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Antonio Sk&#225;rmeta


El Baile De La Victoria


A Jorge Manrique, Nicanor Parra y Erasmo de Rotterdam, mi tr&#237;o de ases


Mientras m&#225;s profundo es el azul, m&#225;s convoca a los hombres hacia lo infinito, m&#225;s despierta en ellos el ansia hacia la pureza y lo intangible.

WASSILY K.ANDINSKY





UNO

El d&#237;a de San Antonio de Padua, 13 de junio, el presidente decret&#243; una amnist&#237;a para los presos comunes.

Antes de soltar al joven &#193;ngel Santiago, el alcaide pidi&#243; que se lo trajeran. Vino con el desgaire y la belleza brutal de sus veinte a&#241;os, la nariz altiva, un mech&#243;n de pelo ca&#237;do sobre la mejilla izquierda, y se mantuvo de pie desafiando a la autoridad con la mirada. Los granizos del temporal golpeaban contra los vidrios tras las rejas y deshac&#237;an la gruesa capa de polvo acumulado.

Tras estudiarlo de una pesta&#241;eada, el alcaide baj&#243; la vista sobre un juego interrumpido de ajedrez y se acarici&#243; largamente la barbilla, pensando cu&#225;l ser&#237;a a esta altura la mejor movida.

As&#237; que te vas, chiquillo -dijo con un dejo de melancol&#237;a, sin dejar de mirar el tablero. En seguida levant&#243; el rey y coloc&#243; pensativo la peque&#241;a cruz de su corona en la abertura de sus dientes superiores. Ten&#237;a puesto el abrigo, una bufanda de alpaca caf&#233;, y muchas motas de caspa le pesaban en las cejas.

As&#237; es, alcaide. Me tuve que tragar dos a&#241;os adentro.

Seguro que no vas a decir que pasaron volando.

No pasaron volando, se&#241;or Santoro.

Pero algo de positivo tiene que haber tenido la experiencia.

Salgo con un par de proyectos interesantes.

&#191;Legales?

El chico jug&#243; a darle leves pataditas a la mochila donde guardaba sus pocas pertenencias. Se apart&#243; una lega&#241;a desde la cuenca de un ojo y sonri&#243; ir&#243;nico borrando con ese gesto la veracidad de su respuesta.

Totalmente legales. &#191;Para qu&#233; me mand&#243; a llamar, se&#241;or?

Dos cositas -dijo el funcionario, golpe&#225;ndose con la figura del rey la nariz-. Yo estoy jugando con las blancas y me corresponde mover. &#191;Cu&#225;l es el pr&#243;ximo paso para acelerar el jaque mate de las negras?

El joven mir&#243; con desprecio el tablero y se rasc&#243; displicente la punta de la nariz.

.Cu&#225;l ser&#237;a la segunda cosita, alcaide? El hombre repuso el rey en el cuadril&#225;tero y sonri&#243; con tan abrumadora tristeza que los labios se le hincharon como si estuviera a punto de llorar.

T&#250; sabes.

No s&#233;.

El alcaide sonri&#243;:

Tu proyecto es matarme.

Usted no tiene tanta importancia en mi vida como para que pueda decir que mi proyecto es matarlo.

Pero es uno de ellos. -No ten&#237;a para qu&#233; tirarme desnudo la primera noche a esa celda llena de bestias. Eso marca, alcaide.

Entonces, vas a matarme.

&#193;ngel Santiago aguz&#243; sus sentidos con el s&#250;bito temor de que alguien estuviera oyendo esa conversaci&#243;n y una respuesta suya atolondrada pusiera en peligro su libertad.

Precavido, dijo:

No, se&#241;or Santoro. No lo voy a matar.

El hombre cogi&#243; la l&#225;mpara colgante que pend&#237;a sobre el tablero de ajedrez y le dio vuelta para proyectar su luz como un reflector policial sobre la cara del chico. La sostuvo as&#237; un largo rato sin decir nada y luego la baj&#243;, impuls&#225;ndola para que &#233;sta latigueara su haz de una pared a otra.

Trag&#243; saliva y la voz le son&#243; quebrada:

En lo que a m&#237; respecta, mi participaci&#243;n esa noche fue un acto de amor. Uno tambi&#233;n se vuelve loco de soledad entre estas rejas.

C&#225;llese, alcaide.

El hombre se puso a caminar por el cuarto, como si buscara en el piso de cemento m&#225;s palabras. Finalmente se detuvo frente al joven, y con dram&#225;tica lentitud se despoj&#243; de la bufanda. Sin mirarlo a los ojos, se la ofreci&#243; con repentina humildad.

Es vieja, pero abriga.

&#193;ngel la frot&#243; entre los dedos e hizo un gesto de asco.

Para evitar el rostro de Santoro, se detuvo en la foto del presidente de la Rep&#250;blica, el &#250;nico adorno en ese muro carcomido por la humedad.

Es una buena bufanda. De alpaca. Alpaca peruana.

Alentado por un escalofr&#237;o, subi&#243; la mirada y enfrent&#243; los ojos del muchacho. La frase acto de amor hab&#237;a encendido el rostro del muchacho como si hubiera bebido un combustible. Una mancha escarlata le ba&#241;aba las orejas.

&#191;Puedo irme ahora, se&#241;or Santoro?

El hombre hizo adem&#225;n de acerc&#225;rsele en actitud de despedida pero la g&#233;lida expresi&#243;n en el rostro de &#193;ngel lo detuvo. Abri&#243; los brazos en un gesto de resignaci&#243;n, como implorando simpat&#237;a.

Ll&#233;vate la bufanda, muchacho.

Me repugna tener una cosa suya.

Vamos, llev&#225;tela. Ten un poco de compasi&#243;n.

El joven decidi&#243; que cualquier cosa ser&#237;a mejor que dilatar su salida. Avanz&#243; hasta la puerta arrastrando la bufanda. All&#237; se detuvo, y tras humedecerse los labios con saliva, dijo:

Usted juega pe&#243;n seis dama, las negras comen pe&#243;n, usted entonces va con el alfil delante de la dama. Mate.

De inmediato, el alcaide levant&#243; el conmutador y pidi&#243; a gendarmer&#237;a que le trajeran al reo Rigoberto Mar&#237;n. Mientras lo esperaba, encendi&#243; un cigarrillo y expuls&#243; la primera descarga de humo por las narices. Fue hasta el hornillo y puso la tetera encima.

Reparti&#243; del tarro de caf&#233; instant&#225;neo dosis en dos tazas, les puso abundante az&#250;car, y cuando el agua hirvi&#243;, procedi&#243; a verterla en los recipientes y revolvi&#243; el contenido con la &#250;nica cucharita que quedaba de la vajilla estatal.

Oportunamente la guardia hizo entrar al presidiario y el alcaide le indic&#243; la silla y el caf&#233;. Mar&#237;n ten&#237;a el pelo grasoso y desgre&#241;ado, la mirada oscura y huidiza, y su cuerpo flaco estaba en un alerta el&#233;ctrico. Bebi&#243; el primer sorbo de caf&#233; casi con un gesto clandestino.

&#191;Qu&#233; tal, Mar&#237;n? &#191;C&#243;mo va eso?

Igual que siempre, alcaide.

L&#225;stima que no te beneficiaran con la amnist&#237;a.

Yo no soy un simple robagallinas, se&#241;or. A m&#237; me tienen adentro por asesinato.

Tiene que haber sido muy grave, pues te dieron cadena perpetua. S&#237;, fueron muy generosos contigo. &#191;Cu&#225;ntos asesinatos cometiste?

M&#225;s de uno, alcaide.

De modo que las posibilidades de que salgas por buena conducta dentro de algunos a&#241;os son escasas.

M&#225;s bien nulas. Expl&#237;citamente no me fusilaron con la recomendaci&#243;n estricta de que por ning&#250;n motivo se me rebajara la condena.

&#191;Y no hubieras preferido el pelot&#243;n? Porque, al fin y al cabo, esto no es vida, &#191;cierto?

No es vida, pero la vida es la vida. Cualquiera que sea. Ni a un gusano le gusta que lo aplasten.

El alcaide le extendi&#243; un cigarrillo y se encendi&#243; otro para s&#237; mismo. Mar&#237;n aspir&#243; profundo, ferozmente ganoso, como un atleta tragar&#237;a una bocanada de aire puro.

Por ejemplo este puchito, alcaide. Con unas pitadas como &#233;stas, ya tengo salvado el d&#237;a. Dios siempre provee.

Santoro estudi&#243; al hombre y le pareci&#243; un bandido consecuente. Decidi&#243; hablarle claro.

Dios siempre provee. Bien dicho, Mar&#237;n. Y para prob&#225;rtelo, hoy te tengo un ofert&#243;n.

&#191;De qu&#233; se trata, alcaide?

Por supuesto que no pude incluirte en la amnist&#237;a, pero perfectamente te puedo sacar de aqu&#237; unas semanitas para que me hagas un encargo. Nadie va a sospechar de ti porque haremos como que sigues en la c&#225;rcel, castigado en el calabozo. Hasta all&#237; no dejamos entrar ni al Santo Padre.

No le pregunto de qu&#233; se trata, sino de qui&#233;n.

Santoro se reconfort&#243; tragando un sorbo de su caf&#233; e indic&#243; a Mar&#237;n que hiciera lo mismo.

&#193;ngel Santiago.

Mar&#237;n pesta&#241;e&#243; tupido y luego clav&#243; la vista en la taza de caf&#233;, como leyendo un jerogl&#237;fico.

&#191;El Querub&#237;n? -dijo con voz secreta.

El mismo.

Un chico tan lindo. Una rnosquita muerta que no le ha hecho mal a nadie.

Pero va a matarme.

&#191;Lo amenaz&#243;?

Va a matarme, Mar&#237;n. Y yo tengo una esposa, y dos hijas, y un sueldo de mierda, pero de &#233;l vivimos todos.

Comprendo. Lo que sucede es que no tengo nada contra el muchacho. Excepto envidia. &#161;A qui&#233;n no le gustar&#237;a ser tan joven y guapo como &#233;l!

Intenta hacerlo aparecer como una ri&#241;a de borrachos. 0 cualquier cosa que se te ocurra. Lo importante es que te cerciores de que est&#233; bien muerto.

Es que en todos los otros casos tuve una buena raz&#243;n para hacerlo. Ahora

Ya se te ocurrir&#225; algo. Despu&#233;s de diez a&#241;os de c&#225;rcel, una puta por d&#237;a, digamos durante un mes, le dar&#225; sentido a tu vida. Y la vida es la vida, &#191;no?

No voy a putas. Tengo bastantes amigas que me lo hacen por amor.

Pero te conocen, Mar&#237;n. Lo siento por ellas, que se perder&#225;n el polvo del siglo, pero recuerda que te&#243;ricamente t&#250; est&#225;s en el calabozo. Cualquier imprudencia que cometas significa que te conmuten la prisi&#243;n perpetua por el pelot&#243;n de fusilamiento. &#191;Qu&#233; me dices?

Complicada, la cosa.

Un mes en las calles, Mar&#237;n. Por &#250;ltima vez en tu vida.

El alcaide avanz&#243; hasta la puerta del ba&#241;o y, tras abrirla, le mostr&#243; a Mar&#237;n el hisopo y el jab&#243;n espumante.

Af&#233;itate, hombre.



DOS

En el anexo de la c&#225;rcel para adultos, Vergara Grey hab&#237;a mandado comprar gomina al guardia cuando se enter&#243; de la amnist&#237;a. Al sacar del armario su traje Boss y prob&#225;rselo, comprob&#243; que hundiendo un poco la barriga pod&#237;a cruzar el cintur&#243;n. Los cinco a&#241;os de vida sedentaria en reclusi&#243;n no lo hab&#237;an damnificado tanto gracias a unos ejercicios yogas aprendidos en un remoto pasado marinero en Tailandia.

Su brillante pelo gris remataba en dos patillas entrecanas que hac&#237;an perfecto juego con los gruesos bigotes serenos y autoritarios, y ante el espejo que el guardia sosten&#237;a, se aplic&#243; algunos latigazos de peine sin dudar de que, a pesar del tiempo en cautiverio, la mirada profunda a&#250;n podr&#237;a causarle v&#233;rtigo a una mujer. Pero desech&#243; esa coqueter&#237;a de macho con un suspiro triste: &#233;l s&#243;lo amaba a su esposa Teresa Capriatti, y mucho tem&#237;a que ella no quisiera ver a su esposo libre, pues no lo hab&#237;a visitado en la c&#225;rcel ni siquiera para las Navidades.

Tampoco el hijo de ambos hab&#237;a sido el m&#225;s afectuoso ni el m&#225;s frecuente. El muchacho se aparec&#237;a s&#243;lo los d&#237;as de su aniversario, la &#250;ltima semana de diciembre, con una invariable agenda del pr&#243;ximo a&#241;o, y tras escuetas conversaciones sobre la liga profesional de f&#250;tbol y la marcha de sus estudios secundarios, se retiraba con un apret&#243;n de manos esquivando el beso que Vergara Grey quer&#237;a estamparle en el p&#243;mulo.

Esta repentina amnist&#237;a que reduc&#237;a a la mitad su condena era un regalo de Dios para reconquistar los afectos perdidos. Jam&#225;s volver&#237;a a delinquir, lo juraba ante Dios, la prensa y las autoridades del presidio, y con el dinero que su socio le adeudaba tras haberse callado la boca en los interrogatorios, llevar&#237;a una modesta vida honorable sin esquilmar a nadie y sin trabajarle un peso a persona alguna.

Conoc&#237;a a un par de influyentes directores de peri&#243;dicos dedicados a la cr&#243;nica roja y les suplicar&#237;a, como viejo amigo, que no siguieran haciendo ediciones especiales cada vez que se cumpl&#237;a un aniversario de sus m&#225;s espectaculares robos. Perfectamente podr&#237;an aceptar que en su nueva libertad quisiera mantener un bajo perfil, s&#243;lo as&#237; lograr&#237;a recuperar a su familia, y lentamente su dignidad.

Con un palmoteo en la espalda le agradeci&#243; al guardia que hubiera sostenido el espejo, y antes de pedirle que lo bajara, sonri&#243;. Era el que quer&#237;a ser. La sonrisa c&#225;lida, fraterna y viril, la luz secreta al fondo de los ojos, los pliegues intensos que dan el dolor y la soledad, y sobre todo las ganas, los deseos de vivir que en otros reclusos se hab&#237;an licuado en indiferencia. El destino propio les resultaba a la larga tan an&#243;nimo como el de los otros.

Ech&#243; una &#250;ltima mirada a los muros de la celda y pudo constatar que s&#243;lo dos im&#225;genes permanec&#237;an sin desmontar: el calendario de la Virgen Mar&#237;a con los d&#237;as marcados por una equis roja hasta el 13 de junio y el afiche de Marilyn Monroe, abandonada con sus senos frutales sobre un manto de terciopelo. El calendario lo puso en la maleta, junto a su vestuario, y tras cerrarla extrajo de su saco una pluma fuente antigua y extendi&#243; a lo largo del cuerpo de Marilyn la siguiente dedicatoria: Donado a mi sucesor por Nicol&#225;s Vergara Grey.

En el camino hacia la oficina del alcaide, un considerable grupo de presos lo escolt&#243; dese&#225;ndole buenaventura, y alguno lo abraz&#243; con l&#225;grimas rod&#225;ndole por las mejillas. El hombre se dej&#243; querer con modestia, cuidando de mantenerse erguido y de que nada perturbara su apariencia de pr&#237;ncipe, el pa&#241;uelo de seda despuntando del bolsillo superior de la chaqueta de tweed, la corbata atada con un nudo ancho, y el cabello de actor maduro.

El alcaide hizo coincidir su entrada con el descorche de una bulliciosa botella de champagne, y un funcionario escanci&#243; el mosto entre guardias y selectos prisioneros que alzaron sus vasos con un estruendoso salud. Luego la autoridad carraspe&#243; e hizo una histri&#243;nica pausa con las manos en el pecho antes de leer un manuscrito elaborado en papel fiscal reglamentario.

Estimado profesor Vergara Grey, querido Nico: es con sentimientos encontrados que te vemos hoy partir. Nos alegramos por tu libertad, ya que vuelve para renacer en el mundo de los civiles un caballero de alcurnia y gracia, y nos entristecemos de perder tu grata compa&#241;&#237;a, el sabor de tus historias, la sabidur&#237;a de tus reflexiones, y el estoicismo de tus consejos, con los cuales diste consuelo a reclusos, guardias y a quien habla.

Es verdad que te marginaste de la ley y no fue injusto el juez que te conden&#243; a diez a&#241;os por tus espectaculares robos. Pero tambi&#233;n es cierto que en ninguna de tus proezas empleaste la violencia, jam&#225;s dejaste un herido o un muerto en el camino, y dudo mucho que alguna vez hayas sostenido una arma en tus manos. Est&#225;s lejos de esa cala&#241;a de malhechores resentidos e inescrupulosos que llenan nuestras c&#225;rceles y que abundan en las calles.

Tus delitos, como lo ha dicho un&#225;nimemente la prensa, han sido verdaderas obras de arte, y te han procurado una fama que va m&#225;s all&#225; de los prontuarios. Con certeza, m&#225;s de alguno de nuestros narradores escribir&#225; sobre ti y aumentar&#225; internacionalmente tu fama. Pero hoy yo no le hablo al artista, sino al hombre de carne y hueso que sale de este recinto lleno de vida, &#237;ntegro y purificado por la amistad, para decirte un sola palabra que resume lo que todos te deseamos: suerte.

Avanz&#243; hacia el reo, lo estrech&#243; en un exhaustivo abrazo, y con un suspiro de resignaci&#243;n lo puso al alcance de las efusividades de los otros. Una vez que &#233;stos hubieron agotado sus gestos, palmoteos y l&#225;grimas, se ubicaron en un semic&#237;rculo para o&#237;r al homenajeado.

Querido alcaide Huerta, queridos guardias, compa&#241;eros reclusos. Si bien, inspirado por las largas noche de tedio que nutren nuestras vidas en la c&#225;rcel, alguna vez fui locuaz para contarles con exageraciones mis delitos, en este instante decisivo de mi vida me siento el m&#225;s parco de los hombres. Hoy pesa en m&#237; una s&#250;bita mudez, como la de quien se viera atragantado por una piedra en la garganta. Salgo a las calles lleno de fe en m&#237; mismo, y a nada le temo, salvo a la soledad. Dios quiera que pueda recuperar a mi familia y que a todos ustedes les sea leve la espera. A todos. S&#243;lo Dios decide a la larga qui&#233;n es culpable o inocente. Que &#233;l los bendiga.

En la plazoleta frente a la penitenciar&#237;a, Vergara Grey sinti&#243; en el cuello el fr&#237;o de junio y larnent&#243; haber repartido entre los presos su chalina y el abrigo jaspeado de tantas jornadas. El alcaide lo condujo hasta el taxi llev&#225;ndole servicial la valija, y al abrirle la puerta, le dijo:

El auto ya est&#225; pagado. Entre los muchachos juntamos el dinero.

El hombre se pas&#243; una mano por la sien plateada y sonri&#243; con melancol&#237;a.

El dinero no importa, Huerta. El problema es otro.

&#191;Cu&#225;l?

El problema es qu&#233; direcci&#243;n le doy al taxista.

Una vez que el chofer hubo acomodado la valija en el maletero, se hundi&#243; en su asiento, y mir&#225;ndolo por el retrovisor, le asest&#243; la pregunta lapidaria:

&#191;D&#243;nde vamos, se&#241;or Vergara Grey?

&#191;Conoce alguna tienda de art&#237;culos de cuero?

Hay una muy buena en la Alameda. Productos argentinos. Con la crisis, los precios est&#225;n botados.

Ll&#233;veme all&#225;.

Se hab&#237;a imaginado estos primeros minutos en libertad &#225;vido de lugares, olores, sonidos, gente, pero en cambio, un fuerte proceso introspectivo lo ceg&#243; al espacio ciudadano. Al acariciarse la sien, pens&#243; que no estaba en edad para una vida tan precaria. Era una br&#250;jula sin otro norte que su familia: por ella hab&#237;a trabajado, delinquido y, bueno, callado. Boca de adoqu&#237;n lo mand&#243; a felicitar su socio. No pod&#237;a quejarse de su suerte: la amnist&#237;a del presidente, fustigado por una prensa que llamaba inhumano el hacinamiento en los presidios, aunque al mismo tiempo se quejaba de que los criminales anduvieran impunes por las callejuelas y las avenidas de la patria, le hab&#237;a hecho justicia divina. De haber hablado cuando call&#243;, se hubiera ahorrado exactos los cinco a&#241;os que la amnist&#237;a le borraba de una plumada. Tengo suerte, repiti&#243; en voz baja.

Le propuso al taxista que lo esperara, y su olfato lo condujo sin vacilaciones a las estanter&#237;as con los maletines m&#225;s finos. Palp&#243; la delicia del cuero de cabritilla de un s&#243;lido porta documentos con dos cerraduras enchapadas en oro en cada extremo que se abrir&#237;an s&#243;lo activadas por una clave, y se concedi&#243; una inhalaci&#243;n autosatisfecha al comprobar que su elecci&#243;n hab&#237;a sido la precisa: el malet&#237;n era de lejos el m&#225;s caro entre la numerosa oferta. El empleado le pidi&#243; un n&#250;mero para construirle la clave (mejor distintos para la izquierda y la derecha), y no vacil&#243; en combinar su d&#237;a y a&#241;o de nacimiento con los de su hijo.

&#191;Lo paga con cheque, tarjeta o cash? -dijo el dependiente mientras se lo envolv&#237;a.

Levantando las cejas, se pregunt&#243; si en verdad se ve&#237;a tan honorable como para que le ofrecieran esas alternativas. Con cheque o tarjeta le exigir&#237;an el carnet de identidad y no le constaba que los tr&#225;mites de la amnist&#237;a se hubieran completado de manera diligente.

Cash -dijo, extendiendo los billetes sobre el mostrador.

Hoy es San Antonio -exclam&#243; sorpresivamente el dependiente-. Un santo muy milagroso. Las solteronas ponen sus estatuillas cabeza abajo para que les consiga marido.

Me consta -dijo Vergara Grey, aceptando el vuelto, y luego la bolsa pl&#225;stica con la compra. El hombre lo mir&#243; curioso, y el ex convicto arriesg&#243; una sonrisa y la pregunta:

&#191;Le resulta conocida mi cara?

El dependiente se rasc&#243; la cabeza:

&#191;Es de la tele?

&#161;Oh, no!

En verdad no lo ubico. Perdone, se&#241;or.

Al contrario. Le agradezco mucho esa delicadeza. &#191;Qu&#233; edad tiene usted?

Veinticinco.

La historia me pas&#243; por encima. Hace cinco a&#241;os un comerciante como usted me habr&#237;a pedido un aut&#243;grafo o llamado a la polic&#237;a.



TRES

As&#237; mismo se hab&#237;a imaginado su Santiago: los feroces autobuses, los transe&#250;ntes zambull&#233;ndose en la escalera de] metro, las motos con sus explosiones, los oficinistas encorbatados cargando sus portafol&#237;os, la marca de mujeres con sus jers&#233;is colorinches y las minifaldas rebanadas poco m&#225;s abajo del vientre aunque el fr&#237;o les pusiera los muslos morados, los quioscos salpicados de peri&#243;dicos, donde anunciaban la c&#225;rcel para autoridades del gobierno, y revistas satinadas con mujeres desnudas en sus car&#225;tulas.

&#161;Mi ciudad! -grit&#243;-.

&#161;Mi Santiago! Ech&#243; a caminar por el centro, y los roces o tropezones con la gente le dieron una nueva energ&#237;a. Sinti&#243;, mientras inhalaba y exhalaba con la maestr&#237;a de un atleta, una hambre feroz y profunda: podr&#237;a devorarse dos o tres de esos hot-dogs completos del portal Fern&#225;ndez Concha, donde el pan flauta que conten&#237;a la salchicha se repletaba con una torre equilibrista de pur&#233; de palta, tomate picado, una l&#237;nea de aj&#237; El Copihue, una masa de repollo agrio, a la alemana, y encima de todo, la fren&#233;tica coronaci&#243;n de la mayonesa y la mostaza. Eran s&#225;ndw&#237;ches para morderlos con dos bocas, ducharse el pecho de la camisa con sus inestables ingredientes, untarse la nariz y hasta los ojos en el carnaval voluptuoso.

Pero su hambre era inversamente proporcional a su dinero. Las dos monedas que le tintineaban en el bolsillo apenas le alcanzar&#237;an para un par de panes, dos tristes marraquetas, desnudas y precarias. Pens&#243; que la pobreza era una segunda c&#225;rcel, pero desech&#243; la consideraci&#243;n derrotista con un pu&#241;etazo al aire: mejor morir comiendo el smog de las calles que ahogado en la celda. Si el hambre arreciara, robar&#237;a. Una manzana en la verduler&#237;a, un paquete de galletas Trit&#243;n en el almac&#233;n. El juez no podr&#237;a condenarlo. El abogado Fern&#225;ndez, colega de presidio, le hab&#237;a ense&#241;ado la f&#243;rmula m&#225;gica para librarse f&#225;cil del castigo. Si lo agarraban tendr&#237;a que alegar hurto fam&#233;lico: Rob&#233; comida porque de otra manera morir&#237;a de hambre. Es la &#250;nica figura jur&#237;dica que en Chile favorece a los pobres, todas las otras los hacen picadillo, dec&#237;a Fern&#225;ndez con un gesto patricio que luc&#237;a extravagante entre rejas.

El hambre y el fr&#237;o lo hicieron caminar m&#225;s r&#225;pido. Avanz&#243; azuzado por los golpes de la mochila en su espalda y la felicidad de sentirse sano, pleno y, sobre todo, de no necesitar la podrida bufanda del alcaide para abrigarse. Esta caminata pon&#237;a toda su sangre en ebullici&#243;n, &#233;l mismo era su calefacci&#243;n port&#225;til, la r&#233;plica a la baja temperatura que humillaba el cuello de los transe&#250;ntes haciendo que hundieran sus narices pr&#225;cticamente en sus propios ombligos.

No la nariz de &#233;l, no ese espol&#243;n altivo que aspiraba el smog de Santiago como si fuera aire puro de la cordillera. Con esa misma gracia y potencia que lo hac&#237;a sentir m&#225;s vivo, m&#225;s entero, m&#225;s joven, m&#225;s hombre, rebanar&#237;a alguna vez la yugular del alcaide. No ahora, cuando el depravado contaba con su ataque, pero s&#237; dentro de unas semanas, dentro de un mes, una vez que &#233;l se hubiera habituado al miedo y saliera con sus compinches a un bar de mala muerte a beber ca&#241;as de vino.

Entonces en el v&#233;rtigo de una borrachera amarga. El mantel blanco tendr&#237;a bordados de copihue y las sillas estar&#237;an remendadas con cintas de empacar. Buscar&#237;a un minuto de soledad, acaso cuando el tabernero entrara al ba&#241;o, prender&#237;a la quijada de Santoro con los dedos enfundados en guantes blancos, y tras dejar expuesta la yugular, le acertar&#237;a con la navaja en la arter&#237;a. Tal vez todos los que se daban vuelta al verlo pasar carec&#237;an de un objetivo en la vida. Iban de una anonimilla en otra sin que nada iluminara sus vidas.

No &#233;l. No &#193;ngel Santiago. Claro -se apoy&#243; en el poste del alumbrado- que los viejos condenados a perpetua hab&#237;an ejercido el rito contra &#233;l con m&#225;s perversi&#243;n que deseo, con m&#225;s ganas de humillar que de desahogarse. Eran hombres conducidos por un c&#243;digo del resentimiento y la falta de formaci&#243;n. Hac&#233;rselo a &#233;l, educado en un buen colegio, capaz de recitar un par de versos y sacar el tanto por ciento de un soborno al guardia sin calculadora, era una forma de decirle que su belleza y su cultura les val&#237;a hongo. Aquella madrugada en la enfermer&#237;a no supo s&#237; sobre su cuerpo flu&#237;a m&#225;s sangre que l&#225;grimas, n&#237; cu&#225;l de ambas ard&#237;a m&#225;s. Pero de esos materiales estaba hecha su decisi&#243;n. Nunca sospech&#243; que la amnist&#237;a le abreviar&#237;a el destino.

Antes de entrar al pasaje c&#233;ntrico, repleto de peluquer&#237;as, cines rotativos, reparadoras de calzados y compraventas, mir&#243; con cari&#241;o el reloj que Fern&#225;ndez le hab&#237;a puesto en la chaqueta de cuero en la celda: T&#250; vuelves a un mundo en el cual podr&#225;s cargar cada minuto de significado. Aqu&#237; las horas s&#243;lo marcan el transcurrir de la nada.

Le dol&#237;a en el h&#237;gado tener que desprenderse de ese recuerdo, pero carec&#237;a de otra cosa para transar en la compraventa. La voluminosa y deste&#241;ida chaqueta, por ning&#250;n motivo: no s&#243;lo lo proteg&#237;a del fr&#237;o, sino que le daba cierta apariencia ruda que le conven&#237;a cultivar en una ciudad como Santiago, cada vez m&#225;s llena de t&#237;os pendencieros. Por otra parte, las chicas se sent&#237;an tentadas por el aire desma&#241;ado de las prendas de cuero viejo, que les evocaban algunos h&#233;roes de la pantalla. Al no tener actores a mano, cuando se topaban con alg&#250;n chico forrado en cuero y con olor a tabaco negro se hac&#237;an la ilusi&#243;n de vivir una especie de aventura, aunque la &#250;nica excitaci&#243;n ser&#237;a probablemente algunos ramalazos de sexo en cualquier motel barato.

Frente a la compraventa se encontraba la escalera que conduc&#237;a al cine rotativo subterr&#225;neo, y encima de la boleter&#237;a, a&#250;n cerrada, un afiche proclamaba las virtudes del film de esa semana: Una japonesa enga&#241;ada por su marido se venga de &#233;l acost&#225;ndose con medio mundo. El t&#237;tulo era Emmanuelle en el para&#237;so de la lujuria, y &#193;ngel se acerc&#243; hasta el afiche intrigado, no tanto por la promesa de la pel&#237;cula como por una muchacha alta y delgada que hab&#237;a puesto pr&#225;cticamente su nariz sobre el vidrio para leer los nombres del reparto y que parec&#237;a soportar apenas el peso de una mochila sobre un antiguo sobretodo masculino en el cual podr&#237;a meter dos veces su ligero cuerpo. All&#237;, junto a ella, experiment&#243; la profunda emoci&#243;n de percibir otra vez la tibieza y la ternura que emanaba un cuerpo de mujer. Cuando entr&#243; a la c&#225;rcel, apenas dos incidentes sexuales lo separaban de la virginidad, y las aventuras que so&#241;&#243; tener en su celda durante a&#241;os fueron en el fondo mucho m&#225;s excitantes que ese par de revolcones reales a cielo abierto en el campo antes de que sucumbiera en la desgracia.

Puso su mejilla muy cerca de la cara de la muchacha y ley&#243; el reparto japon&#233;s como si se tratara de h&#233;roes familiares tipo Brad Pitt o Leonardo DiCaprio:

Kurni Taguchi, Mitsuyasi Mainu, Katsurrori Hirose.

La chica se dio vuelta a mirarlo, y acomod&#225;ndose la mochila sobre el hombro izquierdo, le sonri&#243;. Esa m&#237;nima gentileza, pr&#225;cticamente borrada de su vida desde hac&#237;a a&#241;os, anim&#243; al joven a sacar de su chaqueta la cajetilla de cigarrillos y a ofrecerle uno. La chica lo rechaz&#243; con un gesto tajante, y &#233;l se puso el cigarro en la boca y en un segundo lo tuvo encendido y humeando. Cuando se sale de la c&#225;rcel -pens&#243;-, un tabaco es lo m&#225;s cercano a un amigo que se puede encontrar.

&#191;Vas a entrar a verla?

No me tinca. &#191;T&#250;?

El muchacho apart&#243; la bocanada de humo impidiendo que atacara los ojos marrones de ella, y sin leer los nombres del afiche, dijo:

Un film con Kurni Taguchi, Mitsuyasi Mainu y Katsunori Hirose no puede ser malo.

La sorpresa ilumin&#243; los p&#243;mulos de la chica.

&#191;C&#243;rno hiciste para aprenderte los nombres?

Soy un fen&#243;meno in&#250;til -contest&#243;-. Leo algo y no se me olvida nunca m&#225;s.

Ojal&#225; tuviera ese talento. A m&#237; en el liceo me va p&#233;simo justo porque tengo mala memoria.

&#191;A qu&#233; liceo vas?

Iba. Estoy suspendida.

&#191;Y qu&#233; haces, entonces?

Esperando que abran el cine. Con este fr&#237;o no hay otro lugar donde meterse. &#191;Y t&#250;?

La chica le indic&#243; su abultada mochila.

Yo vengo de un viaje. Del sur.

&#191;Y d&#243;nde vives?

Reci&#233;n llegu&#233; a la estaci&#243;n. Buscar&#233; algo por ah&#237;.

Estir&#243; la cadena el&#225;stica imitaci&#243;n oro, se sac&#243; el reloj del reo Fern&#225;ndez y le mostr&#243; la esfera. Una mitad la ocupaba un radiante sol gui&#241;ando un ojo, y la otra una luna menguante sobre la que reposaba una lechuza. La muchacha se ri&#243;:

&#161;La parte del sol brilla! -exclam&#243;.-Y si fueran las once de la noche destellar&#237;an esas estrellas alrededor de la luna.

Parece un reloj de Las mil y una noches.

&#191;Cu&#225;nto crees que me dar&#237;an por &#233;l si lo vendo?

Ella lo pes&#243; en la palma de la mano, como si tuviera experiencia en el asunto.

Es muy original. No hab&#237;a visto nunca uno as&#237;. A lo mejor te pagan una fortuna.

No creo. Es pura hojalata japonesa. Como la pel&#237;cula.

Le hizo un gesto para que lo acompa&#241;ara a la compraventa y puso el reloj sobre el mostrador de vidrio. El dependiente fich&#243; de dos pesta&#241;eadas a la pareja, y reci&#233;n entonces levant&#243; el objeto y lo hizo balancear como si fuera la cola de una abominable rata.

Aqu&#237; no compramos art&#237;culos robados.

El tono del comerciante aceler&#243; la sangre del muchacho e instintivamente meti&#243; la mano al bolsillo y apret&#243; la navaja. Pero en seguida afloj&#243; la presi&#243;n sobre el arma y para calmarse arrastr&#243; un rato las suelas de sus zapatillas Adidas sobre el parquet.

Es un regalo de mi padre cuando cumpl&#237; la mayor&#237;a de edad.

El hombre tir&#243; el reloj sobre el vidrio simulando un bostezo.

Todos cuentan lo mismo. Que las medallitas de oro o los relojes tienen para ellos un enorme valor sentimental pero que se ven obligados a venderlos por una urgencia. &#191;Es lo que me iba a decir?

Me rob&#243; las palabras de la boca, se&#241;or.

El dependiente le sonri&#243; a la chica y lo palmote&#243; en el hombro.

As&#237; s&#237; podemos entendernos.

&#191;Cu&#225;nto me da?

Treinta mil pesos.

Mire que es un reloj que separa el d&#237;a de la noche. Anuncia cuando son las 10 de la ma&#241;ana o las 22 horas. No hay otro como &#233;ste.

Es una separaci&#243;n est&#250;pida.

Aunque sea in&#250;til, caballero, es una choreza que otros relojes no tienen. Es un reloj po&#233;tico. De noche titilan las estrellas.

Aqu&#237; tienes treinta y cinco, chiquillo, y agrad&#233;ceme que no te pido la boleta del origen de la mercader&#237;a.

&#193;ngel Santiago se meti&#243; los billetes en el bolsillo y aspir&#243; hondo el soplo de viento helado que se filtraba por el turbio portal. Salieron hasta la calle y &#233;l la tom&#243; de un brazo y la fue conduciendo hacia la plaza de Armas.

En el portal Fern&#225;ndez Concha hay una cafeter&#237;a donde te sirven los hot-dogs coronados con tantos acompa&#241;amientos que tienes que abrir as&#237; tanto la boca para mascarlo. Hace m&#225;s de dos a&#241;os que sue&#241;o con masticar uno de &#233;sos.

Te acompa&#241;o.

&#191;Y el cine?

Es un rotativo. A la hora que llegues funciona.

&#191;Vas seguido a &#233;l?

A veces. Es decir, depende

&#201;l le pas&#243; el brazo por un hombro y la ayud&#243; a cruzar San Antonio.

&#191;Depende de qu&#233;?

Apenas te conozco. Depende de tantas cosas.

&#191;Por ejemplo de que no est&#233;s suspendida del colegio?

La chica se anim&#243; con esa excusa que le propon&#237;a y contest&#243; con tono alegre:

Exactamente.

El local se llamaba Ex Bahamondes y el muchacho le pregunt&#243; a uno de los doce diligentes mesoneros que hac&#237;an volar lomitos, cervezas, pollos dorados y hotdogs completos sobre la muchedumbre de clientes si acaso el ex del t&#237;tulo podr&#237;a significar que los completos ya no era tan buenos.

Mejor que antes, patr&#243;n -replic&#243; el dependiente-. Le garantizo que cuando lo muerda la salsa le va a chorrear hasta el ombligo. &#191;Quiere dos?

Yo no -dijo la muchacha.

&#191;No tienes hambre?

No.

&#191;No te enojas s&#237; me como uno?

Al contrario.

Entonces, sob&#225;ndose las manos y estirando cada vez m&#225;s la sonrisa a medida que le iba agregando salsas y vegetales, el joven cant&#243; su pedido:

Un supercompleto. Ponga la vienesa larga dentro del pan, cali&#233;ntelo en el microondas, agr&#233;guele una l&#237;nea de chucrut, dos terracitas de palta, un ba&#241;ado de picadillo de tomates, su resto de pur&#233; de papas, y cor&#243;nemelo con una capa de mayonesa surcada con una hilera de aj&#237; rojo y otra de mostaza.

Al primer mordisco, la profec&#237;a del garz&#243;n se cumpli&#243; y el fluido de mayonesa y tomate salt&#243; sobre la chaqueta de cuero. La chica le aplic&#243; una docena de servilletas de papel sobre el cierre met&#225;lico y lo alent&#243; con un gesto a que siguiera comiendo. Cada cierto tiempo, &#193;ngel Santiago anunciaba con un dedo que se dispon&#237;a a decir algo, pero optaba por aplicarle otro mordisco al s&#225;ndwich y, mientras mord&#237;a con apetito, parec&#237;a rumiar las palabras que dir&#237;a m&#225;s adelante cuando dejara de amasar la exquisita masa sobre su lengua.

Los vidrios del local estaban empa&#241;ados y la aglomeraci&#243;n de funcionarios haciendo su pausa de almuerzo abrum&#243; la atm&#243;sfera de un calor sofocante.

Necesito aire -dijo la muchacha.

El joven compr&#243; dos cartones de leche y atravesaron la calle hacia la plaza de Armas. Se tendieron sobre los bancos de madera y reclinaron los pies sobre sus respectivos bultos: &#233;l la mochila con sus pertenencias tra&#237;das de la c&#225;rcel, ella la cartera con los &#250;tiles, libros y cuadernos escolares.

Ella se abri&#243; el abrigo exhibiendo un uniforme liceano con una insignia indescifrable sobre el jumper.

&#191;Desde cu&#225;ndo haces la cimarra

Desde hace un mes. Me echaron del colegio y todav&#237;a no me atrevo a dec&#237;rselo a mi madre.

&#191;Y qu&#233; haces?

Me levanto en las ma&#241;anas, hago como que voy a clases, doy vueltas por aqu&#237; y all&#225; hasta que abren los cines rotativos. Despu&#233;s veo una o dos pel&#237;culas y vuelvo a casa.

El joven consider&#243; con el entrecejo fruncido la posibilidad de que la lluvia se desatara. Todas las nubes encima eran negr&#237;simas: algunas compactas y abultadas, otras deshilachadas y veloces.

Ella tambi&#233;n subi&#243; la mirada y aprovech&#243; para peinarse la cabellera con los dedos. Cuando bajaron los ojos, se encontraron en una s&#250;bita intimidad. Ella le sonri&#243;, y &#233;l estim&#243; atractivo y viril no hacerlo. Simplemente le mantuvo la mirada mientras se apartaba el agua de la frente.

Se llevaron simult&#225;neamente los cartones de leche a la boca, y al beber, un rel&#225;mpago se desprendi&#243; entre las nubes y un feroz estruendo rod&#243; por el cielo. Ambos levantaron la vista hacia esas nubes hostiles, volvieron a mirarse a los ojos y saborearon sus leches como si estuvieran en un primaveral picnic campestre. Ella se limpi&#243; con la manga del abrigo la blanca estela que qued&#243; sobre sus labios simulando un bigote, y al advertir que tambi&#233;n el joven ten&#237;a su nariz embadurnada, se la sec&#243; con un dedo.

La lluvia irrumpi&#243; con goterones y la chica hundi&#243; los hombros, refugi&#225;ndose en s&#237; misma. &#201;l no le prest&#243; atenci&#243;n al agua que ca&#237;a y recibi&#243; la gracia del sorbo blanco que inundaba su est&#243;mago como una bendici&#243;n.

Esto es lo que soy -le dijo a la muchacha-. Soy absoluta y totalmente este momento. No tengo casa ni amigos, ni un pasado, ni nada que quiera recordar, ni dinero, pero s&#233; que ser&#233; feliz. Soy un est&#243;mago con un delicioso supercompleto alojado en mis entra&#241;as, y &#233;sta es mi ciudad de hielo y barro. &#191;C&#243;mo te llamas?

Victoria.

&#191;Y te dicen Vicky?

S&#237;, pero prefiero que me llamen Victoria. 0 la Victoria; es m&#225;s alegre.

Ella mir&#243; hacia el cielo, sec&#225;ndose el l&#237;quido que se le filtraba por la nuca. Al bajar la vista, descubri&#243; que desde el bolso del muchacho se asomaba una bufanda de alpaca marr&#243;n, y espont&#225;neamente tir&#243; de ella y se la puso hecha un rebozo sobre el pelo.

S&#225;cate eso -le dijo el joven, &#225;spero.

&#191;Por qu&#233;?

Porque esa bufanda est&#225; contaminada.

&#191;De qu&#233;?

&#201;l no respondi&#243;. Se la arrebat&#243; en forma brusca y, sin doblarla, la apeloton&#243; de vuelta en la mochila. La sonrisa de ella pareci&#243; deshacerse en la lluvia.

Esa bufanda pertenece a alguien que desprecio. Prefiero que un r&#237;o de lluvia me arrastre hasta la muerte antes que deberle un favor a esa persona.

&#191;Por qu&#233; no la tiras, entonces?

Va a serme &#250;til en alg&#250;n momento.

Ella se arranc&#243; el espacioso abrigo y lo puso en forma de toldo sobre el cuerpo de ambos. En esa calurosa oscuridad siguieron bebiendo los cartones de leche. Entonces ella se ri&#243;, s&#243;lo de verlo ah&#237; tan cerca y tan serio, y se acord&#243; de los juegos de infancia con sus primos cuando simulaban que la s&#225;bana era una tienda de indios, y ellos hablaban un lenguaje de esquimales roz&#225;ndose las narices. Y cuando esa risa se expandi&#243; en el espacio tan &#237;ntimo, Santiago sinti&#243; a su vez que el vaho de ese buen humor hac&#237;a astillas la coraza de frialdad e indiferencia que le hab&#237;a permitido enfrentar los rigores de los &#250;ltimos a&#241;os, y algo espeso y mustio termin&#243; de deshacerse en &#233;l con la velocidad de una fiebre.

Palp&#243; la mejilla de Victoria y luego llev&#243; la punta de un dedo hasta sus labios, se los recorri&#243; solemne, y cuando ella advirti&#243; que sus gestos ten&#237;an esa concentrada gravedad, par&#243; la risa y se dej&#243; hacer seria y expectante.

&#191;C&#243;mo te llamas? -le pregunt&#243; en un susurro.

Santiago. &#193;ngel Santiago -contest&#243; &#193;ngel Santiago con un gui&#241;o.



CUATRO

Descendi&#243; poco antes de la calle de las Cantinas, pues quer&#237;a ver c&#243;mo el ramo hab&#237;a progresado. Los departamentos de saunas, casas de masaje y bares, donde el cocktail se condimentaba con muchachas enfundadas en cuero y alguna pizca de droga, ya se extend&#237;an hasta la Costanera. S&#243;lo lament&#243; recorrer esa avenida con la maleta colgando de su mano como un turista al cual le han dado mal la direcci&#243;n.

La maleta llamar&#237;a la atenci&#243;n sobre quien la portaba, y a pesar de los cinco a&#241;os de chirona, sus fotos no dejaban de aparecer en la prensa, a&#250;n dichosa ante la habilidad de sus saqueos. Una soluci&#243;n habr&#237;a sido volarse sus intensos bigotes, pero acometer ese despojo equivaldr&#237;a a amputarse el total de su virilidad. En la primera esquina, su estrategia de concederse un bajo perfil fue demolida por Nemesio Santelices, un merodeador de segundones y cuidador de autos al que le dejaban caer de vez en cuando una limosna.

&#161;Me alegra verte libre, Nico! -dijo caminando a su lado, sin intentar estrecharle la mano o abrazarlo. Le pareci&#243; muy estimulante que en el ambiente a&#250;n cada rata supiera qu&#233; tipo de efusividad se pod&#237;a permitir.

No creo que todos se alegren tanto como t&#250;.

&#191;Por qu&#233; no, muchacho? Todos saben que cerraste la boca.

Vergara Grey, el Mudo, &#191;ah?

El Mudo de Oro. Mientras estabas en la c&#225;rcel prosperaron los negocios. Adem&#225;s, Santiago es ahora una gran metr&#243;polis.

Me alegro por la cuenta de banco de mi socio.

Nico, si preparas algo, cuenta conmigo.

Busca por otro lado, Santelices. Yo me he jubilado.

En esa breve caminata, aun sin darse vuelta supo que muchas miradas aterrizaban sobre su nuca, y pudo ver que un par de transe&#250;ntes que caminaban en contra lo quedaban mirando con la boca abierta. Se despidi&#243; del acompa&#241;ante llev&#225;ndose un dedo a la frente, y antes de entrar al local de Monasterio, puso la maleta en la vereda, se abri&#243; el cintur&#243;n, se acomod&#243; la camisa, se subi&#243; los pantalones por encima de la panza, respir&#243; profundo y se abroch&#243; la correa eligiendo un ojal m&#225;s estrecho. Aunque reci&#233;n hab&#237;a oscurecido, la cantina de su socio estaba casi llena, y a pesar de que las muchachitas lo miraron al entrar, ninguna de esa generaci&#243;n de copetineras enfundadas en modelos de boutiques pareci&#243; conocerlo.

Fue a apoyarse al extremo de la barra y desde all&#237; estudi&#243; detalles del local hasta que pudo ubicar a Monasterio dando instrucciones a la cajera Elsa. S&#243;lo con la fuerza de su mirada consigui&#243; que el socio levantara la mand&#237;bula y, junto al instant&#225;neo reconocimiento, una mancha de gravedad f&#250;nebre le disolvi&#243; la faz. Pero en cuanto ech&#243; a caminar hacia Vergara Grey, hizo que su expresi&#243;n se encendiera en una dicha teatral. Fue el m&#225;s efusivo en el abrazo, y el ex convicto acept&#243; esa expansividad con una sonrisa cauta.

El socio apreci&#243; el elegante traje, el buen peinado, y el toque dejuventud que le daba la iron&#237;a en sus pupilas. Transformando su aspecto en modestia, Vergara Grey dijo:

La moda cambia en cinco a&#241;os.

&#161;Qu&#233; va! Est&#225;s elegante como siempre.

Y la valija ya no cierra. Tuve que repararla con cinta adhesiva.

Monasterio le adjudic&#243; un suave puntapi&#233; compinche.

La maleta de tantas haza&#241;as, Nico. Cuando tengas tu museo, ser&#225; una de las piezas m&#225;s preciadas. No te r&#237;as. En Londres hay un museo del crimen. Hay una estatua de cera de Jack el Destripador. &#191;Champagne?

El hombre qued&#243; esperando lo que su socio inevitablemente habr&#237;a de agregar, y sonri&#243; cuando el complemento lleg&#243;.

Franc&#233;s, naturalmente. &#161;Eres el mero Vergara Grey!

Le indic&#243; al mozo que llevara la botella, el balde y las copas a un privado al fondo de la sala, y una vez que se sentaron, le palmote&#243; las mejillas con emoci&#243;n paternal.

Al fin libre, viejito

Afuera el tiempo vuela, adentro se arrastra.

Quiero pedirte perd&#243;n, Nico, por no haberte ido a visitar durante todo este tiempo.

No me di cuenta.

Alguna vez quise ir pero

Qu&#233; raro, ten&#237;a la impresi&#243;n de que hab&#237;as venido.

No es que no quisiera verte, pero una visita m&#237;a hubiera sido una pista para la polic&#237;a. No ir nunca fue, por decirlo as&#237;, un acto consecuente.

&#191;Consecuente con qu&#233;?

Con tu silencio.

Ese silencio, Monasterio, es ahora todo mi capital.

Sobre ese tema tendremos que hablar, Nico. No ahora. &#201;ste es el momento de brindar por tu retorno. Es la hora del champagne.

El socio alz&#243; su brazo, pero Vergara Grey no toc&#243; su copa. En cambio, puso la maleta sobre sus rodillas, apret&#243; los metales del cierre y extrajo un sobre.

Te traje un regalo.

&#191;Un regalo para m&#237;?

Para ti, socio.

Vergara Grey derram&#243; el contenido del sobre encima de la mesa. Uno sobre otro se deslizaron los cinco calendarios con todos los d&#237;as de los cinco a&#241;os marcados uno a uno con plum&#243;n rojo.

Nico, todos los meses le hice un giro a tu familia.

El ex reo eligi&#243; una entre las hojas desprendidas del calendario y la puso delante de los ojos de su anfitri&#243;n.

2001, el verano m&#225;s caluroso que se recuerda en Santiago. Las cucarachas andaban tambaleantes sobre las rejas oxidadas.

Te mostrar&#233; tu pieza.

&#191;D&#243;nde?

Tengo un hotelito justo al frente.

&#191;Familiar?

Estamos en crisis, muchacho -intent&#243; suavizar el socio.

Es un hotel parejero.

Miscel&#225;neo.

Miscel&#225;neo.

Es por un par de noches, mientras te consigo algo a tu altura.

No va a ser necesario. Volver&#233; a vivir con Teresa Capriatti.

Deja que te lleve la maleta.

Sin esperar el asentimiento, cogi&#243; la valija y ech&#243; a andar hacia la salida. Afuera, la oscuridad y el fr&#237;o se hab&#237;an acentuado. La acera mojada reflejaba la in&#250;til alegr&#237;a de los neones de la calle de las Cantinas.

Al atravesar la calle, Vergara Grey, diez cent&#237;metros al menos m&#225;s alto que su acompa&#241;ante, se inclin&#243; sobre su oreja de rnodo que lo oyera en el estruendo del tr&#225;fico:

Cuida bien los calendarios, socio. Tambi&#233;n los puedes exhibir en el museo Vergara Grey.

La pieza ten&#237;a un cl&#243;set peque&#241;o y moderno. All&#237; colg&#243; su chaqueta y sac&#243; de la maleta un pullover gris jaspeado. Se lo puso, se sent&#243; en la cama y eligi&#243; un par de gruesos calcetines de lana para aliviar el hielo que le her&#237;a los pies. Despu&#233;s se tendi&#243; en el lecho, sin abrir la colcha, e intent&#243; discernir qu&#233; figura semejaban las manchas en el cielorraso.

Nada -se dijo-, la soledad. Golpearon a la puerta y se acomod&#243; en el lecho apoy&#225;ndose en un codo.

Pase.

Alguien abri&#243; empujando la puerta con la rodilla y, antes de discernir a la persona, el hombre vio la bandeja de metal con el balde, la botella de champagne, y las dos copas aflautadas. La portadora era una mujer de unos veinte a&#241;os ce&#241;ida en un conjunto que le dejaba libre el ombligo y una cabellera de alborotado pelo negro que enmarcaba los labios gruesos untados de fucsia.

Dice Monasterio que se le qued&#243; esto.

No hac&#237;a falta que se molestara.

Dijo que ser&#237;a una pena que se entibiara. Es champagne franc&#233;s.

D&#233;jelo sobre la mesa.

La mujer acat&#243; las instrucciones, y luego llen&#243; dos copas, le alcanz&#243; una al hombre y ella se sent&#243; con la otra en el borde de la cama.

&#191;Por qu&#233; Monasterio te mima tanto?

Es un viejo amigo.

Tiene muchos viejos amigos. Pero s&#243;lo a ti te manda el regalo doble.

&#191;Qu&#233; es eso?

El champagne y yo.

Comprendo. Y ya que estamos en la misma cama, &#191;podr&#237;as decirme tu nombre?

Raquel.

Mira, Raquel

Por supuesto que no me llamo realmente Raquel.

Est&#225; claro. Mira, Raquel, encuentro que eres una chica preciosa y que cualquier hombre se sentir&#237;a feliz de tener un revolc&#243;n contigo. Pero yo sue&#241;o con una sola mujer, y como si fuera un adolescente virgen, me reservo para ella.

Puchacay, &#161;que eres delicado!

No es nada personal, &#191;comprendes?

&#161;C&#243;mo que nada personal! Si es conmigo personalmente con quien te pasa eso. Yo soy una buena profesional. No te har&#233; da&#241;o, chiquillo.

No dudo de ti; dudo de m&#237; mismo.

&#191;Miedo de no funcionar?

Tengo ya sesenta cumplidos.

Pero yo me tengo confianza.

Vergara Grey sorbi&#243; su champagne y le propuso a la dama con un gesto que lo imitase.

Me carga el champagne. Me produce dolor de cabeza.

&#191;Qu&#233; trago te gusta?

La menta frapp&#233;.

El hombre le puso un billete de diez mil en la mano.

Aqu&#237; tienes, para que te compres una botella.

Nunca le digo no a una buena propina. &#191;Pero qu&#233; le cuento a Monasterio?

Dile que agradezco la atenci&#243;n, pero que no acepto regalos. Dile que lo espero en esta pieza con el cincuenta por ciento que me corresponde.

Me va a retar.

No creo.

Vaci&#243; su copa y se limpi&#243; con la mu&#241;eca los bigotes. Ella le dio unos golpecitos en el dorso de una mano y se puso de pie.

&#191;C&#243;mo es que se llama la beneficiada, don?

Teresa Capriatti.

La mujer sac&#243; un cubo de hielo del balde plateado y se lo puso en la boca. Lo estuvo moviendo de un p&#243;mulo al otro con la actitud pensativa de quien est&#225; frente a un jerogl&#237;fico.

Eres un p&#225;jaro raro -concluy&#243;.



CINCO

Victoria condujo a &#193;ngel Santiago por la escalera de la academia hasta el s&#243;tano, y desde all&#237; lo fue llevando hacia la sala de ensayos. La calefacci&#243;n funcionaba a pleno gusto, y el joven se apoy&#243; contra la pared mientras la chica hablaba con la maestra. Una media docena de adolescentes hac&#237;an flexiones apoyadas en las barras, o constru&#237;an piruetas girando en la punta de los pies. La maestra ten&#237;a su pelo gris muy ce&#241;ido sobre las sienes y un trazo de rimmel le daba especial peso a las pesta&#241;as, que parec&#237;an saltar sobre su rostro p&#225;lido. Victoria volvi&#243; hasta &#233;l tray&#233;ndole un banquito.

Te da permiso para que te quedes.

No s&#233; qu&#233; puedo hacer aqu&#237;.

Mirar.

Corri&#243; hacia la otra punta de la sala, se desprendi&#243; de la falda y qued&#243; vestida con una malla de bailarina. La profesora puso sobre la tapa superior del piano un manojo de llaves, reuni&#243; con una orden al sexteto de muchachas e inici&#243; una melod&#237;a marcando fuertemente con los pedales los tiempos.

Al principio, el joven se interes&#243; por las figuras y hasta se entretuvo cuando cuatro de las chicas se tomaron con los brazos cruzados e hicieron una coreograf&#237;a de precisi&#243;n mec&#225;nica. Pero tras media hora, cuando todas se fueron a las barras y sufrieron las correcciones que la maestra les hac&#237;a golpe&#225;ndolas suavemente con un puntero, se aburri&#243; de esa disciplina, y sin tener otra cosa al alcance que el bols&#243;n de la colegiala, se dedic&#243; a hurgar en &#233;l.

El cuaderno de matem&#225;ticas estaba lleno hasta la mitad, y las operaciones con pr&#225;cticas de &#225;lgebra hab&#237;an sido corregidas por el maestro con horrorosa pulcritud. La calificaci&#243;n al final de cada p&#225;gina s&#243;lo difer&#237;a entre mala, muy mala y p&#233;sima.

El archivador de castellano conten&#237;a un poema de Gabriela Mistral al cual Victoria le hab&#237;a aplicado un poderoso marcador amarillo en dos versos: Del nicho helado en que los hombres te pusieron, te bajar&#233; a la tierra humilde y soleada.

&#193;ngel sigui&#243; hojeando los folios con ejercicios gramaticales y listas de sin&#243;nimos y contrarios, y pudo advertir que en cuatro o cinco p&#225;ginas aparec&#237;an los dos mismos versos de la Mistral escritos casi con el tama&#241;o de una consigna y destacados adem&#225;s con marcadores de distinto color.

Al final de un texto de &#211;scar Castro, Tarde en el hospital, Laura hab&#237;a escrito tanta gente en todas partes muriendo. En el cuaderno de m&#250;sica encontr&#243; un cancionero con letras de Elvis Costello y algunas l&#237;neas de la Novena Sinfon&#237;a de Beethoven.

El calor fue secando su ropa h&#250;meda y entonces abri&#243; la mochila para ver con qu&#233; arsenal contaba desde ahora en adelante. Derram&#243; todo en el suelo y lo fue ordenando con la punta de un pie descalzo: la bufanda del alcaide, dos camisas, dos slips, un jersey de cuello marinero m&#225;s su chaqueta de cuero ajada y con el cierre met&#225;lico descompuesto. Hab&#237;a dos libros: Coraz&#243;n, de Edmundo dAmicis, y Tres rosas amarillas, de Raymond Carver. Para regal&#225;rselos a cierta personita, pens&#243; con una sonrisa.

Luego llegar&#237;a la noche y tendr&#237;a que buscarse un lugar donde dormir. En ese mismo estudio no faltaban colchonetas donde tenderse, y si la calefacci&#243;n funcionaba hasta la ma&#241;ana siguiente, el problema estar&#237;a resuelto.

La otra cosa ser&#237;a compartir un hotel parejero con Victoria, idea doblemente absurda, pues no hab&#237;an intercambiado ni un beso y carec&#237;an de dinero para pagar anticipado, como era la costumbre en los volteaderos. Tambi&#233;n podr&#237;an ir directamente a un hotel de alcurnia, y a la ma&#241;ana siguiente hacerse humo vali&#233;ndose de cualquier estratagema. Pero seguro que le pedir&#237;an su documento al ingresar, y al otro d&#237;a tendr&#237;a a todo el cuerpo de investigaciones tras sus pasos. P&#233;simo negocio.

Quedaba, por tanto, la opci&#243;n de los parques, las plazas y la pulmon&#237;a. Maldita gracia le har&#237;a cambiar la celda de la correccional por un camastro en la Asistencia P&#250;blica entre ancianos moribundos.

Victoria vino con la profesora y lo present&#243; como su hermano de Talca. Ella quiso saber a qu&#233; se dedicaba y a &#233;l se le ocurri&#243; decir que ten&#237;a un terrenito en el campo y que estudiaba agronomia. Total sab&#237;a que cerca de esa ciudad pasaba el r&#237;o Piduco, que en todas partes hay pasto y vacas, y que no faltaban uvas en las parras. La maestra le retruc&#243; que era una carrera con futuro por el tema de las exportaciones a Asia, y &#233;l tuvo la gentileza a su vez de halagarla encontrando que la danza era una profesi&#243;n a&#250;n m&#225;s promisoria, ya que en la tele se ve&#237;a que todos los chicos y las chicas estaban loquitos por bailar, y todos los que no estaban en la tele luchaban s&#243;lo para estar alg&#250;n d&#237;a bailando en ella. La profesora le dijo que el baile de esa academia no conduc&#237;a a la tele, sino a escenarios de prestigio como el teatro Municipal de Santiago, o el Col&#243;n de Buenos Aires, siempre y cuando, claro, se tuviera talento para la danza. &#193;ngel Santiago consider&#243; del todo atinado preguntar qu&#233; se entiende por tener talento al bailar, y ella le dijo que el talento era la capacidad del cuerpo de reaccionar con precisi&#243;n a las fantas&#237;as originales que cada bailar&#237;n tiene para expresar algo que lo obsesiona.

Por ejemplo, ahora estoy ayudando a tu hermana a inventar una coreograf&#237;a basada en un poema.

De la Mistral -exclam&#243; el muchacho.

Victoria lo mir&#243; perpleja, dejando caer su mand&#237;bula, y &#193;ngel Santiago se humedeci&#243; los labios sonrientes y tuvo la certeza de que su suerte se acrecentaba cada vez m&#225;s en esa peque&#241;a libertad de un d&#237;a. Su &#225;ngel de la guarda hab&#237;a encontrado la ruta de vuelta a casa y le dictaba los pasos que ten&#237;a que seguir regal&#225;ndole una inspiraci&#243;n tras otra.

De la Mistral, precisamente -asinti&#243; grave la maestra-. Ella quiere bailar nada menos que Los sonetos de la muerte.

 te bajar&#233; a la tierra humilde y soleada -se apur&#243; el joven.

Se ve que te interesa la, poes&#237;a -coment&#243; la maestra, seducida.

Oh, no. S&#243;lo ese poema. Al fin y al cabo, est&#225; muy cerca de la agronom&#237;a, &#191;no?

La maestra celebr&#243; con una sonrisa la ocurrencia y, poni&#233;ndose el abrigo, se despidi&#243; de ambos con un beso, y antes de salir, les extendi&#243; frazadas que sac&#243; de un armario. Victoria fue hasta el hornillo y puso a calentar agua para el Nescaf&#233;. Llen&#243; dos jarritas de cer&#225;mica y se sent&#243; a horcajadas sobre el piso. El muchacho se quem&#243; la lengua con el primer sorbo, y ella sopl&#243; su dosis con cautela.

&#191;Qui&#233;n comienza? -dijo, tras una pausa.

&#191;Con qu&#233;?

Con la verdad.

El chico calent&#243; las manos acariciando el pote de caf&#233;, y al mirar la intensa profundidad de esos ojos marrones, invoco en silencio a su buena suerte. No quer&#237;a cometer ning&#250;n desatino. No quer&#237;a perderla. Ni esa noche, ni nunca.

Pregunta.

Tu nombre. Quiero decir, tu verdadero nombre.

&#193;ngel Santiago.

Parece nombre de trompetista de una orquesta de Salsa.

Bueno, as&#237; me pusieron.

Tus padres.

0 el cura del pueblo. Estaba muy chico para acordarme.

&#191;Y qu&#233; haces?

Por aqu&#237; y por all&#225;.

&#191;Qu&#233; haces por aqu&#237; y por all&#225;?

Nada. No hago nada por aqu&#237; y por all&#225;.

&#191;Y lo de la agronom&#237;a? &#191;Tienes alg&#250;n terreno en Nlca?

La &#250;nica tierra que tengo es la de la suela de mis zapatos.

&#191;Y de qu&#233; vives, entonces?

Bueno, tengo proyectos.

&#191;Cu&#225;les?

Algunas l&#237;neas tiradas para ganar dinero. Mucho dinero.

Cu&#233;ntame.

Eso es un secreto. Si te lo cuento, quemo el negocio.

Sorbieron en silencio el resto del caf&#233; y luego &#193;ngel se Sac&#243; los zapatos y los puso cerca de la estufa. Ella se solt&#243; la cincha que cubr&#237;a su frente y con una sacudida de la cabeza permiti&#243; que su cabellera recuperara el alboroto de siempre.

Ahora, yo -dijo el muchacho.

Pregunta.

No quiero hacerte ninguna pregunta, pero tengo tres deseos.

&#191;El primero?

Que cuando bailes en el teatro Municipal me avises.

&#191;Por qu&#233;?

Vi una vez una pel&#237;cula en la tele donde el novio le manda a su chica que triunfa en el ballet un ramo de flores. Estoy loco de ganas de mandarte un ramo de flores al Municipal.

Eso no pasar&#225; nunca. &#201;sta es una academia muy modesta. Las chicas de aqu&#237; nunca llegan al Municipal.

Bueno. Si por casualidad llegas alg&#250;n d&#237;a al Municipal, de todos modos me avisas.

Est&#225; bien.

Mi segundo deseo es que ma&#241;ana vuelvas al colegio y pidas que te dejen entrar.

Es m&#225;s posible que baile en el Municipal que vuelva al liceo. Fui expulsada, &#193;ngel.

A todo el mundo lo expulsan alguna vez de clases, pero luego lo dejan entrar de nuevo.

Eso ya pas&#243; conmigo. Me suspendieron dos veces y a la tercera me expulsaron.

&#191;Pero por qu&#233;?

Porque las dos primeras veces citaron a mi apoderado y mi madre no fue.

&#191;No quiso ir.

No quiero hablar de mi madre.

Est&#225; bien, c&#225;lmate.

Estoy tranquila.

Est&#225;s tranquila. Est&#225; bien. C&#225;lmate ahora.

Victoria comenz&#243; a extender y aflojar la cincha el&#225;stica entre su manos y prest&#243; largo rato atenci&#243;n a la lluvia que ca&#237;a sobre las ventanillas del s&#243;tano.

Me echaron del colegio porque me cuesta concentrarme. En clases siempre estaba en la luna. Es decir, pensando siempre en lo mismo.

&#191;En qu&#233;?

En mi padre.

&#191;Qu&#233; pasa con &#233;l?

Cuando mi madre estaba embarazada de m&#237;, la polic&#237;a detuvo a m&#237; padre en la puerta del colegio donde hac&#237;a clases. Todo el mundo pudo verlo. Los agentes actuaron con helic&#243;pteros y coches sin patente. Dos d&#237;as despu&#233;s encontraron su cuerpo degollado en una acequia. Yo nac&#237; cinco meses m&#225;s tarde.

&#191;Qu&#233; hab&#237;a hecho tu pap&#225;?

Estaba contra la dictadura. Podr&#237;a haber identificado a algunos secuestradores que hicieron desaparecer gente. Yo creo que fue el &#250;ltimo que mataron. Despu&#233;s vino la democracia.

No tienes que pensar todo el tiempo en &#233;l.

Si yo no lo recuerdo, &#233;l va a desaparecer para siempre.

Pero eso es una obsesi&#243;n. Te hace mal a la cabeza. Por eso te va mal en el colegio.

Entr&#233; al mismo liceo donde &#233;l hab&#237;a trabajado. Todo el mundo fue muy bueno conmigo. Me trataban como s&#237; fuera de cristal y pudiera astillarme en cualquier momento. Me dieron una beca hasta terminar el bachillerato.

&#161;No puedes desaprovecharla!

Mi mam&#225; tiene la ambici&#243;n de que estudie leyes. &#161;Imag&#237;nate! &#161;Que yo estudie leyes en un pa&#237;s donde mataron impunemente a tu padre!

Pero es tu madre. Tienes que contarle la verdad, y ella hablar&#225; con el rector del colegio y te admitir&#225;n de vuelta.

Mam&#225; tiene una profunda depresi&#243;n y una total indiferencia. Mientras todo el mundo hablaba de mi padre como un h&#233;roe tras su asesinato, ella se quejaba de que la hab&#237;a abandonado. Cuando nac&#237;, m&#225;s que alegrarse por mi vida, se apenaba porque yo le recordaba a su marido. Un d&#237;a me dijo: El partido perdi&#243; un militante en la guerra; yo perd&#237; un hombre en la casa.

Santiago quiso improvisar un argumento para arrancarla de ese tono sombr&#237;o, pero sinti&#243; que ahora le faltaban las palabras, y prefiri&#243; reprimir la caricia destinada a la mejilla de Victoria, temiendo darle una compasi&#243;n que la chica acaso odiar&#237;a. Fue hasta las barras de ejercicio y practic&#243; algunas piruetas de gimnasia aprendidas en el liceo. Reanimado por el movimiento, avanz&#243; de vuelta a la muchacha y le dijo:

Ma&#241;ana te acompa&#241;ar&#233; al colegio y yo mismo convencer&#233; a la directora.

Victoria se ech&#243; a re&#237;r sin burla. De pronto la hab&#237;a agarrado un buen humor irresistible.

&#191;J&#250;? &#191;Con qu&#233; ropa?

Soy tu hermano de Talca. Eso me da cierta autoridad ante ti y ante ella.

Saben que no tengo hermanos. A&#241;o tras a&#241;o, en los discursos de inauguraci&#243;n de las clases, los maestros aluden a mi soledad y a la tragedia superada de Chile. Me da risa la palabra superada. Nunca la muerte es superada por nada.

Le dir&#233; entonces que soy tu novio y que vamos a casarnos.

Pero si no tienes plata ni para el autob&#250;s &#191;Con qu&#233; me mantendr&#237;as?

Tengo proyectos te dije.

&#191;Cu&#225;les?

Nada que te interese.

Victoria bostez&#243; y extendi&#243; a lo largo del muro una colchoneta. Se sac&#243; la malla de ballet y puso la blusa escolar bien doblada sobre la silla al lado del jumper. Su pecho desnudo le revel&#243; a Santiago los senos firmes y medianos y un archipi&#233;lago de pecas infantiles en el espacio entre ambos.

Trajo la otra colchoneta y la puso arrimada a la de Victoria, y cubri&#243; ambos cuerpos con la enorme frazada de lana chilota. La gruesa trama de la tela era una promesa de calor eficaz, y la cercan&#237;a del cuerpo de la muchacha le produjo un v&#233;rtigo. Cuando insert&#243; la rodilla helada entre sus muslos, &#233;sta le dijo con los ojos cerrados:

Recuerda que eres mi hermano de T&#225;lca.

Pero ya el joven hab&#237;a prendido con la punta de los dedos el slip de la muchacha y con un brusco movimiento se lo baj&#243; hasta los talones, y sin darle tiempo a que ella se los desprendiera del todo, le acerc&#243; desde atr&#225;s su sexo abultado y con buena fortuna encontr&#243; su vagina h&#250;meda, y la penetr&#243; mordi&#233;ndose los labios, y al o&#237;r el suave gemido de la chica no resisti&#243; m&#225;s, y dej&#243; que todo ese espeso l&#237;quido acunado en noches de tristeza y fantas&#237;as se derramara dentro de ella.



SEIS

Lo despertaron golpes en la puerta, al comienzo t&#237;midos y luego en&#233;rgicos. Fue primero hasta el lavatorio a enjuagarse la boca, no sin antes mirar melanc&#243;lico la botella de champagne casi llena. Veinte 20:a&#241;os atr&#225;s, ni dos de ellas hubieran bastado para amenizar una noche. Se puso los pantalones con parsimonia, y ahora los golpes sonaron casi polic&#237;acos.

Mientras m&#225;s aporre&#233; la puerta, menos prisa me voy a dar.

El ruido ces&#243; de inmediato, y se dio un tiempo para peinarse el bigote, sin dejar de advertir que el blanco iba ganando la batalla contra el gris. Reci&#233;n entonces abri&#243; a todo lo ancho la puerta, es un viejo truco de hamp&#243;n que no tiene nada que ocultar. Presum&#237;a que el furibundo madrugador ser&#237;a un detective.

Sin embargo, el joven que se manoteaba nervioso la nariz en el pasillo le pareci&#243; un debutante, o un junior impertinente. En la mano izquierda portaba un par de libros y el pelo no hab&#237;a tenido trato, con un peine durante meses. Sobre la oreja tra&#237;a un marcador verde y desped&#237;a un aroma trasnochado.

&#191;Qu&#233; deseas?

El ioven llev&#243; sus manos al pecho en actitud de oraci&#243;n Y tuvo que carraspear antes de que le saliera una palabra.

Vergara Grey -exclam&#243; por fin-. Estoy delante del mism&#237;simo Vergara Grey, &#161;no puedo creerlo!

No hagas tanto teatro, muchacho. &#191;Qu&#233; quieres?

&#191;Puedo pasar?

Preferir&#237;a que no. Esta habitaci&#243;n es s&#243;lo ocasional. Muy por debajo de nuestro nivel.

Oh, no, maestro. Est&#225; perfectamente bien.

El hombre fue hasta la ventana. Corri&#243; la cortina y lo consol&#243; ver un sol filtrado por el inevitable smog de junio, pero al fin y al cabo luminoso. Comparado con el miserable d&#237;a de gloria de su libertad, ese martes era una fiesta. Levant&#243; las cejas, desdramatizando el gesto adusto que llevaba desde hac&#237;a minutos.

&#191;En qu&#233; te puedo servir, chico?

Traigo una carta de recomendaci&#243;n para usted.

&#191;De d&#243;nde?

De la c&#225;rcel. Me soltaron ayer.

A m&#237; me echaron de la penitenciar&#237;a. La misma amnist&#237;a, &#191;no?

El destino nos junta -salt&#243; presto el joven.

&#191;Es una carta del alcaide?

&#191;Por qui&#233;n me toma, se&#241;or? &#161;Es de un preso!

&#191;De qu&#233; preso?

Del Enano Lira.

&#191;Una carta de recomendaci&#243;n de un g&#225;ngster como Lira? Te sugiero que no pidas trabajo en un banco, chiquillo.

&#193;brala y l&#233;ala, por favor.

El hombre la puso sobre la colcha, se apart&#243; histri&#243;nicamente y la estuvo mirando un rato con el ce&#241;o fruncido. El joven la levant&#243; de all&#237; y volvi&#243; a entreg&#225;rsela. El otro se limpi&#243; los dedos en la polera como si quisiera borrar sus huellas digitales. Rasg&#243; el sobre con las u&#241;as y sac&#243; un esmirriado mensaje que sostuvo en lo alto como la cola de un rat&#243;n.

&#191;Qu&#233; dice? -pregunt&#243; ansioso el muchacho, cambiando de mano los libros forrados en papel de cuaderno de matem&#225;ticas.

Te presento a &#193;ngel Santiago. Firmado: el Enano.

&#191;Eso es todo?

Eso es todo el contenido de esta obra maestra del g&#233;nero epistolar. El Enano Lira escribe tan poco como su tama&#241;o.

Era muy comprometedor decir algo m&#225;s. El resto se lo canto yo.

Me alegro, joven, porque esta misiva es tan parlanchina como un muro.

Antes que nada, le traigo de regalo un par de libros. Usados pero buenos.

Gracias. Aj&#225; Coraz&#243;n y Tres flores amarillas.

En Coraz&#243;n siempre me identifiqu&#233; con Garr&#243;n. El chico bueno del curso.

Supongo entonces que tu estad&#237;a en la c&#225;rcel fue un malentendido.

No se burle de m&#237;, maestro. En el otro hay un cuento que trata de la muerte de Ch&#233;jov. &#191;Sabe qui&#233;n es Ch&#233;jov?

Me suena como un ajedrecista.

Era un autor ruso.

Nunca me interes&#243; la pol&#237;tica.

Ch&#233;Jov es de antes del comunismo.

Bueno, ya te habr&#225;s dado cuenta de que no soy un gran lector. Gracias de todas maneras por los libros. Intentar&#233; hojearlos.

Santiago manote&#243; despreocupadamente en el aire.

Oh, no. &#161;No hace falta que los lea, profesor! Lo que cuenta en este caso no son los libros, sino los forros.

Vergara Grey se rasc&#243; la cabeza y luego se palp&#243; la mejilla sin rasurar.

Trad&#250;ceme.

En la c&#225;rcel no es posible hallar un forro para libros m&#225;s sofisticado, as&#237; que los protegimos con papel de matem&#225;ticas.

As&#237; veo.

Ordinariez que remediaremos de inmediato.

Uniendo las palabras al hecho, despoj&#243; a los textos de sus cubiertas y procedi&#243; a aplanarlas sobre la colcha.

Se&#241;or Vergara Grey: el ingenio del Enano Lira es inversamente proporcional a su tama&#241;o.

De una sentada dio vuelta las hojas de papel de matem&#225;ticas y en ese reverso apareci&#243; un delicado y complejo jerogl&#237;fico con la apariencia de un mapa. La miniatura de un plan arquitect&#243;nico.

;Qu&#233; es esto?

Se trata de la estrategia de un Gran Golpe. Dise&#241;ado por el Enano paso a paso. Iba a ser su pr&#243;xima obra maestra cuando cay&#243; preso por una bagatela que no val&#237;a ni el d&#233;cimo de su talento. Se lo manda en se&#241;al de admiraci&#243;n y con cordiales saludos.

Lo siento. Estoy retirado.

Perm&#237;tame que se lo explique.

El hombre se tap&#243; las orejas.

No vale la pena. No quiero o&#237;r nada.

Oiga por los menos esto: se trata de mil doscientos millones de pesos.

&#191;En d&#243;lares?

El informal est&#225; a 745 comprador, eso vendr&#237;a dando exactamente un mill&#243;n seiscientos diez mil trescientos ochenta y dos d&#243;lares.

Escucha t&#250; ahora este otro c&#225;lculo: por cada cien mil d&#243;lares, un a&#241;o de c&#225;rcel. En un mill&#243;n seiscientos diez mil d&#243;lares cabe cien mil diecis&#233;is veces, por lo tanto, sumar&#237;as diecis&#233;is a&#241;os de chirona. Para echarle mano a esa bonita suma no bastar&#225; alzar el brazo y cortarla del parr&#243;n como quien saca un racimo de uvas. Una cifra de esa magnitud est&#225; siempre bien rodeada de pistolas y guardias. Pongamos que tengas buena suerte y s&#243;lo mates a uno de ellos. Por homicidio agr&#233;gate &#191;has matado a alguien antes?

Todav&#237;a no.

Entonces estamos bien. Por un asesinato primerizo te echar&#225;n diez a&#241;os, m&#225;s los diecis&#233;is que llevamos, estar&#237;amos sumando veintis&#233;is a&#241;itos a la sombra. Pongamos ahora que, puesto que eres tan bueno como el Garr&#243;n de DAmicis, te rebajen cinco por buena conducta, llegar&#237;amos a un total de veinti&#250;n a&#241;os. &#191;Qu&#233; edad tienes ahora?

Veinte, maestro.

Saldr&#237;as con cuarenta y uno y probablemente con otros papelitos como el de Lira en el bolsillo.

Si acudo a usted es porque s&#233; muy bien que jam&#225;s ha disparado un tiro. &#201;sa es la belleza de su carrera.

No soy infalible, chico. Ya viste que me tuvieron cinco a&#241;os adentro. Hasta me salieron canas en el bigote.

Pero no lo sorprendieron con el cuerpo del delito. El juez le dio diez a&#241;os por callarse la boca.

0 sabes mucho o presumes demasiado.

En la c&#225;rcel no se hablaba m&#225;s que de usted, profesor Vergara Grey. Por supuesto que el Enano Lira aspira a una comisi&#243;n.

Una comisi&#243;n peque&#241;a, espero.

Sus ambiciones son mesuradas. Lira tiene un gran sentido del humor. Nos contaba historias del Enano Monterroso.

A ver.

Por ejemplo, &#233;sta: Los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista.

El hombre se atus&#243; el bigote y fue hasta la ventana para no exhibir la sonrisa. Prefer&#237;a no admitir que estaba entreteni&#233;ndose con el rapaz, y tem&#237;a que cualquier debilidad lo hiciera sucumbir en una tentaci&#243;n.

Ser&#237;a oportuno desayunar. &#191;T&#233; o caf&#233;?

Yo, caf&#233; con leche. &#191;En serio me va a invitar?

Pedir&#233; que lo suban del bar. En tanto, habr&#237;a que buscar pancito fresco de la panader&#237;a.

Yo voy.

Te agradezco la gentileza.

&#191;Qu&#233; pancitos quiere?

Surtidos. Tomo un desayuno fuerte pero luego no almuerzo.

Comprendo.

Trae dos marraquetas, dos colizas, tres hallullas, tres flautas, cuatro tostadas, tres bollitos con grumos de cebolla y tres porciones de kuchen con fruta confitada y pasas.

A la orden, profesor. Perdone que lo moleste con una roter&#237;a, &#191;pero podr&#237;a pasarme un poco de dinero? Sal&#237; de la c&#225;rcel planchado.

El hombre extrajo un billete de cinco mil de su cartera y se lo puso a &#193;ngel enrollado en la oreja.

Ah&#237; tienes.

Naturalmente el pan corre por mi cuenta. Este pr&#233;stamo es a cuenta del bot&#237;n.

De los mil cien millones.

De mi parte de los mil cien millones.

El joven se dispuso a salir, pero el hamp&#243;n le cruz&#243; la pierna por delante.

&#191;C&#243;mo se le ocurri&#243; al Enano Lira que t&#250; y yo podr&#237;amos trabajar juntos?

El Enano Lira dijo: La t&#233;cnica y la experiencia de Vergara Grey y la energ&#237;a de &#193;ngel Santiago.

Es un elogio bastante melanc&#243;lico.

El joven indic&#243; el mapa del asalto sobre la colcha.

&#191;Qu&#233; le parece as&#237;, a primera vista?

Se ve que hay trabajo aqu&#237;.

S&#243;lo tres a&#241;os. Al comienzo el chico ten&#237;a miedo de dejar huellas. No quer&#237;a dibujar nada, pues tem&#237;a que le robaran el fil&#243;n de oro. As&#237; que nos sent&#225;bamos en el patio de tierra, y me explicaba una y otra vez el plan dibujando con la ramita de un &#225;rbol. Cuando se acercaba un guardia, lo borr&#225;bamos con los pies. Les dec&#237;amos que est&#225;bamos jugando al Gato. Hasta que se me ocurri&#243; forrar los libros con papel de matem&#225;ticas. Una idea simple pero luminosa, &#191;no cree?

&#191;De modo que eres bueno para retener cosas que te dicen una sola vez?

No me tome por vanidoso, pero justo tengo ese talento. Voy a la panader&#237;a y vuelvo.

Avanz&#243; hasta el pasillo y all&#237; lo alcanz&#243; perentoria la voz del hombre:

Una curiosidad, se&#241;or Santiago. &#191;Qu&#233; es lo que va a comprar?

Pan, por supuesto.

&#191;Cu&#225;les?

El joven pesta&#241;e&#243; durante diez segundos, asom&#243; una vez la punta de la lengua entre los dientes y luego dijo, rasc&#225;ndose la nariz:

Dos marraquetas, dos colizas, tres hallullas, tres flautas y cuatro tostadas, tres bollitos con grumos de cebolla y tres porciones de kuchen con fruta confitada y pasas.

Ve con Dios, chiquillo.

Y usted no se olvide de hacer lo suyo.

&#191;Lo m&#237;o?

Pedirme el caf&#233; con leche.



SIETE

Victoria tom&#243; el primer autob&#250;s de la madrugada, el mismo que llevaba a los alba&#241;iles de los barrios perif&#233;ricos a la zona de los ricos, y se apretuj&#243; contra el asiento, sin conseguir refugiarse del fr&#237;o. Los hombres iban con el pelo mojado, las bufandas envueltas hasta las narices, y casi todos tra&#237;an una bolsa de lona donde llevaban un s&#225;ndw&#237;ch y un termo con caf&#233; para el almuerzo.

Al descender en la esquina del colegio, estuvo a punto de sobrevenirle un desmayo: pese a haber le&#237;do muchos art&#237;culos sobre los riesgos de la anorexia, sab&#237;a muy bien que unos gramos de m&#225;s pod&#237;an frustrar la inspiraci&#243;n de un bardo o el salto hacia los brazos del partenaire, y prefer&#237;a el hambre a perder la figura de bailarina. Despu&#233;s del violento desahogo de anoche, &#193;ngel Santiago se hab&#237;a deleitado horas recorri&#233;ndole la piel, y ella se sinti&#243; m&#225;s flaca que nunca trabajada por esas manos rudas. Era como si fuera escribiendo algo sobre su piel con sus dedos &#225;speros, Y ella se dej&#243; hacer, sumisa a ese tacto protector.

Pero esa s&#250;bita influencia sobre su vida al mismo tiempo la desequilibraba. Hac&#237;a un mes que la hab&#237;an expulsado del colegio y ahora, en vez de ir a meterse en los cines rotativos tempraneros, estaba de vuelta ante el port&#243;n, tiritando y sin saber exactamente qu&#233; hacer en cuanto sonara la campana. Los argumentos de Santiago eran m&#225;s elocuentes que los silenciosos reproches de su madre: estaba en el &#250;ltimo a&#241;o del liceo, a cinco o seis meses del bachillerato, y no pod&#237;a permitir que le demolieran su vida por una crisis de rendimiento escolar.

Los maestros est&#225;n para ense&#241;arte, y si no lo logran, el fracaso es de ellos y no tuyo, hab&#237;a sentenciado &#193;ngel en su o&#237;do.

La chica le explic&#243;, sin mirarlo y habl&#225;ndole a la almohada, que muchas veces era incapaz de expresarse, que para ella desde lo m&#225;s nimio hasta lo m&#225;s profundo se transformaba en movimiento. Puedo bailarte una pena, pero no llorar&#237;a.

La Escuela Superior de Arte te exige bachillerato para entrar. &#201;sa deber&#237;a ser tu meta, la Victoria, o no tendr&#225;s otro destino que ser corista de espect&#225;culos fr&#237;volos o educadora de p&#225;rvulos. &#191;Te ves ense&#241;&#225;ndole a bailar Arroz con leche, me quiero casar a chiquillos moquillentos y a ni&#241;itas con mu&#241;ecas de trapo? &#191;T&#250; crees que tu padre aprobar&#237;a tanta desidia? Seguro que cuando lo mataron, &#233;l quer&#237;a para ti algo grande. &#161;Quer&#237;a la libertad de la gente!

Pero en vez de eso dej&#243; a mi madre esclava de m&#237;, viuda, pre&#241;ada -hab&#237;a dicho Victoria, d&#225;ndose vuelta-, desinteresada de s&#237; misma, de m&#237;, de la vida. &#161;Qu&#233; vienes t&#250; a hablarme a m&#237; de libertad.

&#193;ngel Santiago sonri&#243; ante esa frase. Es totalmente una min&#250;scula pendejada en la historia del universo que un grupo de maestritos te echen de la escuela pulverizando tu vida y cag&#225;ndose en el sue&#241;o de tu padre. Si es as&#237;, significa que los que lo mataron vencieron. Que te ganaron a ti. Que lo borraron del mapa.

Ella se hab&#237;a cubierto la cabeza con la almohada. No quer&#237;a o&#237;r sermones, dijo. Estaba harta de parlanchines y, sin embargo, ahora iba entrando al liceo con su uniforme azul desenterrado, sucio de jugos de frutas y derrames de l&#225;pices Bic- y con el bolso de cuero sobre el lomo y la vista en las baldosas del pasillo.

Fue la primera en llegar al aula. Desarrug&#243; su delantal de cuadritos azules y se lo puso, tratando in&#250;tilmente de plancharlo con las manos. Tom&#243; asiento en el mismo banco de siempre y vio nuevamente el nombre del bailar&#237;n Julio Bocca, el &#250;nico que hab&#237;a tallado ella con la punta del comp&#225;s entre los febriles homenajes que generaciones de chicas hab&#237;an hecho a sus &#237;dolos o noviecitos de ocasi&#243;n.

&#191;Te perdonaron? -le pregunt&#243; la rubia Ducci, al sentarse a su lado.

Tambi&#233;n las otras chicas la miraban desde sus pupitres.

No.

&#191;Y entonces qu&#233; haces aqu&#237;?

Voy a ver qu&#233; pasa.

Te van a echar a patadas. Eso es lo que va a pasar.

No tienen derecho. Estamos en una democracia y yo quiero estudiar.

El primer wamo era artes pl&#225;sticas y, seg&#250;n la chica pudo espiar en el cuaderno de croquis de su compa&#241;era, estaban estudiando las tendencias pict&#243;ricas del siglo XX.

La maestra les hab&#237;a repartido l&#225;minas fotocopiadas con una docena de im&#225;genes, y las estudiantes deb&#237;an explicar a qu&#233; escuela pertenec&#237;an y fundamentar con una frase por qu&#233;. Al pie de la p&#225;gina ven&#237;a el repertorio de posibilidades: expresionismo, surrealismo, puntillismo, impresionismo, cubismo., abstracto.

C&#233;zanne es cubista -le sopl&#243; la compa&#241;era-, porque distorsiona las figuras como si fueran vol&#250;menes geom&#233;tricos.

&#191;Por qu&#233; hizo eso? -pregunt&#243; Victoria.

Porque le dio la real gana. Todos los artistas que hacen lo que no se hab&#237;a hecho antes se transforman en fundadores de una escuela.

&#191;Y Dal&#237;?

&#201;se es surrealista. Por ejemplo, ah&#237; tienes el reloj derretido en el desierto. No es por el calor; es porque el tiempo es in&#250;til, sin frutos, como el desierto. &#191;Entiendes?

&#191;D&#243;nde aprendiste todo eso?

Aprendo lo que me interesa. En el n&#250;mero tres anota Van Gogh. &#201;se ve primero los colores y despu&#233;s las cosas. Cuando le mete las cosas que ve a los colores es como si las viera por primera vez.

&#191;Como el girasol?

Y eso que es una est&#250;pida fotocopia. Si lo ves en &#193;msterdam, te vuelas.

&#191;Has estado en &#193;msterdam?

&#161;Con qu&#233; ropa! Anota ah&#237; Van Gogh.

&#191;Qu&#233; vas a estudiar cuando termines el liceo?

Voy a trabajar. Secretariado biling&#252;e. Mi familia son unos muertos de hambre. Ll&#233;vale la carpeta a la maestra.

La se&#241;ora Sanhueza pose&#237;a unos bondadosos ojos verdes que rodaban sobre sus mejillas mofletudas, y sol&#237;a repartirles tareas a las chicas para evitar desplazar su amplio volumen por la sala y ser objeto de los chillidos de espanto que fing&#237;an las alumnas cuando su muelle trasero avanzaba entre las hileras de bancos. Mientras ellas trabajaban, la maestra se sumerg&#237;a en una revista con puzzles dedicados a la carrera de artistas de cine. Compart&#237;a con sus alumnas el fanatismo por Hugh Grant, pero se consideraba a s&#237; misma m&#225;s cercana a un gal&#225;n maduro tipo Richard Gere.

Una vez hab&#237;a participado en un test televisivo del doble o nada y hab&#237;a estado a punto de ganar cien mil pesos con vida y obra de Jeremy Irons, y justo fall&#243; en la pregunta de cu&#225;l era el reparto completo de mujeres que lo hab&#237;a acompa&#241;ado en La casa de los esp&#237;ritus. Haberse ca&#237;do justo con un tema chileno la enferm&#243; de reumatismo dos semanas, per&#237;odo en el cual no mir&#243; a nadie a los ojos.

&#191;Terminaste ya? -se asombr&#243; ante la hoja de Victoria.

S&#237;, maestra.

Revis&#243; los cuadros y sus comentarios y los marc&#243; con un l&#225;piz Faber.

Est&#225; todo correcto.

Al buscar el nombre de la alumna en el cuaderno de clases para estamparle la nota m&#225;s alta, encontr&#243; que su nombre estaba eliminado con un feroz ray&#243;n rojo.

&#161;Mijita! -exclam&#243;-. Usted no existe. Vea aqu&#237;: Expulsada por reiterado mal rendimiento el 20 de mayo.

La chica sonri&#243; inocente:

Fui y volv&#237;, maestra. Y en cuanto a mi rendimiento, usted puede ver que ya no soy la misma.

Un siete en historia del arte es un golpe a la c&#225;tedra, preciosa. Rara vez le doy a alguien la nota m&#225;s alta.

Es que he madurado, maestra. Antes no sab&#237;a qu&#233; hacer con mi vida. Ahora lo &#250;nico que quiero es estudiar. Ganar una beca. Ir a la universidad.

La maestra asinti&#243;, puso otra vez la exitosa hoja sobre el cuaderno de clases y compar&#243; las notas anteriores con &#233;sta.

&#191;Y qu&#233; le gustar&#237;a estudiar, jovencita?

Pedagog&#237;a en artes pl&#225;sticas -exclam&#243;.

No supo c&#243;mo ni de d&#243;nde le hab&#237;a salido esa frase, pero le pareci&#243; incre&#237;ble que la hubiera pronunciado. Asoci&#243; ese desatino con un recuerdo fugaz de &#193;ngel. &#191;As&#237; como la rubia Ducci le hab&#237;a soplado en un santiam&#233;n las respuestas correctas, ahora su amigo la hab&#237;a hipnotizado para hacerle pronunciar tama&#241;a barbaridad?. Si el rostro de madame Sanhueza era de suyo dulce, ahora hab&#237;a ascendido a las glorias de lo almibarado.

&#191;En serio, chiquita?

En serio, maestra.

Nunca nadie en mi larga vida hab&#237;a optado por mi profesi&#243;n. Quiz&#225;s porque he sido una mala docente, &#191;no?

Todo lo contrario, maestra. Es justamente su dedicaci&#243;n a nosotras lo que me ha inspirado.

Como profesora de liceo nunca ganar&#225;s plata y te saldr&#225;n canas.

&#161;Tengo s&#243;lo diecisiete! Usted comprender&#225; que por ahora me puedo re&#237;r de las canas. Lo que me importa es seguir mi vocaci&#243;n.

Se puso la mano en el pecho como quien jura fidelidad a la bandera. La se&#241;ora Sanhueza borr&#243; de un manot&#243;n la l&#225;grima que despunt&#243; en sus ojos.

A las diez de la ma&#241;ana era la pausa larga. Las chicas la usaban para bostezar en los corredores, narrar confidencias sobre sus amigos, intercambiar m&#250;sica bajada de sus ordenadores, fumar en los ba&#241;os, aplicarse ung&#252;entos contra el acn&#233;, intentar hacer la tarea pendiente para la clase siguiente, y coquetear con el profesor de franc&#233;s, apenas cinco a&#241;os mayor que ellas y con un aire a lo George Clooney que las desestabilizaba epid&#233;rmicamente.

En tanto, la se&#241;ora Sanhueza hab&#237;a invocado cierto reglamento del Ministerio de Educaci&#243;n solicitando que todos los maestros se convocaran en el bufete de la directora para tratar el caso de la alumna Victoria Ponce, un asunto de vida o muerte.

En la oficina, llena de cuadros al &#243;leo de pr&#243;ceres de la patria y rectoras de la instituci&#243;n, la chica fue sentada en el medio, el preciso punto donde brillaba a esa hora una l&#225;mpara de l&#225;grimas modesta pero lo suficientemente rellena de buj&#237;as como para espantar la miseria de ese invierno.

La maestra expuso sus argumentos con una vivacidad y energ&#237;a que trajo color a sus mejillas blancas y mofletudas: el castigo que justamente le hab&#237;a aplicado la comunidad acad&#233;mica a Victoria Ponce hab&#237;a causado su efecto, y la oveja negra volv&#237;a al redil no s&#243;lo compungida por su antigua conducta, sino plet&#243;rica de deseos de estudiar, ansias de superaci&#243;n, obediente y cort&#233;s con sus profesoras, cordial y solidaria con sus compa&#241;eras de pupitre.

No s&#243;lo eso: acababa de deslumbrarla con una tarea de historia del arte consumada con tal maestr&#237;a que, por primera vez en ese a&#241;o, su pluma hab&#237;a estampado en el libro de clases la m&#225;xima calificaci&#243;n en Chile: un siete.

&#191;Qu&#233; nos quiere decir en definitiva, profesora Sanhueza?

Creo que para todos est&#225; claro que a esta ni&#241;ita hay que levantarle la expulsi&#243;n.

La directora hizo girar una sonrisa ir&#243;nica en el cuerpo docente.

&#191;Ha considerado usted que la alumna Ponce fue separada del colegio tras dos suspensiones m&#225;s el ultim&#225;tum de la expulsi&#243;n? &#191;Que sus apoderados ni siquiera se aparecieron por el colegio para notificarse del p&#233;simo desempe&#241;o de su hija, floja y rebelde?

La maestra Sanhueza se alz&#243; del asiento con un dedo impugnador.

Usted bien sabe, se&#241;ora directora, que su padre no pudo venir porque fue asesinado en la puerta de esta misma escuela, donde fue un gran maestro. Desde entonces parece que todos en el colegio estuvi&#233;ramos chupados por el miedo.

La directora hizo un gesto de fastidio y mir&#243; la l&#225;mpara pidiendo paciencia al cielo.

&#161;Qu&#233; miedo ni qu&#233; ocho cuartos! Eso sucedi&#243; hace diecisiete a&#241;os y desde hace diez a&#241;os hay en Chile democracia. Hasta cu&#225;ndo le vamos a seguir echando la culpa de todo a Pinochet. &#161;Esta ni&#241;ita ni siquiera conoci&#243; a su padre!

Un tono granate y una violenta transpiraci&#243;n estallaron en la frente de la profesora de dibujo.

&#161;Pero conoci&#243; su ausencia! -jadeando, mir&#243; a todos y cada uno de sus colegas y esper&#243; cualquier r&#233;plica con la alerta de una fiera a punto de saltar sobre su v&#237;ctima.

Los profesores bajaron d&#243;ciles las miradas y s&#243;lo el docente de matem&#225;ticas, Berr&#237;os, habl&#243; mientras controlaba que sus u&#241;as estuvieran limpias y bien cortadas.

Tengo gran simpat&#237;a por su elocuencia algo pat&#233;tica, madame Sanhueza. Pero el rendimiento en mi materia de esta se&#241;orita es inferior al de una alumna en la escuela primaria. Dudo que sepa las tablas de multiplicar.

A ver, mi amor -se dirigi&#243; la maestra a Victoria-. &#191;Cu&#225;nto es nueve por nueve?

Ochenta y uno, maestra.

La dama hizo una pausa triunfal, del tipo abogado defensor que entrega ahora a su cliente al examen del fiscal.

Era una forma de decir -suspir&#243; Berr&#237;os-. No sabe nada de &#225;lgebra.

&#191;Sab&#237;a &#225;lgebra Picasso?

&#161;Qu&#233; s&#233; yo!

&#191;Y Dal&#237;?

No creo. &#201;se estaba loco de bola.

&#191;Y para qu&#233; necesita saber &#225;lgebra la alumna Ponce, que s&#243;lo aspira a ser una humilde profesora de artes pl&#225;sticas?

&#161;Pero hay un curr&#237;culum b&#225;sico, profesora! No tiene la menor importancia que un arquitecto confunda el h&#237;gado con el ri&#241;&#243;n, pero cualquier persona civilizada tiene que conocer el sistema sangu&#237;neo!

La sangre sabe mejor lo que hace que usted. El aire va y viene por sus pulmones sin que usted se d&#233; cuenta. Los perros y los p&#225;jaros no necesitan clases de educaci&#243;n sexual para aparearse.

Berr&#237;os se tap&#243; la cara con un pa&#241;uelo.

Me da verg&#252;enza estar aqu&#237;. O&#237;r sus argumentos me rebaja, me degrada, profesora Sanhueza.

&#193;lgebra aprende cualquiera, colega. Pero el Moulin Rouge s&#243;lo lo pudo pintar Totilouse-Lautrec.

La directora golpe&#243; las palmas de sus manos interrumpiendo los alegatos. El reloj le indicaba que el recreo terminar&#237;a sin que hubiera desayunado. Los otros maestros parec&#237;an impacientes.

&#191;Qu&#233; dicen, colegas? &#191;Le damos otra oportunidad a la alumna Ponce?

Entretenidos o abrumados por otro tipo de problemas, los maestros se alzaron de hombros.



OCHO

Durante una semana, Vergara Grey marc&#243; un par de veces al d&#237;a el n&#250;mero de tel&#233;fono de Teresa Capriatti. Cuando le contestaba, &#233;l literalmente rezaba su nombre, y ella proced&#237;a a cortar la comunicaci&#243;n. Varias veces fue v&#237;ctima de la misma dosis, y en tres ocasiones su esposa le pidi&#243; simplemente que no volviera a llamar nunca m&#225;s, y culmin&#243; el rechazo con un golpe del auricular sobre la tecla.

El desprecio le produc&#237;a tal desconcierto que no atinaba sino a mezclar el mazo de naipes en su habitaci&#243;n, so&#241;ando con un golpe de suerte. Al anochecer atravesaba al local de Monasterio, quien le indicaba al barman que le sirviera a su socio un vodka con jugo de naranja, y pretextando algo urgente que resolver, le farfullaba que la pr&#243;xima semana hablar&#237;an largo y tendido sobre tantas cosas pendientes.

S&#243;lo una cosa pendiente cuenta -dijo Vergara Grey, cogi&#233;ndolo sin amabilidad de la solapa, al mismo tiempo que lo alzaba del piso-. Mitad y mitad. 0 en buen chileno, miti mote. &#201;se fue el acuerdo y quiero que lo respetes.

No necesitas record&#225;rmelo, Nico. Repartiremos lo que haya fraternalmente.

Fraternalmente, no, Monasterio. Fifty-f&#205;fty.

Despu&#233;s se daba algunas vueltas por las calles vecinas y pod&#237;a comprobar que el repertorio de ni&#241;as hab&#237;a cambiado en los &#250;ltimos cinco a&#241;os. Casi todas eran frescas, juveniles, y a modo de uniforme, luc&#237;an un peto y pantalones jeans, encima de los cuales se asomaban los slips. Entre ambas prendas brillaba una argolla prendida del ombligo que coronaba una piel tersa exenta de gramos. Desde los senos hasta el vientre, la vista de los hombres resbalaba como en una tersa pista de patinaje.

&#201;se era un barrio para muchachas prolijas. Beb&#237;an s&#243;lo agua mineral sin gas con sus clientes, y en las pausas se hac&#237;an llevar a la mesa un par de hojas de lechuga con un tomate, sin sal, ni aceite, ni vinagre, ni la sombra de un ali&#241;o.

Cenaban en trance, mascando lentamente, cual si esa merienda desprovista de calor&#237;as fuera caviar.

Las hero&#237;nas de su tiempo de hamponaje hab&#237;an abandonado el campo de batalla heridas por los kilos y las arrugas. De seguro no sab&#237;an usar los compact disc, players port&#225;tiles ni ser&#237;an capaces de entonar las canciones de moda en ingl&#233;s como lo hac&#237;an estas bellezas de Providencia que seduc&#237;an a los prepotentes ejecutivos. Mientras m&#225;s observaba el ambiente, m&#225;s lo her&#237;a la soledad. Se hab&#237;a imaginado su libertad tan distinta, que hubo alguna noche en que sinti&#243; nostalgia de la penitenciar&#237;a.

El s&#225;bado, despu&#233;s de echarle una mirada al dibujo de un ascensor que inclu&#237;a el croquis del Enano Lira, tom&#243; resignado el tel&#233;fono y dig&#237;t&#243; el n&#250;mero de Teresa Capriatti anticipando el dolor que le provocar&#237;a su rechazo. Pero esta vez la mujer no lo cort&#243;, aunque con tono estrictamente desinteresado le pregunt&#243; c&#243;mo estaba.

Bien, mi amor. Estoy muy bien.

Me alegro, Nico. Esta vez no colgu&#233; el tel&#233;fono porque t&#250; y yo tenemos que hablar.

Es lo que intento lograr desde hace una semana.

Se trata de algo importante que te concierne a ti, a m&#237; y a tu hijo.

Mi tr&#237;o de ases -sonri&#243; el hombre.

Lo hablaremos personalmente. Quiero que nos veamos ma&#241;ana de una vez por todas.

&#191;Nos juntamos a almorzar?

No. Un almuerzo tarda mucho. Es mejor que nosveamos a la hora del t&#233;. Es menos complicado.

&#191;D&#243;nde?

Hay un sal&#243;n de t&#233; en Orrego Luco, al llegar a la Costanera. Se llama Flaubert. Ir&#233; con Pablito ma&#241;ana a las cinco.

&#191;Seguro que ir&#225;?

&#201;l no quiere verte para nada, pero como se trata de algo importante

Es mi hijo. No deber&#237;a tener esa actitud.

Le has hecho mucho da&#241;o, Nico.

&#191;Yo? &#191;A &#233;l? &#191;Al ser que m&#225;s quiero en el mundo? &#191;Yo, da&#241;o?

Trata de calmarte, si no el encuentro no tendr&#225; lugar.

Est&#225; bien. Es mejor que discutamos eso personalmente.

El Flaubert es un lugar decente. T&#243;malo en cuenta.

&#191;Qu&#233; quieres decir?

Bueno, la gente se fija en c&#243;mo uno va vestido.

Comprendo.

La moda ha cambiado. En fin, t&#250; sabr&#225;s a qu&#233; atenerte.

Al colgar, se precipit&#243; escaleras abajo, atraves&#243; la calle hasta el local del socio y le pidi&#243; a la cajera que le pasara algo de dinero. &#201;sta le dijo que a esa hora tempranera no hab&#237;a dinero en los cajones. La plata se encerraba la noche del viernes en la caja fuerte y el lunes ven&#237;a el furg&#243;n de Seguranza a llevarla al banco.

El hombre dijo que quer&#237;a una cantidad modesta, unos doscientos mil pesos para una chaqueta de corte moderno, una corbata de seda y una buena camisa de rayas, tipo ingl&#233;s. La cajera apret&#243; el bot&#243;n electr&#243;nico y pudo exhibir que en su registradora no hab&#237;a sino monedas para dar un eventual cambio por compra de cigarrillos o alg&#250;n vodka sour de un borrachito madrugador.

Acarici&#225;ndose el bigote, Vergara Grey quiso saber d&#243;nde estaba la caja fuerte y cu&#225;l era la clave. Sonriendo, la mujer le aclar&#243; que ignoraba meticulosamente los n&#250;meros para abrir el tesoro, pero que el armario met&#225;lico, de unos doscientos kilos, se encontraba en la pieza contigua remachada con pernos al piso y la pared.

Ech&#233;mosle una mirada -pidi&#243; el hamp&#243;n, gui&#241;&#225;ndole un ojo.

Con todo gusto, Nico. S&#243;lo que te puedo asegurar que esa estructura es inviolable.

No lo dudo. Es s&#243;lo por curiosidad.

Frente a la caja de fondos, Vergara Grey suspir&#243; profundo. &#161;Cu&#225;ntas veces se hab&#237;a visto enfrentado a esas estructuras tras filtrarse por corredores laber&#237;nticos de bancos o tiendas comerciales y se hab&#237;a tenido que devolver humillado por la derrota, incapaz de acertar con la combinaci&#243;n para abrirla! Ese modelo ten&#237;a cierto encanto. Al centro pesaba una suerte de tim&#243;n tradicional al que habr&#237;a que maniobrar para que cediese la primera l&#225;mina de acero, y por cierto que adentro no faltar&#237;a un sistema electr&#243;nico, quiz&#225;s ligado a una alarma, que requerir&#237;a una voluntariosa carga de dinamita o acaso la fina digitaci&#243;n de min&#250;sculos destornilladores.

Hizo girar a izquierda y derecha el tim&#243;n, lo reubic&#243; en su centro, acerc&#243; el o&#237;do a la caja de combinaciones y comprob&#243; con una sonrisa que la m&#250;sica de ese mecanismo no le era ajena. Si mal no recordaba, estar&#237;a frente al mismo modelo Scliloss de la joyer&#237;a Petzold en el conflictivo mes de setiembre de 1973.

Los due&#241;os hab&#237;an izado la bandera chilena en el m&#225;stil de su tienda para expresar su complacencia con el golpe militar que derrocaba al socialista Allende y se hab&#237;an ido a su mansi&#243;n en la costa de Zapallar a esperar que los soldados terminaran de matar izquierdistas por las calles.

Esa misma bandera hab&#237;a sido la inspiraci&#243;n para subirse la noche del mi&#233;rcoles 12 de setiembre con un taladro al techo de la joyer&#237;a y, sin preocuparse del estruendo que provocaba su perforaci&#243;n -ruido congruente con los bombardeos y balazos que quemaban la ciudad-, abri&#243; un forado que le permiti&#243; de un solo salto caer sobre la caja fuerte. Hab&#237;a sido la faena m&#225;s r&#225;pida y mejor cubierta de su vida.

Cuando los due&#241;os fueron a la polic&#237;a a quejarse de la desaparici&#243;n de sus joyas m&#225;s valiosas, el capit&#225;n los vej&#243; llam&#225;ndolos mezquinos mercanchifies que le ped&#237;an un mero tr&#225;mite policial mientras ellos arriesgaban la vida luchando contra los terroristas de Allende. Les dijo que salieran de inmediato de la comisar&#237;a si no deseaban ser internados a un calabozo donde la sangre de los torturados empapaba el piso de cemento.

Calcul&#243; que con sus tres destornilladores de joyero, m&#225;s la peque&#241;a pinza dental, podr&#237;a despanzurrar la caja fuerte de Monasterio en cosa de dos horas, siempre y cuando la cajera y los borrachitos matutinos le permitieran trabajar tranquilo.

Elsita -le dijo a la cajera-, si yo le entro un par de horitas a la dama aqu&#237; presente, &#191;qu&#233; conducta asumir&#237;as?

Tendr&#237;a que avisarle a Monasterio, Nico.

&#191;Sabes que tu patr&#243;n tiene una deuda conmigo?

Todo el mundo lo comenta.

&#191;Ah, s&#237;? &#191;Qu&#233; dicen?

Que se trata de mucha plata.

&#191;De cu&#225;nto?

T&#250; te quedaste callado y las especies robadas no se recuperaron. Si fueron bien vendidas en el mercado internacional, debe de tratarse realmente de mucha plata.

&#191;Y por qu&#233; no encerraron a Monasterio si todo el mundo conoce la historia?

De eso no quisiera hablar, Nico.

Han pasado tantos a&#241;os. H&#225;blame de esto como si fuera una leyenda, una pel&#237;cula que alguien te cont&#243;.

Es que no puedo tomarlo tan a la liviana, porque yo misma tuve algo que ver con la historia. Para que me puedas entender: hace diez a&#241;os, yo ten&#237;a diez kilos menos de peso y manten&#237;a a raya las arrugas con maquillajes que me tra&#237;a mi sobrina del Duty Free del aeropuerto.

&#191;Y eso?

Te quiero decir que Monasterio se fijaba en m&#237;.

&#191;Eras su amante?

&#161;Ay, &#233;sa es una palabra como tan cochina!

Eras su amiga.

Su amiga.-&#237;ntima. -Podr&#237;a decirse. Pocos meses despu&#233;s del Golpe en que ca&#237;ste, era necesario reducir las joyas. Pero hab&#237;a que hacerlo de manera astuta.

La cajera pareci&#243; de pronto advertir que hab&#237;a hablado demasiado. Fue hasta el refrigerador y extrajo dos botellas de agua mineral. Le puso a cada vaso una rebanada de lim&#243;n de Pica e invit&#243; al hombre a brindar. Despu&#233;s bebi&#243; largamente y humedeci&#243; la lengua en el l&#237;quido que se hab&#237;a posado en sus labios.

Si te cuento todo esto es por Monasterio. Quiero que lo sepas para que sigan siendo amigos. Eres m&#225;s que un socio para &#233;l. Te considera un hermano.

&#191;Qu&#233; pas&#243; con las joyas?

Tuvo el soplo que los detectives vendr&#237;an a apretarlo y se le ocurri&#243; la genial idea de adelant&#225;rseles. Pidi&#243; ver a la primera dama, le llev&#243; la mitad del bot&#237;n y regal&#243; las joyas para la reconstrucci&#243;n del pa&#237;s que hac&#237;an los militares.

&#161;Dios m&#237;o!

Eso le permiti&#243; quedarse con la otra mitad sin que volvieran a molestarlo. Yo quiero a Monasterio y no me gustar&#237;a que por cosa de pesos m&#225;s, pesos menos una amistad terminara.

&#161;Pesos m&#225;s pesos menos! &#161;Me condenaron a diez a&#241;os de c&#225;rcel!

&#201;l hizo lo que pudo por ti.

&#191;Por ejemplo visitarme en la c&#225;rcel?

Le mand&#243; por v&#237;a indirecta todos los meses una suma a Teresa Capriatti.

&#191;Qu&#233; v&#237;a indirecta, Elsa?

La v&#237;a indirecta la est&#225;s viendo directamente.

La mujer puso sobre el mostrador un talonario de cheques y detect&#243; la fecha desde un calendario con una imagen de la Virgen Mar&#237;a y el Ni&#241;o Jes&#250;s que hac&#237;a publicidad a una f&#225;brica de velas: Luminosas de punta a punta.

&#191;Qu&#233; vas a hacer?

Extenderte un cheque para sacarte del apuro.

Elsa, soy un hamp&#243;n, pero no un cafiche. S&#243;lo quiero que Monasterio me entregue lo que leg&#237;timamente me pertenece.

La mujer sonri&#243; mientras intentaba sacarle pasta al Bic rayando un peri&#243;dico.

&#191;Qu&#233; te causa tanta gracia?

La palabra leg&#237;timamente, Nico. &#191;Con cu&#225;nto te las arreglas?

&#161;No quiero caridad te digo!

No es caridad, maestro: es un anticipo.

Vergara Grey se acarici&#243; la barbilla, luego el bigote, en seguida una sien, y concluy&#243; solemne:

Planteado en esos t&#233;rminos, me parece un trato honorable.

&#191;Doscientos alcanza?

Pon ah&#237; trescientos.



NUEVE

En el mundo de los hampones s&#243;lo funciona la violencia o la paciencia. La primera te har&#225; rico o te traer&#225; de vuelta a la c&#225;rcel, la segunda te mantendr&#225; pobre pero libre, hab&#237;a dictado c&#225;tedra el Enano Lira.

A medida que pasaba el tiempo, la pobreza se le hizo insoportable.

Quer&#237;a llegar hasta el estudio de ballet y luego invitar a su hermanita a alg&#250;n restaurant chino y enterarse de su aventura en el colegio. Si le hab&#237;a ido bien, le propondr&#237;a tras la cena una noche de amor. Pero una en forma, con camas y petacas.

Quer&#237;a borrar esa imagen de amante atolondrado que dispara alocadamente su esperma sin preocuparse de procurarle placer a su amiga. Se consolaba con su autoexplicaci&#243;n: esa descarga era pura energ&#237;a acumulada en meses de fantas&#237;as y deseo sin ver otras mujeres salvo las modelos de revistas satinadas en las paredes de los calabozos. Nadie ten&#237;a derecho a pedirle contenci&#243;n. Pero no le hab&#237;a confesado a ella que el viaje de ese d&#237;a no tard&#243; las cuatro horas del ferrocarril Talca-Santiago, sino las tres horas y dos a&#241;os desde la c&#225;rcel hasta el cine rotativo donde la conoci&#243;. Ella podr&#237;a haberse formado as&#237;, con justicia, la idea de un tipo arrogante y grosero.

Adem&#225;s, la chica le gustaba. En segundo lugar, el cuerpo, una pura delicia por donde lo pulsara: esas maravillosas nalgas disciplinadas con los ejercicios balet&#243;manos que evocaban sin esfuerzo a una nativa de Brasil y los palpitantes senos, que se endurec&#237;an s&#243;lo con el ritmo de su respiraci&#243;n.

Pero antes que nada lo seduc&#237;a su precariedad, esa indefensi&#243;n de alumna floja expulsada del colegio que rodaba por cines de barrio, aprovechando la calefacci&#243;n con mechero y parafina. All&#237;, hundida en un butac&#243;n, se interesar&#237;a menos por las haza&#241;as de los karatecas y los sabanazos er&#243;ticos que so&#241;ando con los ejercicios que har&#237;a en la noche cuando llegara a la academia de ballet.

Al verla en ese ambiente estaba claro que la chica deslumbraba y seduc&#237;a. A su alrededor se encontraban artistas a quienes no les era indiferente un pas de deux milim&#233;tricamente preciso o un torniquete de dichosa exaltaci&#243;n. Pero cuando la m&#250;sica paraba y se barr&#237;a la arena del circo, afuera estaba la calle, la incertidumbre, la madre depresiva, la pobreza, y -sac&#243; la cuenta con precisi&#243;n- &#233;l: &#193;ngel Santiago.

&#201;l. &#201;l era apenas un fulano con quien ella hab&#237;a tropezado. Un entrometido, hambriento, intruso, inseguro de su destino, pero al fin y al cabo alguien con quien hab&#237;a estado en la cama. La hab&#237;a sermoneado, medit&#243;, con la virulencia de un cura de aldea. No para fastidiarla, sino como un acto espont&#225;neo de su coraz&#243;n: desinteresado afecto. La mand&#243; fletada al colegio.

Necesitaba dinero, aunque fuera para llegar en autob&#250;s a la academia, y sent&#237;a las manos congeladas tanto por el fr&#237;o como por el terror de ser sorprendido birl&#225;ndole la billetera a alg&#250;n gordifl&#243;n en el metro y ser devuelto v&#237;a expreso a la correccional, donde el alcaide se sobar&#237;a las manos sabiendo que por un par de a&#241;os podr&#237;a ahorrarse las pesadillas de su asesinato.

No ten&#237;a otra posibilidad que la v&#237;a de la prudencia, y tras dos horas de merodear el cajero autom&#225;tico a la salida del Hip&#243;dromo Chile, comenzaba a desesperarse y a aburrirse. Se puso alerta.

Una mujer altiva y chillona hizo parar al taxi junto a la vereda, dej&#243; la puerta abierta y le grit&#243; al chofer que la esperara. Entr&#243; al peque&#241;o sal&#243;n jadeando, y digit&#243; el n&#250;mero de su clave dando pataditas de impaciencia contra la m&#225;quina. Justo cuando ella recib&#237;a el dinero, &#193;ngel Santiago se le acerc&#243; inocente y le pregunt&#243; si la m&#225;quina daba tambi&#233;n billetes peque&#241;os. La dama mir&#243; su fajo, comprob&#243; que no, y sin despedirse volvi&#243; corriendo al taxi. Cualquiera que fuese la prisa que agitaba a la se&#241;ora, hab&#237;a hecho exactamente lo largamente esperado por el joven: dejar la m&#225;quina abierta con la pregunta: &#191;Necesita algo m&#225;s?

&#201;l apret&#243; la tecla S&#237;, y pidi&#243; tentativamente cien mil pesos, que el dispensador le dio con prontitud y precisi&#243;n. Con el bulto en el bolsillo, estim&#243; prudente dejar a la m&#225;quina dialogando consigo misma, y no se llev&#243; la tarjeta de la dama s&#243;lo para no tentarse en otro tipo de fechor&#237;as para las cuales carec&#237;a de experiencia.

Al atravesar Vivaceta, un caballo volv&#237;a de su apronte, y el chico le hizo un cari&#241;o en la crin.

&#191;Es manso el rucio?

&#191;Mansito? Una taza de leche -replic&#243; el capataz.

&#191;Cu&#225;ntas carreras ha ganado?

&#191;&#201;ste? Una, cuando ten&#237;a tres a&#241;os. Pero est&#225; a punto de repetir la gracia porque ya cay&#243; al &#237;ndice 1.

&#191;Cu&#225;nto pone en mil doscientos metros?

Uno quince dos. Si baja un quinto esa marca, los gana.

&#191;Y en cu&#225;nto eval&#250;a el costo del rucio?

Estar&#237;a caro para trescientos mil. Pero m&#237;o no es.

Si le ofrezco cien mil, &#191;me lo vende?

Tampoco ofenda, joven. Hay caballos de seis a&#241;os que se han compuesto. Si lo vendo ser&#237;a robo.

Te lo compro en cien mil.

No ofenda, caballero. Este caballito tiene futuro.

&#237;ndice 1. Gan&#243; una cuando ten&#237;a tres a&#241;os. &#191;Cu&#225;ntos tiene ahora?

Ochito.

Ochito. Podr&#237;a ganar en el desierto de Antofagasta, pero olv&#237;date de Santiago.

&#191;Cu&#225;nto me dice que me ofrece, se&#241;or?

Ochenta mil.

&#191;Precio conversable?

Conversable. Se lo est&#225;s robando al preparador, as&#237; que te doy setenta mil y ni una palabra m&#225;s.

El preparador lo tiene como seda. Me va a matar.

Te doy sesenta mil al contado y olv&#237;date de lo dem&#225;s. &#191;Cu&#225;nto dijiste que pone en mil doscientos?

Uno diecis&#233;is. No le puedo mentir a su nuevo due&#241;o.

Camino a la academia, busc&#243; los senderos menos vigilados. Hab&#237;a olvidado preguntar por el nombre del rucio y en cierto modo eso le produc&#237;a felicidad, pues cuando uno nombra una cosa por primera vez la hace suya. Lo bautizar&#237;a con Victoria Ponce en la pila de alguna parroquia. Iba lento por Einstein hacia arriba, atento a la gu&#237;a de la Virgen del Cerro San Crist&#243;bal. En cuanto le dio largona, el rucio reaccion&#243; d&#243;cil y voluntarioso a sus apremios.

No hab&#237;a pasado una semana en libertad y el balance no pod&#237;a ser mejor: pose&#237;a una especie de caballo con el cual se dispon&#237;a a recorrer la ciudad palmo a palmo tal cual lo hab&#237;a hecho en los pastizales de Talca cuando ni&#241;o. Adem&#225;s, ten&#237;a una especie de novia, pues aunque no exist&#237;a nada formal entre ellos, hab&#237;a tenido lugar la apertura del marcador. Era preciso sumar tambi&#233;n esa especie de hotel que era el estudio al cual entraba clandestino por la noche, tras haberle hurtado una copia de la llave a la maestra.

Y por otra parte, contaba con una especie de fortuna que le alcanzar&#237;a para llevar a su espigada amiga a comer con palitos en el restaurant Los Chinos Pobres.

De los pocos elementos de su utop&#237;a estaba ya al menos en posesi&#243;n del rucio: un animal derrengado, de pelo opaco, ancho de caderas y gordo de ca&#241;as, pero al fin y al cabo, alguien que al igual que &#233;l so&#241;&#243; en la infancia ser pr&#237;ncipe en las pistas del mundo, aunque s&#243;lo supo desbarrancarse finalmente en una modesta serie &#237;ndice 1 para bestias de cualquier edad. Si la sociedad a los veinte a&#241;os les hab&#237;a bajado el tel&#243;n, &#193;ngel Santiago revertir&#237;a la suerte de ambos.

Enumer&#243; otra vez su arsenal para el futuro: mujer, caballo, golpe del Enano Lira y -&#161;trompeta m&#225;s redoble de tambores!- don Nicol&#225;s Vergara Grey.



DIEZ

Una hora antes de la cita, merode&#243; el sal&#243;n de t&#233; Flaubert, husme&#225;ndolo como un sabueso. Se acod&#243; en la balaustrada de una casa del frente, y estuvo un rato considerando el tipo de clientela, los coches de los cuales descend&#237;an y el aire de antiguos parroquianos. Dedujo que no era una clase de local para gente con la cual &#233;l convivir&#237;a, sino m&#225;s bien de aquella a la cual sol&#237;a robarle. Por otra parte, se alegr&#243; del buen gusto de Teresa Capriatti, y se atuvo a la convicci&#243;n de que la educaci&#243;n de su hijo estaba en buenas manos.

Pese a su postura altiva, sab&#237;a que podr&#237;a desmayarse. Tanto hab&#237;a trajinado la cinta roja del regalo que tra&#237;a para Pedro Pablo que ya se ve&#237;a deshilachada, como de segunda mano. No quiso verlos entrar antes que &#233;l, y huy&#243; hacia la vera del r&#237;o y fum&#243; dos cigarrillos, contemplando transcurrir el agua turbia sin fijar ning&#250;n pensamiento.

Desde hac&#237;a a&#241;os ven&#237;a preparando el discurso conciliatorio que les probar&#237;a que era un hombre digno y que nada en su actitud ni en sus planes lo devolver&#237;a a la delincuencia. Lo hab&#237;a intentado todo en la vida, y su decisi&#243;n por los valores de la &#233;tica y el trabajo honesto se fundamentaba nada menos que en la condena por una d&#233;cada. Si eso fuera poco, habr&#237;a que agregarle que fueron cinco a&#241;os completos sin su esposa y s&#243;lo con fugaces visitas de Pedro Pablo, un colegial que hac&#237;a la tarea de visitarlo con un talento insufrible para ocultar su desgano.

A las cinco horas cinco minutos hizo su entrada al Flaubert y el instinto lo llev&#243; directamente al lugar m&#225;s oculto y lejano del sal&#243;n de t&#233;, aquella mesa del fondo junto a la estufa, donde parec&#237;a concentrarse el olor de la pasticer&#237;a. Si siempre hab&#237;a pensado que Teresa Capriatti era la mujer m&#225;s bella de su vida, al verla all&#237; de un solo golpe, enfundada en un flexible traje sastre de color negro con el pa&#241;uelo perla en la garganta y el prendedor de su boda en la solapa, lo acometi&#243; la angustiosa sensaci&#243;n de que no la merec&#237;a.

La madurez no le hab&#237;a hecho da&#241;o. Al contrar&#237;o, las arrugas disfrazadas con el maquillaje y los gramos que rellenaban sus mejillas parec&#237;an haber completado su perfecci&#243;n. Y ahora vino, inoportuna, la sospecha de que tendr&#237;a un amante. Eso hizo que el soberano ex convicto llegara a la mesa con una sombra de dolor que le perjudic&#243; la sonrisa largamente preparada.

Alguien de la mesa vecina se lo qued&#243; mirando, hurgando en su memoria de d&#243;nde es que conoc&#237;a a ese hombre. Vergara Grey, cauto, se inclin&#243; sobre un p&#243;mulo de su esposa y deposit&#243; con unci&#243;n su beso. Esto, que para ella era un mero chasquido, para &#233;l lo era todo. Pedro Pablo se levant&#243; de la silla y su padre hizo adem&#225;n de abrazarlo. El hijo, no obstante, le tendi&#243; la mano, separando aguas. Se sent&#243; entre ambos, sin articular durante un minuto nada.

Nosotros ya pedimos dos aguas minerales.

&#191;Agua mineral? &#161;Pero si hay que celebrar este encuentro! &#161;Qu&#233; idea, pedir agua mineral!

T&#250; toma lo que quieras, pero nosotros pedimos agua mineral.

Vean entonces qu&#233; quieren comer.

No tenemos mucho tiempo, Nico. Lo de la comida dej&#233;moslo para otra vez.

Pero mira esos pasteles. &#191;C&#243;mo no se tientan?

El mozo trajo el pedido y encar&#243; al hombre.

&#191;Qu&#233; se va a servir, se&#241;or?

&#191;Yo? Un t&#233;.

&#191;De cu&#225;l?

Un t&#233;. Un tecito nada m&#225;s.

Es que tenemos una carta con treinta tipos de t&#233;.

El mozo se la extendi&#243; como proporcion&#225;ndole una estocada. Al considerarla pudo darse cuenta que esos nombres de infusiones orientales le dec&#237;an maldita cosa.

Tr&#225;igame la mezcla Flaubert.

Si, se&#241;or. &#191;Algo m&#225;s?

No s&#233;.

Hubiera sido deseable pedir algo que detuviera el tiempo, que moderara la velocidad de las cosas, pero no se le ocurri&#243; nada.

&#191;Un pastelito?

Eso es. Un pastelito.

Tenemos una gran variedad. Aqu&#237; tiene la lista. Torta de moca de l&#250;cuma, Selva Negra.

&#191;Qu&#233; quieren ustedes?

Estamos bien con el agua mineral.

Entonces tr&#225;igame a m&#237; tambi&#233;n una agua mineral.

&#191;Con gas o sin gas?

&#191;Qu&#233;? -se extra&#241;&#243; Vergara Grey, de pronto absorto en los puntapi&#233;s impacientes que su hijo le daba al mantel.

El agua mineral, se&#241;or.

Con gas, si fuera tan amable.

Al retirarse, la ausencia del impertinente garz&#243;n hab&#237;a establecido entre ellos un enredoso silencio.

Yo los quiero -dijo abruptamente el hombre-. Yo he venido para decirles que los quiero mucho, que ustedes son todo para m&#237;.

Teresa Capriatti llev&#243; hasta sus labios gruesos la copa de agua, y luego se sec&#243; la humedad de la boca con una servilleta de tela. Su esposo puso el paquete de regalo sobre la mesa y se lo ofreci&#243; al hijo.

Gracias -dijo el joven.

No. As&#237; no tiene gracia. Tienes que abrirlo, Pablito.

&#191;Es necesario? Todo el mundo nos mira.

Nadie se va a enojar porque abras un regalo.

Est&#225; bien.

El hijo intent&#243; un par de veces destrabar con las u&#241;as el nudo, y al no conseguirlo, cogi&#243; el cuchillo del servicio y cort&#243; la cinta de un solo impulso. Apart&#243; desprolijamente el papel y asinti&#243; sin emitir juicio.

&#191;Qu&#233; te parece?

Est&#225; bien.

Vergara Grey atrap&#243; de un zarpazo la mano de su hijo y logr&#243; que la depositara sobre el cuero del malet&#237;n.

P&#225;lpalo, hombre. Acar&#237;cialo. &#191;Sientes la nobleza del cuero?

&#201;l mismo le ilustr&#243; con sus dos manos el movimiento que le propon&#237;a. Despu&#233;s puso sus dedos sobre la mano del hijo y se la estrech&#243; con cari&#241;o.

Est&#225; bien. Es un buen malet&#237;n, gracias -dijo el joven, solt&#225;ndose de la caricia del padre.

Ahora te voy a ense&#241;ar la mejor parte: c&#243;mo se abre. Cada cerradura tiene un n&#250;mero clave. Muchos maletines los tienen, pero en este caso las cifras de ambos extremos difieren. T&#250; tienes que aprenderte de memoria los n&#250;meros, y s&#243;lo t&#250;, y nadie m&#225;s que t&#250; puede abrir el malet&#237;n. El n&#250;mero del lado derecho es la fecha del d&#237;a y del mes de tu cumplea&#241;os, y el del lado izquierdo el d&#237;a y el mes en que yo nac&#237;. Un pacto entre padre e hijo. Ahora &#225;brelo.

&#161;&#191;Aqu&#237;?!

Quiero ver c&#243;mo funciona. Si hay alg&#250;n defecto tengo la garant&#237;a. Puedo devolverlo.

Pedro Pablo se puso a manipular las claves y el padre sigui&#243; la ceremonia pronunciando sin volumen los n&#250;meros respectivos a medida que el joven avanzaba.

Si te olvidas de los n&#250;meros, puedes preguntarme.

&#191;Ad&#243;nde? -intervino Teresa.

El hombre se ech&#243; atr&#225;s en la silla, estupefacto. Estuvo medio minuto rasc&#225;ndose el bigote, y luego dijo, casi inaudible:

Es que yo hab&#237;a pensado que t&#250; y yo Es decir, t&#250; y yo y Pedro Pablo Tienes raz&#243;n, Pablito, te anoto la clave en un papel -corrigi&#243;, nervioso.

Sac&#243; una hoja de su peque&#241;a agenda e hizo amago de escribir. El hijo lo detuvo.

No es necesario que lo hagas. Ya aprend&#237; bien las claves. Por el lado derecho

Calla -dijo seco el padre, mirando alrededor-. &#201;se es un secreto entre t&#250; y yo. No lo digas nunca en voz alta. Si nadie se entera de las claves, nunca te podr&#225;n robar tus documentos.

Pablo se detuvo con una sonrisa suficiente, y luego se ech&#243; a re&#237;r a carcajadas, golpeando incluso la silla contra la pared.

&#191;De qu&#233; te r&#237;es?

&#161;Del malet&#237;n, hombre! Solamente a un ladr&#243;n se le ocurre regalar un malet&#237;n tan seguro.

Un repentino temblor sacudi&#243; las manos del hombre y se las apret&#243; bajo la mesa, entre las piernas, tratando de controlarse. Se sinti&#243; un bobo, cuando atin&#243; a decir:

&#191;No te gusta?

S&#237; me gusta.

El mozo vino con una taza, el agua mineral y un jarrito de porcelana que conten&#237;a la infusi&#243;n. Pedro Pablo hizo desaparecer el malet&#237;n de la mesa, abriendo espacio para que el garz&#243;n acomodara su servicio. Teresa Capriatti se sirvi&#243; un sorbo de agua y cuando Vergara Grey comenz&#243; a verter su l&#237;quido, resumi&#243;:

Nico, hay dos temas.

Oh, s&#237;. Hablar&#233; con Monasterio para que te suba la cantidad que te gira al mes. Todo en Chile ha subido enormemente.

&#191;Cu&#225;ndo hablar&#225;s con &#233;l?

Hoy mismo. &#191;Cu&#225;l es el otro tema?

Teresa Capriatti mir&#243; al hijo, &#233;ste se limpi&#243; con un r&#225;pido dedo la punta de la nariz, se abalanz&#243; confidencial sobre la mesa y extrajo un papel envuelto en pl&#225;stico del bolsillo de la chaqueta.

Nico, con la mam&#225; hemos decidido que me voy a cambiar el nombre.

No entiendo.

Vergara Grey. Quiero cambiar el nombre Vergara Grey.

&#191;Y c&#243;mo te quieres llamar?

Capriatti, como la mami. Es totalmente legal hacerlo.

Pero t&#250; eres mi hijo, Pablito. &#191;Por qu&#233; habr&#237;as de cambiarte el nombre?

Trae problemas.

&#191;Qu&#233; problemas?

Bueno, cada vez que te preguntan el nombre y t&#250; dices que te llamas Vergara Grey, todos me dicen Vergara Grey, como.

El joven hizo con la mano derecha el gesto de birlarle algo a alguien.

&#161;Ufl

Bueno, uno se siente raro. El otro d&#237;a postul&#233; a un puesto en la Citro&#233;n para aprender mec&#225;nica. Escrib&#237; el nombre y debajo ten&#237;a que poner la profesi&#243;n de mi padre

&#161;Contador! &#161;Tengo t&#237;tulo de contador!

Es mejor para m&#237; si me cambio el nombre, Nico.

&#161;Pero hay cientos de Vergaras y a ninguno se le ocurre cambiarse el nombre!

Pero hay un solo Vergara Grey. &#191;Por qu&#233; tu familia tuvo la idea pretenciosa de usar un apellido doble?

Para dejar en nuestra herencia el nombre de una famosa inventora inglesa.

&#191;Cu&#225;l?

Grey, hombre.

&#191;Qu&#233; invent&#243;?

Descoordinado, el hombre le puso otra vez az&#250;car al t&#233; y al beberlo hizo una mueca de disgusto.

&#191;Qu&#233; es esto, hijo? &#191;La Prueba de Aptitud Acad&#233;mica?

&#161;Le pregunto no m&#225;s!

Fue la reparaci&#243;n de una injusticia que se le ocurri&#243; a tu abuelo. Tu bisabuela, Elisha Grey, experimentaba en el campo de las comunicaciones. El d&#237;a 14 de febrero de 1876 fue hasta la oficina de Propiedad Intelectual para patentar un nuevo invento: el tel&#233;fono.

&#191;Grey?

Grey. Pero s&#243;lo pocas horas antes Bell hab&#237;a inscrito el mismo artefacto en otra ciudad. La bisabuela perdi&#243; el juicio y la patente qued&#243; a nombre de Bell.

Una historia de perdedores -sonri&#243; el joven.

As&#237; es.

Eres muy chileno, Nico. En vez de conmemorar los triunfos, celebras las derrotas. Lo mismo que nuestro h&#233;roe Arturo Prat; todo el mundo lo recuerda con cari&#241;o porque perdi&#243; el combate naval de Iquique contra los peruanos.

Teresa arrebat&#243; a Pablo el documento cuidado en una funda pl&#225;stica y lo extendi&#243; sobre el mantel.

El abogado ya llen&#243; los papeles. S&#243;lo falta tu firma.

La miop&#237;a hizo que Vergara Grey se inclinara sobre la mesa, y a medida que iba leyendo, su lengua se fue secando. Al terminar, ech&#243; la espalda en el respaldo del asiento y dese&#243; estar en una silla de ejecuci&#243;n y que el alcaide de la c&#225;rcel bajara la palanca el&#233;ctrica.

Despu&#233;s de carraspear, dijo:

Te has dado cuenta, muchacho, de que desde que estamos aqu&#237; nunca me has llamado pap&#225;?

El joven se alz&#243; de hombros y Teresa Capritti le extendi&#243; la pluma de oro que &#233;l le hab&#237;a regalado cuando cumpli&#243; cuarenta.



ONCE

Cerdo rnongoliano, Pollo shitan a la almendra, pato laqueado con fideos glas&#233;, congrio fonshul, camarones arrezadas, arrollado primavera, empreineta en ba&#241;o de soya, anaditas de ostiones, gallina shanghai en su jugo con base de hongos y callanipas, pato cinco sabores, alb&#243;ndiga con anab&#225;s, chopsu&#237; de verduras, y vino Santa Rita Estrella de Oro, khin Carmen y cabernet Undurraga fueron s&#243;lo algunos de los platos y vinos que les ofrecieron en Los Chinos Pobres.

Victoria Ponce se inclin&#243; por las bajas calor&#237;a, del chopsu&#237; y &#193;ngel Santiago por el furioso fervor del condimentado cerdo mongoliano. Ella fue por el agua mnieral Cacharxt&#250;n, &#233;l por una botella tres cuartos de tintci. Desde el dio de ballet hasta la plaza Brasil la hab&#237;a llevado sobre su rucio, a tranco lento y noche estrellada y Victoria tuvo que subirse la falda del jumper escolar para montar a horcajadas y despu&#233;s cubrirse desde la cintura y los muslos desnudos hasta los calcetines colegiales con el abrigo, jaspeado en gris.

Desde la ventana del segundo piso, exultante de dragones y farolitos rojos, pudieron mirar al rucios pacientemente atado a la palmera de la plaza Brasil y mtdisqueando el pasto, mientras algunos chiquilines le acariciaban la crin. Hab&#237;an pensado dispararse atropellados las novedades de los &#250;ltimos d&#237;as en cuanto se vieran, pero la ceremonia de montar el rucio y no tomar autob&#250;s, de meterse a un restaurant en vez de masticar un s&#225;ndwich r&#225;pido en la calle, y las inhibiciones propias de quienes comienzan a cuidar lo que dicen porque ya la otra persona les importa y temen desilusionarla o ahuyentarla con un desatino los hizo callar con hermetismo y sonrisas. Cuando los platos estuvieron vac&#237;os, y la ausencia de pan en el restaurant chino evit&#243; que sopearan la salsa para postergar el di&#225;logo, &#233;l le pregunt&#243; por el colegio.

Me aceptaron condicionalmente. De aqu&#237; a diez d&#237;as debo rendir un examen satisfactorio que cubra todas las materias en lo que va del a&#241;o.

&#191;Cosas como qu&#233;?

Ciencias naturales, historia universal, historia de Chile, educaci&#243;n c&#237;vica, &#225;lgebra, f&#237;sica, qu&#237;mica, franc&#233;s, ingl&#233;s.

Yo s&#233; algo de ingl&#233;s.

Dime.

One dollar, mister, please.

&#191;D&#243;nde aprendiste eso?

In Valpara&#237;so harbour.

&#191;En el puerto? &#191;Qu&#233; hac&#237;as all&#237;?

Arregl&#225;rmelas.

La camarera les trajo t&#233; jazm&#237;n y un par de bizcochos orientales con papelitos en su interior que pronosticaban el futuro del cliente.

&#191;Qu&#233; edad ten&#237;as entonces?

Siete u ocho.

&#191;Y tu padre qu&#233; hac&#237;a?

Se iba en los barcos.

&#191;Y t&#250;?

Me quedaba por ah&#237;.

Con tu madre.

Con varias madres. Escucha, Victoria. El ingl&#233;s que s&#233; no lo aprend&#237; en el Grange School, sino en las casas de putas.

La chica jug&#243; a revolver el t&#233; con la cuchar&#237;lla, aunque no le hab&#237;a puesto az&#250;car.

Me da pena lo que me cuentas.

No es necesario que me tengas compasi&#243;n. Me las he arreglado fen&#243;meno en la vida. Antes que un l&#225;piz para practicar caligraf&#237;a tuve un cuchillo en mis manos. S&#233; c&#243;mo pelar una naranja de un solo trazo sin que se raje ni un pedacito.

Bueno, muchos lo hacen. Yo misma lo hago.

&#191;Y sabes tambi&#233;n d&#243;nde un cuchillazo es m&#225;s eficaz?, &#191;si en el h&#237;gado, el pulm&#243;n o la vejiga?

En el coraz&#243;n, supongo.

Bueno, &#233;sas son palabras mayores. Si se trata de causarle problemas al cliente sin llegar a matarlo, un cuchillazo en el coraz&#243;n te puede costar cadena perpetua.

&#191;Por qu&#233; me cuentas todo esto?

Para que sepas que s&#233; de todo un poco: anatom&#237;a, idiomas, c&#243;digo penal

Deber&#237;as ir a la universidad.

Tengo otro plan. Ped&#237; cuatro deseos a Dios porque los tres tradicionales no me alcanzan.

Dime.

Hay uno que no te puedo contar.

Es algo malo.

Malo, pero no para m&#237;.

&#191;Le vas a hacer da&#241;o a alguien?

Algo de eso hay. Aunque da&#241;o es una palabra muy suave para describirlo.

Es un eufemismo.

&#161;Ah&#237; s&#237; que me pillaste!

Son figuras del lenguaje. Lo aprend&#237; en castellano. Eufernismo es una manera suave de decir algo fuerte. Por ejemplo, t&#250; le dices a un hombre gordo-gordo qu&#233; sanito te ves.

&#193;ngel Santiago se distrajo mirando la estatuilla de un buda sonriente envuelto en guirnaldas de colores.

Eso ser&#237;a una iron&#237;a -dijo despu&#233;s de un rato-. No un eufemismo,

Se puede usar un eufemismo de forma ir&#243;nica. No est&#225; prohibido. &#191;Cu&#225;les son los otros tres deseos?

Bueno, el caballo ya lo tengo.

&#191;D&#243;nde va a vivir?

Donde yo viva, por supuesto.

Es decir, &#191;d&#243;nde?

Tengo que darle una vuelta a eso. Por mientras, lo ofrecer&#233; como caballo carretero en el mercado.

Victoria acept&#243; una copa de vino y retuvo el l&#237;quido un rato en la lengua. Al beberlo sinti&#243; que un calorcillo le sub&#237;a hasta los p&#243;mulos.

T&#250; no tienes la cabeza en orden, &#193;ngel. Careces de prioridades. Es normal en la vida que una cosa vaya antes de la otra.

No me des lecciones sobre eso. En tu caso, el colegio deber&#237;a haber estado siempre primero que los cines rotativos.

El cine te hace so&#241;ar.

S&#237;, pero los que se la pasan so&#241;ando terminan mal del coco. Si uno no transforma sus sue&#241;os en realidad, va a dar al loquero. Menos mal que volviste al colegio.

Gracias a ti.

No me gustar&#237;a que fueras una amargada porque no pudiste hacer lo que quer&#237;as.

Hay que dar ese maldito examen. En la mochila cargo como diez libros. Me los tengo que aprender pr&#225;cticamente de memoria. Esta noche debo empezar.

Esta noche, no.

&#191;Por qu&#233;?

Ah&#237; estar&#237;amos entrando en el terna del tercer deseo.

&#193;ngel puso su mejor sonrisa en los labios, y tras apoyar los codos sobre la mesa clav&#243; el ment&#243;n entre las manos. La joven se arregl&#243; el pelo sobre la sien una y otra vez, corno si con esa caricia pudiera calmar las turbulencias en su vida.

No ten&#237;a certezas en ning&#250;n rubro: claro que su sue&#241;o era el ballet, el Municipal, el Col&#243;n de Buenos Aires, el Teatro de Madrid, el Metropol&#237;tan en New York. Ganas no le faltaban, y podr&#237;a inmolar todo lo dem&#225;s para alcanzar esa meta.

Pero para eso necesitaba el bachillerato, dinero, y talento. &#191;Qui&#233;n le aseguraba que ten&#237;a talento? La maestra del estudio, que repart&#237;a promiscuamente elogios a cada una de sus disc&#237;pulas como si fueran todas una Tarnara Kasarvina, una Isidora Duncan, una Martha Graham, una Margot Fonteyn, una Pina Bausch, una Anna Pav1ova, estaba m&#225;s provista de delirio que de objetividad, y su juicio val&#237;a callampa.

Cualquier mocosita de barrio de piel lisa, nalgas altivas y ombligo imp&#250;dico se sent&#237;a una profesional s&#243;lo por haber aprendido en su versi&#243;n m&#225;s fofa alguna coreograf&#237;a de Madonna o Shakira, y revoloteaba por los estudios de televisi&#243;n y las discotecas con la esperanza de que alg&#250;n productor de la tele la descubriera.

En cambio, nada que implicara el sofisticado ejercicio de a&#241;os que ella hab&#237;a hecho en la academia ten&#237;a la menor posibilidad en el mercado local.

Incluso no asociaba la danza con un trabajo rentado. Hab&#237;a visto a tanta gente venderse y comprarse para sobrevivir -ella misma, en primer lugar- que el baile cl&#225;sico o moderno le parec&#237;a un espacio sagrado que nada del mundo exterior pod&#237;a corroer: ni su madre depresiva, ni el asesinato del pap&#225;, ni los profesores que la despreciaban por su mutismo o desgano, ni la indolencia con que ganaba algunos miles para pagar la academia.

Si alg&#250;n d&#237;a llegara a bailar procesionalmente, aunque fuera en la sala cultural de una &#237;nfima municipalidad de provincias, no exigir&#237;a un honorario. La gratuidad era el triunfo del arte sobre los bellacos que traficaban muerte y fealdad en todas partes. El comercio no ten&#237;a derecho a proteger a las artes.

Si &#193;ngel Santiago quer&#237;a acostarse otra vez con ella, significaba que no la conoc&#237;a bien. Hab&#237;an compartido algunas horas, un revolc&#243;n en la colchoneta, y la inspir&#243;, con &#233;xito, para que volviera a clases. Estas nimiedades, en su mundo tan vac&#237;o, constitu&#237;an la relaci&#243;n m&#225;s intensa que hab&#237;a tenido en a&#241;os, si acaso no en toda su vida.

Antes de que esa convivencia fuera inevitablemente molida por el desamor, la pobreza, la groser&#237;a en su vida que &#233;l ignoraba, el estigma de su silencio at&#243;nito que s&#243;lo en la danza se redim&#237;a, acaso m&#225;s valiera echar ese incipiente amor al tacho de los desperdicios, como esa servilleta arrugada encima de la salsa del chopsu&#237;. &#191;Quieres que conservemos una dulce memoria de este amor? Pues am&#233;monos hoy mucho y ma&#241;ana dig&#225;monos &#161;adi&#243;s!

&#191;Y el cuarto deseo? -dijo muy suave.

Un campo. Grande. Con todo tipo de animales. Es decir, un zool&#243;gico: vacas y burros, pero tambi&#233;n pavos reales y cisnes de cuello negro.

En cambio, yo me veo viviendo en una gran ciudad. Par&#237;s, Madrid, NewYork.

New York te la hicieron mierda.

Pero la gente no se va a olvidar de eso. Yo no quiero olvidar lo que me pas&#243;. Siempre recordar&#233; a mi padre.

Te comprendo. Yo mismo s&#233; muy bien lo que es una obsesi&#243;n. Pero estoy a un paso de realizar mi sue&#241;o.

&#191;C&#243;mo?

Terminar&#233; de convencer a un gran hombre llamado Nicol&#225;s Vergara Grey para que se asocie conmigo.

&#191;En qu&#233;?

En una sola, &#250;nica y prodigiosa aventura que nos har&#225; ricos y que quedar&#225; en los libros del futuro.

&#191;Un asalto?

No, Victoria Ponce: una obra de arte.

Las vecinas de la plaza Brasil, encantadas con el caballo, le estaban ofreciendo tallos de alcachofa, y la bestia parec&#237;a agradecer azot&#225;ndolas con la cola, una acci&#243;n que provocaba la dicha de los ni&#241;os, que le pon&#237;an las cabezas para que el rabo se las despeinara.

&#191;C&#243;mo has estado, bien m&#237;o, rucio de mis ojos, compa&#241;ero m&#237;o? -salud&#243; literaria y versallescamente a su bestia antes de montarlo junto a su amiga, y conducirlo a paso lento hasta el pr&#243;ximo ret&#233;n de la polic&#237;a montada. Pidi&#243; a los carabineros que le permitieran amarrarlo en su corral, y se despidieron de los guardias y del animal con la promesa de ir a retirarlo al d&#237;a siguiente.

En la recepci&#243;n del hotel estaba atendiendo la cajera Elsa, y al ver llegar a la pareja, apag&#243; el peque&#241;o televisor que emit&#237;a el real&#237;ty show.

Buscamos alojamiento -dijo Santiago, mostrando los billetes sobre el mostrador.

&#191;La ni&#241;a es mayor de edad?

Es mi novia desde hace a&#241;os.

&#191;Cu&#225;ntos tiene?

Veinte.

A ver, mijita, &#225;brase el abrigo.

&#161;Con este fr&#237;o, madame! -protest&#243; Victoria.

0 lo haces o se van.

La chica se abri&#243; el sobretodo y no tuvo la ma&#241;a suficiente para disimular el jumper.

Pero si esta ni&#241;ita es una escolar. &#191;Quieres que me clausuren el hotel?

En primer lugar, tiene diecisiete cumplidos. Segundo, soy su hermano.

Peor todav&#237;a, pues, mijito.

Y tercero, venimos por recomendaci&#243;n de Vergara Grey.

La cajera se puso los lentes y mir&#243; un momento hacia el televisor apagado como si estuviera funcionando. Abri&#243; el libro de hu&#233;spedes y lo extendi&#243; para que la pareja inscribiera sus nombres.

Usted comprender&#225; que somos del equipo del maestro Vergara Grey. No podemos darle nuestros nombres verdaderos.

Eso ya lo hab&#237;a cachado.

Yo lo dec&#237;a para que no se le ocurriera pedirnos nuestras c&#233;dulas de identidad.

Soy una zorra con a&#241;os en esta guarida, precioso.

&#193;ngel Santiago puso el registro cerca de Victoria y le hizo una se&#241;a de que firmara,

Pon cualquier nombre.

&#191;El de mi profesora de dibujo? Se me ocurre ella por el cari&#241;o que le tengo.

Perfecto. &#191;C&#243;mo se llama?

Sanhueza. Elena Sanhueza. Le gustan mucho las pel&#237;culas con Jeremy Irons.

Les voy a dar la pieza contigua a Vergara Grey. No sean muy efusivos durante la noche para que el maestro pueda descansar.

La cajera hizo un adem&#225;n de alcanzarles la llave, pero recogi&#243; el gesto y la puso sobre sus labios haciendo una cruz.

Tienen que jurarme que si hay control de la polic&#237;a, ustedes dicen que entraron ilegalmente. Yo a ustedes no los he visto. Yo he visto al se&#241;or Enrique Guti&#233;rrez y a la se&#241;ora Elena Sanhueza, quienes se marcharon tras hacer sus cochinadas con rumbo desconocido. &#191;De acuerdo?

De acuerdo. P&#225;seme la llave, &#191;quiere?

En vez de concederle el pedido, la cajera se puso el artefacto sobre la nariz y lo aspir&#243; profundamente.

&#191;Es algo grande?

&#191;Qu&#233;?

Lo que planean con Vergara Grey.

Si no fuera algo grande, no trabajar&#237;a con &#233;l. &#191;0 usted me ve apeque&#241;ado?

Por ning&#250;n motivo. Pero si es algo verdaderamente grande, me gustar&#237;a participar. Dile a Nico que la cajera Elsa te lo pidi&#243;.

D&#237;gaselo usted misma. Yo no soy recadero de nadie.

Ella alz&#243; las cejas, hizo una mueca ofendida y colg&#243; la llave en el casillero.

Entonces vayan a echarse la cacha al Ej&#233;rcito de Salvaci&#243;n.

Angel Santiago advirti&#243; que Victoria se retiraba humillada hac&#237;a la puerta y puso una mano sobre el hombro de la conserje.

Est&#225; bien. Tratar&#233; de influir a su favor.

Porque si de favores se trata, &#233;l me debe varios.

As&#237; se lo dir&#233;.

Primer piso, tercera puerta a la derecha.

Preg&#250;ntame -le orden&#243; Victoria a las dos de la ma&#241;ana, justo cuando &#233;l lam&#237;a el interior de sus muslos.

Dame una tregua.

Por favor, cualquier cosa.

&#191;F&#237;sica?

Est&#225; bien.

&#191;Qu&#233; escribi&#243; Stephen Hawking y qu&#233; teor&#237;a propone?

Eso fue lo &#250;ltimo que repasamos, &#191;no?

Deber&#237;as acordarte.

Hawking escribi&#243; Historia del tiempo y dice que el tiempo no tiene comienzo ni fin.

Perfecto. Apart&#243; la s&#225;bana y fue lami&#233;ndole una nalga hasta las inmediaciones del ano.

&#161;Para ah&#237;, roto!

El joven sigui&#243; su ruta imperturbable y jug&#243; con la nariz entre sus piernas.

&#191;Qu&#233; pas&#243; en 1989 en la plaza de Tiananmen?

Hubo una masacre con militares y tanques en Pek&#237;n.

&#201;l ascendi&#243; con la cabeza hasta su pecho y dibuj&#243; c&#237;rculos alrededor de un pez&#243;n.

&#191;Qu&#233; es y qu&#233; forma tiene una aerol&#225;mina?

Son las l&#225;minas que sirven para el vuelo. Son planas en la base y curvadas en el tope, y cortan el aire creando presi&#243;n debajo, lo cual la ayuda a elevarse.

&#191;Qu&#233; pasar&#237;a con nuestros cuerpos si cambi&#225;ramos repentinamente de presi&#243;n atmosf&#233;rica?

Estallar&#237;an.

Perfecto. &#191;Cu&#225;l fue el lema de la vida de Ignacio de Loyola?

A mayor gloria de Dios,

Correcto. &#191;C&#243;mo se llamaba el primer arquitecto de las pir&#225;mides de Egipto?

Inihotep.

&#191;Qu&#233; es un milagro?

joven, indomable a cualquier por el m&#225;s rebelde de sus mechones negros.

Un suceso que ocurre contra las leyes de la naturaleza, realizado por intervenci&#243;n sobrenatural de origen divino.

&#191;Cu&#225;l es el nombre cient&#237;fico del aromo?

Acacia farnesiana.

&#191;Cu&#225;l es el compuesto org&#225;nico que cuando se acumula en el cuerpo produce gota y reumatismo?

El &#225;cido &#250;rico.

Es fant&#225;stico, Victoria. No has fallado ninguna.

Estudiando contigo resulta m&#225;s f&#225;cil. Se me graban las materias. &#191;T&#250; sab&#237;as todo esto?

&#161;Ni idea! Lo aprend&#237; ahora, mientras hac&#237;amos los ejercicios.

La muchacha le tom&#243; el pene y corri&#243; hasta el fondo su piel, dejando expuesto el glande. Se acerc&#243; a olerlo y aspir&#243; profundamente su olor.

Hace una semana ni siquiera exist&#237;as en mi vida. &#191;Qu&#233; te atrajo a m&#237;?

La primera vez no pude controlarme.

&#191;Qu&#233; quieres decir?

Me vine r&#225;pido y todo eso.

Eres un tonto. &#201;sas son bobadas machistas. Las mujeres no le dan tanta importancia.

Pues a m&#237; s&#237; me import&#243;.

Se ve que eso te comi&#243; el coco. Pero hoy

&#191;De veras acabaste esta noche?

&#191;No te diste cuenta?

En las revistas dicen que las mujeres fingen.

Dios m&#237;o, &#193;ngel Santiago. &#191;No te fijas que estamos flotando en un charco?

Est&#225; bien. &#191;Qu&#233; es la partenog&#233;nesis?

La reproducci&#243;n de seres vivos con ausencia del elemento masculino. A prop&#243;sito, &#191;usaste cond&#243;n?

Esta vez, no. La pr&#243;xima, seguro.

&#191;Y qu&#233; pasa si esta vez le acertaste?

Nunca pienso en c&#243;mo resolver un problema hasta que se presenta.

Es jodido para la mujer.

T&#250;

No quiero hablar de eso ahora. Geometr&#237;a.

&#191;Qu&#233; enuncia el teorema de Pit&#225;goras?

En el tri&#225;ngulo rect&#225;ngulo, la suma de los cuadrados construidos sobre los catetos es igual al cuadrado construido sobre la hipotenusa.

&#191;Qu&#233; es la bilis?

La secreci&#243;n del p&#225;ncreas.

Nombre de los hijos machos de Edipo.

Eteocles y Polinices.

S&#237;ntoma patogn&#243;mico de la intoxicaci&#243;n por mordedura de la Ara&#241;a del trigo.

Victoria se mont&#243; sobre el miembro de &#193;ngel y comenz&#243; a galoparlo buscando lentamente el roce de su cl&#237;toris.

No lo s&#233;.

S&#237; lo sabes.

Me da verg&#252;enza decirlo.

&#191;Y no te averg&#252;enzas de lo que est&#225;s haciendo?

Es que el lenguaje es sagrado. Mira todas esas palabras dando vueltas en el mundo. Me excitan.

No tienes necesidad de ser tan acad&#233;mica. Puedes perfectamente decir me calientan.

S&#237;, mi amor.

Atenci&#243;n. Acaba de debutar la palabra amor.

La chica apret&#243; los dientes, sorbi&#243; con los m&#250;sculos de la vagina el grosor de su pene y lanz&#243; su descarga sobre el vientre del amante.

Me hiciste acabar, bestia -dijo, derrumb&#225;ndose sobre su pecho.



DOCE

Seg&#250;n Fresia S&#225;nchez, due&#241;a de la panader&#237;a sita en el cruce de las calles Salvador Allende y General ScImeider de la poblaci&#243;n de San Bernardo, el hombre que cruz&#243; por su puerta en la madrugada, muy pegado a las paredes de adobe, como si tratara de deshacerse en las &#250;ltimas oscuridades de la noche, era propiamente Rigoberto Mar&#237;n.

Dijo que lo segu&#237;an una docena de perros callejeros olisqueando la tierra y el aire, como si quisieran detectar alg&#250;n peligro. Los quiltros estaban pose&#237;dos de un silencio fantasmal, concentrados en una tarea superior a mojar &#225;rboles o los postes de alumbrado.

Era la hora en que los obreros se iban a la esquina de la avenida para esperar los autobuses hacia las construcciones del centro, y fue notorio el contraste que Rigoberto Mar&#237;n hac&#237;a con ellos. &#201;stos ven&#237;an comenzando el d&#237;a; Mar&#237;n, terminando la noche.

No me hubiera gustado que entrara a mi tienda, pens&#243; la panadera.

Talupoco tuvo envidia de la persona que le abriera la Puerta. El hombre atra&#237;a la muerte como la carro&#241;a a los buitres. Terreno que pisaba era propicio para reyerta con cuchillos, hasta que un balazo pon&#237;a fin al alboroto y entonces aparec&#237;an los carabineros, a envolver en una bolsa pl&#225;stica al muerto y a interrogar con golpes a los testigos.

Era conocido en el barrio que Mar&#237;n deber&#237;a haber enfrentado varias veces el pelot&#243;n de fusilamiento y que s&#243;lo un decreto emanado de un presidente sentimental le hab&#237;a cambiado el destino por dos o tres perpetuas irrevocables. Si se hab&#237;a fugado de la penitenciar&#237;a y buscaba refugio en San Bernardo, pens&#243; Fresia S&#225;nchez, derramando las marraquetas doradas en el horno dentro de un enorme canasto de mimbre, el bandido proced&#237;a con astucia. Por una parte, nadie se atrever&#237;a a delatarlo, y por otra, un amplio repertorio de mujeres de distintas edades, desde adolescentes a abuelas, que se hab&#237;an visto beneficiadas por su intensidad sexual se esmerar&#237;an por protegerlo. Contaban que pose&#237;a un ardor matizado con una violenta ternura que las confund&#237;a y las excitaba.

Ella misma hab&#237;a tenido una madrugada de confidencias con la Viuda, quien recordaba con precisi&#243;n fotogr&#225;fica que, tras haber descargado su esperma, Mar&#237;n se hab&#237;a quedado casi una hora acarici&#225;ndola sin dejar de llorar. Aunque todos lo tem&#237;an en la poblaci&#243;n, las damas estar&#237;an dispuestas a permitir que sus aprehensiones se licuaran si el hombre las clavaba con la mirada y acertaba con el camino de la insistencia.

Hab&#237;a una excusa pr&#225;ctica para alentar la aventura: ninguna de las v&#237;ctimas del asesino hab&#237;a sido mujer, aunque en cierta ocasi&#243;n resultara difunto el marido de una de ellas. Lo que no obst&#243; para que, tras los funerales, la Viuda y Mar&#237;n tuvieran un revolc&#243;n en un hotel parejero de Conchal&#237;, entre flores f&#250;nebres y candelabros con velas a medio consumir. Porque a ti te quiero, y a &#233;l lo respeto, le diJo la mujer tras esparcir el decorado por la habitaci&#243;n.

La fogosidad de Mar&#237;n despertaba entre los hombres sornas algo menos l&#237;ricas. Dec&#237;an que el fulano era tan caliente que planchaba sus camisas con las manos.

Seg&#250;n Fresia S&#225;nchez, fue precisamente en la casa de ladrillos de la Viuda donde el criminal busc&#243; refugio. La prueba concluyente es que m&#225;s de diez perros se expandieron a rascarse el lomo desde el zagu&#225;n de la do&#241;a hasta la vereda del frente, molestando el paso de las carretelas que llevaban frutas al mercado y resistiendo sufridos los baldeos de agua helada con que las vecinas trataron de dispersarlos.

En el comedor de la Viuda, a&#250;n rigurosamente vestida de luto, hab&#237;a una repisa con san Antonio de Padua, y sobre la mesita redonda cubierta con un hule de motivos campesinos chilenos, un vaso hac&#237;a de florero para sostener dos margaritas. Mar&#237;n lo apart&#243; y dispuso un espacio donde derram&#243; un par de decenas de almejas y dos limones. Abri&#243; los mariscos descerrajando de un solo golpe de pu&#241;al las conchas y poniendo una gota c&#237;trica en la presa. Tras comprobar satisfecho que &#233;sta se encog&#237;a de frescura, se la puso en la lengua a la Viuda, quien la mastic&#243; con deleite antes de tragarla.

Obsesiones -dijo Mar&#237;n-. Durante los &#250;ltimos diez a&#241;os he so&#241;ado con un desayuno como &#233;ste.

&#191;Con mariscos chilenos?

Y contigo, Viuda. Te la jugaste conmigo.

Fue mi cuerpo el que habl&#243;. Estaba confundida de dolor y placer. S&#233; que Dios no me perdonar&#225; esta brutalidad.

Mar&#237;n indic&#243; hacia la repisa del santo con un gesto grave.

Has sido atenta con &#233;l. Todav&#237;a guardas esa foto del finado. En cambio, no hay rastros de m&#237;.

T&#250; no dejas fotos, Rigo; dejas llagas.

La mujer avanz&#243; hasta el hornillo y trajo agua hervida que volc&#243; en dos tazas de Nescaf&#233;. El hombre mastic&#243; con deleite otra almeja y apunt&#243; a la Viuda con el pu&#241;al, como si fuera una prolongaci&#243;n de su &#237;ndice.

Desde que sal&#237; a la calle, los pasos me trajeron solitos hasta aqu&#237;.

&#191;Te fugaste?

Algo por el estilo.

&#191;C&#243;mo es eso, Rigo?

Me dieron libertad condicional.

&#161;A ti! Toda la prensa inform&#243; de que tienes dos condenas perpetuas y cinco a&#241;os y un d&#237;a. No me puedes mentir a m&#237;. Te fugaste.

Lo hice por ti, Viuda. Nadie lo aprieta como t&#250; cuando lo tienes dentro.

La mujer puso su mano en la mejilla sin rasurar del delincuente. Se la acarici&#243; con ternura y luego le subi&#243; el labio de arriba y se qued&#243; mirando divertida la cavidad entre los dos dientes centrales.

No te voy a delatar.

Nadie en el mundo debe saber que estoy fuera. Si alguien se entera, soy hombre muerto.

&#191;Alguien te ha visto entrar aqu&#237;?

Me vine despacito por las sombras.

No me gustar&#237;a que la gente hociconeara que el asesino de mi marido est&#225; en mi propia casa.

&#191;Tu propia casa? Si en verdad te hubiera querido, se habr&#237;a esmerado por sacarte de esta pocilga.

Tuvo sus buenos momentos, Rigo. Pero el vino y la cesant&#237;a lo hundieron. Esta casa es del difunto, y te pido respeto. Si no te gusta, te vas.

Me quedo callado, entonces.

Cogi&#243; las conchas vac&#237;as de los moluscos, las agit&#243; en su pu&#241;o y las hizo rodar sobre el hule como si fueran dados, en este desparramo:

&#191;Sab&#237;as sacar la suerte?

Las conchas no sirven para eso. Te puedo leer la baraja.

No es necesario. Siempre me sale sol de oros.

Llev&#243; el tarro de caf&#233; a su boca y lo devolvi&#243; a la mesa con un gesto de dolor.

Me quem&#233; la lengua, por la cresta.

La Viuda se lo sopl&#243; y le puso una vuelta de agua fr&#237;a. Revolvi&#243; la infusi&#243;n con una cucharilla y le hizo un gesto invit&#225;ndolo a que la sorbiese. Mar&#237;n obedeci&#243; sin perder de vista los espaciosos ojos negros de la mujer.

La verdad es que me soltaron para matar a un tipo, Viuda.

&#191;A qui&#233;n?

A un pobre p&#225;jaro sin prontuario cuyo &#250;nico delito a&#250;n no ha tenido lugar.

No entiendo.

Se trata de un chico muy lindo que el alcaide tir&#243; en la celda de los presos rematados para que lo bautizaran. El mismo alcaide se lo mont&#243;. Ahora el muchacho est&#225; libre y el viejo est&#225; seguro de que lo va a matar.

&#191;C&#243;mo lo sabe?

El joven se lo dijo a todo el mundo en la c&#225;rcel y el d&#237;a de la salida se lo prometi&#243; en su cara al mismo alca&#237;de.

Los chicos de esa edad son fanfarrones. Lo que les falta en experiencia les sobra en labia.

&#201;ste, no. &#201;ste hace lo que se propone.

&#191;Y t&#250;?

El alcaide me dio un mes de plazo. Est&#225; bien pensado, porque todos creen en la c&#225;rcel que estoy en la celda de castigo. Nadie podr&#225; sospechar de m&#237;.

&#191;Por qu&#233; aceptaste hacerlo, Rigo?

Treinta d&#237;as, treinta canas al aire. La primera contigo. Me vuelves loco, Viuda.

La mujer le puso la mano en una rodilla y subi&#243; la caricia por el muslo hasta merodear su sexo. La llama de la estufa de gas comenz&#243; a ser dominada por la luz que se filtraba desde los bordes de la cortina de cretona.

&#191;Qu&#233; pasa si te agarran?

El pelot&#243;n de fusilamiento.

Dijo esas palabras como conjurando una maldici&#243;n y, electrizado, fue hasta la ventana y abri&#243; algunos cent&#237;metros la cortina. Los perros segu&#237;an ah&#237;, con sus hocicos en el polvo, esper&#225;ndolo.

Desde ni&#241;o me siguen los perros. Se me acercan, me huelen y me acompa&#241;an a donde vaya.

La Viuda coloc&#243; sus manos fr&#237;as en el hornillo, luego las llev&#243; hasta sus mejillas y, frot&#225;ndolas, esparci&#243; el calor. La cama estaba en desorden, tal cual hab&#237;a quedado cuando se levant&#243; con prisa al o&#237;r los golpes de Mar&#237;n en la puerta.

M&#233;tase adentro, mijito. Le va a hacer bien un sue&#241;o.

No quiero dormir, mujer. Hay que aprovechar cada minuto de esta libertad.

La libertad de los perros -sonri&#243; ella. Se arroj&#243; en la cama, se puso de rodillas y con un trabajoso movimiento hizo bajar su panty hasta que sus fuertes nalgas cobrizas quedaron expuestas. Con una mano entre los muslos, desbroz&#243; la enmara&#241;ada crin que cubr&#237;a su pubis, y abriendo sus labios percibi&#243; con deleite la abundante secreci&#243;n y el musculoso palpitar de su vagina.

Rigoberto Mar&#237;n dej&#243; caer los pantalones y, sin sacarse la ra&#237;da chaqueta de tweed caf&#233;, fue hasta la cama y abord&#243; a la Viuda tal cual ella lo provocaba.

Se lo puso desde atr&#225;s. Exactamente como ella lo quer&#237;a. A lo perro.



TRECE

Tras el almuerzo, Vergara  Grey estuvo caminando a lo largo del Mapocho. El r&#237;o acumulaba su tono barroso de las escorias de la ciudad. En &#233;l fi flu&#237;an neum&#225;ticos reventados, trozos de chozas, astillas de Ulas construcciones vecinas, fecas y tarros de conserva oxidadados, legumbres podridas, ramas derribadas por temporales, perros tiesos, palomas trizadas por la piedra de una honda, y de vez en cuando el cad&#225;ver de un hombre. Tras el golpe militar, los transe&#250;ntes se asomaban sobre los puentes y con sus dedos apuntaban a los muertos que flotaban con los pechos y los cr&#225;neos demolidos por las balas militares. Hubo d&#237;as en que los parientes de los detenidos se sentaron en los bordes del Mapocho con la esperanza de que los cuerpos que no encontraban en las comisar&#237;as ni en los cuarteles navegaran en esas aguas. Alguno encontr&#243; a su padre y pudo darle sepultura.

Ahora la ciudad se hab&#237;a modernizado. El Mapocho se hizo d&#243;cil a los designios de los ingenieros, que desviaban el curso de las aguas a su aleda&#241;o para construir rasantes autopistas por donde los riocos bajar&#237;an raudos a los bancos del centro. El r&#237;o hab&#237;a dejado de ser el nido de chicos panillas y peque&#241;os hampones que robaban carteras en el Mercado Central o en la Vega, para convertirse en una suerte de remanso que incluso atravesaba la ciudad a las puertas del centro financiero de Santiago. Cuatro 0 cinco edificios altos y cromados fing&#237;an ser rascacielos5 Y el humor de los chilenos hab&#237;a bautizado esa zona arrogante con un juego de palabras: Sanhattan.

Vergara Grey quiso gastar su angustia caminando hasta extenuarse. Su &#225;nimo podr&#237;a haberlo llevado a desnucarse contra el empedrado del r&#237;o cuando cruz&#243; el puente frente a la Escuela de Leyes, pero la idea se evapor&#243; en menos de un minuto. Consideraba el suicidio poco pulcro. Hab&#237;a que carecer de todo pudor para exhibirse m&#225;s tarde a los lugare&#241;os en alg&#250;n recodo de su trayecto con las ropas desgarradas por las zarzamoras o las filudas ramas de los ar. bustos, y las cuencas de los ojos vac&#237;as tras haber sido roldas por las ratas.

S&#243;lo al amanecer, cuando el cambio de luz transform&#243; la angustia en simple y llana tristeza, se anim&#243; a encaminar su tranco hacia la calle de las Tabernas en busca de su cuarto. Su fosa, se dijo. Su l&#225;pida.

A esa hora se desped&#237;an del mundo los que sab&#237;an morir, rezaba uno de sus tangos predilectos. Se afloj&#243; la corbata mientras sub&#237;a la escalera y se desabroch&#243; el bot&#243;n superior de la camisa sin que esto le procurara alivio.

Cuando abri&#243; la puerta de su cuarto, crey&#243; haber confundido la habitaci&#243;n. En el centro, alrededor de una mesa cubierta con un decente mantel blanco, sobre una cafetera humeante y una cesta desbordante de panes, estaba la sonrisa infinitamente limpia del joven &#193;ngel Santiago, a quien lo acompa&#241;aba una vulnerable colegiala flaca como una bailarina.

El desayuno est&#225; listo, maestro. &#191;No se molestar&#225; si lo acompa&#241;amos?

&#191;Qu&#233; hace esa chica en uniforme liceano en este burdel? S&#237; la descubren en mi pieza voy preso. Maldita cosa me habr&#237;a valido la libertad s&#237; caigo como un chorlito por depravado.

El joven salt&#243; de su silla para acomodar el asiento del hombre y, tras ubicarlo, lo incit&#243; a que estrechara la mano que la chica le tend&#237;a por encima de la mesa.

Es la Victoria Ponce. La estoy ayudando a calentar un examen que tiene esta semana en el colegio.

En este hotelucho me parece muy congruente la palabra calentar.

El muchacho apunt&#243; directamente a la frente de la chica.

&#191;Qu&#233; caracteriza a una ameba?

Estar compuesta por una sola c&#233;lula -dijo ella r&#225;pido.

&#193;ngel Santiago se sob&#243; las manos y luego las expandi&#243; al m&#225;ximo, llamando la atenci&#243;n sobre los manjares de la mesa.

S&#237;rvase, maestro. Dos marraquetas, dos colizas, tres hallullas, tres flautas, cuatro tostadas fr&#237;as, porque el hornillo hizo cortocircuito, tres bollitos con grumos de cebolla y tres porciones de kuchen con fruta confitada y pasas. Feliz cumplea&#241;os, don N&#237;co.

Hoy no es mi cumplea&#241;os.

No sea tan detallista, profesor. Apuesto a que si va a un funeral har&#225; que le muestren el cad&#225;ver, y si lo llevan a un bautizo exigir&#225; ver la guagua. &#161;Disfrute de su cumplea&#241;os sin tanta fumarola!

Vergara Grey se dej&#243; servir la leche en el Nescaf&#233; y luego le puso una l&#225;mina de mantequilla a una marraqueta. Junto con el primer mordisco, estudi&#243; sin tregua a la muchacha. La chica respondi&#243; a su asedio moviendo como un conejo las paredes de su nariz.

&#191;Qu&#233; estamos celebrando realmente, se&#241;or Santiago?

La puesta en marcha del plan del Enano.

&#191;C&#243;mo as&#237;?

Ayer entr&#233; al servicio de mantenci&#243;n de la planta Schendler. Estuve en el casino donde almuerzan los que reparan ascensores. Es lo m&#225;s f&#225;cil del mundo. Dejan sus chaquetas colgadas, con la credencial puesta, cuando se sientan a la mesa.

Me alegro que entretengas a esta ni&#241;ita con cuentos de hadas.

&#161;Qu&#233; cuentos de hadas ni qu&#233; ocho cuartos, maestro!

Uniendo el gesto a las palabras, levant&#243; desde el lecho una bolsa pl&#225;stica azul y procedi&#243; a sacar dos chaquetones de jeans subiendo cada uno de ellos en un pu&#241;o, como un pescador que levanta los gigantes peces de su faena.

&#191;Y c&#243;mo calza esto con el plan del Enano?

Ya le dije que est&#225;bamos celebrando el comienzo del plan. Ahora falta su parte.

&#191;De qu&#233; hablas, loco?

El muchacho acerc&#243; las chaquetas al hombre, exhibiendo ahora las credenciales que las identificaban. En ambas, los rostros de sus due&#241;os hab&#237;an sido ya cambiados por los de &#193;ngel Santiago y Vergara Grey.

&#191;Apreci&#243; el detalle? -se ufan&#243; el muchacho.

&#191;De d&#243;nde sacaste las fotos?

La m&#237;a me la tom&#233; en el pasaje Matte. La suya la baj&#233; de Internet. Est&#225; expuesta toda su trayectoria. Es cosa de trabajar la documentaci&#243;n y escribir la novela de su vida.

Masticando con el ce&#241;o fruncido una marraqueta untada en mantequilla, el hombre prest&#243; atenci&#243;n a las credenciales, cambi&#243; luego la mirada a Victoria, quIen se la devolvi&#243; sorbiendo en silencio su caf&#233; con leche, alerta a lo que &#233;ste le dir&#237;a una vez que hubiera tragado el pan que amasaba lento en la boca.

&#191;Qu&#233; es la epidermis? -murmur&#243; &#233;l finalmente.

Victoria se releg&#243; en la silla y busc&#243; sin palabras la ayuda de &#193;ngel. El muchacho se roz&#243; significativamente con una mano la piel de la otra.

&#161;Sin soplar joven!

Bueno, la epidermis es el conjunto de tejidos que constituyen el l&#237;mite del organismo frente al medio externo -dijo la chica, enf&#225;tica.

&#191;Y usted de d&#243;nde sac&#243; el timbre de Ascensores Schendler para estampar nuestras fotos?

Eso fue lo m&#225;s f&#225;cil del mundo, maestro, En cada ascensor de la ciudad hay una peque&#241;a vitrinita donde consta con el sello de la Schendler el d&#237;a que fue la &#250;ltima revisi&#243;n t&#233;cnica. Quebr&#233; una de ellas con un martillito, y el resto es un montaje hecho en un computador, reducido todo despu&#233;s en una fotocopiadota a color, dos tijeretazos, goma de pegar, funda pl&#225;stica y listo.

Vergara Grey desprendi&#243; las credenciales de las chaquetas y con buena punter&#237;a las hizo desembocar en el basurero junto a la ventana.

No, maestro -exclam&#243; el muchacho, poni&#233;ndose de pie-. &#161;As&#237; no se trata una obra de arte!

El joven se dej&#243; caer abatido en la silla y el hombre sorbi&#243; con ruido su caf&#233;. Le extendi&#243; la mano a la chica y ella se la sostuvo un momento.

De epidermis a epidermis, te deseo buena suerte en el examen, chiquilla.

Si me va mal, me expulsar&#225;n del colegio. Tengo que rendir todas las materias de lo que va del a&#241;o en un solo d&#237;a.

&#191;Cu&#225;ndo?

La pr&#243;xima semana.

Ajust&#243; con un el&#225;stico el mo&#241;o que le sujetaba el pelo y se levant&#243; del asiento. Recogi&#243; el bols&#243;n escolar y le indic&#243; a &#193;ngel Santiago que la acompa&#241;ara fuera de la pieza. En la oscuridad del pasillo, dej&#243; que el joven le pusiera el abrigo sobre el uniforme liceano, y al abrazarlo le dijo en un susurro al o&#237;do:

Hay muchas cosas de mi que a&#250;n no sabes, &#193;ngel Santiago.

&#191;Qu&#233; cosas, por ejemplo?

Cosas de m&#237; que no son buenas.

Ya me las contar&#225;s. Ahora lo peor que podr&#237;a pasarnos es que llegaras tarde al colegio.

Ma&#241;ana es fin de mes y debo pagarle a la profesora de baile sus honorarios. &#191;Tienes algo que me prestes?

&#191;De d&#243;nde, muchacha? Gast&#233; hasta el &#250;ltimo peso en el desayuno.

La maestra no me dejar&#225; entrar.

Pagaremos uno o dos d&#237;as m&#225;s tarde. No se va a morir porque te atrases un mes.

Por un mes, no. Pero le debo ya tres meses. Tiene que pagar el arriendo, la calefacci&#243;n.

Deber&#237;a darse con una piedra en el pecho de que tenga una disc&#237;pula como t&#250;. Nunca nadie hace con tanta gracia tantas piruetas. Podr&#237;as estar en el Municipal, en vez de congelarte todas las noches en esa piojera.

am&#225;s entrar&#233; al Municipal, &#193;ngel. All&#225; bailan los cisnes; en mi barrio, las ratas.

Conc&#233;ntrate ahora en el examen. Las amebas, la epidermis, cu&#225;ndo va acento en palabra grave.

F&#225;cil.

F&#225;cil, por ejemplo. &#191;Tienes plata para la micro?

Me alcanza para pagar escolar.

&#191;Y la vuelta?

Me las arreglar&#233;.

&#191;Qu&#233; dice tu madre?

Sigue con la depresi&#243;n.

El chico se frot&#243; fuertemente el rostro, como si quisiera borr&#225;rselo.

Todo cambiar&#225; luego. Ya viste que puse en marcha el plan.

No creo que resulte. &#191;Te fijaste en c&#243;mo reaccion&#243; el abuelo?

Es natural que se asuste. Estuvo cinco anos en la c&#225;rcel y todo el mundo sospecha que debe de estar preparando algo. Se mueren por trabajar con &#233;l. Pero s&#243;lo yo soy su socio.

La chica se limpi&#243; con la manga del abrigo la punta de la nariz y baj&#243; la escalera hacia la calle.



CATORCE

Al entrar a la habitaci&#243;n, Vergara Grey estaba atacando el kuchen al que hab&#237;a untado con una capa de mermelada. Lo mastic&#243; comedidamente con la boca cerrada, pero al mismo tiempo levant&#243; un dedo admonitorio insinuando que luego vendr&#237;a un importante comunicado. Ese mismo dedo le orden&#243; al joven que se sentara en la punta del lecho.

La primera ley de los mandamientos de la jungla es no te metas en l&#237;os, y yo no me meter&#233; en un l&#237;o ni contigo ni con alguien menos imberbe que t&#250;.

Entonces se pudrir&#225; en este cuarto, maestro.

Ni tampoco con alguien tan insolente como t&#250;.

Perdone, maestro. Pero usted no se est&#225; tratando a s&#237; mismo como se merece. Cualquier profesional del ambiente estar&#237;a orgulloso de tener el curr&#237;culum que usted tiene.

El prontuario que yo tengo. No me vengas con eufemismos.

El joven sonri&#243; y destap&#243; un envase de yoghourt l&#237;quido sabor pi&#241;a. Se lo sirvi&#243; de un impulso, manch&#225;ndose el bozo con un bigote blanco que no se limpi&#243;.

S&#233; perfectamente lo que es un eufemismo, don Nico. Perm&#237;tame que le hable en t&#233;rminos comerciales. Usted, metido en este hotel de putas y corazones partidos, escuchando boleros y tangos de mala muerte, no est&#225; moviendo su m&#225;s valioso tesoro. &#161;Su capital! Est&#225; tirando su vida al vac&#237;o sin pena ni gloria.

Tranquilo. Monasterio me debe mucho dinero y Mi esposa quiz&#225;s alg&#250;n d&#237;a me lleve de vuelta a casa.

Lo felicito.

Adem&#225;s, jam&#225;s en la vida intentar&#237;a algo que sea un delito. En el tiempo que me tuvieron preso, perd&#237; a mi mujer, a mi hijo, mi dinero y mis ilusiones. Estoy harto de ser un paria.

Un hombre con su fama no es un paria. Muchos dar&#237;an sus huevos por estar en su lugar.

Una cosa es la literatura y otra la realidad. Se imaginan nuestra vida con coches de lujo y fumando habanos, no conocen el olor de tu propia orina cuando el guarda est&#225; borracho y no te abre la puerta para ir al ba&#241;o, ni el n&#250;mero de cucarachas por metro cuadrado que tienes que aplastar en tu celda en verano, cuando el sol transforma tu cama de hierros en una parrilla.

Este cuchitril no me parece m&#225;s alentador.

Es un sitio transitorio.

Todo el mundo sabe que Monasterio no le va a pagar. No porque no quiera, sino porque gast&#243; todo su dinero sobornando a los mafiosos de Pinochet.

Gast&#243; su parte; la m&#237;a est&#225; intacta.

&#191;Por qu&#233; no se la entrega, entonces?

Tendr&#225; problemas de caja.

&#191;Por qu&#233; no enfrenta la verdad, maestro?

Porque si la oigo tendr&#237;a que matarlo. Y no quiero la c&#225;rcel.

Pues yo le propongo otra alternativa con la cual mata varios p&#225;jaros de un tiro sin caer en chirona.

El plan del Enano.

El Enano se guard&#243; este Golpe como una joyita, hasta que le echaron perpetua. El hecho de que no se lo lleve a la Yale es un gesto de amor y admiraci&#243;n al turriba y se lo regala al gran Vergara Grey. No tendr&#225; la arrogancia de rechazarlo.

No es por arrogancia que lo rechazo, sino por prudencia.

Segundo p&#225;jaro que matar&#237;a, maestro: la caja de fondos a la que entraremos pertenece al jefe de los servicios secretos del dictador, el general Canteros.

Pero a &#233;se ya lo metieron a la c&#225;rcel.

Le construyeron un hotel cinco estrellas para guardarlo. Le dieron cinco a&#241;os de c&#225;rcel y ahora anda por las calles ri&#233;ndose de los peces de colores. Toda la plata que ha acumulado la ha conseguido con sus servicios de seguridad. Ah&#237; tiene agrupados a todos los torturadores que trabajaban con &#233;l en la dictadura y que quedaron cesantes con la democracia. Les pone uniformes de guardia y les promete a los empresarios que sus hombres les cuidar&#225;n sus negocios. Los que son poco colaboradores reciben una paliza.

Eres un chico obsesivo. Olv&#237;date del pasado.

Usted, si quiere, olvide su pasado, que es largo. El m&#237;o es corto y mi padre me lo hizo mierda.

Cu&#233;ntame.

No quiero entrar en detalles. Pero me gustar&#237;a levantarle todos esos billetitos al cerdo de Canteros.

Si te resulta, me alegrar&#225; leerlo en la prensa.

Sin usted no hay golpe, maestro. Lo sabe Vergara Grey, lo sabe el Enano y lo sabe &#193;ngel Santiago. Muchos dependen de que se decida.

&#191;Muchos? Me gustar&#237;a saber qui&#233;nes.

Usted, yo, su esposa, su hijo, Victoria Ponce, la profesora de baile y hasta el Enano, que podr&#237;a cambiar sus raciones de porotos por filete.

El joven desat&#243; la cinta rosa que ataba el rollo de cartulina, puso otra vez el dise&#241;o del Enano sobre la cama y sujet&#243; ambas puntas con un par de zapatos ra&#237;dos de Vergara Grey.

Aparta eso, muchacho.

S&#243;lo quiero que me diga una cosa.

Saca eso de mi cama.

Independientemente de que usted act&#250;e o no act&#250;e en el Golpe, si usted juzga objetivamente el plan, &#191;c&#243;mo lo calificar&#237;a? Le pido una simple opini&#243;n de experto. &#191;Bueno, malo, regular?

Vergara Grey se sirvi&#243; en la taza el resto que quedaba en la cafetera y luego lo bebi&#243;, agradecido del sabor que impregnaba ahora su lengua, tras tantos malos ratos.

&#191;Un juicio objetivo?

Exacto. La opini&#243;n de un profesional.

&#191;Sin compromisos?

Libre de polvo y paja.

Vergara Grey se aclar&#243; la garganta y le pas&#243; el dorso d&#233; la mano a los bigotes para secar la huella del caf&#233;. Con entusiasmo interior pero expresi&#243;n sombr&#237;a, dijo:

Genial. &#193;ngel Santiago, el plan de Lira, pese a un factor azar que le aporta Dios, es total y absolutamente genial.

El muchacho tir&#243; los zapatos del hombre hasta estrellarlos contra el techo, se abalanz&#243; sobre &#233;l y, abraz&#225;ndolo, le puso dos sonoros besos en cada una de sus mejillas.

Monasterio hizo su entrada en la habitaci&#243;n sin avisarse. Juzg&#243; con gesto ir&#243;nico el espect&#225;culo que se le ofrec&#237;a y sin pedir permiso levant&#243; las s&#225;banas del lecho.

Ojal&#225; que no me salgas con la frase no es lo que te imaginas, socio.

&#191;Qu&#233; haces en mi habitaci&#243;n?

Luego fue hasta el ropero, lo abri&#243; de par en par. El hombre fue hasta el ropa tendida, y mir&#243; introdujo un brazo y atraves&#243; con &#233;l la tazas vac&#237;as sobre el mantel.

Us&#233;nlas.

Tres Cosas, Nico. primero recordarte que el, m&#237;a. Segundo muy exacto del t&#233;rmino, esta habitaci&#243;n es netido ti divirtieron de que los se&#241;ores hab&#237;an 1 gundo, nie a a colegiala. No quisiera que me cerraran esta pieza a un aparecieras ligado nte de ingresos y que t&#250; enores. Tercero,ni &#250;nica fue o seductor de ni local esta vez corn atazos el piso de mi

sta que, me agarren a zap que gu inspir&#243; de improviso-, lamentar&#237;a oficina. Y cuarto -se. entrar significara que se te dio mucho que lo que vi al vuelta el paraguas. hacia atr&#225;s el pu&#241;o para darle vo-

&#193;ngel Santiago ech&#243; mand&#237;bula de Monasterio y pero lu&#237;nen antes de golpear la una fuerza de acero Vergara Grey le contuvo el brazo con viejo ladr&#243;n dude de

e ning&#250;n -&#161;No voy aguantar que mi virilidad!

Yo no dudo, chiquito yo s&#233;. ya estoy enterado de que Querub&#237;n. TU Culo est&#225; m&#225;s transien la c&#225;rcel te dec&#237;an e

tado que el paseo Ahurnada.



QUINCE

Eljoven sinti&#243; que un v&#233;rtigo le desordenaba las entra&#241;as, los ojos se le hincharon de l&#225;grimas y sangre, y aunque la garganta pugn&#243; por soltar un grito, no hab&#237;a aire en sus pulmones. Las manos comenzaron a temblarle y una fiebre s&#250;bita y violenta aceler&#243; su coraz&#243;n. La furia le manch&#243; de rojo la piel, y con un arrebato visceral logr&#243; desprenderse de Vergara Grey y acometi&#243; el cuello de Monasterio, hundiendo ambos pulgares sobre su nuez de Ad&#225;n, y no dej&#243; de presionar hasta que el hombre cay&#243; de rodillas en una asfixia que le impidi&#243; implorar compasi&#243;n.

Quiso unir a ese estrangulamiento los gritos y las palabras que bull&#237;an en su lengua, pero se encontr&#243; en una situaci&#243;n previa a la articulaci&#243;n de sonidos, ten&#237;a que matar, aunque no pudiera decir te matar&#233;. Era puro instinto, hab&#237;a retrocedido a un tiempo sin memoria ni ideas.

Vergara Grey consigui&#243; desmontarlo de su v&#237;ctima empleando la fuerza que se necesita para doblar a un caballo, y con un envi&#243;n lo mand&#243; hasta la ventana y lo arroj&#243; a la vereda. En la calle, el joven se levant&#243;, la sangre manando, de sus narices, el dorso de las manos rasmillado por el asfalto, y enfrent&#243; incr&#233;dulo la mirada de Vergara Grey y su orden imperiosa de que abandonara corriendo ese lugar y se pusiera a salvo.

Dir&#233; que yo fui -le grit&#243;-, Dado que todo el mundo sabe que me rob&#243; mi plata, les resultar&#225; convincente y hasta elogiable que lo haya zurrado un poco. Ahora escapa, muchacho.

&#191;Ad&#243;nde voy?

Lejos, y con pasaje s&#243;lo de ida.

&#191;Es que no oy&#243; lo que me dijo? Nunca nadie me hab&#237;a basureado de esa manera.

No es raz&#243;n para perder los nervios. No conviene ser tan irritable cuando se tiene un proyecto como el tuyo.

&#191;Y entonces qu&#233; hago?

Por el momento, pi&#233;rdete.

Est&#225; bien, maestro.

El joven mir&#243; a su alrededor y pudo reci&#233;n darse cuenta de que estaba rodeado por un grupo de curiosos: el chico lustrabotas, el canillita, la vendedora de flores, el viejo Santelices, que cuidaba autos. &#201;ste levant&#243; la vista hacia el primer piso, y luego fue a sacudirle la solapa de la chaqueta.

&#191;Se cay&#243;, joven?

Vergara Grey se fue de la ventana hacia el interior de Ia pieza. &#193;ngel Santiago levant&#243; la cara, y respirando profundo, trat&#243; de tragarse la sangre que le manaba de la nariz.

&#191;Quiere que llame una ambulancia?

No te preocupes, viejo. Desde chiquito soy delicado de las narices. Sangro con frecuencia.

Mire que eso es una hemorragia.

La sangre da susto, pero es nada m&#225;s que humana &#191;Cu&#225;nto ganas diariamente cuidando autos?

Como ocho mil pesos diarios.

&#191;Me har&#237;as el favor de prestarme dos lucas para un taxi.

Yo a usted no lo conozco.

Trabajo con Vergara Grey.

&#191;Y a m&#237; qu&#233;?

Que esos dos mil que me pasas hoy pueden ser una fortuna ma&#241;ana.

Santel&#237;ces se acomod&#243; la gorra gris de cuidador con una suerte de insignia municipal en la visera. Despu&#233;s cambi&#243; de mano el pa&#241;o de fieltro amarillo con el que desempolvaba los coches o les hac&#237;a se&#241;as a los automovilistas para que se estacionaran en el hueco que &#233;l presum&#237;a de haberles reservado personalmente, y hurg&#243; en el bolsillo izquierdo de la chaqueta haciendo tintinear algunas piezas de metal.

Tendr&#237;a que ser en monedas, no m&#225;s.

Ning&#250;n problema.

&#191;No quiere que le llame una ambulancia?

Ni loco, se&#241;or. Junto con la ambulancia aparece la patrullera.

No le gustan los pacos, &#191;no?

Pocazo.

El joven tendi&#243; la mano ahuec&#225;ndola, y el cuidador fue poniendo una a una las piezas de cien pesos hasta completar los dos mil. Al terminar, se le acerc&#243;, confidente.

Usted no se cay&#243; nada de la ventana, joven. Yo vi c&#243;mo Vergara Grey lo tir&#243; del primer piso.

S&#237;, siempre lo hace.

&#191;Tuvieron una pelea?

No, hombre. Una discusi&#243;n -dijo, escupiendo un cuajar&#243;n de sangre que se hab&#237;a movido hasta su lengua-. Una discusi&#243;n fraternal.

. La ambulancia lleg&#243;, sin embargo, diez minutos m&#225;s tarde, pero para atender a Monasterio. Lo llevaron a su cuarto, le inyectaron un relajante muscular y le aplicaron ox&#237;geno durante casi media hora. En la garganta ten&#237;a unos cardenales del tama&#241;o de una naranja, y se dej&#243; untar por la cajera una pomada homeop&#225;tica para los ardores de la piel. Vergara Grey no lo quiso dejar solo y lo acompa&#241;o en todos sus ajetreos y dolores, haci&#233;ndose cargo de la copa del muchacho. Cuando Monasterio se vio del todo restablecido, su socio le pidi&#243; que despidiera de la pieza a la amante y acerc&#243; una silla para establecer esa intimidad de, amigos que disfrutaban antes de la traici&#243;n.

Siento lo que pas&#243;, Monasterio. Pero fuiste muy rud&#225;, con el muchacho.

Tendido en la cama, sorbi&#243; la infusi&#243;n de yerba mate y arrug&#243; despreciativo la nariz.

Por poco me rompe la yugular. Es un marica artero.

No es marica. Lo bautizaron en la c&#225;rcel, y por cierto que no le gusta que se lo recuerden.

Hombre, se lo dije con buenas palabras.

Vergara Grey estuvo un minuto acarici&#225;ndose pensativo el bigote y despu&#233;s se alis&#243; las sienes canosas.

Es hora de que t&#250; y yo hablemos, muchacho. Me debes la mitad del bot&#237;n y hasta el momento no has dicho esta boca es m&#237;a.

Lo s&#233;, chiquillo. S&#243;lo estaba esperando una situaci&#243;n m&#225;s favorable. Pero si es por hablar, hablemos, pues las cosas empeoran.

Vamos por partes. &#191;D&#243;nde est&#225; mi plata? Monasterio apart&#243; el pocito de yerba mate y lo puso sobre el velador.

Ten presente que tu c&#243;mplice acaba de zurrarme y que a mis a&#241;os no sobrevivir&#237;a a otra paliza como &#233;sa.

Sabes que no soy un tipo violento.

Primero puse mi mitad en la Bolsa. El banco me dio todo tipo de garant&#237;as y la cosa pintaba bien hasta que vino la crisis asi&#225;tica. Todo perdi&#243; valor. Despu&#233;s hubo el ataque a NewYork y el derrumbe internacional. Nuestro sue&#241;o se hizo polvo, Nico.

Tu sue&#241;o y tu plata se hicieron polvo, Monasterio. &#191;D&#243;nde est&#225; rni dinero?

Le hemos entregado mensualidades a Teresa Capriatti.

Hace seis meses que no le pagan nada. Yo no te hablo de migajas, socio. Yo te hablo del mill&#243;n de d&#243;lares que me corresponde.

No era tanto. Casi novecientos mil d&#243;lares, solamente.

Conforme. Quiero esos novecientos mil d&#243;lares.

Bueno, para que entrara algo hubo que invertir. El local, el hotelito, soborno a los inspectores. No ten&#237;a sentido, estando t&#250; en la c&#225;rcel, tener el capital parado.

Usaste mi parte sin mi autorizaci&#243;n.

Sin tu autorizaci&#243;n, pero en tu beneficio. Mientras t&#250; estabas tranquilo en la penitenciaria, nosotros le pas&#225;bamos religiosamente su mesada a Teresa Capriatti.

&#191;Sabes c&#243;mo se paga lo que has hecho en el ambiente?

Me s&#233; el abec&#233; de memoria. Pero t&#250; no eres un tipo violento, Nico. Tienes fama de tener un coraz&#243;n de oro y todo el mundo te admira. En cambio, a m&#237; me desprecian hasta los lustrabotas. Soy un perfecto don nadie. Si me permites una confesi&#243;n, N&#237;co, te envidio.

Vergara Grey se apret&#243; ambas manos entre las rodillas para impedir que &#233;stas perfeccionaran el estrangulamiento que hab&#237;a iniciado el joven.

Vamos por partes -dijo con voz pastosa-. Si el local y el hotelito se compraron con mi dinero, yo soy el due&#241;o de ambos.

Monasterio hizo como que se acomodaba el almohad&#243;n bajo la cabeza, pero en verdad se asegur&#243; de que la Browning 45 estuviera al alcance.

T&#233;cnicamente, s&#237;. Pero habr&#237;a que descontar algunos costos y otros imponderables.

&#191;C&#243;mo as&#237;?

Los gastos de administraci&#243;n, el capital pasivo, 10% tragos, el amoblado.

Conforme. Pero todo eso se va pagando con las ganancias.

No hay ganancias, Nico. Por eso hace seis meses que no le hacemos llegar el sobre a tu esposa.

Y si no hay ganancias, Monasterio, &#191;por qu&#233; sigues con todo esto?

No lo entender&#237;as.

Es mi plata, voy a tratar de entenderlo.

Si cerrara, el personal no tendr&#237;a trabajo. Hay una esant&#237;a feroz en Santiago. La cajera no sabr&#237;a d&#243;nde ir.

Tu amante.

Las chicas del bar est&#225;n aclimatadas aqu&#237;. En otras partes abusan de ellas. Despu&#233;s tienes el barman, los mozos, el personal del aseo, el portero, las mucamas que hacen y deshacen las camas. En fin.

De modo que eres el buen samaritano, Monasterio.

S&#233; que no soy un &#225;ngel, Nico. Pero tengo mi coraz&#243;n

Con todos, menos conmigo, cabr&#243;n. Me tienes Viviendo en un cuchitril y mi mujer y mi hijo me desprecian.

Lo s&#233;. Lo siento, socio. Son tiempos muy complicados en todo el mundo. Hasta en Alemania hay recesi&#243;n.,

Vergara Grey fue hacia la ventana y la abri&#243;. Esperaba encontrar una r&#225;faga de aire tonificante que le disipara sus confusiones, pero s&#243;lo recibi&#243; la h&#250;meda grisura del smog invernal. Monasterio parec&#237;a un santo ag&#243;nico, y sus argumentos lo hab&#237;an enredado: era su dinero el que habla hecho polvo, jam&#225;s lo visit&#243; en la c&#225;rcel, nunca fue alguno de sus recaderos con un pavo o una botella de vino para la Navidad. Y ahora el sibilino gangster quer&#237;a hacer pasar sus desaciertos Y hurtos como obras de caridad social.

&#191;Qu&#233; vas a hacer, Nico?

Estoy pensando.

Que yo sepa, nunca has matado a nadie.

No, hasta ahora.

No lo har&#225;s con un viejo amigo. Te fui leal hasta que, de tanto estirarla, se rompi&#243; la cuerda.

Monasterio le ech&#243; un poco de agua hervida al mate y revolvi&#243; la yerba con la bombilla.

Me encanta matear. Me calma los nervios, me da lucidez.

Me alegro, vas a necesitar estar muy l&#250;cido para lo que viene.

Cuando joven, cant&#233; una canci&#243;n publicitaria para la yerba rnate. Fue un gran &#233;xito. &#191;La o&#237;ste alguna vez?

Jam&#225;s.

Es que la cantaba en Radio Rivadavia de Buenos Aires. Aqu&#237;, los chilenos no descubrieron nunca el mate.

Mate, mato, matar&#233; -susurr&#243; l&#250;gubre Vergara Grey. Y luego en voz alta-: &#191;C&#243;mo era la letra de la canci&#243;n del mate?

&#191;En serio te gustar&#237;a o&#237;rla?

Me encantar&#237;a.

&#191;As&#237;, a cappella? &#191;Sin guitarra ni nada?

Disp&#225;rala as&#237;. A sangre fr&#237;a.

Lo dices con un tono como que preferir&#237;as no o&#237;rla.

Me muero de ganas de o&#237;rla.

Est&#225; bien. A pedido tuyo, entonces. La voy a cantar r&#225;pido, porque as&#237; sale mejor.

Toma mate y av&#237;vate, que la cosa, ch&#233;, hermano, es muy sencilla: mate dulce, mate amargo, con bombilla o sin bombilla, es la octava maravilla de la industria nacional.



DIECIS&#201;IS

&#191;Te gust&#243;?

&#161;Vendes! -dijo Vergara Grey con voz &#225;spera.

No te entiendo.

Vendes todo: el hotel, el bar, las camas, la caja fuerte., el letrero de ne&#243;n, y me pagas lo que me debes, Monasterio.

Cambiando de posici&#243;n, el hombre empu&#241;&#243; esta vez el arma bajo la almohada y encaj&#243; el &#237;ndice en el gatillo.

No hay nada que me gustar&#237;a m&#225;s que complacerte Nico. Pero no es posible.

&#191;Por qu&#233; no?

Todo lo que ves y aun todo lo que no has visto est&#225; hipotecado. El banco nos tiene agarrados de los cojones. Vivimos de prestado, muchacho. Pas&#243; de moda el tango. Lo &#250;nico que nos queda es el chan-ch&#225;n final.

Vergara Grey se asom&#243; a la ventana y justo al aspirar el aire envenado de la calle sinti&#243; que su coraz&#243;n era apremiado por una violenta punzada.

Se desmay&#243; a los pies del lecho y Monasterio disc&#243; el n&#250;mero con parsimonia.

P&#237;danle a la ambulancia que vuelva -dijo.

Los carabineros estaban de excelente humor cuando el joven fue a desamarrar al rucio del palenque. Hab&#237;an recibido una especie de aguinaldo para comprar ropas invernales, y sus familias llegaron r&#225;pidas tras el dinero, y antes de volver a casa pasaron por la comisar&#237;a a compartir con los guardias la cazuela y mostrar los abrigos y las botas de goma. No hab&#237;a necesidad de leer m&#225;s los pron&#243;sticos meteorol&#243;gicos en la prensa: el invierno se hab&#237;a instalado y sobraba escarcha en las ventanas y olor a parafina en los cuartos. Los mecheros sucios de las estufas de parafina contribu&#237;an en todas partes a envenenar el aire. Un cabo hab&#237;a tenido la generosidad de cubrir al caballo con una manta y ahora la retir&#243; alegre antes de devolv&#233;rselo a su due&#241;o.

B&#250;scale un pesebre, hombre. Si el campe&#243;n se resfr&#237;a, no podr&#225; correr el Gran Premio del Hip&#243;dromo Chile.

Pone un minuto diecis&#233;is para los mil doscientos.

Entonces ll&#233;valo a correr a La Serena. All&#225;, en provincia, los caballos hacen ese tiempo en los cl&#225;sicos.

&#191;Y qu&#233; tal son los animalitos de ustedes?

Lentos, pero valientes. Tienen que aguantar las pedradas de los estudiantes y hasta las bombas molotov de los comunistas. Est&#225;n acostumbrados. Nada los asusta. &#191;Hace mucho que tiene al rucio?

Nos cr&#237;amos juntos en el campo.

&#191;Pa d&#243;nde en el campo?

Pa ll&#225; pa Talca.

All&#225; s&#237; que la vida es sana. Aqu&#237; hay pega, pero mucha tristeza.

Pall&#225; quiero volver, mi cabo. No me hallo en la ciudad. Mi sue&#241;o es ser due&#241;o de un fundo.

Juega al loto.

Tengo mala suerte en el juego.

&#191;Y en amores?

M&#225;s o menos.

&#191;Ten&#237;s novia?

De tener, tengo.

&#191;Y cu&#225;l es su gracia?

Victoria. Le gusta que le digan la Victoria.

Al ver que del hocico del caballo se desped&#237;a una humareda producto del fr&#237;o penetrante, le volvi&#243; a acomodar la manta sobre el lomo.

&#191;Sab&#237;s qu&#233; m&#225;s, cabrito? &#161;Te regalo la manta!

&#161;No me est&#233; hueveando!

En serio. En este mismo instante la doy de baja en la lista de bienes fiscales.

Se lo agradezco, &#191;cabo?

Z&#250;&#241;iga. Cualquier problema policial que tengas, aqu&#237; estoy en el ret&#233;n. Si te pasan un parte

No tengo auto.

&#161;Si le pasan un parte al caballo! Diles que el animalito es de Carabineros de Chile. Del cabo Z&#250;&#241;iga. La prueba est&#225; en la manta.

Gracias, mi cabo.

P&#243;rtate bien, chiquillo.

&#193;ngel Santiago lo llev&#243; al trote hasta La Vega y, cuando atraves&#243; entre los carretones con frutas y verduras, los comerciantes le rnetieron en el hocico tallos de alcachofa y otras verduras. Al mediod&#237;a le dio hambre, pero su orgullo le impidi&#243; pedir comida por caridad, y se conform&#243; con mordisquear media zanahoria que arranc&#243; de la dentura del animal.

Si Vergara Grey no se atrev&#237;a a participar en el Golpe, las opciones en su vida se reduc&#237;an considerablemente. No podr&#237;a volver al hotelito del maestro, porque su maldito socio lo har&#237;a acribillar por alg&#250;n gangster, despu&#233;s de haberle estampado esos gloriosos y merecid&#237;simos cardenales en el cuello. Todo lo condenaba a ser un transe&#250;nte. Un jinete fantasma viviendo de peque&#241;os robos -hurto fam&#233;lico, record&#243;-, de mendrugos ocasionales, de limosnas, y metido acaso en establos con olor a esti&#233;rcol y tap&#225;ndose con heno y sacos de harina para apurar la noche y el filudo viento de los Andes.

Claro que sin el viejo maestro &#233;l podr&#237;a llegar vestido de ascensorista hasta la caja fuerte del general Canteros, pero all&#237; se estrellar&#237;a contra esa cordillera de metal sin saber c&#243;mo descerrajarla. Los detectives lo sorprender&#237;an at&#243;nito ante los cerrojos y manijas sin atinar a nada, y lo llevar&#237;an de vuelta a chirona, donde el Enano Lira lo degollar&#237;a por haberse farreado el golpe del milenio de manera tan torpe. Eso, s&#237; es que antes los secuaces de Canteros no lo somet&#237;an a una antolog&#237;a de las mejores torturas que aplicaban a los presos pol&#237;ticos durante la dictadura de Pinochet y se lo despachaban en alg&#250;n calabozo clandestino.

&#191;Ten&#237;a alg&#250;n buen argumento para seguir viviendo? Descartado el Golpe, le quedaban tres o cuatro cositas en las cuales enso&#241;arse. En orden de importancia -se dijo, cabalgando hacia el liceo de Victoria Ponce-, el ajusticiamiento del alcaide Santoro. La infamia que le hab&#237;a infligido ya circulaba por los c&#237;rculos de hampones, e incluso el vil Monasterio se la hab&#237;a escupido en su propia cara. Dif&#237;cil que su coraz&#243;n encontrara la calma hasta no dirimir ese pleito. No pod&#237;a tardar mucho, pues su promesa ante la colonia penal podr&#237;a pasar por una jactancia infantil.

Odiaba el apodo el Querub&#237;n, que antes que exaltar su belleza, lo pon&#237;a en las leyendas del ambiente como alguien que se hubiera dejado sodomizar con placer. Si, el rostro expresase lo que bull&#237;a en su alma, tendr&#237;a la nariz ganchuda de un cuervo, los ojos inyectados en sangre de un demente, los tajos en las mejillas de un filibustero, el pelo grueso y enredado de un salvaje, los colmillos de un tigre. De s&#243;lo mirarlo, la gente entrar&#237;a en p&#225;nico.

Pero ni aun practicando gestos adustos y muecas c&#237;nicas, pod&#237;a ocultar su perfil delicado, el cuerpo esbelto y la nariz fina, la dicci&#243;n aprendida en un buen colegio p&#250;blico, y las enormes ganas de reparar las injusticias cometidas contra &#233;l y los vej&#225;menes infligidos a seres vulnerables.

Ten&#237;a una cuenta pendiente con el alcaide, pero tambi&#233;n con su pa&#237;s de oro y mierda, que no se atrev&#237;a a castigara los asesinos y a los violadores, y que sin embargo le hab&#237;a dado a &#233;l, un ni&#241;o de diecisiete a&#241;os entonces, una condena larga por haberse robado por amor, por simple y enloquecido amor de aventurero, el caballo azabache de un ricach&#243;n feudal.

Lo capturaron una noche de verano comi&#233;ndose una sand&#237;a a la luz de la luna, junto a una encina, mientras e negr&#237;simo potro abrevaba agua del r&#237;o Piduco en una calma de grillos y luci&#233;rnagas, de V&#237;a L&#225;ctea y espor&#225;dicos ululares de lechuzas. Tuvo la ilusi&#243;n de que el caballo torc&#237;a la cabeza como despidi&#233;ndose de &#233;l cuando los peones y los pacos lo llevaban de vuelta a su due&#241;o.

Su padre concurri&#243; al juzgado de menores con el arrastre de un inquilino de obstinada convicci&#243;n de los hombres con dos o tres principios groseros y delante de su propio patr&#243;n le pidi&#243; al juez un castigo ejemplar para que &#193;ngel se haga hombre, porque desde que sali&#243; del liceo no hace m&#225;s que vagar por los campos como un se&#241;orito con la cabeza en la luna, leyendo libros que le llenan el coco de locuras, y haci&#233;ndole el asco a las faenas de la tierra: si hasta las frutas del patr&#243;n se pudren ca&#237;das de los &#225;rboles, porque el ni&#241;o es muy delicado de lomo para agacharse a recogerlas



DIECISIETE

Pudo atar al caballo en un sitio eriazo que serv&#237;a para estacionar camiones, y alis&#225;ndose sin &#233;xito los pliegues de su chaqueta, entr&#243; al colegio en una hora cuando los patios estaban vac&#237;os y las pupilas llenaban las aulas.

Una mujer regordeta, de ojos anchos como una moneda de cien pesos, vino apunt&#225;ndolo con el &#237;ndice.

&#191;Qu&#233; hace un joven tan guapo metido en un colegio para se&#241;oritas? Con esa pinta, usted va a causar sensaci&#243;n aqu&#237; joven.

&#193;ngel Santiago se mir&#243; humilde los zapatos y alz&#243; de a poco la vista para contestar.

Lo que pasa es que tengo un recado urgente para mi hermana.

&#191;Qui&#233;n es ella?

Victoria Ponce.

La maestra se golpe&#243; las palmas de las manos jubilosa y tom&#225;ndolo del codo lo condujo detr&#225;s de la palmera centenaria.

Conozco a esa alumna al rev&#233;s y al derecho.

&#191;Qui&#233;n es usted?

Su profesora de dibujo.

Claro que s&#237;. Ella la estima mucho a usted. Gracias a su ayuda no la expulsaron del colegio.

Aport&#233; mi grano de arena. Pero lo decisivo para salvarse es que ella cambi&#243;. Le dieron ganas de vivir.

M&#225;s bien de bailar. Ella tiene la ambici&#243;n de ser una artista.

Todas las chiquitas de su edad tienen los mismos pajaritos en la cabeza.

Ella, no. jam&#225;s ir&#237;a a dejarse manosear a esos shows,: para aficionados de la tele.

La maestra vio que el chico no dejaba de aplancharse las solapas mientras hablaban, y contribuy&#243; a ordenarlo poni&#233;ndole la parte izquierda del cuello de la camisa sobre el jersey verde.

Victoria no tiene ning&#250;n hermano. &#191;Qui&#233;n es usted entonces?

Soy un amigo. Casi como un hermano.

&#191;Su novio?

Las enormes pesta&#241;as de la se&#241;ora se abanicaron c&#243;mplices.

Bueno Novio es una palabra tan formal.

&#191;Amante?

El joven baj&#243; la cabeza de un golpe, corno si lo hubieran decapitado.

&#161;Tan guapo y tan t&#237;mido! Se puso color fucsia.

&#201;se es un color que s&#243;lo una profesora de dibujo puede inventar. Me dio plancha lo que me dijo.

Pero no es ninguna raz&#243;n para ponerse carmes&#237;. Puede lavarse la cara en el agua de la fuente. Le recomiendo que espere a Victoria en la calle. Yo le dar&#233; el recado.

Gracias, maestra.

D&#237;game una cosa, joven. &#191;Usted la ama?

&#191;C&#243;mo?

Como se ama en las pel&#237;culas. Como Tom Cruise ama a Nicole Kidman en Eyes wide shut.

Creo que los dos somos demasiado pobres para amarnos asi.

&#191;Usan algo?

,Perd&#243;n, maestra?

Para protegerse. Cuando se meten a la cama

&#191;C&#243;mo?

Se explico

&#191;Lo hace con sombrero?

&#191;Con cond&#243;n dice usted?

Usted lo ha dicho. Yo nunca digo palabras tan francas.

Creo que somos demasiado pobres tambi&#233;n para eso.

La profesora extrajo de su bols&#243;n un paquete de preservativos marca &#201;xtasis, con la imagen de una odalisca desnuda en un harem, y se lo puso en una mano, que procedi&#243; a cerrarle hasta convertirla en un pu&#241;o.

Soy cat&#243;lica. Pero imag&#237;nese a su Victoria bailando con un globito en el vientre. Ser&#237;a el fin de todas sus ilusiones. Supongo que la querr&#225; un poquito y no le har&#225; ese da&#241;o.

Se lo prometo, maestra.

Es una chica sensible, pero lamentablemente triste. Su pintor favorito es Edward Hopper. &#191;Lo ubica?

No, maestra. Soy malazo para el dibujo.

Bueno, Hopper Gu&#225;rdese eso en el bolsillo, que me pone nerviosa.

Condujo al joven hacia el port&#243;n y desde all&#237; lo fue empujando suave hasta la calle.

Hopper es un artista triste. Si pinta una casa, es la casa m&#225;s solitaria del mundo. Si dibuja una acomodadora de cine dentro de un teatro lleno, esa acomodadora es la mujer m&#225;s abandonada del mundo. Es decir, desparrama melancol&#237;a con ventilador.

Las campanas del recreo repicaron, y junto con ellas, los gritos de j&#250;bilo de las alumnas, que se desbordaban sobre los Pasillos y el patio. &#193;ngel se frot&#243; la nariz helada y se encontr&#243; con un sorpresivo discurso en la punta de los labios.

Pero que a uno le gusten las cosas tristes no significa que uno sea triste. Por ejemplo, Victoria est&#225; haciendo una coreograf&#237;a con un poema de Gabriela Mistral: Del nicho helado donde los hombres te pusieron, te bajar&#233; a la tierra humilde y soleada. Es triste, pero cuando ella baila lo hace con una sonrisa.

La maestra de dibujo acomod&#243; las gafas sobre el tabique de la nariz, baj&#225;ndolas, para mirar sin intermediario dentro de los ojos del joven.

&#191;Sabe usted c&#243;mo termina ese poema de la Mistral?

Ni idea, maestra, soy malazo para castellano.

Porque a ese hondor rec&#243;ndito la mano de ninguna bajar&#225; a disputarme tu pu&#241;ado de huesos. &#191;Sabe c&#243;mo muri&#243; el padre de Victoria?

Algo. Ella me ha hablado m&#225;s de su madre.

Victoria es una chica muy triste. Y muy fr&#225;gil. Cualquier cosa puede quebrarla. Si usted no la puede proteger, ap&#225;rtese de ella.

Pasaron algunos minutos antes de que la chica saliera a la calle acompa&#241;ada de un maestro que le contaba concentradamente algo. Cuando se separaron en la esquina, &#233;l la abord&#243;:

No consegu&#237; dinero para tus clases de ballet, Victoria. Lo siento.

Est&#225; bien. Hablar&#233; con la maestra. Quiz&#225;s me d&#233; un nuevo plazo.

&#191;C&#243;mo le pagabas los meses anteriores?

Antes ten&#237;a ahorros. &#191;Por qu&#233; viniste?

En medio del tr&#225;fico de la avenida, &#193;ngel Santiago qued&#243; at&#243;nito. Esa pregunta lo dejaba m&#225;s expuesto que nunca a los ruidos y emanaciones de los tubos de escape, a los pitidos de los guardias del tr&#225;fico, a los pregones de los vendedores, a los grupos de estudiantes que pasaron junto a ellos entonando una canci&#243;n de moda en ingl&#233;s, a la molesta llovizna que le manchaba el rostro. Pod&#237;a ser la pregunta m&#225;s inocente del mundo, pero inyectada a esa hora del d&#237;a, tras lo que hab&#237;a vivido hoy, le reprochaba con lucidez implacable su precariedad.

Hasta ahora, el plan de Lira y su eventual alianza con Vergara Grey constitu&#237;a todo un proyecto de vida. Disuelto ese horizonte en una carambola de humillaciones, no ten&#237;a m&#225;s que su presencia abominablemente disponible y a todas luces prescindible para la chica: &#191;Por qu&#233; viniste?

Iba al campo -dijo, d&#225;ndose cuenta reci&#233;n que estaba tratando de unir jirones significativos en su vida para apalear la tristeza-. Necesito darle largona al rucio. Un caballo que no galopa se enferma, pierde la alegr&#237;a.

Comprendo.

Y me gustar&#237;a que me acompa&#241;aras.

&#191;Yo, ir al campo?

Victoria extendi&#243; los brazos abarcadores hacia la calle y prolong&#243; su mirada hasta las nubes grises y los jirones de cordillera que asomaban entre ellas.

Bueno, quiero que as&#237; como yo te vi bailando, t&#250; vengas conmigo y me veas en el campo.

No entiendo qu&#233; tiene que ver una cosa con otra. Bailar es hacer algo, es crear. Estar en el campo Bueno, es eso no m&#225;s: estar en el campo.

La l&#243;gica de la chica le pareci&#243; demoledora. Se sinti&#243; el m&#225;s torpe e insignificante de los mortales. Su postura se hab&#237;a ido desinflando durante el d&#237;a. Si al salir de la c&#225;rcel tuvo el tranco altivo de due&#241;o del mundo, ahora era el &#250;ltimo de los animales del planeta. Abraz&#243; a la muchacha compulsivamente y le dijo al o&#237;do:

Acomp&#225;&#241;ame, Victoria. Te lo suplico.



DIECIOCHO

Teresa Capriatti puso sobre la mesa del caf&#233; la foto del hombre. Su rostro ten&#237;a un tono oliva, las mejillas escuetas, los labios delgados, y la gravedad que derraman todas esas im&#225;genes de carnets de identidad. Efectivamente, en la parte inferior hab&#237;a un nombre y un n&#250;mero de siete cifras.

&#191;De d&#243;nde la sacaste?

Revis&#233; su chaqueta cuando vino a la casa a hablar con Pedro Pablo. &#191;Lo conoces?

Vergara Grey se acerc&#243; a la foto casi oli&#233;ndola. La levant&#243;, la consider&#243; de costado, y hasta la puso de reverso, como si estuviera tras una pista.

&#191;Por qu&#233; se te ocurri&#243; esto?

&#191;Ou&#233;?

Robarle una foto.

Parec&#237;a un hombre que ven&#237;a de otro mundo. Ni por edad ni por actitud ten&#237;a nada que ver con los compa&#241;eros de estudio o los maestros de nuestro hijo.

;Qu&#233; m&#225;s observaste?

Su ropa era completamente nueva. Desde la camisa hasta los zapatos. Todo le quedaba ancho, como si se la hubiera robado de una tienda sin probarla.

&#191;Te dijo un nombre?

Al entrar me dijo que me felicitaba por tener un hijo tan despierto como Pedro Pablo. Dijo que era una suerte que, teniendo el ni&#241;o la historia familiar que todos conoc&#237;an, fuera como era: un buen estudiante.

El hombre se meti&#243; una mano en el bolsillo del pantal&#243;n y reprodujo en la memoria la cantidad de billetes que llevaba. Calcul&#243; si le alcanzar&#237;a para pagar otra ronda de caf&#233; con leche. Llam&#243; al mozo con un dedo y le indic&#243; que repitiera.

En casa hace falta un hombre, Teresa. Ya es hora de que me dejes volver.

No veo por qu&#233;. Nada ha mejorado desde la &#250;ltima vez que me viste.

Pero voy por buen camino.

No se nota. Seis meses sin recibir la mesada. &#191;Por qu&#233; crees que Pedro Pablo anda en conversaciones con ese tipo?

No querr&#237;a adelantarte nada hasta no estar del todo seguro. Pero si me apuras, debo decirte que tengo algo muy bueno por delante.

&#191;Cu&#225;ndo?

Pronto.

La mujer le puso dos cucharadas de az&#250;car al caf&#233; con leche y luego arroj&#243; con desprecio la cucharilla sobre el mantel.

&#191;Legal o lo de siempre?

Qu&#233; te importa lo que sea.

Porque la respuesta a esa pregunta hace la diferencia entre la libertad y la c&#225;rcel.

Ahora fue &#233;l quien tir&#243; la cucharilla contra la panera.

&#161;Qu&#233; considerada! Hace semanas que estoy en libertad y no me has visto.

Te he visto. Ahora mismo te estoy viendo.

T&#250; sabes lo que quiero decir, Teresa Capriatti. Te amo, y no me dejas entrar a mi propio departamento.

El departamento lo salvaste de la ruina porque lo pusiste a mi nombre y yo te obligu&#233; en la boda a que convini&#233;ramos separaci&#243;n de bienes.

&#191;Qu&#233; tiene que ver todo eso con amor?

Tiene que ver, Vergara Grey. Para m&#237; no hay amor sin dignidad ni seguridad. Dos cosas que t&#250; no tienes en oferta.

Conforme con que no soy un santo, &#191;pero sientes algo por m&#237;?

Estas conversaciones de bolero me revientan. Escucha Nico. Ped&#237; verte porque nuestro hijo anda en algo. En algo ilegal para conseguir la plata que t&#250; ya no nos mandas. &#191;Conoces al tipo de la foto?

Est&#225; peinado de otra manera, con el pelo corto, y seguro que se cubri&#243; una cicatriz en la mejilla derecha con alg&#250;n maquillaje. Anda con fotos reci&#233;n sacadas porque quiere circular con una nueva identidad. Pero esa mirada no la puede sumergir.

&#191;Qui&#233;n es?

No puede ser el que es porque el que realmente es est&#225; preso con condena perpetua. Pero se parece a alguien.

Entonces no es el que piensas. No puede estar simult&#225;neamente preso y libre.

En este mundo no siempre la l&#243;gica funciona. Ni la lealtad.

&#191;Lo dices por m&#237;?

El hombre revolvi&#243; con furia su caf&#233;.

Metes a cualquier tipo en mi casa y a tu propio marido le niegas la entrada.

&#191;Qu&#233; es lo que viene ahora, Vergara Grey? &#191;Me va a abofetear como en una pel&#237;cula de gangsters?

Jam&#225;s lo he hecho y nunca lo har&#233;, Teresa.

C&#225;lmate, entonces. El hombre puso las manos sobre el mantel y se estuvo un rato en silencio, como si estudiara las l&#237;neas de su vida.

Teresa Capriatti puso las manos de ella encima de las de su marido y mantuvo baja la vista en se&#241;al de recogimiento. El hombre pens&#243; que hac&#237;a seis a&#241;os exactamente que nadie ten&#237;a hacia &#233;l un gesto de ternura. Se agach&#243; sobre la mesa y bes&#243; las manos de su esposa con unci&#243;n. Luego se apart&#243; discreto para que ella las retirara sin ofenderlo.

&#191;Qui&#233;n es el hombre de la foto, Nico?

Tengo que hacer mis averiguaciones. Antes de que yo te contacte, no conviene que sepas su verdadero nombre.

&#191;Por qu&#233; no me lo puedes decir? &#191;No me tienes confianza?

No se trata de eso. Si no te lo digo, es s&#243;lo para protegerte.

Levant&#243; la fotograf&#237;a y volvi&#243; a considerarla arrugando el ce&#241;o.

&#191;Qu&#233; hago, entonces?

Primero que nada, acepta sin m&#225;s investigaciones el nombre falso que hay en la c&#233;dula. El fulano se llama Alberto Parra Chac&#243;n y punto. Si lo ves, lo llamas don Alberto. Gusto de verlo, don Alberto.

&#191;Qu&#233; relaci&#243;n tiene con nuestro hijo?

Si es el hombre que pienso, ser&#237;a muy raro que buscara contacto con un chico de la universidad. Algunos traficantes intentan alianzas con j&#243;venes para meter drogas en las aulas. Le regalan un poco de matute a un chico en un bar o fuente de soda, y en un segundo encuentro ya le pasan otras dosis y algo de dinero en anticipo de alguna venta que pudiera hacer.

No creo que Pedro Pablo ande en &#233;sa. Es un chico sano, le gusta el deporte, se esfuerza en estudiar.

Est&#225; bien, pero ni t&#250; ni yo le hemos dado dinero desde hace meses.

La mujer se ech&#243; atr&#225;s en la silla y puso la nuca sobre la parte m&#225;s alta del respaldo. Esta actitud le dio un aire distante.

No soy yo quien tiene la culpa de eso.

Ni yo creo que el tema sea drogas. Algo me dice que el tipo quiere llegar al padre a trav&#233;s del hijo.

&#191;C&#243;mo?

Seguramente no sabe d&#243;nde vivo y acude a los lugares que le pueden dar una pista. Lo natural es comenzar con mi &#250;ltimo domicilio conocido, es decir, mi casa.

&#191;Y por qu&#233; habr&#237;a de buscarte?

En este ambiente, los muchachos tienen algunas habilidades y carecen de otras. Buscan el complemento que les falta y yo tengo fama de ser bueno para ciertas cosas.

&#161;Nico!

No estoy orgulloso de mis defectos, Teresa. Desde que sal&#237; de la c&#225;rcel no he delinquido.

Ni lo har&#225;s.

Ya no estoy tan seguro, amor. &#191;Qu&#233; he sacado con mi libertad? T&#250; no me recibes, mi hijo me reh&#250;ye, mi socio me roba mi dinero, la pobreza me tiene podrido.

Cruz&#243; una pierna sobre la otra y expuso un agujero en la suela de su zapato.

&#191;Y c&#243;mo te las arreglas?

Al agujero lo trato con papel de peri&#243;dico y cinta adhesiva. Al &#225;nimo, con nada. Lo importante ahora es que ni t&#250; ni Pedro Pablo le digan a Alberto Parra Chac&#243;n d&#243;nde vivo.

No tienes que preocuparte de eso. No lo sabemos.

Mejor as&#237;. &#191;Tienes un arma en el departamento?

Siempre me dijiste que hay que evitarlas.

Si uno no sabe usarlas con propiedad, mejor no tenerlas.

Su esposa se le acerc&#243; confidencial y le retir&#243; un hilacha de la corbata.

&#191;Estamos en peligro, Nico?

Para nada. &#191;Alguna otra cosa que te haya llamado la atenci&#243;n en el hombre?

La ropa es nueva, pero se ve como alguien muy de conventillo. Como los que piden limosnas en la calle.

&#191;Un roto?

Justo. Un roto.

&#191;Alg&#250;n otro dato?

No s&#233; si te servir&#225; para algo.

Dime.

Tiene olor a perro.



DIECINUEVE

Hacia las tres de la tarde el color ceniciento del cielo se aclar&#243; levemente y poco despu&#233;s algunas nubes se deshilacharon y por all&#237; penetr&#243; la difusa luz del sol. &#193;ngel Santiago interpret&#243; como un buen augurio esa s&#250;bita claridad, que sin llegar a entibiar, al menos descongelaba el aire. Hizo que el rucio cruzara el arroyo y luego le exigi&#243; que trepara por la suave pendiente de una colina. Desde lo alto, se pod&#237;a ver una alfombra de trigo y, entremedio, una carreta tirada por dos bueyes donde tres ni&#241;os arrojaban el cereal.

Dej&#243; al caballo junto a un roble y condujo de la mano a Victoria por un sendero de trigo alto que desembocaba en un bosque de pinos. Se infiltraron entre los &#225;rboles, abri&#233;ndose paso entre matorrales sobre los que zumbaban abejas e insectos, y el muchacho apur&#243; el tranco y la presi&#243;n sobre la chica con una prisa excitada. No tardaron en llegar a un punto donde el bosque se abr&#237;a en un remanso de luz, para dejarle espacio a un peque&#241;o lago donde surcaban patos y cisnes.

Condujo a Victoria hasta dos troncos que hab&#237;an sido raspados y pulidos para que oficiaran de asientos. Ella se quit&#243; el abrigo y se sent&#243; a horcajadas sobre uno de ellos, en tanto &#193;ngel us&#243; el otro para apoyar la cabeza y mirar el cielo.

&#191;De qui&#233;n es este terreno?

Es una reserva natural. Pertenece al gobierno.

Me encanta.

Sab&#237;a que te iba a gustar. Aqu&#237; no se permite disparar a los p&#225;jaros ni agredir a ning&#250;n animal que venga a abrevar al lago. Es como Dios pens&#243; el mundo, &#191;ves?

&#191;Qu&#233; puedes saber t&#250; de lo que Dios quiso o no quiso hacer? Nadie puede estar en la cabeza de Dios.

&#191;Y el papa

Con todo el respeto del mundo, el papa es un hombre como todos los dem&#225;s.

Pero tiene acceso privilegiado a lo que Dios piensa.

Dices eso porque no has estudiado filosof&#237;a.

Expl&#237;came, entonces.

Mira, Dios

Dios, sin ir m&#225;s lejos -acot&#243; &#193;ngel, sonriendo mientras imaginaba que dos c&#250;mulos de nubes arrastrados por la brisa compet&#237;an una prueba de velocidad por el cielo.

 iDios no puede pensar!

&#161;Te volaste, loca! Dios es todopoderoso, y si es todopoderoso puede pensar. Mejor que t&#250;, que yo, que el papa y que Vergara Grey.

Si Dios pensara, tendr&#237;a que ser Dios y el pensamiento de Dios a la vez, y eso no puede ser porque Dios es &#250;nico, eterno, infinito e indivisible. Lo &#250;nico que podr&#237;a hacer Dios es pensarse a s&#237; mismo.

&#191;Para qu&#233; Dios har&#237;a semejante cuesti&#243;n?

&#161;Es que tienes que ponerte en un plano m&#225;s sutil, &#193;ngel Santiago! No puedes tratar a Dios como si fuera un le&#241;ador. Dios es el concepto de Dios, y en el concepto de Dios &#233;ste es &#250;nico e indivisible.

&#191;Qui&#233;n dijo eso?

Los fil&#243;sofos presocr&#225;ticos.

&#191;Y Cristo?

Ah&#237; est&#225; la trampita. Porque Dios y el hijo de Dios son la misma persona. &#201;l sigue uno e id&#233;ntico a s&#237; mismo aunque tenga un hijo.

No capto, Victoria.

Lo mejor es que te imagines que todo es Dios. Es decir, las estrellas, los vientos, los mares, las personas, las monta&#241;as, los r&#237;os, los &#225;rboles, los animales

&#191;El rucio es Dios?

Si t&#250; eres un pante&#237;sta, entonces crees que todo el universo es Dios. Si le haces da&#241;o a alguien, entonces da&#241;as a Dios.

Pero Dios perdona a toda la gente. Aun a los que hacen da&#241;o.

Seguro que no. Al cabr&#243;n que degoll&#243; a mi padre no lo va a perdonan

A m&#237; los curas me ense&#241;aron que la bondad de Dios es infinita.

Cosas que dicen los curas.

Santiago salt&#243; de su posici&#243;n, se equilibr&#243; sobre el tronco ca&#237;do e hizo que su mirada recogiera los detalles y la totalidad del escenario.

Si t&#250; tuvieras que vengarte de alguien, una persona que te hizo un gran mal

&#191;Corno el tipo que mat&#243; a mi papi?

No quiero que te pongas triste. Pero &#191;esperar&#237;as a que la bondad de Dios lo perdonara?

Yo no esperar&#237;a. El problema es que yo no s&#233; qui&#233;n asesin&#243; a mi padre.

Fue la dictadura.

Pero la dictadura son todos y no son nadie al mismo tiempo. T&#250; te subes a un micro y el que est&#225; a tu lado puede ser el asesino de tu padre.

De pronto el joven se puso tenso y prest&#243; atenci&#243;n a unos ladridos de perro hacia el lado de la cordillera.

Deben de haber detectado que entr&#243; alguien.

&#191;Vendr&#225;n hacia aqu&#237;?

Puede ser.

&#191;Qu&#233; hacemos?

Est&#225;s conmigo. No te har&#225;n nada. &#191;Te tocan preguntas de filosof&#237;a en el examen?

De todo. No creo que apruebe.

Vas a aprobar. Si no, no hay Municipal. &#191;Qu&#233; es la filosof&#237;a?

En vez de dejar que las cosas sean como son, pensar en qu&#233; son las cosas. Solamente el hombre es capaz de hacer eso. Toma por ejemplo el r&#237;o. El r&#237;o ni siquiera sabe que es r&#237;o y hace su trabajo de r&#237;o.

Fluye. Eso que viste es un arroyo. En Talca hay trernendo r&#237;o: el Maule.

&#191;Y en qu&#233; piensas cuando est&#225;s a su orilla?

En nada. Me quedo ah&#237; no m&#225;s, en la orilla.

&#191;No se te ocurre pensar qu&#233; sentido tiene que el r&#237;o fluya?

Francamente, no.

Est&#225; claro que no eres un fil&#243;sofo. Los fil&#243;sofos observan el Ser, y piensan sobre el Ser, y despu&#233;s inventan ideas que explican por qu&#233; las cosas son como son. Her&#225;clito, por ejemplo.

No s&#233; lo que es el Ser.

Bueno, pero te tiene que haber llamado alguna vez la atenci&#243;n que todo sea.

No podr&#237;a ser de otra manera.

Dices eso porque no piensas.

No te entiendo.

Cierra los ojos e imag&#237;nate por una vez que no hay Ser. Es decir, que no hay nada de nada.

Puedo imaginarme que no hay nada de nada, pero si estoy pensando que no hay nada de nada, entonces yo soy, porque para pensar que no hay nada de nada alguien tiene que pensarlo.

Bueno, eso piensan algunos fil&#243;sofos. Imag&#237;nate ahora que el hombre no existiese. &#191;Habr&#237;a mundo?

&#161;Por supuesto que s&#237;!

Los ladridos de los perros se aproximaron. Santiago levant&#243; el &#237;ndice y se&#241;al&#243; a dos luces que revoloteaban sobre el agua.

&#191;Para qui&#233;n.

Para todas las cosas que son. Aunque no existieran hombres, habr&#237;a r&#237;o y mar y nubes y cielo y caballos y p&#225;jaros.

Pero las cosas son s&#243;lo lo que son. Son en s&#237; mismas. No saben que son. S&#243;lo el hombre sabe que el Ser tiene ser. Es fant&#225;stico, &#191;me comprendes?

No, Victoria, no te comprendo. Pero si todo eso que sabes te sirve para bailar mejor, entonces me parece fant&#225;stico.

Tres perros llegaron a gran velocidad haciendo crujir las hojas ca&#237;das de los &#225;rboles y se detuvieron ante la pareja. Simult&#225;neamente dejaron de ladrar y olfatearon los pies de los invasores. Uno de ellos era un labrador de tono caf&#233; y mir&#243; largamente a Victoria. Los otros movieron las colas e indiferentes fueron a beber agua del lago.

El muchacho quebr&#243; una rama de un &#225;rbol y se puso a partirla en trocitos. Desde la cordillera soplaba ahora un viento fr&#237;o, y las nubes se hab&#237;an hecho m&#225;s compactas, impidiendo el paso de la luz solar.

Quisiera hacerte una pregunta, Victoria.

La chica se levant&#243; y con un temblor puso la hebilla bien apretada en el cierre del abrigo. Los perros se tiraron sobre la hojarasca con la piel salpicada de hierbas del monte y del musgo vecino al lago.

&#191;Materia del examen?

Esta vez, no. T&#250; me has dicho que no te conozco bien.

As&#237; es. Pero ahora no voy a hablar contra m&#237;, y menos en este lugar. Aqu&#237; estamos como en un santuario y no voy a esparcir porquer&#237;as sobre el pasto.

Entonces, perm&#237;teme una pregunta que es m&#225;s sobre m&#237; que sobre t&#237;.

Dime.

&#191;Qu&#233; somos nosotros?

Victoria explot&#243; en una alegre risa, lo tom&#243; con fuerza de la cintura, lo derrib&#243; del tronco y se tendi&#243; sobre &#233;l, oli&#233;ndolo en las sienes.

&#191;Es una pregunta de filosof&#237;a en el sentido de qu&#233; somos en el Ser? Por ejemplo, &#191;manifestaciones del Ser? &#191;Apariencias del Ser?

El muchacho se abstuvo de entrar en ese juego. Bajo sus espaldas sent&#237;a la humedad de la tierra a punto de convertirse en barro, la elemental suavidad de la yerba, el &#225;spero roce de las piedrec&#237;llas, el tr&#225;nsito de las hormigas portando briznas de hierba hacia su guarida. En la altura, por los espacios que se abr&#237;an entre el cabello de Victoria sobre su frente, vio el cielo bajo y aplastante de invierno que de pronto urg&#237;a a su coraz&#243;n a buscar un refugio. No una choza, ni una caverna entre los riscos de los montes, sino m&#225;s bien una tregua. Se imagin&#243; a su madre vestida con traje sastre y un sombrero de fieltro, despidi&#233;ndose de &#233;l en el puerto de Valpara&#237;so. &#191;Al irse, hab&#237;a decidido ya no volver? &#191;Tanto despreciaba a su padre que le era indiferente dejar en sus manos a su &#250;nico hijo? &#191;0 en alg&#250;n momento desde alguna tierra oriental, como en un cuento de hadas, ella vendr&#237;a a buscarlo y a darle un refugio?

Un refugio en ella.

Ya no estoy bromeando, Victoria. &#191;Qu&#233; somos nosotros? &#191;Es decir, qu&#233; relaci&#243;n tenemos? &#191;Somos?

 &#191;novios?

Te hablo en serio. Eso de los novios es de un bolero de Manzanero.

No tengo nada contra Manzanero.

Por favor, no te escapes.

&#191;Sabes que por su gran coraz&#243;n y peque&#241;o tama&#241;o a Manzanero lo llaman El Napole&#243;n del Bolero?

El joven la apart&#243;, fue corriendo hasta el sauce, se colg&#243; del ramaje que ca&#237;a en cascada e intent&#243; columpiarse. Luego baj&#243; a tierra de un brinco y silb&#243; hacia lo alto de la colina, donde se apacentaba el rucio. El caballo levant&#243; las orejas y, manso, inici&#243; el descenso hacia el lago.

Me extra&#241;a tu actitud, flaca.

&#191;Qu&#233; tiene de rara? Me pediste que viniera contigo y vine. &#191;No est&#225;s contento?

De estar contento, lo estoy.

&#191;Y entonces?

Que estoy contento de otra manera que cuando ven&#237;a solo aqu&#237;. Yo siempre sent&#237;a que me bastaba estar a orillas del lago, entre los otros p&#225;jaros, respirar y exhalar, y eso era todo. Yo estaba completo. En cambio, ahora estoy contento, pero me duele estar contento.

La chica quiso entenderlo, sin embargo, el creciente fr&#237;o la llev&#243; a frotarse con las manos las orejas y no hizo ning&#250;n comentario.

Se sinti&#243; hondamente culpable cuando mir&#243; el reloj, calculando si a&#250;n tendr&#237;an tiempo para llegar a las clases de ballet y, a&#250;n m&#225;s, si durante el trayecto podr&#237;a desarrollar una estrategia que le permitiera entrar al estudio sin haber pagado los honorarios de la maestra.

&#191;Qu&#233; relaci&#243;n existe entre nosotros, Victoria?

La muchacha se sob&#243; fuertemente la nariz, clav&#243; sus ojos en las pupilas del joven, y luego dijo con volumen seguro:

T&#250; y yo estamos juntos.



VEINTE

Dos motivos condujeron a Vergara Grey hacia la c&#225;rcel. Primero, ver al alcaide Huerta, y tras el intercambio de efusiones, pedirle un par de favores. Necesitaba con urgencia -no, con desesperaci&#243;n- un cheque en buenas condiciones para sobrevivir hasta fin de mes.

La reinserci&#243;n a la vida civil hab&#237;a resultado m&#225;s dif&#237;cil de lo que supon&#237;an. Monasterio estaba patinando sobre la ruina y dif&#237;cilmente podr&#237;a echar mano a su parte del m&#237;tico bot&#237;n, a menos que la econom&#237;a mundial repuntara. Algunos pesos le aliviar&#237;an la situaci&#243;n a Teresa Capriatti e hijo -le hablo de cosas tan elementales como las cuentas de luz, tel&#233;fono, agua y gas-, porque &#233;l mismo no ten&#237;a otras necesidades excepto sus paquetes de tabaco y un poco de tintura para el gris de los bigotes.

La segunda petici&#243;n era m&#225;s extra&#241;a, y se la iba a describir con pelos y se&#241;ales, como corresponde a viejos amigos que han luchado en distintos frentes. Situaci&#243;n que afina los sentimientos de afecto y los profundiza -dijo Huerta-. Uno respeta m&#225;s la lealtad en el rival que entre los lobos de su misma jaur&#237;a.

&#191;Podr&#237;a Huerta, a trav&#233;s de su red penitenciaria, averiguar si el reo Rigoberto Mar&#237;n segu&#237;a en prisi&#243;n cumpliendo una perpetua? &#191;0 acaso hab&#237;a logrado fugarse sin que se informara de tal desastre a la prensa para que no rodara la cabeza del alcaide Santoro?&#191;Lo hab&#237;a beneficiado quiz&#225;s alguna delirante amnist&#237;a populista del nuevo ministro de justicia, tal cual lo hab&#237;a hecho recientemente el alcaide de Chicago con los reos que estaban en el corredor de,` la muerte, listos para ser electrocutados? &#191;0 estaba pasando algo raro, muy raro?

El se&#241;or Huerta no tuvo el menor inconveniente en deslizar su antigua Parker sobre un cheque del Banco Santander, y le alcanz&#243; el documento a Vergara Grey con sobriedad y sin recriminaciones. Fue el mismo beneficiado quien dijo con m&#225;s convicci&#243;n que la que realmente sent&#237;a que dentro de un mes tendr&#237;a esa suma de vuelta, puga estaba muy al tanto de los sueldos de los funcionarios p&#250;blicos, y sab&#237;a valorar el sacrificio. Elegante, Huerta hizo como si no hubiera o&#237;do el comentario y se interes&#243; vivaz en el otro tema.

Las posibilidades eran atacar frontalmente o mover delincuentes conocidos dentro de la penitenciar&#237;a. No ten&#237;a muchos palos blancos en esa zona, pues su c&#225;rcel era para profesionales distinguidos -como t&#250;, Nico- y no para asesinos sanguinarios y presos rematados. Una llamada d&#233; alcaide a alcaide ser&#237;a la v&#237;a m&#225;s directa, pero al mismo tiempo, si hab&#237;a algo raro, y por qu&#233; no habr&#237;a de haber ese jabonoso, ambiguo, promiscuo Santiago del Nuevo Extrerno algo muy raro, se podr&#237;a estar alertando al rnism&#237;simo Santoro de que se sospechaba de alguna irregularidad administrativa en sus dominios, y eso podr&#237;a acarrear alg&#250;n peligro a su contorno familiar: el mismo Vergara Grey -que te obligaran a hacer algo que no har&#237;as voluntariamente, por ejemplo-, a Teresa Capriatti, o a Pedro Pablo Vergara Grey. Y Pedro Pablo Capriatti -corrigi&#243; con una sonrisa dolida el padre-. En homenaje a mi, el hijo de puta se cambi&#243; el apellido-

Seguiremos la v&#237;a m&#225;s discreta, siempre palmoteando en el hombro a su ex convicto favorito.

Vergara Grey llev&#243; el cheque en la calle y lo estuvo observando un rato con mayor detenci&#243;n. La elegancia de Huerta era escrupulosa. Hab&#237;a tenido el tacto de no hacer el cheque nominativo para evitarle el bochorno de que el cajero le pidiera su carnet de identidad, gritara asombrado su nombre frente a la cola de clientes, y luego lo traspasara a los sabuesos del banco, que examinar&#237;an con lupa el documento antes de pag&#225;rselo una hora despu&#233;s.

Mientras se acercaba a la calle de las Cantinas, se detuvo a conversar con un viejo periodista que le conoc&#237;a el curr&#237;culum y quien intent&#243;, sin demasiada insistencia, improvisar una nota sobre &#233;xitos del pasado y futuros proyectos. Vergara Grey se le sincer&#243;. Estuvo cont&#225;ndole un rato la quinta parte de sus sinsabores, que inclu&#237;a el empe&#241;o fracasado por reconquistar a Teresa Capriatt&#237;, con la seguridad de que ese veterano le&#243;n de la linotipia no colocar&#237;a al d&#237;a siguiente el titular Gangster Vergara Grey muere de amor. Ya sorteado ese peligro, el instinto lo avis&#243; de que en la esquina del hotel lo acechaba otro. Con una mano como visera sobre los ojos, aguardaba su venida el joven &#193;ngel Santiago.

No tenemos nada que hablar -le dijo, antes de que el muchacho comenzara a enredarlo.

&#161;Oh, s&#237; que tenemos que hablar, profesor!

En cualquier sociedad civilizada, incluso la ch&#237;lena, quien decide s&#237; hay di&#225;logo o no es la persona mayor. Ya los araucanos les hac&#237;an caso a sus caciques. Y entre t&#250; y yo existe una desventaja a mi favor de cuarenta a&#241;os.

Est&#225; bien -concedi&#243; &#193;ngel, corriendo a su lado-. No lo voy a fastidiar cont&#225;ndole por qu&#233; estoy demolido, emocionalmente. Lo &#250;nico que quiero es que me devuelva las chaquetas de jeans de la Schendler.

Con mucho gusto. Todo lo que sea sacarme de encima el cuerpo del delito y sobre todo tu presencia por tiempo indefinido e infinito lo hago con el mayor agrado.

Gracias, maestro.

Entremos en silencio para que no te vea Monasterio. Aunque te confieso que no me disgustar&#237;a verte difuntar, no me da ning&#250;n placer darle un alegr&#243;n a ese bandido estafador.

&#191;Por qu&#233; no lo mata simplemente?

Por simple aritm&#233;tica, chiquillo. &#191;Cu&#225;ntos a&#241;os de c&#225;rcel me cuesta la alegr&#237;a del minuto en que lo estrangule? &#191;Y para qu&#233;? Antes, mientras cumpl&#237;a mi condena, ten&#237;a al menos la esperanza de reencontrarme con mi capital, y mi familia. Despu&#233;s de matar a Monasterio, la &#250;nica entretenci&#243;n que tendr&#237;a en chirona ser&#237;a marcar los d&#237;as del calendario hasta mi propia muerte.

Ptas que es pesimista, maestro. No se entusiasma con nada de lo que le propongo.

El hombre abri&#243; la puerta de su habitaci&#243;n y le indic&#243; al chico que no tomara asiento. El armario cruji&#243; al sacar los chaquetones de jeans que puso sobre la cama.

S&#237;rvete.

&#193;ngel los tom&#243;, los ubic&#243; bajo el brazo y comenz&#243; a escarbar el basurero con la mano.

&#191;Qu&#233; haces, chancho?

Busco las credenciales.

No vas a encontrarlas. Aqu&#237; retiran todos los d&#237;as la basura.

El joven sigui&#243; escarbando, lanzando una risotada histri&#243;nica.

Lo dudo. Aqu&#237; est&#225; El Mercado del domingo. Y aqu&#237; mis credenciales.

Las limpi&#243; sobre la pechera de la camisa y despu&#233;s las introdujo en los pantalones.

&#191;Qu&#233; vas a hacer con ellas?

Mire, don Nico. Si me hace una pregunta, entonces establecemos un di&#225;logo, y usted me dijo que no quer&#237;a di&#225;logo.

D&#233;jate de esa ret&#243;rica pedante y dime de una vez qu&#233; vas a hacer con ellas.

El muchacho alz&#243; la vista y con un moh&#237;n grave dijo, rotundo:

El Golpe.

&#191;Con qui&#233;n?

Solo.

Entonces para qu&#233; quieres las dos chaquetas.

Una de repuesto.

El hombre empuj&#243; con un pie la puerta del armario y &#233;ste volvi&#243; a chillar en forma destemplada antes de cerrarse.

Sabes muy bien que el trabajo no se puede hacer solo.

&#191;Y qu&#233; quiere que haga si usted se niega a colaborar? Lira se lo manda en cuna de oro y usted lo rechaza de puro soberbio.

Te dije que es un plan genial. Lo rechazo porque no hay plan por genial que sea que no te lleve a la c&#225;rcel.

&#161;Mire, don! Yo s&#233; que usted es Manos de Seda. Nunca ha cargado rev&#243;lver y nunca ha matado a ning&#250;n cristiano. Pero yo me la voy a jugar con todo. Si hubiera cualquier tropiezo en alg&#250;n momento, guardo una bala para m&#237; y otra para usted. Nos ahorramos la prisi&#243;n y las bestias de los presos. &#191;Qu&#233; le parece?

&#191;En serio ser&#237;as capaz de dispararme en caso de que estuvi&#233;ramos en apuro?

As&#237;, en fr&#237;o, no, porque a usted lo quiero y lo admir&#243;. Pero si usted me lo pide, estoy dispuesto. En la c&#225;rcel le&#237; un libro donde un amigo le dec&#237;a al otro: Siempre es bueno tener a alguien que llegado el momento te mate.

Pens&#233; que de los libros s&#243;lo te interesaban los forres de papel de matem&#225;ticas.

No crea, maestro. &#218;ltimamente me he educado una barbaridad. Es por el examen de Victoria. &#191;Usted sabe algo del Ser?

No tengo idea del Ser.

&#191;Ve? Lo contrario de la Nada.

Ya veo.

H&#225;game la pregunta clave.

&#191;Cu&#225;l?

&#191;La Nada es?

No, pues c&#243;mo va ser la Nada. La Nada es el No Ser.

Pero si hay nada, la nada es y tiene Ser.

Vergara Grey fue hasta el lavatorio y se moj&#243; la frente. Sinti&#243; que ese muchacho pod&#237;a afiebrarlo en cosa de minutos.

Toma tu chaqueta y te vas.

Est&#225; bien. Tomo las chaquetas y me voy.

&#191;Qui&#233;n usar&#225; la otra?

No le puedo decir.

&#191;No me tienes confianza?

Toda la confianza del mundo. Pero no s&#233; qu&#233; sentir&#225; mi socio respecto a usted.

&#193;ngel Santiago, conozco a todos los veteranos del ambiente. Dame su nombre s&#243;lo para evaluarlo y ver si con &#233;l tu Golpe podr&#237;a tener la m&#225;s m&#237;nima probabilidad de &#233;xito.

Est&#225; bien. Se llama To&#241;o Lucena.

&#191;To&#241;o Lucena?

S&#237;, se&#241;or.

Tiene nombre de cantante espa&#241;ol. En mi juventud hab&#237;a un tal Pepe Lucena que actuaba en el Goyescas y que hizo muy popular en Chile el terna Castillito en la arena, que el viento se lo llev&#243;.

Correcto, maestro. Este Lucena es espa&#241;ol, pero no canta. Es un profesional de la ganz&#250;a. Aunque tiene el o&#237;do de un m&#250;sico para escuchar las melod&#237;as de las claves en las cajas fuertes.

&#161;Mientras no sea el o&#237;do de Beethoven!

&#161;Est&#225; celoso, profesor Vergara Grey!

No estoy celoso, pendejo.

&#161;Pero si su cara est&#225; completamente fucsia!

&#191;Fucsia? &#191;De d&#243;nde sacaste ese adjetivo?

De una profesora de dibujo.

El hombre se refreg&#243; los p&#225;rpados como si quisiera borrarse una pesadilla. Ten&#237;a raz&#243;n el impertinente jovenzuelo. Su cara no s&#243;lo estar&#237;a fucsia, sino que su coraz&#243;n le lat&#237;a sin ritmo. Necesitaba aire.

Acomp&#225;&#241;ame.

&#191;D&#243;nde vamos, maestro?

A cobrar un cheque.

&#191;Un ca&#241;onazo?

No, hijo m&#237;o. Apenas un guatapique para ir tirando.



VEINTIUNO

A la salida del banco, el hombre invit&#243; al muchacho a una fuente de soda. Pidieron s&#225;ndwiches de jam&#243;n con palta, t&#233; con leche y dos paquetes de cigarrillos. Cuando llegaron, Vergara Grey puso uno en el bolsillo de &#193;ngel Santiago, quien lo acept&#243; con una sonrisa. Tras probar el primer sorbo, el maestro se ech&#243; atr&#225;s en la silla, y limpi&#225;ndose las manos con la servilleta como si fuera un juez que se pone la toga, le habl&#243;:

Me dijiste hace un rato que estabas demolido emocionalmente y te he visto sin embargo dispuesto a comerte el imperio de Canteros. Una conducta contradictoria, cuando no esquizofr&#233;nica.

Educadamente, el joven puso fin al trozo de s&#225;ndwich que masticaba y se pas&#243; la mano por la boca, apartando las migas.

Ni tanto. Yo me las arreglo, profesor. Si ando bajoneado, me doy una vuelta al campo y ah&#237;, entremedio de los pajaritos, se me vuelan los problemas. &#191;Le cont&#233; que soy pante&#237;sta?

No me lo hab&#237;as contado, ni tengo idea de qu&#233; es eso.

Yo, tampoco, pero la Victoria me explic&#243;. Yo creo que Dios est&#225; en el mundo.

No en la azotea.

Exactamente.

Nada. Me gusta creer eso.

&#191;Y qu&#233; ocasiona entonces la demolici&#243;n emocional?

&#191;Se acuerda de la chica que traje a su pieza?

&#161;C&#243;mo no! Miss Epidermis.

Ella misma. Bueno, la Victoria es bailarina. Estudia por las noches danza en una academia en Manuel Montt, Y, anoche la maestra no la dej&#243; entrar al estudio porque no hab&#237;a pagado los tres &#250;ltimos meses.

&#161;Qu&#233; bruta!

No es una mala mujer. Lo que pasa es que a mucha gente no le va bien hoy en Santiago. Esa profesora anoche no ten&#237;a luz porque le hab&#237;an cortado la electricidad. Por lo mismo, ni una gota de calefacci&#243;n. Las alumnas bailan con la m&#250;sica de un piano o de una radio port&#225;til de bater&#237;as. Cuando se agoten, la vieja va a tener que silbarles, las composiciones.

&#191;Qu&#233; hicieron, entonces?

La acompa&#241;&#233; a la casa de la mam&#225; para que pudiera dormir tranquila. Hoy tiene que dar un examen total de todos los ramos para ver si la dejan seguir en el colegio. Al separarnos me dijo: Estoy demolida emocionalmente.

Lo mismo que me dijiste a m&#237;.

Es que estamos juntos.

Comprendo.

Dentro de un par de horas se re&#250;ne con la comisi&#243;n,

Deber&#237;as estar ahora cerca de ella, y no chateand&#243; con un viejo aburrido.

Con usted me entretengo la mar, profesor. Es que a todos nos conviene que usted se anime al Golpe. A usted mismo, a m&#237;, a Victoria, e indirectamente a su esposa y a su hijo.

No los metas a ellos en esto.

Lo que nosotros planeamos es un acto de justicia.

Nos han robado todo lo que ten&#237;amos y s&#243;lo aspiramos a tener una m&#237;nima parte de lo que nos pertenece.

Mira, bambino. Yo le&#237; Robin Hood cuando ten&#237;a doce a&#241;os. Los cuentos de hadas me aburren a los sesenta.

&#191;Por qu&#233; cuento de hadas? -se excit&#243; &#193;ngel Santiago, encendi&#233;ndole un cigarrillo al hombre-. Usted sabe que el plan del Enano Lira es tan real como esta mesa. Su diagn&#243;stico fue que era genial..

Para cualquier otro pero no para m&#237;. Para tu cantante de buler&#237;as, por ejemplo.

No hay cantante ni perro muerto, profesor. Lo dije no m&#225;s para picarle la gu&#237;a.

Pues con eso no has tenido &#233;xito. Lo que t&#250; necesitas, chico, es un trabajo com&#250;n y corriente que te permita ayudar a la colegiala y alimentar tu espiritualidad pante&#237;sta.

El joven se agarr&#243; la cabeza simulando desesperaci&#243;n y revolvi&#243; luego fren&#233;tico el az&#250;car en su t&#233;.

Los &#237;ndices de paro son pavorosos. &#191;D&#243;nde voy a conseguir un trabajo?

En una oficina del gobierno para cesantes.

&#191;Esos trabajos para idiotas donde los tienes barriendo las hojas oto&#241;ales en las cunetas y les pagan quinientos pesos por d&#237;a?

No te hablo del plan de empleo m&#237;nimo. T&#250; puedes conseguir a tu nivel. Por algo tuviste educaci&#243;n secundaria.

S&#237;, pero no me sirvi&#243; de nada.

&#191;Por qu&#233;?

Porque tuve la mala idea de robarme un caballo azabache cuyo due&#241;o era un fascista, quien pidi&#243; para m&#237; una condena de cinco a&#241;os, y el juez rural, que era su hermano, se la concedi&#243;.

&#191;Eso fue todo?

Le parece poco.

Vergara Grey no pudo reprimir el gesto que le nac&#237;a. Adelant&#243; la mano y con ternura acarici&#243; el cabello del muchacho.

&#161;Pero, hijo! Si &#233;se es todo tu prontuario, ante la sociedad est&#225;s limpio y puro como una virgen. &#161;Te conseguir&#225;s un trabajo de puta madre!

Lo dudo.

Levant&#225;ndose del asiento, el hombre le indic&#243; que se pusiera la chaqueta y abandonaron el pasaje Fern&#225;ndez Concha hacia la plaza de Annas. All&#237; contrataron a un fot&#243;grafo con c&#225;mara de caballete vestido con un delantal blanco, que pudo haber sido pulcro y almidonado hac&#237;a una d&#233;cada, para que les hicieraun retrato. Detr&#225;s estaba la estatua del conquistador Pedro de Valdivia, y al frente, en diagonal, por edilicio decreto de la Ilustre Municipalidad de Santiago, se hab&#237;a instalado el equilibrio hist&#243;rico: el valiente indio Caupolic&#225;n representaba la otra parte de la sangre chilena.

Las fotos salieron correctas. Vergara Grey pag&#243; dos mil por cada una y mientras se alejaban en direcci&#243;n a la estaci&#243;n Mapocho, filtr&#225;ndose entre c&#250;mulos de cesantes peruanos que intentaban vender medallitas o chalecos de alpaca, las fueron agitando para secarlas. Al llegar a General Mackenna, el hombre detuvo al joven frente a una oficina del Servicio Laboral.

Entras aqu&#237; y te aseguro que cuando salgas tendr&#225;s un trabajo como cualquier ciudadano honorable.

&#191;No quiere entrar usted tambi&#233;n?

Francamente, no creo que a los sesenta a&#241;os pueda empezar de junior en una oficina. &#161;Pero t&#250;!

&#161;Yo! &#191;Yo, junior? Prefiero la c&#225;rcel, Vergara Grey.

El hombre le alcanz&#243; su encendedor y le propuso que se peinara el cabello con los dedos.

Ofr&#233;cele al funcionario que te har&#225; la encuesta un cigarrillo. Si te lo acepta, enci&#233;ndeselo r&#225;pido, con decisi&#243;n. Si&#233;ntate derechito y altivo en la silla. Muestra voluntad, ganas, alegr&#237;a. A todos les gusta ayudar a un joven bien dispuesto y tan buen mozo.

No me gusta que me digan buen mozo.

Lo siento, pero en este caso ese defecto puede beneficiarte. &#191;Qu&#233; me dir&#237;as de un trabajito como sobrecargo en un avi&#243;n?

Vergara Grey se puso una mano de visera sobre las cejas y simul&#243; estar mirando un paisaje desde la altura de un jet.

&#191;Sobrecargo?

&#161;Qu&#233; gran empleo para un pante&#237;sta! Imag&#237;nate t&#250; en el cielo y abajo los mares, la cordillera, los r&#237;os, los bosques, las selvas, los desiertos, las catedrales, los hombres y las mujeres como hormiguitas, pululando en el universo, y t&#250; sonriendo all&#225; en lo alto, como el due&#241;o del mundo!

Nunca he volado. Quiero decir en avi&#243;n.

El hombre lo condujo hasta el port&#243;n de la oficina y le dese&#243; buena suerte palmote&#225;ndolo en el hombro.

Te espero en el caf&#233; de la esquina.

El funcionario que le tendi&#243; la mano desde el otro lado de un escritorio que le record&#243; los pupitres de la escuela primaria apenas si tendr&#237;a un par de a&#241;os m&#225;s que &#233;l. Se ve&#237;a inmensamente m&#225;s positivo que los muchachos que esperaban en la antesala. Es justo -se dijo-, &#233;ste tiene trabajo y los otros no.

Siguiendo el consejo del profesor, le extendi&#243; un cigarrillo y se lo encendi&#243; diligentemente. As&#237;, al menos probaba que no estaba ya hundido en las cloacas. Ten&#237;a para fumar, y al encendedor no le faltaba bencina. Eso, sostuvo, le daba un toque de distinci&#243;n en ese ambiente de reventados.

Le hizo un relato escueto de su biograf&#237;a, que el bur&#243;crata registr&#243; en un cuaderno fiscal de forro gris, y luego se ech&#243; hacia atr&#225;s en el respaldo, fingiendo una sonrisa simp&#225;tica.

Si me permite un primer pron&#243;stico y diagn&#243;stico, se&#241;or Santiago, sus antecedentes, perdone la franqueza, no resultan nada promisorios.

&#191;Por qu&#233;, se&#241;or? Mientras le contaba mi vida ten&#237;a la sensaci&#243;n de que no estaba tan mal.

El funcionario comenz&#243; a sacarle punta al l&#225;piz Faber con una Gillette. El joven pudo suponer que ese mismo acto lo hab&#237;a repetido con los otros postulantes. Gran parte de la mesa, y del piso sin alfombra, estaba cubierto por las virutas de madera,

Es que en su vida hay mucho m&#225;s en el debe que en el haber. Adem&#225;s, de sus veinte a&#241;os, casi tres los ha pasado en la c&#225;rcel.

Tuve mala suerte. Comet&#237; una chambonada infantil y me encontr&#233; con un juez severo. Pero aparte de eso, tengo educaci&#243;n secundaria y notas pasables. De no haber ca&#237;do en desgracia, hubiera entrado a la universidad.

&#191;Con qu&#233; plata?

&#201;se era el problema. Como no ten&#237;a plata, me rob&#233; un caballo.

&#191;Para venderlo?

No, para galopar no m&#225;s.

Cualquier eventual empleador que mire este proyecto de curr&#237;culum ver&#225; que, desde que sali&#243; del liceo, usted no le ha trabajado un peso a nadie.

No lo necesitaba. Pero ahora tengo urgencia por trabajar.

&#191;Por qu&#233;?

Quiero casarme.

Tenemos en este pa&#237;s cientos de miles de cesantes, algunos de ellos con formaci&#243;n t&#233;cnica o universitaria terminada. &#161;Con t&#237;tulos universitarios y experiencia laboral! Con lo que usted muestra, s&#243;lo podr&#237;an ofrecerle vender barquillos en un buque manicero.

Barquillos, man&#237; tostado, man&#237; confitado.

Con un peque&#241;o capital se compra un carrito, un hornillo para mantener el man&#237; caliente, y aprovecha el invierno en Bellavista. El domingo es un d&#237;a especialmente bueno, porque los padres suben por P&#237;o Nono para llevar a sus ni&#241;os al zool&#243;gico.

En verdad preferir&#237;a vender man&#237; en la calle a tener una pega como la suya, donde tiene que aplastar a gente que ya est&#225; reventada.

Yo hago este trabajo con gran esp&#237;ritu de servicio p&#250;blico.

Ay&#250;deme, entonces. Tengo varias habilidades y, francamente, mis ambiciones son m&#225;s altas que manejar un buquec&#237;to man&#237;cero.

Pero esas ambiciones hay que mantenerlas dentro de la legalidad. Una temporada en la c&#225;rcel, como la que usted tuvo, en el &#225;mbito laboral equivale a un harakiri.

&#191;No me puede ofrecer alguna otra cosita? &#191;jardinero, limpieza en alguna oficina, electricista?

No tengo nada de nada. Me puedo dar vueltas los bolsillos y no hay nada.

&#191;Y para qu&#233; existe su trabajo, entonces?

Estamos a la espera de que la econom&#237;a mundial mejore. Entonces habr&#225; m&#225;s oferta de trabajo. Pero hay crisis en Alemania, en Asia, en Estados Unidos. Chile hace bien las tareas, pero si los otros pa&#237;ses no crecen, &#191;qu&#233; podemos hacer?

&#191;Entonces usted no puede hacer nada por m&#237;?

Lo &#250;nico que se me ocurre es darle un certificado que acredite que estuvo aqu&#237; y que no le pudimos ofrecer nada.

&#191;Y para qu&#233; me sirve un certificado as&#237;?

En el fondo, para nada. Pero puede comprobar ante, cualquier persona que se esforz&#243; en conseguir algo. Hay gente que valora cuando un joven es voluntarioso.

D&#233;melo, entonces.

Con mucho gusto. Yo conozco algunos j&#243;venes de su edad que cantan en el metro y piden limosna y muestran el certificado. Eso les ablanda el coraz&#243;n a los pasajeros.

&#191;Limosna, dice usted?

No es lo &#243;ptimo, pero la necesidad obliga.

El funcionario rellen&#243; el formulario con partes ya rutinariamente impresas, y luego estamp&#243; dos timbres de tinta con optimista energ&#237;a.

Le deseo buena suerte, se&#241;or Santiago.

Se lo agradezco.

&#191;Qu&#233; piensa hacer con el certificado?

Lo que usted me dijo, caballero. Nada.

El joven se puso de pie, barri&#243; con una mano algo de la viruta sobre el escritorio y la deposit&#243; sobre la cuenca de la mano izquierda.

No se ha inventado nada m&#225;s grande que el l&#225;piz Faber n&#250;mero dos. &#191;No es cierto, se&#241;or?

Es el que recomiendan en los colegios.

Si uno le afila bien la punta, puede lograr una caligraf&#237;a muy elegante. &#191;Veo que usted no usa sacapuntas?

Gillette, no m&#225;s.

&#191;Y por qu&#233;?

Cumple dos funciones: afila la punta al l&#225;piz y calma los nervios.



VEINTID&#211;S

Fecha de la primera guerra p&#250;nica, &#191;cu&#225;ndo invadi&#243; An&#237;bal la pen&#237;nsula Ib&#233;rica tras cruzar los Alpes?, &#191;en qu&#233; a&#241;o muri&#243; Julio C&#233;sar?, &#191;en qu&#233; se diferencia un gobierno aristocr&#225;tico de uno olig&#225;rquico?, &#191;qu&#233; nombre reciben los hidrocarburos saturados?, &#191;c&#243;mo se llama la cetona cuya f&#243;rmula es CH3-CO-CH3?, &#191;qui&#233;n tradujo la Biblia al alem&#225;n?, &#191;nombre tres novelas de Blasco Ib&#225;&#241;ez?, &#191;qui&#233;n fue la madre del emperador Carlos V?, &#191;qui&#233;n elabor&#243; la m&#225;xima la imaginaci&#243;n no sabr&#237;a inventar tantas y tan diversas contradicciones como existen naturalmente en el coraz&#243;n de cada uno?, &#191;qu&#233; es, seg&#250;n Husserl, la epog&#233;fenomenol&#243;gica?, &#191;qui&#233;n dijo Zamora no se gan&#243; en una hora?, &#191;con qu&#233; producto qu&#237;mico se fabric&#243; en 1948 el primer transistor?, &#191;en qu&#233; a&#241;o se firm&#243; el alto al fuego que dividi&#243; a las dos Coreas en forma permanente?, c&#243;mo se llamaba la sacerdotisa de Apolo que daba los or&#225;culos en el templo de Delfos, qu&#233; nombre se adjudica a las plantas de una de las dos clases de f&#225;ner&#243;gamas que tienen un solo cotiled&#243;n en la semilla, qu&#233; relaci&#243;n existe entre Gandhi y la masacre de Aniristar, Estoy seguro de que &#233;l es culpable, &#191;es un enunciado dir1ctivo, asertivo, declarativo, compromisorio, o expresivo?; analice la siguiente situaci&#243;n comunicativa y marque la opci&#243;n correcta: Un destacado periodista entrevista al futbolista del a&#241;o y lo compara con grandes jugadores de todos los tiempos como Pel&#233; o Maradona. &#191;Qui&#233;n (es) cumple (n) el (los) rol (es) de emisor y receptor: a) El periodista es el emisor, y el futbolista, el receptor; b) el f&#250;tbol es el emisor, y el periodista, el receptor; c) futbolista y periodista intercambian los roles de emisor y receptor; d) periodista, Pel&#233; y Maradona son los emisores y el futbolista es el receptor; e) ninguna de las anteriores. &#191;Qu&#233; tienen en com&#250;n el egipcio Anwar el Sadat y el israel&#237; Menajem guin? &#191;a qu&#233; regi&#243;n se llama el Cuerno de &#193;frica?, &#191;c&#243;mo se designan a las unidades b&#225;sicas cuando las part&#237;culas subat&#243;micas absorben o liberan energ&#237;a?, &#191;de qu&#233; animal extra&#237;a la insulina?, &#191;c&#243;mo se conoce el efecto que se produce cuando aumenta el di&#243;xido de carbono en la atm&#243;sfera?, &#191;qu&#233; novela comienza con la frase &#191;Encontrar&#237;a a la Maga?, &#191;qu&#233; es un megaterio?, &#191;c&#243;mo se designa la inflamaci&#243;n de la membrana mucosa que tapiza interiormente la uretra?.

Las preguntas y sus eventuales respuestas eran piedras, bajo la almohada de Victoria Ponce. En los p&#225;rpados se clavaban como verdaderas astillas de metal los recuerdos de la humillaci&#243;n en el estudio de la maestra de ballet. Desde -los ventanales se hab&#237;a quedado mirando y la lecci&#243;n segu&#237;a perfectamente natural sin ella. El dolor de esa prescindencia le produjo asfixia. Santiago trat&#243; de animarla: ma&#241;ana conseguir&#237;a dinero, y puesto que no hab&#237;a mal que por bien no viniera pod&#237;a concentrarse durante esas horas en el repaso de las materias. Una vez despejado el camino del colegio, ya ver&#237;amos, juntos, dijo, la mejor manera de que llegaras a ser una artista del teatro Municipal. Se subi&#243; a.un autob&#250;s con el tubo de escape roto. Sus emanaciones se confund&#237;an con el viento helado de la noche y la venenosa f&#243;rmula le incendi&#243; las mejillas.

La madre no se sorprendi&#243; de verla llegar temprano. Tras unos Pocos minutos, le puso sobre la mesa una sopa de arvejas con trozos de tocino y se sent&#243; a hacerle compa&#241;&#237;a quit&#225;ndose su chal negro con filigranas. Cada cierto tiempo beb&#237;a de un vaso de vino tinto, y se pasaba despu&#233;s la punta de la lengua por los labios. Una vez desvi&#243; la vista hacia el televisor apagado y estuvo un rato mir&#225;ndolo fijo, alg&#250;n programa. La chica le dijo que hab&#237;a como si hubiera corrientes de aire fr&#237;o en el autob&#250;s, y que quiz&#225;s se hubiera pescado una gripe. La madre le sirvi&#243; una copa con agua de la llave y una aspirina.

En todas las habitaciones de Santiago hac&#237;a fr&#237;o. Algo pasaba en la ciudad que las paredes chupaban el calor de los cuerpos y lo expulsaban hacia afuera. Los sillones recubiertos de pl&#225;stico estaban g&#233;lidos, las alfombras ten&#237;an la misma temperatura que el cemento.. Sobre el sof&#225;, Victoria acumul&#243; los libros con las distintas materias y los fue hojeando en un intento de recuperar alg&#250;n br&#237;o para aprovechar esas horas. Quiso visualizar el conjunto de la comisi&#243;n que ma&#241;ana la someter&#237;a a la prueba definitiva, y al lograrlo un temblor sacudi&#243; su cuerpo. Cerr&#243; los ojos y se propuso una imagen que recordaba del ballet La bayadera: su imagen se centuplicaba en una eterna fuga hacia un bosque.

As&#237;, cien, mil veces, se ve&#237;a huyendo por las calles de Santiago despu&#233;s del escarnio al que la hab&#237;a sometido la maestra. &#191;Por qu&#233; se hab&#237;a desacostumbrado a la rudeza? &#191;Un par de noches de amor con un chico experto en desatinos m&#225;s un trote hacia el lago en un d&#237;a de p&#225;jaros y perros hab&#237;an sido suficientes para abrirle una ruta que la devolviera al entusiasmo?

Claro que &#193;ngel Santiago fue testigo de su naufragio en la puerta del estudio de ballet y s&#243;lo atin&#243; a mirar, suplicar a la maestra. Luego la condujo abrazada hacia el parader, no permiti&#243; que ella echase a correr en desbande, por el dolor. Con la garganta &#225;spera, alcanz&#243; a reprocharle entre r&#225;pidos lagrimones que no hab&#237;a cumplido su promesa. Dos veces le hab&#237;a dicho &#233;l que encontrar&#237;a una soluci&#243;n para el tema de la deuda y el respectivo ultim&#225;tum que le hab&#237;a planteado la maestra. Mas a la larga sus promesas parec&#237;an haber sido consumidas por la impotencia, junt&#243; las manos sobre su pecho en un gesto de oraci&#243;n que conservaba desde ni&#241;a. Pero igual que las otras noches no le rez&#243; a nadie, no pidi&#243; la ayuda divina, no invoc&#243; a un &#225;ngel de la guarda, no le dijo nada a la peque&#241;a efigie de la Virgen Mar&#237;a sobre el pedestal. &#193;ngel Santiago le hab&#237;a gritado desde la calle, cuando el veh&#237;culo ya hab&#237;a partido, que ma&#241;ana a primera hora ir&#237;a al colegio con la plata para la maestra. &#191;Lograr&#237;a hacerlo o ser&#237;a una fanfarronada?

Si ten&#237;a &#233;xito, acaso esa alegr&#237;a le levantara la mand&#237; bula y pusiera un poco de color en sus p&#243;mulos antes de enfrentar a la comisi&#243;n. Pero si no llegaba a tiempo, &#191;con qu&#233; aliento lograr&#237;a resistir la iron&#237;a del profe Berr&#237;wd de matem&#225;ticas, que no la miraba al hablarle, pues se sent&#237;a herido en su ser docente de tener una alumna con pretensiones de rendir la Prueba de Aptitud Acad&#233;mica y qu&#233; ignoraba ol&#237;mpicamente las tablas de multiplicar.

La noche no transcurr&#237;a. Sus o&#237;dos captaban las ri&#241;as de los gatos en los tejados, el crujir de las puertas en las casas vecinas, el lejano rugido de una moto con escape abierto trepando la calle empedrada, las sirenas de las ambulancias y las patrullas policiales.

Se toc&#243; el plexo. Los conocimientos devorados rapazmente en los &#250;ltimos d&#237;as parec&#237;an haberse estancado como un alimento mal digerido en la boca del est&#243;mago. Su madre se quejaba a ratos en la habitaci&#243;n vecina y otras a veces se creaba un silencio espeso que era aun m&#225;s inquietante que los ruidos.

Antes de que el despertador sonara logr&#243; dormir una hora, acaso dos. Los p&#225;rpados le pesaban, y saltar desde la colcha chilota al hielo la hizo sentirse casi a la intemperie.

Temerosa de tentarse con el calor del lecho, avanz&#243; hasta el ba&#241;o, llen&#243; el lavatorio, y durante un minuto hundi&#243; la cara en agua fr&#237;a, conteniendo la respiraci&#243;n.

Calent&#243; el agua en el hornillo de la cocina, bebi&#243; un t&#233; sin, az&#250;car, y al abrir el closet tuvo un pensamiento de ternura hacia la madre que le ten&#237;a planchada la blusa escolar con el cuello suavemente almidonado. Aunque le gustaba sentir el roce de esa tela sobre sus senos, opt&#243; por la formalidad de un brassi&#233;re. Quer&#237;a aparecer ante la comisi&#243;n disciplinada, la perfecta alumna de un colegio de monjas, como si no tuviera otra ambici&#243;n que rendir esa prueba para dedicarse tras el bachillerato a buscar un trabajito de secretaria en alguna repartici&#243;n ministerial.

Iba a domesticar su rebeld&#237;a de artista. Apagar&#237;a de un manotazo el incendio de sus venas que le hac&#237;a imaginar sin tregua los mejores pasos si llegara a ser la hero&#237;na del ballet La bayadera. Las viejas maestras ver&#237;an en ella un espectro p&#225;lido y sumiso, resfriado y entumido, un pobre gatito regal&#243;n que pide leche tibia y algo de cari&#241;o.

Por un momento se detuvo en la puerta del colegio, tratando de calmar el escalofr&#237;o que la acometi&#243; de repente. No era el invierno rutinario que llenaba de gris Santiago, se trataba ahora de una escarcha que le sub&#237;a desde los huesos. Le dolieron las articulaciones, el ce&#241;o se le hab&#237;a apretado y tres hendiduras le cruzaban la frente. Si las preguntas hab&#237;an sido un juego infantil desnuda junto a &#193;ngel Santiago, ahora le parec&#237;an un cat&#225;logo de jerogl&#237;ficos, indescifrables.

A las once de la ma&#241;ana se convocar&#237;a el comit&#233; en la biblioteca, y por tal motivo, los maestros dar&#237;an a sus alumnas hasta el mediod&#237;a. Esa tregua que sus compa&#241;eros disfrutar&#237;an chillando en los patios tambi&#233;n la aterraba. Seguro que su grupo mas &#237;ntimo asomar&#237;a las narices en la sala del interrogatorio y ser&#237;an testigos de su mudez.

Victoria no quiso asistir a las primeras horas. Nadie tomar&#237;a como una grave falta de disciplina que se sumergiera en recogimiento espiritual ante una prueba tan decisiva, en vez de entrar a la banalidad de las clases. Aunque el verdadero objetivo era esperar a &#193;ngel Santiago. Se lo imagin&#243; saltando desde el pelda&#241;o de una micro con un paquete de billetes en la mano liados por un el&#225;stico, corriendo a abrazarla, mientras iba haciendo piruetas ballet&#243;m que har&#237;an re&#237;r a los transe&#250;ntes.

As&#237; le indicar&#237;a alegre y fehacientemente que le hab&#237;a conseguido el dinero para la maestra de baile. Entonces ella entrar&#237;a calma y soberana a la biblioteca, la prueba de fuego la atravesar&#237;a sin quemarse los pies, iba a triunfar en ese examen de desatinos porque era un paso gigante para llegar alg&#250;n d&#237;a a las tablas del Municipal. Sus macizas tinas de terciopelo granate se abrir&#237;an y all&#237; estar&#237;a ella ba&#241;ada en la fina luz de un cenital, en una composici&#243;n, alerta, aguardando que el director bajase la batuta.

Entonces, s&#237;, la locura. En cuanto la m&#250;sica irrumpiera, ella iba a bailarse, y para bailarse iba a ser m&#225;s que ella. Ser&#237;a toda la historia de su vida hecha un cuerpo presente para servir a la m&#250;sica. Sin vanidad, humilde, regida de espiritualidad como santa Teresa de Jes&#250;s. El movimiento encontrar&#237;a la quietud del alma, en la quietud inm&#243;vil todo ser&#237;a movimiento.

Por mucho que apur&#243; el paso innumerables veces entre el port&#243;n del colegio y la avenida, su deseo no produjo la llegada del joven. Sentada en el banquillo del paradero, protegido por un techo pl&#225;stico comprob&#243; que los minutos ro&#237;an su fe y que se hab&#237;a aprendido de memoria los titulares de los peri&#243;dicos en el quiosco de la esquina.

A las once de la ma&#241;ana, con m&#225;s deseos de estar en &#193;frica que en la biblioteca de su colegio en Santiago de Chile, tom&#243; asiento frente a la comisi&#243;n. La profesora de dibujo levant&#243; el pulgar dese&#225;ndole suerte, y el maestro de f&#237;sica le hizo la primera pregunta sobre los quantas, y Victoria respondi&#243;, le tocaron el tema de la ameba y pas&#243; piola, le endilgaron la secreci&#243;n del p&#225;ncreas y cero problema, enunci&#243; el teorema de Pit&#225;goras y lo cant&#243; sin olvidar ni los catetos, ni el cuadrado, ni la hipotenusa, de dos pesta&#241;eadas evacu&#243; los nombres de los hijos machos de Edipo corno Eteocles y Polinices, de un suspiro defini&#243; la partenog&#233;nesis, abrevi&#243; en una frase el pensamiento de Stephen Hawking, supo que acacia farnesiana es el nombre cient&#237;fico del aromo y que Inihotep fue el arquitecto de las pir&#225;mides de Egipto, sostuvo ante la aprobaci&#243;n del maestro que Anwar el Sadat y Menajem Beguin compartieron el Premio Nobel de la Paz, Zamora no se gan&#243; en una hora, efectivamente, se&#241;orita, proviene de Cervantes y el profesor de matem&#225;ticas (en vista de que todo pasando, que a r&#233;plica contra r&#233;plica la chica se defend&#237;a como gato de espaldas y que ya ganaba por puntos, que sab&#237;a que la insulina se sacaba del chancho, que Mart&#237;n Lutero hab&#237;a traducido la Biblia al alem&#225;n) se abstuvo por el momento de ninguna pregunta y le cedi&#243; el turno a la maestra de castellano, que no la examin&#243; sobre emisores y receptores, sino acerca de las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, momento en que Victoria Ponce se ilumin&#243; porque era &#233;se su poema favorito de la historia mundial de la literatura, incluidos los de Neruda.

Y vamos ech&#225;ndole con cu&#225;n presto, etc., y los r&#237;os y mar, y el acab&#243;se de los se&#241;or&#237;os, y la filosof&#237;a estoica, y, todo suavecito calz&#225;ndose guantes de seda, con calorcillo, desde el vientre al coraz&#243;n, porque el verdadero saber abriga.

Hasta el momento en que la maestra de castellano, le pidi&#243; a Victoria Ponce que dejara de recitar las coplas de Manrique y de reflexionar sobre el sentido de la vida y la muerte, y le plante&#243; con voz biliar y ronca que &#233;sos eran nimiedades, detalles, pero que vayamos a la contribuci&#243;n est&#233;tica del poema, inquisitoria que cambi&#243; la atm&#243;sfera de la pruebe, y que seg&#250;n el relato de la maestra de dibujo, do&#241;a Elena Sanhueza, fue puntualmente as&#237;:

Se&#241;orita Ponce, &#191;cu&#225;ntas met&#225;foras, aliteradotes, Antonimias e hip&#233;rboles contiene el texto de Manrique? Identifique tambi&#233;n el tipo de rimas usadas y determine la actitud! del hablante l&#237;rico: &#191;es carm&#237;nica, apostr&#243;fica o enunciativo?

No s&#233;, se&#241;ora Petzold.

&#191;No sabe ninguna de las cosas que le pregunt&#233;?

Lamentablemente, no, profesora.

Pero sabr&#225; decirme si entre los versos aparece de pronto alguna imagen que sea un polis&#237;ndeton, una an&#225;fora, alguna sin&#233;cdoque

No sabr&#237;a decirle, maestra.

Pero al menos podr&#225; indicarme qui&#233;n es el hablante l&#237;rico.

El poeta.

&#161;Que cosa m&#225;s graciosa! &#191;As&#237; que usted confunde t&#250; autor de la obra con el hablante l&#237;rico, ese sistema de s&#237;mbolos creado para emitir un discurso?

Yo no confundo nada, se&#241;ora Petzold. Es el hombre de carne y hueso, Jorge Manrique, quien sufre y se desangra verso a verso en las palabras que encadenan las im&#225;genes de su obra.

&#161;Qu&#233; ingenuidad, qu&#233; ignorancia y qu&#233; soberbia!

Se&#241;ora, es Jorge Maririque mismo quien habla de la muerte de su padre don Rodrigo. &#191;Se acuerda cuando dice: Mas, como fuese martal, metiole la Muerte luego en su fragua?

&#191;Es usted, insolente, quien me est&#225; tomando examen, yo a usted?

Perdone, profesora.

&#191;No sabe que la calidad de un poema depende de c&#243;mo se introduzca el ritmo? Si &#233;ste es y&#225;mbico o trocaico, por ejemplo. &#191;Cu&#225;ntos grandes textos de nuestra lengua no deben su inmortalidad al simple hecho de ser escritos en endecas&#237;labos?

Lo siento, se&#241;ora Petzold, pero yo llevo llorando la muerte de mi padre desde hace a&#241;os y no me calma la angustia ninguna met&#225;fora, ni ning&#250;n ritmo y&#225;mbico, ni ninguna metonimia. Cuando Jorge Manrique se entera de la muerte de su padre, abandona la corte y se encierra en un castillo, donde escribe el poema desde un profundo dolor.

M&#237;jita, todo eso est&#225; muy bien, &#161;pero es pura copucha historiogr&#225;fica Yo le pido un an&#225;lisis literario.

Perdone, profesora, pero yo no voy a hacer ninguna mierda de an&#225;lisis del hablante l&#237;rico. El poema es demasiado hermoso para esa canallada.

Puesto que jam&#225;s nadie hab&#237;a gritado la Palabra mierda en la biblioteca del liceo, el sustantivo pareci&#243; amplificarse en el cuarto y quedar suspendido en el aire.

No contribuyeron a disipar el silencio que se produjo en el comit&#233; ni el rubor calcinante en la mejilla de la profesora de castellano, ni la secreta dicha con que el maestro de matem&#225;ticas se rasc&#243; la nariz, ni el bullicio de las colegialas en el patio, que tomaba la forma de un zumbido tras los cortinajes.

Hubo una pausa larga, donde todos sujetaron sus carraspeos, y en la que Victoria Ponce se sec&#243; la s&#250;bita transpiraci&#243;n de sus dedos en las rodillas.

Por el momento no habr&#237;a m&#225;s que decir -pronunci&#243; la directora, cerrando su libreta de apuntes.

Aliviados, los miembros de la comisi&#243;n se levantaron, y los m&#225;s viciosos se pusieron cigarrillos en las bocas, dispuestos a prenderlos en cuanto salieran del recinto. &#201;se fue el momento en que la maestra de dibujo Elena Sanhueza alz&#243; la mano.

Pido la palabra, se&#241;ora directora.

No, profesora Sanhueza.

Seg&#250;n el estatuto docente

No insista, Elena.

Quisiera s&#243;lo decir

Diga lo que diga, no quedar&#225; en acta. La sesi&#243;n ha sido suspendida.

Pese a su voluminoso cuerpo, la mujer corri&#243; hasta la entrada y cubri&#243; sus dos puertas crucific&#225;ndose en ellas e impidiendo que la comisi&#243;n saliera.

El colmo de la estupidez -pronunci&#243; con grave intensidad- es aprender lo que luego hay que olvidar. No soy yo quien lo dijo, sino Erasmo de Rotterdam.

La directora fich&#243; con desprecio los dos brazos tendidos de la mujer y dijo con voz autoritaria:

Permiso.

Aqu&#237; se ha sacrificado una v&#237;ctima a los dioses del oscurantismo y la pedanter&#237;a.

Basta ya, profesora Sanhueza. Baje sus brazos.

La mujer obedeci&#243; abatida, y con los ojos ausentes, vio pasar a los miembros del comit&#233; por el marco de la puerta. Luego fue hacia Victoria Ponce y le alz&#243; la cabeza, levant&#225;ndola desde ambas mejillas.

Ibas tan bien, muchacha.

La chica fue guardando lento sus papeles en la mochila y al finalizar se qued&#243; sentada en profunda quietud. Aunque no quer&#237;a mirar hacia ning&#250;n punto, su vista fue atra&#237;da por el retrato de Gabriela Mistral: el pelo corto, la nariz voluntariosa, los ojos invitando a sumergirse en ella. A su alrededor, cientos de libros en empastes lujosos de otras d&#233;cadas. Y un poco m&#225;s all&#225;, el lerdo reloj de comienzos de siglo cuyo minutero se clavar&#237;a en pocos segundos en el mediod&#237;a.



VEINTITR&#201;S

Muchacho, las campanas de la catedral acaban de dar las doce.

Lo siento, maestro. En la Oficina del Trabajo hab&#237;a muchos perros pero ninguna salchicha.

No me interesan historias de perros. &#191;C&#243;mo te fue a ti?

Excelente, don Nico.

Le extendi&#243; alegremente el certificado con sus ampulosos timbre. Vergara Grey lo ley&#243; de una pesta&#241;eada y lo puso de vuelta sin humor sobre la mesa, junto a su taza de caf&#233; vac&#237;a.

Pero esto es un fracaso. No conseguiste nada.

Nada de nada -exclam&#243; el joven, apoy&#225;ndose con desfachatez en el respaldo y rasc&#225;ndose dichoso la nuca.

&#191;Y qu&#233; te pone tan contento?

&#191;No capta, profesor? No nos queda otro camino que el Golpe.

El hombre le hizo se&#241;as al mozo para que fuera a cobrarse.

Perdona que no te ofrezca un caf&#233;. Desde que te fuiste he bebido cinco. Tengo la presi&#243;n por las nubes.

&#191;No aprovech&#243; para leerse la suerte en el poso? En la c&#225;rcel hab&#237;a un viejo &#225;rabe que lo hac&#237;a. D&#233;jeme que le vea la suya.

Sin esperar permiso, atrajo la taza hasta su nariz, y agit&#225;ndola un poco, quiso discernir alguna figura que le permitiera un argumento.

Veo un mont&#243;n de dinero en su futuro.

Por quinta vez hoy: no cuentes conmigo, &#193;ngel Santiago.

Lo veo en otro pa&#237;s fumando un habano y paseando del brazo con una chica guapa.

El mozo le extendi&#243; la boleta y Vergara Grey le dijo que se quedara con el vuelto.

&#191;Qu&#233; m&#225;s dice el poso del caf&#233;, Aladino?

Que me va a prestar treinta mil pesos -murmur&#243; el joven con mirada humilde y sonrisa zorra.

El hombre se hab&#237;a puesto de pie. Asent&#243; sobre la frente el sombrero de fieltro gris y pluma verde bajo la cinta y luego envolvi&#243; su garganta con una bufanda de cachemira negra. El chico se levant&#243; tambi&#233;n con un rictus sombr&#237;o.

Hace un fr&#237;o que penetra hasta el h&#237;gado. &#191;No tienes un abrigo; &#191;Una bufanda?

De tener, tengo.

Entonces, &#250;sala, chiquillo. &#191;0 quieres que te vaya a visitar a la Asistencia P&#250;blica en la sala para indigentes?

&#191;Usted har&#237;a eso por m&#237; si cayera enfermo?

Eres un adulto y deber&#237;as hacerte responsable de tus actos. Al invierno chileno corresponde abrigo y bufanda.

Yo siempre con chaqueta de cuero. Invierno o verano. &#191;Qu&#233; me dice del pr&#233;stamo?

Ya estaban en la calle y &#193;ngel tuvo la sensaci&#243;n de que Vergara Grey no sab&#237;a con qu&#233; rumbo arrendar. Se lo confirm&#243; el hecho de que sacara un cigarrillo y, protegiendo la llama del encendedor bajo la bufanda, aspirara la primera pitada con parsimonia y profundidad.

&#191;Para qu&#233; quieres el dinero, chiquillo?

Hay que pagarle hoy las clases de ballet a Victoria. Si esta noche la maestra vuelve a dejarla fuera, se mata o se muere.

Debo confesarte dos cosas.

S&#237;, profesor.

Primero, que conseguirme esta platita prestada fue una paliza para mi amor propio de la cual a&#250;n no me he repuesto. Me da pavor ver que se evapora entre los dedos.

Se la devolver&#233; con creces.

Segundo, que no te creo el cuento de que es para las clases de ballet.

Es decir, no conf&#237;a en m&#237;, maestro.

Conf&#237;o en ti, pero ni a mi propio perro lo amarrar&#237;a con salchichas. Me gustar&#237;a complacer a la colegiala, pero sin la mediaci&#243;n de intermediarios.

&#191;Es decir?

Ll&#233;vame donde ella y yo le paso directamente el dinero.

&#193;ngel Santiago se colg&#243; propiamente del cuello de Vergara Grey y le impuso dos efusivos besos en cada p&#243;mulo. El hombre lo apart&#243; oteando al mismo tiempo a diestra y siniestra.

&#161;D&#233;jeseme de andarme besando, se&#241;or! &#191;Qu&#233; va a decir la gente?

&#161;Que somos padre e hijo, don Nico! -grit&#243; el muchacho dichoso, y le estamp&#243; un beso preciso como un flechazo en la mitad de la frente.

V&#225;monos de aqu&#237;, r&#225;pido -grit&#243; Vergara Grey, cubri&#233;ndose el rubor con la bufanda, mientras echaba a caminar en direcci&#243;n a la Alameda.

Su acompa&#241;ante lo sigui&#243; durante cuatro o cinco cuadras de ritmo sostenido hasta que, poni&#233;ndose a la par, le dijo:

Profesor, si al pr&#233;stamo de treinta lucas le suma cinco, lo invitar&#237;a a que fu&#233;ramos en taxi.

&#191;Cu&#225;nto falta hasta el colegio?

A pie, un par de horas; en taxi, unos quince minutos.

Tenemos poco dinero. Hay que ser ahorrativos.

Como en la f&#225;bula de la hormiguita y la cigarra.

Exacto. S&#243;lo que a nosotros ya nos lleg&#243; el invierno y no tenemos nada en la despensa.

No lo tome tan a pecho. Imag&#237;nese que la f&#225;bula es una met&#225;fora.

No s&#233; de qu&#233; me hablas.

Me explico: el trabajo que ha hecho la hormiguita es nuestra experiencia de la vida. Hemos, por as&#237; decirlo, acumulado lo que somos. Nosotros somos nuestra propia despensa. Es cosa que abramos la puerta y aparecer&#225;n todas las maravillas del universo.

El viejo ladr&#243;n se detuvo ante un buquecito manicero y le compr&#243; al comerciante de delantal blanco dos paquetes de man&#237; tostado. Mordi&#243; uno, escupi&#243; la c&#225;scara y masc&#243; con energ&#237;a los tres granos sin sacarle la capita roja.

Est&#225;n calentitos. El joven moli&#243; la cascarilla entre los dedos y se puso dos granos sobre la lengua.

&#191;Qu&#233; me dice de la met&#225;fora, profesor? &#191;Capt&#243; la moraleja de la f&#225;bula?

Todas tus historias concluyen en la misma moraleja: que tenemos que dar el Golpe del Enano Lira. Y todas mis respuestas son de una elegante monoton&#237;a: no. 0 si lo prefieres en chileno: ni cagando.

Est&#225; bien, profesor. No quiero que se enoje conmigo, ahora que Victoria lo necesita m&#225;s que nunca.

En eso estamos. Vamos en su socorro y de paso bajamos la barriguita con esta caminata.

Lo que me temo es que lleguemos demasiado tarde. Por su culpa no estuve en el colegio antes del examen

&#161;Por mi culpa!

Por su man&#237;a de mandarme a conseguir trabajo. &#191;Sabe lo que me sugiri&#243; el funcionario?

&#191;Qu&#233;?

Que me consiguiera un buquecito manicero.

Una gran idea. Ya viste que por dos paquetes le tuve que pagar seiscientos pesos. Imag&#237;nate que vendas por parte baja veinte paquetes por hora durante ocho horas. Ser&#237;an seis mil pesos diarios. Ciento ochenta mil lucas al mes, tanto como un ministro y sin peligro de que te metan en la c&#225;rcel por desfalco al Estado.

El joven se detuvo y tir&#243; iracundo su paquete de man&#237; a los pies del hombre. &#201;ste evalu&#243; de una pesta&#241;eada los sentimientos del muchacho, y con aire resignado recogi&#243; humilde el cucurucho y se lo puso en un bolsillo.

Si esta noche consigo que alguien me invite a un whiskey, ya tengo algo para picotear.

Hizo parar el taxi, y puesto ante la alternativa de la puerta abierta del veh&#237;culo y una retirada ofendida del escenario, e ljoven opt&#243; -en nombre del amor- por subir al coche y hundirse en el asiento con la cabeza oculta entre los hombros y un moh&#237;n taimado en los labios.

&#191;C&#243;mo crees que le habr&#225; ido a tu calcetinera?

Bien -buf&#243; el muchacho-. Le tiene que haber ido bien o bien, porque no tiene otra salida en la vida.

A tu edad se dicen cosas as&#237; tremebundas. Pero cuando no se encuentra una salida por la puerta principal, uno siempre puede hallar un resquicio.

Usted se conforma con poco, maestro. Pero ni Victoria ni yo somos personas tan pusil&#225;nimes.

&#191;Tan qu&#233;?

Pusil&#225;nimes.

Por suerte no entiendo lo que significa, pero mi intuici&#243;n me dicta que deber&#237;a romperte la nariz de un pu&#241;etazo. &#191;De d&#243;nde sabes palabras tan extravagantes?

El joven se tap&#243; y destap&#243; los orificios de la nariz como si la amenaza se hubiera cumplido y quisiese constatar la hemorragia. Despu&#233;s se detuvo en la imagen de la Virgen Mar&#237;a que el chofer ten&#237;a colgada sobre su espejo retrovisor.

Tuve un profesor que nos dec&#237;a que los chilenos ten&#237;amos un vocabulario m&#225;ximo de cien palabras. Nos hac&#237;a leer libros, y cada vez que encontr&#225;bamos una palabra que no entend&#237;amos la escrib&#237;amos cien veces y mir&#225;bamos en el diccionario su significado.

El viejo se olvid&#243; de Neruda.

Ya, va uno.

Y la Gabriela Mistral.

Ser&#237;an dos. Y pare de contar.

Hay locutores de f&#250;tbol que son bastante locuaces.

El otro d&#237;a uno describi&#243; un gol del Colo-Colo como l&#250;cido.

Deb&#237;a de querer decir lucido.

Y cuando Herrera qued&#243; solo a un metro del arco y no meti&#243; el gol, hasta habl&#243; en lat&#237;n.

&#191;Qu&#233; dijo?

Herrera humanum est.

A medida que se alejaban del centro, los barrios de Santiago volv&#237;an a ser barridos por el tiempo. Un vendaval de caser&#237;os tristes con techos oxidados cuyos propietarios a veces pretend&#237;an alegrarlos con pintura amarilla y algunos marcos de ventana violetas. La ciudad se le hac&#237;a m&#225;s &#237;ntima mientras m&#225;s fea se iba poniendo. Eran sus arrabales, pero por ning&#250;n motivo su destino. Medit&#243; si acaso, sin posar de fresco, podr&#237;a pedirle otros mil pesos a Vergara Grey para llevarle pienso y zanahorias a su rucio. Por el momento somos una familia dividida, suspir&#243;.

En las inmediaciones del colegio, ambos recorrieron las cafeter&#237;as, los paraderos de buses, los almacenes y hasta el minimarket. Sin hallar m&#225;s pistas, determinaron que lo mejor era animarse a entrar al colegio con alguna excusa.

Vergara Grey propuso que fingieran ser funcionarios de correos que le llevaban a la ni&#241;a un giro de treinta mil pesos de parte de un pariente del sur. &#193;ngel dio por buena la idea y lograron ingresar hasta la sala de profesores con los tres billetes azules como salvoconducto.

La &#250;nica persona en la oscuridad invernal de ese espacio era la profesora de dibujo. Se hab&#237;a ubicado justo debajo de la l&#225;mpara de l&#225;grimas y trabajaba afanosamente escribiendo algo en un block. Llegaron hasta ella y &#193;ngel Santiago le sonri&#243;:

&#191;Se acuerda de m&#237;, maestra?

La mujer hizo descender los anteojos sin marco por el tabique de la nariz y estudi&#243; a los dos hombres como si viniera saliendo de un trance.

De ti me acuerdo; del otro buen mozo, no. Pero me cae bien a primera vista. Se parece al actor argentino Federico Luppi, con las canitas tan sexy en las sienes y los bigotes grises. &#191;C&#243;mo se llama?

Nicol&#225;s -abrevi&#243; el hombre, protegi&#233;ndose. &#193;ngel quiso mirar lo que la maestra escrib&#237;a, y al advertirlo, la mujer le acerc&#243; el cuaderno.

Lea. Es mi renuncia.

&#191;Qu&#233; pas&#243;, maestra?

A m&#237;, nada. Pero a tu pobre novia la hicieron charqui.

&#191;En el examen?

As&#237; es, peque&#241;o.

Pero no puede ser. &#161;Estaba bien preparada!

Preparada para todo lo que importa, &#161;pero no para huevadas!

El joven mir&#243; suplicante a Vergara Grey, como si tuviera la facultad de desmentir los dichos de la maestra, se limit&#243; a abrir las manos en un gesto de impotencia.

&#191;D&#243;nde est&#225; ahora?

En cualquier lugar de Santiago, mojada como gorri&#243;n. &#191;0 ya no llueve?

Llueve a intervalos. &#191;No puede darme una pista,.&#191;hacia d&#243;nde fue?

Me temo que a cualquier lugar desde donde puede despe&#241;arse. Los puentes del r&#237;o Mapocho, el edificio M,I, Telef&#243;nica

&#191;Y usted no hizo nada?

&#161;Que yo no hice nada! No me conoces, sinverg&#252;enza, estoy redactando mi renuncia antes de que me echen, con sumario administrativo.

Se puso de pie y tir&#243; el block sobre la alfombra. Los a&#241;os hab&#237;an desgastado en su tejido la figura central de un persa, y manchas de cloro imped&#237;an ver los ojos de algunas doncellas que lo admiraban.

&#191;De qu&#233; va a vivir, maestra, si renuncia? -pregunt&#243;, Vergara Grey.

Algo conseguir&#233;. En la Oficina del Trabajo, o tal en provincias.

&#191;En serio me encuentra parecido a Luppi?

Bastante. Algo m&#225;s gordito, s&#237;.

Es por la vida sedentaria.

&#161;Aj&#225;! &#191;A qu&#233; se dedica usted?

El hombre busc&#243; inspiraci&#243;n en los retratos de los profesores que colgaban de las paredes y luego baj&#243; confiado la vista.

Soy prestamista.

&#191;Y gana mucho con eso?

Bueno, Por el momento presto, pero a&#250;n no cobro.

&#161;Debe de tener un buen capital!

No crea. Carezco de dinero, pero me sobra paciencia.

&#193;ngel Santiago lo mir&#243; severo y luego lo apurit&#243; descaradamente con el &#237;ndice.

Una paciencia que lo pudre, se&#241;ora Sanhueza. La del gusano que se come a su cad&#225;ver bajo tierra.

&#191;Y qu&#233; quieres que haga, muchacho?

No s&#233; lo que har&#225; usted, pero yo me voy a recorrer Santiago hasta que encuentre a Victoria. &#191;Usted cree, profesora, que le puede haber pasado algo?

Lo &#250;nico que me tranquiliza es que esa chica tiene la danza, y &#233;sa es una buena raz&#243;n para vivir.

Ten&#237;a la danza, maestra. D&#233;monos prisa, don Nico.

El joven bes&#243; una mejilla de do&#241;a Elena y Vergara Grey le levant&#243; un brazo y roz&#243; galante con su bigote la mano derecha. Ella se hundi&#243; en el sill&#243;n justo bajo el tragaluz, acaso con la esperanza de que el cielo se abriera y por all&#237; se filtrara un rayo de sol. Al llegar a la puerta, el, joven tuvo la sensaci&#243;n de que la sala era m&#225;s enorme y fr&#237;a en ese momento. Se sinti&#243; tan cerca de la profesora y de su desconsuelo que quiso llev&#225;rsela a cualquier parte. Sacarla de ah&#237;.

&#191;Para ofrecerle qu&#233;? -pens&#243;-. &#191;Trotar por las calles de Santiago sin certidumbres ni recursos?

La llam&#243; suave antes de abandonar la sala, Ella acomod&#243; sus anteojos con el prop&#243;sito de focalizarlo a la distancia y puso una mano en caracol sobre su oreja para o&#237;rlo mejor.

As&#237; como est&#225;, maestra, parece un cuadro de Hopper -le dijo.



VEINTICUATRO

Los pasajes en el centro de Santiago son laberintos. Peque&#241;as cuevas de comerciantes, parecen fachadas de algo oculto. Ah&#237; la ciudad es de nadie. Apenas un permanente tr&#225;nsito de peque&#241;ez y mediocridad. Todo es ordinario y sexual. Las farmacias homeop&#225;ticas y los zapateros remendones. Las oficinas de la loter&#237;a y las agencias h&#237;picas. Las vitrinas con ropa interior femenina. Los escaparates con condimentos orientales para los refugiados del Per&#250;. Los juguetes tra&#237;dos de Hong Kong. Aviones de pl&#225;stico con trompas de elefante. Bacinicas con la sonrisa de Mickey Mouse. Insecticidas al lado de ventiladores. V&#237;deos con car&#225;tulas de samur&#225;is. Mercer&#237;as con cintas nupciales. Mendigos ofreciendo pa&#241;uelos de papel para las narices agripadas. Minifaldas a punto de explotar sobre nalgas rollizas. Galanes que fuman eternamente un cigarrillo a la espera de que a alguien se le caiga alg&#250;n billete al comprar una revista. Florer&#237;as con coronas baratas para difuntos indigentes. Timadores que arrojan tres monedas sobre las baldosas y luego que aplastan una con el zapato piden que se apueste d&#243;nde est&#225;. Reparadores de neum&#225;ticos de bicicletas desinflados. Infinitas farmacias con Yerbas para el h&#237;gado, la gonorrea, el tratamiento de piedras Vesiculares y el aumento benigno de la pr&#243;stata. Y en el centro de todo, con escalas cubiertas de alfombras que en alguna otra d&#233;cada fueron muelles y elegantes, los cines rotativos que comienzan a funcionar antes de la hora del almuerzo. Los espect&#225;culos para solitarios y cesantes. desdentados y pr&#243;fugos. Para los amantes de las pan con artes marciales y suecas incansables galopando veloces o africanas en alg&#250;n lugar tur&#237;stico del Mediterr&#225;neo.

Preguntaron por Victoria en la peluquer&#237;a del portal frente al cine dando sus se&#241;as. No la hab&#237;an visto, y si la hubieran visto, la gente de por aqu&#237; es muy discreta, cada uno se mete en lo suyo, te&#241;idos de canas muy firmes a dos pesos para el caballero, y para usted corte lolo con puparadas y mucha brillantina por mil quinientos, masajes de dos tipos, decentes y completos con chiquillas,` veinticinco a cuarenta, seg&#250;n la edad sale el precio; tambi&#233;n hay masajes de caballeros para caballeros.

Vergara Grey dej&#243; que manara la charlataner&#237;a, entremedio podr&#237;a conseguir alguna pista sobre el destino de la muchacha. Sab&#237;a que el estilo polic&#237;aco de ir al grano ahuyentaba a los eventuales informantes y mostraba poca comprensi&#243;n de que la gente tuviera aversi&#243;n hacia los chicos listos que preguntaban demasiado. En tanto, Santiago mir&#243; los afiches del film de hoy. Sexo en la promet&#237;a juegos de cocos y bananas, un gorila potente dejaba chico a King Kong, y bandas de holandeses que raptaban doncellas para exportarlas a los pa&#237;ses &#225;rabes. Le dijo a Vergara Grey que entrar&#237;a un ratito s&#243;lo para ver si encontraba a la muchacha. Que le diera unos cinco minutos hasta que su vista se acostumbrara a la penumbra, y que por ning&#250;n motivo se fuese, pues contaba a firme con el como capital para las clases de ballet. Lo prometido es deudadijo el maestro, y entr&#243; a una tienda de revistas usadas a hojear la revista Estadio, de los tiempos en que Carlos Campa cabeceaba los comers en la U.

No le hizo comentarios al boletero y &#233;l mismo le cort&#243; entrada diciendo que el acomodador no hab&#237;a venido por culpa de la famosa gripe. Que se sentara en la &#250;ltima fila y que luego buscara una ubicaci&#243;n mejor.

La temperatura del cine era hoy m&#225;s fr&#237;a que la de la calle, un ventilador daba vueltas en el techo m&#225;s para dispersar los malos olores que para entibiar la atm&#243;sfera. El film transcurr&#237;a en una pantalla antigua, de las cuadradas, y las rayas en las im&#225;genes concordaban bien con el chirrido de la banda sonora. En el interior de una choza iluminada por antorchas, una mujer rubia de senos magros y cabellera abundante sosten&#237;a una culebra e intentaba con desesperada coqueter&#237;a introduc&#237;rsela en el vientre. Dos j&#243;venes vestidos en shorts, con pelo rizado y las manos sobre sus sexos, jugaban a subir y a bajar el cierre &#233;clair, dando se&#241;ales de excitaci&#243;n ante el trabajo de la actriz, que mientras maniobraba a la fiera con una mano, con la otra les suplicaba que le acercaran sus vergas.

Desde la pantalla no rebotaba la luz. Era una copia oscura, y a medida que el joven iba discerniendo m&#225;s del contenido de la sala, se dio cuenta de porqu&#233; la oscuridad era tan perfecta. En las filas delanteras pudo discernir parejas que, abrazadas, se besaban largamente, y a mujeres solitarias que se desplazaban de las butacas para irse a sentar junto a un hombre o una dama solitaria. Intercambiaban palabras, caramelos o cigarrillos, y pronto iniciaban un contacto corporal que los llevaba a agitarse y a gemir. Una de esas mujeres que recorr&#237;an las hileras se sent&#243; a su lado y, sin dejar de mirar la pantalla, le puso delante del pecho un paquete.

&#191;Quer&#237;s un chiclet?

Bueno -dijo &#193;ngel.

Tom&#243; uno y el sabor a menta Adams se esparci&#243; por su lengua. La mujer le puso una mano en la rodilla.

&#191;Primera vez que ven&#237;s aqu&#237;?

S&#237;.

&#191;Conoc&#237;s las tarifas?

No.

Te dejo que me agarr&#237;s las tetas y me met&#225;i el dedo en la hucha por tres mil pesos, &#191;ya?

&#191;Aqu&#237; mismo?

Ando en pelotas debajo del abrigo. Los cuadritos y el sost&#233;n los tengo en la cartera. Siempre traigo chicle menta porque a veces los huevones andan con mal aliento. Aqu&#237; a los clientes les gusta mucho el trago.

La verdad, oye, es que yo no vine para esto.

No me vay&#225;i a decir que eres fan&#225;tico del s&#233;ptimo.

Lo que pasa es que ando buscando a alguien.

&#191;A quien?

A mi hermana. Dijo que vendr&#237;a al cine y no se si est&#225;.

Un hombre robusto se sent&#243; en la punta de la hilera y los resortes del butac&#243;n rechinaron bajo su peso.

Aqu&#237; vienen puras putas, cabrito. Anda a buscar a tu hermana en la parroquia. Queda a la vuelta de la esquina.

Es que se trata de un problema serio.

Oh.

Tengo que encontrarla y avisarla de que la mam&#225; est&#225; enferma.

La mujer encendi&#243; un f&#243;sforo y con la d&#233;bil mir&#243; atentamente los rasgos de su faz hasta que el f&#243;foro le quem&#243; las yemas y tir&#243; el palito calcinado al suelo.

Piensas que soy lindo, huev&#243;n.

No dig&#225;is eso, &#191;quer&#237;s?

&#191;Ten&#237;s dado vuelta el paraguas?

Me vuelven loco las mujeres.

Y entonces aprovecha, caufito. Te dejo que me beses y me mord&#225;i los pezones.

Es que ando pato.

La mujer se aparto ~tes pulseras doradas que adornaban sus mu&#241;ecas.

Lo que pasa es que me encontr&#225;i muy vieja.

Ch&#237;s, si ni te he mirado.

C&#225;chate las mensas tetas que tengo. No como la mina de la pel&#237;cula, que parecen dos uvitas no m&#225;s.

Con un sorpresivo movimiento rapt&#243; una mano del chico y la condujo por todo el volumen de sus pechos,

Est&#225;n ricas.

Duritas, &#191;te fijaste?

S&#237;.

Te dejo que me las chup&#237;s por dos lucas. Todo el tiempo que quer&#225;i.

Te dije que no tengo plata, oh. Estoy pato y cesante.

Ella se puso de pie. Se pas&#243; la lengua por los labios y le pinch&#243; la nariz, como rega&#241;&#225;ndolo.

Los cines para maricones est&#225;n en el pasaje de Catedral. No volv&#225;i por aqu&#237;.

Fue a sentarse al lado del hombre robusto y &#193;ngel Sanhago alcanz&#243; a o&#237;r parte del di&#225;logo ritual con que le ofrec&#237;a goma de mascar mentolada. Se apart&#243; de ellos, ocup&#243; la &#250;ltima butaca del lado opuesto y quiso discernir con m&#233;todo los rasgos de las veinte o treinta personas que estaban en la sala, los pocos solitarios que antes que mirar el film parec&#237;an espiarlo con excitaci&#243;n de colegiales, alg&#250;n oficinista que dorm&#237;a una siesta precoz, y las parejas. Los mismos abrazos y besos por todas partes en la h&#250;meda y rutinaria oscuridad.

Tuvo al principio la sospecha de que hab&#237;a encontrado a Victoria cuando esa figura, cinco filas m&#225;s adelante, se dejaba caer con languidez sobre el respaldo del butac&#243;n, y un hombre con boina que la cortejaba se hund&#237;a sobre su falda. Luego ella hizo un gesto con la mano, volc&#243; toda la larga cabellera sobre la parte trasera del butac&#243;n, y las dudas de &#193;ngel se disiparon. La cabeza del hombre de la boina se hab&#237;a sumergido, y aun desde esa distancia y en penumbra, no era dif&#237;cil suponer que lam&#237;a sus pezones,, hund&#237;a la nariz en su vientre.

&#191;Qu&#233; mierda me importa? -se dijo, manoteando las l&#225;grimas y la secreci&#243;n que estallaron sobre el rostro-, &#191;Qu&#233; me importa por la misma mierda?, se dijo otra revolc&#225;ndose en el asiento como si alguien le hubiera pegado el h&#237;gado con un mazo.

Pero cuando salt&#243; del asiento y se adentr&#243; por el pasillo, supo en el vientre que si tuviera ahora un rev&#243;lver disparar&#237;a, si el cielo le pusiera un pu&#241;al en la mano degollar&#237;a, y si tuviese un taladro perforar&#237;a el cr&#225;neo del quela trajinaba.

&#201;l sub&#237;a la espalda por el respaldo y ella bajaba su boca, hacia sus pantalones. En pocos segundos, por el aser&#225;st movimiento de su cabeza, supo que se hab&#237;a metido miembro del hombre de la boina en la boca, que lo atrapaba con su lengua, que los gemidos del tipo eran sujetados para no reventar en un grito de placer. Lament&#243; en ese momento en sus manos ese desmayo que le robaba las fuerzas. No podr&#237;a estrangularlo. No hab&#237;a tensi&#243;n en los dedos agarrotados por la humillaci&#243;n para apretar la yugular hasta asfixiarlo. Fue hasta el sitio mismo donde la pareja se empleaba y entonces todo aquello que supon&#237;a lo vio en una dimensi&#243;n m&#225;s poderosa que la imagen de pantalla, con ese ruido soez de jadeos profesionalniente, calculados para ocultar el murmullo de fluidos que los espectadores cambiaban con sus putas.

En un segundo estuvo encima de ella y tuvo la plena lucidez del dolor. No pod&#237;an verlo, ni el hombre, con los ojos cerrados concentr&#225;ndose en su &#233;xtasis, ni la chica, afanada en acelerar sus movimientos para acabar con la faena.

Entonces tir&#243; de la cabellera de Victoria con la fuerza de quien se arrancara su propia piel y ante sus ojos estall&#243; todo el espect&#225;culo de miseria: la eyaculaci&#243;n del desconocido en la frente de la chica, en su abrigo, en el respaldo del asiento delantero, en sus labios, enrojecidos por el roce con su glande. La sac&#243; hasta el pasillo arrastr&#225;ndola del pelo, y mientras lo hac&#237;a, el grito que lo acechaba desde hac&#237;a minutos irrumpi&#243; con el rugido de un animal.

Era m&#225;s que la indignaci&#243;n y el asco, mucho m&#225;s que el amor y la ternura ofendida, infinitamente m&#225;s que el odio injucioso al mundo y sus bestias, eternamente m&#225;s que la rabia por la virilidad celosa pisoteada, m&#225;s enceguecedora que la sangre agolpada en sus ojos.

Hubiera preferido ser ciego y no verlo, sordo y no o&#237;rlo, indiferente hasta el hielo para haberlos dejado seguir en su comercio de saliva y semen; hubiera querido no haber salido jam&#225;s de la c&#225;rcel, y entendi&#243; ahora, en su confusi&#243;n, que la libertad era apenas una continuaci&#243;n del castigo, que haber encontrado por azar a Victoria Ponce era su decreto de muerte sellado y ratificado por la autoridad que enfrentaba ahora el exacto equivalente de un pelot&#243;n de fusilamiento, la aguja de inyecci&#243;n letal en.la vena, los miles de voltios que lo hubieran erizado en la silla el&#233;ctrica, y esa respiraci&#243;n que no llevaba aire a sus pulmones eran las toneladas de gases de una c&#225;mara final. Ni a un moribundo la muerte le duele tanto como a m&#237; la vida. &#191;De qu&#233; me sirve tener veinte a&#241;os y el mundo por delante?

Los espectadores del cine reaccionaron al espanto del grito ocult&#225;ndose en los asientos, temerosos de ser sorprendidos por los agentes de investigaciones, por la brigada de narc&#243;ticos, por las patrullas contra la pedofilia, por los servicios de sanidad, por acreedores de sus cheques sin fondo, por esposas celosas con sus detectives.

Temieron que ese grito fuera el alarido que anunciaba la llegada de un &#225;ngel apocal&#237;ptico, un lancero medieval como los que ve&#237;an en las pel&#237;culas de esa pantalla que astillaba los corazones de sus rivales haciendo trizas escudos, o el puntapi&#233; en la garganta de un feroz guerrero oriental que les trizar&#237;a la car&#243;tida.

Y &#193;ngel trep&#243; la escalera dotado de una s&#250;bita fuerza sobrenatural, y una vez que lleg&#243; al nivel del pasaje, con un alarido dispers&#243; a las peluqueras curiosas que se hab&#237;an agolpado para ver a la v&#237;ctima tendida en el suelo, y con un &#250;ltimo aliento arrastr&#243; a Victoria hasta los pies de Vergara Grey.



VEINTICINCO

Ah&#237; la tiene Personalmente, maestro. La se&#241;orita Victoria Ponce. Entr&#233;guele personalmente la plata.

La chica se puso de rodillas y se cubri&#243; la cara con el pelo. Se mantuvo oculta de la curiosidad de los ociosos, con la cabeza gacha, como en oraci&#243;n. El hombre se agach&#243; para atenderla y quiso levantarle la barbilla.

&#191;Qu&#233; te pas&#243;, chiquilla, por Dios Santo?

Necesito lavarme, se&#241;or -dijo con voz apenas audible.

Lev&#225;ntate y entremos a la peluquer&#237;a. All&#237; te convidar&#225;n a agua.

Quiero irme lejos de aqu&#237;, don Nico.

Ponte de pie y ap&#243;yate en m&#237;.

No quiero que nadie me mire la cara.

Est&#225; bien. Mant&#233;n el pelo cubri&#233;ndola y avancemos hacia la salida.

La chica obedeci&#243; y se refugi&#243; en el abrazo del hombre. Le hizo se&#241;as a los testigos de que se abrieran, pidiendo con un rictus comprensi&#243;n por la joven herida. As&#237; fueron, casi como lisiados, hasta la salida de Santo Domingo, seguidos a cierta distancia por &#193;ngel Santiago, con las manos hundidas en el chaquet&#243;n de cuero.

Afuera la presi&#243;n del sol hab&#237;a dispersado el c&#250;mulo de nubes, y ahora brillaba con un amarillo m&#225;s irritante que tibio. Al advertir esa luz, Victoria Ponce parec&#237;a tomar una conciencia extrema de su cuerpo, pues comenz&#243; a sacudirse y ara&#241;arse como s&#250;bita v&#237;ctima de peste.

Necesito lavarme.

Vamos caminando. Ya encontraremos un lugar.

No me entiende, se&#241;or. Es urgente. Se rasc&#243; los p&#243;mulos y al retirar la mano brot&#243; un hilillo de sangre.

Ahora trata de calmarte. No te impacientes.

Quiero lavarme. Por favor, ay&#250;deme.

Sigue caminando conmigo, muchacha. Estoy atento por s&#237; aparece alg&#250;n grifo.

Si no me lavo, me muero, don Nico.

Ya lo dijiste.

&#191;D&#243;nde est&#225;n?

&#191;Qui&#233;nes?

La gente del pasaje.

Se quedaron atr&#225;s.

&#191;No nos siguen?

Tranquila. Estamos solos

&#191;D&#243;nde hay un poco de agua, profesor?

Introdujo algunos dedos en la boca y trat&#243; sin &#233;xito provocarse un v&#243;mito.

&#191;Qu&#233; haces, chiquita?-Quiero arrojar.

Si puedes, hazlo.

Se sacudi&#243; en una arcada sin que pudiera expulsar el l&#237;quido que sent&#237;a bloque&#225;ndole el pecho. S&#243;lo logr&#243; escupir una sustancia amarillenta.

Vergara Grey la hab&#237;a dejado a solas para no incomodarla, y en el momento en que la luz del sem&#225;foro en Miraflores con Santo Domingo pas&#243; a verde, la muchacha se filtr&#243; entre los autos y los autobuses y ech&#243; a correr en direcci&#243;n a la cordillera.

Espera, chiquilla -le grit&#243; el hombre-. &#161;Te traje el dinero para tus clases!

El tr&#225;fico y la distancia impidieron que Victoria lo oyera. Ahora corr&#237;a electrizada por cada nervio, esquivaba a los transe&#250;ntes, se saltaba las luces rojas para peatones igual que si estuviera ciega, no prestaba atenci&#243;n a los bocinazos de los buses, ni al pitido del carabinero que le llam&#243; la atenci&#243;n cuando estuvo a punto de ser atropellada.

En la esquina del palacio de Bellas Artes trep&#243; la escalinata y quiso atisbar si alguno de los dos hombres la persegu&#237;a. El vicio profesor se distingu&#237;a all&#225; a lo lejos, la mano en el coraz&#243;n, tratando de impedir el infarto, pero &#193;ngel Santiago le hac&#237;a se&#241;as a pocos metros, conmin&#225;ndola a detenerse. Victoria cruz&#243; a ciegas Santa Luc&#237;a y en pleno parque Forestal uni&#243; al trote las l&#225;grimas. A pesar del fr&#237;o, el cuerpo se le hench&#237;a de fiebre, la sangre le quemaba en los p&#243;mulos, y los zapatos escolares levantaban polvo a sus espaldas.

Pero sigui&#243; con la certeza de que por esa ruta llegar&#237;a a la fuente Alemana. All&#237; encontrar&#237;a el manantial y las cascadas: desde esa fastuosa escultura con su barca de bronce en las alturas caer&#237;a el l&#237;quido en manadas de gotas, en chisporroteos de clara velocidad, se alzar&#237;an las ondas que Va dejando el buque met&#225;lico. Corriendo y trotando y desmayando, ya alcanzaba a ver los aurigas del oc&#233;ano en el centro de Santiago, las at&#243;nitas focas de fierro pulido, el p&#225;jaro de buen augurio a la espalda de los dioses remeros que va empujando con sus aleteos a la troupe de emigrantes y colonizadores, piratas y santos, rebeldes y reyes, quietos en la fuente ya tan cercana, Ya tan a mano ella, tan pr&#243;xima ella, la hermosa fuente, la bella de lluvia y bronce, la m&#225;s f&#233;rtil en la niebla tibia invierno, en la tarde de grises y estudiantes rezagados cambian besos y promesas en los bancos del parque Fatal, qu&#233; locura, qu&#233; feroz la fuente nutritiva, la alegor&#237;a comprensible de los navegantes altaneros que han echado pie y ra&#237;z en Chile, qu&#233; alucinaciones de tigre ponerlo medio de esa agua que simula un mar sin olas, una tormenta sin rayos ni truenos ni vendavales de granizos, ni copos de nieve de sus parajes n&#243;rdicos originarios, esos nibelungos de Nibelungia, esos sajones de Sajonia, qu&#233; bendicieron esa agua tan pr&#243;xima, esa fuente que le fue tantos a&#241;os un manantial de indiferencia, pero ahora all&#237;, al alcance de sus manos, de sus senos, de su cabellera, de su garganta magullada, de su lengua de &#225;spid y venenos, de c&#243;lera, de rabia de esperma diseminada y an&#243;nima, qu&#233; espejismo de esa agua incesante manando all&#237; para ella, y qu&#233; barulwf de otras fuentes so&#241;adas en sus p&#225;rpados, la de Trevi, la, piazza Navona, la de Cibeles, Margot Fonteyn en el Royal Palace, la &#243;pera de Par&#237;s, la Escala de Mil&#225;n, los lenguajes maravillosos que aprender&#237;a en cuanto pisara tierras desconocidas, pues siempre crey&#243; que el entusiasmo es el due&#241;o del mundo, que bastaba, se&#241;orita Petzold, que uno muriese la muerte con un poeta para ser de todas maneras un poco inmortal, y ella ya est&#225; casi all&#237;, all&#237; ya a veinte metros de llegar y cuando ella ya all&#237; y se zambullese no ser&#237;a ese barco de la vida, esa nave de locos, el trasatl&#225;ntico del mito que la llevar&#237;a ahogada y vertical, perfectamente tiesa y Ofelia hacia el otro mar dado vuelta que era el cielo, qu&#233; mejor y m&#225;s contundente respuesta a todo que la muerte ahora mismo, ya mismo, all&#237; mismo, corriendo y llegando, la misma muerte de Manrique, profesora Petzold, la misma maldita muerte de su padre, la misma muerte que intu&#237;a que ya acechaba con hocicos de perros y jaguares a su amado &#193;ngel Santiago con esas ganas tan terribles de vivir, tan voluntarioso y fraternal, tan amante y padre m&#237;o, tan exactamente lo contrario de la muerte que me espero y merezco, M&#225;s r&#225;pida que lenta, m&#225;s ancha y profunda que una vena, tan torrencial como una arteria rajada a gillette, pero agua ya, ya aqu&#237; ya y al fin ya, ah&#237; est&#225; tangible ya el p&#225;jaro de lluvia, esa m&#250;sica en la que ya hunde sus dedos y salpica la cara, y es el anuncio de otra vida, el bautizo, ahora s&#237; que ya, ahora s&#237; que ya sus manos le frotan el rostro, empapan de agua los grumos gelatinosos revueltos en la cabellera, ahora s&#237; que ya se salpica hasta el escote, abre con furia el abrigo y salta el bot&#243;n, y las dos manos lavan sus senos, los amasa turbulenta, inunda sus pezones rasp&#225;ndolos con esa agua amable y se lava y se unta y se moja y se expande y se aprieta y se enjuaga, y transforma el agua de la piedad en un chubasco, y se tira el l&#237;quido sobre el cuerpo haciendo un c&#225;ntaro con las manos, y ahora se detiene un momento porque oye a su lado la voz de &#193;ngel Santiago, que le dice para, Victoria, por Dios Santo, para ya, Victoria Ponce para ya, pero ella ya no oye y entra a la fuente.



VEINTIS&#201;IS

&#191;Alcaide?

S&#237;, se&#241;or.

Soy yo.

Santoro fue hasta la puerta, ote&#243; a lo largo del pasillo y, puesto que no divis&#243; a ning&#250;n guardia en las inmediaciones, fue de vuelta hasta el escritorio y desenchuf&#243; la grabadora conectada al tel&#233;fono.

_&#191;Ya est&#225;?

Todav&#237;a no,jefe.

&#161;Van quince d&#237;as, por la cresta!

Bueno, usted me dio un mes.

No deber&#237;a haberlo hecho. En las noches no duermo, y cuando logro dormir tengo pesadillas y me despierto.

Perdone, alcaide, pero es muy dif&#237;cil trabajar cuando uno no existe. No s&#233; si me capta.

&#191;Qu&#233; quieres decir?

Santiago es grande, y s&#237; no puedo contactar a mis contactos, &#191;c&#243;mo hallo al mu&#241;eco?

Te pas&#233; la direcci&#243;n de la casa.

No vive ah&#237;, jefe. No lo pueden ver ni en pintura. La esposa, eso s&#237;, est&#225; de com&#233;rsela con huesitos y todo.

Suj&#233;tate, animal. Una violaci&#243;n, y yo personalmente te mato.

Tranquilo, que no me falta donde mojar el gorri&#243;n.

&#191;Y si te reconocen?

Cuando tengo ganas, no visito a ninguna de las, antes.

As&#237; debe ser. Si alguien te identifica, me cae sumario administrativo, pierdo la paga y me meten en la c&#225;rcel. Acaso en esta misma. Imag&#237;nate la cantidad de huevones que me quieren cortar el larguero.

Yo conozco en su c&#225;rcel por lo menos a dos.

&#191;Qui&#233;nes?

El Innombrable y Otro.

&#191;Cu&#225;l es el otro?

Mientras lo tenga adentro no tiene nada que temer alcaide.

D&#237;melo.

El trabajito que me encarg&#243; no incluye la delaci&#243;n

Est&#225; bien. &#191;Para qu&#233; me llamaste?

La informaci&#243;n que me dio en la &#250;ltima llamada que le hice es correcta. El mu&#241;eco prepara algo con Vergara

Sigue.

Se han visto en la calle de las Tabernas, donde no puedo ir a meter las narices por razones obvias.

Est&#225; claro. Te reconocer&#237;an hasta los postes. Por lo que te dije que buscaras en la familia.

El hijo es un chancho que no da manteca. Es m&#225;s aburrido que bailar con la hermana. La mam&#237; no me tiene confianza y no suelta prenda.

Si la violas, te mato, bestia.

Ya lo capt&#233;, alcaide. No se agite.

Entonces dime de una vez para qu&#233; me llamas.

Porque se me encendi&#243; la ampolleta, alcaide., Si elmu&#241;eco prepara un golpe con Vergara Grey, debe de ser algo del porte de un trasatl&#225;ntico.

Nico no se anda con chicas.

Y si nosotros, por esas casualidades de la vida, cachando Por que estamos cachando, &#191;no ser&#237;a m&#225;s conveniente.subirse al carro de la victoria que matar al caballo?

Expl&#237;cate.

El viejo es un gran silbador de tangos de la Vieja Guardia. pero el Innombrable tiene que ser el t&#237;o que aporta la decisi&#243;n y las ganas.

Me consta, porque ganas de matarme no le faltan.

Pero s&#237; le falta plata. Y sabe que Vergara Grey se la puede dar en cantidades.

Perfecto el argumento. Pero te falla en un punto, ilustre an&#243;nimo: el viejo colg&#243; los guantes.

No hay campe&#243;n mundial de box con los sesos molidos que proclame eso y que a pesar de todo no vuelva al ring por un par de millones. Como Mohammed Al&#237;. Lo hacen papilla, Pero agarra platita para que le traten el Parkinson.

&#191;Qu&#233; propones?

Que averig&#252;e con el alcaide con qu&#233; proyecto sali&#243; Huerta de su boliche.

&#191;Que: yo hable con Huerta? &#161;Si hasta es socialista, el culiao!

&#161;Uy! Aunque sea mahometano! Usted la tiene mejor que yo, alcaide, porque est&#225; al otro lado de la ley. Pero perdone la franqueza, ni yo ni usted vivimos holgados. S&#237; nos metemos en el Golpe del viejo agarraremos nuestra parte, y con el dinero puede arreglarse la dentadura y mandar a sus hijas a un colegio privado. A la Alianza Francesa, por ejemplo.

Claro que me gustar&#237;a sacarlas de la picanter&#237;a en que se mueven.

Entonces, pues, se&#241;or Santoro, hable con Huerta y entres&#225;quele algo.

El alcaide decidi&#243; frenar el ritmo de esa charla. Era muy probable, claro que s&#237;, que para ganarse unos d&#237;as m&#225;s de chipe libre Rigoberto Mar&#237;n lo quisiera implicar en una fantas&#237;a de Golpe que le permitiera no arriesgar el asesinato del Querub&#237;n. El pendejito era un engre&#237;do ladr&#243;n de caballos y deb&#237;a de ser del todo incompatible con la t&#233;cnica y la inteligencia de Vergara Grey. Podr&#237;a ser su junior, pero no su c&#243;mplice.

&#191;Alcaide?

Estaba pensando, hombre. Arregla al Innombrable cuanto antes y vuelve a casa.

Usted me pide que mate a la gallina de los huevos de oro.

En este momento me interesa m&#225;s salvar mi vida real que un dinero hipot&#233;tico.

&#161;Est&#225; Vergara Grey de por medio!

Todo el mundo lo sabe, y los tiras tambi&#233;n deben de estar tras sus pasos. No nos metamos en l&#237;os, muchacho.

Llame a Huerta, se&#241;or Santoro. H&#225;game caso.

Tal vez lo haga. Pero primero arr&#233;glame al mu&#241;eco.

El Querub&#237;n es un pan de Dios, alcaide.

T&#250; sabes que no es cierto. Fresco por fuera, podrido por dentro. M&#225;talo y punto y aparte.

&#191;Cu&#225;nto plazo me da?

&#191;Te quedan dos semanas? Pues eso, dos semanas.

Se va a arrepentir, alcaide.

No creas, cuando todos los perros quieren comerse la misma salchicha, se muerden los dientes entre s&#237;.

Curioso que me diga eso, se&#241;or. Vivo rodeado de perros.

Que no salten sus pulgas a tus andrajos.

&#161;Qu&#233; se cree! Hasta con traje nuevo ando.

&#191;Con qu&#233; plata?

Las mujeres me apoyan.

As&#237; que bien dotado, el hombre.

La naturaleza es as&#237;. A veces da, a veces quita. Entonces, &#191;adi&#243;s a la educaci&#243;n en la Alianza Francesa de sus ni&#241;itas?

Adi&#243;s a tus cojones si el Innombrable sigue vivo de aqu&#237; a quince d&#237;as.

En cuanto colg&#243; fue hasta la estufa de gas licuado y se frot&#243; las manos en la parrilla encendida. Los dedos atraparon algo del calor, lo cual le permiti&#243; hojear su libreta de direcciones sin tener que despegar las p&#225;ginas h&#250;medas. El mismo Huerta atendi&#243; la llamada.

Soy Santoro, de la c&#225;rcel p&#250;blica.

Imposible olvidarse de usted, alcaide.

Muchas gracias.

No se lo dije en sentido positivo. Despu&#233;s del golpe militar, estuve seis meses preso en su recinto.

&#161;Pero estamos hablando de bueyes perdidos! En ese tiempo yo ten&#237;a veinticinco a&#241;os.

Pero como sargento fue muy colaborador con las nuevas autoridades.

Igual que la gran mayor&#237;a del pa&#237;s. Chile era un caos y se necesitaba mano dura.

Exactamente. Mano dura es la que aplic&#243; conmigo. &#191;C&#243;mo es que lleg&#243; a trepar a alcaide despu&#233;s de que se recuper&#243; la democracia?

Por la carrera funcionaria. Los servidores p&#250;blicos estamos inmunes a las veleidades pol&#237;ticas.

&#191;Incluso quienes practicaron torturas?

No sea tan tr&#225;gico, Huerta. Golpizas. Simples golpizas.

A&#250;n sigo sin o&#237;r bien del o&#237;do izquierdo y muchas veces pierdo el equilibrio. En mi caso fue un golpe brutal seco contra la oreja.

Pero no fui yo, hombre.

No usted personalmente.

&#191;Ve, pues? Todas las fuerzas armadas lo dicen. Las responsabilidades son individuales, no institucionales.

S&#237;, hace veinte a&#241;os que vengo oyendo la misma cancioncita. &#191;Para qu&#233; me llamaste?

Para coordinarnos, colega.

&#191;Usted y yo?

Efectivamente. A ambos nos interesa que haya paz y orden en Chile.

Unos con leyes y otros a chalchazos.

Pero ni usted ni yo somos los mismos. Hoy yo no tocar&#237;a a un preso ni con el p&#233;talo de una dama.

Se ha puesto l&#237;rico, Santoro. &#191;De qu&#233; se trata?

Usted solt&#243; a Vergara Grey hace unos d&#237;as, &#191;cierto?

Fue beneficiado por la amnist&#237;a.

Exacto. D&#237;game, colega, &#191;en qu&#233; anda el campe&#243;n?

Jubilado.

Pero si apenas tiene sesenta.

Ser&#225;, pero no quiere m&#225;s guerra.

&#191;De qu&#233; vive? Todos saben que el socio le rob&#243; su bot&#237;n.

De lo que le prestan los amigos.

Por ahora. &#191;Pero m&#225;s adelante?

Vaya al grano, Santoro.

Anda el runr&#250;n que el viejo est&#225; metido en algo grande.

&#161;Uf!

Ser&#237;a bueno que habl&#225;ramos con &#233;l para disuadirlo. Corno servidores p&#250;blicos le debemos esa gauchada al pa&#237;s. El pueblo no ver&#237;a con buena cara que en un gobierno democr&#225;tico criminales amnistiados reincidan con la complacencia de las autoridades.

Vergara Grey no volver&#225; a delinquir.

&#191;Ah, s&#237;? S&#243;pleme este ojo.

B&#250;squelo y encu&#233;ntrelo solito. Y solito h&#225;gale el chantaje que desea.

&#191;Qu&#233; chantaje, Huerta?

Me imagino que usted va tras la mordida, &#191;no?

&#161;No me ofenda!

Si le molesta tanto, no tiene m&#225;s que cortar el tel&#233;fono.

Corte usted primero.

No. se&#241;or. Soy un caballero y fue usted quien me llam&#243;.

Acu&#233;rdese de que le ped&#237; colaboraci&#243;n y no quiso participar. Si Vergara Grey hace algo y la prensa sigue la pista, van a llegar a usted y a este di&#225;logo.

No veo c&#243;mo.

Por ejemplo, si alg&#250;n pillo lo hubiera grabado.

Huerta se pas&#243; los dedos fr&#237;os por los p&#225;rpados somnolientos.

Haga lo que quiera, Santoro.

No har&#233; nada que le cause da&#241;o. Pero por esttas que me gustar&#237;a verlo algo m&#225;s colaborador la pr&#243;xima vez que lo llame.

&#191;Y usted no tiene nada que contarme?

&#191;Como qu&#233;?

&#191;Alguna cosa que sea un secreto?

&#191;Como qu&#233; cosa?

Nada. Preguntaba no m&#225;s.

&#191;&#191;&#191;???concepto filos&#243;fico de los existencialistas y los cantantes argentinos de que la vida no vale nada. La conclusi&#243;n que sacan estos seres pla&#241;ideros es que, por lo tanto, no es necesario pagar un precio por ella. No conozco la historia de su pariente, se&#241;ores, pero al parecer no quiere m&#225;s guerra. Desea morirse simplemente, tan melanc&#243;lico como suena.

El otro tema, por supuesto, son los costos. Se agarr&#243; una infecci&#243;n m&#225;s o menos por zambullirse con abrigo y todo en la fuente Alemana, hasta que fue la ambulancia a rescatarla, pero aqu&#237;, en la Asistencia P&#250;blica, esta pobre enfermita est&#225; ocupando una pieza y detr&#225;s de ella hay una fila de moribundos, ni&#241;os atropellados por automovilistas ebrios, ojos expulsados de sus cuencas por cuchillos en ri&#241;as callejeras, abortos autoinducidos por empleadas dom&#233;sticas que se embarazaron del hijo del patr&#243;n, apendicitis galopantes a las que urge meterle tajo, episodios de locura que requieren camisa de fuerza y encefalogramas, y para qu&#233; les voy a entrar en m&#225;s detalles.

Las aflicciones de Victoria Ponce son chilindrinas en comparaci&#243;n con lo que me espera. Tremendo fastidio que me da, porque iba a ver por televisi&#243;n cable en vivo y directo al Real Madrid contra el Juventus, pero ahora de turno aqu&#237; hasta que amanezca, si se me llegan a caer las pesta&#241;as, llevo siete caf&#233;s en el gaznate, uno cada media hora. &#191;Qu&#233; podemos hacer con la chiquita; no tiene seguro m&#233;dico con alguna Isapre? &#191;Aunque sea el plan Fonasa?

&#191;Acaso no podr&#237;an meterla un par de d&#237;as en una cl&#237;nica privada hasta que pasen las turbulencias?

Es cosa de que cuando admitan a su sobrina, don Nico, usted les deje un cheque en blanco por los gastos que ocasionar&#225;. Cuando est&#233; lista la cuenta, entonces usted rellena el documento con la cifra que le indiquen. Ahora, si no tiene cheques, qu&#233; puede hacer, pregunta usted. Entonces ll&#233;venla a casa.

Yo le ense&#241;o c&#243;mo colocar inyecciones. Le regalo algod&#243;n, alcohol y jeringa, cualquier cosa, pero s&#225;quemela de aqu&#237;, por favor, caballero, que los pacientes se est&#225;n muriendo en el pasillo, tengo que operar, coser puntos en una frente, hacerle lavativas a un tipo envenenado con carne podrida que rob&#243; de un basurero. Todos claman por el doctor Gabriel Ortega.

Ll&#233;vemela de aqu&#237; lejos, es una chica muy simp&#225;tica, con la sensibilidad y la belleza de un artista, pero requiere de mucha atenci&#243;n. Hay que ponerla junto a gente positiva. As&#237; como ustedes, por ejemplo. Hay que arrancarle de cuajo esa depresi&#243;n que le est&#225; comiendo el coco. Si sigue con esa tristeza va a permitir que se la devore la fiebre. Tiene que tomar mucho l&#237;quido: &#161;pero dentro del cuerpo, no afuera! Nada de piletas, r&#237;os, ni oc&#233;anos.

Ll&#233;venla a su casa. &#191;No tiene madre esta ni&#241;ita? &#191;Tiene madre? Entonces ll&#233;venla donde ella. Que la cuide, que le levante el &#225;nimo. &#161;0 a su casa, joven! &#191;C&#243;mo? &#191;No tiene casa? Realmente es ins&#243;lito, todos tienen una casa. Gente como usted es rar&#237;sima. Ah, es que es de Talca. Ya, pues tomen un taxi, y m&#233;tanla en el tren a Talca. Eso est&#225; bien, naturaleza, p&#225;jaros, monta&#241;as, sauces llorones, patos, vacas, gallinas, cualquier cosa menos este moridero. &#191;Comprende? &#191;Comprenden?

Los hombres sacaron la camilla con Victoria al pasillo y se pusieron en la hilera de postoperados e indigentes que esperaban turno. Un anciano ebrio y con la mu&#241;eca manando sangre ten&#237;a encendida la radio Carrera con tangos del recuerdo. Nada sigue igual en tu pueblo natal. Hab&#237;a dos carteles. Uno prohib&#237;a fumar, el otro rogaba no fumar.

Vergara Grey quiso hallar un tel&#233;fono para llamar a Teresa Capriatti. El d&#237;a se hab&#237;a volado de manera inesperada. No sab&#237;a c&#243;mo ni por qu&#233; hab&#237;a ca&#237;do en el v&#233;rtigo de esa historia ajena, teniendo, carajo, una tan propia.

;Qu&#233; hacemos, maestro?

Tenemos que encontrarle a la muchacha un lugar donde dormir. &#191;Qu&#233; tal la casa de la madre?

La vieja est&#225; con tratamiento psiqui&#225;trico y depresi&#243;n profunda.

El remedio ser&#237;a peor que la enfermedad.

&#191;Y en el departamento de su esposa?

Si ah&#237; no puedo entrar ni yo, menos me van a aguantar una desconocida a punto de estirar la pata.

Fueron hasta la esquina de la Alameda con Portugal y pidieron dos Escudos. El televisor estaba encendido y la c&#225;mara acechaba con un feroz zoom los ojos del ministro: un ataque de chacal a ver si se le ca&#237;a una l&#225;grima cuando hablara de la muerte de su hijo y as&#237; subiera la sinton&#237;a. &#193;ngel Santiago sufri&#243; con m&#225;s rigor que nunca su diferencia. Todos estaban de paso en el bar, comer&#237;an su s&#225;ndwich, su refresco, charlar&#237;an con el amigo y luego saldr&#237;an a la calle, bajar&#237;an la escalera del metro Universidad Cat&#243;lica y viajar&#237;an haciendo transbordos hacia sus casas. Probablemente vivieran en mediaguas de calaminas y barro, filtraciones y olor a parafina, rodeados de basurales y bares clandestinos, pero al fin y al cabo, era algo que pod&#237;an llamar casa. Mi casa, dir&#237;an. Te invito a mi casa, le dir&#237;an al amigo, aunque las paredes estuvieran carcomidas por las termitas y manchadas de cucarachas.

Vergara Grey exhal&#243; el humo y se apart&#243; con dos u&#241;as una mota de tabaco enredada en su mostacho gris.

Yo ya le he pechado dinero a la amante de Monasterio y al alcaide Huerta. A Teresa la tienen amenazada con cortarle el gas y reci&#233;n estamos entrando en el invierno. No se me ocurre a qui&#233;n m&#225;s acudir. &#191;C&#243;mo te ha ido a ti?

Raton&#233; a una vieja que sacaba plata de un cajero autom&#225;tico y le mangoni&#233; ocho lucas al viejo que cuida autos en la calle de las Tabernas.

&#191;Qu&#233; hiciste con la plata del cajero autom&#225;tico?

Era una sucursal cerca del Hip&#243;dromo Chile. Me entusiasm&#233; con un caballo y lo compr&#233;.

Vendamos el caballo.

Eso ser&#237;a para m&#237; irme totalmente al chancho.

Expl&#237;cate.

Yo quiero ser due&#241;o de un campo. Siempre me vi galopando por mis terrenos montado a caballo. En cuanto sal&#237; de la c&#225;rcel, decid&#237; comenzar a construir mi sue&#241;o. Part&#237; por lo m&#225;s pr&#225;ctico.

El caballo.

Lo consegu&#237; a precio de huevo. Pone m&#225;s de uno quince para los mil doscientos metros. Para carreras competitivas no sirve, pero en mi campito funcionar&#237;a de maravillas.

&#191;Y d&#243;nde est&#225; ese campe&#243;n?

Por ah&#237;.

&#161;Por ah&#237;! &#161;Igual que t&#250;, igual que tu palomita! &#161;Por ah&#237;!

Bueno, usted tiene la culpa, profesor. Si se hubiera entusiasmado por el Golpe, estar&#237;amos felices ri&#233;ndonos de todos los que nos han jodido a lo largo de la vida.

Esta miseria, chiquillo, es mejor que la c&#225;rcel.

No es mejor, maestro. Lo malo que esto tiene es que es real. Real con erre de rabia, &#191;me entiende? En cambio, la c&#225;rcel es solamente una posibilidad.

&#161;Real!

&#161;Pero con erre de remota! Usted mismo dice que el plan del peque&#241;o Lira es genial.

&#161;Epal Genial, en el contexto chileno.

En cualquier parte del mundo, maestro. &#191;Por qu&#233; se empe&#241;a en disminuir a&#250;n m&#225;s la estatura del Enano Lira? Imag&#237;nese un ascensor que desemboca en una caja fuerte. Entre ambos hay un espacio cubierto con l&#225;minas que se desatornillan con una navajita de colegial. Luego usted manipula las ganz&#250;as, corta la alarma electr&#243;nica, y llenamos el elevador de d&#243;lares.

El hombre se sirvi&#243; medio vaso de cerveza y retuvo un rato algo de su refrescante amargura sobre la lengua.

Todas las sospechas recaer&#237;an sobre m&#237;.

Pero si lo genial es que, salvo Canteros y su mafia, nadie se va a enterar de que hubo tal robo.

A ver, &#191;c&#243;mo es eso?

Claro como el agua.

No me nombres esa abominable palabra. Hoy s&#243;lo o&#237;r hablar de agua me produce hipo.

El dinero que guarda Canteros en la caja de fondos es el que recluta de sus servicios de seguridad clandestinos. Son las coimas que los empresarios le pagan por haber defendido sus intereses durante la dictadura. Son la mafia de sus matones. Ese dinero no pasa por ninguna fiscalizaci&#243;n, ni paga ning&#250;n impuesto, y no se da al recibirlo ninguna boleta. Es platita voladora como las aves del Se&#241;or. Por lo tanto, cuando desaparezca de sus caudales, no tiene a qui&#233;n ir a llorarle sus penurias. Canteros es un zorro al que todos los perros quieren echarle mano.

En realidad, el plan de Lira es astuto hasta en ese detalle.

Me alegra que comience a darse cuenta.

Yo me di cuenta hac&#237;a rato. Pero como t&#250; piensas solamente en ti, no te has dado cuenta de que, hecha la operaci&#243;n, t&#250; te puedes disolver en el m&#225;s feliz de los anonimatos porque no van a andar buscando a un ladronzuelo de burros como ide&#243;logo de un Golpe de esta magnitud. &#191;pero yo, hijo?

&#161;Puchas que es duro de mollera, se&#241;or! Le acabo de explicar con pelos y se&#241;ales por qu&#233; la polic&#237;a no puede intervenir.

La polic&#237;a, no. &#161;Pero Canteros y sus pistoleros, s&#237;!

Tiene raz&#243;n.

&#191;En qui&#233;n van a pensar antes que nadie cuando encuentren el cofre vac&#237;o?

Una r&#225;faga sombr&#237;a deshizo la expresi&#243;n fervorosa con que hab&#237;a argumentado. &#193;ngel bebi&#243; la cerveza desde la botella misma y se limpi&#243; con rabia la espuma del bozo.

En usted, profesor. Tengo que rendirme ante esa evidencia.

En el supuesto caso de que tuvi&#233;ramos &#233;xito total en la operaci&#243;n, t&#250; podr&#237;as comprarte un campito en el Amazonas, y chao, pescao, pero a m&#237;, antes de rebanarme la yugular, los adictos a Canteros me rajar&#237;an mis mism&#237;simos y viriles coquitos.

&#191;Y si se viene con nosotros?

&#191;Con qui&#233;nes?

&#191;Con la Victoria y conmigo?

&#161;No me vas a decir que vas a cargar con la infanta difunta toda la vida!

&#161;Estamos juntos, maestro!

Al meter la mano en el bolsillo, y luego exponer el dinero sobre la mesa, Vergara Grey se dio cuenta de que los gastos en que hab&#237;a incurrido hasta ahora no le permit&#237;an pagar el total de la cuenta. En un gesto que a Santiago ya le comenzaba a resultar familiar, el viejo se apret&#243; la nariz entre las dos cejas y suspir&#243; ruidosamente.

No me alcanza para cancelar el consumo -dijo-. Lo &#250;nico que me queda son los treinta mil que le prometimos a Victoria para sus clases de ballet. Pero gastarlos ser&#237;a dispararle el tiro de gracia.

El muchacho quiso con toda el alma que la voz le saliera briosa e indiferente, pero antes de que las palabras le llegaran a la boca, naufragaron en su garganta.

No se preocupe, maestro -dijo-. Victoria me pas&#243; en la ambulancia la plata que consigui&#243; en el cine para eso.

Y puso sobre la mesa los tres billetes azules que sumaban treinta mil pesos.



VEINTIOCHO

Cuarenta coma dos, cuarenta coma tres, cuarenta coma cuatro, cambie la compresa, traiga la bolsa de hielo, algo m&#225;s fuerte que el paracetamol, cuarenta coma cinco, cuarenta coma seis, no puedo entender lo que dice, que vuelva el m&#233;dico, que el m&#233;dico la vea otra vez, pero t&#243;quela, &#191;no ve que arde?, que est&#225; ardiendo, &#191;no ve?, mire c&#243;mo sube, cuarenta coma siete, no, mejor que no, que venga el m&#233;dico, que no me importa que est&#233; operando, tr&#225;igamelo ya, es que no puedo, don Nico, es que va a tener que poder, &#191;qu&#233; quiere que haga yo?, yo soy enfermera no m&#225;s, no tengo la autoridad necesaria, no s&#233; yo ya m&#225;s qu&#233; hacer, me llaman de todas partes, ya voy, ya voy, media hora que le cambio compresas, mire, las retiro calientes como planchas, con la bolsa de hielo va a andar mejor, trae esa bolsa de hielo de una vez, ni&#241;a, y es que el hielo todav&#237;a no est&#225; hecho, entonces pon no m&#225;s el agua helada en un guatero, ya as&#237; va bien, &#191;ve?, m&#233;tale el term&#243;metro en la boquita, pobrecita, m&#237;rele los labios, &#191;le ve esa p&#225;tina blancuzca?, pobrecita ella, tan indefensa, otra vez cuarenta coma cinco, &#191;ve usted?, cuarenta coma dos, m&#233;tale la tableta en la boca, obl&#237;guela a que tome l&#237;quido, juguito de naranja, mi amor, si ya va a estar bien, si se la bajamos a cuarenta, la salvamos, si no le puede dar encefalitis, &#191;conoce eso?, es la inflamaci&#243;n de la sustancia cerebral, ni Dios quiera que le pase, m&#237;rela, don Nico, &#191;qu&#233; dice, qu&#233; dice que no la entiendo yo?, &#191;eso que habla qu&#233; es?  como que fuera otra lengua, pobrecita, cuarenta coma uno, apura el guatero con el agua fr&#237;a, chiquilla, t&#243;mele la mano, joven, que se sienta acompa&#241;ada, &#191;usted qu&#233; es de ella, joven?, &#191;su novio, su amigo, su hermano?, mire la pobrecita c&#243;mo mueve las manitas, quieta, mi ni&#241;a, quieta.

Vamos, un, dos, tres, cuatro y ya: grand rond dejambe en llair, muy bien, as&#237;, s&#237;, muy bien, m&#225;s altiva mi peque&#241;a, y dos y tres, muy bien, y ahora, et alors, vamos con el arabesque crois&#233;e, carita arriba, el cuerpo enfrentando en &#225;ngulo oblicuo al p&#250;blico, muy bien, as&#237;, as&#237; est&#225;s bien, y ahora la pirouette en dehors, levanta los dos brazos al nivel del pecho, as&#237;, as&#237;, y gira, tr&#233;s bien, et maintenant le Pas de Chat, mant&#233;n el torso erecto, ll&#233;valo adelante levemente desde la l&#237;nea de la cadera, deja caer los hombros, abdomen adentro, levanta el diafragma y mu&#233;vete suavemente en demipli&#233;, tres bien, sigamos con la jet&#233; en tournant, da la vuelta en el aire y simult&#225;neamente extiende ambos brazos, y ponle mucha energ&#237;a con la pierna izquierda para darle &#237;mpetu a la vuelta, s&#237;, as&#237; est&#225; bien, pero estira ambas piernas lo m&#225;s que puedas desde las caderas hasta los dedos del pie, y ahora quiero que te animes a la grandjet&#233;, arriba, tres bien, y ahora f&#237;jate en el descenso, cae sobre tu pie derecho y aprieta los gl&#250;teos y las caderas para descender suavemente, eso, eso es, desciende sobre el pie izquierdo demi-pli&#233;, eso, que los dedos toquen el piso antes que el tal&#243;n, vamos ya mismo, un, dos, tres, cuatro, con la emboit&#233; en tournant, haz varias medias vueltas seguidas saltando de un pie al otro, cambiando la posici&#243;n de las piernas en el aire, y movi&#233;ndote a la derecha, muy bien, excellent, y vamos viendo ahorita el sobresa un saltito de los dos pies sobre los dos pies, entra el abdomen, torso adelante, ejecuta el demi-pli&#233;, bien, basta de ejercicio, ya entraste en calor, ya puedes bailar libremente, mientras m&#225;s ligero sientas el cuerpo, m&#225;s y m&#225;s estar&#225;s disponible para tu personaje, el que quieras, Coppelia, o si gustas Giselle, deshoja la margarita y vendr&#225; Albrecht-Loys a proponerte amor y consuelo, o si quieres El espectro de la rosa, el vaho sutil te puede inspirar tu coreograf&#237;a sobre la Mistral, baila, Victoria, hasta deshacerte como la rosa, como su fantasma, es decir, baila su aroma, baila, vamos, pas emboit&#233;, muy bien, tres bien, tres prks de la morte.

El doctor Ortega dispuso que la introdujeran al cuarto y le aplicaran de inmediato la m&#225;scara de ox&#237;geno. Lo acompa&#241;aba otro profesional, canoso, peque&#241;o y robusto, quien procedi&#243; a tomarle el pulso y luego auscult&#243; su coraz&#243;n con el estetoscopio. Ambos se consultaron a orillas de la cabecera y el m&#233;dico m&#225;s joven fue hacia Vergara Grey y &#193;ngel Santiago, atrincherados en el &#225;ngulo m&#225;s oscuro de la pieza.

La pobre anciana que yac&#237;a aqu&#237; muri&#243;. Orden&#233; que la llevaran a la morgue para concederle a la se&#241;orita Ponce un espacio.

Cuando pudo sacar la voz, Vergara Grey lo hizo con el tono humilde de un campesino.

&#191;Est&#225; muy mal, doctorcito?

Entre la vida y la muerte, caballero.

&#191;Pero tiene esperanzas?

En estas circunstancias, todos los que tienen menos de veinte se pueden permitir m&#225;s esperanza que quienes ya han cumplido los ochenta.

&#191;Se sanar&#225;?

La situaci&#243;n se complic&#243; porque los estreptococos son bacterias muy agresivas, pero si el antibi&#243;tico alcanza a entrar en acci&#243;n, estamos al otro lado.

&#161;Al otro lado! -empalideci&#243; &#193;ngel.

En un sentido positivo, muchacho. Al otro lado quiere decir en este caso en el lado de ac&#225;, en la vida.

El joven se mir&#243; las manos, hizo con ellas dos pu&#241;os y luego abri&#243; y cerr&#243; los dedos como si quisiera descargarlas de tensiones.

Perdone que lo haya sacado de la sala de urgencia, doctor. Pero era yo quien la ten&#237;a tomada de la mano cuando Victoria me dijo que la soltara, que no le siguiera hablando, que ten&#237;a un trabajo que hacer en la muerte. Y me asust&#233;.

Hiciste bien en salir a buscarme. Hay delirios que conducen al coma.

&#191;Qu&#233; significa eso exactamente?

Es un sue&#241;o del que no se despierta, muchas veces es el &#250;ltimo episodio de una enfermedad.

Me rog&#243; que no la detuviera. Me dijo algo de un baile de sombras.

No me hace sentido lo que me cuentas. &#191;Qu&#233; hora es?

Vergara Grey levant&#243; la punta de la manga de su chaqueta de tweed y espi&#243; la hora en un gordo reloj de pulsera enchapado en plata.

Son casi las ocho.

Perdone la pregunta, pero la posta de urgencia es un infierno que no tiene l&#237;mites. &#191;Son las ocho de la noche o de la ma&#241;ana?

El viejo sonri&#243; y simult&#225;neamente extrajo la cajetilla de cigarrillos y le ofreci&#243; uno.

Las ocho de la noche.

&#191;Sabe c&#243;mo termin&#243; el Real Madrid -Juventus?

Tanto don N&#237;co como el joven negaron con la cabeza y el m&#233;dico sali&#243; a hacer la misma pregunta al pasillo con el cigarrillo entre los labios. &#193;ngel Santiago se qued&#243; mirando fijo el rostro de Vergara Grey, hasta que &#233;ste tuvo conciencia del acecho y le devolvi&#243; la mirada con gesto interrogativo.

&#191;Qu&#233; fue?

Gran reloj, profesor. Si lo hubi&#233;ramos vendido antes del mediod&#237;a, nos habr&#237;amos ahorrado todo esto.



VEINTINUEVE

Alberto Parra Chac&#243;n, es decir, Rigoberto Mar&#237;n, le encarg&#243; a la Viuda que le consiguiera una maleta antigua, preferentemente de color caf&#233; desva&#237;do, con correas en ambos extremos, y adem&#225;s, un cesto de mimbre dentro del cual metiese unos dulces chilenos de La Ligua, algunos huevos cocidos, dos o tres panes amasados, y acaso un par de peras.

A la hora precisa en que se retira la noche y rompe la claridad, se bajaron de un taxi en la calle de las Tabernas y tocaron la campanilla del hotelucho de Monasterio. El tiempo hab&#237;a sido elegido con exactitud: a esa altura de la madrugada se iban a sus cuarteles los carabineros que manten&#237;an el orden en la noche, convencidos de que todos estaban demasiado borrachos como para acertarle un tiro al pr&#243;jimo en caso de ri&#241;a, y los polic&#237;as de recambio a&#250;n se estaban afeitando pulcramente ante los espejos de las comisar&#237;as antes de asumir el turno ma&#241;anero, y tardar&#237;an algunos minutos en tomar caf&#233; y montarse a los radiopatrullas.

Envuelta en un chal color rosa, Elena llenaba crucigramas en la recepci&#243;n, y al ver tras los cristales a la pareja apret&#243; el conmutador para abrirles la puerta- Los dos entraron encogidos de fr&#237;o y &#233;l puso ostentosamente el canasto artesanal sobre el mostrador, una se&#241;al, seg&#250;n hab&#237;a calculado, de que ven&#237;an reci&#233;n del campo.

Quisi&#233;ramos una pieza con calefacci&#243;n -dijo la Viuda.

&#191;Por horas o por la noche?

Por un d&#237;a entero -sonri&#243; Rigoberto Mar&#237;n-. Aqu&#237; con la se&#241;ora tenemos un pleito pendiente.

Ya veo -dijo la mesonera-. &#191;Llegaron en tren?

Con cinco horas de atraso.

&#191;De visita en Santiago?

De visita en su hotel, madame. All&#225;, en la provincia, todo el mundo vive ojo al charqui, y mi amor aqu&#237; presente est&#225; casada.

Yo no le he preguntado eso. Si fuera por exigir papeles de matrimonio, aqu&#237; no entrar&#237;a nadie, y mi patr&#243;n estar&#237;a con un tarrito pidiendo limosna a la salida del metro.

Mi amor y yo le agradecemos que sea tan discreta. Compramos dulces chilenos en La Ligua, &#191;se sirve uno?

Con mucho gusto. Me encantan los empolvados.

A m&#237;, los pr&#237;ncipes -dijo la Viuda-. Son m&#225;s blandos y traen m&#225;s manjar.

Mientras masticaba el pastelito, Elena les dio la espalda y tom&#243; del tablero de llaves la de la habitaci&#243;n once. Con las cejas, Mar&#237;n le advirti&#243; a su acompa&#241;ante que el casillero vecino ten&#237;a un papelito pegado con cinta scotch que dec&#237;a Nico. La Viuda acept&#243; conforme esa se&#241;a y el delincuente confirm&#243; una vez m&#225;s que ten&#237;a la pistola Browning con silenciador en el bolsillo.

&#191;Quieren que les suba el desayuno a alguna hora?

No queremos dilatarnos en eso.

Lo &#250;nico que les pido es que no sean bullangueros. El otro d&#237;a tuvimos una dama que se grit&#243; el orgasmo como cantante de &#243;pera, y aunque usted no lo crea aqu&#237; se alojan un par de personas honorables.

Rigoberto Mar&#237;n apunt&#243; al colgador de llaves y se&#241;al&#243; aquello que le hab&#237;a llamado la atenci&#243;n.

&#191;Como el se&#241;or Nico?

La cajera se dio vuelta, sorprendida por la pregunta, hasta que record&#243; que ella misma hab&#237;a puesto el papelito en se&#241;al de afecto, y se dio vuelta hacia el par, sonriendo.

Exacto. Aunque su vecino no est&#225; esta noche.

&#191;D&#243;nde est&#225;?

&#161;Qu&#233; s&#233; yo! Es un hombre de pocas palabras. Perdone que le cobre, pero aqu&#237; se paga adelantado.

&#191;Ya cu&#225;nto desciende la cuenta?

A cuarenta mil la noche.

Pero nosotros la ocuparemos de d&#237;a. Viera el manso sol que viene punteando por la cordillera.

Parece un d&#237;a de verano -complement&#243; la Viuda-. La lluvia de ayer debe de haberse llevado el smog.

De todas maneras son cuarenta mil.

Aqu&#237; tiene. Gracias.

Gracias a ustedes por el pastelito.

No hay por qu&#233;. &#191;No le gustar&#237;a tambi&#233;n un huevito duro?

Me encantan. &#161;No me diga que tiene!

La Viuda sac&#243; un huevo del cesto de mimbre junto a un peque&#241;o cambuchito de sal y se lo extendi&#243;.

Va a tener que descascararlo.

As&#237; me entretengo en algo. Con tantos a&#241;os de nochera me s&#233; todos los trucos para rellenar los crucigramas. Son siempre las mismas leseras. Te ponen treinta d&#237;as y t&#250; escribes mes. Divinidad egipcia, dos letras, entonces pones Ra. 0 te escriben H20 y la respuesta es agua.

Bueno, ha sido un placer conocerla, se&#241;ora.

Me llamo Elena.

Y yo Alberto Parra Chac&#243;n.

&#191;Como Violeta Parra y Arturo Prat Chac&#243;n?

S&#237;, pero no les llego ni a los talones a esos genios.

&#191;Y a qu&#233; se dedica usted?

Rigoberto Mar&#237;n se cubri&#243; con el &#237;ndice la cicatriz que le surcaba la piel desde la sien izquierda hasta el labio superior y, pintando sus ojos con una chispa de ni&#241;o malulo, mir&#243; largo rato a la Viuda, y reci&#233;n entonces contest&#243;:

Al amor.

Los amantes descorcharon una botella de vino tinto y lo sirvieron en los vasos de pl&#225;stico que hab&#237;a en el ba&#241;o.

Mar&#237;n despellej&#243; un huevo y lo ali&#241;&#243; con mucha sal, y la Viuda mordi&#243; la pera y algo de su jugo salt&#243; sobre su blusa negra. Ten&#237;a el primer bot&#243;n abierto y el brassre henchido daba eficaz cuenta del apretado volumen de los senos que lo rellenaban.

El hombre se alivi&#243; de la chaqueta y antes de colgarla expuso la pistola y el pu&#241;al sobre la colcha.

Te agradezco la compa&#241;&#237;a, Viuda. No me hubiera atrevido a meterme solo en la madriguera del conejo.

Est&#225; bien, huachito. Usted sabe que cuando vuelva a la c&#225;rcel ya no lo volver&#233; a ver. &#191;0 no, dice usted?

Ten&#237;s raz&#243;n. Despu&#233;s de esta viuda no hay otra.

Destrab&#243; las correas de la ajada maleta de cart&#243;n imitaci&#243;n cuero, y desde el interior de una camisa sucia hecha un bulto, extrajo un pu&#241;ado de balas y se sent&#243; en el extremo del lecho a cargarlas en la pistola.

&#191;Lo v&#225;i a matar aqu&#237; mismo?

Mientras menos circule yo, mejor.

&#191;Y si no viene?

Espero. T&#250; pod&#237;s irte si quer&#237;s.

Me quedo contigo, Mar&#237;n. Pero no quiero estar en el hotel cuando lo mates.

Te hallo toda la raz&#243;n.

El hombre termin&#243; su faena, le puso el seguro al arma y apunt&#243; hacia una polilla que revoloteaba alrededor de la ampolleta.

&#191;Te v&#225;i a echar al viejo y al cabro? -pregunt&#243; la mujer.

Al cabro no m&#225;s. Pero como el chiquillo viene al hotel donde est&#225; Vergara Grey, habr&#225; prensa abundante sobre el asesinato.

&#191;Y eso?

Me conviene. As&#237; Santoro se enterar&#225; de la mejor manera de que segu&#237; sus consejos y de que me deshice de su obsesi&#243;n.

La mujer se tendi&#243; sobre el lecho y abri&#243; las piernas. Tanto la vagina de ella como la mano de &#233;l estaban calientes.

&#191;No te da cosa, Mar&#237;n, echarte a un gallo que no te ha hecho absolutamente nada?

As&#237; son las cosas por encargo, Viuda. Si uno se pone sentimental, caga.

La mujer sinti&#243; que el bochorno le sub&#237;a desde los muslos hasta la frente. Apart&#243; con un dedo la parte de la tela del cuadrito que le cubr&#237;a el vientre, y sin demorar en sac&#225;rselo, desbroz&#243; los pelos que le tapaban el cl&#237;toris, y exponi&#233;ndolo en toda su majestad, le orden&#243; al criminal:

Mu&#233;rdamelo como usted sabe, perrito.



TREINTA

La noche en la Asistencia P&#250;blica fue pendular.

Un latido del coraz&#243;n tra&#237;a a Victoria a la vida, el otro se la retiraba. La respiraci&#243;n le entraba en turbulencias. Su cuerpo era agitado por el delirio, y &#233;ste no se mitigaba con los susurros de aliento que Vergara Grey y eljoven Santiago inyectaban en sus o&#237;dos. Sus violentas taquicardias llevaban al par de hombres a desesperarse, aljoven doctor Ortega a volver, y al reloj de pared a avanzar camino a la madrugada. El &#250;ltimo dictamen de la medicina fue -en los joviales pero no menos dram&#225;ticos postulados de Ortega- que el partido estaba re&#241;ido, que los rivales se daban con todo, y que el desenlace era incierto.

Esta misma incertidumbre fue la que descentr&#243; a Santiago: supo que, si segu&#237;a un minuto m&#225;s en ese cuarto ser&#237;a &#233;l quien colapsar&#237;a. Levant&#243; la cortina, atisb&#243; la calle y vio que el sol despuntaba en la cordillera: un fuego no entorpecido por nubes que dibujaba sobre la ciudad, hoy sin smog, una promesa casi primaveral.

&#191;Qu&#233; piensa, profesor?

T&#250; ya o&#237;ste el veredicto. El partido est&#225; empatado.

Usted deber&#237;a irse a la casa y dormir un poco.

No te preocupes. Emergencias como &#233;sta me suben la adrenalina.

&#191;Vio el tremendo d&#237;a que est&#225; abriendo?

S&#237;, &#191;por qu&#233;?

Nadie puede morirse en un d&#237;a como &#233;ste, &#191;no es cierto, don Nico?

Ser&#237;a un contrasentido.

Si la Victoria muere

Ni lo pienses. Ni lo digas. S&#225;cate eso de la cabeza.

El muchacho arranc&#243; de su mochila un cart&#243;n de jugo de frutas, rompi&#243; la punta con las u&#241;as y lo puso en las manos del viejo. &#201;ste bebi&#243; un sorbo largo, hizo un gesto de disgusto y se lo ofreci&#243; a &#193;ngel.

Estos jugos funcionan reci&#233;n salidos del refrigerador. As&#237;, tibios, son purgativos.

Asintiendo, el joven apart&#243; el l&#237;quido y sac&#243; de la mochila la bufanda que le hab&#237;a regalado Santoro. Parec&#237;a haber envejecido en esos pocos d&#237;as. En la habitaci&#243;n blanca, los potentes tubos fluorescentes revelaban algunos trozos de biograf&#237;a de la prenda que el chico no hab&#237;a sabido observar: un peque&#241;o orificio, tal vez producto de la brasa de un cigarrillo no apagada oportunamente, una mancha de vino tinto, algunos flecos de tono amarillento en ambos bordes, y un cartelito de seda que dec&#237;a Confecciones Arequipa.

Quiero pedirle otro favor m&#225;s, maestro.

&#161;El Golpe, no!

Tal vez el &#250;ltimo favor que le pida en la vida.

&#161;Qu&#233; les ha dado a todos hoy que hablan como letristas de tango!

&#193;ngel Santiago puso la mano vertical e hizo que el hombre leyera lo que hab&#237;a escrito en la piel.

&#201;ste es el n&#250;mero del tel&#233;fono de esta pieza. Yo saldr&#233; por un par de horas y a las ocho en punto lo llamar&#233;.

Mientras dec&#237;a esta frase mir&#243; el crucifijo que colgaba sobre la cabecera del lecho y se frot&#243; las manos en la bufanda.

&#191;Qu&#233; vas a hacer a esta hora, muchacho? &#161;La ciudad esta vac&#237;a!

&#193;ngel Santiago apunt&#243; con la barbilla hacia el demacrado Cristo sufriente, cuyas articulaciones se hab&#237;an descoyuntado, permitiendo que la cabeza cayera derrotada sobre el pecho.

En primer lugar, darle tiempo al Caballero ah&#237; colgado para que trabaje por Victoria. En segundo lugar, voy a hacer algo de lo que no quiero hablarle.

&#191;Un asalto?

Mejor me callo, profesor. Dentro de dos horas sonar&#225; puntual el tel&#233;fono, &#191;de acuerdo? Le preguntar&#233; si Victoria vive o muere.

&#191;Qu&#233; har&#225;s en ese caso?

Usted mismo me prohibi&#243; ponerme en ese caso.

Es que quiero saberlo antes de dejarte ir.

En ese caso, dejar&#237;a la cagada, maestro.

&#191;Qu&#233; har&#237;as?

&#161;Alguien tiene que pagar por todo esto!

&#191;Pero qui&#233;n?

Tengo mis ideas al respecto.

Vergara Grey lo tom&#243; de la chamarra de cuero, lo atrajo con violencia y lo sacudi&#243; como a un monigote.

Escucha, tontorr&#243;n. Nadie es culpable ni de la vida ni de la muerte de nadie. Es el destino que es as&#237;. Por mucho que hagas, no puedes cambiarlo.

Sorpresivamente, una leve y brillante sonrisa abri&#243; los labios del muchacho por primera vez ese d&#237;a.

&#191;Qui&#233;n es el que est&#225; cantando tangos ahora?

Disfrut&#243; de la faz at&#243;nita de Vergara Grey y sali&#243; de la habitaci&#243;n arrastrando, sin darse cuenta, la punta de la bufanda. El hombre se asom&#243; al pasillo y se concedi&#243; un largo suspiro para recuperar su aplomo.

&#191;&#193;ngel Santiago?

&#191;Profesor?

Si a las ocho de la ma&#241;ana estuvieras vivo, &#191;ser&#237;as tan amable de pasar por el hotel y traerme una camisa de muda y mi escobilla de dientes? Me siento como un cerdo flotando en mierda.

Con mucho gusto, maestro.

En ese momento, el chico pareci&#243; recapacitar y, golpe&#225;ndose los bolsillos, hizo un gesto de disgusto.

Qu&#233; lata, maestro. &#191;Pero no podr&#237;a prestarme cien pesos para la telefoneada?

Vergara Grey le alcanz&#243; la moneda y lo mir&#243; severo a los ojos, apretando al mismo tiempo los dientes.

&#191;Te das cuenta de que te lo est&#225;s jugando todo al cara y sello?

Es la filosof&#237;a que le ense&#241;aron a Victoria en el colegio. Muerte o vida. No hay nada m&#225;s entremedio.

&#161;No seas idiota! Entremedio est&#225; el magn&#237;fico y abigarrado espect&#225;culo de la existencia.

Por toda respuesta, el joven se limit&#243; a se&#241;alar con el &#237;ndice el lecho donde yac&#237;a febril Victoria Ponce.



TREINTA Y UNO

Dale, rucio, casco y fuego, dale herradura y arena, coz y barro, avanza, corcel y cabalga, cuadr&#250;pedo de aire y besos,jamelgo hecho de cielo, semental y centinela, trota, cabalga y ll&#233;varne, esparce arena, traga tierra, rema barro, mi roc&#237;n de pezu&#241;as tristes, cae la cola y baja hecha un cometa, se alza la crin y trepida el herraje, cabalga y corre, corre, que te pilla la vieja de la guada&#241;a, que te muerde las ancas con sus enc&#237;as desdentadas, arranca, que te chupa la cincha, que tironea de tu montura, que quiere galoparte a pelo la vieja arrecha, dale lista y l&#225;tigo, rucio del alma, guarda con la ara&#241;a y la escoba mocha, mira que a tantos los ha barrido la bestia negra ri&#233;ndose con el ojo bizco, corre, mi roc&#237;n, que ella te quiere mojar de luto, reventarte un sacrist&#225;n borracho quiere la anciana, un esfuerzo m&#225;s, mi boquiduro, mi boquifresco, y te librar&#233; del bozal cuando podamos gritar que ella vive, hazle una aureola de aire con tus coces, enfr&#237;ala con un galope de nubes, unta su fiebre con las nieves de la cordillera, dale, mi rucio, no me falles, mi moh&#237;no, mi matungo, no te pongas percher&#243;n ni te redomes, corcovea y desb&#243;cate, porque mil caninos de perros te rasgan ya las grupas, son los mastines, los aullidos de los esqueletos que crujen cuando t&#250; los aplastas, mi jadeante boquiabierto, mi grande de fauces, mi pr&#237;ncipe, mi rucio oraci&#243;n, aleteado y chicoteado de &#225;ngeles, que no se te quiebre el espinazo, que no me revientes en sangre, guarda con la guada&#241;a que siega y ciega, coletea las avispas que te clavan en el sudor del lomo, Ll&#233;vame de aqu&#237;, caballito m&#237;o, ll&#233;vame al pueblo donde yo nac&#237;, la muerte en carretela de bueyes negros te espera ese recodo de nubes turbulentas derramadas en el cielo, s&#225;ltala como batiendo vallas, m&#243;fate de ella, som&#233;tela al escarnio, si t&#250; corres, Victoria respira, si despliegas tus alas, mi centauro, ella se encender&#225; de estrellas, dame de vuelta lo &#250;nico que tengo, no te alagartes ni bufes, brama libertad, haz brillar tus herraduras de plata entre las piedrecillas, socava los guijarros como si buscaras oro, corre que ya te pilla, que ahora te alcanza la muerte con su moganga, su vejiga de co&#225;gulos, sus ubres fl&#225;ccidas de lecho, negra, c&#243;rrete, c&#243;rrala, c&#243;rrele, por el cerro, por la arpor el esterito abajo, por la quebr&#225;, dale, potrillito de flema y nervio, dale coraz&#243;n y redoble, dale tensos los ijares, al tas las orejas y triunfal el estern&#243;n de atleta, no te que sin aliento, muere y resucita tranco a tranco, salto y corre por ella, ll&#233;vala a un mundo sin riendas, al desboque y el desfogue, no te pares, caballito de mierda, ay, no caigas en la nadita, rucio de mis sue&#241;os, no jadees ag&#243;n&#237;a pedazo de bestia, no te encabrites, te lo ordeno y te ruego, yo, tu due&#241;o sin t&#237;tulos ni cetro, guarda, que ya no va tocando esa murga de fantasmas, ya te maman la sangre los murci&#233;lagos, ya llega la muerte a mano airada, ya te trae el duelo de paladines grises y te roen los pies los duendes y sus cancerberos, ya tu manta se transforma en mortaja, ya las trompetas de los cazadores emiten fanfarrias f&#250;nebres, ya est&#225;s en este umbral de llanto, Victoria Poncel tan exang&#252;e, tan ex&#225;nime e inanimada, ya salen expulsados del cine los babosos con sus sudarios, los lamedores amortajados, los espectros de saliva en ascuas, no te detengas, no te pares, rucio, respira profundo, mi reina, llena tus huesos de gracia, santa Mar&#237;a, ruega por ella, rucio m&#237;o, gana la carrera, cualquiera que sea el tiempo que pongas, g&#225;nala.



TREINTA Y DOS

En la pista de arena del Hip&#243;dromo Chile, uno de los,jinetes que aprontaba vio aparecer a su lado como una exhalaci&#243;n al rucio de &#193;ngel Santiago y galop&#243; a su flanco izquierdo, tratando de sujetarlo de las riendas. El joven que lo montaba le pareci&#243; tan exhausto como el animal, y el jockey se extra&#241;&#243; de que en esas pistas de profesionales aprontara un muchacho que no cumpl&#237;a las m&#237;nimas instrucciones de seguridad: ni casco, ni montura reglamentaria, ni fusta, ni compasi&#243;n con una bestia que hab&#237;a dado a todo escape m&#225;s que cinco vueltas la distancia de fondo que se corr&#237;a en el Gran Premio. Cuando logr&#243; frenar al potro pens&#243; en llamar a su jinete criminal o asesino, mas se priv&#243; de todo insulto al advertir la mirada del chico extraviada, igual que si hubiese bebido un cocktail de drogas.

Hombre, no se hace eso con un caballito. &#191;Quer&#237;a que reventara en sangre?

Ambos iban al trote y Santiago dese&#243; tener un gorrito con visera que le tapase la luz chillona del sol.

Ser&#237;a muy largo explicarle, amigo.

Est&#225; bien, pero esta pista es para profesionales. Estamos relojeando aprontes y usted puede causar un accidente.

Ya me voy. S&#243;lo quer&#237;a devolverle el caballito a su preparador.

&#191;Qui&#233;n es?

Ni idea. &#191;Sabe c&#243;mo se llama este caballo?

El hombre pas&#243; una mano por la mancha blanca que se extend&#237;a a lo largo de la nariz del rucio y se agach&#243; un poco para examinar una protuberancia de la piel en el reinyo posterior derecho.

&#201;ste es el Milton. Se lo hab&#237;an robado. &#191;D&#243;nde lo encontr&#243;?

Pasteando paall&#225; pal aeropuerto.

Charly de la Mir&#225;ndola se va a alegrar de verlo.

&#191;Qui&#233;n es &#233;se?

El preparador.

&#191;Por d&#243;nde arriendo para encontrarlo?

M&#233;tase por esta pista y siga derecho hasta topar con Vivaceta.

Cuando el Charly vio que entraba a sus pesebreras el joven sobre los lomos de Milton, se restreg&#243; los ojos como quisieran enga&#241;arlo con un truco de magia. Dej&#243; caer, balde y el trapo con que le sacaba lustre a la crin de un midillo y fue hacia el rucio con aspecto desconfiado y una sonrisa dubitativa.

Me han dicho que este caballito es suyo, don Charly,

As&#237; mismo es. Me lo robaron hace un par de semanas.

Se lo encontr&#233; pasteando pall&#225; pa Renca y vi&#233;ndolo solito me lo agarr&#233; con la idea de encontrar a su due&#241;o.

Yo soy su preparador, pues, joven. Y esa pesebrera es el lugar donde dorm&#237;a.

&#193;ngel Santiago desmont&#243;, y la bestia, siguiendo su h&#225;bito, entr&#243; al pesebre y empez&#243; a mordisquear la paja derramada en la tierra.

Se ve que es verdad lo que me cuenta. El rucio se siente aqu&#237; como chancho en barro.

No es gran cosa el bicho, pero nunca se enferma y sabe ganarse la avena acumulando premios de placer. Una vez, hace corno tres a&#241;os, gan&#243; pagando m&#225;s de cien veces la plata. Subieron bandera -titul&#243;-: S&#250;per batatazo en el Hip&#243;dromo Chile. Milton prob&#243; que en el pa&#237;s de los tuertos el ciego es rey.

Aqu&#237; tiene de vuelta a su campe&#243;n, don Charly.

Parece un fantasma de lo que era.

Tuve que exigirlo mucho esta ma&#241;ana. No s&#233; a&#250;n con qu&#233; resultado.

&#191;C&#243;mo as&#237;?

&#191;Qu&#233; hora es, se&#241;or De la Mir&#225;ndola?

Faltan cinco para las ocho.

&#191;Me prestar&#237;a el tel&#233;fono?

Tengo celular, no m&#225;s.

Con eso alcanza.

El preparador destrab&#243; el cierre del aparato y lo dej&#243; en condiciones de funcionan El joven ley&#243; el n&#250;mero en la palma de su mano, lo digit&#243; en el teclado, y antes de apretar el bot&#243;n enviar, tuvo que superar un vah&#237;do que lo desestabiliz&#243;. Apoy&#243; la espalda en una de las columnas del corral y lanz&#243; la llamada.

Cada uno de los pitidos que ped&#237;an respuesta le pareci&#243; la cuenta f&#250;nebre del &#225;rbitro de boxeo ante el p&#250;gil ca&#237;do. Cinco, siete y hasta nueve veces se repiti&#243; la exasperante musiquilla hasta que obtuvo la comunicaci&#243;n.

&#191;Profesor?

Soy yo, hombre.

Nadie contestaba.

&#191;Y.?

Uno se hace ideas

Dijiste que llamar&#237;as a las ocho. Aun faltan un par de minutos.

&#193;ngel Santiago aprovech&#243; esa frase para tragar la saliva que le imped&#237;a hablar. Agolpadamente.

&#191;Vive? -implor&#243;.

Hubo un silencio al otro lado de la l&#237;nea y el joven amarr&#243; esta vez al palo del corral, envolvi&#233;ndolo en los brazos. No juegue conmigo, maestro. No ahora, por favor quiso decir, pero antes de que las palabras salieran, una voz de mujer lleg&#243; a su auricular:

&#191;&#193;ngel? Soy yo, la Victoria.

El muchacho corri&#243; hasta la puerta del establo y mir&#243; fijo la bola del sol.

&#191;C&#243;mo est&#225;s? -dijo en un susurro.

Bien.

&#191;Cu&#225;n bien?

Bien. Estoy tomando desayuno.

&#191;C&#243;mo dijiste?

Estoy tomando desayuno.

El chico avanz&#243; hasta don Charly sopesando el tel&#233;fono en sus manos como si fuera una joya inconmensurable.

Dice que est&#225; bien, don Charly. Dice que est&#225; tomando desayuno.

&#191;Qui&#233;n?

Usted no la conoce. No se me ocurre qu&#233; decirle ahora

Preg&#250;ntele qu&#233; est&#225; tomando de desayuno.

&#191;Por ejemplo, qu&#233;?

Si le sirvieron caf&#233; con leche, tecito, cualquier cosa.

El joven dio grandes zancadas sobre la paja del corral&#243;n con una velocidad inversamente proporcional a su lengua.

&#191;Qu&#233; est&#225;s tomando de desayuno, Victoria?

T&#233;, yoghourt, tostadas con mermelada, y huevitosa la copa.

&#191;Huevitos a la copa?

Huevitos a la copa.

Espera un momento. Por favor, no me cortes.

Fue hasta el lado de De la Mir&#225;ndola y como un colegial aplicado le repiti&#243; la informaci&#243;n:

T&#233;, yoghourt, tostadas con mermelada y huevitos a la copa.

Con la quijada, el preparador hizo un gesto asintiendo y luego mir&#243; al chico, preocupado.

&#191;Es &#233;sa una mala noticia?

&#191;Cu&#225;l?

La del desayuno.

&#161;&#191;C&#243;mo p&#233;sima, don Charly?! &#161;Excelente!

&#191;Y por qu&#233; llora, entonces?

&#191;Qui&#233;n?

Usted, pues, se&#241;or.

&#193;ngel se pas&#243; la mano por las mejillas y constat&#243; at&#243;nito lo que el preparador le hab&#237;a dicho. De pronto se dio cuenta de que a&#250;n segu&#237;a con la llamada en l&#237;nea y de que no atinaba a ninguna palabra.

&#191;Qu&#233; m&#225;s le digo?

Cualquier cosa. Preg&#250;ntele por el gusto de la mermelada.

&#191;El gusto de la mermelada?

Claro. Si tiene sabor a fresa, durazno, papaya

De un manot&#243;n se sec&#243; otras l&#225;grimas que hab&#237;an buscado salida por la nariz.

&#191;De qu&#233; sabor es la mermelada?

&#191;Qu&#233; importancia tiene eso?

No tiene la menor importancia.

Por si te preocupa, es de naranja. Amarguita. Don Nico quiere hablar contigo.

El muchacho cambi&#243; de o&#237;do el auricular, como si esa ceremonia correspondiera al nuevo interlocutor.

La mermelada de naranja es amarguita, muchacho. Como la vida.

La salvamos, don Nico.

&#191;Nosotros?

No, el Caballero ah&#237; colgado se port&#243;. Bueno, yo hice lo m&#237;o.

&#191;C&#243;mo as&#237;?

Galop&#233; y galop&#233; hasta que le gan&#233; a la muerte.

Cuando regreses al hospital convendr&#237;a que al m&#233;dico te revisara el mate. Te vendr&#237;a de maravillas un encefalograma.

&#191;Qu&#233; es eso?

Es una radiograf&#237;a del cerebro donde pueden verse por d&#243;nde te patina el coco. Ya les ganamos la batalla a las bacterias, ahora tenemos que ver qu&#233; haremos con la presi&#243;n.

Eso d&#233;jemelo a m&#237;, maestro.

&#191;Qu&#233; piensas hacer?

Algo grande. Tan grande que ni usted, mi profesor, padrino y confidente, puede saberlo.

Te proh&#237;bo que hagas algo antes de hablar conmigo.

Siento el mayor respeto y admiraci&#243;n por usted, pero a partir de hoy s&#233; exactamente qu&#233; hacer con mi vida.

Excelente. Me preocupar&#233; entonces de tenerte un epitafio.

A m&#237; me gusta Voy y vuelvo.

A prop&#243;sito de vuelta: cuando pases por el hotolito tr&#225;ete tambi&#233;n las dos chaquetas de jeans. Est&#225;n colgadas. en el armario.

&#193;ngel Santiago se dej&#243; caer desliz&#225;ndose por la columna del pilar de madera hasta asentar sus nalgas en la parva de heno. Oy&#243; el pitido del fin de enlace al otro lado de la l&#237;nea y, ausente, le extendi&#243; el artefacto a Charly de la Mir&#225;ndola. &#201;ste lo mir&#243; con intensa severidad y su cuerpo rechoncho se balance&#243; inc&#243;modo para evitar la bosta de un caballo.

&#191;Qu&#233; le pas&#243; ahora, joven?

Nada, don Charly.

&#191;Y por qu&#233; crestas sigue llorando, entonces?



TREINTA Y TRES

Las primeras sombras caen r&#225;pido en Santiago. Alguien entra al almac&#233;n de la esquina y al salir est&#225; oscuro. Los viernes por la tarde, los ricos que tienen casa en la playa parten a la costa temprano. Las esposas y los ni&#241;os esperan en los negocios o las oficinas con las mochilas de los escolares listas y bolsas del Jumbo con comestibles para el fin de semana.

Entre Santiago y el oc&#233;ano Pac&#237;fico hay apenas dos horas de viaje. Los pobres se quedan pululando en el centro, nimbados por el smog. Soportan los balazos de los tubos de escape y se inclinan ante el feroz manto gris de las calles. Esa niebla los induce a citas clandestinas con hembras de senos largos y faldas cortas en bares mal calefaccionados que huelen a vino &#225;spero o bien a jugar dados y naipes con los amigotes del colegio o de los viejos barrios. Los santiaguinos se aferran a esas relaciones antiguas. En el camino de la vida, la dictadura convirti&#243; la incertidumbre de las nuevas amistades en probables umbrales de traici&#243;n.

Ese atardecer, Santoro se llev&#243; otra vez a casa las llaves de la celda con doble reja donde fing&#237;a que estaba castigado Rigoberto Mar&#237;n. Hasta nueva orden, la condena es a pan, agua y silencio, hab&#237;a dispuesto con mueca agria. Esper&#243; fumando con desgano un &#250;ltimo cigarrillo y timbr&#243; su tarjeta de sal&#237;da justo a las siete.

Con el cuello del abrigo subido, enfrent&#243; la helada que sigui&#243; al d&#237;a de tantos trechos azules. Despu&#233;s de una ma&#241;ana iluminada de sol, las tinieblas en Santiago son g&#233;lidas, con el reflejo de los neones en las caras de los obreros que vuelven a casa arrumbados y exang&#252;es en las micros.

En una de aquellas micros trep&#243; el alcaide tras comprar La Segunda en el quiosco de la esquina. Entre los sobresaltitos del asfixiante veh&#237;culo, s&#243;lo pudo fijar la vista en algunos titulares: agentes del gobierno eran investigados sobresueldos ilegales, Chile consegu&#237;a triunfos internacionales en tenis, acaso Marcelo Salas el Matador tierarido de Italia a Buenos Aires, una ex reina de belleza se presenta candidata de los derechistas para la alcald&#237;a del elegante balneario.

Varios de los pasajeros tos&#237;an o estornudaban a la vez pero nadie se atrev&#237;a a abrir una ventanilla. Prefer&#237;an un contagio que el hielo de ese aire purulento.

Ese que viajaba en el asiento del fondo, en el barrio m&#225;s largo, el &#250;nico que est&#225; despu&#233;s de la bajada aquel en el que caben apretujados hasta seis personas, el recibe con mayor impacto las ca&#237;das en los hoyos de la avenida, el lugar donde los pasajeros no tienen c&#243;mo sujetarse cuando los neum&#225;ticos pelones frenan en las calles raidas y ruedan por el pasillo si est&#225;n distra&#237;dos, &#233;se, uno ellos, uno de esos seis, justamente el que se cubr&#237;a la cabeza con un jockey de cuero y orejeras y se envolv&#237;a la mand&#237;bula en una ra&#237;da bufanda de alpaca peruana marca Arequip ese mismo individuo que asediaba al alcaide con expresi&#243;n, torva y sab&#237;a recoger diestro los ojos hacia el piso cuando el funcionario miraba hacia atr&#225;s, &#233;se, &#233;se era &#193;ngel Santiago

Las rodillas apretadas para caber en el rinc&#243;n, recorri&#243; la lengua untando los labios con saliva mientras la boca se le iba poniendo m&#225;s seca a medida que la micro avanzaba hacia el poniente, y luego rumbo a Independencia, y finalmente. llegaba a la calle Einstein, y frenaba un rato para permiitirle al alcaide bajar en la esquina de la carnicer&#237;a Darc.

Los faroles de aquellas calles antiguas y deterioradas apenas dilu&#237;an las penumbras, y los dos hombres, separados por un largo trecho, se internaron en la avenida central hasta tomar a la izquierda un pasaje menor. La postura de ambos difer&#237;a: grande, cansino, m&#225;s ancho en su abrigo de piel de camello, el alcaide avanzaba como si bostezara. Iba pensando en sacarse los zapatos, calzarse las pantuflas, brindar con su mujer por el fin de semana con un vaso de vino tinto, y cabecear una &#237;nfima siesta mirando la telenovela de la Televisi&#243;n Nacional. As&#237; esperar&#237;a la cena y acaso tuviera que darle autorizaci&#243;n a sus hijas adolescentes para que fueran a sus fiestas de weekend, y enfatizar que las quer&#237;a antes de la una de vuelta en casa.

El otro hombre no se desplazaba con tama&#241;o olvido y naturalidad. La cabeza m&#225;s gacha de lo necesario para que el jockey de cuero le cubriera la nariz, iba buscando la l&#237;nea junto a la pared donde las sombras proteg&#237;an su clandestinidad. No pod&#237;a dilatar m&#225;s esa caminata, pues el alcaide doblar&#237;a en la pr&#243;xima calle, avanzar&#237;a por ese callej&#243;n de tres &#225;rboles, y en un santiam&#233;n estar&#237;a introduciendo la llave en la casa azulina. Aunque tem&#237;a que acelerando el Paso podr&#237;a llamar la atenci&#243;n de su v&#237;ctima, decidi&#243; confiar en sus muelles zapatillas de basketball, y tras cerciorarse de que no hab&#237;a nadie al alcance, salt&#243; felino sobre el hombre antes de que tomase el &#250;ltimo recodo.

Se arranc&#243; de un tir&#243;n la bufanda que lo cubr&#237;a y ocultaba, y tir&#225;ndola por sobre Santoro como un chicotazo de sombra, como un sorprendente murci&#233;lago, fren&#243; su marcha sin dar tiempo a que el alcaide alcanzase a defenderse de la brutal presi&#243;n con que comenz&#243; a estrangularlo. La asfixia lo dej&#243; indefenso y levant&#243; los ojos despavoridos hacia el muchacho, queriendo gritar perd&#243;n y logrando s&#243;lo un barboteo ininteligible.

De rodillas junto al joven, piso todas las Palabras que no pudo decir en la s&#250;plica de sus ojos. Ahora el muchacho hab&#237;a dejado caer el jockey, y el rebelde pelo casta&#241;o que lo hac&#237;a lucir como un &#225;ngel de estampas parroquiales se le derram&#243; encima de los hombros. Al sentir que el alcaide se desvanec&#237;a, opt&#243; por soltar la presi&#243;n, y le meti&#243; la mano por debajo de la chaqueta, le sustrajo la Pistola que cargaba en la cartuchera sobre el coraz&#243;n. La tir&#243; lejos y el arma hizo un ruido met&#225;lico al chocar contra los fierros del desag&#252;e. Ahora pod&#237;a mover al hombre, casi inconsciente, con la destreza que cambiaba el rumbo de su caballo. Lo arrastr&#243;, como si la bufanda fuera una brida, hasta apoyarlo en el tronco del &#225;rbol sin hojas.

Afloj&#243; despu&#233;s la presi&#243;n, seguro de que el hombre no atinar&#237;a a nada, paralizado ya por la asfixia y el terror. La primera palabra que dijo fue piedad, con un tono y un volumen que parec&#237;a haber ensayado en muchas pesadillas. En todas esas fantasmagor&#237;as se hab&#237;a imaginado que el joven Santiago entraba a un bar de la calle Puente y le clavaba un pu&#241;al en la garganta cuya punta reaparec&#237;a en la nuca. Siempre hab&#237;a un arma entremedio, pero no una bufanda. No la prenda que &#233;l le hab&#237;a regalado con estrategia, pero tambi&#233;n con afecto.

Yo te estimo, chiquillo. Nunca quise hacerte da&#241;o. No merezco morir por una locura ocasional -jade&#243;.

&#191;En serio, alcaide?

Fue una noche extra&#241;a. Est&#225;bamos todos como n&#225;ufragos.

Como bestias, Santoro.

Es la vida, es esta vida de mierda que todos llevamos.

Si piensa as&#237; -dijo &#193;ngel Santiago, apretando un poco m&#225;s la bufanda-, &#191;por qu&#233; se aferra a ella?

Por los afectos que uno va creando. Tengo mi esposa, dos hijas adolescentes. Me necesitan, Santiago. No es justo que me mates a metros de mi casa.

El joven cogi&#243; la cara del alcaide y la estrell&#243; contra el tronco del &#225;rbol. Luego, apretando su cabeza desde el cr&#225;neo, restreg&#243; su faz contra la corteza hasta que la sangre brot&#243; entre los ara&#241;azos. Al alzarle el rostro, pudo advertir que los rasgos del funcionario se hab&#237;an desfigurado. Trozos de astillas y cortezas se le hab&#237;an adherido a la sangre y al sudor, y sus labios deformados temblaban.

Esa noche tuvieron que llevarme al hospital para hacerme una transfusi&#243;n.

Yo mismo viaj&#233; contigo en la ambulancia. &#191;No te acuerdas de eso?

Hemorragias m&#250;ltiples, escribi&#243; el m&#233;dico de turno.

Pero te sanaste, chiquillo. Est&#225;s fuerte, eres libre, tienes la vida por delante. &#191;Qu&#233; le agregas a tu vida si me matas?

Dignidad.

El joven puso aun m&#225;s presi&#243;n en la bufanda y fue tens&#225;ndola hasta que los ojos del hombre rodaron por sus c&#243;rneas. S&#243;lo entonces tir&#243; de la alpaca y fue a apoyarse contra la pared para recuperar el aliento.

&#191;Me oye, alcaide?

S&#237;, muchacho -susurr&#243; Santoro, jadeando y masaje&#225;ndose simult&#225;neamente el coraz&#243;n.

Entonces oiga bien lo que tengo que decirle.

Te escucho.

No he venido a matarlo.

No te creo.

Como sea, no lo voy a matar ahora.

Te lo agradezco, &#193;ngel Santiago. &#191;Y cu&#225;ndo vas a matarme?

Nunca.

&#191;Hablas en serio?

Totalmente en serio. Por razones que usted jam&#225;s entender&#237;a, he cambiado mis planes. Mi futuro no incluye una rata como usted, ni siquiera para exterminarla.

Un transe&#250;nte pas&#243; entremedio de los dos hombres y, precavido, sigui&#243; de largo, fingiendo que no los hab&#237;a visto. Tambi&#233;n en la casa del frente una anciana hab&#237;a corrido la cortina de su ventana, y al ser sorprendida por &#193;ngel Santiago la volvi&#243; a cerrar.

Te agradezco la piedad.

No es piedad, alcaide. Es frialdad. Es mi cabeza l&#250;cida, que separa desde hoy la paja del trigo.

&#191;Y tu historia de la dignidad perdida?

Ya no es tema. Si hubiera apretado la bufanda un minuto m&#225;s, usted ahora no estar&#237;a filosofando. Me doy por satisfecho.

Mis preguntas no son gratuitas, muchacho. &#191;C&#243;mo puedo saber si tu perd&#243;n de hoy no es m&#225;s que un arrebato generoso y que ma&#241;ana no te aparecer&#225;s frente a m&#237; en cualquier bar y me atravesar&#225;s la garganta con un cuchillo?

No pretender&#225; que le d&#233; un papel firmado y con timbre fiscal de que no lo har&#233;.

Est&#225; bien, &#193;ngel Santiago. Te creo.

El corpulento hombre se aferr&#243; al tronco del &#225;rbol y fue alz&#225;ndose dificultosamente hasta quedar de pie. Se sacudi&#243; el abrigo y quiso avanzar hasta la pistola depositada sobre la reja del alcantarillado. El joven se adelant&#243; y se la puso en el bolsillo de la chaqueta de cuero.

&#201;sa se la voy a pedir emprestada por mientras, alcaide.

&#191;Qu&#233; tienes entre manos?

Nada que a usted le concierna.

Pregunto porque me dar&#237;a mucha pena verte de vuelta en mi c&#225;rcel.

&#191;Me tratar&#237;a igual que antes?

No, chiquillo. Te tratar&#237;a como a un pr&#237;ncipe. Pero si vas a usar el arma, conviene que aprendas c&#243;mo funciona.

Los dos se quedaron un largo rato callados, casi inm&#243;viles. Una brisa desprendi&#243; algunas hojas secas del &#225;rbol y &#193;ngel agarr&#243; una al vuelo y se entretuvo raspando su quebradiza textura. El alcaide se sob&#243; el cuello magullado y fue hasta el chico con la mano extendida.

Si me permites, voy a despedirme. Me esperan en casa.

Vaya no m&#225;s, alcaide.

Se estrecharon las manos, pero algo retuvo a Santero en ese lugar Limpi&#225;ndose con un par de dedos el barro adherido a sus cejas, se anim&#243; finalmente a su pregunta:

Si en verdad no quer&#237;as matarme, &#191;para qu&#233; viniste?

&#193;ngel Santiago quebr&#243; la hoja que ten&#237;a en la mano derecha y luego la fue moliendo hasta pulverizarla.

Para devolverle la bufanda, alcaide.



TREINTA Y CUATRO

Pasadas las diez de la noche parece que los sem&#225;foros de la calle de las Tabernas tuvieran tres luces verdes. Los conductores no les prestan atenci&#243;n a las se&#241;ales del tr&#225;fico cuando se divierten estudiando a las chicas sentadas en las vitrinas de los caf&#233;s o a quienes conversan en peque&#241;os grupos con abrigos de piel, medias caladas bajo la minifalda y maquillaje rojo entre las cejas y las pesta&#241;as.

Al ingresar en la zona, el joven no pudo impedir que la felicidad lo desbordara. Era como si una ducha de pistones, semejante a aquella que usan para pintar la carrocer&#237;a de los autos, le hubiera barrido el sarro que acumulaba en sus entra&#241;as. Se sent&#237;a limpio, ligero, y al darse cuenta de que estaba a punto de ejercer en plena calle una cabriola de baile, entendi&#243; por primera vez a aquellos h&#233;roes de los musicales de Hollywood que se pon&#237;an a cantar o a bailar cuando ca&#237;an en &#233;xtasis.

Se hab&#237;a descargado de tantas mochilas que le doblegaban el lomo que ahora se sent&#237;a un animal liviano y flexible, &#225;gil de mente y r&#225;pido de pezu&#241;as. D&#250;ctil, y tan transparente que le parec&#237;a que todo el mundo se dar&#237;a cuenta de la doble fuente de su felicidad: eso que sent&#237;a por Victoria Ponce era muy probablemente lo que en el cine y las canciones llamaban amor, y la indicaci&#243;n de Vergara Grey de que recogiese del hotelucho las chaquetas jeans de la Schendler sonaba como una se&#241;al de que el Golpe hab&#237;a prendido en su alma.

Desde la madrugada, cuando hab&#237;a galopado al rucio ganando su carrera, sent&#237;a que la suerte le llov&#237;a a raudales, que a su alrededor una patota de &#225;ngeles le agenciaban milagros y le provocaban lucideces imprevistas. Esos escurridizos y et&#233;reos se&#241;ores, diligentes y ben&#233;volos, cuidaban de que nada malo le pasara, de que aflojase, por ejemplo, la presi&#243;n de la bufanda en el cuello de buey del alcaide, libr&#225;ndolo as&#237; de un asesinato.

No s&#243;lo de ese crimen, sino de ese otro repetido fantasmalmente en noches de insomnio en la celda, cuando se ve&#237;a enterr&#225;ndole a Santoro un cuchillo cocinero en la garganta. &#191;Por qu&#233; el viejo le hab&#237;a cantado esa imagen? Exactamente la figura de su sue&#241;o. &#191;Acaso la angustia en vez de confundir a los hombres los transforma en videntes? &#191;Hab&#237;an so&#241;ado la v&#237;ctima y &#233;l, su verdugo, el mismo sue&#241;o?

Nada malo me puede pasar, se dijo, justo en el momento que pasaba al borde de un auto color cereza, desde donde lo espantaron de su dicha con un bocinazo. La ventanilla del chofer se abri&#243; y por el encuadre del vidrio apareci&#243; la cabeza del cuidador de autos.

&#191;Cu&#225;ndo me v&#225;i a pagar las dos lucas, cabrito?

Santiago estaba acostumbrado a ver a Nemesio Santelices con un fieltro amarillo se&#241;aliz&#225;ndoles a los conductores c&#243;mo estacionar su auto en la calle tan concurrida, pero jam&#225;s habr&#237;a pensado que alg&#250;n d&#237;a ese tipo iba a estar sentado al volante. No pudo evitar una sonrisa.

Falta su resto, amigo -dijo, disponi&#233;ndose a seguir alegremente su tranco hacia el hotel.

El cuidador abri&#243; la puerta trasera del coche y le hizo un gesto conminatorio de que entrara. Tras obedecer y tomar asiento, identific&#243; a su lado a la recepcionista Elsa.

&#191;Te acuerdas de m&#237;, chiquillo?

Claro que s&#237;, la nochera.

&#191;Y qu&#233; es de Elena Sanhueza?

&#201;se era el nombre falso de mi novia. Est&#225; bien, recuper&#225;ndose de un accidente en la Asistencia P&#250;blica. &#191;Para qu&#233; quer&#237;an que subiese al auto?

Aqu&#237; nadie nos ve -dijo el cuidador.

&#191;Y qu&#233; tiene que nos vean?

El hombrecito se hundi&#243; el sombrero hasta las cejas como si al decir la frase se pusiera en evidencia.

Una vez te vi salir volando del primer piso y ca&#237;ste vivo.

Fue una broma de Vergara Grey.

Ahora queremos evitar que salgas volando del primer piso, pero muerto.

El muchacho se frot&#243; las rodillas y quiso vislumbrar la escena alrededor del hotel a trav&#233;s del vidrio empa&#241;ado. Elsa se prepar&#243; un cigarrillo, abri&#243; una franja la ventanilla y exhal&#243; por all&#237; la primera bocanada.

Dentro del hotel hay un caballero, no muy distinguido, que te anda buscando para matarte.

&#191;A m&#237;?

A ti o a Vergara Grey. No he llegado tan lejos en mis investigaciones. T&#250; me eres bastante indiferente desde que vapuleaste a Monasterio. Pero t&#250; tambi&#233;n eres la pista a trav&#233;s de la cual el caballero puede llegar a Nico. Y &#233;se s&#237; que ser&#237;a un funeral al que no me gustar&#237;a asistir.

&#191;Qui&#233;n es el t&#237;o?

Dice que se llama Alberto Parra Chac&#243;n, pero no es su nombre.

&#191;C&#243;mo lo sabe?

&#161;Bah! Cuando t&#250; entraste por primera vez al hotel sab&#237;a perfectamente que no te llamabas Enrique Guti&#233;rrez.

Usted me puso ese nombre.

Les pongo ese nombre a todos para no olvidarlo ni entrar en contradicciones si alg&#250;n d&#237;a me interroga la polic&#237;a. Tambi&#233;n a Alberto Parra Chac&#243;n lo inscrib&#237; como Enrique Guti&#233;rrez.

&#191;Y si alguien lo llama por tel&#233;fono?

Eso es problema de Guti&#233;rrez y del que llama, no m&#237;o.

&#193;ngel Santiago sac&#243; una peineta de su mochila y aprovech&#243; el espejo retrovisor para darse un par de manos en la melena.

&#191;De d&#243;nde sac&#243; que ese t&#237;o nos quiere matar?

Una deducci&#243;n muy simple. &#191;Por qu&#233; un hombre toma la habitaci&#243;n vecina a la de Nico? &#191;Por qu&#233; desde que entra no sale de ella y est&#225; echado en camiseta sin mangas sobre el sof&#225; con una Brown&#237;ng calibre 38? &#191;Por qu&#233; cuando mand&#233; a la mucama a hacer la habitaci&#243;n de Vergara Grey sali&#243; despavorido al pasillo con el arma en la mano?

No s&#233; de nadie que me quiera matar, se&#241;ora Elsa.

&#191;No le has comentado a alguna persona lo que preparas con Vergara Grey?

Todo el mundo cree que preparo algo con el profesor, pero &#233;l ya no quiere guerra. Lo &#250;nico que desea es vivir como un jubilado con su familia.

Conozco bien a Teresa Capriatti y s&#233; que si no le lleva plata a la casa no va a volver a entrar all&#237;.

&#191;Pero ad&#243;nde la llevan todas estas reflexiones?

A lo siguiente: Alberto Parra Chac&#243;n es alguien que quiere o matarlos o participar en el Golpe.

&#161;&#191;Qu&#233; Golpe, por la cresta!

Si muestra pistola es porque sabe que lo que ustedes est&#225;n preparando requiere, adem&#225;s de robaburros y artistas de la ganz&#250;a, cojones para matar, si es necesario. Debe de saber que el Golpe no es cosa de mariqu&#237;tas.

Por decirme eso mismo casi estrangulo a su amante, do&#241;a Elsa.

Lo digo en un sentido figurado. Me consta que le diste una paliza en la cama a la se&#241;orita Sanhueza. Pero si el Flaco no fuera un ladr&#243;n, la v&#237;ctima que busca tendr&#237;as que ser t&#250;.

&#161;Yo! Lo &#250;nico que tengo en mi prontuario es haberme robado un caballo. Nadie me va a matar por eso.

&#191;Y la colegiala?

No entiendo.

La mu&#241;eca que te est&#225;s vacilando, &#191;no tendr&#225; otro amante, por si acaso?

Do&#241;a Elsa: &#161;las telenovelas le tienen comido el coco!

&#191;O un padre que quiera vengar el honor de su hija?

&#193;ngel Santiago apret&#243; la manilla del auto y la abri&#243; con furia.

Voy a sacar un par de cosas de don Nico de la pieza.

El cuidador de autos se le cruz&#243; en el camino impidi&#233;ndole que avanzara. Con un llavero de control remoto hizo saltar la tapa de la maletera.

En esa valija est&#225;n todas las pilchas de Vergara Grey.

&#191;Por qu&#233;?

No queremos que el maestro entre en el hotel y el g&#225;ngster le haga da&#241;o. Y a ti tampoco. Si sabes d&#243;nde est&#225;, ll&#233;vale sus cositas.

El joven se frot&#243; algunos segundos los p&#225;rpados y quiso recapitular en ese relampagazo lo que hab&#237;a sido su vida insomne en las &#250;ltimas cincuenta horas. &#191;Lo querr&#237;an as&#237; sus &#225;ngeles o deb&#237;a mandar al carajo a esa vieja mit&#243;mana? Dej&#243; entonces que la boca hablara antes de que se pronunciara la raz&#243;n.

Est&#225; bien. No entrar&#233; al hotel. Yo le llevo la valija.

El cuidador la levant&#243; de la maletera, se la pas&#243;, y simult&#225;neamente hizo una se&#241;al a un taxi para que frenara. La sonrisa del hombrecito revel&#243; esta vez que le faltaba el canino derecho. Igual que un comediante actuando el rol de portero de un hotel de lujo, Nemesio Santelices abri&#243; la puerta del taxi, introdujo la maleta y luego a &#193;ngel Santiago tom&#225;ndolo del codo. Despu&#233;s puso la mano en el bolsillo de la chaqueta, produjo dos billetes de mil y se los enterr&#243; en la palma de la mano.

Me estar&#237;a debiendo cuatro lucas, conchae tu madre.



TREINTA Y CINCO

Hay discusiones acerca de si la idea original fue de Vergara Grey o de &#193;ngel Santiago. No cabe duda, sin embargo, que ambos planes fueron desarrollados en la Academia de Ballet Coppella, una vez que su propietaria y docente resultara estimulada con un honorario de treinta mil por el mes corriente y otro por parecida cantidad a cuenta de las deudas originadas por Victoria Ponce en el trimestre anterior.

La sorpresiva aparici&#243;n de ese patrimonio hizo que la dama, quien se present&#243; ante don Nico, con golpes de pesta&#241;as dignas de una vampiresa, como Ruth Ulloa, proporcionara a los socios sendas colchonetas, par de frazadas, y hasta una lamparilla que ambos declararon necesitar para estudiar el plan en la noche.

Por cierto, la bien mantenida ex bailarina fue puesta en conocimiento por los dos varones del plan A, visible para quien quisiera fisgar sobre la mesa de arquitecto que a t&#237;tulo de pr&#233;stamo aport&#243; el arquitecto Charl&#237;n del estudio vecino, pero se le mantuvo en riguroso inc&#243;gnito sobre el plan B del Enano Lira, que inclu&#237;a parcial movilizaci&#243;n en los eficientes ascensores de origen alem&#225;n marca Schendler.

Victoria fue depositada -a plazo, le dijo seco &#193;ngel Santiago a la viuda Ponce- en la humilde casa de la madre, quien no reaccion&#243; con ning&#250;n tipo de sorpresa ni de alarma cuando vio bajar del taxi a la colegiala acompa&#241;ada de un hombre de bigotes grises pespuntado por canas y a un jovenzuelo hiperkin&#233;tico y arrogante, quien fue hasta la pieza de la muchacha como si le perteneciera.

Preguntada la se&#241;ora sobre si hab&#237;a notado la ausencia de su ni&#241;ita en los &#250;ltimos d&#237;as, replic&#243; que en efecto, a la hora del desayuno, hab&#237;a advertido que la sopa de minestrones que le hab&#237;a ali&#241;ado con perejil para la cena de la noche anterior segu&#237;a sin consumir en el microondas.

Vergara Grey le expuso que Victoria hab&#237;a tenido un peque&#241;o desmayo, que &#233;l la hab&#237;a recogido en la calle y llevado al hospital, que hab&#237;a pasado una noche en observaci&#243;n, que no era nada grave, y que ahora iba a quedar un par de d&#237;as en reposo antes de que se recuperara plenamente. La madre quiso contar algo de la fat&#237;dica historia que pesaba sobre la familia pero fue detenida por el joven y cambi&#243; de discurso, opinando que su hija padec&#237;a de anorexia, enfermedad que afecta a las bailarinas y a los jinetes, quienes deben mantenerse en los huesitos para rendir profesionalmente.

Efectivamente &#233;se era el caso, decret&#243; conciliador Vergara Grey. Y le pas&#243; un kilo de carne para cazuela envuelta en papel de diario con instrucciones de que le preparara una sopita de vacuno donde no faltara ni una papa cocida, ni el trozo de zapallo, ni un trecho de choclo, y hasta algo de aj&#237; y cilantro, mezcla que seguro devolver&#237;a el color a las mejillas de la se&#241;orita Ponce.

Pasado ma&#241;ana la pasar&#237;an a recoger a ella y a la hija tipo nueve de la noche, y cuando la mujer le indic&#243; pla&#241;idera que ella nunca sal&#237;a de noche por causa de su depresi&#243;n, don Nico le dijo que mucha depresi&#243;n para arriba y mucha depresi&#243;n para abajo, pero si ma&#241;ana no estaba lista a las nueve, vestida con su mejor traje sastre y su medio kilo de colorete en las mejillas, &#233;l personalmente la iba a sacar a rastras de la casa aunque estuviera -perdone estas palabras inusuales en m&#237;, se&#241;ora- en pelotas.

Por su parte, Victoria Ponce, tendida en el lecho junto a una limonada y dos aspirinas, no parec&#237;a darse cuenta de las turbulencias que hab&#237;a enfrentado para estar viva. Acarici&#225;ndose una y otra vez el pelo con la mano derecha, se limit&#243; a dar una informaci&#243;n y una pregunta, de suyo contradictorias: una, que no quer&#237;a vivir, y dos, si la profesora de ballet la admitir&#237;a en su academia esa noche.

El joven dej&#243; pasar la primera pensando que era un coletazo inevitable de la degradaci&#243;n que hab&#237;a llevado a la chica a querer autodestruirse, pero se interes&#243; vivamente en la segunda, y afirm&#243; que la maestra la esperaba ma&#241;ana en la noche con la coreograf&#237;a de la Mistral.

Desprovistos hasta de monedas para el autob&#250;s, los socios rumbearon a pie por la noche hacia la academia de ballet, y para hacer m&#225;s tolerable la caminata se detuvieron ante el edificio donde Canteros y sus guardias guardaban el tesoro de sus chantajes, y estuvieron fumando un cigarrillo mientras los pesados camiones de la Municipalidad de Santiago descargaban los enormes basureros grises de basura y la mol&#237;an.

Vergara Grey brome&#243; calculando que uno de esos toneles de pl&#225;stico, lleno de billetes, podr&#237;a llegar a pesar unos treinta kilos y un mill&#243;n de d&#243;lares. &#191;Usted cree que el gordo Canteros tiene tanto en el buche?, pregunt&#243; esperanzado su socio. Y el profesional le dijo con tono did&#225;ctico que, por menos de eso, no valdr&#237;a la pena dar el Golpe. Pero -agreg&#243;- &#233;se es el plan B. Ateng&#225;monos al tema A, que es el que urge por ahora.

El plan A convoc&#243; esa misma noche a Ruth Ulloa, &#193;ngel Santiago y Nicol&#225;s Vergara Grey sobre la mesa del arquitecto Charl&#237;n en la academia de ballet, despu&#233;s de que las &#250;ltimas alumnas hab&#237;an terminado sus ejercicios en la barra y abandonado el local. Al centro de la tabla lisa y bien pulida, el profesor extendi&#243; un papel de gran formato y l&#225;pices de diferentes colores que le permitieran resaltar claramente la misi&#243;n de cada cual.

Responsabilidad de la profesora Ulloa ser&#237;a el transporte de su radio Zenith verde con los dos enormes parlantes, as&#237; como el CD que inclu&#237;a la m&#250;sica de Luis Addis, notablemente distinta de su Canto para una semilla sobre las D&#233;cimas de Violeta Parra. La compositora de Gracias a la vida al fin y al cabo era sure&#241;a, chillaneja, por m&#225;s se&#241;as, y la Mistral ven&#237;a de los valles del desierto pr&#243;ximo a Vicu&#241;a.

Ameniz&#243; la jornada un termo de caf&#233; que se reparti&#243; a peque&#241;as dosis, pues la noche era larga, los detalles muchos, y la t&#225;ctica incierta. La maestra Ruth les cont&#243; a los hombres que, enterada de que la historia de su propio padre hab&#237;a inspirado a Victoria a acudir a Los sonetos de la muerte de Gabriela Mistral, ella decidi&#243; a su vez contratar al compositor Addis, quien procedi&#243; a elaborar la pieza para ballet tomando como motivo un fen&#243;meno del norte chileno llamado el desierto florido.

Repentinamente, producto de una lluvia ins&#243;lita en esos parajes, la riqueza de minerales y sales de esos espacios yermos hace que la tierra, la arena y hasta los montes revienten de la noche a la ma&#241;ana en la vegetaci&#243;n de un alucinante vergel, algo semejante a un fugaz para&#237;so. Seg&#250;n el compositor, la textura de su melod&#237;a combinaba esa mutaci&#243;n con la idea de la poeta que arranca el cuerpo del amado desde el f&#233;retro al c&#225;lido lar del universo: Del nicho helado en que los hombres te pusieron, te bajar&#233; a la tierra humilde y soleada.

En nueve minutos y cuarenta segundos la contracci&#243;n de una penitente comenzaba lentamente a poblarse de ternura mientras la llovizna iba despertando las flores profundas del desierto hasta hacer de todo el paisaje la casa com&#250;n de los hombres: la luz tendr&#237;a a su vez que ir desde la oscuridad a la penumbra, de &#233;sta a la sombra vaga, de all&#237; al gris con perfiles, hasta que un rayo verde, o una modesta franja naranja, har&#237;a parir en la bailarina el cuerpo del amado que transportaba a la gracia.

Cuando la maestra termin&#243; su relato, los dos socios (del plan A y B) miraban hondamente en sus pocillos de caf&#233;, y la mujer tuvo la sospecha de que no hab&#237;an entendido ni un r&#225;bano.

Es decir -quiso iluminarlos-, toda la trama de la m&#250;sica y la danza es una met&#225;fora. &#191;Me entiende, don Nico?

Vergara Grey se meti&#243; un dedo en la oreja y se la rasc&#243; profundo, como si arrancando un poco de cerumen el significado de esa lecci&#243;n le resultara permeable.

S&#237; -dijo, con una sonrisa de disculpa, porque la respuesta era no.

Impulsivo, &#193;ngel Santiago proclam&#243; que, conociendo el temple pacifista del maestro, &#233;l se har&#237;a cargo del arsenal, y al mismo tiempo de las Fuerzas Armadas, vale decir en este caso, del cabo de la comisar&#237;a de G&#252;echuraba, Arnoldo Z&#250;&#241;iga. Y anticipando su voluntad de que nada impidiera el buen desenlace del plan, estableci&#243; sobre el mes&#243;n de dibujo tanto el rev&#243;lver que le hab&#237;a birlado al alcaide Santoro como la palidez de la a&#250;n buena moza core&#243;grafa Ruth Ulloa.

Con un disimulado puntapi&#233; que Vergara Grey acert&#243; en la rodilla al muchacho, minimiz&#243; la ofensiva b&#233;lica de &#233;ste, y arrojando a la vez con una falsa risa el arma al canasto de basura y mirando su reloj, propuso que suspendieran las bromas, pues el tiempo apremiaba.

El acelerado muchacho tendr&#237;a que hacerse cargo s&#243;lo de convencer al cabo, mientras que &#233;l hablar&#237;a -anot&#243; v&#237;a l&#225;piz verde en el papelote- con la maestra de dibujo do&#241;a Elena Sanhueza, con la socia de Monasterio, do&#241;a Elsa -que tan bien les cuidaba a ambos el pellejo-, y hasta con el mism&#237;simo alcaide Huerta.

Ahorrativo, &#193;ngel Santiago decidi&#243; abstenerse del taxi, y viaj&#243; api&#241;ado en micro, rumbo a la comisar&#237;a de G&#252;echuraba. Esper&#243; en el establo, d&#225;ndole cari&#241;o a los animales, hasta que uno a uno &#233;stos fueron montados por los carabineros que sal&#237;an a hacer sus rondas. Con los cascos de los caballos que se alejaban se produjo quietud e intimidad en la comisar&#237;a. S&#243;lo el encargado del libro de partes transcrib&#237;a algunas infracciones de tr&#225;nsito logrando que la esforzada caligraf&#237;a le hiciera salir la punta de la lengua entre los labios. Se present&#243; delante de Z&#250;&#241;iga imitando el saludo militar de llevarse dos dedos al quepis que no ten&#237;a.

&#191;Se acuerda de m&#237; cabo Z&#250;&#241;iga?

Dos segundos apenas tard&#243; el uniformado en pasar de la extra&#241;eza al reconocimiento. Se levant&#243; efusivo para abrazarlo al tiempo que le dec&#237;a:

&#161;Pero c&#243;mo me voy a olvidar del due&#241;o del rucio! &#191;Qu&#233; es de esa joyita?

Segu&#237; su consejo, pues. Lo llev&#233; al hip&#243;dromo y est&#225; inscrito para la Primera del Chile.

&#161;Recacha, la mansa ni sorpresa!

El Charly de la Mir&#225;ndola le tiene harta confianza.

No ser&#225; para tanto. &#191;Cu&#225;nto me dijo que pon&#237;a en los mil doscientos?

Uno quince, uno diecis&#233;is

Ojal&#225; que llueva, hay caballitos que se afirman mejor en el barro. &#191;Y cu&#225;l es la gracia del animal?

Milton.

&#191;Como el locutor de f&#250;tbol Milton Millas?

Eso.

Voy a pasar a la sucursal a jugarle un boleto.

El Charly le tiene confianza.

Un ordenanza le llev&#243; al uniformado su paila de jam&#243;n con huevos revueltos, y tras echarle abundante sal, se la fue sirviendo con alegre apetito. Le indic&#243; al joven una banana sobre el escritorio:

S&#237;rvasela.

Gracias, mi cabo. Ya desayun&#233;.

Despu&#233;s de algunas cucharadas que culmin&#243; limpi&#225;ndose con una toallita Nova, el carabinero se ech&#243; satisfecho sobre el respaldo del asiento y mir&#243; amable al muchacho.

&#191;Y qu&#233; lo trae por aqu&#237;, joven

Esa pregunta trivial y cotidiana desencaden&#243; tal rubor en &#193;ngel que sinti&#243; que sus manos comenzaban a mojarse por la s&#250;bita transpiraci&#243;n.

&#191;Se acuerda cuando me dijo que cualquier problema que tuviese diera su nombre?

Cabo Z&#250;&#241;iga, comisar&#237;a de G&#252;echuraba, para servirlo.

El joven trag&#243; la saliva acumulada y ech&#225;ndose el pelo hacia atr&#225;s levant&#243; la barbilla y dijo con tono trascendente:

Bueno, pues, necesito su ayuda.

El oficial entendi&#243; sin m&#225;s palabras que ven&#237;a una confidencia, golpe&#243; con una u&#241;a algunas migas ca&#237;das sobre el escritorio y fue a cerrar sin ruido la puerta.

D&#237;game.

Me imagino que usted, con su experiencia de ese lado de la ley, ya se habr&#225; formado una idea de m&#237;.

El uniformado se sent&#243; en el borde del escritorio y cruz&#243; los brazos.

En primer lugar, que usted est&#225; al otro lado.

Rehabilit&#225;ndome.

Nadie es perfecto en este barrio, y en Chile mucho menos. &#191;Y en qu&#233; puedo servirlo?

&#161;Puchacay! &#191;C&#243;mo se lo dijera paque entendiera?

An&#237;mese. Hablar no es un delito. Siempre y cuando no sea un intento de soborno -recapacit&#243;-; ah&#237; los carabineros somos inflexibles.

No, mi cabo, se trata m&#225;s o menos de lo contrario.

&#191;Qu&#233; ser&#237;a?

Un pr&#233;stamo.

El cabo Z&#250;&#241;iga salt&#243; del escritorio, cogi&#243; la banana y, mientras hablaba, no dej&#243; de golpearla contra la palma de una mano. Sonri&#243; casi con piedad.

Ah&#237; s&#237; que la embarr&#243;, amigo. Pedirle plata prestada a un carabinero es como asaltar la alcanc&#237;a de un mendigo. Tenemos los peores sueldos de Chile. Si no fuera por el seguro de salud y la oficina de bienestar que nos regala leche Nido para las guaguas, m&#225;s nos valdr&#237;a ser cesantes. Participar&#237;amos en las protestas tir&#225;ndoles piedras a los pacos.

El hombre se ri&#243; con franco buen humor y, envalentonado por esa buena racha, &#193;ngel Santiago busc&#243; su proximidad y le dijo, confidente:

En verdad no es un pr&#233;stamo en met&#225;lico. Se trata de una ayuda que s&#243;lo usted puede darnos.

&#191;Darnos?

Humm

&#191;Es una historia larga?

Si tuviera la bondad de escucharla con paciencia

&#191;Tan larga que mientras me la cuenta podr&#237;a comerme el pl&#225;tano?

Un cacho entero de bananas.

Voy a escucharla, pero si me aburro lo corto.

De acuerdo.

&#191;C&#243;mo se llama ella?

&#191;De d&#243;nde se dio cuenta de que se trataba de eso?

Cachativa policial. &#191;Nombre?

Victoria Ponce.

&#191;Edad?

Diecisiete a&#241;os.

&#191;Prontuario?

&#193;ngel hizo rodar un cigarrillo entre los dedos, y afloj&#225;ndole as&#237; un poco el tabaco, fue hasta la ventana, mir&#243; la cordillera, y tras pedir fuego cont&#243; la historia de la muchacha sin omitir detalle. A las diez llevaba quince minutos de relato y pudo advertir que el carabinero estaba tan inmerso en &#233;ste que cuando son&#243; el tel&#233;fono dijo brusco que llamen m&#225;s tarde, y colg&#243; de un hachazo.

Siguiendo esa intuici&#243;n que le inspiraba la visi&#243;n del cielo abierto, las nubes deshilachadas por la brisa y el rodar de las carretelas en el empedrado rumbo a La Vega, hizo una s&#237;ntesis completa de su vida desde la salida de la c&#225;rcel, omitiendo dos puntos que no concern&#237;an en absoluto a su petitorio: el Golpe de Lira y el bufandazo propinado la noche anterior al respetable alcaide de la C&#225;rcel Central.

En los tres &#250;ltimos minutos, bajando aun m&#225;s el tono confidencial, entr&#243; a terreno dinamitado, y le plante&#243; la petici&#243;n, diciendo que si bien no esperaba de &#233;l una reparaci&#243;n institucional para la muchacha -de eso se encargar&#225;n tarde o temprano otras generaciones o las leyes- s&#237; quer&#237;a su ayuda para el &#233;xito de su proyecto en el nivel de su sencillo coraz&#243;n de chileno uniformado, de abnegado servidor p&#250;blico y de padre de familia.

Cuando el joven termin&#243; su discurso, el cabo Z&#250;&#241;iga hab&#237;a adelantado los labios y los ten&#237;a unidos fuertemente con dos dedos, en se&#241;al de meditaci&#243;n. Su mirada se perdi&#243; en la muralla como si tratara de descifrar alguna figura en la mancha caf&#233; producto de la humedad. Deshizo su postura y revis&#243; la posici&#243;n de todos los objetos que ten&#237;a en el escritorio. Al descubrir la c&#225;scara de la banana, de un solo manotazo la hizo aterrizar en el papelero.

&#191;Y? -se anim&#243; finalmente &#193;ngel, hablando como si estuviera en puntas de pies.

El cabo Z&#250;&#241;iga dispuso de medio minuto para abrocharse un bot&#243;n m&#225;s apretado el recio cintur&#243;n reglamentario, y luego dijo con una sonrisa sin alegr&#237;a:

Vamos a dejar la cagada.



TREINTA Y SEIS

Vergara Grey fue directo a la sala de profesores del liceo y estuvo describi&#233;ndole el plan A a la profesora de dibujo, quien acept&#243; encantada participar, siempre y cuando se le permitiera tomar m&#225;s iniciativas que las propuestas; a saber, dibujar las tarjetas de invitaci&#243;n con una Gabriela Mistral, alta y ruda, bailando hacia el sol. Ella iba a poner las cartulinas, el papier mach&#233;, los materiales gr&#225;ficos, los sobres de Librer&#237;a Nacional, las estampillas de Correos de Chile _no hay tiempo para eso, maestra, ni aun por expreso llegar&#237;an a sus destinatarios-, y hablar&#233; personalmente con el cr&#237;tico de El Mercado para que asista.

La tarjeta, se expres&#243; obviamente la maestra de arte y no el lego Vergara Grey, deber&#237;a ser una cosa de trazos luminosos, como por ejemplo La paloma de Picasso, algo que en la din&#225;mica de unas pocas l&#237;neas sugiriera un poema que baila. Sin m&#225;s, procedi&#243; a rayar tres ejemplos en su cuaderno de croquis, y tras la aprobaci&#243;n encandilada del ladr&#243;n se decidi&#243; por el proyecto uno y se comprometi&#243; firmemente a tener listo el env&#237;o para su distribuci&#243;n v&#237;a courier -t&#233;rmino inexistente en el registro del hombre en un par de horas.

Puesto que la fotocopiadora de color costaba una fortuna para una futura cesante, la maestra pregunt&#243; si Vergara Grey no podr&#237;a poner a su disposici&#243;n un peque&#241;o fondo, que llam&#243; caja chica, con objeto de cubrir algunas de sus expensas. Elocuente, quien le encomendaba la art&#237;stica y fraternal misi&#243;n se dio vuelta los bolsillos sin que cayera otra cosa que el boleto del autob&#250;s con que hab&#237;a llegado hasta el liceo. Buscando un buen pretexto para abordar a Teresa Capriatti y contribuir a acercarla a Vergara Grey, la cajera Elsa se hizo con la chequera del socio Monasterio y la alivi&#243; de un cheque por cien mil pesos sin tener certeza de si la suma tendr&#237;a o no respaldo bancario. Esta vez fue en taxi hasta la casa de la mujer, y con la esperanza de que la invitara a sentarse, compr&#243; algunos dulces chilenos, entre otros, pr&#237;ncipes, que se complementar&#237;an de maravillas con el eventual t&#233; al que la hostil esposa de su amigo deber&#237;a, hospitalaria, ofrecerle.

Adjunto al cheque llevaba la invitaci&#243;n: la se&#241;ora Sanhueza hab&#237;a agregado sobre el nombre Teresa Capriatti un espolvoreado de oro semejante a aquel con que untan la curva de sus senos las vedettes. Puesto que las otras invitaciones, incluida la suya, carec&#237;an de ese aditamento, la cajera dedujo que el Nico se hab&#237;a ido de confidencias sentimentales con la artista.

Tras tocar el timbre y olerse en mitad del pecho, hizo su aparici&#243;n en la puerta del departamento Teresa Capriatti, quien abri&#243; apenas un hilito y emiti&#243; con desgano la siguiente cortes&#237;a:

Ah, es usted.

La mujer no se amilan&#243;, extrajo de su bolso atigrado la obra de arte y se la mostr&#243; por el deslumbrante lado de la car&#225;tula.

Vergara Grey le manda esta invitaci&#243;n.

Su esposa le dedic&#243; una mirada con los labios f&#233;rreamente fruncidos y luego alz&#243; la vista.

Expl&#237;queme.

Son buenas noticias. Su Nico ha conseguido trabajo como promotor de espect&#225;culos. Se ha transformado en una suerte de agente de artistas.

A juzgar por el polvo de estrellas con que cubri&#243; mi nombre, debe de traficar con aspirantes a vedettes fr&#237;volas. Esas que bailan con una estrellita de oro en las puntas de los pezones y una pluma de cisne en el poto.

Teresa, usted sabe que Vergara Grey es un hombre sobrio. Se trata nada menos que de baile cl&#225;sico.

&#191;Qu&#233; entiende &#233;l de eso? Un d&#237;a me llev&#243; a ver El lago de los cisnes y tuve la impresi&#243;n de que le hubiera dado lo mismo que lo bailaran patos.

Esta vez se va a llevar una sorpresa. Se trata de una coreograf&#237;a inspirada en Gabr&#237;ela Mistral.

Piececitos de ni&#241;os, azulosos de fr&#237;o. &#191;C&#243;mo hay quien os ve y no os cubre, Dios m&#237;o?

Me gusta m&#225;s la versi&#243;n de Nicanor Parra.

No la conozco.

Piececitos de ni&#241;os, azulosos de fr&#237;o. &#191;C&#243;mo hay quien os ve y no os cubre, Marx m&#237;o?

&#191;Y para traerme esta cursiler&#237;a se tom&#243; la molestia de venir hasta aqu&#237;?

La cajera acarici&#243; con fingida modestia el cierre de su carterita con motivos de tigresa y dijo como avergonzada:

No. Es que tambi&#233;n le traigo un cheque.

Pase -dijo Teresa Capriatti abriendo la puerta.

Una vez en el living room apareci&#243; el paquete con los pastelillos, y la due&#241;a de casa se retir&#243; un minuto a la cocina a calentar el agua para el tecito. Elsa hizo uso de esa tregua para estudiar las paredes del cuarto con atenci&#243;n. Una vuelta en redondo le revel&#243; que la presencia de Vergara Grey hab&#237;a sido meticulosamente expurgada de ese sal&#243;n. En los d&#237;as de gloria, luc&#237;a sobre la pared de leve amarillo una impresionante foto de Teresa y Nico el d&#237;a de la boda, acompa&#241;ados nada menos que por el cardenal de entonces, un santo hombre que ten&#237;a relaciones familiares lejanas con la novia, pero que &#233;sta consigui&#243; acercar, implorando una bendici&#243;n, que a todas luces no tuvo efecto sobre su matrimonio.

Cuando vino de vuelta con las dos tazas de t&#233;, sacaron los pr&#237;ncipes del paquete y los mascaron sin darle mucha importancia a las migas azucaradas que cayeron sobre la alfombra.

Teresita

Odio que me llame as&#237;.

Perdone. &#191;Se acuerda que hace a&#241;os nos tute&#225;bamos?

No hay nada de ese per&#237;odo que extra&#241;e ni que quiera reivindicar ahora. &#191;Me habl&#243; de un documento?

S&#237;, claro que s&#237; -dijo Elsa, como si lo hubiera olvidado. Pero a pesar de esta afirmaci&#243;n, no abri&#243; la cartera, igual que si una idea extravagante que no quisiera reprimir la urgiera a distraerse-. Sabe que Vergara Grey la ama con locura, &#191;cierto?

&#201;sas son frases para adolescentes. Lo que caracteriza a alguien que ama es que es capaz de mantener dignamente a su familia. Yo he comenzado a hacer costuras. Me da verg&#252;enza. Imag&#237;nese: Teresa Capriatti, costurera.

Es que usted no le deja salida.

La mujer estuvo a punto de retirar sus palabras antes de que sonasen, pero algo le dijo que todo el esfuerzo de su acci&#243;n valdr&#237;a un r&#225;bano si no hablaba ahora que ya estaba en la madriguera del animal. Con todo, bebi&#243; un sorbo de t&#233;, mientras su &#250;ltima frase ali&#241;aba la curiosidad de su interlocutora.

&#191;Qu&#233; quiere decir?

Vergara Grey est&#225; torturado por una gran contradicci&#243;n. Cuando estaba en la c&#225;rcel so&#241;aba con vivir a su lado, y ahora que est&#225; en libertad usted no se lo permite.

No veo ninguna contradicci&#243;n. En ninguno de los dos casos cont&#243; conmigo. Ni ahora, ni antes.

&#161;Pero le exige que la mantenga!

&#161;Qu&#233; menos! Si tiene un cheque para m&#237;, p&#225;semelo.

Usted sabe que el Nico es capaz de hacer un Golpe genial. Todo el mundo en el ambiente lo espera. Pero se contiene nada m&#225;s que, porque si fracasa, volver&#237;a a la c&#225;rcel y usted no querr&#237;a verlo nunca m&#225;s. Pero si tiene &#233;xito, sus apreturas econ&#243;micas tendr&#237;an fin.

&#161;Por Dios! Desenr&#233;dese, mujer.

M&#225;s claro echarle agua. Mire, Teresa, lo &#250;nico que puede hacer Vergara Grey hoy en d&#237;a es dar un Golpe maestro. Nadie le va a ofrecer ni un trabajo de junior a los sesenta a&#241;os. Tampoco, con su prontuario, puede irse a ofrecer a Canteros para su equipo de guardias de seguridad.

Est&#225; bien. Pero ahora es representante de artistas.

Elsa extrajo el cheque y le puso con actitud desafiante la cantidad delante de los ojos.

&#161;Cien mil! -exclam&#243; Teresa-. Pero si con eso no me alcanza ni para el alquiler del mes.

Elsa se puso de pie dispersando con el barrido de una mano las migas que manchaban su falda.

Tome decisiones, amiga.

Encantada. Pero &#191;cu&#225;les?

Dele una pizca de ternura, y ese hombre ir&#225; al fin del mundo por usted. Pase lo que pase, no tiene nada que perder, Si &#233;l muere en la acci&#243;n, dejar&#225; de verlo para siempre, pero como de todas maneras nunca lo ve, todo seguir&#237;a igual. Si va a dar a la c&#225;rcel, puede privarse de la obligaci&#243;n de visitarlo, cosa que ya hizo durante estos a&#241;os, e insisto, todo seguir&#237;a igual. Y si triunfa, el dinero le llegar&#237;a a raudales, y como todo el mundo sabr&#237;a que ese Golpe no pudo sino haber sido hecho por Vergara Grey, tendr&#237;a que pasar a la clandestinidad, usted no lo ver&#237;a nunca, y otra vez la misma conclusi&#243;n: todo seguir&#237;a igual, pero con plata para sus necesidades.

La due&#241;a de casa dud&#243; un momento entre la incomodidad de que alguien la aconsejara sin su autorizaci&#243;n y el deseo de hallar soluciones para tanta precariedad.

Usted sabe que durante todos estos a&#241;os no he tenido otros hombres. Ni siquiera un amante ocasional.

Su m&#233;rito. Pero tambi&#233;n el de Nico.

&#191;Qu&#233; quiere decir?

Encontrar a un ser humano como &#233;l en estos d&#237;as es imposible. Cualquiera lucir&#237;a como un monigote frente, a su recuerdo.

Fue un buen amante. Pero la fiesta dur&#243; hasta que se acab&#243;.

Eso lo dice su orgullo. Pero qui&#233;n sabe qu&#233; dir&#237;a su coraz&#243;n si lo dejara hablar.

No s&#233; qu&#233; dir&#237;a mi coraz&#243;n, pero s&#237; lo que d&#237;ce la boca. V&#225;yase de aqu&#237;, Elsa.

La cajera, de todas maneras, ya hab&#237;a avanzado hacia la salida. Mir&#243; con alg&#250;n inter&#233;s los dos pr&#237;ncipes que imploraban atenci&#243;n sobre la mesa, mas se contuvo, pues hubiera sido grosero llev&#225;rselos de vuelta.

&#191;Va a venir al ballet?

No creo.

Est&#225; bien. En todo caso, no rompa la invitaci&#243;n. El detalle del polvo dorado se le ocurri&#243; a Nico para halagarla.

&#191;Qu&#233; hago, Elsa?

La cajera tamborile&#243; sobre la manilla de la puerta dando por primera vez se&#241;ales de fastidio.

Desenr&#233;date, Teresita Capriatti.

Al tercer d&#237;a de estar encerrado en la pieza del hotelucho, Rigoberto Mar&#237;n tuvo la convicci&#243;n de que algo no funcionaba de acuerdo a sus planes. Aprovechando que la rnucarna que limpiaba la pieza de Vergara Grey hab&#237;a descendido a la recepci&#243;n para contestar el tel&#233;fono, se introdujo a su habitaci&#243;n y de dos o tres zarpazos abri&#243; el armario, dio vuelta el colch&#243;n y se puso debajo del catre a palpar el piso por si hubiera alguna tabla floja que sirviese de escondite.La habitaci&#243;n estaba vac&#237;a como estadio en d&#237;a de semana. Al palparse la barba crecida, observ&#243; que en el ba&#241;o no hab&#237;a ni una hoja de Gillette ni espuma para afeitarse.

Alguien hab&#237;a evacuado a Vergara Grey y al Querub&#237;n en un momento de sopor. Era un cuarto en el primer piso. Aunque estaba seguro de haberse mantenido alerta d&#237;a y noche con la lucidez de un b&#250;ho, perfectamente el ajuar de Vergara Grey podr&#237;a haber sido sacado por la ventana.

De probarse esta conjetura, correspond&#237;a dejarle una cicatriz a la recepcionista como premio por su diligencia y su intuici&#243;n. &#191;Lo habr&#237;a reconocido a pesar de sus nuevos atuendos y de su falso nombre? No era imposible, pues si la madame era adicta al viejo ladr&#243;n podr&#237;a tener el dossier completo de prensa del maestro, y en esas mismas p&#225;ginas no le hab&#237;an mezquinado a &#233;l ni fotos ni espacio. Rigoberto Mar&#237;n era el sello perverso de la cara risue&#241;a de la moneda Vergara Grey.

Cuando Elsa volvi&#243; de la visita a Teresa Capriatti pudo ver de espaldas a Rigoberto Mar&#237;n, tallando con una navaja la cubierta de su mes&#243;n de recepcionista. Por el espejo advirti&#243; que el hombre ya la hab&#237;a visto entrar y que todo intento de fuga carec&#237;a de sentido: un par de pasos y el tipo le clavar&#237;a el h&#237;gado para dejarla desangrarse sobre el choapino de entrada.

Buenas tardes, se&#241;or Parra Chac&#243;n -salud&#243; animosa, al mismo tiempo que detuvo la vista sobre las figuras que hab&#237;a hendido su cliente en la madera. Se trataba de una serie de banderitas chilenas, identificables por la distribuci&#243;n del rect&#225;ngulo y los espacios cuadrados con la estrella en la parte superior izquierda.

Buenas tardes, se&#241;ora Elsa.

Veo que le gusta el arte del grabado.

No especialmente, pero en algo tengo que entretenerme.

Me imagino que es muy patriota. Hizo seis bande chilenas.

Lo que dibuj&#233; o no carece de importancia. M&#225;s que sobre estos modestos mon&#237;tos infantiles quer&#237;a llamarle, la atenci&#243;n sobre el instrumento con que los realic&#233;.

Expuso sobre el mes&#243;n la respetable navaja con la hoja totalmente abierta.

En este barrio uno aprende a apreciar una arma, como &#233;sta. &#191;En qu&#233; puedo servirlo, don Alberto?

La mujer hubiera querido sacarse el abrigo, pero se contuvo, reflexionando que si la puntada iba al coraz&#243;n la gruesa tela invernal podr&#237;a amortiguarla.

Dici&#233;ndome la verdad sobre un par de cositas.

Usted pregunta y yo respondo.

El criminal desclav&#243; la navaja y estuvo gesticulando con ella como si se tratara de un simple l&#225;piz Faber.

Vergara Grey vive aqu&#237;, &#191;cierto?

Ya que todo el mundo sabe que est&#225; en libertad legal beneficiado por la amnist&#237;a, no tengo por qu&#233; negarlo. S&#243;lo quiero corregirle un detalle. &#201;l viv&#237;a aqu&#237;.

&#191;Cu&#225;ndo se fue?

Corno anda corto de fondos se retir&#243; discretamente dej&#225;ndome clavada con todas sus facturas.

Tan discretamente que sali&#243; que nadie se diera cuenta. H&#225;bil.

Usted sabe que tiene fama de serlo, pero no es Mandrake eI Mago

Entonces avanz&#243; hasta ella y la empuj&#243; dej&#225;ndole oler la navaja. A&#161;egerlo,

&#191;Qu&#233; quiere?

r

@&#205; es Por,Ipara el

Saber d&#243;nde est&#225; Vergara Grey.

1O&#237;s servic no se preocupe. S&#243;lo quiero ofrecerle lta a su Golpe que prepara. legunda %) lgunos

Elsa no tuvo necesidad de darle uIO e apartara barrio discurso. Era preciso ofrecerle algo (Ii ejilla. El s traficent&#237;metros esa punta penetrante de s0 estafadol os proten&#237;a trato con putas, borrachos, ratero @i con ases&#237;o cantes de drogas fight y heavy, pero profesionales. ra Chac0 cucbi-

&#191;Qu&#233; va a hacer conmigo, se&#241;or Y @ue d&#233;, ul@

Depende de la informaci&#243;n que @mujo. &#161;lada en el coraz&#243;n o un rasgu&#241;o e el Y,catriz.

igura@ a por unaeJad las -No me gustar&#237;a quedar desf 1 y a esta modo Tengo la piel suave, una bonita se:PrIrisi* atraiga. mujeres necesitamos conservar algoo qu&#233; e mate. que, si quiere ser amable, prefiero que t@

&#191;D&#243;nde est&#225; el profesor? -Preparando el Golpe. Ogar lo -&#191;D&#243;nde? tic tenga -Ahora no lo s&#233;, pero despu&#233;s de voy a saber.

&#191;Por qu&#233;? inbre. -Porque me lo prometi&#243; y es my hJ -&#191;De cu&#225;nto dinero se trata?

Sobre un mill&#243;n de d&#243;lares.

&#191;Qui&#233;n es la v&#237;ctima?

No me dijo ni una palabra.

Alberto Parra Chac&#243;n apart&#243; la navaja y volvi&#243; hacia mostrador. Hab&#237;a dejado inconclusa una s&#233;ptima banderita chilena y comenz&#243; a hender el mes&#243;n con la navaja para imprimirla.

&#191;Cu&#225;ndo ser&#237;a el Golpe? -pregunt&#243;, afan&#225;ndose obsesivo en su obra.

Ma&#241;ana, pasado, a m&#225;s tardar el martes.

Parra Chac&#243;n limpi&#243; con una manga la viruta que iba dejando su faena.

&#191;Qu&#233; relaci&#243;n tiene usted con Vergara Grey, se&#241;ora?

La mujer se acarici&#243; el cuello y ensay&#243; lo que poco antes hab&#237;a definido como una bonita sonrisa.

Menos pregunta Dios y perdona.

Comprendo. &#191;Usted sabe qui&#233;n soy yo realmente?

No lo s&#233;, Pero Alberto Parra Chac&#243;n, no. Mire el, registro; aqu&#237; lo inscrib&#237; como Enrique Guti&#233;rrez.

&#191;Por qu&#233; hizo eso?

Es un nombre que retengo con facilidad en caso d&#233; que haya alg&#250;n interrogatorio. Me imagino que no le importar&#225;

Me da lo mismo. Vamos a quedar en lo siguiente: yo le respeto el cutis, y cuando usted reciba su bot&#237;n me pasa un cachito.

&#191;Cu&#225;nto?

Soy modesto. No tanto que le d&#233; pena ni tan poco que me ponga nervioso.

Trato hecho. &#191;Hay algo m&#225;s en que podr&#237;a servirlo se&#241;or Parra Chac&#243;n?

Si me pudiera cocinar una sopita. Hace dos d&#237;as que no como.

En la madrugada de la misi&#243;n, mucho antes de que su esposa llevara al jard&#237;n infantil a sus dos ni&#241;os, el cabo Z&#250;&#241;iga despert&#243; a su esposa Mabel, y abraz&#225;ndola muy estrecho bajo el calor de las s&#225;banas r&#250;sticas y las gruesas frazadas que recib&#237;an gratis de la Oficina de Bienestar, le dijo que quer&#237;a pedirle su consejo. Ella se interes&#243; con instant&#225;neo buen humor, como si no la hubiera despertado una hora antes de que sonara la alarma, e incluso, temiendo una confesi&#243;n conflictiva, pas&#243; una mano por debajo del cuello de su marido y se mantuvo acarici&#225;ndole la nuca.

&#191;Qu&#233; pasar&#237;a contigo si yo hiciera algo que no fuera legal?

&#191;Como qu&#233;?

Nada grave.

&#191;Ni un robo, ni un crimen?

Nada de eso. Simplemente, una acci&#243;n que no estoy autorizado para hacerla por la autoridad y, sin embargo, la hago.

&#191;De qu&#233; se trata?

Es algo dif&#237;cil de explicarte, Mabel. Es algo que no est&#225; bien, pero que yo siento en el fondo de mi coraz&#243;n que tengo que hacerlo.

Puchacay, &#161;qu&#233; misterioso!

Es que no quiero influirte en tu consejo.

Si no cuentas, no puedo aconsejarte.

D&#233;jame darle una vuelta por otro lado.

La mujer se acomod&#243; apoyando el codo en el colch&#243;n y puso la barbilla en una mano. Su marido se humedeci&#243; los labios. Ten&#237;a puesta una camiseta de franela de esas con tres botoncitos sobre el pecho.

Dime.

Nunca te lo he preguntado antes. A lo mejor es una estupidez, pero necesito saberlo. &#191;T&#250; no te sientes inc&#243;moda de estar casada con un paco?

&#161;Qu&#233; cosas dices! Yo no te veo como un polic&#237;a. Siempre has sido mi marido, Arnoldo.

&#191;Y antes?

Bueno, eras mi novio Arnoldo Z&#250;&#241;iga, y antes que eso eras mi pololo, y despu&#233;s te transformaste en el padre de nuestros ni&#241;os Delia Z&#250;&#241;iga y Rub&#233;n Z&#250;&#241;iga. Que seas paco o astronauta no significa nada especial para m&#237;.

No te creo.

&#191;A qu&#233; te refieres?

A lo que dice la gente. Como estamos siempre ah&#237; cuando hay protestas y a veces los golpeamos

Eso pasa s&#243;lo a veces. Son las reglas del juego. En todas partes del mundo hay polic&#237;a.

Pero no en todas partes del mundo los pacos hicieron lo de Chile.

&#191;Qu&#233; quieres decir?

&#161;Puchas! Las torturas, las violaciones, los detenciones, los desaparecidos.

&#191;De qu&#233; est&#225;s hablando? Hace treinta a&#241;os t&#250; no hab&#237;as nacido.

Pero o&#237;ste lo que dijo el senador anoche en la tele. Hay una culpa institucional.

&#161;Claro que s&#237;! &#161;Pero los que tienen que pedir perd&#243;n son los que ordenaron matar, no t&#250;, que entonces estabas en el vientre de tu madre!

&#191;Nunca? Cont&#233;stame sinceramente

Dime.

&#191;Nunca tuviste problemas porque yo soy carabinero?

Un par de veces. Cuando nos apedrearon los vidrios. La vez que tu t&#237;o no quiso quedarse en la fiesta del matrimonio de tu hermano cuando te vio entrar

&#191;y c&#243;mo te mira la gente?

A veces hay gente que te mira raro.

&#191;Y nunca te pas&#243; nada que yo no supiera, algo que preferiste no contarme?

Hubo algo Pero pas&#243; hace diez a&#241;os

&#191;Qu&#233; fue?

&#191;Qu&#233; te importa todo eso?

&#191;Qu&#233; pas&#243;, Mabel?

Tiraron un balde de mierda sobre la puerta.

&#191;Por qu&#233; no me lo dijiste?

&#161;Tener que tragarme limpiar esa cagada y adem&#225;s sufrir el dolor de apenarte a ti! &#191;Y justo un mes antes de que naciera Rub&#233;n?

En la tele dicen que el pa&#237;s est&#225; reconciliado. &#191;T&#250; crees eso?

No, Arnoldo. No creo eso.

Entonces, &#191;qu&#233; falta para que nos reconciliemos?

Gestos. Gestos de los militares que muestren arrepenntimiento.

&#191;Y los carabineros?

Los carabineros tambi&#233;n.

Entonces -Z&#250;&#241;iga se levant&#243; de un salto y corri&#243; la cortina justo cuando se oy&#243; el cacareo del gallo del vecino-, si yo hago un gesto hacia una persona que sufri&#243; mucho por culpa nuestra, t&#250; no te enojar&#237;as conmigo.

Su esposa tambi&#233;n salt&#243; del lecho y fue hacia &#233;l alarmada.

T&#250; no vas a hacer nada de nada, &#191;me escuchas?

As&#237; que predicas, pero no practicas.

&#191;Qu&#233; vas a hacer?

Ponerme en claro conmigo mismo.

&#161;Te van a echar!

No tienen por qu&#233; enterarse.

Si se enteran, te echar&#225;n.

Busco alg&#250;n otro trabajo.

&#161;Medio mundo est&#225; cesante! &#191;Qu&#233; te da tanta risa?

La vida, la vida me da risa. Es como un partido de f&#250;tbol. Puedes estar los noventa minutos metido en el &#225;rea del rival y nunca te cae la pelota. Y de repente viene un corner, el bal&#243;n te aterriza pr&#225;cticamente en la frente, y t&#250; todo lo que tienes que hacer es golpearlo un poquito con la cabeza y meterlo adentro. As&#237; de sencillo: gol.

La mujer lo prendi&#243; de la camiseta y uno de los botones salt&#243; hasta el piso. &#201;l quiso recogerlo, pero ella lo sujet&#243; con determinaci&#243;n.

&#161;Toda la vida andas con los botones sueltos! Cu&#233;ntame de una buena vez lo que vas a hacer.

Arnoldo Z&#250;&#241;iga la apart&#243; con delicadeza y con un tono amable le dijo:

Tomemos juntos el desayuno y te lo cuento.

Mabel retrocedi&#243; lentamente hacia la cocina.

Tengo miedo, Arnoldo.

No, mujer. Ya ver&#225;s que es una ridiculez.

Y ahora s&#237; se inclin&#243; para recoger el bot&#243;n, extrajo del armario hilo y aguja y se dispuso a coserlo, tal cual le hab&#237;a ense&#241;ado su madre.



TREINTA Y SIETE

Son cinco minutos, la vida es eterna en cinco minutos, hab&#237;a cantado V&#237;ctor Jara en Te recuerdo, Amanda, y &#233;sa fue la melod&#237;a que durante toda la tarde &#193;ngel Santiago silb&#243; entre dientes. Claro que ellos necesitaban un poco m&#225;s: exactamente diez minutos. Tanto como se extend&#237;a la pieza musical del compositor Addis. Pero durante ese &#237;nfimo lapso en la historia de la galaxia deber&#237;a estar todo pasando, seg&#250;n la expresi&#243;n que hab&#237;an acu&#241;ado los j&#243;venes en Chile en la &#250;ltima d&#233;cada.

El dinero sali&#243; de alcanc&#237;as, colchones, cuentas de ahorro, recortes a la lista del almac&#233;n, pr&#233;stamos no autorizados de la caja chica del bar, colecta entre los cuidadores de autos de la calle de las Tabernas, anticipo sobre el desahucio de la profesora de dibujo, visita a la casa de empe&#241;o de Vergara Grey con el anillo nupcial que otrora Teresa Capriatti hab&#237;a calzado en su dedo previo al beso santificado por Dios, renuncia al cine dominical de Mabel Z&#250;&#241;iga y v&#225;stagos, aporte de De la Mir&#225;ndola, quien don&#243; uno de los billetes azules con que apostar&#237;a por Milton el s&#225;bado, e innumerables detalles, entre los que acaso habr&#237;a que destacar el obsequio de corbatas de seda italiana al elenco masculino de la conspiraci&#243;n que hizo la deliciosa viuda Alia Chellew en su tienda de Providencia.

El elenco se reuni&#243; en el caf&#233; Poema de la Biblioteca Nacional, donde todos posaron de fan&#225;ticos lectores hasta que a las diez de la noche Vergara Grey pudo constatar que no faltaba ninguno de los c&#243;mplices y comensales. El viejo profesor de delitos les hab&#237;a encarecido elegancia y puntualidad, y nadie hab&#237;a defeccionado.

Fue decidido hacia la columna del fondo. All&#237; se apoyaba Victoria Ponce con el espinazo muy vertical, la cabeza erguida, una pierna cruzada sobre la rodilla de la otra, en la posici&#243;n del cuatro que le exigen a la gente para saber si pueden conducir el coche aun despu&#233;s de haber bebido mucho: el rostro limpio, ni una gota de maquillaje, s&#243;lo la tenaz palidez herencia de su reciente enfermedad.

&#191;Te sientes bien, chiquilla?

Maravilloso, Vergara Grey.

&#191;No crees que despu&#233;s de todo lo que hemos trotado juntos ya podr&#237;as tutearme y llamarme Nico?

Por ning&#250;n motivo, maestro. Me gusta pronunciar su apellido y mantener el respeto del usted. Vergara Grey suena como el nombre de un pol&#237;tico, o de un fil&#243;sofo. As&#237; como Ortega y Gasset.

Mi familia est&#225; vinculada a la inventora del tel&#233;fono Miss. Grey. Pero le robaron la patente en secretar&#237;a.

&#191;C&#243;mo seguimos de aqu&#237; en adelante, profesor?

Es tu vida. Despu&#233;s, nosotros tenemos que poner en marcha la nuestra.

&#191;Qui&#233;nes?

&#193;ngel Santiago y yo.

&#191;Dan el Golpe?

El hombre mir&#243; alrededor cauteloso y volvi&#243; severo a la muchacha.

Una cosa despu&#233;s de la otra. Si sale bien la chilindririada de esta noche, a lo mejor lo interpretarnos como una buena se&#241;al.

&#191;Cu&#225;nto falta?

Cinco minutos.

&#193;ngel Santiago dio la orden de salir a calle Moneda y caminaron hasta Mac Iver, siguieron hac&#237;a San Antonio, doblaron en direcci&#243;n a Agustinas y all&#237;, a media cuadra, divisaron el radiopatrulla de la comisar&#237;a de G&#252;echuraba con las luces de se&#241;alizaci&#243;n parpadeando y la sirena del techo tirando ciclos rojos sobre el asfalto h&#250;medo.

En cuanto el grupo se junt&#243; con el cabo Z&#250;&#241;iga, &#233;ste desenfund&#243; ante todo el mundo el rev&#243;lver de su cartuchera, y fue el primero en hacer su entrada por el acceso de artistas seguido de los invitados, que se anudaron compactos en torno a Vergara Grey. Cuando el carabinero puso el rev&#243;lver a cent&#237;metros del guardi&#225;n, &#193;ngel palp&#243; el arma del alcaide Santoro en su bolsillo y decidi&#243; fulminantemente que no vacilar&#237;a en usarla llegado el caso.

&#191;Qu&#233; pasa? -pregunt&#243; el funcionario, haciendo adem&#225;n de coger el tel&#233;fono.

Mientras menos pregunte, m&#225;s r&#225;pido nos iremos.

Vamos a allanar el teatro.

&#191;Allanarlo?

&#237;bamos a hacerlo hace una hora, pero decidirnos esperar que saliera hasta el &#250;ltimo espectador de la vermouth.

&#191;De qu&#233; se trata?

Tenemos informaci&#243;n de que entre el p&#250;blico que hab&#237;a hoy en la &#243;pera se encontraban dos terroristas.

&#161;No me diga!

Y nos consta que pusieron una bomba para volar el Municipal. Nosotros venimos a desarticularla.

&#161;Qu&#233; horror, m&#237; teniente. &#191;Y por qu&#233; alguien querr&#237;a atentar contra este templo del arte?

&#193;ngel Santiago se adelant&#243; y expuso convincentemente el rev&#243;lver a cent&#237;metros de la nariz del guardia.

Justamente porque hay personas que sienten que la que aqu&#237; est&#225; ocurriendo es una profanaci&#243;n. Una &#243;pera,, sobre ese bandido chileno, Joaqu&#237;n Murieta, que nos desprestigi&#243; en Estados Unidos, escrita por el comunista Pablo Neruda, compuesta por el comunista Sergio Ortega, etc&#233;tera. &#191;Me entiende?

&#191;Y usted qui&#233;n es, joven?

Detective Enrique Guti&#233;rrez, de la Brigada de Homicidios.

Se toc&#243; la chaqueta una fracci&#243;n de segundo para que el guardia no alcanzara ver que bajo la contrasolapa no hab&#237;a m&#225;s que el carnet falso de la Schendlen

&#191;Y qu&#233; debo hacer ahora?

Usted y el personal, ponerse a salvo. &#191;Qui&#233;nes quedan a&#250;n?

El t&#233;cnico de la caseta de iluminaci&#243;n, los acomodadores, el personal de limpieza.

D&#237;gales que vengan urgente a porter&#237;a sin darles m&#225;s detalles.

S&#237;, mi teniente. &#191;Debo llamar al alcalde?

Por ning&#250;n motivo. No queremos que un hecho que tiene intenci&#243;n pol&#237;tica desborde el aspecto policial.

Le quieren bajar el perfil.

Exactamente.

Las ampulosas cortinas de lujosa felpa fueron corridas manualmente por el propio &#193;ngel Santiago, la core&#243;grafa Ruth Ulloa ubic&#243; la radio Zenith sobre una ba&#241;adera de la escenograf&#237;a de Fulgory muerte de Joaqu&#237;n Murieta, y precis&#243; el punto adecuado de volumen para no dilatarse cuando la Joma ballerina estuviese dispuesta, el cuidador de autos Neniesio Santelices pudo acertar con la palanca que encendi&#243; hasta la &#250;ltima l&#225;grima de la portentosa l&#225;mpara sobre las cabezas del auditorio, y por su parte, con la misma t&#233;cnica que empleaba para palpar las intimidades de las cerraduras de las cajas fuertes, Vergara Grey dio con los botones que en el control de mando le permitieron concentrar un spot en el centro del escenario.

El resto de los aficionados al ballet se sentaron solemnes en la quinta fila de platea, lejos en todo caso del lugar donde podr&#237;a estar la eventual bomba terrorista -brome&#243; el cabo Z&#250;&#241;iga-, y tras intercambiar palabras de mutua felicitaci&#243;n por los esfuerzos en elegancia e ingenio que les hab&#237;an permitido el ingreso al templo de las artes, todos se callaron simult&#225;neamente cuando la bailarina Victoria Ponce se pos&#243; delicadamente en el epicentro del foco de luz oto&#241;al, y con el gesto afirmativo que usa una soprano para indicarle a la pianista acompa&#241;ante que ataque, le dio la orden a su maestra de que apretara la tecla de la radio con la m&#250;sica compuesta especialmente para ella por el se&#241;or Addis.

&#193;ngel se mantuvo en una punta del escenario, deseoso de compartir la misma visi&#243;n que su amada tendr&#237;a de la sala cuando iniciara el baile, y al sentarse apoyado en el cortinaje que hab&#237;a abierto con destreza, puso el arma a la vista de todo el mundo, como un mensaje t&#225;cito de que si alguien intentaba interrumpir el espect&#225;culo, deber&#237;a atenerse a las consecuencias.

Tampoco Vergara Grey se ubic&#243; en la fila de los privilegiados. Por mucho que la inminente culminaci&#243;n de un sue&#241;o que el azar le hab&#237;a puesto en el camino estuviese por efectuarse, su responsabilidad de coautor material del delito lo hizo permanecer de pie frente a la puerta, en caso de que polic&#237;as reales o funcionarios hist&#233;ricos quisieran interrumpir la velada.

Y entonces don Nemesio Santelices baj&#243; la palanca del lampar&#243;n y gradualmente las l&#225;grimas se apagaron, y no hubo otra luz en la sala que la que ca&#237;a tenue sobre la muchacha, quien recibi&#243; el primer acorde del piano en cuclillas, como orando por el amado ausente.

Eran las veintid&#243;s horas cuarenta y cinco minutos cuando comenz&#243; el recital de danza a cargo de Victoria Ponce en el teatro Municipal de Santiago de Chile.



TREINTA Y OCHO

En el peri&#243;dico El Mercado apareci&#243; al d&#237;a subsiguiente esta nota del especialista en artes musicales Sigfrido von Haseanhausen.



POES&#205;A Y DANZA

M&#225;s por rutina profesional que por entusiasmo ante un espect&#225;culo nada auspicioso, asist&#237; anteanoche a la premire de la &#243;pera de Sergio Ortega sobre el texto de Pablo Neruda Fulgor y muerte de Joaqu&#237;n Murieta. &#211;pera para m&#237; es &#243;pera, un g&#233;nero mayor, acaso el m&#225;s elevado de la m&#250;sica, y el simp&#225;tico texto de Neruda que vi en mi juventud en una versi&#243;n teatral dirigida por Pedro Orthus dar&#237;a, seg&#250;n m&#237; recuerdo algo nublado por las d&#233;cadas, no m&#225;s que para una banal opereta llena de recursos truculentos.

No el menor de ellos es que, cuando el bandido chileno Joaqu&#237;n Murieta es degollado por los yankees -toda esta jerga preglobalidad Procede tanto del lir&#243;foro Neruda como del militante Ortega-, su cabeza, ya separada del cuerpo, pronuncia un mon&#243;logo. Ni en Macbeth se hab&#237;an visto pases a la galer&#237;a de tal magnitud. El exilio de Ortega en Francia, donde ha compuesto desde obras sinf&#243;nicas hasta m&#237;nimas piezas de c&#225;mara, ha logrado mitigar el efecto Purgante que tiene en el p&#250;blico culto y moderado saber que el rom&#225;ntico maestro es autor de himnos carnavalescos como El pueblo unido jam&#225;s ser&#225; vencido, que en los tiempos rojos de Chile llev&#243; con sus crescendos pat&#233;ticos a decenas de mis compatriotas a vociferar la pegajosa arenga hasta dejarlos af&#243;nicos, sobre todo en aquellos desfiles de guarangos que hab&#237;an roto el orden constitucional.

Pues bien, la democracia desprotegida que hoy reina en Chile ha permitido que el olvido avance m&#225;s que el rencor, y he aqu&#237; que pica comu las puertas del teatro Municipal se abrieron para esta enasta, que anteanoche fue aplaudida por una galer&#237;a bullente de empleados p&#250;blicos con atronadores bravos y standig ovations, y con un silencio f&#250;nebre de las damas aristocr&#225;ticas.

Vi incluso retirarse en el intermedio a la Patrona de las bellas artes chilenas madame fleur MacKay, con la nariz ar&#237;sca y labios &#237;gneos, como quien acabara de morder un pescado podrido. S&#233; que en el lobby declar&#243; a Radio Ap&#237;cola que su teatro Municipal hab&#237;a sido herido de muerte, y que consideraba abandonar las fund&#225;nes que la un&#237;an al directorio de la instituci&#243;n para dedicarse al modelaje de trajes distinguidos para damas de la tercera edad.

Esperar&#233; hasta la edici&#243;n del domingo -d&#237;a en que el tirajo este peri&#243;dico se quintuplica- para pronunciarme sobre el matrimonio Neruda-Ortega, pues quiero referir antes la extra&#241;a peripecia en la que me vi envuelto la misma noche de Joaqu&#237;n Murieta y en el preciso escenario del teatro Municipal.

Todo parti&#243; con una inocente llamada telef&#243;nica de la profesora de artes pl&#225;sticas del l&#237;ceo donde estudia mi nieta, Pidi&#233;ndome un inconmensurable favor con el que yo podr&#237;a pagar varios que le deb&#237;a. No pod&#237;a especificarlo en detalle, pues se trataba de una ceremonia secreta del todo parecida a los sneak preview norteamericanos, donde se presenta clandestinamente una Plind, que tardar&#225; a&#250;n en ver la luz p&#250;blica.

Sus instrucciones eran, sin embargo, muy precisas. Una vez, concluida la funci&#243;n de estreno de Fulgor y muerte de Joaqu&#237;n Murieta, yo no deb&#237;a abandonar la sala del teatro, sino imaginarme un malestar estomacal torrencial, meterme a pestillo pasado a una de las elegantes letrinas y no aparecer en la platea, sino en la penumbra de alg&#250;n palco, cuando una hora despu&#233;s una joven bailarina, llam&#233;mosla por mientras Perica de los Palotes, iniciara una coreograf&#237;a basada en uno de Los sonetos de la muerte, de Gabr&#237;ela Mistral, de lejos m&#237; Poeta favorita, consideradas todas las &#233;pocas y todas las nacionalidades. Si en el cielo se me castigara alg&#250;n d&#237;a, de hinojos ante el Se&#241;or, con la tarea de expurgar la lista de premios Nobel de Literatura, no vacilar&#237;a en dejar s&#243;lo el nombre de esta Poeta de expresiva profundidad y elegancia arcaica.

Un curioso p&#250;blico de alrededor de una decena de personas ocupaba difusamente algunas butacas de la quinta fila en platea, y entre ellos pude distinguir a la maestra de arte de marras y a un carabinero que abrazaba tierno a su amiga o esposa.

C&#243;mo, por qu&#233; y cu&#225;ndo se hab&#237;a gestado esta especie de velada de beneficencia me queda a&#250;n en el m&#225;s total inc&#243;gnito. Estaba a punto de mandarme a cambiar, sintiendo que los calambres estomacales que hab&#237;a figurado se transformaban en dura realidad, o se fue apagando la preciosa l&#225;mpara de l&#225;grimas, que como una cascada de cristal supera en belleza los fuegos artificiales de los mejores orfebres, y la plasticidad de ese breve espect&#225;culo me retuvo en la sala.

A este placer se agreg&#243; el que de la radio surgieran tres frescos acordes que pusieron a la bailarina en un gesto de reverencia. Me impresion&#243; tanto la elasticidad de esta veneraci&#243;n sagrada como el inconfundible aroma nost&#225;lgico de la m&#250;sica de Add&#237;s, a quien admiro desde el Canto de una semilla, esa composici&#243;n dedicada a Violeta Parra que supera largamente a su Cantata Santa Mar&#237;a de Iquique, pla&#241;idero recuento de una insurrecci&#243;n minera reprimida con muchas muertes por el noble, ej&#233;rcito chileno a comienzos del siglo xx.

Que la muerte es otra cosa, delicada y sibilina, &#250;nica e intransigible, sutil y profunda, fue comprobado ayer en la inmensa Soledad que la bailarina -digamos ya su nombre- Victoria Ponce. logr&#243; crear a su alrededor, una galaxia de dolor y vac&#237;o.

Lo m&#237;nimo y casi accidental -la gravedad de ese rito mistr&#243;liano entre el desorden ofensivo de utensilios de pacotilla de una &#243;pera nerudiana- subray&#243; con m&#225;s afecto que bombos, cornas y timbales, la secreta muerte que vamos pacientemente cultivando nuestras vidas.

Soy un simple cr&#237;tico y me fue negada la elocuencia de la poes&#237;a. Si arriesgo hoy estos manotazos l&#237;ricos es porque aquella f&#250;si&#243;n imposible entre poes&#237;a y m&#250;sica fue lograda clandestinamente en el teatro Municipal de Chile con una expresividad corporal que ten&#237;a mucho de la obra de Maririque -tan callando- y toda la turbulenta quietud -disculpas por este atroz ox&#237;moron- de la poeta Gabriela Mistral.

Que un cuerpo tan escueto sea capaz de pre&#241;ar un espacio de tantas alusiones es el mayor de los m&#233;ritos de Victoria Ponce, una artista que nadie ha visto y acaso nadie ver&#225; jam&#225;s y que tal vez; hoy pague la osad&#237;a de haber entrado subrepticia al escenario del Municipal en las h&#250;medas ruinas de alg&#250;n calabozo santiaguina

&#191; Que le faltaba t&#233;cnica? &#191; Que los brazos y las piernas, como gran parte de la danza moderna, parec&#237;an pertenecer a diferentes personas? &#191; Que la imaginaci&#243;n gestual era reiterativa?

Todo eso, estimados lectores, me importa un rabanito. Como dicen los j&#243;venes chilenos de hoy: Me vale callampa. S&#237; &#233;sta es una pieza minimalista sobre la intimidad cotidiana de la mujer juvenil, la artista trascendi&#243; su inexperiencia y sus recursos precarios para crear algo que debe ser esencial a toda gran danza, verdad.

Dudo que la gentil adolescente, a sus tiernos a&#241;os, tenga cimiento f&#237;sico de esta angustia ante la muerte, el diario Apocalipsis que enfrentamos cuando somos l&#250;cidos. Acaso conozca la muerte s&#243;lo por la lectura de la Mistral y uno que otro bolero rom&#225;ntico donde los hombres se afeminan y hablan de morir de amor

Sea como sea, digan lo que digan, &#225;ngel o bestia, la se&#241;orita Victoria Ponce me estremeci&#243; hasta las l&#225;grimas, y confieso sin recato ni pudor haber estado entre quienes le tributaron una ovaci&#243;n de pie, es decir, entre los ocho o diez esperpentos que saltaron de sus butacas al terminar el espect&#225;culo, y que tuve plena simpat&#237;a por el joven que solt&#243; un rev&#243;lver que ten&#237;a en la mano para llevar hasta la artista el ramo de flores m&#225;s grande del que tenga memoria.



TREINTA Y NUEVE

Los dedos de Victoria recorren el rostro de Santiago. Sobre la ciudad se levanta leve la madrugada. Los ruidos se repliegan. Hay un silencio casi completo. S&#243;lo de vez en cuando suena lejos la sirena de una ambulancia, o trota un caballo y su carreta con los comerciantes en frutas que llevan limones a la Vega, o la llama de la estufa a gas produce una suave explosi&#243;n.

Hace varios minutos que ella repite ese gesto, como si su tacto pudiera llevarla dentro de la ausencia del joven. Est&#225; feliz en ese mutismo. Pero tambi&#233;n quiere saber. Necesita de alguna manera que la elocuencia del silencio sea expresada en palabras, aunque no sean precisas, a&#250;n corriendo el riesgo de que la torpeza de sus labios adulteren la plenitud de ese instante y da&#241;en la complicidad que la une a &#193;ngel Santiago tan solemne como un anillo nupcial.

El joven se deja hacer. No aparta la mirada de ella y, sentado en posici&#243;n de loto, intenta no pensar. Quiere suprimir la compulsi&#243;n por proyectarse en otra parte, pero no lo consigue. El plan con el maestro Vergara Grey no lo acosa con la urgencia de otros d&#237;as. No sabe c&#243;mo aclararlo, pero lo intenta. Se le ocurre esto: Victoria fue quien bail&#243;, pero &#233;l ahora es due&#241;o del reposo que sigue a la danza.

Despu&#233;s de esa ceremonia el mundo no es el mismo. Tiene que repensar todo lo que es.

Ella s&#237; quiere pensar y piensa. Es como si el futuro hubiera henchido el presente y lo llenara. La sensaci&#243;n de estar aqu&#237; ahora es completa. Todo le hace sentido, y por eso no tiene la compulsi&#243;n de preguntarse qu&#233; sentido hace todo esto. Recuesta al muchacho sobre la colchoneta y baja con los labios desde su quijada hasta el ombligo. All&#237; se queda vagabunda con su lengua. Sus dedos palpan los espacios entre las costillas. La respiraci&#243;n de &#233;l se agita, y al inflar su t&#243;rax los vellos sobre su pecho alcanzan a recibir de perfil el resplandor de la estufa y toman un tono ocre.

La sala es inmensa, la noche es &#237;ntima. Los invitados se fueron dejando dispersos los vasos donde se bebi&#243; vino, las botellas ca&#237;das del armario, la radio con el dial encendido sin volumen, los huesos del pavo sobre la bandeja de pl&#225;stico, los restos de lechuga ali&#241;ada con vinagre rojo. U pareja est&#225; muy cerca de las barras de ejercicio, y &#233;l recapacita que tras salir de la c&#225;rcel no ha tenido otro hogar que este galp&#243;n de baile que Ruth Ulloa llama academia d&#233; ballet.

&#191;Por qu&#233; Victoria quer&#237;a prolongar hasta el dolor el placer de merodear su sexo y no lo tomaba ya en su boca? Alejaba sus labios hacia las rodillas, mord&#237;a levemente su fortaleza &#243;sea, rodaba la lengua sobre la piel del f&#233;mur, restregaba la nariz encima de los talones, untaba de saliva las plantas de sus pies, hac&#237;a chocar sus dientes frutales contra los mont&#237;culos de sus tobillos, y sus senos, henchidos por la autoridad de la calentura, asomaban una y otra vez en esa suerte de oleaje que iba trayendo y llevando sus caricias.

Casi con una pirueta, el joven la prendi&#243; de la cintura, la puso bajo su cuerpo, resbal&#243; una de sus manos hasta la cama de su vientre e, inspirado por esa humedad, estuvo un rato merode&#225;ndole el cl&#237;toris, convenci&#233;ndose de que era real en ella el v&#233;rtigo de la piel de una uva. No pudo resistir ese hechizo y descendi&#243; a olerlo y a besarlo, a enredarlo en su lengua, y a apretarlo muy leve entre la abertura de sus dientes superiores. El recuerdo de su danza le inspiraba tanto la acci&#243;n como el control, y la suavidad de la saliva mezcl&#225;ndose con sus fluidos hizo que no perdiera ya m&#225;s de vista el urgente camino del deseo.

Entonces fue ella la que dictamin&#243; el momento, llevando con su mano derecha el miembro de &#193;ngel a la vagina; fue ella quien se lo acomod&#243; empujando las nalgas hacia adelante, y fue ella misma la que, al pesarlo rotundo en su vientre, puso en acci&#243;n sus muslos y sus membranas para apret&#225;rselo tan calzado que las pulsaciones de su verga y las de sus paredes se combinaron en una especie de tango. Un pas dedeux que le exigi&#243; a su boca la palabra que hasta ahora no hab&#237;a dicho:

Gracias.

Seg&#250;n los sabuesos que olieron los restos mortales de la bacanal, hubo en la partuza m&#225;s c&#225;&#241;amo que en casa de embalaje, y los conch&#237;tos de los huiros probaron que las cabras camboyanas se habian fumado hasta sus propias u&#241;as. Curiosamente, el port&#237;er de nuit afirma que los bullangueros hab&#237;an llegado a la entrada de los artistas en una cuca mandada por pacos y detectives leg&#237;timos, quienes sacaron buf&#243;sos James Bond con modales muy de liceo municipalizado.

Los jefazos iniciaron una investigaci&#243;n y se orden&#243; un sumario que se llevara hasta las &#250;ltimas consecuencias, caiga quien caiga. De la famosa bomba nunca m&#225;s se supo. Y si no le peguntan a Bush, menos le van a preguntar al paco mio que invent&#243; la tremenda chiva para darse el gustazo de zangolotear en el Municipio.

La &#250;nica pista hasta el momento vino de un nota del cachet&#243;n cr&#237;tico de arte de El Mercado, a quien se le cay&#243; el cassette y dio el nombre de la pendorcha que habr&#237;a protagonizado nada m&#225;s que el striptease de la org&#237;a, y agreg&#243; que la cabra es m&#225;s hot que la Marlene del Mega. La bomba sexy se llamar&#237;a Victoria Ponce y en el colegio donde estudiaba dicen que si te he visto no me acuerdo.

El bomboncito habr&#237;a sido expulsada hace algunos d&#237;as por ser muy buena para re&#237;rse en la fila.



CUARENTAYUNO

En el libro de actas se dej&#243; constancia en la p&#225;gina 203 de que el teniente Rubio y los suboficiales Malbr&#225;n y Ricardi se presentaron a las ocho quince de la ma&#241;ana de hoy a esta comisar&#237;a de G&#252;echuraba, sita en camino El Brinco, sin n&#250;mero, para dar comienzo al sumario administrativo contra el cabo Arnoldo Z&#250;&#241;iga por graves irregularidades cometidas en el ejercicio de sus funciones, que incluyen &#243;rdenes impropias impartidas a carabineros a su cargo, m&#225;s malversaci&#243;n en el uso de bienes p&#250;blicos, corno la patrullera G&#220;E 1, &#250;nico veh&#237;culo motorizado de esta misi&#243;n, ya que los medios de transporte en esta zona son preferentemente caballos. Se hace esta salvedad, pues de haber existido m&#225;s veh&#237;culos motorizados la noche de los luctuosos incidentes, acaso el cabo Z&#250;&#241;iga los hubiera incluido en la acci&#243;n delictual.

En la hoja 204, el teniente Rubio se&#241;al&#243; que la comisi&#243;n se constitu&#237;a in situ y no en los tribunales de la instituci&#243;n para evitar darle tanta formalidad a un asunto que ya estaba en la prensa amarilla y que acaso pudiera disolverse en la discreci&#243;n de un juicio breve seguido de un castigo ejemplar.

A mismas hojas, la autoridad ya se&#241;alada indic&#243; que se tuviera en vistas atenuantes en el momento de la condena, pues el cabo Z&#250;&#241;iga ten&#237;a una canasta limpia en la instituci&#243;n y m&#225;s de tres anotaciones de m&#233;rito por conductas que hab&#237;an beneficiado la imagen de Carabineros de Chile: atender a una parturienta que dio a luz en un ret&#233;n, rescate de dos menores apresados por las llamas en el siniestro de calle Einstein, y desarticulaci&#243;n con riesgo de su propia vida de un artefacto explosivo ubicado en la torre de alta tensi&#243;n del cerro Blanco.

Expuestas razones y antecedentes, se consigna en la 205 el interrogatorio de los comisionados al cabo Arnoldo Z&#250;&#241;iga, quien se mantuvo de pie sin aceptar el asiento que el teniente le ofrec&#237;a.

Teniente. Cabo Z&#250;&#241;iga, le voy a pedir que responda breve y concisamente a las preguntas que le plantearemos. Cabo. S&#237;, mi teniente. Teniente. &#191;Es o no efectivo que en la noche del viernes usted utiliz&#243; personal de carabineros y veh&#237;culos de esta comisar&#237;a para un operativo en otra comuna de Santiago que no est&#225; en su jurisdicci&#243;n?

Cabo. S&#237;, mi teniente.

Teniente. &#191;Es verdad o no que lo que motiv&#243; esta irregularidad fue el hecho de que se enterara usted de que grupos terroristas habr&#237;an colocado un explosivo en el teatro Municipal de Santiago con el objeto de protestar por un espect&#225;culo de inspiraci&#243;n comunista en dicha entidad cultural?

Cabo. S&#237;, mi teniente.

Teniente. &#191;Cuando emprendi&#243; el viaje hacia el centro, estaba usted consciente de que entraba en un terreno que le era completamente vedado?

Cabo. S&#237;, mi teniente.

Teniente. &#191;C&#243;mo explica usted esta conducta re&#241;ida con los reglamentos? Porque, de hecho, lo que le correspond&#237;a era avisar a la comisar&#237;a de Santo Domingo con Mac Iver, vale decir, el recinto m&#225;s cercano al lugar de los hechos.

Cabo. Con todo respeto, mi teniente, se trataba nada menos que de la explosi&#243;n de una bomba.

Teniente. No comprendo.

Cabo. Si uno tiene una informaci&#243;n as&#237;, no gasta tiempo en llamar por tel&#233;fono. Mientras uno consigue la comunicaci&#243;n, el teatro puede volar por los aires.

Teniente. &#191;Pero ignora usted, Z&#250;&#241;&#237;ga, que nuestra instituci&#243;n cuenta con el GOP, un equipo especialista en investigar y desarticular artefactos explosivos?

Cabo. No lo ignoro, se&#241;or.

Teniente. Entonces, expl&#237;quese, hombre.

Cabo. No sabr&#237;a qu&#233; explicaci&#243;n darle. El soplo de la bomba me lleg&#243; a m&#237; y yo pens&#233; que ten&#237;a que ser suficientemente hombrecito para resolverlo solo.

Teniente. &#191;No habr&#225; visto demasiadas pel&#237;culas de Rambo, Z&#250;&#241;iga?

Cabo. Cond&#233;neme, si quiere. Pero le ruego que no se burle de m&#237;, teniente.

Teniente. Est&#225; bien, hombre. &#191;Es cierto o no que llegando al lugar de los hechos amedrent&#243; con su arma reglamentaria al guardi&#225;n del teatro y que despu&#233;s secuestr&#243; y retuvo sin orden alguna a un grupo de funcionarios en la patrullera de la instituci&#243;n con patente G&#220;E I?

Cabo. S&#237;, mi teniente.

Teniente. &#191;C&#243;mo explica usted ese abuso de autoridad?

Cabo. Cuando los terroristas atacan, es muy distinto de cuando los curitas franciscanos reparten sopa.

Teniente. &#191;De qu&#233; terroristas me habla? Las pesquisas no encontraron ni siquiera un guatapique.

Cabo. Me alegro por Chile y su Templo de las Artes. Que si no

Teniente. &#191;Que si no qu&#233;, Z&#250;&#241;iga?

Cabo. En vez de estar sometido a este humillante interrogatorio, se me estar&#237;a rindiendo un homenaje en el Cementerio General, y el Orfe&#243;n de Carabineros tocar&#237;a el himno nacional y mi general Cienfuegos consolar&#237;a a mi viuda y le entregar&#237;a un montep&#237;o.

En la hoja 205 se dej&#243; constancia de que el teniente Rubio y los suboficiales le pidieron al cabo Z&#250;&#241;iga abandonar por algunos minutos el escritorio, tiempo que usaron para pedir caf&#233; al ordenanza y abocarse a una decisi&#243;n. Ricardi puso &#233;nfasis en el sentido del valor y la oportunidad del simp&#225;tico cabo, quien confrontado a un imprevisible riesgo asumi&#243; sin vacilar la aventura, y Malbr&#225;n discurri&#243; que acaso, estimulado por su anterior &#233;xito en el desmontaje de un explosivo, quer&#237;a repetir la haza&#241;a para ganarse un ascenso a suboficial, es decir, teniente, por poco estar&#237;amos juzgando a uno de nuestros pares. Rubio, en cambio, entr&#243; en un &#225;spero mutismo.

Al reanudarse el juicio, el teniente ofreci&#243; asiento y caf&#233; al sumariado, quien le puso abundante az&#250;car y bebi&#243; de la taza, pero se excus&#243; otra vez de tomar asiento ante la autoridad, dando as&#237; una impresi&#243;n de modestia ejemplar, que conjugaba -susurr&#243; Malbr&#250;n al o&#237;do del suboficial Ricardi- de maravillas con su conducta temeraria. Y en verdad, ya antes de que entrara el acusado hab&#237;a corrido la broma entre ellos que, dado las atenuantes y la peque&#241;ez del caso, m&#225;s les valdr&#237;a proponerlo para un ascenso que para una degradaci&#243;n o expulsi&#243;n de las filas. Sin embargo, el reglamento es el reglamento y la siempre malediciente prensa quiere ver correr sangre -concluy&#243; el teniente Rubio-, Y en vez de laureles estamos obligados a echarle esti&#233;rcol.

En la p&#225;gina 206 se resumi&#243; el proceso.

Teniente. A su juic&#237;o, Z&#250;&#241;iga, &#191;cu&#225;l ser&#237;a la sanci&#243;n que deber&#237;amos imponerle dada la magnitud de los hechos?

Cabo. Una que me releve de la direcci&#243;n de la comisar&#237;a, pero que no me damnifique el sueldo. Tengo una esposa y dos hijos, mi teniente.

Teniente. &#191;Y cu&#225;l castigo podr&#237;a ser &#233;se?

Cabo. He pensado en uno tan degradante que dejar&#237;a contento a mi general y a la prensa.

Teniente, Hable, cabo.

Cabo. N&#243;mbreme caballerizo a cargo de los animales de la patrulla. Madrugar, alimentarlos, sacarles lustre, barrer la bosta. Un infierno. Mosquitos, abejas, mal olor. Un infierno.

Los uniformados intercambiaron miradas de consulta, levantaron los hombros indiferentes, concluyeron de un sorbo sus caf&#233;s, y le pidieron al escribano que hiciera constar la degradaci&#243;n en actas, y al mismo tiempo se designara al cabo Sep&#250;lveda como autoridad mayor de G&#252;echuraba.

Cuando los otros dos y el actuario hubieron salido, el teniente se qued&#243; en la habitaci&#243;n acariciando la textura del escritorio y palpando ocasionalmente las huellas de escritura, como si quisiera leer un mensaje. Tir&#243; del caj&#243;n superior izquierdo y sac&#243; de all&#237; una banana, un corta&#250;&#241;as, un frasco de gomina, un paquete de cigarrillos, un encendedor color violeta, y un ejemplar del diario La Fusta con el programa completo de carreras del pr&#243;ximo d&#237;a en el Hip&#243;dromo Chile.

As&#237; que &#233;ste es su peque&#241;o mundo, Z&#250;&#241;iga.

Ni tanto, teniente. Ya le mencion&#233; mi familia. Y mis amigos.

Y Victoria Ponce.

&#191;La bailarina?

&#191;La conoce?

Bueno, le&#237; la cr&#237;tica de El Mercado.

&#191;Le interesa el ballet, cabo?

El ballet y la h&#237;pica.

&#191;Y qu&#233; ballet ha visto?

Cappelia, Las s&#237;ffides, La Cenicienta, Romeo yJulieta. Creo que &#233;sos ser&#237;an todos,

Y El lago de los cisnes.

Obvio.

El teniente fue hasta Z&#250;&#241;iga, y sin mirarlo al rostro, tom&#243; un bot&#243;n del uniforme de su inferior jer&#225;rquico que colgaba algo deshilachado desde la tela.

&#191;Qu&#233; edad ten&#237;a usted cuando el Comando Conjunto de Carabineros y las Fuerzas Armadas rapt&#243;, secuestr&#243; y degoll&#243; al padre de Victoria Ponce?

&#191;Yo, se&#241;or?

Sin hacerse el huev&#243;n, Z&#250;&#241;iga.

Yo era un colegial entonces. Tendr&#237;a sus diecisiete a&#241;os.

0 sea, no tuvo nada que ver en ese crimen y probablemente no so&#241;aba a esa edad que un d&#237;a terminar&#237;a siendo carabinero.

Es muy cierto lo que dice, mi teniente.

Y si es as&#237;, &#191;por qu&#233; crestas se pone a redimir a la pobre huerfanita?

Ahora s&#237; su superior hab&#237;a alzado la vista y lo miraba con un inamistoso rictus en los labios. El cabo se sec&#243; con la manga del uniforme el estallido de transpiraci&#243;n en sus p&#243;mulos.

Quer&#237;a hacer un gesto, teniente Rubio.

El alto oficial termin&#243; de arrancar el bot&#243;n del uniforme de su s&#250;bdito y de mal humor se lo puso delante de las narices.

La pr&#243;xima vez que me haga una gracia como &#233;sta, le voy a arrancar el bot&#243;n, sino los cocos.

Lo tir&#243; sobre la mesa, y el bot&#243;n qued&#243; bailando sobre su canto hasta detenerse sin energ&#237;a en un borde.

Se lo dejo de ayuda memoria, Z&#250;&#241;iga.



CUARENTA Y DOS

Tras varias jornadas de desabridas sopas de abuela, Rigoberto Mar&#237;n decidi&#243; que era hora de escampar. Apart&#243; a puntapi&#233;s los tres perros que se le acercaron en la calle de las Tabernas y se subi&#243; a un taxi pidi&#233;ndole al chofer que lo llevara a las Delicias de Quirihue. Quer&#237;a castigarse con un balde de entra&#241;as y otros interiores: una porci&#243;n de mollejas, dos de prietas, un asado de tirajugoso, media porci&#243;n de seso y un resto de ubres. Se moderar&#237;a en el vino para no volverse loco. Partir&#237;a con una botella de tinto Casillero del Diablo, al cual le mojar&#237;a la mecha con una garrafa de agua mineral Cachant&#250;n sin gas. Iba a permitir que el garz&#243;n le ofreciera una ensaladita de habas, una chilena con tomates y cebollas rebanadas bien finitas, y hasta dos paltas fileteadas para aligerar el bombazo de vacuno.

Despu&#233;s, sobrio como un cura, har&#237;a parar un taxi y le exigir&#237;a un vuelo express a la cama de la Viuda. Tonificado por ese almuerzo tan criaturero, sorprender&#237;a a su amante con una erecci&#243;n de padre y se&#241;or y le permitir&#237;a que ella se la engolosinara en la boca antes de clav&#225;rsela hasta el veredicto final, cambiando de v&#237;as como el m&#225;s loquito de los saltimbanquis.

Durante el almuerzo, al que diluvi&#243; de pebre y aj&#237; verde, olvid&#243; su agua mineral, y al final de la segunda botella de tinto, le vino un oleaje de resentimiento que lo indujo a ser descort&#233;s con el mozo y a exhibir un cortaplumas cuando el due&#241;o, en compa&#241;&#237;a de su hijo, lo invitaron rev&#243;lver en mano a retirarse.

Aun en medio de su borrachera, los harapos de lucidez que le quedaban le indicaron que deb&#237;a alejarse de all&#237;. Lo hizo cantando con voz aguardentosa Tengo un coraz&#243;n que llegar&#237;a al sacrificio por ti, y en una r&#225;faga de prudencia clav&#243; y abandon&#243; su navaja en un &#225;rbol de avenida Rep&#250;blica bajo las risas de un grupo de universitarios que lo observaron rebotar entre los autom&#243;viles estacionados y las murallas de su instituto sin que el hombre pudiera retomar el tim&#243;n de su equilibrio.

No llamen a la polic&#237;a, muchachos -pidi&#243;, tropezando con las palabras. Y sin que nadie le preguntara, agreg&#243;-: Me llamo Alberto Parra Chac&#243;n. Parra como la Violeta, Chac&#243;n como la mamita de Arturo Prat.

A tropezones avanz&#243; hasta una construcci&#243;n escondida por sacos de cemento y andamios que se elevaban por varios pisos y se filtr&#243; a duras penas entre los corredores a&#250;n sin estucar, hasta descubrir una especie de patio interior donde dorm&#237;an dos perras sobre sacos de yuta. Se extendi&#243; entre ambas, y abrazando a una de ellas, la cabeza apoyada sobre sus ubres, se puso a dormir.

El alcaide Santoro pas&#243; el fin de semana aliviado. A pesar del fr&#237;o, dej&#243; las ventanas del living abiertas, y bien abrigado con un jersey de trama ind&#237;gena, ley&#243; la prensa del s&#225;bado, dedic&#225;ndose b&#225;sicamente a policiales, deportes y espect&#225;culos. Alrededor del cuello se hab&#237;a aplicado un ung&#252;ento adormecedor que calmaba con eficacia el ardor de los cardenales, y encima de la pomada hab&#237;a envuelto con ternura filial la vieja bufanda recuperada. Ese d&#237;a familiar, con las chicas adolescentes paseando en sus deliciosos baby dolls entre sus habitaciones y la cocina -estas ni&#241;itas van a volver locos a sus pretendientes con sus culos paraditos y sus tetitas de paloma-, le trajo de vuelta la dicha de un tiempo de inocencia, a&#241;os en que llev&#243; una vida digna con salidas al cine y alguna vez cena y baile en una boite del centro.

Tras una d&#233;cada, a medida que el pa&#237;s iba normaliz&#225;ndose, empez&#243; a darse cuenta de que contaba con menos poder. Amigos de la jefatura eran relevados por funcionarios limpios de atrocidades, y ciertos beneficios como vacaciones pagadas, auto y subvenci&#243;n escolar para las ni&#241;itas le fueron quitados de sus planillas. Volvi&#243; a los autobuses destartalados y las hijas sucumbieron de un buen colegio privado a un liceo municipalizado con aulas sin calefacci&#243;n ni ampolletas, donde las alumnas se pon&#237;an chales y frazadas sobre sus jumpers o se desmayaban de calor a las tres de la tarde en verano.

No le hab&#237;an disminuido el sueldo, pero ahora ten&#237;a que pagarse &#233;l mismo por todas esas granjer&#237;as que antes se le otorgaban con un cheque de fondos reservados y con un palmoteo en sus hombros del intendente que hab&#237;a dirigido la coordinaci&#243;n de escuadrones de la muerte. De all&#237; que nunca dispuso de ese dinero extra para instalar una l&#237;nea telef&#243;nica, y cuando llegaron los primeros celulares a Chile los vend&#237;an a precios prohibitivos, as&#237; que ni modo.

A&#241;os despu&#233;s, el uso de estos artefactos se masific&#243;, y las ni&#241;itas, desconectadas del mundo social, al no recibir llamadas de sus asediantes, le exigieron que comprara uno a plazos. Que &#233;l recordara, no hab&#237;a hecho uso de ese aparato m&#225;s de veinte veces, pues las muchachas lo ocupaban pr&#225;cticamente de confidentes, y aun cuando dorm&#237;an, lo pon&#237;an sobre la almohada con la esperanza de que sus admiradores quebraran las reglas de la urbanidad y las llamaran para jurarles amor -y acaso sexo- a cualquier hora de la madrugada.

De modo que tras leer una cr&#243;nica sobre la crisis econ&#243;mica de su equipo de f&#250;tbol favorito, que se hallaba incluso en quiebra, le vino bien saborear el art&#237;culo de La Quinta sobre un paco er&#243;tico que se hab&#237;a tomado el Municipal para bailar merecumb&#233; en pelotas con una voluptuosa diosa del merengue. El desayuno hab&#237;a sido fuerte, y entre las marraquetas bien untadas de mantequilla, las rodajas de arrollado de chancho con toque picante, estuvieron de chuparse los dedos. Hizo desaparecer la huella grasosa de su boca rasp&#225;ndola con una toalla de papel y decidi&#243; poner fin al episodio m&#225;s ingrato de su vida llamando por tel&#233;fono a la pensi&#243;n donde deber&#237;a estar alojado Rigoberto Mar&#237;n bajo el nombre falso de Alberto Parra Chac&#243;n. Le espetar&#237;a un simple y discreto mensaje: Orden cancelada. Vuelve.

Las chicas estaban en la ducha, y con el milagro del celular finalmente en su mano, digit&#243; el n&#250;mero del hotel de Monasterio.

Al otro lado de la l&#237;nea, como una colegiala aplicada, la cajera Elsa estaba recortando la cr&#237;tica de El Mercado. Una vez con el clip de prensa en sus manos, se propon&#237;a pegarlo sobre un trozo de elegante passe-partout negro al que luego meter&#237;a en una carpeta de sobrios tonos grises y se lo presentar&#237;a como regalo a Victoria Ponce cuando esa tarde, a las cinco, se realizara un t&#233; social de festejo organizado en casa por la madre de la ni&#241;a y al cual estaban invitadas otras damas de la sociedad tales como Elena Sanhueza y Mabel Z&#250;&#241;iga.

Iba a esperar a que todas estuvieran sentadas frente a sus tacitas humeantes para decirle a Victoria un texto que le fluir&#237;a en los labios, pues provendr&#237;a de una certeza de su coraz&#243;n: Esta cr&#237;tica ser&#225; un pasaporte que te abrir&#225; las fronteras de todos los pa&#237;ses.

Despu&#233;s de sorber un poquito de t&#233;, Mabel de Z&#250;&#241;iga tendr&#237;a la complicada misi&#243;n de alentar a la depresiva viuda de Ponce a unirse con las otras damas en el convencimiento de que lo que ahora vendr&#237;a a rematar la dicha ser&#237;a la autorizaci&#243;n para que su talentosa ni&#241;ita contrajera bodas con su novio &#193;ngel Santiago, chico decente, promisorio, y como lo dec&#237;a la canci&#243;n de moda, con un coraz&#243;n que llegar&#237;a al sacrificio por ella.

Esto -ser&#237;a su llave maestra- no es el tarareo de un simple bolerito que suena en las micros y en la televisi&#243;n con una promesa sentirnentaloide que cualquier rascatripas rijoso le promete a la mujer que codicia, sino que hay pruebas fehacientes de que el joven Santiago estuvo al lado de su princesa cuando &#233;sta se debat&#237;a entre la vida y la muerte, y que cuando la bella durmiente volvi&#243; cual L&#225;zaro del reino de las tinieblas, organiz&#243; la velada nada menos que en el teatro Municipal, con riesgo de su vida, gracias a la cual la V&#237;ctorita Ponce se encuentra a las puertas de la fama mundial. Concluyente: tirar&#237;a sobre el mantel la carpeta gris, el interior en passe-partout negro, y la cr&#237;tica consagratoria.

Es decir, a esa hora de la ma&#241;ana estaba transmigrando en un vuelo espiritual, y mientras maniobraba las tijeras con ausente precisi&#243;n, pens&#243; que a los diecisiete a&#241;os se hubiera deseado a s&#237; misma un futuro semejante: un amor, una vocaci&#243;n, un talento.

Pero si el croupier le hab&#237;a entregado malas cartas no se hundir&#237;a en tangos rencorosos, sino que iba a proyectarse en la joven artista y en su encendido enamorado. Esa parejita tendr&#237;a que limar sus sinsabores por el chato mundo de hoteluchos, tabernas, c&#225;rceles y desdenes en que todos viv&#237;an: Monasterio, en la traici&#243;n a su amigo y en la promiscuidad de mujerotas que le consum&#237;an los pocos ahorros mal habidos; el gran Vergara Grey, pulverizado de amor por una mujer altanera que no ten&#237;a la generosidad de ponerle ni siquiera un poco de ox&#237;geno para que siguiera viviendo su agon&#237;a, y ella misma, eterna segundona de todos, despreciada por Monasterio salvo cuando un dolor profundo lo llevaba a su lecho para buscar, m&#225;s que sexo fogoso, ternura maternal.

Y ni pensar siquiera en todos esos que pululaban la calle de las Tabernas, solos y sombr&#237;os, tratando de que alguien les pagase un &#250;ltimo vino para tumbarse en sus s&#225;banas fr&#237;as a rogar que la muerte los sorprendiese en calma antes que abrir los ojos a un nuevo d&#237;a de angustia. Ese mundo de halcones nocturnos, como le hab&#237;a dicho la profesora de dibujo Elena Sanhueza.

Dej&#243; sonar el tel&#233;fono m&#225;s de siete veces, pues quer&#237;a conseguir un recorte impecable: un rect&#225;ngulo sin abruptos sobresaltos ni las huellas improlijas sobre el passe-partout de un estudiante con modorra. Cuando lo tuvo, contest&#243;:

&#191;Es el hotel de Monasterio?

S&#237;, se&#241;or.

Quisiera hablar con don Alberto Parra Chac&#243;n.

No vive aqu&#237;.

&#191;Por qu&#233; no revisa la lista de alojados, por favor? Se trata de algo urgente.

Aqu&#237; la estoy viendo. El m&#225;s frecuente de nuestros alojados es un se&#241;or Enrique Guti&#233;rrez.

Bueno, no es &#233;se. Yo le hablo de Alberto Parra Chac&#243;n. No muy alto, flaco, nervioso.

Casi todos los que vienen aqu&#237; se ponen nerviosos. Miedo de que alguien los vea o temor a no funcionar.

Comprendo. Pero usted debe de llevar una lista de hu&#233;spedes.

Por supuesto, se&#241;or.

&#191;Les pide carnet de identidad?

&#237; Como que hay Dios! Es una ordenanza municipal.

&#191;Y no le aparece ah&#237; Parra?

Parra como Violeta Parra. No, se&#241;or. Lo siento, se&#241;or.

En caso de que apareciera, &#191;le podr&#237;a dejar un mensaje?

Con todo gusto, caballero.

D&#237;gale, por favor: Orden cancelada. Vuelve.

Voy a anotarla.

No se vaya a equivocar, por favor. Es muy importante.

&#191;Cosa de vida o muerte?

Exacto.

Qu&#233;dese tranquilito no m&#225;s. Ya lo anot&#233;: Orden cancelada. Vuelve.

Muy amable, se&#241;ora. Muchas gracias.

&#191;Y de parte de qui&#233;n es el mensaje?

&#191;C&#243;mo?

Quiero decir, &#191;cu&#225;l es su gracia?

Al otro lado de la l&#237;nea se produjo un silencio. Elsa sostuvo el fono entre el hombro y la oreja, y con las manos libres aplic&#243; el tubo con pegamento a la parte posterior del recorte y lo estamp&#243; en el passe-partout negro.

D&#237;gale a Parra Chac&#243;n que el mensaje es de parte de un amigo.

&#191;Entender&#225; as&#237;?

&#201;l va a entender.

Comprendido, se&#241;or.

Gracias, se&#241;ora.

Un amigo, sonri&#243; la mujer, despu&#233;s de colgar. Agarr&#243; el papelito en que acababa de escribir el mensaje, lo arrug&#243; en su pu&#241;o y lo tir&#243; al basurero. &#191;Qu&#233; tengo yo que andarme metiendo en l&#237;os de cabrones?, se dijo. Y se toc&#243; con rencor el punto en la garganta donde Alberto Parra Chac&#243;n le hab&#237;a abierto un peque&#241;o tajo.



CUARENTA Y TRES

Coincidieron en que para trepar m&#225;s all&#225; del &#250;ltimo piso hab&#237;a que llevar una escalera alta que no cabr&#237;a en el min&#250;sculo espacio del ascensor. Tampoco tendr&#237;a que ser exageradamente alargada, pues desbordando el espacio del nivel donde estaba la caja fuerte podr&#237;a astillarse contra el techo. La &#250;nica soluci&#243;n posible era encontrar una escala con bisagras, que pudiera doblarse y desdoblarse hasta alcanzar al menos unas tres veces su tama&#241;o. De no hallarse o fabricarse este artefacto, no quedaba otra que adiestrar a don Nico a trepar la soga en un gimnasio vecino donde hac&#237;an sus ejercicios de rescate los bomberos.

Una breve visita al local y sucesivos intentos de Vergara Grey por trepar no m&#225;s que fuera un metro acabaron con esa esperanza y casi con las manos del maestro, que al resbalar sobre el c&#225;&#241;amo terminaron considerablemente da&#241;adas.

Tengo que salvar estas extremidades para la proeza mayor. De nada me servir&#237;a subir hasta la diestra de Dios Padre, si despu&#233;s no tengo deditos para manipular mis herramientas.

El joven quiso entusiasmarlo con algunas correr&#237;as sobre el cordel y ciertas piruetas de gimnasta dejando caer la cabeza mientras sus piernas se enrollaban en la soga. Semejantes proezas no le produjeron v&#233;rtigo al muchacho, que las cumpl&#237;a con exactitud y voluptuosidad, sino al maestro, quien sali&#243; de all&#237; y se precipit&#243; a la botica del barrio a adquirir aspirinas.

De modo que recorrieron el barrio, acompa&#241;ados esta vez de Nemesio Santelices, buscando obreros de la Telef&#243;nica que estuvieran reparando tendidos de cables sobre los postes o instalando nuevas l&#237;neas para sus clientes. Solamente ellos ten&#237;an esas escaleras port&#225;tiles que acortaban o extend&#237;an a voluntad, y si lograban birlar una, ya nada ni nadie podr&#237;a parar el Golpe.

Las herramientas modernas las consigui&#243; gratuitas del buen padre de un criminal joven que pasaba una perpetua en la penitenciar&#237;a de R&#237;o de Janeiro y quien se alegr&#243; infinitamente de que &#233;stas fueran bendecidas por los digitales de Vergara Grey antes de que el tedio las oxidara. El hombre no pidi&#243; nada a cambio, y aunque el maestro le insinu&#243; que si las cosas se daban no faltar&#237;a una recompensa, el padre dijo que no habr&#237;a para &#233;l otra alegr&#237;a que abrazar a su hijo libre, y que mientras eso no ocurriera, el dinero, y por qu&#233; no decirlo, la vida, le resultaban indiferentes.

La escalera de marras fue ubicada en una transitada esquina de Am&#233;rico Vespucio, y los tres delincuentes se armaron de paciencia y cigarrillos, dando saltitos sobre las baldosas para ahuyentar el fr&#237;o, hasta que el t&#233;cnico que reparaba un sem&#225;foro ubicado al centro de la arteria, sujetado por un arco curvo, resolviese el problema y descendiera.

Al ocurrir esto, el colega que manejaba la camioneta fue a ayudarlo para doblar la gigantesca escalera en varios trozos, y una vez del todo plegada se dispon&#237;an a subirla al veh&#237;culo, cuando fueron interrumpidos por Nemesio Santelices -yo, muchachos, porque si me agarran a m&#237;, no pasa nada- con la novedad que en el interior del bar hab&#237;a una llamada de la gerencia para los t&#233;cnicos de la Direcci&#243;n del Tr&#225;nsito. El hombrecillo los condujo hasta los lavabos del bar, y con el &#237;ndice enf&#225;tico en direcci&#243;n al fono descolgado, los dej&#243; en un di&#225;logo con la se&#241;ora Elsa, gran cajera, cort&#233;s recepcionista y mejor amiga.

En tanto, Vergara Grey y &#193;ngel Santiago descendieron con la escala hacia el and&#233;n del tren subterr&#225;neo y tomaron en pocos segundos el &#250;ltimo vag&#243;n, que los llev&#243; con eficacia, seguridad y rapidez a destino, vale decir, al edificio de Servicios Canteros, donde les solicitaron a los mismos guardias ya conocidos que les guardaran la escalera hasta el d&#237;a siguiente cuando, a temprana hora, ir&#237;an a completar el reemplazo de la polea. &#191;Ning&#250;n problema? Ning&#250;n problema, se&#241;ores.

La se&#241;ora Elsa, por su parte, les ten&#237;a copias de la llave del coche Chevrolet de Monasterio y se hab&#237;a comprometido personalmente a que su patr&#243;n no echar&#237;a de menos su joyita hasta la tarde del pr&#243;ximo d&#237;a, pues el hombre reci&#233;n sacaba su veh&#237;culo del garaje tras una larga siesta: adoraba tanto al sol, que prefer&#237;a no gastar al astro rey con su mirada, era su texto favorito en las reuniones sociales de bohemios.

Seg&#250;n mapas que forraron otros dos libros (a saber A caballo entre milenios de Fernando Savater, y Chile, pa&#237;s de rincones de Mariano Latorre, edici&#243;n Zig-Zag de 1962, en cuya cubierta aparecen un caballito y un jinete al modo de las cer&#225;micas de Quinchamal&#237;), una vez que el auto de Monasterio llegara con Victoria y Vergara Grey a cierta encrucijada del desv&#237;o de la carretera longitudinal hacia la cordillera, deb&#237;an a&#250;n viajar una hora al oriente, hasta encontrar a la izquierda del r&#237;o Maipo un rancho que tendr&#237;a elevada la bandera suiza en vez de la chilena, no en un ataque a la soberan&#237;a de la patria, sino como un espor&#225;dico aviso de que all&#237; mismo los recoger&#237;a el baquiano que los har&#237;a atravesar a lomo de caballo la cordillera de los Andes rumbo a Argentina.

De este modo, no quedaba consignada en ninguna compa&#241;&#237;a a&#233;rea a qu&#233; pa&#237;s espec&#237;fico volaron, y nadie entre los semic&#243;mplices en Santiago tendr&#237;a que conseguir dinero para tres pasajes. El arriero ser&#237;a beneficiado en la cumbre de alg&#250;n cerro andino desde el mismo bot&#237;n que abrir&#237;an a campo descubierto, cerca del sol, y untados por las veloces nubes que pasaban abofeteando los cerros.

La se&#241;ora Elsa -por favor, Elsita, por Diosito Santo tendr&#237;a que hacerle un servicio muy especial y secreto a &#193;ngel Santiago. No podr&#237;an enterarse ni Vergara Grey ni su Victoria. Cuando estos dos hubieran partido en el coche, &#233;l ir&#237;a con una parte del bot&#237;n a agradecer los buenos oficios que los hab&#237;an mantenido a los tres vivos hasta ese d&#237;a de gloria. En alg&#250;n momento del s&#225;bado, aparecer&#237;a &#233;l en persona con una bolsa de pl&#225;stico de La joya del Pac&#237;fico, para repartir raudamente dinero a todos y cada uno.

Vale decir a la muelle madame Sanhueza, a la espigada miss Ruth Ulloa, a la melanc&#243;lica madre de su novia, al eterno Santelices, a Charly de la Mir&#225;ndola y a la mism&#237;sima Teresa Capriatti, si &#233;sta anduviera con &#225;nimo de descender hasta la plebe.

Deudas pendientes con el alcaide Huerta deb&#237;a cancelarlas mucho despu&#233;s por secret&#237;simas v&#237;as diplom&#225;ticas, y podr&#237;a olvidarse sin m&#225;s del cabo Z&#250;&#241;iga, quien le hab&#237;a declarado en una inolvidable tertulia, a las patas del rucio, que ning&#250;n carabinero de Chile se dejaba ni sobornar ni propinear por mucho que pelaran el ajo. Lo que hab&#237;a hecho por Victoria era un dictamen de su coraz&#243;n, y las consecuencias las pagar&#237;a con estoica felicidad.

Todo lo que tiene que hacer, Elsita, linda preciosa, es reunirme a estos campeones en el bar. Yo les hago de Viejito Pascuero, cada uno se queda con su bultito, y yo desaparezco con rumbo que ni Dios ni el diablo pueden saber.

&#191;Y Victoria Ponce? -pregunt&#243; la cajera, ariscando la nariz.

Bailar&#225;.

&#191;D&#243;nde?

En R&#237;o de Janeiro, en Londres, en Par&#237;s En cualquier ciudad donde no llegue Canteros porque lo meter&#237;an preso.

&#161;Londres, entonces, pues, mijito!

&#161;0 Espa&#241;a con Garz&#243;n, mamita!

Sellaron el pacto con varios besos en las frentes y las mejillas.



CUARENTA Y CUATRO

Cuando Victoria le dijo a su madre que desaparecer&#237;a por alg&#250;n tiempo, la mujer aceler&#243; la velocidad de los puntos cruz de lana que hac&#237;a sobre el chaleco e interpret&#243; que la muchacha se ir&#237;a a vivir con el joven de pelo disoluto a alguna pensi&#243;n de mala muerte.

Quiso decirle qu&#233; m&#225;s puedo ofrecerte que esta pena tenaz y est&#233;ril. C&#243;mo no comprenderte, si a veces yo misma me miro las manos y quisiera apretarlas en mi garganta hasta que el aire no pase.

Est&#225; bien -pudo haber formulado-, tienes a ese tipo y tu danza. Bailas lo que eres, dijo el cr&#237;tico. S&#233; t&#250; misma. Bien, perfecto. No lo tomo como una deserci&#243;n. Todo eso no le dijo la madre a su hija.

Victoria naveg&#243; en ese silencio sabiendo que arriba estaba lista la mochila, que dentro de pocas horas se la colgar&#237;a al hombro, y enfundada en su abrigo de hu&#233;rfana (pues era la profesional adaptaci&#243;n a sus medidas hecha por una costurera del sobretodo que pertenec&#237;a a su padre), tuvo la lealtad de decirle a su madre que la ausencia ser&#237;a larga, tanto as&#237;, que en una de &#233;sas pasar&#237;an anos sin que volviera a verla.

Ella dej&#243; de tejer y se mir&#243; las rodillas como si fueran un paisaje lejano. Se mantuvo en un silencio mortuorio. La lejan&#237;a de Victoria s&#243;lo podr&#237;a significar una cosa: la clandestinidad. La resistencia. Por lo tanto, la muerte. Por lo tanto, s&#237; acaso con suerte, un furg&#243;n de la morgue que alg&#250;n d&#237;a la llevar&#237;a a reconocer el cad&#225;ver desfigurado por los proyectiles. Se lo dijo. Le dijo:

Van a matarte, mi amor.

Se qued&#243; clavada en el tiempo, mam&#225;. Ahora estamos en democracia. No hay lucha. Nadie me puede matar porque nadie dispara para ning&#250;n lado. No hay resistencia. No hay terrorismo, no hay lucha armada. No es como en los tiempos del papi.

T&#250; te vas a ir a la clandestinidad y van a matarte. Saldr&#225; tu foto en los diarios y vendr&#225; mucha gente a llorar conmigo. Despu&#233;s me quedar&#233; sola.

Retom&#243; el tejido, y con el extremo que remataba en una bola ocre, se limpi&#243; las paredes de la nariz.

Puede estar contenta, mami. Yo estar&#233; viva y feliz en otra parte. No muerta, &#161;bailando!

&#191;D&#243;nde?

P&#243;ngale que en Brasil. Hay un grupo formidable. Se llama Corpo. Tienen una coreograf&#237;a sobre san Agust&#237;n.

&#191;Un baile sobre un santo?

S&#237;. Pero se trata de la vida pecadora que llev&#243; el santo antes de convertirse al cristianismo y la lucha contra los placeres del cuerpo que lo atacan despu&#233;s.

&#191;T&#250; crees en Dios?

Puchas, mam&#225;. &#201;sa es una pregunta que una contesta al fin de la vida, no cuando se tienen diecisiete a&#241;os.

La fe a m&#237; no me ha ayudado.

Pero se te ve mucho mejor.

Vendr&#225;n a tomar t&#233; mis amigas.

&#191;Viste?

Es decir, tengo amigas.

Victoria lade&#243; el cuello y se entretuvo en la destreza con que su madre trabajaba las hebras del tejido, trenz&#225;ndolas como quien resolviera un crucigrama.

No te vayas antes de que termine este jersey.

Le falta mucho, mam&#225;. Yo debo partir ma&#241;ana.

Volver&#225;s a buscarlo cuando est&#233; listo.

Seguro.

Me gustaba comer contigo una sopa de verduras. Voy a extra&#241;arte.

&#191;Por qu&#233; la sopa de verduras, precisamente?

Tambi&#233;n me gustaba compartir contigo el consom&#233;.

No lo sab&#237;a, mam&#225;. Nunca me lo dijiste.

Para ma&#241;ana preparar&#233; un strudel de manzanas. Lo servir&#233; junto con el t&#233;.

Perfecto, mami.

Yo calculo que el jersey estar&#225; listo para &#191;Qu&#233; mes es ahora?

Junio.

Nos quedan dos meses de invierno.

Sinceramente, no creo que vuelva. Tal vez el pr&#243;ximo a&#241;o.

Me morir&#233; antes.

&#161;Por qu&#233; habla tanto de la muerte, mami! Le pone a una hielo en la m&#233;dula de los huesos. Volver&#233; dentro de algunos meses, un d&#237;a de mucho fr&#237;o y harta lluvia, y me pondr&#233; el jersey y le dir&#233;: Gracias, mam&#225;, le qued&#243; maravilloso.

En las nuevas funciones, el horario de trabajo era m&#225;s flexible, y como el sol asomaba a&#250;n a ramalazos entre las nubes, aprovech&#243; la &#250;ltima luz y no tom&#243; la micro que lo llevar&#237;a de vuelta a casa. Anduvo por el centro, entre la plaza de Armas y la Alameda, y se puso un rato en medio de los peruanos que se juntaban a un costado de la catedral, ya fuera porque estuvieran cesantes, o simplemente para sentirse juntos y conversar cosas de la patria. Se dijo que no le gustar&#237;a vivir lejos de Chile, que la gente era para &#233;l una extensi&#243;n de su familia. Ten&#237;a un t&#237;o que estuvo en el exilio en la Rep&#250;blica Democr&#225;tica Alemana. Pero ese t&#237;o hab&#237;a muerto en un hospital. Algunos dec&#237;an que de c&#225;ncer, otros que de pena, que es como el c&#225;ncer del alma. Tambi&#233;n hab&#237;a muerto el pa&#237;s donde el t&#237;o viv&#237;a. No pod&#237;a imaginarse c&#243;mo era posible que un pa&#237;s muriera.

Al cabo de media hora de paseos y observaciones sin rumbo, se acerc&#243; a lo que era, hasta ese momento, su inconfesado y problem&#225;tico destino. Al entrar, mir&#243; de soslayo a cuanto punto cardinal hab&#237;a, temeroso de que alg&#250;n sopl&#243;n estuviera tras sus pasos, y s&#243;lo entonces se acerc&#243; a la ventanilla del Teletrak para preguntarle a la vendedora si ya se hab&#237;a publicado el programa del Hip&#243;dromo Chile para las carreras de ma&#241;ana. La mujer le pidi&#243; setecientos cincuenta pesos y Z&#250;&#241;iga se lo guard&#243; enrollado en un bolsillo y fue hasta el rinc&#243;n m&#225;s secreto del recinto para leerlo.

Como un cegat&#243;n, con la hoja casi frente a sus narices, estudi&#243; todas las jerogl&#237;ficas indicaciones sobre el animal que llevaba el n&#250;mero 15. A un metro de &#233;l hab&#237;a un anciano con gruesos lentes de carey, un cigarrillo encendido en la punta del labio, cuya ceniza ca&#237;a regularmente sobre su abrigo, y due&#241;o de un rostro curtido por la experiencia, que con seguridad incluir&#237;a la filosof&#237;a h&#237;pica. Z&#250;&#241;iga supuso que no le irritar&#237;a si se le acercara con una pregunta para asegurarse.

Perd&#243;n, caballero. &#191;Me podr&#237;a decir qu&#233; chances le encuentra a este caballo?

&#191;Milton?

&#201;se.

Corre con el n&#250;mero quince. Partida exterior.

Ah, ya -dijo el cabo con perfecta cara de haber recibido una informaci&#243;n en chino.

&#191;Usted ha jugado alguna vez a las carreras?

Las orejas y las mejillas de Z&#250;&#241;iga se encendieron a la misma velocidad.

Por supuesto.

Mire, el quince es el n&#250;mero con que corre Milton. Estos de aqu&#237; son su padre y su madre, es decir, Seekers Reward y Brown Pond, y &#233;ste es el nombre del abuelo: Alleged. Do&#241;a Teresa es el nombre del stud de don Atilio Molinari, Patricio Aguilera, el jinete que pesa cincuenta y cinco kilos, Mauricio Far&#237;as el preparador, y el color de la casaquilla es azul con tirantes blancos. &#191;Tiene el dato?

Z&#250;&#241;iga asinti&#243;, y al sentirse observado con tanta atenci&#243;n, tuvo la desfachatez de agregar:

Es fijo.

El viejo volvi&#243; a sumergirse en el programa y ley&#243; el breve comentario de La Fusta: Seis meses sin correr. Tropiezos en la &#250;ltima. Bueno para el barro. Dif&#237;cil.

Pagar&#237;a bueno -fue su conclusi&#243;n.

Z&#250;&#241;iga ya ten&#237;a en la mano un billete colorado de cinco mil pesos. Lo miraba con ternura, como quien manda una carta que no llegar&#225; a su destinatario, y le caus&#243; sorpresa ver por primera vez que la efigie del billete era la de la poeta Gabriela Mistral. El viejo lo llev&#243; hasta la cajera y la instruy&#243;:

En la primera carrera, cinco mil pesos al 15.

&#191;Ganador o plac&#233;? -quiso precisar la empleada.

El viejo mir&#243; interrogativo al cabo, y &#233;ste, ech&#225;ndole una melanc&#243;lica &#250;ltima mirada al billete que ya estaba en manos de la vendedora, dijo con volumen bajito:

Ganador.

Y cuando la cajera oprimi&#243; la tecla y salt&#243; el ticket, lo recogi&#243; de prisa, agregando en voz alta:

Naturalmente.



CUARENTA Y CINCO

El cuidador de autos Nemesio Santelices destornill&#243; la patente del coche de un desconocido cliente en la calle de las Tabernas y se la aplic&#243; al veh&#237;culo de Monasterio. Ten&#237;a la mayor confianza que los due&#241;os que estacionaban en esa calle sent&#237;an tal felicidad de encontrar su auto al volver que no se preocupaban de si manten&#237;a o no la misma placa.

El joven &#193;ngel Santiago llam&#243; a Charly de la Mir&#225;ndola con una oferta irresistible. Apenas corrida la prueba de Milton, deber&#237;a subirlo en una camioneta de transporte equino y el capataz de su corral deber&#237;a esperarlo con el animal arriba y el motor en marcha por la salida de Vivaceta del hip&#243;dromo. Le comprar&#237;a el rucio -a precio de Golpe, pens&#243; bromear y se abstuvo- por una cantidad interesante que podr&#237;a llegar hasta los trescientos mil pesos. El campechano profesional supo dejar especificado que el valor de la bestia ser&#237;a muy distinto seg&#250;n ganara o perdiese la primera; por supuesto, dijo Santiago, desaprensivo. La plata -probablemente en d&#243;lares- la pod&#237;a recoger ma&#241;ana en la calle de las Tabernas, donde pasar&#237;a para hacerle un cari&#241;ito a todos los &#225;ngeles que hab&#237;an contribuido a sacar a Victoria de la inc&#243;moda posici&#243;n en que estuvo alguna vez L&#225;zaro.

La misma moneda le alcanz&#243; para llamar a Victoria Ponce. Ella comenz&#243; a contarle de los malos augurios de su madre, pero &#233;l la tranquiliz&#243; diciendo que nada ni nadie podr&#237;a impedir el &#233;xito de la operaci&#243;n. Simplemente deb&#237;a ir bien abrigada -s&#250;per bien abrigada- y con los pies envueltos en por lo menos dos pares de calcetines de lana hasta el rancho suizo, donde se encontrar&#237;an para iniciar la luna de miel. All&#237; ser&#237;a atendida como reina por un baquiano amigo desde la infancia con quien hab&#237;a recorrido palmo a palmo la regi&#243;n a lomo de caballo o simplemente caminando. Ella confirm&#243; que las profec&#237;as de la madre la ten&#237;an sin cuidado y que se imaginaba su vida a partir de ma&#241;ana como la de un animal indomable que corre por llanuras infinitas. El resfr&#237;o se hab&#237;a curado de maravillas y el poco de fluido de las narices lo manten&#237;a a raya con toallitas Nova.

Vergara Grey hizo el &#250;ltimo balance en el estudio de la maestra sobre la mesa del arquitecto. Aunque todo se ve&#237;a presto -tutto a posto, le gustaba decir a su Teresa Capriatti-, un &#250;ltimo asedio a los detalles podr&#237;a revelar una peque&#241;a filtraci&#243;n en la maquinaria que desbancara todo el plan.

&#191;Qu&#233; le esperaba en caso de &#233;xito? Una nueva avalancha de l&#225;grimas por la se&#241;ora Capriatti, que se cuidar&#237;a de no derramar en los momentos que le hiciera las transferencias postales para que no se borroneara la tinta con el valor del giro.

Iba a contarle en una llamada telef&#243;nica que los recursos que recibir&#237;a mensualmente eran producto de negocios de exportaci&#243;n e importaci&#243;n que hago fuera de Chile. Cu&#225;n honorable y redentor le sonar&#237;a a su Dulcinea que Vergara Grey estuviera incorporado a la pl&#233;yade de los grandes exportadores chilenos, quienes gracias a los convenios de libre comercio firmados con Estados Unidos y la Uni&#243;n Europea por un gobernante socialista hab&#237;an abierto al peque&#241;o pa&#237;s el camino a la expansi&#243;n mundial de la econom&#237;a.

Aparte de estos cotidianos lagrimones, le quedaba el consuelo de la presencia de la muchacha. Si le era posible acompa&#241;arla durante algunos meses, y ser testigo del camino de perfecci&#243;n hasta el &#233;xito internacional, los dolores de su vida se mitigar&#237;an considerablemente.

&#193;ngel Santiago, a su vez, le hab&#237;a pintado un para&#237;so a su medida, ya que no a la de &#233;l, p&#225;jaro eminentemente urbano. Vergara Grey ser&#237;a una especie de administrador de algunas hect&#225;reas que Santiago comprar&#237;a para cultivar legumbres, frutas y criar ganader&#237;a. &#201;l vigilar&#237;a todo el terreno encima de su rucio, y asistido por un perro insidioso de agudos caninos, no permitir&#237;a que ninguno de sus animales siguiera el camino de perdici&#243;n de la oveja negra.

Por su parte, don Nico no tendr&#237;a otra cosa que hacer que escribir sus memorias, preparar pisco-sour, y hacer diariamente alguna gimnasia que le desinflara el colesterol. A ese plan exhaustivo del muchacho, el hombre comenzaba a concebir otro.

De tanto sacar y poner el forro a Tres rosas amarillas de Carver, hab&#237;a terminado por leer el cuento de la muerte de Ch&#233;Jov antes de una siesta, y al despertar se sorprendi&#243; iniciando una relectura l&#225;piz Faber en ristre, con el cual fue subrayando un par de situaciones. No ser&#237;a malo que la peque&#241;a hacienda de su socio estuviera cerca de un pueblo con biblioteca municipal de donde pudiera prestarse libros. Le importaba un &#225;pice que &#233;stos no fueran de moda, pues sus carencias en esa materia eran tantas que perfectamente podr&#237;a empezar por Don Quijote de la Mancha y seguir cronol&#243;gicamente hasta Madame Bovaiy. Al llegar a esas alturas estar&#237;a pr&#225;cticamente difunto, y se habr&#237;a evitado el bochorno de tener que discutir con las vacas y ovejas los vol&#250;menes que nutr&#237;an las listas de best sellers.

Faltaban diez minutos para la medianoche cuando &#193;ngel Santiago lleg&#243; desde la calle y mir&#243; por encima de su hombro las anotaciones y los croquis producto de esta &#250;ltima jornada.

&#191;Todo bien, maestro?

Todo bien, disc&#237;pulo.

&#191;Falta algo para ma&#241;ana?

Dormir para que estemos l&#250;cidos.

&#191;Cheque&#243; todos los detalles?

Aqu&#237; est&#225;: auto, patente, recoger Victoria, ropa invierno, taxi al sur, camino longitudinal, rancho suizo, arriero amigo, chaqueta Schendler, credenciales, caja herramientas, guantes contra golpes el&#233;ctricos, bolsas impermeables, escalera, ventana segundo piso para arrojar bot&#237;n, tres mochilas grandes transporte dinero, bolsa pl&#225;stica, propinas personal, agua mineral, encendedor, cigarrillos, cenicero, radio port&#225;til, y estanque lleno.

&#193;ngel fue asintiendo con alegr&#237;a a la larga lista, mas se detuvo sorprendido cuando Vergara Grey la dio por terminada.

&#191;Qu&#233; fue, chiquillo?

Le falta algo, profesor.

El hombre lo mir&#243; tan dubitativo como si el joven quisiera premiarlo con una broma, pero &#193;ngel se abri&#243; los broches de la chamarra, sac&#243; el contundente rev&#243;lver robado a Santoro y lo puso sobre los croquis del escritorio.

Esto -dijo.



CUARENTA Y SEIS

La lluvia no era torrencial, pero lo suficientemente fastidiosa para que los pocos transe&#250;ntes tempraneros agacharan el lomo bajo ese azote escurridizo. La vista en la calzada, algunos se proteg&#237;an con el peri&#243;dico que ha ian comprado en la esquina y que a&#250;n no le&#237;an.

El guardia quiso saber qu&#233; har&#237;an con esa escalera telesc&#243;pica, de modo que Vergara Grey le explic&#243; con lujo de detalles la verdad: necesitaban llegar a un lugar pr&#225;cticamente inaccesible, pues ten&#237;an indudables se&#241;ales de que la polea atrancada casi produc&#237;a roce con el techo.

Pusieron el familiar cartel en reparaciones, desconectaron el servicio autom&#225;tico y subieron, apart&#225;ndose del ensayo general, s&#243;lo hasta el pen&#250;ltimo piso.

Ser&#237;a una pena tener esta escaleraza y no estirarla algunos metros m&#225;s, socio -apunt&#243; Vergara Grey.

El motivo secreto, sin embargo, era otro. En caso de un incidente serio, los rufianes de Canteros echar&#237;an abajo la puerta del ascensor en el mismo piso de la oficina, y &#193;ngel Santiago ser&#237;a ba&#241;ado en municiones antes de apretar el dedo sobre el bot&#243;n de descenso. Un piso, por magra que fuera la distancia, le dar&#237;a al chico aire para intentar la fuga. Si bien no explicit&#243; este fundamento, a medida que soltaba con la mano los pernos del techo, aprovech&#243; de instruirlo.

No hemos hablado de esto, chiquillo. Pero si llegas a escuchar balazos o cualquier ruido extra&#241;o, por ning&#250;n motivo subas a curiosear lo que est&#225; pasando.

Se olvida de que estoy armado, maestro.

Eso, ni en &#250;ltima instancia.

Yo no lo voy a dejar solo a merced de esos pistoleros. Quiero saber qu&#233; pasa y ayudarlo.

Te puedo satisfacer la curiosidad de antemano. Si t&#250; entras a la c&#225;mara del bot&#237;n, me ver&#225;s tendido cuan largo soy, boqueando sangre a borbotones. Una vez que hayas empalidecido con el espect&#225;culo, los amigos del guar&#233;n te propinar&#225;n sin pesta&#241;ear la misma dosis y con buena suerte quiz&#225;s alcances a arrastrarte hasta m&#237; y extenderme la mano, que yo apretar&#233; fraternalmente. Pero no alcanzar&#233; a decirte adi&#243;s, compa&#241;ero porque me habr&#225;n acribillado hasta la lengua. Sujeta los pernos, muchacho.

El chico acat&#243; la orden y puso las piezas en el bolsillo de su chaqueta.

Har&#233; como usted dice, maestro. Pero se me hace que ha estado leyendo mucha literatura t&#233;trica.

Ni tanto. Le&#237; el cuento ese de Ch&#233;Jov del que me hablaste.

&#191;En serio, profesor?

Me interes&#243; mucho.

Pero el cuento no es de Ch&#233;Jov. Ch&#233;jov es el personaje del cuento. El autor se llama Carver, Raymond Carver.

&#191;C&#243;mo haces para retener cosas tan complicadas

Acu&#233;rdese de que tengo buena memoria, Vergara Grey. A&#250;n me s&#233; todas las respuestas a las preguntas del examen que le tomaron a Victoria.

&#191;Te acuerdas del desayuno?

Naturalmente.

El joven apoy&#243; la escalera en el muro met&#225;lico izquierdo de la cabina, trep&#243; por ella y ayud&#243; al maestro a levantar el techo hasta que consiguieron apoyarlo en la pared con menos bullicio que la vez anterior pero con suficiente ruido como para llamar la atenci&#243;n de alg&#250;n eventual vig&#237;a.

Esperemos un minuto -susurr&#243; don Nico, poni&#233;ndose un dedo sobre los labios.

&#193;ngel Santiago asinti&#243; y se frot&#243; fuertemente la frente, como tratando de llegar a algo en su interior. Al cabo de un tiempo prudente, habl&#243; con sigilo:

&#191;Quiere que le cante su desayuno, socio?

Bueno, pero calladito.

Dos marraquetas, dos colizas, tres hallullas, tres flautas, cuatro tostadas, tres bollitos con grumos de cebolla y tres porciones de kuchen con fruta confitada y pasas.

La cara de Vergara Grey se puso tan roja como la de los borrachines que act&#250;an de Santa Claus en los grandes almacenes durante la Navidad. Se apret&#243; simult&#225;neamente el coraz&#243;n y el est&#243;mago e, inflando los cachetes, quiso detener la marcha incontrolable de la risa que pugnaba por salir, hasta que vencido termin&#243; arrojando un silbido asm&#225;tico.

&#161;Me vas a provocar un infarto, bestia!

Nadie se ha muerto por una carcajada, maestro.

&#191;De qu&#233; te r&#237;es t&#250; ahora?

De su apetito. Sumando unos con otros se llega a veinte panes.

Santiago se aferr&#243; al cable, lo trep&#243; a pulso, y una vez arriba, continu&#243; el despliegue de la escalera que hab&#237;a iniciado don Nico en la plataforma. A esas alturas, y en forma simult&#225;nea, advirtieron que el espacio de la cabina no les permit&#237;a accionar el tercer tramo de la telesc&#243;pica, y en un segundo, sin darle tiempo a la cautela, el especialista abri&#243; la puerta del ascensor, sac&#243; un tramo de escalera hasta el piso y ubic&#225;ndola ligeramente en diagonal consigui&#243; que &#193;ngel la extendiera hasta la dimensi&#243;n que precisaban. Volvi&#243; a cerrar y le indic&#243; al muchacho que bajara a fumarse un cigarrillo.

Superado el imprevisto, lleg&#243; la hora de actuar.

Encendieron los tabacos y, frente a frente, sentados en el piso, las espaldas apoyadas en las paredes, casi roz&#225;ndose las rodillas, fumaron en silencio. Vergara Grey inspir&#243; el humo, lo solt&#243; de a poquito hacia arriba y dej&#243; una estela delgada.

Ch&#233;jov -dijo entonces.

&#191;Maestro?

Quer&#237;a comentarte: Ch&#233;jov y su esposa est&#225;n en un hotel de la costa francesa. Esa noche se siente muy mal, la mujer manda a buscar al m&#233;dico, &#233;ste va, y cuando ve que Ch&#233;jov no tiene remedio y ya agoniza, llama a la recepci&#243;n y pide que manden para arriba una botella del mejor charnpagne con tres vasos. &#191;Es as&#237; o me equivoco?

Igualito que como lo est&#225; contando, profesor.

Entonces llega el mozo, el m&#233;dico abre el champagne, el corcho salta para cualquier lado, los tres beben, y al poco rato Ch&#233;jov muere.

&#161;El gran Ch&#233;jov, don Nico!

Conforme. Al d&#237;a siguiente el mozo vuelve a la habitaci&#243;n con un jarr&#243;n con tres flores amarillas y no tiene la menor idea de que Ch&#233;jov ha muerto.

Hasta aqu&#237; va bien.

Le quiere entregar el jarr&#243;n a la mujer, pero ella est&#225; como ausente, apenada, bueno, es que ha muerto Ch&#233;jov.

Efectivamente. Entonces viene lo del corcho.

Justo. El mozo est&#225; ah&#237;, con las dos manos sosteniendo el jarr&#243;n, todo compuesto, me lo imagino as&#237; como muy elegante y pituco, cuando de repente, zas, descubre en el suelo el corcho de la botella de champagne. Y entonces le baja la desesperaci&#243;n por recoger ese corcho que destruye todo el orden de la habitaci&#243;n. &#191;Correcto?

Eso es lo que escribi&#243; Carver.

Entonces la viuda le pide que vaya a la mejor empresa de pompas f&#250;nebres de la ciudad y le diga al due&#241;o que se haga cargo de todo porque Ch&#233;jov ha muerto. Que camine altivo como si Ch&#233;jov mismo estuviera esperando las tres flores amarillas. Pero mientras la viuda le da las instrucciones, el chico con el jarr&#243;n en las dos manos sigue pensando en c&#243;mo recoger el corcho de la botella de champagne que est&#225; a sus pies. &#191;Es eso el cuento?

Santiago escupi&#243; una mota de tabaco desde la punta de la lengua, y poniendo una mano en la rodilla de Vergara Grey, le dijo:

Efectivamente. As&#237; es m&#225;s o menos el cuento.

El afamado profesional apoy&#243; ahora la cabeza en la l&#225;mina de acero y avanz&#243; con la mirada hacia la profunda oscuridad del t&#250;nel hasta el techo. Del malet&#237;n de cuero extrajo la linterna e ilumin&#243; el pedazo de muro falso que el Enano Lira hab&#237;a preparado desde su tiempo de mec&#225;nico en la Schendler.

Es decir -continu&#243;, fumando-, Ch&#233;jov est&#225; muerto y el problema del chico es c&#243;mo recoger el corcho del piso.

Yo dir&#237;a que &#233;se es uno de los temas del cuento. &#191;Por qu&#233; se qued&#243; tan pensativo, don Nico?

Con los dedos el hombre se masaje&#243; los huesos de los p&#243;mulos, como si quisiera relajar una tensi&#243;n, y luego puso el cabo del cigarrillo en el cenicero.

Por esto. As&#237; como yo traje el cenicero, el joven quiere levantar el corcho.

Bien pensado, profesor.

Es decir, si ese joven y yo estuvi&#233;ramos en el naufragio de un gran trasatl&#225;ntico (ponle t&#250; el Titanic) y los vidrios de la cabina estuvieran sucios, ese joven y yo los limpiar&#237;amos.

Seg&#250;n lo que me cuenta y lo que veo, dir&#237;a que s&#237;.

Es decir, en la vida se da junto lo grande y lo peque&#241;o. Pero como estamos siempre viviendo en lo peque&#241;o no alcanzamos a darnos cuenta de qu&#233; parte de lo grande es lo peque&#241;o que hacemos.

&#201;se ser&#237;a un gran tema de filosof&#237;a, que usted podr&#237;a discutir latamente en mi hacienda con Victoria Ponce.

&#191;T&#250; no me entiendes?

Algo pispo, profesor. Pero no se me olvida a lo que hemos venido.

Es cierto.

Usted mismo dijo el otro d&#237;a la frase del presidente Aylwin: Cada d&#237;a tiene su af&#225;n.

Qu&#233; memoria que tienes, cabr&#243;n. Retienes m&#225;s que un elefante.

&#161;Que un perro callejero, Vergara Grey!

&#191;C&#243;mo lo logras? Yo para acordarme de mi propio nombre tengo que mirar todos los d&#237;as mi c&#233;dula de identidad.

Igual que los perros. Delante de cada &#225;rbol levanto la Pata.

&#191;Qu&#233; idiomas hablas t&#250;?

Castellano.

Ah&#237; llevamos uno. &#191;Otro m&#225;s?

Por el momento ser&#237;a todo. Algo de ingl&#233;s s&#233;.

&#191;A ver?

One dollar, mister, please. &#191;Usted?

I should move the stones of Rome torise and mutiny.

Eso suena lindo, maestro. &#191;Qu&#233; significa?

Shakespeare. Har&#237;a que hasta la piedras de Roma se sublevaran.

Profesor, realmente me conmueve. Nunca me imagin&#233; que podr&#237;a citar a Shakespeare.

He estado preso en varias oportunidades. Algunas veces con gente honorable, y otras con ingleses.



CUARENTA Y SIETE

Ambos se pusieron de pie. Vergara Grey cogi&#243; el combo de su caja de herramientas y &#193;ngel se hizo cargo de una de las bolsas amarillas impermeables. Tendr&#237;a que poner la lona sobre el espacio instituido por el Enano para conseguir que el ruido se amortiguara mientras el profesor iba descascarando la falsa pared con sus golpes de acero.

A intervalos deten&#237;an la demolici&#243;n y escuchaban alertas por si alguien se aprestara a intervenir. Pronto se dieron cuenta de que al paisaje modernizador de Santiago pertenec&#237;a ya ese horizonte de construcciones con su bullicio implacable. Aun as&#237;, se mantuvieron en el volumen m&#225;s discreto posible, hasta que intuyeron que bastar&#237;a empujar la falsa muralla con un dedo para que se derrumbara. La &#250;nica duda era si el camelo deber&#237;a caer hacia dentro de la oficina o descascararse por la v&#237;a del ascensor hasta el subterr&#225;neo. Lo primero era m&#225;s controlable, lo segundo algo imprevisible: qui&#233;n sabe qu&#233; actitud adoptar&#237;a el guardia al o&#237;r esa lluvia de cascajos.

Ahora llegaba el momento en que el maestro deb&#237;a practicar su peculiar cirug&#237;a. Pas&#243; por el boquete sin mayores esfuerzos, y ya del otro lado, le pidi&#243; con un gesto a &#193;ngel que le extendiera el malet&#237;n arsenalero. En voz muy baja, le susurr&#243;:

Hasta aqu&#237; llegamos juntos, socio. Ahora desciendes los dos pisos y me esperas con santa paciencia.

Perdone, maestro, pero es que me gustar&#237;a ver al gran Vergara Grey en acci&#243;n. Algo para cont&#225;rselo a mi hijo.

Lo primero que tenemos que asegurar es que el futuro hijo no nazca hu&#233;rfano. Baja ya, y eso s&#237;, pase lo que pase, por ning&#250;n motivo retires la escalera. El cable me da p&#225;nico, y desnucarme en el vac&#237;o, pavor.

El profesional dio un paso adelante, con la actitud de un escultor que va a enfrentarse con una mole de m&#225;rmol, cuando el joven lo detuvo con un silbido. En la mano ten&#237;a las dos bolsas amarillas y se las extendi&#243; sonriendo.

Buena cosecha, maestro.

Su socio hab&#237;a entrado en el umbral del trance y no quiso responder. Sin siquiera darse vuelta a mirarlo, lleg&#243; hasta la inmensa caja fuerte de color gris y la palp&#243; reverente.

Santiago baj&#243; algunos pelda&#241;os por la escalera, pero luego se colg&#243; juguet&#243;n del cable y fue hasta la plataforma vali&#233;ndose de vigorosas pulsadas. En el malet&#237;n del maestro hab&#237;a un paquete de cigarrillos y el libro Tres rosas amarillas forrado en el ya familiar papel de matem&#225;ticas. Un sorbo de agua mineral, un puchito encendido y el volumen abierto en la p&#225;gina once, comenz&#243; a leer, acaso por quinta vez, el cuento Cajas: Mi madre ha hecho las maletas y est&#225; lista para mudarse.

Como el artesano frente a la arcilla, la creyente ante la imagen de su santo milagrero, el bailar&#237;n junto a su danza, el actor detr&#225;s de su texto, el ave a la vera del vuelo, as&#237; poco menos estaba el ladr&#243;n frente al tim&#243;n de la mole met&#225;lica. En la c&#225;rcel, frecuentes pesadillas de modernidad, nutridas por la televisi&#243;n y la prensa, le hab&#237;an hecho temer el gran afuera. Al salir, lo esperaba un infierno electr&#243;nico donde sus antiguas herramientas se fundir&#237;an. El celaje del tiempo lo har&#237;a trizas y ser&#237;a un simple ratero jubilado vencido por dos rivales imbatibles: la traici&#243;n de un socio, como Monasterio, que romp&#237;a todos los c&#243;digos de caballeros que rigen las relaciones delictuales, y la sofisticaci&#243;n electr&#243;nica con d&#237;gitos indescifrables y secretas claves comandadas por un control remoto.

Para su alivio, descubri&#243; al primer contacto con la caja fuerte que, al fin y al cabo, algo ten&#237;a en com&#250;n con el cerdo de Canteros: la edad.

Ambos hab&#237;an sido arrollados por el progreso, los computadores, los tel&#233;fonos celulares, los bancos virtuales, los DVD, los semiconductores, y de all&#237; que el m&#225;ximo gangster de la rep&#250;blica hubiera optado por una caja de seguridad que &#233;l comprendiera a plenitud sin tener que buscar la asesor&#237;a de prestidigitadores bi&#243;nicos y cibernautas que, enterados de las v&#237;as de aforo de sus riquezas, podr&#237;an con sus artes de magia negra en cualquier momento birl&#225;rselas.

En buenas cuentas -se sob&#243; las manos-, un gesto de compadrazgo generacional al cual hab&#237;a que retribuir generosamente descerrajando el ba&#250;l del pirata en el m&#225;s cl&#225;sico de los estilos.

No tuvo aprensiones ni prisa al desplegar todas las herramientas de su malet&#237;n sobre la alfombra, pues el hecho de haber logrado ingresar al centro de la pieza sin que. trinara ning&#250;n timbre de alarma probaba que las huestes de Canteros hab&#237;an preferido colocar todas sus chillonas campanillas en el umbral de la entrada por el lado de la oficina.

Nadie pudo haber tenido la inspiraci&#243;n divina de que el bandolero caer&#237;a desde el cielo v&#237;a ascensor, y no podr&#237;an por tanto cazarlo en ninguna de las trampas y ardides que seguramente estaban esparcidas por la otra v&#237;a. Para esa proeza se necesitaba la gracia de alguien tan m&#237;nimo como el gran Enano Lira, que combinaba precisamente las artes del alba&#241;il con un concepto utilitario de su tama&#241;o.

&#191;Qu&#233; dicha debi&#243; de haber sentido cuando el azar le puso ese regalo a sus pies y cu&#225;nto pesar debi&#243; de haberle causado entrar a presidio provisto de tama&#241;a fortuna eventual y sin ninguna probabilidad de echarle mano?

&#161;Y qu&#233; homenaje a &#233;l, a Nicol&#225;s Vergara Grey, que el art&#237;fice de ese bomb&#243;n le hubiese procurado el secreto, sonri&#243;, para pintar esa capilla Sixtina!

Un refr&#225;n en Chile saluda a los hu&#233;spedes dici&#233;ndoles: La casa es chica, pero el coraz&#243;n es grande. Mientras Vergara Grey maniobraba destornilladores, llave inglesa, ganz&#250;a, alicates, alambritos de diferente grosor y tama&#241;o, estetoscopio, cincel, cortafr&#237;os, lima, berbiqu&#237; y barrena, jubiloso ante la convencional f&#243;rmula de la cerradura, ide&#243; el texto de una taijeta postal que alguna vez le har&#237;a llegar a Canteros: La caja es grande, aunque tu coraz&#243;n es chico.

Tras cuarenta minutos de trabajo, la &#250;ltima traba cedi&#243; y a pesar de que el premio a su proeza estaba al alcance, no abri&#243; la puerta de acero. Previo a llevarse la desilusi&#243;n o la dicha del siglo, se dijo que proceder&#237;a a fumarse un cigarnito. Pero justo cuando estaba a punto de raspar el f&#243;sforo en la banda combustible de su ca ita marca Andes, eso le record&#243; que la maravillosa cordillera de Chile acaso lo acogiera en pocas horas m&#225;s, puso el f&#243;sforo apagado entre los dientes y devolvi&#243; el cigarro al bolsillo de la camisa.

Tuvo que concentrarse un minuto m&#225;s a ver si la intuici&#243;n que lo hab&#237;a frenado de fumar le decantaba ahora racionalmente el significado de ese stop que lo privaba de unas pocas reconfortantes inhalaciones. Busc&#243; ayuda recorriendo con la vista el cuarto, hasta que una plaqueta met&#225;lica, con el signo de una llama, le revel&#243; la verdad: &#161;all&#237; dentro hab&#237;a alarma, pero contra humos!

&#161;Ay, si su intuici&#243;n de oro le sirviera para algo fuera del mundo del delito! &#161;Si su percepci&#243;n extrasensorial le dictase las palabras y los gestos con los cuales reconquistar el amor de Teresa Capriatti.! &#161;Dar&#237;a todo el oro ajeno del mundo -sonr&#237;o- por vivir con ella!

Entonces, con gesto natural, sin teatralizar para s&#237; mismo el cl&#237;max de su faena, abri&#243; la caja fuerte, y tras echar una mirada a los diversos compartimentos, rasg&#243; uno de los paquetes, y despu&#233;s otro, y luego la punta de aquel al fondo, hasta que pudo formarse el convencimiento de que los paquetes envueltos en papel verde conten&#237;an consecuentemente d&#243;lares, y aquellos en azul, varios kilos de moneda nacional. Una cajita con incrustaciones de n&#225;car era el refugio de algunas joyas, que acaso databan de las jornadas patri&#243;ticas de anta&#241;o, cuando las damas pinochetistas hab&#237;an regalado sus pulseras, sus anillos, sus aros y sus collares a los uniformados, para contribuir a la refundaci&#243;n de la patria tras el golpe contra Salvador Allende.

Sin m&#225;s dilaciones, y con certeros manotazos, fue metiendo el abigarrado bot&#237;n en la bolsa amarilla impermeable, y no ces&#243; su acci&#243;n hasta que advirti&#243; que un fajo m&#225;s podr&#237;a ser tanta carga que no podr&#237;an llevar el saco al hombro. Lo cerr&#243; vali&#233;ndose de la soga que pasaba entre anillos met&#225;licos por la parte superior, y en tres o cuatro minutos complet&#243; la segunda bolsa y avanz&#243; con ellas hasta el forado junto al ascensor. Abajo, como si se hubiera mantenido en esa pose expectante durante toda la &#250;ltima hora, el joven &#193;ngel Santiago pregunt&#243; con una se&#241;a qu&#233; deb&#237;a hacer.

Vergara Grey hizo pasar una de las bolsas a trav&#233;s del forado y el muchacho emprendi&#243; la ascensi&#243;n de la escalera con la velocidad -record&#243; el examen de Victoria- de un tigre con sus garras retr&#225;ctiles.

Al tomar el bot&#237;n entre sus manos, la instrucci&#243;n gestual del maestro fue breve y un&#237;voca: bajas y vienes por la segunda.

La acci&#243;n se repiti&#243; con &#233;xito, y temiendo que el cuerpo de don Nico tuviera problemas con el tr&#225;nsito desde la escalera a la oficina, &#193;ngel subi&#243; una tercera vez, lo asisti&#243; en sus trabajosos despliegues, y una vez que lo dej&#243; instalado en el pelda&#241;o superior, baj&#243; r&#225;pido hasta la plataforma, inspirado en la idea de no sobrecargar la escalera, que podr&#237;a quebrarse bajo el peso de dos personas.

S&#243;lo cuando ambos estuvieron en la plataforma, el viejo extendi&#243; los brazos como un triunfal pel&#237;cano que trae el buche lleno de apetitosas sardinas, y le pidi&#243; al c&#243;mplice un abrazo inconmensurable.

As&#237;, durante largo tiempo mantuvieron unidas sus ardientes mejillas.



CUARENTA Y OCHO

Dentro del mismo coche de Monasterio procedieron a llenar una decena de bolsas pl&#225;sticas con moneda nacional.

Se dieron prisa, pues la cita con el baquiano tendr&#237;a que ser un par de horas antes de la puesta del sol: la osad&#237;a de cruzar de noche la cordillera les estaba vedada hasta a los muleros que contrabandeaban drogas.

Las tareas ahora se repartir&#237;an de tal modo que hacia las cuatro de la tarde Vergara Grey y Victoria entraran a la autopista al sur cargando las tres bolsas amarillas impermeables que transportar&#237;an en mochilas m&#225;s tarde por el paso cordillerano. Por su parte, &#193;ngel Santiago llevar&#237;a el postre en billetes verdes para el almuerzo que encarg&#243; a Elsa en la calle de las Tabernas con el argumento de que quer&#237;a tenerlos a todos juntos en la hora del reparto para no dilatarse en la &#250;ltima parte de su plan: tomar un taxi con Charly de la Mir&#225;ndola hasta el Hip&#243;dromo Chile y montarse a la misma camioneta de transportes equinos donde lo esperar&#237;a impaciente su rucio. &#161;&#201;l ser&#237;a su cabalgadura en los intrincados senderillos &#161;legales de la monta&#241;a!

Se recomendaron mutuamente cautela y Vergara Grey deposit&#243; al joven en la estaci&#243;n del metro m&#225;s cercana al bar de Monasterio. Se estrecharon las manos por la ventana del veh&#237;culo y &#193;ngel aprovech&#243; ese contacto para sacarle al maestro la promesa de que no lo esperar&#237;an en el rancho suizo en caso de que no apareciera a la hora convenida. En este mismo momento le resultaba f&#225;cil suponer que el transportista de caballos avanzar&#237;a muy lento con su viejo carromato y, por otra parte, si part&#237;an junto al baquiano con la luz del sol, &#233;l sabr&#237;a encontrarles la pista un par de horas m&#225;s tarde, pues hab&#237;a sido equilibrista de esos abismos cordilleranos desde la infancia.

Todas las bolsitas peque&#241;as hab&#237;an sucumbido en una mayor que ahora balanceaba alegre por la calle de las Tabernas. Cada una ten&#237;a escrito con plum&#243;n azul el nombre del beneficiado. Por el tama&#241;o del envoltorio se pod&#237;a inferir el valor que hab&#237;an atribuido en fulminante concilio sobre ruedas a cada uno de los c&#243;mplices del atraco. A la cajera Elsa y a Nemesio Santelices les estaban destinados paqueutos dignos de un top one. Sin que esto permitiera suponer que hab&#237;a taca&#241;er&#237;as en las ofrendas para Charly de la Mir&#225;ndola, el proveedor de las herramientas y la cesante profesora Sanhueza.

Pero la frutilla de la torta era un contundente paquete de color azul Prusia, que evidentemente no hab&#237;a merecido el escarnio de una bolsita cualquiera de pl&#225;stico, y que dejar&#237;a a todo el mundo perplejo con la inscripci&#243;n que lo identificaba: Em-No. As&#237; de grandes eran sus letras; inversamente proporcionales al tama&#241;o de su receptor.

Mientras anticipaba el expedito momento del reparto, &#193;ngel Santiago iba siendo recorrido por una corriente interna que directamente identific&#243; con el j&#250;bilo. El mundo era un loco y amable astro que circulaba so&#241;ador entre miles de galaxias, y cada uno de los seres que se le cruzaban le parecieron grandiosos e incanjeables: el lustrador de zapatos, el hombrecito con el carro manicero, las ni&#241;as tempraneras que ya estaban en calle con minifaldas nocturnas, los adolescentes que fumaban como hombres maduros apoyados en la muralla de la esquina, el quiosquero que voceaba El Mercado, acaso con un nuevo elogio a su amor, los taxistas frotando con un pa&#241;o los ventanales de sus coches, las amas de casa y sus bolsas rebosantes de verduras, los ni&#241;os echando a correr barquitos de papel por el agua de las cunetas, los obreros de la construcci&#243;n con sus cascos coloridos comentando las posibilidades de un triunfo del Colo-Colo en el partido de esa noche, el grupo de colegialas que ensayaban frente a la estaci&#243;n de servicio una coreograf&#237;a que hab&#237;an visto a los competidores del reality show en la tele, y esas palomas y gorriones al borde de las cenefas o entre las hojas de los &#225;rboles, y los picaflores y tordos bebiendo en la fuente de piedra, y todos esos perros que hab&#237;an surgido de pronto en el barrio, con se&#241;as de ri&#241;as en sus orejas heridas, hurgando en los tarros de basura o tratando de acoplarse en el polvo que levantaban los autom&#243;viles.

Tuvo un solo pensamiento donde le parec&#237;a que se decantaba el brillante de mil quilates de su felicidad. &#201;l hab&#237;a hecho una apuesta y hab&#237;a acertado: la infamia de los a&#241;os en la c&#225;rcel estaba pulverizada de su memoria, y ahora que era puro nervio y futuro, no corr&#237;a en sus arterias ni una gota de rencor. Record&#243; a Fernando, el convicto espa&#241;ol adicto a la h&#237;pica, quien en la cafeter&#237;a de la c&#225;rcel, con sus ojitos rodando tras sus lentes, le hab&#237;a definido la belleza de apostar y ganar: El d&#237;a que nuestro caballo triunfa por fin, contra todo pron&#243;stico quiz&#225;s, contra las circunstancias adversas, contra lo probable y lo l&#243;gico, &#161;ah, ese d&#237;a sentimos que hemos derrotado por un momento a lo necesario y que en la fuerza jubilosa de nuestro coraz&#243;n late la secreta armon&#237;a de todas las cosas.

El joven irrumpi&#243; en el sal&#243;n empujando las puertas de batiente con un hombro, y antes de que el grupo se levantara electrizado, grit&#243; en tono &#233;pico:

&#191;Ha almorzado la gente?

El s&#237; fue estruendoso y se repartieron besos en los p&#243;mulos y algunas l&#225;grimas en las blusas y solapas.

&#191;Todo bien, Angelito? -pregunt&#243; Elsa.

Bien es una palabra pacata, se&#241;ora. Nos fue &#243;ptimo.

&#191;Y el profesor?

Como &#233;l suele decir: hay cuatro puntos cardinales. En alguno de ellos estar&#225;.

Hizo un recorrido circular por el conjunto: la maestra de dibujo hab&#237;a visitado al peluquero y el estilista le hab&#237;a tallado un revoltoso enjambre con visos azules que la rejuvenec&#237;a un par de semanas, y en vez de su modesto gorro de fieltro con olor a lluvia, el cuidador de autos ten&#237;a sobre la cabeza un gorro tipo patr&#243;n de yate. En cuanto a la cajera, determin&#243; &#193;ngel de una pesta&#241;eada, cualquier adjetivo le quedar&#237;a p&#225;lido: excitada, radiante, a&#233;rea, indescifrable, oculta, part&#237;cipe, l&#250;cida, monta&#241;osa, prometedora, salvaje, euf&#243;rica, justa.

Cada uno recibi&#243; su bolsita, y todos volvieron al postre real del almuerzo, consistente en la tradicional papaya con crema Nestl&#233;. Hubo un aparte urgente entre &#193;ngel y Elsa tocante al paquete azul Prusia del se&#241;or Lira, y ambos intercambiaron atropelladamente sugerencias acerca de c&#243;mo introducirlo en la c&#225;rcel. La mujer optaba por abrir una cuenta bancaria a nombre del diminuto, pero cuando el muchacho le inform&#243; de que Lirita fustigaba quince a&#241;os y un d&#237;a, Elsa se inclin&#243; por guardar el bot&#237;n en un par de colchones y en contratarle una novia del ambiente que lo visitara agasaj&#225;ndolo con vituallas alimenticias, fumables, alcoh&#243;licas y, en los d&#237;as autorizados por los penalistas progresistas, sexuales.

Tras concluir el reparto, &#193;ngel Santiago tuvo la sorpresa de que en el fondo de la bolsa mayor a&#250;n quedaba la porci&#243;n decidida para Charly de la Mir&#225;ndola. Ya despidi&#233;ndose del grupo, record&#243; que hoy, en la primera carrera, tendr&#237;a que haber corrido en mil metros el rucio Milton, y seguro que su preparador tuvo que ocuparse de llevarle la casaquilla del Do&#241;a Teresa al jinete Aguilera. No tuvo m&#225;s remedio que dejar el paquete a cargo de Elsa y, estrech&#225;ndoles la mano, se despidi&#243; de todos con un informal aleteo sobre la cabeza.

Ya en la calle aceler&#243; el tranco hacia la avenida. Como &#250;ltima precauci&#243;n, no quer&#237;a que nadie lo alcanzara y viese el numero de la patente del taxi que quena tomar. Muchos hab&#237;an evacuado la calle rumbo al almuerzo y la siesta, y s&#243;lo unos pocos transe&#250;ntes se le cruzaron indiferentes en la ruta.

Pero a pocos metros de su destino, un hombre delgado, provisto de sombrero al&#243;n e impermeable beige se le plant&#243; al frente y le orden&#243; que se detuviera sacando al mismo tiempo un rev&#243;lver entre los botones abiertos a la altura de la cadera. El joven advirti&#243; en el desconocido una decisi&#243;n compulsiva, y abriendo los brazos, como pidiendo una explicaci&#243;n, le dijo:

&#191;Qu&#233; onda, Flaco? Rigoberto Mar&#237;n, alias Alberto Parra Chac&#243;n, involuntariamente bautizado tambi&#233;n Enrique Guti&#233;rrez, -decidi&#243; que si intercambiaba una frase con el Querub&#237;n se pudrir&#237;a de sentimentalismo y no cumplir&#237;a el encargo. Sin otro particular, le dispar&#243; dos proyectiles directo al coraz&#243;n.

Seguro de que su punter&#237;a era infalible, guard&#243; el arma en un bolsillo, y apartando de un puntapi&#233; al perro gris&#225;ceo que fue a husmearle las piernas, vio c&#243;mo el encarguito se derrumbaba, y sin dilaciones se dio vuelta hacia la boca del metro y descendi&#243; la escalera.

No supo que el hombre de paso cansino con el que hab&#237;a tropezado a la altura del s&#233;ptimo pelda&#241;o era el preparador de caballos Charly de la Mir&#225;ndola, quien avanzaba hacia el bar de Monasterio con la esperanza de unirse a los amigos en el minuto que se sirvieran los postres. El h&#237;pico advirti&#243; que un grupo de curiosos rodeaba en un c&#237;rculo a&#250;n cauto el cuerpo de un joven ca&#237;do. Al asomarse entre ellos, identific&#243; sin dudas al sujeto regado en sangre como &#193;ngel Santiago. Se desprendi&#243; del c&#237;rculo de observadores, levant&#243; la cabeza del chico moribundo y fraternalmente la apoy&#243; en su rodilla.

&#191;C&#243;mo est&#225;s, muchacho?

Me mataron, don Charly.

Tranquilo que ya vendr&#225; la ambulancia.

El joven pudo ver que el borbot&#243;n de sangre que hab&#237;a estallado en su pecho se le derramaba tambi&#233;n por la boca. No obstante, alcanz&#243; a decir:

&#191;C&#243;rno funcion&#243; Milton?

Apenas cuarto.

&#191;Hizo una buena carrera?

Punte&#243; hasta los doscientos finales. Iba bien hasta que atropellaron los caballos buenos para el barro.

&#191;Pero qued&#243; listo para la pr&#243;xima?

Seguro, chiquillo.

En el muslo del preparador, la cabeza del joven perdi&#243; toda su voluntad y sucumbi&#243; laxa. &#193;ngel Santiago crey&#243; haber alcanzado a formular la pregunta que lo inquietaba: si el Golpe hab&#237;a sido en todas sus etapas impecable, &#191;por qu&#233; diablos &#233;l hab&#237;a muerto?



CUARENTA Y NUEVE

A las cuatro de la tarde ocultaron el coche bajo una parva de paja dentro de uno de los galpones del rancho suizo. Vergara Grey lo condujo algunos segundos a ciegas en ese granero donde el trigo y la avena soltaban un polvo que cosquilleaba en las narices.

Dispusieron las maletas y las tres bolsas amarillas junto a la mesa de la cocina. Un horno de le&#241;a temperaba el fr&#237;o y una cazuela de ave desprend&#237;a generosa su grasa a las verduras que la acompa&#241;aban.

El baquiano amigo de &#193;ngel era un hombre en&#233;rgico, y tras saludarlos sin contacto f&#237;sico, los condujo al palenque donde estaban atados los tres caballos ya con sus aperos listos para la traves&#237;a hacia las alturas.

Se conocen la huella al dedillo. Si partimos luego, ma&#241;ana estaremos en Argentina.

Vergara Grey fue portavoz de una inquietud que a ambos les hab&#237;a crecido durante el trayecto en auto.

Hemos o&#237;do, se&#241;or.

El baquiano desvi&#243; despreciativo la vista hacia un peque&#241;o arroyuelo, y dijo:

Yo no les he preguntado el nombre a ustedes, y ustedes no tienen por qu&#233; saber el m&#237;o.

Conforme, amigo. Hemos o&#237;do que en esta &#233;poca es imposible cruzar la cordillera en esta zona. Todos dicen que hay que irse m&#225;s al sur.

El camino al sur lo encuentra a la izquierda.

No, si nosotros pregunt&#225;bamos no m&#225;s.

Entonces, no ofenda, se&#241;or. Si le digo que los voy a pasar al otro lado es porque est&#225; mi palabra comprometida.

Por supuesto.

Ensill&#233; s&#243;lo tres bestias, porque el &#193;ngel me dijo que &#233;l traer&#237;a uno suyo.

Un caballo de carreras -explic&#243; Victoria.

Otra vez el hombre desvi&#243; la vista al arroyo y aplast&#243; un guijarro en la tierra hasta hundirlo.

Voy a dejarle ensillado uno de los m&#237;os. Ese pobre animal que trae se le va a desbancar en el primer abismo. &#191;A qu&#233; hora dijo que llegaba?

Lueguito.

Va a tener que recalentarse la sopa, porque lo que es yo tengo hambre.

Entonces cenemos no m&#225;s, don. Angelito dijo que &#233;l despu&#233;s nos pillar&#237;a m&#225;s tarde.

Ah&#237; s&#237; que tiene raz&#243;n. Se conoce los pasos y las gargantas tanto como yo. Cuando se fue su madre en un barco, vino a vivir aqu&#237; conmigo. Se sub&#237;a todos los d&#237;as a esa higuera y me ayudaba con la siembra. El &#250;nico problema es que le gustaban tanto los caballos que se rob&#243; el favorito del hijo del patr&#243;n. &#191;Ustedes saben la historia?

Sabemos que estuvo en la c&#225;rcel, don.

Me carga que me digan don. Si es por ponerme alg&#250;n nombre, ll&#225;menme Tito.

&#191;Tito, por Ernesto?

&#161;Taque &#233; aturd&#237;o, se&#241;or! Por Tito no m&#225;s.

En la cena los tres mantuvieron por largo tiempo silencio. Soplaban el caldo de la cazuela sobre las pesadas cucharas de metal, o tomaban de las puntas los choclos, les pon&#237;an mantequilla, sal, y los desgranaban muy lento con los dientes. Si el anfitri&#243;n mostraba prisa, dirigiendo compulsivamente la vista cada tres minutos hacia el reloj en forma de casita de p&#225;jaro suizo, Victoria y don Nico ralentaban la cena mordiendo con fan&#225;tica lentitud los pancitos amasados con la esperanza de que &#193;ngel Santiago apareciese antes de iniciar la marcha.

&#191;Qu&#233; llevan en las mochilas?

Ropa.

&#191;Abrigadora?

Chalecos gruesos, medias de lana, gorros con orejeras.

Est&#225; bien. &#191;Y qu&#233; traen en las bolsas amarillas?

Victoria y Vergara Grey se miraron durante el cuchareo, y al volver la vista a la cazuela para moler su trozo de zapallo, el maestro abrevi&#243;:

Plata.

&#191;Mucha?

Digamos que alcanza.

El baquiano comenz&#243; a asentir con la quijada y ese movimiento no se le despeg&#243; durante largo rato. Victoria le hizo un gui&#241;o a Vergara Grey sugiri&#233;ndole que no fuese tan parco, pues el balanceo de esa barbilla era una pausa campesina para entrar en materia.

No s&#233; cu&#225;nto convino el &#193;ngel con usted. Pero puede desamarrar una de las bolsas y sacar lo que usted estime conveniente.

El anfitri&#243;n hab&#237;a trozado el pan r&#250;stico, y empez&#243; a jugar con las pelotitas de migas, golpe&#225;ndolas con las puntas de las u&#241;as y sujet&#225;ndolas al borde del mantel para evitar que cayeran al piso. De pronto dej&#243; el juego, deshizo el nudo de la soga, hundi&#243; un brazo en la bolsa y extrajo uno de los paquetes azules. Lo puso sobre la mesa, tras apartar un pocillo de greda con ensalada de cebollas y tomates, rasg&#243; la parte superior e introdujo un dedo, y &#225;gil cual cajero de banco, recorri&#243; el grosor del fajo form&#225;ndose sin dudas una visi&#243;n cabal de cu&#225;nto sumaba un papelito junto al otro.

Si no tiene inconveniente, caballero, creo que con este cambucho estar&#237;amos estando -concluy&#243;.

Si usted est&#225; de acuerdo consigo mismo, yo estoy de acuerdo con usted.

Entonces no se hable m&#225;s y partamos.

Victoria Ponce sinti&#243; el tiempo que hab&#237;a transcurrido menos en el reloj que en la debilidad del sol, que ahora parec&#237;a haberse precipitado en el poniente.

Le ruego que esperemos un poquito m&#225;s.

Ya no, se&#241;orita. Si cae la noche, no hay viaje. Con la cordillera no se juega.

Los primeros trechos hasta llegar a los faldeos de la monta&#241;a eran s&#243;lo planicie, y aunque plagados de zarzamoras, pedregullos y roquer&#237;os que ara&#241;aban o pinchaban sus cuerpos y el de sus cabalgaduras, resultaron amables en comparaci&#243;n con las prominencias que conduc&#237;an a las huellas de los baquianos.

La puesta de sol coincidi&#243; con un quiebre en las espesas nubes, y a Victoria le acometi&#243; el espanto de ver que la cumbre nevada de la monta&#241;a estaba encintada en angosturas que les permit&#237;an a los caballos un espacio no superior al metro. Tito percibi&#243; las vacilaciones de la muchacha, y con su mano enguantada tom&#243; la rienda del potro azabache que la conduc&#237;a y la instruy&#243;:

Si se asusta, no tire con violencia la rienda, pues al querer frenarla su bestia puede resbalar. Usted deje no m&#225;s que El Salvaje la conduzca a su amano y no intente influir sobre su marcha, pues no es una profesional. Y el caballo ya lo sabe. Comprende que de usted no puede esperar otro aporte que los temblores del miedo, y en el fondo la desprecia. Para el animalito, usted no es otra cosa m&#225;s que una pesada mochila. As&#237; que no se mueva. Haga cuenta de que est&#225; en un avi&#243;n y que su destino ya est&#225; decidido. No puede pedirle al piloto que aterrice sobre un pico de la cordillera de los Andes.

Es que el camino se estrecha cada vez m&#225;s.

Justamente. Por eso perm&#237;tame pasar delante. Dentro de pocos minutos no cabr&#225;n nuestros dos animales en la misma l&#237;nea.

&#191;Tiene otro consejo?

Eso ser&#237;a.

En cuanto ganaron un poco de altura, Victoria utiliz&#243; todos los paisajes que le regalaban los recodos del camino para otear en el llano a ver si encontraba a &#193;ngel. El silencio del grupo se impuso sin que nadie lo propusiera. S&#243;lo se pod&#237;a o&#237;r el repiqueteo de las herraduras contra los guijarros y roquer&#237;os o el desprendimiento de piedras que se precipitaban por la cuesta.

Comenzaba a anochecer cuando ganaron la zona m&#225;s encumbrada. El hombre que los arriaba detuvo su corcel y se aclar&#243; la garganta.

Desde ahora en adelante, amigos, hay un tramo de alrededor de media hora que es escarpad&#237;simo. Si los agarra un v&#233;rtigo, &#233;chense sobre el cuello de sus caballos, cierren los ojos y dejen que sea mi voz la &#250;nica que estas bestias escuchen. Una sola cosa no quiero o&#237;r de ninguno de los dos: que me imploren que los lleve de vuelta. Fueron valientes para dar el Golpe, sean tambi&#233;n corajudos en la libertad. &#191;De acuerdo, don?

Ll&#225;meme Tito tambi&#233;n -escupi&#243; Vergara Grey, tratando de controlar el casta&#241;eteo de sus dientes.

A m&#237; tambi&#233;n -dijo Victoria Ponce.

El ascenso se fue realizando al amparo de los &#250;ltimos destellos de luz. A medida que avanzaban, el aire se hac&#237;a m&#225;s delgado y transparente y los o&#237;dos de los dos ne&#243;fitos en esos parajes se llenaron de desgarros ocultos, lobos, pumas, aleteos de aves de rapi&#241;a. La trabajosa procesi&#243;n parec&#237;a m&#225;s un duelo de penitentes que el desfile triunfal de bandidos forrados en abrigadores fajos de billetes.

Hasta las mismas cabalgaduras parec&#237;an hura&#241;as y g&#233;lidas, sin relinchos ni cambios de marcha, casi como un veredicto de la rutina. Justo la chica pens&#243; en el rucio, en aquel d&#237;a cuando el tierno acompa&#241;ante de &#193;ngel hab&#237;a abrevado en el lago mientras ellos espadacheaban con rudimentos banales de filosof&#237;a liceana. Estos animales de carga, envejecidos por la tortura de los pasos al borde del abismo, le produjeron una inconmensurable pena, y dese&#243; haber metido junto a los d&#243;lares y los millones de pesos tambi&#233;n alguna zanahoria que fueran mordisqueando en el sendero, como los indios lo hac&#237;an en la altura con las hojas de coca.

&#191;Qu&#233; energ&#237;a podr&#237;an sacar los pobres de esos hielos? &#191;Qu&#233; calor de esa nieve que horadaba sus pezu&#241;as m&#225;rtires? &#191;Y d&#243;nde estar&#237;a su amado? &#191;Habr&#237;a renunciado al cami&#243;n y su tardanza se deb&#237;a a que en la excitaci&#243;n del triunfo vendr&#237;a desde Santiago galopando a todo vapor en los lomos del rucio?

Poco despu&#233;s de que empezara a expandirse la noche la caravana lleg&#243; a una extensi&#243;n plana cubierta de hierbas y matorrales, y el baquiano desmont&#243; de su tordillo y fue a ofrecerles ayuda con una semisonrisa. Les anunci&#243; que era imposible cruzar la frontera esa noche, pero ya ten&#237;an lo peor de la ruta tras ellos, y en ese paraje que pisaban, detr&#225;s de la maleza hab&#237;a una cueva de tal proporci&#243;n que podr&#237;an acampar los tres con sus cabalgaduras.

All&#237; podr&#237;an pesta&#241;ear y dormir un tiempecito hasta que levantase la primera claridad y luego, tras dos horas de marcha, estar&#237;an muy cerca de una aldea trasandina donde encontrar&#237;an un hotel y un recepcionista que a precio razonable olvidaba exigir que acreditaran sus identidades. All&#237; mismo podr&#237;an comprar valijas, incluso modernas, con chapas de seguridad incluidas, y atuendos propios de los paisanos de la regi&#243;n hasta que se perdieran en ese tumultuoso oc&#233;ano que es Buenos Aires. Si &#193;ngel Santiago no llegaba oportunamente, &#233;l lo colmar&#237;a de se&#241;as y bosquejos que le permitieran encontrarlos.

Luego les pidi&#243; ayuda para desbrozar un matorral circundado por rocas y espinas. Quienes estaban en el secreto ocultaban de ese modo el acceso a la caverna. El compromiso de honor con los ladrones de ganado y contrabandistas era borrar toda huella antes de partir.

Se multiplicaron los ara&#241;azos en las manos y los rostros, un arbusto con espinas como alambre de p&#250;a hizo sangrar el l&#243;bulo derecho de la bailarina, y el barro semil&#237;quido se filtr&#243; por las botas de Vergara Grey. Cuando despejaron un tramo lo suficientemente grande, con agradecida humildad, las cabalgaduras fueron a ubicarse al fondo, y el baquiano les derram&#243; ante los belfos el heno que llevaba en un hatillo.

Mientras las bestias mordisqueaban sus raciones, T&#237;to puso tres mantas de gaucho sobre la tierra y comenz&#243; a bombear una peque&#241;a cocinilla de queroseno en la cual calentar&#237;a agua para disolver caf&#233; instant&#225;neo. Victoria acerc&#243; sus pies a la llama y al cabo de unos segundos pudo sentir que sus talones, casi tallados en hielo, empezaban a ceder y le permitieron flexionar las extremidades en uno de esos ejercicios preparatorios que hac&#237;a en las barras.

El baquiano les sugiri&#243; que no perdieran tiempo en imaginarse el futuro, pues seg&#250;n su experiencia, la huida era un proyecto en s&#237; misma.

Una vez que se huye, uno nunca para.

Cuando Victoria Ponce se sac&#243; los calamorros forrados en piel y puls&#243; uno a uno los dedos de sus pies para constatar que segu&#237;an all&#237;, Vergara Grey se le acerc&#243; con un poncho del grosor de un choapino y se los envolvi&#243; diligente.

La plata es la plata. Pero en verdad estos pies alados son nuestro &#250;nico capital, hija.

Y tu cabeza, papi -respondi&#243; ella con una sonrisa.

Puso su nuca sobre la montura, y mientras la niebla penetraba en la caverna, se fue quedando dormida tocada por esas manos leves y difusas.



CINCUENTA

Fue la primera en despertar. Entre los matorrales se expand&#237;a una cautelosa luz y la chica intuy&#243; que afuera ya hab&#237;a abierto el d&#237;a. Sali&#243; de la caverna de prisa, sin calzarse los zapatones, ansiosa de ver qu&#233; le deparaba hoy la cordillera. Una vez afuera, ni el fr&#237;o, ni el viento silbando sobre sus orejas la arredraron ante el espect&#225;culo que se le ofrec&#237;a.

El peque&#241;o llano estaba ubicado a medio camino entre el extenso valle que se dilu&#237;a en el horizonte y las cimas nevadas de las monta&#241;as. Sobre las cumbres, el sol en pleno dominio delataba todos los matices del paisaje, quebrachos con eucaliptos dispersos, vertientes de agua bulliciosa, laderas de nieve, elevados picos que parec&#237;an esculturas talladas por un orfebre de otro mundo, algunas cabras mord&#237;squeando yerbas, la manada de nubes r&#225;pidas que volaban hacia su disoluci&#243;n, y encima de todo, un cielo de un celeste tan puro que Victoria Ponce se pregunt&#243; si alguna vez antes hab&#237;a visto ese color.

Y de pronto, corno un meteorito de plumas que cayera desde la m&#225;s alta cima, vino a depositarse sobre una roca a metros de ella, en un aterrizaje de arm&#243;nica coreograf&#237;a, un p&#225;jaro cuya cresta roja remataba la cabeza negra asentada sobre un collar de plumaje blanco.

Una vez equilibrado sobre el promontorio, el animal sostuvo la misma mirada de curiosidad que Victoria le dedicaba, como si estuvieran en duelo t&#225;cito de poder a ver qui&#233;n doblegaba al otro.

Vergara Grey vino, le puso una mano sobre el hombro y para no perturbar la intensa comunicaci&#243;n entre el ave y la chica, le susurr&#243;:

Es un c&#243;ndor.

Ella no apart&#243; la vista hacia el interlocutor, pero tras aspirar una bocanada de aire tan puro como el primer d&#237;a de la creaci&#243;n, le replic&#243; con una sonrisa:

Nombre cient&#237;fico Vultur Gryphus, de la familia de los Cathartidae. Lo aprend&#237; cuando preparaba mi examen con &#193;ngel.

&#191;T&#250; crees que &#233;l sabe eso?

&#191;Qu&#233;?

El c&#243;ndor, si &#233;l mismo sabe que se llama Vultur Gryphus.

Yo creo que s&#237;, maestro. Tiene el aspecto de un p&#225;jaro culto. Ojos de cirujano y pedanter&#237;a de doctor.

Doctor de los aires.

Bravo, don Nico. &#161;Tremenda met&#225;fora!

Se dispon&#237;a a premiarlo con un sonoro beso en la frente cuando al girar la cabeza la presencia de una diminuta figura en la m&#225;s absoluta lejan&#237;a del terrapl&#233;n dej&#243; el cari&#241;o suspendido. Apretando las pesta&#241;as para agudizar el foco de su vista, le pareci&#243; discernir en la distante llanura la imagen de un caballo con su jinete. Sinti&#243; que el coraz&#243;n se le expand&#237;a en un repentino j&#250;bilo.

Don Nico. &#161;Es &#193;ngel!

&#191;D&#243;nde, muchacha?

All&#225;, bien abajo, hacia la cuenca del r&#237;o.

No veo nada.

Un jinete y su caballo. Avanza hacia nosotros.

No distingo nada, chiquilla.

Vea, don Nico. Es &#193;ngel. Viene en direcci&#243;n a la cordillera.

Es demasiado lejos. Parece un caballo y su jinete.

Lo veo cada vez m&#225;s claro. Es &#193;ngel Santiago montado en un caballo azul.

No, muchacha. Es un jinete cualquiera que monta un caballo que carga una manta azul.

No es una manta azul, maestro. Es un caballo azul.

El baquiano lleg&#243; hasta ellos, y estir&#225;ndose en un inconmensurable bostezo, dijo:

Lo siento j&#243;venes, pero es hora de partir.

Victoria Ponce se dio vuelta hacia el arriero, el rostro encendido, y le pregunt&#243; si all&#225; abajo, en el verde tapiz que se derramaba desde el r&#237;o, no ve&#237;a &#233;l a su amigo de infancia &#193;ngel Santiago galopando hacia ellos en un caballo azul.

El hombre se empin&#243; sobre las puntas de sus pies, levant&#243; un tanto su gorro de lana, y neg&#243; con el cuello. No, en verdad, no ve&#237;a nada, pero era preciso partir, pues lo requer&#237;an urgentemente otros trabajos.

Entonces la chica se arrodill&#243; y, abrazando las rodillas del baquiano, dijo:

Se lo imploro, don Tito. No nos vayamos a&#250;n. Esperemos a Santiago.

El hombre, sorprendido, quiso apartar sin &#233;xito la cara de la joven de su cuerpo.

No tiene sentido, chiquilla. Santiago conoce estos &#225;mbitos tanto como ese c&#243;ndor. Cuando llegue, seguir&#225; la huella y nos encontrar&#225;.

D&#233;me dos horas, &#161;una hora que sea!

Ambos intercambiaron una mirada, y alzando los hombros, Vergara Grey se uni&#243; t&#225;citamente al ruego de la joven.

Entonces Victoria Ponce trep&#243; sobre una roca, puso una mano como visera encima de las cejas y clav&#243; los ojos en la planicie.

Tito le ofreci&#243; un cigarrillo a Vergara Grey, &#233;ste lo acept&#243;, y los dos hombres se sentaron a fumar bajo la precaria sombra de una higuera.


Agradecimientos a mis maestras la se&#241;orita Lozano e Impacta Dom&#237;nguez, del tiempo cuando era colegial, y a Teresa Calder&#243;n, por su poes&#237;a y sus l&#250;cidas cr&#243;nicas.



Antonio Sk&#225;rmeta



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