicos. Es mi objetivo descubrir lo que se esconde detr&#225;s de todos los cr&#237;menes terribles, pero no puedo saberlo todo. Aunque lo intento, ten&#233;is mi palabra.

Por la flacidez que adquirieron sus facciones, todos los espectadores que hab&#237;a en el Tribunal Supremo supieron que Antsy esperaba algo muy distinto de Wild. Un discurso sobre el peligro que mi presencia supon&#237;a para Londres, tal vez. Un relato de mis cr&#237;menes pasados. Una lista de atrocidades en las que sospechaba de mi participaci&#243;n. Pero Wild ten&#237;a otro juego en mente un juego que se me escapaba por completo.

Antsy levant&#243; la vista y sonri&#243;. Respir&#243; tan hondo que su pecho casi alcanz&#243; el tama&#241;o del pecho de un hombre normal y rechin&#243; los dientes formando una sonrisa mort&#237;fera.

&#191;No consider&#225;is a Weaver un hombre malvado, capaz de matar a cualquiera, incluso a un completo desconocido, sin ninguna causa? &#191;Y, en consecuencia, capaz de matar a Walter Yate? &#191;No es correcto decir que sab&#233;is con certeza que &#233;l mat&#243; a Walter Yate?

Al contrario -contest&#243; Wild alegremente, como un maestro de anatom&#237;a a quien piden que hable sobre los misterios de la respiraci&#243;n-. Creo que Weaver es un hombre de honor. &#201;l y yo no somos amigos; en realidad, con frecuencia nuestros intereses se oponen. Si se me permite decirlo, creo que es un miserable cazador de ladrones que hace al Estado y a quienes le pagan un flaco servicio. Pero que sea un miserable en su oficio no significa que sea m&#225;s malvado de lo que ser&#237;a un zapatero por hacer los zapatos muy estrechos. No tengo motivos para creer que Weaver sea m&#225;s responsable de este crimen que cualquier otro. Por lo que a m&#237; respecta, vos podr&#237;ais ser tan culpable como &#233;l.

Antsy se volvi&#243; hacia el juez, Piers Rowley, que miraba a Wild tan perplejo como &#233;l.

Se&#241;or&#237;a -se quej&#243; Antsy-, este no es el testimonio que esperaba. El se&#241;or Wild deb&#237;a hablar de los cr&#237;menes y la crueldad de Weaver.

El juez se volvi&#243; hacia el testigo. Al igual que Antsy, &#233;l tambi&#233;n estaba en sus &#250;ltimos a&#241;os de vida, pero aquella cara grande y sus facciones rubicundas hac&#237;an pensar que llevaba la edad mucho m&#225;s c&#243;modamente que el abogado. Antsy parec&#237;a falto de alimento, en cambio el juez parec&#237;a recibir m&#225;s de lo que le correspond&#237;a. Sus enormes mand&#237;bulas estaban ensanchadas a causa de la carne asada y la cerveza, hinchadas como las de un ni&#241;o gordo.

Se&#241;or Wild -dijo Rowley al testigo-, proporcionar&#233;is al se&#241;or Antsy el testimonio que desea.

Yo no esperaba aquella respuesta. No conoc&#237;a muy bien a Rowley, pero le hab&#237;a observado en el pasado -cuando se me llam&#243; para que testificara contra individuos que hab&#237;a ayudado a llevar ante la justicia- y siempre hab&#237;a visto en &#233;l tanta justicia y honradez como puede esperarse de un hombre de su profesi&#243;n. Aceptaba sobornos con moderaci&#243;n, y solo para asegurar un fallo que ya hab&#237;a decidido sin necesidad de ning&#250;n incentivo econ&#243;mico. Hasta se tomaba su papel de protector del acusado en serio, as&#237; que sent&#237; cierto alivio cuando supe que &#233;l presidir&#237;a el juicio. Ahora parec&#237;a que mi optimismo hab&#237;a sido prematuro.

Perd&#243;n, se&#241;or&#237;a -replic&#243; Wild-, pero no puedo contestar lo que &#233;l desea. He jurado decir la verdad, y lo har&#233;.

Aquello era rid&#237;culo. Wild sent&#237;a tanto apego por los juramentos como un franc&#233;s por las s&#225;banas limpias. Y sin embargo, all&#237; estaba, incurriendo en la ira del abogado de la acusaci&#243;n y del juez en lugar de decir pestes de m&#237;. Wild, que pasaba mucho m&#225;s tiempo en los juzgados que yo, conoc&#237;a el temperamento de Rowley. Sin duda sab&#237;a que el juez era un hombre que se conduc&#237;a con mayor gravedad de la que le correspond&#237;a y que no dejar&#237;a pasar a la ligera un insulto a su autoridad. Al defenderme como lo hizo, Wild se expon&#237;a a perjudicarse seriamente a s&#237; mismo y a los de su oficio, pues en lo sucesivo se expondr&#237;a a la hostilidad de Rowley en futuros juicios. Dado que el perjurio era una de sus m&#225;s importantes fuentes de ingresos, tener a un juez por enemigo pod&#237;a hacerle la vida muy dif&#237;cil.

Antsy no comprend&#237;a la situaci&#243;n mucho mejor que yo. Se limpi&#243; la lluvia del rostro.

Dada su negativa a contar la verdad, no tengo m&#225;s preguntas para este testigo -dijo el viejo abogado-. Pod&#233;is iros, se&#241;or Wild.

Yo me levant&#233;.

Disculpad, se&#241;or&#237;a, pero no he tenido ocasi&#243;n de preguntar al testigo.

No hay m&#225;s preguntas para este testigo. -Rowley dio un golpe con el mazo.

Wild baj&#243; e hizo un gui&#241;o en mi direcci&#243;n. Yo le respond&#237; con expresi&#243;n perpleja.

Mi bella admiradora del pelo de color panocha llor&#243; contra la manga de su abrigo; no era la &#250;nica que estaba consternada. Los espectadores enseguida contestaron con silbidos y pitidos, y unos cuantos corazones de manzana volaron hacia nosotros. Yo no era una figura tan popular entre la chusma como para que no toleraran que se me insultara, pero sab&#237;an reconocer una injusticia y en aquella ciudad la gente no se callaba cuando ve&#237;a que la ley abusaba de alguien. No en aquellos tiempos, cuando hab&#237;a poco trabajo y el pan era un bien tan preciado. Sin embargo, Rowley ten&#237;a a&#241;os de experiencia con aquellos estallidos; golpe&#243; su mazo una vez m&#225;s, con tanta autoridad que hizo caer un velo de silencio.

Yo no me calm&#233; tan f&#225;cilmente. En nuestro sistema legal, un acusado no tiene abogado porque se supone que es el juez quien le defiende. Sin embargo, la mayor&#237;a de las veces el acusado se encuentra con un juez desagradable y no cuenta con ninguna protecci&#243;n. Yo jam&#225;s hab&#237;a tenido motivos para lamentar las iniquidades del sistema, pues estaba acostumbrado a desear que condenaran a otros para poder cobrar las recompensas y asegurarme de que se hac&#237;a justicia, desde luego. Pero en aquella ocasi&#243;n descubr&#237; que no pod&#237;a llamar a mis propios testigos, ni preguntar lo que quer&#237;a, ni defenderme adecuadamente. El juez Piers Rowley, un hombre a quien solo conoc&#237;a de lejos, parec&#237;a decidido a acabar conmigo.


A continuaci&#243;n Antsy llam&#243; a Spirit Spicer, un tipo de quien jam&#225;s hab&#237;a o&#237;do hablar &#191;C&#243;mo hubiera podido olvidar un nombre que significa esp&#237;ritu del vino? Era joven, un simple trabajador, y se notaba que proced&#237;a de las clases bajas. Spicer se hab&#237;a vestido con sus mejores galas, pero su camisa estaba rota por varios sitios y sus pantalones ten&#237;an manchas que a un hombre de mejor posici&#243;n le habr&#237;an abochornado, como poco. Se hab&#237;a cortado el pelo para el juicio, utilizando, sospecho, una hoja roma; parec&#237;a que se hab&#237;a pillado la cabeza en un molino de grano.

Durante un interrogatorio innecesariamente largo (sin duda para recuperar su sentido del orden despu&#233;s del desafortunado incidente con Wild), Antsy revel&#243; que Spicer estaba en los muelles de Wapping el d&#237;a de la muerte de Yate y que dec&#237;a haber visto el crimen y al criminal.

Vi a ese hombre de ah&#237; -dijo Spicer se&#241;al&#225;ndome-. &#201;l mat&#243; a ese tipo, a Yate. &#201;l le peg&#243;. Y luego le mat&#243;. A golpes.

&#191;Est&#225;is seguro? -pregunt&#243; Antsy con voz triunfal. Su testigo estaba diciendo lo que &#233;l quer&#237;a. La lluvia hab&#237;a aflojado un poco. El mundo era maravilloso.

No he estado tan seguro de nada en mi vida -afirm&#243; Spicer-. Weaver lo hizo. De eso estoy seguro. Estaba muy cerca y lo vi todo, y lo o&#237;. O&#237; lo que Weaver dijo antes de hacerlo. O&#237; sus palabras malvadas, s&#237; se&#241;or.

El viejo abogado pesta&#241;e&#243;, visiblemente confuso, pero sigui&#243; de todos modos.

&#191;Y qu&#233; dijo el se&#241;or Weaver?

Dijo: Esto es lo que le pasa a quien hace enfadar al hombre al que llaman Johnson. Eso dijo. M&#225;s claro que el agua. Johnson. Ese es el nombre que dijo.

Yo no ten&#237;a ni idea de qui&#233;n pod&#237;a ser el tal Johnson, y me parece que Antsy tampoco. El hombre abri&#243; la boca para decir algo, pero lo pens&#243; mejor y se dio la vuelta. Dijo que no ten&#237;a m&#225;s preguntas y tom&#243; asiento.

Johnson -repiti&#243; Spicer.

El juez Rowley se volvi&#243; hacia m&#237;.

Se&#241;or Weaver, &#191;dese&#225;is hacerle alguna pregunta al testigo?

Me complace saber que el se&#241;or Spicer est&#225; en la lista de testigos a los que puedo interrogar -dije. Me arrepent&#237; en cuanto las palabras salieron de mi boca, pero provocaron risas en la tribuna y eso me reconfort&#243; un tanto. Rowley se hab&#237;a mostrado abiertamente contrario a m&#237;, pero yo segu&#237;a siendo tan tonto que cre&#237;a que su postura cambiar&#237;a. Durante la semana que hab&#237;a pasado en prisi&#243;n, no hab&#237;a tenido ocasi&#243;n de indagar mucho sobre la muerte de Yate, pero hab&#237;a mandado a mi buen amigo Elias Gordon a preguntar en mi nombre y estaba plenamente convencido de que lo que hab&#237;amos descubierto pronto terminar&#237;a con aquella farsa.

Ech&#233; un vistazo a la parte de la tribuna donde se sentaba Elias y &#233;l me hizo un gesto entusiasta con la cabeza; su delgado rostro estaba encendido por la complacencia. Era el momento de asestar un golpe fatal a aquel insulto a la justicia.

Me levant&#233; de mi asiento, me sacud&#237; el hielo del abrigo y me acerqu&#233; al testigo.

Decidme, se&#241;or Spicer, &#191;hab&#233;is visto alguna vez a un hombre llamado Arthur Groston?

Yo esperaba que Spirit Spicer se sonrojara, se quedara en blanco o temblara. Tal vez se cerrar&#237;a en banda y negar&#237;a conocer a Groston, en cuyo caso yo tendr&#237;a que acosarle hasta que confesara. Pero, si hab&#237;a que guiarse por su rostro, Spicer ni pens&#243; en resistirse ni sinti&#243; el menor asomo de verg&#252;enza. A juzgar por su sonrisa f&#225;cil y espont&#225;nea, se hubiera dicho que lo &#250;nico que quer&#237;a era complacer a quien tuviera la amabilidad de hacerle alguna pregunta.

Vaya, pues s&#237;. Lo he visto m&#225;s de una vez.

La prontitud de su respuesta me desorient&#243;, pero insist&#237;.

Y, en el tiempo que hace que conoc&#233;is al se&#241;or Groston, &#191;os ha ofrecido alguna vez dinero para que le hag&#225;is alg&#250;n servicio?

S&#237;, lo ha hecho. El se&#241;or Groston es muy generoso, s&#237;, y siempre intenta cuidarme, porque su primo es amigo de mi madre, se&#241;or. Cree que hay que cuidar de la familia, que por eso me ech&#243; una mano.

Sonre&#237; a aquel tipo. All&#237; todos &#233;ramos amigos.

&#191;C&#243;mo describir&#237;ais los servicios que el se&#241;or Groston os pidi&#243;?

Lo describir&#237;a como generoso y amable -dijo Spicer. En ese momento la chusma ri&#243; y Spicer esboz&#243; una amplia sonrisa, imagin&#225;ndose como la querida de la chusma y no como su payaso.

Dejad que lo pregunte de otra forma -dije yo.

Antsy se levant&#243; lentamente.

Se&#241;or&#237;a, el se&#241;or Weaver est&#225; haciendo perder el tiempo al jurado con este testimonio. Solicito que lo rechac&#233;is.

Por un momento, Rowley consider&#243; la petici&#243;n de Antsy y creo sinceramente que hubiera cedido, pero la multitud, intuyendo favoritismo, se puso a silbar. Al principio eran silbidos dispersos, pero fueron en aumento; el Tribunal Supremo sonaba como una sala llena de serpientes. Esta vez no hubo manzanas volando; quiz&#225; esto fue lo que inquiet&#243; al juez. Era como una tormenta que a&#250;n no ha estallado. No queriendo arriesgarse a provocar disturbios, Rowley me permiti&#243; continuar, pero me advirti&#243; que fuera menos prolijo, pues hab&#237;a otros hombres que esperaban juicio aquel d&#237;a.

Volv&#237; a empezar.

Dig&#225;moslo de forma sencilla -le dije a Spicer- para que el juez no se inquiete. Que vos sep&#225;is, &#191;ha pagado alguna vez el se&#241;or Groston a alguien para que testifique en un juicio?

Pues s&#237;. Su trabajo es reventar pruebas. &#191;Qu&#233; otra cosa iba a hacer?

Sonre&#237;.

&#191;Y os ha pagado Arthur Groston para que dig&#225;is que me visteis golpear y matar a Walter Yate?

S&#237;, se&#241;or -dijo el otro, asintiendo con entusiasmo-. Me ha pagado otras veces para decir cosas parecidas, pero nunca me hab&#237;a pagado media corona por decir lo que acabo de decir.

Los espectadores murmuraron audiblemente. La situaci&#243;n hab&#237;a dado un giro inesperado. En un momento hab&#237;a echado por tierra la acusaci&#243;n. Mi t&#237;a y mi t&#237;o se cogieron de las manos y asintieron con expresi&#243;n triunfal. Elias trat&#243; de controlarse para no ponerse en pie y saludar con una reverencia, pues era su dedicaci&#243;n la que nos hab&#237;a llevado a conocer aquel dato. La mujer del pelo de color panocha dio una palmada de alegr&#237;a.

Bien. -Mir&#233; al palco del jurado y cruc&#233; la mirada con cada uno de sus miembros-. Entonces, &#191;nos est&#225;is diciendo que no me visteis hacerle da&#241;o al se&#241;or Walter Yate pero que lo hab&#233;is dicho porque un destacado revientapruebas os ha pagado para que lo dig&#225;is?

Eso es -dijo Spicer-. M&#225;s claro el agua, como suele decirse.

Alc&#233; las manos en un fingido gesto de exasperaci&#243;n.

&#191;Y por qu&#233; -pregunt&#233;-, si os han pagado para que dig&#225;is que me visteis matar al se&#241;or Yate, reconoc&#233;is ahora que no lo visteis?

Spicer se tom&#243; un momento para pensar en la respuesta.

Me pagaron para que dijera que vi una cosa, pero no me han pagado para que no diga que no la he visto. Mientras haya dicho que lo vi, yo he cumplido con mi trabajo.

Yo, que hab&#237;a pasado cierto tiempo actuando para el p&#250;blico como luchador y ten&#237;a cierta idea de lo que es el ritmo del espect&#225;culo, dej&#233; que las palabras quedaran suspendidas en el aire un momento antes de seguir hablando.

Decidme, se&#241;or Spicer -dije, cuando pens&#233; que hab&#237;a pasado tiempo suficiente-, &#191;hab&#233;is o&#237;do hablar alguna vez de perjurio?

Desde luego -dijo &#233;l alegremente, se&#241;alando al estrado del jurado-. Son ellos. [[1]: #_ftnref1 En ingl&#233;s perjurio se dice perjury, el protagonista, que no conoce la palabra porque es de clase baja, cree que es lo mismo que jury, que significa jurado. (N. de la T.)]

El perjurio -expliqu&#233; yo cuando las risas se calmaron- es un delito. El delito de jurar decir la verdad en un juicio y luego decir algo falso a sabiendas. &#191;No cre&#233;is que sois culpable de ese delito?

Oh, no. -El chico agit&#243; la mano quit&#225;ndole importancia-. El se&#241;or Groston me lo explic&#243;. Me dijo que no es m&#225;s delito que o&#237;r a un actor blasfemar contra Dios, siempre que lo haga cuando est&#225; en el escenario. Y ya est&#225;.

Cuando termin&#233; de interrogar al testigo, el se&#241;or Antsy quiso interrogarle otra vez.

&#191;Visteis al se&#241;or Weaver matar a Walter Yate?

&#161;S&#237;, lo vi! -anunci&#243; alegremente. Entonces me mir&#243;, como si esperara que volviera a preguntarle para poder decir de nuevo que no me hab&#237;a visto.

Antsy llam&#243; al estrado a otro testigo, un hombre de mediana edad llamado Clark, que tambi&#233;n dijo haberme visto cometer el crimen. Cuando tuve ocasi&#243;n de interrogarle se resisti&#243; m&#225;s que el joven Spicer, pero finalmente admiti&#243; que Arthur Groston, el revientapruebas, le hab&#237;a pagado para que dijera haber visto algo que no hab&#237;a visto. Yo ten&#237;a muchos motivos para lamentar que la ley no permitiera al acusado llamar a sus propios testigos, pues me hubiera gustado mucho averiguar qui&#233;n pagaba al se&#241;or Groston. Pero pens&#233; que la informaci&#243;n que ten&#237;a era m&#225;s que suficiente para mis prop&#243;sitos; m&#225;s adelante tendr&#237;a tiempo de sobra para ocuparme de Groston. La Corona no ten&#237;a ninguna prueba en mi contra, salvo dos testigos que hab&#237;an reconocido que no hab&#237;an visto nada aparte de las monedas que pusieron en sus manos.

Es por ello que, mientras miraba a la mujer del pelo de color panocha, me cre&#237; salvado. El se&#241;or Antsy hab&#237;a hecho su trabajo admirablemente; hab&#237;a demostrado que la edad no tiene por qu&#233; ser un obst&#225;culo para un hombre con una ambici&#243;n juvenil, pero las pruebas contra m&#237; hab&#237;an quedado refutadas. A pesar de lo cual, cuando lleg&#243; el momento de que el juez se dirigiera al jurado, me di cuenta de que mi optimismo hab&#237;a sido excesivo y que tal vez confiaba demasiado en ese espejismo que se conoce como la verdad.

Han o&#237;do muchas cosas -dijo el honorable Piers Rowley al jurado-; muchas de ellas de naturaleza contradictoria. Han o&#237;do a testigos que han dicho haber visto una cosa y luego, como en un juego de manos, negarlo. A ustedes corresponde decidir la forma de desentra&#241;ar este enigma. Dado que no puedo decirles c&#243;mo hacerlo, me limitar&#233; a se&#241;alar que no hay m&#225;s raz&#243;n para creer una verdad a medias que una mentira a medias. No pueden saber si a estos testigos se les pag&#243; para decir que hab&#237;an visto una cosa o para decir lo contrario. No s&#233; nada de ning&#250;n revienta-pruebas, pero conozco bien a los despreciables jud&#237;os y sus tretas. S&#233; bien que una raza de mentirosos podr&#237;a pagar para envilecer a otros. Espero que no se dejen cegar por tales enga&#241;os ni expongan a todo cristiano, de Londres, hombre, mujer o criatura, a los estragos de un pueblo carro&#241;ero que tal vez piensa que puede matarnos impunemente.

Y, dicho esto, el jurado se retir&#243; a deliberar.


No hab&#237;a pasado ni media hora cuando ese cuerpo augusto regres&#243;.

&#191;Cu&#225;l es el veredicto? -pregunt&#243; el juez Rowley.

El representante del jurado se levant&#243; lentamente. Se quit&#243; el sombrero y se pas&#243; los dedos por sus cabellos h&#250;medos y escasos.

Consideramos al se&#241;or Weaver culpable de asesinato, como hab&#233;is dicho, se&#241;or&#237;a. -El hombre no levant&#243; la vista en ning&#250;n momento.

La multitud dej&#243; escapar un grito. Al principio no hubiera sabido decir si era de alegr&#237;a o de ira, pero enseguida vi con cierta satisfacci&#243;n que la chusma se hab&#237;a puesto de mi parte. Una vez m&#225;s, empezaron a volar porquer&#237;as. Al fondo, los hombres se hab&#237;an puesto de pie y gritaban consignas sobre la injusticia, el papismo y el absolutismo.

&#191;Ten&#233;is algo que alegar antes de que se dicte sentencia? -me pregunt&#243; el juez en medio de aquel alboroto. Parec&#237;a deseoso de zanjar aquel asunto y marcharse lo antes posible, sin molestarse en restablecer el orden. Sin duda consider&#233; su pregunta un instante de m&#225;s, porque el hombre dio un golpe con su martillo y dijo-: Bien. Dada la gravedad y crueldad de este crimen, no veo raz&#243;n para la clemencia, y menos cuando hay tantos jud&#237;os en esta ciudad. No puedo mantenerme al margen y permitir que los miembros de vuestra raza se dediquen a asesinar a cristianos como les plazca. Se&#241;or Weaver, os condeno a ser ahorcado por el horrible delito de asesinato. La sentencia se cumplir&#225; el pr&#243;ximo d&#237;a de ahorcamiento, de aqu&#237; a seis semanas. -Volvi&#243; a golpear con el martillo, se levant&#243; y sali&#243; de la sala, escoltado por un cuarteto de alguaciles.

Al momento, dos de aquellos prendas se apostaron a mi lado para llevarme de vuelta a la prisi&#243;n de Newgate. Aunque acababan de ordenar mi muerte, mi primer pensamiento no fue para el horror de enfrentarme a la eternidad, sino para la indignidad de ser sacado de all&#237; en un carro por aquellos dos rufianes.

Y entonces, como en un fogonazo, me di cuenta de lo que acababa de pasar. Me hab&#237;an juzgado por asesinato y condenado a muerte. Hab&#237;a cometido delitos en mi vida -y algunos merec&#237;an la horca-, pero la injusticia de aquella condena me llen&#243; de ira. Desde los bancos, mi amigo Elias Gordon gritaba que aquella injusticia era intolerable. Mi t&#237;o me llamaba y dec&#237;a que utilizar&#237;a su influencia para tratar de interceder en mi nombre. Pero sus palabras no eran m&#225;s que un zumbido distante en mis o&#237;dos. Las o&#237;a pero no las escuchaba.

Not&#233; que los alguaciles me llevaban, sujet&#225;ndome con fuerza cada brazo; por un momento, pens&#233; en tratar de escapar. &#191;Por qu&#233; no? Pod&#237;a vencerles sin dificultad. &#191;Por qu&#233; hab&#237;a de respetar la justicia ahora que me hab&#237;a tratado tan injustamente?

Pero all&#237; estaba ella, justo delante, con su pelo de color panocha. Su bello rostro estaba enrojecido y descarnado. Las l&#225;grimas brotaban de sus ojos.

&#161;Oh, Benjamin -exclam&#243;-, no me dejes! Sin ti voy a morir.

Aquello me pareci&#243; muy improbable, ya que la mujer hab&#237;a vivido hasta entonces sin m&#237; y se la ve&#237;a totalmente sana. Sin embargo, no pod&#237;a negarse que sus emociones eran aut&#233;nticas. Se arroj&#243; sobre m&#237;, me rode&#243; el cuello y cubri&#243; mi rostro de besos.

Ser objeto de las atenciones de tan bella mujer me hubiera complacido en otras circunstancias -es decir, unas circunstancias que no incluyeran una condena a muerte-, pero en aquellos momentos lo &#250;nico que fui capaz de hacer fue mirarla perplejo. Los alguaciles la apartaron de m&#237; y ella empez&#243; a gimotear y a hablar de injusticia. Entonces, se volvi&#243; de una forma tan magistral que hubiera provocado la envidia de un titiritero o un contorsionista de la feria de Bartholomew. Sus pechos cremosos, ligeramente expuestos gracias al generoso escote del corpi&#241;o, rozaron las manos de uno de mis captores.

El alguacil, distra&#237;do y complacido, y quiz&#225; tambi&#233;n algo desconcertado, se detuvo y se sonroj&#243;. La mujer tambi&#233;n pareci&#243; detenerse. Se inclin&#243; hacia delante lo justo para que su piel rozara la mano del hombre. &#201;l se mir&#243; la mano y la carne que estaba tocando. Su compa&#241;ero alguacil tambi&#233;n miraba, celoso porque el destino hab&#237;a querido que aquella otra mano menos digna hallara favor en el pecho de la se&#241;ora. En aquel momento de confusi&#243;n, con la destreza de un carterista, ella desliz&#243; una cosa en mi mano. Dos cosas, dir&#237;a, porque enseguida not&#233; que eran dos objetos fr&#237;os y met&#225;licos y o&#237; con claridad el sonido que hac&#237;an el uno contra el otro

No tuve necesidad de mirar para saber qu&#233; eran. Las hab&#237;a tocado, de hecho incluso las hab&#237;a utilizado con muy malas intenciones en mis a&#241;os mozos, cuando ejerc&#237;a mi oficio al margen de la ley; eran una ganz&#250;a y una lima.

Los acontecimientos de los d&#237;as anteriores se hab&#237;an sucedido con tanta rapidez y de forma tan extra&#241;a que no entend&#237;a nada. Pero hab&#237;a dos cosas muy claras. Que alguien quer&#237;a que fuera juzgado y condenado a la horca, para cuyo fin hab&#237;a abusado cruelmente de la ley.

Y, tan segura como la anterior, que alguien quer&#237;a verme libre.



2

&#191;C&#243;mo hab&#237;a acabado en una situaci&#243;n tan delicada? No acertaba a imaginarlo, pero sab&#237;a que de alguna forma mis dificultades ten&#237;an relaci&#243;n con un servicio que me hab&#237;a comprometido a hacerle al se&#241;or Christopher Ufford, un cura de la Iglesia anglicana que serv&#237;a en la iglesia de San Juan Bautista de Wapping.

Cuando Miriam se cas&#243; con el caballero cristiano ca&#237; en un estado de melancol&#237;a que me llev&#243; a descuidar bastante mi oficio. Durante algunos meses apenas trabaj&#233;, pues prefer&#237;a pasar el tiempo bebiendo y divirti&#233;ndome, o dedicado a la contemplaci&#243;n, y a veces a ambas cosas. As&#237; que, cuando recib&#237; una nota de este cl&#233;rigo, el mismo d&#237;a en que me llegaron tres notas urgentes de mis acreedores, decid&#237; que lo mejor era hacer lo que llevaba prometi&#233;ndome hac&#237;a meses, sacudirme aquel estupor y seguir con mi trabajo. Por tanto, me quit&#233; el sue&#241;o de la cara con un poco de agua, me recog&#237; el pelo, que llevaba en el estilo de una peluca con cola, y fui en un carruaje de alquiler hasta York Street, donde me hab&#237;a citado el se&#241;or Ufford.

Aquella ma&#241;ana me puse en marcha sin imaginar que m&#225;s de treinta y cinco a&#241;os despu&#233;s describir&#237;a mis actos sobre papel. De haberlo sabido, quiz&#225; me habr&#237;a fijado m&#225;s en los personajes desali&#241;ados que me rodearon en cuanto baj&#233; del carruaje, en Westminster. Hab&#237;a all&#237; cuatro individuos, destinados, sin saberlo ellos, a desempe&#241;ar el literario papel de comparsas. Tomaron posiciones a mi alrededor y rieron con gesto burl&#243;n. Pens&#233; que deb&#237;an de ser algunos de los incontables ladrones que acechaban en las calles desde la ca&#237;da de la South Sea, que se hab&#237;a llevado con ella la riqueza del pa&#237;s. Pero eran otra clase de criminales.

&#191;Qu&#233; ser&#225; el se&#241;or, whig o tory? -pregunt&#243; con gesto burl&#243;n uno de ellos, el m&#225;s fuerte y seguramente tambi&#233;n el m&#225;s borracho.

Yo sab&#237;a que las seis semanas de elecciones estaban casi encima, y con frecuencia los candidatos tanteaban el terreno: patrocinaban altercados en las tabernas pagando la bebida de hombres de baja estofa como aquellos, que sin duda no ten&#237;an derecho a voto. El motivo de la generosidad de los pol&#237;ticos era muy simple: esperaban que sus groseros convidados actuaran como lo estaban haciendo aquellos individuos, zafios abogados de su causa.

Puesto que era muy temprano en la ma&#241;ana, solo cab&#237;a suponer que a&#250;n no se hab&#237;an acostado. Mir&#233; sus rostros sin afeitar y las ropas andrajosas, y trat&#233; de calibrar el da&#241;o que pod&#237;an hacerme.

&#191;Y t&#250; qui&#233;n eres? -pregunt&#233; yo a mi vez.

El cabecilla lanz&#243; una risotada.

&#191;Y por qu&#233; iba a decirlo?

Yo me saqu&#233; del bolsillo una de las dos pistolas que llevo siempre conmigo y le apunt&#233; a la cara.

Porque t&#250; has iniciado la conversaci&#243;n, y quisiera saber hasta qu&#233; punto te interesa.

Os pido disculpas, se&#241;or&#237;a -dijo &#233;l, sobrestimando en mucho mi posici&#243;n. Se quit&#243; el sombrero y, coloc&#225;ndoselo contra el pecho, hizo una reverencia.

No estaba dispuesto a aceptar tanto servilismo.

&#191;De qu&#233; partido sois? -volv&#237; a preguntar.

Somos whigs, si no os importa, se&#241;or -dijo otro de ellos-. &#191;Qu&#233; vamos a ser? Nosotros somos hombres trabajadores, no grandes lores, como su se&#241;or&#237;a, para ser tories. Est&#225;bamos en una taberna por cortes&#237;a del se&#241;or Hertcomb, el whig de Westminster. As&#237; que ahora somos whigs, y estamos a su servicio. No quer&#237;amos haceros da&#241;o.

A m&#237; aquello poco me importaba y tampoco sab&#237;a nada de whigs y tories, aunque entend&#237;a lo suficiente para saber que los whigs, el partido de los nuevos ricos y la Baja Iglesia, [[2]: #_ftnref2 La Alta y la Baja Iglesia (High Church y Low Church) son distintas facciones de la Iglesia anglicana. La Baja Iglesia hac&#237;a hincapi&#233; en la misi&#243;n evangelizadora de la Iglesia y rechazaba la idea de una Iglesia con demasiada autoridad e influencia y un excesivo apego a los rituales y las formas, que es justamente lo que defend&#237;a la Alta Iglesia. (N. de la T.)] eran quienes m&#225;s inter&#233;s pod&#237;an tener en atraer a individuos como aquellos.

Fuera -dije agitando mi pistola. Los hombres se alejaron corriendo en una direcci&#243;n, y yo me fui en la otra. Al momento, el incidente estaba olvidado y mi mente volvi&#243; a la reuni&#243;n con el se&#241;or Ufford.

He conocido a pocos curas en mi vida, pero a ra&#237;z de mis lecturas me los imaginaba como hombrecillos dignos con casas pulcras pero modestas. Me sorprendi&#243; mucho el lujo de la casa del se&#241;or Ufford. Los hombres que buscan el camino de la Iglesia suelen tener muy pocas opciones: o lo hacen porque sus familias no tienen dinero o porque son segundones y quedan excluidos de la herencia por las estrictas leyes y los usos y costumbres de la tierra. Pero all&#237; ten&#237;a a un cura que dispon&#237;a para su uso personal de una hermosa casa en una calle elegante. No sabr&#237;a decir cu&#225;ntas habitaciones ten&#237;a, ni c&#243;mo eran, pero enseguida descubr&#237; que la cocina era de la mejor calidad. Cuando llam&#233; a la puerta principal, un sirviente rubicundo me dijo que no pod&#237;a entrar por all&#237;.

Por la puerta de atr&#225;s -me dijo.

Me ofend&#237; no poco por aquello, y pens&#233; en corresponder a sus indicaciones de la forma m&#225;s desagradable posible, pero si bien no era com&#250;n, este hecho no carec&#237;a de precedentes. Tal vez el exceso de vino que hab&#237;a tomado la noche anterior me hac&#237;a estar especialmente irritable. Sea como fuere, dej&#233; a un lado mi enojo y fui hacia la entrada lateral, donde una mujer recia con unos brazos tan gruesos como mis pantorrillas me indic&#243; que me sentara a una gran mesa situada en un rinc&#243;n. Sentado a dicha mesa hab&#237;a un individuo de la peor especie; no era viejo, pero lo parec&#237;a. No llevaba peluca; se cubr&#237;a la calva con un sombrero de paja de ala ancha por el que sobresal&#237;an unos mechones de pelo entrecano. Sus ropas estaban hechas con tejidos muy simples y sin te&#241;ir, aunque se ve&#237;a que eran nuevas, y su &#250;nico adorno era una insignia de peltre que llevaba sujeta al pecho. No sabr&#237;a explicar la raz&#243;n pero, aunque no conoc&#237;a a aquel hombre, tuve enseguida la impresi&#243;n de que el se&#241;or Ufford le hab&#237;a comprado aquellas ropas recientemente puede que incluso para aquella reuni&#243;n.

Al poco, otro hombre, vestido con levita negra y lazada blanca -el estilo de los curas-, entr&#243; en la cocina, algo vacilante, como si asomara la nariz a una habitaci&#243;n en una casa donde es un invitado. Cuando sus ojos se encontraron con los m&#237;os, sonri&#243; afectadamente.

Benjamin -exclam&#243; cordialmente, aunque nunca nos hab&#237;amos visto-. Pasad, pasad. Me alegra que hay&#225;is podido venir como os ped&#237;, y con tan poco tiempo. -Era un hombre alto, con tendencia a la gordura, incluso gordo, y su rostro hundido parec&#237;a una media luna. Llevaba una peluca con cola, nueva y cuidadosamente empolvada.

Reconozco que me molest&#243; un poco que me llamara por mi nombre. No conoc&#237;a a aquel hombre de nada, y no esperaba que se tomara esas libertades conmigo. Sospechaba que, de haberlo llamado yo a &#233;l Christopher, o incluso Kit, no se lo habr&#237;a tomado a bien.

Me indic&#243; que tomara asiento.

Vamos, sentaos. Sentaos. &#161;Oh, qu&#233; modales los m&#237;os! Benjamin, este individuo es John Littleton. Pertenece a mi parroquia, y se ha beneficiado de la generosidad de la Iglesia. Pero lo importante es que conoce la parroquia y a los hombres que la componen. Me ha sido muy &#250;til en estos &#250;ltimos d&#237;as, y he pensado que podr&#237;a seros &#250;til tambi&#233;n.

Yo me volv&#237; para ofrecerle mi mano en se&#241;al de amistad a aquel individuo, como hab&#237;a dicho el cura.

El hombre la acept&#243; con entusiasmo, aliviado tal vez al ver que yo era algo m&#225;s abierto que nuestro anfitri&#243;n.

&#191;C&#243;mo est&#225;is? -dijo alegremente-. Benjamin Weaver, que me aspen si no os he visto pelear. Y m&#225;s de una vez. Os he visto darle a base de bien a ese irland&#233;s, Fergus Doyle, y cuando dejasteis fr&#237;o a aquel franc&#233;s, aunque no me acuerdo del nombre. Pero la mejor pelea que he visto fue la vez que peleasteis con Elizabeth Stokes. Esa s&#237; que sab&#237;a pegar. Ya no hacen mujeres como esa, no se&#241;or.

Me sent&#233; junto al se&#241;or Littleton.

La triste realidad es que el arte del pugilismo pasa por malos momentos entre las damas. Ahora es un deporte de mujeres y las obligan a sujetar monedas en el pu&#241;o mientras pelean para que no se arranquen los ojos. La primera que abre el pu&#241;o lo bastante para que se le caigan las monedas pierde -coment&#233;.

Mala cosa. Esa Elizabeth Stokes sab&#237;a dar pu&#241;etazos. -Se volvi&#243; hacia el se&#241;or Ufford-. Una tipa incre&#237;ble, era agresiva como una rata sin patas y r&#225;pida como un italiano untado de aceite. Pensaba que iba a dejarle hecho caldo, aqu&#237; al se&#241;or Weaver.

Me peg&#243; a base de bien -dije yo alegremente-. Es lo que no me gustaba cuando ten&#237;a que luchar con una dama. Si perd&#237;a, era una humillaci&#243;n, y si ganaba, no hab&#237;a gloria porque lo que hab&#237;a hecho era pegar a una mujer. Hubiera debido rechazar el combate, pero esas peleas sol&#237;an dejar una generosa recaudaci&#243;n. Los que las organizaban no pod&#237;an imaginar nada m&#225;s lucrativo, y nosotros los luchadores tampoco.

A m&#237; lo que me gustar&#237;a es que obligaran a las mujeres a ir desnudas de cintura para arriba, como los hombres. Eso s&#237; que estar&#237;a bien, con los melones saltando arriba y abajo. Perdonad, se&#241;or Ufford.

La piel rosada de Ufford se sonroj&#243;.

Bueno -dijo, frot&#225;ndose las manos como si estuviera prepar&#225;ndose para trasladar un mont&#243;n de le&#241;a-, &#191;qu&#233; les parecer&#237;a un refrigerio antes de que entremos en materia? &#191;Qu&#233; dec&#237;s, se&#241;or Weaver? &#191;Puedo ofreceros una cerveza negra? Es la que prefieren los hombres que trabajan.

&#218;ltimamente no me he dedicado tanto a mi profesi&#243;n como debiera -le dije-, pero me gustar&#237;a tomarme una cerveza de todos modos. -El caso es que la cabeza me dol&#237;a bastante por el vino que hab&#237;a bebido la noche anterior y, aparte de un taz&#243;n de leche con sasafr&#225;s, una cerveza era lo m&#225;s indicado.

Pensaba que no lo iba a decir nunca -me dijo Littleton por lo bajo, como si me contara un secreto-. Casi me muero de sed mientras le esper&#225;bamos.

Ufford hizo sonar la campanilla, y la sirvienta de los brazos macizos entr&#243;. No tendr&#237;a m&#225;s de diecis&#233;is a&#241;os, estaba algo encorvada, y de su rostro solo puedo decir que la naturaleza no se hab&#237;a mostrado muy generosa con ella. Pero parec&#237;a una moza alegre, y nos sonri&#243; amablemente a todos. Escuch&#243; las instrucciones del se&#241;or Ufford y enseguida volvi&#243; con unas jarras de peltre llenas de una cerveza casi sin espuma.

Bien -dijo el se&#241;or Ufford, sent&#225;ndose con nosotros a la mesa. Nos mostr&#243; una bonita cajita de rap&#233; de barba de ballena-. &#191;Dese&#225;is un poco?

Littleton neg&#243; con la cabeza.

Prefiero mi pipa. -Y dicho esto sac&#243; el mencionado artilugio y lo llen&#243; con el tabaco que llevaba en una peque&#241;a bolsa de cuero.

Me temo que debo pediros que os absteng&#225;is en mi presencia -dijo Ufford-. No soporto el olor del tabaco. Es da&#241;ino y podr&#237;a provocar un incendio.

&#191;Ah, s&#237;? -pregunt&#243; Littleton-. Entonces lo guardo.

Quiz&#225; para demostrar su superioridad, Ufford tom&#243; su rap&#233; de forma muy exagerada. Cogi&#243; un pellizco entre el &#237;ndice y el pulgar y procedi&#243; a aspirarlo con furia por cada fosa de la nariz. Luego se dio unos toquecitos en la nariz y estornud&#243; tres o cuatro veces. Finalmente, dej&#243; la cajita a un lado y nos sonri&#243;, como si quisiera demostrar que no le quedaba ni una mota de rap&#233; en la cara.

Personalmente, el ritual de tomar rap&#233; siempre me hab&#237;a parecido extremadamente tedioso. Los hombres hac&#237;an un gran espect&#225;culo para demostrar qui&#233;n aspiraba con m&#225;s fuerza, qui&#233;n estornudaba m&#225;s limpiamente y qui&#233;n ten&#237;a la nariz mejor formada. Sin duda Ufford hab&#237;a hecho una bonita demostraci&#243;n, pero descubri&#243; que no &#233;ramos el p&#250;blico m&#225;s indicado para apreciar su arte.

Carraspe&#243; con nerviosismo y luego cogi&#243; una copa de vino, con el pie de reluciente plata.

Imagino que tendr&#233;is curiosidad por saber la tarea que deseo encomendaros, &#191;me equivoco?

Estoy impaciente por escucharos, ciertamente -dije tratando de demostrar seguridad. Pero llevaba meses eludiendo mis responsabilidades, y las ruedas de mis mecanismos de cazar ladrones necesitaban engrasarse.

Ech&#233; un vistazo al se&#241;or Littleton. El hombre solo ten&#237;a ojos para su jarra de cerveza, que se vaciaba por momentos, as&#237; que pude estudiarlo con libertad. Ten&#237;a la sensaci&#243;n de que lo conoc&#237;a de alg&#250;n encuentro anterior, pero no acababa de situarlo, y esto me inquietaba grandemente.

Me temo que estoy en una situaci&#243;n delicada, se&#241;or -empez&#243; a explicar Ufford-. Una situaci&#243;n muy delicada que no puedo resolver sin ayuda, y no una ayuda cualquiera, como enseguida comprender&#233;is. He dado muchos sermones en mi iglesia Oh, lo olvidaba, al ser jud&#237;o quiz&#225; no est&#233;is familiarizado con los procedimientos de una iglesia. Ver&#233;is, durante nuestras ceremonias, es habitual que el cura d&#233; una larga charla bueno, no demasiado larga, espero y en esta charla habla de cuestiones morales o religiosas que considera relevantes para su congregaci&#243;n.

Se&#241;or Ufford, estoy familiarizado con el concepto de serm&#243;n.

Por supuesto, por supuesto -dijo &#233;l; pareci&#243; desilusionarle no poder seguir con su definici&#243;n-. Sab&#237;a que lo estar&#237;ais. Bien, como dec&#237;a, en los &#250;ltimos meses, me he acostumbrado a dar sermones sobre un tema muy querido por m&#237;, y muy apreciado por mis parroquianos, pues mayoritariamente son trabajadores de la escala m&#225;s baja entre los hombres que trabajan. Hombres que viven de lo que ganan cada d&#237;a y a quienes perder la paga de unos pocos d&#237;as o contraer una enfermedad que exija pagar a un m&#233;dico podr&#237;a acarrear la ruina m&#225;s completa. He hecho m&#237;a su causa, se&#241;or, y he hablado en su nombre. He hablado, digo, por los derechos de los hombres trabajadores de la ciudad, para que tengan un salario decente y puedan mantener a sus familias. He hablado en contra de la crueldad de quienes los obligan a vivir en una pobreza tan absoluta que el atractivo de ganar dinero r&#225;pido cometiendo horribles delitos, el pecado de la prostituci&#243;n y el olvido que les proporciona la ginebra conspiran para perderlos en cuerpo y alma, s&#237;, en cuerpo y alma. He hablado en contra de estas cosas.

Me atrever&#237;a a decir que est&#225;is hablando en contra de ellas ahora -coment&#233;.

De nuevo, el se&#241;or Ufford me sorprendi&#243; con su car&#225;cter bondadoso. Ri&#243; y me dio unas amables palmaditas en el hombro.

Deb&#233;is perdonarme si hablo demasiado, Benjamin. Pero cuando se trata de los pobres y su bienestar nunca dir&#233; bastante.

En ese particular sois admirable, se&#241;or.

Solo cumplo con mi deber de cristiano y me gustar&#237;a ver que otros en mi iglesia lo hacen. Pero, como digo, he hecho m&#237;a la causa de los pobres y he hablado de las injusticias a las que se enfrentan. Yo pensaba que mis actos har&#237;an el bien, pero he descubierto que hay a quien no le gusta mi mensaje, incluso entre los m&#225;s necesitados, entre los hombres a quienes deseo ayudar. -En este punto, Ufford meti&#243; la mano en el interior de su levita y sac&#243; un pedazo arrugado de papel-. &#191;Quer&#233;is que os lo lea, Benjamin? -pregunt&#243; con toda la intenci&#243;n.

Soy hombre de letra -dije, tratando con todas mis fuerzas de ocultar la irritaci&#243;n. No era frecuente que se me tuviera por alguien tan inculto como para no saber leer.

Por supuesto, la vuestra es una raza cultivada, lo s&#233;.

Me entreg&#243; la nota, escrita en unos caracteres bastos e irregulares.


Se&#241;or Yufur:

Mardito y mardito dos vezes y dos vezes mas, canaya sin escr&#250;pulos. A naide le interesan sus discursos, mardito. Si no callas de una vez descubrir&#225;s que ay qien sabe azeros qe os cayais quemando vuestra casa con bos adentro y si la piedra no se qema pues os cortaran el pescuezo y os desangrareis porqe sois un zerdo. No mas discursitos sobre los pobres o vais a enteraros de lo que somos los pobres y qe podemos hazer y sera lo ultimo que sabr&#233;is porqe os ir&#233;is al infierno zerdo retorzido. Ya emos avisado, la prosima bez le mataremos.


Dej&#233; la nota sobre la mesa.

En mis tiempos, yo tambi&#233;n o&#237; a hombres de mi religi&#243;n pronunciar discursos con los que no estaba del todo de acuerdo. Sin embargo, esta respuesta me parece excesiva.

Ufford neg&#243; con la cabeza tristemente.

No pod&#233;is imaginaros la sorpresa que sent&#237; al leer esta nota, Benjamin. Que yo, que he decidido dedicar mi vida a ayudar a los pobres, tenga que recibir sus insultos, aunque sean pocos, es una enorme decepci&#243;n para m&#237;.

Y da miedo -apunt&#243; Littleton-. Todo eso de quemar la casa y cortarle el pescuezo. Pondr&#237;a a cualquier hombre muy nervioso. Vaya, si fuera yo, me esconder&#237;a en la bodega como un ni&#241;o azotado.

Sin duda al se&#241;or Ufford le hab&#237;a puesto nervioso. El cura se sonroj&#243; y se mordi&#243; el labio.

S&#237;. Ver&#233;is, Benjamin, mi primer pensamiento fue que, si la gente se opon&#237;a tan en&#233;rgicamente a mis sermones, quiz&#225; no deb&#237;a continuar pronunci&#225;ndolos. Despu&#233;s de todo, aunque tenga cosas que decir, no me considero tan exc&#233;ntrico como para arriesgar mi vida por mis ideas. Pero entonces, cuando lo medit&#233; m&#225;s a fondo, pens&#233; si eso no ser&#237;a una cobard&#237;a. Ser&#237;a mucho m&#225;s honorable descubrir qui&#233;n estaba detr&#225;s de esas notas y llevarlo ante la justicia. Ni que decir tiene que no volver&#233; a dar m&#225;s sermones sobre el tema hasta que este asunto est&#233; solucionado. Ser&#237;a una imprudencia.

Al instante empec&#233; a sentir que la helada maquinaria de mi oficio empezaba a descongelarse. Pens&#233; en una docena de hombres sobre los que pod&#237;a preguntar. Pens&#233; en las tabernas que visitar&#237;a, en los mendigos predispuestos a que les preguntara. Hab&#237;a mucho que hacer para ayudar al se&#241;or Ufford, y me di cuenta de que estaba deseando hacerlo no por &#233;l, sino por m&#237; mismo.

Si se lleva el asunto correctamente, no ser&#225; dif&#237;cil dar con el autor -asegur&#233;. La seguridad de mi voz nos alegr&#243; a ambos.

Oh, eso est&#225; bien, se&#241;or, muy bien, desde luego. Me han dicho que vos sois el hombre indicado para estos asuntos. Si supiera qui&#233;n ha enviado la nota y solo fuera menester capturarlo, tendr&#237;a que recurrir a Jonathan Wild. Pero me dicen que vos sois quien puede encontrar a un hombre cuando nadie sabe d&#243;nde est&#225;.

Me halaga vuestra confianza. -Reconozco que me complacieron sus palabras, pues los m&#233;ritos que me atribu&#237;a los hab&#237;a ganado a pulso. Hab&#237;a aprendido una o dos cosillas gracias a los problemas que tuve cuando trataba de descubrir qui&#233;n hab&#237;a asesinado a mi padre y la relaci&#243;n que ten&#237;a su muerte con los complejos engranajes econ&#243;micos que impulsan esta naci&#243;n. Pero, lo m&#225;s importante, descubr&#237; que la filosof&#237;a que se esconde detr&#225;s de sus monstruosas finanzas, y que lleva por nombre teor&#237;a de la probabilidad, pod&#237;a aplicarse de forma sorprendente a la captura de ladrones. Hasta que supe de ella, no conoc&#237;a otra forma de localizar a un villano que la de utilizar testigos o sonsacar confesiones. Pero, mediante el uso de la probabilidad, descubr&#237; la forma de especular y calcular qui&#233;n era m&#225;s probable que hubiera cometido el crimen, cu&#225;l pod&#237;a ser el motivo, y c&#243;mo el rufi&#225;n pod&#237;a haber llevado a cabo sus fechor&#237;as. Con este nuevo y asombroso m&#233;todo logr&#233; atrapar a criminales que de otro modo habr&#237;an escapado de las garras de la justicia.

Imagino que os estar&#233;is preguntando por qu&#233; he pedido a John que nos acompa&#241;ara -dijo Ufford.

S&#237;, me lo hab&#237;a preguntado -conced&#237;.

John es una persona que he conocido a trav&#233;s de la labor que realizo con los pobres de mi parroquia. Y, ciertamente, sabe mucho sobre las personas que podr&#237;an haber enviado esta nota. He pensado que podr&#237;a orientaros un poco mientras explor&#225;is las guaridas de los desafortunados habitantes de Wapping.

No me gusta meterme en esas cosas -me dijo Littleton-, pero el se&#241;or Ufford me ha hecho algunos favores y tengo que devolv&#233;rselos en lo que puedo.

Bien. -Ufford apur&#243; su vaso y se apart&#243; de la mesa-. Creo que ya hemos terminado. Evidentemente, deb&#233;is informarme de vuestros progresos. Y si ten&#233;is alguna pregunta, espero que me mand&#233;is una nota y buscaremos una fecha adecuada para discutir el asunto.

&#191;No pregunt&#225;is -dije yo- por mi tarifa para realizar el servicio que ped&#237;s?

Ufford ri&#243; y se toquete&#243; con nerviosismo uno de los botones de su levita.

Por supuesto, imagino que querr&#233;is vuestro dinero. Bien, cuando hay&#225;is terminado, nos ocuparemos de eso.

As&#237; era como los hombres de la posici&#243;n del se&#241;or Ufford acostumbraban a pagar a los comerciantes. No preguntaban hasta que el trabajo estaba hecho, y entonces pagaban lo que quer&#237;an cuando quer&#237;an o no pagaban. &#191;Cu&#225;ntos cientos de carpinteros, herreros y sastres se hab&#237;an ido a la tumba en la m&#225;s absoluta pobreza mientras los ricos a quienes serv&#237;an les robaban abiertamente bajo el amparo de la ley? Yo no era tan necio como para aceptar semejante trato.

Necesito que se me paguen cinco libras ahora, se&#241;or Ufford. Si mis pesquisas se prolongan m&#225;s de quince d&#237;as os pedir&#233; m&#225;s, y entonces podr&#233;is decirme si est&#225;is lo bastante satisfecho para pagarme lo que pido. Sin embargo, por experiencia puedo deciros que si en quince d&#237;as no he conseguido localizar al criminal, seguramente nunca lo encontrar&#233;.

Ufford se solt&#243; el bot&#243;n y me mir&#243; con expresi&#243;n severa.

Cinco libras es mucho dinero.

Lo s&#233; -dije-. Por eso deseo que me las deis.

El hombre se aclar&#243; la garganta.

Debo informaros de que no estoy acostumbrado a pagar antes de que el servicio est&#233; hecho, Benjamin. Y no demostr&#225;is ning&#250;n respeto al ped&#237;rmelo.

Ni pretendo ser respetuoso ni pretendo ser rudo. Se trata simplemente de mi forma de llevar estos asuntos.

Ufford suspir&#243;.

Muy bien. Pod&#233;is volver hoy m&#225;s tarde. Barber, mi sirviente, os entregar&#225; una boba con lo que ped&#237;s. Entre tanto, sin duda ustedes dos tienen mucho de qu&#233; hablar, jovencitos. Pueden quedarse en esta habitaci&#243;n tanto como quieran, siempre que no pase de una hora.

Littleton, que hab&#237;a estado muy ocupado mirando el fondo de su jarra de cerveza, levant&#243; la vista.

No somos jovencitos -dijo.

&#191;Disculpad?

Digo que no somos jovencitos. Usted no es mucho mayor que Weaver, y yo soy lo bastante viejo como para ser su padre, porque me inici&#233; en estas lides siendo muy joven. Vaya que s&#237;. No somos jovencitos, &#191;no?

Ufford contest&#243; con una parca sonrisa, tan condescendiente que fue mucho m&#225;s cruel que un reproche directo.

Por supuesto, John, ten&#233;is toda la raz&#243;n. -Y dicho esto se levant&#243; y nos dej&#243; solos.


En el transcurso de la conversaci&#243;n, hab&#237;a recordado de qu&#233; conoc&#237;a el nombre de Littleton. Menos de diez a&#241;os atr&#225;s, se hab&#237;a labrado, involuntariamente, cierta fama de agitador entre los trabajadores de los astilleros de Deptford. El descalabro provocado por su grupo de trabajadores dio pie a no pocos art&#237;culos en los peri&#243;dicos.

Los trabajadores de los astilleros ten&#237;an por costumbre llevarse los fragmentos de madera que sobraban de su trabajo de serrar, fragmentos que ellos llamaban astillas y que despu&#233;s vend&#237;an o trocaban. El valor de las astillas ten&#237;a no poca importancia en sus salarios. Cuando Littleton trabajaba en los astilleros, la autoridad portuaria hab&#237;a llegado a la conclusi&#243;n de que muchos hombres cog&#237;an piezas enteras de madera, las divid&#237;an en peque&#241;os fragmentos y luego se las llevaban lo cual le costaba al puerto una considerable fortuna cada a&#241;o. La orden se dio inmediatamente: los trabajadores no podr&#237;an seguir llev&#225;ndose las astillas, pero no se les ofreci&#243; ning&#250;n aumento de sueldo como compensaci&#243;n. Con aquella medida, pensada para reducir el fraude, la autoridad portuaria redujo dr&#225;sticamente los ingresos de sus trabajadores y se ahorr&#243; una importante cantidad de dinero.

John Littleton fue uno de los que protest&#243; m&#225;s en&#233;rgicamente. Form&#243; un grupo de trabajadores y declararon que si ellos no ten&#237;an sus astillas, los astilleros no tendr&#237;an trabajadores. En un gesto desafiante, cargaron con su bot&#237;n como hab&#237;an venido haciendo, se lo echaron a la espalda y salieron entre una multitud que los abuche&#243; y les dijo cosas muy feas. Esa es la raz&#243;n por la que, incluso despu&#233;s de tantos a&#241;os, cuando un trabajador act&#250;a de forma descarada con sus superiores, en Inglaterra decimos que lleva una astilla al hombro.

Al d&#237;a siguiente, cuando Littleton y sus amigos trataron de salir con el bot&#237;n se encontraron con mucho m&#225;s que un mont&#243;n de oportunistas malhablados. S&#237; se&#241;or, lo que encontraron fue un grupo de rufianes pagados por la autoridad portuaria para hacer que aquel desaf&#237;o les resultara poco rentable. Les golpearon y les quitaron sus astillas para venderlas ellos mismos. Todos los afectados escaparon con apenas unos moretones y algunos golpes en la cabeza, todos salvo John Littleton, a quien arrastraron de vuelta a los astilleros, lo golpearon sin piedad y, tras atarlo a un mont&#243;n de madera, lo dejaron a su suerte durante casi una semana. De no ser porque llovi&#243; antes de que lo encontraran, hubiera muerto de sed.

Este incidente fue recibido con gran indignaci&#243;n general, pero no tuvo ninguna consecuencia para los atacantes de Littleton ninguna consecuencia salvo que termin&#243; con la rebeli&#243;n contra la autoridad portuaria y con la carrera de Littleton como agitador entre los trabajadores.


Littleton llam&#243; a la moza para que volviera a llenarle la jarra y la apur&#243; de un par de tragos.

Ahora que se ha ido, os dir&#233; lo que ten&#233;is que saber, y cuanto antes encontr&#233;is al tipo y consig&#225;is vuestras cinco libras, m&#225;s generoso ser&#233;is con vuestro amigo John Littleton. Con un poco de suerte, podr&#237;ais tener el asunto zanjado ma&#241;ana, y luego pod&#233;is reposar c&#243;modamente como una comadre cuando le curan a su hombre la viruela.

Decidme qu&#233; sab&#233;is.

Para empezar, deb&#233;is comprender que esta no es la parroquia de Ufford. Su iglesia es la de San Juan Bautista, en Wapping. No vive all&#237; porque no le interesa vivir en un tugurio que huele el doble de bien que un pozo de mierda. Tiene un coadjutor que le paga unos chelines cada semana para hacer casi todo su trabajo y que anda siempre como un esclavo haciendo lo que Ufford le dice. Hasta hace poco le hac&#237;a tambi&#233;n el serm&#243;n del domingo, pero entonces a Ufford le dio por defender a los pobres, como nos llama, y por eso acept&#243; m&#225;s tareas.

&#191;Y eso c&#243;mo puede ayudarme a encontrar al hombre que escribi&#243; la carta? -pregunt&#233;.

Bueno, el caso es que hay bastante descontento entre los estibadores. -Y con gesto orgulloso se dio unos toques en su insignia-. Est&#225;n quitando antiguos privilegios pero no dan nada a cambio. A los que se guardan un poco de tabaco en los pantalones o se meten unas pocas hojas de t&#233; en los bolsillos los est&#225;n deportando, y dicen que tienen suerte de que no los manden a la horca. Y aunque ahora no pueden seguir birlando cosas, no les dan nada a cambio. As&#237; que est&#225;n enfadados, todos, enfadados como un perro con una vela encendida en el culo.

&#191;Una vela encendida, dec&#237;s?

&#201;l sonri&#243;.

Chorreando cera.

Entend&#237;a perfectamente que a Littleton poco pod&#237;a importarle aquella situaci&#243;n, pues deb&#237;a de recordarle lo que le sucedi&#243; a &#233;l en los astilleros. Tal era la naturaleza del trabajo en todas las islas. Las compensaciones que se daban tradicionalmente, como bienes o material, se negaban a los trabajadores y no se les ofrec&#237;a nada a cambio. Lo que me sorprend&#237;a era que, teniendo en cuenta lo que hab&#237;a sufrido en el pasado por defender los derechos de los trabajadores, Littleton se dejara arrastrar al c&#237;rculo de Ufford. Aunque sab&#237;a bien que cuando un hombre tiene hambre, con frecuencia se olvida de sus miedos.

Sin embargo, la historia que Littleton acababa de contarme no ten&#237;a sentido.

Si el se&#241;or Ufford quiere ayudar a los trabajadores, &#191;por qu&#233; iban a estar furiosos con &#233;l?

Esa es la cosa, &#191;verdad? Antes los estibadores consegu&#237;amos trabajo cuando pod&#237;amos, pero entonces ese pez gordo del tabaco (Dennis Dogmill se llama) lo fastidi&#243; todo. Dijo que ten&#237;amos que reunirnos y presentarnos todos juntos para que pudiera contratar a un grupo y no tener que andar eligiendo a los hombres uno por uno. As&#237; que se formaron grupos y los grupos se convirtieron en bandas, y entre ellas se odian m&#225;s que a Dogmill, que me parece que es lo que quer&#237;a desde el principio. &#191;Lo conoc&#233;is a Dogmill?

Me temo que no.

Ah, no os preocup&#233;is, no hay que tener miedo si no se lo conoce. El problema es cuando lo conoces. Es el hijo del hombre del tabaco m&#225;s importante en la isla, pero &#233;l no es como su padre. Se ponga como se ponga, no vende como vend&#237;a antes su familia, y eso le pone muy furioso. Una vez le vi pegar a un estibador casi hasta matarlo porque dec&#237;a que no trabajaba bastante. Todos nos quedamos all&#237;, mirando, sin atrevernos a hacer nada, aunque &#233;ramos muchos, pero eso no importaba. Si das un paso, pierdes tu insignia. Si tienes familia, adi&#243;s comida. Y hab&#237;a algo m&#225;s. Me dio la sensaci&#243;n (es dif&#237;cil decirlo, pero es as&#237;) de que veinte de nosotros no hubi&#233;ramos sido bastantes para reducirlo. Es un tipo corpulento y fuerte, pero no es por eso. No, lo que pasa es que est&#225; rabioso, no s&#233; si me comprend&#233;is. Y esa rabia que tiene es muy mala.

&#191;Y &#233;l est&#225; detr&#225;s de las bandas? -pregunt&#233;.

No directamente, pero sab&#237;a muy bien lo que hac&#237;a cuando nos dividi&#243;. Ahora hay un mont&#243;n de bandas, y nunca nos reunimos. Bueno, las m&#225;s numerosas son las de Walter Yate y Billy Greenbill; le llaman Greenbill Billy porque sus labios parecen un pico verde.

&#191;No es por el nombre?

Littleton se quit&#243; el sombrero y se rasc&#243; su cabeza casi calva.

Claro, tambi&#233;n. Pero el caso es que Greenbill Billy es un tipo desagradable; dicen que prefiere ver muertos a los que quieren dirigir a los trabajadores, y incluso a los trabajadores, que rendir cuentas a otro que no sea Dogmill, claro. Me parece que no le gustar&#237;a que Ufford meta la jeta en el asunto, porque en su opini&#243;n no es asunto suyo, y no tiene ninguna raz&#243;n para meter las narices en las cosas de los estibadores. El cura quiere que las bandas formen una gran asociaci&#243;n de trabajadores para que se enfrenten a Dogmill, y si eso pasa, Greenbill Billy dejar&#225; de ser el estibador m&#225;s poderoso de los muelles y ser&#225; solo uno m&#225;s en el mont&#243;n de mierda.

&#191;Las otras bandas est&#225;n dispuestas a dejar a un lado sus diferencias y formar una asociaci&#243;n? -pregunt&#233;.

&#201;l mene&#243; la cabeza.

Al rev&#233;s. Compiten entre ellas, porque ahora Dogmill controla casi todos los muelles y no deja que ninguna trabaje si no lo hace por menos que las otras. Por eso los salarios no dejan de bajar y nosotros cada vez nos peleamos m&#225;s por las migajas.

&#191;Y cre&#233;is que Greenbill Billy est&#225; detr&#225;s de las notas?

Puede que s&#237; o puede que no. Yo estoy en la banda de Yate, y s&#233; que &#233;l no lo har&#237;a. Es un buen hombre. Es joven, pero es listo como un cerdo que consigue escapar de la feria de Bartholomew, y parece que quiere hacer las cosas bien. Tiene la mujer m&#225;s guapa que he visto. No me importar&#237;a tener una mujer como esa, la verdad. Y la he visto que me miraba un par de veces. Ya lo s&#233; que soy m&#225;s viejo que Yate, pero tengo mis encantos. De cintura para abajo parezco un hombre joven, y no me extra&#241;ar&#237;a que una moza tan bonita se la diera con queso a su hombre, no s&#233; si me entend&#233;is.

Yo, que ten&#237;a la sensaci&#243;n de que nos hab&#237;amos desviado del tema, trat&#233; de llevar la conversaci&#243;n de vuelta a su cauce.

Entonces quiz&#225; deber&#237;a hablar con Greenbill.

Littleton chasque&#243; los dedos.

Es lo que yo pensaba. Va a una taberna que se llama El Ganso y la Rueda, en Old Gravel Lane, cerca del dep&#243;sito de madera. No estoy diciendo que sea &#233;l el que manda las notas, pero si no ha sido &#233;l, seguramente sabe qui&#233;n lo ha hecho.

&#191;No le hab&#233;is dicho nada de esto al se&#241;or Ufford?

Me gui&#241;&#243; un ojo.

No mucho, no.

&#191;Por qu&#233;?

Porque -dijo en un susurro- Ufford es m&#225;s tonto que el culo de un caballo. Y porque cuanto menos sepa, cuanto m&#225;s miedo tenga y cuanto m&#225;s vaya dando por saco de un lado a otro, m&#225;s cerveza, pan y monedas habr&#225; para m&#237;. Ser&#233; sincero, porque no quiero que os enter&#233;is por otro lado y pens&#233;is mal de m&#237;. Le dije que no os metiera en esto. Dije que es porque la Iglesia no necesita que los jud&#237;os se metan en sus cosas, pero la verdad es que no quiero que se quede tranquilo demasiado pronto. Es malo para mi tripa. El invierno est&#225; a la vuelta de la esquina y no hay trabajo para los estibadores de los muelles. Me mantengo (lo justo para no morirme de hambre y de sed) limpiando de ratas los barcos que atracan. Es una desgracia que un estibador con insignia como yo tenga que verse de esa forma. Y, bueno, Ufford vino, me pregunt&#243; si pod&#237;a ayudarle y me ofreci&#243; dinero y comida, y me dio esta ropa. Exprimirle las ubres es mucho mejor que cazar ratas, y no me gustar&#237;a que el pozo se seque demasiado pronto, ya me entend&#233;is, aunque parece que &#233;l piensa que ya ha hecho por m&#237; todo lo que deb&#237;a y que yo tendr&#237;a que bailar para &#233;l como una marioneta de Mayfair.

Os entiendo. -Ech&#233; mano de mi bolsa y saqu&#233; un chel&#237;n, que le entregu&#233;.

Bueno -dijo &#233;l, con una sonrisa de mono que dejaba a la vista unos poderosos dientes amarillos-, no se podr&#237;a pedir m&#225;s. Creo que hab&#233;is encontrado a un amigo, amigo m&#237;o. Si quer&#233;is, puedo llevaros a El Ganso y la Rueda yo mismo y deciros qui&#233;n es Greenbill. No es mi amigo, y no me gustar&#237;a que me viera por all&#237;, pero puedo deciros qui&#233;n es. Siempre que me invit&#233;is a algo cuando lleguemos, claro.

Empezaba a pensar que aquel asunto pod&#237;a estar resuelto en uno o dos d&#237;as, y era exactamente lo que necesitaba para volver a entrar en la din&#225;mica del trabajo.

Os estar&#237;a muy agradecido -le dije a Littleton-. Y si resulta que ese Greenbill es nuestro poeta o me lleva hasta &#233;l, no dud&#233;is que habr&#225; otro chel&#237;n para vos.

Eso era lo que yo quer&#237;a o&#237;r -dijo. Y acto seguido se meti&#243; la jarra de peltre vac&#237;a en una peque&#241;a bolsa que hab&#237;a al lado de su silla-. Antes era m&#237;a. O una que se parec&#237;a.

Yo me encog&#237; de hombros.

Os aseguro que no me preocupa ninguna jarra que pod&#225;is llevaros de la cocina del se&#241;or Ufford.

Muy amable -dijo &#233;l. Estir&#243; el brazo y cogi&#243; mi jarra, la apur&#243; y se la meti&#243; en la bolsa junto con la otra-. Pero que muy amable.



3

Cuando el juez Rowley pronunci&#243; la sentencia, supe que no se me permitir&#237;a regresar a la relativa comodidad de mi celda en la zona para los ricos, un privilegio que hab&#237;a costado sus buenos dineros pero que me hab&#237;a permitido estar alejado de la peligrosa chusma de la prisi&#243;n. Pero, por mucho dinero que tenga, un hombre condenado a la horca debe permanecer en la parte destinada a esos infortunados, a cuyas filas pas&#233; a incorporarme. Si bien sab&#237;a que no podr&#237;a disfrutar de un alojamiento precisamente confortable, no ten&#237;a motivos para imaginar la seriedad de las intenciones del juez con respecto a m&#237;. Cuando llegamos a la celda, en la oscuridad del infernal s&#243;tano de Newgate, uno de los guardas me orden&#243; que estirara los brazos para esposarme.

&#191;Por qu&#233; raz&#243;n? -exig&#237;.

Por la raz&#243;n de evitar que te escapes. El juez lo ha ordenado, as&#237; que hay que hacerlo.

&#191;Cu&#225;nto tiempo voy a permanecer esposado?

Me parece que hasta que te ahorquen.

Eso es dentro de seis semanas. &#191;No es una crueldad tener a un hombre esposado seis semanas sin motivo?

Eso tendr&#237;as que haberlo pensado antes de matar a ese tipo -me dijo.

Yo no he matado a nadie.

Pues entonces tendr&#237;as que haberlo pensado antes de dejar que te arrestaran por algo que no has hecho. Venga, las manos. No hace falta que est&#233;s consciente para que te espose como Dios manda. Y tengo intenci&#243;n de golpearte si no haces lo que digo, as&#237; podr&#233; decir a mis chicos que me he peleado con Ben Weaver.

Si su intenci&#243;n es empezar un intercambio de golpes -me ofrec&#237;-, acepto gustoso la oferta. Pero tengo la impresi&#243;n de que no est&#225; pensando en un intercambio justo. -Con los regalos que me hab&#237;a hecho mi bella desconocida bien sujetos en el pu&#241;o, tend&#237; los dos brazos y dej&#233; que aquel mat&#243;n me esposara. A continuaci&#243;n me obligaron a sentarme en una silla de madera en el centro de la celda y me ataron las piernas de forma parecida, aunque las esposas estaban sujetas por una cadena a una argolla que sal&#237;a del suelo. Solo dispon&#237;a de unos metros para desplazarme.

Cuando los guardas me dejaron solo, tuve ocasi&#243;n de examinar la celda. No era excesivamente peque&#241;a; tendr&#237;a metro y medio de ancho por tres de largo. Solo hab&#237;a la silla donde estaba sentado; un colch&#243;n basto, al que apenas llegaba tirando de la cadena; un orinal bastante grande para mis necesidades (por el tama&#241;o deduje que no lo vendr&#237;an a vaciar con frecuencia); una mesa y una peque&#241;a chimenea, que estaba apagada a pesar del fr&#237;o. En lo alto de una de las paredes hab&#237;a una ventana peque&#241;a y muy estrecha que daba unos cent&#237;metros por encima del nivel de la calle. Dejaba entrar algunos escasos rayos de luz, pero dif&#237;cilmente pod&#237;a considerarse una v&#237;a de escape, pues ni siquiera un gato hubiera podido escurrirse por aquellas estrechas ranuras. Hab&#237;a dos ventanas m&#225;s grandes que daban al corredor, pero segu&#237;an sin ser lo bastante anchas para que un hombre pasara por ah&#237;.

Respir&#233; hondo para suspirar, pero me arrepent&#237; al instante, pues el aire era malsano y hed&#237;a a causa de la proximidad de los cuerpos de otros condenados, y de otros que ya hac&#237;a tiempo que se hab&#237;an ido. Ol&#237;a a orinales que ten&#237;an que vaciarse y limpiarse. Y a v&#243;mitos, a sangre, a sudor.

Los sonidos tampoco eran consuelo. O&#237;a muy cerca las patas de las ratas sobre el suelo de piedra, y el trasiego de los piojos, que se instalaron sobre mi persona sin darme tiempo a que me acostumbrara a mi nuevo entorno. A lo lejos, una mujer sollozaba y, algo m&#225;s cerca tal vez, se o&#237;a una risa hist&#233;rica. En resumen, que mi cuchitril era un lugar oscuro y desolador. No hac&#237;a m&#225;s de uno o dos minutos que los guardas me hab&#237;an dejado solo, y ya estaba yo tramando mi fuga.

No soy ning&#250;n genio de las fugas, pero en mis a&#241;os mozos me col&#233; en un buen n&#250;mero de casas, cuando mi carrera de p&#250;gil se vio truncada por una lesi&#243;n en una pierna. Por tanto, sab&#237;a un par de cosillas sobre el uso de una ganz&#250;a. Abr&#237; el pu&#241;o y observ&#233; el artilugio que la bella desconocida me hab&#237;a puesto en la mano, como si su peso pudiera decirme algo sobre su utilidad. No fue as&#237;, pero estaba decidido a que los esfuerzos de la dama no fueran en vano. Cierto, no ten&#237;a ni idea de qui&#233;n pod&#237;a ser o por qu&#233; hab&#237;a querido ayudarme, pero ya pensar&#237;a en eso cuando estuviera libre.

As&#237; pues, me puse a la tarea de hurgar en la cerradura de mis esposas. Con las mu&#241;ecas tan juntas no ten&#237;a la destreza de un ladr&#243;n de casas, pero tampoco tem&#237;a que me sorprendieran, as&#237; que, con cuidado y esmero, logr&#233; introducir la ganz&#250;a en la cerradura y tantear el mecanismo. Me tom&#243; cierto tiempo encontrar el muelle, y algo m&#225;s activarlo, pero consegu&#237; soltar el cierre en menos de un cuarto de hora. Qu&#233; glorioso era el sonido sordo de metal contra metal, &#161;la m&#250;sica de las cadenas sueltas! Mis manos estaban libres; tras frot&#225;rmelas disfrutando unos momentos de mi nueva libertad, empec&#233; a trabajar en los pies.

Aquello fue un poco m&#225;s dif&#237;cil, por el &#225;ngulo, porque en solo quince minutos la poca luz que entraba en la celda empez&#243; a apagarse y porque mis dedos hab&#237;an empezado a resentirse por la precisi&#243;n que requer&#237;a aquella labor. Pero no tard&#233; en quedar totalmente libre de mis cadenas.

Sin embargo, no ten&#237;a muchos motivos para alegrarme. Ahora pod&#237;a moverme libremente por la celda, pero no pod&#237;a ir a ninguna parte, y si descubr&#237;an que me hab&#237;a soltado, sin duda acabar&#237;a en una posici&#243;n mucho peor que al principio. Ten&#237;a que actuar deprisa. Mir&#233; a mi alrededor en aquella oscuridad creciente. La llegada de la noche ser&#237;a una ventaja, por supuesto, pues ocultar&#237;a mis acciones, pero acentu&#243; la sensaci&#243;n de melancol&#237;a.

&#191;Por qu&#233; hab&#237;a tenido que pasarme aquello? &#191;C&#243;mo era posible que me hubieran condenado a la horca por un crimen que no hab&#237;a cometido? Me sent&#233; y ocult&#233; el rostro entre las manos; estaba al borde de las l&#225;grimas, pero enseguida me reprend&#237; por ceder a la desesperaci&#243;n. Me hab&#237;a librado de las cadenas, ten&#237;a herramientas y ten&#237;a fuerza. Aquella prisi&#243;n, me dije con falsa determinaci&#243;n, no me retendr&#237;a mucho tiempo.

&#191;Qui&#233;n hace tanto ruido? -O&#237; que dec&#237;a una voz espesa y distorsionada a trav&#233;s de los muros.

Soy nuevo -dije.

Ya lo s&#233; que eres nuevo. Te o&#237; llegar, &#191;no? Te pregunto qui&#233;n eres, no si est&#225;s fresco. &#191;Acaso eres un pez? Cuando tu mam&#225; te pon&#237;a un pastel humeante delante le preguntabas si era de alcaravea o de ciruela, no cu&#225;ndo lo hab&#237;a hecho, &#191;verdad?

Me llamo Weaver -dije.

&#191;Y por qu&#233; te han tra&#237;do?

Por un asesinato en el que no he tenido nada que ver.

Ah, bueno, eso pasa siempre. Solo los inocentes acaban aqu&#237;. Nunca han condenado a alguien que haya hecho lo que dec&#237;an que hab&#237;a hecho. Excepto a m&#237;. Yo lo hice, y lo reconozco abiertamente porque soy un hombre honrado.

&#191;Y a ti por qu&#233; te han condenado?

Por negarme a vivir seg&#250;n las leyes de un extranjero usurpador, por eso. Ese falso rey que hay en el trono me quit&#243; el pan de la boca, eso hizo, y cuando trat&#233; de recuperarlo, van y me meten en la c&#225;rcel y me condenan a la horca.

&#191;Y c&#243;mo te quit&#243; el rey el pan de la boca? -pregunt&#233;, aunque lo cierto es que me interesaba bien poco.

Yo estaba en el ej&#233;rcito, al servicio de la reina Ana, pero cuando el alem&#225;n usurp&#243; el trono, consider&#243; que nuestra compa&#241;&#237;a era demasiado tory para su gusto y la disolvi&#243;. No conozco m&#225;s oficio que el de soldado, y no pod&#237;a imaginar otra forma de ganarme la vida. As&#237; que cuando dej&#233; de ser soldado, tuve que buscar otra cosa.

&#191;Que fue?

Salir a los caminos y robar a los que apoyan al de Hanover.

&#191;Y te asegurabas de robar solo a los que apoyan al rey Jorge?

El hombre ri&#243;.

Quiz&#225; no fui tan cuidadoso como debiera, pero reconozco el carruaje de un whig cuando lo veo. Y no es que no tratara de ganarme la vida de una forma m&#225;s honrada. Pero no hay trabajo; la gente muere de hambre en las calles. No ten&#237;a intenci&#243;n de dejar que me pasara a m&#237; tambi&#233;n. El caso es que me pillaron con un reloj robado en el bolsillo y ahora van a ahorcarme.

Es un delito peque&#241;o. Quiz&#225; se muestren indulgentes.

No conmigo. Comet&#237; el error de dejarme atrapar en una peque&#241;a taberna en la que sirven ginebra, y el polic&#237;a que me detuvo me oy&#243; brindar por el verdadero rey antes de llevarme preso.

No fue un gesto muy prudente.

Adem&#225;s, la taberna se llamaba la Rosa Blanca.

Todo el mundo sab&#237;a que la rosa blanca era el s&#237;mbolo de los jacobitas. Era el peor lugar donde te pod&#237;an arrestar, pero los hombres que violan la ley con frecuencia act&#250;an de forma absurda.

Yo sab&#237;a que el apoyo al Pretendiente era algo habitual entre los ladrones y los pobres Muchas veces hab&#237;a estado en compa&#241;&#237;a de hombres de baja estofa que levantaban alegremente una copa llena en honor al hijo del rey depuesto pero tales brindis no pod&#237;an tomarse muy en serio. Individuos como aquel, que hab&#237;an perdido su posici&#243;n en el ej&#233;rcito, con frecuencia se dedicaban a robar en los caminos y al contrabando, o se incorporaban a bandas de otros ladrones jacobitas que justificaban sus actos diciendo que eran justicia revolucionaria.

Mientras escribo esto, muchos a&#241;os despu&#233;s de los sucesos que narro, s&#233; que algunos lectores quiz&#225; sean demasiado j&#243;venes para recordar la rebeli&#243;n del cuarenta y cinco, cuando el nieto del monarca expulsado estuvo a punto de marchar sobre Londres. Ahora la amenaza de los jacobitas no da m&#225;s miedo que la del coco o la del hombre del saco, pero mis j&#243;venes lectores deben saber que, en los d&#237;as sobre los que estoy escribiendo, el Pretendiente era mucho m&#225;s que un cuento para asustar a los cr&#237;os. Hab&#237;a lanzado una osada invasi&#243;n en 1715, y desde entonces se hab&#237;an urdido numerosos planes para devolverlo al trono o incitar una rebeli&#243;n contra el rey. Cuando yo entr&#233; en prisi&#243;n, se acercaban unas elecciones generales, las primeras desde que Jorge I hab&#237;a accedido al trono, y la opini&#243;n general era que las elecciones aclarar&#237;an hasta qu&#233; punto los ingleses amaban u odiaban a su monarca alem&#225;n. Por tanto, nos parec&#237;a muy probable que en cualquier momento hubiera una invasi&#243;n en la que el Pretendiente tomara las armas para reclamar el trono de su padre.

Por primera vez en siete a&#241;os, los jacobitas, los seguidores del hijo del depuesto Jacobo II, ve&#237;an una ocasi&#243;n inmejorable para recuperar el trono para su se&#241;or. La indignaci&#243;n hacia el ministerio y, menos abiertamente, hacia el rey, hab&#237;a ido en aumento desde el colapso de la South Sea en oto&#241;o de 1720. Y con la ca&#237;da de la compa&#241;&#237;a cayeron los incontables proyectos que hab&#237;an arraigado en el terreno aparentemente f&#233;rtil de hinchar los precios en la Bolsa. En un instante, no solo se hundi&#243; una compa&#241;&#237;a, sino un ej&#233;rcito entero de compa&#241;&#237;as.

Mientras la ruina financiera se extend&#237;a en nuestro pa&#237;s, mientras los disturbios a causa de la escasez de alimentos y los bajos salarios prend&#237;an como la hierba en tiempo de sequ&#237;a, mientras hombres de fortuna perd&#237;an sus riquezas en un soplo, el descontento contra el gobierno de nuestro rey extranjero no dejaba de aumentar. M&#225;s adelante se dijo que en los meses que siguieron al esc&#225;ndalo de la South Sea, el Pretendiente podr&#237;a haber entrado en Londres sin ej&#233;rcito y haber sido coronado sin necesidad de que se derramara una gota de sangre. Ignoro si hubiera podido ocurrir as&#237;, pero puedo asegurar a mis lectores que jam&#225;s he visto un odio tan explosivo hacia el gobierno como el de aquellos tiempos. &#193;vidos parlamentarios se apresuraban a proteger a los responsables de la South Sea -para proteger los beneficios que ellos mismos hab&#237;an logrado con el fraude de la empresa-, y la chusma estaba cada vez m&#225;s indignada y enfervorecida. En el verano de 1721, una multitud se concentr&#243; ante el Parlamento para exigir justicia, una masa desordenada que no se dispers&#243; hasta que se ley&#243; tres veces el acta contra disturbios. Con las elecciones a la vuelta de la esquina, los whigs, que controlaban el ministerio, se dieron cuenta de que estaban perdiendo el control sobre el gobierno; la opini&#243;n general era que si los tories recuperaban la mayor&#237;a el rey Jorge no ser&#237;a nuestro monarca por mucho tiempo.

Escribo ahora con un conocimiento de la pol&#237;tica que no pose&#237;a entonces, aunque sab&#237;a lo suficiente del descontento del pueblo hacia el rey y sus ministros whigs para entender por qu&#233; sus inclinaciones pol&#237;ticas hab&#237;an resultado tan perjudiciales a aquel ladr&#243;n. Los ladrones, los contrabandistas y los hombres que hab&#237;an ca&#237;do en la pobreza tend&#237;an a inclinarse hacia la causa de los jacobitas, a quienes ve&#237;an como unos parias tan osados como ellos. Tras el esc&#225;ndalo de la South Sea hab&#237;a m&#225;s hombres que nunca luchando por ganarse el pan, y el n&#250;mero de ladrones y bandoleros aument&#243; enormemente.

Es muy duro -le dije- que un hombre sea ahorcado por decir lo que los hombres siempre han dicho.

Yo tambi&#233;n lo pienso. Yo no he matado a nadie, como t&#250;.

Yo tampoco he matado a nadie -repuse-. O al menos no a la persona de cuyo asesinato se me acusa.

Al o&#237;r esto el hombre ri&#243;.

Mi nombre es Nate Lowth. &#191;C&#243;mo has dicho que te llamas?

En ese momento me puse en pie. Con tanta ch&#225;chara, el tal Lowth me ayud&#243; a encontrar el empuje que necesitaba para moverme. Me acerqu&#233; a las ventanas que daban al corredor. Ten&#237;an barrotes, por supuesto. Examin&#233; cada uno de ellos para ver si alguno estaba suelto.

Weaver -dije-. Benjamin Weaver.

&#161;Que me aspen! -exclam&#243; &#233;l-. Benjamin Weaver, el luchador, en la celda de al lado. &#161;Qu&#233; suerte m&#225;s negra la m&#237;a!

&#191;Por qu&#233;?

Pues porque el d&#237;a de los ahorcamientos, que es cuando un hombre podr&#237;a disfrutar de su minuto de gloria, nadie dar&#225; una higa por el pobre Nate Lowth. Todos ir&#225;n a ver c&#243;mo ahorcan a Weaver. Yo solo ser&#233; un peque&#241;o refrigerio para que vayan abriendo boca.

No tengo intenci&#243;n de hacerme notar -le dije.

Aprecio tu gesto de compa&#241;erismo, pero no es algo que est&#233; en tus manos. Habr&#225;n o&#237;do la noticia, y ser&#225; tu muerte la que querr&#225;n ver.

Ninguno de los barrotes estaba tan flojo como hubiera querido, as&#237; que cog&#237; la lima que me hab&#237;a dado la mujer y volv&#237; a examinar el metal que me cerraba el paso. Los barrotes eran demasiado gruesos. Serrarlos me hubiera tomado al menos toda la noche, no ten&#237;a intenci&#243;n de estar en aquella celda cuando el sol saliera. As&#237; que me puse a arrancar la piedra que rodeaba la base de los barrotes. La lima era lo bastante fuerte para no doblarse ni partirse. Utilic&#233; una s&#225;bana para amortiguar el ruido lo mejor que pude, pero el fr&#237;o sonido del metal contra la piedra segu&#237;a resonado por el corredor.

&#191;Qu&#233; es ese ruido? -pregunt&#243; Nate Lowth.

No s&#233; -le dije entre golpe y golpe-. Yo tambi&#233;n lo oigo.

Pagano mentiroso. Est&#225;s intentando escaparte, &#191;a que s&#237;?

Por supuesto que no. Por encima de todo yo respeto la ley. Mi deber es dejar que me cuelguen si as&#237; lo dicta. -Ya hab&#237;a despejado unos tres cent&#237;metros de piedra en la base de uno de los barrotes; estaba bastante suelto, aunque todav&#237;a no sab&#237;a si se adentraba mucho en la piedra ni cu&#225;nto tiempo tendr&#237;a que prolongarse mi labor.

No tienes que preocuparte por m&#237; -dijo-. No dar&#233; la voz de alarma. Te lo he dicho personalmente, preferir&#237;a que no estuvieras el d&#237;a de los ahorcamientos.

Bueno, espero estar ausente, pero no es probable.

Ahora entiendo qu&#233; eran esos ruidos.

Puedes creer lo que quieras -le dije-. No me importa en absoluto.

No te pongas antip&#225;tico. Solo trato de darte conversaci&#243;n.

Di un buen tir&#243;n al barrote y la piedra de la base empez&#243; a agrietarse. Volv&#237; a tirar e hice girar el barrote con un movimiento circular, ensanchando la zona donde encajaba en la base. Una lluvia de polvo cay&#243; de la parte de arriba, y se peg&#243; a mis manos, que estaban pegajosas por el sudor. Me las limpi&#233; en los pantalones y me puse de nuevo con los barrotes.

&#191;Sigues ah&#237; o ya te has ido, Weaver?

Sigo aqu&#237; -dije, gimiendo mientras hablaba-. &#191;Ad&#243;nde quieres que vaya? -Di un fuerte tir&#243;n al barrote y la piedra de la base se agriet&#243; ligeramente. Uno o dos tirones m&#225;s y estar&#237;a libre.

&#191;Puedes mandarme algo bueno cuando salgas? Vino y unas ostras.

Estoy aqu&#237;, ya te lo he dicho.

Bueno, pues digamos que si por casualidad salieras, me gustar&#237;a que me mandaras algo. Despu&#233;s de todo, no he llamado a los guardas, como har&#237;an muchos por despecho. Ni te estoy amenazando. Solo digo que soy un buen amigo.

Si por casualidad salgo fuera de estos muros, te mandar&#233; vino y ostias.

Y una ramera -dijo.

Y una ramera. -Otro tir&#243;n. M&#225;s piedrecillas.

Una ramera muy voluntariosa, si no te importa.

Me asegurar&#233; de examinar a las candidatas con atenci&#243;n -dije-. Solo la m&#225;s entusiasta conseguir&#225; mi aprobaci&#243;n. -Contuve la respiraci&#243;n y tir&#233; con todas mis fuerzas. La piedra de la base se resquebraj&#243; totalmente y pude soltar el barrote. Tendr&#237;a unos sesenta cent&#237;metros de largo; sab&#237;a muy bien para qu&#233; lo iba a utilizar.

Fingir&#233; que no he o&#237;do nada -dijo Nate Lowth.

Camin&#233; hasta la chimenea y la examin&#233;. Era estrecha, pero parec&#237;a manejable.

Ahora voy a dormir -le grit&#233; a Lowth-. No m&#225;s conversaci&#243;n, por favor.

Que duermas bien, amigo -me dijo-. Y no te olvides de mi ramera.

Me inclin&#233; y me met&#237; en la chimenea. Dentro hac&#237;a fr&#237;o, y faltaba el aire; no tard&#233; en notar que mis pulmones se llenaban de holl&#237;n. Volv&#237; a salir y, ayud&#225;ndome con la lima, desgarr&#233; un trozo de s&#225;bana de la cama, me lo sujet&#233; sobre la nariz y la boca y entr&#233; de nuevo en la chimenea.

Cuando palp&#233; el interior con las manos, encontr&#233; un reborde lo suficientemente ancho para sujetarme y permitirme impulsarme ligeramente hacia arriba. No m&#225;s de cincuenta o sesenta cent&#237;metros, pero algo es algo. El interior de aquella chimenea era m&#225;s estrecho de lo que hab&#237;a pensado, y desplazarse requer&#237;a una interminable cantidad de tiempo. En aquellos momentos ten&#237;a los brazos levantados; sujetaba con uno de ellos el barrote, pero no ten&#237;a suficiente espacio para bajarlos. Sent&#237;a la presi&#243;n de la piedra contra mi pecho, y el borde irregular de un saliente que traspas&#243; la ropa y la piel. El pedazo de s&#225;bana que me hab&#237;a colocado sobre la nariz y la boca me asfixiaba.

&#191;Y si no puedo salir?, pens&#233;. Por la ma&#241;ana vendr&#225;n y pensar&#225;n que me he fugado; mientras, mi cuerpo empezar&#225; a pudrirse atrapado en la chimenea.

Sacud&#237; la cabeza, en parte para ahuyentar aquel pensamiento, y en parte para hacer caer la mordaza. Mejor respirar polvo que no respirar nada, pens&#233;. El peque&#241;o nudo que hab&#237;a hecho no tard&#243; en aflojarse, pero enseguida me arrepent&#237;, porque en cuanto la mordaza se cay&#243;, la boca y la garganta se me llenaron de polvo y not&#233; que respiraba peor que antes. Tos&#237; con tanta violencia que pens&#233; que iba a vomitar los pulmones; el sonido reson&#243; por el conducto de la chimenea y sin duda tambi&#233;n por la prisi&#243;n.

Aun as&#237;, no ten&#237;a m&#225;s remedio que seguir. Tante&#233; la pared con la mano; encontr&#233; otro saliente y me impuls&#233; otros cincuenta o sesenta cent&#237;metros m&#225;s. Mi sudor se mezclaba con el holl&#237;n y hab&#237;a formado un fango repugnante que me cubr&#237;a las manos y el rostro y me taponaba la nariz. Un peque&#241;o grumo se hab&#237;a instalado cerca de una de las fosas nasales, y comet&#237; el error de tratar de quitarlo restregando la nariz contra la pared. Con esto lo &#250;nico que consegu&#237; fue que me entrara m&#225;s porquer&#237;a en la nariz. No pod&#237;a respirar.

No puedo hacerlo, pens&#233; cuando una piedra me cay&#243; contra el pecho. Al menos no ahora. Mejor ser&#225; que vuelva atr&#225;s, me asee como pueda y me plantee la huida de otra forma. Pero cuando trat&#233; de bajar, me di cuenta de que no pod&#237;a. No ten&#237;a donde ejercer presi&#243;n para impulsarme hacia abajo. Cortantes fragmentos de ladrillo parec&#237;an materializarse debajo de m&#237; y me laceraban brazos y piernas. No pod&#237;a ver el motivo, ni volver la cabeza para escudri&#241;ar el camino. No ten&#237;a m&#225;s remedio que seguir avanzando, pero cuando tante&#233; con la mano, me di cuenta de que tampoco pod&#237;a subir. Encontr&#233; un saliente, pero no pude impulsarme.

Estaba realmente atascado.

El p&#225;nico empez&#243; a dominarme. Remolinos de terror bailaban ante mis ojos como fuegos de artificio. Aquel era mi espantoso destino, m&#225;s espantoso que el que la justicia de su majestad quer&#237;a para m&#237; el d&#237;a de los ahorcamientos. Me retorc&#237;, empuj&#233; y tir&#233;, pero &#250;nicamente lograba moverme dos o tres cent&#237;metros.

No me qued&#243; m&#225;s remedio que utilizar el barrote de metal. Har&#237;a mucho m&#225;s ruido de lo que me conven&#237;a, pero no estaba dispuesto a quedarme esperando el rescate de mi carcelero. Con el escaso espacio que ten&#237;a, empec&#233; a golpear la pared de la chimenea. Mi mano estaba por encima de mi cabeza, as&#237; que una lluvia de polvo y piedras me cay&#243; en la cara. Me gir&#233; cuanto pude y volv&#237; a golpear. Y otra vez.

&#191;Estuve dando golpes cinco minutos, una hora, dos horas? No sabr&#237;a decirlo. Me mov&#237;a perdido en un frenes&#237; de p&#225;nico. Golpe&#233; la pared con la barra de hierro, una y otra vez. Tos&#237;a holl&#237;n, fango y polvo de ladrillo. Cerr&#233; los ojos con fuerza, golpe&#233; con el pu&#241;o y not&#233; que la barra vibraba en mi mano. Rec&#233; para que no se me cayera.

Por fin, not&#233; el aliento del aire fresco; cuando me atrev&#237; a abrir los ojos, vi que hab&#237;a hecho un peque&#241;o agujero, del tama&#241;o de una manzana, aunque ser&#237;a suficiente. El aire ol&#237;a a estancado, pero a m&#237; me pareci&#243; el aroma m&#225;s delicioso del mundo, porque cre&#237; que ya no volver&#237;a a respirar; golpe&#233; con m&#225;s energ&#237;a.

No tard&#233; en tener un agujero lo bastante grande para meterme por &#233;l, aunque lo hice muy despacio, pues la habitaci&#243;n donde iba a entrar estaba tan negra como la chimenea. Cuando sal&#237; de mi agujero, descubr&#237; que solo estaba a unos treinta cent&#237;metros por encima del suelo. De haber golpeado con la barra de hierro un poco m&#225;s abajo no hubiera podido escapar.

Newgate es una vieja prisi&#243;n, con muchas secciones en desuso. Evidentemente, aquella era una de ellas. La estancia era bastante grande, como tres veces mi celda tal vez, y hab&#237;a grandes montones de mobiliario roto que en algunos lugares casi llegaban al techo. Bajo mis pies notaba desechos que hac&#237;a ya mucho se hab&#237;an convertido pr&#225;cticamente en polvo. Cada movimiento tra&#237;a a mis ojos, mi boca y mi nariz una nueva mara&#241;a de telara&#241;as.

Tras unos momentos, mis ojos se adaptaron a la oscuridad y vi que aquella habitaci&#243;n sin ventanas ten&#237;a una puerta con un candado que dio muy poco trabajo a mi querida barra de metal. Sal&#237; a otra habitaci&#243;n y, aunque ten&#237;a barrotes en el otro extremo, despu&#233;s de examinarla unos minutos, descubr&#237; una escalera que sub&#237;a.

En la planta de arriba, mi huida se vio frenada por m&#225;s barrotes. Cuando pas&#233; por la puerta me encontr&#233; con otro tramo de escalera. As&#237; que sub&#237;, volv&#237; a subir. No pod&#237;a alegrarme de estar alej&#225;ndome tanto del nivel de la calle, pero al menos tambi&#233;n estaba alej&#225;ndome de mi celda.

Finalmente, me encontr&#233; en una gran estancia, oscura y abandonada. Sin embargo, pude ver una luz a lo lejos y, tras avanzar con tiento hacia ella, me encontr&#233; una ventana con barrotes. Normalmente, aquello hubiera hecho desesperar a cualquiera, pero hab&#237;a llegado tan lejos que, para m&#237;, una ventana con barrotes no era distinta de una sin ellos tras la que hubiera una bella jovencita para ayudarme a pasar. Los barrotes eran viejos y estaban muy oxidados, as&#237; que en una hora ya los hab&#237;a roto y pude deslizarme entre ellos y salir al tejado de un edificio vecino.

Ca&#237;a una lluvia fr&#237;a, casi helada, y me estremec&#237; en la oscuridad mientras el agua g&#233;lida se encharcaba en torno a mis pies. Pero fue agradable que el agua limpiara el fango de mi cuerpo. Levant&#233; la mirada hacia la oscura masa de nubes y dej&#233; que el agua se llevara el holl&#237;n de mi piel y liberara mis narices del hedor de la prisi&#243;n.

S&#237;, mi cuerpo era libre. Pero no pod&#237;a bajar hasta la calle. Tras recorrer varias veces el tejado, descubr&#237; que no hab&#237;a forma de bajar, y si saltaba desde tan gran altura no era probable que sobreviviera como poco me habr&#237;a roto las piernas. Hab&#237;a logrado escapar de la fortaleza, pero no hab&#237;a manera de salvar aquellos tres pisos de forma segura.

Sab&#237;a que no deb&#237;a demorarme mucho tiempo. Si se descubr&#237;a mi ausencia mientras estaba en el tejado, me capturar&#237;an sin esfuerzo. As&#237; que llegu&#233; a una conclusi&#243;n muy poco ortodoxa. Aunque por naturaleza soy una persona pudorosa, me quit&#233; todas mis ropas y con ellas hice una cuerda. Las sujet&#233; a un clavo que sobresal&#237;a del tejado y me descolgu&#233; por ella hasta quedar a unos dos metros sobre la calle. Salt&#233; y ca&#237; sobre los pies (a&#250;n llevaba los zapatos); not&#233; el g&#233;lido aguij&#243;n de la nieve. Me dol&#237;a terriblemente la pierna izquierda, que me hab&#237;a roto en mis tiempos de luchador, pero por lo dem&#225;s estaba ileso, y era totalmente libre.

As&#237; pues, ech&#233; a andar cojeando y desnudo en la fr&#237;a noche londinense.



4

S&#233; que es una descortes&#237;a dejar al lector en suspenso mientras recorro las calles de Londres desnudo, muerto de fr&#237;o y acosado por las fuerzas de la ley, pero una vez m&#225;s debo volver atr&#225;s si deseo que el lector comprenda exactamente c&#243;mo fue que me encontr&#233; en un juicio por la muerte de Yate.

Mi intenci&#243;n era valerme del obsequioso John Littleton, el estibador a quien Ufford me hab&#237;a presentado para que me ayudara, pero antes de seguir tan valiosa pista, decid&#237; investigar por mi cuenta. Littleton hab&#237;a mencionado al se&#241;or Dennis Dogmill, el comerciante de tabaco cuya avaricia le hab&#237;a llevado a manipular a los estibadores y dividirlos en bandas rivales. Si Ufford utilizaba sus sermones para hablar en favor de los estibadores y trataba de provocar disturbios, lo m&#225;s l&#243;gico era que Dogmill lo supiera. No cre&#237;a que &#233;l hubiera escrito aquella nota, pero intu&#237;a que, o bien ten&#237;a algo que ver en aquella extorsi&#243;n, o se hab&#237;a propuesto averiguar qui&#233;n lo hab&#237;a hecho para poder defender su inocencia.

En mis andanzas por la ciudad, yo hab&#237;a descubierto que los comerciantes de tabaco frecuentaban el caf&#233; de Moore, cerca de los muelles, y, dado que en el pasado hab&#237;a hecho ciertos trabajos para el se&#241;or Moore, supuse que podr&#237;a contar con su ayuda en este asunto. Le mand&#233; una nota preguntando si Dogmill frecuentaba su local. &#201;l contest&#243; casi enseguida: s&#237;, ciertamente Dogmill ten&#237;a por costumbre visitar su negocio, aunque &#250;ltimamente se le ve&#237;a menos por all&#237; porque era el representante del candidato whig para Westminster. Sin embargo, esa tarde Dogmill ir&#237;a para reunirse con unos socios.

As&#237; pues, fui al caf&#233; de Moore y me acerqu&#233; al propietario, que era muy joven para ser due&#241;o de nada y hab&#237;a heredado el negocio de su padre har&#237;a unos dos a&#241;os. No tendr&#237;a m&#225;s de veintitr&#233;s o veinticuatro; sin embargo, ten&#237;a una perspicacia para el negocio poco com&#250;n a sus a&#241;os, y sab&#237;a supeditar siempre sus deseos a los de sus clientes. Abr&#237;a temprano y cerraba tarde, limpiaba las espitas con sus propias manos y supervisaba la preparaci&#243;n del caf&#233;, la adquisici&#243;n de la cerveza o la preparaci&#243;n de las pastas. Aunque vest&#237;a un traje oscuro de buena calidad, propio de un pr&#243;spero comerciante, sus ropas estaban arrugadas y manchadas, y su rostro se ve&#237;a cubierto de sudor.

Buenos d&#237;as, se&#241;or Weaver -dijo, cogiendo mi mano con cordialidad-. Siempre es un placer ayudaros despu&#233;s de todo lo que hab&#233;is hecho por m&#237;.

Todo lo que yo hab&#237;a hecho por &#233;l era encontrar a la gente que le deb&#237;a dinero y obligarles a pagar qued&#225;ndome un generoso porcentaje. Yo no lo ve&#237;a como un favor, sino como un negocio, pero no ten&#237;a intenci&#243;n de explic&#225;rselo a Moore.

S&#233; que est&#225;is muy ocupado, as&#237; que, si quer&#233;is se&#241;alarme al sujeto, dejar&#233; que sig&#225;is con vuestros asuntos.

Es aquel. -Moore apunt&#243; su dedo hacia un hombre enorme sentado de espaldas a m&#237;-. El grandull&#243;n.

Describir a aquel hombre como el grandull&#243;n era como llamar a Fleet Ditch la apestosa. [*: #_ftnref3 Fleet Ditch era una zona de Londres en la que se tiraba todo tipo de basuras. Sigue existiendo, pero ha pasado a formar parte del alcantarillado de la ciudad. (N. de la T.)] Era una mole e, incluso de espaldas, me di cuenta de que toda aquella carne era m&#225;s m&#250;sculo que grasa. Sus brazos y su espalda eran tan anchos que la tela de la chaqueta le quedaba muy tensa. Ten&#237;a el cuello grueso como mi muslo.

Debo recordar al lector que hab&#237;a pasado unos a&#241;os gan&#225;ndome la vida como pugilista, luchando para comer. En los tiempos sobre los que escribo, ya me hab&#237;a retirado del combate, pero no era un hombre menudo. Sin embargo aquel tipo hizo que me sintiera enclenque y escuchimizado. Estaba sentado solo, inclinado sobre unos papeles, y aferraba su pluma con tanta fuerza que parec&#237;a que quer&#237;a partirla.

Yo permanec&#237; en pie unos instantes, esperando que reparara en m&#237;, pero como vi que no lo hac&#237;a, carraspe&#233;.

Perdonad que os moleste, se&#241;or Dogmill. Mi nombre es Benjamin Weaver y me preguntaba si podr&#237;a hablar con vos en relaci&#243;n a cierto asunto sobre los estibadores de los muelles de Wapping.

Dogmill dej&#243; de escribir y levant&#243; ligeramente la cabeza, aunque no me mir&#243;. Ten&#237;a el rostro ancho y redondo. El mismo rostro que hab&#237;a visto en muchos hombres que consiguen una fuerza extraordinaria mediante el ejercicio y por tanto necesitan una cantidad ingente de comida para saciarse. Pero, aunque sus cuerpos se ven recios, sus rostros suelen ser blandos y regordetes.

No supe c&#243;mo interpretar su r&#237;gido silencio, as&#237; que decid&#237; lanzarme.

El se&#241;or Ufford, un cura, ha solicitado mis servicios porque ha recibido una serie de amenazas por sus palabras a favor de mejorar las condiciones de los estibadores de Wapping. Dado que cierto n&#250;mero de estos hombres est&#225;n a vuestro servicio, he pensado que tal vez sabr&#237;ais algo del asunto.

Sin cruzar sus ojos con los m&#237;os ni por un momento, Dogmill se dio la vuelta.

&#161;Moore! -llam&#243;, como un amo que desea reprender a un siervo.

El propietario del local, que en ese momento estaba sacando lustre a unos platos, dej&#243; el trapo y el vaso enseguida y acudi&#243; a toda prisa.

S&#237;, se&#241;or Dogmill.

Aqu&#237; hay un necio que me molesta. -Y puso una moneda en la mano de Moore-. &#201;chalo a la calle y ens&#233;&#241;ale a no ser tan impertinente con sus superiores.

Dogmill volvi&#243; a sus papeles. Moore se qued&#243; con la moneda en la mano un momento, como si fuera una hermosa mariposa que no sab&#237;a si aplastar o espantar. Al cabo, cerr&#243; la mano y me aferr&#243; del brazo.

Vamos -dijo, y me llev&#243; a rastras.

Ah, Moore -dijo Dogmill, sin levantar la vista-. Por favor, expl&#237;cale a ese individuo que si vuelve a dirigirse a m&#237;, saltar&#233; sobre sus manos hasta que est&#233;n tan destrozadas que no tengan salvaci&#243;n. Aseg&#250;rate de que lo entiende.

Moore, viendo que el discurso hab&#237;a terminado, volvi&#243; a tirar de m&#237;. Tuve el impulso de decirle a Dogmill que pod&#237;a intentar aquello cuando quisiera, pero me contuve. Hablar no hubiera servido de nada, y no quer&#237;a poner a Moore en un compromiso. &#201;l solo quer&#237;a guardar las apariencias ante su cliente y, tras considerar el riesgo de contrariarme a m&#237; o contrariar a Dogmill, sin duda tom&#243; la decisi&#243;n adecuada. Pod&#237;a disculparse ante m&#237; sabiendo que yo no se lo tendr&#237;a en cuenta. Me pareci&#243; que Dogmill no era de esa clase de hombres con los que conviene equivocarse.

Una vez salimos, repar&#233; en el rostro enrojecido de Moore.

Lo siento de verdad, se&#241;or Weaver, pero no ten&#237;a ni idea de que le ibais a gustar tan poco. Cuando al se&#241;or Dogmill no le gusta alguien, puede ser muy desagradable.

Por lo de saltar encima de mis manos y eso.

No es broma, os lo juro. Una vez lo hizo con un agiotista que le hab&#237;a enga&#241;ado. Ahora el tipo no puede ni coger una pluma. Y no siempre reserva su mal genio para quienes le atacan deliberadamente. Una vez le vi darle un pu&#241;etazo a una puta por toquetear sus pantalones aunque &#233;l le hab&#237;a dicho que lo dejara en paz. En toda la cara; ya hab&#233;is visto esas manos que tiene. Pobre zorra. Muri&#243;, &#191;sab&#233;is?

Entonces supongo que puedo considerarme afortunado.

El otro neg&#243; con la cabeza.

Ojal&#225; me hubierais dicho que quer&#237;ais hablarle de un asunto que no iba a gustarle. Os hubiera aconsejado que no perdierais el tiempo o, cuando menos, que lo hicierais en el caf&#233; de otro. Dogmill es monstruoso y brutal, pero paga sus deudas puntualmente, y trae clientes.

Entiendo. Entonces ya buscar&#233; otro momento para hablar con &#233;l.

Moore me tendi&#243; la moneda.

No puedo quedarme esto con la conciencia tranquila.

Me re&#237;.

Os lo hab&#233;is ganado. No me quedar&#233; con vuestro dinero.

&#191;Est&#225;is seguro?

Por favor, Moore. Hab&#233;is hecho lo que hab&#233;is podido por servirme.

El hombre asinti&#243; con el gesto y entonces se acerc&#243; a un charco de fango y porquer&#237;a que hab&#237;a all&#237; mismo, se acuclill&#243; y se embadurn&#243; bien. Se puso en pie y se volvi&#243; hacia m&#237; con una sonrisa, con las ropas manchadas y el rostro sucio y asqueroso.

No creo ni que haya o&#237;do vuestro nombre ni que os haya mirado a la cara, pero si lo ha hecho, no puedo esperar que crea que he hecho desaparecer a Benjamin Weaver sin que se me note desmejorado. Buenos d&#237;as teng&#225;is, se&#241;or.


No hab&#237;a terminado con Dogmill, desde luego, pero decid&#237; utilizar m&#233;todos m&#225;s sutiles mientras consideraba c&#243;mo reiniciar mis intentos con el comerciante. As&#237; que fui a reunirme con John Littleton. Aunque siempre he preferido la ropa sencilla, reconozco que me gustan las telas de calidad y el buen trabajo de un sastre, pero antes de que fu&#233;ramos en busca de Greenbill Billy, Littleton observ&#243; que mis ropas destacar&#237;an demasiado en los muelles. As&#237; pues, me puse unos pantalones viejos, una camisa manchada y una vieja chaqueta de lana. Ocult&#233; mi pelo bajo un viejo sombrero, ancho de ala y de copa, y hasta me apliqu&#233; un poco de pintura para oscurecer una tez que, para los est&#225;ndares de los brit&#225;nicos, ya era m&#225;s bien oscura. Al mirarme en el espejo, me felicit&#233; porque casi no me reconoc&#237;a: era la viva imagen de un marinero de Wapping.

Quedamos en que me reunir&#237;a con Littleton en su casa, una decr&#233;pita habitaci&#243;n que ten&#237;a alquilada en Bostwick Street, y desde all&#237; fuimos andando hasta El Ganso y la Rueda. Yo solo lo hab&#237;a visto en la mesa de la casa de Ufford, as&#237; que cuando se reuni&#243; conmigo en la puerta, me sorprendi&#243; ver que era m&#225;s alto de lo que pensaba, y m&#225;s ancho de hombros. Me hab&#237;a parecido un tipo endeble en sus &#250;ltimos a&#241;os de vida, pero ahora lo vi m&#225;s curtido, uno de esos tipos duros que se aferran tenazmente a su juventud.

No me entusiasma la idea de hacer esto -dijo Littleton mientras nos abr&#237;amos paso entre los mendigos y borrachos que estaban sentados al fresco. Un hombre pas&#243; dando empujones, vend&#237;a un pastel de carne reci&#233;n hecho que humeaba desaforadamente en la fr&#237;a tarde.

Littleton iba con los hombros muy tiesos y los levantaba hacia los o&#237;dos como si estuviera encogido.

S&#233; que soy yo quien lo ha propuesto, pero El Ganso y la Rueda es territorio de Greenbill, si alguno de sus matones me reconoce, no les va a gustar nada. Voy a salir muy malparado.

No es necesario que entr&#233;is -dije-. Me hab&#233;is sido de tanta ayuda como el se&#241;or Ufford hubiera podido desear. Me hab&#233;is indicado la direcci&#243;n que cre&#233;is adecuada; a partir de aqu&#237; puedo seguir yo solo.

El hombre puso cara de ni&#241;o petulante.

Ir&#233;. No quiero dejaros solo ah&#237; dentro. Pero he estado pensando. Le hab&#233;is pedido cinco libras al cura. Eso es mucho arroz para un pollo, y para un hombre solo. Y si lo piensa uno, lo &#250;nico que hab&#233;is hecho para ganar esa pasta es preguntarme a m&#237; y dejar que le lleve en la direcci&#243;n adecuada. Un chel&#237;n aqu&#237; y otro all&#225; no est&#225; mal, pero ya que soy vuestro amigo, &#191;no cre&#233;is que lo justo ser&#237;a darme la mitad de lo que vais a ganar?

Creo que deber&#237;ais estar m&#225;s que contento con lo que os han dado y os han prometido.

Y lo estoy -dijo el otro, y sonri&#243; para demostrarlo-. Solo que ser&#237;a m&#225;s feliz si me dieran lo que es justo.

&#191;C&#243;mo pod&#233;is saber lo que es justo hasta que el asunto est&#233; resuelto?

Bueno, si todo sale bien, creo que deber&#237;ais darme dos libras y media. Eso es todo.

Digamos que hablo con Greenbill y decido que es nuestro hombre. &#191;Qu&#233; debo hacer entonces? &#191;C&#243;mo vais a ganaros vuestras dos libras y media?

Littleton dej&#243; escapar una risa despectiva para disimular su confusi&#243;n.

Ya veremos.

En aquel momento, pasamos ante un callej&#243;n a oscuras. Yo me gir&#233; hacia &#233;l, lo agarr&#233; y lo arrastr&#233; al interior del callej&#243;n. Cuando el hombre dio un traspi&#233;, aprovech&#233; para sacar una pistola de mi bolsillo y le apunt&#233;, apenas a cinco cent&#237;metros de la cara.

Se me paga por lo que hago porque, si es necesario, no vacilar&#233; en descargar mi plomo en el cuerpo de Greenbill. Quiz&#225; tenga qu&#233; estrangularlo, o destrozarle los pies, o ponerle la mano en el fuego. &#191;Har&#233;is vos esas cosas, se&#241;or Littleton?

Para mi sorpresa, no pareci&#243; asustado ni horrorizado, solo algo desconcertado.

Se&#241;or Weaver, debo decir que sab&#233;is haceros entender. Me quedar&#233; con mi chel&#237;n y muy contento de no tener que poner a nadie a asar.

Devolv&#237; la pistola a mi bolsillo y seguimos caminando. Littleton pareci&#243; olvidar instant&#225;neamente nuestro peque&#241;o intercambio. Era como un perro que un cuarto de hora despu&#233;s de recibir un palo de su amo se echa satisfecho a sus pies.

Si quer&#233;is mi opini&#243;n, Ufford se ha buscado esto -me dijo-. Con el cuento ese de la pol&#237;tica y dem&#225;s.

Not&#233; que me pon&#237;a tenso.

&#191;Y qu&#233; tiene que ver la pol&#237;tica en esto?

No creer&#233;is que de repente se ha interesado por el bienestar de los pobres porque s&#237;, &#191;no? Las elecciones est&#225;n cerca, y &#233;l hace lo que puede por los tories.

Aquello era nuevo. Yo pensaba que se trataba solamente de un cura de buen coraz&#243;n que estaba metiendo las narices donde no deb&#237;a. Sin embargo, si los problemas de Ufford ten&#237;an relaci&#243;n con las elecciones, las cosas seguramente eran m&#225;s complicadas de lo que hab&#237;a imaginado.

Explicadme la relaci&#243;n que hay entre los estibadores y las elecciones -dije. Yo sab&#237;a muy poco de tales asuntos; &#250;nicamente que los whigs eran el partido de los nuevos ricos, hombres sin t&#237;tulos ni historia, y que no quer&#237;an que la Iglesia o la Corona les gobernaran. Los tories eran el partido de las antiguas familias y los tradicionalistas, los que quer&#237;an que la Iglesia recuperara su antigua fuerza, que el poder de la Corona se reforzara y que el Parlamento se debilitara. Los tories dec&#237;an querer destruir la corrupci&#243;n de los nuevos ricos, pero muchos cre&#237;an que lo que en realidad quer&#237;an era que los nuevos ricos desaparecieran para que su dinero pudiera volver a las familias m&#225;s antiguas. Yo tend&#237;a a confundir los partidos hasta que mi buen amigo Elias me explic&#243;, con su cinismo habitual, que los whigs eran unos gusanos y los tories unos tiranos.

Sin embargo, me sorprend&#237;a el apoyo que encontraban los tories entre los pobres y los descontentos. Puede que los whigs ofrecieran al trabajador el sue&#241;o de prosperar. Los whigs hab&#237;an luchado por eliminar las restricciones al progreso, hab&#237;an modificado los juramentos de lealtad para ocupar cargos gubernamentales o municipales y, gracias a eso, ahora cualquier protestante pod&#237;a ocupar esos cargos, no solo los miembros de la Iglesia anglicana. Debilitaron el poder de la Iglesia y de los tribunales eclesi&#225;sticos para que los religiosos ya no pudieran controlar a los comerciantes. Pero los tories segu&#237;an siendo el baluarte de la tradici&#243;n frente a la marea del cambio. Promov&#237;an el regreso a unos tiempos m&#225;s sencillos y benevolentes en que los hombres con poder proteg&#237;an al d&#233;bil. Hac&#237;an la vista gorda ante viejas creencias y supercher&#237;as, o ideas como que el rey pod&#237;a curar la escr&#243;fula con su mano. S&#237;, los whigs pod&#237;an hacer que un hombre pensara que pod&#237;a ser algo m&#225;s, pero los tories hac&#237;an que se sintiera feliz por ser ingl&#233;s.

Por la expresi&#243;n de Littleton, no estaba muy seguro de que entendiera estas cosas.

Bueno, si tengo que seros sincero, no conozco muy bien los intereses de Ufford -me dijo-. Para m&#237; los estibadores son estibadores y los hombres del tabaco son hombres del tabaco, pero para Ufford todo es pol&#237;tica. Le he o&#237;do decir que quiere que los tories recuperen Westminster y que preferir&#237;a enfrentarse al diablo que ver a los whigs ganar. Ya sab&#233;is c&#243;mo son estos de la Iglesia. Los tories les han prometido que les devolver&#225;n el poder, que tendr&#225;n el derecho de decirnos cu&#225;ndo podemos mear o cagar. No hay cosa que le guste m&#225;s a un cura que la causa de los tories.

Yo escup&#237;. Uno de los tories que se presentaban en Westminster era Griffin Melbury, el marido de Miriam. Poco me preocupaban los detalles pol&#237;ticos y, puesto que no viv&#237;a en las proximidades de Westminster, las elecciones me interesaban menos a&#250;n, pero una cosa sab&#237;a: deseaba que Melbury fracasara. &#191;Por qu&#233; se hab&#237;a casado Miriam con &#233;l? &#191;Por qu&#233; hab&#237;a abandonado a su naci&#243;n -y a m&#237;- por un hombre que la hab&#237;a obligado a cambiar de religi&#243;n? Si los esfuerzos de Ufford por ayudar a los trabajadores ayudaban a que Melbury saliera elegido, prefer&#237;a mil veces ver a Ufford acosado y a los pobres depauperados.

Todav&#237;a pesta&#241;eaba cuando me imaginaba a Miriam casada con ese hombre. Nunca hab&#237;a hablado con &#233;l, ni le hab&#237;a visto, pero ten&#237;a una imagen muy definida en mi cabeza: alto, bien proporcionado, rostro elegante, pantorrillas fuertes. Encantador y desenvuelto a la manera de los ingleses. Sab&#237;a algunas cosas de &#233;l: proced&#237;a de una antigua familia de tories propietarios de tierras, su padre y sus t&#237;os siempre hab&#237;an tenido un esca&#241;o en el Parlamento, y ten&#237;a dos hermanos en la Iglesia. Anteriormente hab&#237;a ocupado un puesto en un burgo donde se compraban los votos y, dado que ten&#237;a buena relaci&#243;n con ciertos obispos de la Iglesia anglicana con influencia en Westminster, le animaron a que se presentara por un esca&#241;o en aquel burgo quiz&#225; el m&#225;s importante de la naci&#243;n.

Deb&#237;a de ser encantador, sin duda. Hab&#237;a logrado convencer a Miriam para que se convirtiera a su Iglesia. Ella se hab&#237;a casado muy joven con el hijo de mi t&#237;o Miguel, un cr&#237;o muy austero que muri&#243; en el mar sin haber conocido apenas a su esposa. Yo la hab&#237;a tratado bastante cuando intentaba aclarar los sucesos que llevaron a la muerte de mi padre, y ciertamente cre&#237;a que ella sent&#237;a por m&#237; el mismo cari&#241;o que yo sent&#237;a por ella. Pero, a pesar de lo que digan los escritores, vivimos en un mundo m&#225;s inclinado a las acciones pr&#225;cticas que a los ideales novelescos. Podemos sentarnos con nuestros peque&#241;os libros e imaginar un amor dichoso en una casita en el campo, pero tales ideas no son m&#225;s que quimeras. No podemos realizarlas. Al contrario, debemos comer y vestir y convivir con compa&#241;eras que sean de nuestro agrado. Y, a ser posible, sin miedo a que te asalten los acreedores.

Aun sabiendo todo esto, ped&#237; a Miriam que se casara conmigo, pero ella me dijo que nuestras vidas no eran compatibles. Yo sab&#237;a que ten&#237;a raz&#243;n, lo cual no impidi&#243; que volviera a ped&#237;rselo. Despu&#233;s del tercer intento me rend&#237;, convencido de que si insist&#237;a solo conseguir&#237;a quedar como un necio ante ella y sentirme humillado.

De todos modos, Miriam y yo nos hab&#237;amos acostumbrado a estar juntos. Yo hab&#237;a dejado de pedir su mano, pero el deseo segu&#237;a ah&#237;, sin articular pero palpable. Ella lo sab&#237;a -ten&#237;a que saberlo-, y a pesar de ello buscaba mi compa&#241;&#237;a. Una tarde, vino a casa de mi t&#237;o para la havdalah, la clausura del sabbat. Yo sent&#237;a que hab&#237;a algo distinto en las atenciones que me dedicaba y, a la luz de la vela trenzada, con la cabeza embriagada por el dulce aroma del especiero, not&#233; el calor de su mirada en mi rostro.

Miriam estaba hermos&#237;sima con su vestido azul y su sombrero, bajo el que se derramaban un millar de oscuros rizos. Era una mujer bien proporcionada, con un bello rostro de rasgos &#237;beros y ojos de color esmeralda, pero muy necio hubiera tenido que ser para admirarla solo por su belleza, pues en Londres hab&#237;a una cantidad sin par de mujeres bellas y asequibles. No, yo admiraba a Miriam por su audacia, su sentido del humor y su vitalidad. El destino hab&#237;a sido muy cruel con ella: la casaron muy joven con un chico introvertido al que apenas conoc&#237;a y me atrevo a decir que no amaba. &#201;l muri&#243; a los pocos meses de la boda, pero ella sigui&#243; bajo la tutela de mi t&#237;o y, si bien era un hombre ben&#233;volo, ella ansiaba ser libre.

Aunque no fue culpa suya, Miriam se vio envuelta en el embrollo de la South Sea Company al que yo hab&#237;a vinculado la muerte de mi padre. Sin embargo, a ella le fue mucho mejor, y la compa&#241;&#237;a le pag&#243; bien por su silencio. Ese dinero le asegur&#243; su independencia, aunque durante un tiempo mantuvo una fuerte lealtad hacia los padres de su difunto marido.

Aquella noche, poco a poco la habitaci&#243;n fue quedando vac&#237;a: mi t&#237;a, los invitados y, finalmente, mi t&#237;o, que sab&#237;a muy bien lo que hac&#237;a y ten&#237;a tantas ganas de verme casado con Miriam como yo. Nos dej&#243; solos como si no hubiera nada extra&#241;o en ello. Miriam hubiera podido quejarse. Hubiera podido excusarse, pero no lo hizo. Se qued&#243;. Pidi&#243; m&#225;s vino.

Hab&#237;amos iniciado aquella velada sentados cada uno en un extremo de la habitaci&#243;n, pero de alguna forma acabamos sentados en el mismo sof&#225;. De alguna forma, digo, aunque miento, pues cada peque&#241;o movimiento m&#237;o fue fruto de una estrategia perfectamente estudiada. Me levantaba para coger algo y me sentaba un poco m&#225;s cerca. Dejaba caer un bot&#243;n, me levantaba para cogerlo y me acercaba m&#225;s. Con cada paso, yo estudiaba su reacci&#243;n, y en ning&#250;n momento vi un gesto de desaprobaci&#243;n.

Y as&#237; hasta que nos besamos. Aquella noche yo hab&#237;a bebido demasiado, pero recuerdo bien c&#243;mo ocurri&#243;. Est&#225;bamos sentados muy juntos, apenas a unos cent&#237;metros, y ella hablaba de un libro que estaba leyendo y le interesaba mucho. Yo solo escuchaba a medias, porque el vino y el deseo resonaban con fuerza en mis o&#237;dos. Al final, cuando no pude aguantar m&#225;s, estir&#233; el brazo y le puse la mano en la mejilla.

Ella no la apart&#243;, al contrario, se acerc&#243; m&#225;s, olisque&#225;ndome como si fuera una gata, as&#237; que me inclin&#233; y la bes&#233;.

Solo fue un momento, porque entonces ella se levant&#243; y se apart&#243; de m&#237;.

&#191;Qu&#233; hac&#233;is? -me pregunt&#243; susurrando tan fuerte como era posible.

Yo prefer&#237; seguir sentado, para que viera que no compart&#237;a su sensaci&#243;n de alarma.

Os estaba besando.

Pues no deber&#237;ais. Y vos lo sab&#233;is. &#191;Tengo que dec&#237;roslo otra vez?

Miriam -dije-, poned vuestra petici&#243;n por escrito.

Ella abri&#243; la boca para azuzarme con alg&#250;n cruel comentario, pero se contuvo; permaneci&#243; inm&#243;vil durante lo que pareci&#243; una eternidad. Yo escuchaba el sonido de mi respiraci&#243;n y de los carruajes que pasaban por la calle como si fueran lo m&#225;s interesante del mundo.

Ten&#233;is raz&#243;n -dijo en un susurro, tan flojo que ni siquiera estaba seguro de que fuera eso lo que hab&#237;a dicho-. Ten&#233;is raz&#243;n, y lo siento debo irme -a&#241;adi&#243; bruscamente, y se dirigi&#243; hacia la puerta.

Yo me levant&#233; de un salto y la cog&#237; del brazo. No con fuerza, por supuesto, pero no pod&#237;a permitir que se fuera. No entonces. No todav&#237;a.

&#191;Por qu&#233; corr&#233;is? No quer&#233;is huir, &#191;por qu&#233; lo hac&#233;is?

Ella mene&#243; la cabeza con la vista gacha. Supe entonces que no iba a quedarse. As&#237; que la solt&#233;.

Corro -dijo por fin- porque no quiero correr. -Respir&#243; hondo-. Benjamin, &#191;cu&#225;ndo fue la &#250;ltima vez que alguien trat&#243; de mataros?

Yo no esperaba aquella pregunta, y me re&#237;.

Hace solo dos semanas -dije, pues un ladr&#243;n a quien segu&#237;a se enfrent&#243; a m&#237; con un cuchillo. De no haber estado alerta, me hubiera herido gravemente, o peor.

Hay tantas cosas que quiero en mi vida y s&#233; que vos me las dar&#237;ais -dijo-. S&#233; que no me tratar&#237;ais como si fuera un objeto, o una sirvienta. S&#233; la clase de hombre que sois, Benjamin. Pero vos her&#237;s y mat&#225;is y siempre est&#225;is en peligro de que os hieran u os maten.

Call&#243;, pero yo nada pod&#237;a decir en mi defensa, as&#237; que durante unos largos minutos estuvimos en silencio.

Yo no puedo vivir de esa forma -me dijo al fin-. No puedo vivir con un esposo que en cualquier momento puede ser asesinado o ahorcado o deportado. &#191;Quer&#233;is casaros conmigo? &#191;Tener hijos? Una mujer debe tener un marido. Los hijos necesitan un padre, Benjamin. Yo no puedo vivir as&#237;.

Y yo no ten&#237;a ning&#250;n argumento para convencerla de lo contrario.


Tres semanas despu&#233;s, recib&#237; una nota suya donde me ped&#237;a que la visitara en su casa en Anne's Court. Nunca antes me hab&#237;a enviado un mensaje semejante y, por un rato, me sent&#237; halagado; pens&#233; que, con insinuaciones de dama, pretend&#237;a decirme que hab&#237;a cambiado de opini&#243;n, que hab&#237;a meditado debidamente el asunto y hab&#237;a desechado sus prejuicios. Sin embargo, aunque me dej&#233; llevar por la imaginaci&#243;n, en ning&#250;n momento llegu&#233; a creer realmente que me dir&#237;a lo que yo tanto deseaba escuchar.

Aunque tampoco hab&#237;a previsto que me dar&#237;a la noticia que yo m&#225;s tem&#237;a. Cuando su sirvienta me hizo pasar a la sala de recibir, la vi en pie, nerviosa, pasando las p&#225;ginas de un libro cuyo nombre, sospechaba yo, no hubiera sabido decirme si le hubiera preguntado. Lo dej&#243; y me dedic&#243; la misma sonrisa forzada que un cirujano cuando prepara una operaci&#243;n dolorosa. Sus ojos verdes parec&#237;an m&#225;s hundidos de lo que yo recordaba.

&#191;Un vaso de vino? -pregunt&#243;, aunque sab&#237;a perfectamente que yo aceptar&#237;a. Todas mis ilusiones se desvanecieron al ver su expresi&#243;n angustiada. Tom&#233; el vino de su mano temblorosa, esperando que me diera &#225;nimos.

A&#250;n no he informado a vuestro t&#237;o -me dijo cuando los dos estuvimos sentados-, pues deseaba dec&#237;roslo a vos primero. No quer&#237;a que lo supierais por terceras personas.

No ten&#237;a ni idea de qu&#233; quer&#237;a decirme, aunque en el fondo deb&#237;a de saberlo, pues recuerdo que me aferr&#233; a los brazos de la silla, medio incorpor&#225;ndome, y volv&#237; a sentarme otra vez.

Voy a casarme -anunci&#243;. Sus labios estaban entreabiertos, en una cruel imitaci&#243;n del pavor. Y entonces, control&#225;ndose, esboz&#243; otra sonrisa forzada. Cuando me la imagino casada, siempre la veo con esa sonrisa.

Durante unos eternos minutos, no dije nada. Ten&#237;a la mirada clavada en el frente. &#191;A qui&#233;n hab&#237;a encontrado que fuera m&#225;s digno que yo? Pensaba en todos los momentos que hab&#237;amos compartido -como amigos, por supuesto- y en lo feliz que me sent&#237;a siempre cerca de ella, el placer que me produc&#237;a su compa&#241;&#237;a. En la emoci&#243;n de sentir a cada instante que tal vez lograr&#237;a hacer que cambiara de opini&#243;n. Ahora todo hab&#237;a acabado.

Espero que se&#225;is muy feliz -dije al fin. Habl&#233; en tono neutro y uniforme, pensando que era lo m&#225;s digno y lo m&#225;s cruel.

Temo que vuestro t&#237;o pueda mostrarse disgustado -dijo muy deprisa, como si lo tuviera ensayado-. Ver&#233;is, el hombre con quien voy a casarme es ingl&#233;s, y su familia apoya desde hace mucho las tendencias de la Alta Iglesia. Por el bien de los dos, he decidido convertirme a su Iglesia.

Yo di un sorbo a mi vino y lo tragu&#233; demasiado deprisa. Sent&#237; un ligero mareo.

&#191;Vais a convertiros?

S&#237;.

Ignoro qu&#233; esperaba Miriam de m&#237; que me enfadara y la aleccionara y divagara, que exigiera que me explicara lo que supiera de ese hombre y utilizara mis habilidades de cazador de ladrones para averiguar lo que pudiera. Abr&#237; la boca para hablar, pero solo consegu&#237; proferir un sonido ahogado y humillante. Me aclar&#233; la garganta y volv&#237; a empezar.

&#191;Por qu&#233;? -dije muy serio.

&#191;C&#243;mo pod&#233;is preguntarme eso?

&#191;C&#243;mo? &#191;Y c&#243;mo podr&#237;a no hacerlo? &#191;Cre&#233;is lo mismo que &#233;l? &#191;Su fe es la vuestra?

Me conoc&#233;is desde hace el tiempo suficiente para saber que no tomar&#237;a una decisi&#243;n como esta por mis creencias. De haber querido convertirme al cristianismo por convicci&#243;n, lo habr&#237;a hecho hace mucho tiempo.

Entonces, &#191;por qu&#233;? -Mi tono era m&#225;s alto y agresivo de lo que pretend&#237;a.

Miriam cerr&#243; los ojos un momento.

Se trata de la felicidad.

Oh, cu&#225;nto me hubiera complacido poder destruir sus argumentos, pero &#191;con qu&#233; pod&#237;a rebatir sus palabras? &#191;Qu&#233; pod&#237;a decir de su felicidad la felicidad que le proporcionaba un hombre al que no conoc&#237;a? Hubiera debido irme en ese momento, lo s&#233;, pero, puesto que iba a pasar medio a&#241;o tortur&#225;ndome, no hab&#237;a raz&#243;n para no empezar all&#237; mismo.

&#191;Lo am&#225;is?

Ella apart&#243; la mirada.

&#191;C&#243;mo pod&#233;is preguntar eso? &#191;Por qu&#233; quer&#233;is trastornarnos a los dos con semejantes preguntas?

Porque debo saberlo. &#191;Lo am&#225;is?

Ella segu&#237;a sin mirarme.

S&#237; -susurr&#243; d&#225;ndose la vuelta.

Me hubiera gustado creer que ment&#237;a, pero no pude. Y no sab&#237;a si el motivo estaba en sus palabras o en mi coraz&#243;n. Solo sab&#237;a que ya no ten&#237;amos nada de qu&#233; hablar. Miriam hab&#237;a disparado el tiro fatal, el que pone fin a la batalla. Hab&#237;a llegado el momento de enterrar a los muertos.

Me puse en pie, apur&#233; mi vaso y lo dej&#233;.

Os deseo que se&#225;is muy feliz -dije una vez m&#225;s, y part&#237;.

M&#225;s adelante conoc&#237; el nombre de aquel hombre: Griffin Melbury. Se casaron unas dos semanas despu&#233;s de nuestra conversaci&#243;n en una ceremonia privada a la que no se me invit&#243;. No hab&#237;a visto a Miriam desde entonces. Al enterarse, mi t&#237;o se rasg&#243; las vestiduras. Y m&#225;s tarde mi t&#237;a me dijo en un aparte que jam&#225;s volviera a pronunciar el nombre de Miriam ante ellos. El mundo se reorganizar&#237;a como si Miriam jam&#225;s hubiera existido. O esa era la idea.

Una idea que fracas&#243;, pues hab&#237;a empezado a comprender que durante las elecciones no podr&#237;a dar dos pasos seguidos sin o&#237;r el nombre de su marido, y no pod&#237;a o&#237;r ese nombre sin desear retorcerle el pescuezo hasta que cayera sin vida en mis manos.


El Ganso y la Rueda era m&#225;s grande de lo que esperaba, una larga sala con docenas de mesas y una barra en la parte de atr&#225;s. Y estaba lleno. Hab&#237;a all&#237; trabajadores de toda especie y condici&#243;n, por supuesto, pero tambi&#233;n negros africanos, morenos de las Indias Orientales, y gitanos, que era por lo que yo quer&#237;a hacerme pasar. El aire apestaba a ginebra, cerveza y carne hervida, a tabaco barato y a orines, y se o&#237;a una mezcla escandalosa de gritos, cantos y risas. Yo hab&#237;a estado pregunt&#225;ndome por qu&#233; ten&#237;a Littleton tantas ganas de ir a una taberna donde sab&#237;a que no ser&#237;a bien recibido, pero al entrar vi que el riesgo era m&#237;nimo. El Ganso y la Rueda utilizaba el sebo lo justo para las funciones m&#225;s b&#225;sicas del negocio, y los propietarios lo ten&#237;an de forma permanente en penumbra. Las pipas sobrepasaban en mucho el n&#250;mero de ventanas del local, que estaba oscuro y lleno de humo, apenas pod&#237;a ver tres metros delante de mis narices. El extremo m&#225;s alejado, donde los hombres se sentaban a fumar, parec&#237;a un cielo estrellado visto a trav&#233;s de una fina capa de nubes.

Littleton me hizo saber que lo que necesitaba en esos momentos para calmar su ansiedad era una buena pinta de ginebra. A mi entender hubiera sido m&#225;s prudente que se mantuviera l&#250;cido, pero no estaba all&#237; para hacerle de madre, as&#237; que le di el veneno que me ped&#237;a cosa que me oblig&#243; a pasar por encima de los cuerpos de unos cuantos tipos inconscientes que hab&#237;an bebido demasiado. Cuando le ped&#237; al de la espita una cerveza peque&#241;a para m&#237;, casi se echa a re&#237;r, como si nadie le hubiera pedido nunca algo tan flojo. Lo m&#225;s que pod&#237;a ofrecerme era cerveza de ave, esa perniciosa sopa hecha con cerveza y pollo.

El hombre me sirvi&#243; una jarra del citado brebaje y me mir&#243; con enfado.

Si es demasiado fuerte para tu gusto, puedes mearte dentro.

Pens&#233; en contestarle adecuadamente, pero contuve mi lengua, pues prefer&#237; no meterme en l&#237;os hasta haber solucionado mis asuntos. As&#237; que le di las gracias por su amabilidad y volv&#237; con Littleton, que se hab&#237;a calado la gorra sobre los ojos para pasar inadvertido.

&#191;Qu&#233; m&#225;s sab&#233;is de las dimensiones pol&#237;ticas de este asunto? -le pregunt&#233; cuando le di su pinta-. Nadie me hab&#237;a dicho nada de pol&#237;tica y partidos, y temo que eso complique bastante las cosas.

&#201;l se encogi&#243; de hombros.

Yo de eso no s&#233; nada. Yo no tengo voto, y los partidos o los candidatos para m&#237; no significan nada. Ir&#233; a verlo por si cae algo de comer o beber, y puede que alguna moza bonita me d&#233; un beso si cree que tengo derecho a voto, pero para m&#237; tories y whigs son lo mismo. Los dos creen que saben c&#243;mo ponernos a los pobres en nuestro sitio. No saben una mierda, eso es lo que yo creo. Nosotros tenemos otras cosas de que preocuparnos.

&#191;Como por ejemplo?

Como que estamos en febrero y no hay trabajo en los muelles. Solo las barcazas de carb&#243;n. Y hasta primavera no hay nada m&#225;s. Estamos acostumbrados a que nos paguen m&#225;s que a los otros estibadores; eso nos ayuda a pasar los meses malos, pero ahora que las bandas est&#225;n a la que saltan y se pelean por el poco trabajo que hay, no sacamos m&#225;s de lo que sacar&#237;amos llevando cajas de manzanas en un puesto de frutas. Y nuestro trabajo es m&#225;s peligroso. La semana pasada uno que conozco muri&#243; aplastado porque se le cay&#243; un tonel de carb&#243;n encima. Le aplast&#243; las piernas, s&#237; se&#241;or. Se muri&#243; dos d&#237;as despu&#233;s, y el pobre no dejaba de gritar.

&#191;Y Ufford c&#243;mo espera mejorar las cosas?

No s&#233;. He o&#237;do sus sermones, pero no los entiendo muy bien. Dice que hab&#237;a un tiempo cuando el rico cuidaba del pobre, y que los pobres trabajaban mucho pero se ganaban bien la vida y eran felices. Y dice que a los whigs les da igual c&#243;mo eran las cosas antes, que solo les importa su dinero, y que prefieren matar a los pobres a trabajar antes que darles un buen salario.

&#191;Y quiere que cre&#225;is que los tories ser&#225;n unos amos amables porque est&#225;n acostumbrados a mandar y los whigs ser&#225;n malos porque no est&#225;n acostumbrados al poder?

M&#225;s o menos.

&#191;Y es verdad?

Littleton se encogi&#243; de hombros.

Dennis Dogmill es whig, dicen, y la mayor&#237;a del trabajo que hacemos es para &#233;l. Puedo aseguraros que si cada uno de sus hombres la palmara despu&#233;s de descargar, a &#233;l plim, siempre que haya otros para hacer el trabajo. &#191;Tiene el coraz&#243;n negro porque es whig o es porque ha salido as&#237; y ya est&#225;? Para m&#237;, que la pol&#237;tica no tiene nada que ver.

Littleton se encasquet&#243; m&#225;s la gorra, una clara se&#241;al de que quer&#237;a menos ch&#225;chara y m&#225;s ginebra. Por tanto me entretuve observando a la gente durante casi una hora, hasta que empez&#243; el jaleo cerca de la parte de atr&#225;s. Alguien encendi&#243; unas cuantas velas mientras un hombre sub&#237;a a un barril. Era de mediana estatura, corpulento, de unos cuarenta a&#241;os tal vez, con la cara muy fina y unos ojos muy separados que le daban un aire de sorpresa o confusi&#243;n. Dio unos golpes con los pies y el ruido de la sala empez&#243; a apagarse.

Littleton despert&#243; de su sopor.

Ah&#237; est&#225;. Ese es Billy.

El hombre del barril levant&#243; en alto una jarra.

Un brindis -exclam&#243;- por Danny Roberts el Sucio, que se muri&#243; la semana pasada porque un barril de carb&#243;n se descalabr&#243; sobre su persona. Era uno de los chicos de Yate. -Entre la multitud se oyeron murmullos de desprecio, as&#237; que Greenbill levant&#243; la voz-. S&#237;, puede que fuera uno de los chicos de Yate, pero no por eso dejaba de ser un estibador, y tenemos algo en com&#250;n con esos chicos, por mucho que est&#233;n a las &#243;rdenes de un enemigo. Que sea el &#250;ltimo que nos deja.

No hace falta insistir mucho para que un local lleno de estibadores se echen el vaso al coleto. Tras unos instantes de alboroto, ignoro si porque estaban de acuerdo o porque no, Greenbill continu&#243;.

He convocado aqu&#237; una reuni&#243;n de nuestra banda porque hay una cosa que ten&#233;is que saber, chicos. &#191;Os digo qu&#233; es? La semana que viene llega un cargamento de carb&#243;n y Yate y sus chicos os lo quieren quitar.

En este punto, hubo muchos gru&#241;idos y gritos, as&#237; que Greenbill tuvo que hacer una pausa.

Ver&#233;is, est&#225; ese canalla que se llama Dennis Dogmill, un jefe del tabaco del que seguro que hab&#233;is o&#237;do hablar -Esper&#243; a que se calmaran las risas y los insultos-. Pues es el que tuvo la idea de que los estibadores nos pele&#225;ramos entre nosotros, y le ha salido tan bien que ahora todos los patrones de los barcos hacen lo mismo. &#191;Qui&#233;n ofrece el precio m&#225;s bajo? Eso es lo que todos preguntan. As&#237; que fui y le dije a Yate que lo mejor era que trabaj&#225;ramos unidos. Que no fu&#233;ramos diferentes bandas. Convirt&#225;monos en una sola banda y haremos subir los salarios de los estibadores. Y Yate me dijo, y estas son sus palabras, chicos, me dijo: Antes me quemar&#237;a en el infierno que alternar con los de tu cala&#241;a. Los de tu banda no son m&#225;s que rateros y matones. Eso dijo, y tuve que contenerme para no matarlo all&#237; mismo por hablar mal de los que son como vosotros.

Eso es una sucia mentira, Billy, y t&#250; lo sabes.

Entre donde nosotros est&#225;bamos y donde estaba Billy, un hombre se levant&#243; y subi&#243; a su mesa. Tendr&#237;a treinta y pocos, pero su rostro a&#250;n se ve&#237;a joven. Llevaba su pelo natural, que era oscuro y corto, con una cola corta y, aunque era de baja estatura, se ve&#237;a que era fuerte.

&#161;Mirad esto, chicos! -exclam&#243; Greenbill-. Es Walter Yate. Tiene que haber perdido la chaveta para venir aqu&#237;. O eso o es que le gustan tanto las mentiras que las dir&#237;a donde sea.

Littleton se qued&#243; boquiabierto y se puso muy derecho. Se llev&#243; una mano a la cabeza y se ech&#243; la gorra hacia atr&#225;s.

&#191;Qu&#233; est&#225; haciendo? -susurr&#243;, aunque hablaba m&#225;s para s&#237; mismo que para m&#237;-. Va a conseguir que se lo carguen.

&#161;Si&#233;ntate! -le grit&#243; un hombre a Yate-. T&#250; aqu&#237; no pintas nada.

Y Greenbill Billy no pinta nada dici&#233;ndoos tantas mentiras -replic&#243; Yate-. No soy vuestro enemigo. El enemigo es Dermis Dogmill y los que son como &#233;l, que quieren ponernos unos en contra de los otros. Todos tenemos que comer y por eso trabajamos por una miseria, porque es mejor que nada. Gu&#225;rdate tus insultos para Dogmill y sus amigos whigs, que quieren mataros a trabajar y luego se olvidan de vosotros. En vez de enfrentarnos entre nosotros tendr&#237;amos que tratar que el se&#241;or Melbury consiga su esca&#241;o en el Parlamento. &#201;l nos ayudar&#225;. Proteger&#225; los derechos que tenemos por tradici&#243;n.

Not&#233; que mis m&#250;sculos se tensaban. Ah&#237; estaba otra vez, Melbury, y no lo quer&#237;a cerca de m&#237;.

Vaya, &#191;no me digas que Melbury te ha pagado para que vengas a hacer campa&#241;a? -apunt&#243; Greenbill-. Nosotros no podemos votar, y si en vez de venir a d&#225;rtelas de gran se&#241;or fueras uno de los nuestros lo sabr&#237;as. Griffin Melbury. Si no tiene un barco para descargar me importan un comino &#233;l y la puta que lo pari&#243;.

Pues tendr&#237;a que importarte -dijo Yate-. &#201;l nos ayudar&#237;a a derribar a Dogmill y a poner un bocado de comida en la boca de nuestros hijos.

Como no te calles lo que te voy a poner en la boca es un mont&#243;n de esti&#233;rcol -le grit&#243; alguien a Yate.

Tus palabras apestan m&#225;s que el conejo de una puta -ladr&#243; otro-. Apuesto a que el Papa te ha mandado a que nos digas todas esas mentiras.

Entonces, alguien le arroj&#243; una pinta de cerveza. Yate se ech&#243; a un lado &#225;gilmente y el vaso golpe&#243; a Greenbill en el pecho.

&#161;Oh, menudo ultraje! &#191;C&#243;mo se atrev&#237;a Yate a evitar un proyectil y permitir que ensuciara a su amado cabecilla? Hubo un momento de silencio, de calma tensa. Entonces alguien agarr&#243; a Yate y lo baj&#243; de la mesa; el hombre desapareci&#243; bajo una marea de pu&#241;os. Por encima del griter&#237;o, o&#237;a el sonido sordo de los pu&#241;os contra la carne. Algunos formaron un corrillo alrededor de los agresores y se dedicaron a dar patadas a los que estaban m&#225;s cerca de la v&#237;ctima. Otros se limitaban a dar pu&#241;etazos al aire en una inquietante parodia de violencia reprimida. Pero esa clase de placeres no permiten una participaci&#243;n masiva y, si bien algunos estibadores se quedaron esperando por si ten&#237;an la oportunidad de golpear a Yate, otros parecieron olvidar la causa real de aquel alboroto y se dispersaron por la taberna, buscando algo que romper o robar, o salieron a la calle para tener m&#225;s espacio donde hacer destrozos.

Entonces not&#233; que me tiraban del brazo. Era Littleton.

Hora de irse -dijo-. Buscad la salida como pod&#225;is -me aconsej&#243;, y desapareci&#243; entre la multitud.

Hubiera debido seguir su consejo, pero en medio de aquel caos mi cabeza no discurr&#237;a con claridad. La mayor parte de la gente hab&#237;a salido, pero dentro a&#250;n hab&#237;a hombres destrozando cosas, las paredes, los barriles de cerveza, los cubos de ginebra. En la sala resonaban los golpes sordos, los gru&#241;idos, el sonido del peltre contra la piedra. Por el suelo hab&#237;a l&#225;mparas de aceite rotas, aunque afortunadamente las bebidas rebajadas con agua hab&#237;an apagado las llamas.

Y estaba el pobre Walter Yate, tirado en el suelo, sobre la espalda, como una tortuga panza arriba. Un hombre le sujetaba los brazos mientras otro levantaba una silla dispuesto a estrellarla contra su cabeza. Hab&#237;a otros tres a un lado, animando, dando golpes al aire en apoyo a sus hermanos y mirando hacia la puerta, pensando ya en la acci&#243;n que sab&#237;an que encontrar&#237;an fuera.

Bien es cierto que la cuesti&#243;n de qu&#233; trabajo consegu&#237;a cada estibador a m&#237; poco me importaba, y m&#225;s cierto a&#250;n que, en parte, Yate merec&#237;a que le partieran la crisma por haber hablado bien de Melbury, pero no pod&#237;a quedarme cruzado de brazos viendo c&#243;mo lo asesinaban. As&#237; que me acerqu&#233; r&#225;pidamente, ech&#233; a un lado al hombre que sujetaba a Yate y lo apart&#233; a tiempo para que la silla golpeara el suelo, donde se rompi&#243; en pedazos.

Al ver que acud&#237;a en ayuda de la v&#237;ctima, los estibadores se dispersaron. Ayud&#233; a Yate a ponerse en pie. Aunque se lo ve&#237;a desorientado y algo magullado, no parec&#237;a haber sufrido da&#241;os graves.

Gracias -me dijo, dirigi&#233;ndome hacia la puerta-. No esperaba encontrar amigos entre los chicos de Greenbill.

No soy uno de los chicos de Greenbill. Y aunque yo tampoco esperaba encontraros aqu&#237;, hablar&#233; con vos de todos modos. De poca utilidad me ser&#237;ais con la cabeza rota. -Volqu&#233; una mesa que hab&#237;a cerca de la puerta para protegernos de la media docena de hombres que deb&#237;an de quedar all&#225; adentro. Aparte de los dos que hab&#237;an intentado matar a Yate, los otros estaban descubriendo las maravillas de estar en una taberna sin tabernero. O lo que es lo mismo, estaban poni&#233;ndose morados de ginebra y se llenaban los bolsillos de cuchillos y peque&#241;os platos. En los minutos siguientes, sabr&#237;amos si ca&#237;an redondos o se pon&#237;an m&#225;s peleones.

Los otros dos nos observaban a nosotros y miraban a los hombres que beb&#237;an ginebra. Estaban tratando de decidirse.

Me llamo Weaver -le dije apresuradamente a Yate-. Estoy al servicio de un cura llamado Ufford que me ha contratado para descubrir al autor de unas notas amenazadoras. Est&#225; convencido de que vos podr&#237;ais saber algo del asunto que podr&#237;a tener relaci&#243;n con vuestros problemas con Dogmill.

Dogmill tendr&#237;a que irse al infierno, y Ufford con &#233;l. Ojal&#225; no me hubiera metido en esto. No hay m&#225;s que maquinaciones y secretos. Pero siempre acaban pagando los estibadores.

Hubiera querido preguntarle a qu&#233; maquinaciones y secretos se refer&#237;a, pero vi que la violencia hab&#237;a ganado la partida al sue&#241;o. Cuatro hombres que se hab&#237;an puesto morados de ginebra cargaron contra nosotros como toros furiosos.

Yate comprendi&#243; enseguida que hab&#237;a llegado el momento de largarse. Abri&#243; la puerta de la taberna de un empuj&#243;n y me di cuenta de que la conversaci&#243;n tendr&#237;a que esperar, pues fuera no hab&#237;a donde ocultarse. Hab&#237;a docenas de hombres en la calle, cientos tal vez, peleando entre s&#237;, con los desconocidos, derribando puertas y mujeres. Un hombre hab&#237;a conseguido una linterna y la arroj&#243; contra el edificio del otro lado de la calle. Por suerte, se qued&#243; algo corto y la l&#225;mpara se estrell&#243; contra los escalones de piedra, donde solo prendi&#243; fuego a un compa&#241;ero alborotador.

No nos habr&#237;amos alejado m&#225;s de medio metro de la taberna cuando dos hombres volvieron a atacar a Walter Yate. Me hubiera parecido est&#250;pido salvarlo una vez de la muerte y luego dejarlo a su suerte, as&#237; que intervine y propin&#233; un buen swing a uno de sus atacantes. Mi pu&#241;o golpe&#243; con fuerza un lado de su cabeza y vi con cierto regocijo c&#243;mo ca&#237;a, pero entonces otros dos hombres se unieron a la escaramuza y me encontr&#233; bloqueando y golpeando solo para evitar los golpes.

Hubo un momento en que, al levantar la mirada, vi un ladrillo agarrado con fuerza por unos dedos blancos que ven&#237;a directo contra mi cabeza. De no haber levantado Yate su brazo para hacer caer el ladrillo, exponi&#233;ndose a los golpes del hombre con el que estaba luchando, no s&#233; si hubiera podido evitar el impacto, sin duda fatal. Derrib&#233; a aquel bestia de un pu&#241;etazo en la cara, y le di las gracias con un gru&#241;ido a Yate, a quien empezaba a ver con otros ojos. Aunque hablaba maravillas del esposo de Miriam -la peor ofensa imaginable-, ahora &#233;l y yo est&#225;bamos unidos por la hermandad del combate.

Yo a&#250;n ten&#237;a la habilidad de un p&#250;gil, aunque la herida de la pierna que acab&#243; con mis d&#237;as de boxeador empez&#243; a dolerme mientras brincaba de un lado a otro defendi&#233;ndome y tratando de encontrar una salida por donde pudi&#233;ramos huir. Pero no hab&#237;a salida. Alguien se me plantaba delante con los pu&#241;os en alto, y yo repel&#237;a su ataque, o lo derribaba o lo esquivaba, solo para encontrar un nuevo atacante detr&#225;s. Yate, por su parte, luchaba bien, pero, al igual que yo, lo &#250;nico que pod&#237;a hacer era esquivar los golpes.

Aunque estaba muy ocupado protegiendo mi vida, me daba cuenta de que la refriega estaba tomando un giro extra&#241;amente pol&#237;tico. Ahora hab&#237;a grupos de estibadores que coreaban &#161;Fuera jacobitas! &#161;Fuera tories! &#161;Fuera papistas!, dirigidos por el rival de Yates, Greenbill Billy. Era frecuente que las refriegas adoptaran un tono de protesta, sobre todo en &#233;poca de elecciones, pero me pareci&#243; curioso que en aquella ocasi&#243;n hubiera sucedido tan deprisa.

Sin embargo, ten&#237;a otras preocupaciones en la cabeza, pues, aunque muchos de los estibadores estaban ocupados coreando consignas y rompiendo ventanas, otros muchos manifestaban una notable afici&#243;n por pelearse sobre todo con nosotros. No sabr&#237;a decir cu&#225;nto tiempo estuvimos peleando. M&#225;s de media hora, supongo. Yo daba y recib&#237;a pu&#241;etazos. Mi rostro estaba cubierto de sudor y de sangre. Y segu&#237;a luchando. Si alguna vez ve&#237;a un espacio libre, all&#225; que saltaba, pero enseguida recib&#237;a nuevos ataques. Durante los primeros minutos, miraba continuamente para ver c&#243;mo le iba a mi compa&#241;ero, pero no tard&#233; en quedarme sin energ&#237;as. Lo &#250;nico que pod&#237;a hacer era protegerme a m&#237; mismo. Hubo un instante en que consegu&#237; reunir la fuerza para volverme y me sorprendi&#243; comprobar que Yate no estaba. O hab&#237;a escapado o la chusma nos hab&#237;a ido separando sin que nos di&#233;ramos cuenta. Supuse que ser&#237;a m&#225;s bien esto &#250;ltimo y, aunque no sabr&#237;a decir por qu&#233;, este pensamiento me llen&#243; de temor. Yo hab&#237;a salvado a Yate y &#233;l me hab&#237;a salvado a m&#237;. Su bienestar me preocupaba. Cambi&#233; de posici&#243;n para poder ver mejor, pero no hab&#237;a rastro de &#233;l. Not&#233; una extra&#241;a sensaci&#243;n de p&#225;nico, como si hubiera perdido a un ni&#241;o peque&#241;o que hubiesen dejado a mi cargo.

&#161;Yate! -grit&#233; por encima del alboroto de gru&#241;idos, v&#237;tores y el ruido de los pu&#241;os contra la carne. No hubo respuesta.

Y entonces se acab&#243;. Hac&#237;a un momento estaba luchando, llamando a gritos a Yate, y al siguiente se hizo un terrible silencio y me encontr&#233; dando golpes al aire, girando como un loco en busca del siguiente atacante an&#243;nimo. A mi alrededor se congreg&#243; una multitud, dejando un espacio de un par de metros. Me sent&#237;a como un animal atrapado, peligroso, enajenado. Me qued&#233; all&#237;, respirando con dificultad, medio inclinado, esperando a reunir la fuerza necesaria para preguntar por qu&#233; me miraban as&#237;.

Entonces, dos guardias se adelantaron y me cogieron de los brazos.

Yo les dej&#233; hacer. No me resist&#237;. Me inclin&#233; hacia delante para descansar mientras me ten&#237;an sujeto y, en mi agotamiento, o&#237; una voz que no reconoc&#237; que dec&#237;a:

Ese es. Ese. Ese es el sucio gitano que ha matado a Walter Yate.

Tras esto, me llevaron a la oficina del magistrado.



5

Cuando anochece, Londres no es lugar para el d&#233;bil, por no hablar de alguien que va desnudo, pero hab&#237;a escapado de la prisi&#243;n m&#225;s temible del reino, y di gracias porque a&#250;n ten&#237;a mis zapatos conmigo. De otro modo, adem&#225;s de humillante, mi situaci&#243;n hubiera sido insalubre, pues me dirig&#237; hacia el sur y, en consecuencia, pas&#233; cerca de Fleet Ditch. Por estas calles es frecuente andar pisando bostas, o los miembros putrefactos de un perro muerto o un tumor que alg&#250;n cirujano ha extirpado y luego desecha. Sin embargo, despu&#233;s de escapar de la c&#225;rcel y estar a punto de morir en una angosta tumba, no era cosa de hacerse el escrupuloso porque alg&#250;n pedazo de carne de perro o alguna carne amputada me rozara las piernas, sobre todo con aquella lluvia g&#233;lida tan purificadora. En cuanto a mi desnudez, aunque hac&#237;a fr&#237;o y llov&#237;a, tambi&#233;n estaba oscuro -sin duda la mejor de las circunstancias para escapar de una prisi&#243;n-, y no dudaba que en aquella ciudad, que tan bien conoc&#237;a, sabr&#237;a moverme entre las sombras.

Pero no eternamente. Ten&#237;a que conseguir ropa, y deprisa, pues, aunque la alegr&#237;a de haber conseguido mi libertad me corr&#237;a por las venas haci&#233;ndome estar tan despierto como si me hubiera tomado una docena de caf&#233;s, notaba una inquietante sensaci&#243;n de fr&#237;o y empezaba a notarme las manos entumecidas. Los dientes me casta&#241;eteaban, y temblaba con tanta fuerza que tem&#237; perder el equilibrio y caer al suelo. No me entusiasmaba la perspectiva de arrebatar a otro lo que deseaba para m&#237;, pero la necesidad venci&#243; cualquier recelo. Adem&#225;s, no ten&#237;a intenci&#243;n de quitarle a nadie toda su ropa y dejarlo como su madre lo trajo al mundo. Solo necesitaba convencerle, por los medios que fuera, para que compartiera conmigo una peque&#241;a parte de sus bienes.

Hay algo en el hecho de haber estado en prisi&#243;n, y m&#225;s incluso en el de haber escapado de ella, que hace que un hombre vea las cosas que conoce con otros ojos. Mientras me dirig&#237;a hacia el sudoeste, repar&#233; en el hedor del Fleet como si fuera un presuntuoso reci&#233;n llegado del campo. O&#237;a los extra&#241;os gritos de los vendedores de pasteles, los polleros, las mozas que vend&#237;an camarones. &#161;Camarones, camarones, camarones! gritaban una y otra vez como aves de los tr&#243;picos. Las palabras deslavazadas que la gente garabateaba en las paredes y en las que nunca hab&#237;a reparado -WALPOLE VETE AL CUERNO O JENNY KING ES UN PUTA Y UNA PERRA O VEN A VER LA SENIORITA ROSE Y EL PECADO DE LOS DOS OBISPOS- se me antojaban ahora los garabatos de un alfabeto misterioso. Pero aquella extra&#241;eza con que ve&#237;a la ciudad apenas aplacaba la sensaci&#243;n de fr&#237;o; el hambre, tanta que me mareaba, y los gritos de los vendedores de pastel, pescado en salmuera y nabos asados me alteraban grandemente.

Mis andanzas por esta parte m&#225;s desagradable de la ciudad adoptaron los tintes sombr&#237;os e inconexos de una pesadilla. De vez en cuando alg&#250;n mozo de linterna o alg&#250;n mendigo me ve&#237;a y silbaba, pero, para bien o para mal, en una ciudad como aquella, donde la pobreza campa a sus anchas, no es raro ver a alg&#250;n pobre desgraciado sin vestimenta, y me tomaron simplemente por alguna v&#237;ctima desesperada de la pobreza que asolaba a la naci&#243;n. Pas&#233; ante algunos mendigos, que se abstuvieron de pedirme limosna, pero por la mirada vac&#237;a de sus ojos vi que sab&#237;an que estaba bien comido y por tanto ten&#237;a m&#225;s suerte que ellos. Unas cuantas damas de virtud f&#225;cil me ofrecieron sus servicios, pero les expliqu&#233; que, en aquellos momentos, no llevaba dinero.

Cerca de Holborn vi a la clase de hombre que necesitaba. Un borracho de clase media que hab&#237;a dejado a sus amigos en alguna taberna de cerveza y hab&#237;a salido a buscar carne barata. Para un hombre ebrio y tambaleante -esto es, que no se muestra excesivamente exigente-, es f&#225;cil encontrar carne barata, sobre todo porque, en su estado, es una presa f&#225;cil para la mujer que pone el ojo en su bolsa, su reloj o su peluca.

Este individuo de mediana edad, abotagado y calado hasta los huesos, fue dando tumbos hacia una mujer de pelo oscuro que podr&#237;a describirse en t&#233;rminos tristemente similares. En cierto modo, pens&#233;, le har&#237;a un favor si evitaba que intimara con aquella criatura, muy inferior a la que hubiera buscado estando sobrio una criatura que sin duda le quitar&#237;a lo que no le hab&#237;an ofrecido y le dejar&#237;a alg&#250;n regalo indeseado. Sal&#237; de las sombras, le ech&#233; las manos a los hombros y lo arrastr&#233; al callej&#243;n donde hab&#237;a estado ocult&#225;ndome.

Dios santo, ay&#250;dame -grit&#243; el sujeto antes de que me diera tiempo a taparle la boca.

Calla, necio borracho -susurr&#233;-. &#191;No ves que estoy tratando de ayudarte?

Mis palabras tuvieron el efecto que yo quer&#237;a, pues el hombre se detuvo a considerar en qu&#233; pod&#237;a querer ayudarle un desconocido que iba desnudo. Mientras &#233;l consideraba mis intenciones, yo me hice con su abrigo, su sombrero y su peluca.

&#161;Un momento! -grit&#243;, pero no le sirvi&#243; de nada. Se incorpor&#243;, probablemente para salir en mi persecuci&#243;n, pero resbal&#243; con alguna porquer&#237;a del suelo y cay&#243;. Y as&#237; fue como hu&#237;, en mitad de la noche, desnudo, pero con mi bot&#237;n bien cogido bajo el brazo. Sin embargo, solo tendr&#237;a que utilizar aquellas ropas durante un breve espacio de tiempo, pues era mi intenci&#243;n robar las ropas a otro hombre, y esta vez con un prop&#243;sito muy concreto.


Media hora m&#225;s tarde, por fin me encontr&#233; bajo techo, agradablemente cerca de una estufa encendida, enzarzado en una conversaci&#243;n te&#241;ida de violencia.

O haces lo que te digo o te dejo tirado en el suelo -le dec&#237;a yo a un fornido lacayo que no tendr&#237;a m&#225;s de dieciocho a&#241;os.

El mozo mir&#243; al otro lado de la habitaci&#243;n, donde el cuerpo del mayordomo yac&#237;a boca abajo, fl&#225;cido, con un hilo de sangre saliendo de la oreja. Le hab&#237;a hecho la misma propuesta, y el hombre no hab&#237;a sabido tomar la decisi&#243;n m&#225;s sabia.

No llevo trabajando aqu&#237; ni dos semanas -me dijo, con un marcado acento del norte-. Me hab&#237;an dicho que hay rufianes que entran en las casas sin pedir permiso. He visto a hombres furiosos en la puerta, mendigando las sobras, muy furiosos, pero jam&#225;s hab&#237;a pensado que ver&#237;a a un intruso.

Deb&#237;a de tener un aspecto horrible, con aquel abrigo, una peluca que apenas me cubr&#237;a el pelo y un sombrero colocado precariamente encima y empapado, por a&#241;adidura. Lo de la peluca se me ocurri&#243; porque, en caso de descubrirse mi fuga, buscar&#237;an a un hombre con cabellos oscuros naturales, no a un caballero con peluca. Aunque lo cierto es que me parec&#237;a tanto a un caballero como un africano encadenado reci&#233;n llegado a Liverpool.

Si no haces lo que te digo te voy a dejar sin sentido, chico. -Tendr&#237;a que haberme acercado m&#225;s a &#233;l, para resultar m&#225;s amenazador. Pero prefer&#237; retroceder un poco para notar m&#225;s el calorcillo de la estufa.

Sin embargo, &#233;l no se dio cuenta de nada.

No tengo motivos para dejar que me hieran estando a su servicio -dijo el lacayo, se&#241;alando con un gesto otra habitaci&#243;n de la casa.

Pues entonces dame tus ropas.

Pero es que las llevo puestas.

Entonces quiz&#225; podr&#237;as empezar quit&#225;ndotelas -propuse.

El mozo me mir&#243;, esperando alguna aclaraci&#243;n posterior, pero como vio que la aclaraci&#243;n no llegaba, suspir&#243;, algo confuso, me mir&#243; como si yo fuera su padre y le hubiera pedido que diera de comer a los cerdos y empez&#243; a desabrocharse los botones y desatar los cordones. Sin dejar de morderse el labio, se quit&#243; sus ropas, salvo la camisa, y las arroj&#243; en un mont&#243;n delante de m&#237;. A cambio yo le di mi abrigo reci&#233;n adquirido, que pesaba mucho porque estaba empapado, y me puse su librea agradablemente seca, aunque con m&#225;s piojos de los que hubiera deseado.

Mi objetivo no era enga&#241;ar a su se&#241;or; sab&#237;a que solo podr&#237;a enga&#241;arlo un instante. Sin embargo, estaba convencido de que, si me ve&#237;a con la vestimenta de su sirviente, se sentir&#237;a lo bastante confuso para mostrarse m&#225;s d&#243;cil. Adem&#225;s, cuando saliera de la casa, la librea ser&#237;a un buen disfraz.

Cuando el lacayo se puso mi abrigo lo at&#233; con una cuerda que hall&#233; en la cocina.

&#191;Hay otros criados en la casa? -le pregunt&#233;, echando mano de media hogaza de pan y mordi&#233;ndola con frenes&#237;. Era del d&#237;a anterior, y estaba dura, pero me supo maravillosamente.

Solo la moza que se ocupa de la limpieza -dijo-. Pero es una mujer virtuosa, s&#237;, y no he hecho nada con ella que pueda manchar su honor.

Levant&#233; una ceja.

&#191;D&#243;nde est&#225; ahora? -pregunt&#233; con la boca llena.

Es su noche libre. Ha ido a ver a su madre, que cuida a los hijos de una gran dama que vive cerca de Saint James. No creo que vuelva al menos hasta dentro de dos horas.

Consider&#233; la posibilidad de que estuviera mintiendo -sobre la hora en que volv&#237;a la moza, no sobre su virtud- y llegu&#233; a la conclusi&#243;n de que no era lo bastante astuto para enga&#241;arme. No deseando separarme del pan, lo sujet&#233; entre los dientes mientras cog&#237;a un trapo y amordazaba al joven. Entonces le dije que durante unos d&#237;as hojeara el peri&#243;dico por si alguien pon&#237;a un anuncio pidiendo su abrigo, la peluca y el sombrero. Lo m&#225;s correcto ser&#237;a devolverlos a su propietario.

Termin&#233; el pan r&#225;pidamente, encontr&#233; un par de manzanas -una me la com&#237;, la otra me la guard&#233; en el bolsillo- y decid&#237; que ya era hora de ponerse manos a la obra. Aquella casa no era especialmente grande ni ten&#237;a una distribuci&#243;n especial, as&#237; que no me cost&#243; dar con mi hombre.

Encontr&#233; al juez Piers Rowley en un estudio muy iluminado y con cortinas rojas, cojines rojos y una alfombra turca roja. El propio Rowley vest&#237;a bata y gorro rojo a juego; apenas lo reconoc&#237; sin su aparatosa indumentaria de juez. Esto me pareci&#243; buena se&#241;al. Quiz&#225; tambi&#233;n yo ser&#237;a irreconocible con mi disfraz al menos durante el tiempo que necesitaba para sorprenderlo. El hombre estaba sentado casi de espaldas a m&#237;, ladeado, para que el fuego de la chimenea iluminara en lo posible una mesa cubierta de papeles. En la habitaci&#243;n hab&#237;a algunas velas encendidas, y le hab&#237;an preparado una bandeja con peras y manzanas y un decantador que conten&#237;a un vino tinto de color muy vivo oporto, a juzgar por el olor. Personalmente, no me hubieran ido mal uno o dos vasos, pero no pod&#237;a arriesgarme a que la bebida alterara mis sentidos.

Al acercarme, vi que Rowley sujetaba un voluminoso libro contra el pecho. Se hab&#237;a quedado dormido. Confieso que sent&#237; la tentaci&#243;n de vengarme en aquel momento. Cogerlo del cuello y dejar que despertara a la pesadilla de su propia muerte. La crueldad de semejante experiencia me atra&#237;a y, desde luego, era lo que merec&#237;a. Pero, por muy satisfactorio que pudiera resultarme, era consciente de que su asesinato me servir&#237;a de muy poco.

Me plant&#233; ante &#233;l y carraspe&#233; hasta que el hombre empez&#243; a despertarse. Sus p&#225;rpados carnosos parpadearon, y sus mand&#237;bulas interpretaron la danza del despertar. Se limpi&#243; la baba de los labios con el dorso de la manga y alarg&#243; la mano para coger su vaso de vino.

&#191;Qu&#233; pasa, Daws? -pregunt&#243; en tono ausente, pero cuando el borde plateado del vaso toc&#243; sus labios, sus ojos me enfocaron por primera vez y supo que yo no era Daws. Se sent&#243; muy derecho y el vino le cay&#243; sobre el regazo-. Weaver -susurr&#243;.

El se&#241;or Daws est&#225; incapacitado -le dije-, y vuestro mayordomo, cuyo nombre no he llegado a saber, tiene la cabeza rota.

Rowley volvi&#243; a recostarse en la silla.

Hab&#233;is logrado escapar -observ&#243;, con una leve sonrisa.

No ten&#237;a sentido que confirmara lo obvio.

Estabais decidido a que el jurado me condenara -dije-. &#191;Por qu&#233;?

Eso deb&#233;is discutirlo con el jurado -contest&#243; &#233;l, encogi&#233;ndose contra el respaldo de su silla. La presi&#243;n hizo que sus mand&#237;bulas se desplegaran como alas. Parec&#237;a la m&#225;scara de un disfraz en lugar de un hombre.

No, eso debo discutirlo con vos. No manifestasteis ning&#250;n inter&#233;s por descubrir la verdad sobre la muerte de Yate. Solo os preocupasteis por hacer que me condenaran, y no vacilasteis en condenarme a la horca. Quiero saber por qu&#233;.

El asesinato es un crimen terrible -dijo &#233;l muy suave-. Debe ser castigado.

Tambi&#233;n el intento de asesinato, pues no puedo interpretar el trato que me dispensasteis de otro modo.

Rowley dej&#243; de encogerse, como si hubiera decidido mostrarse osado.

Pod&#233;is pensar lo que quer&#225;is. Vuestras opiniones son vuestras, pero no me hag&#225;is responsable de ellas.

Di un paso hacia &#233;l.

Permitid que diga algo evidente: solo me pueden ahorcar una vez. El veredicto ha sido pronunciado. Si me atrapan, sin duda me espera un horrible destino, independientemente de lo que suceda ahora entre nosotros. Deb&#233;is entender que en este momento la ley no puede reprimir mis actos. -Me inclin&#233; hacia &#233;l-. En vuestros esfuerzos por hacer que la ley me castigara, me hab&#233;is colocado m&#225;s all&#225; de ella, y tengo muy poco que perder si me dejo llevar por mis impulsos violentos. As&#237; que dejad que lo pregunte otra vez. &#191;Por qu&#233; quer&#237;ais que me condenaran?

Porque cre&#237;a que erais culpable -dijo &#233;l volviendo el rostro.

No os creo ni por un momento. O&#237;steis a los testigos confesar que cobraron por decir que vieron lo que no hab&#237;an visto, puesto que no hab&#237;a pasado. Pero preferisteis no hacer caso de la falsedad de los testimonios. Pr&#225;cticamente ordenasteis al jurado que no hiciera caso de la falsedad de los testimonios. Exijo saber por qu&#233;. -Anticipando cierta resistencia por parte de su se&#241;or&#237;a, hab&#237;a cogido un cuchillo de la cocina. Se lo mostr&#233; y, en lugar de esperar a que decidiera si me cre&#237;a capaz de usarlo o no, le hice un corte bajo el ojo izquierdo. Nada serio, solo para que supiera que no soy de los que hablan mucho pero luego no hacen nada.

El hombre se ech&#243; las manos al ojo para taparse la herida, que, debo decir, era bastante insignificante. Sangraba un poco, pero he sufrido heridas m&#225;s graves en la cara a manos de mi barbero.

&#161;Me hab&#233;is dejado ciego! -grit&#243;.

No, no lo he hecho -repliqu&#233;-, pero veo que la idea de quedaros ciego os resulta perturbadora. No dudar&#233; en rebanaros un ojo si no dec&#237;s lo que sab&#233;is. Tal vez no se os haya ocurrido, pero no puedo perder mucho tiempo. Espero que me perdonar&#233;is si me impaciento un poco.

Que el diablo os lleve, Weaver. No ten&#237;a elecci&#243;n. Hice lo que pude por vos. -Rowley permaneci&#243; encogido, presion&#225;ndose la herida con ambas manos, como si fuera a desangrarse si no pon&#237;a sus diez dedos en acci&#243;n.

&#191;Por qu&#233; no ten&#237;ais elecci&#243;n?

Maldita sea -musit&#243;, pero no me lo dec&#237;a a m&#237;. Parec&#237;a como si le hablara al aire. Entonces me mir&#243; una vez m&#225;s-. Escuchad, Weaver, hab&#233;is escapado. Eso tendr&#237;a que bastaros. Si sois listo, no perder&#233;is el tiempo y desaparecer&#233;is. No os conviene hacer enfadar a esa gente.

&#191;Qu&#233; gente? &#191;Qui&#233;n os dijo que pusierais al jurado en mi contra? -exig&#237;.

Silencio. Pero entonces levant&#233; el cuchillo y Rowley reconsider&#243; su posici&#243;n.

&#161;Caramba! No pienso dejar que me mutilen por &#233;l. No lo aprecio tanto como para eso. Maldito el d&#237;a que me dej&#233; implicar en todo esto. Pero tenemos unas elecciones generales encima y ning&#250;n hombre puede permitirse ser neutral.

&#191;Qu&#233;? &#191;Qu&#233; tienen que ver las elecciones con esto?

Fue Griffin Melbury -dijo-. Griffin Melbury me dijo que lo hiciera, pero os suplico que no dig&#225;is que os lo he dicho. Ese hombre es un enemigo muy peligroso, y no me gustar&#237;a que la tomara conmigo.

Sus palabras me sorprendieron tanto que casi se me cae el cuchillo. Pero consegu&#237; sujetarlo, y lo apret&#233; con tanta fuerza que los dedos se me pusieron blancos.

Griffin Melbury, el candidato tory que se presentaba para Westminster. El hombre que se hab&#237;a casado con Miriam.


Cont&#225;dmelo todo -dije-. Y no os salt&#233;is nada.

Melbury me pidi&#243; que me reuniera con &#233;l en cuanto sali&#243; vuestro juicio. Me dijo que era imprescindible que se os declarara culpable, que se os ahorcara. Todos los valores que defienden los tories (una Iglesia fuerte, una monarqu&#237;a fuerte, controlar la nueva riqueza y a los pensadores liberales), todo depend&#237;a de ese veredicto. Dej&#243; muy claro que si no cumpl&#237;a con mi deber en este asunto, despu&#233;s de las elecciones seguramente descubrir&#237;a que hab&#237;a m&#225;s tories en el poder de los que hac&#237;an falta para que perdiera mi puesto.

Yo sab&#237;a que la mayor&#237;a de los jueces son criaturas pol&#237;ticas y deben lealtad a uno de los dos partidos. Tambi&#233;n sab&#237;a que no les importaba dejarse influir en sus resoluciones. Sin embargo, no acababa de entender por qu&#233; quer&#237;an los tories que se me condenara por aquel crimen. &#191;Qu&#233; relaci&#243;n pod&#237;a tener mi destino con la causa tory? A menos, claro est&#225;, que Melbury se hubiera inventado todo aquello y para &#233;l fuera un asunto de honor. Sin embargo, no conoc&#237;a a Griffin Melbury, nunca le hab&#237;a contrariado o enfurecido, y me resultaba dif&#237;cil creer que pudiera odiarme tanto solo porque en otro tiempo hab&#237;a cortejado a la mujer que se hab&#237;a convertido en su esposa.

&#191;Por qu&#233;? -pregunt&#233;.

No lo s&#233; -espet&#243;, como si yo fuera su hijo y le hubiera preguntado por qu&#233; el cielo es azul-. No lo s&#233;. No me lo dijo; no quiso decirlo. Se lo pregunt&#233;, pero &#233;l me contest&#243; con amenazas. Deb&#233;is saber que no me ha producido ninguna satisfacci&#243;n hacer esto. Pero no ten&#237;a elecci&#243;n.

&#191;Y qu&#233; tengo que ver yo con esto? &#191;Qu&#233; influencia puedo tener en la causa tory?

&#191;C&#243;mo voy a saberlo si Melbury no me dijo nada? Seguramente vos pod&#233;is contestar a eso mejor que yo. De haber podido evitar lo sucedido hoy en el tribunal, lo hubiera hecho. No me complace que mi reputaci&#243;n quede manchada por vuestra causa he actuado como lo he hecho porque no pod&#237;a hacer otra cosa.

Durante un buen rato permanec&#237; inm&#243;vil, sin o&#237;r nada ni el chisporroteo del fuego ni el tictac del reloj ni la pesada respiraci&#243;n de Piers Rowley, cuyas manos hab&#237;an dejado de rascar la herida, que ya hab&#237;a dejado de sangrar, y hab&#237;an pasado a sostener su rostro lloroso.

Me pareci&#243; un personaje pat&#233;tico.

Quiero ver vuestros billetes -dije.

Rowley se quit&#243; las manos del rostro. Se hab&#237;a contentado con encogerse y temblar cuando solo amenazaba su vida, pero ahora que buscaba su dinero, despert&#243; el le&#243;n que llevaba dentro.

Os ten&#237;a por una persona demasiado honorable para convertiros en ladr&#243;n -dijo con firmeza. Su voz hab&#237;a adquirido cierta compostura, y pens&#233; que, o bien amaba much&#237;simo su dinero o la cobard&#237;a de antes solo hab&#237;a sido una estratagema para ahorrarse golpes.

Se me ha condenado por un delito grave -dije-. Estoy seguro de que el jurado no habr&#225; perdido el tiempo y habr&#225; corrido a mi casa para confiscar mis pertenencias. Ahora no tengo ni casa ni dinero pero, puesto que vos hab&#233;is sido el art&#237;fice de mi condena, lo justo es que me compens&#233;is por las p&#233;rdidas. Y bien, &#191;vuestros billetes?

No pienso decirlo, Weaver. No permitir&#233; que me rob&#233;is.

No pienso decirlo. Sin duda hab&#237;a perdido el juicio. Mejor hubiera hecho en decir que no ten&#237;a dinero. Esgrim&#237; el cuchillo, pero Rowley se mostr&#243; desafiante.

Creo que la herida que me hab&#233;is provocado demuestra que no sois hombre dado a la violencia gratuita -dijo-. Pod&#237;ais haberme hecho mucho m&#225;s da&#241;o.

En aquel momento o&#237; cierto revuelo en la cocina. Y luego el grito de una mujer. La sirvienta cuya virtud estaba a salvo con el lacayo hab&#237;a vuelto temprano y se hab&#237;a encontrado a sus compa&#241;eros del servicio en una situaci&#243;n apurada. No pod&#237;a demorarme mucho m&#225;s en casa del juez.

Los billetes. Ahora.

El hombre se aventur&#243; a esbozar una leve sonrisa.

Me parece que no. -Me di cuenta de que su ego se hinchaba por momentos mientras se concentraba en desafiarme-. Ver&#233;is, Weaver, vuestra reputaci&#243;n os ha perjudicado. Quiz&#225; pod&#225;is esgrimir espadas y pistolas, y hasta puede que las utilic&#233;is cuando os amenazan u os enfrent&#225;is a peligrosos delincuentes, pero yo no soy m&#225;s que un viejo juez. Dudo que hag&#225;is da&#241;o a una criatura tan indefensa. Ya me he cansado de vuestras amenazas. Os he dicho lo que quer&#237;ais, a pesar de que corro un gran riesgo. Ahora marchaos si pod&#233;is, porque no pienso daros ni un penique, ni siquiera un cuarto de penique. Si cre&#233;is que merec&#233;is una compensaci&#243;n, deb&#233;is solucionar el asunto con Griffin Melbury.

Consider&#233; sus palabras un momento y luego actu&#233; con una rapidez que a m&#237; mismo me sorprendi&#243;. Con una mano cog&#237; su oreja derecha y con la otra emple&#233; mi cuchillo para rebanarle una buena parte de ella. Sostuve aquella cosa sanguinolenta entre los dedos y se la mostr&#233; antes de arrojarla encima de su mesa, donde aterriz&#243; sobre un mont&#243;n de correspondencia con un ruido sordo. Rowley, que estaba demasiado perplejo para gritar o aun moverse, se qued&#243; mirando los peque&#241;os pedazos de carne.

&#191;D&#243;nde guard&#225;is el dinero? -volv&#237; a preguntar.


Para mi regocijo, descubr&#237; que el se&#241;or Rowley ten&#237;a m&#225;s de cuatrocientas libras de billetes negociables, adem&#225;s de otras veintitantas en efectivo; pude reunir&#237;as todas y abandonar la casa antes de que la moza regresara con quien fuera que hab&#237;a ido a buscar. Aunque era una flaca recompensa por el da&#241;o que me hab&#237;a hecho, me satisfizo arrebatarle tan elevada suma.

No ten&#237;a una idea muy clara de qu&#233; hacer con la informaci&#243;n que Rowley me hab&#237;a dado, qu&#233; camino seguir, ni d&#243;nde encontrar&#237;a un lugar seguro donde esconderme. Sin embargo, sab&#237;a ad&#243;nde quer&#237;a ir a continuaci&#243;n.



6

Jam&#225;s hab&#237;a imaginado c&#243;mo era la vida de un lacayo, pero de camino hacia Bloomsbury Square recib&#237; el saludo de rameras, fui abucheado por otros hombres con librea que ve&#237;an que algo faltaba en mi indumentaria, fui vilipendiado por mozos de linterna y algunos aprendices me ofrecieron de beber. El lacayo vive en la frontera entre el privilegio y la ausencia de privilegios, vive en ambos territorios y recibe las mofas de ambos si se atreve a aventurarse demasiado en uno u otro lado.

Evit&#233; a estos torturadores lo mejor que pude, pues ignoraba lo convincente que resultar&#237;a si alguien se me acercaba demasiado. La mayor&#237;a de lacayos eran m&#225;s j&#243;venes que yo, aunque no todos, y seguramente la edad no hubiera sido mi rasgo m&#225;s traidor. La peluca hizo mucho m&#225;s da&#241;o, pues aunque me hab&#237;a tomado muchas molestias por ocultar mis rizos debajo, quedaba rara y abultada en mi cabeza y yo sab&#237;a que si alguien se fijaba bien no pasar&#237;a la prueba.

Me acerqu&#233; a los alojamientos de mi amigo Elias Gordon en un estado de cierta exaltaci&#243;n. Supon&#237;a que a esas alturas ya se habr&#237;a descubierto mi fuga y cualquiera m&#237;nimamente familiarizado con mis h&#225;bitos sabr&#237;a que Elias, que a menudo me ayudaba en mis pesquisas, ser&#237;a la primera persona a quien acudir&#237;a. Si su casa estaba vigilada, seguramente tambi&#233;n lo estar&#237;a la de mi t&#237;o, y las de la media docena de amigos y parientes m&#225;s pr&#243;ximos. Pero de todos mis conocidos, Elias era en quien m&#225;s confiaba, no solo porque sab&#237;a que me proteger&#237;a, sino porque considerar&#237;a mi problema con la mente clara y abierta.

Elias era cirujano de profesi&#243;n, pero era todo un fil&#243;sofo. Durante mis intentos por desenmara&#241;ar el secretismo que rode&#243; la muerte de mi padre, fue &#233;l quien me introdujo en el misterioso funcionamiento d&#233; las grandes instituciones financieras de este reino. Y lo m&#225;s importante, &#233;l me ense&#241;&#243; a comprender la teor&#237;a de la probabilidad -el motor filos&#243;fico que impulsaba la maquinaria de las finanzas- y a utilizarla para resolver un crimen sin pruebas ni testigos. Mis problemas actuales parec&#237;an m&#225;s serios, pero ten&#237;a la esperanza de que Elias ver&#237;a lo que yo no sab&#237;a ver.

Por tanto, me arriesgu&#233; a visitarle, confiando en mi disfraz, mi agudeza mental y -aunque algo mermada- mi fuerza f&#237;sica. Me convenc&#237; a m&#237; mismo de que, a menos que hubiera un ej&#233;rcito esper&#225;ndome, podr&#237;a despachar con relativa rapidez a cualquier hombre que se me pusiera por delante.

La lluvia hab&#237;a aflojado, aunque no par&#243; del todo, y las calles estaban oscuras y cubiertas de fango. Cuando me acercaba a la casa de Elias, vi a dos hombres haciendo guardia en la calle, encorvados para resguardarse de la llovizna. Tendr&#237;an m&#225;s o menos mi edad, pero ninguno de ellos parec&#237;a especialmente fuerte. Llevaban las ropas oscuras de los respetables hombres de clase media, peluca corta y sombrero peque&#241;o, todo empapado. No era lo mismo que una librea pero se acercaba. No imaginaba qui&#233;nes pod&#237;an ser, aunque se notaba que no eran ni guardias ni soldados. Sin embargo, iban bien armados. Vi que cada uno llevaba una pistola en la mano y ten&#237;a los bolsillos llenos, seguramente de perdigones. Yo, por mi parte, no ten&#237;a m&#225;s armas que el cuchillo, que hab&#237;a ocultado en el interior de mi librea.

Pens&#233; en dar un rodeo y entrar por la parte de atr&#225;s, pero uno de los hombres me vio y me llam&#243;.

Eh, amigo -dijo-. &#191;Qu&#233; buscas?

Vengo a ver al se&#241;or Jacob Monck, que vive aqu&#237; -dije, utilizando el nombre de un inquilino que sab&#237;a que viv&#237;a all&#237;. Tambi&#233;n imit&#233; el marcado acento de Yorkshire, con la esperanza de que los despistara.

Los dos se acercaron.

&#191;Y qu&#233; negocios tienes con ese Monck? -pregunt&#243; el que me hab&#237;a llamado.

Le traigo un mensaje. -Me adelant&#233; un paso.

&#191;Un mensaje de qui&#233;n? -El tipo se limpi&#243; la lluvia de la cara.

No me demor&#233; ni un instante.

De mi se&#241;ora -le dije, con la esperanza de que no hubiera hecho su trabajo lo bastante bien para saber que Monck era un septuagenario y no estaba para intrigas amorosas.

&#191;Y qui&#233;n es tu se&#241;ora?

Yo le dediqu&#233; una sonrisa afectada e hice rodar los ojos como hab&#237;a visto hacer a un lacayo muy picar&#243;n cientos de veces.

No es de vuestra incumbencia. &#191;Y qui&#233;nes sois que os interpon&#233;is en mi camino con tanta insolencia?

Estos pelmazos se tienen por grandes caballeros -dijo uno de los centuriones-. Somos de la guardia aduanera. Y t&#250; no eres m&#225;s que un pringado. No deber&#237;as olvidarlo.

Marchaos y entregad vuestro mensaje, se&#241;or -dijo el otro-. Y perdonad si os hemos importunado en vuestra importante tarea. No quisiera pensar que me he interpuesto entre el se&#241;or Monck y el conejo de vuestra se&#241;ora.

Sonre&#237; con desprecio al que hab&#237;a hablado y llam&#233; a la puerta; a pesar de mi altaner&#237;a, estaba muy inquieto: guardias aduaneros, los agentes encargados de hacer cumplir la ley de aranceles aduaneros. &#191;Qu&#233; hac&#237;an unos hombres cuya misi&#243;n era perseguir a los contrabandistas y a quienes burlan las aduanas buscando a un supuesto asesino huido de Newgate? No ten&#237;a sentido, pero aquello parec&#237;a indicar que detr&#225;s de mi condena hab&#237;a mucho m&#225;s de lo que imaginaba.

Cuando o&#237; que abr&#237;an, me asust&#233;. Sin duda, la se&#241;ora Henry, la casera de Elias, me reconocer&#237;a, y no estaba seguro de poder contar con su silencio. Siempre me hab&#237;a mirado con afabilidad, pero ahora se me consideraba un asesino, y sab&#237;a que habr&#237;a quienes no ver&#237;an mi actuaci&#243;n en casa del se&#241;or Rowley con buenos ojos.

Por suerte, no hab&#237;a motivo para asustarse. La se&#241;ora Henry abri&#243; la puerta, me mir&#243; a la cara y, como si no tuviera ni idea de qui&#233;n era yo, me pregunt&#243; qu&#233; quer&#237;a. Yo me limit&#233; a repetir lo que hab&#237;a dicho a los centuriones y ella me hizo pasar.

Pens&#233; que la mujer querr&#237;a preguntarme algo, o suplicarme que volviera a la prisi&#243;n y tuviera fe en la ley y en el Se&#241;or, pero no fue as&#237;. Con una sonrisa cordial y un gesto de la cabeza, me dijo:

Suba. Est&#225; arriba.

Elias abri&#243; la puerta en cuanto llam&#233;. Sus ojos se abrieron con desmesura por un momento, y luego me agarr&#243; del brazo y me arrastr&#243; al interior.

&#191;Est&#225;s loco? Abajo hay hombres que te buscan.

Lo s&#233; -dije yo-. Guardias de aduana.

&#191;Del servicio aduanero? &#191;Y qu&#233; tienen que ver ellos con esto? -Empez&#243; a decir algo sobre lo peculiar de aquel hecho, pero cambi&#243; de opini&#243;n y se acerc&#243; a un aparador en el que hab&#237;a una botella y unos vasos sucios. Los alojamientos de Elias eran agradables, pero no estaban precisamente limpios; hab&#237;a ropa sucia, libros, peri&#243;dicos y platos sucios por todas partes. Ten&#237;a algunas velas encendidas sobre su escritorio y al parecer estaba ocupado con alg&#250;n proyecto cuando llam&#233;. A pesar de ser un cirujano de cierto renombre, Elias prefer&#237;a las artes literarias; ya hab&#237;a empleado su pluma para probar con el teatro y la poes&#237;a. Seg&#250;n me hab&#237;a dicho, ahora estaba escribiendo las memorias ficticias de un osado cirujano escoc&#233;s que se mov&#237;a por el laberinto social de Londres.

Es evidente que has pasado por muchas cosas -dijo-, pero, antes de que me lo cuentes, debo pedirte que tomes un enema.

Me ofreci&#243; un cilindro del tama&#241;o de mi dedo. Era marr&#243;n, y parec&#237;a duro como una piedra.

&#191;Disculpa?

Un enema -me explic&#243; con gran entusiasmo-. Es un purgante para los intestinos.

S&#237;, conozco la palabra. Pero, despu&#233;s de haberme escapado de la prisi&#243;n m&#225;s temida del reino, no me apetece celebrar mi libertad cagando en tu orinal mientras t&#250; esperas para examinar las pruebas.

A nadie le gustan los enemas, pero esa no es la cuesti&#243;n. He estudiado detenidamente el asunto y he llegado a la conclusi&#243;n de que es lo mejor para ti mejor incluso que la sangr&#237;a. Lo ideal ser&#237;a combinarlo con un diur&#233;tico y un purgante, pero sospecho que no querr&#225;s tomar las tres cosas.

Es curioso lo bien que nos conocen los amigos -coment&#233;-. Sabes ver en mi interior como nadie, y te has dado cuenta de que no estoy de humor para cagar, mear y vomitar al mismo tiempo.

&#201;l levant&#243; la palma de la mano.

Olvidemos este asunto de momento. Yo solo pienso en tu salud, y t&#250; lo sabes, pero no puedo obligarte a aceptar la medicina. Supongo que no me rechazar&#225;s un vaso de vino, &#191;no?

No s&#233; por qu&#233;, pero este ofrecimiento me atrae m&#225;s que el otro.

No hay necesidad de ser impertinente -dijo mientras me serv&#237;a un vaso de vino tinto de un color apagado. Cuando se volvi&#243; para d&#225;rmelo, pareci&#243; reparar por primera vez en mi librea-. Te sienta bien el servicio -dijo.

Por el momento, el traje me ha resultado muy &#250;til.

&#191;D&#243;nde lo has conseguido?

Es del lacayo de Piers Rowley.

Elias abri&#243; mucho los ojos.

Weaver, no habr&#225;s ido all&#237;, &#191;verdad?

Me encog&#237; de hombros.

Me pareci&#243; que era la mejor opci&#243;n.

&#201;l se llev&#243; la mano a la cara, como si yo hubiera arruinado alg&#250;n gran plan. Se puso muy derecho y respir&#243; hondo.

Espero que no hayas hecho ning&#250;n disparate.

Por supuesto que no. Sin embargo, le he cortado al juez una de sus orejas y le he quitado cuatrocientas libras.

Extra&#241;amente, mis palabras parecieron asustarle. Quit&#243; un par de pantalones manchados de vino de una silla y se sent&#243;.

Tienes que salir del pa&#237;s lo antes posible. Quiz&#225; podr&#237;as ir a las Provincias Unidas. Tienes un hermano all&#237;, &#191;verdad? O a Francia.

No pienso abandonar el pa&#237;s -dije levantando lo que parec&#237;a el cors&#233; de una dama de la silla que ten&#237;a m&#225;s cerca-. No pienso huir y dejar que todo el mundo crea que soy un asesino. -Arroj&#233; aquella prenda encima de los pantalones y tom&#233; asiento.

&#191;Y qu&#233; importa lo que piense el mundo? Incluso si pudieras demostrar que no mataste a ese Yate, te colgar&#237;an de todos modos por cortarle la oreja a un juez del Tribunal Supremo y robarle cuatrocientas libras. La ley no ve estas cosas con muy buenos ojos.

Tampoco ve con buenos ojos la corrupci&#243;n de los jueces. Estoy seguro de que una vez se comprenda que, con su corrupci&#243;n, Rowley no me ha dejado otra salida, se retirar&#225; cualquier cargo que haya contra m&#237;.

Has perdido el juicio. Por supuesto que no se retirar&#225;n los cargos. No puedes pasar por encima de la ley, por muy justas que sean tus motivaciones o muy l&#243;gicos que sean tus argumentos. Aqu&#237; no hay juego limpio. Esto es el gobierno.

Ya veremos qu&#233; puedo y qu&#233; no puedo hacer -dije con una confianza que no ten&#237;a.

Por un momento, Elias call&#243;.

Cuatrocientas libras es mucho dinero. &#191;Crees que te har&#225; falta todo?

Elias, por favor.

Bueno, me debes treinta libras, y puesto que dentro de poco te ahorcar&#225;n, creo que es justo que te lo recuerde. Si quiero terminar esta peque&#241;a obra de ficci&#243;n, voy a necesitar toda la ayuda posible.

Escucha -le dije-. No puedo quedarme mucho tiempo. He dicho a los guardias que ven&#237;a a entregar una carta amorosa a tu amigo inquilino. Ahora me ir&#233;. Nos reuniremos dentro de una hora en una posada llamada Turco y Sol, en Charles Street. &#191;La conoces?

S&#237;, pero nunca he entrado.

Yo tampoco, por eso es un buen sitio. Y aseg&#250;rate de que no te siguen.

&#191;Y eso c&#243;mo lo hago?

No lo s&#233;. Pide inspiraci&#243;n a tu musa. Coge varios coches de caballos.

Muy bien -dijo &#233;l-. En el Turco y Sol, dentro de una hora.

Yo me puse en pie y dej&#233; mi vaso sobre el escritorio.

De todos modos, &#191;c&#243;mo conseguiste salir?

&#191;Viste aquella mujer que me abraz&#243; cuando pronunciaron la sentencia?

Ciertamente, la vi. Una bella criatura. &#191;Qui&#233;n es?

No lo s&#233;, pero me puso una ganz&#250;a en la mano.

Todo un detalle. &#191;No tienes ni idea de qui&#233;n puede ser?

A juzgar por la actuaci&#243;n de Jonathan Wild, imagino que ser&#225; de las suyas. Solo el gran cazador de ladrones podr&#237;a tener una cuadrilla de bellas maestras de la ganz&#250;a a sus &#243;rdenes. Sin embargo, no especular&#233; sobre el motivo por el que podr&#237;a querer verme libre. Y tampoco entiendo por qu&#233; testific&#243; favorablemente.

Yo tampoco lo entend&#237;. Cuando subi&#243; al estrado, pens&#233; que har&#237;a lo posible por destruirte. Te ha tratado bastante mal en el pasado, y ha mandado a sus esbirros a que te apaleen. Y ahora pretende hacernos creer que te admira. Es la cosa m&#225;s desconcertante del mundo, pero no creo que tengas intenci&#243;n de pregunt&#225;rselo, &#191;me equivoco?

Yo re&#237;.

No, la verdad. No tengo intenci&#243;n de presentarme en su taberna, mientras se ofrezca una recompensa por mi cabeza, para preguntarle si, aparte del favor del estrado, tambi&#233;n fue responsable del otro. Porque, si la respuesta es no, podr&#237;a verme en un serio aprieto.

Elias asinti&#243;.

Aun as&#237;, si fue &#233;l quien te envi&#243; a la mujer, te convendr&#237;a averiguar por qu&#233;.

Y lo har&#233;. Tarde o temprano lo sabr&#233;.

Puesto que ya no est&#225;s en Newgate, deduzco que hiciste buen uso de la ganz&#250;a.

Le di el mejor uso que pude. Abr&#237; los cierres de mis cadenas -dije- y arranqu&#233; un barrote de la ventana, que utilic&#233; para derribar la pared de la chimenea, por la que sub&#237;. Luego abr&#237; unas cuantas cerraduras m&#225;s, sub&#237; por varias escaleras, atraves&#233; una ventana con barrotes y, finalmente, baj&#233; por una cuerda que hice con mis ropas y qued&#233; desnudo en la calle.

Se me qued&#243; mirando.

Una hora -repiti&#243;-; dentro de una hora en el Turco y Sol.


Hab&#237;a pasado cientos de veces ante aquella taberna y jam&#225;s hab&#237;a entrado, porque siempre me pareci&#243; poco llamativa. Sin embargo, en aquellos momentos, eso era justamente lo que buscaba. En el interior, las mesas estaban atestadas de hombres an&#243;nimos de clase media, con sus bastas ropas de lana y sus risas groseras. Hac&#237;an lo que suelen hacer los hombres en estos lugares: sobre todo beber, aunque tambi&#233;n com&#237;an chuletas, fumaban sus pipas, y manoseaban a las putas que entraban tratando de ganarse alg&#250;n chel&#237;n.

Me sent&#233; a la mesa menos iluminada que pude encontrar y ped&#237; un plato de algo caliente y una jarra de cerveza. Cuando me pusieron delante un pollo con salsa de pasas, me lanc&#233; sobre el p&#225;jaro con una ferocidad carn&#237;vora; me puse de grasa hasta las orejas.

Imagino que los lacayos con librea no formaban parte de la clientela habitual de la taberna, por eso vi que miraban con curiosidad, aunque no tuve que aguantar ninguna otra molestia. Cuando termin&#233; de comer, beb&#237; la cerveza y, quiz&#225; por primera vez, me pregunt&#233; seriamente c&#243;mo salir de aquella dif&#237;cil situaci&#243;n, sin duda la peor en la que me hab&#237;a visto en una vida llena de situaciones complicadas. Cuando Elias se present&#243;, no hab&#237;a llegado a ninguna conclusi&#243;n. Se acerc&#243; a mi mesa, inclin&#225;ndose como si tuviera miedo de que le echaran una manzana a la cabeza. Ped&#237; una cerveza, cosa que le alegr&#243; no poco.

Una vez se hubo remojado los labios con la bebida, se sinti&#243; preparado para abordar el asunto que nos ocupaba.

Expl&#237;came otra vez por qu&#233; no quieres huir.

Si de verdad hubiera matado a Yate -dije-, huir&#237;a encantado. Adoptar&#237;a el papel del fugitivo. Pero yo no he matado a nadie, y no pienso pasar el resto de mi vida como un renegado, temiendo entrar en un pa&#237;s que siempre ha sido mi hogar porque alguien ha querido que as&#237; fuera.

Lo que ese alguien quer&#237;a era verte muerto. Mientras sigas con vida, habr&#225;s derrotado a tus enemigos.

No puedo aceptar eso. Quiero que se haga justicia. Al menos, necesito saber por qu&#233; ha pasado todo esto, y pienso arriesgar mi vida qued&#225;ndome en Londres para averiguarlo. Adem&#225;s, se lo debo a Yate.

&#191;A Yate? Pens&#233; que no lo conoc&#237;as hasta una hora antes de su muerte.

Y as&#237; es. Pero en una hora nos hicimos amigos. Durante la refriega, &#233;l me salv&#243; la vida una vez y, si puedo evitarlo, no dejar&#233; que su muerte quede impune.

Elias suspir&#243; y se pas&#243; las manos por el rostro.

Dime qu&#233; has averiguado hasta ahora.

Ya le hab&#237;a hablado de mis encuentros anteriores con el se&#241;or Ufford y Littleton, aunque volv&#237; a record&#225;rselos. Le habl&#233; tambi&#233;n de la conversaci&#243;n con Rowley.

Elias no pareci&#243; menos sorprendido que yo.

&#191;Y por qu&#233; iba a querer Griffin Melbury que te ahorcaran? -pregunt&#243;-. Por Dios, Weaver, &#191;no se la estar&#225;s pegando con su mujer? Porque si todo esto es por un asunto de faldas voy a sentirme muy decepcionado.

No, no me estoy acostando con la mujer de otro hombre. Hace casi medio a&#241;o que no veo a Miriam.

&#191;No la has visto, dices? &#191;Y le has mandado alguna carta?

Negu&#233; con la cabeza.

No, en absoluto. No he tenido ning&#250;n contacto con ella. Hasta me extra&#241;ar&#237;a que Melbury supiera que la ped&#237; en matrimonio. Dudo que ella le haya hablado de antiguos amores, y desde luego no de forma que pudiera suscitar sus celos.

Con las mujeres nunca se sabe. A veces hacen las cosas m&#225;s sorprendentes. Despu&#233;s de todo, &#191;no te sorprendi&#243; que la se&#241;ora Melbury se convirtiera al cristianismo?

Apart&#233; la vista. Desde luego que me hab&#237;a sorprendido, y hasta un punto que no acertaba a comprender. Desde que hab&#237;a reiniciado mi relaci&#243;n con mis parientes, sobre todo mi t&#237;o y su familia, y hab&#237;a vuelto al barrio de Dukes Place, el h&#225;bito y la inclinaci&#243;n me empujaban cada vez m&#225;s a la comuni&#243;n con mis correligionarios. Respetaba la celebraci&#243;n del sabbat, dec&#237;a mis oraciones en la sinagoga casi todos los d&#237;as festivos y cada vez me resultaba m&#225;s dif&#237;cil violar las normas sobre alimentaci&#243;n. A&#250;n no me hab&#237;a decidido a seguir estas leyes al pie de la letra, pero cada vez que pensaba en comer cerdo o carne hervida con leche sent&#237;a cierta repugnancia, incluso con el pollo que me hab&#237;an servido en la taberna. Empezaba a incomodarme llevar la cabeza descubierta; siempre que era posible evitaba hacer negocios en viernes por la noche o s&#225;bado. De vez en cuando me sentaba en el estudio de mi t&#237;o y hojeaba su Biblia en hebreo, tratando de refrescar ese escurridizo idioma que durante tantos a&#241;os hab&#237;a estudiado de ni&#241;o.

No pretendo decir que me hubiera acercado ni remotamente a lo que un verdadero devoto considerar&#237;a la plena observancia de las leyes jud&#237;as, pero me sent&#237;a m&#225;s c&#243;modo si respetaba ciertas normas. Y, tal vez porque, como cualquier hombre, yo tambi&#233;n miro en mi interior y tiendo a pensar que el resto del mundo piensa lo mismo que yo, cre&#237;a que Miriam tendr&#237;a aquellas mismas inclinaciones. Despu&#233;s de todo, iba a la sinagoga, ayudaba a mi t&#237;a en los preparativos para las fiestas y, que yo supiera, jam&#225;s hab&#237;a incumplido el sabbat ni las normas de alimentaci&#243;n ni siquiera cuando se fue de la casa de mi t&#237;o. Entonces &#191;por qu&#233; se hab&#237;a unido a la Iglesia anglicana?

Al principio pens&#233; que solo era para complacer a Melbury, a quien imaginaba como un hombre meloso y zalamero, un atractivo gal&#225;n con m&#225;s educaci&#243;n que medios. Pero despu&#233;s, cuando medit&#233; la decisi&#243;n de Miriam, se me ocurri&#243; otro motivo. En m&#225;s de una ocasi&#243;n me hab&#237;a dicho que envidiaba mi habilidad de ser como los ingleses. Yo sab&#237;a que era algo que ella deseaba, pero era imposible, pues era jud&#237;a. Qu&#233; iron&#237;a, como jud&#237;o, yo nunca podr&#237;a ser ingl&#233;s, como mucho ser&#237;a como los ingleses. En cambio Miriam, aun siendo jud&#237;a, s&#237; pod&#237;a ser inglesa.

Solo hay que mirar las obras de los poetas. Siempre est&#225; el jud&#237;o, y la hija del jud&#237;o o la mujer del jud&#237;o. Quiz&#225; donde m&#225;s claramente se ve es en la famosa El jud&#237;o de Venecia, del se&#241;or Granville, donde la bella Jessica solo tiene que dejar a su padre, un vil jud&#237;o, y abrazar a su amado cristiano para dejar atr&#225;s cualquier vestigio de su pasado hebreo. En la terminolog&#237;a de quienes se dedican a la ciencia natural, en tanto que mujer, Miriam no era m&#225;s que un cuerpo en la &#243;rbita del hombre al que estaba sometida. Casarse con un cristiano le permiti&#243; convertirse en inglesa; es m&#225;s, era necesario. Sin embargo, cuando un jud&#237;o se casa con una inglesa, cada uno conserva su religi&#243;n. Con una mujer jud&#237;a no sucede as&#237;, y no sucedi&#243; con Miriam.


Sin embargo, Elias estaba mucho m&#225;s interesado en saber por qu&#233; Melbury pod&#237;a querer hacerme da&#241;o.

Si no le has hecho nada y, suponiendo que tengas raz&#243;n y su mujer no haya incitado su odio hacia ti, &#191;por qu&#233; iba a querer destruirte? Y lo m&#225;s importante, &#191;qu&#233; poder tiene para decirle a Piers Rowley lo que tiene que hacer?

Me imagino que Rowley debe alg&#250;n tipo de lealtad a los tories, y que Melbury tiene cierta influencia. El juez dej&#243; muy claro que, ahora que se acercan las elecciones, deben gravitar seg&#250;n lo exija su filiaci&#243;n y actuar en consecuencia.

Desde luego. -Elias irgui&#243; la cabeza-. Hab&#237;a olvidado que no te interesa la pol&#237;tica, que es la raz&#243;n por la que todo esto no tiene sentido. Rowley no debe nada a los tories. Es whig, se&#241;or m&#237;o. Y un whig reconocidamente vinculado a Albert Hertcomb, el adversario de Melbury en las elecciones.

Ya s&#233; qui&#233;n es Hertcomb -dije muy sombr&#237;o y dando un sorbo a mi cerveza, aunque si sab&#237;a qui&#233;n era se deb&#237;a a que hab&#237;a o&#237;do un art&#237;culo sobre &#233;l que alguien ley&#243; en voz alta en una taberna unos d&#237;as antes de mi arresto-. Rowley insisti&#243; en que mi arresto y ahorcamiento eran de vital importancia para la causa tory Entonces, &#191;por qu&#233;? -Yo mismo me interrump&#237; al recordar el contenido de aquel art&#237;culo que hab&#237;a o&#237;do-. Un momento. &#191;No hab&#237;a una relaci&#243;n entre el candidato whig, Hertcomb, y Dennis Dogmill, el comerciante de tabaco al que los estibadores odian tanto?

Elias asinti&#243;.

Me sorprende que lo sepas. S&#237;, Dogmill es el patrocinador de Hertcomb y, por tanto, la intervenci&#243;n de Hertcomb ha sido fundamental para la aprobaci&#243;n de varios proyectos de ley que favorec&#237;an el comercio de tabaco en general y a Dogmill en particular. Tambi&#233;n es su representante electoral.

Golpe&#233; la mesa con el pu&#241;o.

Utilicemos tus incre&#237;bles conocimientos sobre probabilidad y veamos qu&#233; sale. Un cura habla a favor de los derechos de los estibadores que descargan el tabaco de Dogmill y recibe amenazas. Uno de los cabecillas de los agitadores muere asesinado y me arrestan a m&#237; por el crimen. En el juicio, el juez, que es whig, hace lo posible para que me condenen, pero cuando lo pongo entre la espada y la pared acusa a un importante tory. Acudo a un lugar donde s&#233; con total seguridad que ir&#225;n en mi busca y descubro que hay oficiales de aduanas vigilando, oficiales que tendr&#237;an que dedicarse a buscar cargamentos de contrabando en lugar de asesinos fugados. Dada la reconocida corrupci&#243;n de la mayor&#237;a de los agentes de aduanas, de quienes se dice que est&#225;n al servicio de los comerciantes m&#225;s poderosos, creo que puedo emplear los mecanismos de la probabilidad y determinar la identidad del villano.

Dennis Dogmill -susurr&#243; Elias.

Exacto. Me encantar&#237;a verlo ahorcado despu&#233;s del desagradable trato que me dio cuando intent&#233; hablar con &#233;l. Debe de ser &#233;l. No hay otra persona que pudiera querer la muerte de Walter Yate, que tenga el poder para hacer ahorcar a otro por el crimen y que quiera ponerme en contra de Griffin Melbury.

Elias escrut&#243; mi rostro.

Debes de estar decepcionado ahora que sabes que Melbury seguramente no es tu enemigo.

Para mis adentros tuve que admitir que ten&#237;a raz&#243;n, pero no le dar&#237;a la satisfacci&#243;n de decirlo en voz alta.

&#191;Y por qu&#233; hab&#237;a de estarlo?

Vamos, Weaver, has estado muy mal este medio a&#241;o, desde que supiste que tu bella primita se hab&#237;a hecho cristiana y se hab&#237;a casado con Melbury. Estoy seguro de que te encantar&#237;a dejarlo como un bellaco. Despu&#233;s de todo, si ahorcaran al se&#241;or Melbury, la se&#241;ora Melbury quiz&#225; volviera a casarse.

Tengo cosas m&#225;s importantes que andar preocup&#225;ndome por asuntos del coraz&#243;n -dije d&#233;bilmente-. Por el momento me contento con saber casi con total seguridad que Dennis Dogmill es mi enemigo. -No estaba nada contento, y no hab&#237;a abandonado del todo la idea de que Melbury tuviera algo que ver o de poder implicarlo de alg&#250;n modo.

Todos saben que Dogmill es cruel y perverso -concedi&#243; Elias-, pero si fue &#233;l quien mand&#243; matar a Walter Yate, &#191;por qu&#233; iba a querer culparte a ti precisamente? Los muelles est&#225;n llenos de tipos de la peor cala&#241;a, que casi no saben ni hablar por s&#237; mismos, que no podr&#237;an ni defenderse y que desde luego no tendr&#237;an el valor de escapar de Newgate. &#191;Por qu&#233; culpar a un hombre que sin duda sabe que se resistir&#225; con todas sus fuerzas a semejante abuso?

Mene&#233; la cabeza.

S&#237;, no parece muy inteligente. No tuve ocasi&#243;n de averiguar nada sobre el asunto de las notas amenazadoras. Me arrestaron cuando acababa de empezar a investigar, as&#237; que no creo que Dogmill quisiera silenciarme, porque no sab&#237;a nada de nada. Creo que ah&#237; es donde est&#225; la clave. Si consigo averiguar por qu&#233; Dogmill quer&#237;a castigarme, encontrar&#233; la manera de demostrar mi inocencia.

Elias frunci&#243; el ce&#241;o con expresi&#243;n esc&#233;ptica.

Ma&#241;ana visitar&#233; a Ufford para ver si puede darme informaci&#243;n. Y hay otras personas a quienes puedo acudir. Pero ahora necesito dormir.

Entonces te dejo. -Se levant&#243;, se puso el sombrero, y se volvi&#243; hacia m&#237;-. Una &#250;ltima pregunta. &#191;Qui&#233;n es ese tal Johnson del que hablaron los testigos?

Negu&#233; con la cabeza.

Lo hab&#237;a olvidado. El nombre no me dice nada.

Qu&#233; extra&#241;o. Ese Spicer parec&#237;a muy interesado en que todos te asociaran con Johnson.

A m&#237; tambi&#233;n me lo pareci&#243;, pero no conozco a nadie con ese nombre.

Tengo la impresi&#243;n de que lo conocer&#225;s -profetiz&#243;. Y, tal como fueron las cosas, no se equivocaba.

Quedamos en encontrarnos la noche siguiente en otra taberna. Sin embargo, cuando ya se iba, Elias vacil&#243; un momento y luego sac&#243; una peque&#241;a bolsa del abrigo.

Te he tra&#237;do un enema y un em&#233;tico. Espero que seas prudente y los utilices.

De verdad, necesito dormir.

Dormir&#225;s mejor si te purgas. Debes confiar en m&#237;, Weaver. Despu&#233;s de todo, soy m&#233;dico. -Y, dicho esto, se march&#243; dej&#225;ndome con la vista clavada en su generoso regalo.



7

Aquella noche vi algunas miradas de curiosidad cuando ped&#237; una habitaci&#243;n en el Turco y Sol. Por mi librea debieron de suponer que hab&#237;a huido de un amo desagradable, pero cuando vieron que pagaba por adelantado y con dinero en efectivo no me hicieron preguntas y me llevaron a mi habitaci&#243;n con considerable satisfacci&#243;n.

No ten&#237;a intenci&#243;n de utilizar la medicina de Elias, pero en un arrebato decid&#237; tomarla y, aunque pas&#233; m&#225;s de una hora muy inc&#243;modo, confieso que despu&#233;s me sent&#237; purificado y dorm&#237; m&#225;s profundamente de lo que sin duda hubiera dormido, aunque mis sue&#241;os fueron una disparatada e incoherente mara&#241;a de prisiones, ahorcamientos y huidas. Despu&#233;s de evacuar mis intestinos, ped&#237; un ba&#241;o caliente para poder desprenderme de los bichos de la c&#225;rcel, que fueron sustituidos r&#225;pidamente por los de la taberna.

Los purgantes tuvieron el efecto de dejarme con un hambre feroz, y por la ma&#241;ana me tom&#233; el pan y la leche caliente del desayuno con gran placer. Luego, ataviado a&#250;n con mi disfraz de lacayo, me dirig&#237; a la casa del se&#241;or Ufford, de quien esperaba que arrojar&#237;a alguna luz sobre mis problemas. Mientras caminaba por la calle, a plena luz del d&#237;a, tuve una sensaci&#243;n realmente extra&#241;a. Estaba en libertad, pero no era libre en modo alguno. Tendr&#237;a que seguir disfrazado hasta no sab&#237;a hasta cu&#225;ndo. Lo normal hubiera sido pensar que hasta que demostrara mi inocencia, pero eso ya lo hab&#237;a hecho.

No quer&#237;a darle demasiadas vueltas, pues todo aquello me inquietaba demasiado. Necesitaba mantenerme ocupado, y pens&#233; que Ufford podr&#237;a darme alguna informaci&#243;n de utilidad. Sin embargo, cuando llam&#233; a su puerta descubr&#237; que su sirviente no ten&#237;a intenci&#243;n de dejarme entrar. A un observador circunstancial, sin duda le hubi&#233;ramos parecido dos perros que se estudian y le desean al otro lo peor, no sea que reciba demasiadas caricias de su amo.

Debo hablar con el se&#241;or Ufford -le dije al individuo.

&#191;Y qui&#233;n sois para hablar con &#233;l?

Desde luego, eso no se lo pod&#237;a decir.

Eso no importa -dije-. Deja que hable con &#233;l y te prometo que tu se&#241;or te dir&#225; que has hecho bien.

No tengo intenci&#243;n de dejar entrar a un hombre a quien no conozco bas&#225;ndome en semejante promesa. O me dais vuestro nombre u os march&#225;is. En realidad, seguramente har&#233;is las dos cosas.

No pod&#237;a permitir que una reuni&#243;n tan importante no se realizara por culpa del agudo sentido del deber de aquel tipo.

En realidad, no voy a hacer ni lo uno ni lo otro -coment&#233;, y dicho esto lo apart&#233; de un empuj&#243;n y entr&#233;. Dado que anteriormente solo hab&#237;a estado en la cocina, no ten&#237;a ni idea de d&#243;nde encontrar al se&#241;or Ufford, pero por suerte o&#237; voces que ven&#237;an del fondo del pasillo, as&#237; que me dirig&#237; hacia all&#237;; el sirviente iba detr&#225;s de m&#237;, toc&#225;ndome el hombro como un perro faldero detr&#225;s de su amo.

Irrump&#237; en la habitaci&#243;n y encontr&#233; a Ufford sentado, tomando un vino con un joven de no m&#225;s de veinticinco a&#241;os. Este individuo tambi&#233;n vest&#237;a con el l&#250;gubre color negro de los hombres de Iglesia, pero sus ropas eran de inferior calidad. Cuando entr&#233;, ambos levantaron la vista sorprendidos. Aunque quiz&#225; ser&#237;a m&#225;s acertado decir que la expresi&#243;n de Ufford era de miedo. Se levant&#243; de un salto, salpic&#225;ndose los pantalones de vino, y recul&#243; unos pasos.

&#191;Qu&#233; es esto? -exigi&#243;.

Os pido disculpas, se&#241;or -dijo el sirviente-. Este cretino me ha empujado y no he podido detenerlo.

Lamento haber tenido que hacerlo -le dije a Ufford-, pero me temo que tengo que hablar con vos, y en estos momentos las v&#237;as habituales est&#225;n cerradas para m&#237;.

Ufford me mir&#243; con incredulidad, hasta que algo pareci&#243; colocarse en su sitio en su cabeza y me reconoci&#243; a pesar del disfraz.

Oh, s&#237;. Por supuesto. -Carraspe&#243; como un actor en el escenario y se sacudi&#243; el pantal&#243;n-. Os ruego que me perdon&#233;is, se&#241;or North -le dijo a su invitado-. Tendremos que seguir con este asunto en otra ocasi&#243;n. Ir&#233; a visitaros ma&#241;ana, tal vez.

Desde luego -musit&#243; el otro poni&#233;ndose en pie. Me mir&#243; con gesto hosco, como si yo hubiera preparado aquella peque&#241;a escena para abochornarlo, y luego, indignado, mir&#243; a Ufford. No me considero un experto en los secretos que se esconden en el coraz&#243;n de un hombre, pero no hab&#237;a duda: el tal se&#241;or North odiaba a Ufford con toda su alma.

Cuando North y el sirviente salieron, Ufford se acerc&#243; a m&#237; de puntillas, como para darle a aquella reuni&#243;n el sigilo necesario. Me cogi&#243; la mano con mucha cautela y se inclin&#243;.

Benjam&#237;n -dijo con voz susurrante-. Me alegra que hay&#225;is venido.

No es necesario hablar en voz baja -le dije, aunque m&#225;s bajo que en mi tono habitual, pues el sigilo se contagia-, a menos que vuestro sirviente est&#233; escuchando detr&#225;s de la puerta.

Lo dudo -dijo Ufford, esta vez en voz muy alta, y se dirigi&#243; hacia la puerta con los brazos abiertos como las alas de un p&#225;jaro-. S&#233; que puedo confiar en que Barber se comportar&#225; como corresponde a su cargo. No creo que haga falta ni que lo compruebe. -Y dicho esto abri&#243; la puerta a un pasillo vac&#237;o-. Ah -dijo cuando volvi&#243; a cerrarla-. &#191;Veis? Est&#225;is seguro. No deb&#233;is preocuparos. Aunque imagino que ten&#233;is todos los motivos del mundo para estar preocupado, &#191;no es cierto? Pero no pensemos en eso ahora. Venid, un vaso de vino os ayudar&#225; a recuperar el &#225;nimo. Porque, beb&#233;is, &#191;no es as&#237;? Conozco a muchos hombres de bajo rango que nunca beben.

Pues yo bebo -le asegur&#233;, convencido de que me har&#237;a falta mucho vino para aguantar aquella entrevista. Cuando me entreg&#243; mi vino y tom&#233; asiento (&#233;l no me invit&#243; a hacerlo, y pareci&#243; muy molesto cuando me instal&#233; de motu propio, aunque no estaba yo para preocuparme por minucias), se&#241;al&#233; hacia la puerta con la cabeza-. &#191;Qui&#233;n era ese hombre?

Oh, solo era el se&#241;or North. Es el coadjutor que sirve en mi parroquia de Wapping. Ha vuelto a hacer los sermones desde que empec&#233; a recibir esas notas. &#191;Hab&#233;is hecho alg&#250;n progreso en lo referente al autor?

Me lo qued&#233; mirando.

Se&#241;or, deb&#233;is entender que ha habido otros asuntos que me han tenido ocupado.

Oh, s&#237;. Lo entiendo. Pero tambi&#233;n entiendo que me hicisteis una promesa, y una promesa es una promesa, aunque cumplirla resulte m&#225;s dif&#237;cil de lo que uno esperaba. &#191;C&#243;mo vais a mejorar en la vida si no sois capaz de cumplir con el servicio que hab&#233;is prometido?

En estos momentos me preocupa mucho m&#225;s evitar la horca que mejorar mi posici&#243;n. Pero da la casualidad de que estoy preparado para volver a vuestro problema, pues creo que la persona que ha escrito las notas podr&#237;a arrojar cierta luz sobre mi situaci&#243;n.

A mi entender esa no es una raz&#243;n apropiada para que realic&#233;is el trabajo por el que os pagu&#233;. &#191;No es suficiente incentivo la satisfacci&#243;n de un trabajo bien hecho? En cualquier caso, me gustar&#237;a saber a qu&#233; situaci&#243;n os refer&#237;s.

La situaci&#243;n de haber sido condenado por un asesinato que no comet&#237; -dije muy despacio, como si la lentitud de mis palabras pudiera ayudarle a entender mejor-. Sospecho que fui juzgado por la muerte de ese hombre porque pretend&#237;a descubrir al autor de las notas.

&#161;Oh, no! -exclam&#243; Ufford-. Muy bien, se&#241;or. Muy bien. Un asesinato que no hab&#233;is cometido. Podemos jugar a ese peque&#241;o juego si quer&#233;is. Comprobar&#233;is que se me da muy bien.

No es ning&#250;n juego, se&#241;or. Yo no mat&#233; a Walter Yate, y no tengo ni idea de qui&#233;n lo hizo.

&#191;Era &#233;l tal vez el autor de esas terribles notas? &#191;No ser&#225; esa la raz&#243;n por la que una persona (y qui&#233;n sabe qui&#233;n podr&#237;a ser esa persona) hizo caer la justicia sobre su indigna cabeza?

Que yo sepa, se&#241;or Ufford, Walter Yate no ten&#237;a nada que ver con las notas.

Entonces, &#191;por qu&#233; le hab&#233;is hecho algo tan terrible?

Ya os he dicho que no fui yo. Pero si descubro qui&#233;n lo mat&#243;, creo que podr&#233; saber qui&#233;n os envi&#243; las notas.

Ufford se rasc&#243; el ment&#243;n, considerando mis extra&#241;as palabras.

Mmm Bueno, si cre&#233;is que con esa investigaci&#243;n vuestra encontrar&#233;is a quien me acosa, supongo que es una forma aceptable de utilizar vuestro tiempo. Est&#225; bien que proced&#225;is de ese modo, siempre y cuando no perd&#225;is de vista vuestro verdadero objetivo.

A estas alturas hab&#237;a llegado a la conclusi&#243;n de que responder directamente a las palabras de Ufford era una p&#233;rdida de tiempo, as&#237; que pens&#233; que lo mejor era decidir yo mismo los pasos que deb&#237;a seguir.

&#191;Hab&#233;is recibido m&#225;s notas?

No, pero no he dado ning&#250;n serm&#243;n. Quer&#237;a hacer creer a quien las env&#237;a que ha logrado su prop&#243;sito.

No acababa de ver yo la diferencia entre lo uno y lo otro, pero quiz&#225; era problema m&#237;o.

Se&#241;or Ufford, &#191;os hab&#237;ais entrevistado alguna vez con Walter Yate o ten&#233;is alg&#250;n motivo para creer que pudiera tener relaci&#243;n con las notas?

Yate era, con diferencia, el m&#225;s amable de todos ellos. Habl&#233; con &#233;l una o dos veces, y aunque le alegr&#243; mi inter&#233;s por los estibadores no parec&#237;a creer que mis palabras pudieran ayudarles. Ver&#233;is, esta clase de hombres desconocen el poder de la palabra, para ellos es como creer en la magia, pues es algo que no pueden coger con sus manos. Pero Yate y yo no &#233;ramos especialmente amigos, si es a eso a lo que os refer&#237;s.

&#191;Y qu&#233; me dec&#237;s de Billy Greenbill?

Ese es mucho menos agradable. Nunca ha querido hablar conmigo. Y le dijo cosas muy feas a mi hombre cuando se lo mand&#233;.

Decidme -quise saber para terminar-, &#191;qu&#233; intereses ten&#233;is en las elecciones?

&#201;l me mir&#243; con curiosidad.

No creo que sea de vuestra incumbencia. Los jud&#237;os no tienen derecho a voto, ya lo sab&#233;is.

Ya s&#233; que los jud&#237;os no votan, y menos a&#250;n un asesino fugado. Os pregunto por vuestros intereses, no por los m&#237;os.

Soy un gran admirador de los tories. Eso es todo. Creo que los estibadores estar&#225;n mucho mejor bajo un mandato de los tories que de los whigs, porque a los whigs solo les interesa utilizar a los hombres mientras les sirven y luego se deshacen de ellos.

&#191;Y vos quer&#233;is que los estibadores entiendan eso y apoyen al se&#241;or Melbury?

Exacto. Melbury es un buen hombre. Cree en una Iglesia fuerte y en el poder de las familias vinculadas a la tierra.

Pero &#191;de qu&#233; va a servirle a Melbury el apoyo de los trabajadores de Wapping? No pueden votar. E incluso si pudieran, Wapping no est&#225; ni remotamente cerca de Westminster. Est&#225; en la otra punta de la ciudad.

&#201;l sonri&#243;.

No es necesario que voten para hacer notar su presencia, se&#241;or. Si consigo poner a esos chicos de parte de Melbury, no solo habr&#233; hecho un favor a los tories, habr&#233; privado a los whigs de un arma.

Ahora lo entend&#237;a. Los estibadores har&#237;an de matones para Melbury. Al menos eso es lo que Ufford quer&#237;a. Pod&#237;an intimidar a los votantes durante las votaciones. Si era necesario, pod&#237;an provocar disturbios. El inter&#233;s de Ufford por ayudarlos solo era para asegurarse de que podr&#237;a utilizarlos a favor de los tories.

Su plan no me pareci&#243; nada bien, pero tampoco estaba particularmente interesado en darle lecciones de &#233;tica ni en informarle de que en los muelles hab&#237;a o&#237;do a los estibadores a los que quer&#237;a utilizar coreando consignas contra los jacobitas, los papistas y los tories, todo lo cual parec&#237;a indicar que, por el momento, sus intentos hab&#237;an fracasado. No, en vez de eso, volv&#237; sobre cuestiones m&#225;s apremiantes.

Se&#241;or, &#191;no se os ha ocurrido que las notas podr&#237;an ser del mismo Dennis Dogmill? Despu&#233;s de todo, &#233;l es quien saldr&#237;a m&#225;s beneficiado si fracasaran los grupos de trabajadores. Solo lo he visto una vez, pero me pareci&#243; capaz de cualquier clase de amenaza y violencia.

Ufford chasque&#243; ligeramente la lengua.

No me gusta el se&#241;or Dogmill, que es un destacable whig, pero debo recordaros que es un hombre de John's.

Yo no sab&#237;a qu&#233; quer&#237;a decir con aquello.

&#191;Un hombre de John's?

Quiero decir que estudi&#243; en Saint John's College, en Cambridge, donde estudi&#233; yo tambi&#233;n, aunque en una fecha anterior. Quiz&#225; no reparasteis en que la nota que os mostr&#233; delataba una total falta de educaci&#243;n, pero para m&#237; esos errores resultaban penosamente evidentes, y os aseguro que ning&#250;n ex alumno de Saint John's escribir&#237;a de esa forma.

Dej&#233; escapar un suspiro.

Quiz&#225; escribi&#243; de esa forma para enga&#241;aros, o hizo escribir la nota a un hombre que no ha tenido la suerte de estudiar en vuestra universidad.

&#201;l neg&#243; con la cabeza.

Estoy seguro de haber o&#237;do que Dogmill estudi&#243; en Saint John's, y por tanto lo que dec&#237;s es impensable. -Levant&#243; una mano-. Un momento. Ahora que lo pienso, recuerdo que lo expulsaron. S&#237;, es verdad. Lo expulsaron por alg&#250;n acto violento. Despu&#233;s de todo quiz&#225; teng&#225;is raz&#243;n.

&#191;Qu&#233; acto violento?

No lo s&#233; con exactitud. Creo recordar que fue muy duro con uno de sus tutores.

Un hombre que es agresivo con un tutor sin duda ser&#237;a capaz de escribir una nota amenazadora con faltas de ortograf&#237;a -dije anim&#225;ndolo.

S&#237;, es posible -concedi&#243; &#233;l.

Y; puesto que imagino que no se ensuciar&#237;a las manos matando estibadores, &#191;ten&#233;is idea de a qui&#233;n puede haber utilizado? &#191;Tiene alg&#250;n mat&#243;n que le hace el trabajo sucio? &#191;Alguien que siempre est&#233; con &#233;l?

No lo conozco tanto como para contestar a eso. Ni a ninguna de vuestras dem&#225;s preguntas. &#191;Cre&#233;is que la ley podr&#237;a castigarme por haberos dejado entrar en mi casa?

Me di cuenta de que empezaba a inquietarse y decid&#237; que hab&#237;a llegado el momento de cambiar de tema.

&#191;Qu&#233; me dec&#237;s de vuestro se&#241;or North? -le pregunt&#233; a modo de conclusi&#243;n.

Oh, &#233;l tambi&#233;n es de John's. Por eso lo admit&#237; como coadjutor. Siempre se puede confiar en un hombre de John's.

Me refer&#237;a a otra cosa. &#191;Cre&#233;is que sabe qui&#233;n soy y, de ser as&#237;, confi&#225;is en que no dir&#225; que me ha visto?

Ignoro si os conoce o no. &#191;Os conoc&#237;a antes de vuestros actuales problemas? Con las ropas que llev&#225;is, yo mismo no os he reconocido al principio, pero no puedo hablar por otros. Y por lo que se refiere a su silencio, puedo pedirle lo que quiera, pues s&#233; que obedecer&#225;. No le pago treinta y cinco libras al a&#241;o por nada, y un hombre con cuatro hijos no debe hacer enfadar a quien le paga.

Una cosa m&#225;s. Durante mi juicio, uno de los falsos testimonios habl&#243; de un tal se&#241;or Johnson. &#191;Conoc&#233;is a alguien con ese nombre?

&#201;l neg&#243; con la cabeza con gesto imperioso.

Nunca he o&#237;do hablar de nadie con ese nombre. No, ciertamente. Es un nombre muy com&#250;n. Debe de haber miles de hombres que se llamen as&#237;.

Esperaba que conocierais a alg&#250;n se&#241;or Johnson que tuviera alguna conexi&#243;n particular con el asunto de las notas o con el se&#241;or Yate.

Volvi&#243; a negar con la cabeza.

Pues no. &#191;No os lo acabo de decir?

No dir&#233; que pensaba que ment&#237;a, aunque no estaba convencido de que hubiera dicho la verdad. Mi incertidumbre era tal que decid&#237; que lo mejor era no seguir rompi&#233;ndome la cabeza con aquello; por el momento no ten&#237;a ning&#250;n sentido. En aquel entonces no pod&#237;a saber la importancia que el se&#241;or Johnson acabar&#237;a teniendo en el desarrollo de los acontecimientos. As&#237; que me puse en pie y me limit&#233; a dar las gracias al cura por el tiempo que me hab&#237;a dedicado.

Si tengo m&#225;s noticias o m&#225;s preguntas, os visitar&#233;. Por favor, pedid a vuestro lacayo que en lo sucesivo sea menos r&#237;gido conmigo.

No creo que mi casa sea el mejor sitio para reunimos -dijo &#233;l-. Y por lo que se refiere a mis sirvientes, ser&#237;a muy triste si no pudiera pedirles que hagan una selecci&#243;n de las visitas por m&#237;.

Pues tendr&#225; que ser muy triste.


En cuanto al coadjutor contratado por Ufford, pens&#233; que no estar&#237;a de m&#225;s hablar con &#233;l de inmediato. Ufford pronunciaba sus discursos en la iglesia de Wapping, pero North viv&#237;a all&#237;, y estar&#237;a mucho m&#225;s al tanto de lo que suced&#237;a entre los estibadores. As&#237; pues, me dirig&#237; hacia all&#237; en un carruaje, con la esperanza de que ya hubiera llegado a su casa. Tuve que preguntar varias veces para averiguar d&#243;nde viv&#237;a, pero enseguida me dieron las indicaciones necesarias y pude dirigirme hacia all&#237;.

Debo decir que viv&#237;a en una zona muy triste. Las calles estaban sin pavimentar, cubiertas de basuras que flotaban como un inmenso r&#237;o marr&#243;n. El hedor a putrefacci&#243;n y porquer&#237;a estaba por todas partes, y sin embargo los ni&#241;os jugaban tranquilamente. Los hombres iban tambale&#225;ndose por efecto de la ginebra, y tambi&#233;n las mujeres, algunas con sus beb&#233;s sujetos sin el menor cuidado. Si alguna de aquellas criaturas se atrev&#237;a a llorar, recib&#237;a unas gotas de ginebra.

En aquel barrio no era frecuente la presencia de un lacayo con librea, as&#237; que mi vestimenta provoc&#243; cierta sorpresa: ni&#241;os harapientos que me miraban con la boca abierta, mujeres ajadas que frunc&#237;an los labios y me miraban de reojo. Pero, como cualquier lacayo altivo, yo no prest&#233; atenci&#243;n a esa gente y segu&#237; con mis asuntos mientras echaba a un lado la porquer&#237;a que aquellos miserables arrojaban en mi direcci&#243;n.

Sin embargo, deambulando por las calles descubr&#237; algo muy interesante. Mi fuga ya era de dominio p&#250;blico, y me hab&#237;a convertido en una especie de celebridad. No cre&#237; que los peri&#243;dicos hubieran tenido tiempo de publicar el suceso, pero ya hab&#237;a buhoneros anunciando a voz en grito las baladas que narraban mi historia. Y supe de esto de la forma m&#225;s sorprendente: o&#237; a un hombre que cantaba El viejo Ben Weaver escap&#243;, con la tonada de A Lovely Lass to a Friar Came. Me hice enseguida con una de aquellas hojas y le&#237; la letra; era el mayor disparate que se pueda imaginar. La letra iba acompa&#241;ada de un grabado en madera donde se representaba a un hombre que si se parec&#237;a en algo a m&#237; era solo porque ten&#237;a piernas, brazos y cabeza. El hombre saltaba desnudo desde el tejado de Newgate como si fuera un gato. &#191;C&#243;mo se hab&#237;a difundido la noticia de mi desnudez? Lo ignoro, pero la informaci&#243;n corre por las venas de Londres, y una vez se ha puesto en marcha es imposible pararla.

Tambi&#233;n hablaba de mi encuentro con el se&#241;or Rowley, pero en estos panfletos, escritos para gente humilde y pobre, se elogiaban mis actos como la venganza de los reprimidos frente a quienes los explotaban. Esto me produjo no poca satisfacci&#243;n, as&#237; como la forma en que se describ&#237;a mi fuga, con gran admiraci&#243;n y asombro. Benjamin Weaver, dec&#237;a la letra, derrib&#243; dos docenas de puertas, derrot&#243; &#233;l solito a un mont&#243;n de guardias, con la &#250;nica ayuda de sus pu&#241;os frente a las armas de fuego y las espadas de los otros. Salt&#243; desde (&#161;y hasta!) grandes alturas. Ninguna cerradura pudo retenerlo. Era un hombre fuerte, maestro de fugas y acr&#243;bata a la vez. Estos relatos a veces rayaban lo fant&#225;stico y me describ&#237;an combatiendo contra ej&#233;rcitos de whigs y de corruptos parlamentarios por no mencionar a los violentos papistas.

Aunque estas versiones de mis aventuras eran fant&#225;sticamente exageradas, me halaga pensar que, de no haber aparecido poco despu&#233;s el celebrado Jack Sheppard, que escap&#243; de la prisi&#243;n media docena de veces de las formas m&#225;s extravagantes, mi haza&#241;a se recordar&#237;a actualmente mucho mejor.

Sin embargo, aunque me complac&#237;a ver que mi nombre se pronunciaba con admiraci&#243;n, era consciente de que no hay bien que por mal no venga. Mi haza&#241;a hab&#237;a tenido un alto precio, pues, seg&#250;n me inform&#243; el hombre de las baladas -sin sospechar siquiera con qui&#233;n estaba hablando-, se hab&#237;an ofrecido ciento cincuenta libras por mi cabeza. En parte me halagaba que se ofreciera una suma tan elevada por m&#237;, pero con mucho gusto la hubiera cambiado por la seguridad de saber que iban a dejarme tranquilo.


El se&#241;or North viv&#237;a en una de las mejores casas de Queen Street, aunque en esa calle incluso la mejor casa era muy pobre. El edificio estaba lleno de grietas y se ca&#237;a a trozos, la escalera estaba tan deteriorada que casi no se pod&#237;a subir, y la mayor&#237;a de las ventanas de la parte frontal se hab&#237;an tapiado para evitar el impuesto de ventanas. La casera me acompa&#241;&#243; hasta sus aposentos -dos habitaciones en la tercera planta de ese ruinoso edificio-. El se&#241;or North ya estaba en casa, con su mujer y cuatro criaturas que armaban un jaleo espantoso. Cuando me abri&#243; la puerta, tuve ocasi&#243;n de estudiarlo con mayor detenimiento que la vez anterior, y vi que su levita estaba gastada y llena de parches, su lazada sucia y la peluca desordenada y sin empolvar. En resumen, era un parco representante de la Iglesia.

Estabais con Ufford. &#191;Qu&#233; quer&#233;is? -pregunt&#243;, trat&#225;ndome de forma tan hosca sin duda por mi librea. Me pareci&#243; muy desagradable que mirara por encima del hombro a un hombre de mi supuesta posici&#243;n, pero no hab&#237;a ido all&#237; para que fu&#233;ramos amigos.

Os pido que me conced&#225;is un momento de vuestro tiempo -le dije-. En privado, si no os importa.

&#191;Por qu&#233; asunto? -Su impaciencia le hac&#237;a parecer mayor que los escasos a&#241;os que ten&#237;a. Frunci&#243; el ce&#241;o y ense&#241;&#243; los dientes como un perro sarnoso.

Un asunto de gran importancia que solo podemos discutir en privado, sin que la casera trate de o&#237;r lo que decimos. -Reprim&#237; una sonrisa cuando la o&#237; arrastrar los pies unos escalones m&#225;s abajo.

Tendr&#233;is que decirme algo m&#225;s si quer&#233;is que os conceda una audiencia -insisti&#243;.

Es en relaci&#243;n al se&#241;or Ufford y su vinculaci&#243;n con un grave crimen.

Dudo que hubiera podido decir algo m&#225;s efectivo. Me hizo pasar a la habitaci&#243;n posterior, un peque&#241;o dormitorio que obviamente compart&#237;a con toda su familia. Solo hab&#237;a un gran colch&#243;n en el suelo, montones de ropa y unas pocas sillas hechas con pedazos de todo tipo de cosas. Luego sali&#243;, le dijo a su mujer unas palabras que no pude o&#237;r, volvi&#243; conmigo y cerr&#243; la puerta. Con la puerta cerrada, me sent&#237; bastante inc&#243;modo en aquella habitaci&#243;n mal iluminada que ol&#237;a a sudor y fatiga.

Bien, habladme de ese asunto.

&#191;Qu&#233; sab&#233;is de la relaci&#243;n del se&#241;or Ufford con Walter Yate y un comerciante de tabaco llamado Dennis Dogmill?

El hombre entrecerr&#243; los ojos.

&#191;Qu&#233; es esto?

&#191;No pod&#233;is contestar a la pregunta?

&#201;l me mir&#243; pesta&#241;eando unas cuantas veces, y entonces sus ojos se abrieron como manzanas.

Sois Weaver, &#191;verdad?

Mi nombre no tiene importancia. Por favor, contestad.

North retrocedi&#243; un paso, como si pensara que iba a atacarlo. No pod&#237;a culparlo, con todas aquellas noticias que circulaban sobre mi fuga y sobre orejas cortadas.

Ufford me dijo que os hab&#237;a contratado para que descubrierais qui&#233;n le enviaba esas notas. Deb&#233;is de ser un hombre muy entregado cuando segu&#237;s con vuestra investigaci&#243;n a pesar de estar huyendo de la ley.

Estoy huyendo de la ley a causa de la investigaci&#243;n -dije-. No he matado a nadie, y estoy convencido de que si descubro qui&#233;n envi&#243; las notas, descubrir&#233; al verdadero asesino y limpiar&#233; mi nombre.

No veo en qu&#233; puedo ayudaros. Nunca se me ha invitado a participar en los proyectos del se&#241;or Ufford, ni lo hubiera querido, pues sus ideas son demasiado fant&#225;sticas y su manera de pensar es absurda. Seguro que os ha dicho que quiere ayudar a los trabajadores porque es un buen cristiano, pero si les quiere ayudar es porque cree que cuando est&#225;n contentos son mucho m&#225;s manejables.

Vos no est&#225;is de acuerdo.

No me hallo en posici&#243;n de estar o no de acuerdo, pues yo mismo soy pobre. Estudiar en una de las universidades de nuestra naci&#243;n tal vez d&#233; conocimientos, pero no da riqueza y desde luego tampoco sabidur&#237;a. -Hizo una pausa-. &#191;Puedo ofreceros algo de beber? No tengo nada de calidad, pero sin duda huir debe dar mucha sed.

Rechac&#233; su ofrecimiento, pues prefer&#237;a seguir con mis pesquisas.

&#201;l se aclar&#243; la garganta.

Entonces permitid que me sirva algo. Esta conversaci&#243;n est&#225; result&#225;ndome muy perturbadora, y me est&#225; dejando la garganta muy seca. -Sali&#243; de la habitaci&#243;n y cogi&#243; un vaso de peltre de manos de su mujer. La bes&#243; en la mejilla y le susurr&#243; algo con afecto. Luego sonri&#243; d&#233;bilmente, volvi&#243; al dormitorio y cerr&#243; la puerta.

&#191;Sab&#233;is si el se&#241;or Ufford ten&#237;a tratos con Griffin Melbury? -pregunt&#233;.

Melbury -repiti&#243; &#233;l. Dio un sorbo a su vaso-. &#191;El tory que se presenta al Parlamento? Puede ser. Los dos son tories, as&#237; que es posible que hayan tenido alguna relaci&#243;n, pero ignoro de qu&#233; &#237;ndole. Aunque os dir&#233; que, por lo que s&#233; del se&#241;or Melbury, sus intenciones son honorables, no s&#233; si me entend&#233;is, y quiz&#225; eso no le guste al se&#241;or Ufford.

Me temo que no os entiendo.

Oh, digamos que Ufford est&#225; bastante descontento con nuestro actual monarca.

Reconozco que no sab&#237;a tanto de pol&#237;tica como para entender del todo lo que North quer&#237;a decir.

Por favor, no se&#225;is t&#237;mido, se&#241;or. Decid exactamente lo que pens&#225;is, para que no haya confusiones.

&#201;l sonri&#243; afectadamente.

No s&#233; si se puede hablar m&#225;s claro. Muy probablemente, el se&#241;or Ufford es jacobita. Apoya al viejo rey. &#191;Lo entend&#233;is?

Puesto que es tory, no es ninguna sorpresa. Pensaba que tories y jacobitas no son m&#225;s que variantes de una misma cosa.

Aj&#225; -dijo &#233;l-. Eso es lo que los whigs quieren que creamos. En realidad, son muy distintos. Los tories son partidarios de la Alta Iglesia; quieren que la Iglesia vuelva a sus viejos d&#237;as de gloria. Representan a las antiguas familias, el antiguo poder, los privilegios, ese tipo de cosas. En general, son lo opuesto a los whigs, que defienden una Iglesia m&#225;s libre y laxa. En cambio, los jacobitas quieren restaurar al hijo de Jacobo II al trono. &#191;Sab&#237;ais que Jacobo II tuvo que huir hace treinta y cinco a&#241;os para salvar su vida?

Hab&#237;a o&#237;do algo, s&#237; -dije t&#237;midamente.

S&#237;. Jacobo era cat&#243;lico y el Parlamento no pensaba consentir que un rey cat&#243;lico ocupara el trono. As&#237; que huy&#243;; pero ahora hay quienes desean que su linaje vuelva al poder. Probablemente, el se&#241;or Ufford est&#225; entre ellos.

Pero si Ufford es jacobita y los jacobitas no son lo mismo que los tories, &#191;por qu&#233; apoya a Melbury, que es el candidato de los tories?

Los jacobitas siempre se hacen pasar por tories. Y si los tories ganan las elecciones, los jacobitas seguramente lo interpretar&#225;n como una se&#241;al de que el pueblo est&#225; cansado de los whigs y de nuestro actual rey. Las elecciones en Westminster son especialmente importantes porque tiene el mayor n&#250;mero de votantes de todo el pa&#237;s. Es probable que lo que suceda en Westminster determine el destino del reino, y por lo visto Ufford espera poder decir algo en el asunto.

&#191;Y eso tiene relaci&#243;n con su inter&#233;s por los estibadores?

Cree que todos esos trabajadores est&#225;n vendi&#233;ndose a un pu&#241;ado de whigs sin escr&#250;pulos. As&#237; que se le ha ocurrido tratar de dirigir su ira contra los whigs y utilizarla para una invasi&#243;n jacobita. Est&#225; convencido de que los estibadores podr&#237;an convertirse en soldados del Pretendiente.

Y si se descubre el proyecto jacobita del se&#241;or Ufford -coment&#233;-, habr&#237;a que nombrar a un nuevo p&#225;rroco para la parroquia.

North se encogi&#243; de hombros.

Es cierto, pero no me inventar&#237;a una historia de traiciones por la posibilidad remota de ocupar el puesto de Ufford. Si lo arrestan, lo m&#225;s probable es que yo me quede sin trabajo. Simplemente, os digo lo que creo que pasa, que Ufford quiere ganarse a los estibadores para la causa del Pretendiente.

Por lo que he visto, con sus trifulcas en contra de papistas y tories, no parecen muy propensos a la causa jacobita.

No creo que Ufford los conozca lo bastante como para saber cu&#225;les son sus ideas o si son o no maleables. Sin duda sab&#233;is que los pobres, los que sufren, los desesperados, tienen m&#225;s simpat&#237;as por los jacobitas, no porque crean que el Pretendiente ser&#237;a mejor rey que Jorge, sino porque Jorge es el rey que tienen ahora, y con &#233;l son desgraciados. Por tanto, es l&#243;gico que piensen que con otro rey estar&#237;an mejor. Creo que el se&#241;or Ufford quiere aprovecharse de esto. Pero os agradecer&#237;a que no dijerais que os lo he dicho yo.

Vamos. No me dir&#233;is que tem&#233;is a esos hombres. Hace treinta y cinco a&#241;os que est&#225;n tratando de recuperar el trono y no tienen nada. No pueden ser tan terribles.

Puede que no hayan recuperado el trono, pero os aseguro que en estos treinta y cinco a&#241;os han aprendido algunas cosas. Saben c&#243;mo actuar en secreto y c&#243;mo protegerse. Est&#225;n escondidos por todas partes, utilizan c&#243;digos secretos, contrase&#241;as y se&#241;ales. Y deb&#233;is recordar que se les puede colgar por sus ideas. Si han sobrevivido todo este tiempo ha sido &#250;nicamente por su habilidad para pasar inadvertidos. Hacedme caso, Weaver, alejaos de ellos.

Y si no, &#191;qu&#233; me pasar&#225;? &#191;Qu&#233; puedo temer que no me haya pasado ya?

North ri&#243;.

Buena observaci&#243;n.

&#191;Y qu&#233; hay de Melbury? Dec&#237;s que no tiene conocimiento de esta trama.

Ignoro lo que sabe o deja de saber. Ni siquiera s&#233; con seguridad si Ufford es jacobita. Podr&#237;a ser solo un rumor. Lo &#250;nico que puedo decir es que, por lo poco que s&#233; de &#233;l me cuesta creer que apoye semejante intriga. Yo lo veo como el perfecto pol&#237;tico de la oposici&#243;n, no como alguien capaz de urdir una traici&#243;n. Solo son suposiciones, pero creo m&#225;s bien que es un ardiente defensor de la Iglesia y que no le gustar&#237;a que nuestro pa&#237;s cayera en manos de los papistas.

Por supuesto. Y vos &#191;sois tory?

No soy de ning&#250;n partido -dijo-. La pol&#237;tica es para los que se ganan la vida con eso o no tienen necesidad de ganarse la vida. Yo no tengo la suerte de ser ninguno de los dos. Me ocupo de una importante parroquia por treinta y cinco libras al a&#241;o. No tengo tiempo para preocuparme por qui&#233;n est&#225; en el Parlamento y qui&#233;n se opone al rey. Y tampoco tengo derecho a voto, as&#237; que mi opini&#243;n no importa. Pero apoyo la idea de una Iglesia fuerte, as&#237; que seguramente apoyar&#237;a al partido tory.

&#191;Hab&#233;is o&#237;do alguna vez el nombre de Johnson? -pregunt&#233;-. En relaci&#243;n con Ufford o sin ella.

Cuando era peque&#241;o y viv&#237;a en Kent ten&#237;a un vecino que se llamaba Johnson, pero muri&#243; en un incendio har&#225; unos quince a&#241;os.

No creo que sea el que busco.

North se encogi&#243; de hombros.

Es un nombre muy com&#250;n, pero no me dice nada y no se me ocurre ning&#250;n Johnson que est&#233; en el c&#237;rculo de Ufford.

Me daba perfecta cuenta de que sobre este particular mis preguntas no llevar&#237;an a ning&#250;n sitio, as&#237; que le di las gracias al se&#241;or North por su tiempo y me excus&#233;.

&#191;Est&#225;is seguro de que no quer&#233;is beber nada?

Seguro.

Algo de comer, entonces. Imagino que en vuestra situaci&#243;n debe resultar dif&#237;cil encontrar tiempo para comer. Mi esposa y yo no tenemos gran cosa, pero con mucho gusto compartiremos con vos lo poco que tengamos.

No quisiera abusar de vuestra hospitalidad -dije. Pero entonces me detuve. No ve&#237;a ninguna buena raz&#243;n para que un hombre pobre como &#233;l insistiera tanto en dar de comer y beber a un desconocido buscado por la ley. En cambio, s&#237; ve&#237;a una mala raz&#243;n. De pronto se me ocurri&#243; que las palabras que hab&#237;a susurrado al o&#237;do de su esposa quiz&#225; no eran de amor.

Por un momento pens&#233; en golpear a North por haberme traicionado, pero hubiera sido una p&#233;rdida de tiempo. Es m&#225;s, me di cuenta de que, para &#233;l, aquello no era una traici&#243;n. No me conoc&#237;a de nada y no ten&#237;a motivos para sentir ninguna lealtad hacia m&#237;. Yo no era m&#225;s que un asesino fugado, y si un hombre con cuatro criaturas y un sueldo miserable ve la ocasi&#243;n de asegurarse cuatro veces el sueldo de un a&#241;o cumpliendo con su deber de brit&#225;nico, no se le puede culpar por hacer lo que hubiera hecho casi cualquier hombre.

As&#237; que me limit&#233; a darle la espalda, abr&#237; la puerta de golpe y corr&#237; hacia la puerta, asustando a la esposa y a los hijos de North. Sin duda la se&#241;ora del coadjutor sab&#237;a cu&#225;nto se jugaban, pues se puso delante y trat&#243; de evitar que las ciento cincuenta libras de recompensa escaparan. No ten&#237;a tiempo para andarme con delicadezas, as&#237; que la ech&#233; a un lado y empec&#233; a bajar los escalones de dos en dos y de tres en tres.

Cuando casi hab&#237;a llegado abajo, vi que un par de guardias entraban en el edificio pistola en mano. Apenas tuvieron tiempo de levantar la mirada, porque me abalanc&#233; sobre ellos y los derrib&#233; como un par de bolos. En alg&#250;n lugar, la casera grit&#243;, pero no ten&#237;a tiempo para eso. Con un poco de suerte no intentar&#237;a alg&#250;n acto heroico como golpearme en la cabeza con una olla.

Los dos guardias se quedaron moment&#225;neamente desorientados, circunstancia que yo aprovech&#233; para cogerlos de los pelos, pues no llevaban peluca, y hacer chocar sus cabezas con la suficiente fuerza para que quedaran fuera de combate; luego me hice con sus pistolas y corr&#237; al exterior.

Una fr&#237;a lluvia hab&#237;a empezado a caer sobre las calles, empujada por un viento fuerte y cruel. El tiempo jugaba a mi favor, pues limitaba mucho la visibilidad. Sin embargo, mientras guardaba mis pistolas reci&#233;n adquiridas pens&#233; que mi disfraz de lacayo ya no me serv&#237;a.


Solo esperaba que mi siguiente excursi&#243;n resultara m&#225;s provechosa que la anterior. Durante el juicio, los dos testimonios que se presentaron contra mi hab&#237;an reconocido que estaban all&#237; porque Arthur Groston les hab&#237;a pagado, as&#237; que decid&#237; ir a ver qu&#233; ten&#237;a que decir.

Despu&#233;s de mi arresto, hab&#237;a mandado a Elias a averiguar cuanto pudiera mediante sus contactos entre los abogados de la ciudad. Aunque &#233;l no era ning&#250;n rufi&#225;n y tem&#237;a preguntar entre personas de baja posici&#243;n social, reuni&#243; valor y descubri&#243; que la opini&#243;n general era que habr&#237;a testigos que dar&#237;an fe de mi culpabilidad. Esto nos pareci&#243; muy extra&#241;o, puesto que dif&#237;cilmente puede haber testigos de algo que no ha sucedido. La &#250;nica conclusi&#243;n posible era que alguien hab&#237;a pagado a estos testigos, as&#237; que envi&#233; a Elias a negociar con una docena de destacados proveedores de falso testimonio.

El m&#233;todo que ide&#233; era sencillo. Elias intentar&#237;a contratar testigos que declararan en mi defensa. Sab&#237;amos que si alguno de estos proveedores hab&#237;a enviado a sus testigos para que testificaran en mi contra, tendr&#237;a que negarse o arriesgarse a provocar la ira de quienes le pagaban. De las personas con quienes Elias habl&#243;, solo Groston se neg&#243;, as&#237; que supimos que era nuestro hombre.

Este rufi&#225;n ten&#237;a una papeler&#237;a en Chick Lane, donde vend&#237;a plumas, papel y libros en blanco, adem&#225;s de algunos panfletos sensacionalistas y novelas. Sin duda el grueso de sus ingresos proced&#237;a de su otro negocio, negocio que no ten&#237;a ning&#250;n reparo en promocionar. En la ventana hab&#237;a un cartel donde dec&#237;a: PRUEBAS.

Me acerqu&#233; con cautela, pues me pareci&#243; muy posible que los guardias de aduanas hubieran previsto este movimiento, aunque ya hac&#237;a tiempo que hab&#237;a descubierto que muy pocos hombres entienden de verdad el delicado arte de la investigaci&#243;n. Un buen cazador de ladrones tiene que saber anticiparse a los movimientos de su presa; sin embargo, la mayor&#237;a de estos tipos solo saben reaccionar cuando la encuentran.

El interior era un peque&#241;o taller, atestado de desechos y de fajos de papel. Hab&#237;a muy poco espacio, solo unos tres metros de largo por metro y medio de ancho en los que el cliente pod&#237;a moverse sin mirar al mostrador que separaba al propietario del resto de la tienda.

Aunque no nos conoc&#237;amos, yo hab&#237;a visto a Groston por la ciudad. Era m&#225;s joven de lo que es habitual en su oficio, veintipocos, y era delgado pero de constituci&#243;n fuerte. Llevaba el pelo natural colgando en bastos mechones, y su rostro afilado luc&#237;a una barba de media semana. Aunque no soy una persona que se deje guiar por la fisonom&#237;a, siempre que pon&#237;a los ojos sobre aquel sujeto taimado sent&#237;a un profundo desagrado.

Buenas tardes -dijo sin molestarse en levantarse de la mesa a la que estaba sentado, con un vaso de vino tinto aguado-. &#191;En qu&#233; puedo ayudaros? &#191;Est&#225;is interesado en bienes materiales o inmateriales?

Necesito pruebas -dije-, y por el anuncio de vuestro aparador he pensado que puedo encontrarlas aqu&#237;.

Pod&#233;is. Decidme qu&#233; os preocupa y comprobar&#233;is que estoy muy bien pertrechado para ofreceros la ayuda que busc&#225;is.

Me acerqu&#233; al mostrador y al hacerlo not&#233; un olor muy desagradable. El se&#241;or Groston ol&#237;a a sucio, y muy cerca ten&#237;a un orinal que hab&#237;a utilizado hac&#237;a tan poco que casi calentaba como una estufa. Nada de lo cual me inclinaba a mostrarme m&#225;s amable con &#233;l.

Se ha producido una muerte -dije-. Un asesinato.

&#201;l se encogi&#243; de hombros.

Esas cosas pasan, se&#241;or. Es mejor no preocuparse m&#225;s de lo necesario.

Veo que somos del mismo parecer -le asegur&#233;-. Pero necesito testigos que demuestren la inocencia de mi socio.

Os sorprender&#237;a -me dijo &#233;l- la facilidad con que un hombre de mi talento puede encontrar a quien de pronto recuerda haber visto lo que nadie sospechar&#237;a que ha visto. Solo ten&#233;is que darme los detalles y yo os encontrar&#233; vuestros testigos.

Muy bien. El hombre en cuesti&#243;n se llama mmm Elias Gordon, y est&#225; acusado del asesinato de un hombre llamado Benjamin Weaver.

Groston arque&#243; las cejas.

Oh, no. &#191;Weaver est&#225; muerto? Vaya, es la mejor noticia que he o&#237;do desde hace siglos. -Por primera vez levant&#243; la vista y sus ojos se encontraron con los m&#237;os. Supongo que, al igual que yo, &#233;l conoc&#237;a mi cara de haberme visto por la ciudad, y enseguida se dio cuenta de su error-. Oh.

S&#237;. Ahora, hablemos, se&#241;or Groston. Y para empezar vais a decirme qui&#233;n os pag&#243; para que encontrarais testigos para mi juicio.

&#201;l hizo adem&#225;n de levantarse, pero yo salt&#233; con rapidez y le agarr&#233; por la mu&#241;eca.

No contestar&#233; ninguna de tus preguntas.

&#191;Crees que cambiar&#237;as de opini&#243;n si te hundo la cabeza dentro de ese orinal lo bastante para que te ahogues con tus propios meados?

En lugar de dejar que pensara en aquella posibilidad, pas&#233; a su lado del mostrador, le cog&#237; de sus grasientos pelos con una mano y con la otra lo empuj&#233; al suelo con el fin de probar mi experimento. Como deb&#233;is de imaginar era un asunto desagradable, pues no deseaba que sus desechos me salpicaran, pero no me fue dif&#237;cil meterle la cabeza en el orinal y sujetarlo as&#237; m&#225;s de dos minutos y todo ello sin que una sola gota de aquella porquer&#237;a me manchara el traje.

Cuando not&#233; que su resistencia disminu&#237;a peligrosamente, lo saqu&#233; y lo arroj&#233; al suelo. Di un paso atr&#225;s, no fuera que le diera por sacudirse como un perro y me salpicara. Pero Groston se qued&#243; all&#237; tendido, jadeando, tosiendo y limpi&#225;ndose los ojos.

Sucio mat&#243;n -dijo resollando-. &#191;Est&#225;s loco?

Quiz&#225; es una forma repugnante de tratar a un hombre, pero, puesto que lo he hecho una vez, no ser&#225; ning&#250;n esfuerzo hacerlo una segunda. Bueno, lo preguntar&#233; otra vez. &#191;Qui&#233;n pag&#243; a esos testigos?

&#201;l me mir&#243; fijamente, sin saber qu&#233; hacer, pero cuando vio que daba un paso hacia &#233;l, decidi&#243; que era mejor cont&#225;rmelo todo.

&#161;Maldito seas! -grit&#243;-. No s&#233; qui&#233;n era. Solo era un tipo, y no he vuelto a verlo.

No te creo -le dije. As&#237; que le ech&#233; mano del pelo y le di otro chapuz&#243;n. Esta vez lo tuve as&#237; un pel&#237;n m&#225;s de lo aconsejable. &#201;l patale&#243;, se sacudi&#243;, trat&#243; de hacer fuerza contra mi mano, pero no afloj&#233; hasta que not&#233; que la resistencia disminu&#237;a. Entonces lo levant&#233; de un tir&#243;n y lo arroj&#233; al suelo.

El hombre me mir&#243; con los ojos muy abiertos, escupiendo una mucosidad asquerosa. Sus intentos por hablar quedaron entorpecidos por una fuerte tos, y a punto estuvo de vomitar. Al final, consigui&#243; encontrar la voz.

Vete al infierno, Weaver. Casi me ahogas.

Si me disgustas neg&#225;ndote a contestar mis preguntas -le expliqu&#233;-, tanto me da que vivas o mueras.

&#201;l mene&#243; la cabeza.

Te lo he dicho, no lo conozco. Nunca lo hab&#237;a visto. Solo era un hombre. Ni alto ni bajo. Ni joven ni viejo. Ni delgado ni corpulento. Casi no recuerdo nada de &#233;l, solo que me dio una abultada bolsa de dinero, y para m&#237; fue suficiente.

Volv&#237; a cogerlo de los pelos e hice adem&#225;n de meterlo en el orinal.

Esta vez no voy a soltarte tan r&#225;pido.

&#161;Basta! -chill&#243;-. &#161;Basta! &#161;Te lo he dicho! &#161;Te lo he dicho todo! &#191;Quieres que me invente un nombre? Lo har&#233;, si as&#237; me dejas en paz.

Lo solt&#233; y suspir&#233;; empezaba a sospechar que me hab&#237;a dicho la verdad. Quiz&#225; ya lo sospechaba desde el principio, pero hab&#237;a querido aprovechar la ocasi&#243;n para castigarlo.

&#191;Qui&#233;n es Johnson? Los dos testigos dijeron que yo utilic&#233; ese nombre.

&#201;l mene&#243; su triste y maltrecha cabeza.

No s&#233; qui&#233;n es. El que me contrat&#243; solo dijo que los testigos ten&#237;an que decir que dijiste ese nombre para que se pensaran que eras su agente.

Di un paso hacia &#233;l y volvi&#243; a chillar.

D&#233;jame -grit&#243;-. Es todo lo que s&#233;. Es todo lo que s&#233;, de verdad. No s&#233; nada m&#225;s. Excepto

&#191;Excepto qu&#233;?

Me dijo que si ven&#237;as a preguntar por &#233;l que te diera una cosa.

Lo mir&#233; con incredulidad.

&#191;Qu&#233; quieres decir?

Ver&#225;s. -Groston se levant&#243; y se pas&#243; las manos por la cara y la cabeza, ech&#225;ndose la porquer&#237;a hacia atr&#225;s-. Me pareci&#243; muy raro. Le pregunt&#233; por qu&#233; va a venir aqu&#237; si lo m&#225;s probable es que lo ahorquen. &#201;l dijo que siempre cab&#237;a esa posibilidad, y que si ven&#237;as ten&#237;a que darte una cosa. Todas se me mor&#237;an, pero el tipo me dio dinero para comprar una fresca cada d&#237;a, por si acaso.

&#191;De qu&#233; est&#225;s hablando? &#191;Morirse? &#191;Una fresca?

&#201;l levant&#243; las manos.

Ya te lo he dicho, no s&#233; nada m&#225;s. Ojal&#225; no tenga que arrepentirme de hab&#233;rtelo dicho, pero eso es lo que me dijo, y no s&#233; nada m&#225;s.

&#191;Qu&#233; es? &#191;Qu&#233; te dijo que me dieras?

Estuvo rebuscando detr&#225;s del mostrador, buscando algo, musitando para sus adentros que no hab&#237;a comprado una fresca ni ese d&#237;a ni el anterior, pero que seguro que hab&#237;a una. Yo no le quit&#233; el ojo de encima, por si le daba por sacarme un arma, pero no hubo armas. Al final encontr&#243; lo que buscaba y me lo tendi&#243; con mano temblorosa.

Esto -dijo-. C&#243;gelo.

No fue necesario que lo cogiera. Cogerlo era lo de menos. Era el objeto en s&#237; lo que importaba, el mensaje impl&#237;cito. Lo que me hab&#237;an dejado era una rosa blanca. Aquella estaba marchita y medio seca, pero no hab&#237;a perdido su poder. Una rosa blanca.

El s&#237;mbolo de los jacobitas.



8

Aquella noche Elias no me encontr&#243; precisamente alegre. Nos reunimos en otra taberna en la que ninguno de los dos hab&#237;a estado anteriormente. El lugar era m&#225;s ruidoso de lo que hubiera querido, lleno de borrachos vociferantes -dir&#237;a que en su mayor&#237;a tenderos- a los que les encantaba re&#237;rse escandalosamente por nada, cantar desentonando y hacer bailar a la mujer del tendero, una se&#241;ora rolliza y entrada en a&#241;os. Elias y yo nos encorvamos sobre nuestra mesa, como si trat&#225;ramos de mantenernos debajo de la nube de humo que pend&#237;a sobre el local.

La rosa blanca -dijo &#233;l-. Eso no puede ser bueno.

&#191;Por qu&#233; iban a querer atacarme los jacobitas?

Dudo que sean ellos. Lo m&#225;s probable es que alguien quiera hacerte creer eso. A los jacobitas no les interesan los juegos. Act&#250;an en silencio y atacan manteni&#233;ndose a cubierto. Reconozco un enga&#241;o en cuanto lo veo.

A menos que sean los jacobitas y hayan dejado la rosa para que piense que es un enga&#241;o y no sospeche de ellos.

&#201;l asinti&#243;.

Siempre existe esa posibilidad.

Entonces sigo sin saber nada, a menos que no haya nada que saber.

&#201;l mene&#243; la cabeza.

&#191;Y qu&#233; si hubiera algo que saber? &#191;Te servir&#237;a de algo?

Quiz&#225; vuelva a visitar a Rowley. Si le corto la otra oreja, a lo mejor esta vez me dice la verdad.

Eso ser&#237;a muy peligroso, y no podr&#225;s hacerlo. He o&#237;do que se ha retirado al campo para recuperarse. Rowley est&#225; fuera de tu alcance.

Y seguro que est&#225; bien protegido.

Sin duda. Todo esto es un l&#237;o. Ojal&#225; hubi&#233;ramos sabido desde el principio que ese Ufford era jacobita. Te hubiera aconsejado que no te metieras.

Me encog&#237; de hombros.

Con rosa o sin ella, sigo sin entender nada. Por lo que parece, la mitad de la gente del pa&#237;s es jacobita. Uno m&#225;s o menos no cambia nada.

No estamos hablando de un ladr&#243;n de casas que alza su copa por el rey -Y al decir esto agit&#243; la mano sobre su vaso, el c&#243;digo escoc&#233;s que los jacobitas utilizaban para brindar por el Pretendiente cuando sospechaban que hab&#237;a esp&#237;as de los de Hanover cerca. El gesto significaba El rey del otro lado del mar-. Weaver, Ufford es un cura de la Iglesia anglicana. Si es jacobita, es muy probable que tenga muy buenos contactos, que est&#233; actuando desde dentro.

Pero &#191;c&#243;mo puede haber jacobitas en la Iglesia anglicana? &#191;No es ese el gran temor de la resistencia inglesa al Pretendiente? &#191;Que convierta la naci&#243;n en cat&#243;lica?

S&#237;, pero en la Iglesia hay quien tiene tendencias papistas, y no cree que tengan derecho a elegir al monarca. Hubo muchos que se negaron a jurar lealtad al nuevo rey cuando el padre del Pretendiente huy&#243;. Tienen un poderoso legado en la Iglesia, y est&#225;n convencidos de que solo el Pretendiente puede devolverles su poder.

A pesar de sus simpat&#237;as, North parece pensar que Ufford no tiene nada que ofrecer, solo palabras. No es probable que los jacobitas conf&#237;en en alguien as&#237;.

Es dif&#237;cil decirlo. Quiz&#225; tiene algo que ellos necesitan. O puede que North odie tanto a Ufford que solo ve debilidad donde se esconde una gran fuerza. Los jacobitas no han sobrevivido d&#225;ndose publicidad precisamente. Por eso recelo de esa rosa. Esos hombres son como los jesuitas. Se ocultan. Se mueven en silencio. Se infiltran.

Yo me re&#237;.

Ya tengo bastantes preocupaciones. Lo que menos falta me hace es tener que andar mirando por encima del hombro por si me siguen sigilosos jesuitas.

Pues tendr&#237;a que preocuparte.

No, lo que me preocupa es limpiar mi nombre, no qui&#233;n intriga contra qui&#233;n o qui&#233;n ser&#225; nuestro rey el a&#241;o pr&#243;ximo. Esta investigaci&#243;n me resulta cada vez m&#225;s frustrante.

&#201;l mene&#243; la cabeza.

Mira, si quieres que hablemos de ello lo hablamos, pero me temo que no te gustar&#225; lo que voy a decirte. He pensado mucho en todo esto, y no creo que vayas a llegar muy lejos con ese planteamiento.

&#191;No? -pregunt&#233; secamente. Elias me hab&#237;a encontrado ensangrentado y hab&#237;a elegido ponerme sal en las heridas.

Por la forma en que arque&#243; la ceja supe que se hab&#237;a dado cuenta de mi descontento, pero no estaba dispuesto a callar.

Escucha, Weaver. Est&#225;s acostumbrado a examinar detenidamente los asuntos para descubrir la verdad. Quieres saber qui&#233;n rob&#243; algo, o qui&#233;n hiri&#243; a alguien, y cuando lo averiguas, cuando puedes demostrar lo que sabes, ya est&#225;. Pero en este caso la verdad no te sirve. Digamos que puedes demostrar que Dennis Dogmill est&#225; detr&#225;s de la muerte de Walter Yate. Y qu&#233;. Los tribunales ya han demostrado que no les interesa la verdad. &#191;Contar&#225;s tu historia a los peri&#243;dicos? Solo los peri&#243;dicos de los tories la publicar&#237;an, y nadie que de antemano no se sienta inclinado a creerte lo har&#225; solo porque lo diga un peri&#243;dico partidista. Llevas todo el d&#237;a pateando las calles con la esperanza de descubrir algo que no te servir&#225; de nada. Lo &#250;nico que has conseguido ha sido poner en peligro tu vida, nada m&#225;s.

Mene&#233; la cabeza.

Si piensas volver a aconsejarme que huya, no pienso hacerlo.

Te lo dir&#237;a, pero s&#233; que no servir&#237;a de nada. Lo que quer&#237;a era proponerte un plan. Dado que en este caso descubrir y demostrar la verdad no ser&#225; suficiente, debes encontrar la forma de utilizar lo que descubras. No vencer&#225;s demostrando &#250;nicamente que no mataste a Yate, porque eso ya lo has hecho y no te ha servido de nada. No vencer&#225;s demostrando qui&#233;n ha matado a Yate, porque los que tienen el poder han demostrado que les importa un comino la verdad. No, tienes que lograr que Dennis Dogmill necesite que seas exculpado, y entonces puedes estar seguro de que &#233;l se encargar&#225; de todo.

Me sent&#237;a reacio a abandonar mi mal humor, pero confieso que Elias me hab&#237;a intrigado.

Y eso &#191;c&#243;mo lo hago?

Descubriendo lo que no quiere que se descubra y llegando a un acuerdo con &#233;l.

Ah&#237; ten&#237;a algo positivo; me gustaba.

&#191;Est&#225;s hablando de extorsi&#243;n?

Yo no lo dir&#237;a as&#237; exactamente, pero s&#237;, es eso. Debes darle la opci&#243;n de deshacer lo que ha hecho o enfrentarse a la ruina.

&#191;Propones que le amenace?

Ya lo has visto. No creo que cort&#225;ndole una oreja logres que un hombre tan violento ceda a tus exigencias. Debes descubrir a qu&#233; tiene miedo. Preoc&#250;pate menos por el motivo que le llev&#243; a matar a Yate y m&#225;s por saber por qu&#233; quer&#237;a que te culparan a ti. Seguramente sabes, o &#233;l cree que sabes, algo que puede perjudicarle. Ahora tienes que averiguar qu&#233; es y utilizarlo en su contra.

No creo que lo que propones sea tan distinto de lo que estoy haciendo.

Puede. Pero tus m&#233;todos te ponen en un grave peligro. &#191;Cu&#225;nto tiempo podr&#225;s seguir llevando esa librea de lacayo? Sin duda el se&#241;or North contar&#225; lo que ha visto.

Tendr&#233; que conseguir ropas nuevas.

Estoy de acuerdo -dijo con toda la intenci&#243;n-. Pero &#191;qu&#233; clase de ropa?

Suspir&#233; con impaciencia.

Sospecho que t&#250; tienes la respuesta.

S&#237;, es evidente, &#191;verdad? -dijo, feliz-. Ver&#225;s, me temo que, por la forma en que est&#225;s llevando tus asuntos, solo es cuesti&#243;n de tiempo que te reconozcan y te apresen. Pero creo que he descubierto c&#243;mo evitar tan desafortunado desenlace. -Hizo una pausa para tomar un sorbo con dramatismo-. &#191;Te acuerdas del a&#241;o pasado, cuando vimos el espect&#225;culo de un hombre llamado Isaac Watt en la feria de Bartholomew?

Volvi&#243; a mi memoria aquel d&#237;a de alcohol, cuando est&#225;bamos est&#250;pidamente entre una multitud maloliente, observando a un hombrecito muy diestro que hac&#237;a trucos asombrosos ante una chusma entusiasta y borracha.

&#191;El que hac&#237;a desaparecer monedas y aparecer pollos y ese tipo de cosas? &#191;Qu&#233; le pasa? &#191;A qui&#233;n le importa en estos momentos un feriante?

Escucha un momento. Despu&#233;s de ver su espect&#225;culo, me interes&#233; por conocer los misterios de la prestidigitaci&#243;n. No me interesaban los secretos que hab&#237;a detr&#225;s de los distintos trucos no ten&#237;a ning&#250;n inter&#233;s en hacer juegos de manos. No, lo que me interesaba eran los principios que hacen que los trucos funcionen. A ra&#237;z de mis lecturas he descubierto que todo se basa en el principio de la distracci&#243;n. El se&#241;or Watt act&#250;a de tal forma que tienes que mirar lo que hace su mano derecha. Y eso le permite utilizar la izquierda con libertad. Nadie mira esa mano, as&#237; que puede hacer lo que quiera con ella sin que nadie se fije, aunque est&#233; al descubierto.

Muy interesante, y de no ser porque el grueso de las fuerzas del rey me buscan para acabar con mi vida, compartir&#237;a tu entusiasmo por este tema. Pero en estos momentos no acabo de ver en qu&#233; puede ayudarme.

Creo que debemos ocultarte utilizando el principio de la distracci&#243;n. Utilizaremos esas cuatrocientas libras que has conseguido para comprarte ropa nueva y pelucas y buscarte un bonito lugar donde vivir. Elegir&#225;s un nuevo nombre, y entonces podr&#225;s moverte entre la &#233;lite de la ciudad sin que te molesten, porque a nadie se le ocurrir&#237;a buscar ah&#237; a Benjamin Weaver. Podr&#237;as encontrarte con gente que te ha visto una docena de veces y lo &#250;nico que pensar&#225; es que le resultas familiar.

&#191;Y si me veo en la necesidad de hacer alg&#250;n interrogatorio algo brusco? &#191;Esta versi&#243;n tan blanda de m&#237; mismo vacilar&#225; a la hora de abofetear a un hombre?

Yo dir&#237;a que s&#237;. Esa es la raz&#243;n por la que t&#250;, tu verdadero yo, aparecer&#225; de vez en cuando, pero en Smithfield, en Saint Giles, en Covent Garden y en Wapping, los lugares m&#225;s miserables de la ciudad. La clase de lugar donde se espera que se esconda un hombre desesperado.

Reconozco que hab&#237;a empezado a perder inter&#233;s en lo que me pareci&#243; otro de los caprichos filos&#243;ficos de Elias, pero en este punto abr&#237; mucho los ojos.

Estar&#225;n tan ocupados mirando mi mano derecha que no se les ocurrir&#225; mirar lo que hago con la izquierda.

&#201;l asinti&#243; sabiamente.

Veo que lo has entendido.

&#161;Aj&#225;! -grit&#233;, y di un golpe en la mesa-. Elias, te has ganado tu bebida -le dije, cogiendo su mano y estrech&#225;ndola con gran entusiasmo-. Creo que has encontrado la soluci&#243;n.

Bueno, yo tambi&#233;n lo creo, pero me alegra o&#237;rtelo decir. &#191;Qu&#233; vas a hacer?

De momento coger&#233; habitaci&#243;n aqu&#237;.

Ped&#237; pluma y papel y juntos hicimos una lista con unas doce tabernas que conoc&#237;amos de nombre pero donde nadie nos conoc&#237;a. Quedamos en que nos encontrar&#237;amos cada tres d&#237;as a esa hora en una de aquellas tabernas, por el orden en que aparec&#237;an en la lista. Por supuesto, cada vez Elias tendr&#237;a que asegurarse de que no lo segu&#237;an.

En cuanto a ma&#241;ana -le dije-, re&#250;nete conmigo debajo del cartel del Cordero Durmiente, en Little Carter Line.

&#191;Qu&#233; hay all&#237;?

La mano derecha. Ya veremos qu&#233; guante le ponemos.


Le hab&#237;a pedido a Elias que se reuniera conmigo en un taller donde un sastre llamado Swan ejerc&#237;a su oficio. Hac&#237;a ya unos a&#241;os que lo consideraba un hombre competente y amable (es decir, que no insist&#237;a m&#225;s de lo necesario cuando quer&#237;a cobrar); un d&#237;a acudi&#243; a m&#237; -tal vez a&#241;o y medio antes de los sucesos que narro- porque necesitaba de mis servicios. Al parecer, su hijo hab&#237;a estado divirti&#233;ndose ni m&#225;s ni menos que en Wapping, cerca del muelle, y hab&#237;a bebido demasiado, raz&#243;n por la que no se mostr&#243; tan d&#243;cil como sus compa&#241;eros cuando la patrulla de enganche cay&#243; sobre ellos. Hab&#237;an puesto al hijo de Swan al servicio de la Marina de su majestad.

Como bien sabe el lector, un joven de clase media, aprendiz de comerciante, no es el tipo de persona que buscan las patrullas de enganche, as&#237; que el se&#241;or Swan hizo todo lo posible por que soltaran a su hijo, pero no recib&#237;a m&#225;s que negativas y desprecios. No pod&#237;an hacer nada, le dec&#237;an. Lo cual siempre es mentira. En realidad lo que quer&#237;an decir es que no pod&#237;an hacer nada porque no val&#237;a la pena molestarse por salvar al hijo de un sastre de servir a su pa&#237;s en el mar. De haber sido Swan un caballero con quinientas o seiscientas libras de renta anuales, habr&#237;an podido hacer mucho m&#225;s. Pero el caso es que lo despacharon con impaciencia y le aseguraron que no pod&#237;an encontrar al chico, pero que seguramente estar&#237;a mucho mejor a bordo de un barco.

Sin embargo, cuando el apenado padre acudi&#243; a m&#237;, descubr&#237; que pod&#237;an hacerse muchas cosas, entre ellas contactar con un caballero que conoc&#237;a yo en la autoridad portuaria; en una ocasi&#243;n me contrat&#243; para que recuperara ciertos objetos de plata que hab&#237;an robado en su casa. Fue lo bastante amable para preguntar. Localizaron al chico y lo soltaron unas horas antes de que su barco zarpara.

Unos seis meses despu&#233;s visit&#233; al se&#241;or Swan para que me hiciera un traje nuevo y lo encontr&#233; m&#225;s servil que de costumbre. Puso especial atenci&#243;n y cuidado en tomar las medidas, insisti&#243; en utilizar los mejores tejidos y se asegur&#243; de que estuviera bien comido y bebido mientras me atend&#237;a. Cuando volv&#237; para recoger el traje, me anunci&#243; que no ten&#237;a que pagarle nada.

Tanta generosidad es innecesaria -le dije-. Ya me pagasteis por mis servicios, no hay ninguna deuda entre nosotros.

S&#237; la hay -dijo &#233;l-, porque recientemente he sabido que el barco en el que mi hijo deb&#237;a partir se perdi&#243; en una tormenta. Nuestra deuda con vos es mucho m&#225;s grande de lo que imagin&#225;is.

Esta gratitud que el hombre sent&#237;a por m&#237; me inclinaba a confiar en &#233;l. Como cualquier otro hombre, sin duda el se&#241;or Swan tambi&#233;n preferir&#237;a tener ciento cincuenta libras -como las que se ofrec&#237;an por mi cabeza- a no tenerlas, pero ya me hab&#237;a demostrado que valoraba la lealtad m&#225;s que el dinero y que se sent&#237;a en deuda conmigo. As&#237; que pens&#233; que si en alguien pod&#237;a confiar era en &#233;l.


Hab&#237;a enviado una nota a Swan avis&#225;ndole de mi llegada, as&#237; que sali&#243; a recibirme a la puerta y me hizo pasar. Mi sastre era un hombre bajito que se acercaba peligrosamente a la vejez, delgado, con largas pesta&#241;as y unos labios grandes que parec&#237;an aplanados despu&#233;s de a&#241;os de sujetar alfileres. Aunque su trabajo era irreprochable, no demostraba inter&#233;s por su aspecto, solo por el de sus clientes; llevaba siempre chaquetas viejas y pantalones rotos.

Vuestro amigo ya ha llegado -me dijo-. Deb&#233;is pedirle que deje de hablar con mi hija.

Asent&#237; y reprim&#237; una sonrisa.

De nuevo debo daros las gracias por acceder a ayudarme en este asunto, se&#241;or. No s&#233; qu&#233; habr&#237;a hecho si os hubierais negado.

Jam&#225;s har&#237;a una cosa tan traicionera. Har&#233; todo lo que est&#233; en mi mano por ayudaros a recuperar vuestro buen nombre, se&#241;or Weaver. Solo ten&#233;is que decirlo. Corren tiempos dif&#237;ciles, no lo negar&#233;. Desde que la South Sea se vino abajo, los hombres ya no compran ropa como sol&#237;an, pero nunca son tan dif&#237;ciles como para que uno no pueda ayudar a un amigo de verdad.

Sois demasiado bueno.

S&#237;, s&#237;, pero est&#225; ese asunto de mi hija.

Entramos en su taller y vi a Elias sentado a una mesa, tomando un vino y charlando sobre &#243;pera con la hermosa hija de quince a&#241;os de Swan, una joven de cabellos y ojos oscuros, con el rostro tan redondo y rojo como una manzana.

Un espect&#225;culo tan maravilloso -dec&#237;a Elias en ese momento-. Los cantantes italianos haciendo gorgoritos, el impresionante escenario, los trajes maravillosos. Oh, alg&#250;n d&#237;a tendr&#237;ais que verlo.

Estoy seguro de que lo har&#225; -dije- y no quisiera que le estropearas la sorpresa, Elias. As&#237; que deja de contarle &#243;peras.

&#201;l me mir&#243; muy serio, pero me entendi&#243; perfectamente. Yo sab&#237;a que no insistir&#237;a.

Bien. -Se restreg&#243; las manos-. Ahora que estamos todos, podr&#237;amos empezar.

Swan despach&#243; a su hija y cerr&#243; la puerta.

Solo ten&#233;is que indicarme qu&#233; quer&#233;is y lo har&#233;. -Cogi&#243; con desagrado mi librea de lacayo con sus dedos inusualmente largos y delgados.

Esto es lo que queremos -dijo Elias. Se puso en pie y empez&#243; a andar por la habitaci&#243;n-. Tras meditar el asunto detenidamente, he decidido que el se&#241;or Weaver se haga pasar por una persona acaudalada que ha regresado recientemente a las islas procedente de las Indias Occidentales, donde posee una plantaci&#243;n. Su padre siempre ha participado activamente en pol&#237;tica, digamos, y ahora que &#233;l ha vuelto a su tierra, de la que no sabe apenas nada, ha decidido que le gustar&#237;a ser pol&#237;tico.

Yo asent&#237; con gesto de aprobaci&#243;n.

Parece un buen disfraz -dije, pensando que el hecho de que no conociera las islas explicar&#237;a mi torpeza en sociedad-. &#191;Y la ropa?

Elias dio una palmada.

Esa es la cuesti&#243;n, Weaver. Nuestro querido se&#241;or Swan debe actuar con sumo cuidado. Si hac&#233;is esto bien, Swan, os prometo que en el futuro os encargar&#233; siempre mi ropa.

No se me ocurre ning&#250;n incentivo mejor -coment&#233;- que los encargos de un caballero que nunca paga sus facturas.

Elias frunci&#243; los labios, pero por lo dem&#225;s no me hizo caso.

Si queremos que no reconozcan a Weaver, debemos lograr que en &#233;l no haya nada que llame la atenci&#243;n. As&#237; pues, sus ropas deben ser elegantes y corresponderse con su supuesto estatus, pero no deben ser llamativas en modo alguno. Quiero que cuando alguien mire a Weaver, piense que ha visto a cientos de individuos como &#233;l y no se fije m&#225;s. &#191;Entend&#233;is lo que quiero decir, Swan?

Perfectamente, se&#241;or. Soy vuestro hombre.

Me alegra o&#237;rlo -exclam&#243; Elias-. Podemos utilizar los mismos principios de los juegos de manos para ocultar al se&#241;or Weaver aun estando a la vista. Aunque lo mire una persona que lo haya visto en incontables ocasiones, no lo reconocer&#225;. En cuanto al resto de la gente, que lo busca partiendo de una descripci&#243;n bueno, estos no lo mirar&#225;n una segunda vez.

Swan asinti&#243;.

Ten&#233;is raz&#243;n, se&#241;or. Mucha raz&#243;n, pues en mi oficio hace tiempo que he aprendido que cuando conocemos a una persona lo que vemos son sus ropas, su peluca y el aderezo, y nos formamos una opini&#243;n sin fijarnos apenas en la cara. Pero no ser&#225; f&#225;cil elegir las ropas para lo que os propon&#233;is. O, mejor dicho, no ser&#225; f&#225;cil dar en el blanco. Creo que debemos ser cautos.

Y en este punto los dos se enzarzaron en una conversaci&#243;n que yo apenas comprend&#237;a. Hablaban de telas, corte, tramas y botones. Swan sacaba muestras de telas que Elias descartaba con desd&#233;n, hasta que encontr&#243; lo que buscaba. Examin&#243; hilos, encajes, hebillas; rebusc&#243; entre montones de botones. Elias demostr&#243; ser tan experto en tales asuntos como Swan; hablaron en su jerga particular durante casi una hora antes de que la orientaci&#243;n de mi guardarropa quedara finalmente decidida. &#191;Ser&#237;a m&#225;s apropiado una chaqueta de seda o de lana? &#191;De color azul o negro? Azul, por supuesto, pero &#191;qu&#233; tono? Terciopelo, &#161;pero no este terciopelo! Por supuesto, ese terciopelo no (aunque a m&#237; me pareci&#243; exactamente igual que el que s&#237; pod&#237;an usar). Y en cuanto a los encajes bueno, pues que si ten&#237;an que ser as&#237; y as&#225;. Creo que Elias disfrut&#243; tanto encargando mi ropa nueva como si fuera para &#233;l.

Bien, por lo que se refiere a las pelucas -anunci&#243; Elias, cuando toda la ropa estuvo decidida al gusto de ambos-. Ese es otro asunto que requiere especial atenci&#243;n.

El hermano de mi esposa hace pelucas, se&#241;or -dijo Swan-. &#201;l puede encargarse.

&#191;Podemos confiar en &#233;l?

Totalmente, se&#241;or. Pueden confiar en &#233;l totalmente, aunque no hay necesidad. No tiene por qu&#233; saber qui&#233;n es el se&#241;or Weaver o si hay algo inusual en &#233;l.

Me temo que s&#237;, porque las pelucas que necesitamos tienen una funci&#243;n muy particular: la de ocultar el verdadero pelo del se&#241;or Weaver.

&#191;No ser&#237;a m&#225;s sencillo si me limito a afeitarme la cabeza? -pregunt&#233;. Aunque no soy ning&#250;n Sans&#243;n, reconozco que sent&#237;a cierto apego por mis rizos, que me parec&#237;an muy masculinos. Sin embargo, sent&#237;a m&#225;s apego por mi vida, y no ve&#237;a raz&#243;n para cargar con la soga del verdugo si pod&#237;a apa&#241;arme con las tijeras del barbero.

Eso no puede ser -dijo Elias-, porque tendr&#225;s que hacer algunas apariciones como Benjamin Weaver; si apareces con una peluca o con la cabeza afeitada todos sabr&#225;n que te disfrazas, y los que te persiguen buscar&#225;n a un hombre con peluca. Lo mejor es que te exhibas descaradamente, y as&#237; a nadie se le ocurrir&#225; mirar bajo el sombrero de un plantador de las Indias Occidentales.

Acept&#233; su razonamiento y coincidimos en que no nos quedaba m&#225;s remedio que confiar en el cu&#241;ado de Swan.

El se&#241;or Swan empez&#243; a tomarme las medidas mientras Elias segu&#237;a charlando sobre c&#243;mo pensaba poner en pr&#225;ctica su plan.

Tendr&#225;s que elegir un nombre, por supuesto. Algo que suene a cristiano, pero no demasiado.

&#191;Michael? -propuse, pensando en la versi&#243;n inglesa del nombre de mi t&#237;o.

Demasiado hebreo -dijo Elias negando con la mano-. Hay un Miguel en vuestras escrituras jud&#237;as.

&#191;Qu&#233; tal Jes&#250;s? Eso ser&#237;a bastante antihebreo.

Yo hab&#237;a pensado en Mateo. Matthew Evans. No es un nombre ni inusual ni demasiado com&#250;n. Justo lo que necesitamos.

No puse objeciones, as&#237; que en aquel instante mi identidad como Matthew Evans sali&#243; al mundo a trav&#233;s del vientre de la mente de Elias. No era una forma especialmente agradable de nacer, pero seguramente las alternativas hubieran sido peores.


Swan me inform&#243; de que hasta dentro de unos d&#237;as mi primer traje no estar&#237;a listo, pero, mientras esperaba, pod&#237;a dejarme un traje sencillo y discreto de los que yo llevaba normalmente (estaba trabajando en un traje para otro cliente y solo tuvo que hacer unos retoques para adaptarlo a m&#237;). Ahora ya pod&#237;a prescindir de mi disfraz de lacayo, pero al hacerlo me arriesgaba a que me reconocieran, pues con aquellas ropas me parec&#237;a m&#225;s a m&#237; mismo de lo que hubiera querido.

El sastre nos llev&#243; al taller de su cu&#241;ado, donde encargu&#233; dos elegantes pelucas. El hombre se ofreci&#243; a cortarme un poco el pelo para que me quedaran mejor, aunque no lo bastante para que un observador circunstancial se diera cuenta de que me hab&#237;an retocado el pelo. Tambi&#233;n &#233;l dijo que trabajar&#237;a d&#237;a y noche para que mis pelucas estuvieran listas lo antes posible. Matthew Evans no tendr&#237;a que esperar mucho para hacer su primera aparici&#243;n p&#250;blica.


Entretanto, ten&#237;a que buscar un lugar donde alojarme, pues me pareci&#243; que lo mejor era no quedarme en una misma posada m&#225;s de un d&#237;a o dos. As&#237; que busqu&#233; un nuevo alojamiento, y aunque el posadero pareci&#243; receloso al ver que no llevaba equipaje, invent&#233; una historia sobre un traslado y un equipaje perdido que le pareci&#243; suficientemente satisfactoria cuando promet&#237; que pagar&#237;a cada noche por adelantado, y por las comidas.

As&#237;, de nuevo con un techo tolerable sobre mi cabeza, inici&#233; mis estudios sobre pol&#237;tica, programa que inici&#233; con una visita a Fleet Street para comprar algunos de los peri&#243;dicos habituales. Aprend&#237; menos de pol&#237;tica que de m&#237; mismo, pues descubr&#237; que no hab&#237;a tema m&#225;s comentado que el de Benjamin Weaver. No hay cosa que nuestros peri&#243;dicos sigan con m&#225;s ardor que una buena causa, y ning&#250;n escritor mercenario quiere ser tan poco original como para tener el mismo pensamiento que otro, as&#237; que no hubiera debido sorprenderme que utilizaran mi nombre continuamente. En el pasado hab&#237;a visto estas erupciones period&#237;sticas en numerosas ocasiones. Sin embargo, me desconcertaba ver mi nombre utilizado tan libremente y con tan poco apego por la verdad. Es una cosa extra&#241;a que lo conviertan a uno en met&#225;fora.

Para cada uno de aquellos escritores yo no era m&#225;s que una representaci&#243;n de sus ideas pol&#237;ticas. Los peri&#243;dicos whigs lamentaban que un criminal tan peligroso como yo hubiera escapado, y maldec&#237;an a los perversos jacobitas y papistas que me hab&#237;an ayudado. Me describ&#237;an como un rebelde que conspiraba con el Pretendiente para matar al rey, aunque los detalles que se daban eran extremadamente imprecisos. Incluso yo, ingenuo como pocos en asuntos de pol&#237;tica, me daba cuenta de que los whigs solo quer&#237;an convertir un motivo de verg&#252;enza en un arma pol&#237;tica.

Y lo mismo suced&#237;a con los tories, cuyos peri&#243;dicos defend&#237;an que yo era un h&#233;roe que hab&#237;a tratado de demostrar su inocencia ante un corrupto tribunal whig. Merec&#237;a que me elogiaran por haber tomado el asunto en mis manos cuando el gobierno me hab&#237;a traicionado. Y, puesto que a los whigs se los conoc&#237;a por su relativa tolerancia con los jud&#237;os (una consecuencia de su mayor laxitud en cuestiones de religi&#243;n), y a los tories por su intolerancia, me pareci&#243; curioso que ni los unos ni los otros mencionaran que yo pertenezco a la naci&#243;n hebrea.

Sin embargo, nada de todo esto me pareci&#243; tan interesante como un anuncio que encontr&#233; en el Postboy. Dec&#237;a:


El se&#241;or Jonathan Wild anuncia que est&#225; en posesi&#243;n de una caja de lienzo desaparecido y quer&#237;a devolverlo a su verdadero due&#241;o. Si el tal caballero tiene a bien personarse en la taberna El Jabal&#237; Azul este lunes a las cinco, y se asegura de venir por el lado de la mano derecha, descubrir&#225; que muchas de sus preguntas m&#225;s apremiantes han encontrado respuesta.


Sin duda ah&#237; hab&#237;a un mensaje secreto, puesto que el verdadero nombre de mi familia era Lienzo, y en hebreo mi nombre significa hijo de la mano derecha. Entend&#237; el mensaje enseguida. Wild, mi antiguo enemigo, el mayor criminal de la historia de la ciudad y el hombre que, contrariamente a lo que esperaba, me hab&#237;a defendido en mi juicio, ese hombre quer&#237;a reunirse conmigo.

Pensaba descubrir sus intenciones, desde luego, pero no ten&#237;a intenci&#243;n de presentarme indefenso en su guarida. No, tomar&#237;a un camino muy distinto.



9

El mensaje secreto de Jonathan Wild me indicaba que deb&#237;a visitarlo el lunes, pero yo lo le&#237; el jueves, y no ten&#237;a intenci&#243;n de esperar tanto para averiguar las respuestas que necesitaba. Segu&#237;a pensando que la bella mujer del pelo de color panocha y de las herramientas h&#225;bilmente escondidas era de los suyos, pero no pod&#237;a estar seguro. Solo era una intuici&#243;n, pues sab&#237;a que Wild sol&#237;a mandar a bellas se&#241;oritas disfrazadas a hacer sus encargos. Pero, incluso si hab&#237;a ayudado a preparar mi fuga, no cre&#237; ni por un momento que fuera inmune al atractivo de las ciento cincuenta libras de recompensa. No cre&#237;a que esperase que me presentara en su cuartel general en El Jabal&#237; Azul -una taberna situada frente al Little Old Bailey, a unos pasos de donde la ley hab&#237;a ordenado mi muerte- para que pudiera disponer de m&#237; a su antojo. En el pasado Wild me hab&#237;a jugado malas pasadas, y ni siquiera las palabras amables que dijo en mi juicio me har&#237;an confiar en &#233;l.

As&#237; pues, decid&#237; averiguar m&#225;s sobre sus prop&#243;sitos, pero de una forma distinta. Visit&#233; a un carnicero en una zona de la ciudad donde no me conoc&#237;an y le compr&#233; unos cortes escogidos de ternera, que seg&#250;n vi estaban envueltos en un papel de peri&#243;dico donde aparec&#237;a la historia del destacable villano Benjamin Weaver. Despu&#233;s estuve en una taberna hasta que oscureci&#243;, y entonces me dirig&#237; a Dukes Place, mi barrio, donde no hab&#237;a estado desde hac&#237;a m&#225;s de dos semanas. Fue extra&#241;o volver a un lugar tan familiar para m&#237;, escuchar la charla de la gente en portugu&#233;s e ingl&#233;s con acento, y ocasionalmente en la lengua de los tudescos del este de Europa. Las calles ol&#237;an a las comidas que se cocinaban para preparar el sabbat, que empezar&#237;a a la ca&#237;da de la noche del d&#237;a siguiente, y el aire estaba impregnado de olor a comino, jengibre y, aunque menos apetitoso, a col. Traperos, vendedores ambulantes de baratijas y fruteros pregonaban sus mercanc&#237;as. Todo me resultaba muy familiar, pues solo estaba a unas calles de mis alojamientos, que sin duda el Estado habr&#237;a desvalijado tras mi condena por asesinato. Sent&#237; la extra&#241;a necesidad de ir a comprobar qu&#233; hab&#237;an hecho, pero no soy ning&#250;n necio.

No, lo que hice fue ir a la casa que buscaba, que no estaba precisamente bien vigilada; no me fue dif&#237;cil colarme por una ventana que daba a un callej&#243;n y subir a la habitaci&#243;n que quer&#237;a. Que la puerta estuviera cerrada con llave no fue un obst&#225;culo, pues, como ya sabe el lector, anteriormente ya he demostrado mi pericia con la ganz&#250;a.

En cambio, los ladridos y gru&#241;idos que o&#237;a al otro lado de la puerta s&#237; pod&#237;an plantear alg&#250;n problemilla. Sin embargo, hab&#237;a o&#237;do decir que aquel hombre mimaba y alimentaba a sus perros como si fueran criaturas. Sin duda aquellas bestias jam&#225;s hab&#237;an probado la carne humana. Al menos eso esperaba.

Cuando abr&#237; la puerta aquellos bichos -dos enormes mastines de color chocolate- se abalanzaron sobre m&#237;, pero yo estaba preparado y saqu&#233; la carne. Si alg&#250;n inter&#233;s ten&#237;an por defender su territorio, lo dejaron a un lado para destrozar el peque&#241;o paquete; devoraron la carne con papel y todo. Yo, por mi parte, cerr&#233; la puerta y me instal&#233; en una silla que me pareci&#243; conveniente, actuando en todo momento como si no hubiera cosa m&#225;s natural que estar en aquella habitaci&#243;n con los perros. Es un truco que descubr&#237; hace mucho tiempo. Perciben como nadie la actitud de la persona, y responden en consecuencia. Act&#250;a con miedo y se echar&#225;n sobre ti. Pero ante un hombre tranquilo y relajado demuestran indiferencia.

Cuando tom&#233; asiento, la carne ya hab&#237;a volado y mi mayor desaf&#237;o fue manejarme con el afecto de aquellas criaturas. Uno de los perros se puso panza arriba para que lo acariciara. El otro me puso la cabeza en el regazo y me mir&#243; hasta que acced&#237; a rascarle las orejas.

Tuve que esperar dos insoportables horas de aquella forma, aspirando el fuerte olor de aquellos bichos, hasta que o&#237; que giraba el pomo de la puerta. No sabr&#237;a decir si not&#243; que hab&#237;an manipulado la cerradura, pero el caso es que entr&#243; con una vela encendida y salud&#243; a los perros, que se hab&#237;an apartado de mi lado para saltar sobre su amo.

En cuanto cerr&#243; la puerta a su espalda, se encontr&#243; con mi pistola en la nuca.

No te muevas.

O&#237; una pesada exhalaci&#243;n, una risa tal vez.

Si yerras el tiro, tendr&#225;s que enfrentarte a los perros y a m&#237;.

Le clav&#233; mi otra pistola entre las costillas.

Apuesto a que las dos no fallan. &#191;Y t&#250;?

Disp&#225;rame si quieres. Seguir&#225;n quedando los perros. No saldr&#225;s con vida de aqu&#237; -dijo Abraham Mendes, el hombre de confianza de Wild. Al igual que yo, era un jud&#237;o de Dukes Place, y hab&#237;amos crecido juntos. Si bien este accidente geogr&#225;fico no nos convert&#237;a en amigos, entre nosotros hab&#237;a una especie de entendimiento forzoso, y me sent&#237;a mucho m&#225;s inclinado a tratar con &#233;l que con su amo.

Ya he aplacado la ferocidad de tus bestias.

Mira, Weaver, puede que ya no temas a mis perros, pero aunque no te est&#233;n despedazando en este momento, no dudes de que lo har&#225;n si se lo ordeno o si me haces da&#241;o. Sin embargo, esta demostraci&#243;n de fuerza es innecesaria. Una palabra m&#237;a y estar&#237;as muerto. Que no haya dicho nada ya indica que me interesa que sigas con vida. Sin duda, despu&#233;s de la intervenci&#243;n de Wild en tu juicio ya sabes que no vamos a por ti. No debes temer nada ni de &#233;l ni de m&#237;.

En mi juicio no se ofrec&#237;an ciento cincuenta libras de recompensa.

No le interesa esa recompensa, ni a m&#237; -dijo-. Te doy mi palabra.

Me sent&#237;a reacio a aceptar la palabra de un hombre que en parte se ganaba la vida cometiendo perjurio, pero no ten&#237;a elecci&#243;n, as&#237; que apart&#233; mis armas.

Mis disculpas -musit&#233;-. Espero que comprendas que era necesario.

Por supuesto. Yo hubiera hecho lo mismo. -Mendes encendi&#243; dos l&#225;mparas y llam&#243; a sus perros. Si sent&#237;an alg&#250;n remordimiento por haberle traicionado, nadie lo hubiera dicho. Tampoco manifest&#243; Mendes ning&#250;n resentimiento por su simpleza. Sac&#243; del bolsillo un poco de carne seca, poca cosa sin duda en comparaci&#243;n con su premio anterior, pero los perros no protestaron.

Me result&#243; extra&#241;o ver a aquel hombre voluminoso y feo, con unas manos que parec&#237;an lo bastante fuertes para aplastar el cr&#225;neo de aquellos dos bichos, mostr&#225;ndose tan cari&#241;oso con unos simples perros. Pero hac&#237;a ya tiempo que sab&#237;a que las personas no son las criaturas uniformes que quieren hacernos creer las novelas, sino un compendio de impulsos contradictorios. Mendes pod&#237;a querer a aquellas bestias con todo su coraz&#243;n y descargar su pistola contra la cabeza de un hombre cuyo &#250;nico crimen era que a Jonathan Wild no le gustaba. Y solo Mendes ser&#237;a capaz de ver la coherencia de semejante comportamiento.

&#191;Un poco de oporto? -pregunt&#243;.

Gracias. -Por un momento consider&#233; la posibilidad de que me envenenara la bebida. Pero no era su estilo. Hacer que me despedazaran los perros estaba m&#225;s en su l&#237;nea, y puesto que no lo hab&#237;a hecho, supuse que pod&#237;a beber tranquilo.

Mendes quiso entregarme la copa de peltre, pero se le escurri&#243; entre los dedos. Cuando golpe&#243; el suelo de madera, vi que estaba vac&#237;a y me di cuenta de que hab&#237;a sido una treta.

Antes de que pudiera reaccionar, me encontr&#233; con un pu&#241;al contra mi garganta un largo cuchillo notablemente afilado. Mendes apret&#243; la hoja contra mi piel y yo retroced&#237;; sent&#237; que el filo casi me cortaba. &#201;l sigui&#243; empujando, y no tard&#233; en encontrarme contra la pared.

Guardia -dijo con voz serena. No entend&#237; qu&#233; quer&#237;a decir hasta que me di cuenta de que era una orden para los perros. Los animales se acercaron y se plantaron ante m&#237; con las patas muy separadas. Me miraron y gru&#241;eron, pero no hicieron m&#225;s. Esperaban &#243;rdenes de Mendes.

La hoja se movi&#243; menos de un cent&#237;metro, pero not&#233; que la piel de mi cuello se abr&#237;a. No mucho, aunque s&#237; lo bastante para sangrar.

Hab&#237;a pensado dejar pasar el insulto -dijo Mendes. Notaba su aliento en la cara, caliente y cargado-. Entiendo que pensabas que ten&#237;as que amenazarme con una pistola, que no pod&#237;as arriesgarte hasta que estuvieras seguro. No se me escapa todo esto, as&#237; que hab&#237;a decidido olvidar el asunto. Pero no puedo olvidarlo, Weaver. Me has apuntado con una pistola y me has amenazado, y ahora quiero una compensaci&#243;n.

&#191;Y en qu&#233; compensaci&#243;n est&#225;s pensando? -pregunt&#233;. Habl&#233; muy despacio, para evitar que la piel rozara m&#225;s contra el filo.

Una disculpa.

Ya me he disculpado -coment&#233;.

Te disculpaste por cortes&#237;a. Ahora quiero que te disculpes por miedo. -Me mir&#243; muy fijamente a los ojos sin hacer adem&#225;n de apartarse-. &#191;Tienes miedo?

Por supuesto que ten&#237;a miedo. Mendes era impredecible y violento, dos cualidades poco deseables en un hombre que tiene un cuchillo contra mi pescuezo. Por otro lado, su voz era tan desafiante que no pod&#237;a rendirme al menos no como &#233;l quer&#237;a.

Estoy inquieto -dije.

Inquieto no es suficiente. Quiero o&#237;rte decir que tienes miedo.

Estoy preocupado.

&#201;l pesta&#241;e&#243;.

&#191;C&#243;mo de preocupado?

Mucho.

Dej&#243; escapar un suspiro.

&#191;Y lo sientes?

Desde luego. Siento mucho haberte apuntado con una pistola.

Apart&#243; el cuchillo y retrocedi&#243;.

Supongo que con eso ser&#225; suficiente. T&#250; y tu orgullo irracional nos hubi&#233;ramos pasado todo el d&#237;a as&#237;. -Dicho esto me dio la espalda, supongo que para demostrar su confianza, cogi&#243; un trapo y me lo arroj&#243;, presumiblemente para que me limpiara la sangre.

Bueno -dijo agach&#225;ndose para recoger la copa de peltre-, &#191;qu&#233; tal si nos tomamos ese oporto?

Al poco est&#225;bamos sentados frente a frente, con los rostros enrojecidos por el fuego de la chimenea, charlando como si fu&#233;ramos viejos amigos.

Le dije a Wild que no ir&#237;as -dijo Mendes con una mueca de satisfacci&#243;n en su cara llena de cicatrices-, pero insisti&#243; en que si ve&#237;as el anuncio, surtir&#237;a efecto. Parece que ten&#237;a raz&#243;n. Lo &#250;nico que quer&#237;a era darte la informaci&#243;n, y en tu situaci&#243;n actual eres un hombre dif&#237;cil de localizar.

Me alegr&#233; de que fuera as&#237;. En el pasado, si Wild quer&#237;a localizarme enviaba a sus hombres para que me atacaran y me arrastraran a su casa en contra de mi voluntad.

&#191;Y qu&#233; informaci&#243;n es esa?

Mendes se recost&#243; en su asiento, tan satisfecho como un lord despu&#233;s de una exquisita comida.

El nombre de la persona que te ha acarreado tantos problemas.

Dennis Dogmill -dije yo llanamente, tal vez con la esperanza de que se le bajaran los humos.

&#201;l se inclin&#243; hacia delante, sin poder disimular su decepci&#243;n.

Eres m&#225;s listo de lo que Wild cree.

Wild piensa que &#233;l es el &#250;nico listo, as&#237; que no puedo ofenderme porque me tenga en menos. Sin embargo, me gustar&#237;a que me dijeras qu&#233; sabes.

&#201;l se encogi&#243; de hombros.

No gran cosa, me temo. Nos enteramos de que hab&#237;as estado investigando entre los estibadores de Wapping. Dogmill llevaba meses enfrentado a los grupos de trabajadores, aunque en realidad sea &#233;l quien pone a los unos en contra de los otros. Ese Yate le estaba causando muchos problemas. Y es m&#225;s f&#225;cil matar a un estibador que a una rata.

Eso lo s&#233;. Pero &#191;por qu&#233; culparme a m&#237; por el crimen?

Wild esperaba que t&#250; nos lo dijeras.

Sent&#237; el amargo sabor de la decepci&#243;n. Sin embargo, que Wild supiera que Dogmill era la causa de mis problemas me hizo pensar que sabr&#237;a algo m&#225;s.

Ojal&#225;. Creo que esa es la clave de todo esto.

Mendes me mir&#243; con escepticismo.

Vamos, Weaver. La verdad.

&#191;Por qu&#233; no iba a decirte la verdad?

En el peri&#243;dico se insin&#250;a que no eres leal a nuestro actual rey.

Me re&#237;.

Los whigs est&#225;n tratando de convertir un asunto bochornoso en un arma pol&#237;tica. Fue uno de sus jueces quien me conden&#243; descaradamente a pesar de las pruebas. Espero que no ser&#225;s tan necio de creer lo que lees en los peri&#243;dicos partidistas.

No lo creo, pero siento curiosidad. &#191;No estar&#225;s metido en alg&#250;n complot jacobita, verdad, Weaver?

Por supuesto que no. &#191;De verdad me consideras tan necio para participar en una traici&#243;n? &#191;Qu&#233; inter&#233;s puedo tener yo en ver a Jacobo III en el trono?

Reconozco que me parec&#237;a improbable, pero corren tiempos extra&#241;os, y hay maquinaciones por todas partes.

Pues yo no s&#233; nada. Hasta hace muy poco, apenas conoc&#237;a la diferencia entre tories y whigs, o tories y jacobitas. Me interesa mucho m&#225;s salvar el pellejo que restituir a un monarca destronado y no quisiera ver que cambia un gobierno que ha tratado tan amablemente a mi pueblo.

Cre&#237;a que ser&#237;as m&#225;s favorable a los whigs, puesto que el hombre que se cas&#243; con la bella viuda de tu primo es tory. En otro tiempo quisiste casarte con ella, &#191;no es cierto?

Lo mir&#233; furioso.

No te tomes tantas libertades conmigo, Mendes.

&#201;l alz&#243; una mano inmensa.

Controla tu genio, amigo. No he querido insinuar nada.

S&#237;, s&#237; quer&#237;as insinuar algo. Quer&#237;as azuzarme para ver c&#243;mo reacciono. Vuelve a intentarlo y, con perros o sin ellos, comprobar&#225;s que conmigo no se juega.

&#201;l asinti&#243; con gesto solemne, casi dir&#237;a que con una expresi&#243;n pesarosa en su rostro accidentado.

Entonces volvamos a nuestro asunto. &#191;Por qu&#233; te han elegido para que pagues por la muerte de Yate?

No se me ocurre nada. Creo que hay montones de hombres que hubieran sido v&#237;ctimas mucho m&#225;s convenientes, as&#237; que solo puedo deducir que Dogmill me eligi&#243; por algo relacionado con mis pesquisas. -Y aqu&#237; le puse al corriente del encargo del se&#241;or Ufford.

Ufford ha estado provocando problemas con los porteadores, y todos saben que es jacobita, aunque esa no es raz&#243;n para que Dogmill quiera que te ahorquen. Dices que no descubriste nada sobre esas notas, pero ser&#237;a razonable pensar que &#233;l no lo cree as&#237; y prefiere verte muerto antes que dejar que lo descubras.

Negu&#233; con la cabeza.

Entonces, &#191;por qu&#233; no clavarme un pu&#241;al por la espalda? &#191;Por qu&#233; no envenenar mi comida en la c&#225;rcel mientras esperaba el juicio o hacer que un guarda me degollara mientras dorm&#237;a? Hay cientos de formas de matar a un hombre, Mendes, y t&#250; lo sabes. Miles, si el hombre est&#225; en Newgate. Ama&#241;ar un juicio y sobornar a un juez no me parece lo m&#225;s f&#225;cil. No estoy muy seguro de que lo ocurrido sea solo una forma de silenciarme.

Mendes mir&#243; su vaso, pensativo.

Puede que tengas raz&#243;n, pero lo cierto es que Dogmill quer&#237;a que te pasara lo que te ha pasado. Wild piensa que tu presencia es una amenaza para Dogmill, y est&#225; dispuesto a ofrecerte protecci&#243;n a cambio de la verdad. Aunque dices ignorarla. Una mala noticia, Weaver, porque si no encuentras nada contra Dogmill te pasar&#225;s el resto de la vida huyendo y, teniendo en cuenta que se ofrecen ciento cincuenta libras por tu cabeza, es posible que el resto de tu vida sea tristemente corto.

&#191;Por qu&#233; me ofrece Wild protecci&#243;n? &#191;Qu&#233; tiene Dogmill contra &#233;l?

Bueno, esa es otra cuesti&#243;n. Wild apoya a los whigs en general, pero no a Dogmill. Hace ya un tiempo que tiene controlados los muelles. Pueden hacerse muchos negocios all&#237;, pero con Dogmill es imposible. Hay demasiados parlamentarios que trabajan para &#233;l, y tiene la aduana en el bolsillo.

S&#237;, ya he tenido que v&#233;rmelas con un par de guardias aduaneros que me segu&#237;an la pista. &#191;No es una contradicci&#243;n que los de aduanas trabajen para un importador?

Y muy conveniente, por cierto. La mitad de los hombres que trabajan para el servicio de aduanas reciben sobornos. Cuando los barcos de Dogmill llegan a puerto, estos hombres retiran una buena parte de la mercanc&#237;a antes de que el verdadero inspector la certifique. As&#237;, Dogmill paga derechos de aduana solo por una parte del cargamento.

Un peque&#241;o soborno es una cosa, pero utilizar a la guardia aduanera es otra. &#191;C&#243;mo voy a moverme sin que me descubran?

Mendes se encogi&#243; de hombros.

Es muy descarado, pero no es nada raro. Dogmill tiene dinero para sobornar a quien quiera, incluidos algunos tipos muy generosos de la C&#225;mara de los Comunes. Recientemente sus secuaces en el Parlamento han presionado para que se apruebe una legislaci&#243;n que permite unos impuestos mucho m&#225;s bajos para los comerciantes de tabaco que paguen sus tasas en seis meses, lo que significa que, como es rico, paga menos impuestos que los comerciantes que tienen que pedir el dinero prestado y luego tienen que vender sus mercanc&#237;as para pagar los aranceles. As&#237; que enga&#241;a al gobierno por partida doble.

&#191;Y no es una hipocres&#237;a que Wild desapruebe este enga&#241;o?

Yo no he dicho que lo desapruebe. Supongo que lo admira. Yo solo quer&#237;a informarte de la clase de enemigo al que te enfrentas. Dogmill es malo, puedes estar seguro. Wild no se achanta ante cualquiera; y no solo lo teme por su poder, sino por su ira. A este tipo lo echaron de Cambridge por apalear a su tutor. Un d&#237;a se cans&#243; de aguantar que ese hombre le obligara a memorizar frases en lat&#237;n o alguna otra tonter&#237;a y lo azot&#243; como si fuera un sirviente. He o&#237;do de tres ocasiones en las que ha golpeado a un hombre hasta matarlo con los pu&#241;os. Y en todas ellas el juez desestim&#243; los cargos alegando defensa propia porque Dogmill insist&#237;a en que lo hab&#237;an atacado. Pero s&#233; por un testigo de fiar que al menos en una de esas ocasiones un mendigo se acerc&#243; a Dogmill y le pidi&#243; dinero para comer. Dogmill se dio la vuelta y le estuvo golpeando en la cabeza hasta que se la parti&#243;.

No me considero menos duro que un hombre que apalea a mendigos.

No lo dudo. Solo te advierto, Dogmill es retorcido e impredecible. Raz&#243;n de m&#225;s para que Wild quiera que se vaya.

Supongo que, puesto que tiene sus propios barcos de contrabando, a Wild le interesa quitar a Dogmill de en medio para controlar los muelles.

Exacto. Hace unos a&#241;os, tante&#233; a algunos de los hombres m&#225;s poderosos de los concejos municipales en nombre de Wild. Enseguida me di cuenta de que ninguno se atrev&#237;a a contrariar a Dogmill. Y &#233;l mismo nos hizo saber que, si nos met&#237;amos en su negocio, iba a ponernos las cosas muy dif&#237;ciles.

As&#237; que Wild testific&#243; en mi favor porque de ese modo pod&#237;a fingir que no sab&#237;a nada de la implicaci&#243;n de Dogmill en la muerte de Yate.

Justamente.

Y por eso mand&#243; a la mujer de la ganz&#250;a.

Mendes se inclin&#243; hacia delante.

Wild me habl&#243; de la mujer. Dijo que deb&#237;a de ser cosa tuya. Su t&#233;cnica fue algo tosca pero efectiva.

Vamos, Mendes. &#191;Tengo que creerme que t&#250; y tu se&#241;or no estabais detr&#225;s de la mujer?

A Wild le gusta mucho alardear, y yo soy una de las pocas personas con quienes se permite hacerlo abiertamente. Si no se atribuy&#243; esta acci&#243;n, te aseguro que es porque &#233;l no estaba detr&#225;s.

No te creo.

Mendes se encogi&#243; de hombros.

Cree lo que quieras. No puedo obligarte a admitir la verdad, pero no me negar&#225;s que si Wild te hubiera hecho ese favor ser&#237;a una tonter&#237;a no decirlo.

Desde luego, raz&#243;n ten&#237;a.

Entonces, &#191;qui&#233;n?

No lo s&#233;. Pero pienso que si encuentras a esa mujer o a quien la envi&#243; podr&#225; ayudarte a descubrir qu&#233; es lo que Dogmill cree que sabes.

Me tom&#233; unos instantes para considerar sus palabras.

&#191;Qu&#233; sabes de un hombre llamado Johnson? Uno de los falsos testimonios de mi juicio dijo que yo hab&#237;a dicho estar a su servicio.

Mendes neg&#243; con la cabeza.

Ese nombre no me dice nada.

&#191;Y qu&#233; hay de los matones de Dogmill? Me resisto a creer que el comerciante de tabaco m&#225;s importante de la ciudad vaya por ah&#237; matando a los estibadores con sus propias manos. Debe de tener gente que le haga el trabajo sucio.

Mendes volvi&#243; a negar con la cabeza.

Ser&#237;a lo normal, aunque nunca he o&#237;do hablar de matones. Por sorprendente que parezca, he llegado a la conclusi&#243;n de que es as&#237;, va por ah&#237; liquidando a la gente personalmente. Dogmill no teme la violencia. Le gusta, y si es de los que no quieren confiar sus cr&#237;menes al silencio de alg&#250;n rufi&#225;n, es posible que matara a Yate con sus propias manos.

O no.

&#201;l sonri&#243; con gesto p&#237;caro.

Cierto. Supongo que en realidad s&#233; m&#225;s bien poco.

Se hizo el silencio, porque de pronto pareci&#243; que no quedaba nada m&#225;s que decir.

Muy bien. -Apur&#233; mi copa y me puse en pie-. Gracias por dedicarme tu tiempo.

Gracias por dar de comer a mis bestias -dijo &#233;l.

Solo una cosa. -Me volv&#237; hacia &#233;l-. La ciudad est&#225; llena de hombres que quieren la recompensa que dan por mi cabeza. &#191;Hay alguna posibilidad de que Wild retire a sus hombres?

No. Wild no te apoyar&#225; p&#250;blicamente. Quiz&#225; se hubiera arriesgado si le hubieras proporcionado informaci&#243;n que le permitiera destruir a Dogmill, pero no est&#225; dispuesto a llamar la atenci&#243;n de la ley ni de Dogmill. Tendr&#225;s que conformarte con saber que &#233;l no te busca. Adem&#225;s, seguro que sabr&#225;s arregl&#225;rtelas con cualquier bruto que intente descubrirte.

Pues yo dir&#237;a que si quito de en medio a su gran enemigo, Wild estar&#237;a en deuda conmigo.

T&#250; est&#225;s en deuda con &#233;l.

&#191;Y eso por qu&#233;?

Porque ha decidido no capturarte para cobrar la recompensa.

&#191;De verdad crees que podr&#237;a atraparme?

Yo podr&#237;a -dijo Mendes sin asomo de buen humor-. Pero no temas. Es m&#225;s, estoy dispuesto a llegar m&#225;s lejos que Wild. Esto que quede entre nosotros, pero si te ves en un aprieto, puedes venir a mi casa.

Escrut&#233; sus ojos hundidos.

&#191;Por qu&#233;?

Mendes respir&#243; hondo.

Ya te he dicho que cuando empezamos a indagar en los asuntos de Dogmill, fui yo quien tante&#243; el terreno. Eso me convirti&#243; en objeto de la ira de Dogmill. En aquel entonces yo ten&#237;a un perro, una bestia incre&#237;ble que se llamaba Blackie. Estos dos son buenos perros, no te confundas. -E hizo una pausa para acariciarlos, para que no se sintieran descuidados-. S&#237;, son buenos animales, pero Blackie era mi amigo. Siempre lo llevaba conmigo a la taberna, o cuando sal&#237;a. Y, aunque ten&#237;a un coraz&#243;n de oro, su aspecto aterraba a nuestros adversarios. Sin embargo, un d&#237;a desapareci&#243;.

Y crees que Dogmill se lo llev&#243;.

Lo s&#233;. No hab&#237;a pasado ni una semana cuando recib&#237; una nota an&#243;nima en la que se detallaba lo mal que le hab&#237;a ido a Blackie en los garitos donde se organizan las peleas de perros en Smithfield. No se mencionaba el nombre de Dogmill, pero todo el mundo sabe que le gusta la sangre, y el mensaje era muy claro. Dogmill quer&#237;a que no meti&#233;ramos las narices en sus asuntos. Hizo algunas averiguaciones y descubri&#243; el afecto que le ten&#237;a a mi perro. Hicieron falta todas las protestas de Wild y una docena de hombres para sujetarme y convencerme de que no saliera a matar a ese mat&#243;n. Pero Wild me prometi&#243; que a Dogmill le llegar&#237;a su hora, as&#237; que har&#233; lo que pueda por ti, Weaver, para que esa hora llegue pronto.

&#191;C&#243;mo consigui&#243; quitarte el perro delante de tus narices?

&#191;Te acuerdas de un tipo que sol&#237;a acompa&#241;ar a Wild, un irland&#233;s muy pintoresco llamado Cabeza de Cebolla O'Neil?

S&#237;, un tipo muy curioso con patillas rojas. &#191;Qu&#233; fue de &#233;l? -pregunt&#233;, aunque enseguida supe cu&#225;l era la respuesta-. Nada bueno, imagino.

Cabeza de Cebolla consider&#243; que apoyar a Dogmill frente a un animal indefenso bien val&#237;a unos chelines. No tuve piedad con &#233;l. Y no tendr&#233; piedad con Dogmill. Si quieres mi ayuda, solo tienes que decirlo.



10

El d&#237;a que hab&#237;amos acordado, visit&#233; al se&#241;or Swan, que ten&#237;a preparado mi primer traje, junto con un surtido de camisas de buen hilo. Swan se hab&#237;a tomado la libertad de recoger las pelucas de su cu&#241;ado, y me asegur&#243; que para el final de la semana tendr&#237;a listos otros dos trajes. Deb&#237;a de haber estado trabajando tambi&#233;n por las noches, y a&#250;n seguir&#237;a unos d&#237;as sin dormir.

Supongo que hubiera podido ponerme aquellas ropas con cierta sensaci&#243;n de asombro, pero lo cierto es que no me vest&#237; con mayor ceremonia de la que normalmente reservo para un acto tan mundano. Sin embargo, todo era de mi gusto. Examin&#233; con agrado mi chaqueta de terciopelo azul marino con grandes botones plateados. Unos pantalones de l&#237;nea muy elegante acompa&#241;aban a una camisa que se cerraba con una lazada. Me prob&#233; la primera peluca, corta y con rizos, muy distinta de mi verdadero pelo, que llevaba al estilo de las pelucas con cola. Pero cuando me mir&#233; en el espejo s&#237; sent&#237; algo nuevo. Debo confesarlo, casi no me reconoc&#237;.

Me volv&#237; hacia el bueno de Swan y le pregunt&#233; qu&#233; dinero le deb&#237;a.

Nada, se&#241;or Weaver. No me deb&#233;is nada -me dijo.

Os exced&#233;is. Hab&#233;is cumplido sobradamente conmigo al hacer este trabajo. No puedo pediros que me perdon&#233;is el pago.

Swan neg&#243; con la cabeza.

No est&#225;is en posici&#243;n de ofreceros a pagar cuando no es necesario. Cuando solucion&#233;is vuestros problemas, entonces quiz&#225; podr&#233;is venir a verme y discutiremos un precio.

Al menos -propuse-, permitid que pague el precio de los materiales. Detestar&#237;a ver que perd&#233;is tanto dinero por mi causa.

El se&#241;or Swan era un hombre bueno, pero no neg&#243; que la oferta era justa, as&#237; que acept&#243; parte del dinero que le ofrec&#237;a, aunque con el coraz&#243;n pesaroso.

Ataviado con mi elegante traje, sal&#237; dispuesto a ocuparme de los asuntos de Matthew Evans. Me hab&#237;a disfrazado de caballero en otras ocasiones, no era una experiencia nueva para m&#237;, aunque en aquella ocasi&#243;n la situaci&#243;n era muy distinta, y mi enga&#241;o era de mayor envergadura. Las otras veces me hab&#237;a hecho pasar por un hombre de alcurnia durante una o dos horas, en lugares oscuros como caf&#233;s o tabernas. Jam&#225;s hab&#237;a intentado un enga&#241;o de aquella naturaleza, a plena luz del d&#237;a y por un per&#237;odo que pod&#237;a ser de semanas o incluso meses.

Ahora que ya pod&#237;a perpetuar el fraude de mi nuevo yo, decid&#237; que hab&#237;a llegado el momento de buscar alojamiento. Tras leer los peri&#243;dicos y considerar algunas opciones, finalmente me decid&#237; por una casa bastante elegante en Vine Street. El lugar era adecuadamente confortable, aunque yo necesitaba algo m&#225;s que comodidad. Precisaba unas habitaciones con al menos una ventana que diera a un callej&#243;n o una calle sin salida. La ventana no deb&#237;a estar muy alta, y deb&#237;a ser accesible para un hombre que quisiera entrar o que quisiera bajar. En resumen, que quer&#237;a poder entrar y salir de mi casa sin que nadie me viera.

Los alojamientos que encontr&#233; contaban con tres habitaciones y estaban en un primer piso. S&#237;, una de las ventanas daba a un callej&#243;n, y el enladrillado era lo bastante tosco para permitirme subir y bajar sin problemas.

Al igual que el posadero de la pensi&#243;n donde hab&#237;a estado, a mi casera le pareci&#243; muy extra&#241;o que no tuviera pertenencias, pero le expliqu&#233; que recientemente hab&#237;a llegado de las Indias Occidentales. Hab&#237;a mandado mis cosas con antelaci&#243;n, pero para mi disgusto, a&#250;n no hab&#237;an llegado, y mientras tanto me arreglaba como pod&#237;a. Esto despert&#243; su simpat&#237;a y sus ganas de hablar, pues me explic&#243; tres historias distintas de inquilinos anteriores que hab&#237;an perdido sus ba&#250;les.

Reconozco que mi alojamiento en Vine Street no era el m&#225;s agradable que he tenido; de haber sido mi deseo disfrutar en lo posible de aquel enga&#241;o, hubiera buscado otro lugar. Las habitaciones estaban descuidadas y polvorientas. Los harapos que cubr&#237;an las ventanas a modo de cortinas apenas alcanzaban a frenar la corriente que entraba de la calle, y la nieve los hab&#237;a helado. El mobiliario era viejo y desvencijado, y las alfombras turcas que hab&#237;a en la casa estaban muy desgastadas.

Sin embargo, puesto que su emplazamiento era lo m&#225;s importante, acept&#233; de buen grado instalarme en aquellos descuidados aposentos, sobre todo porque mi casera no se daba cuenta de su lamentable estado. Cuando me los ense&#241;&#243;, hablaba como si de verdad creyera que eran los mejores de Londres y yo pensaba dejar que siguiera crey&#233;ndolo.

Esta dama, la se&#241;ora Sears, era una francesa muy censurable. No soy yo de los que piensan que todos los franceses son desagradables, pero aquella mujer era una mala embajadora de su raza. Era bajita como un ni&#241;o, ten&#237;a la forma de un huevo, y sus mejillas rubicundas y su escaso equilibrio delataban una excesiva afici&#243;n a la bebida. Todo esto no me hubiera importado de no ser porque mostraba un desmedido inter&#233;s por charlar conmigo. Cuando discutimos los t&#233;rminos del alquiler, en parte me sedujo anunciando que ten&#237;a una peque&#241;a colecci&#243;n de libros que sus inquilinos pod&#237;an leer, siempre y cuando no los da&#241;aran y los devolvieran puntualmente. Ahora que, por primera vez desde hac&#237;a d&#237;as, me encontraba en un lugar c&#243;modo, pens&#233; que no habr&#237;a cosa m&#225;s gratificante que pasar una o dos horas relajado con alguna lectura interesante. Por desgracia, para llegar a aquel tesoro, primero ten&#237;a que pasar por la tortura de su charla.

Oh, se&#241;or Evans -me dijo, con el desagradable acento propio de los de su naci&#243;n-. Veo que sois amante de la palabra, como yo. Permitid que os muestre mi peque&#241;a biblioteca.

No quisiera haceros perder vuestro tiempo -le asegur&#233;.

No es molestia -dijo ella, y tuvo la audacia de cogerme del brazo y acompa&#241;arme-. Pero primero me gustar&#237;a que me hablaseis de la vida en Jamaica. He o&#237;do decir que es un lugar muy extra&#241;o. Tengo una prima que vive en la Martinica y dice que hace mucho calor. &#191;Hace calor en Jamaica? Seguro que s&#237;.

Mucho calor -le asegur&#233;, tratando de recordar lo que hab&#237;a le&#237;do y o&#237;do sobre aquellas tierras-. All&#237; el aire es muy malsano.

Lo sab&#237;a. S&#237;, lo sab&#237;a. -Aunque est&#225;bamos ante las estanter&#237;as, no me solt&#243;. Al contrario, sus gruesos dedos se clavaron con m&#225;s fuerza en mi brazo-. No es lugar para un hombre atractivo. Aqu&#237; se est&#225; mucho mejor. Mi marido era ingl&#233;s como vos, pero muri&#243;. Har&#225; unos diez a&#241;os.

Estuve a punto de comentar que deb&#237;an de haber sido los mejores diez a&#241;os de la vida del hombre, pero me contuve.

&#191;Y dec&#237;s que no est&#225;is casado? He o&#237;do decir que ten&#233;is una renta de mil libras al a&#241;o.

&#191;D&#243;nde hab&#237;a o&#237;do que ten&#237;a una renta tan rid&#237;culamente alta? Sin embargo, aquel rumor no pod&#237;a perjudicarme, y no vi raz&#243;n para desmentirlo.

Madame, no me gusta hablar de tales asuntos.

En este punto me solt&#243; el brazo y me cogi&#243; de la mano.

Oh, no se&#225;is t&#237;mido, se&#241;or Evans. No os tendr&#233; en menos por vuestra fortuna. No, no lo har&#233;. Conozco un par de j&#243;venes, y debo decir que muy agradables y con su propia fortuna, que ser&#237;an un bello adorno. &#191;Y qu&#233; importa si son mis primas? S&#237;, &#191;qu&#233; importa?

Yo no sab&#237;a qu&#233; contestar a su pregunta, pero se me ocurri&#243; que, ya que me ve&#237;a obligado a tratar con aquella dama, no estar&#237;a de m&#225;s que me hiciera alg&#250;n servicio.

&#191;Qu&#233; sab&#233;is de ese tal Weaver -le pregunt&#233;- que ha provocado tanto revuelo?

Oh, es un hombre muy malo. Muy malo. Un jud&#237;o, as&#237; que no es raro que est&#233; lleno de ira y sea un asesino. Tengo una imagen de &#233;l aqu&#237; mismo -dijo, y enseguida trajo un panfleto donde se mostraba mi huida de la c&#225;rcel. No hab&#237;a visto nunca aquella ilustraci&#243;n, pero su parecido conmigo no era mayor que en las dem&#225;s. No podr&#237;a asociarme con esa imagen m&#225;s de lo que hubiera asociado su propio reflejo.

Por lo que he le&#237;do -me aventur&#233; a decir-, la opini&#243;n de si es bueno o malo depende mucho de la pol&#237;tica.

Yo no s&#233; de pol&#237;tica. No entiendo nada de esos partidos de aqu&#237;. Que si tories, que si whigs qu&#233; l&#237;o. Solo espero que lo atrapen pronto, porque podr&#237;a volver a matar, y no solo a hombres, ya me entend&#233;is.

&#191;De veras?

S&#237;. Es muy cruel con las mujeres. No me siento segura por la calle con ese hombre suelto. Podr&#237;a cogerme y hacerme algo malo.

Yo la mir&#233; de arriba abajo.

Desde luego: -Y esto puso fin a nuestra conversaci&#243;n.


Me reun&#237; con Elias en la siguiente taberna de la lista, como hab&#237;amos acordado. &#201;l ya estaba cuando yo llegu&#233; y, tal vez solo lo hizo por halagarme, pero no pareci&#243; reconocerme cuando entr&#233; y me acerqu&#233; a &#233;l. Hasta que no me tuvo delante, sus ojos no se posaron en m&#237; y, tras mirarme un momento entrecerr&#225;ndolos, me ofreci&#243; una enorme sonrisa.

Matthew Evans -dijo con exagerada alegr&#237;a-. Me alegra veros. -Me mir&#243; de arriba abajo, como si fuera una costosa fulana, con una sonrisa tan amplia que casi era grotesca-. Debo decir que tienes buen gusto en el vestir.

Eres muy amable.

De verdad, debemos brindar por mi inteligencia. Tu aspecto no podr&#237;a ser m&#225;s perfecto. Estoy convencido de que soy el mejor pensador de nuestros tiempos.

No hay m&#225;s que conocerte para verlo -le asegur&#233;.

Te burlas de m&#237;, pero debes saber que hoy mismo he mostrado la primera parte de mi manuscrito, Las aventuras de Alexander Claren, cirujano, a un destacado librero de Grub Street, y cree que puede tener &#233;xito. No ve ninguna raz&#243;n para que no se haga tan popular como las aventuras de Robinson Crusoe o Moll Flanders.

Te deseo suerte, pero espero que me perdonar&#225;s si no me intereso mucho por tus aventuras literarias.

Por supuesto, por supuesto, bastante tienes con preocuparte por ti mismo, lo s&#233;. Si deseas que hablemos de tus intereses en lugar de los m&#237;os (todo ese asunto de huir de la justicia y dem&#225;s), lo entender&#233;.

Pedimos comida y bebida y, tras unos minutos, Elias dej&#243; de re&#237;r tontamente por mi aspecto.

Bueno -dijo-, si tenemos que hablar de ti, adelante. Ya es hora de que entremos en materia.

&#191;C&#243;mo?

He estado pensando algunas cosas. Para empezar, imagino que estar&#225;s al corriente de las novedades en pol&#237;tica.

Lo estoy. Y quer&#237;a tu opini&#243;n al respecto.

Nada que no se hubiera podido prever. Tu fuga se conoce en todas partes, y ahora cada bando quiere utilizarte para sus prop&#243;sitos. Debes dejar que las cosas sigan su curso y ver qu&#233; pasa. Entre tanto, creo que Matthew Evans debe presentarse en sociedad.

&#191;Con qu&#233; fin?

Elias pareci&#243; desalentado.

Pens&#233; que est&#225;bamos de acuerdo. &#191;No es ese el motivo de todo este parip&#233; de la ropa?

S&#237;, pero confieso que cuanto m&#225;s pienso en tu plan, menos lo entiendo. Debo ser Matthew Evans para poder actuar libremente, &#191;verdad?

Exacto.

Pero, &#191;actuar c&#243;mo? Dif&#237;cilmente podr&#233; indagar sobre mis asuntos si me hago pasar por otro hombre. &#191;Qu&#233; debe hacer Matthew Evans?

Pensaba que lo hab&#237;as entendido. Te acercar&#225;s a Dennis Dogmill y averiguar&#225;s lo suficiente para poder amenazarlo. Y entonces pasar&#225;s a la acci&#243;n.

Pero &#191;eso no es un poco ingenuo? &#191;Crees que si consigo que me invite a su sal&#243;n a tomar una copa de clarete estar&#233; en posici&#243;n de descubrir sus secretos?

Por supuesto que no. Har&#225;s las cosas que siempre haces hablar con sus sirvientes, fisgonear entre sus documentos, cosas as&#237;. Y entretanto, como Weaver, podr&#225;s indagar tambi&#233;n por los muelles.

El plan de Elias me hab&#237;a parecido prometedor cuando me lo cont&#243;, pero ahora me parec&#237;a poco menos que in&#250;til. Por m&#225;s que lo intentaba, no ve&#237;a c&#243;mo pod&#237;a tener &#233;xito.

&#191;Y qu&#233; me dices de Griffin Melbury? -pregunt&#233; al fin.

Elias arque&#243; una ceja.

&#191;Qu&#233; le pasa?

&#191;No tendr&#237;a que conocerlo mejor tambi&#233;n a &#233;l?

Estoy seguro de que te das cuenta de que lo que acabas de decir es absurdo. Si est&#225;s haci&#233;ndote pasar por un comerciante de las Indias Occidentales con tendencias whigs, &#191;para qu&#233; vas a buscar a Griffin Melbury? Es m&#225;s, &#191;qu&#233; ganar&#237;as con ello? Est&#225; claro que tu enemigo es Dogmill, no Melbury.

Rowley trat&#243; de dirigirme contra Melbury. Quiz&#225; &#233;l podr&#237;a ayudarme si considera que queremos lo mismo: la ca&#237;da de Dogmill.

Te entiendo perfectamente, Weaver. Lo &#250;nico que quieres es estar cerca de la se&#241;ora Melbury. &#191;Crees que no me doy cuenta?

Te equivocas. Preferir&#237;a que este caso no tuviera ninguna relaci&#243;n con ella, pero no soy yo quien ha establecido los t&#233;rminos de este conflicto, y debo aprovecharlos lo mejor que pueda. Si puedo resolver mis problemas sin verla, tanto mejor. -&#191;Realmente cre&#237;a yo aquello? Ni siquiera ahora sabr&#237;a decirlo.

Muy bien, de momento no insistir&#233;. Contin&#250;a, por favor.

Debes saber que no tengo ninguna simpat&#237;a por Melbury, pero he llegado a la conclusi&#243;n de que si quiero triunfar, &#233;l debe triunfar tambi&#233;n. Deseo que lo elijan para el Parlamento, ayudarle en las elecciones. Una vez ocupe su cargo, podr&#225; poner al descubierto las injusticias cometidas en mi juicio y demostrar la influencia de Dogmill.

&#191;Y por qu&#233; iba a hacer tal cosa?

Porque dudo que le tenga mucho aprecio a Dogmill. Adem&#225;s de lo cual, nos haremos amigos -dije con suficiencia.

Por la forma en que lo dices, parece lo m&#225;s f&#225;cil del mundo. -Si no recuerdo mal, hace poco me aconsejaste que trabara amistad con un monstruo como Dogmill. Pero por lo que he o&#237;do sobre &#233;l y por nuestro breve encuentro, si tratara de acercarme solo conseguir&#237;a irritarlo, y no s&#233; si es lo que m&#225;s le interesa a un adulador. Por otra parte, todos dicen que Melbury es un hombre razonable. Podr&#237;a entablar amistad con &#233;l mucho m&#225;s f&#225;cilmente. Si le ayudo, si voy en contra de Dogmill y le demuestro que es un enemigo com&#250;n, &#191;no me mostrar&#225; &#233;l a cambio su gratitud? M&#225;s que eso, si exculpa a un hombre cruelmente utilizado por los whigs, avanzar&#225; en su carrera y su partido. Una vez le haya planteado mi caso, estoy seguro de que querr&#225; ayudarme.

Quiz&#225; -dijo Elias muy serio. No hubiera sabido decir si su vacilaci&#243;n se deb&#237;a a alg&#250;n defecto de mi plan o a petulancia por no haber sido &#233;l quien lo ideara.

Quiero conocer a Melbury -repet&#237;-. &#201;l ser&#225; mi amigo y Dogmill mi enemigo. &#191;Se te ocurre c&#243;mo hacerlo?

No creo que seas capaz de dejar a un lado tus sentimientos por su mujer. Conocerlo y tratar de ganarte su amistad ser&#237;a un error.

Ser&#225; mi error.


Elias dio un profundo suspiro y levant&#243; los ojos al techo.

Vaya, pues acabo de leer que pasado ma&#241;ana se ofrece un almuerzo a las ocho de la ma&#241;ana para los partidarios del se&#241;or Melbury en la taberna Ulises, cerca de Covent Garden. Terriblemente temprano, pero podr&#237;as asistir si de verdad te interesa.

No, no creo. No sabr&#237;a qu&#233; decir, y todos sabr&#237;an que soy un impostor en cuesti&#243;n de minutos.

&#191;Crees que toda la gente que asiste a esas reuniones tiene observaciones inteligentes que hacer? La mayor&#237;a no son m&#225;s que charlatanes que quieren darse importancia. Si no sabes de qu&#233; hablar, puedes quejarte de la corrupci&#243;n de los whigs, de la oligarqu&#237;a de los whigs. Puedes decir que la Iglesia est&#225; en peligro o hablar de los villanos whigs latitudinarios, [[3]: #_ftnref4 Los latitudinarios eran una rama de la Iglesia anglicana del siglo xviii que aceptaba la organizaci&#243;n episcopal pero rechazaba que la Iglesia tuviera origen o autoridad divinos. (N. de la T.)] que no son mejores que ateos. Mu&#233;strate indignado por las maquinaciones de la South Sea y la forma en que se protegi&#243; a los responsables de la compa&#241;&#237;a. Si quieres ser un tory, debes ser un cascarrabias, del mismo modo que, si quisieras ser un whig, tendr&#237;as que ser un oportunista. El resto no es m&#225;s que una pose.

Yo pens&#233; en mis s&#243;lidos pero limitados recursos.

&#191;Cu&#225;nto tengo que pagar para asistir?

Elias ri&#243;.

&#191;Pagar? Veo que no entiendes nada de pol&#237;tica. Es el se&#241;or Melbury quien paga. &#161;Pagar t&#250;! La pol&#237;tica ya est&#225; bastante corrompida sin necesidad de pedir a los votantes que paguen la campa&#241;a. Pero supongo que esa es una de las razones por las que las elecciones se han vuelto tan caras. He o&#237;do decir que hace cien a&#241;os un hombre pod&#237;a llegar a Westminster con cinco libras. Hoy en d&#237;a podr&#237;a considerarse afortunado si la factura no pasa de mil.

&#191;Y por qu&#233; cuesta tanto?

Porque hay mucho dinero en juego y porque tu oponente lo gastar&#225; si no lo haces t&#250;. Un hombre que quiera entrar en el Parlamento debe ofrecer comida, bebida, entretenimiento y mujeres bonitas. Y el Acta Septenal ha agravado el problema. Cuando hab&#237;a que presentarse cada tres a&#241;os, nadie pod&#237;a permitirse gastar una fortuna en cada elecci&#243;n, pero ahora que los mandatos son de siete a&#241;os, no puede permitirse no hacerlo. El premio es demasiado importante.

Pero, si las elecciones son tan caras &#191;cualquiera puede ir a ese almuerzo, decir que le gusta el se&#241;or Melbury y disfrutar de una buena cerveza y una salchicha?

En algunos lugares se hace as&#237;. Sobre todo en provincias, un candidato puede alquilar una taberna por un d&#237;a y ofrecer comida y bebida a todo el que entre. Pero este almuerzo es solo para sus partidarios. Solo tenemos que escribir a su patrocinador e informarle de que deseas apoyar a Melbury. Pero si lo haces te estar&#225;s declarando abiertamente tory, y eso impedir&#225; que seas amigo de Dogmill y, muy probablemente, que puedas tratar con &#233;l en t&#233;rminos amistosos. Debes meditarlo seriamente, Weaver. Si de verdad crees que puedes lograr tu objetivo acerc&#225;ndote a Melbury, hazlo pero &#191;de verdad piensas arriesgarte a acabar en la horca por compartir un poco de pan con mantequilla con el marido de Miriam?

Ya te he explicado mis razones. &#191;Vas a decirme que no son v&#225;lidas?

Por supuesto. M&#237;rate, Weaver. Llevas a&#241;os cortejando a esa mujer, has pasado meses bebiendo como un loco por ella, y no te ha dado una sola palabra de aliento.

Lo ha hecho -le dije sintiendo que me enfurec&#237;a.

Palabras, solo palabras. Ahora no est&#225; a tu alcance. Es la mujer de otro. Aunque lo cierto es que nunca lo ha estado. Nunca hubiera abandonado una vida de comodidades y tranquilidad para casarse con un cazador de ladrones, y t&#250; lo sabes. Siempre lo has sabido. Por eso mismo, el hecho de que est&#233; casada no es un obst&#225;culo para que la quieras. Al contrario, exacerba tu amor.

Elias era mi mejor amigo, as&#237; que prefer&#237; no pegarle. Hasta me tragu&#233; las amargas palabras que me vinieron a la cabeza -que &#233;l, con sus furcias y sus sirvientas, no era qui&#233;n para hablar de amores-, pero, aunque estaba furioso, sab&#237;a que dec&#237;a aquello porque quer&#237;a ayudarme. Y se daba cuenta del peligro. Vi que las manos le temblaban.

Mi inter&#233;s por Melbury no tiene nada que ver con su esposa -repet&#237;-. Solo quiero utilizarlo para mis prop&#243;sitos.

&#201;l neg&#243; con la cabeza.

No lo dudo, pero arriesgas much&#237;simo y las probabilidades no son muchas. Tienes que hacerte amigo de Melbury; luego &#233;l tiene que ganar las elecciones y tiene que acceder a utilizar su reci&#233;n adquirido poder para rescatarte. A lo mejor le parece que es demasiado pedir para un hombre que en otro tiempo cortej&#243; a su esposa.

En realidad, trabar amistad con Melbury solo es una parte del plan.

&#191;Y no vas a contarme el resto? -pregunt&#243; como una esposa celosa.

Respir&#233; hondo.

Sabemos que Dogmill es un hombre violento. Mi plan no es solo acercarme a Melbury, tambi&#233;n quiero convertir a Dogmill en mi enemigo. Si me odia, si me desprecia, es posible que act&#250;e movido por sus sentimientos, y entonces tal vez podr&#233; descubrir algo sobre sus manejos. Entre lo uno y lo otro, espero que algo saldr&#225;.

Est&#225;s loco. -Los ojos de Elias se abrieron desmesuradamente-. Hace solo un momento me hablabas del riesgo de disgustarle. &#191;Y ahora me dices que quieres hacer lo posible para conseguir justamente eso?

Porque -dije- si viene a por m&#237;, estar&#225; desprevenido, y ah&#237; es cuando yo tendr&#233; la oportunidad de descubrir sus secretos. Si planea alguna intriga contra m&#237;, ver&#233; c&#243;mo act&#250;a.

Elias me observ&#243; un momento.

Puede que tengas raz&#243;n, pero tambi&#233;n podr&#237;as estar busc&#225;ndote la ruina.

Veremos qui&#233;n pone m&#225;s carne en el asador, si yo o Dogmill. Bueno, el primer paso es acercarme a Melbury.

No me convence tu plan, pero debo reconocer que tiene l&#243;gica. Muy bien, lo intentaremos a tu manera. Voy a tener que trabajar duro, porque ya he hecho circular el rumor de que el se&#241;or Evans es whig, y tambi&#233;n me he asegurado de que aparezcan unas l&#237;neas en los peri&#243;dicos. Pero se puede arreglar, no ser&#237;a la primera vez que los peri&#243;dicos publican una noticia equivocada.

&#191;Has dado a conocer alg&#250;n otro detalle sobre el se&#241;or Evans?

Oh, un par de cosillas. Para que puedas sacarle provecho a tu disfraz, la gente tiene que saber qui&#233;n eres, as&#237; que me he ocupado de ello. Muy mal cirujano ser&#237;a si no fuera capaz de difundir un rumor por la ciudad. El h&#233;roe de mi peque&#241;a novela, Alexander Claren, tambi&#233;n est&#225; muy dotado para el chismorreo. Un rumor aqu&#237;, otro all&#225;, ya sabes. Esta misma tarde he escrito una escena en la que atiende a la esposa de un abogado que resulta que es la hermana de la misma mujer a la que

Elias -dije-, cuando no haya peligro de que me ahorquen, escuchar&#233; encantado las disparatadas aventuras del se&#241;or Claren. Pero mientras tanto, no me cuentes m&#225;s.

Si alg&#250;n d&#237;a me juzgan por asesinato y me condenan a la horca, espero no ser tan desagradable. Muy bien, Weaver. He hecho saber que has llegado recientemente y has estado instal&#225;ndote, pero que ya est&#225;s listo para darte a conocer en sociedad. Eres un hombre soltero con un enorme &#233;xito en las Indias Occidentales y con una renta de mil libras anuales, puede que m&#225;s.

Has hecho un buen trabajo. Mi casera ya ha sabido decirme cu&#225;l es mi renta.

Los rumores solo son uno de mis talentos, se&#241;or, adem&#225;s de escribir agudos relatos. Pero no debo hablaros de ellos.

Soltero y con mil libras anuales de renta. Tendr&#233; que utilizar mis dotes de p&#250;gil para mantener apartadas a las damas.

Podr&#237;a ser divertido, pero recuerda que tu prop&#243;sito es volver a ser Benjamin Weaver. &#191;No querr&#225;s arruinar tu reputaci&#243;n antes de haberlo conseguido? Bien, si quieres hacer bien tu papel, debes conocer un poco tu pasado. Ah&#237; tienes algunos datos que deber&#237;as estudiar.

Me entreg&#243; un sobre, en el que encontr&#233; tres hojas de papel escritas con la caligraf&#237;a pulcra e incre&#237;blemente compacta de Elias. En el encabezamiento hab&#237;a escrito La historia del se&#241;or Matthew Evans.

Te recomiendo que lo leas. Puedes hacer los cambios que quieras, por supuesto, pero te conviene aprenderte bien los detalles de tu supuesta vida. Si est&#225;s decidido a convertirte en enemigo de Dogmill, puedes cambiar las partes donde pone whig por tory, pero lo dem&#225;s servir&#225;. Es mucho menos entretenido que las aventuras de Alexander Claren, pero servir&#225;. Apr&#233;ndetelo bien.

Lo har&#233;. -Examin&#233; la primera p&#225;gina, que empezaba Tras cinco a&#241;os de matrimonio infecundo, la se&#241;ora Evans pidi&#243; al Se&#241;or que le concediera un hijo; sus plegarias fueron contestadas una fr&#237;a noche de diciembre, cuando dio a luz dos gemelos, Matthew y James, aunque James muri&#243; de unas fiebres antes de su primer cumplea&#241;os. Quiz&#225; hab&#237;a all&#237; m&#225;s informaci&#243;n de la que necesitaba, pero vi que hab&#237;a muchos detalles sobre la relaci&#243;n del se&#241;or Evans con el negocio del tabaco. A pesar de su car&#225;cter excesivamente literario, aquel documento no ten&#237;a precio.

Te lo agradezco.

No es necesario. -Se aclar&#243; la garganta-. Tambi&#233;n debes saber que he procurado que la noticia de tu presencia en las islas llegue a ciertos periodistas, as&#237; que no te extra&#241;es si ves que se habla de ti en los peri&#243;dicos. Esto bastar&#225; para que tengas un sonado debut en Hampstead.

&#191;Hampstead?

La asamblea de Hampstead se celebrar&#225; dentro de cuatro d&#237;as. -Se meti&#243; la mano en el bolsillo y sac&#243; una entrada, que dej&#243; con un golpe sobre la mesa-. Si quieres mostrarte ante la alta sociedad, ese es el lugar. Esta semana no hay acontecimiento m&#225;s agradable o animado en todo Londres.

El acontecimiento de la semana. &#191;C&#243;mo podr&#237;a negarme?

R&#237;ete si quieres, pero debes ir si quieres que el se&#241;or Evans conozca a la gente que necesita para actuar.

Seguro que alguno de los asistentes ha visto a Benjamin Weaver en un momento u otro.

Es posible. Yo solo digo que, si no hubiera sabido que eras t&#250;, no te hubiera reconocido al menos al principio. Supongo que hubiera pensado que me resultabas familiar, pero nada m&#225;s. Recuerda, nadie te busca, as&#237; que no te ver&#225;n. Solo ver&#225;n lo que esperan ver.

&#191;T&#250; estar&#225;s?

En circunstancias normales no me lo hubiera perdido, pero mi presencia podr&#237;a hacer que alguien te reconociera, y no nos conviene. En realidad, esta es mi entrada.

Eres muy generoso.

Pues s&#237;. Aunque me gustar&#237;a que me pagaras los dos chelines que me ha costado.



11

No le hab&#237;a mencionado a Elias mis planes para la ma&#241;ana siguiente, pues me hubiera dicho que me arriesgaba demasiado. Quiz&#225; no quer&#237;a discutir con &#233;l, o tal vez no quer&#237;a que con sus argumentos desbaratara los m&#237;os. As&#237; que volv&#237; a mi alojamiento, estudi&#233; la biograf&#237;a que hab&#237;a escrito para el personaje de Matthew Evans, hice algunos retoques y medit&#233; mi estrategia.

Llegu&#233; a la hermosa casa del se&#241;or Dogmill, en Cleveland Street, justo despu&#233;s de las diez de la ma&#241;ana. Aunque estaba muy nervioso, hice lo posible por ocultarlo. Llam&#233; a la puerta y entregu&#233; mi tarjeta de visita al sirviente, un individuo inusualmente alto que la estudi&#243; unos momentos como si fuera un prestamista ante una pieza de joyer&#237;a.

Os aseguro que querr&#225; hablar conmigo -le dije.

Cualquiera puede hacer una promesa -replic&#243; &#233;l-. El se&#241;or Dogmill est&#225; muy ocupado.

Estoy seguro de que tendr&#225; tiempo para charlar con un hermano del negocio del tabaco -afirm&#233;.

La menci&#243;n del m&#225;gico negocio pareci&#243; cambiar el rumbo de las aguas. Con la desgana de un hombre que se rinde a lo inevitable, el sirviente me hizo pasar a una peque&#241;a y agradable salita, donde me invit&#243; a sentarme en una silla con respaldo acolchado, claramente de fabricaci&#243;n francesa. No sab&#237;a cu&#225;nto iba a tardar el se&#241;or Dogmill ni cu&#225;nto tiempo podr&#237;a dedicarme. Asent&#237;, cruc&#233; las manos con adem&#225;n complaciente y clav&#233; la vista en la intrincada alfombra turca del suelo para perderme por unos instantes en el remolino de azules y rojos de su dise&#241;o. Frente a m&#237;, sobre la chimenea de m&#225;rmol, vi el retrato de un hombre mayor y regordete con su esposa tambi&#233;n mayor y regordeta. &#191;El padre de Dogmill tal vez?

M&#225;s de media hora despu&#233;s, me levant&#233; de mi asiento y empec&#233; a andar por la salita. Nunca me hab&#237;a gustado que me hicieran esperar, y, si acaso, la experiencia de esperar disfrazado y en la casa del hombre a quien consideraba responsable de todos mis males me resultaba especialmente penosa. &#191;Qui&#233;n me aseguraba que Dogmill no me reconocer&#237;a al instante? No parec&#237;a muy probable. Quiz&#225; era el responsable de mi ruina, pero &#233;l y yo no &#233;ramos conocidos. No pod&#237;a conocerme tan bien como para reconocerme bajo un disfraz al menos eso esperaba.

Finalmente, la puerta se abri&#243;, arranc&#225;ndome de una enso&#241;aci&#243;n en la que me desenmascaraban y me enfrentaba a mi ruina. Me volv&#237;, demasiado r&#225;pido tal vez, pero en lugar del sirviente autoritario que ven&#237;a a llevarme junto a su amo, vi a una joven dama. Era inusualmente alta, casi de mi estatura, pero ni delgada ni gordita, como suelen ser las mujeres altas. No, su aspecto era muy llamativo; ten&#237;a el pelo oscuro, casi del color del vino, y unos ojos muy claros de color miel. Sus facciones eran regulares y elegantes, aunque la belleza austera de la imponente nariz parec&#237;a m&#225;s adecuada quiz&#225; para un hombre. Sin embargo, su aspecto me pareci&#243; encantador, e hice una reverencia ante ella.

Buenos d&#237;as, madame.

George me ha dicho que llev&#225;is un buen rato esperando. He pensado que quiz&#225; querr&#237;ais algo que os hiciera la espera m&#225;s agradable. -Dicho esto estir&#243; un gr&#225;cil brazo y me ofreci&#243; un libro en octavo. Tras una r&#225;pida ojeada vi que eran las obras de William Congreve. &#191;C&#243;mo deb&#237;a interpretar que me ofreciera la obra de un autor tan atrevido? Ya puestos, pod&#237;a haberme tra&#237;do un libro de Otway.

Mi nombre es Matthew Evans -dije, sinti&#233;ndome a&#250;n reacio a utilizar aquel nombre de guerra.

Encantada de conocerlo, se&#241;or. Yo soy Grace Dogmill, hermana del se&#241;or Dogmill.

Por favor, sentaos conmigo y hacedme la espera m&#225;s agradable. Aprecio mucho al se&#241;or Congreve, pero creo que preferir&#237;a hablar con vos.

Mi intenci&#243;n hab&#237;a sido mostrarme atrevido, hasta puede que un poco rudo. No esperaba que ella aceptara. Como una verdadera dama, dej&#243; la puerta abierta y vino a sentarse frente a m&#237;.

Os agradezco vuestra compa&#241;&#237;a -dije suavemente. Mi primer impulso hab&#237;a sido provocar el desagrado de Dogmill insultando a su hermana. Ahora ten&#237;a otra idea en mente.

Debo confesar que tengo la mala costumbre de estudiar a las visitas de mi hermano siempre que puedo, se&#241;or. Me tortura cruelmente con las noticias sobre sus negocios; en ocasiones busca mi consejo, y en otras en cambio se niega a decirme nada de nada. Entonces debo descubrir sus asuntos como puedo.

No veo nada malo en que ofrezc&#225;is conversaci&#243;n a un hombre que no tiene otra distracci&#243;n. Sobre todo si es un hombre reci&#233;n llegado a la ciudad y que apenas conoce a nadie.

&#191;De veras? -dijo ella. Sus labios se curvaron en una deliciosa sonrisa-. &#191;De d&#243;nde ven&#237;s, se&#241;or Evans?

Este mismo mes he llegado de Jamaica. Mi padre adquiri&#243; una plantaci&#243;n en esa isla cuando yo era ni&#241;o, y ahora que ya es autosuficiente, he vuelto a la isla donde nac&#237; y de la que tan pocos recuerdos tengo.

Espero que alguien os mostrar&#225; los lugares m&#225;s interesantes -dijo.

Yo tambi&#233;n lo espero.

Gozo de un extenso c&#237;rculo de conocidos. Tal vez podremos convencerlo para que nos acompa&#241;e en alguna excursi&#243;n.

Ser&#237;a un placer -dije. Y era sincero. La se&#241;orita Dogmill se estaba desvelando como una curiosa criatura, extra&#241;amente atrevida pero sin ser descarada. Tendr&#237;a que ir con cuidado, o acabar&#237;a gust&#225;ndome m&#225;s de lo que me conven&#237;a.

&#191;En Jamaica estabais en el negocio del tabaco?

Levant&#233; una ceja.

&#191;C&#243;mo lo sab&#233;is?

Ella ri&#243;.

Acab&#225;is de llegar a Londres, no conoc&#233;is a nadie y, sin embargo, ven&#237;s a visitar a mi hermano. He pensado que era lo m&#225;s probable.

Y no os equivocabais, se&#241;orita Dogmill. Estoy en el negocio del tabaco. Es el principal producto que cultivo en mi plantaci&#243;n.

Se mordi&#243; el labio.

El se&#241;or Dogmill se asegurar&#225; de informaros, y tal vez no de una forma educada, de que considera el tabaco de Jamaica inferior al de Virginia, que es el que &#233;l importa.

Probablemente la opini&#243;n de vuestro hermano sea acertada, se&#241;orita, pero incluso los pobres tienen derecho a disfrutar del tabaco, y no siempre pueden permitirse el de Virginia o Maryland.

Ella ri&#243;.

Veo que sois un fil&#243;sofo.

No, un fil&#243;sofo no. Solo soy un hombre que est&#225; cansado de las limitaciones de su isla y ha venido en busca del elegante ambiente de Londres.

&#191;Y os gusta lo que veis, se&#241;or Evans?

Sus palabras eran muy claras, as&#237; que la mir&#233; a los ojos.

Ciertamente, se&#241;orita Dogmill.

Gracias por entretener a mi visita, Grace -dijo una voz detr&#225;s de m&#237;-, pero ya puedes volver a tus ocupaciones.

Dogmill estaba en la puerta, con un aire m&#225;s imponente a&#250;n que cuando lo vi sentado en el caf&#233; del se&#241;or Moore. En aquella ocasi&#243;n me pareci&#243; enorme, pero ahora ve&#237;a sus manos: eran tan grandes que casi parec&#237;a grotesco. Su cuello era m&#225;s grueso que mi cr&#225;neo. Le hab&#237;a hablado valientemente a Elias de qui&#233;n vencer&#237;a en un ring, pero en aquel momento supe que no querr&#237;a tener que v&#233;rmelas con aquel coloso.

Sin embargo, me produjo cierto placer ver la expresi&#243;n perpleja e impaciente de Dogmill. El desprecio que me hab&#237;a mostrado en el caf&#233; jugaba ahora en mi favor, pues no parec&#237;a recordar mi cara. De todos modos, la lesi&#243;n que hab&#237;a acabado con mi carrera de p&#250;gil empez&#243; a dolerme como si quisiera recordarme lo fr&#225;gil que era yo en comparaci&#243;n con aquel H&#233;rcules.

Soy Dennis Dogmill, se&#241;or -me dijo-. Os trae cierto asunto que imagino no incluir&#225; a mi hermana.

Me levant&#233; para saludarlo con una reverencia, sin apartar los ojos de su fr&#237;o rostro. Ah&#237; estaba el responsable de todos mis problemas, seg&#250;n todo parec&#237;a indicar. Ah&#237; estaba el hombre que hab&#237;a matado a Walter Yate y se hab&#237;a asegurado de que me culparan a m&#237;. El hombre que hab&#237;a convencido a un juez para que fallara en mi contra y as&#237; conseguir que me ahorcaran por algo que &#233;l hab&#237;a hecho. Supongo -a pesar de su tama&#241;o y su fuerza- que lo normal hubiera sido sentir el impulso de golpearlo, derribarlo y golpearlo hasta que quedara sin sentido, pero en vez de eso sent&#237; un extra&#241;o desapasionamiento, como un hombre de ciencia que estudia una nueva enfermedad.

Se&#241;or, lamento decir que el asunto que me trae aqu&#237; os ata&#241;e a vos, como dec&#237;s, pero espero que en el futuro nuestros intereses comunes se extiendan a otras cosas.

Se me qued&#243; mirando un momento, como si no pudiera dar cr&#233;dito a lo que acababa de o&#237;r. Su rostro era ancho e infantil, salvo por la pesadez y oscuridad que rodeaban sus ojos. Su apariencia sin duda pod&#237;a calificarse de atractiva, pero dudo que las mujeres se pararan a mirarlo una segunda vez. Hay hombres que, por muy agradable que sea su semblante o su figura, revelan su crueldad y dureza sin necesidad de palabras. Dogmill era de esos hombres, y confieso que sent&#237; la inquietante necesidad de no seguir con mi plan.

Acompa&#241;adme, por favor -me dijo secamente.

Me inclin&#233; una vez m&#225;s ante la se&#241;orita Dogmill le sonre&#237; y segu&#237; a su hermano a la habitaci&#243;n contigua, donde hab&#237;a otro caballero hojeando peri&#243;dicos y bebiendo de una copa de plata, Dogmill estudi&#243; a ese individuo un momento con expresi&#243;n de desagrado.

Pens&#233; que ya hab&#237;amos concluido nuestros asuntos -dijo.

El caballero levant&#243; la vista. Era joven, probablemente de veintipocos, con aspecto algo afeminado y una expresi&#243;n de confusi&#243;n que no hubiera sabido decir si era permanente o solo moment&#225;nea. Esboz&#243; una amplia sonrisa, pero sin mirarlo.

Oh, solo estaba comprobando algunas cosas -dijo, visiblemente inc&#243;modo-. No pens&#233; que volver&#237;ais tan pronto. -El hombre repar&#243; en m&#237; y se levant&#243; para inclinarse, como si creyera que yo pod&#237;a ahorrarle parte del bochorno-. Albert Hertcomb, a vuestro servicio.

A ra&#237;z de mis lecturas, yo sab&#237;a que Albert Hertcomb era titular en Westminster, el whig que se enfrentar&#237;a a Melbury en la carrera por el esca&#241;o. Los tories lo criticaban por considerarlo un mero juguete de Dogmill. No vi nada en su rostro franco y desenfadado que me hiciera pensar lo contrario.

Correspond&#237; con otra reverencia.

Matthew Evans. Tengo entendido que os present&#225;is una vez m&#225;s para los comunes bajo el estandarte de los whigs.

&#201;l hizo una nueva reverencia.

Y me siento muy honrado. Espero poder contar con vuestro voto, se&#241;or.

No esper&#233;is nada de &#233;l -dijo Dogmill-. Acaba de volver de las Indias Occidentales y no tiene propiedades aqu&#237;. No tiene derecho a voto en estas elecciones.

Entonces quiz&#225; en las siguientes, de aqu&#237; a siete a&#241;os -apunt&#243; el hombre, y ri&#243; como si fuera un chiste muy gracioso.

Ya veremos c&#243;mo estamos todos entonces -contest&#233; yo alegremente.

Muy bien, muy bien.

Se&#241;or Hertcomb, tal vez podr&#237;ais marcharos y dejarnos solos a m&#237; y al se&#241;or Evans -propuso Dogmill, con no poca irritaci&#243;n.

Oh, por supuesto, por supuesto -dijo el otro, sin reparar en la impaciencia de Dogmill-. Solo quer&#237;a haceros un par de comentarios sobre este discurso que me hab&#233;is dado. Es grandioso. S&#237;, la viva imagen de la grandeza. S&#237;, supongo. Pero hay uno o dos puntos que no veo muy claros. Y bueno, &#161;a fe m&#237;a!, mal asunto si tengo que dar un discurso y no entiendo qu&#233; quiere decir.

Dogmill se qued&#243; mirando a Hertcomb como si el hombre hablara alg&#250;n extra&#241;o idioma de la Am&#233;rica interior.

No ten&#233;is que dar el discurso hasta dentro de casi dos semanas -dijo al fin-. Creo que en ese tiempo habr&#233;is conseguido desentra&#241;ar su significado. Si no es as&#237;, podemos hablar m&#225;s adelante. Dado que este &#250;ltimo mes hemos hablado a diario, es probable que volvamos a vernos.

Hertcomb ri&#243;.

Oh, muy probable, s&#237;. No es necesario ser desagradable, se&#241;or Dogmill. Solo quer&#237;a haceros una o dos preguntas.

Pod&#233;is hacerlas ma&#241;ana -dijo mientras pon&#237;a una de sus fuertes manos sobre el hombro de Hertcomb. Con movimientos en&#233;rgicos, pero sin ser del todo rudo, fue empujando al parlamentario hacia la puerta de la habitaci&#243;n, pero entonces se detuvo y tir&#243; de &#233;l para que volviera atr&#225;s-. Un momento. -Lo solt&#243; y se&#241;al&#243; con un dedo largo, grueso y extra&#241;amente plano, como un bate de cr&#237;quet-. &#191;Os hab&#233;is bebido todo eso?

Hertcomb sonri&#243; como si le hubieran pillado robando pasteles.

No -contest&#243; t&#237;midamente.

Maldito sea -espet&#243; Dogmill, aunque no se lo dec&#237;a a Hertcomb; no se lo dec&#237;a a nadie en particular. Hizo sonar una campanilla y casi al momento apareci&#243; el mismo sirviente que hab&#237;a abierto la puerta.

George, &#191;no te he dicho que llenaras esa garrafa?

El sirviente asinti&#243;.

S&#237;, se&#241;or Dogmill. Me lo hab&#233;is dicho. Pero ha habido un poco de revuelo en la cocina porque se ha volcado una alacena llena de ollas, y he pensado que deb&#237;a ayudar a recoger el destrozo a la se&#241;orita Betty, que se ha hecho un poco de da&#241;o.

Puedes meterte bajo las faldas de Betty en tu tiempo libre, no en el m&#237;o -dijo Dogmill-. Haz lo que pido cuando lo pido o tendr&#233; que enfadarme. -Y dicho esto se volvi&#243; y, con la misma naturalidad con la que el lector o yo podr&#237;amos mostrar al cerrar una puerta o coger un libro, le dio una patada en el culo al pobre sirviente.

Literalmente. La cuesti&#243;n es que con frecuencia hablamos de darle una patada en el culo a tal o cual persona, pero lo decimos en sentido figurado. Nadie lo hace de verdad. Incluso he visto esta escena en obras c&#243;micas, y si hace tanta gracia es por lo absurda que resulta. Pero puedo asegurarle al lector que aquello no tuvo ninguna gracia. Dogmill dio la patada con fuerza, y el rostro del sirviente se crisp&#243; de dolor. Tal vez es porque no esperamos que suceda en la realidad, pero en aquel acto hubo una brutalidad desmedida, la crueldad que uno asocia con los ni&#241;os traviesos que atormentan a gatos y cachorros.

El sirviente dej&#243; escapar un grito y trastabill&#243;, pero creo que aquel dolor lo sinti&#243; m&#225;s en el coraz&#243;n que en sus posaderas. Hab&#237;a sido humillado ante un desconocido y ante un conocido. A m&#237; tal vez no volver&#237;a a verme; a Hertcomb lo ve&#237;a a diario. Cada d&#237;a tendr&#237;a que ver al parlamentario, cuya mirada, por muy tranquila o amable que fuera, siempre le recordar&#237;a aquel acto de degradaci&#243;n. No me cab&#237;a duda de que aunque viviera otros cuarenta a&#241;os, siempre se encoger&#237;a al pensar en aquel momento.

Yo hab&#237;a visto a otros hombres maltratar a sus sirvientes, tratarlos no mucho mejor que si fueran animales, pero era tal la crueldad de aquel acto que me dieron ganas de devolverle el golpe a Dogmill. &#191;Qu&#233; he puesto en marcha?, me pregunt&#233; mientras echaba una mirada al rostro duro de Dogmill. Pero en ning&#250;n momento me plante&#233; cambiar mis planes. Aquel hombre pod&#237;a pegar a todos los sirvientes del reino, pero yo no pensaba huir.

Bien -dijo Hertcomb-. Me voy, &#191;no?

Dogmill agit&#243; la mano con adem&#225;n desde&#241;oso y cerr&#243; la puerta. Entonces me indic&#243; que tomara asiento con un gesto impaciente de la mano.

En cuanto a mi hermana -dijo, como si alguien hubiera interrumpido nuestra conversaci&#243;n-, no vay&#225;is a tomaros sus palabras como otra cosa que bobadas de una joven que lee demasiadas novelas. Habla as&#237; con todo el mundo, y provoca cierta confusi&#243;n, pero es una buena joven. Es una buena chica, y no me gustar&#237;a descubrir que alguien se hace una idea equivocada de ella. Si pens&#225;is que por ser un caballero voy a trataros mejor que a mi criado, os llevar&#233;is una desagradable sorpresa. Cuando se trata del bienestar de mi hermana, no me preocupa guardar las formas.

La ternura de su voz me sorprendi&#243; y, aunque me gustaba la se&#241;orita Dogmill, me pareci&#243; que el afecto que su hermano ten&#237;a por ella quiz&#225; era una forma de explotaci&#243;n.

Os prometo que vuestro pie jam&#225;s tendr&#225; necesidad de buscar mi trasero -le dije-. La compa&#241;&#237;a de la se&#241;orita Dogmill me ha resultado muy agradable, nada m&#225;s.

&#201;l chasque&#243; los labios.

No os he pedido que valor&#233;is la compa&#241;&#237;a de mi hermana, y dudo que vuestra opini&#243;n al respecto tenga ninguna relevancia en el asunto que os ha tra&#237;do aqu&#237;. Bien, y ahora &#191;en qu&#233; puedo ayudaros, se&#241;or Evans?

Le dije lo que le hab&#237;a dicho a su hermana es decir, que acababa de llegar y que estaba en el negocio del tabaco.

El tabaco de Jamaica no vale ni para los perros. Adem&#225;s, nunca hab&#237;a o&#237;do vuestro nombre, ni siquiera en relaci&#243;n con esa porquer&#237;a de Jamaica. &#191;Qu&#233; agente se encarga de compraros la mercanc&#237;a?

El se&#241;or Archibald Laidlaw, de Glasgow -dije al instante, utilizando el nombre que Elias hab&#237;a escrito en mi falsa biograf&#237;a. Di gracias por que me hubiera escrito un documento tan detallado y por haberlo estudiado yo tan cuidadosamente. De otro modo, no quiero ni pensar hasta qu&#233; punto habr&#237;a vacilado-. Desconozco si su reputaci&#243;n habr&#225; llegado al sur, pero tengo entendido que es un hombre importante en el norte de Gran Breta&#241;a.

Dogmill se puso tan colorado como una manzana de Norfolk.

&#161;Laidlaw! -exclam&#243;-. Ese hombre es un pirata. Env&#237;a sus propios c&#250;ters para que salgan al encuentro de sus barcos cuando a&#250;n est&#225;n en alta mar y los descarga all&#237; todo para evitar la aduana.

Unas palabras muy duras, pens&#233;, teniendo en cuenta lo que Mendes me hab&#237;a dicho de las pr&#225;cticas de Dogmill. Sin embargo, yo sab&#237;a muy bien que todos vemos m&#225;s f&#225;cilmente las faltas de los dem&#225;s que las propias.

Nunca lo he visto, y no s&#233; nada de sus pr&#225;cticas. Me limito a venderle mi mercanc&#237;a.

Deber&#237;ais venderla a alguien mejor, y tendr&#237;as que acostumbraros a conocer el car&#225;cter de la gente con quien comerci&#225;is. -Aquello era nuevo. Aunque estaba sentado a m&#225;s de dos metros de distancia, de pronto sent&#237; un extra&#241;o e inesperado miedo por mi integridad f&#237;sica. No estaba acostumbrado a temer a otros hombres, pero hab&#237;a algo en la forma en que estaba sentado, en la tensi&#243;n de sus m&#250;sculos, que recordaba a un barril de p&#243;lvora a punto de estallar.

Si notaba mi inquietud, no conseguir&#237;a lo que quer&#237;a de &#233;l, as&#237; que le dediqu&#233; una sonrisa cordial, la sonrisa de un comerciante a quien solo le preocupa su negocio.

Sin duda ten&#233;is raz&#243;n, se&#241;or. Con frecuencia me ha sido dif&#237;cil encontrar un agente de ventas en Londres, donde los muelles est&#225;n atestados de tabaco de Virginia y Maryland. Por esa raz&#243;n, ahora que estoy aqu&#237;, he pensado dedicarme yo mismo al negocio. Y puesto que vos sois el agente de compra m&#225;s respetado de la ciudad en el negocio del tabaco, he pensado que podr&#237;ais darme alg&#250;n consejo sobre c&#243;mo desenvolverme en este mundillo.

Dogmill hab&#237;a empezado a enrojecer otra vez.

Se&#241;or Evans, ignoro c&#243;mo se llevan estos asuntos en Jamaica o en otros primitivos dominios de su majestad, pero os aseguro que en Londres no es frecuente que un hombre cuente los secretos del negocio a un competidor. &#191;De verdad cre&#237;ais que pod&#237;ais venir a mi casa y pedirme que os ense&#241;ara c&#243;mo quitarme el dinero de mis bolsillos?

Yo no lo plantear&#237;a en esos t&#233;rminos -dije-. S&#233; que no comerci&#225;is con tabaco de Jamaica, as&#237; que no me considero un competidor.

No comercio con tabaco de Jamaica porque es mal&#237;simo, y hago lo posible por mantenerlo lejos del puerto de Londres porque es escandalosamente barato. Me temo que aqu&#237; no encontrar&#233;is ayuda.

Si me permit&#237;s un momento para que os explique -empec&#233; a decir.

Ya os he concedido demasiado tiempo. Quiz&#225; no lo sep&#225;is, pero en esta naci&#243;n tenemos elecciones parlamentarias y, dado que soy el patrocinador del se&#241;or Hertcomb, a quien acab&#225;is de conocer, dispongo de menos tiempo del que suelo tener. Por tanto, os deseo que pas&#233;is un buen d&#237;a.

Yo me levant&#233; e hice una leve reverencia.

Gracias por dedicarme vuestro tiempo.

S&#237;, s&#237; -contest&#243; &#233;l, y volvi&#243; su atenci&#243;n a unos papeles que ten&#237;a en su mesa.

Debo decir, caballero, que no habl&#225;is con el esp&#237;ritu de la hermandad. Dec&#237;s que no sab&#233;is c&#243;mo hacemos los negocios en Jamaica, as&#237; que permitid que os diga que en Jamaica los hombres que se dedican al comercio de un mismo producto, incluso los que podr&#237;an considerarse competidores, como vos dec&#237;s, piensan que el valor del comercio en s&#237; est&#225; por encima de los intereses de un hombre particular.

Aquello eran necedades, por supuesto. Yo ten&#237;a tanta idea de c&#243;mo se hacen negocios en Jamaica como en los rincones m&#225;s apartados de Abisinia, pero me estaba gustando mi actuaci&#243;n y me apetec&#237;a explayarme.

Lo primero es colaborar para reforzar el negocio, luego procuramos llenarnos los bolsillos -prosegu&#237;-. Y este sistema nos ha ido muy bien.

S&#237;, s&#237; -repiti&#243; &#233;l. Su pluma rasgueaba el papel.

He o&#237;do decir que el negocio ha perdido un tanto desde los tiempos de vuestro padre, se&#241;or. Me pregunto si una mentalidad m&#225;s abierta no os ayudar&#237;a a devolver el nombre de la familia a la cumbre de su gloria.

Dogmill no levant&#243; la vista, pero dej&#243; de escribir. Vi que hab&#237;a tocado su punto d&#233;bil y me cost&#243; no sonre&#237;r por mi acierto. Pod&#237;a haberme ido en ese momento, pero a&#250;n no hab&#237;a terminado.

&#191;Algo m&#225;s, se&#241;or Evans?

Otra cosa -reconoc&#237;-. &#191;Os importar&#237;a si visito a vuestra hermana?

&#201;l me escrut&#243; un momento.

S&#237; -contest&#243; al fin-. Me importar&#237;a much&#237;simo.



12

Aquella noche me reun&#237; brevemente con Abraham Mendes y me asegur&#233; de que me hiciera dos favores antes de volver a casa. El primero era un acto de caridad que no me atrev&#237;a a realizar yo mismo. No me hab&#237;a olvidado del bueno de Nate Lowth, cuya celda estaba al lado de la m&#237;a y que tuvo el detalle de no alertar a los guardias mientras yo escapaba de Newgate. As&#237; pues, di a Mendes unas monedas y le ped&#237; que proporcionara a Lowth comida y bebida, adem&#225;s de la compa&#241;&#237;a que hab&#237;a solicitado. Del segundo favor hablar&#233; m&#225;s adelante.

Tras volver a mi alojamiento, antes de acostarme pas&#233; unas horas hojeando los peri&#243;dicos pol&#237;ticos que hab&#237;a comprado ese d&#237;a con la esperanza de familiarizarme un poco con la jerga tory. A pesar de las palabras de Elias, yo no estaba muy seguro de que un hombre tan ajeno a la pol&#237;tica como yo pudiera pasar por un tory comprometido. Por otro lado, sab&#237;a que mi posici&#243;n de acaudalado comerciante de las Indias Occidentales compensar&#237;a cualquier defecto que manifestara, y mi ignorancia formaba parte del papel que deb&#237;a representar. Me mirar&#237;an, sonreir&#237;an con sorna y pensar&#237;an: &#191;qui&#233;n es este tipo para presentarse aqu&#237; y pretender que puede unirse a nuestras filas sin m&#225;s? No era probable que me miraran y llegaran a la conclusi&#243;n de que era un fugitivo disfrazado que trataba de encontrar pruebas para demostrar que se hab&#237;a cometido una injusticia con &#233;l.

Llegu&#233; a la taberna poco antes de las ocho de la ma&#241;ana. Estaba en la zona este de Covent Garden, desde donde ten&#237;a una vista inmejorable del campamento electoral montado en la plaza. Aunque a&#250;n faltaba m&#225;s de una semana para el comienzo de las elecciones, hab&#237;a una gran actividad, como si tuviera lugar una importante feria: solo faltaban los comedores de fuego y los equilibristas. Hombres ataviados con el verde y blanco de Melbury o el azul y el naranja de su oponente, Albert Hertcomb, desfilaban arriba y abajo con sus pancartas y repart&#237;an libelos. Bellas se&#241;oritas paseaban por all&#237;, pidiendo el voto para uno u otro candidato. Los buhoneros empujaban sus carros entre la gente y, por supuesto, no faltaba un extenso surtido de carteristas y rateros, atra&#237;dos como era habitual por este tipo de acontecimientos. El aire fr&#237;o ol&#237;a a cerdo asado y a ostras pasadas.

Entr&#233; en la taberna y di mi nombre al hombre que estaba sentado junto a la entrada. El tipo examin&#243; una lista escrita con una pulcra caligraf&#237;a y me hizo pasar. Me sent&#233; a una mesa vac&#237;a, pero no tard&#243; en llenarse, puesto que no dejaban de entrar acaudalados individuos. Muchos parec&#237;an conocerse, pero otros iban solos, como yo. Despu&#233;s de que se sirvieran las primeras jarras de mala cerveza y algunas hogazas de pan blanco reci&#233;n hecho, empec&#233; a sentir m&#225;s inter&#233;s por la reuni&#243;n.

El individuo que estaba a mi izquierda era un corpulento importador de curiosidades orientales, seg&#250;n me dijo. Elogiaba a Melbury por su ecuanimidad, su dedicaci&#243;n a la Iglesia y su deseo de denunciar la corrupci&#243;n de los whigs. Desde luego, yo mismo pude o&#237;rlo, porque, poco despu&#233;s del refrigerio, vi que un atractivo caballero se dirig&#237;a a la parte frontal de la sala, saludando a unos y otros a su paso. No hab&#237;a duda, era Melbury; entonces sent&#237; p&#225;nico. Ah&#237; ten&#237;a al hombre que me hab&#237;a derrotado en la competici&#243;n que yo consideraba m&#225;s importante. Nunca lo hab&#237;a visto y, aunque me pareci&#243; que ten&#237;a un aspecto normal, que no ten&#237;a un brillo especial, ni un halo de divinidad, tambi&#233;n me pareci&#243; inexplicablemente valioso, s&#237;, esa es la palabra que me vino a la cabeza; yo me sent&#237; peque&#241;o e insignificante en comparaci&#243;n.

Cuando se puso a hablar, apenas escuch&#233; sus palabras, tan concentrado estaba en examinar su rostro, su aspecto y su forma de conducirse. Cuando me di cuenta de que su discurso estaba a punto de terminar, me obligu&#233; a salir de mis pensamientos para escuchar al menos algunos de sus comentarios.

No dir&#233; que todos los electores de Westminster deban votarme -proclam&#243; el candidato a modo de conclusi&#243;n-, solo aquellos que detesten la corrupci&#243;n. Si a alguno de los caballeros que est&#225;n hoy aqu&#237; le gusta que la C&#225;mara de los Comunes acepte dinero para llenar los bolsillos de miembros ladrones y sus secuaces, si le complace ver una Iglesia diezmada y d&#233;bil, y si considera adecuado que unos hombrecitos ambiciosos decidan el curso que debe seguir la naci&#243;n bas&#225;ndose en su codicia y poder adquisitivo, entonces sin duda debe votar por el se&#241;or Hertcomb. Nadie se enfadar&#225; por ello. Doy gracias al Creador por vivir en una tierra libre donde cada hombre puede decidir por s&#237; mismo. Pero, si por el contrario, prefieren a alguien que combata activamente la corrupci&#243;n y el de&#237;smo imp&#237;o, alguien que har&#225; lo posible por restituir la antigua gloria de este reino antes de la llegada de los agiotistas, las deudas y las desgracias, entonces les animo a que voten por m&#237;. Y si se sienten inclinados a votarme, les invito a tomar otro vaso de cerveza y a brindar por este gran reino.

Tras el discurso, mi amigo el importador elogi&#243; sus palabras como si fuera un segundo Cicer&#243;n. Reconozco que era muy elocuente y ten&#237;a carisma, pero por el momento lo &#250;nico que hab&#237;a despertado en m&#237; era la envidia.

Deb&#233;is saber -dijo mi compa&#241;ero- que es incluso m&#225;s imponente cuando se habla con &#233;l. Es una pena que todos los votantes de Westminster no puedan charlar cinco minutos con el se&#241;or Melbury. Estoy seguro de que el asunto se resolver&#237;a f&#225;cilmente, puesto que si alguna vez o&#237;s hablar al se&#241;or Hertcomb, os dar&#233;is cuenta de que no es m&#225;s que un zoquete. En cambio Melbury siempre demuestra ingenio e inteligencia.

Tendr&#233; que aceptar vuestra palabra -dije-, pues no lo conozco.

El hombre capt&#243; enseguida la indirecta y prometi&#243; present&#225;rmelo antes de que el almuerzo terminara. Y en ese mismo momento me arranc&#243; de la silla y me arrastr&#243; al extremo m&#225;s alejado de la taberna, donde el se&#241;or Melbury conversaba con un joven de aspecto l&#250;gubre.

Disculpadme, se&#241;or Melbury, pero hay una persona que desear&#237;a que conocierais.

Melbury alz&#243; la vista y me dedic&#243; su sonrisa de pol&#237;tico. Reconozco que lo hac&#237;a muy bien pues, aunque solo fuera por un instante, cuando baj&#233; la guardia, me pareci&#243; atractivo, con p&#243;mulos poderosos, una nariz masculina sin ser grande y unos llameantes ojos azules. Algunos hombres que se saben atractivos llevan su belleza con arrogancia, pero Melbury parec&#237;a satisfecho consigo mismo y con el mundo, y eso le daba un enorme encanto. Llevaba una elegante peluca corta con rizos, y un traje azul de buena calidad, pero lo m&#225;s imponente era cuando mostraba sus dientes blancos en una sonrisa que irradiaba afabilidad y que detest&#233; con toda mi alma. Reconozco que hasta yo empec&#233; a sentir que mi desprecio por aquel hombre remit&#237;a, aunque me opuse con todas mis fuerzas a este sentimiento.

Bien, hola, se&#241;or -le dijo al importador, a quien obviamente hab&#237;a olvidado. Sin duda se hab&#237;an conocido en unas circunstancias muy parecidas a las que me iba a conocer a m&#237;.

Un discurso maravilloso, se&#241;or Melbury. Maravilloso. Ah, s&#237;. Este es el se&#241;or Matthew Evans, que acaba de regresar de las Indias Occidentales y ha mostrado gran inter&#233;s por la causa tory.

Melbury cogi&#243; mi mano derecha con las dos manos y me la estrech&#243;.

Me alegra mucho o&#237;r eso, se&#241;or Evans. Me parece que vuestro nombre no deja de circular por la ciudad. Es un placer conocer a un personaje tan importante, sobre todo cuando apoya nuestra causa. Quienes vuelven de las Indias Occidentales suelen ser whigs, pero me alegra saber que no es vuestro caso.

Desde el primer momento not&#233; cierta frialdad en sus maneras. Su sonrisa encantadora y su cara bonita consegu&#237;an disimular cierta reserva que me alegr&#243; descubrir, pues al menos tendr&#237;a algo donde basar mi desagrado y resentimiento. Pero mi misi&#243;n no era encontrarle defectos a Melbury ni deleitarme poniendo al descubierto la rigidez de sus maneras una rigidez que por otro lado era habitual entre los miembros de las familias de rancio abolengo. Ten&#237;a que caerle bien, convertirlo en mi aliado, y utilizar su apoyo cuando ganara las elecciones.

Mi padre era tory, y mi abuelo luch&#243; en la guerra a favor del rey. -No hay nada malo, pens&#233;, en insinuar sangre realista. Justo el tipo de comentario que necesitaba para caerle en gracia-. He pasado casi toda mi vida en Jamaica y no he tenido ocasi&#243;n de participar en la pol&#237;tica.

&#201;l sonri&#243;, aunque yo sab&#237;a reconocer muy bien una falsa sonrisa.

&#191;Cu&#225;ndo llegasteis a Inglaterra?

El mes pasado.

Entonces os doy la bienvenida. &#191;Y qu&#233; negocios ten&#237;ais en Jamaica, se&#241;or Evans?

Mi padre pose&#237;a una plantaci&#243;n, y yo he participado en su gesti&#243;n desde que era un cr&#237;o, pero conforme ha ido prosperando, he ido dejando mis asuntos en manos de un sobrino m&#237;o muy de fiar. Ahora estoy decidido a recoger el fruto de tantos a&#241;os de trabajo regresando al pa&#237;s de mis antepasados. Aunque apenas recuerdo otra tierra que no sea Jamaica, el clima de las Indias Occidentales es muy poco saludable, y he descubierto que, por naturaleza, me inclino m&#225;s a la moderaci&#243;n brit&#225;nica.

Muy comprensible. Hay algo muy brit&#225;nico en vos, si permit&#237;s que lo diga. El hombre de las Indias Occidentales, sin duda lo sab&#233;is, tiene fama de no saber moverse en sociedad, pues no ha gozado de nuestras escuelas p&#250;blicas y nuestras costumbres. Me alegra ver que vos romp&#233;is el t&#243;pico.

Correspond&#237; a sus palabras con una reverencia. Ah&#237; estaba yo, en amistoso coloquio con el hombre que me hab&#237;a arrebatado a la mujer a quien amaba: &#233;l con su conversaci&#243;n banal, yo con mis mentiras.

Me temo que debo dejaros: tengo otro compromiso -me dijo-, pero me alegra haberos conocido, se&#241;or; y espero que nuestros caminos vuelvan a encontrarse. -Y con esto, sali&#243; de la taberna.

Yo sal&#237; detr&#225;s.

Si me permit&#237;s un momento, se&#241;or. En privado, a ser posible.

Os ruego que me disculp&#233;is -dijo, y &#233;l y su agente apretaron el paso. Supuse que deb&#237;an de acosarle continuamente individuos como yo, y obviamente hab&#237;a aprendido a evitarlos.

Sin embargo, su marcha se vio frenada por un tr&#237;o de sujetos de aspecto rudo, con ropas sin te&#241;ir y las gorras caladas sobre la cara. Uno de ellos llevaba un estandarte azul y naranja.

&#161;Vote a Hertcomb o p&#250;drase en el infierno! -grit&#243; el m&#225;s alto a la cara de Melbury.

El tory se irgui&#243; y sac&#243; pecho.

Me temo que no puedo hacer eso -dijo-, porque yo soy Griffin Melbury.

Entend&#237;a perfectamente su orgullo, pero aquella no era la mejor forma de enfocar el asunto. Hubiera sido mejor que cediera, pero Melbury no iba a tragarse una medicina tan amarga, ni por un momento. Lo admir&#233; por ello -una admiraci&#243;n a desgana, llena de resentimiento-, aunque fuera una locura.

Y un cuerno -dijo otro de aquellos rufianes-. Melbury es un demonio jacobita, y reconozco a un demonio jacobita en cuanto lo veo.

Soy Melbury, y ni soy jacobita ni soy un demonio, lo que me hace dudar de vuestra capacidad para reconocer lo uno y lo otro. Sin embargo, lo que tendr&#237;ais que reconocer es que hab&#233;is estado escuchando las mentiras de los whigs, amigo m&#237;o, y que hab&#233;is sido utilizado cruelmente por una gente que no desea vuestro bien.

Eres un mentiroso -dijo el grandull&#243;n-, y lo que vas a escuchar va a ser el sonido de mi pu&#241;o contra tu oreja.

Supongo que no puedo culpar a Melbury o considerarlo un cobarde porque se echara atr&#225;s y levantara los brazos para protegerse. Despu&#233;s de todo, ante &#233;l ten&#237;a a tres groseros rufianes que parec&#237;an haber perdido la chaveta con el fervor de unas elecciones en las que sin duda eran demasiado pobres para participar. &#191;C&#243;mo hubiera podido defenderse? Por otro lado, pod&#237;a haber echado mano de su daga y hab&#233;rsela puesto al cuello del grandull&#243;n.

Ciertamente, a m&#237; aquello me fue la mar de bien. Mi cuchillo destell&#243; al sol cuando lo saqu&#233; y lo apret&#233; contra su cuello, presionando lo justo para que la piel no se rajara. No habr&#237;a derramamiento de sangre, estaba decidido.

El cabecilla de aquellos rufianes se qued&#243; inm&#243;vil, con el rostro hacia arriba y la piel del cuello tensa. Los otros dieron un paso atr&#225;s.

No me parec&#233;is electores -dije-, aunque es encomiable vuestro deseo de participar en las elecciones aun sin tener derecho a voto. Sin embargo, debo decir que apalear a uno de los candidatos no har&#237;a ning&#250;n bien a vuestra causa. -Retir&#233; la hoja unos cent&#237;metros-. Largaos.

Fueron de lo m&#225;s complacientes. Se largaron.

Melbury segu&#237;a inm&#243;vil, con la mirada perdida, las manos fl&#225;cidas y temblorosas. Le aconsej&#233; que volviera a la taberna y bebiera algo antes de acudir a su cita. Melbury accedi&#243;. Mand&#243; a su agente por delante y yo abr&#237; la puerta para que el candidato entrara. Ocupamos una oscura mesa en la taberna y yo me acerqu&#233; al tabernero e insist&#237; en que sirviera una botella de un fuerte oporto enseguida.

Cuando volv&#237; con Melbury, supe que estaba a punto de conocer el resultado de mis esfuerzos. Quiz&#225; estar&#237;a resentido porque yo hab&#237;a demostrado valor y &#233;l no, o me ofrecer&#237;a la amistad que merec&#237;a por haberle salvado. Para mi alivio, opt&#243; por esto &#250;ltimo.

Se&#241;or Evans, me alegro de que vuestros asuntos fueran lo bastante importantes para que me siguierais. -Pas&#243; su mano sobre la &#225;spera superficie de la mesa-. Hubiera sido muy vulnerable sin vuestra ayuda.

En medio del calor del momento, sent&#237; que mi resentimiento, aunque no desaparec&#237;a, remit&#237;a un tanto frente a la exaltaci&#243;n de la conquista. Hab&#237;a actuado con arrojo, y mi arrojo hab&#237;a sido recompensado. Que yo hubiera demostrado valor mientras &#233;l se achantaba solo hac&#237;a que aumentar mi satisfacci&#243;n.

Sospecho que esos hombres eran de los que hablan mucho y pegan poco, pero me complace haber podido ayudaros aunque fuera en algo tan trivial.

Nuestra botella lleg&#243;, y llen&#233; su vaso hasta el borde.

Ciertamente, lo menos que puedo hacer es escuchar lo que quer&#237;ais decirme, se&#241;or Evans. -Melbury levant&#243; su vaso con mano temblorosa.

Ser&#233; sincero, pues s&#233; que ten&#233;is muchos compromisos -empec&#233;-. Tenemos un enemigo en com&#250;n: Dennis Dogmill. Como patrocinador de Hertcomb y cerebro de sus esfuerzos por conservar su esca&#241;o, Dogmill se interpondr&#225; entre vos y el esca&#241;o en la C&#225;mara de los Comunes. Y puesto que casi tiene monopolizado el comercio del tabaco en Londres, se interpondr&#225; entre mi negocio y yo.

Imagino que debe de ser muy dif&#237;cil llevar vuestro negocio en una ciudad donde un villano como Dogmill es el soberano absoluto -dijo Melbury-. &#191;Ten&#233;is alguna propuesta para modificar esa situaci&#243;n? No soporto a ese hombre, y me encantar&#237;a ayudaros a bajarle los humos.

Intu&#237; que hab&#237;a algo m&#225;s detr&#225;s de aquella animadversi&#243;n de Melbury hacia Dogmill.

Yo solo digo que es un criminal. Tengo entendido que soborna a los funcionarios de aduanas es m&#225;s, que el servicio de aduanas le sirve m&#225;s a &#233;l que a la Corona. Los inspectores le informan a &#233;l, y los oficiales de la guardia aduanera son pr&#225;cticamente su escolta personal.

S&#237;, todo el mundo lo sabe. Todo el mundo est&#225; al corriente de los tratos de esa bestia con la aduana, y tambi&#233;n saben que Hertcomb ha hecho todo lo posible desde el Parlamento para que la aduana siga en poder de Dogmill.

&#191;Y no se puede hacer nada? -pregunt&#233;-. Seguro que los peri&#243;dicos de los tories podr&#237;an dar a conocer este comportamiento criminal. Si los electores de Westminster supieran

Los electores de Westminster lo saben y no les importa -replic&#243; con una nota de exasperaci&#243;n-. Ya hab&#233;is visto a esos hombres que me amenazaban. &#191;Por qu&#233; hacen algo as&#237;? &#191;Porque son whigs de coraz&#243;n? No lo creo. Seguramente no sabr&#237;an deciros la diferencia entre un whig y un tory aunque les fuera la vida en ello, o una cerveza, que seguramente les importar&#237;a mucho m&#225;s. Para ellos, incluso para la mayor&#237;a de los electores, todo esto no es m&#225;s que una elaborada representaci&#243;n, un espect&#225;culo. &#191;Qui&#233;n tiene a m&#225;s villanos a su servicio? &#191;Qui&#233;n cuenta con los m&#225;s fuertes? &#191;Qui&#233;n tiene las mozas m&#225;s bellas para besar a los votantes? Estas elecciones no son m&#225;s que un espect&#225;culo de corrupci&#243;n; no debe sorprenderos que hombres como Hertcomb quieran convertir el Parlamento en otro escenario. Y entre tanto, la pol&#237;tica se convierte en un juego s&#243;rdido, la Iglesia y la Corona se convierten en objeto de chistes, y el reino degenera cada vez m&#225;s.

S&#237;, el reino degenera -conced&#237;, pues sab&#237;a que aquella era la principal preocupaci&#243;n de los tories-. Y &#191;no deber&#237;amos detener todo esto? Hay mucha diferencia entre pagar a unas mozas para que besen a los votantes y que Hertcomb confraternice con los responsables del esc&#225;ndalo de la South Sea. No hay nada que preocupe m&#225;s al votante que saber que su bolsa est&#225; vac&#237;a porque las maquinaciones de la South Sea provocaron la ca&#237;da del mercado, y fueron los whigs quienes protegieron a los responsables. &#191;No corresponder&#237;a a los tories que ocupan puestos prominentes descubrir que Hertcomb sigue favoreciendo a esos hombres corruptos, hombres como Dogmill, que est&#225;n convirtiendo la aduana, el cuerpo creado para regular este tipo de excesos, en su ej&#233;rcito particular?

Melbury respir&#243; hondo.

Ah&#237; est&#225; el problema, Evans. En el Parlamento hay m&#225;s de un tory que parece haber vuelto a las andadas y, por decirlo de alguna forma, tiene amistad con importadores de Londres, Liverpool o Bristol. Porque no son solo los whigs los que tienen negocios con el servicio aduanero, y si un hombre se crea enemigos en un lugar, seguramente no tardar&#225; en descubrir que los tiene tambi&#233;n en el otro.

&#161;Os proclam&#225;is enemigo de la corrupci&#243;n y sin embargo la toler&#225;is! -exclam&#233;, con una vehemencia que incluso a m&#237; me sorprendi&#243;.

Tem&#237; haber indignado a Melbury, pero el candidato no se ofendi&#243;. Se limit&#243; a darme unas palmaditas en el hombro y sonri&#243;.

Jam&#225;s la perdonar&#233;, y en privado la condeno, pero no puedo condenarla con demasiada vehemencia en p&#250;blico y conservar a la vez a los amigos que necesito para conseguir el esca&#241;o. Animo, amigo. Nuestra causa triunfar&#225;, y echaremos a Dennis Dogmill con contundencia, con mucha contundencia. Pero este no es el campo donde debe comenzar la batalla. Los tories tenemos mucho que hacer. Si ganamos estas elecciones, si recuperamos el Parlamento, no veo raz&#243;n para que no podamos restituir a la Iglesia a su antigua posici&#243;n. Pensad tan solo en todos los casos que antes se juzgaban en tribunales eclesi&#225;sticos y que ahora dependen de tribunales civiles, y eso cuando se juzgan.

Es repugnante -dije, de lo m&#225;s convincente.

Esos sucios whigs, con su dinero nuevo y su inconformismo, y los jud&#237;os siempre dispuestos a vender cualquier pedacito del reino al mejor postor. Que ese holand&#233;s quiere comprar, pues le damos el tesoro. Que hay cierto irland&#233;s que ha reunido una peque&#241;a fortuna en Change Alley, pues que compre nuestras leyes. Todo esto debe acabar. Debemos arrebatar el poder a esos hombres codiciosos y devolv&#233;rselo a la Corona, como debe ser.

Estoy totalmente de acuerdo, se&#241;or. Esa es la raz&#243;n por la que deseo ver a Dogmill fuera de circulaci&#243;n. Sin &#233;l, Hertcomb no puede ganar.

Quedar&#225; fuera de circulaci&#243;n, os lo prometo, &#233;l y sus corruptos amigos whigs. Os agradezco que hay&#225;is acudido a m&#237; con este asunto. Si descubr&#237;s alguna cosa m&#225;s sobre nuestro enemigo, espero que vendr&#233;is a verme. Tal vez sea algo que podamos denunciar p&#250;blicamente.

Gracias, se&#241;or Melbury -dije, levant&#225;ndome de mi asiento.

Soy yo quien debe daros las gracias, Evans -me dijo &#233;l-. Me gust&#225;is, se&#241;or, me gust&#225;is mucho, y pod&#233;is estar seguro de que no olvidar&#233; la ayuda que me hab&#233;is prestado hoy. Vais a descubrir que es bueno tenerme por amigo.

Yo correspond&#237; a sus palabras con una reverencia.

Sin embargo -a&#241;adi&#243;-, ser mi amigo significa tambi&#233;n incurrir en la ira de Dogmill. Deb&#233;is considerar si est&#225;is dispuesto a pagar ese precio.

No os quepa duda, no me apocar&#233; ante &#233;l.


Una hora despu&#233;s, me reun&#237; con los tres rufianes en una sucia taberna de Smithfield, como hab&#237;a hecho anteriormente, aquella misma ma&#241;ana. El se&#241;or Mendes hab&#237;a demostrado tener palabra y hab&#237;a buscado para m&#237; a aquellos tipos, ladrones y salteadores de caminos al servicio de Wild.

Como te hab&#237;a prometido -le dije al cabecilla-, aqu&#237; ten&#233;is el segundo chel&#237;n por vuestro trabajo.

No dijo el se&#241;or nada de ponerme un cuchillo al cuello -se quej&#243; &#233;l-. Solo dijo que se meter&#237;a en medio para que no le hiciera nada al tal Melbury. No dijo nada de cuchillos. Pensaba que era uno de esos que les gusta divertirse con la gente como yo y que me iba a rajar. Casi me meo encima.

S&#233; cu&#225;ndo me est&#225;n pidiendo m&#225;s dinero y, si bien sus reclamaciones no me parecieron justificadas, tambi&#233;n pens&#233; que nunca est&#225; de m&#225;s mostrarse generoso.

Pues entonces aqu&#237; tienes un chel&#237;n m&#225;s -dije, echando mano de mi bolsa-. Si de verdad te hubieras meado, eso hubiera valido mucho m&#225;s.

El hombre se meti&#243; la moneda en un bolsillo.

Si lo llego a saber me bebo una jarra antes de hacerlo.



13

En mi siguiente encuentro con Elias, le cont&#233; mis aventuras con Dogmill. &#201;l neg&#243; con la cabeza y bebi&#243; su vino con igual energ&#237;a.

Est&#225;s loco -dijo-. Sigo pensando que es un disparate contrariar a un hombre como &#233;l.

&#201;l me contrari&#243; a m&#237; primero -observ&#233;.

&#191;Y ahora qu&#233; vas a hacer, prender fuego a su casa?

Si pensara que eso podr&#237;a ayudarme, no vacilar&#237;a. Pero, puesto que seguramente no resolver&#237;a mis problemas, por el momento me contendr&#233;. No, creo que ha llegado el momento de que el se&#241;or Dogmill sepa que Matthew Evans no tolerar&#225; que lo ofendan.


Si bien Elias no dio mucha importancia a la visita que hice al domicilio de Dogmill, sin duda se hubiera opuesto en&#233;rgicamente a lo que pensaba hacer a continuaci&#243;n, pero no podr&#237;a derrotar a mi enemigo con finuras. Ya hab&#237;a descubierto lo bastante sobre Dogmill para saber que no era un hombre agradable; toleraba muy mal los desaf&#237;os o que alguien se mostrara en desacuerdo con &#233;l. As&#237; pues, si quer&#237;a provocarlo, deb&#237;a desafiarlo, y nada mejor que hacerlo en p&#250;blico.

Yo hab&#237;a tomado por costumbre hojear los peri&#243;dicos, y en uno de los que publicaban los whigs vi que el se&#241;or Hertcomb har&#237;a de anfitri&#243;n en un concurso en Saint James Park. No dud&#233; ni por un momento de que el se&#241;or Dogmill estar&#237;a all&#237;, as&#237; que me pareci&#243; una buena ocasi&#243;n para fomentar nuestra antipat&#237;a.

Lament&#233; tener que presentarme all&#237; con el mismo traje que llevaba cuando lo visit&#233; en su casa, pero, puesto que no ten&#237;a un dise&#241;o particularmente llamativo, confiaba en que no notar&#237;a que no me hab&#237;a cambiado de ropa. Comprob&#233; mi aspecto en el espejo y vi complacido que era la viva imagen de un caballero ingl&#233;s. As&#237; pues, alquil&#233; un carruaje para ir al parque y al poco ya andaba mezclado entre algunas docenas de electores whigs.

A pesar de que hac&#237;a una tarde agradablemente c&#225;lida y la lluvia nos hab&#237;a dado un respiro, muy pocos de los asistentes participaban en el concurso que se anunciaba. La mayor&#237;a no llevaba ropa de montar, pero los que participaron lo hicieron con gran entusiasmo. Debo confesar que nunca me han atra&#237;do estos juegos crueles que los ingleses gustan de practicar con animales, y el del ganso estaba entre los m&#225;s bajos divertimentos. Consist&#237;a en atar a un ganso rollizo de una rama, por las patas, con el cuello bien engrasado. Cada participante ten&#237;a que pasar galopando y agarrar al ganso del cuello. El que consegu&#237;a soltarlo de un tir&#243;n o, lo que era m&#225;s habitual, arrancarle la cabeza, se llevaba el premio.

Al acercarme a la multitud, vi que hab&#237;a algunas damas que animaban mientras un individuo pasaba al galope bajo el ganso y lo aferraba con fuerza. Sin embargo, su fuerza no pudo con la grasa del cuello del bicho y, aunque este chill&#243; de una forma lastimera, no hubo piedad para &#233;l.

Otro sujeto empez&#243; a prepararse, y entonces vi que Hertcomb y Dogmill estaban entre los que no participaban, aunque de vez en cuando Dogmill miraba con expresi&#243;n so&#241;adora, como si estuviera hambriento y tuviera que contentarse con mirar el pastel humeante mientras se enfr&#237;a.

Sin embargo, fue Hertcomb quien me vio primero y, al reconocerme de nuestro encuentro anterior en la casa de Dogmill, debi&#243; de pensar que era un gran amigo de su patrocinador.

Vaya, el se&#241;or Evans, &#191;me equivoco? -dijo estrech&#225;ndome la mano con entusiasmo-. Me alegra volver a veros, se&#241;or, me alegra mucho. He o&#237;do decir que sois comerciante de tabaco, como nuestro se&#241;or Dogmill.

Tabaco de Jamaica, s&#237;. Y yo he o&#237;do decir que vos sois el amigo de los comerciantes de tabaco en el Parlamento.

&#201;l se sonroj&#243;, como si le hubiera dicho que era guapo o valiente.

Oh, he hecho algunas cosas por los comerciantes de tabaco. Os aseguro que me opuse con todas mis fuerzas a esa perversa ley que pretend&#237;a prohibir el uso de madera, tierra y otras cosas en el tabaco. Imaginaos el aumento que hubiera supuesto en el coste para los comerciantes tener que asegurar que cada libra de tabaco contiene solo tabaco.

Terrible.

Y cuando quisieron considerar el tabaco un art&#237;culo de lujo sujeto a impuestos, luch&#233; como un perro salvaje. El tabaco no es un lujo sino una necesidad, grit&#233;, porque &#191;acaso no gastan los hombres su dinero en tabaco antes que en pan, y a veces incluso antes que en cerveza? Y, puesto que tiene la virtud de mantener sanos y fuertes a nuestros trabajadores, ser&#237;a terrible que estos hombres no pudieran permitirse comprarlo en grandes cantidades.

Me hab&#233;is convencido, lo prometo.

&#201;l ri&#243; cordialmente.

Gracias, se&#241;or. Me precio de tener el don de la palabra en la C&#225;mara. -Mir&#243; a su alrededor-. &#191;Est&#225;is disfrutando del juego?

Si me permit&#237;s la descortes&#237;a, se&#241;or Hertcomb, nunca me han gustado los deportes que son crueles con las criaturas de la naturaleza.

&#201;l ri&#243;.

Oh, solo es un ganso, solo sirve para comer, no para cuidarlo como un perro faldero.

Pero &#191;significa eso que hay que atarlo a una rama y atormentarlo?

Jam&#225;s lo hab&#237;a pensado -confes&#243;-. No creo que signifique ni que hay que hacerlo ni que no. Pero sin duda el ganso est&#225; hecho para el disfrute del hombre, no a la inversa. Detestar&#237;a vivir en un mundo en el que se hicieran las cosas seg&#250;n la conveniencia de los gansos.

Sin duda -objet&#233; amablemente- hay diferencia entre actuar en beneficio de un ave y actuar de forma cruel.

Que me aspen si lo s&#233;. -Ri&#243;-. Creo que antes votar&#237;ais a un ganso para el Parlamento que a m&#237;, se&#241;or.

Yo tambi&#233;n lo creo as&#237; -dijo el se&#241;or Dogmill, que se acerc&#243; a nosotros apartando a cuantos se pon&#237;an en su camino-. He o&#237;do decir que el se&#241;or Evans es tory. Eso hace inexplicable su aparici&#243;n en mi casa, aunque no tanto como su aparici&#243;n aqu&#237;.

Se&#241;or Dogmill, he le&#237;do en los peri&#243;dicos que todo el mundo estaba invitado.

Sin embargo, se sobrentiende que estos actos son para los electores, y m&#225;s concretamente para los que piensan apoyar al partido. As&#237; es como se llevan los asuntos en los dominios civilizados de su majestad. En resumen, se&#241;or, no sois bienvenido.

&#161;A fe m&#237;a! -dijo Hertcomb-. Me gusta el se&#241;or Evans. No quisiera que obligarais al se&#241;or Evans a marcharse de forma tan descort&#233;s.

Dogmill musit&#243; algo por lo bajo pero no se molest&#243; en dirigirse al candidato. En vez de eso, se volvi&#243; hacia m&#237;.

Os lo repito, se&#241;or, no s&#233; qu&#233; asunto puede haberos tra&#237;do hasta aqu&#237;, a menos que veng&#225;is en calidad de esp&#237;a.

Un acto del que va a hablarse en los peri&#243;dicos dif&#237;cilmente requiere la presencia de un esp&#237;a -repliqu&#233;-. Hab&#237;a o&#237;do hablar de estos juegos crueles con animales, pero jam&#225;s hab&#237;a presenciado uno. Solo quer&#237;a ver con mis propios ojos hasta d&#243;nde puede llegar una mente ociosa.

Supongo que en las Indias Occidentales no practican ustedes deportes sangrientos.

Yo ni sab&#237;a ni me importaba si hab&#237;a deportes sangrientos en las Indias Occidentales, aunque se supon&#237;a que deb&#237;a saberlo.

La vida all&#237; ya es bastante complicada. No necesitamos m&#225;s brutalidad para entretenernos.

Creo que un poco de diversi&#243;n os ayudar&#237;a a aplacar esa brutalidad. No hay cosa m&#225;s placentera que ver c&#243;mo dos bestias se matan. Y valoro mucho m&#225;s mi placer como hombre que el sufrimiento de las bestias.

Me parece muy triste maltratar a una bestia solo porque puede uno hacerlo, y llamarlo deporte por a&#241;adidura.

Si los tories se salieran con la suya -dijo Dogmill-, los tribunales de la Iglesia probablemente nos condenar&#237;an por nuestros entretenimientos.

Si hay que condenar un entretenimiento -repliqu&#233;, satisfecho por mi ingenio y rapidez-, poco importa si lo hace un tribunal religioso o uno civil. No veo nada malo en que un comportamiento inmoral sea juzgado por la misma instituci&#243;n que nos ayuda a tener unas normas de moral.

Solo un necio o un tory condenar&#237;a un entretenimiento por inmoral.

Depende del entretenimiento -dije-. En mi opini&#243;n, la necedad est&#225; en permitir determinados comportamientos, a pesar del dolor que provocan, solo porque alguien los encuentra placenteros.

Supongo que Dogmill hubiera contestado a mi cr&#237;tica con su habitual desprecio, de no ser porque una dama con unos hermosos rizos dorados y un ancho sombrero lleno de plumas oy&#243; nuestra conversaci&#243;n. La mujer me estudi&#243; un momento, estudi&#243; a mi rival, y empez&#243; a abanicarse mientras nosotros aguard&#225;bamos, expectantes, su comentario.

Yo misma -le dijo a Dogmill- creo que estoy de acuerdo con este caballero. Este tipo de diversi&#243;n es terriblemente inhumana. &#161;La pobre criatura, tirar de ella de esa forma antes de que muera!

El rostro de Dogmill enrojeci&#243;; parec&#237;a confuso. Sin duda, a un hombre de su fuerza y su temperamento deb&#237;a de resultarle insoportable este tipo de enfrentamiento verbal, sobre todo porque, como patrocinador electoral, no pod&#237;a manifestar f&#237;sicamente su desacuerdo conmigo. Por eso precisamente quise insistir.

Sin duda sois una dama con un gran sentido com&#250;n -dije con una inclinaci&#243;n-, puesto que reconoc&#233;is la bajeza de este entretenimiento. Espero que compartir&#233;is mi desagrado.

Ella me sonri&#243;.

Ciertamente, se&#241;or.

Os ruego que teng&#225;is en cuenta que el se&#241;or Griffin Melbury tambi&#233;n comparte este desagrado -a&#241;ad&#237;, con la poderosa sospecha de que mis palabras encender&#237;an a Dogmill a&#250;n m&#225;s.

Y en efecto lo hicieron.

Se&#241;or -me dijo-, acompa&#241;adme un momento.

Lo m&#225;s educado hubiera sido aceptar, pero era m&#225;s provocador negarme. As&#237; que me negu&#233;.

Creo que prefiero hablar de tales materias aqu&#237; -dije-. No creo que haya nada en el trato que se da a unos gansos que no pueda discutirse abiertamente. No estamos hablando de asuntos de dinero o de amores para buscar un lugar m&#225;s privado.

Dogmill no pod&#237;a estar m&#225;s perplejo. Dudo que nadie se hubiera burlado de esa forma de &#233;l en su vida.

Se&#241;or, deseo hablar con vos en privado.

Y yo deseo hablar con vos en p&#250;blico. Un gran dilema, pues desconozco c&#243;mo podr&#237;an reconciliarse nuestros deseos. Quiz&#225; un estado de semiprivacidad nos complacer&#237;a a ambos.

La dama de los rizos dorados ri&#243; con disimulo; para Dogmill aquello fue como si le clavaran un pu&#241;al por la espalda. De no haber sido una mujer, estoy convencido de que hubiera dejado a un lado sus obligaciones como personaje p&#250;blico y la hubiera golpeado en la cara sin dudarlo ni un instante.

Se&#241;or Evans -dijo finalmente-, esta es una reuni&#243;n para partidarios del se&#241;or Hertcomb. Dado que vos no est&#225;is entre ellos, y dado que hab&#233;is tenido la impertinencia de reclamar el voto por un tory, debo pediros que os march&#233;is.

No soy partidario de los whigs, pero aprecio mucho al se&#241;or Hertcomb y le apoyo con todo mi coraz&#243;n en otras empresas. Y por lo que se refiere a mis palabras a favor del candidato tory, no considero que sean ofensivas. No dudar&#233; en asistir a alguno de los actos del se&#241;or Melbury y comentarle lo amable que me parece el se&#241;or Hertcomb.

Hertcomb sonri&#243; y estuvo a punto de hacer una reverencia, pero cambi&#243; de opini&#243;n. Hab&#237;a visto lo bastante para saber que no deb&#237;a apoyarme p&#250;blicamente.

He o&#237;do decir -prosegu&#237;- que sois un hombre de car&#225;cter violento. Os he visto tratar de una forma muy b&#225;rbara a vuestro sirviente. Ten&#233;is fama de ser desagradable con los indigentes y los necesitados. Ahora veo que tambi&#233;n lo sois con las bestias y quiz&#225; esto sea peor, pues ellas no tienen la posibilidad de decidir su camino. Se puede mirar a un mendigo y preguntarse hasta qu&#233; punto es responsable de no tener una vida m&#225;s productiva, pero &#191;qu&#233; ha hecho ese pobre p&#225;jaro para acabar de esa forma?

Nadie me hab&#237;a hablado as&#237; jam&#225;s -me dijo Dogmill en un susurro ronco.

No soy responsable de lo que otros han hecho o dejado de hacer -dije muy tranquilo-. Solo respondo por m&#237; mismo, y me avergonzar&#237;a llamarme tory e ingl&#233;s si tuviera que retener mi lengua ante un comportamiento semejante.

El rostro de Dogmill adopt&#243; unos matices de rojo desconocidos hasta entonces. Apret&#243; los pu&#241;os y golpe&#243; el suelo con los pies. A nuestro alrededor se hab&#237;a congregado un grupo de gente, como si estuvi&#233;ramos boxeando, que seguramente es como &#237;bamos a acabar.

&#191;Qui&#233;n os ha dicho que vinierais? -me pregunt&#243; al fin-. &#191;Por invitaci&#243;n de qui&#233;n ven&#237;s a interrumpir nuestros entretenimientos? &#191;Os ha preguntado alguien vuestra opini&#243;n sobre el trato a los p&#225;jaros? Jam&#225;s me hab&#237;a encontrado con alguien tan grosero, y solo puedo pensar que es vuestra incultura e ignorancia la que os ha hecho hablar as&#237;. Si un hombre se atreviera a hablarme as&#237; cuando no estoy representando a alguien en una importante campa&#241;a electoral, no dudar&#237;a en tratarlo como se merece, pero ya s&#233; qu&#233; pretend&#233;is, se&#241;or. Hab&#233;is venido a provocarme para que los peri&#243;dicos tories tengan algo que decir. No pienso darles esa satisfacci&#243;n.

Mir&#233; al se&#241;or Dogmill, luego a la multitud, y otra vez a Dogmill.

Os veo muy acalorado -dije muy tranquilo-. Pensaba que solo est&#225;bamos conversando, y ahora resulta que me insult&#225;is de una forma muy grosera. Es f&#225;cil decir lo que uno har&#237;a o dejar&#237;a de hacer, pero quiz&#225; es menos f&#225;cil hacerlo. Dec&#237;s que me retar&#237;ais si pudierais, y yo digo que me retar&#237;ais si fuerais un hombre. Si quer&#233;is disculparos, se&#241;or, pod&#233;is mandar a buscarme en mi alojamiento en Vine Street. Hasta entonces, os deseo un buen d&#237;a, y espero que aprend&#225;is mejores modales.

No me volv&#237; para presenciar su turbaci&#243;n, pero imagino que debi&#243; de manifestarse de alguna forma extrema, pues o&#237; a la mujer de los cabellos dorados lanzar una exclamaci&#243;n de asombro, o acaso de terror.


Tras tener el placer de progresar en los intereses del se&#241;or Evans, pens&#233; que era hora de que Benjamin Weaver se implicara en el asunto de su propia ruina. En la relativa seguridad de una taberna, la idea de Elias de que me dejara ver en las zonas menos atractivas de la ciudad me hab&#237;a parecido bien. Sin embargo, mientras avanzaba con dificultad por las calles de Wapping, me pregunt&#233; si no habr&#237;a sido un necio al emprender una empresa tan arriesgada. Cualquier pandilla de villanos pod&#237;a atacarme y llevarme a rastras ante el magistrado m&#225;s pr&#243;ximo, aunque para ello primero ten&#237;an que conocerme. Esperaba que la oscuridad de las calles y una gorra bien calada me protegieran, al menos hasta que estuviera listo para dejarme ver.

Adem&#225;s, &#191;pod&#237;a elegir? Ten&#237;a que hacer cosas que un individuo como Matthew Evans jam&#225;s har&#237;a. As&#237; que camin&#233; con decisi&#243;n hasta la casa de la persona a quien quer&#237;a visitar, llam&#233; a la puerta y pregunt&#233; por la se&#241;ora Yate. Mantuve la vista gacha cuando habl&#233; con la casera, pero aquella criatura consumida, que no tendr&#237;a fuerzas ni para girar el pomo de la puerta, apenas se fij&#243;. No pregunt&#243; por mi nombre, ni por el asunto que me llevaba all&#237;, se limit&#243; a indicarme el piso de arriba cuando pregunt&#233;. Me dio la impresi&#243;n de que estaba acostumbrada a enviar hombres a aquella habitaci&#243;n. Quiz&#225;, a falta del sueldo de un marido, la se&#241;ora Yate se hab&#237;a visto obligada a darse a la prostituci&#243;n. &#191;C&#243;mo reaccionar&#237;a al verme? Si pod&#237;a hacerle mis preguntas y marcharme, sin duda la historia de mi visita se difundir&#237;a por todas partes y el plan de Elias podr&#237;a cumplirse sin necesidad de arriesgar mi vida.

La escalera del inmueble estaba rota y era traicionera; los escalones que a&#250;n estaban enteros con frecuencia estaban cubiertos de ropas viejas, montones de peri&#243;dicos o barriles vac&#237;os de cerveza. No quisiera tener que huir precipitadamente de un lugar semejante.

La puerta que buscaba estaba en el tercer rellano. Cuando llam&#233;, una mujer turbadoramente hermosa, de escasa estatura pero bonita figura, abri&#243; sin vacilar. Llevaba puesto un vestido muy holgado que apenas ocultaba los tesoros de sus formas. Sus cabellos, que sobresal&#237;an por debajo de su toca, de tan claros casi eran blancos, y el rostro era redondo y delicado. Parec&#237;a m&#225;s una mu&#241;eca que una mujer.

&#191;Os conozco? -me pregunt&#243;. Su voz era dulce y serena, pero vacilaba. Los ojos, de un gris tan oscuro que rozaban casi el negro, no se fijaban en nada en particular, como si tuviera miedo de mirarme demasiado a la cara.

Os lo ruego, dejadme entrar y hablaremos -contest&#233;. Esperaba que me pidiera m&#225;s aclaraciones, pero, para mi sorpresa, se apart&#243; y me dej&#243; pasar.

Solo hab&#237;a una l&#225;mpara encendida, y la habitaci&#243;n estaba a oscuras, pero hab&#237;a suficiente luz para que viera que estaba desordenada y sucia. Ol&#237;a a cerveza, a vino rancio y a ropa sucia. Me acerqu&#233; a trompicones a una silla, cuyas patas originales hab&#237;an sido reemplazadas por trozos de madera, y me sent&#233; respondiendo a un adem&#225;n desganado de la mano de la mujer.

&#191;No me reconoc&#233;is? -le pregunt&#233;, acerc&#225;ndome a la llama de la &#250;nica luz que hab&#237;a. Ella me mir&#243;, al tiempo que se sentaba sobre un viejo barril que hab&#237;a reconvertido en silla.

Os reconozco. Ahora os reconozco, y no me sorprende veros, porque estaba convencida de que vendr&#237;ais.

Yo no mat&#233; a vuestro marido -dije, levantando las palmas en un gesto de no s&#233; de qu&#233;. De algo benevolente, supongo-. No lo conoc&#237;a, y no ten&#237;a ning&#250;n motivo para querer hacerle da&#241;o.

Lo s&#233; -dijo ella con voz queda. Mir&#243; al suelo-. Nunca he cre&#237;do que lo hicierais. Estuve en el juicio y lo o&#237; todo.

Me alegra que dig&#225;is eso, pues me doler&#237;a pensar que me consider&#225;is culpable. Deb&#233;is saber que tenemos un mismo objetivo. Los dos queremos justicia para vuestro esposo.

Ella neg&#243; con la cabeza.

No puede haber justicia. El mundo no est&#225; bien, se&#241;or Weaver. Ahora lo s&#233;. En otro tiempo pensaba que s&#237;, pero era una simpleza. Una mujer como yo no tiene ninguna posibilidad, y Walter tampoco la tuvo. Pensaba que s&#237;. Pensaba que el juez Rowley era un hombre justo cuando le hizo a Walter ese favor, pero veo que no es menos malvado que los otros.

Me inclin&#233; hacia delante.

No os entiendo, se&#241;ora. &#191;Qu&#233; favor puede haberle hecho el juez Rowley a vuestro marido?

&#191;Qu&#233; favor? Bueno, lo salv&#243; de la horca, eso. No har&#225; ni a&#241;o y medio, se&#241;or, cuando Walter tuvo que presentarse ante Rowley por birlar tabaco. Ese Dogmill dijo que Walter hab&#237;a cogido dos chelines de tabaco, aunque &#233;l no hizo m&#225;s que los otros que trabajaban en los barcos: cog&#237;a el oro dorado, que es como le dicen a las hojas sueltas que caen de los fardos. Y puede que de vez en cuando cogiera un pu&#241;ado, pero &#191;y qu&#233;? Siempre se ha hecho as&#237;, desde tiempo inmemorial, como dec&#237;a &#233;l. Pero entonces Dogmill hizo que arrestaran a Walter y un mes despu&#233;s estaba ante el juez. Quer&#237;an ahorcarlo por ara&#241;ar dos chelines de tabaco de la cubierta de un barco.

Pesta&#241;e&#233; en&#233;rgicamente, tratando de disipar la confusi&#243;n.

Pero &#191;Rowley se puso de parte del se&#241;or Yate?

Lo hizo, se&#241;or. Dogmill envi&#243; a mil testigos que ment&#237;an; dijeron que Walter era un mal hombre que quer&#237;a robar para no tener que trabajar, pero Rowley cuid&#243; de Walter, como ten&#237;a que hacer con usted pero no lo hizo.

Parece que en otro tiempo Rowley se tomaba sus responsabilidades como juez m&#225;s en serio que en mi juicio, lo cual no dejaba de sorprender porque, en el caso de Walter Yate, se puso en contra de un whig como Dogmill y, en cambio, en el m&#237;o pareci&#243; que se pon&#237;a en mi contra a causa de Dogmill. &#191;Es posible que en aquel entonces le importara menos la pol&#237;tica o que la inminencia de las elecciones hubiera hecho que sus obligaciones para con su partido fueran m&#225;s importantes que sus obligaciones para con la ley?

&#191;Ten&#233;is idea de por qu&#233; el juez actu&#243; conmigo como lo hizo?

No tengo ideas. Ya no. Cuando el juez dej&#243; libre a Walter, pens&#233; que todo estaba bien en el mundo. Entonces ten&#237;amos dos peque&#241;os, y mi marido estaba libre y limpio ante la ley, pero no dur&#243;. Ahora los dos ni&#241;os est&#225;n muertos y nuestro hijo reci&#233;n nacido ya no tiene padre, porque han matado a Walter y a nadie le importa qui&#233;n lo ha hecho.

A m&#237; me importa -le promet&#237;.

Solo porque quer&#233;is salvar el pellejo. No, no protest&#233;is. No hay nada malo en eso. En vida, Walter no ten&#237;a nada que ver con vos. No hay raz&#243;n para que os preocup&#233;is por su muerte, aunque su muerte os ha tra&#237;do muchos problemas.

Mir&#233; a sus ojos de color gris carb&#243;n.

Walter Yate me salv&#243;. De no haber demostrado tanto valor en sus &#250;ltimos momentos de vida, quiz&#225; yo tambi&#233;n estar&#237;a muerto. Para m&#237; encontrar al hombre que lo mat&#243; es m&#225;s importante que mi propia seguridad.

Ella asinti&#243; muy despacio, como si la noticia de que su marido me salv&#243; la vida fuera algo que o&#237;a continuamente.

Por la expresi&#243;n vac&#237;a de su rostro, deduje que pod&#237;a seguir con mis preguntas.

&#191;Dijo alguna vez el se&#241;or Yate por qu&#233; cre&#237;a que Dogmill hab&#237;a decidido acusarlo por el asunto del tabaco? Como dec&#237;s, es algo que hacen todos los estibadores.

Ella ri&#243;.

Era evidente, &#191;no? Walter quer&#237;a organizar a los hombres para que Dogmill no siguiera aprovech&#225;ndose. Quer&#237;a hacer las paces con Greenbill Billy y tratar de que subieran los salarios, pero Dogmill no pensaba aceptar algo as&#237;. Le dije que se preocupara por su familia y no por los estibadores, pero &#233;l dijo que ten&#237;a que cumplir con su deber, as&#237; que los puso antes que nosotros y acab&#243; como yo sab&#237;a que acabar&#237;a. Hay cosas que est&#225;n hechas para los grandes hombres, y los hombres peque&#241;os no tendr&#237;an que meterse.

&#191;Cosas como las agrupaciones de trabajadores?

Ella asinti&#243;.

&#191;Se meti&#243; en m&#225;s cosas hechas para los grandes hombres? Por ejemplo, &#191;demostr&#243; alguna vez vuestro marido inter&#233;s por la pol&#237;tica?

Una vez dijo que le hubiera gustado juntar dinero para pagar el impuesto que se paga para poder votar.

Pero &#191;estaba implicado de alguna forma en las elecciones que acaban de empezar?

Baj&#243; la mirada, as&#237; que no pude verle la cara.

Que yo sepa no.

Me tom&#233; un momento para ordenar mis ideas.

&#191;Sab&#233;is qu&#233; ha sido de su banda de estibadores desde su muerte? &#191;Se han unido sus hombres a Greenbill o han buscado a otro l&#237;der?

La se&#241;ora Yate levant&#243; la vista una vez m&#225;s e incluso bajo aquella tenue luz vi que la sangre le sub&#237;a al rostro. Abri&#243; la boca pero no fue capaz de hablar.

Nunca se unir&#225;n a Greenbill -dijo un hombre contestando por ella-, ahora tienen un nuevo l&#237;der.

Casi me ca&#237; de la silla. En la oscuridad del umbral hab&#237;a una figura muy alta, de constituci&#243;n fuerte, recortada por el sebo barato que ard&#237;a detr&#225;s. Solo tard&#233; un momento en reconocerlo: era John Littleton, con un aire mucho m&#225;s seguro que en la cocina de Ufford.

Me incorpor&#233; a medias e hice una reverencia.

&#201;l asinti&#243; con la cabeza.

Estad tranquilo -dijo desenfadadamente-, los chicos de Yate le plantar&#225;n cara a Greenbill Billy y a Dogmill.

&#191;Y de qui&#233;n son chicos ahora?

&#201;l ri&#243; con seguridad.

Bueno, ahora son los chicos de Littleton. Y hay una o dos cosillas que eran de Yate y que ahora tambi&#233;n son de Littleton. Hacemos lo que podemos para honrarlo. -Me gui&#241;&#243; un ojo con evidente buen humor. Fuera lo que fuese que le hab&#237;a convertido en l&#237;der de la banda, lo hab&#237;a transformado.

Por un momento, los ojos de la se&#241;ora Yate se cruzaron con los m&#237;os; suplic&#225;ndome en silencio que comprendiera. Intent&#233; que mi expresi&#243;n mostrara compasi&#243;n, aunque me temo que solo mostr&#233; indiferencia.

Vete a la otra habitaci&#243;n, mujer -le dijo Littleton a la viuda-. El beb&#233; se est&#225; moviendo y quiere a su madre.

Ella se levant&#243;, se retir&#243; y cerr&#243; la puerta suavemente tras ella.

Me alegra veros tan sano -me dijo Littleton al tomar asiento. Detr&#225;s hab&#237;a unas jaulas de mimbre y, al fijarme bien en la oscuridad, vi que conten&#237;an ratas. Record&#233; que Littleton hab&#237;a mencionado que ganaba unas monedas cazando ratas. Supe entonces que utilizaba el viejo truco de soltar sus propias ratas para que le encargaran atraparlas, cosa que un ratero h&#225;bil podr&#237;a hacer con un simple silbido. Estos hombres pod&#237;an ganar un buen dinero atrapando las mismas ratas docenas de veces.

Me gusta ver que prosper&#225;is -dije secamente.

S&#237; -contest&#243; &#233;l-. Algunos me dir&#225;n que soy un insensible al ocupar el lugar de Yate entre los hombres, ocupar su casa con su bonita mujer pero alguien ten&#237;a que hacerlo. No pod&#237;a dejar que Greenbill Billy se saliera con la suya con los chicos. &#191;Hubiera querido eso Yate? No lo creo. Y no pod&#237;a dejar que alg&#250;n cruel bastardo se quedara con Anne.

Qu&#233; generoso -dije secamente.

S&#233; perfectamente qu&#233; est&#225; pasando detr&#225;s de esos taimados ojos de jud&#237;o, Weaver. Pens&#225;is que a lo mejor ayud&#233; a que se deshicieran de Yate para poder quedarme con su mujer y su sitio que soy un aprovechado sin entra&#241;as que har&#237;a lo que fuera para conseguir lo que no es suyo. Bueno, pues el se&#241;or estaba all&#237; y sabe que no es verdad. Yo no ten&#237;a nada contra Yate, solo que su mujer me parec&#237;a guapa, y nunca se me hab&#237;a ocurrido ser el cabecilla de los chicos hasta que ellos me lo pidieron. Fue conmovedor. Nos sentamos en una taberna en los muelles y hablamos de lo que &#237;bamos a hacer. Uno se levant&#243; y dijo que nos junt&#225;ramos con Greenbill, pero le contestaron con un mont&#243;n de golpes en la cara, os lo juro. Entonces se levant&#243; otro y dijo que los dirigiera yo, que de todos los que est&#225;bamos all&#237; solo John Littleton sab&#237;a de grupos de trabajadores. De verdad, Weaver, hasta se me saltaron las l&#225;grimas.

Suena conmovedor.

Oh, pod&#233;is burlaros si quer&#233;is, pero fue conmovedor. &#191;Cre&#233;is que fue f&#225;cil para m&#237;? En otro tiempo casi me matan por estar a la cabeza de un grupo de trabajadores, y jur&#233; que no volver&#237;a a hacerlo. Lo &#250;nico que quer&#237;a era ganarme mis chelines para poder comerme mi cena y beber mi jarra de cerveza. Pero esto me sobrepasa. Esta vez dejar&#233; que me maten a golpes si hace falta. Es lo que he decidido, as&#237; que no me veng&#225;is con sospechas.

No he dicho que sospechara nada.

Bueno, pues yo lo har&#237;a -dijo con una sonrisa maliciosa-. Pensar&#237;a que soy un bastardo semental, que se lo ha querido quedar todo. Pero no ten&#233;is por qu&#233; hacerlo, porque no tengo nada que ver con lo que le pas&#243; al pobre Yate, el Se&#241;or lo tenga en su gloria.

Por casualidad, no sabr&#233;is qui&#233;n lo hizo, &#191;verdad?

Pues claro que lo s&#233;. Fue Dennis Dogmill, &#191;qui&#233;n iba a ser si no? Y mientras, Greenbill Billy se r&#237;e porque se piensa que su banda est&#225; en mejor forma para el siguiente trabajo, o eso se cree &#233;l. Pero dentro de poco esos dos van a acabar a tortas, os lo juro. Solo es cuesti&#243;n de tiempo que Dogmill le d&#233; matarile a Greenbill, lo mismo que a Yate.

Es posible que Dennis Dogmill hiciera que mataran a Yate; pero seguro que no fue &#233;l mismo hasta los muelles a golpearle con una barra de hierro. &#191;Qui&#233;n lo hizo?

Yo no lo descartar&#237;a tan r&#225;pido. Es muy posible que lo hiciera &#233;l solito, aunque no he o&#237;do nada.

&#191;Qu&#233; hay de ese tal Greenbill? &#191;Es posible que haya querido probar suerte con Dogmill?

Littleton solt&#243; una risa resoplona.

No creo, amigo. Seguro que los dos quer&#237;an ver muerto a Yate, pero dudo que se puedan poner de acuerdo para hacer una cosa tan fea. Claro que todo es posible. Y ahora que lo pienso, no ha ense&#241;ado esa penosa jeta suya desde hace un par de semanas.

Casi parece como si se estuviera escondiendo.

Puede ser.

&#191;Alguna idea de d&#243;nde puede haberse escondido?

Podr&#237;a estar en cualquier parte. Un s&#243;tano, un desv&#225;n. Mientras tenga alg&#250;n mocoso que le lleve de comer y beber, no necesita salir para nada, &#191;no?

Pero si no es culpable de la muerte de Yate, &#191;por qu&#233; no quiere salir?

A lo mejor es culpable de mucho m&#225;s o mucho menos. &#191;Qui&#233;n sabe? Pero si os digo lo que pienso, creo que lo que pasa es que le da miedo que el que se ha cargado a Yate vaya tambi&#233;n a por &#233;l. A lo mejor se piensa que Dogmill se los quiere cargar a los dos y as&#237; las bandas se van al garete.

Creo que lo buscar&#233;. Si sospecha que Dogmill va a por &#233;l, quiz&#225; es porque tiene motivos. &#191;Ten&#233;is idea de d&#243;nde puedo encontrarlo?

Bueno, pod&#233;is preguntar en El Ganso y la Rueda. All&#237; es donde van los chicos de Greenbill. Aunque no creo que vayan a deciros nada, al menos no si &#233;l no quiere que lo descubran. Pero seguro que est&#225;n dispuestos a daros un golpe en la cabeza y llevaros al magistrado para cobrar la recompensa. Vos sabr&#233;is lo que hac&#233;is.

Lo s&#233;, s&#237;.

Bueno, si s&#233; algo de Greenbill, os lo har&#233; saber. &#191;D&#243;nde puedo dejaros un mensaje?

Yo me re&#237;.

Yo os encontrar&#233; a vos. Y entonces podr&#233;is decirme lo que sab&#233;is.

&#201;l correspondi&#243; a mi risa.

Pod&#233;is confiar en m&#237;.

Yo asent&#237;, pero no hab&#237;a vivido tantos a&#241;os creyendo a cualquiera que dijera esas palabras.



14

Ten&#237;a la esperanza de encontrar al tal Greenbill Billy, que sin duda era el secuaz de mi enemigo. De momento daba por sentado que esa persona era Dennis Dogmill, pero dado que no pod&#237;a centrarme en esa l&#237;nea de investigaci&#243;n, decid&#237; seguir la &#250;nica que ten&#237;a disponible.

Esper&#233; a que cayera la noche y entonces me dirig&#237; hacia los muelles, a El Ganso y la Rueda. Por suerte, el lugar solo estaba iluminado con unas pocas velas, y el interior era un batiburrillo de cuerpos sucios y alientos repulsivos. El olor nauseabundo de la ginebra hab&#237;a impregnado la madera de las mesas, de las sillas, el suelo sucio y hasta las paredes. Solo el saludable aroma del tabaco hac&#237;a aquel aire respirable.

Me acerqu&#233; al tabernero, un tipo irrazonablemente alto, de hombros estrechos y con una nariz que parec&#237;a que se la hubieran roto tantas veces como a&#241;os ten&#237;a. Aunque no le tengo mucho aprecio a la bebida, ped&#237; una ginebra para no llamar la atenci&#243;n, y empec&#233; a sorber con cautela cuando me pusieron la jarra de peltre delante. Cobraba a un penique la pinta, y aun as&#237; el tipo me la hab&#237;a rebajado con agua.

Cuando le entregu&#233; una moneda por mi licor, le hice una se&#241;al con la cabeza.

&#191;Conoces a Greenbill Billy?

&#201;l me mir&#243; fijamente.

Todo el mundo conoce a Billy. Excepto t&#250;, lo que significa que no tienes nada que hacer aqu&#237;.

Creo que &#233;l no estar&#237;a de acuerdo. Seguro que te estar&#225; agradecido si me dices d&#243;nde est&#225;. &#191;Sabes d&#243;nde puedo encontrarlo?

&#201;l ri&#243; con sorna.

Para los de tu cala&#241;a en ning&#250;n sitio. &#191;Qu&#233; pretendes, viniendo aqu&#237; con tantas preguntas? &#191;Eres de la poli? &#191;Quieres hacernos quedar como unos idiotas?

S&#237; -dije-. Por eso he venido. Sobre todo quer&#237;a que t&#250; quedaras como un idiota. Y creo que lo estoy haciendo admirablemente.

&#201;l entrecerr&#243; los ojos.

Bueno, cobarde no eres, eso lo reconozco. &#191;Por qu&#233; no me dices tu nombre y d&#243;nde puedo encontrarte, y si veo a Billy, que a lo mejor lo veo y a lo mejor no, le digo que lo buscas? &#191;Qu&#233; te parece?

Me parece que entonces nunca voy a encontrar a Billy. -Dej&#233; caer un par de chelines en mi pinta de ginebra y la empuj&#233; hacia &#233;l-. Seguro que se te ocurre alguna forma de que llegue hasta &#233;l.

Mmm Bueno, no s&#233;. No se ha dejado ver esta &#250;ltima semana. He o&#237;do que est&#225; escondido, que la justicia o alguien lo anda buscando. Pero a lo mejor su parienta lo sabe.

&#191;D&#243;nde puedo encontrarla?

Echada de espaldas seguramente -dijo, y ri&#243; de buena gana de su chiste. Al cabo de un momento, control&#243; la risa-. Se llama Lucy Greenbill. Tiene una habitaci&#243;n en el s&#243;tano de una casa que hay en la esquina de las calles Pearl y Silver. Billy no vive ah&#237;, pero es que no est&#225;n casados de verdad, aunque ella se ha puesto su nombre como si lo estuvieran. Pero ella sabr&#225; d&#243;nde est&#225; como el que m&#225;s, y mejor que algunos.

Mejor que t&#250;, espero.

Se hace lo que se puede. De todas formas, &#191;c&#243;mo te llamas? No sea que venga busc&#225;ndote.

Pens&#233; en lo que Elias me hab&#237;a dicho, en lo beneficioso de que me vieran en lugares como aquel.

Mi nombre es Benjamin Weaver.

He o&#237;do ese nombre antes -dijo &#233;l.

Me encog&#237; de hombros y me dispuse a marcharme, un tanto decepcionado al ver que mi fama no era suficiente para que aquel tipo reconociera mi nombre enseguida.

&#161;Que me aspen! -o&#237; que gritaba al cabo de un momento-. Ese es Weaver el jud&#237;o. &#161;Weaver el jud&#237;o est&#225; aqu&#237;!

No s&#233; si alguien lleg&#243; a o&#237;rlo con el alboroto que hab&#237;a, pero no me atrev&#237; a aflojar el paso hasta que estuve a tres calles de all&#237;.


Transitando por calles oscuras y nevadas en la medida de lo posible, me dirig&#237; hacia la casa donde el tabernero dijo que podr&#237;a encontrar a Lucy Greenbill. No me molest&#233; en llamar a la puerta, sobre todo porque no cre&#237; que hiciera falta tal esfuerzo. Ante m&#237; ten&#237;a una de esas viejas casas que se levantaron a todo correr despu&#233;s del gran incendio de 1666, a&#241;o de grandes portentos. Estos edificios, construidos de forma muy tosca, ahora parec&#237;an siempre a punto de derrumbarse, y el viandante pasaba ante ellos con gran riesgo de su persona, pues soltaban ladrillos igual que un perro va echando pulgas.

Empuj&#233; la puerta y me encontr&#233; en un lugar sucio, atestado de huesos de comidas pasadas, un orinal lleno y toda clase de desperdicios. Solo hab&#237;a una l&#225;mpara encendida, y no se o&#237;a nada, salvo el traj&#237;n de las ratas entre los desechos. Supuse que no habr&#237;a nadie en casa, pero no quer&#237;a arriesgarme. Por este motivo, y para dar tiempo a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad, avanc&#233; deliberadamente despacio. No tard&#233; en encontrar la escalera, y empec&#233; a bajar.

Aqu&#237;, todos mis esfuerzos por moverme con sigilo se fueron al traste, porque era imposible bajar en silencio por aquellos viejos pelda&#241;os de madera que cruj&#237;an aparatosamente. Hubiera bajado con m&#225;s sigilo una escalera hecha de mendrugos de pan seco y, tal como tem&#237;a, mis movimientos me delataron. All&#225; abajo alguien se movi&#243;. Vi una peque&#241;a luz y not&#233; el olor a aceite barato.

&#191;Eres t&#250;? -o&#237; que gritaba una voz de mujer desde abajo.

Mmm -hice yo.

Al bajar, vi que la decoraci&#243;n era la misma que en los pisos superiores. Basura por todas partes, peri&#243;dicos rotos y un mont&#243;n de s&#225;banas sucias.

El s&#243;tano estaba formado por una sola habitaci&#243;n no especialmente grande. El suelo era de tierra, y encima hab&#237;a muy poca cosa: un viejo colch&#243;n de paja, una silla y una mesa sin patas sobre la que reposaba la l&#225;mpara de aceite. La se&#241;ora Lucy Greenbill estaba tendida sobre el colch&#243;n y, debo a&#241;adir, sin nada que la cubriera.

A fin de que el lector no crea que este relato va camino de volverse tan salaz como las escandalosas obras del se&#241;or Cleland, dir&#233; que no era en modo alguno una mujer atractiva: demasiado delgada; los huesos se le marcaban por todas partes, y las carnes, a pesar de su delgadez, colgaban fl&#225;cidas en los lugares donde no estaban tensas. Sus ojos eran enormes, y hubieran resultado atractivos en un rostro m&#225;s vivo, pero se notaba que le daba mucho a la ginebra, as&#237; que los ten&#237;a muy hundidos. Esa lastimosa criatura mostraba todos los signos de los que se han convertido en esclavos del vil licor: la nariz se ve&#237;a seca y sin brillo, la piel marchita y sin vida, y m&#225;s parec&#237;a una calavera que una tentaci&#243;n. Pero, incluso si su cuerpo hubiera sido m&#225;s agradable a la vista, cre&#243; que sus actos hubieran deslucido la obra de la naturaleza, pues estaba ocupada sacando los piojos a un mont&#243;n de ropa que ten&#237;a junto a su cuerpo desnudo. Cog&#237;a un piojo, se lo llevaba a la boca, lo part&#237;a entre los dientes y escup&#237;a sus pieles sanguinolentas.

No te est&#233;s mucho, Timmy -dijo.

Timmy -repet&#237; yo-. Seguro que al se&#241;or Greenbill le sorprender&#237;a saber que est&#225;s desnuda esperando a alguien que se llama Timmy.

Lucy se incorpor&#243; de un brinco, a punto de gritar, pero no estaba dispuesto a permitirlo. Salt&#233; desde la escalera y, de un brinco, me plant&#233; junto a ella y le tap&#233; la boca con la mano. Un ramalazo de dolor me recorri&#243; la pierna donde ten&#237;a la herida, pero me mord&#237; el labio decidido a no dar muestras de debilidad.

Me doy cuenta de que es una situaci&#243;n bochornosa -dije, tratando de sonar m&#225;s amenazador que dolorido-, y te permitir&#233; que te vistas, pero debes prometerme que no har&#225;s ruido. Ya has visto que me muevo con rapidez, y si me desaf&#237;as caer&#233; sobre ti en un momento. Antes de pronunciar ning&#250;n sonido, debes decidir si quieres llevar este asunto, que te prometo no es nada malo, con o sin ropa.

No esper&#233; su respuesta. Me limit&#233; a soltarla y dej&#233; que retrocediera con rapidez y se echara un vestido por encima de la cabeza. Ahora que los dos est&#225;bamos m&#225;s c&#243;modos, se acerc&#243; a la mesa sin patas y con mano temblorosa cogi&#243; un vaso de peltre que, a juzgar por el fuerte olor, conten&#237;a ginebra.

&#191;Qu&#233; quieres? -me pregunt&#243;, y dio un trago lo bastante abundante para tumbar a un hombre de mi tama&#241;o. A la luz de la l&#225;mpara de aceite pude ver su rostro con mayor claridad. Sus p&#243;mulos estaban muy marcados, pero la mand&#237;bula se ve&#237;a fl&#225;cida, por lo que daba la sensaci&#243;n de que la parte inferior de la cara no era m&#225;s que una bolsa vac&#237;a que colgaba de la de arriba. Cuando habl&#243;, vi que ten&#237;a pocos dientes, todos ellos rotos o gastados casi hasta la ra&#237;z. Ten&#237;a una profunda cicatriz en la mejilla izquierda, que no hab&#237;a visto al entrar una imponente P grabada con una gruesa hoja.

&#191;Qui&#233;n te ha hecho eso? -le pregunt&#233;.

Mi marido -dijo ella con gesto desafiante, como si estuviera ret&#225;ndome a encontrar alg&#250;n defecto en un hombre capaz de grabar una letra en la carne de su mujer.

&#191;Y por qu&#233;?

Por puta -dijo ella con orgullo-. Y ahora dime qu&#233; quieres.

Quiero saber d&#243;nde puedo encontrar a ese marido tuyo tan honorable. -Me di cuenta de que estaba frot&#225;ndome sin querer mi espinilla dolorida, pero me contuve enseguida-. Es un hombre dif&#237;cil de encontrar.

Te matar&#225; por haber venido aqu&#237;, y te har&#225; cosas peores si se te ocurre hacerme da&#241;o. Y ya que estamos, &#191;t&#250; qui&#233;n eres?

Mi nombre es Benjamin Weaver.

&#161;Oh, Dios me ampare! -exclam&#243;, y retrocedi&#243; un paso m&#225;s. Se llev&#243; el vaso de peltre al pecho, como si por un momento hubiera confundido a un salvador con el otro-. Lo matar&#225;s, &#191;verdad?

Di un paso al frente, para compensar el paso que ella hab&#237;a dado hacia atr&#225;s.

&#191;Por qu&#233; iba a matarlo?

Eso es lo que haces. Matas estibadores. Todos dicen que trabajas para Dennis Dogmill, y que matas a los que van en su contra.

Har&#237;as bien en no hacer caso de las habladur&#237;as. No son unas fuentes muy fiables. Si Billy quiere enfrentarse a Dogmill, no encontrar&#225; mejor amigo que yo.

Entonces, &#191;qu&#233; quieres de &#233;l? No creo que lo busques para haceros amigos.

Quiero hacerle unas preguntas.

&#191;Y si &#233;l no quiere contestarte?

Seg&#250;n he comprobado, la mayor&#237;a de los hombres a quienes interrogo acaban por contestar tarde o temprano.

&#191;Como Arthur Groston?

Not&#233; que un escalofr&#237;o me recorr&#237;a todo el cuerpo. Me olvid&#233; por completo del dolor en la pierna. &#191;C&#243;mo pod&#237;a haberse enterado la mujer de Billy Greenbill de mis asuntos con el vendedor de testimonios?

&#191;Qu&#233; sabes de &#233;l?

Que est&#225; muerto. Que t&#250; lo has matado.

Trat&#233; de dominar mi sorpresa.

La &#250;ltima vez que vi a Groston estaba vivito y coleando. &#191;Qui&#233;n ha dicho que lo he matado?

&#161;Venga, compadre! Todo el mundo lo dice. Dicen que le metiste la cabeza en un orinal hasta que se ahog&#243;.

Yo no le ahogu&#233;, aunque es cierto que le met&#237; la cabeza en un orinal de mierda.

&#191;Dices eso y esperas que te diga d&#243;nde est&#225; Billy?

Lo encontrar&#233; tarde o temprano -dije-. Puedes estar segura. Si me dices d&#243;nde est&#225; me asegurar&#233; de compensarte.

Dio un trago m&#225;s comedido de su taz&#243;n.

&#191;Compensarme c&#243;mo?

Bueno -dije-. No le hablar&#233; de Timmy. Y adem&#225;s te dar&#233; algo de plata.

Ella me mir&#243; pesta&#241;eando.

&#191;Cu&#225;nta?

&#191;Por qu&#233; ser tan puntilloso? Despu&#233;s de todo, era el dinero del juez, y sab&#237;a que necesitar&#237;a una suma considerable para que aquella mujer superara su miedo a disgustar a Greenbill.

Cinco chelines -dije.

Pod&#237;a haberle ofrecido el reino de los Incas. Se llev&#243; una mano a la boca y apoy&#243; la otra en la pared para sostenerse.

Ens&#233;&#241;amelos.

Cog&#237; mi bolsa y saqu&#233; las monedas, que le mostr&#233; en la palma de mi mano. As&#237; que me vendi&#243; a su se&#241;or por unas monedas de plata. Si se dio cuenta del paralelismo con ciertos personajes de sus evangelios, no lo mencion&#243;.


Seg&#250;n me dijo, Billy Greenbill estaba en el &#225;tico de una casa a unas manzanas de King Street. Me pareci&#243; m&#225;s seguro esperar a que fuera muy tarde, pues no ten&#237;a intenci&#243;n de encontrarme a Billy y a sus amigos mientras estuvieran despiertos. As&#237; pues, busqu&#233; un lugar tranquilo junto al r&#237;o y me sent&#233;, sin apartar una mano de la pistola. Nadie me molest&#243;, aunque una o dos veces o&#237; sonido de pasos.

Ya muy tarde, de madrugada, cerca del amanecer, volv&#237; a la casa que Lucy me hab&#237;a indicado y forc&#233; la entrada con sigilo. Todo estaba en silencio y a oscuras, como esperaba, y sub&#237; la escalera tan sigilosamente como pude. Cuando llegu&#233; arriba, a la entrada del &#225;tico, cog&#237; mi cuchillo y prob&#233; con suavidad la puerta. Por fortuna, no estaba cerrada con llave, as&#237; que la abr&#237; sin problemas.

En el interior hab&#237;a solo una vela encendida. De haber habido m&#225;s, hubiera podido ver la escena que me esperaba. Pero abr&#237; la puerta y ya hab&#237;a dado unos pasos cuando me di cuenta de lo que hab&#237;a. Media docena de hombres, cada uno armado con cuchillo y pistola, me esperaban sentados en sus sillas. Y sonre&#237;an.

La puerta se cerr&#243; a mi espalda.

Weaver -dijo uno de ellos-. Me preguntaba por qu&#233; tardabas tanto.

Lo mir&#233;. Era de mi edad o algo mayor; llevaba la cara sin afeitar y ten&#237;a unos labios muy gruesos que le daban el aire de una imp&#237;a uni&#243;n entre un trabajador y un pato.

Greenbill Billy -dije.

A tu servicio, o tal vez deber&#237;a decir que t&#250; est&#225;s al m&#237;o. -Uno de sus hombres se levant&#243; y me quit&#243; el cuchillo y mis dos pistolas. No eran muy concienzudos, pues a ninguno de ellos se le ocurri&#243; examinar mis piernas por si llevaba escondido otro cuchillo.

Deduzco -dije- que hab&#237;as ordenado a Lucy que me dijera que viniera aqu&#237;.

Exacto. Ya llevamos d&#237;as esper&#225;ndote, y puedo decirte que nos alegramos de que hayas venido, porque est&#225;bamos hasta las narices de estar aqu&#237; metidos.

&#191;Y ahora pens&#225;is capturarme y cobrar la recompensa?

Eso ser&#237;a lo mejor, pero si tenemos que matarte, lo haremos.

&#191;Por qu&#233;? -pregunt&#233;-. &#191;Qu&#233; os he hecho para que quer&#225;is llegar a esos extremos conmigo?

Greenbill sonri&#243;, e incluso en aquella oscuridad vi que sus dientes eran espantosos.

Bueno, porque eres como ciento cincuenta libras con patas, por eso. Bien, &#191;qu&#233; penalidades hay de que te vengas con nosotros sin resistirte a la casa del magistrado para que cobremos la recompensa?

&#191;Y si no lo hago?

Si no lo haces podemos llevarte con la cabeza abierta. Bien, &#191;podr&#225;s acompa&#241;arnos sin resistirte?

Me encog&#237; de hombros.

Ya me he escapado de Newgate una vez. No dudo de que volver&#233; a lograrlo.

&#201;l se ri&#243;.

Est&#225;s muy seguro de ti mismo, &#191;eh? Pero eso es tu problema, no el m&#237;o. Bueno, &#191;nos vamos?

Seg&#250;n he descubierto, mal cazador de ladrones es aquel que necesita armas para defenderse. Siempre es preferible tener armas, pero si un hombre necesita defender su vida con sus pu&#241;os, no debe vacilar. Dos de sus hombres se me acercaron, sin duda con la intenci&#243;n de cogerme cada uno de un brazo. Dej&#233; que pensaran que no me resistir&#237;a, pero cuando estuvieron en la posici&#243;n que yo quer&#237;a, atrap&#233; el brazo de cada uno bajo mis axilas, tir&#233; hacia abajo y luego empuj&#233; hacia atr&#225;s con fuerza con los codos. Les di a los dos en la cara, y los tipos cayeron hacia atr&#225;s.

Billy no perdi&#243; el tiempo. Levant&#243; su pistola, as&#237; que yo ech&#233; mano de uno de sus colegas que, al ver que la situaci&#243;n no era de su agrado, hab&#237;a echado a correr hacia la puerta. Lo cog&#237; de los hombros y lo volv&#237; hacia Billy para convertir a aquel cobarde en un escudo. Billy no tuvo tiempo o no quiso evitar el disparo y una bala fue a parar al hombro de su amigo.

Ciertamente, era buena se&#241;al que en unos segundos hubiera podido deshacerme de tres de los seis hombres. Esperaba que los siguientes tuvieran el mismo buen desenlace. Billy acababa de disparar su pistola, as&#237; que por el momento estaba desprotegido. Corr&#237; hacia &#233;l, pero uno de sus ayudantes salt&#243; a mi espalda para detenerme.

No era la t&#233;cnica m&#225;s efectiva en una lucha a muerte, pero sirvi&#243; para que Billy corriera hacia la puerta. Mi atacante estaba colgado a mi espalda, tratando de ahogarme con el brazo. Retroced&#237; contra la pared, pero &#233;l no se soltaba. Incluso me apret&#243; el cuello con m&#225;s rabia, as&#237; que repet&#237; la operaci&#243;n, tratando de que se golpeara la cabeza. Esta vez lo hice con tanta fuerza que el tipo se solt&#243; y cay&#243; al suelo, con lo que se incorpor&#243; a las filas de sus camaradas heridos.

A Billy y al compa&#241;ero que a&#250;n no estaba herido no los ve&#237;a por ning&#250;n lado. O hab&#237;an huido o hab&#237;an ido a por refuerzos. No pod&#237;a permitirme esperar y ver si levantaban la liebre y daban la alarma, pero tampoco me atrev&#237;a a dejar pasar una oportunidad como aquella para averiguar alguna cosa. Uno de los hombres a los que le hab&#237;a partido la cara estaba echado de lado, encogido, gimoteando. Le toqu&#233; con el pie para que supiera que quer&#237;a hablar con &#233;l.

&#191;Qu&#233; inter&#233;s tiene Billy en m&#237;? -le pregunt&#233;.

&#201;l no contest&#243; y, puesto que no pod&#237;a perder el tiempo, trat&#233; de ser m&#225;s persuasivo, le puse el pie en el cuello y repet&#237; la pregunta.

No lo s&#233; -dijo el tipo, con voz rasposa y con la boca llena de espuma y saliva. Quiz&#225; le hab&#237;a destrozado los dientes, o puede que hasta la lengua-. El dinero.

&#191;El dinero? &#191;La recompensa?

S&#237;.

&#191;Mat&#243; Billy a Yate?

No, eso lo hiciste t&#250;.

&#191;Qui&#233;n es Johnson? -Hab&#237;a hecho esa pregunta tantas veces que tem&#237;a que la respuesta ser&#237;a siempre la misma. Pero me llev&#233; una sorpresa.

No s&#233; cu&#225;l es su verdadero nombre.

Pero &#191;sabes qui&#233;n es?

Claro que s&#233; qui&#233;n es. Todo el mundo sabe qui&#233;n es.

Todo el mundo no. Cuenta.

Bueno, es un agente del Pretendiente, por supuesto. Nadie sabe c&#243;mo se llama de verdad, pero as&#237; es como le llaman.

&#191;Qui&#233;n lo llama as&#237;? &#191;Qui&#233;n?

En las tabernas de ginebra. Cuando beben a la salud del verdadero rey, tambi&#233;n beben a su salud.

&#191;Y qu&#233; tiene &#233;l que ver conmigo?

&#191;C&#243;mo quieres que lo sepa?

Desde luego, era una buena pregunta.

Abajo o&#237; ruido de pasos, y el silbato de un sereno. No pod&#237;a perder m&#225;s tiempo con aquel tipo, as&#237; que corr&#237; escaleras abajo cercior&#225;ndome como pude de que Billy no estuviera al acecho. Pero, no, &#233;l se hab&#237;a puesto a cubierto. Tendr&#237;a que encontrar otra forma de localizarlo. Y ten&#237;a otras preocupaciones en la cabeza. Por ejemplo, quer&#237;a saber por qu&#233;, durante mi juicio, la persona que hab&#237;a contratado a Arthur Groston hab&#237;a querido que pareciera que yo era agente del Pretendiente. Estaba claro que mi condena por la muerte de Yate era parte de una trama mucho m&#225;s importante en la que mi nombre y mi vida deb&#237;an quedar destruidos para siempre.


Despu&#233;s de escapar por tan poco con vida, aquella noche no estaba de humor para m&#225;s malas noticias, pero al volver a mis habitaciones descubr&#237; que el d&#237;a a&#250;n no hab&#237;a terminado. Me esperaba una nota con una noticia preocupante.

No hab&#237;a dado importancia a las palabras de la mujer de Greenbill, pero fue un error. La nota era de Elias, que hab&#237;a recibido la noticia de un amigo cirujano. Al parecer, un oficial de la Corona hab&#237;a pedido a su amigo que examinara el cad&#225;ver de Arthur Groston, que hab&#237;a sido asesinado presumiblemente por Benjamin Weaver.



15

En su nota Elias suger&#237;a que nos reuni&#233;ramos para el desayuno. Muy apurada deb&#237;a de parecerle la situaci&#243;n cuando propon&#237;a un encuentro tan temprano, as&#237; que acud&#237; a la cita a la hora que indicaba. Pero &#233;l no fue tan puntual como yo, y ya iba yo por mi tercer o cuarto caf&#233; cuando por fin se present&#243;.

Perdona que te haya hecho esperar -dijo-, pero anoche me acost&#233; muy tarde.

Yo tambi&#233;n -repuse-. Ca&#237; en una emboscada muy inconveniente.

Oh, vaya. Suena muy desagradable. Pero, mira Evans, el asunto del tal Groston es muy desagradable. Ha sido asesinado, y todo el mundo piensa que t&#250;, es decir, Weaver, ten&#237;a algo en su contra.

Pues yo ten&#237;a menos contra &#233;l que la persona que lo contrat&#243; y desde luego ahora va a resultarme mucho m&#225;s dif&#237;cil descubrir qui&#233;n fue. &#191;C&#243;mo lo mataron? No lo ahogar&#237;an en un orinal, &#191;verdad?

Elias me mir&#243; con expresi&#243;n recelosa.

Debo decir que en los a&#241;os que llevo de cirujano jam&#225;s me hab&#237;an hecho una pregunta semejante. Resulta que no, no lo ahogaron en mierda. &#191;Hay alguna raz&#243;n para que creas eso?

Prefer&#237; no iluminarle sobre el particular.

Entonces, &#191;c&#243;mo muri&#243;?

Ver&#225;s, tengo un amigo al que llaman con frecuencia los oficiales de justicia de Londres y Westminster para que examine los cad&#225;veres cuando se sospecha de asesinato. Cuando vio a Groston decidi&#243; avisarme, pues sab&#237;a de mi amistad contigo. Llevaba varios d&#237;as muerto cuando lo encontraron, as&#237; que no estaba en un estado precisamente agradable. El caso es que el cirujano determin&#243; que alguien le golpe&#243; repetidamente en la cara con un objeto contundente, y que cuando se derrumb&#243;, lo estrangul&#243;. Fue muy brutal.

&#191;Y tu amigo pens&#243; que ten&#237;as que saberlo solo porque habl&#233; de Groston en mi juicio?

No, hab&#237;a m&#225;s. Ver&#225;s, encontraron una nota junto al cuerpo. Tuvo el detalle de copi&#225;rmela.

Me pas&#243; una nota en la que hab&#237;a escrito lo siguiente: Llo binjamin uiver el judio hecho esto dios bendiga al rey jacobo y al papa y a grifin melbri. Se la devolv&#237; a Elias.

Dale las gracias a tu amigo por haberme corregido las faltas de ortograf&#237;a.

&#161;Por Dios! &#191;No puedes tom&#225;rtelo un poco en serio? Esto es muy grave.

Me encog&#237; de hombros.

No creo que Groston tuviera m&#225;s informaci&#243;n que darme, as&#237; que no puedo decir que me apene su muerte. Y, por lo que se refiere a la nota, dudo que nadie crea que soy autor de esta tonter&#237;a. La persona que la ha escrito debe de ser bastante obtusa.

&#191;O quiz&#225;?

Me agit&#233; algo nervioso en mi asiento, pues entend&#237; perfectamente qu&#233; estaba insinuando. La nota era demasiado absurda para convencer a nadie.

O bastante lista, supongo. Est&#225;s insinuando que tanto puede haber sido un astuto tory como un brutal whig.

Solo los brutos m&#225;s influenciables podr&#237;an creer que t&#250; has escrito una nota bendiciendo al Papa. Nadie que de verdad est&#233; conspirando, y desde luego no un papista, har&#237;a algo as&#237;. Pero &#191;y si mataron a Groston para hacer creer que existe una conspiraci&#243;n?

Entonces, los tories lo matan y hacen que parezca que lo han matado los whigs para perjudicarles. Est&#225;n jugando fuerte.

Seguramente demasiado fuerte para los tories. Despu&#233;s de todo, son un partido pol&#237;tico, no la clase de hombres que se implicar&#237;an en este tipo de fechor&#237;as.

S&#237;, ya sab&#237;a por d&#243;nde iba.

&#191;Los jacobitas?

Shhh -me interrumpi&#243;-. No digas esa palabra tan fuerte en mi presencia. Soy escoc&#233;s, no lo olvides, un blanco f&#225;cil para las acusaciones. Pero s&#237;, creo que ellos podr&#237;an estar detr&#225;s de todo esto. De vez en cuando puede que los whigs y los tories armen un poco de esc&#225;ndalo y provoquen alg&#250;n que otro disturbio, incluso puede que las cosas se pongan feas cuando se enfadan entre ellos, pero un asesinato a sangre fr&#237;a no es propio de ellos, ni siquiera en tiempo de elecciones. Sin embargo, algunos de esos jacobitas que maquinan son m&#225;s atrevidos. Si creen que logrando que los whigs pierdan un esca&#241;o en Westminster animar&#225;n a los franceses a patrocinar una invasi&#243;n, puedes estar seguro de que no faltar&#225; quien est&#233; dispuesto a destrozar la cara de cien Grostons para no desaprovechar la ocasi&#243;n.

Pero &#191;por qu&#233; implicarme a m&#237;? Los jacobitas no son amigos de los jud&#237;os. &#191;No te parece un poco raro? Los whigs siempre han sido criticados por su excesiva tolerancia hacia los jud&#237;os y los inconformistas, y los tories siempre se quejan por el poder que se da a los jud&#237;os y a los disidentes.

Creo que se trata simplemente de oportunismo. Piers Rowley, un whig, se asegur&#243; de que te condenaran injustamente, y t&#250; lo desafiaste al escapar. Nadie hubiera podido predecir algo as&#237;, pero te guste o no, te has convertido en un s&#237;mbolo antiwhig. Y ya sabes c&#243;mo son estos ingleses. Pueden odiar a muerte a los jud&#237;os y un momento despu&#233;s decidir que son sus amigos y quedarse tan tranquilos.

Malditas maquinaciones -musit&#233;-. Primero la rosa blanca que Groston me dio, y hay m&#225;s. -Le habl&#233; a Elias de mi encuentro con Greenbill y los suyos, y de que uno de sus secuaces me hab&#237;a dicho que Johnson era un conocido jacobita.

Parece -dijo Elias pensativo- que alguien quer&#237;a insinuar una alianza entre los jacobitas y t&#250; antes incluso de que tu juicio se convirtiera en una causa pol&#237;tica. &#191;Qui&#233;n podr&#237;a querer algo as&#237;? Los jacobitas no, desde luego.

No -dije-. Mi enemigo debe de ser alguien que me odie a m&#237; tanto como a los jacobitas.

Volvemos de nuevo a Dennis Dogmill -coment&#243;-.Y de nuevo ignoramos por qu&#233; quiere perjudicarte, o qui&#233;n puede ser la mujer que te ayud&#243; a escapar. Seguimos teniendo demasiados interrogantes y muy pocas respuestas, Weaver.

A m&#237; esto me gusta tan poco como a ti. No s&#233; qu&#233; debo hacer.

&#201;l se encogi&#243; de hombros.

Rezar para que no maten a nadie m&#225;s en tu nombre.

Lo har&#225;n. Y s&#233; muy bien a qui&#233;n.

&#201;l abri&#243; los ojos desmesuradamente.

&#191;A los que testificaron en tu contra en el juicio?

Asent&#237;.

Pero &#191;por qu&#233;? &#191;Qu&#233; da&#241;o pueden hacer?

No lo s&#233;, pero pueden asesinarlos sin molestar a nadie de importancia y achacarme sus muertes f&#225;cilmente.

Weaver, creo que te enfrentas a algo demasiado importante. Esto es mucho m&#225;s grave que la muerte de un simple trabajador. Presiento que se est&#225; fraguando un ataque a nuestra naci&#243;n. Los jacobitas est&#225;n reuniendo sus fuerzas, y te est&#225;n utilizando para ocultarse. Debes ir al ministerio y contarlo todo. Ellos te proteger&#225;n.

&#191;Est&#225;s loco? Ha sido el partido del gobierno el que me ha condenado y ha provocado esta situaci&#243;n. Por lo que s&#233;, es el gobierno el que quer&#237;a vincularme con los jacobitas. E incluso si no hay ning&#250;n whig importante detr&#225;s de todo esto, &#191;c&#243;mo puedo estar seguro de que no me culpar&#225;n a m&#237; de la conspiraci&#243;n? Sabes muy bien que podr&#237;an colgarme tranquilamente en Tyburn sin molestarse en averiguar qui&#233;n es el verdadero culpable, que en vez de intentar que se haga justicia podr&#237;an limitarse a sacar partido de mi infortunio.

S&#237;, s&#237;. Tienes raz&#243;n. Podr&#237;an ahorcarte para poder se&#241;alarte y decir: Ah&#237; ten&#233;is a un intrigante jacobita. Hemos demostrado que la amenaza es real. Entonces, &#191;qu&#233; vas a hacer?

Encontrar a los testigos primero y estar all&#237; cuando el asesino vaya a por ellos.


Detestaba tener que visitar nuevamente a Mendes, pero en aquellas circunstancias no ten&#237;a elecci&#243;n y, puesto que ahora hab&#237;a otras vidas en juego, me pareci&#243; impropio andarme con ceremonias. As&#237; que le escrib&#237;, pidiendo que me recibiera en su casa aquella noche y que mandara una nota con la confirmaci&#243;n al caf&#233; que hab&#237;amos acordado previamente. Cuando fui a recoger mis mensajes, vi que Mendes hab&#237;a contestado. No le parec&#237;a seguro que nos reuni&#233;ramos en su casa, y propon&#237;a que reservara una habitaci&#243;n en la parte de atr&#225;s de la taberna que yo eligiera y le indicara la hora y el lugar. Me ocup&#233; de ello inmediatamente y le mand&#233; la informaci&#243;n, aunque estaba algo inquieto, pues no entend&#237;a por qu&#233; no eran seguros sus alojamientos. &#191;Hab&#237;a descubierto alguien nuestros encuentros anteriores? &#191;Alg&#250;n enemigo m&#237;o ten&#237;a a Mendes bajo vigilancia?

Tendr&#237;a que esperar para saberlo. Cuando se acercaba la hora, me despoj&#233; de mi atuendo de Matthew Evans y sal&#237; al callej&#243;n por la ventana. Hubiera sido mucho m&#225;s f&#225;cil y m&#225;s seguro ir hasta all&#237; ataviado como un caballero, sobre todo porque en los peri&#243;dicos se comentaba que Weaver hab&#237;a sido visto en algunos de los lugares m&#225;s peligrosos de la ciudad. Pero, aunque Mendes hab&#237;a demostrado ser un aliado valioso, jam&#225;s se me hubiera ocurrido confiarle todos mis secretos.

Di gracias por haber sido cauto, pues no tard&#233; en descubrir que quiz&#225; hab&#237;a confiado en Mendes m&#225;s de lo debido. Cuando entr&#233; en la habitaci&#243;n que hab&#237;a reservado, lo encontr&#233; esper&#225;ndome, pero no estaba solo.

Jonathan Wild estaba con &#233;l.


Hasta el d&#237;a en que encontr&#243; su destino en el otro extremo de la soga de un verdugo, no creo que Wild hubiera estado nunca tan cerca de la muerte como en aquel momento incluido el famoso incidente en que Moret&#243;n Blake le apu&#241;al&#243; en el cuello. En un visto y no visto, cerr&#233; la puerta de una patada y saqu&#233; una pistola del bolsillo. A punto estuve de descargarla contra su cabeza.

Pero me contuve. Creo que fue por la actitud de Wild. Una de dos: o no hab&#237;a venido para hacerme da&#241;o o estaba tan bien preparado que no ten&#237;a nada que temer. Fuera como fuese, no deseaba a&#241;adir otra acusaci&#243;n de asesinato a mis problemas, y es por ello que vacil&#233;.

Aparta eso -me dijo, y bebi&#243; de su jarra de cerveza-. Si quisiera que te atraparan, ya estar&#237;as preso. Pero lo cierto es que me eres mucho m&#225;s &#250;til libre que encadenado. Y est&#225;s tristemente equivocado si crees que ciento cincuenta libras son suficientes para hacerme cambiar de opini&#243;n.

Baj&#233; la pistola y me acerqu&#233; a la mesa. Mendes ya me hab&#237;a servido una cerveza.

No tienes nada que temer -me dijo.

Entonces, &#191;por qu&#233; no me dijiste que vendr&#237;a contigo? -le pregunt&#233;, sin querer sentarme todav&#237;a.

Mendes permaneci&#243; impasible. Ahora que Wild estaba all&#237;, ya no era el mismo, era el t&#237;tere del cazador de ladrones. No conseguir&#237;a nada de &#233;l.

No te lo dijo -me dijo Wild- porque no hubieras venido. Evidentemente, ten&#237;a raz&#243;n, pero a mi entender eso no disculpaba el enga&#241;o. Y aun as&#237;, solo pod&#237;a culparme a m&#237; mismo. Por mucho que quisiera confiar en Mendes, segu&#237;a siendo el hombre de Wild, y no deb&#237;a sorprenderme si tra&#237;a a su amo a la reuni&#243;n. Lo &#250;nico que quedaba por saber era por qu&#233;.

Wild se comportaba de una forma tan tranquila que cualquier hombre que se mostrara nervioso en su presencia deb&#237;a de sentirse lastimoso. Este gran ladr&#243;n ten&#237;a la extra&#241;a capacidad de hacer que todo el mundo creyera en su corrupta autoridad y descubr&#237; que, aun sabiendo qui&#233;n era, yo mismo acabar&#237;a confiando en &#233;l si no iba con cuidado. As&#237; que tens&#233; cada m&#250;sculo de mi cuerpo, decidido a resistirme a sus encantos.

Bueno, dej&#233;monos de tonter&#237;as. -Me mantuve muy derecho para dar yo tambi&#233;n una imagen de autoridad, aunque la d&#233;bil sonrisa que vi en los labios del cazador de ladrones me dijo que no lo hab&#237;a logrado-. Me inquieta la relaci&#243;n que puedas tener con mis problemas desde que apareciste en mi juicio.

&#191;Ah, s&#237;? -pregunt&#243;. Sus rasgos eran tan afilados y angulosos que parec&#237;a que iban a partirse por la presi&#243;n de su sonrisa-. &#191;Te sentir&#237;as m&#225;s tranquilo si hubiera hablado mal de ti, como sin duda esperabas?

Me hubiera sorprendido menos, desde luego.

Siento haberte sorprendido, pero pensaba que estar&#237;as m&#225;s agradecido. Dej&#233; a un lado nuestras posibles diferencias para hacerte un favor. T&#250; y yo estamos acostumbrados a pelearnos por el mismo premio o peor, a estar enfrentados. Pero en este asunto soy tu mejor amigo.

No creo ni por un momento que lo hayas hecho por otro motivo que no sea para ayudarte a ti mismo. El se&#241;or Mendes me ha informado del poco aprecio que le tienes a Dennis Dogmill, y conf&#237;as en que yo lo perjudique.

Cierto. Sospech&#233; de su implicaci&#243;n en cuanto supe que Yate hab&#237;a muerto. Y me ha dicho Mendes que no conoces a la mujer que te pas&#243; las herramientas para robar casas. &#191;Es eso cierto?

Sigo creyendo que fue cosa tuya -dije, aunque no estaba tan seguro como antes.

&#201;l ri&#243;.

Cree lo que quieras. Aunque supongo que te enfurece pensar que tuve algo que ver en tu rescate. Sin embargo, ese peque&#241;o truco no fue cosa m&#237;a.

Mene&#233; la cabeza.

Entonces, &#191;qu&#233; quieres? &#191;Para qu&#233; has venido?

Para ofrecerte mi ayuda, nada m&#225;s. A fe m&#237;a, no soy amigo de los tories, todo el mundo lo sabe, pero ese Dogmill y su perro faldero, Hertcomb, son un inconveniente para mi negocio. Apoyar&#237;a al mism&#237;simo cardenal Wolsey si se opusiera a Hertcomb y convirtiera a Dogmill en su enemigo. Estaba convencido de que esta competici&#243;n ser&#237;a coser y cantar para esos villanos, pero entonces apareciste t&#250; y ahora todo es mucho m&#225;s interesante. Mientras sigas carg&#225;ndote rufianes por la ciudad y tratando de descubrir la verdad, mejor para m&#237;. Por eso estoy contento de poder ayudarte. Escup&#237; una amarga risa.

Si fracaso, ah&#237; te pudras. Y si tengo &#233;xito, seg&#250;n t&#250; estar&#233; en deuda contigo.

Wild lade&#243; un poco la cabeza y asinti&#243; discretamente.

Siempre has sido un hombre razonable, Weaver. No me cabe duda de que un favor ahora podr&#237;a dar su fruto en el futuro. As&#237; que he venido para saber qu&#233; puedo hacer por ti. &#191;Dinero, quiz&#225;?

Frunc&#237; el ce&#241;o con desprecio. No pensaba aceptar que Wild me ofreciera dinero como un t&#237;o generoso.

No necesito tu dinero.

Pues se gasta como el de cualquier otro, te lo aseguro. Aunque parece que tu sistema para atracar jueces te va muy bien. Sin embargo, debo decir que Rowley siempre ha sido un hombre muy d&#243;cil. Lamento que le hayas obligado a retirarse.

Yo tambi&#233;n lo tuve siempre por un hombre de fiar. &#191;Por qu&#233; me atac&#243; de esa forma?

Estamos en &#233;poca de elecciones -dijo muy complaciente-. Ya hab&#237;a peligro cuando las elecciones se celebraban cada tres a&#241;os. Ahora que tienen lugar cada siete, el premio es mucho m&#225;s valioso y todos llegar&#225;n mucho m&#225;s lejos para apoyar a su partido, o sus intereses. Rowley solo hizo lo que Dogmill le pidi&#243;. Nada m&#225;s.

No s&#233;.

Wild se volvi&#243; hacia Mendes.

Me parece que nuestro amigo se ha trastocado por sus encuentros con los hombres de la South Sea y ahora siempre ve segundas intenciones en todo. Nunca limpiar&#225;s tu nombre si andas buscando intrigas y tramas ocultas. La respuesta est&#225; en la superficie, cr&#233;eme. Solo se trata de la codicia de Dogmill.

&#191;Y qu&#233; puedo hacer? Dogmill tiene influencia sobre todos los jueces de Westminster.

No lo s&#233; -respondi&#243; &#233;l con una sonrisa maliciosa-. &#191;Qu&#233; est&#225;s haciendo ahora? -Al ver que no contestaba, a&#241;adi&#243;-: Aparte de matar a tipos como Groston, claro.

Me agit&#233; nervioso en mi asiento.

Por eso quer&#237;a ver a Mendes. Yo no mat&#233; a Groston.

Nunca le has puesto las manos encima, por supuesto.

Le di su merecido, nada m&#225;s. Pero estoy seguro de que la persona que est&#225; detr&#225;s de su muerte ir&#225; a por los otros dos que testificaron en mi contra en el juicio.

&#201;l asinti&#243;.

Mendes los encontrar&#225; sin problemas. &#191;Quieres hablar con ellos cuando los encontremos?

Asent&#237;.

S&#237;. No dejar&#233; que maten a esos dos para que mis enemigos puedan cargarme m&#225;s muertos. Y siempre cabe la posibilidad de que tengan alguna informaci&#243;n &#250;til.

Entonces los buscaremos enseguida -me asegur&#243; Wild, y quedamos de acuerdo sobre la forma en que podr&#237;an localizarme-. &#191;Podemos ayudarte en alguna otra cosa?

Me arrepent&#237;a de haber confiado tantas cosas a aquellos dos hombres, pero corr&#237;an tiempos dif&#237;ciles, ya me ocupar&#237;a de eso m&#225;s adelante.

No -dije-. Con eso ser&#225; suficiente.



16

Tal como Elias hab&#237;a prometido, en la London Gazette y otros peri&#243;dicos importantes apareci&#243; la supuesta llegada de Matthew Evans, as&#237; que, mientras los peri&#243;dicos de los whigs acusaban a Benjamin Weaver de asesino y los de los tories lo convert&#237;an en una v&#237;ctima, el comerciante de tabaco tory hac&#237;a su debut triunfal. Mientras alg&#250;n villano asesinaba en mi nombre, yo segu&#237;a siendo un fugitivo, y casi me pareci&#243; una frivolidad tener que cumplir con las obligaciones que me impon&#237;a aquella payasada.

Sin embargo, era el camino que hab&#237;a elegido y no ten&#237;a m&#225;s remedio que seguir adelante. Aquella noche llegu&#233; a la asamblea de Hampstead puntualmente a las diez. Era un poco pronto, pero pens&#233; que ser&#237;a lo mejor.

La sala era deslumbrante, un enorme sal&#243;n abovedado lleno de ara&#241;as doradas centelleantes, mobiliario rojo y llamativo, mesas llenas de comida y un reluciente suelo de baldosas blancas. En el lugar hab&#237;a ya la suficiente gente para que mi presencia no llamara la atenci&#243;n. Cerca de un extremo, los m&#250;sicos tocaban y los asistentes bailaban alegremente. Una multitud de personas se hab&#237;a congregado en torno a la mesa del bufet, donde se hab&#237;a dispuesto con gran esmero un pastel de pasas, rodajas de pera, camarones con ciruelas pasas y otros bocados exquisitos. Alrededor de otra mesa, los hombres se arracimaban para servirse ponche para ellos y sus damas. En el otro extremo de la sala estaba la entrada a la sala de cartas, donde se solazaban las mujeres de edad que har&#237;an de carabina mientras sus hijas o sus pupilos hac&#237;an travesuras. Los hombres de edad no necesitaban enclaustrarse, pues ellos pon&#237;an tanto empe&#241;o en buscar a alguien con quien casarse como los j&#243;venes, o al menos lo fing&#237;an.

Yo ya hab&#237;a dado dos vueltas a la sala cuando o&#237; que alguien me llamaba por mi falso nombre. No contest&#233; hasta la segunda o tercera vez, pues a&#250;n no estaba acostumbrado a que me llamaran as&#237;, y me sorprendi&#243;. Despu&#233;s de todo, &#191;qui&#233;n me conoc&#237;a en mi nueva faceta? Cuando me volv&#237;, vi que era Griffin Melbury, acompa&#241;ado por un peque&#241;o grupo de personas.

Ah, se&#241;or Evans -dijo Melbury cogiendo mi mano con gesto cordial. Segu&#237;a manifestando esa reserva patricia que not&#233; en nuestro encuentro anterior, pero me pareci&#243; que me hab&#237;a ganado su confianza con mi peque&#241;o ardid. Le devolv&#237; el saludo y me obligu&#233; a ponerme una m&#225;scara de placer.

Y tuve que obligarme, ciertamente. El contacto con su mano fr&#237;a y h&#250;meda me produjo repugnancia. Ah&#237; ten&#237;a la mano que tocaba a Miriam que la tocaba como solo un marido pod&#237;a hacerlo. Por un momento, pens&#233; en estrujarle la carne, en golpearle, pero sab&#237;a que aquel impulso era irracional y muy poco pol&#237;tico. As&#237; que segu&#237; sonriendo, aunque la falsedad de mi gesto hizo que sintiera mi piel tensa y pastosa.

Me alegra volver a veros, se&#241;or Melbury.

Me preguntaba si vendr&#237;ais. S&#233; que sois nuevo en la ciudad, as&#237; que he pensado que pod&#237;a presentaros a algunas personas. -Entonces inici&#243; una vertiginosa sucesi&#243;n de presentaciones: curas, miembros de antiguas familias, hijos de condes y duques. Me hubiera sido muy dif&#237;cil repetir sus nombres cuando acababan de present&#225;rmelos, cu&#225;nto m&#225;s ahora que han pasado muchos a&#241;os. Pero algunas de aquellas personas me parecieron destacables.

En primer lugar, me llev&#243; hasta un extremo y me present&#243; a un hombre a quien ya conoc&#237;a.

Este -me dijo Melbury- es Albert Hertcomb.

Estrech&#233; la mano de Hertcomb, y &#233;l me sonri&#243; con afabilidad.

El se&#241;or Evans y yo ya nos conocemos. No deb&#233;is sorprenderos -me dijo-. El se&#241;or Melbury y yo no tenemos por qu&#233; mostrarnos inc&#237;vicos solo porque competimos por el mismo esca&#241;o en el Parlamento. Despu&#233;s de todo, podemos ser amigos aunque estemos en partidos distintos.

Reconozco que el partido no tiene por qu&#233; regir la vida de la persona, pero me sorprende veros en t&#233;rminos tan amistosos.

Melbury se ri&#243;.

Me congratula que la situaci&#243;n no sea tan desesperada como para tener que odiar a otro hombre solo porque compite por el mismo premio que yo.

A fe m&#237;a -dijo Hertcomb-, jam&#225;s he sentido animosidad por ning&#250;n hombre, ni siquiera si es lo que se denomina un enemigo pol&#237;tico. En mi opini&#243;n, un enemigo es alguien que se opone a m&#237;, nada m&#225;s.

&#191;Y c&#243;mo definir&#237;a esa palabra otra persona? -pregunt&#233;.

Oh, con mucha mayor dureza, sin duda. Pero yo no me preocupo por esas cosas. Despu&#233;s de todo, el pol&#237;tico no es un doctor en ret&#243;rica.

Pero sin duda deb&#233;is pronunciar discursos.

Por supuesto. Los discursos son la esencia de la C&#225;mara de los Comunes, pero no son solo palabras. Detr&#225;s de las palabras hay ideas. Eso es lo que importa.

Un buen consejo -dijo Melbury-. Me asegurar&#233; de recordarlo cuando ocupe mi esca&#241;o. Ja, ja.

Entonces Melbury nos disculp&#243;, tir&#243; de m&#237; un poco demasiado fuerte y nos apartamos.

Qu&#233; necio -me dijo en un susurro cuando nos alej&#225;bamos-. No he conocido nunca a mayor necio que este. Hay que ser muy idiota para tener a Dogmill de patrocinador.

Pues a &#233;l le hab&#233;is dicho palabras muy distintas -dije, un tanto complacido ante la oportunidad de poder reprocharle su hipocres&#237;a.

En verdad, siento cierto aprecio por el se&#241;or Hertcomb. Es un hombre sencillo, y seguramente no quiere hacer ning&#250;n mal. Quien no me gusta es el se&#241;or Dogmill, su agente.

No hubiera podido pedir mejor introducci&#243;n a un tema de tal importancia.

Tengo la impresi&#243;n de que a &#233;l tampoco le gusta Dogmill.

No me sorprende. Jam&#225;s he conocido a un hombre menos digno de aprecio. Os lo aseguro, no lo soporto. Deseo servir en los Comunes de Westminster, no lo niego. Soy un patriota, se&#241;or Evans, en el verdadero sentido de la palabra. Solo quiero hacer lo mejor para mi reino y mi Iglesia. Solo quiero que los hombres cuyas familias han levantado esta isla -familias antiguas como la nuestra, cuyos padres han derramado su sangre en defensa del reino- conserven el lugar que les corresponde. No me gusta ver que un pu&#241;ado de jud&#237;os, agiotistas y ateos despojan a los verdaderos ingleses de su influencia. Cuando ocupe mi esca&#241;o, disfrutar&#233; mucho m&#225;s porque sabr&#233; que habr&#233; privado a Dogmill de su poder. Quiero destruirlo, machacarlo y convertirlo en polvo.

No disimul&#233; la sorpresa.

Os honra vuestro esp&#237;ritu competitivo, pero &#191;no exceden esos sentimientos las relaciones normales de la pol&#237;tica?

Tal vez. Confieso que soy rencoroso. No odio a muchos hombres en este mundo, pero cuando odio a alguien lo hago con toda mi alma y reconozco que no siempre es por una buena raz&#243;n. Pero Dogmill es &#250;nico. Perd&#237; cierto dinero en el esc&#225;ndalo de la South Sea Company; muchos perdimos dinero, por supuesto. Pero hab&#237;a algunos amigos de la familia de Dogmill en el consejo, y &#233;l indic&#243; a Hertcomb que los protegiera, que utilizara su influencia en los Comunes para proteger a esos criminales. Y yo os pregunto, se&#241;or, &#191;no es despreciable que un hombre utilice el poder del gobierno para proteger los negocios de sus amigos?

Admiro la fuerza de vuestros sentimientos, se&#241;or -dije, aunque estaba seguro de que detr&#225;s de tanta animosidad deb&#237;a de haber m&#225;s que la implicaci&#243;n de Dogmill en la corrupci&#243;n de los whigs.

No sab&#233;is nada de la fuerza de mis sentimientos. Sinceramente, hay d&#237;as en que estoy cansado de mi trabajo, pero la idea de aplastar las esperanzas de Dogmill me da fuerzas y hace que me sienta como si hubiera dormido diez horas.

&#191;Y esa rabia se debe solo a que Dogmill orden&#243; a Hertcomb que protegiera a los hombres de la South Sea? -Me costaba creerlo. Deb&#237;a de haber otro motivo, y descubrirlo podr&#237;a servir a mi causa.

Bueno, &#191;no os parece suficiente? Es un bellaco de la peor cala&#241;a. Creo que preferir&#237;a morirme antes que perder frente a &#233;l. Tras un momento, dije:

Vuestra determinaci&#243;n es admirable, se&#241;or, y os prometo que har&#233; cuanto pueda para que ocup&#233;is vuestro lugar leg&#237;timo.

Aprecio vuestras palabras, se&#241;or Evans, ciertamente. Por el momento, os dir&#233; que lo m&#225;s &#250;til que pod&#233;is hacer por mi causa es votar por m&#237;.

Me temo que no. Me permito recordaros que he llegado a esta isla recientemente.

Olvid&#225;is que establecisteis vuestra residencia en Londres mucho antes de vuestro viaje y, puesto que hab&#233;is pagado suficientes impuestos de residencia, sin duda encontrar&#233;is vuestro nombre en el registro de votantes, como debe ser.

Evidentemente, Melbury hab&#237;a utilizado su influencia para incluir mi nombre en los registros. Dudo que yo fuera el &#250;nico a quien hab&#237;a incluido en las listas ilegalmente. Solo con que hubiera a&#241;adido a cien hombres en ese registro pod&#237;a decantar la balanza a un lado u otro en una carrera igualada.

&#191;C&#243;mo lo hab&#233;is hecho? -pregunt&#233;.

Oh, no tiene importancia. Tengo muchos contactos entre quienes se dedican a estas cosas, y puede que a un par de ellos les deba algunas libras. He descubierto que cuando debo a un hombre una peque&#241;a cantidad es m&#225;s propenso a hacerme favores, pues sabe que con ello yo estar&#233; m&#225;s predispuesto a saldar mi deuda. As&#237; de sencillo.

Jam&#225;s hab&#237;a o&#237;do que las deudas de honor pudieran utilizarse de una forma tan efectiva -le dije-, pero os dar&#233; mi voto de coraz&#243;n.

&#201;l sonri&#243;, me estrech&#243; la mano y me llev&#243; de vuelta a su gente. Hertcomb estaba ahora acompa&#241;ado por Dennis Dogmill y su hermana, y los tres charlaban. Me halag&#243; ver que el rostro de la se&#241;orita Dogmill se iluminaba al verme.

Vaya, es el se&#241;or Evans, nuestro tory del tabaco -dijo.

El amante de los gansos -dijo el hermano, con una soltura que solo tienen los que han nacido con riqueza. Parec&#237;a furioso y tranquilo a la vez-. Para ser tory, se os ve en compa&#241;&#237;a de whigs con bastante frecuencia.

En Jamaica no nos preocupamos tanto por los partidos -le expliqu&#233;.

Tantos a&#241;os al sol explican que teng&#225;is esa piel tan oscura.

Yo re&#237; de buena gana, pues pens&#233; que eso le enfurecer&#237;a m&#225;s que si me mostraba irritado. Hasta sent&#237; una afinidad no deseada con Melbury en nuestro com&#250;n desagrado por aquel bestia.

S&#237;, con aquel clima, uno no puede andarse con remilgos por tener que estar al sol. Con frecuencia ten&#237;a que inspeccionar mis campos y a los trabajadores bajo un calor que las gentes de este pa&#237;s tan moderado no podr&#237;an ni imaginar.

&#191;Y no os cubr&#237;ais -pregunt&#243; la se&#241;orita Dogmill-, como he o&#237;do que hacen los hombres?

Las damas siempre se cubren la cabeza -dije-, y muchos hombres tambi&#233;n, pero he descubierto que el sol es uno de los pocos placeres que ofrece el clima de aquella isla, y algunas veces recorr&#237;a mis tierras ataviado solo con los pantalones.

No quisiera que el lector pensara que siempre hablaba con ese descaro ante una dama, pero ella hab&#237;a hecho la pregunta con un inconfundible brillo en los ojos, y supe que deseaba que tomara el pelo a su hermano. Yo no necesitaba que me animaran y, aunque ella se sonroj&#243;, me gui&#241;&#243; un ojo disimuladamente para que supiera que no se hab&#237;a ofendido.

&#191;Tambi&#233;n os pon&#237;ais un hueso en la nariz, como los nativos? -me pregunt&#243; Dogmill-. He viajado a las colonias las suficientes veces para saber que en aquellos lugares, donde hace tanto calor que se podr&#237;a fre&#237;r un huevo en la arena de la playa, con frecuencia no se respetan las normas brit&#225;nicas de decoro. Pero, puesto que aqu&#237; s&#237; se respetan, le dir&#233; al se&#241;or Evans, para que no se ponga en evidencia, que no se considera educado hablar de quitarse la ropa en presencia de una dama.

No seas mentecato -le dijo la se&#241;orita Dogmill dulcemente.

El hermano se sonroj&#243;, y su grueso cuello empez&#243; a tensarse por la ira. Por un momento pens&#233; que iba a golpear a alguien, a m&#237;, a ella, qui&#233;n sabe pero en vez de eso sonri&#243; a su hermana.

Nunca hay que decirle a un hermano que es un mentecato cuando le mueve la preocupaci&#243;n por su hermana. Creo que s&#233; una o dos cosas m&#225;s que t&#250; sobre el decoro, querida m&#237;a, aunque solo sea porque he vivido m&#225;s a&#241;os.

Cuando estaba en compa&#241;&#237;a de Dogmill, mi mente encontraba con rapidez una respuesta hiriente a cualquier cosa que saliera de su boca, pero esta vez tuve que callarme. Hab&#237;a una inesperada bondad en su voz, y supe que, por muy rudo que fuera su comportamiento, por muchos que fueran los cr&#237;menes con los que hab&#237;a ensuciado sus manos, por mucho que hubiera matado a Walter Yate cruelmente y me hubiera llevado a m&#237; ante la justicia, se preocupaba realmente por su hermana. Habr&#237;a estado muy ocupado tratando de decidir c&#243;mo aprovechar esta debilidad suya de no ser porque me di cuenta de que tambi&#233;n yo me preocupaba por su hermana.

La banda de m&#250;sica se puso a tocar una nueva pieza. La se&#241;orita Dogmill mir&#243; por encima de mi hombro y vio que la sala estaba llena de bailarines y, si mis ojos no me enga&#241;aban, hab&#237;a un destello de deseo en los suyos.

Quiz&#225; os apetezca bailar conmigo -propuse.

Ella ni siquiera mir&#243; a su hermano. Me ofreci&#243; su mano y la llev&#233; al centro de la sala.

Me temo que el se&#241;or Dogmill no os tiene mucho aprecio -me dijo mientras nos desliz&#225;bamos al ritmo de una agradable pieza.

Espero que ello no har&#225; que vos me teng&#225;is poco aprecio.

De momento no -dijo ella alegremente.

Me alegra saberlo, puesto que siento bastante aprecio por vos.

Acabamos de conocernos. Espero que no empezar&#233;is a agobiarme con discursos amorosos mientras bailamos.

&#191;Qui&#233;n ha dicho nada de amor? Ni siquiera os conozco lo bastante para que me gust&#233;is. Aunque desde luego s&#237; para teneros aprecio.

Una respuesta poco com&#250;n. Pero debo decir que me gusta. Sois muy sincero, se&#241;or Evans.

Procuro ser siempre sincero -dije sinti&#233;ndome culpable, pues no creo que en toda mi vida me hubiera mostrado tan falso ante una mujer a quien admiraba, haci&#233;ndome pasar por alguien que no era y con unos medios que no ten&#237;a.

Eso quiz&#225; no siempre obre en vuestro favor. Se ha hablado mucho de vos entre las damas. La temporada est&#225; ya muy avanzada y la llegada de un nuevo hombre con fortuna siempre despierta inter&#233;s. Si sois sincero con todas las damas, no har&#233;is muchas amistades.

Considero que se puede ser sincero sin ser desagradable.

No conozco a muchos hombres que lo sean.

Vuestro hermano, por ejemplo, a&#250;n no posee esa capacidad.

En eso ten&#233;is toda la raz&#243;n. No s&#233; por qu&#233; le ca&#233;is tan mal, se&#241;or, pero os dir&#233; que su comportamiento con vos es abominable.

Si ese comportamiento ha tenido algo que ver en que hay&#225;is aceptado bailar conmigo, entonces con mucho gusto aguantar&#233; las pullas de mil hermanos.

Empez&#225;is a hablar como un hombre poco sincero, se&#241;or.

Dej&#233;moslo en una docena de hermanos. M&#225;s no.

Estoy convencida de que podr&#237;ais con todos ellos, se&#241;or.

&#191;Hace mucho que viv&#237;s con vuestro hermano? -pregunt&#233;, tratando de llevar la conversaci&#243;n a cuestiones m&#225;s materiales.

Oh, s&#237;. Mi madre muri&#243; cuando yo ten&#237;a seis a&#241;os, y mi padre muri&#243; unos dos a&#241;os despu&#233;s.

Lamento o&#237;r eso. Imagino que debi&#243; de ser terrible.

Aun a riesgo de parecer insensible, os dir&#233; que me ocasion&#243; menos dolor de lo que podr&#237;a suponer. Mis padres ten&#237;an por costumbre enviarme a internados ya desde muy ni&#241;a, y antes de esto me dejaban al cuidado de mi ni&#241;era noche y d&#237;a. Cuando murieron, sab&#237;a que hab&#237;an desaparecido dos personas muy pr&#243;ximas materialmente a m&#237;, pero dudo que los conociera mejor de lo que os conozco a vos, se&#241;or.

Vuestro hermano parece bastante mayor. Espero que &#233;l fuera mejor padre.

La ternura no es su punto fuerte, pero siempre ha sido muy bueno conmigo. Yo no sab&#237;a lo que era la vida familiar hasta que nuestros padres murieron. Mi hermano sigui&#243; mand&#225;ndome a internados, hasta que fui demasiado mayor para que me aceptaran. Aun as&#237;, siempre era bien recibida en casa durante las vacaciones, y Denny se alegraba de verme. Hasta iba a visitarme a la escuela tres o cuatro veces al a&#241;o. Cuando complet&#233; mi educaci&#243;n, me dijo que pod&#237;a instalarme en mi propia casa si as&#237; lo quer&#237;a, pero que &#233;l preferir&#237;a que viviera con &#233;l. En realidad, una vez fue muy amable conmigo, y nunca lo olvidar&#233;.

&#191;Solo una vez?

Bueno, particularmente una. Supongo que lo fue muchas veces porque, si he de seros sincera, cuando era ni&#241;a ten&#237;a tendencia a la gordura, y mucha, y las otras jovencitas de mi escuela se mostraban muy crueles conmigo.

Me costaba creerlo, pues ahora ten&#237;a una bella figura.

Sin duda ahora sois vos quien est&#225; siendo cruel con la se&#241;orita Dogmill.

No, cuando ten&#237;a diecis&#233;is a&#241;os era una ni&#241;a inmensa. Entonces enferm&#233; de unas fiebres que me obligaron a guardar cama m&#225;s de un mes. Cada d&#237;a el m&#233;dico tem&#237;a por mi vida; mi hermano permanec&#237;a todo el d&#237;a sentado junto a m&#237; y me cog&#237;a de la mano. Normalmente era incapaz de decir nada, ni siquiera cuando yo le hablaba a &#233;l, pero estaba a mi lado.

No pod&#237;a compartir su admiraci&#243;n por un hombre cuya mayor contribuci&#243;n al mundo hab&#237;a sido sentarse en silencio junto a su hermana moribunda, pero no dije nada.

Estas situaciones suelen suscitar una gran proximidad -dije debidamente.

Bueno, al cabo de un tiempo me recuper&#233;, y supongo que todo aquello fue para bien. He descubierto que prefiero tener un tama&#241;o m&#225;s moderado a comer pastel de alcaravea. Denny se ha mostrado muy protector conmigo desde entonces. No s&#233; si hubiera elegido vivir con &#233;l de no ser por aquel mes que pas&#233; en cama.

&#191;Os agrada compartir la casa con &#233;l?

Oh, mucho. Es lo bastante grande para que no tengamos que vernos si no queremos. Y aunque Denny puede ser malvado en los negocios y un cruel adversario en pol&#237;tica, es un hermano bueno e indulgente.

Entonces, &#191;no es uno de esos hermanos que intenta casar a su hermana lo antes posible?

Oh, no. Le dar&#237;a demasiados quebraderos de cabeza. Trat&#243; sin demasiado entusiasmo de casarme con el se&#241;or Hertcomb, pero &#233;l sabe mejor que nadie lo simple que es el se&#241;or Hertcomb y, aunque pens&#243; que pod&#237;a ser beneficioso pol&#237;ticamente, prefiri&#243; no forzar el asunto.

Solo puedo compadecer al se&#241;or Hertcomb: ver que un premio de tanto valor se le escapa entre los dedos

No creo que el premio estuviera nunca cerca de sus dedos, pero &#233;l cree que est&#225; enamorado de m&#237; y de vez en cuando me mortifica con absurdos lamentos que me averg&#252;enzan. No entiendo por qu&#233; los hombres siguen insistiendo cuando una dama ha dejado clara su postura. Resulta muy molesto.

Hice una mueca, pues record&#233; las numerosas propuestas de matrimonio que hab&#237;a hecho a Miriam.

Quiz&#225; un caballero debe insistir porque las damas suelen ser t&#237;midas.

Se&#241;or Evans, creo que os he tocado la fibra sensible. &#191;Acaso hay alguna dama que os ha rechazado en diversas ocasiones? &#191;Alguna bella mulata, tal vez, que os rechaz&#243; bajo un cocotero?

Solo estoy defendiendo a los de mi sexo ante esa cruel acusaci&#243;n -dije-. &#191;D&#243;nde estar&#237;amos los hombres si no nos defendi&#233;ramos entre nosotros?

La m&#250;sica termin&#243; y vi que la se&#241;orita Dogmill sonre&#237;a ante mi comentario.

Antes de devolveros a vuestras amistades -me aventur&#233; a decir-, quer&#237;a preguntaros si me permitir&#237;ais visitaros en vuestra casa.

Ser&#233;is bienvenido. Har&#233; lo que pueda por hacer que os sint&#225;is a gusto, pero os recuerdo que tambi&#233;n es la casa del se&#241;or Dogmill y quiz&#225; &#233;l no estar&#225; tan encantado como yo de recibiros.

Quiz&#225; pueda hacer que cambie su opini&#243;n sobre m&#237;.

Ella neg&#243; con la cabeza y una especie de pesar ensombreci&#243; su rostro.

No -dijo-, no podr&#233;is. &#201;l nunca cambia de opini&#243;n. Ni por un momento. La testarudez es su mayor defecto.

Cuando regresamos con el peque&#241;o grupo, vi que el se&#241;or Melbury estaba de espaldas a m&#237;, charlando con una mujer a la que no pod&#237;a ver. No le di importancia pero, cuando me acerqu&#233;, Melbury se volvi&#243; hacia m&#237; y me puso una mano en el hombro.

Ah, Evans. Hay una persona que quer&#237;a presentaros. Esta es mi esposa.


Cuando m&#225;s tarde pens&#233; en todo aquello, no hubiera sabido decir por qu&#233; no se me hab&#237;a ocurrido que Miriam pudiera estar en aquella asamblea. Desde luego, lo l&#243;gico era que estuviera all&#237; con su esposo. Pero no se me pas&#243; por la cabeza. Estaba tan acostumbrado a no verla que la idea de un cara a cara me hubiera parecido casi absurda.

Miriam me tendi&#243; la mano, pero pr&#225;cticamente ni me mir&#243; a la cara, y desde luego no me reconoci&#243;. Es posible que jam&#225;s lo hubiera hecho, me habr&#237;a echado un r&#225;pido vistazo y habr&#237;a olvidado mi cara al momento de no ser porque yo la mir&#233; a ella de una forma del todo inapropiada, desafi&#225;ndola pr&#225;cticamente a que me mirara a los ojos. &#191;Por qu&#233; hice aquello? &#191;Por qu&#233; no dejar que el momento pasara? No sabr&#237;a decirlo. En parte, s&#233; que lo hice porque quer&#237;a que me viera. Quer&#237;a que se enfrentara a aquello en lo que me hab&#237;a convertido. Pero creo que tambi&#233;n hab&#237;a razones pr&#225;cticas. Era mucho mejor que me reconociera en aquel momento, cuando yo estaba all&#237; para ver su reacci&#243;n. &#191;Y si despertaba en mitad de la noche y de pronto se daba cuenta de qui&#233;n era el hombre que enga&#241;aba a su marido? Una vez quedara fuera de mi vista y mi control pod&#237;a convertirse en una grave amenaza para mi plan.

As&#237; que la mir&#233; con intensidad y sin pesta&#241;ear hasta que ella me devolvi&#243; la mirada. No pareci&#243; notar nada raro, pero entonces, al cabo de un momento, sus labios vacilaron, se entreabrieron. Empez&#243; a decir algo, pero luego se limit&#243; a esbozar una sonrisa torcida.

Es un placer conoceros, se&#241;or Evans. Mi marido me dice que os manej&#225;is muy bien con los rufianes whigs.

Casi me sonroj&#233; por su alusi&#243;n a mi peque&#241;o montaje. Sin duda Miriam cre&#237;a que yo hab&#237;a hecho uso de mis habilidades pugil&#237;sticas para rescatar a su marido, aunque debi&#243; de parecerle mucha coincidencia. Sin embargo, pens&#233; tranquiliz&#225;ndome, Miriam me hab&#237;a visto en m&#225;s de una ocasi&#243;n actuar con rapidez cuando las calles de Londres se volv&#237;an peligrosas, y no cre&#237; que sospechara sobre la autenticidad del incidente.

Me limit&#233; a invitar a unas desagradables personas a que se fueran -dije.

&#191;Qu&#233;? -Se interrumpi&#243; y me mir&#243; un momento, como si buscara mi ayuda. Pero supo que esa ayuda no llegar&#237;a, as&#237; que prosigui&#243;-. &#191;Qu&#233; os parece Inglaterra?

Me gusta mucho -le asegur&#233;.

El se&#241;or Evans es una extra&#241;a criatura -le dijo su marido con una sonrisa de felicidad-, comerciante de tabaco y tory. -Era la sonrisa c&#225;lida y dulzona de un hombre que ama a su esposa. Me hubiera gustado golpearle la cara con un martillo.

Un comerciante de tabaco tory -repiti&#243; ella-. Jam&#225;s lo hubiera adivinado.

Se hizo un inc&#243;modo silencio. Yo no sab&#237;a qu&#233; hacer, as&#237; que comet&#237; la mayor torpeza imaginable. Me volv&#237; hacia Melbury y pregunt&#233;:

Se&#241;or, &#191;puedo confiar en vuestros buenos sentimientos y pedir a vuestra esposa que baile conmigo?

&#201;l me mir&#243; perplejo, pero no pod&#237;a negarse a mi petici&#243;n.

Por supuesto -dijo-, si ella quiere. Hace un rato no se encontraba muy bien. -Se volvi&#243; hacia ella-. &#191;Te sientes en condiciones de bailar, Mary?

Imaginaba que Melbury se hab&#237;a inventado aquella mentira para ayudar a Miriam a disculparse, pero yo sab&#237;a que ella no le seguir&#237;a.

Estoy bien -dijo, tranquila.

&#201;l puso su sonrisa de pol&#237;tico.

Entonces encantado.

As&#237; que entramos en la sala de baile.

No s&#233; cu&#225;nto tiempo estuvimos bailando antes de que alguno de los dos encontrara el valor para hablar. Tampoco sabr&#237;a decir qu&#233; signific&#243; aquello para ella, pero para m&#237; fue muy extra&#241;o tenerla en mis brazos, oler&#237;a, escuchar su respiraci&#243;n. Por unos instantes, pude convencerme de que aquello no era algo pasajero, sino la vida real, y que Miriam era m&#237;a. De pronto, la propuesta de Elias de que huyera me pareci&#243; muy atractiva. Llevar&#237;a a Miriam conmigo. Ir&#237;amos a las Provincias Unidas, donde mi hermano viv&#237;a bien como comerciante. Y entonces Miriam y yo podr&#237;amos bailar cada d&#237;a si quisi&#233;ramos.

Pero no pude seguir con aquella idea fant&#225;stica mucho rato. No huir&#237;a del pa&#237;s. Y sab&#237;a perfectamente que Miriam no vendr&#237;a conmigo.

El dolor de no poder aferrarme a aquella ilusi&#243;n fue mucho m&#225;s que moment&#225;neo, as&#237; que quiz&#225; dije algo que no fue precisamente amable.

&#191;Mary?

Ella no me mir&#243;.

As&#237; es como me llama.

Supongo que Miriam le suena demasiado hebreo.

No tolerar&#233; que me juzgu&#233;is -sise&#243;. Y luego con voz algo m&#225;s amable, a&#241;adi&#243;-: &#191;Qu&#233; hac&#233;is aqu&#237;?

Tratar de restituir mi buen nombre -dije.

&#191;Meti&#233;ndoos en la vida de mi marido? &#191;Por qu&#233;?

Es complicado. Lo mejor es que no os cuente m&#225;s.

&#191;No vais a decirme m&#225;s? -repiti&#243; ella-. Sab&#233;is que tendr&#233; que contarle todo esto, &#191;verdad?

Tuve que hacer un gran esfuerzo para seguir bailando, para hacer como si no hubiera pasado nada.

No pod&#233;is dec&#237;rselo.

&#191;Acaso tengo elecci&#243;n? Se presenta al Parlamento. Me pareci&#243; raro que vuestro nombre empezara a aparecer vinculado al suyo en los peri&#243;dicos del partido, pero ahora veo que todo era uno de vuestros manejos. Pod&#233;is intrigar cuanto quer&#225;is, pero si vuestro enga&#241;o se descubriera, el esc&#225;ndalo lo arruinar&#237;a, y no pienso permitirlo. &#191;C&#243;mo se os ocurre implicarlo en ese asunto de mutilar a jueces y asesinar a vendedores de pruebas?

Al juez le hice lo que se merec&#237;a. Y espero que me conozc&#225;is lo bastante para saber que yo no he matado a nadie. Y, por lo que se refiere a mi relaci&#243;n con el partido de vuestro esposo, si cre&#233;is que lo he arreglado todo para convertirme en un h&#233;roe tory, me atribu&#237;s mayor m&#233;rito del que merezco. Lo hago porque el juez que me conden&#243; sin raz&#243;n es un whig de cierta importancia. No he hecho nada para avivar esta fama que me persigue, salvo negarme a permanecer en prisi&#243;n.

Eso no ayudar&#225; al se&#241;or Melbury si se descubre que se ha convertido en amigo de un fugitivo.

Me importan un comino el se&#241;or Melbury y sus esc&#225;ndalos. Si le dec&#237;s qui&#233;n soy, &#191;sab&#233;is qu&#233; pasar&#225;? Se ver&#225; obligado a entregarme al tribunal. No escap&#233; de Newgate porque el alojamiento no fuera de mi agrado. Escap&#233; porque pretend&#237;an colgarme, y si vuelven a cogerme eso es exactamente lo que pasar&#225;. Os veo muy preocupada por la reputaci&#243;n del se&#241;or Melbury, y en cambio veo que mi vida os preocupa muy poco.

Durante unos minutos, no dijo nada.

No lo hab&#237;a pensado. &#191;Por qu&#233; me hab&#233;is puesto en esta situaci&#243;n? &#191;Por qu&#233; hab&#233;is tenido que venir aqu&#237;?

Nunca he querido causaros problemas. Lo &#250;nico que quiero es descubrir qui&#233;n mat&#243; a Walter Yate y qui&#233;n lo arregl&#243; todo para que el juez pr&#225;cticamente ordenara al jurado que me declarara culpable. Una vez que lo descubra y pueda demostrarlo, podr&#233; recuperar mi vida. Hasta entonces, har&#233; lo que tenga que hacer.

No entiendo que lo que teng&#225;is que hacer os obligue a frecuentar la compa&#241;&#237;a de Melbury.

No hace falta que lo entend&#225;is.

Si trat&#225;is de hacerle da&#241;o, nunca os lo perdonar&#233;.

&#191;No podr&#237;ais dejar de pensar en m&#237; con tanto escepticismo? Solo os dir&#233; una cosa, para que al menos est&#233;is tranquila. Mi verdadero enemigo es Dennis Dogmill Lo s&#233; casi con total seguridad. Si puedo utilizar a vuestro marido para conseguir lo que quiero de Dogmill, lo har&#233;. Que &#233;l se beneficie de mis actos no ser&#225; m&#225;s que una consecuencia. De verdad, no pretendo hacerle ning&#250;n da&#241;o.

Os creo. Sin embargo, tambi&#233;n me gustar&#237;a creer que no permitir&#233;is que le pase nada malo.

No pondr&#233; su seguridad por encima de la m&#237;a, Miriam, por muy importante que &#233;l sea para vos.

No me llam&#233;is as&#237;. No es apropiado.

Mary, entonces.

Dej&#243; escapar un suspiro.

Deb&#233;is llamarme se&#241;ora Melbury.

No pienso hacer tal cosa. No mientras est&#233; enamorado de vos.

Ella trat&#243; de apartarme y, de no ser porque la aferr&#233; con fuerza, me hubiera dejado solo en la sala de baile. No pod&#237;a permitirlo y, tras su resistencia inicial, pareci&#243; comprender que irse hecha una furia pod&#237;a significar mi ruina.

As&#237; que opt&#243; por otro enfoque.

Si volv&#233;is a decir eso me marchar&#233; de aqu&#237; y tendr&#233;is que dar muchas explicaciones. Ahora estoy casada, se&#241;or, no soy la persona apropiada para vuestros afectos. Si me ten&#233;is en alguna estima, lo recordar&#233;is.

Lo recuerdo, y no os hablar&#233; de cu&#225;n profundo es ese respeto mientras lo comprend&#225;is.

Tengo entendido que tambi&#233;n ten&#233;is en mucha estima a la se&#241;orita Grace Dogmill.

No pude evitar re&#237;r.

No esperaba que estuvierais celosa.

No son celos -dijo ella con frialdad-. Solo digo que est&#225; muy mal cortejar a una joven, sin preocuparos por su reputaci&#243;n, si vuestros sentimientos no son sinceros.

Prefer&#237; no contestar a su reprimenda en relaci&#243;n a la reputaci&#243;n de la se&#241;orita Dogmill. Quiz&#225; porque sab&#237;a que ten&#237;a raz&#243;n: era muy desconsiderado por mi parte cortejarla, por muy fr&#237;volo que fuera. &#191;C&#243;mo pod&#237;a ser honesto con aquella dama si ni siquiera pod&#237;a decirle mi nombre?

La se&#241;orita Dogmill y yo nos entendemos muy bien -dije tratando de parecer menos cruel.

Algo he o&#237;do de su habilidad para entenderse bien con los caballeros.

La m&#250;sica hab&#237;a terminado, y no me qued&#243; m&#225;s remedio que dar por finalizado nuestro baile. Miriam y yo hab&#237;amos cruzado duras palabras. Hab&#237;amos discutido y los dos hab&#237;amos dicho cosas desagradables. Aunque ella segu&#237;a estando casada, me congratul&#233; por lo que consider&#233; un &#233;xito considerable.



17

Al d&#237;a siguiente, me fui a un caf&#233; y empec&#233; mi habitual ritual de hojear los diarios para ver qu&#233; dec&#237;an de m&#237;. Los peri&#243;dicos whigs hablaban y hablaban de Benjamin Weaver y la muerte de Arthur Groston asesinado, se insinuaba, como parte de una trama orquestada por el Pretendiente y por el Papa. Estas acusaciones me hubieran parecido irrisorias de no ser porque sab&#237;a que a la mayor&#237;a de los ingleses no les parec&#237;an del todo absurdas. No hab&#237;a cosa que asustara m&#225;s a los brit&#225;nicos que pensar en las maquinaciones del Papa para arrebatarles su libertad e imponerles un r&#233;gimen absoluto y totalitario como el que reg&#237;a en Francia.

Sin embargo, los peri&#243;dicos de los tories se exclamaban llenos de ira. Nadie salvo un necio o un whig -que viene a ser pr&#225;cticamente lo mismo, dec&#237;an- creer&#237;a que aquella nota era aut&#233;ntica, y que Weaver dejar&#237;a una confesi&#243;n escrita junto al cad&#225;ver. El autor del art&#237;culo, an&#243;nimo, dec&#237;a haberse carteado conmigo en el pasado, lo cual era muy posible, y pod&#237;a certificar que mi estilo y mi caligraf&#237;a eran superiores a los que se encontraron en la ep&#237;stola asesina. Alguien, denunciaba sin llegar a decir abiertamente qui&#233;n, quer&#237;a que la gente creyera que hab&#237;a una trama contra el rey, cuando en realidad la trama era contra los tories.

En general, es algo extra&#241;o alcanzar cierta fama y ver el propio nombre citado por unos y por otros en los diarios. Pero otra cosa muy distinta es que lo conviertan a uno en una pieza de ajedrez en el tablero pol&#237;tico. Podr&#237;a decirse que yo era un pe&#243;n, pero creo que eso desmerecer&#237;a en mucho el car&#225;cter oblicuo de mis movimientos. Un alfil, quiz&#225;, desplaz&#225;ndose por extra&#241;os &#225;ngulos, o un caballo, saltando de un lugar a otro. No me gustaba aquella sensaci&#243;n de que unos dedos invisibles me cog&#237;an para desplazarme de una casilla a otra del tablero. En cierto modo, era halagador que los partidos quisieran convertirme en su aliado, o hasta en su enemigo. Pero no me complac&#237;a en modo alguno que mataran a nadie en mi nombre, por muy indeseable que fuera.

Estos eran mis pensamientos cuando vi que un cr&#237;o de once o doce a&#241;os dec&#237;a en voz alta el nombre que Mendes y yo hab&#237;amos acordado.

No tengo que preguntarle su nombre de verdad -me dijo cuando lo llam&#233;-, solo tengo que preguntar si espera usted algo del se&#241;or Mendes.

Lo espero.

El cr&#237;o me entreg&#243; el papel, yo le di una moneda y nuestra transacci&#243;n termin&#243;. Abr&#237; la nota, que dec&#237;a lo siguiente:


B.W.:

Como me pediste, he hecho algunas averiguaciones y me han dicho que podr&#237;as encontrar a los dos hombres en el mismo edificio, una casa que pertenece a la se&#241;ora Vintner, en Cow Cross, Smithfield. Es lo que he o&#237;do, aunque te aviso de que mi fuente vino pr&#225;cticamente hasta m&#237; y se mostr&#243; excesivamente deseosa de darme la informaci&#243;n. En resumen, es posible que alguien quiera enga&#241;arte para que vayas a ese lugar. Lo dejo a tu discreci&#243;n.

Atentamente,

Mendes


Estuve mirando la nota unos minutos, con la poderosa sospecha de que la persona que quer&#237;a hacerme ir hasta aquel lugar era el propio Wild. A pesar de todo, confiaba en que, con un poco de cautela, podr&#237;a enfrentarme a cualquier trampa que estuviera aguard&#225;ndome. En consecuencia, volv&#237; a casa de la se&#241;ora Sears y una vez m&#225;s me transform&#233; en Weaver. Luego fui hasta Smithfield y, tras preguntar una o dos veces por Cow Cross, encontr&#233; la casa de la se&#241;ora Vintner.

Durante un rato estuve caminando por la zona, a fin de averiguar si alguien vigilaba la casa. No vi nada sospechoso. Ciertamente, mis enemigos pod&#237;an estar acechando en el interior, pero ya me ocupar&#237;a de eso cuando llegara el momento.

Llam&#233; a la puerta y abri&#243; una vieja dama que parec&#237;a alegre y fr&#225;gil. Tras un breve intercambio en el que verifiqu&#233; que los dos hombres, Spice y Clark, estaban dentro, tuve la certeza de que, si alg&#250;n rufi&#225;n o guardia me esperaba en el interior, aquella dama no sab&#237;a nada. Me pareci&#243; una mujer sencilla y amable, incapaz de cualquier doblez.

As&#237; pues, segu&#237; sus indicaciones, sub&#237; al cuarto piso y esper&#233; un momento ante la puerta antes de llamar. No o&#237; crujir ninguna tabla en el suelo, ni movimiento de cuerpos. El olor no apuntaba a que hubiera all&#237; una acumulaci&#243;n de personas. De nuevo, tuve la confianza suficiente para entrar sin temor a ser atacado. As&#237; pues, llam&#233; y me dijeron que entrara.

Greenbill Billy estaba esper&#225;ndome.


No corras -me dijo levantando una mano como si pretendiera con ello evitar mi huida-. Aqu&#237; no hay nadie m&#225;s que yo, y despu&#233;s de la paliza que diste a mis chicos la &#250;ltima vez, no me apetece tratar de atraparte yo solo. Solo quiero hablar contigo, nada m&#225;s.

Mir&#233; a Greenbill y trat&#233; de dilucidar su expresi&#243;n, pero su rostro era tan delgado y ten&#237;a los ojos tan separados que la naturaleza hab&#237;a fijado en &#233;l una expresi&#243;n permanente de perplejidad. Supe que no podr&#237;a sacar nada por ah&#237;, pero tambi&#233;n sab&#237;a que, si quer&#237;a hablar conmigo, tendr&#237;a que ser con mis condiciones.

Si quieres hablar conmigo, iremos a otro sitio.

&#201;l se encogi&#243; de hombros.

Me es inveros&#237;mil. &#191;D&#243;nde vamos?

Te lo dir&#233; cuando lleguemos. No vuelvas a decir una palabra hasta que yo me dirija a ti. -Le cog&#237; del brazo y le hice levantarse. Era de constituci&#243;n corpulenta, pero sorprendentemente ligero, y no opuso ninguna resistencia. Bajamos la escalera (le hice bajar a &#233;l delante, para poder controlar sus movimientos), pasamos por la cocina de la se&#241;ora Vintner, que ol&#237;a a col hervida y pasas, y salimos por la parte posterior de la casa, que daba a una peque&#241;a calleja. All&#237; no vi que nadie nos vigilara o quisiera atacarme, as&#237; que empuj&#233; a Greenbill hasta Cow Cross. Mi preso caminaba alegremente, con una mueca est&#250;pida en la cara, pero no dijo nada, no pregunt&#243; nada.

Lo llev&#233; a John's Street, donde alquil&#233; un carruaje con relativa facilidad. En el carruaje, seguimos en silencio; no tardamos en llegar a un caf&#233; en Hatton Garden, empuj&#233; a Greenbill al interior e inmediatamente reserv&#233; una sala privada. Una vez tuvimos nuestras bebidas delante -no se me pas&#243; por la imaginaci&#243;n que podr&#237;a sacarle informaci&#243;n si primero no le calmaba la sed-, decid&#237; continuar con nuestra charla.

&#191;D&#243;nde est&#225;n Spicer y Clark? -pregunt&#233;.

&#201;l sonri&#243; como un tonto.

Esa es la cuesti&#243;n, Weaver. Est&#225;n muertos. Esta ma&#241;ana se lo he o&#237;do decir a uno de mis chicos. Est&#225;n en el piso de arriba de la casa de una alcahueta en Covent Garden, con una nota al lado que pone que lo hiciste t&#250;.

Permanec&#237; en silencio unos momentos. Bien pod&#237;a ser que Greenbill se hubiera inventado aquello, aunque no acertaba a imaginar por qu&#233;. La cuesti&#243;n era c&#243;mo lo sab&#237;a y por qu&#233; quer&#237;a hablar conmigo.

Contin&#250;a.

Bueno, dicen que Wild hizo correr que hab&#237;a que encontrar a esos dos, y no hay que ser muy listo para saber qui&#233;n quer&#237;a verlos. As&#237; que cuando me he enterado que estaban muertos he pensado pues me voy a su casa y le espero. No por la recompensa; no volver&#233; a intentarlo, te lo prometo. No, s&#233; que te he desempe&#241;ado una mala pasada, pero espero que me puedas ayudar.

&#191;Ayudarte en qu&#233;?

A que no me maten. &#191;No lo ves, Weaver? La gente que no te gusta o que te ha hecho algo malo desde el juicio se est&#225;n muriendo. Yo te puse una emboscada, as&#237; que supongo que soy el siguiente.

Aquello ten&#237;a su l&#243;gica.

&#191;Y qu&#233; quieres de m&#237;? &#191;Que te proteja?

No, nada de eso, te lo juro. No creo que ninguno podamos aguantar la confabulaci&#243;n del otro. Solo quiero saber qu&#233; sabes y ver si eso me puede ayudar a seguir con vida o si es mejor que me vaya de Londres.

Parece que ya sabes bastante. &#191;C&#243;mo asesinaron a Spicer y Clark?

&#201;l mene&#243; la cabeza.

No tengo los detalles. Solo s&#233; que los han asesinado y te quer&#237;an culpar a ti. Nada m&#225;s. Excepto -Su mirada se perdi&#243; en la distancia.

Por Dios, Greenbill, esto no es un escenario. No te pongas melodram&#225;tico conmigo o te saco las tripas.

No hay que ponerse tan linf&#225;tico. A ello iba. Al lado de los cuerpos y de las notas encontraron una rosa. No s&#233; si me entiendes.

Te entiendo. Lo que no entiendo es c&#243;mo puedes saber todo eso si t&#250; no los mataste ni tampoco a Groston ni a Yate.

Tengo dos lindos o&#237;dos con los que enfangarme de las cosas &#191;no? Tengo chicos leales que me cuentan lo que creen que tengo que saber.

Sonre&#237;.

&#191;C&#243;mo puedes estar tan seguro de que no he hecho lo que dicen esas notas?

No tiene sentido. Viniste a buscarme para ver lo que sab&#237;a. No creo que lo hayas hecho.

&#191;Y qui&#233;n crees que ha sido?

Volvi&#243; a negar con la cabeza.

No tengo ni idea. Eso es lo que quer&#237;a preguntarte.

Escrut&#233; su rostro intentando decidir hasta qu&#233; punto me estaba diciendo la verdad, pues no cre&#237;a que estuviera siendo del todo sincero. Sin embargo, no encontr&#233; ninguna raz&#243;n para no seguir.

No puedo demostrarlo, pero creo que la persona que est&#225; detr&#225;s de la muerte de Yate, y por tanto de las de los otros, debe de ser Dermis Dogmill. No creo que haya ning&#250;n otro hombre que quisiera ver muerto a Yate, provocar todo este l&#237;o y culpar a los jacobitas y por extensi&#243;n a los tories. As&#237;, quita a Yate de en medio y promueve la elecci&#243;n de su hombre, Hertcomb.

&#161;Ja! -Greenbill dio una palmada-. Sab&#237;a que ten&#237;a que ser ese bellaco. Iba a por los jefes de las bandas desde el principio. No me extra&#241;a que fuera a por Yate. Pero &#191;no te parece raro que no me matara a m&#237; primero, por eso de que tengo m&#225;s poder y esas cosas?

Yo no s&#233; c&#243;mo piensa &#233;l. Pero creo que tienes que estar al tanto de sus andanzas. &#191;Has o&#237;do algo de esto?

Ni una palabra -me dijo-. Est&#225; todo muy callado. No he o&#237;do nada, que por eso me sorprende lo que dices. Cr&#233;eme, me paso mucho tiempo vigilando lo que hace. No puedo decir que me gustara Yate, pero era un estibador como yo, y si Dogmill va por ah&#237; mat&#225;ndonos, quiero saberlo.

&#191;Hay alguna raz&#243;n por la que pudiera querer librarse de Yate y no de ti?

Yate era como una cr&#237;a en bragas. Si casi no se atrev&#237;a ni a decirle que no a Dogmill. Yo s&#237; que le planto cara. Cuando tengo que decir no, se lo digo, y &#233;l entiende perfectamente lo que quiero decir. Yo soy el que manda en los muelles, Weaver, soy el que se ocupa de los estibadores y le dice a Dogmill soo cuando dice que se acab&#243; lo de coger el tabaco que se cae o que no nos podemos parar ni a recuperar el aliento. No entiendo que haya ido a por Yate y no a por m&#237;.

No hubiera sabido decir si las objeciones de Greenbill eran solo un reflejo de su orgullo o si ten&#237;a algo valioso que ofrecer.

&#191;No se te ocurre ni una sola raz&#243;n por la que pudiera estar especialmente furioso con Yate?

&#201;l neg&#243; con la cabeza.

No tiene sentido. Yate siempre ced&#237;a, s&#237;. A Dogmill le hubiera gustado tener a todos los estibadores a su mando. Ahora seguro que le preocupa que se vengan todos a trabajar conmigo, y seguro que no le hace ninguna gracia. Adem&#225;s, &#191;c&#243;mo lo iba a hacer? A Yate lo mataron cuando estaba con mis chicos. Ninguno de los nuestros le vio hacerlo. Nadie vio a Dogmill y puedes estar seguro de que hubi&#233;ramos visto a ese villano en toda su fatuidad.

Seguro que tiene a alguien que le hace el trabajo sucio.

Que yo sepa no. Cr&#233;eme, hemos tenido tratos con &#233;l que escoc&#237;an m&#225;s que un lim&#243;n y nunca ha mandado a ning&#250;n mat&#243;n a hacer su trabajo. &#201;l se cree lo bastante hombre para apalear a cualquiera, y si hay que cargarse a alguien, lo hace &#233;l.

Me alegr&#233; de que mi vida no dependiera de lo que creyera Greenbill. Me costaba creer que Dogmill quisiera arriesgarse a que lo vieran asesinando a nadie, pero era extra&#241;o que nunca contratara a ning&#250;n mat&#243;n.

&#191;Y c&#243;mo es que tienes a Wild haciendo preguntas por ti y eso? -me pregunt&#243;-. He o&#237;do que habl&#243; en tu favor en el juicio. &#191;Es que ahora sois amigos?

Lo de que somos amigos es una exageraci&#243;n. Wild y yo no somos amigos, pero parece que no le tiene mucho aprecio a Dogmill. Se ofreci&#243; a ayudarme a encontrar a Spicer y Clark, pero no volver&#233; a pedirle ayuda.

Muy listo. No quieres que te entregue a cambio de la recompensa.

Solo un canalla har&#237;a algo as&#237; -conced&#237;.

Una palabra desagradable, pero no te lo discutir&#233;. La pregunta p&#243;stuma es qu&#233; vas a hacer ahora. &#191;Te vas a cargar a Dogmill? -pregunt&#243; entusiasmado-. Eso ser&#237;a una bonita venganza. Si ha hecho lo que dices, cortarle el pescuezo estar&#237;a bien.

Parec&#237;a que Greenbill quisiera convertirme en su mat&#243;n particular. Yo me vengaba de Dogmill y Greenbill se quedaba sin rivales y sin la principal autoridad en el negocio del tabaco.

No tengo ni los medios ni el deseo de hacer tal cosa.

Pero no puedes dejar que arruine tu vida y que vaya por ah&#237; manchando tu nombre.

No ve&#237;a ninguna raz&#243;n para prolongar aquella conversaci&#243;n. Era evidente que Greenbill no ten&#237;a informaci&#243;n &#250;til, y no ganar&#237;a nada escuchando c&#243;mo me animaba a asesinar. Por un momento pens&#233; en animarlo a que lo hiciera &#233;l mismo, pero entonces se me ocurri&#243; que me culpar&#237;a a m&#237;, y una vez muerto, Dogmill no me servir&#237;a de nada. As&#237; pues, me puse en pie e invit&#233; a Greenbill a que terminara su cerveza y se marchara cuando gustara.

&#191;Ya est&#225;? &#191;No vas a hacer lo que har&#237;a un hombre con Dogmill?

No har&#233; lo que propones, no.

&#191;Y qu&#233; pasa conmigo? &#191;Me quedo en Londres o huyo?

Yo no hab&#237;a llegado a&#250;n a la puerta.

No veo ninguna raz&#243;n para que huyas.

Si me quedo, &#191;no crees que Dogmill podr&#237;a matarme?

Podr&#237;a -conced&#237;-, pero eso no es asunto m&#237;o.


Yo no sent&#237;a mucho aprecio por los dos hombres que hab&#237;an testificado en mi contra durante el juicio, pero tampoco me alegr&#243; saber que hab&#237;an muerto. Lo que me preocupaba era que el asesino quisiera cargarme a m&#237; las dos muertes. Y, si bien me costaba dar cr&#233;dito a alguien como Greenbill, me preocup&#243; que pensara que quiz&#225; Dogmill no era mi hombre.

Que yo supiera, solo hab&#237;a una persona que pudiera serme m&#237;nimamente &#250;til. As&#237; que esper&#233; a que anocheciera y entonces, ataviado como yo mismo y no como el se&#241;or Evans, sal&#237; de casa de la se&#241;ora Sears por la ventana y me dirig&#237; a casa del se&#241;or Ufford.

Esta vez Barber, el sirviente, me dej&#243; pasar enseguida y me dedic&#243; una mirada tan fr&#237;a que decid&#237; no prolongar en exceso mi visita, pues si conoc&#237;a mi verdadera identidad no dudar&#237;a en informar al magistrado m&#225;s cercano de acuerdo o en desacuerdo con los deseos de su amo, eso no lo s&#233;.

Ufford estaba en su salita con un vaso de oporto al lado y un libro en el regazo. Era evidente que acababan de despertarlo para que me recibiera.

Benjamin -dijo, dejando a un lado su libro-, &#191;hab&#233;is descubierto al autor de las notas? &#191;Por eso hab&#233;is venido?

Me temo que no tengo ninguna novedad sobre ese asunto.

&#191;Y qu&#233; hac&#233;is con vuestro tiempo? He tratado de ser paciente, pero creo que est&#225;is actuando con una frivolidad excesiva.

Le entregu&#233; una hoja de noticias doblada por la historia de la muerte de Groston.

&#191;Qu&#233; sab&#233;is de esto? -pregunt&#233;.

Pues dir&#237;a que menos que vos; nunca me molesto en informarme sobre estos s&#243;rdidos cr&#237;menes. Quiz&#225; si en vez de ir por ah&#237; matando a personajes de baja ralea mostrarais m&#225;s inter&#233;s por encontrar al autor de las notas, a ambos nos ir&#237;a mucho mejor.

Di unos cuantos pasos y me volv&#237; hacia &#233;l nuevamente.

Seamos sinceros, se&#241;or Ufford. &#191;El asesinato de Groston forma parte de una trama jacobita?

El hombre se sonroj&#243; y apart&#243; la cara.

&#191;C&#243;mo quer&#233;is que lo sepa?

Vamos, se&#241;or, todo el mundo sabe que ten&#233;is tendencias jacobitas. He o&#237;do decir que los que de verdad tienen el poder en ese movimiento os evitan, pero yo no lo creo. Me ser&#237;a de cierta utilidad si pudierais iluminarme sobre este asunto.

&#191;Y qu&#233; os hace pensar que tengo algo que ver con ese movimiento noble y justificado?

No me interesan los juegos, os lo aseguro. Si sab&#233;is algo, os agradecer&#237;a que me lo dijerais.

No puedo deciros nada -dijo con una sonrisa afectada, lo que evidentemente significaba que sab&#237;a m&#225;s de lo que dec&#237;a.

&#191;Qu&#233; hacer? Sin duda el hombre pensaba que estaba participando en algo grandioso, pero no conoc&#237;a nada bien las reglas de aquel juego. En mis tiempos me las he visto con asesinos y ladrones, con ricos terratenientes y hombres influyentes. Pero los jacobitas eran algo muy distinto. No solo eran hombres que mintieran cuando era necesario. Ellos viv&#237;an en una mara&#241;a de enga&#241;os, se ocultaban en rincones oscuros, se disfrazaban, iban y ven&#237;an sin ser vistos. Y eso lo demostraba sobre todo el hecho de que siguieran vivos. No me consideraba en modo alguno un adversario que les igualara en astucia. Sin embargo, me ten&#237;a por m&#225;s que igual a Ufford, y mi paciencia con &#233;l se estaba agotando. As&#237; que decid&#237; informarle, aunque solo fuera un poco, de las posibles consecuencias de mi impaciencia. Es decir, le abofete&#233;.

No le pegu&#233; muy fuerte, pero por su expresi&#243;n se hubiera dicho que le hab&#237;a golpeado con un hacha. El hombre enrojeci&#243; y sus ojos se humedecieron. Pens&#233; que iba a echarse a llorar.

&#191;Qu&#233; hab&#233;is hecho? -me pregunt&#243; levantando las manos como si con aquello pudiera detener otro golpe.

Os he pegado, se&#241;or Ufford, y volver&#233; a hacerlo con bastante m&#225;s fuerza si no sois sincero conmigo. Deb&#233;is comprender que todo el mundo quiere mi muerte, y eso es as&#237; por el asunto en el que vos me metisteis. Si sab&#233;is m&#225;s de lo que dec&#237;s, har&#237;ais bien en dec&#237;rmelo, porque hab&#233;is despertado mi ira.

No volv&#225;is a pegarme -dijo, encogido como un perro apaleado-. Os dir&#233; lo que quer&#233;is saber lo mejor que pueda. &#161;Dios me ampare! Si casi no s&#233; nada. Miradme, Benjamin. &#191;Os parezco un genio del espionaje? &#191;Os parezco un hombre con el o&#237;do de los grandes intrigantes?

Desde luego, no lo parec&#237;a.

Debi&#243; de intuir que reconoc&#237;a su ineptitud, pues respir&#243; hondo y baj&#243; los brazos.

S&#233; algunas cosas -dijo asintiendo con el gesto, como si estuviera convenci&#233;ndose a s&#237; mismo de que deb&#237;a proseguir. Se llev&#243; una mano a la cara y toc&#243; con cautela la piel ligeramente enrojecida-. S&#233; un poco, es cierto, porque es posible que tenga ciertas simpat&#237;as que, bueno, de las que es mejor no hablar. Ni siquiera aqu&#237;. Pero hay un caf&#233; cerca del Fleet donde suelen reunirse los hombres con ideas parecidas.

Se&#241;or Ufford, tengo entendido que en todas las calles hay caf&#233;s donde suelen reunirse hombres con ideas parecidas. Me temo que tendr&#233;is que esforzaros un poco m&#225;s.

Vos no lo entend&#233;is -dijo-. No os estoy hablando de una casa de ginebra donde va cualquier desgraciado a beber como un cosaco y a hacer ver que sabe de pol&#237;tica. Ese lugar, El Oso Durmiente, es adonde van los hombres importantes. Lo que vos quer&#233;is saber bueno, seguro que all&#237; alguien puede explic&#225;roslo.

&#191;Pod&#233;is darme un nombre? &#191;Alguien con quien pueda hablar?

&#201;l mene&#243; la cabeza.

Yo mismo no he ido nunca. No es lugar para alguien como yo. Solo s&#233; que es importante para la causa. Tendr&#233;is que arregl&#225;roslas solo, Benjamin. Y, por favor, por el amor de Dios, dejadme en paz. He hecho cuanto he podido por vos. No me pid&#225;is m&#225;s, no me molest&#233;is m&#225;s.

&#191;Que hab&#233;is hecho cuanto hab&#233;is podido por m&#237;? -protest&#233;-. Desde luego; me hab&#233;is metido en esa intriga jacobita vuestra. Solo os ha faltado ponerme la soga al cuello.

&#161;No pod&#237;a imaginar que llegar&#237;a a tanto! -grit&#243;-. No pod&#237;a saber que esos hombres me amenazaban por culpa de mis intereses pol&#237;ticos.

Puede que no -dije-, pero tampoco me hab&#233;is ofrecido ayuda. Sois un necio, se&#241;or una persona que se mete en cosas que le van demasiado grandes. Y cuando uno se mete en asuntos que le van grandes, siempre acaba poni&#233;ndose en evidencia.

Por supuesto, por supuesto -musit&#243;.

No me cab&#237;a duda de que Barber, su sirviente, hab&#237;a ido a buscar ayuda para su se&#241;or, as&#237; que me alej&#233; de la casa tan deprisa como pude.


Mientras me dirig&#237;a a El Oso Durmiente se hizo de noche. El Oso Durmiente estaba situado en el primer piso de una bonita casita a la sombra de la iglesia de Saint Paul. El interior estaba bien iluminado, y hab&#237;a mucha animaci&#243;n. Casi todas las mesas estaban ocupadas, y en algunas hab&#237;a incluso demasiada gente. Hab&#237;a all&#237; hombres de clase media, o quiz&#225; m&#225;s alta, con su comida y su bebida, enzarzados en animada conversaci&#243;n. No vi ninguna representante del sexo d&#233;bil, salvo una mujer demacrada y muy entrada en a&#241;os que les serv&#237;a.

Mi sencilla manera de vestir encajaba all&#237; tanto como pod&#237;a esperar, pero aun as&#237; al instante descubr&#237; que todos los ojos se volv&#237;an hacia m&#237; con intenciones asesinas. Yo, que no soy hombre que se amilane por un recibimiento fr&#237;o, me dirig&#237; a grandes zancadas hasta la barra y ped&#237; al tabernero, un tipo inusualmente alto, una jarra de algo fresco.

&#201;l me mir&#243; airado y me sirvi&#243; la bebida, aunque pens&#233; que me habr&#237;a entendido mal, pues lo que me dio estaba caliente y sab&#237;a como las sobras del d&#237;a anterior. Me volv&#237; hacia el hombre y, dejando a un lado la desagradable bebida, pens&#233; en charlar un poco con &#233;l, aunque por la mirada severa de sus ojos vi que no era de naturaleza habladora. As&#237; pues, cog&#237; mi pinta y me instal&#233; en una de las pocas mesas que hab&#237;a vac&#237;as.

Me sent&#233;, sujetando mi jarra pero sin atreverme a beber, por mi propia salud. Algunos de los hombres que hab&#237;a a mi alrededor retomaron sus conversaciones en voz muy baja, aunque intu&#237; que ahora hablaban de m&#237;. Otros me miraban con gesto perverso. Permanec&#237; de aquella guisa solo un cuarto de hora; entonces, un individuo se sent&#243; a mi lado. Ser&#237;a unos diez a&#241;os mayor que yo, bien vestido, con unas espesas cejas blancas y peluca a juego excesivamente larga, debo a&#241;adir, de las que ya hab&#237;an pasado de moda por aquellos tiempos.

&#191;Esper&#225;is a alguien, amigo? -me pregunt&#243; con un marcado acento irland&#233;s.

He entrado para quitarme el fr&#237;o de la calle -le dije.

&#201;l sonri&#243; y alz&#243; la poblada l&#237;nea de su frente.

Bueno, hay muchos sitios por aqu&#237; donde se puede hacer eso, pero, como ya hab&#233;is visto, aqu&#237; dentro hace un poco de fr&#237;o, no s&#233; si me entend&#233;is. Me parece que en el Tres Galeses, calle abajo, sirven un estofado de cordero riqu&#237;simo y tienen un vino calentado con especias que va de maravilla para el fr&#237;o. Seguro que all&#237; ser&#233;is bien recibido.

Mir&#233; a mi alrededor.

Creo que el due&#241;o del Tres Galeses os estar&#237;a muy agradecido por vuestros elogios, pero me parece que este local no es privado. El cartel de fuera lo anuncia como un caf&#233; p&#250;blico. &#191;Por qu&#233; no puedo beber aqu&#237;?

Los hombres que entran aqu&#237; bueno, vienen siempre, todos ellos vienen regularmente.

Pero me imagino que todos esos hombres tienen que haber venido una primera vez. &#191;Se les dio el mismo trato que a m&#237;?

Tal vez vinieron con un amigo, alguien que ya ven&#237;a normalmente -dijo el otro, muy alegre-. Vamos, seguro que hab&#233;is o&#237;do hablar de caf&#233;s que son de este o de aquel grupo. Nadie aqu&#237; os desea ning&#250;n mal, pero lo mejor es que os termin&#233;is la bebida y busqu&#233;is un sitio m&#225;s apropiado. Ese estofado de cordero debe de estar buen&#237;simo.

No conseguir&#237;a nada march&#225;ndome sin m&#225;s, ni tampoco me servir&#237;a de mucho quedarme y que nadie me hiciera caso. As&#237; que supuse que aquel tipo era mi &#250;nica esperanza de descubrir algo.

En realidad -le dije-, he venido porque me han dicho que era aqu&#237; donde hay que venir si uno tiene ciertas ideas. Es decir, que estaba buscando hombres que piensen como yo, en pol&#237;tica.

&#201;l volvi&#243; a sonre&#237;r, pero esta vez pareci&#243; mucho m&#225;s forzado.

Ya imagino d&#243;nde habr&#233;is o&#237;do tales cosas. Hay un gran n&#250;mero de tabernas por toda la ciudad para las distintas tendencias pol&#237;ticas. Aqu&#237; bueno, no admitimos a desconocidos, no s&#233; si me entend&#233;is, y no hablamos de pol&#237;tica con ellos. No s&#233; qu&#233; busc&#225;is, amigo, pero no lo encontrar&#233;is aqu&#237;. Nadie os hablar&#225; ni contestar&#225; a vuestras preguntas ni os invitar&#225; a participar en la conversaci&#243;n. Es posible que, como hab&#233;is dicho, est&#233;is aqu&#237; porque pens&#225;is como nosotros. Si es el caso, os deseo lo mejor, y es posible que nuestros caminos vuelvan a cruzarse. Tambi&#233;n es posible que se&#225;is un esp&#237;a, se&#241;or, y seguro que no querr&#233;is que os descubran en un lugar como este. No, desde luego.

Decidme -dije, con la sensaci&#243;n de que no ten&#237;a mucho que perder-, &#191;viene por aqu&#237; un tal Johnson? Me gustar&#237;a mucho conocerlo.

Mi intenci&#243;n hab&#237;a sido hablar en voz baja, pero mi voz se oy&#243; m&#225;s de lo que esperaba y, en la mesa de al lado, un sujeto hizo adem&#225;n de incorporarse, pero su compa&#241;ero le puso una mano en el hombro y le oblig&#243; a sentarse otra vez.

No conozco a ning&#250;n Johnson -dijo mi amigo irland&#233;s, como si ni &#233;l ni yo hubi&#233;ramos notado la actitud alarmada del otro-. Hab&#233;is venido al lugar equivocado. Ahora os aconsejo que os march&#233;is, se&#241;or. No conseguir&#233;is nada confundiendo a mis amigos.

Sin duda tampoco hubiera conseguido nada termin&#225;ndome la bebida, as&#237; que me levant&#233; y me fui tan dignamente como pude, aunque pocas veces en mi vida he dejado un lugar de forma m&#225;s ignominiosa.

Dif&#237;cilmente hubiera podido sentirme m&#225;s decepcionado. Sin duda, algo pod&#237;a haber salido de aquella empresa, pero hab&#237;a sido desairado con frialdad y no hab&#237;a descubierto nada de valor. Maldije mi mala suerte mientras caminaba por Paternoster Row. Fue una locura no estar m&#225;s atento, pero la ira me cegaba y no vi a dos hombres que salieron del callej&#243;n para cogerme, uno por cada brazo. Los reconoc&#237; al instante los guardias aduaneros que hab&#237;a visto apostados delante de la casa de Elias.

Bueno, aqu&#237; lo tenemos -dijo uno de ellos-. Es nuestro jud&#237;o, seguro.

Creo que es nuestra noche de suerte -dijo el otro.

Trat&#233; de soltarme, pero me ten&#237;an cogido con fuerza, y supe que tendr&#237;a que esperar una oportunidad mejor, si es que la hab&#237;a. Despu&#233;s de todo, solo eran dos, y tendr&#237;an que sujetarme fuertemente durante todo el camino hasta que llegaran al lugar adonde quer&#237;an llevarme. De noche, las calles de Londres proporcionan un sinf&#237;n de obst&#225;culos que pod&#237;an muy bien ser la distracci&#243;n que yo necesitaba. Solo era cuesti&#243;n de tiempo que bajaran la guardia ante un mozo con una antorcha, un asaltante o una furcia. O pod&#237;an resbalar con las bostas de un caballo o con un perro muerto.

Sin embargo, mis esperanzas se desvanecieron cuando otros dos oficiales salieron de las sombras. Mientras dos de ellos me sujetaban con fuerza, un tercero me cogi&#243; de los brazos y me los puso a la espalda, y el cuarto empez&#243; a atarme las mu&#241;ecas con un trozo de cuerda muy &#225;spera.

Sin duda, hubiera estado perdido de no ser porque sucedi&#243; algo completamente inesperado. El irland&#233;s, seguido por una banda de m&#225;s de una docena de los ariscos tipos que estaban en el caf&#233;, sali&#243; de entre las sombras.

&#191;Qu&#233; pasa aqu&#237;, caballeros? -pregunt&#243;.

No es asunto tuyo, irland&#233;s -dijo uno de los guardias en tono despectivo-. L&#225;rgate.

Pues perdona que te informe, pero s&#237; es asunto m&#237;o. Dejad en paz a ese hombre, pues no se captura a nadie en esta calle si no es con nuestro consentimiento.

Si no te apartas, tambi&#233;n te llevaremos a ti, amigo -dijo el guardia.

Aquello era tener valor, porque por cada guardia hab&#237;a tres o cuatro de los otros, y ninguno de ellos parec&#237;a especialmente diestro para el combate. El peque&#241;o ej&#233;rcito irland&#233;s, intuyendo la debilidad de los guardias, sac&#243; sus cuchillos al punto. Los de la aduana, muy sabiamente en mi opini&#243;n, prefirieron huir.

Igual que yo. Volv&#237; a la oscuridad del callej&#243;n y gir&#233; y gir&#233; hasta que estuve lo bastante lejos para no o&#237;r los gritos de los guardias. Desde luego, daba gracias por tan oportuno rescate, pero no ten&#237;a intenci&#243;n de quedarme a averiguar si me hab&#237;an liberado porque me hab&#237;an reconocido y quer&#237;an la recompensa. O quiz&#225; odiaban a los de aduanas m&#225;s que a los desconocidos. Pero, como he dicho, no sent&#237; la suficiente curiosidad para arriesgarme a conocer la verdad.


Hab&#237;an pasado semanas desde mi fuga de Newgate y, aparte de mi encuentro con los guardias de aduanas en el exterior de la casa de Elias la primera noche, no hab&#237;a tenido ning&#250;n otro enfrentamiento con los representantes de la ley. Solo cab&#237;a pensar que no ten&#237;an medios efectivos para seguirme. Hab&#237;a ocultado mi identidad y mis movimientos tan h&#225;bilmente que, a menos que alguno de ellos tuviera una suerte extraordinaria y se topara conmigo por casualidad, poco ten&#237;a que temer del gobierno.

Sin embargo, los guardias estaban apostados en el exterior de El Oso Durmiente. Estuve dentro menos de media hora, y no era muy probable que alguno de los clientes me hubiera reconocido y hubiera avisado a los oficiales a tiempo para que se presentaran y estuvieran esper&#225;ndome. Ciertamente, sobre todo cuando fueron los propios clientes quienes me salvaron de aquellos tipos. As&#237; pues, solo pod&#237;a ser que el se&#241;or Ufford, al mandarme a El Oso Durmiente, se hubiera tomado la molestia de asegurarse de que no sal&#237;a libre de mi visita. Aunque estaba alterado por mi encuentro con los guardias de aduanas, sab&#237;a que deb&#237;a actuar con rapidez. Ufford sab&#237;a m&#225;s de lo que pensaba, y estaba decidido a averiguar aquella misma noche qu&#233; era.

Esper&#233; hasta las dos o las tres de la ma&#241;ana, cuando no hab&#237;a nadie en las calles y las casas estaban a oscuras. Luego me fui hasta la casa del se&#241;or Ufford y forc&#233; una ventana de la cocina, a la que me encaram&#233; con rapidez. La ca&#237;da era desde mayor altura de lo que esperaba, pero aterric&#233; sin percances, aunque no en silencio. Durante unos minutos me qued&#233; inm&#243;vil, para asegurarme de que nadie me hab&#237;a o&#237;do. Mientras esperaba not&#233; el c&#225;lido roce de dos o tres gatos contra mi pierna; con un poco de suerte si alguien hab&#237;a o&#237;do algo lo achacar&#237;a a aquellas criaturas y no a un intruso.

Cuando pas&#243; un tiempo prudencial -o, m&#225;s exactamente, cuando estaba demasiado impaciente para seguir esperando- me incorpor&#233;, me desped&#237; en silencio de mis nuevos compa&#241;eros felinos y me mov&#237; en la oscuridad. Recordaba bien d&#243;nde ten&#237;a Ufford su estudio, as&#237; que no me cost&#243; especialmente localizarlo, aunque la oscuridad era completa.

Me asegur&#233; de cerrar bien la puerta al entrar y encontr&#233; un par de buenas velas de cera para encender. Ahora la habitaci&#243;n estaba lo bastante iluminada para buscar, aunque no supiera muy bien el qu&#233;. Empec&#233; a revisar los papeles de sus libros, sus cajones, sus estantes, y no tard&#233; en comprobar que iba por buen camino. A los pocos minutos encontr&#233; numerosas cartas escritas en una mara&#241;a indescifrable de letras, en alg&#250;n c&#243;digo, obviamente, aunque fui incapaz de descifrarlo. Aun as&#237;, la sola presencia de aquel tipo de documento dec&#237;a mucho. &#191;Qui&#233;n sino un esp&#237;a necesitar&#237;a usar c&#243;digos? El descubrimiento aviv&#243; mi decisi&#243;n y prosegu&#237; mi b&#250;squeda con renovado vigor.

Lo cual me report&#243; buenos dividendos. Llevaba casi una hora en la habitaci&#243;n y hab&#237;a comprobado todos los papeles, archivos y libros de cuentas, sin descubrir en ellos nada que pudiera serme de utilidad inmediata. Se me ocurri&#243; entonces hojear algunos de los grandes vol&#250;menes que abarrotaban los estantes de Ufford.

Result&#243; de escasa utilidad; estaba a punto de abandonar cuando top&#233; con un libro mucho m&#225;s ligero de lo que su tama&#241;o indicaba. Estaba hueco y cuando lo abr&#237; encontr&#233; aproximadamente una docena de trozos de papel en los que hab&#237;a escrito el siguiente texto deleznable, firmado con ostentaci&#243;n:


Reconozco haber recibido de ____________________ la suma de____________________, que prometo devolver, con intereses, a un ritmo de____________________per annum.

Jacobus R.


Jacobus Rex, el Pretendiente. Ufford se hab&#237;a atribuido la tarea de recaudar fondos para la rebeli&#243;n jacobita y lo hab&#237;a hecho con conocimiento del Pretendiente. Las facturas, firmadas por el aspirante a monarca, hab&#237;an quedado a cargo del cura para que asegurara todos los fondos posibles. Cog&#237; aquellos papeles y los examin&#233; detenidamente. Por supuesto, era posible que fueran falsificaciones, pero, &#191;por qu&#233; iba nadie a fingir tener unos documentos que pod&#237;an llevarle f&#225;cilmente a la ejecuci&#243;n? Solo cab&#237;a pensar que, en efecto, Ufford era un agente del Pretendiente; es m&#225;s, no era el personajillo pretencioso por el que todos le ten&#237;an. No, el guardi&#225;n de aquellos recibos deb&#237;a de ser un miembro de confianza del c&#237;rculo del Caballero. La necedad y el descuido de Ufford no eran m&#225;s que un disfraz para ocultar a un agente astuto y capaz.

Apret&#233; con fuerza aquellos recibos, y se me ocurri&#243; la idea m&#225;s fant&#225;stica. Nadie conoc&#237;a la elevada posici&#243;n del se&#241;or Ufford entre los jacobitas, nadie excepto yo. Sin duda, aquella informaci&#243;n ser&#237;a de gran inter&#233;s para la administraci&#243;n, mucho m&#225;s que perseguir a un cazador de ladrones por un crimen que todos sab&#237;an que no hab&#237;a cometido. &#191;No pod&#237;a cambiar la informaci&#243;n que ten&#237;a por mi libertad? La idea no me convenc&#237;a, pues a nadie le gusta un traidor, pero no le deb&#237;a ninguna lealtad a Ufford no cuando sus maquinaciones me hab&#237;an puesto en aquella situaci&#243;n. Le deb&#237;a mayor lealtad al monarca. Y no informar de lo que sab&#237;a hubiera podido considerarse un imperdonable acto de negligencia.

O quiz&#225; de lealtad al verdadero rey.

Deb&#237; de decirlo en voz alta, emocionado por las pruebas que hab&#237;a descubierto. Ni vi ni o&#237; a los hombres que entraron en la habitaci&#243;n. Hab&#237;a actuado con descuido y necedad, seducido por las posibilidades que abr&#237;an mis hallazgos. Al darme la vuelta, me encontr&#233; ante tres hombres: Ufford, el irland&#233;s de El Oso Durmiente y un tercero. No lo conoc&#237;a, pero hab&#237;a algo que me resultaba familiar en aquel rostro anguloso, las mejillas hundidas y la nariz ganchuda. Tendr&#237;a treinta y pico, puede que m&#225;s, y aunque vest&#237;a con ropas poco llamativas y llevaba una peluca de rizos corta y barata, hab&#237;a algo imponente en su porte.

Sin duda -dijo el irland&#233;s-, no cambiar&#237;ais la vida de otro hombre por vuestra propia comodidad.

Dir&#237;a que es una pregunta ret&#243;rica -coment&#243; Ufford. Se adelant&#243; y me quit&#243; los recibos de las manos-. Benjamin no tendr&#225; ocasi&#243;n de compartir lo que sabe con nadie.

El irland&#233;s mene&#243; la cabeza.

Bueno, no podr&#225; compartir las pruebas, eso desde luego. Sin embargo, no me gustar&#237;a que pensara que queremos hacerle da&#241;o.

Oh, no -dijo el tercer hombre con voz patricia, enfatizando cada s&#237;laba-. No, admiro demasiado al se&#241;or Weaver para pensar siquiera en la posibilidad de actuar en contra de sus intereses.

Entonces reconoc&#237; su rostro, pues lo hab&#237;a visto cientos de veces en pancartas, panfletos, libelos. En aquella habitaci&#243;n, a menos de cinco metros de m&#237;, estaba el Pretendiente, el hijo del depuesto Jacobo II, el hombre que se convertir&#237;a en Jacobo III. Yo poco sab&#237;a sobre la planificaci&#243;n de revoluciones y usurpaciones, pero la situaci&#243;n de su majestad (actual) el rey Jorge deb&#237;a de ser realmente apurada cuando el otro hab&#237;a puesto pie en Inglaterra.

Me encontraba en un domicilio particular con el mism&#237;simo Pretendiente y quienes deb&#237;an de ser dos destacados jacobitas. Nadie sab&#237;a que estaba all&#237;. Pod&#237;an cortarme el pescuezo f&#225;cilmente y llevarse mi cuerpo en una caja. Sin embargo, mi mayor preocupaci&#243;n no era mi seguridad, sino el decoro: no sab&#237;a c&#243;mo dirigirme al Pretendiente. Por otra parte, me pareci&#243; que estar&#237;a m&#225;s seguro si actuaba como si no lo hubiera reconocido.

Sin embargo, Ufford no estaba dispuesto a colaborar.

&#191;Est&#225;is loco? Ha visto a su majestad. No podemos dejar que se vaya.

El irland&#233;s cerr&#243; los ojos un momento, como si considerara alg&#250;n gran misterio.

Se&#241;or Ufford, debo pediros que esper&#233;is fuera y nos dej&#233;is solos un momento.

Os recuerdo que esta casa es m&#237;a -replic&#243; &#233;l.

Por favor, salid, Christopher -dijo el Pretendiente.

Ufford hizo una reverencia y se retir&#243;.

Cuando cerr&#243; la puerta, el irland&#233;s me dedic&#243; una sonrisa, divertida.

He llegado a la conclusi&#243;n -dije- de que sois el hombre al que llaman Johnson.

Es uno de los nombres que utilizo -dijo. Sirvi&#243; tres vasos del madeira del se&#241;or Ufford y, tras entregarle al Pretendiente el suyo, me puso uno en la mano y se plant&#243; frente a m&#237;-. Estoy seguro de que ya hab&#233;is deducido que con nosotros tenemos a su majestad, el rey Jacobo III.

Sin haber recibido ning&#250;n tipo de entrenamiento en estas cuestiones, hice una reverencia ante el Pretendiente.

Es un honor, alteza.

&#201;l asinti&#243; levemente con el gesto, como si aprobara mi comportamiento.

He o&#237;do muchas buenas cosas de vos; el se&#241;or Johnson me ha mantenido informado de vuestras acciones. Me ha dicho que hab&#233;is ca&#237;do v&#237;ctima del gobierno de un cerdo alem&#225;n usurpador.

Soy v&#237;ctima de algo, eso es seguro. -Me pareci&#243; m&#225;s prudente no decir que hab&#237;a llegado a la conclusi&#243;n de que era la v&#237;ctima de sus maquinaciones. Es el tipo de comentario que no te ayuda a hacer amigos.

&#201;l neg&#243; con la cabeza.

Detecto cierta suspicacia por vuestra parte. Permitid que os diga que es infundada.

Esperaba m&#225;s de vos, Weaver -dijo Johnson-. Los whigs quieren haceros creer que intrigamos contra vos, y sois tan necio que lo cre&#233;is. Sin duda record&#225;is que los testigos contratados para que testificaran contra vos trataron de vincularos a un misterioso desconocido llamado Johnson. &#191;Necesit&#225;is mayor evidencia de que los whigs quer&#237;an convertiros en un agente jacobita para que hicierais de chivo expiatorio? Solo que vuestra inteligente huida lo evit&#243;.

No pod&#237;a negar lo que dec&#237;a. Sin duda alguien hab&#237;a querido hacerme pasar por jacobita.

He seguido vuestro juicio con inter&#233;s -prosigui&#243;-, como siempre que un miembro &#250;til y productivo, &#191;debo a&#241;adir heroico?, de nuestra sociedad es aplastado por un ministerio corrupto y sus esbirros. Puedo aseguraros que nunca ha sido el objetivo de su majestad o sus agentes que sufrierais ning&#250;n da&#241;o. Lo que hab&#233;is presenciado es una conspiraci&#243;n whig, pensada para eliminar a sus enemigos, culpar a sus rivales e influir en las elecciones desviando la atenci&#243;n de los votantes de un esc&#225;ndalo financiero perpetrado en las m&#225;s altas esferas.

Mir&#233; al Pretendiente.

No s&#233; si puedo hablar libremente -dije.

&#201;l ri&#243; con una risa regia y condescendiente.

Pod&#233;is hablar como gust&#233;is. He pasado la vida envuelto en una trama o en otra. O&#237;r de una m&#225;s no me har&#225; ning&#250;n da&#241;o.

Yo asent&#237;.

Entonces debo decir que pensaba que los responsables de la muerte del tal Groston y de los falsos testimonios contratados para mi juicio eran agentes jacobitas.

&#201;l ri&#243; con suavidad.

&#191;Por qu&#233; clase de personas nos tom&#225;is? &#191;Por qu&#233; &#237;bamos a querer perjudicar a esos hombres o a vos? Las notas dejadas en la escena del crimen forman parte de una farsa muy bien urdida. Proclaman que vos cometisteis esos actos innombrables en nombre del verdadero rey, pero est&#225;n escritas de tal forma que se note que es mentira, de modo que parezca que es una trama jacobita pensada para descubrir a los whigs. En realidad, es una trama de los whigs. La gente nos cree capaces de ese tipo de enga&#241;o, pero se equivoca. &#191;Qu&#233; hab&#233;is hecho, se&#241;or Weaver, para que sepamos de usted o nos importe lo bastante para asesinar a tres &#161;no, a cuatro! hombres para perjudicarle?

No puedo contestar a eso, pero tampoco sabr&#237;a decir por qu&#233; iban a querer algo as&#237; los whigs.

&#191;Quer&#233;is que os lo diga yo? -pregunt&#243; Johnson.

Di un buen trago de mi vaso y me inclin&#233; hacia delante.

Os lo ruego.

El se&#241;or Ufford os contrat&#243; para que descubrierais a los hombres que pretend&#237;an perturbar su tranquilidad y el ejercicio de sus libertades tradicionales como cura de la Iglesia anglicana. No pretend&#237;a que os vierais implicado en semejante nido de v&#237;boras, pero eso es lo de menos, porque est&#225;is atrapado. Pero las personas que quieren silenciar a Ufford son las que quieren destruiros B&#225;sicamente, Dennis Dogmill y su perro faldero, Albert Hertcomb.

Pero &#191;por qu&#233;? No dejo de volver una y otra vez a ese hombre, y a&#250;n no he averiguado por qu&#233; iba a querer Dogmill tomarse tantas molestias.

&#191;No es evidente? Estabais tratando de descubrir qui&#233;n enviaba esas notas al se&#241;or Ufford. Si descubr&#237;ais que proced&#237;an de Dogmill, eso lo habr&#237;a destruido, Hertcomb quedar&#237;a desacreditado y los whigs perder&#237;an en las elecciones de Westminster. En vez de eso, astutamente quit&#243; un obst&#225;culo de en medio, a ese pobre Yate, y ech&#243; la culpa a un enemigo. S&#237;, yo soy responsable de que el asunto haya adoptado un cariz tan pol&#237;tico a causa de mis esfuerzos por exponer vuestra causa ante la opini&#243;n p&#250;blica, pero esa es toda nuestra implicaci&#243;n en vuestros asuntos. Y si he animado a los peri&#243;dicos simpatizantes a elogiar vuestras acciones, que ciertamente son dignas de alabanza, y a se&#241;alar las amenazas de los whigs a las que os enfrent&#225;is, unas amenazas muy reales, no creo que se me pueda reprochar.

Si los jacobitas son mis amigos, &#191;por qu&#233; ha tratado Ufford de acabar conmigo esta noche?

El Pretendiente neg&#243; con la cabeza.

Ha sido un error lamentable. Tem&#237;a que os acercarais demasiado a lo que no deb&#237;ais saber, as&#237; que decidi&#243; actuar. Cuando supe lo que hab&#237;a hecho, le ped&#237; a Johnson que se asegurara de que no cayerais en manos de los whigs.

E hice todo lo posible.

Yo asent&#237;, pues lo que dec&#237;a era la verdad.

Entonces, deb&#233;is confiar en m&#237; y aceptar mi interpretaci&#243;n de los hechos -prosigui&#243; Johnson.

La teor&#237;a de Johnson resist&#237;a el envite de la l&#243;gica, pero segu&#237;a sin convencerme. &#191;De verdad pod&#237;a ser Dogmill tan necio para creer que ir&#237;a resignadamente a la horca? Por lo que hab&#237;a visto de &#233;l, aunque fuera una persona violenta e impulsiva, tambi&#233;n era un maquinador fr&#237;o, y sin duda sab&#237;a lo bastante para no esperar que cooperara en mi propia muerte.

Tengo la sensaci&#243;n de que tiene que haber algo m&#225;s.

Johnson neg&#243; con la cabeza.

Tal vez no est&#233;is familiarizado con un principio que se conoce como navaja de Ockham, y que dice que la teor&#237;a m&#225;s simple es casi siempre la correcta. Pod&#233;is pasaros la vida buscando la verdad, si quer&#233;is, pero es lo que acabo de deciros.

Bien podr&#237;a ser como dec&#237;s. Deb&#233;is saber que yo mismo he llegado a las mismas conclusiones muchas veces, pero necesito demostrarlo para poder aceptar su veracidad y convencer a otros.

Es lamentable, pero tal vez jam&#225;s lo consig&#225;is. Dogmill es una bestia traicionera, y no ceder&#225; pruebas recriminatorias f&#225;cilmente. Ya hab&#233;is presentado vuestro caso ante la ley, y esta ha demostrado que no le interesa la justicia. A la vista de lo cual, temo que hay&#225;is emprendido un camino que, aunque honorable, podr&#237;a acarrearos la muerte. -Hizo una pausa para dar un sorbito a su vino-. Pero ten&#233;is otra posibilidad.

&#191;Ah, s&#237;?

Me gustar&#237;a ofreceros un puesto a mi servicio -me dijo el Pretendiente-. Os habr&#233; sacado del pa&#237;s antes de la noche de ma&#241;ana. Hay mucho que hacer en el continente, y podr&#237;ais actuar sin miedo a la ley. &#191;Qu&#233; dec&#237;s? &#191;No es ya hora de que ces&#233;is en vuestros nobles esfuerzos por lograr que un sistema corrupto reconozca la verdad? &#191;No ser&#237;a mejor ayudar a instaurar un nuevo orden de justicia y honradez?

Por favor, no os tom&#233;is esto como un insulto, alteza, pero no puedo actuar en contra del actual gobierno -dije fr&#237;amente.

He o&#237;do esto otras veces, y me sorprende que alguien como vos, que ha sufrido los caprichos de hombres malvados, se muestre tan reacio a dar la espalda a esos mismos hombres.

Tem&#233;is que os acusen de traidor -dijo Johnson-. &#191;C&#243;mo puede ser traici&#243;n servir a quien es su verdadero soberano? Estoy seguro de que conoc&#233;is la historia de este reino lo bastante bien para no necesitar un discurso, solo quer&#237;a se&#241;alaros que nuestro verdadero monarca fue expulsado de su trono por una panda de whigs sedientos de sangre que le hubieran servido con la misma insolencia con que sirvieron a su padre cuando le cortaron la cabeza. Bien, a causa de un odio e intolerancia que el rey ha elegido perpetuar, una intolerancia que debe de resultar particularmente odiosa a los jud&#237;os, han otorgado la corona a un pr&#237;ncipe alem&#225;n sin ninguna relaci&#243;n con estas islas ni conocimiento del idioma ingl&#233;s, y sin otra cosa en su favor que el hecho de que no es de religi&#243;n cat&#243;lica. &#191;No son los partidarios de los whigs los verdaderos traidores?

Respir&#233; hondo. No puedo decir que no me tentara. Este reino hab&#237;a pasado por tantos cambios y altibajos en el &#250;ltimo siglo que sin duda pod&#237;a haber otro. Si el Pretendiente ten&#237;a &#233;xito y consegu&#237;a hacerse con el trono y yo apostaba por &#233;l, &#191;no ganar&#237;a, y mucho, por mis esfuerzos? Pero eso no era suficiente incentivo.

Se&#241;or Johnson, no me tengo por un pensador pol&#237;tico. Solo puedo decir que mi pueblo ha tenido una acogida inusualmente buena en este pa&#237;s, y ser&#237;a una tremenda ingratitud rebelarme contra su gobierno, incluso si algunos de sus miembros tratan de perjudicarme. Comprendo vuestra causa, se&#241;or, y simpatizo con la profundidad de vuestras creencias, pero no puedo hacer lo que tan amablemente me ped&#237;s.

El Pretendiente neg&#243; con la cabeza.

No pretendo ser cr&#237;tico, se&#241;or Weaver, pues tal es la condici&#243;n de todos los hombres. Pero creo que preferir&#237;ais vivir esclavizado a un amo a quien conoc&#233;is que arriesgaros a ser libre con uno nuevo. Es triste que una persona como vos sea incapaz de dejar el yugo de la esclavitud. Pod&#233;is confiar en que no hay ninguna mala voluntad por mi parte. Cuando se me devuelva al lugar que me corresponde, os ruego que me visit&#233;is. Seguir&#233; teniendo un sitio para vos.

Correspond&#237; a sus palabras con una reverencia y el Pretendiente abandon&#243; la habitaci&#243;n.

Johnson mene&#243; la cabeza.

Su majestad es m&#225;s generosa y comprensiva que yo, pues yo os dir&#237;a a la cara que vuestra decisi&#243;n es una necedad. Ya imaginaba que dir&#237;ais esto, pero su majestad deseaba haceros su oferta, y la ha hecho. Quiz&#225; llegar&#225; el d&#237;a en que cambiar&#233;is de opini&#243;n. Obviamente, ya sab&#233;is d&#243;nde encontrar a los nuestros, as&#237; que si decid&#237;s uniros a nuestras filas no necesit&#225;is mantenerlo en secreto. Entre tanto, os ruego que no repit&#225;is nada de lo que hab&#233;is visto y o&#237;do aqu&#237; esta noche. Si no dese&#225;is poneros de nuestro lado, conf&#237;o en que sabr&#233;is estar agradecido por haber podido conservar vuestra libertad.

Dicho esto call&#243;. En la habitaci&#243;n solo se o&#237;an nuestras respiraciones y el tictac del gran reloj.

&#191;Eso es todo? -pregunt&#233; con incredulidad-. &#191;Vais a dejarme marchar?

No tengo forma de evitarlo si no es por medios que me resultar&#237;an desagradables. Adem&#225;s, su majestad abandonar&#225; estas tierras en unas pocas horas, as&#237; que poco da&#241;o har&#237;ais si cont&#225;is lo que hab&#233;is visto aunque os pido encarecidamente que no lo hag&#225;is. Os deseo buena suerte en vuestra b&#250;squeda de la justicia, se&#241;or, pues s&#233; que cualquier empresa que os propong&#225;is ser&#225; en el inter&#233;s del verdadero rey.

Por m&#225;s improbable que pareciera, el se&#241;or Johnson pensaba dejarme marchar, aunque ahora ten&#237;a informaci&#243;n suficiente para destruir al se&#241;or Ufford. Informaci&#243;n, pero no las pruebas que me permitieran demostrarla. Pocas veces me he sentido m&#225;s protegido que cuando sal&#237; de aquella casa, pues nadie sali&#243; de las sombras para cortarme el pescuezo, y la mayor dificultad que tuve para volver a casa fue encontrar un carruaje que me llevara hasta all&#237;.

Me dorm&#237; maravillado ante la idea de que Ufford me dejara pisar el mismo suelo que &#233;l sabiendo lo que sab&#237;a, pero pronto descubr&#237; que no ten&#237;a intenci&#243;n de hacer nada semejante. No tard&#233; en enterarme de que, el d&#237;a despu&#233;s de mi encuentro con Johnson, Ufford abandon&#243; las islas -alegando problemas de salud- y se instal&#243; en Italia. En realidad, fue a Roma, la misma ciudad donde resid&#237;a el Pretendiente.



18

Con el inicio de las seis semanas de elecciones encima, decid&#237; desplazarme a Covent Garden y presenciar el desarrollo del d&#237;a inaugural. Con frecuencia estos acontecimientos tienen el tono festivo de un desfile o la fiesta de un alcalde y, al menos, sab&#237;a que me servir&#237;a de entretenimiento.

Hab&#237;a escrito a Elias pidi&#233;ndole que se reuniera conmigo y, puesto que est&#225;bamos en un lugar p&#250;blico, prefer&#237; no aparecer ni como Weaver ni como Evans; resucit&#233; la librea de lacayo para la velada. Ya hab&#237;a pasado el tiempo suficiente desde que utilic&#233; aquel disfraz, y pens&#233; que pod&#237;a vestirlo confiado, al menos durante unas horas.

Nos reunimos en una taberna, para poder discutir con mi amigo la informaci&#243;n que hab&#237;a conseguido recientemente. Sin embargo, Elias pareci&#243; muy irritado al verme.

Me arrepiento de haber inventado el personaje de Matthew Evans -me dijo-. No puedo visitar a ninguno de mis pacientes sin tener que escuchar que es el hombre m&#225;s interesante de Londres. Le estaba administrando un enema a una bella criatura, la hija de un duque, y lo &#250;nico que hac&#237;a era hablar de Matthew Evans. Lo hab&#237;a visto en el teatro. Lo hab&#237;a visto en la asamblea. Casi no le hizo ni caso a su pobre cirujano.

Si tienes a una joven dama mostr&#225;ndote las posaderas y no eres capaz de llamar su atenci&#243;n, no me culpes por ello.

&#201;l tosi&#243; contra el pu&#241;o para disimular la risa.

Bueno, hablemos de tu situaci&#243;n. &#191;Alguna novedad?

Unas cuantas -dije, y proced&#237; a explicarle todo lo que hab&#237;a sucedido.

&#201;l me mir&#243; con incredulidad.

&#161;El Pretendiente ha estado en Londres! Debemos informar al gobierno enseguida.

Promet&#237; que no lo har&#237;a.

Por supuesto que prometiste que no lo har&#237;as. &#191;Qu&#233; ibas a decir? &#191;Os traicionar&#233;, por favor dejadme ir para que pueda hacerlo enseguida? Tu palabra no sirve en un caso as&#237;.

Para m&#237; s&#237;. Y ya se ha ido, o sea que &#191;qu&#233; m&#225;s da?

Importa porque si est&#225; dispuesto a arriesgarse a venir aqu&#237;, s&#243;lo puede ser para buscar apoyo para un levantamiento inminente. El ministerio debe ser informado enseguida.

El ministerio se prepara a diario para un levantamiento. Pasar&#225; perfectamente sin nuestra informaci&#243;n. No pienso arriesgarme y decirle a un gobierno, que est&#225; tratando de matarme, que debe prepararse para una crisis que se est&#225; gestando.

Quiz&#225; tengas raz&#243;n -dijo Elias, pensativo-. &#161;Maldita sea! Ojal&#225; pudiera contar todo esto a mis amigos. Me convertir&#237;a en el hombre m&#225;s importante en los caf&#233;s.

Pues tendr&#225;s que vivir sin ser el h&#233;roe de los caf&#233;s, &#191;no crees?

Por supuesto -dijo &#233;l t&#237;midamente-. Pero lo que me has dicho lo cambia todo. A pesar de lo que te dijeron en casa de Ufford, est&#225;s en un grave, grav&#237;simo peligro. Los jacobitas te han tolerado porque les eras &#250;til, pero fisgonear en sus estudios, descubrir patrocinadores secretos para una invasi&#243;n y visitar clandestinamente al Pretendiente bueno, es el tipo de actividad que los pone nerviosos. Debes tener cuidado o acabar&#225;s como Yate o los testigos de tu juicio.

&#191;Qu&#233; propones?

Respir&#243; hondo.

Mira, Weaver. No esperes que ninguna de esas personas te diga la verdad. Aunque ese irland&#233;s, Johnson, sea amable contigo, no significa que est&#233; siendo sincero.

No, pero pod&#237;a haberme hecho da&#241;o y no lo hizo.

Solo porque cree que puedes serle &#250;til. Pero te har&#225; todo el da&#241;o que quiera si decide que ya no lo eres.

Lo s&#233;.

Entonces har&#237;as mejor aceptando que toda esta intriga de los jacobitas no es m&#225;s que una distracci&#243;n para ti. Est&#225;s poniendo todo tu empe&#241;o en descubrir qu&#233; hay realmente tras la muerte de Yate.

&#191;Y no tendr&#237;a que hacerlo?

Supongo que s&#237;, pero para lograr un fin, no como fin en s&#237; mismo.

Y supongo que el fin es pol&#237;tico.

&#201;l sonri&#243;.

Veo que, despu&#233;s de todo, s&#237; has aprendido algo.


Cuando llegamos a la plaza de Covent Garden, ya hab&#237;a all&#237; miles de electores y observadores; muchos de ellos luc&#237;an los colores de su candidato, y muchas otras personas solo hab&#237;an ido para divertirse. La multitud se mostraba alegre y sombr&#237;a a la vez, como suele estarlo la chusma en Londres. Aquella gente se deleitaba en el espect&#225;culo, pero siempre hab&#237;a en ella una inexplicable amargura, como si aquello no fuera tan maravilloso como quer&#237;an y no los arrancara de su pobreza, del hambre o el dolor de muelas.

Cuando nosotros llegamos, los candidatos tories estaban entrando en la plaza, despu&#233;s de que llegaran los whigs. Vi cientos de estandartes agitarse en el aire cuando Melbury se dirigi&#243; hacia la tribuna, y no pocos huevos y piezas de fruta. Durante su breve discurso, pareci&#243; que los tories ten&#237;an ventaja, y en m&#225;s de una ocasi&#243;n alg&#250;n whig que hac&#237;a preguntas molestas al orador fue arrastrado por la chusma y hubo de enfrentarse a inimaginables tormentos.

Elias ri&#243; levemente ante mi sorpresa.

&#191;Nunca hab&#237;as presenciado un proceso de elecciones?

Supongo que s&#237; -dije-, pero nunca lo hab&#237;a imaginado como un espect&#225;culo. Puesto que no tengo derecho a voto, jam&#225;s me hab&#237;a planteado su importancia pol&#237;tica. Y ahora que lo hago, todo esto me parece absurdo.

Es absurdo, desde luego.

&#191;No te parece mal que la naci&#243;n elija a sus l&#237;deres de esta forma? Vaya, esto es m&#225;s peligroso que la feria de Bartholomew o una fiesta del alcalde.

No hay mucha diferencia entre esto y un espect&#225;culo de marionetas, solo que aqu&#237; en vez de dar golpes en la cabeza a unos mu&#241;ecos se los dan a gente de verdad. Aunque al menos se han reunido miles de personas que tienen algo que decir en la elecci&#243;n. &#191;Preferir&#237;as una ciudad como Bath, donde los parlamentarios son elegidos por un peque&#241;o grupo de hombres en torno a un pollo asado y un buen oporto?

No s&#233; qu&#233; prefiero.

Pues yo prefiero esto -me dijo-.Al menos es entretenido.

Y as&#237;, con la cantidad obligada de violencia, empezaron las elecciones. Qu&#233; extra&#241;o, pens&#233;, que mis esperanzas dependieran de un hombre a quien hab&#237;a odiado sin conocerlo. Pero era cierto, lo mejor para m&#237; era que Griffin Melbury triunfara. Por tanto, no fue poca mi satisfacci&#243;n cuando, a la ma&#241;ana siguiente, en un caf&#233;, escuch&#233; los resultados del recuento del d&#237;a anterior: se&#241;or Melbury, 208 votos; se&#241;or Hertcomb, 188. El hombre a quien despreciaba y que se presentaba por un partido en el que no confiaba hab&#237;a ganado el primer d&#237;a y, aunque hubiera debido desearle lo peor, las circunstancias hab&#237;an querido que me alegrara de su victoria.


No hab&#237;an pasado ni dos d&#237;as -dos d&#237;as en los que Melbury super&#243; a los whigs en las urnas-, cuando Matthew Evans recibi&#243; una nota que me result&#243; totalmente deliciosa. El propio se&#241;or Hertcomb me escrib&#237;a para invitarme a reunirme con un grupo de amigos -entre los que estaba la se&#241;orita Dogmill- para una velada en el teatro la noche siguiente. Me pareci&#243; que la se&#241;orita Dogmill no era una mujer tan osada como para iniciar una relaci&#243;n por carta con un hombre, aunque me hubiera gustado que no se dejara limitar por tales restricciones. Escrib&#237; al se&#241;or Hertcomb enseguida, diciendo que aceptaba encantado.

El candidato whig lleg&#243; a mi casa ataviado con un traje de un vistoso tono azul, animado por unos enormes botones dorados. Me sonri&#243; t&#237;midamente y le invit&#233; a tomar un vino antes de irnos. Si le preocupaba en algo que los tres primeros d&#237;as de elecciones hubieran beneficiado a Melbury, no se notaba.

Conf&#237;o en que no habr&#225; ocas por aqu&#237; cerca, se&#241;or -dijo en tono travieso, divertido a&#250;n por los sucesos acaecidos dos semanas atr&#225;s.

Todas est&#225;n libres, os lo aseguro -repliqu&#233;. Intu&#237; enseguida que Hertcomb, que rabiaba bajo el duro yugo del se&#241;or Dogmill, se deleitaba especialmente con la actitud desafiante que yo le mostraba. Tal vez nunca hab&#237;a visto a un hombre provocarlo tan descaradamente, y quiz&#225; aquella afabilidad suya era su forma de rebelarse contra Dogmill. O, qui&#233;n sabe, tal vez fuera una suerte de esp&#237;a al servicio de Dogmill. En cualquier caso, yo sab&#237;a que pod&#237;a recibir como amigo a aquel hombre sin tener por ello que bajar la guardia.

Dudo que el se&#241;or Dogmill viera con buenos ojos que pase mi tiempo libre con un hombre de inclinaciones tories, se&#241;or, pero no es necesario que le informemos de ello.

No tengo por costumbre informar al se&#241;or Dogmill de mis actos -dije yo.

Bien. Es lo mejor. En cualquier caso, la se&#241;orita Dogmill parece disfrutar de vuestra compa&#241;&#237;a tanto como yo y, puesto que yo disfruto en compa&#241;&#237;a de la se&#241;orita Dogmill, no veo nada malo en amoldarme a sus deseos, no s&#233; si me entend&#233;is.

No estaba muy seguro de entenderlo. Era evidente que al se&#241;or Hertcomb le gustaba Grace Dogmill y que ella hab&#237;a dejado muy claro que no ten&#237;a intenci&#243;n de llevar su relaci&#243;n a un estado m&#225;s legal. &#191;Por qu&#233; aceptaba que yo les acompa&#241;ara? La &#250;nica explicaci&#243;n posible es que no me ve&#237;a como rival o que ten&#237;a en la cabeza cosas m&#225;s importantes que sus inclinaciones amorosas.

Si me permit&#237;s la osad&#237;a -dije-, he observado que, aunque Dogmill es vuestro agente y trabaj&#225;is en estrecho contacto con &#233;l, parece que no le ten&#233;is mucho aprecio.

&#201;l se ri&#243; y agit&#243; la mano quit&#225;ndole importancia.

Oh, no es necesario que seamos amigos. Nuestras familias est&#225;n vinculadas desde hace tiempo, y como representante electoral hace un trabajo extraordinario. Dudo que tuviera la menor oportunidad en esta competici&#243;n sin &#233;l. Todo esto es demasiado complicado para m&#237; -prosigui&#243;-, y Dogmill sabe navegar h&#225;bilmente en aguas traicioneras. Estos tories tienen una fuerte presencia en Westminster, y si Dogmill tiene raz&#243;n, aqu&#237; hay mucho m&#225;s en juego que un simple esca&#241;o en el Parlamento. Si perdemos, el pa&#237;s podr&#237;a verse invadido por los jacobitas.

&#191;Cre&#233;is que eso es cierto?

Ignoro si es cierto o no, pero es lo que creo. -Se tom&#243; un momento para dedicar una mirada significativa a su vaso.

Y entonces, &#191;cu&#225;les son vuestras creencias, se&#241;or? -le pregunt&#233; con gesto cordial.

&#201;l volvi&#243; a re&#237;rse.

Oh, ya sab&#233;is, lo habitual en los whigs. Menos Iglesia y todo eso. Proteger al individuo con nuevas ideas de las antiguas familias. Servir al rey, supongo. Hay una o dos m&#225;s, pero ahora no me acuerdo. Lo que pasa es que un hombre no siempre puede hacer lo que quiere en la C&#225;mara de los Comunes.

&#191;A causa de Dogmill?

Si he de seros sincero, se&#241;or Evans, os dir&#233; que con mucho gusto separar&#237;a mi camino del se&#241;or Dogmill despu&#233;s de las elecciones, por supuesto. Lo digo confidencialmente. Hasta me sorprende o&#237;rme pronunciar estas palabras, pero por alguna raz&#243;n os aprecio. Y jam&#225;s hab&#237;a visto a ning&#250;n hombre plantarle cara a Dogmill tan abiertamente como hac&#233;is vos.

Me re&#237;.

Hay algo en &#233;l que me impulsa a llevarle siempre la contraria. Debe de ser el mism&#237;simo demonio quien me sale de dentro.

Pues no tendr&#237;ais que actuar tan a la ligera. Dogmill tiene un temperamento terrible. El a&#241;o pasado, cuando empec&#233; a prepararme para estas elecciones, fui a verle para decirle que no deseaba que fuera mi representante. Apenas hab&#237;a tenido tiempo de decir nada cuando &#233;l se puso colorado, empez&#243; a tartamudear y a andar arriba y abajo. Ten&#237;a un vaso de vino en la mano, y puedo aseguraros que lo rompi&#243; entre los dedos. Sangraba mucho, pero ni siquiera se dio cuenta.

&#191;Y qu&#233; hicisteis?

No pod&#237;a hacer nada. Dogmill me estaba mirando fijamente. Con una mirada salvaje. De su mano goteaba sangre y vino. Dijo: &#191;Qu&#233; me est&#225;is diciendo, se&#241;or?, una y otra vez, con una voz que hubiera hecho temblar al mismo diablo. As&#237; que me limit&#233; a negar con la cabeza. &#201;l abri&#243; la puerta de golpe, dejando una huella ensangrentada en la pintura, y no volvimos a hablar del tema. Nunca se lo he dicho a nadie.

Me honra vuestra confianza.

Estoy impresionado por vuestro valor. Solo espero que no teng&#225;is que pagar por &#233;l. -Apur&#243; su vaso con decisi&#243;n-. Y ahora, olvidemos las cosas desagradables y disfrutemos de la velada.

Cuando llegamos a Drury Lane, fui recibido por media docena de personas, j&#243;venes de ambos sexos. Cada uno me dijo su nombre, pero si he de ser sincero, dir&#233; que no recuerdo ni uno solo, ni siquiera los de las damas, todas ellas muy bellas. Solo ten&#237;a ojos para la se&#241;orita Dogmill.

Llevaba un vestido azul claro que le sentaba de maravilla, y un corpi&#241;o muy seductor. Sus cabellos oscuros sobresal&#237;an hermosamente bajo un sombrero de ala ancha. Parec&#237;a la dama m&#225;s elegante del reino, y me complaci&#243; que me cogiera del brazo y me permitiera entrar con ella en el teatro.

Es un placer volver a veros, se&#241;orita Dogmill.

Me complace ser motivo de placer -me dijo ella.

Me di cuenta de que el se&#241;or Hertcomb, que charlaba amigablemente con algunos hombres, lanzaba miradas furtivas en nuestra direcci&#243;n. De nuevo, no pod&#237;a adivinar qu&#233; quer&#237;a aquel hombre de m&#237;, pero, a pesar de sus palabras amables, estaba decidido a no bajar la guardia. Y si su deseo era cortejar a la se&#241;orita Dogmill, le resultar&#237;a muy dif&#237;cil competir con el se&#241;or Evans.

Me instal&#233; c&#243;modamente en mi papel, aunque en verdad estaba ante un dilema. Cuando entr&#233; en el teatro vestido con un buen traje y una peluca a la moda, del brazo de una joven y bell&#237;sima dama, no hubiera podido sentirme m&#225;s encantado. Era Matthew Evans, pr&#243;spero soltero, supuestamente a la b&#250;squeda de una esposa. Me hab&#237;a convertido en objeto de cotilleos entre las damas solteras del beau monde. Mientras sub&#237;amos hacia nuestro palco, o&#237; a otros asistentes murmurar mi nombre. Es el se&#241;or Evans, el comerciante de Jamaica del que te habl&#233; -o&#237; que dec&#237;a una joven-. Parece que Grace Dogmill lo tiene bien cogido.

Y sin embargo, a pesar de estos placeres, no pod&#237;a dejar de recordar que estaba viviendo una farsa. De haber sabido la se&#241;orita Dogmill qui&#233;n era yo, habr&#237;a huido horrorizada. Yo era un jud&#237;o que viv&#237;a de sus pu&#241;os, un fugitivo buscado por asesinato, y mi prop&#243;sito era destruir a su hermano. Ser&#237;a cruel, monstruosamente cruel, permitir que llegara a sentir afecto por el personaje que hab&#237;a adoptado por necesidad. Era plenamente consciente de ello. Sin embargo, estaba tan encandilado por mi posici&#243;n en aquel mundo que siempre se me hab&#237;a negado, que no estaba dispuesto a escuchar la molesta voz de la moral.

&#191;Ser&#237;a aquella la sensaci&#243;n que hab&#237;a seducido a Miriam? Quiz&#225; no fueron Melbury y sus encantos, sino Londres, el Londres cristiano. Si hubiera podido convertirme en Matthew Evans, con su dinero y su posici&#243;n y libertad para moverse en sociedad, &#191;lo habr&#237;a hecho? No lo s&#233;.

Cada uno ocup&#243; su asiento en el palco, y yo ech&#233; una ojeada al escenario, donde ya hab&#237;a empezado la representaci&#243;n, Cato, de Addison. Ciertamente, una buena elecci&#243;n para el per&#237;odo de elecciones, pues la obra elogiaba a los grandes hombres de Estado que abrazaban el civismo frente a la corrupci&#243;n. Sin duda el director del teatro esperaba atraer a mucha gente con esa obra, y as&#237; hab&#237;a sido, pero era muy explosiva y pod&#237;a encender f&#225;cilmente las pasiones del p&#250;blico que es exactamente lo que pas&#243;.

No llevar&#237;amos sentados ni diez minutos cuando el se&#241;or Barton Booth, en el papel de Cato, se puso a pronunciar un acalorado discurso sobre la corrupci&#243;n en el Senado. En el patio de butacas alguien grit&#243;:

&#191;Corrupci&#243;n en el Senado? No nos hab&#237;amos dado cuenta.

Esto hizo re&#237;r escandalosamente al p&#250;blico y, mientras el intr&#233;pido actor segu&#237;a con su texto, otro hombre grit&#243;:

&#161;Melbury es nuestro Cato! &#161;Es el &#250;nico que tiene un poco de virtud!

En este punto yo mir&#233; al se&#241;or Melbury, que estaba en un palco, frente a nosotros, y se levant&#243; e hizo una reverencia ante el p&#250;blico.

En el escenario, los actores se interrumpieron moment&#225;neamente, esperando a que el p&#250;blico volviera una peque&#241;a parte de su atenci&#243;n a ellos. Tendr&#237;an que esperar un buen rato.

Maldito sea Melbury -exclam&#243; otro-. &#161;Malditos sean los tories, papistas, jacobitas!

A todo esto, Hertcomb empez&#243; a ponerse del color de un queso viejo, y agach&#243; la cabeza sobre el pecho. Lo &#250;ltimo que quer&#237;a era que una multitud encendida de tories lo reconociera. No puedo decir que se lo reproche. Cuando vi que las piezas de fruta empezaban a volar, cog&#237; a la se&#241;orita Dogmill del brazo.

&#161;Creo que es hora de que os lleve a un lugar menos peligroso!

Ella ri&#243; amablemente a mi o&#237;do.

Oh, quiz&#225; el se&#241;or Hertcomb tiene raz&#243;n al querer pasar desapercibido, pero nosotros no tenemos de qu&#233; preocuparnos. En las Indias Occidentales quiz&#225; el p&#250;blico no sea tan ruidoso, se&#241;or Evans, pero aqu&#237; es algo habitual.

Ahora hab&#237;a grupos de espectadores que peleaban. La mitad maldec&#237;a al se&#241;or Melbury, y la otra mitad al se&#241;or Hertcomb. El famoso autor de comedia de Drury Lane, el se&#241;or Colley Cibber, sali&#243; al escenario con la esperanza de aplacar los &#225;nimos, pero sus esfuerzos fueron recibidos con una lluvia de manzanas. El partido de Hertcomb llevaba las de perder, y sus voces empezaban a apagarse entre los partidarios de Melbury.

Entonces o&#237; algo que me lleg&#243; al alma.

Dios bendiga a Griffin Melbury -grit&#243; un hombre-, y Dios bendiga a Benjamin Weaver.

Parece que los elogios que Johnson hab&#237;a colocado en los peri&#243;dicos tories sobre m&#237; hab&#237;an hecho efecto. Al poco, el grito, que acab&#243; pr&#225;cticamente con los partidarios de Hertcomb, era &#161;Melbury y Weaver!, una y otra vez, como si nos present&#225;ramos juntos a los Comunes. Melbury segu&#237;a en pie, saludando a la multitud, disfrutando anticipadamente de la victoria, mientras Hertcomb trataba de esconder el rostro entre las manos. Ahora los gritos iban acompa&#241;ados con golpes de los pies, y el edificio entero temblaba al ritmo de aquel alboroto.

&#191;Est&#225;is segura de que no hay motivo de alarma? -le pregunt&#233; a la se&#241;orita Dogmill. He estado entre p&#250;blicos tumultuosos muchas veces, y sab&#237;a cu&#225;ndo una multitud empieza a volverse peligrosa. Melbury hab&#237;a dejado de saludar y trataba de aplacar a la chusma, pero ya no le interesaba. Por los aires volaban frutas, peri&#243;dicos, zapatos y sombreros, como chispas en un espect&#225;culo de fuegos artificiales. El alboroto estaba en su momento &#225;lgido.

No -dijo la se&#241;orita Dogmill, aunque ahora la voz le temblaba-. No estoy segura. Ciertamente, empiezo a temer por la seguridad del se&#241;or Hertcomb, y puede que incluso por la m&#237;a propia.

Entonces vamos -dije.

El resto de nuestros compa&#241;eros estuvieron de acuerdo, y abandonamos el lugar de forma precipitada, aunque ordenada, junto con la mayor&#237;a de los ocupantes de los otros palcos. Si los bellacos del patio de butacas quer&#237;an destrozar el teatro, all&#225; ellos. Hubo muchos comentarios sobre la insumisi&#243;n de las clases bajas, sentimiento con el que Hertcomb se mostr&#243; totalmente de acuerdo asintiendo con la cabeza, aunque con la cara oculta en un pa&#241;uelo.

Puesto que nuestros planes para la velada hab&#237;an quedado interrumpidos de forma prematura, se discuti&#243; ad&#243;nde ir a continuaci&#243;n. La noche era inusualmente c&#225;lida para la &#233;poca, as&#237; que todos estuvimos de acuerdo en cenar al aire libre en un jard&#237;n en Saint James. Fuimos hasta all&#237; y disfrutamos de un buen plato de ternera y ponche caliente rodeados de antorchas.

Hertcomb llev&#243; su infortunio con una habilidad que hubiera impresionado a los actores de Drury Lane. Aunque miraba en direcci&#243;n a la se&#241;orita Dogmill al menos dos o tres veces cada minuto, se consol&#243; con una de sus acompa&#241;antes, una criatura vivaracha con el pelo de color marr&#243;n y nariz larga y delgada. No era la joven m&#225;s bella de la ciudad, pero desde luego era amable, y vi que Hertcomb encontraba en ella m&#225;s cosas que le gustaban con cada vaso de ponche que tomaba. Cuando le puso el brazo alrededor de la cintura y grit&#243; que la querida Henrietta (aunque se llamaba Harriet) era su verdadero amor y la mejor joven del reino, dej&#233; de preocuparme por sus sentimientos.

Conforme Hertcomb ca&#237;a en un delicioso y seguro estupor, me permit&#237; relajarme y disfrutar yo tambi&#233;n. Mientras charl&#225;bamos, descubr&#237; que la conversaci&#243;n de la se&#241;orita Dogmill era agradable, si bien poco destacable. Ninguno de ellos ten&#237;a el menor inter&#233;s por conocer mi vida, salvo algunos peque&#241;os detalles; me complaci&#243; mucho tener que decir tan pocas mentiras en el transcurso de la velada. En lugar de eso, arropado por la calidez de la comida y la bebida, las antorchas del jard&#237;n y la proximidad del cuerpo de la se&#241;orita Dogmill, casi me convenc&#237; de que aquella era mi vida, de que era Matthew Evans y nadie me desenmascarar&#237;a en el futuro. Ahora s&#233; que fui excesivamente optimista, pues iban a desenmascararme muy pronto.


Tal vez de haber disfrutado menos de la bebida no hubiera permitido que pasara nada semejante, pero tras los acontecimientos de aquella tarde me encontr&#233; viajando a solas con la se&#241;orita Dogmill en su carruaje. Ella hab&#237;a aceptado llevarme a mi casa y yo supuse que otras personas vendr&#237;an con nosotros, pero me qued&#233; a solas con ella en la oscuridad del coche.

Vuestro alojamiento est&#225; muy cerca de mi casa -dijo-. Quiz&#225; os gustar&#237;a venir primero a mi casa y tomar un refrigerio.

Me encantar&#237;a, pero me temo que a vuestro hermano no le agrade mi visita.

Tambi&#233;n es mi casa -dijo ella dulcemente.

Las cosas empezaban a ponerse delicadas. Hac&#237;a ya un tiempo que sospechaba que la se&#241;orita Dogmill no guardaba su virtud con demasiado celo y, si bien no era un hombre que se resistiera a los atractivos de Venus, me gustaba demasiado para permitir que se comprometiera por mi culpa estando yo disfrazado. Ciertamente, no pod&#237;a revelarle mi verdadero nombre, pero tem&#237; que si la rechazaba le parecer&#237;a excesivamente mojigato o, puede que peor, falto de inter&#233;s por sus encantos. &#191;Qu&#233; pod&#237;a hacer sino aceptar su ofrecimiento?

Enseguida nos retiramos a su salita y, cuando su doncella nos trajo un decantador de vino, quedamos totalmente solos. Un buen fuego ard&#237;a en la chimenea, y hab&#237;a dos candelabros encendidos, pero aun as&#237; est&#225;bamos en penumbra. Yo hab&#237;a tenido la cautela de ocupar un asiento frente a la se&#241;orita Dogmill, que estaba sentada en el sof&#225;, y lament&#233; no poder verle bien los ojos cuando habl&#225;bamos.

He sabido recientemente que hicisteis una visita a mi hermano en el juego de los gansos -me dijo.

Tal vez no est&#233; entre mis acciones menos provocativas -confes&#233;.

Sois un misterio, se&#241;or. Sois tory y, no obstante, busc&#225;is la ayuda de un gran whig cuando lleg&#225;is a la ciudad. &#201;l os rechaza y sin embargo os present&#225;is cuando es evidente que eso lo enfurecer&#225;.

&#191;Y eso os molesta? -pregunt&#233;.

Ella ri&#243;.

No, me divierte. Quiero a mi hermano, y siempre ha sido bueno conmigo, pero s&#233; que no siempre es bueno con los dem&#225;s. Con el pobre se&#241;or Hertcomb, por ejemplo, a quien trata como a un lacayo borracho. No puedo sino sonre&#237;r cuando veo a un hombre que no vacila a la hora de plantarle cara. Pero tambi&#233;n me desconcierta.

No puedo justificar del todo mis caprichos -dije a modo de explicaci&#243;n-. Erigirme en defensor de aquel ganso me pareci&#243; lo correcto en aquel momento. Lo cual no significa que no pueda sentarme a una mesa y comerme con gran placer una buena porci&#243;n de ganso.

&#191;Sab&#233;is, se&#241;or Evans? Habl&#225;is de vuestra vida mucho menos que ning&#250;n hombre que haya conocido.

&#191;C&#243;mo pod&#233;is decir eso? &#191;No acabo de exponeros mi opini&#243;n sobre hombres y gansos?

Sin duda, pero me interesa mucho m&#225;s el hombre que el ganso.

No deseo hablar de m&#237;. No cuando hay alguien tan interesante como vos en la habitaci&#243;n. Me complacer&#237;a mucho m&#225;s saber de vos que o&#237;rme hablar a m&#237; mismo de cosas que conozco muy bien.

Ya os he hablado de mi vida. Pero vos os mostr&#225;is reservado. No s&#233; nada de vuestra familia, vuestros amigos, vuestra vida en Jamaica. A la mayor&#237;a de los hombres que viven de la tierra les encanta hablar de sus propiedades y sus negocios, pero vos no dec&#237;s nada. Porque, si yo os preguntara las dimensiones de vuestra plantaci&#243;n, dudo que fuerais capaz de dec&#237;rmelas.

Re&#237; con una risa forzada.

Sin duda sois la &#250;nica de todas las damas que conozco que desea ser castigada con una informaci&#243;n tan tediosa.

Por un momento la se&#241;orita Dogmill no dijo nada. Dio un trago a su vino y dej&#243; el vaso. O&#237; perfectamente el suave golpe de la plata contra la madera de la mesa.

Decidme la verdad. &#191;Por qu&#233; visitasteis a mi hermano? -pregunt&#243; al fin, con voz pesarosa y sombr&#237;a. Supe que algo hab&#237;a cambiado.

Trat&#233; con todas mis fuerzas de fingir que no hab&#237;a notado nada preocupante en su voz.

Hab&#237;a pensado en convertirme en agente de compra del tabaco de Jamaica -dije repitiendo la misma mentira de siempre- y esperaba que vuestro hermano me ayudara.

Dudo mucho que quiera hacer tal cosa.

Pues vuestras dudas me habr&#237;an sido de gran ayuda de haberlas conocido antes de mi visita.

Pero el resultado de la visita que hicisteis al se&#241;or Dogmill no debi&#243; de sorprenderos. La reputaci&#243;n de mi hermano de despiadado hombre de negocios seguramente ha llegado a las Indias Occidentales. No hay en Virginia ni un solo granjero que no le tema. &#191;Me est&#225;is diciendo que jam&#225;s hab&#237;ais o&#237;do decir que es un hombre poco generoso en tales cuestiones? Seguro que hay alg&#250;n agente de compra menos importante que os hubiera ayudado gustoso.

Quer&#237;a consultar al mejor -repliqu&#233; al punto-, pues el &#233;xito de vuestro hermano da fe de su habilidad.

Pens&#233; que ella me acosar&#237;a con alguna otra dif&#237;cil pregunta, pero estaba equivocado.

Apenas os veo donde est&#225;is -dijo-. Ni siquiera cuando me inclino hacia delante.

Ya es muy tarde, creo que deber&#237;a marcharme. Esto es lo que hubiera debido decir, pero no lo dije.

Entonces, creo que me sentar&#233; en el sof&#225;, a vuestro lado.

Y as&#237; lo hice. Me sent&#233; junto a la se&#241;orita Dogmill y not&#233; la deliciosa calidez de su cuerpo, a solo unos cent&#237;metros del m&#237;o. Apenas me hab&#237;a sentado cuando tuve la osad&#237;a de tomarla de la mano. Fue como si mi yo m&#225;s elevado se hubiera congelado en mi interior y mis instintos m&#225;s bajos guiaran mis actos. La necesidad de notar su piel contra la m&#237;a acall&#243; todas las voces en mi interior.

Durante toda la velada he deseado tomar vuestra mano -le dije-. Desde el momento en que os vi.

Ella no dijo nada, pero tampoco apart&#243; la mano. A pesar de la oscuridad, vi una sonrisa divertida en su rostro.

Esperaba que me animara a seguir, pero estaba dispuesto a seguir adelante de todos modos.

Se&#241;orita Dogmill, debo deciros que sois la joven m&#225;s bella que he conocido en mucho tiempo. Sois encantadora, animada y adorable en todos los sentidos.

Aqu&#237; se permiti&#243; una risa.

Desde luego es todo un cumplido viniendo de vos, pues ten&#233;is reputaci&#243;n de estar bien relacionado entre las damas.

El coraz&#243;n me lat&#237;a con fuerza en el pecho.

&#191;Yo? &#191;Reputaci&#243;n? Apenas acabo de llegar a estas islas.

Ella abri&#243; la boca para decir algo, pero no habl&#243;. En lugar de eso, se inclin&#243; hacia delante s&#237;, ella se inclin&#243; hacia delante y me bes&#243;. Al poco ya hab&#237;a rodeado yo con mis brazos su deliciosa figura, y los dos nos entregamos a los encantos de la pasi&#243;n. Todos mis buenos prop&#243;sitos de mantenerme apartado se evaporaron y no puedo decir hasta qu&#233; punto nos habr&#237;amos dado a la perdici&#243;n de no ser porque sucedieron dos cosas que interrumpieron nuestro delirio.

La segunda y menos perturbadora de las dos fue que la puerta se abri&#243; de improviso y el se&#241;or Dogmill entr&#243; en la habitaci&#243;n con media docena de amigos, todos ellos con sus espadas en la mano.

La primera fue que, un segundo antes de que nuestra intimidad quedara trastocada por el se&#241;or Dogmill y sus valientes, la se&#241;orita Dogmill dej&#243; de besarme y me susurr&#243; unas palabras al o&#237;do.

S&#233; qui&#233;n sois, se&#241;or Weaver.


Fue una desafortunada coincidencia, en m&#225;s de un sentido, la que hizo que Dogmill y los suyos irrumpieran en aquel momento en la habitaci&#243;n, pues solo cab&#237;a pensar que todo aquello no era m&#225;s que una elaborada trampa. Despu&#233;s de haberme perdido en las nieblas de la pasi&#243;n, lament&#233; tener que verme en situaci&#243;n de matar al hermano de la dama, pues no deseaba volver a Newgate.

Me levant&#233; de un brinco y trat&#233; de encontrar en la habitaci&#243;n un arma que me permitiera defenderme de aquellos hombres, pero no encontr&#233; ninguna.

Apartaos de mi hermana, Evans -me escupi&#243; Dogmill.

Evans. Me hab&#237;a llamado Evans. Dogmill no estaba all&#237; para devolver a Benjamin Weaver a la c&#225;rcel. Solo quer&#237;a proteger el honor de su hermana. Di un suspiro de alivio, porque, despu&#233;s de todo, quiz&#225; no ser&#237;a necesario da&#241;ar seriamente a nadie.

&#161;Por Dios, Denny! -exclam&#243; la se&#241;orita Dogmill-. &#191;Qu&#233; haces aqu&#237;?

C&#225;llate. Ya hablaremos despu&#233;s t&#250; y yo. Y no blasfemes, no es propio de una dama. -Se volvi&#243; hacia m&#237;-. Decidme, &#191;c&#243;mo os atrev&#233;is a deshonrar a mi hermana en mi propia casa, se&#241;or?

&#191;C&#243;mo sab&#237;as que estaba aqu&#237;? -pregunt&#243; Grace.

No me gust&#243; la forma en que te miraba en la asamblea, as&#237; que di orden a Molly de que me informara enseguida si ven&#237;a por aqu&#237;. Y ahora -me dijo a m&#237;-, no pienso consentir m&#225;s descortes&#237;as por su parte. Somos todos caballeros y sabemos muy bien c&#243;mo tratar a un hombre que intenta violentar a una dama.

&#161;Violentar! -exclam&#243; Grace-. No seas absurdo. El se&#241;or Evans se ha comportado en todo momento como un caballero. Est&#225; aqu&#237; por invitaci&#243;n m&#237;a y no es culpable de ning&#250;n gesto impropio.

No te he pedido tu opini&#243;n sobre lo que es y no es propio -le dijo Dogmill a mi v&#237;ctima-. Una joven de tu edad no siempre se da cuenta cuando un hombre est&#225; utiliz&#225;ndola. No tienes de qu&#233; preocuparte, Grace. Nosotros nos ocuparemos de &#233;l.

Sois muy valiente; enfrentaros a m&#237; con seis hombres a vuestro lado -dije-. Alguien menos decidido se hubiera tra&#237;do a doce.

Pod&#233;is re&#237;ros cuanto os apetezca, pero soy yo quien tiene, y vos no ten&#233;is nada. Tendr&#237;ais que estarme agradecido, pues tengo intenci&#243;n de daros solo una cuarta parte de los golpes que merec&#233;is.

&#191;Est&#225;is loco? -le pregunt&#233;, pues se estaba excediendo. Y sab&#237;a que la persona por quien me hac&#237;a pasar solo pod&#237;a responder a aquella situaci&#243;n de una forma-. Pod&#233;is estar en desacuerdo conmigo si quer&#233;is, pero hacedlo como un caballero. No tolerar&#233; que se me trate como a un sirviente porque hay&#225;is tenido la precauci&#243;n de traeros un peque&#241;o ej&#233;rcito. Si ten&#233;is algo que decirme, decidlo como un hombre de honor, y si dese&#225;is batiros en duelo conmigo, lo haremos en Hyde Park, donde con mucho gusto me enfrentar&#233; a vos el d&#237;a que escoj&#225;is, si es que est&#225;is lo bastante loco para batiros conmigo.

&#191;Qu&#233; es esto, Dogmill? -le pregunt&#243; uno de sus amigos-. Me dijiste que un mat&#243;n estaba molestando a tu hermana. Me parece que este caballero est&#225; aqu&#237; por invitaci&#243;n suya y deber&#237;a ser tratado con m&#225;s respeto.

C&#225;llate -le sise&#243; Dogmill a su compa&#241;ero, pero con aquellos argumentos no convenci&#243; a nadie. Los otros empezaron a murmurar.

No me gusta esto, Dogmill -continu&#243; diciendo el amigo-. Estaba jugando al tresillo y ten&#237;a una buena mano cuando viniste y me arrancaste de la mesa de juego. Es una ruindad mentirle a un hombre y decir cosas sobre hermanas que est&#225;n en peligro cuando no es tal cosa.

Dogmill le escupi&#243; al sujeto en la cara. Y no un hilillo de baba, no, le escupi&#243; una masa espesa y aglutinada de esputo que le acert&#243; con un sonido casi c&#243;mico. El amigo se lo limpi&#243; con la manga y su cara se puso de un encendido carmes&#237;, pero no dijo m&#225;s.

La se&#241;orita Dogmill se puso muy derecha y cruz&#243; los brazos sobre el pecho.

Deja de escupir a tus amigos como si fueras un cr&#237;o y disc&#250;lpate ante el se&#241;or Evans -dijo con gesto severo-; puede que entonces &#233;l te perdone esta ofensa.

Mir&#233; al se&#241;or Dogmill y le dediqu&#233; mi sonrisa m&#225;s encantadora. Por supuesto, lo hice para mofarme. El tipo estaba en un aprieto. Llegados a este punto, cualquier hombre de car&#225;cter me hubiera retado en duelo, pero yo ya sab&#237;a que no se arriesgar&#237;a a provocar un esc&#225;ndalo hasta despu&#233;s de las elecciones.

Dogmill parec&#237;a un gato acorralado por un perro que ya estaba salivando.

Se volvi&#243; hacia un lado y hacia el otro. Trat&#243; de pensar una forma de salir de aquel entuerto, pero no se le ocurri&#243; nada.

Marchaos. Resolveremos este asunto cuando hayan terminado las elecciones.

Yo sonre&#237; una vez m&#225;s.

Bueno, solo un tunante no hubiera quedado satisfecho ante tan amable disculpa -dije a los presentes-, as&#237; que acepto las palabras conciliadoras del se&#241;or Dogmill. Y ahora, caballeros, quiz&#225; podr&#237;an marcharse y dejar que la se&#241;orita Dogmill y yo sigamos nuestra conversaci&#243;n.

Solo ella, seg&#250;n pude ver, ri&#243; de mi sarcasmo. Los amigos del se&#241;or Dogmill parec&#237;an mortificados, y los m&#250;sculos de este se tensaron tanto que casi se cae al suelo de un ataque.

O -propuse- tal vez lo mejor ser&#225; que vuelva en otra ocasi&#243;n, pues la hora es un tanto avanzada. -Me inclin&#233; ante la dama y le dije que esperaba poder verla pronto. Y con esto, me dirig&#237; hacia la puerta; los hombres se apartaron para dejarme paso.

Tuve que ir yo solo de la sala hasta la puerta de la calle; en el camino me cruc&#233; con una bonita sirvienta de vivarachos ojos verdes.

&#191;T&#250; eres Molly? -le pregunt&#233;.

Ella asinti&#243; en silencio.

Le puse un par de chelines en la mano.

Volver&#233; a darte esta cantidad la pr&#243;xima vez que tengas que informar al se&#241;or Dogmill de mi presencia y no lo hagas.


Mir&#233; en todas direcciones pero no vi ning&#250;n carruaje, y dif&#237;cilmente pod&#237;a esperar que Dogmill me ofreciera a su sirviente para que fuera en busca de uno; aun as&#237;, me di la vuelta para volver a entrar en la casa y ped&#237;rselo. Al volverme me encontr&#233; de frente con Dogmill. Me hab&#237;a seguido hasta fuera.

No comet&#225;is el error de tomarme por un cobarde -dijo-. Me hubiera enfrentado a vos en los t&#233;rminos que fueran para dejar que defend&#225;is eso que ten&#233;is la desfachatez de llamar honor, pero no puedo permitirme ninguna acci&#243;n que perjudique al se&#241;or Hertcomb, con quien estoy asociado. Cuando las elecciones terminen, pod&#233;is estar seguro de que me pondr&#233; en contacto con vos. Entretanto, os aconsejo que os manteng&#225;is alejado de mi hermana.

Y si no lo hago &#191;qu&#233; pasa?, &#191;me vais a castigar con la amenaza de otro duelo, de aqu&#237; a seis semanas? -No puedo expresar el placer que me produc&#237;a insultarle tan abiertamente.

Dio un paso hacia m&#237;, sin duda con intenci&#243;n de intimidarme con su tama&#241;o.

&#191;Quer&#233;is probarme, se&#241;or? Quiz&#225; quiera evitar un duelo en p&#250;blico, pero no me importar&#237;a daros una patada en el culo aqu&#237; mismo.

Me gusta vuestra hermana, se&#241;or, y tengo intenci&#243;n de visitarla mientras ella lo consienta. No pienso prestar o&#237;dos a vuestras objeciones, ni tolerar&#233; m&#225;s rudeza por vuestra parte.

Creo que tal vez me exced&#237; en mi papel, pues en un visto y no visto me encontr&#233; al pie de las escaleras, tirado sobre el fango de la calle, mirando a Dogmill, que casi sonri&#243; por mi embarazosa situaci&#243;n. El dolor en la mand&#237;bula y el sabor met&#225;lico de la sangre en la boca me dijeron que era ah&#237; donde me hab&#237;a golpeado; me pas&#233; la lengua por los dientes para asegurarme de que no hubiera bajas.

Al menos en esto hab&#237;a buenas noticias, pues todos mis dientes segu&#237;an bien sujetos. Sin embargo, me sorprendi&#243; la rapidez del golpe de Dogmill. Sab&#237;a que era un hombre fuerte, y no pod&#237;a creer que se hubiera controlado de aquella forma al golpearme. Hab&#237;a recibido muchos golpes semejantes en mis d&#237;as de p&#250;gil, y sab&#237;a que un hombre capaz de golpear tan r&#225;pido -tanto que ni siquiera lo hab&#237;a visto venir- podr&#237;a hacerlo con mucha m&#225;s fuerza. Estaba jugando conmigo. O tal vez no quer&#237;a arriesgarse a matarme. Me ten&#237;a por un rico mercader, y si me asesinaba no podr&#237;a escapar a la justicia con la misma facilidad que cuando mataba a mendigos y vagabundos.

Para m&#237; el verdadero desaf&#237;o estaba en la fuerza de Dogmill. De haber sido un hombre m&#225;s d&#233;bil, a quien sab&#237;a que pod&#237;a derrotar f&#225;cilmente, hubiera evitado sin miramientos la pelea. Me hubiera convencido de que era la decisi&#243;n correcta y no hubiera pensado m&#225;s en ello. Pero fue la certeza de que Dogmill podr&#237;a derrotarme lo que hizo aquella decisi&#243;n tan dif&#237;cil, pues lo que m&#225;s deseaba en el mundo era devolverle el golpe, y desafiarlo. Sab&#237;a que me odiar&#237;a a m&#237; mismo por darme la vuelta cobardemente. Que pasar&#237;a la noche en vela pensando c&#243;mo pod&#237;a, desear&#237;a o deber&#237;a haber respondido a su desaf&#237;o. Pero no pod&#237;a hacerlo. No pod&#237;a. No pod&#237;a arriesgarme a descubrir mi verdadera identidad ante Dogmill.

Me sent&#233; en el suelo y lo mir&#233; por un momento.

Os hab&#233;is tomado muchas libertades -dije, con la mand&#237;bula r&#237;gida.

Pod&#233;is castigarme.

Lo maldije en silencio, pues &#233;l sab&#237;a que no pod&#237;a derrotarlo en una lucha de hombre a hombre.

Mi momento llegar&#225; -dije, tratando de ahogar la verg&#252;enza con pensamientos de venganza.

Vuestro momento ha llegado y ha pasado -me dijo &#233;l. Me dio la espalda y volvi&#243; a su casa.



19

Grace conoc&#237;a mi identidad. No puedo decir si esto me perturb&#243; o fue un alivio, pues al menos contaba con la tranquilidad de no tener que seguir minti&#233;ndole. Pero &#191;c&#243;mo me hab&#237;a reconocido, y qu&#233; pretend&#237;a hacer ahora que conoc&#237;a mi verdadero nombre? Afortunadamente, fue ella quien me salv&#243; de la tortura de la ignorancia, pues a la ma&#241;ana siguiente recib&#237; una nota suya solicitando que la acompa&#241;ara en su campa&#241;a para conseguir votos. Yo desconoc&#237;a c&#243;mo se organizan estos asuntos, y mi curiosidad innata me habr&#237;a empujado a aceptar incluso si las circunstancias lo hubieran desaconsejado. Le escrib&#237; una nota enseguida, aceptando con entusiasmo.

Ten&#237;a la mand&#237;bula muy sensible a causa del golpe de Dogmill, pero milagrosamente no estaba hinchada ni morada, as&#237; que no vi raz&#243;n para declinar la invitaci&#243;n. Cerca de las once, lleg&#243; un carruaje cubierto con las serpentinas azules y naranjas de la campa&#241;a del se&#241;or Hertcomb. Si se me hab&#237;a pasado por la imaginaci&#243;n que iba a estar solo en el coche con la se&#241;orita Dogmill, me llev&#233; una gran decepci&#243;n, pues fue el propio se&#241;or Hertcomb quien baj&#243; del carruaje y me recibi&#243; con no poco descontento. Seg&#250;n establec&#237;a la ley, durante las elecciones deb&#237;a estar siempre en la tribuna electoral, pero en Westminster, donde las elecciones se prolongaban muchos d&#237;as, nadie insist&#237;a en que los candidatos respetaran una norma tan estricta y se sab&#237;a que muchos solo aparec&#237;an brevemente cada d&#237;a.

En el interior del coche encontr&#233; a la se&#241;orita Dogmill, ataviada con un bello vestido de color azul y naranja. Me sent&#233; frente a ella y le sonre&#237; d&#233;bilmente. En cambio, ella me respondi&#243; con una sonrisa cordial y divertida. Conoc&#237;a uno de mis secretos, y hubiera dado lo que fuera por o&#237;r lo que ten&#237;a que decir. Pero tendr&#237;a que esperar y esta situaci&#243;n le resultaba deliciosa.

El carruaje acababa de empezar a traquetear cuando Hertcomb, haciendo un esfuerzo a pesar de su confusi&#243;n, Se volvi&#243; hacia m&#237;.

Debo decir, se&#241;or, que me sorprende que dese&#233;is acompa&#241;arnos.

&#191;Y por qu&#233; os sorprende? -pregunt&#233; yo a mi vez, algo alarmado por su tono.

Segu&#237;s siendo tory, &#191;no es cierto?

No he sufrido ninguna conversi&#243;n.

&#191;Y segu&#237;s apoyando al se&#241;or Melbury?

Mientras siga con los tories.

Entonces, &#191;por qu&#233; dese&#225;is venir con nosotros? Espero que no tram&#233;is ninguna maldad.

Ninguna -le promet&#237;-. Os acompa&#241;o porque os deseo lo mejor, se&#241;or Hertcomb, y porque la se&#241;orita Dogmill me pidi&#243; que os acompa&#241;ara en vuestra excursi&#243;n. Vos mismo dijisteis que el partido no lo es todo en la vida de un hombre. Adem&#225;s de lo cual, cuando una dama tan atenta como la se&#241;orita Dogmill hace una petici&#243;n, muy necio ha de ser un hombre para rechazarla.

Hertcomb no qued&#243; en modo alguno satisfecho con mi respuesta, pero, como no dije m&#225;s, se content&#243; lo mejor que pudo. No me gustaba este nuevo esp&#237;ritu de confrontaci&#243;n que ve&#237;a en &#233;l, y solo cab&#237;a imaginar que estaba atrapado entre emociones enfrentadas. Por un lado, deseaba m&#225;s que nada en el mundo que yo siguiera desafiando a Dogmill. Pero por el otro, deseaba que dejara a la se&#241;orita Dogmill a merced de sus in&#250;tiles esfuerzos. Entretanto, el carruaje hab&#237;a girado hacia Cockspur Street y vi que nos dirig&#237;amos hacia Covent Garden.

&#191;C&#243;mo se decide la localizaci&#243;n de la plataforma electoral? -pregunt&#233;.

Buena pregunta -dijo Hertcomb, con curiosidad-. &#191;C&#243;mo se decide?

La se&#241;orita Dogmill sonri&#243; como el maestro de pintura de una dama.

Como bien sab&#233;is, mi hermano dirige la campa&#241;a electoral del se&#241;or Hertcomb, as&#237; que coordina con sus ayudantes los nombres y direcciones de los votantes de Westminster.

Pero debe de haber casi diez mil. Sin duda no podr&#225;n visitar a cada uno de ellos.

Desde luego que s&#237; -dijo ella-. Diez mil visitas no son tantas cuando una campa&#241;a electoral dura seis semanas y hay docenas de voluntarios deseando animar a los dem&#225;s a poner su granito de arena por el futuro de su pa&#237;s. Westminster no es un burgo de provincias donde estas cosas las controlan los terratenientes. Aqu&#237; es necesario actuar.

Yo hab&#237;a o&#237;do hablar de tales cosas hac&#237;a tiempo, de grandes hombres y terratenientes que dec&#237;an a sus arrendatarios qu&#233; ten&#237;an que votar. Los que desafiaban estas &#243;rdenes con frecuencia eran obligados a abandonar las tierras y ca&#237;an en la miseria. En una o dos ocasiones se hab&#237;a comentado en el Parlamento la posibilidad de que el voto fuera secreto, pero la idea fue descartada enseguida. &#191;Qu&#233; dice de la libertad brit&#225;nica, preguntaban los miembros de la C&#225;mara de los Comunes, si un hombre teme decir abiertamente a qui&#233;n apoya?

Resulta dif&#237;cil creer que haya tantas personas dispuestas a dedicar su tiempo a la causa.

&#191;Y por qu&#233; es tan dif&#237;cil? -me pregunt&#243; Hertcomb, puede que un tanto ofendido.

Solo digo que la pol&#237;tica es algo muy peculiar en lo que la gente suele interesarse mayormente por lo que puede sacar.

Sois un c&#237;nico, se&#241;or. &#191;Y no podr&#237;a ser que estuvieran interesados por la causa whig?

&#191;Y qu&#233; causa es esa, si se puede preguntar?

No creo que tenga sentido que discuta esta materia con vos -dijo, irritado.

No deseo discutir. Estoy muy interesado en escuchar en qu&#233; consiste la causa whig. A mi entender, la veo poco menos que como una forma de proteger los privilegios de hombres con nuevas fortunas y obstaculizar todo aquello que pueda indicar que hay otras cosas que importan aparte de enriquecerse uno a costa de los dem&#225;s. Si hay alguna ideolog&#237;a m&#225;s importante sobre la que se asiente el partido, con mucho gusto me gustar&#237;a conocerla.

&#191;Est&#225;is afirmando que el partido tory no busca enriquecerse y sacar provecho donde puede?

Jam&#225;s afirmar&#237;a nada semejante sobre nadie relacionado con la pol&#237;tica. No estoy diciendo que no haya corrupci&#243;n entre los tories. Sin embargo, yo os pregunto por las bases filos&#243;ficas de vuestro partido, no sobre las pr&#225;cticas inmorales de los pol&#237;ticos, y lo pregunto muy seriamente.

Era evidente que Hertcomb no ten&#237;a nada que decir. Ni sab&#237;a ni le importaba lo que por principio significaba ser whig, solo en la pr&#225;ctica. Al final, musit&#243; algo en relaci&#243;n con que el partido whig era el partido del rey.

Si la vinculaci&#243;n es tan importante -dije yo-, hubiera preferido que mencionarais que el partido whig es el partido de la se&#241;orita Dogmill, pues es raz&#243;n suficiente para que cualquier hombre en su sano juicio apoye sus colores.

El se&#241;or Evans pretende halagarme, pero creo que, en cierto modo, &#233;l mismo ha contestado su pregunta. Yo eleg&#237; apoyar al partido whig porque mi familia as&#237; lo ha hecho desde que existen los partidos. Los whigs apoyan a mi familia y la familia apoya a los whigs. No puedo decir que sea el partido m&#225;s honorable, pero s&#233; que no hay ninguno irreprochable; hay que ser pr&#225;cticos. Aun as&#237;, si pudiera hacer desaparecer la pol&#237;tica y a los pol&#237;ticos, lo har&#237;a sin dudar un instante.

Entonces, &#191;os desagrada el sistema al que serv&#237;s? -pregunt&#233;.

Much&#237;simo. Pero estos partidos son como grandes leones salvajes, se&#241;or Evans. Te acechan, salivan y se relamen, y si no les ofreces alg&#250;n bocado de vez en cuando, te comen. Puedes defender tus principios y negarte a aplacar a las bestias, pero al hacerlo, lo &#250;nico que consigues es que el le&#243;n siga donde estaba y t&#250; desaparezcas.


Cuando bajamos del carruaje en Covent Garden, me llev&#233; a Hertcomb a un aparte.

Vos y yo est&#225;bamos en buenos t&#233;rminos -dije-. &#191;He hecho algo para cambiar eso, se&#241;or?

&#201;l me mir&#243; fijamente, con una cara menos inexpresiva que de costumbre.

No estoy obligado a ser amigo de todo el mundo.

Ni lo espero. Pero, puesto que en el pasado hab&#233;is sido mi amigo, me gustar&#237;a saber por qu&#233; ya no lo sois.

&#191;No es evidente? Tengo cierta predilecci&#243;n por la se&#241;orita Dogmill y a vos no os importa tratar de arrebatarme su afecto.

No puedo discutir cuando se trata de asuntos del coraz&#243;n, pero creo que mi afecto por la se&#241;orita Dogmill qued&#243; de manifiesto ayer noche y, si bien es posible que no os gustara, no por ello os mostrasteis menos afable conmigo.

Lo he pensado mejor, y he llegado a la conclusi&#243;n de que no me gusta ni vos tampoco, Evans.

Si os creyera, respetar&#237;a vuestras palabras. Pero creo que ocult&#225;is algo, se&#241;or. Sab&#233;is que pod&#233;is confiar en m&#237;.

&#201;l se mordi&#243; el labio y apart&#243; la mirada.

Es Dogmill -dijo por fin-. Me ha ordenado que no sea tan amable con vos. Lo siento, pero el asunto ya no est&#225; en mis manos. Me han ordenado que no estemos en buenos t&#233;rminos, siempre que sea posible. As&#237; que si colabor&#225;is conmigo, ser&#225; mucho m&#225;s sencillo.

&#161;Colaborar! -dije casi gritando-. &#191;Ped&#237;s mi ayuda para cultivar mi enemistad? Pues no la tendr&#233;is, se&#241;or. Creo que ya ser&#237;a hora de que aprendierais que porque el se&#241;or Dogmill diga una cosa no significa que teng&#225;is que hacerla.

En este punto sus ojos parecieron enrojecer, inundados de sangre como en la primera plaga en el antiguo Egipto.

&#161;Me golpe&#243;! -susurr&#243;.

&#191;C&#243;mo?

Me golpe&#243; en la cara. Me abofete&#243; como si fuera un ni&#241;o malo y me dijo que me dar&#237;a m&#225;s de lo mismo si no recordaba que nuestro objetivo es conseguir un esca&#241;o en la C&#225;mara de los Comunes, y que eso no se consigue siendo amable con el enemigo.

No deb&#233;is permitir que os utilice de esa forma.

&#191;Acaso tengo elecci&#243;n? No puedo desafiarle. No puedo devolverle el golpe. Tendr&#233; que aguantar sus malos tratos hasta que gane las elecciones, y entonces har&#233; lo que pueda por liberarme de sus garras.

Yo asent&#237;.

Os comprendo. Dejad que se salga con la suya en esto, pero no debemos permitir que sus opiniones nos controlen. Pod&#233;is decirle que fuisteis muy desagradable conmigo y yo con vos, y &#233;l no tiene por qu&#233; pensar otra cosa. Y si nos encontr&#225;ramos en compa&#241;&#237;a del se&#241;or Dogmill, pod&#233;is serlo tanto como os plazca, os prometo que no os lo tendr&#233; en cuenta.

Por un momento pens&#233; que Hertcomb me iba a abrazar. Pero en vez de eso esboz&#243; una sonrisa amplia e inocente como la de un beb&#233;, me cogi&#243; la mano y la estrech&#243; cordialmente.

Sois un verdadero amigo, se&#241;or Evans, un verdadero amigo. Despu&#233;s de estas elecciones, cuando corte mi relaci&#243;n con Dogmill, os demostrar&#233; qu&#233; significa caerle en gracia a Albert Hertcomb.

Aquella manifestaci&#243;n de aprecio me conmovi&#243;, aunque no fuera un verdadero amigo. No hubiera dudado en destruirlo si hubiera beneficiado a mi causa y, aunque yo no ve&#237;a el mundo con los ojos de Dogmill, en determinadas circunstancias tambi&#233;n hubiera podido golpear a Hertcomb en la cara.


La campa&#241;a para conseguir votos result&#243; ser un ritual extra&#241;o y curioso. La se&#241;orita Dogmill ten&#237;a un pedazo de papel en el que llevaba escritos los nombres de sus votantes. Hab&#237;a indicaciones sobre sus inclinaciones pol&#237;ticas, cuando el se&#241;or Dogmill las conoc&#237;a, pero en la mayor&#237;a de los casos no era as&#237;. Me pregunt&#233; por qu&#233; una dama tan hermosa era enviada a una parte de la ciudad tan desagradable a difundir su mensaje, pero no tard&#233; en descubrir la raz&#243;n. En primer lugar, visitamos la tienda de un tal se&#241;or Blacksmith, un boticario. Tendr&#237;a cincuenta y tantos, quiz&#225;, y los a&#241;os no le sentaban tan bien como seguramente habr&#237;a querido. Cuando entramos en su tienda, pens&#233; que no habr&#237;a visto una criatura tan hermosa como la se&#241;orita Dogmill en toda su vida.

Se&#241;or -dijo enseguida Hertcomb-, &#191;hab&#233;is votado ya en la elecci&#243;n general?

No -dijo el otro-, nadie ha pasado por aqu&#237; todav&#237;a.

Pues nosotros pasamos ahora -dijo el whig-. Soy Albert Hertcomb.

El boticario se pas&#243; la lengua por las enc&#237;as, haciendo que su cara pasara de ciruela a pasa.

Pues a ese no lo conozco. &#191;Con cu&#225;los va usted?

La se&#241;orita Dogmill sonri&#243; con dulzura e hizo una reverencia para mostrar los colores de su vestido.

El se&#241;or Hertcomb es el candidato azul y naranja -dijo.

El boticario le devolvi&#243; la sonrisa t&#237;midamente.

Azul y naranja, &#191;eh? Bueno, son unos colores bonitos. &#191;Qu&#233; van a ofrecerme a cambio del voto?

Bueno, justicia y libertad -dijo el se&#241;or Hertcomb-. Libertad de la tiran&#237;a.

De eso tengo toda la que puedo esperar, que no es mucha, as&#237; que prueben sus se&#241;ores con otra cosa.

Medio chel&#237;n -propuso la se&#241;orita Dogmill.

El boticario se rasc&#243; los finos pelillos de su calva mientras meditaba la oferta.

&#191;Y c&#243;mo s&#233; que los otros no me van a ofrecer m&#225;s?

No lo sab&#233;is, pero tambi&#233;n es posible que no os ofrezcan nada -dijo la se&#241;orita Dogmill dulcemente-. Vamos, se&#241;or. Si vot&#225;is por el se&#241;or Hertcomb, yo misma puedo acompa&#241;aros hasta el centro electoral. Esperar&#233; a vuestro lado y yo misma os pondr&#233; el dinero en la mano. -Dio un paso hacia el hombre y lo cogi&#243; del brazo-. &#191;No dese&#225;is acompa&#241;arme?

Una gran marea escarlata subi&#243; desde el cuello del boticario y se extendi&#243; por su rostro y su cr&#225;neo.

&#161;Gilbert! -exclam&#243; a voz en cuello. Un ni&#241;o de unos diez u once a&#241;os sali&#243; de la trastienda-. Me voy a ejercer mis libertades de ingl&#233;s -explic&#243; el viejo-. Vigila la tienda hasta que yo vuelva. Y que sepas que me conozco todo lo que tengo. Si descubro que me falta algo; te voy a dar de palos. -Y aqu&#237; mir&#243; a la se&#241;orita Dogmill-. Estoy listo para que me llev&#233;is, querida m&#237;a.


Era evidente que poco lograr&#237;amos en la campa&#241;a sin la se&#241;orita Dogmill, as&#237; que el se&#241;or Hertcomb y yo acompa&#241;amos a la feliz pareja a la gran plaza donde se hab&#237;an instalado las urnas y esperamos juntos en la fila de los votantes. La se&#241;orita Dogmill llev&#243; al viejo hasta el encargado de las listas, que controlaba el acceso a las cabinas electorales y decid&#237;a en qu&#233; orden hab&#237;a que votar. Aunque supuestamente aquellos hombres eran incorruptibles, en menos de dos minutos la se&#241;orita Dogmill le hab&#237;a convencido para que incluyera al viejo en la siguiente lista. Entretanto, estuvo charlando amablemente con el boticario como si no hubiera en el mundo cosa m&#225;s natural que hablar con semejante individuo. Hertcomb estaba algo inc&#243;modo y, aunque evit&#243; mirarme en todo momento, tambi&#233;n parec&#237;a querer conversaci&#243;n. Sin embargo, mis esfuerzos por hablar sobre algo neutral fracasaron.

Finalmente, el boticario se acerc&#243; a la cabina. La se&#241;orita Dogmill lo acompa&#241;&#243; y esper&#243; fuera, donde acudimos nosotros tambi&#233;n, a fin de poder escuchar qu&#233; suced&#237;a en el interior. No hab&#237;a mejor forma de asegurarnos de que el chel&#237;n no se perder&#237;a en vano.

El hombre que hab&#237;a en el centro electoral le pregunt&#243; al boticario su nombre y lugar de residencia y entonces, cuando verific&#243; los datos con las listas de los votantes, le pregunt&#243; por qu&#233; candidato quer&#237;a votar.

El viejo ech&#243; un vistazo fuera, al vestido de la se&#241;orita Dogmill.

Voto al azul y naranja -dijo.

El funcionario electoral asinti&#243; con gesto impasible.

&#191;Da su voto al se&#241;or Hertcomb?

Doy mi voto al se&#241;or Coxcomb si es azul y naranja. Esa se&#241;orita tan bonita de ah&#237; me pagar&#225; una buena moneda por hacerlo.

Entonces, Hertcomb -dijo el oficial, y despach&#243; al boticario con un gesto de la mano para que los engranajes de la libertad brit&#225;nica pudieran seguir girando.

El boticario sali&#243; y, como hab&#237;a prometido, la se&#241;orita Dogmill le puso la moneda en la mano.

Gracias, cielo. Y ahora, &#191;no le gustar&#237;a abandonar a estos se&#241;ores pol&#237;ticos y venirse a beber un chocolate conmigo?

La se&#241;orita Dogmill le explic&#243; que le complacer&#237;a much&#237;simo, pero que su deber era seguir buscando votos, y as&#237; dej&#243; al viejo, m&#225;s rico y m&#225;s feliz que cuando lo encontramos aquella ma&#241;ana.


No todos los hombres de la lista se mostraron tan complacientes. La siguiente persona a quien visitamos, un vendedor de velas, nos inform&#243; de que era partidario de Melbury y maldijo a Hertcomb. Y para demostrarlo nos cerr&#243; la puerta en las narices. Otro tipo nos hizo comprarle comida en su braser&#237;a y, cuando pagamos la cuenta, se limpi&#243; la cara con una servilleta, sonri&#243;, nos hizo saber que ya hab&#237;a votado -no era de nuestra incumbencia por qui&#233;n- y que estaba muy agradecido porque le hubi&#233;ramos comprado el cordero. Finalmente, visitamos a un joven y fornido carnicero con los antebrazos cubiertos de sangre, como si hubiera estado hurgando en el interior de una bestia reci&#233;n degollada. Mir&#243; a la se&#241;orita Dogmill y sonri&#243; con tanta lascivia que, de no haber ido yo disfrazado, lo hubiera dejado tirado en el suelo por aquella ofensa.

&#191;Es mi voto lo que quieren? -pregunt&#243;-. He o&#237;do que te dan cosas a cambio del voto.

El se&#241;or Hertcomb estar&#237;a encantado de mostraros su gratitud -dijo ella.

Ciertamente -concedi&#243; Hertcomb.

Me importa un bledo la gratitud de ese mierda seca -dijo el hombre-. Yo quiero un beso.

Hertcomb abri&#243; la boca para decir algo, pero no sali&#243; nada. Entretanto, Grace ten&#237;a los ojos clavados en el carnicero.

Muy bien -dijo-. Si vota usted por el se&#241;or Hertcomb, le besar&#233;.

Entonces, vamos a votar -dijo &#233;l, limpi&#225;ndose los brazos con el mandil. Y as&#237; fue como nos dirigimos nuevamente a la plaza, donde la se&#241;orita Dogmill convenci&#243; una vez m&#225;s al encargado de las listas para que el hombre no tuviera que esperar demasiado para votar. Ella se qued&#243; junto al carnicero hasta que vot&#243;, notablemente alegre a pesar de estar en compa&#241;&#237;a de un hombre de tan baja ralea. Cuando termin&#243;, el carnicero se volvi&#243; hacia la se&#241;orita Dogmill y le pas&#243; el brazo por la cintura.

&#191;D&#243;nde est&#225; mi beso, moza? -pregunt&#243;-. Y no me escatimes la lengua.

All&#237; mismo, ante todo el mundo, ella le bes&#243; en los labios. El tipo la apret&#243; con m&#225;s fuerza, trat&#243; de abrirle la boca y le puso una mano en los senos. Este gesto fue recibido con gran regocijo por la chusma, en particular entre quienes llevaban los colores del se&#241;or Melbury.

Grace trat&#243; de soltarse, pero el hombre no la dejaba. Empez&#243; a tirarle del vestido de forma salvaje, como si pretendiera desnudarla en medio de Covent Garden. En ese momento los partidarios de Melbury gritaron salvajemente el nombre de su candidato, pensando quiz&#225; que aquel rufi&#225;n era un tory que trataba de abusar de una partidaria de Hertcomb, y no un canalla que hab&#237;a vendido su voto y ahora se cre&#237;a con derecho a aprovecharse de ella.

Aunque no ten&#237;a ning&#250;n deseo de atraer la atenci&#243;n sobre mi persona, vi que no ten&#237;a elecci&#243;n, as&#237; que me adelant&#233; y arranqu&#233; a Grace de las zarpas de aquel bruto. Ella empez&#243; a boquear tratando de respirar y dio un traspi&#233;, mientras trataba de ponerse el vestido derecho. El carnicero dio un paso hacia m&#237; y me examin&#243;. Sin duda ten&#237;a la ventaja del tama&#241;o y la edad y vi que ten&#237;a intenci&#243;n de aprovecharla.

Nada como una furcia whig. Bueno, quita de en medio, abuelo -me dijo-, si no quieres probar tu propia sangre.

Quiz&#225; hubiera debido buscar una soluci&#243;n m&#225;s pac&#237;fica, pero tras mi encuentro con Dogmill la noche anterior, no estaba de humor para apocarme ante aquel bellaco. As&#237; pues, agarr&#233; al individuo por los pelos y tir&#233; con fuerza hacia atr&#225;s, oblig&#225;ndolo a tumbarse en el suelo. A continuaci&#243;n, le puse un pie en el pecho, apret&#233; con fuerza hasta que sent&#237; que las costillas casi ced&#237;an por la presi&#243;n y afloj&#233;; luego le pisote&#233; hasta que no fue capaz de levantarse. El tipo gru&#241;&#243; e hizo un valiente intento por escapar a mi ira, as&#237; que le di otra patada, de propina. Entonces lo levant&#233; del suelo y lo empuj&#233; para que se largara. Y &#233;l, que era buen tipo, recuper&#243; el equilibrio y sigui&#243; corriendo sin mirar atr&#225;s.

Mi actuaci&#243;n fue recibida entre v&#237;tores, as&#237; que hice una reverencia como muestra de aprecio, pues sab&#237;a muy bien que la negativa a reconocer la buena voluntad de la gente puede desembocar f&#225;cilmente en mala voluntad. De alguna manera empez&#243; a correr el rumor de que Matthew Evans apoyaba al candidato tory, porque volvi&#243; a o&#237;rse el grito a favor de Melbury. Mir&#233; a Grace, que parec&#237;a sofocada y confusa, pero no horrorizada. Sin embargo, el se&#241;or Hertcomb estaba visiblemente enfadado; supe que nuestra campa&#241;a de recogida de votos hab&#237;a terminado por aquel d&#237;a.


No sabr&#237;a describir la decepci&#243;n que sufr&#237; aquel d&#237;a. Yo solo quer&#237;a tener a la se&#241;orita Dogmill para m&#237;, para poder abrazarla o, tal vez, preguntarle qu&#233; sab&#237;a de m&#237; y qu&#233; pretend&#237;a. Y en cambio, pas&#233; horas en compa&#241;&#237;a de un rival mientras brutos de todas las especies la manoseaban sin piedad. As&#237; pues, suspir&#233; con alivio cuando Grace dijo al cochero que, puesto que el se&#241;or Hertcomb viv&#237;a muy cerca, lo llevara a &#233;l primero. Hertcomb no se tom&#243; a bien la noticia, pero sobrellev&#243; su disgusto en silencio. Cuando nos libramos de &#233;l, la se&#241;orita Dogmill propuso que fu&#233;ramos a una chocolater&#237;a cercana, as&#237; que me contuve hasta que estuvimos sentados a una mesa.

&#191;Qu&#233; os ha parecido la campa&#241;a? -me pregunt&#243; con la mirada gacha.

No me ha gustado mucho. &#191;C&#243;mo puede permitir vuestro hermano que os expong&#225;is a tanta brutalidad?

A &#233;l mismo le complace mostrar al mundo su brutalidad, aunque, de haber estado all&#237;, no hubiera tratado con tanta compasi&#243;n a ese carnicero. Trato de no contarle algunas de las cosas m&#225;s desagradables que una mujer debe afrontar en la campa&#241;a para conseguir votos, pues de lo contrario me prohibir&#237;a participar. De hecho, he utilizado numerosas formas de enga&#241;o a fin de que no sepa lo brutal que puede ser esto para m&#237;. Ver&#233;is, es la &#250;nica faceta de la pol&#237;tica en la que se me permite intervenir, y detestar&#237;a tener que resignarme a mi papel de mujer.

&#191;Y qu&#233; pasar&#237;a si Dogmill se enterara de la verdad?

La se&#241;orita Dogmill cerr&#243; los ojos un momento.

Hace un par de a&#241;os, un carpintero a quien mi hermano deb&#237;a dinero se puso bastante nervioso. No era un hombre precisamente encantador, pero Denny le deb&#237;a m&#225;s de diez libras que &#233;l necesitaba para alimentar a su familia. Hay ocasiones en que Denny no paga lo que debe a los artesanos solo para ver c&#243;mo sufren, y esta fue una de esas veces. El carpintero pareci&#243; comprender que mi hermano estaba jugando con &#233;l, como un cr&#237;o que martiriza a una ranita. As&#237; que le mand&#243; una nota diciendo que conseguir&#237;a el dinero como fuera, que si no pagaba, me raptar&#237;a en plena calle y me tendr&#237;a prisionera hasta que se hiciera justicia.

Deduzco que vuestro hermano no se lo tom&#243; muy bien.

No. Fue a la casa del carpintero, golpe&#243; a su mujer hasta dejarla inconsciente, y luego hizo lo mismo con &#233;l. Luego se sac&#243; un billete de diez libras, le escupi&#243; encima y se lo meti&#243; al hombre en la boca. Hasta trat&#243; de hac&#233;rselo bajar por la garganta, para que se ahogara. Yo presenci&#233; todo esto porque el carpintero, en un intento por convencer a mi hermano de que me hab&#237;a secuestrado, me hab&#237;a invitado a su casa, pues sab&#237;a que yo era comprensiva y quiso hacerme creer que quer&#237;a que actuara de mediadora. -Respir&#243; hondo-. Me hubiera gustado mucho haberle detenido, pero es imposible pararle cuando empieza. Detestar&#237;a ver que se deja llevar por sus pasiones en medio de Covent Garden mientras los electores est&#225;n all&#237;.

Entiendo c&#243;mo deb&#233;is de sentiros.

Vos parec&#233;is controlar mucho mejor vuestras pasiones. Os agradezco lo que hab&#233;is hecho hoy por m&#237;. No puedo decir que sea la primera vez que me amenazan, y es mucho m&#225;s agradable cuando tienes al lado a un hombre capaz.

Ha sido un placer ayudaros.

Ella me sorprendi&#243;, pues estir&#243; el brazo y, por un instante, me toc&#243; con las yemas de los dedos el lugar donde su hermano me hab&#237;a golpeado.

Me dijisteis que os hab&#237;a golpeado -dijo con voz queda-. Debe de haber sido muy dif&#237;cil para vos no devolverle el golpe.

Yo re&#237; con suavidad.

No estoy acostumbrado a huir de hombres como vuestro hermano.

No est&#225;is acostumbrado a hombres como mi hermano. Nadie lo est&#225;. Pero lament&#243; lo que os hizo.

No lo lament&#233;is -dije yo de mal humor-. Yo le dej&#233; que lo hiciera.

Ella sonri&#243;.

No me cabe duda, se&#241;or. Nadie que conozca vuestro nombre lo dudar&#237;a. Me atrevo a decir que, de haber sabido qui&#233;n sois, mi hermano tambi&#233;n hubiera vacilado.

Ya que hab&#233;is sacado el tema, con mucho gusto lo discutir&#233; con vos.

Ella dio un sorbito a su chocolate.

&#191;Quer&#233;is saber c&#243;mo lo he sabido? Hice la cosa m&#225;s simple, os mir&#233; a la cara. Os hab&#237;a visto antes por la ciudad, se&#241;or, y siempre hac&#237;a comentarios sobre vuestras acciones. A diferencia de otros, tal vez no me dejo enga&#241;ar tan f&#225;cilmente por unas nuevas vestiduras o un nuevo nombre, aunque creo que llev&#225;is vuestro disfraz de forma magistral. El d&#237;a que os presentasteis para ver a mi hermano, me pareci&#243; que conoc&#237;a vuestro rostro, y no estaba dispuesta a rendirme hasta que supiera de qu&#233;. Al final me di cuenta de que os parec&#237;ais mucho a Benjamin Weaver, pero no estuve segura hasta que bailamos juntos. Os mov&#233;is como un p&#250;gil, se&#241;or, y todo el mundo sabe lo de la herida en vuestra pierna, que me temo os delat&#243;.

Yo asent&#237;.

Pero no le hab&#233;is dicho nada a vuestro hermano.

Los guardias no os han prendido, as&#237; que pod&#233;is concluir que no, no le he dicho nada.

&#191;Y no cre&#233;is que podr&#237;a adivinarlo?

&#191;C&#243;mo? No creo que jam&#225;s os haya puesto los ojos encima cuando sois realmente vos, quiero decir y no hay raz&#243;n para que sospeche que hab&#233;is acudido a &#233;l disfrazado. Por Hertcomb supo que se corearon los nombres de Melbury y Weaver en el teatro y, aunque maldijo durante mucho rato y con gran energ&#237;a a tories, jacobitas y jud&#237;os, y el excesivo n&#250;mero de votantes, en ning&#250;n momento mencion&#243; el nombre de Evans. Y, permitidme que os tranquilice, no estaba de humor para censurarse a s&#237; mismo.

Bueno, al menos eso es un alivio. Pero vos sab&#233;is qui&#233;n soy. &#191;Qu&#233; pens&#225;is hacer?

Ella neg&#243; con la cabeza.

Todav&#237;a no lo s&#233;. -Estir&#243; el brazo y coloc&#243; su mano enguantada justo por encima de mi mu&#241;eca-. &#191;Podr&#237;ais decirme por qu&#233; hab&#233;is querido acercaros a mi hermano?

Dej&#233; escapar un suspiro.

No s&#233; si debo.

&#191;Puedo aventurar una idea?

Algo en su tono me llam&#243; la atenci&#243;n.

Desde luego.

Por un momento, apart&#243; la mirada, luego volvi&#243; a concentrarse en mis ojos; sus ojos eran de color ambarino, como su vestido. Sin duda, lo que iba a decir no era f&#225;cil.

Vos pens&#225;is que &#233;l hizo matar a ese hombre, Walter Yate, y que ha hecho que os acusen.

Me la qued&#233; mirando durante no s&#233; cu&#225;nto tiempo antes de atreverme a hablar.

S&#237; -dije con voz ronca, poco m&#225;s que en un susurro-. &#191;C&#243;mo pod&#233;is saberlo?

No he encontrado otra explicaci&#243;n posible. Ver&#233;is, si de verdad hubierais matado a ese hombre, no tendr&#237;ais nada que arreglar con mi hermano. No hubierais tenido necesidad de montar esta payasada. La &#250;nica raz&#243;n que podr&#237;ais tener para correr semejante riesgo es demostrar que no sois culpable, y solo puedo pensar que ahora busc&#225;is al hombre que mat&#243; realmente a Yate.

En verdad sois una mujer inteligente -dije-. Os ir&#237;a muy bien cazando ladrones.

Ella ri&#243;.

Sois el primer hombre que me lo dice.

As&#237; que ahora conoc&#233;is todos mis secretos.

No todos, sin duda.

No, no todos.

Pero s&#233; que cre&#233;is que mi hermano est&#225; implicado en la muerte de Yate.

Yo asent&#237;.

&#191;Ser&#225; eso causa de distanciamiento entre nosotros?

No puedo decir que me guste ver a mi hermano acusado de un crimen tan horrible, pero eso no quiere decir que no sepa que podr&#237;a ser culpable. A su manera, es muy bueno conmigo, y lo quiero, pero si ha hecho lo que dec&#237;s, debe ser castigado y no dejar que ahorquen a un hombre inocente en su lugar. No podr&#237;a culparos por buscar venganza. Es lo menos que pod&#237;ais hacer. Ciertamente -y aqu&#237; levant&#243; su plato y volvi&#243; a dejarlo en la mesa-, ciertamente, creo que podr&#237;a ser culpable, como dec&#237;s.

Not&#233; un hormigueo en la piel, la misma sensaci&#243;n que tiene uno cuando est&#225; a punto de pasar algo importante en una obra teatral. Me inclin&#233; hacia la se&#241;orita Dogmill.

&#191;Por qu&#233; dec&#237;s eso?

Porque -dijo. Hizo una pausa, apart&#243; la mirada, y entonces volvi&#243; a mirarme otra vez-. Porque Walter Yate visit&#243; nuestra casa menos de una semana antes de que os acusaran de su muerte.


Ya llevaba cierto tiempo actuando con la certeza casi absoluta de que Dogmill era responsable de la muerte de Yate, as&#237; que no sabr&#237;a decir por qu&#233; aquella revelaci&#243;n me sorprendi&#243; y me complaci&#243; tanto. Tal vez fuese porque por primera vez ve&#237;a a mi alcance la posibilidad de demostrar mi teor&#237;a y, aunque como Elias dijo, las pruebas solas no me salvar&#237;an, segu&#237;a result&#225;ndome muy satisfactorio.

Cont&#225;dmelo todo -le dije a la se&#241;orita Dogmill.

Y lo hizo. Me explic&#243; que, como ya hab&#237;a observado, ten&#237;a la costumbre de curiosear cuando su hermano recib&#237;a visitas; as&#237; fue como un d&#237;a se sorprendi&#243; al encontrar a aquel trabajador basto y mal vestido en la salita de recibir de su hermano. El hombre no quiso contarle apenas nada, salvo su nombre y que ten&#237;a un asunto que discutir con el se&#241;or Dogmill. Se mostr&#243; educado pero inc&#243;modo, como si se sintiera fuera de lugar, lo cual era normal, siendo como era un trabajador de los muelles en la salita del comerciante de tabaco m&#225;s rico del reino.

En aquel momento, se me antoj&#243; extra&#241;o que se reunieran, pero yo sab&#237;a que hab&#237;a disputas por el asunto de los salarios entre las bandas de trabajadores, y que Yate era uno de los cabecillas. Me pareci&#243; muy probable que mi hermano lo hubiera invitado a casa para jugar con &#233;l sac&#225;ndolo de su entorno.

Y &#191;supusisteis alguna otra cosa cuando supisteis que Yate hab&#237;a sido asesinado?

Al principio no -dijo ella-. Le&#237; que os hab&#237;an arrestado por el crimen y solo pens&#233; que vuestra vida era muy dura y que era f&#225;cil que se produjeran accidentes. Hasta que no descubr&#237; que estabais acechando a mi hermano no empec&#233; a plantearme qu&#233; papel pod&#237;a haber tenido &#233;l en todo esto. Y entonces se me ocurri&#243; que lo que yo interpret&#233; como incomodidad frente al dinero quiz&#225; era otra clase de inquietud. Desconozco qu&#233; quer&#237;a discutir Yate con mi hermano, pero sospecho que si lo supierais ayudar&#237;a enormemente a vuestra causa.

&#191;Por qu&#233; me cont&#225;is todo esto? &#191;Por qu&#233; os pon&#233;is de mi parte frente a vuestra propia sangre?

La se&#241;orita Dogmill se sonroj&#243;.

Es mi hermano, es cierto, pero no lo proteger&#233; de un asesinato, no cuando es otro hombre el que podr&#237;a pagar por &#233;l.

Entonces, &#191;me ayudar&#233;is a descubrir lo que necesito para exculparme?

S&#237; -susurr&#243;.

Por primera vez desde mi arresto, sent&#237; algo parecido a un arrebato de felicidad.



20

No ten&#237;a pensado volver tan pronto a Vine Street, pero aquella noche fui all&#237;, pues no quer&#237;a perder tiempo. Ten&#237;a la sensaci&#243;n de que la viuda de Yate deb&#237;a de tener la respuesta. La encontr&#233; con su beb&#233; dormido en brazos, cerca del fuego de la estufa. Littleton tambi&#233;n estaba all&#237;, y pareci&#243; bastante molesto al verme otra vez. Abri&#243; la puerta con un plato de peltre con guisantes y grasa de cordero en una mano y un pedazo de pan cogido con la boca.

Para ser un hombre por el que se ofrecen ciento cincuenta libras -coment&#243; con el pan sujeto entre los dientes-, ven&#237;s por esta parte de la ciudad con una frecuencia alarmante.

Me temo que debo hablar con la se&#241;ora Yate -dije. Y entr&#233; sin esperar a que me invitara.

La se&#241;ora Yate miraba a su beb&#233;, lo arrullaba, lo mec&#237;a y lo besaba. Apenas levant&#243; la vista.

Ese cr&#237;o ni siquiera sabe que est&#225;s ah&#237;. -Littleton escupi&#243; el pan en el plato-. Su&#233;ltalo y habla con Weaver, y as&#237; podr&#225; irse pronto. -Se volvi&#243; hacia m&#237;-. No quiero que esos metomentodos del despacho del magistrado vengan aqu&#237; diciendo que os he dado cobijo. No es nada personal, entendedlo, pero &#250;ltimamente no es muy seguro estar cerca suyo. S&#233; que ten&#233;is vuestros asuntos, as&#237; que hablar y largaros.

Acerqu&#233; una silla a la viuda y me sent&#233;.

Solo necesito saber una cosa. El se&#241;or Yate visit&#243; a Dennis Dogmill una semana antes de su muerte. &#191;Sab&#233;is por qu&#233; se reunieron o de qu&#233; hablaron?

Ella segu&#237;a arrullando, besando y meciendo al beb&#233;. Littleton le dio una patada a su silla, pero ella no hizo caso.

Por favor -dije-. Es importante.

No me importa si es importante -dijo-. No me importa, porque no puedo deciros lo que no s&#233;. Y ellos no pueden hacerme nada si no lo s&#233;.

&#191;Qui&#233;n no puede? -pregunt&#233;.

Nadie. Nadie puede decir que yo he dicho nada. No dije nada porque no sab&#237;a nada.

&#191;Qu&#233; es lo que no dijisteis? -pregunt&#233;, en tono apremiante pero amable.

Nada. &#191;Es que no lo hab&#233;is o&#237;do?

S&#237;, te ha o&#237;do -dijo Littleton-. Ha o&#237;do la mentira m&#225;s grande desde que Eva le minti&#243; a Ad&#225;n. Dile lo que sabes, mujer, o tendremos m&#225;s problemas.

Ella mene&#243; la cabeza.

Littleton se acerc&#243; a ella y se arrodill&#243; a su lado. Puso las manos sobre el beb&#233;.

Esc&#250;chame, cari&#241;o. No pueden hacerte nada por saber lo que Yate sab&#237;a. Pero si no le dices a Weaver lo que quiere, a lo mejor vendr&#225;n y se llevar&#225;n al ni&#241;o a un asilo de pobres, y all&#237; no vivir&#225; m&#225;s de uno o dos d&#237;as, llorando por su mam&#225;.

&#161;No! -chill&#243; ella. Oprimi&#243; al beb&#233; contra su pecho, se levant&#243; de la silla y corri&#243; al rinc&#243;n, como si escondi&#233;ndolo pudiera defender a la criatura de cualquier mal.

Eh, que es verdad. Si no le ayudas, &#233;l no te podr&#225; ayudar, y Dios sabe lo que le pasar&#225; al cr&#237;o en ese sitio. -Aqu&#237; Littleton se volvi&#243; hacia m&#237; y me gui&#241;&#243; un ojo.

Yo abr&#237; la boca para quejarme, pues, aunque deseaba conocer los secretos de aquella mujer, no pod&#237;a tolerar tama&#241;a crueldad. Pero, antes de que pudiera decir nada, la se&#241;ora Yate se hab&#237;a rendido.

Entonces os lo dir&#233; -dijo-, pero ten&#233;is que prometerme que me proteger&#233;is.

Se&#241;ora, os juro que si corr&#233;is alg&#250;n peligro por causa de lo que vais a contarme esta noche, mi vida y mi fuerza estar&#225;n a vuestra disposici&#243;n, y no descansar&#233; hasta que vos y el beb&#233; est&#233;is a salvo.

Esta declaraci&#243;n tan novelesca pareci&#243; tranquilizarla considerablemente. Volvi&#243; a su silla. El silencio cay&#243; una vez m&#225;s sobre nosotros y vi que Littleton se dispon&#237;a a decir algo, alguna palabra ruda, sin duda, as&#237; que levant&#233; una mano. La mujer hablar&#237;a, no hab&#237;a necesidad de asustarla m&#225;s.

Mis suposiciones resultaron acertadas, pues unos instantes despu&#233;s, se puso a hablar.

Se lo dije -empez&#243;-, le dije que no saldr&#237;a nada bueno de aquello, pero no me hizo caso. Pensaba que lo que hab&#237;a descubierto era como oro, y que si sab&#237;a moverse ser&#237;amos ricos. Yo sab&#237;a que se equivocaba. Os lo juro, le dije que antes de ser rico se morir&#237;a, y ten&#237;a raz&#243;n.

&#191;Qu&#233; es lo que sab&#237;a?

Ella mene&#243; la cabeza.

Quer&#237;a ver a ese hombre del Parlamento. El de azul y naranja.

Hertcomb -dije yo.

Ella asinti&#243;.

S&#237;. Walter pensaba que era a ese a quien ten&#237;a que dec&#237;rselo, pero el tipo no quiso hablar con &#233;l. Pero Dogmill s&#237;. Walter no se fiaba de Dogmill, ni por un momento. &#201;l sab&#237;a qui&#233;n era Dogmill, pero o hablaba con &#233;l o nada, y no pod&#237;a dejar que su sue&#241;o de hacerse rico se le escapara tan f&#225;cil. As&#237; que fue a hablar con Dogmill.

&#191;De qu&#233; hablaron? &#191;Qu&#233; es lo que cre&#237;a que le har&#237;a rico?

Walter dec&#237;a que conoc&#237;a a alguien que no era lo que dec&#237;a. Que hab&#237;a uno de esos de azul y naranja que en realidad estaba con los de verde y blanco. &#201;l sab&#237;a su nombre, y se figuraba que Dogmill lo querr&#237;a saber tambi&#233;n.

Me puse en pie. Si hab&#237;a entendido bien lo que acababa de o&#237;r, no podr&#237;a permanecer quieto mucho tiempo.

&#191;Est&#225;is dici&#233;ndome que el se&#241;or Yate sab&#237;a que hab&#237;a un esp&#237;a tory entre los whigs?

Ella asinti&#243;.

S&#237;, eso es.

&#191;Y conoc&#237;a el se&#241;or Yate el nombre de este esp&#237;a?

Me dijo que s&#237;. Dijo que era un hombre importante, y que al de naranja y azul le dar&#237;a un patat&#250;s si se enteraba que hab&#237;a un jacobita entre ellos.

Littleton dej&#243; su pipa y se la qued&#243; mirando.

&#191;Un jacobita?-pregunt&#243;.

Ella asinti&#243;.

Eso es lo que dijo. Que hab&#237;a un jacobita entre ellos y que &#233;l sab&#237;a su nombre. Yo no entiendo mucho de estas cosas del gobierno, pero s&#233; que si eres jacobita te ahorcan, y que si uno es jacobita pero hace como que es otra cosa, puede hacer cosas mucho peores que matar a un estibador de los muelles para guardar su secreto.

Littleton y yo nos miramos.

No solo un tory, sino un esp&#237;a jacobita -dije en voz alta-, entre los whigs.

Un whig importante -dijo Littleton. Se volvi&#243; hacia la se&#241;ora Yate-. Ojal&#225; te hubiera hecho caso, mi amor, porque hay cosas que es mejor no saberlas.

S&#237; -dijo ella-. Y cuando el se&#241;or Dogmill vino aqu&#237;, me jur&#233; que nunca le dir&#237;a nada de esto a nadie.

&#191;C&#243;mo? -escupi&#243; Littleton-. &#191;Dogmill aqu&#237;? &#191;Cu&#225;ndo?

Justo cuando enterramos a Walter, vino y se puso a aporrear la puerta y me dijo que no sab&#237;a si s&#233; lo que Walter, pero que si se lo digo a alguien me ir&#233; a hacerle compa&#241;&#237;a a mi esposo. -Se qued&#243; mirando a Littleton-. Y entonces me cogi&#243; por un sitio que no ten&#237;a que cogerme y me dijo que una viuda es de cualquier hombre que la quiera tomar, y que no me olvidara si quer&#237;a seguir con vida.

Yo esperaba ver a Littleton furioso, pero el hombre se limit&#243; a apartar la mirada.

La ley es de los que tienen dinero -dijo Littleton con suavidad-. Pueden hacer lo que quieren y coger lo que quieren o al menos eso creen. -Se levant&#243;, se acerc&#243; a la se&#241;ora Yate y la bes&#243; en la mejilla-. Te han tratado muy mal, amor. No dejar&#233; que vuelva a pasar.

Si bien la serenidad de Littleton me impresion&#243;, no puedo decir que la compartiera. Cada d&#237;a que pasaba, la idea de huir del pa&#237;s me parec&#237;a m&#225;s atractiva.


A pesar de que le hice m&#225;s preguntas no consegu&#237; sacarle m&#225;s informaci&#243;n. La se&#241;ora Yate no conoc&#237;a el nombre ni la posici&#243;n del esp&#237;a, solo que era un importante whig. Cuando termin&#233; mi interrogatorio, ella se retir&#243; para acostarse y Littleton descorch&#243; una botella de clarete sorprendentemente bebible. La necesidad de beber exorciz&#243; su necesidad de librarse cuanto antes de mi compa&#241;&#237;a.

&#191;C&#243;mo pudo averiguar todo eso? -pregunt&#233;.

Littleton neg&#243; con la cabeza.

No s&#233;. Hay muchos chicos en los muelles que levantan su vaso por el rey del otro lado del mar, pero no es m&#225;s que palabrer&#237;a, la que habla es la botella. No creo que Yate tuviera relaci&#243;n con los jacobitas para enterarse de algo as&#237;.

Pues parece que s&#237;.

S&#237; -concedi&#243; &#233;l-. &#191;Y ahora qu&#233;? &#191;Qu&#233; vais a hacer con lo que le hab&#233;is sacado a mi parienta?

Mene&#233; la cabeza.

No lo s&#233;, pero algo har&#233;. Sab&#237;a que ten&#237;a que encontrar algo con lo que intimidar a Dogmill, y creo que por fin lo he hallado al menos he descubierto de qu&#233; se trata. Estoy cerca, Littleton, muy cerca.

Lo que est&#225;is es cerca de la muerte. Espero que no nos llev&#233;is a nosotros tambi&#233;n.



21

Al volver a casa, me beb&#237; buena parte de una botella de oporto para tranquilizarme y revis&#233; las cartas que hab&#237;a recibido ese d&#237;a. Hab&#237;a empezado a recibir invitaciones para ir a excursiones, fiestas y reuniones. Las personas que le&#237;an el nombre de Matthew Evans en el peri&#243;dico quer&#237;an conocerme y, aunque en cierto modo no pod&#237;a evitar sentirme halagado, las rechac&#233; todas. Hab&#237;a conseguido lo que quer&#237;a gracias a la reputaci&#243;n del se&#241;or Evans, y no deb&#237;a llamar la atenci&#243;n m&#225;s de lo necesario.

Mucho mayor inter&#233;s ten&#237;a una nota de Griffin Melbury en la que me dec&#237;a que me visitar&#237;a a las diez. &#161;Menudo sentido de la oportunidad! Ten&#237;a la cabeza embotada por la bebida, y no sab&#237;a si estar&#237;a en condiciones de formular las preguntas que deb&#237;a hacerle.

El carruaje de Melbury se detuvo ante el edificio exactamente cuando el reloj daba las diez. El hombre entr&#243; y me salud&#243; con gesto cordial, pero no quiso tomar nada.

&#191;Hab&#233;is o&#237;do el recuento del d&#237;a de hoy? -me pregunt&#243;-. Ciento noventa y nueve para Hertcomb y doscientos veinte para los nuestros. Les llevamos casi cien votos de ventaja, y las elecciones han empezado hace tan solo cinco d&#237;as. Ya noto el sabor de la victoria, se&#241;or. Lo noto. Os lo aseguro, la gente de Westminster est&#225; cansada de corrupci&#243;n, de esos whigs que venden el alma de la naci&#243;n al mejor postor. Pero no hay que dormirse. Hay mucho que hacer, se&#241;or Evans, y, puesto que est&#225;is tan deseoso de contribuir a la causa tory, he pensado que os gustar&#237;a uniros a m&#237; en la campa&#241;a.

Ser&#237;a un honor -le dije, tratando de disimular mi confusi&#243;n. No era lo inesperado de la oferta lo que me desconcert&#243;, sino la familiaridad que Melbury mostraba. Yo hab&#237;a intentado caerle bien, y parece que lo hab&#237;a logrado. Hab&#237;a intentado convertirlo en mi aliado, y es lo que me ofrec&#237;a. Pero me sent&#237;a confuso. Melbury me desagradaba, pero no tanto como hubiera querido. Era un hombre r&#237;gido, como suelen serlo los representantes de las antiguas familias, pero no era duro, ni cruel ni insoportable, y aunque sus ideas pol&#237;ticas no coincid&#237;an con las m&#237;as, las defend&#237;a con apasionamiento.

Solo pod&#237;a pensar que el destino hab&#237;a mostrado a Melbury su mejor rostro y que parec&#237;a predestinado a ganar en Westminster. Me halagaba pensar que cuando le revelara mi verdadera identidad y le dijera todo lo que sab&#237;a sobre la corrupci&#243;n whig, har&#237;a cuanto estuviera en su mano por ayudarme. Que me resultara demasiado superior (o demasiado casado con Miriam) para mi gusto no ten&#237;a importancia. As&#237; pues, los dos subimos a su carruaje, que empez&#243; a traquetear ruidosamente en direcci&#243;n a Lambeth.

Melbury tarare&#243; unas cuantas veces, y luego carraspe&#243; y resopl&#243;.

Mirad, Evans. Os aprecio much&#237;simo, pues de lo contrario no os habr&#237;a pedido que me acompa&#241;arais esta noche, pero hay una cosa que debo deciros.

Por supuesto -repliqu&#233; yo, con no poca inquietud.

S&#233; que con frecuencia las cosas son distintas en las colonias, y s&#233; perfectamente que no pretend&#237;ais nada malo. Quiero que comprend&#225;is que no me siento ofendido ni furioso. Solo es un consejo de amigo.

Por favor, ser&#225; un honor -le asegur&#233;.

Es solo que no es correcto bailar con la mujer de otro hombre.

Sent&#237; que se me revolv&#237;an las tripas.

Se&#241;or Melbury, no creer&#233;is que yo

Por favor -dijo con una falsa cordialidad-. No quiero explicaciones ni disculpas. Solo os lo digo para que no os encontr&#233;is alg&#250;n d&#237;a en una situaci&#243;n desagradable, con un caballero menos liberal quiz&#225; que yo. O, si me permit&#237;s la osad&#237;a, menos enamorado de su mujer que yo. &#191;Os sorprendo? Bueno, no creo que sea ning&#250;n crimen que un hombre ame con locura a su esposa.

Ni lo pensar&#237;a, se&#241;or -dije con rigidez.

Imagino que una de las razones que os han tra&#237;do a Londres es la de buscar una esposa apropiada.

Tal vez.

Os dir&#233; que el matrimonio es un estado muy adecuado para el hombre. Yo no tengo quejas al respecto, al contrario, me regocijo cada d&#237;a. Pero no llegar&#233;is muy lejos bailando con rameras whigs como Grace Dogmill o con las esposas de otros hombres. Quiz&#225; no he hecho bien al mencionaros este tema, no lo s&#233;. Solo quiero ayudaros aunque reconozco que me siento un tanto celoso cuando se trata de mi bella Mary -dijo con una risa.

Os ruego me disculp&#233;is -empec&#233; a decir.

No, no, no ten&#233;is por qu&#233; disculparos. No quiero que vuelva a hablarse del tema. Ya est&#225; olvidado. &#191;Estamos de acuerdo?

El muy bellaco quer&#237;a castigarme por bailar con Miriam cuando &#233;l me la hab&#237;a quitado a m&#237; pr&#225;cticamente de los brazos. Nada me hubiera gustado m&#225;s que atravesarlo con mi daga de no ser porque mi vida depend&#237;a de &#233;l.

Estamos de acuerdo -le asegur&#233;, dando gracias de que no pudiera verme la cara en la oscuridad del carruaje.

Durante unos minutos Melbury no habl&#243; y, si bien yo me alegr&#233; de no tener que charlar con &#233;l, el silencio empezaba a resultarme opresivo.

&#191;Puedo preguntar por qu&#233; he sido honrado con esta invitaci&#243;n? -pregunt&#233; al final.

Manifestasteis el deseo de participar en esta competici&#243;n -me record&#243; &#233;l.

Lo hice, y de coraz&#243;n, pero dudo que a todo hombre que exprese semejante deseo se le conceda el honor de una excursi&#243;n con el se&#241;or Melbury.

Bueno, desde luego que no, pero la mayor&#237;a de los hombres que quieren entrar en pol&#237;tica no me han salvado de unos brutos whigs, as&#237; que no me siento tan cercano a ellos como a vos, Evans. &#191;Ten&#233;is alg&#250;n compromiso de aqu&#237; a dos noches?

Creo que no.

Entonces yo puedo proporcionaros uno. Ofrezco una peque&#241;a cena en la que, espero, podr&#233;is conocer a algunos hombres con vuestros mismos intereses. Os ruego que nos acompa&#241;&#233;is.

Yo sab&#237;a que mi presencia ser&#237;a un castigo para Miriam, pero si deseaba consolidar mi relaci&#243;n con Melbury, dif&#237;cilmente pod&#237;a excusarme cuando me hac&#237;a una oferta tan generosa. Deb&#237;a mostrarme ante &#233;l como la persona m&#225;s grata del mundo, y as&#237;, cuando casualmente mencionara que no hab&#237;a sido del todo sincero en un par de cosillas -mi nombre, mi religi&#243;n, mis inclinaciones pol&#237;ticas, mi dinero-, no se lo tomar&#237;a tan mal. As&#237; pues, dije que me sent&#237;a honrado y que acudir&#237;a puntualmente.

Muy bien. Creo que os gustar&#225; la compa&#241;&#237;a. Habr&#225; algunos tories realmente excelentes. Hombres de la Iglesia y sus partidarios. Representantes de viejas familias, que se resienten de la presencia de agiotistas y pol&#237;ticos corruptos. Os lo aseguro, estas personas tienen mucho que decir sobre los acontecimientos m&#225;s recientes.

Algunos de los cuales se me antojan sorprendentes -me aventur&#233; a decir.

Me hab&#237;a dicho cientos de veces que no sacar&#237;a aquel tema, que era una necedad, una locura, pero all&#237;, en la oscuridad del carruaje, cuando no pod&#237;a verme el rostro, me reconfort&#233; en una falsa sensaci&#243;n de anonimato. Con la voz m&#225;s tranquila y espont&#225;nea que pude fingir (que debi&#243; de sonar tan falsa como el plomo pintado de oro), dije:

&#191;Qu&#233; os parece que la chusma os relacione con el tal Weaver?

Melbury solt&#243; una risotada. Sin vacilar. Nada parec&#237;a indicar que supiera qui&#233;n era yo y que esperara una oportunidad para decirlo. Por el momento, pod&#237;a confiar en que Miriam no hab&#237;a traicionado mi confianza.

Weaver -repiti&#243;-. Es curioso a qu&#233; cosas se aferra la chusma. Por supuesto, los whigs tienen la culpa por haberse puesto en evidencia durante el juicio, y como es natural, los peri&#243;dicos tories no pueden desaprovechar una oportunidad como esa cuando se la ponen delante.

Entonces, &#191;no sent&#237;s ninguna amistad ni afinidad con ese individuo?

Seamos francos, Evans. Si puedo sacar alg&#250;n provecho del hecho de que la chusma me relacione con un jud&#237;o renegado, si puedo reforzar a la Iglesia y repeler a agiotistas y extranjeros corruptos, lo har&#233;, pero jam&#225;s confraternizar&#233; con ese individuo. Si se cruzara en mi camino, llamar&#237;a a la guardia y cobrar&#237;a esas ciento cincuenta libras, como cualquier otro.

Incluso si es inocente, como cree la chusma.

Culpable o inocente, no me dar&#237;a ning&#250;n apuro verlo colgado. Llev&#225;is poco tiempo en Londres y no sab&#233;is c&#243;mo funcionan aqu&#237; las cosas. Os aseguro que los cazadores de ladrones son todos unos desalmados, se&#241;or. Mandar&#237;an tranquilamente a la horca a un inocente solo por cobrar una peque&#241;a recompensa. Jonathan Wild es el m&#225;s respetable, y Weaver quer&#237;a hacer creer a todos que tambi&#233;n lo era, pero este asunto de los asesinatos ha puesto de manifiesto la verdad.

Aquella conversaci&#243;n deb&#237;a servirme de recordatorio, para cuando me olvidara de qui&#233;n era realmente y creyera que era Matthew Evans. No pod&#237;a ser Matthew Evans, y Melbury no era mi amigo. Solo era una persona de quien quer&#237;a algo, nada m&#225;s.

No es m&#225;s que un juego, &#191;sab&#233;is? -prosigui&#243;-. Se trata de hacer creer a la chusma que piensas lo mismo que ellos. Consigues sus votos y luego te olvidas de ellos durante siete a&#241;os, y tratas de hacer las cosas bien. Nosotros no hicimos las leyes que promueven la corrupci&#243;n, fueron los whigs. Pero debemos vivir seg&#250;n ellas o morir, y si puedo utilizar las trampas de los whigs para derrotarlos, no dudar&#233; en hacerlo.

Una forma de pensar un tanto desencantada, &#191;no os parece?

Imagino que habr&#233;is visto c&#243;mo funcionan las elecciones.

Le dije que s&#237;.

As&#237; es nuestro sistema, se&#241;or Evans. No tenemos el lujo de hacer como en Jamaica y echar nuestro voto en un coco que va de choza en choza de la mano de una bella africana desnuda. En Londres, quien impone las normas es su majestad la chusma, y debemos ofrecerle un bonito espect&#225;culo si no queremos que nos corte la cabeza.

En una ocasi&#243;n me dijisteis que las elecciones no son m&#225;s que un espect&#225;culo de corrupci&#243;n. Pens&#233; que solo lo dec&#237;ais porque estabais trastornado.

&#201;l ri&#243;.

No, lo dije porque me anima verlo as&#237;. Un espect&#225;culo puede orquestarse, el caos no. Por ejemplo, ese jud&#237;o, Weaver. Se cree que hace lo que quiere y elude a la ley y al gobierno, pero todos le utilizamos whigs, tories, todos. Para nosotros no es m&#225;s que una marioneta, y el partido que tire mejor de las cuerdas ser&#225; el que consiga sacarle lo que quiera.

Mir&#233; por la ventanilla del carruaje, del tama&#241;o de un pu&#241;o.

Bueno -dije, en un intento por cambiar de tema-, &#191;y qu&#233; misi&#243;n tenemos en este momento?

La misi&#243;n que tenemos es delicada. Hubiera enviado a mi representante, pero digamos que no es un hombre muy valiente, y estamos ante un grupo que requiere cierto valor. Es un club de votantes, se&#241;or, y no deben ver la menor se&#241;al de debilidad. Me he propuesto ganarme a ese club, y lo har&#233;. Si los visito en persona seguramente contribuir&#233; a que las ruedas sigan bien engrasadas, y he pensado que teneros a vos a mi lado me ayudar&#225; a mantener un buen &#225;nimo. Conf&#237;o en que pod&#225;is controlarlo.

Le asegur&#233; que as&#237; era, y seguimos el viaje en silencio hasta que llegamos a un caf&#233; en Gravel Lane. Bajamos, entramos en el local y nos encontramos en un lugar muy desordenado. La palabra caf&#233; se utiliza con frecuencia con un sentido muy amplio, pero en aquellos momentos me hallaba en uno donde dudo que hubieran visto nunca dicha bebida. Estaba lleno de tipos duros de la clase media m&#225;s baja y de furcias, y hab&#237;a una banda de violinistas. Se notaba un fuerte olor a cerveza pasada y a ternera reci&#233;n hervida; en cada plato de cada mesa hab&#237;a un mont&#243;n de carne cubierta de nabos y perejil.

Apenas acab&#225;bamos de entrar cuando un tipo se levant&#243; y se acerc&#243; a nosotros con expresi&#243;n grave. Vest&#237;a ropas corrientes, salvo por la abundancia de encajes y unos brillantes botones plateados. Ten&#237;a una larga nariz que apuntaba hacia abajo, un ment&#243;n afilado que apuntaba hacia arriba y unos ojos que parec&#237;an dos pasas.

Ah, se&#241;or Melbury, os he reconocido a usted en cuanto ha cruzado la puerta, se&#241;or, mismamente, porque os he o&#237;do hablar en m&#225;s de una ocasi&#243;n. Soy Job Highwall, se&#241;or, como habr&#233;is imaginado, y estoy impaciente de hablar con vos.

Melbury me present&#243; como el hombre que le hab&#237;a salvado de unos bellacos whigs y que hab&#237;a golpeado al carnicero whig en el centro electoral. Evidentemente, me hab&#237;a pedido que le acompa&#241;ara para que diera una nota amenazadora, pero si Highwall se sent&#237;a amenazado, no se notaba.

Tomamos asiento en un rinc&#243;n tranquilo del caf&#233;. Highwall pidi&#243; cerveza fuerte -lo que va mejor para hacer negocios, dijo- y nos anim&#243; a que no perdi&#233;ramos el tiempo, pues el tiempo es algo muy valioso.

Permitid que repita lo que ya sab&#233;is, se&#241;or, y os estar&#233; muy agradecido. Represento al club de votantes El Zorro Rojo, se&#241;or Melbury, un respetable club. Pod&#233;is mirar las elecciones anteriores y siempre oir&#233;is lo mismo: El Zorro Rojo cumple lo que promete. He o&#237;do decir que otros clubes prometen lo mismo a todos los partidos y al final no dan nada a ninguno. El Zorro Rojo no, se&#241;or. Hemos ofrecido nuestros servicios en todas las elecciones desde los tiempos de Carlos II y jam&#225;s hemos dado a ning&#250;n candidato a Westminster un motivo para arrepentirse de haber confiado en nosotros.

Vuestra reputaci&#243;n es irreprochable -dijo Melbury.

Eso espero, se&#241;or Melbury, puesto que El Zorro Rojo cumple sus promesas. En nombre de El Zorro Rojo, os aseguro que pod&#233;is confiar en nosotros. Somos m&#225;s de fiar que el coche correo, se&#241;or.

No he venido a cuestionar vuestra reputaci&#243;n, se&#241;or -dijo Melbury.

No hay raz&#243;n para ello. Ninguna raz&#243;n.

Entonces en ese respecto estamos de acuerdo. Solo debemos hablar del asunto de los n&#250;meros.

Ah -dijo el se&#241;or Highwall-. Ah&#237; est&#225; la cosa, se&#241;or, los n&#250;meros. Puede uno hablar de esto o de aquello, pero lo importante siempre son los n&#250;meros. &#191;Acaso podr&#237;ais negarlo?

No puedo -dijo Melbury-. Me gustar&#237;a conocer esos n&#250;meros.

No puedo reproch&#225;roslo. As&#237; que os dir&#233; los n&#250;meros. Las cosas est&#225;n as&#237;, se&#241;or. Tenemos trescientos cincuenta hombres en este club con los que pod&#233;is contar, como os he prometido. Apoyar&#225;n a un hombre. Nosotros no somos un club que prometa trescientos cincuenta y luego d&#233; doscientos cincuenta. No, os ofrecemos trescientos cincuenta y es lo que tendr&#233;is, se&#241;or, siempre que la cantidad os satisfaga.

&#191;Y cu&#225;l es la cantidad, se&#241;or Highwall?

Se&#241;or, deb&#233;is comprender que todos ellos, los trescientos cincuenta que prometo, son tories. Son tories en su coraz&#243;n y en su mente. No pod&#233;is imaginaros cu&#225;ntos me han dicho que, de poder elegir, preferir&#237;an servir al se&#241;or Griffin Melbury, pero vos sab&#233;is como el que m&#225;s que los negocios son los negocios, y si es necesario apoyar&#225;n al se&#241;or Hertcomb (quien nos ha hecho una oferta) con todo el dolor de su coraz&#243;n.

Entiendo -dijo Melbury, no poco decepcionado-. Desear&#237;a conocer el precio de esos trescientos cincuenta tories.

Se&#241;or, pod&#233;is contar con la lealtad de los trescientos cincuenta a cambio de una compensaci&#243;n de tan solo cien libras.

Melbury dej&#243; su cerveza.

Eso es mucho, &#191;no os parece?

Yo creo que no, se&#241;or Melbury, no, ciertamente. Pensad solamente en lo que se os ofrece. &#191;Os gustar&#237;a pagar tan solo veinte o treinta libras por ese mismo n&#250;mero y que cuando la cosa se calme os enter&#233;is de que solo hab&#233;is recibido cincuenta votos por vuestro dinero?

Me ped&#237;s mucho m&#225;s que cinco chelines, se&#241;or. Es mucho dinero.

Es mucho, pero pag&#225;is una reputaci&#243;n. Reputaci&#243;n. No puedo deciros lo que ofreci&#243; el hombre del se&#241;or Hertcomb, pero os juro que no podr&#237;a volver a mis hombres con menos de cien libras y mirarlos a los ojos. Me dir&#237;an: &#191;C&#243;mo puedes aceptar esta oferta cuando el hombre del se&#241;or Hertcomb ha ofrecido mucho m&#225;s?. &#191;Qu&#233; podr&#237;a decirles?

Pues podr&#237;a decirles que son tories y que deber&#237;an contentarse con verme elegido.

Si fuera cuesti&#243;n de gustos, os dar&#237;a toda la raz&#243;n, se&#241;or. Pero se trata de negocios, ya lo sab&#233;is.

Os ofrezco sesenta libras.

&#161;Sesenta libras! -exclam&#243; Highwall como si Melbury hubiera sacado una daga-. &#161;Sesenta libras! Me sorprend&#233;is, se&#241;or Melbury. Ciertamente. Creo que debo posponer esta conversaci&#243;n, pues me hab&#233;is trastornado tanto con vuestra oferta que necesito una sangr&#237;a y una purga antes de poder continuar. Sesenta libras es la oferta m&#225;s insultante del mundo. No puedo presentarme a mis chicos con sesenta libras. No aceptar&#233; ni un penique menos de noventa.

Propongo setenta -dijo Melbury.

El club de votantes El Zorro Rojo vale mucho m&#225;s que setenta libras, se&#241;or, pero os honro, y es por ello que aceptar&#233; ochenta libras en inter&#233;s de ofreceros nuestro apoyo para los Comunes. -Los dos hombres se dieron un apret&#243;n de manos. De esta forma, en el transcurso de unos pocos minutos, el se&#241;or Melbury se asegur&#243; casi una d&#233;cima parte de los votos que necesitaba para conseguir su esca&#241;o.


Una vez zanjado el asunto con el se&#241;or Highwall, Melbury consider&#243; que ya hab&#237;a estado en compa&#241;&#237;a del cabecilla del club de votantes El Zorro Rojo lo suficiente y propuso que nos retir&#225;ramos a alg&#250;n lugar m&#225;s apropiado. Eligi&#243; el caf&#233; Rosethorn's, en Lowman's Pond Row, lugar conocido porque era muy frecuentado por tories de la mejor especie. Y en verdad, cuando entramos por la puerta, Melbury fue rodeado por un tropel de amigos que, a diferencia de los de las clases bajas, tuvieron el suficiente buen juicio de dejarlo en paz al poco rato. Una vez hizo la ronda y me present&#243; a muchos m&#225;s hombres de los que pod&#237;a recordar, tomamos asiento.

Me asegur&#243; que el clarete que serv&#237;an era de muy buena calidad, as&#237; que beb&#237;; tambi&#233;n pedimos ave fr&#237;a para aplacar nuestro apetito.

&#191;Os sorprende el asunto con el club de votantes? -me pregunt&#243;.

&#191;Deber&#237;a?

Bueno, despu&#233;s de todo ven&#237;s de las Indias Occidentales, e imagino que all&#237; la vida es mucho m&#225;s sencilla. Seguramente no acostumbran a arreglar estas cosas de una forma tan indirecta.

Os aseguro -dije sin maldad- que los sobornos tambi&#233;n han penetrado en las Indias Occidentales.

Oh, qu&#233; palabra m&#225;s fea, soborno. Detesto llamarlo de esa forma. Yo lo veo como una mera transacci&#243;n, y sin duda no hay nada malo en ello. Solo lamento el coste. &#191;Sab&#233;is?, en las elecciones anteriores, creo que hubiera podido asegurarme esos mismos votos por diez libras, pero estos clubes saben lo que se hacen. De todos modos, incluso a un precio tan elevado, es mucho m&#225;s barato que pagar por separado a trescientos cincuenta hombres para que me voten.

&#191;Hay otros medios igual de refinados de asegurarse votos?

Melbury pesta&#241;e&#243;.

Las elecciones acaban de empezar -dijo-. Veamos el desarrollo de los acontecimientos. Pensad solo en lo que hay en juego: honor, integridad, el futuro del reino.

&#191;Puedo haceros una pregunta? -me aventur&#233; a decir. Durante toda la noche me hab&#237;a estado preguntando c&#243;mo sacar el tema. No se me ocurri&#243; ninguna forma m&#225;s espont&#225;nea de sacarlo a colaci&#243;n, as&#237; que, finalmente, decid&#237; ser brusco. Despu&#233;s de todo, yo era nuevo all&#237; y, puesto que el se&#241;or Melbury me ten&#237;a por un ignorante indiano, por qu&#233; no aprovecharlo.

El hombre estaba deseando d&#225;rselas de erudito.

Con mucho gusto contestar&#233; cualquier pregunta que teng&#225;is -me asegur&#243;.

&#191;Hasta qu&#233; punto depend&#233;is de los votos de quienes tienen tendencias jacobitas?

Su sonrisa complaciente desapareci&#243;. Melbury me mir&#243; como si le hubiera echado una bosta en su plato. Aunque la luz era escasa, dir&#237;a que palideci&#243;.

Por favor -dijo-. Si quer&#233;is pronunciar esa palabra en p&#250;blico estando en mi compa&#241;&#237;a, hacedlo en voz baja. No har&#233;is muchas amistades aqu&#237; incluso si solo mencion&#225;is que esa gente que dec&#237;s existe.

&#191;Tan peligroso es mencionarlos?

Lo es. Ver&#233;is, Dogmill y Hertcomb solo necesitan una peque&#241;a excusa para dejarnos a todos como una panda de traidores al servicio del falso rey. Debemos hacer lo posible para evitar que esa arma caiga en sus manos. -Dio un sorbo a su vaso-. &#191;Por qu&#233; lo pregunt&#225;is, se&#241;or?

Solo era curiosidad.

Melbury se inclin&#243; hacia delante y habl&#243; en un susurro.

Permitidme que sea algo brusco, se&#241;or Evans. Ten&#233;is mi gratitud por vuestro servicio del otro d&#237;a, y siempre podr&#233;is contar con mi aprecio. Pero si apoy&#225;is la tendencia pol&#237;tica que acab&#225;is de mencionar, debo pediros que jam&#225;s volv&#225;is a hablarme, ni aparezc&#225;is a mi lado, ni asist&#225;is siquiera a ning&#250;n acto al que yo deba asistir. No pretendo ser severo, pero no permitir&#233; que esos amotinados implacables enturbien mi reputaci&#243;n o se interpongan en mis metas pol&#237;ticas.

Agradezco vuestra sinceridad -dije-, pero os prometo que no soy de semejante tendencia. Pregunto porque he o&#237;do muchas veces que estas personas est&#225;n asociadas con los tories. Solo deseaba saber si hay que buscar su apoyo o no.

Abiertamente no, desde luego. Si desean votar por m&#237;, estar&#233; muy agradecido, pero jam&#225;s dir&#233; una palabra para animarlos o permitir que piensen que podr&#237;a apoyar a su monarca en lugar de al m&#237;o. No me malinterpret&#233;is considero que su majestad ha cometido errores terribles, sobre todo en relaci&#243;n con su ministerio y el apoyo a la causa whig, pero prefiero a un necio protestante que a un astuto papista.

Vi que no deb&#237;a insistir, y hubiera cambiado enseguida de tema de no ser porque Melbury se ocup&#243; de ello personalmente.

Hemos tenido una dura experiencia con el se&#241;or Highwall -dijo con cierta ligereza-. Busquemos un poco de distracci&#243;n.

Tal vez a causa de mis propias tendencias, pens&#233; que Melbury se refer&#237;a a buscar la compa&#241;&#237;a de un par de mujeres voluntariosas, y reconozco que la idea me alegr&#243; no porque lo deseara para m&#237; mismo, sino para cerciorarme de que aquel hombre era un mal esposo para Miriam. Y lo comprob&#233; enseguida, si bien no de la forma que yo imaginaba, pues el vicio de Melbury no eran las mujeres, sino el juego. Fuimos a la parte de atr&#225;s de la taberna, donde hab&#237;a varias mesas y los caballeros jugaban al whist, juego que, confieso, jam&#225;s he logrado entender. Elias me jur&#243; en una ocasi&#243;n que pod&#237;a ense&#241;arme a jugar en menos de una semana, pero, puesto que el objeto de las cartas es servir de entretenimiento, aquella promesa fue casi como un presagio.

En cualquier caso, ahora se trataba de mucho m&#225;s que de pasarlo bien, y si quer&#237;a que la actitud de Melbury hacia m&#237; siguiera siendo cordial, no me quedaba m&#225;s remedio que ser un buen compa&#241;ero de juego. As&#237; pues, me sent&#233; a su lado y me present&#243; a sus compa&#241;eros; todos ellos parec&#237;an dominar la tarea acrob&#225;tica de controlar simult&#225;neamente una jarra de bebida, una cajita de rap&#233; y un pu&#241;ado de cartas.

Melbury empez&#243; a jugar enseguida, y casi pareci&#243; olvidar mi presencia. Ciertamente, me result&#243; un tanto humillante, pues en espacio de unos pocos minutos pas&#233; de ser su confidente particular a ser un mero asistente. Hac&#237;a bromas con sus compa&#241;eros de partida, arrojaba monedas, beb&#237;a con entusiasmo. De vez en cuando se volv&#237;a en mi direcci&#243;n y hac&#237;a alg&#250;n chiste, pero al cabo de un momento ya me hab&#237;a olvidado. Y no pod&#237;a reproch&#225;rselo. Hab&#237;a regateado con Highwall por veinte libras, y en cambio, en menos de una hora perdi&#243; m&#225;s de trescientas. En una mano pens&#243; que iba a ganar un buen mont&#243;n de dinero, pero uno de sus adversarios gan&#243; de forma inesperada. Me di cuenta de que perder le afectaba mucho, pero entreg&#243; el dinero con aparente indiferencia y no le dio ning&#250;n apuro sacar m&#225;s dinero para la siguiente mano.

Despu&#233;s de pasar casi una hora viendo c&#243;mo Melbury perd&#237;a mucho m&#225;s de lo que yo habr&#237;a so&#241;ado ganar en dos a&#241;os de trabajo, decid&#237; que lo mejor era retirarse antes de que Melbury dejara de verme como un valioso compa&#241;ero y me tomara por un adulador m&#225;s.

Mientras trataba de pensar una forma de comunicar mi decisi&#243;n, un hombre al que no hab&#237;a visto se acerc&#243; y se inclin&#243; entre Melbury y yo. Ser&#237;a de mediana edad, e incluso con aquella luz del caf&#233; vi que las cerdas de su barba eran canosas. Era un hombre delgado; ten&#237;a los ojos hundidos, las mejillas angulosas, y tantos dientes ausentes como presentes. Llevaba un viejo traje, limpio pero ra&#237;do, y se conduc&#237;a con una dignidad extra&#241;amente artificial.

Ah, se&#241;or Melbury -dijo mientras se interpon&#237;a entre nosotros-. Me alegra veros, se&#241;or. Esperaba encontraros aqu&#237;, y aqu&#237; os encuentro.

El rostro de Melbury se ensombreci&#243;.

Disc&#250;lpenme, caballeros -dijo a los jugadores. Cogi&#243; al hombre de la manga y se lo llev&#243; al otro lado de la habitaci&#243;n.

Yo no sab&#237;a qu&#233; hacer, pero desde luego no quer&#237;a quedarme sentado como un tonto con los otros jugadores, as&#237; que me levant&#233; para seguir a Melbury. Se hab&#237;a sentado a otra mesa con ese individuo y, al acercarme, o&#237; que hablaba en voz muy baja.

&#191;C&#243;mo os atrev&#233;is a presentaros aqu&#237;? -dec&#237;a-. Tened por seguro que pedir&#233; al se&#241;or Rosethorn que os niegue la entrada en el futuro. -Se volvi&#243; hacia m&#237;-. Ah, Evans. Quiz&#225; tendr&#233; que pediros que hag&#225;is por m&#237; lo que hicisteis el otro d&#237;a en Covent Garden.

Evidentemente, mi presunci&#243;n no me hab&#237;a hecho ning&#250;n da&#241;o.

Eso no es muy amable por vuestra parte, se&#241;or -le dijo el tipo-. Ya me hab&#233;is negado la entrada a vuestra casa, y un hombre tiene que llevar sus asuntos donde puede. Vos y yo tenemos un asunto pendiente, se&#241;or Melbury, no lo negar&#233;is.

Los asuntos que haya entre nosotros no son para tratarlos en un lugar p&#250;blico como este -dijo-. Y no pod&#233;is interrumpirme cuando estoy reunido con otros caballeros.

Con mucho gusto tratar&#237;a este asunto en privado, s&#237;, pero no me hab&#233;is dejado otra opci&#243;n. Y en cuanto a vuestra reuni&#243;n, me ha parecido que estabais arrojando al viento algo que har&#237;ais mejor en aplicar en otra parte.

No es asunto vuestro c&#243;mo empleo mi tiempo.

No, desde luego. Vuestro tiempo no me interesa, pod&#233;is utilizarlo como gust&#233;is. Es vuestro dinero lo que me preocupa. Es muy desconsiderado que lo malgast&#233;is con tanto desparpajo cuando hay quien espera que pagu&#233;is una deuda atrasada.

Debo pediros que os march&#233;is -dijo Melbury.

El tipo mene&#243; la cabeza.

Eso no es muy amable, se&#241;or. No, desde luego. Vos sab&#233;is que puedo ser mucho m&#225;s persuasivo, y sin embargo me he mostrado amable y paciente por respeto a vuestra posici&#243;n. Pero no voy a ser amable y paciente siempre, no s&#233; si me entend&#233;is. -Aqu&#237; hizo un inciso y me mir&#243;-. Titus Miller a vuestro servicio, se&#241;or. &#191;Puedo preguntar cu&#225;l es vuestro nombre?

&#191;Acaso no ten&#233;is modales? -le dijo Melbury casi a gritos.

Me parece que tengo muy buenos modales, se&#241;or Melbury, pues me los ense&#241;&#243; mi abuela. Soy educado, deferente y pago mis deudas. No veo nada malo en querer conocer el nombre de un caballero, y a menos que haya alguna raz&#243;n para que no pueda saberlo, os considerar&#233; una persona muy desagradable si no me lo dec&#237;s.

Me di cuenta de que Melbury no pensaba ceder y decir mi nombre y, puesto que no deseaba que aquello degenerara, decid&#237; zanjar el asunto yo mismo.

Soy Matthew Evans -dije sin rodeos.

Bien, se&#241;or Evans, &#191;os consider&#225;is amigo del se&#241;or Melbury?

No hace mucho que le conozco, pero aspiro a ser su amigo.

Si sois su amigo, quiz&#225; os interese asistirle en sus dificultades. Ciertamente.

Ahora entend&#237;a por qu&#233; Melbury ten&#237;a tan poca paciencia con aquel tipo.

Creo que es el se&#241;or Melbury quien tiene que hablar de sus asuntos, y si desea ayuda, puede hablarlo conmigo sin vuestro permiso.

No comprendo por qu&#233; la gente es siempre tan desagradable -dijo Miller-, y vos hab&#233;is decidido ser desagradable, cosa que no me gusta. No os dir&#233; cu&#225;l es la naturaleza exacta de los problemas del se&#241;or Melbury, pues no parece que quer&#225;is escucharlos. Solo digo que, si sois su amigo, le ofrecer&#233;is ayuda. Si no recuerdo mal, sus otros amigos lo han hecho en el pasado, aunque tal vez en estos momentos no est&#233;n a su disposici&#243;n.

Miller, har&#233; que os echen si no os march&#225;is ahora mismo.

El hombre se levant&#243;.

Me disgusta que hayamos llegado a esto, pero imagino que es inevitable. Me ir&#233;, se&#241;or, pero tal vez descubr&#225;is que nuestro asunto ha tomado una direcci&#243;n muy distinta. No me gusta mostrarme malvado, pero un hombre debe llevar sus asuntos como mejor pueda.


La noche siguiente ten&#237;a una de mis citas con Elias. Antes de que pudiera decir nada, me obsequi&#243; con una amplia sonrisa.

Veo que, por muchos disfraces que lleves, no puedes reprimir tu verdadera naturaleza.

&#191;Qu&#233; quieres decir? -pregunt&#233; cuando tomaba asiento.

Empuj&#243; un diario tory hacia m&#237;. En &#233;l aparec&#237;a la historia del gran h&#233;roe Matthew Evans, que recientemente hab&#237;a salvado al se&#241;or Melbury del ataque de unos rufianes whigs. Ahora hab&#237;a salido en defensa de una furcia whig sin nombre que quer&#237;a vender su virtud a cambio de votos. Uno de los clientes decidi&#243; que su voto val&#237;a m&#225;s de lo que la dama dec&#237;a, y el se&#241;or Evans se adelant&#243; y, sin preocuparse por la filiaci&#243;n de unos y de otros, hizo huir al villano.

Le devolv&#237; el peri&#243;dico a Elias.

No ten&#237;a ni idea de que estos hechos fueran famosos.

Debes tener cuidado con este tipo de cosas -me dijo-. No debes llamar demasiado la atenci&#243;n, no por tu fuerza. Ser&#237;a la manera m&#225;s f&#225;cil de que te reconocieran.

No fue ning&#250;n capricho -le asegur&#233;-. No pod&#237;a quedarme al margen viendo c&#243;mo ese canalla tocaba los melones de la se&#241;orita Dogmill impunemente.

Elias se medio encogi&#243; de hombros con gesto de hast&#237;o.

Sobre eso no puedo decir nada. T&#250; conoces esos melones mejor que yo. Pero de todos modos, deber&#237;as tener m&#225;s cuidado.

Me pregunto si, de enterarse Dogmill, se alegrar&#237;a de ver que alguien ayud&#243; a su hermana o se indignar&#237;a porque ese alguien fui yo. Es muy posesivo con ella, &#191;sabes? -Le cont&#233; la historia que la se&#241;orita Dogmill me hab&#237;a relatado: que su hermano atac&#243; a un comerciante que la secuestr&#243;.

Un cuento maravilloso -dijo Elias-. Y muy instructivo, ciertamente. Tal vez utilice una versi&#243;n novelizada en mi Historia de Alexander Claren. Quiz&#225; podr&#237;a hacer que un villano finja haber secuestrado a la joven, con su consentimiento, por supuesto, para que su padre

Elias -dije interrumpiendo sus enso&#241;aciones-. &#191;Est&#225;s proponiendo que secuestre a la se&#241;orita Dogmill y me quede esperando a que su hermano se presente como un toro acorralado?

Oh, no. De ninguna manera. Quiero utilizar esa historia. Si se supiera que has hecho algo semejante, parecer&#237;a que lo he copiado en mi novela. Y, en estos momentos, creo que es la mejor idea que he tenido. No, tendr&#225;s que inventarte tu propia historia.

Pero es mi historia.

Pues entonces tendr&#225;s que pensar una historia que no te haya robado.

Acto seguido lo puse al corriente de todo lo que hab&#237;a sucedido en aquellos d&#237;as tan agitados.

Conozco a ese Titus Miller -dijo-. Comercia con deudas. Me ha comprado una o dos en el pasado, y es implacable, s&#237;, implacable, cuando acosa a sus deudores. Una vez o&#237; que entr&#243; por la fuerza en un ba&#241;o donde un tendero estaba con una peque&#241;a ramera de pelo casta&#241;o, y no se fue hasta que el tipo pag&#243; lo que le deb&#237;a. Sospecho que Melbury se encontrar&#225; con algunos dolorosos obst&#225;culos si Miller lo persigue.

Bueno, como t&#250; dices, la carrera parlamentaria es un asunto muy caro.

Debe de tratarse de viejas deudas. No le molestar&#237;a por los gastos de la carrera mientras esta se est&#225; celebrando. Pero me hab&#237;a parecido entender que su esposa, si me perdonas que la mencione, aport&#243; una considerable fortuna al matrimonio.

Sin duda la se&#241;ora Melbury fue lo bastante lista para poner sus propiedades por separado al casarse. Quiz&#225; a Melbury le resulta bochornoso mencionarle estas deudas. Lo he visto jugar, y tal vez sean deudas de honor. Pero las dificultades de Melbury son la menor de mis preocupaciones. Prefiero saber qu&#233; puedes contarme sobre ese asunto de los jacobitas.

Bueno, ah&#237; est&#225; la clave, &#191;verdad? Si puedes demostrar que hay un importante jacobita entre los whigs, tendr&#225;s exactamente lo que necesitas. Solo tienes que esperar para ver c&#243;mo terminan las elecciones. Los tories har&#225;n lo que sea para que esa informaci&#243;n no salga a la luz, pues les har&#237;a quedar como unos traidores. Ya sabes lo impresionable que es la gente: culpar&#237;a a los tories por lo que han hecho los jacobitas. Y los whigs tambi&#233;n har&#237;an lo que fuera para que no se sepa, porque quedar&#237;an como unos necios. Lo &#250;nico que tienes que hacer es identificar a esa persona y estar&#225;s en el camino a tu libertad.

&#191;Lo &#250;nico? Sin duda el nombre de ese hombre debe de ser un secreto muy bien guardado.

Sin duda, s&#237;, pero si alguien como Yate pudo descubrirlo, para un hombre de tu talento ser&#225; un juego. Por cierto, &#191;conoces los resultados de la votaci&#243;n de hoy?

Le dije que no.

Ciento ochenta y ocho, Hertcomb; ciento noventa y siete, Melbury. La ventaja aumenta cada d&#237;a que pasa.

Malas noticias para Hertcomb.

Me temo que tambi&#233;n es una mala noticia para Melbury. Dennis Dogmill no renunciar&#225; al esca&#241;o de Hertcomb tan f&#225;cilmente.

&#191;Qu&#233; quieres decir?

A menos que me equivoque -dijo, dando un bocado a un nabo hervido-, me temo que habr&#225; violencia. Y mucha.


Las palabras de Elias resultaron perturbadoramente acertadas. Al d&#237;a siguiente, un grupo de cuatro o cinco docenas de hombres se present&#243; en el centro electoral proclamando que no pod&#237;a haber libertad sin Hertcomb. Varios de ellos se apostaron en el exterior de la cabina, y cuando sal&#237;a un hombre que hab&#237;a votado a los tories, lo abucheaban, se mofaban de &#233;l y hasta lo golpeaban. Las personas que apoyaban a Melbury recib&#237;an una respuesta cada vez m&#225;s agresiva, hasta que, al final, si alguno se atrev&#237;a a votar al candidato equivocado, era golpeado sin piedad.

Melbury y otros tories importantes de la ciudad exigieron la presencia del ej&#233;rcito para dispersar a los alborotadores, pero la triste realidad es que el alcalde y los concejales, as&#237; como la mayor&#237;a de los magistrados, confraternizaban con Dennis Dogmill y Albert Hertcomb, de modo que dijeron que un poco de violencia en tiempo de elecciones era inevitable, y que lo mejor era no reaccionar de forma exagerada, pues de lo contrario los &#225;nimos de los alborotadores pod&#237;an encenderse a&#250;n m&#225;s.

Decid&#237; visitar personalmente el lugar para ver a qu&#233; extremos llegaba la violencia. Vi que era cruel y real, y que sin duda le costar&#237;a a Melbury muchos votos. Ese d&#237;a termin&#243; con ciento setenta votos para el se&#241;or Hertcomb y solo treinta y uno para su oponente. Unos d&#237;as m&#225;s como aquel y Melbury perder&#237;a el liderazgo. Y si Melbury no ganaba, las posibilidades de limpiar mi nombre quedar&#237;an reducidas pr&#225;cticamente a cero.

Por esta raz&#243;n, y algunas otras, observ&#233; cierto hecho con gran inter&#233;s. A menos que mis ojos me enga&#241;aran, los hombres que alborotaban en contra de Melbury eran los estibadores de Greenbill Billy.



22

No me complac&#237;a que mi destino tuviera que estar tan estrechamente ligado al de un hombre como John Littleton, pero no ve&#237;a la forma de evitar solicitar sus servicios una vez m&#225;s. Le mand&#233; una nota en la que le ped&#237;a que se reuniera conmigo en una taberna de Broad Street, en Wapping. Me present&#233; sin disfraz, pues Littleton no sab&#237;a nada de mi personaje de Matthew Evans y me pareci&#243; m&#225;s seguro. Hasta el momento, a su manera, se hab&#237;a mostrado deseoso de ayudarme, pero uno nunca sabe cu&#225;ndo pide demasiado o se convierte en una gran tentaci&#243;n.

Casualmente, Littleton estaba deseando verme. La intervenci&#243;n de sus rivales en el terreno pol&#237;tico parec&#237;a haberle alterado profundamente. Sus hombres no sab&#237;an c&#243;mo reaccionar, pero muchos cre&#237;an que si los hombres de Greenbill estaban provocando disturbios era porque algo sacar&#237;an, y Littleton ten&#237;a que asegurarles la parte que les tocaba a ellos.

Es un caos -me dijo, y se tom&#243; la cerveza de un trago, como si no hubiera bebido nada en todo el d&#237;a. Ten&#237;a un moret&#243;n en el rostro, bajo la oreja izquierda, y me pregunt&#233; si no habr&#237;a estado pele&#225;ndose &#191;con sus hombres, tal vez?

&#191;Qu&#233; sab&#233;is del asunto? &#191;Qu&#233; significa?

&#191;Que qu&#233; significa? -repiti&#243;-. &#191;Y vos qu&#233; cre&#233;is? Dogmill les ha pagado para que provoquen disturbios y perjudiquen a Melbury. M&#225;s claro el agua.

Pero &#191;por qu&#233; iba a aceptar Greenbill el dinero de Dogmill para hacer algo as&#237;? &#191;No quer&#237;a ver a Hertcomb fuera de su esca&#241;o y a Dogmill reducido a la nada?

Pens&#225;is como un pol&#237;tico. Ese es vuestro problema. Tendr&#237;ais que pensar como un estibador. Les han ofrecido dinero, y eso ya es bastante, pero adem&#225;s les han ofrecido el dinero para que hagan tropel&#237;as, que es mucho mejor. Y eso de que est&#233; bien o mal, no tiene ninguna importancia, nos da lo mismo lo uno que lo otro. Greenbill fue y les dijo a sus chicos que si Melbury sale elegido arruinar&#225; a Dogmill, y que si Dogmill se arruina, pueden ir olvid&#225;ndose de trabajar esta primavera. As&#237; de sencillo. Deben procurar lo mejor para su amo, porque si hay una cosa peor que estar sometido, es no tener amo.

&#191;De verdad cree eso Greenbill? &#191;De verdad cree que si Dogmill no importa el tabaco nadie lo har&#225;?

De lo que estoy seguro es de que cree en la plata que Dogmill le ha dado para que les cuente ese cuento. Y, si te paras a pensarlo, no hay nada m&#225;s. Es como descargar un barco: Dogmill paga a Greenbill para que haga el trabajo y Greenbill paga a sus chicos. No ha cambiado nada, solo que este invierno hay un poco m&#225;s de trabajo.

&#191;Hasta cu&#225;ndo seguir&#225;n con los disturbios?

Creo que solo unos d&#237;as. Hertcomb y Dogmill no podr&#225;n mantener al ej&#233;rcito al margen mucho tiempo. Entre tanto, yo me he puesto en contacto con el se&#241;or Melbury y le he dicho que no tiene por qu&#233; mirar todo esto de brazos cruzados.

&#191;Mandar&#237;ais a vuestros chicos a luchar con los de Greenbill?

Ya hace tiempo que se ve&#237;a venir. No veo nada malo en dejar que las cosas sigan su curso.


Aquello me superaba. S&#237;. &#191;Quer&#237;a que hubiera m&#225;s disturbios o menos? &#191;Deseaba ver triunfar a Melbury, un hombre a quien hab&#237;a despreciado como rival? Sin duda &#233;l lo arreglar&#237;a todo. Si sal&#237;a elegido, &#233;l ayudar&#237;a a restituir mi nombre. Pero sent&#237;a cierto placer al ver que sus votantes se quedaban acobardados en sus casas, temerosos de acercarse a votar. Melbury hab&#237;a sido demasiado ambicioso. Hab&#237;a tomado lo que no era suyo y ahora iba a probar el fracaso.

Sin embargo, mis vengativos pensamientos se vieron interrumpidos por la llegada de mi casera, la se&#241;ora Sears, que me hizo saber, con un marcado tono de desaprobaci&#243;n, que una joven dama deseaba verme. No pod&#237;a haberme sentido m&#225;s feliz cuando vi que la se&#241;orita Dogmill entraba en mis habitaciones.

Me levant&#233; para recibirla.

Como siempre, es un placer veros, se&#241;orita Dogmill.

Ella cerr&#243; la puerta, pr&#225;cticamente en las narices de mi casera.

Me considero digna de tal entusiasmo, se&#241;or, pues no encontrar&#233;is mejor amiga. -Se sent&#243; sin esperar a que la invitara acto que en m&#237; invariablemente parece hostil y desafiante, pero que en aquella se&#241;orita solo hizo que pareciera atrevida y a sus anchas-. Os he tra&#237;do algo que tal vez os interese. -Y dej&#243; unas cartas sobre la mesa.

Cog&#237; una y la examin&#233;. Estaba sin sellar, e iba dirigida a un caballero de York.

&#191;Y qu&#233; tiene esto que ver conmigo?

Son cartas que mi hermano ha escrito a ciertos caballeros de los que tiene conocimiento, aunque no los conoce personalmente, y que han vivido algunos a&#241;os en Jamaica. Les ha escrito para saber si conocen a Matthew Evans, plantador de tabaco y encantador de hermanas.

&#191;Y vos las hab&#233;is cogido para m&#237;?

Pens&#233; que estar&#237;an mucho mejor en vuestras manos.

Creo que ten&#233;is raz&#243;n, pero si ve que no hay respuesta, &#191;no se sentir&#225; vuestro hermano decepcionado y lo intentar&#225; de nuevo?

Supongo que eso depende del tiempo que pasen sin contestar. Sin duda no querr&#233;is haceros pasar por Matthew Evans para siempre.

Tiene sus ventajas -dije.

Mmm. Eso creo yo tambi&#233;n. En cualquier caso, si pens&#225;is seguir mucho tiempo con vuestro papel, tal vez deber&#237;ais contestar vos mismo esas cartas. No creo que Denny conozca a ninguno de esos hombres lo bastante como para reconocer su letra; ni siquiera creo que conozca a ninguno de ellos personalmente. Podr&#237;ais proporcionarle exactamente la informaci&#243;n que no quiere escuchar: que Matthew Evans es un respetado caballero y plantador que ha partido recientemente hacia Inglaterra.

Su soluci&#243;n me pareci&#243; muy buena, aunque a m&#237; se me ocurri&#243; una variante que me gustaba m&#225;s. Pero ya sabr&#225; el lector de ello m&#225;s adelante. Por el momento, me levant&#233; y dej&#233; las cartas sobre mi escritorio.

Gracias por traerlas -dije-. Es posible que me hayan salvado la vida.

Entonces creo que me deb&#233;is algo -dijo ella, levant&#225;ndose para venir a mi encuentro-. Deb&#233;is besarme.

Ese castigo lo cumplir&#233; con mucho gusto -le dije.

Me adelant&#233; para abrazarla, pero ella me fren&#243; un momento.

Estamos solos aqu&#237;, y tenemos toda la intimidad que podr&#237;amos desear. No hay nada que pueda detenernos, salvo nuestras propias inclinaciones.

Soy de la misma opini&#243;n.

Entonces hay algo que debo deciros. S&#233; que sois hombre de honor, as&#237; que me gustar&#237;a que no hubiera malentendidos. Creo que vos y yo nos tenemos cierto aprecio. Es posible que sea lo que com&#250;nmente se conoce como amor. Pero no deb&#233;is pedirme que me case con vos. No por afecto o porque os sint&#225;is obligado. No deseo casarme ni con vos ni con nadie.

&#191;C&#243;mo? &#191;Nunca?

No ser&#233; tan necia para decir nunca, solo hablo de ahora. Solo deseo que no me malinterpret&#233;is o actu&#233;is movido por vuestro sentido del deber y acabemos sinti&#233;ndonos mal.

Dif&#237;cilmente podr&#237;a considerarse apropiado que una mujer de vuestra familia se casara con alguien de la m&#237;a -dije con una amargura que no sent&#237;a.

Sin duda ten&#233;is raz&#243;n -dijo de buen humor-. Aunque deb&#233;is saber que tales normas no me har&#237;an actuar en contra de mis sentimientos. Si tuviera que casarme, no puedo imaginar nada m&#225;s delicioso que el esc&#225;ndalo que provocar&#237;a un matrimonio con un cazador de ladrones jud&#237;o. Pero, en un futuro inmediato, creo que prefiero evitarlo.

Entonces no os obligar&#233; a obrar en contra de vuestros deseos.

Ella me sonri&#243;.

Adem&#225;s, no me gustar&#237;a casarme con un hombre que est&#225; enamorado de la esposa de Griffin Melbury. No me mir&#233;is as&#237;, se&#241;or. S&#233; qui&#233;n es, y vi la cara que pon&#237;ais cuando bailasteis con ella.

Me apart&#233; de su lado.

Mis sentimientos por ella no importan, puesto que su coraz&#243;n no es libre.

No, no lo es, y es muy triste. Pero mi coraz&#243;n s&#237; lo es, y os invito a hacer el uso que quer&#225;is de &#233;l.

Aqu&#237; debo correr un tupido velo ante los ritos de Cupido, pues es un asunto demasiado delicado para describirlo y debe quedar a la imaginaci&#243;n del lector.


Las horas que pas&#233; en compa&#241;&#237;a de la se&#241;orita Dogmill fueron deliciosas y bien aprovechadas. Cuando ella parti&#243; de mis habitaciones y pas&#243; ante la mirada de reproche de la se&#241;ora Sears, me qued&#233; solo y el tiempo transcurri&#243; del modo m&#225;s penoso. Supongo que hubiera debido estar feliz. Aquella hermosa mujer se contentaba con ser mi m&#225;s &#237;ntima amiga. Ya no ten&#237;a que fingir ser lo que no era ante ella, y ella no quer&#237;a de m&#237; m&#225;s que mi tiempo y mi compa&#241;&#237;a. Ciertamente, no era la primera joven dama de cuya compa&#241;&#237;a hab&#237;a disfrutado desde que perd&#237; a Miriam, pero sin duda s&#237; la m&#225;s grata, y no me gustaba que mis emociones estuvieran divididas de aquella forma. Quiz&#225; mi aprecio por la se&#241;orita Dogmill me hac&#237;a sentir que mi amor desesperado era una falacia, o tal vez me dol&#237;a ver que aquella pena iba apag&#225;ndose. Durante mucho tiempo hab&#237;a sido lo &#250;nico que me quedaba de Miriam Detestaba ver que se disipaba.

Estas reflexiones quedaron interrumpidas cuando la se&#241;ora Sears vino a informarme de que hab&#237;a un mozo en la puerta con un mensaje para m&#237;, y que no se ir&#237;a hasta que lo hubiera le&#237;do. Lo abr&#237; con impaciencia.


Evans:

Estoy en un apuro y necesito vuestra ayuda de inmediato. Seguid a ese mozo sin dilaci&#243;n o todo estar&#225; perdido. Las elecciones no, el reino puede mantenerse o caer seg&#250;n vuestras acciones.

Atentamente,

G. Melbury


Sent&#237; cierto remordimiento por haberme deleitado en las dificultades de Melbury cuando era evidente que aquel hombre me ten&#237;a por su amigo. Sin embargo, tuve que recordarme a m&#237; mismo, el amigo en quien &#233;l pensaba no era yo, sino una ficci&#243;n llamada Matthew Evans. Melbury no ten&#237;a ni idea de qui&#233;n era y, sin duda, de haberla tenido no hubiera acudido a m&#237; con sus problemas. Al final tambi&#233;n pod&#237;a ser que Melbury se ofendiera por las libertades que me hab&#237;a tomado con &#233;l y no quisiera ayudarme cuando supiera de mi enga&#241;o.

Segu&#237; al mozo a una vieja casa cerca de Moor Fields Street, en Shoreditch, a cuya puerta sali&#243; a recibirme ni m&#225;s ni menos que el recaudador de deudas, Titus Miller.

Ah, se&#241;or Evans -dijo-. El se&#241;or Melbury ya dijo que se pod&#237;a confiar en vos. No me cabe la menor duda de que disfrutar&#225; de vuestra compa&#241;&#237;a.

&#191;Qu&#233; es esto? -exig&#237;.

Es lo que parece -dijo el otro-. Como casi siempre. La mayor&#237;a de las cosas no son enga&#241;os, son simplemente lo que parecen. El se&#241;or Melbury ha tenido la desconsideraci&#243;n de descuidar algunas de sus deudas que yo he comprado, as&#237; que he insistido en que se quede aqu&#237; un rato y considere las consecuencias que puede tener su actitud en sus opciones al esca&#241;o en los Comunes. Si no se muestra m&#225;s razonable, ma&#241;ana no me quedar&#225; otro remedio que ponerlo en manos del Tribunal Supremo una prisi&#243;n que acostumbran visitar muchos hombres que se han negado a cumplir con sus obligaciones.

As&#237; que aquella era la naturaleza de las preocupaciones de Melbury. Lo hab&#237;an llevado a una sponging house, y permanecer&#237;a all&#237; durante veinticuatro horas a menos que lograra convencer a alguien para que pagara sus deudas. Obviamente, alguien con la riqueza de un acaudalado plantador jamaicano.

Jam&#225;s me han gustado las sponging houses, y confieso que en una o dos desafortunadas ocasiones he tenido ocasi&#243;n de comprobar c&#243;mo funcionan muy de cerca. Es una verg&#252;enza para el sistema judicial de nuestro pa&#237;s que un hombre pueda ser secuestrado en plena calle y retenido en ellas un d&#237;a entero en contra de su voluntad antes de ser entregado al tribunal. En el transcurso de este d&#237;a, debe pagar al propietario de la casa por comer, beber y dormir mucho m&#225;s de lo que pagar&#237;a si fuera libre de elegir. Una comida que en una taberna del otro lado de la calle podr&#237;a costarle unos peniques, le costar&#237;a uno o dos chelines en la sponging house. Es as&#237; como muchos hombres que se han endeudado, cuando finalmente los atrapan se endeudan todav&#237;a mucho m&#225;s.

Yo insist&#237; en que Miller me llevara enseguida ante Melbury. El hombre me gui&#243; por una casa atestada de muebles viejos, alfombras enrolladas y apoyadas contra rincones, cajones y ba&#250;les sin abrir. Las posesiones que los hombres daban a cambio de su libertad.

Subimos un tramo de escaleras, bajamos por un pasillo, otro tramo de escaleras Entonces cogi&#243; un llavero que llevaba sujeto a la chaqueta, y, tras una breve b&#250;squeda, encontr&#243; el objeto que necesitaba.

La puerta cruji&#243; como la reja de una mazmorra, aunque la estancia era tolerable. La habitaci&#243;n ten&#237;a unas dimensiones aceptables; hab&#237;a varias sillas, una mesa de despacho (en una sponging house no hay nada m&#225;s importante para un hombre que escribir cartas a los amigos con dinero) y una cama que parec&#237;a muy c&#243;moda.

Precisamente era ah&#237; donde estaba Melbury, echado y con expresi&#243;n relajada.

Ah, Evans. Qu&#233; detalle que hay&#225;is venido. -Se incorpor&#243; de un salto con la agilidad de un equilibrista y me estrech&#243; la mano con gesto cordial-. Miller me hubiera obligado a pasarme el d&#237;a escribiendo cartas, pero solo he mandado una, pues si un hombre no sabe a qui&#233;n escribir en momentos de crisis, en verdad es un hombre pobre.

Yo hubiera dicho que m&#225;s se acerca a la definici&#243;n de hombre pobre aquel que no es capaz de mantenerse alejado de las sponging houses, pero call&#233;. Igualmente evit&#233; manifestarme sobre el honor de haber sido la &#250;nica persona a quien hab&#237;a recurrido para solucionar sus problemas.

He venido en cuanto he le&#237;do vuestra nota -dije.

Admiro al hombre que es puntual -coment&#243; Miller.

Oh, dejadnos a solas, &#191;quer&#233;is? -le espet&#243; Melbury.

No hay raz&#243;n para ser desagradable -dijo Miller, al parecer ofendido-. Aqu&#237; todos somos caballeros.

No me interesa la opini&#243;n que teng&#225;is sobre qui&#233;n es y qui&#233;n no es caballero. Y ahora fuera.

Hab&#233;is sido muy desagradable, se&#241;or -le dijo Miller-. Muy desagradable. -Dicho esto, sali&#243; retrocediendo y cerr&#243; la puerta.

Me gustar&#237;a hacer que lo azotaran -me dijo Melbury-. Venid, sentaos, Evans, y tomad un vaso de este espantoso oporto que me ha tra&#237;do. Para lo que cobra, deber&#237;a darle verg&#252;enza pedirme que beba esta porquer&#237;a, pero supongo que es mejor que nada.

Hubiera debido vacilar antes de beber un vino con tan malas referencias, pero lo beb&#237; sin pensar. Nos sentamos cerca de la chimenea y Melbury sonri&#243;, como si estuvi&#233;ramos en un club o en su casa.

Bueno -dijo tras una pausa dolorosamente larga-, como veis estoy en un peque&#241;o apuro, y necesito quien me saque de &#233;l. Y puesto que vos hab&#233;is mencionado en m&#225;s de una ocasi&#243;n el deseo de ser &#250;til a los tories en estas elecciones, enseguida he pensado que erais mi hombre. No me cabe duda de que los peri&#243;dicos de los whigs aprovechar&#225;n este incidente. Tengo motivos para creer que es Dogmill quien ha animado a Miller a actuar con esta desconsideraci&#243;n. No es que un desalmado como Miller necesite que lo animen, pero esto me huele a complot y os aseguro que responder&#233; con contundencia. Sin embargo, nuestra preocupaci&#243;n m&#225;s inmediata es que los diarios whigs no se ceben con algo tan escandaloso como el encarcelamiento de un deudor. Espero que estar&#233;is de acuerdo.

En t&#233;rminos generales, s&#237;, por supuesto -dije sonriendo d&#233;bilmente-. Pero me pregunto cu&#225;nto exactamente me costar&#237;a evitar ese esc&#225;ndalo.

Oh -dijo agitando la mano en el aire-, no es nada. Nada, es una cantidad tan peque&#241;a, que no s&#233; siquiera si mencionarla. Estoy convencido de que un caballero como vos gasta el doble de eso en un a&#241;o en algo tan insignificante como la caza. Por cierto, espero que os guste disparar. Este a&#241;o, tras las elecciones, pod&#233;is acompa&#241;arme a mi casa de Devonshire. All&#237; la caza es excelente, y me enorgullece decir que muchos de los hombres importantes del partido estar&#225;n all&#237;.

Os agradezco el ofrecimiento -dije-, pero debo pediros que me dig&#225;is qu&#233; cantidad quer&#233;is de m&#237;.

&#161;Mirad qu&#233; expresi&#243;n de gravedad! Se dir&#237;a que voy a pediros que hipotequ&#233;is vuestras propiedades. Os lo prometo, no es nada tan serio. Es una minucia, una minucia.

Se&#241;or Melbury, tened la amabilidad de decirme la cantidad.

S&#237;, s&#237;, por supuesto. Es una deuda de doscientas cincuenta libras, nada m&#225;s bueno, y algo m&#225;s por mi estancia aqu&#237;. He tomado unas botellas de oporto, ya sab&#233;is, y algunas comidas. Y el papel y la pluma tambi&#233;n son caros, todo me parece un ultraje. Pero yo dir&#237;a que doscientas sesenta libras ser&#225;n suficientes.

No pod&#237;a creer que estuviera habl&#225;ndome de aquella cantidad con tanta ligereza. Doscientas sesenta libras sin duda eran una importante suma, incluso para alguien como Matthew Evans. Era m&#225;s de un cuarto de su supuesta renta. Sin embargo, para Benjamin Weaver significaba perder el dinero que hab&#237;a birlado en casa del juez Rowley. No pod&#237;a permitirme pagar tanto dinero, aunque no hacerlo supondr&#237;a un importante rev&#233;s.

Si me permit&#237;s la pregunta, se&#241;or Melbury, tengo entendido que vuestra esposa posee una gran fortuna.

&#191;Os refer&#237;s a que es jud&#237;a, se&#241;or? -me pregunt&#243; con toda la intenci&#243;n-. &#191;Es eso lo que quer&#233;is decir? &#191;Que me he casado con una jud&#237;a y por tanto no necesito dinero?

No, no quiero decir eso. Lo que digo es que he o&#237;do que se cas&#243; con vos estando en posesi&#243;n de una inmensa fortuna.

Todo el mundo piensa que por ser jud&#237;a debe de tener dinero. Mi vida, debo decir, no es una versi&#243;n de El jud&#237;o de Venecia: lo &#250;nico que tiene que hacer mi esposa es robar la bolsa a su padre y todo ir&#225; bien. Se&#241;or, lamento deciros que hay una gran diferencia entre la vida real y el escenario de un teatro.

Yo no he dicho nada de padres ricos ni de bolsas.

Muy bien -dijo &#233;l tomando mi mano-. Perdonad si me he acalorado un poco. S&#233; que no quer&#237;ais ofenderme. Sois un buen hombre, Evans, incre&#237;blemente bueno. Y estoy seguro de que entend&#233;is que un hombre no puede correr a esconderse bajo las faldas de su esposa cada vez que tiene un problema. &#191;Qu&#233; clase de vida ser&#237;a esa?

&#191;Deb&#237;a entender entonces que tendr&#237;a que entregarle a ese hombre pr&#225;cticamente hasta el &#250;ltimo penique que ten&#237;a en el mundo para que no tuviera que molestarse en ped&#237;rselo a su esposa? La idea me enfurec&#237;a. Por supuesto, tampoco me complac&#237;a que esquilmara la peque&#241;a fortuna de Miriam con sus deudas mientras jugaba sin ning&#250;n remordimiento.

Pensaba que los lazos del matrimonio reducen los prejuicios de un hombre.

Habl&#225;is como soltero. -Ri&#243;-. Alg&#250;n d&#237;a vos tambi&#233;n tomar&#233;is los votos y ver&#233;is que es m&#225;s complicado. Pero, de momento, &#191;qu&#233; dec&#237;s, Evans? &#191;Pod&#233;is ayudarme a derrotar a los whigs en esto o no?

&#191;Qu&#233; pod&#237;a decir?

Ciertamente.

Estupendo. Ahora vayamos a buscar a Miller y d&#233;mosle una buena patada.

Cuando sal&#237;amos de la habitaci&#243;n nos encontramos a Miller a punto de llamar a la puerta. Melbury le dijo alegremente que yo pagar&#237;a, y que cuando las elecciones terminaran, volver&#237;a para hacerle pagar por su rudeza.

Nada puedo decir de lo que vos calific&#225;is de rudeza -le dijo Miller-. No es rudeza reclamar lo que es tuyo. Yo considero una maldad negarse a pagar lo que uno debe, pero no dir&#233; m&#225;s. Y por lo que se refiere a firmar pagar&#233;s, temo que sea una astucia. Ver&#233;is, el pagar&#233; que ha hecho que el se&#241;or Melbury est&#233; hoy aqu&#237; fue firmado con liberalidad, y sin embargo result&#243; que no hab&#237;a dinero. Quisiera algo m&#225;s que et&#233;reos pagar&#233;s, se&#241;or Evans. Como bien hemos aprendido en este reino de la South Sea Company, una cosa es poner promesas sobre un papel, y otra muy distinta cumplirlas.

Los hombres de la South Sea no son m&#225;s que un pu&#241;ado de whigs que no saben qu&#233; es tener palabra -musit&#243; Melbury, visiblemente contrariado al verse equiparado a los directores de la South Sea.

Whigs o tories, tanto da -dijo Miller-. Si un hombre no es lo bastante bueno para mantener su palabra, me da lo mismo de qu&#233; partido sea. Y en estos momentos lo &#250;nico que me interesa es saber que voy a recibir mi dinero del se&#241;or Evans.

Confieso que no pod&#237;a reprocharle a aquel hombre su desconfianza, pero yo no ten&#237;a ning&#250;n deseo de entregarle un pagar&#233;. Puesto que yo no era, en ning&#250;n sentido, Matthew Evans, firmar un pagar&#233; en su nombre se hubiera considerado una falsificaci&#243;n, delito por el que pod&#237;a pagar con mi vida. Ten&#237;a grandes esperanzas de poder defenderme en el asunto de la muerte de Yate. Y en cuanto a la herida que caus&#233; al juez Rowley, sin duda la gente la disculpar&#237;a por ser la acci&#243;n desesperada de un hombre agraviado. Pero hacer circular falsos pagar&#233;s era otra cosa, y no estaba dispuesto a correr ese riesgo por el hombre que se hab&#237;a casado con la mujer a quien yo amaba.

Me aclar&#233; la garganta y me dirig&#237; a Miller.

No esperar&#233;is que lleve una suma tan elevada encima, &#191;verdad?

Esperaba que s&#237;. Lo deseaba ardientemente. Pero sin duda ten&#233;is raz&#243;n. No es normal que un hombre lleve encima semejante cantidad sin una causa justificada. Por tanto, espero que me permit&#225;is visitaros en vuestro domicilio, de aqu&#237; a cinco d&#237;as, por ejemplo, y entonces os solicitar&#233; la cifra mencionada.

Magn&#237;fica idea -dijo Melbury.

Yo hice un gesto de asentimiento. Depend&#237;a tanto del &#233;xito de Melbury en las elecciones que pr&#225;cticamente me hubiera arriesgado a lo que fuera por &#233;l.

Espero que sea una idea magn&#237;fica -dijo Miller-. Lo espero fervientemente, pues si el se&#241;or Evans no pudiera hacer el pago como ha prometido, me ver&#237;a obligado a empezar de nuevo, se&#241;or Melbury. En las actuales circunstancias, no s&#233; si podr&#233;is ocultaros en vuestra casa o dejar la ciudad. Deb&#233;is estar en Londres, a la vista, y por tanto sois vulnerable. Espero que no jugu&#233;is m&#225;s con mi paciencia.

Me gustar&#237;a jugar con vuestra cabeza, Miller, con vuestra cabeza y con un largo palo. Pero por lo que se refiere a vuestra paciencia, quedad tranquilo, no abusar&#233; de ella.

Es lo &#250;nico que os pido. Eso y que evit&#233;is ser desagradable.


Comport&#225;ndose como un hombre que sale con renovado vigor de sus ba&#241;os preferidos, y no como alguien a quien acaba de sacar de una sponging house alguien que es poco m&#225;s que un conocido, Melbury par&#243; un coche de caballos y subimos a &#233;l.

Espero que no tendr&#233;is prisa. &#191;Dispon&#233;is de tiempo?

Supongo -respond&#237;, pensando en la inminente visita de Titus Miller y lo que pod&#237;a significar para mis finanzas.

Muy bien -dijo-. Porque hay un lugar que me gustar&#237;a visitar en este momento.

El lugar result&#243; ser una taberna llamada La Higuera, hacia el oeste, en Marylebone. Hac&#237;a ya unas semanas que estaba atento a las cuestiones de la pol&#237;tica, pero, incluso de no haber sido as&#237;, hubiera reconocido aquel lugar; todo el mundo sab&#237;a que era el lugar de reuni&#243;n de los whigs m&#225;s apasionados.

&#191;Qu&#233; hacemos aqu&#237;?

Dennis Dogmill -dijo &#233;l.

&#191;Cre&#233;is que es prudente enfrentarse a &#233;l en sus dominios?

Cada vez me interesa menos lo que es prudente y me gusta m&#225;s el descaro. &#191;Es una simple coincidencia que un pu&#241;ado de matones fueran al centro electoral para asustar a los electores amantes de la libertad en el momento justo en que ese tarugo de Miller se ech&#243; sobre m&#237; con sus exigencias? O&#237;dme bien, Dogmill y Hertcomb han olido su propia derrota y no les ha gustado. Y ahora desean arrojar nuestra grasa al fuego para apaciguar a sus dioses whigs, pero no lo tolerar&#233;, y tengo intenci&#243;n de dec&#237;rselo yo mismo en p&#250;blico, ante todos aquellos de sus partidarios que quieran escucharme.

Todo eso est&#225; muy bien -dije-, pero, vuelvo a preguntaros, &#191;os parece prudente?

&#191;C&#243;mo podr&#237;a no serlo cuando tengo a mi lado a mi incondicional amigo? Los whigs ya han comprobado una vez, y de una forma bastante dolorosa, que la violencia no sale a cuenta con Matthew Evans. Creo que quiz&#225; aprendan esa misma lecci&#243;n esta noche.

Por lo visto, a ojos de Melbury me hab&#237;a convertido en su banquero y su guardaespaldas, y como si yo fuera un suizo contratado ten&#237;a que estar en medio de cualquier peligro simplemente porque a &#233;l se le antojaba. No me agradaba mi nuevo papel, pero no pod&#237;a ni detener el carruaje ni tratar de persuadirle para que cambiara sus planes.

Nos detuvimos en el exterior de la taberna en cuesti&#243;n, donde se hab&#237;a congregado una gran multitud. No eran como los desalmados que hab&#237;an empezado a frecuentar los centros electorales, se trataba de hombres respetables de clase media -tenderos, oficinistas, abogados de poca monta- que dif&#237;cilmente se dejar&#237;an arrastrar a la violencia. As&#237; que dej&#233; escapar un suspiro de alivio. Y luego otro m&#225;s, pues vi que aquella gente estaba esperando para entrar en la taberna. Melbury, supon&#237;a yo, estar&#237;a demasiado impaciente para esperar tanto tiempo -puede que incluso horas- solo para cruzar unas palabras airadas con unos hombres que ni siquiera le har&#237;an caso. Sin embargo, pronto descubr&#237; que lo hab&#237;a subestimado. Se aproxim&#243; a la chusma, anunci&#243; a voz en grito que ten&#237;a intenci&#243;n de pasar, y su tono de autoridad hizo el resto. Los hombres, perplejos e irritados, se apartaron. A nuestro paso, mascullaban, pero pasamos de todos modos.

Una vez dentro, la escena no pod&#237;a calificarse sino de alborotada. Un gran cordero se asaba en un espet&#243;n al fuego, y a cada vuelta se cortaba un trozo y se pon&#237;a en un plato, premio por el que un centenar de impacientes manos se levantaban. Ol&#237;a a carne chamuscada, a tabaco fuerte y al vino derramado que formaba charcos pegajosos en el suelo. En el centro de la taberna se hab&#237;an apartado las mesas para dejar un espacio abierto, y los hombres que no reclamaban cordero como prisioneros hambrientos se hab&#237;an reunido all&#237; en un c&#237;rculo; algunos de ellos re&#237;an, y otros se lamentaban o se cog&#237;an la cabeza horrorizados.

Melbury me dio un codazo.

Ah&#237; es donde lo encontraremos -dijo se&#241;alando al c&#237;rculo. Lo rodeamos hasta llegar a un lugar que consider&#243; propicio para nuestra entrada y empez&#243; a abrirse paso entre la multitud, que f&#225;cilmente tendr&#237;a unos cinco o seis hombres de profundidad. Ya est&#225;bamos medio introducidos cuando vi en qu&#233; consist&#237;a el espect&#225;culo. Un par de gallos, uno negro con estr&#237;as blancas y el otro blanco con pintas rojas y marrones, se desplazaban en c&#237;rculos con un inconfundible aire de amenaza. El negro se mov&#237;a lentamente, y vi que ten&#237;a las plumas apelmazadas y h&#250;medas, pero a causa de su color y de la escasa luz, al principio no me di cuenta de que era su propia sangre lo que lo empapaba.

El gallo negra retrocedi&#243; y salt&#243; contra el blanco, pero era evidente que hab&#237;a perdido fuerza. El otro, m&#225;s fuerte, sin el impedimento de las heridas, evit&#243; f&#225;cilmente el ataque y, aprovechando que el agresor perd&#237;a el equilibrio, se volvi&#243; y salt&#243; sobre &#233;l. Entonces me di cuenta de que les hab&#237;an sujetado unas peque&#241;as cuchillas a las u&#241;as, lo cual aumentaba el da&#241;o de sus armas naturales de forma espantosa. El ave blanca dio a su oponente lo que sin duda era el golpe de gracia; el bicho se volvi&#243; sobre un lado y no luch&#243; m&#225;s.

Una ruidosa confusi&#243;n de voces se elev&#243; de la multitud y el dinero empez&#243; a cambiar r&#225;pidamente de manos. Un instante despu&#233;s se hab&#237;a hecho el silencio suficiente para que alguien empezara a hablar. Resultaba dif&#237;cil o&#237;r nada, pero enseguida me di cuenta de que la voz que escuchaba era la de Dennis Dogmill.

De aqu&#237; a una hora presentaremos otra pelea para vuestro entretenimiento -anunci&#243;-. Por el momento, aquellos que hayan escogido al gallo equivocado en la contienda pueden consolarse pensando que esa bestia era un miembro del partido tory, y en las proximidades del gallinero se comenta que era de tendencias jacobitas. Adem&#225;s, hay otros motivos para regocijarse. Dominamos a la oposici&#243;n en las urnas, y pronto podremos brindar por la victoria de las libertades whigs sobre el absolutismo tory.

La multitud contest&#243; a esta proclama con m&#225;s risas de las que merec&#237;a; luego, los hombres empezaron a dispersarse, algunos en direcci&#243;n al cordero, que segu&#237;a girando y dando carne, otros en direcci&#243;n a los barriles de vino, que vert&#237;an bebida barata generosamente. Sin embargo, no hab&#237;a ninguna duda de hacia d&#243;nde ir&#237;a Griffin Melbury a buscar su sustento. Se dirigi&#243; con decisi&#243;n hacia Dennis Dogmill y Albert Hertcomb.

&#191;Estos deportes sangrientos han satisfecho suficientemente a vuestro electorado o seguir&#233;is confiando en que vuestros matones se mofen de las libertades brit&#225;nicas?

Dif&#237;cilmente puede considerarse una mofa permitir que quienes no tienen derecho a voto expresen sus opiniones como mejor puedan -afirm&#243; Hertcomb-. Imagino que hay hombres inclinados a hacer las cosas a la francesa utilizando soldados que derriben a cualquier hombre que diga algo que no es de su agrado.

No escuchar&#233; vuestras mentiras -dijo Melbury-. Deb&#233;is saber que si vuestros matones no desaparecen, los Comunes impugnar&#225;n las elecciones.

Puede -concedi&#243; Dogmill-, pero puesto que todo parece indicar que la mayor&#237;a whig ser&#225; arrolladora, probablemente m&#225;s que nunca, no tengo ninguna duda de las conclusiones que sacar&#225; tan augusto cuerpo.

La tranquilidad de aquellas palabras, la autoridad con que fueron pronunciadas, la seguridad en la victoria que delataban -a pesar de que el candidato tory segu&#237;a yendo en cabeza-, solo consiguieron enfurecer m&#225;s a Melbury.

&#161;Brib&#243;n sinverg&#252;enza! &#191;Cre&#233;is que Westminster no es m&#225;s que otro burgo corrupto que se puede asignar a quien os plazca porque vais repartiendo dinero? Creo que pronto vais a comprobar que la libertad brit&#225;nica es una bestia que, una vez suelta, no se domina f&#225;cilmente.

Os pido disculpas -dijo Dogmill-, pero no tolerar&#233; que vos ni ning&#250;n otro hombre se dirija a m&#237; en semejantes t&#233;rminos.

Si os consider&#225;is agraviado, estoy dispuesto a ofreceros una satisfacci&#243;n.

El se&#241;or Dogmill no cree que deba defender su honor en temporada de elecciones -coment&#233; de motu proprio-. Porque el electorado whig no respetar&#237;a a un hombre que valora su nombre o su reputaci&#243;n o algo por el estilo. He descubierto que si presion&#225;is lo bastante al se&#241;or Dogmill, pierde los nervios y se pone a dar coces, pero nunca se comporta como corresponder&#237;a a un hombre de honor.

No pens&#233;is que me he olvidado de vos, se&#241;or Evans -me dijo-. Pod&#233;is estar seguro de que cuando terminen las elecciones conocer&#233;is la diferencia entre un hombre de quien se puede abusar y un hombre decidido.

Me malinterpret&#225;is -dije- si pens&#225;is que cuestiono vuestra decisi&#243;n. Cualquier hombre capaz de convencer a las personas a las que mantiene sumidas en la pobreza para que se levanten contra el hombre que les har&#237;a la vida m&#225;s f&#225;cil sin duda es un hombre decidido.

&#191;C&#243;mo? &#191;Esos estibadores? -Se ri&#243;-. Os agradezco el cumplido, pero no deb&#233;is pensar que tengo nada que ver con su comportamiento. Sin duda hab&#233;is malinterpretado la naturaleza de la vida en nuestra isla, Evans, puesto que sois nuevo aqu&#237;. Esos individuos de baja ralea querr&#225;n al hombre al que sirven mientras les pague, y cuanto menos les pague, m&#225;s lo querr&#225;n. Podemos hablar de libertad brit&#225;nica, pero la verdad es que a esos brutos les encanta sentir el l&#225;tigo en la espalda y la bota en sus traseros. Yo no les anim&#233; a que me defendieran. Lo hicieron porque, dentro de sus limitaciones, comprendieron que era lo correcto.

Esos tipos son buenos whigs -dijo Hertcomb-, y ninguna agitaci&#243;n los convertir&#225; en tories.

Ni son whigs ni les gusta que los pisen -dije yo-. Jug&#225;is a un juego peligroso con su libertad.

Dogmill dio un paso hacia m&#237;.

Bueno sois vos para hablar de libertades. Habladnos de la libertad de los africanos esclavizados en vuestras tierras en Jamaica. &#191;Qu&#233; libertad tienen ellos para decir lo que piensan? Decidnos, se&#241;or Evans, &#191;cu&#225;nto hab&#233;is ganado gracias a los trabajadores que pisote&#225;is en vuestra plantaci&#243;n?

Me qued&#233; sin palabras, pues no me hab&#237;a parado a pensar en aquel aspecto de mi disfraz y, aunque sab&#237;a que hab&#237;a argumentos a favor de la esclavitud escritos en papel, no estaba familiarizado con ninguno que pudiera pronunciar sin sentirme un necio. Supongo que, de haberlos ensayado, hubiera podido ofrecer alguna astuta r&#233;plica en defensa de esta pr&#225;ctica que ning&#250;n hombre honorable respaldar&#237;a. Y sin embargo hubiera preferido defender todas las maldades del mundo a quedarme all&#237; como hice, apocado y confuso, dejando que Dogmill pensara que hab&#237;a dado en el blanco.

Para mi verg&#252;enza, Melbury acudi&#243; al rescate.

Un hombre implicado en el tr&#225;fico de carne humana dif&#237;cilmente puede criticar a otro por ser cliente de ese tr&#225;fico. Vuestra idea de la verdad es tan retorcida como vuestra idea de lo que son unas elecciones honorables. He venido aqu&#237;, en medio de vuestros rebeldes, para informaros de que no pienso permanecer impasible viendo c&#243;mo corromp&#233;is las elecciones. No os temo, ni doy cr&#233;dito a vuestra reputaci&#243;n. Pod&#233;is desafiarme o no, eso depende de vuestro sentido del honor. Pero lo que no har&#233;is ser&#225; derrotarme, no mediante trampas. Pod&#233;is participar en esta competici&#243;n limpiamente o participar sin m&#225;s. Pero nunca comprar&#233;is un esca&#241;o en la C&#225;mara de los Comunes. No aqu&#237;. No en Westminster. Me he apostado como vigilante en el puente de la libertad, se&#241;ores, y no permitir&#233; que pase la corrupci&#243;n.

Y con esto gir&#243; sobre sus talones y salimos del coraz&#243;n de la bestia, sin dejar a nadie la oportunidad de contestar.

Cuando estuvimos de vuelta en el carruaje, Melbury se congratul&#243; por su bonito discurso.

Le he dicho un par de cosillas. Aunque no es que le importen, claro. Mis palabras no significar&#225;n nada para &#233;l.

Entonces, &#191;por qu&#233; molestaros en pronunciarlas?

Pues porque me he asegurado de que algunos hombres de los peri&#243;dicos tories estuvieran ah&#237;. Sin duda publicar&#225;n mis palabras para que la gente las lea, del mismo modo que ver&#225;n que soy lo bastante hombre para hablarles en el mismo coraz&#243;n de su guarida. Seguramente Dogmill y Hertcomb est&#225;n ahora riendo de lo necio que soy para ir a molestarlos con mis discursos mojigatos, pero creo que van a provocar bastante revuelo. Si un hombre est&#225; indeciso en estas elecciones, se regocijar&#225; ante mi determinaci&#243;n para combatir la corrupci&#243;n de unos villanos a sueldo que importunan a los tories en los centros electorales.

&#191;Y c&#243;mo os propon&#233;is combatirlos? &#191;Pens&#225;is pagar a vuestros propios rufianes?

Me lanz&#243; una mirada que habr&#237;a podido esperar de haberle preguntado si pretend&#237;a besar a Hertcomb en los labios. Intu&#237; que le hab&#237;a decepcionado profundamente.

Esas t&#225;cticas se las dejo a Dogmill y los whigs. No, derrotar&#233; la violencia con la virtud. Sus hombres no pueden seguir alborotando para siempre. El rey tendr&#225; que enviar a sus soldados tarde o temprano, y cuando vuelva la tranquilidad a las urnas, los electores de Westminster estar&#225;n m&#225;s deseosos que nunca de votar por m&#237;.

Yo admiraba a rega&#241;adientes aquella resoluci&#243;n, pero al d&#237;a siguiente, cuando visit&#233; Covent Garden, vi que algunos hombres hab&#237;an cogido las armas en nombre de la causa tory. Hubiera podido disculpar a Melbury y pensar que actuaban por voluntad propia, pero era evidente que les hab&#237;an pagado para hacer aquel trabajo. Los hombres que luchaban por la causa de Griffin Melbury eran los estibadores de Littleton.



23

La escena que encontr&#233; en Covent Garden me result&#243; poco menos que incre&#237;ble. Era como volver a estar en Lisboa, en los tiempos de la Inquisici&#243;n, o en alguna capital medieval, cuando la peste asolaba la tierra. Quer&#237;a presenciar aquellos hechos por m&#237; mismo, y perd&#237; no poco tiempo tratando de decidir si deb&#237;a presentarme como Evans o como Weaver. Si bien tem&#237;a que alguien reconociera a Weaver, me hab&#237;a dado cuenta de que no todo el mundo mira a la cara a su vecino para ver si es un fugitivo. Por otra parte, Evans era un caballero, y eso significa que pod&#237;a llamar la atenci&#243;n involuntariamente entre los matones de las elecciones, as&#237; que gan&#243; Weaver.

Me maravillaba ver que unos pocos hombres y unas pocas monedas pudieran derribar tan f&#225;cilmente el monumento de nuestras queridas libertades brit&#225;nicas. Unos pocos votantes aguerridos desafiaron el peligro, pero fue una locura. Si un mat&#243;n o&#237;a a alguien pronunciar el nombre del partido tory en las cabinas electorales, lo apaleaban sin contemplaciones. Y entonces los del bando opuesto interven&#237;an y levantaban sus pu&#241;os en contra de los ofensores. Los espectadores se congregaban para presenciar los festejos. Entre la chusma hab&#237;a abundancia de vendedoras de ostras, rateros y mendigos, y yo procur&#233; mantenerme a una distancia segura, pues no deseaba convertirme en v&#237;ctima de las astucias de nadie.

De esta forma, estuve observando a algunos hombres que reconoc&#237; de la pandilla de Littleton y llegu&#233; a la conclusi&#243;n de que Melbury hab&#237;a decidido llevar la batalla al terreno de Dogmill. Este descubrimiento me produjo cierta satisfacci&#243;n. A pesar de sus nobles palabras, Melbury no era mejor que los dem&#225;s.

Sin embargo, la escena no me resultaba agradable y, cuando un peque&#241;o perro muerto que sali&#243; volando por los aires casi me acierta en la cabeza, decid&#237; que hab&#237;a llegado el momento de marcharme. Sin embargo, al darme la vuelta, de lejos vi a un hombre que me resultaba familiar. Supe que lo conoc&#237;a a &#233;l, y a sus compa&#241;eros, antes de darme cuenta de qui&#233;n era. Entonces me vino a la cabeza: eran los guardias aduaneros que hab&#237;an intentado prenderme en un par de ocasiones.

Por un momento me qued&#233; paralizado por el miedo, pensando que me hab&#237;an seguido hasta all&#237; y que sab&#237;an d&#243;nde me alojaba. Pero entonces vi que re&#237;an y caminaban con la dejadez de los borrachos. No estaban all&#237; por m&#237;, solo quer&#237;an divertirse con el espect&#225;culo. A punto estuve de escabullirme, aliviado, porque yo los hab&#237;a visto antes de que ellos me vieran a m&#237;. Pero entonces tuve una idea mejor. Los seguir&#237;a.


No fue una tarea dif&#237;cil. Aquellos tipos se metieron en una taberna cerca de Covent Garden, en Great Earl Street, y se sentaron al fondo, donde pidieron enseguida de beber. Yo, por mi parte, busqu&#233; un rinc&#243;n oscuro desde donde poder verlos y donde era poco probable que ellos me vieran a m&#237;. Llam&#233; al tabernero y le pregunt&#233; qu&#233; iban a tomar aquellos dos prendas.

Han pedido vino -me dijo-, pero no quer&#237;an pagar y al final se han quedado con un clarete que est&#225; hecho vinagre desde hace una semana o m&#225;s.

Env&#237;ales dos botellas del mejor clarete que tengas. Diles que les invita un caballero que les ha o&#237;do pedir y que ya se ha marchado.

El tipo me mir&#243; con curiosidad.

Esto me huele mal. &#191;No tendr&#237;an que saber qui&#233;n los emborracha? Quiz&#225; deber&#237;a contarles su propuesta y que sean ellos los que decidan.

Si dices algo de m&#237;, te partir&#233; las piernas -le dije. Y sonre&#237;-. Por otro lado, si no lo haces, te dar&#233; un chel&#237;n de propina.

&#201;l asinti&#243;.

Bueno. Parece que voy a decir una mentirijilla, &#191;eh?

Hay cosas peores que ser invitado por un desconocido -expliqu&#233;, para suavizar sus recelos. Pero fue un derroche. La promesa del chel&#237;n ya hab&#237;a hecho todo lo que se pod&#237;a hacer.

Durante casi dos horas estuve sentado en mi rinc&#243;n, bebiendo tranquilamente una mala cerveza y comiendo unos panecillos calientes que mand&#233; al tabernero a buscar a la tahona de la esquina. Finalmente, los dos hombres se levantaron tambale&#225;ndose. Dieron las gracias a gritos al tabernero y uno de ellos se acerc&#243; y le estrech&#243; la mano. Sin duda era el m&#225;s borracho de los dos, as&#237; que me decid&#237; por &#233;l.

Me levant&#233; y sal&#237; r&#225;pidamente para no perderlos, pero no hab&#237;a por qu&#233; apresurarse. Los encontr&#233; en el exterior de la taberna, dejando caer monedas y volvi&#233;ndolas a recoger, para dejarlas caer de nuevo y re&#237;rse. Aguard&#233; amparado por la penumbra de la entrada durante cinco crispantes minutos mientras ellos segu&#237;an con este ritual, hasta que finalmente se despidieron. Uno de ellos se fue, presumiblemente a un lugar seguro. Al otro le esperaba un destino mucho m&#225;s funesto.


Procur&#233; no demorarme. En cuanto el hombre dej&#243; atr&#225;s una calle concurrida, apret&#233; el paso. Con esto me arriesgaba a que me oyera, pero, dado su estado de embriaguez, estaba dispuesto a correr ese riesgo. Sin embargo, el hombre se dio la vuelta, asustado por el sonido de mis pasos. Se detuvo y abri&#243; la boca para decir algo, pero no lleg&#243; a decir nada, porque mi pu&#241;o le hizo tragarse sus palabras.

Cay&#243; sobre el lodo, aunque una rata muerta que sirvi&#243; de almohad&#243;n a su cabeza amortigu&#243; ligeramente el golpe. Mientras estaba all&#237; tirado y confundido, yo ech&#233; mano de las pistolas que ten&#237;a en los bolsillos y la espada de su funda. Desde luego, no estaba en condiciones de manejar aquellas armas, pero era mejor quit&#225;rselas por si acaso. El hombre me mir&#243;. Un delgado hilo de sangre le sal&#237;a del labio y en la oscuridad parec&#237;a negro como la brea.

&#191;Me recuerdas? -le pregunt&#233;.

La borrachera se le sal&#237;a por las orejas.

Weaver -dijo.

Exacto.

No os estaba molestando.

Esta noche no, pero tal vez recordar&#225;s que hace poco has intentado arrestarme una o dos veces.

Son negocios.

Esto tambi&#233;n. Expl&#237;came por qu&#233; quieren prenderme los guardias de aduanas. -Yo conoc&#237;a la respuesta, pero quer&#237;a o&#237;rla de sus labios. &#201;l vacil&#243; un momento, as&#237; que lo agarr&#233; de los pelos y tir&#233; para animarlo a sentarse-. D&#237;melo -repet&#237;.

Porque Dennis Dogmill lo quiere.

&#191;Por qu&#233;?

Yo no hago preguntas. Solo hago lo que me dice.

Y yo pens&#233;, &#191;qu&#233; he de hacer para sacarle informaci&#243;n que pueda serme de utilidad?

&#191;C&#243;mo sabes lo que quiere que hagas? &#191;C&#243;mo se pone en contacto contigo?

Es su hombre -dijo el guardia-. Todos los de aduanas nos juntamos en una taberna que hay cerca de la Torre que se llama La L&#225;mpara Rota, los jueves por la noche. Nos pagan lo que nos debe y si tiene un nuevo trabajillo, nos lo dice. A veces, si es muy urgente, como cuando os escapasteis, nos manda una nota, pero si no siempre es los jueves.

Intu&#237; que me estaba acercando a algo.

&#191;Y qui&#233;n es su hombre?

&#201;l neg&#243; con la cabeza.

No s&#233;. Nunca ha dicho su nombre. &#201;l nos paga y nada m&#225;s. Si quer&#233;is saberlo, tendr&#233;is que ir el jueves.

Buen consejo, pero &#191;c&#243;mo iba a presentarme si este ya sab&#237;a que iba a ir?

&#191;D&#243;nde vives? -le pregunt&#233;. &#201;l vacil&#243;, as&#237; que le di una buena patada en las costillas-. &#191;D&#243;nde vives?

&#201;l gimi&#243;.

En la casa de la se&#241;ora Trenchard, cerca de Drury Lane.

Ya sabes que no trabajo solo -le dije-. Mis ayudantes ya te han trincado otras veces y volver&#225;n a hacerlo si no dejas la ciudad sin decir una palabra de esto. Puedes volver dentro de unos meses, pero si te veo por aqu&#237; antes, o te ve alguno de mis aliados, no dudaremos en quemar la casa de la se&#241;ora Trenchard contigo dentro. -Le propin&#233; otra patada para dar &#233;nfasis a mis palabras, aunque dudo que fuera necesario-. Y ahora l&#225;rgate -dije, y lo observ&#233; mientras trataba de ponerse en pie.

Luego me alej&#233; tranquilamente, en un esfuerzo por demostrar mi desprecio. No sabr&#237;a si mis amenazas hab&#237;an hecho efecto hasta que fuera a la taberna el jueves.


En cuanto a Littleton, quer&#237;a o&#237;r de sus propios labios que Melbury lo hab&#237;a contratado. No puedo decir que aquella informaci&#243;n pudiera servir para otra cosa que darme la satisfacci&#243;n de saber que la mujer a quien amaba estaba casada con un mentiroso, pero me pareci&#243; raz&#243;n suficiente. Aquella ma&#241;ana le estaba esperando cuando sali&#243; de la casa de la se&#241;ora Yate y, cuando gir&#243; una esquina, lo cog&#237; del brazo.

&#191;Qu&#233;, vamos a provocar alg&#250;n alboroto? -pregunt&#233;.

&#201;l me dedic&#243; su sonrisa f&#225;cil.

Hace muy buen tiempo para eso, s&#237;. Me parece que ya nos hab&#233;is visto usted a m&#237; y los chicos, y lo hacemos igual de bien que los chicos de Dogmill. A lo mejor no los podemos echar, pero al menos estaremos igualados. Tarde o temprano Dogmill aceptar&#225; una tregua.

Ha sido idea de Melbury, &#191;verdad?

&#201;l puso mala cara, como si hubiera probado algo amargo.

Maldito sea Melbury. Ese ro&#241;oso no pagar&#237;a un buen alboroto ni aunque le fueran las elecciones, y eso que le van.

&#191;C&#243;mo? Si Melbury no os paga, &#191;por qu&#233; provoc&#225;is disturbios? Desde luego, no ser&#225; por daros el gusto de enfrentaros a Dogmill y Greenbill.

No dir&#233; que no me guste, pero es m&#225;s que eso. Nos pagan, solo que no es Melbury. Es peligroso, &#191;sab&#233;is? Si Dogmill quiere puede mandarnos al infierno por enfrentarnos a Greenbill, pero no creo que lo haga. Si nosotros nos vamos, solo le quedar&#225;n los chicos de Greenbill, y entonces podr&#237;an pedirle el precio que quisieran. No, as&#237; nosotros conseguimos unos chelines para pasar el invierno y de paso nos divertimos un poco.

&#191;Qui&#233;n os paga?

&#201;l se encogi&#243; de hombros.

Por lo que yo s&#233;, el mismo demonio. Un irland&#233;s muy relamido que se llama Johnson me ofreci&#243; dinero si me pon&#237;a del lado de Melbury. Era una oferta demasiado buena para rechazarla. De todas formas los chicos estaban inquietos. -Hizo una pausa para mirarme-. Ahora que lo pienso, &#191;no pregunt&#243; su se&#241;or de usted por uno que se llamaba Johnson? &#191;Es el mismo?

Yo mene&#233; la cabeza.

No, no lo creo.


Aquella noche estaba sentado en mi habitaci&#243;n, con la vista clavada en un libro, aunque no le&#237;a. La se&#241;ora Sears llam&#243; a la puerta y me dijo que ten&#237;a visita, as&#237; que me despabil&#233; y pas&#233; a mi sala de estar, donde me encontr&#233; una vez m&#225;s frente a Johnson. Hizo una reverencia y despach&#243; educadamente a la casera.

Hab&#233;is cogido unas bonitas habitaciones, se&#241;or Evans.

Hasta que pronunci&#243; mi nombre, no record&#233; que en nuestro encuentro anterior me hab&#237;a conocido como Weaver. Era evidente que hab&#237;a descubierto mi falsa identidad. Hab&#237;a sido muy cuidadoso al entrar y salir de mis habitaciones, pero no lo suficiente.

Por favor, tomad asiento -dije, no queriendo demostrar preocupaci&#243;n. Le ofrec&#237; oporto, y &#233;l lo acept&#243; con placer. Luego me serv&#237; tambi&#233;n para m&#237; y me sent&#233; frente a &#233;l.

Seamos sinceros -dije, pues hab&#237;a decidido enfocar el asunto de la forma m&#225;s directa posible. Despu&#233;s de todo, ahora Johnson, y por tanto tambi&#233;n los jacobitas, conoc&#237;an mi secreto. No llegar&#237;a muy lejos con disimulos y recelos-. Hab&#233;is descubierto mi disfraz, y quer&#233;is que lo sepa. &#191;Qu&#233; quer&#233;is de m&#237;?

Johnson ri&#243; afablemente, como si acabara de mencionar alguna an&#233;cdota divertida de un pasado com&#250;n.

Sois un hombre receloso, se&#241;or, aunque no puedo decir que os lo reproche. Est&#225;is en una situaci&#243;n delicada. Por tanto, ir&#233; al grano, pues tambi&#233;n vos me hab&#233;is honrado con vuestra franqueza. Tengo entendido que hoy hab&#233;is hecho una visita al se&#241;or Littleton.

Es cierto -dije algo inquieto, pues empezaba a ver por d&#243;nde iba.

Y preguntasteis por mis asuntos.

Sonre&#237;.

No sab&#237;a que eran vuestros asuntos hasta que pregunt&#233;.

Ah -dijo. Hizo girar el vino en su vaso-. Bueno, pues ya lo sab&#233;is.

S&#237;, lo s&#233;.

Os agradecer&#237;a que no os inmiscuyerais. -Dej&#243; su vaso-. Entiendo que vuestros asuntos son importantes, y no me meter&#233; si no es necesario, pero deb&#233;is comprender que no puedo permitir que vay&#225;is preguntando sobre lo que hago o dejo de hacer.

No estoy seguro de haberos entendido bien. &#191;No debo hablar con nadie por si acaso es un conocido vuestro?

No hay que ponerse melodram&#225;tico. Os ser&#233; franco. Olvidaos de los disturbios, se&#241;or. Dejad en paz a Littleton. No es asunto vuestro.

Quiz&#225; no deba inmiscuirme en los disturbios, pero desde luego me gustar&#237;a saber m&#225;s.

Por supuesto. Como ya he dicho, no tenemos ning&#250;n deseo de que se os haga ning&#250;n mal o se os capture. Mientras est&#233;is libre y se&#225;is enemigo de Dogmill, ayud&#225;is a nuestra causa tanto como podr&#237;amos desear. Lo &#250;nico que espero es que limpi&#233;is vuestro nombre implicando a Dogmill lo antes posible. Eso nos dar&#237;a justo lo que necesitamos.

A m&#237; tambi&#233;n me dar&#237;a justo lo que necesito, os lo aseguro.

&#201;l ri&#243; con suavidad.

Por supuesto, yo hablo de estrategia, vos habl&#225;is de vuestra vida.

Ten&#233;is raz&#243;n. Y no pod&#233;is reprocharme que quiera conocer lo que se esconde detr&#225;s de los disturbios. Mis problemas est&#225;n en relaci&#243;n directa con estas elecciones, y debo hacer cuanto pueda para conocer los mecanismos que trabajan en mi contra.

Por supuesto. Pero no os pondremos a vos antes que a nuestra causa.

Ni lo espero. Pero no veo en qu&#233; pueden molestaros mis pesquisas. Me guardar&#233; lo que averig&#252;e para m&#237;.

Por ahora. Dejad que os diga una cosa, se&#241;or Weaver. No me gustar&#237;a que descubrierais algo que pueda convertiros en nuestro enemigo en el futuro.

Yo asent&#237;. A Johnson le gustaba que fuera por la ciudad poni&#233;ndoles las cosas dif&#237;ciles a los whigs, pero no le gustaba la idea de que demostrara mi inocencia y luego quedara libre de decir lo que sab&#237;a de los jacobitas. Ya hab&#237;a manifestado que no deseaba unirme a su causa y Johnson tem&#237;a que, si limpiaba mi nombre, contar&#237;a lo que hab&#237;a descubierto sobre &#233;l y sus aliados jacobitas a los whigs.

Tengo una deuda de honor con vos. Me ayudasteis en el asunto de los guardias de aduanas, y no lo olvidar&#233;.

&#191;Y no dir&#233;is nada de nosotros al ministerio cuando est&#233;is a salvo?

Negu&#233; con la cabeza.

A&#250;n no lo s&#233;. &#191;Debe un hombre anteponer su honor a una traici&#243;n a su pa&#237;s?

El comentario no pareci&#243; divertirle.

Entonces ver&#233;is que tengo raz&#243;n. No quer&#225;is saber lo que no os conviene. -Se puso en pie bruscamente-. Espero haber sido claro.

Yo tambi&#233;n me puse en pie.

Por el momento s&#237;. Aunque no puedo decir que entienda del todo lo que me est&#225;is pidiendo.

Os lo dir&#233; m&#225;s claro. No os pido nada, pero deb&#233;is comprender que no somos una banda de ladrones a quienes pod&#233;is afrontar impunemente. Hasta ahora os hemos dejado en paz, se&#241;or, porque hab&#233;is logrado cierta popularidad, y actuar en vuestro perjuicio podr&#237;a acarrearnos ciertas dificultades. Pero, por favor, sabed que si nos amenaz&#225;is en la forma que sea, no vacilaremos en destruiros.


El discurso del se&#241;or Johnson se qued&#243; poco m&#225;s que en un bonito sentimentalismo, pues al d&#237;a siguiente los amigos del se&#241;or Dogmill en la ciudad decidieron que no pod&#237;an seguir haciendo la vista gorda ante la violencia y apostaron soldados en Covent Garden. De haber marchado sobre los alborotadores, sin duda se hubiera producido una batalla campal, pues a aquellos que destruyen, roban y asesinan no les gusta ver sus libertades brit&#225;nicas frenadas por la bestia m&#225;s venenosa, el ej&#233;rcito. Por suerte, los dragones se desplegaron con una estrategia poco com&#250;n; se apostaron en la plaza mucho antes del amanecer, as&#237; que cuando los porteadores llegaron, y vieron que iban a tener una decepcionante bienvenida, se escabulleron, con la satisfacci&#243;n de haber cumplido con su deber durante m&#225;s de media semana.

Durante ese tiempo, el liderazgo de Melbury sufri&#243; un serio rev&#233;s, pero no cab&#237;a duda de que ahora podr&#237;a recuperarse, pues en Westminster el sentimiento general era de insatisfacci&#243;n por la influencia de Dogmill. Los disturbios hab&#237;an sido una apuesta muy arriesgada con la que los whigs esperaban acabar con el liderazgo de los tories. Pero lo &#250;nico que consiguieron fue fortalecer su causa, y por ello les estaba yo agradecido. Ahora no dudaba de que en cuanto Melbury ocupara su esca&#241;o en los Comunes, har&#237;a lo que pudiera por mi causa y por arruinar a su viejo enemigo.


Era jueves, as&#237; que estuve prepar&#225;ndome para acudir esa noche a la taberna que mencion&#243; el guardia de aduanas. Hab&#237;a cierto riesgo, pues no sab&#237;a si el hombre habr&#237;a seguido mi consejo y habr&#237;a huido de la ciudad para no provocar mi ira. Sin embargo, pensaba tomar mis precauciones; la m&#225;s importante era presentarme como Matthew Evans, no como Benjamin Weaver. Si el guardia de aduanas no hab&#237;a mantenido la boca cerrada, estar&#237;an esperando a un fugitivo, no a un caballero elegantemente vestido. Por supuesto, dado que me buscaban a m&#237;, siempre cab&#237;a la posibilidad de que me reconocieran a pesar del disfraz. Pero estaba dispuesto a arriesgarme.

Sin embargo, a pesar de mi determinaci&#243;n, no estaba del todo convencido de que pudiera descubrir gran cosa yendo a aquella taberna. Ya sab&#237;a que Dogmill sobornaba a los funcionarios de aduanas. Todo el mundo lo sab&#237;a, y no le importaba. Entonces, &#191;qu&#233; pod&#237;a descubrir? Pod&#237;a descubrir la identidad de la persona que pagaba a los funcionarios de aduanas, que muy bien pod&#237;a ser la mano derecha de Dogmill, el tipo que ejecutaba las &#243;rdenes violentas. Ten&#237;a la d&#233;bil esperanza de descubrir esa misma noche la identidad del hombre que hab&#237;a matado f&#237;sicamente a Yate.

Me instal&#233; en un rinc&#243;n oscuro y ped&#237; una jarra de cerveza, intentando llamar la atenci&#243;n lo menos posible. Fue sencillo, pues los guardias estaban ocupados con sus cosas.

Empezaron a llegar a las ocho, como se les hab&#237;a pedido. Era evidente que los utilizaban; aquel era un ardid en el que se hac&#237;a caer con frecuencia a los trabajadores. Los sueldos rara vez llegaban a las ocho como les hab&#237;an prometido, sino a las once, as&#237; que mientras esperaban no pod&#237;an hacer m&#225;s que comer y beber. Por este favor, el pagador recib&#237;a una recompensa del tabernero.

Despu&#233;s de casi dos horas, empec&#233; a impacientarme y hasta consider&#233; la posibilidad de abandonar mi posici&#243;n, pero mi paciencia iba a ser recompensada. Unos minutos despu&#233;s de las diez, lleg&#243; un hombre que fue recibido entre v&#237;tores por los de aduanas. Bebieron una jarra entera en su honor, y cuando hubo repartido los salarios, otra m&#225;s. Hasta le llevaron una bebida y lo trataron como si fuera un rey y no un simple subordinado que hac&#237;a un servicio a su se&#241;or.

Era Greenbill Billy. El cabecilla del grupo de trabajadores estaba al servicio del mismo hombre a quien dec&#237;a oponerse.


Mi encuentro anterior con Greenbill empezaba a tener sentido. Me hab&#237;a preguntado qu&#233; sab&#237;a de la implicaci&#243;n de Dogmill, no porque necesitara la informaci&#243;n, sino para ver qu&#233; sab&#237;a realmente. Me hab&#237;a animado a vengarme de Dogmill, no porque deseara que lo hiciera, sino para poder informar a su amo de mis intenciones.

Lo observ&#233; entre los oficiales de aduanas. Tuvo el detalle de dejar que lo invitaran a unas rondas, pero despu&#233;s quiso marcharse enseguida. Se lade&#243; la gorra y les dese&#243; buenas noches. Yo no perd&#237; el tiempo y sal&#237; tras &#233;l. Para mi alivio, no tom&#243; un carruaje; pareci&#243; que prefer&#237;a caminar. Pod&#237;a haberlo seguido para saber ad&#243;nde iba, y luego seg&#250;n me conviniera. Pero ya hab&#237;a esperado demasiado. No pensaba esperar m&#225;s.

Cuando Greenbill pas&#243; delante de un callej&#243;n, ech&#233; a correr y lo golpe&#233; con fuerza en la nuca con las dos manos cruzadas. Reconozco que confi&#233; un poco en la suerte. Esperaba que cayera de bruces y no pudiera verme; esta vez los dados me favorecieron. Greenbill cay&#243; sobre los desperdicios del callej&#243;n -el contenido de orinales, pedazos de perros muertos ro&#237;dos por ratas hambrientas, corazones de manzanas y conchas de ostras- y lo empuj&#233; contra el suelo con fuerza, haciendo que su cabeza se hundiera en la tierra blanda. Desesperado por mantener mi anonimato, le arranqu&#233; la lazada del cuello y se la puse a modo de venda sobre los ojos. Ayud&#225;ndome con la rodilla para sujetarle los brazos, le at&#233; la venda con fuerza y entonces le di la vuelta para sacarle la cara del cieno.

Parec&#237;as muy satisfecho en esa taberna, con los guardias de aduanas -coment&#233; con acento irland&#233;s. Con ello pretend&#237;a proteger mi identidad y hacerle creer que el atacante era un agente jacobita-. No pareces igual de satisfecho ahora, &#191;eh, amigo?

Quiz&#225; no -dijo-, pero en la taberna no ten&#237;a los ojos vendados ni estaba ba&#241;&#225;ndome en mierda. Es dif&#237;cil sentirse uno satisfecho cuando tienes eso en tu contra.

T&#250; nadas en cosas mucho peores que la mierda, amigo, he estado observ&#225;ndote, y conozco tu secreto.

&#191;Y cu&#225;l es ese secreto? Tengo tantos que dudo que los hayas descubierto todos.

Que est&#225;s al servicio de Dennis Dogmill. Creo que esa revelaci&#243;n podr&#237;a arruinar tu reputaci&#243;n entre los estibadores.

Y lo har&#237;a, hombre de la lluvia -reconoci&#243;-, pero al menos Dennis Dogmill tendr&#237;a que darme un puesto m&#225;s digno. Crees que me asustas dici&#233;ndome eso, pero me estar&#237;as haciendo un favor. As&#237; que venga, p&#243;rtate todo lo mal que puedas, irland&#233;s. Ya veremos qui&#233;n sale ganando y qui&#233;n acaba con un miserable plato de avena hervida.

En un movimiento que hab&#237;a aprendido en algunas de mis actuaciones menos honorables como luchador, le di la vuelta, le agarr&#233; el brazo y se lo dobl&#233; con fuerza a la espalda, hasta que aull&#243; de forma lastimera.

Son los escoceses los que comen avena -le dije-, no los irlandeses. Y lo de portarme mal, bueno, retorcerte el brazo no es ni remotamente tan malo como lo que ten&#237;a pensado. As&#237; que, ahora que ves que no estoy de humor para tonter&#237;as, a lo mejor te apetece contestarme unas preguntillas. &#191;O necesitas otra demostraci&#243;n? -Y le retorc&#237; m&#225;s el brazo.

&#161;Qu&#233;! -grit&#243;-. &#161;Pregunta, maldito seas!

&#191;Qui&#233;n mat&#243; a Walter Yate?

&#191;T&#250; qu&#233; crees, idiota? -gru&#241;&#243;-. Yo lo mat&#233;. Le pegu&#233; con una barra de metal y lo mat&#233; como se merec&#237;a.

Estaba perplejo. Llevaba tanto tiempo buscando la respuesta a aquella pregunta que no pod&#237;a creer lo que acababa de o&#237;r. Una confesi&#243;n. Una confesi&#243;n de culpabilidad. Los dos sab&#237;amos que no pod&#237;a hacer nada con ella. Sin dos testigos, la confesi&#243;n no tendr&#237;a validez ante un tribunal, y eso suponiendo que pudiera encontrar a un juez honrado. Pero para m&#237; era importante haber descubierto por fin la respuesta a aquella apremiante pregunta.

&#191;Lo hiciste por orden de Dogmill? -pregunt&#233;.

No exactamente. Las cosas no son siempre tan claras.

No te entiendo.

Trag&#243; aire.

Dogmill me dijo que me ocupara de &#233;l, y yo me ocup&#233; de Yate. No s&#233; si quer&#237;a que lo matara o no. Ni s&#233; si se enter&#243; de que hab&#237;a muerto. Lo que sab&#237;a es que el tipo que quer&#237;a que le quitara de en medio ya no estaba y eso le bast&#243;. Dogmill es un gran comerciante, y a &#233;l le da lo mismo si los que son como nosotros nos morimos o no. Para &#233;l no somos personas, solo somos gusanos que puede pisar o apartar del camino lo que sea. Lo &#250;nico que le interesa es si lo molestamos.

Pero mataste a Yate sin remordimientos.

Eso lo dir&#225;s t&#250; que sin remordimiento, pero no lo sabes seguro. Hice lo que ten&#237;a que hacer para conservar mi trabajo. Nada m&#225;s. No puedo decir si hice bien o mal, yo solo s&#233; que me renumeraron.

&#191;Y por qu&#233; Benjamin Weaver? -pregunt&#233;-. &#191;Por qu&#233; Dogmill quiso culparle a &#233;l?

Si mi pregunta le hizo sospechar que estaba en las manos de Weaver, no se not&#243;.

Eso no puedo dec&#237;rtelo. A m&#237; tambi&#233;n me pareci&#243; raro. Y yo no me hubiera metido con un hombre as&#237; por nada. Pero nunca se me ha ocurrido preguntarle a Dogmill. Sus misivos son suyos, as&#237; que ser&#225; mejor que se los preguntes t&#250; mismo.

&#191;Y qu&#233; hay de Arthur Groston, el vendedor de pruebas, y los hombres que testificaron en el juicio de Weaver? &#191;Los mataste t&#250; tambi&#233;n?

Dogmill me dijo haz que parezca que el jud&#237;o est&#225; defendi&#233;ndose, y eso es lo que hice. Nada m&#225;s. No ten&#237;a nada en contra de esos tipos.

No dije nada. No se o&#237;a nada, salvo nuestra respiraci&#243;n, pesada y espesa en el aire de la noche. No hab&#237;a ninguna salida f&#225;cil para m&#237;. No pod&#237;a llevar a aquel hombre ante un juez o un guardia, pues la opci&#243;n de la honradez me estaba vedada. Bien pod&#237;a ser que un juez honrado investigara estos asuntos, pero era una vana esperanza. Por tanto, pod&#237;a matar a Greenbill por lo que hab&#237;a hecho e impartir mi propia justicia o dejar que se fuera con la esperanza de encontrar una mejor ocasi&#243;n para limpiar mi nombre, aun a riesgo de que &#233;l quedara impune del crimen de asesinato. Lo primero me parec&#237;a lo m&#225;s satisfactorio; lo &#250;ltimo, lo m&#225;s pr&#225;ctico.

Sin embargo, si lo dejaba marchar, era posible que no volviera a tenerlo a mi alcance y, si me prendieran y me ahorcaran por su crimen, el recuerdo de este momento me amargar&#237;a mis &#250;ltimos d&#237;as en este mundo.

Afloj&#233; el brazo con que lo sujetaba.

Vete -dije en voz baja, poco m&#225;s que en un susurro-. Ve y dile a tu amo qu&#233; has hecho en su nombre. Y dile que voy a por &#233;l.

&#191;Y t&#250; qui&#233;n eres? -pregunt&#243; Greenbill con voz rasposa-. &#191;Un agente de Melbury o del Pretendiente o de ambos? Si he de dec&#237;rselo, tendr&#233; que saber de qu&#233; hablo.

Puedes decirle que tendr&#225; que enfrentarse a la justicia muy pronto. No puede esconderse de m&#237; de nosotros -a&#241;ad&#237;, no fuera que entendiera mis palabras demasiado bien.

Lo solt&#233; y retroced&#237; unos pasos, para dejar que se incorporara. El brazo con el que le hab&#237;a martirizado colgaba fl&#225;cido a un lado, pero utiliz&#243; el otro para apoyarse en la porquer&#237;a y ponerse derecho. Una vez en pie, utiliz&#243; su mano buena para desatar la venda de los ojos y se esfum&#243;. Lo observ&#233; mientras se iba y sent&#237; una considerable tristeza. Antes de conocer todos los hechos ten&#237;a la esperanza de hacer alg&#250;n extraordinario descubrimiento que me permitiera clarificar mi situaci&#243;n y dar una orientaci&#243;n clara y definitiva a mi camino. En cambio, me hab&#237;a encontrado todo lo contrario: &#243;rdenes ambiguas y actos cobardes. No sab&#237;a por d&#243;nde seguir.



24

La noche siguiente, el viernes, me prepar&#233; para corresponder a la invitaci&#243;n de Melbury. Con cierta iron&#237;a se me ocurri&#243; que, de no ser un criminal buscado por la justicia, seguramente aquella noche habr&#237;a acudido a casa de mis t&#237;os a celebrar el sabbat hebreo. Y en cambio, iba a cenar con una mujer que hab&#237;a sido su nuera y que ahora era miembro de la Iglesia anglicana.

Me vest&#237; con el mejor de los trajes que el se&#241;or Swan hab&#237;a confeccionado para m&#237; y fui a casa de Melbury; llegu&#233; a la hora exacta a la que se me hab&#237;a invitado. Sin embargo, Melbury estaba ocupado y tuve que esperar en la salita de recibir. Llevaba apenas unos minutos all&#237; cuando Melbury sali&#243; acompa&#241;ado de un caballero de m&#225;s edad ataviado con los colores eclesi&#225;sticos. Este individuo caminaba con grandes dificultades, ayud&#225;ndose de un bast&#243;n, y parec&#237;a tener una salud muy fr&#225;gil.

El se&#241;or Melbury me sonri&#243; y me present&#243; enseguida a su invitado, que no era otro que el famoso Francis Atterbury, obispo de Rochester. Incluso yo, que me interesaba por la Iglesia anglicana tanto como por la sodom&#237;a en Italia, hab&#237;a o&#237;do hablar de tama&#241;a lumbrera, uno de los m&#225;s elocuentes defensores de la restauraci&#243;n de los antiguos privilegios y el poder de la Iglesia. Sabiendo, pues, qui&#233;n era, me sent&#237; algo inc&#243;modo, pues poco sab&#237;a de las formas que corresponden a tan augusto personaje. Me limit&#233; a hacer una reverencia y musit&#233; algo sobre el honor de conocer a su excelencia. El obispo contest&#243; con una sonrisa forzada y correspondi&#243; a mis amables palabras con cierto escepticismo, antes de abandonar la habitaci&#243;n cojeando.

Me alegra volver a veros -dijo Melbury. Me pas&#243; un vaso de clarete sin preguntarme si quer&#237;a-. Olvidaos del aspecto taciturno de su excelencia. Padece grandes dolores por causa de la gota y, como sab&#233;is, su mujer ha muerto recientemente.

No lo sab&#237;a, y lamento o&#237;rlo. Es un gran hombre -a&#241;ad&#237;, pues sab&#237;a que en general tal era la opini&#243;n de los tories.

S&#237;, espero que est&#233; de mejor humor para la cena, pues su conversaci&#243;n es muy entretenida cuando est&#225; animado. Bueno, nosotros dos tenemos ciertos asuntos que tratar antes de reunirnos con los otros invitados. He le&#237;do con inter&#233;s vuestra aventura. El incidente en el centro electoral nos ha reportado no pocos votos, se&#241;or. Ahora se os conoce como el comerciante de tabaco tory, y sois el s&#237;mbolo viviente de las diferencias entre nuestros dos partidos. Vuestra acci&#243;n en defensa de la hermana de Dogmill se ha hecho famosa y, aunque defendisteis a una colaboradora de los whigs, hab&#233;is beneficiado mucho a vuestro partido. -Hizo una pausa para recobrar el aliento-. Sin embargo, he estado pensando en este asunto, y no acabo de entender qu&#233; hac&#237;ais buscando votos para Hertcomb.

No particip&#233; realmente en esa actividad -expliqu&#233;, sinti&#233;ndome como un escolar que ha sido descubierto en alguna infracci&#243;n absurda-. Me limit&#233; a acompa&#241;arlos. Despu&#233;s de todo, soy amigo de la se&#241;orita Dogmill.

En pol&#237;tica no existen los amigos -me dijo Melbury-. No fuera del propio partido, y desde luego no en &#233;poca de elecciones.

No deber&#237;a haberle ense&#241;ado los dientes, pero empezaba a cansarme de que me tratara como si yo viviera exclusivamente a su servicio. Haberme visto obligado a aflojar mi bolsa con el recaudador de deudas me hab&#237;a alterado no poco. Y, me dije a m&#237; mismo, nadie salvo un adulador hubiera dejado de manifestar su indignaci&#243;n ante semejante abuso.

Tal vez no pueda haber amigos en pol&#237;tica -dije con suavidad-. Pero os recuerdo que yo no me presento para los Comunes y puedo tener amistad con quien me plazca.

Por supuesto -concedi&#243; Melbury afablemente, temiendo quiz&#225; haberse excedido-. Es solo que no querr&#237;a veros sucumbir ante las artima&#241;as del enemigo, incluso si utiliza a una bella hermana para lograrlo.

&#191;C&#243;mo? -exclam&#233;-. &#191;Est&#225;is insinuando que el inter&#233;s de la se&#241;orita Dogmill por mi compa&#241;&#237;a solo es para servir a su hermano?

Melbury volvi&#243; a re&#237;r.

Bueno, desde luego. &#191;Qu&#233; pensabais? &#191;Hay alguna otra raz&#243;n para que de pronto se acerque a un enemigo tory de su hermano en &#233;poca de elecciones? Vamos, se&#241;or. Sin duda sab&#233;is que la se&#241;orita Dogmill es una bella mujer con una bella fortuna. En la ciudad hay un gran n&#250;mero de hombres que desear&#237;an haber conseguido lo que a vos se os ha dado sin m&#225;s. &#191;Cre&#233;is que no hay ninguna raz&#243;n para vuestro &#233;xito?

Creo que hay una raz&#243;n, s&#237; -dije algo acalorado, aunque no hubiera podido justificar mi reacci&#243;n. Solo sab&#237;a que, por muy absurdo que parezca, me ofendi&#243; que Matthew Evans hubiera sido insultado-. La raz&#243;n es que a esa dama le gusto.

Creo que Melbury pens&#243; que hab&#237;a llevado el asunto demasiado lejos, pues me puso una mano en el hombro y ri&#243; con gesto cordial.

&#191;Y por qu&#233; no? Solo digo que deb&#233;is tener cuidado, se&#241;or, no sea que el se&#241;or Dogmill trate de utilizar el aprecio que profes&#225;is por su hermana para su provecho.

No era eso lo que hab&#237;a insinuado, pero no ten&#237;a sentido que insistiera, as&#237; que dej&#233; que se replegara sin acosarlo.

S&#233; perfectamente c&#243;mo es Dogmill. Y ciertamente tendr&#233; cuidado con &#233;l.

Muy bien. -Melbury volvi&#243; a llenar su vaso, y bebi&#243; la mitad de un trago-. Os he pedido que vinierais esta noche, se&#241;or Evans, porque hablando con algunos de los hombres m&#225;s importantes del partido me ha parecido entender que ninguno de ellos tiene trato con vos. S&#233; que acab&#225;is de llegar a Londres, as&#237; que he pensado que esta cena ser&#237;a una buena ocasi&#243;n para que conocierais a ciertas personas de relevancia.

Sois muy amable -le asegur&#233;.

Nadie lo negar&#237;a. Sin embargo, me gustar&#237;a pediros algo a cambio. Cuando nos conocimos, me hicisteis ciertos comentarios en relaci&#243;n a los hombres que trabajan en los muelles y su vinculaci&#243;n con el se&#241;or Dogmill. Tal vez no fui muy prudente al desde&#241;ar vuestras palabras, pues entiendo que estos estibadores se han convertido en una fuente de disturbios contra nuestra causa. Pero ver&#233;is que ahora s&#237; estoy dispuesto a escucharos.

Era muy generoso que se ofreciera a escucharme, pero yo no ten&#237;a ni idea de qu&#233; decir. Uno de los inconvenientes de mi personaje era que con frecuencia ten&#237;a que inventar informaci&#243;n en el momento, y me resultaba dif&#237;cil no confundirme con tantas mentiras en mi cabeza.

No s&#233; qu&#233; m&#225;s puedo a&#241;adir -dije, tratando de recordar lo que le hab&#237;a dicho la primera vez; quiz&#225; que Dogmill pagaba a los funcionarios de aduanas o algo por el estilo-. Me asegurasteis que lo que quer&#237;a deciros era de dominio p&#250;blico.

No lo dudo, no lo dudo. Sin embargo, debo se&#241;alar que las elecciones han entrado ya en su segundo tercio. Ahora que se ha dispersado a los alborotadores, creo que podr&#233; salvar mi liderazgo, pero me gustar&#237;a disponer de alguna munici&#243;n adicional. As&#237; que, si ten&#233;is algo que decir, os ruego que lo dig&#225;is ahora.

Estaba a punto de volver a negar o repetirle lo que ya le hab&#237;a dicho de Dogmill cuando se me ocurri&#243; una idea. Hasta ese momento, yo no hab&#237;a sido m&#225;s que un ac&#233;rrimo defensor, y desde luego &#233;l conoc&#237;a mi lealtad. Pero, de la misma forma que un hombre empieza a despreciar a la mujer que no ofrece resistencia, me pregunt&#233; si Melbury no empezaba a tenerme en menos por la facilidad con que pod&#237;a utilizarme. As&#237; pues, decid&#237; utilizar algunas artima&#241;as femeninas.

Negu&#233; con la cabeza.

Ojal&#225; pudiera deciros m&#225;s, pero hablar ser&#237;a prematuro. Solo puedo prometeros una cosa, se&#241;or. En estos momentos estoy en posesi&#243;n de una informaci&#243;n que acabar&#237;a con el se&#241;or Hertcomb, pero temo que tambi&#233;n pueda perjudicar a vuestro bando. Debo averiguar m&#225;s detalles para poder asegurar que el villano es Hertcomb y no alguna otra persona.

Melbury apur&#243; su vaso y volvi&#243; a llenarlo sin preocuparse por si yo quer&#237;a m&#225;s (y, seg&#250;n recuerdo con cierto pesar, s&#237; quer&#237;a).

&#191;Qu&#233; quer&#233;is decir? &#191;Podr&#237;a acabar con Hertcomb y afectarme a m&#237;? No s&#233; de qu&#233; habl&#225;is.

Yo mismo no tengo m&#225;s idea que vos. Por eso deb&#233;is esperar hasta que tenga la informaci&#243;n que necesito.

&#201;l me mir&#243; entrecerrando los ojos.

Maldita sea, Evans. Hablad ahora o sabr&#233;is qu&#233; significa desafiarme.

Yo lo mir&#233; de frente y me negu&#233; a apartar la mirada.

Entonces supongo que tendr&#233; que saber lo que significa desafiaros. Porque, ver&#233;is, se&#241;or Melbury, os honro a vos y al partido tory demasiado para echaros encima algo que podr&#237;a haceros m&#225;s mal que bien. Y prefiero que me odi&#233;is a saber que soy la causa de alguna dificultad.

&#201;l agit&#243; la mano en el aire.

&#161;Oh, caramba! Supongo que tendr&#233; que dejar que hag&#225;is lo que os parezca mejor. Ya hab&#233;is servido maravillosamente a mi campa&#241;a, y eso siendo simplemente quien sois. Pero espero que no dudar&#233;is en informarme si puedo ayudaros en vuestros esfuerzos.

Os lo agradezco -le dije.

Una vez m&#225;s, todo parec&#237;a arreglado entre nosotros, pero no acab&#233; de creerme del todo su actuaci&#243;n. Melbury parec&#237;a inusualmente agitado. Aunque los disturbios se hab&#237;an calmado y su liderazgo se hab&#237;a mantenido intacto, segu&#237;a habiendo motivo de preocupaci&#243;n.

Melbury apoy&#243; la mano en el pomo de la puerta, pero se detuvo y se volvi&#243; de nuevo hacia m&#237;.

Una cosa m&#225;s -dijo-. S&#233; que es un asunto delicado, as&#237; que dir&#233; lo que tengo que decir y se acab&#243;. No os gusta que cuestione los motivos de la se&#241;orita Dogmill, y es l&#243;gico si sent&#237;s aprecio por esa dama. Solo dir&#233; que, incluso si su coraz&#243;n es limpio y su moral irreprochable, deb&#233;is recordar que est&#225; expuesta a la venenosa influencia de su hermano y puede que incluso a sus sutiles indicaciones. Puede perjudicaros de mil maneras sin saber siquiera que lo ha hecho. As&#237; que os pido que se&#225;is cauto.

Ya hab&#237;a soportado suficientes insinuaciones sobre la se&#241;orita Dogmill, y no deseaba escuchar m&#225;s. Trat&#233; de disimular mi disgusto, pero not&#233; que mi rostro enrojec&#237;a.

Lo tendr&#233; presente.

Y si no ten&#233;is eso presente, tened esto otro: la conoc&#237; cuando era una cr&#237;a, y os juro por la Biblia que era gord&#237;sima.


Era de suponer que Miriam conoc&#237;a la lista de invitados, pues no manifest&#243; la menor sorpresa cuando me vio al otro lado de la mesa. Sin embargo, me lanz&#243; una mirada furibunda. Fue un instante, y cualquiera habr&#237;a pensado que hab&#237;a notado un fuerte dolor moment&#225;neo en una muela o algo similar. Sin embargo, yo lo entend&#237; perfectamente: no deber&#237;a haber aceptado la invitaci&#243;n de su marido.

Y no hubiera debido hacerlo. &#191;Habr&#237;a respetado su comodidad y sus deseos de no haber estado en juego mi propia vida? Seguramente, pues cada vez sent&#237;a que la se&#241;orita Dogmill llenaba m&#225;s el vac&#237;o que Miriam hab&#237;a dejado en mi coraz&#243;n. A&#250;n me dol&#237;a mirarla, a&#250;n sent&#237;a aquel anhelo cuando la ve&#237;a re&#237;r, sujetar el cuchillo o sacudirse alguna pelusa de la manga. Todas estas peque&#241;as cosas segu&#237;an siendo desconcertantemente m&#225;gicas, pero hab&#237;an perdido sus efectos devastadores. Pod&#237;a mirar a Miriam y no sentir la necesidad de coger una botella para olvidar. Pod&#237;a soportar sus encantos. Hasta pod&#237;a pensar con afecto en ellos, y en ella, y en la esperanza de un amor entre nosotros, que para m&#237; hab&#237;a sido tan real que a veces su falta de amor por m&#237; me resultaba tan extra&#241;a como si me hubieran cortado los brazos o las piernas.

Pero aquella esperanza ya no exist&#237;a. Era algo que hab&#237;a entendido hac&#237;a mucho tiempo, pero ahora, por fin, tambi&#233;n lo cre&#237;a. Y aunque sab&#237;a que pod&#237;a ocuparme de otros asuntos -del coraz&#243;n y otros-, aceptar aquello me produc&#237;a m&#225;s tristeza que la que hab&#237;a sentido a diario cuando viv&#237;a con mi anhelo inconsolable por Miriam. Mientras estaba sentado a aquella mesa, finalmente supe que no hab&#237;a esperanza para nosotros. Su marido no se limitar&#237;a a desaparecer sin m&#225;s, como cre&#237;a yo en el fondo de mi coraz&#243;n. Ahora ve&#237;a las cosas como eran en realidad: Miriam estaba casada y era cristiana, y yo estaba sentado all&#237;, en su elegante comedor, haci&#233;ndome pasar por alguien que no era, poniendo en peligro su matrimonio. Ten&#237;a toda la raz&#243;n al mirarme enfadada. Hubiera tenido todo el derecho a darme en la cabeza con una olla de pollo hervido. Me hubiera gustado dec&#237;rselo, pero sab&#237;a que era m&#225;s por mi propia tranquilidad que por la suya.

Aquella noche habr&#237;a tal vez una docena de invitados a la mesa, tories de no poca importancia y sus esposas. La cena fue interesante y animada. Se habl&#243; mucho de las elecciones, incluido el papel del misterioso se&#241;or Weaver, pues era un tema animado y el vino hab&#237;a circulado con una generosidad poco com&#250;n, de modo que los comensales menos atentos no repararon ni les import&#243; el desagrado que aquel tema produc&#237;a en sus anfitriones. Nadie dio muestras de recordar que en el pasado Miriam hab&#237;a pertenecido al pueblo hebreo.

Todo este asunto me resulta de lo m&#225;s sorprendente -dijo el se&#241;or Peacock, el efusivo patrocinador de Melbury-. Que ese granuja jud&#237;o la clase de persona que todos habr&#237;amos estado de acuerdo en que ahorcaran, incluso antes de que se le declarara culpable de asesinato, se erija en un portavoz tan favorable de nuestra causa

Dif&#237;cilmente podr&#237;a consider&#225;rsele un portavoz -terci&#243; el se&#241;or Gray, redactor de un diario tory-. Porque en realidad no dice gran cosa. Es el populacho el que habla por &#233;l, lo cual es mejor, puesto que estos jud&#237;os ya se sabe que son muy inconexos en sus palabras, y tienen un acento francamente c&#243;mico.

Deb&#233;is de confundir el verdadero acento de los jud&#237;os con el que les atribuyen los comediantes en los escenarios -dijo el obispo, que parec&#237;a estar de mejor &#225;nimo que cuando nos hab&#237;amos encontrado poco antes-. A lo largo de los a&#241;os he conocido a algunos jud&#237;os, y muchos de ellos hablan con el acento de los espa&#241;oles.

&#191;Debo entender que el acento de los espa&#241;oles no es c&#243;mico? -pregunt&#243; el se&#241;or Gray-. Ciertamente, eso s&#237; que es una noticia.

Muchos jud&#237;os no tienen ning&#250;n acento -dijo Melbury con gesto algo severo, pues se encontraba en la desagradable posici&#243;n de tener que defender a su esposa, aunque deseaba con todo su coraz&#243;n que nadie recordara sus or&#237;genes.

No es su acento lo que debe preocuparnos, Melbury. Sino ese Weaver. No puedo creer que os guste ver vuestro nombre vinculado al suyo.

Me gusta que atraiga votantes. Ciertamente -se&#241;al&#243; con mordacidad-, me consigue muchos m&#225;s votos gratis que los hombres a quienes pago para ello.

El se&#241;or Peacock se ruboriz&#243;.

Conseguir votos est&#225; bien, pero &#191;hemos de hacerlo como sea? El se&#241;or Dogmill consigue votos para su hombre mandando alborotadores a las urnas.

Sin duda -dijo el obispo-, no ver&#233;is nada malo en que el se&#241;or Melbury no ponga objeciones cuando la chusma lo idolatra con el mismo fervor con que idolatra a Weaver, &#191;verdad? &#191;Qu&#233; quer&#233;is que diga: Seguid elogi&#225;ndome, pero no elogi&#233;is a ese otro individuo que os gusta? Ya veremos lo que le parece a la chusma que su apoyo se sirva con semejante salsa.

Pero, si m&#225;s adelante se exige a Melbury que responda por esa vinculaci&#243;n -sigui&#243; insistiendo Gray-, podr&#237;a resultar muy embarazoso. Lo que digo es que si hacia el final de las elecciones ten&#233;is ya una clara y decisiva victoria, ser&#237;a el momento de disociaros del jud&#237;o. No os conviene que vuestros enemigos de la C&#225;mara lo utilicen en vuestra contra.

Es posible que el se&#241;or Gray tenga raz&#243;n -concedi&#243; el obispo-. Cuando os levant&#233;is para hablar en contra de conceder privilegios a los jud&#237;os, disidentes y ateos, mientras la Iglesia se muere de hambre, no os interesa proporcionar un arma a vuestros enemigos. No os interesa que se diga que pronunci&#225;is bonitas palabras para ser un hombre elegido bajo el amparo de un asesino jud&#237;o.

No puedo decir que no tuviera que disimular mi incomodidad durante este intercambio, pero, aunque me sent&#237;a intranquilo, no hubiera cambiado mi sitio por el de Melbury o Miriam. Yo al menos iba disfrazado. Las gentes que hab&#237;a a aquella mesa estaban insultando abierta y cruelmente sus vidas, sin duda sin saberlo. Obviamente, el cuestionable pasado de su esposa era una pesada carga para Melbury. Cada vez que se mencionaban las palabras Weaver o jud&#237;os, Melbury hac&#237;a una mueca de dolor, enrojec&#237;a y beb&#237;a de su vaso para ocultar su incomodidad. Miriam, por su parte, se pon&#237;a m&#225;s p&#225;lida con cada comentario, aunque no hubiera sabido decir si su malestar nac&#237;a de la verg&#252;enza, de su preocupaci&#243;n por m&#237; o del evidente malestar de su esposo.

Pronto hubo un nuevo tema de conversaci&#243;n. Miriam se arrellan&#243; en su silla visiblemente aliviada, pero no su marido. &#201;l sigui&#243; muy derecho, en una postura excesivamente r&#237;gida. Tuvo el cuchillo apretado en la mano hasta que se le puso muy roja. Se mord&#237;a el labio y rechinaba los dientes. Pens&#233; que no ser&#237;a capaz de aguantar mucho rato en semejante estado, pero lo hizo, durante m&#225;s de media hora, hasta que los otros comensales no pudieron dejar de ver que su anfitri&#243;n estaba enfadado y taciturno, y un inc&#243;modo silencio se extendi&#243; por la mesa. De esta guisa transcurrieron diez insoportables minutos, hasta que, durante el postre, un criado derrib&#243; un cuenco lleno de peras e hizo caer unas cuantas al suelo.

Melbury golpe&#243; la mesa con la mano y se volvi&#243; hacia su esposa.

&#191;Qu&#233; demonios es esto, Mary? -grit&#243;-. &#191;No le orden&#233; a este individuo que se fuera hace dos semanas? &#191;Qu&#233; hace en mi casa tirando las peras al suelo? &#191;Por qu&#233; est&#225; aqu&#237;? &#191;Por qu&#233;? &#191;Por qu&#233;? -Y a cada por qu&#233; golpeaba la palma sobre la mesa, haciendo temblar platos, vasos y cubiertos como si hubiera un terremoto.

Miriam lo miraba fijamente. Se sofoc&#243; y se sonroj&#243;, pero no baj&#243; la mirada ni la apart&#243;. Sus labios temblaban y supe que quer&#237;a contestar, aunque seguramente lo que quer&#237;a decir no habr&#237;a sido del agrado de Melbury, y prefiri&#243; callar. Miriam no dijo nada mientras &#233;l gritaba y golpeaba la mesa con la palma de la mano. Los vasos chocaban, los cubiertos tintineaban y a punto estuvieron de caer al suelo mucho m&#225;s que unas cuantas peras. Pero &#233;l segu&#237;a dando golpes y gritando, hasta que pens&#233; que iba a volverme loco de la ira.

Y entonces o&#237; una voz que dec&#237;a:

Ya basta, Melbury.

No puede imaginar el lector mi sorpresa cuando vi que era yo quien hab&#237;a pronunciado esas palabras. Me hab&#237;a puesto en pie, con los brazos ca&#237;dos a los lados. Habl&#233; alto y claro, pero no con ira. Sin embargo, mis palabras hicieron efecto, pues Melbury dej&#243; de gritar y de dar golpes y me mir&#243;.

Ya basta -repet&#237;.

El fr&#225;gil obispo estir&#243; el brazo y toc&#243; el brazo de Melbury.

Sentaos, Melbury -le dijo con suavidad.

Melbury no le hizo caso. Me miraba fijamente y, cosa sorprendente, sin asomo de ira.

S&#237;, s&#237;. Me siento.

Y as&#237;, ambos volvimos a nuestros asientos.

Melbury mir&#243; a sus invitados e hizo alg&#250;n comentario sarc&#225;stico sobre las esposas, que son demasiado blandas con el servicio, y todos pusieron de su parte para que el incidente se olvidara lo antes posible. Cuando la cena termin&#243; y hombres y mujeres nos instalamos en salas separadas, el incidente parec&#237;a olvidado.

Sin embargo, yo no olvidar&#237;a tan f&#225;cilmente.


A la ma&#241;ana siguiente, cu&#225;l no ser&#237;a mi sorpresa cuando recib&#237; la siguiente nota:


Se&#241;or Evans:

No acierto a imaginar las dificultades que deb&#233;is afrontar en la situaci&#243;n &#250;nica y peligrosa en que os encontr&#225;is, aunque me resulta dif&#237;cil creer que sean cuales fueren esos peligros os obligaran a aceptar la desafortunada invitaci&#243;n de mi esposo. Sin embargo, lo hicisteis, y me temo que no lo hab&#233;is visto en su mejor momento. S&#233; que sois un hombre con un agudo sentido de la justicia, y he pasado la noche en vela pensando en la posibilidad de que actu&#233;is de modo impetuoso como resultado de la conducta de mi esposo. En un esfuerzo por evitar tales acciones, considero necesario reunirme con vos para discutir estos hechos. Esta tarde a las cuatro estar&#233; en el monumento al fuego. Si dese&#225;is verme en paz, acudir&#233;is para entrevistaros con vuestra amiga.

Miriam Melbury


Al menos, pens&#233;, no firmaba Mary. Por supuesto que ir&#237;a. No pod&#237;a sino ir. &#191;Qu&#233; tem&#237;a Miriam que hiciera, matarlo, desafiarlo a un duelo? &#191;O hab&#237;a otra cosa? &#191;Tem&#237;a que, en mi ira, descubriera algo de &#233;l que no quer&#237;a que supiera?

Poco ten&#237;a que hacer hasta nuestro encuentro, y no estaba de humor para salir, as&#237; que me hallaba en mis habitaciones cuando mi casera llam&#243; a la puerta y me comunic&#243; que abajo hab&#237;a un hombre que quer&#237;a verme.

&#191;Qu&#233; clase de hombre?

No de la mejor especie -me asegur&#243;.

Su an&#225;lisis result&#243; acertado, pues a quien acompa&#241;&#243; a mis habitaciones era a Titus Miller.

El hombre entr&#243; y mir&#243; a su alrededor como si estuviera examinando el lugar para su uso.

Viv&#237;s c&#243;modamente -me dijo en cuanto la se&#241;ora Sears cerr&#243; la puerta-. Viv&#237;s muy c&#243;modamente, s&#237; se&#241;or.

Perdonadme, pero &#191;hay alguna raz&#243;n por la que no deba vivir c&#243;modamente?

Podr&#237;a haber una o dos que yo conozco -dijo. Cogi&#243; un libro que yo hab&#237;a tomado prestado de la colecci&#243;n de la se&#241;ora Sears y lo examin&#243; como si se tratara de una piedra preciosa-. Tiempo para libros y toda suerte de palabras fantasiosas, veo. Bueno, supongo que vuestro tiempo es vuestro, o lo ha sido. Pero ahora se trata de negocios, y a&#250;n no hemos entrado en materia, &#191;no es cierto? Quiz&#225; un vaso de vino nos ayudar&#237;a a sentirnos m&#225;s c&#243;modos. -Miller dej&#243; el libro.

Yo estoy muy c&#243;modo -le dije-, y no creo que el hecho de que haya aceptado pagar las deudas de un amigo os d&#233; derecho a hablarme en ese tono o a comportaros con tanta insolencia.

Pod&#233;is creer lo que gust&#233;is, por supuesto. No ser&#233; tan mala persona para imped&#237;roslo. Pero me gustar&#237;a de verdad tomar un vaso de vino, se&#241;or bueno, no dir&#233; Evans, puesto que no es vuestro nombre, y no os llamar&#233; por vuestro verdadero nombre porque temo que os alterar&#237;a o&#237;rlo decir en voz alta.

Bueno, bueno. Supongo que sab&#237;a que aquello pod&#237;a pasar. No pod&#237;a seguir disfrazado para siempre sin que nadie descubriera la verdad. Por supuesto, la se&#241;orita Dogmill la hab&#237;a descubierto, y tambi&#233;n Johnson, pero ninguno de los dos deseaba perjudicarme de forma inminente. No confiaba yo en que Miller actuara con igual benevolencia.

Me volv&#237; hacia &#233;l.

Me temo que no os entiendo -dije en vano, aferr&#225;ndome desesperadamente a la esperanza de poder salir de alguna forma de aquella situaci&#243;n.

Miller mene&#243; la cabeza ante mis vanos esfuerzos.

Por supuesto que me entend&#233;is, se&#241;or, y si fing&#237;s lo contrario, bien podr&#237;a ser que vaya a explicarlo a un guardia en lugar de a vos. Seguro que &#233;l me entender&#225; perfectamente.

Me serv&#237; un vaso de vino, pero no le ofrec&#237; a Miller.

Si quisierais hablar con un guardia ya lo habr&#237;ais hecho. Pero intuyo que prefer&#237;s negociar conmigo. -Tom&#233; asiento, y lo dej&#233; a &#233;l en la desagradable situaci&#243;n de quedarse de pie. A aquellas vanas victorias me ve&#237;a reducido-. Quiz&#225; podr&#237;ais decirme qu&#233; quer&#233;is, Miller, y as&#237; yo os dir&#233; si es factible o no.

Si le molest&#243; tener que quedarse de pie mientras yo estaba sentado, no dijo nada.

De si es factible o no, no creo que haya duda. No pretendo pedir nada que no pod&#225;is darme, y no necesito explicaros las consecuencias de una negativa.

Olvid&#233;monos de las consecuencias por el momento y vayamos a lo que ped&#237;s.

Vaya, veo que quer&#233;is ir al grano. Os hab&#233;is olvidado de vuestros aires y vuestras pelucas. &#191;Pensabais que nadie os reconocer&#237;a si os acicalabais? Pues yo os reconoc&#237; enseguida, s&#237;. Tal vez pod&#225;is enga&#241;ar a la gente com&#250;n con esos adornos, pero yo soy demasiado perspicaz. Os he visto por la ciudad demasiadas veces, siempre con vuestras muecas de desprecio para un hombre como yo, que solo hace su trabajo.

Me inclin&#233; hacia delante en mi silla.

Hac&#233;is unos discursos muy bonitos, pero a nadie le interesan. Pod&#233;is volver a vuestra casa y echaros las flores que quer&#225;is, Miller. Pero no me hag&#225;is perder el tiempo. Y ahora, decidme qu&#233; ped&#237;s.

Si se sinti&#243; insultado no dio muestras de ello.

Bien, entonces, lo que pido son las doscientas sesenta libras de la deuda del se&#241;or Melbury, como me hab&#237;ais prometido, y otras digamos, doscientas cuarenta por mi buena voluntad, lo cual sumar&#237;an quinientas libras.

Tuve que poner toda mi fuerza de voluntad para no reaccionar como merec&#237;a semejante demanda.

Quinientas libras es mucho dinero, se&#241;or. &#191;Qu&#233; os hace pensar que lo tengo a mi disposici&#243;n?

Solo puedo especular sobre lo que ten&#233;is, pero, puesto que estabais dispuesto a pagar doscientas sesenta por Melbury, tengo que pensar que esa suma, por muy grande que sea, solo es una parte de lo que pose&#233;is. En cualquier caso, he visto en los peri&#243;dicos que el se&#241;or Evans se ha labrado una buena reputaci&#243;n. No dudo que un hombre de vuestra posici&#243;n no tendr&#225; la menor dificultad para encontrar fondos poniendo como garant&#237;a las ganancias de vuestra plantaci&#243;n.

&#191;Quer&#233;is que pida dinero prestado a caballeros confiados y deje que sufran las consecuencias?

No puedo deciros c&#243;mo conseguir el dinero, se&#241;or. Solo digo que deb&#233;is conseguirlo.

&#191;Y si me niego?

&#201;l se encogi&#243; de hombros.

Siempre puedo volver a exigir al se&#241;or Melbury que pague su deuda, se&#241;or. De una forma u otra pagar&#225;, puesto que no puede permitirse pasarse lo que queda de las elecciones en prisi&#243;n por unas deudas. Y en cuanto a vos, si no me dais esas doscientas cuarenta libras, al menos puedo conseguir las ciento cincuenta que ofrece el rey. No s&#233; si me entend&#233;is.

Beb&#237; un trago.

Entiendo que sois muy mala persona -dije.

Pod&#233;is pensar lo que quer&#225;is, se&#241;or, pero un caballero debe procurar siempre por sus intereses, y es exactamente lo que he hecho. Nadie puede decir lo contrario, ni criticarme.

No ser&#233; yo quien haga tal cosa -dije-. Y en cuanto a la cantidad, deb&#233;is saber que es muy elevada y no puedo disponer de tanto dinero con facilidad. Necesito una semana.

Eso no puede ser. No es muy amable por vuestra parte ped&#237;rmelo.

Entonces, &#191;cu&#225;nto tiempo os parece adecuado para que pueda reunir el dinero?

Volver&#233; dentro de tres d&#237;as, se&#241;or. Tres d&#237;as. Si no ten&#233;is mi dinero, me temo que me ver&#233; obligado a emprender ciertas acciones que ambos preferir&#237;amos evitar.

La se&#241;ora Sears hab&#237;a visto entrar a aquel bellaco en mis habitaciones. &#191;Se dar&#237;a cuenta, me pregunt&#233;, si no volv&#237;a a salir? Pero, por muy tentador que fuera, no estaba dispuesto a cometer un crimen atroz para proteger una identidad que ya estaba condenada. Miller me hab&#237;a reconocido. Tarde o temprano alguien m&#225;s me reconocer&#237;a. Y tal vez esa persona no tendr&#237;a la amabilidad de acudir a m&#237; con aquellas exigencias e ir&#237;a directamente a los guardias. No ten&#237;a m&#225;s remedio que dejar marchar a Miller y utilizar los tres d&#237;as que me quedaban como mejor pudiera.

Permanec&#237; inusualmente callado mientras meditaba mis opciones; sin duda Miller intuy&#243; cu&#225;les eran, pues se puso muy p&#225;lido e inquieto.

Debo partir enseguida -dijo dirigi&#233;ndose apresuradamente hacia la puerta-. Pero tendr&#233;is noticias de m&#237; dentro de tres d&#237;as. Pod&#233;is estar seguro.

As&#237; pues, se fue, y supe que ten&#237;a que moverme. No dispon&#237;a de tanto tiempo como hubiera querido, pero esperaba que ser&#237;a suficiente.


Llegu&#233; al monumento un cuarto de hora antes de lo acordado, pero Miriam ya estaba all&#237;, envuelta en una capa con capucha. Llevaba la capucha echada, para preservar su identidad, o tal vez la m&#237;a. Pero incluso as&#237;, la reconoc&#237; enseguida.

Ella no me vio acercarme, as&#237; que me detuve un momento para observarla, mientras los copos de nieve ca&#237;an sobre ella y se derret&#237;an al contacto con la lana de su capa. Hubiera podido ser mi esposa si pero no hab&#237;a ning&#250;n si. Hab&#237;a empezado a entenderlo con una dolorosa claridad. El &#250;nico si que se me ocurr&#237;a era si ella hubiera querido, pero no quiso, y era el si m&#225;s doloroso imaginable.

Miriam se volvi&#243; al o&#237;r mis pasos amortiguados sobre la nieve reci&#233;n ca&#237;da. Tom&#233; su mano enguantada.

Espero que est&#233;is bien, se&#241;ora.

Ella me permiti&#243; tomarle la mano lo justo para no mostrarse brusca, y entonces retir&#243; aquel preciado premio. Toda nuestra relaci&#243;n reflejada en un gesto.

Gracias por venir -dijo.

&#191;C&#243;mo no iba a hacerlo?

No puedo decir lo que os parece mejor. Solo s&#233; que sent&#237; la necesidad de hablar con vos, y vos hab&#233;is tenido la bondad de aceptar.

Y siempre lo har&#233; -le asegur&#233;-. Vamos, &#191;os apetece tomar un chocolate, o un vaso de vino?

Se&#241;or Weaver, no soy la clase de mujer que visita libremente tabernas o casas de chocolate con un hombre que no sea su marido -dijo muy severa.

Yo trat&#233; de no ser hiriente.

Entonces demos un paseo y hablemos -dije-. Con esa capucha, todo el mundo pensar&#225; que sois mi amante, pero supongo que no hay nada que hacer.

La capucha me evitaba ver la expresi&#243;n de disgusto que sin duda ella manifest&#243;.

Lamento que vierais al se&#241;or Melbury perder los nervios ayer noche.

Lamento que sucediera. Pero, si ten&#237;a que pasar, no lamento haber estado presente. &#191;Pierde los nervios con frecuencia con vos?

No, no con frecuencia -dijo ella con voz queda.

Pero &#191;ha sucedido otras veces?

Ella asinti&#243; bajo la capucha, y por la manera en que movi&#243; la cabeza supe que estaba llorando.

&#161;Oh, cu&#225;nto odi&#233; a Melbury en aquel momento! Podr&#237;a haberle arrancado los brazos del cuerpo. &#191;Acaso no hab&#237;a sufrido aquella dama toda su vida, pasando de una familia a otra, de un tutor a otro, hasta que un suceso fortuito la convirti&#243; en una mujer econ&#243;micamente independiente? Dif&#237;cilmente hubiera podido sorprenderme m&#225;s cuando sacrific&#243; esa independencia por un hombre como Melbury, pero ella hab&#237;a aceptado el riesgo, como debemos hacer todos en esta vida. Era una terrible tragedia que hubiera de sufrir por su osad&#237;a.

&#191;Se muestra violento con vos? -pregunt&#233;.

Ella neg&#243; con la cabeza.

No, conmigo no.

Hab&#237;a algo que no dec&#237;a, pero yo sab&#237;a que pod&#237;a sac&#225;rselo.

Dec&#237;dmelo.

Rompe cosas -dijo-. Las tira. Espejos, jarrones, platos y vasos. A veces las arroja en mi direcci&#243;n. No es que me las tire a m&#237;, entendedme, pero las tira en mi direcci&#243;n. Es muy desagradable.

Yo cerr&#233; mis manos en dos pu&#241;os.

No puedo tolerarlo -dije.

Pero deb&#233;is hacerlo. Ver&#233;is, por eso quer&#237;a veros. Sab&#237;a que no descansar&#237;ais hasta que descubrierais la verdad, por eso he querido cont&#225;roslo. Pero no deb&#233;is molestarnos m&#225;s. Griffin no es un hombre perfecto, pero es bueno. Quiere hacer cosas importantes por este pa&#237;s, y deshacer ese entramado de corrupci&#243;n que tiene atado a nuestro gobierno.

Me importa un comino el entramado de corrupci&#243;n -dije-, solo vos me import&#225;is, Miriam.

Por favor, no os dirij&#225;is a m&#237; con tanta familiaridad, se&#241;or Weaver. No est&#225; bien.

&#191;Y est&#225; bien que sufr&#225;is los tormentos de un tirano?

No es un tirano. Solo es un hombre con debilidades, como las que pod&#225;is tener vos. Aunque en su caso algunas son muy acentuadas.

Como la afici&#243;n por el juego -dije-. Y las deudas.

Ella asinti&#243;.

S&#237;, tambi&#233;n tiene esas debilidades.

Entonces, est&#225; bien que pusierais vuestras propiedades a vuestro nombre, para que sus deudas no destruyan vuestra fortuna.

Miriam no dijo nada, y supe entonces lo que ya sospechaba.

Ha dilapidado vuestra fortuna, &#191;no es cierto?

Necesitaba dinero para conseguir su esca&#241;o en la C&#225;mara. Perdi&#243; tanto en el juego que no pod&#237;a permitirse presentarse para el Parlamento como hac&#237;a tanto tiempo planeaba, y como otros del partido esperaban. Pero hab&#237;a deudas. Me asegur&#243; que cuando fuera elegido habr&#237;a muchas oportunidades para recuperar el dinero. De modo que, como veis, es imprescindible que consiga ese esca&#241;o, pues de lo contrario estaremos en la ruina.

&#191;Es ese el hombre bueno y virtuoso que piensa desentra&#241;ar la mara&#241;a de corrupci&#243;n?

No es el &#250;nico hombre de esta ciudad que ha sucumbido al mal de las apuestas.

Cierto, pero si fuera un ratero, tampoco ser&#237;a el &#250;nico hombre de la ciudad culpable de ese delito. Y no por eso ser&#237;a m&#225;s virtuoso.

&#191;Y qui&#233;n sois vos para hablar de virtud?

Me volv&#237; hacia ella, pero ella desvi&#243; la mirada.

Perdonadme, Benjamin. Se&#241;or Weaver. Eso ha sido cruel y falso. Por muchas otras cosas que se digan de vos, s&#233; que sois un hombre que ama lo que es correcto por encima de todo. Pero aunque os esforc&#233;is por hacer lo mejor, a veces obr&#225;is sabiendo que lo que hac&#233;is est&#225; mal. No creo que eso os convierta en un mal hombre, del mismo modo que no lo hace con Melbury.

La diferencia es que esas cosas que hago y os parecen censurables las hago para cumplir con lo que considero mi deber. Dudo que el se&#241;or Melbury considere su deber dilapidar su fortuna y la de su esposa jugando al whist.

Sois injusto.

&#191;Lo soy? Hab&#233;is hablado de ruina. &#191;Qu&#233; quer&#233;is decir con eso?

Lo que he dicho. No tendremos ni dinero, ni cr&#233;dito. Si no consigue el esca&#241;o en la C&#225;mara y recibe la protecci&#243;n de que gozan sus miembros, y si los acreedores insisten en cobrar, no tendremos donde vivir. Los padres de Melbury murieron hace mucho. No tiene hermanos, y ha presionado a parientes m&#225;s lejanos tanto como le era posible. Necesita entrar en el Parlamento. Har&#225; mucho bien desde su puesto. Y -Hizo una pausa-. Solo el Parlamento puede salvarnos. No s&#233; qu&#233; necesit&#225;is o esper&#225;is de &#233;l, o qu&#233; esper&#225;is conseguir convirtiendo a Evans en su gran amigo, pero deb&#233;is saber que tambi&#233;n est&#225;is jugando con mi vida. Tiene que conseguir ese esca&#241;o. Tiene que conseguirlo.

&#191;Y pens&#225;is que yo quiero evitarlo? Miriam, deb&#233;is saber que lo he invertido todo en la elecci&#243;n de vuestro esposo. Soy enemigo de Dogmill, no de Melbury. No puedo decir que me guste estar en semejante posici&#243;n, pero lo cierto es que yo tambi&#233;n deseo que consiga el esca&#241;o en la C&#225;mara.

&#191;Por qu&#233; quer&#233;is tal cosa?

Porque cuando sea elegido, tengo la esperanza de que utilizar&#225; su influencia para ayudarme.

Miriam me dio la espalda.

No lo har&#225; -dijo con voz queda.

&#191;C&#243;mo? &#191;C&#243;mo lo sab&#233;is? No tiene ni idea de qui&#233;n soy. No puede saber que no soy Matthew Evans, &#191;no es cierto?

Ella mene&#243; la cabeza.

No, pod&#233;is estar seguro de que no lo sabe. Pero no os ayudar&#225;, m&#225;s a&#250;n cuando descubra que le hab&#233;is enga&#241;ado.

Sin duda comprender&#225; la necesidad

No entender&#225; nada -dijo en un siseo-. &#191;Es que no veis que os odia? No a Matthew Evans, sino a Benjamin Weaver. Odia a Benjamin Weaver.

No pod&#237;a entenderlo.

&#191;Por qu&#233; iba a odiarme?

Porque sabe sabe que en otro tiempo significamos algo el uno para el otro. Y est&#225; celoso. Porque somos de la misma raza. Teme que vuelva al juda&#237;smo. Cada vez que se menciona vuestro nombre, hierve de rabia. No puede perdonar que le est&#233;is dando votos, que vos, por bien que involuntariamente, hay&#225;is colaborado en su campa&#241;a, pues de esa forma hab&#233;is entrado en nuestras vidas y en nuestro hogar.

No hay necesidad de ser tan poco generoso con vuestras vidas y vuestro hogar.

Para Melbury s&#237;. Tiene la idea de que me escabullir&#233; en plena noche para huir con vos.

Yo tengo esa misma idea.

Por favor, &#191;no pod&#233;is fingir cierta seriedad?

Lo siento. Pero &#191;por qu&#233; tuvisteis que hablarle de nosotros?

Quer&#237;a saber si hab&#237;a tenido pretendientes entre la muerte de mi primer marido y mi casamiento con &#233;l. No quer&#237;a dec&#237;rselo, pero tampoco quer&#237;a mentirle, as&#237; que descubri&#243; lo que significasteis para m&#237;. Jam&#225;s quise contarle tales asuntos, pero sabe c&#243;mo hacer que la gente le cuente lo que no quiere contar.

S&#237;, por ejemplo, tir&#225;ndoos cosas. &#191;Es que no veis que es un hombre cruel, Miriam? &#191;No veis que tiene el coraz&#243;n negro? Tal vez no tenga inclinaci&#243;n a la maldad, pero no hay cosa que degrade m&#225;s a un hombre que las deudas. Habl&#225;is del bien que puede hacer en la C&#225;mara, pero si pens&#225;is que un hombre que se enfrenta a la ruina votar&#225; seg&#250;n su conciencia y no seg&#250;n su bolsillo, est&#225;is muy enga&#241;ada.

&#191;C&#243;mo pod&#233;is decir eso? -exclam&#243;.

&#191;C&#243;mo podr&#237;a no decirlo? Melbury habla del Parlamento como su salvaci&#243;n, pero sab&#233;is muy bien que un hombre no gana nada por ocupar ese puesto. Si consigue alg&#250;n dinero en la C&#225;mara ser&#225; vendiendo favores o haciendo amistades entre los poderosos y los crueles.

Pod&#233;is destruir al se&#241;or Melbury por principios, pero &#191;me sacrificar&#237;ais tambi&#233;n a m&#237; por vuestros principios?

Jam&#225;s -dije-. Me quitar&#237;a el pan de la boca por vos. Pero deb&#233;is saber que, debido a lo que he visto, no vacilar&#237;a en dejar que destruyeran a Melbury. No me apartar&#233; de mi camino para perjudicarlo, me tragar&#233; mi ira y har&#233; lo que me ped&#237;s, pero tampoco lo proteger&#233;, ni le servir&#233;.

Entonces no tenemos nada m&#225;s que decirnos -afirm&#243;.

&#191;C&#243;mo pod&#233;is decir eso?

&#191;Est&#225;is loco? Es mi esposo. Le debo toda la lealtad del mundo. Me habl&#225;is como si no fuera m&#225;s que un rival para vos. Por favor, entendedlo, para m&#237; ya no pod&#233;is ser m&#225;s que un amigo, y rechaz&#225;is ese papel. Pod&#233;is hacer lo que os plazca para satisfacer vuestro sentido del bien, pero no perjudicar&#233;is solo a Melbury, tambi&#233;n me perjudicar&#233;is a m&#237;.

Entonces, &#191;qu&#233; me ped&#237;s que haga?

Deb&#233;is prometerme que no har&#233;is nada que lo perjudique.

No puedo. Ya os he dicho que no lo perjudicar&#233; voluntariamente, pero no lo proteger&#233;, y si tengo ocasi&#243;n de sacrificarlo para proteger mis intereses, sabiendo lo que s&#233; de &#233;l, la aprovechar&#233;.

Entonces no sois mi amigo. Os agradecer&#233; que os manteng&#225;is alejado de m&#237; y de mi esposo. Entiendo que deb&#233;is encontraros con &#233;l de vez en cuando, bajo vuestro disfraz de Evans, pero si volv&#233;is a entrar en mi casa, le dir&#233; qui&#233;n sois.

&#191;Me har&#237;ais algo as&#237;?

No deseo tener que elegir entre los dos, pero si me oblig&#225;is, escoger&#233; a mi esposo.



25

Mi enga&#241;o se desbarataba por momentos, as&#237; que no ten&#237;a m&#225;s remedio que actuar. Miriam me hab&#237;a dejado muy claro que poco pod&#237;a esperar de su marido. El recaudador de deudas conoc&#237;a mi identidad, y no pod&#237;a contar con que guardara silencio ni siquiera el tiempo que &#233;l me hab&#237;a prometido.

Por supuesto, nada de esto fue una sorpresa. Yo sab&#237;a que pod&#237;a ser descubierto antes de asegurar mi libertad, y ya hab&#237;a estado meditando un plan. As&#237; pues, me arriesgu&#233; a contactar con Elias y me reun&#237; con &#233;l en un caf&#233;. No le gust&#243; precisamente lo que le ped&#237;, pero finalmente accedi&#243;, como yo imaginaba.

Una vez resuelto esto, me puse en contacto con aquellos que deb&#237;an conocer mi plan. Luego cog&#237; las cartas que Grace me hab&#237;a tra&#237;do, las que Dogmill hab&#237;a dirigido a personas que hab&#237;an pasado un tiempo en Jamaica, y escrib&#237; la respuesta que mejor serv&#237;a a mis prop&#243;sitos.

Aunque de forma pasiva, Grace era fundamental para mis planes, y me reun&#237; con ella en una chocolater&#237;a para explic&#225;rselo todo. Hasta el momento hab&#237;a demostrado ser una ardiente defensora de mi causa, pero yo iba a actuar en contra de su hermano, y no pod&#237;a esperar que cooperara sin m&#225;s.

Grace lleg&#243; antes que yo a la chocolater&#237;a de Charles Street, radiante con su vestido de color rojo vino y su cors&#233; color marfil. Los otros hombres -y ciertamente tambi&#233;n las mujeres- la miraban abiertamente mientras ella beb&#237;a su taz&#243;n de chocolate.

Lo siento si me he retrasado -dije.

Oh, no; simplemente me apetec&#237;a tomarme un chocolate.

Muchas damas vacilar&#237;an antes de tomar un chocolate solas en un lugar p&#250;blico.

Ella se encogi&#243; de hombros.

Soy hermana de Dennis Dogmill, y hago lo que quiero.

&#191;Incluso a Dennis Dogmill? -pregunt&#233; al tiempo que tomaba asiento.

Ella me mir&#243; durante un largo momento y asinti&#243;.

Incluso a &#233;l. &#191;Ser&#233;is muy duro con &#233;l?

No m&#225;s de lo necesario. Por vos -a&#241;ad&#237;.

Grace coloc&#243; las manos en torno a su plato, pero no lo levant&#243;.

&#191;Vivir&#225;?

Yo me re&#237;, lo cual quiz&#225; fuera una descortes&#237;a, dada la gravedad de la pregunta, pero no ten&#237;a intenci&#243;n de hacer de asesino.

No soy tan necio como para buscar una justicia perfecta. Quiero recuperar mi nombre y mi libertad. Si es posible castigar al culpable, tanto mejor, pero no me hago ilusiones.

Ella me sonri&#243;.

No, no lo hac&#233;is. Lo veis todo muy claramente.

No todo.

Ahora fue ella quien ri&#243;. Vi que sus adorables dientes estaban manchados de chocolate.

Supongo que os refer&#237;s a m&#237;. Quer&#233;is saber qu&#233; pasar&#225; con Grace Dogmill una vez se haya resuelto todo esto.

Es una pregunta superflua, pues depende de que consiga escapar a la horca y recupere mi reputaci&#243;n. Sin embargo, os lo pregunto.

Ser&#237;a impropio que una mujer de mi posici&#243;n tuviera amistad con un hombre como vos.

Entiendo -dije-. Despu&#233;s de todo, he o&#237;do esas palabras otras veces.

Ella volvi&#243; a sonre&#237;rme.

Pero si descubro que me han robado algo, tal vez necesite vuestra ayuda. Y, desgraciadamente, no soy muy cuidadosa con mis pertenencias.


Sabiendo que la se&#241;orita Dogmill estaba deseosa de ayudarme, ahora lo &#250;nico que pod&#237;a hacer era esperar a que las notas que hab&#237;a enviado tuvieran respuesta y dar los pasos necesarios. A mi entender, no era prudente esperar demasiado. Veinticuatro horas eran suficientes para provocar la inquietud y la rabia que deseaba. M&#225;s de las que podr&#237;a provocar una acci&#243;n. Menos hubiera producido una emoci&#243;n insuficiente. Sin embargo, fueron veinticuatro horas de angustia, y supe que me sentir&#237;a mucho m&#225;s tranquilo si encontraba alguna ocupaci&#243;n con que entretenerme. Por suerte, todav&#237;a me quedaba una cosa por hacer y, si bien no era prudente, cuando menos era justificable. As&#237; pues, me vi nuevamente en la necesidad de hacer una visita a Abraham Mendes.

Mendes contest&#243; a mi nota y me reun&#237; con &#233;l aquella noche en una taberna pr&#243;xima a Stanhope Street, cerca de Covent Garden. Cuando me vio, hab&#237;a algo divertido en su rostro. Tal vez pens&#243; que si lograba librarme de mis problemas, jam&#225;s volver&#237;a a mostrar el mismo desprecio por &#233;l o por su amo. Qu&#233; poco me conoc&#237;a Sin embargo, Mendes me hizo el servicio que yo esperaba y sal&#237; de mi reuni&#243;n con &#233;l con la firme esperanza de que todo ir&#237;a como deseaba.

Como hab&#237;a previsto, al d&#237;a siguiente recib&#237; una nota, y fue muy de mi agrado.


Evans:

S&#233; qui&#233;n sois y lo que sois, y os prometo que no conseguir&#233;is lo que os hab&#233;is propuesto. Si pon&#233;is fin a esta mascarada ahora y abandon&#225;is la ciudad, es posible que viv&#225;is.

Dogmill


Contest&#233; enseguida, proponiendo que se reuniera conmigo esa misma noche en una taberna cerca de Whitehall. Eleg&#237; ese lugar porque sab&#237;a que era popular entre los whigs, y pens&#233; que le har&#237;a sentirse m&#225;s c&#243;modo y confiado. Eso era lo que necesitaba. Cuando recib&#237; la contestaci&#243;n confirmando nuestra cita, me ocup&#233; de los preparativos y beb&#237; un vaso de oporto para darme fuerza.

Llegu&#233; casi con media hora de retraso, pues deseaba que Dogmill llegara antes que yo. No me cab&#237;a duda de que habr&#237;a llegado temprano, pero no deseaba sorprenderlo y cogerlo desprevenido. Llegu&#233; y pregunt&#233; al tabernero, quien, como ya esperaba, me dijo que encontrar&#237;a al se&#241;or Dogmill en una de las habitaciones de atr&#225;s.

Entr&#233; en la habitaci&#243;n y encontr&#233; a Dogmill sentado en compa&#241;&#237;a de Hertcomb. En pie, junto a ellos, con los brazos cruzados, estaba ni m&#225;s ni menos que el se&#241;or Greenbill. Me sorprendi&#243; que Dogmill quisiera la presencia de otro hombre propenso a la violencia, pero quiz&#225; no quer&#237;a arriesgarse. Pero sobre todo me sorprendi&#243; por las grandes molestias que se hab&#237;a tomado para ocultar su relaci&#243;n con el estibador. Solo cab&#237;a pensar que Dogmill no ten&#237;a intenci&#243;n de dejar que contara nada de cuanto sab&#237;a.

Todos parec&#237;an alterados. Sonre&#237; a Dogmill y Hertcomb.

Buenas noches, caballeros -dije cerrando la puerta a mi espalda.

Dogmill me mir&#243;, furibundo.

Tendr&#233;is que andaros con cuidado si no quer&#233;is morir esta noche.

No puedo decir si voy a andar con cuidado o no -le dije. Tom&#233; asiento a la mesa y me serv&#237; un vaso de vino. Di un traguito-. Esto est&#225; muy bueno. &#191;Sab&#233;is? Por el aspecto de este lugar jam&#225;s hubiera esperado que tuvieran un clarete de tanta calidad.

Dogmill me arranc&#243; el vaso de la mano y lo arroj&#243; contra la pared. Para su disgusto, no se rompi&#243;, en cambio salpic&#243; y manch&#243; al se&#241;or Greenbill, que trat&#243; de hacer como si su dignidad no hubiera sido atacada.

&#191;D&#243;nde est&#225; mi hermana? -exigi&#243; Dogmill.

Yo le mir&#233; fijamente.

Vuestra hermana. &#191;C&#243;mo quer&#233;is que lo sepa?

Dejad que le pregunte yo, se&#241;or Dogmill -dijo Greenbill, dando un paso al frente.

Dogmill no le hizo caso.

S&#233; qui&#233;n sois -me dijo entre dientes-. Me he tomado la libertad de escribir a ciertos caballeros de Jamaica. -Me mostr&#243; las cartas que yo le hab&#237;a escrito-. Me han informado de que ya hab&#237;ais utilizado el nombre de Matthew Evans con anterioridad, aunque no es vuestro verdadero nombre. No, sois un canalla conocido como Jeremiah Baker, un timador que se gana su miserable vida secuestrando a j&#243;venes damas y pidiendo un rescate para devolverlas sanas y salvas. Uno de estos caballeros, al recibir mi carta, ha cabalgado personalmente hasta Londres para prevenirme contra vos. En cuanto recib&#237; esta informaci&#243;n, quise asegurarme del paradero de mi hermana, pero hace m&#225;s de un d&#237;a que no s&#233; de ella.

Cog&#237; un vaso que supuse ser&#237;a de Dogmill y vaci&#233; su contenido en el suelo duro y sucio. Acto seguido me serv&#237; vino de la botella y beb&#237;.

Bueno, pues me hab&#233;is ahorrado la molestia de informaros de vuestra situaci&#243;n. Ahora podemos llegar a un acuerdo.

Dogmill golpe&#243; la mesa con la palma con tanta fuerza que pens&#233; que iba a romperse.

No hay ning&#250;n acuerdo, aparte de que vais a devolverme a mi hermana y yo os arrancar&#233; la cabeza de los hombros.

Hertcomb se adelant&#243; y le puso una mano en el hombro.

No veo que le est&#233;is dando a este hombre motivos para negociar de buena fe.

Bien dicho, Hertcomb.

No quer&#225;is d&#225;rosla de amigo conmigo -dijo con petulancia-. Si contengo al se&#241;or es por su hermana, no por vos. Hab&#233;is traicionado mi confianza.

Vuestra confianza dif&#237;cilmente puede considerarse algo tan valioso como para que haya necesidad de tratarla con mimo -repuse yo.

Hertcomb abri&#243; la boca pero no dijo nada. Pens&#233; que iba a echarse a llorar, y confieso que tuve ciertos remordimientos por lo que le hab&#237;a dicho, pero estaba interpretando un papel, y lo har&#237;a hasta sus &#250;ltimas consecuencias.

Dogmill respir&#243; hondo y se volvi&#243; hacia m&#237;.

Baker, creo que tendr&#233;is que haceros a la idea de que hab&#233;is afrentado al hombre equivocado.

&#191;Es esa vuestra idea de negociar de buena fe? -pregunt&#233;. -Lo es, puesto que estoy dici&#233;ndoos la verdad. No me sacar&#233;is ni un penique. Ni un cuarto de penique. No consentir&#233; que un individuo de tan baja ralea como vos me obligue a pagar para recuperar a mi hermana. Pero tengo otra oferta. Si me devolv&#233;is a mi hermana sana y salva, os conceder&#233; un d&#237;a de ventaja antes de empezar a perseguiros. En ese tiempo, si sois listo, pod&#233;is marcharos y poneros fuera de mi alcance, porque si os atrapo, os har&#233; picadillo. Es la mejor oferta que puedo haceros.

Yo mene&#233; la cabeza.

Debo decir que no es eso lo que ten&#237;a en mente cuando cog&#237; a vuestra hermana, le at&#233; las manos a la espalda y le met&#237; un trapo en la boca.

Greenbill, en pie detr&#225;s de su amo, reprimi&#243; una sonrisa. A pesar de su lealtad, siempre disfrutaba de un poco de violencia con una mujer.

Pens&#233; que Hertcomb tendr&#237;a que volver a contener a su amigo, pero Dogmill no se movi&#243;.

Quiz&#225; esperabais conseguir algo m&#225;s, pero no ser&#225; as&#237;. Ahora deb&#233;is decidir si quer&#233;is sacrificar vuestra vida adem&#225;s de vuestras esperanzas de conseguir riqueza.

La mayor&#237;a de los hombres est&#225;n dispuestos a renunciar a unas pocas libras si con ello pueden salvar la vida de alg&#250;n ser querido. Y sois vos quien est&#225; en peligro, no yo. Es hora de que lo admit&#225;is.

&#191;Acaso pens&#225;is que son solo fanfarroner&#237;as? Ya hab&#233;is probado una peque&#241;a parte de mi ira, sin duda lo recordar&#233;is. Pero tengo mucha m&#225;s. -Se volvi&#243; hacia Hertcomb-. Que pase el se&#241;or Gregor.

Hertcomb se levant&#243; y desapareci&#243; un momento, pero enseguida regres&#243; seguido de un caballero alto y delgado. Me sonri&#243; y tom&#243; asiento.

Creo que conoc&#233;is a este caballero, &#191;me equivoco?

Lo conozco -repuse yo, pues el caballero en cuesti&#243;n era Elias Gordon.

El se&#241;or Gregor est&#225; dispuesto a pedir una orden de arresto por el robo de ciertos pagar&#233;s que cogisteis de su casa en Jamaica. As&#237; que, como veis, est&#225;is en mis manos.

&#191;Har&#237;ais lo que dice, se&#241;or Gregor?

Elias estaba nervioso, pero parec&#237;a estar disfrutando. Hab&#237;a cierto tono melodram&#225;tico en aquella actuaci&#243;n, y no pod&#237;a evitar explayarse.

Creo que sab&#233;is muy bien lo que estoy dispuesto a hacer -dijo.

Lo sab&#237;a, desde luego, pues ya lo hab&#237;a hecho. Hab&#237;a convencido a Dogmill del riesgo que corr&#237;a su hermana. Yo quer&#237;a que la situaci&#243;n se resolviera enseguida, as&#237; que Elias se hab&#237;a presentado en casa de Dogmill para asegurarse de que suced&#237;a as&#237;.

Como veis, no ten&#233;is alternativa -dijo Dogmill-. Haced lo que os digo, u os destruir&#233;.

Bien -dije yo-, si las cosas est&#225;n as&#237;, a&#250;n podemos llegar a un acuerdo. Dado lo apurado de la situaci&#243;n en que me encuentro, estoy dispuesto a renunciar al dinero. &#191;Qu&#233; os parecer&#237;a cambiar a vuestra hermana por cierta informaci&#243;n? &#191;Os incomodar&#237;a en exceso?

&#201;l pesta&#241;e&#243; varias veces, como si tratara de desentra&#241;ar el sentido de mi propuesta.

&#191;Qu&#233; informaci&#243;n? -exigi&#243;.

Informaci&#243;n relativa a Walter Yate.

En este punto Greenbill se sonroj&#243; y una expresi&#243;n que no logr&#233; dilucidar pas&#243; por el rostro de Dogmill.

&#191;Qu&#233; quer&#233;is que sepa yo de eso?

Me encog&#237; de hombros.

Espero que algo, si es que quer&#233;is ver a vuestra hermana con vida.

&#191;Por qu&#233; quer&#233;is esa informaci&#243;n?

Curiosidad -dije dando un sorbito de vino-. Si me explic&#225;is por qu&#233; hicisteis que lo mataran y algunos otros detalles, dejar&#233; a vuestra hermana en libertad. As&#237; de simple.

&#191;Que yo hice que lo mataran? -repiti&#243; Dogmill-. Est&#225;is loco.

Tal vez. -Termin&#233; mi vino y dej&#233; el vaso-. Entonces os dejo. Si cambi&#225;is de opini&#243;n, pod&#233;is dejarme una nota aqu&#237; en las pr&#243;ximas cuarenta y ocho horas. Si no, pod&#233;is estar seguro de que no volver&#233;is a ver a la se&#241;orita Dogmill. -Y dicho esto, me puse en pie y me dirig&#237; hacia la puerta.

Greenbill se adelant&#243; para interceptarme el paso.

No permitir&#233; que os march&#233;is -me dijo Dogmill-. No tolerar&#233; que mi hermana quede en vuestras manos, y no dejar&#233; que os march&#233;is si no me dec&#237;s d&#243;nde est&#225;. Pod&#233;is hablar de las cuarenta y ocho horas que os plazca, pero os juro que esto terminar&#225; esta noche, se&#241;or.

Le sonre&#237;, con una sonrisa compasiva.

No comet&#225;is el error de pensar que act&#250;o solo. El se&#241;or Gregor le confirmar&#225; mi astucia, creo.

Es muy astuto -dijo Elias-. Ser&#225; mejor que le hag&#225;is caso.

Dogmill lo mir&#243;, furibundo, y se volvi&#243; hacia m&#237;. Se mordi&#243; el labio, mientras trataba de pensar una forma de obligarme a quedarme en aquella habitaci&#243;n seg&#250;n sus condiciones y no seg&#250;n las m&#237;as, pero no se le ocurri&#243; nada. Por el momento, mi plan funcionaba.

Decidme qu&#233; propon&#233;is -dijo al cabo-. Y rezad para que os perdone la vida.

Muy generoso. Bien, deb&#233;is saber que si no regreso a un punto de reuni&#243;n acordado a una hora determinada, mis socios tienen orden de trasladar a la se&#241;orita Dogmill a un lugar del que no me han informado. Si no tienen noticias de m&#237; en un d&#237;a, librar&#225;n a la se&#241;orita Dogmill de las miserias de este mundo. Por tanto, pod&#233;is torturarme hasta que revele lo que quer&#233;is saber, pero me considero lo bastante fuerte para aguantar hasta el primer plazo que he mencionado, y una vez se cumpla ese plazo, no podr&#233;is recuperar a vuestra hermana a menos que yo est&#233; libre y os quiera llevar hasta ella. As&#237; que, se&#241;or, decidle a vuestro sabueso que se aparte de mi camino. Tratadme como a un hombre ahora o en otra ocasi&#243;n, pero nada de amenazas.

Greenbill me miraba a m&#237;, y Dogmill, a Hertcomb. Hertcomb se miraba los zapatos.

Finalmente, Dogmill dej&#243; escapar un suspiro.

Maldito sinverg&#252;enza. Os dir&#233; lo que quer&#225;is, pero sabed que no os servir&#225; de nada. Si quer&#233;is utilizar esa informaci&#243;n en mi contra, no os servir&#225; de nada, pues el testimonio de una sola persona no tiene validez ante un tribunal, y en el caso de un hombre como vos, es lo mismo que nada.

Tal vez -dije, volviendo a tomar asiento-, pero eso es asunto m&#237;o, no vuestro. Solo deseo saber qu&#233; ten&#233;is que decir en relaci&#243;n a Walter Yate. Ten&#233;is mi palabra de que si me habl&#225;is abierta y sinceramente, ver&#233;is a vuestra hermana regresar sana y salva esta misma noche.

Al final, Dogmill se sent&#243;, y Hertcomb lo imit&#243; t&#237;midamente. Greenbill, por su parte, sigui&#243; apostado ante la puerta, con la expresi&#243;n de un ganso que espera la llegada de la natividad cristiana.

Hicisteis que vuestro amigo Billy matara a Walter Yate -dije para empezar-. &#191;No es as&#237;?

&#201;l sonri&#243; d&#233;bilmente.

&#191;De d&#243;nde hab&#233;is sacado una idea semejante?

Yo le devolv&#237; la sonrisa.

De Billy. Hace unas noches, lo derrib&#233;, fing&#237; acento irland&#233;s y le hice un par de preguntillas. Se mostr&#243; de lo m&#225;s complaciente.

No me interesa lo que diga ese mat&#243;n -terci&#243; Hertcomb-. Pod&#233;is estar seguro de que los caballeros no participan en asesinatos y enga&#241;os. Eso corresponde a los que son como vos.

Si est&#225;is alterado, Hertcomb, os dir&#233; que lamento haber herido vuestro tierno coraz&#243;n, pero vuestro coraz&#243;n no tiene nada que ver con esto. Los caballeros son criaturas mucho m&#225;s bestiales de lo que vos pens&#225;is.

Dogmill, por su parte, miraba a Greenbill con expresi&#243;n furibunda. Yo sab&#237;a perfectamente lo que estaba pasando por su cabeza de whig. &#191;Por qu&#233; Greenbill no le hab&#237;a dicho nada de aquel interrogatorio nocturno? Al no hacerlo, le hab&#237;a puesto en peligro. Sin duda, no le ofrecer&#237;a a Billy ninguna protecci&#243;n.

Ignoro lo que ese canalla os ha dicho, pero os aseguro que poco tuve que ver con el fallecimiento de Yate. Es cierto que me estaba causando problemas, pero yo solo le ped&#237; a Billy que le cerrara la boca. Jam&#225;s especifiqu&#233; c&#243;mo deb&#237;a hacerlo.

Sin duda, sab&#237;ais que el asesinato era una de las formas.

Jam&#225;s lo pens&#233;. Ni lo sab&#237;a ni me importaba, y francamente, sigue sin importarme. No entiendo que a vos os interese.

Tengo mis motivos, os lo aseguro. &#191;Me est&#225;is diciendo que Billy jam&#225;s os cont&#243; sus acciones?

Hablamos de ello. &#191;Qu&#233; os importa eso? &#191;Es que esper&#225;is confundir a la gente con una historia que nadie va a creer? &#191;Acaso imagin&#225;is que si no consegu&#237;s sacarme dinero por mi hermana conseguir&#233;is que pague para evitar un esc&#225;ndalo? S&#237; eso es lo que pens&#225;is es que no me conoc&#233;is.

Os conozco tanto como deseo -dije-. Solo quiero conocer vuestros motivos. &#191;Por qu&#233; hicisteis que mataran a Yate?

Le dije a Billy que lo quitara de mi vista -me corrigi&#243;- porque ese tipo era un estorbo y un alborotador. &#201;l y su agrupaci&#243;n de trabajadores, con sus ideas liberales, eran demasiado peligrosos para mi negocio.

Vamos. &#191;No hab&#237;a cierto asunto que Yate conoc&#237;a sobre un esp&#237;a jacobita entre los whigs?

Por una vez, me pareci&#243; realmente sorprendido.

&#191;De d&#243;nde hab&#233;is sacado eso?

Vuestro problema, Dogmill, es que no ten&#233;is ninguna consideraci&#243;n por los trabajadores. Los ten&#233;is poco m&#225;s que como bestias: los dirig&#237;s, tortur&#225;is y exprim&#237;s. Pero, a diferencia de las bestias, estos hombres tienen el don de la palabra, y hablan libremente. Cuando uno los escucha puede aprender muchas cosas.

Tal vez, pero no pienso escuchar la palabrer&#237;a igualitarista de un secuestrador de mujeres.

Prefiero verme como un redistribuidor de riqueza -dije disfrutando enormemente de mi papel-. Pero hab&#233;is eludido la pregunta. &#191;Cre&#237;ais que Yate conoc&#237;a la presencia de un esp&#237;a jacobita?

Vino a verme y me lo dijo; quer&#237;a que le diera dinero a cambio del nombre. En otras palabras, no era m&#225;s que un vil extorsionista, como vos.

&#191;Llegasteis a un acuerdo con el se&#241;or Yate?

Por supuesto que no. No trato con hombres que recurren a la extorsi&#243;n.

&#191;No? &#191;Ni siquiera cuando se trata de vuestros hombres? &#191;No hicisteis que el se&#241;or Greenbill mandara notas amenazadoras a un cura llamado Ufford?

Dogmill y Greenbill intercambiaron una mirada.

Est&#225;is muy bien informado -me dijo Dogmill-, aunque no acierto a imaginar de qu&#233; os puede servir esa informaci&#243;n a vos. Hice que mandara una o dos notas a ese cura jacobita metomentodo. &#191;Y qu&#233;?

Sobre ese particular, no necesit&#225;is preocuparos. Pero volvamos sobre el asunto del conspirador jacobita. &#191;Os conformasteis con no descubrir jam&#225;s su identidad?

No cre&#237; que Yate supiera nada. Solo quer&#237;a sacarme dinero.

Pero hicisteis que lo asesinaran.

Eso depende de c&#243;mo lo interpret&#233;is. Si mandase a un hombre a buscar una nueva cajita de rap&#233;, &#191;me pedir&#237;ais cuentas si el hombre matara a un inocente para robar lo que yo le hab&#237;a mandado a comprar? Bien, ya me hab&#233;is preguntado, ahora preguntar&#233; yo. &#191;Cu&#225;ndo ver&#233; a mi hermana?

No dije nada.

&#201;l dio un paso al frente.

Escuchadme bien. Yo he cedido; ahora vos deb&#233;is decirme lo que yo quiero saber. &#191;Cu&#225;ndo ver&#233; a mi hermana?

Sin duda tard&#233; mucho en contestar, porque Dogmill golpe&#243; la mesa con la palma de la mano.

Esto es demasiado -dijo-. Si pens&#225;is que voy a dejaros salir de aqu&#237; con la esperanza de que me devolv&#225;is a mi hermana, est&#225;is muy equivocado. Pensaba sacaros la informaci&#243;n a golpes, pero no puedo arriesgarme a algo tan brutal, as&#237; que en vez de eso iremos a ver al magistrado. Descubrir&#233;is que vais a ganar muy poco guardando silencio.

Tal vez -dije yo alegremente-. Pero &#191;bajo qu&#233; cargos pens&#225;is llevarme ante el magistrado? No pod&#233;is demostrar que le haya hecho nada a vuestra hermana.

Tengo estas cartas -dijo &#233;l dej&#225;ndolas con un golpe sobre la mesa.

Pens&#233; que hab&#237;a llegado el momento de poner las cartas al descubierto.

Esas cartas revelan mucho menos y mucho m&#225;s de lo que imagin&#225;is. -Las cog&#237; y se las mostr&#233; a Dogmill-. Examinadlas una vez m&#225;s, por favor. Conf&#237;o en que si las mir&#225;is las cuatro juntas, ver&#233;is algo en lo que no hab&#237;ais reparado con anterioridad.

Dogmill las mir&#243;, luego Hertcomb. Ambos menearon la cabeza. No ve&#237;an nada.

Tal vez hice el trabajo mejor de lo que pensaba -dije-. Fijaos en la letra.

Y entonces los ojos de Dogmill se abrieron mucho. Mir&#243; una hoja, otra, hasta que hubo examinado las cuatro.

Est&#225;n escritas por la misma persona. Est&#225; bien disimulado, pero es la misma letra.

En realidad -dije-, yo escrib&#237; las cartas. Son una invenci&#243;n. Los caballeros con los que deseabais contactar jam&#225;s recibieron vuestras cartas.

Tonter&#237;as -dijo Dogmill tartamudeando-. El se&#241;or Gregor dar&#225; fe de ello.

Elias se levant&#243; y se acerc&#243; a m&#237; sin duda para evitar que Dogmill le pegara.

El se&#241;or Gregor -explic&#243;- tampoco es lo que parece, y est&#225; aqu&#237; para dar fe de algo muy distinto. As&#237; que, como veis, ya hay dos testigos de lo que se ha dicho. Est&#225;is en una situaci&#243;n mucho m&#225;s apurada de la que pensabais.

Sonre&#237; a Dogmill.

Vuestra adorable hermana tuvo la amabilidad de entregarme las cartas que escribisteis a vuestros contactos con Jamaica, y mi amigo Gordon tuvo la bondad de hacerse pasar por un jamaicano a quien no conoc&#237;ais en persona. Por supuesto, la se&#241;orita Dogmill no ha sufrido ning&#250;n da&#241;o y nunca ha estado en peligro. No es mi v&#237;ctima, sino mi c&#243;mplice. Le ped&#237; que se ocultara durante unos d&#237;as para que yo pudiera perpetrar este enga&#241;o. La encontrar&#233;is con su prima en Southampton Row. Pod&#233;is estar tranquilo, la se&#241;orita Dogmill desapareci&#243; voluntariamente y sin ser coaccionada. Su &#250;nico deseo era ayudarme en mis planes.

&#191;Y por qu&#233; iba a hacer algo semejante?

Porque me tiene mucho aprecio -dije.

Le tiene aprecio a un impostor, aunque ignoro qui&#233;n sois en realidad. &#191;Un esp&#237;a jacobita? &#191;El que llaman Johnson?

Me re&#237;.

Nada tan notable, os lo aseguro.

Entonces, decidme qui&#233;n sois y qu&#233; quer&#233;is. Estoy cansado de este juego.

As&#237; pues, me inclin&#233; ligeramente hacia delante, me quit&#233; el sombrero, luego la peluca y dej&#233; que mis cabellos cayeran a mi espalda.

Utilizasteis vuestra influencia para lograr que me condenaran injustamente. Ahora debo pediros que la utilic&#233;is para que esa condena se retire.

Fue Greenbill quien me reconoci&#243;.

Ya me pareci&#243; que os conoc&#237;a de algo -dijo-. Es Weaver.

Dogmill se qued&#243; boquiabierto.

Weaver -repiti&#243;-. Os hemos tenido delante de las narices todo el tiempo. -Mir&#243; a Greenbill, volvi&#243; a mirarme a m&#237;, y sonri&#243;-. Bueno, ten&#233;is un peque&#241;o problema, Weaver. Ver&#233;is, si lo que buscabais eran pruebas que os exculparan, os falta un testigo, pues no pod&#233;is presentaros como testigo en un juicio contra vos mismo. Y el testimonio de vuestro amigo no os servir&#225; de nada si no hay alguien que pueda corroborarlo. Vuestra palabra no cuenta, puesto que est&#225;is implicado, as&#237; que hubierais hecho mejor en permanecer alejado de m&#237;. Creo que resolveremos esto esta misma noche present&#225;ndonos ante el magistrado, recogiendo una bonita recompensa y olvid&#225;ndonos de vos. Quiz&#225; hay&#225;is seducido a mi hermana, pero sus simpat&#237;as no os salvar&#225;n de la horca.

Al llegar a este punto, la puerta se abri&#243; y, como hab&#237;amos acordado, Mendes entr&#243;. No llevaba ning&#250;n arma en las manos, pero llevaba dos pistolas bien visibles en los bolsillos. La idea era que hiciera una entrada imponente, y con su mole y su fea cara es justo lo que consigui&#243;.

No -dijo Mendes-, pero mi palabra s&#237;. He o&#237;do cuanto se ha dicho aqu&#237; y me temo que ten&#233;is algunos problemas, Dogmill, pues ahora hay dos hombres que corroborar&#225;n el testimonio de Weaver, y ni todos los jurados whigs del mundo le negar&#237;an justicia.

No pude evitar una sonrisa tonta.

Vuestra posici&#243;n no es tan fuerte como pensabais.

Mendes -escupi&#243; Dogmill-. Entonces, &#191;todo esto no es m&#225;s que un ardid de Jonathan Wild?

El se&#241;or Wild no se queja, pero Weaver me pidi&#243; que me pasara por aqu&#237; y le he hecho un favor.

Como veis, la situaci&#243;n ha cambiado un poco -dije-. Creo que tendr&#233;is un aspecto bastante lastimoso ante el tribunal cuando el se&#241;or Wild, cazador general de ladrones, haga salir a su mano derecha para que testifique contra vos.

Es triste -coment&#243; Mendes-, como en las tragedias del teatro. Una vez se descubra todo esto, el se&#241;or Melbury obtendr&#225; la victoria.

Los labios de Greenbill temblaban, pues enseguida supo que &#233;l ser&#237;a sacrificado por los caprichos de su amo.

&#161;Malditos se&#225;is! -exclam&#243;-. Negociar&#233; vuestros pescuezos con mis manos.

Mira -dije-, empiezo a estar cansado de lo mal que hablas.

&#201;l sonri&#243;.

Bueno, lo hago a prop&#243;sito, &#191;no? As&#237; despisto a los que son como t&#250;.

No creo que me hayas despistado -dijo Mendes-. Como podr&#225;s comprobar cuando la palmes desagradablemente colgado de una soga.

Aqu&#237; lo &#250;nico desagradable que veo es tu culo, jud&#237;o apestoso -dijo, y apunt&#243; a Mendes con una pistola, dispuesto a eliminar a mis testigos. Hertcomb y Dogmill gritaron, y con raz&#243;n (no conviene disparar un arma en un espacio tan reducido a menos que d&#233; lo mismo a qui&#233;n le aciertes), y Elias abri&#243; la boca en un gesto de terror. A mi entender, a Greenbill le daba lo mismo, pero a los otros no, as&#237; que todos nos echamos al suelo todos menos Mendes, que parec&#237;a completamente indiferente ante la perspectiva de acabar con una bala en el pecho. Sin embargo, el plomo, disparado con precipitaci&#243;n por una mano inestable, err&#243; el blanco por completo y acab&#243; tembloroso en la pared, donde hizo brotar polvo, humo y pedacitos de madera.

Todos suspiramos aliviados, pero aquel duelo a&#250;n no hab&#237;a terminado. Viendo que Greenbill hab&#237;a malgastado su oportunidad, Mendes sac&#243; una pistola del bolsillo y devolvi&#243; el disparo, con mucho m&#225;s acierto que su adversario. Greenbill trat&#243; de evitar el proyectil, pero Mendes ten&#237;a o m&#225;s punter&#237;a o m&#225;s suerte, y su v&#237;ctima cay&#243; al suelo. En unos segundos, un charco de sangre empez&#243; a formarse alrededor de su cuello.

El hombre se llev&#243; la mano a la herida.

Ayudadme -jade&#243;-. Malditos se&#225;is, llamad a un m&#233;dico.

Por un momento todos permanecimos inm&#243;viles, pues nadie en aquella estancia apreciaba excesivamente a Greenbill. Desde luego, a Mendes no pod&#237;a haberle importado menos que un individuo que acababa de dispararle se fuera a reunir con sus padres; Dogmill sin duda pensaba que aquel mat&#243;n le ser&#237;a m&#225;s &#250;til muerto que vivo, y yo, por mi parte, cre&#237;a que aquel sujeto ten&#237;a lo que merec&#237;a, ni m&#225;s ni menos.

&#191;Nadie va a ir a por un m&#233;dico? -dijo Hertcomb finalmente.

&#191;Para qu&#233;? -pregunt&#243; Dogmill-. Estar&#225; muerto antes de que le d&#233; tiempo a llegar.

En estas Elias ya se hab&#237;a recobrado del susto.

Yo soy m&#233;dico -record&#243;, y corri&#243; junto al ca&#237;do.

No. -Dogmill se interpuso entre Elias y Greenbill-. Ya hab&#233;is hecho bastante da&#241;o por una noche. Atr&#225;s.

Es m&#233;dico -dijo Mendes con cierto hast&#237;o-. No est&#225; mintiendo. Dejadle hacer.

Ya me imagino que no miente -dijo Dogmill-, pero tendr&#225; que pasar por encima de mi cad&#225;ver para ayudar a ese hombre.

Elias se volvi&#243; hacia m&#237;, pero yo no me sent&#237;a muy inclinado a intervenir. Despu&#233;s de todo, aquello era otra prueba m&#225;s en contra de Dogmill, y por lo que se refiere al estibador bueno, como he dicho, no merec&#237;a nada mejor que lo que le hab&#237;a pasado.

Greenbill, que gem&#237;a de dolor, pareci&#243; darse cuenta de que Dogmill se interpon&#237;a entre &#233;l y su &#250;nica posibilidad de salvarse. Trat&#243; de decir algo pero no pudo, y su respiraci&#243;n empez&#243; a sonar m&#225;s d&#233;bil. Durante tres o cuatro minutos, todos permanecimos en silencio, escuchando la respiraci&#243;n borboteante de Greenbill. Luego nada.

Es algo extra&#241;o dejar pasar el tiempo cuando uno espera la muerte de un hombre. Se me ocurri&#243; ofrecerle consuelo. Atormentarlo en sus &#250;ltimos momentos de vida y decirle que sab&#237;a que su mujer le era infiel me pareci&#243; desleal. Pero no dije nada y, cuando muri&#243;, pens&#233; que tal vez no hab&#237;a sido tan malo como yo cre&#237;a. Quiz&#225; era yo el malo, pues no hab&#237;a hecho nada por salvar su miserable vida.

Me alegro de que esto se haya solucionado -dijo Dogmill, que obviamente no ten&#237;a los mismos pensamientos que yo.

Todo este asunto, disparos, un muerto es terrible -coment&#243; Hertcomb-. Dogmill, me dijisteis que no habr&#237;a alboroto. Y sin duda esto podr&#237;a calificarse como tal.

Solo un poco -dijo Dogmill con impaciencia. Mir&#243; a su alrededor un momento-. Seamos sinceros -me dijo-. Vos me hab&#233;is amenazado, yo os he amenazado, y un tipo de muy baja ralea est&#225; muerto a mis pies. Propongo que nos retiremos a otra estancia, en la que a ser posible haya menos muertos, abramos una botella de vino y discutamos c&#243;mo resolver este asunto.

&#191;Qu&#233; m&#225;s se pod&#237;a decir?

Estoy completamente de acuerdo.


Puesto que este asunto le afectaba personalmente, envi&#233; una nota a Littleton, a quien ya hab&#237;a informado en parte de mis intenciones aquella noche y estaba avisado para que acudiera si se requer&#237;a su presencia. Era un jugador importante y sin embargo Dogmill no deseaba que interviniera en nuestras negociaciones. No pensaba sentarse con un estibador, dijo. Bastante le costaba tener que sentarse en igualdad de condiciones con un cazador de ladrones y convicto por asesinato. A m&#237;, por mi parte, me result&#243; muy duro que me echara en cara mi condena el hombre responsable de ese asesinato, pero vi que su posici&#243;n empezaba a debilitarse y poco pod&#237;a sacar insistiendo en ello. Finalmente, Dogmill accedi&#243; a que el estibador estuviera presente si se quedaba de pie. Littleton no se ofendi&#243; por ello, pues ten&#237;a la compensaci&#243;n de ver a Dogmill entre la espada y la pared, y hubiera accedido a quedarse incluso boca abajo.

Los dem&#225;s tomamos asiento y el tabernero, a quien Dogmill hab&#237;a dado dos chelines para que no llamara a la guardia, nos suministr&#243; una botella de vino de Canarias. As&#237; pues, nos sentamos como viejos amigos.

A mi entender -dijo Dogmill para empezar-, el se&#241;or Greenbill se ha portado muy mal con el se&#241;or Weaver y aunque lamento que todo haya terminado violentamente, me alegro de que la verdad se haya descubierto estando yo presente. La prensa ha adoptado al se&#241;or Weaver, y lo correcto ser&#237;a que todos juntos anunciemos que Greenbill me enga&#241;&#243; para que confiara en &#233;l e hizo que todos culparan a Weaver por su crimen. Sin duda nos habr&#237;a matado a todos de no haber actuado Mendes con tanta valent&#237;a.

Eso es -dijo Hertcomb-. Creo que es una buena soluci&#243;n para nuestros problemas. Muy buena.

Y todo quedar&#225; como estaba -escupi&#243; Littleton desde el otro lado de la habitaci&#243;n-. A m&#237; no me gusta.

Mendes no dijo nada, pero su mirada se cruz&#243; con la m&#237;a y mene&#243; la cabeza, como si yo necesitara alguna indicaci&#243;n que desde luego no necesitaba.

Se pueden subir los salarios -le dijo Dogmill refunfu&#241;ando-. Esas cosas se pueden arreglar. Y me gustar&#237;a que recordaras que sin Dennis Dogmill no hay barcos que descargar, as&#237; que no seas demasiado ambicioso con tus ansias de justicia.

Por m&#237; os pod&#233;is ir al diablo, porque Londres seguir&#225; necesitando tabaco. De eso pod&#233;is estar seguro, as&#237; que no pens&#233;is que asust&#225;ndome vais a conseguir que busque vuestro bienestar.

Te agradecer&#237;a que no me insultaras -dijo Dogmill.

Se&#241;or Littleton -dije yo, antes de que el estibador pudiera contestar con m&#225;s palabras amables-, pod&#233;is estar seguro de que habr&#225; justicia para vos y para vuestros hombres antes del final de esta noche. De una forma o de otra.

Gracias, se&#241;or Weaver.

Permitid que haga una propuesta -le dije a Dogmill-. Acepto que la culpa recaiga sobre el se&#241;or Greenbill, quien, despu&#233;s de todo, mat&#243; a cuatro hombres m&#225;s o menos por iniciativa propia. Me gustar&#237;a que os ahorcaran a vos tambi&#233;n por el papel que tuvisteis en todo esto, pero no soy tan ingenuo para pensar que podr&#233; lograrlo f&#225;cilmente, y no s&#233; si quiero arriesgarme a intentarlo. As&#237; pues, no os amenazar&#233; con la horca que no hace demasiado ten&#237;a yo al cuello. Sin embargo, s&#237; os amenazar&#233; con las elecciones. Una vez mi nombre quede limpio, podr&#233; hablar libremente, y puesto que la prensa tory ya ha manifestado su deseo de ser amable conmigo, pod&#233;is estar seguros de que se tragar&#225;n cualquier informaci&#243;n que yo les proporcione.

&#191;Y dejar&#233;is de hacer tal cosa bajo determinadas condiciones?

No me gustaba que el se&#241;or Hertcomb volviera a ocupar su puesto, pero tampoco me gustaba que un villano como Melbury llegara a los Comunes no ahora que sab&#237;a c&#243;mo trataba a Miriam. Y si Dogmill no pod&#237;a controlar a Hertcomb, buscar&#237;a a otro. No pod&#237;a hacer gran cosa en aquel c&#237;rculo de corrupci&#243;n, pero lo intentar&#237;a.

Guardar&#233; silencio hasta que terminen las elecciones. Despu&#233;s, hablar&#233; si considero que podr&#237;a ser de inter&#233;s p&#250;blico, pero no hasta que esta carrera haya quedado sentenciada.

Inaceptable -dijo &#233;l.

Me encog&#237; de hombros.

No ten&#233;is alternativa, se&#241;or. Pod&#233;is permitir que guarde silencio ahora o que hable.

Me mir&#243; fijamente, pero vi que no era capaz de discutirme lo que acababa de decir. No pod&#237;a hacer nada para obligarme a callar, salvo matarme, y creo que ya hab&#237;a tenido suficiente en sus intentos por perjudicar a Benjamin Weaver.

&#191;Y a cambio? -pregunt&#243; Dogmill.

A cambio quiero algunas respuestas. Si esas respuestas no llevan al descubrimiento de nuevas fechor&#237;as, har&#233; lo que he dicho, y podremos irnos todos esta noche sin temor a que la ley caiga sobre nosotros.

Muy bien. Preguntad.

Lo primero y m&#225;s importante es por qu&#233; elegisteis culparme a m&#237; de la muerte de Yate. Sin duda podr&#237;ais haber encontrado a una v&#237;ctima m&#225;s predispuesta. Espero no parecer demasiado vanidoso si digo que la gente sabe, deber&#237;a saber, que no soy una persona que acepte con resignaci&#243;n la horca. &#191;Por qu&#233; elegirme a m&#237; como v&#237;ctima?

Dogmill ri&#243; y levant&#243; su vaso en un brindis.

Yo mismo me he hecho esa pregunta. Pero ver&#233;is, fue un accidente. Nada m&#225;s. Aquella tarde vos estabais en los muelles vestido de gitano, y Greenbill pens&#243; que erais un gitano. Os vio y pens&#243; que erais perfecto para cargaros el muerto. Cuando descubr&#237; qui&#233;n erais, ya era demasiado tarde para deshacer el entuerto. No ten&#237;amos m&#225;s remedio que seguir adelante y esperar que todo saliera bien.

Pero hicisteis mucho m&#225;s que esperar que todo saliera bien. Utilizasteis vuestra influencia para aseguraros de que me condenaran.

Mene&#243; la cabeza.

Os equivoc&#225;is. Que yo sepa, nadie pidi&#243; al juez Rowley que fuera tan duro con vos. Si he de seros franco, hubiera preferido que no lo hiciera, pues sus prejuicios eran tan evidentes que solo pod&#237;an perjudicarnos. Hubiera preferido que se os declarara inocente y poder buscar entonces otro a quien culpar. O, mejor todav&#237;a, que se olvidara a la v&#237;ctima y el asunto se solucionara por s&#237; solo.

Entonces, &#191;por qu&#233; lo hizo Rowley?

No lo s&#233;. Poco despu&#233;s de que le cortarais la oreja, se retir&#243; a sus propiedades en Oxfordshire, y se ha negado a contestar a todas mis cartas. De no estar en per&#237;odo electoral, hubiera ido all&#237; personalmente para arrancarle la respuesta.

No pod&#237;a creer lo que estaba oyendo.

&#191;Y qu&#233; hay de la mujer -dije-, la que me proporcion&#243; la ganz&#250;a?

Yo no s&#233; nada de ninguna ganz&#250;a.

Rechin&#233; los dientes. &#191;Qu&#233; pod&#237;a significar todo aquello? Hab&#237;a iniciado mi b&#250;squeda partiendo de dos suposiciones: que hab&#237;a sido elegido para pagar por aquel asesinato porque ello beneficiaba a alguien y que la persona que me hab&#237;a elegido controlaba las acciones del juez Rowley. Ahora descubr&#237;a que ambas eran falsas y, si bien estaba a punto de solucionar mis problemas legales, no estaba m&#225;s cerca que antes de la verdad.

Si lo que dec&#237;s es cierto, necesito preguntaros otros detalles. He actuado sobre la premisa de que perjudicasteis a Yate porque conoc&#237;a a un importante whig con v&#237;nculos jacobitas.

Eso no es ninguna premisa -terci&#243; Littleton-. Es la pura verdad.

Dogmill suspir&#243;.

Yate dijo tener esa informaci&#243;n, s&#237;, y le ped&#237; a Greenbill que le cerrara la boca por ese motivo. Pero ignoro si era verdad o no. No me ofreci&#243; ninguna prueba; incluso es posible que solo fuera una artima&#241;a para sacarme dinero. Despu&#233;s de todo, &#191;d&#243;nde iba a conocer un hombre de esa clase a un importante whig y descubrir que era jacobita?

En ese momento me puse muy derecho, pues conoc&#237;a la respuesta. Era tan evidente que me sorprendi&#243;. Hab&#237;a dado demasiadas cosas por sentadas y hab&#237;a pasado por alto muchos hechos que ten&#237;a en las mismas narices.

Pod&#233;is estar seguro de que Yate conoc&#237;a a ese whig -dije- y creo que tambi&#233;n yo s&#233; qui&#233;n es. Cuando terminemos aqu&#237; esta noche, creo que voy a dejar Londres por unos d&#237;as. Cuando regrese, espero que hay&#225;is resuelto los problemas legales que penden sobre mi cabeza. De lo contrario, os aseguro que tendr&#233;is motivos para lamentarlo.


Mendes accedi&#243; a ponerse en contacto con la guardia, pues al ser uno de los hombres de Jonathan Wild podr&#237;a utilizar su influencia y ayudarnos a eludir la justicia. Estuvo pavone&#225;ndose mientras esper&#225;bamos que llegaran los hombres del magistrado. Daba sorbitos a su vino, y com&#237;a de un plato de ave fr&#237;a que hab&#237;a pedido, y sobre todo miraba fijamente a Dogmill. Parec&#237;a que Dogmill era un nuevo cuadro que hab&#237;a colgado en su casa.

Finalmente, el comerciante de tabaco no pudo tolerar m&#225;s aquella descortes&#237;a.

&#191;Por qu&#233; me mir&#225;is de esa forma?

Debo decir -respondi&#243;- que el se&#241;or Wild va a quedar muy complacido con este nuevo giro de los acontecimientos. &#201;l y vos hab&#233;is sido enemigos desde hace tiempo, pero ahora ser&#233;is amigos, y le alegrar&#225; tener un amigo como el se&#241;or Hertcomb en los Comunes.

&#191;C&#243;mo? -grit&#233;-. Mendes, no os ped&#237; vuestra ayuda para que pudierais buscarle a Wild un parlamentario que haga lo que &#233;l le dice.

Quiz&#225; no fuera ese vuestro prop&#243;sito, pero lo hab&#233;is hecho. Ahora sabemos algo sobre Dogmill que es muy perjudicial, y Hertcomb es el hombre de Dogmill. Eso convierte al se&#241;or Hertcomb en hombre de Wild tambi&#233;n. -Se volvi&#243; hacia m&#237;-. Y no dig&#225;is nada. Os he salvado de la horca, Weaver. No os quej&#233;is porque me tome una o dos cosillas en pago por mis esfuerzos.

Ninguno de nosotros dijo nada. Me hab&#237;a acostumbrado hasta tal punto a pedir ayuda a Mendes que confieso que hab&#237;a olvidado qui&#233;n y qu&#233; era. En aquel momento casi dese&#233; haber pasado el resto de mi vida exiliado y no haber puesto en manos del se&#241;or Wild al candidato a Westminster. Hab&#237;a permitido que el hombre m&#225;s peligroso de Londres se volviera a&#250;n m&#225;s peligroso.

Mendes, intuyendo el horror de la habitaci&#243;n, estaba radiante como una novia enamorada.

Hay algo m&#225;s -le dijo a Dogmill-. Hace unos a&#241;os, ten&#237;a un perro que se llamaba Blackie. -Y dicho esto sac&#243; la pistola y golpe&#243; a Dogmill en la cabeza.

El comerciante de tabaco se desplom&#243;. Mendes se volvi&#243; hacia Hertcomb.

Ese desgraciado se enfrent&#243; a m&#237;. Hace tres a&#241;os, pero no lo he olvidado. &#191;Lo veis, tirado en el suelo con la cabeza sangrando? Lo veis, supongo. Pues no lo olvid&#233;is, se&#241;or Hertcomb. Eso es lo que le pasa a la gente que se enfrenta a m&#237;.

Esperamos la llegada de los guardias en silencio.



26

Tom&#233; el coche correo hacia Oxfordshire, un trayecto de cierta duraci&#243;n bajo las mejores circunstancias; sin embargo la fortuna no me fue muy propicia. Llovi&#243; pr&#225;cticamente durante todo el trayecto, y los caminos estaban en un estado lamentable. Conserv&#233; mi disfraz de Matthew Evans, pues no pod&#237;a confiar en que la noticia de mi inocencia hubiera llegado a provincias tan deprisa como yo, y no deseaba que me arrestaran. Sin embargo, hube de enfrentarme a algunas pruebas, aunque no de car&#225;cter judicial. A medio camino, el carruaje qued&#243; atascado en el fango y volc&#243;. Nadie result&#243; herido, pero nos vimos obligados a seguir a pie hasta la posada m&#225;s pr&#243;xima y hacer all&#237; nuevos arreglos.

Un viaje que hubiera debido durar menos de un d&#237;a, me ocup&#243; casi tres, pero finalmente llegu&#233; a la propiedad del juez Piers Rowley y llam&#233; a las pesadas puertas de su casa. Entregu&#233; mi tarjeta de visita -la de Benjamin Weaver- al lacayo, pues no quer&#237;a farsas con aquel representante de la ley. Ni que decir tiene que se me invit&#243; a pasar enseguida.

No tuve que esperar m&#225;s de cinco minutos. El juez llevaba una larga y vaporosa peluca que le cubr&#237;a de forma eficaz las orejas, as&#237; que no pude ver el da&#241;o que le hab&#237;a hecho. Sin embargo, lo not&#233; cansado y mucho m&#225;s envejecido que la &#250;ltima vez que lo hab&#237;a visto. Aunque era un hombre recio, ten&#237;a las mejillas hundidas.

Para mi sorpresa, me dedic&#243; una reverencia y me invit&#243; a tomar asiento.

Yo no me sent&#237;a a gusto, y permanec&#237; en pie m&#225;s de lo que corresponde a un caballero a quien se ha pedido que se ponga c&#243;modo.

Veo -dijo el juez- que hab&#233;is venido a matarme por venganza o que hab&#233;is descubierto algo.

He descubierto algo.

&#201;l ri&#243; con suavidad.

No s&#233; si es este el desenlace que quer&#237;a.

Dudo que mi presencia aqu&#237; sea una buena noticia para vos -dije al cabo.

No, pero sab&#237;a que pasar&#237;a. Sab&#237;a que no saldr&#237;a nada bueno de juzgaros, ni de vuestra fuga. Pero un hombre no puede elegir siempre a su antojo, e incluso cuando lo hace, con frecuencia sus decisiones resultan dolorosas.

Vos mandasteis a la mujer de la ganz&#250;a.

&#201;l asinti&#243;.

Es la sirvienta de mi hermana. Una moza muy agradable. Si lo dese&#225;is, puedo arreglarlo para que la conozc&#225;is, pero descubrir&#233;is que os tiene mucho menos aprecio del que fingi&#243;.

Sin duda. &#191;Por qu&#233; lo hicisteis? Ordenasteis mi muerte y me procurasteis la libertad. &#191;Por qu&#233;?

Porque no pod&#237;a permitir que fuerais ahorcado por un crimen que no hab&#237;ais cometido, y no ten&#237;a m&#225;s remedio que hacer que os condenaran a muerte. Me obligaron a hacerlo, y negarme hubiera sido mi ruina. Deb&#233;is entender que estaba dispuesto a sufrir esa ruina por no cometer un asesinato, pues a mi entender lo que se me ped&#237;a era un asesinato. Pero entonces se me ocurri&#243; esa idea. Si pod&#237;ais escapar de la c&#225;rcel, huir&#237;ais, y yo habr&#237;a cumplido con mi deber sin arriesgarme. No pod&#237;a imaginar que tratar&#237;ais de limpiar vuestro nombre con tanto empe&#241;o.

Sabiendo lo que s&#233; ahora, lamento haber sido tan duro con vos.

Se llev&#243; una mano al lado de la cabeza.

No es menos de lo que merezco.

No puedo decir qu&#233; merec&#233;is, pero creo que era menos, pues tratar&#233;is de decirme la verdad. Griffin Melbury os orden&#243; que me condenarais a la horca. Me dijisteis la verdad aquella noche; sin embargo yo no os cre&#237; por una cuesti&#243;n de fe. Supuse que estabais tratando de aprovecharos de mi ignorancia para predisponerme en contra de vuestro enemigo, pues vos sois whig y &#233;l es un tory. Pero estabais dici&#233;ndome la verdad.

&#201;l asinti&#243;.

Y pod&#237;a orden&#225;roslo porque &#233;l es jacobita y vos tambi&#233;n.

Volvi&#243; a asentir.

Cuando os arrestaron, Melbury convenci&#243; a algunos importantes hombres de nuestro c&#237;rculo de que erais un peligro para nuestra causa. No puedo deciros sus nombres, solo dir&#233; que le creyeron, pues Melbury es un hombre convincente. Recib&#237; la orden, y no os&#233; desobedecerla, as&#237; que trat&#233; de desafiarla como mejor pude.

&#191;Por qu&#233; quer&#237;a Melbury verme muerto?

&#201;l sonri&#243;.

&#191;No es evidente? Porque estaba celoso y porque tambi&#233;n os tem&#237;a. Sab&#237;a que hab&#237;ais cortejado a su esposa y cre&#237;a que sospechabais de sus actividades contra los de Hanover. Pensaba que, por amor a su esposa, indagar&#237;ais en sus asuntos, averiguar&#237;ais sus conexiones pol&#237;ticas y lo descubrir&#237;ais. Cuando Ufford os contrat&#243;, Melbury estaba fuera de s&#237; de miedo e ira. Estaba seguro de que descubrir&#237;ais su relaci&#243;n con el cura y lo denunciar&#237;ais ante todos. Pero entonces os arrestaron, y no pudo resistir la tentaci&#243;n de quitaros de en medio.

Si los jacobitas quer&#237;an perjudicarme, &#191;por qu&#233; me han perdonado y hasta me han convertido en su h&#233;roe?

Tras el juicio, cuando la chusma empez&#243; a tomar partido por vuestra causa y Melbury no pudo justificar su ira hacia vos, sus deseos se desoyeron. Quer&#237;a destruiros, pero no ten&#237;a apoyo en el interior del partido. Estaba furioso. Estaba convencido de que har&#237;ais lo que fuera por destruirlo a causa de su lealtad por el verdadero rey.

Pero eso es un disparate. Jam&#225;s hubiera descubierto sus verdaderas tendencias de no ser por su obstinaci&#243;n en perseguirme.

Rowley se encogi&#243; de hombros.

Es ir&#243;nico, supongo, pero no es un disparate. Cada uno hace lo que puede para protegerse.

Como hicisteis con Yate. Supongo que ahora entiendo por qu&#233; no lo condenasteis cuando se present&#243; en el juicio ante vos.

&#201;l se enter&#243; de mi secreto. No sabr&#237;a decir exactamente c&#243;mo, aunque a veces los hombres de alcurnia no somos tan cautos como debi&#233;ramos con los que est&#225;n por debajo, y creo que en nuestro c&#237;rculo hay quien realmente es un necio. Alguien con la lengua muy larga me ha costado muy caro.

Y pronto le costar&#225; caro a Melbury.

Ser&#225; dif&#237;cil demostrar que forma parte del grupo del rey exiliado. Ha ocultado sus conexiones muy bien.

Es cierto. Jam&#225;s he o&#237;do que nadie sospeche de la relaci&#243;n de Melbury con el viejo rey.

Rowley ri&#243;.

Y hacen bien. Yo no creo que lo apoye. Pero en estos a&#241;os ha tenido ciertas dificultades econ&#243;micas y hace un a&#241;o dio con una ganga: vincularse con la causa del rey Jacobo a cambio de fondos para financiar su campa&#241;a. Os dir&#233; que en nuestra organizaci&#243;n hay quien est&#225; harto de pagar sus deudas de juego, y el se&#241;or Melbury se ha convertido en un estorbo.

Pero tiene poder -coment&#233;.

Por supuesto. Si sale elegido para la C&#225;mara de los Comunes, como parece que suceder&#225;, tendr&#225; un puesto de cierta influencia. No pod&#237;a desafiarle abiertamente cuando me orden&#243; que os declarara culpable, as&#237; que hice lo que pude.

Y ahora &#191;qu&#233; pens&#225;is hacer?

Me mir&#243;.

Creo que eso depende de vos, se&#241;or.

Supongo. -No hab&#237;a tenido tiempo de meditar las consecuencias de mi visita. No esperaba que Rowley cooperar&#237;a de aquella forma, y esta cooperaci&#243;n me inclinaba a buscar una soluci&#243;n que no acabara con su ejecuci&#243;n por traici&#243;n.

Propongo -dije al cabo- que abandon&#233;is el pa&#237;s. En estos momentos, se&#241;or, mi nombre ya habr&#225; quedado restituido debido a otras actividades, y no necesito una confesi&#243;n vuestra. No puedo permitir que conserv&#233;is vuestro cargo y actu&#233;is seg&#250;n la corrupta voluntad de vuestros amos, pero tampoco deseo que mur&#225;is por lo que hab&#233;is hecho, puesto que elegisteis salvarme la vida. Creo que os visteis implicado en una dif&#237;cil situaci&#243;n y la solucionasteis como os pareci&#243; mejor.

Rowley asinti&#243;. Mucho antes de que llegara aquel d&#237;a, ya deb&#237;a de saber que estaba derrotado, pues no pareci&#243; lamentarse mucho por lo que le propon&#237;a.

&#191;Y qu&#233; hay del se&#241;or Melbury?

Ciertamente. &#191;Qu&#233; hab&#237;a del se&#241;or Melbury? No pod&#237;a permitir que un hombre que se hab&#237;a portado tan terriblemente mal conmigo quedara impune, pero tampoco soportaba que Miriam hubiera de compartir la ignominia de que se hiciera de dominio p&#250;blico su traici&#243;n a la Corona. Si se le arrestaba y se le juzgaba por traidor, la verg&#252;enza la matar&#237;a.

Yo me ocupar&#233; de Melbury -dije.

Rowley pesta&#241;e&#243; solo una vez para demostrar que entend&#237;a. Entonces me pregunt&#243; si deseaba ser su invitado aquella noche y a m&#237; me pareci&#243; una descortes&#237;a negarme. As&#237; pues, me agasaj&#243; con una espl&#233;ndida comida y los vinos m&#225;s selectos de su bodega. Por la ma&#241;ana part&#237;, no poco pesaroso por haber sido yo quien exiliara a aquel hombre del pa&#237;s. Durante mucho tiempo lo hab&#237;a tenido por un bellaco sin principios, pero en aquel momento comprend&#237; que en la mayor&#237;a de los hombres la villan&#237;a es solo cuesti&#243;n de grados.



27

Cuando regres&#233; a Londres, los peri&#243;dicos no dejaban de hablar de la noticia: se me hab&#237;a exculpado de cualquier implicaci&#243;n en la muerte de Walter Yate. Los peri&#243;dicos tories culpaban a los tribunales whigs. Los whigs culpaban a los disturbios con los trabajadores. Nadie me culpaba a m&#237;, y eso era m&#225;s que suficiente para que quedara satisfecho.

En Covent Garden, la violencia hab&#237;a disminuido considerablemente. Los whigs, comprendiendo que hab&#237;an quedado como unos necios a ra&#237;z de las revelaciones aparecidas en relaci&#243;n con mi nombre, estaban menos predispuestos a utilizar m&#233;todos extremos para disuadir a los votantes, as&#237; que Dogmill llev&#243; la campa&#241;a lo mejor que pudo y perdi&#243; frente a Melbury por menos de doscientos votos. Al menos, Wild se qued&#243; sin su parlamentario. Dogmill se retir&#243; a su negocio. Hertcomb se retir&#243; a una vida de ociosidad.

Tras mi regreso, apenas vi a la se&#241;orita Dogmill. Una cosa era que la vieran por la ciudad con un caballero que solo ella sab&#237;a que era Benjamin Weaver. Y otra muy distinta que la vieran con Benjamin Weaver. Yo entend&#237;a que nuestros mundos eran completamente distintos y no la busqu&#233;, aunque ella acudi&#243; a m&#237; en una ocasi&#243;n unos meses m&#225;s tarde, pues hab&#237;a perdido un reloj. Pas&#233; varias semanas a su servicio antes de que descubriera que se le hab&#237;a ca&#237;do detr&#225;s del sof&#225;.

Por lo que se refiere al se&#241;or Melbury, jam&#225;s lleg&#243; a ocupar su esca&#241;o. El verano despu&#233;s de su elecci&#243;n, se descubri&#243; un importante esc&#225;ndalo en el que el obispo de Rochester, a quien conoc&#237; en casa del se&#241;or Melbury, result&#243; ser el l&#237;der de una gran conspiraci&#243;n jacobita. El mismo se&#241;or Johnson, cuyo verdadero nombre era George Kelly, fue capturado por los mensajeros del rey. Irrumpieron en sus aposentos de improviso, aunque &#233;l se las arregl&#243; para mantener a raya a una docena de hombres con una espada en una mano mientras con la otra cog&#237;a sus papeles y los arrojaba al fuego; de esa forma mantuvo oculta la identidad de muchos de sus amigos conspiradores. A pesar de ello, un buen n&#250;mero de hombres fueron arrestados y cayeron en desgracia, y no me cabe duda de que Melbury hubiera estado entre ellos de haber seguido con vida.

Menos de un mes despu&#233;s del final de las elecciones, Melbury sufri&#243; un terrible accidente una noche cuando volv&#237;a a casa desde una casa de apuestas. Lo encontraron entre el fango a la ma&#241;ana siguiente, con una enorme herida en la cabeza. El magistrado determin&#243; que la causa no era el robo, puesto que no le hab&#237;an quitado nada. Muchos hombres declararon que hab&#237;a bebido en exceso aquella noche, as&#237; que el oficial de justicia de la Corona determin&#243; que tanto pudo haberse ca&#237;do como haber sido golpeado. Aunque sus heridas indicaban el uso de violencia, su muerte se calific&#243; como un desafortunado accidente.

Trat&#233; de ponerme en contacto con la se&#241;ora Melbury para ofrecerle mis condolencias, pero no quiso recibirme. Imagin&#233; que me consideraba responsable de la muerte de su marido, pues me devolvi&#243; una de las notas que le mand&#233; con unos garabatos donde indicaba que nunca volver&#237;a a hablarme.



AGRADECIMIENTOS

Muchas gracias a Frank O'Groman por ayudarme a desmitificar el mundo de las elecciones en el siglo XVIII. Tambi&#233;n agradezco a Jim Jopling y a John Pipkin su perspicacia y sus consejos sobre los primeros esbozos del manuscrito.

Como siempre, estoy en deuda con la gente de Random House, particularmente con Dennis Ambrose y, una vez m&#225;s, con mi editor, Jonathan Karp, cuyo sentido del humor, sabidur&#237;a y perspicacia hacen mi trabajo mucho m&#225;s sencillo. No puedo expresar el enorme agradecimiento que siento por mi agente, Liz Darhansoff, por sus consejos y amistad.

Tambi&#233;n debo plasmar sobre el papel mi gratitud hacia mi familia, mi esposa, Claudia Stokes, por su ayuda, apoyo y paciencia; y nuestra hija Eleanor, por razones demasiado obvias y tontas para expresarlas. Y, puesto que ning&#250;n libro estar&#237;a completo sin dar las gracias al menos a un animal, debo mencionar el gran aprecio que siento por Tiki, que siempre se aseguraba de que me levantaba para el desayuno el suyo, no el m&#237;o.



DAVID LISS



***








notes

[1]: #_ftnref1 En ingl&#233;s perjurio se dice perjury, el protagonista, que no conoce la palabra porque es de clase baja, cree que es lo mismo que jury, que significa jurado. (N. de la T.)


[2]: #_ftnref2 La Alta y la Baja Iglesia (High Church y Low Church) son distintas facciones de la Iglesia anglicana. La Baja Iglesia hac&#237;a hincapi&#233; en la misi&#243;n evangelizadora de la Iglesia y rechazaba la idea de una Iglesia con demasiada autoridad e influencia y un excesivo apego a los rituales y las formas, que es justamente lo que defend&#237;a la Alta Iglesia. (N. de la T.)


*: #_ftnref3 Fleet Ditch era una zona de Londres en la que se tiraba todo tipo de basuras. Sigue existiendo, pero ha pasado a formar parte del alcantarillado de la ciudad. (N. de la T.)


[3]: #_ftnref4 Los latitudinarios eran una rama de la Iglesia anglicana del siglo xviii que aceptaba la organizaci&#243;n episcopal pero rechazaba que la Iglesia tuviera origen o autoridad divinos. (N. de la T.)

