




Eduardo Mendoza


El Misterio De La Cripta Embrujada



Pr&#243;logo del autor para la presente edici&#243;n

En varias ocasiones he dicho p&#250;blicamente que El misterio de la cripta embrujada era mi novela favorita o, mejor dicho, aquella por la que sent&#237;a, como autor, mayor cari&#241;o. Esta afirmaci&#243;n, como todas las verdades, es casi una verdad. Ahora tratar&#233; de explicar por qu&#233;.

Aunque la novela que precede cronol&#243;gicamente a &#233;sta, es decir, La verdad sobre el caso Savolta, apareci&#243; en 1975, cuando yo ya resid&#237;a en Nueva York, la hab&#237;a escrito en Barcelona y depositado, antes de m&#237; marcha, en las manos expertas y generosas de Pere Gimferrer. M&#225;s tarde, publicada aqu&#233;lla, me encontr&#233; en una grave tesitura: a la dificultad habitual de abordar una segunda novela, convencido de haber agotado la imaginaci&#243;n, el oficio y hasta las palabras, se un&#237;a la circunstancia siempre problem&#225;tica de vivir inmerso en un mundo ajeno, en un idioma adquirido y en una cultura distinta cuando no antag&#243;nica. Guardo de mi vida en Nueva York el mejor de los recuerdos y considero aquellos a&#241;os como un per&#237;odo estimulante, enriquecedor y divertido, pero s&#233; bien que aqu&#233;llos fueron tambi&#233;n a&#241;os est&#233;riles desde el punto de vista de la creaci&#243;n literaria: no sab&#237;a qu&#233; hacer. Finalmente, en la primavera o verano de 1977 hice una visita breve a Barcelona, donde, por esas fechas, se viv&#237;a intensamente la hoy llamada transici&#243;n: todo lo anterior parec&#237;a en entredicho y no hab&#237;a cosa que no resultara nueva y pre&#241;ada de posibilidades y promesas; el aire estaba cargado de ilusi&#243;n y de energ&#237;a. Sin propon&#233;rmelo ni contar con ello, fui contagiado del entusiasmo general. A diferencia de lo que me hab&#237;a ocurrido en anteriores ocasiones, regres&#233; a Nueva York con pena. Sin saberlo hab&#237;a recuperado Barcelona, no la Barcelona estrecha y ab&#250;lica que hab&#237;a abandonado en 1973, ni tampoco la Barcelona actual, la que acababa de recorrer maravillado, sino una Barcelona exclusivamente m&#237;a e intransferible: la Barcelona de mi infancia, adolescencia y juventud: su aire, sus colores, sus olores, no siempre placenteros, y sus voces. En ese viaje, adem&#225;s, y por primera vez desde que di por finalizado el manuscrito, cuatro a&#241;os atr&#225;s, le&#237; La verdad sobre el caso Savolta, cosa que hasta entonces no me hab&#237;a sentido con &#225;nimos de hacer. En su d&#237;a Alejandro Vilafranca, en cuya perspicacia siempre he confiado, me hab&#237;a se&#241;alado el potencial literario que encerraba un personaje secundario de esa novela, llamado Nemesio Cabra G&#243;mez. Ahora consider&#233; llegado el momento de escuchar su consejo y de recurrir a ese personaje singular. Regres&#233; a Nueva York en pleno verano: el asfalto humeaba. Tengo observado que la mayor&#237;a de escritores gozan de una salud inquebrantable y de un capital de energ&#237;a cuantioso contra el que pueden librar incesantemente los cheques m&#225;s gravosos; por desgracia, no es &#233;ste mi caso: he de pagar religiosamente cualquier esfuerzo y con creces el menor exceso. El verano, sin embargo, me sienta bien; en lugar de producirme modorra y exasperaci&#243;n, el calor asfixiante me anima y me pone de buen humor. Me encerr&#233; con un aparato de aire acondicionado que emit&#237;a un sonido asm&#225;tico y cumpl&#237;a su cometido m&#225;s mal que bien y empec&#233; a escribir. Para que se d&#233; una novela es preciso que confluyan en el tiempo varias circunstancias y que al menos dos de ellas tengan capacidad de aparearse y germinar. El viaje a que acabo de referirme me hab&#237;a proporcionado lo que quer&#237;a contar; mi estancia en Nueva York y el contacto diario con la narrativa americana de aquellos a&#241;os me proporcionaba ahora un modo viable de contarlo. De aquellos d&#237;as recuerdo pocas cosas: unos cuadernos rectangulares, listados, que compraba de cinco en cinco en la papeler&#237;a del barrio y una mesa blanca en cuyos bordes se iban amontonando las hojas manuscritas. S&#243;lo interrump&#237;a la escritura para bajar a comer o cenar en un fig&#243;n acogedor y sencillo, regentado por una amable dama de oscuro origen franco-italiano, acostumbrada a tratar a su clientela con una mezcla de autoridad y afecto, dos cosas de las que andan necesitados por lo general los neoyorquinos. Mientras com&#237;a iba pensando en las escenas que acababa de escribir y en las que se me ocurr&#237;an y a veces me re&#237;a solo, pero no hay ciudad m&#225;s tolerante que Nueva York ni m&#225;s curada de espanto: estas explosiones de hilaridad no llamaban la atenci&#243;n de nadie. De este modo trabaj&#233; una semana, transcurrida la cual comprend&#237; que lo que me hab&#237;a propuesto escribir ya estaba escrito. Del resultado no ten&#237;a ideas muy claras. Convencido, sin embargo, de que una vez concluida la elaboraci&#243;n de un texto lo m&#225;s sensato es perderlo de vista cuanto antes, empaquet&#233; el manuscrito y lo envi&#233; por correo a Seix Barral, cuya direcci&#243;n literaria compart&#237;a entonces con Pere Gimferrer mi amigo Jos&#233; M. Carandell, a quien tanto debe mi carrera literaria. Al manuscrito acompa&#241;aba una nota que dec&#237;a poco m&#225;s o menos: leed esto y, si os merece inter&#233;s, publicadlo; si no, tiradlo a la papelera m&#225;s pr&#243;xima. La respuesta me alcanz&#243; un par de semanas m&#225;s tarde en un hotel de Lima infestado de cucarachas; dec&#237;a as&#237;: La novela nos ha divertido; la publicaremos y dejaremos que los lectores decidan. Desde entonces se han hecho del libro m&#225;s de veinte ediciones. Cuando alguien me pregunta las causas de esta aceptaci&#243;n, o cuando yo mismo me las pregunto, suelo responder y responderme rememorando las circunstancias que rodearon su concepci&#243;n. S&#233; que este libro es, en cierto sentido, irrepetible, como lo fueron aquellos d&#237;as trepidantes de 1977 que lo inspiraron. Por supuesto, la novela no pretende dejar constancia de los acontecimientos que la hicieron nacer. S&#243;lo pretende ser la cr&#243;nica breve de las peripecias de un hombre que, tras largo alejamiento, regresa a su ciudad para encontrar all&#237; su identidad y su pasado.


Eduardo Mendoza

Barcelona, diciembre de 1987



Cap&#237;tulo I UNA VISITA INESPERADA

HAB&#205;AMOS SALIDO a ganar; pod&#237;amos hacerlo. La, valga la inmodestia, t&#225;ctica por m&#237; concebida, el duro entrenamiento a que hab&#237;a sometido a los muchachos, la ilusi&#243;n que con amenazas les hab&#237;a inculcado eran otros tantos elementos a nuestro favor. Todo iba bien; est&#225;bamos a punto de marcar; el enemigo se derrumbaba. Era una hermosa ma&#241;ana de abril, hac&#237;a sol y advert&#237; de refil&#243;n que las moreras que bordeaban el campo aparec&#237;an cubiertas de una pelusa amarillenta y arom&#225;tica, indicio de primavera. Y a partir de ah&#237; todo empez&#243; a ir mal: el cielo se nubl&#243; sin previo aviso y Carrascosa, el de la sala trece, a quien hab&#237;a encomendado una defensa firme y, de proceder, contundente, se arroj&#243; al suelo y se puso a gritar que no quer&#237;a ver sus manos tintas de sangre humana, cosa que nadie le hab&#237;a pedido, y que su madre, desde el cielo, le estaba reprochando su agresividad, no por inculcada menos culposa. Por fortuna doblaba yo mis funciones de delantero con las de &#225;rbitro y consegu&#237;, no sin protestas, anular el gol que acababan de meternos. Pero sab&#237;a que una vez iniciado el deterioro ya nadie lo parar&#237;a y que nuestra suerte deportiva, por as&#237; decir, pend&#237;a de un hilo. Cuando vi que To&#241;ito se empe&#241;aba en dar cabezazos al travesa&#241;o de la porter&#237;a rival cisc&#225;ndose en los pases largos y, para qu&#233; negarlo, precisos, que yo le lanzaba desde medio campo, comprend&#237; que no hab&#237;a nada que hacer, que tampoco aquel a&#241;o ser&#237;amos campeones. Por eso no me import&#243; que el doctor Chulferga, si tal era su nombre, pues nunca lo hab&#237;a visto escrito y soy duro de o&#237;do, me hiciera se&#241;as de que abandonara el terreno de juego y me reuniera con &#233;l allende la l&#237;nea de demarcaci&#243;n para no s&#233; qu&#233; decirme. El doctor Chulferga era joven, bajito y cuadrado de cuerpo y se tocaba con una barba tan espesa como el cristal de sus gafas color de caramelo. Hac&#237;a poco que hab&#237;a llegado de Sudam&#233;rica y ya nadie le quer&#237;a bien. Le salud&#233; con una deferencia conducente a disimular mi turbaci&#243;n.

El doctor Sugra&#241;es -dijo- quiere verte.

Y respond&#237; yo para hacer la pelota:

Ser&#225; un placer -a&#241;adiendo acto seguido en vista de que la precedente aseveraci&#243;n no le arrancaba una sonrisa-, si bien es verdad que el ejercicio tonifica nuestro alterado sistema.

El doctor se limit&#243; a dar media vuelta y a caminar a grandes zancadas, comprobando de vez en cuando que yo le segu&#237;a. Desde lo del art&#237;culo, el doctor se hab&#237;a vuelto desconfiado. Lo del art&#237;culo era que hab&#237;a &#233;l escrito uno titulado Desdoblamiento de personalidad, delirio l&#250;brico y retenci&#243;n de orina, que abusando de su desorientaci&#243;n de reci&#233;n llegado, dio a la luz Fuerza Nueva con el t&#237;tulo Bosquejo de la personalidad mon&#225;rquica y con la firma del doctor, lo que le sent&#243; mal. A media terapia daba en exclamar con amargura:

En este pa&#237;s de mi&#233;rcoles hasta los locos son fashittas.

Lo dec&#237;a as&#237;, y no como nosotros, que pronunciamos todas las letras conforme van viniendo. Por todo lo cual, seg&#250;n iba relatando, obedec&#237; sus &#243;rdenes sin replicar, aunque me habr&#237;a gustado haber podido pedir permiso para ducharme y cambiarme de ropa, ya que hab&#237;a sudado bastante y soy propenso a oler mal, especialmente cuando me hallo en recintos cerrados. Pero no dije nada.

Recorrimos el sendero de grava flanqueado de tilos, subimos los escalones de m&#225;rmol y entramos en el vest&#237;bulo del edificio del sanatorio o sanatorio propiamente dicho, cuya b&#243;veda de cristal emplomado difund&#237;a una luz ambarina que parec&#237;a conservar el frescor limpio de los &#250;ltimos d&#237;as del invierno. Al fondo del vest&#237;bulo, a la derecha de la estatua de San Vicente de Pa&#250;l, entre la peana y la escalera alfombrada, la de los visitantes, estaba la sala de espera previa al despacho del doctor Sugra&#241;es, en la que, como de costumbre, no hab&#237;a sino unas revistas atrasadas del Autom&#243;vil Club cubiertas de polvo, y, al conf&#237;n de la sala de espera, la puerta del despacho del propio doctor Sugra&#241;es, una puerta recia de caoba a la que toc&#243; mi acompa&#241;ante con los nudillos. En un diminuto sem&#225;foro empotrado en la jamba de la puerta se encendi&#243; una lucecita verde. El doctor Chulferga entreabri&#243; la puerta, meti&#243; la cabeza por el resquicio y murmur&#243; unas palabras. Al punto retir&#243; la cabeza, que volvi&#243; a colocar sobre sus hombros, abri&#243; la pesada hoja de par en par y me indic&#243; que entrara en el despacho, cosa que hice con cierto desasosiego, pues no era frecuente y s&#237; agorero que el doctor Sugra&#241;es me convocara a su presencia, salvo para la entrevista trimestral, para la que faltaban a&#250;n cinco semanas. Y quiz&#225; fue mi desconcierto lo que no me permiti&#243; advertir, aunque soy buen observador, que hab&#237;a otras dos personas, adem&#225;s del doctor Sugra&#241;es, en el despacho.

&#191;Da usted su permiso, se&#241;or director? -dije con una voz que percib&#237; temblorosa, un tanto aguda y mal articulada.

Pasa, pasa, no tengas miedo -dijo el doctor Sugra&#241;es interpretando con su habitual certeza mis inflexiones verbales-. Ya ves que tienes visita.

Tuve que mirar fijamente un diploma colgado de la pared para ocultar el casta&#241;eteo de mis dientes.

&#191;No vas a saludar a estas personas tan amables? -dijo el doctor Sugra&#241;es a modo de cordial ultim&#225;tum.

Haciendo un esfuerzo supremo, intent&#233; poner en orden mis ideas: lo primero que hab&#237;a que averiguar era la identidad de las visitas, sin lo cual ser&#237;a imposible esclarecer los motivos de su comparecencia y, por ende, evitarlos, para lo cual ten&#237;a que mirarles a la cara, pues por simple deducci&#243;n nunca habr&#237;a llegado a saber de qui&#233;n se trataba, ya que no ten&#237;a yo amigos ni hab&#237;a recibido visita alguna en los cinco a&#241;os que llevaba confinado en el sanatorio, habi&#233;ndose desentendido de m&#237; mis familiares m&#225;s pr&#243;ximos, no sin raz&#243;n. Me fui volviendo, por consiguiente, muy despacio, procurando que mis movimientos pasaran desapercibidos, cosa que no consegu&#237; por tener tanto el doctor Sugra&#241;es como las otras dos personas los seis ojos clavados en m&#237;. Y vi lo que ahora describir&#233;: frente a la mesa del doctor Sugra&#241;es, en los dos sillones de cuero, es decir, en los sillones que hab&#237;an sido de cuero hasta que Jaimito Bull&#243;n se hizo caca en uno de ellos y hubo que retapizar ambos por mor de la simetr&#237;a de un eskay malva que pod&#237;a lavarse a m&#225;quina, hab&#237;a sendas personas. Describo a una de &#233;stas: en el sill&#243;n cercano a la ventana, cercano, claro est&#225;, en relaci&#243;n al otro sill&#243;n, pues entre el primer sill&#243;n, el cercano a la ventana, y &#233;sta quedaba espacio holgado para colocar un cenicero de pie, un cenicero bonito de vidrio que remataba una columna de bronce de como un metro de altura, y digo que remataba, porque desde que Rebolledo intent&#243; partir la columnita en la cabeza del doctor Sugra&#241;es, ambos, la columnita y el cenicero, hab&#237;an sido retirados y sustituidos por nada, all&#237;, digo, hab&#237;a una mujer de edad indefinida, aunque le puse unos cincuenta mal llevados, de porte y facciones distinguidas, no obstante ir vestida de baratillo, que sosten&#237;a, a la manera de bolso, sobre sus rodillas cubiertas de una falda plisada de tergal, un malet&#237;n de m&#233;dico oblongo, ra&#237;do y con una cuerda en lugar de asa. La dama en cuesti&#243;n sonre&#237;a con los labios cerrados, pero su mirada era escrutadora y sus cejas, muy pobladas, estaban fruncidas, lo que hac&#237;a que una arruga perfectamente horizontal surcara su frente, por lo dem&#225;s tan tersa como el resto de su cutis, en el que no hab&#237;a traza de afeites y s&#237; una tenue sombra de bigote. De todo lo que antecede deduje que me encontraba en presencia de una monja, deducci&#243;n que, proviniendo de m&#237;, no carec&#237;a de m&#233;rito, pues cuando me encerraron no era a&#250;n corriente, como al parecer fue luego, que las monjas prescindieran de su traje talar, al menos extramuros del convento, si bien, las cosas como son, me ayud&#243; a llegar a esta conclusi&#243;n el que llevara un peque&#241;o crucifijo prendido al pecho, un escapulario colgado del cuello y un rosario entrelazado en el cintur&#243;n. Y ahora describir&#233; a la otra persona o, si se quiere, a la persona que ocupaba el otro sill&#243;n, el que est&#225; cerca de la puerta seg&#250;n se entra por &#233;sta, que era, como digo, un hombre de mediana edad, aproximada a la de la monja e incluso, pens&#233; para mis adentros, a la del doctor Sugra&#241;es, aunque rechac&#233; la sospecha de que pudiera haber en ello un prop&#243;sito, y sus facciones algo bastas no ten&#237;an otra caracter&#237;stica digna de menci&#243;n que la de ser para m&#237; muy conocidas, ya que correspond&#237;an o, con m&#225;s rigor conceptual, pertenec&#237;an al comisario Flores, y cabr&#237;a decir eran el comisario Flores, toda vez que no cabe imaginar a un comisario sin sus facciones o, mutatis mutandis, a ning&#250;n otro ser humano, de la Brigada de Investigaci&#243;n Criminal, a quien, advirtiendo que se hab&#237;a quedado completamente calvo pese a las pociones y muc&#237;lagos que se aplicaba a&#241;os atr&#225;s, dije:

Comisario Flores, para usted no pasan los a&#241;os.

A lo que respondi&#243; mudamente el comisario agitando la mano ante sus facciones, a las que ya he aludido, como si quisiera decir:

&#191;Qu&#233; tal, t&#250;?

Y, para colmo, el doctor Sugra&#241;es puls&#243; un bot&#243;n de su interfono, el cual hab&#237;a en su mesa, y dijo a la voz que por all&#237; sali&#243;:

Traiga una Pepsi-Cola, Pepita.

Sin duda para m&#237;, ante lo que no pude reprimir una sonrisa de complacencia que mi reserva debi&#243; de trocar en rictus. Y, sin m&#225;s pre&#225;mbulo, describir&#233; ahora la conversaci&#243;n que all&#237;, en aquel despacho, tuvo lugar.

Supongo que recuerdas -dijo el doctor Sugra&#241;es dirigi&#233;ndose a m&#237;- al comisario Flores, el cual te deten&#237;a, interrogaba y a veces pon&#237;a la mano encima cada vez que tu, ejem ejem, desarreglo ps&#237;quico te llevaba a cometer actos antisociales -a lo que respond&#237; afirmativamente-, todo ello, claro est&#225;, sin que mediara, bien t&#250; lo sabes, animadversi&#243;n alguna. Y no s&#243;lo eso, sino que &#233;l y t&#250; mismo me hab&#233;is enterado de que, en ocasiones, hab&#237;ais trabajado de consumo, es decir, que t&#250; le hab&#237;as prestado desinteresadamente alg&#250;n servicio, prueba de, a mi juicio, la ambivalencia de tu actitud de anta&#241;o -a lo que asent&#237; de nuevo, ya que por cierto en mis malas &#233;pocas no hab&#237;a desde&#241;ado la iniquidad de ser confidente de la polic&#237;a a cambio de una ef&#237;mera tolerancia y a costa, en cambio, de concitar la malquerencia de mis cofrades ultra los l&#237;mites de la legislaci&#243;n vigente, cosa esta que me hab&#237;a reportado m&#225;s sinsabores que ventajas a largo plazo.

Convoluto y sibilino, como corresponde a quien ha trepado por la escala jer&#225;rquica hasta alcanzar una posici&#243;n preeminente en su esfera de actividad, el doctor Sugra&#241;es dej&#243; el tema en este punto y se dirigi&#243;, oralmente, quiero decir, al comisario Flores, que escuchaba al facultativo con un habano apagado entre los labios y los p&#225;rpados entrecerrados como si meditara sobre las virtudes de aqu&#233;l: el habano.

Comisario -dijo se&#241;al&#225;ndome a m&#237;, pero dirigi&#233;ndose al comisario-, est&#225; usted en presencia de un hombre nuevo de quien hemos erradicado todo vestigio de insania, logro del cual no debemos vanagloriarnos los m&#233;dicos, porque, como usted bien sabe, en nuestra rama profesional la curaci&#243;n depende en un alto porcentaje de la voluntad del paciente y en el caso que nos ocupa me cabe la satisfacci&#243;n de manifestar que el paciente -volvi&#243; a se&#241;alarme como si hubiera m&#225;s de un paciente en el despacho- ha puesto de su parte un esfuerzo tan notable que puedo calificar su comportamiento, lejos de delictivo, de ejemplar.

Entonces -abri&#243; la boca la monja para decir-, &#191;por qu&#233;, doctor, si me permite la pregunta, que a usted, docto en la materia, le parecer&#225; f&#250;til, sigue encerrado este, ejem ejem, sujeto?

Ten&#237;a una voz met&#225;lica, algo bronca. Vi que las frases sal&#237;an de su boca como pompas de las que las palabras eran s&#243;lo el revestimiento externo que, al deshacerse en sonido, dejaban al descubierto un volumen et&#233;reo: el significado. A lo que respondi&#243; en tono divulgador el doctor Sugra&#241;es:

Ver&#225; usted, el caso que nos ocupa arroja una cierta complejidad, estando, valga el s&#237;mil, a horcajadas entre dos discreciones. Este, ejem, ejem, individuo me fue remitido por el poder judicial, quien sabiamente dictamin&#243; pod&#237;a mejor ser tratado entre los muros de una casa de salud que entre los de una instituci&#243;n penitenciaria. Debido a ello, no es decisi&#243;n privativa m&#237;a su libertad, sino, por as&#237; decir, conjunta. Ahora bien, ya es un secreto a voces que entre la magistratura y el colegio de m&#233;dicos, sea por razones ideol&#243;gicas sea por el asunto aquel de la cooperativa, no hay concierto de pareceres: que no salga de aqu&#237; este comentario -sonri&#243; como hombre que est&#225; de vuelta de muchas cosas de este tipo-. Si de m&#237; dependiera, hace mucho que habr&#237;a firmado el alta. Del mismo modo, de no haber sido recluido en un sanatorio el sujeto, gozar&#237;a hace a&#241;os del beneficio de la libertad provisional. Tal como est&#225;n las cosas, sin embargo, basta que yo propugne una medida para que el tribunal competente adopte la contraria. Y viceversa, claro. &#191;Qu&#233; le vamos a hacer?

Lo que dec&#237;a el doctor Sugra&#241;es era cierto: en varias ocasiones hab&#237;a solicitado yo mismo la libertad y siempre hab&#237;a topado con problemas jurisdiccionales insolubles. Un a&#241;o y medio llevaba ya de papeleo in&#250;til y de robar p&#243;lizas en la expendedur&#237;a del pueblo para legitimar instancias que me volv&#237;an con un tamp&#243;n rojo que dec&#237;a: no ha lugar; sin m&#225;s explicaci&#243;n.

Ahora bien -agreg&#243; el doctor tras una pausa-, ahora bien, la circunstancia fortuita que los ha tra&#237;do a mi despacho, estimado comisario, reverenda madre, tal vez podr&#237;a romper el c&#237;rculo vicioso en que parecemos hallarnos atrapados, &#191;no es as&#237;?

Los visitantes dieron su anuencia desde sus respectivos sillones.

Es decir -precis&#243; el doctor-, que si yo certificase que, desde el punto de vista m&#233;dico, la condici&#243;n del, ejem ejem, interfecto es favorable y usted, comisario, por su parte, coadyuvase a mi dictamen con su opini&#243;n, digamos, administrativa, y usted madre, a su vez y con tacto, dejase caer unas palabras respetuosas en el palacio arzobispal, &#191;qu&#233; empecer&#237;a, digo yo, a las autoridades judiciales?

Bien.

Creo llegado el momento de disipar las posibles dudas que alg&#250;n amable lector haya podido haber estado abrigando hasta el presente con respecto a m&#237;: soy, en efecto, o fui, m&#225;s bien, y no de forma alternativa sino cumulativamente, un loco, un malvado, un delincuente y una persona de instrucci&#243;n y cultura deficientes, pues no tuve otra escuela que la calle ni otro maestro que las malas compa&#241;&#237;as de que supe rodearme, pero nunca tuve, ni tengo, un pelo de tonto: las bellas palabras, engarzadas en el dije de una correcta sintaxis, pueden embelesarme unos instantes, desenfocar mi perspectiva, enturbiar mi visi&#243;n de la realidad. Pero estos efectos no son duraderos; mi instinto de conservaci&#243;n es demasiado agudo, mi apego a la vida demasiado firme, mi experiencia demasiado amarga en estas lides. Tarde o temprano se hace la luz en mi cerebro y entiendo, como entend&#237; entonces, que la conversaci&#243;n a que estaba asistiendo hab&#237;a sido previamente orquestada y ensayada sin otro objeto que el imbuirme de una idea. Pero &#191;cu&#225;l?, &#191;la de que deb&#237;a seguir en el sanatorio por el resto de mis d&#237;as?

demostrar, en suma, que el, ejem ejem, ejemplar que aqu&#237; tenemos est&#225;, no reformado ni rehabilitado, palabras estas que presuponen culpa -el doctor Sugra&#241;es se dirig&#237;a de nuevo a m&#237; y lament&#233; que mis cavilaciones no me hubieran permitido escuchar los dos primeros renglones de su perorata- y que, por tal raz&#243;n, detesto -era el psiquiatra quien hablaba por su boca-, sino, enti&#233;ndanme bien, reconciliado consigo mismo y con la sociedad, armonizados como un todo rec&#237;proco. &#191;Me han entendido ustedes? &#161;Ah, vaya! Ya est&#225; aqu&#237; la Pepsi-Cola.

En circunstancias normales me habr&#237;a abalanzado sobre la enfermera y habr&#237;a intentado sobar con una mano las peras abultadas y jugosas que se rebelaban contra el n&#237;veo almid&#243;n de su uniforme y arrebatar con la otra la Pepsi-Cola, beber a gollete y, tal vez, prorrumpir en reg&#252;eldos de saciedad. Pero en aquel momento no hice nada semejante.

No hice nada semejante porque me di cuenta de que entre aquellas cuatro paredes, las que configuraban el despacho del doctor Sugra&#241;es, se coc&#237;a un asunto de mi incumbencia y de que era esencial al buen fin de la empresa que diera yo muestras de comedimiento, por lo que esper&#233; a que la enfermera, de quien trataba de apartar la imagen entrevista por el ojo de la cerradura del retrete con motivo de una evacuaci&#243;n de aquella que me hab&#237;a sido dado espiar, llenara el vaso de cart&#243;n con el l&#237;quido marr&#243;n y burbujeante y me lo tendiera como diciendo: b&#233;beme; y tuve la prudencia de colocar los labios a ambos lados del borde del vaso y no los dos dentro del recipiente, como suelo hacer en estos casos, y beber a sorbos, no ingurgitando, sin ruido ni estremecimientos y sin separar mucho los brazos del cuerpo para evitar que se expandiera por el ambiente el acre hedor de mis axilas. As&#237; que estuve sorbiendo largo rato en perfecto control de mis movimientos, aunque a costa de perderme lo que all&#237; se dec&#237;a, tras lo cual, y no obstante el delicioso mareo producido por gustoso brebaje, volv&#237; a prestar o&#237;do y o&#237; esto:

Entonces, &#191;estamos todos de acuerdo?

Por m&#237; -dijo el comisario Flores- no hay mayor inconveniente, siempre y cuando este, ejem ejem, esp&#233;cimen d&#233; su conformidad a la propuesta.

Lo que hice incondicionalmente, aun cuando no sab&#237;a a qu&#233; estaba dando mi aquiescencia, en el convencimiento de que una cosa decidida por los representantes de los m&#225;s grandes poderes sobre la tierra, esto es, la justicia, la ciencia y la divinidad, si bien no ten&#237;a que redundar necesariamente en beneficio m&#237;o, no era, tampoco, susceptible de objeci&#243;n.

En vista, pues, de que este, ejem ejem, personaje -dijo el doctor Sugra&#241;es- est&#225; en todo de acuerdo con lo actuado, les dejar&#233; a solas para que lo pongan en antecedentes. Y, como supongo que no desean ser molestados, les mostrar&#233; el funcionamiento del ingenioso sem&#225;foro que me he hecho instalar en la puerta, como ustedes habr&#225;n notado. En efecto, pulsando este bot&#243;n rojo, queda encendida la lucecilla del mismo color que ondea en la parte de fuera, indicando con ello que por ning&#250;n concepto el ocupante de esta pieza debe ser incomodado. La luz verde indica exactamente lo contrario, y el &#225;mbar, por usar un t&#233;rmino propio del c&#243;digo de la circulaci&#243;n, aunque para m&#237; es y se llama amarillo, significa que, si bien el ocupante prefiere un discreto aislamiento, no se opone a ser avisado en casos de extrema gravedad, juicio este que se deja al criterio del usuario. Por ser la primera vez que utilizan el mecanismo, les sugiero que se limiten al rojo y al verde, de m&#225;s f&#225;cil manejo. Si precisan alguna aclaraci&#243;n pueden ped&#237;rmela a m&#237; mismo o a la enfermera que todav&#237;a est&#225; aqu&#237;, sosteniendo ociosa un botell&#237;n vac&#237;o de los no reembolsables.

Y con estas palabras, no sin levantarse antes y recorrer la distancia que mediaba entre su asiento y la puerta, que abri&#243;, se fue acompa&#241;ado de Pepita, la enfermera, con quien, sospecho yo, ten&#237;a un l&#237;o de pron&#243;stico, aunque, todo sea dicho, nunca los hab&#237;a sorprendido in fraganti, por m&#225;s que hab&#237;a dedicado horas a vigilar sus ires y venires y hab&#237;a mandado varios an&#243;nimos a la esposa del doctor sin otro fin que poner nerviosos a los culpables e inducirles a error.

En la tesitura en que me hallaba, y en lugar de hacer lo que habr&#237;a hecho cualquier persona normal que se encontrase en la misma, a saber, dar un ojo por poder jugar con el sem&#225;foro, me abstuve de proponer semejante transacci&#243;n y, como prueba de mi perspicacia, dej&#233; que fuera el comisario Flores quien lo accionase a su antojo, hecho lo cual volvi&#243; a su asiento y dijo:

No s&#233; si recordar&#225;s -dirigi&#233;ndose a m&#237;- el extra&#241;o caso que aconteci&#243; hace ahora seis a&#241;os en el colegio de las madres lazaristas de San Gervasio. Haz un esfuerzo mental.

No tuve que hacer ninguno, porque guardaba del caso un hoyo por recuerdo, el que me hab&#237;a dejado en la boca el colmillo que el propio comisario Flores hab&#237;a hecho saltar, persuadido de que privado de un colmillo iba yo a darle una informaci&#243;n que para mi mal no pose&#237;a, ya que, de haberla pose&#237;do, poseer&#237;a ahora adem&#225;s un colmillo del que me he visto precisado a prescindir desde entonces, no estando la ortodoncia a mi alcance, pese a lo cual, y como efectivamente mis conocimientos a la saz&#243;n hab&#237;an sido magros, le rogu&#233; tuviera a bien ponerme al corriente de los pormenores del caso, a cambio de lo cual promet&#237;a yo la m&#225;xima cooperaci&#243;n. Y dije todo esto con los labios bien apretados, para evitar que la visi&#243;n del orificio dejado por el colmillo ausente le incitase a proceder del mismo tenor, a lo cual el comisario pidi&#243; autorizaci&#243;n a la monja que, no obstante su silencio, segu&#237;a all&#237; presente, para encender el habano con &#225;nimo de fum&#225;rselo, cosa que, obtenido aqu&#233;l, as&#237; hizo al tiempo que se apoltronaba en su sill&#243;n, desped&#237;a espirales por la boca y la nariz y relataba lo que en esencia constituye el cap&#237;tulo segundo.



Cap&#237;tulo II LO QUE RELAT&#211; EL COMISARIO

EL COLEGIO de las madres lazaristas, como t&#250; sin duda ignoras -empez&#243; diciendo el comisario mientras contemplaba c&#243;mo el precio del habano se le iba en humo- est&#225; situado en una callejuela recoleta y pina de las que serpentean por el aristocr&#225;tico barrio de San Gervasio, hoy ya no muy en boga, y se precia de reclutar a su alumnado entre las mejores familias de Barcelona; todo ello con fines de lucro. Usted, madre, corr&#237;jame si me equivoco. El colegio, claro est&#225;, es exclusivamente femenino y funciona en r&#233;gimen de internado. Para acabar de contemplar el cuadro agregar&#233; que todas las alumnas visten uniforme gris especialmente dise&#241;ado para eclipsar sus incipientes turgencias. Un halo de impenetrable honorabilidad rodea la instituci&#243;n. &#191;Vas bien?

Dije que s&#237;, aunque ten&#237;a mis dudas, porque anhelaba escuchar la parte escabrosa del asunto, que pens&#233; que estaba por venir y que, m&#225;s vale que lo advierta honradamente, no vino.

Como sea -continu&#243; el comisario Flores-, en la ma&#241;ana del siete de abril de este a&#241;o hace seis, o sea, de 1971, la persona encargada de verificar que todas las alumnas se hab&#237;an levantado, aseado, peinado, vestido y aprestado a asistir al santo sacrificio de la misa percibi&#243; que una de aqu&#233;llas faltaba de las filas. Pregunt&#243; a las compa&#241;eras de la ausente y no le supieron dar raz&#243;n. Acudi&#243; al dormitorio y encontr&#243; la cama vac&#237;a. Busc&#243; en el cuarto de ba&#241;o y en otros lugares. Llev&#243; sus pesquisas a los m&#225;s rec&#243;nditos entreveros del internado. En vano. Una de las alumnas hab&#237;a desaparecido sin dejar rastro. De sus efectos personales s&#243;lo faltaba la ropa que llevaba puesta, esto es, el camis&#243;n. En la mesilla de noche fueron hallados el reloj de pulsera de la desaparecida, unos zarcillos de perlas cultivadas y el dinero de bolsillo de que dispon&#237;a para adquirir chucher&#237;as en el economato sito en el edificio que las propias monjas administran. Angustiada la persona a que nos referimos, puso lo ocurrido en conocimiento de la madre superiora y &#233;sta, a su vez, hizo correr la voz entre la comunidad religiosa. Se practic&#243; un nuevo registro sin mejores resultados. A las diez de la ma&#241;ana, poco m&#225;s o menos, los padres de la desaparecida fueron informados y, tras breve concili&#225;bulo, se puso el asunto en manos de la polic&#237;a, personificadas en estas que ves aqu&#237;, las mismas con las que te romp&#237; el colmillo.

Con la celeridad que caracterizaba a las fuerzas del orden en la era preposfranquista, me person&#233; en el colegio, interrogu&#233; a cuantos juzgu&#233; oportuno hacerlo, regres&#233; a la Jefatura, hice que me trajeran a unos cuantos confidentes, entre los que ten&#237;as la suerte de hallarte t&#250;, miserable delator, y sonsaqu&#233; h&#225;bilmente cuanto dato pudieron darme. Al anochecer, empero, hab&#237;a llegado a la conclusi&#243;n de que el asunto no ten&#237;a explicaci&#243;n posible. &#191;C&#243;mo hab&#237;a podido una ni&#241;a levantarse a media noche y descerrajar la puerta del dormitorio sin despertar a una sola de sus condisc&#237;pulas?, &#191;c&#243;mo hab&#237;a logrado trasponer las puertas cerradas que separaban el dormitorio del jard&#237;n y que son, si mis c&#225;lculos no fallan, cuatro o cinco, seg&#250;n se crucen o no los urinarios del primer piso?, &#191;c&#243;mo hab&#237;a podido atravesar el jard&#237;n a oscuras, sin dejar huellas en la tierra ni tronchar las flores ni, m&#225;s raro a&#250;n, delatar su presencia a los dos mastines que las monjas desatan todas las noches al concluir los &#250;ltimos rezos?, &#191;c&#243;mo hab&#237;a podido salvar la verja de cuatro metros de altura, rematada de aguzadas p&#250;as, o los muros de id&#233;ntica altura erizados de fragmentos de vidrio y recubiertos en su parte superior de una madeja de alambre espinoso?

&#191;C&#243;mo? -pregunt&#233; azuzado por la curiosidad.

Misterio -respondi&#243; el comisario sacudiendo la ceniza del puro en la alfombra, ya que, como dije antes, el cenicero y su soporte de bronce hab&#237;an sido retirados del despacho tiempo atr&#225;s y el doctor Sugra&#241;es no fumaba-. Pero la cosa no termin&#243; aqu&#237; o no estar&#237;a yo haciendo un pre&#225;mbulo tan largo.

Mis investigaciones acababan de empezar y ya parec&#237;an llevar mal camino, cuando recib&#237; una llamada telef&#243;nica de la madre superiora, que, por cierto, no es esta que ves aqu&#237; -se&#241;al&#243; con el pulgar a la monja, que segu&#237;a sin decir palabra-, sino otra m&#225;s vieja y, dicho sea con el debido respeto, algo tonta, quien me rog&#243; que acudiera de nuevo al colegio, pues le urg&#237;a hablar conmigo. Como no creo haber dicho, esto suced&#237;a en la ma&#241;ana del d&#237;a siguiente al de la desaparici&#243;n de la ni&#241;a, &#191;est&#225; claro? Bien. Como iba diciendo, salt&#233; al coche-patrulla y, haciendo sonar la sirena y mostrando por la ventanilla un pu&#241;o amenazador, logr&#233; hacer el trayecto entre la V&#237;a Layetana y San Gervasio en menos de media hora, con todo y que la Diagonal estaba imposible.

Una vez en el despacho de la madre superiora, me encontr&#233; con una pareja, hombre y mujer, de gentil y adinerado porte, que se identificaron a instancia m&#237;a como padre y madre de la desaparecida, orden&#225;ndome, acto seguido, en virtud de las facultades de que su condici&#243;n de tales les invest&#237;a, que de inmediato me desentendiera del caso, orden que la madre superiora corrobor&#243; en los t&#233;rminos m&#225;s en&#233;rgicos, aunque nadie le hab&#237;a pedido su opini&#243;n. Aventurando la hip&#243;tesis de que los secuestradores de la ni&#241;a hab&#237;an recomendado a los padres de &#233;sta, sabe dios con qu&#233; intimidaciones, su presente actitud y consciente de que, por razones poco claras, la citada actitud es de todo punto desaconsejable, inst&#233; a aqu&#233;llos a que depusieran &#233;sta. "Usted", me conmin&#243; el padre de la ni&#241;a con una jactancia s&#243;lo atribuible a un lejano parentesco con Su Excelencia, "oc&#250;pese de sus cosas, que yo ya me ocupar&#233; de las m&#237;as." "Con tal proceder", advert&#237; yo con firmeza mientras reculaba hacia la salida, "nunca recobrar&#225; a la criaturita." "La criaturita", zanj&#243; el debate el padre, "ya ha sido recuperada. Puede usted volver a sus quinielas." Y eso hice.

&#191;Puedo hacer una pregunta, se&#241;or comisario? -dije yo.

Depende -dijo el comisario torciendo el gesto.

&#191;Qu&#233; edad ten&#237;a la repetida criaturita en el momento de la desaparici&#243;n?

El comisario Flores mir&#243; a la monja y &#233;sta hizo un adem&#225;n con las cejas. El comisario carraspe&#243; antes de decir:

Catorce a&#241;os.

Gracias, se&#241;or comisario. Tenga la bondad de proseguir.

Prefiero, en aras de la claridad expositiva -dijo el comisario-, que sea aqu&#237; la reverenda quien tome la palabra.

Cosa que &#233;sta hizo con tal celeridad que pens&#233; que se mor&#237;a por hablar desde hac&#237;a rato.

Seg&#250;n mis informes -dijo-, pues no tengo conocimiento directo de los hechos que nos ocupan, dirigiendo yo cuando &#233;stos se produjeron una casa de retiro para religiosas demasiado viejas o demasiado j&#243;venes en la provincia de Albacete, la decisi&#243;n de cercenar la investigaci&#243;n en sus comienzos, abortarla, dir&#237;a yo si el t&#233;rmino no tuviera tantas connotaciones pol&#233;micas, provino de los padres de la desaparecida y choc&#243;, en principio, con la oposici&#243;n de la entonces superiora, mujer de gran talento y car&#225;cter, dicho sea de paso, a quien preocupaba no s&#243;lo la suerte corrida por la ni&#241;a, sino la reputaci&#243;n del colegio como un todo considerado. Pero sus protestas de nada sirvieron ante la determinaci&#243;n de los padres, que arguyeron a su favor la patria potestad que sobre su hija ten&#237;an y el monto de las contribuciones que anualmente hac&#237;an al colegio con motivo de la Navidad del Pobre, la Quincena del Ropero y el D&#237;a del Fundador, que, por cierto, es la semana que viene.

Guardando, pues, sus inquietudes en su coraz&#243;n, la madre superiora se avino a lo que le ped&#237;an y exhort&#243; a la comunidad y a las dem&#225;s ni&#241;as a que guardasen el m&#225;s absoluto silencio respecto de lo acontecido.

Disculpe mi entrometimiento, madre, -dije yo-, pero hay un extremo sobre el que desear&#237;a una aclaraci&#243;n: &#191;hab&#237;a reaparecido verdaderamente la ni&#241;a o no?

La monja estaba por contestar cuando unas campanadas le hicieron reparar en la hora.

Son las doce -dijo-. &#191;Les importa si me recojo unos instantes para rezar el &#225;ngelus?

Dijimos que no faltar&#237;a m&#225;s.

Tenga la bondad de apagar el puro -dijo la monja al comisario.

Se repleg&#243; sobre s&#237; misma y musit&#243; unas plegarias, acabadas las cuales, dijo:

Ya puede volver a encender el puro. &#191;Qu&#233; me hab&#237;a preguntado?

Que si hab&#237;a reaparecido la ni&#241;a.

Ah, s&#237;. En efecto -dijo la monja, cuyo acento delataba a veces sus or&#237;genes humildes-, en la ma&#241;ana del segundo d&#237;a, y no sin que la noche anterior la comunidad hubiera impetrado un milagro de la virgen del Carmen, cuyos escapularios bendecidos, por cierto, llevo en el bolso, por si los desean comprar, las alumnas advirtieron con extrema sorpresa que su compa&#241;era desaparecida ocupaba nuevamente la cama que le correspond&#237;a, que se levantaba con las dem&#225;s y proced&#237;a, junto con ellas, a la diaria toilette, formando una vez vestida filas en la rec&#225;mara de la capilla como si nada an&#243;malo hubiera pasado. Las compa&#241;eras, por respeto a las instrucciones impartidas, guardaron absoluto silencio, pero no as&#237; la persona encargada de verificar que todas las alumnas se hab&#237;an levantado, aseado, peinado, vestido y aprestado a asistir al santo sacrificio de la misa, o, si ustedes prefieren, la celadora, que as&#237; se denomina a quien se ocupa de lo antes enumerado, que, agarrando de la mano, o quiz&#225; de la oreja, a la reaparecida corri&#243; al despacho de la superiora, gran persona, quien tampoco pudo dar cr&#233;dito a sus ojos ni o&#237;dos. Por supuesto, quiso saber la superiora de boca de la interesada lo que hab&#237;a pasado, pero a sus preguntas no supo &#233;sta qu&#233; responder. No sab&#237;a de qu&#233; le estaban hablando. La experiencia en el trato con las ni&#241;as y un conocimiento general de la naturaleza humana considerable permitieron a la superiora apercibirse de que la ni&#241;a no ment&#237;a y de que se encontraba ante un caso claro de amnesia parcial. No le cupo a la superiora otro remedio que llamar a los padres de la reaparecida y ponerles al corriente de los acontecimientos. &#201;stos acudieron prestamente al colegio y mantuvieron con su hija una larga, movida y secreta conversaci&#243;n, al t&#233;rmino de la cual expresaron la voluntad ya aludida de que el caso se cerrara, sin explicitar empero las razones de tal decisi&#243;n. La superiora acept&#243; la imposici&#243;n, pero manifest&#243;, a su vez, que, en vista de lo acaecido, deb&#237;a rogar a los padres de la ni&#241;a que se hicieran cargo de la susodicha, pues no pod&#237;a readmitirla en el colegio, sugiriendo el nombre de una academia seglar adonde solemos remitir a las alumnas algo atrasadas o incorregiblemente d&#237;scolas. Y as&#237; termin&#243; el caso de la ni&#241;a desaparecida.

Call&#243; la monja y se hizo en el despacho del doctor Sugra&#241;es el silencio. Me pregunt&#233; si eso ser&#237;a todo. No parec&#237;a l&#243;gico que aquellas dos personas, abrumadas por sus respectivas responsabilidades, malgastaran tiempo y saliva en contarme semejante historia. Quise alentarles a que siguieran hablando, pero s&#243;lo consegu&#237; bizquear de un modo horrible. La monja ahog&#243; un grito y el comisario arroj&#243; el resto del puro, en perfecta par&#225;bola, por la ventana. Transcurri&#243; otro embarazoso minuto, al cabo del cual volvi&#243; a entrar el puro volando por la ventana, lanzado, con toda certeza, por uno de los asilados, que debi&#243; de pensar que se trataba de una prueba cuya resoluci&#243;n satisfactoria pod&#237;a valerle la libertad.

Acabado el incidente del puro e intercambiadas entre el comisario y la monja miradas de inteligencia, el primero de ambos murmur&#243; algo tan por lo bajo que no logr&#233; captarlo. Le supliqu&#233; que repitiera sus palabras y, si efectivamente lo hizo, fueron &#233;stas:

Que ha vuelto a suceder.

&#191;Qu&#233; es lo que ha vuelto a suceder? -pregunt&#233;.

Que ha desaparecido otra ni&#241;a.

&#191;Otra o la misma?

Otra, imb&#233;cil -dijo el comisario-. &#191;No te han dicho que a la primera la hab&#237;an expulsado?

&#191;Y cu&#225;ndo pas&#243; esto?

Ayer noche.

&#191;En qu&#233; circunstancias?

Las mismas, salvo que todos los protagonistas eran distintos: la ni&#241;a desaparecida, sus compa&#241;eras, la celadora, si as&#237; se llama, y la superiora, respecto de la cual reitero mi desfavorable opini&#243;n.

&#191;Y los padres de la ni&#241;a?

Y los padres de la ni&#241;a, claro.

No tan claro. Pod&#237;a tratarse de una hermana menor de la primera.

El comisario acus&#243; el golpe asestado a su orgullo.

Podr&#237;a, pero no es -se limit&#243; a decir-. S&#237; ser&#237;a, en cambio, necio negar que el asunto, pues cabe que nos encontremos ante dos episodios del mismo, o los asuntos, si son dos, desprenden un tufillo algo enojoso. Huelga asimismo decir que tanto yo como aqu&#237; la madre estamos ansiosos de que el asunto o asuntos ya mencionados se arreglen pronto, bien y sin esc&#225;ndalos que puedan empa&#241;ar la ejecutoria de las instituciones por nosotros representadas. Necesitamos, por ello, una persona conocedora de los ambientes menos gratos de nuestra sociedad, cuyo nombre pueda ensuciarse sin perjuicio de nadie, capaz de realizar por nosotros el trabajo y de la que, llegado el momento, podamos desembarazarnos sin empacho. No te sorprender&#225; saber que t&#250; eres esa persona. Antes te hemos insinuado cu&#225;les podr&#237;an ser las ventajas de una labor discreta y eficaz, y dejo a tu criterio imaginar las consecuencias de un error accidental o deliberado. Ni de lejos te acercar&#225;s al colegio ni a los familiares de la desaparecida, cuyo nombre para mayor garant&#237;a, no te diremos; cualquier informaci&#243;n que obtengas me la comunicar&#225;s sin tardanza a m&#237; y s&#243;lo a m&#237;; no tomar&#225;s otras iniciativas que las que yo te sugiera u ordene, seg&#250;n est&#233; de humor, y pagar&#225;s cualquier desviaci&#243;n del procedimiento antedicho con mis iras y el modo habitual de desahogarlas. &#191;Est&#225; bastante claro?

Como con esta ominosa admonici&#243;n, a la que no se esperaba respuesta por mi parte, parec&#237;amos haber coronado la cima de nuestra charla, el comisario puls&#243; de nuevo el bot&#243;n del sem&#225;foro y no tard&#243; en comparecer el doctor Sugra&#241;es, que, me huelo yo, hab&#237;a aprovechado el tiempo libre para beneficiarse a la enfermera.

Todo listo, doctor -anunci&#243; el comisario-. Nos llevamos a esta, ejem ejem, perla y en su debido momento le notificaremos el resultado de este interesante experimento psicop&#225;tico. Muchas gracias por su amable colaboraci&#243;n y que siga usted bien. &#191;Est&#225;s sordo, t&#250;? -huelga decir que esto iba dirigido a m&#237;, no al doctor Sugra&#241;es-, &#191;no ves que estamos saliendo?

Y emprendieron la marcha, sin darme siquiera ocasi&#243;n de recoger mis escasos objetos personales, lo que no supon&#237;a una gran p&#233;rdida, y, peor a&#250;n, sin darme ocasi&#243;n tampoco a ducharme, con lo cual la fetidez de mis emanaciones pronto impregn&#243; el interior del coche-patrulla, que, entre bocinazos, sirenas y zarandeos, nos condujo en poco m&#225;s de una hora al centro de la ciudad y, por ende, al final de este cap&#237;tulo.



Cap&#237;tulo III UN REENCUENTRO, UN ENCUENTRO Y UN VIAJE

FUI APEADO, cuando m&#225;s embelesado estaba contemplando el bullicio de una Barcelona de la que hab&#237;a estado ausente cinco a&#241;os, de un preciso puntapi&#233; ante la fuente de Canaletas, de cuyas aguas d&#243;ricas me apresur&#233; a beber alborozado. Debo hacer ahora un inciso intimista para decir que mi primera sensaci&#243;n, al verme libre y due&#241;o de mis actos, fue de alegr&#237;a. Tras este inciso a&#241;adir&#233; que no tardaron en asaltarme toda clase de temores, ya que no ten&#237;a amigos, dinero, alojamiento ni otra ropa que la puesta, un suc&#237;simo y ra&#237;do atuendo hospitalario, y s&#237; una misi&#243;n que cumplir que present&#237;a erizada de peligros y trabajos.

Como primera medida, decid&#237; que deb&#237;a comer algo, pues era la mediatarde y no hab&#237;a probado migaja desde el desayuno. Busqu&#233; en las papeleras y alcorques circundantes y no me cost&#243; mucho dar con medio bocadillo, o bocata, como de un letrero deduje que se llamaban modernamente, de frankfurt que alg&#250;n paseante ah&#237;to hab&#237;a arrojado y que deglut&#237; con avidez, aunque estaba algo agrio de sabor y baboso de textura. Recuperadas las fuerzas, baj&#233; lentamente por las Ramblas, apreciando a la par que andaba el pintoresco comercio de baratijas que por los suelos se desarrollaba, a la espera de que cayera la noche, que se anunciaba en el cielo por la falta de luz.

Eran un hervidero los alegres bares de putas del barrio Chino cuando alcanc&#233; mi meta: un tugurio apellidado Leashes American Bar, m&#225;s com&#250;nmente conocido por El Leches, sito en una esquina y s&#243;tano de la calle Robador y donde esperaba establecer mi primer y m&#225;s fidedigno contacto, como as&#237; fue, pues, apenas mi figura se perfil&#243; en la puerta y mis ojos se habituaron a la oscuridad reinante, avizor&#233; en una mesa la rubia cabellera y las carnes algo verdosas de una mujer que, por hallarse de espaldas, no se percat&#243; de mi presencia, mas prosigui&#243; hurg&#225;ndose las orejas con un mondadientes plano de los que suelen chuperretear los cobradores de autob&#250;s y otros funcionarios, hasta que me hice patente a sus ojos, cosa que le hizo separar hasta donde le alcanzaba la piel las pesta&#241;as que llevaba encoladas en los p&#225;rpados, abriendo al mismo tiempo la boca con desmesura, lo que me permiti&#243; percibir sus numerosas caries.

Hola, C&#225;ndida -dije yo, pues as&#237; se llamaba mi hermana, que no otra era la mujer a quien me hab&#237;a dirigido-, tiempo sin verte. -Y al decir esto tuve que forzar una sonrisa dolorosa, porque la visi&#243;n de los estragos que los a&#241;os y la vida hab&#237;an hecho en su rostro me hizo brotar l&#225;grimas de compasi&#243;n. Alguien, dios sabe con qu&#233; fin, le hab&#237;a dicho a mi hermana, siendo ella adolescente, que se parec&#237;a a Juanita Reina. Ella, pobre, lo hab&#237;a cre&#237;do y todav&#237;a ahora, treinta a&#241;os m&#225;s tarde, segu&#237;a viviendo aferrada a esa ilusi&#243;n. Pero no era cierto. Juanita Reina, si la memoria no me enga&#241;a, era una mujer guapetona, de castiza estampa, cualidades estas que mi hermana, lo digo con desapasionamiento, no pose&#237;a. Ten&#237;a, por el contrario, la frente convexa y abollada, los ojos muy chicos, con tendencia al estrabismo cuando algo la preocupaba, la nariz chata, porcina, la boca err&#225;tica, ladeada, los dientes irregulares, prominentes y amarillos. De su cuerpo ni que hablar tiene: siempre se hab&#237;a resentido de un parto, el que la trajo al mundo, precipitado y chapucero, acaecido en la trastienda de la ferreter&#237;a donde mi madre trataba desesperadamente de abortarla y de resultas del cual le hab&#237;a salido el cuerpo trapezoidal, desmedido en relaci&#243;n con las patas, cortas y arqueadas, lo que le daba un cierto aire de enano crecido, como bien la defini&#243;, con insensibilidad de artista, el fot&#243;grafo que se neg&#243; a retratarla el d&#237;a de su primera comuni&#243;n so pretexto de que desacreditar&#237;a su lente-. Est&#225;s m&#225;s joven y guapa que nunca.

Me cago en tus huesos -fue su saludo-, &#161;te has escapado del manicomio!

Te equivocas, C&#225;ndida, me han soltado. &#191;Puedo sentarme?

No.

Me han soltado esta misma tarde, como te dec&#237;a, y me he dicho: &#191;qu&#233; ser&#225; lo primero que hagas, qu&#233; es lo que m&#225;s desea tu coraz&#243;n?

Le hab&#237;a prometido un cirio a Santa Rosa si te ten&#237;an encerrado de por vida -suspir&#243; ella-. &#191;Has cenado? Si no, puedes pedir un bocadillo en la barra y decirles que lo carguen en mi cuenta. Pero no te voy a dar ni un duro, m&#225;s vale que lo sepas.

A pesar de su aparente displicencia, mi hermana me quer&#237;a bien. Siempre fui para ella, sospecho yo, el hijo que ansiaba y nunca podr&#237;a tener, pues sea una malformaci&#243;n cong&#233;nita, sean los sinsabores de la existencia, su potencial maternidad se ve&#237;a obstaculizada por una serie de cavidades internas que pon&#237;an en directa comunicaci&#243;n &#250;tero, bazo y colon, haciendo de sus funciones org&#225;nicas un batiburrillo imprevisible e ingobernable.

Ni yo te lo habr&#237;a pedido, C&#225;ndida.

Tienes un aspecto horroroso -dijo.

Es que no he podido ducharme despu&#233;s del f&#250;tbol.

No me refiero s&#243;lo al olor. -Hizo una pausa que interpret&#233; consagrada a la meditaci&#243;n sobre el transcurso inexorable de los a&#241;os, en cuyas fauces perece nuestra evasiva juventud-. Pero antes de irte con la m&#250;sica a otra parte, s&#225;came de una duda: si no quieres dinero, &#191;a qu&#233; has venido?

Ante todo, a ver c&#243;mo segu&#237;as. Y una vez comprobado que tienes un aspecto inmejorable, a pedirte un liger&#237;simo favor, que casi no puede calificarse de tal.

Adi&#243;s -dijo agitando una mano gordezuela, te&#241;ida por la nicotina y el cardenillo de la bisuter&#237;a.

Una peque&#241;a informaci&#243;n que a ti no te va a costar nada y a m&#237; puede reportarme un gran bien. M&#225;s que una informaci&#243;n, un chisme, un inofensivo cotilleo

Has vuelto a enredarte con el comisario Flores, &#191;eh?

No, mujer, &#191;qu&#233; te hace pensar eso? Mera curiosidad, ya sabes. La ni&#241;a esa la del colegio de San Gervasio, &#191;c&#243;mo se llama? Lo trajo la prensa La que desapareci&#243; hace un par de d&#237;as, &#191;sabes qui&#233;n te digo?

No s&#233; nada. Y aunque supiera, no te dir&#237;a. Es un asunto feo. &#191;Est&#225; metido Flores?

Hasta aqu&#237; -dije poniendo la mano abierta sobre mi hirsuta pelambrera en la que menudeaban, ay, algunas canas.

Entonces es m&#225;s feo de lo que me hab&#237;an dicho. &#191;Qu&#233; te va a ti en ello?

La libertad.

Vuelve al manicomio: techo, cama y tres comidas diarias, &#191;qu&#233; m&#225;s quieres?

La plasta de maquillaje no impidi&#243; que su rostro reflejara inquietud.

D&#233;jame probar suerte.

Me trae sin cuidado lo que te pase a ti, pero no quiero salpicaduras. Y no me digas que esta vez no va a ser as&#237;, porque desde que naciste no has hecho m&#225;s que traerme complicaciones. Y ya no estoy para estos trotes. Vete ya. Estoy esperando a un cliente.

Con tu palmito te han de sobrar -dije yo sabiendo que mi hermana era muy susceptible a los halagos, quiz&#225; porque la vida no la hab&#237;a mimado en demas&#237;a. A los nueve a&#241;os, por fea y cuando estas contrariedades afectan, no le hab&#237;an dejado cantar Mar&#237;a de las Mercedes, memorizada tras seis meses de agotador esfuerzo, en la campa&#241;a ben&#233;fica de Radio Nacional, no obstante el anonimato inherente al miedo y el haber ella aportado un razonable donativo que hab&#237;a recaudado, no sin penas, malvendiendo sus nalgas de paquidermo a los viejos bujarrones medio ciegos del asilo de San Rafael, que la tomaban, a la medialuz del ocaso, por un recluta acomodaticio y necesitado de los vecinos cuarteles de Pedralbes. Insist&#237;-: &#191;Ni una pista me vas a dar, querub&#237;n?

Para entonces sab&#237;a ya que no iba a darme ni una pista ni nada, pero quer&#237;a ganar tiempo, porque si efectivamente esperaba a un cliente, la prisa por deshacerse de m&#237; tal vez la hiciera hablar. Me hice, pues, el remol&#243;n, alternando la s&#250;plica con la amenaza. Mi hermana se puso nerviosa y acab&#243; ech&#225;ndome en los pantalones el Cacaolat con hielo que a modo de bebida espirituosa sosten&#237;a, de lo que deduje que su cliente hab&#237;a llegado y me volv&#237; a ver de qui&#233;n se trataba.

Se trataba, cosa rara entre la clientela de mi hermana, de un hombre joven, fornido, de planta entre juncal y amorcillada como la de un torero entrado en carnes, por as&#237; decir. Su rostro agraciado adolec&#237;a de una sugestiva ambig&#252;edad, cual si fuera un v&#225;stago, por citar nombres, de Kubala y la Bella Dorita. Su traza gallarda y su vestuario impropio de nuestro clima lo identificaban como marinero; su pelo pajizo y sus ojos claros, como extranjero, probablemente sueco. Por lo dem&#225;s, mi hermana sol&#237;a reclutar de entre los hombres de mar a sus usuarios, ya que &#233;stos, provenientes de lejanas tierras, tomaban por ex&#243;tica a la pobre C&#225;ndida y no por lo que en realidad era: un coco.

A todas &#233;stas, mi hermana se hab&#237;a levantado y abrazaba melosa al marinero, haciendo caso omiso de las pu&#241;adas que &#233;ste le propinaba para mantenerla a distancia. Decid&#237; aprovechar la oportunidad que la suerte me brindaba y palme&#233; el hombro rocoso del reci&#233;n llegado, adoptando el talante mundano que suelo fingir en tales circunstancias.

Me -dije recurriendo a mi ingl&#233;s algo oxidado por el desuso-, C&#225;ndida: sisters. Candida, me sisfer, big fart. No, no big fart: big fuck. Strong. Not expensive. &#191;Eh?

Cierra el pico, Richard Burton -respondi&#243; desabrido el marinero.

Hablaba bien el castellano, el condenado, incluso con un ligero deje aragon&#233;s en el acento, muy meritorio trat&#225;ndose de un sueco.

Mi hermana me hizo gestos que traduje por: vete o te pelo la cara con las u&#241;as. No hab&#237;a nada que hacer. Me desped&#237; de la feliz pareja con gran civilidad y gan&#233; la calle. El principio no era esperanzador, pero &#191;qu&#233; principio lo es? Resolv&#237; no dejarme vencer por el desaliento y buscar d&#243;nde pasar la noche. Conoc&#237;a varias pensiones baratas, pero ninguna tan barata que pudiera yo costearla sin dinero, por lo que opt&#233; por regresar a la plaza Catalu&#241;a y probar suerte en el metro. El cielo estaba encapotado y se o&#237;an truenos en lontananza.

La estaci&#243;n estaba concurrida, porque era la hora de cierre de los espect&#225;culos, y no me cost&#243; colarme en el and&#233;n. En el primer tren que sali&#243;, me acomod&#233; en un asiento de primera clase y trat&#233; de dormir. En Provenza subieron unos gamberros jovencitos y algo bebidos que empezaron a divertirse a mi costa. Me hice el tonto y permit&#237; que me zarandearan. Cuando se apearon en Tres Torres les hab&#237;a birlado un reloj de pulsera, dos bol&#237;grafos y una cartera. La cartera s&#243;lo conten&#237;a un carnet de identidad, un carnet de conducir, la foto de una chica y algunas tarjetas de cr&#233;dito. Arroj&#233; cartera y contenido en un tramo de la v&#237;a de donde me pareci&#243; que no podr&#237;an ser recuperados: para que le sirviera a su due&#241;o de lecci&#243;n. El reloj y los bol&#237;grafos los guard&#233; con gran alegr&#237;a, porque con ellos podr&#237;a pagar la pensi&#243;n, dormir entre s&#225;banas y regalarme por fin con una buena ducha.

El metro, mientras tanto, hab&#237;a llegado al final del trayecto. Ca&#237; en la cuenta de que no me encontraba lejos del colegio de las madres lazaristas de San Gervasio y pens&#233; que ser&#237;a una buena idea asomar la nariz por las inmediaciones, a pesar de las advertencias que en contrario me hab&#237;a hecho el comisario Flores. Al salir a la calle hab&#237;a empezado a lloviznar. En una papelera hab&#237;a una Vanguardia con la que me cubr&#237; a modo de paraguas.

Aunque me precio de conocer bien Barcelona, me perd&#237; un par de veces antes de dar con el colegio: cinco a&#241;os de apartamiento hab&#237;an entumecido mi sentido de la orientaci&#243;n. Llegu&#233; calado frente a la verja y comprob&#233; que la descripci&#243;n del comisario hab&#237;a sido rigurosa: tanto la verja en cuesti&#243;n como los muros eran en apariencia inexpugnables, si bien la pendiente de la calle hac&#237;a que la altura del muro fuera ligeramente inferior en la parte trasera de la finca. Y a&#250;n sucedi&#243; algo peor: mis breves y sigilosos merodeos no pasaron desapercibidos a los mastines ya mentados por el comisario, que, en n&#250;mero de dos, asomaron sus terribles mand&#237;bulas por entre los barrotes y emitieron gru&#241;idos y quiz&#225;s insultos y bravuconer&#237;as en este lenguaje animal que la ciencia se esfuerza en vano por descifrar. El edificio que ocupaba el centro del jard&#237;n era grande y, en la medida en que la lluvia torrencial y la oscuridad de la noche me permit&#237;an emitir certeros juicios arquitect&#243;nicos, feo. Las ventanas eran estrechas, salvo unas vidrieras alargadas que supuse correspond&#237;an a la capilla, aunque no pude determinar por la distancia si las ventanas eran tan angostas que no permitieran el paso de un cuerpo escu&#225;lido, como el de una imp&#250;ber o el m&#237;o propio. Dos chimeneas habr&#237;an podido servir de acceso a una persona diminuta de no haber estado en el v&#233;rtice de un tejado impracticable. Las casas colindantes eran otras tantas torres se&#241;oriales rodeadas a su vez de jardines y arboledas. Tom&#233; nota mental de todo ello y consider&#233; que hab&#237;a llegado el momento de retirarme a descansar.



Cap&#237;tulo IV EL INVENTARIO DEL SUECO

A PESAR de lo avanzado de la hora, los caf&#233;s de las Ramblas estaban concurridos. No as&#237; las aceras, a causa de la lluvia, que no cesaba de caer a raudales. Me tranquiliz&#243; ver que en cinco a&#241;os la ciudad no hab&#237;a cambiado demasiado.

La pensi&#243;n a la que me dirig&#237; estaba c&#243;modamente ubicada en un recoveco de la calle de las Tapias y se anunciaba as&#237;: HOTEL CUPIDO, todo confort, bidet en todas las habitaciones. El encargado roncaba a pierna suelta y se despert&#243; furioso. Era tuerto y propenso a la blasfemia. No sin discusi&#243;n accedi&#243; a cambalachear el reloj y los bol&#237;grafos por un cuarto con ventana por tres noches. A mis protestas adujo que la inestabilidad pol&#237;tica hab&#237;a mermado la avalancha tur&#237;stica y retra&#237;do la inversi&#243;n privada de capital. Yo alegu&#233; que si estos factores hab&#237;an afectado a la industria hotelera, tambi&#233;n habr&#237;an afectado a la industria relojera y a la industria del bol&#237;grafo, comoquiera que se llame, a lo que respondi&#243; el tuerto que tal cosa le tra&#237;a sin cuidado, que tres noches era su &#250;ltima palabra y que lo tomaba o lo dejaba. El trato era abusivo, pero no me qued&#243; otro remedio que aceptarlo. La habitaci&#243;n que me toc&#243; en suerte era una pocilga y ol&#237;a a meados. Las s&#225;banas estaban tan sucias que hube de despegarlas tironeando. Bajo la almohada encontr&#233; un calcet&#237;n agujereado. El cuarto de ba&#241;o comunal parec&#237;a una piscina, el water y el lavabo estaban embozados y flotaba en este &#250;ltimo una sustancia viscosa e irisada muy del gusto de las moscas. No era cosa de ducharse y regres&#233; a la habitaci&#243;n. A trav&#233;s de los tabiques se o&#237;an expectoraciones, jadeos y, espor&#225;dicamente, pedos. Me dije que si fuera yo rico alg&#250;n d&#237;a, otros lujos no me dar&#237;a, pero s&#237; el frecuentar s&#243;lo hospedajes de una estrella, cuando menos. Mientras pisoteaba las cucarachas que corr&#237;an por la cama, no pude por menos de recordar la celda del manicomio, tan higi&#233;nica, y confieso que me tent&#243; la nostalgia. Pero no hay mayor bien, dicen, que la libertad, y no era cuesti&#243;n de menospreciarla ahora que gozaba de ella. Con este consuelo me met&#237; en la cama y trat&#233; de dormirme repitiendo para mis adentros la hora en que quer&#237;a despertarme, pues s&#233; que el subconsciente, adem&#225;s de desvirtuar nuestra infancia, tergiversar nuestros afectos, recordarnos lo que ansiamos olvidar, revelarnos nuestra abyecta condici&#243;n y destrozarnos, en suma, la vida, cuando se le antoja y a modo de compensaci&#243;n, hace las veces de despertador.

Casi me hab&#237;a dormido cuando sonaron unos golpes en la puerta. Por suerte, ten&#237;a &#233;sta pasador y yo hab&#237;a tomado la precauci&#243;n de correrlo antes de acostarme, por lo que el visitante, quienquiera que fuese y cualesquiera sus intenciones, se hab&#237;a visto obligado a recurrir a la convenci&#243;n de llamar antes de entrar. Pregunt&#233; qui&#233;n era, suponiendo que se tratar&#237;a de alg&#250;n maric&#243;n que deseaba hacerme alguna propuesta, tal vez pecuniaria, y me respondi&#243; una voz no del todo desconocida, que dec&#237;a:

D&#233;jame entrar. Soy el novio de tu hermana la contrahecha.

Entreabr&#237; la puerta y vi que realmente quien llamaba era el mocet&#243;n sueco al que horas antes hab&#237;a conocido en compa&#241;&#237;a de mi hermana, si bien ya no adornaba sus quijadas poderosas con la barba rubia de otrora, que quiz&#225; nunca hab&#237;a llevado, pues, aunque ya he dicho que soy buen observador, estas minucias me pasan desapercibidas en algunas ocasiones, y sus ropas estaban algo malparadas.

&#191;En qu&#233; puedo servirte? -pregunt&#233;.

Quiero pasar -asever&#243; el sueco con voz temblorosa.

Vacil&#233; unos instantes, pero acab&#233; franque&#225;ndole el paso, ya que se trataba de un cliente de mi hermana, autodenominado novio, por m&#225;s se&#241;as, y no me conven&#237;a en modo alguno enemistarme con ella. Pens&#233; que quiz&#225; quer&#237;a discutir alg&#250;n asunto de familia y que, siendo yo el var&#243;n, me consideraba el interlocutor id&#243;neo para ello. Esta fineza, ya anacr&#243;nica, y algo en el aspecto del sueco me dec&#237;an que estaba en presencia de un hombre de bien y no menoscab&#243; mi estima el hecho de que sacara un pistol&#243;n de la faltriquera y me enca&#241;onara con &#233;l al tiempo que se sentaba en la cama. Pero me dan miedo las armas, o no habr&#237;a tomado mi carrera delictiva tan corto vuelo, y as&#237; se lo hice saber.

Veo, caballero -dije lentamente, con profusi&#243;n de ademanes y procurando vocalizar bien para que la barrera del idioma no fuera &#243;bice a nuestro entendimiento mutuo-, que algo le impulsa a desconfiar de m&#237;: quiz&#225;s el natural recelo que inspira mi facha, quiz&#225;s un rumor de esos a cuya divulgaci&#243;n son dadas las malas lenguas. Sin embargo, puedo asegurarle por mi honor, el de mi hermana, sister, y el de nuestra santa madre, que dios haya en su gloria, que no tiene usted nada que temer de m&#237;. Soy perspicaz y aunque no tengo el placer de conocerle salvo superficialmente, no he dejado de advertir que es usted hombre de principios, instruido, cabal y de buena cuna, a quien acaso reveses de fortuna han lanzado a una vida desasosegada en pos de m&#225;s amplios horizontes, del olvido, incluso.

Mi llaneza no parec&#237;a hacer mella en su obstinaci&#243;n. Segu&#237;a sentado en la cama, con los ojos clavados en m&#237; y el rostro inexpresivo, perdidos sin duda sus pensamientos en qui&#233;n sabe qu&#233; recuerdos dolorosos, qu&#233; visiones indescriptibles, qu&#233; melancol&#237;as.

Cabe asimismo que haya sospechado usted -prosegu&#237; para apartar de su mente posibles rencores por los que pudiera hacerme a m&#237; cabeza de turco- que hay entre mi sister y me algo m&#225;s que una mera relaci&#243;n de parentesco. Por desgracia, no obran en mi poder documentos fehacientes, ni de ning&#250;n otro tipo, que acrediten esto &#250;ltimo. El parentesco, quiero decir, lo que nos pondr&#237;a autom&#225;ticamente a cubierto de cualquier conjetura maliciosa. Y tampoco puedo aducir como prueba de consanguinidad nuestro parecido f&#237;sico, siendo ella como es tan hermosa, beautiful, y yo, pobre de m&#237;, un excremento; pero as&#237; suele suceder con frecuencia, que es la naturaleza arbitraria en sus d&#225;divas y nada ser&#237;a m&#225;s injusto que hacerme pagar a m&#237; el haber salido menos favorecido en el sorteo, &#191;no le parece?

No deb&#237;a de parecerle, porque segu&#237;a impert&#233;rrito. Por todo comentario se hab&#237;a quitado el tabardo, que ten&#237;a que darle mucho calor, y se hab&#237;a quedado en camiseta, evidenciando la herc&#250;lea configuraci&#243;n de su t&#243;rax y sus brazos, entre cuyos m&#250;sculos abultados no me habr&#237;a extra&#241;ado ver aparecer milagrosamente a la virgen de Montserrat. Supuse que ser&#237;a dado al cultivo del f&#237;sico, seguidor de m&#233;todos de desarrollo corporal por correspondencia y comprador de ballestas, muelles, gomas y ruedecitas para hacer gimnasia en el dormitorio, y decid&#237; explorar con la adulaci&#243;n esta faceta de su personalidad, que atribu&#237; a inseguridades an&#237;micas, temor a las mujeres y tal vez indefinici&#243;n viril.

Ni nada m&#225;s innoble, amigo m&#237;o, que cebarse en m&#237;, que no practico deporte alguno, no sigo dieta ni pruebo el pomelo, porque no me gusta, y, encima, fumo, usted, un Tarz&#225;n de los mares, un Maciste escandinavo, un digno sucesor del celebrado Charles Atlas, a quien su juventud probablemente impidi&#243; conocer, pero quien, con sus genuflexiones atigradas, tantas envidias concit&#243; y tantas esperanzas vanas hizo concebir a los alfe&#241;iques de entonces, piltrafas de ahora.

Mientras le dirig&#237;a aquellas palabras apaciguadoras, hab&#237;a estado yo recorriendo con los ojos el cuarto en busca de alg&#250;n objeto contundente con el que darle en el cr&#225;neo si mis razones no lograban disipar su patente hostilidad, y es el caso que, al mirar debajo de la cama en que se encontraba sentado mi hosco futuro cu&#241;ado, por si all&#237; hab&#237;a un orinal que usar a la manera de maza y que, por cierto, no hab&#237;a en aquel hotel de mala muerte, me percat&#233; de que un charco oscuro se iba formando entre sus piernas, lo que achaqu&#233; al pronto a alguna desafortunada incontinencia.

Incluso puede usted -prosegu&#237; viendo que mientras yo hablaba no parec&#237;a &#233;l dispuesto a pasar a la acci&#243;n-, de habernos visto juntos, haber extra&#237;do la err&#243;nea conclusi&#243;n de que soy el macarra de su, si me permite llamarla as&#237;, amada C&#225;ndida, love -dije yo introduciendo alg&#250;n que otro giro ingl&#233;s en mi pl&#225;tica para facilitar su asimilaci&#243;n, que parec&#237;a algo retardada-, pero debe usted creer mi palabra, &#250;nico aval de los despose&#237;dos, de que tal cosa no es cierta, mistake, que C&#225;ndida siempre se ha dispensado de esta reprobable instituci&#243;n, yendo toda su vida por libre, sin otra muleta, valga el s&#237;mil, que la del doctor Sugra&#241;es -una improvisaci&#243;n del momento, pues mi hermana no hab&#237;a pisado jam&#225;s un dispensario por aversi&#243;n al mango de la cuchara que los m&#233;dicos se empe&#241;an en introducir en la boca de todo el mundo para poder contemplar no s&#233; yo qu&#233;-, que tantos disgustos a ella y a sus clientes ha evitado con su ciencia. Y perm&#237;tame agregar que a lo largo de la carrera de C&#225;ndida, me sister, breve por la extrema juventud de &#233;sta, jam&#225;s ha habido s&#237;ntoma alguno de gonorrea, blenorragia, morbo g&#225;lico ni variedad conocida del mal franc&#233;s, frenck, bad, y si por un casual ha acariciado usted la idea de legitimar ante dios y ante los hombres una uni&#243;n que intuyo ya formalizada en sus corazones, puedo asegurarle que su elecci&#243;n es un pleno acierto y que cuenta usted no ya con mi anuencia, sino con mi fraternal bendici&#243;n.

Y esbozando mi mejor sonrisa me acerqu&#233; a &#233;l con los brazos abiertos, en actitud papal, y como sea que el sueco no parec&#237;a oponerse a tal efusi&#243;n, apenas me hube aproximado lo suficiente, descargu&#233; un fuerte rodillazo en sus partes pudendas, cosa que, no obstante mi consumada pr&#225;ctica en la suerte, no pareci&#243; afectarle en lo m&#225;s m&#237;nimo. Segu&#237;a con los ojos bien abiertos, aunque ya no dirigidos a m&#237;, sino al infinito, y de sus labios ca&#237;a una baba verdosa. De estos detalles y del hecho de que no respirara, infer&#237; que estaba muerto. Un examen m&#225;s minucioso me permiti&#243; comprobar que el charco que se acumulaba a sus pies era sangre y que este fluido vital empapaba las perneras de sus pantalones de pana.

Qu&#233; mala suerte -pens&#233; para mis adentros-, parec&#237;a un buen partido para C&#225;ndida.

Pero no era el tema familiar lo que deb&#237;a ocupar mi cerebro por el momento, sino la forma de deshacerme del cad&#225;ver en forma discreta y expeditiva. Rechac&#233; el plan de arrojarlo por la ventana, porque su procedencia habr&#237;a resultado palmar&#237;a a quien lo encontrase. Sacarlo del hotel por la puerta era una idea descabellada. Opt&#233;, pues, por la soluci&#243;n m&#225;s sencilla: desembarazarme del cad&#225;ver dej&#225;ndolo donde estaba y poniendo tierra de por medio. Con un poco de suerte, cuando descubrieran el fiambre pod&#237;an pensar que era yo y no el sueco quien ocupaba la cama. A fin de cuentas, me dije, el portero era tuerto. Comenc&#233; a desvalijarle los bolsillos y &#233;ste es el inventario de lo que saqu&#233;:

Bolsillo interior izquierdo de la chaqueta: nada.

Bolsillo interior derecho de la chaqueta: nada.

Bolsillo exterior izquierdo de la chaqueta: nada.

Bolsillo exterior derecho de la chaqueta: nada.

Bolsillo izquierdo del pantal&#243;n: una caja de cerillas propaganda de un restaurante gallego, un billete de mil pesetas, media entrada de cine descolorida.

Bolsillo derecho del pantal&#243;n: una bolsita de pl&#225;stico transparente que conten&#237;a: a) tres sobrecitos de un polvo blanco, alcaloide, anest&#233;sico y narc&#243;tico, vulgo coca&#237;na; b) tres pedacitos de papel secante impregnados de &#225;cido lis&#233;rgico; c) tres p&#237;ldoras anfetam&#237;nicas.

Zapatos: nada.

Calcetines: nada.

Calzoncillos: nada.

Boca: nada.

Orificios nasales, auditivos y rectal: nada.

Mientras practicaba el registro, no dejaba de formularme las preguntas que me habr&#237;a formulado antes si las circunstancias me hubieran permitido concentrarme en el aspecto especulativo de la situaci&#243;n. &#191;Qui&#233;n era en realidad aquel individuo? Carec&#237;a totalmente de documentaci&#243;n, agenda, libreta de tel&#233;fonos y esas cartas que uno se echa al bolsillo con &#225;nimo de contestarlas a la primera ocasi&#243;n. &#191;Por qu&#233; hab&#237;a venido a mi cuarto? Estando como estaba en las &#250;ltimas, su hipot&#233;tico inter&#233;s por mi hermana no parec&#237;a un motivo plausible. &#191;C&#243;mo hab&#237;a sabido d&#243;nde encontrarme? S&#243;lo muy avanzada la noche hab&#237;a encontrado yo sitio donde pernoctar; mal pod&#237;an saberlo mi hermana y su cliente. &#191;Por qu&#233; me hab&#237;a amenazado con una pistola?, &#191;por qu&#233; llevaba drogas en el pantal&#243;n?, &#191;por qu&#233; se hab&#237;a afeitado la barba? S&#243;lo mi hermana pod&#237;a responder a estas preguntas, por lo que me urg&#237;a tener con ella un cambio de impresiones, aunque ello equivaliera a involucrarla en un asunto cuya evoluci&#243;n, a juzgar por sus inicios, no pod&#237;a preverse placentera. Par&#233; mientes de nuevo en la posibilidad de volver al manicomio y renunciar al acuerdo concertado con el comisario Flores, pero &#191;no se interpretar&#237;a mi defecci&#243;n como complicidad con la muerte del sueco, por no decir como autor&#237;a de la misma? Si bien, &#191;estaba yo en condiciones de resolver, no ya el caso de las ni&#241;as desaparecidas, sino, de propina, el &#243;bito de un desconocido que hab&#237;a tenido el capricho de entregar su alma en mi propia cama?

Como sea que ello fuere, no hab&#237;a tiempo que perder en elucubraciones. Con toda seguridad el tuerto hab&#237;a visto entrar al sueco y pod&#237;a pensar que trat&#225;bamos de compartir la estancia, durmiendo los dos bajo techado por el precio de uno, lo que le instigar&#237;a a investigar y a poner de manifiesto el triste fin del supuesto poliz&#243;n. As&#237; que, dejando para mejor ocasi&#243;n el elemento te&#243;rico, trasvas&#233; a mis bolsillos el contenido de los del cad&#225;ver, sin olvidar la pistola, abr&#237; la ventana, procurando no hacer ruido, y calcul&#233; la distancia que me separaba del patinejo interior a la que aqu&#233;lla daba. No era tanta que no pudiera salvarse sin excesivo albur. Acost&#233; al sueco en mi cama, cerr&#233; sus ojos color de mar, a los que la muerte hab&#237;a conferido una aureola de sorprendida inocencia, de dos en&#233;rgicos pu&#241;etazos, lo tap&#233; hasta la barbilla con la s&#225;bana, apagu&#233; la luz, traspuse la ventana y, sujet&#225;ndome como buenamente pude en el alf&#233;izar, cerr&#233; desde fuera los postigos. Luego abr&#237; las manos y me lanc&#233; al negro vac&#237;o, comprobando, cuando ya era demasiado tarde, que la distancia de la ventana al suelo era mucho mayor de lo que hab&#237;a calculado a primera vista y que me aguardaba el rompimiento de varios huesos indispensables, si no el aplastamiento de mi calamorra y el fin de mis aventuras.



Cap&#237;tulo V DOS FUGAS CONSECUTIVAS

DURANTE el trayecto, mientras efectuaba involuntariamente volatines en el aire que trajeron a mi recuerdo los que en su tiempo hiciera el malogrado pr&#237;ncipe Cantacuceno, y por no tener nada m&#225;s que hacer, di en pensar que me romper&#237;a la crisma como colof&#243;n del vuelo. Pero no fue as&#237;, o no estar&#237;a usted saboreando estas p&#225;ginas deleitosas, porque aterric&#233; sobre un legamoso y profundo mont&#243;n de detritus, que, a juzgar por su olor y consistencia, deb&#237;a de estar integrado a partes iguales por restos de pescado, verdura, frutas, hortalizas, huevos, mondongos y otros despojos, en estado todo ello de avanzada descomposici&#243;n, por lo que sal&#237; a flote cubierto de la cabeza a los pies de un tegumento pegajoso y f&#233;tido, pero ileso y contento.

Con poco esfuerzo vade&#233; la ci&#233;naga y llegu&#233; a una tapia baja que escal&#233; sin dificultad. A mujeriegas en la tapia, me volv&#237; a echar una &#250;ltima ojeada a la ventana de la que hab&#237;a sido mi habitaci&#243;n y descubr&#237; sin sorpresa que hab&#237;a luz en ella, aun cuando yo recordaba perfectamente haberla apagado. Dos siluetas se recortaban en el recuadro de la ventana. No me detuve a estudiarlas: salt&#233; de la tapia al suelo y corr&#237; agazapado entre sacos y cajones. Otra tapia o quiz&#225; la misma se interpuso. Saltar tapias es un arte que vengo practicando desde la infancia, as&#237; que salv&#233; el obst&#225;culo como quien no quiere la cosa y me vi en un callej&#243;n al extremo del cual hab&#237;a una calle que conduc&#237;a a las Ramblas. Antes de ingresar en la m&#225;s t&#237;pica arteria barcelonesa, arroj&#233; la pistola a una alcantarilla y no me sent&#237; poco feliz al ver c&#243;mo el negro agujero se tragaba el funesto artefacto que poco antes me hab&#237;a estado apuntando. Para acabar de rematar mi suerte, hab&#237;a cesado de llover.

Mis pasos me llevaron, porque as&#237; lo decid&#237;, al bar El Leches, donde horas antes hab&#237;a encontrado a mi hermana y al infortunado sueco, ante el cual bar mont&#233; guardia oculto en un quicio y procurando no meter los pies en el sinf&#237;n de vomitonas esparcidas por doquier por aquellos cuyos est&#243;magos hab&#237;an zozobrado en la traves&#237;a de la noche, a la espera de que saliera mi hermana. Ten&#237;a la certeza de que all&#237; estar&#237;a, porque de antiguo sol&#237;a recalar en el bar antes de despuntar la aurora en busca de clientes tard&#237;os que, en su mezquindad, confiaban en obtener gangas, y las obten&#237;an, a t&#237;tulo de liquidaci&#243;n por fin de temporada.

Ya se vislumbraba un filo de claridad en el horizonte cuando emergi&#243; del bar mi hermana, con la que me reun&#237; en dos zancadas y de la que recib&#237; la m&#225;s despectiva de las miradas. Le pregunt&#233; adonde iba y me dijo que a su casa. Me ofrec&#237; a escoltarla.

Tu sola imagen -le dije- es una incitaci&#243;n al desvar&#237;o. Comprendo que los hombres hagan locuras por ti, pero eso no quiere decir que, en mi calidad de hermano var&#243;n, est&#233; dispuesto a consentirlas.

Ya te he dicho que de dinero, nada.

Le reiter&#233; que no me mov&#237;an prop&#243;sitos de sablazo o mendicidad y segu&#237; charlando de trivialidades sacadas de un Hola de dos a&#241;os atr&#225;s, cosa de la que no pareci&#243; percatarse, pues, aun en su boato, la vida de las celebridades es tan mon&#243;tona como la nuestra, aunque m&#225;s regalada, y dej&#233; caer, como al azar, esta h&#225;bil pregunta:

&#191;Y qu&#233; se hizo de aquel buen mozo a quien tuve el gusto de conocer no ha mucho y que, si he de creer lo que ven mis ojos, tan encandilado contigo estaba?

C&#225;ndida lanz&#243; un escupitajo al programa del Liceo adherido al muro.

Se fue como hab&#237;a venido -dijo con un sarcasmo que no lograba ocultar su despecho-. Dos d&#237;as estuvo rond&#225;ndome y a&#250;n no s&#233; bien a qu&#233; ven&#237;a. Desde luego, no era mi tipo. Yo suelo andar m&#225;s bien con, &#191;c&#243;mo llamarlos? enfermos. Supuse que ser&#237;a uno de esos pervertidos que creen que porque est&#225; una pasando una mala &#233;poca se avendr&#225; a cualquier bajeza por dinero, en lo cual, dicho sea de paso, llevan toda la raz&#243;n. En fin, que todo qued&#243; en agua de borrajas. &#191;Por qu&#233; lo preguntas?

Por nada. Me pareci&#243; que hac&#237;ais buena pareja: tan j&#243;venes, tan lozanos, tan llenos de vida Siempre he confiado en que acabar&#237;as formando un hogar, C&#225;ndida. Esta vida no es para ti; lo tuyo es la familia, los hijos, un marido diligente, un chalecito en la Floresta

Segu&#237; describiendo con toda minuciosidad los detalles de una existencia placentera de la que C&#225;ndida no gozar&#237;a jam&#225;s. Mis palabras la pusieron de buen humor y acab&#243; diciendo:

&#191;Has desayunado?

Me parece que no -dije con tacto.

Ven a casa; algunas sobras quedar&#225;n de anoche.

Nos adentramos en una de esas t&#237;picas calles del casco viejo de Barcelona tan llenas de sabor, a las que s&#243;lo les falta techo para ser cloaca, y nos detuvimos frente a un inmueble renegrido y arruinado de cuyo portal sali&#243; una lagartija que mordisqueaba un escarabajo mientras se debat&#237;a en las fauces de un rat&#243;n que corr&#237;a perseguido por un gato. Subimos las escaleras alumbr&#225;ndonos con cerillas que extingu&#237;a al instante una corriente de aire fr&#237;o y h&#250;medo que se filtraba por los vidrios astillados de la claraboya. Al llegar a su puerta, mi hermana, que resollaba por el asma, la abri&#243; con un llav&#237;n al tiempo que murmuraba:

&#161;Qu&#233; raro! Jurar&#237;a que al salir cerr&#233; con doble vuelta. Ser&#225; que me hago vieja.

No digas tonter&#237;as, C&#225;ndida: eres un capullo de alel&#237; -dije yo mec&#225;nicamente, pues el detalle de la cerradura no hab&#237;a dejado de inquietarme, y con raz&#243;n, ya que, no bien hubo C&#225;ndida pulsado el interruptor y la luz invadido la exigua pieza &#250;nica de que constaba la vivienda, estando el retrete en el rellano y haciendo aqu&#233;l las veces de descansillo, nos encontramos cara a cara con el sueco, el propio sueco a quien yo hab&#237;a dejado durmiendo su postrero sue&#241;o en mi lecho y que ahora estaba ah&#237;, mir&#225;ndonos con sus ojos azules desorbitados desde el sill&#243;n que ocupaba con rigidez de visita pueblerina en mitad de la estancia. La pobre C&#225;ndida ahog&#243; un grito.

No te asustes, C&#225;ndida -dije yo cerrando la puerta a nuestras espaldas-, que no te har&#225; nada.

&#191;Qu&#233; hace aqu&#237; este fulano? -Murmur&#243; mi hermana con voz queda, como si temiera que el sueco pudiera o&#237;rnos-, &#191;por qu&#233; est&#225; tan serio y tan quieto?

A la segunda pregunta puedo responder sin vacilar. En cuanto a la primera, mi ignorancia es absoluta, salvo que puedo asegurarte que no ha venido por su propio pie. &#191;Sab&#237;a &#233;l tu domicilio?

No, &#191;c&#243;mo iba a saberlo?

Pod&#237;as hab&#233;rselo dado.

Nunca a un cliente. &#191;Y si estuviera? -se&#241;al&#243; al sueco con aprensi&#243;n.

Indispuesto, en efecto. Vamonos antes de que sea demasiado tarde.

Ya lo era. Apenas pronunciadas estas agoreras palabras, sonaron golpes contundentes en la puerta y una voz varonil bram&#243;:

&#161;Polic&#237;a! &#161;Abran o derribamos la puerta!

Frase que demuestra el mal uso que hacen de las conjunciones nuestras fuerzas del orden, ya que, a la par que tal dec&#237;an, procedieron los polic&#237;as en n&#250;mero de tres, un inspector de paisano y dos n&#250;meros uniformados, a derribar la endeble puerta, a entrar en tromba blandiendo porras y pistolas y a exclamar casi al un&#237;sono:

&#161;No moversus! &#161;Qued&#225;is ustedes deten&#237;os!

T&#233;rminos inequ&#237;vocos ante los que optamos por obedecer levantando los brazos hasta que los dedos quedaron atrapados en las telara&#241;as que a manera de baldaqu&#237;n pend&#237;an de las vigas. Viendo nuestra actitud sumisa, los dos n&#250;meros procedieron a registrar el humilde domicilio de mi pobre hermana haciendo a&#241;icos con sus porras la vajilla, desencolando a puntapi&#233;s el mobiliario y orin&#225;ndose en las s&#225;banas de su pobre jerg&#243;n, mientras el inspector, con una sonrisa que dejaba al descubierto muelas de oro, puentes, coronas, empastes y una considerable dosis de sarro, nos exig&#237;a que nos identific&#225;ramos con esta f&#243;rmula:

&#161;Identificarse, cabrones!

Obediente, mi pobre hermana le tendi&#243; su documento nacional de identidad del que, para su desgracia, hab&#237;a raspado con una gillete la fecha de nacimiento y al que el inspector lanz&#243; una mirada sard&#243;nica que quer&#237;a decir:

Esto no cuela.

Entre tanto, los n&#250;meros hab&#237;an descubierto el cad&#225;ver, verificado su condici&#243;n de tal y registr&#225;ndolo a conciencia, a ra&#237;z de lo cual prorrumpieron en gritos alborozados de este tenor:

&#161;Hurra inspector, los haimos trincao con la mano en la massa!

A lo que el inspector no respondi&#243;, porque segu&#237;a insistiendo en que yo me identificara, cosa imposible, pues no ten&#237;a encima papeles y s&#237; una bolsa de pl&#225;stico llena de estupefacientes. Decid&#237; jugarme el todo por el todo y recurrir a una artima&#241;a tan vieja como eficaz.

Amigo m&#237;o -dije con voz pausada, pero lo suficientemente alta y clara para que todos pudieran o&#237;rla-, se est&#225; usted metiendo en un l&#237;o de cuidado.

&#191;Y eso? -dijo el inspector con incredulidad.

Acerquese, pollo -dije yo bajando los brazos con lentitud, en parte para recobrar un atisbo de dignidad y en parte para disimular los efluvios axilares que con aqu&#233;llos alzados irradiaba y que habr&#237;an podido menoscabar mi predicamento-. &#191;Sabe usted con qui&#233;n est&#225; hablando?

Con un mamarracho de mierda.

Juicio ingenioso pero falaz. Est&#225; usted hablando, inspector, con don Ceferino Sugra&#241;es, concejal del Ayuntamiento y propietario de bancos, inmobiliarias, aseguradoras, financieras, constructoras, notar&#237;as, registros y juzgados, por citar s&#243;lo una parte de mis actividades marginales. Como usted con la perspicacia propia de su oficio comprender&#225;, siendo quien soy no llevo encima documentaci&#243;n que acredite mi identidad, no s&#243;lo por mor de lo que pudiera pensar nuestro exigente electorado si de tal guisa vestido me encontrara, sino tambi&#233;n por zafarme de los detectives que mi se&#241;ora, que tiene interpuesta demanda de anulaci&#243;n ante la Rota, ha azuzado tras de mis huellas, pero de la cual, de mi identidad, claro est&#225;, puede dar fe mi chofer, guardaespaldas y gerente, por razones tributarias, de varias empresas con cuyos chanchullos no quiero mezclar mi nombre, que me espera en la esquina con instrucciones inabrogables de avisar al Presidente Su&#225;rez si en diez minutos no salgo solo y salvo de esta guarida adonde me ha tra&#237;do enga&#241;ado la arp&#237;a que aqu&#237; ven, culpable del embrollo en que me veo envuelto sin motivo ni culpa, a buen seguro con fines de robo, chantaje, sodom&#237;a y otros actos jur&#237;dicamente sancionables, cosa que ella, como veo que ya est&#225; haciendo, pretender&#225; negar, lo que no hace sino reforzar la veracidad de mis asertos, ya que, &#191;a qui&#233;n conceder&#225; usted raz&#243;n, inspector, puesto en semejante encrucijada: a un honesto ciudadano, a un capit&#225;n de empresa, ep&#237;tome de la burgues&#237;a rapaz, prez de Catalu&#241;a, blas&#243;n de Espa&#241;a y fragua del Imperio o a esta antigualla grotesca, elefanti&#225;sica y aquejada, para postre, de una taladrante halitosis, hetaira de profesi&#243;n como podr&#225; comprobar si registra su bolso, que hallar&#225; repleto de condones no precisamente impolutos, a la que hab&#237;a prometido yo, a cambio de una contrapartida que no voy a pormenorizar, la estrafalaria suma de mil pesetas, estas mismas mil pesetas que ahora le entrego a usted, inspector, como prueba documental de cuanto aduzco? Y sacando del bolsillo el billete de mil pesetas que hab&#237;a encontrado en el cad&#225;ver del sueco, lo puse en la mano del inspector, que se qued&#243; mirando el billete con cierto anonadamiento y no sin un asomo de duda en cuanto al destino que deb&#237;a darle, momento &#233;ste que aprovech&#233; para darle un cabezazo en la nariz, de la que brot&#243; inmediatamente un chorro de sangre mientras sus labios se contra&#237;an en una mueca de dolor y emit&#237;an un denuesto entrecortado, cosas estas que registr&#233; cuando ya saltaba por sobre los restos de la puerta derribada y me lanzaba escaleras abajo, perseguido por los n&#250;meros, al tiempo que gritaba:

&#161;No hagas caso de lo que he dicho de ti, C&#225;ndida!, &#161;era s&#243;lo un truco! -sin muchas esperanzas de que pudiera o&#237;rme en medio de la confusi&#243;n ni de que, en caso de o&#237;rme, mis palabras le sirvieran de consuelo.

Una vez en la calle, vi que circulaban por &#233;sta filas de obreros que se dirig&#237;an a sus fatigosas labores portando fiambreras y, como sea que los n&#250;meros iban en pos de m&#237; y merced a su mayor envergadura, adiestramiento y entusiasmo no habr&#237;an tardado en darme alcance, me puse a gritar a pleno pulm&#243;n:

&#161;Bravo por la CNT! &#161;Aupa Comisiones Obreras!

A lo que respondieron los obreros izando el pu&#241;o y profiriendo esl&#243;ganes de an&#225;logo contenido. Esto provoc&#243; en los n&#250;meros, inadaptados a&#250;n a los cambios recientemente acaecidos en nuestro suelo, la reacci&#243;n que yo hab&#237;a previsto y, al amparo del fragor de la batalla resultante, consegu&#237; ponerme a salvo.

Despistados mis perseguidores y recuperado el aliento, pas&#233; revista a la situaci&#243;n y conclu&#237; que &#233;sta era en extremo desafortunada. S&#243;lo una persona pod&#237;a sacarme a m&#237; del aprieto y a mi hermana de la c&#225;rcel adonde de fijo ir&#237;a a dar con sus huesos. Llam&#233;, por consiguiente, al comisario Flores desde un tel&#233;fono p&#250;blico cuyo mecanismo me vi obligado a forzar con un alambre por no disponer de numerario y lo encontr&#233; en su despacho, a pesar de lo temprano de la hora. Al principio el comisario pareci&#243; sorprendido de o&#237;r mi voz, pero cuando le hube referido todo lo acontecido hasta ese momento, sin omitir mi fuga, aunque alterando ligeramente sus circunstancias, su voz se troc&#243; de sorprendida en iracunda.

&#191;Pretendes decirme, miseria, que todav&#237;a no me has averiguado nada de la ni&#241;a desaparecida? -exclam&#243; clav&#225;ndome a trav&#233;s de la l&#237;nea el garfio de sus interrogantes.

Yo hab&#237;a olvidado casi por completo el asunto de la ni&#241;a desaparecida. Esboc&#233; unas disculpas torpemente hilvanadas y le promet&#237; ponerme a trabajar en el caso al punto y con ah&#237;nco.

Mira, hijo -respondi&#243; el comisario con gran dulzura por su parte y desconcierto por la m&#237;a, ya que nunca empleaba conmigo la palabra hijo salvo que a &#233;sta siguieran los vocablos de la gran puta-, lo mejor ser&#225; que dejemos correr este asunto. Quiz&#225; me precipit&#233; al confiarte un cometido tan espinoso. No hemos de olvidar que est&#225;s a&#250;n convaleciente y que este esfuerzo puede agravar tu dolencia. &#191;Por qu&#233; no vienes a la Jefatura y discutimos la cuesti&#243;n tranquilamente mientras saboreamos un par de Pepsi-Colas bien frescas?

Debo admitir que los buenos modales, a los que tan poco acostumbrado estoy, ejercen sobre m&#237; un efecto mesm&#233;rico y que las palabras del comisario Flores y la delicadeza con que fueron pronunciadas casi hicieron acudir l&#225;grimas a mis ojos, pero no por ello su velada intenci&#243;n escap&#243; a mi discernimiento, percat&#225;ndome en seguida de que trataban de atraerme a la Jefatura con objeto, &#191;para qu&#233; enga&#241;arnos?, de reintegrarme al manicomio transcurridas apenas veinticuatro horas de mi manumisi&#243;n, por lo que respond&#237; con la firmeza cort&#233;s que suele emplearse en aventar a los testigos de Jehov&#225; que no ten&#237;a la m&#225;s m&#237;nima intenci&#243;n de abandonar el caso, no porque se me diese un ardite lo que hubiera podido sucederle a una ni&#241;a tonta, sino porque del &#233;xito de mi empresa depend&#237;a mi libertad.

&#161;No te he preguntado tu opini&#243;n, majadero! -Bram&#243; el comisario Flores, que parec&#237;a haber recuperado de s&#250;bito su habitual talante-. Te vienes ahora mismo por las buenas o te hago traer esposado y te doy tratamiento de quinqui, que es lo que eres por herencia gen&#233;tica y por vocaci&#243;n. &#191;Me has entendido, bestia?

Le he entendido a usted, se&#241;or comisario -repliqu&#233;- pero, con el debido respeto, me voy a permitir deso&#237;r sus consejos, porque estoy decidido a probar ante la sociedad la suficiencia de mis aptitudes y la solidez de mi cordura, as&#237; pierda la vida en el empe&#241;o. Y le prevengo a usted, con el debido respeto, de que no intente localizar mi llamada como sin duda habr&#225; visto hacer en las pel&#237;culas, en primer lugar, porque tal cosa es imposible; en segundo lugar, porque llamo desde un tel&#233;fono p&#250;blico, y, en tercer lugar, porque voy a colgar de inmediato, por si las moscas.

Y eso hice. No tuve que recapacitar mucho para darme cuenta de que la situaci&#243;n, lejos de mejorar, hab&#237;a empeorado y, por el sesgo que tomaban los acontecimientos, llevaba trazas de empeorar a&#250;n m&#225;s si no le pon&#237;a yo pronto remedio. Resolv&#237;, pues, concentrar mis energ&#237;as en la b&#250;squeda de la ni&#241;a perdida y postergar para ocasi&#243;n m&#225;s propicia el asunto del sueco, sin dejar por ello de tomar las precauciones que mi doble condici&#243;n de pr&#243;fugo impon&#237;a.



Cap&#237;tulo VI EL JARDINERO ALEVE

COMO primera providencia, me encamin&#233; a un callej&#243;n cercano a la calle Tallers en el que una cl&#237;nica adyacente amontonaba sus basuras y donde esperaba encontrar, rebuscando entre &#233;stas, algo que permitiera disfrazar mi identidad, como, por ejemplo, alg&#250;n residuo humano que pudiera yo aplicar sobre mis rasgos con objeto de alterarlos ligeramente. No tuve suerte y hube de conformarme con unas hilas de algod&#243;n en rama no demasiado sucias, con las que y mediante un cordelito compuse una barba larga y patriarcal que no s&#243;lo dificultaba mi identificaci&#243;n, sino que me confer&#237;a un aspecto respetable y aun imponente. De tal embozo provisto volv&#237; a colarme en el metro, que hab&#237;a de conducirme por segunda vez a las inmediaciones del colegio de las madres lazaristas de San Gervasio.

Durante el trayecto hoje&#233; una revista que hab&#237;a sustra&#237;do del quiosco de la estaci&#243;n y que juzgu&#233; por sus sanguinolentas tapas consagradas a cr&#237;menes y violencias. Buscaba la noticia de la muerte del sueco y los detalles que el reportero hubiera tes&#243;n y entrega han hecho posible este milagro. &#191;Aceptar&#237;a usted, maestro, como prueba de admiraci&#243;n y a t&#237;tulo de homenaje, un trago de vino tra&#237;do de mi tierra especialmente para esta solemne ocasi&#243;n?

Y sacando la botella de vino, la mitad del cual, por estar aqu&#233;lla abierta, se hab&#237;a derramado empapando mi camisa y los extremos de mi barba, se la ofrec&#237; al jardinero, que la cogi&#243; por el cuello y me mir&#243; con distintos ojos.

Haber empezado por ah&#237; -dijo-, &#191;qu&#233; cono quiere?

Primero -dije yo-, que sacie usted su sed a mi salud.

&#191;No tiene un gusto un poco raro este vino?

Es de una cosecha especial. S&#243;lo hay dos botellas en el mundo.

Aqu&#237; dice: Pentav&#237;n, vino com&#250;n -dijo el jardinero se&#241;alando la etiqueta.

Le hice un gui&#241;o de complicidad.

La aduana ya me entiende -dije para ganar tiempo hasta que el mejunje surtiera sus efectos, que ya se hac&#237;an sentir en las pupilas y la voz del jardinero-. &#191;Le ocurre algo, querido amigo?

Me da vueltas la cabeza.

Ser&#225; la can&#237;cula. &#191;Qu&#233; tal le tratan las monjitas?

Podr&#237;a quejarme, pero no me quejo. Con tanto desempleo

Tiempos dif&#237;ciles, en efecto. Estar&#225; usted al corriente c&#237;e todo lo que pasa en el colegio, digo yo.

Algo s&#233;, aunque soy discreto. Si es usted de un jodido sindicato, no le voy a decir nada. &#191;Le importa si me quito la camisa?

Est&#225; usted en su casa. &#191;Es cierto lo que dicen por ah&#237; las malas lenguas?

Ay&#250;deme a desatarme los zapatos. &#191;Qu&#233; dicen las malas lenguas?

Que desaparecen ni&#241;as de los dormitorios. Yo, claro est&#225;, me niego a creerlo. &#191;Le quito tambi&#233;n los calcetines?

S&#237;, por favor. Todo me aprieta. &#191;Dec&#237;a usted?

Que desaparecen ni&#241;as por la noche.

Es cierto, s&#237;. Pero yo no tengo nada que ver en el asunto.

Ni yo insin&#250;o tal cosa. &#191;Y por qu&#233; cree usted que desaparecen estos angelitos?

&#161;Qu&#233; s&#233; yo! Estar&#225;n pre&#241;adas, las muy guarras.

&#191;Son acaso las costumbres licenciosas en el internado?

No, que yo sepa. Si a m&#237; me dejaran, caguen, ya lo ser&#237;an, ya.

Perm&#237;tame que le sostenga la podadera, no vaya a lastimarse o a lastimarme a m&#237; inadvertidamente. Y s&#237;game contando la historia esa de la desaparici&#243;n.

Yo no s&#233; nada. &#191;Por qu&#233; hay tantos soles?

Un milagro ser&#225;. H&#225;bleme de la otra ni&#241;a, la que desapareci&#243; hace seis a&#241;os.

&#191;Tambi&#233;n de eso se ha enterado?

Y de mucho m&#225;s. &#191;Qu&#233; pas&#243; hace seis a&#241;os?

No lo s&#233;. Yo no estaba aqu&#237;.

&#191;Qui&#233;n estaba?

Mi antecesor. Un viejo chiflado. Tuvieron que despedirlo.

&#191;Cu&#225;ndo?

Hace seis a&#241;os: el tiempo que llevo yo trabajando aqu&#237;.

&#191;Por qu&#233; despidieron a su antecesor?

Por conducta impropia. Me malicio que era uno de esos pajilleros que andan haciendo fuentes delante de las ni&#241;as. Tenga: le regalo mis pantalones.

Gracias: un corte principesco. &#191;C&#243;mo se llamaba su antecesor?

Cagomelo Purga. &#191;Por qu&#233; lo pregunta?

Lim&#237;tese a contestar, caballero. &#191;D&#243;nde puedo encontrar a su antecesor?, &#191;a qu&#233; se dedica ahora?

A nada, me imagino. Lo encontrar&#225; en su casa. S&#233; que viv&#237;a en la calle de la Cadena, pero no recuerdo el n&#250;mero.

&#191;D&#243;nde estaba usted la noche que desapareci&#243; la ni&#241;a?

&#191;Hace seis a&#241;os?

No, hombre: hace un par de d&#237;as.

No me acuerdo. Viendo la tele en el bar, de putas algo har&#237;a.

&#191;C&#243;mo es posible que no se acuerde usted? &#191;No le ha refrescado la memoria el comisario Flores as&#237; y as&#237;? -Y le propin&#233; dos ruidosas bofetadas que le provocaron una incontenible hilaridad.

&#191;La poli? -Dijo muerto de risa-, &#191;qu&#233; poli? Yo no he tenido contacto con la poli desde que estrangul&#233; al jodido argelino aquel, hace ya tiempo. &#161;Perro sarraceno! -escupi&#243; en las adelfas.

&#191;Cu&#225;nto tiempo?

Seis a&#241;os. Yo lo hab&#237;a olvidado. Es curioso c&#243;mo el vino refresca la memoria y aguza los sentidos. Siento que todo mi ser palpita al un&#237;sono con estos &#225;rboles a&#241;osos. Ahora me conozco mejor. &#161;Ah, qu&#233; experiencia recomendable! &#191;No me dar&#237;a otro trago, buen se&#241;or?

Le dej&#233; que se terminara la botella, porque la revelaci&#243;n que acababa de hacerme me hab&#237;a dejado perplejo. &#191;C&#243;mo era posible que el comisario Flores, tan meticuloso, no hubiera interrogado al jardinero, sobre todo teniendo &#233;ste como al parecer ten&#237;a antecedentes penales? Y, al levantar los ojos para cavilar m&#225;s a mis anchas, descubr&#237; en un balc&#243;n la figura draconiana de la madre superiora, a la que, como se recordar&#225;, hab&#237;a conocido en el manicomio el d&#237;a anterior, la cual no s&#243;lo me vigilaba, sino que hac&#237;a aspavientos agitados y abr&#237;a la boca en pronunciamientos que la distancia no me dejaba o&#237;r. Al punto se reunieron con ella en el balc&#243;n dos figuras de gris, que tom&#233; al principio por novicias y luego, a la vista de los correajes y ametralladoras, por lo que eran: polic&#237;as. La monja les dirigi&#243; la palabra y luego, volvi&#233;ndose, me se&#241;al&#243; con dedo acusador. Los polic&#237;as giraron sobre sus talones y desaparecieron del balc&#243;n.

No me preocup&#233; demasiado. El jardinero se hab&#237;a puesto los calzoncillos por caperuza y salmodiaba mantras. Sin que opusiera resistencia, lo coloqu&#233; en direcci&#243;n a la verja y aguard&#233; a que los polic&#237;as aparecieran en la puerta del colegio. Cuando salieron &#233;stos a la carrera, dije al jardinero:

&#161;Corre, que te persigue un sapo!

Parti&#243; el jardinero despavorido mientras yo me inclinaba sobre el macizo de flores y cortaba tallos al buen tunt&#250;n con la podadora que momentos antes le hab&#237;a arrebatado. Tal como hab&#237;a previsto, los polic&#237;as se pusieron a perseguir al jardinero sin atender a los gestos desesperados de la madre superiora, que, desde el balc&#243;n, trataba in&#250;tilmente de deshacer el malentendido. Esper&#233; a que el fugitivo y los polic&#237;as se hubieran perdido calle arriba, dej&#233; mis barbas postizas prendidas de un rosal y me fui tan tranquilo calle abajo, no sin antes haber dirigido a la desolada monja un adem&#225;n que quer&#237;a decir:

Disculpe las molestias y siga confiando en m&#237;: no me he desentendido a&#250;n del caso.

Mientras me alejaba en direcci&#243;n al metro, o&#237; tabletear a lo lejos una ametralladora. Y, como sea que este cap&#237;tulo ha quedado un poco corto, aprovechar&#233; el espacio sobrante para tocar un extremo que sin duda preocupar&#225; al lector que hasta este punto haya llegado, a saber, el de c&#243;mo me llamo. Y es que es &#233;ste tema que requiere explicaci&#243;n.

Cuando yo nac&#237;, mi madre, que otras ligerezas por temor a mi padre no se permit&#237;a, incurr&#237;a, como todas las madres de ella contempor&#225;neas, en la liviandad de amar perdida e in&#250;tilmente, por cierto, a Clark Gable. El d&#237;a de mi bautizo, e ignorante como era, se empe&#241;&#243; a media ceremonia en que ten&#237;a yo que llamarme Loquelvientosellev&#243;, sugerencia esta que indign&#243;, no sin causa, al p&#225;rroco que oficiaba los ritos. La discusi&#243;n degener&#243; en trifulca y mi madrina, que necesitaba los dos brazos para pegar a su marido, con el que andaba cada d&#237;a a trompazo limpio, me dej&#243; flotando en la pila bautismal, en cuyas aguas de fijo me habr&#237;a ahogado si Pero esto es ya otra historia que nos apartar&#237;a del rumbo narrativo que llevamos. De todas formas, el problema carece de sustancia, ya que mi verdadero y completo nombre s&#243;lo consta en los infalibles archivos de la DGS, siendo yo en la vida diaria m&#225;s com&#250;nmente apodado chorizo, rata, mierda, cagall&#243;n de tu padre y otros ep&#237;tetos cuya variedad y abundancia demuestran la inconmensurabilidad de la inventiva humana y el tesoro inagotable de nuestra lengua.



Cap&#237;tulo VII EL JARDINERO MORIGERADO

LA CALLE de la Cadena es corta y no me fue dif&#237;cil averiguar el domicilio espec&#237;fico del antiguo jardinero del colegio, a quien todo el vecindario parec&#237;a conocer y apreciar. En el curso de mis pesquisas averig&#252;&#233; tambi&#233;n que el individuo en cuesti&#243;n, habiendo enviudado tiempo atr&#225;s, viv&#237;a solo y, por a&#241;adidura, muy escaso de medios. En temporada taurina ganaba su sustento recogiendo bo&#241;igas en la Monumental, que vend&#237;a luego a los agricultores del Prat; en los meses de invierno subsist&#237;a pr&#225;cticamente de la caridad ajena. Don Cagomelo Purga me recibi&#243; con extrema amabilidad. Su vivienda era un cuartito destartalado donde se amontonaban un camastro, una mesilla de noche sepultada bajo una pila de revistas amarillentas, una mesa, dos sillas, un armario sin puerta y un fogoncillo el&#233;ctrico en el que herv&#237;a una cacerola. Pregunt&#233; por el inodoro, porque precisaba orinar, y me se&#241;al&#243; el ventanuco.

Por deferencia a los viandantes -me dijo-, cuando vea que le va a salir, grite: &#161;agua va! Y procure que las &#250;ltimas gotas caigan fuera, porque el &#225;cido &#250;rico corroe las baldosas y no tengo yo edad de andar fregando a todas horas. Si la ventana le resulta alta, coja una silla. Yo antes meaba a pie firme, pero con los a&#241;os me he ido encogiendo. A&#241;os atr&#225;s ten&#237;amos un bac&#237;n de loza muy c&#243;mico, con un ojo y esta leyenda: te veo. A mi llorada esposa, que en paz descanse, le daba mucha risa cada vez que lo usaba. Cuando dios la llam&#243; a su lado, insist&#237; en que la enterrasen con el bac&#237;n. Era el &#250;nico regalo que pude hacerle en treinta a&#241;os de matrimonio y me habr&#237;a parecido una infidelidad seguir us&#225;ndolo en su ausencia. Con la ventana me arreglo. Para hacer mayores es un poco inc&#243;modo, claro, pero la pr&#225;ctica lo facilita todo, &#191;no cree usted?

Aborrecido como aborrezco la petulancia, me cay&#243; bien la llaneza del antiguo jardinero y marido, el cual, mientras yo desahogaba la vejiga, volvi&#243; a la tarea que mi llegada hab&#237;a interrumpido. Cuando me reun&#237; con &#233;l junto a la mesa, vi que estaba ensamblando con ayuda de un tubito de pegamento Imedio los fragmentos de su dentadura postiza.

Se me rompi&#243; ayer contra el reclinatorio de la iglesia -me explic&#243;-. Castigo del cielo: me hab&#237;a dormido durante la visita al sant&#237;simo. &#191;Es usted piadoso?

No tengo otra cualidad que mi acendrada devoci&#243;n -dije.

Ni hay mejor credencial en este mundo ni en el otro. &#191;En qu&#233; puedo servirle?

Le hablar&#233; sin rodeos. Tengo entendido que fue usted jardinero del colegio de las madres lazaristas de San Gervasio.

La &#233;poca m&#225;s feliz de mi vida, s&#237; se&#241;or. Cuando yo llegu&#233;, lo que hoy es el jard&#237;n era una selva agreste. Yo lo convert&#237;, con la ayuda de dios, en un vergel.

El m&#225;s bonito que he visto en mi vida. &#191;Por qu&#233; estaba tan descuidado el jard&#237;n?

La propiedad hab&#237;a estado abandonada muchos a&#241;os. &#191;Puedo ofrecerle algo de beber, se&#241;or?

Sugra&#241;es. Fervoroso Sugra&#241;es, para servir a dios y a usted. &#191;No tendr&#225; por casualidad una Pepsi-Cola?

Oh, no. Mi peculio no me permite estos lujos. Puedo darle del grifo, o si gusta, un poco del caldito de acelgas que me estaba haciendo.

Se lo agradezco, pero acabo de almorzar -ment&#237; para no privarle de su parca colaci&#243;n-. &#191;Qu&#233; era el colegio antes de ser colegio?

Ya se lo he dicho: nada. Un caser&#243;n abandonado.

&#191;Y antes?

No lo s&#233;. Nunca tuve curiosidad por saberlo. &#191;Es usted agente de la propiedad?

Por su pregunta comprend&#237; que aquel producto marginal de nuestra fiesta brava estaba medio ciego.

H&#225;bleme de su trabajo en el colegio. &#191;Dec&#237;a usted que le pagaban bien?

No, qu&#233; va. Dije que fueron los a&#241;os m&#225;s felices, pero no me refer&#237;a al aspecto cremat&#237;stico. Las monjas me pagaban por debajo del sueldo m&#237;nimo y nunca me afiliaron a la seguridad social ni al montep&#237;o de jardineros. Fui feliz porque me gustaba el trabajo y porque me permit&#237;an asistir a la capilla cuando no estaban las ni&#241;as.

&#191;No ten&#237;a ning&#250;n contacto con las ni&#241;as?

S&#237;, ya lo creo. Durante los recreos ten&#237;a que andar vigilando que no me estropearan las flores. Eran unos diablillos: robaban &#225;cidos del laboratorio y los echaban en los parterres. Tambi&#233;n ocultaban vidrios entre las hierbas para que me cortara las manos. Unos diablillos, ya le digo.

Le gustan las criaturas, &#191;verdad?

Mucho. Son una bendici&#243;n del se&#241;or.

Pero usted no tiene hijos.

Nunca hicimos uso del matrimonio, mi esposa y yo. A la antigua usanza. Hoy en d&#237;a la gente se casa por hacer cochinadas. No, no deber&#237;a decir eso: no juzgu&#233;is y no ser&#233;is juzgados. Y bien sabe dios que a veces nos fue dif&#237;cil resistir la tentaci&#243;n. Imag&#237;nese usted: treinta a&#241;os durmiendo juntos en ese camastro tan estrecho. El alt&#237;simo nos dio fortaleza. Cuando las pasiones estaban a punto de vencernos, yo le pegaba a mi esposa con el cintur&#243;n y ella me daba a m&#237; con la plancha en la cabeza.

&#191;Por qu&#233; dej&#243; usted el empleo? En el colegio, quiero decir.

Las monjas decidieron jubilarme. Yo me sent&#237;a bien de salud y en plenitud de mis fuerzas, y a&#250;n me siento as&#237;, gracias a dios, pero no me consultaron. Un d&#237;a me llam&#243; la madre superiora y me dijo: Cagomelo, acabas de jubilarte, que sea para bien. Y me dieron una hora para recoger mis cosas y marcharme.

Le pagar&#237;an una buena indemnizaci&#243;n.

Ni un duro. Me regalaron un cuadro del santo padre fundador y una suscripci&#243;n gratuita por un a&#241;o a la revista del colegio: Rosas para Mar&#237;a.

Se&#241;al&#243; un cuadro que colgaba sobre el camastro, en el que se ve&#237;a a un caballero vestido de rojo cuyo rostro guardaba un sorprendente parecido con Luis Mariano. De la cabeza del santo sal&#237;an rayos de luz. En la mesilla de noche se amontonaban las revistas en las que ya hab&#237;a yo reparado al entrar.

Las hojeo antes de dormir. Traen jaculatorias y ejemplos del mes de mayo. &#191;Le gustar&#237;a leerlas?

En otra ocasi&#243;n me encantar&#237;a. &#191;Es verdad que poco antes de su jubilaci&#243;n hubo un extra&#241;o incidente en el colegio? Se muri&#243; una ni&#241;a o algo por el estilo.

&#191;Morirse? &#161;No lo permita la inmaculada concepci&#243;n! Desapareci&#243; unos d&#237;as, pero el &#225;ngel de la guarda la devolvi&#243; sana y salva.

&#191;Conoc&#237;a usted a la ni&#241;a?

&#191;A Isabelita? &#161;Claro! Era un diablillo.

&#191;Isabelita Sugra&#241;es un diablillo?

Isabelita Peraplana. Sugra&#241;es es usted, si no recuerdo mal.

Tengo una sobrina que se llama as&#237;: Isabelita como su madre y Sugra&#241;es como su padre y como yo. A veces me armo un l&#237;o. H&#225;bleme de ella.

&#191;De Isabelita Peraplana? &#191;Qu&#233; le voy a contar? Era la m&#225;s bonita de su curso, la m&#225;s, &#191;c&#243;mo le dir&#237;a?, virginal. La preferida de las madres, el ejemplo que todas deb&#237;an seguir. Muy aplicada y muy devota.

Pero tambi&#233;n era un diablillo.

&#191;Isabelita? No, ella no. La otra la incitaba y ella le segu&#237;a el juego, de puro inocente.

&#191;Qu&#233; otra?

Mercedes.

&#191;Mercedes Sugra&#241;es?

No, tampoco. Mercedes Negrer se llamaba. Eran u&#241;a y carne, &#161;y tan distintas! &#191;Dispone usted de un momento? Le ense&#241;ar&#233; las fotos.

&#191;Tiene usted fotos de las ni&#241;as?

Claro: en las revistas.

Fue a la mesilla de noche y regres&#243; cargado de revistas.

Busque usted la de abril del 71. Mi vista no es lo que fue.

Encontr&#233; la revista que me indicaba y fui pasando las hojas hasta dar con la secci&#243;n titulada: Flores de nuestro Jard&#237;n. Cada foto ocupaba media p&#225;gina y encuadraba un curso entero, retratado en la escalinata de entrada a la capilla, de forma que las cabezas de las ni&#241;as iban sobresaliendo de hilera en hilera.

Busque a las de quinto. &#191;Las ha encontrado? Perm&#237;tame.

Acerc&#243; tanto la revista a la cara que tem&#237; que se sacara un ojo. Cuando la separ&#243;, hab&#237;a babas adheridas al papel.

&#201;sta es Isabelita: la rubia de la &#250;ltima fila. Y la de su lado es Mercedes Negrer. La de la izquierda. La de la izquierda de la foto, no la de su izquierda de usted. &#191;Las localiza?

Por alguna raz&#243;n que no pude precisar entonces, la foto del quinto curso me produjo una vaga sensaci&#243;n de tristeza. Record&#233; fugazmente las fotos de Usa, la de carnes geol&#243;gicas, la que se paseaba por nuestra recortada costa exhibiendo sus encantos y emitiendo generalidades sobre nuestra fatigada raza.

S&#237;, una ni&#241;a preciosa, en efecto. Veo que ten&#237;a usted buen gusto -dije.

Procur&#233; retener en la memoria los rasgos de Isabel Peraplana, devolv&#237; la revista al mont&#243;n y dije con fingida ignorancia:

&#191;Por qu&#233; me ha ense&#241;ado la foto de quinto curso? Yo no tengo estudios, pero creo que en aquella &#233;poca el bachillerato constaba no de cinco, sino de seis cursos.

Cree usted bien: seis y el preu, que se hac&#237;a en el instituto. Isabelita no acab&#243; el bachillerato.

&#191;Por qu&#233;? &#191;No era muy aplicada?

S&#237; lo era, la que m&#225;s. La verdad, no s&#233; lo que pas&#243;. Yo sal&#237; del colegio, como le contaba antes, ese mismo a&#241;o y no volv&#237; a saber m&#225;s de las ni&#241;as. Durante un tiempo esper&#233; que alguna viniera a visitarme, pero ninguna lo hizo.

&#191;C&#243;mo sabe usted, entonces, que Isabelita dej&#243; los estudios?

Porque ya no aparece su foto en la revista de abril del a&#241;o siguiente, que recib&#237; gracias a la suscripci&#243;n con que las monjas me hab&#237;an obsequiado.

&#191;Me permite comprobarlo por m&#237; mismo?

Tenga la bondad.

Busqu&#233; y encontr&#233; la revista de abril del 72 y en ella la foto de sexto. Isabelita no estaba, pero eso lo sab&#237;a yo ya, porque me lo hab&#237;a dicho la madre superiora en el manicomio. Lo que yo indagaba era otra cosa y mis sospechas se confirmaron. Mercedes Negrer tambi&#233;n hab&#237;a desaparecido del retrato. Aunque segu&#237;a vi&#233;ndolo todo muy confuso, las piezas del rompecabezas empezaban a encajar. Rehice el mont&#243;n de revistas y me levant&#233;, dispuesto a despedirme del hospitalario jardinero, a quien agradec&#237; mucho sus atenciones.

Estoy para servirle -dijo &#233;l-. S&#243;lo hay una cosa que quisiera preguntarle, si no es molestia.

Usted dir&#225;.

&#191;A qu&#233; ha venido?

Me consta que ha quedado vacante la plaza de jardinero en el colegio. Pens&#233; que podr&#237;a interesarle, si a&#250;n se ve con &#225;nimos. Si es as&#237;, pres&#233;ntese dentro de un par de d&#237;as y no diga que va de mi parte: problemas sindicales.

Con Franco viv&#237;amos mejor -murmur&#243; el anciano jardinero.

Y usted que lo diga -corrobor&#233; yo.



Cap&#237;tulo VIII INTRUSI&#211;N PREMARITAL

LA CASA de los Peraplana, a la que localic&#233; por la gu&#237;a de tel&#233;fonos, ya que s&#243;lo hab&#237;a dos Pera-plana y el otro era callista en la Verneda, era la &#250;nica torre de la calle de la reina Cristina Eugenia. Las restantes casas de la calle eran edificios de pisos de lujo, de ladrillo rojo, grandes ventanales y porter&#237;as deslumbrantes, en las que no faltaban porteros ataviados con casacas variopintas. Frente a una de estas porter&#237;as de ensue&#241;o se hab&#237;a congregado un grupo de criadas uniformadas a las que me dirig&#237; con un contoneo chulap&#243;n de mucho efecto entre el sexo d&#233;bil.

Hola, guapas -dije con aire retrechero.

Mi desenfado fue recibido con risitas y gorjeos.

Mira t&#250; qui&#233;n ha venido -exclam&#243; una de las criadas-: Sandok&#225;n.

Dej&#233; que se burlaran un rato y luego fing&#237; profunda tristeza. Pellizc&#225;ndome con disimulo el perineo logr&#233; que unas l&#225;grimas afloraran a mis ojos. Las criaditas, que en el fondo eran todo coraz&#243;n, se compadecieron de m&#237; y me preguntaron qu&#233; me pasaba.

Una cosa trist&#237;sima que os voy a contar. Me llamo Toribio Sugra&#241;es y fui compa&#241;ero de mili del se&#241;or Peraplana, el que vive ah&#237;, en esa torre tan bonita. &#201;l hac&#237;a las pr&#225;cticas de alf&#233;rez y yo era turuta. Un d&#237;a, en el campamento, una mu&#237;a que iba alta estuvo a punto de darle una tremenda coz a Peraplana; yo me interpuse y le salv&#233; la vida a costa de perder este colmillo cuya vacante pod&#233;is apreciar. Como cabe suponer, Peraplana me qued&#243; muy agradecido y me jur&#243; que si alguna vez necesitaba algo no ten&#237;a m&#225;s que acudir a &#233;l. Han transcurrido muchos a&#241;os y me encuentro, como pod&#233;is inferir por mi aspecto, en una penosa situaci&#243;n. Recordando la promesa de anta&#241;o, he venido esta ma&#241;ana a llamar a la puerta de Peraplana con &#225;nimo de recordarle su deuda de gratitud, y &#191;qu&#233; creer&#233;is que me he encontrado? (''unos brazos abiertos? &#161;Qui&#225;! &#161;Una patada en el culo!

&#191;Pues qu&#233; esperabas, macho? -intercal&#243; una de las criadas.

&#191;De qu&#233; huerto bajas? -recab&#243; otra.

No, si &#233;ste hasta creer&#225; que los ni&#241;os vienen de Par&#237;s -se mof&#243; una tercera.

No os ri&#225;is -dijo la que parec&#237;a m&#225;s sensata y que no deb&#237;a de contar m&#225;s all&#225; de diecis&#233;is a&#241;itos: una guinda confitada-. Todos los ricos son unos cabrones. Me lo ha dicho mi novio que es del PSUC.

No se&#225;is malas -reconvino una quinta a quien el uniforme, algo corto, dejaba entrever unos jamones muy apetitosos-. Han pasado muchos a&#241;os desde lo de la mu&#237;a, a&#241;os que, por cierto, han hecho m&#225;s mella en el se&#241;or Peraplana que en ti, caloyo. &#191;Est&#225;s seguro de que hicisteis el servicio juntos?

S&#237;, pero yo lo hice en cuanto entr&#233; en caja y a Peraplana le concedieron todas las pr&#243;rrogas. Eso vale por la diferencia de edad que tan sagazmente has advertido, guapa.

La de los jamones pareci&#243; satisfecha con esta improvisada explicaci&#243;n y a&#241;adi&#243;:

Seg&#250;n tengo entendido, los Peraplana son buenas personas. Pagan bien y no dan guerra. Es posible que ahora ande todo manga por hombro en la casa, con la boda de la ni&#241;a.

&#191;Se casa Isabelita? -pregunt&#233;.

&#191;Tambi&#233;n ella hizo la mili contigo? -pregunt&#243; la jamona, cuyas artes deductivas la estaban convirtiendo en un peligro.

En el permiso de jura Peraplana dej&#243; pre&#241;ada a su novia en Salou y cuando nos dieron la verde se cas&#243; de penalty. Me dijo que si ten&#237;a una ni&#241;a le pondr&#237;a Isabelita. &#161;C&#243;mo pasa el tiempo!, y &#161;c&#243;mo me gustar&#237;a ver ahora a la ni&#241;a! &#161;Qu&#233; de recuerdos!

Pues no creo que te inviten a la boda, cha-tungo -ataj&#243; la novia del psuquero-. Dicen que el novio est&#225; forrado.

&#191;Y es guapo? -quiso saber otra.

Parece un locutor de Telediario -sentenci&#243; la guinda confitada.

Se hab&#237;a hecho tarde y las criadas se dispersaron como una bandada de t&#243;rtolas que, sobresaltada por un ruido s&#250;bito, alza el vuelo defecando para aligerar su peso. Me qued&#233; solo en la calle, muy tranquila a la saz&#243;n, y dediqu&#233; unos segundos a trazar un plan para cuya ejecuci&#243;n recurr&#237; una vez m&#225;s a los cubos de basura, que se hab&#237;an convertido para m&#237; en ventajoso sustituto del Corte Ingl&#233;s. Una caja, unos papeles, un cordel y otros admin&#237;culos me bastaron para componer un paquete, provisto del cual me dirig&#237; a la casa de los Peraplana. Cruc&#233; un refrescante jard&#237;n en cuya grava reposaban dos Seats y un Renault y donde hab&#237;a un surtidor de m&#225;rmol, un balanc&#237;n y una mesa blanca, protegida por un parasol listado. Ante la puerta de cristal emplomado que daba acceso a la casa me detuve y puls&#233; un timbre que en vez de hacer ring hizo tin-tan. A la llamada acudi&#243; un mayordomo trip&#243;n a quien salud&#233; con una venia.

Soy de la joyer&#237;a Sugra&#241;es del Paseo de Gracia -dije- y traigo un regalo de bodas para la se&#241;orita Isabel Peraplana. &#191;Est&#225; la se&#241;orita?

S&#237;, pero no puede atenderle ahora -dijo el mayordomo-. D&#233;me el paquete y yo se lo har&#233; llegar.

Sac&#243; del bolsillo un par de monedas de diez duros y, muerto de hambre como estaba, ponder&#233; la conveniencia de aceptarlos y salir corriendo. Pero venc&#237; tan mezquina inclinaci&#243;n y puse el paquete a salvo del mayordomo mediante un quiebro de cintura.

La se&#241;orita tiene que firmar el albar&#225;n -dije.

Yo estoy autorizado a firmar -dijo el altanero mayordomo.

Pero yo no estoy autorizado a efectuar la entrega si la se&#241;orita Isabel Peraplana no me firma de su pu&#241;o y letra y en mi presencia. Norma de la casa.

Mi firmeza hizo vacilar al mayordomo.

La se&#241;orita no puede salir ahora, ya le he dicho: est&#225; probando con la modista.

Hagamos una cosa -propuse yo-: llame usted por tel&#233;fono a la joyer&#237;a y si ellos me lo permiten yo con sumo gusto aceptar&#233; no ya su firma, sino su palabra de honor.

Bastante convencido por mis plausibles razones, el mayordomo me franque&#243; la entrada. Rogu&#233; a todos los santos que no hubiera tel&#233;fono en el vest&#237;bulo y mi plegaria fue atendida. El vest&#237;bulo era una pieza circular de techo alto y abovedado. Casi no hab&#237;a muebles y s&#237; maceteros con palmentas y unas figuras de bronce que representaban tiorras en cueros y enanillos. El mayordomo me indic&#243; que esperara all&#237; mientras &#233;l telefoneaba desde el ofis. Yo siempre hab&#237;a cre&#237;do que el ofis era un mingitorio, pero no exterioric&#233; mi extra&#241;eza. Preguntando cu&#225;l era el tel&#233;fono de la joyer&#237;a, respond&#237; que no lo recordaba.

Busque usted en la gu&#237;a por Joyer&#237;a Sugra&#241;es. Si no est&#225;, busque por Sugra&#241;es Joyeros. Y si tampoco est&#225;, por Objetos de Valor Sugra&#241;es. Y pregunte por Sugra&#241;es padre. El hijo es un d&#233;bil mental sin facultades decisorias.

Apenas hubo desaparecido el mayordomo, sub&#237; de cuatro en cuatro los escalones alfombrados que arrancaban del fondo del vest&#237;bulo y, una vez en el piso superior, empec&#233; a meter la cabeza en todas las habitaciones hasta que, al tercer intento, di con la que buscaba, pues en ella hab&#237;a dos personas, una de cierta edad, que deb&#237;a de ser la modista, ya que llevaba en el brazo, como un gal&#243;n de cabo primera, un almohadoncito lleno de alfileres. En la otra persona reconoc&#237; de inmediato a Isabel Peraplana, a pesar del tiempo transcurrido entre la foto que acababa de mostrarme el virtuoso jardinero y la mujer que ahora ten&#237;a frente a m&#237; en toda la plenitud de su hermosura, que era para parar un tren. Su cabellera rubia ca&#237;a en ondas sobre sus hombros delicados y ven&#237;a rematada por una diadema de florecillas blancas. Por toda otra vestimenta llevaba un diminuto sost&#233;n blanco y unas braguitas de puntillas por entre cuyo celaje se colaba alg&#250;n que otro ricito dorado. Para completar la pintura a&#241;adir&#233; que ambas mujeres ten&#237;an la boca abierta y que por ambas bocas sal&#237;an gritos de espanto provocados, a no dudar, por mi inesperada intromisi&#243;n.

Traigo un regalo precioso de la joyer&#237;a Sugra&#241;es -me apresur&#233; a decir al tiempo que agitaba el falso paquete en cuyo interior tintineaban dos latas vac&#237;as de sardinas que hab&#237;a colocado yo para dar la ilusi&#243;n de metales nobles.

Pero ni siquiera eso logr&#243; aplacar la consternaci&#243;n de las dos mujeres. Resuelto a todo, avanc&#233; hacia la modista y rug&#237;:

&#161;Te como, pich&#243;n!

Ante lo cual sali&#243; la modista al pasillo dejando tras de s&#237; un rastro de alfileres como Pulgarcito dejaba migas de pan y pidiendo socorro a pleno pulm&#243;n. Libre ya de la modista, cerr&#233; la puerta y ech&#233; el pestillo. Hecho esto me volv&#237; a Isabelita Peraplana, que me miraba muda de terror mientras trataba de cubrir sus carnecitas con las manos, cosa que me habr&#237;a sacado de quicio si no hubiera yo tra&#237;do un importante mensaje que dar.

Se&#241;orita Peraplana -dije atropelladamente-, s&#243;lo tenemos unos instantes. Procure escucharme con toda atenci&#243;n. No soy recadero de la joyer&#237;a Sugra&#241;es. No creo siquiera que exista tal firma comercial. Este paquete contiene s&#243;lo unas latas vac&#237;as y no cumple otro prop&#243;sito que el de permitirme la entrada en esta casa, allanamiento que he osado cometer para poder hablar con usted en privado. No tiene nada que temer de m&#237;. Soy un ex delincuente, libre s&#243;lo desde ayer. Me busca la polic&#237;a para encerrarme otra vez en el manicomio, porque creen que estoy envuelto en la muerte de un hombre o quiz&#225; de dos, seg&#250;n si los de la metralleta acertaron o no al jardinero. Tambi&#233;n ando metido en un asunto de drogas: coca&#237;na, anfetaminas y &#225;cido. Y mi pobre hermana, que es puta, est&#225; en chirona por mi culpa. Ya ve usted en qu&#233; dram&#225;tica tesitura me hallo. Repito que no tiene nada que temer: ni estoy loco como pretenden ni soy un criminal. Cierto es que huelo un poco a sobaco y a vino y a basura, pero todo ello tiene una explicaci&#243;n muy sencilla que le dar&#237;a de mil amores si dispusiera de un tiempo del que por desgracia no dispongo. &#191;Me sigue usted?

Dijo que s&#237; por se&#241;as, pero no parec&#237;a muy convencida. Pens&#233; que ser&#237;a una ni&#241;a malcriada por el exceso de mimo.

S&#243;lo quiero que entienda usted bien una cosa -segu&#237; diciendo mientras al otro lado de la puerta vociferaba el mayordomo que abriera de inmediato-: del &#233;xito de mis pesquisas dependen mi libertad y la de mi pobre hermana. Esto para usted puede no tener la menor importancia, sobre todo en v&#237;speras de su boda con un muchacho pudiente y agraciado, seg&#250;n me han dicho las criadas del barrio, y afortunado, a&#241;ado yo a la vista de lo que se lleva, con motivo de lo cual quisiera, de paso, formular votos por su eterna felicidad. Pero es preciso, como le dec&#237;a

&#161;La polic&#237;a est&#225; en camino! -o&#237; gritar al mayordomo-. &#161;Salga con las manos en alto y no le pasar&#225; nada!

 es preciso, como le dec&#237;a, que resuelva un caso y para ello me es indispensable su cooperaci&#243;n, se&#241;orita Isabel.

&#191;Qu&#233; quiere de m&#237;? -murmur&#243; la joven con voz entrecortada.

Usted fue alumna del colegio de las madres lazaristas de San Gervasio, &#191;no es verdad? S&#237;, s&#237; que es verdad, porque yo lo s&#233; y porque he visto su foto en el n&#250;mero de abril del 71 de Rosas para Mar&#237;a.

Fui a ese colegio, es verdad.

No fue: estaba usted interna en ese colegio. Lo estuvo hasta quinto de bachillerato. Era usted una alumna buena y aplicada, las monjitas la adoraban. Pero una noche desapareci&#243;.

No s&#233; de qu&#233; me est&#225; usted hablando.

Una noche desapareci&#243; misteriosamente del dormitorio, cruz&#243; varias puertas cerradas, atraves&#243; el jard&#237;n sin que los perros advirtieran su paso, salv&#243; una verja o un muro inexpugnables y se perdi&#243; en lo desconocido.

Est&#225; usted rematadamente loco -intercal&#243; la joven.

Desapareci&#243; sin dejar rastro y toda la polic&#237;a de Barcelona no pudo dar con su paradero hasta que dos d&#237;as m&#225;s tarde rehizo usted el mismo camino y se reintegr&#243; a su dormitorio como si nada hubiera pasado. Y dijo usted a la madre superiora que no recordaba lo ocurrido, pero eso no puede ser. No puede ser que no recuerde usted haber realizado por dos veces consecutivas tama&#241;as proezas, ni puede ser que no recuerde qu&#233; hizo y d&#243;nde se ocult&#243; durante los dos d&#237;as que estuvo eclipsada del reino de los vivos. Cu&#233;nteme usted lo que pas&#243;. Cu&#233;ntemelo, por el amor de dios, y habr&#225; contribuido usted a salvar a una ni&#241;a inocente de una suerte incierta y a obtener la rehabilitaci&#243;n social de un pobre ser humano que s&#243;lo persigue el respeto de sus semejantes y una buena ducha.

Sonaron unos taconazos en el pasillo y unos decididos trompazos en la puerta: la polic&#237;a. Mir&#233; angustiado a la joven.

&#161;Por favor, se&#241;orita Isabel!

No s&#233; de qu&#233; me habla. Le juro por lo que m&#225;s quiera que no s&#233; de qu&#233; me habla.

Hab&#237;a una desesperada sinceridad en su voz, pero aunque lo hubiera dicho a carcajadas no habr&#237;a tenido yo m&#225;s que aceptar la respuesta que me hubiera dado, porque ya ced&#237;an los goznes de la puerta y asomaba la porra enhiesta de un polic&#237;a por entre las astillas del panel superior. Me limit&#233;, pues, a pedir disculpas por las molestias causadas y me arroj&#233; de cabeza por la ventana cuando ya el primer representante de la autoridad tend&#237;a hacia m&#237; su mano reglamentariamente enguantada.

Ca&#237; sobre la capota de uno de los Seats aparcados en la grava y salvo que me rasgu&#233; los pantalones con la antena por la parte posterior, sum&#225;ndome as&#237; a la ola de erotismo que nos invad&#237;a y a la que eran proclives nuestras vedettes, &#225;vidas de mostrar hoy fl&#225;ccidas las carnes que un ya lejano ayer prietas cubr&#237;an, no sufr&#237; da&#241;os materiales de mayor envergadura. El polic&#237;a, sin duda considerando que los emolumentos que percib&#237;a no justificaban el riesgo de saltar en mi pos, se content&#243; con vaciar el cargador de su metralleta sobre el SEAT, en el que yo ya no estaba, dejando motor, carrocer&#237;a y cristales como un queso de Gruyere. Dir&#233; de pasada que no ignoro que el queso de Gruyere no tiene agujeros, perteneciendo &#233;stos m&#225;s bien a otra marca cuyo nombre he olvidado, y que he utilizado el parang&#243;n que antecede porque en el habla com&#250;n de nuestra tierra suele identificarse con el primero de ambos quesos, el Gruyere, toda superficie horadada. Agregar&#233; asimismo que me desilusion&#243; un poco que el coche acribillado no explotara como hacen siempre an&#225;logos mecanismos en las series de televisi&#243;n, aunque ya se sabe que entre la realidad y la fantas&#237;a media un abismo y que el arte y la vida no siempre corren parejas.

Brinqu&#233;, pues, como iba diciendo, del coche al suelo y otros&#237; por sobre el seto y con pasmosa agilidad corr&#237; por la calle usando la cabeza a modo de ariete para abrirme paso entre el gent&#237;o que los gritos y los tiros hab&#237;an congregado. Quiso la suerte que la polic&#237;a determinara a priori que se enfrentaba a un probable violador y actuara con la ligereza y condescendencia propias del caso, y no a un terrorista, contingencia en la cual habr&#237;a procedido a rodear la manzana y a emplear la moderna tecnolog&#237;a de que dispone.

Una vez a salvo, recapitul&#233;: la entrevista con Isabel Peraplana pod&#237;a tacharse sin ambages de fracaso y los peligros por ella arrostrados, de desmedidos en relaci&#243;n con el beneficio redituado. Pero no me sent&#237;a del todo encogido, porque a&#250;n me quedaba por jugar la &#250;ltima baza, materializada en la persona de Mercedes Negrer, cuyo nombre hasta pocas horas antes todos hab&#237;an silenciado por motivos que se me antojaban enjundiosos.



Cap&#237;tulo IX UNA EXCURSI&#211;N AL CAMPO

HAB&#205;A diez Negrer en la gu&#237;a telef&#243;nica. Siempre me he preguntado por qu&#233; las autoridades consienten en la repetici&#243;n de apellidos, privando a &#233;stos de toda utilidad y fomentando as&#237; la confusi&#243;n entre los ciudadanos. &#191;Qu&#233; har&#237;a nuestro eficaz servicio postal si veinte localidades se llamaran, pongamos por caso, Segovia?, &#191;c&#243;mo se recaudar&#237;an las multas si muchos coches llevaran id&#233;ntica matr&#237;cula?, &#191;qu&#233; satisfacciones gastron&#243;micas obtendr&#237;amos si todos los &#237;tems de un men&#250; se apodaran sopa de caldo?

No era, empero, la ocasi&#243;n propicia para concebir reformas reg&#237;strales y dej&#233; de lado mis reflexiones para concentrarme en una tarea que preve&#237;a laboriosa, como fue. La fortuna, que hasta entonces me hab&#237;a favorecido, se me mostr&#243; esquiva y tuve que efectuar nueve llamadas engorrosas hasta que una voz femenina, que se me hizo aguardentosa, admiti&#243; pertenecer a Mercedes Negrer.

Un placer saludarla -dije con engolada pronunciaci&#243;n-. Aqu&#237; Televisi&#243;n Espa&#241;ola desde nuestros estudios de Prado del Rey. Le habla Rodrigo Sugra&#241;es, director de programaci&#243;n. &#191;Ser&#237;a tan amable de concedernos unos segundos de su valioso tiempo? &#191;S&#237;? &#161;No pod&#237;a ser de otro modo! Estamos, ver&#225; usted, coordinando un nuevo programa de actualidad, muy acorde con los tiempos, que lleva por t&#237;tulo: Juventud y democracia. Y, a tal efecto, estamos entrevistando para nuestras c&#225;maras a las generaciones que vieron la luz primera en los a&#241;os cincuenta y que pronto tendr&#225;n ocasi&#243;n de votar ya sabe: toda la mandanga. Usted, seg&#250;n nuestros informes, naci&#243; aproximadamente en el espere un momento, no me lo diga -hice un r&#225;pido c&#225;lculo para mis adentros: catorce a&#241;os hace seis, 1977 menos veinte- en el 57, &#191;digo bien?

Dice mal -respondi&#243; la voz-. Yo nac&#237; en &#191;qu&#233; importa eso? Usted con quien quiere hablar es con mi hija.

Lamentable error, se&#241;ora, pero, &#191;c&#243;mo iba yo a suponer que no era usted su propia hija? Tiene usted una voz tan juvenil, una modulaci&#243;n tan cantarina &#191;Puede decirle a su hija que se ponga al aparato?

Hubo un titubeo que no supe a qu&#233; atribuir.

No mi hija no est&#225;.

&#191;Sabe usted cu&#225;ndo volver&#225;?

No vive aqu&#237;.

&#191;Tendr&#225; usted entonces la bondad de darme el domicilio de su hija?

M&#225;s titubeos. &#191;Habr&#237;ase visto aquella familia castigada con el bald&#243;n de una hija casquivana?

No me es posible revelarle el paradero de mi hija, se&#241;or Sugra&#241;es, cr&#233;ame que lo siento.

Pero, se&#241;ora, &#191;va usted a negar su colaboraci&#243;n a Televisi&#243;n Espa&#241;ola, que llega cada noche a todos los hogares de la patria?

Me dijeron que no

Se&#241;ora de Negrer, enti&#233;ndame bien: yo no s&#233; qui&#233;n le dijo qu&#233;, pero le puedo asegurar que no le estoy hablando en mi nombre propio ni en el de los millones de televidentes que a diario nos sintonizan: a t&#237;tulo confidencial le dir&#233; que el se&#241;or ministro de informaci&#243;n y turismo, si a&#250;n se llama as&#237; tan alta instancia gubernamental, est&#225; muy interesado en este programa piloto. &#161;Se&#241;ora!

Tem&#237; que colgara. Percib&#237; una respiraci&#243;n agitada. Imagin&#233; un busto jadeante, quiz&#225;s un hilo de sudor en la regata pectoral. Tuve que hacer un esfuerzo para apartar de m&#237; las fantas&#237;as. Habl&#243; la se&#241;ora:

Mi hija, la Merceditas, sigue en la Pobla de l'Escorp&#237;. Quiz&#225;, si, como usted dice, el se&#241;or ministro est&#225; interesado, pudiera &#233;l interceder ante quien proceda para poner fin a este alejamiento tan penoso.

No ten&#237;a idea de lo que me estaba diciendo, pero hab&#237;a logrado la informaci&#243;n que buscaba y eso era lo principal.

Pierda usted cuidado, se&#241;ora: no hay palanca que la tele no pueda mover. Mil gracias y hasta pronto. &#161;Estamos en el aire!

Sal&#237; de la cabina, que ol&#237;a a perros, y consult&#233; la hora en el reloj octogonal que adornaba el frontispicio de una corseter&#237;a: las seis y media. Volv&#237; a entrar en la cabina, llam&#233; a informaci&#243;n, ped&#237; el n&#250;mero de la RENFE, llam&#233; a la RENFE cuarenta veces y de puro milagro consegu&#237; que me atendieran. El &#250;ltimo tren para la Pobla de L'Escorp&#237; sal&#237;a dentro de veinte minutos de la Estaci&#243;n de Cercan&#237;as. Par&#233; un taxi y promet&#237; al taxista una buena propina si lleg&#225;bamos a la estaci&#243;n con tiempo para tomar el tren. Hicimos la mitad del trayecto por las aceras, pero llegamos frente a la estaci&#243;n cuando faltaban s&#243;lo dos minutos para la hora de salida. Aprovechando un sem&#225;foro salt&#233; del taxi y me escurr&#237; entre los coches apelotonados en la calzada. El taxista no pod&#237;a abandonar el volante para perseguirme y se limit&#243; a denostarme con toda su alma. Era la hora en punto cuando entr&#233; en el tiznado vest&#237;bulo y perd&#237; otro minuto en averiguar el and&#233;n correspondiente. Al alcanzar finalmente mi destino, el tren objeto de mis celeridades se estaba formando, t&#233;rmino &#233;ste muy usual en el habla ferroviaria cuyo significado no acabo de comprender bien. La proverbial impuntualidad de la RENFE me hab&#237;a salvado.

El and&#233;n y la estaci&#243;n entera eran un pandem&#243;nium. Hab&#237;a empezado el caudaloso y lucrativo flujo de turistas que a&#241;o tras a&#241;o persisten en acudir a este pa&#237;s en busca de las caricias de nuestro sol, el hacinamiento de nuestras playas y el de-valuado costo de nuestras pitanzas, compuestas de gazpacho aguado, alb&#243;ndigas sospechosas y una rodajita de mel&#243;n. Los desconcertados viajeros se esforzaban en balde por traducir a sus respectivas lenguas lo que unos altavoces gangosos difund&#237;an. Al socaire de esta confusi&#243;n, rob&#233; a un ni&#241;o el cartoncito marr&#243;n que hab&#237;a de permitirme viajar en la legalidad. M&#225;s tarde presenci&#233; c&#243;mo la madre del ni&#241;o abofeteaba a &#233;ste ante la mirada estricta del revisor. Me dio un poco de pena, pero me consol&#233; pensando que aquella ense&#241;anza tal vez le fuera &#250;til al ni&#241;o en el futuro.

Hab&#237;a oscurecido cuando el tren traspuso los &#250;ltimos confines de la ciudad y se adentr&#243; en los campos mustios. Aunque el vag&#243;n iba lleno y varios pasajeros ten&#237;an que ir de pie en el estrecho pasillo, nadie se sent&#243; a mi lado, a todas luces por causa de la fetidez que mis axilas expand&#237;an. Decid&#237;a sacar provecho de los remilgos humanos y, tendi&#233;ndome cuan largo era, y a&#250;n soy, en el asiento, no tard&#233; en quedar dormido, vencido como estaba por el cansancio. Mis sue&#241;os, a los que no era ajena Usa, la soci&#243;loga silenciosa, fueron tomando un cariz marcadamente er&#243;tico y culminaron en una incontrolable emisi&#243;n seminal, para instrucci&#243;n de los ni&#241;os que en el vag&#243;n hab&#237;a y que hab&#237;an seguido con curiosidad cient&#237;fica las alteraciones y vicisitudes de mi organismo.

Dos horas m&#225;s tarde, el tren se detuvo en un apeadero de adobe oscurecido por un siglo de holl&#237;n y desidia. En el and&#233;n se alineaban cacharros met&#225;licos de como un metro de altura, en cuyos costados se le&#237;a: Productos L&#225;cteos Mamasa, la Pobla de L'Escorp&#237;. Me ape&#233;, pues all&#237; iba.

Del apeadero al pueblo serpenteaba un sendero pedregoso y l&#243;brego por el que anduve medio cohibido por un silencio s&#243;lo roto por el susurro de los &#225;rboles y el ruido de alg&#250;n bicho. El cielo estaba estrellado.

El pueblo parec&#237;a desierto. En la fonda-restaurante Can Soretes me dijeron que seguramente encontrar&#237;a a Mercedes Negrer en la escuela. Al pronunciar este nombre, el se&#241;or Soretes, pues intu&#237; que de &#233;l mismo se trataba, entorn&#243; los p&#225;rpados, chasc&#243; la lengua y se llev&#243; una mano velluda a la parte de su corpach&#243;n que ocultaba el mostrador. Lo dej&#233; presa de convulsiones y dirig&#237; mis pasos a la escuela, en una de cuyas ventanucas brillaba una luz amarillenta. Asom&#225;ndome a la ventana vi una clase vac&#237;a salvo por una mujer joven, de pelo negro muy corto, cuyo rostro no pude discernir, que revisaba un mont&#243;n de papeles apilados en la mesa de la maestra. Toqu&#233; quedamente el cristal y la joven dio un respingo. Pegu&#233; la cara al cristal y trat&#233; de sonre&#237;r, a pesar de las dificultades que ello llevaba aparejadas, para tranquilizar a la maestra, pues deduje que ella era, as&#237; como a Mercedes Negrer, que tal oficio desempe&#241;aba.

Cuando se quit&#243; las gafas y se aproxim&#243; a la ventana la reconoc&#237;. Al rev&#233;s de lo sucedido con su amiga, Isabelita Peraplana, Mercedes Negrer hab&#237;a cambiado mucho, no tanto porque su fisonom&#237;a hubiera experimentado otras variaciones que las concomitantes al desarrollo biol&#243;gico natural, sino porque la expresi&#243;n de sus ojos y el rictus de su boca no eran los mismos que horas antes me hab&#237;an mirado desde las p&#225;ginas satinadas de la inmunda revista Rosas para Mar&#237;a. No dej&#233; de percatarme, por cierto, de que, con todo, sus facciones eran diminutas, regulares y agraciadas; sus piernas, embutidas en un ce&#241;ido pantal&#243;n de pana negra, largas y aparentemente bien torneadas; sus caderas, redonditas; su cintura, estrecha, y sus mamellas, que un jersey de lana acanalada pugnaba por constre&#241;ir, pujantes y saltarinas. Imagin&#233; que ser&#237;a de las que se dispensan del sost&#233;n, categor&#237;a esta que cuenta con mi benepl&#225;cito.

La as&#237; descrita alz&#243; unos mil&#237;metros la ventana de guillotina y me pregunt&#243; qui&#233;n era y qu&#233; quer&#237;a.

Mi nombre no le dir&#225; nada -dije yo tratando de introducir los labios por la hendidura- y quiero hablar con usted. Por favor, no cierre la ventana antes de haberme escuchado. Mire: he puesto el dedo me&#241;ique en el alf&#233;izar. Si cierra, usted ser&#225; responsable de lo que le ocurra a mi fr&#225;gil osamenta. S&#233; que se llama usted Mercedes Negrer y su se&#241;ora madre, una dama encantadora, me ha dado su direcci&#243;n, cosa que, trat&#225;ndose de una madre, no habr&#237;a hecho si mis intenciones no hubieran sido del todo rectas. He venido ex profeso desde Barcelona para tener con usted un cambio de impresiones. No le voy a hacer ning&#250;n mal. Por favor.

El tono lastimero de mi voz y mi expresi&#243;n sincera debieron de convencerla, porque abri&#243; un poco m&#225;s la cuchilla de la ventana.

Hable -dijo.

Lo que tengo que decirle es confidencial y puede ser que nos lleve cierto tiempo. &#191;No podr&#237;amos hablar en un lugar m&#225;s recogido? D&#233;jeme, al menos, entrar y sentarme en uno de los pupitres. Nunca me he sentado en un pupitre, siendo mis estudios, por decirlo as&#237;, deficitarios.

Mercedes Negrer reflexion&#243; unos segundos, en el decurso de los cuales logr&#233; no clavar ni una sola vez las pupilas en sus tetas golosas.

Podemos ir a mi casa -dijo por fin, no sin que ello me produjera tanto alborozo como sorpresa-. All&#237; gozaremos de una relativa tranquilidad y podr&#233; ofrecerle, si gusta, un vaso de vino.

Si pudiera ser una Pepsi-Cola -me atrev&#237; a insinuar.

No tengo semejante cosa en la nevera -dijo ella en un tono injustificadamente divertido-, pero si la fonda est&#225; a&#250;n abierta, nos vender&#225;n un botell&#237;n.

Estaba abierta hace un minuto -inform&#233;-, pero no era mi intenci&#243;n ocasionarle tantas molestias.

No es molestia. Ya estaba hasta los huevos de hacer valoraciones -dijo a voces mientras guardaba en un caj&#243;n de la mesa los papeles que hab&#237;a estado leyendo, met&#237;a las gafas sin funda en una bolsa de arpillera que se colg&#243; al hombro y apagaba las luces del aula-. Antes, en mis tiempos, quiero decir, la ense&#241;anza era otra cosa. Los chavales se lo pasaban bien con el erotismo primitivo de la historia sagrada y la f&#225;bula edulcorada de nuestras gestas imperiales. Ahora, en cambio, todo son teor&#237;as de conjuntos, perogrulladas ling&#252;&#237;sticas y una desestimulante e improbable educaci&#243;n sexual.

&#191;Con Franco viv&#237;amos mejor? -tante&#233; repitiendo el lema que hab&#237;a o&#237;do de labios del pudibundo jardinero.

Cualquier tiempo pasado fue mejor -dijo ella con risa jovial abriendo tanto la boca como la ventana, por la que pas&#243; una pierna-. Ay&#250;deme a saltar. En un exceso de autoestima me compr&#233; un pantal&#243;n dos tallas por debajo de la m&#237;a.

Le tend&#237; una mano.

&#161;No, hombre, as&#237; no! C&#243;jame por la cintura, sin miedo, que no me voy a romper. Achuchones m&#225;s fuertes me han dado. &#191;Es usted t&#237;mido, reprimido o simplemente torpe?

Su cuerpo choc&#243; contra el m&#237;o y, solt&#225;ndola precipitadamente, me puse a contemplar la luna, que brillaba a mis espaldas, para ocultar la conspicua trempera que su contacto me hab&#237;a provocado. La noci&#243;n de que el acercamiento le habr&#237;a permitido olfatear mi aroma ofensivo sirvi&#243; para devolverme el reposo perdido. Mercedes Negrer, mientras esto suced&#237;a, hab&#237;a ajustado la ventana y me indicaba el camino a seguir, que era el de la fonda-restaurante, de donde yo ven&#237;a y andando el cual me dijo que casi le alegraba mi presencia, que el pueblo, como era patente, no era un hervidero de emociones y que el aislamiento le atacaba los nervios. No quise preguntar qu&#233; le hab&#237;a impulsado a tal exilio y qu&#233; motivos la reten&#237;an en un lugar que a todas luces aborrec&#237;a, porque supuse que la respuesta a tales preguntas era precisamente el objeto de mi viaje y que, por eso mismo, no pod&#237;an formularse sin cierta cautela.

Por ventura para m&#237;, la fonda estaba abierta y el impulsivo patr&#243;n limpiaba el mostrador del bar con un pa&#241;o renegrido y un aerosol de esos que matan el ox&#237;geno. Nos dio la Pepsi-Cola que le pidi&#243; Mercedes sin cesar de repasar con genuino descaro los contornos de esta &#250;ltima.

&#191;Qu&#233; se debe? -pregunt&#243; la maestra.

Ya sabes que puedes pagarme con tu boquita de fresa, cielo -dijo el de la fonda.

Sin inmutarse ante tama&#241;a groser&#237;a, Mercedes sac&#243; del bolso un billetero de lona y de &#233;l un billete de quinientas, que dej&#243; sobre el mostrador. El otro lo guard&#243; en la caja registradora y devolvi&#243; el cambio.

&#191;Qu&#233; d&#237;a me vas a hacer lo que t&#250; y yo sabemos, Merceditas? -insisti&#243; machac&#243;n el rijoso ventero.

El d&#237;a que est&#233; tan desesperada como tu mujer -replic&#243; ella camino de la puerta.

Yo comprend&#237; que deb&#237;a hacer valer mi presencia y, una vez en la calle, pregunt&#233; a la chica si no quer&#237;a que volviese y escarmentase al deslenguado que la hab&#237;a vejado de palabra.

No, d&#233;jalo estar -dijo ella con cierta ambig&#252;edad en la voz-. Es de los que dicen lo que no piensan. La mayor&#237;a procede al rev&#233;s y es peor.

De todas formas -dije yo, que no hab&#237;a dejado de percatarme del tuteo-, no quiero que incurra en gastos por mi causa. Tome usted sus quinientas pesetas.

No faltar&#237;a m&#225;s. Gu&#225;rdate tu dinero.

No es m&#237;o. Son sus quinientas pesetas. Las sustraje de la caja mientras ese bocazas fanfarroneaba.

&#161;Esta s&#237; que es buena! -exclam&#243; ella recuperando el humor perdido, guard&#225;ndose el billete en el bolsillo del pantal&#243;n y mir&#225;ndome por primera vez con cierto respeto.

&#191;Est&#225; usted segura -aventur&#233; yo- de que si voy a su casa no dar&#233; lugar a habladur&#237;as?

Me mir&#243; de hito en hito sin dejar de sonre&#237;r.

No creo, sin &#225;nimo de faltar -dijo-. Por lo dem&#225;s, tengo ya una encomiable mala fama, que me paso por el culo.

Lo lamento.

Lamente m&#225;s bien que las habladur&#237;as no respondan a la realidad. Como dec&#237;an las monjas de mi col&#233;, las ocasiones de ofender a dios no sobran por estos andurriales. Con la liberaci&#243;n de las costumbres, las mozas se han espabilado y la competencia es mucha. Yo tengo la desventaja de no inspirar confianza. Cuando ampliaron la central lechera trajeron a unos senegaleses a trabajar como peones. Ilegalmente, claro. Les pagaban una mierda y los desped&#237;an cuando les sal&#237;a de la punta del nabo. -Alejada de la ciudad y, por ende, de las principales corrientes de la moda, las procacidades de Mercedes adolec&#237;an de un cierto hibridismo-. Yo pens&#233; que con los negros podr&#237;a sacar la tripa de mal a&#241;o y comprobar de paso la veracidad de ciertos mitos culturales. Pero no lo intent&#233;. Por ellos, claro est&#225;. Los del pueblo los habr&#237;an linchado si hubieran sospechado que hab&#237;a tomate.

&#191;Y a usted no?

&#191;No qu&#233;?

&#191;No la habr&#237;an linchado?

No, a m&#237; no. En primer lugar, yo no soy negra, como podr&#225;s ver cuando lleguemos a aquella farola. Y, en segundo lugar, ya se han resignado. Al principio iban de cr&#225;neo conmigo. Luego alguien pronunci&#243; la palabra ninf&#243;mana y eso atemper&#243; su inquietud intelectual. El valor m&#225;gico del verbo.

Sin embargo, le permiten atender a la educaci&#243;n de la infancia -dije yo.

Qu&#233; remedio les queda. Por su gusto me habr&#237;an echado hace a&#241;os. Pero no pueden.

&#191;Un nombramiento ministerial inapelable?

No. No tengo siquiera el t&#237;tulo de magisterio. La supervivencia del pueblo depende de la central lechera. Mamasa se llama, no s&#233; si habr&#225;s visto los bidones en la estaci&#243;n. &#191;S&#237;?, pues &#233;sa es la explicaci&#243;n. Mamasa quiere que yo siga aqu&#237; y aqu&#237; seguir&#233; as&#237; se hunda el mundo.

&#191;Qui&#233;n es el due&#241;o de Mamasa? -pregunt&#233;.

Peraplana -dijo ella, aunque ya me figuraba yo que tal iba a ser la contestaci&#243;n. Una sombra de temor empa&#241;&#243; sus ojos hermosos y astigm&#225;ticos-. &#191;Te manda &#233;l? -pregunt&#243; con un hilo de voz.

No, no, de ninguna manera. Estoy de su lado, cr&#233;ame.

Tras un silencio y cuando yo ya tem&#237;a que fuera a cerrarse en banda, dijo:

Te creo -con tal convencimiento que supuse que necesitaba desesperadamente confiar en alguien. Ay, pens&#233; yo, si las circunstancias fueran otras

Llegamos a la puerta de un caser&#243;n de piedra muy antiguo, que se alzaba solitario al extremo de una calle silenciosa. Detr&#225;s del caser&#243;n empezaba el campo. A lo lejos gorgoteaba un r&#237;o y la luna iluminaba al fondo unas monta&#241;as imponentes. Mercedes Negrer abri&#243; la puerta del caser&#243;n con una enorme llave oxidada de clara connotaci&#243;n pri&#225;pica y me invit&#243; a pasar. La casa estaba someramente provista de muebles r&#250;sticos. Las paredes del saloncito adonde me condujo estaban cubiertas de anaqueles rebosantes de libros. Hab&#237;a libros sobre la mesa camilla y en las butaquitas de mimbre. En un rinc&#243;n se ve&#237;a un televisor viejo cubierto de polvo.

&#191;Has cenado? -pregunt&#243; la chica.

S&#237;, muchas gracias -dije yo sintiendo que el hambre daba garrote vil a mis entra&#241;as.

No mientas.

Hace dos d&#237;as que no pruebo bocado -confes&#233;.

La sinceridad es lo mejor. Puedo hacerte unos huevos fritos y creo que a&#250;n queda jam&#243;n. Tengo queso, fruta y leche. El pan es de anteayer, pero tostado, con aceite y ajo, se podr&#225; comer. Tambi&#233;n tengo por ah&#237; sopa de sobre y una lata de melocot&#243;n en alm&#237;bar. Ah, y me sobr&#243; turr&#243;n de Navidad, que estar&#225; hecho una piedra. B&#233;bete tranquilamente la Pepsi mientras preparo todo esto. Y no me revuelvas los papeles, que no vas a encontrar nada.

Sali&#243; con una precipitaci&#243;n algo improcedente. Yo, a solas con mi bebida, me dej&#233; caer en un sill&#243;n, tom&#233; unos sorbos y, vencido por la fatiga de los d&#237;as precedentes y conmovido hasta la m&#233;dula no s&#243;lo por las expectativas que el parlamento de mi anfitriona me autorizaba a abrigar, sino, sobre todo, por el tono de maternal anhelo con que hab&#237;a sido pronunciado, estuve a pique de ponerme a llorar desconsoladamente. Pero me aguant&#233; como un machote.



Cap&#237;tulo X LA HISTORIA DE LA MAESTRA HOMICIDA

HAB&#205;A DADO fin a la op&#237;para cena y estaba mordisqueando la barra de turr&#243;n que, pese a lo rancio, me sab&#237;a a gloria, cuando el reloj de pared del sal&#243;n dio las once campanadas atinentes a esa hora. Mercedes Negrer, sentada sobre la estera con las piernas cruzadas, aun cuando sobraban los asientos vac&#237;os en aquella casa, me miraba, con curiosidad socarrona. Por todo alimento hab&#237;a consumido la chica, con la parvedad que caracteriza a los ah&#237;tos, unos trozos de queso, una zanahoria cruda y dos manzanas, tras lo cual me pregunt&#243; si ten&#237;a un porro, a lo que tuve que responder que no, porque as&#237; era, aunque le habr&#237;a dicho tambi&#233;n que no si hubiera tenido lo que ella me ped&#237;a, porque me interesaba que mantuviera las ideas claras en el interrogatorio astuto al que esperaba someterla. Durante la cena, como dicen que sucede cuando se cierne una tempestad, hab&#237;a reinado un escrupuloso silencio, si entendemos por silencio la falta de expresi&#243;n verbal, pues mis masticaciones, degluciones y eructos hab&#237;an despertado ecos en las sombr&#237;as piedras del caser&#243;n, concluido todo lo cual, puse en orden mis pensamientos y dije as&#237;:

Si bien hasta el momento no he hecho otra cosa que abusar de tu generosidad sin l&#237;mites, por la cual te estar&#233; eternamente agradecido, que no entra la ingratitud en el amplio espectro de mis fallas no precisamente livianas, aunque no sea yo del todo responsable de muchas de ellas, me propongo al punto de despejar la inc&#243;gnita de mi visita con el relato sucinto de sus antecedentes y la especificaci&#243;n de su prop&#243;sito. Es el caso que estoy investigando un asuntillo de cuya resoluci&#243;n afortunada depende mucho. Soy, como ya dije, hombre de bien, aunque no siempre ha sido as&#237;: conozco, por desgracia, las dos caras del crisol, si!a met&#225;fora es v&#225;lida, cosa que dudo, porque no s&#233; lo que significa la palabra crisol. Mis malos pasos de anta&#241;o dieron conmigo en prisiones y otros lugares que prefiero no mencionar para no causar una impresi&#243;n mayor de la que mi aspecto ya produce.

Para el carro, Mariano -dijo ella.

No he terminado -dije yo.

Ni falta que hace -dijo ella-. Desde que te vi supuse a lo que ven&#237;as. Soslayemos los circunloquios. &#191;Qu&#233; quieres saber?

Una cosa que pas&#243; hace seis a&#241;os. T&#250; ten&#237;as entonces catorce.

Quince. Perd&#237; un curso por la escarlatina.

Sean quince -conced&#237;-. &#191;Por qu&#233; te expulsaron del colegio de las madres lazaristas de San Gervasio?

Por falta de aplicaci&#243;n y desamor al estudio.

Hab&#237;a respondido muy aprisa. Se&#241;al&#233; los anaqueles de libros que nos rodeaban. Comprendi&#243; mi objeci&#243;n.

En realidad, fue por mala conducta. Era una ni&#241;a rebelde.

Record&#233; que el casto jardinero la hab&#237;a motejado de diablillo, si bien hab&#237;a empleado el mismo ep&#237;teto para calificar el comportamiento de la mayor&#237;a de las alumnas.

&#191;Tan mala conducta que no pod&#237;a castigarse con los recursos disciplinarios al uso? -pregunt&#233;.

A esa edad, por si no has le&#237;do a la de Beauvoir, las ni&#241;as cambian. Algunas aceptan la transici&#243;n sin alharacas. Yo no fui de &#233;sas. El fen&#243;meno est&#225; estudiado en psiquiatr&#237;a, pero las monjas de aquel entonces no estaban impuestas en la materia y prefirieron pensar que estaba endemoniada.

No tiene que haber sido el primer caso.

Ni soy yo la primera alumna expulsada de un colegio.

&#191;Tambi&#233;n Isabel Peraplana estaba endemoniada?

Hubo una pausa m&#225;s larga que las anteriores. Por el prolongado tratamiento psiqui&#225;trico a que me hab&#237;an sometido en el manicomio, sab&#237;a yo que eso ten&#237;a un sentido, pero ignoraba cu&#225;l.

Isabelita era una ni&#241;a ejemplar -dijo finalmente con voz inexpresiva.

&#191;Por qu&#233; la expulsaron, si era ejemplar?

Preg&#250;ntaselo a ella.

Ya lo he hecho.

Y no te satisfizo la respuesta.

No hubo respuesta. Dijo que no se acordaba de nada.

Lo creo -apostill&#243; Mercedes con extra&#241;a sonrisa.

A m&#237; tambi&#233;n me pareci&#243; sincera. Pero ha de haber algo m&#225;s. Algo que todos saben y todos callan.

Sus razones tendr&#225;n, o tendremos, seg&#250;n me incluyas a m&#237; en ese todos. &#191;Por qu&#233; te interesa tanto saber lo que pas&#243;? &#191;Est&#225;s interesado en la reforma educativa?

Isabel Peraplana desapareci&#243; del internado hace seis a&#241;os en circunstancias inexplicables y en an&#225;logas circunstancias reapareci&#243;. Con tal motivo, seg&#250;n parece, fue expulsada del colegio y tambi&#233;n lo fuiste t&#250;, que eras su mejor amiga y, cabe inferir, confidente. No quiero aventurar conclusiones precipitadas, pero ya es hora de creer que ambas expulsiones guardan alguna relaci&#243;n y que las antedichas est&#225;n &#237;ntimamente unidas a la desaparici&#243;n transitoria de Isabelita. Todo esto, claro est&#225;, es agua pasada, de la que no mueve molino, y a m&#237;, personalmente, me trae sin cuidado. Pero hace pocos d&#237;as, no s&#233; cu&#225;ntos, porque he perdido ya la cuenta, pero pocos, desapareci&#243; otra ni&#241;a. La polic&#237;a me ha ofrecido la libertad si la encuentro y eso ya no me trae sin cuidado. Puedes aducir que a ti s&#237; que te importa un ardite mi libertad, a lo que no podr&#233; oponer argumento alguno, pues as&#237; es la ley de la vida. Pero no puedo por menos que intentarlo. Apelar&#237;a al amor a la verdad y a la justicia y a otros valores absolutos si &#233;stos fueran mi br&#250;jula, pero no s&#233; mentir cuando se trata de principios. Si supiera, no ser&#237;a una escoria como he sido toda mi vida. Acudo a usted no con la coacci&#243;n ni con la promesa, porque s&#233; que no puedo blandir l&#237;citamente ni una cosa ni otra y tal proceder ser&#237;a punto menos que rid&#237;culo si no rid&#237;culo. Le pido ayuda porque s&#243;lo eso puedo hacer, pedir, y porque es usted mi &#250;ltima esperanza. De su clemencia depende el buen fin de mis gestiones. Y no dir&#233; m&#225;s. S&#243;lo que he vuelto a tratarla de usted y no inadvertidamente, porque la presunta familiaridad con personas que por diversas razones est&#225;n por encima de m&#237; me hace sentir en desventaja.

Lo siento -dijo ella con ce&#241;o fruncido, mirada intensa y respiraci&#243;n agitada-: tengo por norma no aceptar chantajes sentimentales. No hay trato. Son las once y media. A las doce pasa el &#250;ltimo tren. Si sales ahora mismo, tienes tiempo sobrado de llegar a la estaci&#243;n. Te dar&#233; dinero para el billete, si no lo tomas a mal.

Nunca tomo el dinero a mal -respond&#237; yo-, pero no son las once y media, sino las doce y media. En la estaci&#243;n vi a qu&#233; hora pasaba el &#250;ltimo tren y, previendo su reacci&#243;n, atras&#233; el reloj una hora mientras estaba usted en la cocina. Deploro pagar con una vileza su hospitalidad, pero ya le he dicho que me va mucho en el juego. Disc&#250;lpeme.

Transcurrieron unos segundos angustiosos en los que tem&#237; que me diera con alg&#250;n objeto en la cabeza y me pusiera en la calle. Vi brillar en sus ojos el mismo destello de admiraci&#243;n algo infantil que hab&#237;a percibido cuando le di el billete robado en la fonda. Suspir&#233; para mis adentros: no iba a tomar represalias. Si hubiera tenido presente que a pesar de su desparpajo Merceditas s&#243;lo contaba veinte tiernos a&#241;os de edad, no habr&#237;a pasado yo tanto miedo.

Te odio -se limit&#243; a decirme.

Y si mi experiencia sentimental no se hubiera limitado entonces a las cuatro guarras cuya amarga remembranza pespuntea el yermo de mi coraz&#243;n, habr&#237;a sentido en ese momento un miedo distinto y mucho m&#225;s justificado. Pero del libro que los a&#241;os a golpes me hab&#237;an inculcado faltaba el cap&#237;tulo de las pasiones limpias y no par&#233; mientes en lo que juzgu&#233; un merecido denuesto ni en el cosquilleo que su voz dolida produjo en mis tripas y que tom&#233;, loco de m&#237;, por secuelas del atrac&#243;n que acababa de darme.

Ser&#225; mejor -dije- que reanudemos la conversaci&#243;n donde la dejamos. &#191;Por qu&#233; la expulsaron a usted del colegio?

Por asesinar a un t&#237;o.

&#191;C&#243;mo dice?

&#191;No quer&#237;as respuestas concretas?

Cu&#233;nteme lo que pas&#243;.

Isabel Peraplana y yo, ya sabes, &#233;ramos amigas. Ella era la ni&#241;a buena y yo la mala influencia. Adem&#225;s, ella era la tonta y yo la lista; ella la ingenua y yo la precoz. Sus padres eran ricos; los m&#237;os, no. A m&#237; me hab&#237;an enviado a ese colegio a costa de enormes sacrificios. No lo hac&#237;an s&#243;lo por m&#237;, claro: era su forma de trepar por la escala social, inconscientemente, al menos, etc&#233;tera. Supongo que yo tambi&#233;n participaba en sus enso&#241;aciones aristocr&#225;ticas: viv&#237;a a la sombra de los Peraplana, pasaba con ellos las vacaciones, iba y ven&#237;a en sus coches, me regalaban vestidos y cosas La historia de siempre.

Es la primera vez en mi vida que la oigo -dije al tiempo que trataba de asimilar a mi ralo atrezzo de la opulencia la imagen de una Mercedes adolescente a la que, por otra parte, no lograba despojar mentalmente de sus patentes redondeces.

Esta situaci&#243;n, como bien puedes suponer -sigui&#243; diciendo ella-, iba dejando en m&#237; una herida narcisista que, sin embargo, mal pod&#237;a en aquella fase del desarrollo de la personalidad, racionalizar. Quiero decir que mi ego deb&#237;a de estar traumatizado.

Pasemos a los hechos, por favor.

No se cu&#225;ndo ni c&#243;mo empez&#243; todo. En alguna ocasi&#243;n en la que yo no estuve presente, Isabel Peraplana debi&#243; de conocer a un t&#237;o. Tampoco s&#233; lo que debi&#243; de pasar por su cabeza de ni&#241;a mimada, qu&#233; vio en &#233;l o qu&#233; instintos profundos no soliviantar&#237;a &#233;l con sabe dios qu&#233; prop&#243;sitos. El hecho es que, como vulgarmente se dice, la sedujo.

&#191;Se la?

No he dicho tanto -ataj&#243; Mercedes-. Me refiero a la seducci&#243;n amorosa. Son s&#243;lo conjeturas.

&#191;Por qu&#233; s&#243;lo conjeturas? &#191;No le cont&#243; nada ella?

&#191;Por qu&#233; hab&#237;a de contarme nada?

Era usted su mejor amiga.

Estas cosas nunca se cuentan a la mejor amiga, querido. Sea como fuese, una noche Isabel se fug&#243; del colegio para reunirse con &#233;l.

&#191;Le comunic&#243; a usted sus planes?

No.

&#191;Entonces c&#243;mo sabe que se fugaba del colegio para reunirse con &#233;l?

Por lo que pas&#243; luego. D&#233;jame hablar y no me interrumpas. Dec&#237;a que Isabel se fug&#243; del colegio para reunirse con &#233;l. Pero yo hab&#237;a advertido un cambio en su actitud y estaba sobre aviso. La sorprend&#237; en su fuga y la segu&#237; sin que se diera cuenta. No me interrumpas. Cuando llegu&#233; al lugar de la cita, que no me fue f&#225;cil descubrir, sorprend&#237; una terrible escena. Pasar&#233; por alto los detalles. Quiz&#225; la misma escena me habr&#237;a parecido normal hoy. Pero entonces era yo a&#250;n muy ni&#241;a y los Pirineos eran los Pirineos. Ya te he dicho que me sent&#237;a en deuda con Isabel Peraplana por todas las gentilezas de que me hab&#237;an hecho objeto. Tal vez pens&#233; que se me brindaba la ocasi&#243;n de corresponder a unas d&#225;divas que mi posici&#243;n social no permit&#237;a compensar de otro modo. Sin detenerme a reflexionar, cog&#237; un cuchillo y se lo clav&#233; al muy canalla en la espalda. Muri&#243; en el acto. Luego no supimos qu&#233; hacer con el cad&#225;ver. Isabel estaba hist&#233;rica y llam&#243; a su padre, que acudi&#243; en seguida y se hizo cargo de la situaci&#243;n. Las monjas hab&#237;an avisado a la polic&#237;a, inquietas por la desaparici&#243;n de Isabel. Peraplana habl&#243; con un tal Flores, de la Brigada Social

Criminal -correg&#237;.

Todos son iguales. La polic&#237;a se mostr&#243; comprensiva. Isabel y yo no ten&#237;amos a&#250;n edad penal. Nos aguardaba el reformatorio y una vida truncada. Decidieron considerarlo leg&#237;tima defensa. A Isabel la sacaron del colegio. Creo que la mandaron a Suiza, como se hac&#237;a entonces. A m&#237; me enviaron aqu&#237;. La central lechera, propiedad de Peraplana, me pasaba dinero. Luego consegu&#237; que me dejaran vivir por mi cuenta y trabajar en algo &#250;til. Me convert&#237; en maestra de escuela. El resto ya no hace o&#237; caso.

&#191;Qu&#233; dec&#237;an a todo esto tus padres?

&#191;Qu&#233; pod&#237;an decir? Nada. Era lo que dec&#237;a Peraplana o el reformatorio.

&#191;Vienen a visitarte?

En Navidad y semana santa. Un incordio tolerable.

&#191;De d&#243;nde sacas tantos libros?

Al principio me los enviaba mi madre, pero s&#243;lo se le ocurr&#237;a comprar el premio Planeta. Al final me puse en contacto con un librero de Barcelona: me manda cat&#225;logos y cursa mis pedidos.

&#191;Qu&#233; pasar&#237;a ahora si regresara a Barcelona?

No lo s&#233; ni quiero saberlo. El delito no ha prescrito ni prescribir&#225; hasta dentro de catorce a&#241;os, seg&#250;n creo.

&#191;Por qu&#233; el amparo de Peraplana no surte efecto en Barcelona, o en Madrid, o en cualquier otro lugar?

Surte efecto en la medida en que estoy alejada de todo como si hubiera muerto. Un pueblo peque&#241;o y cerrado. &#201;ste ofrece la ventaja adicional de la central lechera.

El reloj dio doce campanadas.

Una &#250;ltima pregunta. El cuchillo, &#191;ten&#237;a mango de madera o de metal?

&#191;Qu&#233; m&#225;s da?

Me interesa saberlo.

Por dios, basta de preguntas. Es la una. Vamonos a dormir.

Vamonos a dormir, pero no es la una. Lo que dije antes del reloj no era verdad: me lo invent&#233; para no tener que marcharme. Te pido disculpas nuevamente.

&#191;Qu&#233; m&#225;s da? -repiti&#243; sin especificar si se refer&#237;a al reloj o a&#250;n al cuchillo-. Dormir&#225;s en el cuarto de mis padres. El que ocupan cuando vienen, quiero decir. Las s&#225;banas estar&#225;n un poco h&#250;medas, pero est&#225;n limpias. Te dar&#233; una manta, porque refresca mucho de madrugada.

&#191;Puedo ducharme antes de irme a la cama?

No. Cortan el agua a partir de las diez. La vuelven a dar a las siete. Paciencia.

Subimos unos escalones desgastados y me mostr&#243; un cuarto amplio, de techo inclinado, vigas carcomidas y paredes de piedra desnuda, en el centro del cual hab&#237;a una cama de matrimonio con dosel y mosquitera. De un armario sac&#243; Mercedes Negrer una manta parda que ol&#237;a mucho a naftalina. Me explic&#243; c&#243;mo funcionaba la pera de la luz y me dese&#243; dulces sue&#241;os antes de retirarse y cerrar la puerta. O&#237; alejarse sus pasos, abrirse y cerrarse otra puerta y correr un pestillo. Estaba cansado. Me acost&#233; sin desvestirme, apagu&#233; la luz tal como me hab&#237;an ense&#241;ado a hacerlo y me qued&#233; como un tronco cuando intentaba dar una explicaci&#243;n plausible a la sarta de mentiras que aquella mujer extra&#241;a acababa de contarme.



Cap&#237;tulo XI LA CRIPTA EMBRUJADA

ME DESPERT&#211; un ruido. No sab&#237;a d&#243;nde me hallaba ni qu&#233; hac&#237;a all&#237;: los tent&#225;culos del miedo paralizaban mi raciocinio. A tientas y m&#225;s por instinto que por otra cosa oprim&#237;a la pera que colgaba del dosel, pero segu&#237; sumido en la m&#225;s completa oscuridad: quiz&#225; no hab&#237;a fluido el&#233;ctrico o quiz&#225; me hab&#237;a quedado ciego. Me empap&#243; un sudor fr&#237;o como si me estuviera duchando de dentro afuera y me asaltaron, como siempre que me atenaza el p&#225;nico, unas incontenibles ganas de ir de cuerpo. Aguc&#233; el o&#237;do y percib&#237; pasos en el corredor. Los sucesos de la noche anterior en la que a&#250;n estaba inmerso empezaron a cobrar una nueva y amenazadora configuraci&#243;n: la cena, sin duda envenenada; la conversaci&#243;n, urdida para infundirme una confianza que hiciera de m&#237; presa f&#225;cil; la habitaci&#243;n, una ratonera provista de los m&#225;s artificiosos mecanismos de retenci&#243;n y tormento. Y ahora, el golpe final: unos pasos sigilosos, un mazazo, un pu&#241;al, el descuartizamiento, la sepultura de mis tristes restos a la sombra de los m&#225;s rec&#243;nditos sauces de la margen del r&#237;o rumoroso, los gusanos voraces, el olvido, el negro vac&#237;o de la inexistencia. &#191;Qui&#233;n hab&#237;a concebido el plan de asesinarme?, &#191;qui&#233;n hab&#237;a tejido la red en la que me debat&#237;a como animalillo silvestre?, &#191;de qui&#233;n ser&#237;a la mano que habr&#237;a de inmolarme? &#191;De la propia Mercedes Negrer?, &#191;del rijoso expendedor de Pepsi-Colas?, &#191;de los negros superdotados?, &#191;de los orde&#241;adores de la lactaria? Calma. No deb&#237;a dejarme llevar por aprensiones que nada de lo ocurrido justificaba todav&#237;a, no deb&#237;a dejar que el recelo ocluyera las v&#237;as de comunicaci&#243;n, como tantas veces me hab&#237;a dicho el propio doctor Su-gra&#241;es en la terapia. El pr&#243;jimo es bueno, me dije, nadie te quiere mal, no hay raz&#243;n alguna para que te desmiembren, no has hecho nada que concite la inquina de cuantos te rodean, aunque &#233;stos parezcan propensos a manifestarse en tal sentido. Calma. Todo tiene una explicaci&#243;n muy sencilla: algo raro que te pas&#243; en la infancia; la proyecci&#243;n de tus propias obsesiones. Calma. En unos segundos se despejar&#225; la inc&#243;gnita y podr&#225;s re&#237;rte de tus miedos infantiles. Llevas cinco a&#241;os de tratamiento psiqui&#225;trico, tu mente no es ya una barquichuela a la deriva en el proceloso mar de los delirios, como antes, cuando cre&#237;as, pedazo de bruto, que las fobias eran esas ventosidades silenciosas y particularmente f&#233;tidas que la gente civil se permite en los transportes p&#250;blicos abarrotados. Agorafobia: temor a los espacios abiertos; claustrofobia: temor a los espacios cerrados, cual sarc&#243;fagos y hormigueros. Calma, calma.

Y mientras me iba tranquilizando en estos pensamientos reconfortantes, trat&#233; de apearme del lecho y, al hacerlo, cay&#243; sobre m&#237; una como tela de ara&#241;a fr&#237;a y pesada que me inmoviliz&#243; contra las s&#225;banas y percib&#237; claramente el ruido que hac&#237;a el pomo de la puerta al girar y el chirriar de los goznes y unos pasos acolchados que penetraban en la alcoba y el jadeo entrecortado de quien se apresta a cometer el m&#225;s horrendo de los cr&#237;menes. Y no pudiendo resistir m&#225;s el miedo que me embargaba, me orin&#233; en los pantalones y me puse a llamar a mi mam&#225; en voz muy queda, con la tonta esperanza de que pudiera o&#237;rme desde el m&#225;s all&#225; y acudiera a mi encuentro en el umbral del reino de las sombras, pues me coh&#237;ben los ambientes nuevos. Y en eso estaba cuando escuch&#233; una voz a mi lado que dec&#237;a:

&#191;Duermes, t&#250;? -en la que reconoc&#237; a Mercedes Negrer y a la que quise responder sin conseguirlo, saliendo s&#243;lo de mi garganta un murmullo quejumbroso que poco a poco se fue transformando en alarido. Una mano se pos&#243; en mi espalda.

&#191;Qu&#233; haces envuelto en la mosquitera?

No veo -pude articular por fin-. Me parece que estoy ciego.

No, hombre. Hay un apag&#243;n. Traigo una palmatoria, pero no encuentro las cerillas. Mi padre siempre tiene una caja de repuesto en la mesilla de noche para fumar en cuanto se despierta, aunque el m&#233;dico se lo tiene prohibido.

A mi lado se abri&#243; un caj&#243;n, cuyo contenido unas manos revolvieron. Se oy&#243; un raspar y un chisporrotear y brill&#243; una llamita vacilante que, aplicada a la mecha de una vela, difundi&#243; una vaga claridad, que me permiti&#243; distinguir a trav&#233;s de la urdimbre de la mosquitera el rostro tranquilo de Mercedes, cuyos ojos parpadeaban aceleradamente. Vest&#237;a una camisa de franela a cuadros escoceses que hab&#237;a pertenecido a un hombre m&#225;s grande que ella y entre cuyos faldones, los de la camisa, surg&#237;an unos muslos estrechos y prolongados. Al inclinarse sobre m&#237; para desembarazarme de la mosquitera, vi que debajo de la camisa llevaba unas braguitas azules no tan tupidas que no dejaran entrever un tri&#225;ngulo oscuro y desgre&#241;ado y en su env&#233;s sendos fragmentos de nalgas apretadas como el pu&#241;o de un obrero en un mitin. No todos los botones de la camisa estaban abrochados y al boquear aqu&#233;lla aparec&#237;an palideces aterciopeladas que desped&#237;an un aroma tibio y agridulce.

Fe o&#237; hablar en sue&#241;os -dijo ella. Y agreg&#243; sin mucha l&#243;gica-. Yo tampoco pod&#237;a dormir. &#191;Te has hecho pip&#237;?

Anoche cen&#233; demasiado -dije a modo de excusa, porque se me ca&#237;a la cara de verg&#252;enza.

A todos nos ha pasado alguna vez. No te preocupes. &#191;Quieres seguir durmiendo o prefieres que hablemos?

Prefiero que hablemos si me prometes no contarme m&#225;s trolas.

Se ri&#243; tristemente.

Te di la versi&#243;n oficial de los hechos. Nunca cre&#237; que fuera muy convincente. &#191;C&#243;mo te diste cuenta?

Toda la historia era una sarta de desprop&#243;sitos, no siendo el menor de los cuales el que una adolescente amedrentada pudiera causar la muerte instant&#225;nea de un hombre apu&#241;al&#225;ndolo por la espalda. Nunca he matado a nadie, pero no soy lego en materia de violencia. De frente, tal cosa puede suceder. Por detr&#225;s, jam&#225;s.

Se sent&#243; en el borde de la cama y yo me acurruqu&#233; sobre la almohada, con la espalda apoyada en la cabecera de madera, que cruj&#237;a bajo mi peso. Ella dobl&#243; las rodillas hasta que pudo apoyar en &#233;stas el ment&#243;n y se abraz&#243; los tobillos. Yo, personalmente, no compart&#237;a su noci&#243;n de la comodidad.

El trasfondo -empez&#243; diciendo- es el mismo: la ni&#241;a pobre y espabilada y la ni&#241;a rica y medio boba. Tambi&#233;n el trauma

&#191;Qu&#233; pas&#243; la noche en que desapareci&#243; Isabelita?

Dorm&#237;amos en un dormitorio com&#250;n y nuestras camas eran contiguas. Yo padec&#237;a de un insomnio que atribuyo ahora a los ardores de la edad y atribu&#237;a entonces a cualquier otra causa. O&#237; a Isabel murmurar en sue&#241;os y me dediqu&#233; a estudiar en silencio sus rasgos l&#237;mpidos, su cabellera dorada, la transpiraci&#243;n que prelava sus sienes, las formas imprecisas que iba adquiriendo su cuerpo &#191;Te parece que hago literatura?

No respond&#237; para no decir algo que pudiera obstaculizar el curso de sus pensamientos. S&#233; que nadie divaga tanto como el que se prepara a hacer una confesi&#243;n y decid&#237; tener paciencia.

Al cabo de un rato -prosigui&#243; diciendo-, Isabel se levant&#243;. Me di cuenta de que segu&#237;a dormida y pens&#233; que padec&#237;a de sonambulismo. Ech&#243; a andar por el pasillo que formaban las camas del dormitorio y se dirigi&#243; sin vacilar a la puerta. Me levant&#233; y la segu&#237; temiendo que fuera a darse un morr&#243;n. La puerta del dormitorio siempre estaba atrancada, por lo que me sorprendi&#243; que la abriera de par en par al llegar a ella. Estaba todo oscuro y s&#243;lo pude discernir una sombra al otro lado de la puerta, en el corredor que va del dormitorio a los ba&#241;os.

&#191;Hombre o mujer?

Hombre, si los pantalones son privativos de tal g&#233;nero. Ya te he dicho que todo estaba oscuro.

Contin&#250;a.

Guiada por la sombra que hab&#237;a abierto la puerta, Isabel recorri&#243; la distancia que la separaba de los ba&#241;os. All&#237; la sombra le orden&#243; que aguardase, retrocedi&#243; y cerr&#243; de nuevo la puerta del dormitorio. Para entonces ya me hab&#237;a escurrido yo fuera y me ocultaba en un recodo, resuelta a seguir la aventura hasta el final.

Una aclaraci&#243;n: &#191;la puerta del dormitorio se cierra con pasador o con llave?

Con llave. Al menos, entonces as&#237; era.

&#191;Qui&#233;n guardaba la llave?

Las monjas, claro. La celadora ten&#237;a una y la madre superiora otra, que yo sepa. Pero no creo que fuera dif&#237;cil hacerse con una copia. Aunque el r&#233;gimen del internado era severo, las alumnas &#233;ramos d&#243;ciles y las precauciones no deb&#237;an de ser excesivas. No confundas un colegio con una c&#225;rcel.

Una pregunta m&#225;s: &#191;qu&#233; pasaba si una alumna ten&#237;a una necesidad perentoria a medianoche?

Hab&#237;a un retrete y un lavabo al otro extremo del dormitorio. En lugar de puerta ten&#237;a una cortina de cretona, para que nadie pudiera encerrarse y hacer cosas feas.

Sigo. Los ba&#241;os estaban desiertos y al cruzarlos sent&#237; el fr&#237;o de las baldosas en los pies, pues iba descalza, al igual que Isabel. Esto hizo que me fijara en el calzado del misterioso acompa&#241;ante de mi amiga y vi que llevaba unas zapatillas de lona y suela de hule. Wambas las llam&#225;bamos entonces, por ser &#233;sta la marca m&#225;s com&#250;n. Eran baratas y duraban bastante. No como lo que fabrican ahora, que da un resultado p&#233;simo.

A1 fondo de los ba&#241;os hab&#237;a otra puerta que comunicaba con una escalera por la que se bajaba a la antec&#225;mara de la capilla. Al salir del ba&#241;o, ya vestidas, las ni&#241;as form&#225;bamos en la antec&#225;mara y la celadora nos pasaba revista. Huelga decir que la antec&#225;mara y la escalera estaban a la saz&#243;n tan desiertas como los ba&#241;os. El misterioso acompa&#241;ante de Isabel se alumbraba con una linterna. Yo no ten&#237;a dificultad alguna en seguirlos a distancia, porque los a&#241;os me hab&#237;an ense&#241;ado el camino de memoria y pod&#237;a hacerlo a ciegas.

Cuando entr&#233; en la capilla, los vi desaparecer tras el altar mayor, el de la virgen. Aguard&#233; un rato a que salieran, porque sab&#237;a que detr&#225;s del altar no hab&#237;a puerta y, viendo que no lo hac&#237;an, avanc&#233; cautelosamente y comprob&#233; que hab&#237;an desaparecido. No me cost&#243; trabajo deducir que se hab&#237;an valido de un pasadizo secreto y a buscarlo me puse sobreponi&#233;ndome al temor supersticioso que ya por entonces comenzaba a embargarme. A la d&#233;bil luz de la luna que se filtraba por las vidrieras y tras varios minutos de intensa b&#250;squeda, me percat&#233; de que en el suelo del &#225;bside hab&#237;a cuatro losas que, a juzgar por sus inscripciones latinas y las calaveras en ellas labradas, conten&#237;an los restos mortales de otros santos bienaventurados. Una de las losas, curiosamente, no presentaba restos de polvo en los intersticios ni de &#243;xido en la pesada argolla que sobresal&#237;a de la piedra justo entre el risue&#241;o ment&#243;n de la calavera y la leyenda HIC IACET V. H. H. HAEC OLIM MEMI-NISSE IUBAVIT. Haciendo de tripas coraz&#243;n, as&#237; la argolla y tir&#233; de ella con todas mis fuerzas. La losa cedi&#243; y despu&#233;s de varios intentos sali&#243; de su marco. Me vi abocada a una negra escalinata por la que descend&#237; temblando. Del pie de la escalinata arrancaba un pasillo tenebroso por el que anduve a tientas hasta que una abertura lateral me indic&#243; que hab&#237;a otro corredor que cortaba el primero. No sab&#237;a qu&#233; camino seguir y tom&#233; la intersecci&#243;n pensando que siempre podr&#237;a volver al primer pasillo. Al cabo de un rato vi que un tercer corredor se cruzaba con el segundo y se me hel&#243; la sangre en las venas, porque comprend&#237; que me hallaba en un laberinto, sola y a oscuras, en el que perecer&#237;a si no daba pronto con la salida. El miedo debi&#243; de aturdirme, ya que al querer retroceder en busca de la escalera que llevaba a la falsa tumba, eleg&#237; un rumbo equivocado. Las intersecciones se suced&#237;an y la dichosa escalera no aparec&#237;a. Maldije mi temeridad y me asaltaron los m&#225;s t&#233;tricos presagios. Supongo que me puse a llorar. Al cabo de un rato reanud&#233; la marcha confiando en que el azar me pusiera en el buen camino. Hab&#237;a perdido, por supuesto, la noci&#243;n del tiempo y de la distancia recorrida.

&#191;No se te ocurri&#243; pedir auxilio? -pregunt&#233;.

S&#237;, claro. Grit&#233; con toda mi alma, pero las paredes eran s&#243;lidas y s&#243;lo me respondi&#243; un eco burl&#243;n. Anduve y anduve a la desesperada hasta que, en el l&#237;mite de mis fuerzas, percib&#237; al fondo del pasillo por el que iba un vago resplandor. Ululaba el viento y una fragancia dulzona, como de incienso y flores marchitas, penetraba el aire, que se me antoj&#243; cargado. Hab&#237;a recorrido con extrema lentitud buena parte de la distancia que me separaba del resplandor, cuando surgi&#243; ante m&#237; una figura espectral y a mi parecer enorme. Hab&#237;a acumulado ya demasiadas emociones y me desmay&#233;. Cre&#237; recobrar el conocimiento, pero no debi&#243; de ser as&#237;, porque me vi frente a una mosca gigantesca, como de dos metros de altura y proporcionado grosor, que me miraba con unos ojos horribles y parec&#237;a querer conectar su trompa repulsiva a mi cuello. Quise gritar, pero no pude articular ning&#250;n sonido. Volv&#237; a desvanecerme. Despert&#233; de nuevo en un recinto abovedado iluminado d&#233;bilmente por la luz verdosa que antes he descrito. Sent&#237; la caricia de una mano en las mejillas y el cosquilleo de unos pelos en la frente. Pugn&#233; una vez m&#225;s por gritar, porque pens&#233; que ser&#237;a la mosca la que me tocaba con sus patas asquerosas. Pero al punto advert&#237; que quien me acariciaba era la propia Isabel, cuya cabellera rubia rozaba mi frente. Antes de que pudiera reclamar una explicaci&#243;n, Isabel me cubri&#243; la boca con la palma de la mano y musit&#243; en mi o&#237;do:

-Sab&#237;a que pod&#237;a confiar en tu afecto. Tanto valor y tanta lealtad no quedar&#225;n sin recompensa.

Y separando la mano de mi boca puso en &#233;sta sus labios ardientes y h&#250;medos al tiempo que su cuerpo, que parec&#237;a gravitar en el aire, se derrumbaba sobre el m&#237;o, permiti&#233;ndome sentir a trav&#233;s de la tela sutil del camis&#243;n que lo cubr&#237;a los desacompasados latidos de su coraz&#243;n y el calor ardiente que de sus formas adorables irradiaba. &#191;Para qu&#233; ocultar el gozo salvaje de que me sent&#237; invadida? Nos fundimos en un febril abrazo que dur&#243; hasta que mis dedos tr&#233;mulos y mi boca sedienta de placer

Un momentito, un momentito -dije yo un tanto sorprendido por el giro inesperado que tomaba la narraci&#243;n-. Esto no estaba en el programa.

Vamos, vamos, querido -dijo ella con un gesto de impaciencia, como si la interrupci&#243;n le pareciera fuera de lugar-, no te hagas el estrecho. Es posible que entre Isabel y yo hubiera algo m&#225;s que una simple camarader&#237;a escolar. A esa edad y en un internado, las tendencias s&#225;ficas no son raras. Si has visto a Isabel, sabr&#225;s que su f&#237;sico es el que la imaginer&#237;a atribuye a los arc&#225;ngeles. Aunque es posible que haya perdido, porque no la he vuelto a ver desde entonces. En aquellos tiempos, al menos, era un bomb&#243;n.

Aquel ep&#237;teto, ya anacr&#243;nico en esta &#233;poca de sexualidad desmitificada, me hizo sonre&#237;r. Ella interpret&#243; mal mi expresi&#243;n.

No creas que soy una lesbiana de tapadillo -protest&#243;-. Si lo fuera, lo dir&#237;a. Todo lo que te cuento pas&#243; hace muchos a&#241;os. &#201;ramos adolescentes y maripose&#225;bamos a la luz ambigua del alba er&#243;tica. Mi actual inclinaci&#243;n por los hombres est&#225; fuera de toda sospecha. Puedes preguntar en el pueblo.

Est&#225; bien, est&#225; bien -dije yo-. Sigue, por favor.

Como iba diciendo, en tan placentero pasatiempo estaba -prosigui&#243; narrando Mercedes-, cuando not&#233; que mis dedos estaban manchados de sangre y que &#233;sta proven&#237;a del cuerpo de Isabel. Le pregunt&#233; de d&#243;nde ven&#237;a aquella sangre y ella, sin responder, me cogi&#243; de la mano e hizo que me incorporase, cosa que me cost&#243; bastante esfuerzo. Una vez de pie, me condujo a una mesa que en el fondo de la cripta hab&#237;a y sobre la que yac&#237;a un hombre joven, no mal parecido, calzado con las mismas wambas que yo hab&#237;a visto en la oscuridad del ba&#241;o, y, por todas las trazas, muerto, pues estaba inm&#243;vil y una daga sobresal&#237;a de su pecho, a la altura del coraz&#243;n. Me volv&#237; horrorizada a Isabel y le pregunt&#233; qu&#233; hab&#237;a pasado. Ella se encogi&#243; de hombros y dijo:

-&#191;Vamos a pelearnos por esta minucia ahora que lo est&#225;bamos pasando tan bien? Tuve que hacerlo.

-&#191;Por qu&#233;?, &#191;quiso propasarse? -pregunt&#233; yo.

-No -dijo Isabel con el moh&#237;n de ni&#241;a mimada que adoptaba siempre que la reprend&#237;an-. Es que soy la abeja reina.

En lo que no le faltaba raz&#243;n, al menos desde el punto de vista simb&#243;lico, ya que no est&#225; cient&#237;ficamente demostrado que las abejas se carguen a los z&#225;nganos una vez fecundadas. Algo hay de cierto en la mantis religiosa y en algunas especies de himen&#243;pteros de la Mesoam&#233;rica, los palpos de cuyas hembras segregan una sustancia

Me vi precisado a interrumpir nuevamente la digresi&#243;n de Mercedes Negrer, que al parecer sab&#237;a un poco de todo, y le rogu&#233; que siguiera contando lo que pas&#243; en la cripta una vez descubierto el fiambre.

Yo no sab&#237;a qu&#233; hacer. Estaba muy confusa e Isabel no parec&#237;a en condiciones de prestarme ninguna asistencia. Me daba cuenta de que alguna medida hab&#237;a que adoptar para sacar a mi amiga de aquel atolladero, porque no era cosa de que nos encontrara alguien y fuera ella a parar de por vida a la prisi&#243;n. Calcul&#233; que deb&#237;a de estar ya amaneciendo en el mundo exterior y que no nos sobraba tiempo para regresar al dormitorio. El cad&#225;ver no me preocupaba mucho, desde un punto de vista pr&#225;ctico, porque no era f&#225;cil que las monjas descubrieran el pasadizo que conduc&#237;a a la cripta y, aunque tal eventualidad se produjera, no tendr&#237;an forma de conectar el asesinato con Isabel si consegu&#237;amos ganar el dormitorio antes de que sonara el despertador. El problema principal era la vuelta al dormitorio a trav&#233;s de un laberinto cuya trama me era desconocida.

En estas cabalas andaba cuando o&#237; un ruido seco a mis espaldas, como de algo que se quiebra, y me volv&#237; justo a tiempo de sujetar a Isabel, que se desplomaba, p&#225;lida como la cera.

-&#191;Qu&#233; te pasa? -le pregunt&#233; angustiada-, &#191;qu&#233; ha sido ese ruido?

-Han roto -me dijo- mi pobre corazoncito de cristal.

Y se qued&#243; ex&#225;nime en mis brazos. Ulul&#243; de nuevo el viento en la cripta y sent&#237; que me flaqueaban las fuerzas. Un ronquido ahogado me advirti&#243; de la presencia de la mosca. Trat&#233; de proteger a Isabel. Ca&#237;mos al suelo. Perd&#237; el conocimiento.

Me despert&#243; el timbre del dormitorio. Estaba en mi cama y una ni&#241;a de tercero que siempre estaba haciendo m&#233;ritos me zarandeaba.

-Date prisa -me dec&#237;a- o llegar&#225;s tarde a la inspecci&#243;n. &#191;Cu&#225;ntas puniciones llevas este mes?

-Dos -contest&#233; mec&#225;nicamente.

Tres puniciones eran una falta; tres faltas, un merecido; dos merecidos, un recargo; tres recargos, cero en conducta.

-Yo ninguna -se ufan&#243; la burra de tercero.

Un trimestre entero sin puniciones daba derecho a la guirnalda de laboriosidad; dos guirnaldas en un curso, a la banda de San Jos&#233;; tres bandas en el bachillerato, al t&#237;tulo del Quiz&#225;s estos datos no sean pertinentes a la historia.

Sea como sea, cre&#237; despertar de una horrible pesadilla. Mi primer impulso fue mirar la cama de Isabel: estaba deshecha y vac&#237;a. Pens&#233; que se me habr&#237;a adelantado y estar&#237;a en el ba&#241;o. Pero no fue as&#237;. En la inspecci&#243;n descubrieron su ausencia. Nos molieron a preguntas: yo guard&#233; silencio. A media ma&#241;ana apareci&#243; un tal Flores, de la Brigada Social.

&#161;Y dale! -dije yo sin poder contenerme.

Nos interrog&#243; sin demasiado entusiasmo y se fue -prosigui&#243; Mercedes, que, como todos los sabihondos, nunca escuchaba las correcciones-. Tampoco dije ni p&#237;o. Aquella noche, extenuada, dorm&#237; profundamente, aunque las pesadillas impidieron que fuera un sue&#241;o reparador. Despert&#233; al sonar el timbre y cre&#237; enloquecer al ver que en la cama contigua se desperezaba Isabel. El barullo me impidi&#243; cruzar con ella la palabra, pero ni de su conducta ni de su expresi&#243;n pude deducir alteraci&#243;n alguna en su talante, que hab&#237;a recuperado la frialdad e insipidez que la caracterizaban. Volv&#237; a pensar que todo hab&#237;a sido un mal sue&#241;o y casi me hab&#237;a convencido a m&#237; misma de ello cuando la madre superiora me convoc&#243; por conducto de la celadora a su despacho. Acud&#237; m&#225;s muerta que viva y al entrar en &#233;l vi que lo ocupaban, adem&#225;s de la superiora, mis padres, el inspector Flores y el se&#241;or Peraplana, el padre de Isabel. Mi madre lloraba con desconsuelo y mi padre ten&#237;a los ojos fijos en los zapatos, como si lo abrumara una verg&#252;enza sin l&#237;mites. Me hicieron sentar, cerraron la puerta, y el inspector dijo as&#237;:

-Anteanoche se produjo en esta instituci&#243;n, que por el mero hecho de serlo merece todo respeto, un suceso para el que reserva nuestro c&#243;digo penal un nombre contundente; el mismo, dicho sea de paso, que le da el diccionario de la real academia. Yo, que repruebo la violencia, raz&#243;n por la cual abrac&#233; el oficio de polic&#237;a, me siento acongojado y de no ser por el magro sueldo que percibo, har&#237;a las maletas y me ir&#237;a a trabajar a Alemania. &#191;Sabes a qu&#233; me refiero, ni&#241;a?

No supe qu&#233; responder y romp&#237; a llorar. La madre superiora pasaba las cuentas de su rosario con los ojos cerrados y mi padre palmeaba el hombro de mi madre en un vano intento de consolarla. El inspector sac&#243; del bolsillo de su gabardina un envoltorio que desenroll&#243; con prosopopeya y del que sali&#243; la daga ensangrentada que hab&#237;a visto yo sobresalir del cuerpo del difunto en la cripta. Me pregunt&#243; si hab&#237;a visto yo antes el arma homicida. Dije que s&#237;. &#191;D&#243;nde? Saliendo del pecho de un se&#241;or. De las profundidades de la gabardina salieron a continuaci&#243;n dos wambas viejas. &#191;Las reconoc&#237;a? Tambi&#233;n dije que s&#237;. Me ordenaron vaciarme los bolsillos de mi uniforme y, con gran sorpresa por mi parte, extraje de ellos, entre otras cosas, tales como un sacapuntas, un pa&#241;uelo bastante sucio, dos gomas de yogur para las trenzas y una chuleta con las obras de Lope de Vega, un duplicado de la llave del dormitorio. Comprend&#237; que se me estaba culpando del asesinato que hab&#237;a cometido Isabel y que la &#250;nica escapatoria que se ofrec&#237;a era contar la verdad y echarle a ella, literalmente, el muerto. Mis sentimientos, claro est&#225;, imped&#237;an este curso de acci&#243;n. Adem&#225;s, revelar la verdad habr&#237;a implicado revelar asimismo las circunstancias en que la hab&#237;a descubierto. Nada de lo que hab&#237;a sucedido aquella noche, eso estaba claro, deb&#237;a saberse, so pena de arruinar la vida de Isabel y la m&#237;a. Pero &#191;llegar&#237;a mi abnegaci&#243;n hasta el extremo de acabar en la c&#225;mara de gas?

En Espa&#241;a no hay c&#225;mara de gas -apunt&#233;-. Si mucho me apuras, ni gas tenemos en las barriadas suburbiales.

&#191;Quieres no interrumpir? -dijo Mercedes visiblemente irritada por lo que consideraba una morcilla en el drama que estaba escenificando.

-El castigo que nuestra legislaci&#243;n contempla para este tipo de actos -prosigui&#243; diciendo el inspector- es el m&#225;s severo que imaginarse pueda. Sin embargo -hizo una pausa el inspector- sin embargo, teniendo en cuenta su corta edad, el alterado estado an&#237;mico que en determinados per&#237;odos de la vida aqueja a las mujeres y la intercesi&#243;n de esta bondadosa madre -se&#241;al&#243; a la superiora con el pulgar, sin demasiadas muestras de respeto- estoy dispuesto a no proceder como mi condici&#243;n de servidor del pueblo me impone. Quiero decir, en t&#233;rminos legales, que no habr&#225; atestado ni se incoar&#225; sumario. Soslayaremos un proceso cuyas pruebas, vistas, alegatos, conclusiones provisionales y definitivas, sentencia y recursos habr&#237;an de ser por necesidad dolorosos y una pizca verdes. A cambio de ellos, por supuesto, habr&#225; que tomar ciertas medidas respecto de las cuales tus padres, aqu&#237; presentes, han dado ya su conformidad. De las disposiciones que al efecto se han adoptado, tienes que dar las gracias al se&#241;or Peraplana, tambi&#233;n presente, que ha accedido a cooperar por mor del afecto que su hija te profesa y que &#233;l estima rec&#237;proco, &#237;dem por otras razones que no ha tenido a bien exponer y que a m&#237; me traen sin cuidado.

Las disposiciones a que alud&#237;a el inspector no eran otras que mi exilio y, en vista de la alternativa, las acept&#233; de buen grado. As&#237; que me vine a este pueblo y aqu&#237; estoy. Pas&#233; los primeros tres a&#241;os en casa de un matrimonio anciano, leyendo y engordando. La central lechera les daba un tanto al mes para mi manutenci&#243;n. Luego consegu&#237;, tras mucho batallar, que me dejaran independizarme. Me nombr&#233; maestra del pueblo aprovechando una vacante que nadie quer&#237;a cubrir, muy justificadamente. Alquil&#233; esta casa. No vivo mal. Los recuerdos han ido perdiendo nitidez. A veces desear&#237;a que mi suerte fuera otra, pero pronto se me pasa la melancol&#237;a. El aire es sano y me sobra el tiempo. Y en cuanto a otras necesidades, como te dije ayer, hago lo que puedo, que a veces no es mucho y a veces, bastante

Call&#243; Mercedes y el silencio que sigui&#243; s&#243;lo fue roto por el canto de un gallo que anunciaba el nuevo d&#237;a. Al tacto comprob&#233; que la humedad de las s&#225;banas se hab&#237;a evaporado. Ten&#237;a sed y sue&#241;o y un verdadero revoltillo en la cabeza. Habr&#237;a dado cualquier cosa por una Pepsi-Cola.

&#191;En qu&#233; piensas? -pregunt&#243; ella con voz extra&#241;a.

En nada -dije tontamente-, &#191;y t&#250;?

En lo rara que es la vida. Seis a&#241;os llevo guardando este secreto y acabo cont&#225;ndoselo a un rufi&#225;n maloliente cuyo nombre ni siquiera s&#233;.



Cap&#237;tulo XII INTERLUDIO INTIMISTA: LO QUE YO PENSABA

ES EN VERDAD curioso -dije- c&#243;mo la me mor&#237;a es el &#250;ltimo superviviente del naufragio d nuestra existencia, c&#243;mo el pasado destila estalactitas en el vac&#237;o de nuestra ejecutoria, c&#243;mo la empalizada de nuestras certezas se abate ante la lev brisa de una nostalgia. Nac&#237; en una &#233;poca que postenori juzgo triste. Pero no voy a hacer historia: es posible que toda ni&#241;ez sea amarga. El transcurso de las horas era mi lac&#243;nico compa&#241;ero d juegos y cada noche tra&#237;a aparejada una triste des pedida. De aquella etapa recuerdo que arrojaba, con alegr&#237;a el tiempo por la borda, en la esperanza de que el globo alzara vuelo y me llevara a un futuro mejor. Loco anhelo, pues siempre sereno lo que ya fuimos.

Mi padre era un hombre bueno e industrio so que manten&#237;a a la familia fabricando lavativa con unas latas viejas de combustible muy en boga en aquel entonces por el uso extendido de un artilugio denominado petromax, hoy suplantado con ventaja por la abundancia de energ&#237;a el&#233;ctrica Unos laboratorios farmac&#233;uticos suizos aposenta dos en Espa&#241;a al amparo del plan de estabilizaci&#243;n dieron al traste con el negocio. Fue pap&#225; hombre de suerte variable: de la cruzada fratricida del 36-39 sali&#243; mutilado, ex combatiente y ex cautivo de ambos bandos, lo que s&#243;lo le report&#243; trasiegos burocr&#225;ticos, pero no recompensa ni castigo. Obstinadamente rechaz&#243; las pocas oportunidades que le depar&#243; la fortuna y acept&#243; a ciegas todos los espejismos que el diablo tuvo a bien poner a su paso. Nunca fuimos ricos y los escasos ahorros que hubi&#233;ramos podido reunir los perdi&#243; pap&#225; apostando en las carreras de ladillas que se celebraban los s&#225;bados por la noche en la cantina del barrio. Por nosotros sent&#237;a un desapego posesivo; sus muestras de cari&#241;o eran sutiles: tuvieron que pasar muchos a&#241;os para que las interpret&#225;semos como tales; sus muestras de irritaci&#243;n, en cambio, eran inequ&#237;vocas: nunca precisaron ex&#233;gesis.

Con mam&#225; todo era distinto. Nos profesaba un aut&#233;ntico amor de madre, absoluto y destructivo. Siempre crey&#243; que yo ser&#237;a alguien; siempre tuvo conciencia de que yo no val&#237;a para nada; desde el principio me hizo saber que perdonaba de antemano la traici&#243;n de que, seg&#250;n ella, tarde o temprano la har&#237;a v&#237;ctima. Por el esc&#225;ndalo aquel de los ni&#241;os tullidos y el congreso eucar&#237;stico, que no creo que recuerdes, pues ser&#237;as t&#250; muy ni&#241;a si es que hab&#237;as nacido ya, fue a parar a la c&#225;rcel de mujeres de Montjuich. Mi padre opin&#243; que todo aquello era una maquinaci&#243;n urdida con el solo objeto de molestarle. Mi hermana y yo visit&#225;bamos a mam&#225; los domingos en el locutorio y le llev&#225;bamos a hurtadillas la morfina sin la cual no habr&#237;a podido soportar con alegr&#237;a el encierro. Hab&#237;a sido mi madre persona activa, trabajando muchos a&#241;os como mujer de hacer faenas, que es como el vulgo llama al servicio dom&#233;stico supernumerario, aunque los trabajos le duraban poco por su incontrolable af&#225;n de robar de las casas los objetos m&#225;s visibles, tales cuales relojes de pared, butacones y, una vez, un ni&#241;o. Con todo y eso, no le faltaban hogares que atender, pues la demanda era entonces y, por lo que oigo, es ahora, superior en mucho a la oferta y la gente haragana est&#225; dispuesta a tolerar cualquier cosa a cambio de hacer poco.

El hecho de que faltara mam&#225; y de que pap&#225; nos hubiera abandonado hizo que tanto mi hermana como yo tuvi&#233;ramos que espabilarnos a muy temprana edad. Mi hermana, la pobre, nunca fue muy lista, por lo que tuve que ser yo quien velara por ella, quien le ense&#241;ara a ganar alg&#250;n dinero y quien le proporcionara los primeros clientes, aunque ella ya contaba por entonces nueve a&#241;os de edad y yo s&#243;lo cuatro. A los once, harto ya de la persecuci&#243;n de que me hac&#237;a objeto el tribunal tutelar, habiendo contra&#237;do una enfermedad ven&#233;rea y siendo mi deseo el no desperdiciar los talentos que cre&#237; poseer en la ignorancia, resolv&#237; ingresar en el noviciado de Veruela

Un silbido lejano cort&#243; mi perorata y me hizo volver a la realidad.

&#191;Es un tren lo que chifla? -pregunt&#233;.

Un mercanc&#237;as -contest&#243; Mercedes-, &#191;por qu&#233;?

Tengo que irme. Nada deseo con mayor fervor que tener ocasi&#243;n de continuar esta charla -dije poniendo en estas palabras la &#250;nica sinceridad que ha informado mis aseveraciones desde los tiempos en que juraba a los clientes de mi hermana que ten&#237;a para ellos un merengue de guindas-, pero he de partir cuanto antes. Gracias a tu ayuda tengo ya la soluci&#243;n del caso que me ha tra&#237;do aqu&#237;. S&#243;lo me faltan algunos datos complementarios y la prueba de que lo que pienso es cierto. Si todo sale bien, esta noche habr&#233; demostrado tu inocencia y dentro de unos d&#237;as podr&#225;s ser dama de honor en la boda de Isabel. Y, por supuesto, los culpables de todo este enredo estar&#225;n donde les corresponde, que, por cierto, no se d&#243;nde es. &#191;Tienes fe en m&#237;?

Esperaba que pronunciara un s&#237; vehemente, pero guard&#243; un hosco silencio la chica.

&#191;Qu&#233; te pasa? -quise saber.

No me hab&#237;as dicho que se casaba Isabel.

No te he dicho muchas cosas, pero ma&#241;ana estar&#233; de vuelta y nada volver&#225; a interrumpirnos.

Supuse que no dec&#237;a nada por el natural recato que contrapesa las emociones intensas y con el coraz&#243;n henchido de gozo recorr&#237; a saltos el camino de la estaci&#243;n y pude abordar el &#250;ltimo vag&#243;n de un mercanc&#237;as ruinoso cuya m&#225;quina se perd&#237;a ya en la vaguada de las monta&#241;as que rodeaban el pueblo y cuyo verdor, en la primera luz del d&#237;a, las hac&#237;a parecer una piedra preciosa cuyo nombre siempre confundo con el de una marca de lej&#237;a.

El vag&#243;n iba lleno de pescado fresco y su perfume salino me hizo so&#241;ar en otros horizontes m&#225;s felices y en una vida de plenitud compartida. Con la locura irracional que acompa&#241;a a este tipo de embelesos, ve&#237;a signos premonitorios en los accidentes m&#225;s nimios: el cielo limpio, la brisa mansa, los ojos de los pescados, el mismo nombre de Mercedes, a la par patrona de Barcelona y ep&#237;tome de la industria automovil&#237;stica teutona. Y, al mismo tiempo, me resist&#237;a a que estas quimeras cristalizaran en formas demasiado reconocibles, porque tem&#237;a para mis adentros que una vez rehabilitado su nombre, ella ya no quisiera saber m&#225;s de m&#237;. Demasiadas diferencias nos separaban. Ponder&#233; incluso la posibilidad de renunciar a mis pesquisas, ya que, me dec&#237;a, mientras ella siguiera condenada al exilio y obrara su secreto en mi poder, la ten&#237;a, por as&#237; decir, en mis manos. Pero ya dije en otra parte de este relato que soy un hombre nuevo y pronto rechac&#233; la tentaci&#243;n, no sin alimentar simult&#225;neamente la esperanza de que por una vez la virtud se viera recompensada en este mundo y no en el otro, al que no sent&#237;a querencia ni propensi&#243;n.

El tren se eternizaba. Con el sol ya muy alto, el vag&#243;n se convirti&#243; en un horno y el pescado empez&#243; a heder de modo enfadoso. Fui arrojando a la v&#237;a los ejemplares que me parecieron m&#225;s susceptibles de corrupci&#243;n, pero cuando hube vaciado el vag&#243;n, comprob&#233; con desmayo que la hediondez persist&#237;a y que ya mis ropas y todo mi ser daban de ello constancia. Me arm&#233; de paciencia y me recost&#233; en un rinc&#243;n, dedicando el resto del viaje a trazar planes, devanar proyectos, esclarecer enigmas y desenmascarar los embustes de que, en mi opini&#243;n, la mujer por la que mi coraz&#243;n lat&#237;a hab&#237;a sido v&#237;ctima inconsciente. Esta ocupaci&#243;n, sin embargo, no me impidi&#243; contemplar el futuro con cierto desaliento. Aun cuando lograra resolver el caso de la ni&#241;a desaparecida pronto y bien e hiciera brillar la inocencia de Mercedes, quedaba pendiente la muerte del sueco, que la polic&#237;a se empe&#241;aba en imputarme. En el hipot&#233;tico supuesto de que tambi&#233;n este misterio pudiera ser desentra&#241;ado, me dec&#237;a yo, &#191;qu&#233; iba a ser de m&#237;? Con mis antecedentes delictivos y hospitalarios y mi total carencia de oficio, conocimientos y aptitudes, no me ser&#237;a f&#225;cil encontrar un empleo bien remunerado sobre cuyos cimientos fundar un hogar. Por lo que me hab&#237;an contado, los alquileres andaban por las nubes, la cesta de la compra era un cohete. &#191;Qu&#233; hacer? Un vaho enturbi&#243; mis enso&#241;aciones.

Era pasado el mediod&#237;a cuando hizo su entrada el tren en Barcelona-T&#233;rmino. Salt&#233; del vag&#243;n y me ocult&#233; entre las ruedas del Talgo, escondrijo que abandon&#233; a la carrera cuando un bocinazo intransigente, como correspond&#237;a a la categor&#237;a de la l&#237;nea, me indic&#243; que aqu&#233;l estaba por arrancar. Ya en la calle, corr&#237; al lugar donde todo investigador va a dar m&#225;s pronto o m&#225;s tarde: el registro de la propiedad, sito en un recoleto y soleado piso de la calle Diputaci&#243;n, al que llegu&#233; pocos minutos antes de que cerraran. Un pretexto malamente urdido hizo que me dejaran evacuar las supuestas diligencias que improvis&#233;. El tufillo a pescado, estratificado sobre los restantes olores, ahuyent&#243; a los somnolientos pasantes que a&#250;n ramoneaban por el local y a los jovencitos ambiciosos que persist&#237;an en la b&#250;squeda de solares con los que especular. A mis anchas, pude entregarme a toda suerte de buceos reg&#237;strales y al cabo de cierto tiempo encontr&#233; lo que buscaba y confirm&#233; mis sospechas: la finca que ahora era el colegio de las madres lazaristas hab&#237;a pertenecido entre 1958 y 1971 a don Manuel Peraplana, que la vendi&#243; a las monjas por una suma exorbitante, habi&#233;ndolo adquirido en el 58 por una m&#237;nima fracci&#243;n de su precio a un tal Vicenzo Hermafrodito Halfmann, de nacionalidad paname&#241;a, anticuario de profesi&#243;n, residente en Barcelona desde 1917, quien, en esta &#250;ltima fecha, hab&#237;a adquirido el terreno, a la saz&#243;n bald&#237;o, y edificado en &#233;l la mansi&#243;n. No me cab&#237;a duda de que el paname&#241;o, junto con aqu&#233;lla, hab&#237;a construido otro edificio en un predio colindante o, al menos, pr&#243;ximo, y hab&#237;a puesto ambos en comunicaci&#243;n, vaya usted a saber por qu&#233;, mediante un pasadizo secreto que part&#237;a de la falsa tumba del &#225;bside de la capilla. Probablemente Peraplana hab&#237;a descubierto el pasadizo, y lo hab&#237;a utilizado para sus perversos prop&#243;sitos. Ahora bien, &#191;por qu&#233; hab&#237;a vendido Peraplana la mansi&#243;n a las monjitas si en 1971 todav&#237;a se serv&#237;a del pasadizo? Y &#191;adonde conduc&#237;a el susodicho? Trat&#233; de averiguar qu&#233; otros inmuebles pose&#237;an Peraplana o el ya citado Halfmann, pero el registro, organizado por fincas y no por propietarios, no daba fe de ello. Me era preciso, pues, hablar directamente con Peraplana y a su casa me dirig&#237;, aun consciente de los peligros que tal iniciativa entra&#241;aba.



Cap&#237;tulo XIII UN ACCIDENTE TAN IMPREVISTO COMO LAMENTABLE

AL LLEGAR a la puerta de la torre me aguardaba un contratiempo con el que no hab&#237;a contado: una peque&#241;a multitud, valga la paradoja, se aglomeraba frente al seto en actitud expectante. Reconoc&#237; entre los congregados a las criaditas a las que hab&#237;a sonsacado la tarde anterior y deduje de su presencia que la boda, que seg&#250;n mis c&#225;lculos deb&#237;a celebrarse en unos d&#237;as, estaba por llevarse a cabo, quiz&#225;s anticipadamente. Me agenci&#233; en un quiosco cercano una revista tras la cual ocultar mi rostro y me col&#233; entre los circunstantes mientras pensaba a la desesperada c&#243;mo introducirme en el coche nupcial que hab&#237;a de llevar a la contrayente y a su padre, si mi noci&#243;n del ceremonial prescrito para tales solemnidades no me enga&#241;a, cosa que me parec&#237;a poco menos que irrealizable, pero que ten&#237;a que intentar si no quer&#237;a que los reci&#233;n casados se me fueran de luna de miel a Mallorca o a dondequiera que vayan los ricos en tales ocasiones, lo que habr&#237;a dificultado, pero no finido, mis denodados esfuerzos.

La espera se prolongaba y tuve ocasi&#243;n de hojear la revista. Saqu&#233; la conclusi&#243;n de que en los tiempos que corr&#237;an, los jovencitos se dedicaban a escribir sobre pol&#237;tica, arte y sociedad en tanto que los viejos se desahogaban retozando en el toril de lo sical&#237;ptico. Una coterr&#225;nea de Usa, llamada Birgitta y dotada de unos senos algo ca&#237;dos para su estado temprano de desarrollo, se manoseaba inici&#225;ndose en los misterios &#243;rficos de sus curvas recientes. Un vaiv&#233;n de la multitud me impidi&#243; leer lo que sin duda eran las fantas&#237;as de un cerdo en apuros. Asomando los ojos y la parte correspondiente de la cabeza por sobre la revista, vi que se abr&#237;a la puerta de la torre de los Pera-plana y que de ella sal&#237;an dos polic&#237;as de gris uniformados. Me asust&#233; al pronto, pero en seguida comprend&#237; que no era mi presencia lo que motivaba la suya, pues formaban guardia en las escaleras como si esperasen la salida de un cortejo. Infer&#237; que a la boda asist&#237;a alguna autoridad local y estaba por gritar &#161;viva la novia! cuando me apercib&#237; de que tras los polic&#237;as asomaban unos camilleros llevando un cuerpo en una cama con ruedas como de bicicleta y una enfermera que sosten&#237;a una botella llena de algo granate y conectada a la cama por medio de un tubito. Un doctor con bata hospitalaria y algunas personas acompa&#241;aban el lecho ambulante. Una de las personas deb&#237;a de ser Peraplana, pero, como no lo hab&#237;a visto nunca, no lo puedo atestiguar. A todas luces no era aquello una boda, por muy trastocada que ande la liturgia a ra&#237;z del &#250;ltimo concilio. Y no contribuy&#243; a empa&#241;ar esta certeza el que asomaran a las ventanas del piso superior mujeres de apesadumbrada imagen que se enjugaban las l&#225;grimas con pa&#241;uelos de blanco percal. De la multitud reunida se elev&#243; un murmullo y los polic&#237;as abrieron paso a la camilla hasta una ambulancia. Pregunt&#233; lo que hab&#237;a sucedido a un individuo que se empinaba junto a m&#237; para no perder ripio.

Una desgracia -respondi&#243;-. La pobre chica de esa casa, que se ha suicidado esta ma&#241;ana. Estaba a punto de casarse. No somos nada, amigo m&#237;o.

Parec&#237;a locuaz y decid&#237; seguir preguntando.

&#191;C&#243;mo sabe usted que se trata de un suicidio? El c&#225;ncer no respeta edad.

Colgu&#233; los h&#225;bitos para casarme -dijo el individuo- despu&#233;s de diez a&#241;os de sacerdocio. Entre lo que o&#237; en el confesionario y lo que aprend&#237; luego, no hay nada que yo no sepa.

Y se puso a re&#237;r a carcajadas su ocurrencia. Yo le imit&#233; para que no se sintiera en rid&#237;culo. El individuo me puso una mano sudada en el hombro mientras con la otra se resta&#241;aba los ojos acuosos.

No quiero, sin embargo -a&#241;adi&#243;-, que me crea taumaturgo o zahor&#237;. El repartidor de la carnicer&#237;a Bou, que curiosamente tambi&#233;n se llama as&#237;, pero con doble uve, Wou, no s&#233; de d&#243;nde ser&#225; ese muchacho, me ha contado lo que pas&#243;. El estaba en la casa cuando se arm&#243; el pit&#243;te. Hab&#237;a ido a llevar la carne. &#191;Le interesan esas cosas?

La noticia me hab&#237;a afectado y as&#237; se lo hice saber.

La vida -dijo- es una hoja a merced del viento. Carpe diem, como dec&#237;an los romanos. &#191;Le gustan las mujeres? No, no me tome por un metic&#243;n. Es que le he visto hojear una revista de desnudismo. Esto del destape es una operaci&#243;n comercial para hacer dinero con nuestras frustraciones, cr&#233;ame. Yo no tengo nada contra los placeres de la carne, pero aborrezco los suced&#225;neos. Las mujeres, de carne y hueso, y el caf&#233;, caf&#233;, como dec&#237;amos en mi juventud. No quiero parecer m&#225;s modoso de lo que soy; no estoy exento de debilidades. Cada vez que leo una de estas revistas me la pelo. No me importa propagarlo a los cuatro vientos: todos estamos hechos de la misma pasta, &#191;qu&#233; le parece?

Yo no escuchaba la ch&#225;chara de aquel majadero. Rememorando a la pobrecita Isabel, a la que hab&#237;a contemplado no sin admiraci&#243;n unas horas antes, no pude contener un par de lagrimones y alg&#250;n que otro moco, leve homenaje a la fugacidad de nuestros sue&#241;os y a lo ef&#237;mero de la belleza humana. Pero no era el momento propicio a filosof&#237;as, porque otra idea hab&#237;a tomado cuerpo en mi cerebro. Empec&#233; a escudri&#241;ar a los all&#237; reunidos a la caza de un rostro conocido. Mi estatura no es exagerada y tuve que dar saltos impropios del acontecimiento que se desarrollaba ante nuestros ojos hasta que di con el objeto de mi batida: una mujer que ocultaba sus facciones bajo una enorme pamela negra, tras unas gafas de sol y ayuso un espeso y variopinto maquillaje que desfiguraba sus pr&#237;stinos rasgos. Este vano intento de disimulo me confirm&#243; la disparidad de criterios que a mi ver existe en punto a belleza entre los hombres y las mujeres, creyendo &#233;stas que su atractivo radica en los ojos, los labios, el cabello y otros atributos ubicados al norte del ga&#241;ote, en tanto que el g&#233;nero masculino, por as&#237; llamarlo, salvo que prono a desviaciones electivas, centra su inter&#233;s en otras partes de la anatom&#237;a, con absoluto desd&#233;n de las ya mencionadas. Y, as&#237;, por m&#225;s que Mercedes Negrer hubiera hecho lo que ella juzgaba m&#225;s eficaz para pasar desapercibida, un simple atisbo de su incendiaria delantera me habr&#237;a bastado para identificarla aunque mediaran entre nosotros leguas de distancia.

Y, distinguida que fue por m&#237;, me abr&#237; paso a cabezazos para reunirme con ella, la cual, vi&#233;ndome llegar, quiso huir sin conseguirlo, ya que sus empellones no incitaban al alejamiento sino a la persistencia de quien los recib&#237;a. Gracias a esto, pronto la tuve sujeta del brazo y tironeando de ella, que se resist&#237;a, la saqu&#233; del gent&#237;o y la hice caminar a buen paso en busca de un lugar apartado, donde le dije:

&#191;Qu&#233; has hecho, desgraciada?

Ella rompi&#243; a llorar haciendo un pastel de los afeites que en el cutis se hab&#237;a aplicado.

&#191;C&#243;mo has podido llegar antes que yo? -arreci&#233; mis preguntas.

Tengo coche -dijo entre hipos y estertores.

Yo hab&#237;a descartado tal posibilidad, sabedor del menguado sueldo que perciben nuestros maestros nacionales, pero no hab&#237;a contado con la manuficencia de la central lechera, que le permit&#237;a destinar a lo superfluo el total de sus ganancias docentes.

&#191;Por qu&#233; lo has hecho? -insist&#237;.

No lo s&#233;. No encuentro explicaci&#243;n l&#243;gica a lo que me ha pasado. Cuando te fuiste esta ma&#241;ana, estaba tranquila. Empec&#233; a prepararme un desayuno diet&#233;tico y, de pronto, como si una fiera agazapada hubiera saltado sobre m&#237;, se me vinieron encima todos estos a&#241;os de frustraci&#243;n y rencor. Quiz&#225; fue el resentimiento por una vida sacrificada a lo que yo cre&#237;a tontamente una causa noble. Quiz&#225; fue el saber que Isabel se casaba Quiero morirme, estoy muy asustada; no s&#233; qu&#233; ser&#225; de m&#237; ahora. Tantos a&#241;os desperdiciados

&#191;Qu&#233; ha pasado exactamente?

Cog&#237; el coche y me vine a toda mecha. Desde esa misma cabina que ves ah&#237; llam&#233; a Isabel, que se llev&#243; la sorpresa de su vida al o&#237;rme, porque me cre&#237;a cursando estudios en el extranjero, la muy carota. Le dije que ten&#237;a algo importante que decirle y quedamos en vernos en un bar cercano. Confiaba yo en que su presencia calmara mis pasiones, pero s&#243;lo sirvi&#243; para atizarlas. Sin dejarla hablar, pues s&#243;lo habr&#237;a dicho frusler&#237;as, la cubr&#237; de los peores insultos: le dije que siempre la hab&#237;a tenido por tonta, ego&#237;sta, mezquina y falsa. Ella no sab&#237;a de qu&#233; estaba hablando y me tom&#243; por chalada. Entonces le refer&#237; lo sucedido hace seis a&#241;os en la cripta del internado y le revel&#233; que sus manos estaban tintas en la sangre de un hombre, tal vez su amante. La amenac&#233; con dar publicidad a tan escabroso asunto si no romp&#237;a de inmediato su compromiso matrimonial. Yo &#250;nicamente pretend&#237;a airear mi irritaci&#243;n, vengarme psicol&#243;gicamente. Pero Isabel, que sin duda no hab&#237;a le&#237;do a Freud, se tom&#243; en serio mis palabras. Es posible tambi&#233;n que el relato hiciera aflorar recuerdos enterrados en su subconsciente. Nunca tuvo car&#225;cter, la pobre Isabel, para encarar la parte sucia de la vida. Puesta en semejante encrucijada, sus defensas cedieron y se suicid&#243; al volver a casa.

&#191;C&#243;mo lo sabes?

Estuve merodeando por aqu&#237; al terminar la entrevista, un poco arrepentida. La vi entrar en la casa muy abatida. Luego hubo un terrible ajetreo. Lleg&#243; el m&#233;dico. El mayordomo que lo recibi&#243; estaba muy consternado. Oculta tras el seto distingu&#237; las palabras suicidio y veneno.

&#191;De d&#243;nde has sacado este maquillaje y estos estrafalarios aditamentos? -le pregunt&#233; m&#225;s por distraerla de su aflicci&#243;n que por curiosidad.

Los ten&#237;a en casa. A veces me disfrazaba y posaba para m&#237; sola ante el espejo de mi cuarto. Soy una reprimida. Nunca me he ido a la cama con un t&#237;o. Me dan miedo los hombres. Mi sedicente promiscuidad es s&#243;lo un n&#250;mero que oculta mi poquedad. &#161;Qu&#233; bochornazo!

Bueno, bueno -dije yo en tono paternal-, ya hablaremos de todo esto en otra ocasi&#243;n. Ahora tenemos muchas otras cosas que dilucidar. Vas a hacer lo que yo te diga y, tal como te promet&#237;, ma&#241;ana habremos resuelto el caso.

&#191;Y qu&#233; me importa a m&#237; que se resuelva el caso?

A ti, no s&#233;; pero a m&#237;, mucho. Mi hermana est&#225; en la c&#225;rcel y yo me juego la libertad, si no el pescuezo. No voy a claudicar a la vista de la meta. Estoy dispuesto a seguir solo si ello fuera preciso, pero tu ayuda me resolver&#237;a muchos problemas. Has cometido un acto reprobable y, adem&#225;s in&#250;til, porque Isabel no mat&#243; nunca a nadie ni tuvo un amante. Lo menos que puedes hacer por ella es contribuir a demostrar su inocencia. Es, asimismo, la &#250;nica forma de redimir un poco tu mala acci&#243;n, salvo que prefieras vivir el resto de tus d&#237;as hostigada por los remordimientos. Por &#250;ltimo, &#191;qu&#233; alternativa te queda? Muerta Isabel, no hay ya raz&#243;n alguna para que Peraplana te siga manteniendo a expensas de la lactaria. O te decides ahora a tomar las riendas de tu destino, o acabar&#225;s como como yo, sin ir m&#225;s lejos.

La pl&#225;tica pareci&#243; reconfortarla, porque dej&#243; de llorar y recompuso los coloretes de su cara con una cajita oblonga que conten&#237;a un espejo y una pelusa polvorienta. Record&#233; que mi hermana se aplicaba cosm&#233;tico con un retazo de bayeta y reflexion&#233; que las diferencias sociales se patentizaban en los detalles m&#225;s balad&#237;s o balad&#237;es.

&#191;Qu&#233; tengo que hacer? -dijo por fin con aire sumiso.

&#191;Tienes el coche a mano?

S&#237;, pero hay que mirarle el aceite.

&#191;Y dinero?

Me traje todos mis ahorros por si ten&#237;a que darme a la fuga.

Esto es indicio de premeditaci&#243;n, guapa. Pero ya nos ocuparemos a su debido tiempo del elemento procesal. Vamos hacia el coche y te contar&#233; por el camino lo que he descubierto y cu&#225;l es mi plan.



Cap&#237;tulo XIV EL DENTISTA MISTERIOSO

ERA la hora de cenar para la gente que tales dispendios pod&#237;a permitirse y las calles estaban una vez m&#225;s medio vac&#237;as. Hab&#237;a empezado a llover nuevamente y las gotas tamborileaban en la capota del coche de Mercedes, un 600 abollado a punto de ascender de antigualla a reliquia, donde esper&#225;bamos sentados a que los habitantes de casa Peraplana, a cuya puerta nos hab&#237;amos apostado, dieran se&#241;ales de vida. Hac&#237;a una hora que la afligida familia se hab&#237;a reintegrado al hogar y habr&#237;a sido lo normal que sus miembros destinaran la noche a la congoja, pero yo preve&#237;a que algo iba a suceder y mis presentimientos se vieron pronto confirmados.

Primero sali&#243; el mayordomo protegido por un paraguas charolado y abri&#243; de par en par la cancela; luego se hizo a un lado el mayordomo y unos faros potentes perforaron el negror de la noche; por &#250;ltimo, un SEAT, no el ametrallado, sino el otro, hizo su aparici&#243;n. Una persona sola iba al volante. A una se&#241;a m&#237;a, Mercedes puso en marcha su cafetera.

Procura no despegarte de &#233;l aunque tengas que renunciar a las peripecias aritm&#233;ticas que prescribe el c&#243;digo de la circulaci&#243;n en lo que a guardar distancias se refiere -le dije.

Echamos a rodar tan pegados al SEAT que tem&#237; que nos di&#233;ramos un topetazo, del que la ley nos habr&#237;a hecho responsables, porque me consta que la culpa es siempre del que va detr&#225;s, as&#237; el otro le haya provocado de palabra o de obra. De esta guisa llegamos a la Diagonal y, aprovechando un sem&#225;foro, me ape&#233;, no sin antes repetir:

Que no se te escape. Y ponte las gafas, por el amor de dios, que nadie va a ver que las usas y puedes evitarte un accidente serio.

Me dijo que s&#237;, apret&#243; los dientes y sali&#243; disparada en pos del SEAT. Yo par&#233; un taxi, que ya antes hab&#237;a avizorado, y saltando dentro dije al taxista:

Siga a esos dos coches. Soy de la secreta.

El taxista me mostr&#243; una chapa.

Yo tambi&#233;n -dijo- &#191;Qu&#233; rama?

Estupefacientes -improvis&#233;-. &#191;C&#243;mo va lo de los trienios?

Mal, como de costumbre -dijo el falso taxista-. Veremos a ver ahora con las elecciones. Yo pienso votar a Felipe Gonz&#225;lez, &#191;y t&#250;?

A quien me digan los jefes -ataj&#233; para evitar unas confianzas que habr&#237;an acabado por ponerme en evidencia.

Hab&#237;amos rodeado Calvo Sotelo y segu&#237;amos por la Diagonal. Tal como yo hab&#237;a calculado, el conductor del SEAT no tard&#243; en apercibirse de que otro coche lo segu&#237;a y con una h&#225;bil maniobra y salt&#225;ndose a la torera una prohibici&#243;n, se meti&#243; por Muntaner abajo y despist&#243; a la pobre Mercedes, a quien de poco arrolla un autob&#250;s cuando trataba denodadamente de hacer marcha atr&#225;s. Sonre&#237; para mis adentros y dije al taxista que siguiera al SEAT. Este &#250;ltimo, convencido de haberse desembarazado de su seguidor, hab&#237;a aminorado la marcha y no nos cost&#243; nada irle a la zaga. De paso, me hab&#237;a quitado de encima temporalmente a Mercedes sin herir su autoestima, ya muy maltrecha.

El SEAT lleg&#243; a su destino: un chafl&#225;n de la calle Enrique Granados. All&#237; se detuvo el coche y se baj&#243; el conductor, que enfil&#243; un portal oscuro hundiendo la cabeza entre los hombros, como si as&#237; la lluvia no fuera a encontr&#225;rsela. El portal se abri&#243; y el conductor del SEAT desapareci&#243; en sus profundidades. Ped&#237; al taxista que esperase, pero me dijo que no pod&#237;a.

Tengo que ir a rondar la casa de Revent&#243;s, a ver si le descubro una chapucilla.

Le di las gracias y le dese&#233; suerte. No acept&#243; que le pagase la carrera por ser del gremio, aunque esta vez ten&#237;a yo dinero, el que me hab&#237;a dado Mercedes antes de separarnos. Parti&#243; el polic&#237;a camuflado y me qued&#233; solo bajo el chaparr&#243;n. Un examen superficial del SEAT no arroj&#243; ninguna luz. La c&#233;dula de identificaci&#243;n fiscal daba el nombre de una sociedad inmobiliaria, evidentemente una patra&#241;a para evadir impuestos. Descerraj&#233; la puerta con un ladrillo y husme&#233; el interior. La guantera no conten&#237;a m&#225;s que documentos del veh&#237;culo, un mapa de carreteras mal doblado y una linterna sin pilas. Los asientos eran de terciopelo y el del conductor llevaba una esterilla de ca&#241;amazo superpuesta para evitar la transpiraci&#243;n del culo. De este detalle infer&#237; que era el propia Pera-plana quien habitualmente conduc&#237;a el coche. No hab&#237;a raz&#243;n alguna para creer que no era &#233;l quien acababa de entrar en el portal del chafl&#225;n. Por precauci&#243;n, tom&#233; nota mental del kilometraje, aunque no confiaba en retener el guarismo, ya que las matem&#225;ticas no son mi fuerte, siendo yo de natural m&#225;s inclinado a las humanidades. En el cenicero hab&#237;a colillas de Marlboro; en los filtros no se apreciaban restos de l&#225;piz labial y s&#237; la incisi&#243;n de unos dientes regulares, tal vez no primigenios. Hab&#237;a ceniza en la alfombra, signo de que era el conductor quien fumaba. Lina de las colillas guardaba humedades y el encendedor autom&#225;tico estaba todav&#237;a caliente. Confirm&#233; que me las ve&#237;a con el propio Peraplana. Sal&#237; del coche, no sin antes haber arrancado de su caja la radio y el tocacasettes para encubrir de robo mis pesquisas. Me deshice de ambos aparatos arroj&#225;ndolos a una alcantarilla y por unos instantes ponder&#233; la posibilidad de ocultarme en el portamaletas y ver adonde me llevaban, pero descart&#233; pronto esta medida por peligrosa y porque me interesaba m&#225;s saber lo que se coc&#237;a en la casa del chafl&#225;n, a la que hab&#237;a acudido Peraplana fresca a&#250;n la tierra donde yac&#237;a su hija.

En un bar de tapas del chafl&#225;n frontero ped&#237; una Pepsi-Cola y me encerr&#233; en la cabina telef&#243;nica bien provisto de fichas y procurando no perder de vista el portal que me intrigaba. Busqu&#233; en la gu&#237;a de calles el edificio en cuesti&#243;n y empec&#233; a llamar a todos los inquilinos, a los que dec&#237;a cuando contestaban:

&#161;Hola, t&#250;, aqu&#237; Cambio 16 en plan de encuesta! &#191;Qu&#233; cadena de televisi&#243;n est&#225;s viendo?

Todos contestaban que la primera y un exc&#233;ntrico que la segunda En uno s&#243;lo de los n&#250;meros a los que llam&#233; me dijeron de malos modos:

Ninguna -y colgaron.

Mordiste el anzuelo, sardineta -me dije mirando el nombre de quien tan descort&#233;s hab&#237;a sido con nuestra prensa: Plutonio Sobobo Cuadrado, dentista.

Sin dejar de observar el portal, me beb&#237; la Pepsi-Cola y estaba metiendo la lengua por el cuello de la botella para apurar la &#250;ltima gota, cuando vi que los hombres sal&#237;an del portal acarreando con delicadeza un bulto envuelto en una s&#225;bana blanca. En la lobreguez del portal, una mujer presenciaba la operaci&#243;n retorci&#233;ndose las manos. El tama&#241;o del bulto y su forma correspond&#237;an a una persona no muy grande, con certeza una ni&#241;a. Los dos hombres metieron el bulto en el portamaletas del SEAT y me regocij&#233; de no estar yo ah&#237;. Luego uno de los hombres se sent&#243; al volante y parti&#243; el coche. Me habr&#237;a gustado seguirlo, pero no se vislumbraba un taxi por ninguna parte. Concentr&#233;, pues, mi atenci&#243;n en el otro hombre, que volvi&#243; a entrar en el portal, habl&#243; un rato animadamente con la mujer que se retorc&#237;a las manos y cerr&#243; luego la hoja de madera. Pagu&#233; mi consumici&#243;n, sal&#237; del bar y estudi&#233; el portal bajo la lluvia pertinaz. Visto lo que me interesaba, y que omitir&#233; pues son tecnicismos de cerrajeros y maleantes, me apropi&#233; de una barra de metal que encontr&#233; en un solar en construcci&#243;n y proced&#237; a abrir la puerta de acceso al zagu&#225;n. De los buzones saqu&#233; el piso y puerta del dentista: segundo primera. Hab&#237;a un ascensor que parec&#237;a un ata&#250;d, pero sub&#237; a pie por lo del sigilo. El interior del edificio respond&#237;a a su fachada gris, maciza, vulgar y un poco triste: una casa del Ensanche. Llam&#233; a la puerta del dentista, que contest&#243; inmediatamente a trav&#233;s de la mirilla.

&#191;Qui&#233;n va?

Doctor, tengo un flem&#243;n que me trae frito -dije hinchando el carrillo.

Usted no tiene nada, &#233;stas no son horas de visita y yo tengo mi consultorio en el Clot -respondi&#243; el dentista.

En realidad -dije yo explorando nuevas v&#237;as de acercamiento-, soy psiquiatra infantil y quiero hablarle de su hija.

V&#225;yase usted ahora mismo, t&#237;o loco.

Si quiere, me voy, pero volver&#233; con la polic&#237;a -amenac&#233; con exigua convicci&#243;n.

Yo soy el que va a llamar a la polic&#237;a si no se larga usted en menos que canta un gallo.

Doctor -dije yo adoptando un tono menos enf&#225;tico-, est&#225; usted metido en un l&#237;o de no te menees. M&#225;s vale que hablemos con sinceridad.

No s&#233; a qu&#233; se refiere.

S&#237; que lo sabe, o no estar&#237;a usted manteniendo una conversaci&#243;n que nadie en su sano juicio mantendr&#237;a. S&#233; todo lo referente a su hija y, por raro que le parezca, puedo ayudarle a salir del embrollo si est&#225; usted dispuesto a cooperar. Ahora voy a contar hasta cinco. Despacito, pero hasta cinco. Si para cuando acabe no me ha abierto esta puerta, me ir&#233; y usted solo pagar&#225; las consecuencias de su tozudez. Uno dos tres

Percib&#237; d&#233;bilmente tras el pa&#241;o una voz de mujer que dec&#237;a:

&#193;brele, Pluto. A lo mejor s&#237; que nos puede ayudar.

 cuatro y cinco. Buenas noches tengan ustedes.

La puerta se abri&#243; y en el vano se recort&#243; la figura que poco antes hab&#237;a visto en el portal. La mujer que se retorc&#237;a las manos se las segu&#237;a retorciendo a espaldas de su mando el dentista.

Espere -dijo este &#250;ltimo-. Nada se pierde con hablar. &#191;Qui&#233;n es usted y qu&#233; tiene que decirme?

No es preciso que se entere el vecindario, doctor -dije yo-. Inv&#237;teme a pasar.

El doctor se hizo a un lado y entr&#233; en un recibidor pobremente iluminado por una bombilla de bajo voltaje enjaulada en una l&#225;mpara de hierro forjado. Hab&#237;a en el recibidor un parag&#252;ero de loza, un perchero de madera oscura labrada y un sill&#243;n frailuno. En el papel de las paredes se repet&#237;a sim&#233;tricamente una escena campestre. En la parte interior de la puerta hab&#237;a un sagrado coraz&#243;n de esmalte que dec&#237;a: bendecir&#233; esta casa. Las baldosas del suelo eran octogonales, de varios colores y bailoteaban al paso.

Tenga la bondad -dijo el dentista se&#241;alando un pasillo estrecho y tenebroso que no parec&#237;a tener fin.

Ech&#233; a andar por el pasillo seguido del doctor y de su mujer y arrepinti&#233;ndome de no haber propuesto que la entrevista se celebrase en terreno neutral, porque no sab&#237;a lo que me esperaba al fondo del pasillo y es notoria la capacidad de hacer da&#241;o que tienen los dentistas.



Cap&#237;tulo XV EL DENTISTA SE SINCERA

PERO mis temores resultaron infundados, porque a medio pasillo me rebas&#243; el doctor y prendi&#243; sol&#237;cito una luz que ilumin&#243; un saloncito modestamente amueblado pero confortable, en uno de cuyos sillones me indico que me sentara, al tiempo que dec&#237;a:

No podremos obsequiarle como desear&#237;amos, pues tanto mi esposa como yo somos abstemios. Puedo ofrecerle un chicle medicinal que me ha enviado de propaganda un laboratorio. Dicen que va bien para las enc&#237;as.

Declin&#233; el ofrecimiento, esper&#233; a que el matrimonio se sentara y dije as&#237;:

Ustedes se preguntar&#225;n qui&#233;n soy y a t&#237;tulo de qu&#233; me injiero en sus asuntos. Les responder&#233; diciendo que lo primero carece de importancia y que a lo segundo no sabr&#237;a dar explicaci&#243;n, salvo que opino que andamos todos metidos en el mismo ajo, aunque tal cosa no me atrevo a afirmar hasta que no hayan contestado ustedes a unas preguntas que yo, a mi vez, les har&#233;. Hace unos instantes le vi a usted, doctor, transportar un fardo y meterlo en el portamaletas de un coche. &#191;Lo admite?

S&#237;, en efecto.

&#191;Admitir&#225; usted tambi&#233;n que el fardo en cuesti&#243;n conten&#237;a o, mejor dicho, era propiamente un ser humano, presuntamente una ni&#241;a y, osar&#233; aventurar, su hija de usted, por a&#241;adidura?

Vacil&#243; el odont&#243;logo y su mujer tom&#243; la palabra para decir:

Era la nena, se&#241;or, tiene usted toda la raz&#243;n.

Repar&#233; en que era una mujer algo fondona, pero a&#250;n aprovechable. Sus ojos y el rictus de sus labios expresaban no s&#233; qu&#233; y emanaba su persona un h&#225;lito que no supe a qu&#233; atribuir.

&#191;Y no es asimismo cierto -prosegu&#237; recordando el elegante estilo que el ministerio fiscal desarrollaba en las vistas en que yo interven&#237;a en calidad de acusado y, tengo para m&#237;, en todas las dem&#225;s- que la ni&#241;a del fardo, su hija de ustedes, es la misma ni&#241;a que desapareci&#243; hace dos d&#237;as del colegio de las madres lazaristas de San Gervasio?

Calla -dijo el dentista a su mujer-. No tenemos por qu&#233; contestar.

Nos han descubierto, Pluto -dijo ella con un deje de alivio en la voz-. Y me alegro de que as&#237; sea. Nunca, se&#241;or, hab&#237;amos infringido la ley antes de ahora. Usted, que tiene pinta de hamp&#243;n, estar&#225; de acuerdo conmigo en que no es f&#225;cil acallar la conciencia.

Expres&#233; mi acuerdo y continu&#233; diciendo:

La ni&#241;a no desapareci&#243; del colegio, sino que fue sacada de &#233;l sin conocimiento de las monjas y tra&#237;da a esta casa, donde ustedes la ocultaron mientras fing&#237;an estar muy apesadumbrados por lo que quisieron hacer pasar por secuestro o fuga, &#191;no es as&#237;?

Tal y como usted lo cuenta -dijo la se&#241;ora.

La siguiente pregunta ven&#237;a rodada.

&#191;Por qu&#233;?

El matrimonio guard&#243; silencio.

&#191;Cu&#225;l era el objeto de esta farsa insensata? -insist&#237;.

El nos oblig&#243; -dijo la se&#241;ora. Y agreg&#243; dirigi&#233;ndose a su marido, que le lanzaba miradas reprobatorias-. M&#225;s vale que lo confesemos todo. &#191;Es usted polic&#237;a? -me dijo a m&#237;.

No, se&#241;ora, ni much&#237;simo menos. &#191;Qui&#233;n es &#233;l? &#191;Peraplana?

La se&#241;ora se encogi&#243; de hombros. El odont&#243;logo ocult&#243; el rostro entre las manos y prorrumpi&#243; en sollozos. Daba pena ver llorar a un dentista con tanto desconsuelo. Esper&#233; pacientemente a que se rehiciera y, una vez due&#241;o de s&#237;, el doctor abri&#243; los brazos como quien va a exponer sus desnudeces y dijo lo que sigue:

Usted, caballero, que parece observador y despejado, habr&#225; colegido del barrio en que vivimos, la sencillez de nuestro vestuario y menaje y el hecho de que apaguemos autom&#225;ticamente las luces al salir de una habitaci&#243;n, que pertenecemos a la sufrida clase media. Tanto mi se&#241;ora como yo proven&#237;amos de modesta cuna y yo, personalmente, hice todos mis estudios con ayuda de becas y de unas clases particulares que me proporcionaron los jesuitas a trav&#233;s de la congregaci&#243;n. La cultura de mi se&#241;ora se limita a unos conocimientos culinarios no exentos de altibajos y unas habilidades en el terreno de la costura que le permiten transformar trajes de verano en batas de casa que jam&#225;s usa. Aunque hace trece a&#241;os que contrajimos matrimonio, nuestro menguado peculio s&#243;lo nos ha permitido tener una hija, bien a nuestro pesar, vi&#233;ndonos obligados desde hace ya mucho a recurrir a los anovulatorios, no obstante ser ambos cat&#243;licos practicantes, lo que ha privado a nuestras relaciones sensuales de todo goce, por raz&#243;n del remordimiento. Huelga a&#241;adir que nuestra hijita, desde el momento mismo de su concepci&#243;n, se convirti&#243; en el centro de nuestras vidas y que por ella hacemos incontables sacrificios, por los que nunca le hemos pedido cuentas, al menos expl&#237;citamente. La suerte, que en tantas otras cosas nos ha sido adversa, nos ha recompensado con una ni&#241;a que re&#250;ne todas las gracias, no siendo la menor de &#233;stas el acendrado amor que nos profesa.

Se volvi&#243; el dentista a su mujer, quiz&#225; en busca de corroboraci&#243;n, pero ella ten&#237;a los ojos cerrados y el ce&#241;o fruncido y parec&#237;a ausente, como si estuviera pasando revista a su vida, cosa esta que no deduje, claro est&#225;, de su actitud abstra&#237;da, sino de la posterior reacci&#243;n que en su momento narrar&#233;.

Llegada nuestra hija a la edad de la raz&#243;n -continu&#243; el dentista-, discutimos mi se&#241;ora y yo largamente y no sin cierto encono el colegio al que deb&#237;amos mandarla. Ambos coincidimos en que hab&#237;a de ser &#233;ste lo mejor que ofreciera la ciudad, pero, en tanto que mi se&#241;ora se inclinaba por una escuela laica, progre y cara, yo era partidario de la tradicional ense&#241;anza religiosa, que tan buenos frutos ha dado a Espa&#241;a. No creo, por lo dem&#225;s, que los cambios que recientemente han sobrevenido a nuestra sociedad sean duraderos. Tarde o temprano, los militares har&#225;n que todo vuelva a la normalidad. En las escuelas modernas, por otra parte, impera el libertinaje: los profesores, me consta, se jactan ante el alumnado de sus irregulares enjuagues matrimoniales; las maestras prescinden de la ropa interior, y en los recreos se desalienta el deporte y se propicia la concupiscencia; se organizan bailes y excursiones de m&#225;s de un d&#237;a y se proyectan pel&#237;culas del cuatro. No s&#233; si, como dicen, esto prepara a los ni&#241;os a enfrentarse al mundo. Quiz&#225; se les vacune contra los peligros, prefiero no opinar. &#191;De qu&#233; le estaba hablando?

Del colegio de su hija de usted -le record&#233;.

Ah, s&#237;. Discutimos, pues, como le dec&#237;a, y siendo mi se&#241;ora mujer y yo hombre, tuvo ella que ceder, porque as&#237; es la ley natural. El colegio de las madres lazaristas de San Gervasio, que finalmente eleg&#237;, supuso para nosotros el doble sacrificio de tener que separarnos de la nena, ya que el r&#233;gimen de internado no admit&#237;a excepciones, y de sufragar unas mensualidades que puedo calificar sin ambages de onerosas, tanto en t&#233;rminos relativos como absolutos. La educaci&#243;n, sin embargo, era esmerada y nunca nos quejamos, aunque bien sabe dios que el dinero no nos sobraba. Y pasaron los a&#241;os.

Abanic&#243; lentamente el aire con las manos como si a este conjuro fueran a proyectarse en el espacio secuencias de aquella ins&#237;pida saga familiar.

Todo iba bien -prosigui&#243; diciendo en vista de que nada de eso suced&#237;a-, hasta que le&#237; en una de las revistas que me env&#237;an gratuitamente al consultorio un art&#237;culo sobre los adelantos de la industria alemana en materia de ortodoncia. Le ahorrar&#233; los tecnicismos. B&#225;stele saber que se me meti&#243; entre ceja y ceja adquirir un torno el&#233;ctrico y arrinconar el de pedales que hab&#237;a venido usando y que, dicho sea de paso, no hac&#237;a feliz a la clientela. Acud&#237; a todos los bancos de la plaza, pero me negaron el cr&#233;dito que les solicitaba, por lo que hube de recurrir a instituciones financieras un tanto m&#225;s exigentes en lo que intereses se refiere. Firm&#233; cambiales. Me lleg&#243; el torno, pero las instrucciones estaban en alem&#225;n. Probando con los pacientes, perd&#237; algunos. Las letras venc&#237;an con pasmosa celeridad y tuve que pedir nuevos pr&#233;stamos para amortizarlas. En suma: me entramp&#233; sin remisi&#243;n. Mis creencias y mis responsabilidades como padre y marido me cerraban la soluci&#243;n cobarde del suicidio. S&#243;lo me quedaba esperar el presidio y el deshonor. La sola idea de que mi mujer tuviera que ponerse a trabajar se me hac&#237;a odiosa. No busco paliativos a mis culpas, s&#243;lo quiero que comprenda usted mi situaci&#243;n y calibre mis angustias.

Una ma&#241;ana se present&#243; en el consultorio un elegante y grave caballero. Pens&#233; que tra&#237;a una orden de lanzamiento o incluso de comparecencia, pero no era, como su atuendo y su prestancia parec&#237;an indicar, un oficial de juzgado, sino un financiero que se neg&#243; a identificarse y que manifest&#243; estar al corriente de mis aprietos. Me dijo que pod&#237;a ayudarme. Quise besar su mano, pero &#233;l la levant&#243;, as&#237;, y me dej&#243; succionando el aire. Me pregunt&#243; si ten&#237;a una hija en el internado de San Gervasio. Asent&#237;. Me pregunt&#243; si estaba dispuesto a hacerle un favor y a guardar un secreto. Me dio su palabra de que la nena no sufrir&#237;a ning&#250;n perjuicio. &#191;Qu&#233; pod&#237;a yo hacer? Estaba, como se dice, entre la espada y la pared. Me avine a lo que me ped&#237;a. Hace dos noches trajo a casa a la nena: estaba muy p&#225;lida y parec&#237;a muerta, pero el se&#241;or nos asegur&#243; que no le pasaba nada, que hab&#237;a tenido que administrarle un sedante como parte de su plan. Me dio una caja de c&#225;psulas que la nena deb&#237;a inhalar cada dos horas. Por mis conocimientos profesionales supe que las c&#225;psulas conten&#237;an &#233;ter. Quise echarme atr&#225;s en el trato, pero el se&#241;or ataj&#243; mis protestas con sard&#243;nica risa como la que voy a imitar para usted: je, je.

-Ya es tarde para arrepentimientos -dijo-. No s&#243;lo obran en mi poder las letras que usted acept&#243; e ir&#225;n al protesto al menor indicio de insubordinaci&#243;n, sino que este asunto ha trascendido ya los lindes de lo preceptuado por el c&#243;digo penal. Ni usted, ni su se&#241;ora esposa, ni siquiera su hija se ver&#225;n libres de procesamiento si no se atienden estrictamente a mis &#243;rdenes.

Y as&#237;, asustados e impotentes, hemos pasado estos dos &#250;ltimos d&#237;as, drogando a la nena y esperando que de un momento a otro cayese sobre nosotros el peso de la ley. Esta noche vino otra vez el caballero en cuesti&#243;n y me orden&#243; que le entregase a la nena. La envolvimos en una s&#225;bana y la metimos en el portamaletas del coche, como usted dice que vio. Eso es todo.

Call&#243; el odont&#243;logo y los sollozos volvieron a agitar su cuerpo. La mujer se levant&#243;, cruz&#243; el sal&#243;n y se puso a contemplar los geranios mustios que adornaban el balconcito. Cuando habl&#243; la mujer, la voz pareci&#243; salirle del est&#243;mago.

Ay, Pluto -dijo-, en mala hora me cas&#233; contigo. Siempre has sido un ambicioso sin empuje, un tirano sin grandeza y un botarate sin gracia. Has sido vanidoso en tus sue&#241;os y apocado ante la realidad. Nunca me has dado nada de lo que yo esperaba, ni siquiera de lo que yo no esperaba, cosa que habr&#237;a agradecido igual. De mi insondable capacidad de sufrimiento s&#243;lo has aprovechado mi sumisi&#243;n. Contigo me ha faltado no ya la pasi&#243;n, sino la ternura, no ya el amor, sino la seguridad. Si no temiera como temo las miserias de la soledad y la escasez, mil veces te habr&#237;a abandonado. Pero este asunto es la gota que desborda el vaso. B&#250;scate un abogado y tramitaremos la separaci&#243;n.

Y sali&#243; del sal&#243;n sin atender a los aspavientos de su marido, que parec&#237;a haberse quedado mudo. O&#237;mos su taconeo por el pasillo y un portazo iracundo.

Se ha metido en el ba&#241;o -me inform&#243; el atribulado dentista-. Siempre hace lo mismo cuando le da la histeria.

Yo, que tengo por norma no entrometerme en los asuntos maritales del pr&#243;jimo, me levant&#233; para irme, pero el dentista me agarr&#243; con las dos manos del brazo y me oblig&#243; a sentarme. Se oy&#243; correr un grifo.

Usted -me dijo- es un hombre. Usted me comprender&#225;. Las mujeres son as&#237;: se les da todo hecho y se quejan; se les da cuerda y se vuelven a quejar. Sobre nosotros recaen todas las responsabilidades, nosotros hemos de tomar todas las decisiones. Ellas juzgan: que la cosa sale bien, vaya y pase; que sale mal: eres un calzonazos. Sus madres les llenaron la cabeza de fantas&#237;as, todas se creen que son Grace Kelly. Pero, claro, usted no entiende lo que le estoy diciendo. Usted pone cara de a m&#237; qu&#233; m&#225;s me da. Usted, por su apariencia, pertenece a esa ciase feliz a la que tambi&#233;n se le da todo mascado. No tienen ustedes de qu&#233; preocuparse: ni mandan a sus hijos a la escuela ni los llevan al m&#233;dico ni tienen que vestirlos ni darles de comer: los sueltan desnudos a la calle y all&#225; te las compongas. Les da lo mismo tener uno que cuarenta. Visten de harapos, viven hacinados como bestias, no frecuentan espect&#225;culos ni distinguen entre un solomillo y una rata chafada. Las crisis econ&#243;micas no les afectan. Sin gastos que atender, pueden destinar todos sus ingresos a degradarse y, &#191;qui&#233;n les pide luego cuentas? Si el dinero no les basta, hacen huelga y esperan a que el Estado les saque las casta&#241;as del fuego. Se hacen viejos y, como no han sabido ahorrar un duro, se echan en brazos de la segundad social. Y, mientras tanto, &#191;qui&#233;n permite el desarrollo?, &#191;qui&#233;n paga los impuestos?, &#191;qui&#233;n mantiene la casa en orden? &#191;No lo sabe? &#161;Nosotros, se&#241;or m&#237;o, los dentistas!

Le dije que ten&#237;a mucha raz&#243;n, di las buenas noches y sal&#237;, porque se hac&#237;a tarde y me quedaban a&#250;n algunas inc&#243;gnitas por despejar. Al recorrer de nuevo el pasillo hacia la puerta, percib&#237; un chapoteo proveniente de lo que deduje ser&#237;a el cuarto de ba&#241;o.

En la calle, los taxis brillaban por su ausencia y con los transportes p&#250;blicos no hab&#237;a que contar. Emprend&#237; un trotecillo ligero y llegu&#233; calado hasta los huesos al bar de la calle Escudillers donde hab&#237;a dado cita a Mercedes, a la que encontr&#233; rodeada de trasnochadores que se la quer&#237;an ligar. La pobre chica, que no en vano ven&#237;a de un pueblo decente, estaba aterrorizada ante tanta insolencia, pero fingi&#243; un divertido desparpajo cuando me vio entrar. Un fulano cuya camisa desabotonada dejaba entrever pelarros y tatuajes me mir&#243; con ojos enrojecidos y provocadores.

Pod&#237;amos haber quedado en S&#225;ndor -me recrimin&#243; Mercedes.

No se me ha ocurrido -dije yo.

&#191;Es &#233;ste tu maromo, macha? -pregunt&#243; el mat&#243;n de la camisa reveladora.

Mi novio -dijo Mercedes imprudentemente.

Pues voy a hacer con &#233;l croquetas Findus -se jact&#243; el perdonavidas.

Y cogiendo por el gollete una botella de vino vac&#237;a, la estrell&#243; contra el mostrador de m&#225;rmol, clav&#225;ndose en la mano los cristales y sangrando con profusi&#243;n.

&#161;Mierda! -exclam&#243;-. En las pel&#237;culas siempre sale bien.

Son botellas de pega -dije yo-. &#191;Me permite que le vea la mano? Soy practicante en el Cl&#237;nico.

Me mostr&#243; la mano ensangrentada y le vaci&#233; un salero en las heridas. Mientras aullaba de dolor, le part&#237; un taburete en la cabeza y lo dej&#233; tendido en el suelo. El due&#241;o del bar nos inst&#243; a que nos fu&#233;semos, pues no quer&#237;a camorra. Ya fuera, Mercedes se puso a llorar.

No pude seguir al coche, como t&#250; me hab&#237;as dicho. Me despist&#243;. Y luego he pasado mucho miedo.

Su desaz&#243;n me inspir&#243; una gran ternura y casi lament&#233; haberla metido en aquel enredo.

No te preocupes m&#225;s, mujer -le dije-. Ya estoy yo aqu&#237; y todo terminar&#225; bien. &#191;D&#243;nde tienes el coche?

Mal aparcado en la calle del Carmen.

Pues vamos all&#225;.

Al llegar junto al coche, se lo estaba llevando la gr&#250;a. No sin debate aceptaron los funcionarios municipales que satisfici&#233;ramos la multa y nos qued&#225;ramos con el veh&#237;culo. A cambio del dinero nos dieron un recibo cuidadosamente doblado y nos conminaron a no leerlo hasta que se hubieran ido. El recibo rezaba as&#237;: Es usted constante en sus afectos, pero su hermetismo puede ocasionar malentendidos; cuide sus bronquios.

Me temo -dije- que hemos sido estafados.



Cap&#237;tulo XVI EL CORREDOR DE LAS CIEN PUERTAS

ERAN casi las dos de la ma&#241;ana cuando Mercedes logr&#243; aparcar el 600 en una callejuela relativamente pr&#243;xima al colegio de las madres lazaristas. Me ech&#233; al hombro los artilugios que hab&#237;amos adquirido aquella misma tarde y echamos a andar por las calles solitarias. A dios gracias, hab&#237;a parado de llover.

Recuerda bien las instrucciones -le iba yo diciendo a Mercedes-. Si dentro de dos horas no doy se&#241;ales de vida

Llamo al comisario Flores, ya lo s&#233;. Me lo has repetido cien veces. &#191;Te crees que soy tonta?

No deseo correr riesgos in&#250;tiles, compr&#233;ndelo -me disculp&#233;-. No s&#233; a lo que me voy a tener que enfrentar en esa maldita cripta, pero me consta que quienes se valen de ella no se andan con miramientos.

Para empezar -dijo Mercedes-, tendr&#225;s que v&#233;rtelas con la mosca gigante.

No hay tal mosca gigante, boba. Lo que viste fue una persona cubierta con una careta antig&#225;s. Parece que esos tipos le dan duro al &#233;ter.

&#191;No deber&#237;as llevarte un canario? -sugiri&#243; Mercedes.

&#161;S&#243;lo me faltar&#237;a eso! -dije yo.

Nos hab&#237;amos detenido ante la verja erizada de lanzas. El silencio era sobrecogedor y en el edificio del colegio no brillaba una sola luz. Suspir&#233; presa de vacilaciones. Mercedes susurr&#243; a mi o&#237;do.

Valor.

No quise decirle que depender de ella, de quien s&#243;lo sab&#237;a que acababa de cometer un asesinato moral y los pocos datos m&#225;s que ella misma hab&#237;a tenido a bien proporcionarme, era precisamente lo que me inquietaba.

Des&#233;ame suerte -dije como hab&#237;a o&#237;do decir en las pel&#237;culas.

Por si no volvemos a vernos -dijo Mercedes con bastante poco tacto-, quiero que sepas una cosa: lo que te dije esta tarde de que era yo una reprimida no era verdad. He tenido un sinf&#237;n de amantes. Me acost&#233; con todos los negros; hombres, mujeres, ni&#241;os, camellos, todos. Una tribu entera.

Supuse que el peligro hab&#237;a excitado su imaginaci&#243;n y le dije que lo cre&#237;a a pies juntillas. Mientras tanto, hab&#237;a encontrado lo que buscaba: un mont&#243;n de excrementos de perro de reciente fabricaci&#243;n. Los recog&#237; de la acera con sumo cuidado, procurando no alterar su forma original, y los arroj&#233; al jard&#237;n del colegio por entre los barrotes de la verja. No tardaron en hacer su aparici&#243;n los dos mastines, que procedieron como yo hab&#237;a previsto, pues tengo observado que los perros, que pasan por animales inteligentes, suelen olisquear las deposiciones de sus cong&#233;neres con evidente delectaci&#243;n y los mastines no eran excepci&#243;n a esta desafortunada regla. Entretenidos, pues, los cancerberos con tan barato obsequio, rodeamos a la carrera el muro hasta llegar al extremo opuesto, donde su altura era inferior. Me sub&#237; sobre los hombros de Mercedes, que, pese a mi esmirriada complexi&#243;n, se bamboleaba como barquilla al viento, y tend&#237; sobre el remate del muro una manta que hab&#237;amos adquirido aquella misma tarde en un local que tal art&#237;culo vend&#237;a. As&#237; pude ganar la parte superior del muro sin que los fragmentos de cristal en &#233;l cimentados hicieran de m&#237; un eccehomo. Ote&#233; el panorama mientras me colgaba en bandolera el zurr&#243;n que desde abajo Mercedes me tend&#237;a: los perros segu&#237;an ausentes. Saqu&#233; del zurr&#243;n una hermosa butifarra comprada en el mercado del Ninot con la que, en caso de apuro, pensaba sobornar a los mastines, y salt&#233; al suelo. El tierno c&#233;sped mitig&#243; el golpe. Desde la calle, Mercedes tir&#243; de la manta para borrar toda traza del escalo, y al hacerlo sucedi&#243; una cosa imprevista: una segunda manta, de cuya existencia no nos hab&#237;amos percatado hasta entonces, se desprendi&#243; de los repliegues de la primera y me cay&#243; encima, cubri&#233;ndome de la guisa que se cubren los fantasmas y haci&#233;ndome tropezar con una ra&#237;z que del suelo sobresal&#237;a, con lo que ca&#237; de bruces hecho un paquete. Record&#233; entonces que en la tienda de mantas campeaba un letrero anunciando que a todos los novios que tal prenda compraran se les regalar&#237;a otra de id&#233;ntico tama&#241;o, color y tejido, la necesitaran o no. Yo no hab&#237;a parado mientes en este detalle, ya que Mercedes y yo no hab&#237;amos dado con nuestra conducta p&#225;bulo alguno a conjeturas sobre la naturaleza de nuestras relaciones.

En fin, como iba diciendo, me hallaba yo enzarzado en lucha con la manta, cuando percib&#237; unos gru&#241;idos amenazadores y sent&#237;a a trav&#233;s de la lana, si de tal material era la manta, el h&#250;medo hocico de los perros, que hab&#237;an abandonado su entretenimiento y hab&#237;an acudido con ejemplar diligencia al ruido de mi derrumbe. Por ventura, todas las mantas nuevas desprenden un olor especial y no precisamente bueno y ello impidi&#243; que los mastines advirtiesen la presencia de un ser humano bajo la envoltura. Decidido a aprovechar tan imprevisto percance, y asiendo entre los dientes la butifarra, que me pareci&#243; en exceso dura para su precio astron&#243;mico, avanc&#233; por el c&#233;sped a cuatro patas, procurando que ninguna de las extremidades de que estoy dotado sobresaliera de la cobertura, y as&#237;, siempre cortejado por los perros, que deb&#237;an de devanarse los sesos tratando de imaginar qu&#233; ser&#237;a aquello, llegu&#233; hasta la pared del colegio. Ven&#237;a entonces un momento cr&#237;tico: el de salir de mi refugio y penetrar en el edificio.

Levant&#233; con prudencia uno de los bordes de la manta y por all&#237; arroj&#233; con fuerza la butifarra, tras la cual partieron los perros. Vi&#233;ndome libre de su presencia, recobr&#233; la verticalidad y mir&#233; la pared que ante m&#237; se alzaba para descubrir con horror que no hab&#237;a en ella ventana, enredadera ni asidero alguno por el que trepar. Volv&#237;an los perros a todo correr con la butifarra en las fauces de uno de ellos cuando, en la desesperaci&#243;n que me embargaba, se me ocurri&#243; tirar sobre ellos la manta, en la que quedaron aprisionados los dos, invirti&#233;ndose as&#237; los papeles que momentos antes hab&#237;amos representado mastines y yo en el gran teatro del mundo. Supongo que se morder&#237;an rec&#237;procamente o que, al abrigo de la curiosidad ajena, se entregar&#237;an a libidinosos actos, que no son los perros remilgados cuando de holgar se trata. Yo, por mi parte, corr&#237; pegado al edificio hasta que descubr&#237; un ventanuco abierto por mor de lo benigno del clima, a trav&#233;s del cual me col&#233; con la agilidad que da el p&#225;nico.

No sab&#237;a d&#243;nde estaba, pero unos ronquidos me indicaron que hab&#237;a ido a parar a una celda donde probablemente dorm&#237;a una monja. Saqu&#233; del zurr&#243;n la linterna que tambi&#233;n hab&#237;amos comprado y comprob&#233;, al querer usarla, que ten&#237;a entre las manos la butifarra y que, en el nerviosismo propio de las circunstancias, hab&#237;a ofrendado a los perros la linterna. A ciegas, pues, y, procurando mantenerme lejos de los ronquidos, atin&#233; con una puerta cuyo pomo gir&#243; sin resistencia. La puerta se abri&#243; y sal&#237; a un corredor que recorr&#237; tanteando las paredes y que torc&#237;a en &#225;ngulo recto siempre a la izquierda, por lo que di varias vueltas completas regresando siempre al punto de partida. Ya para entonces hab&#237;a yo perdido todo sentido de la orientaci&#243;n y del tiempo. No quer&#237;a probar lo que hab&#237;a detr&#225;s de las puertas que mi mano iba encontrando, porque tem&#237;a que correspondieran a otros tantos dormitorios. Sin embargo, y descartando la idea de que el corredor no tuviera salida y de que las monjas accedieran a sus aposentos por las respectivas ventanas, me dije que alguna de las cien puertas que llevaba tanteadas ten&#237;a que comunicar con el resto del edificio. Pero, &#191;cu&#225;l?

Hurg&#225;ndome con firmeza las fosas nasales, cosa que ayuda mucho a la reflexi&#243;n, di en pesar en la especial idiosincrasia de las &#243;rdenes religiosas y encontr&#233; pronto la forma de resolver el problema que se planteaba. Volv&#237; a recorrer el pasillo entero, examinando esta vez al tacto las puertas que iba hallando al paso, y advert&#237; con alegr&#237;a que una sola de todas ellas ten&#237;a cerradura. Con una lima de u&#241;as que llevaba en el zurr&#243;n y la experiencia adquirida en mi pasado delictivo, forc&#233; la cerradura y desemboqu&#233; en una escalera que ascend&#237;a al primer piso.

Llegu&#233; a un refectorio en cuyas mesas estaban colocados ya los &#250;tiles del desayuno. Aquello me record&#243; que desde la cena de la noche anterior no hab&#237;a comido nada. Me sent&#233; en una de las banquetas y di cuenta de la butifarra, que, con todo y estar cruda, me supo a gloria. Repuestas las fuerzas, prosegu&#237; mis exploraciones. Resumir&#233; los incidentes de aquel interminable peregrinar por el internado diciendo que encontr&#233; por fin, gracias a la minuciosa descripci&#243;n suministrada por Mercedes, la puerta del dormitorio de las alumnas, que forc&#233; con la lima la cerradura y que entr&#233; sigilosamente en &#233;l sin despertar a sus ocupantes. El dormitorio era una sala rectangular y vasta a cuyos lados se alineaban en doble fila las camas. A la izquierda de cada cama hab&#237;a una mesita de noche y a la derecha una silla donde reposaban esmeradamente doblados los uniformes de las ni&#241;as y, &#161;oh, visi&#243;n turbadora!, sus respectivas braguitas. Un r&#225;pido c&#225;lculo me hizo saber que era yo el &#250;nico var&#243;n entre sesenta y cuatro angelitos en el v&#233;rtice de la pubertad. S&#243;lo me faltaba determinar cu&#225;l de las sesenta y cuatro ni&#241;as era la hija del dentista para dar cima a la primera etapa del plan. Se preguntar&#225; usted, sin duda, querido lector, c&#243;mo iba yo a reconocer a la ni&#241;a en cuesti&#243;n, a la que nunca hab&#237;a visto, y si tal es el caso, hallar&#225; la respuesta en el cap&#237;tulo siguiente.



Cap&#237;tulo XVII EN LA CRIPTA

POR SEGUNDA VEZ en la noche, que no en mi vida, me puse a cuatro patas y empec&#233; a gatear por entre las camas tanteando los zapatos aparejados bajo las sillas. Todos estaban h&#250;medos por la lluvia, salvo un par: los de la hija del dentista. Singularizado de esta forma tan sencilla el objeto de mis pesquisas, dio principio la segunda y m&#225;s peliaguda parte del programa. Saqu&#233; del zurr&#243;n un pa&#241;uelo impregnado en purodor, sustancia muy apreciada en los wateres de los cines de barrio, y me cubr&#237; con &#233;l nariz y boca, anud&#225;ndolo en la nuca y adquiriendo aspecto de malo de pel&#237;cula del oeste. Saqu&#233; luego una ampolla de &#233;ter que Mercedes, siguiendo mis ense&#241;anzas, hab&#237;a pispado de una farmacia mientras yo distra&#237;a a las dependientas haciendo como que quer&#237;a pedir preservativos y no me atrev&#237;a a explicarlo. Con la lima de u&#241;as romp&#237; la ampolla y el &#233;ter se evapor&#243; ante las naricitas de la ni&#241;a, a las que hab&#237;a aproximado el f&#225;rmaco. No tuve que aguardar ni cinco segundos a que la ni&#241;a se incorporara en el lecho, apartase la s&#225;bana y el cobertor y pusiera los pies en el suelo. La tom&#233; con delicadeza del brazo y la conduje a la puerta sin que nada alterase su docilidad. Ajust&#233; la puerta a nuestras espaldas y juntos anduvimos los ba&#241;os, la escalera, la rec&#225;mara y, por &#250;ltimo, la capilla, llegando as&#237; hasta la falsa l&#225;pida, en la que se le&#237;a V. H. H. y la frase HINC ILLAE LACRIMAE. Dej&#233; a la ni&#241;a inm&#243;vil junto a un armarito que conten&#237;a ornamentos lit&#250;rgicos y tir&#233; con fuerza de la argolla que sobresal&#237;a de la l&#225;pida. La condenada losa no se desprend&#237;a y me extra&#241;&#243; que en su d&#237;a Mercedes, entonces adolescente fr&#225;gil, hubiera podido levantarla con sus solas fuerzas. Tras varios intentos extenuantes, cedi&#243; la piedra, que retir&#233;, dejando en su lugar un hueco oscuro y maloliente. Me met&#237; en el hoyo, tropec&#233;, ca&#237; de boca y me encontr&#233; abrazado a un horroroso esqueleto. Sofoqu&#233; a duras penas un grito y sal&#237; precipitadamente de la huesa, sin dejar de preguntarme qu&#233; hab&#237;a pasado, hasta que se hizo la luz en mi cerebro y maldije mi estupidez. &#161;Asno de m&#237;! En mi precipitaci&#243;n, me hab&#237;a equivocado de sepultura y hab&#237;a profanado la que conten&#237;a los restos mortales de V. H. H. Si mi desconocimiento de los idiomas extranjeros no hubiera sido tan craso, habr&#237;a reparado en que la inscripci&#243;n grabada en la losa que acababa de levantar no era la que Mercedes hab&#237;a citado. Pero, lerdo como soy, tom&#233; una leyenda por otra, como el suizo aquel al que conoc&#237; en cierta ocasi&#243;n, que, no sabiendo en castellano otra palabra que pu&#241;eta, la repet&#237;a dondequiera que iba en la creencia de que as&#237; hablaba el idioma del imperio y de que todo el que le oyera deb&#237;a interpretar acertadamente sus intenciones. Yo, en aquella oportunidad, le hab&#237;a vendido como coca&#237;na lo que no eran sino polvos de talco, que el presuntuoso y obtuso suizo pag&#243; a tocateja e inhal&#243; con entusiasmo hasta quedar hecho un payaso. Y ahora era yo el que comet&#237;a id&#233;ntica torpeza. Nunca diga usted, lector, de esta agua no beber&#233;.

Repuesto del susto, pero a&#250;n agitado, utilic&#233; el pa&#241;uelo que me cubr&#237;a los orificios respiratorios para resta&#241;arme el sudor de la frente, hecho lo cual, guard&#233; distra&#237;damente el pa&#241;uelo en el zurr&#243;n, descuido este que, como se ver&#225;, hab&#237;a de costarme caro.

La losa fet&#233;n, por as&#237; decir, estaba contigua a la que yo hab&#237;a levantado y cedi&#243; al primer tir&#243;n, dejando franco acceso a las escaleras que Mercedes me hab&#237;a descrito, por las que descend&#237; empujando a la ni&#241;a, no fuera a haber alguna celada oculta. La oscuridad era total y lament&#233; grandemente la p&#233;rdida de la linterna. Por precauci&#243;n y quiz&#225; por nerviosismo, apret&#233; tanto el brazo de la criatura que &#233;sta se puso a gemir en sue&#241;os. Admito que mi tratamiento era poco considerado, pero debo recordar a quien as&#237; lo estime que est&#225;bamos entrando en un laberinto y que s&#243;lo la tonta catal&#233;ptica que me hab&#237;a agenciado pod&#237;a guiarme de forma segura por aquel d&#233;dalo de corredores, raz&#243;n esta por la que la hab&#237;a secuestrado, que, de otro modo, a buena hora habr&#237;a yo andado haciendo de ayo por el subsuelo. A quien otros pensamientos abrigue le aclarar&#233; que la ni&#241;a ten&#237;a cara de lechoncito y que estaba en una fase de desarrollo en la que nada bueno se pod&#237;a hacer con ella, salvo en la esfera de lo educacional. No faltar&#225;, por &#250;ltimo, quien alegue que el hecho de haber recorrido en estado hipn&#243;tico el laberinto una vez no implicaba que pudiera repetir ahora la suerte con igual &#233;xito, y responder&#233; yo a esta persona que tiene toda la raz&#243;n, pues apenas hubimos recorrido cien pasos nos perdimos. Seguimos caminando y caminando y un corredor llevaba a otro y &#233;ste a otro m&#225;s, sin m&#225;s l&#243;gica ni sistema que la mala voluntad de quien concibi&#243; aquel desvar&#237;o.

Mucho me temo, guapa -dije a la ni&#241;a, aun sabedor de que no pod&#237;a o&#237;rme-, que esto es el fin. No dir&#233; que no me importa, porque tengo un f&#233;rvido y, al decir de muchos, injustificado apego al pellejo, pero es hasta cierto punto normal que un pendejo como yo acabe sus d&#237;as en esta alegor&#237;a arquitect&#243;nica de mi trayectoria vital. Siento, en cambio, much&#237;simo que tengas t&#250; que correr mi misma suerte sin comerlo ni beberlo. &#201;ste parece ser el destino de algunos seres humanos, como parec&#237;a dar a entender tu padre no hace mucho, y no ser&#233; yo quien objete ahora precisamente el orden del universo. Hay pajaritos que s&#243;lo sirven para polinizar flores que otros animales se comen para dar leche. Y hay quien de esta concatenaci&#243;n saca ense&#241;anzas. Es posible que las haya, no s&#233;. Yo, pobre de m&#237;, siempre me he empe&#241;ado en ir a la m&#237;a, sin tratar de entender la maquinaria de la que quiz&#225; soy pieza, como el escupitajo que en las gasolineras echan a las ruedas despu&#233;s de inflarlas. Pero esta filosof&#237;a, si es que es alguna, no me ha dado buen resultado. Ya me ves, nena.

Esta triste perorata, moraleja de mi vagar por el mundo, no me impidi&#243; advertir que el aire, enrarecido y polvoriento, del corredor por el que &#237;bamos, se penetraba poco a poco de un vago olor a brillantina o a loci&#243;n facial para despu&#233;s del afeitado, lo que me hizo pensar que pod&#237;a haber un hortera al acecho. Saqu&#233; del zurr&#243;n el martillo que con fines de defensa me hab&#237;a procurado y para hacerlo tuve que soltar a la ni&#241;a. Cuando quise asirla de nuevo, mis manos s&#243;lo asieron el vac&#237;o. De pasada dir&#233; que una pistola habr&#237;a sido art&#237;culo m&#225;s pr&#225;ctico que un martillo, pero su adquisici&#243;n en una armer&#237;a habr&#237;a suscitado problemas insolubles de licencia y el mercado negro me estaba vedado, ya que los precios se hab&#237;an disparado recientemente merced a la proliferaci&#243;n del terrorismo.

Supuse, al principio, que la ni&#241;a se me habr&#237;a adelantado y quise apretar el paso para alcanzarla, pero las piernas me pesaban y s&#243;lo con un esfuerzo pude seguir andando. Sent&#237; un retortij&#243;n que atribu&#237; a la butifarra que acababa de jamarme y un ligero mareo no del todo desagradable. Me ca&#237;, me levant&#233; y prosegu&#237; la marcha, sin parar, sin parar, hasta que me pareci&#243; que no hab&#237;a hecho otra cosa en toda mi vida. Entonces, muy a lo lejos, percib&#237; una fosforescencia verdosa y cre&#237; o&#237;r una voz que me llamaba diciendo:

Eh, t&#250;, &#191;a qu&#233; esperas?

Y yo, que de buena gana me habr&#237;a sentado en el suelo, me dirig&#237; a la fosforescencia, porque la voz que me incitaba a porfiar en mi empe&#241;o era la de Mercedes y pens&#233; que tal vez necesitaba mi ayuda. Tanto me costaba moverme, sin embargo, que tuve que dejar el martillo y el zurr&#243;n en el suelo y no dej&#233; tambi&#233;n los jirones de ropa que a&#250;n llevaba porque no se me ocurri&#243; semejante desatino. Un silbido empez&#243; a perforarme los t&#237;mpanos y, cuando quise llevarme las manos a las orejas, advert&#237; que no pod&#237;a levantar los brazos.

Vamos, vamos -dec&#237;a la voz de Mercedes.

Y yo me iba repitiendo para mis adentros.

No te enga&#241;es, desgraciado, que todo esto es una alucinaci&#243;n. El corredor est&#225; lleno de &#233;ter. Ve con cuidado: es una alucinaci&#243;n.

Eso dec&#237;s todos -se ri&#243; Mercedes-, pero luego os comport&#225;is como si no lo fuera, cochinos. Anda, ven, toca mis mollitas y ver&#225;s si soy o no fruto de tu imaginaci&#243;n.

Y su figura, que se perfilaba ahora con claridad contra la luz verdosa de la cripta, tend&#237;a hacia m&#237; unos brazos invitadores que apenas si rebasaban en longitud el melonar celestial que entre ambos descollaba.

S&#243;lo un espejismo -le dije- habr&#237;a podido conjeturar la naturaleza de mis inclinaciones por ti, Mercedes.

&#191;Y qu&#233; m&#225;s da eso -dijo ella sin especificar a qu&#233; se refer&#237;a-, si ha servido para que encontraras el camino que hab&#237;as perdido?

Y una voz en la penumbra, detr&#225;s de m&#237;, a&#241;adi&#243;:

Aunque poco te va a durar la enga&#241;ifa, paloma.

Y cuando quise volverme a ver qui&#233;n hab&#237;a proferido frase tan amenazadora como aqu&#233;lla, Mercedes me ci&#241;&#243; con sus brazos, inmoviliz&#225;ndome como Bengoechea inmovilizaba a Jarres en las veladas del Iris y reduci&#233;ndome a la impotencia defensiva, que no procreadora, como estuve a pique de demostrar precozmente.

&#191;Qui&#233;n anda ah&#237;? -pregunt&#233; muerto de miedo.

Y de su escondrijo sali&#243; un negro fornido, lustroso y cubierto con un taparrabos de lame, el cual, aprovechando mi inmovilidad, se acerc&#243; a m&#237;, tante&#243; mis gl&#250;teos y dijo con palmario sarcasmo:

Yo soy aquel negrito del &#193;frica tropical. -Y agreg&#243; haciendo restallar contra su piel aceitada el el&#225;stico del braslip-: Y te voy a demostrar las m&#250;ltiples cualidades de este producto sin par.

Yo no soy gay -grit&#233; recurriendo a la terminolog&#237;a al uso, de la que le hice enterado-. Tengo problemas, como todo el mundo, pero no soy lo que usted piensa. Bien es cierto que no tengo nada contra la gayez, salvo que repruebo el uso de un barbarismo habiendo en nuestra lengua tantos sin&#243;nimos id&#243;neos, fen&#243;meno en el que veo, por lo dem&#225;s, no s&#243;lo el servilismo de nuestra cultura a lo for&#225;neo, sino un cierto pudor a denominar a las cosas por su nombre.

Pero el negro hab&#237;a sacado de su abultado taparrabos un librito de bolsillo, del que le&#237;a con voz mon&#243;tona un pasaje.

Todos tenemos un cierto porcentaje de ambig&#252;edad latente en nuestra personalidad -dijo resumiendo lo le&#237;do y guard&#225;ndose el libro en la entrepierna-, que hemos de aprender a sobrellevar sin orgullo ni verg&#252;enza. Ya ve usted, por ejemplo -dijo se&#241;alando el bulto del libro-, que lo que se dice de los negros es algo meramente cultural. Y perdone el juego de palabras f&#225;cil, pero el amor a la paradoja es inherente a las culturas poco complejas.

Alucinaciones o no -dije desprendi&#233;ndome no sin pena del abrazo de Mercedes-, no me someter&#225;n ustedes a un psicoan&#225;lisis barato y tendencioso. Yo he venido aqu&#237; a resolver un caso, y eso pienso hacer con su permiso o sin &#233;l.

Y corr&#237; hacia el otro extremo de la cripta en pos de una salida no tanto airosa como r&#225;pida. En mi carrera me iba preguntando qu&#233; se habr&#237;a hecho de la pobre ni&#241;a, a la que imaginaba vagando a&#250;n por los corredores del laberinto, cuando un topetazo con una superficie horizontal y dura me hizo volver a la realidad, si en ella estaba. Mir&#233; y vi que hab&#237;a chocado con una mesa baja, de patas de hierro y plancha de m&#225;rmol, que recordaba en algo el mostrador de una pescader&#237;a, sobre la cual se distingu&#237;a la forma hier&#225;tica y poco acogedora de un cad&#225;ver macilento. Di un respingo y apart&#233; la vista, convencido de que hab&#237;a escapado de una alucinaci&#243;n para caer en manos de otra menos placentera si cabe que la anterior. Volv&#237; a mirar de soslayo para comprobar si el cad&#225;ver segu&#237;a all&#237; y advert&#237; con desmayo que as&#237; era. Y no s&#243;lo eso, sino que reconoc&#237; en el muerto al sueco ubicuo a quien hab&#237;a dejado sentado en una butaca de casa de mi hermana la v&#237;spera.

Sus carnes, otrora firmes, daban muestras de ajamiento, de una blandura de estofado de pensi&#243;n. Para acabarlo de arreglar, un sollozo velado sal&#237;a de debajo de la mesa. Me acuclill&#233; y vi a mi hermana agazapada y llorosa. Vest&#237;a un camis&#243;n desgarrado y sucio e iba desgre&#241;ada, descalza y sin pintar.

&#191;C&#243;mo has venido a parar a este lugar siniestro? -le pregunt&#233; apenado por las cuitas de que su aspecto daba fe.

T&#250; me metiste en este l&#237;o -se lament&#243; ella-. Yo viv&#237;a feliz mientras tu vegetabas en el manicomio. Mam&#225; siempre dec&#237;a que t&#250;

Para el carro, querida -ataj&#233; yo-. No todo lo que dec&#237;a mam&#225; ha de ser de preciso dogma. Cierto es que nos ayudar&#237;a mucho el que as&#237; fuera, pero ni el raciocinio ni la experiencia ulterior confirman su infalibilidad.

 que t&#250; -segu&#237;a diciendo mi hermana- me proteger&#237;as cuando pap&#225; y ella faltaran, y, como t&#250; bien dices, su profec&#237;a no ha podido ser m&#225;s err&#243;nea.

Todos pagamos, admirada se&#241;orita -dijo el negro-, no tanto nuestras faltas cuanto los sambenitos de que una organizaci&#243;n social anquilosada y timorata ha tenido a bien investirnos. V&#233;ame a m&#237;, sin ir m&#225;s lejos: siempre quise ser poeta y el prejuicio racial me compele a satisfacer las expectativas femeniles m&#225;s r&#250;sticas. &#191;No es as&#237;, mi amor?

Habr&#237;a sido un desperdicio que te hubieras puesto a componer sonetos, vida -dijo Mercedes lanzando miradas salaces a las protuberancias del calz&#243;n del poeta.

Como dir&#237;a el cl&#225;sico -se lament&#243; &#233;ste-, &#161;cuan largo me lo fi&#225;is! Yo ten&#237;a talento. Ahora ya es tarde, pero pude haber sido alguien en el mundo de la far&#225;ndula. &#191;A qui&#233;n estoy imitando? -Atipl&#243; la voz y contone&#243; las caderas-: Ay, hija, c&#243;mo est&#225; el servicio, viven los cielos. &#191;Se rinden? &#161;Al alcalde de Zalamea! &#191;Y saben &#233;ste? Van en un avi&#243;n un franc&#233;s, un ingl&#233;s, un alem&#225;n y un espa&#241;ol. &#191;No? &#191;Y el de que va Franco en un Biscuter? &#191;Y el del Avecrem? Polifac&#233;tico, en efecto, pero &#191;de qu&#233; me ha servido? Me pisaron el papel de Fray Escoba.

Ven, C&#225;ndida -le dije a mi hermana-, salgamos de aqu&#237; cuanto antes.

Y me met&#237; debajo de la mesa con &#225;nimo de llevar a cabo lo que anunciaba, pero C&#225;ndida me ara&#241;&#243; la cara y me dio una patada en el plexo solar que me cort&#243; el resuello.

&#191;Por qu&#233; me tratas as&#237;? -acert&#233; a preguntar antes de perder el conocimiento.



Cap&#237;tulo XVIII LA CASA DE LA MONTA&#209;A

LO PRIMERO que o&#237; al recobrar la conciencia fue una voz harto conocida que dec&#237;a:

Hermanas, cierren los ojos si no quieren ver el trasero de un hombre. Pueden aprovechar estos instantes de recogimiento para entonar un miserere por el alma de este infeliz.

Con un hilo de voz consegu&#237; murmurar:

&#161;Comisario Flores! &#191;C&#243;mo ha llegado usted aqu&#237;?

No te muevas -dijo la tambi&#233;n conocida voz del doctor Sugra&#241;es- o te pinchar&#233; el prepucio. La luz es un tanto escasa y mi pulso no es lo que fue. &#191;Le hab&#237;a contado alguna vez, comisario, que en mis tiempos gan&#233; un concurso de tiro de pich&#243;n? Amateur, claro -dijo pronunciando la palabra con acento franc&#233;s.

Repar&#233; que un coro numeroso me rodeaba: el comisario, el doctor Sugra&#241;es, Mercedes y una hilera de monjas, entre las que reconoc&#237; a la superiora que me hab&#237;a visitado en el manicomio. La superiora sosten&#237;a en brazos a la ni&#241;a catal&#233;ptica, cuyo camis&#243;n aparec&#237;a desgarrado en varios puntos. Pregunt&#233; c&#243;mo la hab&#237;an encontrado.

La ten&#237;as t&#250; abrazada debajo de esta mesa, charnego ped&#243;filo -dijo el comisario Flores-, pero la cosa no pas&#243; a mayores, seg&#250;n se desprende de las prospecciones digitales que acaba de practicar el doctor Sugra&#241;es.

A&#250;n no me ha dicho c&#243;mo llegaron hasta aqu&#237;.

Yo les llam&#233;, siguiendo tus instrucciones -dijo Mercedes al tiempo que me bajaba los pantalones para que el doctor Sugra&#241;es pudiera darme una inyecci&#243;n.

&#191;Y el negro? -pregunt&#233;.

No hay tal negro -dijo el doctor-. Has estado delirando, como de costumbre.

&#161;Yo no estoy loco! -protest&#233;.

Eso es a m&#237; a quien compete determinarlo -dijo el doctor con el tono profesional con que sol&#237;a ocultar su irritaci&#243;n.

Sent&#237; que me restregaban un algod&#243;n empapado en alcohol por el culo y que me introduc&#237;an un aguij&#243;n h&#250;medo. Un sabor amargo me subi&#243; a la boca y un fogonazo ceg&#243; transitoriamente mis ojos. Cuando los abr&#237;, el comisario Flores se frotaba un algod&#243;n por las manos y le dec&#237;a a Mercedes:

Tocar a este t&#237;o y pescar el t&#233;tanos es todo uno. Ya pueden abrir los ojos, hermanitas, que ha pasado el peligro carnal. Y, si lo desean, tambi&#233;n pueden reintegrarse a sus aposentos. Aqu&#237; el doctor y un servidor de usted nos ocuparemos de todo. Cuando en derecho proceda, les informar&#233; de lo que haya menester.

&#191;Tendremos que declarar, comisario? -pregunt&#243; la superiora.

Eso lo decidir&#225; el juez.

Lo digo porque, de ser as&#237;, habr&#225; que tramitar un permiso episcopal. Si antes, claro est&#225;, no derogan el concordato.

Fueron saliendo las monjitas y se llevaron a la ni&#241;a. Nos quedamos solos en la cripta el comisario, el doctor Sugra&#241;es, Mercedes y yo.

Tambi&#233;n sal&#237;a un cad&#225;ver en mis alucinaciones -dije al doctor-. Me alegro de saber que todo fue producto de mi fantas&#237;a.

Por desgracia, chato -dijo el comisario-, lo del muerto no lo inventaste. Si levantas esa s&#225;bana, lo ver&#225;s.

Y se&#241;al&#243; un bulto macabro tendido en el suelo. Ped&#237; una explicaci&#243;n.

Todo se andar&#225; -dijo el comisario-. Pero, ya que estamos aqu&#237;, veamos adonde conduce este pasadizo -sac&#243; una pistola del bolsillo trasero del pantal&#243;n y juguete&#243; con ella-. S&#237;ganme a cierta distancia y c&#250;branse lo mejor que puedan. Con las normas de austeridad del nuevo gobierno no me sobran ocasiones de practicar y no respondo de mi punter&#237;a. &#161;Y pensar que de poco voy a la Olimpiada de Tokio!

En este pa&#237;s -observ&#243; el doctor Sugra&#241;es- el que destaca concita envidias. &#191;C&#243;mo te sientes?

Puedo caminar -dije yo-, pero &#191;no nos estaremos metiendo en otro laberinto?

No parece que as&#237; sea -dijo el comisario desde el pasadizo-. Por lo dem&#225;s, si es como el otro, me r&#237;o yo de los laberintos.

&#191;Por qu&#233;? -pregunt&#233; yo.

Todos los corredores conduc&#237;an a la cripta -explic&#243; el doctor Sugra&#241;es-. Seguramente cumpl&#237;an un prop&#243;sito psicol&#243;gico: el de desalentar a quienes descubrieran la entrada del pasadizo. Pero el usuario no quiso arriesgarse a caer &#233;l mismo en su propia trampa y se cuid&#243; de que todos los caminos, como dice el refr&#225;n, llevaran a Roma.

Precedidos del comisario, dejamos la cripta y nos adentramos en el corredor que part&#237;a del extremo opuesto a aquel donde desembocaba el laberinto. El comisario llevaba una linterna cuyas pilas daban se&#241;ales de inminente agotamiento. Detr&#225;s iba el doctor Sugra&#241;es, que segu&#237;a enarbolan-do la jeringa, y yo cerraba la marcha apoyado en el hombro de Mercedes, pues me sent&#237;a d&#233;bil y desanimado. Anduvimos un largo trecho en l&#237;nea recta y nos detuvimos al o&#237;r que el comisario blasfemaba.

Aqu&#237; hay unos escalones y no los he visto. De poco me parto el alma -exclam&#243;-. Estas linternas que nos env&#237;an de Madrid no valen para nada. El pariente de alg&#250;n ministro estar&#225; haciendo su agosto, seguro.

Subimos un tramo de escalones y topamos con una puerta de hierro. El comisario prob&#243; de abrirla y no pudo.

Si tienen un alambre, yo la puedo abrir -propuse.

Mercedes me dio una horquilla que, desdoblada, me sirvi&#243; de ganz&#250;a. Salvado el obst&#225;culo, nos encontramos en una enorme sala llena de m&#225;quinas herrumbrosas y polvorientas. Al fondo de la sala hab&#237;a una compuerta y, frente a ella, un vag&#243;n desvencijado del que sali&#243; volando una bandada de murci&#233;lagos chillones. Mercedes reprimi&#243; a duras penas un alarido de espanto.

&#191;Qu&#233; cono es esto? -dijo el comisario.

Por las trazas -dijo el doctor Sugra&#241;es-, un funicular en desuso.

Veamos adonde conduce -dijo el comisario-. T&#250;, descerraja esta puerta.

No sin trabajo, logr&#233; liberar los mecanismos y resortes que cerraban la compuerta y pudimos correr las hojas met&#225;licas, que se metieron en sendos huecos laterales. A la luz del amanecer vimos la ladera de una monta&#241;a entre cuyos matorrales discurr&#237;an los ra&#237;les del funicular.

&#191;Andar&#225; este cacharro? -dijo el comisario sin dirigirse a nadie en particular.

Voy a echar una ojeada -dijo el doctor Sugra&#241;es-. Hoy en d&#237;a, con los adelantos de la medicina, los facultativos hemos de saber un poco de mec&#225;nica.

Se puso a golpear las m&#225;quinas mientras yo, un poco reanimado por el aire fresco de la monta&#241;a, le ped&#237;a al comisario que me diera las explicaciones prometidas.

Esta se&#241;orita -dijo se&#241;alando a Mercedes, que se mostraba extra&#241;amente hosca-, a quien conoc&#237; seis a&#241;os atr&#225;s y que, dicho sea de paso, ha cambiado mucho para bien, me llam&#243; a las dos y media de la ma&#241;ana y me puso al corriente de tus andanzas. Temeroso de que provocaras alg&#250;n nuevo desaguisado, avis&#233; al doctor Sugra&#241;es, que se hab&#237;a ofrecido galanamente a cooperar conmigo en tu captura, y nos dirigimos al colegio, donde las monjas, puestas sobre aviso, nos acompa&#241;aron a la cripta para velar por que no pis&#225;ramos terreno bendecido. Exploramos el laberinto con ayuda de las velas de la capilla y descubrimos, como ya te ha dicho el doctor, que no era tal laberinto, sino un artificio para despistar a quienes se adentraran en &#233;l. El hecho de que luego desaparezca el laberinto puede deberse a que el pasadizo no ten&#237;a otro fin que facilitar la fuga desde la casa o a que a medio construir se acab&#243; el presupuesto. Sea como sea, llegamos a la cripta y te encontramos debajo de la mesa donde yac&#237;a el cad&#225;ver, abrazado a una pobre ni&#241;a cuyo camis&#243;n hab&#237;as roto en tus estertores dementes.

El doctor Sugra&#241;es grit&#243; desde detr&#225;s de una turbina:

&#161;Albricias! &#161;Lo consegu&#237;!

En efecto, el funicular se hab&#237;a puesto en marcha y los cuatro saltamos a la plataforma y ocupamos unos asientos cubiertos de polvo y caca de murci&#233;lago.

Lo que no comprendo -dijo el comisario mientras el funicular avanzaba lentamente por entre pinos olorosos ladera arriba- es por qu&#233; no me comunicaste lo que hab&#237;as descubierto y cu&#225;les eran tus intenciones. Te habr&#237;as ahorrado mucho esfuerzo y alg&#250;n que otro peligro.

Quise demostrar -dije yo- que pod&#237;a valer-me por m&#237; mismo.

La desconfianza en el poder p&#250;blico es el mal end&#233;mico del pa&#237;s -sentenci&#243; el comisario.

Tiene que ver -apunt&#243; el doctor Sugra&#241;es- con la relaci&#243;n paternofilial de la clase baja.

Mir&#233; de reojo a Mercedes, que no dec&#237;a nada. Su cabeza, sus hombros y hasta la m&#225;s notable parte de su estructura estaban abatidos. Parec&#237;a contemplar con desmedido inter&#233;s la ciudad gris y neblinosa que se desplegaba por momentos a nuestros pies. Las farolas de las calles y la iluminaci&#243;n de los monumentos tur&#237;sticos se extinguieron autom&#225;ticamente con la claridad del alba. S&#243;lo quedaron parpadeando unos anuncios luminosos de la Plaza Catalu&#241;a. En el puerto humeaba un paquebote y a lo lejos, en el mar, se distingu&#237;a la figura rectil&#237;nea de un portaaviones de la VI Flota. Pens&#233; con tristeza que a mi hermana le habr&#237;a alegrado la visi&#243;n de tanto cliente potencial. Un grito me sac&#243; de mis cabalas.

&#161;Cuidado, que nos damos una leche!

El funicular hab&#237;a llegado al final del trayecto y avanzaba ciegamente contra otra compuerta cerrada. Saltamos del vag&#243;n un instante antes de que &#233;ste se estrellara contra la pantalla de hierro que se le interpon&#237;a. El funicular se hizo pedazos y volaron astillas y a&#241;icos, pero la compuerta cedi&#243; y la plataforma con ruedas sigui&#243; su marcha inexorable, arremetiendo contra otro equipo de motores, bobinas y trastos. Empezaron a correr chispas y rayos c&#225;rdenos iluminaron la sala de m&#225;quinas, que pronto qued&#243; convertida en un amasijo irreconocible.

&#161;Buena la hemos hecho! -mascull&#243; el comisario sacudiendo de su traje de Maxcali la tierra y las briznas de hierba que hab&#237;a recogido al caer rodando por la monta&#241;a.

Vamos a ver d&#243;nde estamos -sugiri&#243; pragm&#225;tico el doctor Sugra&#241;es.

Rodeamos la sala de m&#225;quinas y accedimos a un dulce prado que cercaba una mansi&#243;n. En la puerta de la mansi&#243;n hab&#237;a una familia en ropa de cama, alertada por el estr&#233;pito. El comisario les pidi&#243; que se identificaran, cosa que hicieron diligentemente. Eran ciudadanos honestos que hab&#237;an adquirido la mansi&#243;n y el terreno circundante hac&#237;a diez a&#241;os. Sab&#237;an de la existencia de la estaci&#243;n de funicular, pero jam&#225;s la hab&#237;an utilizado ni sospechaban que tal cosa pudiera hacerse. Nos ofrecieron compartir con ellos su desayuno y desde la casa pudo el comisario llamar a un coche-patrulla que viniera en nuestra busca.

No todas las pistas conducen necesariamente a un hallazgo espectacular -filosof&#243; el comisario mientras sorb&#237;a el caf&#233; con leche-. As&#237; es la rutina de la polic&#237;a.

El hijo menor de la familia lo miraba extasiado. A m&#237; me quer&#237;an servir el desayuno en la cocina, pero el doctor insisti&#243; en que no quer&#237;a perderme de vista. Mi presencia enturbi&#243; un poco la festividad de la ocasi&#243;n.



Cap&#237;tulo XIX EL MISTERIO DE LA CRIPTA, RESUELTO

YA ARRACIMADOS en el coche-patrulla y con rumbo a Barcelona, cre&#237; llegado el momento de aclarar los puntos oscuros que menudeaban en la cadena de acontecimientos por m&#237; vividos.

Por supuesto -empec&#233; diciendo-, lo que me dio la clave del enredo fue el relato de Mercedes. Hasta ese momento no se me hab&#237;a ocurrido que el asunto del sueco y la desaparici&#243;n de la ni&#241;a pudieran estar relacionados. Ahora, en cambio, lo veo todo claro y, para que ustedes tambi&#233;n lo vean as&#237;, empezar&#233; por el principio.

Es evidente que Peraplana estaba, y debe de estar a&#250;n, metido en negocios sucios: drogas, quiz&#225;s, si no algo peor. Bastar&#225;, para dilucidar este punto, echar una hojeada a los libros mayores y menores, que los comerciantes ocultan con igual celo que las mujeres los labios hom&#243;nimos. Hace seis a&#241;os, seguramente al inicio de sus actividades delictivas, alguien descubri&#243; la naturaleza de tales manejos o, sabi&#233;ndola de antiguo, amenaz&#243; con hacerla del dominio p&#250;blico. No excluyo la posibilidad del chantaje e incluso me inclino por ella.

Sea como fuere, Peraplana o sus sicarios mataron al individuo en cuesti&#243;n. Peraplana era y es todav&#237;a un hombre influyente, pero no tanto que pudiera escapar impune a un asesinato si &#233;ste se descubr&#237;a, como sin duda estaba a punto de suceder. Decidi&#243; entonces ocultar el crimen con otro crimen de naturaleza tal que las autoridades se avinieran a darle carpetazo, enterrando inadvertidamente con uno el otro, al que este &#250;ltimo hab&#237;a de parecer vinculado. Creo que me explico con claridad.

Ten&#237;a a la saz&#243;n Peraplana a su &#250;nica hija interna en un colegio de prosapia sito en una mansi&#243;n que anta&#241;o le hab&#237;a pertenecido y de la que se desprendi&#243; por razones financieras que no hacen al caso. Esta propiedad, a su vez, hab&#237;a sido levantada por un tal Vicenzo Hermafrodito Halfmann, individuo de origen oscuro y misteriosas andanzas, radicado en Barcelona a ra&#237;z de la primera guerra mundial. V. H. H. dot&#243; a la casa de un pasadizo secreto que disimul&#243; de huesa y que conectaba su vivienda, v&#237;a funicular, con la mansi&#243;n de la monta&#241;a, con fines que quisiera imaginar lascivos pero que intuyo pol&#237;ticos. Peraplana descubri&#243; el pasadizo y la cripta, pero la casa de la monta&#241;a no le pertenec&#237;a y no supo qu&#233; destino dar a todo aquel aparato. A&#241;os m&#225;s tarde, cometido ya el crimen, record&#243; el pasadizo y decidi&#243; aprovecharse de &#233;l, consciente de que las monjas ignoraban su existencia.

Suministr&#243; a su hija, bien por medio de una monja aviesa, bien vali&#233;ndose de otro ardid, un estupefaciente, del que debi&#243; de proveerse en la empresa l&#225;ctea que posee y que &#233;sta usar&#225;, creo yo, para incrementar la aceptaci&#243;n de sus productos entre el consumidor. Transport&#243; el cad&#225;ver a la cripta y, hecho esto, fue en busca de la ni&#241;a, que ajena a todo dorm&#237;a. El plan original consist&#237;a en que la polic&#237;a, investigando la desaparici&#243;n de aqu&#233;lla descubriera el fiambre y, por no involucrar a una inocente en el esc&#225;ndalo, diera por sobrese&#237;das las pesquisas. Lo complic&#243; todo, claro est&#225;, la intromisi&#243;n de Mercedes, que sigui&#243; sin ser vista a Peraplana y a la desventurada Isabel hasta la cripta. Tengo para m&#237; que la droga suministrada a Isabel era de breve efecto y que, una vez en el laberinto, le dieron &#233;ter para que siguiera inconsciente. Mercedes aspir&#243; el &#233;ter y fue v&#237;ctima de enso&#241;aciones en las que se mezclaron realidad y deseo. A todos nos pasa, incluso sin &#233;ter, y no hay en ello ning&#250;n desdoro. Pero no por intoxicada dej&#243; de descubrir el cad&#225;ver all&#237; depositado y crey&#243;, tal vez impulsada por secretos rencores, que Isabel lo hab&#237;a matado. No se imaginaba que pudiera haber otra persona en la cripta, pues, aunque la hab&#237;a visto, la hab&#237;a tomado por una enorme mosca, confundida por la mascarilla con la que Peraplana se proteg&#237;a de los efluvios del &#233;ter. Las wambas, que tanto el muerto como Peraplana llevaban, ya que en aquella &#233;poca eran un calzado corriente, coadyuvaron a cimentar su error. Llevada de su afecto por Isabel, Mercedes decidi&#243; asumir la responsabilidad del crimen que imputaba a su amiga y acept&#243; la propuesta de exilio que le hizo Peraplana, deseoso de desembarazarse de ella y de no complicar m&#225;s las cosas con un nuevo asesinato.

El plan hab&#237;a sido un &#233;xito y Peraplana sali&#243; sano y salvo. Pero seis a&#241;os m&#225;s tarde, otro chantajista le oblig&#243; a repetir el crimen. Esta vez, sin embargo, Peraplana ten&#237;a m&#225;s experiencia. Se cuid&#243; de escamotear a la hija del dentista, con la colusi&#243;n de &#233;ste, antes de ultimar a su v&#237;ctima. Quiz&#225;s entonces, y esto es s&#243;lo una conjetura, tuvo noticia de que yo me hab&#237;a hecho cargo del caso y pens&#243; que bien pod&#237;a prescindir de la cripta y colgarme a m&#237; directamente el mochuelo, como vulgarmente se dice. Suponiendo con acierto que yo me pondr&#237;a en contacto con mi hermana, dirigi&#243; a ella al sueco con el pretexto de que aqu&#233;lla le dar&#237;a el precio de su silencio. Mi hermana no supo c&#243;mo interpretar la actitud reclamante del sueco, pero, habituada a las excentricidades de una clientela poco selecta, no par&#243; mientes en sus demandas. Desconcertado el sueco, fue tras de m&#237;, como hab&#237;a proyectado Peraplana. En alg&#250;n momento dio al sueco, que deb&#237;a de ser un punto, drogas que supongo contendr&#237;an un veneno lento. El sueco vino a morir en mi cuarto y Peraplana, conchabado, pienso yo, con el portero tuerto del hotel, envi&#243; a la polic&#237;a a pillarme in fraganti. Yo escap&#233; a tiempo y la polic&#237;a vino en mi pos, mientras Peraplana y el tuerto permutaban el cad&#225;ver a casa de mi hermana, donde lo encontramos de nuevo y donde por segunda vez logr&#233; burlar a un inspector algo venal. Puesto que exist&#237;a yo, ya no ten&#237;a objeto seguir ocultando a la hija del dentista, y la devolvi&#243; a su cama como antes hab&#237;a hecho con Isabel. Al ver que yo me propon&#237;a investigar la cripta, Peraplana llev&#243; all&#237; al sueco y dios sabe qu&#233; m&#225;s habr&#237;a hecho si la repentina y lamentable muerte de su hija no hubiera obnubilado su seso, sumi&#233;ndolo en el dolor. Yo, a mi vez, entr&#233; en la cripta, fui v&#237;ctima del &#233;ter que habr&#237;an esparcido en espera de mi llegada y que la mala ventilaci&#243;n conserv&#243;, y es posible que su intervenci&#243;n oportuna, se&#241;ores, me salvara de alg&#250;n otro peligro. Y eso es todo.

Hubo una larga pausa que interrumpi&#243; el comisario Flores para preguntar:

&#191;Y ahora qu&#233;?

&#191;C&#243;mo que qu&#233;? -dije yo-. El caso est&#225; resuelto.

Eso es f&#225;cil de decir -dijo el comisario-. En la pr&#225;ctica, en cambio -dej&#243; colgando la frase, encendi&#243; un puro y me mir&#243; como si se dirigiera a una persona inteligente, cosa que hasta entonces nunca hab&#237;a hecho-. Te voy a exponer el problema sin tapujos. Ante todo, tenemos tu caso, que yo veo as&#237;: est&#225;s reci&#233;n salido de un manicomio y buscado por lo que a continuaci&#243;n se enumera: ocultaci&#243;n de un delito, desacato a la autoridad, agresi&#243;n a las fuerzas armadas, posesi&#243;n y suministro de sustancias psicotr&#243;picas, robo, allanamiento de morada, suplantaci&#243;n de personalidad, abusos deshonestos con una menor y profanaci&#243;n de sepulturas.

No hice m&#225;s que cumplir con mi deber -alegu&#233; d&#233;bilmente.

No s&#233; qu&#233; pensar&#225; de eso el juez de instrucci&#243;n. Sumando todas las atenuantes, no creo que salgas con menos de prisi&#243;n mayor. Y no van a dar una nueva amnist&#237;a hasta dentro de otros cuarenta a&#241;os.

Dio unas chupadas al puro y el doctor Sugra&#241;es tosi&#243; en se&#241;al de protesta.

Yo -prosigui&#243; diciendo-, en mi calidad de funcionario, no puedo proponer nada. Una persona sensata e imparcial, en cambio, como el doctor Sugra&#241;es, pongamos por caso, recomendar&#237;a que dej&#225;semos las cosas como est&#225;n. &#191;Qu&#233; dice usted, doctor?

Mientras no tenga que firmar nada -dijo el doctor Sugra&#241;es-, me parece bien lo que usted diga.

A m&#237;, personalmente, llevar el caso adelante me da igual -a&#241;adi&#243; el comisario-, porque s&#243;lo me supondr&#237;a unas horas extraordinarias que se pagan bastante bien. Pero, &#191;y el foll&#243;n, el papeleo, las comparecencias, las antesalas, los careos, las vistas? &#191;No vale la tranquilidad un peque&#241;o sacrificio, de vez en cuando? Y, a cambio de todo esto, &#191;qu&#233; sacar&#237;amos? Los muertos eran unos asquerosos chantajistas que recibieron su merecido. Has de saber, asimismo, que Isabel Peraplana no ha muerto. La muy burra ingiri&#243; tres optalidones, cinco tosiletas y dos supositorios de cibalgina con &#225;nimo de matarse. Nada que un buen laxante no pueda curar. El n&#250;mero de la ambulancia era innecesario, pero ya sabes c&#243;mo se ponen los ricachos cuando les traiciona la salud: una jaqueca y se hacen ingresar en La Paz. &#191;Qu&#233; ser&#225; de la pobre chica si aireamos ahora las trapisondas de su padre? Y, en cuanto a esta se&#241;orita tan silenciosa y tan opulenta que llevamos en el coche, &#191;no resultar&#237;a moralmente culpable de encubrimiento de homicidio? &#191;En qu&#233; esc&#225;ndalos no se ver&#237;a envuelta cuando se propagase que durante seis a&#241;os la mantuvo un delincuente, ya a cambio de su complicidad, ya a cambio de otros favores que prefiero no especificar? Esta apetecible se&#241;orita est&#225; ahora, gracias a ti, libre de toda sospecha y el remordimiento por haber causado la muerte de Isabel se ha disipado con la noticia de su pronto restablecimiento. Nada le impide dejar atr&#225;s para siempre un exilio odioso y un pasado turbio y reintegrarse a la excitante vida barcelonesa, matricularse en Filosof&#237;a y Letras, hacerse trotskista, abortar en Londres y vivir feliz. &#191;Empa&#241;ar&#225;s un futuro tan brillante con tu petulante ansia de notoriedad?

Mir&#233; a Mercedes, que ten&#237;a los ojos clavados en la ventanilla del coche. Como llev&#225;bamos un rato atascados en un sem&#225;foro y nada justificaba su dedicado escrutinio, deduje que no quer&#237;a que yo le viera los ojos.

Prom&#233;tame -dije al comisario Flores- poner en libertad a mi hermana y acepto el trato.

El comisario se ri&#243; de buen grado.

&#161;Siempre has sido un ventajista! -dijo-. Te prometo hacer cuanto est&#233; en mi mano. Ya sabes que en estos tiempos que corren no soy tan influyente como antes. Todo depender&#225;, en gran parte, del resultado de las elecciones.

Est&#225; bien -dije sabiendo que hab&#237;a agotado mi fuerza negociadora.

El coche-patrulla arranc&#243;, recorri&#243; cincuenta metros y se volvi&#243; a parar.

Creo, se&#241;orita -dijo el comisario dirigi&#233;ndose a Mercedes-, que usted se apea aqu&#237;. Si le gustan los toros, no deje de llamarme: tengo pase de barrera.

Mercedes se baj&#243; del coche sin decir nada y vi desaparecer sus on&#237;ricas sand&#237;as entre la multitud. El comisario:

Ser&#225; un placer acompa&#241;arles al manicomio. -Y al ch&#243;fer-: Ram&#243;n, prueba por el cintur&#243;n de ronda y si tambi&#233;n est&#225; mal, pon la sirena.

Con dos h&#225;biles maniobras el ch&#243;fer sali&#243; del tap&#243;n y pronto recorrimos las calles a gran velocidad. Comprend&#237; que una vez negociado mi asentimiento a las propuestas del comisario, no hab&#237;a ya raz&#243;n alguna para que nos demorase el tr&#225;fico. Vi pasar por la ventanilla aceleradamente casas y m&#225;s casas y bloques de viviendas y bald&#237;os y f&#225;bricas apestosas y vallas pintadas con hoces y martillos y siglas que no entend&#237;, y campos mustios y riachuelos de aguas putrefactas y tendidos el&#233;ctricos enmara&#241;ados y monta&#241;as de residuos industriales y barrios de chal&#233;s de sospechosa utilidad y canchas de tenis que se alquilaban por horas, siendo m&#225;s baratas las de la madrugada, y anuncios de futuras urbanizaciones de ensue&#241;o y gasolineras donde vend&#237;an pizza y parcelas en venta y restaurantes t&#237;picos y un anuncio de Iberia medio roto y pueblos tristes y pinares. Y yo iba pensando que, despu&#233;s de todo, no me hab&#237;a ido tan mal, que hab&#237;a resuelto un caso complicado en el que, por cierto, quedaban algunos cabos sueltos bastantes sospechosos, y hab&#237;a gozado de unos d&#237;as de libertad y me hab&#237;a divertido y, sobre todo, hab&#237;a conocido a una mujer hermos&#237;sima y llena de virtudes a la que no guardaba ning&#250;n rencor y cuyo recuerdo me acompa&#241;ar&#237;a siempre. Y pens&#233; que quiz&#225; pudiera a&#250;n recomponer el equipo y ganar la liga local y enfrentarnos este a&#241;o por fin a los esquizos del Pere Mata y a&#250;n arrebatarles la copa, con un poco de suerte. Y record&#233; que hab&#237;a una oligofr&#233;nica nueva en el pabell&#243;n sur que no me miraba con malos ojos, y que la esposa de un candidato de Alianza Popular hab&#237;a prometido regalar una tele en color al manicomio si su marido ganaba las elecciones, y que por fin podr&#237;a darme una ducha y, &#191;qui&#233;n sabe?, tomarme una Pepsi-Cola si el doctor Sugra&#241;es no estaba enojado conmigo por haberle metido en la aventura del funicular, y que no se acaba el mundo porque una cosa no salga del todo bien, y que ya habr&#237;a otras oportunidades de demostrar mi cordura y que, si no las hab&#237;a, yo sabr&#237;a busc&#225;rmelas.





