




Jos&#233; Saramago


Historia del cerco de Lisboa



Traducci&#243; de Basilio Losada


A Pilar


Mientras no alcances la verdad, no podr&#225;s

corregirla. Pero si no la corriges, no la

alcanzar&#225;s. Mientras tanto, no te resignes.

Del Libro de los Consejos



Dijo el corrector, S&#237;, el nombre de este signo es dele&#225;tur, se usa cuando necesitamos suprimir y borrar, la misma palabra lo dice, y tanto vale para letras sueltas como para palabras completas, Me recuerda una serpiente que se hubiera arrepentido en el momento de morderse la cola, Bien visto, s&#237; se&#241;or, realmente, por muy agarrados que estemos a la vida, hasta una serpiente vacilar&#237;a ante la eternidad, Vu&#233;lvame a hacer el dibujo, pero lentamente, Es facil&#237;simo, s&#243;lo hay que cogerle el tranquillo, uno que mirara distra&#237;do creer&#237;a que la mano va a trazar el terrible c&#237;rculo, pero no, repare en que no termin&#233; el movimiento aqu&#237; donde lo hab&#237;a iniciado, pas&#233; al lado, por dentro, y voy ahora a seguir hacia abajo hasta cortar la parte inferior de la curva, realmente, lo que parece es la letra Q may&#250;scula, nada m&#225;s, Qu&#233; pena, un dibujo que promet&#237;a tanto, Content&#233;monos con la ilusi&#243;n del parecido, aunque, en verdad le digo, y perdone que me exprese en estilo prof&#233;tico, donde siempre estuvo el inter&#233;s de la vida es en las diferencias, Qu&#233; tiene que ver eso con la correcci&#243;n tipogr&#225;fica, Los autores viven en las alturas, no malgastan su precioso saber en displicencias e insignificancias, letras heridas, cambiadas, invertidas, que as&#237; clasific&#225;bamos sus defectos en la &#233;poca de la composici&#243;n manual, diferencia y defecto, entonces, era todo uno, Confieso que mis dele&#225;tures son menos rigurosos, un rasgo me basta, conf&#237;o en la sagacidad de los tip&#243;grafos, esa tribu colateral de la ed&#237;pica y celebrada familia de los farmac&#233;uticos, capaces incluso de descifrar lo que ni siquiera lleg&#243; a escribirse, Y que vengan luego los correctores a resolver los problemas, Sois nuestros &#225;ngeles guardianes, en vos nos confiamos, usted, por ejemplo, me recuerda a mi extremosa madre, que me hac&#237;a y rehac&#237;a la raya del pelo hasta que quedaba como trazada con tiral&#237;neas, Gracias por la comparaci&#243;n, pero, si su se&#241;ora madre ha muerto ya, m&#225;s le val&#237;a que empezara ahora a perfeccionarse por su cuenta, que siempre llega el d&#237;a en que hay que corregir m&#225;s en el fondo, Corregir, corrijo yo, pero las peores dificultades las resuelvo de manera expedita, escribiendo una palabra encima de otra, Ya me he dado cuenta, No lo diga con ese tono, que dentro de lo que cabe, hago lo que puedo, y quien hace lo que puede, No est&#225; obligado a m&#225;s, s&#237; se&#241;or, sobre todo, como en su caso, cuando falta el gusto por la modificaci&#243;n, el placer del cambio, el sentido de la enmienda, Los autores enmiendan siempre, somos los eternos insatisfechos, No hay m&#225;s remedio, que la perfecci&#243;n tiene morada exclusiva en el reino de los cielos, pero el enmendar de los autores es otro, problem&#225;tico, muy diferente de este nuestro, Quiere usted decir a su modo que la secta revisora gusta de lo que hace, No me atrevo a ir tan lejos, depende de la vocaci&#243;n, y corrector de vocaci&#243;n es fen&#243;meno desconocido, aun as&#237;, lo que parece demostrado es que, en lo m&#225;s secreto de nuestras almas secretas, nosotros, los correctores, somos voluptuosos, Eso s&#237; que jam&#225;s lo hab&#237;a o&#237;do, Cada d&#237;a trae su alegr&#237;a y su pena, y tambi&#233;n su provechosa lecci&#243;n, Habla por experiencia propia, Se refiere a la lecci&#243;n, Me refiero a la voluptuosidad, Claro que hablo por experiencia propia, alguna habr&#237;a de tener, qu&#233; se cree, pero tambi&#233;n me he beneficiado de la observaci&#243;n de los comportamientos ajenos, que es ciencia moral no menos edificante, Ciertos autores del pasado, de juzgarlos por su criterio, ser&#237;an gente de esa especie, correctores magn&#237;ficos, estoy acord&#225;ndome de las pruebas revisadas por Balzac, un deslumbre pirot&#233;cnico de correcciones y a&#241;adidos, Lo mismo hac&#237;a nuestro dom&#233;stico E&#231;a de Queir&#243;s, para que no quede sin menci&#243;n un ejemplo patrio, Se me ocurre ahora que tanto E&#231;a como Balzac se sentir&#237;an los m&#225;s felices de los hombres, en los tiempos de hoy d&#237;a, ante un ordenador, interpolando, transponiendo, recorriendo l&#237;neas, cambiando cap&#237;tulos, Y nosotros, lectores, nunca sabr&#237;amos por qu&#233; caminos anduvieron y d&#243;nde se perdieron antes de alcanzar la forma definitiva, si es que tal cosa existe, Bueno, bueno, lo que cuenta es el resultado, de nada sirve conocer los tanteos y vacilaciones de Cam&#245;es y Dante, Es usted un hombre pr&#225;ctico, moderno, est&#225; viviendo ya en el siglo veintid&#243;s, A ver, d&#237;game, los otros signos llevan tambi&#233;n nombres latinos, como ese dele&#225;tur, Si los llevan, o los llevaron, no lo s&#233;, no llega a tanto mi ciencia, quiz&#225; eran tan dif&#237;ciles de pronunciar que se perdieron, En la noche de los tiempos, Perd&#243;neme si le contradigo, pero yo no emplear&#237;a esa frase, Supongo que por ser un t&#243;pico, Ni hablar de eso, los t&#243;picos, las frases hechas, las muletillas, las palabras de relleno, las sentencias de almanaque, los adagios y los proverbios, todo puede parecer novedad a condici&#243;n de que sepan manejarse adecuadamente las palabras que est&#225;n antes y despu&#233;s, Entonces por qu&#233; no dir&#237;a usted noche de los tiempos, Porque los tiempos dejaron de ser noche de s&#237; mismos cuando la gente empez&#243; a escribir, o a corregir, repito, que es obra de otro refinamiento y otra transfiguraci&#243;n, Me gusta la frase, A m&#237; tambi&#233;n, principalmente porque es la primera vez que la digo, la segunda tendr&#225; ya menos gracia, Se habr&#225; convertido en un lugar com&#250;n, O t&#243;pico, que es vocablo erudito, Creo percibir en sus palabras cierta amargura esc&#233;ptica, V&#233;alas m&#225;s bien como un escepticismo amargo, Quien dice una cosa dice la otra, Pero no dir&#225; lo mismo, los autores sol&#237;an tener buen o&#237;do para estas diferencias, Quiz&#225; se me est&#233;n endureciendo los t&#237;mpanos, Perdone, fue sin intenci&#243;n, No soy susceptible, adem&#225;s, d&#237;game por qu&#233; se siente tan amargado, o esc&#233;ptico, como quiera, Piense usted en la vida cotidiana de los correctores, piense en la tragedia de tener que leer una vez, dos, tres, cuatro o cinco veces, libros que, Probablemente no merecer&#237;an ni una sola lectura, Que conste que no he sido yo quien ha proferido tan graves palabras, s&#233; muy bien cu&#225;l es mi lugar en la sociedad de las letras, voluptuoso, s&#237;, pero tambi&#233;n respetuoso, No veo d&#243;nde est&#225; eso tan terrible que yo he dicho, a m&#237; me parecer&#237;a la conclusi&#243;n obvia de su frase, de aquellos elocuentes puntos suspensivos, pese a no v&#233;rseles las reticencias, Si quiere saberlo, vaya a los autores, prov&#243;quelos con la media frase m&#237;a y la media suya, y ver&#225; c&#243;mo le responden con el aplaudido ap&#243;logo de Apeles al zapatero, cuando el operario indic&#243; el error en la sandalia de una figura y, despu&#233;s, tras comprobar que el artista hab&#237;a enmendado el error, se aventur&#243; a opinar sobre la anatom&#237;a de la rodilla, Fue entonces cuando Apeles, furioso con el impertinente, le dijo Zapatero a tus zapatos, frase hist&#243;rica, A nadie le gusta que le vengan con lecciones, En ese caso ten&#237;a raz&#243;n Apeles, pero la tentaci&#243;n del zapatero es la m&#225;s com&#250;n entre los humanos, en fin, s&#243;lo el corrector aprendi&#243; que su trabajo de corregir es el &#250;nico que nunca se acabar&#225; en el mundo, Ha sentido muchas tentaciones de zapatero al corregir mi libro, La edad nos trae una buena cosa que es una cosa mala, nos calma, y las tentaciones, incluso las imperiosas, nos resultan menos urgentes, En otras palabras, ve el defecto en la sandalia, pero calla, No, pero el error de la rodilla lo dejo pasar, Le gusta el libro, Me gusta, s&#237;, Lo dice con poqu&#237;simo entusiasmo, Tampoco lo he notado en su pregunta, Cuesti&#243;n de t&#225;ctica, el autor, por mucho que le cueste, ha de exhibir cierto aire de modestia, Modesto, siempre lo habr&#225; de ser el corrector, y, si un d&#237;a le dio por no serlo, con eso se oblig&#243; a ser, en figura humana, la suma perfecci&#243;n, No ha corregido la frase, tres veces la palabra ser, es imperdonable, recon&#243;zcalo, Deje la sandalia en paz, que el habla todo lo disculpa, Bueno, pero lo que no le perdono es la avaricia de la opini&#243;n, Le recuerdo que los correctores son gente sobria, han visto ya mucha literatura y vida, Mi libro, se lo recuerdo, es de historia, As&#237; lo designar&#237;an sin duda, de acuerdo con la clasificaci&#243;n tradicional de los g&#233;neros, pero no siendo mi prop&#243;sito apuntar otras contradicciones, en mi modesta opini&#243;n es literatura todo lo que no es vida, La historia tambi&#233;n, La historia sobre todo, y no se ofenda, Y la pintura, y la m&#250;sica, La m&#250;sica anda resisti&#233;ndose desde que naci&#243;, unas veces va, otras viene, quiere librarse de la palabra, supongo que por envidia, pero vuelve siempre a la obediencia, Y la pintura, Bueno, la pintura no es m&#225;s que literatura hecha con pinceles, Espero que no olvide que la humanidad empez&#243; a pintar mucho antes de saber escribir, Conoce aquel refr&#225;n si no tienes perro, caza con el gato, en otras palabras, quien no puede escribir, pinta, o dibuja, es lo que hacen los chiquillos, Lo que usted quiere decir, con otras palabras, es que la literatura ya exist&#237;a antes de haber nacido, S&#237; se&#241;or, como el hombre, con otras palabras, ya lo era antes de serlo, Me parece un punto de vista bastante original, No lo crea, el rey Salom&#243;n, que vivi&#243; hace tanto tiempo, ya afirmaba entonces que no hab&#237;a nada nuevo bajo el sol, y si ya en aquellas &#233;pocas tan remotas lo dec&#237;an, qu&#233; no diremos hoy, pasados treinta siglos, si no me falla la memoria de la enciclopedia, Es curioso, yo pese a ser historiador, si me hicieran la pregunta as&#237; de repente, no recordar&#237;a que hubiera vivido hace tantos a&#241;os, Es lo que tiene el tiempo, corre y no nos damos cuenta, anda uno ocupado en sus cosas, de pronto se le ocurre y exclama Dios m&#237;o, c&#243;mo pasa el tiempo, parece que era hoy a&#250;n cuando estaba Salom&#243;n vivo, y han pasado ya tres mil a&#241;os, Tengo la impresi&#243;n de que ha equivocado usted la vocaci&#243;n, lo que deb&#237;a ser es fil&#243;sofo, o historiador, tiene el talento y la pinta que tales artes requieren, Me falta la preparaci&#243;n, se&#241;or, qu&#233; puede hacer un pobre hombre sin preparaci&#243;n, mucha suerte ha sido el haber venido al mundo con toda mi gen&#233;tica concertada, aunque, por as&#237; decido, en bruto, y luego sin m&#225;s pulimento que las primeras letras, que resultaron ser las &#250;nicas, Pod&#237;a presentarse como autodidacta, producto de su propio y digno esfuerzo, no es ninguna verg&#252;enza, antes la sociedad se enorgullec&#237;a de sus autodidactas, Eso se acab&#243;, vino lo del desarrollo y se acab&#243;, los autodidactas somos vistos con malos ojos, s&#243;lo quienes escriben versos o historias para distraer est&#225;n autorizados para ser y seguir siendo autodidactas, suerte que tienen, pero yo, se lo confieso, nunca tuve ma&#241;a para la creaci&#243;n literaria, Pues m&#233;tase a fil&#243;sofo, hombre, Es usted un humorista de fino esp&#237;ritu, se&#241;or, y cultiva magistralmente la iron&#237;a, hasta me pregunto c&#243;mo se ha dedicado a la historia siendo tan grave y profunda ciencia, Soy ir&#243;nico s&#243;lo en la vida real, Raz&#243;n ten&#237;a yo al pensar que la historia no es la vida real, literatura s&#237;, y nada m&#225;s, Pero la historia fue la vida real en el tiempo en que a&#250;n no pod&#237;a llam&#225;rsele historia, Est&#225; seguro, Realmente es usted un interrogante con piernas y una duda con brazos, S&#243;lo me falta la cabeza, Cada cosa a su tiempo, el cerebro fue lo &#250;ltimo que se invent&#243;, Es usted un sabio, No exagere, mi querido amigo, Quiere ver las &#250;ltimas pruebas, No vale la pena, las correcciones de autor est&#225;n ya hechas, el resto es la rutina de la correcci&#243;n final, en sus manos queda, Gracias por la confianza, Muy merecida, Entonces, cree usted realmente que la historia es la vida real, Creo que s&#237;, Que la historia fue vida real, quiero decir, No le quepa la menor duda, Qu&#233; ser&#237;a de nosotros si no existiese el dele&#225;tur, suspir&#243; el corrector.


Cuando s&#243;lo una visi&#243;n mil veces m&#225;s aguda que la que la naturaleza puede dar ser&#237;a capaz de distinguir por el oriente del cielo la diferencia inicial que separa la noche de la madrugada, despert&#243; el almu&#233;dano. Despertaba siempre a esta hora, seg&#250;n el sol, y le daba igual que fuese verano como invierno, y no precisaba de ning&#250;n artefacto de medir el tiempo, s&#243;lo de una infinitesimal mudanza en la oscuridad del cuarto, el presentimiento de la luz s&#243;lo adivinada en la piel de la frente, como un tenue soplo que pasara sobre las cejas o la primera y casi imponderable caricia que, por lo que se sabe o cree, es arte exclusivo o secreto, hasta hoy no revelado, de aquellas hermos&#237;simas hur&#237;es que esperan a los creyentes en el para&#237;so de Mahoma. Secreto, y tambi&#233;n prodigio, si no misterio impenetrable, es la virtud que ellas tienen de rehacer la virginidad apenas la pierden, bienaventuranza suprema, por lo visto, en la vida eterna, lo que definitivamente viene a demostrar que no se acaban con &#233;ste los trabajos propios y ajenos, otros&#237; los sufrimientos inmerecidos. El almu&#233;dano no abri&#243; los ojos. Pod&#237;a continuar tendido alg&#250;n tiempo a&#250;n, mientras el sol, muy lentamente, se ven&#237;a acercando desde el horizonte de la tierra, pero tan lejos de llegar que ning&#250;n gallo de la ciudad hab&#237;a alzado a&#250;n la cabeza para indagar los movimientos de la ma&#241;ana. Cierto es que ladr&#243; un perro, sin resultado, que los dem&#225;s dorm&#237;an, tal vez so&#241;ando que en sue&#241;os ladraban. Es un sue&#241;o, pensaban, y se dejaban quedar durmiendo, rodeados por un mundo poblado de olores, sin duda estimulantes, pero ninguno tan urgente que los hiciese despertar en sobresalto, el olor inconfundible de la amenaza o del miedo, por no dar sino estos ejemplos elementales. El almu&#233;dano se levant&#243; tanteando en la oscuridad, encontr&#243; la ropa con que acab&#243; de cubrirse y sali&#243; del cuarto. La mezquita estaba silenciosa, s&#243;lo los pasos inseguros resonaban bajo los arcos, un arrastre de pies cautelosos, como si temieran ser engullidos por el suelo. A cualquier otra hora del d&#237;a o de la noche jam&#225;s experimentaba esa angustia ante lo invisible, s&#243;lo en el momento matinal, &#233;ste, en que ir&#237;a a subir la escalera del alminar para llamar a los fieles a la primera oraci&#243;n. Un escr&#250;pulo supersticioso representaba en su imaginaci&#243;n la grave culpa de que siguieran los moradores durmiendo cuando estaba ya el sol sobre el r&#237;o, y despertando supita&#241;os, aturdidos por la luz clara, preguntaren a gritos d&#243;nde estaba el almu&#233;dano que no hab&#237;a alzado su clamor a la hora propia, alguien m&#225;s caritativo dir&#237;a, Por su mal estar&#225; enfermo, y no era verdad, que hab&#237;a desaparecido, s&#237;, llevado hasta el interior de la tierra por un genio de las tinieblas mayores. La escalera, de caracol, era trabajosa de ascender, tanto m&#225;s cuanto que este almu&#233;dano iba viejo ya, felizmente no precisaba que le vendasen los ojos como a las mulas de las norias se hace para que no les d&#233; el mareo. Cuando lleg&#243; a lo alto sinti&#243; en la cara el frescor de la ma&#241;ana y la vibraci&#243;n de la luz del alba, sin color a&#250;n, que no puede tenerlo aquella pura claridad que antecede al d&#237;a y va a tocar la piel, estremecida sutilmente, como si de unos dedos invisibles se tratara, impresi&#243;n &#250;nica que hace pensar si la desacreditada creaci&#243;n divina no ser&#225; en definitiva, para humillaci&#243;n de esc&#233;pticos y ateos, un ir&#243;nico hecho de la historia. El almu&#233;dano corri&#243; la mano, lentamente, a lo largo del parapeto circular hasta dar con la marca, esculpida en la piedra, que se&#241;alaba la direcci&#243;n de La Meca, ciudad santa. Estaba dispuesto. Unos instantes m&#225;s para dar tiempo al sol de asomar a los balcones de la tierra su primer aura, y tambi&#233;n para aclarar la voz, pues la ciencia proclamativa de un almu&#233;dano ha de quedar patente desde el primer grito, y en &#233;l ha de mostrarse, no cuando ya la garganta se ha suavizado con el trabajo del habla y el consuelo de la comida. A los pies del almu&#233;dano hay una ciudad, m&#225;s abajo un r&#237;o, todo duerme a&#250;n, pero con inquietud. Empieza la ma&#241;ana a moverse sobre las casas, la piel del agua se vuelve espejo del cielo, y entonces el almu&#233;dano inspira hondo y grita, agud&#237;simo, Allahu akbar, pregonando a los aires la sobre todas grandeza de Dios, y repite, como gritar&#225; y repetir&#225; las f&#243;rmulas siguientes, en ext&#225;tico canto, tomando al mundo por testigo de que no hay m&#225;s Dios que Al&#225; y que Mahoma es el enviado de Al&#225;, y en habiendo dicho estas verdades esenciales llama a la oraci&#243;n, Venid al azal&#225;, pero siendo el hombre de naturaleza perezoso, aunque creyente en el poder de Aquel que nunca duerme, el almu&#233;dano reprende caritativo a aquellos a quienes los p&#225;rpados a&#250;n pesan, La oraci&#243;n es mejor que el sue&#241;o, As-sala-tu jay-run min an-nawn, para quienes en esta lengua lo entienden, y concluy&#243; al fin proclamando que Al&#225; es el &#250;nico Dios, La ilaha illa llah, pero ahora una sola vez, que es cuanto basta si se trata de verdades definitivas. La ciudad murmura las oraciones, el sol apunt&#243; e ilumina las azoteas, no tardar&#225;n en aparecer los moradores en los patios. El alminar est&#225; a plena luz. El almu&#233;dano es ciego.

No lo ha descrito as&#237; el historiador en su libro. S&#243;lo dec&#237;a que el muec&#237;n subi&#243; al minarete y convoc&#243; desde all&#237; a los fieles a la oraci&#243;n en la mezquita, sin detalles ocasionales, si era ma&#241;ana o mediod&#237;a, o si estaba poni&#233;ndose el sol, porque, ciertamente, en su opini&#243;n, el menudo pormenor no importar&#237;a a la historia, s&#243;lo que quedase el lector sabiendo que el autor conoc&#237;a de las cosas de aquel tiempo lo bastante para hacer de ellas responsable menci&#243;n. Y esto le deber&#237;amos agradecer porque su tema, siendo de guerra y de cerco, y por tanto de virilidades superiores, dispensar&#237;a bien las delicuescencias de la oraci&#243;n, que es de las situaciones la m&#225;s sujeta, pues en ella se entrega el rezador sin lucha, rendido por una vez. Aunque, para que no quede sin examen y consideraci&#243;n lo que ser&#237;a contrario a esta oposici&#243;n entre oraci&#243;n y guerra, se podr&#237;a recordar ya aqu&#237;, estando el tiempo tan pr&#243;ximo y siendo tantos y tan preclaros los testimonios a&#250;n vivos, se podr&#237;a recordar aqu&#237;, repetimos, aquel milagro de Ourique, celeb&#233;rrimo, cuando Cristo se apareci&#243; al rey portugu&#233;s y &#233;ste le grit&#243;, mientras el ej&#233;rcito postrado en el suelo lloraba, A los infieles, Se&#241;or, a los infieles, y no a m&#237;, que creo lo que pod&#233;is, pero Cristo no quiso aparecerse a los moros, y l&#225;stima fue, que en vez de crudel&#237;sima batalla podr&#237;amos, hoy, registrar en estos anales la conversi&#243;n maravillosa de los ciento cincuenta mil b&#225;rbaros que al fin perdieron all&#237; la vida, un desperdicio de almas que clama al cielo. Es as&#237;, que no todo se puede evitar, y nunca a Dios faltamos con nuestros buenos consejos, pero tiene el destino sus leyes inflexibles, y cu&#225;ntas veces con inesperados y art&#237;sticos efectos, como fue este de haber podido aprovechar Camoens el inflamado grito, distribuy&#233;ndolo tal cual en dos versos inmortales. Es bien verdad que en la naturaleza nada se crea y nada se pierde, todo se aprovecha.

Eran buenos aquellos tiempos, para recibir satisfacci&#243;n, no ten&#237;amos m&#225;s que pedir con las palabras apropiadas, incluso en casos dif&#237;ciles, por as&#237; decir ya desahuciado el paciente y sin esperanza de remedio. Ejemplo de esto es este mismo rey, que, habiendo nacido encogido de piernas, o con ellas atrofiadas, en el decir de ahora, fue extraordinariamente sanado, sin que m&#233;dico alguno le hubiera puesto la mano encima, y, si la pusieron, de nada le sirvi&#243;. E incluso, sin duda por ser persona llamada a la realeza, no hay se&#241;ales de que fuera preciso importunar a altas potestades, a la Virgen y al Se&#241;or nos referimos, ni a los &#225;ngeles de la sexta jerarqu&#237;a, para que se produjese el salut&#237;fero suceso gracias al cual, se sabe ya, tuvo tal vez Portugal su independencia. Fue el caso que estando dormido en su cama Don Egas Moniz, ayo del ni&#241;o Afonso, apareci&#243; ante &#233;l Santa Mar&#237;a en visi&#243;n y dijo, Don Egas Moniz, duermes, y &#233;l, que no sab&#237;a si so&#241;aba o estaba despierto, pregunt&#243;, para estar seguro, Se&#241;ora, qui&#233;n sois vos, y ella respondi&#243;, con buenos modos, Yo soy la Virgen, y te mando que vayas a Carquere, que queda en el concejo de Resende, y cava en ese lugar y hallar&#225;s una iglesia que en otro tiempo fue iniciada en mi nombre, y hallar&#225;s tambi&#233;n una imagen m&#237;a, y rest&#225;urala, que bien lo necesita tras tan triste abandono, y luego har&#225;s all&#237; vigilia, y pondr&#225;s al ni&#241;o en el altar, y has de saber que en ese instante quedar&#225; sano y curado, y cu&#237;dalo bien luego, que mi Hijo s&#233; que tiene idea de darle cargo de destruir a los enemigos de la fe, y claro est&#225; que no podr&#237;a hacerla as&#237; de piernas cortas. Despert&#243; Don Egas Moniz lo m&#225;s alegre que se puede, reuni&#243; al personal y, caballero en su mula, fue desde all&#237; a Carquere y mand&#243; cavar en el lugar indicado por la Virgen, y all&#225; estaba la iglesia, pero la sorpresa es nuestra, no de ellos, porque en aquellos benditos tiempos no eran nunca gratuitos o enga&#241;osos los avisos superiores. Verdad es que no cumpli&#243; Don Egas precisamente los dictados de la Virgen, que muy explicado qued&#243; que fue ella quien le mand&#243; que all&#237; cavase, entendemos nosotros que con sus propias manos, y va &#233;l, y qu&#233; hizo, dio orden de que otros cavasen, siervos de la gleba, probablemente, ya en aquellos tiempos hab&#237;a estas desigualdades sociales. Agradecemos a la Virgen que no fuera puntillosa hasta el punto de hacer que se encogieran otra vez las piernas del chiquillo Afonso, porque, as&#237; como hay milagros para el bien, tambi&#233;n los ha habido para el mal, y sean testimonio aquellos infelices puercos de la Escritura que se lanzaron al precipicio cuando el buen Jes&#250;s les meti&#243; en el cuerpo los demonios que en el endemoniado estaban, de lo que result&#243; que padecieron martirio los inocentes animales, y s&#243;lo ellos, pues mucho mayor fue la ca&#237;da de los &#225;ngeles rebeldes, luego demonios, cuando lo del mot&#237;n y, que se sepa, no muri&#243; ninguno, con lo que no se puede perdonar la imprevidencia de Dios Nuestro Se&#241;or, que por esta desatenci&#243;n dej&#243; escapar la ocasi&#243;n de acabar con su raza de una vez, de buen consejo es el proverbio que avisa, Quien a enemigo perdona de su mano muere, ojal&#225; no tenga Dios que arrepentirse un d&#237;a, que ser&#225; tarde de m&#225;s. Aun as&#237;, si en ese fatal instante tuviere tiempo de recordar su vida pasada, esperemos que se haga la luz en su esp&#237;ritu y pueda comprender que a todos nosotros, fr&#225;giles puercos y humanos, deber&#237;a habernos ahorrado esos vicios, pecados y sufrimientos de insatisfacci&#243;n que son, se dice, obra y marca del maligno. Entre el martillo y el yunque, somos un hierro al rojo que de tanto batir en &#233;l se apaga.

De historia sacra, por ahora, nos basta ya. Importar&#237;a saber, eso s&#237;, qui&#233;n fue el que escribi&#243; el relato de aquel hermoso despertar del almu&#233;dano en la madrugada de Lisboa, con tal abundancia de pormenores realistas que llega a parecer obra de testigo presente, o, al menos, h&#225;bil aprovechamiento de cualquier documento coet&#225;neo, no forzosamente referido a Lisboa, pues, para el caso, no se precisar&#237;a m&#225;s que una ciudad, un r&#237;o y una clara ma&#241;ana, composici&#243;n sobre todas banal, como sabemos. La respuesta, sorprendente, es que nadie escribi&#243;, que, aunque parezca que s&#237;, no est&#225; escrito, todo aquello no fueron m&#225;s que pensamientos vagos en la cabeza del corrector mientras iba leyendo y enmendando lo que escondidamente pas&#243; en falso en las primeras y segundas pruebas. El corrector tiene ese doble talento de desdoblarse, traza un dele&#225;tur o introduce una coma indiscutible, y, al mismo tiempo, aceptemos el neologismo, se heteronomiza, es capaz de seguir el camino sugerido por una imagen, una comparaci&#243;n, una met&#225;fora, no es raro que el simple sonido de una palabra repetida en voz baja lo lleve, por asociaci&#243;n, a organizar polif&#243;nicos edificios verbales que convierten su peque&#241;o escritorio en un espacio multiplicado por s&#237; mismo, aunque sea muy dif&#237;cil explicar, en vulgar, qu&#233; quiere decir tal cosa. En tal caso le parece que es poco informar cuando el historiador se limita a hablar de muec&#237;n y minarete, s&#243;lo para introducir, si son permitidos juicios temerarios, un poco de color local y tinte hist&#243;rico en el campo enemigo, imprecisi&#243;n sem&#225;ntica que conviene corregir de inmediato, una vez que campo es el de los sitiadores, no el de los sitiados, que &#233;stos est&#225;n a&#250;n instalados con suficiente comodidad en la ciudad que, salvo alguna que otra intermitencia, es suya desde el a&#241;o setecientos catorce, por las cuentas de los cristianos, que las del rosario moro son otras, como se sabe. Esta correcci&#243;n la hizo el propio revisor, que posee ciencia m&#225;s que satisfactoria en cuesti&#243;n de calendarios, y sabe que la H&#233;gira empez&#243;, seg&#250;n la lecci&#243;n del Arte de Verificar las Fechas, obra disponible, en el d&#237;a diecis&#233;is de julio del seiscientos veintid&#243;s, despu&#233;s de Cristo, DC en abreviatura, sin olvidar, no obstante, que estando el a&#241;o musulm&#225;n gobernado por la luna, y m&#225;s corto, pues, que el de la cristiandad, gobernado por el sol, siempre es preciso descontar tres a&#241;os por cada siglo andado. Buen corrector ser&#237;a &#233;ste, tan escrupuloso, si cuidase de pararle alas a un discurrir propenso a fabulaciones ocasionalmente irresponsables, fue aqu&#237; el caso de haber pecado por facilitaci&#243;n, incurriendo en yerros evidentes y en dudosas aserciones, tres es lo que se desconf&#237;a, que, de probarse, muestran en definitiva que no ten&#237;a raz&#243;n ninguna el historiador cuando le dio consejo, liviano, de que se dedicara a la historia. En cuanto a la filosof&#237;a, Dios nos libre.

El primer punto sospechoso, seg&#250;n el orden inverso del relato, es aquella idea peregrina de existir, en el parapeto de los alminares, se&#241;ales en la piedra que apuntar&#237;an, probablemente en forma de flecha, hacia La Meca. Por muy adelantada que estuviera en aquella &#233;poca la ciencia geogr&#225;fica y agrimensora de los &#225;rabes y otros moros, es poco cre&#237;ble que supieran determinar, con la exactitud que se insin&#250;a, la posici&#243;n de una caaba en la superficie del planeta, donde precisamente sobreabundan las piedras, unas m&#225;s sagradas que otras. Todas estas cosas, sean ellas reverencias, o genuflexiones, o miradas para arriba o para abajo, se hacen por aproximaci&#243;n, a ojeo, si podemos permitirnos este lenguaje de pescador de ca&#241;a, que lo que en definitiva importa es que Dios y Al&#225; puedan leer en los corazones y no lleven a mal que, por ignorancia, les volvamos la espalda, y cuando decimos ignorantes tanto puede ser la nuestra como la de ellos, que no siempre est&#225;n donde se comprometieron a estar. El corrector es hombre de este tiempo, lo acostumbraron a confiar y a firmemente creer en las se&#241;ales de las carreteras, no es raro, pues, que haya ca&#237;do en esta anacr&#243;nica tentaci&#243;n, impelido quiz&#225; por un arrebato de caridad, teniendo en cuenta la ceguera del almu&#233;dano. Sabido es que no es la calidad del pa&#241;o lo que evita las manchas, y se dice incluso que en el mejor de ellos cae la mancha, y tambi&#233;n que no hay una sin dos, pues ah&#237; tenemos el segundo error, &#233;ste, s&#237;, grav&#237;simo, pues llevar&#237;a al lector inadvertido, si escritura hubiese, y felizmente no la hay, a tomar por correcta y conforme con los hechos de la vida musulmana la descripci&#243;n de los actos del almu&#233;dano despu&#233;s de despertarse. Hay error, decimos, dado que el muec&#237;n, palabra preferida por el historiador, no procedi&#243; a las abluciones rituales antes de llamar a los clientes a oraci&#243;n, hall&#225;ndose por consiguiente en estado de impureza, situaci&#243;n improbabil&#237;sima si se considera cu&#225;n pr&#243;ximos estamos a&#250;n, en el tiempo, a la primera fuente del Islam, cuatro siglos y pico, por as&#237; decir, de su cuna. M&#225;s adelante no faltar&#225;n relajos, escamoteo de ayunos, interpretaciones dudosas de reglas que parecen claras, y es que no hay nada que m&#225;s fatigue a las personas que la observancia rigurosa de los principios, que antes de que la carne ceda ya flaque&#243; el esp&#237;ritu, pero a &#233;l no le piden cuentas, es a la pobrecilla a quien cubren de improperios, a quien insultan y calumnian. Ahora a&#250;n se vive en un tiempo de fe completa, el almu&#233;dano ser&#237;a el &#250;ltimo de los hombres si osara subir al alminar sin llevar el coraz&#243;n puro y las manos limpias, y queda proclamado as&#237; inocente de la culpa con que lo carg&#243; la ligereza imperdonable del corrector. Pese a la competencia profesional con que le o&#237;mos expresarse durante su charla con el historiador, es hora de introducir aqu&#237; una primera duda sobre las consecuencias de la confianza con que fue investido por el autor de la Historia del Cerco de Lisboa, acaso en hora de fatigada displicencia, o con preocupaciones de pr&#243;ximo viaje, cuando permiti&#243; que la lectura final de las pruebas fuese tarea exclusiva del t&#233;cnico de los dele&#225;tures, sin fiscalizaci&#243;n. Temblamos s&#243;lo con imaginar que aquella descripci&#243;n del amanecer del almu&#233;dano podr&#237;a ocupar lugar, abusivo, en el cient&#237;fico texto del autor, frutos ambos de estudios detenidos, de pesquisas profundas, de confrontaciones minuciosas. Se duda, por ejemplo, aunque sea siempre cosa de buena prudencia dudar de la propia duda, que el historiador mencionase en su relato el ladrido de los perros y los perros mismos, pues &#233;l sabe que el perro, para los &#225;rabes, es impuro animal, como tambi&#233;n lo es el cerdo, siendo as&#237; demostraci&#243;n de crasa ignorancia suponer que los moros de Lisboa, tan celosos, vivieron pared por medio con la perrada. Cuchitril a la puerta de la casa y caseta de mast&#237;n o canastillo de faldero son invenciones cristianas, y no es por casualidad indiferente el que los musulmanes llamen perros a los guerreros de la cruz, y mucha suerte es ya que no les hubieran llamado cerdos, por lo menos no consta. Claro que, si realmente as&#237; es, hay que lamentar que falte la gracia de un can ladr&#225;ndole a la luna o rasc&#225;ndose la oreja atormentada de garrapatas, pero la verdad, si al fin la encontramos, debe ponerse por encima de cualquier otra consideraci&#243;n, sea en contra o a favor, con lo que deber&#237;amos, aqu&#237; mismo, dar por no escritas las palabras que describieron la &#250;ltima madrugada pac&#237;fica de Lisboa, si no supi&#233;ramos ya que aquel discurso falso, aunque coherente, y &#233;se es el peligro mayor, no sali&#243; nunca de la cabeza del corrector, y no pas&#243; de ser devaneo suyo, fabulador e irrisorio.

Est&#225; demostrado, pues, que el corrector err&#243;, que si no err&#243; se confundi&#243;, que si no se confundi&#243; imagin&#243;, pero acuda a tirarle la primera piedra aquel que no haya errado, confundido o imaginado nunca. Errar, lo dijo quien sab&#237;a, es propio del hombre, lo que significa, si no es yerro tomar las palabras a la letra, que no ser&#237;a verdadero hombre quien no errara. No obstante, esta m&#225;xima suprema no puede usarse como disculpa universal que a todos nos absolver&#237;a de juicios cojos y opiniones mancas. Quien no sabe debe preguntar, tener esa humildad, y una precauci&#243;n tan elemental deber&#237;a tenerla siempre presente el corrector, tanto m&#225;s cuanto que ni siquiera precisa salir de casa, del despacho donde est&#225; ahora trabajando, pues no faltan aqu&#237; libros que lo elucidar&#237;an si hubiera tenido la sensatez y la prudencia de no creer ciegamente en aquello que supone saber, que es de ah&#237; de donde vienen los enga&#241;os peores, no de la ignorancia. En estos cargados estantes, miles y miles de p&#225;ginas esperan el centelleo de una curiosidad inicial o la firme luz que es siempre la duda que busca su propio esclarecimiento. Valoremos, en fin, en el haber del corrector, el haber reunido, a lo largo de una vida, tantas y tan diversas fuentes de informaci&#243;n, aunque una simple mirada nos revele que faltan en su registro las tecnolog&#237;as de la inform&#225;tica, pero el dinero, desgraciadamente, no llega a todo, y este oficio, hora es ya de decirlo, se encuentra entre los peor pagados del orbe. Un d&#237;a, Al&#225; es grande, cualquier corrector de libros tendr&#225; a su disposici&#243;n una terminal de ordenador que lo mantendr&#225; unido d&#237;a y noche, umbilicalmente, al banco central de datos, sin que &#233;l y nosotros tengamos m&#225;s que desear que el que entre esos datos del saber total no se haya insinuado, como diablo en el convento, el yerro tentador.

Sea como fuere, mientras ese d&#237;a no llega, los libros est&#225;n aqu&#237; como una galaxia latente, y las palabras, en ellos, son otra polvareda c&#243;smica fluctuando, a la espera de la mirada que las ir&#225; a fijar en un sentido o en ellas buscar&#225; el sentido nuevo, porque as&#237; como van variando las explicaciones del universo, tambi&#233;n la sentencia que antes pareci&#243; inmutable para todo y siempre ofrece s&#250;bitamente otra interpretaci&#243;n, la posibilidad de una contradicci&#243;n latente, la evidencia de su propio error. Aqu&#237;, en este despacho donde la verdad no puede ser m&#225;s que una cara sobrepuesta a las infinitas m&#225;scaras variantes, est&#225;n los acostumbrados diccionarios de la lengua y vocabularios, los Morais y los Aur&#233;lios, los Morenos y los Torrinhas, algunas gram&#225;ticas, el Manual del Perfecto Corrector, vadem&#233;cum del oficio, pero est&#225;n tambi&#233;n las historias del Arte, del Mundo en general, de los Romanos, de los Persas, de los Griegos, de los Chinos, de los Eslavos, de los Portugueses, en fin, de casi todo lo que es pueblo y naci&#243;n particular, y las historias de la Ciencia, de las Literaturas, de la M&#250;sica, de las Religiones, de la Filosof&#237;a, de las Civilizaciones, el Larousse peque&#241;o, el Quillet resumido, el Robert conciso, la Enciclopedia Pol&#237;tica, la Luso-Brasileira, la Brit&#225;nica, incompleta, el Diccionario de Historia y Geograf&#237;a, un Atlas Universal de estas materias, el de Jo&#227;o Soares, antiguo, los Anuarios Hist&#243;ricos, el Diccionario de los Contempor&#225;neos, la Biograf&#237;a Universal, el Manual del Librero, el Diccionario de F&#225;bulas, la Biograf&#237;a Mitol&#243;gica, la Biblioteca Lusitana, el Diccionario de Geograf&#237;a Comparada, Antigua, Medieval y Moderna, el Atlas Hist&#243;rico de los Estudios Contempor&#225;neos, el Diccionario General de las Letras, de las Bellas Artes y de Ciencias Morales y Pol&#237;ticas, y, para terminar, no el inventario general sino lo que m&#225;s a la vista est&#225;, el Diccionario General de Biograf&#237;a y de Historia, de Mitolog&#237;a, de Geograf&#237;a Antigua y Moderna, de las Antig&#252;edades y de las Instituciones Griegas, Romanas, Francesas y Extranjeras, sin olvidar el Diccionario de Rarezas, Inverosimilitudes y Curiosidades, donde, admirable coincidencia que viene al dedo en este aventurado relato, se da como ejemplo de error la afirmaci&#243;n del sabio Arist&#243;teles de que la mosca dom&#233;stica com&#250;n tiene cuatro patas, reducci&#243;n aritm&#233;tica que los autores siguientes vinieron repitiendo por los siglos de los siglos cuando ya los chiquillos sab&#237;an, por crueldad y experimentaci&#243;n, que son seis las patas de la mosca, pues desde Arist&#243;teles las ven&#237;an arrancando, voluptuosamente cont&#225;ndolas, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, pero esos mismos chiquillos, cuando crec&#237;an e iban a leer al sabio griego, se dec&#237;an unos a otros, La mosca tiene cuatro patas, tanto puede la autoridad magistral y tanto sufre la verdad con la lecci&#243;n de ella que siempre nos van dando.

Esta inesperada incursi&#243;n por las fronteras de entomolog&#237;a nos muestra, de manera concluyente, que los errores atribuidos al corrector en definitiva no son suyos, sino de estos libros que no hicieron m&#225;s que repetir, sin contraprueba, obras m&#225;s antiguas, y, siendo as&#237;, compadezcamos a quien vino a ser v&#237;ctima inocente de la buena fe propia y del ajeno error. Verdad es que, condescendiendo tanto, volver&#237;amos a caer en la disculpa universal ya execrada, pero no la haremos sin previa condici&#243;n, la de que, para su bien, atienda el corrector a la estupenda lecci&#243;n que sobre errores nos fue dada por Bacon, otro sabio, en el libro llamado Novum Organum. Divide &#233;l los errores en cuatro categor&#237;as, a saber idola tribus, o errores de la naturaleza humana, idola specus, o errores individuales, idola fori, o errores de lenguaje, y finalmente idola theatri, o errores de los sistemas. Resultan ellos, en el primer caso, de la imperfecci&#243;n de los sentidos, de la influencia de los prejuicios y pasiones, del h&#225;bito de juzgarlo todo seg&#250;n ideas adquiridas, de nuestra insaciable curiosidad a pesar de los l&#237;mites impuestos a nuestro esp&#237;ritu, de la inclinaci&#243;n que nos lleva a encontrar m&#225;s analog&#237;as de las que realmente hay entre las cosas. En el segundo caso, la fuente de los errores viene de la diferencia entre los esp&#237;ritus, unos que se pierden en los pormenores, otros en vastas generalizaciones, y tambi&#233;n de la predilecci&#243;n que sentimos por ciertas ciencias, lo que nos inclina a querer reducirlo todo a ellas. En cuanto al tercer caso, el de los errores de lenguaje, el mal est&#225; en que muchas veces las palabras no tienen sentido, o lo tienen indeterminado, o pueden ser tomadas en acepciones diversas, y, finalmente, cuarto caso, son tantos los errores de los sistemas que no acabar&#237;amos nunca si empez&#225;ramos a enumerarlos aqu&#237;. V&#225;lgase, pues, el corrector de este cat&#225;logo y prosperar&#225;, y s&#237;rvase tambi&#233;n de los beneficios de aquella sentencia de S&#233;neca, reticente como a los d&#237;as de hoy conviene, Onerat discentem turba, non instruit, m&#225;xima lapidaria que la madre del corrector, hace muchos a&#241;os, y sin saber lat&#237;n y poqu&#237;simo de su lengua propia, traduc&#237;a con natural escepticismo, Cuanto m&#225;s lees, menos sabes.

Pero algo se est&#225; salvando de este examen y contestaci&#243;n, conf&#237;rmese que no fue error escribir, porque, en fin, escrito est&#225;, que era ciego el almu&#233;dano. El historiador, que s&#243;lo habla de minarete y muec&#237;n, tal vez ignorase que casi todos los almu&#233;danos, en aquel tiempo y por mucho tiempo despu&#233;s; eran ciegos. Y si lo sabe, quiz&#225; imagine que ser&#237;a vocaci&#243;n particular de la invalidez el canto de la oraci&#243;n, o que las comunidades moras resolv&#237;an as&#237;, parcialmente, como siempre se hizo y seguir&#225; haci&#233;ndose, el problema de dar trabajo a gente a quien faltaba el precioso don de la visi&#243;n. Error suyo, ahora, que a todos invariablemente acaba afectando. La verdad hist&#243;rica, y que lo aprenda, es que los almu&#233;danos eran escogidos entre los ciegos, no por pol&#237;tica humanitaria de empleo o encaminamiento profesional fisiol&#243;gicamente adecuado, sino para que no pudieran indagar la intimidad de patios y azoteas que, desde lo alto del alminar, dominaban emblem&#225;ticamente. El corrector no se acuerda ya de c&#243;mo lo supo, seguro que lo ley&#243; en libro de confianza que el tiempo no enmend&#243;, por eso puede insistir ahora en que los almu&#233;danos eran ciegos, s&#237; se&#241;or. Casi todos. S&#243;lo que, cuando en tal cosa le apetece pensar, no consigue rechazar de s&#237; una duda, la de si a esos hombres no les arrancar&#237;an los ojos l&#250;cidos, como se hac&#237;a y quiz&#225; a&#250;n se haga con los ruise&#241;ores, para que de la luz no conocieran otra manifestaci&#243;n que una voz o&#237;da en las tinieblas, la suya, o, quiz&#225;, la de aquel Otro que no sabe m&#225;s que repetir las palabras que vamos inventando, estas con las que intentamos decirlo todo, bendici&#243;n y maldici&#243;n, hasta lo que nombre no tendr&#225; nunca, innominable.


El corrector tiene nombre, se llama Raimundo. Ya era hora de saber qui&#233;n es la persona de quien hemos venido hablando indiscreta-mente, si es que nombre y apellidos han podido a&#241;adir alguna vez provecho que se viera a las acostumbradas referencias sinal&#233;cticas y otros dise&#241;os, edad, altura, peso, tipo morfol&#243;gico, tono de la piel, color de ojos, y de cabellos, si lisos, crespos u ondulados, o simplemente perdidos, metal de la voz, l&#237;mpida o ronca, gesticulaci&#243;n caracter&#237;stica, manera de andar, dado que la experiencia de las relaciones humanas ha demostrado que, sabiendo eso nosotros y a veces mucho m&#225;s, ni lo que sabemos nos sirve ni somos capaces de imaginar lo que nos falta. Tal vez s&#243;lo una arruga, o la forma de las u&#241;as, o el grosor de la mu&#241;eca, o el trazo de las cejas, o una cicatriz antigua e invisible, o s&#243;lo el apellido que no hab&#237;a llegado a ser dicho, aquel que m&#225;s se estima, en este caso Silva, nombre completo Raimundo Silva, as&#237; se presenta cuando tiene que hacerlo, omitiendo el de Bienvenido, que no le gusta. Nadie est&#225; satisfecho con lo que en suerte le cupo, general verdad es &#233;sta, y Raimundo Silva, que deber&#237;a apreciar por encima de todo lo dem&#225;s el llamarse Bienvenido, que precisamente dice lo que quiere decir, bienvenido a la vida, hijo m&#237;o, pues no se&#241;or, no le gusta el nombre, afortunadamente, dice &#233;l, se perdi&#243; la tradici&#243;n de que fueran los padrinos los que decidieran en la puntillosa cuesti&#243;n de la onom&#225;stica, aunque reconozca que le gusta mucho ser Raimundo, por un no s&#233; qu&#233; de solemne o de antiguo que hay en la palabra. De los bienes de la se&#241;ora que fue madrina esperaban los padres de Raimundo alguna parte para el futuro del hijo, y por eso, faltando a la costumbre que mandaba dar al ni&#241;o s&#243;lo el nombre del padrino, se a&#241;adi&#243; el nombre de la paraninfa, pasado a masculino. El destino no atiende a todo de la misma manera, lo sabemos bien, pero en este caso alguna concomitancia hay que reconocer entre unos bienes de los que nunca hubo beneficio y un nombre tan absolutamente repudiado, sin que debamos, no obstante, sospechar una relaci&#243;n de causa y efecto entre decepci&#243;n y rechazo. En Raimundo Bienvenido Silva, los motivos, que en momento alguno de su vida hab&#237;an sido de rencorosa frustraci&#243;n, son hoy, unos, meramente est&#233;ticos, por no sonarle bien la vecindad de los dos gerundios, y los otros, por as&#237; decirlo, &#233;ticos y ontol&#243;gicos, porque, seg&#250;n su manera desenga&#241;ada de entender, s&#243;lo una iron&#237;a muy negra pretender&#237;a hacer creer que alguien es realmente bienvenido a este mundo, cosa que no se contradice con la evidencia de que haya quien se encuentre bien instalado en &#233;l.

Desde el mirador, breve balc&#243;n antiguo bajo un alpende de madera a&#250;n con artesonados, se ve el r&#237;o, y es un inmenso mar lo que los ojos alcanzan entre radio y radio, desde el trazo rojo del puente hasta los rasos fangales de Pancas y de Alcochete. Una neblina fr&#237;a tapa el horizonte, lo aproxima casi al alcance de la mano, la ciudad visible est&#225; reducida a este lado, con la catedral abajo, mediada la ladera, y en escalones los tejados de las casas, descendiendo hasta el agua parda, turbia, donde una fugitiva estela blanca se abre cuando un barco r&#225;pido pasa, otros hay que navegan dif&#237;cilmente, pesados, como si estuvieran luchando contra una corriente de mercurio, comparaci&#243;n &#233;sta que resultar&#237;a m&#225;s apropiada para la noche, no ahora. Raimundo Silva se levant&#243; menos temprano de lo que suele, hab&#237;a trabajado hasta avanzada la noche, una velada larga, arrastrada, y cuando, de ma&#241;ana, abri&#243; la ventana, le golpe&#243; en la cara la niebla, m&#225;s cerrada de la que vemos a esta hora, mediod&#237;a, cuando el tiempo va a tener que decidir si carga o alivia, de acuerdo con el dicho popular. Entonces las torres de la catedral no eran m&#225;s que un borr&#243;n apagado, de Lisboa poco m&#225;s hab&#237;a que un rumor de voces y de sones indefinidos, el marco de la ventana, el primer tejado, un autom&#243;vil por la calle. El almu&#233;dano, ciego, hab&#237;a gritado al espacio de una ma&#241;ana luminosa, arrebolada, y luego azul, el color del aire entre la tierra que aqu&#237; est&#225; y el cielo que nos cubre, si quisi&#233;ramos creer en los insuficientes ojos con que vinimos al mundo, pero el corrector, que hoy casi tan ciego se ve como &#233;l, s&#243;lo rezong&#243;, con el malhumor de quien, habiendo dormido mal, anduviese en trabajosos sue&#241;os de cerco, montantes, alfanjes y hondas baleares, irritado, al despertar, por no lograr acordarse de c&#243;mo estaban hechas las tales m&#225;quinas de guerra, de las hondas hablamos, y hablar&#237;amos de las profundas conversaciones de quienes habitaban el sue&#241;o, pero no caigamos en la tentaci&#243;n de anticipar los hechos, ahora s&#243;lo debemos lamentar la oportunidad perdida de saber al fin qu&#233; m&#225;quinas eran las dichas hondas, c&#243;mo se armaban y disparaban, porque no es tan extra&#241;o que se revelen en los sue&#241;os grandes misterios, y entre ellos no incluimos el n&#250;mero de la loter&#237;a, banalidad suprema e indigna de cualquier so&#241;ador que se respete. A&#250;n en la cama, Raimundo Silva, perplejo, se preguntaba por qu&#233; raz&#243;n insist&#237;a en pensar en hondas baleares, o fund&#237;bulos, como tambi&#233;n se dir&#237;a, acertando por igual, Baleares no debe tener nada que ver con las islas del mismo nombre, vendr&#225; de balas, y balas sabemos qu&#233; son, proyectiles, piedras que las m&#225;quinas tirar&#237;an contra los muros y por encima de ellos, para caer sobre las casas y la gente de dentro, despavorida, pero balas no es palabra de aquel tiempo, las palabras no pueden ser livianamente transportadas de aqu&#237; para all&#225; y de all&#225; para aqu&#237;, cuidado, aparece luego alguien que dice, No entiendo. Se adormeci&#243;, estuvo as&#237; diez minutos, y al despertar de nuevo, ahora l&#250;cido, alej&#243; del pensamiento las m&#225;quinas que se empe&#241;aban en volver y dej&#243; que las im&#225;genes de las espadas y de las cimitarras ocuparan peligrosamente su esp&#237;ritu, sonri&#243; en la penumbra del cuarto porque bien sab&#237;a que se trataba de evidentes s&#237;mbolos f&#225;licos, cierto es que atra&#237;dos al sue&#241;o por la Historia del Cerco de Lisboa, pero en s&#237; enraizados, qui&#233;n lo duda, si armas de punta y filo tienen ra&#237;ces, clavadas, s&#237;, estar&#225;n, bastaba mirar la cama vac&#237;a a su lado para entenderlo todo. Tendido de espaldas, cruz&#243; los brazos sobre los ojos, murmur&#243; sin ninguna originalidad, Un d&#237;a m&#225;s, no hab&#237;a o&#237;do al almu&#233;dano, c&#243;mo se las arreglar&#237;a en esa religi&#243;n un moro sordo para no faltar a las oraciones, sobre todo a las de la ma&#241;ana, seguro que pedir&#237;a a un vecino, En nombre de Al&#225;, llama a la puerta con fuerza y no pares de golpear hasta que abra. La virtud no es tan f&#225;cil como el vicio, pero puede ser ayudada.

En esta casa no vive mujer. Dos veces por semana viene una de fuera, pero no se piense que aquel lugar vac&#237;o de la cama tiene que ver con la bisemanal visita, son diferentes precisiones, y quede ya explicado desde ahora que para alivio de los apremios m&#225;s duros de la carne el corrector baja a la ciudad, contrata, se satisface y paga, siempre tuvo que pagar, qu&#233; remedio, hasta cuando no obtuvo complacencia, que el verbo no tiene un sentido s&#243;lo, como se cree vulgarmente. La mujer que viene de fuera es lo que llamamos una asistenta, le cuida la ropa, ordena y limpia lo m&#225;s sustancial de la casa, pone al fuego una gran olla, siempre los ingredientes, habichuelas blancas y hortalizas, que dar&#225; para unos d&#237;as, no es que al corrector no le caigan bien otras amenidades, pero las reserva para el restaurante, adonde va alguna que otra vez, sin exageraciones de asiduidad. No hay pues mujer en esta casa, ni nunca la hubo. El corrector Raimundo Bienvenido Silva es soltero y no piensa en casarse, Tengo m&#225;s de cincuenta a&#241;os, dice, qui&#233;n me va a querer ahora, o a qui&#233;n voy a querer yo, aunque, como todo el mundo sabe, es mucho m&#225;s f&#225;cil querer que ser querido, y este &#250;ltimo comentario, que parece el eco de un pasado dolor, convertido ahora en sentencia para lecci&#243;n de confiados, este comentario, m&#225;s la pregunta que le precedi&#243;, los hace para s&#237;, porque es hombre bastante reservado como para andar por ah&#237; derram&#225;ndose ante amigos y conocidos, que los tendr&#225;, aunque probablemente, no va a ser preciso convocarlos al relato, visto como va. No tiene hermanos, sus padres murieron ni pronto ni tarde, la familia, si alguna queda, anda dispersa, noticias de ella, cuando llegan, poco a&#241;aden a la tranquilidad de no tenerla, pas&#243; la alegr&#237;a, el luto no vale la pena, y la &#250;nica cosa que verdaderamente siente pr&#243;xima a s&#237; son las pruebas que est&#225; leyendo, mientras duran, la errata que hay que desemboscar, y tambi&#233;n, si cuadra, una preocupaci&#243;n que no debiera ser suya, all&#225; se las arreglen los autores, que para eso se llevan el honor, como este desasosiego de ahora por lo de las hondas baleares, que le ha vuelto al pensamiento y de &#233;l no quiere salir. Raimundo Silva se levant&#243; al fin, busc&#243; las babuchas con el pie, Chinelas, chinelas, que es palabra cristiana, llegada de G&#233;nova, y entr&#243; en el despacho mientras vest&#237;a la bata sobre el pijama. Muy de tiempo en tiempo, la asistenta le hac&#237;a una solemne declaraci&#243;n sobre la necesidad de limpiar el polvo de los libros, que, sobre todo en las estanter&#237;as altas, donde se alineaban los que raramente son consultados, m&#225;s parece dep&#243;sito aluvial de una acumulaci&#243;n de siglos, un polvo negro, como de ceniza, que no se sabe de d&#243;nde viene, del tabaco no puede ser, que el corrector hace ya tiempo que ha dejado de fumar, es el polvo del tiempo, y est&#225; todo dicho. Sin que se sepa bien por qu&#233;, la tarea es aplazada siempre, cosa que, se supone, no desagrada a la ancilar persona, absuelta a sus ojos por la intenci&#243;n, y que no pierde la ocasi&#243;n de decir, Bueno, pues tenga en cuenta que la culpa no es m&#237;a.

Raimundo Silva busca en los diccionarios y en las enciclopedias, mira en Armas, en Edad Media, busca M&#225;quinas de Guerra, y encuentra las descripciones vulgares del arsenal de la &#233;poca, rudimentario, basta decir que entonces no se consegu&#237;a matar a un hombre elegido que estuviera a doscientos pasos de distancia, fuerte p&#233;rdida, ni nada que se le comparase, y para caza, si no hab&#237;a a mano arco o ballesta, ten&#237;a el cazador que aproximarse a los brazos del oso o a los cuernos del ciervo o a los dientes del jabal&#237;, lo que a&#250;n hoy conserva semejanzas con tan arriesgadas aventuras es la corrida de toros, los toreros son los &#250;ltimos hombres antiguos. En ning&#250;n lugar se explica en estos potentes vol&#250;menes, ning&#250;n dibujo da una idea al menos aproximada de lo que fuese aquella mort&#237;fera f&#225;brica que tanto amedrentaba a los moros, pero esta ausencia de informaci&#243;n ya no es novedad para Raimundo Silva, lo que &#233;l quiere ahora es descubrir por qu&#233; se llamaba balear a la honda, y va de libro en libro, rebusca, se impacienta, hasta que al fin, el precioso, el inestimable Bouillet le ense&#241;a que los habitantes de las Baleares eran considerados, en la Antig&#252;edad, los mejores honderos del mundo conocido, que era evidentemente, todo, y que de ah&#237; hab&#237;an tomado las islas el nombre, pues en griego disparar se dice ball&#243;, nada hay m&#225;s claro, cualquier simple corrector es capaz de ver la etimol&#243;gica l&#237;nea recta que liga ball&#243; a Baleares, el error, trat&#225;ndose de honda, est&#225; en haber escrito balear, cuando bale&#225;rica ser&#237;a lo correcto, se&#241;or doctor. Pero Raimundo Silva no enmendar&#225;, el uso hace alguna ley, cuando no la hace toda, y, por encima de todo, primer mandamiento del dec&#225;logo del corrector que aspire a la santidad, a los autores se les debe evitar siempre el peso de vejaciones. Dej&#243; el libro en su sitio, abri&#243; la ventana, y fue entonces cuando la niebla le dio en la cara, densa, cerrad&#237;sima, si en el lugar de las torres de la catedral estuviera a&#250;n el alminar de la mezquita mayor, seguro que no podr&#237;a verlo, de tan delgado que era, a&#233;reo, imponderable casi, y entonces, si &#233;sa fuese la hora, la voz del almu&#233;dano descender&#237;a del cielo blanco, directamente de Al&#225;, por una vez loador en causa propia, lo que del todo no podr&#237;amos censurarle porque, siendo quien es, con seguridad se conoce bien.

Iba mediada la ma&#241;ana cuando son&#243; el tel&#233;fono. Era de la editorial, quer&#237;an saber c&#243;mo iba la correcci&#243;n, quien empez&#243; a hablar fue M&#243;nica, de Producci&#243;n, que tiene, como todos los que trabajan en este sector, el h&#225;bito de la menci&#243;n mayest&#225;tica, as&#237;, Se&#241;or Silva, dijo, Producci&#243;n pregunta, parece que estamos oyendo Su Alteza Real quiere saber, y repite como repet&#237;an los heraldos, Producci&#243;n pregunta por las pruebas, si falta mucho para la entrega, pero ella, M&#243;nica, a&#250;n no ha entendido, despu&#233;s de tanto tiempo de vida en parte com&#250;n, que Raimundo Silva detesta que le llamen Silva sin m&#225;s, no es que aborrezca la vulgaridad del apellido, que anda cerca de los Santos y Sousas, es que le falta el Raimundo, por eso respondi&#243;, seco, hiriendo injustamente a la delicada persona que es M&#243;nica, D&#237;gale que ma&#241;ana estar&#225; listo el trabajo, Se lo dir&#233;, se&#241;or Silva, se lo dir&#233;, y no a&#241;adi&#243; m&#225;s porque el tel&#233;fono fue tomado bruscamente por otra persona, Aqu&#237; Costa, Aqu&#237; Raimundo Silva, pudo responder el corrector, Ya lo s&#233;, es que las pruebas las necesito hoy, tengo parada la programaci&#243;n, si no meto ma&#241;ana en imprenta ese libro, se va a armar la de Dios es Cristo, y todo por la revisi&#243;n de pruebas, Para este tipo de libro, tema, n&#250;mero de p&#225;ginas, el tiempo de correcci&#243;n est&#225; dentro de la media, No me venga con medias, quiero el trabajo acabado, subi&#243; de tono la voz de Costa, se&#241;al de que hab&#237;a un jefe cerca, un director, tal vez el patr&#243;n en persona. Raimundo Silva respir&#243; hondo, argument&#243;, Las correcciones hechas deprisa siempre traen erratas, Y los libros que se retrasan significan p&#233;rdidas, no hay duda, el patr&#243;n asiste a la disputa, pero Costa a&#241;ade, Vale m&#225;s dejar pasar dos erratas que un d&#237;a de ventas, a ver si se entera, no, el patr&#243;n no est&#225;, ni el director ni el jefe, Costa no admitir&#237;a con tanta naturalidad errores en la correcci&#243;n en beneficio de la rapidez, Es cuesti&#243;n de criterios, respondi&#243; Raimundo Silva, y Costa, implacable, No me hable de criterios, conozco bien el suyo, el m&#237;o es muy simple, necesito esas pruebas para ma&#241;ana, sin falta, arr&#233;gleselas como quiera, la responsabilidad es suya, Ya le hab&#237;a dicho a M&#243;nica que el trabajo estar&#225; listo ma&#241;ana, Ma&#241;ana tiene que entrar en m&#225;quinas, Entrar&#225;, puede enviar a buscarlo a las ocho, Demasiado temprano, a esa hora a&#250;n est&#225; cerrado esto, Entonces, m&#225;ndelo a buscar cuando quiera, no puedo seguir perdiendo el tiempo, y colg&#243;. Raimundo Silva est&#225; acostumbrado, no toma demasiado a pecho las impertinencias de Costa, groser&#237;as sin maldad, pobre Costa, que no para de hablar de Producci&#243;n, Producci&#243;n se las carga siempre, dice, s&#237; se&#241;or, los autores, los traductores, los correctores, los de las portadas, pero si no fuera aqu&#237; por Producci&#243;n, a ver de qu&#233; les serv&#237;a tanta sabidur&#237;a, una editorial es como un equipo de f&#250;tbol, mucho floreo en la delantera, mucho pase, mucho dribling, mucho juego de cabeza, pero si el portero es de esos paral&#237;ticos o reum&#225;ticos, se va todo al carajo, adi&#243;s liga, y Costa sintetiza, algebraico esta vez, Producci&#243;n es para la editorial como el portero para el equipo. Costa tiene raz&#243;n.

Llegada la hora de la comida, Raimundo Silva se har&#225; una tortilla de tres huevos con chorizo, exceso diet&#233;tico que su h&#237;gado a&#250;n aguanta. Con un plato de sopa, una naranja, un vaso de vino, un caf&#233; para terminar, no necesita m&#225;s quien lleva esta vida sedentaria. Lav&#243; los platos cuidadosamente, gasta m&#225;s agua y detergente de lo que ser&#237;a preciso, los sec&#243;, los meti&#243; en el armario de la cocina, es un hombre ordenado, un corrector en el m&#225;s absoluto sentido de la palabra, si es que alguna palabra puede existir y seguir existiendo llevando consigo un sentido absoluto, para siempre, dado que lo absoluto no pide menos. Antes de volver al trabajo, ech&#243; un vistazo al tiempo, se hab&#237;a arreglado un poco, el otro lado del r&#237;o empieza ya a ser visible, s&#243;lo una l&#237;nea oscura, una mancha alargada, el fr&#237;o no parece haber disminuido. Sobre la mesa hay cuatrocientas treinta y siete hojas de pruebas, ya ha corregido doscientas noventa y tres, lo que falta no es para asustarse, el corrector tiene toda la tarde, y la noche, s&#237;, tambi&#233;n la noche, porque es su profesional escr&#250;pulo hacer siempre una &#250;ltima lectura, seguida, como un lector com&#250;n, finalmente el placer y la felicidad de comprender de manera libre, suelta, sin desconfianzas, ten&#237;a mucha raz&#243;n aquel autor que pregunt&#243; un d&#237;a, C&#243;mo ser&#237;a la piel de Julieta para los ojos de un halc&#243;n, ahora bien, el corrector, en su agud&#237;sima tarea, es precisamente el halc&#243;n, aunque vaya teniendo ya la vista cansada, pero al llegar la hora de la lectura final, es como Romeo cuando mir&#243; por primera vez a Julieta, inocente, traspasado de amor.

En este caso de la Historia del Cerco de Lisboa, sabe ya que Romeo no encontrar&#225; motivos suficientes de embeleso, aunque Raimundo Silva, en la conversaci&#243;n preambular y algo laber&#237;ntica sobre la correcci&#243;n de los errores y los errores de las correcciones, haya dicho al autor que le gustaba el libro, y, realmente, no minti&#243;. Pero qu&#233; es gustar, preguntamos nosotros, entre el mucho gustar y el nada gustar est&#225; el menos y el poco, y no basta escribirlo para que sepamos qu&#233; partes de s&#237;, de no y de quiz&#225; comporta todo aquello, ser&#237;a preciso pronunciarlo en voz alta, el o&#237;do capta la vibraci&#243;n &#250;ltima, la capta siempre, y cuando nos enga&#241;amos o nos dejamos enga&#241;ar es s&#243;lo porque no dimos o&#237;do suficiente al o&#237;do. Recon&#243;zcase, no obstante, que aquel di&#225;logo nada tuvo de enga&#241;oso al respecto, pronto se not&#243; que se trataba de un gustar sin color, alienado, dijo Raimundo Silva aquella palabra tibia, Me gusta, y apenas acab&#243; de ser dicha ya est&#225; fr&#237;a. En cuatrocientas treinta y siete p&#225;ginas no encontr&#243; un hecho nuevo, una interpretaci&#243;n pol&#233;mica, un documento in&#233;dito, ni siquiera un replanteamiento. S&#243;lo una repetici&#243;n m&#225;s de las historias del cerco contadas ya mil veces, la descripci&#243;n de los lugares, los dichos y las obras de la real persona, la llegada de los cruzados a Porto y su navegaci&#243;n hasta entrar en el Tajo, los acontecimientos del d&#237;a de San Pedro, el ultim&#225;tum a la ciudad, los trabajos de sitio, los combates y los asaltos, la rendid&#243;n, finalmente el saqueo, die vero quo omnium sanctorum celebratur ad laudem et honorem nominis Christi et sanctissimae ejus genitricis purificatum et templum, dicen que escribi&#243; Osberno, entrando en la inmortalidad de las letras gracias al cerco y toma de Lisboa y a las historias que de estos hechos se contaron, significando ese lat&#237;n traducido por encima del hombro de quien sabe, que en el D&#237;a de Todos los Santos pas&#243; la corrupta mezquita a pur&#237;sima iglesia cat&#243;lica, y ahora s&#237;, ahora ya no podr&#225; nunca m&#225;s el almu&#233;dano llamar a los creyentes a la oraci&#243;n de Al&#225;, van a sustituirlo por una campana o campanilla despu&#233;s de haber sustituido a un dios por otro, feliz caso ser&#237;a que lo hubieran dejado ir, Es ciego, pobre hombre, salvo si de la ira sanguinaria ciego iba precisamente el cruzado Osberno, s&#243;lo igual de nombre, cuando vio frente a su espada a un moro viejo que ni para huir ten&#237;a fuerzas ya, all&#237; en el suelo, revole&#225;ndose, agitando las piernas y los brazos como si quisiera hundirse tierra adentro, este miedo real en vez del otro, imaginario, y ha de conseguirlo, tan seguro como que est&#225; vivo ahora, pero no por mucho tiempo m&#225;s, decimos nosotros, ni solo podr&#225;, porque estar&#225; muerto entonces, pens&#243; el corrector, pues est&#225;n abriendo fosas comunes. A intervalos, procedente del r&#237;o, se oye un mugido ronco de sirena, est&#225; as&#237; desde la ma&#241;ana, avisando a la navegaci&#243;n, pero s&#243;lo en este instante Raimundo Silva lo nota, tal vez por el grande y s&#250;bito silencio que dentro de s&#237; se hizo.

Es enero, anochece pronto. La atm&#243;sfera del despacho pesa, sofocada. Las puertas est&#225;n cerradas para defenderse del fr&#237;o, el corrector tiene una manta sobre las rodillas, la estufa al lado de la mesa, casi escald&#225;ndole los tobillos. Ya se ha dicho que la casa es antigua, sin comodidades, de un tiempo espartano y bronco, cuando salir a la calle, en los fr&#237;os mayores, era el mejor remedio para quien no dispusiera m&#225;s que de un corredor g&#233;lido donde calentar el cuerpo en peque&#241;os ejercicios de marcha. Pero, en esta &#250;ltima p&#225;gina de la Historia del Cerco de Lisboa puede Raimundo Silva encontrar la ardiente expresi&#243;n de un patriotismo fervoroso, que seguramente reconocer&#225; si no es que la vida mon&#243;tona y vulgar no entibi&#243; el suyo propio, ahora se estremecer&#225;, s&#237;, pero con aquel soplo &#250;nico que viene del alma de los h&#233;roes, rep&#225;rese en lo que escribi&#243; el historiador, En lo alto del castillo el creciente musulm&#225;n fue arriado por &#250;ltima vez y, definitivamente, para siempre, al lado de la cruz que anunciaba al mundo el bautismo santo de la nueva ciudad cristiana, se elev&#243; lento en el azul del espacio, besado por la luz, movido por la brisa, despleg&#225;ndose triunfador con el orgullo de la victoria, el pend&#243;n de Don Afonso Henriques, las quinas de Portugal, mierda, y que nadie crea que esta palabrota la dirige el corrector al nacional emblema, sino que es m&#225;s bien el leg&#237;timo desarrollo de quien, habiendo sido ir&#243;nicamente reprendido por ingenuos errores de imaginaci&#243;n, va a tener que consentir que queden a salvo otros no suyos, cuando lo que ahora le apetecer&#237;a, y con toda justicia, es lanzar en los m&#225;rgenes del papel una lluvia de dele&#225;tures indignados, pero, ya sabemos que no lo har&#225;, que con enmiendas de este tipo se vejar&#237;a al autor, Lim&#237;tese el zapatero a la observaci&#243;n del empeine, que s&#243;lo para eso le pagan, &#233;sas fueron las impacientes palabras de Apeles, definitivas. Ahora bien, estos errores no son como los de las hondas, simple bagatela entre un quiz&#225; s&#237; y un quiz&#225; no, que en buena verdad tanto nos da hoy que les llamen bale&#225;ricas o baleares, lo que no se deber&#237;a permitir de ning&#250;n modo es hablar de quinas en tiempo de Afonso el Primero, cuando las tales quinas no ocuparon lugar en la bandera hasta el reinado de su hijo Sancho, y aun as&#237; dispuestas no se sabe c&#243;mo, si en cruz al centro, si una ah&#237; y las otras cada cual en su rinc&#243;n, si ocupando el campo todo, siendo &#233;sta, seg&#250;n las autoridades m&#225;s serias, la hip&#243;tesis fuerte. Mancha grave, pero no la &#250;nica, que para todo y siempre quedar&#225; manchando la p&#225;gina final de la Historia del Cerco de Lisboa, por lo dem&#225;s tan ricamente instrumentada de tumbas retumbantes, tan de tambores, tan de hist&#243;rico arrebato, con las tropas formadas en parada, as&#237; las imaginamos, pie a tierra infantes y caballeros, asistiendo al arriar del estandarte abominable y al izado de la insignia cristiana y lusitana, gritando en una sola voz Viva Portugal y batiendo con las espadas en los escudos, en en&#233;rgica algazara militar, y despu&#233;s el desfile ante el rey, que est&#225; hollando con sus pies, vindicador, aparte de la sangre mora, el creciente musulm&#225;n, segundo error y supremo disparate, que nunca tal bandera fue izada sobre los muros de Lisboa, pues como el historiador no deber&#237;a ignorar, lo del creciente en la bandera fue invento del imperio otomano, dos o tres siglos m&#225;s tarde. Raimundo Silva pos&#243; a&#250;n la punta del bol&#237;grafo sobre las quinas, pero pronto pens&#243; que si de all&#237; las quitara, y al creciente con ellas, ser&#237;a como un terremoto en la p&#225;gina, todo se vendr&#237;a abajo, historia sin remate condigno con la grandeza del instante, y esta lecci&#243;n es muy buena para que la gente se instruya sobre la importancia de una cosa que, a primera vista, no pasa de ser un pedazo de pa&#241;o de un color o varios, con figuras recortadas tambi&#233;n diversamente coloridas, que tanto pueden ser castillos como estrellas, o leones, o unicornios, o &#225;guilas, o soles, u hoces, o martillos, o llagas, o rosas, o sables, o machetes, o compases, o ruedas, o cedros, o elefantes, o bueyes, o bonetes, o manos, o palmeras, o caballos, o candelabros, qu&#233; s&#233; yo, se pierde uno en este museo si no lleva gu&#237;a ni cat&#225;logo, peor a&#250;n si a las banderas une los blasones, que todo es una familia sola, entonces ser&#225; un nunca acabar de flores de lis, de conchas, de hebillas, de leopardos, de abejas, de armas y pertrechos, de &#225;rboles, de b&#225;culos, de mitras, de espigas, de osos, de salamandras, de garzas, de anillos, de patos, de palomas, de jabal&#237;es, de v&#237;rgenes, de puentes, de cuervos y carabelas, de lanzas, de libros, s&#237;, hasta de libros, la Biblia, el Cor&#225;n, el Capital, que adivine quien pueda, y m&#225;s y m&#225;s de todo esto, pudi&#233;ndose concluir que los hombres son incapaces de decir qui&#233;nes son si no pueden alegar que son otra cosa, motivo al fin suficiente, en este caso, para que ah&#237; dejemos el episodio de las banderas, la deca&#237;da y la exaltada, pero sabedores de que todo no pasa de mentira, &#250;til hasta cierto punto, oh m&#225;xima verg&#252;enza, pues no tuvimos el coraje de enmendarla ni sabr&#237;amos poner en su lugar la verdad sustancial, aspiraci&#243;n sobre todas excesiva, pero extinguible, que Al&#225; se apiade de nosotros.

Por primera vez en tantos a&#241;os de oficio minucioso, Raimundo Silva no har&#225; lectura final y completa de un libro. Son, como queda dicho, cuatrocientas treinta y siete p&#225;ginas fort&#237;simas de notas, para leerlo todo tendr&#237;a que pasar en blanco la noche entera, o poco menos, y no le apetece el martirio, que ha cobrado resuelta antipat&#237;a hacia la obra y el autor, ma&#241;ana dir&#225;n los lectores inocentes y repetir&#225; la juventud de las escuelas que la mosca tiene cuatro patas, porque as&#237; lo ha dicho Arist&#243;teles, y en el pr&#243;ximo centenario de la toma de Lisboa a los moros, en el a&#241;o dos mil cuarenta y siete, si hay a&#250;n Lisboa y portugueses en ella, no faltar&#225; un presidente para evocar aquella suprema hora en la que las quinas, avantes en el orgullo de la victoria, ocuparan el lugar del imp&#237;o creciente en el cielo azul de nuestra hermosa ciudad.

Mientras tanto, le exige la conciencia profesional que, al menos, vaya recorriendo lentamente las p&#225;ginas, los ojos expertos vagando sobre las palabras, confiando en que, variando as&#237; el nivel de la atenci&#243;n, cualquier yerro de menor alzada se dejar&#237;a sorprender, como sombra que el movimiento del foco luminoso desplaz&#243; s&#250;bitamente, o aquel conocido vistazo lateral que capta, en el &#250;ltimo instante, una imagen en fuga. Nada importa saber si Raimundo Silva consigui&#243; limpiar del todo las enfadosas p&#225;ginas, lo que s&#237; valdr&#237;a la pena es observarlo cuando relee el discurso que Don Afonso Henriques hizo a los cruzados, seg&#250;n la versi&#243;n de Osberno, all&#237; traducida del lat&#237;n por el propio autor de la Historia, que no se f&#237;a de lecciones ajenas, mayormente trat&#225;ndose de materia de tal responsabilidad, ni m&#225;s ni menos que el primer discurso averiguado de nuestro rey fundador, que otro, por lo dem&#225;s, no se conoce bastante autorizado. Para Raimundo Silva el discurso es, todo &#233;l, de punta a punta, un absurdo, no es que se permita dudar del rigor de la traducci&#243;n, que no est&#225; la latinaria entre sus prendas de corrector apenas medio, sino porque no se puede, no se puede realmente creer que de la boca de este rey Afonso, sin prendas, &#233;l, de cl&#233;rigo, haya salido la complicada arenga, m&#225;s bien compuesta a semejanza de los sermones retorcidos que los frailes pronunciar&#225;n de aqu&#237; a seis o siete siglos, que de los cortos alcances de una lengua que justo ahora empezaba a balbucearse. Estaba el corrector, as&#237;, sonriendo sarc&#225;stico, cuando de s&#250;bito le dio el coraz&#243;n un salto, al fin, si Egas Moniz fue tan buen ayo como de &#233;l proclamaban los anales, si no naci&#243; s&#243;lo para llevar al pobre infante lisiado a Carquere o, m&#225;s tarde, para ir a Toledo con la soga al cuello, no le habr&#237;an faltado a su pupilo m&#225;ximas suficientes cristianas y pol&#237;ticas, y siendo el lat&#237;n, por excelencia, el veh&#237;culo de estos perfeccionamientos, es de suponer que el real chiquillo, aparte de explicarse naturalmente en gallego, latinizar&#237;a el quantum satis para poder declamar, llegada la hora, ante tantos y tan cultos cruzados extranjeros, la arenga supracitada, una vez que ellos, de lenguas, no entender&#237;an entonces m&#225;s que la suya de cuna e iguales rudimentos de la otra, con la ayuda de los frailes int&#233;rpretes. Por tanto sabr&#237;a Don AfonsoHenriques lat&#237;n y no precis&#243; de pronunciarse hombre por &#233;l en la hist&#243;rica asamblea, quiz&#225; incluso fuera &#233;l el autor de las c&#233;lebres palabras, hip&#243;tesis muy plausible en persona que, por su mismo pu&#241;o, y en el mismo lat&#237;n, hab&#237;a escrito la Historia de la Conquista de Santarem, conforme gravemente nos explica Barbosa Machado en su Biblioteca Lusitana, inform&#225;ndonos adem&#225;s de que el manuscrito, en aquel tiempo, se conservaba en el Archivo del Real Convento de Alcoba&#231;a, al final de un libro de San Fulgencio. Hay que decir que el corrector no cree ni una sola palabra de lo que sus ojos est&#225;n viendo, le sobra escepticismo, &#233;l mismo lo ha dicho ya, y para cortar derecho, y tambi&#233;n para defenderse de los enfados de esta lectura obligada, fue a la fuente limpia de las Historiograf&#237;as modernas, busc&#243; y encontr&#243;, ya lo pensaba yo, que Machado, cr&#233;dulo, copi&#243; sin comprobar lo que hab&#237;an escrito Frei Bernardo de Brito y Frei Ant&#243;nio Brand&#227;o, que as&#237; es como se acomodan los equ&#237;vocos hist&#243;ricos, Fulano dice que Zutano dijo que Perengano oy&#243;, y con tres autoridades de &#233;sas se monta una historia, siendo al fin cierto que la de la Conquista de Santarem la escribi&#243; un can&#243;nigo regular de la Santa Cruz de Coimbra, de quien ni el simple nombre ha quedado para ocupar en la biblioteca el lugar a que tiene justo derecho y retirar de all&#237; el del rey usurpador.

Raimundo Silva est&#225; de pie, tiene sobre sus hombros la manta, pero de modo que una punta se arrastra por el suelo cuando se mueve, y en voz alta lee como un heraldo lanzando sus proclamas, esto es, el discurso que a los cruzados ech&#243; el rey nuestro se&#241;or de esta guisa, Bien sabemos, y tenemos ante los ojos, que sois sin duda hombres fuertes, denodados y de gran destreza, y, en verdad, vuestra presencia no ha disminuido a nuestra vista lo que de vosotros nos hab&#237;a dicho la fama. No os reunimos aqu&#237; para saber cu&#225;nto ser&#237;a preciso prometeros a vosotros, hombres de tanta riqueza, para que, enriquecidos con nuestras d&#225;divas, os quedaseis con nosotros para el cerco de esta ciudad. Siempre inquietados por los moros, nunca hemos podido acumular tesoros, con los que a veces acontece que no se pueda vivir en seguridad. Pero como no queremos que ignor&#233;is nuestros recursos y cu&#225;les son nuestras intenciones hacia vosotros, entendemos que no deb&#233;is despreciar nuestra promesa, pues consideramos como sujeto a vuestro dominio todo cuanto nuestra tierra posee. De una cosa sin embargo estamos ciertos, y es que vuestra piedad os invitar&#225; m&#225;s a este trabajo y al deseo de realizar tan gran hecho que lo que pudiera atraeros la promesa de nuestro dinero y recompensa. Ahora bien, para que con la algazara de vuestros hombres no sea perturbado lo que os diga, elegid a quien quer&#225;is, a fin de que, retirados aparte unos y otros, benigna y sosegadamente determinemos en conjunto la causa de nuestra promesa, y resolvamos sobre aquello que os exponemos, para despu&#233;s ser explicado a todos en com&#250;n con lo que hayamos resuelto, y as&#237;, dado el asentimiento de ambas partes, con juramento y garant&#237;as ciertas sea esto ratificado para inter&#233;s de Dios.

No, este discurso no es obra de un rey principiante, sin excesiva experiencia diplom&#225;tica, aqu&#237; hay dedo, mano y cabeza de eclesi&#225;stico mayor, tal vez el propio obispo de Porto, Pedro Pit&#245;es, y seguramente el arzobispo de Braga, Jo&#227;o Peculiar, que juntos y concertados hab&#237;an logrado persuadir a los cruzados, de paso por el Duero, de que bajaran hasta el Tajo para ayudar a la conquista, dici&#233;ndoles, por ejemplo, Al menos oigan las razones que a favor de la prestaci&#243;n de auxilio tenemos que darles, a la vista de la mercadur&#237;a. Y habiendo durado tres d&#237;as el viaje de Porto a Lisboa, no es preciso estar dotado de una imaginaci&#243;n prodigiosa para suponer que los dos prelados, de camino, vinieron haciendo el borrador, para adelantar trabajo, ponderando los argumentos, insinuando mucho, cautelando lo posible, con promesas liberal&#237;simas envueltas en prudentes reservas mentales, sin olvidar la lisonja, recurso envanecedor que generalmente fructifica en mil por uno, aunque est&#233;ril sea el terreno y torpe el sembrador. Raimundo Silva, acalorado, deja caer la manta con teatral adem&#225;n, sonr&#237;e sin alegr&#237;a, Este discurso no hay quien se lo crea, m&#225;s parece lance shakespeariano que obra de obispos menores, y vuelve a su mesa, se sienta, mueve la cabeza vencido, Pensar que nunca llegaremos a saber qu&#233; palabras dijo realmente Don Afonso Henriques a los cruzados, al menos buenos d&#237;as, y qu&#233; m&#225;s, y qu&#233; m&#225;s, y la claridad ofuscante de esta evidencia, no poder saberlo, aparece de pronto ante &#233;l como una infelicidad, ser&#237;a capaz de renunciar a algo, no se pregunta a qu&#233; ni cu&#225;nto, al alma, si la hay, a los bienes, si los tuviera, para encontrar, preferentemente en esta parte de Lisboa donde vive y que es precisamente lo que en aquel tiempo era la ciudad toda, un pergamino, un papiro, un papel suelto, un recorte de peri&#243;dico, una grabaci&#243;n de poder ser, o una l&#225;pida esculpida, que registrara el verdadero discurso, el original, por as&#237; decirlo, quiz&#225; menos sutil en artes dial&#233;cticas que esta versi&#243;n amanerada, en la que faltan justamente las fuertes palabras dignas de la ocasi&#243;n.

La cena fue r&#225;pida, sencilla, a&#250;n m&#225;s ligera que la comida, pero Raimundo Silva bebi&#243; dos tazas de caf&#233; en vez de una, para defenderse del sue&#241;o que no tardar&#237;a en amenazarlo, vista la mal dormida noche anterior. Con ritmo seguro las p&#225;ginas van cambiando de lugar, se suceden los episodios y los cuadros, ahora el historiador embander&#243; el estilo para tratar de la gran discordia que se levant&#243; entre los cruzados, despu&#233;s de la arenga real, sobre si deber&#237;an, o no, ayudar a nuestros portugueses a tomar Lisboa, si se quedar&#237;an aqu&#237; o seguir&#237;an, como estaba previsto, hacia Tierra Santa, donde los estaba esperando Nuestro Se&#241;or Jesucristo, bajo los hierros turcos. Argumentaban aquellos a quienes seduc&#237;a la idea de quedarse que lanzar fuera de la ciudad a estos moros y hacerla cristiana ser&#237;a tambi&#233;n servicio de Dios, contestaban los contrarios que, si &#233;se era servicio de Dios, servicio menor ser&#237;a, y que caballeros tan principales como all&#237; todos se preciaban de ser, ten&#237;an por obligaci&#243;n acudir a donde m&#225;s trabajosa fuese la obra, no en este culo del mundo, entre labrantines y ti&#241;osos, que unos deb&#237;an de ser los moros y otros los portugueses, pero no lo averigu&#243; el historiador, tal vez porque no valiera la pena eligir entre los dos insultos. Gritaban los guerreros como posesos, Dios me perdone, violentos de palabras y de gestos, y los que defend&#237;an la idea de continuar viaje hacia los Santos Lugares afirmaban que muchos mayores lucros y provechos tendr&#237;an de la extorsi&#243;n del dinero y mercadur&#237;as de las naos que en el mar encontrasen, tanto de Espa&#241;a como de &#193;frica, anacronismo de que s&#243;lo al historiador se deben pedir cuentas, hablar de naos en el siglo doce, que de la toma de esta ciudad de Lisboa, con menos peligro de vidas, que las murallas son altas y los moros muchos. Acert&#243; Don Afonso Henriques de lleno cuando pronostic&#243; que el examen de su propuesta acabar&#237;a en algazara, palabra que siendo &#225;rabe de nacionalidad igualmente sirve para cualquier gritar y vocear de renanos, flamencos, bolo&#241;eses, bretones, escoceses y normandos, mezclados. En fin, ya se acomodar&#225;n las contrarias partes al cabo de una disputa verbal prolongada durante todo este d&#237;a de San Pedro, y a la ma&#241;ana siguiente, que es el treinta de junio, ir&#225;n los representantes de los cruzados, concordes ahora, a informar al rey de que s&#237; se&#241;or lo auxiliar&#225;n en la conquista de Lisboa, a cambio de los haberes de los enemigos, que desde m&#225;s all&#225; de las murallas los observan, y otras facilidades directas e indirectas.

Dos minutos hace que Raimundo Silva mira, de un modo tan fijo que parece vago, la p&#225;gina donde se encuentran consignados estos inconmovibles hechos de la Historia, no por desconfiar de que en ella se oculte alg&#250;n &#250;ltimo error, cualquier p&#233;rfida errata que hubiera encontrado manera de esconderse en los repliegues de una subordinaci&#243;n tortuosa, y ahora, con artificios, lo provoque, a cubierto tambi&#233;n de su cansada vista y del sue&#241;o general que lo invade y entorpece. Que lo invad&#237;a y entorpec&#237;a, ser&#237;an los tiempos verbales exactos. Porque hace tres minutos que Raimundo Silva est&#225; tan despierto como si hubiese tomado una pastilla de benzedrina, de un resto que ah&#237; tiene, tras los libros, lo que sobr&#243; de la receta de un m&#233;dico idiota. Est&#225; como fascinado, lee, relee, vuelve a leer la misma l&#237;nea, esta que cada vez rotundamente afirma que los cruzados auxiliar&#225;n a los portugueses a tomar Lisboa. Quiso el azar, o fue m&#225;s bien la fatalidad, que estas un&#237;vocas palabras quedasen reunidas en una sola l&#237;nea, present&#225;ndose as&#237; con la fuerza de una leyenda, son como un d&#237;stico, una inapelable sentencia, pero son tambi&#233;n una provocaci&#243;n, como si estuviesen diciendo ir&#243;nicamente, Haz de m&#237; otra cosa, si eres capaz. La tensi&#243;n lleg&#243; a un punto tal que Raimundo Silva, de repente, no pudo aguantar m&#225;s, se levant&#243;, empujando la silla hacia atr&#225;s, y camina ahora agitado de un lado a otro en el reducido espacio que las estanter&#237;as, el sill&#243;n y la mesa le dejan libre, dice y repite, Qu&#233; disparate, qu&#233; disparate, y como si precisara confirmar esta radical opini&#243;n, volvi&#243; a coger la hoja de papel, gracias a lo que podemos nosotros, ahora, que antes hab&#237;amos llegado a dudar, aseguramos de que no hay tal disparate, all&#237; se dice muy explicadamente que los cruzados auxiliar&#225;n a los portugueses a tomar Lisboa, y la prueba de que as&#237; ocurri&#243; la encontrar&#237;amos en las p&#225;ginas siguientes, all&#237; donde se describe el cerco, el asalto a las murallas, el combate en las calles y en las casas, la mortandad excesiva, el saqueo, Por favor, d&#237;ganos usted d&#243;nde ve el disparate, ese error que se nos escapa, es natural, no nos beneficiamos de su gran experiencia, a veces miramos y no vemos, pero sabemos leer, cre&#237;a, s&#237;, tiene raz&#243;n, no lo comprendemos siempre todo, ya se adivina por qu&#233;, la preparaci&#243;n t&#233;cnica, claro, la preparaci&#243;n t&#233;cnica, y tambi&#233;n, confes&#233;moslo, a veces nos da pereza ir al diccionario y ver los significados, cosa que no hace m&#225;s que perjudicarnos. Es un disparate, insiste Raimundo Silva como si estuviera respondi&#233;ndonos, no har&#233; tal cosa, y por qu&#233; iba a hacerla, un corrector es una persona seria en su trabajo, no juega, no es un prestidigitador, respeta lo que est&#225; establecido en gram&#225;ticas y prontuarios, se gu&#237;a por las reglas y no las modifica, obedece a un c&#243;digo deontol&#243;gico no escrito pero imperioso, es un conservador obligado por las conveniencias a esconder sus voluptuosidades, las dudas, si alguna vez las tiene, las guarda para s&#237;, mucho menos pondr&#225; un no donde el autor escribi&#243; un s&#237;, este corrector no lo har&#225;. Las palabras que el Dr. Jekyll acab&#243; de decir intentan oponerse a otras que no llegamos a o&#237;r, &#233;sas las dice Mr. Hyde, no ser&#225; preciso mencionar estos dos nombres para darnos cuenta de que en esta vieja casa del barrio del Castillo asistimos una vez m&#225;s a una lucha entre el campe&#243;n ang&#233;lico y el campe&#243;n demon&#237;aco, esos dos de que est&#225;n compuestas y en que se dividen las criaturas, nos referimos a las humanas, sin excluir a los correctores. Pero esta batalla, desgraciadamente, va a ganarla Mr. Hyde, se nota en la manera como Raimundo Silva sonr&#237;e en este momento, con una expresi&#243;n que no esperar&#237;amos de &#233;l, de pura malignidad, han desaparecido de su rostro todos los rasgos del Dr. Jekyll, es evidente que acaba de tomar una decisi&#243;n, y que fue mala, con mano firme sujeta el bol&#237;grafo y a&#241;ade una palabra a la p&#225;gina, una palabra que el historiador no escribi&#243;, que en nombre de la verdad hist&#243;rica no podr&#237;a haber escrito nunca, la palabra No, ahora lo que el libro dice es que los cruzados No auxiliar&#225;n a los portugueses a conquistar Lisboa, as&#237; est&#225; escrito y por tanto pas&#243; a ser verdad, aunque diferente, lo que llamamos falso ha prevalecido sobre lo que llamamos verdadero, ocup&#243; su lugar, alguien tendr&#237;a que venir a contar la historia nueva, y c&#243;mo.

En tantos a&#241;os de honrada vida profesional, jam&#225;s Raimundo Silva se hab&#237;a atrevido, con plena consciencia, a infringir el antes citado c&#243;digo deontol&#243;gico no escrito que pauta las acciones del corrector en relaci&#243;n con las ideas y opiniones de los autores. Para el corrector que conoce su lugar, el autor, como tal, es infalible. Se sabe, por ejemplo, que el corrector de Nietzsche, siendo fervoroso creyente, resisti&#243; la tentaci&#243;n de introducir, tambi&#233;n &#233;l, la palabra No en una p&#225;gina determinada, transformando en Dios no ha muerto el Dios ha muerto del fil&#243;sofo. Los correctores, si pudieran, si no estuviesen atados de pies y manos por un conjunto de prohibiciones m&#225;s impositivo que un c&#243;digo penal, sabr&#237;an mudar la faz del mundo, implantar el reino de la felicidad universal, dando de beber a quien tiene sed, de comer a quien tiene hambre, paz a los que viven agitados, alegr&#237;a a los tristes, compa&#241;&#237;a a los solitarios, esperanza a quien la tenga perdida, por no hablar ya de la f&#225;cil liquidaci&#243;n de miserias y de cr&#237;menes, porque todo lo har&#237;an con un simple cambio de palabras, y si alguien tiene dudas sobre estas nuevas demiurgias no tiene m&#225;s que recordar que as&#237; mismo fue el mundo hecho y hecho el hombre, con palabras, unas y no otras, para que as&#237; quedase y no de otra manera. H&#225;gase, dijo Dios, e inmediatamente apareci&#243; hecho.

Raimundo Silva no seguir&#225; leyendo. Est&#225; agotado, se le han ido todas las fuerzas en aquel No en que se jugaba, aparte de la inmaculada reputaci&#243;n bien merecida, la tranquilidad de una conciencia en paz. A partir de hoy vivir&#225; para el momento, m&#225;s tarde o m&#225;s temprano, pero inevitable, en que aparezca alguien pidi&#233;ndole cuentas del error, podr&#225; ser precisamente el enfadado autor, o el cr&#237;tico ir&#243;nico e implacable, o un lector atento en carta a la editorial, o incluso ma&#241;ana mismo, Costa, cuando venga a buscar las pruebas, que es muy capaz de venir personalmente, con su aire heroico y sacrificado, He tenido que venir yo, siempre es mejor hacer cada uno m&#225;s de lo que es su deber. Y si a Costa le diera por hojear las pruebas antes de meterlas en la cartera, si en ese momento le salta a sus ojos la p&#225;gina maculada por la mentira, si le sorprende la aparici&#243;n de una nueva palabra en las pruebas que ya son cuartas, si se toma la molestia de leerla y entiende lo que ahora est&#225; escrito, el mundo, entonces reenmendado, habr&#225; vivido diferente s&#243;lo un corto instante, Costa dir&#225;, aunque vacilante, Se&#241;or Silva, me parece que hay aqu&#237; un error, y &#233;l fingir&#225; mirar y no tendr&#225; m&#225;s remedio que decir que s&#237;, Qu&#233; disparate, no s&#233; c&#243;mo puede haber ocurrido esto, efectos del sue&#241;o, fue lo que fue. No ser&#225; necesario trazar un dele&#225;tur para eliminar la ominosa palabra, basta tacharla, simplemente, como lo har&#237;a un ni&#241;o, el mundo regresar&#225; a su antigua y tranquila &#243;rbita, lo que fue seguir&#225; siendo, y, en adelante, Costa, aunque no vuelva a hablar de este extra&#241;o caso, tendr&#225; un motivo m&#225;s para proclamar que Producci&#243;n est&#225; por encima de todas las cosas.

Raimundo Silva se ha acostado. Est&#225; tendido con las manos cruzadas bajo la nuca, no siente a&#250;n el fr&#237;o. Tiene dificultades para pensar en lo que ha hecho, sobre todo no consigue reconocer la gravedad de su acci&#243;n, y llega incluso a sorprenderse porque nunca antes se le hubiera ocurrido la idea de alterar el sentido de otros libros que revis&#243;. En un momento determinado le parece como si estuviera desdobl&#225;ndose, alej&#225;ndose de s&#237;, se ve pensando y se asusta un poco. Despu&#233;s se encoge de hombros, aplaza la preocupaci&#243;n que empezaba a insinuarse en su esp&#237;ritu, Veremos, ma&#241;ana decidir&#233; si dejo la palabra, o la retiro. Iba a volverse hacia el lado derecho, dando la espalda a la mitad vac&#237;a de la cama, cuando se dio cuenta de que la sirena se hab&#237;a callado, sabe Dios cu&#225;nto tiempo hac&#237;a ya, No, la o&#237; cuando estaba diciendo el discurso del rey, lo recuerdo exactamente, entre dos frases, el mugido ronco, como de toro que se hubiera perdido entre la niebla, bramando hacia el cielo blanco, lejos de la manada, es extra&#241;o que no haya animales marinos con voces capaces de llenar la amplitud del mar, o este ancho r&#237;o, voy a ver c&#243;mo est&#225; el cielo. Se levant&#243;, se cubri&#243; con la bata de lana gruesa que, en invierno, extiende siempre sobre las mantas de la cama, y abri&#243; la ventana. Hab&#237;a desaparecido la niebla, es incre&#237;ble que hubiera tantos centelleos ocultos en ella, las luces por la ladera abajo, las otras del otro lado, amarillas y blancas proyectadas sobre el agua como lumbres tr&#233;mulas. Hace m&#225;s fr&#237;o. Raimundo Silva pens&#243;, penosamente, Si yo fumara, encender&#237;a ahora un pitillo, mirando al r&#237;o, pensando que todo es vago y vario, pero as&#237;, al no fumar, pensar&#233; que todo es vario y vago, realmente, pero sin pitillo, aunque el pitillo, si lo fumara, por s&#237; mismo expresar&#237;a la variedad y la vaguedad de las cosas, como el humo, si fumase. El corrector se entretiene en la ventana, nadie lo llamar&#225;, Ven adentro, que te vas a enfriar, y &#233;l intenta imaginar que lo llaman dulcemente, pero se queda un minuto pensando, vago &#233;l, y vario, y al fin, como si otra vez lo hubieran llamado, Ven adentro, te lo ruego, condesciende, cierra la ventana y vuelve a la cama, se echa sobre el lado derecho, a la espera. Del sue&#241;o.


No eran a&#250;n las ocho cuando Costa llam&#243; a la puerta. El corrector, que hab&#237;a tenido una noche dif&#237;cil, de breves e inquietos sue&#241;os, dorm&#237;a al fin pesadamente, as&#237; lo cre&#237;a la parte de &#233;l que hab&#237;a accedido a un nivel de consciencia suficiente para pensar, y ese profundo sue&#241;o se sacaba como conclusi&#243;n, vista la dificultad de despertar de la otra parte, pese a las estridencias insistentes del timbre, cuatro veces, cinco, ahora un toque prolongado hasta el infinito, como si el mecanismo del bot&#243;n estuviese enclavado. Raimundo Silva sab&#237;a, evidentemente, que deber&#237;a levantarse, pero no pod&#237;a dejar en la cama la mitad de s&#237; mismo, o tal vez m&#225;s, qu&#233; dir&#237;a Costa, porque seguro que es Costa, ahora la polic&#237;a ya no viene a sacarnos de la cama matinalmente, s&#237;, qu&#233; dir&#225; Costa al ver aparecer s&#243;lo la mitad de Raimundo Silva, tal vez a Bienvenido, un hombre siempre debe ir completo a donde lo llamen, no puede alegar, Traigo aqu&#237; esta parte de quien soy, el resto se ha retrasado en el camino. El timbre segu&#237;a tocando, Costa empieza a preocuparse, Qu&#233; silencio en la casa, al fin la mitad despierta del corrector consigue gritar con voz ronca, Voy, y s&#243;lo entonces la parte dormida se deja mover, de mala gana. Ahora, precariamente reunidos, inseguros en piernas que no se sabe a qui&#233;n pertenecen, atraviesan el cuarto, la puerta de la escalera forma &#225;ngulo recto con &#233;sta, casi se podr&#237;an abrir las dos con un solo movimiento, es Costa, claramente arrepentido de la matinal alarma, Perdone, entonces se da cuenta de que no ha dicho buenos d&#237;as, Buenos d&#237;as, perdone, se&#241;or Silva, que venga tan temprano, pero es por culpa de las pruebecitas, Costa quiere realmente que le perdonen, el humilde diminutivo no significa otra cosa, S&#237;, s&#237;, dice el corrector, pase ah&#237; al despacho.

Cuando Raimundo Silva reaparece, ci&#241;&#233;ndose el cintur&#243;n y acondicionando al cuello las solapas de la bata, que es de tonos azules, con dibujo escoc&#233;s, Costa ya tiene en la mano el mazo de pruebas, las sostiene como si las sopesara, incluso dice, comprensivo, Realmente, esto es enorme, pero no las hojea propiamente, se limita a preguntar, un poco inquieto, Ha tenido que corregir mucho, y Raimundo Silva responde, No, al tiempo que sonr&#237;e, afortunadamente nadie puede preguntarle por qu&#233;, Costa no sabe que precisamente est&#225; siendo enga&#241;ado por una palabra tan peque&#241;a, ese No que en una misma emisi&#243;n de voz esconde y revela, Costa pregunt&#243;, Ha tenido que corregir mucho, y el corrector respondi&#243;, No, sonriendo, ahora crispado cuando dice, Si quiere, puede verlas, a Costa le extra&#241;a la benevolencia, es un sentimiento vago que pronto se disipa, No vale la pena, las llevar&#233; directamente a la imprenta, me han dicho que meten el libro en m&#225;quinas en cuanto lleguen las pruebas. Si Costa hojeara las p&#225;ginas y se diera cuenta del error, piensa el corrector que a&#250;n podr&#237;a convencerlo con dos o tres frases complicadas de contexto y negaci&#243;n, de contradicci&#243;n y apariencia, de nexo e indeterminaci&#243;n, pero Costa ya s&#243;lo quiere marcharse, tiene una imprenta a su espera, est&#225; contento porque Producci&#243;n consigui&#243; una victoria m&#225;s en la lucha contra el tiempo, Hoy es el primer d&#237;a del resto de tu vida, deber&#237;a, claro est&#225;, mostrarse severo, no es bueno que las cosas acaben por resolverse siempre a &#250;ltima hora, necesitamos trabajar con mayores m&#225;rgenes de seguridad, pero el corrector tiene un aire tan desamparado metido en aquel bat&#237;n de falso escoc&#233;s, la barba crecida, el pelo grotescamente te&#241;ido, contrastando, triste, con los rastrojos blancos de la cara, que Costa, muchacho que est&#225; en la fuerza de la vida, pese a pertenecer a las generaciones que hicieron irrisi&#243;n de la bondad, calla sus just&#237;simas quejas y casi con afecto saca de la cartera el original de un nuevo libro para revisar, &#201;ste es peque&#241;o, poco m&#225;s de doscientas p&#225;ginas, y la prisa no es mucha. Raimundo Silva recibe y entiende el sentido del gesto y de las palabras, descifra el medio tono a&#241;adido o retirado de una vocal, su o&#237;do sabe leer tan bien como sus ojos, y por todo eso siente como un remordimiento de estar enga&#241;ando as&#237; la inocencia de Costa, emisario y portador de un error del que no es responsable, como acontece a la mayor&#237;a de los hombres, que viven y mueren ingenuos, afirmando y negando por cuenta ajena, aunque pagando las cuentas como si propias fuesen, pero sabio es Al&#225;, y lo dem&#225;s fantasmas de la raz&#243;n.

Se fue Costa, feliz por empezar tan bien el d&#237;a, y Raimundo Silva va a la cocina a prepararse el caf&#233; con leche y las tostadas con mantequilla. Las tostadas, para este hombre de normas y principios, son casi un vicio y verdaderamente una manifestaci&#243;n de gula irrefrenable, en la que entran m&#250;ltiples sensaciones, tanto visuales como t&#225;ctiles, tanto olfativas como gustativas, empezando por el brillo de la tostadora cromada, despu&#233;s el cuchillo cortando las rebanadas, el olor del pan tostado, la mantequilla derriti&#233;ndose y al fin el placer complejo de la boca, del paladar, de la lengua, de los dientes, a los que se pega la inefable pel&#237;cula oscura, quemada y suave, y otra vez el olor, ahora dentro de &#233;l, en el cielo est&#233; quien tan sublime cosa supo inventar. Raimundo Silva, un d&#237;a, dijo estas exactas palabras en voz alta, en un r&#225;pido momento en el que le pareci&#243; estar transfundi&#233;ndosele a la sangre la obra perfecta del fuego y del pan, que, en verdad, para &#233;l, hasta la mantequilla ser&#237;a superflua, dispensable sin mayor tristeza, aunque muy necio tendr&#237;a que ser quien rechazase lo que, a&#241;adido a lo esencial, redobla los apetitos y los sabores, es &#233;se el caso del pan tostado y de la mantequilla, de que venimos hablando, ser&#237;a tambi&#233;n el caso del amor, por ejemplo, si de &#233;l tuviera el corrector m&#225;s amplia experiencia. Acab&#243; Raimundo Silva de comer, fue al ba&#241;o, a afeitarse, a cuidar de la apariencia. Mientras no tiene la cara bien cubierta de espuma, huye de mirarse directamente al espejo, hoy vive arrepentido de haber decidido te&#241;irse el pelo, est&#225; como prisionero de sus propios artificios, porque, m&#225;s que el desagrado que le causa su imagen, lo que no soporta es la idea de que, dejando de te&#241;irse, las canas saldr&#225;n bruscarnente a la luz, de una sola vez, como una irrupci&#243;n brutal, en lugar del lento avance natural que por vanidad loca decidi&#243; un d&#237;a interrumpir. Son las peque&#241;as miserias del esp&#237;ritu que el cuerpo tiene que pagar, &#233;l que no tiene culpas.

En el despacho, s&#243;lo para ver de qu&#233; se trata el nuevo trabajo, Raimundo Silva examina el original que Costa le dej&#243;, ojal&#225; no me salga una Historia de Portugal completa, que no faltar&#237;an en ella otras tentaciones de S&#237; y de No, o aquella, quiz&#225; m&#225;s seductoramente especulativa, de un infinito Tal vez que no dejara piedra sobre piedra ni hecho sobre hecho. Por fin, es s&#243;lo una novela entre novelas, no tiene que preocuparse m&#225;s con introducir en ella lo que en ella ya se encuentra, porque libros de &#233;stos, las ficciones que cuentan, se hacen, todos y todas, con una continuada duda, con un afirmar reticente, sobre todo la inquietud de saber que nada es verdad y es necesario fingir que lo es, al menos por un tiempo, hasta que no pueda resistirse a la evidencia indudable del cambio, entonces se va uno al tiempo que pas&#243;, que s&#243;lo &#233;l es verdaderamente tiempo, e intenta reconstruir el momento que no supimos reconocer, que pasaba mientras reconstru&#237;amos otro, y as&#237; sucesivamente, momento tras momento, toda novela es eso, desesperaci&#243;n, intento frustrado de que el pasado no sea cosa definitivamente perdida. Lo que no se ha acabado a&#250;n de averiguar es si es la novela la que impide al hombre olvidarse, o si es la imposibilidad del olvido lo que lleva a escribir novelas.

Tiene Raimundo Silva el h&#225;bito higi&#233;nico de concederse a s&#237; mismo un d&#237;a de libertad cuando termina la correcci&#243;n de un libro. Es como un desahogo, dice &#233;l, una purga, y as&#237; baja de su casa al mundo, pasea por esas calles, se demora en exposiciones, se sienta en un banco del jard&#237;n, se distrae dos horas en el cine, entra en un museo para rever un cuadro s&#250;bitamente urgente, en fin, hace la vida de quien vino de visita y tan pronto no va a volver. No siempre, pese a todo, cumple el programa entero. No es raro que regrese a casa cuando a&#250;n la tarde est&#225; mediada, ni cansado ni aburrido, s&#243;lo porque lo llam&#243; la voz interior con la que ni vale la pena discutir, tiene ya un libro a la espera, otro, que la editorial, por lo mucho que lo considera y estima, nunca le dej&#243; hasta ahora sin trabajo. Pese a llevar tantos a&#241;os de esta mon&#243;tona vida, a&#250;n siente la curiosidad de saber qu&#233; palabras lo estar&#225;n aguardando, qu&#233; conflicto, qu&#233; tesis, qu&#233; opini&#243;n, qu&#233; simple enredo, aconteci&#243; eso mismo con la Historia del Cerco de Lisboa, no ser&#237;a de extra&#241;ar que desde los tiempos de la escuela nunca el azar o la propia voluntad le hubieran hecho interesarse por tan remotos episodios.

Esta vez, sin embargo, Raimundo Silva prev&#233; que regresar&#225; tarde a casa, es probable incluso que vaya a una sesi&#243;n de medianoche, y no necesitamos ser excesivamente perspicaces para percibir que su deseo es estar fuera del alcance inmediato de Costa si llega a descubrirse el fraude del que, al mismo tiempo, es autor y c&#243;mplice, porque siendo autor err&#243; y siendo corrector no corrigi&#243;. Por otra parte, son casi las diez, en la imprenta deben de estar montando ya las primeras ramas, el impresor, con los gestos pausados y minuciosos que distinguen al especialista, proceder&#225; a los ajustes, y de aqu&#237; a poco empezar&#225;n a salir velozmente las hojas de papel que van a contar la falsa Historia del Cerco de Lisboa, y tambi&#233;n de aqu&#237; a pocos minutos podr&#225; sonar el tel&#233;fono, raro es que no haya sonado ya, y se oir&#225; del otro lado a Costa gritando, Un error que no tiene explicaci&#243;n, se&#241;or Silva, menos mal que me he dado cuenta a tiempo, venga inmediatamente, tome un taxi, esto es asunto de su responsabilidad, no, no es cuesti&#243;n que pueda tratarse por tel&#233;fono, exijo su presencia, con testigos, a Costa, del nerviosismo, le falla la voz, y Raimundo Silva, tan nervioso como &#233;l, o m&#225;s, empujado por las imaginaciones, empieza a vestirse precipitadamente, se acerca a la ventana para ver c&#243;mo est&#225; el tiempo, fr&#237;o pero descubierto. En la otra orilla, las altas chimeneas lanzan al aire rollos de humo que primero suben verticalmente, hasta que el viento quiebra su impulso y los abate en una lenta nube que va hacia el sur. Raimundo Silva baja los ojos hacia los tejados que cubren el antiguo suelo de Lisboa. Tiene las manos apoyadas en la barandilla del mirador, siente el hierro fr&#237;o y &#225;spero, ahora est&#225; tranquilo, apenas mira, no piensa, y es en este instante cuando acude a su esp&#237;ritu vac&#237;o una idea para ocupar este su d&#237;a libre, algo que nunca ha hecho en su vida, no tienen raz&#243;n quienes se quejan de su brevedad si no la aprovechan como les ha sido dada.

Dej&#243; el mirador, fue al despacho, busc&#243; entre los papeles de un armario las primeras pruebas del Cerco, a&#250;n en su poder, como las segundas y las terceras, no el original, &#233;se se queda en la editorial despu&#233;s de terminada la primera revisi&#243;n, lo meti&#243; todo en una bolsa de papel, y es ahora cuando suena el tel&#233;fono. Raimundo Silva dio un respingo, la mano izquierda, guiada por el h&#225;bito, incluso se acerc&#243;, pero se par&#243; a medio camino y se recogi&#243;, ese objeto negro es una bomba de relojer&#237;a que va a estallar, una serpiente de cascabel vibrante dispuesta a atacar. Lentamente, como si temiera que los pasos pudiesen ser o&#237;dos desde donde le llaman, el corrector se aleja, murmura, Es Costa, pero est&#225; equivocado, y nunca sabr&#225; qui&#233;n le quiso hablar a esa hora de la ma&#241;ana, qui&#233;n y para qu&#233;, Costa no le dir&#225;, dentro de unos d&#237;as, Llam&#233; a su casa, pero no atendi&#243; nadie el tel&#233;fono, y tampoco otra persona, pero qui&#233;n, repetir&#225; la declaraci&#243;n, Qu&#233; pena, ten&#237;a una buena noticia que darte, el tel&#233;fono son&#243;, son&#243;, y nada. El tel&#233;fono suena, suena, pero Raimundo Silva no responder&#225;, ya est&#225; en el pasillo, dispuesto a salir, probablemente, despu&#233;s de tantas dudas y aflicciones, fue alguien que se equivoc&#243; de n&#250;mero, ocurre a veces, pero esto mismo no lo llegaremos a saber, es s&#243;lo un suponer, aunque apetece aprovechar la hip&#243;tesis, esa que dejar&#237;a m&#225;s sosegado al corrector, lo que, por otra parte, bien vistas las cosas, no pasa de irreflexiva manera de decir, considerando que tal tranquilidad, en las presentes circunstancias, ser&#237;a parecida, en todo, al precario alivio de un mero aplazamiento, aparta de m&#237; este c&#225;liz, dijo el otro, y no le servir&#237;a de nada, que de nuevo volver&#237;an a impon&#233;rselo.

Mientras baja la escalera, estrecha y empinada, Raimundo Silva va pensando que a&#250;n estar&#237;a a tiempo de evitar la mala hora que le espera cuando su temeraria acci&#243;n sea descubierta, basta tomar un taxi y correr a la imprenta, donde Costa seguramente est&#225;, feliz por haber demostrado una vez m&#225;s la eficacia que es su principal caracter&#237;stica, Costa, que es Producci&#243;n, adora ir a la imprenta a dar, por as&#237; decirlo, la voz de marcha, y va precisamente a darla cuando de pronto aparece en la puerta Raimundo Silva gritando, Alto, paren, parece el caso novelesco del emisario jadeante que trae al condenado a muerte, en el &#250;ltimo segundo, el perd&#243;n real, qu&#233; alivio, cierto es que tambi&#233;n &#233;ste precario, pero es abisal la diferencia entre saber que un d&#237;a moriremos y tener ya ante los ojos el fin de todo, el pelot&#243;n apuntando armas, mejor que nadie lo dir&#225; quien, habiendo escapado antes milagrosamente, est&#233; ahora, sin remedio, en el trance definitivo, se libr&#243; de la primera vez Dostoievski, pero no de la segunda. A la luz clara y fr&#237;a de la calle, Raimundo Silva parece ponderar a&#250;n lo que finalmente va a hacer, pero la ponderaci&#243;n es fingimiento, apariencia s&#243;lo, el corrector representa para s&#237; mismo un debate cuya conclusi&#243;n es conocida de antemano, aqu&#237; tuvo voz la acostumbrada frase de los jugadores de ajedrez intransigentes, pieza tocada, pieza jugada, mi querido Alekhine, lo que escrib&#237;, escrito est&#225;. Raimundo Silva respira hondo, mira las dos filas de edificios a izquierda y derecha, con un s&#233;ntimiento extra&#241;o de posesi&#243;n que abarca al propio suelo que pisa, &#233;l que no tiene bienes bajo el sol ni esperanzas de lograrlos, perdida que fue, en la lejan&#237;a del tiempo, la ilusi&#243;n prebendaria representada por la madrina Bienvenida, que en gloria est&#233;, si la est&#225;n confortando las oraciones de los herederos leg&#237;timos y agraciados, ni m&#225;s ni menos ego&#237;stas de lo que manda su general naturaleza, igual en todas partes. Pero verdad es que el corrector, que en este barrio junto al castillo vive hace, de tan largos, ya no contados a&#241;os, no precisando de &#233;l m&#225;s referencia que la suficiente para no perder el tino de la casa, experimenta ahora, a la par del mencionado gozo de novel propietario, una libre, una desahogada sensaci&#243;n de placer que qui&#233;n sabe si se prolongar&#225; m&#225;s all&#225; de la pr&#243;xima esquina, cuando d&#233; la vuelta hacia la Rua Bartolomeu de Gusm&#227;o, en la zona de la sombra. Mientras camina, se pregunta a s&#237; mismo de d&#243;nde le vendr&#225; semejante seguridad, si tan bien sabe que lo sigue la famosa espada de Damocles, en forma de carta de despido, por causa m&#225;s que justa, incompetencia, fraude deliberado, premeditaci&#243;n maliciosa, incitaci&#243;n a la perversi&#243;n. Pregunta, e imagina recibir la respuesta de la propia falta que cometi&#243;, no de la falta en s&#237;, sino de sus consecuencias obvias, esto es, Raimundo Silva, que justamente se encuentra en los lugares de la antigua ciudad mora, tiene, de esta coincidencia hist&#243;rica y topogr&#225;fica, una consciencia m&#250;ltiple, caleidosc&#243;pica, sin duda gracias a la decisi&#243;n que formalmente tom&#243; de que los cruzados decidieran no auxiliar a los portugueses y, en consecuencia, que se las arreglen &#233;stos como puedan, con sus parcas fuerzas nacionales, si nacionales podemos llamarlas ya, siendo cierto que hace siete a&#241;os, pese a la ayuda de otra cruzada semejante, se dieron de narices contra las murallas, o ni siquiera intentaron aproximarse a ellas, qued&#225;ndose todo en correr&#237;as, devastaci&#243;n de huertos y cercados y otros atropellos contra la propiedad privada. Ahora bien, estas consideraciones minuciosas tienen por &#250;nico fin poner en claro, aunque mucho cueste admitirlo a la luz de la cruda realidad, que, para Raimundo Silva, y hasta nueva orden o hasta que Dios Nuestro Se&#241;or de otra manera lo disponga, Lisboa sigue siendo de moros, puesto que, sop&#243;rtese pacientemente la repetici&#243;n, no han pasado a&#250;n veinticuatro horas sobre el fatal minuto en que los cruzados manifestaron su afrentosa negativa, y en tan escaso tiempo no podr&#237;an los portugueses resolver, por s&#237; solos, las complejas cuestiones t&#225;cticas y estrat&#233;gicas de cerco, asedio, batalla y asalto, esperemos que por decreciente orden de duraci&#243;n, cuando llegue el momento.

Evidentemente, la confiter&#237;a A Graciosa, donde el corrector ahora est&#225; entrando, no se encontraba aqu&#237; en el a&#241;o mil ciento cuarenta y siete en que estamos, bajo este cielo de junio, magn&#237;fico y c&#225;lido pese a la brisa fresca que viene del lado del mar por la boca de la barra. Una confiter&#237;a es, desde siempre, buen lugar para saber las novedades, en general la gente no lleva mucha prisa, y siendo &#233;ste un barrio popular, donde todos se conocen y donde la familiaridad de lo cotidiano ya redujo al m&#237;nimo las ceremonias previas a la comunicaci&#243;n, salvo, claro est&#225;, algunas f&#243;rmulas sencillas, Buenos d&#237;as, C&#243;mo le va, Todo bien, que se dicen sin prestar gran atenci&#243;n al significado real de las preguntas y respuestas, es natural que en seguida se pase a las preocupaciones del d&#237;a, que son varias y todas graves. La ciudad est&#225; convertida en un coro de lamentaciones, con toda esa gente que va entrando de huida, acosada por las tropas de Ibn Arrinque, el Gallego, a quien Al&#225; fulmine y condene al infierno profundo, y vienen en lastimoso estado los infelices, chorreando sangre las heridas, llorando y gritando, no pocos con mu&#241;ones en vez de manos, o cruelmente desorejados, o sin nariz, es el aviso que manda el rey portugu&#233;s, y parece, dice el due&#241;o de la confiter&#237;a, que vienen cruzados por mar, malditos sean, corre que ser&#225;n unos doscientos nav&#237;os, esta vez las cosas se ponen feas, no hay duda, Ay, pobrecillos, dice una mujer gorda, limpi&#225;ndose una l&#225;grima, que ahora mismo vengo de la Porta de Ferro, y es una ostentaci&#243;n de miserias y desgracias que ya no saben los m&#233;dicos ad&#243;nde acudir, vi personas con la cara convertida en un cuajar&#243;n de sangre, un pobre con los ojos vaciados, horror, horror, que caiga la espada del Profeta sobre los asesinos, Caer&#225;, dijo un joven que, apoyado en la barra, beb&#237;a un vaso de leche, caer&#225; si es nuestra mano quien la empu&#241;a, No nos rendiremos, dijo el due&#241;o de la confiter&#237;a, hace siete a&#241;os vinieron tambi&#233;n portugueses y cruzados y se llevaron que contar, Pues s&#237;, volvi&#243; el joven, despu&#233;s de limpiarse la boca con el dorso de la mano, pero Al&#225; no suele ayudar a quien a s&#237; mismo no se ayuda, y esos cinco barcos de cruzados que llevan ah&#237; en el r&#237;o seis d&#237;as fondeados, me pregunto por qu&#233; no los atacamos y echamos al fondo, Qu&#233; justa obra ser&#237;a &#233;sa, dijo la gorda, en pago de las miserias de los nuestros, En pago, no, dijo el due&#241;o de la confiter&#237;a, que las cuentas de nuestras venganzas nunca fueron menos que cien por uno, Pero mis ojos son como palomas muertas que no volver&#225;n a los nidos, dijo el almu&#233;dano.

Raimundo Silva entr&#243;, dio los buenos d&#237;as sin reparar en qui&#233;n estaba, y eligi&#243; una mesa detr&#225;s del escaparate donde se exhib&#237;an las seducciones de la dulcer&#237;a habitual, los pasteles de nata, las palmeras, las cornucopias, los madalenas, los pastelillos de arroz, los jesuitas, e, inevitables, los cruasanes, con la forma que les dio el nombre en franc&#233;s, creciente, luego convertido en decreciente a la primera dentellada, menguante pues, hasta no quedar en el plato m&#225;s que migajas, &#237;nfimos cuerpos celestes que el gigantesco dedo de Al&#225;, humedecido, va llev&#225;ndose a la boca, despu&#233;s no quedar&#225; m&#225;s que el terrible vac&#237;o c&#243;smico, si son compatibles el ser y la nada. El empleado, que due&#241;o no es, interrumpe la limpieza de unos vasos, y trae el caf&#233; que el corrector pidi&#243;, lo conoce pese a no ser parroquiano de todos los d&#237;as, s&#243;lo de vez en cuando, y siempre da idea de venir aqu&#237; para rellenar un intervalo ocasional, ahora parece haberse sentado con m&#225;s descanso, abre una bolsa de papel de donde saca un grueso mazo de hojas sueltas, el empleado busca espacio para posar la tacita y el vaso de agua, pone el terr&#243;n de az&#250;car en el platillo, y antes de retirarse repite el comentario que hizo a lo largo de la ma&#241;ana, habla del fr&#237;o que hace, Afortunadamente hoy no hay niebla, el corrector sonr&#237;e como si hubiera acabado de recibir una noticia agradable, Es verdad, afortunadamente no hay niebla, pero una mujer gorda, en la mesa de al lado, que acompa&#241;a con una leche manchada su bollo de hojaldre, informa que, seg&#250;n el bolet&#237;n meteorol&#243;gico, ella pronuncia, viciosamente, Metrol&#243;gico, es probable que vuelva a aparecer la niebla al caer la tarde, qui&#233;n lo dir&#237;a, estando ahora el cielo tan claro, el sol reluciente, observaci&#243;n poetizante que ella no hizo, pero que, por irresistible, aqu&#237; se recoge. El tiempo, como la fortuna, es inconstante, dijo el corrector, consciente de la estupidez de la frase. No respondi&#243; el empleado, la mujer no respondi&#243;, que &#233;sa es la m&#225;s prudente actitud ante sentencias definitivas, o&#237;r y callar, esperando que el mismo tiempo las haga caer en pedazos, no siendo infrecuente que las haga m&#225;s definitivas a&#250;n, como las de griegos y latinos, al fin condenadas al olvido cuando el tiempo haya pasado del todo. El empleado volvi&#243; al lavado de vasos, la mujer a lo que queda del hojaldre, dentro de poco, disimuladamente, por ser acto de mala educaci&#243;n, aunque irresistible, catar&#225; con el &#237;ndice mojado las migajas del pastel, pero no conseguir&#225; recogerlas todas, una a una, porque los fragmentos del hojaldre, lo sabemos por experiencia, son como polvillo c&#243;smico, incontables, got&#237;culas de una neblina infinita y sin remisi&#243;n. En esta confiter&#237;a tambi&#233;n estar&#237;a un joven si no hubiera muerto en la guerra, y en cuanto al almu&#233;dano no hay m&#225;s que recordar que &#237;bamos empezando a saber c&#243;mo termin&#243;, de misericordioso susto, cuando sobre &#233;l ven&#237;a el cruzado Osberno, pero no el tal, de espada en alto, chorreando sangre fresca, que Al&#225; se apiade de sus y a pesar de ello desgraciadas creaturas. Mientras tomaba el caf&#233;, Raimundo Silva buscaba las pruebas de la Historia del Cerco de Lisboa que le interesaban, no el discurso del rey, no los episodios de la lucha, perdi&#243; todo el inter&#233;s sobre la cuesti&#243;n de las hondas baleares o bale&#225;ricas, y tampoco quiere ahora saber de rendici&#243;n y saqueo. Ha encontrado ya lo que buscaba, cuatro p&#225;ginas que separa del conjunto y relee atentamente, pasando sobre las referencias m&#225;s importantes un trazador fluorescente, amarillo. La mujer gorda mira con desconfiado respeto la operaci&#243;n incomprensible, y luego, sin que nada lo hiciera prever, mucho menos por una relaci&#243;n directa de causa y efecto entre un acto ajeno y un pensamiento propio, re&#250;ne precipitadamente las migajas en un mantoncito y, con las pulpas de los dedos juntas, las recoge, las aprieta y se las lleva a la boca, aspir&#225;ndolas con voluptuosidad. Molesto por el ruido, Raimundo Silva mir&#243; de lado, como reprendi&#233;ndola, no hay duda, piensa &#233;l, que la tentaci&#243;n regresiva es una constante de la especie humana, si Don Afonso Henriques come a la manera mora con los dedos, qu&#233; se le va a hacer, costumbre es &#233;sa de los tiempos, aunque ya empiecen a notarse por ah&#237; algunas innovaciones, como esta de clavar el cuchillo en la tajada y llev&#225;rsela as&#237; a la boca, ahora s&#243;lo falta que se le ocurra a alguien la obvia idea de abrir unos dientes en la hoja, y es que ya tarda la invenci&#243;n, bastar&#237;a con que los inventores distra&#237;dos reparasen en las horquillas de tosco palo con que los labradores juntan y recogen el trigo segado, y la cebada, y los levantan y suben a los carros, demasiado ha mostrado la experiencia que nadie ir&#225; lejos en arte y vida si por los usos de la corte se ha dejado deslumbrar. Pero esta mujer de la confiter&#237;a es que no tiene disculpa, seguro que los padres, con mucho trabajo, le ense&#241;aron a comportarse en la mesa, y ah&#237; est&#225;, reincidente, acaso vendr&#225; de los groseros tiempos de entonces, cuando moros y cristianos se igualaban en los modos, opini&#243;n, por otra parte, muy controvertida, porque no falta quien afirme e intente probar que la ventaja en civilizaci&#243;n la llevaban los seguidores de Mahoma, y que a los otros, cafres rematados, regalados en su tozudez, apenas empezaba a&#250;n a brotarles el prurito de las buenas maneras, pero todo cambiar&#225; el d&#237;a en que les entre en el alma la fiebre del culto a la Virgen Nuestra Se&#241;ora, tan arrebatado que har&#225; descuidar el de Su Divino Hijo, por no hablar ya del poco caso que, en el trato cotidiano, insulta al Padre Eterno. Y as&#237; se evidencia c&#243;mo, naturalmente, sin esfuerzo, por un suave deslizarse de asunto en asunto, se asciende del pastel de hojaldre, comido por una mujer en A Graciosa, a Aquel que comer no precisa, pero que, ir&#243;nicamente, puso en nosotros mil deseos y necesidades.

Raimundo Silva hace volver a la bolsa de papel las pruebas de la Historia del Cerco de Lisboa, con excepci&#243;n de las cuatro elegidas p&#225;ginas, que dobla y cuidadosamente guarda en el bolsillo inferior de la chaqueta, y va a la barra, donde el empleado sirve un vaso de leche y un bollo a un joven con cara de quien anda buscando empleo y la expresi&#243;n concentrada de quien prev&#233; que en ese d&#237;a no va a tener m&#225;s abundante refecci&#243;n. El corrector es un observador bastante competente y sensible para, de una simple mirada r&#225;pida, recoger informaci&#243;n tan completa, podemos incluso admitir la hip&#243;tesis de que alg&#250;n d&#237;a habr&#225; encontrado en el espejo de su casa unos ojos as&#237;, los suyos, no ser&#237;a preciso decirlo, y no vale la pena pregunt&#225;rselo, que, de &#233;l, lo que m&#225;s nos interesa es el presente, y, si del pasado un recuerdo, mucho menos el suyo que, del pasado general, la parte modificada por la palabra impertinente. Ahora nos falta ver ad&#243;nde nos llevar&#225; ella, sin duda, en primer lugar, a Raimundo Silva, pues la palabra, cualquiera, tiene esa facilidad o virtud de conducir siempre a quien la dijo, y luego, tal vez, tal vez, a nosotros, que estamos yendo tras ella, como perdigueros olfateando, consideraciones &#233;stas evidentemente prematuras, si el cerco a&#250;n ni siquiera ha empezado, los moros que entran en la confiter&#237;a entonan a coro, Venceremos, venceremos, con las armas que tenemos en la mano, puede ser, pero para tanto es preciso que Mahoma ayude lo mejor que sepa, pues armas no las vemos, y el arsenal, si la voz del pueblo es realmente la voz de Al&#225;, no est&#225; num&#233;ricamente provisto en proporci&#243;n a sus necesidades. Raimundo Silva le dice al empleado, Gu&#225;rdeme hasta luego este paquete, vendr&#233; a buscarlo antes de cerrar, se entiende que se refiere a la confiter&#237;a, y el empleado mete la bolsa de papel entre dos tarros de caramelos, a su espalda, Aqu&#237; no lo toca nadie, dice, no se le ocurri&#243; la idea de preguntar por qu&#233; no deja Raimundo Silva la bolsa en casa, viviendo como vive cerca de all&#237;, en la Rua do Milagre de Santo Ant&#243;nio, a la vuelta de la esquina, ahora bien, los camareros, en contra de lo que es general opini&#243;n, son personas discretas, oyen con santa paciencia los rumores que van corriendo, un d&#237;a y otro, toda la vida, y empiezan ya a cansarse de la monoton&#237;a, verdad es que por un deber de cortes&#237;a profesional y para que no se moleste el parroquiano que es su raz&#243;n de vivir, dan muestras de gran inter&#233;s y atenci&#243;n, pero, en el fondo, est&#225;n siempre pensando en otra cosa, a &#233;ste, por ejemplo, qu&#233; le podr&#237;a importar la respuesta del corrector si se la diera, Tengo miedo de que suene el tel&#233;fono. El joven acab&#243; de comer su bollo, ahora se enjuaga la boca disimuladamente con la leche para soltar los residuos que quedaron agarrados a dientes y enc&#237;as, en el provecho est&#225; la ganancia, ense&#241;aban nuestros padres, pero a ellos no los enriqueci&#243; tan extremada sabidur&#237;a, y, por lo que sabemos, tampoco fue &#233;se el origen de los llorados bienes de la madrina Bienvenida, Dios la perdone, si puede.

Hace bien el empleado de la confiter&#237;a en no dar o&#237;dos a lo que se dice. Por dem&#225;s es sabido que, en caso de tensi&#243;n internacional grave, la primera actividad industrial que da se&#241;al inmediata de inestabilidad y quiebra es el turismo. Ahora bien, si la situaci&#243;n, aqu&#237;, en esta ciudad de Lisboa, fuese efectivamente de inminencia de cerco y asalto, no estar&#237;an llegando estos turistas, son los primeros de la ma&#241;ana, en dos autobuses, uno de japoneses, gafas y c&#225;maras fotogr&#225;ficas, otro de americanos con sudaderas y bermudas. Se re&#250;nen detr&#225;s de los int&#233;rpretes, y lado a lado, en dos columnas separadas, se lanzan a la subida, van a entrar por la Rua do Ch&#227;o da Feira, por la puerta donde est&#225; la hornacina de San Jorge, admirar&#225;n al santo y al pavoroso drag&#243;n, rid&#237;culo de tama&#241;o, &#233;ste, a ojo de japoneses habituados a m&#225;s prodigiosas bestias de la especie. En cuanto a los americanos, ser&#225; notoria la humillaci&#243;n de reconocer cu&#225;n pobre figura hace un vaquero del Oeste laceando un becerro reci&#233;n destetado, en comparaci&#243;n con el caballero de armas de plata, invencible en todos los combates, aunque se empiece a sospechar que desisti&#243; de nuevas luchas y vive de la buena fama que en el pasado alcanz&#243;. Ya han entrado los turistas, la calle se ha quedado s&#250;bitamente quieta, apetecer&#237;a incluso escribir que en estado de modorra, si la palabra, que irresistiblemente insin&#250;a en el esp&#237;ritu y en el cuerpo las lasitudesde un ardiente est&#237;o, no resultase incongruente en la fr&#237;a ma&#241;ana de hoy, aunque en sosiego el lugar y yendo tan pac&#237;ficas las personas. Desde aqu&#237; se alcanza a ver el r&#237;o, por encima de los merlones de la catedral que parecen de juguete sobre los campanarios que el desnivel del terreno hace invisibles, y, pese a la gran distancia, se percibe la serenidad que hay en &#233;l, se adivina incluso el vuelo de las gaviotas sobre el reluciente caminar de las aguas. Si fuese verdad que hay cinco barcos de cruzados m&#225;s all&#225;, sin duda habr&#237;an empezado a bombardear la ciudad inerme, pero tal cosa no podr&#225; acontecer, que bien sabemos nosotros que de ese lado no vendr&#225; peligro a los moros, una vez que fue dicho, y del dicho se hizo escrito para valer y dar fe, que no van los portugueses, en este caso, a contar con la ayuda de quien s&#243;lo aqu&#237; fonde&#243; para hacer aguada y descansar de los trabajos de la navegaci&#243;n y de la aflicci&#243;n de las tormentas, antes de seguir viaje para arrancar de manos de los infieles, no una vulgar ciudad, como &#233;sta, sino el suelo precioso que sinti&#243; el peso de Dios y que de sus pies a&#250;n guarda, en alg&#250;n sitio por donde nadie volvi&#243; a pasar y que la lluvia y el viento dejaron intacto, las propias divinas huellas, descalzas.

Raimundo Silva dobl&#243; la esquina hacia la Rua do Milagre de Santo Ant&#243;nio, y al pasar ante su casa, tal vez porque medio conscientemente aguzara el o&#237;do a los sonidos que le rodeaban, crey&#243; percibir, por un instante, el timbre de un tel&#233;fono, Ser&#225; el m&#237;o, pens&#243;, pero el sonido hab&#237;a llegado de muy cerca, podr&#237;a haber sido en la barber&#237;a del otro lado de la calle, y es en ese preciso segundo cuando se le ocurre otra posibilidad, qu&#233; imprudencia la suya, ha sido una estupidez rematada pensar que Costa empezar&#237;a precisamente por usar el tel&#233;fono, Qui&#233;n sabe si no vendr&#225; ya por ah&#237;, y la imaginaci&#243;n, condescendiente, represent&#243; el cuadro de inmediato, Costa en el autom&#243;vil, subiendo furiosamente la Rua do Limoeiro, flotando a&#250;n en el aire el rechinar de los neum&#225;ticos en la curva de la catedral, si Raimundo Silva no se pone a salvo de inmediato, ah&#237; aparece Costa con el motor rugiendo, frenando a fondo al llegar a la puerta y diciendo, sofocado, Suba, suba, que tenemos mucho de que hablar, no, aqu&#237; no quiero hablar, pese a todo, Costa es una persona educada, incapaz de montar una escena en la calle. El corrector no espera m&#225;s, baja precipitadamente las Escadinhas de San Crispim y no se detiene hasta despu&#233;s de la curva, oculto al ansioso oteo de Costa. Se sienta en un escal&#243;n para recuperarse del susto, ahuyenta a un perro que se aproxima tendiendo el hocico, bebi&#233;ndole los aires, y saca del bolsillo los papeles que hab&#237;a separado del mazo de pruebas, los desdobla, los alisa sobre las rodillas.

Su idea, nacida cuando desde el mirador oteaba los tejados descendiendo como escalones hasta el r&#237;o, es acompa&#241;ar el trazado de la muralla mora, siguiendo las informaciones del historiador, pocas, dubitables, como tiene la honradez de reconocer. Pero aqu&#237;, ante los ojos de Raimundo Silva, est&#225; precisamente un trozo, si no de la propia e incorruptible muralla, por lo menos un muro que ocupa el exacto lugar del otro, descendiendo a lo largo de las escaleras, por debajo de una hilera de ventanas anchas sobre las que se alzan altos aleros. Raimundo Silva est&#225; en el lado de fuera de la ciudad, pertenece al ej&#233;rcito sitiador, no faltar&#237;a m&#225;s que se abriera ahora uno de aquellos ventanales y apareciera una mocita mora cantando, &#201;sta es Lisboa preciada, Resguardada, Aqu&#237; tendr&#225; perdici&#243;n, El cristiano, y tras cantar, cerr&#243; de un portazo la ventana en se&#241;al de desprecio, pero si los ojos del corrector no le enga&#241;an, el visillo de muselina fue apartado sutilmente, y bast&#243; este gesto simple para que se quebrara la amenaza que hab&#237;a en las palabras, a condici&#243;n de que las tom&#225;semos al pie de la letra, porque bien podr&#237;a ser que Lisboa, al contrario de lo que parec&#237;a, no fuera ciudad, sino mujer, y la perdici&#243;n s&#243;lo amorosa, si el restrictivo adverbio tiene cabida aqu&#237;, si no es &#233;sa la &#250;nica y feliz perdici&#243;n. El perro se acerc&#243; otra vez, ahora Raimundo Silva lo mir&#243; aprensivo, no sea que est&#233; rabioso, un d&#237;a ley&#243;, no recuerda d&#243;nde, que una de las se&#241;ales del terrible mal es la cola ca&#237;da, y este rabo no muestra gran vigor, pero ser&#225; por culpa del hambre que bien se le marcan las costillas al animal, y es se&#241;al tambi&#233;n, pero &#233;sta decisiva, la siniestra baba cay&#233;ndole de fauces y colmillos, aunque, el chucho aqu&#237; presente, si deja caer la baba, ser&#225; por est&#237;mulo de un olor a comida en el fuego aqu&#237; en las Escadinhas de San Crispim. El perro, tranquilic&#233;monos, no est&#225; rabioso, si fuera en el tiempo de los moros, quiz&#225;, pero ahora, en una ciudad como &#233;sta, moderna, higi&#233;nica, organizada, hasta esta misma muestra de perro vagabundo resulta extra&#241;a, probablemente se ha salvado de la red por frecuentar este camino desviado y pino, que requiere pierna &#225;gil y huelgos de muchacho, bondades que no confluyen inevitablemente en los perreros.

Raimundo Silva va consultando los papeles, siguiendo mentalmente el itinerario, y mira a hurtadillas al perro, y recuerda entonces la descripci&#243;n que el historiador hizo de los horrores del hambre de los sitiados al cabo de los meses, no qued&#243; vivo ni can ni gato, hasta las ratas se comieron, pero en fin, siendo as&#237;, ten&#237;a raz&#243;n quien dijo que un perro ladr&#243; en aquella serena madrugada en que el almu&#233;dano subi&#243; al alminar para llamar a los creyentes a la oraci&#243;n de la ma&#241;ana, errado estar&#237;a, s&#237;, quien argumentase que, por ser el perro impuro animal, no lo tolerar&#237;an a su vista los moros, aunque debamos admitir que lo excluyeran de las casas, de las caricias y de la escudilla, pero nunca del vasto Islam, porque, en verdad, si somos tan capaces de vivir la vida en paz con nuestras propias impurezas, por qu&#233; habr&#237;amos de rechazar violentamente las impurezas ajenas, en este caso de naturaleza perruna, por tanto mucho m&#225;s inocente que la otra, la de los humanos, que tan mal uso hacen del nombre del perro, a diestro y siniestro tir&#225;ndoselo a la cara a los enemigos, de moros a cristianos, de cristianos a moros, y ambos a los jud&#237;os. Por no hablar sino de quienes mejor conocemos, los hidalgos portugueses que ah&#237; vienen, todo en ellos son cuidados y recomendaciones para sus dogos, y alanos, hasta el punto de ser adictos a dormir con ellos, con tanto o mayor gusto que con las concubinas, y, ya ven, para el m&#225;s cruel adversario no eligen peor palabra que llamarle, Perro, dicen, y parece no haber otra ofensa que m&#225;s duela, salvo Hijo de Perra. Y todo esto se va pasando por arbitrario criterio de hombres, ellos son los que hacen las palabras, los animales, pobrecillos, son ajenos a esas gram&#225;ticas, asisten a la disputa, Perro, dice el moro, Perro t&#250;, responde el cristiano, y empiezan a batirse con lanza, espada y daga, mientras los perros se dicen los unos a los otros, Somos nosotros los perros, y no les importa.

Sabiendo ya el camino que ha de tomar, Raimundo Silva se levanta, se sacude los pantalones y empieza a bajar las escaleras. El perro lo sigui&#243;, pero de lejos, como quien tiene una vieja experiencia de cantazos, y le basta, para llevarse un susto, el ver que el hombre se inclina y finge agarrar una piedra. En el fondo de las escaleras vacil&#243;, parec&#237;a pensar, Sigo, no sigo, pero se decidi&#243; y se fue tras el corrector, que va bajando ya la Calzada do Correio Velho. Por esos sitios, o un poco m&#225;s adentro, para obedecer al alineamiento del tramo de S. Crispim, bajaba la muralla, en l&#237;nea recta, se supone, hasta la famosa Porta de Ferro, otros dicen do Ferro, de la que no qued&#243; rastro ni resto que hoy se diga, tal vez si levant&#225;semos este empedrado moderno de la Plaza de Santo Ant&#243;nio da S&#233;, y excav&#225;semos hondo aparecieran algunos fundamentos de aquel tiempo, algunas escamas de herrumbre de las antiguas armas, un olor a tumba, y dos confundidos esqueletos, de guerreros, no de amantes, gritar&#225;n al mismo tiempo, Perro, y al mismo tiempo uno y otro se mataran. Suben y bajan autom&#243;viles, los tranv&#237;as rechinan en la curva de la Magdalena, son de la l&#237;nea veintiocho, particularmente estimados por los directores de cine, y all&#225; delante, virando frente a la catedral, va otro autocar repleto de turistas, deben de ser franceses que se creen que est&#225;n en Espa&#241;a. El perro tiene dudas sobre si atravesar o no, su mundo m&#225;s allegado y conocido es el de las calles altas, y a pesar de ver que el hombre mira para atr&#225;s mientras desciende por la Rua da Padaria, a lo largo de lo que ser&#237;a, hace siglos, el lienzo de muralla que iba hasta la Rua dos Bacalhoeiros, no se atreve a continuar, tal vez el miedo ahora se le vuelva insoportable por recuerdo de un susto antiguo, gato escaldado del agua fr&#237;a huye, el perro tambi&#233;n, vuelve a las Escadinhas de San Crispim, a la espera de quien aparezca.

El revisor anda revisando, entra por el Arco Escuro, para conocer la escalera que el historiador dice ser una de las que en aquel tiempo daban acceso al adarve de la muralla, o mejor, &#233;sta est&#225; en el sitio donde se hallar&#237;a la otra de origen, los escalones de la de ahora s&#243;lo han sido desgastados por dos o tres generaciones cuanto m&#225;s. Raimundo Silva observa con detenimiento las ventanas oscuras, las fachadas salitrosas y carcomidas, los registros de azulejos, este que lleva la fecha de mil setecientos sesenta y cuatro, con una Santa Ana ense&#241;ando a su hija Mar&#237;a a leer, y, en medallones laterales, como ac&#243;litos, San Marcial, que protege de los incendios, y San Antonio, restaurador de botijas y supremo hallador de objetos desencaminados. Los azulejos, a falta de certificado aut&#233;ntico, sirven de documento aproximado, si la fecha que llevan es, como todo permite creer, la del a&#241;o en que la casa fue construida, pasados nueve del terremoto. El corrector valora su caudal de conocimientos y lo encuentra m&#225;s rico, por eso, volviendo a la Rua dos Bacalhoeiros, mirar&#225; con desd&#233;n superior a los transe&#250;ntes ignorantes, ajenos a estas curiosidades de la ciudad y vida, sin competencia siquiera para relacionar dos fechas tan expl&#237;citas. No obstante, poco despu&#233;s, cuando est&#233; ante el Arco das Portas do Mar, creyendo en su interior que el nombre merecer&#237;a otra traducci&#243;n arquitect&#243;nica, no un prosaico indicador de agentes de aduanas, en ese momento, pensando en los desencuentros entre palabras y sentido, se observ&#243; a s&#237; mismo y de s&#237; mismo hizo severo juicio, En definitiva, qu&#233; derecho tengo yo a juzgar a los otros, vivo en Lisboa desde que nac&#237;, y nunca se me hab&#237;a ocurrido venir a ver, con mis propios ojos, cosas que est&#225;n en libros, cosas que algunas veces mir&#233; y volv&#237; a mirar, sin ver, casi tan ciego como el almu&#233;dano, y si no fuera por la amenaza de Costa, probablemente nunca se me habr&#237;a ocurrido comprobar el trazado de la muralla, las puertas, que estas de aqu&#237; supongo que ser&#225;n de la muralla fernandina, claro que cuando llegue al fin de mi paseo sabr&#233; m&#225;s, pero tambi&#233;n es cierto que sabr&#233; menos, precisamente por saber m&#225;s, en otras palabras, a ver si me explico, la consciencia de saber m&#225;s me conduce a la consciencia de saber poco, adem&#225;s me apetece preguntar, qu&#233; es saber, ten&#237;a raz&#243;n el historiador, mi vocaci&#243;n ser&#237;a de fil&#243;sofo, de los buenos, de esos que cogen una calavera y se pasan la vida entera interrog&#225;ndose sobre la importancia que un cr&#225;neo tiene en el universo y si hay raz&#243;n para que el universo se preocupe de esa calavera o para que alguien se interrogue sobre universo y calavera, y ahora llegamos, esto dice el gu&#237;a indispensable, se&#241;oras y se&#241;ores, turistas, viajeros, o simples curiosos, al Arco da Concei&#231;&#227;o, donde se alz&#243; el c&#233;lebre surtidor de la Pereza, dulc&#237;simas aguas que mataron la sed y el apetito de trabajar de mucha gente, hasta hoy.

Raimundo Silva no tiene prisa. Consulta gravemente el itinerario, para satisfacci&#243;n suya va tomando minuciosas notas mentales, complementarias por as&#237; decirlo, que atestiguan su propia contemporaneidad, all&#225; en la Cal&#231;ada do Correio Velho una soturna agencia funeraria, una espuma blanca en el cielo azul, de reactor, como en el azul del mar la larga estela de un barco r&#225;pido, la Pens&#227;o Casa Oliveira Bons Quartos da Rua da Padaria, el Restaurante Come, Petisca, Paga, Vai Dar Meia Volta, justo al lado de las Portas do Mar, la Cervecer&#237;a Arco da Concei&#231;ao, la alta piedra de armas de los Mascarenhas en la esquina de una casa del Arco de Jes&#250;s, donde habr&#237;a estado una puerta de la muralla mora, la pintada en la pared, protestando, el portal neocl&#225;sico del palacio de los condes de Coculim, que Mascarenhas eran, almac&#233;n de hierros, en eso acabaron las grandezas, un mundo de cosas fugaces, transitorias, que ciertamente todas lo son, sin excepci&#243;n, pues ya el rastro del avi&#243;n se disip&#243; y del resto dar&#225; el tiempo cuenta a su tiempo, basta s&#243;lo la paciencia de esperar. El corrector entr&#243; en Alfama por el Arco de Chafariz dEl-Rey, comer&#225; por ah&#237;, en una casa de comidas de la Rua de S. Jo&#227;o da Pra&#231;a, cerca de la torre de S. Pedro, una comida popular portuguesa de jureles fritos y arroz con tomate, con ensalada, y mucha suerte, que le tocaron en el plato las tiern&#237;simas hojas del cogollo de la lechuga, donde, verdad que no todos saben, se recoge el frescor incomparable de las ma&#241;anas, el roc&#237;o, el orvallo, que todo es lo mismo, pero se deja repetido por el simple gusto de escribir las palabras y decirlas de modo sabroso. A la puerta del restaurante estaba una muchachita gitana, de unos doce a&#241;os, tendiendo la mano, a la espera, sin pronunciar palabra, s&#243;lo mirando fijamente al corrector, que, prendido en los pensamientos que le ocupan, no vio gitana, sino mora, en la hora de la primera necesidad, cuando a&#250;n hab&#237;a a quien pedir, y los perros, los gatos y los ratones cre&#237;an tener vida asegurada hasta su muerte natural, por enfermedad o guerra de las especies, finalmente el progreso es una realidad, hoy nadie anda en Lisboa a la caza de animales de &#233;stos para comer, Pero el cerco no ha acabado, avisan los ojos de la gitana.

Raimundo Silva recorrer&#225; m&#225;s lentamente lo que a&#250;n le falta inspeccionar, otro lienzo de la muralla en el Patio do Senhor da Mur&#231;a, la Rua da Adi&#231;a, por donde la muralla sub&#237;a, y la Norberto de Ara&#250;jo, de bautismo reciente, en lo alto un poderoso lienzo de muro, carcomido en la base, &#233;stas son piedras vivas verdaderamente, est&#225;n aqu&#237; hace nueve o diez siglos, si no m&#225;s, del tiempo de los b&#225;rbaros, y resisten, aguantan imp&#225;vidas el campanario de la iglesia de Santa Lucia o de San Blas, lo mismo da, en este lugar se abr&#237;an, ladies and gentlemen, las antiguas Portas do Sol, vueltas hacia el naciente, primeras en recibir el rosado h&#225;lito del amanecer, ahora no queda m&#225;s que la plaza que de ellas tom&#243; nombre, pero no han cambiado los efectos especiales de la aurora, que un milenio, para el sol, es como un breve suspiro nuestro, sic transit, claro est&#225;. La muralla continuaba por estos lados, en &#225;ngulo obtuso, muy abierto, directa a la muralla de la alcazaba, quedando as&#237; rematado el cerco de la ciudad, desde el borde de las aguas, abajo, hasta los nudos de encuentro en el castillejo, cabeza alta y robustos encajes, brazos arqueados, dedos entrelazados, firmes, como de mujer sosteniendo el vientre gr&#225;vido. El corrector, cansado, sube la Rua dos Cegos, entra en el patio de Don Fadrique, el tiempo se abre en dos ramas para no tocar esta aldea rupestre, est&#225; igual, por as&#237; decir, desde los godos, o los romanos, o los fenicios, despu&#233;s fue cuando vinieron los moros, los portugueses de ra&#237;z, sus hijos y sus nietos, estos que somos, el poder y la gloria, las decadencias, primera, segunda y tercera, cada una de ellas dividida en g&#233;neros y subg&#233;neros. Por la noche, en este espacio entre casas bajas, se juntan los tres fantasmas, el de lo que fue, el de lo que estuvo a punto de ser, el de lo que podr&#237;a haber sido, no hablan, se miran como se miran los ciegos, y callan.

Raimundo Silva se sienta en un banco de piedra, a la fr&#237;a sombra de la tarde, consulta por &#250;ltima vez los papeles y comprueba que nada m&#225;s hay por ver, al castillo lo conoce lo bastante como para no tener que volver hoy, aunque sea d&#237;a de inventario. El cielo empieza a ponerse blanco, tal vez un aviso de la niebla prometida por la meteorolog&#237;a, la temperatura baja r&#225;pidamente. El corrector sale del patio a la Rua do Ch&#227;o da Feira, enfrente est&#225; la Porta de S. Jorge, incluso desde aqu&#237; se puede ver que hay personas fotografiando al santo, todav&#237;a. A menos de cincuenta metros, aunque invisible desde aqu&#237;, est&#225; su casa, y, al pensarlo, se da cuenta, por primera vez con evidencia luminosa, de que vive en el lugar exacto donde antiguamente se abr&#237;a la Porta da Alfofa, si de la parte de dentro o de la de fuera es cosa que hoy no se puede averiguar e impide que sepamos, desde ya, si Raimundo Silva es sitiado o sitiador, vencedor futuro o perdedor sin remedio.

No hab&#237;a, bajo la puerta, ning&#250;n furioso recado de Costa. Se hizo de noche y no son&#243; el tel&#233;fono. Raimundo Silva ocup&#243; tranquilamente la velada buscando en las estanter&#237;as libros que le hablaran de la Lissibona mora. Ya tarde, fue hasta el mirador, a ver c&#243;mo estaba el tiempo. Niebla, pero no tan densa como la de ayer. Oy&#243; ladrar a dos perros, y eso, inexplicablemente, lo seren&#243; a&#250;n m&#225;s. Con diferencia de siglos, los perros ladraban, el mundo era el mismo. Se acost&#243;. De tan cansado de los ejercicios del d&#237;a, durmi&#243; pesadamente, pero algunas veces despert&#243;, siempre cuando so&#241;aba y volv&#237;a a so&#241;ar con una muralla sin nada dentro y que era como un saco de boca estrecha ensanchando la panza hasta la margen del r&#237;o, y alrededor colinas arboladas, bosques y valles, arroyos, algunas casas dispersas, huertos, olivares, un amplio estuario avanzando tierra adentro. Al fondo, se distingu&#237;an claramente las torres de Amoreiras.


Trece largos y arrastrados d&#237;as fue cuanto tard&#243; la editorial, o alguien por ella, en descubrir la fechor&#237;a, y esa eternidad la vivi&#243; Raimundo Silva como si tuviese en el cuerpo un veneno de acci&#243;n lenta, aunque, en definitiva, tan conclusiva como la del t&#243;xico m&#225;s fulminante, s&#237;mil perfecto de la muerte que cada uno de nosotros va preparando en vida y de la que la misma vida es capullo protector, &#250;tero propicio y caldo de cultivo. Cuatro veces fue a la editorial sin motivo real que lo llamase, porque su trabajo, como sabemos, es individual y dom&#233;stico, exento de la mayor&#237;a de las servidumbres que amarran a los empleados comunes, adscritos a tareas de administraci&#243;n, direcci&#243;n literaria, producci&#243;n, distribuci&#243;n y almac&#233;n, un mundo vigilado para quien el oficio de corrector pertenece al reino de la libertad. Le preguntaban qu&#233; quer&#237;a, y &#233;l respond&#237;a, Nada, pasaba por aqu&#237; cerca, se me ocurri&#243; entrar. Permanec&#237;a unos minutos, atento a las conversaciones, a las miradas, intentando atrapar el hilo de una sospecha, una sonrisa disimulada y provocadora, una frase cuyo oculto sentido se pudiera percibir. Evitaba a Costa, no por temer que de &#233;l le viniese cualquier da&#241;o particular, sino precisamente porque lo hab&#237;a enga&#241;ado, asumiendo as&#237; Costa la figura de la inocencia ultrajada a la que no somos capaces de enfrentarnos porque la ofendimos y ella todav&#237;a no lo sabe. Se podr&#237;a decir que Raimundo Silva va a la editorial como el criminal que vuelve al lugar del crimen, pero no ser&#237;a exacto, Raimundo Silva es, s&#237;, atra&#237;do por el lugar donde se descubrir&#225; el delito y donde se reunir&#225;n los jueces para dictar la sentencia que lo condenar&#225;, prevaricador, desnudo, falso y sin defensa.

No tiene dudas el corrector sobre que est&#225; cometiendo un error est&#250;pido, de que estas visitas van a ser recordadas, en su justo momento, como expresiones particularmente odiosas de una malicia perversa, Sab&#237;a usted el mal que hab&#237;a hecho, y a pesar de ello no tuvo la hombr&#237;a, dir&#237;an la hombr&#237;a, la franqueza, la honradez de confesar por su propio arbitrio, dir&#237;an arbitrio, se qued&#243; esperando los acontecimientos, ri&#233;ndose por dentro, perversamente, insisto en la palabra, burl&#225;ndose de nosotros, y la vulgaridad de estas &#250;ltimas palabras desentonar&#225; del discurso reprensivo y moralizador. Ser&#237;a in&#250;til explicarles que est&#225;n equivocados, que Raimundo Silva s&#243;lo iba en busca de una tranquilidad, de un alivio, A&#250;n no lo saben, suspiraba cada vez, pero alivio y tranquilidad duraban poco, era s&#243;lo entrar en casa e inmediatamente se sent&#237;a m&#225;s cercado de lo que Lisboa estuvo alguna vez.

Como no era supersticioso, no contaba con que algo desagradable pudiera ocurrirle en el d&#237;a decimotercero, S&#243;lo a la gente dada a ag&#252;eros le suceden contratiempos o infelicidades en el d&#237;a n&#250;mero trece, yo nunca me he orientado por comportamientos inferiores, &#233;sa ser&#237;a probablemente su respuesta si alguien le hubiera sugerido la hip&#243;tesis. Este escepticismo de principio explica que su primer sentimiento fuera de irritada sorpresa al o&#237;r, en el tel&#233;fono, la voz de la secretaria del director, Se&#241;or Silva, queda convocado a una reuni&#243;n, hoy a las cuatro, lo dijo as&#237;, secamente, como si estuviera leyendo un aviso escrito, cautelosamente redactado para que no faltase en &#233;l ninguna palabra indispensable ni otra se entrometiera que pudiese disminuir el efecto de aflicci&#243;n mental, de l&#243;gico desgarro, ahora que sorpresa e irritaci&#243;n no tienen ya sentido ante la evidencia de que el d&#237;a decimotercero tampoco ahorra sinsabores a los esp&#237;ritus fuertes, aparte de gobernar a los que no lo son. Colg&#243; el tel&#233;fono muy lentamente y mir&#243; alrededor, con la impresi&#243;n de ver que la casa oscilaba, Bueno, ya est&#225;, dijo. En momentos como &#233;ste, el estoico sonreir&#237;a, si es que esa especie cl&#225;sica no se ha extinguido completamente para dejar espacio libre a las evoluciones del c&#237;nico moderno, a su vez de m&#237;nima semejanza con su antepasado filos&#243;fico y pedestre. Sea como fuere hay una p&#225;lida sonrisa en el rostro de Raimundo Silva, su aire de v&#237;ctima resignada se tempera con una viril tristeza, es lo que m&#225;s se encuentra en las novelas de personaje, leyendo se aprende mucho.

Se pregunta el corrector si est&#225; o no angustiado, y no encuentra en s&#237; respuesta. Lo que s&#237; le parece insoportable es tener que esperar hasta las cuatro para saber qu&#233; giro impondr&#225; la editorial a su destino de corrector culpable, c&#243;mo va a castigar el insolente atentado contra la solidez de los hechos hist&#243;ricos, que, muy al contrario, debe ser permanentemente reforzada, defendida de accidentes, bajo pena de que perdamos el sentido de nuestra propia actualidad, con grave perturbaci&#243;n de las opiniones que nos gu&#237;an y de las convicciones derivadas. Ahora que se ha descubierto el error, es in&#250;til especular sobre las consecuencias que podr&#237;a tener cara al futuro la presencia de aquel No en la Historia del Cerco de Lisboa, si el azar le hubiera permitido una m&#225;s demorada incubaci&#243;n, p&#225;gina contra p&#225;gina, inadvertido a los ojos de los lectores, pero abri&#233;ndose camino invisiblemente, como esos insectos de la madera que dejan un cascar&#243;n vac&#237;o donde a&#250;n cre&#237;amos que hab&#237;a un pesado mueble. Empuj&#243; hacia un lado las pruebas que estaba corrigiendo, no las de la novela que Costa le hab&#237;a dejado en aquel c&#233;lebre d&#237;a, &#233;ste es un delgado libro de poemas, y, al posar la cabeza desva&#237;da sobre sus manos, se acord&#243; de una historia de la que no recordaba el t&#237;tulo ni el autor, aunque le pareciera que era algo as&#237; como Tarz&#225;n y el Imperio Perdido, y donde hab&#237;a una ciudad de romanos antiguos y de cristianos primeros, todo escondido en una selva de &#193;frica, bien cierto es que la imaginaci&#243;n de los autores no tiene l&#237;mites, y &#233;ste, si todo lo dem&#225;s concuerda, s&#243;lo puede ser Edgar Rice Burroughs. Hab&#237;a un circo y los cristianos eran lanzados a las fieras, es decir a los leones, encima con la facilidad de ser aqu&#233;lla su tierra, y el novelista escrib&#237;a, aunque sin aducir pruebas ni citar autoridades, que los m&#225;s nerviosos de aquellos infelices no se quedaban esperando a que los leones les atacasen, sino que corr&#237;an, por as&#237; decirlo, al encuentro de la muerte, no para ser los primeros en entrar en el para&#237;so, sino porque, simplemente, no ten&#237;an fuerza de &#225;nimo para evitar la espera de lo inevitable. Este recuerdo de lecturas de juventud hizo pensar a Raimundo Silva, por los conocidos caminos de la recurrencia de ideas, que estar&#237;a en su mano precipitar el paso de la historia, acelerar el tiempo, ir inmediatamente a la editorial, apoy&#225;ndose en una explicaci&#243;n cualquiera, por ejemplo, A las cuatro tengo consulta con el m&#233;dico, d&#237;ganme qu&#233; es lo que quieren de m&#237;, &#233;ste ser&#237;a el tono con que hablar&#237;a a Costa, pero est&#225; claro que no fue para un encuentro con Producci&#243;n para lo que llam&#243; la secretaria del director, su caso iba a ser tratado en las m&#225;s altas esferas, y esta certeza, absurdamente, lisonje&#243; su vanidad, Debo de estar loco, murmur&#243;, repitiendo palabras de hac&#237;a trece d&#237;as. Le gustar&#237;a encontrar, en esta confusi&#243;n, un sentimiento que prevaleciera sobre los otros, de modo que pudiera responder, m&#225;s tarde, si vinieran a preguntarle, Y c&#243;mo se sinti&#243; usted en tan terrible situaci&#243;n, Me sent&#237; preocupado, o indiferente, o divertido, o angustiado, o temeroso, o avergonzado, realmente no sabe lo que siente, s&#243;lo desea que lleguen de prisa las cuatro, el encuentro fatal con el le&#243;n que lo espera con la boca abierta mientras los romanos aplauden, son as&#237; los minutos, aunque en general se apartan para dejarnos pasar despu&#233;s de ara&#241;arnos la piel, pero siempre habr&#225; uno para devorarnos. Todas las met&#225;foras sobre el tiempo y la fatalidad son tr&#225;gicas y al mismo tiempo in&#250;tiles, pens&#243; Raimundo Silva, tal vez no precisamente con estas palabras, pero siendo el sentido lo que verdaderamente cuenta, as&#237; lo not&#243;, contento de haberlo pensado. No obstante, apenas fue capaz de almorzar, ten&#237;a un nudo en la garganta, sensaci&#243;n conocida, un agarrotamiento en el est&#243;mago, cosa no vulgar y que expresa la gravedad de la situaci&#243;n. La asistenta, era su d&#237;a, lo encontr&#243; raro, e incluso le pregunt&#243;, Est&#225; enfermo, palabras que contrariamente tuvieron un efecto estimulante, pues si sus modos lo estaban reduciendo tanto ante los ojos de un extra&#241;o hasta el punto de que ya lo ve&#237;an como enfermo, entonces era tiempo de dominarse, de rechazar la miseria que lo derrotaba, por eso respondi&#243;, Me encuentro muy bien, y en ese momento fue verdad.

Faltaban cinco minutos para las cuatro cuando entr&#243; en la editorial. Encontr&#243; todo lo que antes hab&#237;a buscado, los murmullos, las miradas, las risitas, y tambi&#233;n, en uno o dos rostros, una expresi&#243;n perpleja, de quien no se satisface con una evidencia, teniendo que creer en ella. Lo hicieron pasar a la sala de espera de la direcci&#243;n y all&#237; lo dejaron m&#225;s de un cuarto de hora, lo que sirve para demostrar la vanidad de temores que poco tienen de puntuales. Mir&#243; el reloj, era patente que el le&#243;n se hab&#237;a retrasado, hoy en d&#237;a resulta muy dif&#237;cil conducir por la selva incluso habiendo calzadas romanas, pero, en este caso, lo m&#225;s probable es que alguien haya pensado que es buena idea recurrir a t&#225;cticas psicol&#243;gicas comprobadas, hacerlo esperar para desgastar sus nervios, ponerlo al borde de la crisis, sin defensa al primer ataque. Raimundo Silva considera que, aun as&#237;, teniendo en cuenta las circunstancias, est&#225; bastante tranquilo, como quien toda su vida no ha hecho m&#225;s que poner mentiras en lugar de verdades sin importarle demasiado la diferencia y ha aprendido a elegir entre los argumentos en pro y en contra acumulados a lo largo de las edades por cuantas dial&#233;cticas y casu&#237;sticas florecieron en la cabeza del homo sapiens. En la puerta, bruscamente abierta, apareci&#243;, no la secretaria del director, el general, sino la del otro, el literario, Haga el favor acompa&#241;arme, dijo ella, y Raimundo Silva, pese a haberse dado cuenta de lo defectuoso de la sintaxis, comprob&#243; que la imaginada calma no pasaba de apariencia, y tenue, porque le temblaban las rodillas al levantarse del sof&#225;, la adrenalina le agitaba la sangre, y empezaron a sudarle s&#250;bitamente las manos y las axilas, y hasta un difuso c&#243;lico dio se&#241;al de querer extenderse a todo el aparato digestivo, Parezco un ternero camino del matarife, pens&#243;, y felizmente fue capaz de despreciarse a s&#237; mismo.

La secretaria le abri&#243; paso, Entre, y cerr&#243; la puerta, Raimundo Silva dijo, Buenas tardes, dos de las personas que all&#237; estaban respondieron, Buenas tardes, la tercera, el director literario, dijo s&#243;lo, Si&#233;ntese, se&#241;or Silva. El le&#243;n tambi&#233;n est&#225; sentado y mira, podemos suponer que se lame el hocico y muestra los colmillos mientras valora la consistencia y el sabor de las carnes de este p&#225;lido cristiano. Raimundo Silva cruza la pierna, la descruza inmediatamente, y en ese momento se da cuenta de que no conoce a una de las personas que all&#237; est&#225;n, sentada a la izquierda del director literario, una mujer. El de la derecha es el director de Producci&#243;n, pero a la mujer nunca la ha visto en la editorial, Qui&#233;n ser&#225;. Disimuladamente, intenta observarla, pero el director literario ha tomado la palabra, Supongo que sabe ya por qu&#233; lo hemos hecho venir, Lo imagino, El director general hubiera querido tratar personalmente este asunto, pero un problema urgente, que ha surgido a &#250;ltima hora, le ha obligado a ausentarse. El director literario se call&#243;, como si quisiera dar tiempo a Raimundo Silva para lamentar su poca suerte, haber perdido as&#237; la oportunidad de ser interrogado por el director general en persona, pero, ante el silencio del corrector, dej&#243; que su voz manifestara por primera vez una irritaci&#243;n reprimida, aunque diluy&#233;ndola en un tono en cierto modo conciliador, Le agradezco, dijo, que haya admitido impl&#237;citamente sus responsabilidades, evit&#225;ndonos una situaci&#243;n muy penosa, como ser&#237;a, por ejemplo, una negativa o una tentativa de justificaci&#243;n de lo hecho. Raimundo Silva pens&#243; que deb&#237;an de estar ahora esperando a que diese una respuesta m&#225;s completa que aquellas simples palabras, Lo imagino, pero antes de que pudiera hablar, fue el jefe de Producci&#243;n quien intervino, Yo no lo entiendo, se&#241;or Silva, usted que trabaja desde hace tantos a&#241;os para esta casa, un profesional competente, cometer un error de &#233;sos, No ha sido un error, cort&#243; el director literario, no vale la pena tender esa mano misericordiosa al se&#241;or Silva, sabemos tan bien como &#233;l que fue un hecho deliberado, no es as&#237;, se&#241;or Silva, Y qu&#233; es lo que le lleva a decir que fue un hecho deliberado, se&#241;or director, Espero que no se est&#233; volviendo atr&#225;s sobre lo que creo que fue su primera intenci&#243;n cuando entr&#243;, No me estoy volviendo atr&#225;s, s&#243;lo pregunto. La irritaci&#243;n del director literario se hizo obvia, m&#225;s a&#250;n por la iron&#237;a con que carg&#243; las palabras dichas, Creo que no hace falta decirle que el derecho a hacer preguntas y exigir disculpas, aparte de otras medidas que debamos tomar, no le corresponde a usted, sino a nosotros, y especialmente a m&#237;, que represento aqu&#237; al director general, Tiene toda la raz&#243;n, se&#241;or director, y retiro la pregunta, No precisa retirar la pregunta, yo le respondo que sabemos que se trat&#243; de un hecho deliberado por la manera de escribir el No en la prueba, con letras cargadas, perfiladas, en contraste con su caligraf&#237;a corriente, m&#225;s suelta, aunque clara. En este punto el director literario se call&#243;, como si se estuviera dando cuenta de que estaba hablando de m&#225;s y, en consecuencia, debilitara su postura de juez. Hubo un silencio, a Raimundo Silva le pareci&#243; que durante todo el tiempo aquella mujer no le hab&#237;a quitado los ojos de encima, Qui&#233;n ser&#225;, pero ella se manten&#237;a callada como si nada del asunto le incumbiese. A su vez, el jefe de Producci&#243;n, puntilloso por la interrupci&#243;n de que hab&#237;a sido objeto, parec&#237;a haberse desinteresado de una discusi&#243;n que, evidentemente, iba por mal camino, Este idiota no se da cuenta de que &#233;sta no es manera de llevar el caso, se pone a hablar y hablar, le encanta o&#237;rse, y le da todos los triunfos a Silva, que debe de estar pas&#225;ndolo divinamente, s&#243;lo hay que ver c&#243;mo administra los silencios, tendr&#237;a que estar asustad&#237;simo y es la calma personificada. El jefe de Producci&#243;n se enga&#241;a sobre la calma de Raimundo Silva, sobre el resto tal vez no, pues es verdad que no conocemos lo bastante al director literario para tener opini&#243;n nuestra, fundada. Raimundo Silva realmente no est&#225; tranquilo, s&#243;lo lo parece, gracias a la desorientaci&#243;n que le causa el inesperado rumbo de un di&#225;logo que hab&#237;a imaginado literalmente catastr&#243;fico, la acusaci&#243;n formal y solemne, sus balbuceos en defensa de lo que defendido no pod&#237;a ser, la vejaci&#243;n, la iron&#237;a pesada,la diatriba, la amenaza, quiz&#225; el despido culmin&#225;ndolo todo o todo esto dispensado, Est&#225; despedido, y no cuente con que nosotros le demos cartas de recomendaci&#243;n. Ahora Raimundo Silva se da cuenta de que tiene que hablar, tanto m&#225;s cuanto que el le&#243;n ya no est&#225; directamente delante suyo, se ha retirado un poco hacia el lado y se rasca distra&#237;do la melena con una u&#241;a partida, tal vez acabe por no morir ning&#250;n cristiano en este circo, aunque no haya se&#241;ales de Tarz&#225;n. Dice, dirigi&#233;ndose primero al jefe de Producci&#243;n, despu&#233;s de soslayo a la mujer, que contin&#250;a callada, No negu&#233; que la palabra hubiera sido escrita por m&#237;, nunca pens&#233; en negarlo cuando se descubriera, pero lo importante no es haberla escrito, lo importante deber&#237;a ser, pienso yo, descubrir por qu&#233; lo hice, Supongo que no me va a decir que no lo sabe, ironiz&#243; el director literario, volviendo a tomar la direcci&#243;n del caso, Es verdad, no lo s&#233;, Pues s&#237; que estamos bien, comete usted un error adrede, causa a la editorial y al autor un perjuicio material y moral, no ha dicho a&#250;n ni una palabra de disculpa, y con el aire m&#225;s inocente del mundo, pretende que creamos que una fuerza desconocida, un esp&#237;ritu del m&#225;s all&#225; gui&#243; su mano mientras estaba en trance hipn&#243;tico. El director literario sonre&#237;a, satisfecho de la fluencia de la frase, pero intentando hacer de la sonrisa una expresi&#243;n de aplastante iron&#237;a. No creo que estuviese en trance, respondi&#243; Raimundo Silva, recuerdo bien las circunstancias en que pas&#243; todo, pero esto no significa que est&#233; claro para m&#237; el motivo por el que escrib&#237; ese error deliberado, Ah, confiesa que fue deliberado, Naturalmente, Ahora s&#243;lo tiene que confesar que no fue error, sino fraude, y que, conscientemente, quiso perjudicar a la editorial y ridiculizar al autor del libro, Admito que se trata de un fraude, en cuanto a lo dem&#225;s, nunca fue &#233;sa mi intenci&#243;n, Tal vez fuese una perturbaci&#243;n moment&#225;nea, sugiri&#243; el jefe de Producci&#243;n con el tono de quien quiere prestar ayuda. Raimundo Silva esper&#243; la reacci&#243;n, sin duda brusca, del director literario, pero &#233;sta no vino, y entonces comprendi&#243; que la frase estaba prevista, que no habr&#237;a despido, que todo iba a quedarse en palabras, s&#237;, no, quiz&#225;, y la sensaci&#243;n de alivio fue tan intensa que sinti&#243; reblandec&#233;rsele el cuerpo, un desahogo del esp&#237;ritu, ahora s&#243;lo ten&#237;a que decir las palabras precisas, por ejemplo, S&#237;, una perturbaci&#243;n moment&#225;nea, pero no podemos olvidar que pasaron algunas horas hasta entregar las pruebas a Costa, y Raimundo Silva se felicit&#243; por la manera h&#225;bil con que hab&#237;a introducido aquel podemos, coloc&#225;ndose &#233;l mismo del lado de los jueces, como si les dijera, No nos dejemos enga&#241;ar. Dijo el director literario, Bien, el libro va a ser distribuido con una errata, es una errata rid&#237;cula, donde se lee no l&#233;ase no no, donde se lee los cruzados no ayudaron l&#233;ase los cruzados ayudaron, lo que se van a re&#237;r a costa nuestra, pero en fin afortunadamente nos dimos cuenta a tiempo, y el autor se mostr&#243; comprensivo, incluso tuve la impresi&#243;n de que lo estima mucho, me habl&#243; de una conversaci&#243;n que sostuvieron tiempo atr&#225;s, S&#237;, hablamos del dele&#225;tur, De qu&#233;, pregunt&#243; la mujer, Del dele&#225;tur, no sabe qu&#233; es eso, pregunt&#243; Raimundo Silva, agresivamente, Lo s&#233;, pero no hab&#237;a o&#237;do bien. La intervenci&#243;n de la mujer, que nadie parec&#237;a esperar, oblig&#243; a un desv&#237;o de la conversaci&#243;n, Esta se&#241;ora, dijo el director literario, a partir de ahora se hace cargo de la responsabilidad de dirigir a todos los correctores que trabajan para la editorial, tanto en lo que se refiere a los plazos y ritmos de trabajo como a la exactitud de las revisiones, todo pasar&#225; por ella, pero volvamos al asunto, la editorial ha resuelto dejar liquidado este desagradable incidente, teniendo en cuenta los buenos y leales servicios prestados hasta hoy por el se&#241;or Silva, vamos a admitir que la causa de todo esto ser&#237;a la fatiga, una obliteraci&#243;n ocasional de los sentidos, en fin, echemos tierra sobre el caso, esperando que no se repita, aparte de eso tendr&#225; que escribir una carta a la editorial y otra al autor presentando disculpas, el autor dice que no es necesario, que hablar&#225; un d&#237;a con usted sobre el incidente, pero nosotros pensamos que es un deber suyo, se&#241;or Silva, escribir esa carta, La escribir&#233;, Muy bien, el director literario estaba ahora francamente aliviado, no hace falta decir que en estos pr&#243;ximos tiempos su trabajo va a ser objeto de nuestra particular atenci&#243;n, no porque pensemos que pueda volver a alterar adrede los textos, sino para evitar la eventualidad de que persistan en su esp&#237;ritu impulsos irrefrenables que puedan manifestarse otra vez, y, en ese caso, no es preciso decirle que nos encontrar&#237;a menos tolerantes. El director literario se call&#243; a la espera de que el corrector hiciera una declaraci&#243;n sobre sus futuras intenciones, al menos las conscientes, ya que las otras, si las hab&#237;a, pertenec&#237;an a los planos de la inconsciencia, indescifrables. Raimundo Silva percibi&#243; lo que se esperaba de &#233;l, verdad es que las palabras necesitan palabras, por eso se dice Palabra quiere palabra, pero tambi&#233;n es cierto que Cuando uno no quiere, dos no discuten, imaginemos que el Peregrino dejaba sin respuesta [[*] El Romero y el Escudero Telmo son personajes centrales de la tragedia rom&#225;ntica Frei Luiz de Sousa, de Almeida Garrett (1799-1854).] la curiosidad fatal del Escudero Telmo, lo m&#225;s probable ser&#237;a que se arreglasen las cosas y no habr&#237;a conflicto, drama, muerte, desgracia moral, o supongamos que un hombre le pregunta a una mujer, Me quieres, y ella se calla, mir&#225;ndolo solamente, esf&#237;ngica y distante, neg&#225;ndose a decir el No que lo destrozar&#225;, o el S&#237; que los destrozar&#237;a, concluyamos, pues, que el mundo ir&#237;a mucho mejor si cada uno se contentase con lo que va diciendo, sin esperar a que le respondiesen, y, a&#250;n m&#225;s, sin pedirlo ni desearlo. Pero Raimundo Silva debe decir, Comprendo que la editorial tome precauciones, qui&#233;n soy yo para descalificar lo que hagan, en fin, les pido disculpas, y prometo que, mientras est&#233; en mis cabales, no volver&#225; a ocurrir, en este punto hizo una pausa como si se preguntase a s&#237; mismo si deber&#237;a continuar, pero despu&#233;s pens&#243; que ya todo estaba dicho, y se call&#243;. El director literario dijo, Bien, y se dispon&#237;a a a&#241;adir las esperadas palabras, Queda cerrado el caso, ahora vamos a trabajar, al tiempo que se levantar&#237;a y le tender&#237;a su mano abierta a Raimundo Silva en se&#241;al de paces, sonriendo, pero la mujer sentada a su izquierda interrumpi&#243; el movimiento y la generosidad, Si me permiten, lo que me sorprende es que el se&#241;or Silva, &#233;ste es su nombre seg&#250;n creo, no haya intentado siquiera explicarnos por qu&#233; cometi&#243; un abuso tan grave, alterando el sentido de una frase que, como corrector, ten&#237;a el deber imperativo de respetar y defender, que para eso est&#225;n los correctores. El le&#243;n reapareci&#243; s&#250;bitamente, rugiendo, muestra sus dientes aterradores, las garras intactas y afiladas, ahora nuestra &#250;nica esperanza, perdidos en la arena, es que al fin aparezca Tarz&#225;n colgado de una liana y gritando, Ah-ah-ah-o-o, si la memoria no falla, y hasta puede ser que traiga a los elefantes para ayudarlo, por la buena memoria que tienen. Ante el ahora inopinado ataque, el director literario y el jefe de Producci&#243;n volvieron a cargar la expresi&#243;n, tal vez para no verse acusados de flaqueza por una fr&#225;gil mujer consciente de sus obligaciones profesionales, pese a haber sido investida de ellas recientemente, y miraron al corrector con la dureza adecuada. No repararon en que precisamente no hab&#237;a dureza en el rostro de la mujer, sino m&#225;s bien una leve sonrisa, como si, en el fondo, se estuviera divirtiendo con la situaci&#243;n. Raimundo Silva, desconcertado, la mir&#243;, es una mujer a&#250;n joven, de menos de cuarenta a&#241;os, se ve que es alta, tiene la piel mate, el pelo casta&#241;o, si el corrector estuviera m&#225;s cerca podr&#237;a ver algunos hilos blancos, y la boca llena, carnosa, pero los labios no son gruesos, extra&#241;o caso, una se&#241;al de inquietud suena en alguna parte del cuerpo de Raimundo Silva, perturbaci&#243;n ser&#237;a la palabra justa, ahora deber&#237;amos elegir el adjetivo adecuado para acompa&#241;arla, por ejemplo, sexual, pero no lo haremos, Raimundo Silva no puede tardar tanto en responder, aunque sea com&#250;n en situaciones de este tipo decir que el tiempo qued&#243; suspenso, cosa que el tiempo nunca hizo desde que el mundo es mundo. A&#250;n est&#225; la sonrisa en el rostro de la mujer, pero la brusquedad, la crispaci&#243;n de las palabras no puede ser ignorada, ni siquiera los directores fueron tan directos, Raimundo Silva vacila entre responder con agresividad igual o usar el tono conciliador que su dependencia de esta mujer permite aconsejar, claro est&#225; que ella tiene medios para amargarle la vida en el futuro, servir&#225;n todos los pretextos, puesto que, habiendo ponderado tan precisamente cuanto le permiti&#243; el poco tiempo disponible, y adem&#225;s teniendo tambi&#233;n en cuenta el que consumi&#243; en observaciones fision&#243;micas, respondi&#243; al fin, A nadie le gustar&#237;a m&#225;s que a m&#237; hallar una explicaci&#243;n satisfactoria, pero, si no lo he conseguido hasta ahora, dudo que acabe consigui&#233;ndolo, creo que se debe de haber trabado en m&#237; una lucha entre el lado bueno, si realmente lo tengo, y el lado malo, que &#233;se todos lo tenemos, entre un Dr. Jekill y un Mr. Hyde, si puedo permitirme referencias cl&#225;sicas, o mejor dicho, y con palabras m&#237;as, entre la tentaci&#243;n mutante del mal y el esp&#237;ritu conservador del bien, a veces me pregunto qu&#233; errores habr&#237;a cometido Fernando Pessoa, de revisi&#243;n y otros, con aquella confusi&#243;n suya de los heter&#243;nimos, una batalla de todos los diablos, supongo. La mujer mantuvo la sonrisa a lo largo de todo el discurso, y sonriendo pregunt&#243;, Y usted, aparte de Jekill y de Hyde, es algo m&#225;s, Hasta ahora he conseguido ser Raimundo Silva, Perfecto, vea entonces si permite aguantarse como tal, en inter&#233;s de esta editorial y de la armon&#237;a de nuestras futuras relaciones, Profesionales, Espero que no se le pase por la cabeza que puedan ser otras, Me he limitado a completar su frase, deber del corrector es sugerir soluciones que eviten ambig&#252;edades, tanto de estilo como de sentido, Supongo que sabe que el lugar ambiguo es la cabeza de quien oye o lee, Especialmente si el est&#237;mulo le viene de quien escribe o habla, O si pertenece al tipo de los que se autoestimulan, No creo que sea &#233;se mi caso, No cree, Raramente hago afirmaciones perentorias, Fue perentorio al escribir su No en la Historia del Cerco de Lisboa, y s&#243;lo no logra serlo cuando se trata de justificar el fraude, o al menos explicarlo, porque justificaci&#243;n no puede haber, Estamos volviendo al principio, perdone, Le agradezco la observaci&#243;n, me ahorra el trabajo de decirle otra vez lo que pienso de su acci&#243;n. Raimundo Silva abri&#243; la boca para responder, pero en ese momento se dio cuenta de la expresi&#243;n de pasmo de los directores y decidi&#243; callarse. Hubo un silencio, la mujer segu&#237;a sonriendo, pero, tal vez por llevar tanto tiempo haci&#233;ndolo, hab&#237;a en su rostro una especie de crispaci&#243;n, y Raimundo Silva de repente sinti&#243; que se estaba ahogando, que la atm&#243;sfera de aquel despacho le pesaba sobre los hombros, Detesto a esta individua, pens&#243;, y deliberadamente mir&#243; a los directores como dando a entender que, a partir de ah&#237;, s&#243;lo de ellos aceptaba preguntas y s&#243;lo a ellos consentir&#237;a en dar respuestas. Sab&#237;a que por ese lado la partida estaba ganada, los directores, ambos, se estaban levantando ya, uno de ellos dijo, Damos por cerrada la cuesti&#243;n, vamos a trabajar, pero no le tendi&#243; la mano a Raimundo Silva, esta dudosa paz no merec&#237;a celebraci&#243;n, cuando el corrector sali&#243; el director literario dijo al de producci&#243;n, Creo que tendr&#237;amos que haberlo echado, hubiera sido m&#225;s sencillo, y fue la mujer quien argument&#243;, Habr&#237;amos perdido un buen corrector, Por lo que aqu&#237; ha pasado, va a llevarse mal con &#233;l, Quiz&#225; no.

A la salida, Raimundo Silva se encontr&#243; con Costa, que ven&#237;a de la imprenta. Le dio las buenas tardes bruscamente, e iba a seguir pero Costa lo retuvo por el brazo, sin violencia, s&#243;lo tirando levemente de la manga de la gabardina, los ojos de Costa eran serios, casi piadosos, y las palabras fueron terribles, Por qu&#233; me ha hecho una cosa de &#233;stas, se&#241;or Silva, pregunt&#243;, y Raimundo Silva se qued&#243; sin saber qu&#233; responder, se limit&#243; a negar infantilmente, Pero si yo no le hice nada. Costa movi&#243; la cabeza, retir&#243; la mano, y sigui&#243; corredor adelante, le parec&#237;a imposible que aquel hombre no se diera cuenta de que lo hab&#237;a ofendido personalmente, que la verdadera cuesti&#243;n estaba entre ellos dos, Costa y Raimundo Silva, el enga&#241;ado y el enga&#241;ador, para &#233;stos no pod&#237;a haber una errata salvadora in extremis. Al fondo del corredor, Costa se volvi&#243; hacia atr&#225;s y pregunt&#243;, Lo han despedido, No, no me han despedido, Menos mal, si lo hubieran despedido me quedar&#237;a m&#225;s rebotado de lo que estoy ahora, en definitiva Costa es m&#237; gran hombre, y sobrio en sus declaraciones, no dijo ni triste ni amargado por no parecer solemne, sino rebotado, que es palabra chulesca seg&#250;n los diccionarios, pero sin rival, digan lo que digan los puristas. Costa, definitivamente, est&#225; rebotado, ninguna otra palabra expresar&#237;a mejor su estado de esp&#237;ritu, ni tampoco el de Raimundo Silva que, habi&#233;ndose preguntado por mil&#233;sima vez, C&#243;mo me siento yo mismo, puede responder, tambi&#233;n definitivamente, Estoy rebotado.

Cuando lleg&#243; a casa, ya la asistenta se hab&#237;a ido, dej&#225;ndole el recado, siempre igual, cuando &#233;l estaba ausente, Me he ido, todo est&#225; en orden, me llevo la ropa para acabar de plancharla, esta manifestaci&#243;n de celo significaba que aprovech&#243; la oportunidad para salir antes de la hora, pero no lo confesar&#237;a nunca, y Raimundo Silva, que sobre el expediente no ten&#237;a dudas, aceptaba la explicaci&#243;n y callaba. Ciertas relaciones armoniosas se crean y duran gracias a un complejo sistema de peque&#241;as no-verdades, de renuncias, una especie de baile c&#243;mplice de gestos y posturas, todo resumible en el nunca bastante citado refr&#225;n, o sentencia, que mucho mejor le cae esta designaci&#243;n, T&#250; que sabes y yo que s&#233;, c&#225;llate t&#250; que yo me callar&#233;. No es que haya misterios, secretos, esqueletos en armarios cerrados que debieran ser rebelados cuando se habla de la relaci&#243;n entre se&#241;or y sierva en esta casa donde vive Raimundo Silva y adonde de vez en cuando asiste, aunque trabajando, una mujer de quien tal vez nunca sea necesario conocer el nombre completo. Pero es sumamente interesante reconocer c&#243;mo la vida de estos dos seres es al mismo tiempo opaca y transparente, para Raimundo Silva no hay nadie que le sea m&#225;s pr&#243;ximo, y aun as&#237;, hasta hoy no se ha interesado por saber qu&#233; vida es la de esta mujer cuando no le asiste, y en cuanto al nombre, basta que diga, se&#241;ora Mar&#237;a, y ella aparece por la puerta preguntando, S&#237;, don Raimundo, quiere algo. La se&#241;ora Mar&#237;a es baja, flaca, morena hasta parecer oscura, y tiene un pelo naturalmente rizado que es su vanidad, otra no podr&#237;a tener, pues en cuesti&#243;n de belleza ha nacido mal servida. Cuando dice o escribe, Todo est&#225; arreglado, abusa evidentemente de las palabras, pues su sentido del orden consiste en la aplicaci&#243;n de una regla de oro seg&#250;n la cual basta que todo parezca ordenado, o, por artes interpretativas, que no quede a la vista lo que ordenado no lleg&#243; a ser y en algunos casos nunca lo ser&#225;. Se except&#250;a, evidentemente, el despacho de Raimundo Silva, donde el desorden parece condici&#243;n del propio trabajo, as&#237; lo entiende &#233;l, al contrario del estilo de otros correctores que son mani&#225;ticos de la alineaci&#243;n, de la precisi&#243;n, de la armon&#237;a geom&#233;trica, con &#233;sos mucho iba a sufrir la se&#241;ora Mar&#237;a, dir&#237;an Este papel no est&#225; como lo dej&#233;, los papeles del escritorio de Raimundo Silva est&#225;n siempre tal como &#233;l los dej&#243;, por la simple raz&#243;n de que la se&#241;ora Mar&#237;a no puede ni tocarlos, y as&#237; protestar&#225;, No es m&#237;a la culpa, cuando Raimundo Silva no encuentre libros o pruebas.

Arrug&#243; el papel, desde&#241;ando el recado, y lo tir&#243; al cesto. Luego se quit&#243; la gabardina, se cambi&#243;, se puso una camisa gruesa, unos pantalones que s&#243;lo este servicio ten&#237;an, un chaleco de punto, no es s&#243;lo por el fr&#237;o que hace, es por el fr&#237;o que siente, verdad es que Raimundo Silva tiene esto de ser friolero, tanto que sobre todo lo puesto se coloca la bata de cuadros escoceses, muy envuelto qued&#243;, pero confortable, aparte de que no espera visitas. Durante el trayecto de la editorial hasta la casa consigui&#243; no pensar, hay quien no lo logra, pero Raimundo Silva aprendi&#243; el arte de hacer fluctuar ideas vagas, como nubes que se mantienen separadas, y sabe incluso soplar a las que se acerquen demasiado, lo que es preciso es que no se junten unas a las otras creando una sola, o, lo que a&#250;n ser&#237;a peor, si hay electricidad en la atm&#243;sfera mental, la consecuente tormenta de rel&#225;mpagos y truenos. Por algunos momentos hab&#237;a dejado que el pensamiento se ocupara de la se&#241;ora Mar&#237;a, pero ahora el cerebro est&#225; otra vez vac&#237;o. Para mantenerlo as&#237;, abri&#243; la puerta de la salita donde ten&#237;a la televisi&#243;n y encendi&#243; el aparato. El aire, all&#237;, estaba a&#250;n m&#225;s fr&#237;o. Sobre la ciudad, gracias al cielo limpio, todav&#237;a brillaba el sol, puesto ya sobre el lado del mar, cayendo, lanzando una luz suave, una caricia luminosa a la que al cabo de un momento responder&#237;an los cristales de la ladera, primero como antorchas vibrantes, palideciendo luego, reduci&#233;ndose a un pedacito de espejo tr&#233;mulo, hasta apagarse todo y empezar el crep&#250;sculo a tamizar su ceniza lenta entre las casas, ocultando los aleros, borrando los tejados, al tiempo que el ruido de la ciudad baja se debilita y retrocede ante el silencio que se derrama desde estas calles altas donde vive Raimundo Silva. La televisi&#243;n no tiene sonido, es decir, se lo ha quitado Raimundo Silva, hay s&#243;lo im&#225;genes luminosas que se mueven, en la pantalla y tambi&#233;n sobre los muebles, las paredes y sobre el rostro de Raimundo Silva que mira sin ver y sin pensar. Hace casi una hora que est&#225;n pasando los videoclips de Tottaly Live, los cantantes, si esta palabra tiene lugar aqu&#237;, y los bailarines se agitan, expresan todos los sentimientos y todas las sensaciones humanas, dudosas algunas, todo lo tienen en la cara, no se oye lo que dicen pero no importa, es incre&#237;ble la movilidad que puede tener un rostro, son crispaciones, sesgos, distensiones, car&#225;tulas amenazadoras, un peque&#241;o ser andr&#243;gino, postizo y obsceno, mujeres maduras con largas melenas, frescas muchachitas de muslos, nalgas y tetas generosas, otras delgadas como mimbres y diab&#243;licamente er&#243;ticas, se&#241;ores maduros que muestran algunas arrugas interesantes y seleccionadas, todo esto fabricado con luces relampagueantes, todo sofocado en silencio, como si Raimundo Silva hubiese puesto las manos sobre esas gargantas, asfixi&#225;ndolas m&#225;s all&#225; de una cortina de agua, tambi&#233;n ella silenciosa, es el triunfo universal de la sordera. Ahora aparece un hombre solo, debe de estar cantando, pese a que apenas se le mueven los labios, el d&#237;stico dec&#237;a Leonard Cohen, y la imagen mira a Raimundo Silva insistentemente, los movimientos de la boca articulan una pregunta, Por qu&#233; no quieres o&#237;rme, hombre solitario, y seguramente a&#241;ade, &#211;yeme ahora porque despu&#233;s ser&#225; demasiado tarde, tras un video clip viene otro, no se repiten, esto no es un disco que puedas hacer girar mil y una veces, es posible que yo vuelva, pero no s&#233; cu&#225;ndo y tal vez t&#250; ya no est&#233;s aqu&#237; en ese momento, aprov&#233;chate, aprov&#233;chate, aprov&#233;chate. Raimundo Silva se inclin&#243; hacia delante, abri&#243; el sonido, el gesto de Leonard Cohen fue como de agradecimiento, ahora pod&#237;a cantar, y cant&#243;, dijo las cosas que dice quien ha vivido y se pregunta cu&#225;nto y para qu&#233;, quien am&#243; y se pregunta a qui&#233;n y por qu&#233;, y, habiendo hecho ya las preguntas todas, se encuentra sin respuesta, aunque s&#243;lo fuese una, es lo contrario de aquel que afirm&#243; un d&#237;a que las respuestas est&#225;n todas ah&#237; y que nosotros no tenemos m&#225;s que aprender a hacer las preguntas. Cuando se call&#243; Cohen, Raimundo Silva volvi&#243; a cortar el sonido, e inmediatamente apag&#243; el aparato. La salita, interior, se convirti&#243; de pronto en noche negra, y el corrector pudo llevarse las manos a los ojos sin que nadie lo viera.

Ahora preguntar&#225; quien tenga preocupaciones de l&#243;gica si es cre&#237;ble que a lo largo de tanto tiempo no haya pensado Raimundo Silva aunque s&#243;lo sea una vez en la escena humillante de la editorial, o, si lo pens&#243;, por qu&#233; no se hizo de ella la competente menci&#243;n en nombre de la coherencia de un personaje y de la verosimilitud de las situaciones. Verdad es que Raimundo Silva pens&#243;, y algunas veces, en el desagradable episodio, pero pensar no es lo mismo en todos los casos, y lo m&#225;s que &#233;l se permiti&#243; fue recordar, como con otras palabras qued&#243; explicado antes, cuando se habl&#243; de nubes en el cielo y de electricidad en el aire, sueltas unas y de voltaje m&#237;nimo la otra. La diferencia est&#225; entre un pensamiento activo que excava pozos y galer&#237;as a partir y alrededor de un hecho, y esa otra forma de pensamiento, si merece tal nombre, inerte, enajenado, que cuando mira no se detiene y sigue, apostado en la creencia de que lo que no es mencionado no existe, como el enfermo que se considera saludable porque a&#250;n no ha sido pronunciado el nombre de su enfermedad. Se enga&#241;a, sin embargo, quien imagine que estos sistemas defensivos duran siempre, ah&#237; viene ya el momento en que la vaguedad del pensar se transforma en idea fija, en general basta que duela un poco m&#225;s. Fue esto lo que le sucedi&#243; a Raimundo Silva cuando, al lavar la poca loza que hab&#237;a ensuciado para cenar, se le encendi&#243; en el esp&#237;ritu la s&#250;bita evidencia de que la editorial, al fin, no hab&#237;a tardado trece d&#237;as en descubrir el enga&#241;o, cosa que tanto absolver&#237;a la superstici&#243;n vieja como impondr&#237;a la necesidad de una nueva superstici&#243;n, cargando de energ&#237;a negativa otro d&#237;a, hasta ahora inocente. Cuando lo llamaron a la editorial ya todo hab&#237;a sido descubierto y discutido, Qu&#233; vamos a hacer con ese tipo, pregunt&#243; el director general, y el director literario telefone&#243; al autor para comunicarle el absurdo suceso disculp&#225;ndose mucho, Es que no se puede confiar en nadie, a lo que el autor respondi&#243;, por incre&#237;ble que parezca, No es un caso de muerte, una fe de erratas resuelve la cuesti&#243;n, y se re&#237;a, Hay que ver lo que se le ha ocurrido a ese hombre, y Costa tuvo una idea, Deb&#237;a haber alguien que controlara a los correctores, Costa sabe d&#243;nde le duele, y la sugerencia pareci&#243; tan buena que el director de Producci&#243;n la elev&#243;, como si fuese suya, a consideraci&#243;n superior, y con tan general aprobaci&#243;n que antes del decimotercer d&#237;a la persona hab&#237;a sido buscada, elegida e instalada, hasta el punto de asistir con pleno derecho y autoridad plena al juicio sumar&#237;simo que vino a deliberar sobre las culpas, evidentes, probadas y finalmente confesadas, si bien, en lo que toca a confesi&#243;n, hayan sido m&#225;s de lo que es admisible las reticencias y las reservas mentales del culpado, actitud que acab&#243; por irritar a la nueva empleada, no puede tener otra explicaci&#243;n el ataque violento desencadenado en el &#250;ltimo asalto, Pero le respond&#237; como merec&#237;a, murmur&#243; Raimundo Silva mientras se secaba las manos y se bajaba las mangas que se hab&#237;a subido para el trabajo dom&#233;stico.

Sentado ahora a la mesa de su despacho, con las pruebas del libro de poes&#237;a ante &#233;l, sigue tras el pensamiento, aunque tal vez fuese m&#225;s exacto decir que lo antecede, pues, sabiendo nosotros cu&#225;n r&#225;pido es el pensamiento, si nos contentamos con ir detr&#225;s de &#233;l, en poco tiempo le perdemos el rastro, estamos a&#250;n inventando la passarola [* Bartolomeu Louren&#231;o de Gusm&#227;o (1685?-1727). Sacerdote jesuita portugu&#233;s, convertido al juda&#237;smo en sus &#250;ltimos a&#241;os, envuelto en procesos de juder&#237;a por la Inquisici&#243;n, inventor de diversos instrumentos mec&#225;nicos, entre ellos un p&#225;jaro volante (a passarola), posiblemente un globo con el que se dice que realiz&#243; varias ascensiones. Es personaje destacado en la novela Memorial del convento, de Jos&#233; Saramago.] y ella ya ha llegado a las estrellas. Raimundo Silva intenta, pensando y repensando, percibir por qu&#233; desde las primeras palabras no pudo reprimir la agresividad, No sabe qu&#233; es el dele&#225;tur, le molesta sobre todo el recuerdo del tono con que lanz&#243; la pregunta, provocador, grosero incluso, y despu&#233;s el duelo final, de enemigos, como si se estuviera dirimiendo una cuesti&#243;n personal, un rencor viejo, cuando se sabe que nunca antes se encontraron estos dos, y, si s&#237;, ni se fijaron el uno en el otro, Qui&#233;n ser&#225;, pens&#243; entonces Raimundo Silva, y al pensarlo afloj&#243;, sin darse cuenta, la rienda con que ven&#237;a guiando el pensamiento, eso fue suficiente para que &#233;l se le adelantara y empezara a pensar por cuenta propia, es una mujer a&#250;n joven, menos de cuarenta a&#241;os, no tan alta como primero le pareci&#243;, el tono de la piel mate, el pelo suelto, casta&#241;o, los ojos del mismo color, un poco menos oscuros, y la boca peque&#241;a y llena, la boca peque&#241;a y llena, la boca peque&#241;a, la boca llena, llena. Raimundo Silva est&#225; mirando el estante que tiene enfrente, se encuentran all&#237; reunidos todos los libros que revis&#243; a lo largo de una vida de trabajo, no los ha contado pero forman una biblioteca, t&#237;tulos, nombres, &#233;l es la novela, &#233;l es la poes&#237;a, &#233;l es el teatro, &#233;l son los oportunismos pol&#237;ticos y biogr&#225;ficos, &#233;l son las memorias, t&#237;tulos, nombres, nombres, t&#237;tulos, unos c&#233;lebres hasta los d&#237;as de hoy, otros que tuvieron su momento y para ellos se par&#243; el reloj, algunos a&#250;n suspendidos del destino, Pero el destino que tenemos es el destino que somos, murmur&#243; el corrector, respondiendo a lo que antes hab&#237;a pensado, Somos el destino que tenemos. De repente, sinti&#243; calor, pese a no tener enchufada la estufa el&#233;ctrica, se desat&#243; el cintur&#243;n de la bata, se levant&#243; de la silla, estos movimientos parec&#237;an tener un objetivo y pese a todo, no puede haber otra explicaci&#243;n, apenas eran expresi&#243;n de un inesperado bienestar, un vigor casi c&#243;mico, una tranquilidad de dios sin remordimientos. La casa se volvi&#243; de s&#250;bito peque&#241;a, hasta la propia ventana abierta hacia las tres amplitudes, la de la ciudad, la del r&#237;o, la del cielo, le pareci&#243; como un postigo ciego, y es verdad que no hab&#237;a niebla, e incluso la frialdad de la noche era temperante frescor. No fue en este momento, sino antes, cuando Raimundo Silva pens&#243;, C&#243;mo se llamar&#225;, a veces ocurre, tenemos un pensamiento pero no queremos reconocerlo, darle confianza, lo aislamos con pensamientos laterales como este de haber recordado al fin que ni una sola vez se hab&#237;a mencionado el nombre de la mujer, Esta se&#241;ora, dijo el director literario, a partir de ahora se hace cargo de la responsabilidad, y, o por improbable falta de educaci&#243;n, o por efecto del nerviosismo propio y general, no hizo la presentaci&#243;n, Raimundo Silva, do&#241;a Fulana de Tal. Con estas reflexiones hab&#237;a ido atrasando Raimundo Silva la pregunta directa, C&#243;mo se llamar&#225;, y ahora que la hizo no es capaz de pensar en otra cosa, como si, al cabo de todas estas horas, hubiera llegado finalmente a su destino, palabra que es utilizada aqu&#237; en el sentido vulgar, de final de viaje, sin derivaciones ontol&#243;gicas o existenciales, s&#243;lo aquel decir de viajeros, He llegado, creyendo saber todo lo que les espera.

Ahora no se espere ni se exija explicaci&#243;n para lo que Raimundo Silva hizo. Volvi&#243; al despacho, abri&#243; sobre la mesa el Vocabulario de Jos&#233; Pedro Machado, se sent&#243; y, lentamente, empez&#243; a recorrer desde la letra A las columnas de la secci&#243;n onom&#225;stica, el primer nombre es el antrop&#243;nimo Aala, pero fue omitido el g&#233;nero, masculino, femenino, no se sabe, &#233;ste fue un caso de revisi&#243;n desatenta, o ser&#225; nombre com&#250;n de los dos, de todos modos una responsable de correctores no puede llamarse Aala. Raimundo Silva se qued&#243; dormido en la letra M, con el dedo sobre el nombre de Mar&#237;a, sin duda de mujer, pero asistenta, como sabemos, lo que no excluye la hip&#243;tesis de una coincidencia en un mundo donde tan f&#225;ciles son.


La carta que Raimundo Silva escribi&#243; al autor de la Historia del Cerco de Lisboa conten&#237;a el quantum satis necesario de disculpas, y tambi&#233;n la tenue pincelada de humor discreto que las relaciones cordiales entre remitente y destinatario admitir&#237;an sin abusar de la confianza, aunque al final debiera perdurar la impresi&#243;n de una honesta perplejidad, de una austera interrogaci&#243;n sobre la irresistibilidad de algunos actos absurdos. Esta especie de meditaci&#243;n sobre la humana flaqueza quebrantar&#237;a las &#250;ltimas resistencias, si alguna quedaba, en quien, al ser informado del lesivo atentado contra su propiedad intelectual, respondiera, dejando estupefacto al director literario, No es un caso de muerte, claro est&#225; que en la vida real no se encuentran tales abnegaciones, pero esta reflexi&#243;n, excusado ser&#237;a decirlo, no es de la responsabilidad del historiador, no pasa, pues, de mero a&#241;adido de doble sentido, tan a prop&#243;sito introducido ahora como en cualquier otro momento y p&#225;gina de este relato. El cesto de los papeles qued&#243; lleno de hojas arrugadas, de tentativas sin continuaci&#243;n, de borradores enmendados en todas direcciones, restos in&#250;tiles de un d&#237;a entero de esfuerzos de estilo y de gram&#225;tica, de milim&#233;tricas armon&#237;as para equilibrio de las partes constitutivas de la ep&#237;stola, Raimundo Silva lleg&#243; incluso a desahogarse en voz alta, Si los autores siempre sufren as&#237;, pobrecillos, y hall&#243; alg&#250;n contento en no ser m&#225;s que un corrector de pruebas.

Sub&#237;a Raimundo Silva la escalera de casa tras haber ido a echar la carta al correo, cuando oy&#243; sonar el tel&#233;fono. No se apresur&#243;, un tanto porque se sent&#237;a cansado, otro tanto por indiferencia o apat&#237;a, lo m&#225;s probable es que fuese Costa que quer&#237;a saber c&#243;mo iban las pruebas del librito de poes&#237;a o c&#243;mo iba la lectura previa de la novela que le hab&#237;a dejado en aquel negro d&#237;a, Se acuerda. Dio tiempo para que Costa se aburriera de llamar sin resultado, pero el tel&#233;fono no callaba, sonaba con una especie de obstinaci&#243;n mansa, como quien est&#225; decidido a continuar s&#243;lo porque es su deber y no porque cuente con que le respondan. Met&#237;a tranquilamente la llave en la cerradura cuando record&#243; que no pod&#237;a ser Costa el de la llamada, Costa ya no era su directo interlocutor, pobre Costa, v&#237;ctima inocente, reducido ahora a una funci&#243;n casi mec&#225;nica de trae y lleva, &#233;l que, siendo preciso, era capaz de batirse de igual a igual con la camorra revisora. Raimundo Silva se detuvo en el umbral del despacho, y el tel&#233;fono, como si notara su presencia, redobl&#243; su estridencia hasta parecer un perrillo loco de entusiasmo al presentir al amo, s&#243;lo le faltaba tirarse mesa abajo y empezar a saltar con ansia de caricias, con la lengua fuera, jadeando, bab&#225;ndose de puro gozo. Raimundo Silva tiene por ah&#237; algunos conocidos que de vez en cuando le telefonean, ha sucedido que alguna mujer sienta o finja sentir una necesidad de hablarle y o&#237;rlo, pero &#233;sos son casos del pasado que en el pasado ocurrieron y en el pasado quedaron, voces que si de &#233;l llegaran ahora ser&#237;an como algo sobrenatural del otro mundo.

Pos&#243; la mano en el tel&#233;fono, esper&#243; a&#250;n, como si quisiera darle la &#250;ltima oportunidad de callarse, y al fin levant&#243; el auricular creyendo saber exactamente qu&#233; le esperaba, Es el se&#241;or Silva, pregunt&#243; la telefonista, y &#233;l respondi&#243;, lac&#243;nico, S&#237;, Como nadie lo cog&#237;a, iba ya a colgar, Desea algo, Yo no, es la doctora Mar&#237;a Sara quien quiere hablar con usted, un momento. Hubo una pausa, ruidos que deb&#237;an ser de conmutaci&#243;n, tiempo bastante para que Raimundo Silva pudiera pensar, Se llama Mar&#237;a Sara, en parte acert&#243;, sin saberlo, porque si es verdad que se hab&#237;a quedado dormido con el dedo revelador sobre el nombre de Mar&#237;a, tambi&#233;n es cierto que de eso no guardaba recuerdo, que al despertar, levantando la cabeza de la mano abierta sobre el libro, y frot&#225;ndose luego los ojos con las dos manos, retir&#243; de la p&#225;gina aquella precaria se&#241;al de orientaci&#243;n, dispondr&#237;a s&#243;lo de las dos referencias extremas y sabr&#237;a, cuando mucho, que lo hallado estar&#237;a entre Manuela y Marula, nombres &#233;sos, por otra parte, excluibles de inmediato por ser radicalmente inadecuados a la personalidad de la persona o personaje. La telefonista dijo, Le conecto, es un anuncio corriente entre telefonistas, lugar com&#250;n de la profesi&#243;n, y con todo son palabras que prometen consecuencias, tanto para bien como para mal, Le conecto, dijo, indiferente al destino que utiliza sus servicios, y no repara en lo que est&#225; diciendo, Junto, aprieto, tomo, ato, l&#237;o, fijo, uno, aproximo, vinculo, relaciono, asocio, en su idea se trata s&#243;lo de poner en comunicaci&#243;n a dos personas, pero ese mismo acto sencill&#237;simo, observ&#233;moslo, transporta ya consigo riesgos m&#225;s que suficientes para que no lo acometamos con liviandad. No obstante, de nada sirven los avisos, pese a que la experiencia nos demuestra diariamente que cada palabra es un peligroso aprendiz de brujo.

Raimundo Silva se dej&#243; caer en la silla, en un instante se sinti&#243; dos veces m&#225;s cansado. A nosotros, los viejos, nos dan la ley las tr&#233;mulas rodillas, la cita obligatoria se ri&#243; de &#233;l injustamente, que no es viejo un hombre que apenas ha pasado los cincuenta, eso era antes, ahora nos cuidamos mejor, hay lociones, tintes, cremas, suavizantes diversos, por ejemplo, d&#243;nde se encontrar&#237;a a un hombre en el mundo civilizado que despu&#233;s de afeitarse se aplicara todav&#237;a en la cara piedra alumbre, esa brutalidad contra la epidermis, hoy la cosm&#233;tica es reina, rey y presidente, y si est&#225; visto que no podr&#237;a disimular un temblor de piernas, al menos dar&#225; alguna compostura al rostro cuando haya testigos. No habi&#233;ndolos ahora, el propio rostro de Raimundo Silva se crispa mientras del otro lado la doctora Mar&#237;a Sara, serena, con un gesto evidentemente gracioso, echa hacia atr&#225;s, con un movimiento de cabeza, el pelo del lado izquierdo para poder aproximar el auricular al o&#237;do, y dice al fin, No nos presentaron el otro d&#237;a, pero me presento a m&#237; misma ahora, me llamo Mar&#237;a Sara, el suyo, iba a decir, Ya lo conozco, pero Raimundo Silva, arrastrado por el h&#225;bito, dijo su nombre, pero lo dijo completo, con el Bienvenido, y estuvo a punto de morirse de rid&#237;culo all&#237; mismo. Mar&#237;a Sara, no obstante, a pesar de no haber anunciado de su persona m&#225;s que aquel poco, no pareci&#243; reparar en la confesi&#243;n y lo trat&#243; de se&#241;or Raimundo Silva, sin poder adivinar cu&#225;nto b&#225;lsamo estaba derramando en la lacerada susceptibilidad del corrector, Me gustar&#237;a hablar con usted sobre la manera de organizar nuestro trabajo, estoy entrevist&#225;ndome con todos los correctores, me interesa saber lo que piensan, s&#237;, encuentros personales, no hay otra manera, ma&#241;ana al mediod&#237;a, si le conviene, de acuerdo, le espero, hasta ma&#241;ana. El tel&#233;fono ya ha sido colgado y Raimundo Silva a&#250;n no recupera por completo la serenidad, ahora est&#225; la casa llena de silencio, apenas se adivina una pulsaci&#243;n inaudible, tanto puede ser el jadeo de la ciudad como el movimiento del r&#237;o, o simplemente el coraz&#243;n del corrector.

Despert&#243; algunas veces durante la noche, sobresaltado, como si alguien lo hubiera sacudido. Manten&#237;a los ojos cerrados, tratando de defenderse del insomnio, y poco despu&#233;s pasaba del torpor inquieto a otro inquieto sue&#241;o, pero sin sue&#241;os. A &#250;ltima hora de la noche empez&#243; a llover, el tejadillo del mirador era siempre el primero en dar la se&#241;al, aunque la lluvia fuera leve, y Raimundo Silva despert&#243; con el rumor continuo de las gotas cayendo y resonando, lentamente abri&#243; los ojos para recibir la luz cenicienta que apenas empezaba a insinuarse por los resquicios de la ventana. Como acontece casi siempre a quien despierta a esta hora, volvi&#243; a caer en el sue&#241;o, esta vez agitado de sue&#241;os, luchando con una preocupaci&#243;n, si tendr&#237;a tiempo de te&#241;irse el pelo, que lo necesitaba, y si ser&#237;a capaz de hacerlo tan bien que no se viera que era te&#241;ido. Cuando despert&#243; eran m&#225;s de las nueve y su pensamiento inmediato fue, No tengo tiempo, luego encontr&#243; que s&#237;. Entr&#243; en el cuarto de ba&#241;o y, entornando los ojos, despeinado, con cara ce&#241;uda, se examin&#243; a la luz fuerte de las dos bombillas que iluminaban el espejo, una a cada lado. Las ra&#237;ces blancas eran melanc&#243;licamente visibles, no bastar&#237;a ahuecarse el pelo para disimularlas, el remedio era te&#241;irlo. Despach&#243; en pocos segundos el desayuno, sacrificando el ya conocido apetito de tostadas con mantequilla, y volvi&#243; al cuarto de ba&#241;o, donde se encerr&#243; para proceder a su particular acu&#241;ado de moneda falsa, en fin, a la aplicaci&#243;n del producto, como se dec&#237;a en el prospecto de la caja. Cuando se te&#241;&#237;a el pelo se encerraba siempre, aunque siempre estuviera solo en casa, hac&#237;a en secreto lo que, deber&#237;a saberlo, no era secreto para nadie, y ciertamente caer&#237;a muerto de verg&#252;enza si un d&#237;a lo sorprendiera alguien en lo que &#233;l mismo consideraba una lastimosa operaci&#243;n. Igual que el de la doctora Mar&#237;a Sara, su pelo, en los tiempos de la verdad, era casta&#241;o, pero ahora ser&#237;a imposible comparar los tonos de uno y otro, de naturaleza a naturaleza, porque el de Raimundo Silva se presenta con una tonalidad uniforme que recuerda irremisiblemente una peluca abandonada y ro&#237;da de polillas, olvidada y de nuevo hallada en un s&#243;tano, confundida con antiguas im&#225;genes, muebles, adornos, cachivaches, m&#225;scaras de otro tiempo. Faltaba poco para las once y media cuando estuvo dispuesto para salir, atrasad&#237;simo, si no ten&#237;a la suerte de encontrar de inmediato un taxi, tendr&#237;a que recordar una nueva cita, &#233;sta de un viejo refr&#225;n, Sobre ca&#237;da, coz, expresi&#243;n sint&#233;tica y penetrante que se puede traducir por Despu&#233;s de un no, un demasiado tarde, que ser&#237;a, sin duda, la versi&#243;n m&#225;s adecuada al caso. Le favoreci&#243; vivir en la Rua do Milagre de Santo Ant&#243;nio, pues s&#243;lo un milagro pod&#237;a hacer que, en calle tan yerma, y en un d&#237;a as&#237;, de lluvia, apareciera un taxi libre que par&#243; cuando le hicieron la se&#241;al y no hizo, &#233;l, se&#241;al de que llevaba otro destino. Raimundo Silva entr&#243;, feliz, dio la direcci&#243;n de la editorial, pero luego, cuando tuvo ya el paraguas acomodado, se llam&#243; idiota, su ansiedad se manifestaba de dos maneras distintas, el temor de ir, el deseo de llegar, la editorial hab&#237;a pasado a ser para &#233;l un sitio detestado, y, por otro lado, no era s&#243;lo por llegar puntualmente a las doce por lo que daba prisa al conductor, Tengo prisa, con riesgo de crearse un enemigo en alguien que hab&#237;a empezado a manifestarse como instrumento de milagro. Descender a la ciudad baja cost&#243; su tiempo, avanzar en medio de un tr&#225;nsito que la lluvia demoraba fue chapotear en maleza, Raimundo Silva sudaba de impaciencia, al fin, pasaban ya diez minutos cuando entr&#243; en la editorial, bufando, en el peor estado de esp&#237;ritu deseable para una cita en la que iban a discutirse responsabilidades nuevas y, seguramente, traer de nuevo a colaci&#243;n agravios recientes.

La doctora Mar&#237;a Sara se levant&#243; de la silla, acudi&#243; a su encuentro, cordial, C&#243;mo est&#225;, se&#241;or Silva, Le ruego que disculpe mi retraso, la lluvia, el taxi, No tiene importancia, si&#233;ntese. El corrector se sent&#243; pero hizo el adem&#225;n de levantarse de nuevo, porque la doctora Mar&#237;a Sara volv&#237;a a su mesa, No se mueva, por favor, y cuando volvi&#243; llevaba un libro que dej&#243; sobre la mesita baja, entre los dos sillones forrados de napa negra. Luego se acomod&#243;, cruz&#243; las piernas, llevaba una falda de tejido grueso, ce&#241;ida en la medida justa, y encendi&#243; un cigarrillo. Los ojos del corrector acompa&#241;aron el movimiento que animaba las regiones superiores, reconoc&#237;a el rostro, el pelo suelto, ca&#237;do sobre los hombros, y de repente sinti&#243; un choque al distinguir en &#233;l, n&#237;tidamente, unas canas que brillaban bajo la luz del techo, No se las ti&#241;e, pens&#243;, y tuvo ganas de huir de all&#237;. La doctora Mar&#237;a Sara le hab&#237;a preguntado si quer&#237;a fumar, pero &#233;l no la oy&#243;, s&#243;lo a la segunda vez, No fumo, gracias, respondi&#243;, y baj&#243; los ojos, llev&#225;ndose en ellos la imagen de una blusa de escote en pico, de un color que su perturbaci&#243;n le impidi&#243; definir. Ahora no quitaba los ojos de la mesa, fascinado, estaba all&#237; la Historia del Cerco de Lisboa, vuelta hacia &#233;l, sin duda a prop&#243;sito, todo, el nombre del autor, el t&#237;tulo en letras grandes, una ilustraci&#243;n en medio de la portada en la que se percib&#237;an caballeros medievales con el s&#237;mbolo de los cruzados, y sobre las murallas del castillo desproporcionadas figuras de moros, era dif&#237;cil saber a esta distancia si se trataba de la reproducci&#243;n de una miniatura antigua o de una composici&#243;n moderna de estilo arcaizante, falsamente ingenuo. No quer&#237;a seguir mirando la portada provocadora, pero tampoco deseaba enfrentarse con la doctora Mar&#237;a Sara, que en aquel momento le estar&#237;a observando implacablemente, como una cobra dispuesta a lanzar el &#250;ltimo y definitivo salto. Pero ella dijo, en tono de voz natural, sin ninguna entonaci&#243;n particular, deliberadamente neutra, tan simple como las cuatro palabras que pronunci&#243;, Este libro es suyo, hizo una pausa, demorada, y a&#241;adi&#243;, colocando esta vez un peso mayor en algunas s&#237;labas, Dig&#225;moslo de otro modo, ese libro es el suyo. Confundido, Raimundo Silva levant&#243; la cabeza, El m&#237;o, pregunt&#243;, S&#237;, es el &#250;nico ejemplar de la Historia del Cerco de Lisboa que no lleva fe de erratas, en &#233;l contin&#250;a dici&#233;ndose que los cruzados no quisieron ayudar a los portugueses, No comprendo, Diga m&#225;s bien que est&#225; intentando ganar tiempo para saber c&#243;mo se debe hablar conmigo, Perd&#243;n, pero mi intenci&#243;n, No necesita justificarse, no se va a pasar la vida dando explicaciones, lo que yo realmente esperaba era que me preguntase por qu&#233; motivo le entrego un ejemplar no enmendado, un libro que mantiene intacto el fraude, que insiste en el error, que persevera en la mentira, elija usted mismo el calificativo que m&#225;s le guste, Se lo pregunto ahora, Ha tardado demasiado, ya no me apetece responderle, pero lo dijo sonriendo, aunque se le notase la tensi&#243;n en la l&#237;nea de la boca, Se lo ruego, insisti&#243; &#233;l, sonriendo a su vez, y qued&#243; sorprendido consigo mismo, en una situaci&#243;n as&#237; mostrar los dientes a una mujer de quien no s&#233; nada y que debe de estar burl&#225;ndose de m&#237;, seguro. La doctora Mar&#237;a Sara apag&#243; el cigarrillo, encendi&#243; otro, parec&#237;a nerviosa. Raimundo Silva la observ&#243; con atenci&#243;n, la balanza empezaba a inclinarse de su lado, pero &#233;l no entend&#237;a por qu&#233;, y mucho menos cu&#225;l era el sentido de todo aquello, porque estaba claro que no hab&#237;a sido convocado para debatir o simplemente recibir instrucciones sobre el nuevo procedimiento de correcci&#243;n, lo que all&#237; estaba pasando hac&#237;a evidente que el asunto del Cerco no qued&#243; definitivamente arreglado en aquella negra hora del decimotercer d&#237;a en que vino para ser juzgado, Pero no creas que vas a someterme a otra humillaci&#243;n, pens&#243;, sin querer admitir que estaba siendo deshonesto con los hechos, cuando, verdaderamente, le hab&#237;a sido evitado el vejamen de un despido ignominioso, por ejemplo, aunque tampoco contaba con que fueran a condecorarlo o citarlo en la orden del d&#237;a, ascendi&#233;ndolo a jefe de correctores, lugar que antes no exist&#237;a y que, por lo visto, ahora s&#237;.

La doctora Mar&#237;a Sara, con un movimiento r&#225;pido, se levant&#243;, era interesante observar que la rapidez de sus gestos no perjudicaba una especie de fluidez natural que les quitaba toda apariencia de brusquedad, y fue a la mesa a buscar una hoja de papel que entreg&#243; a Raimundo Silva, A partir de ahora, los tr&#225;mites de trabajo de revisi&#243;n ser&#225;n los que constan en estas instrucciones, no hay alteraciones de fondo en el modo como las cosas se hac&#237;an hasta ahora, y, como podr&#225; ver, lo m&#225;s importante es que, en los casos en que el corrector trabaje solo, como usted, las pruebas pasar&#225;n por una revisi&#243;n final, que tanto podr&#233; hacer personalmente yo como otro corrector, aunque siempre se respetar&#225;n por encima de todo los criterios del primero, lo que se pretende es s&#243;lo establecer una &#250;ltima revisi&#243;n que impida errores y remedie faltas de atenci&#243;n, O desv&#237;os intencionales, a&#241;adi&#243; Raimundo Silva, intentando una sonrisa amarga, Se equivoca, &#233;se fue un episodio del que ni siquiera vale la pena decir que despu&#233;s del robo, trancas la puerta, porque tengo la seguridad de que los ladrones no volver&#225;n jam&#225;s y la puerta podr&#225; seguir como estaba, las reglas que ah&#237; tiene obedecen a simple sentido com&#250;n, no es un c&#243;digo penal para disuadir y castigar atentados de criminales empedernidos, Como yo, Un &#250;nico delito, que adem&#225;s, repito, no volver&#225; a ocurrir, no hace de una persona normal un delincuente, y mucho menos empedernido, Gracias por la confianza, No necesita mi confianza, es una cuesti&#243;n de l&#243;gica y de psicolog&#237;a elemental, s&#243;lo un ni&#241;o no lo entender&#237;a, Tengo mis limitaciones, Cada uno tiene las suyas. Raimundo Silva no respondi&#243;, se qued&#243; mirando el papel que sosten&#237;a en las manos, pero sin leerlo, para un corrector tan veterano como &#233;l era, dif&#237;cilmente se inventar&#237;a una sorpresa capaz de durar m&#225;s, en efectos, que el tiempo de su enunciaci&#243;n. La doctora Mar&#237;a Sara permanec&#237;a sentada, pero hab&#237;a enderezado el tronco y se inclinaba un poquito hacia delante, como para hacer ver que, por su parte, hab&#237;a terminado la conversaci&#243;n, y que en el segundo inmediato, si nada en contra ocurr&#237;a, estar&#237;a en pie para pronunciar las &#250;ltimas palabras, esas palabras a las que no se suele prestar atenci&#243;n, esas f&#243;rmulas de despedida cuyo sentido han desgastado la repetici&#243;n y el h&#225;bito, comentario, por otra parte, repetido, introducido aqu&#237; como eco de otro, hecho en diferente tiempo y lugar y que en consecuencia no merece desarrollo, vide Retrato del Poeta en el A&#241;o de su Muerte.

Raimundo Silva dobl&#243; la hoja de papel dos veces, demor&#225;ndose en los &#225;ngulos, y la guard&#243; en el bolsillo interior de la chaqueta. Luego hizo un movimiento que enga&#241;&#243; a la doctora Mar&#237;a Sara, parec&#237;a que se iba a levantar, pero no, era s&#243;lo una manera de tomar impulso, de modo que no se quedara a mitad de una frase que decidi&#243; decir, lo que, todo junto, m&#225;s o menos significa que estos momentos, y los momentos son siempre muchos, aunque sean pocos los segundos, los hab&#237;an vivido ellos en equilibrio inestable, compelido el corrector, contra su voluntad, a seguir el movimiento de la doctora, invirtiendo &#233;sta su propio impulso al percibir que se hab&#237;a equivocado sobre las intenciones de &#233;l. A&#250;n m&#225;s que el teatro, sabr&#237;a el cine mostrar estas sutiles danzas de gestos, pudiendo incluso descomponerlos y recomponerlos sucesivamente, pero la experiencia de la comunicaci&#243;n ha venido a probar que esa abundancia aparente de visualizaciones no disminuy&#243; la necesidad de las palabras, cualquier palabra, incluso sabiendo ellas decir tan poco sobre las acciones e interacciones del cuerpo, de la voluntad que hay en &#233;l o que &#233;l es, de lo que llamamos instinto en ausencia de otro nombre, de la qu&#237;mica de las emociones, y de lo dem&#225;s que, precisamente por falta de palabras, no se mencionar&#225;. Pero, no tratando nosotros aqu&#237; de cine, ni de teatro, ni siquiera de vida, nos vemos forzados a decir en m&#225;s tiempo del que necesitamos, sobre todo porque nos damos cuenta de que, despu&#233;s de una primera, una segunda y a veces una tercera tentativa, s&#243;lo una parte m&#237;nima de las sustancias habr&#225; quedado explicada, y aun as&#237; muy dependiente de las interpretaciones, y, dicho esto, en meritorio esfuerzo de comunicaci&#243;n, perturbadamente volvemos al principio, a punto de, inh&#225;biles, aproximar o distanciar el plano de enfoque, con riesgo de velar los contornos del motivo central y volverlo, por as&#237; decir, inidentificable. En este caso, sin embargo, afortunadamente, no hab&#237;amos perdido de vista a Raimundo Silva, lo dejamos en aquel movimiento ondulatorio que hab&#237;a de transportar la frase, ni la doctora Mar&#237;a Sara, de alg&#250;n modo sumisa, con perd&#243;n de la excesiva palabra, no por p&#233;rdida de su voluntad, sino por una &#250;ltima y quiz&#225; benevolente expectativa, la cuesti&#243;n est&#225; en saber si va el corrector a pronunciar las palabras exactas, sobre todo evitando la peor de las cacofon&#237;as, que no condigan la palabra con el sonido, y los dos con la intenci&#243;n, vamos a ver c&#243;mo resuelve Raimundo Silva la dificultad, Por favor, dijo, y no hay duda de que ha empezado bien, mi reacci&#243;n ante el libro, la sorpresa al o&#237;r que no est&#225; corregido, todo eso se comprende, es como cuando nos duele un punto y el cuerpo se encoge instintivamente si le tocan, s&#243;lo le digo que mi deseo ser&#237;a que todo se borrara en la memoria, Lo encuentro hoy mucho menos desafiante que la otra vez que aqu&#237; estuvo, Las luces se apagan, las victorias pierden significado, los desaf&#237;os fatigan, repito que me gustar&#237;a olvidar lo sucedido, Temo que va a ser imposible si acepta la sugerencia que voy a hacerle, Una sugerencia, O una propuesta, si lo prefiere. La doctora Mar&#237;a Sara cogi&#243; de un estante bajo que hab&#237;a a su lado un dossier que coloc&#243; en el regazo, y dijo, Aqu&#237; est&#225;n reunidas sus opiniones sobre libros que la editorial, en a&#241;os pasados, public&#243; o no, Esto es historia antigua, H&#225;bleme de ella, Cree que vale la pena, Tengo mis propias razones para creer que s&#237;, Bien, la editorial estaba entonces empezando, toda ayuda era bienvenida, y alguien en aquella &#233;poca pens&#243; que yo pod&#237;a dar mi opini&#243;n sobre libros, francamente no pod&#237;a pas&#225;rseme por la cabeza que esos papeles se hubieran conservado hasta hoy, Los encontr&#233; durante una inspecci&#243;n que hice en las partes del archivo que me interesaba para mi trabajo, Apenas me acuerdo de ellos, Los he le&#237;do todos, Espero que no se haya echado a re&#237;r ante tantos disparates, Nada de disparates, al contrario, son opiniones excelentes, bien pensadas y escritas, Supongo que no habr&#225; encontrado cambios de s&#237; por no, y Raimundo Silva se atrevi&#243; a sonre&#237;r, fue irresistible, pero s&#243;lo por las comisuras de la boca, para que no pareciera que se tomaba demasiadas confianzas. La doctora Mar&#237;a Sara sonri&#243; tambi&#233;n, No, no hab&#237;a cambios, todos est&#225;n puntualmente, religiosamente, en sus lugares. Hizo una pausa, hoje&#243; al azar el dossier, pareci&#243; vacilar a&#250;n, y luego, Fueron estos informes, y el hecho, como dije ya, de estar bien escritos y mostrar, aparte de capacidad de observaci&#243;n cr&#237;tica, una especie, c&#243;mo dir&#233;, de pensamiento oblicuo bastante singular, Pensamiento oblicuo, No me pida que se lo explique, m&#225;s que sentido, lo veo, fue todo eso, repito, lo que se condens&#243; en la sugerencia que he decidido hacerle, Y cu&#225;l es, La de que escriba una historia del cerco de Lisboa en la que los cruzados, precisamente, no hayan querido ayudar a los portugueses, tomando al pie de la letra su desv&#237;o, para emplear la palabra que le o&#237;do hace poco, Perdone, pero no entiendo bien su idea, Es muy clara, Tal vez sea eso mismo lo que me impide entenderla, A&#250;n no ha tenido tiempo de acostumbrarse a ella, es natural que el primer movimiento sea de rechazo, No se trata de rechazo, m&#225;s bien es que la veo como un absurdo, Le pregunto si conoce absurdo mayor que aquel desv&#237;o suyo, No hablemos de mi desv&#237;o, Aunque no habl&#225;ramos m&#225;s de &#233;l, aunque este ejemplar llevase, tambi&#233;n &#233;l, la fe de erratas que est&#225; en los otros, aunque esta edici&#243;n fuese enteramente destruida, incluso as&#237;, el No que aquel d&#237;a escribi&#243; habr&#225; sido el acto m&#225;s importante de su vida, Qu&#233; sabe de mi vida, Nada, a no ser esto, Entonces no puede opinar sobre la importancia del resto, Es verdad, pero lo que yo dije no era para que se lo tomase en sentido literal, son expresiones enf&#225;ticas que siempre tienen que contar con la inteligencia del interlocutor, Soy poco inteligente, Eso es una expresi&#243;n enf&#225;tica m&#225;s, a la que doy el valor que realmente tiene, es decir ninguno, Puedo hacerle una pregunta, H&#225;gala, Sinceramente, est&#225; o no divirti&#233;ndose a mi costa, Sinceramente, no lo estoy, Entonces por qu&#233; este inter&#233;s, esta sugerencia, esta charla, Porque no todos los d&#237;as encuentra una a alguien que haya hecho lo que usted hizo, Estaba realmente perturbado, Vaya, vaya, En definitiva, y sin querer ser maleducado, su idea no tiene ni pies ni cabeza, Entonces, en definitiva, haga como si nunca hubiera existido. Raimundo Silva se levant&#243;, se compuso la gabardina que no se hab&#237;a quitado, Si no tiene otro asunto para tratar conmigo, me retiro, Ll&#233;vese su libro, es ejemplar &#250;nico. Las manos de la doctora Mar&#237;a Sara no tienen anillos ni alianza. En cuanto a la blusa, chemisier o como se llame, parece de seda, de un tono p&#225;lido que permanece indefinible, beige, marfil-viejo, blanco-ma&#241;ana, ser&#225; posible que las puntas de los dedos vibren de modo diferente seg&#250;n los colores que tocan o acarician, no lo sabemos.

La lluvia no ha disminuido. En la puerta del edificio de la editorial, Raimundo Silva, de mal humor, miraba el cielo entre las ramas de los &#225;rboles, pero el cielo era una nube pesada, &#250;nica, sin aberturas de azul, y la lluvia ca&#237;a con una regularidad irritante, ni m&#225;s ni menos. No vamos a tener otro d&#237;a, murmur&#243;, repitiendo un dicho antiguo de gente habituada a meteorolog&#237;as pr&#225;cticas, pero en el que no se debe creer completamente, porque despu&#233;s de aquel d&#237;a otros vendr&#225;n, y para Raimundo Silva &#233;ste no es ciertamente el &#250;ltimo. Mientras esperaba el improbable alivio de los meteoros, iban Saliendo empleados a comer, pasaba de la una, la charla hab&#237;a sido demorada. Pens&#243; que no le gustar&#237;a ver aparecer a Costa, tener que hablar con &#233;l, o&#237;rle, soportar su mirada recriminatoria, y en este instante descubri&#243; que a&#250;n menos quer&#237;a ver a otra persona, a la doctora Mar&#237;a Sara, que es posible que est&#233; bajando ya en el ascensor, y que, vi&#233;ndolo parado en la puerta, puede creer que se ha quedado a prop&#243;sito, con el pretexto de la lluvia, para poder continuar la charla en otro ambiente, en un restaurante, por ejemplo, al que &#233;l la invitar&#237;a, o hip&#243;tesis a&#250;n m&#225;s aterradora, que ella se ofrezca a llevarlo en coche, a casa, en actitud humanitaria y generosa, vista la lluvia que cae incesante, de ninguna manera, no es ninguna molestia, entre, entre que se est&#225; poniendo perdido. Claro que Raimundo Silva no sabe si la doctora Mar&#237;a Sara tiene coche, pero las probabilidades de que lo tenga son muchas, su aire no enga&#241;a, es persona moderna y expeditiva, basta observar sus gestos met&#243;dicos, medidos, gestos de quien sabe manejar la caja de cambios en el segundo exacto y que se ha habituado, con una mirada r&#225;pida, a valorar distancias y espacios de maniobra. Oy&#243; detenerse el ascensor y mir&#243; r&#225;pidamente hacia atr&#225;s, era el director literario que aguantaba la puerta para que pasara la doctora Mar&#237;a Sara, ven&#237;an los dos hablando animadamente, no hab&#237;a nadie m&#225;s en el ascensor, entonces Raimundo Silva se meti&#243; el libro entre la chaqueta y la camisa, fue un reflejo de protecci&#243;n, y, abriendo bruscamente el paraguas, se desliz&#243; rozando las casas, encogido como un perro ahuyentado a pedradas, su cuerpo era eso mismo, un perro que huye, con el rabo entre las piernas, Seguro que van a comer juntos, pens&#243;. Retuvo el pensamiento mientras bajaba la calle, luego se examin&#243; a s&#237; mismo para entender la raz&#243;n de aquel pensamiento, pero s&#243;lo encontr&#243; un muro blanco, sin inscripciones, &#233;l mismo un interrogante.

Para llegar a casa utiliz&#243; dos autobuses y un tranv&#237;a, ninguno de ellos lo dejaba a la puerta, daro est&#225;, pero no ten&#237;a otra manera de acercarse, taxis libres ni uno. De todos modos, la lluvia no le ahorr&#243; la mojadura, en definitiva no se moja uno m&#225;s cayendo al mar oc&#233;ano que al r&#237;o de nuestra aldea, quiere esto decir que si Raimundo Silva hubiera hecho todo el camino a pie no se mojar&#237;a m&#225;s de lo que est&#225;, hecho una sopa. Durante el trayecto, pas&#243; por un momento poco agradable, o casi terrible, si preferimos dramatizar la situaci&#243;n, cuando fantase&#243; con la doctora Mar&#237;a Sara en el restaurante, cont&#225;ndole al director literario la jocosa historia del corrector, Entonces le dije que escribiese un libro y &#233;l se qued&#243; desconcertado con la idea, y m&#225;s a&#250;n, me respondi&#243; que la historia del No del Cerco de Lisboa hab&#237;a sido consecuencia de una perturbaci&#243;n mental, imag&#237;nate, Es c&#243;mico ese hombre, siempre con esa cara de palo, pero es competente en el trabajo, hay que reconocerlo, y el director literario, tras cometer, con notable franqu&#237;a, este acto de caridad y de justicia, da el asunto por terminado y pasa a lo que m&#225;s le interesa, Oye, Mar&#237;a Sara, y si cen&#225;semos un d&#237;a de &#233;stos, pod&#237;amos ir luego a cualquier lado, a bailar, a tomar una copa. Al doblar la esquina, un traidor golpe de viento volvi&#243; el paraguas, todo el agua que del cielo ca&#237;a fue a dar contra la cara de Raimundo Silva, y el viento era cicl&#243;n, maelstr&#246;m, hurac&#225;n, fue cosa de pocos segundos, pero de ag&#243;nica desesperaci&#243;n, a salvo s&#243;lo el libro entre la chaqueta y la camisa. Pas&#243; el remolino, volvi&#243; la calma, y el paraguas, pese a llevar ahora una varilla estropeada, pudo volver a cumplir con su funci&#243;n, verdad es que m&#225;s simb&#243;lica que efectiva, No, pens&#243; Raimundo Silva, y se qued&#243; en esta palabra, luego no sabremos si fue de &#233;sta de la que se sirvi&#243; la doctora Mar&#237;a Sara para responder a la invitaci&#243;n del director literario, o si es este hombre que va subiendo las Escadinhas de San Crispim, donde no ve ni rastro del perro vagabundo, finalmente no cree que pueda haber en el mundo gente tan despiadada que ose burlarse as&#237; de un pobre corrector indefenso. Sin contar con que, posiblemente, la doctora Mar&#237;a Sara ir&#225; a almorzar a su casa.

Cambiado de ropa, m&#225;s o menos seco, Raimundo Silva prepar&#243; la comida, coci&#243; unas patatas para componer el plato de at&#250;n en conserva por el que acab&#243; de decidirse tras un examen de las alternativas, escasas, y, adobando esa frugalidad con el acostumbrado plato de potaje, se sinti&#243; bastante reconfortado y restaurado de energ&#237;as. Mientras com&#237;a, tropez&#243; en su esp&#237;ritu con una curiosa impresi&#243;n de extra&#241;eza, como si, experiencia s&#243;lo imaginaria, hubiera acabado de llegar de un largo y demorado viaje por tierras distantes y otras civilizaciones. Obviamente, en existencia tan poco dada a aventuras, cualquier novedad, insignificante para otros, puede pasar por revolucionaria, aunque, para proponer s&#243;lo este reciente ejemplo, su memorable atrevimiento contra el texto casi sagrado de la Historia del Cerco de Lisboa no le hab&#237;a causado un efecto que ni de lejos se le pareciera, ahora la casa est&#225; como si fuera pertenencia de otra persona, y &#233;l un extra&#241;o, hasta el olor es otro, y los muebles est&#225;n como fuera de lugar o deformados por una perspectiva regida por leyes distintas. Prepar&#243; un caf&#233; muy caliente, como era costumbre en &#233;l, y con el platillo y la taza en la mano, sorbiendo a traguitos recorri&#243; la casa para sentirla otra vez suya, empez&#243; por el cuarto de ba&#241;o, donde hab&#237;an quedado vestigios de la operaci&#243;n de tintorer&#237;a a que se hab&#237;a sometido, sin adivinar que acabar&#237;a avergonz&#225;ndose de ella, despu&#233;s la salita de estar donde casi nunca estaba, con la televisi&#243;n, la mesa baja, un div&#225;n, un peque&#241;o sill&#243;n y una estanter&#237;a de puertas acristaladas, y luego el despacho, que le restituy&#243; la familiaridad de lo que fue mil veces visto y tocado, y finalmente el dormitorio, la cama de caoba antigua, el ropero de la misma madera, la mesita de noche, muebles nacidos para mayores paredes y aqu&#237; contrahechos, encogiendo el espacio. Sobre la cama, donde lo hab&#237;a tirado al entrar, est&#225; el libro, &#250;ltimo mohicano de la diezmada tribu, refugiado en la Rua do Milagre de Santo Ant&#243;nio por inexplicable deferencia de la doctora Mar&#237;a Sara, inexplicable, se dice, que no es bastante haber propuesto, Escriba un libro, s&#243;lo por iron&#237;a, que una complicidad, por lo que tiene de &#237;ntimo, no tiene sentido aqu&#237;, a no ser que la doctora quiera s&#243;lo ver hasta qu&#233; punto es &#233;l capaz de llegar en los caminos de la locura, una vez que fue &#233;l mismo quien habl&#243; de perturbaci&#243;n mental. Raimundo Silva pos&#243; el platillo y la taza en la mesita de noche, Qui&#233;n sabe si no ser&#225; un s&#237;ntoma esta impresi&#243;n de extra&#241;eza, como si no fuese m&#237;a la casa o no perteneciera yo a este lugar y a estas cosas, la pregunta qued&#243; en suspenso, sin respuesta, como todas las que as&#237; comienzan, Qui&#233;n sabe. Tom&#243; el libro, la ilustraci&#243;n de la cubierta era realmente imitaci&#243;n de una miniatura antigua, francesa o alemana, y en ese instante, borrando todo lo dem&#225;s, le invadi&#243; una sensaci&#243;n de plenitud, de fuerza, ten&#237;a en las manos algo que era exclusivamente suyo, cierto es que desde&#241;ado por los otros, pero por esa misma raz&#243;n, Qui&#233;n sabe, a&#250;n m&#225;s estimado, al final este libro no tiene quien lo quiera y este hombre no tiene, para querer, m&#225;s que este libro.

Un tercio de nuestras cortas vidas lo pasamos durmiendo, no hay quien lo ignore, y tanto que basta tener ojos para nuestra propia experiencia, entre el acostarse y el levantarse las cuentas son f&#225;ciles de hacer, descontando los insomnios quien de ellos sufra, y, en general, el tiempo gastado en ejercicios nocturnos del arte amatorio, a&#250;n y siempre estimados y practicados en las dichas horas muertas, pese a la creciente divulgaci&#243;n de los horarios flexibles que, en &#233;ste y otros particulares, parecen encaminarnos finalmente a la realizaci&#243;n de los dorados sue&#241;os de la anarqu&#237;a, es decir, aquella edad apetecida en la que podr&#225; cada quien hacer lo que le d&#233; la real gana, con la &#250;nica condici&#243;n, elemental, de no herir o limitar la real gana de sus pr&#243;jimos. S&#237;, no hay nada m&#225;s simple, pero el hecho de que hasta hoy no hayamos conseguido siquiera identificar con perdurable certeza a nuestros pr&#243;jimos entre la multitud de los ajenos, viene a demostrar, si preciso fuera, lo que por tradici&#243;n sab&#237;amos, que la dificultad de realizar lo sencillo sobrepasa en complejidad a todo oficio o t&#233;cnica, o, en otras palabras, es menos dificultoso concebir, crear, construir y manipular un cerebro electr&#243;nico que encontrar en el nuestro propio la simple manera de ser feliz. Sin embargo, tras el tiempo, tiempo viene, dec&#237;a el otro, y la esperanza es siempre lo &#250;ltimo que se pierde. Desgraciadamente, somos nosotros los que podemos empezar a perderla desde ahora mismo, porque el tiempo que a&#250;n falta para la felicidad universal se cuenta por astron&#243;micas medidas, y esta generaci&#243;n no aspira a vivir tanto, aparte de ser patente que se est&#225; desanimando mucho.

Tan largo rodeo, convertido en irresistible por esa manera que las palabras tienen de tirar unas de otras, de manera que parecen no hacer m&#225;s que seguir el deseo de quien finalmente tendr&#225; que responder por ellas, pero llev&#225;ndolo al enga&#241;o, a punto de dejar, cu&#225;ntas veces, la punta de la narraci&#243;n abandonada en un lugar sin nombre y sin historia, el puro discurso sin causa ni objetivo, cuya fluctuaci&#243;n precisamente lo ir&#225; a convertir en apto para servir como escenario o aderezo de no importa qu&#233; drama o ficci&#243;n, este rodeo, que empez&#243; por indagar sobre horas de sue&#241;o y horas de vigilia para acabar en gastada reflexi&#243;n sobre la cortedad de las vidas y la longevidad de las esperanzas, este rodeo, acabemos, encontrar&#225; la justificaci&#243;n si, s&#250;bitamente, nos pregunt&#225;semos cu&#225;ntas veces, a lo largo de la vida, va una persona a la ventana, cu&#225;ntos d&#237;as, semanas y meses all&#237; ha pasado, y por qu&#233;. Generalmente, lo hacemos para saber c&#243;mo est&#225; el tiempo, para estudiar el cielo, para acompa&#241;ar a las nubes, para devaneos con la luna, para responder a quien llam&#243;, para observar a la vecindad, y tambi&#233;n incluso para ocupar los ojos distray&#233;ndolos, mientras el pensamiento acompa&#241;a las im&#225;genes en su discurrir, nacidas como nacen las palabras, as&#237;. Son miradas, son momentos, y largas contemplaciones de lo que no llega a ser mirado, una pared lisa y ciega, una ciudad, el r&#237;o ceniciento o el agua que cae de los aleros.

Raimundo Silva no abri&#243; la ventana, mira por detr&#225;s de los cristales, y sostiene en sus manos el libro, abierto por la p&#225;gina falsa, como se dice que falsa es la moneda acu&#241;ada por quien para tal cosa no ten&#237;a legitimidad. Resuena la lluvia sordamente en el cinc del alpende, y &#233;l no la oye, puesto que, dir&#237;amos nosotros buscando comparaci&#243;n apropiada a las circunstancias, es como un rumor a&#250;n lejano de cabalgada, un batir de cascos en tierra blanda y h&#250;meda, un remansarse las aguas en los charcos, extra&#241;o suceso &#233;ste, si en invierno siempre se suced&#237;an las guerras, qu&#233; ser&#237;a de los hombres de a caballo, poco arropados por debajo de lorigas y cotas de malla, con la lluvia entr&#225;ndoles por rendijas, hendiduras e intersticios, y de la tropa de a pie ni hablamos, descalza en el barro o poco menos, y con las manos tan engarabitadas de fr&#237;o que apenas pueden sostener las armas diminutas con las que vienen a conquistar Lisboa, qu&#233; idea la del rey, venir a la guerra con este tiempo, Pero el cerco fue en verano, murmur&#243; Raimundo Silva. La lluvia en el cobertizo se hab&#237;a vuelto audible pese a caer con menos fuerza, el chapotear de los caballos se va alejando, ir&#225;n a recogerse a sus cuarteles. Con un movimiento r&#225;pido, inesperado en persona habitualmente tan sobria de gestos, Raimundo Silva abri&#243; la ventana de par en par, algunas gotas le salpicaron la cara, el libro no, porque lo hab&#237;a protegido, y la misma impresi&#243;n de fuerza plena y desbordante se apoder&#243; de su cuerpo y de su esp&#237;ritu, &#233;sta es la ciudad que fue cercada, las murallas descienden por all&#237; hasta el mar, que siendo tan ancho el r&#237;o bien merece tal nombre, y luego suben, empinadas, hasta donde no alcanzamos a ver, &#233;sta es la mora Lisboa, si no fuese porque es pardusco el aire de este d&#237;a de invierno, distinguir&#237;amos mejor los olivares de la ladera que baja hacia el estero, y los de la otra margen, ahora invisibles como si los cubriera una nube de humo. Raimundo Silva mir&#243; y volvi&#243; a mirar, el universo murmura bajo la lluvia, Dios m&#237;o, qu&#233; dulce y suave tristeza, y que no nos falte nunca, ni siquiera en las horas de alegr&#237;a.


Ciertos autores, quiz&#225; por adquirida convicci&#243;n o complexi&#243;n espiritual naturalmente poco aficionada a pacientes indagaciones, aborrecen la evidencia de no ser siempre lineal y expl&#237;cita la relaci&#243;n entre lo que llamamos causa y lo que, por venir despu&#233;s, llamamos efecto. Alegan &#233;sos, y no hay que negarles raz&#243;n, que desde que el mundo es mundo, pese a que ignoremos cu&#225;ndo comenz&#243;, nunca se ha visto un efecto que no tuviera su causa, y que toda causa, sea por predestinaci&#243;n o simple acci&#243;n mec&#225;nica, ocasion&#243; y ocasionar&#225; efectos, los cuales, punto importante, se producen instant&#225;neamente, aunque el tr&#225;nsito de la causa al efecto haya escapado a la percepci&#243;n del observador y s&#243;lo mucho tiempo despu&#233;s logre ser aproximadamente reconstituido. Yendo m&#225;s lejos, con temerario riesgo, sustentan dichos autores que todas las causas hoy visibles y reconocibles han producido ya sus efectos, no teniendo nosotros m&#225;s que esperar que ellos se manifiesten, tambi&#233;n, que todos los efectos, manifestados o por manifestar, tienen sus ineluctables causalidades, aunque las m&#250;ltiples insuficiencias de que padecemos nos hayan impedido identificarlas en t&#233;rminos de con ellos establecer la necesaria relaci&#243;n, no siempre lineal, ni siempre expl&#237;cita, como comenz&#243; por ser dicho. Hablando ahora como toda la gente, y antes de que tan laboriosos raciocinios nos empujen hacia problemas m&#225;s arduos, como la prueba por la contingencia del mundo de Leibniz o la prueba cosmol&#243;gica de Kant, con lo que de lleno nos encontrar&#237;amos preguntando a Dios si existe realmente o si anduvo confundi&#233;ndonos con vaguedades indignas de un ser superior que todo deber&#237;a hacer y decir por lo claro, lo que esos autores proclaman es que no vale la pena que nos preocupemos con el d&#237;a de ma&#241;ana, porque, de cierta manera, o de manera cierta, todo cuanto acontezca ha acontecido ya, contradicci&#243;n s&#243;lo aparente, como qued&#243; demostrado, pues si no se puede hacer volver la piedra a la mano que la lanz&#243;, tampoco escapamos nosotros del golpe y de la herida si fue buena la punter&#237;a y por desatenci&#243;n o inadvertencia del peligro no nos desviamos a tiempo. En fin, vivir no es s&#243;lo dif&#237;cil, es casi imposible, mayormente en aquellos casos en que, no estando la causa a la vista, nos est&#233; interpelando el efecto, si a&#250;n ese nombre le basta, reclamando que lo expliquemos en sus fundamentos y or&#237;genes, y tambi&#233;n como causa que ya ha empezado a ser, puesto que, como nadie ignora, en toda esta contradanza es a nosotros a quien compete encontrar sentidos y definiciones, cuando lo que nos apetecer&#237;a ser&#237;a cerrar sosegadamente los ojos y dejar correr un mundo que mucho m&#225;s nos viene gobernando de lo que se deja, &#233;l, gobernar. Si tal sucede, es decir, si ante los ojos tenemos lo que, por toda se&#241;al y representaci&#243;n, tiene visos de efecto, y de &#233;l no percibimos una causa inmediata o pr&#243;xima, el remedio est&#225; en contemporizar, en dar tiempo al tiempo, ya que la especie humana, sobre la cual, record&#233;moslo, aunque parezca venir a desprop&#243;sito, no se conoce otra opini&#243;n que la que ella tiene de s&#237; misma, est&#225; destinada a esperar infinitamente los efectos y a buscar infinitamente las causas, al menos eso es lo que, hasta hoy, infinitamente ha hecho.

Esta conclusi&#243;n que tiene tanto de suspensiva como de providencial, nos permite, por h&#225;bil mudanza del plano narrativo, regresar al corrector Raimundo Silva en el momento preciso en que est&#225; ejecutando un acto de cuyos motivos no hemos podido enterarnos, entretenidos como est&#225;bamos en el enjundioso examen general de las causas y de los efectos, afortunadamente interrumpido cuando empezaba a deslizarse hacia ontol&#243;gicas y paralizantes angustias. Ese acto es, como todos, un efecto, pero su causa, qui&#233;n sabe si oscura para el propio Raimundo Silva, nos parece impenetrable, pues no se comprende, teniendo en cuenta los datos conocidos, por qu&#233; est&#225; este hombre vaciando en el fregadero de la cocina la benem&#233;rita loci&#243;n restauradora con que hab&#237;a mitigado los estragos del tiempo. De hecho, y a falta de una explicaci&#243;n que s&#243;lo &#233;l mismo pertinentemente podr&#237;a dar, y no queriendo arriesgarnos a hip&#243;tesis y suposiciones, que no pasar&#237;an de juicios temerarios y poco cautelosos, resulta imposible establecer aquella deseada y tranquilizadora relaci&#243;n directa que har&#237;a de cualquier humana vida un encadenamiento irresistible de hechos l&#243;gicos, todos perfectamente trabados, con sus puntos de apoyo y calculadas flechas. Content&#233;monos, al menos por ahora, con saber que Raimundo Silva, en la ma&#241;ana siguiente a la de su ida a la editorial, y tras una noche de insomnio, entr&#243; en su despacho, agarr&#243; el escondido frasco de tinte capilar y, despu&#233;s de un brev&#237;simo instante, lugar para la &#250;ltima vacilaci&#243;n, lo verti&#243; entero en la pila de fregar, haciendo en seguida correr aguas abundantes que en menos de un minuto hicieron desaparecer de la faz de la tierra, literalmente, al artificioso l&#237;quido malamente denominado Fuente de Juvencia.

Cometido este notable gesto, los pasos siguientes repitieron la rutina habitual, por &#250;ltima vez referida aqu&#237;, salvo que ocurran variantes significativas, y estos pasos fueron afeitarse, ba&#241;arse, alimentarse, y luego abrir la ventana para airear la casa hasta sus rincones m&#225;s profundos, la cama, por ejemplo, con las s&#225;banas plenamente expuestas y ya fr&#237;as, sin vestigios del inquieto insomnio, y menos a&#250;n de los sue&#241;os que el exhausto sue&#241;o acab&#243; por traer, fragmentos s&#243;lo, im&#225;genes insensatas a las que la luz no llega, invisibles hasta para los narradores, que las personas mal informadas creen que tienen todos los derechos y disponen de todas las llaves, si as&#237; fuese, se acababa una de las cosas buenas que el mundo a&#250;n tiene, la privacidad, el misterio de los personajes. El tiempo sigue lluvioso, pero no tan diluvianamente como ayer, la temperatura parece haber bajado, se cierra pues la ventana, tanto m&#225;s cuanto que la atm&#243;sfera de la casa ya se ha purificado con el soplo vigorizante que ven&#237;a del lado de la barra. Es hora de ponerse a trabajar.

La Historia del Cerco de Lisboa est&#225; sobre la mesita de noche, Raimundo Silva tom&#243; el libro, dej&#243; que se abriera por s&#237; mismo, las p&#225;ginas son las que sabemos, no habr&#225; otra lectura. Luego se sent&#243; a la mesa de trabajo, donde est&#225; esperando el inacabado libro de poemas, inacabada su revisi&#243;n, quiere decirse, y tambi&#233;n, le&#237;da s&#243;lo un tercio, corregidas algunas faltas de concordancia, propuestas algunas aclaraciones, e incluso, discretamente, enmendados ciertos yerros de ortograf&#237;a, la novela que trajo Costa y no ten&#237;a urgencia. Raimundo Silva dej&#243; de lado las obligaciones del deber, y, con la Historia del Cerco de Lisboa ante s&#237;, descans&#243; la frente en los dedos dispuestos en arco, mirando fijamente el libro, pero sin verlo, como se notaba por la expresi&#243;n de ausencia que poco a poco se iba extendiendo por su rostro. La Historia del Cerco de Lisboa no tard&#243; en ir a hacer compa&#241;&#237;a a la novela y al libro de poemas, el tablero de la mesa escritorio es una superficie lisa, limpia, una tabla rasa, para hablar con plena propiedad del lenguaje, el corrector se qued&#243; as&#237; durante largos minutos, se oye el rumor vago de la lluvia all&#225; fuera, nada m&#225;s, la ciudad es como si no existiera. Entonces Raimundo Silva sac&#243; una hoja de papel blanco, tambi&#233;n ella lisa, limpia, tambi&#233;n ella una tabla rasa, y, en lo alto, con su clara y cuidada caligraf&#237;a de corrector, escribi&#243; Historia del Cerco de Lisboa. Subray&#243; dos veces, retoc&#243; alguna letra, y en el instante siguiente la hoja ya estaba rasgada, rasgada cuatro veces, que menos que eso no es inutilizaci&#243;n suficiente, y m&#225;s que eso se entiende como precauci&#243;n man&#237;aca. Coloc&#243; otra hoja de papel, pero no para escribir en ella, pues la dispuso rigurosamente de modo que quedaran paralelos sus cuatro lados con los cuatro lados de la mesa, tendr&#237;a que torcer el cuerpo todo, lo que &#233;l quiere es algo a lo que poder preguntar, Qu&#233; voy a escribir, y despu&#233;s esperar una respuesta, esperar hasta que se le confundan los ojos y no vea m&#225;s la blanca, est&#233;ril superficie, sino una confusi&#243;n de palabras surgiendo de la profundidad como cuerpos ahogados que luego vuelven a hundirse, no vieron bastante del mundo, vinieron s&#243;lo para eso, no vuelven m&#225;s.

Qu&#233; voy a escribir, no es la &#250;nica pregunta, pronto se le ocurri&#243; otra, tambi&#233;n ella imperiosa, y tan inmediata de urgencias que se volver&#237;a casi irresistible tomada como reflejo casi instant&#225;neo, pero determina la prudencia que no volvamos al debate en que nos hemos perdido anteriormente, y que m&#225;s exigir&#237;a, para que no recay&#233;semos una y otra vez en confusiones conceptuales, la distinci&#243;n entre relaciones &#237;ntimas y esenciales y relaciones accidentales, esto como m&#237;nimo, lo que finalmente importar&#225; del caso es saber que Raimundo Silva, despu&#233;s de haber preguntado, Qu&#233; voy a escribir, pregunt&#243;, Por d&#243;nde voy a empezar. Se dir&#237;a que la primera pregunta era la m&#225;s importante de las dos, porque es la que va a decidir sobre los objetivos y las lecciones de lo escrito en el futuro, pero, no pudiendo y no queriendo Raimundo Silva remontarse tanto que acabase por redactar una Historia de Portugal, felizmente corta por haber empezado hace tan pocos a&#241;os y tan a la vista estar su l&#237;mite pr&#243;ximo, que es, como queda dicho, el Cerco de Lisboa, y careciendo de suficiente marco narrativo un relato que empezase s&#243;lo en el momento en que los cruzados respondieron, Negativo, a la petici&#243;n del rey, se perfila entonces la segunda pregunta como referencia factual y cronolog&#237;a ineludible, lo que equivale a preguntar, usando palabras del pueblo com&#250;n, Por qu&#233; punta empieza esto.

De modo que parece necesario retroceder un poco, por ejemplo, empezar por el discurso de Don Afonso Henriques, lo que, por otra parte, permitir&#237;a una nueva reflexi&#243;n sobre el estilo y las palabras del orador, y quiz&#225; por la invenci&#243;n de otro discurso, m&#225;s de acuerdo con el tiempo, la persona y el lugar, o, simplemente, la l&#243;gica de la situaci&#243;n, y que, por su sustancia y particularidades, pudiera justificar la fatal negativa de los cruzados. Mas aqu&#237; se plantea una cuesti&#243;n previa, conviene saberlo, qui&#233;nes fueron en aquel paso los interlocutores del rey, para qui&#233;n hablaba &#233;l, qu&#233; gente ten&#237;a delante cuando solt&#243; su pl&#225;tica. Afortunadamente, no se trata de un imposible, basta ir a la fuente limpia, a los cronistas, a la propia Historia del Cerco de Lisboa, esta que Raimundo Silva tiene sobre su mesa, es muy expl&#237;cita, no hay m&#225;s que hojear, buscar, encontrar, la informaci&#243;n es de buena fuente, se dice que directamente del c&#233;lebre Osberno, y as&#237; podemos enterarnos de que estaba el conde Arnoldo de Aarschot, que mandaba a los guerreros llegados de las diversas partes del imperio germ&#225;nico, que estaba Cristiano de Gistell, jefe de flamencos y bolo&#241;eses, y que la tercera parte de los cruzados era gobernada por cuatro condestables, eran ellos Herveu de Glanvill, con el personal de Norfolk y Suffolk, Sim&#243;n de Dover, con los nav&#237;os de Kent, Andr&#233;, con los londinenses, y Saherio de Archelles con el resto. Sin mando principal, pero dotados de autoridad, fuerza militar e influencia pol&#237;tica para influir en las discusiones, tendremos que mencionar tambi&#233;n al normando Guillermo Virulo y a un hermano suyo llamado Rodolfo, ambos duros de pelar.

Pero lo malo de las fuentes, aunque veraces de intenci&#243;n, es la imprecisi&#243;n de los datos, la propagaci&#243;n alucinada de las noticias, ahora nos refer&#237;amos a una especie de facultad interna de germinaci&#243;n contradictoria que opera en el interior de los hechos o de la versi&#243;n que de ellos se ofrece, propone o vende, y, convertida &#233;sta en una especie de multiplicaci&#243;n de esporas, se da la proliferaci&#243;n de las propias fuentes segundas y terceras, las que copiaron, las que lo hicieron mal, las que repitieron porque lo hab&#237;an o&#237;do decir, las alteradas de buena fe, las que de mala fe se alteraron, las que interpretaron, las que rectificaron, aquellas a las que tanto les daba, y tambi&#233;n las que se proclamaron &#250;nica, eterna e insustituible verdad, sospechosas &#233;stas por encima de cualquier otra. Todo, naturalmente, depende de la mayor o menor cantidad de documentos por compulsar, de la mayor o menor atenci&#243;n que se preste a la enjundiosa tarea, pero, para que nos podamos hacer una idea moderna de la naturaleza del problema en causa, basta que fantaseemos, en estos d&#237;as de ahora en que Raimundo Silva est&#225; viviendo, que &#233;l u otro de nosotros necesit&#225;ramos apurar una verdad cualquiera repetida, y en su misma repetici&#243;n variada, en las noticias de los peri&#243;dicos, y menos mal que &#233;ste es un pa&#237;s peque&#241;o y de poblaci&#243;n no extremadamente dada a las letras, que con s&#243;lo enunciar los t&#237;tulos de ellos, ya es causa de mareo mental, por la abundancia, claro est&#225;, por la abundancia, el Di&#225;rio de Not&#237;cias, el Correio da Manh&#227;, el S&#233;culo, la Capital, el Dia, el Di&#225;rio de Lisboa, el Di&#225;rio Popular, el Di&#225;rio, el Com&#233;rcio do Porto, el Jornal de Not&#237;cias, el Europeu, el Pr&#237;meiro de Janeiro, el Di&#225;rio de Coimbra, y esto por hablar s&#243;lo de los diarios, porque despu&#233;s, glosando, resumiendo, comentando, previendo, anunciando, imaginando, tenemos los semanarios y las revistas, el Expresso, el Jornal, el Seman&#225;rio, el Tempo, el Diabo, el Independente, el S&#225;bado, y el Avante, y la Ac&#231;&#227;o Socialista, y el Povo Libre, y decididamente no llegar&#237;amos al final si, aparte de lo principal que falte, o influyente, incluy&#233;ramos en el rol cuanto diario u hoja se publica por esas provincias de Dios, que tambi&#233;n ellas tienen derecho a vida y opini&#243;n.

Afortunadamente para el corrector, son otras sus preocupaciones, a &#233;l lo que le interesa es saber qui&#233;nes eran los extranjeros que en aquellos ardientes d&#237;as de verano estuvieron de charla con nuestro rey Afonso Henriques, parec&#237;a que todo hab&#237;a quedado elucidado por la consulta a la Historia del Cerco de Lisboa, a falta de lo que se le atribuye a Osberno y de esas semejantes antig&#252;edades que fueron, para &#233;sta y restantes materias, Arnulfo y Dodequino, y tambi&#233;n, lateralmente, la narraci&#243;n del Indiculum Fundationis Monasterii Sancti Vicentii, pero no se&#241;or, no est&#225; nada explicado, pues, por ejemplo, en la Cr&#243;nica dos Cinco Reis de Portugal, que ciertamente tuvo sus razones para decir lo que s&#243;lo dice, a veces se quita, a veces se a&#241;ade, no se mencionan, de extranjeros importantes, m&#225;s que a Guill&#233;n de la Larga Flecha, Gil de Rolim, y un tal Don Gil de quien no qued&#243; registrado el apellido, rep&#225;rese que no aparece ninguno de los mencionados en la Historia del Cerco de Lisboa, tributaria de la supuesta osb&#233;rnica fuente, en casos as&#237; se opta generalmente por el documento m&#225;s antiguo, por estar m&#225;s cerca del evento, pero no sabemos lo que har&#225; Raimundo Silva, a quien sin duda le complace el gusto medieval del nombre de Guill&#233;n de la Larga Flecha, personaje s&#243;lo por eso destinado a las m&#225;s estupendas caballer&#237;as. Un recurso es buscar desempate en la obra de mayor porte, como ser&#237;a, en este caso, la Cr&#243;nica del propio Don Afonso Henriques, de Frei Ant&#243;nio Brand&#227;o, sin embargo y desgraciadamente, no vendr&#225; ella a desenredar el l&#237;o, o lo liar&#225; a&#250;n m&#225;s, llamando a Guill&#233;n de la Larga Flecha Guill&#233;n de la Larga Espada, e introduciendo, seg&#250;n lecci&#243;n de Setho Calvisio, un Eurico rey de Damia, un obispo bremense, un duque de Borgo&#241;a, un Teodorico conde de Flandes, y tambi&#233;n, con aceptable verosimilitud, el ya citado Gil de Rolim, igualmente llamado Childe Rolim, y Don Lichertes, y Don Ligel, y los hermanos Don Guillermo y Don Roberte de La Corni, y Don Jord&#225;n, y Don Alardo, unos franceses, otros flamencos, otros normandos, otros ingleses, aunque sea dudoso, en algunos casos, que as&#237; de naci&#243;n se identificasen cuando preguntados, considerando que en aquel tiempo, y por mucho tiempo m&#225;s, un hombre, fuese &#233;l hidalgo o plebeyo, o no sab&#237;a de qu&#233; tierra era o a&#250;n no hab&#237;a tomado la decisi&#243;n final.

Sin embargo, habiendo reflexionado sobre estas discrepancias, concluy&#243; Raimundo Silva que profundizar en una verdad de poco servir&#237;a al caso, dado que, de estos y de otros cruzados, nobles de primera o villanos de la &#250;ltima, no se oir&#225; hablar m&#225;s as&#237; que el rey acabe su discurso, pues a tal est&#225; obligando la negativa que se encuentra exagerada en este &#250;nico ejemplar de la Historia del Cerco de Lisboa, con todas las consecuencias. Pero, no tratando nosotros de gente liviana de entendimientos, y a&#250;n m&#225;s con ayuda de la multitud de cl&#233;rigos que vienen como int&#233;rpretes y gu&#237;a de almas, para la negativa de ayudar a los portugueses en el cerco y toma de Lisboa habr&#237;a habido un motivo fuerte, o aquellos cientos de hombres ni se hubieran dado el trabajo de desembarcar, mientras m&#225;s de doce mil esperan en los barcos orden de bajar a tierra con armas, arcas y mochilas, incluyendo los femeninos acompa&#241;amientos venidos en las naves, de quien un guerrero en caso alguno debe ser privado, por m&#225;s que ande en luchas espirituales, si no c&#243;mo reposar&#237;a y consolar&#237;a al carecido cuerpo. Qu&#233; motivo haya sido el tal, eso es lo que ya es hora de averiguar, por mor de credibilidades y verosimilitudes del nuevo relato, por ahora escasas.

Vamos a ver. Una primera hip&#243;tesis podr&#237;a ser el clima, pero &#233;sa inmediatamente cae por su base, no se sustenta, pues es sabido que los extranjeros, sin excepci&#243;n, adoran este rico sol, estas brisas suaves, este cielo de incomparable azul, basta reparar que estamos a finales de junio, ayer fue d&#237;a de San Pedro, y eran una gloria ciudad y r&#237;o, dud&#225;ndose en todo caso si bajo la mirada del Dios de los cristianos o del Al&#225; de los moros, si es que no estaban juntos gozando del espect&#225;culo y cruzando apuestas. La segunda hip&#243;tesis pudiera ser, por ejemplo, una aridez de la tierra, una sequedad de los lugares, una desolaci&#243;n de los horizontes, pero disparate as&#237; s&#243;lo podr&#237;a concebirse en cabeza de quien no conociera Lisboa y su t&#233;rmino, un vergel en el que se regala cualquier alma de bien, v&#233;anse todas estas huertas que se extienden por las m&#225;rgenes del brillante estuario que avanza tierra adentro, en esta Baixa acunada entre la colina donde se asienta la ciudad y la otra, frontera, del lado de poniente, manifestaci&#243;n perfecta de que para hortalizas en general no hay manos mejores que las de los moros. Tercera hip&#243;tesis, y &#250;ltima, para resumir, ser&#237;a que surgiera por aqu&#237; una fatal pestilencia como las que de tiempo en tiempo barren de muerte a estos pueblos de Europa y adyacentes, sin excepci&#243;n de los cruzados, que por algunos simples casos end&#233;micos no ser&#237;a caso de que cunda el p&#225;nico, las personas se acostumbran a todo, es como vivir inquieto agarrado a las faldas de un volc&#225;n, en fin, son comparaciones disparatadas, que &#233;sta no es tierra de terremotos, lo sabremos mejor dentro de seiscientos y pico de a&#241;os. Quedan ah&#237; tres hip&#243;tesis, y ninguna plausible. As&#237; que, por mucho que nos cueste aceptarlo, la raz&#243;n, la causa, el origen, el motivo, el porqu&#233; tienen que ser buscados, y quiz&#225; encontrados, en el discurso del rey. Ah&#237; y s&#243;lo ah&#237;.

Volver&#225; Raimundo Silva a las primeras p&#225;ginas del libro, retornar&#225; la ya comentada arenga para leerla en sus entretelas, limpiada de excrecencias, adornos y proliferaciones hasta dejarla reducida al tronco y a las pernadas principales, y entonces, con un salto acrob&#225;tico, en un esfuerzo de identificaci&#243;n con la mentalidad de gentes con tales nombres, or&#237;genes y atributos, sentir manifestarse en s&#237; mismo una c&#243;lera, una indignaci&#243;n, un desagrado que lo lleven a decir, terminante, Se&#241;or rey, nosotros no nos quedamos aqu&#237;, pese a este buen sol que tienen, a estas vegas fertil&#237;simas, a estos l&#237;mpidos aires, a este r&#237;o tan hermoso donde saltan las sardinas, qu&#233;dese vuestra merced y que buen provecho le haga, adi&#243;s. A Raimundo Silva, leyendo y volviendo a leer, le pareci&#243; que el busilis de la cuesti&#243;n podr&#237;a estar en aquel trozo del discurso en el que Don Afonso Henriques, lengua, como ya observamos de un habla que no era exclusivamente suya, intenta convencer a los cruzados para que hagan la operaci&#243;n por lo m&#225;s barato, dici&#233;ndoles, se supone que con expresi&#243;n inocente, De una cosa, sin embargo, estamos ciertos, y es que vuestra piedad os invitar&#225; m&#225;s a este trabajo y al deseo de realizar tan gran hecho que lo que pudiera atraeros la promesa de nuestro dinero y recompensa. Esto o&#237; yo, cruzado Raimundo Silva, lo oyeron mis o&#237;dos, y asombrado qued&#233; de que rey tan cristiano no hubiera aprendido la divina palabra, aquella que por su mismo oficio deber&#237;a hab&#233;rsele convertido en indeclinable principio pol&#237;tico, Dad a Dios lo que es de Dios y al C&#233;sar lo que es del C&#233;sar, que, aplicada al cuento, significa que el rey de Portugal no tiene por qu&#233; andar mezclando ajos con rastrojos, una cosa ser&#225; que yo ayude a Dios y otra cosa es que me paguen bien en esta tierra por &#233;se y todos los dem&#225;s servicios, sobre todo habiendo peligro de dejar la piel en la empresa, y no s&#243;lo la piel, sino tambi&#233;n todo lo que ella lleva dentro. Claro que hay contradicci&#243;n evidente entre este pasaje del discurso real y aquel otro, algo anterior, cuando dice que se considera sujeto a vuestro dominio, de los cruzados, enti&#233;ndase, todo lo que nuestra tierra posee, pero no es de excluir la posibilidad de que se trate de una f&#243;rmula de cortes&#237;a usada en aquellos tiempos, que ninguna persona bien educada se atrever&#237;a a tomar al pie de la letra, tal como hoy cuando decimos a alguien a quien acabamos de conocer, Estamos enteramente a su disposici&#243;n, imag&#237;nese si nos pillan la palabra y nos convierten en un mandado.

Raimundo Silva se levant&#243; de la mesa, pasea por el peque&#241;o espacio libre del despacho, va al corredor para desahogarse m&#225;s ligeramente de la tensi&#243;n de nueva especie que se est&#225; apoderando de &#233;l, y en voz alta piensa, El problema no es &#233;ste, aunque hubiese sido tal la causa de las diferencias entre los cruzados y el rey, es realmente m&#225;s probable que todo aquel conflicto, insultos, desconfianzas, ayudamos, no ayudamos, tuviese como ra&#237;z la cuesti&#243;n de la paga de los servicios, el rey queriendo ahorrar, los cruzados intentando sacar lo m&#225;s posible, pero el problema que yo tengo que resolver es otro, cuando escrib&#237; No, los cruzados se fueron de inmediato, por eso no me sirve de nada buscar respuesta al Porqu&#233; en la historia que llaman verdadera, tengo que inventar yo mismo otra para que pueda ser falsa, y falsa para que pueda ser otra. Se cans&#243; del ir y venir por el corredor, volvi&#243; al despacho, pero no se sent&#243;, mir&#243; con nerviosa irritaci&#243;n las pocas l&#237;neas que hab&#237;an quedado del destrozo, seis hojas, una tras otra, fueron rasgadas, y las enmiendas, las enmiendas como cicatrices por cerrar. Se daba cuenta de que mientras no resolviese la dificultad no ser&#237;a capaz de avanzar, y se sorprend&#237;a, acostumbrado como estaba a que en los libros todo pareciese tan f&#225;cil, espont&#225;neo, casi necesario, no porque efectivamente lo fuese, sino porque cualquier escrito, bueno o malo, siempre acaba por presentarse como una cristalizaci&#243;n predeterminada, aunque no se sepa c&#243;mo ni cu&#225;ndo ni por qu&#233; ni por qui&#233;n, se sorprend&#237;a, dec&#237;amos, porque a &#233;l no se le ocurr&#237;a lo que ser&#237;a simplemente la idea siguiente, la idea que naturalmente deb&#237;a haber nacido de la idea anterior, y, al contrario, se le negaba, o ni eso, simplemente no estaba all&#237;, no exist&#237;a, ni siquiera como probabilidad. La s&#233;ptima hoja fue rasgada tambi&#233;n, la mesa volvi&#243; a quedar limpia, lisa, tabla dos veces rasa, un desierto, ninguna idea. Raimundo Silva tom&#243; las pruebas del libro de poes&#237;a, fluctu&#243; a&#250;n durante unos minutos entre aquel nada y este algo, despu&#233;s, poco a poco, fue fijando la atenci&#243;n en el trabajo, pas&#243; el tiempo, antes del almuerzo ya estaban las pruebas corregidas y rele&#237;das, listas para la editorial. Durante toda la ma&#241;ana no hab&#237;a sonado el tel&#233;fono, el cartero viene raramente a esta casa, el sosiego de la calle s&#243;lo muy de tiempo en tiempo fue perturbado por el paso cauteloso de un coche, los autocares de los turistas no entran por aqu&#237;, dan la vuelta por el Largo dos Loios, y con la lluvia que ha ca&#237;do habr&#225;n sido pocos los que se aventuraron tan alto para no ver m&#225;s que horizontes cubiertos. Raimundo Silva se levant&#243;, es hora de almorzar, pero antes fue a la ventana del dormitorio, al fin ha escampado, ya no llueve, y entre nubes r&#225;pidas aparecen y desaparecen pedazos de cielo azul, tan vivo como deb&#237;a ser el de aquel d&#237;a, pese a la diferencia de las estaciones. En ese momento no le apeteci&#243; a Raimundo Silva entrar en la cocina, a calentar el sempiterno potaje, a rebuscar entre las latas de at&#250;n y de sardinas, a atreverse a la manipulaci&#243;n con la sart&#233;n o el cazo, y no porque se le hubiese despertado el apetito de gastronom&#237;as m&#225;s elaboradas, fue s&#243;lo, por as&#237; decir, un caso de hast&#237;o mental. Pero tampoco le apetec&#237;a buscar un restaurante. Mirar la carta, elegir entre plato y precio, permanecer sentado entre la gente, manejar el cuchillo y el tenedor, todos estos actos, tan sencillos, tan cotidianos le parecieron insoportables. Se acord&#243; de que all&#237; cerca, en la confiter&#237;a A Graciosa, sirven unos emparedados mixtos, aceptables incluso para paladares m&#225;s exigentes que el suyo, y con un vaso de vino para acompa&#241;ar, y un caf&#233; de remate, el est&#243;mago se dar&#237;a por satisfecho.

Se decidi&#243; y sali&#243;. La gabardina a&#250;n estaba h&#250;meda del chaparr&#243;n de la v&#237;spera, pon&#233;rsela le dio un estremecimiento, como si estuviera visti&#233;ndose la piel de un animal muerto, sobre todo le molestaban los pu&#241;os y el cuello, lo que deber&#237;a tener era un buen abrigo para ocasiones como &#233;sta, no es un lujo, es una necesidad, entonces quiso recordar c&#243;mo iba vestida la doctora Mar&#237;a Sara, si con chaqueta ancha o con gabardina, cuando sali&#243; del ascensor con el director literario, y no lo consigui&#243;, c&#243;mo iba a haberse fijado si sali&#243; huyendo en aquel mismo instante. No era &#233;sa la primera vez que pens&#243; en la doctora Mar&#237;a Sara durante aquella ma&#241;ana, pero ella se hab&#237;a comportado como una especie de vigilante, sentada en cualquier lugar de su pensamiento, observ&#225;ndolo. Ahora era alguien que se mov&#237;a, que sal&#237;a de un ascensor conversando, bajo la gabardina o el chaquet&#243;n llevaba una falda de tela gruesa y ce&#241;ida, y una blusa, o un chemisier, qu&#233; m&#225;s da el nombre, tan francesa es una palabra como la otra, de un color indefinible, no, indefinible no, porque Raimundo Silva ya le ha encontrado el tono exacto, blanco-ma&#241;ana, que no existe en la naturaleza realmente, tan diferentes entre s&#237; son las ma&#241;anas iguales, pero que cualquier persona, queri&#233;ndolo, puede inventar para su propio uso y gusto, hasta el almu&#233;dano ciego, si ciego no vino del vientre de su madre mora.

En la confiter&#237;a A Graciosa no serv&#237;an copas de vino. Raimundo Silva tuvo que empujar el emparedado con una cerveza, poco agradable en este tiempo fr&#237;o, pero que, remotamente, acababa por producir en el cuerpo un efecto semejante, una confortable lasitud interna. Un hombre ya mayor, con el pelo todo blanco, aire de jubilado, le&#237;a el peri&#243;dico en una mesa pr&#243;xima. No ten&#237;a prisa, seguramente almorz&#243; en casa y vino luego a instalarse aqu&#237; para tomar un caf&#233; y leer el peri&#243;dico que el propietario del establecimiento, de acuerdo a&#250;n con una antigua tradici&#243;n lisboeta, pon&#237;a al servicio de los parroquianos. Pero lo que atra&#237;a la atenci&#243;n de Raimundo Silva eran suscabellos blancos, qu&#233; nombre habr&#237;a que dar a este tono de blanco, podr&#237;a decir, por ant&#237;tesis, blanco-crep&#250;sculo, o de tarde, claro, teniendo en cuenta la avanzada edad del sujeto, pero la obviedad ser&#237;a excesiva, inventar est&#225; muy bien, pero que sea algo que valga la pena. Se debe a&#241;adir, sin embargo, que la preocupaci&#243;n de Raimundo Silva no era exclusivamente de orden crom&#225;tico, lo que s&#237; lo estaba fascinando era la s&#250;bita idea de que, en definitiva, no sab&#237;a cu&#225;ntos cabellos blancos tendr&#237;a &#233;l mismo, si muchos, si much&#237;simos, hace m&#225;s de diez a&#241;os que empez&#243; a te&#241;&#237;rselos, persigui&#233;ndolos con fiera sa&#241;a, como si para esa &#250;nica batalla hubiera nacido. Desconcertado, estupefacto, se descubri&#243; deseando est&#250;pidamente que el tiempo pasara de prisa para poder conocer su verdadera cara, la que surgir&#237;a como un reci&#233;n llegado que lentamente se acercase, por debajo de cabellos que primero ser&#237;an grotescos hilos de dos colores, el falso cada vez m&#225;s deslavado y breve, el otro, aut&#233;ntico desde la ra&#237;z, avanzando inexorablemente. En fin, pens&#243; Raimundo Silva, bien podemos decir que es para el blanco adonde va el tiempo, e, imaginando m&#225;s, vio el mundo en sus &#250;ltimos d&#237;as, extinguida la vida, como una enorme cabeza blanca barrida por el viento, era eso lo que hab&#237;a, viento y blancura. El jubilado tom&#243; un trago de su caf&#233;, sorbiendo con ruido, y luego la mitad de la copa de orujo que ten&#237;a delante, hizo, Aaah, y continu&#243; leyendo. Raimundo Silva sinti&#243; una irritaci&#243;n sorda contra aquel hombre, una especie de envidia, de qu&#233;, quiz&#225; de lo que parec&#237;a ser una tranquilidad total, una cr&#233;dula confianza en la estabilidad del universo, verdad es que el confort que el aguardiente da es infinitamente superior al que puede proporcionar una cerveza, y, v&#233;ase en la pr&#225;ctica, el aguardiente es perfecto en su g&#233;nero hasta la &#250;ltima gota, y este resto de cerveza est&#225; muriendo en el fondo de la ca&#241;a, no tiene otro destino que la pila de los despojos, como un agua podrida. Pidi&#243; un caf&#233;, r&#225;pido, No, no quiero digestivo, es el nombre que el pueblo de los restaurantes da a la tribu de los aguardientes, brandis y orujos, y no falta quien jure por las estomacales virtudes de la medicina, el jubilado bebi&#243; de un trago lo que le quedaba en la copa, Aaaah, y, golpeando con la punta del dedo &#237;ndice en el borde, le hizo se&#241;al al camarero para que la llenara otra vez. Raimundo Silva pag&#243; y se fue, notando de pasada, que en el pelo del hombre hab&#237;a estrechos mechones amarillos, tal vez de un resto de tinte, tal vez la definitiva se&#241;al de la vejez, como en el marfil antiguo, que se oscurece y empieza a agrietarse.

Hace meses que Raimundo Silva no entra en el castillo, pero ahora va all&#237;, acaba de decidirlo, aunque piense que, en definitiva, para eso sali&#243; de casa, o si no no se le habr&#237;a ocurrido tan naturalmente la idea, su esp&#237;ritu, recordemos, mostr&#243; un sentimiento de invencible repugnancia, de invencible resistencia a entrar en la cocina, pero lo hizo para llevarlo mejor al enga&#241;o, temi&#243; que a la sugerencia, Vamos al castillo, respondiera &#233;l de malos modos, Para hacer qu&#233;, y precisamente eso era lo que el esp&#237;ritu o no sab&#237;a o no pod&#237;a confesar. El viento sopla en r&#225;fagas violentas, el pelo del corrector se agita en un remolino, los faldones de la gabardina restallan como s&#225;banas mojadas. Es un disparate ir al castillo con un tiempo as&#237;, subir a las torres desabrigadas, puede incluso caerse en alguna de aquellas escaleras sin barandal, la ventaja es que no haya nadie, se puede disfrutar del sitio sin testigos, ver la ciudad, Raimundo Silva quiere ver la ciudad, a&#250;n no sabe para qu&#233;. La gran explanada est&#225; desierta, el suelo inundado de charcos que el viento empuja en min&#250;sculas ondas, y los &#225;rboles gimen con las sacudidas del vendaval, esto es casi un cicl&#243;n, autor&#237;cese la exageraci&#243;n de esta expresi&#243;n en ciudad que en el a&#241;o mil novecientos cuarenta y uno sufri&#243; los aun as&#237; m&#225;s modestos efectos de una cola de tif&#243;n y todav&#237;a hoy habla de eso para quejarse de los perjuicios, como de aqu&#237; a cien a&#241;os a&#250;n se quejar&#225; de que le haya ardido el Chiado. Raimundo Silva se acerca al muro, mira hacia abajo y a lo lejos, los tejados, las regiones superiores de las fachadas y de los aleros, a la izquierda el r&#237;o sucio de barro, el arco triunfal de la Rua Augusta, la confusi&#243;n de las calles cuadriculadas, un rinc&#243;n u otro de una plaza, las ruinas del Carmo, las otras que quedaron del incendio. No permanece all&#237; mucho tiempo, y no es porque le moleste demasiado el viento, oscuramente sabe que este su ins&#243;lito paseo tiene un objetivo, no vino aqu&#237; para contemplar las torres de las Amoreiras, ya fue pesadilla suficiente que se le hayan aparecido en sue&#241;os. Entr&#243; en el castillo, siempre le sorprende que sea tan peque&#241;o, una cosa que parece de juguete, como un lego, o un mecano. Los muros altos reducen el &#237;mpetu mayor de la ventolera, la dividen en m&#250;ltiples y contrarias corrientes que se engolfan por patios y pasajes. Raimundo Silva conoce los caminos, va a subir a la muralla por el lado de San Vicente, ver desde all&#237; la disposici&#243;n de los terrenos. Y all&#237; est&#225;, el cabezo de la Gra&#231;a, enfrentado a la torre m&#225;s alta, y el rebaje hacia el Campo de Santa Clara, donde asent&#243; acampada Don Afonso Henriques con sus soldados, que nuestros fueron, primeros padres de la nacionalidad, puesto que sus antepasados, por haber nacido demasiado pronto, portugueses no pudieron ser. &#201;ste es un punto de genealog&#237;a que en general no merece consideraci&#243;n, averiguar lo que, no teniendo ninguna importancia, dio vida, lugar y ocasi&#243;n a la importancia que pas&#243; a tener lo que decimos que es importante.

No fue all&#237; el encuentro de los cruzados con el rey, habr&#225; sido all&#225; abajo, al otro lado del estuario, pero lo que Raimundo Silva busca, si la expresi&#243;n tiene sentido, es una impresi&#243;n de tangibilidad visual, algo que no sabr&#237;a definir, que, por ejemplo, podr&#237;a haber hecho de &#233;l ahora mismo un soldado moro mirando las siluetas de los enemigos y el brillo de las espadas, pero que, en este caso, por un escondido camino mental, espera recibir, en demostrativa evidencia, el dato que al relato le falta, es decir, la causa indiscutible de que se marcharan los cruzados despu&#233;s de su rotundo No. El viento empuja y vuelve a empujar a Raimundo Silva, lo obliga a agarrarse a las almenas para mantener el equilibrio. En un momento dado, el corrector experimenta una sensaci&#243;n fuerte de rid&#237;culo, tiene consciencia de su postura esc&#233;nica, mejor dicho, cinematogr&#225;fica, la gabardina es manto medieval, el pelo suelto plumas, y el viento no es viento, sino corriente de aire producida por una m&#225;quina. Y es en ese preciso instante, cuando de una cierta manera se volvi&#243; inocente e indefenso por la iron&#237;a contra s&#237; mismo dirigida, surgi&#243; en su esp&#237;ritu, finalmente claro y tambi&#233;n ir&#243;nico, el motivo tan buscado, la raz&#243;n del No, la justificaci&#243;n &#250;ltima e irrefutable de su atentado contra las hist&#243;ricas verdades. Ahora Raimundo Silva sabe por qu&#233; se negaron los cruzados a auxiliar a los portugueses a cercar y tomar la ciudad, y va a volver a casa para escribir la Historia del Cerco de Lisboa.


Dice la Historia del Cerco de Lisboa, la otra, que fue alborozo extremo entre los cruzados cuando hubo noticia de que ven&#237;a el rey de Portugal para dar a conocer las propuestas con que pretend&#237;a atraer a la empresa a los esforzados combatientes que a Tierra Santa hab&#237;an apuntado sus designios rescatadores, y dice tambi&#233;n, fundament&#225;ndolo en la providencial fuente osb&#233;rnica, aunque no de Osberno, que casi todo aquel personal, ricos y pobres, as&#237; lo refiere expl&#237;citamente, oyendo que se aproximaba Don Afonso Henriques le fueron al encuentro festivamente, se entiende que s&#237;, o ser&#237;a que se quedaron a la espera, sin m&#225;s, que tal es lo que acontece siempre en ayuntamientos de &#233;sos, es decir, que en el resto de Europa, cuando viene el rey, corren todos a acortarle el camino, a recibirlo con palmas y vivas. Por suerte, esta explicaci&#243;n nos fue dada prestamente, morigeradora de las vanidades nacionales, no fu&#233;semos a imaginar, ingenuamente, que los europeos de aquel tiempo, como los de ahora, ya se dejaban mover y conmover desmedidamente por un rey portugu&#233;s, para colmo m&#225;s de tan fresca data, porque viene ah&#237; en su caballo con una tropa de gallegos como &#233;l, hidalgos unos, otros eclesi&#225;sticos, todos r&#250;sticos y poco instruidos. Quedamos sabiendo pues que la instituci&#243;n real a&#250;n ten&#237;a entonces prestigios bastantes para hacer salir a la gente a la calle, dici&#233;ndose unos a otros, Vamos a ver al rey, vamos a ver al rey, y el rey es este barbudo que huele a sudor, de armas sucias, y los caballos no pasan de ac&#233;milas peludas, sin raza, que a la batalla m&#225;s van para morir que para florituras de alta escuela, pero, pese a ser todo en definitiva tan poco, no se debe perder la oportunidad, porque un rey que viene y va nunca se sabe si vuelve.

Ven&#237;a pues Don Afonso Henriques, y los jefes de los cruzados, de quienes queda ya hecha menci&#243;n completa, salva sea la insuficiencia de las fuentes, lo esperaban puestos en l&#237;nea con algunas de sus gentes, porque el resto del ej&#233;rcito segu&#237;a en la flota a la espera de que los se&#241;ores decidieran el destino que todos iban a tener, sin exclusi&#243;n del suyo propio. Al rey lo acompa&#241;aban el arzobispo de Braga, Jo&#227;o Peculiar, el obispo de aporto, Pedro Pit&#245;es, famosas lenguas para el lat&#237;n, y una cantidad cabal de gente para formar, sin desdoro, el real s&#233;quito, y eran &#233;stos Fern&#227;o Mendes, Fern&#227;o Cativo, Gon&#231;alo Rodrigues, Martim Moniz, Paio Delgado, P&#234;ro Viegas, tambi&#233;n llamado P&#234;ro Paz, Gocelino de Sousa, otro Gocelino, pero Sotero, o Soeiro, Mendo Afonso de Refoios, M&#250;cio de Lamego, Pedro Pelagio, o Pais da Maia, Jo&#227;o Rainho, o Ranha, y otros de los que no qued&#243; registro, pero que estaban all&#237;. Se acercaron los parlamentarios y, hechas las presentaciones, que tomaron su tiempo, pues aparte del nombre y los apellidos se enunciaban los atributos de se&#241;or&#237;o, anunci&#243; el obispo de aporto que el rey iba a discursear, y que &#233;l ser&#237;a su fiel int&#233;rprete, seg&#250;n hab&#237;a jurado ante las leyes, la humana y la divina. Entretanto todos los de a caballo se hab&#237;an bajado de las mulas, el rey se hab&#237;a subido a una piedra para estar m&#225;s sobresaliente desde la cual, adem&#225;s, podr&#237;a gozar de una magn&#237;fica vista sobre las cabezas de los cruzados, el estuario en toda su amplitud, las huertas abandonadas tras la asolaci&#243;n cometida por los portugueses que en los dos d&#237;as anteriores hicieron razia general de frutas y verduras. All&#225; en lo alto, el castillo donde se distingu&#237;an min&#250;sculas figuras en las almenas, y, descendiendo, la muralla de la ciudad, con sus dos puertas de este lado, la de Alfofa y la de Ferro, cerradas y atrancadas, detr&#225;s de ellas se present&#237;a la inquietud de la gente mora murmurando, todav&#237;a a salvo, en qu&#233; ir&#237;a a dar todo aquello, el r&#237;o cuajado de barcos, y el ajuntamiento en la colina frontera, se ve&#237;an los pendones y las fl&#225;mulas ondeando al viento, bonito espect&#225;culo, algunos fuegos ardiendo, no se sabe para qu&#233;, pues el tiempo est&#225; c&#225;lido y no es hora de comer, el almu&#233;dano oye las explicaciones que le est&#225; dando un sobrino y empieza a temer lo peor, manera de decir que lo malo a&#250;n ser&#237;a m&#225;s o menos soportable. Alz&#243; entonces el rey la poderosa voz, Nosotros aqu&#237;, aunque vivamos en este culo del mundo, hemos o&#237;do grandes loores a vuestro respecto, que sois hombres de mucha fuerza y diestros en las armas lo m&#225;s que se puede ser, y no lo dudamos, basta poner los ojos en las robustas complexiones que ostent&#225;is, y en cuanto al talento para la guerra, nos fiamos del rol de vuestros hechos, tanto en lo religioso como en lo profano. Nosotros aqu&#237;, pese a las dificultades, que tanto nos vienen del ingrato suelo como de las varias imprevidencias de que padece el esp&#237;ritu portugu&#233;s en formaci&#243;n, vamos haciendo lo posible, ni siempre sardina ni siempre gallina, y para colmo hemos tenido la mala suerte de tener aqu&#237; a estos moros, gente de escasa riqueza si vamos a compararlos con los de Granada y Sevilla, por eso m&#225;s vale echarlos de aqu&#237; de una vez para siempre, y en este punto se plantea una cuesti&#243;n, un problema que paso a someter a vuestro criterio, y que es el siguiente, Realmente, lo que a nosotros nos convendr&#237;a ser&#237;a una ayuda as&#237; como gratuita, es decir, se quedan ustedes aqu&#237; durante un tiempo, a ayudar, y cuando todo esto acabe se conforman con una remuneraci&#243;n simb&#243;lica y siguen luego para los Santos Lugares, que all&#237; ser&#225;n pagados y repagados, tanto en bienes materiales, puesto que los turcos no se comparan en riqueza con estos moros, como en bienes espirituales, que se derraman sobre el creyente nada m&#225;s que poniendo pie en esa tierra, Pedro Pit&#243;es, mire que he aprendido el lat&#237;n bastante para percibir c&#243;mo va la traducci&#243;n, pero vosotros ah&#237;, se&#241;ores cruzados, por favor, no os impacient&#233;is, que esto de la remuneraci&#243;n simb&#243;lica ha sido una manera de hablar, lo que yo quer&#237;a decir es que para garantizar el futuro de la naci&#243;n nos convendr&#237;a mucho quedarnos con las riquezas todas que est&#225;n en la ciudad, que no va a ser nada de asombro, pero es muy verdad el dicho que dice o llegar&#225; a decir, No hay mejor ayuda para el pobre que la del pobre, en fin, hablando se entiende la gente, nos dicen ustedes cu&#225;nto cobran por el servicio, y veremos luego si se puede llegar al precio, aunque mande la verdad que en todo habla por mi boca, yo tengo razones para pensar que, aunque no lleguemos a un acuerdo, solos seremos capaces de vencer a los moros y tomar la ciudad como hace tres meses tomamos Santarem con una escalera de mano y media docena de hombres, que habiendo entrado despu&#233;s el ej&#233;rcito, fue toda la poblaci&#243;n pasada a espada, hombres, mujeres y ni&#241;os, sin diferencia de edades y de que tuvieren o no armas en mano, s&#243;lo escaparon los que consiguieron huir, y fueron pocos, ahora bien, si esto hicimos, tambi&#233;n cercar&#237;amos Lisboa, y si esto os digo no es porque desprecie vuestro auxilio, sino para que no nos ve&#225;is tan desprovistos de fuerzas y de coraje, y no he hablado a&#250;n de otras razones mejores, que es el contar nosotros, portugueses, con la ayuda de Nuestro Se&#241;or Jes&#250;s Cristo, c&#225;llate Afonso.

No se crea que nadie de la comitiva o de la ranchada extranjera se haya permitido la insolencia de mandar callar al rey, dirigi&#233;ndose a &#233;l s&#243;lo por su nombre de pila, como si hubiera comido alguna vez de su mismo plato, aquello fue, s&#237;, un hablar del propio consigo mismo, como C&#225;llate, boca, que, como no ignorara quien tuviere la costumbre de o&#237;r y buscar los entendimientos sutiles que vienen con las palabras y que son m&#225;s que ellas, significa, realmente, que quien habla se muere por decir lo que aparentemente decide callar. Aun as&#237; hay que contar con la ben&#233;vola curiosidad ajena para que se remueva el obst&#225;culo t&#225;ctico, lanzando, por ejemplo, una pregunta en estos t&#233;rminos aproximados, Bueno, bueno, acabe ya, no nos deje as&#237; en suspenso, pero tambi&#233;n puede acontecer de muy distinta manera y conforme a la persona y a la circunstancia, en este caso el de la intervenci&#243;n fue Guillermo Vitulo, aquel malencarado, que habr&#225; sido o no de la Larga Espada, quien, con cierta brutalidad, se atrevi&#243; a dudar, Nuestro Se&#241;or Jes&#250;s Cristo ayuda a todos los cristianos, y a ninguno m&#225;s que a otro, no faltaba m&#225;s, se acabar&#237;a la religi&#243;n si algunos fueran hijos y otros hijastros. Algunos cruzados miraron reprensivamente al del aparte, sin embargo m&#225;s por la forma que por el fondo, pues en cuanto a &#233;ste, deber&#237;a ser general la concordancia de que, en la oratoria del rey, aparte de una censurable avaricia que quiz&#225; acabe ech&#225;ndolo todo a perder, hubo mucha petulancia, mucho orgullo, parec&#237;a m&#225;s bien un arzobispo hablando que un simple rey que ni el t&#237;tulo tiene derecho a usar, pues no se lo reconoce el papa, el cual, por mucho favor, tres a&#241;os antes le dio tratamiento de dux, y que no se queje. No fue el silencio tan largo cuanto se imaginar&#237;a por el tiempo que tard&#243; en decirse, pero lo fue por dem&#225;s, y suficiente, para que quedara cargada de tempestad la atm&#243;sfera de la reuni&#243;n, a Don Afonso Henriques no le agrad&#243; nada la desconfianza, e iba a abrir la boca, sin duda para soltar una palabrota, cuando un cruzado m&#225;s diplom&#225;tico, fue &#233;l Saherio de Archelles, lanz&#243; un puente de conciliaci&#243;n, No dudamos de que hayan tomado Santarem los portugueses con s&#243;lo una escalera de mano y con la ayuda de Dios, como soberanamente lo hizo al permitir que se vinieran abajo las murallas de Jeric&#243; al toque de unas trompetas, sin necesitar siquiera que las tocaran siete guerreros sino siete sacerdotes, y tampoco es de mayor asombro que los portugueses hayan causado matanza semejante, si en la misma ciudad de Jeric&#243; fueron muertos, aparte de los hombres, de las mujeres, de los ni&#241;os y de los viejos fueron muertos, digo, los bueyes, las ovejas y los jumentos, lo que a nosotros s&#237; nos perturba es que un hombre comprometa, aunque rey sea, el nombre del Se&#241;or, cuya voluntad, bien sabemos, s&#243;lo se manifiesta donde y cuando quiere, no bastando pedir, rogar, suplicar, importunar, y sobre lo de hijos e hijastros no me pronuncio.

Complaci&#243; a Don Afonso Henriques, aparte de lo ajustado de la cita b&#237;blica, el tono mesurado con que se expres&#243; Saherio de Archelles, cierto es que tan dudoso en cuanto a la sustancia como el de Guill&#233;n de la Larga Saeta, pero que, al contrario de &#233;ste, hab&#237;a tenido la precauci&#243;n de cuidar tanto la forma como la m&#250;sica, y, tras haber concertado durante unos minutos con el arzobispo de Braga y con el obispo de Oporto, para lo que tuvo que bajar de la piedra, volvi&#243; a subir a ella y dijo, Sabed, se&#241;ores, que esta tierra portuguesa adonde hab&#233;is venido fue lugar, no aqu&#237;, sino m&#225;s para el meridiano, y hace s&#243;lo ocho a&#241;os, de una prodigiosa aparici&#243;n de Cristo Nuestro Se&#241;or, que, diferentemente, no siendo yo Josu&#233; ni hebrea mi gente, obr&#243;, sobre enemigos m&#225;s formidables que estos que desde all&#237; nos miran temblando de miedo, una victoria que en nada queda por debajo de la de Jeric&#243; y otras de calidad semejante, y si tal hecho fuimos capaces de acometer, bien pudiera ser que ante los muros de Lisboa volviera a manifestarse el Salvador del Mundo, caso en que, queri&#233;ndolo &#201;l, tan poco valdr&#237;a nuestro arte militar como el vuestro, y no ser&#237;amos, juntos todos, m&#225;s que maravillados testigos del poder y de la majestad de Dios. Mientras el rey hablaba, asent&#237;an complacidos con la cabeza el arzobispo y el obispo, y cuando &#233;l tan brillantemente termin&#243; su pl&#225;tica, aplaudieron arrebatados con ambas manos, acompa&#241;ando la fiesta todos los dem&#225;s portugueses con igual entusiasmo. Los cruzados se miraron, perplejos, por un momento no supieron qu&#233; responder, y fue Gil de Rolim quien al fin tom&#243; la palabra, para decir, Ten&#233;is raz&#243;n, se&#241;or, que todo esto podr&#237;a hacerlo sin esfuerzo Cristo Nuestro Se&#241;or, pero lo que nosotros queremos saber, llegados a donde estamos, no es lo que &#201;l har&#237;a, sino lo que &#201;l hizo, y por eso os rogamos que hag&#225;is vos relato circunstanciado de tan gran victoria, que, por lo que tenemos entendido, o&#237;r de ella valdr&#225; bien el largo y trabajoso viaje que a esta tierra, vuestra y por ahora tambi&#233;n de moros, nos trajo. Consult&#243; otra vez el rey con el arzobispo y el obispo, y, habiendo todos concordado, dijo, O&#237;d, pues.

Son&#243; el tel&#233;fono. Tiene un timbre antiguo, de los que atruenan toda la casa, y la concentraci&#243;n de Raimundo Silva era tan fuerte que, con el sobresalto inesperado, la mano hizo un movimiento brusco y un trazo en el papel, como si el mundo, aceler&#225;ndose, se hubiera deslizado de s&#250;bito bajo la pluma. Atendi&#243;, pregunt&#243;, D&#237;game, y reconoci&#243; de inmediato la voz de la telefonista de la editorial, Le pongo con la doctora Mar&#237;a Sara, dijo. Mientras esperaba, mir&#243; el reloj, faltaban diez minutos para las seis, Qu&#233; r&#225;pido ha pasado el tiempo, y era verdad que el tiempo hab&#237;a pasado r&#225;pido, pero pensarlo no ten&#237;a otra utilidad que servirle de precaria protecci&#243;n, como de cortina de delgado humo que la brisa extiende y barre, mientras Raimundo Silva se demorase pensando, Qu&#233; r&#225;pido ha pasado el tiempo, el otro tiempo, aquel hacia el que de repente se hab&#237;a visto lanzado, le dar&#237;a la ilusi&#243;n de dejarse retardar, pausa sustentada sobre una vibraci&#243;n, la mano derecha parece temblarle levemente, posada sobre el papel. Entonces la telefonista dijo, incorregible, La doctora Mar&#237;a Sara est&#225; al aparato, Raimundo Silva cerr&#243; el pu&#241;o, el tiempo se enturbi&#243;, confuso, despu&#233;s se explay&#243;, fluy&#243; en su corriente natural, Buenas tardes, se&#241;or Silva, Buenas tardes, C&#243;mo le va, Bien, y usted, c&#243;mo est&#225;, Muy bien, gracias, sigo organizando el trabajo aqu&#237;, y precisamente quer&#237;a saber c&#243;mo van las pruebas de ese libro de poes&#237;a, Ahora mismo he acabado la revisi&#243;n, me pas&#233; todo el d&#237;a trabaj&#225;ndolo, ma&#241;ana se lo llevo a la editorial, Ah, estuvo todo el d&#237;a ocupado en el libro, No exactamente todo el d&#237;a, dediqu&#233; unas horas a la lectura de la novela que el se&#241;or Costa me pas&#243;, Pues ha aprovechado bien su tiempo, No tengo otra cosa en que aprovecharlo, La frase es interesante, Lo ser&#225;, pero la dije sin intenci&#243;n, me ha salido sin pensar, Por lo visto se le da bien eso, Eso qu&#233;, Decir sin pensar, hacer sin pensar, Siempre me he tenido por un hombre reflexivo, creo que lo soy, un hombre reflexivo, Aun as&#237;, sujeto a impulsos, Se&#241;ora, por favor, si voy a tener que estar oyendo constantes alusiones a lo que pas&#243;, mejor ser&#225; que me busque trabajo en otra editorial, No quise molestarlo, perdone, de mi boca no saldr&#225; jam&#225;s otra palabra sobre el caso, Se lo agradezco, Bueno, entonces tr&#225;igame ma&#241;ana esas pruebas, y en cuanto a la novela, visto que puede trabajar todo el d&#237;a en ella, espero que me la pueda entregar tambi&#233;n r&#225;pidamente, No tardar&#233;, no se preocupe, No me preocupo, se&#241;or Silva, s&#233; que puedo contar con su colaboraci&#243;n, Nunca he decepcionado a quien ha tenido confianza en m&#237;, Entonces, no me decepcione a m&#237;, As&#237; lo har&#233;, Hasta ma&#241;ana, se&#241;or Silva, Hasta ma&#241;ana, doctora Mar&#237;a Sara. La mano que sosten&#237;a el tel&#233;fono plane&#243; en el aire, descendi&#243; lentamente, y tras haber posado el auricular se qued&#243; all&#237;, como si de &#233;l no quisiera separarse o como si estuviera a&#250;n a la espera de una palabra que no pudiera ser dicha. Mejor hubiera sido que Raimundo Silva se preocupara de las otras, las pronunciadas, por ejemplo, cualquiera se dar&#237;a cuenta de que la doctora Mar&#237;a Sara no se crey&#243; la declaraci&#243;n de que estuvo todo el d&#237;a trabajando en el libro de poes&#237;a, ni siquiera cuando a&#241;adi&#243; el perfeccionamiento plausible de unas supuestas dos horas dedicadas a la lectura de la novela, pero ella no pod&#237;a, positivamente no pod&#237;a, saber c&#243;mo ocup&#243; &#233;l su tiempo durante aquel d&#237;a, lo que hizo fue ponerse a adivinarlo, en fin, cosas de mujeres, todas se tienen por sibilas y pitonisas prodigiosas y acaban enga&#241;&#225;ndose como el m&#225;s com&#250;n de los hombrecillos a quien generalmente consideran con ir&#243;nica y tolerante benevolencia. Pero lo que sobremanera perturbaba a Raimundo Silva era que ella hubiera dicho, y gravemente lo dijo, aunque sin acentuar demasiado el tono, No me decepcione, sin duda no estaba refiri&#233;ndose a la m&#225;s que demostrada competencia profesional de quien, en una vida de trabajo, perd&#243;nese la repetici&#243;n, pero es lo que siempre se olvida, la vida de trabajo, de quien no cometi&#243; m&#225;s que un error, y ese mismo revelado, reconocido y felizmente disculpado. Ahora bien, excluidos, obviamente, aquellos motivos de naturaleza m&#225;s &#237;ntima que las relaciones entre ambos, tal como est&#225;n, liminarmente rechazan, lo que queda es la probabilidad, alta, de una alusi&#243;n indirecta a la famosa sugerencia de que escribiera &#233;l la Nueva Historia del Cerco de Lisboa, a la que, de s&#250;bito y doblemente, se descubr&#237;a obligado, no s&#243;lo por el hecho de haberla empezado ya, sino tambi&#233;n porque, con seriedad al menos igual, hab&#237;a respondido No la decepcionar&#233;, y en aquel momento todav&#237;a no sab&#237;a lo que estaba diciendo.

Raimundo Silva mir&#243; el papel, O&#237;d pues, agarr&#243; el bol&#237;grafo para continuar el relato, pero se dio cuenta de que ten&#237;a el cerebro vac&#237;o, otra vez una p&#225;gina blanca, o negra de palabras superpuestas, entrecruzadas, indescifrables. Despu&#233;s de lo declarado por Don Afonso Henriques, no ten&#237;a m&#225;s opci&#243;n que, con palabras suyas, contar el milagro de Ourique, introduciendo en &#233;l, claro est&#225;, la esperada porci&#243;n de escepticismo moderno, por otra parte autorizada por el gran Alexandre Herculano [* Alexandre Herculano de Carvalho (1810-1877). Poeta, narrador, doctrinario del romanticismo y, sobre todo, autor de una gran Historia de Portugal.], y dando sueltas al lenguaje, aunque sin exceder el comedimiento, por no ser los correctores habituales heraldos de osad&#237;as en materia tan vigilada por la opini&#243;n p&#250;blica. Sin embargo, se quebr&#243; la tensi&#243;n, o fue sustituida por otra, tal vez el impulso regresase m&#225;s tarde, en horas nocturnas, como una inspiraci&#243;n nueva, que dicen autoridades que nada se puede hacer sin ella. Raimundo Silva ha o&#237;do que, en casos as&#237;, lo mejor es no forzar lo que llamamos la naturaleza, dejar que el cuerpo siga la fatiga del esp&#237;ritu, sobre todo que no luchen uno contra otro, por heroicas y edificantes que sean las historias de tales batallas, y &#233;sa es una opini&#243;n sabia, aunque no la m&#225;s favorecida por aquellos que sobre todo tienen ideas en cuanto a lo que cada uno de nosotros ha de hacer, pero mucha menos voluntad de usarlas en s&#237; mismos. El rey sigue anunciando, O&#237;d pues, pero es un disco rayado que se repite, se repite, hipn&#243;ticamente se repite. Raimundo Silva se frota los ojos cansados, la p&#225;gina del cerebro est&#225; en blanco, est&#225; escrita por la mitad, con la mano derecha coge la Cr&#243;nica de Don Afonso Henriques, de Frei Ant&#243;nio Brand&#227;o, que ha de venir a servirle de gu&#237;a cuando, esta noche o ma&#241;ana, vuelva al relato, y, no siendo capaz de escribir ahora, lee para enterarse del m&#237;tico episodio, es el segundo cap&#237;tulo, No eran de calidad las cosas que tra&#237;a entre manos el esforzado pr&#237;ncipe Don Afonso Henriques que le consintieran tomar mucho reposo, ni los pensamientos ocupados en la grandeza del negocio presente daban lugar a poderse aquietar y tomar alivio. Y as&#237;, para divertir de alg&#250;n modo aquella molestia, ech&#243; mano a una Biblia sacra, la cual en su tienda ten&#237;a, y, empezando a leer en ella, la primera cosa que encontr&#243; fue la victoria de Gede&#243;n, insigne capit&#225;n del pueblo judaico, quien, con trescientos soldados, rompi&#243; a los cuatro reyes madianitas con sus ej&#233;rcitos, pasando a espada ciento veinte mil hombres, sin contar muchos otros que murieron en el alcance. Alegre el infante con tan buen encuentro, y tomando de esta victoria pron&#243;stico feliz de la que esperaba, se confirm&#243; m&#225;s en la resoluci&#243;n de dar batalla, y, con el coraz&#243;n inflamado y los ojos puestos en el cielo, rompi&#243; en estas palabras: Bien sab&#233;is vos, mi Se&#241;or Jes&#250;s Cristo, que por vuestro servicio y por la exaltaci&#243;n de vuestro santo nombre emprend&#237; esta guerra contra vuestros enemigos; Vos, que sois todopoderoso, ayudadme en ella, animad y dad esfuerzo a mis soldados para que los venzamos, pues son blasfemadores de vuestro sant&#237;simo nombre. Dichas estas palabras le sobrevino un blando sue&#241;o, y comenz&#243; a so&#241;ar que ve&#237;a a un viejo de venerable presencia, el cual le dec&#237;a que tuviera buen &#225;nimo, porque ciertamente vencer&#237;a en aquella batalla, y con evidente se&#241;al de ser amado y favorecido por Dios ver&#237;a con sus ojos antes de entrar en ella al Salvador del mundo, el cual lo quer&#237;a honrar con su soberana visi&#243;n. Estando el infante en este alegre sue&#241;o, ni muy durmiendo, ni del todo despierto, entr&#243; en la tienda Jo&#227;o Fernandes de Sousa, de su c&#225;mara, y le hizo saber c&#243;mo hasta all&#237; hab&#237;a llegado un hombre viejo, el cual ped&#237;a audiencia y, seg&#250;n daba a entender, era sobre negocio de mucha importancia. Mand&#243; el infante que entrase si era cristiano, y, en cuanto lo vio, reconoci&#243; en &#233;l al mismo que acababa de ver en sue&#241;os, con lo que qued&#243; sumamente consolado. El buen viejo repiti&#243; al infante las mismas palabras que en sue&#241;os hab&#237;a o&#237;do, y, certific&#225;ndolo de la victoria y de la aparici&#243;n de Cristo, a&#241;adi&#243; que tuviera mucha confianza en el Se&#241;or, por ser de &#201;l amado, y que en &#233;l y en sus descendientes hab&#237;a puesto los ojos de su misericordia hasta la decimosexta generaci&#243;n, en que se atenuar&#237;a la descendencia, pero en ella a&#250;n en ese estado pondr&#237;a el Se&#241;or sus ojos, y la habr&#237;a. Que de parte del mismo Se&#241;or le advert&#237;a que, cuando en la siguiente noche oyera tocar la campana de su ermita, en la que moraba hac&#237;a setenta a&#241;os guardado por particular favor del Alt&#237;simo, saliera al campo, porque le quer&#237;a Dios mostrar la grandeza de su misericordia. Oyendo el cat&#243;lico pr&#237;ncipe tan soberana embajada, trat&#243; al embajador con veneraci&#243;n y dio a Dios con profund&#237;sima humildad infinitas gracias. Sali&#243; fuera de la tienda el buen viejo y volvi&#243; a su ermita, y el infante, esperando la se&#241;al prometida, gast&#243; en oraci&#243;n fervorosa todo el espacio de la noche hasta la segunda vig&#237;a, en la que oy&#243; el son de la campana, armado entonces con su escudo y espada sali&#243; fuera del campamento, y, poniendo los ojos en el Cielo, vio de la parte oriental un resplandor hermos&#237;simo, el cual poco a poco iba dilat&#225;ndose y haci&#233;ndose mayor. En medio de &#233;l vio la salut&#237;fera se&#241;al de la Santa Cruz, y en ella clavado al Redentor del mundo, acompa&#241;ado en circuito de gran multitud de &#225;ngeles, los cuales en figura de mancebos hermos&#237;simos aparec&#237;an ornados de vestiduras blancas y resplandecientes, y pudo notar el infante ser la Cruz de grandeza extraordinaria, y estar levantada sobre la tierra casi diez codos. Con el asombro de visi&#243;n tan maravillosa, con el temor, y la reverencia debidos a la presencia del Salvador, depuso el infante las armas que llevaba, se quit&#243; la vestidura real, y descalzo se postr&#243; en tierra y, con abundancia de l&#225;grimas comenz&#243; a rogar al Se&#241;or por sus vasallos, y dijo: &#191;Qu&#233; merecimientos hallaste, mi Dios, en un tan gran pecador como yo, para enriquecerme con merced tan soberana? Si lo hac&#233;is para acrecentar mi fe, parece no ser ello necesario, pues os conozco desde la fuente del Bautismo como Dios verdadero, hijo de la Virgen sagrada, seg&#250;n la humanidad, y del Padre Eterno por generaci&#243;n divina. Mejor ser&#237;a participar a los infieles la grandeza de esta maravilla, para que, abominando de sus errores, os conocieran. El Se&#241;or entonces, con suave tono de voz que el pr&#237;ncipe puede bien alcanzar, le dijo estas palabras: No me he aparecido de este modo para acrecentar tu fe, sino para fortalecer tu coraz&#243;n en esta empresa y fundar los inicios de tu Reino en piedra firm&#237;sima. Ten confianza, porque no s&#243;lo vencer&#225;s esta batalla sino todas las m&#225;s que dieres a los enemigos de la Fe cat&#243;lica. Tu gente hallar&#225;s pronta a la guerra, y con gran &#225;nimo te pedir&#225;n que con t&#237;tulo de rey comiences esta batalla; no dudes en aceptarlo, pero concede libremente la petici&#243;n porque yo soy el fundador y destructor de los Imperios del mundo, y en ti y en tu generaci&#243;n quiero fundar para m&#237; un reino en cuya industria ser&#225; mi nombre notificado a gentes extra&#241;as. Y para que tus descendientes conozcan de qu&#233; mano reciben el reino, comprar&#225;s tus armas al precio con que compr&#233; al g&#233;nero humano, el de aquel por el que fui comprado de los jud&#237;os, y quedar&#225; este reino santificado, amado por m&#237; por la pureza de la Fe y la excelencia de la piedad. El infante Don Afonso, cuando oy&#243; tan singular promesa, se postr&#243; de nuevo en tierra y, adorando al Se&#241;or, le dijo: &#191;En qu&#233; merecimientos fund&#225;is, mi Dios, una piedad tan extraordinaria como la que us&#225;is conmigo? Pero ya que as&#237; es, poned los ojos de vuestra misericordia en los sucesores que me promet&#233;is, conservad libre de peligros a la gente portuguesa, y, si contra ella ten&#233;is alg&#250;n castigo ordenado, os pido me lo deis antes a m&#237; y a mis descendientes, y quede a salvo este pueblo a quien amo como a hijo &#250;nico. A todo dio el Se&#241;or respuesta favorable, diciendo c&#243;mo nunca de &#233;l ni de los suyos apartar&#237;a los ojos de su misericordia, porque los hab&#237;a escogido como sus obreros y segadores para hacerle gran siembra en regiones apartadas. Con esto desapareci&#243; la visi&#243;n, y el infante Don Afonso, lleno de fortaleza y de los j&#250;bilos del alma que se dejan entender, dio vuelta hacia el campo y se recogi&#243; en su tienda.

Raimundo Silva cerr&#243; el libro. Pese a estar fatigado, su voluntad ser&#237;a continuar la lectura, seguir los episodios de la batalla hasta la derrota final de los moros, pero Gil de Rolim, tomando la palabra en nombre de los cruzados presentes all&#237;, dijo al rey que, de este modo notificados del memorable prodigio obrado por el Se&#241;or Jes&#250;s en regi&#243;n tambi&#233;n ella tan apartada, al sur de Castro Verde, en sitio que llaman de Ourique, provincia de Alentejo, en la ma&#241;ana del d&#237;a siguiente le dar&#237;a respuesta. Por lo que, cumplidos los saludos y ceremonial de ordenanza, igualmente se recogieron a sus tiendas.


El rey durmi&#243; mal, con un sue&#241;o inquieto que constantemente se interrump&#237;a, pero pesado y negro como si de &#233;l no tuviera que despertar jam&#225;s, y fue un dormir donde no acontecieron sue&#241;os ni pesadillas, ning&#250;n viejo de aspecto venerable anunciando el suave milagro, Aqu&#237; estoy, ninguna mujer gritando, No me maltrates que soy tu madre, s&#243;lo una densa e inexplicable negrura que parec&#237;a envolverle el coraz&#243;n y cegarlo. Despertaba sediento y ped&#237;a agua, que beb&#237;a &#225;vido, e iba a la entrada de la tienda para acechar la noche, impaciente con el tardo movimiento de los astros. Era luna llena, de aquellas que transforman el mundo en fantasma, cuando todas las cosas, las vivas y las inanimadas, murmuran misteriosas revelaciones, pero va diciendo cada cual la suya, y todas desencontradas, por eso no logramos entenderlas y sufrimos la angustia de casi saber y quedarnos no sabiendo. El estuario brillaba entre las colinas, el r&#237;o llevaba las aguas como un resplandor, y las hogueras atizadas en las terrazas del castillo y los gruesos hachones que se&#241;alaban cada uno de los barcos de los cruzados eran como fuegos p&#225;lidos en la luminosa oscuridad. El rey miraba a un lado, miraba a otro, imaginaba c&#243;mo estar&#237;an aquellos moros y aquellos francos mirando las hogueras del campamento portugu&#233;s, qu&#233; pensamientos, qu&#233; miedos y qu&#233; desdenes, qu&#233; planes de batalla, qu&#233; decisiones. Volv&#237;a a tumbarse en el catre, sobre la piel de oso en que sol&#237;a dormir, y esperaba al sue&#241;o. Se o&#237;an voces alrededor, alg&#250;n rumor de armas, el candil encendido en la tienda hac&#237;a danzar las sombras, despu&#233;s el rey entraba en el silencio y en un negro infinito, se quedaba dormido.

Pasaron las horas, la luna descendi&#243; y acab&#243; por desaparecer. Entonces las estrellas cubrieron el cielo todo, centelleando como reflejos en el agua, abriendo espacio al blanco camino de Santiago, despu&#233;s, cu&#225;nto tiempo despu&#233;s, la primera luz de la ma&#241;ana se fue abriendo lentamente detr&#225;s de la ciudad, negra en el contraluz, poco a poco se iban extinguiendo las almenaras, y cuando apunt&#243; el sol, invisible a&#250;n desde este lugar en el que estamos, se oyeron las acostumbradas voces que resonaban entre las colinas, eran los almu&#233;danos llamando a la oraci&#243;n a los creyentes de Al&#225;. Son menos madrugadores los cristianos, en los barcos no hay a&#250;n se&#241;al de vida, y el campamento portugu&#233;s, salvo los fatigados centinelas que cabecean, contin&#250;a inmerso en un inmenso sue&#241;o, una letargia entrecortada de ronquidos, de suspiros, de murmullos, que s&#243;lo mucho m&#225;s tarde, salido ya el sol y levantado, liberar&#225; los miembros y soltar&#225; las voces, el remol&#243;n y desgarrador bostezo matinal, el interminable desperezarse que hace restallar los huesos, este d&#237;a m&#225;s, este d&#237;a menos. Se avivan las hogueras, ahora est&#225;n ya los calderos al fuego, los hombres se aproximan, cada uno con su escudilla, vienen los centinelas rendidos, otros de refresco se distribuyen por el campamento masticando el &#250;ltimo bocado, al tiempo que, junto a las tiendas, los nobles comen sus apenas diferentes manjares, si no hablamos de carne, que es la diferencia mayor. Se sirven de grandes platos de madera, juntamente con ellos los eclesi&#225;sticos que entre el levantarse y el comer dijeron misa, y todos hacen pron&#243;sticos sobre lo que dir&#225;n los cruzados, dice uno que no se quedan si no se les prometen m&#225;s rotundas riquezas, dice otro que tal vez se contenten con la gloria de servir al Se&#241;or, aparte de una propina razonable, por las molestias. Miran desde lejos los barcos, hacen augurios sobre los movimientos de los marineros, si maniobran para quedarse o, al contrario, alivian las anclas, son suposiciones inconsecuentes nacidas de la ansiedad, antes que de all&#237; vengan a dar respuesta al rey no se mover&#225;n los barcos, e incluso despu&#233;s, dependiendo de la ocasi&#243;n, acaso tengan que esperar a&#250;n el favor de la marea para fijar el fondeadero o largar mar adentro.

El rey est&#225; esperando. Se agita impaciente en el asiento colocado ante la tienda, est&#225; armado, aunque con la cabeza descubierta, y no dice palabra, mira y espera, nada m&#225;s. Va mediada la ma&#241;ana, el sol est&#225; alto, el sudor corre a chorros bajo las lorigas. Se nota que el rey est&#225; irritado pero que no quiere manifestarlo. Sobre &#233;l han armado un toldo que la brisa hace restallar suavemente, al comp&#225;s con el estandarte real. Un silencio que no es como el de la noche, tal vez a&#250;n m&#225;s inquietante porque del d&#237;a lo que se espera es movimiento y ruido, un silencio de presagio cubre la ciudad, el r&#237;o, las colinas de alrededor. Cierto es que cantan las cigarras, pero &#233;se es un canto que viene de otro mundo, es el rechinar de la invisible sierra que est&#225; serrando los fundamentos de &#233;ste. Sobre las murallas, entre las almenas, los moros miran tambi&#233;n, y esperan.

Al fin hay un movimiento de bateles entre las galeras principales fondeadas a la entrada del estero, de cada una de ellas baja gente que entra en las embarcaciones, y ahora vienen para ac&#225;, se oye sobre el agua lisa el batir de los remos, el chapoteo de las palas, poco falta para ser de puro lirismo la imagen general, un cielo limpio y azul, dos barquitos avanzando sin prisa, falta aqu&#237; el pintor para registrar estos suaves colores de la naturaleza, la oscura ciudad subiendo la colina y el castillo arriba, o, cambiando el punto de vista, el campamento portugu&#233;s sobre un fondo de accidentada orograf&#237;a, barrancos y costaneras, dispersos olivares, algunos rastrojos, vestigios de incendios recientes. El rey ya no est&#225; all&#237;, se ha recogido en su tienda, porque, siendo real persona, no tiene que esperar a nadie, los cruzados, s&#237;, y se reunir&#225;n aqu&#237;, aguardando respetuosamente, y luego saldr&#225; Don Afonso Henriques, armado de pies a cabeza, para escuchar el mensaje. Se acercan algunos de los guerreros de calidad que estuvieron en la conferencia con el rey, y vienen con rostro cerrado, impenetrable, nosotros ya sabemos que van a negarse a auxiliar a los portugueses, pero &#233;stos a&#250;n est&#225;n en santa ignorancia, alimentan, como es costumbre decir, una esperanza, no pueden imaginar la justificaci&#243;n que dar&#225;n como fundamento de resoluci&#243;n tan grave, alguna dar&#225;n, bajo pena de ser tachados de livianos y faltos de consideraci&#243;n. Vienen Gil de Rolim, Ligel, Lichertes, los hermanos La Corni, Jord&#225;n, Alardo, viene tambi&#233;n un alem&#225;n hasta ahora no mencionado, de nombre Enrique, natural de Bonn, caballero de buena fama y de virtuosa vida, como en su tiempo se probar&#225;, y un religioso ingl&#233;s muy erudito, Gilberto de su gracia, y adem&#225;s, en funciones de portavoz, Guillermo Vitulo, el de la Larga Espada, o de la Larga Flecha, a los portugueses les dio un salto el coraz&#243;n con el mal presentimiento cuando vieron que &#233;ste iba a ser el lengua, pues de sobra sabe cu&#225;nta mala voluntad tiene contra el rey, hay casos as&#237;, sin motivo que se perciba le tomamos man&#237;a a alguien, y no hay quien nos la quite, No me cae bien, no me cae bien, y basta.

Sali&#243; Don Afonso Henriques de la tienda, llevando de consejeros a Don Pedro Pit&#245;es y a Don Jo&#227;o Peculiar, y fue &#233;ste, tras consultar con el rey, quien tom&#243; la palabra para dar las bienvenidas a los emisarios, en lat&#237;n las dio, claro est&#225;, que no quedan peores que las otras, y afirmar cu&#225;nto placer&#237;a al rey o&#237;r la respuesta que le tra&#237;an, cuya no dudaba ser la m&#225;s provechosa en gloria de Dios Nuestro Se&#241;or. La f&#243;rmula es buena, porque no pudiendo nosotros, obviamente, saber qu&#233; es lo que a Dios m&#225;s conviene, dejamos a su criterio la responsabilidad de elegir, compiti&#233;ndonos s&#243;lo ser humildes si ella viene a topar contra nuestros intereses y no exagerar las expresiones de contento si, al contrario, vienen a servir maravillosamente a nuestras conveniencias. La eventualidad de que a Dios le sean igualmente indiferentes el s&#237; y el no, el bien y el mal, no puede entrar en cabezas como fueron hechas las nuestras, porque, en fin, Dios siempre ha servir para algo. No es, con todo, hora de navegar por tan torcidos meandros, porque ya Guillermo de la Larga Espada, en postura de cuerpo y movimiento de gestos que descaradamente pugnan con la actitud de reverente subalternidad que deber&#237;a guardar, est&#225; diciendo que, gozando el rey de Portugal de tan eficaces y f&#225;ciles ayudas de Nuestro Se&#241;or Jes&#250;s Cristo, por ejemplo, en el peligroso paseo que se dijo fue la batalla de Ourique, mal le hab&#237;a de parecer al mismo Se&#241;or que presumieran los cruzados que estaban all&#237; en tr&#225;nsito, de sustituirlo en la nueva empresa, por lo que daba como consejo, si recibirlo quer&#237;an, que fuesen los portugueses solos al combate, pues ya ten&#237;an segura la victoria y Dios les agradecer&#237;a la oportunidad de demostrar Su poder, &#233;sta y tantas veces cuantas para ello fuese solicitado. Habi&#233;ndose explicado en su lengua natal Guillermo Vitulo, lo oyeron los portugueses, mientras dur&#243; la arenga, poniendo cara de entendidos, como es costumbre en estos casos,sin poder imaginar que la decisi&#243;n iba contra sus intereses y conveniencias, lo que, no obstante, vino a saberse luego en el siguiente y fatal minuto, con la exactitud que se puede, cuando el fraile int&#233;rprete que acompa&#241;aba al de la Larga Espada tradujo, reluctante, pues su propia boca se negaba a articular palabras de tanto sarcasmo, y algunas otras que est&#225;n pidiendo segunda lectura, por los indicios que parece haber en ellas de calumniosa duda sobre el poder divino de cortar, tajar, poder y disponer, de dar y quitar victorias, de hacer que gane uno contra mil, las cosas s&#243;lo resultan dif&#237;ciles cuando luchan cristianos contra cristianos, o moros contra moros, aunque, en el segundo caso, la cuesti&#243;n sea con Al&#225;, &#233;l se las arregle.

El rey oy&#243; en silencio, y en silencio se qued&#243;, con las manos aferradas al pu&#241;o de la espada, derecha &#233;sta y firme la punta contra el suelo, como si de ese mismo suelo ya hubiera tomado definitivamente posesi&#243;n. Y fue Don Jo&#227;o Peculiar quien, rojo de santa indignaci&#243;n, profiri&#243; la frase con que deber&#237;a avergonzarse el provocador, No tentar&#225;s al Se&#241;or tu Dios, que todos muy bien te han entendido, hasta los flacos en doctrina, porque, en verdad, m&#225;s que desde&#241;ar a los portugueses, Guillermo Vitulo, en otra situaci&#243;n y por diferentes palabras, no hab&#237;a hecho m&#225;s que repetir el nefando intento del Demonio al decir a Jes&#250;s, T&#237;rate desde aqu&#237;, que viniendo los &#225;ngeles a ampararte, no correr&#225;s ning&#250;n peligro, y Jes&#250;s respondi&#243;, No tentar&#225;s al Se&#241;or tu Dios. Con lo que deber&#237;a Guillermo avergonzarse, pero no se avergonz&#243;, antes bien parec&#237;a retorc&#233;rsele en la boca una sonrisa de escarnio. Pregunt&#243; entonces Don Afonso Henriques, Es &#233;sa la decisi&#243;n de los cruzados, &#201;sta es, respondi&#243; el otro, Entonces, marchad, y que Dios os acompa&#241;e hasta Tierra Santa, donde ya no podr&#233;is invocar ning&#250;n pretexto para huir a la batalla como est&#225;is huyendo de &#233;sta, si no me enga&#241;o. Fue entonces cuando Guillermo Vitulo llev&#243; la mano a la espada que le dio nombre, lo que habr&#237;a podido tener las m&#225;s funestas consecuencias si no se hubieran interpuesto sus compa&#241;eros, y m&#225;s que el movimiento de los cuerpos se interpusieron las palabras que uno de ellos dijo, Gilberto fue &#233;l, &#250;nico de aquella banda que, m&#225;s que los int&#233;rpretes, pod&#237;a expresarse en fluyente lat&#237;n, como eclesi&#225;stico mayor, de estudios superiores, y lo que dijo fue esto, Se&#241;or, es verdad lo que Guillermo Vitulo acaba de deciros, que no se quedan aqu&#237; los cruzados, pero no hace menci&#243;n de los motivos materiales que los mueven a la negativa, en fin, all&#225; ellos, no obstante algunos han decidido quedarse, y &#233;sos son los que aqu&#237; veis, que para eso vinimos en la embajada, Gil de Rolim, Ligel, Lichertes, los hermanos La Corni, Jord&#225;n, Alardo, Enrique, y yo, de todos el m&#225;s insignificante y humilde, a tu servicio. Qued&#243; Don Afonso Henriques tan contento que se le pas&#243; de pronto la ira, y, all&#237; mismo desprendi&#233;ndose de prejuicios jer&#225;rquicos, se fue hacia Gilberto y lo abraz&#243;, lanzando de paso su desprecio al malvado Guill&#233;n, que de nombre va bien servido, y dijo en voz alta, Por esa resoluci&#243;n os prometo que ser&#233;is el primer obispo de Lisboa cuando sea cristiana la ciudad, y en cuanto a vosotros, se&#241;ores, que hab&#233;is querido quedaros conmigo, os doy por seguro que no tendr&#233;is raz&#243;n de queja de mi magnanimidad, y dicho esto volvi&#243; la espalda y entr&#243; en la tienda. As&#237; se separaron las aguas, es decir, se qued&#243; Guill&#233;n desamparado, que hasta su fraile se apart&#243; de &#233;l tres prudentes pasos, mirando desconfiado si habr&#237;a se&#241;al de pies de cabra o de cuernos de cabr&#243;n en el atrevido y ahora derrotado energ&#250;meno.

Juntando lo que efectivamente fue escrito a lo que est&#225; s&#243;lo en la imaginaci&#243;n, lleg&#243; Raimundo Silva a este lance cr&#237;tico, y muy adelantado va, si recordamos que, aparte de la ya m&#225;s de una vez confesada falta de preparaci&#243;n para todo cuanto no sea la menuda tarea de revisar pruebas, es hombre de escritura lenta, siempre cuidando concordancias, avaro en la adjetivaci&#243;n, molesto en la etimolog&#237;a, puntual en el punto y otras se&#241;ales, lo que delata de inmediato que cuanto aqu&#237; en su nombre se ha le&#237;do no pasa, a fin de cuentas, de versi&#243;n libre y libre adaptaci&#243;n de un texto que probablemente pocas semejanzas tendr&#225; con &#233;ste y que, en lo que podemos prever, se mantendr&#225; reservado hasta la &#250;ltima l&#237;nea, fuera del alcance de los aficionados a la historia na&#239;f. Por otra parte, basta reparar en que la versi&#243;n de que disponemos lleva ya doce p&#225;ginas dens&#237;simas, y est&#225; claro que Raimundo Silva, que de escritor nada tiene, ni los vicios ni las virtudes, no podr&#237;a, en d&#237;a y medio, haber escrito tanto y tan variado, que sobre los m&#233;ritos literarios de lo que hizo no hay que hablar, por ser esto historia, luego ciencia, y por carencia de autoridad propiamente dicha. Se recuerdan de nuevo estas prevenciones para que siempre tengamos presente la conveniencia de no confundir lo que parece con lo que seguramente estar&#225; siendo, pero ignoramos c&#243;mo, y tambi&#233;n para qu&#233; dudamos, cuando cre&#237;amos estar seguros de una realidad cualquiera, si lo que de ella se muestra es preciso y justo, si no ser&#225; s&#243;lo una versi&#243;n entre otras, o peor a&#250;n, si es versi&#243;n &#250;nica y &#250;nicamente proclamada.

La tarde va mediada, son horas de visitar a la doctora Mar&#237;a Sara, que est&#225; esperando las pruebas del libro de poes&#237;a. La asistenta est&#225; ordenando la cocina, o plancha, apenas se la nota, tan discreta es en su trabajo, probablemente piensa que escribir o enmendar lo que fue escrito es obra de religi&#243;n, y Raimundo Silva, que desde la ma&#241;ana no ha salido, le pregunta, Qu&#233; tal el tiempo, como nunca tiene mucho que decirle aprovecha las ocasiones, o inventa algunas, por eso no se acerc&#243; a la ventana como es costumbre suya inveterada, y deber&#237;a haberlo hecho, siendo hoy el d&#237;a especial que es, sin duda saben ya en la ciudad que los cruzados se van, el espionaje no es un invento de las guerras modernas, y la se&#241;ora Mar&#237;a responde, Est&#225; bien, expresi&#243;n sint&#233;tica que, en verdad, s&#243;lo significa que no llueve, pues diciendo nosotros tan frecuentemente Est&#225; bien, pero fr&#237;o, o Est&#225; bien, pero hace viento, nunca dijimos ni diremos, Est&#225; bien, pero llueve. Raimundo Silva va a buscar informaci&#243;n complementaria, si hay amenaza de lluvia, o viento como el de ayer, y c&#243;mo estamos de temperatura. Puede salir sin otras defensas que las moderadas, la gabardina, sequ&#237;sima y ahora presentable, de los dos cachecoles, el m&#225;s ligero, l&#225;stima que no se pueda decir manta de cuello, que tampoco sonaba bien, pero en fin, ser&#237;a portugu&#233;s de aqu&#237; y no como el franc&#233;s, cachecol, que es el portugu&#233;s de todas partes, lengua nueva, aunque a&#250;n en preparaci&#243;n, sobre todo en las playas del reino del Algarve, pero invadiendo ya poderosamente el reino de Portugal. Fue a la cocina para hacer las cuentas de la semana con la se&#241;ora Mar&#237;a, ella mir&#243; el dinero y suspir&#243;, siempre lo hace, como si recibirlo fuese ya empezar a separarse de &#233;l, al principio Raimundo Silva se pon&#237;a nervioso, le parec&#237;a que ella recurr&#237;a a aquella desolada m&#237;mica para expresar su enfado por ser tan mal pagada, por eso no descans&#243; hasta que tuvo informaci&#243;n suficiente sobre los baremos generalmente practicados por la clase media baja a la que pertenece, concluyendo que estaba razonablemente bien situado, verdaderamente no se podr&#237;a decir de &#233;l que explotaba el trabajo ajeno, no obstante, por si acaso, aument&#243; el salario que ven&#237;a pagando, lo que no pudo fue acabar con el suspiro.

Tres son los caminos principales que unen la casa de Raimundo Silva a la ciudad de los cristianos, uno que, siguiendo la Rua do Milagre de Santo Ant&#243;nio, y seg&#250;n la rama de la trifurcaci&#243;n que escoja, tanto puede acabar en Caldas o en la Madalena como en el Largo da Rosa, y sus adyacentes bajas y altas, en la Costa do Castelo, en el fondo las Escadinhas da Sa&#250;de y el Largo de Martim Moniz, y, por el medio, al arranque de la Calzada de Santo Andr&#233;, el Terreirinho y la Rua dos Cavaleiros, otro que por el Largo dos L&#243;ios lo lleva en direcci&#243;n a las Portas do Sol, y finalmente el m&#225;s com&#250;n, por las Escadinhas de San Crispim, todo en bajada, que en pocos minutos lo pone en la Porta de Ferro, donde espera el tranv&#237;a que lo llevar&#225; al Chiado, o de donde parte, a pie, hasta la Praza da Figueira, si pretende usar el metro, como es el caso de hoy. La editorial est&#225; cerca de la Avenida do Duque de Loul&#233;, demasiado lejos, a esta hora ya declinante, para subir por la Avenida da Liberdade, en general por la acera de la derecha, pues nunca le ha gustado la otra, no sabe por qu&#233;, aunque la impresi&#243;n de gusto y disgusto no sea constante, tiene altos y bajos, unas veces de un lado, otras del otro, pero realmente es en el lado derecho donde se siente mejor. Un d&#237;a, mientras a s&#237; mismo se iba llamando man&#237;aco, decidi&#243; ir se&#241;alando en un plano de la ciudad las extensiones de acera de la avenida que le gustaban y las que le desagradaban, y descubri&#243;, con sorpresa, que era m&#225;s extensa la parte agradable del lado izquierdo, pero que, teniendo en cuenta el grado de intensidad de la satisfacci&#243;n, el lado derecho acababa por prevalecer, lo que significaba que iba muchas veces subiendo por este lado de aqu&#237; y miraba la acera del otro lado con pena por no estar all&#237;. Claro es que no toma estas peque&#241;as obsesiones demasiado en serio, de algo le sirvi&#243; ser corrector, aun hace pocos d&#237;as, cuando estaba charlando con el autor de la Historia del Cerco de Lisboa, argument&#243; que los correctores han visto mucho de literatura y de vida, entendi&#233;ndose que lo que de la vida no supieron o no quisieron aprender en la literatura, ella se encarg&#243; de ense&#241;arlo, especialmente en el cap&#237;tulo de tics y de man&#237;as, que es de general conocimiento que no existen personajes normales, pues entonces no ser&#237;an personajes, supongo, lo que, en conjunto, tal vez signifique que Raimundo Silva haya ido a buscar a los libros que corrigi&#243; algunos rasgos imprecisos que, pasado el tiempo, habr&#237;an acabado por formar en &#233;l, con lo que en &#233;l era de naturaleza, ese todo coherente y contradictorio a lo que solemos llamar car&#225;cter. Ahora que est&#225; en las Escadinhas de S. Crispim, mirando al perro, que lo mira a &#233;l, podr&#237;a preguntarse uno a qu&#233; personaje de ficci&#243;n se parece ahora, es una pena que no sea lobo el animal, pues entonces vendr&#237;a inmediatamente a pelo la referencia a San Francisco, o puerco, y ser&#237;a San Ant&#243;n, o le&#243;n, y ser&#237;a San Marcos, o buey, y ser&#237;a San Lucas, o pez, y podr&#237;a ser San Antonio, o cordero, y ser&#237;a el Bautista, o &#225;guila, y ser&#237;a el Evangelista, no basta el haber dicho que el perro es el mejor amigo del hombre, tal como va el mundo, bien puede acabar siendo el &#250;ltimo.

Con la condici&#243;n de que le retribuyan la amistad, como ahora est&#225; pensando Raimundo Silva delante del escu&#225;lido animal, es por dem&#225;s evidente que a los vecinos de San Crispim no les gusta la especie canina, acaso sean ellos a&#250;n, los vecinos, descendientes directos de los moros que por deber de religi&#243;n detestaban aqu&#237; a los perros de aquel tiempo, pese a ser unos y otros hermanos en Al&#225;. El perro, con m&#225;s de ocho siglos de maltrato en la sangre y en la herencia gen&#233;tica, alz&#243; de lejos la cabeza para iniciar un lamento prolongado, una voz exasperada y sin pudor, pero tambi&#233;n sin esperanza, pedir de comer, gimiendo o tendiendo la mano, m&#225;s que degradaci&#243;n sufrida por fuera es renuncia llegada de dentro. Raimundo Silva no tiene hora marcada, Hasta ma&#241;ana, dijo la doctora Mar&#237;a Sara, pero ya se va haciendo tarde, lo peor es este perro que no lo deja seguir su camino, del gemido pas&#243; al llanto, al contrario de las personas que primero lloran y despu&#233;s a&#250;llan, y lo que &#233;l pide, ruega, suplica e importuna, como si este simple hombre fuese la propia persona de Dios, es un mendrugo de pan, un hueso, ahora usan unos contenedores de basura trabajosos de abrir o derribar, de ah&#237; que la necesidad sea tanta, mi Se&#241;or. Ante seguir adelante y el remordimiento de haberlo hecho, Raimundo Silva decide volver a casa para buscar algo que un perro hambriento no se atreva a rechazar, mientras sube la escalera mira el reloj, Se est&#225; haciendo tarde, repiti&#243;, entr&#243; de improviso, atemorizando a la asistenta, a quien sorprende viendo la televisi&#243;n, pero, sin darle importancia, fue a la cocina, revolvi&#243; en los cajones, entre los cazos, abri&#243; el frigor&#237;fico, la se&#241;ora Mar&#237;a no se atrevi&#243; a preguntar, Necesita algo, y menos a&#250;n a asombrarse como es su relativo derecho, porque, ya se sabe, fue sorprendida en flagrante delito de pereza para el trabajo, y ahora intenta recomponerse, ha apagado el televisor y empieza a cambiar muebles de sitio, hace ruidos demostrativos de una actividad fren&#233;tica, en vano se afana, que Raimundo Silva, si efectivamente ha advertido la culpa cometida, ni pens&#243; en eso, de tan preocupado como ven&#237;a con la hora tard&#237;a y la idea de quedar bien cuando pusiera delante del perro el producto de la rebusca, que va envuelta en un diario, un trozo de chorizo cocido, un tajo de tocino, tres mendrugos, qu&#233; pena no haber tenido un hueso robusto para la sosiega, no hay nada mejor, mientras la digesti&#243;n se va haciendo, que un hueso para excitar las gl&#225;ndulas salivares y fortalecer la dentadura de un perro. Se oye un portazo, Raimundo Silva baja ya la escalera, seguro que la se&#241;ora Mar&#237;a se asom&#243; a la ventana a espiar, luego entr&#243; en la sala, volvi&#243; a encender el televisor, no hab&#237;a perdido ni cinco minutos de la telenovela, qu&#233; es eso.

El perro no se hab&#237;a movido, apenas dej&#243; caer la cabeza, el hocico junto al suelo. Las costillas salientes, como de Cristo crucificado, le tiemblan en los encajes del espinazo, este animal es un idiota rematado, empe&#241;ado en vivir en las Escadinhas de San Crispim donde ha pasado hambres famosas, despreciando las abundancias de Lisboa, Europa y el Mundo, pero esto son juicios f&#225;ciles, no se trata de obstinaci&#243;n alguna, sino de un caso de timidez, por tanto respetable, los atrevidos nada perciben de dificultades, por ejemplo, qu&#233; terremoto producir&#237;a en la mente de este perro el descubrimiento de que a los ciento treinta y cuatro conocidos pelda&#241;os de la escalera se hab&#237;a a&#241;adido s&#250;bitamente otro, no es que haya ocurrido, se trata de una hip&#243;tesis, qu&#233; infeliz se sentir&#237;a el animal ante un abismo imposible de transponer, a&#250;n recordamos cu&#225;nto le cost&#243; seguir el otro d&#237;a a este hombre hasta la Porta de Ferro, ciertas experiencias es mejor no repetirlas. Desde tres pasos m&#225;s all&#225;, Raimundo Silva ve al perro acerc&#225;ndose al peri&#243;dico extendido, y el animal duda si debe mirarlo a &#233;l, para prevenir el probable puntapi&#233;, o lanzarse sobre la comida cuyo olor le retuerce las entra&#241;as brutalmente, la saliva le inunda los dientes, oh dios de los perros, por qu&#233; has hecho tan dif&#237;cil la vida para tantos de nosotros, siempre es as&#237;, echamos a los dioses la culpa de esto y de aquello, cuando somos nosotros los que inventamos y fabricamos todo, incluyendo las absoluciones de esas y m&#225;s culpas. Raimundo Silva comprende que el perro tiene miedo, se aleja, el animal avanza un poco, le tiembla el morro de ansiedad, de repente la comida estaba y dej&#243; de estar, en dos movimientos desapareci&#243;, y la lengua p&#225;lida y ancha lame la grasa impregnada en el papel. Es un espect&#225;culo miserable este que el destino ofrece a los ojos de Raimundo Silva, olvidade ahora de la doctora Mar&#237;a Sara, y de pronto se encuentra identificado con el personaje de las ficciones que faltaba, aquel San Roque a quien precisamente dio asistencia un perro, tiempo era de que el santo correspondiese al favor, y as&#237; no sufre desmentido la aserci&#243;n de que todo en la vida tiene su correspondencia, aunque sea al rev&#233;s, punto de vista nuestro, claro est&#225;, porque del de los perros nada sabemos, qu&#233; ser&#225; Raimundo Silva a los ojos de &#233;ste, digamos que un viviente con cara de hombre, para que quede al fin completa la antes enunciada colecci&#243;n de animales apocal&#237;pticos y sea tambi&#233;n Raimundo Silva el San Mateo que faltaba, c&#243;mo va a poder &#233;l con una carga tan pesada.

Que no le pesar&#225; tanto, si observamos la rapidez con que en un instante empez&#243; a bajar la escalera, recordando de s&#250;bito a la doctora Mar&#237;a Sara que lo estar&#225; esperando, ahora s&#243;lo en taxi llegar&#225; a tiempo, aunque no est&#225; la vida para gastos suntuarios, mal diablo se lleve al perro, yo en plan samaritano, seguramente no ir&#237;a a casa a buscar comida si fuera una vieja la que estuviese pidiendo en las Escadinhas de San Crispim, bueno, si fuese una vieja, tal vez s&#237;, pero apuesto a que no si fuese un viejo, es interesante comprobar c&#243;mo la propia bondad, suponiendo que estemos hablando de ella, var&#237;a con las circunstancias y los objetos, con la salud del momento, con el humor de la ocasi&#243;n, la bondad, mal comparada, es como un el&#225;stico, se extiende, se encoge, capaz de envolver a la humanidad entera o s&#243;lo a la persona, ego&#237;sta, esto es, bondadosa para s&#237; misma, con todo siempre una buena acci&#243;n refresca el alma, el animal se ha quedado all&#237;, agradecid&#237;simo, aunque, siendo el hambre tanta, de poco m&#225;s le habr&#225; servido la pitanza que para llenar la caries de un diente, pobre animalillo, manera piadosa de decir, pues no es tan peque&#241;o, qu&#233; raza, todas, salvo las m&#225;s recatadas que nunca bajan a la calle, o si bajan vienen con correas y tapa-culo, &#233;ste al menos es libre, goza de perras libres, pero poco gozar&#225; si nunca sale de las Escadinhas de San Crispim, si nunca sale de las Escadinhas de San Crispim. En este punto, Raimundo Silva interrumpi&#243; conscientemente el discutir mental al que se hab&#237;a abandonado mientras el taxi lo llevaba, not&#243; un repentino malestar, no f&#237;sico, sino m&#225;s bien como si alguien dormido dentro de s&#237; se hubiera despertado s&#250;bitamente y gritado por encontrarse inmerso en la oscuridad profunda, por eso repiti&#243;, dando tiempo para que pasase el susto, Si nunca sale de las Escadinhas de San Crispim, de qui&#233;n estoy hablando, pregunt&#243;, el taxi sub&#237;a la Rua da Prata y &#233;l iba dentro, al fin pertenec&#237;a al reino de los hombres, no al de los perros, y pod&#237;a salir de las Escadinhas de San Crispim siempre que le apeteciera o precisase, como ahora mismo se demuestra, va a la editorial para hablar con la doctora Mar&#237;a Sara, que dirige a los correctores, le entregar&#225; las pruebas definitivas del libro de poes&#237;a, y luego puede que decida no regresar inmediatamente a casa, ha acabado un libro, aunque tan delgado que no tiene cuerpo de libro, har&#225; pues como de costumbre, comer en el restaurante, ir al cine, aunque lo m&#225;s probable es que no lleve encima dinero suficiente para un programa tan amplio, hace cuentas mentales, el contador del taxi, intenta recordar cu&#225;nto tendr&#225; en la cartera, y est&#225; en estas aritm&#233;ticas cuando comprenae que no saldr&#225; esta noche, no puede olvidar que ha empezado un libro nuevo, no, no es la novela de Costa, mir&#243; el reloj, son casi las cinco, el taxi sube por la Avenida do Duque de Loul&#233;, se para en un sem&#225;foro, avanza, ah&#237;, por favor, y cuando Raimundo Silva saca el dinero para pagar, comprueba, en una mirada r&#225;pida, que el dinero no le llegar&#237;a para restaurante y cine, uno de los dos s&#237;, pero uno sin el otro no tiene gracia ninguna, Ceno en casa y sigo con aquello, aquello es la Historia del Cerco de Lisboa, alguna vez lo habr&#237;a dicho antes, cuando correg&#237;a las pruebas de un libro de ese t&#237;tulo, en tiempo de su inocencia.

El ascensor es antiguo y estrecho, propicio a intimidades si no fuera por la transparencia de las puertas y de los paneles laterales, con todo, en el intervalo entre dos descansillos, prestando atenci&#243;n vigilante a los tramos de escalera que por un lado suben y por otro bajan, siempre es posible iniciar alg&#250;n juego de manos, y hasta un furtivo beso si la urgencia aprieta. En a&#241;os de trabajo que ya son muchos, Raimundo Silva ha utilizado esta jaula mec&#225;nica, a veces solo, otras acompa&#241;ado, y nunca, hasta hoy, al menos no se acuerda, fue acometido por tan turbadores pensamientos, cierto es que al principio prefer&#237;a subir por la escalera, por falta de paciencia cuando el ascensor tardaba, y tambi&#233;n porque a&#250;n se sent&#237;a &#225;gil de piernas y ligero de coraz&#243;n, capaz de competir con la juventud de todas estas oficinas, incluyendo la editorial, aunque en &#233;sta la media de edad siempre haya tirado m&#225;s para lo alto. El trayecto es corto, s&#243;lo dos pisos, hay que tener en cuenta, no obstante, que trat&#225;ndose como se trata de un edificio antiguo, los pisos son casi dos veces m&#225;s altos de lo que ahora se estila, son &#233;stos parecidos, en lo tocante a la altura, a los de su viej&#237;sima morada del Castelo, realmente no es esto novedad, a lo alto siempre sigui&#243; lo bajo y a lo bajo lo alto, probablemente sea una de las leyes de la vida, tambi&#233;n nuestro padre un d&#237;a nos pareci&#243; un gigante y ahora lo miramos por encima del hombro, y va decayendo de a&#241;o en a&#241;o, pobrecillo, pero call&#233;monos, para que el pobre pueda sufrir en silencio. A Raimundo Silva le parece absurdo acordarse del fallecido padre en este ascensor, cuando hab&#237;an empezado a asaltarlo aquellas er&#243;ticas sugestiones, verdad es que quien piensa apenas sabe lo que piensa, y no por qu&#233; lo pens&#243;, pensamos desde que nacemos, supongo, y no sabemos cu&#225;l fue nuestro primer pensamiento, ese del que todos fueron despu&#233;s, y hasta hoy, consecuencia, la biograf&#237;a definitiva de cada uno ser&#237;a remontar el r&#237;o de los pensamientos hasta su fuente primera, y cambiar de vida supongo que ser&#237;a, si fuese posible venir andando y repitiendo el curso de ellos, tener s&#250;bitamente otro pensamiento e ir tras &#233;l, llegar&#237;amos tal vez al d&#237;a en que estamos, si al elegir otra vida no la hici&#233;semos m&#225;s breve, y aunque de &#233;sta se tratase no como corrector, y subir&#237;amos en un ascensor distinto, quiz&#225; para hablar con otra persona, no con Mar&#237;a Sara. Est&#225; ahora Raimundo Silva en el mismo lugar desde el que vio bajar al director literario con la doctora Mar&#237;a Sara, y lo vemos ahora mirar el espejo vac&#237;o con severidad desde&#241;osa, como si fuese a reprochar a la mujer que all&#237; estuvo su inmoral comportamiento, porque esas cosas, hay que decirlo, no son para hacerlas en un ascensor, no se deben hacer, digo, aunque bien s&#233; que no falta por ah&#237; quien las haga, y a&#250;n peores, Fue s&#243;lo un apret&#243;n, se&#241;or corrector, s&#243;lo un beso, se&#241;or corrector, Es igual, ya fue de m&#225;s, en nombre de mi propia e incurable envidia os condeno, en los &#250;ltimos cent&#237;metros de la subida Raimundo Silva se coloc&#243; en medio del ascensor, los otros no cab&#237;an, tuvieron que salir, muertos de verg&#252;enza ir&#237;an si todav&#237;a hubiera verg&#252;enza en este mundo, lo m&#225;s probable es que se est&#233;n riendo del moralista hip&#243;crita, Est&#225;n verdes, dijo la zorra.

Mirar, ver y reparar son maneras distintas de usar el &#243;rgano de la vista, cada cual con su intensidad propia, hasta en las degeneraciones, por ejemplo, mirar sin ver, cuando una persona se encuentra ensimismada, situaci&#243;n com&#250;n en las antiguas novelas, o ver y no enterarse, si los ojos por cansancio o por hast&#237;o se defienden de sobrecargas inc&#243;modas. S&#243;lo el reparar puede llegar a ser visi&#243;n plena, cuando en un punto determinado o sucesivamente la atenci&#243;n se concentra, lo que tanto suceder&#225; por efecto de una deliberaci&#243;n de la voluntad cuanto por una especie de estado sinest&#233;sico involuntario en el que lo visto solicita ser visto nuevamente, pasando as&#237; de una sensaci&#243;n a otra, reteniendo, arrastrando la mirada, como si la imagen tuviera que reproducirse en dos lugares distintos del cerebro con diferencia temporal de una cent&#233;sima de segundo, primero la se&#241;al simplificada, luego el dibujo riguroso, la definici&#243;n n&#237;tida, imperiosa, de un grueso pomo de lat&#243;n brillante, en una puerta oscura, barnizada, que s&#250;bitamente se convierte en presencia absoluta. Ante esta puerta, muchas y muchas veces ha esperado Raimundo Silva a que le abran desde dentro, con el ruido de disparo del cierre el&#233;ctrico, y nunca como hoy tuvo consciencia tan aguda, atemorizante casi, de la materialidad de las cosas, un pomo que no es su simple superficie l&#250;cida, pulida, sino un cuerpo cuya densidad puede comprobarse hasta el encuentro con esa otra densidad, la de la madera, y es como si todo fuese sentido, experimentado, palpado dentro del cerebro, como si sus sentidos, ahora todos ellos y no s&#243;lo la vista, reparasen en el mundo porque finalmente repararon en un pomo y en una puerta. Se oy&#243; el restallido al saltar el resorte que abr&#237;a, los dedos empujaron la puerta, dentro la luz parece fort&#237;sima, y no lo es, pero Raimundo Silva se siente como si flotara en un espacio sin referencias, como en una de esas atm&#243;sferas saturadas de claridad ahora de moda en los filmes de cosas sobrenaturales o de apariciones extraterrestres, con dispendio excesivo de voltios, espera que la telefonista d&#233; un grito de terror o caiga en trance ext&#225;tico si por el lado de fuera de s&#237; mismo se manifiesta, en una proliferaci&#243;n de tent&#225;culos sensitivos o en una irradiaci&#243;n de belleza suprema, la vibraci&#243;n caleidosc&#243;pica en que, por un instante que ya se extingue, se ha convertido su sensibilidad. Pero la telefonista, cuyas obligaciones, aparte de manipular clavijas, incluyen abrir la puerta y atender a quien llega, le hace una se&#241;al con los dedos mientras acaba de hablar por tel&#233;fono, y luego, cordial, familiar y nada sorprendida, Hola, se&#241;or Silva, lo conoce desde hace a&#241;os y cada vez que lo ve no le encuentra m&#225;s diferencias que las del tiempo que pasa, si al cabo de un rato le preguntasen c&#243;mo encontr&#243; al corrector responder&#225;, pero sin segura convicci&#243;n, No s&#233;, tal vez un poco nervioso, esto dir&#225; y nada m&#225;s, o no es buena observadora o Raimundo Silva ya ha vuelto a su ser natural, si es que desde fuera se pod&#237;a descubrir lo que acontec&#237;a por dentro, incluso fij&#225;ndose, Quisiera hablar con la doctora Mar&#237;a Sara dijo, y la telefonista, que se llama tambi&#233;n Sara, pero sin Mar&#237;a y est&#225; muy orgullosa de aquella media coincidencia, le dice que la doctora Mar&#237;a Sara est&#225; en el despacho del doctor, el doctor es el director literario, ni tiene que decir el nombre, siempre lo fue, los otros, desde el director de todos hasta Costa, son gente de a pie, y Raimundo Silva, m&#225;s brusco que de costumbre, le dice que pregunte si lo puede recibir o si quiere que deje las pruebas del libro de poes&#237;a aqu&#237; mismo, ya sabe ella de qu&#233; se trata. Sara oye lo que le est&#225; diciendo la doctora Mar&#237;a Sara, asiente con la cabeza, el di&#225;logo es corto, pero tal vez por un resto de visi&#243;n intensa, pese a la p&#225;lida sombra de lo que hab&#237;a sido al otro lado de la puerta, Raimundo Silva observa hilo por hilo, el pelo rubio de la telefonista, de un color como de paja molida, ella mantiene la cabeza baja, no puede adivinar qu&#233; ferocidad hay en esta mirada, ferocidad es una exageraci&#243;n expresiva, claro est&#225;, que el hombre no quiere mal a la mujer, son sus ojos irresponsables, &#233;l s&#243;lo espera que le digan qu&#233; tiene que hacer, vino de lejos y a toda prisa, y tendr&#225; que dejar las pruebas en el mostrador de entrada, como cualquier mandado que trajo una carta sin respuesta, la doctora Mar&#237;a Sara dice que la espere en el despacho, la telefonista ha alzado la cabeza, sonr&#237;e, Gracias, Sarita, la llaman Sarita desde siempre, ha quedado as&#237;, pese a haberse casado y enviudado, hay gente con mucha suerte, mujeres, evidentemente, que los hombres, por lo general, poco tiempo han tenido para ser ni&#241;os, y algunos no lo han sido nunca, como se sabe y escribi&#243;, y otros se quedaron as&#237; para siempre pero no se atreven a decirlo.

Raimundo Silva no tuvo que esperar mucho, tres, cuatro minutos, quiz&#225; ni eso. Se qued&#243; en pie, mirando, con la impresi&#243;n extra&#241;a de haber entrado aqu&#237; por primera vez, no es sorprendente, la memoria no conservaba ning&#250;n recuerdo anterior de este despacho, probablemente estar&#237;a afecto a los servicios de administraci&#243;n antes de las recientes mudanzas, y tampoco, ahora se daba cuenta con sorpresa, le hab&#237;an quedado im&#225;genes de cuando fue llamado por la doctora Mar&#237;a Sara, no recordaba, por ejemplo, si estaba ya entonces sobre la mesa aquel florero con una rosa blanca, y en la pared un panel de registro donde, pod&#237;a verlo, se le&#237;a su nombre, en la l&#237;nea superior, y debajo los nombres de otros correctores que trabajaban en casa, ten&#237;an todos ellos, en la cuadr&#237;cula siguiente, indicaciones abreviadas de los t&#237;tulos de las obras, fechas, se&#241;ales coloreadas, un organigrama sencillo, una especie de mapa de la ciudad de los correctores, s&#243;lo seis. Podemos imaginarlos, cada uno en su casa, en Castelo, en las Avenidas Novas, quiz&#225; en Almada o en Amadora, o en Campo de Ourique, o Gra&#231;a, inclinados sobre las pruebas de un libro, leyendo y enmendando, y a la doctora Mar&#237;a Sara pensando en ellos, alterando una fecha, cambiando un verde por un azul, dentro de poco ni dar&#225; importancia a los nombres, ser&#225;n para ella un trazado gr&#225;fico que suscitar&#225; ideas, asociaciones, reflejos, pero por ahora cada uno de esos nombres representa a&#250;n una informaci&#243;n por asimilar, Raimundo Silva primero, despu&#233;s Carlos Fonseca, Albertina Santos, Mario Rodrigues, Rita Pais, Rodolfo Xavier, trat&#225;ndose de un organigrama ser&#237;a natural que estuvieran dispuestos por orden alfab&#233;tico, pues no lo est&#225;n, no se&#241;or, Raimundo Silva es el de la primera l&#237;nea, y la raz&#243;n tal vez tenga una explicaci&#243;n f&#225;cil, quiz&#225; en el momento de hacer aquel cuadro ser&#237;a &#233;l quien m&#225;s preocupaba a la doctora Mar&#237;a Sara.

Que viene entrando y dice, Perdone que le haya hecho esperar, el ruido de la puerta y las palabras sobresaltaron a Raimundo Silva, sorprendido de espaldas, y ahora se vuelve precipitadamente, No tiene importancia, responde, s&#243;lo vine para, no termina la frase, tambi&#233;n a este rostro es como si lo viera por primera vez, tantas veces, en estos d&#237;as, ha pensado en la doctora Mar&#237;a Sara, y al final no era en su imagen en lo que pensaba, el simple nombre ocupaba todo el espacio disponible del recuerdo, y progresivamente fue invadiendo el lugar del pelo, de los ojos, de las facciones, el adem&#225;n de las manos, s&#243;lo pod&#237;a reconocer de lejos la suavidad de la seda, no porque la hubiera tocado alguna vez, ya lo sabemos, y tambi&#233;n hay que aclarar que no estaba recurriendo a sensaciones antiguas para imaginar m&#243;rbidamente lo que &#233;sta podr&#237;a ser, por imposible que parezca Raimundo Silva conoce todo de esta seda, el brillo, el movimiento blando del tejido, las fluctuantes arrugas, danzando como arena, aunque el color de ahora no sea el de entonces, tambi&#233;n emergido en las brumas de la memoria, si no es falta de respeto citar el himno patrio. Aqu&#237; le traigo las pruebas, como acordamos, dijo Raimundo Silva, y la doctora Mar&#237;a Sara las recibi&#243;, por as&#237; decir, distra&#237;da, est&#225; ahora sentada a la mesa, invit&#243; al corrector a sentarse, pero &#233;l respondi&#243;, No vale la pena, y desvi&#243; la mirada hacia la rosa blanca, tan cerca de ella est&#225; que puede verle el coraz&#243;n suav&#237;simo, y, como palabra trae palabra, recuerda un verso que en tiempos revis&#243;, uno que hablaba del &#237;ntimo rumor que abre las rosas, le pareci&#243; &#233;ste un hermoso decir, venturas que pueden acontecer incluso a poetas mediocres, El &#237;ntimo rumor que abre las rosas, repiti&#243; para s&#237;, y oy&#243;, aunque no se crea, el roce inefable de los p&#233;talos, o habr&#237;a sido el roce de la manga contra la curva del seno, Dios m&#237;o, apiadaos de los hombres que viven de imaginar.

La doctora Mar&#237;a Sara dijo, Muy bien. S&#243;lo estas palabras, en un tono que no promet&#237;a otras, y Raimundo Silva, tan buen entendedor hasta de medias palabras, comprendi&#243;, dichas estas dos, que nada m&#225;s ten&#237;a que hacer all&#237;, hab&#237;a venido para entregar las pruebas, las hab&#237;a entregado, no le quedaba m&#225;s que despedirse, Buenas tardes, o preguntar, Necesita algo m&#225;s de m&#237;, pregunta muy com&#250;n que tanto sirve para expresar una humildad subalterna como una impaciencia refrenada, y que, en el caso presente, usando el tono adecuado, se podr&#237;a convertir en alusi&#243;n picante, lo malo es que muchas veces el destinatario oye las frases pero no se entera de la intenci&#243;n, basta que estuviese hojeando con atenci&#243;n profesional unas pruebas tipogr&#225;ficas, y m&#225;s a&#250;n si de versos se trataba, que exigen cuidado especial, No, no necesito nada, respondi&#243;, y se levant&#243;, fue en este instante cuando Raimundo Silva, sin pensar ni premeditar, tan ajeno al acto como a sus consecuencias, toc&#243; levemente con dos dedos la rosa blanca, y la doctora Mar&#237;a Sara lo mir&#243; de frente, estupefacta, no lo estar&#237;a m&#225;s si &#233;l hubiera hecho aparecer esta flor en el solitario vac&#237;o, o cometido cualquiera otra proeza similar, lo que del todo no se esperar&#237;a es que mujer tan segura de s&#237; se perturbase de repente hasta el punto de cubr&#237;rsele de rubor el rostro, fue obra de un segundo, pero flagrante, realmente parece incre&#237;ble que se pueda ruborizar as&#237; alguien en los tiempos que corren, qu&#233; habr&#237;a pensado ella, si es que pens&#243; algo, fue como si el hombre, al tocar la rosa, hubiese aflorado en la mujer una escondida intimidad, de las del alma, no del cuerpo. Pero lo m&#225;s extraordinario fue que Raimundo Silva se ruboriz&#243; tambi&#233;n, y m&#225;s tiempo que ella permaneci&#243; con sus rubores, seguramente porque se sent&#237;a en un rid&#237;culo mortal, Qu&#233; verg&#252;enza, se dijo a s&#237; mismo o vendr&#225; a dec&#237;rselo. En situaciones como &#233;sta, faltando la osad&#237;a, y no nos preguntemos, Osad&#237;a para qu&#233;, la salvaci&#243;n est&#225; en la fuga, es buen consejero el instinto de conservaci&#243;n, lo peor viene luego, cuando repetimos las horribles palabras, qu&#233; verg&#252;enza, todos hemos pasado por errores as&#237;, de rabia y de humillaci&#243;n la emprendemos a pu&#241;etazos con la almohada, C&#243;mo pude ser tan est&#250;pido, y no sabemos responder, probablemente porque habr&#237;a que ser muy inteligente para conseguir explicar la estupidez, menos mal que estamos protegidos por la oscuridad del cuarto, nadie nos ve, aunque tenga la noche, y por eso la tememos tanto, ese don protervo de hacer irremediables y monstruosas hasta las peque&#241;as contrariedades, cuanto m&#225;s una desgracia como &#233;sta. Raimundo Silva volvi&#243; la espalda bruscamente, con la idea vaga de que todo se hab&#237;a perdido en su vida y que nunca m&#225;s podr&#237;a volver a esta casa, Es absurdo, absurdo, repet&#237;a en silencio y le parec&#237;a que lo dec&#237;a mil veces mientras hu&#237;a hacia la puerta, En dos segundos saldr&#233;, estar&#233; fuera, lejos, cuando en el &#250;ltimo y preciso instante lo detuvo la voz de Mar&#237;a Sara, inesperadamente tranquila, en tal contradicci&#243;n con lo que en este momento est&#225; pasando aqu&#237;, que fue como si el significado de las palabras se hubiera perdido en el aire, si no fuese por la certeza final del rid&#237;culo, Raimundo Silva habr&#237;a fingido que entendi&#243; mal, por tanto no tendr&#237;a otro remedio que creer que ella dijo realmente, Salgo dentro de cinco minutos, s&#243;lo el tiempo de arreglar un asunto en la direcci&#243;n literaria, puedo mont&#225;rmelo de ch&#243;fer si quiere. Con la mano aferrada al pomo de la puerta, &#233;l buscaba desesperadamente aparentar naturalidad, y cu&#225;nto le estaba costando, una parte de s&#237; le ordenaba, vete, la otra lo miraba como un juez y sentenciaba, no tendr&#225;s otra oportunidad, todos los rubores y sorpresas hab&#237;an perdido importancia en comparaci&#243;n con el gran paso dado por Mar&#237;a Sara, pero en qu&#233; direcci&#243;n, Dios m&#237;o, en qu&#233; direcci&#243;n, y hay que ver c&#243;mo nosotros, humanos, estamos hechos, que a pesar de la confusi&#243;n en que se debat&#237;a, de sentimientos, ya se ve, a&#250;n le sobraba frialdad de esp&#237;ritu para identificar la irritaci&#243;n que le caus&#243; lo de me lo monto de ch&#243;fer, absolutamente inadecuado a la ocasi&#243;n por su patente vulgaridad, lo llevo a donde quiera, pod&#237;a haber dicho Mar&#237;a Sara, pero probablemente no se le ocurri&#243;, o crey&#243; que deb&#237;a evitar la ambig&#252;edad de una frase semejante, Lo llevo a donde quiera, lo llevo a donde yo quiera, bien es verdad que el estilo elevado suele fallar cuando m&#225;s lo precisamos. Raimundo Silva consigui&#243; soltarse de la puerta y permanecer firme, observaci&#243;n que parecer&#237;a de dudoso gusto si no fuese expresi&#243;n de una iron&#237;a amigable mientras esperamos que responda, Gracias, pero no quiero desviarla de su camino, ahora bien, aqu&#237; s&#237; que viene muy a prop&#243;sito decir que el soneto est&#225; sufriendo con la enmienda y que al desastrado corrector s&#243;lo le quedar&#237;a morderse la lengua si el tard&#237;o sacrificio le valiera de algo, por suerte no lo percibi&#243; Mar&#237;a Sara, o fingi&#243; no percibirlo, por la duplicidad maliciosa de la frase, al menos no le temblaba la voz cuando dijo, Vengo en seguida, si&#233;ntese, y &#233;l hace lo que puede para que no le tiemble la suya al responder, No vale la pena, me gusta estar de pie, por las palabras que antes dijo parec&#237;a que recusaba el ofrecimiento, vemos ahora que acept&#243;. Ella sale, volver&#225; antes de que pasen los cinco minutos, entretanto se espera que recobren ambos el ritmo de la respiraci&#243;n, el sentido de la valoraci&#243;n de las distancias, la regularidad del pulso, lo que no ser&#225; peque&#241;a proeza despu&#233;s de tan peligrosa esgrima. Raimundo Silva mira la rosa, no son s&#243;lo las personas quienes no saben para qu&#233; nacen.

Un d&#237;a, tal vez por efecto de una luz que har&#225; recordar &#233;sta, l&#237;mpida y fr&#237;a tarde que va cayendo, se dir&#225;, Recuerdas, primero el silencio en el coche, las palabras dif&#237;ciles, la mirada tensa y expectante, las protestas y las insistencias, D&#233;jeme en la Baixa, por favor, tomar&#233; un tranv&#237;a, De ninguna manera, lo llevo a casa, no me cuesta nada, Pero se sale de su camino, Yo no, el coche, No es c&#243;modo subir al lugar donde vivo, Al pie del castillo, Sabe d&#243;nde vivo, En la Rua do Milagre de Santo Ant&#243;nio, lo he visto en su ficha, despu&#233;s un cierto y todav&#237;a vacilante desahogo, cuerpo y esp&#237;ritu medio distendidos, pero las palabras cautelosas, hasta el momento en que Mar&#237;a Sara dijo, Pensar que estamos en lo que fue ciudad mora, y Raimundo Silva, fingiendo que no percib&#237;a la intenci&#243;n, S&#237;, estamos, e intentando cambiar de conversaci&#243;n, pero ella, A veces me pongo a pensar c&#243;mo ser&#237;a aquello, la gente, las casas, la vida, y &#233;l callado, obstinadamente callado ahora, sintiendo que la detestaba, como se detesta a un invasor, lleg&#243; al punto de decir, Me bajo aqu&#237;, estoy cerca, pero ella no par&#243; ni respondi&#243;, y el resto del camino lo hicieron en silencio. Cuando el coche se detuvo en la puerta, Raimundo Silva, aunque sin tener la seguridad de que eso fuera un acto de buena educaci&#243;n, crey&#243; que deb&#237;a invitarla a subir y se arrepinti&#243; de inmediato, es una falta de delicadeza, pens&#243;, y no debo olvidar que soy su subordinado, fue entonces cuando ella dijo, Otro d&#237;a, hoy es tarde. Sobre esta frase hist&#243;rica se har&#225; extenso debate, porque Raimundo Silva es capaz de jurar que las palabras entonces dichas fueron otras, y no menos hist&#243;ricas. A&#250;n no ha llegado el momento.


En estos &#250;ltimos d&#237;as, por pesado que tuviera el sue&#241;o el almu&#233;dano, sin duda se habr&#237;a despertado, si es que logr&#243; dormirse, el rumor de una ciudad entera viviendo en estado de alerta, con gente armada subiendo a torres y adarves, mientras el pueblo menudo no se calla, en juntamientos de calles y mercados, preguntando si ya vienen los francos y los gallegos. Temen por sus vidas y haberes, claro est&#225;, pero los m&#225;s afligidos son aquellos que tuvieron que abandonar las casas en que viv&#237;an, del lado de fuera de la cerca, todav&#237;a defendidas por la tropa, pero donde inevitablemente se van a trabar las primeras batallas, si &#233;sa es la voluntad de Al&#225;, loado sea, y, aunque venza Lisboa a los invasores, del pr&#243;spero y desahogado arrabal no van a quedar m&#225;s que ruinas. En lo alto del alminar de la mezquita mayor, como todos los d&#237;as, el almu&#233;dano lanz&#243; su grito estr&#237;dulo, sabiendo que ya no despertar&#225; a nadie, como mucho estar&#225;n durmiendo los ni&#241;os inocentes, y, contra costumbre, cuando todav&#237;a flota en el aire el &#250;ltimo eco de la llamada a la oraci&#243;n, comienza a o&#237;rse el murmullo de la ciudad rezando, en verdad mal ten&#237;a que salir del sue&#241;o quien en el sue&#241;o no acababa de entrar. La ma&#241;ana tiene la hermosura de julio, de fina y suave brisa, y, si la experiencia no enga&#241;a, vamos a tener un d&#237;a de calor. Terminada la oraci&#243;n, el almu&#233;dano se dispone a bajar cuando de s&#250;bito le llega desde abajo un alarido tan desordenado y asombroso que el ciego, asustado, cree por un momento que se desmorona la torre, en otro que est&#225;n ya los malditos cristianos dando asalto a las murallas, para percibir al fin que son de j&#250;bilo los gritos que de todas partes irrumpen y hacen sobre la ciudad un como resplandor, ahora puede &#233;l decir que ya conoce lo que es la luz, si ella tiene en los ojos de quien ve el efecto que en sus o&#237;dos est&#225;n causando estos alegres sonidos. Pero cu&#225;l es el motivo. Tal vez Al&#225;, movido por las preces ardientes del pueblo, haya enviado a sus &#225;ngeles del sepulcro, Munkar y Nakir, a exterminar a los cristianos, tal vez haya hecho caer sobre el ej&#233;rcito de los cruzados el inextinguible fuego celestial, tal vez, de terrestre humanidad, el rey de &#201;vora, avisado de los peligros que amenazan a sus hermanos de Lisboa, haya mandado mensajero con recado, Aguanten ah&#237; a los malvados, que mi tropa de alentejanos est&#225; ya en camino, lo decimos as&#237; por venir esa gente al&#233;n del Tajo, quedando demostrado, de camino, que ya hab&#237;a alentejanos antes de que hubiera portugueses. Con riesgo de moler sus fr&#225;giles huesos contra los pelda&#241;os, el almu&#233;dano desciende a toda prisa la ce&#241;ida espiral, y cuando llega abajo lo derriba el v&#233;rtigo, es un pobre viejo que otra vez parece querer meterse tierra adentro, ilusi&#243;n nuestra nacida de ejemplos pasados, ahora se ve que todo el esfuerzo que hace es para levantarse, mientras pregunta a la oscuridad que le rodea, Qu&#233; ha pasado, d&#237;ganme qu&#233; ha pasado. En el instante siguiente hay ya brazos ayud&#225;ndole a alzarse, y una voz fuerte y joven casi grita, Se van los cruzados, los cruzados est&#225;n retir&#225;ndose. De fe y conmoci&#243;n cay&#243; all&#237; de hinojos el almu&#233;dano, pero cada cosa a su tiempo, Al&#225; no se escandalizar&#225; si tardan un poco m&#225;s los agradecimientos que le son debidos, primero ha de difundirse la alegr&#237;a. El buen samaritano levant&#243; al viejo a pulso, lo puso definitivamente en pie, le compuso el turbante, descolocado con la agitaci&#243;n del descenso y la ca&#237;da, y le dijo, Deja eso ahora, vamos a la muralla a ver c&#243;mo se desbandan los infieles, ahora bien, estas palabras, no siendo como son de consciente maldad, s&#243;lo se explican porque la ceguera del almu&#233;dano de gota serena, rep&#225;rese, nos est&#225; mirando, es decir, tiene los ojos clavados en nuestra direcci&#243;n y no puede vernos, qu&#233; tristeza, cuesta creer que tanta transparencia y limpidez sean, al fin, la piel de la opacidad absoluta. El almu&#233;dano levant&#243; las manos y se toc&#243; con ellas los ojos, Pero yo no veo, en este instante el hombre lo reconoce, Ah, eres el almu&#233;dano, y hace un movimiento como para alejarse, que enmienda de inmediato, No importa, ven conmigo a la muralla, yo te contar&#233; lo que pasa, a hermosas actitudes como &#233;stas solemos llamar nosotros caridad cristiana, lo que una vez m&#225;s viene a demostrar hasta qu&#233; punto las palabras andan ideol&#243;gicamente desorientadas.

El hombre abri&#243; camino entre la gente que se apretaba para subir por una estalera que llevaba al adarve, Den paso al almu&#233;dano, den paso, hermanos, ped&#237;a, y la gente se apartaba y sonre&#237;a de puro amor fraterno, pero para que no todo sean rosas, o porque no son rosas todo, hubo all&#237; un desconfiado que estrope&#243; la buena obra, cierto es que no tuvo valor para mostrar la cara, pero solt&#243; desde las filas de atr&#225;s, Mira qu&#233; vivo, lo que quiere es colarse, y el almu&#233;dano, consciente como estaba de que as&#237; no era, dijo hablando en direcci&#243;n a la voz, Que Al&#225; te castigue por tu maldad, y Al&#225; debi&#243; de tomar buena nota del encargo, pues el calumniador ser&#225; el primero que muera en el cerco de Lisboa, antes incluso que cualquier cristiano, lo que dice mucho de las iras del Alt&#237;simo. Arriba llegaron, pues, el viejo y su protector, y por el mismo m&#233;todo de aviso y petici&#243;n, buenamente acogido sin excepciones, pudieron tomar lugar en camarote de primera, con vista abierta al estuario, el amplio r&#237;o, el mar inmenso, pero no fue esta grandeza lo que hizo al hombre exclamar, Oh, qu&#233; maravilla, s&#237; lo que dijo inmediatamente, Almu&#233;dano, ser&#237;a capaz de darte mis ojos para que pudieras ver lo que yo veo, la armada de los cruzados navegando r&#237;o abajo, el agua lisa y brillante como s&#243;lo ella puede ser, y toda azul, del color del cielo que la cubre, los remos suben y bajan acompasadamente, parecen las barcas un bando de aves que va bebiendo mientras vuela raso, doscientas aves de arribada que tienen nombre de galeras, fustas, galeotas y no s&#233; qu&#233; m&#225;s, que soy hombre de tierra, no de mar, y c&#243;mo van de r&#225;pidas, las llevan los remos y la marea, por ella madrugaron y ya parten, ahora los de delante deben de haber sentido el viento, est&#225;n izando las velas, ah, qu&#233; otra maravilla ser&#237;an si fuesen blancas, este d&#237;a es de fiesta, almu&#233;dano, adem&#225;s, en la otra margen, est&#225;n nuestros hermanos de Almada haciendo gestos, tan alegres como nosotros, salvados tambi&#233;n por la voluntad de Al&#225;, &#201;l, el M&#225;s Alto, el Misericordioso, el Increado, el Viviente, el Confortador, el Clemente, por la gracia de Quien nos hemos libertado de la amenaza pavorosa de esos perros que est&#225;n saliendo de la barra, cruzados son y atravesados sean, con ellos pueda morir y caer en el olvido la belleza de su salida, y que Malik, guardi&#225;n del infierno, los tenga para siempre y castigue. Aplaudieron los circunstantes la maldici&#243;n final, todos menos el almu&#233;dano, no por estar en desacuerdo, sino porque hab&#237;a cumplido antes su parte de vigilante moral cuando pidi&#243; el castigo del desconfiado y atrevido, mal parec&#237;a de hecho que reincidiese en soltar maldiciones quien tiene por oficio llamar a la oraci&#243;n a la comunidad de los hermanos, es que punir por una vez al d&#237;a ya es de sobras para un simple ser humano, y el propio Dios no sabemos si va a aguantar tama&#241;a responsabilidad eternamente. Por esa raz&#243;n se qued&#243; el almu&#233;dano callado, pero tambi&#233;n por otra, que ven&#237;a de ser ciego y por tanto no saber si hab&#237;a motivos para una alegr&#237;a completa, Se han ido todos, pregunt&#243;, tras una pausa que fue tiempo para asegurarse, el compa&#241;ero respondi&#243;, Los barcos s&#237;, Expl&#237;cate mejor, qu&#233; m&#225;s hay que barcos, Es que est&#225;n all&#225;, a orillas del estero, y van ahora andando hacia el campo del gallego, unos cien que desembarcaron, llevan consigo armas y bagajes, desde aqu&#237; no es f&#225;cil contarlos, pero no ser&#225;n m&#225;s de cien. Dijo el almu&#233;dano, Si se quedaron &#233;sos, o desistieron de ir a la cruzada, sin m&#225;s, y cambiaron sus tierras por &#233;sta, o habiendo cerco y batalla estar&#225;n con Ibn Arrinque cuando &#233;l venga contra nosotros, Crees t&#250;, almu&#233;dano, que con tan poca gente suya y &#233;sta casi ninguna que se le junta, Ibn Arrinque, maldito sea &#233;l y cuanto genere su sangre, pondr&#225; cerco a Lisboa, Lo intent&#243; una vez con los cruzados y fall&#243;, ahora querr&#225; demostrar que no los necesitaba, sirviendo &#233;stos de testigos, Dicen los esp&#237;as que el gallego no tiene m&#225;s que unos doce mil soldados, no llegan para rodear la ciudad y apretar el cerco, Tal vez no, si a nosotros no nos aprieta el hambre, Ves negro el futuro, almu&#233;dano, Veo, soy ciego. En este momento, otro hombre que all&#237; estaba con ellos extendi&#243; el brazo, apunt&#243;, Hay agitaci&#243;n en el campo cristiano, los gallegos se van, Parece que te has equivocado, dijo el compa&#241;ero del almu&#233;dano, Sabr&#233; que me equivoqu&#233; cuando me digas que no se ve ni un solo bulto de soldado cristiano en toda la redondez de la tierra que te rodea, Me quedar&#233; aqu&#237; vigilando e ir&#233; luego a la mezquita a dec&#237;rtelo, Eres un buen musulm&#225;n, que Al&#225; te d&#233; en esta vida y en la eterna el premio que perfectamente mereces. Digamos nosotros ya, anticipando, que una vez m&#225;s Al&#225; tom&#243; buena cuenta del voto del almu&#233;dano, pues, en lo que a esta vida toca, sabemos que &#233;ste a quien impropiamente llamamos Buen Samaritano ser&#225; el pen&#250;ltimo moro que muera en el cerco, y sobre la vida eterna no tenemos m&#225;s que esperar que alguien mejor informado nos diga, llegado el tiempo, qu&#233; premio fue el tal y para qu&#233;. Por nuestra parte, aprovechamos la ocasi&#243;n para mostrar que no estamos de menos en ejercicios de bondad, de caridad y de fraternidad, ahora que el almu&#233;dano pregunt&#243;, Qui&#233;n me ayuda a bajar la escalera.

Tambi&#233;n el corrector Raimundo Silva va a precisar que le ayuden a explicar c&#243;mo, habiendo escrito que los cruzados no se quedaron para el cerco, aparecen ahora desembarcando unas tantas personas, un centenar m&#225;s o menos si creemos el c&#225;lculo de los moros, hecho de lejos y a ojo. Cierto es que tal cosa no es completa novedad para nosotros, pues ya sab&#237;amos, desde el feo lance en que Guill&#233;n de la Larga Espada abruptamente le habl&#243; al rey, que unos cuantos hidalgos extranjeros all&#237; mismo hab&#237;an declarado que pod&#237;amos contar con ellos, pero ni los dichos dieron entonces motivo de su decisi&#243;n ni Don Afonso Henriques manifest&#243; ganas de saberlo, por lo menos no las mostr&#243; p&#250;blicamente, y si en privado le informaron, en privado qued&#243; todo, no hay registro, ni tampoco interesar&#237;a a la trama de estos casos. Sea como fuere, lo que Raimundo Silva no puede es continuar en la suya, es decir, que ning&#250;n cruzado hab&#237;a querido hacer negocio con el rey, porque ah&#237; est&#225; la Historia Acreditada dici&#233;ndonos que, dejando aparte alguna no conocida excepci&#243;n, aquellos se&#241;ores prosperaron mucho en tierra portuguesa, basta recordar, para que no se piense que hablamos en vano y tambi&#233;n para que no sufra desmentido el refr&#225;n No dar punto sin nudo, que a Don Alardo, franc&#233;s, le dio nuestro buen rey Vila Verde, y a Don Jord&#225;n, franc&#233;s como &#233;l, la de Lourinha, y a los hermanos La Corni, que con el tiempo cambiaron su nombre por Correia, les toc&#243; Atouguia, donde s&#237; hay alguna confusi&#243;n es en Azambuja, que no se sabe si fue dada entonces a Gil de Rolim o m&#225;s tarde a un hijo suyo del mismo nombre, en este caso no se trata de un fallo de registro, sino de imprecisi&#243;n en el que existe. Ahora bien, para que esta y otra gente pudiera cobrar sus prebendas, era necesario empezar por hacerla desembarcar, y ah&#237; la tenemos, dispuesta a merecerlas con las armas, quedando de este modo m&#225;s o menos conciliado el terminante No del corrector con el S&#237;, o el Quiz&#225;, o el Aun as&#237;, de que se hizo la historia patria. Se dir&#225; que todos aquellos juntos y otros no mencionados apenas dar&#225;n la media docena, y que se pueden contar por muchos m&#225;s estos que vienen andando hacia el campamento, siendo por tanto natural curiosidad querer saber qui&#233;nes sean ellos y si tambi&#233;n recibieron tierras y se&#241;or&#237;os al cabo de sus trabajos. Reparo es &#233;ste que no cabe y que deber&#237;a ser simplemente despreciado, pero es se&#241;al de buena formaci&#243;n moral ser tolerante con la ignorancia sin culpa, y paciente con la temeridad, por eso esclarecemos que lo m&#225;s com&#250;n de este personal, aparte de algunos hombres de armas a sueldo de los se&#241;ores, son criados que vinieron de mandado para las operaciones de carga y descarga y para lo dem&#225;s que se requiera, constando a&#250;n, en papel de concubinas o barraganas adscritas a los servicios particulares de tres hidalgos, otras tantas mujeres, una de ellas de origen, las restantes cogidas en desembarcas de refresco y aguada, que, verdad sea dicha, mejor fruta que &#233;sta no se descubri&#243; hasta hoy ni consta que crezca en los mundos desconocidos.

Raimundo Silva pos&#243; el bol&#237;grafo, se frot&#243; los dedos marcados por las aristas, despu&#233;s, con un movimiento lento, de cansancio, se recost&#243; en la silla. Est&#225; en el cuarto donde duerme, sentado a una mesa peque&#241;a que coloc&#243; al lado de la ventana, de manera que mirando a su izquierda puede ver los tejados del barrio y tambi&#233;n, a trechos, entre los tejados, el r&#237;o. Decidi&#243; que para su trabajo de correcci&#243;n de obra ajena continuar&#225; sirvi&#233;ndose del despacho interior, pero esto que est&#225; escribiendo, venga o no a ser la historia del cerco de Lisboa, lo har&#225; a las claras, con la luz natural cayendo sobre sus manos, sobre las hojas de papel, sobre las palabras que vayan naciendo y quedando, que no quedan todas las que nacen, a su vez haciendo ellas luz sobre el entendimiento de las cosas, hasta donde se puede, y a donde, a no ser por ellas, no se llega. Apunt&#243; en un papel suelto el pensamiento, si tanto se le puede llamar, con la idea de venir a utilizarlo m&#225;s tarde, si es preciso, en alguna reflexi&#243;n sobre el misterio de la escritura, que culminar&#225; probablemente, siguiendo la lecci&#243;n definitiva del poeta, en la precisa y sobria declaraci&#243;n de que el misterio de la escritura est&#225; en que no hay en ella misterio alguno, verificaci&#243;n que, de ser aceptada, nos conducir&#237;a a la conclusi&#243;n de que si no hay misterio en la escritura, no lo habr&#225; tampoco en el escritor. Se divierte Raimundo Silva con este remedo de meditaci&#243;n profunda, su memoria de corrector est&#225; llena de versos y de prosa, son trozos, fragmentos, y tambi&#233;n frases completas, con sentido, que se quedan en el recuerdo como c&#233;lulas quietas y resplandecientes venidas de otros mundos, la sensaci&#243;n es la de estar emergido en el cosmos, aprehendiendo el perfecto significado de todo, sin misterio. Si Raimundo Silva pudiera alinear, por orden cierto, todo cuanto su memoria contiene de palabras y frases sueltas, bastar&#237;a dictarlas, registrarlas en una grabadora, y tendr&#237;a as&#237;, sin el penoso esfuerzo de escribir, la Historia del Cerco de Lisboa que a&#250;n est&#225; buscando, y, siendo otro el orden, otra ser&#237;a la historia, otro el cerco, Lisboa otra, infinitamente.

Ya van los cruzados mar adentro, libr&#225;ndonos de la exigente e inc&#243;moda presencia de trece mil figurantes, pero la tarea de Raimundo Silva en poco se vio simplificada, pues tantos como aqu&#233;llos, por lo menos, son los portugueses, y much&#237;simos m&#225;s que la suma de unos y otros son los moros de dentro de la ciudad, incluyendo los huidos de Santarem que aqu&#237; vinieron a parar, creyendo encontrar protecci&#243;n tras estas murallas, pobres de ellos, heridos y desgraciados. De qu&#233; manera ha de lidiar Raimundo Silva con toda esta gente, es la formal pregunta. Por su gusto, suponemos que tomar&#237;a a cada uno de ellos de por s&#237;, estudiar&#237;a su vida, los precedentes y los consecuentes, los amores, las disputas, la maldad y la bondad que en ella hubo, y especialmente cuidar&#237;a mucho de los que van a morir en breve, pues no es de prever que en los tiempos m&#225;s pr&#243;ximos surja otra oportunidad de dejar alg&#250;n registro escrito de lo que fueron e hicieron. Tiene Raimundo Silva clara consciencia de que a tanto no pueden alcanzar sus limitados dones, en primer lugar porque no es Dios, y aunque lo fuese, s&#237; incluso el otro, a pesar de la fama, no consigui&#243; nada que se pareciera a este prop&#243;sito, en segundo lugar porque no es historiador, categor&#237;a humana que m&#225;s se acerca a la divinidad en el modo de mirar, y en tercer lugar, inicial confesi&#243;n, porque la creaci&#243;n literaria nunca se le dio bien, debilidad &#233;sta que obviamente dificultar&#225; un convincente manejo de la fabulaci&#243;n inventiva de la que todos, m&#225;s o menos, participamos. Del lado de los moros, lo m&#225;ximo conseguido hasta ahora es un almu&#233;dano que aparece de vez en cuando y que se encuentra en la menos satisfactoria situaci&#243;n posible, pues siendo algo m&#225;s que un figurante, no lo es bastante para convertirse en personaje. Del lado de los portugueses, quitando al rey, al arzobispo, al obispo y a un pu&#241;ado de hidalgos conocidos, y &#233;stos interviniendo s&#243;lo como portadores de un nombre, lo que hay de patente y de indiscernible es una enorme confusi&#243;n de caras que no se sabe a qui&#233;n pertenecen, trece mil hombres que hablan sabe Dios c&#243;mo y qu&#233;, teniendo sentimientos, qui&#233;n lo duda, los expresan de manera tan distinta a nuestra comprensi&#243;n que m&#225;s cerca estar&#225;n ellos de sus enemigos moros que de nosotros, que tenemos t&#237;tulo y bandera de descendientes.

Raimundo Silva se levanta y abre la ventana. Desde aqu&#237;, y si las informaciones de la Historia del Cerco de Lisboa de que fue corrector no enga&#241;an, puede ver el lugar donde acamparon los ingleses, los aquitanos y los bretones, m&#225;s all&#225; de la cuesta de la Trindade hacia el lado sur y hasta el barranco de la Cal&#231;ada de S. Francisco, metro m&#225;s, metro menos, all&#237; est&#225; la iglesia de los M&#225;rtires, que no deja mentir. Ahora, en la Nueva Historia, es el campamento de los portugueses, todos juntos de momento, a la espera de lo que el rey decida, si nos quedamos, si nos vamos, a ver qu&#233; pasa. Entre la ciudad y el campamento de los lusitanos, para llamarles como ellos a&#250;n no se llamaban a s&#237; mismos, vemos el amplio estuario, tan extenso, tierra adentro, que para darle la vuelta a pie enjuto ser&#237;a preciso pasar, en su brazo oriental, por donde empieza la Rua da Palma, y, en el brazo occidental, por alturas de la Rua das Pretas, una buena caminata a trav&#233;s de campos que a&#250;n ayer eran tratados con mimo y ahora, aparte de saqueados de todo cuanto se pudiera comer, se ven pisados y quemados como si la caballer&#237;a del Apocalipsis hubiera pasado por all&#237; con sus cascos de fuego. Hab&#237;a declarado el moro que el campamento portugu&#233;s se estaba moviendo, y as&#237; era, pero poco despu&#233;s volver&#225;n a estar quedos, que quiso Don Afonso Henriques recibir con todo su ej&#233;rcito a los se&#241;ores cruzados que se aproximaban, al frente de la menguada tropa desembarcada, as&#237; honr&#225;ndolos especialmente, y tanto m&#225;s cuanto que mucho lo enfadara la partida de los otros. Conociendo nosotros ya lo suficiente de estos encuentros y asambleas de gente granada en sangre y en poder, es tiempo de ver qui&#233;n m&#225;s est&#225;, qu&#233; soldados son &#233;stos, nuestros, dispersos entre el Carmo y la Trindade, esperando &#243;rdenes, sin el refrigerio de un cigarro, est&#225;n por ah&#237; sentados o parados de pie o paseando entre amigos, a la sombra de los olivos, que con el buen tiempo que ha hecho son pocas las tiendas armadas, y la mayor&#237;a del personal ha dormido al relente, con la cabeza sobre el escudo, sintiendo, por alg&#250;n tiempo, de noche, el calor de la tierra, y despu&#233;s calent&#225;ndola a ella con su propio cuerpo, hasta el d&#237;a en que acaben junt&#225;ndose un fr&#237;o y otro fr&#237;o, que sea tarde. Fuerte motivo tenemos para andar mirando a estos hombres, toscamente armados, en comparaci&#243;n con los arsenales modernos de Bond, Rambo and Company, y &#233;ste es el motivo, encontrar por aqu&#237; a alguien que pueda servirle de personaje a Raimundo Silva, pues &#233;ste, t&#237;mido por naturaleza o talante, contrario a multitudes, se qued&#243; en su ventana de la Rua do Milagre de Santo Ant&#243;nio sin atreverse a bajar a la calle, y muy mal hizo, si no era capaz de venir solo que pidiese compa&#241;&#237;a a la doctora Mar&#237;a Sara, que ya hemos visto que es mujer de decisiones resolutas, o si no, tal vez m&#225;s rom&#225;ntica e interesante se&#241;al de soledad, sino de ceguera, que trajera consigo al perro de las Escadinhas de S. Crispim, qu&#233; bonito cuadro ser&#237;a una barquita de remos atravesando el manso estuario, en el agua de nadie, y un corrector remando, mientras el perro, sentado a popa, viene bebiendo los aires y, en los intervalos, mordiendo tan discretamente cuanto puede las pulgas que le clavan aguijones en sus partes m&#225;s sensibles. Dejemos pues tranquilo a este hombre a&#250;n no del todo preparado para ver, &#233;l que de rever ha hecho profesi&#243;n, y que s&#243;lo ocasionalmente, por pasajero disturbio psicol&#243;gico, se fija, y busqu&#233;mosle alguien que, no tanto por m&#233;ritos propios, por otra parte siempre discutibles, como por una especie de predestinaci&#243;n adecuada, pueda tomar su lugar en el relato naturalmente, tan naturalmente que despu&#233;s venga a decirse, como se dice de una evidencia de coincidentes, que nacieron el uno para el otro. Sin embargo, no es f&#225;cil. Una cosa es tomar a un hombre y llevarlo a una multitud, como en otros casos se vio, y otra es buscar en la multitud a un hombre, y, con s&#243;lo verlo, decir, Es &#233;ste. Casi no hay viejos en el campamento, estamos en un tiempo en que se muere pronto y mucho, sin contar que para la guerra les pesar&#237;an las piernas y les flaquear&#237;an los brazos, no todos pueden aguantar tanto como Gonzalo Mendes de Maia, el Lidiador, que, teniendo ahora setenta a&#241;os, parece estar en la flor de la edad, y a los noventa a&#250;n andar&#225; a mandobles en campa&#241;a contra el rey de T&#225;nger, muriendo finalmente. Vamos buscando y oyendo, qu&#233; extra&#241;a lengua habla nuestra gente, es una dificultad a&#241;adida a todas, que tan dif&#237;cilmente los entendemos a ellos como ellos a nosotros, pese a pertenecer todos a la misma portuguesa patria, en definitiva, eso que modernamente llamamos conflicto generacional quiz&#225; no sea m&#225;s que una cuesti&#243;n de diferencias de lenguaje, es un suponer. Est&#225; aqu&#237; un corro de hombres sentados en el suelo, bajo un frondoso olivo que, por lo retorcido del tronco y general vetustez del aspecto, debe al menos de doblar en a&#241;os al Lidiador, y si &#233;l hiere y mata, &#233;ste se contenta con producir aceite, cada uno es para lo que nace, dicen, pero este dictado se invent&#243; para los olivos, no para los hombres. &#201;stos de aqu&#237;, por ahora, no hacen m&#225;s que escuchar a otro, joven alto de barba corta, de pelo negro. Algunos ponen cara de quien ya ha o&#237;do la historia mil veces, pero sin hast&#237;o, son soldados que estuvieron en Santarem cuando lo de la c&#233;lebre toma, los otros, por la atenci&#243;n que prestan al relato, se ve en seguida que pertenecen a la incorporaci&#243;n reciente, vinieron uni&#233;ndose al ej&#233;rcito por el camino, con paga por tres meses como los dem&#225;s, de sueldo se hace soldada y de soldada soldado, y, mientras no empieza la guerra, entretienen la sed de gloria propia con las haza&#241;as de la gloria ajena. A este hombre habr&#225; que reconocerle un nombre, que lo tiene, sin duda, como cualquiera de nosotros, pero el problema est&#225; en que tendremos que escoger entre el que &#233;l supone que es suyo, Mogueime, y el que le dar&#225;n m&#225;s tarde, Moigema ser&#225;, no se piense que tales equ&#237;vocos ocurr&#237;an s&#243;lo en las antiguas y b&#225;rbaras edades, de alguien de este siglo supimos que pas&#243; treinta a&#241;os diciendo llamarse Diego Luciano, hasta el d&#237;a en que, precisando sacar papeles, descubri&#243; que en definitiva no pasaba de Diocleciano, y no cambi&#243; con el cambio de nombre, pese a ser de emperador. Esta cuesti&#243;n de los nombres no se debe tomar como insignificante, Raimundo no podr&#237;a ser Jos&#233;, Mar&#237;a Sara no querr&#237;a ser Carlota, y Mogueime no merece que le llamemos Moigema. Y dado que podremos ahora aproximarnos, sent&#233;monos en el suelo, y oigamos.

Dice Mogueime, Fue por la callada de la noche, estuvimos a la espera hasta la madrugada, en un valle encubierto y escondido, tan cerca de la villa que o&#237;amos gritar a los centinelas en el muro, ten&#237;amos tomadas en los brazos las riendas con cuidado para que no relincharan los caballos, y cuando vino el cuarto de la luna, que los capitanes entendieron que estaban los vig&#237;as medio dormidos, nos fuimos todos de all&#237;, quedaron los pajes en la vaguada, con las bestias, y por el sendero conseguimos llegar a la fuente de Atamarma, que este nombre le dieron por ser dulces sus aguas, y yendo m&#225;s all&#225; nos acercamos al muro, pero pasaba entonces por &#233;l la ronda, y tuvimos a la fuerza que esperar otra vez, callados callados en un campo de trigo, y cuando le pareci&#243; bien a Mem Ramires, que era el que mandaba en aquellos que estaban conmigo, empezamos a subir a toda prisa la ladera, la intenci&#243;n era prender en el muro una escala alz&#225;ndola en una lanza, pero quiso la mala fortuna, o el Maligno para entorpecer la obra, que resbalase con grande estruendo yendo a caer en el tejado de un ollero, con aflicci&#243;n mucha de todos, si los vig&#237;as despertaban hab&#237;a peligro de perder la empresa, nos encogimos cosidos a la sombra del muro, y luego, como no daban los moros se&#241;al, me llam&#243; Mem Ramires por ser el m&#225;s alto y me mand&#243; que subiese a sus hombros, y yo prend&#237; la escalera arriba, despu&#233;s subi&#243; &#233;l, y yo con &#233;l, y otro conmigo, y cuando esper&#225;bamos a que subieran los dem&#225;s, despertaron los vig&#237;as y uno de ellos pregunt&#243;, Menfu, que quiere decir, Qui&#233;n anda ah&#237;, y Mem Ramires, que habla el ar&#225;bigo como si fuera moro, dijo que &#233;ramos de la ronda y que hab&#237;amos vuelto atr&#225;s por unas &#243;rdenes, y habiendo el moro bajado de la torre, le cort&#243; la cabeza, que lanzamos fuera, quedando as&#237; seguros los nuestros de que hab&#237;amos entrado en la plaza, pero el otro vig&#237;a descubri&#243; qui&#233;nes &#233;ramos y empez&#243; a gritar grandes voces, Anauchara, Anauchara, que en la lengua de ellos quiere decir, Celada de cristianos, pero entonces &#233;ramos ya diez sobre el muro, ah&#237; empez&#243; la ronda a correr y comenzaron las cuchilladas de una parte y de otra, gritaba Mem Ramires llamando en su ayuda a Santiago, patr&#243;n de Espa&#241;a, y el rey Don Afonso,que estaba fuera, respond&#237;a con altas voces diciendo, Santiago y Santa Mar&#237;a Virgen, acudidnos, y dec&#237;a tambi&#233;n, Matadlos a todos, que no escape uno, en fin, las consignas de costumbre, entretanto por otra parte subieron veinticinco de los nuestros, y se fueron a las puertas trabajando de abrirlas, pero s&#243;lo lo pudieron conseguir despu&#233;s que desde fuera les lanzaron un macho de hierro con el que rompieron embudos y cerraduras, y entr&#243; entonces el rey con los suyos e, hincado de hinojos en el suelo, en medio de la puerta, empez&#243; a dar gracias a Dios, pero pronto se levant&#243; porque ven&#237;an los moros corriendo a defender la entrada, pero ya les hab&#237;a llegado la hora de la muerte, que los nuestros avanzando en rodillo los mataron, y con ellos a muchas mujeres y ni&#241;os, y gran multitud de ganados, y fue tanta la sangre que corr&#237;a por las calles como un r&#237;o, y de esta guisa se gan&#243; Santarem, a cuya toma fui, y otros que aqu&#237; est&#225;n conmigo. Algunos de los nombrados asintieron con la cabeza confirmando, sin duda tendr&#237;an sus propios hechos que contar, pero siendo de esos a quienes las palabras faltan siempre, primero por no ser en n&#250;mero bastante, segundo porque no acuden cuando se les pide, se quedaron como estaban, callados en el corro, oyendo a aquel m&#225;s locuaz y h&#225;bil en el iniciado arte de hablar portugu&#233;s, perdonen la exageraci&#243;n, que tendr&#237;amos la m&#225;s avanzada lengua del mundo si hace ocho siglos y medio un simple militar sin graduaci&#243;n pudiera ya construir discurso tan claro, donde ni las felicidades narrativas faltan, la alternancia de lo breve y lo largo, el corte s&#250;bito, la mudanza de plano, la suspensi&#243;n, hasta la iron&#237;a levemente irrespetuosa de hacer que el rey se yerga de su oraci&#243;n de gracias, no fuera el caso de que llegase el alfanje antes del am&#233;n, o, para recurrir por mil&#233;sima vez al inagotable tesoro de la sabidur&#237;a popular, f&#237;ate de la Virgen y no corras, ver&#225;s lo que acontece, que se supone que no iba a ser cosa buena. Uno de los reclutas, sin m&#225;s experiencia de guerra que ver pasar la tropa, pero dotado de perspicacia y buen sentido, entendiendo que ninguno de los de la vieja guardia quer&#237;a tomar la palabra, dijo lo que sin duda todos estaban pensando, Pues para m&#237; que Lisboa va a ser un hueso m&#225;s duro de roer, interesante met&#225;fora que hizo regresar al relato al perro y a los perros, pues ser&#225;n precisos muchos y much&#237;simos para conseguir meter el diente en los altos y alentados muros que desde all&#225; nos desaf&#237;an, y donde est&#225;n albeando albornoces y relampagueando armas. El aviso ennegreci&#243; de ag&#252;eros los &#225;nimos de los compa&#241;eros, en esto de las guerras nunca se sabe qui&#233;n va a morir, y realmente hay suertes que acontecen una vez y nunca m&#225;s, muy locos estar&#237;an los moros de Lisboa si se acostaran a dormir cuando la hora fatal est&#225; llegando, apostemos a que esta vez no va a ser preciso que ning&#250;n centinela grite, Menfu, porque demasiado saben ellos qui&#233;nes est&#225;n ah&#237; y qu&#233; quieren. Menos mal que en este momento melanc&#243;lico estaban presentes dos pajes de los que se quedaron a guardar los caballos en aquel escondido y encubierto valle de Santarem, y empezaron a holgar, con grandes risotadas, recordando lo que hab&#237;an hecho ellos y los otros a unas cuantas moras fugitivas de la ciudad que el destino encamin&#243; hacia esta parte, negro destino, que despu&#233;s de tomadas por fuerza una y muchas veces, las mataron sin duelo, como a infieles que eran. Disinti&#243; Mogueime usando de su autoridad de combatiente de primera l&#237;nea, dijo que estaba bien, en el acceso de la batalla, matar sin mirar a qui&#233;n, pero no as&#237;, despu&#233;s de haber disfrutado de los cuerpos de ellas, que de cristianos ser&#237;a el haberlas dejado ir, declaraci&#243;n &#233;sta, humanitaria, que los pajes contestaron argumentando que siempre las deberemos matar, jodidas o no, para que no puedan generar m&#225;s moros perversos y rabiosos. Parec&#237;a que no iba a saber Mogueime dar respuesta a tan radical raz&#243;n, pero de un repliegue oculto del entendimiento sac&#243; unas pocas palabras que dejaron a los pajes sin habla, Pues quiz&#225; hab&#233;is matado en ellas a hijos de cristianos, y fue el caso que a &#233;stos les faltaron tambi&#233;n las palabras, pues bien pod&#237;an haber respondido que hijo de cristiano s&#243;lo lo es si de cristiana tambi&#233;n lo fuera, lo que debi&#243; enmudecerlos fue una s&#250;bita conciencia de su importancia de ap&#243;stoles, si donde quiera que dejen simiente dejan se&#241;al de cristiandad. Un cl&#233;rigo que por azar pasase por all&#237;, un capell&#225;n castrense, podr&#237;a aclarar definitivamente el tema dejando limpias de dudas las almas y fortalecidas las razones y la fe, pero la gente de religi&#243;n est&#225; toda con el rey, esperando a los hidalgos extranjeros, ahora deben de haber llegado, muestra de eso dieron las aclamaciones, cada uno hace la fiesta que puede, dentro de lo debido, en este caso tanto por tan poco.

A Raimundo Silva, que le importa sobre todo defender, lo mejor que sepa, la heterodoxa tesis de que los cruzados se negaron a ayudar en la conquista de Lisboa, tanto le da un personaje como otro, aunque, claro est&#225;, siendo persona de impulsos, no puede evitar aquellos movimientos de simpat&#237;a o repulsa instant&#225;neos, por as&#237; decir perif&#233;ricos al n&#250;cleo de las cuestiones, que no pocas veces acaban haciendo depender de acr&#237;ticas preferencias o antipat&#237;as personales lo que deber&#237;a decidirse conforme a los datos de la raz&#243;n y, en este caso, de la historia. Del joven Mogueime le atrajo la desenvoltura, si no el brillo con que relat&#243; el episodio del asalto a Santarem, pero, m&#225;s que las bondades literarias, aquel su humanitario impulso, demostrativo de un alma bien formada, o naturalmente relapsa a las influencias negativas del medio, que le llev&#243; a apiadarse de las infelices moras, y no porque no le agraden las hijas de Eva, aunque degeneradas, si estuviera &#233;l en el valle en vez de andar a cuchilladas con sus maridos, refocilar&#237;a la carne tanto y tan regaladamente como hicieran los otros, sin embargo, lo de cortarles el cuello que un minuto antes hab&#237;a besado y mordido de placer, eso no. Acepta Raimundo Silva a Mogueime como personaje, pero considera que algunos puntos han de ser previamente esclarecidos para que no queden malentendidos que puedan perjudicar, m&#225;s tarde, cuando ya los lazos del afecto inevitable que unen al autor a sus mundos se hayan hecho inquebrantables, perjudicar, dec&#237;amos, la plena asunci&#243;n de causas y efectos que han de apretar ese nudo con la doble fuerza de la necesidad y de la fatalidad. Es preciso, efectivamente, saber qui&#233;n miente aqu&#237; y qui&#233;n dice la verdad, y no estamos pensando en la cuesti&#243;n de los nombres, si es Mogueime o Moqueime, como tampoco falta quien le llame, o Moigema, como est&#225; dicho, cierto es que los nombres son importantes, pero s&#243;lo llegan a serlo despu&#233;s de conocerlos, antes de eso una persona no es sino una persona, y basta, la miramos, est&#225; all&#237;, podemos reconocerla en otro lugar, la conozco, decimos, y basta. Y si, en fin, acabamos sabiendo c&#243;mo se llama, lo m&#225;s seguro es que del nombre conjunto nos limitemos a escoger o recibir, como m&#225;s precisa identificaci&#243;n, s&#243;lo una parte de &#233;l, lo que prueba que, siendo el nombre importante, no todo &#233;l tiene la misma importancia, que Einstein se llamara Alberto nos es relativamente indiferente, como tampoco nos pesa no saber qu&#233; otros nombres ten&#237;a Homero. Lo que s&#237; querr&#237;a Raimundo Silva averiguar es si las aguas de las fuentes de Atamarma eran realmente dulces, como afirm&#243; Mogueime, anunciando la lecci&#243;n futura de la Cr&#243;nica dos Cinco Reis de Portugal, o si, por el contrario, eran amargas, como expresamente declara el otras veces citado Fray Ant&#243;nio Brand&#227;o en su estimada Cr&#243;nica de Don Afonso Henriques, el cual llega al extremo de decir que por ser aguas amargosas es por lo que a la fuente la llamaban de la Atamarma, lo que puesto en vern&#225;culo inteligible equivale a decir, rigurosamente, Fuente de las Aguas Amargas. Aunque no sea una cuesti&#243;n especialmente importante, se dio Raimundo Silva el trabajo de reflexionar lo suficiente para concluir que, l&#243;gicamente, aunque sepamos que no siempre la realidad sigue el recto camino de la l&#243;gica, no tendr&#237;a sentido, siendo las aguas de la tierra en general dulces, pretender distinguir una fuente por aquello que pertenece al com&#250;n de ellas, motivo por el que tampoco se llamar&#237;a fuente del culantrillo a una que estuviera rodeada de helechos, pens&#243; entonces, hasta posterior verificaci&#243;n de otras fuentes, hist&#243;ricas y documentales, que ser&#237;an amargas las aguas de la Atamarma, y, continuando sus pensamientos, que un d&#237;a deber&#225; ir a saberlo de manera pr&#225;ctica, es decir bebi&#233;ndolas, con lo que llegar&#225;, experimental y probablemente, a la conclusi&#243;n, al fin definitiva, de que son salobres, satisfaciendo as&#237; a la gente toda, una vez que salobre se puede decir que est&#225; a medio camino entre lo dulce y lo amargo.

Sin embargo, de nombres y paladares no cuida Raimundo Silva tanto como parece, a pesar de la extensi&#243;n y demora de estos debates m&#225;s pr&#243;ximos, quiz&#225; s&#243;lo demostrativos de tal pensamiento oblicuo que la doctora Mar&#237;a Sara crey&#243; reconocer en &#233;l, conoci&#233;ndolo todav&#237;a tan poco. Lo que realmente preocupa al corrector, ahora que ya ha aceptado a Mogueime como personaje, es encontrarlo en contradicci&#243;n, si no en flagrante mentira, situaci&#243;n para lo que no puede haber otra alternativa que la verdad, pues aqu&#237; no ha quedado espacio para una nueva fuente de la Atamarma ofreciendo conciliadoramente unas aguas que no son ni s&#237; ni no. Dijo Mogueime, y muy por lo claro lo explic&#243;, que subi&#243; a los hombros de Mem Ramires para prender la escala en las almenas del moro, lo que, por otra parte, vendr&#237;a a demostrar, por la v&#237;a del hecho hist&#243;rico, lo que a&#250;n pod&#237;amos imaginar que eran aquellas edades, tan pr&#243;ximas a la de oro que de ella conservaban el brillo de ciertas acciones, en este caso haber dado un hidalgo de la corte de Don Afonso su precioso cuerpo para soporte, plinto y pedestal de los plebey&#237;simos pies de un soldado sin otros m&#233;ritos aparentes que haber crecido m&#225;s que los otros. Pero lo que Mogueime dijo, y, por otra parte, nos lo confirma Fray Ant&#243;nio Brand&#227;o, lo desmiente el texto m&#225;s antiguo de la Cr&#243;nica dos Cinco Reis, donde se escribe, sin quitar ni poner, que Don Mendo ouue gram dor em seu cora&#231;&#227;o se por uentura se espantass&#234; as vellas pello som e amergeosse e esteue quedo h&#251; pouco amp; depois fez lan&#231;ar curuo h&#251; mancebo Mogueime e sobio a&#231;ima com asina delrey e por cima delle fez lan&#231;ar a escada ao muro, y queda la cosa muy l&#237;mpida y clara, pese a las particularidades l&#233;xicas y ortogr&#225;ficas, lo que se lee es que Mogueime se curv&#243; para que a su lomo se subiera Mem Ramires, y que por orden de &#233;ste lo hizo, no hay prestidigitaciones de interpretaci&#243;n ni casu&#237;sticas de lenguaje que admitan una lectura diferente. Raimundo Silva tiene ante &#233;l los dos textos, los compara, ninguna duda puede subsistir, Mogueime es indiscutiblemente mentiroso, tanto por lo que resulta de la l&#243;gica de las situaciones jer&#225;rquicas, &#233;l soldado, capit&#225;n el otro, cuanto por la autoridad particular de que se inviste, como texto anterior que es, la Cr&#243;nica dos Cinco Reis. Las personas s&#243;lo interesadas en las grandes s&#237;ntesis hist&#243;ricas tendr&#225;n estas cuestiones por irremediablemente rid&#237;culas, pero a lo que nosotros debemos atender es a Raimundo Silva, que tiene una tarea que cumplir y que de entrada se ve enfrentado con la dificultad de convivir con personaje tan dudoso, este Mogueime, Moqueime o Moigema, que, aparte de mostrar que no sabe exactamente qui&#233;n es, por ventura anda maltratando la verdad que, como testigo presencial, ser&#237;a deber suyo respetar y transmitir a los venideros, nosotros.

No obstante, dijo el otro, que tire la primera piedra quien se encuentre sin pecado. Realmente, es mucho m&#225;s f&#225;cil acusar, Mogueime miente, Mogueime minti&#243;, pero nosotros, aqu&#237;, mayormente instruidos en las mentiras y verdades de los &#250;ltimos veinte siglos, con la psicolog&#237;a labrando las almas, y el mal traducido psicoan&#225;lisis, m&#225;s el resto, para cuya simple enunciaci&#243;n se requerir&#237;an cincuenta p&#225;ginas, no deber&#237;amos marcar a fuego los defectos ajenos, si tan indulgentes solemos ser con los nuestros propios, la prueba es que no hay recuerdo de alguien que, severo y radical juzgador de los actos por s&#237; cometidos, llevase su &#225;nimo ejecutorio al extremo de apedrear su propio cuerpo. Por otra parte, regresando al pasaje evang&#233;lico, nos es l&#237;cito dudar de que el mundo estuviera en aquel tiempo tan empedernido de vicios que para salvarse necesitara del Hijo de un Dios, pues es el propio episodio de la ad&#250;ltera el que est&#225; ah&#237; demostr&#225;ndonos que las cosas no iban tan mal all&#225; en Palestina, ahora s&#237; que est&#225;n p&#233;simas, v&#233;ase c&#243;mo en aquel remoto d&#237;a no fue lanzada ni una piedra m&#225;s contra la infeliz mujer, bast&#243; que profiriera Jes&#250;s las fatales palabras y de s&#250;bito se recogieron las manos agresoras, de esta manera declarando, confesando e incluso proclamando sus due&#241;os que s&#237; se&#241;or, que &#233;l ten&#237;a raz&#243;n, que en pecado estaban. Ahora bien, una gente que fue capaz de reconocerse culpada p&#250;blicamente, aunque de modo impl&#237;cito, no estar&#237;a del todo perdida, sino que conservaba intacto en s&#237; un principio de bondad, autoriz&#225;ndonos pues a concluir, con m&#237;nimo riesgo de error, que habr&#225; habido quiz&#225; alguna precipitaci&#243;n en la venida del Salvador. Hoy, s&#237;, habr&#237;a valido la pena, pues no s&#243;lo los corruptos perseveran en el camino de su corrupci&#243;n, sino que se va haciendo cada d&#237;a m&#225;s dif&#237;cil encontrar razones para interrumpir una lapidaci&#243;n comenzada.

A primera vista, no parecer&#225; que estas digresiones moralizantes tengan una relaci&#243;n suficiente con la resistencia que Raimundo Silva ha mostrado en aceptar a Mogueime como personaje, pero pronto se comprender&#225; la utilidad de ellas cuando recordemos que Raimundo Silva, suponiendo que est&#233; libre de faltas mayores, tiene culpas habituales en otra, sin duda no menor, pero mundanalmente tolerada por m&#233;rito de su propia divulgaci&#243;n y accesibilidad, y que es el fingimiento. De sobras sabe &#233;l que no hay mayor diferencia entre mentir sobre qui&#233;n subi&#243; sobre los hombros de qui&#233;n, si yo a los de Mem Ramires o si Mem Ramires a los m&#237;os, y, s&#243;lo por dar un ejemplo, el acto banal de te&#241;irse el pelo, todo es, al fin y al cabo, cuesti&#243;n de vanidad, deseo de bien parecer, tanto en lo f&#237;sico cuanto en lo moral, pudiendo incluso ya desde ahora, imaginarse un tiempo en que el comportamiento humano ser&#225; todo &#233;l artificioso, posterg&#225;ndose, sin m&#225;s contemplaciones, la sinceridad, la espontaneidad, la simplicidad, esas bon&#237;simas y luminosas cualidades de car&#225;cter que tanto trabajo costaron definir e intentar practicar en las &#233;pocas ya distantes en que, aunque conscientes de haber inventado la mentira, todav&#237;a nos cre&#237;amos capaces de vivir la verdad.

Mediada la tarde, en una pausa, entre las dificultades del cerco y las futilidades de la novela, esa que la editorial espera, Raimundo Silva sali&#243; a la calle, a despejarse un poco. No pensaba m&#225;s que en eso, en dar una vuelta, en distraerse, en ordenar ideas. Pero habiendo pasado ante la puerta de una florista, entr&#243; y compr&#243; una rosa. Blanca. Y ahora vuelve a casa, un poco avergonzado por llevar una flor en la mano.


Sin aviso ni advertencia, de sa&#241;a, atacaron los aviones japoneses a la escuadra norteamericana que estaba remozando obras vivas en Pearl Harbour, y fue all&#237; el destrozo que se sabe, regular en cuanto a p&#233;rdidas de gente, si comparamos con Hiroshima y Nagasaki, pero de consecuencias catastr&#243;ficas en lo que toca a bienes materiales, acorazados, portaaviones, destructores y el resto, un perjuicio capaz de arrasar las finanzas, en total trece barcos enviados al fondo sin que alguna vez hubieran llegado a disparar un tiro en serio, quitando los de las maniobras. Fue una causa remota del naval desastre el haberse perdido, en una hora cualquiera de aquella noche de los tiempos que guarda los secretos, haberse perdido, dec&#237;amos, la costumbre caballeresca de mandar publicar las guerras con un aviso previo de tres d&#237;as, para que al enemigo no le faltase tiempo de prepararse, o, prefiri&#233;ndolo, de ponerse a salvo, otros&#237; para que no cayese, sobre quien decidiera romper la tregua, la mancha infamante de desleal al honor militar. Tiempos aquellos que jam&#225;s volver&#225;n. Porque una cosa es atacar en silencio de la noche, sin tambores ni trompetas, pero habiendo antes mandado recado, otra ser&#237;a, sin aviso ni advertencia, entrar con pisadas de gato y armas prestas hasta unos portones descuidadamente abiertos y meterse adentro a matar. Ya sabemos que nadie puede huir de su destino, y est&#225; muy claro que las mujeres y los ni&#241;os de Santarem estaban marcados para morir aquella noche, &#233;se era un punto en el que hab&#237;an llegado a un acuerdo el Al&#225; de los moros y el Dios de los cristianos, pero al menos no podr&#237;an quejarse los infelices de que no hab&#237;an sido avisados, si se quedaron all&#237; fue por su libre voluntad, que a la villa de Santarem mand&#243; nuestro buen rey a Martim Moab y dos compa&#241;eros m&#225;s para que publicasen la guerra a los moros de all&#237; a tres d&#237;as, por tanto no incurr&#237;a Don Afonso Henriques en culpas mentales y reales cuando dijo, antes de la batalla, No perdon&#233;is sexo ni edad, muera el ni&#241;o en los brazos de su madre, y el viejo cargado de d&#237;as, la doncella moza, la vieja decr&#233;pita, porque pens&#243;, seg&#250;n el uso de la cautela prescrita en el c&#243;digo, que s&#243;lo lo estar&#237;an esperando a pie firme los guerreros moros, todos hombres y en el vigor de la edad.

Ahora bien, en este caso del que estamos ocup&#225;ndonos, el cerco de Lisboa, cualquier aviso hubiera sido redundante, no s&#243;lo por, a buen decir, estar las paces rotas desde la toma de Santarem, como por ser evidentes y manifiestas las intenciones de quien junt&#243; ej&#233;rcito tan numeroso en las colinas de m&#225;s all&#225; y si no puede a&#241;adirle unas cuantas divisiones m&#225;s es por culpa de un error tipogr&#225;fico agravado por sentimientos de despecho y de vanidad ofendida. No obstante, y aun as&#237;, hay que cumplir y respetar las formalidades, adapt&#225;ndolas a cada caso, y por esto determin&#243; el rey que fuesen a parlamentar con el gobernador de la ciudad Don Jo&#227;o Peculiar y Don Pedro Pit&#227;es, acompa&#241;ados de hidalgu&#237;a bastante, con refuerzo de hombres de armas en proporci&#243;n, tanto para el lucimiento como para la seguridad. Con vista a esquivar la sorpresa de una traici&#243;n irreparable, no atravesaron el estero, pues no es necesario ser estratega como Napole&#243;n o Clausewitz para darse cuenta de que, si a los moros les diese por echar mano a los emisarios y &#233;stos quisieran huir, el estero all&#237; estar&#237;a para cortar cualquier tentativa de retirada r&#225;pida, si es que las tropas de asalto moriscas, entretanto, en maniobra envolvente, no hab&#237;an destruido ya las barcazas de desembarco. Dieron pues los nuestros la vuelta por donde fue dicho que la vuelta ten&#237;a que ser dada, siguiendo la Rua das Taipas abajo hasta el Salitre, despu&#233;s, con el susto natural de quien entra en campo enemigo, resbalando en el barro en direcci&#243;n a la Rua das Pretas, luego subiendo y bajando, primero al Monte de Santa Ana, despu&#233;s por la Rua de S. L&#225;zaro, pasando a vado el arroyo que viene de Almirante Reis, y otra vez fatigosamente trepando, qu&#233; idea &#233;sta, venir a conquistar una ciudad toda ella en altos y bajos, por la Rua dos Carvaleiros y por la Cal&#231;ada de Santo Andr&#233;, hasta las inmediaciones de la puerta hoy llamada de Martim Moniz, sin raz&#243;n alguna. La caminata fue larga, peor con este calor, pese a la hora matinal en que salieron, las mulas tienen el pelo empapado en espuma, y los caballos, pocos, van en el mismo estado, si no peor, por cuanto les falta la resistencia de los h&#237;bridos, son bestias m&#225;s delicadas. En cuanto a la infanter&#237;a, aunque ya el sudor les chorrea, no se queja, pero si, mientras todos esperan que la puerta se abra, alg&#250;n pensamiento entretiene a los de a pie, es que despu&#233;s de tal fatiga, a campo traviesa, no vaya a ser preciso pelear ni un poquito. Mogueime est&#225; aqu&#237;, le cay&#243; en suerte ir en el destacamento, y delante, cerca del arzobispo, vemos tambi&#233;n a Mem Ramires, es una coincidencia interesante que se hayan juntado en este hist&#243;rico momento dos de los principales protagonistas del episodio de Santarem, ambos con igual influencia en el desenlace, por lo menos mientras no sea definitivamente averiguado a qui&#233;n de ellos le toc&#243; hacer de burro del otro. El personal que viene a este parlamento es todo de portugueses, no le pareci&#243; bien al rey servirse de extranjeros para refuerzo del ultim&#225;tum, aunque, dicho sea de paso, subsistan grandes dudas sobre si el arzobispo de Braga pertenec&#237;a, de hecho, a nuestra sangre lusitana, pero en fin, ya en esos antiguos tiempos hab&#237;a comenzado la fama que hemos mantenido hasta hoy de recibir bien a la gente de fuera distribuy&#233;ndoles cargos y prebendas, y este Don Jo&#227;o Peculiar, por su parte, nos pag&#243; multiplicado en servicios patri&#243;ticos. Y si, como tambi&#233;n se dice, era realmente portugu&#233;s, y de Coimbra, ve&#225;moslo como pionero de nuestra vocaci&#243;n migratoria, de la magn&#237;fica di&#225;spora, pues toda su juventud la pas&#243; en Francia, estudiando, debiendo notarse aqu&#237; una acentuada diferencia con relaci&#243;n a las tendencias recientes de nuestra emigraci&#243;n hacia aquel pa&#237;s, plut&#244;t adscrita a trabajos sucios y pesados. Quien es indudablemente extranjero, pero contado aparte por venir en misi&#243;n especial, ni parlamentario ni hombre de guerra, es aquel fraile de pelo apanochado y rostro pecoso, aquel a quien ahora mismo o&#237;mos que llaman Rogeiro, pero que realmente tiene por nombre Roger, lo que dejar&#237;a abierta la cuesti&#243;n de si es ingl&#233;s o normando, si no fuera ella despreciable para el asunto que nos ocupa. Avisado por el obispo de Oporto de que estuviera pronto a escribir, lo que significa que el tal Roger o Rogeiro vino como cronista, cosa que ahora se evidencia al sacar &#233;l de la alforja los materiales de escritura, s&#243;lo estiletes y tablillas, ya que con los meneos de la mula se derramar&#237;a la tinta y desparramar&#237;a la letra, todo esto, ya se sabe, son suposiciones de un narrador preocupado con la verosimilitud m&#225;s que con la verdad, que tiene por inalcanzable. Este Rogeiro no conoce una palabra de ar&#225;bigo ni de gallego, pero en este caso no ser&#225; impedimento la ignorancia, pues todo el debate, vaya por donde vaya, se har&#225; en lat&#237;n, gracias a los int&#233;rpretes y a los traductores simult&#225;neos. En lat&#237;n hablar&#225; el arzobispo de Braga, para el ar&#225;bigo traducir&#225; uno de estos frailes que vinieron, si no se prefiere recurrir a Mem Ramires, representante del ej&#233;rcito ilustrado, que ya ha demostrado competencia m&#225;s que suficiente, despu&#233;s responder&#225; el moro en su lengua, que igualmente otro fraile transportar&#225; al lat&#237;n, y as&#237; sucesivamente, lo que no sabemos es si habr&#225; por aqu&#237; alguien encargado de pasar al gallego un resumen de cuanto se diga, para que se vayan enterando del debate los portugueses de una lengua sola. Lo cierto es que, con todas estas demoras, si los discursos les salen largos, vamos a pasar aqu&#237; el resto de la tarde.

Terrazas, almenas y caminos de ronda del alc&#225;zar est&#225;n abarrotados de oscuros y barbados moros que hacen gestos de amenaza, aunque callados, ahorrando palabras, que tal vez los cristianos acaben por retirarse, como hicieron hace cinco a&#241;os, y siendo as&#237; ser&#237;an ofensas perdidas. Se abrieron de par en par las dos hojas de la puerta, reforzadas con clavos y trancas de hierro, y salieron por ellas unos cuantos moros a marcha lenta, uno de ellos, pasado de edad, podr&#237;a ser el gobernador, t&#237;tulo este que da para todo y en el caso usado a falta de certeza en cuanto al propio, exacto y preciso, al fin no mencionado por ser tan dudoso acertar entre los dos o tres posibles, aparte de que no se puede excluir la posibilidad que desde dentro hayan mandado a negociar, por ejemplo, a un alfaqu&#237;, a un cad&#237;, a un emir, o incluso a un muft&#237;, aunque la mayor&#237;a son funcionarios y hombres de guerra, en n&#250;mero rigurosamente igual al de los portugueses que est&#225;n fuera, por eso habr&#225;n tardado tanto los moros en salir, primero fue preciso organizar el destacamento. En general, se imagina uno que las autoridades civiles, militares y religiosas de los antiguos tiempos estaban, todas ellas, dotadas de &#243;rganos vocales estent&#243;reos, capaces de hacerse o&#237;r a grandes distancias, tanto as&#237; que en los relatos hist&#243;ricos cuando alg&#250;n jefe tiene que arengar a las tropas o a otras multitudes, a nadie le extra&#241;a que sea o&#237;do sin dificultad por centenares y millares de oyentes rumorosos, muchas veces desasosegados, cuando bien sabemos el trabajo que hoy da instalar y afinar la electr&#243;nica para que lleguen al p&#250;blico de las &#250;ltimas filas sin desfallecimientos ac&#250;sticos, sin distorsiones y borrones de sonido que, evidentemente, afectar&#237;an los sentidos y alterar&#237;an los significados. As&#237; pues, yendo contra la costumbre y convenci&#243;n, y con una infinita pena por tener que desmentir aplaudid&#237;simas tradiciones de espect&#225;culo y de hist&#243;ricas escenograf&#237;as, somos obligados, por amor a la simple verdad, a declarar que los emisarios de un lado y del otro se encontraron a pocos pasos de distancia, y a ese f&#225;cil alcance hablaron, como &#250;nica manera de hacerse o&#237;r, quedando los circunstantes, tanto los moros del castillo como los portugueses de la compa&#241;a, a la espera del desenlace del coloquio diplom&#225;tico, o de lo que, durante &#233;l, vinieran los albriciareros a comunicar aprisa, unos fragmentos de frases, unos arrebatos ret&#243;ricos, unas s&#250;bitas angustias, unas dudosas esperanzas. As&#237; definitivamente quedaremos sabiendo que no resonaron sobre los valles los ecos del debate ni de monte en monte saltaron, los cielos no se conmovieron, no tembl&#243; la tierra, el r&#237;o no se volvi&#243; atr&#225;s, y es que realmente a tanto no han podido llegar hasta hoy las palabras de los hombres, incluso siendo de guerra y amenaza como &#233;stas, al contrario de lo que imagin&#225;bamos por ingenua confianza en las exageraciones de los &#233;picos.

Dijo el arzobispo, y Rogeiro luego en modo abreviado y taquigr&#225;fico dej&#243; registro, quedando para m&#225;s tarde los embellecimientos oratorios con que brindar&#225; aquel su destinatario distante, Osberno llamado, dondequiera que est&#233; y quienquiera que sea, aunque ya introduciendo redondeos de labra propia, fruto de la inspiraci&#243;n estimulada, Vinimos aqu&#237; para reconciliarnos, empez&#243; el arzobispo, y continu&#243;, pues hemos pensado que siendo todos, nosotros y vosotros, hijos de la misma naturaleza y de un mismo principio, mal parecer&#237;a que prosigui&#233;ramos en esta m&#225;s que desagradable contienda, y as&#237; gustar&#237;amos que creyeseis que no hemos venido ac&#225; para tomar la ciudad o despojaros de ella, por donde ya pod&#233;is ir empezando a apreciar la benignidad de los cristianos en general, que aun cuando exigen lo que es suyo, no roban lo ajeno, y si nos argument&#225;is que a eso mismo hemos venido, responderemos que s&#243;lo reivindicamos como de nuestro derecho la posesi&#243;n de esta ciudad, y que si en vos existen ni que sean s&#243;lo vestigios de los principios de justicia natural, sin m&#225;s ruegos, con vuestros bagajes, dinero y peculios, con vuestras mujeres e hijos, sin duda demandar&#233;is la patria de los moros que sois y de donde malamente vinisteis, dej&#225;ndonos lo que nuestro es, no, dejadme que acabe, bien veo que mov&#233;is la cabeza a un lado y otro, mostrando ya con el gesto el no que la boca a&#250;n no ha dicho, atended que vosotros, los de la raza de los moros y moabitas, fraudulentamente robasteis al vuestro y nuestro reino el reino de Lusitania, destruyendo, hasta hoy, villas y aldeas e iglesias, son pasados ya trescientos cincuenta y ocho a&#241;os desde que injustamente ten&#233;is nuestras ciudades y la posesi&#243;n de las tierras, pero en fin, visto que ocup&#225;is Lisboa desde tan larga data y en ella nacisteis, queremos usar con vosotros de la acostumbrada bondad y os pedimos que nos entregu&#233;is s&#243;lo la fortaleza de vuestro castillo, quedando cada uno de vosotros con su antigua libertad, porque no queremos expulsaros de vuestras casas, donde os protesto que podr&#233;is vivir dentro de las costumbres, a no ser que, por la conversi&#243;n, quisierais libremente aumentar la Iglesia de Dios, &#250;nica y verdadera, quien os avisa amigo es, una ciudad como &#233;sta de Lisboa est&#225; expuesta a la ambici&#243;n de muchos, de tan rica que sabemos que es y de tan feliz como parece, ved ah&#237; los campamentos, las naves, la multitud de hombres conjurados contra vosotros, por eso os imploro, evitad la desolaci&#243;n de los campos y de los frutos, compadeceos de vuestras riquezas, compadeceos de vuestra sangre, aceptad la paz ofrecida mientras a&#250;n os es favorable nuestra disposici&#243;n, pues bien deb&#233;is saber que mejor es la paz que se obtiene sin lucha que la alcanzada con mucha sangre, como m&#225;s agradable es la salud que nunca se perdi&#243; que la salud que a la fuerza y como que compelida se salva de dolencias graves y casi mortales, no por acaso os lo digo, reparad cu&#225;n grave y peligrosa es la dolencia que os ataca, que a no ser que tom&#233;is una resoluci&#243;n salut&#237;fera, una de dos acontecer&#225;, o logr&#225;is debelar el mal, o ser&#233;is v&#237;ctimas de &#233;l, y ya os digo que no os fatigu&#233;is en buscar terceras alternativas, antes deber&#233;is acautelaros, pues hab&#233;is llegado al fin, cuidad pues vuestra salud cuando a&#250;n es tiempo, recordad el dictado romano, En la arena se aconseja el gladiador, y no me respond&#225;is que moros sois y no gladiadores, que yo os dir&#237;a que el dictado os sirve como a ellos, si vais a morir, y dicho esto, no tengo m&#225;s que argumentar con vosotros, si alguna cosa ten&#233;is que decir, decidla ya, y breve.

No parecieron palabras propias de un pastor de almas, esta sequedad fr&#237;a que se adivina bajo las blanduras y las melifluas, rompiendo al fin en intimaci&#243;n brutal, pero, antes de seguir adelante, dejemos constatar nueva menci&#243;n, ahora subrayada, de aquel de alg&#250;n modo inesperado reconocimiento de que la gente que aqu&#237; est&#225;, cristiana y mora, es toda ella hija de la misma naturaleza y de un mismo principio, lo que significar&#225;, suponemos, que Dios, de la naturaleza padre y &#250;nico autor del principio del que los principios vinieron, es incuestionablemente padre y autor de estos desavenidos hijos, los cuales, al combatir unos con otros, ofenden gravemente a la paternidad com&#250;n en su no repartido amor, pudiendo decirse incluso, sin exagerar, que es sobre el inerme cuerpo de Dios viejo donde vienen peleando hasta la muerte las criaturas sus hijos. Dio en aquellas palabras el arzobispo de Braga clara muestra de saber que Dios y Al&#225; es todo lo mismo, y que remont&#225;ndose en el tiempo en que nada y nadie ten&#237;a nombre, entonces no se encontrar&#237;an diferencias entre moros y cristianos sino las que se pueden encontrar entre hombre y hombre, color, corpulencia, fisonom&#237;a, pero lo que probablemente no habr&#225; pensado el prelado, ni tanto le podemos exigir, teniendo en cuenta el atraso intelectual y el analfabetismo generalizado de aquellas &#233;pocas, es que los problemas siempre empiezan cuando entran en escena los intermediarios de Dios, se llamen ellos Jes&#250;s o Mahoma, por no hablar de profetas y de anunciadores menores. Ya es mucho de agradecerle que vaya tan hondo en la v&#237;a de la especulaci&#243;n teol&#243;gica un arzobispo de Braga armado y equipado para la guerra, con su cota de malla, su montante suspenso del arz&#243;n de la mula, su yelmo de nasal, quiz&#225; no le permitan las mismas armas que lleva llegar a conclusiones de humanitaria l&#243;gica, pues ya entonces se pod&#237;a ver hasta qu&#233; punto los artefactos de la guerra pueden conducir a un hombre a pensar de modo diferente, lo sabemos mucho mejor hoy, aunque a&#250;n no lo suficiente como para que retiremos las armas a quien, en general, de ellas se sirve como &#250;nico cerebro. Pero lejos de nosotros la intenci&#243;n de ofender a esos hombres a&#250;n poco portugueses que andan combatiendo para crear una patria que les sirva, en campo abierto cuando fuere necesario, por traici&#243;n cuando convenga, que las patrias as&#237; nacieron y fructificaron, sin excepci&#243;n, por eso, habiendo ca&#237;do en todas, puede la mancha pasar por adorno y se&#241;al de mutua absoluci&#243;n.

Divagando por estas posiblemente arriesgadas consideraciones, llegamos a perder el comienzo de la respuesta del gobernador moro, y l&#225;stima es, porque &#233;l, seg&#250;n lo que el albriciero fue capaz de sentir y resumir, habr&#237;a empezado por lanzar algunas dudas sobre el derecho e incluso sobre la simple pertinencia geogr&#225;fica de la alusi&#243;n al reino de Lusitania. Fue una pena, repetimos, porque la controvertida cuesti&#243;n de los l&#237;mites y, m&#225;s que ella, la de ser al fin nosotros todos descendientes y herederos hist&#243;ricos de los famosos lusitanos, habr&#237;a recibido, tal vez, de la argumentaci&#243;n de gente tan ilustrada como eran, en aquel tiempo, los letrados moros, alguna claridad, aunque la acabasen rechazando, por desfavorable, el orgullo y la patri&#243;tica presunci&#243;n de quien no puede reconocerse vivo sin llevar en la sangre, al menos, dos o tres gotas de la de Viriato. Y es incluso probable que, habi&#233;ndose concluido que de Lusitania tenemos a&#250;n menos que eso, y en consecuencia menos propenso debi&#233;ndose hallar Andr&#233; de Resende a extraer de Luso lus&#237;ada, es casi cierto, diremos, que Cam&#245;es no encontrase mejor soluci&#243;n que llamar a su libro, banalmente, Los Portugueses. Que somos nosotros, por lo poco que nos aprovecha, y ahora s&#237;, antes de que el resto del discurso se pierda tambi&#233;n, d&#233;mos o&#237;dos y atenci&#243;n al gobernador de los moros, notando ya c&#243;mo sale tranquila su voz, en el tono de quien sosegadamente discurre sobre algunos datos de evidencia y de ella no piensa apartarse, C&#243;mo quer&#233;is, preguntaba &#233;l, que creamos en eso que dijisteis de que s&#243;lo dese&#225;is que os entreguemos la fortaleza de nuestro castillo, quedando nosotros en libertad, y que no quer&#233;is expulsarnos de nuestras casas, si os desmiente el ejemplo de lo que hab&#233;is hecho en Santarem, donde por muerte atroc&#237;sima hasta a los viejos robasteis la poca vida que les quedaba, y a las indefensas mujeres degollasteis como a corderos inocentes, y a los ni&#241;os descuartizasteis sin que os derritiera el coraz&#243;n su d&#233;bil clamor, no me dig&#225;is ahora que se han apagado de vuestra memoria los tristes sucesos, que si es verdad que no podemos traeros aqu&#237; a los muertos de Santarem, podemos, eso s&#237;, llamar a todos cuantos, heridos, llagados y mutilados, tuvieron a&#250;n fuerzas para recogerse en nuestra ciudad, esos mismos a quienes quer&#233;is exterminar de una vez, y a nosotros con ellos, pues no os ha bastado el primer crimen, desenga&#241;aos pues, que nunca fue nuestra intenci&#243;n entregaros Lisboa pac&#237;ficamente o someterla a vuestro dominio, dej&#225;ndonos quedar en ella, concordad que ser&#237;a grande nuestra ingenuidad si cambi&#225;semos lo cierto por lo incierto, lo seguro por lo dudoso, fiados s&#243;lo de esa palabra que tan poco vale, la vuestra. Hizo el obispo de aporto un gesto violento, como si fuese a interrumpir al moro, pero el arzobispo le cort&#243; el arrebato, Estad quedo y oigamos lo que falta, vos tendr&#233;is la &#250;ltima palabra. El moro continuaba, Esta ciudad fue otrora de los vuestros, sin embargo ahora es nuestra, y en el futuro tal vez vuestra vuelva a ser, pero eso pertenece a Dios que nos la dio cuando quiso y nos la quitar&#225; cuando le apetezca, porque ninguna muralla es inexpugnable contra las deliberaciones de su voluntad, as&#237; lo hemos cre&#237;do nosotros siempre, porque s&#243;lo queremos lo que fuera del agrado de Dios, que tantas veces salv&#243; de vuestras manos nuestra sangre, y a quien, por tanto, y con raz&#243;n, bien como a sus designios irrevocables, no dejamos de admirar, no s&#243;lo porque en su poder est&#225;n todos los males, sino tambi&#233;n porque, por su suprema raz&#243;n, nos sujeta a desgracias, dolores e injurias, en fin, marchad de aqu&#237;, pues s&#243;lo a hierro se abrir&#225;n las puertas de Lisboa, y en cuanto a esas desgracias inevitables que nos promet&#233;is, si tuvieren que acontecer, depender&#225;n del futuro, y atormentarnos con lo que est&#225; por venir es s&#243;lo locura y atracci&#243;n voluntaria de miserias. El moro hizo una pausa como para buscar otras razones, pero debi&#243; de parecerle in&#250;til, se encogi&#243; de hombros, y concluy&#243;, No os demor&#233;is m&#225;s tiempo, haced vos lo que pod&#225;is, y nos lo que fuere la voluntad de Dios.

Cayeron bien en el &#225;nimo de Raimundo Silva estas ponderadas palabras, no por el hecho de entregar a Dios la resoluci&#243;n de las diferencias que en Nombre de &#233;l y precisamente por su exclusiva causa llevan a los hombres a luchar unos contra otros, sino por una serenidad tan admirable ante la previsible muerte, que, siendo siempre cierta, resulta por as&#237; decir fatal al venir con figura de probable, parece esto una contradicci&#243;n, pero basta pensar un poco. Confrontando los dos discursos le pes&#243; al corrector ver c&#243;mo un simple moro a quien faltaban las luces de la verdadera fe, si bien adornado con patente de gobernador, supo, en prudencia y en elocuencia, librar m&#225;s alto vuelo que un arzobispo de Braga, pese a ser &#233;ste versado en concilios, bulas y doctrinales. Muy natural es propender en nosotros el deseo de que ganen en todo los nuestros, y a Raimundo Silva, aunque sospechando que haya en el cuerpo de la naci&#243;n a la que pertenece m&#225;s sangre de morisma que de arios lusitanos, le habr&#237;a gustado aplaudir la dial&#233;ctica de Don Jo&#227;o Peculiar en vez de tener que humillarse intelectualmente ante el discurso ejemplar de un infiel que no dej&#243; nombre en la historia. No obstante, cabe a&#250;n la posibilidad de que prevalezcamos al fin sobre el enemigo en esta justa oratoria, porque el obispo de Oporto toma la palabra, tambi&#233;n &#233;l armado, pone mano en el pu&#241;o del montante, sobre la cruz que all&#237; est&#225;, y dice, Ben&#233;volamente os hemos hablado, esperando encontrar en vosotros o&#237;dos ben&#233;volos, pero si irritados nos hab&#233;is escuchado, tiempo es que os digamos palabras irritadas, y ellas ser&#225;n para que qued&#233;is sabiendo cu&#225;nto desprecio sentimos por ese h&#225;bito vuestro de esperar el correr de los hechos y los males que nos vengan, cuando claramente se muestra qu&#233; fr&#225;gil y flaca es la esperanza que no depende de la confianza en el valor propio, y s&#237; de la desgracia ajena, es como si de antemano ya os reconocieseis vencido, y puesto que hab&#233;is hablado de lo incierto y del futuro, aprended que cuantas m&#225;s veces nos fue desfavorable el resultado de una empresa, tantas m&#225;s veces la retomaremos para que bien nos suceda, y habiendo sido frustradas contra vosotros todas nuestras tentativas hasta hoy, aqu&#237; estamos intent&#225;ndolo de nuevo, para que al fin experiment&#233;is el destino que os espera cuando entremos por esas puertas que ahora no nos quer&#233;is abrir, s&#237;, vivid vos lo que sea de la voluntad de Dios, que a nosotros esa misma voluntad nos har&#225; venceros, y sin m&#225;s que valga la pena de deciros, nos retiramos sin saludaros, como tampoco queremos vuestros saludos. Dichas estas palabras de insultante despedida, volvi&#243; el obispo de Oporto las riendas de su montura, aunque seg&#250;n la jerarqu&#237;a no compet&#237;a a &#233;l tomar tales iniciativas que lo hab&#237;a movido un impulso de su airado &#225;nimo, y ya llevaba en pos de s&#237; la compa&#241;&#237;a toda, cuando inesperada se levant&#243; la voz del moro, sin vestigio alguno de la insolente resignaci&#243;n que hab&#237;a puesto al prelado fuera de s&#237;, ahora hablaba con no menor insolencia y orgullo, y he aqu&#237; lo que dijo, Peligroso error es el vuestro si confund&#237;s paciencia con timidez de esp&#237;ritu y temor a la muerte, mirad que as&#237; no lo hicieron vuestros padres y abuelos, a quienes vencimos una y mil veces por la fuerza de las armas, por toda Espa&#241;a, bajo ese mismo suelo que pis&#225;is yacen algunos que creyeron poder oponerse a nuestro dominio, no cre&#225;is, pues, que han acabado para vosotros las derrotas, aqu&#237; contra estos muros se quebrar&#225;n vuestros huesos, aqu&#237; ser&#225;n cortadas vuestras manos &#225;vidas, id, y preparaos para morir, nosotros, lo sab&#233;is ya, siempre lo estamos.

No hay una nube en el cielo, el sol brilla alto y ardiente, una bandada de golondrinas va y viene, ruedan sobre las cabezas de los dos enemigos, y gritan &#225;speramente. Mogueime mira para el cielo, siente un estremecimiento, tal vez la causa sea el loco chillar de las aves, tal vez la amenaza del moro, el calor del sol no conforta, entrechoc&#225;ndose los dientes con un fr&#237;o s&#250;bito, verg&#252;enza de un hombre que con una simple escalera de mano hizo caer Santarem.

En el silencio se oy&#243; la voz del arzobispo de Braga, una orden dada al escribano, Fray Rogeiro, no dejar&#233;is constancia de lo que ha dicho ese moro, fueron palabras lanzadas al viento y nosotros ya no est&#225;bamos aqu&#237;, &#237;bamos bajando la cuesta de Santo Andr&#233;, camino del real donde el rey nos espera, &#233;l ver&#225;, sacando nosotros las espadas y haci&#233;ndolas brillar al sol, que ha comenzado la batalla, esto s&#237; pod&#233;is escribirlo.


En los primeros d&#237;as despu&#233;s de tirar los tintes con los que durante a&#241;os hab&#237;a escondido los estragos del tiempo, Raimundo Silva, como un sembrador ingenuo a la espera de ver romper el primer tallo, observaba con atenci&#243;n obsesiva, de la ma&#241;ana a la noche, la ra&#237;z de los cabellos, saboreando m&#243;rbidamente la expectativa del choque que ciertamente le iba a causar el surgimiento de su verdad capilar desnuda de artificio. Pero porque el cabello, a partir de cierta edad, es vagoroso en el crecer, o porque el &#250;ltimo tinte hubiera alcanzado, o te&#241;ido, las propias capas subcut&#225;neas, d&#237;gase de paso que todo esto no es m&#225;s que suposici&#243;n obligada por una necesidad de explicar lo que en definitiva poca importancia tiene, Raimundo Silva acab&#243; por ir dando cada vez menos importancia al caso, y &#250;ltimamente met&#237;a el peine al pelo tan libre de cuidados como si estuviera en su primera juventud, debiendo observarse no obstante que hab&#237;a en esta actitud cierta parte de mala fe, una especie de falsificaci&#243;n de s&#237; consigo mismo, m&#225;s o menos traducible en una frase que no fue dicha ni pensada, No veo porque soy capaz de fingir que no veo, lo que lleg&#243; a convertirse en una convicci&#243;n aparente, aunque no formulada, si es posible, e irracional, de que el &#250;ltimo tinte hab&#237;a sido definitivo, algo as&#237; como un premio concedido por el destino en pago de su valeroso gesto de renuncia a las futilidades del mundo. Hoy, sin embargo, que tiene que ir a la editorial a llevar la novela al fin le&#237;da y lista para la imprenta, Raimundo Silva, entrando en el cuarto de ba&#241;o, acerc&#243; lentamente el rostro al espejo, con dedos cautelosos empuj&#243; hacia arriba el flequillo, y no quiso creer lo que ve&#237;an sus ojos, all&#237; estaban las ra&#237;ces blancas, tan blancas que el contraste del color parec&#237;a volverlas fort&#237;simas, y ten&#237;an un aire s&#250;bito, si tal se puede decir, como si hubieran brotado de la noche al d&#237;a, mientras el sembrador, de puro cansancio, se hab&#237;a quedado dormido. En ese momento se arrepinti&#243; Raimundo Silva de la decisi&#243;n que hab&#237;a tomado, es decir, no lleg&#243; exactamente a arrepentirse, pero pens&#243; que pod&#237;a haberla aplazado alg&#250;n tiempo, eligi&#243; est&#250;pidamente la ocasi&#243;n menos oportuna, y la contrariedad que sinti&#243; fue tal que imagin&#243; que podr&#237;a tener por ah&#237; alg&#250;n frasco olvidado con un resto de tinte en el fondo, al menos hoy, ma&#241;ana volver&#233; a mis firmes resoluciones. Aun as&#237;, no busc&#243;, en parte por saber que lo hab&#237;a tirado todo, en parte porque, suponiendo que encontrara algo, tem&#237;a tener que decidir de nuevo, pues hab&#237;a la posibilidad de que acabara tomando la decisi&#243;n contraria permaneciendo en este juego de ida y vuelta de una voluntad incapaz de ser suficientemente fuerte pero que se niega a ceder de una vez para siempre a la flaqueza que reconoce en s&#237; mismo.

Cuando Raimundo Silva se puso por primera vez un reloj de pulsera, hace ya muchos a&#241;os, era entonces un jovenc&#237;simo adolescente, quiso la fortuna lisonjear su vanidad, inmensa, de andar paseando por Lisboa con la hermosa novedad, colocando en su camino nada menos que a cuatro personas ansiosas de saber qu&#233; hora era, Tiene hora, preguntaban, y &#233;l, generoso, ten&#237;a horas y las daba. El movimiento de extender el brazo para hacer retroceder la manga y dejar a la vista el reloj reluciente le confer&#237;a un sentimiento de importancia que nunca m&#225;s volver&#237;a a experimentar. Y menos ahora cuando va en el camino de casa a la editorial, intentando pasar inadvertido en la calle y entre los pasajeros del autob&#250;s, recogiendo el m&#237;nimo gesto que pueda atraer atenciones de quien, queriendo tambi&#233;n saber la hora, se quedase mirando con expresi&#243;n burlona la indisimulable l&#237;nea blanca de separaci&#243;n en lo alto de la frente mientras esperaba que &#233;l, nervioso, desembarazase el reloj de las tres mangas que hoy lo esconden, la camisa, la chaqueta, la gabardina, Son las diez y media, responde al fin Raimundo Silva, furioso y vejado. Un sombrero ser&#237;a &#250;til, pero es objeto que el corrector nunca us&#243;, y aunque lo usara, con &#233;l resolver&#237;a s&#243;lo una peque&#241;a parte de las dificultades, desde luego no va a entrar en la editorial con el sombrero encasquetado, Hola, c&#243;mo va eso, y pasar luego al despacho de la doctora Mar&#237;a Sara con el sombrero en la cabeza, Aqu&#237; tiene la novela, lo mejor sin duda ser&#225; hacer como si todo fuera natural, blanco, negro, te&#241;ido, se mira una vez, no se mira la segunda, a la tercera ya nadie se fija. Pero una cosa es reconocer esto por el intelecto, convocar a examen la relatividad que concilia todas las diferencias, preguntarse, con desprendimiento estoico, qu&#233; es, desde el punto de vista de Venus, una cana en la tierra, y otra cosa, terrible, enfrentarse con la telefonista, soportar su mirada indiscreta, imaginar las risitas y las murmuraciones que van a alimentar los ocios en los pr&#243;ximos d&#237;as, Silva ha dejado de te&#241;irse el pelo, est&#225; de un c&#243;mico subido, antes se hab&#237;an re&#237;do porque se lo te&#241;&#237;a, hay gente que en todo ve motivo de diversi&#243;n. Y de repente todas esas preocupaciones rid&#237;culas se fueron agua abajo porque la telefonista Sara estaba diciendo, La doctora Mar&#237;a Sara no est&#225;, est&#225; enferma, hace dos d&#237;as que no viene, con tan simples palabras se vio Raimundo Silva dividido entre dos sentimientos contrarios, el contento de que ella no pudiera verle el pelo blanco despuntando, y una aflicci&#243;n desmedida, que no ven&#237;a de la enfermedad, de cuya gravedad a&#250;n no sab&#237;a nada, pod&#237;a ser una gripe sin complicaciones, o una indisposici&#243;n accidental, cosas de mujeres, por ejemplo, pero de repente se vio como perdido, uno arriesga tanto, se somete a humillaciones, todo para poder entregar en propia mano el original de una novela, y la mano no est&#225; all&#237;, reposa tal vez en una almohada al lado del p&#225;lido rostro, d&#243;nde, hasta cu&#225;ndo. Raimundo Silva, en un segundo, comprende que si demor&#243; la entrega del trabajo fue para saborear, con voluptuosidad inconsciente, la espera de un momento que ahora se le escapa, La doctora Mar&#237;a Sara no est&#225;, dijo la telefonista, y &#233;l hizo un movimiento para retirarse, pero despu&#233;s record&#243; que ten&#237;a que entregar el original a alguien, a Costa, evidentemente, El se&#241;or Costa est&#225;, pregunt&#243;, en ese momento se dio cuenta de que se hab&#237;a colocado de perfil con relaci&#243;n a la telefonista, con el prop&#243;sito obvio de hurtarse a la contemplaci&#243;n, e, irritado ante la demostraci&#243;n de flaqueza, gir&#243; sobre los talones para enfrentarse con todas las curiosidades del mundo, pero Sarita ni lo mir&#243;, estaba ocupada metiendo y sacando clavijas de la central telef&#243;nica, a&#250;n de modelo antiguo, y se limit&#243; a hacer un gesto afirmativo, al mismo tiempo que con un vago movimiento de cabeza apuntaba al corredor de entrada, significando todo aquello que Costa estaba y que para Costa no era necesario anunciar a este visitante, cosa que Raimundo Silva sab&#237;a muy bien, pues antes de que llegara all&#237; la doctora Mar&#237;a Sara no ten&#237;a m&#225;s que entrar e ir en busca de Costa que, siendo Producci&#243;n, pod&#237;a estar en cualquiera de los otros despachos, pidiendo, reclamando, protestando, o simplemente, disculp&#225;ndose en la administraci&#243;n, como siempre ten&#237;a que hacer, fuese o no fuese responsabilidad suya, cuando hab&#237;a fallos en el programa.

La puerta del despacho de la doctora Mar&#237;a Sara est&#225; cerrada. Raimundo Silva la abre, mira adentro y siente una opresi&#243;n en el diafragma, no por el hecho en s&#237; mismo de la ausencia, sino por una impresi&#243;n desoladora de vac&#237;o, de &#250;ltimo abandono, sugerida tal vez por la ordenaci&#243;n rigurosa de los objetos, que, pens&#243; &#233;l alg&#250;n d&#237;a, s&#243;lo es soportable cuando la perturba una presencia humana. Sobre la mesa se inclinaba, desmayada, una rosa blanca, dos p&#233;talos se hab&#237;an desprendido ya, Raimundo Silva cerr&#243; la puerta, no pod&#237;a continuar all&#237;, sujeto a que apareciese alguien, pero esta idea del despacho vac&#237;o, donde la &#250;nica vida, la de la rosa, se marchitaba lentamente, traspas&#225;ndose hacia la muerte por un largo desvanecimiento de las c&#233;lulas, lo llen&#243; de malos presentimientos, de negros ag&#252;eros, todo muy fuera de lugar, pensar&#225; poco despu&#233;s, Qu&#233; tengo que ver yo con esta se&#241;ora, pero ni este fingido desprendimiento lo tranquilizar&#225;. Costa lo atendi&#243; cordialmente, S&#237;, la doctora Mar&#237;a Sara est&#225; enferma, d&#233;me eso a m&#237;, palabras in&#250;tiles todas ellas, que Mar&#237;a Sara estaba enferma ya lo sab&#237;a Raimundo Silva, que Costa tomar&#237;a el original era algo m&#225;s que previsible, y, en cuanto al resto, qu&#233; m&#225;s daba, poco le importaba el destino pr&#243;ximo o remoto de la novela, lo que &#233;l quer&#237;a era obtener informaciones, que nadie le dar&#237;a, claro est&#225;, si por ellas no preguntaba, un empleado que ha enfermado no justifica la publicaci&#243;n por la casa de boletines m&#233;dicos de hora en hora. Arriesg&#225;ndose, pues, a ver la extra&#241;eza de Costa ante su inter&#233;s, Raimundo Silva se atrevi&#243; a preguntar, Es grave, Grave, qu&#233;, pregunt&#243; a su vez el otro, que no hab&#237;a entendido el alcance de la pregunta, La enfermedad de la doctora Mar&#237;a Sara, ahora la angustia de Raimundo Silva es pensar que tal vez est&#233; ruboriz&#225;ndose en este momento, Ah, creo que no, y llevando el asunto al campo de sus preocupaciones profesionales, Costa a&#241;adi&#243;, introduciendo una nota de lev&#237;sima iron&#237;a dirigida tanto a la doctora ausente como al corrector presente, No se preocupe, que aunque sea larga la enfermedad, el trabajo de la editorial no va a interrumpirse. En este momento, Costa desvi&#243; ligeramente la mirada, una luz de malicia sonriente asom&#243; a su rostro. Raimundo Silva frunci&#243; bruscamente el ce&#241;o y se qued&#243; a la espera de un comentario, pero Costa ya hab&#237;a vuelto a la novela, la hojeaba como si estuviera buscando algo que no sabr&#237;a definir, aunque la actitud, se notaba, no era del todo consciente, y entonces fue el corrector quien sonri&#243; recordando aquel d&#237;a en que Costa hab&#237;a hojeado otro libro, las pruebas erradas de la Historia del Cerco de Lisboa, de cuya falsificaci&#243;n, al fin frustrada, ser&#237;an consecuencia todas estas grandes mudanzas, estos alborozados cambios, un cerco nuevo, un encuentro que nadie habr&#237;a podido prever, unos sentimientos que empezaban a moverse, lentamente, como las olas pesadas de un mar de mercurio. De pronto, Costa vio que estaba siendo observado, crey&#243; comprender por qu&#233;, y como quien ejecuta una venganza tard&#237;a, pregunt&#243;, Tambi&#233;n ha metido esta vez aqu&#237; alg&#250;n no, y Raimundo Silva respondi&#243; con tranquila iron&#237;a, Puede estar tranquilo, esta vez met&#237; un s&#237;. Costa dej&#243; de golpe el mazo de las pruebas y dijo secamente, Si no tiene m&#225;s que tratar conmigo, dej&#243; en suspenso la frase, con reticencias invisibles, pero Raimundo Silva, gracias a su larga experiencia de corrector, no precisar&#237;a de ellas para saber que deb&#237;a retirarse.

Sarita aprovecha una pausa para arreglar con mil cuidados una u&#241;a que se le ha roto minutos antes con aquella infernal confusi&#243;n de cables y clavijas, ya tiene el desgarr&#243;n igualado, y ahora pule sutilmente con la lima, est&#225; muy concentrada, seguro que no va a responder a Raimundo Silva como &#233;l desear&#237;a, &#233;l que cuando ven&#237;a por el pasillo hab&#237;a tenido aquella brillante idea, ayudado quiz&#225; por el duelo dial&#233;ctico con Costa, son las ventajas de un ejercicio gimn&#225;stico intelectual, pero ahora se ver&#225; si va a servir de algo, la pregunta es &#233;sta, Sabe si la doctora Mar&#237;a Sara puede recibir llamadas, es que tengo un asunto, otra frase suspensa, la mirada ansiosa, realmente el momento no podr&#237;a ser peor, la inevitable irritaci&#243;n de quien acaba de romperse una u&#241;a larga y ovalada, y encima va a tener que buscar en el list&#237;n el n&#250;mero de tel&#233;fono, suponiendo que la telefonista est&#233; dispuesta a d&#225;rselo, Mala suerte, piensa Raimundo Silva, a m&#237; ten&#237;a que pasarme esto, la u&#241;a, la lima, Ay, se&#241;or Silva, no sabe usted el trabajo que estas u&#241;as me dan, a ver cu&#225;ndo me quitan de aqu&#237; este trasto viejo y me ponen una centralita moderna, de esas de botoncitos, electr&#243;nica, saber si puede recibir llamadas, eso no lo s&#233;, pero le doy el n&#250;mero, apunte. Lo sab&#237;a de memoria, era vanidad suya recordar cuantos m&#225;s n&#250;meros mejor, hacer alarde de retentiva, tiene una retentiva fenomenal, esta Sara, y menos mal, porque lo tuvo que repetir dos veces, tan confuso estaba Raimundo Silva, primero sin encontrar donde escribir, despu&#233;s enga&#241;&#225;ndose en las cifras, oyendo seis en vez de tres, al tiempo que el cerebro segu&#237;a prendido en el examen de una duda, luego expuesta, como quien no da importancia a la cosa, Claro que si no la han llamado de aqu&#237; es porque no puede recibirlas, Yo no la he llamado, pero pueden haberlo hecho desde direcci&#243;n por el tel&#233;fono directo, claro, el tel&#233;fono directo no pasa por la telefonista, se puede hablar tranquilamente por los tel&#233;fonos directos, Raimundo Silva cree recordar incluso que hay un tel&#233;fono directo en el despacho del director literario. Sarita da por concluida la restauraci&#243;n de la u&#241;a y observa cr&#237;ticamente el resultado, teniendo en cuenta la gravedad del da&#241;o ha hecho todo lo que pod&#237;a, incluso est&#225; moderadamente satisfecha, ser&#225; por eso por lo que pregunta, Si quiere, llamo ahora desde aqu&#237;, y Raimundo Silva se qued&#243; sin respuesta, movi&#243; negativamente y con fuerza la cabeza, en ese momento, providencia divina, la central dio se&#241;al de llamada, dos se&#241;ales casi simult&#225;neas, el mundo entr&#243; en su &#243;rbita rutinaria, as&#237; se lo parecer&#225; a quien no sepa que Raimundo Silva ya lleva en el bolsillo el n&#250;mero de tel&#233;fono de Mar&#237;a Sara, y &#233;sa es la gran diferencia en el universo.

Contra sus h&#225;bitos de hombre ahorrativo, volvi&#243; a casa en taxi, y el caso realmente no era para menos, porque le tardaba el momento de poder sentarse a su mesa, descolgar el tel&#233;fono y marcar el n&#250;mero de Mar&#237;a Sara, decir, Me he enterado de que est&#225; enferma, espero que no sea nada de cuidado, la novela se la he entregado a Costa, que se mejore, tiene raz&#243;n, y es que para enfermar hay que tener salud, la frase es est&#250;pida, qu&#233; le vamos a hacer, al menos la mitad de las cosas que decimos son poco inteligentes, no, Costa no me ha dado otro trabajo, es igual, no tiene importancia, aprovecho para descansar, s&#237;, descansar, ordeno papeles, hago balance de mi vida, es una manera de hablar, evidentemente, lo que hago es pensar que estoy pensando en la vida y no estoy pensando en nada, pero no la he llamado para aburrirla con mis problemas y dificultades, de vivir, claro, que se mejore, espero verla pronto por la editorial, adi&#243;s. Pero la se&#241;ora Mar&#237;a, pese a no ser su d&#237;a ha venido a trabajar, explica que ma&#241;ana tiene que llevar a un sobrino al m&#233;dico, que &#233;se, s&#237;, ser&#237;a el d&#237;a de estar aqu&#237;, y entonces pens&#243; que lo mejor era trabajar hoy, Raimundo Silva no sab&#237;a que la asistenta tuviese un sobrino, Mi hermana no puede faltar al trabajo, Est&#225; bien, no tiene importancia, y se encerr&#243; en el despacho para telefonear. Pero la decisi&#243;n acab&#243; all&#237;. En definitiva, e incluso con la puerta cerrada, no se sent&#237;a c&#243;modo incluso para una conversaci&#243;n tan sencilla, informarse del estado de salud de un superior jer&#225;rquico, C&#243;mo va, doctora, ser&#237;a tal vez diferente, y sin duda m&#225;s f&#225;cil, si en vez de doctora fuese doctor, aunque, Raimundo Silva tendr&#237;a que confesarlo si en juicio se lo exigieran, de las veces que en tantos a&#241;os estuvieron los varios directores enfermos, al corrector nunca se le ocurri&#243; telefonearles a casa para saber noticias de su preciosa salud. Concluyendo, resumiendo, lo que Raimundo Silva parec&#237;a no querer, por alguna oscura raz&#243;n, o por el contrario muy clara si tenemos en cuenta la personalidad que de este hombre se viene definiendo, retra&#237;da, perpleja, es que la se&#241;ora Mar&#237;a se diera cuenta de que su patr&#243;n estaba telefoneando a una mujer. El resultado del absurdo conflicto acabar&#225; siendo que &#233;l pida que le sirvan el almuerzo en la mesa de la cocina y que salga para liberarse de aquellas dos obsesivas presencias, la del tel&#233;fono y la de la se&#241;ora Mar&#237;a, obviamente inocentes y desconocedoras de la guerra en que los metieron. Est&#225; Raimundo Silva comiendo su acostumbrado potaje de habichuelas y hortalizas, mientras un guiso de patatas con carne espera en el cazo, cuando se oye dentro la voz de la se&#241;ora Mar&#237;a que pregunta, Puedo tirar esta rosa, que est&#225; ya mustia, y con un tono casi de p&#225;nico responde &#233;l, No, no, d&#233;jela, ya lo har&#233; yo, no se lleg&#243; a o&#237;r el comentario con que termin&#243; el di&#225;logo la asistenta, pero algo dijo, palabras que si no fueron de despecho lo imitaban perfectamente, sin olvidar, una vez m&#225;s, que es imposible enga&#241;ar realmente a una mujer, aunque asistenta, si en casa de hombre donde nunca antes se hab&#237;a visto una flor en jarro aparece una rosa, y adem&#225;s blanca, es posible que la se&#241;ora Mar&#237;a dijese, Hay moros en la costa, expresi&#243;n hist&#243;rica y popular de una sustancial desconfianza originada en los tiempos en que los moros, ya entonces barridos de tierra portuguesa, ven&#237;an a asolar nuestras costas y villas marineras, y hoy reducida a mera reminiscencia ret&#243;rica, aunque de alguna utilidad, como acaba de verse.

Sin el auxilio de los cruzados, que van ya mar adentro, Raimundo Silva se ve privado del peso militar de esos doce mil hombres en que hab&#237;amos depositado tantas de nuestras esperanzas, y le quedan apenas, aproximadamente, no m&#225;s que otros tantos portugueses, en n&#250;mero insuficiente para cercar todo en un frente continuo, y que, siempre estando a la vista de los moros, no podr&#225;n desplazarse en conjunto para, por ejemplo, dar asalto a cualquiera de las puertas, sin que de tal movimiento se den cuenta de inmediato los de dentro, que m&#225;s tiempo tendr&#225;n de guarnecer poderosamente los blancos del ataque que los de fuera para ir de un lado a otro por montes, valles y no poca agua. Se hace por tanto necesario reconsiderar toda la estrategia, y para examinar in loco el teatro de operaciones, vuelve Raimundo Silva a subir al castillo, desde cuyas levantadas torres pueden los ojos abarcar la extensi&#243;n, como un tablero de ajedrez donde pelear&#225;n, objetivamente hablando, los peones y los caballeros, bajo la mirada del rey y de los obispos, acaso con ayuda de otras construidas torres, si vale la sugerencia de uno de estos extranjeros que con nosotros se ha quedado, Las armamos a la altura de las murallas, y luego las llevamos empujando hasta unirlas, despu&#233;s, s&#243;lo falta saltar dentro y matar a los infieles, Dicho as&#237; parece f&#225;cil, respondi&#243; el rey, pero hay que ver si tenemos carpinteros bastantes, De eso no hay duda, respondi&#243; el otro, aquel Enrique de nombre y gran piedad, vivimos por suerte en un tiempo en que cualquier hombre puede hacerlo todo, sembrar el cereal, segarlo, moler el grano, hornearlo y al fin comer el pan, si no muere antes, o, como en este caso, construir una torre de madera y subir a ella espada en mano para matar moros o ser muerto.

Mientras el debate prosigue, a&#250;n sin conclusi&#243;n pero ya con previsi&#243;n de p&#233;rdidas, Raimundo Silva repasa mentalmente la localizaci&#243;n de las puertas, la de Alfofa, sobre cuyo muro vive, la de Ferro, la de Alfama, la del Sol, que directamente dan a la ciudad, y la llamada de Martim Moniz, &#250;nica del castillo que da para lo abierto. Est&#225; claro pues que los doce mil soldados del rey Afonso tendr&#225;n que ser divididos en cinco grupos para cubrir las puertas igualmente, y quien dice cinco deber&#237;a decir seis, porque no podemos olvidarnos del mar, que verdaderamente mar no es, sino r&#237;o, aunque el uso hace ley, los moros le llamaron mar, y nosotros, hasta hoy, tambi&#233;n se lo llamamos, ahora bien, siendo as&#237;, de los grupos hablamos, qu&#233; es lo que tenemos, una ridiculez, dos mil hombres para cada frente de batalla. Sin contar, Dios nos ayude, con el problema que presenta el estuario. Por si no era suficiente lo escarpado de los accesos, si se except&#250;a la puerta de la Alfama, que est&#225; en terreno llano, ten&#237;a que venir el estuario a entrometerse para agravar la ya de por s&#237; complicada distribuci&#243;n de las tropas, por ahora dispersas en los altos y cuestas del monte de San Francisco, hasta San Roque, descansando, ahorrando fuerzas en la suavidad de las sombras, pero si desde tal distancia no se puede lanzar un ataque, ni las armas de tiro alcanzan, tampoco ser&#237;a esto un cerco digno de tal nombre con aquel estuario all&#225; abajo, desguarnecido, dando paso franco a refuerzos y abastecimientos llegados del Otro Lado, que contra ellos no llegar&#237;a a ser duradero obst&#225;culo la fr&#225;gil l&#237;nea de bloqueo naval que pudiera establecerse. Siendo as&#237;, parece que no hay otra soluci&#243;n que pasar cuatro mil hombres al otro lado, mientras el resto ir&#225; rodeando por el camino que tomaron los parlamentarios de Jo&#227;o Peculiar y Pedro Pit&#245;es, coloc&#225;ndose finalmente frente a las tres puertas vueltas hacia el norte y oriente, a saber, la de Martim Moniz, la del Sol y la de Alfama, como explicado ya qued&#243; y ahora se repite, para comodidad del lector y redondeo del discurso. Volviendo a la cautelosa y dubitante frase de Don Afonso Henriques, dicho as&#237; parece f&#225;cil, no obstante, una simple mirada al mapa mostrar&#225; de inmediato la complejidad de los problemas de intendencia y log&#237;stica que va a ser necesario poner en ecuaci&#243;n y resolver. El primero tiene que ver directamente con los medios navales disponibles, que son escasos, y es aqu&#237; cuando m&#225;s se ir&#225; a notar la falta que nos hacen los cruzados, con su completa armada y aquellos centenares de botes y otros barquitos de servicio, que, si aqu&#237; estuvieran, en un abrir y cerrar de ojos transportar&#237;an a los soldados en un anch&#237;simo frente de avance, obligando a los moros a dispersarse a lo largo de la margen y, en consecuencia, a enflaquecer la defensa. El segundo, y ahora decisivo, ser&#225; la elecci&#243;n del punto o puntos de desembarco, cuesti&#243;n de crucial importancia, pues hay que tener en cuenta no s&#243;lo la mayor o menor proximidad de las puertas, sino tambi&#233;n las dificultades del terreno, desde el barrizal de la boca del estuario hasta las vertientes abruptas que defienden del lado sur el acceso a la Porta de Alfofa. Tercero, cuarto y quinto problemas, o sexto y s&#233;ptimo, podr&#237;amos enunciar a&#250;n si no fueran todos ellos efecto m&#225;s o menos matem&#225;ticamente derivado de los dos primeros, por ello nos limitaremos a mencionar un solo pormenor, rico por otra parte en consecuencias en lo que respecta a la veracidad de este relato en otros particulares, como luego veremos, y viene a ser, dicho pormenor, la peque&#241;&#237;sima distancia que separa la Porta de Ferro de la orilla del estuario, no m&#225;s de cien pasos, o, en medida moderna, unos ochenta metros, lo que inviabiliza que el desembarco aqu&#237; se haga, pues todav&#237;a la flotilla de canoas vendr&#237;a remando fatigosamente por medio del estuario, con tanta carga de armas y hombres, cuando ya los muros de la ciudad estar&#237;an guarnecidos de soldados por este lado, y otros, a pie firme, junto al agua, esperar&#237;an la aproximaci&#243;n de los portugueses para acribillarlos a saetazas. Dir&#225; pues Don Afonso Henriques a su estado mayor, Realmente, no es f&#225;cil, y mientras discuten nuevas variantes t&#225;cticas, recordemos a aquella gorda mujer que en la confiter&#237;a A Graciosa, al inicio de estos acontecimientos, hablando del m&#237;sero estado en que llegaban los huidos del avance, dijo que los vio entrar, sangrando, por la Porta de Ferro, cosa que entonces pareci&#243; a todos verdad pura, pues la publicaba una testigo presencial. No obstante, seamos l&#243;gicos. Est&#225; claro que, por su proximidad a la orilla del estuario, la Porta de Ferro servir&#237;a, sobre todo, al tr&#225;fico fluvial de personas y mercanc&#237;as, lo que, obviamente, no ser&#237;a motivo para no entrar por ella refugiados si no se diese la circunstancia de estar localizada, por as&#237; decir, en el extremo sur de la muralla, siendo por tanto, de todos los accesos, el m&#225;s distante para quien llegara ahuyentado del norte y del lado de Santarem. Que algunos infelices, barridos de entre Cascais y Sintra, hubieran alcanzado la ciudad por caminos que ven&#237;an a dar al estuario, y, all&#237; llegados, encontrasen a&#250;n barqueros para transportarlos a esta margen, es perfectamente admisible. Sin embargo, no ser&#237;an tantos esos casos que autorizasen a la mujer gorda a hacer una referencia especial a la Porta de Ferro, cuando ella, la mujer, tan cerca estaba de la Porta de Alfofa, que hasta el menos atento de los observadores de mapas y topograf&#237;as reconocer&#225; como m&#225;s adecuada, junto con las del Sol y la de Alfama, para recibir el triste aluvi&#243;n. Y lo m&#225;s curioso es que ninguna de las otras personas presentes hubiera desautorizado la inexacta versi&#243;n de los hechos para cuya confirmaci&#243;n no necesitar&#237;an m&#225;s que dar algunos pasos, lo que muestra hasta qu&#233; punto pueden llegar la falta de curiosidad y la pereza intelectual ante cualquier afirmaci&#243;n perentoria, de dondequiera que venga y cualquiera que sea la autoridad, mujer gorda o Al&#225;, por no citar otras conocidas fuentes.

Dijo el rey, O&#237;das vuestras doctas opiniones, y habiendo ponderado los inconvenientes y las ventajas de los varios planes propuestos, es mi real voluntad que todo el ej&#233;rcito se mueva de este lugar para ir a sitiar la ciudad desde m&#225;s cerca, pues desde aqu&#237; no alcanzar&#237;amos la victoria ni hasta el fin del mundo, y procederemos como ahora os dir&#233;, a las fustas ir&#225;n mil hombres afectos a la navegaci&#243;n, que para m&#225;s no tendr&#237;amos embarcaciones bastantes, ni contando con los barcos que los moros no pudieron llevarse dentro de los muros o destruir, y que nosotros capturamos, y esos hombres tendr&#225;n por misi&#243;n cortar todas las comunicaciones por mar, que nadie pueda entrar o salir por ah&#237;, y el grueso restante de las tropas ir&#225; a concentrarse en el Monte da Gra&#231;a, donde finalmente nos dividiremos, dos quintos para el lado de poniente, y el sobrante quedar&#225; all&#237; para guardar la puerta del norte. Pidi&#243; entonces Mem Ramires la palabra para notar que siendo mucho m&#225;s ardua y peligrosa la tarea de los soldados que ir&#237;an a atacar las puertas de Alfofa y del Ferro, por quedar, dig&#225;moslo as&#237;, atrapados entre la ciudad y el estuario, prudente ser&#237;a reforzarlos, al menos durante el tiempo que tardasen en consolidar posiciones, pues gran desastre ser&#237;a si los moros, haciendo una r&#225;pida surtida y encontrando flaca resistencia, empujasen a los portugueses hasta el agua, donde no tendr&#237;amos m&#225;s que elegir entre morir ahogados o trucidados, puestos, y es un decir, entre el alfanje y el caldero. Le pareci&#243; bien al rey el consejo, y all&#237; mismo nombr&#243; a Mem Ramires capit&#225;n del frente occidental, dejando para m&#225;s tarde la designaci&#243;n de los otros mandos, En cuanto a m&#237;, siendo por naturaleza y real deber de todos vosotros comandante, tomar&#233; tambi&#233;n bajo mis directas &#243;rdenes un cuerpo de ej&#233;rcito, precisamente el que va a quedarse en el Monte da Gra&#231;a, donde se instalar&#225; el cuartel general. Fue la vez de intervenir el arzobispo Don Jo&#227;o Peculiar para decir que a Dios no le parecer&#237;a bien que los muertos de esta batalla por la conquista de la ciudad de Lisboa acabaran sepultados de cualquier manera por estos montes y valles, y que, al contrario, deber&#237;an recibir sepultura cristiana en camposanto, y que, una vez que desde que all&#237; llegaran algunos ya hab&#237;an muerto, por enfermedad o en peleas, y por ah&#237; andaban enterrados, fuera del real, se consagrara un cementerio en este mismo lugar, ya que de hecho principiado estaba. Us&#243; entonces de la palabra el ingl&#233;s Gilberto, en nombre de los extranjeros, argumentando que ser&#237;a indecente, por confuso, que en dicho cementerio se mezclasen portugueses y cruzados, pues &#233;stos, si quisiera Dios que en estos parajes dejasen la vida, deber&#237;an a todo t&#237;tulo ser considerados m&#225;rtires, tal como prometidos m&#225;rtires eran ya aquellos otros que, navegando ahora en el mar, a Tierra Santa fueron a morir, por lo que en su opini&#243;n se habr&#237;an de consagrar no uno sino dos cementerios, quedando cada cual muerto con su igual difunto. Agrad&#243; al rey la propuesta, aunque se notaron algunos murmullos de despecho entre los portugueses, que hasta muriendo se ve&#237;an privados de las glorias del martirio, y al minuto siguiente, saliendo ya todos fuera, se marcaron los l&#237;mites provisionales de los dos cementerios, dej&#225;ndose la consagraci&#243;n de ellos para cuando el terreno quedara libre de estos vivos pecadores, ya dadas las &#243;rdenes para, en el momento propio, desenterrar y volver a enterrar a aquellos desgarrados muertos primeros, por una casualidad todos portugueses. El rey, cumplidos ya los trabajos de agrimensura, cerr&#243; la sesi&#243;n, de la que, para constancia, se labr&#243; el acta competente, y Raimundo Silva regres&#243; a casa, pasada la media tarde.

No estaba ya la se&#241;ora Mar&#237;a, lo que enfad&#243; a Raimundo Silva, y no por haber ella abreviado sus tareas, si as&#237; lo hizo, sino porque ahora no hab&#237;a nadie entre &#233;l y el tel&#233;fono, ning&#250;n indiscreto testigo que, con su presencia, pudiera absolverlo de la cobard&#237;a, o timidez, opci&#243;n vocabularia menos contundente, que lo derrot&#243; al enfrentarse con aquel su otro yo que con tan fina astucia hab&#237;a arrancado a la telefonista de la editorial el n&#250;mero de la doctora Mar&#237;a Sara, secreto, como se vio, de los mejor guardados del universo. Pero ese diferente Raimundo Silva no es compa&#241;&#237;a cierta, tiene sus d&#237;as, o ni tanto, s&#243;lo horas y segundos, a veces irrumpe con una fuerza que parece capaz de remover mundos, los de fuera y los de dentro, pero no dura, tan deprisa viene luego la otra parte, fuego que apenas encendido ya se apaga. El Raimundo Silva que est&#225; delante del tel&#233;fono, impotente para levantar el auricular y marcar un n&#250;mero, fue hombre, desde lo alto del castillo, y teniendo a sus pies la ciudad, fue hombre, decimos, capaz de elaborar las t&#225;cticas m&#225;s convenientes a la ingente tarea de cercar y conquistar Lisboa, pero ahora poco le falta para arrepentirse del momento de audacia loca en que cedi&#243; a la voluntad del otro, y llegando al punto de buscar en los bolsillos el papel donde tom&#243; nota del n&#250;mero, no para utilizarlo, sino con la esperanza de haberlo perdido. No lo ha perdido, est&#225; ah&#237;, en la mano abierta, arrugado, como si, y as&#237; hab&#237;a sido realmente, aunque de eso no se acuerde Raimundo Silva, durante todo el tiempo lo hubiera estado buscando y tocando, con miedo de perderlo. Sentado a la mesa, con el tel&#233;fono al lado, Raimundo Silva imagina lo que podr&#237;a ocurrir si decidiera marcar el n&#250;mero, qu&#233; conversaci&#243;n trabar&#237;a diferente de la antes inventada, y cuando est&#225; pasando revista a las diversas posibilidades, se le ocurre y es absurdo que se le ocurra por primera vez, que nada sabe de la vida particular de Mar&#237;a Sara, si est&#225; casada, viuda, soltera o divorciada, si tiene hijos, si vive con sus padres o s&#243;lo con uno de ellos, o con ninguno, y esa realidad ignorada se vuelve amenazadora, agita y derrumba las fr&#225;giles arquitecturas del sue&#241;o y la est&#250;pida esperanza que ha andado levantando desde hace algunas semanas en suelo de arena y ninguna firmeza, Supongamos que marco el n&#250;mero y me sale una voz de hombre que me dice que no puede ponerse ella al tel&#233;fono, que est&#225; en la cama, pero que le diga lo que pretendo, si es recado, pregunta o informaci&#243;n, que no, que s&#243;lo quer&#237;a saber si la doctora Mar&#237;a Sara est&#225; mejor, s&#237;, un colega, y mientras estaba dici&#233;ndolo me preguntar&#237;a, una vez m&#225;s, si realmente la palabra tiene aplicaci&#243;n en este caso, trat&#225;ndose de la relaci&#243;n profesional existente entre un corrector y su jefe, y llegando la conversaci&#243;n al final yo preguntar&#237;a Con qui&#233;n he hablado, y &#233;l responder&#237;a Soy el marido, aunque cierto es que ella no lleva alianza, pero eso no significa nada, no faltan por ah&#237; matrimonios que no la usan y por eso no se consideran menos felices, o no lo son, qu&#233; m&#225;s da, por otra parte, la respuesta del hombre ser&#237;a igual en cualquier caso, dir&#237;a Soy el marido, aunque no lo fuese, desde luego con seguridad no me iba a responder Soy su compa&#241;ero, eso de compa&#241;ero ha dejado de usarse, y mucho menos Soy el hombre con quien ella vive, nadie se expresar&#237;a de modo tan grosero, pero hay algo en Mar&#237;a Sara que me dice que no est&#225; casada, no se trata s&#243;lo de la falta de alianza, es algo indefinible, una manera de hablar, una manera de estar atenta que en cada momento parece querer evadirse hacia otro lugar, y cuando digo casada tambi&#233;n podr&#237;a decir vivir con un hombre, o tener un hombre aunque no viva con &#233;l, eso a lo que suele llamarse una relaci&#243;n formal, o relaciones casuales, sin compromiso ni consecuencias, son las que m&#225;s abundan en los tiempos de hoy, que de tales bienaventuranzas no puedo decir que tenga yo gran experiencia, poco m&#225;s hago que observar el mundo y aprender de quien sabe, el noventa por ciento del conocimiento que creemos tener de ah&#237; nos viene, no de lo que vivimos, y est&#225; tambi&#233;n lo presentido, esa nebulosa informe donde ocasionalmente brilla una s&#250;bita luz a la que damos el nombre de intuici&#243;n, ahora bien, yo presiento e intuyo que no hay hombre alguno en la vida de Mar&#237;a Sara, aunque parezca imposible siendo tan bonita como es,no ser&#225; ninguna suprema belleza, pero es bonita, digo de cara y de figura, en cuanto al cuerpo, a la vista, bueno, los cuerpos s&#243;lo se sabe lo que valen cuando est&#225;n desnudos, &#233;sta es buena ciencia, la de las evidencias, y a&#250;n mejor despu&#233;s, cuando ya se conoci&#243; lo que est&#225; cubierto y de &#233;l se ha gustado.

Enormes, desde luego, son los poderes de la imaginaci&#243;n, como en este caso se ha probado otra vez, cuando Raimundo Silva empez&#243; a sentir su propio cuerpo, lo que en &#233;l estaba aconteciendo, primero un movimiento de se&#237;smo lento, casi imperceptible, despu&#233;s la palpitaci&#243;n brusca, repetida, urgente, Raimundo Silva asiste, con los ojos entornados sigue el proceso como si estuviera recordando mentalmente una p&#225;gina conocida, y se queda quieto, a la espera, hasta que la sangre poco a poco refluye como marea que abandonara una caverna, lentamente, lanzando a&#250;n de tiempo en tiempo nuevas olas al asalto, pero es in&#250;til, baja la marea, son los &#250;ltimos sobresaltos, al fin no hay nada sino un manso correr de hilos de agua, las algas descienden dispersas sobre las piedras donde van a esconderse unos cangrejillos asustados que dejan en la arena mojada se&#241;ales apenas perceptibles. Ahora, en un estado de medio torpor voluntario, Raimundo Silva se pregunta de d&#243;nde vienen y qu&#233; quieren decirle esos animales grotescos, con su modo insolente de caminar, inquietante, como si la naturaleza hubiese empezado por ellos su previsible desconcierto general, En el futuro seremos todos cangrejos, pens&#243;, e inmediatamente la imaginaci&#243;n le mostr&#243; al soldado Mogueime en la orilla del estuario, lav&#225;ndose las manos sucias de sangre y mirando los cangrejos de aquel tiempo que hu&#237;an, derechitos, hacia el fondo, confundiendo con la sombra del agua su propio color terroso. La imagen desapareci&#243; r&#225;pidamente, vino otra, como diapositivas pasando, era una vez m&#225;s el estuario, pero hab&#237;a una mujer lavando la ropa, Raimundo Silva y Mogueime sab&#237;an qui&#233;n era, les hab&#237;an dicho que era la manceba del tal caballero Enrique, alem&#225;n de Bonn, capturada en Galicia cuando unos cuantos cruzados desembarcaron all&#237; para hacer aguada, la rob&#243; un criado de &#233;l, pero el caballero y el criado murieron en un asalto y la mujer anda ahora por ah&#237;, m&#225;s o menos con quien caiga, d&#237;gase m&#225;s o menos, pero con cautela, porque algunas veces la han tomado contra su voluntad, dos que lo hicieron aparecieron unos d&#237;as despu&#233;s muertos a pu&#241;aladas, no se lleg&#243; a saber qui&#233;n los hab&#237;a matado, en tan gran juntamiento de hombres no se pueden evitar des&#243;rdenes y agresiones, sin contar con que puede haber sido tambi&#233;n obra de moros infiltrados en el real, hiriendo por la callada y a traici&#243;n. Mogueime se aproxim&#243; a la mujer, algunos pasos, se sent&#243; en una piedra, mirando. Ella no se volvi&#243;, lo hab&#237;a visto de reojo cuando se acercaba, lo reconoc&#237;a por la figura y el pelo y el modo de andar, pero no sab&#237;a c&#243;mo se llamaba, s&#243;lo que era portugu&#233;s, en una ocasi&#243;n le oy&#243; hablar gallego. El movimiento cadencioso de las caderas de la mujer perturbaba a Mogueime. Adem&#225;s, no le quitaba ojo desde que el caballero muri&#243;, e incluso antes, pero un soldado raso, y m&#225;s si es medieval, no se atrever&#237;a a andar meti&#233;ndose con la mujer del pr&#243;jimo, aunque barragana. Cay&#243; en tristeza y rabia al ver que luego se la llevaron otros, pero ella no se qued&#243; con ninguno, aunque algunos la quisieran, como los apu&#241;alados, que de tan bien que la quer&#237;an la intentaron obligar. Obligarla a su vez era una idea que Mogueime no ten&#237;a, mucho menos en este descampado, con gente a la vista, unos soldados tambi&#233;n de asueto, unos pajes que ba&#241;aban las mulas de sus se&#241;ores, una escena en verdad pac&#237;fica que no parec&#237;a de cerco e intento de conquista, sobre todo si, como ahora, volvemos la espalda a la ciudad y al castillo y tenemos ante los ojos la tranquila superficie de las aguas del estuario, aqu&#237; tan metidas tierra adentro que ni llega la ondulaci&#243;n amplia del r&#237;o, y enfrente las colinas con &#225;rboles dispersos en un suelo amarillo unas veces y otras verde oscuro, seg&#250;n lo cubra el mato perenne o el herbazal reseco por el verano. Hace calor, la hora es del mediod&#237;a, los ojos tienen que desviarse del agua para no quedar deslumbrados y ciegos con el resplandor fijo del sol, no los ojos de Mogueime, claro, que &#233;sos no se despegan del bulto de la mujer. Ahora ella ha erguido el cuerpo, levanta y baja el brazo para batir la ropa, el ruido del golpe corre sobre el agua, es un sonido que no se confunde, y otro, y otro, y luego hay un silencio, la mujer descansa las dos manos sobre la piedra blanca, un viejo cipo funerario romano, Mogueime mira y no se mueve, es entonces cuando el viento trae el grito agudo de un almu&#233;dano, casi sumido en la distancia, pero aun as&#237; inteligible para quien, aunque no conozca la ar&#225;biga lengua, desde hace casi un mes los viene oyendo, tres veces al d&#237;a. La mujer vuelve ligeramente la cabeza hacia la izquierda como para escuchar mejor la llamada, y estando Mogueime de ese lado, un poco m&#225;s atr&#225;s, habr&#237;a sido imposible que no se encontraran los ojos de &#233;l con los de ella. Todo el deseo f&#237;sico de Mogueime se apag&#243; en un &#225;pice, s&#243;lo el coraz&#243;n se desat&#243; a saltos en una especie de p&#225;nico, es dif&#237;cil llevar m&#225;s lejos el an&#225;lisis de la situaci&#243;n porque hay que tener en cuenta el primitivismo de los tiempos y de los sentimientos, se corre siempre el riesgo de un anacronismo, por ejemplo, poner diamantes en coronas de hierro o inventar sutilezas de erotismo refinado en cuerpos que se contentan con ir derechos al fin empezando r&#225;pidamente por el principio. Pero este soldado Mogueime ya ha mostrado ser en algo diferente del resto cuando el debate sobre la conquista de Santarem y el forzamiento y deg&#252;ello de las mujeres moras, y si es cierto que entonces se mostr&#243; propenso a tentaciones de loca fantas&#237;a, tambi&#233;n puede ser que por eso mismo, contradictoriamente, si la verdad debe ir delante de todas las cosas, encontremos la ra&#237;z de su diferencia, en la duda, en la reordenaci&#243;n posterior de un hecho, en la averiguaci&#243;n oblicua de sus motivos, en la interrogaci&#243;n ingenua sobre la influencia que cada uno de nosotros tiene en los actos ajenos, sin que lo sepamos y deliberadamente despreciemos a quien de ellos pretende ser entero autor. Con los pies descalzos en la arena gruesa y h&#250;meda, Mogueime siente el peso todo de su cuerpo como si hubiera pasado a formar parte de la piedra en que est&#225; sentado, bien podr&#237;an ahora las trompetas reales tocar al asalto que lo m&#225;s seguro es que no las oyera, lo que s&#237; resuena en su cabeza es el grito del almu&#233;dano, contin&#250;a oy&#233;ndolo mientras mira a la mujer, y cuando ella al fin desv&#237;a los ojos el silencio se hace absoluto, verdad es que hay ruidos alrededor, pero pertenecen a otro mundo, las mulas resuellan y beben en el arroyo de agua dulce que desagua en el estuario, y como probablemente no se encontrar&#237;a otra manera mejor de empezar lo que ha de ser hecho, Mogueime pregunta a la mujer, C&#243;mo te llamas, cu&#225;ntas veces nos habremos preguntado unos a otros, desde el inicio del mundo, C&#243;mo te llamas, a&#241;adiendo luego nuestro propio nombre, Yo soy Mogueime, para abrir un camino, para dar antes de recibir, y quedamos luego a la espera, hasta o&#237;r la respuesta, cuando viene, cuando no nos responden con el silencio, pero &#233;ste no es el caso ahora, Me llamo Ouroana, dijo ella.

El papel con el n&#250;mero de tel&#233;fono sigue all&#237;, sobre la mesa, nada m&#225;s f&#225;cil que marcar los seis n&#250;meros, y del otro lado, a kil&#243;metros de distancia, se oir&#225; una voz, tan sencillo, no nos importa ahora si de Mar&#237;a Sara si del marido, lo que debemos es se&#241;alar las diferencias entre aquel tiempo y este tiempo, para hablar, como para matar, es preciso acercarse, as&#237; lo hicieron Mogueime y Ouroana, ella vino de Galicia tra&#237;da a la fuerza para este cerco, manceba de un cruzado que ya muri&#243; y despu&#233;s lavandera de hidalgos para merecer lo que come, y &#233;l, habiendo conquistado Santarem, vino a la procura de una gloria mayor frente a los muros formidables de Lisboa. Raimundo Silva marca cinco cifras, no le falta m&#225;s que una, pero no se decide, finge saborear la anticipaci&#243;n de un gusto, el estremecimiento de un temor, se dice a s&#237; mismo que si quisiera completar&#237;a la serie, s&#243;lo un gesto, pero no quiere, murmura No puedo y posa el auricular como quien de repente dejara una carga que iba a aplastarlo. Se levanta, piensa Tengo sed, y va a la cocina. Llena un vaso en el grifo, bebe lentamente, disfruta del frescor del agua, es un placer sencillo, tal vez el m&#225;s sencillo de todos, un vaso de agua cuando se tiene sed, y mientras bebe imagina el arroyo corriendo hacia el estuario, y las mulas rozando con el morro la flor de la corriente, hace setecientos cuarenta a&#241;os, los pajes las estimulan con un silbido, verdad es que no hay muchas cosas realmente nuevas bajo la rosa del sol, ni siquiera el rey Salom&#243;n fue capaz de imaginar cu&#225;nta raz&#243;n ten&#237;a. Raimundo Silva pos&#243; el vaso, se volvi&#243;, sobre la mesa de la cocina hab&#237;a un papel, la acostumbrada e innecesaria explicaci&#243;n de la asistenta, Me voy, lo dejo todo, ordenado, pero esta vez no es as&#237;, ni una palabra sobre sus obligaciones, es otro el recado, Le ha llamado una se&#241;ora, dice que la llame al n&#250;mero, y Raimundo Silva no precisa correr al despacho para saber que el n&#250;mero es el mismo que est&#225; en el papel arrugado, aquel que tanto le cost&#243; encontrar. O no perder.


El motivo por el que Raimundo Silva consigui&#243; no telefonear a Mar&#237;a Sara tuvo tanto de sencillo como de tortuoso, lo que resulta una manera de decir que poco deber&#225; a la exactitud, pues estos adjetivos se aplicar&#237;an con otro rigor al raciocinio con el que fue obligado dicho motivo a conformarse. Al igual que en las novelas polic&#237;acas cl&#225;sicas, lo esencial de la cuesti&#243;n resid&#237;a en el factor tiempo, es decir la circunstancia de que la llamada de Mar&#237;a Sara fuera hecha durante la ausencia de Raimundo Silva, a una hora no conocida, que tanto podr&#237;a ser la del inmediato minuto despu&#233;s de haber salido de casa como la del minuto inmediatamente anterior a aquel en el que la asistenta se march&#243;, hora que igualmente se desconoce, por no mencionar sino esos minutos extremos. En el primer caso, habr&#237;an pasado m&#225;s de cuatro horas hasta que Raimundo Silva se enter&#243; del recado, en el segundo caso, juzgando por la costumbre, unas tres. Bien ponderado todo, significa que Mar&#237;a Sara, si qued&#243; a la espera de una llamada en respuesta a la suya, tuvo tiempo para pensar que tal vez Raimundo Silva regresase a casa muy tarde, a horas en que no ser&#237;a de buen gusto telefonear a casa de nadie, y m&#225;s si se trata de una persona enferma. Aunque, expresi&#243;n restrictiva pero no ir&#243;nica, no ser&#237;a la enfermedad tan grave si pudo, con su propia mano y voz, llamar a esta casa vecina del castillo, donde Raimundo Silva busca y no encuenra respuesta a la pregunta inevitable, Para qu&#233; me querr&#225;. El resto de la tarde y la noche antes de acostarse los pas&#243; desarrollando innumerables variaciones sobre este tema, yendo de lo simple a lo complejo, de lo general a lo particular, desde una petici&#243;n cualquiera de informaci&#243;n, que ser&#237;a absurda vistas las circunstancias, al absurdo a&#250;n mayor de que ella quisiera declararle su amor, asimismo, por tel&#233;fono, como quien no puede resistir m&#225;s la deliciosa tentaci&#243;n. La irritaci&#243;n consigo mismo, por haberse dejado llevar por un pensamiento loco hasta esta hip&#243;tesis, alcanz&#243; un extremo tal que, en un gesto de malhumor, se fue a la rosa blanca, que realmente se marchitaba en el solitario, y la tir&#243; a la basura, golpeando luego con fuerza la tapa del recipiente, a manera de sentencia final, Soy un idiota, dijo en voz alta, pero no se explic&#243; si lo era por haber dejado que los pensamientos fueran tan lejos o por haber maltratado as&#237; a una flor inocente que hab&#237;a durado lozana algunos d&#237;as y merec&#237;a que la dejaran extinguirse, marchit&#225;ndose, en una suav&#237;sima delicuescencia, con un resto de perfume y una &#250;ltima y escondida blancura en su &#237;ntimo coraz&#243;n. Sin embargo debe a&#241;adirse que, estando acostado ya, avanzada la noche, y sin poder dormir, Raimundo Silva se levant&#243; y fue a la cocina, abri&#243; el cubo de la basura y recogi&#243; la mancillada rosa, que delicadamente limpi&#243; y lav&#243; en un hilo de agua para no da&#241;ar sus fr&#225;giles p&#233;talos, luego la restituy&#243; al solitario, amparando su corola deca&#237;da con una pila de libros sobrepuestos, el &#250;ltimo de los cuales, por interesante coincidencia, era la Historia del Cerco de Lisboa, ejemplar fuera de mercado. El &#250;ltimo pensamiento de Raimundo Silva antes de quedarse dormido fue, Ma&#241;ana llamo, declaraci&#243;n perentoria que est&#225; tan de acuerdo, en cuanto promesa, con su car&#225;cter vacilante como si hubiera sido proferida, con real decisi&#243;n, por persona m&#225;s resuelta, el caso est&#225; en que no todo se puede hacer hoy, ya es bastante la firmeza cuando no lo dejamos para pasado ma&#241;ana.

Al d&#237;a siguiente, Raimundo Silva despert&#243; con ideas muy claras sobre c&#243;mo disponer las tropas en el terreno para el asalto, incluyendo ciertos pormenores t&#225;cticos de su propia labra. El sue&#241;o, que vino profundo, trajo sue&#241;os auxiliares por medio, que disiparon bruscamente las dudas que a&#250;n lo aflig&#237;an, cosa natural en quien nunca hab&#237;a sido instruido en los peligros y azares de una guerra verdadera, y encima con no peque&#241;as responsabilidades de mando. Era por dem&#225;s evidente que ya no podr&#237;a obtenerse el llamado efecto sorpresa, ese que deja a las personas sin acci&#243;n ni reacci&#243;n, sobre todo a las cercadas, que, no habi&#233;ndolo sabido antes, comprenden que al saberlo despu&#233;s lo supieron demasiado tarde. Con todo este alarde de fuerzas, este ir y venir de emisarios, estas maniobras de envolvimiento, m&#225;s que hartos est&#225;n los moros de saber lo que les espera, y la prueba est&#225; en aquellas terrazas cubiertas de guerreros, en aquellos muros erizados de lanzas. Raimundo Silva se encuentra en una interesante situaci&#243;n, la de quien, jugando al ajedrez consigo mismo y conociendo de antemano el resultado final de la partida, se empe&#241;a en jugar como si no lo supiera y, m&#225;s a&#250;n, en no favorecer conscientemente a ninguna de las partes en litigio, las negras o las blancas, en este caso moros y cristianos, seg&#250;n los colores. Y muy abiertamente lo ha venido a demostrar, v&#233;ase si no la simpat&#237;a, e incluso dir&#237;amos el aprecio, con que ha tratado a los infieles, en particular al almu&#233;dano, sin hablar del respeto que manifest&#243; al referirse al portavoz de la ciudad, aquel tono, aquella nobleza, en contraste con cierta sequedad, cierta impaciencia, e incluso iron&#237;a, que siempre aflora en el discurso cuando trata de cristianos. No se infiera de esto, sin embargo, que las inclinaciones de Raimundo Silva van todas del lado de los moros, entend&#225;moslo m&#225;s bien como un movimiento de espont&#225;nea caridad, porque, en fin, por m&#225;s que lo intentase no podr&#237;a olvidar que los moros van a ser vencidos, pero sobre todo porque siendo &#233;l tambi&#233;n cristiano, aunque no practicante, le indignan ciertas hipocres&#237;as, ciertas envidias, ciertas infamias que en su propio tiempo tienen carta blanca. En fin, el juego est&#225; en la mesa, por ahora s&#243;lo se han movido los peones y algunos caballos, y seg&#250;n la advertida opini&#243;n de Raimundo Silva, se debe intentar un asalto simult&#225;neo por las cinco puertas, que dos tiene Lisboa menos que Tebas, con el objetivo de probar las fuerzas de los sitiados, que, habiendo suerte, bien puede ser que en una de ellas est&#233; un batall&#243;n m&#225;s asustadizo, caso en el que tendr&#237;amos vencida la batalla en poco tiempo y con reducida p&#233;rdida de inocentes de uno y otro lado.

No obstante, antes de la gran empresa es preciso telefonear. Prolongar durante un d&#237;a m&#225;s el silencio, aparte de cosa de mala educaci&#243;n, s&#243;lo servir&#237;a para provocar dificultades en las relaciones futuras, profesionales, claro est&#225;. Raimundo Silva telefonear&#225; pues. Con todo, para empezar, llamar&#225; a la editorial, porque es admisible la hip&#243;tesis, e incluso fuertemente presumible, de que Mar&#237;a Sara, restablecida de su breve trastorno de salud, ya haya ido a trabajar hoy, y hasta no es de excluir que fuera &#233;se el motivo de la llamada recibida por la asistenta, por ejemplo, pedirle que compareciera al d&#237;a siguiente en la editorial a fin de tratar, sin m&#225;s p&#233;rdida de tiempo, de otra correcci&#243;n. Raimundo Silva cree que ser&#225; as&#237;, y est&#225; tan convencido que al decirle la telefonista que la doctora no est&#225;, Est&#225; enferma, se&#241;or Silva, no recuerda que se lo dije ayer, responde, Est&#225; segura de que no ha ido a trabajar, compru&#233;belo, y la telefonista, puntillosa, S&#233; muy bien qui&#233;n est&#225; y qui&#233;n no est&#225;, Pod&#237;a haber entrado sin que usted se diera cuenta, Yo me doy cuenta de todo, se&#241;or Silva, me doy cuenta de todo, y Raimundo Silva se estremeci&#243; al o&#237;r estas sibilinas palabras, que le sonaron a amenaza, a algo equivalente a No crea que me dan gato por liebre, o No se imagine que soy tonta, no quiso averiguar ad&#243;nde llegaba la insinuaci&#243;n, solt&#243; atropelladamente una frase apaciguadora y colg&#243;. Don Afonso Henriques arenga a las tropas reunidas en el Monte da Gra&#231;a, les habla de la patria, ya entonces era as&#237;, de la tierra natal, del futuro que nos espera, si no habl&#243; de los antepasados es porque entonces a&#250;n casi no los hab&#237;a, pero dijo, Pensad que si no vencemos en esta guerra Portugal se acabar&#225; antes de haber empezado, y as&#237; no podr&#225;n ser portugueses tantos reyes que est&#225;n por venir, tantos presidentes, tantos militares, tantos santos y poetas, y ministros y cavadores de azada, y obispos y navegantes, y artistas, y obreros, y oficinistas, y frailes, y directores, por comodidad de expresi&#243;n hablo en masculino, porque no me olvido de las portuguesas, las reinas, las santas, las poetisas, las ministras, las cavadoras de azada, las oficinistas, las monjas, las directoras, pero para que lleguemos a tener todo eso en nuestra historia, y lo dem&#225;s que no dir&#233; por no alargar el discurso y porque todo no se puede saber ya hoy, para llegar a tener todo eso, es preciso empezar por conquistar Lisboa, y, en consecuencia, vamos por ella. Aclamaron las tropas al rey y, despu&#233;s, a la orden de alf&#233;reces y capitanes, marcharon a ocupar las posiciones que les estaban destinadas, llevando los jefes instrucciones imperiosas para que al d&#237;a siguiente, al mediod&#237;a, cuando los moros estuvieran en oraci&#243;n, fuera desencadenado el ataque al mismo tiempo en los cinco frentes, que Dios nos proteja a todos, que en su servicio vamos.

S&#250;plica semejante, pasada a la primera persona del singular, habr&#225; murmurado Raimundo Silva en el acto de marcar el n&#250;mero del destino, pero tan apagada fue ella que no se le oy&#243; fuera de la boca, tr&#233;mula como de adolescente, &#233;l mismo tiene ahora m&#225;s en que pensar, si piensa, si no es, todo &#233;l, s&#243;lo un t&#237;mpano inmenso donde suena y resuena el timbre del tel&#233;fono, el timbre no, la se&#241;al electr&#243;nica, esperando la interrupci&#243;n s&#250;bita de la llamada, y que una voz diga, D&#237;game, o S&#237;, o Hable, o tal vez Hal&#243;, o posiblemente Qui&#233;n habla, no faltan posibilidades entre las f&#243;rmulas tradicionales y sus variantes modernas, pero tan aturdido estaba que no lleg&#243; Raimundo Silva a entender lo que dijeron, s&#243;lo que era una mujer, entonces pregunt&#243;, cuidando poco la cortes&#237;a, Es la doctora Mar&#237;a Sara, no, no lo era, De parte de qui&#233;n, fue lo que quiso saber la voz, De Raimundo Silva, de la editorial, no era &#233;sta una verdad incontrovertible, pero sirvi&#243; como simplificaci&#243;n de la identidad, seguro que nadie pensaba que fuera a presentarse como Raimundo Bienvenido Silva, corrector de pruebas, trabajando en su casa, y aunque lo hiciese ser&#237;a igual la respuesta, Espere un momento, por favor, voy a ver si la doctora Mar&#237;a Sara se puede poner, nunca momento alguno fue tan breve, No cuelgue, voy a pasarle el tel&#233;fono, silencio. Raimundo Silva imagin&#243; la escena, la mujer, seguramente una empleada, desconectando el enchufe de la toma, llevando el aparato con las dos manos, amparado contra el pecho, puerilmente as&#237; lo ve&#237;a, y entrando en un cuarto en penumbra, luego inclin&#225;ndose para enchufarlo en otra toma, C&#243;mo est&#225;, la voz son&#243; inesperada, Raimundo Silva crey&#243; o&#237;r a&#250;n a la criada decir algo como Voy a pasarle a la se&#241;ora doctora, ser&#237;an tres o cuatro segundos m&#225;s de aplazamiento, en vez de eso la pregunta directa, C&#243;mo est&#225;, invirtiendo la situaci&#243;n, a &#233;l, s&#237;, era a quien correspond&#237;a expresar inter&#233;s por el estado de la enferma, Estoy bien, gracias, y a&#241;adi&#243; r&#225;pidamente, Quer&#237;a saber si est&#225; mejor, Y c&#243;mo se ha enterado de que estoy enferma, En la editorial, Cu&#225;ndo, Ayer por la ma&#241;ana, Entonces decidi&#243; llamar para saber c&#243;mo estoy, S&#237;, Gracias por su inter&#233;s, hasta ahora ha sido el &#250;nico corrector que se ha interesado por mi enfermedad, Bueno, cre&#237; que deb&#237;a hacerlo, espero no haberla molestado, Al contrario, le estoy muy agradecida, estoy mejor, creo que ma&#241;ana o pasado podr&#233; ira la editorial, No quiero molestarla m&#225;s, le deseo que se mejore, Antes de colgar, c&#243;mo supo el n&#250;mero de mi tel&#233;fono, Me lo dio Sara, La otra, S&#237;, la telefonista, Cu&#225;ndo, Ya se lo dije, ayer por la ma&#241;ana, Y no me llam&#243; hasta hoy, Tuve miedo de molestarla, Pero venci&#243; el miedo, Parece que s&#237;, la prueba es que estoy hablando con usted, Pero seguro que le habr&#225;n dicho que tambi&#233;n yo intent&#233; hablar con usted. Durante unos segundos Raimundo Silva pens&#243; en fingir que no hab&#237;a recibido el recado, pero acab&#243; por responder, cuando ya hab&#237;a pasado el tercer segundo, S&#237;, Puedo pues admitir que me ha telefoneado porque no ten&#237;a otro remedio, al ver que hab&#237;a tomado yo la iniciativa, Admita lo que quiera, est&#225; en su derecho, pero admita tambi&#233;n que yo le ped&#237; el n&#250;mero a la telefonista y si lo hice no fue para quedarme con &#233;l en el bolsillo a la espera de no se sabe qu&#233;, Se qued&#243; a la espera de no sabe qu&#233;, La raz&#243;n fue otra, Cu&#225;l, Simplemente, falta de valor, Su valor, por lo visto, se limita a aquel episodio de la correcci&#243;n del que no le gusta que se hable, De hecho, le telefoneo s&#243;lo para saber c&#243;mo va su salud y desearle que se mejore, Y no cree que ya es hora de preguntarme por qu&#233; le telefone&#233; yo, Por qu&#233; me telefone&#243;, No s&#233; si me gusta ese tono, D&#233; importancia a las palabras, no al tono, Supuse que su experiencia de corrector le habr&#237;a ense&#241;ado que las palabras no son nada sin el tono, Una palabra escrita es una palabra muda, La lectura le da voz, Excepto si se lee mentalmente, Incluso as&#237;, porque no creer&#225; usted que el cerebro es un &#243;rgano silencioso, Soy s&#243;lo un corrector, hago como hace el zapatero, que se contenta con la sandalia, mi cerebro sabe de m&#237;, yo no s&#233; nada de &#233;l, Interesante observaci&#243;n, A&#250;n no ha respondido a la pregunta, A qu&#233; pregunta, Por qu&#233; me telefone&#243;, Ahora no s&#233; si me apetece decirlo, Veo que no soy yo el &#250;nico cobarde, No recuerdo haber hablado de cobard&#237;a, Habl&#243; de falta de valor, No es lo mismo, Las dos caras de una moneda son diferentes, pero la moneda es una sola, El valor s&#243;lo est&#225; en un lado, No comprendo esta conversaci&#243;n, y creo que no debemos continuarla, sin olvidar que es una imprudencia, estando usted enferma, No le sienta bien el cinismo, No soy c&#237;nico, Lo s&#233;,por lo tanto es in&#250;til que finja, En serio, creo que no sabemos ya lo que estamos diciendo, Yo lo s&#233; muy bien, Entonces expl&#237;quemelo, No necesita explicaciones, Est&#225; escapando de la cuesti&#243;n, Es usted quien escapa de la cuesti&#243;n, se esconde detr&#225;s de s&#237; mismo, y quiere que le diga lo que ya sabe, Por favor, Por favor qu&#233;, Creo que es mejor que lo dejemos, este di&#225;logo es casi un equ&#237;voco, Porque lo est&#225; empujando usted en ese sentido, Yo, S&#237;, Est&#225; usted equivocada, a m&#237; me gustan las cosas claras, Entonces sea claro, d&#237;game por qu&#233; es agresivo cuando habla conmigo, No soy agresivo con nadie, no tengo esa cualidad moderna, Es agresivo conmigo, por qu&#233;, No lo soy, Lo es desde el d&#237;a en que nos conocimos, si precisa que se lo recuerde, Las circunstancias, Pero las circunstancias se modificaron despu&#233;s, y la agresividad continu&#243;, Perdone, nunca he tenido esa intenci&#243;n, Ahora soy yo quien le pide que, por favor, no use palabras in&#250;tiles, Me callo, Entonces oiga, le llam&#233; porque me sent&#237;a sola, porque ten&#237;a la curiosidad de saber si estaba trabajando, porque quer&#237;a que me deseara que me mejorase, porque, Mar&#237;a Sara, No diga mi nombre as&#237;, Mar&#237;a Sara, usted me gusta, pausa larga, Es verdad, Es verdad, Pues le ha costado mucho dec&#237;rmelo, Y tal vez nunca se lo hubiera dicho, Por qu&#233;, Porque somos diferentes, pertenecemos a mundos diferentes, Qu&#233; sabe usted de todas esas diferencias, nuestras y de los mundos, Imagino, veo, saco conclusiones, Esas tres operaciones tanto pueden llevar a la verdad como al error, Lo admito, y el error mayor, en este momento, habr&#225; sido decirle que me gusta, Por qu&#233;, No s&#233; nada de su vida, si est&#225;, Casada, S&#237;, o, Comprometida, como se dec&#237;a antes, S&#237;, Imaginemos que estoy realmente casada, o comprometida de cualquier forma, impedir&#237;a eso que yo le gustara, No, Y si yo estuviera realmente casada o tuviera otro tipo de compromiso, cree que impedir&#237;a eso que usted me gustara si esto ten&#237;a que ocurrir, No lo s&#233;, Entonces, tome nota de que me gusta, pausa larga, Es verdad, Es verdad, Oiga, Mar&#237;a Sara, Diga, Raimundo, pero antes ha de saber que hace tres a&#241;os que estoy divorciada, que hace tres a&#241;os que he puesto fin a una relaci&#243;n y que no he empezado otra, que no tengo hijos, que quiero tenerlos, que vivo en casa de un hermano, que la persona que atendi&#243; el tel&#233;fono es mi cu&#241;ada, y que no necesita usted decirme qui&#233;n fue la que cogi&#243; mi recado, porque s&#233; que es la asistenta, y ahora, s&#237;, tiene la palabra, se&#241;or corrector, no me haga caso, estoy casi estallando de alegr&#237;a, Por qu&#233; le gusto, d&#237;gamelo, No lo s&#233;, Y no teme que cuando lo empiece a saber pueda empezar a no gustarle, A veces ocurre eso, incluso muchas veces, Entonces, Entonces, nada, lo de despu&#233;s s&#243;lo despu&#233;s se conoce, Usted me gusta, Creo que s&#237;, que le gusto, Cu&#225;ndo nos vemos, En cuanto me levante de este lecho de dolor, D&#243;nde, En todas partes, Ahora puedo preguntar qu&#233; enfermedad es &#233;sa, Nada de importancia, o mejor dicho, s&#237;, la gripe m&#225;s importante de mi vida, Desde ah&#237; no me puede ver, pero estoy sonriendo, Gran novedad &#233;sa, la sonrisa es cosa que nunca he visto en su boca, Puedo decirle que la quiero, No, diga s&#243;lo que le gusto, Ya se lo he dicho, Entonces guarde el resto para el d&#237;a en que sea verdad, si llega ese d&#237;a, Llegar&#225;, No juremos sobre el futuro, mejor ser&#225; esperarlo para ver si &#233;l nos reconoce, y ahora esta d&#233;bil y febril mujer pide que la dejen descansar, necesita recuperar fuerzas para el caso, quiz&#225; probable, de que a alguien se le ocurra telefonear hoy, A qui&#233;n, a usted, O a usted, el sentido de la frase admite dos destinatarios, depende, La ambig&#252;edad no siempre es un defecto, Hasta luego, Deje que me despida con un beso, Est&#225; llegando el tiempo de ellos, Para m&#237; ya tardaba, S&#243;lo una pregunta m&#225;s, Diga, Ha empezado a escribir la Historia del Cerco de Lisboa, S&#237;, No s&#233; si me seguir&#237;a gustando si me dijera que no, adi&#243;s.

Adi&#243;s, fue la palabra. En su cuarto, acostada, Mar&#237;a Sara cuelga lentamente el auricular, al mismo tiempo que Raimundo Silva, sentado a su mesa, cuelga lentamente el auricular. Con un movimiento ondulatorio, ella se hunde, perezosa, entre las s&#225;banas, mientras &#233;l, con abandono, se recuesta en el respaldo de la silla. Est&#225;n felices, ambos, y hasta tal punto que ser&#237;a gran injusticia separarnos de uno para quedarnos hablando del otro, como m&#225;s o menos estaremos obligados a hacer, pues conforme qued&#243; demostrado en otro m&#225;s fantasioso relato, es f&#237;sica y mentalmente imposible describir los actos simult&#225;neos de dos personajes, mayormente si ellos est&#225;n lejos el uno del otro, al sabor de los caprichos y preferencias de un narrador siempre m&#225;s preocupado con lo que cree que son los intereses objetivos de su narraci&#243;n que con las esperanzas leg&#237;timas de este o de aquel personaje, aunque secundario, de ver preferidos sus m&#225;s modestos decires y menudas &#225;cciones a los importantes hechos y palabras de los protagonistas y los h&#233;roes. Y como de h&#233;roes hablamos, dense como ejemplo ilustrativo aquellos encuentros maravillosos de los caballeros de la Tabla Redonda o de la Demanda del Graal con sabios ermita&#241;os o misteriosas doncellas puestas en su camino, que llegando al fin la pl&#225;tica y la lecci&#243;n, part&#237;a el caballero rumbo a nuevas aventuras y reuniones, y nosotros obligatoriamente con &#233;l, quedando en la p&#225;gina abandonados, cu&#225;ntas veces del todo y para siempre, el ermita&#241;o en una, la doncella en otra, cuando nos gustar&#237;a m&#225;s saber qu&#233; destino tuvieron &#233;sos, si al ermita&#241;o, por amor, lo retir&#243; una reina de su ermita, si la doncella, en vez de quedarse en el bosque a la espera del pr&#243;ximo caballero perdido, fue ella a ver si encontraba por el mundo un hombre. En este caso de Mar&#237;a Sara y Raimundo Silva, la cuesti&#243;n se complica mucho, visto que los dos son personajes principales, como principales estar&#225;n siendo, ahora mismo, sus gestos y pensamientos, de los cuales, al fin, vista la dificultad insuperable, no nos queda otra soluci&#243;n que elegir algo que el criterio del lector tenga a bien aceptar como esencial, por ejemplo, en cuanto a Mar&#237;a Sara, observar que hubo tambi&#233;n cierta voluptuosidad en el movimiento que primero nos limitamos a calificar de perezoso, y que Raimundo Silva tiene los labios secos como si una repentina fiebre hubiera entrado en su cuerpo, y todo &#233;l empez&#243; a temblar, es la resaca de los nervios, tensos durante la conversaci&#243;n, enga&#241;osamente relajados en el instante brev&#237;simo de los adioses, y zumbando ahora como alambres tensados, o respetando la belleza y la conmoci&#243;n, arpa e&#243;lica que el viento aunque cicl&#243;nico, hace vibrar. D&#237;gase tambi&#233;n que durando la sonrisa de Mar&#237;a Sara tanto, y siendo o pareciendo tan genuinamente feliz la expresi&#243;n de &#233;l, la cu&#241;ada le pregunt&#243;, curiosa, Qui&#233;n es ese Raimundo Silva que te ha puesto en ese estado, y Mar&#237;a Sara, sin dejar de sonre&#237;r, respondi&#243;, Todav&#237;a no lo s&#233;. Raimundo Silva no tiene con quien hablar, sonr&#237;e apenas, ahora que la tranquilidad regresa poco a poco, se levanta, es un hombre nuevo el que sale del despacho y se dirige al dormitorio, y que mir&#225;ndose a un espejo no se reconoce, aunque, tan consciente de ser esto que aqu&#237; est&#225;, que al reparar en la l&#237;nea blanca de la ra&#237;z de los cabellos se limita a encogerse de hombros, con una indiferencia que es real, quiz&#225; un poco impaciente, tal vez porque son lentos los progresos de la verdad. Mar&#237;a Sara mira la hora en el reloj de pulsera, es pronto para que vuelva a sonar el tel&#233;fono o para que ella se decida a llamar, la gran prueba de la sabidur&#237;a es tener presente que hasta los sentimientos deben saber administrar el tiempo. Raimundo Silva mira la hora en el reloj de pulsera y sale. Pas&#243; en la calle m&#225;s tiempo del necesario para ir a la florista y comprar cuatro rosas, las m&#225;s suavemente blancas que hab&#237;a. Cruz&#243; con la dependienta un animado di&#225;logo antes de conseguir lo que por a&#241;adidura pretend&#237;a y para lo que, al fin, tuvo que mostrarse mucho m&#225;s generoso propinador de lo que es pr&#225;ctica com&#250;n y a&#250;n menos costumbre propia, pues no persuadieron lo bastante a la dependienta los diversos argumentos usados, desde el intento de demostrarle que la diferencia entre dos rosas y doce rosas es puramente aritm&#233;tica y no de valor, hasta algunas misteriosas y veladas alusiones al cumplimiento de una promesa sobre la cual un juramento solemne le imped&#237;a abrirse como le gustar&#237;a, Aunque s&#243;lo fuera para corresponder a tanta paciencia y amabilidad. Ya con la gratificaci&#243;n reconfortante en el bolsillo de la bata de servicio, la dependienta accedi&#243; a dejarse impresionar, y, prosiguiendo la conversaci&#243;n, no sorprender&#237;a nada que acabaran concluyendo que el dinero no tuvo ninguna influencia en el entusiasmo con que ella se adhiri&#243; al inusual requerimiento del cliente, inusual, s&#237;, puesto que, por m&#225;s vueltas que se le den, dos rosas no son doce, ni siquiera una orqu&#237;dea, que &#233;sa a s&#237; misma se basta, y hasta se prefiere. Para no ser cogido en falso, en ausencia que ser&#237;a doblemente frustradora, Raimundo Silva volvi&#243; a casa en taxi, subi&#243; las escaleras corriendo, proeza gimn&#225;stica que durante unos minutos dificult&#243; su respiraci&#243;n, Imprudencia, pens&#243;, a mi edad no se debe subir de esta manera la Cal&#231;ada de la Gloria, dijo gloria sin pensarlo, luego, divirti&#233;ndose con sus mismas exageraciones, f&#237;sicas y vocabulares, retir&#243; la flor marchita del solitario, cambi&#243; el agua, y dispuso en &#233;l, con arte y lentitud de japon&#233;s, las dos rosas que hab&#237;a tra&#237;do.

Por la ventana del cuarto se ve&#237;an pasar nubes, despacio, pardas y pesadas, en el cielo violeta del atardecer. Pese a ir adelantada, la primavera a&#250;n no se hab&#237;a decidido a abrir las puertas al calor, al Austro tibio que lleva a desahogar los cuellos y subir las mangas, en cierto modo Raimundo Silva anda viviendo en dos tiempos y dos estaciones, el julio ardent&#237;simo que refulge e inflama las armas que cercan Lisboa, y este abril h&#250;medo, gris, con un sol a veces destelleante que vuelva luz dura, como un diamante liso y cerrado. Abri&#243; la ventana, apoy&#243; los codos en la barandilla, se sent&#237;a bien pese a lo desabrido del tiempo, felizmente la casa da la espalda al Boreas, que es el que sopla en este momento, en s&#250;bitas y peque&#241;as r&#225;fagas, que contornean la esquina y le rozan luego la cara como una caricia fr&#237;a. Al poco, se siente aterido y piensa que deb&#237;a recogerse, cuando en un instante queda transido, literalmente transido, al recordar que all&#237; donde est&#225; no puede o&#237;r el timbre del tel&#233;fono, si suena. Entr&#243; deprisa y se precipit&#243; hacia el despacho como si a&#250;n quisiera percibir las &#250;ltimas vibraciones, el tel&#233;fono estaba all&#237;, quieto, negro, como siempre, pero ahora hab&#237;a dejado de ser un animal amenazador, un insecto acorazado de espinos y aguijones, pod&#237;a ser incluso comparado con un gato dormido, enroscado en su propio calor, que despierto no amenazar&#225; con u&#241;as de peque&#241;a y cu&#225;ntas veces mortal fiera, sino que se quedar&#225; esperando la mano que se aproxima para rozarse en ella, voluptuoso y c&#243;mplice. Raimundo Silva volvi&#243; al cuarto, se sent&#243; a la peque&#241;a mesa junto a la ventana sin encender la luz, a la espera. Apoy&#243; la frente entre las manos, gesto suyo caracter&#237;stico, con las puntas de los dedos rozaba distra&#237;damente la ra&#237;z de los cabellos donde otra historia estuvo escrita, porque &#233;sta de ahora, comenzada, s&#243;lo pod&#237;a leerla quien los ojos tuviera l&#250;cidos y abiertos, no un ciego, a quien, por muy apurada que tuviera la sensibilidad t&#225;ctil, no le dir&#237;an los dedos qu&#233; color es &#233;se, nuevo, de unos cabellos. Pese a estar la tarde cayendo, la penumbra del cuarto no ser&#237;a tan densa si no fuera por el alpende, que incluso en d&#237;as claros cierra el paso a la luz cenital, y en este momento hace nacer aqu&#237; la noche cuando ah&#237; fuera, entre los desgarrones lentos de las nubes, el cielo pr&#243;ximo a&#250;n se deja penetrar por los &#250;ltimos rayos que el sol, pasando por detr&#225;s del mar, lanza hasta las regiones superiores del espacio. Erguidas en el estrecho solitario, las dos rosas albean en el oscuro azul del cuarto, las manos de Raimundo Silva se posan sobre la &#250;ltima hoja escrita, unas l&#237;neas negras indescifrables, tal vez de ar&#225;biga lengua, no estuvimos atentos a la voz del almu&#233;dano, en vano grit&#243; &#233;l, el sol se demor&#243; a&#250;n un largo minuto, posado sobre el horizonte n&#237;tido, esperando, despu&#233;s se dej&#243; hundir, ahora cualquier palabra llegar&#237;a demasiado tarde. La silueta de Raimundo Silva se confunde poco a poco con el espesor de las sombras, las rosas a&#250;n recogen de la ventana la casi imperceptible luz retenida en los cristales y en ella se ba&#241;an, al tiempo que exhalan desde el coraz&#243;n profundo de las corolas un perfume inesperado. Las manos de Raimundo Silva se levantan despacio y las tocan, una, otra, como si dos mejillas tocara, una, otra, preludio del movimiento siguiente, dos labios que lentamente se van aproximando y rozan los p&#233;talos, la boca m&#250;ltiple de la flor. Ahora que no suene el tel&#233;fono, que nada venga a interrumpir este momento antes de que por s&#237; mismo se acabe, ma&#241;ana los soldados reunidos en el Monte da Gra&#231;a avanzar&#225;n como dos tenazas, a naciente y a poniente, hasta la margen del r&#237;o, y pasar&#225;n a la vista de Raimundo Silva, que vive en la torre de la Porta de Alfofa, y cuando &#233;l se asome a la terraza, curioso, llevando una rosa en la mano, o dos, le gritar&#225;n desde abajo que es demasiado tarde, que ya no es tiempo de rosas, sino de sangre final y de muerte. Por este lado, en direcci&#243;n a la Porta de Ferro, bajar&#225; el cuerpo de tropa que lleva por capit&#225;n a Mem Ramires y donde, en el tropel, va Mogueime, a quien su comandante, vi&#233;ndolo al fin y reconoci&#233;ndolo, imaginamos que por la altura, que la cara es barbada como la de todos, le gritar&#225; con una buena risa llana y medieval, Eh, hombre, altas son de m&#225;s estas murallas para que a tus hombros pueda yo otra vez subir y lanzar la escala, como en Santarem hicimos y cu&#225;n bien nos aprovech&#243;, y al rey nuestro se&#241;or, y Mogueime, puesto en confianzas, pero a quien, aun as&#237;, no se le pasa por la cabeza contradecir la versi&#243;n de su oficial sobre la posici&#243;n relativa de las partes constitutivas de la ya c&#233;lebre escalera humana, responde con aquella filosof&#237;a de soldado que va a la guerra y contesta al general que pasa en jeep, Si ah&#237; dentro nos volvemos a ver, ser&#225; se&#241;al de que hemos ganado ambos la guerra, pero si alguno de nosotros falta al encuentro, &#233;se la habr&#225; perdido, y ahora, alce vuestra se&#241;or&#237;a el escudo, que ah&#237; viene una lluvia de saetas. Raimundo Silva encendi&#243; la l&#225;mpara de la mesa, la r&#225;pida luz por un momento pareci&#243; apagar las rosas, despu&#233;s reaparecieron como si a s&#237; mismas se reconstruyeran, pero sin aura ni misterio, al contrario de lo que se cree fue un bot&#225;nico el autor de la c&#233;lebre frase, Una rosa es una rosa es una rosa, un poeta habr&#237;a dicho s&#243;lo, Una rosa, el resto cabr&#237;a en el silencio de contemplarla.

Al fin, el tel&#233;fono. De un salto, Raimundo Silva se levanta, la silla empujada hacia atr&#225;s oscila y cae, y &#233;l ya est&#225; en el pasillo, un poco por delante de alguien que lo observaba sonriendo con suave iron&#237;a, Qui&#233;n nos iba a decir, querido amigo, que tales cosas acabar&#237;an por ocurrirnos, no, no me respondas, es p&#233;rdida de tiempo responder a preguntas ret&#243;ricas, ya varias veces hablamos de eso, vete, vete, que yo te sigo, nunca tengo prisa, lo que alg&#250;n d&#237;a tenga que ser tuyo, m&#237;o ha de ser, yo soy siempre aquel que llega despu&#233;s, vivo cada momento vivido por ti como si de ti respirase un perfume de rosas s&#243;lo guardado en la memoria, o, menos po&#233;ticamente, tu plato de hortalizas y jud&#237;as blancas, donde en cada instante tu infancia renace, y no la ves, y no querr&#237;a creerlo si te lo dijera. Raimundo Silva se lanz&#243; sobre el tel&#233;fono, en un segundo de duda pens&#243;, Y si no es ella, era ella, Mar&#237;a Sara, que le dec&#237;a, No deb&#237;a haberlo hecho, Por qu&#233;, pregunt&#243; &#233;l desconcertado, Porque a partir de hoy no podr&#233; no recibir rosas todos los d&#237;as, Nunca faltar&#233; con ellas, No me refiero a rosas rosas, Entonces, Nadie deber&#237;a dar menos de lo que ya dio una vez, no se dan rosas hoy para dar un desierto ma&#241;ana, No habr&#225; desierto, Es s&#243;lo una promesa, no lo sabemos, Es verdad, no lo sabemos, tampoco yo sab&#237;a que enviar&#237;a dos rosas, y usted, Mar&#237;a Sara, por su parte, no sabe que dos rosas iguales a &#233;sas est&#225;n aqu&#237;, en un solitario, sobre una mesa donde hay unas hojas escritas con la historia de un cerco que nunca aconteci&#243;, al lado de una ventana que da hacia una ciudad que no existe tal como la veo, Quiero conocer esa casa, Probablemente no le va a gustar, Por qu&#233;, No s&#233; decirlo, es una casa sencilla, o, menos a&#250;n, sin belleza, nos reunimos aqu&#237; yo y unos muebles, deshermanados, hay muchos libros, vivo de ellos, pero soy el que est&#225; siempre del lado de fuera, hasta cuando corrijo un error tipogr&#225;fico o del autor, soy como aquel paseante que en un jard&#237;n, por escr&#250;pulo de limpieza, levanta una hoja del suelo y, al no saber d&#243;nde dejarla, se la guarda en su bolsillo, es todo lo que llevo conmigo, hojas secas, marchitas, ning&#250;n fruto sano para la boca, Ir&#233; a hacerle una visita, No hay nada que m&#225;s desee en el mundo, se interrumpi&#243; un instante breve y a&#241;adi&#243;, Por ahora, pero, como si se arrepintiese de lo que hab&#237;a dicho o hubiera encontrado que resultase demasiado inconveniente, corrigi&#243;, Perdone, no era &#233;sa mi intenci&#243;n, y como ella segu&#237;a callada dej&#243; salir palabras que nunca imaginar&#237;a que fuera capaz de pronunciar alguna vez, directas, francas, expl&#237;citas por s&#237; mismas y no por cualquier juego de cautelosa insinuaci&#243;n, Claro que fue con intenci&#243;n, y no le pido disculpas. Ella se ech&#243; a re&#237;r, tosi&#243; un poco, Mi problema, en esta situaci&#243;n, es saber si deber&#237;a haberme ruborizado antes o si es ahora cuando debo ruborizarme, Recuerdo que la vi ruborizada una vez, Cu&#225;ndo, Cuando toqu&#233; la rosa que estaba en su despacho, Las mujeres se ruborizan m&#225;s que los hombres, somos el sexo fr&#225;gil, Ambos sexos son fr&#225;giles, tambi&#233;n yo me ruboric&#233;, Sabe usted mucho de la fragilidad de los sexos, S&#233; de mi propia fragilidad, y algo de la de los otros, si los libros saben, ellos, de lo que hablan, Raimundo, Diga, En cuanto pueda salir, ir&#233; a verlo, pero, La esperar&#233;, Esas palabras son buenas, No entiendo, Cuando ah&#237; est&#233;, tendr&#225; que continuar esper&#225;ndome, y yo seguir&#233; tambi&#233;n a la espera, porque ni el uno ni el otro sabe cu&#225;ndo llegaremos, Esperar&#233;, Hasta pronto, Raimundo, No tarde, Qu&#233; va a hacer cuando colguemos, Acampar frente a la Porta de Ferro y rezar a la Virgen Sant&#237;sima para que a los moros no se les ocurra atacarnos a la callada por la noche, Tiene miedo, Estoy temblando de pavor, Tanto, Antes de venir a esta guerra, yo era s&#243;lo un corrector de pruebas, sin mayores cuidados que trazar correctamente un dele&#225;tur para explic&#225;rselo al autor, Parece que hay interferencias en la l&#237;nea, Lo que se oye son los gritos de los moros amenazando desde las almenas, Tenga cuidado, No he venido de tan lejos para morir ante los muros de Lisboa.


Si por buenos y averiguados tomamos los hechos tal como en su carta a Osberno nos relat&#243; el antes mencionado Fray Rogeiro, va a ser preciso explicar a Raimundo Silva que no se enga&#241;e sobre la supuesta facilidad de acampar, sin m&#225;s, en la frontera de la Porta de Ferro, o en cualquier otra, porque esta perversa raza de moros no es tan timorata que, sin lucha, se haya encerrado a siete llaves, a la espera de un milagro de Al&#225; capaz de desviar a los gallegos de sus funestas intenciones. Lisboa, lo hemos dicho, tiene casas fuera de sus muros, y no son ellas pocas, ni de simple veraneo o jardinaje, m&#225;s bien es &#233;sta una ciudad que rodea a la otra, y si es sabido que, dentro de unos d&#237;as, cuando el cerco sea al fin una realidad geom&#233;trica, en ellas se instalar&#225;n c&#243;modamente los cuarteles generales y las personalidades importantes, militares y religiosas, as&#237; dispensadas de soportar la relativa incomodidad de las tiendas, ahora va a ser necesario pelear duramente para expulsar a la marisma de estos apacibles arrabales, de calle en calle, de patio en patio, de azotea en azotea, batalla que no durar&#225; menos de una semana y que s&#243;lo ser&#225; posible vencer porque los portugueses en esa ocasi&#243;n eran superiores en n&#250;mero, una vez que los moros no sacaron todos sus batallones y las tropas de dentro no pod&#237;an intervenir con las hondas y las ballestas, por miedo a herir o matar hermanos que a este combate de primera l&#237;nea, de buen grado o sin &#233;l, se hab&#237;an sacrificado. No censuremos, sin embargo, a Raimundo Silva, que, como &#233;l mismo no se ha cansado de recordarnos, no pasa de ser un simple corrector eximido del servicio militar, y sin conocimiento de estas artes, pese a que entre sus libros haya una edici&#243;n resumida de las obras de Clausewitz, comprada de lance hace muchos a&#241;os y que nunca abri&#243;. Quiz&#225; haya querido abreviar su propio relato, considerando que, pasados tantos siglos, lo que cuenta son s&#243;lo los episodios principales. Hoy las personas no tienen ni tiempo ni paciencia para meterse en la cabeza pormenores y menudencias hist&#243;ricas, eso estar&#237;a bien para los contempor&#225;neos de nuestro rey Don Afonso el Primero, que ten&#237;an, desde luego, mucha menos historia que aprender, una diferencia de ocho siglos a su favor no es juego ninguno, lo que a nosotros nos salva son los ordenadores, les metemos dentro todo cuanto sea enciclopedia y diccionario, y quedamos as&#237; dispensados de tener memoria propia, pero este modo de entender las cosas, dig&#225;moslo antes de que nos lo diga otro, es absoluta y condenatoriamente reaccionario, pues las bibliotecas de nuestros padres y abuelos para eso es para lo que serv&#237;an, para que no sufriera carga excesiva el neopalio, que ya hace demasiado para el tama&#241;o que tiene, min&#250;sculo, all&#237; en el fondo del cerebro, rodeado de circuitos por todas partes, cuando Mem Ramires le dijo a Mogueime, Ponte ah&#237;, que voy a subirme en tus hombros, tal vez no se piense que fue esta frase obra del neopalio, donde, estando la memoria de escaleras y soldados disciplinados, est&#225; tambi&#233;n la inteligencia, convergencia o relaci&#243;n de causa y efecto de la que no se puede envanecer el ordenador, pues, sabi&#233;ndolo todo, no entiende nada. Dicen.

Est&#225; Lisboa al fin cercada, ya han enterrado algunos muertos, los heridos han sido llevados en bateles hasta la otra orilla del estuario, y desde all&#237;, por el monte arriba, unos a los cementerios, otros a los hospitales de sangre, &#233;stos todos juntos, aqu&#233;llos seg&#250;n su naci&#243;n y condici&#243;n. En el campamento, si descontamos el pesar y el llanto por las p&#233;rdidas sufridas, nada exageradas, pues esta gente es dura de sentimientos y poco dada a l&#225;grimas, se nota una gran confianza en el futuro y una extremada fe en las ayudas de Nuestro Se&#241;or Jesucristo, que esta vez no va a precisar darse el trabajo de aparecerse como en Ourique, ya obr&#243; prodigio bastante al hacer que los moros, en la prisa de la retirada, hubieran abandonado al apetito enemigo, nuestro, las muchas cargas de trigo, cebada, mijo y legumbres que, para provisi&#243;n de la ciudad y por no caber en ella, estaban guardadas en bodegas subterr&#225;neas abiertas a media ladera, entre la Porta de Ferro y la Porta de Alfofa. Fue entonces, en esta feliz descubierta, cuando el rey Don Afonso, con una sabidur&#237;a que su poca edad no har&#237;a prever, pues ten&#237;a entonces treinta y ocho a&#241;os, un chiquillo, pronunci&#243; la c&#233;lebre sentencia que entr&#243; de inmediato en el circuito de las ideas portuguesas, Guardado est&#225; el bocado para quien lo ha de comer, y prudentemente mand&#243; recoger los alimentos para no tener que inventar tan pronto otro dictado, Barriga de pobre, antes reventar que sobre, el mejor momento para racionar es el de la abundancia, remat&#243;.

Hab&#237;a pasado ya una semana sobre la errada previsi&#243;n de Raimundo Silva, la de su primera estrategia, cuando pens&#243; que al mediod&#237;a del d&#237;a siguiente a aquel en que se movieron las tropas del Monte da Gra&#231;a se dar&#237;a asalto simult&#225;neo a todas las puertas de la ciudad, con la esperanza de encontrar un punto d&#233;bil en la defensa y por all&#237; romper, o atrayendo hacia all&#237; refuerzos que, desguarneciendo los otros frentes, los dejaran debilitados y entonces. No vale la pena terminar la frase. Sobre el papel todos los planes son m&#225;s o menos buenos, no obstante, la realidad ha mostrado su irresistible vocaci&#243;n a desviar proyectos y desgarrar planes. No fue s&#243;lo el caso de los arrabales convertidos por los moros en baluartes, que &#233;se acab&#243; por ser resuelto. Aunque con grandes bajas, ahora la cuesti&#243;n est&#225; en saber c&#243;mo se puede entrar por puertas tan cerradas, defendidas por pi&#241;as de guerreros encaramados a las altas torres que las flanquean y protegen, o c&#243;mo se asaltan muros de esta altura, donde las escaleras no consiguen llegar y donde nunca se quedar&#225;n dormidos los centinelas. En definitiva, Raimundo Silva est&#225; en excelentes condiciones para juzgar las dificultades de la empresa, pues desde su balc&#243;n percibe que no precisar&#237;a de una punter&#237;a rigurosa para matar o herir a cuantos cristianos intentaran acercarse a esta Porta de Alfofa, si a&#250;n aqu&#237; estuviese. Corre por el campamento el rumor de que hierven en divergencias los altos mandos, divididos entre dos tesis operativas, una que propone el asalto inmediato con todos los medios disponibles, empezando por un poderoso tiro de barrera para obligar a los moros a retirarse de las almenas, y terminando por el empleo de arietes gigantescos para embestir las puertas y derribarlas, y otra menos aventurada, que defiende el establecimiento de un cerco tan apretado que ni un rat&#243;n pueda o entrar o salir de Lisboa, o, con mayor precisi&#243;n, que salgan los que quieran, pero que no entre ninguno, que al fin por hambre rendir&#237;amos la ciudad. Argumentan los adversarios de la primera tesis que la conclusi&#243;n, es decir, la entrada victoriosa en Lisboa, se asienta en una premisa falsa, que es la de suponer que el tiro de barrera ser&#237;a suficiente para hacer retroceder a los moros de las almenas, A esto, caros se&#241;ores, se llama vender el huevo en el culo de la gallina, lo m&#225;s seguro es que ni se muevan, no precisar&#225;n m&#225;s que armar unas coberturas, unos alpendes, bajo los cuales se abrigar&#237;an, y as&#237;, muy a su salvo, nos fusilar&#225;n desde arriba con todo sosiego o nos echar&#225;n aceite hirviendo encima, que es mala costumbre de ellos. Responden los defensores del ataque inmediato que quedar a la espera de que los moros se rindan por hambre no es cosa de hidalgos de tan alto linaje como los que all&#237; se encuentran, y que fue ya inmerecida caridad proponerles que se retirasen llev&#225;ndose haberes y pertenencias, ahora s&#243;lo la sangre podr&#225; lavar los muros de Lisboa de la mancha infame que hace m&#225;s de trescientos cincuenta a&#241;os infecta estos lugares que puros a Cristo es hora de restituir. Ha o&#237;do el rey a unos y otros, a unos y otros reconoce un tanto de raz&#243;n y se la niega, porque si es verdad que no le parece propio de su dignidad quedarse a la espera de que el fruto caiga maduro del &#225;rbol, tampoco cree que un ataque lanzado a lo bruto pueda causar efecto, aunque traigan para hundir las puertas de la ciudad a todos los carneros del reino. Pidi&#243; entonces el caballero Enrique licencia para recordar que en todos los cercos de Europa se han venido usando, con los mejores resultados, unas torres m&#243;viles de madera, es decir no tan m&#243;viles pues para mover un artefacto de &#233;sos se precisa una multitud de gente y de bestias, lo que cuenta es que en lo alto de la torre, cuando alcance la altura conveniente, construiremos un pasadizo que, bien protegido de ataques, ir&#225; poco a poco avanzando en direcci&#243;n al muro, y desde &#233;l se lanzar&#225;n nuestros soldados como torrente incontenible, llev&#225;ndose por delante sin merced ni recurso a la nefanda marisma, y concluy&#243; la explicaci&#243;n diciendo, Grandes son las ventajas que vendr&#225;n a Portugal de imitar, en &#233;ste como en otros casos, lo que en Europa se est&#225; haciendo de m&#225;s moderno, aunque al principio experiment&#233;is dificultades para meteros en la cabeza las tecnolog&#237;as nuevas, y, por m&#237;, s&#233; de la construcci&#243;n de tales torres lo suficiente para ense&#241;ar a los nativos, Vuestra Alteza no tiene m&#225;s que darme &#243;rdenes, confiado que el d&#237;a de la distribuci&#243;n de premios no quede en olvido la especial importancia de mi contribuci&#243;n en el marco de los apoyos con que, pese a las defecciones comprobadas, pudo contar Portugal en esta hora decisiva de su historia.

Inclin&#225;base el rey a anunciar su decisi&#243;n, o&#237;dos ya tan avisados consejos, cuando otros dos cruzados se levantaron y pidieron la palabra, uno normando, otro franc&#233;s, para decir que tambi&#233;n ellos eran peritos en levantar torres de aqu&#233;llas, y que all&#237; mismo ped&#237;an reconocimiento de competencias al respecto, haciendo valer la econom&#237;a de sus m&#233;todos, tanto en dise&#241;o como en construcci&#243;n, con la confianza de que ser&#237;an aceptadas sus propuestas. En cuanto a las condiciones, tambi&#233;n ellos se entregaban a la magnanimidad del rey y a su gratitud se confiaban, uni&#233;ndose por tanto al caballero Enrique, y haciendo suyas sus palabras por las mismas causas y razones. A quienes no gust&#243; este giro del debate fue a los portugueses, ni a los partidarios de la espera ni a los que lo eran de la acci&#243;n inmediata, si bien por motivos diferentes, s&#243;lo de acuerdo unos y otros en rechazar la hip&#243;tesis, peligrosamente cre&#237;ble, de que los extranjeros llevaran la primac&#237;a, sin que la gente de esta tierra sirviera m&#225;s que de mano de obra an&#243;nima, sin derecho a dejar su nombre inscrito en la obra y en la lista de recompensas. Verdad era que a los defensores del cerco pasivo no les desagradaba del todo el proyecto de las torres, pues resultaba evident&#237;simo que no podr&#237;an ser construidas en el desorden de los ataques, sin embargo a estas consideraciones habr&#237;a que sobreponer siempre el orgullo patri&#243;tico, y as&#237; acabaron aqu&#233;llos haciendo frente com&#250;n con los impacientes y partidarios de una acci&#243;n pronta y directa, intentando de esa manera aplazar la simple recepci&#243;n de las propuestas extranjeras. Ahora bien, la prueba de que Don Afonso Henriques merec&#237;a verdaderamente ser rey, y no s&#243;lo rey, sino rey nuestro, est&#225; en que supo decidir como Salom&#243;n, otro ejemplo de despotismo ilustrado, al fundir en un solo plan estrat&#233;gico las diferentes tesis, disponi&#233;ndolas en una armoniosa y l&#243;gica sucesi&#243;n. Felicit&#243; en primer lugar a los partidarios del ataque inmediato por las virtudes de valor y osad&#237;a que as&#237; demostraban, dio luego su enhorabuena a los ingenieros de las torres por su sentido pr&#225;ctico adornado por los modernos dones de la invenci&#243;n y la creatividad, se congratul&#243; finalmente con los dem&#225;s por encontrar en ellos el loable m&#233;rito de la prudencia y la paciencia, enemigas de riesgos innecesarios. Hecho esto, sintetiz&#243;, Determino, pues, que el orden de las operaciones sea el siguiente, primero, asalto general, segundo, en el caso de que falle, avanzar&#225;n las torres, la alemana, la francesa, la normanda, tercero, si todo falla, mantendremos el cerco indefinidamente, que alg&#250;n d&#237;a se rendir&#225;n. Los aplausos fueron un&#225;nimes, o porque hablando el rey as&#237; debe ser, o porque todos encontraron satisfacci&#243;n bastante en la decisi&#243;n tomada, lo que vino a expresarse por tres diferentes dictados, o divisas, cada cual para su facci&#243;n, dec&#237;an los primeros, Candela que va delante, alumbra dos veces, contestaban los segundos, El primer mijo, para los pardales, remataban ir&#243;nicos los terceros, Reir&#225; mejor quien r&#237;a el &#250;ltimo.

La evidencia de la mayor parte de los acontecimientos que constituyeron, hasta ahora, lo m&#225;s sustancial del meollo de este relato, ha venido a demostrar que a Raimundo Silva no le sirvi&#243; de nada intentar hacer valer sus puntos de vista propios, ni cuando ellos transcurr&#237;an por as&#237; decir en l&#237;nea recta, obligatoriamente, de la negativa introducida en una historia que, hasta &#233;se su acto, se manten&#237;a presa de esa especie de fatalidad particular a la que llamamos hechos, ya tengan ellos sentido en su relaci&#243;n con otros, ya surjan como inexplicables en un determinado momento del estado de nuestro conocimiento. Se da cuenta &#233;l de que su libertad comenz&#243; y acab&#243; en aquel preciso instante en que escribi&#243; la palabra No, de que a partir de ah&#237; se hab&#237;a puesto en movimiento una nueva fatalidad, igualmente imperiosa, y que no le queda ahora sino intentar comprender lo que, habiendo comenzado por parecer iniciativa y reflexi&#243;n suya, resulta tan s&#243;lo de una mec&#225;nica que le era y contin&#250;a siendo exterior, de cuyo funcionamiento alimenta apenas una muy vaga idea y en cuya actividad interviene no m&#225;s que por el manejo aleatorio de palancas o botones cuya real funci&#243;n se desconoce, sabiendo &#250;nicamente que &#233;se es su papel, bot&#243;n o palanca movidos aleatoriamente por la emergencia de impulsos no previsibles, o, si adivinables e incluso autoestimulados, fuera de toda previsi&#243;n en lo que se refiere a sus consecuencias pr&#243;ximas o remotas. Por eso se puede comprobar que, no habiendo &#233;l previsto, efectivamente, contar la nueva historia del cerco de Lisboa como aqu&#237; viene contada, se ve de pronto confrontado con el resultado de una necesidad tan implacable como la otra, aquella de la que hab&#237;a cre&#237;do huir por la simple inversi&#243;n de un signo y en la que al fin volv&#237;a a caer, ahora en negativo, o para hablar en t&#233;rminos menos radicales, como si hubiera escrito la misma m&#250;sica bajando medio tono en todas las notas. Raimundo Silva est&#225; pensando, seriamente, en poner punto final a su relato, en hacer regresar a los cruzados al Tajo, que no deben de ir muy lejos, estar&#225;n tal vez entre el Algarve y Gibraltar, y dejar as&#237; que la historia se cumpla sin variaciones, como mera repetici&#243;n de hechos, seg&#250;n consta en los manuales y en la Historia del Cerco de Lisboa. Considera que ha dado ya su fruto verdadero el peque&#241;o &#225;rbol de la Ciencia del Error por &#233;l plantado, o lo tiene prometido, que ha sido colocar a este hombre ante aquella mujer, y si eso hecho est&#225;, que empiece un cap&#237;tulo nuevo, tal como se interrumpe un diario de navegaci&#243;n en el momento del descubrimiento de la nueva tierra, claro est&#225; que nadie proh&#237;be que se contin&#250;e escribiendo el diario de a bordo, pero ser&#225; ya otra historia, no la del viaje, terminado, sino la del encuentro y la de lo que fue encontrado. Sin embargo, Raimundo Silva sospecha que tal decisi&#243;n, si la tomara, no le iba a gustar a Mar&#237;a Sara, que ella lo mirar&#237;a indignada, y quiz&#225; incluso con una insoportable expresi&#243;n de decepci&#243;n. Siendo as&#237;, no habr&#225;, por ahora, punto final, s&#243;lo una suspensi&#243;n hasta la anunciada visita, que, por otra parte, en este momento en que estamos, Raimundo Silva ser&#237;a incapaz de escribir una sola palabra m&#225;s, si tiene perdida la serenidad del todo al ponerse a imaginar que tal vez Mogueime, en la v&#237;spera del asalto en masa ya decidido, y teniendo ante los ojos los muros de Lisboa resplandecientes de hogueras en las terrazas, se pusiera, &#233;l, a pensar en una mujer algunas veces avistada en estos d&#237;as, Ouroana, barragana de un cruzado alem&#225;n, y que a esta hora estar&#225; durmiendo con su se&#241;or, en el Monte da Gra&#231;a, en casa cubierta sin duda, y en una estera tendida en los ladrillos frescos en los que nunca volver&#225; a acostarse un moro. Mogueime se ahogaba dentro de la tienda y sali&#243; para refrescarse, los muros de Lisboa, iluminados por las hogueras, parec&#237;an hechos de cobre, Que yo no muera, Se&#241;or, sin probar el gusto de la vida. Se pregunta ahora Raimundo Silva qu&#233; semejanzas hay entre este imaginado cuadro y su relaci&#243;n con Mar&#237;a Sara, que no es barragana de nadie, con perd&#243;n de la impropia palabra, sin cabida hoy en el vocabulario de nuestras costumbres, ella dijo, Hace tres meses he puesto fin a una relaci&#243;n, no he empezado otra, son situaciones obviamente distintas, se supone que de com&#250;n est&#225; s&#243;lo el deseo, que tanto lo sent&#237;a el Mogueime de aquel tiempo como lo est&#225; sintiendo el Raimundo de ahora, las diferencias, que las hay, son culturales, s&#237; se&#241;or.

En una de estas vueltas del pensamiento, Raimundo Silva fue distra&#237;do de sus preocupaciones por el recuerdo s&#250;bito de que en ninguna ocasi&#243;n mostr&#243; Mar&#237;a Sara curiosidad por saber c&#243;mo estaba &#233;l de relaciones sentimentales, para darles un nombre en el que todo cabe. Tal indiferencia, que al menos formalmente lo era, le provoc&#243; un movimiento de despecho, A fin de cuentas, no soy hombre acabado, qu&#233; se cree ella, y acto continuo se dio cuenta de que estaba dando voz a una especie de enfado infantil, disculpable seg&#250;n el conocido hecho de ser los hombres, todos, unos perfectos ni&#241;os, agravado, ese enfado, por el malhumor de una virilidad ofendida, Orgullo de macho, orgullo de bestia, rezong&#243;, y apreci&#243; la expresividad lapidaria de la f&#243;rmula, sem&#225;nticamente intachable. Realmente, la actitud de Mar&#237;a Sara pod&#237;a ser explicada por su discreta naturaleza, hay personas absolutamente incapaces de forzar las puertas de la intimidad ajena, lo que, si bien se mira, no es el caso de &#233;sta, que en todas las circunstancias, desde el principio, tom&#243; las riendas y la iniciativa, sin contemplaciones. La explicaci&#243;n ha de ser pues otra, por ejemplo, considerar Mar&#237;a Sara que su franqueza deb&#237;a de ser espont&#225;neamente retribuida, y, siendo as&#237;, no es imposible que a esta misma hora est&#233; ella con malos pensamientos del tipo de Ojo con hombre que no habla y perro que no ladra. Tampoco se ha de excluir la probabilidad, m&#225;s de acuerdo con la moral de los modernos tiempos, de haber encarado ella cualquier eventual relaci&#243;n con &#233;l como factor sin importancia, del g&#233;nero Yo s&#243;lo tengo que demostrar lo que siento, no voy a averiguar primero si el caballero est&#225; libre o no, que lo diga &#233;l. En todo caso, quien tuvo la idea de ir al fichero de personal para saber el domicilio de un corrector pudo tambi&#233;n aprovechar la oportunidad para asegurarse de su estado civil, aunque se tratara de informaci&#243;n antigua. Soltero es lo que est&#225; escrito en la ficha de Raimundo Silva, pero, si &#233;l se hubiera casado despu&#233;s, seguro que a nadie se le ocurrir&#237;a registrar el cambio de estado. Aparte de eso, no se ignora que entre el estado de soltero y el de casado, o de divorciado, o de viudo, no son pocas las situaciones posibles, antes, durante y despu&#233;s, resumibles en las respuestas que cada uno va encontrando a la pregunta, A qui&#233;n es a quien yo quiero, independientemente de querer a quien, incluy&#233;ndose aqu&#237;, claro est&#225;, todas las variantes principales y secundarias, tanto activas como pasivas.

En los dos d&#237;as siguientes, Mar&#237;a Sara y Raimundo Silva hablaron mucho por tel&#233;fono, repitiendo algo de lo que ya antes hab&#237;an dicho, maravill&#225;ndose a veces con lo que de nuevo iban encontrando y buscando las mejores palabras para expresarlo de modo diferente, proeza pr&#225;cticamente imposible, como se sabe. Fue en la tarde del segundo d&#237;a cuando Mar&#237;a Sara anunci&#243;, Ma&#241;ana voy a trabajar, saldr&#233; una hora antes y paso por su casa. A partir de este momento, Raimundo Silva empez&#243; a confirmar todo cuanto se afirma sobre el car&#225;cter infantil de los hombres, inquieto como si sintiera la necesidad de expulsar de s&#237; una sobrecarga de energ&#237;a, impaciente por el hecho de que el tiempo sea la m&#225;s vagarosa de las cosas de este mundo, caprichoso tambi&#233;n, o antip&#225;tico, como mentalmente le llam&#243; la se&#241;ora Mar&#237;a, al ver confundida la rutina de sus servicios de limpieza y ordenaci&#243;n por las exigencias absolutamente absurdas de un hombre normalmente acomodaticio. La primera sospecha de ella, la de que hab&#237;a moros en la costa, manifestada cuando vio la rosa en el solitario, y que se convirti&#243; en casi certeza, aunque certeza sin objeto, cuando las rosas pasaron a ser dos, se transformaba ahora en convicci&#243;n firme ante el alboroto, por as&#237; decir impropio, de quien lleg&#243; incluso a exhibir un dedo &#237;ndice sucio de polvo recogido en una moldura de la puerta, repitiendo as&#237; la desagradable tradici&#243;n de las amas de casa man&#237;acas de la higiene. Raimundo Silva s&#243;lo empez&#243; a entender que deb&#237;a dominrse cuando la se&#241;ora Mar&#237;a, provocativa, le pregunt&#243;, Quiere que cambie hoy las s&#225;banas o espero hasta el viernes como de costumbre. Infantiles, los hombres son tambi&#233;n transparentes. Menos mal que Raimundo Silva no estaba en aquel momento en el dormitorio, as&#237; la se&#241;ora Mar&#237;a no lleg&#243; a verlo tan aturdido, aunque a ella le bastaba, como confirmaci&#243;n de haber dado en el blanco, el afligido temblor de voz que su o&#237;do fin&#237;simo identific&#243;, No veo motivo para alterar los h&#225;bitos de la casa, frase que no lleg&#243; a enga&#241;arla y que acab&#243; por despertar en &#233;l otra inquietud, vaga, sinuosa, que intentaba repeler las &#250;nicas palabras con las que lealmente se expresar&#237;a, demasiado crudas para ser recibidas en su mon&#243;logo interior, Estar&#225;n las s&#225;banas lo bastante limpias si acabamos en la cama, y no sabe qu&#233; responder, oye a la se&#241;ora Mar&#237;a que dice, chocarrera en su punto justo, ni m&#225;s ni menos, Cre&#237; que querr&#237;a que se las cambiara, y se calla cobardemente, si ella cambia las s&#225;banas, que lo haga por su cuenta, ser&#225; el destino quien decida. S&#243;lo cuando la asistenta se vaya ir&#225; &#233;l a comprobar, y ve entonces que ha puesto las s&#225;banas limpias, pese a todo la se&#241;ora Mar&#237;a es misericordiosa, pero &#233;l no acaba de decidirse entre quedar satisfecho o contrariado. Qu&#233; complicada es la vida.

Pasaba poco de las cinco cuando son&#243; el timbre. Un toque leve, como de pasada, que precisamente hizo correr a Raimundo a la puerta como si tuviese miedo de que fuese una vez para nunca m&#225;s, s&#243;lo en la sinfon&#237;a de Beethoven el destino llama y vuelve a llamar, en la vida no es as&#237;, hay ocasiones en las que tuvimos la impresi&#243;n de que alguien estaba esperando fuera, y cuando fuimos a ver no hab&#237;a nadie, y en otras llegamos s&#243;lo un segundo tarde, la diferencia es que, en este caso, a&#250;n podemos preguntarnos, Qui&#233;n habr&#225; sido, y pasarnos el resto de la vida so&#241;ando con eso. Raimundo Silva no necesitar&#225; so&#241;ar. Mar&#237;a Sara est&#225; all&#237;, en el umbral, y entra, Hola, dijo, &#233;l respondi&#243;, Hola, y se quedaron los dos en el estrecho pasillo, un poco sombr&#237;o ahora que la puerta se ha cerrado. Raimundo Silva encendi&#243; la luz murmurando, Perd&#243;n, como si hubiera adivinado un pensamiento a Mar&#237;a Sara, suspicaz y equ&#237;voco, Lo que t&#250; quieres es aprovecharte de la oscuridad, crees que no me doy cuenta, la verdad es que empieza mal la tan deseada visita, estos dos que al tel&#233;fono tantas veces fueron inteligentes y brillantes, hasta ahora s&#243;lo se han dicho Hola, cuesta creer que despu&#233;s de las promesas impl&#237;citas, del juego de las rosas, de estos valerosos pasos que ella dio, qui&#233;n sabe si no estar&#225; desilusionada con la manera de recibirla. Afortunadamente, en situaciones como &#233;sta, dif&#237;ciles, el cuerpo es r&#225;pido en comprender que el cerebro no est&#225; en condiciones de dar &#243;rdenes y se mueve por su propia cuenta, en general hace lo que conviene, y por el camino m&#225;s corto, sin palabras, o usando de ellas lo que les sobra de inocua y casual, fue as&#237; como Raimundo Silva y Mar&#237;a Sara se encontraron en el despacho, ella no se ha sentado a&#250;n, tiene su mano en la mano de &#233;l, tal vez ni una ni otro tengan conciencia de que est&#225;n as&#237; desde que ella entr&#243;, s&#243;lo saben que est&#225;n cogidos de la mano, la derecha de &#233;l y la izquierda de ella, Mar&#237;a Sara busca una silla con la mirada, es entonces cuando Raimundo Silva, como si no hubiera otra manera de retenerla a&#250;n un instante, se lleva la mano de ella a los labios, y dio resultado, s&#237; se&#241;or, porque Mar&#237;a Sara, en el instante siguiente, estaba mir&#225;ndolo de frente y &#233;l pod&#237;a atraerla un poco hacia s&#237;, los labios roz&#225;ndale apenas la frente, junto a la ra&#237;z de los cabellos. Tan cerca e inmediatamente despu&#233;s tan lejos, porque ella retrocedi&#243;, cierto es que sin brusquedad, al tiempo que dec&#237;a, Es una visita, recu&#233;rdelo. &#201;l la solt&#243; suavemente, Lo recuerdo, dijo, e indic&#243; una silla, Al lado hay una salita con asientos m&#225;s confortables, pero creo que se sentir&#225; mejor aqu&#237; donde estamos, y tras decir esto se sent&#243; en la &#250;nica silla que quedaba, la del escritorio, permanecieron separados por la mesa, como en un consulta, D&#237;game qu&#233; le pasa, pero Mar&#237;a Sara no hablaba, sab&#237;an ambos que le compet&#237;a hablar a &#233;l, aunque s&#243;lo fuera para dar la bienvenida a quien acababa de llegar. Y &#233;l habl&#243;. Lo hizo en un tono uniforme, pr&#225;cticamente sin modulaciones de persuasi&#243;n o insinuaci&#243;n, queriendo que cada palabra valiese por s&#237; misma, por el significado desnudo que en aquel momento y en aquella situaci&#243;n pudiese alcanzar, Vivo solo en esta casa, hace ya muchos a&#241;os, no tengo mujer excepto cuando la necesidad aprieta, y entonces sigo sin tenerla, soy una persona sin atributos especiales, normal hasta en los defectos, y no esperaba ya mucho de la vida, en fin, esperaba conservar la salud porque es una comodidad, y que el trabajo no faltase, a esto, que no es poco, lo reconozco, se limitaban mis ambiciones, ahora me gustar&#237;a que la vida me diese lo que nunca recuerdo haber tenido, el sabor que realmente tiene. Mar&#237;a Sara lo oy&#243; sin apartar los ojos de los de &#233;l, salvo por un r&#225;pido movimiento en el que la atenci&#243;n concentrada fue sustituida por una expresi&#243;n de sorpresa y curiosidad, y dijo, cuando Raimundo Silva lleg&#243; al fin, No estamos, creo yo, estableciendo las condiciones de un contrato, ni necesita informarme de lo que ya sab&#237;a, Es &#233;sta la primera vez que le hablo de cosas particulares de mi vida, Las cosas que creemos particulares casi siempre son de conocimiento general, no imagina lo que se acaba sabiendo al cabo de dos o tres conversaciones aparentemente desinteresadas, Estuvo haciendo preguntas sobre m&#237;, Hice preguntas sobre los correctores que trabajan para la editorial, para ayudarme a tener una idea, comprende, pero la gente est&#225; siempre dispuesta a decir m&#225;s de lo que se le pregunta, es cuesti&#243;n de estimularla un poco, de encaminarla sin que se den cuenta, Ya hab&#237;a notado esa habilidad suya, desde el principio, S&#243;lo la uso para fines buenos, No me estoy quejando. Raimundo Silva se pas&#243; la mano por la frente, vacil&#243; un segundo, luego dijo, Me te&#241;&#237;a el pelo, dej&#233; de te&#241;&#237;rmelo, las ra&#237;ces blancas no son un espect&#225;culo agradable, perdone, pronto volver&#233; a estar con mi pelo natural, Pues yo he dejado de estarlo, por su culpa he ido hoy a la peluquer&#237;a a te&#241;irme mis venerables canas, Eran tan pocas que creo que no val&#237;a la pena, Entonces se hab&#237;a fijado, La mir&#233; desde lo bastante cerca, como me habr&#225; mirado a m&#237; para preguntarse c&#243;mo un hombre de mi edad no ten&#237;a a&#250;n canas, Nunca me pregunt&#233; tal cosa, a primera vista se notaba que se te&#241;&#237;a el pelo, a qui&#233;n cree que podr&#237;a enga&#241;ar, Probablemente s&#243;lo a m&#237; mismo, Como yo he decidido ahora empezar a enga&#241;arme, Es igual, Qu&#233; es lo que es igual, Sus razones para te&#241;irse, las m&#237;as para dejar de hacerlo, Expl&#237;quese mejor, He dejado de te&#241;irme el pelo para ser como soy, Y yo, por qu&#233; me lo te&#241;&#237; yo, Para seguir siendo como es, Casu&#237;stica admirable, voy a tener que practicar gimnasia mental todos los d&#237;as para estar a su altura, No soy yo el m&#225;s alto de los dos, s&#237; el m&#225;s viejo. Mar&#237;a Sara sonri&#243; levemente, Es una evidencia inconmovible que, por lo visto, le preocupa mucho, No me ha preocupado, la edad de cada uno s&#243;lo tiene un significado real en relaci&#243;n con la edad del otro, supongo que ser&#233; joven para una persona de setenta a&#241;os, pero no tengo la menor duda de que para un muchacho de veinte estoy en la vejez, Y con relaci&#243;n a m&#237;, c&#243;mo se ve, Ahora que se ha te&#241;ido sus escasas canas y yo estoy dejando aparecer todas las m&#237;as, soy un hombre de setenta a&#241;os ante una muchacha de veinte, Sus cuentas est&#225;n equivocadas, s&#243;lo quince a&#241;os nos separan, Entonces tengo treinta y cinco a&#241;os. Se echaron a re&#237;r los dos, y Mar&#237;a Sara dijo, Vamos a llegar a un acuerdo entre los dos, Qu&#233; acuerdo, Que el tema de la edad y de las edades ha quedado agotado con esta conversaci&#243;n, Intentar&#233; no volver a &#233;l, Ser&#225; conveniente que haga algo m&#225;s que intentarlo, porque no ser&#233; yo la interlocurora, Hablar&#233; con el espejo, Hablar&#225; consigo mismo, si le gusta, pero no he venido a su casa para esto, Imagino que preguntarle para qu&#233; vino ser&#237;a pretencioso por mi parte, O grosero, No estoy diciendo lo que deber&#237;a, de repente me sale una frase que lo echa todo a perder, Que no le asuste ese miedo, no ha echado a perder nada, la verdad es que los dos estamos asustados, Si yo me levantara de aqu&#237; y le diera un beso, quiz&#225;, No lo haga, pero si lo hace no lo anuncie primero, Cada vez peor, otro en mi lugar sabr&#237;a c&#243;mo proceder, Otro en su lugar tendr&#237;a aqu&#237; otra mujer, Me rindo, He dicho que era s&#243;lo una visita, le ped&#237; que esperase, Es lo que hago, pero yo ya s&#233; lo que quiero, Convengo en que es importante saber qu&#233; se quiere, todo el mundo tiene en la boca frases as&#237;, pero creo que es mucho mejor querer lo que se sabe, se tarda m&#225;s, es cierto, y la gente no tiene paciencia, Me rindo otra vez, qu&#233; puedo hacer entonces, Puede mostrarme su casa, habitualmente se empieza por ah&#237;, Dime c&#243;mo vives y te dir&#233; qui&#233;n eres, Al contrario, te dir&#233; c&#243;mo no debes vivir si me dices qui&#233;n eres, Estoy intentando decirle qui&#233;n soy, Y yo intentando descubrir c&#243;mo vamos a vivir. Raimundo Silva se levant&#243;, se levant&#243; tambi&#233;n Mar&#237;a Sara, &#233;l dio la vuelta a la mesa, se acerc&#243;, pero no demasiado, s&#243;lo le roz&#243; un brazo, como para indicarle que iba a empezar la visita, con todo, ella se demoraba, miraba la mesa, los objetos de encima, la l&#225;mpara, papeles, dos diccionarios, Es aqu&#237; donde trabaja, pregunt&#243;, S&#237;, aqu&#237; trabajo, No veo se&#241;ales de cierto cerco, Las ver&#225;, el castillo no es s&#243;lo este despacho.

Sabemos que hay mucho m&#225;s que esto, el cuarto de ba&#241;o, hasta hace unas semanas tambi&#233;n laboratorio de cosm&#233;tica, la cocina, de las tostadas y de la comida repetitiva y frugal, el despacho, donde ahora mismo est&#225;bamos, la sala de estar, inh&#243;spita y abandonada, esta puerta que da al dormitorio. Con la mano en el pomo, Raimundo Silva parece vacilar antes de abrirla, lo retiene una especie de respeto supersticioso, decididamente es un hombre de otros tiempos, y teme ofender el pudor de una mujer poni&#233;ndole delante de los ojos la libidinosa visi&#243;n de la cama, aunque haya sido ella quien le ha pedido, Mu&#233;streme su casa, lo que nos permite suponer que sab&#237;a muy bien lo que la esperaba. Al fin se abre la puerta, es el dormitorio con sus caobas excesivas, y enfrente, todo a lo ancho, la cama, la colcha blanca, gruesa, debajo de la almohada el embozo de la s&#225;bana, inmaculado, hay una luz que se filtra por la ventana y suaviza los contornos de las cosas, y tambi&#233;n un silencio que parece respirar. Estamos en abril, las tardes son largas ya, los d&#237;as se prolongan, ser&#225; por eso por lo que Raimundo Silva no enciende la luz, tambi&#233;n para que no se eche a perder esta penumbra apenas iniciada, que, a su vez, lo desasosiega, no ir&#225; Mar&#237;a Sara a pensar mal de sus intenciones, lo sabemos de sobra, por experiencia y por o&#237;rlo contar, como tantas veces se llega al deslumbramiento por el camino de una oscuridad, en el coraz&#243;n profundo de la oscuridad. Mar&#237;a Sara vio inmediatamente las dos rosas en el solitario, sobre la peque&#241;a mesa al lado de la ventana, y las hojas de papel, una medio escrita en el centro, a la izquierda una peque&#241;a rima, ahora deb&#237;a Raimundo Silva encender aquella l&#225;mpara para crear efecto y atm&#243;sfera, pero no lo hizo, se acerc&#243; a un lado, casi a los pies de la cama, como si quisiera esconderla, y esperaba las palabras, temblaba al no poder adivinar qu&#233; palabras iban a ser dichas, no pensaba en gestos, en actos, s&#243;lo en palabras, aqu&#237;, en este cuarto.

Mar&#237;a Sara se acerc&#243; a la mesa, durante unos segundos se qued&#243; all&#237;, parada, como si aguardase la explicaci&#243;n siguiente del gu&#237;a, &#233;l pod&#237;a decirle, por ejemplo, F&#237;jese en las rosas, y ella tendr&#237;a que desviar los ojos, interesarse por las flores, gemelas de las otras que tiene en casa, y, luego, una alusi&#243;n c&#243;mplice por su parte, una discreta expresi&#243;n de sentimiento tal vez amoroso, Nuestras rosas, acentuando el pronombre, pero &#233;l sigue callado y ella no hace m&#225;s que mirar la p&#225;gina medio escrita, no necesita preguntar para saber que est&#225;n aqu&#237; las se&#241;ales del cerco, a&#250;n indescifrables a la media luz, pese a la buena caligraf&#237;a del cronista. Comprende que Raimundo Silva no va a hablar, y ella querr&#237;a y al mismo tiempo no quiere que hable, que nada venga a interrumpir este silencio irreal, pero que ocurra algo que impida la irrupci&#243;n de otro mundo en este en el que estamos, la misma muerte, tal vez, &#250;nico otro mundo verdaderamente, que entre marcianos y terrestres, si se encontraran, siempre habr&#237;a de com&#250;n la vida. En el instante preciso aparta un poco la silla y se sienta, con la mano izquierda enciende la l&#225;mpara, la luz cubre la mesa y difunde por el cuarto un halo como de tenu&#237;sima e impalpable neblina. Raimundo Silva no se movi&#243;, intenta analizar una difusa impresi&#243;n de que con aquel gesto Mar&#237;a Sara acaba de tomar posesi&#243;n material de algo ya antes pose&#237;do por la conciencia, inmediatamente piensa que por muchos a&#241;os que viva no habr&#225; nunca otro momento como &#233;ste, aunque ella vuelva a esta casa y a este cuarto muchas veces, aunque, idea absurda, aqu&#237; acabaran viviendo todos los momentos de la vida. Mar&#237;a Sara no toc&#243; el papel, tiene las manos juntas en el regazo, y lee desde la primera l&#237;nea, no sabe qu&#233; fue escrito en la p&#225;gina anterior, y en las otras, desde el inicio de la historia, lee como si en estas diez l&#237;neas se contuviera todo cuanto le importase saber de la vida, una sentencia final, un &#250;ltimo resumen, o, al contrario, la carta sellada donde se encuentra consignado el nuevo rumbo de su navegaci&#243;n. Ha acabado de leerlo, y sin volver la cabeza, pregunta, Qui&#233;n es esta Ouroana, y ese Mogueime, qui&#233;n es, estaban los nombres, y poco m&#225;s, como sab&#237;amos. Raimundo Silva dio dos pasos breves hacia la mesa, se detuvo, A&#250;n no lo s&#233; bien, dijo, y se call&#243;, porque deber&#237;a haberlo adivinado, las primeras palabras de Mar&#237;a Sara eran para indagar qui&#233;nes eran ellos, &#233;stos, aqu&#233;llos, cualesquiera otros, en definitiva, nosotros. Mar&#237;a Sara pareci&#243; contentarse con la respuesta, ten&#237;a experiencia suficiente de lectora para saber que el autor s&#243;lo conoce de los personajes lo que ellos han sido, e incluso as&#237; no todo, y poqu&#237;simo de lo que ser&#225;n. Dijo Raimundo Silva, como si respondiera a una observaci&#243;n hecha en alta voz, No creo que podamos llamarles personajes, Personas de libro personajes son, contest&#243; Mar&#237;a Sara, Los veo m&#225;s bien como si pertenecieran a un escal&#243;n intermedio, diferentemente libres, por lo que no tendr&#237;a sentido hablar ni de la l&#243;gica del personaje ni de la necesidad contingente de la persona, Si no puede decirme qui&#233;nes son, d&#237;game al menos qu&#233; hacen, &#201;l es soldado, estuvo en la toma de Santarem, a ella la raptaron en Galicia para servir de barragana a un cruzado, Hay una historia de amor, Si se le puede llamar as&#237;, Lo duda, Es que no s&#233; c&#243;mo se amaba en aquel tiempo, es decir, soy capaz quiz&#225; de imaginar el sentimiento, pero no tengo idea ni informaci&#243;n de c&#243;mo lo expresar&#237;an entonces un hombre y una mujer del pueblo, la lengua, en este caso, no ser&#237;a obst&#225;culo, los dos hablaban gallego, Invente una historia de amor sin palabras de amor, sans mots damour, supongo que alguna vez habr&#225; ocurrido, Lo dudo, al menos en la vida real, y por lo que s&#233;, es imposible, Y esa Ouroana, siendo barragana de un cruzado, imagino que hidalgo, c&#243;mo va a parar al soldado Mogueime, El mundo da muchas vueltas, y nos da a nosotros muchas m&#225;s, y al fin est&#225; la muerte, el cruzado Enrique, que as&#237; se llama, va a morir pronto, Ah, ese cruzado suyo es el mismo de la Historia del Cerco de Lisboa, de la otra, Exactamente, Entonces va a contar tambi&#233;n eso de los milagros que obr&#243; despu&#233;s de muerto, No perder&#237;a la oportunidad, El de los dos mudos, S&#237;, pero con una ligera modificaci&#243;n, la respuesta de Raimundo Silva vino acompa&#241;ada de una sonrisa. Mar&#237;a Sara puso la mano sobre el montoncito de cuartillas, Puedo mirar, pregunt&#243;, No querr&#225; leer eso ahora, por otra parte, estoy a&#250;n lejos del final, la historia estar&#237;a incompleta, No tengo paciencia para esperar m&#225;s, y tampoco son tantas las hojas, Por favor, hoy no, Tengo curiosidad por saber c&#243;mo ha resuelto el problema de la negativa de los cruzados, Ma&#241;ana hago fotocopias y se las llevo a la editorial, Bien, de acuerdo, ya que no puedo convencerlo. Se levant&#243;, Raimundo Silva estaba muy cerca, Es tarde, dijo Mar&#237;a Sara, y mir&#243; hacia la ventana, Puedo abrirla, pregunt&#243;, No se preocupe, no voy a hacerle nada, dijo Raimundo Silva, tengo presente que ha venido de visita y nada m&#225;s, Tenga tambi&#233;n presente que eso es una tonter&#237;a, quiero respirar, ver la ciudad desde aqu&#237;, nada m&#225;s.

Era un crep&#250;sculo suave, el fr&#237;o del atardecer apenas se sent&#237;a. Lado a lado, con los codos apoyados en el alf&#233;izar, Mar&#237;a Sara y Raimundo Silva miraban en silencio, conscientes de sus mutuas presencias, el brazo de uno sintiendo el brazo del otro, y, poco a poco, la tibieza de la sangre. El coraz&#243;n de Raimundo Silva lat&#237;a con fuerza, le resonaba en los o&#237;dos, el de Mar&#237;a Sara parec&#237;a querer agitarla de la cabeza a los pies. El brazo de &#233;l se acerc&#243; un poco m&#225;s, el de ella permaneci&#243; donde estaba, expectante, pero Raimundo Silva no se atrevi&#243; a ir m&#225;s lejos, poco a poco lo iba invadiendo el miedo, Puedo fallar, pensaba, no ve&#237;a muy claro, o no quer&#237;a ver, en qu&#233; podr&#237;a fallar, pero esa misma indeterminaci&#243;n aumentaba su p&#225;nico. Mar&#237;a Sara sinti&#243; que todo &#233;l retroced&#237;a, como un caracol que se recoge a la protecci&#243;n de la concha, cada vez m&#225;s profundo, y dijo cautelosamente, Es bonita la vista. Las primeras luces aparec&#237;an en las ventanas tocadas a&#250;n por un resto de claridad diurna, los faroles de la calle acababan de encenderse, alguien cerca de all&#237;, en el Largo dos L&#243;ios, habl&#243; en voz alta, alguien respondi&#243;, pero las palabras eran incomprensibles. Raimundo Silva pregunt&#243;, Los ha o&#237;do, S&#237;, los o&#237;, No consegu&#237; o&#237;r lo que dec&#237;an, Yo tampoco, Nunca sabremos hasta qu&#233; punto nuestras vidas cambiar&#237;an si algunas frases o&#237;das pero no percibidas hubieran sido entendidas, Lo mejor, creo yo, ser&#237;a empezar por no simular que no percibimos las otras, las claras y directas, Tiene toda la raz&#243;n, pero hay gente a quien atrae m&#225;s lo dudoso que lo cierto, menos el objeto que el vestigio de &#233;l, m&#225;s la huella en la arena que el animal que la dej&#243;, son los so&#241;adores, Y &#233;se es, evidentemente, su caso, Hasta cierto punto, aunque tenga que recordarle que no fue m&#237;a la idea de escribir esta nueva historia del cerco, Digamos que yo present&#237; que ten&#237;a delante a la persona indicada para hacerlo, O que, prudentemente, prefiere no cargar con la responsabilidad de sus sue&#241;os, Estar&#237;a aqu&#237; si eso fuese verdad, No, La diferencia es que yo no busco huellas en la arena. Sab&#237;a Raimundo Silva que no necesitaba preguntar qu&#233; era entonces lo que buscaba Mar&#237;a Sara, ahora podr&#237;a ponerle un brazo sobre los hombros, como sin intenci&#243;n, un gesto simple, s&#243;lo fraterno por ahora, y dejar que ella reaccionase, quiz&#225; que relajase el cuerpo, tal vez que se volviera, c&#243;mo decir, redonda, y se dejase caer un casi nada hacia el lado, inclinando un poco la cabeza, a la espera del gesto siguiente. O se quedar&#237;a tensa, protestando silenciosamente, deseando que &#233;l percibiese que a&#250;n no era el tiempo, Pero entonces, cu&#225;ndo, se preguntaba Raimundo Silva a s&#237; mismo, olvidado del miedo que hab&#237;a sentido, Despu&#233;s de lo que acabamos de decir, de lo que expl&#237;citamente nos prometimos, lo l&#243;gico ser&#237;a que ya nos hubi&#233;ramos abrazado y besado, al menos, s&#237;, al menos. Se enderez&#243; como sugiriendo que deb&#237;an retirarse hacia dentro, pero ella continu&#243; inclinada en el alf&#233;izar, y &#233;l le pregunt&#243;, No tiene fr&#237;o, No, nada de fr&#237;o. Reprimiendo un movimiento de impaciencia, volvi&#243; a la posici&#243;n anterior, sin saber ahora de qu&#233; hablar, imaginando viciosamente que ella estaba divirti&#233;ndose a su costa, todo era mucho m&#225;s f&#225;cil cuando le telefoneaba, pero no pod&#237;a decirle, V&#225;yase, que voy a llamarla. Entonces, para salir de aquella situaci&#243;n embarazosa, se le ocurri&#243; la idea de buscar un tema neutro, Esa casa de enfrente ocupa el sitio de una de las torres que defend&#237;an la puerta que estaba en este lugar, a&#250;n se nota la forma en la base, Y la otra torre, d&#243;nde estaba, deb&#237;a de haber dos, Aqu&#237; mismo, donde estamos, Est&#225; seguro, Con seguridad absoluta, no, pero todo indica que s&#237;, considerando lo que se sabe sobre el trazado de lo que ser&#237;a esta parte de la muralla, Entonces aqu&#237; en la torre, qu&#233; somos nosotros, moros o cristianos, De momento, moros, estamos aqu&#237; justamente para impedir que los cristianos entren, No lo conseguiremos, ni va a ser preciso esperar al final del cerco, f&#237;jese en los paneles de azulejos con los milagros de San Antonio, a la entrada de la calle, Abominables, Los milagros, No, los azulejos, Por qu&#233; se llama esta calle del Milagre de Santo Ant&#243;nio, cuando s&#243;lo en los paneles hay tres, No s&#233;, tal vez el santo haya hecho alg&#250;n milagro especial a los concejales, verdad es que quedar&#237;a m&#225;s bonito de los Milagros, lo que no es imaginable, por ejemplo, es que San Antonio haya contribuido militarmente a la conquista de Lisboa, porque entonces a&#250;n no hab&#237;a nacido, Dos de los milagros del panel son conocidos, el de la aparici&#243;n del Ni&#241;o Jes&#250;s y el de la c&#225;ntara partida, el otro no lo conozco, hay un caballo, o una mula, no me he fijado bien, Es una mula, Y qu&#233; sabe del caso, Tengo aqu&#237; un libro, lo compr&#233; de lance hace tiempo, es del siglo XVIII, en el que se cuentan todos los milagros del santo, incluido &#233;ste, Y qu&#233; dice, Mejor ser&#237;a que lo leyera, Queda para otra vez, Cu&#225;ndo, No lo s&#233;, ma&#241;ana, pasado, un d&#237;a. Raimundo Silva respir&#243; hondo, era imposible simular que no entend&#237;a las palabras, y se jur&#243; a s&#237; mismo record&#225;rselas, inapelable, a Mar&#237;a Sara como promesa definitiva que imperativamente reclama su cumplimiento propio. Qued&#243; tan alegre, tan suelto y libre, que le puso sin pensarlo la mano en el hombro y dijo, No, ser&#233; yo quien le lea la historia de la mula, vamos adentro, Es muy larga, Como todo, se puede contar en diez palabras, o en cien o en mil, o no acabar nunca.

Raimundo Silva cerr&#243; la ventana y fue al despacho. Mar&#237;a Sara lo oy&#243; murmurar, No est&#225; aqu&#237;, d&#243;nde diablos lo he metido, y luego entr&#243; en la sala de estar, abr&#237;a y cerraba las puertas de la librer&#237;a, al fin, Aqu&#237; est&#225;. Reapareci&#243; con un tomo en cuarto, encuadernado en piel, vetusto de aspecto, con garant&#237;a de origen, y ven&#237;a contento como quien busc&#243; y ha encontrado, pero no el libro, Si&#233;ntese, dijo, y ella se sent&#243; en la silla junto a la mesa, ten&#237;a la mano sobre la hoja de papel donde estaban los nombres de Ouroana y de Mogueime, &#233;l se qued&#243; de pie, parec&#237;a mucho m&#225;s joven, feliz, Oiga ahora atentamente, que vale la pena, empiezo por el t&#237;tulo, ah&#237; va, Sol Nacido a Occidente y Puesto al Nacer el Sol, San Antonio Portugu&#233;s Luminaria Mayor en el Cielo de la Iglesia Entre los Astros Menores en la Esfera de Francisco, Ep&#237;tome Hist&#243;rico y Paneg&#237;rico de Su Admirable Vida y Prodigiosas Acciones, Que Escribe y Ofrece a la Seren&#237;sima, Augusta, Excelsa, Soberana Familia de la Casa Real de Portugal, Cuyos &#205;nclitos Nombre y Apellidos se Felicitan y Esmaltan Con las Sagradas Denominaciones de Franciscos y Antonios, Por Mano del Reverend&#237;simo Antonio Teixera Alveres, del Consejo de Su Majestad, Que Dios Guarde, Su Desembargador de Palacio, Magistrado Supremo del Consejo Real, del Consejo General del Santo Oficio, Can&#243;nigo Doctoral en la Catedral de Coimbra, y Lector de Prima Jubilado en las Dos Facultades de C&#225;nones y Leyes, et coetera, Br&#225;s Lu&#237;s Abreu, Cistagano Familiar del Santo Oficio, uff. Mar&#237;a Sara se ech&#243; a re&#237;r, Espero haber entendido que el autor de la mir&#237;fica obra es ese Br&#225;s Lu&#237;s de Abreu, Pues lo entendi&#243; muy bien, y la felicito, oiga ahora, p&#225;gina ciento veintitr&#233;s, atenci&#243;n, que empiezo, Con la noticia de que algunas Provincias de aquel Reino, el reino de que habla es Francia, se hallaban inficionadas de este contagio, el de la her&#233;tica protervia, como se explica unas l&#237;neas m&#225;s arriba, parti&#243; Antonio de Lemonges hacia Tolosa, Ciudad en este tiempo tan abundante de comercios como enriquecida de vicios, y lo que m&#225;s es, pestilente seminario de los Herejes Sacramentarios que niegan la real presencia de Cristo en la Hostia Consagrada. Apenas se vio el Santo puesto en la palestra de los errores, cuando empez&#243; a descender a la arena de los conflictos, s&#243;lo para subir de inmediato al carro de los triunfos. Picado por el ardiente celo de la gloria de Dios y de las verdades infalibles de su Fe, arbol&#243; en los pendones de la caridad las banderas de la doctrina, en los cuarteles de la penitencia las armas de la Cruz, y hecho trompeta Evang&#233;lica de la Divina palabra, toc&#243; a marchar voces, a degollar vicios. Era el odio que ten&#237;a a los Her&#233;ticos tan implacable como incansable la actividad fogosa de su celo. Se sacrific&#243; entero en aras de la Fe por v&#237;ctima de su crueldad, como quien con tantas veras hab&#237;a ensayado la vida para la muerte, los afectos para el martirio. No se descuidaban aquellos P&#225;jaros de mal ag&#252;ero, que viviendo en la funesta noche de sus errores s&#243;lo rinden su altivez obstinada a las armas de la luz, de maquinar contra su vida venenos disfrazados, contra su honra diab&#243;licos artificios, contra su reputaci&#243;n infernales inventos, solicitando, cuanto pod&#237;an alcanzarlo las fuerzas de su malicia, desacreditar y oscurecer las luces de tanta doctrina, los trofeos de tama&#241;a Santidad. Empez&#243; a predicar Antonio con aplauso y admiraci&#243;n de todos los Cat&#243;licos, y a&#250;n m&#225;s porque, reconoci&#233;ndolo Extranjero, lo ve&#237;an hablar la propia lengua con tanta elegancia, fluencia y expedici&#243;n que parece que se hubiera naturalizado en el Idioma, que, como &#233;l, se hab&#237;a legitimado en los afectos. Vol&#243; la Fama de los maravillosos productos que hac&#237;a en las Almas la eficacia de su Palabra, y los Herejes Predicantes, que empezaban a reconocer el gran da&#241;o, as&#237; lo entend&#237;an ellos, que se les segu&#237;a del nuevo predicador, porque en muchos, que se convert&#237;an de sus errores, iban perdiendo el cr&#233;dito, con la soberbia y la presunci&#243;n, vicios tan familiares en esta canalla, determinaron entrar con Antonio en Mercurial disputa, fiando de sus sof&#237;sticas cavilaciones una campal victoria.

Por ahora no se ven se&#241;ales de mula, dijo Mar&#237;a Sara, En aquel tiempo los caminos del mundo no eran c&#243;modos, y los de la escritura lo eran a&#250;n menos, observ&#243; Raimundo Silva, y continu&#243;, Fi&#225;ronse y se confiaron para este efecto de un insigne Dogmatizante Tolosano, entre ellos el m&#225;s c&#233;lebre y de mayor nombre, llamado Guialdo, hombre audaz, presuntuoso y muy versado en Sagradas Escrituras, inteligent&#237;simo en la lengua Hebrea, en el ingenio acre, fogoso en el genio, y en todo aparejado siempre para las mayores disputas. No rechaz&#243; el Santo el cartel de desaf&#237;o por satisfacer el duelo de la Fe, poniendo toda su confianza en Dios como &#250;nico Agente de su causa. Se fij&#243; d&#237;a y sitio para la contienda. Fue innumerable el concurso, igualmente de Cat&#243;licos que de Sectarios. Empez&#243; el Hereje primero que Antonio, que siempre en el teatro del Mundo hizo primer papal la Malicia, orando con vanidosa ostentaci&#243;n de sus mal empleados estudios e introduciendo ali&#241;adas parladur&#237;as con una abundante verbosidad de algunos cavilosos Silogismos. Dej&#243; pasar la modestia del Santo aquella tormenta de palabras, llenas de artificio, vac&#237;as de verdad, y entr&#243; luego a rechazar sus depravados yerros, con tanta copia de lugares de la Sagrada Escritura, exornados con tan vivas razones, con tan leg&#237;timos sentidos, y con discursos tan apropiados, que ya la obstinaci&#243;n del Hereje se daba por vencida cuanto a los fatigados discursos del entendimiento, si a&#250;n no se mantuviera firme cuanto a los diab&#243;licos caprichos de la voluntad. No individuo los agudos dilemas con que Antonio ennobleci&#243; este combate, porque superiores a la narraci&#243;n se entreguen al silencio de la historia como misterios de la fama, baste decir que procedi&#243; tan doctamente ilustre que, excedi&#233;ndose a s&#237; mismo, hizo m&#225;s glorioso el suceso con la victoria de un imposible. Atenci&#243;n ahora, Mar&#237;a Sara, ya se oye el batir de los cascos de la mula. Entre corrido y confuso se hallaba el perverso Dogmatizante por verse derrotado en la presencia de los mismos que con tanto orgullo esperaban ver triunfantes sus enga&#241;os. Y viendo totalmente deshechas las artificiosas redes de sus fraudulentas sofister&#237;as, empez&#243; a tentar la modestia y la humildad del Santo con este malintencionado discurso, En fin, Padre Antonio, dej&#233;monos de las voces, conceptos y disputas, s&#243;lo nos queda ir a las obras, y ya que como preciado de Cat&#243;lico e hijo de la Iglesia Romana conf&#237;as en los milagros, que en confirmaci&#243;n de los Art&#237;culos de la Fe fueron en los primitivos tiempos los motivos m&#225;s poderosos de la prudente credulidad, yo me dar&#233; por &#250;ltimamente derrotado si a favor de este art&#237;culo de la presencia Real del cuerpo de Cristo en el Sacramento obra Dios alg&#250;n milagro. Antonio, que para coger en los conflictos la palma, ten&#237;a siempre a Dios de su mano, esperando en &#201;l, respondi&#243;, Contento estoy, y conf&#237;o en la misericordia de mi Se&#241;or Jes&#250;s Cristo, que por adquirir tu alma y las de tantos como siguen con abominable ceguera los imp&#237;os Dogmas de tus errores, ha de hacer ostentaci&#243;n de su poder infinito, a favor y en cr&#233;dito de esta verdad Cat&#243;lica. A esta varonil y Santa resoluci&#243;n torn&#243; el hereje, Pues yo soy el que he de elegir el milagro. Yo sustento en mi casa una Mula. Si &#233;sta, despu&#233;s de tres d&#237;as en que no haya comido ni bebido, a la vista de la Hostia Consagrada no le apetece ni mirar para el sustento por m&#225;s que se lo ofrezcan, creer&#233; firmemente ser verdad infalible que est&#225; Cristo en el Sacramento. Movido del Divino instinto, acept&#243; prontamente el Santo con un contento presagio del triunfo, que en su gran coraz&#243;n s&#243;lo se admit&#237;a el desasosiego introducido por el alborozo. Y en confianza de que era tanto de Dios aquella causa, se prometi&#243; seguramente la victoria, previni&#233;ndose para el combate con las armas de la Humildad y con los aproches de la Oraci&#243;n.

Estoy estremecida, dijo Mar&#237;a Sara, con la solemnidad del momento, y con el vern&#225;culo, pero esos aproches me parecen un galicismo escandaloso, As&#237; es, para que no olvidemos que hasta en el peor pa&#241;o cae una mancha, continuemos, Lleg&#243; el d&#237;a determinado, se junt&#243; numeroso concurso de una y otra parte, la de los Cat&#243;licos, confiada pero humilde, la de los Herejes, sobre incr&#233;dula, presuntuosa. Celebr&#243; Antonio el tremendo Sacrificio de la Misa en el m&#225;s vecino Templo, y recibiendo en sus manos, con toda reverencia, la Hostia Consagrada, sali&#243; a donde el hambriento Bruto estaba prevenido. Le pusieron ante los ojos, y bien junto a la boca, una crecida raci&#243;n de cebada, y, al mismo tiempo, con imperiosa voz, le dijo el Santo, En virtud y en nombre de Jes&#250;s Cristo, que tengo en mis indignas manos, te mando, Oh Creatura irracional, que, despreciado ese sustento, llegues a dar debida adoraci&#243;n a tu Creador, para que, convencida la proterva obstinaci&#243;n de los hombres, confiese las verdades de la Fe Cat&#243;lica Romana, obligada del instinto menos obstinado de los Brutos. A&#250;n Antonio no hab&#237;a acabado de proferir semejantes palabras, cuando el Bruto torpe en esto no mostr&#243; que lo era, rechazando la comida que ya hab&#237;a empezado a devorar, y venciendo en s&#237; las poderosas instancias de su natural apetito, se acerc&#243; al Santo y, postrado de rodillas, ador&#243; a Cristo Sacramentado, con pasmo y admiraci&#243;n de todos los circunstantes. Atend&#237;an todos a este maravilloso espect&#225;culo con l&#225;grimas en los ojos, y siendo en todos un efecto, eran los afectos varios, porque las que en los Cat&#243;licos eran l&#225;grimas de devoci&#243;n y ternura, en los Herejes eran de compunci&#243;n y arrepentimiento. Celebraron los Cat&#243;licos los triunfos de la Fe y detestaron m&#225;s los Herejes los errores de la Secta. S&#243;lo algunos rebeldes a la misma evidencia, enamorados a&#250;n de los absurdos, parece que galanteaban los oprobios. No obstante, no pudieron negarse, confundidos de est&#225;ticos, de modo que los mismos que antes de la batalla se promet&#237;an en los movimientos de su orgullo los aplausos del triunfo, fueron despu&#233;s, por la inmovilidad de sus acciones, las primeras estatuas ofrecidas a la victoria.

Raimundo Silva hizo una pausa para decir, Sigue un p&#225;rrafo que describe la conversi&#243;n de Guialdo y de sus parientes y amigos, ahorro la lectura, pero lo que no podemos perdernos es la perorata, Oh siempre admirable virtud la de Antonio. Ella hace que los Brutos se vuelvan humanos para confusi&#243;n de los Hombres, ella hace que los Hombres dejen de ser fieras con la lecci&#243;n de los Brutos. Se quejaba David de que los irracionales dom&#233;sticos s&#243;lo conoc&#237;an el establo, donde hallaban el sustento, sin atender a la mano del Se&#241;or, que les hac&#237;a el beneficio, pero en esta ocasi&#243;n a imperios de Antonio, olvidada la ingratitud de su naturaleza, despreci&#243; este viviente agradecido el sustento y el establo para adorar al verdadero Se&#241;or que le dio el ser y el sustento. Oh venturoso Animal. Ahora se conoce en ti que hay Brutos discretos, pues dejas a tantos Hombres brutos avisados. Una vez en Bel&#233;n dejaste de comer la paja para agasajar a Dios nacido, ahora en Tolosa dejas de comer la cebada para adorar a Dios Sacramentado. Olvidaste la paja en el Pesebre para adorar al Ni&#241;o manifiesto en la casa del pan, olvidaste la cebada en la Palestra por venerar a Cristo oculto en las especies del trigo. Ojal&#225; fueras t&#250; digno de raz&#243;n como eres digno de aplauso. Tu instinto s&#237; ser&#225; fantas&#237;a, pero parece discurso, tu noci&#243;n no ser&#225; raciocinio, pero parece entendimiento. Sin tener memoria, parece que tienes advertencia en lo que veneras. Sin tener voluntad, parece que muestras afectos en lo que adoras. Sin tener entendimiento, parece que descubres juicio en lo que conoces. Dos milagros obr&#243; en ti Antonio en un solo prodigio para ser muchas veces prodigioso en este solo portento. Hizo que tu instinto bruto pareciera idea racional porque adoraste, hizo que tu animal voracidad pareciese abstinencia penitente porque no comiste. No fueron s&#243;lo dos los asombros, porque eran m&#225;s en aquel paso los brutos. Era Guialdo ciego en la creencia de aquel misterio, manco en la Fe de aquella presencia, pero la fe que Antonio le dio la vista a la vista de aquella maravilla nunca rastreada, la fe que a Guialdo movi&#243; de inmediato con la palanca de tama&#241;a novedad, nunca jam&#225;s vista. He aqu&#237; c&#243;mo, en una sola acci&#243;n de Antonio Soberano, resultaron tres milagros estupendos, porque tres veces esmerado en la virtud fuese en &#233;l lo &#250;nico triplicidad, porque tres veces milagroso en las obras fuese en &#233;l el admirable superlativo. Am&#233;n.

Raimundo Silva cerr&#243; el formidable libro con un movimiento de solemnidad burlesca y repiti&#243;, Am&#233;n, Est&#225; en el discurso del autor ese Am&#233;n, o es un a&#241;adido suyo, pregunt&#243; Mar&#237;a Sara, Una tumefacci&#243;n oratoria as&#237; no ped&#237;a menos, Qu&#233; mundo &#233;ste, en que tales cosas se cre&#237;an y escrib&#237;an, Yo dir&#237;a m&#225;s bien, este en que tales cosas no se escriben, pero todav&#237;a se creen, Definitivamente, estamos locos, Nosotros dos, Me refer&#237;a a las personas en general, Yo soy de esos que siempre han tenido al ser humano por un enfermo mental, Como lugar com&#250;n, no est&#225; mal, Tal vez le suene menos a lugar com&#250;n mi hip&#243;tesis de que la locura es el resultado del choque producido en el hombre por su propia inteligencia, a&#250;n no nos hemos repuesto de la conmoci&#243;n tres millones de a&#241;os despu&#233;s, Y, seg&#250;n esa idea, iremos cada vez peor, No soy adivino, pero mucho me temo que s&#237;. Fue a colocar el libro en la mesa en el exacto momento en que se levantaba Mar&#237;a Sara, se quedaron los dos frente a frente, ninguno puede huir, y no lo quiere. &#201;l le puso las manos en los hombros, era la primera vez que la tocaba as&#237;, ella alz&#243; la cabeza, le brillaban mucho los ojos, tocados por la luz baja de la l&#225;mpara, y murmur&#243;, No diga nada, ni una palabra, no me diga que le gusto, que me quiere, d&#233;me s&#243;lo un beso. &#201;l la atrajo un poco hacia s&#237;, pero no tanto que se tocasen sus cuerpos, y se inclin&#243; lentamente hasta tocar con los labios los labios de ella, primero nada m&#225;s que tocarlos, un roce lev&#237;simo, Y luego, tras una vacilaci&#243;n, las bocas se abrieron ligeramente, de pronto el beso total, intenso, ansioso. Mar&#237;a Sara, Mar&#237;a Sara, murmur&#243; &#233;l, no se atrevi&#243; a decir otras palabras, ella no respond&#237;a, quiz&#225; no supiera decir a&#250;n Raimundo, muy equivocado est&#225; quien cree que es f&#225;cil pronunciar un nombre, en el amor, por primera vez. Mar&#237;a Sara se retra&#237;a, &#233;l quiso seguirla, pero ella movi&#243; la cabeza, se alej&#243;, sin brusquedad sali&#243; de los brazos de &#233;l, Tengo que irme, dijo, d&#233;me mi chaqueta, est&#225; en el despacho, y el bolso, por favor. Cuando Raimundo Silva volvi&#243;, ella ten&#237;a en la mano la hoja de papel y sonre&#237;a, El mundo est&#225; lleno de estos locos, dijo, y Raimundo Silva respondi&#243;, Mogueime, lo veo all&#237; abajo, delante de la Porta de Ferro, a la espera de la orden de atacar, Ouroana, cuando caiga la noche, ser&#225; llamada a la tienda del caballero Enrique para que &#233;ste goce en ella, en cuanto a nosotros, somos los moros que creen poder vigilar desde lo alto de una torre el avance del destino. Mar&#237;a Sara recibi&#243; la chaqueta, que no se puso, el bolso, y se encamin&#243; hacia la puerta del cuarto. &#201;l la acompa&#241;&#243;, hizo un adem&#225;n para retenerla, No, en un momento ella hab&#237;a abierto la puerta de la escalera, y desde all&#237; anunci&#243;, Vuelvo ma&#241;ana, no necesitas ir a la editorial a llevarme las fotocopias, y no me telefonees, por favor.

Raimundo Silva cen&#243; poco, estuvo escribiendo hasta tarde, cuando lleg&#243; la hora de irse a la cama comprendi&#243; que no iba a sercapaz de abrirla, de acostarse en las s&#225;banas limpias, ni siquiera de deshacer la armon&#237;a de la almohada sobre el embozo. Sac&#243; del armario dos mantas de reserva y las llev&#243; a la sala de estar, en el div&#225;n estrecho improvis&#243; una cama, y all&#237; durmi&#243;.


Generalmente, se considera demostraci&#243;n de insuperable bravura que sea el mismo condenado a muerte quien d&#233; la orden de fuego al pelot&#243;n que lo va a fusilar, y hasta los m&#225;s pac&#237;ficos o cobardes de nosotros, si puede ser y ayudan las circunstancias, habremos so&#241;ado alguna vez con ese fin glorioso, sobre todo si queda alguien para narrar el hecho, que glorias puertas adentro son menos estimadas. De hecho, es preciso haber venido al mundo con nervios de la m&#225;s firme aleaci&#243;n, o, si son vibr&#225;tiles y estalladizos, estar pose&#237;do por una pasi&#243;n por encima de lo com&#250;n, patri&#243;tica o similar, para con nuestra ronca y luego para siempre callada voz gritar, Fuego, descargando as&#237; de culpa las conciencias de los matadores y alzando la nuestra propia, en el &#250;ltimo destello, a las alturas sublimes del sacrificio y de la abnegaci&#243;n total. Es probable que el escenario habitual de estos actos, en particular en sus versiones cinematogr&#225;ficas, contribuya a una exaltaci&#243;n capaz de convertir a cualquier banal persona en un h&#233;roe, s&#243;lo por casualidad ausente del lugar dram&#225;tico, precisamente por haber venido hoy al cine, a ver, bien en falso, bien en verdadero, c&#243;mo simul&#243; morir el c&#233;lebre actor, o c&#243;mo, documentalmente, muere un ajusticiado sin nombre. No hay ninguna insinuaci&#243;n maliciosa en esta duda, apenas lo que suponemos que es cierto, que ning&#250;n condenado a la silla el&#233;ctrica, o a la horca, o a la guillotina, o al garrote, o a la hoguera, habr&#225; dado voz de acci&#243;n para que enchufen la corriente, o abran la trampilla, o suelten la hoja afilada, o den vueltas al tornillo, o enciendan el f&#243;sforo, tal vez por no tener esas muertes dignidad, incluyendo las de m&#225;s larga tradici&#243;n en el arte, tal vez por faltar en ellas el factor militar, la instituci&#243;n de las armas, donde tantas veces suele hacer nido el hero&#237;smo, que incluso cuando el condenado no pasaba de vulgar paisano, las balas que recibi&#243; en el pecho fueron rescate de la mediocridad y vi&#225;tico, o salvoconducto, gracias al cual le acabar&#225; siendo permitido, cuando llegue la hora, entrar en el para&#237;so de los h&#233;roes, sin querella de sentidos ni de causas, que all&#237; se pierde la idea de tales diferencias terrenales.

Tan largo rodeo en la materia no ha tenido otra justificaci&#243;n que mostrar c&#243;mo, por inocencia, puede acontecer que alguien d&#233; voz a su propia muerte, incluso aunque no siendo ella inmediata, y c&#243;mo, en este caso, palabras dichas con un santo prop&#243;sito se convirtieron en sierpes furiosas que por nada de este mundo volver&#225;n atr&#225;s. Era mediod&#237;a, y los almu&#233;danos hab&#237;an subido a la terraza de los alminares para convocar a los creyentes a oraci&#243;n, que no por estar la ciudad cercada y puesta, en alborozos de guerra iban a dejar de cumplirse los ritos de la fe, pese a saber el de la mezquita mayor que de todos lados lo avistaban soldados cristianos, en particular los que asedian la Porta de Ferro, all&#237; tan cerca, no le daba esto cuidado, en primer lugar por no ser la proximidad tanta que lo alcanzase un dardo perdido, en segundo lugar porque sus propias palabras lo hab&#237;an de defender de los peligros, La ilaha illa lla, iba a clamar, Al&#225; es el &#250;nico Dios, y para qu&#233; le servir&#237;a sino lo fuese. Ahora bien, situado frente a las cinco puertas, el ej&#233;rcito de los portugueses no espera nada m&#225;s que o&#237;r este grito para lanzar el ataque general y simult&#225;neo, siendo &#233;ste el primer &#237;tem en que, como sabemos, vino a articularse el plan definitivo de combate, conforme fue establecido por nuestro buen rey, o&#237;dos los pareceres de su estado mayor. Al ir&#243;nico esmero de poner en boca de los moros inadvertidos la orden de asalto, deberemos resistir la tentaci&#243;n de, llevados por el h&#225;bito, llamarle maquiav&#233;lico, pues Maquiavelo, en ese tiempo, a&#250;n no hab&#237;a nacido y ninguno de sus antepasados, contempor&#225;neos o anteriores a la toma de Lisboa, se hab&#237;a distinguido internacionalmente en el arte de enga&#241;ar. Es necesario gran cuidado en el uso de las palabras, no emple&#225;ndolas nunca antes de la &#233;poca en que entraron en la circulaci&#243;n general de las ideas, bajo pena de que alguien se nos eche encima con inmediatas acusaciones de anacronismo, lo que, entre los actos reprensibles en la tierra de la escritura, viene a continuaci&#243;n del plagio. En verdad, si fu&#233;semos ya entonces una naci&#243;n importante, como lo somos hoy, no habr&#237;a sido preciso esperar tres siglos a Maquiavelo para enriquecer la pr&#225;ctica y el vocabulario de la astucia pol&#237;tica, sin m&#225;s pensar llamar&#237;amos afonsino a este golpe genial, Al&#225; es el &#250;nico Dios, grita el almu&#233;dano, y, como un solo hombre, avanzan los portugueses a paso de carga y dando voces para animarse contra las puertas de la ciudad, aunque un observador medianamente experto, a condici&#243;n de ser imparcial, no podr&#237;a dejar de observar cierta falta de convicci&#243;n en las huestes corredoras, como quien no cree que con tan poco se vaya a llegar tan lejos. Cierto es que los arcos y las ballestas disparaban una verdadera lluvia de saetas, virotes y virotones sobre las almenas, para alejar de ellas a los moros de la guardia y dejar huelgo a los asaltantes de primera l&#237;nea que, con hachas y martillos, intentan quebrar las puertas, mientras otros, manejando los pesados arietes, embisten r&#237;tmicamente contra ellas, pero los moros no se apartan, primero protegidos por los cobertizos que hab&#237;an construido, y luego, cuando &#233;stos empezaron a arder, incendiados por las teas atadas a las saetas mayores, los tiraron de los muros abajo sobre las cabezas de los portugueses, que as&#237; tuvieron que recular, chamuscados como cerdos despu&#233;s de la matanza. Apagados los fuegos m&#225;s vivos, para lo que algunos soldados de Mem Ramires tuvieron que lanzarse a las aguas del estuario, de donde salieron rechinando y reclamando ung&#252;entos, la artiller&#237;a lanz&#243; una nueva barrera, ahora m&#225;s prudente, empleando con preferencia piedras y bolas de barro duro, porque los moros, diab&#243;licamente maliciosos, nos daban el cambio con nuestras propias municiones, aconteciendo incluso que muriera un portugu&#233;s, que visto est&#225; que nadie huye a su destino, con un virote de ida y vuelta del que hab&#237;a sido el primer tirador. Son casos que, aunque raros, acontecen en estos episodios de guerra, principalmente en trabajos de cerco, pues en &#233;stos se aprovecha todo, flecha va, flecha viene, y si no fuese la depreciaci&#243;n resultante del uso ininterrumpido, una batalla como &#233;sta podr&#237;a no acabar nunca, incluso sin contar con las f&#225;bricas de elaboraci&#243;n continua de Bra&#231;o de Plata, lleg&#225;ndose hasta el extremo de quedar un solo superviviente para un arsenal completo, tantas armas y nadie a quien matar.

Desde lo alto del alminar, el almu&#233;dano o&#237;a el fatal tumulto, cu&#225;n diferente del alarido de alegres voces que le hab&#237;a llegado a los o&#237;dos en aquel mismo lugar, cuando los cruzados partieron. Ahora no necesitaba bajar corriendo para saber qu&#233; pasaba, de sobras sab&#237;a que era la batalla que se reanudaba despu&#233;s de la pausa que sigui&#243; a la p&#233;rdida del arrabal, pero no se sent&#237;a inquieto, los gritos que o&#237;a, de sus hermanos, no eran de derrota y desesperaci&#243;n, sino de &#225;nimo, as&#237; le parec&#237;an, y sin duda era as&#237;, que siendo ciego ten&#237;a la compensaci&#243;n de un o&#237;do fin&#237;simo, pese a la edad. En los otros minaretes de la ciudad, probablemente, estar&#237;an tambi&#233;n sus almu&#233;danos escuchando el tumulto, seis, ocho, diez ciegos de tantas otras mezquitas, colocados entre el cielo y la tierra, en negra oscuridad. Todos ellos eran responsables de este ataque, ellos eran los que hab&#237;an dado la orden, pero, inocentes, no ligaban las palabras dichas con su efecto obvio, cada uno estar&#237;a diciendo, Qu&#233; coincidencia, y preferir&#237;an pensar que, a&#250;n en los aires los ecos de la santa llamada a la oraci&#243;n, si bien que confundidos ya con los bramidos y los juramentos de quienes combat&#237;an, era como si la presencia palpable de Al&#225; protegiera la ciudad, enorme c&#250;pula hecha de mir&#237;adas de otras peque&#241;as c&#250;pulas vibrantes que iban descendiendo, desde el castillo, ladera abajo, hasta el r&#237;o, mientras alrededor el Dios de los cristianos deber&#237;a de estar con falta de escudos para defender de los proyectiles de arriba a sus esc&#233;pticos soldados. Asustados por el tumulto, ladran los perros por estas laderas, buscan rincones y empiezan a enterrar huesos, para algo les ha de servir el instinto cuando hasta las personas dotadas de juicio presienten la aproximaci&#243;n de los d&#237;as malos.

Esta alusi&#243;n a los perros moros, es decir a los perros que con los moros a&#250;n conviv&#237;an, cierto es que en su condici&#243;n de impur&#237;simos animales, pero que de aqu&#237; a poco comenzar&#225;n a alimentar con su sucia carne el cuerpo enflaquecido de las criaturas humanas de Al&#225;, esta alusi&#243;n, dec&#237;amos, hizo recordar a Raimundo Silva al de las Escadinhas de S. Crispim, si es que por el contrario, no fue un recuerdo no consciente de &#233;l lo que dio pie a la introducci&#243;n del cuadro aleg&#243;rico, con aquel breve comentario sobre juicio e instinto. Casi siempre, para tomar el tranv&#237;a, Raimundo Silva va hasta Portas do Sol, aunque sea mayor la distancia, y tambi&#233;n por ah&#237; regresa. Si le pregunt&#225;semos por qu&#233; lo hace, responder&#237;a que, teniendo una tan sedentaria profesi&#243;n, le conviene mucho andar a pie, pero la raz&#243;n verdadera no es precisamente &#233;sa, de hecho no le importar&#237;a nada descender los ciento treinta y cuatro escalones, ganando tiempo y benefici&#225;ndose de las sesenta y siete flexiones de cada rodilla, si, por vanidad masculina, no se sintiera tambi&#233;n obligado a subirlos, con la resultante cansera, que a todos toca si por aqu&#237; pasean, como se deja ver por la raridad de los alpinistas. Soluci&#243;n conciliatoria ser&#237;a bajar por all&#237; hasta la Porta de Ferro y tomar, para subir, el camino m&#225;s largo y suave, pero hacerlo habr&#237;a sido reconocer, de modo m&#225;s que impl&#237;cito, que pulmones y piernas ya no son lo que eran, valoraci&#243;n s&#243;lo presumible, porque el tiempo de la vida robusta de Raimundo Silva no entra en esta historia del cerco de Lisboa. En dos o tres veces que tom&#243;, para bajar, en estas semanas, aquel camino, Raimundo Silva no encontr&#243; al perro, y pens&#243; que, cansado de esperar de la avaricia de los vecinos la raci&#243;n vital m&#237;nima, habr&#237;a emigrado hacia otros parajes m&#225;s abundantes de restos, o simplemente se le acab&#243; la vida por haber esperado demasiado. Record&#243; su gesto de caridad y se dijo a s&#237; mismo que bien lo podr&#237;a haber repetido, pero esto de perros, se sabe c&#243;mo es, viven con la idea fija de tener un due&#241;o que les d&#233; confianza y pan y los tenga como reyes para siempre, se nos quedan mirando con aquella ansiedad neur&#243;tica y no hay m&#225;s remedio que ponerles el collar, pagar la licencia y meterlos en casa. La alternativa ser&#225; dejarlos morir de hambre, tan lentamente que no quede lugar para remordimientos, y, si es posible, en las Escadinhas de S. Crispim, por donde no pasa nadie.

Lleg&#243; noticia de que se hab&#237;a dispuesto otro camposanto en una planicie frontera al castillejo, bajo la ladera que est&#225; a mano izquierda del campamento real, por raz&#243;n del trabajo que daba transportar a los muertos por barrancos y charcos hasta el monte de San Francisco, adonde llegaban molidos y, con este tiempo de gran calor, oliendo peor que los vivos. Como aqu&#233;l, tambi&#233;n el cementerio de San Vicente es doble, portugueses a un lado, extranjeros a otro, lo que, pareciendo desperdicio de espacio, responde en definitiva al deseo de ocupaci&#243;n inherente a la condici&#243;n humana, que tanto sirve a los vivos como a los muertos. Aqu&#237; vendr&#225; a parar, llegada su hora, el caballero Enrique, al que pronto le llegar&#225; esa otra hora suya, la de probar la excelencia t&#225;ctica de las torres de asalto, confirmado como ya fue el malogro de los ataques directos contra puertas y murallas, &#237;tem primero del plan estrat&#233;gico. Lo que &#233;l no sabe, ni nadie se lo puede decir, es que el momento en que tendr&#225; puestos en s&#237; los esperanzados ojos del ej&#233;rcito, salvo los de los envidiosos, que ya en este tiempo los hab&#237;a, ese mismo momento, en el umbral de la gloria, ser&#225; el de su infausta muerte, infausta militarmente hablando, dig&#225;moslo, porque a la otra gloria, m&#225;s alta, estaba finalmente destinado quien de tan lejos viniera. Sin embargo, no anticipemos. Se trata ahora de enterrar a los treinta muertos nacionales que cost&#243; la tentativa contra la Porta de Ferro, y a &#233;sos los llevar&#225;n las barcas al otro lado del estuario, y por la cuesta arriba carg&#225;ndolos en angarillas improvisadas con palos toscamente aparejados. A la orilla de la fosa ser&#225;n desnudados de las ropas que puedan aprovechar los vivos, si no est&#225;n molestamente encortezadas en sangre, y aun as&#237; alguno menos escrupuloso y delicado las lavar&#225;, de donde viene a resultar que, en la generalidad de los casos, los muertos bajan a la sepultura tan desnudos como la tierra que los recibe.

Alineados, con los pies descalzos tocando la primera franja del lodo que las mareas altas y las olas mantienen fresco y blando, los muertos, bajo las miradas y burlas de los moros vencedores, all&#225; en lo alto de los adarves, esperan la hora de embarcar. La tardanza est&#225; en ser, para el transporte, m&#225;s los voluntarios que los necesarios, lo que podr&#237;a sorprendernos trat&#225;ndose de tarea tan penosa y l&#250;gubre, contando incluso con el atractivo de la compensaci&#243;n vestimentaria, pero es el caso que todo el mundo quiere ir de barquero y camillero, porque al lado del cementerio se acababa de instalar, en estos d&#237;as, el barrio del puter&#237;o, hasta ahora dispersas las mujeres por esos barrancos y revesas m&#225;s escondidos a la espera de ver en qu&#233; paraba la guerra, si ser&#237;a llegar, ver y vencer, ah&#237; cualquier arreglo precario servir&#237;a, o si se iba a dar un cerco prolongado, como todo indica que vendr&#225; a ser, apeteciendo entonces mayores comodidades, y en esta circunstancia se escoge un espacio sombreado, por estar caliente el tiempo y tirar del cuerpo el ejercicio, se arman unos cuantos chamizos de palos y ramajes sirviendo de toldo, para cama no se requiere m&#225;s que una brazada de heno o unos r&#250;sticos hierbajos que con el tiempo se volver&#225;n terrizo confundido con el polvo de los muertos. No ser&#237;an precisos extremos de erudici&#243;n para notar, ahora, c&#243;mo ya en aquellos medievos tiempos, pese a la resistencia de la Iglesia a los s&#237;miles cl&#225;sicos, andaban en confusi&#243;n Eros y T&#225;natos, en este caso con Hermes como intermediario, pues no pocas veces con las mismas ropas de los muertos se pagaban los buenos servicios de mujeres que por estar en la infancia de su arte y en un pa&#237;s que se iniciaba, a&#250;n acompa&#241;aban con alegr&#237;a y verdad los transportes del cliente. Ante esto, ya no sorprender&#225; el debate, Voy yo, voy yo, que no es se&#241;al de compasi&#243;n por los compa&#241;eros perdidos ni pretexto para escapar por unas horas a las contingencias del frente de batalla, s&#237; es apetito insoportable de la carne, dependiente, qui&#233;n lo iba a decir, de los caprichos de favoritismo u obstinaci&#243;n de cualquier sargento-ayudante.

Y ahora pasemos un poco a lo largo de esta fila de cuerpos sucios y ensangrentados, tumbados hombro con hombro a la espera de la hora del embarque, algunos de ojos a&#250;n abiertos, desorbitados hacia el cielo, otros que con los p&#225;rpados entornados parecen reprimir unas ganas enormes de re&#237;rse, es un muestrario de llagas, de heridas abiertas que las moscas devoran, no se sabe qui&#233;nes son o fueron estos hombres, s&#243;lo los amigos de m&#225;s cerca conocen sus nombres, o porque de los mismos lugares vinieron o porque juntos se encontraron en un mismo peligro, Murieron por la patria, dir&#237;a el rey si aqu&#237; viniera a rendir a los h&#233;roes el &#250;ltimo homenaje, pero Don Afonso Henriques tiene en su propio campamento sus propios muertos, no precisa venir desde tan lejos, el discurso, si lo hace, deber&#225; ser entendido como contemplando en partes iguales a cuantos m&#225;s o menos a esta hora esperan despacho, mientras se est&#225;n discutiendo cuestiones importantes para saber qui&#233;n va de tripulante en las barcas o estar&#225; de fajina en el cementerio abriendo fosas. El ej&#233;rcito no tendr&#225; que avisar a las familias por telegrama, En el cumplimiento de su deber cay&#243; en el campo del honor, manera sin duda m&#225;s elegante para explicar por lo claro, Muri&#243; con la cabeza aplastada por una piedra que un moro hijoputa le tir&#243; desde all&#225; arriba, y es que estos ej&#233;rcitos no tienen a&#250;n catastro, y los generales, cuando mucho, y muy por encima, saben que al principio tra&#237;an doce mil hombres y de ahora en adelante lo que tienen que hacer es ir descontando todos los d&#237;as unos cuantos, soldado en el frente no precisa nombre, Oye t&#250;, bestia, como retrocedas un paso te meto un tiro en los cuernos, y &#233;l no retrocedi&#243;, y cay&#243; la piedra, y lo mat&#243;. Le llamaban Galindo, es &#233;ste, en estado tal que ni la madre que lo pari&#243; lo reconocer&#237;a, aplastada la cabeza de un lado, el resto cubierto de sangre seca, y tiene a la derecha a Remigio, de flechas traspasado, dos de lado a lado, que los dos moros que al mismo tiempo lo eligieron como blanco ten&#237;an ojo de halc&#243;n y brazo de sans&#243;n, pero no van a tener que esperar mucho, que dentro de unos d&#237;as les va a tocar la vez a ellos, y quedar&#225;n, como &#233;stos, expuestos al sol, a la espera de sepultura, dentro de la ciudad, que estando cercada ya no se puede llegar al cementerio, donde los gallegos cometieron las m&#225;s nefandas profanaciones. A su favor, si tal se pudiese decir, s&#243;lo tienen los moros las despedidas de la familia, el alarido de las mujeres, pero eso, qui&#233;n sabe, hasta ser&#225; peor para la moral de las tropas, sujetos a un espect&#225;culo de l&#225;grimas de dolor y sufrimiento, de lutos sin consolaci&#243;n, Hijo m&#237;o, hijo m&#237;o, mientras en el campamento cristiano todo pasa entre hombres, que las mujeres, si all&#237; est&#225;n, es para otros motivos y por otros fines, abrirse de piernas a quien venga, soldado muerto, soldado puesto, las diferencias de altura y grosor, con el h&#225;bito, ni se notan, salvo casos excepcionales. Galindo y Remigio van a atravesar por &#250;ltima vez el estuario, si es que ya lo hab&#237;an atravesado en este sentido, que estando el cerco a&#250;n en sus inicios no faltan aqu&#237; hombres que no han llegado todav&#237;a a aliviar sus humores secretos y entraron en la muerte llenos de una vida que no aprovech&#243; a nadie. Con ellos, tendidos en el fondo de la barca, unos sobre otros, comprimidos por la estrechez del espacio, ir&#225;n tambi&#233;n Diogo, Gonzalo, Fern&#225;n, Martinho, Mendo, Garc&#237;a, Louren&#231;o, P&#234;ro, Sancho, &#193;lvaro, Mo&#231;o, Godinho, Fuas, Arnaldo, Soeiro, y los que a&#250;n faltan para la cuenta, algunos que tienen el mismo nombre, pero aqu&#237; no mencionados para que no se nos pueda protestar, De &#233;se ya ha hablado, y no ser&#237;a verdad, que bien podr&#237;a ser que escribi&#233;ramos, Va en la barca Bernardo, y ser treinta los muertos con un nombre solo, nunca nos cansaremos de repetir, Un nombre no es nada, la prueba podemos encontrarla en Al&#225; que, a pesar de los noventa y nueve que tiene, no ha conseguido ser m&#225;s que Dios.

Va Mogueime en la barca, pero va vivo. Ha escapado ileso del asalto, ni un ara&#241;azo, y no fue porque se hubiera resguardado de la pelea, al contrario, de &#233;l se puede jurar que estuvo siempre en primera l&#237;nea de fuego, de servicio en los arietes, como Galindo, pero &#233;se no tuvo suerte. Ser mandado al funeral vale pues tanto como una citaci&#243;n en la orden, una alabanza con las tropas en parada, un d&#237;a de holganza, que el sargento sabe muy bien c&#243;mo aprovechar&#225;n sus hombres el tiempo entre la ida y la vuelta, pena grande es la suya por no poder ir en el acompa&#241;amiento, va con su capit&#225;n Mem Ramires al campamento del pr&#237;ncipe, donde los jefes han sido llamados para hacer balance, obviamente negativo, del asalto, por aqu&#237; se ve que la vida de las patentes superiores no es siempre de rosas, y esto sin hablar de la hip&#243;tesis muy probable de que el rey eche la culpa del malogro a los capitanes, y &#233;stos a su vez echen la culpa a los sargentos, que, pobrecillos, no podr&#225;n disculparse con la cobard&#237;a de los soldados, pues, como es sabido, lo que un soldado vale al sargento lo debe. Si tal viniera a acontecer, es de prever que sean canceladas las pr&#243;ximas licencias para entierro, que naveguen solos los muertos, a fin de cuentas no tienen m&#225;s que un rumbo, y ya es hora de que empiece la historia de los buques fantasma. Desde la ladera de enfrente, las mujeres, en el umbral de las cancelas, miran las barcas que se acercan con su carga de muertos y deseos, y alguna que dentro est&#233; con un hombre se agitar&#225; desleal para despacharlo pronto, pues estos soldados de las g&#243;ndolas funerarias, tal vez por necesidad inconsciente de equilibrar la fatalidad de la muerte con los derechos de la vida, son mucho m&#225;s ardientes que cualquier militar o paisano en acto de rutina, y ya se sabe que la generosidad siempre crece en proporci&#243;n a la satisfacci&#243;n del ardor. Por muy poco que valga un nombre, estas mujeres lo tienen tambi&#233;n, aparte del general de putas con que las conocen, y son Tarejas, como la madre del rey, o Mafaldas, como la reina que vino de Saboya el a&#241;o pasado, o Sanchas, o Mayores, o Elviras, o Dordias, o Enderquinas, o Urracas, o Doroteas, o Leonores, y dos de ellas tienen nombres preciosos, una que se llama Chamoa, otra Moninha, que da ganas de sacarlas de la vida y llev&#225;rselas a casa, no como Raimundo Silva habr&#237;a hecho con el perro de las Escadinhas de S. Crispim, por piedad, sino para intentar saber qu&#233; secreto liga la persona al nombre que tiene, incluso cuando ella parece todav&#237;a menos que &#233;l.

Viene Mogueime en la traves&#237;a con dos objetivos p&#250;blicos y uno reservado. De los p&#250;blicos ya se ha hablado bastante, est&#225;n ah&#237; las fosas abiertas para recibir a los muertos y abiertas las mujeres para recibir a los vivos. Con las manos a&#250;n sucias de la tierra negra y fresca, Mogueime desatar&#225; los calzones, y sin m&#225;s ropa quitada que el sayo alzado, se acercar&#225; a la mujer elegida, ella tambi&#233;n de saya subida enrollada en la barriga, el arte amatorio est&#225; a&#250;n todo por inventar en tierras hace tan pocos d&#237;as conquistadas, los moros se han llevado consigo lo mucho que de &#233;l saben, se dice, y si alguna de estas rabizas, siendo mora de origen, por casualidad y azares de la vida vino a dar en el trato internacional, de las artes de su raza har&#225; secreto ahora, hasta que pueda empezar a vender a precio mayor las novedades. Claro est&#225; que los portugueses no son del todo brutos en la materia, al fin las posibilidades dependen de medios m&#225;s o menos comunes a toda la gente, pero les falta evidentemente refinamiento e imaginaci&#243;n, talento para el movimiento sutil, ma&#241;a para la suspensi&#243;n sabia, en fin civilizaci&#243;n y cultura. Por ser h&#233;roe de esta historia, no se crea que Mogueime es m&#225;s competente y artista que cualquiera de los compa&#241;eros. Si a su lado ronc&#243; de placer Lorenzo y grit&#243; Elvira, con igual vehemencia responder&#225;n aqu&#237; estos dos, Dorotea hace incluso cuesti&#243;n de no quedarse tras la otra en prodigalidades de expansi&#243;n, y Mogueime, si tambi&#233;n le supo, no tiene motivo alguno para callarse. Mientras no llegue a rey el poeta Don Dinis, content&#233;monos con lo que hay.

Cuando las barcas regresan a la otra orilla, mucho m&#225;s ligeras, no ir&#225; Mogueime en ellas. No porque haya decidido desertar, tal idea no le pasar&#237;a por la cabeza, mucho menos a una persona con su reputaci&#243;n y con lugar ya asegurado en la Gran Historia de Portugal, no son cosas que se pierdan por liviandad, una locura, &#233;l es Mogueime y estuvo en la toma de Santarem, y basta. Su motivo reservado, que ni a Galindo confiar&#237;a, es ir desde aqu&#237;, por caminos que quedaron explicados cuando el ej&#233;rcito se desplaz&#243; desde el Monte de San Francisco al Monte da Gra&#231;a, hasta el campamento del rey, donde sabe que separadamente est&#225;n las tiendas de los cruzados, a ver si por feliz acaso, al doblar una esquina, encuentra a la concubina del alem&#225;n. Ouroana se llama, en quien no para de pensar, aunque no tenga ilusiones en cuanto a ser ella bocado para su diente, pues un soldado sin graduaci&#243;n no puede aspirar m&#225;s que a putas de todo el mundo, barraganas exclusivas es placer y derecho de se&#241;ores, cuando mucho, cambiadas, y eso entre iguales. En el fondo, no cree que vaya a tener la suerte de verla, pero bien que le gustar&#237;a volver a o&#237;r aquel golpe en la boca del est&#243;mago por dos veces experimentado, pese a todo no se puede quejar, que en medio de tanto macho exasperado de celo, las hembras est&#225;n en general guardadas, y m&#225;s a&#250;n si salen a tomar el aire, la prueba es que llevaba Ouroana de acompa&#241;ante a un criado del caballero Enrique, armado como para el combate, no obstante pertenecer al servicio interno.

Grandes son las diferencias entre la paz y la guerra. Cuando las tropas aqu&#237; estuvieron acampadas, mientras los soldados decid&#237;an si s&#237; o si no se quedaban, las mayores luchas registradas no fueron m&#225;s all&#225; de escaramuzas r&#225;pidas, cambios a&#233;reos de saetas y gir&#225;ndulas de insultos, Lisboa aparec&#237;a, por as&#237; decir, como una joya reclinada en la ladera, ofrecida a las voluptuosidades del sol, toda cubierta de centelleos, rematada en lo alto por la mezquita del castillo, rebrillante de mosaicos verdes y azules, y, en la vertiente vuelta hacia este lado, el arrabal, del que la poblaci&#243;n a&#250;n no se hab&#237;a retirado, si con algo pod&#237;a compararse ser&#237;a con la antec&#225;mara del para&#237;so. Ahora, fuera de los muros hay casas quemadas y paredes derruidas, e incluso desde tan lejos se contempla el caminar de la ruina, como si el ej&#233;rcito portugu&#233;s fuese un enjambre de hormigas blancas tan capaces de roer madera como piedra, aunque se les partan los dientes y el hilo de la vida en el &#225;spero trabajo, como ya se ha visto y se ha de ver. Mogueime no sabe si tiene miedo de morir. Encuentra natural que mueran otros, en las guerras pasa siempre, o para que pase son hechas las guerras, pero si fuese capaz de preguntarse a s&#237; mismo qu&#233; es lo que realmente teme en estos d&#237;as, responder&#237;a que no es tanto la posibilidad de la muerte, qui&#233;n sabe si ya en el pr&#243;ximo asalto, si no a otra cosa a la que simplemente llamar&#237;amos p&#233;rdida, no de la vida en s&#237;, mas de lo que en ella sucede, por ejemplo, si pudiendo Ouroana llegar a ser suya pasado ma&#241;ana, quisiera el destino, o la voluntad de Nuestro Se&#241;or, que a pasado ma&#241;ana no llegase por tener que morir ma&#241;ana mismo. Pensamientos de &#233;stos ya sabemos que no los puede tener Mogueime, &#233;l va por un camino m&#225;s directo, que venga la muerte tarde, que pronto venga Ouroana, y entre la hora de llegar ella y partir &#233;l est&#233; la vida, pero tambi&#233;n este pensamiento es demasiado complejo, resign&#233;monos entonces a no saber qu&#233; piensa realmente Mogueime, entregu&#233;monos a la aparente claridad de los hechos, que son los pensamientos traducidos, aunque en el paso de &#233;stos a aqu&#233;llos siempre algunas cosas se quiten y a&#241;adan, lo que al fin viene a significar que sabemos tan poco de lo que hacemos como de lo que pensamos. El sol va alto, pronto ser&#225; mediod&#237;a, seguro que est&#225;n los moros observando los movimientos del campamento, a ver si como ayer vuelven los gallegos a atacar cuando los almu&#233;danos llamen a oraci&#243;n, que por ah&#237; se ve el ning&#250;n respeto que guardan los desalmados a la fe de los otros. Mogueime, para acortar camino, cruza el estuario por el vado a la altura de la Plaza de los Restauradores, aprovechando la marea baja. Andan por aqu&#237;, desahogando los miedos e intentando mariscar, soldados de los que se enfrentan con la Porta de Alfofa, vinieron de lejos, no hay duda, ya entonces se dec&#237;a, Ojos que no ven, coraz&#243;n que no siente, en este caso no se trata de las intermitencias de la pasi&#243;n, sino de buscar alivios alejados del teatro de la guerra, cuya vista, tras la fiebre del combate, los m&#225;s delicados no soportan. Y para evitar que &#233;stos se escapen andan por ah&#237; unos cabos, como pastores o perros vigilando el ganado, no hay otra manera, que la tropa tiene cobrada la soldada hasta agosto y dar&#225; su cuerpo a lo contratado, d&#237;a tras d&#237;a, hasta cumplido el plazo, salvo impedimento de haberse cumplido con anterioridad otro plazo, el de la vida. El segundo brazo del estuario no lo puede pasar Mogueime a vado, ni en bajamar, por ser m&#225;s hondo, por eso va subiendo a lo largo de la orilla hasta llegar a los arroyos de agua dulce, donde un d&#237;a de &#233;stos ver&#225; a Ouroana lavando ropa y le preguntar&#225;, C&#243;mo te llamas, pero es s&#243;lo un pretexto para sacar conversaci&#243;n, si hay algo en esta mujer que para Mogueime no tenga secretos es su nombre, tantas son las veces que lo ha dicho, los d&#237;as no s&#243;lo se repiten, son iguales, C&#243;mo te llamas, pregunt&#243; Raimundo Silva a Ouroana, y ella respondi&#243;, Mar&#237;a Sara.

Eran casi las siete de la tarde cuando Mar&#237;a Sara lleg&#243;. Raimundo Silva estuvo escribiendo hasta las cinco, siempre con la atenci&#243;n distra&#237;da, compon&#237;a con dificultad dos o tres l&#237;neas y luego se pon&#237;a a mirar por la ventana, las nubes, una paloma que da vueltas y se posa en la barandilla y lo mira a trav&#233;s del cristal con su ojo colorado y duro, agitando la cabeza con movimientos que eran al mismo tiempo r&#225;pidos y fluidos, el cesto de los papeles, que se trajo del despacho, estaba lleno de hojas rotas, un destrozo, si todos los d&#237;as, a partir de ahora, van a ser como &#233;ste, hay gran peligro de que su historia no acabe, qued&#225;ndose los portugueses hasta el fin de los tiempos ante esta ciudad de Lisboa, invicta, sin &#225;nimo para conquistarla y sin fuerzas para renunciar a ella. Durante el d&#237;a tuvo que resistir mil veces la tentaci&#243;n de telefonear, lo que todav&#237;a contribuy&#243; m&#225;s para desviarle el tino de lo que quer&#237;a escribir, viniendo a resultar que, en trabajo &#250;til, no hab&#237;a adelantado m&#225;s que una p&#225;gina, y aun as&#237; gracias a aquella benevolencia que tantas veces nos lleva a tolerar lo que no tiene otro m&#233;rito sino el de no ser insoportable. La &#250;ltima media hora la pas&#243; casi toda en el balc&#243;n, una y otra vez mostr&#225;ndose sin disfraz, como quien, estando a la espera, no le importa que se sepa y murmure, pero casi siempre apoyado en la moldura interior de la ventana, con medio cuerpo oculto, y acechando el lado del Largo dos L&#243;ios, donde Mar&#237;a Sara dejar&#225; el coche. La vio aparecer en la esquina de la casa de los paneles de San Antonio, con paso tranquilo, ni deprisa ni lenta, vest&#237;a la chaqueta y la falda que &#233;l ya le conoc&#237;a, al hombro el bolso, el pelo suelto, danzando, y el deseo le puso un s&#250;bito nudo en la boca del est&#243;mago, no como le aconteci&#243; a Mogueime, que a &#233;se fueron golpes. Se dio cuenta de que esto, s&#237;, era deseo verdadero, que ayer hab&#237;a sido m&#225;s bien una vibraci&#243;n convulsiva y continua de todo su ser, acaso resoluble por v&#237;a de un contacto f&#237;sico expedito que, probablemente, de haberse consumado, dejar&#237;a se&#241;ales de frustraci&#243;n o, todav&#237;a peor, de desencanto. Fue a abrir la puerta y sali&#243; al descansillo, Mar&#237;a Sara estaba subiendo ya y miraba hacia arriba, sonriendo, y &#233;l sonri&#243;, Qu&#233; tarde, dijo, Ya se sabe, el tr&#225;fico, ayer fue un d&#237;a excepcional, sal&#237; antes de la editorial, respondi&#243; ella, y, avanzando, le dio un beso r&#225;pido en la mejilla, y entr&#243;. La puerta m&#225;s pr&#243;xima, como sabemos, es la del dormitorio, no tendr&#237;a sentido alguno, en el estado en que est&#225;n las cosas, buscar otra, tanto m&#225;s cuanto que este dormitorio no es s&#243;lo dormitorio es tambi&#233;n, aunque provisionalmente, lugar de trabajo, por eso, repetimos, neutralizado en cierto modo. Pero Raimundo Silva le quit&#243; el bolso del hombro, lentamente, como si la estuviera desnudando, fue un gesto no premeditado, son esas ocasiones en las que la intuici&#243;n ayuda a lo que de ciencia falta, Ayer, al despedirse, me trat&#243; de t&#250;, dijo, Es la falta de h&#225;bito, no estoy acostumbrada a&#250;n, respondi&#243; Mar&#237;a Sara, Quiere ir al despacho, No, aqu&#237; estamos bien, pero t&#250; no tienes donde sentarte, Voy a buscar una silla. Cuando volvi&#243;, Mar&#237;a Sara estaba leyendo la &#250;ltima p&#225;gina del manuscrito, Has avanzado poco, dijo, Por qu&#233; habr&#225; sido, pregunt&#243; Raimundo Silva, S&#237;, por qu&#233; habr&#225; sido, repiti&#243; ella, esta vez sin sonre&#237;r, y mir&#225;ndolo como quien espera una respuesta, Mire la cama, Qu&#233; tiene la cama, y en otro tono, S&#243;lo yo estoy usando el t&#250;, Tal vez yo tenga m&#225;s dificultades para habituarme, pero voy a repetir Mira la cama, Y yo respondo, Qu&#233; le pasa a la cama, Notas alguna diferencia en ella con relaci&#243;n a ayer, Es la misma cama, Claro que es la misma, pero lo que quiero que me digas es si crees que ha sido abierta y utilizada, siendo mujer, observar&#225;s que las dobleces y el embozo de la s&#225;bana est&#225;n intactos, que la almohada no tiene ni una arruga, que la colcha est&#225; lisa, con todas las franjas alineadas, S&#237;, es verdad, Fue as&#237; como la asistenta la dej&#243; ayer, Entonces no has dormido aqu&#237;, No, Por qu&#233;, d&#243;nde, Respondo primero a la segunda parte de la pregunta, dorm&#237; ah&#237; dentro, en un div&#225;n, Y por qu&#233;, Porque soy un chiquillo, un adolescente a quien se le anticiparon las canas, porque no fui capaz de acostarme ayer aqu&#237; solo. Nada m&#225;s. Mar&#237;a Sara dej&#243; la hoja en la mesa, se acerc&#243; a &#233;l y lo abraz&#243;, Nunca precisar&#225;s decirme que te gusto, Lo dir&#233;, Pero no as&#237;, Usar&#233; palabras, Y yo quiero o&#237;rlas, s&#233; que voy a olvidar muchas de ellas, el momento, el lugar, la hora, pero lo que no podr&#233; olvidar es esto, y cuando tocaste la rosa. Estaban uno en brazos del otro, pero no se besaban a&#250;n, se miraban y sonre&#237;an mucho, el rostro alegre, y despu&#233;s la sonrisa se fue recogiendo lentamente como agua que la tierra estuviera sorbiendo y saboreando, hasta que al fin se quedaron serios los dos, mir&#225;ndose, una r&#225;pida sombra sutil alete&#243; por el dormitorio, vino y huy&#243; en seguida, y, entonces, unas alas inmensas y poderosas envolvieron a Mar&#237;a Sara y a Raimundo Silva, apret&#225;ndolos como a un &#250;nico cuerpo, y el beso empez&#243;, tan diferente de aquel que aqu&#237; se dieron ayer, eran las mismas personas, eran otras, pero decir esto es no haber dicho nada, porque nadie sabe lo que el beso es verdaderamente, tal vez la devoraci&#243;n imposible, tal vez una comuni&#243;n demon&#237;aca, tal vez el principio de la muerte. No fue Raimundo Silva quien condujo a Mar&#237;a Sara a la cama, ni ella hacia all&#237; lo impeli&#243; suavemente como distra&#237;da, all&#237; se hallaron, sentados primero en el borde, arrugando la colcha blanca, despu&#233;s &#233;l la ech&#243; hacia atr&#225;s y continuaron bes&#225;ndose, ella le rodeaba la nuca con los brazos, el brazo derecho de &#233;l serv&#237;a de apoyo a la cabeza de ella, pero el izquierdo parec&#237;a vacilar, sin saber qu&#233; hacer, o sabi&#233;ndolo y no atrevi&#233;ndose, como si un final e invisible muro se hubiera interpuesto en el &#250;ltimo segundo, lo gui&#243; finalmente la sabia mano, toc&#243; la cintura de Mar&#237;a Sara, descendi&#243; hasta la cadera y se pos&#243;, casi sin presi&#243;n, en las redondeces del muslo, para subir despu&#233;s lentamente, cuerpo arriba, hasta el pecho, ahora la memoria de los dedos puede reconocer la suavidad del tejido de la blusa que tocaba por primera vez, la sensaci&#243;n fue rapid&#237;sima y en el mismo instante diluida por la conciencia tumultuosa de que bajo la mano banal del hombre estaba el prodigio de un seno. Aturdido por el contacto, Raimundo Silva levant&#243; la cabeza, quer&#237;a mirar, ver, saber, tener la certidumbre de que era su propia mano la que all&#237; estaba, ahora s&#237;, el muro invisible se desmoronaba, m&#225;s all&#225; de &#233;l quedaba la ciudad del cuerpo, calles y plazas, sombras, claridades, un cantar que viene de no se sabe d&#243;nde, las infinitas ventanas, la peregrinaci&#243;n interminable. Mar&#237;a Sara coloc&#243; su mano sobre la de Raimundo Silva, y &#233;l la bes&#243; muchas veces, hasta que ella la retir&#243; llevando la de &#233;l consigo, y el seno erguido, a&#250;n cubierto, se ofreci&#243; a los besos. Fue ella quien, sin prisas, disfrutando con su propio movimiento, se desaboton&#243; la blusa y la abri&#243;, sobre el encaje blanco del sujetador la piel era encaje mate, y rosado el pez&#243;n, Dios m&#237;o, entonces la mano de Raimundo Silva volvi&#243;, dulce, violenta, y con un solo gesto resuelto hizo salir el seno, el&#225;stico y denso. Mar&#237;a Sara gimi&#243; cuando la boca de &#233;l, ansiosa, lo chup&#243;, se estremeci&#243; todo su cuerpo, y luego m&#225;s profundamente porque la mano de Raimundo Silva se hab&#237;a posado sobre su vientre, inesperadamente, para, ya sin sorpresa, llegar hasta el pubis, donde se crisp&#243; y forz&#243;, invasora. Estaban a&#250;n vestidos, ella s&#243;lo con la chaqueta suelta y la blusa desabrochada, y fue Raimundo Silva quien recogi&#243; el seno descubierto, tan delicadamente que los ojos sorprendidos de Mar&#237;a Sara se humedecieron de l&#225;grimas. La penumbra del cuarto se ilumin&#243; s&#250;bitamente, seguro que por el lado de la barra se hab&#237;an abierto las nubes del atardecer y el &#250;ltimo sol entr&#243; por la ventana, oblicuo, lanzando sobre aquel lado de la pared una vibraci&#243;n de luz color cereza, que a su vez difund&#237;a por el dormitorio una invisible palpitaci&#243;n, un temblor conmovido de &#225;tomos despiertos por la claridad que se iba desvaneciendo, como si &#233;ste fuera un mundo apenas nacido y a&#250;n sin fuerzas, o viejo de haber vivido mucho, sin fuerzas ya. Mar&#237;a Sara y Raimundo Silva, por pudor o por intuici&#243;n, no se hab&#237;an desnudado por completo, conservaban la &#250;ltima pieza &#237;ntima, y ella no se hab&#237;a quitado el sujetador. Estaban tumbados, cubiertos, y temblaban. &#201;l le cogi&#243; las manos y las bes&#243;, ella repiti&#243; el gesto, se aproximaron con un movimiento ondulatorio del cuerpo, tan cerca que las respiraciones se confund&#237;an, despu&#233;s las bocas se tocaron y el beso se convirti&#243; en un devorarse de labios y de lenguas, mientras las manos de uno buscaban el cuerpo del otro, apretaban, acariciaban, entonces empezaron a o&#237;rse palabras, sueltas, entrecortadas, jadeantes, amor m&#237;o, te quiero, c&#243;mo fue posible, no lo s&#233;, ten&#237;a que ser, abr&#225;zame, te deseo, ese antiqu&#237;simo murmullo que, con estas u otras palabras, m&#225;s dulces a&#250;n, o crudas, o toscas, o brutales, persigue desde la noche de los tiempos, s&#233;anos permitida la expresi&#243;n una vez m&#225;s, lo inefable. Torpe, la mano de Raimundo Silva luchaba con el cierre del sujetador, pero fue Mar&#237;a Sara quien, con un simple toque y un movimiento de hombros, se liber&#243;, y a los senos liber&#243; de su prisi&#243;n, ofreci&#233;ndolos a los ojos, las manos, a la boca de &#233;l. Despu&#233;s, al fin, se desnudaron del todo, cada uno ayudando al otro o a &#233;l entreg&#225;ndose, Desn&#250;dame, dijeron, y en verdad ya estaban desnudos, pero ahora pod&#237;an tocarse, palpar, sondear, de s&#250;bito Raimundo Silva ech&#243; la ropa hacia atr&#225;s, all&#237; estaba Mar&#237;a Sara, los senos, el vientre, el pubis alto, los muslos largos, y &#233;l, sin verg&#252;enza, olvidado de miedos, mostr&#225;ndose a la luz, aunque tan poca, s&#243;lo la s&#225;bana blanca brillaba como si la inundara la luz de la luna, la noche ca&#237;a muy lentamente sobre la ciudad, parec&#237;a como si el mundo exterior se pusiera a la espera de un milagro nuevo, pero nadie se dio cuenta cuando aconteci&#243;, aqu&#237;, cuando los sexos de estos dos se sintieron por primera vez, cuando por primera vez gimieron juntos, cuando sordamente gritaron, cuando todas las compuertas del diluvio se abrieron sobre la tierra y las aguas de la tierra, y despu&#233;s la calma, el amplio estuario del Tajo, dos cuerpos lado a lado bogando, de manos dadas, uno dice, Oh, mi amor, y otro, Que nada en el futuro sea menos que esto, y de repente ambos tuvieron miedo de lo que hab&#237;an dicho y se abrazaron, el cuarto estaba oscuro, Enciende la luz, dijo ella, quiero saber si esto es verdad.


Mar&#237;a Sara pas&#243; la noche en casa de Raimundo Silva. Despu&#233;s de haberle pedido que encendiera la luz, y asegurarse, con todos los sentidos, de la verdad de estar all&#237;, desnuda y con este hombre desnudo al lado, mir&#225;ndolo y toc&#225;ndolo, y sin resguardo ofreci&#233;ndose a sus ojos y a sus manos, dijo, entre dos besos, Voy a llamar a mi cu&#241;ada. Se enroll&#243; en la colcha blanca y corri&#243; descalza al despacho, desde el dormitorio Raimundo Silva oy&#243; marcar el n&#250;mero, e inmediatamente, Soy yo, luego hubo un silencio, probablemente la cu&#241;ada estar&#237;a manifest&#225;ndole extra&#241;eza por la tardanza, preguntando, por ejemplo, Hay alguna novedad, y Mar&#237;a Sara, que precisamente de grandes y numerosas novedades estaba habilitada para hablar, respondi&#243;, No, s&#243;lo quer&#237;a avisar de que no voy a ir a casa, lo que, a decir verdad, era una novedad absoluta, teniendo en cuenta que ocurr&#237;a por primera vez desde que se fue a vivir a casa del hermano, despu&#233;s del divorcio. Otro silencio, la sorpresa discreta de la cu&#241;ada, inmediatamente c&#243;mplice, las palabras que dijo, Mar&#237;a Sara se ech&#243; a re&#237;r, Luego te lo cuento y dile a mi hermano que no se ponga as&#237;, en plan de protector de viudas y doncellas, que mi caso no es de &#233;sos. Del otro lado, la cu&#241;ada habr&#237;a expresado una preocupaci&#243;n familiar razonable, Espero que sepas lo que est&#225;s haciendo, es lo m&#237;nimo que se puede decir en situaciones como &#233;sta, y Mar&#237;a Sara respondi&#243;, De momento me basta saber que es verdad, y despu&#233;s de una pausa, dijo simplemente, S&#237;, no precis&#243; de m&#225;s Raimundo Silva para entender que la cu&#241;ada de Mar&#237;a Sara hab&#237;a preguntado, Es el corrector, y Mar&#237;a Sara respondi&#243;, S&#237;. Despu&#233;s de haber colgado, ella se qued&#243; all&#237; unos momentos, s&#250;bitamente todo hab&#237;a adquirido un aire de irrealidad, estos muebles, estos libros, y dentro, en el dormitorio, estaba un hombre acostado, por la parte interna de los muslos sinti&#243; que se deslizaba una caricia fr&#237;a, y pens&#243;, Es de &#233;l, se estremeci&#243; y se enroll&#243; m&#225;s en la colcha, pero el gesto le hizo cobrar conciencia de la desnudez completa de su cuerpo, y ahora luchaba en ella el recuerdo de las recientes sensaciones con un pensamiento irritante que no quer&#237;a dejarla, Si &#233;l se hubiera quedado desnudo encima de la cama, el pensamiento se interrump&#237;a all&#237;, o era ella que se negaba a seguir hasta el fin, pero se comprend&#237;a claramente que se trataba de una amenaza, de una decisi&#243;n tomada, incluso sin estar el destinatario formalmente expl&#237;cito. Le sorprendi&#243; que &#233;l no la llamara, la campanilla del tel&#233;fono dio se&#241;al del fin de la comunicaci&#243;n, parec&#237;a que el silencio se apoderaba de la casa como si fuese un enemigo furtivo e inquietante, y despu&#233;s pens&#243; que hab&#237;a hallado el motivo, &#233;l no sabr&#237;a c&#243;mo llamarla, s&#237;, dir&#237;a Mar&#237;a Sara, pero la cuesti&#243;n no estaba en las palabras, estaba en el tono con que fuesen dichas, c&#243;mo elegir entre el tono imperativo de quien cree ser ya el propietario de un cuerpo y la expresi&#243;n de una dulzura sentimental que no dir&#237;amos fingida, pero en la que seguramente habr&#237;a una parte de deliberaci&#243;n demasiado consciente para ser natural. Volvi&#243; al cuarto, pensando, mientras iba por el corredor, &#201;l est&#225; cubierto, &#233;l est&#225; cubierto, tan ansiosamente como si de eso fuera a depender todo el futuro de las palabras y obras que aqu&#237; hab&#237;an sido dichas y hechas, Raimundo Silva estaba cubierto hasta los hombros.

Cenaron en un restaurante de la Baixa, ella quiso saber c&#243;mo iba la historia del cerco, No va mal, me parece, para lo absurdo que es, Te falta a&#250;n mucho para terminarla, Podr&#237;a acabarla en tres l&#237;neas, dentro de la f&#243;rmula, luego se casaron y fueron muy felices, en nuestro caso, los portugueses, en un supremo esfuerzo, tomaron la ciudad, o bien me pongo a enumerar armas y bagajes, a enredar personas y personajes, y nunca llegar&#233; al final, una alternativa ser&#237;a dejarla como est&#225;, ahora que ya nos hemos encontrado, Preferir&#237;a que la terminaras, tienes que resolver la vida de ese Mogueime y de esa Ouroana, el resto ser&#225; menos importante, de todos modos sabemos c&#243;mo va a acabar la historia, la prueba es que estamos cenando en Lisboa, sin ser nosotros moros ni turistas en tierra de moros, Probablemente pasaron por aqu&#237; las barcas que llevaron al cementerio los muertos del ataque ante las puertas de la ciudad, Cuando volvamos a casa voy a ponerme a leerla desde el principio, Eso si no estamos ocupados en cosas m&#225;s interesantes, Tenemos mucho tiempo, caro se&#241;or, Adem&#225;s, la historia es corta, en media hora la tienes le&#237;da toda, me limit&#233;, como ver&#225;s, a lo que me parec&#237;a consecuencia del hecho de que los cruzados se hubieran ido sin querer ayudar a los portugueses, Y que dar&#237;a una novela, Es posible, pero cuando me metiste en estos trabajos, sab&#237;as que yo no pasaba de un normal y modesto corrector, sin otras cualidades, Las suficientes para aceptar el reto, Mejor deber&#237;as llamarle provocaci&#243;n, Sea, provocaci&#243;n, Qu&#233; idea ten&#237;as en la cabeza cuando me desafiaste, qu&#233; buscabas, En aquel momento no lo ve&#237;a con mucha claridad, por muchas explicaciones que pudiera haberme dado a m&#237; misma, o a ti, cuando me las pediste, ahora ya es evidente que era a ti a quien buscaba, A este tipo flaco y serio, con el pelo mal te&#241;ido, que vive encerrado en casa, triste como un perro sin amo, Un hombre que me gust&#243; desde que lo vi, un hombre que hab&#237;a puesto deliberadamente un error all&#237; donde estaba obligado a enmendarlos, un hombre que se hab&#237;a dado cuenta de que la distinci&#243;n entre el no y el s&#237; es el resultado de una operaci&#243;n mental que s&#243;lo tiene como objetivo la supervivencia, Es una buena raz&#243;n, Es una raz&#243;n ego&#237;sta, Y socialmente &#250;til, Sin duda, aunque todo dependa de qui&#233;nes fueran los due&#241;os del s&#237; y del no, Nos orientamos por normas generadas seg&#250;n consensos, y dominios, es evidente que variando el dominio var&#237;a el consenso, No dejas salida, Porque no hay salida, vivimos en un cuarto cerrado y pintamos el mundo y el universo en sus paredes, Recuerda que han ido ya hombres a la Luna, Su cuartito cerrado fue con ellos, Eres pesimista, No llego a tanto, me limito a ser un esc&#233;ptico de la especie radical, Un esc&#233;ptico no ama, Al contrario, el amor es probablemente la &#250;ltima cosa en la que el esc&#233;ptico a&#250;n puede creer, Puede, Digamos m&#225;s bien que necesita. Acabaron de tomar el caf&#233;, Raimundo Silva pidi&#243; la cuenta, pero fue Mar&#237;a Sara quien, con un gesto r&#225;pido, sac&#243; de la cartera y coloc&#243; en el platillo la tarjeta de cr&#233;dito, Soy tu directora, no puedo permitir que pagues la cena, se acabar&#237;a el respeto a la jerarqu&#237;a si los subordinados empezaran a d&#225;rselas de generosos con sus superiores, Lo admito por esta vez, en todo caso te recuerdo que estoy en camino de convertirme en autor, y entonces, Entonces s&#237; que no pagar&#225;s nada, d&#243;nde se ha visto que el autor pague la cena al editor, realmente no sabes nada de relaciones p&#250;blicas, Siempre he o&#237;do decir que de los infelices autores sacan los editores almuerzo y cena, Calumnias indecentes, manifestaciones inferiores de un odio de clase, Yo no soy m&#225;s que corrector, estoy fuera de esa guerra, Si lo tomas tan a pecho, No, no, paga t&#250;, pero mis razones para admitir que pagues son otras, Cu&#225;les son, Es que con toda esta arrastrada historia del cerco casi no he trabajado en la correcci&#243;n y por tanto, siendo t&#250; la responsable del estado periclitante de mi econom&#237;a, es de justicia que pagues, para compensarte ma&#241;ana te hago las tostadas del desayuno, Vas a dejarme con un saldo deudor tremendo.

Mar&#237;a Sara ten&#237;a el coche en el Largo dos L&#243;ios, a ambos les hab&#237;a apetecido dar un paseo a pie en la noche casi tibia, un poco h&#250;meda. Antes de por el Limoeiro, se quedaron un rato en el mirador contemplando el Tajo, el ancho y misterioso mar interior. Raimundo Silva pus&#243; su brazo en el hombro de Mar&#237;a Sara, conoc&#237;a este cuerpo, lo conoc&#237;a, y de conocerlo le ven&#237;a esta sensaci&#243;n de fuerza infinita, y otra, contraria, de infinito vac&#237;o, de lasitud perezosa, como una gran ave que pairase sobre el mundo aplazando el momento de posarse. Ahora volv&#237;an a casa, lentamente, la noche les parec&#237;a interminable, no ten&#237;an que correr para detener las horas, o empezarlas deprisa, que m&#225;s que esto no permite el tiempo. Dijo Mar&#237;a Sara, Tengo curiosidad por leer lo que has escrito, puede que tengas raz&#243;n cuando dices que vas camino de convertirte en escritor, Pensaba que ten&#237;as la sensatez de no tomarme en serio, Nunca se sabe, nunca se sabe, Los mejores pa&#241;os no sirven s&#243;lo para que en ellos caigan manchas, Si ya como corrector estoy condenado a las penas del infierno, imagina mi destino como autor, Peor que el infierno, supongo que s&#243;lo el limbo, Tambi&#233;n yo lo creo, pero para el limbo ya estoy pasado de edad, y como estoy bautizado, aunque logre escapar del castigo, del premio no escapar&#233;, por lo visto no hay alternativa, aqu&#237; estaba la Porta de Ferro, la echaron abajo hace doscientos a&#241;os, m&#225;s o menos, lo que de ella quedaba, claro, que la de los moros nadie sabe c&#243;mo era, No cambies de conversaci&#243;n, la idea es buena, Qu&#233; idea, La de publicar esa novela, En nuestra editorial, Ser&#237;a una hip&#243;tesis, Dar&#237;as una p&#233;sima directora literaria, sobornable por los sentimientos, Parto del principio de que el libro tendr&#225; calidad suficiente, Y crees que nuestros patronos, despu&#233;s de haberse visto ridiculizados, Si tienen alg&#250;n sentido del humor, Nunca lo he comprobado, aunque puede que sea por culpa m&#237;a, por falta de cualidades receptivas, Acaba el libro y luego veremos, nada se pierde con intentarlo, Lo que tengo all&#237; en casa no es un libro, son s&#243;lo unas decenas de p&#225;ginas con episodios sueltos, Es un punto de partida, Muy bien, pero entonces pongo una condici&#243;n, Cu&#225;l, Ser&#233; el corrector de mi propia obra, Para qu&#233;, el autor es siempre un mal corrector de s&#237; mismo, Para que no pase un s&#237; por un no. Mar&#237;a Sara se ech&#243; a re&#237;r y dijo, Me gustas. Y Raimundo Silva, Estoy haciendo lo posible para seguir gust&#225;ndote. Iban subiendo la Cal&#231;ada do Correio Velho, el camino que &#233;l siempre evitaba, pero hoy se sent&#237;a alado, y la fatiga, que sin duda ten&#237;a, era diferente, no exig&#237;a reposo, ped&#237;a una fatiga nueva. A esta hora la calle estaba desierta, el lugar y la ocasi&#243;n eran propicios, Raimundo Silva bes&#243; a Mar&#237;a Sara, nada hay m&#225;s com&#250;n que esto en los d&#237;as que corren, el beso en la v&#237;a p&#250;blica, pero debemos tener en cuenta que Raimundo Silva viene de una generaci&#243;n discreta que no hac&#237;a demostraci&#243;n de sentimientos, y mucho menos de deseos. El atrevimiento, a fin de cuentas, no fue nada del otro mundo, una calle solitaria y poco iluminada, pero es un principio. Continuaron subiendo, se pararon al inicio de las escaleras, S. Crispim tiene ciento treinta y cuatro escalones, dijo Raimundo Silva, y empinados como los de los templos aztecas, pero llegando a lo alto en seguida estamos en casa, No me quejo, vamos, All&#225; arriba, debajo de aquellos ventanales, hay a&#250;n vestigios de la muralla construida por los godos, por lo menos eso dicen los entendidos, Entre los que ahora te cuentas t&#250;, Ni pensarlo, s&#243;lo s&#233; algunas cosas que he le&#237;do, he estado divirti&#233;ndome o instruy&#233;ndome, poco a poco, descubriendo la diferencia entre mirar y ver y entre ver y reparar, Eso es interesante, Es elemental, supongo incluso que el verdadero conocimiento estar&#225; en la conciencia que tengamos del cambio de un nivel de percepci&#243;n, por decirlo as&#237;, a otro nivel, Hombre b&#225;rbaro, el m&#225;s godo de todos, quien viene cambiando de niveles soy yo desde que empezamos a trepar monta&#241;a arriba, par&#233;monos un poco en este escal&#243;n, que necesito respirar, al menos un minuto, sent&#233;monos. Esta palabra, y el acto subsiguiente, le trajeron de golpe a Raimundo Silva el recuerdo de aquel d&#237;a en el que, huyendo del temor de ser interpelado por un Costa indignado y amenazador, baj&#243; atropelladamente estas escaleras y se sent&#243; ah&#237;, en uno de los pelda&#241;os, escondiendo, de ojos imaginariamente acusadores, no s&#243;lo su cobard&#237;a sino tambi&#233;n la verg&#252;enza de sentirla. Un d&#237;a, cuando est&#233; lo bastante seguro del amor que est&#225; naciendo, tendr&#225; que contarle a Mar&#237;a Sara todas estas peque&#241;as miserias del esp&#237;ritu, aunque puede ocurrir igualmente que resuelva quedarse callado para que no sufra ning&#250;n desdoro la imagen positiva que en el futuro consiga dar de s&#237; mismo, y mantener. No obstante, ya en este mismo momento, cuando a&#250;n no ha tomado ninguna resoluci&#243;n sobre lo que har&#225; en el futuro, siente la incomodidad de un escr&#250;pulo desatendido, un remordimiento que se anticipa a la falta, una espina mental. Promete que no se olvidar&#225; de este aviso premonitorio de su conciencia, y de pronto se da cuenta del silencio que se ha interpuesto entre los dos, tal vez cierta incomodidad, pero no, el rostro de Mar&#237;a Sara est&#225; tranquilo, sereno, tocado por la claridad de una luna escasa que diluye un poco las sombras en este lugar donde est&#225;n y adonde no llega la iluminaci&#243;n p&#250;blica, la incomodidad s&#243;lo reside en &#233;l, y sin ninguna otra raz&#243;n que saber que est&#225; ocultando algo, digamos que no la verg&#252;enza del miedo, sino el miedo de la verg&#252;enza. Si Mar&#237;a Sara no habla es s&#243;lo porque piensa que no tiene que hablar, si Raimundo Silva va a hablar es porque no quiere explicar la verdadera causa de estar callado, Hace tiempo hab&#237;a por aqu&#237; un perro vagabundo, pero ha desaparecido, y a partir de esta declaraci&#243;n compuso una historia de su encuentro con el animal, a&#241;adi&#233;ndole parte suficiente de imaginaci&#243;n para hacerla m&#225;s aut&#233;ntica y real, No quer&#237;a irse de aqu&#237;, dos o tres veces le di comida, y creo que tambi&#233;n lo alimentaban algunos vecinos, pero poco entre unos y otros, porque el animal parec&#237;a siempre a punto de morirse de hambre, no s&#233; qu&#233; le habr&#225; pasado, si tuvo el valor de irse a correr mundo y buscarse la vida, o si muri&#243; aqu&#237; mismo, poco a poco, hoy pienso que deber&#237;a haberme ocupado m&#225;s de &#233;l, nada me costaba traerle todos los d&#237;as unos restos o comprarle incluso de esas comidas para perros que hay ahora, que la cosa tampoco iba a arruinarme. Durante unos minutos Raimundo Silva fue repitiendo sus responsabilidades y culpas, consciente, sin embargo, de que estaba encubriendo con un falso remordimiento el otro verdadero, dudoso &#233;ste, incierto el que vendr&#225;, despu&#233;s, s&#250;bitamente, se call&#243;, se sent&#237;a rid&#237;culo, pueril, tanta preocupaci&#243;n por un perro vagabundo, s&#243;lo le faltaba que Mar&#237;a Sara hiciera un comentario cualquiera, sin inter&#233;s, por ejemplo, Pobre animal, y fue exactamente esto lo que dijo, Pobre animal, y luego, levant&#225;ndose, Vamos.

Sentado a la peque&#241;a mesa donde ha escrito la Historia del Cerco de Lisboa, mirando la &#250;ltima p&#225;gina, a la espera de la palabra providencial que por atracci&#243;n o choque reactivar&#225; el flujo interrumpido, Raimundo Silva deber&#237;a decirse a s&#237; mismo, como Mar&#237;a Sara en las Escadinhas de S. Crispim ayer por la noche, Vamos, pero ahora en un tono diferente, como orden imperativa, Vamos, escribe, avanza, desarrolla, abrevia, comenta, remata, sin ninguna semejanza con la modulaci&#243;n suave de aquel otro Vamos, que, no perdurando en el espacio, continu&#243; resonando dentro de ellos como un eco sucesivamente amplificado, paso a paso, hasta transformarse en un canto glorioso cuando la cama se abri&#243; otra vez para recibirlos. El recuerdo de la noche magn&#237;fica distrae a Raimundo Silva, la sorpresa de despertar por la ma&#241;ana y ver y sentir un cuerpo desnudo a su lado, el placer inexpresable de tocarlo, aqu&#237;, all&#237;, suavemente, como si todo &#233;l fuese una rosa, decir para s&#237;, Despacio, no la despiertes, deja que te conozca, rosa, cuerpo, flor, despu&#233;s la urgencia de las manos, la caricia prolongada e insistente, hasta que Mar&#237;a Sara abre los ojos y sonr&#237;e, dijeron al mismo tiempo, Amor m&#237;o, y se abrazaron. Raimundo Silva busca la palabra, en otra ocasi&#243;n podr&#237;an servir estas mismas, Amor m&#237;o, pero es dudoso que Mogueime y Ouroana sepan decirlas alguna vez, aparte de que, en el punto en que estamos, esos dos ni siquiera se han encontrado, c&#243;mo van a declarar tan abruptamente sentimientos cuya expresi&#243;n parece fuera de su alcance.

Mientras tanto, instrumento del destino sin saberlo, el caballero Enrique debate, en su fuero &#237;ntimo, si llevar&#225; consigo a Ouroana al campamento de Mem Ramires o si la dejar&#225; en el campamento real, entregada a los cuidados y a la vigilancia de su criado favorito. Sin embargo, est&#225; tan acostumbrado a ese criado que no se siente inclinado a prescindir de &#233;l, y, consider&#225;ndolo todo, lo llam&#243; para decirle que preparase armas y bagajes porque ma&#241;ana temprano bajar&#225;n de estas alturas protegidas para unirse a las tropas que luchan en la Porta de Ferro, donde, a su gobierno y mando, construir&#225;n una torre de asalto, A ver qui&#233;n la acaba m&#225;s deprisa, si nosotros o los franceses, o los normandos, en la Porta do Sol y en la Porta de Alfama, Y Ouroana, vuestra barragana, qu&#233; se har&#225; de ella, pregunt&#243; el criado, Ir&#225; conmigo, son grandes los peligros, all&#237; est&#225;n frente a frente moros y cristianos, Luego ver&#233; lo que convenga, aunque es cierto que no se han atrevido los infieles a salir a dar batalla fuera de los muros. As&#237; concertados, el criado avis&#243; a Ouroana y organiz&#243; la mudanza, ir&#237;an tambi&#233;n con el caballero Enrique cinco de sus hombres de armas, que no era este alem&#225;n tan rico se&#241;or que a su cuenta hubiera llevado un ej&#233;rcito, su especialidad era m&#225;s bien la ingenier&#237;a, la cual, si casi siempre depende de mucha gente para hacer las m&#225;quinas, depende siempre de lo que el ingeniero lleva dentro de su cabeza, ciencia, ingenio y arte. A la ma&#241;ana siguiente, bien temprano como se dijo, despu&#233;s de o&#237;r misa, fue el caballero Enrique a besar las manos del rey, Adi&#243;s, se&#241;or, que me voy al trabajo. Un poco apartados, sin derecho a despedida real, estaban el privado y los hombres de armas, Ouroana en unas andas, &#233;stas m&#225;s por ostentaci&#243;n de su se&#241;or que por su delicada complexi&#243;n, que en los campos de Galicia donde fue robada era hija de labradores y con ellos trabajaba en el riguroso ama&#241;o de la tierra. Don Afonso Henriques abraz&#243; al caballero, Santa Mar&#237;a te acompa&#241;e y te proteja, dijo, y te ayude a levantar esa torre hasta ahora nunca vista en estos parajes, vais a trabajar con carpinteros de barcos, que ha sido lo m&#225;s semejante que pudimos encontrar, pero si ellos son tan buenos alumnos como yo tengo informaci&#243;n de que t&#250; eres buen maestro, mis pr&#243;ximos cercos, en eso de torres de asalto, se har&#225;n con mano de obra nacional, sin incorporaci&#243;n extranjera, Se&#241;or, a mi pa&#237;s lleg&#243; prolija fama de la modestia, de la humildad, de la frugalidad y del esp&#237;ritu de abnegaci&#243;n de los portugueses, siempre bien dispuestos para el servicio de la familia y de la patria, ahora bien, si a tantas y tan raras cualidades a&#241;aden ellos alguna inteligencia y mucha fuerza de car&#225;cter y voluntad, entonces, se&#241;or, doy por seguro que no habr&#225; torre que no se&#225;is capaz de construir, tanto en este pr&#243;ximo d&#237;a de ma&#241;ana como en todos los que a&#250;n est&#225;n por venir. Calaron hondo en el &#225;nimo del rey estos esperanzados votos, tanto m&#225;s cuanto que ven&#237;an de quien ven&#237;an, y fue tanto lo que le complacieron que, alej&#225;ndose un poco con el caballero Enrique, en confianza, le confidenci&#243; el secreto de una preocupaci&#243;n suya, a saber, Os hab&#233;is dado cuenta, ciertamente, de que una parte de mi estado mayor no anda muy conforme con esa idea de las torres, es gente conservadora, aferrada al artesanado, por eso, si veis que alguien se os presenta con historias y trucos dilatorios o derrotistas venid a dec&#237;rmelo en seguida, que yo tomo muy a pecho, como rey moderno que soy, llevar adelante esa empresa sin aplazamientos excusados, teniendo en cuenta que mis finanzas, devoradas por esta guerra, van de mal en peor, ya veis que no me convendr&#237;a nada, lo que se dice nada, tener que pagar nueva soldada a finales de agosto, que es cuando vencen los tres meses, porque, aunque nuestra tropa gane poco, todos juntos son un gasto de mil diablos, que nos vendr&#237;a como miel sobre hojuelas poder tomar esta ciudad antes de agosto, imaginad cu&#225;nta esperanza tengo puesta en esa vuestra torre y en las otras, y as&#237; os exhorto, estimulo y aplaudo para que realic&#233;is firmemente nuestro designio, por cuya remuneraci&#243;n no ten&#233;is que preocuparos, pues ah&#237; est&#225;n los bienes de los moros para que con vuestras propias manos os pagu&#233;is una y diez veces. El caballero Enrique respondi&#243; que pod&#237;a quedar descansado el rey, que &#233;l lo har&#237;a todo de lo mejor con ayuda de Dios, y que de las dificultades de tesorer&#237;a ser&#237;a discreto confidente, y que nunca, nunca, se inquietara por el pago de sus servicios, Que el mejor pago, mi se&#241;or, est&#225; en el cielo, y all&#237; para conquistar la ciudad del para&#237;so otras torres se precisan, las de las buenas obras, como esta que prometemos de no dejar aqu&#237; un moro vivo si se obstinan en la tozudez de no rendirse. Despidi&#243; el rey al caballero prometi&#233;ndose a s&#237; mismo no perderlo de vista, pues tanto parece servir para obispo como para general, y si resulta afortunado el negocio de las torres, le har&#225; propuesta de naturalizaci&#243;n, condonaci&#243;n de tierras y t&#237;tulo para poder empezar aqu&#237; su vida.

Que el caballero Enrique no estaba dispuesto a perder tiempo es algo que se vio en seguida, porque, apenas llegado al campamento de Porta de Ferro, se reuni&#243; en conferencia con Mem Ramires para que le fuesen consignados los hombres suficientes para la portentosa obra, comenzando inmediatamente por la tala de los &#225;rboles que hab&#237;a por all&#237;, unos nacidos al azar de la naturaleza, otros plantados por las mismas manos de los moros, que entonces no pod&#237;an adivinar que estaban, literalmente, juntando le&#241;a para quemarse, son, dig&#225;moslo una vez m&#225;s, las iron&#237;as del destino. Pero no debemos seguir adelante en estas descripciones sin primero decir del alborozo causado por la llegada del caballero y sus acompa&#241;antes, no era el caso para menos, que ven&#237;a un t&#233;cnico extranjero, y adem&#225;s alem&#225;n, que es ser t&#233;cnico dos veces, algunos, esc&#233;pticos por naturaleza o por cuenta ajena, dudaban de los m&#233;ritos y de los resultados, otros dec&#237;an que no se debe juzgar mal lo que a&#250;n no ha habido tiempo de probar, finalmente, los pr&#225;cticos y objetivos abundaban en el reconocimiento de la evidencia de que mejor se combate al moro teni&#233;ndolo delante y a nuestra altura que estando &#233;l arriba tir&#225;ndonos piedras aprovech&#225;ndose de la ventaja de la gravedad y nosotros abajo, sufriendo los efectos de una y otras, ajeno a tan pol&#233;micas cuestiones, referentes al complejo militar-industrial en formaci&#243;n, con ojos s&#243;lo para la mujer que ven&#237;a en las andas, Mogueime apenas pod&#237;a creer su suerte. Nunca m&#225;s precisar&#237;a andar rondando por el campamento de Gra&#231;a, siempre en peligro de que apareciera una patrulla de la polic&#237;a militar interesada en saber, Qu&#233; est&#225;s haciendo aqu&#237; tan lejos de tu campamento, ahora ha venido la monta&#241;a a Mois&#233;s, no porque no hubiera querido Mois&#233;s ir a la monta&#241;a, todos somos testigos de cu&#225;nto se esforz&#243;, sino porque por encima de Mois&#233;s sabemos que est&#225; el sargento ayudante, est&#225; el alf&#233;rez, est&#225; el capit&#225;n, y, siendo &#233;ste tiempo de guerra, son las licencias menos que las oportunidades, aunque ayude la inventiva. Esta Ouroana que llega, no se va a pasar todo el tiempo encerrada en la tienda, a la espera de que el caballero Enrique interrumpa su trabajo de plancha y astillero para venir a desahogar en ella las inquietudes que tan f&#225;cilmente transitan de un esp&#237;ritu que quiere ser m&#237;stico con Dios a la carne que m&#237;stica s&#243;lo con la carne ans&#237;a estar, esta Ouroana, teniendo en cuenta el reducido espacio del teatro de operaciones, estar&#225; muchas m&#225;s veces y m&#225;s f&#225;cilmente al alcance de la vista, en paseos y devaneos por el campamento y a la orilla del r&#237;o viendo saltar los atunes, en aquellas sosegadas horas que son en general las del caer de la tarde, cuando las tropas andan por ah&#237; intentando recomponerse del violento calor del d&#237;a y de los ardores a&#250;n peores de la batalla. Es de esperar, con todo, que los esfuerzos del personal se concentren ahora en la construcci&#243;n de las torres, pues siendo tan escasos los efectivos ser&#237;a suicida dispersarlos en acciones sin probabilidades de &#233;xito, salvo aquellas, de diversi&#243;n, destinadas a mantener ocupado al enemigo, en orden a asegurar a los carpinteros la tranquilidad de que van a precisar para llevar a buen fin el arriesgado trabajo. En sus apuntes para la carta a Osberno, anot&#243; Fray Rogeiro, aunque de tal cosa no viniera a hacer menci&#243;n en la redacci&#243;n definitiva, una minuciosa descripci&#243;n de la llegada del caballero Enrique al campamento de Porta de Ferro, incluyendo cierta alusi&#243;n, por lo visto irrefrenable, a la mujer que con &#233;l ven&#237;a, Ouroana de nombre, hermosa como el amanecer, misteriosa como el nacer de la luna, fueron expresiones del fraile, que la prudencia disciplinaria, por un lado, y el pudor parece que puntilloso del destinatario, por otro, aconsejaron expurgar. Ahora bien, es muy posible que este y otros recalcados movimientos de alma hayan sido causa, por v&#237;a de sublimaci&#243;n, del cuidado con que Fray Rogeiro decidi&#243; acompa&#241;ar los dichos y los hechos del caballero alem&#225;n, antes, pero sobre todo despu&#233;s de su infeliz muerte, infeliz pero no desgraciada, como a su debido tiempo se ver&#225;. Por claro, diremos que no pudiendo Fray Rogeiro satisfacer en Ouroana sus apetitos, no encontr&#243; mejor salida, salvo otro cualquier secreto, que exaltar hasta la desmesura al hombre que se gozaba en el cuerpo de ella. Todo se puede esperar de la complejidad del alma humana.

Vino la se&#241;ora Mar&#237;a a la hora de costumbre, despu&#233;s del almuerzo, y apenas entr&#243; se puso a resoplar de un modo que tanto ten&#237;a de discreto como de ostensivo, cometimiento en extremo dif&#237;cil de alcanzar, pues lleva la doble finalidad de pretender disimular que se pretende saber algo, mostrando al mismo tiempo que no se est&#225; dispuesto a permitir que el otro se d&#233; por desentendido. Es, por excelencia, un arte diplom&#225;tico, pero dirigido por la intuici&#243;n, si no por el instinto, y que, en general, alcanzaba su objetivo principal, que era el de crear en el corrector un vago sentimiento de p&#225;nico, como si de pronto se revelaran en p&#250;blico sus m&#225;s ocultos secretos. La se&#241;ora Mar&#237;a es s&#225;dica y no lo sabe. Dio las buenas tardes desde la puerta del dormitorio, resopl&#243; dos veces m&#225;s para que Raimundo Silva se diera cuenta de que no por ser ella una pobre asistenta carec&#237;a de olfato de bastante calidad para captar lo que en el aire pudiera haber quedado de un perfume. Raimundo Silva respondi&#243; al saludo y continu&#243; escribiendo, limit&#225;ndose a lanzar una mirada r&#225;pida hacia ella, decidido a no enterarse de lo que estaba pasando, la se&#241;ora Mar&#237;a, asombrada primero y luego con esa expresi&#243;n especial que significa, Ya me parec&#237;a a m&#237;, mirando a la cama, que, en vez del tir&#243;n sumario que Raimundo Silva hab&#237;a aprendido a darle para que no se confundiera con yacija de mendigo, se presentaba intachable, como s&#243;lo manos femeninas son capaces de dejar. Carraspe&#243; para llamar la atenci&#243;n, pero Raimundo Silva se fing&#237;a distra&#237;do, aunque su coraz&#243;n estuviese en est&#250;pido alborozo, No tengo que dar cuentas de mi vida, pensaba, y se indign&#243; consigo mismo por buscar justificaciones cobardes, &#233;l que hab&#237;a comenzado ahora un amor as&#237;, entero, entonces levant&#243; la cabeza, pregunt&#243;, Quiere algo, en un tono seco, agresivo, que desarm&#243; la impertinencia de la mujer, No se&#241;or, no quiero nada, s&#243;lo estaba mirando, Raimundo Silva podr&#237;a haberse contentado con el desconcierto de la respuesta, pero prefiri&#243; desafiar, Mirando qu&#233;, Nada, la cama, Qu&#233; le pasa a la cama, Nada, que est&#225; hecha, S&#237;, lo est&#225;, y qu&#233;, Nada, nada, la se&#241;ora Mar&#237;a se volvi&#243; de espaldas, se hab&#237;a acobardado, no hizo la pregunta que le ard&#237;a en la lengua, Qui&#233;n la hizo, y as&#237; no supo qu&#233; respuesta le dar&#237;a Raimundo Silva, quien, a su vez, tampoco lo sab&#237;a. Durante todo el tiempo la se&#241;ora Mar&#237;a no volvi&#243; a aparecer por la habitaci&#243;n, como si estuviera indic&#225;ndole a Raimundo Silva que consideraba que aquella parte de la casa quedaba ya fuera de su jurisdicci&#243;n, pero, o no pudo o no quiso sofocar la frustraci&#243;n malhumorada, ni poner sordina a los ruidos propios de su trabajo, y, al contrario, exager&#225;ndolos. Raimundo Silva resolvi&#243; tomarse el caso a broma, pero el abuso se iba haciendo notorio, por eso fue hasta el pasillo, Menos ruido, por favor, que estoy trabajando, la se&#241;ora Mar&#237;a pod&#237;a haberle respondido que tambi&#233;n ella lo estaba, y que no ten&#237;a la suerte de otros, que se pueden ganar la vida sentados, quietos y callados, pero la necesidad, aunque sea tan conflictiva como &#233;sta, puede m&#225;s que la voluntad, y se call&#243;. Lo que m&#225;s irrita a la se&#241;ora Mar&#237;a es que tan grandes mudanzas est&#233;n pasando sin que ella sepa gran cosa, que si no fuera la expert&#237;sima persona que es, un d&#237;a de &#233;stos, inesperadamente, se dar&#237;a de narices con otra mujer en casa sin poder siquiera hacerle la pregunta deseada, Qui&#233;n es usted, qui&#233;n la ha metido aqu&#237;, los hombres son unos insensibles y unos incompetentes, qu&#233; le costaba a Raimundo Silva media frase risue&#241;a de confidencia, por mucho que doliera siempre ser&#237;a un lenitivo para tan amargos celos, que &#233;se es el mal que sufre la se&#241;ora Mar&#237;a, y no lo sabe. Otras consideraciones, de las pr&#225;cticas y prosaicas, ocupan tambi&#233;n sus pensamientos, siendo la principal el peligro en que pueda estar su empleo si a esa mujer, suponiendo que no se trate de un apa&#241;o temporal, le da por empezar a meterse en su trabajo, Limpie eso otra vez, exhibiendo la punta de un dedo sucio del polvo de una moldura de una puerta, ese gesto odioso al que ninguna asistenta hasta hoy ha sabido responder con una frase que entrar&#237;a en la historia, Pues m&#233;tase ese dedo en el culo y ver&#225; como le sale a&#250;n m&#225;s sucio. Pobre de quien ha venido al mundo para obedecer, piensa la se&#241;ora Mar&#237;a, y vuelve a limpiar lo que estaba limpio, mientras, sin ver por qu&#233;, se le suben las l&#225;grimas del coraz&#243;n a los ojos, quiso el azar que esto ocurriera ante el espejo del cuarto de ba&#241;o, a la se&#241;ora Mar&#237;a, en este momento, ni sus lindos cabellos la consuelan. A media tarde son&#243; el tel&#233;fono, Raimundo Silva atendi&#243;, era de la editorial, se frustraron las expectativas de la asistenta, cosas del trabajo, S&#237;, estoy disponible, dec&#237;a &#233;l, M&#225;ndeme el original cuando quiera, doctora Mar&#237;a Sara, o si prefiere, voy a buscarlo yo, el resto de la conversaci&#243;n fue del mismo tenor, correcci&#243;n, plazo, mon&#243;logos como &#233;ste los hab&#237;a o&#237;do la se&#241;ora Mar&#237;a muchas veces, la &#250;nica diferencia estaba en el interlocutor inaudible, antes era un tal Costa, ahora una se&#241;ora doctora cualquiera, tal vez por eso se quebr&#243; un poco el tono de voz de Raimundo Silva, y quebrado era el pensamiento de la se&#241;ora Mar&#237;a, Ay estos hombres, pero, a pesar de ser tan aguda, ni se le pas&#243; por la cabeza que Raimundo Silva pudiera estar hablando precisamente con la mujer con quien aquella noche hab&#237;a dormido, gozando del placer inefable de emplear palabras neutras s&#243;lo por ellos traducibles a otro lenguaje, al de la emoci&#243;n, evocadora de sentimientos, pronunciar libro y o&#237;r beso, decir s&#237; y entender siempre, o&#237;r buenas tardes y entender te amo. Si tuviera la se&#241;ora Mar&#237;a algunas nociones del arte de la criptofon&#237;a, se ir&#237;a de aqu&#237; sabedora del secreto todo, ri&#233;ndose de quien cree poder re&#237;rse de ella, manera de pensar evidentemente forzada y que s&#243;lo el despecho explica, pues ni Raimundo Silva ni Mar&#237;a Sara imaginan que est&#225;n haciendo sufrir a la se&#241;ora Mar&#237;a, y si lo supieran no se burlar&#237;an de ella, o no ser&#237;an merecedores de cuanto de bueno est&#225;n viviendo. Con todo esto, no est&#225; excluido que a la se&#241;ora Mar&#237;a acabe cay&#233;ndole bien Mar&#237;a Sara, tambi&#233;n del coraz&#243;n puede esperarse todo, hasta la armon&#237;a de sus contradicciones.

Raimundo Silva est&#225; solo otra vez, durante unos segundos se interrog&#243; todav&#237;a, curioso, sobre el melifluo tono con que la se&#241;ora Mar&#237;a se ha despedido, mujer desconcertante que tan pronto aparece de mala cara como da muestras de querer met&#233;rsenos en el coraz&#243;n, pero la Historia del Cerco de Lisboa lo llam&#243; a la otra realidad, a la construcci&#243;n de la torre destinada a liquidar de una vez por todas la resistencia de los moros, y sabiendo nosotros que de eso depende la existencia de una patria, no podemos dar el trabajo por interrumpido, aunque a Raimundo Silva le gustara mucho m&#225;s tener aqu&#237; a Mar&#237;a Sara que andar dando cuenta de operaciones de las que nada sabe, aparejo de troncos, desbastar las tablas, afinar las clavijas, trenzar las cuerdas, todos esos materiales que, reunidos, van levantando poco a poco una torre que no es la de Babel, &#233;sta de ahora no aspira a subir m&#225;s alto que el adarve de la muralla, y, en cuanto a las lenguas, la intenci&#243;n de Don Afonso Henriques no es repetir la multiplicidad de ellas, sino cortar &#233;sta por la ra&#237;z, tanto en sentido figurado, aleg&#243;rico, como en el propio y sangriento. Cuando vuelva Mar&#237;a Sara, ma&#241;ana por la tarde, como prometi&#243; al marcharse, para quedarse esa noche y la siguiente, y tambi&#233;n el d&#237;a entre ellas, que es domingo, la obra estar&#225; adelantada, pues otros sucesos esperan a su vez, y el tiempo cambi&#243; de nombre, ahora se llama urgencia, Calma, dir&#225; Mar&#237;a Sara, no caben m&#225;s cosas en un a&#241;o que en un minuto s&#243;lo por ser minuto y a&#241;o, no es el tama&#241;o del vaso lo que importa, sino lo que cada uno de nosotros pueda poner en &#233;l, aunque acabe por desbordarse y se pierda. Como tambi&#233;n esta torre se perder&#225;.

M&#225;s de una semana tard&#243; la construcci&#243;n. Entre la ma&#241;ana y la noche, el caballero Enrique no viv&#237;a sino para su idea, e, incluso cuando en la tienda reposaba, se le cortaba el sue&#241;o con s&#243;lo pensar que pod&#237;a haber quedado poco firme una viga de apoyo, y llegaba hasta el punto de levantarse en medio de la madrugada para asegurarse de la solidez de unos encajes y de la buena tensi&#243;n de unas cuerdas. Tan excelente se&#241;or era y tan piadoso que en el acceso del trabajo, no le parec&#237;a indigno meter un hombro a la carga si a uno de los extenuados soldados se le quebraba, en un instante de flaqueza, el muelle de los ri&#241;ones. En una de estas ocasiones se encontr&#243; Mogueime tras &#233;l, que tambi&#233;n Mogueime andaba ayudando en lo de la torre, y fue el caso que ven&#237;a Ouroana a ver la marcha de la obra y naturalmente a mirar para quien s&#243;lo ojos deber&#237;a tener, su se&#241;or y amo, pero esto no impidi&#243; que notara la fijeza con que la miraba el soldado alto que estaba detr&#225;s, se hab&#237;a fijado en &#233;l desde el primer d&#237;a, siempre mir&#225;ndola donde quiera que la encontrase, primero en el campamento del Monte de San Francisco, despu&#233;s en el campamento del rey, ahora en esta estrecha punta de tierra, tan estrecha que parec&#237;a obra de milagro que cupieran all&#237; todos sin tropezar unos con otros, por ejemplo, este hombre y esta mujer que no han hecho m&#225;s que mirarse. Mogueime ve&#237;a a un palmo de distancia la nuca ancha del alem&#225;n, sobre la que ca&#237;an largos cabellos rubios empastados de polvo y de sudor, matarlo en medio de esta confusi&#243;n quiz&#225; no fuera dif&#237;cil y quedar&#237;a Ouroana libre, pero no m&#225;s pr&#243;xima que ahora. Tentaciones de muerte violenta, apretando mucho el remordimiento s&#243;lo de tenerlas, deber&#237;an ser llevadas al confesor, pero descubrir tambi&#233;n al fraile que viv&#237;a codiciando la mujer de la v&#237;ctima, aunque concubina, era m&#225;s de lo que en su valor cab&#237;a. De furor y rabia hizo un gesto brusco y golpe&#243; en la espalda del alem&#225;n, que mir&#243; hacia atr&#225;s, pero tranquilo y sin sorpresa, era frecuente el caso en ayuntamientos de tan descompasado esfuerzo, y ese mirar directo fue bastante para que se disolviera la ira de Mogueime, no pod&#237;a odiar a un hombre que nunca le hab&#237;a hecho mal, s&#243;lo por desear tanto a la mujer que era de &#233;l.

Finalmente qued&#243; terminada la torre. Era una pieza estupenda de ingenier&#237;a militar que se desplazaba sobre ruedas macizas y se compon&#237;a de un complejo sistema de trabazones internos y externos que un&#237;an entre s&#237; las cuatro plataformas que defin&#237;an la estructura vertical, una inferior que se asentaba directamente en los ejes fijos de las ruedas, otra superior que se prolongaba amenazadora hacia el lado de la ciudad, y dos intermedias que serv&#237;an para reforzar el conjunto y servir&#237;an de protecci&#243;n temporal a los soldados que se prepararan para subir. Una polea maniobrada desde abajo permit&#237;a hacer subir r&#225;pidamente serones llenos de armas, de modo que no faltasen en lo m&#225;s duro del combate. Cuando la obra se dio por acabada, la tropa rompi&#243; en vivas y aclamaciones, ansiosa por lanzarse al asalto, tan f&#225;cil le parec&#237;a ahora la conquista. Los propios moros deb&#237;an de estar asustados, un silencio estupefacto acall&#243; los insultos que constantemente llov&#237;an desde arriba. El entusiasmo en el campamento de la Porta de Ferro a&#250;n se hizo mayor al saberse que las torres de los franceses y de los normandos llevaban atraso, por lo tanto, all&#237; estaba la gloria al alcance de la mano, no hab&#237;a que hacer m&#225;s que empujar el carro de asalto hasta pegarlo al muro, fue entonces cuando Mem Ramires como capit&#225;n dio la voz, Empujad, muchachos, vamos por ellos, y todos hicieron cuanta fuerza pod&#237;an. Desgraciadamente, no hab&#237;an tenido en cuenta que el terreno de delante era inclinado, y a medida que avanzaban ya bajo el fuego enemigo, la torre se iba inclinando hacia atr&#225;s por la parte de arriba, haci&#233;ndose evidente que, aunque consiguieran llegar al muro, la plataforma superior se quedar&#237;a demasiado apartada como para poder tener utilidad alguna. Entonces el caballero Enrique, avergonzado por su imprevisi&#243;n, dio orden de volver al principio, ahora los carpinteros ceder&#237;an lugar a los zapadores, se trataba de abrir un camino liso y derecho, tarea realmente peligrosa, pues los cavadores tendr&#237;an que trabajar al descubierto bajo la avalancha de proyectiles de todo tipo que ca&#237;an desde la muralla, y tanto peor cuanto m&#225;s se aproximasen. Incluso as&#237;, y a pesar de las bajas sufridas, se abrieron unos veinte metros por donde ya podr&#237;a avanzar la torre, sirviendo de cobertura para el trecho siguiente. En esto estaban, haciendo cada cual lo mejor de que era capaz, moros de un lado, cristianos de otro, cuando de repente el suelo cedi&#243; de un lado y tres ruedas se enterraron hasta los cubos, haciendo que la torre se inclinara asustadoramente. Se oy&#243; un grito general, de aflicci&#243;n y de miedo en el campo de los portugueses, de diab&#243;lica alegr&#237;a en los adarves donde la negra morisma asist&#237;a como desde un palco. En equilibrio periclitante, la torre rechinaba de arriba abajo, con todo el maderamen sujeto a tensiones que no hab&#237;an sido previstas, y pronto algunas trabazones se rompieron. Perdida la cabeza, viendo a punto de malograrse lo que deber&#237;a ser demostraci&#243;n magn&#237;fica de su ingenio, el caballero Enrique se desesperaba, soltaba en lengua germ&#225;nica plagas que desde luego en nada condec&#237;an con la fama, pese a todo merecida, en que era tenido, pero que la groser&#237;a inherente a estos primitivos tiempos m&#225;s que justificaba. Por fin, calm&#225;ndose, fue a examinar de cerca la situaci&#243;n, los estragos, concluyendo que el remedio, si lo era, estaba en prender en las vigas superiores, del lado opuesto al sentido de la inclinaci&#243;n, unas cuerdas muy largas, y poner a toda la compa&#241;&#237;a a tirar de all&#237;, para dar holgura a las ruedas enterradas y poder calzarlas con piedras, sucesivamente, hasta hacer que la torre volviera a la vertical. El plan era perfecto, pero, para que se alcanzase el desider&#225;tum, era necesario, primero, proceder a una operaci&#243;n arriesgad&#237;sima, que consistir&#237;a en liberar las ruedas retirando precisamente la tierra que amparaba a la pesada construcci&#243;n, pues en ella, aunque inclinada, se apoyaba la plataforma inferior. Era un riesgo, un albur, una ecuaci&#243;n con una enorme y aterradora inc&#243;gnita, pero no se encontraba otra soluci&#243;n, aunque, en rigor, deber&#237;amos llamarle &#237;nfima probabilidad. Fue &#233;sta la ocasi&#243;n que los moros eligieron para lanzar desde arriba una lluvia de saetas y virotes con mechas inflamadas, que zumbaban en el aire como enjambres de abejas y ven&#237;an a caer aqu&#237;, all&#237;, dispersas, el viento que hac&#237;a perjudicaba afortunadamente la punter&#237;a de los arqueros, pero tantas veces va el c&#225;ntaro a la fuente que al fin se rompe el asa, bast&#243; que un virote acertase en el blanco para que los otros inmediatamente aprendieran el camino, queriendo al fin la mala suerte que la torre acabara despe&#241;&#225;ndose, no tanto por efecto de la inclinaci&#243;n, agravada por la excavaci&#243;n de la tierra, sino por causa de los agitados esfuerzos para apagar el fuego que hab&#237;a prendido en diversas partes. De la brutal ca&#237;da quedaron muertos o malheridos los soldados que en lo alto de la torre estaban prendiendo las cuerdas, y tambi&#233;n algunos de los que trabajaban con las palas en las ruedas, y finalmente, p&#233;rdida sin remedio, el caballero Enrique, alcanzado por un virote ardiente que su sangre generosa pudo apagar a&#250;n. Como &#233;l, pero por haber recibido de lleno en el pecho una viga que se hab&#237;a soltado en el derrumbe, muri&#243; tambi&#233;n el fiel criado, quedando as&#237; Ouroana sola en el mundo, lo que, pudiendo ser recordado en otra ocasi&#243;n, aqu&#237; se deja ya mencionado, teniendo en cuenta la importancia del hecho para la continuaci&#243;n de esta historia. No se describe el j&#250;bilo de los moros, seguros como estaban, y m&#225;s en aquel momento, del mayor poder de Al&#225; sobre Dios, comprobado por la derrota fragorosa de la torre maldita. Y tampoco es posible describir el pesar, la rabia y la humillaci&#243;n de la gente lusitana, aunque alguna de ella no se cohibiese de murmurar que cualquier persona con dos dedos de frente y experiencia de guerra deber&#237;a saber que las batallas se ganan con la punta de la espada, y no con ingenios extranjeros que tanto pueden estar a favor como en contra. Destrozada, la torre ard&#237;a como una hoguera de gigantes, y en ella se reduc&#237;an a torreznos y cenizas sabe Dios cu&#225;ntos hombres que en la confusi&#243;n del derrumbe hab&#237;an quedado presos. Un desastre.

El cuerpo del caballero Enrique fue llevado a su tienda, donde Ouroana, sabedora ya del infortunio, hac&#237;a su planto obligado de concubina, sin m&#225;s. Yac&#237;a el caballero en la tarima, con las manos en oraci&#243;n, atadas sobre el pecho, y habiendo sido tan r&#225;pida la muerte, all&#237; estaba de rostro sereno, tan sereno que parec&#237;a dormir, e incluso, mirando m&#225;s de cerca, dir&#237;amos que sonr&#237;e, como si estuviera ante las puertas del para&#237;so, sin m&#225;s torre ni arma que la bondad de sus acciones en la tierra, pero tan seguro de entrar en la bienaventuranza como de estar muerto. Siendo el calor mucho, al cabo de unas horas ya se le desfiguraban los rasgos, se sum&#237;a su feliz sonrisa, entre este cad&#225;ver ilustre y cualquier otro destituido de m&#233;ritos particulares no se notar&#225; diferencia, m&#225;s tarde o m&#225;s temprano acabaremos todos por quedar iguales ante la muerte. Ouroana se desgre&#241;&#243; el pelo, rubio de un rubio gallego, y lloraba, un tanto cansada de no sentir disgusto, s&#243;lo una discreta pena de un hombre contra quien no ten&#237;a m&#225;s razones de queja que el haberla robado con violencia, que en cuanto al resto, siempre hab&#237;a sido bien tratada, seg&#250;n lo que hoy podemos imaginar de lo que hace ocho siglos pasar&#237;a entre una barragana y el hidalgo su due&#241;o. Quiso Ouroana saber qu&#233; fin hab&#237;a tenido el criado fiel, que muerto o muy herido deber&#237;a estar para no venir a lamentarse a la cabecera de su amo, y le dijeron que lo hab&#237;an transportado inmediatamente al cementerio del otro lado del estuario, aprovechando la oportunidad de estarse despejando el terreno de las calcinadas vigas y troncos, para que no quedaran por all&#237; dificultando los movimientos, y en una &#250;nica maniobra de limpieza recogieron tambi&#233;n y se llevaron los cad&#225;veres completos, que de los trozos m&#225;s peque&#241;os encontrados se hizo sepultura expedita en un rebaje de esta cuesta, donde ser&#225; dif&#237;cil que puedan resucitar cuando suenen las trompetas del Juicio Final. Se encontr&#243;, pues, Ouroana libre de se&#241;ores directos o indirectos, e hizo cuesti&#243;n de demostrarlo a la primera ocasi&#243;n, cuando uno de los hombres de armas del caballero Enrique, sin respeto al difunto, quiso all&#237; mismo poner mano en ella, estando sola. Como un rel&#225;mpago apareci&#243; en la mano de Ouroana un pu&#241;al que ella con previdente diligencia hab&#237;a retirado del cinto del caballero cuando lo trajeron, delito en el que afortunadamente no la sorprendi&#243; nadie, que un caballero debe ir al t&#250;mulo, si no con todas sus armas s&#237; al menos con las menores. Ahora bien, un pu&#241;al en fr&#225;giles manos de mujer, aunque est&#233;n habituadas a los trabajos de laboreo y a los cuidados del ganado, no era amenaza que pudiera poner miedo a un guerrero teut&#243;n, sin duda consciente de la superioridad de su aria raza, pero hay ojos que valen por todos los armamentos del mundo, y si &#233;stos no eran de los que pod&#237;an aclarar los interiores del malvado, pod&#237;an a tres pasos intimidarlos, a&#241;adiendo que el recado no podr&#237;a ser m&#225;s claro, Si me pones la mano encima, o te mato o me mato, dijo Ouroana, y &#233;l retrocedi&#243;, con menos miedo de morir que de ser culpado por la muerte de ella, aunque pudiese siempre alegar que la pobrecilla, no soportando las ascuas del pesar, all&#237;, ante sus ojos, se hab&#237;a quitado la vida. Prefiri&#243; el soldado retirarse, pidiendo a Dios que si de estas aventuras en tierra extra&#241;a fuese &#233;l servido que escapara, le haga encontrar aqu&#237;, si aqu&#237; queda, o en la Germania distante, una mujer como esta Ouroana, que aunque no sea aria, la recibir&#237;a con mucho gusto.

Raimundo Silva pos&#243; el bol&#237;grafo, se frot&#243; los ojos cansados, despu&#233;s reley&#243; las &#250;ltimas l&#237;neas, las suyas. No le parecieron mal. Se levant&#243;, se llev&#243; las manos a los ri&#241;ones y se inclin&#243; hacia atr&#225;s, suspirando con alivio. Hab&#237;a trabajado horas seguidas, olvid&#225;ndose incluso de cenar, tan absorbido por el asunto y por las palabras que a veces le hu&#237;an, que ni se acord&#243; de Mar&#237;a Sara, olvido &#233;ste que ser&#237;a muy de censurar si la presencia de ella en &#233;l, salvo la exageraci&#243;n de la met&#225;fora, no fuera como la de la sangre en las venas, en la que realmente tampoco pensamos, pero que, estando all&#237; y por all&#237; circulando, es condici&#243;n absoluta de la vida. Salvo la exageraci&#243;n de la met&#225;fora, volvemos a decir. Las dos rosas del solitario se ba&#241;an en el agua, se alimentan de ella, verdad es que no duran mucho, pero nosotros, relativamente, no duramos tanto. Abri&#243; la ventana y mir&#243; la ciudad. Los moros festejan la destrucci&#243;n de la torre. Las Amoreiras, sonri&#243; Raimundo Silva. Por aquel lado est&#225; la tienda del caballero Enrique, a quien enterrar&#225;n en el cementerio de San Vicente. Ouroana, sin l&#225;grimas, vela el cad&#225;ver, que huele ya. De los cinco hombres de armas, falta uno que fue herido. El que intent&#243; poner mano en Ouroana la mira de vez en cuando, y piensa. Fuera, escondido, Mogueime ronda alrededor de la tienda como una mariposa fascinada por la claridad de los hachones que sale por la abertura de los pa&#241;os. Raimundo Silva mira el reloj, si dentro de media hora no ha telefoneado Mar&#237;a Sara, llamar&#225; &#233;l, C&#243;mo est&#225;s, amor m&#237;o, y ella responder&#225;, Viva, y &#233;l dir&#225;, Es un milagro.


Dice Fray Rogeiro que fue por este tiempo cuando hubo se&#241;ales de que el hambre empezaba a apretar a los moros en la ciudad. Y no era de admirar, si pensamos que encerradas en aquellos muros como en un garrote, estaban m&#225;s de sesenta mil familias, n&#250;mero que a primera vista asombra y a segunda a&#250;n asombra m&#225;s, porque en aquellas eras remotas, familias de padre, madre y un hijo ser&#237;an rarezas sospechosas, e incluso haciendo cuentas muy por bajo, llegar&#237;amos a una poblaci&#243;n de doscientos mil habitantes, c&#225;lculo a su vez puesto en entredicho por otra fuente de investigaci&#243;n, seg&#250;n la cual s&#243;lo los hombres eran, en Lisboa, ciento cincuenta y cuatro mil. Ahora bien, si consideramos que el Cor&#225;n autoriza que cada hombre tenga hasta cuatro mujeres, y en todas naturalmente haciendo hijos, y si no olvidamos los esclavos, que aunque poco tienen de persona tambi&#233;n comen, por lo que debieron de ser los primeros en sentir carencias, la conclusi&#243;n nos lanza hacia n&#250;meros de los que manda la prudencia desconfiar, algo as&#237; como cuatrocientas o quinientas mil personas, imag&#237;nese. De todos modos, si no eran tantas, sabemos al menos que eran muchas, y desde el punto de vista de quienes all&#237; viv&#237;an hasta demasiadas.

De no ser por aquella continua sed de gloria que desde tiempos inmemoriales no deja una hora de sosiego a reyes, presidentes y jefes de guerra, esta conquista de Lisboa a los moros podr&#237;a haberse hecho con la mayor tranquilidad de este mundo, pues tonto es quien entra en la jaula del le&#243;n para luchar con &#233;l, en vez de cortarle el sustento y sentarse a verlo morir. Cierto es que con el paso de los siglos algo hemos ido aprendiendo, y hoy es pr&#225;ctica bastante com&#250;n usar el arma de la privaci&#243;n de comida y otros bienes para disuadir a quien, por tozudez o falta de entendimiento, no se ha rendido a razones m&#225;s cl&#225;sicas. No obstante, esos quinientos son otros y otra tendr&#237;a que ser su historia. Lo que importa, en este caso, es observar la concomitancia de las dos distintas ocurrencias, como fueron la destrucci&#243;n y la quema de la torre de la Porta de Ferro y las primeras alarmas de hambre en la ciudad, que, reunidas y confrontadas en las mentes del estado mayor real, hicieron claro que, aunque deb&#237;a continuarse la pelea, en el propio sentido del t&#233;rmino para honra de las armas portuguesas, la buena t&#225;ctica mandar&#237;a apretar a&#250;n m&#225;s el cerco, puesto que, tras el tiempo conveniente, los moros no s&#243;lo se habr&#237;an comido hasta la &#250;ltima migaja y la &#250;ltima rata de alcantarilla, sino que acabar&#237;an devor&#225;ndose entre s&#237;. Que siguieran franceses y normandos construyendo sus torres, que aplicasen de este lado los lusitanos aquellos conocimientos aprendidos en las lecciones del caballero Enrique para montar su propia m&#225;quina, que hiciese la artiller&#237;a sus bombardeos regulares, que lanzasen los arqueros dardos, saetas, virotes y virotones, para dar salida a la producci&#243;n diaria de las f&#225;bricas de Bra&#231;o de Prata, todo esto ser&#237;an s&#243;lo simb&#243;licos gestos para inscribirlos en las epopeyas, ante la soluci&#243;n final, &#250;ltima y completa, el hambre. &#211;rdenes, pues, rigurosas, llevaron los diferentes capitanes a sus huestes para que vigilasen d&#237;a y noche la cintura de murallas, no s&#243;lo las puertas, sino sobre todo los rincones m&#225;s escondidos, ciertos &#225;ngulos escusados que podr&#237;an servir de mampara, y tambi&#233;n frente al mar, no porque por ah&#237; pudieran ser introducidas mantenencias en la ciudad, que para lo preciso siempre ser&#237;an escasas, sino para evitar que burlasen el cerco mensajeros llevando a las villas del Alentejo imploraciones de auxilio, tanto en v&#237;veres como en ataques por la espalda a los sitiadores, que tan bienvenidos ser&#237;an unos como otros. Se prob&#243; en poco tiempo que la cautela era buena, cuando en el silencio de una noche sin luna fue sorprendido un peque&#241;o batel que intentaba sortear las galeotas de la armada, transportando a un correo que, conducido ante el almirante, no tuvo m&#225;s remedio que denunciar las cartas de que era portador, dirigidas a los alcaides de Almada y Palmela, en las que por claro se ve&#237;a hasta qu&#233; punto hab&#237;a llegado ya la necesidad del infeliz pueblo de Lisboa. Pese a la vigilancia, alg&#250;n otro mensajero habr&#225; atravesado las l&#237;neas, pues semanas m&#225;s tarde vino a ser encontrado, boyando junto al muro que daba al r&#237;o, un moro que, izado a bordo de la fusta m&#225;s pr&#243;xima, se revel&#243; ser emisario de una carta del rey de &#201;vora, que mejor le hubiera sido no haber llegado a su destino, tan cruel, tan inhumano era su contenido, y para colmo hip&#243;crita, considerando que de hermanos de raza y de religi&#243;n se trataba, y as&#237; era lo que dec&#237;a, El rey de los evorenses desea a los lisbonenses la libertad de los cuerpos, hace ya tiempo que tengo treguas con el rey de los portugueses y no puedo quebrar el juramento para incomodarlo a &#233;l o a los suyos con la guerra, redimid vuestra vida con vuestro dinero para que no sirva para vuestra desgracia lo que debiera serviros para vuestra salvaci&#243;n, adi&#243;s. &#201;ste era rey, y para no quebrar treguas que ten&#237;a tratadas con nuestro Afonso Henriques, olvidado de que este mismo Afonso las quebr&#243; para atacar y tomar Santarem, dejaba morir de negra muerte a la desgraciada gente de Lisboa, mientras que el correo que de Lisboa hab&#237;a salido con la petici&#243;n de ayuda no s&#243;lo no aprovech&#243; la ocasi&#243;n para huir a tierras seguras, sino que volvi&#243; con la mala nueva, muriendo &#233;l antes de entregar el mensaje que anunciaba el abandono y la traici&#243;n. Bien es verdad que no siempre los hombres est&#225;n en los lugares donde deben, a Lisboa habr&#237;a acudido este moro si &#233;l fuese rey de &#201;vora, pero el rey de &#201;vora habr&#237;a obviamente huido en el primer viaje, no fuera a darse el caso de que lo trajeran escoltado hasta Cacilhas con la respuesta, y que le dijeran, Vamos, t&#237;rate al agua, y l&#237;brate de la tentaci&#243;n de volver atr&#225;s.

Transportar el cuerpo del caballero Enrique al cementerio de San Vicente, por aquellos tortuosos caminos al pie de la escarpada ladera, a dos pasos del agua para prevenir apedreamientos o cosa peor, fue, como entonces probablemente empez&#243; a decirse, el colmo de los trabajos. Pero la hidalgu&#237;a del fallecido y la grandeza de este su &#250;ltimo hecho justificaban la costosa diligencia, que en todo caso ni comparaci&#243;n tiene con los tormentos que pasaron las tropas que ahora se encuentran ante la Porta de Ferro y que este mismo camino tomaron, episodio a su tiempo descrito muy por encima. Llevaban las andas mortuorias los cuatro hombres de armas, con una guarda de soldados portugueses mandada por Mem Ramires, y Ouroana detr&#225;s, a pie, como debe ir quien ha dejado de tener a quien servir de ostentaci&#243;n y vanidad. A decir bien, siendo ella no m&#225;s que barragana ocasional, nada la obligaba a acompa&#241;ar el entierro, pero pens&#243;, en su conciencia, que no parec&#237;a procedimiento de cristiana negar al difunto una &#250;ltima presencia, la muerte no los hab&#237;a separado m&#225;s de lo que la vida los hab&#237;a tenido separados realmente, el se&#241;or y la mujer de algunos d&#237;as. Otra vida instante y exigente viene detr&#225;s, un soldado que la sigue de lejos, no a la comitiva, sino a esta mujer que, d&#225;ndose cuenta, se pregunta, Qu&#233; quieres de m&#237;, hombre, qu&#233; quieres de m&#237;, y no responde, pero ella sabe que es el lugar del caballero Enrique lo que pretende, no este donde ahora va, pesadamente sacudido en las andarillas, bajo una sucia mortaja, sino el otro, cualquier otro donde puedan darse vivos los cuerpos, una cama verdadera, un suelo de hierba, una brazada de heno, un regazo de arena. No ignoraba Mogueime que lo m&#225;s seguro es que Ouroana acabase tomada por cualquier se&#241;or que en ella se gozara, pero esto no lo perturbaba, quiz&#225; porque, en el fondo, no creyese que alg&#250;n d&#237;a, incluso con ayuda del destino, pudiera tocarla con un dedo, y si ella, por no quererla nadie, no tuviera m&#225;s remedio en la vida que unirse a las mujeres del otro lado, ni siquiera as&#237; empujar&#237;a &#233;l la cancela de la choza donde ella estuviera para gozar su gozo de hombre en un cuerpo que, por tener que ser de todos, no podr&#237;a ser de &#233;l. Este soldado Mogueime, que no sabe leer ni escribir, que no recuerda en qu&#233; tierra naci&#243; ni por qu&#233; le fue dado un nombre que parece tener m&#225;s de moro que de cristiano, este soldado Mogueime, simple pelda&#241;o de aquella escalera por donde se entr&#243; en Santarem y ahora en este cerco de Lisboa con sus flacas armas de pe&#243;n, este soldado Mogueime va tras de Ouroana como quien de la muerte no ve otro medio de apartarse, sabiendo que con ella volver&#225; a enfrentarse una y muchas veces, y no queriendo creer que la vida haya de ser nada m&#225;s que una serie finita de aplazamientos. El soldado Mogueime no piensa en nada de esto, el soldado Mogueime quiere a aquella mujer, la poes&#237;a portuguesa no ha nacido a&#250;n.

Fue escrito, y atr&#225;s queda, gracias a una de esas penetraciones en el futuro tan clarividentes como inexplicables por la raz&#243;n, que en las aguas del estuario se lav&#243; un d&#237;a Mogueime las manos ensangrentadas, y que dos soldados del campamento real, que hab&#237;an tomado a Ouroana por la fuerza, aparecieron m&#225;s tarde muertos a cuchillo. Sabiendo con qu&#233; ligereza manej&#243; Ouroana el pu&#241;al del caballero Enrique contra el hombre de armas que primero le quiso poner la mano encima, nada m&#225;s f&#225;cil que dejarnos tentar por la imaginaci&#243;n de que, en venganza de la honra ofendida, la dicha Ouroana, a salvo de testigos, por el crep&#250;sculo de la tarde o de la ma&#241;ana, en una ocasi&#243;n propicia, pasando a su alcance los violadores, les haya espetado bien hondo el pu&#241;al en la barriga, all&#237; donde apenas llega el faldell&#237;n de la cota de malla. Sin duda de esa muerte murieron los soldados, pero no los mat&#243; Ouroana. No obstante, como el f&#233;rtil imaginar no se detiene, y teniendo en cuenta que el fuerte amor de Mogueime lo podr&#237;a haber llevado, por celos, a cometer tales cr&#237;menes, el cuadro anticipado, el de Mogueime lav&#225;ndose las manos manchadas, quedar&#237;a con su sentido completo si de los m&#237;seros asesinados fuese la sangre que la ola prontamente diluy&#243; y llev&#243;, como en el tiempo desaparece tambi&#233;n la vida. As&#237; podr&#237;a haber sido, pero no fue, murieron estos hombres, y su muerte no pas&#243; de coincidencia, ya entonces las hab&#237;a, aunque apenas en ellas se reparaba. Un d&#237;a, cuando hayan llegado al habla y a otras m&#225;s hondas intimidades, Ouroana le preguntar&#225; a Mogueime si fue &#233;l quien mat&#243; a los soldados prevaricadores, No, respondi&#243;, y se qued&#243; pensando que probablemente deber&#237;a haberlo hecho, para mejor merecer el amor de esta mujer.

No hay mal que por bien no venga, he aqu&#237; un famoso dictado, anterior a cuantos relativismos filos&#243;ficos se engendraron, y que sabiamente nos ense&#241;a que son penas perdidas querer juzgar los casos de la vida como si de separar el trigo de la ciza&#241;a se tratase. Temiera nuestro Mogueime perder la esperanza de conquistar a Ouroana si cualquier hidalgo, por alarde o capricho, o, qui&#233;n sabe, por un sentimiento m&#225;s serio aunque no duradero, la tomase para s&#237;, quit&#225;ndola del valle de la mala vida al menos por el tiempo de la guerra. No sucedi&#243; tal, y esto fue un bien, pero el motivo de no haber sucedido fue &#233;l un mal, pues se hab&#237;a hecho p&#250;blico y notorio que aquella solitaria mujer, no siendo puta confirmada, hab&#237;a tenido comercio carnal con soldados sin graduaci&#243;n, dos de los cuales acabaron muertos en condiciones misteriosas, lo que, no interesando especialmente a la historia, como ya sabemos, sirvi&#243; para reforzar las razones de desinter&#233;s por parte de se&#241;ores que no andan a las sobras y tienen superstici&#243;n bastante para no tentar al demonio, aunque &#233;l venga en figura de tan estupenda mujer. Entonces, dejada de todos por razones tan contrarias, estaba Ouroana lavando ropa en un arroyo que desaguaba en el estuario, oficio limpio del que hab&#237;a tenido que valerse para proveer a su sustento, cuando ve por el rabillo del ojo que se acerca aquel soldado que la sigue por dondequiera que vaya. Aun haciendo la barba crecida tan iguales las caras de los hombres, a &#233;ste no ser&#237;a f&#225;cil confundirlo, pues de altura rebasa al mayor de los otros al menos en media cuarta, y la complexi&#243;n general condice, todo a su favor. Se sent&#243; &#233;l en una piedra, cerca, y all&#237; se qued&#243;, callado, observando, ahora ella alza el cuerpo, levanta y baja el brazo para batir la ropa, el ruido del golpe corre sobre el agua, es un sonido que no se confunde, y otro, y otro, y luego hay un silencio, la mujer descansa las dos manos sobre la piedra blanca, un viejo cipo funerario romano, Mogueime mira y no se mueve, es entonces cuando el viento trae el grito agudo de un almu&#233;dano. La mujer vuelve levemente la cabeza hacia la izquierda, como para escuchar mejor la llamada, y, estando Mogueime de ese lado, un poco hacia atr&#225;s, habr&#237;a sido imposible que no se encontraran los ojos de &#233;l con los ojos de ella. Con los pies descalzos en la arena gruesa y h&#250;meda, Mogueime siente el peso de todo su cuerpo como si hubiera pasado a formar parte de la piedra en que est&#225; sentado, bien podr&#237;an ahora las trompetas reales tocar al asalto, que lo m&#225;s seguro es que no las oyera, lo que s&#237; resuena en su cabeza es el grito del almu&#233;dano, contin&#250;a oy&#233;ndolo cuando mira a la mujer, y cuando por fin ella desv&#237;a los ojos, el silencio se hace absoluto, es verdad que hay ruidos alrededor pero pertenecen a otro mundo, las mulas resuellan y beben en el arroyo de agua dulce que desagua en el estuario, y como probablemente no se encontrar&#237;a otra manera mejor de empezar lo que ha de ser hecho, Mogueime pregunta a la mujer, C&#243;mo te llamas, cu&#225;ntas veces nos habremos preguntado unos a otros, desde el inicio del mundo, C&#243;mo te llamas, a&#241;adiendo luego nuestro propio nombre, Yo soy Mogueime, para abrir un camino, para dar antes de recibir, y despu&#233;s nos quedamos a la espera hasta o&#237;r la respuesta, cuando viene, cuando no es con silencio como nos responden, pero no fue &#233;ste el caso de ahora, Me llamo Ouroana, dijo ella, ya lo sab&#237;a &#233;l, pero dicho por esta boca fue la primera vez.

Mogueime se levant&#243; y avanz&#243; hacia ella, seis pasos, un hombre camina leguas y leguas durante una vida y de &#233;sas no aprovech&#243; m&#225;s que fatiga y heridas en los pies, cuando no en el alma, y viene un d&#237;a en que da apenas seis pasos y encuentra lo que buscaba, aqu&#237;, durante este cerco de Lisboa, esta mujer que de rodillas estaba y ahora para recibirle se ha levantado, tiene las manos mojadas, mojada la saya, y no s&#233; c&#243;mo nos encontramos los dos en el agua, sintiendo el manso ahogo de la corriente en los tobillos, el rechinar de las piedrecillas menudas en el fondo, uno de los pajes que dan de beber a las mulas dice bromeando, Eh, hombre, como si dijera, Eh toro, y luego desapareci&#243;, Mogueime no oye, s&#243;lo ve el rostro de Ouroana, al fin lo ve, tan cerca que podr&#237;a tocarlo como a una flor abierta, en silencio toc&#225;ndole con s&#243;lo dos dedos que pasan lentamente por las mejillas y la boca, por las cejas, una, otra, dibuj&#225;ndole el dibujo que tiene, y despu&#233;s la frente y el pelo, hasta preguntarle, ya la mano toda posada en el hombro, Quieres, a partir de ahora, quedarte conmigo, y ella responde, S&#237;, quiero, entonces se abrieron los o&#237;dos de Mogueime, todas las trompetas del rey tocaron a gloria, con tan estent&#243;reo sonido que es imposible que a ellas no se hayan juntado otras tantas del cielo. Acab&#243; all&#237; Ouroana de lavar la ropa, que por haber llegado el d&#237;a prometido no se hab&#237;a acabado la obligaci&#243;n, mientras Mogueime le contaba su vida, de los parientes nada porque no los conoc&#237;a, y ella, al contrario, de su vida despu&#233;s de robada no le habl&#243;, y en cuanto a la otra es lo com&#250;n de la gente campestre, ya entonces era as&#237;, y no por coincidencia. Fue Ouroana a llevar la ropa al campamento de Monte da Gra&#231;a, donde hab&#237;a vivido en estos d&#237;as, le dijeron que pasase en otra ocasi&#243;n que le dar&#237;an el pago, en mantenencias, claro est&#225;, pero a ella no le import&#243;, ni tienen que importarle las demoras a quien a hidalgos sirve, que de all&#237; iba a partir para otra vida, con este hombre al lado, quien me quiera encontrar que me busque donde la guerra est&#225; m&#225;s encendida, delante de la Porta de Ferro, pero esta noche no, por ser la primera en que estaremos juntos, mujer y hombre, apartados cuanto se pueda del campamento para que sea sin testigos nuestra entrega, bajo el cielo estrellado, oyendo el murmullo de la ola, y cuando la luna nazca a&#250;n estar&#225;n abiertos nuestros ojos, Mogueime dir&#225;, No hay otro para&#237;so, y yo responder&#233;, No fueron as&#237; Ad&#225;n y Eva porque el Se&#241;or les dijo que hab&#237;an pecado.

Mar&#237;a Sara lleg&#243; a la hora prometida. Tra&#237;a alguna comida, municiones de boca le llamar&#237;amos con mayor propiedad vocabular, pues vino para una guerra, y muy consciente de sus responsabilidades, S&#237;, un beso, dos, tres, pero ahora no te distraigas, trabajando estabas, trabajando sigues, el tiempo llega para todo, hasta cuando es poco, y nosotros vamos a tener dos noches enteras y un d&#237;a completo, la eternidad, dame s&#243;lo un beso m&#225;s, y ahora si&#233;ntate, dime s&#243;lo c&#243;mo va la historia, se han encontrado ya Mogueime y Ouroana, Menos eufem&#237;sticamente, quieres decir si se han ido ya a la cama, En cierto modo, s&#237;, C&#243;mo en cierto modo, Es que no ten&#237;an cama, se acostaron a la luz de las estrellas, Qu&#233; suerte, Noche c&#225;lida, ellos estaban juntos y la marea sub&#237;a, Espero que hayas escrito esas palabras, No, no las he escrito, pero a&#250;n estoy a tiempo. Mar&#237;a Sara llev&#243; los paquetes hacia dentro, mientras Raimundo Silva, de pie, miraba sus hojas con la expresi&#243;n de quien sigue otro pensamiento, No puedes escribir m&#225;s, pregunt&#243; ella al regresar, mi llegada te ha distra&#237;do, No es lo mismo si est&#225;s o si no est&#225;s, no somos un matrimonio viejo que ya ha perdido las emociones y hasta la memoria de haberlas tenido, al contrario somos Ouroana y Mogueime empezando, Te he distra&#237;do, Gracias a Dios, pero lo que estaba pensando es que no voy a seguir escribiendo aqu&#237;, Por qu&#233;, No s&#233; muy bien, dejar el despacho fue huir de la rutina, una infracci&#243;n a la costumbre que tal vez me ayudara a entrar en otro tiempo, pero ahora, que estoy casi regresando, me apetece volver a la silla y a la mesa de corrector, que es lo que soy a fin de cuentas, Por qu&#233; esa insistencia en lo de corrector, Para que todo quede claro entre Mogueime y Ouroana, Expl&#237;cate, Igual que &#233;l nunca llegar&#225; a ser capit&#225;n, yo nunca ser&#233; escritor, Y tienes miedo de que Ouroana le d&#233; la espalda a Mogueime cuando descubra que nunca ser&#225; mujer de un capit&#225;n, Cosas as&#237; se han visto, Con todo, esa Ouroana vivi&#243; vida mejor cuando estaba con el caballero y ahora, acept&#243; a Mogueime y supongo que no la forz&#243; &#233;l, No estoy hablando de Ouroana, Est&#225;s hablando de m&#237;, bien lo s&#233;, pero lo que dices no me gusta, Lo supongo, Que dure esta relaci&#243;n lo que ha de durar, pero quiero vivirla limpiamente, me gustaste t&#250; por lo que t&#250; eres, y supongo que lo que soy no impide que yo te guste, y basta, Disc&#250;lpame, De nada te sirve pedir disculpa, el mal est&#225; en vosotros, los hombres, todos, el machismo, cuando no es la profesi&#243;n, es la edad, cuando no es la edad es la clase social, cuando no es la clase social es el dinero, es que no vais a decidiros nunca a ser naturales en la vida, Ning&#250;n ser humano es natural, No es preciso ser corrector para saberlo, una simple licenciada no lo ignora, Parece como si estuvi&#233;ramos en guerra, Claro que estamos en guerra, y es guerra de sitio, cada uno de nosotros cerca al otro y es cercado por &#233;l, queremos echar abajo los muros del otro y continuar con los nuestros, el amor ser&#225; que no haya m&#225;s barreras, el amor es el fin del cerco. Raimundo Silva sonri&#243;, Esa historia deber&#237;as haberla escrito t&#250;, Nunca se me habr&#237;a pasado por la cabeza la idea que a ti se te ocurri&#243;, negar un hecho hist&#243;rico absolutamente incontrovertido, Ni yo mismo sabr&#237;a decir hoy por qu&#233; lo hice, Realmente, pienso que la gran divisi&#243;n de la personas est&#225; entre las que dicen s&#237; y las que dicen no, y tengo bien presente, antes de que me lo hagas notar, que hay pobres y ricos, que hay fuertes y d&#233;biles, pero lo que yo quiero decir no es eso, benditos los que dicen no porque de ellos deber&#237;a ser el reino de la tierra, Deber&#237;a, has dicho, El condicional fue deliberado, el reino de la tierra es de los que tienen el talento de poner el no al servicio del s&#237;, o que, habiendo sido autores de un no, r&#225;pidamente lo liquidan para instaurar un s&#237;, Bien dicho, Ouroana querida, Gracias, querido Mogueime, pero yo no soy m&#225;s que una simple mujer, aunque doctora, Y yo un simple hombre, pese a ser corrector. Se echaron a re&#237;r los dos y despu&#233;s, ayud&#225;ndose, llevaron al despacho los papeles, un diccionario, otros libros de consulta, Raimundo Silva se empe&#241;&#243; en ser &#233;l quien llevara el florero con las dos rosas, Esto es cosa m&#237;a, yo soy su inventor. Dispuso todo sobre la mesa, se sent&#243;, mir&#243; muy serio a Mar&#237;a Sara como si evaluara, por su presencia all&#237;, el efecto de la mudanza de lugar, Ahora voy a escribir sobre los milagrosos casos de que fue autor, muerto ya y enterrado, el antes por otras admirables razones tan celebrado Enrique alem&#225;n, caballero de la ciudad de Bonn, seg&#250;n explicadamente se cuenta en la carta de Fray Rogeiro a aquel Osberno que acab&#243; qued&#225;ndose con la fama del cronista, carta que siendo en este punto digna de confianza m&#237;nima, es de m&#225;xima fe, y eso es lo que cuenta, Y yo, respondi&#243; Mar&#237;a Sara mientras no llega la hora de la cena, que hoy ser&#225; preparada y comida en casa, me quedar&#233; sentada en este sof&#225; leyendo la edificante obra de los milagros de San Antonio, para cuyo apetito me hab&#237;a preparado tu lectura del caso prodigioso de la mula que cambi&#243; la avena por el Sant&#237;simo Sacramento, fen&#243;meno que no tuvo repetici&#243;n, pues dicha mula, siendo est&#233;ril como todas las otras, no dej&#243; descendencia, Principiemos, principiemos.

No hab&#237;a pasado m&#225;s que una semana despu&#233;s de que el caballero Enrique fue sepultado en el cementerio de San Vicente, camposanto de los m&#225;rtires extranjeros, cuando estaba Fray Rogeiro en su tienda compilando los apuntes que hab&#237;a tomado durante una vuelta que dio por los campamentos, caballero de su fiel mula, que en verdad ten&#237;a todas las cualidades propias de la especie, pero sufr&#237;a de una gula incurable que no dejaba hierbajo ni grano de avena a salvo de sus dientes amarillos, estaba Fray Rogeiro as&#237;, de noche cerrada, cuando, por fatiga del viaje, despu&#233;s de haber dado tres dulces cabezadas, le entr&#243; un sue&#241;o tan profundo que parec&#237;a obra sobrenatural. Dice aqu&#237; que faltando al coro de la noche de Navidad, por asistir en la enfermer&#237;a a un religioso agonizante, mereci&#243; San Antonio que se desunieran las paredes para adorar all&#237; la hostia consagrada en el tiempo de la misa. Estaba durmiendo Fray Rogeiro, cuando entr&#243; en la tienda un caballero armado de todas sus armas menores, excepto la daga, y dirigi&#233;ndose a &#233;l lo sacudi&#243; por un hombro tambi&#233;n tres veces, la primera con cuidado, la segunda con m&#225;s &#225;nimo, la tercera con fuerza. Dice aqu&#237; que estando San Antonio predicando al aire libre empez&#243; a llover, e hizo entonces que lloviese s&#243;lo en derredor, quedando los oyentes en seco. Abri&#243; Fray Rogeiro los ojos espantado y vio que ten&#237;a ante &#233;l al caballero Enrique, que le dijo, Lev&#225;ntate y ve a aquel lugar donde los portugueses enterraron a mi escudero, alejado de m&#237;, y trae su cuerpo y enti&#233;rralo junto al m&#237;o, a la par de mi sepultura. Dice aqu&#237; que a una devota suya hizo o&#237;r San Antonio su voz a la distancia de una legua, y que a otra uni&#243; los cabellos cortados a los que en la cabeza continuaban. Mir&#243; Fray Rogeiro, y no viendo m&#225;s al caballero ni sepultura alguna, crey&#243; que estaba durmiendo y so&#241;ando, y para no desmentirse a s&#237; mismo volvi&#243; a quedarse dormido. Dice aqu&#237; que habiendo San Antonio encontrado a un penitente y encontrando que &#233;l merec&#237;a absoluci&#243;n, se la dio, haciendo al mismo tiempo desaparecer todas las letras de un papel donde el dicho llevaba escritas sus culpas. Volvi&#243; Fray Rogeiro a dormir a sue&#241;o suelto, so&#241;ando que alguna comida averiada le hab&#237;a causado aquel molesto sue&#241;o, cuando volvi&#243; a entrar el caballero, otra vez lo sacudi&#243; para despertarlo, y dijo, No duermas, fraile, que te orden&#233; que fueses a buscar a mi escudero a la tumba donde yace lejos de m&#237;, y t&#250; me o&#237;ste y no hiciste caso. Dice aqu&#237; que habi&#233;ndose derramado el vino en una bodega, San Antonio lo hizo volver a los toneles. Deb&#237;a de estar Fray Rogeiro muy cansado para quedarse de inmediato dormido otra vez, despreciando, primero la petici&#243;n, despu&#233;s la orden, pero ahora estaba inquieto en su sue&#241;o, como si adivinase que pronto le ser&#237;a interrumpido, y as&#237; fue, que entr&#243; el caballero con suma ira y una espantosa y brava catadura, increp&#225;ndolo con palabras de gran miedo, Vas a ver lo que te hago como no vayas inmediatamente a cumplir lo que tantas veces te he venido ya a decir. Dice aqu&#237; que con la se&#241;al de la cruz convirti&#243; San Antonio un sapo en un cap&#243;n, y despu&#233;s con la misma se&#241;al hizo de un cap&#243;n un pez. No ser&#237;a Fray Rogeiro digno de su sagrado ministerio si no hubiera aprendido con la lecci&#243;n de San Pedro, seg&#250;n la cual se puede negar y rechazar dos veces, pero que a la tercera, hasta sin que cante el gallo, se arriesga uno a sufrir brutales represalias, mayormente en casos en que intervengan esp&#237;ritus, cuya fuerza material siempre rebasa la de los vivos en no s&#233; qu&#233; tanto por ciento. Dice aqu&#237; que San Antonio con la se&#241;al de la cruz arranc&#243; los ojos a un hereje por castigo, y por compasi&#243;n volvi&#243; a restitu&#237;rselos. Levant&#243;se pues inmediatamente Fray Rogeiro de su conforto, y cogiendo una candela baj&#243; al estero, asustando de paso a no pocos centinelas que cre&#237;an que por all&#237; pasaba un alma penada, tom&#243; un batel y, esforz&#225;ndose en los remos, atraves&#243; al otro lado. Dice aqu&#237; que San Antonio uni&#243; prodigiosamente dos vasos rotos y devolvi&#243; el vino derramado al tonel de una devota, demostrando as&#237; que los milagros se pueden repetir sin que padezca mengua la potencia milagrosa. Ad&#243;nde habr&#225; ido Fray Rogeiro a buscar las fuerzas necesarias para el herc&#250;leo trabajo que le hab&#237;a sido asignado, no se sabe, aunque se presume que al propio miedo que sent&#237;a, pero en poco tiempo abri&#243; la sepultura y retir&#243; al escudero, a quien a cuestas transport&#243; al barco, y, empapado en sudores fr&#237;os y en sudores calientes, regres&#243; al punto de partida, acarre&#243; el tremendo peso cuesta arriba hasta San Vicente, y al lado del monumento del caballero hizo fosa y nueva sepultura. Dice aqu&#237; que estando San Antonio en Sicilia vio caer a una devota suya en un charco y que, incontinenti, la hizo salir de &#233;l compuesta y aseada. Entr&#243; Fray Rogeiro en su tienda y durmi&#243; el resto de la noche como una piedra, y cuando de ma&#241;ana despert&#243; y record&#243; lo que le hab&#237;a ocurrido, no s&#243;lo no dud&#243;, pues ten&#237;a las manos y el h&#225;bito manchados de tierra y viscosidades sospechosas, sino que se escandaliz&#243; con el ingrato proceder del caballero, que ni se hab&#237;a dado el trabajo de venir a darle las gracias, &#233;l, que de aquel modo tan temprano lo hab&#237;a arrancado del precioso sue&#241;o. Dice aqu&#237; que San Antonio, estando en Roma, predic&#243; en una sola lengua y lo entendieron perfectamente varias naciones. Ahora bien, no se acabaron as&#237; las manifestaciones maravillosas del caballero Enrique, antes bien ocurri&#243; que a la cabecera de su tumba apareci&#243; una palma semejante a aquellas que tres siglos despu&#233;s traer&#225;n los romeros de Jerusal&#233;n en sus manos. Dice aqu&#237; que en Ferrara libr&#243; San Antonio a una inocente mujer de la injusta muerte maquinada por su marido, haciendo que un reci&#233;n nacido hablase y declarase la inocencia de la madre. Creci&#243; la palma, empez&#243; a echar hojas y se hizo alta, y vino el rey y todo el pueblo de soldados y de gente del com&#250;n que por los campamentos andaba, y todos dieron muchas gracias a Dios. Dice aqu&#237; que en Arimino, siendo apedreado por los herejes, pas&#243; San Antonio a las playas del mar y convocando a los peces les hizo un admirable serm&#243;n. Empezaron a venir los enfermos y cog&#237;an hojas de aquella palmera, y colg&#225;ndoselas en el pecho eran curados inmediatamente de cualquier enfermedad que cada uno tuviese. Dice aqu&#237; que pasando de Arimino a Padua, convirti&#243; San Antonio a veintisiete ladrones con un solo serm&#243;n. Qu&#233; prodigio, qu&#233; hermoso milagro. Dice aqu&#237; que, habiendo reprendido severamente San Antonio a un mozo que le hab&#237;a dado un puntapi&#233; a su propia madre, qued&#243; el agresor tan compungido y arrepentido del mal que hab&#237;a hecho, que fue inmediatamente por un cuchillo y sin m&#225;s advertencia se cort&#243; el malicioso pie. Otros enfermos hubo que cog&#237;an las palmas y las tostaban y pisaban y mezclando el polvo con agua o vino, lo beb&#237;an, quedando luego sanos de cualquier dolor que en el cuerpo tuviesen. Dice aqu&#237; que se desangraba el mozo a punto de perder la lastimosa vida, y tantos gritos dio que se junt&#243; pueblo alrededor de &#233;l queriendo saber el porqu&#233;, y &#233;l explic&#243;, llorando mucho, que Fray Antonio le hab&#237;a dicho que aqu&#233;l era el castigo que merec&#237;a, y en esto vino la madre quej&#225;ndose de que el fraile hab&#237;a matado a su hijo, atribuyendo la imprudencia de &#233;ste al celo excesivo del santo. Corri&#243; la fama de las virtudes curativas de la palma, y de tal manera que, en poco tiempo, de tanto llevar las hojas y los tallos, no le qued&#243; nada sobre tierra, y como no le pusieron buena guardia, vinieron algunos de noche y arrancaron aquello que bajo tierra hab&#237;a quedado y se lo llevaron. Dice aqu&#237; que acudi&#243; San Antonio a la muchedumbre y, tomando el pie, que estaba separado de la pierna, con sus propias manos lo ajust&#243; por los vestigios de la misma cisura, y haciendo sobre &#233;l la se&#241;al de la cruz, instant&#225;neamente qued&#243; unido con la misma solidez y la misma seguridad. No tendr&#237;a fin el inventario bendito de las milagrosas obras del caballero Enrique si por extenso y con particularidades las discrimin&#225;semos todas, camino este que finalmente nos llevar&#237;a muy lejos del prop&#243;sito de est&#233; relato, que es, m&#225;s que saber qu&#233; destino tuvo Lisboa, cosa que no es secreto para nadie, explicar c&#243;mo conseguimos nosotros, sin ayuda de los cruzados, llevar a buen fin el designio patri&#243;tico de nuestro rey Afonso, primero en este nombre y en todo. Dice aqu&#237; que, predicando San Antonio en Mil&#225;n, apareci&#243; en Lisboa e hizo absolver a su padre de una deuda que no deb&#237;a, y tambi&#233;n dice que, estando predicando en Padua, apareci&#243; al mismo tiempo en Lisboa, donde hizo que un difunto hablara y de ello result&#243; el librar a su padre de la muerte. Ahora bien, testigos oculares de tales y tan maravillosos sucesos, dos hombres sordomudos que hab&#237;an venido en la flota, pero no se sabe si ingleses, aquitanos, bretones, flamencos o renanos, fueron un d&#237;a a la tumba del caballero y se acostaron al lado de ella, con gran devoci&#243;n, pidiendo en sus voluntades que tuviera con ellos piedad y misericordia. Dice aqu&#237; que &#233;stos fueron los milagros principales obrados por San Antonio en vida, pero que despu&#233;s de su muerte se observaron inn&#250;meros y de tal calidad que en nada quedan a deber, hasta hoy, a los que oper&#243; por influjo de su presencia, en este papel s&#243;lo se mencionar&#225; uno de &#233;sos como buena prueba de lo que queda dicho, y viene a ser que hizo pasar San Antonio a una devota suya de est&#233;ril a fecunda, y pariendo ella una mole informe la convirti&#243; en creatura elegante, transformando as&#237; mitad de un milagro en milagro entero. Y estando los dos sordomudos as&#237; yaciendo, se quedaron dormidos ambos y en sue&#241;os les apareci&#243; el caballero Enrique en figura y traje de romero, y tra&#237;a en su mano un bord&#243;n de palma, y habl&#243; a aquellos mancebos, y d&#237;joles as&#237;, Levantaos y holgad y habed gran placer, id y sabed que por mis merecimientos y los de estos m&#225;rtires que aqu&#237; yacen hab&#233;is ganado la gracia del Se&#241;or Dios, la cual gracia es con vosotros, y dicho esto, desapareci&#243;, y ellos, al despertar, notaron que pod&#237;an o&#237;r, y hablar tambi&#233;n, pero hablaban como tartajas, de manera que no se entend&#237;a en qu&#233; lengua estaban hablando, si la de los ingleses, la de los aquitanos, la de los flamencos, la de los renanos, o, conforme no pocos afirmaban, la de los portugueses, Y despu&#233;s, Despu&#233;s los dos tartajas volvieron a la sepultura del caballero con m&#225;s devoci&#243;n a&#250;n, si es posible, pero fueron oraciones perdidas, que tartajas quedaron para toda la vida, lo que a fin de cuentas no debiera extra&#241;arnos, una vez que en cuesti&#243;n de milagros no se puede comparar un caballero Enrique a San Antonio.

Vamos a cenar, dijo Mar&#237;a Sara, y Raimundo Silva pregunt&#243;, Y qu&#233; tenemos hoy de cena, Ser&#225; quiz&#225; pescado, quiz&#225; cap&#243;n, pero si los milagros se hacen tambi&#233;n de detr&#225;s hacia delante, no te extra&#241;e que nos salte un sapo de la sart&#233;n.


Han pasado m&#225;s de dos meses desde que se inici&#243; el cerco, tres meses del pago de la &#250;ltima soldada. Hab&#237;a esperado mucho Don Afonso Henriques, como en su tiempo fuimos informados, de las artes de ingenier&#237;a militar del caballero Enrique, y tambi&#233;n de aquellos franceses y normandos no nombrados, pero la desastrosa muerte del santo hombre, aunque madre de otros prodigios, y la destrucci&#243;n de la torre que deber&#237;a atacar el muro sur de la Porta de Ferro, hicieron, en toda la gente, que el entusiasmo b&#233;lico pasara de fuego vivo a lumbre blanda, como es posible observar por lo atrasado que est&#225; el trabajo de aquellos extranjeros y por las interminables discusiones en que vienen gastando su tiempo los maestros carpinteros portugueses, que no logran ponerse de acuerdo sobre si m&#225;s vale repetir tal cual la obra del alem&#225;n, respetando la patente, o introducir en ella modificaciones estructurales, por as&#237; decir, que den a la torre un toque nacional. Se robusteci&#243; la esperanza del rey con dos motivos, uno de ellos efecto directo del otro, y ven&#237;a a ser, motivo primero, que si el asalto resultaba bien, quedaba la ciudad ganada, y por tanto, motivo segundo, podr&#237;a licenciar a la tropa, mandarla a casa, hasta la pr&#243;xima campa&#241;a, ahorrando una soldada general. Tuvo Don Afonso la honradez de no esconder los apuros por los que pasaba su tesorer&#237;a, sin liquidez, lo que, por otra parte, s&#243;lo en su favor hablaba, pues sencillez y franqueza no son cualidades que habitualmente exornen a los gobernantes de todo el mundo, sin excepci&#243;n de los nuestros. Pero esta manera de estar en la pol&#237;tica nunca es compensada como merecer&#237;a, y ahora tenemos aqu&#237; a un rey con la apetecida ciudad de Lisboa ante los ojos y sin poder llegarle, y encima obligado a rapar el fondo de las arcas para pagar sus haberes a un ej&#233;rcito que anda ya murmurando contra la tardanza. Claro est&#225; que no es &#233;sta la primera vez que la corona se retrasa en los pagos, mayormente en estado de guerra, pensemos s&#243;lo en las vicisitudes de un conflicto, la recogida de dinero, el transporte, la cuesti&#243;n de los cambios, el resultado de todo eso junto hace que la llamada a caja se haga generalmente tarde y a deshora, y no son raros los casos en los que la infelicidad es tanta que muere el soldado antes de recibir el sueldo, a veces por minutos.

Si hubiese Don Afonso Henriques conseguido el dinero unos d&#237;as antes, la historia de este cerco hubiera sido diferente, no en su conocida conclusi&#243;n, sino en sus tr&#225;mites intermedios. Es que, con el paso del tiempo, est&#225;bamos ya a mediados de septiembre, y sin que se supiera c&#243;mo y de d&#243;nde hab&#237;a salido la inaudita idea, empezaron los soldados a decirse unos a los otros que, siendo tanto o tan poco hombres como los cruzados, tambi&#233;n por igual deber&#237;an ser merecedores, y que estando sujetos a la misma muerte, les deber&#237;an ser reconocidos derechos en todo iguales a los de ellos, cuando llegase la hora del pago. Hablando claro, lo que ellos quer&#237;an saber era por qu&#233; bulas iban los cruzados a tener derecho a saqueo, y aun as&#237; la mayor&#237;a se hab&#237;an desinteresado de la empresa, mientras el soldadito portugu&#233;s tendr&#237;a que contentarse con un magro salario, asistiendo de bolsillos vac&#237;os, al jolgorio, ocio y festival de los extranjeros. A los o&#237;dos de los capitanes llegaron ecos de estos movimientos y encuentros, pero la pretensi&#243;n era tan absurda, iba en tal manera contra toda ley y usanza, tanto las escritas como las consuetudinarias, que la respuesta fue encogerse de hombros y un comentario displicente, Son parvos, con lo que pretend&#237;an significar, Son peque&#241;os, que en aquel tiempo a&#250;n se daba importancia a la etimolog&#237;a, no es como hoy, que no puede llam&#225;rsele parvo a nadie, aunque sea obviamente menguado, sin que le pongan de inmediato a uno una querella por ofensa. Por el s&#237; o por el no, mandaron los capitanes recado a Don Afonso Henriques para que se diera prisa en liquidar los sueldos atrasados, porque andaba relaj&#225;ndose la disciplina y la tropa remoloneaba cada vez que los sargentos mandaban atacar, Por qu&#233; no va &#233;l, que tiene divisas, y era muy injusto el comentario, que nunca sargento alguno se qued&#243; en la trinchera viendo en qu&#233; paraban los resultados del asalto, si deb&#237;a avanzar para recoger los laureles o quedarse para reprender y castigar a los cobardes fugitivos. Al cabo de m&#225;s de una semana, cuando las opiniones subversivas ya hab&#237;an dejado de expresarse por la boca peque&#241;a para ser proclamadas en voz alta en ayuntamientos espont&#225;neos o convocados, corri&#243; la noticia de que al fin iba a serles pagado el sueldo. Suspiraron de alivio los capitanes, pero pronto se les cort&#243; la respiraci&#243;n cuando los de las cajas vinieron diciendo que no aparec&#237;a nadie a cobrar. En el propio campamento del rey la afluencia fue diminut&#237;sima, e incluso &#233;sa deber&#237;a ser interpretada como consecuencia de una intimidaci&#243;n, que en cualquier momento pod&#237;a el quinto darse de narices con el rey y preguntarle &#233;ste, Has ido ya a cobrar, y de d&#243;nde iba a sacar el t&#237;mido recluta valor para responder, Sepa su alteza por qu&#233; no he ido, o me pagan lo mismo que a los cruzados, o no vuelvo a la guerra.

Todo el temor de los capitanes era que los moros se apercibieran de la bellaquer&#237;a que circulaba por los campamentos de los cristianos, no fuera el caso que aprovechasen el desconcierto que en ellos reinaba para, en surtidas fulminantes, irrumpir al mismo tiempo por las cinco puertas y barrer a unos al mar y precipitar a los otros desde las alturas. Por eso, antes de que se hiciera irremediablemente tarde, mandaron llamar, no a los cabecillas, que no los hab&#237;a, sino a unos cuantos soldados que, por hablar m&#225;s alto, hab&#237;an ganado cierto imperio sobre los otros, y quiso el destino que en la Porta de Ferro fuese Mogueime uno de ellos, que su amor por Ouroana no le distra&#237;a de las responsabilidades c&#237;vicas y de los justos intereses personales y colectivos. As&#237; que fueron los tres procuradores al capit&#225;n, a quien, preguntados, participaron de las sabidas razones. Us&#243; Mem Ramires, y es de creer que en los otros campamentos haya sido &#233;ste tambi&#233;n el discurso, de arrebatadoras exhortaciones patri&#243;ticas, las cuales, pese a ser una novedad, no conmovieron a los soldados de su firmeza, pasando despu&#233;s de los gritos a las amenazas, que tampoco produjeron efecto, y finalmente, tomando a Mogueime como interlocutor, exclam&#243; Mem Ramires, con la voz embargada de emoci&#243;n, C&#243;mo es posible que t&#250;, Mogueime, est&#233;s metido en esta conspiraci&#243;n, t&#250;, que fuiste mi compa&#241;ero de armas en Santarem, cuando generosamente me prestaste tus hombros y tu gran estatura para que yo pudiera lanzar a las almenas la escalera por donde despu&#233;s todos subimos, y ahora, olvidado del papel important&#237;simo que representaste en aquella gloriosa jornada, desagradecido a tu capit&#225;n, ingrato a tu rey, est&#225;s ah&#237;, encuadrillado con unos vagabundos ambiciosos, c&#243;mo es posible, y Mogueime, sin desconcertarse, no respondi&#243; m&#225;s que esto, Mi capit&#225;n, si necesita subir otra vez a caballo de mis hombros para llegar con la espada, las manos o la escalera al adarve m&#225;s alto de Lisboa, cuente conmigo, vamos ya si quiere, pero la cuesti&#243;n no es &#233;sa, la cuesti&#243;n es que queremos que se nos pague como a los extranjeros, y repare mi capit&#225;n hasta d&#243;nde llega nuestra sensatez, que no vinimos aqu&#237; a pedir que se pague a los extranjeros como nos pagan a nosotros. Los otros dos procuradores asintieron en silencio, que tal elocuencia no precisaba reiteraci&#243;n, y acab&#243; la conferencia.

Hizo Mem Ramires su informe al rey, el cual, en lo esencial, coincid&#237;a con los de otros capitanes, sugiriendo, con todo respeto, que mandase su alteza que comparecieran en su presencia los delegados del movimiento de las fuerzas armadas, que tal vez ante la majestad real se les redujese el atrevimiento y se les encogiesen los &#225;nimos. Dud&#243; Don Afonso Henriques en condescender, pero la situaci&#243;n apretaba, en cualquier momento pod&#237;an los moros darse cuenta de la inactividad de los enemigos, y, en desespero de causa, pero furioso, mand&#243; venir a los procuradores. Cuando los cinco hombres entraron en la tienda, el rey, de cerrada catadura y con los potentes brazos cruzados sobre el pecho, los increp&#243; sa&#241;udamente, No s&#233; si mandar que os corten los pies que os han tra&#237;do, o la cabeza, de donde saldr&#225;n, si a tal cosa os atrev&#233;is, vuestras osadas palabras, y ten&#237;a los ojos llameantes puestos en el m&#225;s alto de los delegados, que era, como se adivina, Mogueime. Fue hermosa cosa de ver, probablemente s&#243;lo posible en aquellos inocentes tiempos, c&#243;mo pareci&#243; crecer a&#250;n m&#225;s la figura de Mogueime y c&#243;mo le vino clara la voz para decir, Si vuestra alteza nos manda cortar la cabeza y los pies, ser&#225; todo vuestro ej&#233;rcito quien quedar&#225; sin pies ni cabeza. No quer&#237;a Don Afonso Henriques creer a sus o&#237;dos, que un soldado de la infanter&#237;a popular pretendiese reivindicar para su vil gremio m&#233;ritos que s&#243;lo a la caballer&#237;a de los nobles deber&#237;an ser reconocidos, que ella, s&#237;, es verdadero ej&#233;rcito, sin que sirva la peonada m&#225;s que para redondear las huestes en el campo de batalla o para hacer cord&#243;n en los cercos, como es el caso en el que estamos. Incluso as&#237;, y porque la naturaleza lo hab&#237;a dotado de alg&#250;n sentido del humor, conformado, evidentemente, a las circunstancias del tiempo, encontr&#243; graciosa la respuesta del delegado, no tanto en cuanto al fondo de la cuesti&#243;n, m&#225;s que discutible, como por causa del feliz juego de palabras. Volvi&#233;ndose hacia los cuatro capitanes, que tambi&#233;n hab&#237;an sido llamados, dijo en tono de sonriente escarnio, Este pa&#237;s, por lo visto, empieza mal, y despu&#233;s, cambiando de expresi&#243;n y afirm&#225;ndose mejor en Mogueime, a&#241;adi&#243;, Yo te conozco, qui&#233;n eres t&#250;, Estuve en la toma de Santarem, se&#241;or, respondi&#243; Mogueime, y a mis hombros subi&#243; el capit&#225;n Mem Ramires, que ah&#237; est&#225;, Y por eso te crees autorizado para venir aqu&#237; a protestar y a reclamar lo que no puede ser tuyo, No es por eso, se&#241;or, sino porque lo quisieron mis compa&#241;eros, de quienes, como &#233;stos, soy voz y lengua, Y qu&#233; quer&#233;is, ellos y t&#250;, Ya lo sab&#233;is, se&#241;or, queremos tener parte justa en el saqueo, como quien aqu&#237; vino a dar su sangre, que, derramada, es igual en color a la de los cruzados extranjeros, como igualmente a ellos hieden nuestros cuerpos si la muerte nos toca y podrecemos, Y si yo dijese que no, que no tendr&#233;is parte en el saqueo, Entonces, se&#241;or, tomar&#233;is la ciudad con los pocos cruzados que os quedan de los que no se fueron, Es una rebeli&#243;n esto que est&#225;is cometiendo, Se&#241;or, os ruego que no lo tom&#233;is as&#237;, y si es verdad que hay alguna ganancia en nuestro esp&#237;ritu, pensad tambi&#233;n que es acto de justicia pagar igual a igual, y que este pa&#237;s en principio de vida empezar&#225; mal si no empieza justo, recordad, se&#241;or, lo que ya nuestros abuelos dijeron, que lo que torcido nace no hay quien lo enderece, no quer&#225;is que torcido nazca Portugal, no lo quer&#225;is, se&#241;or, D&#243;nde te han ense&#241;ado a hablar as&#237;, que ni cl&#233;rigo mayor, Las palabras, se&#241;or, est&#225;n en el aire, cualquiera puede tomarlas. Don Afonso Henriques, que ya hab&#237;a calmado su furia, se qued&#243; pensando, con la mano derecha prendida en la barba, y hab&#237;a en su mirada una cierta expresi&#243;n de melancol&#237;a como si dudase de tantos actos que practicara, y los otros, desconocidos, que lo esperaban en el futuro para valorarlo seg&#250;n la medida del alma con que viniese a enfrentarse con ellos, y estando as&#237; unos minutos, en un silencio que ninguno de los presentes se atrev&#237;a a quebrantar, dijo por fin, Marchad, luego os instruir&#225;n vuestros capitanes sobre lo que con ellos voy a decidir.

Hubo fiesta en los cinco campamentos, que hasta en el Monte da Gra&#231;a se perdi&#243; la timidez, cuando, reunidas las tropas en alarde, vinieron los heraldos a anunciar la merced que hac&#237;a el rey de que a todos los soldados, sin diferencia de graduaci&#243;n o antig&#252;edad, les quedaba reconocido el derecho de saqueo en la ciudad, seg&#250;n las costumbres y salvaguardadas las partes que correspond&#237;an a la corona y las que se hab&#237;an prometido a los cruzados. Las aclamaciones fueron tantas y tan prolongadas que definitivamente se convencieron los moros de que hab&#237;a llegado la hora del asalto final, aunque ningunos preparativos anteriores lo hicieran esperar. Tal no sucedi&#243; realmente, pero desde lo alto de los muros pudieron ver la actividad en los campamentos, igual que las hormigas alborotadas por el s&#250;bito descubrimiento de una mesa puesta y servida a la orilla del caminillo por el que no hab&#237;an hecho m&#225;s que acarrear barbas de espigas y migajas de compango. En una hora se pusieron de acuerdo los maestros carpinteros, en dos herv&#237;an de diligencia los astilleros donde, perezosamente, la carcoma iba acabando con las torres en construcci&#243;n, manera figurada de decir, pues los hil&#243;tomos y los anobios no est&#225; dotados de instrumentos de corte y perforaci&#243;n capaces de enfrentarse con la madera verde y vencerla, y en tres tuvo alguien la idea de que, cavando por debajo de la muralla una mina honda y llen&#225;ndola de le&#241;a y peg&#225;ndole fuego, el calor de aquel horno har&#237;a dilatar las piedras y desencajarse las junturas, con lo que, empujando tambi&#233;n Dios un poco, se vendr&#237;a todo al suelo en un am&#233;n. Murmuran los esc&#233;pticos y los que siempre est&#225;n maldiciendo de la naturaleza humana que estos hombres, antes insensibles al amor de la patria e indiferentes al futuro de las generaciones, por el amor al sat&#225;nico lucro se desvelaban ahora, no s&#243;lo en el duro trabajo del cuerpo, sino tambi&#233;n en las invisibles y superiores operaciones del alma y de la inteligencia, pero habr&#225; que decir que rematadamente se equivocan, pues lo que all&#237; era motor de voluntades y generador de alegr&#237;as resultaba infinitamente m&#225;s del contento que en el esp&#237;ritu siempre har&#225; nacer una justicia que sea igual para todos y que de que cada uno haga destinatario escogido de un integral e incorruptible derecho.

Con estas nuevas disposiciones de los cristianos, que incluso a distancia se hac&#237;an patentes, empez&#243; el des&#225;nimo a filtrarse en el &#225;nimo de los moros, y si en la mayor parte de los casos era a la propia y necesaria lucha contra la flaqueza despuntante adonde iban a buscar fuerzas nuevas, algunos hubo que cedieron a los miedos reales e imaginados e intentaron salvar el cuerpo buscando en un precipitado bautismo cristiano la condenaci&#243;n de su isl&#225;mica alma. Por la callada de la noche, usando cuerdas improvisadas, bajaron de las murallas y, ocultos en las ruinas de las casas del arrabal y entre los arbustos, esperaron al nacer del d&#237;a para surgir a la luz. Con los brazos en alto, con la cuerda que les hab&#237;a ayudado a bajar la muralla puesta alrededor del cuello como se&#241;al de sujeci&#243;n y obediencia, caminaron hacia el campamento, al tiempo que daban altas voces, Bautismo, bautismo, creyendo en la virtud salvadora de una palabra que hasta entonces, firmes en su fe, hab&#237;an detestado. Desde lejos, viendo a aquellos moros rendidos, creyeron los portugueses que ven&#237;an a negociar la propia rendici&#243;n de la ciudad, aunque les pareciera raro que no hubiesen abierto las puertas para que salieran, ni obedecido al protocolo militar prescrito en estas situaciones, y sobre todo, aproxim&#225;ndose m&#225;s los supuestos emisarios, resultaba notorio, por lo andrajoso y sucio de las ropas, que no se trataba de gente principal, pero cuando al fin fue comprendido lo que ellos pretend&#237;an, no tiene descripci&#243;n el furor, la sa&#241;a enloquecida de los soldados, baste decir que en lenguas, narices y orejas cortadas fue aquello un matadero, y, como si tanto fuese nada, con golpes, pu&#241;etazos e insultos los hicieron volver a la ciudad, algunos, qui&#233;n sabe, esperando sin esperar un imposible perd&#243;n de aquellos a quienes hab&#237;an traicionado, pero fue un triste caso, que todos acabaron all&#237; muertos, apedreados y acribillados a flechazos por sus propios hermanos. Despu&#233;s de esta tr&#225;gica aventura cay&#243; sobre la ciudad un silencio pesado, como si un luto m&#225;s profundo tuviesen que purgar, tal vez el de una religi&#243;n ofendida, tal vez el insoportable remordimiento de los actos fratricidas, y fue entonces cuando, rompiendo las &#250;ltimas barreras de la dignidad y del recato, el hambre se mostr&#243; en la ciudad en su m&#225;s obscena expresi&#243;n, que menor obscenidad es la exhibici&#243;n de los comportamientos &#237;ntimos del cuerpo que ver extinguirse ese cuerpo por mengua de alimento bajo la indiferente e ir&#243;nica mirada de dioses que, habiendo dejado de guerrear unos contra otros por ser inmortales, se distraen del aburrimiento eterno aplaudiendo a los que ganan y a los que pierden, a unos porque matan, a otros porque mueren. Por orden inverso a las edades se apagaban las vidas como candelas agotadas, primero los ni&#241;os peque&#241;os, que no encontraban ni una sola gota de leche en los pechos marchitos de sus madres y se deshac&#237;an en podredumbres interiores causadas por alimentos impropios que en &#250;ltimo recurso les quer&#237;an hacer ingerir, despu&#233;s los m&#225;s crecidos, a quienes, para sobrevivir, no bastaba lo que los adultos se quitaban de la boca, y de &#233;stos m&#225;s las mujeres que los hombres, que ellas se privaban para que ellos pudieran llevar una &#250;ltima energ&#237;a a la defensa de los muros, incluso as&#237; los viejos eran los que mejor resist&#237;an, tal vez gracias a la poca exigencia de cuerpos que por s&#237; mismos se dispon&#237;an a entrar leves en la muerte para no sobrecargar la barca en que atravesar&#225;n el &#250;ltimo r&#237;o. Ya entonces hab&#237;an desaparecido los gatos y los perros, las ratas eran perseguidas hasta en las tinieblas f&#233;tidas donde se refugiaban, y ahora por patios y jardines se raspaban las hierbas hasta las ra&#237;ces, el recuerdo de una cena de perro o gato equival&#237;a al sue&#241;o de una era de abundancia, cuando a&#250;n las personas se pod&#237;an ofrecer el lujo de tirar los huesos mal descarnados. En los vertederos, ahora, se buscaban restos que diesen para el aprovechamiento inmediato o para transformarlos, por cualquier medio, en comida, y el ardor de la busca era tal que las &#250;ltimas ratas, surgiendo de lo invisible en medio de la noche negra, casi nada encontraban que pudiese aprovechar a su voracidad indiscriminada. Lisboa gem&#237;a de miseria, y era una iron&#237;a grotesca y terrible que los moros tuvieran que celebrar su ramad&#225;n cuando el hambre hizo el ayuno imposible.

Y as&#237; se lleg&#243; a la Noche del Destino, esa de la que se habla en la sura noventa y siete del Cor&#225;n que conmemora la primera revelaci&#243;n del profeta, y en la que, seg&#250;n la tradici&#243;n, se revelan a su vez los acontecimientos de todo el a&#241;o. Para estos moros de Lisboa, sin embargo, el destino no esperar&#225; tanto tiempo, va a cumplirse en estos d&#237;as, y lleg&#243; sin ser esperado, pues no lo revel&#243; la Noche de hace un a&#241;o, o no lo supieron leer en sus arcanos, enga&#241;ados por estar todav&#237;a tan al norte los cristianos, ese Ibn Arrinque de mala simiente y su tropa de gallegos. No se puede averiguar la raz&#243;n por la que los moros atizaron en toda la extensi&#243;n de los adarves grandes hogueras que, como una enorme corona de fuego rodeando la ciudad, ardieron durante toda aquella noche, llenando de espanto y de inquieto temor religioso los corazones de los portugueses, a quienes el asombroso espect&#225;culo por ventura har&#237;a dudar de las esperanzas de victoria si no tuvieran buena informaci&#243;n del desespero al que hab&#237;an llegado los desgraciados. Con el alba, cuando los almu&#233;danos llamaron a oraci&#243;n, las &#250;ltimas columnas de humo negro se alzaban hacia un cielo pur&#237;simo y, te&#241;idas de rojo por el sol naciente, eran empujadas por una brisa suave, sobre el r&#237;o, en direcci&#243;n a Almada, como una amenaza.

Eran, realmente, llegados los d&#237;as. La excavaci&#243;n de la mina hab&#237;a terminado, las tres torres, la normanda, la francesa, y tambi&#233;n la portuguesa, cuya construcci&#243;n en breve tiempo alcanz&#243; a las otras, se levantaban cerca de los muros como gigantes dispuestos a alzar el pu&#241;o tremendo que ir&#237;a a reducir a escombros y destrozos una barrera a la que va faltando el cemento de la voluntad y de la valent&#237;a de quienes hasta ahora la defendieron. Son&#225;mbulos, los moros ven las torres que se aproximan, y sienten que ya sus brazos apenas pueden levantar la espada y tensar la cuerda del arco, que los ojos turbios confunden las distancias, es la derrota que ah&#237; viene, peor qu&#233; la muerte. Abajo, el fuego roe la muralla, de la mina salen chorros de humo, como de drag&#243;n agonizando. Y es entonces cuando en un esfuerzo final, los moros, intentando sacar de su propia desesperaci&#243;n las &#250;ltimas energ&#237;as, irrumpen por la Porta de Ferro para una vez m&#225;s incendiar la torre amenazadora, que desde arriba, por estar mejor protegida, no lograr&#237;an destruir. De un lado y otro se mata y muere. El fuego llega a prender en la torre, pero el incendio no se propag&#243;, los portugueses la defienden con furia igual a la de los moros, aunque hubo un momento en el que, aterrorizados, heridos unos y otros fingi&#233;ndolo, dejando las armas o con ellas vestidos, algunos huyeron lanz&#225;ndose al agua, una verg&#252;enza, menos mal que no hay aqu&#237; cruzados para registrar la cobard&#237;a y llevar de ella afrentosa noticia al extranjero, que es donde las famas se hacen o se pierden. En cuanto a Fray Rogeiro, no hay peligro, anda de observaci&#243;n por otros parajes, si alguien le ha delatado lo que aqu&#237; pas&#243;, siempre podremos argumentar, C&#243;mo puede estar tan seguro, si no estaba all&#237;. Flaquearon a su vez los moros, los portugueses de mayor coraje avanzaban ahora, pidiendo auxilio a todos los santos y a la Virgen Santa Mar&#237;a, y, o por esto, o porque todos los materiales tienen un l&#237;mite de resistencia, lo cierto es que con tremendo estruendo se vino abajo el muro, abri&#233;ndose un boquete enorme, por el que, disipados humo y polvo, se pod&#237;a al fin ver la ciudad, las calles estrechas, las casas api&#241;adas, la gente presa de p&#225;nico. Los moros, amargados por el desastre, retrocedieron, se cerr&#243; la Porta de Ferro, era igual, que otro vano se hab&#237;a desgarrado casi al lado, para &#233;l no hay puerta, a no ser, tan precaria, los pechos de los moros que surgen para cubrir la abertura, con desesperada ira que hace vacilar de nuevo a los portugueses, menos mal que la torre de aqu&#237; pudo al fin alcanzar el muro, al tiempo que un alarido de miedo y agon&#237;a se o&#237;a en la otra parte de la ciudad, eran las otras dos torres embistiendo contra la muralla, y haciendo puentes por donde los soldados, gritando, Sus, sus, a ellos, invad&#237;an los adarves. Lisboa estaba ganada, se hab&#237;a perdido Lisboa. Tras la rendici&#243;n del castillo, se estanc&#243; la sangr&#237;a. Sin embargo, cuando el sol, descendiendo hacia el mar, toc&#243; el n&#237;tido horizonte, se oy&#243; la voz del almu&#233;dano de la mezquita mayor clamando por &#250;ltima vez desde lo alto, donde se hab&#237;a refugiado, Allahu akbar. Se estremecieron las carnes de los moros a la llamada de Al&#225;, pero la llamada no lleg&#243; al fin porque un soldado cristiano, de m&#225;s celosa fe, o pensando que a&#250;n le faltaba un muerto para dar por terminada su guerra, subi&#243; corriendo al alminar y de un tajo degoll&#243; al viejo, en cuyos ojos ciegos relampague&#243; una luz en el momento de apag&#225;rsele la vida.

Son las tres de la madrugada. Raimundo Silva posa el bol&#237;grafo, se levanta lentamente, ayud&#225;ndose con las palmas de las manos apoyadas en la mesa, como si de repente le hubieran ca&#237;do encima todos los a&#241;os que tiene por vivir. Entra en el dormitorio, que una luz d&#233;bil apenas ilumina, y se desnuda cautelosamente, evitando hacer ruido, pero deseando en el fondo que Mar&#237;a Sara se despierte, para nada, s&#243;lo para poder decirle que la historia ha llegado a su fin, y ella, que al fin no estaba durmiendo, le pregunta, Has acabado, y &#233;l respondi&#243;, S&#237;, he acabado, Y c&#243;mo termina, Con la muerte del almu&#233;dano, Y Mogueime, y Ouroana, qu&#233; les ha pasado, Supongo que Ouroana volver&#225; a Galicia, y Mogueime ir&#225; con ella, y antes de partir encontrar&#225;n en Lisboa un perro escondido que los acompa&#241;ar&#225; en el viaje, Por qu&#233; crees que se van, No lo s&#233;, por l&#243;gica debieran quedarse, Qu&#233; m&#225;s da, quedamos nosotros. La cabeza de Mar&#237;a Sara descansa en el hombro de Raimundo, con la mano izquierda &#233;l le acaricia el pelo y el rostro. Tardaron en dormirse. Bajo el alpende del mirador respiraba una sombra.


[La secretaria le abri&#243; paso, Entre, y cerr&#243; la puerta, Raimundo Silva dijo, Buenas tardes, dos de las personas que all&#237; estaban respondieron, Buenas tardes, la tercera, el director literario, dijo s&#243;lo, Si&#233;ntese, se&#241;or Silva. El le&#243;n tambi&#233;n est&#225; sentado y mira, podemos suponer que se lame el hocico y muestra los colmillos mientras valora la consistencia y el sabor de las carnes de este p&#225;lido cristiano. Raimundo Silva cruza la pierna, la descruza inmediatamente, y en ese momento se da cuenta de que no conoce a una de las personas que all&#237; est&#225;n, sentada a la izquierda del director literario, una mujer. El de la derecha es el director de Producci&#243;n, pero a la mujer nunca la ha visto en la editorial, Qui&#233;n ser&#225;. Disimuladamente, intenta observarla, pero el director literario ha tomado la palabra, Supongo que sabe ya por qu&#233; lo hemos hecho venir, Lo imagino, El director general hubiera querido tratar personalmente este asunto, pero un problema urgente, que ha surgido a &#250;ltima hora, le ha obligado a ausentarse. El director literario se call&#243;, como si quisiera dar tiempo a Raimundo Silva para lamentar su poca suerte, haber perdido as&#237; la oportunidad de ser interrogado por el director general en persona, pero, ante el silencio del corrector, dej&#243; que su voz manifestara por primera vez una irritaci&#243;n reprimida, aunque diluy&#233;ndola en un tono en cierto modo conciliador, Le agradezco, dijo, que haya admitido impl&#237;citamente sus responsabilidades, evit&#225;ndonos una situaci&#243;n muy penosa, como ser&#237;a, por ejemplo, una negativa o una tentativa de justificaci&#243;n de lo hecho. Raimundo Silva pens&#243; que deb&#237;an de estar ahora esperando a que diese una respuesta m&#225;s completa que aquellas simples palabras, Lo imagino, pero antes de que pudiera hablar, fue el jefe de Producci&#243;n quien intervino, Yo no lo entiendo, se&#241;or Silva, usted que trabaja desde hace tantos a&#241;os para esta casa, un profesional competente, cometer un error de &#233;sos, No ha sido un error, cort&#243; el director literario, no vale la pena tender esa mano misericordiosa al se&#241;or Silva, sabemos tan bien como &#233;l que fue un hecho deliberado, no es as&#237;, se&#241;or Silva, Y qu&#233; es lo que le lleva a decir que fue un hecho deliberado, se&#241;or director, Espero que no se est&#233; volviendo atr&#225;s sobre lo que creo que fue su primera intenci&#243;n cuando entr&#243;, No me estoy volviendo atr&#225;s, s&#243;lo pregunto. La irritaci&#243;n del director literario se hizo obvia, m&#225;s a&#250;n por la iron&#237;a con que carg&#243; las palabras dichas, Creo que no hace falta decirle que el derecho a hacer preguntas y exigir disculpas, aparte de otras medidas que debamos tomar, no le corresponde a usted, sino a nosotros, y especialmente a m&#237;, que represento aqu&#237; al director general, Tiene toda la raz&#243;n, se&#241;or director, y retiro la pregunta, No precisa retirar la pregunta, yo le respondo que sabemos que se trat&#243; de un hecho deliberado por la manera de escribir el No en la prueba, con letras cargadas, perfiladas, en contraste con su caligraf&#237;a corriente, m&#225;s suelta, aunque clara. En este punto el director literario se call&#243;, como si se estuviera dando cuenta de que estaba hablando de m&#225;s y, en consecuencia, debilitara su postura de juez. Hubo un silencio, a Raimundo Silva le pareci&#243; que durante todo el tiempo aquella mujer no le hab&#237;a quitado los ojos de encima, Qui&#233;n ser&#225;, pero ella se manten&#237;a callada como si nada del asunto le incumbiese. A su vez, el jefe de Producci&#243;n, puntilloso por la interrupci&#243;n de que hab&#237;a sido objeto, parec&#237;a haberse desinteresado de una discusi&#243;n que, evidentemente, iba por mal camino, Este idiota no se da cuenta de que &#233;sta no es manera de llevar el caso, se pone a hablar y hablar, le encanta o&#237;rse, y le da todos los triunfos a Silva, que debe de estar pas&#225;ndolo divinamente, s&#243;lo hay que ver c&#243;mo administra los silencios, tendr&#237;a que estar asustad&#237;simo y es la calma personificada. El jefe de Producci&#243;n se enga&#241;a sobre la calma de Raimundo Silva, sobre el resto tal vez no, pues es verdad que no conocemos lo bastante al director literario para tener opini&#243;n nuestra, fundada. Raimundo Silva realmente no est&#225; tranquilo, s&#243;lo lo parece, gracias a la desorientaci&#243;n que le causa el inesperado rumbo de un di&#225;logo que hab&#237;a imaginado literalmente catastr&#243;fico, la acusaci&#243;n formal y solemne, sus balbuceos en defensa de lo que defendido no pod&#237;a ser, la vejaci&#243;n, la iron&#237;a pesada,la diatriba, la amenaza, quiz&#225; el despido culmin&#225;ndolo todo o todo esto dispensado, Est&#225; despedido, y no cuente con que nosotros le demos cartas de recomendaci&#243;n. Ahora Raimundo Silva se da cuenta de que tiene que hablar, tanto m&#225;s cuanto que el le&#243;n ya no est&#225; directamente delante suyo, se ha retirado un poco hacia el lado y se rasca distra&#237;do la melena con una u&#241;a partida, tal vez acabe por no morir ning&#250;n cristiano en este circo, aunque no haya se&#241;ales de Tarz&#225;n. Dice, dirigi&#233;ndose primero al jefe de Producci&#243;n, despu&#233;s de soslayo a la mujer, que contin&#250;a callada, No negu&#233; que la palabra hubiera sido escrita por m&#237;, nunca pens&#233; en negarlo cuando se descubriera, pero lo importante no es haberla escrito, lo importante deber&#237;a ser, pienso yo, descubrir por qu&#233; lo hice, Supongo que no me va a decir que no lo sabe, ironiz&#243; el director literario, volviendo a tomar la direcci&#243;n del caso, Es verdad, no lo s&#233;, Pues s&#237; que estamos bien, comete usted un error adrede, causa a la editorial y al autor un perjuicio material y moral, no ha dicho a&#250;n ni una palabra de disculpa, y con el aire m&#225;s inocente del mundo, pretende que creamos que una fuerza desconocida, un esp&#237;ritu del m&#225;s all&#225; gui&#243; su mano mientras estaba en trance hipn&#243;tico. El director literario sonre&#237;a, satisfecho de la fluencia de la frase, pero intentando hacer de la sonrisa una expresi&#243;n de aplastante iron&#237;a. No creo que estuviese en trance, respondi&#243; Raimundo Silva, recuerdo bien las circunstancias en que pas&#243; todo, pero esto no significa que est&#233; claro para m&#237; el motivo por el que escrib&#237; ese error deliberado, Ah, confiesa que fue deliberado, Naturalmente, Ahora s&#243;lo tiene que confesar que no fue error, sino fraude, y que, conscientemente, quiso perjudicar a la editorial y ridiculizar al autor del libro, Admito que se trata de un fraude, en cuanto a lo dem&#225;s, nunca fue &#233;sa mi intenci&#243;n, Tal vez fuese una perturbaci&#243;n moment&#225;nea, sugiri&#243; el jefe de Producci&#243;n con el tono de quien quiere prestar ayuda. Raimundo Silva esper&#243; la reacci&#243;n, sin duda brusca, del director literario, pero &#233;sta no vino, y entonces comprendi&#243; que la frase estaba prevista, que no habr&#237;a despido, que todo iba a quedarse en palabras, s&#237;, no, quiz&#225;, y la sensaci&#243;n de alivio fue tan intensa que sinti&#243; reblandec&#233;rsele el cuerpo, un desahogo del esp&#237;ritu, ahora s&#243;lo ten&#237;a que decir las palabras precisas, por ejemplo, S&#237;, una perturbaci&#243;n moment&#225;nea, pero no podemos olvidar que pasaron algunas horas hasta entregar las pruebas a Costa, y Raimundo Silva se felicit&#243; por la manera h&#225;bil con que hab&#237;a introducido aquel podemos, coloc&#225;ndose &#233;l mismo del lado de los jueces, como si les dijera, No nos dejemos enga&#241;ar. Dijo el director literario, Bien, el libro va a ser distribuido con una errata, es una errata rid&#237;cula, donde se lee no l&#233;ase no no, donde se lee los cruzados no ayudaron l&#233;ase los cruzados ayudaron, lo que se van a re&#237;r a costa nuestra, pero en fin afortunadamente nos dimos cuenta a tiempo, y el autor se mostr&#243; comprensivo, incluso tuve la impresi&#243;n de que lo estima mucho, me habl&#243; de una conversaci&#243;n que sostuvieron tiempo atr&#225;s, S&#237;, hablamos del dele&#225;tur, De qu&#233;, pregunt&#243; la mujer, Del dele&#225;tur, no sabe qu&#233; es eso, pregunt&#243; Raimundo Silva, agresivamente, Lo s&#233;, pero no hab&#237;a o&#237;do bien. La intervenci&#243;n de la mujer, que nadie parec&#237;a esperar, oblig&#243; a un desv&#237;o de la conversaci&#243;n, Esta se&#241;ora, dijo el director literario, a partir de ahora se hace cargo de la responsabilidad de dirigir a todos los correctores que trabajan para la editorial, tanto en lo que se refiere a los plazos y ritmos de trabajo como a la exactitud de las revisiones, todo pasar&#225; por ella, pero volvamos al asunto, la editorial ha resuelto dejar liquidado este desagradable incidente, teniendo en cuenta los buenos y leales servicios prestados hasta hoy por el se&#241;or Silva, vamos a admitir que la causa de todo esto ser&#237;a la fatiga, una obliteraci&#243;n ocasional de los sentidos, en fin, echemos tierra sobre el caso, esperando que no se repita, aparte de eso tendr&#225; que escribir una carta a la editorial y otra al autor presentando disculpas, el autor dice que no es necesario, que hablar&#225; un d&#237;a con usted sobre el incidente, pero nosotros pensamos que es un deber suyo, se&#241;or Silva, escribir esa carta, La escribir&#233;, Muy bien, el director literario estaba ahora francamente aliviado, no hace falta decir que en estos pr&#243;ximos tiempos su trabajo va a ser objeto de nuestra particular atenci&#243;n, no porque pensemos que pueda volver a alterar adrede los textos, sino para evitar la eventualidad de que persistan en su esp&#237;ritu impulsos irrefrenables que puedan manifestarse otra vez, y, en ese caso, no es preciso decirle que nos encontrar&#237;a menos tolerantes. El director literario se call&#243; a la espera de que el corrector hiciera una declaraci&#243;n sobre sus futuras intenciones, al menos las conscientes, ya que las otras, si las hab&#237;a, pertenec&#237;an a los planos de la inconsciencia, indescifrables. Raimundo Silva percibi&#243; lo que se esperaba de &#233;l, verdad es que las palabras necesitan palabras, por eso se dice Palabra quiere palabra, pero tambi&#233;n es cierto que Cuando uno no quiere, dos no discuten, imaginemos que el Peregrino dejaba sin respuesta [*] la curiosidad fatal del Escudero Telmo, lo m&#225;s probable ser&#237;a que se arreglasen las cosas y no habr&#237;a conflicto, drama, muerte, desgracia moral, o supongamos que un hombre le pregunta a una mujer, Me quieres, y ella se calla, mir&#225;ndolo solamente, esf&#237;ngica y distante, neg&#225;ndose a decir el No que lo destrozar&#225;, o el S&#237; que los destrozar&#237;a, concluyamos, pues, que el mundo ir&#237;a mucho mejor si cada uno se contentase con lo que va diciendo, sin esperar a que le respondiesen, y, a&#250;n m&#225;s, sin pedirlo ni desearlo. Pero Raimundo Silva debe decir, Comprendo que la editorial tome precauciones, qui&#233;n soy yo para descalificar lo que hagan, en fin, les pido disculpas, y prometo que, mientras est&#233; en mis cabales, no volver&#225; a ocurrir, en este punto hizo una pausa como si se preguntase a s&#237; mismo si deber&#237;a continuar, pero despu&#233;s pens&#243; que ya todo estaba dicho, y se call&#243;. El director literario dijo, Bien, y se dispon&#237;a a a&#241;adir las esperadas palabras, Queda cerrado el caso, ahora vamos a trabajar, al tiempo que se levantar&#237;a y le tender&#237;a su mano abierta a Raimundo Silva en se&#241;al de paces, sonriendo, pero la mujer sentada a su izquierda interrumpi&#243; el movimiento y la generosidad, Si me permiten, lo que me sorprende es que el se&#241;or Silva, &#233;ste es su nombre seg&#250;n creo, no haya intentado siquiera explicarnos por qu&#233; cometi&#243; un abuso tan grave, alterando el sentido de una frase que, como corrector, ten&#237;a el deber imperativo de respetar y defender, que para eso est&#225;n los correctores. El le&#243;n reapareci&#243; s&#250;bitamente, rugiendo, muestra sus dientes aterradores, las garras intactas y afiladas, ahora nuestra &#250;nica esperanza, perdidos en la arena, es que al fin aparezca Tarz&#225;n colgado de una liana y gritando, Ah-ah-ah-o-o, si la memoria no falla, y hasta puede ser que traiga a los elefantes para ayudarlo, por la buena memoria que tienen. Ante el ahora inopinado ataque, el director literario y el jefe de Producci&#243;n volvieron a cargar la expresi&#243;n, tal vez para no verse acusados de flaqueza por una fr&#225;gil mujer consciente de sus obligaciones profesionales, pese a haber sido investida de ellas recientemente, y miraron al corrector con la dureza adecuada. No repararon en que precisamente no hab&#237;a dureza en el rostro de la mujer, sino m&#225;s bien una leve sonrisa, como si, en el fondo, se estuviera divirtiendo con la situaci&#243;n. Raimundo Silva, desconcertado, la mir&#243;, es una mujer a&#250;n joven, de menos de cuarenta a&#241;os, se ve que es alta, tiene la piel mate, el pelo casta&#241;o, si el corrector estuviera m&#225;s cerca podr&#237;a ver algunos hilos blancos, y la boca llena, carnosa, pero los labios no son gruesos, extra&#241;o caso, una se&#241;al de inquietud suena en alguna parte del cuerpo de Raimundo Silva, perturbaci&#243;n ser&#237;a la palabra justa, ahora deber&#237;amos elegir el adjetivo adecuado para acompa&#241;arla, por ejemplo, sexual, pero no lo haremos, Raimundo Silva no puede tardar tanto en responder, aunque sea com&#250;n en situaciones de este tipo decir que el tiempo qued&#243; suspenso, cosa que el tiempo nunca hizo desde que el mundo es mundo. A&#250;n est&#225; la sonrisa en el rostro de la mujer, pero la brusquedad, la crispaci&#243;n de las palabras no puede ser ignorada, ni siquiera los directores fueron tan directos, Raimundo Silva vacila entre responder con agresividad igual o usar el tono conciliador que su dependencia de esta mujer permite aconsejar, claro est&#225; que ella tiene medios para amargarle la vida en el futuro, servir&#225;n todos los pretextos, puesto que, habiendo ponderado tan precisamente cuanto le permiti&#243; el poco tiempo disponible, y adem&#225;s teniendo tambi&#233;n en cuenta el que consumi&#243; en observaciones fision&#243;micas, respondi&#243; al fin, A nadie le gustar&#237;a m&#225;s que a m&#237; hallar una explicaci&#243;n satisfactoria, pero, si no lo he conseguido hasta ahora, dudo que acabe consigui&#233;ndolo, creo que se debe de haber trabado en m&#237; una lucha entre el lado bueno, si realmente lo tengo, y el lado malo, que &#233;se todos lo tenemos, entre un Dr. Jekill y un Mr. Hyde, si puedo permitirme referencias cl&#225;sicas, o mejor dicho, y con palabras m&#237;as, entre la tentaci&#243;n mutante del mal y el esp&#237;ritu conservador del bien, a veces me pregunto qu&#233; errores habr&#237;a cometido Fernando Pessoa, de revisi&#243;n y otros, con aquella confusi&#243;n suya de los heter&#243;nimos, una batalla de todos los diablos, supongo. La mujer mantuvo la sonrisa a lo largo de todo el discurso, y sonriendo pregunt&#243;, Y usted, aparte de Jekill y de Hyde, es algo m&#225;s, Hasta ahora he conseguido ser Raimundo Silva, Perfecto, vea entonces si permite aguantarse como tal, en inter&#233;s de esta editorial y de la armon&#237;a de nuestras futuras relaciones, Profesionales, Espero que no se le pase por la cabeza que puedan ser otras, Me he limitado a completar su frase, deber del corrector es sugerir soluciones que eviten ambig&#252;edades, tanto de estilo como de sentido, Supongo que sabe que el lugar ambiguo es la cabeza de quien oye o lee, Especialmente si el est&#237;mulo le viene de quien escribe o habla, O si pertenece al tipo de los que se autoestimulan, No creo que sea &#233;se mi caso, No cree, Raramente hago afirmaciones perentorias, Fue perentorio al escribir su No en la Historia del Cerco de Lisboa, y s&#243;lo no logra serlo cuando se trata de justificar el fraude, o al menos explicarlo, porque justificaci&#243;n no puede haber, Estamos volviendo al principio, perdone, Le agradezco la observaci&#243;n, me ahorra el trabajo de decirle otra vez lo que pienso de su acci&#243;n. Raimundo Silva abri&#243; la boca para responder, pero en ese momento se dio cuenta de la expresi&#243;n de pasmo de los directores y decidi&#243; callarse. Hubo un silencio, la mujer segu&#237;a sonriendo, pero, tal vez por llevar tanto tiempo haci&#233;ndolo, hab&#237;a en su rostro una especie de crispaci&#243;n, y Raimundo Silva de repente sinti&#243; que se estaba ahogando, que la atm&#243;sfera de aquel despacho le pesaba sobre los hombros, Detesto a esta individua, pens&#243;, y deliberadamente mir&#243; a los directores como dando a entender que, a partir de ah&#237;, s&#243;lo de ellos aceptaba preguntas y s&#243;lo a ellos consentir&#237;a en dar respuestas. Sab&#237;a que por ese lado la partida estaba ganada, los directores, ambos, se estaban levantando ya, uno de ellos dijo, Damos por cerrada la cuesti&#243;n, vamos a trabajar, pero no le tendi&#243; la mano a Raimundo Silva, esta dudosa paz no merec&#237;a celebraci&#243;n, cuando el corrector sali&#243; el director literario dijo al de producci&#243;n, Creo que tendr&#237;amos que haberlo echado, hubiera sido m&#225;s sencillo, y fue la mujer quien argument&#243;, Habr&#237;amos perdido un buen corrector, Por lo que aqu&#237; ha pasado, va a llevarse mal con &#233;l, Quiz&#225; no.] El Romero y el Escudero Telmo son personajes centrales de la tragedia rom&#225;ntica Frei Luiz de Sousa, de Almeida Garrett (1799-1854).

[Sentado ahora a la mesa de su despacho, con las pruebas del libro de poes&#237;a ante &#233;l, sigue tras el pensamiento, aunque tal vez fuese m&#225;s exacto decir que lo antecede, pues, sabiendo nosotros cu&#225;n r&#225;pido es el pensamiento, si nos contentamos con ir detr&#225;s de &#233;l, en poco tiempo le perdemos el rastro, estamos a&#250;n inventando la passarola * y ella ya ha llegado a las estrellas. Raimundo Silva intenta, pensando y repensando, percibir por qu&#233; desde las primeras palabras no pudo reprimir la agresividad, No sabe qu&#233; es el dele&#225;tur, le molesta sobre todo el recuerdo del tono con que lanz&#243; la pregunta, provocador, grosero incluso, y despu&#233;s el duelo final, de enemigos, como si se estuviera dirimiendo una cuesti&#243;n personal, un rencor viejo, cuando se sabe que nunca antes se encontraron estos dos, y, si s&#237;, ni se fijaron el uno en el otro, Qui&#233;n ser&#225;, pens&#243; entonces Raimundo Silva, y al pensarlo afloj&#243;, sin darse cuenta, la rienda con que ven&#237;a guiando el pensamiento, eso fue suficiente para que &#233;l se le adelantara y empezara a pensar por cuenta propia, es una mujer a&#250;n joven, menos de cuarenta a&#241;os, no tan alta como primero le pareci&#243;, el tono de la piel mate, el pelo suelto, casta&#241;o, los ojos del mismo color, un poco menos oscuros, y la boca peque&#241;a y llena, la boca peque&#241;a y llena, la boca peque&#241;a, la boca llena, llena. Raimundo Silva est&#225; mirando el estante que tiene enfrente, se encuentran all&#237; reunidos todos los libros que revis&#243; a lo largo de una vida de trabajo, no los ha contado pero forman una biblioteca, t&#237;tulos, nombres, &#233;l es la novela, &#233;l es la poes&#237;a, &#233;l es el teatro, &#233;l son los oportunismos pol&#237;ticos y biogr&#225;ficos, &#233;l son las memorias, t&#237;tulos, nombres, nombres, t&#237;tulos, unos c&#233;lebres hasta los d&#237;as de hoy, otros que tuvieron su momento y para ellos se par&#243; el reloj, algunos a&#250;n suspendidos del destino, Pero el destino que tenemos es el destino que somos, murmur&#243; el corrector, respondiendo a lo que antes hab&#237;a pensado, Somos el destino que tenemos. De repente, sinti&#243; calor, pese a no tener enchufada la estufa el&#233;ctrica, se desat&#243; el cintur&#243;n de la bata, se levant&#243; de la silla, estos movimientos parec&#237;an tener un objetivo y pese a todo, no puede haber otra explicaci&#243;n, apenas eran expresi&#243;n de un inesperado bienestar, un vigor casi c&#243;mico, una tranquilidad de dios sin remordimientos. La casa se volvi&#243; de s&#250;bito peque&#241;a, hasta la propia ventana abierta hacia las tres amplitudes, la de la ciudad, la del r&#237;o, la del cielo, le pareci&#243; como un postigo ciego, y es verdad que no hab&#237;a niebla, e incluso la frialdad de la noche era temperante frescor. No fue en este momento, sino antes, cuando Raimundo Silva pens&#243;, C&#243;mo se llamar&#225;, a veces ocurre, tenemos un pensamiento pero no queremos reconocerlo, darle confianza, lo aislamos con pensamientos laterales como este de haber recordado al fin que ni una sola vez se hab&#237;a mencionado el nombre de la mujer, Esta se&#241;ora, dijo el director literario, a partir de ahora se hace cargo de la responsabilidad, y, o por improbable falta de educaci&#243;n, o por efecto del nerviosismo propio y general, no hizo la presentaci&#243;n, Raimundo Silva, do&#241;a Fulana de Tal. Con estas reflexiones hab&#237;a ido atrasando Raimundo Silva la pregunta directa, C&#243;mo se llamar&#225;, y ahora que la hizo no es capaz de pensar en otra cosa, como si, al cabo de todas estas horas, hubiera llegado finalmente a su destino, palabra que es utilizada aqu&#237; en el sentido vulgar, de final de viaje, sin derivaciones ontol&#243;gicas o existenciales, s&#243;lo aquel decir de viajeros, He llegado, creyendo saber todo lo que les espera.] Bartolomeu Louren&#231;o de Gusm&#227;o (1685?-1727). Sacerdote jesuita portugu&#233;s, convertido al juda&#237;smo en sus &#250;ltimos a&#241;os, envuelto en procesos de juder&#237;a por la Inquisici&#243;n, inventor de diversos instrumentos mec&#225;nicos, entre ellos un p&#225;jaro volante (a passarola), posiblemente un globo con el que se dice que realiz&#243; varias ascensiones. Es personaje destacado en la novela Memorial del convento, de Jos&#233; Saramago.

[Raimundo Silva mir&#243; el papel, O&#237;d pues, agarr&#243; el bol&#237;grafo para continuar el relato, pero se dio cuenta de que ten&#237;a el cerebro vac&#237;o, otra vez una p&#225;gina blanca, o negra de palabras superpuestas, entrecruzadas, indescifrables. Despu&#233;s de lo declarado por Don Afonso Henriques, no ten&#237;a m&#225;s opci&#243;n que, con palabras suyas, contar el milagro de Ourique, introduciendo en &#233;l, claro est&#225;, la esperada porci&#243;n de escepticismo moderno, por otra parte autorizada por el gran Alexandre Herculano *, y dando sueltas al lenguaje, aunque sin exceder el comedimiento, por no ser los correctores habituales heraldos de osad&#237;as en materia tan vigilada por la opini&#243;n p&#250;blica. Sin embargo, se quebr&#243; la tensi&#243;n, o fue sustituida por otra, tal vez el impulso regresase m&#225;s tarde, en horas nocturnas, como una inspiraci&#243;n nueva, que dicen autoridades que nada se puede hacer sin ella. Raimundo Silva ha o&#237;do que, en casos as&#237;, lo mejor es no forzar lo que llamamos la naturaleza, dejar que el cuerpo siga la fatiga del esp&#237;ritu, sobre todo que no luchen uno contra otro, por heroicas y edificantes que sean las historias de tales batallas, y &#233;sa es una opini&#243;n sabia, aunque no la m&#225;s favorecida por aquellos que sobre todo tienen ideas en cuanto a lo que cada uno de nosotros ha de hacer, pero mucha menos voluntad de usarlas en s&#237; mismos. El rey sigue anunciando, O&#237;d pues, pero es un disco rayado que se repite, se repite, hipn&#243;ticamente se repite. Raimundo Silva se frota los ojos cansados, la p&#225;gina del cerebro est&#225; en blanco, est&#225; escrita por la mitad, con la mano derecha coge la Cr&#243;nica de Don Afonso Henriques, de Frei Ant&#243;nio Brand&#227;o, que ha de venir a servirle de gu&#237;a cuando, esta noche o ma&#241;ana, vuelva al relato, y, no siendo capaz de escribir ahora, lee para enterarse del m&#237;tico episodio, es el segundo cap&#237;tulo, No eran de calidad las cosas que tra&#237;a entre manos el esforzado pr&#237;ncipe Don Afonso Henriques que le consintieran tomar mucho reposo, ni los pensamientos ocupados en la grandeza del negocio presente daban lugar a poderse aquietar y tomar alivio. Y as&#237;, para divertir de alg&#250;n modo aquella molestia, ech&#243; mano a una Biblia sacra, la cual en su tienda ten&#237;a, y, empezando a leer en ella, la primera cosa que encontr&#243; fue la victoria de Gede&#243;n, insigne capit&#225;n del pueblo judaico, quien, con trescientos soldados, rompi&#243; a los cuatro reyes madianitas con sus ej&#233;rcitos, pasando a espada ciento veinte mil hombres, sin contar muchos otros que murieron en el alcance. Alegre el infante con tan buen encuentro, y tomando de esta victoria pron&#243;stico feliz de la que esperaba, se confirm&#243; m&#225;s en la resoluci&#243;n de dar batalla, y, con el coraz&#243;n inflamado y los ojos puestos en el cielo, rompi&#243; en estas palabras: Bien sab&#233;is vos, mi Se&#241;or Jes&#250;s Cristo, que por vuestro servicio y por la exaltaci&#243;n de vuestro santo nombre emprend&#237; esta guerra contra vuestros enemigos; Vos, que sois todopoderoso, ayudadme en ella, animad y dad esfuerzo a mis soldados para que los venzamos, pues son blasfemadores de vuestro sant&#237;simo nombre. Dichas estas palabras le sobrevino un blando sue&#241;o, y comenz&#243; a so&#241;ar que ve&#237;a a un viejo de venerable presencia, el cual le dec&#237;a que tuviera buen &#225;nimo, porque ciertamente vencer&#237;a en aquella batalla, y con evidente se&#241;al de ser amado y favorecido por Dios ver&#237;a con sus ojos antes de entrar en ella al Salvador del mundo, el cual lo quer&#237;a honrar con su soberana visi&#243;n. Estando el infante en este alegre sue&#241;o, ni muy durmiendo, ni del todo despierto, entr&#243; en la tienda Jo&#227;o Fernandes de Sousa, de su c&#225;mara, y le hizo saber c&#243;mo hasta all&#237; hab&#237;a llegado un hombre viejo, el cual ped&#237;a audiencia y, seg&#250;n daba a entender, era sobre negocio de mucha importancia. Mand&#243; el infante que entrase si era cristiano, y, en cuanto lo vio, reconoci&#243; en &#233;l al mismo que acababa de ver en sue&#241;os, con lo que qued&#243; sumamente consolado. El buen viejo repiti&#243; al infante las mismas palabras que en sue&#241;os hab&#237;a o&#237;do, y, certific&#225;ndolo de la victoria y de la aparici&#243;n de Cristo, a&#241;adi&#243; que tuviera mucha confianza en el Se&#241;or, por ser de &#201;l amado, y que en &#233;l y en sus descendientes hab&#237;a puesto los ojos de su misericordia hasta la decimosexta generaci&#243;n, en que se atenuar&#237;a la descendencia, pero en ella a&#250;n en ese estado pondr&#237;a el Se&#241;or sus ojos, y la habr&#237;a. Que de parte del mismo Se&#241;or le advert&#237;a que, cuando en la siguiente noche oyera tocar la campana de su ermita, en la que moraba hac&#237;a setenta a&#241;os guardado por particular favor del Alt&#237;simo, saliera al campo, porque le quer&#237;a Dios mostrar la grandeza de su misericordia. Oyendo el cat&#243;lico pr&#237;ncipe tan soberana embajada, trat&#243; al embajador con veneraci&#243;n y dio a Dios con profund&#237;sima humildad infinitas gracias. Sali&#243; fuera de la tienda el buen viejo y volvi&#243; a su ermita, y el infante, esperando la se&#241;al prometida, gast&#243; en oraci&#243;n fervorosa todo el espacio de la noche hasta la segunda vig&#237;a, en la que oy&#243; el son de la campana, armado entonces con su escudo y espada sali&#243; fuera del campamento, y, poniendo los ojos en el Cielo, vio de la parte oriental un resplandor hermos&#237;simo, el cual poco a poco iba dilat&#225;ndose y haci&#233;ndose mayor. En medio de &#233;l vio la salut&#237;fera se&#241;al de la Santa Cruz, y en ella clavado al Redentor del mundo, acompa&#241;ado en circuito de gran multitud de &#225;ngeles, los cuales en figura de mancebos hermos&#237;simos aparec&#237;an ornados de vestiduras blancas y resplandecientes, y pudo notar el infante ser la Cruz de grandeza extraordinaria, y estar levantada sobre la tierra casi diez codos. Con el asombro de visi&#243;n tan maravillosa, con el temor, y la reverencia debidos a la presencia del Salvador, depuso el infante las armas que llevaba, se quit&#243; la vestidura real, y descalzo se postr&#243; en tierra y, con abundancia de l&#225;grimas comenz&#243; a rogar al Se&#241;or por sus vasallos, y dijo: &#191;Qu&#233; merecimientos hallaste, mi Dios, en un tan gran pecador como yo, para enriquecerme con merced tan soberana? Si lo hac&#233;is para acrecentar mi fe, parece no ser ello necesario, pues os conozco desde la fuente del Bautismo como Dios verdadero, hijo de la Virgen sagrada, seg&#250;n la humanidad, y del Padre Eterno por generaci&#243;n divina. Mejor ser&#237;a participar a los infieles la grandeza de esta maravilla, para que, abominando de sus errores, os conocieran. El Se&#241;or entonces, con suave tono de voz que el pr&#237;ncipe puede bien alcanzar, le dijo estas palabras: No me he aparecido de este modo para acrecentar tu fe, sino para fortalecer tu coraz&#243;n en esta empresa y fundar los inicios de tu Reino en piedra firm&#237;sima. Ten confianza, porque no s&#243;lo vencer&#225;s esta batalla sino todas las m&#225;s que dieres a los enemigos de la Fe cat&#243;lica. Tu gente hallar&#225;s pronta a la guerra, y con gran &#225;nimo te pedir&#225;n que con t&#237;tulo de rey comiences esta batalla; no dudes en aceptarlo, pero concede libremente la petici&#243;n porque yo soy el fundador y destructor de los Imperios del mundo, y en ti y en tu generaci&#243;n quiero fundar para m&#237; un reino en cuya industria ser&#225; mi nombre notificado a gentes extra&#241;as. Y para que tus descendientes conozcan de qu&#233; mano reciben el reino, comprar&#225;s tus armas al precio con que compr&#233; al g&#233;nero humano, el de aquel por el que fui comprado de los jud&#237;os, y quedar&#225; este reino santificado, amado por m&#237; por la pureza de la Fe y la excelencia de la piedad. El infante Don Afonso, cuando oy&#243; tan singular promesa, se postr&#243; de nuevo en tierra y, adorando al Se&#241;or, le dijo: &#191;En qu&#233; merecimientos fund&#225;is, mi Dios, una piedad tan extraordinaria como la que us&#225;is conmigo? Pero ya que as&#237; es, poned los ojos de vuestra misericordia en los sucesores que me promet&#233;is, conservad libre de peligros a la gente portuguesa, y, si contra ella ten&#233;is alg&#250;n castigo ordenado, os pido me lo deis antes a m&#237; y a mis descendientes, y quede a salvo este pueblo a quien amo como a hijo &#250;nico. A todo dio el Se&#241;or respuesta favorable, diciendo c&#243;mo nunca de &#233;l ni de los suyos apartar&#237;a los ojos de su misericordia, porque los hab&#237;a escogido como sus obreros y segadores para hacerle gran siembra en regiones apartadas. Con esto desapareci&#243; la visi&#243;n, y el infante Don Afonso, lleno de fortaleza y de los j&#250;bilos del alma que se dejan entender, dio vuelta hacia el campo y se recogi&#243; en su tienda.] Alexandre Herculano de Carvalho (1810-1877). Poeta, narrador, doctrinario del romanticismo y, sobre todo, autor de una gran Historia de Portugal.





