




Philip Kerr


R&#233;quiem Alem&#225;n


Berl&#237;n Noir 03


T&#237;tulo original: Berlin Noir. A German Requiem

Traducci&#243;n cedida por: Random House Mondadori

 1991. Philip Kerr

 de la traducci&#243;n: 2001. Isabel Merino



***


No es lo que construyeron. Es lo que destruyeron.

No son las casas. Son los espacios entre las casas.

No son las calles que existen. Son las calles que ya no existen.

No son tus recuerdos lo que te persigue.

No es lo que has anotado.

Es lo que has olvidado, lo que debes olvidar.

Lo que debes seguir olvidando toda tu vida.

De Un r&#233;quiem alem&#225;n,

de James Fenton





Primera parte


Berl&#237;n, 1947


En estos tiempos, si eres alem&#225;n, pasas tu tiempo en el Purgatorio antes de morir, sufriendo en la tierra por todos los pecados cometidos por tu pa&#237;s, de los que no se ha arrepentido y por los que no ha sido castigado, hasta el d&#237;a en que, con la ayuda de las preces de las potencias -bien, al menos de tres de ellas-, Alemania quede finalmente purificada.

Porque ahora vivimos en el miedo. Sobre todo es miedo a los ivanes, igualado s&#243;lo por el terror casi universal a las enfermedades ven&#233;reas, que se han convertido en algo muy parecido a una epidemia, aunque suele pensarse que ambas aflicciones son sin&#243;nimas.



1

Era un d&#237;a fr&#237;o y hermoso. De esa clase que se aprecia mejor si tienes un fuego que avivar y un perro al que acariciar. Yo no ten&#237;a ninguna de las dos cosas, adem&#225;s tampoco hab&#237;a combustible alguno y nunca me han gustado mucho los perros. Pero gracias al edred&#243;n en que me hab&#237;a envuelto las piernas, no ten&#237;a fr&#237;o y justo empezaba a felicitarme por poder trabajar en casa -con la sala haciendo las veces de despacho- cuando alguien llam&#243; a lo que pasaba por ser la puerta principal.

Solt&#233; un taco y me levant&#233; del sof&#225;.

Me llevar&#225; un minuto -grit&#233; a trav&#233;s de la madera-, as&#237; que no se vaya. -Di la vuelta a la llave en la cerradura y empec&#233; a tirar de la enorme manija de bronce-. Ser&#237;a una ayuda si usted empujase desde su lado -grit&#233; de nuevo. O&#237; el roce de los zapatos en el descansillo y luego not&#233; la presi&#243;n al otro lado de la puerta. Finalmente se abri&#243; de golpe.

Era un hombre de unos sesenta a&#241;os. Con sus p&#243;mulos altos, su nariz peque&#241;a y fina, sus patillas anticuadas y su expresi&#243;n de enfado, me recordaba a un babuino dominante, viejo y malvado.

Me parece que me he roto algo -gru&#241;&#243; frot&#225;ndose el hombro.

Lo siento -dije, y me hice a un lado para dejarlo pasar-. Ha habido muchos hundimientos en el edificio. Ser&#237;a necesario volver a colocar la puerta, pero, claro, no es posible encontrar herramientas. -Lo acompa&#241;&#233; a la sala-. Con todo, no podemos quejarnos. Nos han puesto cristales nuevos y parece que el tejado no deja entrar la lluvia. Si&#233;ntese.

Se&#241;al&#233; al &#250;nico sill&#243;n y yo volv&#237; a ocupar mi sitio en el sof&#225;.

El hombre dej&#243; el malet&#237;n en el suelo, se quit&#243; el sombrero hongo y se sent&#243; exhalando un suspiro fatigado. No se desabroch&#243; el abrigo, de color gris, y yo no le culp&#233; por ello.

He visto su anuncio en una pared de la Kurf&#252;rstendamm -explic&#243;.

&#191;De verdad? -dije, recordando vagamente las palabras que hab&#237;a escrito en un peque&#241;o trozo de cartulina la semana anterior. Fue idea de Kirsten. Con todos los letreros anunciando personas en busca de pareja y comercios matrimoniales que cubr&#237;an los muros de los ruinosos edificios de Berl&#237;n, supon&#237;a que nadie se habr&#237;a molestado en leerlo. Pero ella hab&#237;a tenido raz&#243;n, despu&#233;s de todo.

Me llamo Novak -dijo mi visitante-. Doctor Novak. Soy ingeniero, de procesos metal&#250;rgicos, en una f&#225;brica de Wernigerode. Mi trabajo tiene que ver con la extracci&#243;n y producci&#243;n de metales no ferruginosos.

Wernigerode -dije-, eso est&#225; en las monta&#241;as Harz, &#191;no?

Cabece&#243; asintiendo.

He venido a Berl&#237;n a dar una serie de conferencias en la universidad. Esta ma&#241;ana he recibido un telegrama en el hotel, el Mitropa

Frunc&#237; el ce&#241;o, tratando de recordar el hotel.

Es uno de esos hoteles b&#250;nker -dijo Novak. Durante un momento pareci&#243; inclinado a hablarme de ello, pero luego cambi&#243; de opini&#243;n-. El telegrama era de mi mujer, inst&#225;ndome a interrumpir mi viaje y volver a casa.

&#191;Por alguna raz&#243;n en particular?

Me dio el telegrama.

Dice que mi madre no est&#225; bien.

Desdobl&#233; el papel, mir&#233; el mensaje mecanografiado y observ&#233; que lo que realmente dec&#237;a era que estaba gravemente enferma.

Lo siento.

El doctor Novak neg&#243; con la cabeza.

&#191;No la cree?

No creo que mi esposa enviara esto -dijo-. Puede que mi madre sea anciana, pero tiene una buena salud extraordinaria. Hace s&#243;lo dos d&#237;as que estaba cortando le&#241;a. No, sospecho que es una treta de los rusos para hacerme volver lo antes posible.

&#191;Por qu&#233;?

Hay una enorme escasez de cient&#237;ficos en la Uni&#243;n Sovi&#233;tica. Me parece que intentan deportarme para quetrabaje en una de sus f&#225;bricas.

Me encog&#237; de hombros.

Entonces, &#191;por qu&#233; dejarlo venir a Berl&#237;n?

Eso ser&#237;a conceder a la Autoridad Militar Sovi&#233;tica un grado de eficacia que sencillamente no tiene. Sospecho que la orden de mi deportaci&#243;n acaba de llegar de Mosc&#250; y que la AMS quiere que vuelva lo antes posible.

&#191;Ha telegrafiado a su esposa? Para que le confirme el telegrama.

S&#237;. Lo &#250;nico que me ha dicho es que tengo que volver enseguida.

As&#237; que quiere saber si los ivanes la han cogido.

He ido a la polic&#237;a militar, aqu&#237; en Berl&#237;n -dijo-, pero

Su hondo suspiro me inform&#243; del &#233;xito que hab&#237;a tenido.

No, no le ayudar&#225;n -dije-. Ha hecho bien en venir a verme.

&#191;Puede ayudarme, Herr Gunther?

Eso significa entrar en la Zona -dije, medio para mis adentros, como si necesitara que me convencieran, lo cual era cierto-. A Potsdam. Conozco a alguien a quien podr&#237;a sobornar en el cuartel general de las fuerzas armadas sovi&#233;ticas en Alemania. Tendr&#225; que pagarlo, y no me refiero a un par de chocolatinas.

Asinti&#243; solemnemente.

&#191;No tendr&#225; algunos d&#243;lares, por casualidad, doctor Novak? Neg&#243; con la cabeza.

Y tambi&#233;n est&#225; la cuesti&#243;n de mis honorarios.

&#191;Qu&#233; me sugerir&#237;a?

Se&#241;al&#233; su malet&#237;n.

&#191;Qu&#233; tiene?

Me temo que s&#243;lo papeles.

Debe de tener algo. Piense. Quiz&#225; algo en el hotel.

Baj&#243; la cabeza y suspir&#243; de nuevo mientras trataba de recordar alguna posesi&#243;n que pudiera tener alg&#250;n valor.

Escuche, Herr Doktor, &#191;se ha preguntado qu&#233; har&#225; si resulta que los rusos tienen a su mujer?

S&#237; -dijo, sombr&#237;o, y los ojos se le nublaron durante un momento.

Estaba suficientemente claro. Las cosas no pintaban bien para Frau Novak.

Espere un momento -dijo metiendo la mano en la americana y sacando una pluma de oro-. Tengo esto.

Me dio la pluma.

Es una Parker, de dieciocho quilates.

Valor&#233; r&#225;pidamente lo que val&#237;a.

Unos mil cuatrocientos d&#243;lares en el mercado negro -dije-. S&#237;, con esto ser&#225; suficiente para los ivanes. Adoran las plumas estilogr&#225;ficas, casi tanto como los relojes.

Arque&#233; las cejas insinuante.

Me temo que no puedo separarme del reloj -dijo Novak-. Es un regalo de mi esposa. -Sonri&#243; apenas al darse cuenta de la iron&#237;a.

Asent&#237;, comprensivo, y decid&#237; seguir con el asunto antes de que el sentimiento de culpa lo dominara.

Y en lo que respecta a mis honorarios Mencion&#243; la metalurgia. No tendr&#225; acceso a un laboratorio, &#191;verdad?

S&#237;, claro que lo tengo.

&#191;Y a una fundici&#243;n?

Asinti&#243;, pensativo, y luego con m&#225;s decisi&#243;n cuando comprendi&#243; de qu&#233; se trataba.

Quiere carb&#243;n, &#191;es eso?

&#191;Puede conseguir algo?

&#191;Cu&#225;nto quiere?

Cincuenta kilos estar&#237;a bien.

De acuerdo.

Vuelva dentro de veinticuatro horas -le dije-. Para entonces deber&#237;a de tener alguna informaci&#243;n.

Treinta minutos m&#225;s tarde, despu&#233;s de dejar una nota para mi esposa, sal&#237;a del apartamento y me dirig&#237;a a la estaci&#243;n de ferrocarril.

A finales de 1947, Berl&#237;n segu&#237;a pareci&#233;ndose a una colosal Acr&#243;polis de muros derrumbados y edificios en ruinas, un vasto y rotundo megalito en honor a los desechos de la guerra y al poder de 75.000 toneladas de explosivos. La destrucci&#243;n que hab&#237;a inundado la capital de las ambiciones de Hitler no ten&#237;a paralelo; una devastaci&#243;n de una escala wagneriana en la que el Anillo [1] hubiera completado su c&#237;rculo; la iluminaci&#243;n definitiva de aquel crep&#250;sculo de los dioses.

En muchas partes de la ciudad un plano habr&#237;a sido casi de tanta utilidad como la bayeta de un limpiaventanas. Las calles principales serpenteaban como r&#237;os alrededor de montones de escombros. Los caminos se abr&#237;an vertiginosamente en inestables monta&#241;as de traicioneros escombros que, a veces, cuando hac&#237;a m&#225;s calor, daban al olfato una pista inequ&#237;voca de que all&#237; hab&#237;a enterrado algo m&#225;s que los muebles de una casa.

No era f&#225;cil hacerse con una br&#250;jula y se necesitaba mucho valor para encontrar el camino a lo largo de aquellas calles de imitaci&#243;n en las cuales s&#243;lo las fachadas de las tiendas y los hoteles se manten&#237;an en pie, inestables, como si fueran los decorados abandonados de una pel&#237;cula; y se necesitaba muy buena memoria para recordar d&#243;nde todav&#237;a viv&#237;a alguien, en h&#250;medos s&#243;tanos o, con mayor precariedad, en los pisos inferiores de los edificios de los que hab&#237;a desaparecido limpiamente un muro entero, dejando al descubierto todas las habitaciones y la vida interior, como si de una casa de mu&#241;ecas gigante se tratara. Pocos eran los que se arriesgaban a ocupar los pisos superiores, sobre todo porque hab&#237;a pocos tejados intactos y muchas escaleras peligrosas.

La vida en medio de los restos del hundimiento de Alemania segu&#237;a siendo, con frecuencia, tan poco segura como lo hab&#237;a sido en los &#250;ltimos d&#237;as de la guerra: una pared que se hund&#237;a aqu&#237;, una bomba sin explotar all&#237;. Todav&#237;a se parec&#237;a bastante a una loter&#237;a.

En la estaci&#243;n de ferrocarril compr&#233; lo que esperaba que fuera un billete ganador.



2

Por la noche, en el &#250;ltimo tren de vuelta a Berl&#237;n desde Potsdam, ten&#237;a un vag&#243;n para m&#237; solo. Deber&#237;a haber tenido m&#225;s cuidado, pero me sent&#237;a satisfecho de m&#237; mismo por haber resuelto con &#233;xito el caso del doctor y, adem&#225;s, estaba cansado porque aquel asunto me hab&#237;a ocupado casi todo el d&#237;a y una parte importante de la noche.

Buena parte de ese tiempo se lo hab&#237;a llevado el viaje. Por lo general, ahora los viajes duraban dos o tres veces m&#225;s que antes de la guerra, y lo que antes era un trayecto de media hora hasta Potsdam ahora llevaba casi dos. Estaba cerrando los ojos para echar un sue&#241;ecito cuando el tren empez&#243; a frenar y luego se detuvo bruscamente.

Pasaron varios minutos antes de que se abriera la puerta del vag&#243;n y subiera a bordo un soldado ruso que apestaba. Murmur&#243; un saludo dirigido a m&#237; al que correspond&#237; con un cort&#233;s cabeceo. Pero casi inmediatamente me prepar&#233; para lo peor cuando, oscilando suavemente sobre sus enormes pies, se quit&#243; del hombro la carabina Mosin Nagant y le quit&#243; el seguro. En lugar de apuntarme, se dio media vuelta y dispar&#243; el arma a trav&#233;s de la ventana. Despu&#233;s de una breve pausa mis pulmones volvieron a funcionar cuando comprend&#237; que aquello hab&#237;a sido una se&#241;al para el conductor.

El ruso eruct&#243;, se dej&#243; caer pesadamente en el asiento cuando el tren empez&#243; a moverse otra vez, se quit&#243; el gorro de piel de cordero con el dorso de la mugrienta mano y, ech&#225;ndose hacia atr&#225;s, cerr&#243; los ojos.

Saqu&#233; del bolsillo de la chaqueta un ejemplar del Telegraph, editado por los brit&#225;nicos y, con un ojo en el iv&#225;n, fing&#237; leer. La mayor&#237;a de las noticias eran sobre delitos: en la Zona Este, las violaciones y los robos a mano armada eran algo tan habitual como el vodka barato, que la mitad de las veces era precisamente la causa de que se cometieran. A veces parec&#237;a como si Alemania siguiera en las sangrientas garras de la guerra de los Treinta A&#241;os.

Entre las mujeres que yo conoc&#237;a, eran solo un pu&#241;ado las que no pod&#237;an describir un incidente en el cual hubieransido acosadas o violadas por un ruso. Incluso excluyendo las fantas&#237;as de unas cuantas neur&#243;ticas, segu&#237;a habiendo un n&#250;mero pasmoso de delitos relacionados con el sexo. Mi mujer conoc&#237;a a varias chicas que hab&#237;an sido atacadas hac&#237;a muy poco, en v&#237;speras del trig&#233;simo aniversario de la Revoluci&#243;n Rusa. Una de estas chicas, violada por no menos de cinco soldados del Ej&#233;rcito Rojo en una comisar&#237;a de polic&#237;a en Rangsdorff y contagiada de s&#237;filis a ra&#237;z de la agresi&#243;n, trat&#243; de presentar una denuncia, pero se vio sometida a un examen m&#233;dico forzoso y fue acusada de prostituci&#243;n. Claro que tambi&#233;n hab&#237;a quien dec&#237;a que los ivanes se limitaban a tomar por la fuerza lo que las mujeres alemanas estaban m&#225;s que dispuestas a vender a los brit&#225;nicos y a los norteamericanos.

Presentar una queja en la Kommendatura sovi&#233;tica porque los soldados del Ej&#233;rcito Rojo te hab&#237;an robado era, igualmente, vano. Lo m&#225;s probable era que te informaran de que todo lo que el pueblo alem&#225;n tiene es un regalo del pueblo de la Uni&#243;n Sovi&#233;tica. Esto era una autorizaci&#243;n suficiente para los robos indiscriminados en toda la Zona, y a veces ten&#237;as suerte si sobreviv&#237;as para presentar la denuncia. El expolio practicado por el Ej&#233;rcito Rojo y sus muchos desertores apenas era ligeramente menos peligroso que un vuelo en el Hinderburg. Se sab&#237;a de pasajeros del tren entre Berl&#237;n y Magdeburgo que hab&#237;an sido despojados de toda la ropa y tirados del tren en marcha. La carretera de Berl&#237;n a Leipzig era tan peligrosa que, con frecuencia, los veh&#237;culos solo la recorr&#237;an formando convoyes; el Telegraph hab&#237;a publicado la noticia de un asalto en el cual a cuatro boxeadores, que iban de camino a un combate en Leipzig, los hab&#237;an asaltado y les hab&#237;an robado todo salvo la vida. Los m&#225;s famosos eran los setenta y cinco atracos cometidos por la banda de la limusina azul, que actuaba en la carretera Berlin-Michendorf y que contaba entre sus cabecillas al subcomisario jefe de la polic&#237;a de Potsdam, controlada por los sovi&#233;ticos.

A las personas que pensaban en visitar la Zona Este, yo les aconsejaba que no lo hicieran y, si alguien persist&#237;a ensu idea, le dec&#237;a:

No lleve reloj de pulsera, a los ivanes les encanta robarlos; no lleve nada excepto su chaqueta y sus zapatos m&#225;s viejos, a los ivanes les gusta la calidad; no discuta ni replique, los ivanes no tienen ning&#250;n reparo en matar; si tiene que hablar con ellos, despotrique de los fascistas norteamericanos y no lea ning&#250;n peri&#243;dico que no sea el de ellos, el Taegliche Rundschau.

Eran, todos, buenos consejos y habr&#237;a hecho bien en seguirlos yo mismo, porque, de repente, el iv&#225;n de mi compartimiento se hab&#237;a puesto de pie y se balanceaba inseguro por encima de m&#237;.

Vi vihodeetye?, &#191;va a bajar? -le pregunt&#233;.

Parpade&#243; con expresi&#243;n de cr&#225;pula y luego fij&#243; los ojos con malevolencia en m&#237; y en mi peri&#243;dico antes de arranc&#225;rmelo de las manos.

Era un tipo de las tribus de las monta&#241;as, un enorme y est&#250;pido checheno con ojos negros almendrados, una mand&#237;bula angulosa tan ancha como la estepa y un pecho como una campana de iglesia puesta al rev&#233;s; el tipo de iv&#225;n sobre el que se hacen chistes; por ejemplo, que no sab&#237;an lo que eran los retretes y met&#237;an la comida en la taza pensando que era una nevera (algunas de las historias incluso eran verdad).

Lzhy, mentiras -rugi&#243;, blandiendo el peri&#243;dico delante de su cara, exhibiendo en la boca abierta y babeante unos dientes amarillentos grandes como adoquines. Poniendo la bota a mi lado en el asiento, se inclin&#243; acerc&#225;ndose m&#225;s-. Lganyo -repiti&#243; en un tono inferior al olor a salchicha y cerveza que su aliento lanzaba ante mi impotente nariz.

Pareci&#243; darse cuenta del asco que yo sent&#237;a y le dio vueltas a esa idea en su cabezota de oso como si fuera un caramelo. Dejando caer el Telegraph al suelo, tendi&#243; la callosa mano hacia m&#237;.

Ya hachoo padarok -dijo y luego, lentamente, en alem&#225;n-: Quiero regalo.

Le sonre&#237; asintiendo como un idiota, y comprend&#237; que iba a tener que matarlo o dejar que me matara.

Padarok -repet&#237;-, padarok.

Me puse lentamente en pie y, sin dejar de sonre&#237;r ni de asentir, me arremangu&#233; la chaqueta para dejar al descubierto la mu&#241;eca desnuda. Ahora tambi&#233;n el iv&#225;n sonre&#237;a, convencido de que hab&#237;a tropezado con algo bueno. Me encog&#237; de hombros.

Oo menya nyet chasov -dije, explicando que no ten&#237;a ning&#250;n reloj para darle.

Shto oo vas yest?, &#191;qu&#233; tienes?

Nichto -dije sacudiendo la cabeza e invit&#225;ndolo a que me registrara los bolsillos de la chaqueta-. Nada.

Shtoo oo vas yest? -repiti&#243;, esta vez m&#225;s alto.

Hac&#237;a, reflexion&#233;, lo mismo que yo cuando hablaba con el pobre doctor Novak, cuya esposa, como hab&#237;a podido confirmar, estaba en poder del MVD, la polic&#237;a pol&#237;tica secreta sovi&#233;tica: tratar de averiguar qu&#233; ten&#237;a para canjear.

Nichto -repet&#237;.

La sonrisa desapareci&#243; de la cara del iv&#225;n. Escupi&#243; al suelo del compartimiento.

Vroon, mentiroso -gru&#241;&#243;, y me golpe&#243; en el brazo.

Sacud&#237; la cabeza y le dije que no ment&#237;a.

Extendi&#243; el brazo para volver a empujarme, solo que esta vez no lleg&#243; a hacerlo y cogi&#243; la manga de la chaqueta entre sus sucios pulgar e &#237;ndice.

Doraga, cara -dijo, con aprobaci&#243;n, palpando el tejido.

Negu&#233; con la cabeza, pero la chaqueta era de cachemira negra (justo la clase de chaqueta que resultaba absurdo llevar en la Zona) y no serv&#237;a de nada discutir; el iv&#225;n ya se estaba desatando el cintur&#243;n.

Ya hachoo vashi koyt -dijo quit&#225;ndose su propio chaquet&#243;n, lleno de remiendos. Luego fue hasta el otro lado del compartimiento, abri&#243; la puerta de un golpe y me inform&#243; de que ya estaba d&#225;ndole la chaqueta o me tirar&#237;a del tren.

Yo no ten&#237;a ninguna duda de que me tirar&#237;a tanto si se la daba como si no. Ahora me toc&#243; a m&#237; escupir.

Nu, nyelzya, ni hablar -dije-. &#191;Quieres esta chaqueta? Ven y c&#243;gela, svinya, idiota de mierda, cretino kryestyan'in, asqueroso. Anda, ven, c&#243;gela, borracho, cabr&#243;n de mierda.

El iv&#225;n solt&#243; un gru&#241;ido furioso y cogi&#243; la carabina del asiento donde la hab&#237;a dejado. Ese fue su primer error. Yolo hab&#237;a visto avisar al conductor del tren disparando el arma por la ventana y sab&#237;a que no pod&#237;a quedarle ning&#250;n cartucho en la rec&#225;mara. Fue un proceso de deducci&#243;n que &#233;l tambi&#233;n hizo, solo que unos segundos despu&#233;s que yo, y para entonces y mientras &#233;l manipulaba el cerrojo, yo ya le hab&#237;a incrustado la punta de la bota en la entrepierna.

La carabina golpe&#243; ruidosamente contra el suelo mientras el iv&#225;n se doblaba de dolor, meti&#233;ndose una mano entre las piernas; con la otra me solt&#243; un trallazo, atiz&#225;ndome un golpe terrible en el muslo que me dej&#243; la pierna m&#225;s muerta que un cordero en la carnicer&#237;a.

Cuando se enderezaba le lanc&#233; un golpe con la derecha para encontrarme con el pu&#241;o apresado con fuerza dentro de su enorme zarpa. Trat&#243; de agarrarme por la garganta y le golpe&#233; con la cabeza en plena cara, lo cual hizo que me soltara el pu&#241;o al llevarse la mano instintivamente a su nariz del tama&#241;o de un nabo. Golpe&#233; de nuevo y esta vez se agach&#243; y me agarr&#243; por las solapas de la chaqueta. Ese fue su segundo error, pero durante un breve instante de desconcierto no lo comprend&#237;. De forma incomprensible chill&#243; y se apart&#243; de m&#237; tambale&#225;ndose, con las manos alzadas delante de &#233;l como si fuera un cirujano que acabase de lav&#225;rselas; de las yemas heridas de los dedos manaba la sangre. Solo entonces record&#233; las hojas de afeitar que hab&#237;a cosido debajo de las solapas hac&#237;a muchos meses, justo en previsi&#243;n de esta eventualidad.

Mi placaje a&#233;reo lo estrell&#243; contra el suelo y con medio tronco por fuera de la puerta abierta del tren, que avanzaba velozmente. Me ech&#233; encima de sus piernas y me esforc&#233; en impedir que el iv&#225;n se pusiera de nuevo en pie en el interior. Unas manos pegajosas por la sangre me ara&#241;aron la cara y luego me aferraron desesperadamente por la garganta. Apret&#243; m&#225;s y o&#237; el gorgoteo del aire al salir de mi garganta, como si fuera una cafetera expr&#233;s.

Le golpe&#233; con fuerza en la barbilla, no una vez, sino varias, y luego presion&#233; con la mano esforz&#225;ndome para enviarlo de vuelta al raudo aire de la noche. La piel de la frente se me tens&#243; al boquear para recuperar la respiraci&#243;n.

Un horrible estruendo me llen&#243; los o&#237;dos, como si una granada me hubiera explotado justo delante de la cara y, durante un segundo pareci&#243; que se le aflojaban los dedos. Le lanc&#233; un golpe contra la cabeza y di contra el espacio vac&#237;o se&#241;alado ahora, gracias a Dios, por un mu&#241;&#243;n, bruscamente interrumpido, de v&#233;rtebras humanas sanguinolentas. Un &#225;rbol, o quiz&#225; un poste de tel&#233;grafos, lo hab&#237;a decapitado limpiamente.

Con el pecho como un saco lleno de aterrorizados conejos jadeantes, me dej&#233; caer al interior del vag&#243;n, demasiado exhausto para ceder a la oleada de n&#225;useas que empezaba a inundarme. Pero al cabo de unos segundos no pude resistirme m&#225;s y, doblado por una s&#250;bita contracci&#243;n del est&#243;mago, vomit&#233; copiosamente encima del cuerpo del soldado muerto.

Pasaron varios minutos antes de que me sintiera lo bastante fuerte para empujar el cuerpo afuera, seguido inmediatamente de la carabina. Recog&#237; el maloliente chaquet&#243;n del iv&#225;n del asiento para tirarlo tambi&#233;n, pero su peso me hizo vacilar. Al registrar los bolsillos encontr&#233; una 38 autom&#225;tica, de fabricaci&#243;n checa, un pu&#241;ado de relojes de pulsera, probablemente todos robados, y una botella medio vac&#237;a de Moscovskaya. Despu&#233;s de decidir quedarme con la pistola y los relojes, destap&#233; el vodka, limpi&#233; el gollete y alc&#233; la botella al helado cielo de la noche.

Alla rasi bo sun, Dios te salve -dije, y ech&#233; un generoso trago. Luego tir&#233; la botella y el chaquet&#243;n fuera del tren y cerr&#233; la puerta.

Cuando llegu&#233; de vuelta a la estaci&#243;n del ferrocarril, la nieve flotaba en el aire como si fueran fragmentos de pelusa y se acumulaba en peque&#241;as pistas de esqu&#237; en el rinc&#243;n entre el muro de la estaci&#243;n y la calle. Era el d&#237;a m&#225;s fr&#237;o de toda la semana y el cielo estaba cargado de amenazas de algo peor. La niebla envolv&#237;a las blancas calles como el humo de los puros se desliza a trav&#233;s de un mantel bien almidonado. Cerca, un farol ard&#237;a sin demasiadaintensidad, pero con el brillo suficiente para iluminarme la cara y que la viera un soldado brit&#225;nico que se dirig&#237;a a casa, haciendo eses, con varias botellas de cerveza en cada mano. La boba sonrisa de la borrachera que le iluminaba la cara cambi&#243; a una expresi&#243;n m&#225;s circunspecta cuando me ech&#243; la vista encima, y el juramento que lanz&#243; denotaba temor.

Pas&#233; a su lado cojeando y o&#237; el ruido de una botella al romperse contra el suelo despu&#233;s de resbalar de entre unos dedos nerviosos. De repente se me ocurri&#243; que llevaba las manos y la cara cubiertas con la sangre del iv&#225;n y la m&#237;a propia. Deb&#237;a tener el mismo aspecto que la &#250;ltima toga de Julio C&#233;sar.

Me ocult&#233; en una callejuela cercana y me lav&#233; con un poco de nieve. Me pareci&#243; que no solo eliminaba la sangre, sino tambi&#233;n la piel, y que probablemente segu&#237;a con la cara igual de roja que antes. Completado mi helado aseo, segu&#237; andando, tan r&#225;pido como pod&#237;a, y llegu&#233; a casa sin m&#225;s incidentes.

Era bien pasada la medianoche cuando abr&#237; la puerta de entrada con un golpe de hombro; por lo menos, entrar era m&#225;s f&#225;cil que salir. Como esperaba que mi esposa estuviera ya en la cama, no me sorprendi&#243; encontrar el piso a oscuras, pero cuando entr&#233; en el dormitorio vi que all&#237; no hab&#237;a nadie.

Me vaci&#233; los bolsillos y me prepar&#233; para acostarme.

Esparcidos por encima de la mesita de noche, todos los relojes del iv&#225;n -un Rolex, un Mickey Mouse, un Patek de oro y un Doxas- funcionaban y marcaban la misma hora, con una diferencia de apenas uno o dos minutos. Pero la visi&#243;n de un control del tiempo tan preciso solo parec&#237;a acentuar la tardanza de Kirsten. Me habr&#237;a preocupado por ella si no hubiera sospechado d&#243;nde estaba y qu&#233; estaba haciendo, aparte del hecho de que estaba hecho polvo.

Con las manos temblorosas por la fatiga, el c&#243;rtex doli&#233;ndome como si me lo hubieran golpeado con un ablandador de carne, me arrastr&#233; a la cama con menos &#225;nimos que si me hubieran expulsado de entre los hombres, conden&#225;ndome a comer hierba como un buey.



3

Me despert&#243; el lejano sonido de una explosi&#243;n. Siempre andaban dinamitando alg&#250;n edificio en ruinas. El aullido de lobo del viento azotaba la ventana, y me apret&#233; contra el c&#225;lido cuerpo de Kirsten mientras mi cerebro descifraba las claves que me conduc&#237;an de vuelta al oscuro laberinto de la duda: el perfume de su cuello, el humo de tabaco en su pelo.

No la hab&#237;a o&#237;do meterse en la cama.

Gradualmente, un d&#250;o de dolor empez&#243; a hacerse sentir entre mi pierna derecha y mi cabeza y, volviendo a cerrar los ojos, gem&#237; y me di la vuelta, con fatiga, para ponerme de espaldas, recordando los horribles sucesos de la noche anterior. Hab&#237;a matado a un hombre. Y lo peor de todo era que hab&#237;a matado a un soldado ruso. Que hubiera actuado en defensa propia no tendr&#237;a, lo sab&#237;a, apenas importancia para un tribunal nombrado por los sovi&#233;ticos. Solo hab&#237;a un castigo por matar soldados del Ej&#233;rcito Rojo.

Me preguntaba cu&#225;ntas personas me habr&#237;an visto volviendo de la estaci&#243;n de ferrocarril Potsdamer con las manos y la cara como las de un cazador de cabezas de Am&#233;rica del Sur. Decid&#237; que, por lo menos durante algunos meses, ser&#237;a mejor que me mantuviera alejado de la Zona Este. Pero mirar el techo del dormitorio, da&#241;ado por las bombas, me record&#243; la posibilidad de que la Zona quiz&#225; decidiera venir a m&#237;: ah&#237; estaba Berl&#237;n, un boquete destripado, con los listones al aire, en una extensi&#243;n, por lo dem&#225;s, inmaculada, y en un rinc&#243;n de la habitaci&#243;n estaba el saco de yeso, conseguido en el mercado negro, con el cual ten&#237;a la intenci&#243;n de taparlo cualquier d&#237;a. Hab&#237;a pocas personas, yo incluido, que no creyeran que Stalin ten&#237;a intenci&#243;n de llevar a cabo una misi&#243;n similar para tapar el peque&#241;o y desnudo islote de libertad que era Berl&#237;n.

Me levant&#233; por mi lado de la cama, me lav&#233; en el aguamanil, me vest&#237; y fui a la cocina a buscar algo paradesayunar.

Encima de la mesa hab&#237;a varios comestibles que no estaban all&#237; la noche anterior: caf&#233;, mantequilla, una lata de leche condensada y un par de tabletas de chocolate, todo del Economato Militar, o EM, las &#250;nicas tiendas que ten&#237;an algo, tiendas, adem&#225;s, restringidas a los militares estadounidenses. El racionamiento significaba que las tiendas alemanas se vaciaban casi en el mismo momento en que llegaban los suministros.

Cualquier alimento era bienvenido. Con unos cupones que nos proporcionaban en total menos de 3.500 calor&#237;as al d&#237;a entre Kirsten y yo, con frecuencia pas&#225;bamos hambre; yo hab&#237;a perdido m&#225;s de quince kilos desde el final de la guerra. Al mismo tiempo, ten&#237;a mis dudas sobre el sistema de Kirsten para obtener ese abastecimiento extra. Pero, por el momento, dej&#233; de lado mis sospechas y fre&#237; unas cuantas patatas con granos de suced&#225;neo de caf&#233; para darles algo de sabor.

Atra&#237;da por el olor de la comida, Kirsten apareci&#243; en la puerta de la cocina.

&#191;Hay bastante para dos? -pregunt&#243;.

Claro -dije, y le puse un plato delante.

Entonces se dio cuenta de la magulladura que ten&#237;a en la cara.

Dios santo, Bernie, &#191;qu&#233; demonios te ha pasado?

Tuve un encontronazo con un iv&#225;n anoche. -Dej&#233; que me tocara la cara y mostrara su preocupaci&#243;n durante un momento y luego me sent&#233; a tomar el desayuno-. El cabr&#243;n trat&#243; de robarme. Nos enzarzamos a golpes unos minutos y luego se larg&#243;. Me parece que hab&#237;a tenido una noche muy ocupada. Se dej&#243; unos relojes.

No iba a contarle que estaba muerto. No ten&#237;a sentido que los dos nos preocup&#225;ramos.

Los he visto. Son bonitos. Valdr&#225;n un par de miles de d&#243;lares.

Ir&#233; al Reichstag esta ma&#241;ana para ver si puedo encontrar algunos ivanes que los quieran comprar.

Vigila que &#233;l no est&#233; por all&#237; busc&#225;ndote.

No te preocupes. No me pasar&#225; nada. -Me llev&#233; algunas patatas a la boca con el tenedor, cog&#237; la lata de caf&#233;norteamericano y la mir&#233;, impasible-. Volviste un poco tarde anoche, &#191;no?

Dorm&#237;as como un beb&#233; cuando llegu&#233;. -Kirsten se alis&#243; el pelo con la palma de la mano y a&#241;adi&#243;-: Tuvimos mucho trabajo ayer. Uno de los yanquis se apoder&#243; del local para celebrar su fiesta de cumplea&#241;os.

Ya veo.

Mi esposa era maestra, pero trabajaba como camarera en un bar en Zehlendorf, abierto solo para los militares estadounidenses. Debajo del abrigo que el fr&#237;o la obligaba a llevar en el interior del piso, ya llevaba el vestido de cretona rojo y el diminuto delantal con volantes que era su uniforme.

Sopes&#233; el caf&#233; en la mano.

&#191;Robaste este lote?

Asinti&#243;, evitando mirarme.

No s&#233; c&#243;mo te las arreglas -dije-. &#191;No se molestan en registraros a ninguna de vosotras? &#191;No se dan cuenta de que faltan cosas en el almac&#233;n?

Se ech&#243; a re&#237;r.

No tienes ni idea de la cantidad de comida que hay all&#237;. Esos yanquis tienen una dieta de m&#225;s de cuatro mil calor&#237;as al d&#237;a. Un GI se come tu raci&#243;n mensual de carne en una sola noche y a&#250;n le queda sitio para el helado. -Se acab&#243; el desayuno y sac&#243; un paquete de Lucky Strike del bolsillo del abrigo-. &#191;Quieres?

&#191;Tambi&#233;n los has robado?

Aun as&#237; cog&#237; uno y baj&#233; la cabeza para acercarla al f&#243;sforo que ella acababa de encender.

Siempre el detective -murmur&#243;, a&#241;adiendo algo m&#225;s irritada-: En realidad, estos son un regalo de uno de los yanquis. Algunos de ellos son solo unos ni&#241;os, &#191;sabes? Pueden ser muy amables.

Apuesto a que s&#237; -me o&#237; gru&#241;ir.

Les gusta hablar; eso es todo.

Estoy seguro de que tu ingl&#233;s debe de estar mejorando. -Sonre&#237; abiertamente para suavizar cualquier sarcasmo que pudiera haber en mi voz. Me pregunt&#233; si me dir&#237;a algo del frasco de Chanel que hac&#237;a poco hab&#237;a encontradoescondido en uno de sus cajones. Pero no lo mencion&#243;.

Mucho despu&#233;s de que Kirsten se hubiera marchado al bar, llamaron a la puerta. Todav&#237;a nervioso por la muerte del iv&#225;n, me met&#237; su autom&#225;tica en el bolsillo antes de ir a abrir.

&#191;Qui&#233;n es?

El doctor Novak.

Acabamos r&#225;pidamente con nuestro asunto. Le expliqu&#233; que mi informador en el cuartel general del GSOV hab&#237;a confirmado con una llamada telef&#243;nica por l&#237;nea interna a la polic&#237;a de Magdeburgo, la ciudad m&#225;s cercana a Wernigerode dentro de la Zona, que Frau Novak estaba detenida para su propia protecci&#243;n por el MVD. Cuando Novak volviera a casa, tanto &#233;l como su mujer ser&#237;an deportados inmediatamente, para hacer un trabajo vital para los intereses de los pueblos de la Uni&#243;n de Rep&#250;blicas Socialistas Sovi&#233;ticas, a la ciudad de J&#225;rkov, en Ucrania.

Novak asinti&#243;, sombr&#237;o.

Eso tiene sentido -dijo con un suspiro-. La mayor&#237;a de sus investigaciones metal&#250;rgicas las realizan all&#237;. -&#191;Qu&#233; va a hacer ahora? -le pregunt&#233;.

Mene&#243; la cabeza con una expresi&#243;n de desaliento tal que sent&#237; l&#225;stima de &#233;l. Pero no tanta como la que sent&#237;a por Frau Novak. Para ella no hab&#237;a ninguna salida.

Bueno, ya sabe d&#243;nde encontrarme si puedo serle &#250;til en algo m&#225;s.

Novak se&#241;al&#243; con un gesto el saco de carb&#243;n que le hab&#237;a ayudado a subir desde el taxi y dijo:

Por el aspecto de su cara, dir&#237;a que se ha ganado ese carb&#243;n.

Digamos que aun quem&#225;ndolo todo de una vez esta habitaci&#243;n no llegar&#237;a a estar ni siquiera templada. -Hice una pausa-. No es asunto m&#237;o, doctor Kovak, pero &#191;va a volver?

Tiene raz&#243;n, no es asunto suyo.

Le dese&#233; suerte de todos modos y, cuando se hubo ido, llev&#233; una paletada de carb&#243;n a la sala y con un cuidado solo inquietado por mis crecientes expectativas de volver a estar caliente en casa, prepar&#233; y encend&#237; el fuego en laestufa.

Pas&#233; una ma&#241;ana agradable, tendido en el sof&#225;, y casi me sent&#237;a tentado a quedarme en casa durante el resto del d&#237;a. Pero por la tarde saqu&#233; un bast&#243;n del armario y fui cojeando hasta la K&#252;rfurstepdamm, donde, despu&#233;s de hacer cola durante al menos media hora, cog&#237; un tranv&#237;a hacia el este.

Mercado negro -grit&#243; el revisor cuando estuvimos a la vista de las ruinas del viejo Reichstag, y el tranv&#237;a se vaci&#243;.

Ning&#250;n alem&#225;n, por respetable que fuera, consideraba vergonzoso hacer un poco de estraperlo de vez en cuando, y con una renta media de unos doscientos marcos -suficiente para pagar un paquete de cigarrillos- incluso las empresas legales depend&#237;an en muchas ocasiones de los productos del mercado negro para pagar a los empleados. La gente utilizaba sus pr&#225;cticamente in&#250;tiles Reichsmarks para pagar el alquiler y para comprar sus miserables asignaciones del racionamiento. Para los estudiosos de la econom&#237;a cl&#225;sica, Berl&#237;n representaba el modelo perfecto de un ciclo econ&#243;mico determinado por la codicia y la necesidad.

Enfrente del ennegrecido Reichstag, en un solar del tama&#241;o de un campo de f&#250;tbol, hab&#237;a casi mil personas, en peque&#241;os grupos conspiradores, sosteniendo ante s&#237; lo que hab&#237;an ido a vender, como si fuera un pasaporte en una frontera muy concurrida: paquetes de sacarina, cigarrillos, agujas de m&#225;quinas de coser, caf&#233;, cartillas de racionamiento (la mayor&#237;a falsificadas), chocolate y condones. Otras deambulaban de un lado para otro, ojeando con deliberado desd&#233;n los art&#237;culos exhibidos para su inspecci&#243;n y buscando lo que fuera que hubieran ido a comprar. No hab&#237;a nada que no pudiera comprarse all&#237;, desde los t&#237;tulos de propiedad de alg&#250;n edificio destruido por las bombas hasta un certificado de desnazificaci&#243;n falso, garantizando que el portador estaba libre de la infecci&#243;n nazi y, por lotanto, pod&#237;a d&#225;rsele empleo en cualquier sector sujeto al control aliado, ya fuera director de orquesta o barrendero.

Pero no eran solo los alemanes quienes iban a comerciar. Ni mucho menos. Los franceses iban a comprar joyas para sus novias, que se hab&#237;an quedado all&#225;, en casa, y los brit&#225;nicos para comprar c&#225;maras para sus vacaciones en la costa. Los estadounidenses compraban antig&#252;edades que hab&#237;an sido h&#225;bilmente falsificadas en cualquiera de los muchos talleres cercanos a la Savignyplatz. Y los ivanes acud&#237;an a gastarse las mensualidades atrasadas que acababan de cobrar en relojes; o eso esperaba yo.

Me situ&#233; al lado de un hombre con muletas cuya pierna de metal sobresal&#237;a del macuto que llevaba a la espalda. Exhib&#237; mis relojes sosteni&#233;ndolos por la correa. Al cabo de un rato salud&#233; amistosamente a mi vecino de una sola pierna, que no parec&#237;a tener nada para vender, y le pregunt&#233; qu&#233; vend&#237;a.

Con un gesto de la cabeza me se&#241;al&#243; el macuto.

La pierna -dijo sin la m&#225;s leve se&#241;al de pesar.

Mala suerte.

Su cara mostr&#243; una callada resignaci&#243;n. Luego mir&#243; mis relojes.

Bonitos -dijo-. Hace quince minutos hab&#237;a un iv&#225;n por aqu&#237; buscando un reloj de oro. Por un diez por ciento ver&#233; si se lo puedo traer.

Intent&#233; calcular cu&#225;nto tiempo tendr&#237;a que esperar all&#237; de pie, soportando el fr&#237;o, antes de hacer una venta.

Cinco -me o&#237; decir-, si compra.

El hombre asinti&#243; y se fue dando bandazos, como un tr&#237;pode viviente, en direcci&#243;n al Teatro de la &#211;pera Kroll. Volvi&#243; al cabo de diez minutos, jadeante y acompa&#241;ado no de uno, sino de dos soldados rusos, que, despu&#233;s de mucho discutir, compraron el Mickey Mouse y el Patek de oro por mil setecientos d&#243;lares.

Cuando se hubieron marchado saqu&#233; nueve de los grasientos billetes del taco que me hab&#237;an dado los ivanes y selos di.

A lo mejor ahora podr&#225; conservar esa pierna suya.

A lo mejor -dijo con un resoplido, pero m&#225;s tarde vi c&#243;mo la vend&#237;a por cinco cartones de Winston.

Ya no tuve suerte aquella tarde y, despu&#233;s de ponerme los dos relojes que me quedaban en las mu&#241;ecas, decid&#237; irme a casa. Pero cuando pasaba junto a los fantasmales muros del Reichstag, con las ventanas tapiadas con ladrillos y la c&#250;pula con aquel aspecto tan precario, cambi&#233; de opini&#243;n al ver una de las pintadas que hab&#237;a y que se me reprodujo en el interior del est&#243;mago: Lo que hacen nuestras mujeres hace llorar a un alem&#225;n y a un GI correrse en los calzoncillos.

El tren a Zehlendorf y al sector estadounidense de Berl&#237;n me dej&#243; a muy poca distancia al sur de la Kronprinzenallee y del bar americano Johnny's, donde trabajaba Kirsten, a menos de un kil&#243;metro del cuartel general de Estados Unidos.

Era ya de noche cuando encontr&#233; Johnny's, un lugar lleno de luz y ruido, con las ventanas empa&#241;adas y varios jeeps aparcados delante. Un letrero colgado por encima de la entrada, de aspecto vulgar, anunciaba que el bar solo estaba abierto para los tres primeros rangos, cualquier cosa que eso fuera. Al lado de la puerta hab&#237;a un viejo con una joroba tan grande como un igl&#250;; uno de los miles de colilleros de la ciudad que se ganan la vida recogiendo los restos de cigarrillos. Igual que las prostitutas, cada colillero ten&#237;a su propio territorio, y las aceras de delante de los bares y clubes norteamericanos eran los m&#225;s codiciados de todos; all&#237;, en un d&#237;a bueno, un hombre o una mujer pod&#237;an recuperar hasta cien colillas, lo suficiente para liar diez o quince cigarrillos enteros, con un valor total de unos cinco d&#243;lares.

Eh, abuelo -le dije-, &#191;quiere ganarse cuatro Winston?

Saqu&#233; el paquete que hab&#237;a comprado en el Reichstag y me puse cuatro cigarrillos en la palma de la mano. Losojos lega&#241;osos del hombre se desplazaron, ansiosos, de los cigarrillos a mi cara.

&#191;Qu&#233; hay que hacer?

Dos ahora y dos cuando venga y me avise cuando salga esta mujer.

Le di una foto de Kirsten que llevaba en la cartera.

Vaya t&#237;a estupenda.

Olvide eso ahora. -Con un gesto del pulgar se&#241;al&#233; un caf&#233; de aspecto sucio algo m&#225;s arriba de la calle, en direcci&#243;n al cuartel general de Estados Unidos-. &#191;Ve aquel caf&#233;? -&#201;l asinti&#243;-. Estar&#233; all&#237;.

El colillero salud&#243; militarmente con un dedo y meti&#233;ndose r&#225;pidamente en el bolsillo la fotografia y los dos Winston, empez&#243; a darse media vuelta para seguir escudri&#241;ando el suelo. Pero yo lo agarr&#233; por el mugriento pa&#241;uelo que llevaba alrededor del mal afeitado cuello.

No se olvidar&#225;, &#191;eh? -dije retorci&#233;ndoselo con fuerza-. Este parece un buen sitio. As&#237; que sabr&#233; d&#243;nde buscar si no se acuerda de venir a avisarme. &#191;Entendido?

El viejo pareci&#243; notar mi ansiedad y sonri&#243; de una forma horrible.

Puede que ella le haya olvidado, pero puede estar seguro de que yo no lo har&#233;.

Su cara, parecida a la puerta de un garaje con puntos brillantes y manchas aceitosas, enrojeci&#243; cuando yo apret&#233; m&#225;s fuerte durante un momento.

Mejor ser&#225; -dije, y lo dej&#233; ir, sinti&#233;ndome algo culpable por haberlo tratado con tanta rudeza. Le di otro cigarrillo como compensaci&#243;n y, sin tener en cuenta sus exageradas alabanzas a mi buen car&#225;cter, me dirig&#237; calle arriba hacia el sombr&#237;o caf&#233;.

Durante lo que me parecieron horas, pero no llegaron a dos, permanec&#237; sentado en silencio en compa&#241;&#237;a de una copa grande de co&#241;ac bastante malo, fumando varios cigarrillos y escuchando las voces a mi alrededor. Cuando lleg&#243; el colillero a buscarme, sus rasgos escrofulosos exhib&#237;an una sonrisa triunfal. Le segu&#237; al exterior y de vuelta a la calle.

La dama, se&#241;or -dijo se&#241;alando nerviosamente a la estaci&#243;n de ferrocarril-. Se fue hacia all&#237;.

Hizo una pausa mientras le pagaba el resto de sus honorarios y luego a&#241;adi&#243;:

Con su sch&#228;tzi. Un capit&#225;n, creo. En todo caso un joven apuesto, sea quien sea.

No me qued&#233; a seguir escuchando y me encamin&#233; tan r&#225;pidamente como pude en la direcci&#243;n que me hab&#237;a indicado.

Pronto vi a Kirsten y al oficial norteamericano que la acompa&#241;aba, rode&#225;ndole los hombros con el brazo. Los segu&#237; a distancia; la luna llena me proporcionaba una visi&#243;n clara de su lento avance, hasta que llegaron a un bloque de pisos bombardeado, con seis niveles de pisos desplomados uno encima de otro como capas de hojaldre. Desaparecieron en el interior. Me pregunt&#233; si deb&#237;a seguirlos. &#191;Era necesario que lo viera todo?

Una amarga bilis se filtr&#243; desde el h&#237;gado para disolver la grasienta duda que me pesaba en los intestinos.

Al igual que con los mosquitos, los o&#237; antes de verlos. Su ingl&#233;s era m&#225;s fluido que mi comprensi&#243;n, pero parec&#237;a que ella le estaba explicando que no pod&#237;a llegar tarde a casa dos noches seguidas. Una nube pas&#243; por delante de la luna, oscureciendo el paisaje, y me deslic&#233; hasta detr&#225;s de un enorme mont&#243;n de piedras, donde pensaba que tendr&#237;a una vista mejor. Cuando la nube desapareci&#243; y la luz de la luna brill&#243; en todo su esplendor a trav&#233;s de las vigas desnudas del techo, pude verlos claramente, callados ahora. Durante un momento fueron una reproducci&#243;n de la inocencia, con ella arrodillada delante de &#233;l, mientras &#233;l le pon&#237;a las manos sobre la cabeza como si le otorgara su santa bendici&#243;n. Me intrig&#243; que la cabeza de Kirsten se balanceara, pero cuando &#233;l solt&#243; un gemido mi comprensi&#243;n de lo que pasaba fue tan r&#225;pida como veloz la sensaci&#243;n de vac&#237;o que la acompa&#241;&#243;.

Me march&#233; sigilosamente y me emborrach&#233; hasta perder el sentido.



4

Pas&#233; la noche en el sof&#225;, algo que Kirsten, dormida en la cama cuando finalmente consegu&#237; arrastrarme hasta casa, habr&#237;a atribuido err&#243;neamente a la bebida que perfumaba mi aliento. Fing&#237; estar dormido hasta que la o&#237; salir del piso, aunque no pude evitar que me besara en la frente antes de irse. Iba silbando mientras bajaba las escaleras y sal&#237;a a la calle. Me levant&#233; y la mir&#233; desde la ventana mientras se dirig&#237;a hacia el norte por la Fasanenstrasse, hacia la estaci&#243;n del Zoo, a coger su tren para Zehlendorf.

Cuando la perd&#237; de vista puse manos a la obra para rescatar alg&#250;n residuo de m&#237; mismo con el que pudiera enfrentarme al d&#237;a. La cabeza me lat&#237;a de dolor, igual que si fuera un dobermann en celo, pero despu&#233;s de lavarme con una esponja helada, de tomarme un par de tazas del caf&#233; del capit&#225;n y de fumarme un cigarrillo, empec&#233; a sentirme un poco mejor. En cualquier caso, segu&#237;a demasiado obsesionado por el recuerdo de Kirsten haci&#233;ndole un franc&#233;s al capit&#225;n norteamericano y por las ideas del da&#241;o que me gustar&#237;a hacerle a &#233;ste para recordar siquiera el da&#241;o que ya hab&#237;a causado a un soldado del Ej&#233;rcito Rojo; as&#237; que no tuve tanto cuidado como hubiera debido cuando llamaron a la puerta y fui a abrir.

El ruso era bajo, pero parec&#237;a m&#225;s alto que el soldado m&#225;s alto del Ej&#233;rcito Rojo gracias a las tres estrellas de oro y a los galones trenzados de color azul p&#225;lido que llevaba en las hombreras plateadas del abrigo y que lo identificaban como palkovnik, coronel del MVD.

&#191;Herr Gunther? -pregunt&#243; cort&#233;smente.

Asent&#237;, hosco, furioso conmigo mismo por no haber tenido m&#225;s cuidado. Me pregunt&#233; d&#243;nde habr&#237;a dejado la pistola del iv&#225;n y si pod&#237;a atreverme a intentar. &#191;O quiz&#225; hab&#237;a hombres esperando al pie de las escaleras por si se produc&#237;a esa eventualidad?

El oficial se quit&#243; la gorra, salud&#243; golpeando los talones como un prusiano y dio un cabezazo al aire.

Palkovnik Poroshin, a su servicio. &#191;Puedo entrar?

No esper&#243; la respuesta. No era el tipo de persona acostumbrada a esperar por nada que no fuera su propio capricho.

Con no m&#225;s de treinta a&#241;os, el coronel llevaba el pelo largo para un militar. Apart&#225;ndoselo de los ojos azul p&#225;lido y llev&#225;ndolo hacia atr&#225;s de su peque&#241;a cabeza, me ofreci&#243; la sombra de una sonrisa al volverse para mirarme, ya en la sala. Estaba disfrutando con mi incomodidad.

Es Herr Bernard Gunther, &#191;verdad? Tengo que estar seguro.

Que conociera mi nombre completo fue toda una sorpresa. Y tambi&#233;n lo fue la elegante pitillera de oro que abri&#243; con un gesto de invitaci&#243;n. Las manchas marrones que ten&#237;a en la punta de los cadav&#233;ricos dedos indicaba que no se ocupaba tanto de vender cigarrillos como de film&#225;rselos. Y en el MVD no sol&#237;an molestarse en compartir un cigarrillo con un hombre que estaban a punto de arrestar. As&#237; que cog&#237; uno y reconoc&#237; que &#233;se era mi nombre.

Insert&#243; un cigarrillo entre sus maxilares y sac&#243; un Dunhill a juego para darnos fuego a los dos.

&#191;Es usted -hizo una mueca cuando se le meti&#243; el humo en los ojos- sh'pek? &#191;C&#243;mo se dice en alem&#225;n?

Detective privado -dije traduciendo autom&#225;ticamente y lamentando mi presteza casi en el mismo momento.

Las cejas de Poroshin se elevaron en su amplia frente.

Vaya, vaya -dijo con una ligera sorpresa que se convirti&#243; enseguida primero en inter&#233;s y luego en un placer s&#225;dico-, habla ruso.

Me encog&#237; de hombros.

Un poco.

Ah, pero no era una palabra corriente. No para alguien que solo habla un poco de ruso. Sh'pek es tambi&#233;n la palabra rusa para grasa de cerdo salada. &#191;Tambi&#233;n lo sab&#237;a?

No -dije. Pero como prisionero de guerra sovi&#233;tico hab&#237;a comido bastante de esa grasa, untada encima de pan negro, como para no conocer, y demasiado bien, el t&#233;rmino. &#191;Lo habr&#237;a adivinado?

Nye shooti?, &#191;en serio? -dijo con una sonrisa-. Apuesto a que s&#237;. Igual que apuesto a que sabe que soy del MVD &#191;verdad? No llevo ni cinco minutos hablando con usted y ya puedo decir que tiene inter&#233;s en ocultar el hecho de que habla un buen ruso. Pero &#191;por qu&#233;?

&#191;Por qu&#233; no me dice qu&#233; quiere, coronel?

Vamos, vamos -dijo-. En tanto que oficial de Inteligencia es natural que sienta curiosidad. Usted, precisamente, deber&#237;a comprender esa clase de curiosidad, &#191;no es cierto?

El humo le flu&#237;a de la nariz, fina como una aleta de tibur&#243;n, al fruncir los labios en un rictus de disculpa.

A los alemanes no les conviene ser demasiado curiosos -dije-. Al menos en estos tiempos.

Se encogi&#243; de hombros, fue hasta mi escritorio y mir&#243; los dos relojes que hab&#237;a encima de &#233;l.

Quiz&#225; -murmur&#243;, pensativo.

Confiaba que no tuviera intenci&#243;n de abrir el caj&#243;n donde ahora recordaba que hab&#237;a guardado la autom&#225;tica del iv&#225;n. Tratando de llevarlo de nuevo a lo que fuera que lo hubiera tra&#237;do a verme, pregunt&#233;:

&#191;No es verdad que todos los detectives privados y las agencias de informaci&#243;n est&#225;n prohibidos en su zona?

Vyerno, exacto, Herr Gunther. Y es as&#237; porque esas instituciones no sirven para nada en una democracia

Poroshin chasque&#243; la lengua cuando yo empec&#233; a interrumpirle.

No, por favor, no lo diga, Herr Gunther. Iba a decir que no puede decirse que la Uni&#243;n Sovi&#233;tica sea una democracia. Pero si lo dijera, el camarada presidente podr&#237;a o&#237;rlo y enviar a unos hombres horribles que le secuestrar&#237;an a usted y a su esposa. Por supuesto, los dos sabemos que los &#250;nicos que ahora se ganan la vida en esta ciudad son las prostitutas, los estraperlistas y los esp&#237;as. Siempre habr&#225; prostitutas, y los estraperlistas solo durar&#225;n mientras no se reforme la moneda alemana. Queda el espionaje. Esa es la nueva profesi&#243;n que hay que tener, Herr Gunther. Tendr&#237;a que olvidarse de ser detective privado cuando hay tantas nuevas oportunidades para las personascomo usted.

Eso suena casi como si me estuviera ofreciendo un empleo, coronel.

Sonri&#243; ir&#243;nicamente.

Bien mirado, no es mala idea. Pero no he venido por eso. -Volvi&#243; la cabeza y mir&#243; el sill&#243;n-. &#191;Puedo sentarme?

No faltar&#237;a m&#225;s. Me temo que no puedo ofrecerle nada m&#225;s que caf&#233;.

Gracias, pero no. Encuentro que es demasiado excitante.

Me acomod&#233; en el sof&#225; y esper&#233; que empezara.

Tenemos un amigo com&#250;n, Emil Becker, que se ha metido en la boca del lobo, como dicen ustedes.

&#191;Becker? -Pens&#233; un momento y record&#233; una cara de la ofensiva rusa de 1941 y, antes de eso, de la polic&#237;a Reichskriminal, la Kripo-. No lo he visto desde hace mucho tiempo. No dir&#237;a que es exactamente un amigo m&#237;o, pero &#191;qu&#233; ha hecho? &#191;Por qu&#233; lo han detenido?

Poroshin neg&#243; con la cabeza.

Lo ha entendido mal. No tiene problemas con nosotros, sino con los estadounidenses. Para ser preciso, con su polic&#237;a militar en Viena.

O sea que, si ustedes no lo han cogido y los estadounidenses s&#237;, es que, de verdad, ha cometido un delito.

Poroshin dej&#243; pasar mi sarcasmo.

Lo han acusado del asesinato de un oficial estadounidense, un capit&#225;n del ej&#233;rcito.

Bueno, todos hemos sentido ganas de hacer algo as&#237; en alg&#250;n momento. -Hice un gesto de negaci&#243;n ante la mirada interrogadora de Poroshin-. No importa.

Lo que importa es que Becker no lo mat&#243; -dijo con firmeza-. Es inocente. Sin embargo, los estadounidenses tienen pruebas s&#243;lidas y, sin ninguna duda, lo colgar&#225;n si alguien no hace algo para ayudarlo.

No veo qu&#233; puedo hacer yo.

Quiere contratarlo, en calidad de detective privado, naturalmente. Para probar su inocencia. Y le pagar&#225; generosamente; tanto si pierde como si gana, una suma de cinco mil d&#243;lares.

Se me escap&#243; un silbido.

Eso es un mont&#243;n de dinero.

La mitad a pagar ahora, en oro. El resto se le pagar&#225; a su llegada a Viena.

&#191;Y cu&#225;l es su inter&#233;s en esto, coronel?

Tens&#243; los m&#250;sculos dentro del apretado cuello de su inmaculada guerrera.

Como le he dicho, Becker es un amigo.

&#191;Le importa explicarme por qu&#233;?

Me salv&#243; la vida, Herr Gunther. Tengo que hacer todo lo que pueda por ayudarlo. Pero, como comprender&#225;, me resultar&#237;a pol&#237;ticamente dif&#237;cil hacerlo de un modo oficial.

&#191;C&#243;mo es que conoce tan bien los deseos de Becker en este asunto? Me cuesta imaginar que le telefonea desde una prisi&#243;n estadounidense.

Tiene un abogado, por supuesto. Fue el abogado de Becker quien me pidi&#243; que tratara de encontrarlo a usted para pedirle que ayudara a su viejo camarada.

Nunca fue mi camarada. Es cierto que en una ocasi&#243;n trabajamos juntos. Pero no somos viejos camaradas.

Poroshin se encogi&#243; de hombros.

Como quiera.

Cinco mil d&#243;lares. &#191;De d&#243;nde saca Becker cinco mil d&#243;lares?

Es un hombre de recursos.

Es una forma de decirlo. &#191;Qu&#233; hace ahora?

Dirige una empresa de importaci&#243;n y exportaci&#243;n aqu&#237; y en Viena.

Un eufemismo muy elegante. Mercado negro, supongo.

Poroshin asinti&#243;, excus&#225;ndose, y me ofreci&#243; otro cigarrillo de su pitillera de oro. Lo fum&#233; con parsimonia, pensando qu&#233; peque&#241;o porcentaje de todo esto ser&#237;a trigo limpio.

Bien, &#191;qu&#233; me dice?

No puedo hacerlo -dije finalmente-. Primero le dar&#233; la raz&#243;n cort&#233;s.

Me puse en pie y fui hasta la ventana. En la calle hab&#237;a un BMW nuevo y reluciente con un bander&#237;n de la Uni&#243;n Sovi&#233;tica en el cap&#243;; apoyado en &#233;l hab&#237;a un soldado del Ej&#233;rcito Rojo, grande y con aspecto duro.

Coronel Poroshin, no habr&#225; escapado a su atenci&#243;n que cada vez es m&#225;s dif&#237;cil entrar y salir de esta ciudad. Despu&#233;s de todo, ustedes tienen Berl&#237;n rodeado por medio Ej&#233;rcito Rojo. Pero al margen de las restriccionescorrientes para viajar que afectan a los alemanes, las cosas parecen haber empeorado bastante en estas &#250;ltimas semanas, incluso para sus llamados aliados. Y con tantas personas desplazadas tratando de entrar en Austria &#191;legalmente, a los austr&#237;acos no les molesta en absoluto que no se fomenten los viajes. Bueno, esa es la raz&#243;n cort&#233;s.

Pero todo eso no es un problema -dijo Poroshin tranquilamente-. Por un viejo amigo como Emil, tirar&#233; de unos cuantos hilos con mucho gusto. Vales de ferrocarril, pases rosa, billetes todo eso puede arreglarse f&#225;cilmente. Puede confiar en m&#237; para hacer todos los arreglos necesarios.

Bueno, supongo que esa es la segunda raz&#243;n por la que no voy a hacerlo. La menos cort&#233;s. No confio en usted, coronel. &#191;Por qu&#233; tendr&#237;a que hacerlo? Habla de tirar de unos cuantos hilos para ayudar a Emil. Pero le ser&#237;a igual de f&#225;cil tirar de ellos en sentido contrario. Las cosas son bastante inestables a su lado de la valla. Conozco a alguien que volvi&#243; de la guerra y se encontr&#243; a unos cargos del partido comunista viviendo en su casa, personas para las que nada era m&#225;s f&#225;cil que tirar de unos cuantos hilos a fin de asegurarse de que lo encerraran en un manicomio y as&#237; poder quedarse con la casa.

Y hace solo un mes o dos, dej&#233; a un par de amigos bebiendo en un bar de su sector de Berl&#237;n, para enterarme m&#225;s tarde de que unos minutos despu&#233;s de haberme marchado fuerzas sovi&#233;ticas hab&#237;an rodeado el lugar y obligado a todos los que estaban all&#237; a cumplir un par de semanas de trabajos forzados.

As&#237; que, coronel, se lo repito: no me fio de usted y no veo raz&#243;n alguna por la que debiera fiarme. Por lo que s&#233;, podr&#237;an arrestarme en cuanto pusiera los pies en su sector.

Poroshin solt&#243; una carcajada.

Pero &#191;por qu&#233;? &#191;Por qu&#233; tendr&#237;amos que arrestarlo?

Nunca he visto que necesitaran muchas razones -me encog&#237; de hombros, exasperado-. Quiz&#225; porque soy detective privado. Para el MVD eso es casi tanto como ser un esp&#237;a estadounidense. Se dice que el antiguo campo deconcentraci&#243;n de Sachsenhausen, en el que su gente sustituy&#243; a los nazis, ahora est&#225; lleno de alemanes acusados de espiar para los estadounidenses.

Si me permite una peque&#241;a arrogancia, Herr Gunther, &#191;piensa en serio que yo, un palkovnik del MVD, considerar&#237;a la cuesti&#243;n de enga&#241;arlo y detenerlo m&#225;s importante que los asuntos de la Junta Aliada de Control?

&#191;Es usted miembro de la Kommendatura? -dije sorprendido.

Tengo el honor de ser oficial de Inteligencia del gobernador militar adjunto sovi&#233;tico. Puede preguntarlo en el cuartel general en la Elsholzstrasse si no me cree. -Hizo una pausa, esperando alguna reacci&#243;n por mi parte-. Venga, &#191;qu&#233; me contesta?

Cuando segu&#237; sin decir nada, suspir&#243; y mene&#243; la cabeza.

Nunca les entender&#233; a ustedes, los alemanes.

Pues habla el alem&#225;n muy bien. No olvide que Marx era alem&#225;n.

S&#237;, y tambi&#233;n jud&#237;o. Sus compatriotas dedicaron doce a&#241;os a tratar de hacer que esas dos circunstancias fueran mutuamente excluyentes. Esa es una de las cosas que no comprendo. &#191;Ha cambiado de opini&#243;n?

Negu&#233; con la cabeza.

Muy bien.

El coronel no mostraba se&#241;ales de que le irritara mi negativa. Mir&#243; el reloj y se puso en pie.

Tengo que marcharme -dijo. Sacando un cuaderno de notas, empez&#243; a escribir algo en un papel-. Si llega a cambiar de opini&#243;n me encontrar&#225; en este n&#250;mero de Karlshorst. Es el 55 16 44. Pregunte por la secci&#243;n especial de Seguridad del general Kaverntsev. Y aqu&#237; tiene tambi&#233;n el n&#250;mero de mi casa: 05 00 19.

Poroshin sonri&#243; y se&#241;al&#243; la nota con la cabeza cuando la cog&#237;.

Si llegaran a arrestarlo los estadounidenses, yo que usted no dejar&#237;a que vieran eso. Probablemente pensar&#237;an que era un esp&#237;a.

Segu&#237;a ri&#233;ndose de sus propias palabras mientras bajaba las escaleras.



5

Para los que hab&#237;an cre&#237;do en la Patria, no era la derrota lo que desment&#237;a esa vision patriarcal de la sociedad, sino la reconstrucci&#243;n. Y con el ejemplo de Berl&#237;n, arruinado por la vanidad de los hombres, se pod&#237;a aprender la lecci&#243;n de que cuando se ha librado una guerra, cuando los soldados han muerto y los muros est&#225;n destruidos, a una ciudad la constituyen sus mujeres.

Anduve hacia un ca&#241;&#243;n de granito gris que podr&#237;a haber ocultado una mina muy explotada, desde donde un corto convoy de camiones cargados de ladrillos surg&#237;a, incluso en aquel mismo momento, bajo la supervisi&#243;n de un grupo de mujeres desescombradoras. En el lateral de uno de sus camiones, alguien hab&#237;a escrito con tiza: No hay tiempo para el amor. El recordatorio no era necesario, a juzgar por sus caras polvorientas y sus cuerpos de luchadoras. Pero ten&#237;an un &#225;nimo tan grande como sus b&#237;ceps.

Sonriendo a pesar de sus gritos y silbidos de burla -&#191;D&#243;nde ten&#237;a las manos ahora que hab&#237;a que reconstruir la ciudad?- y blandiendo mi bast&#243;n como si fuera una baja por enfermedad, segu&#237; andando hasta llegar a la Pestalozzistrasse, donde Friedrich Korsch (un viejo amigo de los tiempos de la Kripo y ahora Kommissar de la polic&#237;a de Berl&#237;n, dominada por los comunistas) me hab&#237;a dicho que pod&#237;a encontrar a la mujer de Emil Becker.

El n&#250;mero 212 era un edificio bombardeado, de cinco plantas de pisos como pa&#241;uelos, con ventanas de papel. Al otro lado de la puerta principal, donde hab&#237;a un fuerte olor a pan quemado, se pod&#237;a ver un letrero que advert&#237;a: &#161;Escalera peligrosa! Utilizar bajo la responsabilidad del usuario. Por suerte para m&#237;, los nombres y n&#250;meros de los pisos, escritos con tiza al lado de la puerta, me informaron de que Frau Becker viv&#237;a en la planta baja.

Baj&#233; por un oscuro y h&#250;medo pasillo hasta su puerta. Entre esta y el lavabo del rellano, una anciana iba recogiendo grandes fragmentos mohosos de la pared chorreante y meti&#233;ndolos en una caja de cart&#243;n.

&#191;Es usted de la Cruz Roja? -pregunt&#243;.

Le dije que no, llam&#233; a la puerta y esper&#233;.

Sonri&#243;.

Todo va bien, &#191;sabe? En realidad, aqu&#237; tenemos bastante de todo.

En su voz hab&#237;a un tono de resignada locura.

No pasamos hambre -dijo la anciana-. El Se&#241;or provee. -Se&#241;al&#243; los fragmentos mohosos de su caja-. Mire. Incluso crecen hongos frescos.

Y al decirlo, arranc&#243; un trozo de la pared y se lo comi&#243;.

Cuando por fin se abri&#243; la puerta, durante un momento no consegu&#237; hablar debido al asco. Frau Becker, al ver a la anciana, me hizo a un lado y sali&#243; decidida al pasillo, donde, insult&#225;ndola a voz en grito, la ahuyent&#243;.

Vieja bruja asquerosa -murmur&#243;-. No para de meterse en el edificio para comerse ese moho. Est&#225; loca. Como una regadera.

Sin duda por algo que ha comido -dije medio mareado.

Frau Becker fij&#243; en m&#237; la mirada penetrante de sus ojos tras las gafas.

Bueno, &#191;qui&#233;n es usted y qu&#233; quiere? -pregunt&#243; con brusquedad.

Me llam&#243; Bernhard Gunther -empec&#233; a decir.

He o&#237;do hablar de usted -solt&#243;-. Est&#225; en la Kripo.

Lo estuve.

Ser&#225; mejor que entre.

Entr&#243; detr&#225;s de m&#237; en la helada sala, cerr&#243; la puerta de golpe y corri&#243; los cerrojos como si tuviera un miedo mortal de algo. Al ver mi desconcierto, a&#241;adi&#243; a guisa de explicaci&#243;n:

Todo cuidado es poco en estos tiempos.

Mir&#233; las repugnantes paredes, la desgastada alfombra y los viejos muebles. No hab&#237;a mucho, pero estaba bien cuidado. Contra la humedad no se pod&#237;a hacer gran cosa.

Charlottenburg no est&#225; tan mal -dije a guisa de atenuante-, en comparaci&#243;n con otras zonas.

Puede que no -dijo-, pero puedo decirle que si hubiera venido despu&#233;s de anochecer, aunque hubiera estado llamando hasta el d&#237;a del juicio final, yo no le habr&#237;a abierto. De noche, por aqu&#237;, hay todo tipo de ratas.

Diciendo esto, cogi&#243; una tabla grande de contrachapado del sof&#225; y, por un momento, en la penumbra de la habitaci&#243;n, pens&#233; que estaba haciendo un puzzle. Luego vi los numerosos paquetes de papel de fumar Olleschau, las bolsas de colillas, los montoncitos de tabaco recuperado y las apretadas filas de los nuevos cigarrillos.

Me sent&#233; en el sof&#225;, saqu&#233; mis Winston y le ofrec&#237; uno.

Gracias -dijo a rega&#241;adientes, y se puso el cigarrillo detr&#225;s de la oreja-, me lo fumar&#233; m&#225;s tarde.

Pero yo no dud&#233; ni por un momento de que lo vender&#237;a con los dem&#225;s.

&#191;Qu&#233; precio se paga ahora por uno de esos pitillos reciclados?

Unos cinco marcos -dijo-. Yo les pago a mis colilleros cinco d&#243;lares por ciento cincuenta colillas. De ah&#237; salen unos veinte cigarrillos. Los vendo por unos diez d&#243;lares. &#191;Qu&#233; pasa, que est&#225; escribiendo un art&#237;culo sobre el tema para el Tagesspiegel? Ah&#243;rreme el habitual Salvad Berl&#237;n, deVictor Gollancz. Usted est&#225; aqu&#237; a causa de esa mierda de marido m&#237;o, &#191;no? Mire, no lo he visto desde hace mucho tiempo. Y espero no ponerle los ojos encima nunca m&#225;s. Supongo que sabe que est&#225; en una c&#225;rcel de Viena, &#191;verdad?

S&#237;.

Vale m&#225;s que sepa que cuando los PM estadounidenses vinieron a decirme que lo hab&#237;an detenido, me alegr&#233;. Podr&#237;a perdonarle que me hubiera abandonado a m&#237;, pero no a nuestro hijo.

No era posible saber si Frau Becker se hab&#237;a vuelto una arp&#237;a despu&#233;s de que el marido hubiera huido de ella o ya lo era antes. Pero, a primera vista, no era el tipo como para convencerme de que el fugado marido hubiera hecho la elecci&#243;n equivocada. Ten&#237;a un rictus de amargura en la boca, la mand&#237;bula inferior prominente y peque&#241;os dientes afilados. En cuanto le expliqu&#233; el motivo de mi visita, empez&#243; a despotricar como una descosida. Me cost&#243; el resto de mis cigarrillos aplacarla lo suficiente para que contestara a mis preguntas.

&#191;Qu&#233; pas&#243; exactamente? &#191;Puede cont&#225;rmelo?

Los PM dijeron que hab&#237;a disparado contra un capit&#225;n del ej&#233;rcito estadounidense en Viena y lo hab&#237;a matado. Parece que lo cogieron con las manos en la masa. Eso es todo lo que me dijeron.

&#191;Qu&#233; hay de ese coronel Poroshin? &#191;Sabe algo de &#233;l?

Usted quiere saber si puede fiarse de &#233;l o no. Eso es lo que quiere saber. Bueno, es un iv&#225;n -dijo con desprecio-. Eso es lo &#250;nico que necesita saber.

Mene&#243; la cabeza y a&#241;adi&#243; con impaciencia:

Se conocieron aqu&#237; en Berl&#237;n a ra&#237;z de uno de los asuntos de Emil. Penicilina, me parece que era. Emil dijo que Poroshin hab&#237;a cogido s&#237;filis de una chica que le gustaba. Yo pens&#233; que era m&#225;s probable que fuera al rev&#233;s. De cualquier modo, era s&#237;filis de la peor; de la que hace que te hinches. El Salvarsan no parec&#237;a hacer efecto. Emil le llev&#243; penicilina. Bueno, ya sabe lo escasa que es, la buena, quiero decir. Puede que esa sea una de las razones por las que Poroshin trata de ayudar a Emil. Son todos iguales, esos rusos. No es solo el cerebro lo que tienen en los huevos, el coraz&#243;n tambi&#233;n. La gratitud de Poroshin le sale directamente de los test&#237;culos.

&#191;Y la otra raz&#243;n?

La cara se le ensombreci&#243;.

Ha dicho que era una de las razones -insist&#237;.

Est&#225; claro. No puede ser solo por haberle salvado el pellejo, &#191;verdad? No me sorprender&#237;a nada que Emil hubiera hecho de esp&#237;a para &#233;l.

&#191;Tiene alguna prueba de eso? &#191;Se ve&#237;a mucho con Poroshin cuando estaba todav&#237;a aqu&#237;, en Berl&#237;n?

No puedo decir que lo hiciera ni que no lo hiciera.

Pero no lo acusan de nada m&#225;s que de asesinato. No lo acusan de espionaje.

&#191;Para qu&#233;? Ya tienen bastante para colgarlo.

No es as&#237; como funciona. Si hubiera estado espiando, habr&#237;an querido saberlo todo. Esos PM le habr&#237;an preguntado a usted muchas cosas sobre los socios de su marido. &#191;Lo hicieron?

No, que yo recuerde -dijo encogi&#233;ndose de hombros.

Si hubiera habido la m&#225;s leve sospecha de espionaje, lo habr&#237;an investigado, aunque solo fuera para averiguar qu&#233; clase de informaci&#243;n pod&#237;a haber conseguido. &#191;Registraron el piso?

Frau Becker neg&#243; con la cabeza.

En cualquier caso, espero que lo cuelguen -dijo implacable-. Puede dec&#237;rselo si lo ve. Seguro que yo no lo ver&#233;.

&#191;Cu&#225;ndo fue la &#250;ltima vez que lo vio?

Hace un a&#241;o. Volvi&#243; de un campo de concentraci&#243;n sovi&#233;tico en julio y se larg&#243; a los tres meses.

&#191;Y cu&#225;ndo lo capturaron?

En febrero de 1943, en Briansk. -Se le torci&#243; la boca-. Pensar que esper&#233; tres a&#241;os a ese hombre Con todos los otros a quienes rechac&#233;. Me reserv&#233; para &#233;l, y mire lo que pas&#243;. -Pareci&#243; ocurr&#237;rsele una idea-. Ah&#237; tiene sus pruebas del espionaje, si necesita alguna. &#191;C&#243;mo se las arregl&#243; para que lo soltaran, eh? Cont&#233;steme a eso. &#191;C&#243;mo volvi&#243; a casa cuando tantos otros siguen todav&#237;a all&#237;?

Me levant&#233; para marcharme. Puede que la situaci&#243;n con mi propia esposa me inclinara a tomar partido por Becker. Pero hab&#237;a o&#237;do lo suficiente para comprender que &#233;l necesitar&#237;a toda la ayuda que pudiera conseguir, y posiblemente m&#225;s, si depend&#237;a de aquella mujer.

Le dije:

Yo tambi&#233;n estuve en un campo de concentraci&#243;n sovi&#233;tico, Frau Becker. Y da la casualidad de que estuve all&#237; menos tiempo que su marido. Eso no me convierte en esp&#237;a; en un tipo con suerte, quiz&#225;, pero no en esp&#237;a. -Fui hasta la puerta, la abr&#237; y vacil&#233;-. &#191;Quiere que le diga en qu&#233; me ha convertido aquello? Para gente como la polic&#237;a, para gente como usted, Frau Becker, gente como mi propia esposa, que apenas me ha dejado tocarla desde que volv&#237; a casa, &#191;quiere que le diga en qu&#233; me ha convertido? En alguien que est&#225; de m&#225;s.



6

Se dice que un perro hambriento se comer&#225; su propia mierda. Pero el hambre no afecta solo a tus normas de higiene. Tambi&#233;n adormece la inteligencia, embota la memoria -por no hablar de los impulsos sexuales- y suele producir una sensaci&#243;n de apat&#237;a. As&#237; que no fue una sorpresa para m&#237; que, durante el a&#241;o 1947, hubiera habido una serie de ocasiones en las cuales, despojado de mis sentidos por la desnutrici&#243;n, hubiera estado a punto de tener un accidente. Fue por esta misma raz&#243;n por la que decid&#237; reflexionar, con el beneficio de un est&#243;mago lleno, sobre mi actual, y bastante irracional, inclinaci&#243;n a aceptar el caso de Becker despu&#233;s de todo.

El que antes hab&#237;a sido el m&#225;s elegante y famoso hotel de Berl&#237;n, el Adlon, era ahora poco m&#225;s que una ruina. De alguna manera, segu&#237;a abierto a los hu&#233;spedes, con quince habitaciones disponibles que, puesto que el hotel se encontraba en el sector sovi&#233;tico, sol&#237;an estar ocupadas por oficiales de esa nacionalidad. Un peque&#241;o restaurante en el s&#243;tano no solo sobreviv&#237;a, sino que era un buen negocio, como resultado de ser exclusivo para los alemanes con cupones para comida que pod&#237;an, as&#237;, almorzar o cenar all&#237; sin temor de que los echaran de una mesa para favorecer a algunos estadounidenses o brit&#225;nicos evidentemente m&#225;s ricos, como suced&#237;a en la mayor&#237;a de los restaurantes de la ciudad.

El inveros&#237;mil vest&#237;bulo del Adlon quedaba debajo de un mont&#243;n de escombros, en la Wilhelmstrasse, a corta distancia del F&#252;hrerbunker donde Hitler hab&#237;a encontrado la muerte, y que pod&#237;a visitarse por el precio de un par de cigarrillos puestos en la mano de cualquiera de los polic&#237;as cuya funci&#243;n se supon&#237;a que era impedir que la gente entrara. Todos los polis de Berl&#237;n ten&#237;an un doble empleo como pedig&#252;e&#241;os desde el final de la guerra.

Tom&#233; un almuerzo tard&#237;o de sopa de lentejas, hamburguesa de nabos y fruta enlatada y, despu&#233;s de haberle dado suficientes vueltas en mi metabolizada cabeza al problema de Becker, entregu&#233; mis cupones y sub&#237; a lo que pasaba por ser el mostrador de la recepci&#243;n del hotel para utilizar el tel&#233;fono.

Me pusieron con la Autoridad Militar Sovi&#233;tica, la AMS, bastante r&#225;pido, pero me pareci&#243; tener que esperar eternamente para que me pasaran al coronel Poroshin. Hablar en ruso no aceler&#243; el progreso de mi llamada; solo me vali&#243; la mirada de desconfianza del portero del hotel. Cuando finalmente me pusieron con Poroshin, pareci&#243; alegrarse sinceramente de que hubiera cambiado de parecer y me dijo que lo esperara al lado del cuadro de Stalin en Unter den Linden, donde su coche oficial me recoger&#237;a en quince minutos.

El fr&#237;o de la tarde era tan cortante como los labios de un boxeador, y me qued&#233; diez minutos a la puerta del Adlon antes de volver a subir por la peque&#241;a escalera de servicio y encaminarme hacia el extremo de la Wilhelmstrasse. Luego, con la Puerta de Brandeburgo a mis espaldas, me dirig&#237; hacia el retrato del camarada presidente, grande como una casa, que dominaba el centro de la avenida, flanqueado por dos pedestales m&#225;s bajos, cada uno con la hoz y el martillo sovi&#233;ticos.

Mientras esperaba el coche, Stalin parec&#237;a vigilarme, una sensaci&#243;n que, supongo, era intencional: los ojos eran tan profundos, negros y desagradables como el interior de la bota de un cartero y, bajo los bigotes de cucaracha, la sonrisa era m&#225;s fr&#237;a que el hielo. Siempre me ha desconcertado que hubiera personas que se refirieran a ese monstruo asesino como el T&#237;o Pepe; a m&#237; me parec&#237;a tan paternal y amistoso como el rey Herodes.

El coche de Poroshin lleg&#243;, y el ruido del motor qued&#243; ahogado por un escuadr&#243;n de cazas YAK 3 que nos sobrevolaron. Sub&#237; al coche y rod&#233; impotente en el asiento trasero cuando el ch&#243;fer, con cara de t&#225;rtaro y unos hombros muy anchos, pis&#243; el acelerador del BMW, lanzando el coche a toda velocidad hacia el este, en direcci&#243;n a la Alexanderplatz y despu&#233;s hacia la Frankfurter Allee y Karlshorst.

Siempre hab&#237;a cre&#237;do que no estaba permitido que los civiles alemanes fueran en coches oficiales -le dije en ruso.

Cierto -respondi&#243;-, pero el coronel me ha dicho que si nos paraban, me limitara a decir que estaba arrestado.

El t&#225;rtaro se ri&#243; a mand&#237;bula batiente ante mi mirada de evidente alarma y mi &#250;nico consuelo fue que, mientras fu&#233;ramos a aquella velocidad, no era probable que pudiera pararnos nada salvo un ca&#241;&#243;n antitanque.

Llegamos a Karlshorst a los pocos minutos.

Una colonia de chal&#233;s con un campo para carreras de obst&#225;culos, Karlshorst, apodada el peque&#241;o Kremlin, era ahora un enclave totalmente aislado, en el cual los alemanes solo pod&#237;an entrar con un permiso especial. O con el tipo de bander&#237;n que hab&#237;a en el coche de Poroshin. Pasamos sin que nos detuvieran por varios puestos de control y finalmente nos detuvimos al lado del antiguo hospital de Saint Antonius en la Zeppelin Strasse, que ahora albergaba la AMS de Berl&#237;n. El coche tom&#243; tierra a la sombra de un pilar de cinco metros de alto encima del cual hab&#237;a una enorme estrella roja sovi&#233;tica. El ch&#243;fer de Poroshin se baj&#243; de un salto, me abri&#243; la puerta r&#225;pidamente y, sin prestar atenci&#243;n alguna a los centinelas, me escolt&#243; escaleras arriba hasta la puerta de entrada. Me detuve en el umbral un momento, contemplando las motocicletas y los BMW nuevos y relucientes del aparcamiento.

&#191;Alguien ha ido de compras? -dije.

Son de la f&#225;brica BMW de Eisenbach -contest&#243; mi ch&#243;fer orgullosamente-. Ahora es rusa.

Me dej&#243; con esta deprimente idea en una sala que ol&#237;a fuertemente a &#225;cido f&#233;nico. La &#250;nica concesi&#243;n de la habitaci&#243;n a la decoraci&#243;n era otro retrato de Stalin con un eslogan debajo que dec&#237;a: Stalin, el sabio maestro y protector de la clase obrera. Incluso Lenin, retratado en un marco m&#225;s peque&#241;o, al lado del sabio, parec&#237;a tener, por su expresi&#243;n, un par de problemas con ese argumento en particular.

Volv&#237; a encontrarme con esas dos populares caras en la pared del despacho de Poroshin en el &#250;ltimo piso del edificio de la AMS. La guerrera del coronel, de color marr&#243;n oliva y perfectamente planchada, colgaba detr&#225;s de la puerta de cristal y &#233;l vest&#237;a una camisa al estilo circasiano, ce&#241;ida a la cintura por una correa negra. Salvo por el brillode sus botas de suave piel de becerro, podr&#237;a haber pasado por un estudiante de la Universidad de Mosc&#250;. Dej&#243; su taza sobre la mesa y se levant&#243; de detr&#225;s de su escritorio cuando el t&#225;rtaro me hizo entrar en el despacho.

Si&#233;ntese, por favor, Herr Gunther -dijo Poroshin, se&#241;alando una silla de madera alabeada. El t&#225;rtaro esper&#243; el permiso para retirarse. Poroshin levant&#243; la taza y la sostuvo para que yo la viera-. &#191;Le apetecer&#237;a un poco de Ovaltine, Herr Gunther?

&#191;Ovaltine? No, gracias, lo odio.

&#191;De verdad? -dijo, y parec&#237;a sorprendido-. A m&#237; me entusiasma.

Es un poco temprano para estar pensando en irse a la cama, &#191;no?

Poroshin sonri&#243; pacientemente.

Tal vez preferir&#237;a un poco de vodka.

Abri&#243; un caj&#243;n y sac&#243; una botella y un vaso, que coloc&#243; encima del escritorio, delante de m&#237;.

Me serv&#237; un buen vaso. Con el rabillo del ojo vi c&#243;mo el t&#225;rtaro se secaba los labios con el reverso de su manaza. Poroshin tambi&#233;n lo vio. Llen&#243; otro vaso y lo puso encima del archivador de forma que quedaba al lado mismo de la cabeza del hombre.

Hay que ense&#241;ar a estos cosacos cabrones igual que a los perros -explic&#243;-. Para ellos la embriaguez es casi como una imposici&#243;n religiosa. &#191;No es verdad, Yeroshka?

S&#237;, se&#241;or -respondi&#243; &#233;ste sin entender.

Destroz&#243; un bar, agredi&#243; a una camarera, golpe&#243; a un sargento y, de no ser por m&#237;, lo hubieran fusilado. Y a&#250;n podr&#237;an hacerlo, &#191;eh,Yeroshka? En cuanto toques ese vaso sin mi permiso. &#191;Entiendes?

S&#237;, se&#241;or.

Poroshin sac&#243; un enorme y pesado rev&#243;lver y lo dej&#243; sobre la mesa para hacer hincapi&#233; en lo que dec&#237;a. Luego volvi&#243; a sentarse.

Supongo que sabe mucho de disciplina, con su historial, &#191;verdad Herr Gunther? &#191;D&#243;nde ha dicho que sirvi&#243; durante la guerra?

No lo he dicho.

Se recost&#243; en la silla y apoy&#243; las botas en el escritorio. El vodka tembl&#243;, verti&#233;ndose de mi vaso cuando las dej&#243; caer pesadamente sobre el cartapacio.

No, no lo ha dicho, &#191;verdad? Pero supongo que con sus aptitudes habr&#225; servido en alguna tarea de inteligencia.

&#191;Qu&#233; aptitudes?

Vamos, vamos, est&#225; siendo demasiado modesto. Lo bien que habla ruso, su experiencia con la Kripo Ah, s&#237;, el abogado de Emil me lo ha contado. Me han dicho que &#233;l y usted formaban parte de la brigada de Homicidios de Berl&#237;n. Y adem&#225;s era usted kommissar. Es un rango bastante alto, &#191;no?

Tom&#233; un sorbo de mi vodka y trat&#233; de conservar la calma. Me dije que tendr&#237;a que haber esperado algo as&#237;.

Solo era un soldado corriente, que obedec&#237;a &#243;rdenes -dije-. Ni siquiera era miembro del partido.

Ahora parece que casi nadie lo era. Es algo que encuentro extraordinario. -Sonri&#243; y levant&#243; el &#237;ndice en se&#241;al de advertencia-. Puede ser tan evasivo como quiera, Herr Gunther, pero har&#233; averiguaciones sobre usted, aunque solo sea para satisfacer mi curiosidad.

A veces la curiosidad es como la sed de Yeroshka -dije- es mejor que no llegu&#233; a satisfacerse. A menos que sea la clase de curiosidad intelectual y desinteresada que corresponde a los fil&#243;sofos. Las respuestas tienen la mala costumbre de resultar decepcionantes. -Me acab&#233; la bebida y dej&#233; el vaso encima del cartapacio, al lado de sus botas-. Pero no he venido aqu&#237; con un c&#243;digo cifrado en los calcetines para debatir con usted esa cuesti&#243;n tan peliaguda, coronel. As&#237; que, &#191;por qu&#233; no me proporciona uno de esos Lucky Strike que fumaba esta ma&#241;ana y satisface mi curiosidad por lo menos en cuanto a aclararme uno o dos datos sobre este caso?

Poroshin se inclin&#243; hacia adelante y abri&#243; una caja de plata para cigarrillos que hab&#237;a sobre la mesa.

S&#237;rvase.

Cog&#237; uno y lo encend&#237; con un extravagante encendedor, tambi&#233;n de plata, en forma de ca&#241;&#243;n; luego lo mir&#233; detenidamente, como si calibrara qu&#233; valor tendr&#237;a en una casa de empe&#241;os. Me hab&#237;a irritado y quer&#237;a devolverle el golpe de alguna manera-. Tiene aqu&#237; un bot&#237;n muy bonito -dije-. Esto es un ca&#241;&#243;n alem&#225;n. &#191;Lo compr&#243; o no hab&#237;anadie en casa cuando entr&#243;?

Poroshin entrecerr&#243; los ojos, solt&#243; una risita y luego se levant&#243; y fue a la ventana. Se levant&#243; el faj&#237;n y se desabroch&#243; la bragueta.

Este es el problema de tomar tanto Ovaltine -dijo, sin parecer molesto por mi intento de insultarlo-; pasa directamente a trav&#233;s de ti. -Cuando empez&#243; a orinar, mir&#243; por encima del hombro al t&#225;rtaro que segu&#237;a de pie al lado del archivador y del vaso de vodka que hab&#237;a encima-. B&#233;betelo y l&#225;rgate, cerdo.

El t&#225;rtaro no vacil&#243;. Vaci&#243; el vaso de un trago y sali&#243; r&#225;pidamente del despacho, cerrando la puerta al hacerlo.

Si viera c&#243;mo dejan los lavabos los campesinos como &#233;l, comprender&#237;a por qu&#233; prefiero orinar por la ventana  dijo Poroshin, aboton&#225;ndose de nuevo. Cerr&#243; la ventana y volvi&#243; a sentarse. Las botas volvieron a golpear el cartapacio-. Mis compatriotas rusos pueden hacer que, a veces, la vida en este sector resulte bastante dif&#237;cil. Doy gracias a Dios porque haya gente como Emil. En ocasiones, es el hombre m&#225;s divertido que hay para tener a tu lado. Y adem&#225;s es hombre de recursos. Sencillamente, no hay nada que no pueda conseguir. &#191;C&#243;mo llaman ustedes a esos tipos del mercado negro?

Mart&#237;n estraperlista.

Eso es, estraperlista. Si quer&#237;as divertirte, Emil era el tipo adecuado para organizar&#237;a. -Se ri&#243; con ganas al recordarlo, que era m&#225;s de lo que yo pod&#237;a hacer-. Nunca he sabido de nadie que conociera a tantas chicas. Por supuesto, todas son prostitutas y chocolateras, pero eso no es un crimen tan terrible en estos d&#237;as, &#191;verdad?

Depende de la chica -dije.

Adem&#225;s, Emil es muy h&#225;bil para pasar cosas por la frontera -La Frontera Verde, la llaman ustedes, &#191;no?

Asent&#237;.

S&#237;, a trav&#233;s de los bosques.

Un contrabandista consumado. Ha hecho un mont&#243;n de dinero. Hasta que le pas&#243; esto, viv&#237;a muy bien en Viena. Una gran casa, un coche estupendo y una amiguita muy atractiva.

&#191;Ha utilizado alguna vez sus servicios? Y no me refiero a su amistad con las chocolateras.

Poroshin se limit&#243; a repetir que Emil pod&#237;a conseguir cualquier cosa.

&#191;Incluida informaci&#243;n?

De vez en cuando -dijo encogi&#233;ndose de hombros-. Pero cualquier cosa que Emil haga, la hace por dinero. Me extra&#241;ar&#237;a que no hubiera estado haciendo lo mismo para los estadounidenses.

Pero, en este caso, ten&#237;a un trabajo con un austr&#237;aco. Un hombre llamado K&#246;nig, de una empresa de publicidad y propaganda. La compa&#241;&#237;a se llamaba Reklaue and Werbe Zentrale, y ten&#237;an oficinas aqu&#237; en Berl&#237;n y en Viena. K&#246;nig quer&#237;a que Emil llevara maquetas desde la oficina de Viena a Berl&#237;n, de forma peri&#243;dica. Dec&#237;a que el trabajo era demasiado importante para confiar en el correo o en un mensajero, y K&#246;nig no pod&#237;a hacerlo &#233;l mismo porque estaba esperando la desnazificaci&#243;n. Por supuesto, Emil sospechaba que los paquetes conten&#237;an algo m&#225;s que anuncios, pero era muy buen dinero como para preguntar nada y como, de cualquier modo, ven&#237;a a Berl&#237;n con bastante frecuencia, no iba a causarle ning&#250;n problema extra. O eso era lo que &#233;l pensaba.

Durante un tiempo, las entregas de Emil se desarrollaron sin problemas. Cuando tra&#237;a cigarrillos o algo parecido de contrabando a Berl&#237;n, tra&#237;a tambi&#233;n uno de los paquetes de K&#246;nig. Se los entregaba a un hombre llamado Eddy Holl y recog&#237;a su dinero. As&#237; de sencillo.

Bueno, una noche Emil estaba en Berl&#237;n y fue a un club nocturno en Berlin-Sch&#246;nberg llamado Gay Island. Por casualidad, se encontr&#243; all&#237; con ese Eddy Holl; estaba borracho y le present&#243; a un capit&#225;n del ej&#233;rcito estadounidense llamado Linden. Eddy present&#243; a Emil como nuestro mensajero vien&#233;s. Al d&#237;a siguiente Eddy telefone&#243; a Emil para disculparse por haber estado bebido y le dijo que, por el bien de todos, ser&#237;a mejor que Emil olvidara todo lo relativo al capit&#225;n Linden.

Al cabo de varias semanas, cuando Emil estaba de vuelta en Viena, recibi&#243; una llamada de ese capit&#225;n Linden, quien le dijo que le gustar&#237;a volver a reunirse con &#233;l. As&#237; que se encontraron en un bar y el estadounidense empez&#243; ahacerle preguntas sobre la agencia de publicidad, Reklaue and Werbe. No era mucho lo que Emil pod&#237;a decirle, pero que Linden estuviera all&#237; le preocupaba. Pensaba que si estaba en Viena, quiz&#225; ya no necesitaran sus servicios. Ser&#237;a una pena, pensaba, que se acabara aquel dinero tan f&#225;cil. As&#237; que sigui&#243; a Linden por Viena durante un tiempo. Unos dos d&#237;as m&#225;s tarde, Linden se reuni&#243; con otro hombre y, seguidos por Emil, fueron a unos viejos estudios de cine. Unos minutos despu&#233;s, Emil oy&#243; un disparo y el otro hombre sali&#243;, solo. Emil esper&#243; hasta que el hombre hubo desaparecido y luego entr&#243; y encontr&#243; el cuerpo del capit&#225;n Linden y un cargamento de tabaco robado. Como es natural, no inform&#243; a la polic&#237;a. Emil procura tener que ver lo m&#237;nimo posible con ellos.

Al d&#237;a siguiente, K&#246;nig y otro hombre fueron a verlo. No me pregunte su nombre; no lo s&#233;. Dijeron que un amigo estadounidense hab&#237;a desaparecido y que les preocupaba que le hubiera pasado algo. Puesto que Emil hab&#237;a sido detective de la Kripo, &#191;podr&#237;a investigarlo, a cambio de una recompensa sustanciosa? Emil acept&#243;, pensando que era una manera f&#225;cil de ganar dinero y quiz&#225; una oportunidad para quedarse parte del tabaco.

Al cabo de un par de d&#237;as y despu&#233;s de tener vigilados los estudios durante un tiempo, Emil y un par de sus chicos decidieron que era seguro volver con una camioneta. Se encontraron con que los estaba esperando la Patrulla Internacional. A los chicos de Emil les encantaba apretar el gatillo y consiguieron que los mataran. A Emil lo detuvieron.

&#191;Sabe qui&#233;n dio el chivatazo?

Le ped&#237; a mi gente en Viena que lo averiguara. Parece que fue una llamada an&#243;nima. -Poroshin sonri&#243; con satisfacci&#243;n-. Ahora viene lo bueno. La pistola de Emil es una Walther P38. La llevaba cuando fue a los estudios, pero cuando lo arrestaron y la entreg&#243;, vio que no era su P38. La suya ten&#237;a un &#225;guila alemana en la culata. Y hab&#237;a otra diferencia importante. El experto en bal&#237;stica la identific&#243; r&#225;pidamente como la misma que hab&#237;a disparado ymatado al capit&#225;n Linden.

As&#237; que alguien la cambi&#243; por la de Becker, &#191;eh? -dije-. S&#237;, no es algo de lo que te des cuenta inmediatamente, &#191;verdad? Muy limpio. Un hombre que vuelve a la escena del crimen, en apariencia para recoger el tabaco que le han robado, y providencialmente lleva con &#233;l el arma del crimen. Un caso sin fisuras, dir&#237;a yo.

Di una &#250;ltima calada a mi cigarrillo antes de apagarlo en el cenicero de plata de la mesa de Poroshin y coger otro.

No estoy seguro de qu&#233; podr&#237;a hacer yo -dije-. Convertir el agua en vino no es exactamente mi especialidad.

Emil est&#225; preocupado, as&#237; que su abogado, Liebl, me dice que usted tendr&#237;a que encontrar a ese hombre, K&#246;nig. Parece que ha desaparecido.

Seguro que lo ha hecho. &#191;Cree que fue K&#246;nig el que dio el cambiazo cuando fue a casa de Becker?

Eso es lo que parece. K&#246;nig o, quiz&#225;, el tercer hombre.

&#191;Sabe algo de K&#246;nig o de su agencia de publicidad?

Nyet.

Llamaron a la puerta y entr&#243; un oficial.

Am Kumfergraben al tel&#233;fono, se&#241;or -anunci&#243; en ruso-. Dicen que es urgente.

Aguc&#233; el o&#237;do. Am Kumfergraben es donde est&#225; situada la c&#225;rcel m&#225;s grande del MVD. Con tantas personas desplazadas y desaparecidas en mi tipo de negocio, val&#237;a la pena aguzar el o&#237;do.

Poroshin me mir&#243; de soslayo, casi como si supiera lo que estaba pensando, y luego le dijo al otro oficial:

Tendr&#225; que esperar, Jegoroff. &#191;Alguna otra llamada?

Zaisser, del K-5.

Si ese nazi cabr&#243;n quiere hablar conmigo, ser&#225; mejor que venga y espere delante de mi puerta. Dile eso. Ahora d&#233;janos, por favor. -Esper&#243; hasta que se cerr&#243; la puerta detr&#225;s de su subordinado-. &#191;El K-5 significa algo para usted, Gunther?

&#191;Deber&#237;a?

No, todav&#237;a no. Pero, con el tiempo, &#191;qui&#233;n sabe? -No aclar&#243; nada m&#225;s; en lugar de ello, mir&#243; su reloj de pulsera-. Tenemos que apresurarnos. Tengo una reuni&#243;n esta noche. Jegoroff se encargar&#225; de arreglar todos los papeles que necesita: pase rosa, permiso de viaje, tarjeta de racionamiento, carn&#233; de identidad austr&#237;aco &#191;tiene unafotograf&#237;a? No importa. Jegoroff se encargar&#225; de que le hagan una. Ah, s&#237;, me parece que ser&#237;a una buena idea que tuviera uno de nuestros nuevos permisos para tabaco. Permite vender cigarrillos en toda la Zona Este y obliga a todo el personal sovi&#233;tico a prestarle ayuda siempre que sea posible. Podr&#237;a sacarle de cualquier problema.

Cre&#237;a que el mercado negro era ilegal en su zona -dije, intrigado por las razones de ese flagrante ejemplo de hipocres&#237;a oficial.

Es ilegal -dijo Poroshin sin mostrar la m&#225;s m&#237;nima se&#241;al de incomodidad-. Se trata de un mercado negro con licencia oficial. Nos permite conseguir algunas divisas. Una idea bastante buena, &#191;no le parece? Naturalmente, le proporcionaremos unos cuantos cartones de cigarrillos para que parezca convincente.

Parece haber pensado en todo. &#191;Y qu&#233; hay de mi dinero?

Se le entregar&#225; en su casa al mismo tiempo que los papeles. Pasado ma&#241;ana.

&#191;Y de d&#243;nde procede ese dinero, de ese doctor Liebl o de sus concesiones tabacaleras?

Liebl me enviar&#225; dinero. Hasta entonces este asunto lo llevar&#225; la AMS.

Esto no me gust&#243; mucho, pero no ten&#237;a otra alternativa. Coger el dinero de los rusos o ir a Viena y confiar en que lo pagaran en mi ausencia.

De acuerdo -dije-. Solo una cosa m&#225;s. &#191;Qu&#233; sabe del capit&#225;n Linden? Ha dicho que Becker lo conoci&#243; en Berl&#237;n. &#191;Estaba destacado aqu&#237;?

S&#237;. Me olvidaba de &#233;l, &#191;verdad? -Poroshin se levant&#243; y se acerc&#243; al archivador donde el t&#225;rtaro hab&#237;a dejado el vaso vac&#237;o. Abri&#243; uno de los cajones y fue siguiendo la solapa de las carpetas con el dedo hasta encontrar la que buscaba.

Capit&#225;n Edward Linden -ley&#243;, mientras volv&#237;a a la silla-. Nacido en Brooklyn, Nueva York, el 22 de febrero de 1907. Graduado en la Universidad de Cornell, con una licenciatura en lengua alemana, 1930; sirvi&#243; en el Cuerpo de Contraespionaje 970; antes el 26 de Infanter&#237;a, estacionado en el centro de interrogatorios Camp King, Oberusel, como oficial de desnazificaci&#243;n; actualmente destacado en el Centro de Documentaci&#243;n de Estados Unidos en Berl&#237;ncomo oficial de enlace de Crowcass. Crowcass es el registro central de cr&#237;menes de guerra y sospechosos de espionaje del ej&#233;rcito de Estados Unidos. Me temo que no es mucho.

Dej&#243; la carpeta delante de m&#237;. Las extra&#241;as letras, con aspecto griego, no cubr&#237;an m&#225;s de media p&#225;gina.

No soy muy bueno con los caracteres cir&#237;licos -dije.

Poroshin no parec&#237;a convencido.

&#191;Qu&#233; es exactamente el Centro de Documentaci&#243;n de Estados Unidos?

Es un edificio en el sector estadounidense, cerca del l&#237;mite del Gr&#252;newald. Es el dep&#243;sito de los documentos del partido y de los ministerios nazis incautados por los estadounidenses y los brit&#225;nicos hacia el final de la guerra. Es muy amplio. Tienen los historiales completos de los miembros del NSDAP, lo cual hace que sea f&#225;cil averiguar cuando alguien miente en sus formularios de desnazificaci&#243;n. Apuesto a que incluso tienen su nombre all&#237;, en alg&#250;n sitio.

Como ya le he dicho, nunca fui miembro del partido.

No -dijo con una sonrisa-, claro que no. -Poroshin cogi&#243; la carpeta y la devolvi&#243; al archivador-. Solo obedec&#237;a &#243;rdenes.

Era evidente que no me cre&#237;a, como tampoco cre&#237;a que era incapaz de descifrar el alfabeto bizantino de san Cirilo; en eso, por lo menos, estaba justificado.

Y ahora, si no tiene m&#225;s preguntas, tengo que dejarle. Me esperan en la Opera Estatal en el Admiralspalast dentro de media hora. -Se quit&#243; el cintur&#243;n y, llamando a gritos a Yeroshka y Jegoroff, se puso la guerrera.

&#191;Ha estado alguna vez en Viena? -pregunt&#243;, sujetando el correaje por debajo de la charretera.

No, nunca.

La gente es igual que la arquitectura -dijo mir&#225;ndose en el reflejo de la ventana-. Son todo fachada. Todo lo interesante que hay en ellos parece estar en la superficie. Por dentro son muy diferentes. Eso s&#237;, es gente con la que yo podr&#237;a trabajar bien. Todos los vieneses nacieron para ser esp&#237;as.



7

Anoche llegaste tarde otra vez -dije.

No te despert&#233;, &#191;verdad? -Sali&#243; desnuda de la cama y fue hasta el espejo de cuerpo entero que hab&#237;a en un rinc&#243;n del dormitorio-. En cualquier caso, t&#250; tambi&#233;n llegaste tarde la otra noche. -Empez&#243; a examinarse el cuerpo-. Es muy agradable que la casa vuelva a estar caliente. &#191;D&#243;nde diablos conseguiste el carb&#243;n?

De un cliente.

Mientras la observaba all&#237;, de pie, acarici&#225;ndose el vello pubico y apret&#225;ndose el est&#243;mago con la palma de la mano, levant&#225;ndose los pechos, escudri&#241;&#225;ndose la boca, apretada y llena de finas arrugas, con sus mejillas c&#243;ncavas y con un brillo c&#233;reo y las hundidas enc&#237;as, y, finalmente, d&#225;ndose media vuelta para evaluar su trasero, ligeramente ca&#237;do, con la huesuda mano, donde los anillos le quedaban algo m&#225;s flojos que antes, tirando de la carne de una nalga, no era necesario que me dijera en qu&#233; estaba pensando. Era una mujer madura y atractiva decidida a sacar el m&#225;ximo partido del tiempo que le quedara.

Sinti&#233;ndome herido e irritado, me levant&#233; de un salto para descubrir que me fallaba la pierna.

Tienes muy buen aspecto -le dije, cansado, y camin&#233; cojeando hasta la cocina.

Suena un poco corto como soneto amoroso -dijo en voz alta.

Hab&#237;a m&#225;s art&#237;culos del economato militar en la mesa de la cocina; un par de latas de sopa, una pastilla de jab&#243;n de verdad, unos cuantos sobres de sacarina y un paquete de condones.

Todav&#237;a desnuda, Kirsten me sigui&#243; al interior de la cocina y me observ&#243; mientras contemplaba su bot&#237;n. &#191;Hab&#237;a solo aquel americano? &#191;O eran m&#225;s?

Ya veo que has vuelto a estar muy ocupada -dije, cogiendo el paquete de Parisians-. &#191;Cu&#225;ntas calor&#237;as tienen estos?

Se ri&#243;, tap&#225;ndose la boca con la mano.

El director guarda un mont&#243;n debajo del mostrador. -Se sent&#243; en la silla-. Pens&#233; que ser&#237;a agradable. Ya sabes,hace bastante tiempo que no hacemos nada. -Dej&#243; que los muslos se entreabrieran como para dejarme ver un poco m&#225;s-. Ahora tenemos tiempo, si quieres.

Pronto estuvo hecho, liquidado por su parte casi con una indiferencia profesional, como si administrara un edema. Apenas yo hube terminado, se dirigi&#243; al cuarto de ba&#241;o, sin ni siquiera un ligero rubor en las mejillas, llev&#225;ndose el Parisian usado como si fuera un rat&#243;n muerto que hubiera encontrado debajo de la cama.

Media hora m&#225;s tarde, vestida y lista para irse a trabajar, se detuvo en la sala donde yo hab&#237;a animado las cenizas de la estufa y estaba a&#241;adiendo un poco m&#225;s de carb&#243;n. Durante un momento mir&#243; c&#243;mo avivaba el fuego de nuevo.

Lo haces muy bien -dijo.

No sabr&#237;a decir si hab&#237;a algo de sarcasmo en sus palabras. Me dio un beso apresurado y se march&#243;.

La ma&#241;ana era m&#225;s fr&#237;a que el cuchillo de un mohel y me alegr&#233; de empezar el d&#237;a en una biblioteca de la Hardenbergstrasse. El empleado era un hombre con la boca tan llena de cicatrices que era imposible decir d&#243;nde ten&#237;a los labios hasta que empezaba a hablar.

No -dijo, con una voz que parec&#237;a la de un le&#243;n marino-, no hay libros sobre el BDC. Pero se han publicado un par de art&#237;culos en los peri&#243;dicos en los &#250;ltimos meses. Uno en el Telegraph, creo, y el otro en el Bolet&#237;n Informativo del Gobierno Militar.

Cogi&#243; las muletas y se abri&#243; paso sobre su &#250;nica pierna hasta un archivador que conten&#237;a un amplio &#237;ndice de tarjetas donde, tal como recordaba, encontr&#243; las referencias de los dos art&#237;culos; uno publicado en el Telegraph en mayo, una entrevista con el jefe del Centro, un tal teniente coronel Hans W. Helm; y el otro un resumen hist&#243;rico de los inicios del Centro, escrito por un joven oficial, miembro del Estado Mayor, en agosto.

Le di las gracias al empleado, que me dijo d&#243;nde encontrar los ejemplares de ambas publicaciones en la biblioteca.

Ha tenido suerte de venir hoy -dijo-. Ma&#241;ana me voy a Giessen, para que me pongan la pierna ortop&#233;dica.

Leyendo los art&#237;culos me di cuenta de que nunca hab&#237;a pensado que los estadounidenses pudieran ser capaces de tanta eficiencia, aun admitiendo que hab&#237;an contado con cierta cantidad de suerte en la acumulaci&#243;n de algunas de las colecciones documentales del Centro. Por ejemplo, las tropas del s&#233;ptimo ej&#233;rcito de Estados Unidos hab&#237;an tropezado con los registros de miembros del partido nazi en una f&#225;brica de papel cerca de Munich, donde estaban a punto de ser convertidos en pulpa. Pero el personal del Centro se hab&#237;a encargado de la creaci&#243;n y organizaci&#243;n del archivo m&#225;s completo, de tal forma que pod&#237;a determinarse con total precisi&#243;n exactamente qui&#233;n era nazi. Adem&#225;s de los archivos maestros del NSDAP, el Centro inclu&#237;a en su colecci&#243;n las solicitudes de ingreso en el partido, la correspondencia del mismo partido, el registro de los servicios de las SS, los informes de la Oficina de Seguridad del Reich, los informes raciales de las SS, las sesiones del Tribunal Supremo del Partido y del Tribunal del Pueblo; todo, desde los archivos de los miembros de la Organizaci&#243;n de Maestros Nacionalsocialistas hasta una carpeta donde se detallaban las expulsiones efectuadas en las Juventudes Hitlerianas.

Cuando sal&#237;a de la biblioteca y me dirig&#237;a hacia la estaci&#243;n de ferrocarril se me ocurri&#243; otra idea. Nunca habr&#237;a cre&#237;do que los nazis pudieran ser tan est&#250;pidos como para anotar sus propias actividades con tantos y tan incriminadores detalles.

Dej&#233; el U-Bahn una parada antes de lo debido en una estaci&#243;n del sector estadounidense que, sin ninguna raz&#243;n relacionada con su ocupaci&#243;n de la ciudad, se llamaba Caba&#241;a del T&#237;o Tom y baj&#233; por la Argentinische Allee.

Rodeado por los altos abetos del Gr&#252;newald y a solo una corta distancia de un peque&#241;o lago, el Centro deDocumentaci&#243;n de Berl&#237;n se elevaba en unos terrenos bien guardados al final de la Wasserk&#228;fersteig, un callej&#243;n sin salida con pavimento de guijarros. Detr&#225;s de una alambrada, el Centro comprend&#237;a un conjunto de edificios, pero la parte principal parec&#237;a ser una construcci&#243;n de dos plantas al final de una pasarela, pintada de blanco, con contraventanas verdes. Era un lugar agradable, aunque pronto record&#233; que hab&#237;a sido el cuartel general del viejo Forschungsamt, el centro de escuchas telef&#243;nicas de los nazis.

El soldado que estaba a la entrada, un negro grande, de dientes separados, me mir&#243; con suspicacia cuando me detuve frente a su garita. Probablemente estaba m&#225;s acostumbrado a v&#233;rselas con personas en coche o con veh&#237;culos militares que con un peat&#243;n solitario.

&#191;Qu&#233; quiere, Fritz? -dijo dando palmadas con sus guantes de lana y patadas con las botas para mantener el calor.

Era amigo del capit&#225;n Linden -dije, en mi vacilante ingl&#233;s-. Acabo de enterarme de las horribles noticias y he venido para decir lo mucho que mi esposa y yo lo sentimos. Fue muy amable con los dos. Nos dio paquetes del economato, &#191;sabe? -Del bolsillo saqu&#233; la corta carta que hab&#237;a escrito en el tren-. &#191;Ser&#237;a tan amable de entregarle esto al coronel Helm?

El tono del soldado cambi&#243; inmediatamente.

S&#237;, se&#241;or, se lo dar&#233;. -Cogi&#243; la carta y la mir&#243; inc&#243;modo-. Ha sido muy amable al pensar en &#233;l.

Son solo unos pocos marcos, para unas flores -dije, meneando la cabeza-. Y una tarjeta. Mi esposa y yo querr&#237;amos que hubiera algo en la tumba del capit&#225;n Linden. Ir&#237;amos al funeral si fuera en Berl&#237;n, pero pensamos que su familia se lo querr&#225; llevar a casa.

Bueno, no, no se&#241;or -dijo-. El funeral ser&#225; en Viena, este viernes por la ma&#241;ana. La familia lo ha querido as&#237;. Menos molestias que enviar el cuerpo a casa, supongo.

Para un berlin&#233;s -dije encogi&#233;ndome de hombros- eso es casi igual que si estuviera en Am&#233;rica. Viajar no es f&#225;cil en estos tiempos. -Suspir&#233; y ech&#233; una mirada al reloj-. Ser&#225; mejor que me marche; me queda un buen paseo por delante.

Al volverme para marcharme, solt&#233; un quejido y, sujet&#225;ndome la rodilla y exhibiendo una amplia mueca, me sent&#233; en el suelo, delante de la barrera, mientras mi bast&#243;n golpeaba sonoramente los guijarros a mi lado. Toda una actuaci&#243;n. El soldado sali&#243; de la garita.

&#191;Est&#225; bien? -dijo recogi&#233;ndome el bast&#243;n y ayud&#225;ndome a ponerme de pie.

Un trozo de metralla rusa. Me molesta de vez en cuando. Se me pasar&#225; en un par de minutos.

Oiga, venga a la garita y si&#233;ntese un par de minutos.

Me acompa&#241;&#243; al otro lado de la barrera y, cruzando la puertecilla, al interior de la caseta.

Gracias. Es usted muy amable.

Nada de eso. Cualquier amigo del capit&#225;n Linden

Me sent&#233; pesadamente y me frot&#233; la rodilla, que casi no me dol&#237;a.

&#191;Lo conoc&#237;a bien?

&#191;Yo? No soy m&#225;s que un soldado de primera clase. No puedo decir que lo conociera, pero sol&#237;a hacerle de ch&#243;fer de vez en cuando.

Sonre&#237; y mov&#237; la cabeza.

&#191;Podr&#237;a hablar m&#225;s despacio? Mi ingl&#233;s no es demasiado bueno.

Le llevaba en coche de vez en cuando -dijo el soldado en voz m&#225;s alta e imit&#243; la acci&#243;n de girar el volante-. &#191;Ha dicho que le dio cosas del economato?

S&#237;, fue muy amable.

S&#237;, suena a algo t&#237;pico de Linden. Siempre ten&#237;a muchas cosas del economato para regalar. -Hizo una pausa al ocurr&#237;rsele una idea-. Hab&#237;a una pareja en particular bueno, era como un hijo para ellos. Siempre les llevaba paquetes de la asistencia. A lo mejor los conoce: los Drexler.

Frunc&#237; el entrecejo y me frot&#233; la barbilla pensativo.

No ser&#225; la pareja que vive en -chasque&#233; los dedos como si tuviera el nombre de la calle en la punta de la lengua- &#191;C&#243;mo se llama?

Steglitz -dijo &#233;l, ayud&#225;ndome-. Handjery Strasse.

Negu&#233; con la cabeza.

No, estaba pensando en otras personas. Lo siento.

No pasa nada, no tiene importancia.

Supongo que la polic&#237;a debe de haberle hecho muchas preguntas sobre el asesinato del capit&#225;n Linden.

Nada. No nos preguntaron nada como ya hab&#237;an cogido al tipo que lo hab&#237;a hecho

&#191;Han atrapado a alguien? Eso son buenas noticias. &#191;Qui&#233;n es?

Un austr&#237;aco.

Pero &#191;por qu&#233; lo hizo? &#191;Lo ha dicho?

No. Debe de ser un loco. Y usted, &#191;c&#243;mo conoci&#243; usted al capit&#225;n?

En un club nocturno. El Gay Island.

S&#237;, lo conozco. Aunque yo nunca he ido. Yo prefiero esos sitios que hay al final del Ku-damm: el bar de Ronny y el Club Royale. Pero Linden iba mucho al Gay Island. Ten&#237;a muchos amigos alemanes, me parece, y ah&#237; es donde les gustaba ir.

Bueno, como hablaba alem&#225;n tan bien.

S&#237; que es verdad; como un nativo.

A mi mujer y a m&#237; nos sorprend&#237;a que no saliera con una chica de forma regular. Incluso le ofrecimos presentarle una. Chicas agradables, de buena familia.

El soldado se encogi&#243; de hombros.

Demasiado ocupado, supongo -dijo riendo entre dientes-. Seguro que ten&#237;a muchas otras. Vaya si le gustaba confraternizar a ese hombre.

Al cabo de un momento comprend&#237; lo que quer&#237;a decir con confraternizar; era un eufemismo del uso militar para describir lo que otro oficial estadounidense hac&#237;a con mi mujer. Me sujet&#233; la rodilla con cuidado y me levant&#233;.

&#191;Seguro que est&#225; bien? -dijo el soldado.

S&#237;, gracias. Ha sido usted muy amable.

No ha sido nada. Siendo amigo del capit&#225;n Linden



8

Pregunt&#233; por los Drexler en la oficina de correos de la Sintenis Platz, una plaza tranquila y silenciosa, en un tiempo cubierta de hierba y ahora dedicada al cultivo de cosas comestibles.

La encargada, una mujer con un enorme bucle j&#243;nico a cada lado de la cabeza, me inform&#243;, eficiente, de que sab&#237;a qui&#233;nes eran los Drexler y que, como la mayor parte de la gente del barrio, recog&#237;an el correo en la oficina. Por lo tanto, explic&#243;, no se conoc&#237;a su direcci&#243;n exacta en la Handjery Strasse. Pero lo que s&#237; a&#241;adi&#243; fue que el considerable correo que recib&#237;an los Drexler era ahora a&#250;n mayor debido a que hac&#237;a varios d&#237;as que no se hab&#237;an molestado en ir a recogerlo. Utiliz&#243; la palabra molestado con algo m&#225;s que desagrado y me pregunt&#233; si tendr&#237;a alguna raz&#243;n para que no le gustaran los Drexler. Mi ofrecimiento de entregarles el correo fue rechazado sin dudar. Eso no ser&#237;a correcto. Pero me dijo que, por supuesto, pod&#237;a recordarles que fueran a llev&#225;rselo, ya que empezaba a resultar un incordio.

A continuaci&#243;n decid&#237; probar en el Presidium de la polic&#237;a de Sch&#246;nberg, en la cercana Gr&#252;newald Strasse. En mi camino hasta all&#237;, bajo la inestable sombra de unas paredes de queso gorgonzola que se inclinaban hacia adelante como si estuvieran permanentemente de puntillas, pasando frente a edificios sin ning&#250;n da&#241;o salvo una esquina de balaustrada desaparecida, como un pastel de bodas que alguien ha probado a escondidas, pas&#233; justo por delante del club nocturno Gay Island, donde, seg&#250;n me hab&#237;an dicho, Becker se hab&#237;a reunido con el capit&#225;n Linden. Era un lugar deprimente, con un aspecto desangelado y un barato letrero de ne&#243;n, ahora apagado, y casi me alegr&#233; de que estuvieracerrado.

En el Presidium, el poli de detr&#225;s del mostrador ten&#237;a una cara tan larga como la u&#241;a del pulgar de un mandar&#237;n, pero era un tipo servicial y mientras consultaba el registro me cont&#243; que los Drexler no eran desconocidos para la polic&#237;a de Sch&#246;nberg.

Son una pareja jud&#237;a -explic&#243;-. Abogados. Bastante conocidos por aqu&#237;. Incluso podr&#237;a decirse que mal conocidos.

&#191;De verdad? &#191;Y c&#243;mo es eso?

No es que infrinjan las leyes, enti&#233;ndame. -El dedo del sargento, del tama&#241;o de una salchicha, encontr&#243; el nombre en el libro y recorri&#243; la p&#225;gina en diagonal hasta llegar a la calle y el n&#250;mero-. Aqu&#237; est&#225;. Handjery Strasse. N&#250;mero diecisiete.

Gracias, sargento. &#191;Qu&#233; me dec&#237;a de ellos?

&#191;Es usted amigo suyo? -dijo con cautela.

No, no lo soy.

Ver&#225;, se&#241;or, simplemente es que a la gente no le gusta esa clase de cosas. Quieren olvidar lo que ha pasado. No creo que est&#233; bien escarbar en el pasado de esa manera.

Perd&#243;neme, sargento, pero &#191;qu&#233; es lo que hacen exactamente?

Cazan a los llamados criminales de guerra nazis.

Asent&#237;.

Ya, se entiende que por eso quiz&#225; no sean muy populares entre sus vecinos.

Lo que sucedi&#243; estuvo mal, pero tenemos que reconstruir, empezar de nuevo. Y no s&#233; c&#243;mo vamos a hacerlo si la guerra nos sigue a todas partes como una peste.

Como necesitaba m&#225;s informaci&#243;n, le di la raz&#243;n. Luego le pregunt&#233; por el Gay Island.

No es la clase de sitio donde me pillar&#237;a mi mujer. Lo lleva una p&#225;jara llamada Kathy Fiege. Est&#225; lleno de otras como ella. Pero nunca hay problemas, aparte de un yanqui borracho de vez en cuando. Y a eso no se le puede llamarproblemas. Adem&#225;s, si los rumores son ciertos, pronto seremos todos yanquis, por lo menos todos los que estamos en el sector estadounidense, &#191;no?

Le di las gracias y me dirig&#237; a la puerta.

Solo una cosa m&#225;s, sargento -dije dando media vuelta-. Esos Drexler &#191;Encuentran alguna vez a alg&#250;n criminal de guerra?

En la larga cara del sargento apareci&#243; un gesto divertido y malicioso.

No si podemos evitarlo, se&#241;or.

Los Drexler viv&#237;an algo m&#225;s al sur, cerca de la comisar&#237;a, en un edificio recientemente restaurado al lado de la l&#237;nea del S-Bahn y frente a una peque&#241;a escuela. Pero no contest&#243; nadie cuando llam&#233; a la puerta de su apartamento en el &#250;ltimo piso.

Encend&#237; un cigarrillo para quitarme de la nariz el fuerte olor a desinfectante que hab&#237;a en el rellano y volv&#237; a llamar. Al bajar la vista vi en el suelo, junto a la puerta, dos colillas que sorprendentemente nadie hab&#237;a recogido. No parec&#237;a que nadie hubiera entrado por aquella puerta desde hac&#237;a tiempo. Al inclinarme para recoger las puntas de cigarrillo, me encontr&#233; con que el olor era a&#250;n m&#225;s fuerte. Me coloqu&#233; en posici&#243;n de flexi&#243;n, apret&#233; la nariz contra el espacio entre el suelo y la puerta y me vinieron arcadas cuando el aire del interior del piso me llen&#243; la garganta y los pulmones. Me apart&#233; r&#225;pidamente y tos&#237; hasta sacar medio h&#237;gado en las escaleras que bajaban.

Cuando recuper&#233; el aliento me levant&#233; y sacud&#237; la cabeza. No parec&#237;a posible que nadie pudiera vivir en un ambiente as&#237;. Mir&#233; hacia abajo por el hueco de la escalera. No hab&#237;a nada por all&#237;.

Me apart&#233; de la puerta y di una fuerte patada contra la cerradura con mi pierna buena, pero apenas se movi&#243;. Una vez m&#225;s mir&#233; por el hueco de la escalera para ver si el ruido hab&#237;a hecho salir a alguien de su piso, y viendo que nadie hab&#237;a detectado mi presencia all&#237;, volv&#237; a golpear.

La puerta se abri&#243; de golpe y un olor horrible y pestilente se desliz&#243; hacia adelante, un olor tan fuerte que me hizo tambalear y casi caer escaleras abajo. Tap&#225;ndome la boca y la nariz con las solapas de la chaqueta, entr&#233; de un salto en el piso, que estaba en penumbra, y distinguiendo apenas la vaga silueta de unas cortinas, rasgu&#233; el pesado terciopelo y abr&#237; la ventana.

El aire fr&#237;o me enjug&#243; las l&#225;grimas de los ojos cuando me asom&#233; para aspirar aire fresco. Unos ni&#241;os que volv&#237;an a casa desde la escuela me saludaron con la mano y yo les devolv&#237; el saludo.

Cuando estuve seguro de que la corriente de aire entre la puerta y la ventana hab&#237;a ventilado la habitaci&#243;n, volv&#237; al interior para encontrar lo que fuera que iba a encontrar. No cre&#237;a que se tratara de la clase de olor pensado para liquidar nada de menos tama&#241;o que un elefante solitario.

Fui hasta la puerta de entrada y la abr&#237; y la cerr&#233; varias veces para hacer entrar un poco m&#225;s de aire limpio mientras observaba el escritorio, las sillas, las librer&#237;as y las pilas de libros y papeles que llenaban la peque&#241;a habitaci&#243;n. M&#225;s all&#225; hab&#237;a una puerta abierta y el extremo de un cabezal de cama de bronce.

Mientras me dirig&#237;a hacia el dormitorio, di con el pie contra algo que hab&#237;a en el suelo. Era una de esas bandejas baratas de hojalata, del tipo que se encuentra en un bar o en un caf&#233;.

Salvo por la congesti&#243;n de las dos caras que yac&#237;an juntas, una al lado de otra, se podr&#237;a haber pensado quesegu&#237;an durmiendo. Si tu nombre est&#225; escrito en la lista f&#250;nebre de alguien, hay peores formas de morir que por asfixia.

Apart&#233; el edred&#243;n y desabroch&#233; la chaqueta del pijama de Herr Drexler, dejando al descubierto una barriga hinchada y recorrida por venas y p&#250;stulas como si fuera un trozo de queso azul. La apret&#233; con el dedo; se notaba dura. Como era de esperar, al presionar con m&#225;s fuerza, hice que el cad&#225;ver se tirara una ventosidad, lo cual se&#241;alaba un trastorno gaseoso de los &#243;rganos internos. Parec&#237;a que los dos llevaran muertos al menos una semana.

Volv&#237; a taparlos con el edred&#243;n y regres&#233; a la primera habitaci&#243;n. Durante un rato mir&#233; impotente los libros y papeles que hab&#237;a en el escritorio, incluso hice un desganado intento para descubrir alguna pista, pero dado que solo contaba con una muy vaga idea del puzzle, pronto abandon&#233; mi intento, ya que era una p&#233;rdida de tiempo.

En el exterior, bajo un cielo color de madreperla, empezaba a encaminarme calle arriba, hacia el S-Bahn, cuando algo atrajo mi mirada. Hab&#237;a tanto equipamiento militar abandonado por todo Berl&#237;n que, salvo por la manera en que hab&#237;an muerto los Drexler, no habr&#237;a prestado ninguna atenci&#243;n a aquello. Sobre un mont&#243;n de escombros que se hab&#237;an ido acumulando en la cuneta hab&#237;a una m&#225;scara antig&#225;s. Una lata vac&#237;a rod&#243; hasta mis pies cuando tir&#233; de la cinta de goma. Completando r&#225;pidamente la escena del crimen, abandon&#233; la m&#225;scara y me puse en cuclillas para leer la etiqueta que hab&#237;a en la lata oxidada.

Zyklon-B. &#161;Gas venenoso! &#161;Peligro! &#161;Mant&#233;ngase en lugar fresco y seco! Prot&#233;jase del sol y de las llamas. Abrir y usar con extrema precauci&#243;n. Kaliwerke A. G. Kolin.

En mi mente, imagin&#233; a un hombre de pie ante la puerta de los Drexler. Era bien entrada la noche. Nervioso, fum&#243; a medias un par de cigarrillos antes de ponerse la m&#225;scara antig&#225;s y ajustar las correas para que le quedara bien apretada. Luego, abri&#243; la lata de &#225;cido pr&#250;sico cristalizado, volc&#243; las bolitas, que ya se estaban licuando al contacto con el aire, en la bandeja que hab&#237;a tra&#237;do con &#233;l, la desliz&#243; r&#225;pidamente por debajo de la puerta, meti&#233;ndola en el piso de los Drexler. La pareja dorm&#237;a, respirando profundamente, y perdi&#243; el conocimiento cuando el gas Zyklon-B, utilizado por primera vez con seres humanos en los campos de concentraci&#243;n, empez&#243; a bloquear la producci&#243;n de ox&#237;geno en su sangre. No hab&#237;a muchas probabilidades de que los Drexler hubieran dejado una ventana abierta con aquel tiempo. Pero quiz&#225; el asesino colocara algo -una chaqueta o una manta- en la ranura inferior de la puerta para impedir que entrara aire fresco en el apartamento o para evitar que muriera alguien m&#225;s en el edif&#236;cio. Solo una parte de cada dos mil del gas era letal. Finalmente, al cabo de quince o veinte minutos, cuando las bolitas se hubieran disuelto completamente y el asesino estuviera seguro de que el gas hab&#237;a hecho su mortal y silencioso trabajo  consistente en que dos jud&#237;os m&#225;s, por las razones que fuera, se reunieran con los otros seis millones- recoger&#237;a la chaqueta, la m&#225;scara y la lata vac&#237;a (puede que no tuviera intenci&#243;n de dejar la bandeja; aunque no importaba, con seguridad llevar&#237;a guantes para manipular el Zyklon-B) y desaparecer&#237;a en la noche.

Uno casi pod&#237;a admirar tanta simplicidad.



9

En alg&#250;n punto calle arriba, un jeep se alej&#243; gru&#241;endo en la negrura cargada de nieve. Limpi&#233; el vapor de la ventana con la manga y vi el reflejo de una cara que reconoc&#237;.

Herr Gunther -dijo cuando yo me volv&#237; en el asiento-, me pareci&#243; que era usted.

Una fina capa de nieve le cubr&#237;a la cabeza. Con su cr&#225;neo cortado a escuadra y sus orejas salientes y perfectamente redondeadas, me recordaba un cubo del hielo.

Neumann -dije-, estaba seguro de que hab&#237;as muerto.

Se sec&#243; la cabeza y se quit&#243; la chaqueta.

&#191;Le importa si me siento? Mi novia a&#250;n no ha llegado.

&#191;Desde cu&#225;ndo tienes novia, Neumann? Por lo menos, una que no hayas pagado.

Se removi&#243; nervioso.

Mire, si va a

Rel&#225;jate -dije-. Si&#233;ntate. -Llam&#233; al camarero-. &#191;Qu&#233; vas a tomar?

Solo una cerveza, gracias. -Se sent&#243; y me mir&#243; fijamente con los ojos entrecerrados-. No ha cambiado mucho, Herr Gunther. Algo m&#225;s viejo, con el pelo algo m&#225;s gris y bastante m&#225;s delgado que antes, pero el mismo de siempre.

No quiero ni pensar qu&#233; aspecto tendr&#237;a si pensaras que he cambiado -dije ir&#243;nicamente-. Pero lo que acabas de decir me parece una descripci&#243;n bastante precisa de ocho a&#241;os.

&#191;Tanto tiempo hace? &#191;Desde la &#250;ltima vez que nos vimos?

Guerra m&#225;s o guerra menos. &#191;Sigues escuchando por las cerraduras?

Herr Gunther, no sabe ni la mitad de la historia -dijo con un resoplido-. Soy celador de la prisi&#243;n de Tegel.

No te creo. &#191;T&#250;? Tienes m&#225;s conchas que un gal&#225;pago.

De veras, Herr Gunther, es verdad. Los yanquis me han puesto a vigilar a los criminales de guerra nazis.

Y t&#250; eres sus trabajos forzados, &#191;a que s&#237;?

Neumann volvi&#243; a mostrarse agitado.

Aqu&#237; llega tu cerveza.

El camarero dej&#243; el vaso delante de &#233;l. Empec&#233; a hablar, pero los estadounidenses de la mesa de al lado rompieron a re&#237;r a carcajadas. Luego uno de ellos, un sargento, dijo algo y esta vez incluso Neumann se ri&#243;.

Ha dicho que no cree en la confraternizaci&#243;n -explic&#243; Neumann-. Dice que no quiere tratar a ninguna Fr&#228;ulein igual que trata a su hermano.

Sonre&#237; y mir&#233; a los estadounidenses.

&#191;Has aprendido a hablar ingl&#233;s trabajando en Tegel?

Claro. All&#237; aprendo muchas cosas.

Siempre has sido un buen informador.

Por ejemplo -dijo bajando la voz-, me he enterado de que los sovi&#233;ticos han detenido un tren militar brit&#225;nico en la frontera para sacar dos coches con pasajeros alemanes. Se dice que es una represalia por el establecimiento de dos zonas. -Se refer&#237;a a la fusi&#243;n de las zonas brit&#225;nica y estadounidense de Alemania. Neumann bebi&#243; un poco de cerveza y se encogi&#243; de hombros-. Puede que haya otra guerra.

No veo c&#243;mo -dije-. A nadie le queda est&#243;mago para otra dosis.

No s&#233; quiz&#225; no.

Dej&#243; el vaso y sac&#243; una caja de rap&#233;, que me ofreci&#243;. Rehus&#233; con un adem&#225;n e hice una mueca al verlo coger un pellizco y met&#233;rselo dentro de la boca.

&#191;Vio algo de acci&#243;n durante la guerra?

Venga, Neumann, ya sabes que eso no se pregunta. Nadie pregunta una cosa as&#237; en estos d&#237;as. &#191;Me has o&#237;do preguntarte c&#243;mo conseguiste tu certificado de desnazificaci&#243;n?

Puedo informarle de que lo consegu&#237; leg&#237;timamente. -Sac&#243; la cartera y desdobl&#243; un trozo de papel-. Nunca estuve implicado en nada. Libre del contagio nazi, dice aqu&#237;, y eso es lo que estoy, y me siento orgulloso de ello. Ni siquiera estuve en el ej&#233;rcito. -Solo porque no te aceptaron.

Libre del contagio nazi -repiti&#243; enfadado.

Debe ser lo &#250;nico que no se te ha contagiado.

&#191;Y usted que est&#225; haciendo aqu&#237;? -replic&#243; con cierta sorna.

Me encanta venir al Gay Island.

Nunca lo hab&#237;a visto antes, y hace tiempo que vengo por aqu&#237; a menudo.

S&#237; que parece la clase de sitio en el que tienes que sentirte c&#243;modo. Pero &#191;c&#243;mo puedes permit&#237;rtelo, con el sueldo de un celador?

Neumann se encogi&#243; de hombros, evasivo.

Debes de hacer muchos recados -suger&#237;.

Bueno, hay que hacerlos, &#191;no? -Sonri&#243; entre dientes-. Apuesto a que est&#225; aqu&#237; por un caso, &#191;verdad?

Quiz&#225;.

A lo mejor podr&#237;a ayudarlo. Como he dicho, vengo mucho por aqu&#237;.

De acuerdo. -Saqu&#233; la cartera y le ense&#241;&#233; un billete de cinco d&#243;lares-. &#191;Has o&#237;do hablar alguna vez de alguien llamado Eddy Holl? Viene por aqu&#237; algunas veces. Est&#225; en el negocio de la publicidad. En una empresa llamada Reklaue and Werbe Zentrale.

Neumann trag&#243; saliva y mir&#243; con des&#225;nimo el billete.

No -dijo a rega&#241;adientes-, no lo conozco. Pero podr&#237;a preguntar por ah&#237;. El camarero es amigo m&#237;o. Podr&#237;a preguntar

Ya lo he intentado. No es del tipo hablador. Pero, por lo que lleg&#243; a decir, no creo que conociera a Holl.

Esa gente de la publicidad. &#191;C&#243;mo ha dicho que se llaman?

Reklaue and Werbe Zentrale. Est&#225;n en la Wilmersdorfer Strasse. Estuve all&#237; esta tarde. Seg&#250;n ellos, Herr Eddy Holl est&#225; en las oficinas de su central en Pullach.

Bueno, a lo mejor s&#237; que est&#225; all&#237;. En Pullach.

Nunca he o&#237;do hablar de ellos. No puedo imaginarme que haya ninguna oficina central de nada en Pullach.

Vaya, pues se equivoca.

De acuerdo -dije-, sorpr&#233;ndeme.

Neumann sonri&#243; y se&#241;al&#243; con la cabeza los cinco d&#243;lares que yo estaba volviendo a meter en la cartera.

Por cinco d&#243;lares podr&#237;a decirle todo lo que s&#233;.

Nada de rollos.

Asinti&#243; y le tir&#233; el billete.

Ser&#225; mejor que valga la pena.

Pullach es un peque&#241;o suburbio de Munich. Tambi&#233;n es el cuartel general de la Direcci&#243;n de Censura Postal del Ej&#233;rcito de Estados Unidos. Todo el correo para los Gl de Tegel tiene que pasar por all&#237;.

&#191;Eso es todo?

&#191;Qu&#233; m&#225;s quiere, la pluviosidad media anual?

Est&#225; bien, no estoy seguro de para qu&#233; me sirve eso, pero gracias de todos modos.

A lo mejor puedo tener los ojos abiertos por si veo a ese Eddy Holl.

&#191;Por qu&#233; no? Me voy a Viena ma&#241;ana. Cuando llegue te telegrafiar&#233; la direcci&#243;n donde voy a estar por si te enteras de algo. El pago a la entrega.

Joder, me gustar&#237;a poder ir. Me entusiasma Viena.

Nunca me has dado la impresi&#243;n de ser un tipo cosmopolita, Neumann.

Supongo que no querr&#225; entregar unas cuantas cartas cuando est&#233; all&#237;, &#191;eh? Tengo unos cuantos austr&#237;acos en mi planta.

&#191;Qu&#233; dices? &#191;Hacer de cartero para unos cuantos criminales de guerra nazis? No, gracias. -Me acab&#233; la bebida y mir&#233; la hora-. &#191;Crees que todav&#237;a vendr&#225;, esa amiga tuya?

Me levant&#233; para marcharme.

&#191;Qu&#233; hora es? -dijo frunciendo el ce&#241;o.

Le ense&#241;&#233; la esfera de mi Rolex de pulsera. Casi hab&#237;a decidido no venderlo. Neumann hizo una mueca cuando vio la hora.

Supongo que algo la habr&#225; retenido -dije.

Movi&#243; la cabeza tristemente.

Ahora ya no vendr&#225;. Mujeres.

Le di un cigarrillo.

En estos tiempos, la &#250;nica mujer en la que puedes confiar es en la esposa de otro.

Es un mundo asqueroso, Herr Gunther.

S&#237;, pero, oye, no se lo digas a nadie.



10

En el tren a Viena hab&#237;a un hombre que hablaba de lo que les hab&#237;amos hecho a los jud&#237;os.

Mire -dec&#237;a-, no pueden culparnos por lo que pas&#243;. Estaba predestinado. Solo nos limitamos a cumplir la profec&#237;a de su propio Antiguo Testamento, la que habla de Jos&#233; y sus hermanos. Ah&#237; tenemos a Jos&#233;, el hijo m&#225;s joven y el favorito de un padre represor, a quien tomamos como s&#237;mbolo de toda la raza jud&#237;a. Y luego est&#225;n todos los dem&#225;s hermanos, s&#237;mbolo de los gentiles de todas partes, pero supongamos que son alemanes y que, naturalmente, est&#225;n celosos del ni&#241;o bonito. Es m&#225;s guapo que los dem&#225;s; tiene una chaqueta de muchos colores. Por Dios, no es de extra&#241;ar que lo odien. No es de extra&#241;ar que lo vendan como esclavo. Pero lo que es importante observar es que lo que los hermanos hacen es tanto una reacci&#243;n contra un padre severo y autoritario, o una patria, si lo prefiere, como contra un hermano que parece gozar de demasiados privilegios. -El hombre se encogi&#243; de hombros y empez&#243; a frotarse el l&#243;bulo de una oreja con forma de interrogante pensativamente-. En realidad, si lo piensas bien, tendr&#237;an que agradec&#233;rnoslo.

&#191;C&#243;mo llega a esa conclusi&#243;n? -pregunt&#233; con una considerable falta de fe.

De no ser por lo que hicieron los hermanos de Jos&#233;, los hijos de Israel nunca habr&#237;an sufrido esclavitud en Egipto, nunca habr&#237;an sido conducidos hasta la tierra prometida por Mois&#233;s. Del mismo modo, de no ser por lo que nosotros, los alemanes, hicimos, los jud&#237;os nunca habr&#237;an vuelto a Palestina. F&#237;jese, si incluso est&#225;n a punto de establecer un nuevo Estado. -Los ojillos del hombre se entrecerraron como si fuera uno de los pocos elegidos para echar una ojeadaa la agenda de Dios-. Oh, s&#237; -dijo- ha sido el cumplimiento de una profec&#237;a, justo eso.

No s&#233; nada de ninguna profec&#237;a -dije gru&#241;endo, y se&#241;al&#233; con el pulgar la escena que pasaba casi rozando la ventanilla del vag&#243;n: un convoy de tropas del Ej&#233;rcito Rojo, que parec&#237;a interminable, yendo hacia el sur por la autobahn, paralela a la l&#237;nea del ferrocarril-, pero lo que si s&#233; seguro es que, a lo que parece, hemos acabado en el mar Rojo.

Era famosa, esa columna infinita de hormigas rojas, omn&#237;voras y salvajes, que asolaban el pa&#237;s y cog&#237;an todo lo que pod&#237;an acarrear -m&#225;s de lo que cada una pesaba- para llevarlo a sus colonias semipermanentes, dirigidas por obreros. Y al igual que un plantador brasile&#241;o que ha visto c&#243;mo su cosecha de caf&#233; es devastada por esas criaturas sociales, mi odio hacia los rusos se atemperaba con un grado igual de respeto. Durante siete largos a&#241;os hab&#237;a luchado contra ellos, los hab&#237;a matado, hab&#237;a sido su prisionero, hab&#237;a aprendido su lengua y, finalmente, hab&#237;a escapado de uno de sus campos de trabajos forzados. Siete delgadas espigas de trigo malogradas por el viento del este, que devoraba las siete espigas buenas.

Al estallar la guerra yo era Kriminalkommissar de la secci&#243;n 5 de la Oficina de Seguridad del Reich y, autom&#225;ticamente, qued&#233; clasificado como teniente de las SS. Aparte de jurar lealtad a Adolf Hitler, ser un SS Obersturmf&#252;hrer no pareci&#243; representar un gran problema hasta junio de 1941, cuando a Arthur Nebe, antes jefe de la polic&#237;a criminal del Reich y ascendido entonces a SS Gruppenf&#252;hrer, le dieron el mando de un grupo de combate como parte de la invasi&#243;n de Rusia.

Yo fui solo uno de los diversos miembros del personal de la polic&#237;a reclutados para el grupo de Nebe, cuyo objetivo era, o as&#237; lo cre&#237;a yo, seguir a la Wehrmacht a la Rusia blanca ocupada y combatir las infracciones de la ley y el terrorismo de cualquier tipo. Entre mis propios deberes en el cuartel general del grupo en Minsk estaba requisar los archivos de la NKVD rusa y capturar a la escuadra de la muerte de la NKVD que hab&#237;a asesinado a cientos de rusos blancos, prisioneros pol&#237;ticos, para impedir que fueran liberados por el ej&#233;rcito alem&#225;n. Pero los asesinatos en masa son algo end&#233;mico en cualquier guerra de conquista y pronto fue evidente para m&#237; que mi propio bando tambi&#233;n estaba asesinando a prisioneros rusos. Luego lleg&#243; el descubrimiento de que el principal prop&#243;sito de los grupos de combate no era la eliminaci&#243;n de terroristas, sino el asesinato sistem&#225;tico de civiles jud&#237;os.

En mis cuatro a&#241;os de servicio en la primera gran guerra nunca hab&#237;a visto nada que tuviera un efecto tan devastador para mi esp&#237;ritu como lo que presenci&#233; en el verano de 1941. Aunque no estaba personalmente al mando de ninguna de esas brigadas de ejecuci&#243;n en masa, comprend&#237; que solo era una cuesti&#243;n de tiempo que me lo ordenaran y que, como inevitable corolario, fuera fusilado por negarme a obedecer. Por ello, solicit&#233; mi traslado inmediato a la Wehrmacht y el frente.

En tanto que general al mando del grupo de combate, Nebe podr&#237;a haberme enviado a un batall&#243;n de castigo; incluso podr&#237;a haber dado &#243;rdenes para que me ejecutaran. En lugar de ello, accedi&#243; a mi petici&#243;n de ser trasladado y, despu&#233;s de unas cuantas semanas m&#225;s en la Rusia blanca, durante las cuales ayud&#233; a la secci&#243;n oriental deInteligencia de los ej&#233;rcitos extranjeros del general Gehlen a organizar los archivos requisados de la NKVD, me trasladaron, no al frente, sino a la Oficina de Cr&#237;menes de Guerra del Alto Mando Militar en Berl&#237;n. Para entonces, Arthur Nebe hab&#237;a supervisado personalmente el asesinato de m&#225;s de treinta mil hombres, mujeres y ni&#241;os.

Despu&#233;s de mi regreso a Berl&#237;n nunca volv&#237; a verlo. A&#241;os m&#225;s tarde me encontr&#233; con un viejo amigo de la Kripo que me cont&#243; que Nebe, que siempre fue un nazi un tanto ambiguo, hab&#237;a sido ejecutado a principios de 1945 por ser uno de los miembros del complot del conde Stauffenberg para matar a Hitler.

Siempre me ha producido un sentimiento muy extra&#241;o pensar que posiblemente le debo la vida al culpable de numerosas matanzas.

Con gran alivio por mi parte, el hombre de la curiosa obsesi&#243;n por la hermen&#233;utica baj&#243; del tren en Dresde y pude dormir entre esa ciudad y Praga. Pero la mayor parte del tiempo pens&#233; en Kirsten y en la lac&#243;nica nota que le hab&#237;a dejado, explicando que estar&#237;a ausente durante varias semanas y explicando la presencia de los soberanos de oro en el piso, soberanos que constitu&#237;an la mitad de mis honorarios por hacerme cargo del caso Becker y que Poroshin se hab&#237;a encargado de entregarme personalmente el d&#237;a anterior.

Me maldije por no escribirle algo m&#225;s, por no ser capaz de decirle que no hab&#237;a nada que no hubiera hecho por ella, ning&#250;n trabajo herc&#250;leo que no hubiera realizado sin dudarlo por ella. Todo esto ella lo sab&#237;a, claro, y era manifiesto en el paquete de desmesuradas cartas que guardaba en el caj&#243;n junto al innombrado frasco de Chanel.



11

El viaje entre Berl&#237;n y Viena dura mucho tiempo, demasiado para dedicarlo a darle vueltas a la infidelidad de tu esposa, as&#237; que no fue mal que el ayuda de campo de Poroshin me consiguiera un billete en un tren que segu&#237;a la ruta m&#225;s directa; diecinueve horas y media, v&#237;a Dresde, Praga y Brno, en lugar de las veintisiete y media que tardaba el tren que pasaba por Leipzig y Nuremberg. Con un chirriar de ruedas, el tren se detuvo lentamente en la Balhnhof Franz Josef, ocultando a los escasos ocupantes del and&#233;n en un limbo humeante.

En la barrera entregu&#233; mis papeles a un PM estadounidense y, despu&#233;s de explicar mi presencia en Viena a su entera satisfacci&#243;n, dej&#233; la bolsa en el suelo y mir&#233; alrededor para ver si mi llegada era conocida y bienvenida por alguien entre el peque&#241;o grupo de gente que esperaba.

Cuando se me acerc&#243; un hombre de estatura media y cabello gris, supe que hab&#237;a acertado en mi primera suposici&#243;n, aunque pronto me har&#237;an saber que la segunda era pura vanidad. El hombre me inform&#243; de que se llamaba doctor Liebl y que ten&#237;a el honor de ser el representante legal de Emil Becker.

Tengo un taxi esperando -dijo mirando con escepticismo mi equipaje-. Aunque, como mi despacho no est&#225; lejos, si hubiera tra&#237;do una bolsa m&#225;s peque&#241;a, podr&#237;amos haber ido a pie.

Ya s&#233; que suena pesimista -dije-, pero pens&#233; que tendr&#237;a que quedarme a pasar la noche.

Lo segu&#237; cruzando la estaci&#243;n.

Espero que haya tenido un buen viaje, Herr Gunther.

Estoy aqu&#237;, &#191;no? -dije oblig&#225;ndome a soltar una risa amable-. &#191;De qu&#233; otra forma se puede definir un buen viaje en estos tiempos?

La verdad es que no sabr&#237;a dec&#237;rselo -dijo con sequedad-. Yo nunca salgo de Viena. -Se&#241;al&#243; con un adem&#225;n desde&#241;oso a un grupo de personas desplazadas, con aspecto andrajoso, que parec&#237;an haber acampado en la estaci&#243;n-. Ahora, con todo el mundo haciendo alg&#250;n tipo de viaje, parece imprudente esperar que Dios cuide de la clase de viajero que s&#243;lo desea poder volver al lugar de donde sali&#243;.

Me acompa&#241;&#243; hasta un taxi, le di la bolsa al conductor y entr&#233; en la parte de atr&#225;s, para encontrarme con que la bolsa volv&#237;a conmigo de nuevo.

Hay una carga extra para el equipaje que se lleva fuera -explic&#243; Liebl, empujando la bolsa encima de mis rodillas-. Como le dec&#237;a, no est&#225; muy lejos y los taxis son caros. Mientras est&#233; aqu&#237; le recomiendo que use los tranv&#237;as; el servicio es muy bueno.

El coche arranc&#243; a gran velocidad, lanz&#225;ndonos a uno contra el otro como si fu&#233;ramos un par de enamorados en un cine. Liebl solt&#243; una risita.

Adem&#225;s, tambi&#233;n es m&#225;s seguro, siendo como son los conductores vieneses.

Se&#241;al&#233; hacia mi izquierda.

&#191;Eso es el Danubio?

Por todos los cielos, no. Eso es el canal. El Danubio est&#225; en el sector ruso, m&#225;s al este. -Se&#241;al&#243; a la derecha, a un edificio de aspecto sombr&#237;o-. Esa es la prisi&#243;n de la polic&#237;a, donde nuestro cliente reside en la actualidad. Tenemos una cita all&#237; ma&#241;ana a primera hora, despu&#233;s de lo cual quiz&#225; quiera asistir al funeral del capit&#225;n Linden en el Cementerio Central. -Liebl hizo un nuevo gesto hacia la prisi&#243;n-. En realidad, hace poco que Herr Becker est&#225; ah&#237;. Al principio los norteamericanos se inclinaban por tratar el caso como un asunto de la seguridad militar y, como resultado, lo ten&#237;an con los prisioneros de guerra en el Stiftskaserne, el cuartel general de su polic&#237;a militar en Viena. Me costaba Dios y ayuda entrar y salir de all&#237;, se lo aseguro. Sin embargo, el oficial de Seguridad P&#250;blica del Gobierno Militar ha decidido ahora que el caso corresponde a los tribunales austr&#237;acos, as&#237; que lo tendr&#225;n aqu&#237; hasta la celebraci&#243;n del juicio.

Liebl se inclin&#243; hacia adelante, le dio unos golpecitos al conductor en el hombro y le dijo que girara a la derecha y fuera hacia el Hospital General.

Ya que pagamos, m&#225;s vale que dejemos su bolsa -dijo-. Solo es un peque&#241;o rodeo. Por lo menos, ya ha visto donde est&#225; su amigo y puede apreciar la gravedad de su situaci&#243;n. No quiero ser grosero, Herr Gunther, pero debodecirle que yo estaba en contra de que viniera a Viena. No nos faltan detectives privados aqu&#237;. Los hay. Yo mismo he utilizado muchos y conocen Viena mejor que usted. Espero que no se ofenda por lo que digo. Quiero decir, usted no conoce esta ciudad en absoluto, &#191;verdad?

Aprecio su franqueza, doctor Liebl -dije, aunque no la apreciaba mucho-. Y tiene raz&#243;n, no conozco esta ciudad. De hecho no hab&#237;a estado aqu&#237; en mi vida. As&#237; que deje que le hable con franqueza. Con veinticinco a&#241;os de trabajo en la polic&#237;a a mis espaldas, me parece que me importa un pito lo que usted piense. La raz&#243;n de que Becker me contratara en lugar de a alg&#250;n sabueso local es asunto suyo. El hecho de que est&#233; preparado para pagarme generosamente es m&#237;o. No hay nada m&#225;s en medio, ni para usted ni para nadie m&#225;s. No en este momento. Cuando llegue el juicio, me sentar&#233; en sus rodillas y le peinar&#233; el pelo si quiere que lo haga. Pero hasta ese momento, lea sus libros de leyes y yo me ocupar&#233; de lo que usted va a decir para sacar a ese est&#250;pido cabr&#243;n a la calle.

Me parece bien -gru&#241;&#243; Liebl, con los labios curv&#225;ndose casi en una sonrisa-. La franqueza le sienta bastante bien. Como la mayor&#237;a de abogados, siento una oculta admiraci&#243;n por los que parecen creer en lo que dicen. S&#237;, tengo en alta estima la probidad de los dem&#225;s, aunque solo sea porque nosotros, los abogados, rebosamos artificio.

Cre&#237; que hablaba usted bastante claro.

Un mero intento, se lo aseguro -dijo con altivez.

Dejamos mi equipaje en una pensi&#243;n de aspecto confortable en el Bezirk 8, en el sector norteamericano, y seguimos hasta las oficinas de Liebl en el centro. Al igual que Berl&#237;n, Viena estaba dividida entre las cuatro potencias y cada una controlaba un sector. La &#250;nica diferencia era que el centro de Viena, rodeado por el amplio bulevar lleno de grandiosos hoteles y palacios llamado el Ring, estaba bajo el control de las cuatro potencias conjuntamente, en forma de la Patrulla Internacional. Otra diferencia, visible de forma inmediata, era el estado de la capital de Austria.Era cierto que la ciudad hab&#237;a sido bombardeada, pero, comparada con Berl&#237;n,Viena ten&#237;a un aspecto m&#225;s limpio que el escaparate de un enterrador.

Cuando por fin estuvimos sentados en el despacho de Liebl, busc&#243; las carpetas de Becker y repas&#243; los datos del caso conmigo.

Naturalmente, la prueba m&#225;s s&#243;lida contra Becker es su posesi&#243;n del arma del crimen -dijo Liebl, pas&#225;ndome un par de fotograf&#237;as de la pistola que hab&#237;a matado al capit&#225;n Linden.

Walther P38 -dije-. Culata de las SS. Yo mismo us&#233; una as&#237; durante el &#250;ltimo a&#241;o de la guerra. Vibran un poco, pero una vez que dominas la fuerza del gatillo, por lo general, puedes disparar con bastante precisi&#243;n. De todos modos, a m&#237; nunca me gust&#243; mucho el percutor exterior. No, yo prefiero la PPK. -Le devolv&#237; las fotos-. &#191;Tiene alguna de las fotos hechas por el pat&#243;logo al capit&#225;n?

Liebl me entreg&#243; un sobre con un desagrado evidente.

Es extra&#241;o el aspecto que tienen una vez limpios de nuevo -dije mientras miraba las fotos-. Le disparas a un tipo en la cara con una 38 y no tiene peor aspecto que si le hubieran quitado un lunar. Un cabr&#243;n atractivo, hay que reconocerlo. &#191;Encontraron la bala?

En la siguiente foto.

Asent&#237; al verla. No se necesita mucho para matar a un hombre, pens&#233;.

La polic&#237;a encontr&#243; tambi&#233;n varios cartones de cigarrillos en casa de Herr Becker -dijo Liebl-. Cigarrillos de la misma clase que los que hab&#237;a en el viejo estudio donde mataron a Linden.

Me encog&#237; de hombros.

Le gusta fumar. No entiendo de qu&#233; pueden acusarlo unas cuantas cajetillas de tabaco.

&#191;No? Deje que se lo explique. Se trataba de cigarrillos robados de la f&#225;brica de tabaco de la Thaliastrasse, que est&#225; bastante cerca del estudio. Quienquiera que los robara usaba el estudio como almac&#233;n. Cuando Becker encontr&#243; el cuerpo del capit&#225;n Linden por primera vez, se apropi&#243; de unos cuantos cartones antes de irse a casa.

S&#237;, eso suena t&#237;pico de Becker -dije suspirando-. Siempre ha tenido las manos muy largas.

Bueno, ahora lo que importa es la longitud de su cuello. No necesito recordarle que se trata de un crimen castigado con la pena de muerte, Herr Gunther.

Puede record&#225;rmelo siempre que lo crea conveniente, Herr Doktor. D&#237;game, &#191;a qui&#233;n pertenece el estudio?

Drittemann Film-und Senderaum GMBH. Por lo menos ese es el nombre de la compa&#241;&#237;a en el contrato de arrendamiento. Pero nadie parece recordar que se haya hecho ninguna pel&#237;cula all&#237;. Cuando la polic&#237;a registr&#243; el lugar no encontraron ni siquiera un foco viejo.

&#191;Podr&#237;a echar un vistazo por dentro?

Ver&#233; si puedo arreglarlo. Bueno, si tiene otras preguntas, Herr Gunther, le sugiero que las reserve para ma&#241;ana por la ma&#241;ana, cuando veamos a Herr Becker. Entretanto, hay dos o tres cosas que tenemos que arreglar; por ejemplo, el pago del resto de sus honorarios y sus gastos. Por favor, perd&#243;neme un momento mientras saco su dinero de la caja fuerte.

Se levant&#243; y sali&#243; de la sala.

El despacho de Liebl, en la Judengasse, estaba en el primer piso por encima de una zapater&#237;a. Cuando volvi&#243; a su despacho, con dos paquetes de billetes de banco, me encontr&#243; mirando por la ventana.

Dos mil quinientos d&#243;lares estadounidenses, en efectivo, seg&#250;n lo acordado -dijo fr&#237;amente- y mil schillings austr&#237;acos para cubrir sus gastos. Cualquier suma adicional tendr&#225; que ser autorizada por Fra&#252;lein Braunsteiner, la novia de Herr Becker. Del coste de su alojamiento se encargar&#225; esta oficina. -Me alarg&#243; una pluma-. &#191;Me firmar&#225; este recibo, por favor?

Ech&#233; una ojeada al escrito y luego lo firm&#233;.

Me gustar&#237;a conocerla -dije-. Me gustar&#237;a conocer a todos los amigos de Becker.

Seg&#250;n las &#243;rdenes que me han dado, ella se reunir&#225; con usted en la pensi&#243;n.

Me embols&#233; el dinero y volv&#237; a la ventana.

Conf&#237;o en que si la polic&#237;a lo pilla con todos esos d&#243;lares puedo confiar en su discreci&#243;n. Hay normas sobredivisas que

Dejar&#233; su nombre fuera de todo, no se preocupe. Por curiosidad, &#191;qu&#233; me impide coger el dinero y volver a casa?

Est&#225; repitiendo mi propia advertencia a Herr Becker. En primer lugar, dijo que usted era un hombre de honor y que si le pagaban para hacer un trabajo, lo hac&#237;a. Que no era la clase de gente que lo dejar&#237;a colgado. Fue muy tajante al respecto.

Me conmueve -dije-. &#191;Y en segundo lugar?

&#191;Puedo ser franco?

&#191;Por qu&#233; detenerse ahora?

Muy bien. Herr Becker es uno de los peores ma&#241;osos de Viena. Pese a sus apuros actuales, no carece por completo de influencias en ciertos, digamos, sectores nefandos de la ciudad. -Su cara mostr&#243; una expresi&#243;n afligida-. Me resisto a decir nada m&#225;s para no parecer un vulgar mat&#243;n.

Ha sido lo bastante sincero, Herr Doktor. Gracias.

Se acerc&#243; a la ventana.

&#191;Qu&#233; est&#225; mirando?

Me parece que me siguen. &#191;Ve aquel hombre?

&#191;El que est&#225; leyendo el peri&#243;dico?

Estoy seguro de haberlo visto en la estaci&#243;n.

Liebl sac&#243; unas gafas del bolsillo superior de la chaqueta y las sujet&#243; a sus viejas orejas peludas.

No parece austr&#237;aco -dictamin&#243; finalmente-. &#191;Qu&#233; peri&#243;dico est&#225; leyendo?

Entrecerr&#233; los ojos un momento.

El Wiener Kurier.

Hum En cualquier caso, no es comunista. Probablemente, estadounidense, un agente de campo de la secci&#243;n de Investigaciones Especiales de su polic&#237;a militar.

&#191;Vestido de paisano?

Me parece que ya no les obligan a llevar uniforme. Por lo menos, en Viena. -Se quit&#243; las gafas y se dio media vuelta-. Me atrever&#237;a a decir que es algo rutinario. Querr&#225;n saberlo todo sobre cualquier amigo de Herr Becker. Tiene que estar preparado para que lo detengan en alg&#250;n momento para interrogarlo.

Gracias por la advertencia. -Empec&#233; a apartarme de la ventana, pero mi mano qued&#243; detenida en la enorme contraventana, con su travesa&#241;o de aspecto s&#243;lido-. No hay duda de que sab&#237;an c&#243;mo construir estos viejos edificios,&#191;verdad? Esto parece pensado para impedir el paso a un ej&#233;rcito.

No a un ej&#233;rcito, Herr Gunther. A una turba. Esto era el coraz&#243;n del gueto. En el siglo xv, cuando se construy&#243; la casa, ten&#237;an que estar preparados para un pogromo de vez en cuando. Nada cambia demasiado, &#191;verdad?

Me sent&#233; frente a &#233;l y fum&#233; un Memphis del paquete que hab&#237;a comprado con el dinero de Poroshin. Le ofrec&#237; el paquete a Liebl, que cogi&#243; un cigarrillo y lo guard&#243; con cuidado en una pitillera. &#201;l y yo no hab&#237;amos tenido el mejor de los comienzos. Era hora de reparar unos cuantos puentes-. Qu&#233;dese el paquete -dije.

Es usted muy amable -respondi&#243;, pas&#225;ndome un cenicero a cambio.

Al observarlo mientras encend&#237;a un cigarrillo, me pregunt&#233; qu&#233; genealog&#237;a de perversiones le hab&#237;a marcado la cara, en un tiempo atractiva. Las grises mejillas estaban profundamente se&#241;aladas por unas estr&#237;as casi glaciares, y la nariz, fruncida como si alguien acabara de contar un chiste de muy mal gusto. Ten&#237;a los labios muy rojos y delgados y sonre&#237;a como una vieja y artera culebra, una sonrisa que solo serv&#237;a para acentuar el aire de disipaci&#243;n que los a&#241;os y, m&#225;s probablemente, la guerra le hab&#237;an grabado en la cara. &#201;l mismo lo explic&#243;.

Pas&#233; una temporada en un campo de concentraci&#243;n. Antes de la guerra era miembro del Partido Social Cristiano. Ya sabe, la gente prefiere olvidar, pero en Austria hab&#237;a mucha simpat&#237;a por Hitler. -Tosi&#243; un poco cuando el humo le alcanz&#243; los pulmones-. Nos fue muy bien que los Aliados decidieran que Austria hab&#237;a sido una v&#237;ctima de la agresi&#243;n nazi en lugar de colaborar con ella. Pero tambi&#233;n es absurdo. Somos los bur&#243;cratas perfectos, Herr Gunther. Es extraordinario el n&#250;mero de austr&#237;acos que llegaron a ocupar puestos cruciales en la organizaci&#243;n de los cr&#237;menes de Hitler. Y muchos de esos mismos hombres, y bastantes alemanes, viven ahora aqu&#237;, en Viena. En este mismo momento la Junta de Seguridad para la Alta Austria est&#225; investigando el robo de una gran cantidad de carn&#233;s deidentidad de la Oficina Estatal de Imprenta de Viena. As&#237; que, como ve, los que se quieren quedar aqu&#237; siempre pueden encontrar medios para hacerlo. La verdad es que a esos hombres, a esos nazis, les gusta vivir en mi pa&#237;s. Pueden contar con quinientos a&#241;os de odio a los jud&#237;os para sentirse como en casa.

Le comento estas cosas porque como pifke -sonri&#243; disculp&#225;ndose- como prusiano, puede tropezar con una cierta hostilidad en Viena. Ahora los austr&#237;acos tienden a rechazar todo lo alem&#225;n. Se est&#225;n esforzando mucho por ser austr&#237;acos. Un acento como el suyo puede recordar a algunos vieneses que durante siete a&#241;os fueron nacionalsocialistas. Un hecho dif&#237;cil de digerir que, ahora, la mayor&#237;a prefiere creer que fue poco m&#225;s que una pesadilla.

Lo tendr&#233; presente.

Despu&#233;s de la reuni&#243;n con Liebl regres&#233; a la pensi&#243;n de la Skodagasse, donde encontr&#233; un mensaje de la novia de Becker diciendo que pasar&#237;a a verme hacia las seis para asegurarse de que estaba c&#243;modo. La Pensi&#243;n Caspian era un lugar peque&#241;o, pero de primera clase. Ten&#237;a un dormitorio con salita y cuarto de ba&#241;o. Incluso hab&#237;a una diminuta galer&#237;a cubierta donde habr&#237;a podido sentarme si fuera verano. Ten&#237;a una temperatura agradable y parec&#237;a haber un suministro de agua inacabable; un lujo desusado. Hac&#237;a poco que acababa de tomar un ba&#241;o, un ba&#241;o tan largo que incluso Marat le habr&#237;a puesto objeciones, cuando alguien llam&#243; a la puerta de la sala y, al mirar la hora, vi que eran casi las seis. Me puse el abrigo y abr&#237; la puerta.

Era peque&#241;a y con ojos brillantes, con las mejillas sonrosadas de un ni&#241;o y un pelo negro que parec&#237;a no necesitar un peine. La sonrisa, que mostraba unos dientes perfectos, se desdibuj&#243; un poco cuando vio que estaba descalzo.

&#191;Herr Gunther? -dijo, vacilante.

Fr&#228;ulein Traudl Braunsteiner.

Asinti&#243;.

Pase. Me temo que me he quedado m&#225;s de lo debido en el ba&#241;o, pero la &#250;ltima vez que disfrut&#233; de agua calientede verdad fue cuando volv&#237; del campo de concentraci&#243;n sovi&#233;tico. Si&#233;ntese mientras me pongo algo de ropa.

Cuando volv&#237; a la sala, vi que hab&#237;a tra&#237;do una botella de vodka y que estaba llenando dos vasos en una mesa al lado del ventanal. Me tendi&#243; mi bebida y nos sentamos.

Bienvenido a Viena -dijo-. Emil me pidi&#243; que le trajera una botella. -Dio un golpecito con el pie al bolso que ten&#237;a en el suelo, a su lado-. En realidad, he tra&#237;do dos. Las he tenido colgando fuera de la ventana del hospital todo el d&#237;a, as&#237; que el vodka est&#225; bien fr&#237;o. No me gusta el vodka si no est&#225; fr&#237;o.

Entrechocamos los vasos y bebimos; el fondo de su vaso se pos&#243; en la mesa antes que el m&#237;o.

&#191;No estar&#225; enferma, verdad? Ha hablado del hospital.

Soy enfermera, en el General. Puede verlo si va hasta el final de la calle. En parte, esa es la raz&#243;n de que le buscara esta pensi&#243;n, porque est&#225; muy cerca. Pero tambi&#233;n porque conozco a la propietaria, Frau Blum-Weiss. Era amiga de mi madre. Y tambi&#233;n pens&#233; que preferir&#237;a estar cerca del Ring y del sitio donde mataron al capit&#225;n norteamericano. Est&#225; en la Dettergasse, al otro lado del cintur&#243;n exterior de Viena, el G&#252;rtel.

Es un sitio perfecto. A decir verdad, es mucho m&#225;s c&#243;modo que lo que tengo en casa, en Berl&#237;n. Las cosas son bastante dif&#237;ciles all&#237;. -Llen&#233; de nuevo los vasos-. &#191;Cu&#225;nto sabe exactamente de lo que ha pasado?

S&#233; todo lo que Liebl le ha dicho y todo lo que Emil le dir&#225; ma&#241;ana por la ma&#241;ana.

&#191;Y de los negocios de Emil?

Traudl Braunsteiner sonri&#243;, coqueta, y solt&#243; una risita burlona.

Tampoco hay mucho que no sepa de los negocios de Emil. -Al notar que uno de los botones de su arrugada gabardina colgaba de un hilo, lo acab&#243; de arrancar y se lo meti&#243; en el bolsillo. Era como un bello pa&#241;uelo de encaje que necesitara un buen lavado-. Supongo que, como soy enfermera, no me importa tanto eso del mercado negro. Yo misma he robado algunos medicamentos, no me importa admitirlo. En realidad, todas lo hacemos en un momento otro. Para algunas la opci&#243;n es sencilla: o vendes penicilina o te vendes t&#250;. Imagino que tenemos suerte de tener algo que vender. -Se encogi&#243; de hombros y se trag&#243; su segundo vodka-. Ver c&#243;mo sufre y muere la gente no te lleva a tener un gran respeto por la ley y el orden. -Se ri&#243;, como disculp&#225;ndose-. El dinero no vale para nada si no est&#225;s en condiciones de gastarlo. &#161;Dios!, &#191;cu&#225;nto tendr&#225; la familia Krupp? Probablemente miles de millones, pero uno de ellos est&#225; encerrado aqu&#237;, en Viena, en el manicomio.

Est&#225; bien -dije-, no le ped&#237;a que se justificara ante m&#237;.

Pero estaba claro que trataba de justificarse ante s&#237; misma.

Traudl dobl&#243; las piernas, meti&#233;ndolas debajo del trasero. Sentada despreocupadamente en el sill&#243;n, parec&#237;a importarle tan poco como a m&#237; que yo le viera la parte superior de las medias, el liguero y el inicio de sus suaves y blancos muslos.

&#191;Qu&#233; le vamos a hacer? -dijo, mordisque&#225;ndose una u&#241;a-. De vez en cuando todo el mundo en Viena tiene que comprar algo y acude al Parque Ressel.

Me explic&#243; que ese era el principal centro del mercado negro de la ciudad.

En Berl&#237;n es la Puerta de Brandeburgo -dije-. Y delante del Reichstag.

&#161;Qu&#233; curioso! -dijo soltando una risita maliciosa-. En Viena estallar&#237;a un esc&#225;ndalo si eso pasara a las puertas del Parlamento.

Pero eso es porque tienen un Parlamento. Aqu&#237; los Aliados se limitan a supervisar. En Alemania gobiernan de verdad.

Mi visi&#243;n de su ropa interior desapareci&#243; cuando ella se estir&#243; el borde de la falda.

No lo sab&#237;a. Pero no importa. Aqu&#237; seguir&#237;a habiendo un esc&#225;ndalo, con Parlamento o sin &#233;l. Los austr&#237;acos son muy hip&#243;critas. Uno pensar&#237;a que tendr&#237;an que sentirse c&#243;modos con esas cosas; aqu&#237; el mercado negro ha existido desde los tiempos de los Habsburgo. Entonces no se trataba de cigarrillos, claro, sino de favores, de influencias. Los contactos personales siguen pesando mucho.

Hablando de eso, &#191;c&#243;mo conoci&#243; a Becker?

Arregl&#243; unos papeles para una amiga m&#237;a, una enfermera del hospital. Y nosotras robamos algo de penicilina para &#233;l. Eso fue cuando a&#250;n era posible encontrarla. Fue poco despu&#233;s de morir mi madre. -Abri&#243; m&#225;s los brillantes ojos, como tratando de comprender algo-. Se tir&#243; al paso del tranv&#237;a. -Forzando una sonrisa y soltando una especie de risa desconcertada, se las arregl&#243; para controlar sus sentimientos-. Mi madre era una austr&#237;aca muy vienesa, Bernie. Siempre nos estamos suicidando. Es nuestra manera de vivir. De cualquier modo, Emil fue muy amable y divertido. En realidad, me ayud&#243; en mi dolor. &#191;Sabe?, ella era mi &#250;nica familia. Mi padre muri&#243; en un bombardeo y mi hermano en Yugoslavia, luchando contra los partisanos. Sin Emil, de verdad que no s&#233; qu&#233; habr&#237;a sido de m&#237;. Si a &#233;l le pasara algo -Los labios de Traudl se tensaron al imaginar el destino que, muy probablemente, aguardaba a su amante-. Har&#225;s todo lo que puedas por &#233;l, &#191;verdad? Emil dijo que eras la &#250;nica persona en la que pod&#237;a confiar para descubrir algo que le diera alguna posibilidad.

Har&#233; todo lo que pueda por &#233;l, Traudl, te lo prometo. -Encend&#237; dos cigarrillos y le di uno-. Quiz&#225; te interese saber que, normalmente, declarar&#237;a culpable a mi propia madre si la encontrara de pie al lado de un cad&#225;ver con una pistola en la mano. Pero, si te sirve de algo, creo la historia de Becker, aunque solo sea porque, de tan mala que es, resulta veros&#237;mil. Por lo menos, hasta que &#233;l me la cuente. Puede que eso no te sorprenda mucho, pero tan seguro como que hay infierno que a m&#237; s&#237; que me impresiona. Eso s&#237;, m&#237;rame las manos. No est&#225;n ba&#241;adas en un aura de santidad. Y el sombrero que hay en el aparador tampoco es para cazar ciervos. As&#237; que si tengo que sacarlo de esa maldita celda, tu amigo tendr&#225; que darme un ovillo de hilo. Ma&#241;ana por la ma&#241;ana, ser&#225; mejor que tenga algo que decir en su favor o para este espect&#225;culo no valdr&#225; la pena gastar ni el precio del maquillaje.



12

El castigo m&#225;s terrible de la ley es siempre lo que pasa en la imaginaci&#243;n de alguien; la perspectiva de la propia muerte, ejecutada por sentencia judicial, alimenta ideas del tipo m&#225;s ingeniosamente masoquista. Someter a un hombre a un juicio en que se juega la vida es llenarle la cabeza de pensamientos m&#225;s crueles que cualquier castigo que pueda inventarse. Y, como es natural, la idea de c&#243;mo debe de ser caer varios metros a trav&#233;s de una trampilla, para verte detenido bruscamente por una cuerda atada alrededor del cuello, afecta a cualquiera. Es dif&#237;cil dormir, se pierde el apetito y no es raro que el coraz&#243;n empiece a sufrir bajo la tensi&#243;n de lo que la propia mente le impone. Incluso para la inteligencia m&#225;s mediocre y carente de imaginaci&#243;n, solo se necesita girar la cabeza de un lado a otro del cuello y o&#237;r el crujido de las v&#233;rtebras para sentir en el fondo del est&#243;mago el espantoso horror del ahorcamiento.

As&#237; que no me sorprendi&#243; ver que Becker se hab&#237;a convertido en una versi&#243;n m&#225;s delgada y descolorida de s&#237; mismo. Nos reunimos en un locutorio peque&#241;o y sin apenas muebles de la prisi&#243;n de Rossauer L&#228;nde. Cuando entr&#243; en la sala, me estrech&#243; la mano en silencio antes de dirigirse al guardi&#225;n que se hab&#237;a apostado al lado de la puerta.

Eh, Pepi -dijo Becker jovialmente-, &#191;te importa? -Meti&#243; la mano en el bolsillo de la camisa y sac&#243; un paquete de cigarrillos que lanz&#243; a trav&#233;s de la sala. El vigilante llamado Pepi los cogi&#243; al vuelo y mir&#243; la marca-. Fum&#225;telos fuera, &#191;vale?

De acuerdo -dijo Pepi, y se march&#243;.

Becker asinti&#243;, agradecido, cuando los tres nos sentamos en torno a la mesa atornillada a la pared de azulejos amarillos.

No se preocupe -le dijo a Liebl-. Aqu&#237; todos los guardias est&#225;n en el ajo. Mucho mejor que en el Stiftskaserne, puede estar seguro. No hab&#237;a forma de untar a ninguno de aquellos jodidos yanquis. No hay nada que esos cabronesquieran que no puedan conseguirlo ellos mismos.

A m&#237; me lo cuentas -dije, y saqu&#233; mis propios cigarrillos. Liebl los rechaz&#243; con un gesto cuando se los ofrec&#237;-. Estos son de tu amigo Poroshin -expliqu&#233; mientras Becker sacaba uno del paquete.

Todo un personaje, &#191;verdad?

Tu mujer cree que es tu jefe.

Becker encendi&#243; los dos cigarrillos y solt&#243; una nube de humo por encima de mi hombro.

&#191;Has hablado con ella? -dijo, pero no parec&#237;a sorprendido.

Aparte de los cinco mil, ella es la &#250;nica raz&#243;n de que est&#233; aqu&#237; -dije-. Con ella en contra tuya, decid&#237; que probablemente necesitabas toda la ayuda que pudieras conseguir. En lo que a ella respecta, ya est&#225;s colgando.

Tanto me odia, &#191;eh?

Como a una llaga abierta.

Bueno, supongo que tiene derecho. -Suspir&#243; y sacudi&#243; la cabeza. Luego dio una larga y nerviosa calada al cigarrillo que apenas dej&#243; papel encima del tabaco. Durante un segundo me mir&#243; fijamente con los ojos inyectados en sangre, parpadeando a trav&#233;s del humo. Al cabo de unos segundos, tosi&#243; y sonri&#243; al mismo tiempo-. Adelante, pregunta.

De acuerdo. &#191;Mataste al capit&#225;n Linden?

Pongo a Dios por testigo de que no. -Solt&#243; una carcajada-. &#191;Puedo irme ahora, se&#241;or?- Dio otra calada desesperada al cigarrillo-. Me crees, &#191;verdad, Bernie?

Creo que si estuvieras mintiendo, tendr&#237;as una historia mejor. Te reconozco la suficiente sensatez. Pero, como le dec&#237;a a tu novia

&#191;Has visto a Traudl? Bien. Es estupenda, &#191;verdad?

S&#237;, lo es. Solo Dios sabe qu&#233; habr&#225; visto en ti.

Disfruta de mi conversaci&#243;n de sobremesa, claro. Por eso no le gusta que est&#233; encerrado aqu&#237;. Echa en falta nuestras agradables charlas sobre Wittgenstein, al lado del fuego. -La sonrisa se le borr&#243; del rostro cuando tendi&#243; la mano y me cogi&#243; del brazo-. Mira, tienes que sacarme de aqu&#237;, Bernie. Los cinco mil eran solo para que entraras en eljuego. Demuestra que soy inocente y triplicar&#233; esa suma.

Los dos sabemos que no va a ser f&#225;cil.

Becker me entendi&#243; mal.

El dinero no es problema; tengo mucho. Hay un coche aparcado en un garaje de Hernals con treinta mil d&#243;lares en el maletero. Es tuyo si me sacas de aqu&#237;.

Liebl hizo un gesto de desagrado mientras su cliente continuaba demostrando su evidente falta de visi&#243;n para los negocios.

Realmente, Herr Becker, en tanto que abogado suyo tengo que protestar. Esta no es la manera de

Cierre la boca -dijo Becker rabioso-. Cuando quiera su opini&#243;n, se la pedir&#233;.

Liebl se encogi&#243; de hombros diplom&#225;ticamente y se recost&#243; en la silla.

Mira, hablaremos de una prima extra cuando est&#233;s fuera. El dinero es estupendo. Ya me has pagado bien. No hablaba de dinero. No, lo que querr&#237;a ahora son unas cuantas ideas. As&#237; que, &#191;por qu&#233; no empiezas por hablarme de Herr K&#246;nig? D&#243;nde lo conociste, qu&#233; aspecto tiene, y si crees que le gusta el caf&#233; con leche, &#191;vale?

Becker asinti&#243; y apag&#243; el cigarrillo, pis&#225;ndolo contra el suelo. Cerr&#243; y abri&#243; las manos y empez&#243; a chascar los nudillos, inc&#243;modo. Probablemente hab&#237;a repasado la historia demasiadas veces para sentirse c&#243;modo repiti&#233;ndola.

De acuerdo. Bien, veamos. Conoc&#237; a Helmut K&#246;nig en el Koralle. Es un club nocturno en el Bezirk 9. En la Porzellangasse. Se me acerc&#243; y se present&#243;. Dijo que hab&#237;a o&#237;do hablar de m&#237; y que quer&#237;a invitarme a tomar algo. Yo acept&#233;. Hablamos de las cosas corrientes: de la guerra, de que &#233;l hab&#237;a estado en Rusia, de que yo estaba en la Kripo antes de las SS; igual que t&#250;, en realidad. Solo que t&#250; te fuiste, &#191;no, Bernie?

No te vayas por las ramas.

Dijo que unos amigos le hab&#237;an hablado de m&#237;. No dijo qu&#233; amigos. Hab&#237;a un negocio que quer&#237;a ofrecerme: una entrega regular al otro lado de la Frontera Verde. Dinero en met&#225;lico, sin hacer preguntas. Era f&#225;cil. Lo &#250;nico queten&#237;a que hacer era recoger un paquete peque&#241;o en una oficina aqu&#237;, en Viena, y llevarlo a otra oficina en Berl&#237;n. Pero solo cuando yo tuviera que ir, con un cami&#243;n cargado de cigarrillos o algo por el estilo. Si me hubieran cogido, probablemente ni se hubieran fijado en el paquete de K&#246;nig. Al principio pens&#233; que eran medicamentos, pero luego abr&#237; uno y vi que eran documentos; archivos del partido, del ej&#233;rcito, de las SS, todo eso. No entend&#237;a por qu&#233; val&#237;a tanto dinero.

&#191;Siempre eran solo documentos?

Asinti&#243;.

El capit&#225;n Linden trabajaba para el Centro de Documentaci&#243;n de Estados Unidos en Berl&#237;n -expliqu&#233;-. Era un cazanazis, Esos documentos, &#191;recuerdas alg&#250;n nombre?

Bernie, eran sabandijas, morralla. Cabos y encargados de pagar los sueldos en el ej&#233;rcito. Cualquier cazanazis los habr&#237;a tirado a la basura. Esos tipos van detr&#225;s de los peces gordos, gente como Bormann y Eichmann, no de jodidos funcionarillos.

Sin embargo, esos documentos eran importantes para Linden. Quienquiera que le matara, tambi&#233;n hizo que mataran a un par de detectives aficionados que &#233;l conoc&#237;a. Dos jud&#237;os que hab&#237;an sobrevivido a los campos y que quer&#237;an saldar algunas cuentas. Los encontr&#233; muertos hace unos d&#237;as. Llevaban alg&#250;n tiempo as&#237;. Puede que los documentos fueran para ellos. O sea, que me ayudar&#237;a si procuraras recordar algunos de los nombres.

Claro, lo que t&#250; digas, Bernie. Tratar&#233; de encontrar un hueco en mi ocupad&#237;sima agenda.

Hazlo. Ahora, h&#225;blame de K&#246;nig. &#191;Qu&#233; aspecto ten&#237;a?

Veamos: alrededor de los cuarenta a&#241;os, dir&#237;a yo. Robusto, moreno, con un bigote espeso, pesar&#237;a unos noventa kilos, con un metro noventa de estatura; llevaba un traje de tweed de buena calidad, fumaba puros y siempre lo acompa&#241;aba un perro un terrier peque&#241;o. Con toda seguridad era austr&#237;aco. A veces aparec&#237;a con una chica. Su nombre era Lotte. No s&#233; el apellido, pero trabajaba en el Club Casanova. Una lagarta atractiva, rubia. No recuerdonada m&#225;s.

Has dicho que hablasteis de la guerra. &#191;Te cont&#243; cu&#225;ntas medallas hab&#237;a ganado?

S&#237;, s&#237; que lo hizo.

&#191;No crees que tendr&#237;as que dec&#237;rmelo?

No cre&#237; que tuviera importancia.

Yo decidir&#233; qu&#233; tiene importancia. Venga, Becker, su&#233;ltalo.

Fij&#243; la mirada en la pared y despu&#233;s se encogi&#243; de hombros.

Por lo que recuerdo, dijo que se hab&#237;a unido al partido nazi austr&#237;aco cuando todav&#237;a era ilegal, en 1931. M&#225;s tarde lo arrestaron por pegar carteles. As&#237; que se escap&#243; a Alemania y entr&#243; en la polic&#237;a b&#225;vara en Munich. Se uni&#243; a las SS en 1933 y se qued&#243; all&#237; hasta el final de la guerra.

&#191;Rango?

No lo dijo.

&#191;Mencion&#243; algo acerca de d&#243;nde hab&#237;a servido y qu&#233; hac&#237;a?

Becker neg&#243; con la cabeza.

No puede decirse que tuvierais una conversaci&#243;n muy interesante vosotros dos. &#191;De qu&#233; hablabais, del precio del pan? Bueno. &#191;Y qu&#233; hay del segundo hombre, el que fue a tu casa con K&#246;nig y te pidi&#243; que buscaras a Linden?

Becker se presion&#243; las sienes.

He tratado de recordar su nombre, pero no me viene a la cabeza -dijo-. Ten&#237;a la clase de un oficial de alto rango. Ya sabes, muy tieso y correcto. Puede que un arist&#243;crata. Tambi&#233;n de unos cuarenta, alto, delgado, bien afeitado, con poco pelo. Llevaba una chaqueta Schiller y una corbata de alg&#250;n club -Mene&#243; la cabeza-. No s&#233; mucho de corbatas de clubes. Puede que fuera del Herrenklub, no lo s&#233;.

Y el hombre que viste salir del estudio donde mataron a Linden, &#191;qu&#233; aspecto ten&#237;a?

Estaba demasiado lejos para verlo bien, solo s&#233; que era bajo y muy fornido. Llevaba chaqueta y sombrero oscuros y ten&#237;a prisa.

Apuesto a que s&#237; -dije-. La empresa de publicidad, la Reklaue and Werbe Zentrale. Est&#225; en la Mariahilferstrasse, &#191;no?

Estaba -dijo Becker, sombr&#237;o-. Cerr&#243; poco despu&#233;s de que me detuvieran.

H&#225;blame de ella de todos modos. &#191;Era siempre a K&#246;nig a quien ve&#237;as all&#237;?

No. Por lo general, era un tipo llamado Abs, Max Abs. Un tipo con aire acad&#233;mico, perilla, gafas peque&#241;as, ya sabes. -Becker cogi&#243; otro de mis cigarrillos-. Hab&#237;a una cosa que quer&#237;a decirte. Una de las veces que estuve all&#237;, o&#237; c&#243;mo Abs hablaba por tel&#233;fono con alguien llamado Pichler, un cantero. Puede que tuviera un funeral. Pensaba que quiz&#225; podr&#237;as encontrar a Pichler y averiguar algo de Abs cuando ma&#241;ana vayas al funeral de Linden.

A las doce -dijo Liebl.

Pensaba que podr&#237;a valer la pena que echaras un vistazo, Bernie -explic&#243; Becker.

T&#250; mandas, eres el cliente -dije.

Para ver si aparece alguno de los amigos de Linden. Y luego para buscar a Pilcher. La mayor&#237;a de los canteros est&#225;n a lo largo de los muros del Cementerio Central, as&#237; que no tendr&#237;a que resultar muy dif&#237;cil encontrarlo. A lo mejor puedes descubrir si Max Abs dej&#243; una direcci&#243;n cuando encarg&#243; la l&#225;pida.

No me gustaba mucho que Becker me organizara el trabajo de la ma&#241;ana de aquella manera, pero me pareci&#243; m&#225;s f&#225;cil seguirle la corriente. Un hombre que se enfrenta a una posible pena de muerte puede exigirle una cierta indulgencia a su investigador privado. Especialmente cuando hay dinero por medio. Por eso dije:

&#191;Por qu&#233; no? Me entusiasman los funerales.

Luego me levant&#233; y me pase&#233; por la celda, como si fuera yo quien estuviera nervioso por estar encerrado. Quiz&#225; &#233;l estuviera m&#225;s acostumbrado que yo.

Hay algo que me intriga -dije, despu&#233;s de andar arriba y abajo, reflexionando, un par de minutos.

&#191;Qu&#233;?

Liebl me ha dicho que no careces de amigos e influencias aqu&#237; en la ciudad.

Hasta cierto punto.

Bueno, &#191;c&#243;mo es que ninguno de esos supuestos amigos ha tratado de encontrar a K&#246;nig? &#191;O, si a eso vamos, a su amiguita Lotte?

&#191;Qui&#233;n dice que no lo hayan hecho?

&#191;Te lo vas a guardar para ti o es que tengo que darte un par de chocolatinas?

Becker adopt&#243; un tono conciliador.

Mira, Bernie, no s&#233; seguro qu&#233; ha pasado, as&#237; que no quiero que te hagas una idea equivocada de este trabajo. No hay razones para suponer que

Corta el rollo y cu&#233;ntame qu&#233; pas&#243;.

De acuerdo. Un par de socios m&#237;os, gente que sabe lo que est&#225; haciendo, preguntaron por ah&#237; sobre K&#246;nig y la chica. Comprobaron unos cuantos clubes nocturnos y -hizo un gesto de incomodidad- no se les ha vuelto a ver desde entonces. Puede que me traicionaran. Puede que se fueran de la ciudad.

O puede que recibieran el mismo tratamiento que Linden -suger&#237;.

&#191;Qui&#233;n sabe? Pero por eso est&#225;s t&#250; aqu&#237;, Bernie. Puedo confiar en t&#237;. S&#233; la clase de tipo que eres. Respeto lo que hiciste all&#225; en Minsk, de verdad. No eres de esos que dejan que cuelguen a un inocente. -Sonri&#243; significativamente-. No puedo creer que yo sea el &#250;nico que tenga necesidad de alguien con tus cualidades.

No me va mal -dije r&#225;pidamente, porque no me apetec&#237;a que me adularan, y menos alguien como Emil Becker-. &#191;Sabes?, probablemente mereces que te cuelguen -a&#241;ad&#237;-. Incluso si no mataste a Linden, habr&#225; habido muchos otros.

Pero yo no vi lo que se nos ven&#237;a encima. No hasta que fue demasiado tarde. No como t&#250;. T&#250; fuiste listo y te largaste mientras pod&#237;as hacerlo. Yo nunca tuve esa oportunidad. Era obedecer &#243;rdenes o enfrentarse a un consejo de guerra y al pelot&#243;n de fusilamiento. No tuve el valor de hacer otra cosa que lo que hice.

Negu&#233; con la cabeza. En realidad ya no importaba.

Quiz&#225; tengas raz&#243;n.

Sabes que la tengo. Est&#225;bamos en guerra, Bernie. -Acab&#243; el cigarrillo y se puso en pie para acercarse al rinc&#243;n donde me apoyaba. Baj&#243; la voz como si no quisiera que Liebl lo oyese.

Mira -dijo-, s&#233; que es un trabajo peligroso. Pero solo t&#250; puedes hacerlo. Hay que hacerlo sin armar ruido ypersonalmente, como t&#250; lo consideres mejor. &#191;Necesitas una pipa?

No hab&#237;a tra&#237;do la pistola que le hab&#237;a quitado al ruso muerto en Berl&#237;n, porque no ten&#237;a ganas de arriesgarme a que me arrestaran por cruzar la frontera con un arma. Dudaba que el pase de Poroshin solucionara ese problema. Me encog&#237; de hombros y dije:

D&#237;melo t&#250;. Es tu ciudad.

Yo dir&#237;a que necesitar&#225;s una.

De acuerdo -dije-, pero, por todos los santos, que est&#233; limpia.

Cuando estuvimos fuera de la prisi&#243;n, Liebl sonri&#243; sarc&#225;stico y dijo:

&#191;Una pipa es lo que supongo que es?

S&#237;, pero es solo por precauci&#243;n.

La mejor precauci&#243;n que puede tomar mientras est&#233; en Viena es no meterse en el sector ruso. Especialmente entrada la noche.

Segu&#237; la mirada de Liebl hasta el otro lado de la carretera y m&#225;s all&#225;, hasta el otro lado del canal, donde una bandera roja ondeaba con la brisa de la ma&#241;ana.

Hay una serie de bandas de secuestradores que trabajan para los ivanes en Viena -explic&#243;-. Raptan a cualquiera que piensen que esp&#237;a para los estadounidenses y, a cambio, los rusos les dan concesiones en el mercado negro para trabajar fuera del sector ruso, lo cual los pone, de hecho, fuera del alcance de la ley. Se llevaron a una mujer de su propia casa, enrollada dentro de una alfombra, igual que Cleopatra.

Bueno, tendr&#233; cuidado de no dormirme en el suelo -dije-. Y ahora, &#191;c&#243;mo puedo ir al Cementerio Central?

Est&#225; en el sector brit&#225;nico. Tiene que coger un 71 en la Schwarzenbergplatz, solo que en su mapa pondr&#225; Stalinplatz. No tiene p&#233;rdida; hay una enorme estatua de un soldado sovi&#233;tico como liberador que nosotros, los vieneses, llamamos el Saqueador Desconocido.

Sonre&#237;.

Como digo siempre, Herr Doktor, podemos sobrevivir a la derrota, pero Dios nos libre de cualquier otra liberaci&#243;n.



13

La ciudad de los otros vieneses era como lo hab&#237;a descrito Traudl Braunsteiner. No era ninguna exageraci&#243;n. El Cementerio Central era mayor que muchas ciudades que yo conoc&#237;a y bastante m&#225;s rico, adem&#225;s. Hab&#237;a menos posibilidades de que el austr&#237;aco medio se quedara sin su l&#225;pida que de que no fuera a su cafeter&#237;a favorita. Parec&#237;a que no hab&#237;a nadie tan pobre como para no tener un trozo decente de m&#225;rmol y, por vez primera, empec&#233; a valorar el atractivo del negocio de los enterramientos. El teclado de un piano, una musa inspirada, los compases iniciales de un vals famoso no hab&#237;a nada demasiado recargado para los artesanos de Viena, ninguna f&#225;bula grandilocuente o alegor&#237;a exagerada que la mano muerta de su arte no alcanzara. La enorme necr&#243;polis reflejaba incluso las divisiones pol&#237;ticas y religiosas de su hom&#243;loga viva, con sus secciones jud&#237;a, protestante y cat&#243;lica, por no hablar de las de las cuatro potencias.

Hab&#237;a mucho movimiento en los servicios de la capilla del tama&#241;o de la primera maravilla del mundo donde se celebraban las exequias de Linden, y me encontr&#233; con que el cortejo f&#250;nebre del capit&#225;n acababa de marcharse hac&#237;a solo unos minutos.

No era dif&#237;cil distinguir el peque&#241;o cortejo mientras circulaba lentamente a trav&#233;s del parque, cubierto de nieve, hacia el sector franc&#233;s donde iban a enterrar a Linden, ya que era cat&#243;lico. Pero para alguien que iba a pie, como yo, era algo m&#225;s dif&#237;cil alcanzarlo; cuando lo logr&#233;, ya estaban bajando el lujoso ata&#250;d al foso de color marr&#243;n oscuro, como si fuera un bote que se hunde en un sucio puerto. La familia Linden, con los brazos entrelazados al estilo de una brigada de la polic&#237;a antidisturbios, se enfrentaba a su dolor con un valor tan ind&#243;mito como si hubiera una medalla en juego.

La guardia de honor levant&#243; los rifles y apunt&#243; a la nieve que ca&#237;a. Tuve una sensaci&#243;n inc&#243;moda cuandodispararon y, durante un momento, me pareci&#243; estar de nuevo en Minsk un d&#237;a que, al dirigirme hacia el Estado Mayor, me atrajo el sonido de unos disparos; desde lo alto de un terrapl&#233;n vi a seis hombres y mujeres arrodillados al borde de una fosa com&#250;n ya llena de innumerables cuerpos, algunos de ellos todav&#237;a vivos, y detr&#225;s de ellos, un pelot&#243;n de fusilamiento de las SS mandado por un joven oficial de polic&#237;a. Su nombre era Emil Becker.

&#191;Era amigo suyo? -me pregunt&#243; un hombre, un estadounidense, que apareci&#243; detr&#225;s de m&#237;.

No -dije-. He venido hasta aqu&#237; porque no es un sitio donde uno espere o&#237;r disparos. -No sab&#237;a si el estadounidense estaba en el funeral antes o si me hab&#237;a seguido desde la capilla. No parec&#237;a el hombre que hab&#237;a visto frente a la oficina de Liebl. Se&#241;al&#233; la tumba.

D&#237;game, &#191;qui&#233;n es?

Un tipo llamado Linden.

Es dif&#237;cil para alguien cuya lengua materna no es el alem&#225;n, as&#237; que quiz&#225; me equivocara, pero no parec&#237;a haber signo alguno de emoci&#243;n en la voz del estadounidense.

Cuando hube visto bastante y asegur&#225;ndome de que no hab&#237;a nadie que se pareciera, aun vagamente, a K&#246;nig entre los asistentes -y no es que esperara encontrarlo all&#237;- me alej&#233; tranquilamente. Me sorprendi&#243; que el estadounidense me acompa&#241;ara.

La cremaci&#243;n es mucho m&#225;s amable para los pensamientos de los que quedan -dijo-. Consume todo tipo de ideas espantosas. Para m&#237;, la putrefacci&#243;n de un ser amado es algo inimaginable. Permanece en la cabeza con la persistencia de una tenia. La muerte ya es bastante mala sin que los gusanos se den un banquete. Yo tendr&#237;a que saberlo. He enterrado a mis padres y a una hermana. Pero estas personas son cat&#243;licas. No quieren poner en peligro sus posibilidades de una resurrecci&#243;n de los cuerpos. Como si Dios fuera a ocuparse de -hizo un adem&#225;n abarcandotodo el cementerio- todo esto. &#191;Es usted cat&#243;lico, Herr?

A veces -dije-. Cuando corro para coger un tren o cuando trato de recuperarme de una borrachera.

Linden sol&#237;a rezar a san Antonio -dijo el estadounidense-. Me parece que es el santo patron de las causas perdidas.

Me pregunt&#233; si trataba de ser cr&#237;ptico.

Yo nunca lo invoco -dije.

Me acompa&#241;&#243; por el camino que llevaba de vuelta a la capilla. Era una larga avenida de &#225;rboles cuidadosamente podados en la cual los copos de nieve que descansaban en los extremos de las ramas, parecidas a candelabros, se asemejaban a los cabos de las velas fundidas procedentes de alg&#250;n r&#233;quiem extraordinario.

Se&#241;alando uno de los coches aparcados, un Mercedes, dijo:

&#191;Puedo llevarle a la ciudad? Tengo el coche ah&#237;.

Era cierto que yo no soy muy cat&#243;lico. Matar hombres, incluso si son rusos, no era el tipo de pecado que resulta f&#225;cil de explicar a tu Hacedor. De cualquier modo, no tuve que consultar a san Miguel, el santo patr&#243;n de los polic&#237;as, para oler a un PM.

Puede dejarme en la puerta principal, si quiere -me o&#237; contestar.

Desde luego, entre.

No prest&#243; m&#225;s atenci&#243;n ni al funeral ni al cortejo f&#250;nebre. Despu&#233;s de todo, ahora me ten&#237;a a m&#237;, una cara nueva, para interesarse. Quiz&#225; fuera alguien que pudiera derramar algo de luz en alg&#250;n oscuro rinc&#243;n de todo aquel asunto. Me pregunt&#233; qu&#233; habr&#237;a dicho si hubiera sabido que mis intenciones eran las mismas que las suyas y que era por la vaga esperanza de un encuentro como aquel por lo que me hab&#237;a dejado convencer de ir al funeral de Linden.

El estadounidense conduc&#237;a lentamente, como si formara parte del cortejo, sin duda confiando en ampliar sus posibilidades de descubrir qui&#233;n era yo y qu&#233; hac&#237;a all&#237;.

Me llamo Shields -dijo-, Roy Shields.

Bernhard Gunther -respond&#237;, no viendo raz&#243;n alguna para enga&#241;arlo.

&#191;Es usted de Viena?

No originariamente.

&#191;De d&#243;nde, originariamente?

De Alemania.

Ya, no me pareci&#243; que fuera austr&#237;aco.

Su amigo Herr Linden -dije, cambiando de tema-, &#191;lo conoc&#237;a bien?

El norteamericano se ech&#243; a re&#237;r y sac&#243; unos cigarrillos del bolsillo superior de su chaqueta.

&#191;Linden? No lo conoc&#237;a en absoluto. -Cogi&#243; un cigarrillo directamente con los labios y luego me pas&#243; el paquete-. Lo asesinaron hace unas semanas y mi jefe pens&#243; que ser&#237;a una buena idea que yo representara a nuestro departamento en el funeral.

&#191;Y qu&#233; departamento es ese? -pregunt&#233;, aunque estaba casi seguro de conocer la respuesta.

La Patrulla Internacional. -Mientras encend&#237;a el cigarrillo, imit&#243; el estilo de las emisiones de radio estadounidenses-. Para su protecci&#243;n, llame al A29500. -Luego me pas&#243; un librillo de f&#243;sforos de un sitio llamado Club Zebra-. Una p&#233;rdida de tiempo, si quiere saber mi opini&#243;n, venir hasta aqu&#237;.

No es tan lejos -dije, y a&#241;ad&#237;-: A lo mejor su jefe esperaba que el asesino apareciera por aqu&#237;.

&#161;Joder!, espero que no -dijo riendo-. Ya tenemos a ese tipo entre rejas. No, el jefe, el capit&#225;n Clark, es el tipo de persona que gusta de observar el protocolo apropiado. -Shields gir&#243; en direcci&#243;n sur, hacia la capilla-. Dios  murmur&#243;-, este sitio es como un maldito campo de f&#250;tbol. &#191;Sabe, Gunther?, el camino que hemos dejado tiene casi un kil&#243;metro de largo, y va tan recto como una flecha. Le vi a usted cuando a&#250;n estaba a una distancia de unos doscientos metros del funeral de Linden y me pareci&#243; que ten&#237;a prisa por unirse a nosotros. -Sonri&#243;, parec&#237;a que para s&#237; mismo-. &#191;Estoy en lo cierto?

Mi padre est&#225; enterrado muy cerca de la tumba de Linden. Cuando llegu&#233; all&#237; y vi la guardia de honor, decid&#237;volver m&#225;s tarde, cuando todo estuviera m&#225;s tranquilo.

&#191;Ha recorrido todo ese camino a pie y no ha llevado una corona?

&#191;La ha llevado usted?

Claro, y me ha costado cincuenta schillings.

&#191;A usted o al departamento?

Supongo que pasamos la gorra para pagarla.

&#191;Y tiene que preguntarme por qu&#233; yo no he tra&#237;do una corona?

Vamos, Gunther -dijo Shields riendo-, no hay ni uno de ustedes que no est&#233; metido en alg&#250;n tinglado. Todos est&#225;n cambiando schillings por d&#243;lares en billetes peque&#241;os o vendiendo cigarrillos en el mercado negro. &#191;Sabe?, a veces pienso que los austr&#237;acos est&#225;n sacando m&#225;s infringiendo las leyes que nosotros.

Eso es porque usted es polic&#237;a.

Atravesamos la puerta principal, en la Simmeringer Hauptstrasse, y nos detuvimos al lado de la parada del tranv&#237;a, donde varios hombres iban colgados del exterior de un atestado coche como si fuesen una carnada de hambrientos cerditos aferr&#225;ndose a la barriga de una cerda.

&#191;Est&#225; seguro de que no quiere que le lleve hasta la ciudad? -dijo Shields.

No, gracias. Tengo algo que hacer en donde est&#225;n los canteros.

Bueno, es su funeral -dijo con una sonrisa, y se march&#243;.

Anduve a lo largo del muro del cementerio, donde parec&#237;an tener sus locales la mayor&#237;a de jardineros y canteros de Viena, y encontr&#233; a una pat&#233;tica vieja que me bloqueaba el paso. Levant&#243; una velita de penique y me pidi&#243; fuego.

Tenga -dije, y le di los f&#243;sforos de Shields.

Cuando hizo adem&#225;n de coger solo uno, le dije que se quedara el librillo.

No puedo pag&#225;rselo -dijo, disculp&#225;ndose en serio.

Tan seguro como que un hombre que espera un tren mirar&#225; la hora, sab&#237;a que volver&#237;a a ver a Shields. Pero me habr&#237;a gustado que estuviera all&#237; en aquel momento para poderle mostrar a un austr&#237;aco que no ten&#237;a dinero ni parauna cerilla, por no hablar de una corona de cincuenta schillings.

Herr Josef Pichler era un austr&#237;aco bastante t&#237;pico: m&#225;s bajo y delgado que el alem&#225;n medio, con la piel p&#225;lida y de aspecto suave y una especie de bigote ralo y juvenil. La expresi&#243;n abatida de su cara hocicuda le daba el aspecto de alguien que hubiera consumido demasiada cantidad de ese vino absurdamente joven que los austr&#237;acos parecen considerar bebible. Lo encontr&#233; de pie en su patio, comparando el boceto de una inscripci&#243;n para una l&#225;pida con el resultado final.

Buenos d&#237;as nos d&#233; Dios -dijo hura&#241;o.

Le contest&#233; adecuadamente.

&#191;Es usted Herr Pichler, el c&#233;lebre escultor? -le pregunt&#233;. Traudl me hab&#237;a advertido de que los vieneses adoran los t&#237;tulos pomposos y la adulaci&#243;n.

S&#237; -dijo, con jactancia, orgulloso-. &#191;Este elegante caballero est&#225; pensando en encargar un trabajo? -Hablaba como si fuera el conservador de una galer&#237;a de arte en la Dorotheergasse-. &#191;Una bella l&#225;pida, quiz&#225;? -Se&#241;al&#243; una gran pieza de m&#225;rmol negro pulido en la cual hab&#237;a inscritos y pintados en oro nombres y una fecha-. &#191;Algo de m&#225;rmol? &#191;Una figura tallada? &#191;Tal vez una estatua?

Para ser sincero, no estoy totalmente seguro, Herr Pichler. Creo que hace poco cre&#243; una hermosa pieza para un amigo m&#237;o, el doctor Max Abs. Qued&#243; tan satisfecho con ella que me preguntaba si podr&#237;a hacerme algo parecido.

S&#237;, me parece que recuerdo a Herr Doktor -Pichler se quit&#243; el peque&#241;o gorro, parecido a un pastel de chocolate, y se rasc&#243; la gris coronilla-, pero en este momento no consigo recordar el dise&#241;o preciso. &#191;Recuerda qu&#233; tipo de pieza?

Me temo que solo s&#233; que estaba entusiasmado con ella.

No importa. Tal vez al honorable caballero no le importar&#237;a volver ma&#241;ana y para entonces yo ya habr&#233; podidoencontrar los detalles de Herr Doktor. Perm&#237;tame que le explique.

Me mostr&#243; el boceto que ten&#237;a en la mano, hecho para alguien fallecido cuya inscripci&#243;n lo describ&#237;a como Ingeniero de Conductos Urbanos y Conservaci&#243;n.

Tomemos este cliente -dijo, anim&#225;ndose al hablar de su propio trabajo-. Aqu&#237; tengo un dise&#241;o con su nombre y n&#250;mero de orden. Cuando el trabajo est&#233; completado, el dibujo quedar&#225; archivado seg&#250;n la naturaleza de la pieza. A partir de ese momento, tendr&#233; que consultar mi libro de ventas para encontrar el nombre del cliente. Pero justo ahora tengo un poco de prisa para acabar esta pieza y -se dio unos golpecitos en la barriga- estoy exhausto. -Se encogi&#243; de hombros, disculp&#225;ndose-. Anoche, ya sabe. Adem&#225;s, estoy escaso de personal.

Le di las gracias y lo dej&#233; con su ingeniero de Conductos Urbanos y Conservaci&#243;n. Es de suponer que as&#237; ser&#237;a como te llamabas si eras uno de los fontaneros de la ciudad. Me pregunt&#233; qu&#233; tipo de t&#237;tulo se dar&#237;an los investigadores privados. De vuelta a la ciudad y mientras manten&#237;a el equilibrio en la parte exterior de un tranv&#237;a, evit&#233; pensar en mi precaria postura construyendo una serie de t&#237;tulos elegantes para m&#237; un tanto vulgar profesi&#243;n: practicante de un estilo de vida masculino y solitario; agente de indagaciones no metaf&#237;sicas; intermediario interrogador para los perplejos y ansiosos; abogado confidencial para los desplazados y desaparecidos; encargado de la b&#250;squeda del Grial; persona en pos de la verdad. El que m&#225;s me gustaba era este &#250;ltimo. Pero, por lo menos en lo relativo a mi cliente en el caso concreto que ten&#237;a entre manos, nada reflejaba adecuadamente la sensaci&#243;n de trabajar por una causa perdida que habr&#237;a desanimado incluso al m&#225;s dogm&#225;tico de los que defend&#237;an que la Tierra es plana.



14

Seg&#250;n todas las gu&#237;as, a los vieneses les gusta bailar casi con tanta pasi&#243;n como les gusta la m&#250;sica. Pero todos esos libros se escribieron antes de la guerra, y era evidente que sus autores no hab&#237;an pasado toda una noche en el Club Casanova de la Dorotheergasse. La direcci&#243;n de la banda era tal que te hac&#237;a pensar en la m&#225;s ignominiosa retirada, y el torpe pisoteo inspirado en Terps&#237;core se parec&#237;a a la imitaci&#243;n de un oso polar encerrado en una jaula demasiado peque&#241;a. Para encontrar pasi&#243;n ten&#237;as que mirar el hielo que se rend&#237;a ruidosamente al alcohol de tu vaso.

Despu&#233;s de una hora en el Casanova me sent&#237;a tan irritado como un eunuco en un ba&#241;o lleno de v&#237;rgenes. Recomend&#225;ndome paciencia, me recost&#233; en mi reservado de terciopelo y sat&#233;n rojo y contempl&#233; tristemente los cortinajes de tienda india que colgaban del techo. Lo &#250;ltimo que pod&#237;a hacer, a menos que quisiera acabar como los dos amigos de Becker (dijera &#233;l lo que dijera, a m&#237; no me quedaban muchas dudas de que estaban muertos) era dar vueltas por aquel sitio preguntando a los habituales si conoc&#237;an a Helmut K&#246;nig o quiz&#225; a su novia Lotte.

Con aquella decoraci&#243;n tan ridiculamente lujosa, el Casanova no parec&#237;a el tipo de sitio que un alma pusil&#225;nime habr&#237;a preferido evitar. No hab&#237;a esm&#243;quines extragrandes en la puerta ni nadie por all&#237; con aspecto de llevar algo m&#225;s letal que un palillo de plata, y los camareros eran todos loablemente atentos. Si K&#246;nig hab&#237;a dejado de frecuentar el local no era porque tuviera miedo a que le metieran los dedos en el bolsillo.

&#191;Ya ha empezado a girar?

Era una chica alta, despampanante, con ese tipo de cuerpo exuberante que habr&#237;a podido adornar un fresco italiano del siglo XVI: toda pechos, vientre y trasero.

El techo -explic&#243;, moviendo la boquilla en vertical hacia arriba.

Todav&#237;a no.

Entonces podr&#237;as invitarme a tomar algo -dijo, y se sent&#243; a mi lado.

Empezaba a preocuparme que no aparecieras.

Lo s&#233;, soy el tipo de chica con la que llevas tiempo so&#241;ando. Bueno, pues aqu&#237; estoy.

Llam&#233; al camarero y dej&#233; que ella pidiera un whisky con soda.

No soy de los que sue&#241;an mucho -le dije.

Vaya, eso s&#237; que es una l&#225;stima, &#191;no? -dijo encogi&#233;ndose de hombros.

Y t&#250;, &#191;con qu&#233; sue&#241;as?

Mira -dijo, moviendo la cabeza y haciendo oscilar su cabello casta&#241;o, largo y brillante-, estamos en Viena. No puedes ir por ah&#237; describiendo tus sue&#241;os a cualquiera. Nunca se sabe, podr&#237;an decirte exactamente lo que significan y entonces, &#191;qu&#233; pasar&#237;a?

Suena casi como si tuvieras algo que ocultar.

No veo que t&#250; vayas por ah&#237; como un hombre-anuncio. La mayor&#237;a de la gente tiene algo que ocultar. Especialmente en estos tiempos. Sobre todo lo que tienen en la cabeza.

Bueno, un nombre no parece demasiado dif&#237;cil. El m&#237;o es Bernie.

&#191;Diminutivo de Bernhard, como el perro que rescata a los monta&#241;eros?

M&#225;s o menos. Que me dedique a rescatar o no depende de la cantidad de co&#241;ac que lleve encima. No soy tan fiel cuando voy cargado.

No he conocido nunca a ning&#250;n hombre que lo fuera. -Se&#241;al&#243; con la cabeza mi cigarrillo-. &#191;Puedes darme uno de esos?

Le pas&#233; el paquete y la observ&#233; mientras colocaba uno en la boquilla.

No me has dicho c&#243;mo te llamas -dije encendiendo un f&#243;sforo con la u&#241;a.

Veronika, Veronika Zartl. Es un placer conocerte. No me parece haber visto tu cara por aqu&#237; antes. &#191;De d&#243;nde eres? Tu acento es de un pifke.

De Berlin.

Me lo parec&#237;a.

&#191;Hay algo malo en ello?

No si te gustan los pifkes. Da la casualidad de que a la mayor&#237;a de los austr&#237;acos no les gustan. -Hablaba con el acento lento, casi campesino, que parec&#237;a t&#237;pico de los vieneses modernos-. Pero a m&#237; no me importa. A veces me confunden con una pifke. Eso es porque no quiero hablar como los dem&#225;s. -Solt&#243; una risita-. Es tan divertido o&#237;r a un abogado o un dentista hablar como si fuera un tranviario o un minero solo para que no lo confundan con un alem&#225;n.En su mayor&#237;a, solo lo hacen en las tiendas, para estar seguros de que reciben el buen servicio al que todos los austr&#237;acos creen tener derecho. Tienes que probarlo, Bernie, y ver&#225;s c&#243;mo cambia la forma en que te tratan. El vien&#233;s es bastante f&#225;cil, &#191;sabes? Solo tienes que hablar como si mascaras algo y a&#241;adir ss al final de todo lo que digas. H&#225;biles, &#191;verdad?

El camarero volvi&#243; con la bebida y ella la mir&#243; con cierta desaprobaci&#243;n.

Sin hielo -murmur&#243; mientras yo pon&#237;a un billete en la bandeja de plata y dejaba el cambio ante la ceja interrogativamente enarcada de Veronika.

Con una propina as&#237;, debes estar pensando en volver por aqu&#237;.

No se te pasa nada por alto, &#191;verdad?

&#191;Es as&#237;? Que piensas en volver, quiero decir.

Puede que s&#237;. Pero &#191;siempre est&#225; as&#237;? Hay tanto movimiento como en una chimenea vac&#237;a.

Espera hasta que se llene y entonces desear&#225;s que vuelva a estar como ahora.

Bebi&#243; un sorbo y se apoy&#243; en el asiento de terciopelo rojo y oro, acariciando la tapicer&#237;a de sat&#233;n que cubr&#237;a la pared de nuestro reservado con la palma de la mano extendida.

Tendr&#237;as que agradecer la tranquilidad -me dijo-. Nos da la oportunidad de conocernos. Igual que aquellas dos.  Hizo un adem&#225;n significativo con la boquilla hacia una pareja de chicas que estaban bailando juntas. Con su ropa chabacana, sus mo&#241;os apretados y sus chillones collares de pasta parec&#237;an un par de caballos de circo. Al cruzarse sus miradas con la de Veronika sonrieron y luego se relincharon mutuamente una peque&#241;a confidencia al o&#237;do, a una cierta distancia, para no estropearse el peinado.

Las observ&#233; mientras giraban en peque&#241;os c&#237;rculos elegantes.

&#191;Amigas tuyas?

No exactamente.

&#191;Est&#225;n juntas?

Se encogi&#243; de hombros.

Solo si aceptas que les merezca la pena. -Expuls&#243; un poco de humo por la respingona nariz, riendo al mismotiempo-. Est&#225;n proporcionando un poco de ejercicio a sus tacones altos, eso es todo.

&#191;Qui&#233;n es la m&#225;s alta?

Ibolya. Significa violeta en h&#250;ngaro.

&#191;Y la rubia?

Mitzi. -Veronika estaba un poco molesta cuando dijo el nombre de la segunda chica-. A lo mejor preferir&#237;as hablar con ellas. -Sac&#243; su maquillaje compacto y observ&#243; atentamente el carm&#237;n de los labios en el diminuto espejo-. En cualquier caso, me esperan pronto en casa. Mi madre empezar&#225; a preocuparse.

No hay ninguna necesidad de jugar a la Caperucita Roja conmigo -le dije-. Los dos sabemos que a tu madre no le importa que te salgas del sendero y cruces el bosque. Y en cuanto a esas dos luci&#233;rnagas de all&#237;, uno puede mirar los escaparates, &#191;o no?

Claro, pero no es necesario pegar la nariz al cristal. No cuando est&#225;s conmigo, en todo caso.

Me parece, Veronika, que no te costar&#237;a mucho parecer una esposa. Con franqueza, no es la clase de cosas que empujan a un hombre hasta un sitio como este. -Le sonre&#237; para que viera que segu&#237;a cay&#233;ndome bien-. Y entonces llegas t&#250; con el rodillo de amasar en la voz. Es algo que podr&#237;a devolver a cualquiera al sitio donde estaba antes de entrar por la puerta.

Me devolvi&#243; la sonrisa.

Me parece que tienes raz&#243;n -dijo.

&#191;Sabes? Me parece que eres nueva en este tipo de asuntos.

Por Dios -dijo, y la sonrisa empez&#243; a volverse amarga-, &#191;no lo somos todos?

Salvo porque estaba cansado, quiz&#225; me habr&#237;a quedado un poco m&#225;s en el Casanova, incluso podr&#237;a haberme ido a casa con Veronika. En lugar de ello, le di el paquete de cigarrillos en pago por su compa&#241;&#237;a y le dije que volver&#237;a al d&#237;a siguiente.

Ya bien entrada la noche en la ciudad, no era el mejor momento para comparar Viena con cualquier otra metr&#243;poli, con la posible excepci&#243;n de la ciudad perdida de la Atl&#225;ntida. He visto un paraguas comido por las polillas quedarse m&#225;s tiempo abierto que Viena. Veronika me hab&#237;a explicado, mientras nos beb&#237;amos varias copas m&#225;s, quelos austr&#237;acos prefer&#237;an pasar la noche en casa, pero que cuando decid&#237;an salir de juerga, empezaban temprano, tan temprano como las seis o las siete; lo cual me dejaba volviendo lentamente hacia la Pensi&#243;n Caspian, por una calle desierta, cuando solo eran las diez y media, con la &#250;nica compa&#241;&#237;a de mi propia sombra y el sonido de mis pasos zigzagueantes.

Despu&#233;s de la enrarecida atm&#243;sfera de Berl&#237;n, el aire de Viena sab&#237;a tan puro como la canci&#243;n de los p&#225;jaros. Pero era una noche fr&#237;a y, tiritando dentro del abrigo, apresur&#233; el paso, sintiendo desagrado por el silencio y recordando la advertencia de Liebl sobre la predilecci&#243;n de los sovi&#233;ticos por los secuestros nocturnos.

Sin embargo, al mismo tiempo, al cruzar la Heldenplatz en direcci&#243;n al Volksgarten y m&#225;s all&#225; del Ring, Josefstadt y mi pensi&#243;n, era f&#225;cil darte cuenta de que estabas pensando en los ivanes. Incluso tan lejos del sector sovi&#233;tico como estaba, hab&#237;a abundante evidencia de su omnipresencia. El Palacio Imperial de los Habsburgo era uno de los muchos edificios p&#250;blicos del centro de aquella ciudad administrada por fuerzas internacionales ocupado por el Ej&#233;rcito Rojo. Encima de la puerta principal hab&#237;a una estrella roja colosal, en el centro de la cual se ve&#237;a una foto de Stalin de perfil, contrastando con otra significativamente m&#225;s borrosa de Lenin.

Fue cuando pasaba al lado del Kunsthistorische Museum en ruinas cuando not&#233; que hab&#237;a alguien detr&#225;s de m&#237;, alguien que se ocultaba entre las sombras y los montones de escombros. Me detuve, mir&#233; alrededor y no vi nada. Luego, a unos treinta metros, junto a una estatua de la que solo quedaba el torso, parecida a algo que, en una ocasi&#243;n, hab&#237;a visto en un caj&#243;n del dep&#243;sito de cad&#225;veres, o&#237; un ruido y un momento despu&#233;s vi c&#243;mo rodaban algunas piedrecitas por el alto terrapl&#233;n de los escombros.

&#191;Te sientes un poco solo? -chill&#233;, lo bastante bebido para no sentirme est&#250;pido al hacer aquella pregunta tanrid&#237;cula. La voz reson&#243; contra el lateral del museo en ruinas-. Si lo que te interesa es el museo, hemos cerrado. Las bombas, &#191;sabes?, esas cosas horribles. -No hubo respuesta y me ech&#233; a re&#237;r-. Si eres un esp&#237;a, tienes suerte. Esa es la profesi&#243;n que hay que tener, especialmente si eres vien&#233;s. No tienes que creer en mi palabra; me lo ha dicho uno de los ivanes.

Sin dejar de re&#237;r, me di media vuelta y segu&#237; andando. No me molest&#233; en ver si me segu&#237;an, pero al entrar en la Mariahilferstrase, volv&#237; a o&#237;r pasos cuando me par&#233; a encender un cigarrillo.

Como te dir&#237;a cualquiera que conociera Viena, aquella no era exactamente la ruta m&#225;s directa para ir a la Skodagasse. Yo mismo me lo dije. Pero hab&#237;a una parte de m&#237;, probablemente la que estaba m&#225;s afectada por el alcohol, que quer&#237;a averiguar con obstinaci&#243;n qui&#233;n me segu&#237;a y por qu&#233;.

El centinela estadounidense que hac&#237;a guardia delante del Stiftskaserne estaba pasando fr&#237;o. Me observ&#243; atentamente mientras pasaba por el otro lado de la vac&#237;a calle y pens&#233; que quiz&#225; incluso reconociera que el hombre que me segu&#237;a era un compatriota y miembro de la secci&#243;n de Investigaciones Especiales de su propia polic&#237;a militar. Es probable que estuvieran en el mismo equipo de b&#233;isbol o en cualquier juego que los soldados norteamericanos practicaran cuando no estaban comiendo o corriendo detr&#225;s de las mujeres.

Algo m&#225;s arriba de la cuesta de la ancha calle ech&#233; una mirada a mi izquierda y, a trav&#233;s de un portal&#243;n, vi un estrecho pasaje cubierto que parec&#237;a llevar, bajando varios tramos de escalones, a una calle lateral. Instintivamente me escond&#237; en el interior. Quiz&#225; Viena no gozara de una vida nocturna fabulosa, pero era perfecta para cualquiera que fuera a pie. Alguien que supiera moverse por las calles y las ruinas, que recordara los pasajes m&#225;s convenientes, ofrecer&#237;a, pens&#233;, incluso al cord&#243;n de polic&#237;a m&#225;s esforzado, una caza mejor que Jean Valjean.

Delante de m&#237;, fuera de mi vista, alguien m&#225;s bajaba los escalones y, pensando que mi perseguidor quiz&#225;confundiera sus pasos con los m&#237;os, me pegu&#233; a la pared y lo esper&#233; en la oscuridad.

Al cabo de menos de un minuto, o&#237; el ruido cada vez m&#225;s cercano de alguien que corr&#237;a &#225;gilmente. Luego los pasos se detuvieron en lo alto del pasaje mientras trataba de decidir si era seguro o no entrar detr&#225;s de m&#237;. Al o&#237;r los pasos del otro hombre, empez&#243; a avanzar.

Sal&#237; de las sombras y le di un fuerte pu&#241;etazo en el est&#243;mago -tan fuerte que pens&#233; que tendr&#237;a que agacharme para recuperar los nudillos- y mientras jadeaba tratando de recuperar el aliento, le saqu&#233; la chaqueta de los hombros y la baj&#233; para inmovilizarle los brazos. No llevaba armas, as&#237; que le cog&#237; la cartera del bolsillo y extraje un carn&#233; de identidad.

Capit&#225;n John Belinsky -le&#237;-, del 430 del CIC de Estados Unidos. &#191;Y eso qu&#233; es? &#191;Eres un amigo de Shields?

El hombre se sent&#243; lentamente.

Que te jodan, boche -dijo con rabia.

&#191;Tienes &#243;rdenes de seguirme? -Le tir&#233; el carn&#233; encima de las piernas y registr&#233; los otros compartimientos de la cartera-. Porque ser&#225; mejor que pidas otro destino, Johnny. No vales mucho para este tipo de cosas; he visto bailarinas de striptease que llaman menos la atenci&#243;n que t&#250;.

No hab&#237;a mucho interesante en el billetero: algunos billetes peque&#241;os de d&#243;lar, unos cuantos schillings austr&#237;acos, una entrada para el cine Yanqui, algunos sellos, una tarjeta con un n&#250;mero de habitaci&#243;n del Hotel Sacher y la fotografia de una chica.

&#191;Has acabado? -pregunt&#243; en alem&#225;n.

Le tir&#233; la cartera.

Es guapa esa chica que llevas ah&#237;, Johnny -dije-. &#191;A ella tambi&#233;n la perseguiste? A lo mejor tendr&#237;a que darte una foto m&#237;a. Con la direcci&#243;n al dorso, para que te resultara m&#225;s f&#225;cil.

Que te jodan, boche.

Johnny -dije, empezando a subir los escalones hacia la Mariahilferstrasse-, apuesto a que eso se lo dir&#225;s a todas.



15

Pilcher yac&#237;a bajo una enorme losa, igual que un mec&#225;nico primitivo que estuviera reparando un eje de piedra neol&#237;tico, con las herramientas propias de su oficio, un martillo y un cincel, fuertemente apretadas en sus manos polvorientas y manchadas de sangre. Era casi como si mientras estaba tallando la inscripci&#243;n en la negra roca, se hubiera detenido un momento para respirar y descifrar las palabras que parec&#237;an emerger verticalmente desde su pecho. Pero ning&#250;n cantero hab&#237;a trabajado nunca en aquella posici&#243;n, en &#225;ngulo recto con su obra. Y respirar era algo que no volver&#237;a a hacer nunca m&#225;s, porque aunque el pecho humano es una jaula lo bastante resistente para contener a esos animalillos tiernos y activos que son el coraz&#243;n y los pulmones, resulta aplastada f&#225;cilmente por algo tan pesado como media tonelada de m&#225;rmol pulido.

Parec&#237;a un accidente, pero solo hab&#237;a una manera de estar seguro. Dejando a Pichler en el patio donde lo hab&#237;a encontrado, entr&#233; en su oficina.

No hab&#237;a retenido mucho de la descripci&#243;n que el muerto hab&#237;a hecho de su sistema de contabilidad. Para m&#237;, las sutilezas de una contabilidad por partida doble son casi tan &#250;tiles como un par de chanclos de cuero. Pero, en tanto que alguien que lleva tambi&#233;n un negocio, aunque sea peque&#241;o, ten&#237;a unos conocimientos rudimentarios de ese engorroso y exigente sistema en el que se supone que los detalles de un libro deben corresponder con los de otro. Y no hac&#237;a falta ser un William Randolph Hearst para ver que los libros de Pilcher hab&#237;an sido alterados, no por medio de una contabilidad sutil, sino por el sencillo expediente de arrancar un par de p&#225;ginas. El &#250;nico an&#225;lisis financiero que val&#237;a algo era que la muerte de Pichler era cualquier cosa menos un accidente.

Pregunt&#225;ndome si el asesino habr&#237;a pensado en robar el boceto de la l&#225;pida del doctor Max Abs, adem&#225;s de las p&#225;ginas importantes de los libros, volv&#237; al patio para intentar encontrarlo. Mir&#233; alrededor y, al cabo de unos minutos, descubr&#237; una serie de cartapacios polvorientos apoyados contra una pared del taller, al fondo del patio. Desat&#233; laprimera carpeta y empec&#233; a revisar los dibujos del artesano; trabajaba r&#225;pidamente, ya que no ten&#237;a ningunas ganas de que me encontraran registrando el local de un hombre que yac&#237;a muerto, aplastado, a menos de diez metros de distancia. Y cuando por fin encontr&#233; el dibujo que estaba buscando no le ech&#233; m&#225;s que una ojeada r&#225;pida antes de doblarlo y met&#233;rmelo dentro del bolsillo de la chaqueta.

Cog&#237; un n&#250;mero 71 de vuelta a la ciudad y fui al Caf&#233; Schwarzenberg, cerca de la terminal de tranv&#237;as en el K&#228;rtner Ring. Ped&#237; un caf&#233; con leche, mitad y mitad, y luego extend&#237; el dibujo sobre la mesa, delante de m&#237;. Era del tama&#241;o aproximado de un desplegable de peri&#243;dico a doble p&#225;gina, con el nombre del cliente -Max Abs- anotado claramente en una copia de pedido grapada a la derecha, en la parte superior del papel.

La nota para la inscripci&#243;n dec&#237;a: consagrado a la memoria de Martin Albers, nacido en 1899. Sufri&#243; martirio el 9 de abril de 1945. Amado por su esposa Leni y sus hijos Manfred y Rolf, &#161;mirad! Os revelo un misterio: no moriremos todos, mas todos seremos transformados. En un instante, en un pesta&#241;ear de ojos, al toque de la trompeta final, pues sonar&#225; la trompeta, los muertos resucitar&#225;n incorruptibles y nosotros seremos transformados (Corintios 15: 51-52).

En el pedido de Max Abs aparec&#237;a su direcci&#243;n, pero aparte del hecho de que el doctor hab&#237;a pagado una l&#225;pida a nombre de alguien muerto -&#191;quiz&#225; un cu&#241;ado?-, l&#225;pida que ahora acababa de causar la muerte del hombre que la hab&#237;a tallado, no me parec&#237;a haber averiguado mucho.

El camarero, que llevaba el pelo gris y encrespado alrededor de la parte posterior de la calva cabeza, como si fuera un halo, volvi&#243; con la peque&#241;a bandeja de esta&#241;o con mi caf&#233; con leche y el vaso de agua que es costumbre servir con el caf&#233; en las cafeter&#237;as vienesas. Ech&#243; una ojeada al dibujo antes de que yo lo doblara para dejar sitio a la bandeja y dijo, con una sonrisa comprensiva: Bienaventurados los que lloran, porque ser&#225;n consolados.

Le agradec&#237; sus amables palabras y, d&#225;ndole una generosa propina, le pregunt&#233;, primero, desde d&#243;nde pod&#237;a enviarun telegrama y, luego, d&#243;nde estaba la Berggasse.

La oficina central de Tel&#233;grafos est&#225; en la B&#246;rseplatz -respondi&#243;-, en el Schottenring. Y encontrar&#225; la Berggasse a un par de manzanas de all&#237;, hacia el norte.

Alrededor de una hora m&#225;s tarde, despu&#233;s de enviar telegramas a Kirsten y a Neumann, sub&#237; hasta la Berggasse, que iba desde la prisi&#243;n donde Becker estaba encerrado hasta el hospital donde trabajaba su novia. Esta coincidencia era m&#225;s notable que la misma calle, la cual parec&#237;a ocupada en su mayor parte por m&#233;dicos y dentistas. Tampoco me pareci&#243; especialmente sorprendente averiguar, a trav&#233;s de la anciana propietaria del edificio cuyo entresuelo Abs hab&#237;a ocupado, que hac&#237;a solo unas horas que &#233;ste le hab&#237;a comunicado que se marchaba de Viena para siempre.

Dijo que su trabajo lo requer&#237;a urgentemente en Munich -explic&#243; la mujer con un tono que me hizo pensar que segu&#237;a un poco desconcertada por tan s&#250;bita marcha-. O por lo menos, en alg&#250;n lugar cerca de Munich. Mencion&#243; el nombre, pero me temo que lo he olvidado.

No ser&#237;a Pullach, &#191;verdad?

Trat&#243; de parecer pensativa, pero solo consigui&#243; parecer malhumorada.

No s&#233; si lo era o no -dijo por fin. Se le aclar&#243; el ce&#241;o cuando recuper&#243; su aire bovino habitual-. En cualquier caso, me dijo que me har&#237;a saber d&#243;nde estaba cuando se hubiera instalado.

&#191;Se llev&#243; todas sus cosas?

No hab&#237;a mucho que llevarse. Solo un par de maletas. El piso est&#225; amueblado, &#191;sabe? -Frunci&#243; el ce&#241;o de nuevo-. &#191;Es usted un polic&#237;a o algo as&#237;?

No, pensaba en el piso.

Pero &#191;por qu&#233; no lo ha dicho? Entre, Herr

Professor, para ser precisos -dije con lo que trat&#233; de que sonara como el tono t&#237;picamente puntilloso de los vieneses-. Professor Kurtz. -Tambi&#233;n exist&#237;a la posibilidad de que con ese t&#237;tulo acad&#233;mico pudiera resultar atractivo para el esnobismo de la mujer-. El doctor Abs y yo tenemos un conocido mutuo, Herr K&#246;nig, que me coment&#243; que le parec&#237;a que Herr Doktor estaba a punto de dejar libre un piso excelente en esta direcci&#243;n.

Pas&#233; al interior siguiendo a la mujer y entr&#233; en el enorme vest&#237;bulo que llevaba a una alta puerta cristalera. Al otro lado hab&#237;a un patio donde crec&#237;a un solitario pl&#225;tano. Subimos por la escalera de hierro forjado.

Espero que perdone mi indiscreci&#243;n -dije-. La verdad es que no estaba seguro de la fiabilidad de la informaci&#243;n de mi amigo. Insisti&#243; tanto en que era un piso excelente y, como usted bien sabr&#225;, en estos d&#237;as, en Viena, es extremadamente dif&#237;cil encontrar un piso de calidad, digno de un caballero. &#191;Conoce usted a Herr K&#246;nig?

No -respondi&#243; con firmeza-. No creo haber visto a ninguno de los amigos del Doktor Abs. Era un hombre muy reservado. Pero su amigo est&#225; bien informado. No encontrar&#225; un piso mejor por cuatrocientos schillings al mes. Este es un barrio muy bueno. -Al llegar a la puerta del piso baj&#243; la voz-. Y libre por completo de jud&#237;os. -Sac&#243; una llave del bolsillo de la chaqueta y la introdujo en la cerradura de la gran puerta de caoba-. Por supuesto, antes del Anschluss ten&#237;amos unos cuantos. Incluso aqu&#237; en esta casa. Pero para cuando empez&#243; la guerra, la mayor&#237;a ya se hab&#237;an marchado.

Abri&#243; la puerta y me invit&#243; a entrar.

Aqu&#237; tiene -dijo con orgullo-. Son seis habitaciones en total. No es tan grande como algunos de los pisos que hay en esta calle, pero tampoco es tan caro. Y completamente amueblado, como creo que ya le he dicho.

Estupendo -dije mirando a m&#237; alrededor.

Me temo que todav&#237;a no he tenido tiempo de limpiarlo -dijo excus&#225;ndose-. El Doktor Abs dej&#243; mucha basura para tirar. No es que me importe. Me pag&#243; cuatro semanas para compensarme por no haber avisado con antelaci&#243;n.  Se&#241;al&#243; una puerta cerrada-. Ah&#237; dentro todav&#237;a se pueden ver los da&#241;os causados por las bombas. Cay&#243; una incendiaria en el patio cuando vinieron los ivanes, pero van a repararlo todo muy pronto.

Estoy seguro de que est&#225; bien -dije generosamente.

De acuerdo entonces. Le dejar&#233; que eche una mirada tranquilamente, Professor Kurtz. Para que se familiarice con el sitio. Cuando lo haya visto todo, solo tiene que cerrar con llave y llamar a mi puerta.

Cuando la mujer se march&#243; deambul&#233; por las habitaciones y vi que, para ser un hombre solo, Abs parec&#237;a recibir muchos paquetes CARE, el auxilio norteamericano en todo el mundo, esos paquetes con comida procedentes de Estados Unidos. Cont&#233; las cajas de cart&#243;n vac&#237;as con las iniciales distintivas y la direcci&#243;n de Broad Street en Nueva York y descubr&#237; que hab&#237;a m&#225;s de cincuenta.

Parec&#237;a m&#225;s un buen negocio que un auxilio.

Cuando acab&#233; de mirarlo todo le dije a la mujer que estaba buscando algo m&#225;s grande y le agradec&#237; que me hubiera dejado ver el piso. Luego volv&#237; paseando a mi pensi&#243;n en la Skodagasse.

No hac&#237;a mucho que hab&#237;a vuelto cuando llamaron a la puerta.

&#191;Herr Gunther? -dijo el que llevaba los galones de sargento.

Asent&#237;.

Me temo que tendr&#225; que venir con nosotros, por favor.

&#191;Estoy arrestado?

Perdone, &#191;c&#243;mo dice?

Repet&#237; la pregunta en mi vacilante ingl&#233;s. El PM norteamericano cambi&#243; el chicle de un lado al otro de la boca con aire impaciente.

Se lo explicar&#225;n en el cuartel general, se&#241;or.

Recog&#237; la chaqueta y me la puse.

No olvide coger sus papeles, se&#241;or, por favor -dijo con una sonrisa cort&#233;s-. Nos ahorrar&#225; tener que volver.

Por supuesto -dije cogiendo el sombrero y el abrigo-. &#191;Tienen veh&#237;culo o vamos a pie?

La furgoneta est&#225; justo delante de la puerta.

La propietaria me mir&#243; cuando pas&#225;bamos por el vest&#237;bulo. Me sorprendi&#243; ver que no parec&#237;a alterada en absoluto. Quiz&#225; ya estaba acostumbrada a que la Patrulla Internacional se llevara a sus hu&#233;spedes. O quiz&#225; se dijera que mi habitaci&#243;n la pagaba alguien tanto si dorm&#237;a en ella como si lo hac&#237;a en una celda de la polic&#237;a.

Subimos a la furgoneta y nos dirigimos hacia el norte. A los pocos metros giramos a la derecha y fuimos hacia el sur por la Lederergasse, alej&#225;ndonos del centro de la ciudad y del cuartel general de la PMI.

&#191;No vamos a la K&#228;rtnerstrasse? -pregunt&#233;.

No es un asunto de la Patrulla Internacional, se&#241;or -explic&#243; el sargento-. Estamos en jurisdicci&#243;n estadounidense. Vamos al Stiftskaserne, en la Mariahilferstrasse.

&#191;Para ver a qui&#233;n? &#191;A Shields o a Belinsky?

Ya se lo explicar&#225;n

 cuando lleguemos all&#237;, &#191;verdad?

La entrada al Stiftskasserne, el cuartel general del 796 de la polic&#237;a militar, una imitaci&#243;n barroca, con sus columnas d&#243;ricas, sus grifos y sus guerreros griegos, estaba situada, algo que resultaba un tanto incongruente, entre las dos puertas gemelas de los almacenes Tiller y era parte de un edif&#236;cio de cuatro pisos con fachada a la Mariahilferstrasse. Pasamos por el enorme arco de la entrada, dejamos atr&#225;s la parte trasera del edificio principal y cruzamos una plaza de armas hasta llegar a otro edificio, que albergaba un cuartel.

La furgoneta atraves&#243; varios portales y se detuvo frente al cuartel. Me escoltaron al interior y, despu&#233;s de subir un par de tramos de escalera, hasta un despacho grande y luminoso que dominaba una vista impresionante de la torre antia&#233;rea que se levantaba al otro lado del patio.

Shields se levant&#243; de detr&#225;s de un escritorio y sonri&#243; como si tratara de impresionar a un dentista.

Entre, entre, si&#233;ntese -dijo como si fu&#233;ramos viejos amigos. Mir&#243; al sargento-. &#191;Ha venido sin causar problemas, Gene? &#191;O tuviste que zurrarle la badana a conciencia?

El sargento sonri&#243; ligeramente y murmur&#243; algo que no entend&#237;. No era extra&#241;o que nadie entendiera nunca su ingl&#233;s; los estadounidenses siempre estaban mascando algo.

Mejor te quedas por aqu&#237;, Gene -a&#241;adi&#243; Shields-. Solo por si tenemos que ponernos duros con este tipo.

Solt&#243; una risita y, subi&#233;ndose los pantalones, se sent&#243; frente a m&#237;, con las fuertes piernas bien separadas, como un samur&#225;i, salvo que probablemente era dos veces m&#225;s grande que cualquier japon&#233;s.

Antes de nada, Gunther, tengo que decirle que hay un cierto teniente Canfield, un gilipollas brit&#225;nico de la cabeza a los pies, en el cuartel general internacional al que le gustar&#237;a que alguien le ayudara a resolver un problemita que tiene. Parece que un cantero del sector brit&#225;nico ha resultado muerto cuando se le cay&#243; una roca encima de las tetillasLa mayor&#237;a, incluyendo el jefe del teniente, piensa que probablemente fue un accidente. Lo que pasa es que el teniente es del tipo concienzudo. Ha le&#237;do a Sherlock Holmes y quiere ir a una escuela de detectives cuando deje el ej&#233;rcito. Tiene la teor&#237;a de que alguien ha hurgado en los libros del muerto. Bueno, yo no s&#233; si eso es motivo suficiente para matar a nadie, pero s&#237; que recuerdo que le vi entrar a usted en la oficina de Pichler ayer por la ma&#241;ana, despu&#233;s del funeral del capit&#225;n Linden. -Solt&#243; una risa cloqueante-. Joder, lo admito, Gunther. Lo estaba espiando. Vamos, &#191;qu&#233; me dice?

&#191;Pichler est&#225; muerto?

&#191;Qu&#233; tal si prueba a decirlo con un tono m&#225;s sorprendido? &#161;No me diga que Pichler est&#225; muerto!, o &#161;Cielos, no puedo creerlo!. &#191;Por casualidad no sabr&#225; lo que le ha pasado, eh, Gunther?

Me encog&#237; de hombros.

Puede que el trabajo se le estuviera echando encima.

Shields me ri&#243; el chiste. Se ri&#243; como si hubiera hecho un curso de risa, ense&#241;ando todos los dientes, estropeados en su mayor&#237;a, dentro de una mand&#237;bula como un guante de boxeo azul, m&#225;s ancha que la parte superior de su cabeza, de ralo cabello oscuro. Parec&#237;a vulgar, como la mayor&#237;a de estadounidenses, y de qu&#233; manera. Era un hombre grande, musculoso, con una espalda como la de un rinoceronte, y vest&#237;a un traje de franela de color marr&#243;n claro con unas solapas tan anchas y afiladas como dos alabardas suizas. Su corbata era digna de servir de toldo a la terraza de un caf&#233; y llevaba unos pesados zapatos Oxford marrones. Los norteamericanos parecen sentir una atracci&#243;n irresistible por los zapatos resistentes, del mismo modo que los ivanes por los relojes de pulsera; la &#250;nica diferencia era que, por lo general, los compraban en las tiendas.

Francamente, me importan un bledo los problemas de ese teniente. Es su patio el que est&#225; lleno de mierda, no el m&#237;o. Que la barran ellos. No, solo le explico que le conviene colaborar conmigo. Puede que no tenga nada que ver con la muerte de Pichler, pero estoy seguro de que no querr&#225; malgastar todo un d&#237;a explic&#225;ndoselo al teniente Canfield. As&#237; que si me ayuda, yo le ayudar&#233;. Me olvidar&#233; de haberlo visto en el taller de Pichler. &#191;Comprende lo quele digo?

Su alem&#225;n no deja nada que desear -dije. De cualquier modo, me choc&#243; la rabia con que atacaba el acento, lanz&#225;ndose contra las consonantes con un nivel de precisi&#243;n teatral, casi como si considerara que era un idioma que necesitara hablarse con crueldad-. Supongo que no importar&#237;a que le dijera que no s&#233; nada en absoluto sobre lo que le ha pasado a Herr Pilcher.

Shields se encogi&#243; de hombros, como excus&#225;ndose.

Como ya le he dicho, es un problema brit&#225;nico, no m&#237;o. Puede que usted sea inocente, pero, como le digo, seguro que ser&#237;a un co&#241;azo explic&#225;rselo a esos brit&#225;nicos. Le juro que creen que todos ustedes, los boches, son unos nazis hijos de puta.

Levant&#233; las manos rindi&#233;ndome.

Bien, entonces, &#191;en qu&#233; puedo ayudarlo?

Bueno, cuando supe que antes de ir al entierro del capit&#225;n Linden hab&#237;a visitado a su asesino en la c&#225;rcel, no pude controlar mi natural inquisitivo. -Su tono se hizo m&#225;s penetrante-. Venga ya, Gunther. Quiero saber qu&#233; diablos est&#225; pasando entre usted y Becker.

Doy por supuesto que conoce la versi&#243;n de Becker.

Como si la tuviera grabada en mi pitillera.

Bueno, Becker se la cree. Y me paga para que la investigue y, eso espera, demuestre que es cierta.

Dice que est&#225; investigando. Entonces, &#191;eso en qu&#233; lo convierte?

En un investigador privado.

&#191;Un sabueso? Vaya, vaya. -Se inclin&#243; hacia adelante y, cogiendo el borde de mi chaqueta, palp&#243; la tela entre los dedos. Fue una suerte que no hubiera hojas de afeitar cosidas en aquella chaqueta en particular-. No, no me lo trago. No es lo bastante cobista.

Cobista o no, es la verdad. -Saqu&#233; la cartera y le mostr&#233; mi carn&#233; de identidad. Y luego mi vieja placa de la polic&#237;a-. Antes de la guerra estaba en la polic&#237;a de Berl&#237;n. Seguro que no tengo que decirle que Becker tambi&#233;n estaba all&#237;. De eso lo conozco. -Saqu&#233; los cigarrillos-. &#191;Le importa si fumo?

Fume, pero sin dejar de mover los labios.

Bueno, despu&#233;s de la guerra no quise volver a la polic&#237;a. El cuerpo estaba lleno de comunistas. -Al decir esto, lanzaba un mensaje. No conoc&#237;a a un solo estadounidense a quien le gustara el comunismo-. As&#237; que mont&#233; mi propio negocio. En realidad, a mediados de los treinta estuve un tiempo fuera del cuerpo y entonces tambi&#233;n trabaj&#233; por mi cuenta. As&#237; que no soy exactamente nuevo en este juego. Con tantas personas desplazadas desde la guerra, la mayor&#237;a de la gente necesita un poli honrado. Cr&#233;ame, gracias a los ivanes, en Berl&#237;n somos muy pocos.

S&#237;, bueno, aqu&#237; pasa lo mismo. Como los soviets llegaron aqu&#237; primero, colocaron a su gente en los puestos m&#225;s importantes de la polic&#237;a. Las cosas est&#225;n tan mal que el gobierno austr&#237;aco tuvo que acudir al jefe de los bomberos de Viena cuando buscaba un hombre recto para subcomisario de polic&#237;a. -Movi&#243; la cabeza, incr&#233;dulo-. As&#237; que es usted uno de los antiguos compa&#241;eros de Becker. &#191;Qu&#233; te parece? Por todos los demonios, &#191;qu&#233; clase de polic&#237;a era?

De la clase corrupta.

No me extra&#241;a que este pa&#237;s ande tan mal. Supongo que tambi&#233;n estuvo usted en las SS.

Durante poco tiempo. Cuando averig&#252;&#233; lo que estaba pasando, ped&#237; que me trasladaran al frente. Algunos lo hicieron, &#191;sabe?

No los suficientes. Por ejemplo, su amigo no lo hizo.

No es exactamente mi amigo.

Entonces, &#191;por qu&#233; acept&#243; el caso?

Necesitaba el dinero. Y necesitaba alejarme de mi mujer durante un tiempo.

&#191;Le importa decirme por qu&#233;?

Hice una pausa al darme cuenta de que era la primera vez que hablaba de ello.

Se ha estado viendo con otro. Uno de sus compa&#241;eros oficiales. Pens&#233; que si yo me iba por un tiempo, ella quiz&#225; decidiera qu&#233; era m&#225;s importante: su matrimonio o ese sch&#228;tzi suyo.

Shields asinti&#243; y luego gru&#241;&#243; comprensivo.

Naturalmente, todos sus papeles est&#225;n en orden.

Naturalmente -dije, se los di y observ&#233; c&#243;mo examinaba mi carn&#233; de identidad y mi pase rosa.

Veo que ha entrado por la zona rusa. Para alguien a quien no le gustan los ivanes, debe tener algunos contactos muy buenos en Berl&#237;n.

Solo unos cuantos poco honrados.

Rusos poco honrados.

&#191;Qu&#233; otra clase hay? Claro que tuve que untar a algunas personas, pero los documentos son aut&#233;nticos.

Shields me los devolvi&#243;.

&#191;Lleva su Fragebogen encima?

Busqu&#233; mi certificado de desnazificaci&#243;n en la cartera y se lo di. Le ech&#243; una ojeada, sin ningunas ganas de leer las 133 preguntas y respuestas que hab&#237;a.

Exonerado, &#191;eh? &#191;C&#243;mo es que no lo clasificaron como delincuente? Todos los SS eran arrestados autom&#225;ticamente.

Vi el final de la guerra en el ej&#233;rcito. En el frente ruso. Y, como ya le he dicho, hice que me trasladaran fuera de las SS.

Shields resopl&#243; y me devolvi&#243; la Fragebogen.

No me gustan las SS -dijo con un gru&#241;ido.

Ya somos dos.

Shields contempl&#243; el enorme anillo de una fraternidad que adornaba con poca elegancia uno de sus bien almohadillados dedos.

Comprobamos la historia de Becker, &#191;sabe? No hab&#237;a nada cierto en ella -dijo.

No estoy de acuerdo.

&#191;Y qu&#233; le hace pensar eso?

&#191;Cree que estar&#237;a dispuesto a pagarme cinco mil d&#243;lares para husmear por ah&#237;, si su historia fuera solo palabrer&#237;a?

&#191;Cinco mil? -Shields solt&#243; un silbido.

Vale la pena, si est&#225;s con la soga al cuello.

Claro. Bueno, quiz&#225; pueda probar que el tipo estaba en alg&#250;n otro sitio cuando lo cogimos. Quiz&#225; pueda encontrar algo que convenza al juez de que sus amigos no dispararon contra nosotros o de que &#233;l no llevaba encima la pistola que mat&#243; a Linden. &#191;Tiene alguna idea brillante, sabueso, por ejemplo, como la que le llev&#243; a ver a Pichler?

Era un nombre que Becker record&#243; haber o&#237;do a alguien en Reklaue and Werbe Zentrale.

&#191;A qui&#233;n?

A Max Abs.

Shields asinti&#243;, reconociendo el nombre.

Dir&#237;a que fue &#233;l quien mat&#243; a Pichler. Es probable que fuera a verlo poco despu&#233;s que yo y averiguara que alguien que dec&#237;a ser amigo suyo hab&#237;a estado haciendo preguntas. Puede que Pichler le contara que me hab&#237;a dicho que volviera al d&#237;a siguiente. As&#237; que, antes de que lo hiciera, Abs lo mat&#243; y se llev&#243; todos los papeles donde aparec&#237;asu nombre y direcci&#243;n. O eso pensaba. Se olvid&#243; algo que me llev&#243; hasta esa direcci&#243;n. Solo que, cuando llegu&#233;, ya se hab&#237;a largado. Seg&#250;n la propietaria, ahora estar&#225; a medio camino de Munich. &#191;Sabe, Shields?, no ser&#237;a mala idea que hiciera que alguien lo estuviera esperando cuando bajara de ese tren.

Shields se acarici&#243; la mal afeitada cara.

Bien mirado, puede que no sea mala idea.

Se levant&#243; y fue hasta detr&#225;s de su escritorio, donde cogi&#243; el tel&#233;fono y procedi&#243; a hacer una serie de llamadas, pero utilizando un vocabulario y un acento que no pude comprender. Cuando por fin colg&#243; el aparato en la horquilla, mir&#243; la hora en su reloj y dijo:

El tren de Munich tarda once horas y media, as&#237; que hay tiempo de sobra para asegurarnos de que reciba una c&#225;lida bienvenida cuando llegue.

Son&#243; el tel&#233;fono. Shields contest&#243;, mir&#225;ndome fijamente, con la boca abierta y sin parpadear, como si no hubiera cre&#237;do mucho de mi historia. Pero cuando colg&#243; el tel&#233;fono por segunda vez, sonre&#237;a.

Una de mis llamadas ha sido al Centro de Documentaci&#243;n de Berl&#237;n -dijo-. Estoy seguro de que sabe qu&#233; es y que Linden trabajaba all&#237;.

Asent&#237;.

Les he preguntado si ten&#237;an algo de ese Max Abs. Han sido ellos los que acaban de llamar. Parece que tambi&#233;n fue de las SS. No es que lo busquen por cr&#237;menes de guerra, pero de todos modos es una gran coincidencia, &#191;no le parece? Usted, Becker, Abs, todos viejos alumnos del peque&#241;o y selecto c&#237;rculo universitario de Himmler.

Una coincidencia, eso es lo &#250;nico que es -dije cansado.

Shields volvi&#243; a sentarse en la silla.

&#191;Sabe?, estoy totalmente dispuesto a creer que Becker s&#243;lo apret&#243; el gatillo contra Linden y que su organizaci&#243;n, la de usted, lo quer&#237;a muerto porque hab&#237;a descubierto algo sobre ustedes.

Ah, &#191;y qu&#233; organizaci&#243;n es esa? -dije sin mucho entusiasmo por la teor&#237;a de Shields.

El movimiento clandestino Werewolf.

Me di cuenta de que me estaba riendo a carcajadas.

&#191;Esa vieja historia de la quinta columna nazi? &#191;Los fan&#225;ticos que siguen escondidos para continuar una guerra deguerrillas contra nuestros conquistadores? Debe de estar de broma, Shields.

&#191;Qu&#233; es lo que no le gusta?

Bueno, para empezar llegan un poco tarde. La guerra termin&#243; hace tres a&#241;os. Sin duda, ustedes los norteamericanos se han tirado ya a bastantes de nuestras mujeres como para saber que nunca hemos tenido intenci&#243;n de cortarles el cuello en la cama. El movimiento clandestino Werewolf -Sacud&#237; la cabeza con desd&#233;n-. Pensaba que era algo que su gente de la inteligencia se hab&#237;a inventado. Pero tengo que decir que nunca pens&#233; que alguien se creyera de verdad esa mierda. Mire, puede que Linden descubriera algo sobre un par de criminales de guerra y puede que ellos quisieran quitarlo de enmedio. Pero no los hombres lobo. A ver si encontramos algo un poco m&#225;s original, &#191;eh?

Encend&#237; otro cigarrillo y observ&#233; que Shields asent&#237;a y reflexionaba sobre lo que yo le hab&#237;a dicho.

&#191;Qu&#233; dice el Centro de Documentaci&#243;n de Berl&#237;n sobre el trabajo de Linden? -pregunt&#233;.

Oficialmente, solo era un oficial de enlace del Crowcass -el registro central de cr&#237;menes de guerra y sospechosos de espionaje del ej&#233;rcito de Estados Unidos-. Insisten en que Linden era solo un administrador y no un agente de campo. Pero claro, si estuviera trabajando en espionaje, tampoco nos lo dir&#237;an. Tienen m&#225;s secretos que la superficie de Marte. -Se levant&#243; de detr&#225;s del escritorio y fue hasta la ventana-. &#191;Sabe?, el otro d&#237;a tuve entre las manos un informe que dec&#237;a que dos de cada mil austr&#237;acos espiaban para los sovi&#233;ticos. Mire, Gunther, en esta ciudad hay m&#225;s de 1,8 millones de personas, lo cual significa que si el T&#237;o Sam tuviera tantos esp&#237;as como el T&#237;o Pepe, habr&#237;a m&#225;s de siete mil justo delante de mi puerta. Por no hablar de lo que est&#225;n haciendo los brit&#225;nicos y los franceses, o de lo que prepara la polic&#237;a estatal de Viena; me refiero a la polic&#237;a pol&#237;tica dominada por los comunistas, no a la polic&#237;a vienesa corriente, aunque tambi&#233;n son un pu&#241;ado de comunistas. Y hace solo unos meses se infiltr&#243; en Viena todo un grupo de polic&#237;as h&#250;ngaros para secuestrar o asesinar a unos cuantos de sus disidentes nacionales.

Se apart&#243; de la ventana y volvi&#243; a sentarse frente a m&#237;. Agarrando el respaldo de la silla como si estuviera pensando en levantarlo y estamp&#225;rmelo contra la cabeza, suspir&#243; y dijo:

Lo que trato de decir, Gunther, es que estamos en una ciudad podrida. Me parece que Hitler dijo que era una perla. Bueno, querr&#237;a decir una cuenta amarilla y gastada como el &#250;ltimo diente que le queda a un perro muerto. Francamente, miro por la ventana y veo tantas cosas que valgan la pena en esta ciudad como veo el azul del cielo cuando meo en el Danubio.

Shields se enderez&#243;. Luego se inclin&#243; hacia adelante y, agarr&#225;ndome por las solapas de la chaqueta, me hizo poner en pie.

Viena me decepciona, Gunther, y eso hace que me sienta mal. No haga lo mismo, compa&#241;ero. Si da con algo que yo creo que tendr&#237;a que saber y no viene a dec&#237;rmelo, me sentir&#233; muy ofendido. Puedo pensar en cien buenas razones para sacar su culo a patadas de esta ciudad incluso cuando estoy de buen humor, como ahora. &#191;Hablo claro?

Como el agua.

Le apart&#233; las manos de mi chaqueta y me la alis&#233; en los hombros. A medio camino de la puerta me detuve y dije:

&#191;Esta nueva cooperaci&#243;n con la polic&#237;a militar estadounidense llega hasta retirarme al tipo que ha hecho que me siguiera?

&#191;Le sigue alguien?

Lo hac&#237;a hasta que anoche le atic&#233;.

Estamos en una ciudad muy rara, Gunther. A lo mejor es que usted le gustaba.

Seguro que fue por eso por lo que di por sentado que trabajaba para usted. El hombre es norteamericano y se llama John Belinsky.

Shield neg&#243; con la cabeza, con una mirada inocente en los ojos.

Nunca hab&#237;a o&#237;do hablar de &#233;l. Se lo prometo, nunca he ordenado que le sigan. Si alguien le sigue, no tiene nada que ver con este despacho. &#191;Sabe qu&#233; tendr&#237;a que hacer?

Sorpr&#233;ndame.

Volver a casa, a Berl&#237;n. Aqu&#237; no se le ha perdido nada.

Quiz&#225; s&#237; que tendr&#237;a que hacerlo, lo que pasa es que no estoy seguro de que all&#237; haya nada. Esa era una de las razones por las que he venido, &#191;se acuerda?



16

Era tarde cuando llegu&#233; al Club Casanova. Estaba lleno de franceses, que estaban llenos de lo que fuera que bebieran los franceses cuando quer&#237;an agarrar una buena. Veronika ten&#237;a raz&#243;n, despu&#233;s de todo; prefer&#237;a el Casanova cuando estaba tranquilo. Al no conseguir encontrarla entre la muchedumbre, le pregunt&#233; al mismo camarero al que hab&#237;a dado una propina tan generosa la noche anterior si la hab&#237;a visto por all&#237;.

Estaba aqu&#237; hace solo unos diez o quince minutos -respondi&#243;-. Me parece que se ha ido al Koralle. -Baj&#243; la voz e inclin&#243; la cabeza hacia m&#237;-. No le gustan mucho los franceses. Y a decir verdad, a m&#237; tampoco. Los brit&#225;nicos, los norteamericanos, incluso los rusos como m&#237;nimo se puede respetar a los ej&#233;rcitos que tuvieron algo que ver con nuestra derrota. Pero &#191;los franceses? Son unos cabrones. Cr&#233;ame, lo s&#233;. Vivo en el Bezirk 15, en el sector franc&#233;s.  Alis&#243; el mantel-. &#191;Qu&#233; va a tomar, se&#241;or?

Creo que yo tambi&#233;n ir&#233; a echar un vistazo al Koralle. &#191;Sabe d&#243;nde est&#225;?

Est&#225; en el Bezirk 9. En la Porzellangasse, al lado de la Berggasse y muy cerca de la prisi&#243;n policial. &#191;Sabe d&#243;nde?

Me ech&#233; a re&#237;r.

Empiezo a saberlo.

Veronika es una buena chica -a&#241;adi&#243; el camarero-. Para ser una chocolatera.


La lluvia descargaba contra el centro de la ciudad empujada desde el este y el sector ruso. Se convirti&#243; en granizo al contacto con el fr&#237;o aire de la noche y azot&#243; los cuatro flancos de la Patrulla Internacional cuando aparcaron frente al Casanova. Con apenas un gesto de saludo al portero y sin decir una palabra pasaron a mi lado y entraron en busca de vicios soldadescos, esa manifestaci&#243;n acomodaticia de lujuria exacerbada por la combinaci&#243;n de pa&#237;s extranjero, mujeres hambrientas y una provisi&#243;n inagotable de cigarrillos y chocolate.

En el ya familiar Schottenring cruc&#233; para pasar a la W&#228;hringer Strasse y me dirig&#237; hacia el norte a trav&#233;s de IaRooseveltplatz bajo la sombra lunar de las torres gemelas de la Votivkirche, que, pese a su enorme altura, que taladraba el cielo, hab&#237;a logrado, no se sab&#237;a c&#243;mo, sobrevivir a todas las bombas. Estaba a punto de entrar en la Berggasse por segunda vez aquel d&#237;a cuando, procedente de un gran edificio en ruinas al otro lado de la calle, o&#237; a alguien gritar pidiendo socorro. Dici&#233;ndome que no era asunto m&#237;o, me detuve s&#243;lo un segundo, con intenci&#243;n de proseguir mi camino. Pero luego volv&#237; a o&#237;r el grito, una voz de contralto casi reconocible.

Not&#233; el miedo en la piel mientras andaba r&#225;pidamente en direcci&#243;n al sonido. Hab&#237;a un mont&#243;n de escombros amontonados contra la abombada pared del edificio y, despu&#233;s de trepar a lo alto, mir&#233; por el hueco vac&#237;o de una ventana de arco al interior de una sala semicircular con las proporciones de un peque&#241;o teatro.

Eran tres los que forcejeaban en el peque&#241;o espacio iluminado por la luna junto a una pared recta frente a las ventanas. Dos eran soldados rusos, sucios y andrajosos, que re&#237;an a carcajadas mientras trataban de arrancarle la ropa a una tercera figura: una mujer. Supe que era Veronika incluso antes de que ella levantara la cabeza hacia la luz. Chill&#243;, y el ruso que le sujetaba los brazos y los dos faldones del vestido que su camarada, arrodillado sobre los pies de Veronika, hab&#237;a rasgado, la abofete&#243; con fuerza.

Pakazhitye, dushka, ens&#233;&#241;amelo, cari&#241;o -dijo entre grandes risotadas bajando de un tir&#243;n la ropa interior de Veronika hasta sus temblorosas rodillas. Se puso en cuclillas para admirar su desnudez-. Pryekrasnaya, precioso  dijo, como si estuviera contemplando un cuadro, y luego meti&#243; la cara entre el vello pubico-. Vkoosnaya, tozhe, sabroso, adem&#225;s -dijo con un gru&#241;ido.

El ruso volvi&#243; la cara desde las piernas de la chica al o&#237;r mis pasos entre los escombros que cubr&#237;an el suelo y, al ver el trozo de tuber&#237;a de plomo que yo llevaba en la mano, se levant&#243; poni&#233;ndose al lado de su amigo, que empuj&#243; aVeronika a un lado.

Sal de aqu&#237;, Veronika -grit&#233;.

Sin necesitar que la animara, cogi&#243; el abrigo y corri&#243; hacia una de las ventanas, pero el ruso que la hab&#237;a lamido parec&#237;a tener una idea diferente y la agarr&#243; por la melena. En aquel mismo momento balance&#233; la tuber&#237;a golpeando un lado de su repugnante cabeza con un sonido met&#225;lico y adormeci&#233;ndome el brazo con la vibraci&#243;n del golpe. Empezaba a pensar que le hab&#237;a dado demasiado fuerte cuando not&#233; una tremenda patada en las costillas y luego un furibundo rodillazo en la entrepierna. La tuber&#237;a se me cay&#243; al suelo lleno de trozos de ladrillo y not&#233; el sabor a sangre en la boca mientras la segu&#237;a lentamente. Dobl&#233; las piernas contra el pecho y me qued&#233; inm&#243;vil esperando que la enorme bota del hombre me alcanzara de nuevo y acabara conmigo. En lugar de ello o&#237; un golpe sordo, corto y mec&#225;nico como el sonido de una remachadora, y cuando la bota golpe&#243; de nuevo, lo hizo muy por encima de mi cabeza. Con una pierna todav&#237;a en el aire, el hombre oscil&#243; durante un momento como un bailar&#237;n de ballet borracho y luego cay&#243; muerto a mi lado, con la frente trepanada limpiamente por una bala certera. Gem&#237; y cerr&#233; los ojos un momento. Cuando volv&#237; a abrirlos y me incorpor&#233; apoy&#225;ndome en el antebrazo, hab&#237;a un tercer hombre acuclillado frente a m&#237; y durante un segundo escalofriante me apunt&#243; directamente a la cara con el ca&#241;&#243;n con silenciador de su Luger.

J&#243;dete, boche -dijo, y luego, sonriendo, me ayud&#243; a levantarme-. Iba a zurrarte yo mismo, pero parece que esos dos ivanes me han ahorrado el trabajo.

Belinsky -resoll&#233;, sujet&#225;ndome las costillas-. &#191;T&#250; qu&#233; eres? &#191;Mi &#225;ngel de la guardia o qu&#233;?

S&#237;. Es una vida maravillosa. &#191;Est&#225;s bien, boche?

Lo del pecho ir&#237;a mejor si dejara de fumar. S&#237;, estoy bien. &#191;De d&#243;nde diablos has salido?

&#191;No me hab&#237;as visto? Estupendo. Despu&#233;s de lo que dijiste de seguir a alguien, me le&#237; un libro sobre el asunto.Me disfrac&#233; de nazi para que no te fijaras en m&#237;.

Mir&#233; alrededor.

&#191;Has visto adonde ha ido Veronika?

&#191;Quieres decir que conoces a la dama? -Zigzague&#243; hasta el soldado que yo hab&#237;a derribado con la tuber&#237;a y que yac&#237;a sin sentido en el suelo-. Cre&#237;a que eras un don Quijote.

Solo la conozco desde anoche.

Antes de tropezarte conmigo, supongo. -Belinsky contempl&#243; al soldado un momento, luego le apunt&#243; con la Luger en la nuca y apret&#243; el gatillo-. Est&#225; fuera -dijo sin demostrar m&#225;s emoci&#243;n que si hubiera disparado contra una botella de cerveza.

Joder -dije entre dientes, abrumado por su exhibici&#243;n de insensibilidad-. Habr&#237;as sido &#250;til en un grupo de combate.

&#191;Qu&#233;?

He dicho que espero que perdieras el tranv&#237;a anoche por mi culpa. &#191;Ten&#237;as que matarlo?

Se encogi&#243; de hombros y empez&#243; a desenroscar el silenciador de la Luger.

Dos muertos son mejor que uno vivo para testificar en los tribunales. Cr&#233;eme, s&#233; lo que digo. -Golpe&#243; la cabeza del iv&#225;n con la punta del zapato-. De todos modos, a estos ivanes no los echar&#225;n en falta. Son desertores.

&#191;C&#243;mo lo sabes?

Belinsky se&#241;al&#243; dos fardos de ropa y equipo que hab&#237;a en el suelo al lado de la puerta y, junto a ellos, los restos de una fogata y una comida.

Parece que llevaban un par de d&#237;as escondidos por aqu&#237;. Supongo que se aburr&#237;an y les apetec&#237;a un poco de  busc&#243; la palabra adecuada en alem&#225;n y luego, sacudiendo la cabeza, complet&#243; la frase en ingl&#233;s- co&#241;o. -Enfund&#243; la Luger y dej&#243; caer el silenciador en el bolsillo del abrigo-. Si los encuentran antes de que las ratas los devoren, los polis imaginar&#225;n que fue el MVD quien lo hizo. Pero yo apuesto por las ratas. Viena tiene las ratas m&#225;s enormes que hayas visto nunca. Suben directamente desde las cloacas. Bien pensado, por como huelen esos dos, yo dir&#237;a quetambi&#233;n han estado all&#225; abajo. La cloaca principal sale en el Stadt Park, justo al lado de la comandancia sovi&#233;tica y el sector ruso. -Se encamin&#243; hacia la ventana-. Venga, boche, vamos a buscar a esa chica tuya.

Veronika estaba un poco m&#225;s abajo de la W&#228;hringer Strasse, lista para echar a correr como alma que lleva el diablo si hubieran sido los dos rusos quienes salieran del edificio.

Cuando he visto entrar a tu amigo, he esperado para ver qu&#233; pasaba -explic&#243;.

Se hab&#237;a abotonado el abrigo hasta el cuello y, salvo un peque&#241;o moret&#243;n en la mejilla y las l&#225;grimas en los ojos, no habr&#237;a dicho que parec&#237;a una chica que hab&#237;a escapado por los pelos de que la violaran. Volvi&#243;, nerviosa, la mirada hacia el edificio con una pregunta en los ojos.

No te preocupes -dijo Belinsky-. No volver&#225;n a molestarnos.

Cuando Veronika acab&#243; de darme las gracias por salvarla y a Belinsky por salvarme a m&#237;, los dos la acompa&#241;amos hasta el edificio medio derrumbado de la Rotenturmstrasse donde ten&#237;a una habitaci&#243;n. All&#237; nos dio las gracias de nuevo y nos invit&#243; a subir, una invitaci&#243;n que rechazamos, y solo despu&#233;s de que le prometiera visitarla por la ma&#241;ana logramos convencerla de que cerrara la puerta y se fuera a la cama.

Por el aspecto que tienes, dir&#237;a que no te sentar&#237;a mal una copa -dijo Belinsky-. D&#233;jame invitarte. El Bar Renaissance est&#225; a la vuelta de la esquina. Es un lugar tranquilo y podremos hablar.

Cercano a la catedral de San Esteban, que estaba siendo restaurada, el Renaissance de la Singerstrasse era una imitaci&#243;n de taberna h&#250;ngara con m&#250;sica z&#237;ngara. La clase de sitio que aparece en un puzzle; no hab&#237;a duda de que era popular entre los turistas, pero resultaba una pizca demasiado ostentoso para mi gusto sencillo y melanc&#243;lico. Hab&#237;a una &#250;nica compensaci&#243;n importante, como explic&#243; Belinsky: serv&#237;an Csereszne, un aguardiente h&#250;ngaro de cerezas. Y para alguien a quien acababan de darle de patadas, sab&#237;a incluso mejor de lo que Belinsky hab&#237;aprometido.

Es una buena chica -dijo-, pero tendr&#237;a que ir con m&#225;s cuidado en Viena. Y t&#250; tambi&#233;n, si a eso vamos. Si vas a ir por ah&#237; como un flamante Errol Flynn, tendr&#237;as que llevar algo m&#225;s que pelo debajo del brazo.

Supongo que tienes raz&#243;n -dije bebiendo un sorbo de mi segundo vaso-, pero resulta extra&#241;o que me lo digas, siendo un poli y todo eso. Llevar un arma no es exactamente legal para nadie, excepto para el personal aliado.

&#191;Qui&#233;n ha dicho que yo fuera poli? -dijo negando con la cabeza-. Soy del CIC, el cuerpo de contraespionaje. La polic&#237;a militar no tiene ni puta idea de en qu&#233; estamos.

&#191;Eres esp&#237;a?

No, m&#225;s bien somos como los detectives de hotel de Estados Unidos. No dirigimos esp&#237;as; los atrapamos. Esp&#237;as y criminales de guerra.

Se sirvi&#243; un poco m&#225;s de Csereszne.

&#191;Y por qu&#233; me est&#225;s siguiendo?

La verdad es que es dif&#237;cil decirlo.

Estoy seguro de que podr&#237;amos encontrar un diccionario de alem&#225;n.

Belinsky sac&#243; una pipa ya cargada del bolsillo y mientras explicaba qu&#233; quer&#237;a decir, le iba dando pipadas hasta conseguir que se encendiera.

Estoy investigando la muerte del capit&#225;n Linden -dijo.

Vaya coincidencia. Yo tambi&#233;n.

Para empezar, queremos tratar de descubrir qu&#233; le trajo a Viena. Le gustaba guardar las cosas muy en secreto. Trabajaba mucho solo.

&#191;Tambi&#233;n estaba en el CIC?

S&#237;, en el 970, estacionado en Alemania. El m&#237;o es el 430. Estamos estacionados en Austria. La verdad es que tendr&#237;a que habernos informado de que ven&#237;a a nuestro sector.

Y ni siquiera envi&#243; una postal, &#191;eh?

Ni una palabra. Es probable que porque no hab&#237;a ninguna raz&#243;n para que viniera. Si estaba trabajando en algo que afectaba a su pa&#237;s, tendr&#237;a que hab&#233;rnoslo dicho. -Belinsky solt&#243; un anillo de humo y se lo apart&#243; de la cara con un gesto-. Era lo que podr&#237;amos llamar un investigador de despacho. Un intelectual. La clase de hombre que podr&#237;assoltar ante una pared llena de archivos con la orden de encontrar la receta &#243;ptima de Himmler. El &#250;nico problema es que, como era un tipo tan brillante, no anotaba nada. -Belinsky se dio unos golpecitos en la frente con la boquilla de la pipa-. Todo lo guardaba aqu&#237;, lo cual hace que resulte un incordio averiguar qu&#233; estaba investigando para ganarse un almuerzo de plomo.

Tus polic&#237;as militares creen que el movimiento clandestino Werewolf puede tener algo que ver en el asunto.

Eso me han dicho.

Observ&#243; atentamente el humeante contenido de la cazoleta de su pipa de madera de cerezo y a&#241;adi&#243;:

Con franqueza, todos estamos dando palos de ciego en este asunto. De cualquier modo, ah&#237; es donde t&#250; entras en mi vida. Pensamos que quiz&#225; descubrieras algo que nosotros no podr&#237;amos conseguir, al ser nativo, en comparaci&#243;n, quiero decir. Y si lo hac&#237;as, yo estar&#237;a all&#237; en aras de la democracia libre.

Investigaci&#243;n criminal por poderes, &#191;eh? No ser&#237;a la primera vez que pasa. Odio decepcionarte, pero yo tambi&#233;n estoy bastante a oscuras.

Puede que no. Despu&#233;s de todo, conseguiste que mataran al cantero. En mi marcador, eso se anota como resultado. Significa que molestaste a alguien, boche.

Sonre&#237;.

Puedes llamarme Bernie.

Tal como yo lo veo, Becker no te har&#237;a entrar en el juego sin darte algunas cartas. El nombre de Pichler probablemente ser&#237;a una de ellas.

Puede que tengas raz&#243;n -admit&#237;-, pero en cualquier caso, no tengo un juego como para apostarme la camisa.

&#191;Me dejas echarle una mirada?

&#191;Por qu&#233; tendr&#237;a que hacerlo?

Te he salvado la vida, boche -gimi&#243;.

Demasiado sentimental. S&#233; m&#225;s pr&#225;ctico.

Est&#225; bien. Entonces, quiz&#225; te pueda ayudar.

Eso est&#225; mucho mejor.

&#191;Qu&#233; quieres?

Es m&#225;s que probable que a Pichler lo asesinara un hombre llamado Abs, Max Abs. Seg&#250;n los PM, estuvo en lasSS, pero poco tiempo. De cualquier modo, se ha subido a un tren para Munich esta tarde y van a hacer que alguien lo reciba all&#237;. Espero que me cuenten lo que suceda, pero necesito saber m&#225;s cosas de Abs. Por ejemplo, qui&#233;n era este tipo. -Saqu&#233; el dibujo de la l&#225;pida de Martin Albers hecho por Pilcher y lo extend&#237; sobre la mesa delante de Belinsky-. Si puedo descubrir qui&#233;n era Martin Albers y por qu&#233; Max Abs pag&#243; su l&#225;pida, quiz&#225; est&#233; en camino de descubrir por qu&#233; Abs decidi&#243; que era necesario matar a Pichler antes de que hablara conmigo.

&#191;Qui&#233;n es ese Abs? &#191;Qu&#233; relaci&#243;n tiene con todo esto?

Antes trabajaba para una empresa de publicidad, aqu&#237; en Viena. La misma firma que dirig&#237;a K&#246;nig. K&#246;nig es el hombre que dio instrucciones a Becker para pasar archivos a trav&#233;s de la Frontera Verde. Documentos que iban a parar a manos de Linden.

Belinsky asinti&#243;.

De acuerdo -dije-. Veamos mi segunda carta. K&#246;nig ten&#237;a una amiguita llamada Lotte que sol&#237;a ir por el Casanova. Quiz&#225; alternara un poco por all&#237;, aceptara un poco de chocolate, todav&#237;a no lo s&#233;. Algunos amigos de Becker se presentaron all&#237; y en otros sitios y no volvieron a casa a merendar. Mi idea era poner a Veronika sobre la pista. Pensaba que primero tendr&#237;a que conocerla un poco. Pero claro, ahora que ya me ha visto cabalgando mi caballo blanco vestido con mi armadura blanca de los domingos, no tendr&#233; que esperar tanto.

&#191;Y si Veronika no conoce a esa Lotte? Entonces, &#191;qu&#233;?

&#191;Y si piensas en algo mejor?

Belinsky se encogi&#243; de hombros.

Por otro lado, tu plan tiene sus ventajas.

Y otra cosa. Tanto Abs como Eddy Holl, el contacto de Becker en Berl&#237;n, trabajan para una empresa con sede en Pullach, cerca de Munich. La Compa&#241;&#237;a de Utilizaci&#243;n Industrial del Sur de Alemania. Quiz&#225; quieras tratar de averiguar algo sobre ella. Por no hablar de por qu&#233; Abs y Holl han decidido trasladarse all&#237;.

No ser&#237;an los dos primeros boches en ir a vivir en la zona norteamericana -dijo Belinsky-. &#191;No te has fijado? Las relaciones est&#225;n empezando a ponerse un poco tensas con nuestros aliados comunistas. Seg&#250;n las noticias de Berl&#237;n, han empezado a destruir muchas de las carreteras que conectan los sectores este y oeste de la ciudad.

Puso una cara que dejaba clara su falta de entusiasmo y luego a&#241;adi&#243;:

Pero ver&#233; qu&#233; puedo descubrir. &#191;Algo m&#225;s?

Antes de marcharme de Berl&#237;n me tropec&#233; con una pareja de cazadores de nazis llamados Drexler. Linden les llevaba paquetes del auxilio americano de vez en cuando. No me sorprender&#237;a que trabajaran para &#233;l; todo el mundo sabe que es as&#237; como el contraespionaje estadounidense paga los servicios.

&#191;No se lo podemos preguntar a ellos?

No servir&#237;a de mucho. Est&#225;n muertos. Alguien desliz&#243; una bandeja llena de bolitas de Zyklon-B por debajo de su puerta.

De todos modos, dame la direcci&#243;n. -Sac&#243; un cuaderno y un l&#225;piz.

Cuando se la di frunci&#243; los labios y se frot&#243; el ment&#243;n. Ten&#237;a una cara tan ancha que parec&#237;a imposible, con unas cejas espesas en forma de cuerno de caza que se curvaban hasta la mitad de la cuenca de los ojos, el cr&#225;neo de alg&#250;n animalillo como nariz y unas arrugas absurdas grabadas, que, a&#241;adidas a la cuadrada barbilla y a las ventanas de la nariz, de un fuerte &#225;ngulo, completaban un rostro perfectamente heptagonal. La impresi&#243;n global era la de una cabeza de carnero apoyada sobre un pedestal en forma de uve.

Ten&#237;as raz&#243;n. No es una gran ayuda, &#191;verdad? Pero es mejor que la que yo ten&#237;a.

Con la pipa apretada entre los dientes, cruz&#243; los brazos y fij&#243; la mirada en el vaso. Quiz&#225; fuera lo que beb&#237;a o quiz&#225; el pelo, que llevaba m&#225;s largo que el corte militar preferido por la mayor&#237;a de sus compatriotas, pero curiosamente no parec&#237;a estadounidense.

&#191;De d&#243;nde eres? -pregunt&#233; al rato.

De Williamsburg, Nueva York.

Belinsky -dije, separando cada s&#237;laba-. &#191;Qu&#233; clase de nombre es ese para un norteamericano?

&#201;l se encogi&#243; de hombros, impasible.

Soy norteamericano de primera generaci&#243;n. Mi padre procede de Siberia. Su familia emigr&#243; para escapar a uno de los pogromos jud&#237;os del zar. Como ves, los ivanes tienen una tradici&#243;n antisemita casi tan buena como la vuestra. Belinsky era el nombre de Irving Berlin antes de que se lo cambiara. Y en lo que respecta a nombres estadounidenses, no creo que un nombre jud&#237;o como el m&#237;o suene peor que un nombre boche como Eisenhower, &#191;no te parece?

Supongo que no.

Hablando de nombres, si vuelves a hablar con los PM, quiz&#225; ser&#237;a mejor que no me mencionaras a m&#237; ni al CIC. La raz&#243;n es que hace poco jorobaron una operaci&#243;n que ten&#237;amos en marcha. El MVD se las arregl&#243; para robar unos cuantos uniformes de la polic&#237;a militar de Estados Unidos del cuartel general del batall&#243;n en el Stiftskaserne. Se los pusieron y convencieron a los PM de la comisar&#237;a del Bezirk 19 para que los ayudaran a arrestar a uno de nuestros mejores informadores en Viena. Un par de d&#237;as m&#225;s tarde, otro informador nos comunic&#243; que estaban interrog&#225;ndolo en el cuartel general del MVD en la Mozartgasse. Poco despu&#233;s supimos que lo hab&#237;an matado, pero no antes de que hablara y les diera otros nombres. Bueno, hubo un foll&#243;n de todos los diablos y el comisario jefe estadounidense tuvo que darle una buena patada en el culo a m&#225;s de uno por la mala seguridad de la 796. Le hicieron un consejo de guerra a un teniente y degradaron a un sargento a soldado raso. Como resultado de lo cual, el que yo sea un CIC me convierte en una especie de leproso a ojos del Stiftskaserne. Supongo que puede resultarte dif&#237;cil de entender siendo alem&#225;n.

Al contrario -dije-. Yo dir&#237;a que ser tratados como leprosos es algo que los boches entendemos demasiado bien.



17

El agua que llegaba a mi grifo desde los Alpes sab&#237;a m&#225;s limpia que el crujir de los dedos de un dentista. Me llev&#233; un vaso lleno para contestar el tel&#233;fono que sonaba en la sala y tom&#233; otro sorbo mientras esperaba que Frau Blum-Weiss me pasara la llamada.

Hola, buenos d&#237;as -dijo Shields con un afectado entusiasmo-. Espero no haberle sacado de la cama.

Me estaba lavando los dientes.

&#191;Y qu&#233; tal est&#225; hoy? -dijo, neg&#225;ndose a ir al grano.

Solo con un ligero dolor de cabeza -dije. Hab&#237;a bebido demasiado del licor favorito de Belinsky.

Vaya, la culpa la tiene el f&#246;hn -sugiri&#243; Shields, refiri&#233;ndose a ese viento c&#225;lido y seco, tan impropio de la estaci&#243;n, que de vez en cuando baja sobre Viena desde las monta&#241;as-. Todo el mundo en esta ciudad le echa la culpa de todos los comportamientos extra&#241;os. Pero yo lo &#250;nico que noto es que hace que la bosta de caballo huela todav&#237;a peor de lo habitual.

Es un placer volver a hablar con usted, Shields. &#191;Qu&#233; quiere?

Su amigo Abs no lleg&#243; a Munich. Estamos bastante seguros de que subi&#243; al tren, pero no hab&#237;a rastro de &#233;l a la llegada.

Puede que se bajara en alg&#250;n otro sitio.

La &#250;nica parada que hace el tren es Salzburgo y tambi&#233;n la ten&#237;amos vigilada.

Quiz&#225; alguien lo tir&#243; del tren. Mientras el tren estaba en marcha.

Yo sab&#237;a muy bien que ese tipo de cosas pasaban.

No en la zona norteamericana.

Bueno, la zona no empieza hasta Linz. Hay m&#225;s de cien kil&#243;metros de Austria en manos rusas desde aqu&#237; hasta su zona. Usted mismo ha dicho que est&#225; seguro de que subi&#243; al tren. &#191;Qu&#233; otra cosa nos queda? -Entonces record&#233; lo que Belinsky hab&#237;a dicho sobre la mala seguridad de la polic&#237;a militar de Estados Unidos-. Claro que es posible quese zafara de sus hombres, que fuera demasiado listo para ellos.

Shields suspir&#243;.

Alguna vez, Gunther, cuando no est&#233; demasiado ocupado con sus viejos camaradas nazis, lo llevar&#233; al campo de personas desplazadas en Auhof y ver&#225; a todos los emigrantes jud&#237;os ilegales que pensaron que eran m&#225;s listos que nosotros. -Se ech&#243; a re&#237;r-. Es decir, si no le preocupa que pueda reconocerlo alguien del campo de concentraci&#243;n. Podr&#237;a ser divertido dejarlo all&#237;. Esos sionistas no comparten mi sentido del humor sobre las SS.

Y eso s&#237; que lo echar&#237;a en falta.

Alguien llam&#243; a la puerta, casi furtivamente.

Mire, tengo que dejarle.

Vaya con ojo. Si llego a sospechar que le huelen a mierda los zapatos, lo echar&#233; a la jaula.

Bueno, si huele algo, probablemente ser&#225; el f&#246;hn.

Shields solt&#243; su risa, que sonaba como un tren fantasma, y colg&#243;.

Fui a abrir la puerta y entr&#243; un tipo bajo, de aspecto sospechoso, que me record&#243; la copia de un retrato de Klimt que hab&#237;a en el comedor. Llevaba una gabardina marr&#243;n, con cintur&#243;n y pantalones que dejaban ver sus calcetines blancos y, apenas cubri&#233;ndole la larga melena rubia, un peque&#241;o sombrero tirol&#233;s negro cargado de insignias y plumas. De un modo un tanto incongruente, llevaba las manos metidas en un gran manguito de lana.

&#191;Qu&#233; vende, bailar&#237;n? -le pregunt&#233;.

La mirada furtiva se volvi&#243; desconfiada.

&#191;No es usted Gunther? -dijo arrastrando una voz inveros&#237;mil, m&#225;s grave que un fagot robado.

Tranquilo -dije-, soy Gunther. Usted debe ser el armero personal de Becker.

Justo. Me llamo Rudi. -Ech&#243; una ojeada en torno suyo y se tranquiliz&#243;-. &#191;Est&#225; solo en esta jaula?

Como un pelo en la teta de una viuda. &#191;Me trae un regalo?

Rudi asinti&#243; y con una sonrisa astuta sac&#243; una mano del manguito. Sosten&#237;a un rev&#243;lver y apuntaba al cruas&#225;n de mi desayuno. Despu&#233;s de un momento inc&#243;modo, sonri&#243; m&#225;s abiertamente y afloj&#243; la presi&#243;n sobre la culata hasta dejar que la pistola colgara de su &#237;ndice por el gatillo.

Si me quedo en esta ciudad tendr&#233; que hacerme con un nuevo sentido del humor -dije cogi&#233;ndole el rev&#243;lver. Era un Smith 38 con un ca&#241;&#243;n de seis pulgadas y las palabras Ej&#233;rcito y Polic&#237;a grabadas claramente en la culata negra-. Supongo que el poli a quien pertenec&#237;a esto te dej&#243; que te lo llevaras a cambio de unos cuantos paquetes de cigarrillos. -Rudi empez&#243; a hablar, pero yo lo hice primero-. Mira, le dije a Becker que quer&#237;a un arma limpia, no la prueba n&#250;mero uno de un juicio por asesinato.

Es nueva -dijo Rudi, indignado-. Mire el ca&#241;&#243;n. Todav&#237;a est&#225; engrasado; a&#250;n no ha sido disparado. Le juro que los de arriba ni siquiera saben que ha desaparecido.

&#191;De d&#243;nde la sac&#243;?

Del almac&#233;n de la f&#225;brica. De verdad, Herr Gunther, esta pistola es un arma limpia donde las haya.

Asent&#237; a rega&#241;adientes.

&#191;Has tra&#237;do municiones?

Hay seis en el cargador -dijo, y sacando la otra mano del manguito puso un m&#237;sero pu&#241;ado de cartuchos en el aparador, al lado de las dos botellas que me hab&#237;a dado Traudl-, y estos.

&#191;Qu&#233; pasa, es que los has comprado de racionamiento?

Rudi se encogi&#243; de hombros.

Es lo &#250;nico que he podido conseguir de momento, me temo. -Mirando el vodka se relami&#243; los labios.

Yo ya he desayunado -le dije-, pero puedes servirte.

Solo un poco contra el fr&#237;o, &#191;eh? -dijo y se sirvi&#243;, nervioso, un vaso lleno, que se bebi&#243; de un trago.

Adelante, toma otro. Nunca me interpongo entre un hombre y una buena sed. -Encend&#237; un cigarrillo y fui hasta la ventana. Afuera una flauta de pan hecha de car&#225;mbanos colgaba del borde del tejado de la terraza-. Especialmente en un d&#237;a tan helado como este.

Gracias -dijo Rudi-, muchas gracias. -Sonri&#243; apenas y se sirvi&#243; otro vaso, lleno hasta el borde, que sorbi&#243; lentamente-. &#191;Y c&#243;mo va? La investigaci&#243;n, quiero decir.

Si tienes alguna idea, me encantar&#237;a que me lo contaras. En este momento no es que los peces se metan solos en la red.

Rudi flexion&#243; los hombros.

Bueno, tal como yo lo veo, ese capit&#225;n norteamericano, el que cogi&#243; el 71

Hizo una pausa mientras yo hac&#237;a la asociaci&#243;n: el n&#250;mero 71 era el tranv&#237;a que iba hasta el Cementerio Central. Asent&#237;, anim&#225;ndolo a continuar.

Bueno, tiene que haber estado metido en alg&#250;n tipo de chanchullo. Pi&#233;nselo -me sugiri&#243;, anim&#225;ndose al hablar-. Va a un almac&#233;n con otro tipo y el sitio est&#225; lleno hasta la bandera de tabaco. Quiero decir, para empezar, &#191;c&#243;mo es que estaban all&#237;? No puede ser que el asesino hubiera planeado matarle all&#237;. No lo habr&#237;a hecho cerca del alijo, &#191;verdad? Deb&#237;an de ir a echar una mirada a la mercanc&#237;a y se pelearon.

Tuve que admitir que hab&#237;a algo de verdad en lo que dec&#237;a. Reflexion&#233; un momento.

&#191;Qui&#233;n vende cigarrillos en Austria, Rudi?

&#191;Adem&#225;s de todo el mundo?

Los principales estraperlistas.

Dejando de lado a Emil, est&#225;n los ivanes, un sargento norteamericano del Estado Mayor que est&#225; loco y vive en un castillo cerca de Salzburgo, un jud&#237;o rumano aqu&#237; en Viena y un austr&#237;aco llamado Kurtz. Pero Emil era el m&#225;s grande; la mayor&#237;a de la gente ha o&#237;do el nombre de Emil Becker relacionado con eso.

&#191;Cree que es posible que uno de ellos le hubiera tendido una trampa a Emil, para eliminarlo como competidor?

Seguro, pero no a costa de perder todos aquellos cigarrillos. Cuarenta cajas, Herr Gunther. Es una p&#233;rdida enorme para cualquiera.

Exactamente, &#191;cu&#225;ndo robaron esa f&#225;brica de tabaco de la Thaliastrasse?

Hace meses.

&#191;Los PM no ten&#237;an ninguna idea de qui&#233;n lo hab&#237;a hecho? &#191;No ten&#237;an ning&#250;n sospechoso?

Nada de nada. La Thaliastrasse est&#225; en el Bezirk 16, forma parte del sector franc&#233;s. Los PM franceses no podr&#237;an coger ni grasa en esta ciudad.

&#191;Y qu&#233; hay de los polis de aqu&#237;, la polic&#237;a vienesa?

Rudi neg&#243; con la cabeza sin dudar.

Est&#225;n demasiado ocupados pele&#225;ndose con la polic&#237;a estatal. El ministro del Interior ha estado tratando de que los estatales sean absorbidos por las fuerzas regulares, pero a los rusos no les gusta y est&#225;n tratando de boicotear el invento. Aunque eso signifique hundirlo todo. -Sonri&#243;-. No es que me molestase. No, los locales son casi tan malos como los franchutes. Para ser sincero, los &#250;nicos polis que valen la pena en esta ciudad son los estadounidenses. Incluso los ingleses son bastante est&#250;pidos, si quiere saberlo.

Rudi mir&#243; uno de los diversos relojes que llevaba en el brazo.

Mire, tengo que marcharme; si no, perder&#233; sitio en el Ressel. All&#237; es donde me encontrar&#225; todas las ma&#241;anas si me necesita, Herr Gunther. All&#237; o en el Caf&#233; Hauswirth, en la Favoritenstrasse, por la tarde. -Acab&#243; de vaciar el vaso-. Gracias por la bebida.

La Favoritenstrasse -repet&#237; frunciendo el ce&#241;o-. Est&#225; en el sector ruso, &#191;no?

Cierto -dijo Rudi-, pero eso no me convierte en comunista. -Se levant&#243; el sombrero y sonri&#243;-. Solo en un hombre prudente.



18

La triste expresi&#243;n de su cara, con la mirada abatida y la incipiente papada, por no hablar de la ropa barata y con aspecto de segunda mano, me hizo pensar que Veronika no deb&#237;a sacar mucho de hacer de prostituta. Y no hab&#237;a nada en la habitaci&#243;n, fr&#237;a y del tama&#241;o de una cueva, que ten&#237;a alquilada en el centro del distrito rojo de la ciudad, que indicara nada m&#225;s que una existencia precaria, ganando apenas para sobrevivir.

Volvi&#243; a darme las gracias por ayudarla y, despu&#233;s de interesarse por mis heridas, procedi&#243; a preparar un poco de t&#233; mientras explicaba que un d&#237;a ten&#237;a intenci&#243;n de llegar a ser pintora. Mir&#233; sus dibujos y acuarelas sin demasiado placer.

Profundamente deprimido por el l&#243;brego ambiente, le pregunt&#233; c&#243;mo hab&#237;a acabado haciendo la calle. Fue una tonter&#237;a, porque no tiene sentido cuestionar a una prostituta sobre nada y mucho menos sobre su propia inmoralidad; mi &#250;nica excusa era que sent&#237;a aut&#233;ntica l&#225;stima por ella. &#191;Habr&#237;a tenido alguna vez un marido que la habr&#237;a visto haci&#233;ndole un franc&#233;s a un estadounidense en un edificio en ruinas a cambio de un par de tabletas de chocolate?

&#191;Qui&#233;n dice que haga la carrera? -respondi&#243; con acritud.

Me encog&#237; de hombros.

No es el caf&#233; lo que te mantiene levantada la mitad de la noche.

Puede que no. De todos modos, no me encontrar&#225;s trabajando en uno de esos sitios del G&#252;rtel donde los t&#237;os solo tienen que subir al piso de arriba. Y no me encontrar&#225;s haciendo la calle delante de la oficina de informaci&#243;n norteamericana ni del Hotel Atlantis. Quiz&#225; sea una chocolatera, pero no soy una buscona. El caballero tiene que gustarme.

Eso no evitar&#225; que te hagan da&#241;o. Como anoche, por ejemplo; por no hablar de las enfermedades ven&#233;reas.

Esc&#250;chate -dijo con divertido desd&#233;n-. Pareces uno de esos cabrones de la brigada Antivicio. Te cogen, hacenque un m&#233;dico te examine para ver si est&#225;s contagiada y luego te echan un serm&#243;n sobre los peligros de la gonorrea. Empiezas a hablar como un poli.

Puede que la polic&#237;a tenga raz&#243;n. &#191;Lo has pensado alguna vez?

Mira, nunca han podido acusarme de nada y nunca podr&#225;n. -Sonri&#243; un poco con aire astuto-. Como he dicho, tengo cuidado. El caballero tiene que gustarme. Lo cual significa que no acepto ni ivanes ni negros.

Supongo que nadie ha o&#237;do hablar nunca de un estadounidense blanco ni de un ingl&#233;s con s&#237;filis.

Solo tienes que mirar las estad&#237;sticas -dijo mir&#225;ndome con cara de pocos amigos-. Adem&#225;s, &#191;qu&#233; co&#241;o sabes t&#250; de eso? Que me salvaras el pellejo no te da derecho a leerme los diez mandamientos, Bernie.

No hay que saber nadar para lanzarle un salvavidas a alguien. En mis tiempos he conocido a suficientes busconas para saber que muchas empezaron siendo tan selectivas como t&#250;. Luego llega alguien y las zurra a gusto y la siguiente vez, cuando el casero las persigue para cobrar el alquiler, no pueden permitirse ser tan exigentes. Hablas de porcentajes. Bueno, no queda mucho porcentaje en un franc&#233;s por diez schillings cuando llegas a los cuarenta. Mira, Veronika, eres una buena chica. Si hubiera un cura por aqu&#237;, pensar&#237;a que te mereces una homil&#237;a corta, pero como no lo hay, tendr&#225;s que arregl&#225;rtelas conmigo.

Sonri&#243; con tristeza y me acarici&#243; el pelo.

No est&#225;s tan mal. Aunque no tengo ni idea de por qu&#233; crees que sea necesario este discurso. De verdad que estoy bastante bien. Tengo dinero ahorrado. Pronto tendr&#233; suficiente para entrar en una escuela de arte en alg&#250;n sitio.

Pens&#233; que eso era tan probable como que consiguiera un contrato para volver a pintar la Capilla Sixtina, peroobligu&#233; a mi boca a curvarse hacia arriba en una especie de sonrisa optimista.

Seguro que s&#237; -dije-. Mira, quiz&#225; yo pueda ayudarte. Quiz&#225; podamos ayudarnos mutuamente.

Era una manera inequ&#237;vocamente policial de dirigir la conversaci&#243;n al objetivo principal de mi visita.

Quiz&#225; -dijo, sirviendo el t&#233;-. Solo una cosa m&#225;s y luego puedes darme tu bendici&#243;n. La brigada Antivicio tiene registradas a m&#225;s de cinco mil chicas en Viena. Pero no son ni la mitad de las que hay. En estos tiempos, todos tenemos que hacer cosas que en otro tiempo eran impensables. Probablemente t&#250; tambi&#233;n. No queda mucho porcentaje en pasar hambre y menos a&#250;n en volver a Checoslovaquia.

&#191;Eres checa?

Tom&#243; un sorbo de t&#233;, y luego cogi&#243; un cigarrillo del paquete que le hab&#237;a dado la noche anterior y sac&#243; una cerilla.

Seg&#250;n mis papeles, nac&#237; en Austria, pero la verdad es que soy checa; una jud&#237;a alemana de los Sudetes. Pas&#233; la mayor parte de la guerra escondi&#233;ndome en retretes y buhardillas. Luego estuve un tiempo con los partisanos, y despu&#233;s en un campo para personas desplazadas durante seis meses, hasta que escap&#233; a trav&#233;s de la Frontera Verde. &#191;Has o&#237;do hablar de un lugar llamado Wiener Neustadt? &#191;No? Bueno, es una ciudad a unos cincuenta kil&#243;metros de Viena, en la zona rusa, con un centro de reuni&#243;n para los repatriados sovi&#233;ticos. En todo momento hay unos sesenta mil esperando all&#237;. Los ivanes los clasifican en tres grupos: enemigos de la Uni&#243;n Sovi&#233;tica a los que env&#237;an a los campos de trabajos forzados; a los que no pueden demostrar de verdad que son enemigos los env&#237;an a trabajar fuera de los campos, as&#237; que de un modo u otro acabas haciendo un trabajo de esclavo; es decir, a menos que est&#233;s en el tercer grupo, los enfermos o los viejos o los demasiado j&#243;venes, en cuyo caso te matan directamente.

Trag&#243; saliva y dio una larga calada al cigarrillo.

&#191;Quieres saber algo? -sigui&#243;-. Creo que me acostar&#237;a con todo el ej&#233;rcito brit&#225;nico para que los rusos no pudieran reclamarme. Y eso incluye a los que tienen s&#237;filis. -Trat&#243; de sonre&#237;r-. Pero da la casualidad de que tengo un amigo m&#233;dico que me ha conseguido unos frascos de penicilina y me pongo una dosis de vez en cuando solo por si acaso.

Eso suena caro.

Como digo, es un amigo. No me cuesta nada que se pudiera gastar en la reconstrucci&#243;n. -Cogi&#243; la tetera-. &#191;Quieres un poco m&#225;s de t&#233;?

Negu&#233; con la cabeza. Ten&#237;a muchas ganas de salir de aquella habitaci&#243;n.

Vayamos a alguna parte -suger&#237;.

De acuerdo. Es mejor que quedarse aqu&#237;. &#191;Qu&#233; tal cabeza tienes para las alturas? Porque solo hay un sitio al que se puede ir en Viena un domingo.

El parque de atracciones del Prater, con su enorme noria, los carruseles y la monta&#241;a rusa, resultaba un tanto incongruente en la parte de Viena que, por ser la &#250;ltima en caer en manos del Ej&#233;rcito Rojo, todav&#237;a mostraba los mayores efectos de la guerra y era la prueba m&#225;s clara de que est&#225;bamos en un sector, por lo dem&#225;s, poco atractivo.

Tanques y ca&#241;ones despanzurrados segu&#237;an esparcidos por los campos vecinos, mientras que en las ruinosas paredes de todas las casas a lo largo de la Ausstellungsstrasse aparec&#237;a escrita con tiza y en caracteres cir&#237;licos la palabra Atak'ivat (registrada) que en realidad significaba saqueada.

Desde lo alto de la noria, Veronika me se&#241;al&#243; los pilares del Puente del Ej&#233;rcito Rojo, la estrella encima del obelisco cercano y, m&#225;s all&#225;, el Danubio. Luego, mientras nuestra g&#243;ndola iniciaba su lento descenso hacia el suelo, me meti&#243; la mano debajo del abrigo y me cogi&#243; las pelotas, pero apart&#243; la mano enseguida cuando yo suspir&#233;inc&#243;modo.

Quiz&#225; habr&#237;as preferido el Prater antes de los nazis -dijo mal&#233;vola-, cuando todos aquellos mu&#241;ecos ven&#237;an aqu&#237; a buscar clientes.

No es eso en absoluto -dije riendo.

Quiz&#225; sea eso lo que quer&#237;as decir cuando comentaste que yo podr&#237;a ayudarte.

No, es solo que soy un tipo nervioso. Vuelve a probar en otra ocasi&#243;n, cuando no estemos a sesenta metros del suelo.

Un manojo de nervios, &#191;eh? Pensaba que hab&#237;as dicho que no te importaban las alturas.

Ment&#237;. Pero tienes raz&#243;n, s&#237; que necesito tu ayuda.

Si tu problema es el v&#233;rtigo, entonces la posici&#243;n horizontal es el &#250;nico tratamiento que estoy cualificada para prescribir.

Estoy buscando a alguien, Veronika; una chica que sol&#237;a andar por el Casanova.

&#191;Para qu&#233; van los hombres al Casanova si no es para buscar a una chica?

Es una chica en particular.

Puede que no te hayas dado cuenta, pero ninguna de las chicas del Casanova es nada en particular. -Me lanz&#243; una mirada penetrante, como si de repente desconfiara de m&#237;-. Pensaba que hablabas como los de arriba. Toda esa propaganda sobre los contagios y dem&#225;s. &#191;Trabajas con aquel estadounidense?

No, soy investigador privado.

&#191;C&#243;mo el Hombre Delgado?

Se ech&#243; a re&#237;r cuando asent&#237;.

Pensaba que eso solo era cosa de las pel&#237;culas. Y quieres que yo te ayude con algo que est&#225;s investigando, &#191;es as&#237;?

Volv&#237; a asentir.

No me veo mucho en el papel de Myrna Loy -dijo-, pero te ayudar&#233; si puedo. &#191;Qui&#233;n es esa chica que andas buscando?

Se llama Lotte. No s&#233; su apellido. Puede que la hayas visto con un tipo llamado K&#246;nig. Lleva bigote y un terrier peque&#241;o.

Veronika asinti&#243; lentamente.

S&#237;, los recuerdo. En realidad, conozco bastante bien a Lotte. Se llama Lotte Hartmann, pero hace semanas que noaparece por all&#237;.

&#191;No? &#191;Sabes d&#243;nde est&#225;?

No exactamente. Se fueron a esquiar juntos, Lotte y Helmut K&#246;nig, su sch&#228;tzi. En alg&#250;n sitio del Tirol austr&#237;aco, me parece.

&#191;Cu&#225;ndo fue eso?

No lo s&#233;. Har&#225; dos o tres semanas. Parece que K&#246;nig tiene un mont&#243;n de dinero.

&#191;Sabes cu&#225;ndo van a volver?

No tengo ni idea. Lo que s&#233; es que ella dijo que estar&#237;a fuera por lo menos un mes si todo iba bien entre ellos. Conociendo a Lotte, eso significa que depender&#237;a de lo bien que &#233;l se lo hiciera pasar.

&#191;Est&#225;s segura de que va a volver?

Ser&#237;a necesaria una avalancha para impedir que Lotte volviera aqu&#237;. Es vienesa hasta las orejas; no sabe vivir en otro sitio. Supongo que quieres que tenga los ojos bien abiertos para saber cu&#225;ndo vuelven.

Eso es -dije-. Naturalmente, te pagar&#237;a.

No es necesario -dijo encogi&#233;ndose de hombros, y apret&#243; la nariz contra la ventana-. La gente que me salva la vida tiene derecho a todo tipo de generosos descuentos.

Debo advertirte que puede ser peligroso.

No tienes que dec&#237;rmelo -dijo con calma-. Conozco a K&#246;nig. Es suave y encantador en el club, pero a m&#237; no me enga&#241;a. Es de esos tipos que no se quita las nudilleras met&#225;licas ni para irse a confesar.

Cuando estuvimos de nuevo en tierra firme, utilic&#233; algunos cupones para comprar una bolsa de lingos, unos bu&#241;uelos h&#250;ngaros fritos espolvoreados con ajo, en uno de los tenderetes cercanos a la noria. Despu&#233;s de este modesto almuerzo, cogimos el tren Lilliput hasta el Estadio Ol&#237;mpico y volvimos paseando por la nieve a trav&#233;s de los bosques de Hauptallee.

Mucho m&#225;s tarde, cuando volv&#237;amos a estar en su habitaci&#243;n, dijo:

&#191;Sigues estando nervioso?

Tend&#237; la mano hacia sus pechos en forma de calabaza y not&#233; que la blusa estaba h&#250;meda de sudor. Me ayud&#243; a desaboton&#225;rsela y, mientras yo gozaba del peso de su seno en la mano, se desabroch&#243; la falda. Me apart&#233; para que pudiera quit&#225;rsela por los pies y cuando la hubo dejado en el respaldo de una silla, la cog&#237; de la mano y la atraje hacia mi.

Durante un breve momento, la abrac&#233; con fuerza, disfrutando de su respiraci&#243;n entrecortada y c&#225;lida en el cuello, antes de bajar la mano hacia la curva de su trasero, la parte superior de las apretadas medias y luego la suave y fresca carne entre los muslos. Y una vez que ella se las ingeni&#243; para desprenderse de la escasa ropa que quedaba para cubrirla, la bes&#233; y permit&#237; que un intr&#233;pido dedo disfrutara de una corta exploraci&#243;n de sus partes ocultas.

En la cama no dej&#243; de sonre&#237;r mientras yo trataba lentamente de medir sus profundidades. Al ver sus ojos abiertos, que solo eran so&#241;adores, como si no fuera capaz de olvidar mi satisfacci&#243;n en su busca de la suya propia, descubr&#237; que estaba demasiado excitado para que me importara mucho m&#225;s all&#225; de lo que parec&#237;a cort&#233;s. Cuando, finalmente, ella sinti&#243; que la herida que estaba abriendo en ella se volv&#237;a m&#225;s apremiante, levant&#243; los muslos hasta el pecho y, bajando las manos, se abri&#243; con las palmas, como si tensara un trozo de tela para que penetrara la aguja de la m&#225;quina de coser, a fin de que me viera peri&#243;dicamente absorbido con fuerza hacia su interior. Al cabo de un momento, me dobl&#233; sobre ella mientras la vida activaba su propulsi&#243;n independiente y trepidante.

Aquella noche nev&#243; mucho y luego la temperatura cay&#243; hasta las alcantarillas, helando toda Viena, para conservarla para un d&#237;a mejor. So&#241;&#233;, no con una ciudad perdurable, sino con la ciudad que iba a venir.



Segunda parte


19

Ya se ha fijado la fecha del juicio contra Herr Becker -me inform&#243; Liebl-, lo cual hace que sea absolutamente imperativo apresurarnos en la preparaci&#243;n de la defensa. Conf&#237;o en que me perdonar&#225;, Herr Gunther, si le recalco la urgente necesidad de pruebas para corroborar el relato de nuestro cliente. Aunque tengo fe en su capacidad como detective, querr&#237;a saber exactamente qu&#233; progresos ha hecho hasta ahora, a fin de poder aconsejar mejor a Herr Becker sobre la forma de llevar su caso en el tribunal.

Esta conversaci&#243;n ten&#237;a lugar varias semanas despu&#233;s de mi llegada a Viena, pero no era la primera vez que Liebl me presionaba para que le diera alguna idea de mis avances.

Est&#225;bamos sentados en el Caf&#233; Schwarzenberg, que era lo m&#225;s parecido a una oficina que hab&#237;a tenido desde antes de la guerra. La cafeter&#237;a vienesa se parece en todo a un club de caballeros ingleses, salvo en que ser socio por un d&#237;a cuesta poco m&#225;s que el precio de una taza de caf&#233;. Por ese importe puedes quedarte todo el tiempo que quieras, leer los peri&#243;dicos y las revistas disponibles, dejar recados a los camareros, recibir el correo, reservar una mesa para reuniones y, en general, llevar un negocio con total discreci&#243;n delante del mundo entero. Los vieneses respetan la privacidad de la misma forma que los estadounidenses adoran la antig&#252;edad, y un habitual del Schwarzenberg no meter&#237;a la nariz por encima de tu hombro del mismo modo que tampoco remover&#237;a el caf&#233; con el dedo.

En anteriores ocasiones, le hab&#237;a dicho a Liebl que una idea exacta de los progresos no era algo que existiera en el mundo del investigador privado; que no era el tipo de negocio en el cual uno puede informar de que, con toda seguridad, se va a producir una serie espec&#237;fica de acontecimientos dentro de un per&#237;odo determinado. Ese es el problema con los abogados. Dan por supuesto que el resto del mundo funciona como el c&#243;digo napole&#243;nico. No obstante, en esta ocasi&#243;n concreta, ten&#237;a bastante m&#225;s para contarle a Liebl.

La novia de K&#246;nig, Lotte, ha vuelto a Viena -dije.

&#191;Por fin ha vuelto de sus vacaciones de esqu&#237;?

Eso parece.

Pero todav&#237;a no la ha encontrado.

Alguien que conozco en el Club Casanova tiene una amiga que habl&#243; con ella hace solo un par de d&#237;as. Puede que incluso lleve de vuelta alrededor de una semana.

&#191;Una semana? -repiti&#243; Liebl-. &#191;Por qu&#233; ha costado tanto averiguarlo?

Esas cosas llevan tiempo -dije con un encogimiento de hombros provocativo. Estaba harto del constante escrutinio de Liebl y hab&#237;a empezado a disfrutar como un ni&#241;o pinch&#225;ndolo con esas exhibiciones de aparente despreocupaci&#243;n.

S&#237; -gru&#241;&#243;-, eso es lo que ha dicho otras veces.

No parec&#237;a nada convencido.

No es como si tuvi&#233;ramos la direcci&#243;n de esas personas -dije-. Y Lotte Hartmann no se ha acercado por el Casanova desde que ha vuelto. La chica que habl&#243; con ella dice que Lotte ha estado tratando de conseguir un peque&#241;o papel en una pel&#237;cula en los Estudios Sievering.

&#191;Sievering? Eso est&#225; en el Bezirk 19. El estudio es propiedad de un vien&#233;s llamado Karl Hartl. Antes era cliente m&#237;o. Hartl ha dirigido a todas las grandes estrellas: Pola Negri, Lya de Putti, Maria Corda, Vilma Banky, Lilian Harvey. &#191;Ha visto El bar&#243;n gitano? Bueno, pues era de Hartl.

&#191;Cree usted que, por casualidad, podr&#237;a saber algo de los estudios donde Becker encontr&#243; el cuerpo de Linden?

&#191;Drittemann Film? -Liebl removi&#243; el caf&#233; distra&#237;damente-. Si hubiera sido una compa&#241;&#237;a cinematogr&#225;fica legalmente constituida, Hartl la conocer&#237;a. En la producci&#243;n vienesa de pel&#237;culas no pasan muchas cosas que Hartl no sepa. Pero solo se trataba de un nombre en un contrato de alquiler. En realidad, all&#237; no se hab&#237;a rodado ninguna pel&#237;cula, ni siquiera se hab&#237;a disparado ninguna c&#225;mara. Usted mismo lo comprob&#243;, &#191;no?

S&#237; -dije recordando la est&#233;ril tarde que hab&#237;a pasado all&#237; hac&#237;a dos semanas. Result&#243; que incluso el contrato de arrendamiento hab&#237;a caducado y la propiedad volv&#237;a a ser del Estado-. Es cierto, lo primero y lo &#250;nico que se dispar&#243;all&#237; fue el arma que mat&#243; a Linden. -Me encog&#237; de hombros-. Tiene raz&#243;n, era solo una idea.

Entonces, &#191;qu&#233; va a hacer ahora?

Procurar encontrar a Lotte Hartmann en Sievering. No tendr&#237;a que ser demasiado dif&#237;cil. Si tratas de conseguir un papel en una pel&#237;cula, dejas una direcci&#243;n donde pueden ponerse en contacto contigo.

Liebl sorbi&#243; su caf&#233; ruidosamente y luego se sec&#243; delicadamente la boca con un pa&#241;uelo del tama&#241;o de un spinnaker.

Por favor, no desperdicie el tiempo buscando a esa persona -dijo-. Siento presionarlo as&#237;, pero hasta que descubramos d&#243;nde est&#225; Herr K&#246;nig, no tenemos nada. Cuando lo haya encontrado, podremos por lo menos tratar de obligarlo a declarar llam&#225;ndolo como testigo principal de los hechos.

Asent&#237; d&#243;cilmente. Podr&#237;a haberle contado m&#225;s cosas, pero su tono me irritaba y cualquier otra explicaci&#243;n habr&#237;a generado preguntas que todav&#237;a no estaba en disposici&#243;n de contestar. Por ejemplo, podr&#237;a haberle comunicado lo que hab&#237;a sabido por Belinsky, en la misma mesa del Schwarzenberg, una semana despu&#233;s de haberme salvado el pellejo, una informaci&#243;n a la que todav&#237;a daba vueltas en mi cabeza, tratando de encontrarle sentido. Nada era tan simple como Liebl parec&#237;a imaginar.

Para empezar -me hab&#237;a dicho Belinsky-, los Drexler eran lo que parec&#237;an. Ella sobrevivi&#243; al campo de concentraci&#243;n de Matthausen y &#233;l al gueto de Lodz y a Auschwitz. Se conocieron en un hospital de la Cruz Roja despu&#233;s de la guerra y vivieron en Frankfurt durante un tiempo antes de ir a Berl&#237;n. Parece que colaboraron muy estrechamente con la gente del Crowcass y con la oficina del fiscal. Manten&#237;an al d&#237;a el historial de un gran n&#250;mero de nazis buscados y llevaban muchos casos simult&#225;neamente. En consecuencia, nuestra gente de Berl&#237;n no ha podido determinar si alguna investigaci&#243;n en concreto guardaba relaci&#243;n con su muerte o con la del capit&#225;n Linden. La polic&#237;a local est&#225; confundida, como suele decirse, que es probablemente como prefiere estar. Francamente, no creo que les importe un bledo qui&#233;n mat&#243; a los Drexler y no parece que la investigaci&#243;n de la PM estadounidense vaya allegar a ning&#250;n sitio.

Pero no parece probable que los Drexler pudieran haber tenido mucho inter&#233;s en Martin Albers. Era uno de los jefes de las operaciones clandestinas de las SS y las SD en Budapest hasta 1944, cuando fue arrestado por haber tomado parte en el complot de Stauffenberg para matar a Hitler y colgado en el campo de concentraci&#243;n de Flossenburg en abril de 1945. Pero me atrever&#237;a a decir que se lo ten&#237;a bien merecido. Por lo que dicen todos, Albers era un cabr&#243;n, aunque tratara de liquidar al F&#252;hrer. A muchos de vosotros todo eso os cost&#243; un carajo de tiempo. &#191;Sabes?, nuestra gente de Inteligencia cree que incluso Himmler estaba enterado de la existencia del complot, pero dej&#243; que siguiera adelante confiando en ocupar &#233;l mismo el lugar de Hitler.

De cualquier modo, resulta que este Max Abs era el criado, ch&#243;fer y hombre para todo de Albers, as&#237; que parece como si estuviera honrando a su antiguo jefe. La familia Albers muri&#243; en un ataque a&#233;reo, as&#237; que supongo que no quedaba nadie m&#225;s que erigiera una l&#225;pida en su memoria.

-Un gesto bastante caro, &#191;no te parece?

-&#191;T&#250; crees? Bueno, yo odiar&#237;a que me mataran cuid&#225;ndote el culo, boche.

Luego Belinsky me habl&#243; de la compa&#241;&#237;a Pullach.

Es una organizaci&#243;n patrocinada por los estadounidenses, dirigida por los alemanes y fundada con el objetivo de reconstruir el comercio alem&#225;n interzonal. La idea es que Alemania llegue a ser econ&#243;micamente aut&#243;noma lo m&#225;s r&#225;pidamente posible para que el T&#237;o Sam pueda dejar de sacaros a todos vosotros de apuros. La sede de la empresa est&#225; en una misi&#243;n estadounidense llamada Camp Nicholas, que hasta hace pocos meses estaba ocupada por las autoridades de la censura postal del ej&#233;rcito de Estados Unidos. Camp Nicholas es un lugar enorme que fue construido para Rudolf Hess y su familia. Pero cuando se ausent&#243; sin permiso, Bormann se lo qued&#243; durante un tiempo, y luego Kesselring y su Estado Mayor. Ahora es nuestro. Hay las suficientes medidas de seguridad paraconvencer a la gente del lugar de que el campo alberga alg&#250;n tipo de establecimiento de investigaci&#243;n t&#233;cnica, pero eso no es extra&#241;o teniendo en cuenta su historia. En cualquier caso, la buena gente de Pullach lo evita, prefiriendo no saber mucho de lo que hay all&#237;, incluso si es algo tan inofensivo como un equipo de especialistas econ&#243;micos y comerciales. Supongo que son expertos, teniendo en cuenta que Dachau est&#225; a apenas unos kil&#243;metros de all&#237;.

Pens&#233; que eso parec&#237;a eliminar a Pullach, pero &#191;qu&#233; pasaba con Abs? Matar a un inocente solo para conservar el anonimato no parec&#237;a encajar en el car&#225;cter de alguien que quiere recordar la memoria de un h&#233;roe de la resistencia alemana (si exist&#237;a algo as&#237;). &#191;Y qu&#233; relaci&#243;n pod&#237;a tener Abs con Linden, el cazador de nazis, salvo como informador de alg&#250;n tipo? &#191;Ser&#237;a posible que tambi&#233;n hubieran matado a Abs, al igual que a Linden y a los Drexler?

Me acab&#233; el caf&#233;, encend&#237; un cigarrillo y por el momento me conform&#233; con que esas y otras preguntas no pudieran plantearse en otro foro que el de mi cabeza.

El n&#250;mero 39 iba hacia el oeste a lo largo de la Sieveringer Strasse y luego segu&#237;a por D&#246;bling para parar justo antes de los bosques de Viena, un espol&#243;n de los Alpes que llega hasta el Danubio.

Unos estudios cinematogr&#225;ficos no es un lugar donde sea probable ver muchas pruebas de laboriosidad. El equipo descansa sin funcionar en las camionetas alquiladas para transportarlo. Los decorados nunca est&#225;n m&#225;s que a medio construir, incluso cuando est&#225;n terminados. Pero lo que s&#237; hay son miles de personas, todas ellas cobrando, que parecen hacer poco m&#225;s que estar de pie por all&#237;, fumando cigarrillos y sosteniendo tazas de caf&#233;; y est&#225;n de pie porque no se las considera lo bastante importantes como para darles una silla. A cualquiera lo bastante tonto como para financiar una empresa tan evidentemente derrochadora, la pel&#237;cula deb&#237;a parecerle el material m&#225;s caro despu&#233;s de la seda de China, y pens&#233; que sin ninguna duda todo eso habr&#237;a vuelto casi loco de impaciencia a Liebl.

Le pregunt&#233; a un hombre que llevaba una tablilla d&#243;nde pod&#237;a encontrar al gerente del estudio y me indic&#243; un peque&#241;o despacho en el primer piso. All&#237; hab&#237;a un hombre alto y panzudo, con el pelo te&#241;ido, vestido con una chaqueta de punto de color lila y con los modales de una t&#237;a solterona y exc&#233;ntrica. Escuch&#243; cu&#225;l era mi misi&#243;n con una mano descansando encima de la otra, como si yo le estuviera pidiendo la mano de la sobrina que tutelaba.

&#191;Qu&#233; es usted, una especie de polic&#237;a? -dijo alis&#225;ndose una ceja rebelde con el &#237;ndice. Desde alg&#250;n lugar del edificio lleg&#243; el sonido muy fuerte de una trompeta, lo cual le provoc&#243; una mueca de desagrado.

Detective -dije, faltando a la verdad.

Bueno, seguro que siempre estamos dispuestos a colaborar con los de arriba. &#191;Qu&#233; papel me ha dicho que quer&#237;a conseguir esa chica?

No se lo he dicho. Me temo que no lo s&#233;. Pero ha sido en las dos o tres &#250;ltimas semanas.

Cogi&#243; el tel&#233;fono y apret&#243; un bot&#243;n.

&#191;Willy? Soy yo, Otto. S&#233; bueno y ven un momento a mi despacho. -Volvi&#243; a colgar el auricular y comprob&#243; que no se hab&#237;a despeinado-. Willy Reichmann es el jefe de producci&#243;n. Quiz&#225; pueda ayudarnos.

Gracias -dije, y le ofrec&#237; un cigarrillo.

Se lo coloc&#243; detr&#225;s de la oreja.

Muy amable. Me lo fumar&#233; luego.

&#191;Qu&#233; est&#225;n rodando ahora? -le pregunt&#233; mientras esper&#225;bamos. Quienquiera que estuviera tocando la trompeta emiti&#243; dos notas altas que no parec&#237;an armonizar.

Otto solt&#243; un gemido y fij&#243; la mirada con aire de superioridad en el techo.

Bueno, se llama El &#225;ngel de la trompeta -dijo con una evidente falta de entusiasmo-. M&#225;s o menos ya est&#225; acabada, pero el director es tan perfeccionista

&#191;No ser&#225; Karl Hartl?

S&#237;, &#191;lo conoce?

Solo por El bar&#243;n gitano.

Ah, eso -dijo en tono agrio.

Llamaron a la puerta y entr&#243; un hombre bajo con el pelo rojo como una zanahoria. Me record&#243; a un gnomo.

Willy, este es Herr Gunther. Es detective. Si est&#225;s dispuesto a perdonar el hecho de que le gustara El bar&#243;ngitano, quiz&#225; quieras ayudarlo. Est&#225; buscando a una chica, una actriz que particip&#243; en unas pruebas para un reparto, no hace mucho.

Willy sonri&#243; vagamente, dejando ver unos dientes peque&#241;os y desiguales que parec&#237;an un pu&#241;ado de sal gorda, asinti&#243; y dijo con voz aflautada:

Ser&#225; mejor que venga a mi despacho, Herr Gunther.

No entretenga a Willy demasiado rato, Herr Gunther -me orden&#243; Otto mientras yo segu&#237;a la diminuta figura de Willy al pasillo-; tiene una cita dentro de quince minutos.

Willy se dio media vuelta y mir&#243; al jefe de los estudios sin comprender. Otto suspir&#243; exasperado.

&#191;Es que nunca anotas nada en la agenda, Willy? Viene ese ingl&#233;s de London Films. El se&#241;or Lyndon-Haynes, &#191;te acuerdas?

Willy gru&#241;&#243; algo como respuesta y luego cerr&#243; la puerta. Recorri&#243; el pasillo hasta otro despacho y me invit&#243; a entrar.

Veamos, &#191;c&#243;mo se llama esa chica? -dijo, indic&#225;ndome una silla.

Lotte Hartmann.

Supongo que no sabe el nombre de la empresa de producci&#243;n.

No, pero s&#233; que vino durante las dos &#250;ltimas semanas.

Se sent&#243; y abri&#243; uno de los cajones del escritorio.

Bueno, solo ha habido tres pel&#237;culas buscando actores en el &#250;ltimo mes, as&#237; que no tendr&#237;a que ser muy dif&#237;cil.  Sus cortos dedos sacaron tres carpetas. Las dej&#243; sobre el cartapacio, y empez&#243; a ojear su contenido-. &#191;Tiene alg&#250;n problema?

No, solo que quiz&#225; conozca a alguien que nos puede ayudar en una investigaci&#243;n que estamos haciendo. -Esto, por lo menos, era verdad.

Bueno, si ha venido por aqu&#237; para un papel en el &#250;ltimo mes, estar&#225; en una de estas carpetas. Puede que no tengamos muchas ruinas atractivas en Viena, pero lo que s&#237; tenemos son muchas actrices. Aunque, claro, la mitad de ellas son chocolateras. Incluso en las mejores &#233;pocas una actriz es solo una chocolatera con otro nombre.

Acab&#243; con una pila de papeles y empez&#243; otra.

Yo no dir&#237;a que echo de menos su falta de ruinas -coment&#233;-. Soy de Berl&#237;n y nosotros tenemos ruinas a unaescala &#233;pica.

Como si no lo supiera Pero este ingl&#233;s que tengo que ver quiere montones de ruinas aqu&#237;, en Viena. Igual que Berl&#237;n, igual que Rosellini. -Suspir&#243; desconsolado-. Y yo le pregunto: &#191;qu&#233; hay aparte del Ring y el barrio de la &#211;pera?

Cabece&#233; comprensivo.

&#191;Qu&#233; espera? La guerra acab&#243; hace tres a&#241;os. &#191;Imagina que hemos retrasado la reconstrucci&#243;n por si se le ocurr&#237;a aparecer a un equipo de filmaci&#243;n ingl&#233;s? Quiz&#225; es que esas cosas llevan m&#225;s tiempo en Inglaterra que en Austria. No me sorprender&#237;a, a la vista de todo el papeleo que producen los brit&#225;nicos. No hab&#237;a conocido nunca a una gente tan burocr&#225;tica. Dios sabe qu&#233; voy a decirle a ese tipo. Para cuando empiecen a rodar tendr&#225;n suerte si encuentran una ventana rota.

Desliz&#243; una hoja de papel a trav&#233;s del escritorio. Sujeta a la esquina izquierda del papel hab&#237;a una fotograf&#237;a de tama&#241;o pasaporte.

Lotte Hartmann -anunci&#243;.

Mir&#233; el nombre y la fotograf&#237;a.

Eso parece.

La verdad es que me acuerdo de ella -dijo-. No era del todo lo que est&#225;bamos buscando en aquella ocasi&#243;n, pero le dije que era probable que pudiera encontrarle algo en esa producci&#243;n inglesa. Hay que reconocerle que era guapa, pero, para ser sincero con usted, no muy buena actriz. Un par de papeles de figurante en el Burgtheater durante la guerra y eso es todo. Pero los ingleses van a hacer una pel&#237;cula sobre el mercado negro y necesitan muchas chocolateras. A la vista de la experiencia particular de Lotte Hartmann, pens&#233; que pod&#237;a ser una de ellas.

&#191;Ah, s&#237;? &#191;Y cu&#225;l es esa experiencia?

Sol&#237;a ser relaciones p&#250;blicas en el Club Casanova y ahora trabaja de crupier en el Casino Oriental. Al menos, eso es lo que me dijo. Por lo que yo s&#233;, podr&#237;a ser una de las bailarinas ex&#243;ticas que tienen all&#237;. De cualquier modo, si la est&#225; buscando, esta es la direcci&#243;n que me dio.

&#191;Puedo llevarme este papel?

Por supuesto.

Una cosa m&#225;s: si por alguna raz&#243;n Fr&#228;ulein Hartmann se pusiera en contacto con usted, le agradecer&#237;a que no lecomentara nada de esto.

Mi boca est&#225; sellada.

Me levant&#233; para marcharme.

Gracias -dije-, me ha sido de mucha ayuda. Ah, y buena suerte con esas ruinas.

Sonri&#243; ir&#243;nico.

S&#237;, ya, si ve alguna pared poco s&#243;lida, sea un buen chico y dele un buen empuj&#243;n.

Aquella noche, fui al Oriental justo a tiempo para el primer n&#250;mero de las 8.15. La chica que bailaba desnuda en la pista de baile estilo pagoda, con acompa&#241;amiento de una orquesta de seis m&#250;sicos, ten&#237;a unos ojos tan fr&#237;os y duros como el trozo m&#225;s negro de p&#243;rfido del taller de Pilcher. Llevaba el desprecio grabado en la cara de una forma tan indeleble como los p&#225;jaros tatuados en sus pechos peque&#241;os adolescentes. Un par de veces tuvo que contener un bostezo y una vez le hizo una mueca al gorila encargado de protegerla en caso de que alguien quisiera demostrarle su aprecio. Cuando, al cabo de cuarenta y cinco minutos, lleg&#243; al final de su actuaci&#243;n, su saludo fue una burla a quienes la hab&#237;amos contemplado.

Llam&#233; a un camarero y centr&#233; la atenci&#243;n en el propio club. El maravilloso cabar&#233; nocturno egipcio era como el Oriental se describ&#237;a a s&#237; mismo en la caja de cerillas que hab&#237;a cogido del cenicero de bronce, y no hab&#237;a duda de que estaba lo bastante grasiento como para pasar por algo de Oriente Pr&#243;ximo, por lo menos, ante los estereotipados ojos de alg&#250;n creador de decorados de los Estudios Sievering. Una larga escalinata curvada conduc&#237;a al piso inferior de estilo vagamente &#225;rabe, con sus pilares dorados, el techo en forma de c&#250;pula y muchos tapices persas en las paredes cubiertas de mosaicos de imitaci&#243;n. El olor fr&#237;o y h&#250;medo del s&#243;tano, el humo a tabaco turco barato y las muchas prostitutas solo potenciaban aquel aut&#233;ntico ambiente oriental. Casi esperaba ver c&#243;mo el ladr&#243;n de Bagdad ven&#237;a a sentarse a la mesa de marqueter&#237;a que yo ocupaba. En lugar de eso, vino un chulo vien&#233;s.

&#191;Busca una chica guapa? -pregunt&#243;.

Si as&#237; fuera, no habr&#237;a venido aqu&#237;.

El macarra lo entendi&#243; al rev&#233;s y se&#241;al&#243; a una enorme pelirroja que estaba sentada a la anacr&#243;nica barraamericana.

Puedo arreglarlo para que lo pase bien con aquella de all&#237;.

No gracias, desde aqu&#237; se le huelen las bragas.

Oiga, pifke, esa chocolatera es tan limpia que podr&#237;a cenar en su co&#241;o.

No tengo tanta hambre.

Otra cosa, entonces. Si lo que le preocupa es el contagio, s&#233; d&#243;nde encontrar una estupenda nieve fresca, sin huellas dactilares. &#191;Me entiende? -Se inclin&#243; hacia m&#237; por encima de la mesa-. Una ni&#241;a que ni siquiera ha terminado la escuela. &#191;Qu&#233; tal le suena una primicia as&#237;?

Desaparece, cerdo, antes de que te vuele la bragueta de un tiro.

Se ech&#243; hacia atr&#225;s de golpe.

Tranquilo, pifke -dijo con sorna-. S&#243;lo trataba de

Solt&#243; un chillido de dolor cuando tuvo que enderezarse siguiendo a una de sus patillas sujeta entre el pulgar y el &#237;ndice de Belinsky.

Ya has o&#237;do a mi amigo -dijo con tono fr&#237;o y amenazador y, d&#225;ndole un empuj&#243;n al tipo para apartarlo, se sent&#243; frente a m&#237;-. Dios, c&#243;mo odio a los chulos -murmur&#243; meneando la cabeza.

Nunca lo hubiera imaginado -dije, y volv&#237; a llamar al camarero, quien al ver la forma en que el chulo se marchaba se acerc&#243; a la mesa m&#225;s obsequioso que un criado egipcio-. &#191;Qu&#233; quieres tomar? -le pregunt&#233; al estadounidense.

Una cerveza.

Dos Gosser -le dije al camarero.

Inmediatamente, se&#241;ores -dijo, y se march&#243; apresuradamente.

Bueno, no hay duda de que se ha vuelto m&#225;s atento -observ&#233;.

Ya, bueno, no vienes al Casino Oriental por su exquisito servicio. Vienes para perder dinero en las mesas o en una cama.

&#191;Y el espect&#225;culo? Te olvidas del espect&#225;culo.

Y una mierda. -Se ech&#243; a re&#237;r y procedi&#243; a explicarme que procuraba ver el espect&#225;culo del Oriental por lo menos una vez a la semana.

Cuando le habl&#233; de la chica con los tatuajes en los pechos, cabece&#243; con una indiferencia mundana, y durante un buen rato me vi obligado a escucharlo mientras me contaba cosas de las bailarinas ex&#243;ticas y de striptease que hab&#237;avisto en el Extremo Oriente, donde una chica con un tatuaje no era nada del otro mundo. Este tipo de conversaci&#243;n no me interesaba lo m&#225;s m&#237;nimo y cuando, al cabo de varios minutos, Belinsky agot&#243; sus pecaminosas an&#233;cdotas, me alegr&#233; de poder cambiar de tema.

He encontrado a la amiga de K&#246;nig, Fr&#228;ulein Hartmann -anunci&#233;.

&#191;S&#237;? &#191;D&#243;nde?

En la sala de al lado. Repartiendo cartas.

&#191;La crupier? &#191;Esa rubia bronceada y m&#225;s tiesa que si llevara un car&#225;mbano metido en el culo?

Asent&#237;.

Trat&#233; de invitarla a una copa -dijo-, solo que igual pod&#237;a haber tratado de venderle una escoba. Si vas a congraciarte con ella, te espera una buena tarea, boche. Es tan fr&#237;a que su perfume hace que te duela la nariz. Quiz&#225; si la raptaras tendr&#237;as una posibilidad.

Estaba pensando m&#225;s o menos lo mismo. En serio, &#191;en qu&#233; abismo se encuentra tu cr&#233;dito con la PM aqu&#237; en Viena?

Belinsky se encogi&#243; de hombros.

Tan abajo como el culo de una serpiente. Pero cu&#233;ntame qu&#233; tienes en mente y te lo dir&#233; seguro.

A ver qu&#233; te parece esto. La Patrulla Internacional entra aqu&#237; una noche y nos arresta a m&#237; y a la chica con alg&#250;n pretexto. Luego nos llevan a la K&#228;rtnerstrasse, donde yo empiezo a ponerme terco sobre que se ha cometido un error. Quiz&#225; algo de dinero cambia de manos para que parezca convincente de verdad. Despu&#233;s de todo, a la gente le gusta creer que la polic&#237;a es corrupta, &#191;no? As&#237; que tanto ella como K&#246;nig pueden apreciar esos peque&#241;os detalles. De cualquier modo, cuando la polic&#237;a nos suelta, le digo a Lotte Hartmann que la raz&#243;n de haberla ayudado es que la encuentro atractiva. Bueno, naturalmente, ella est&#225; agradecida y le gustar&#237;a demostr&#225;rmelo, solo que tiene un amigo. Quiz&#225; &#233;l pueda compensarme de un modo u otro. Facilitarme alg&#250;n negocio, ese tipo de cosas. -Hice una pausa y encend&#237; un cigarrillo-. Bien, &#191;qu&#233; te parece?

Para empezar -dijo Belinsky pensativo-, la PI no puede entrar aqu&#237;. Hay un letrero enorme en la entrada que lodice. Tu entrada de diez schillings te da derecho a ser socio por una noche de lo que es, despu&#233;s de todo, un club privado, lo cual significa que la PI no puede entrar aqu&#237; y ensuciar la alfombra con sus botas y asustar a la florista.

De acuerdo -dije-, esperan fuera y montan un control para la gente que sale del club. Seguro que no hay nada que pueda imped&#237;rselo. Nos cogen a Lotte y a m&#237; como sospechosos: ella de ser una chocolatera y yo de tener montado alg&#250;n tinglado.

Lleg&#243; el camarero con las cervezas. Mientras, ya estaba empezando el segundo n&#250;mero. Belinsky ech&#243; un trago a su bebida y se apoy&#243; en el respaldo para mirar.

Me gusta esa -gru&#241;&#243;, encendiendo la pipa-. Tiene un culo como la costa oeste de &#193;frica. Espera y ver&#225;s.

Fumando, satisfecho, con la pipa sujeta firmemente entre los sonrientes dientes, Belinsky no le quitaba ojo a la chica, que se despojaba del sost&#233;n.

Puede que hasta funcione y todo -dijo finalmente-. Solo que olv&#237;date de sobornar a los norteamericanos. No; si lo que tratas de simular es que untas a alguien, entonces tendr&#225; que ser un iv&#225;n o un franchute. Da la casualidad de que el CIC ha enviado a un capit&#225;n ruso a la PI. Parece que est&#225; tratando de ganarse el pasaje a Estados Unidos, as&#237; que es bueno para los servicios manuales, los documentos de identidad, los chivatazos, lo de costumbre. Un arresto falso deber&#237;a estar entre sus habilidades. Y por una feliz coincidencia los rusos ocupan la silla presidencial de la Patrulla este mes, as&#237; que tendr&#237;a que resultar bastante f&#225;cil organizado una noche en que est&#233; de servicio.

La sonrisa de Belinsky se hizo m&#225;s amplia cuando la bailarina se baj&#243; las bragas para mostrar un diminuto tanga.

Oh, mira eso -dijo riendo entre dientes, con un regocijo de adolescente-. Ponle un bonito marco a ese culo y podr&#237;a colgarlo de la pared. -Se bebi&#243; la cerveza de un trago y me hizo un gui&#241;o lascivo-. Hay que reconoceros una cosa, boche: constru&#237;s a vuestras mujeres igual de bien que vuestros coches.



20

Parec&#237;a que la ropa me sentaba mejor. Los pantalones ya no me colgaban de la cintura como si fueran los bombachos de un payaso. Meterme dentro de la chaqueta ya no me hac&#237;a recordar a un chico que, optimista, se prueba la ropa de su padre muerto. Y el cuello de la camisa se me ajustaba al cuello como un vendaje al brazo de un cobarde. No cab&#237;a duda, dos meses en Viena me hab&#237;an hecho ganar algo de peso, as&#237; que ahora me parec&#237;a m&#225;s al hombre que hab&#237;a ido a un campo sovi&#233;tico de prisioneros de guerra y menos al que hab&#237;a salido de all&#237;. Pero, aunque esto me gustaba, no pensaba que fuera una excusa para perder la buena forma y hab&#237;a decidido pasar menos tiempo sentado en el Caf&#233; Schwarzenberg y hacer m&#225;s ejercicio.

Era esa &#233;poca del a&#241;o cuando los desnudos &#225;rboles del invierno empiezan a tener brotes y cuando la decisi&#243;n de llevar abrigo ya no es algo autom&#225;tico. Con solo una franja blanca de nubes en un cielo, por lo dem&#225;s, completamente azul, decid&#237; dar un paseo por el Ring y exponer mi piel al c&#225;lido sol primaveral.

Como una ara&#241;a de cristal que resulta demasiado grande para la habitaci&#243;n donde est&#225;, tambi&#233;n los edificios oficiales de la Ringstrasse, construidos en un tiempo de abrumador optimismo imperial, eran demasiado grandiosos, demasiado opulentos, para la realidad geogr&#225;fica de la nueva Austria. Con sus seis millones de habitantes, Austria erapoco m&#225;s que la colilla de un enorme puro. El lugar por el que fui a pasear, m&#225;s que un anillo de puro parec&#237;a una corona mortuoria.

El centinela estadounidense que hac&#237;a guardia frente al Hotel Bristol, requisado por Estados Unidos, levantaba su rosada cara hacia arriba para que le dieran los rayos del sol matinal. Su hom&#243;logo ruso, que vigilaba el tambi&#233;n requisado Grand Hotel, en la puerta de al lado, ten&#237;a un rostro tan oscuro que parec&#237;a haberse pasado la vida al aire libre.

Cruzando al lado sur del Ring a fin de estar m&#225;s cerca del parque cuando llegara al Schubertring, me encontr&#233; cerca de la comandancia, antes el Hotel Imperial, en el momento en que un gran coche del Estado Mayor sovi&#233;tico se deten&#237;a frente a la enorme estrella roja y las cuatro cari&#225;tides que enmarcaban la entrada. La puerta del coche se abri&#243; y apareci&#243; el coronel Poroshin.

No pareci&#243; en absoluto sorprendido de verme. Es m&#225;s, era casi como si esperara encontrarme paseando por all&#237; y, durante un segundo, se limit&#243; a mirarme como si solo hiciera unas pocas horas que hubiera estado sentado en su despacho en el peque&#241;o Kremlin de Berl&#237;n. Supongo que me qued&#233; boquiabierto, porque al cabo de un momento sonri&#243;, murmur&#243; Dobraye ootra, buenos d&#237;as, y luego prosigui&#243; su camino al interior de la comandancia, seguido de cerca por un par de oficiales j&#243;venes que se volvieron para mirarme con recelo mientras yo me quedaba all&#237;, sinsaber qu&#233; decir.

Bastante intrigado sobre la raz&#243;n de que Poroshin hubiera aparecido en Viena en aquel momento, cruc&#233; la calle para dirigirme hacia el Caf&#233; Schwarzenberg y por poco me atropella una anciana en bicicleta que hizo sonar la bocina, furiosa conmigo.

Me sent&#233; a mi mesa habitual para pensar en la llegada de Poroshin a la escena y ped&#237; algo de comer, abandonando mi resoluci&#243;n de mantenerme en forma.

La presencia del coronel en Viena me pareci&#243; m&#225;s f&#225;cil de explicar con un caf&#233; y una porci&#243;n de pastel en el est&#243;mago. Despu&#233;s de todo, no hab&#237;a ninguna raz&#243;n para que no viniera. Como coronel del MVD, era probable que pudiera ir a donde quisiera. Pens&#233; que el que no me hubiera dicho nada m&#225;s ni me hubiera preguntado c&#243;mo iba mi trabajo para ayudar a su amigo se deb&#237;a, probablemente, a que no ten&#237;a ning&#250;n inter&#233;s en hablar de aquel asunto delante de los otros dos oficiales. Y s&#243;lo ten&#237;a que coger el tel&#233;fono y llamar al cuartel general de la Patrulla Internacional para descubrir si Becker segu&#237;a en prisi&#243;n o no.

Pese a todo, una sensaci&#243;n en la suela del zapato me dec&#237;a que la llegada de Poroshin desde Berl&#237;n estaba relacionada con mi propia investigaci&#243;n y no necesariamente para bien. Igual que alguien que ha desayunado ciruelas pasas, me dije que seguro que no tardar&#237;a mucho en notar algo.



21

Cada una de las cuatro potencias asum&#237;a, durante un mes y de forma rotativa, la responsabilidad administrativa de la polic&#237;a del centro de la ciudad. Ocupan la silla presidencial, era como Belinsky lo hab&#237;a descrito. La silla en cuesti&#243;n estaba en una sala de reuniones en el cuartel general de las fuerzas combinadas en el Palais Auersperg, aunque tambi&#233;n afectaba a la persona que se sentara al lado del conductor en el veh&#237;culo de la Patrulla Internacional. Pero aunque la PI era un instrumento de las cuatro potencias y obedec&#237;a, en teor&#237;a, las &#243;rdenes de las fuerzas combinadas, a todos los efectos pr&#225;cticos eran los estadounidenses quienes la dirig&#237;an y prove&#237;an. Todos los veh&#237;culos, la gasolina y el aceite, las radios, los recambios para las radios, el mantenimiento de los veh&#237;culos y las radios, el funcionamiento del sistema de la red radiof&#243;nica y la organizaci&#243;n de las patrullas eran responsabilidad del 796 de Estados Unidos. Esto significaba que era siempre el miembro norteamericano de la patrulla quien conduc&#237;a el veh&#237;culo, hac&#237;a funcionar la radio y llevaba a cabo el mantenimiento de primer nivel. As&#237; que, por lo menos en lo relativo a la patrulla misma, la idea de la silla se parec&#237;a a la de una fiesta m&#243;vil.

Aunque los vieneses se refer&#237;an a los cuatro hombres del jeep o a veces a los cuatro elefantes del jeep, en realidad el jeep hab&#237;a quedado abandonado hac&#237;a tiempo porque era demasiado peque&#241;o para acomodar a una patrulla de cuatro hombres, m&#225;s su transmisor de onda corta, por no hablar de alg&#250;n detenido, y ahora el medio de transporte favorito era un veh&#237;culo de tres cuartos de tonelada del Mando y Reconocimiento.

Todo esto me lo explic&#243; el cabo ruso que mandaba el furg&#243;n de la PI aparcado a corta distancia del Casino Oriental en la Petersplatz, en el cual yo estaba sentado, bajo arresto, esperando que los colegas del kapral cogieran tambi&#233;n a Lotte Hartmann. El kapral, que no hablaba ni franc&#233;s ni ingl&#233;s y solo un poco de alem&#225;n, estaba encantado de haber encontrado a alguien con quien pod&#237;a conversar, aunque fuera un prisionero de habla rusa.

Me temo que no le puedo decir mucho sobre por qu&#233; est&#225; bajo arresto, aparte de que es por estar en el mercado negro -dijo a guisa de excusa-. Se enterar&#225; mejor cuando lleguemos a la K&#228;rtnerstrasse. Los dos nos enteraremos, &#191;eh? Lo &#250;nico que puedo explicarle es el procedimiento. Mi capit&#225;n llenar&#225; un formulario de arresto, por duplicado (todo es por duplicado) y le dejar&#225; las dos copias a la polic&#237;a austr&#237;aca. Ellos enviar&#225;n una al oficial de Seguridad P&#250;blica del Gobierno Militar. Si va a juzgarlo un tribunal militar, mi capit&#225;n preparar&#225; una hoja de cargos, y si lo tiene que juzgar un tribunal austr&#237;aco, la polic&#237;a recibir&#225; las instrucciones precisas. -El kapral frunci&#243; el ce&#241;o-. Para ser sincero, ahora no nos molestamos mucho con los delitos del mercado negro. O de la moralidad, si a eso vamos. A quienes perseguimos es a los contrabandistas o a los emigrantes ilegales. Puedo decirle que los otros tres cabrones piensan que me he vuelto loco, pero yo tengo mis &#243;rdenes.

Sonre&#237; comprensivo y le dije que le agradec&#237;a que me explicara todo aquello. Estaba pensando en ofrecerle un cigarrillo cuando la puerta se abri&#243; y el patrullero franc&#233;s ayud&#243; a una Lotte Hartmann muy p&#225;lida a subir y sentarse a mi lado. Luego &#233;l y el brit&#225;nico entraron tambi&#233;n y cerraron la puerta desde dentro. El olor del miedo de Lotte solo era levemente m&#225;s d&#233;bil que el empalagoso aroma de su perfume.

&#191;Ad&#243;nde nos llevan? -me pregunt&#243; en un susurro.

Le dije que a la K&#228;rtnerstrasse.

No se permite hablar -dijo el PM ingl&#233;s en un alem&#225;n atroz-. Los prisioneros se mantendr&#225;n en silencio hasta que lleguemos a la central.

Sonre&#237; para mis adentros. El lenguaje de la burocracia era la &#250;nica segunda lengua que un ingl&#233;s no ser&#237;a nunca capaz de hablar bien.

La PI ten&#237;a su cuartel general en un viejo palacio a un tiro de colilla de la &#211;pera. La furgoneta se detuvo en el exterior y nos condujeron a trav&#233;s de unas enormes puertas cristaleras al interior de un vest&#237;bulo de estilo barroco, donde todo un surtido de atlantes y cari&#225;tides exhib&#237;an la mano omnipresente de los canteros vieneses. Subimos una escalinata tan ancha como el tendido del ferrocarril, pasamos frente a urnas y bustos de olvidados nobles, cruzamos un par de puertas m&#225;s largas que las piernas del contorsionista de un circo y entramos en una zona de oficinas con paredes de cristal. El kapral ruso abri&#243; la puerta de una de ellas, hizo entrar a sus dos prisioneros y nos dijo que esper&#225;ramos all&#237;.

&#191;Qu&#233; ha dicho? -pregunt&#243; Fr&#228;ulein Hartmann en cuanto se cerr&#243; la puerta.

Ha dicho que esper&#225;ramos. -Me sent&#233;, encend&#237; un cigarrillo y ech&#233; una ojeada a la sala. Hab&#237;a un escritorio, cuatro sillas y, en la pared, un gran tablero de madera del tipo que se ve en la parte exterior de las iglesias, salvo que este estaba escrito en cir&#237;lico, con columnas de nombres escritos con tiza, encabezadas por Personas buscadas, Ausentes, Veh&#237;culos robados, Mensajes urgentes, &#211;rdenes. Parte I, &#211;rdenes. Parte II. En la columna de Personas buscadas aparec&#237;a mi propio nombre y el de Lotte Hartmann. El ruso favorito de Belinsky estaba haciendo que todo pareciera muy convincente.

&#191;Tiene idea de qu&#233; va todo esto? -me pregunt&#243; temblorosa.

No -ment&#237;-, &#191;y usted?

No, por supuesto que no. Tiene que ser un error.

Claro.

No parece estar muy preocupado. O quiz&#225; es que no se da cuenta de que han sido los rusos quienes han ordenado que nos trajeran aqu&#237;.

&#191;Habla ruso?

Por supuesto que no -dijo impaciente-. El PM norteamericano que me arrest&#243; me dijo que era una orden de los rusos y que &#233;l no ten&#237;a nada que ver.

Bueno, los ivanes tienen el mando de la patrulla este mes -dije reflexivo- &#191;Qu&#233; dijo el franc&#233;s?

Nada. Lo &#250;nico que hizo fue no quitarme los ojos del escote.

Seguro que lo hizo -dije sonri&#233;ndole-. Vale la pena.

Me brind&#243; una sonrisa sarc&#225;stica.

S&#237;, pero no creo que me hayan tra&#237;do aqu&#237; para contemplar la le&#241;a apilada delante del refugio, &#191;verdad?

Hablaba con un desagrado crispado, pero acept&#243; el cigarrillo que le ofrec&#237;a.

No se me ocurre una raz&#243;n mejor.

Solt&#243; un taco entre dientes.

Yo la conozco, &#191;no? -dije-. &#191;Del Oriental?

&#191;Qu&#233; era durante la guerra, observador a&#233;reo?

Sea amable. A lo mejor puedo ayudarla.

Ser&#225; mejor que se ayude usted mismo primero.

Puede estar segura de ello.

Cuando por fin se abri&#243; la puerta, fue un oficial del Ej&#233;rcito Rojo, alto y fornido, quien entr&#243; en la habitaci&#243;n. Se present&#243; como capit&#225;n Rustaveli y se sent&#243; detr&#225;s del escritorio.

Oiga -exigi&#243; Lotte Hartmann-, &#191;le importar&#237;a decirme por qu&#233; me han tra&#237;do aqu&#237; en mitad de la noche? &#191;Qu&#233; demonios est&#225; pasando?

Todo a su tiempo, Fr&#228;ulein -replic&#243; en un impecable alem&#225;n-. Por favor, si&#233;ntese.

Ella se dej&#243; caer en una silla al lado de la m&#237;a y lo mir&#243; hoscamente. El capit&#225;n me mir&#243;.

&#191;Herr Gunther?

Asent&#237; y le dije en ruso que la chica solamente hablaba alem&#225;n.

Pensar&#225; que soy un hijo de puta si usted y yo hablamos solo una lengua que ella no entiende.

El capit&#225;n Rustaveli me mir&#243; fr&#237;amente y durante unos segundos me pregunt&#233; si algo habr&#237;a marchado mal y Belinsky no le habr&#237;a dejado claro a aquel oficial sovi&#233;tico que nuestro arresto era fingido.

Muy bien -dijo despu&#233;s de un momento que dur&#243; mucho-. Sin embargo, por lo menos tendremos que cumplir con las formalidades de un interrogatorio. &#191;Puedo ver sus papeles, Herr Gunther?

Por su acento supe que era georgiano; como el camarada Stalin.

Introduje la mano en la chaqueta y le di mi carn&#233; de identidad, en el cual, siguiendo la sugerencia de Belinsky, hab&#237;a metido dos billetes de cien d&#243;lares mientras &#237;bamos en el furg&#243;n. Rustaveli desliz&#243; r&#225;pidamente el dinero en el bolsillo del pantal&#243;n sin ni siquiera parpadear y por el rabillo del ojo vi c&#243;mo la boca de Lotte Hartmann se abr&#237;a tanto que la mand&#237;bula inferior le llegaba a las rodillas.

Muy generoso -murmur&#243; d&#225;ndole la vuelta a mi carn&#233; de identidad entre sus peludos dedos. Luego abri&#243; una carpeta que llevaba escrito mi nombre-, aunque era totalmente innecesario, se lo aseguro.

Tenemos que pensar en los sentimientos de la se&#241;orita, capit&#225;n. No querr&#237;a usted que decepcionara sus prejuicios,&#191;verdad?

Por supuesto que no. Es una chica guapa, &#191;no le parece?

Mucho.

Una puta, &#191;no cree?

Eso o algo que se le acerca mucho. Solo es una suposici&#243;n, claro, pero dir&#237;a que es del tipo de las que les gusta despojar a un hombre de bastante m&#225;s que diez schillings y su ropa interior.

No del tipo para enamorarse de ella, &#191;eh?

Ser&#237;a como poner la verga en un yunque.

Hac&#237;a calor en el despacho de Rustaveli y Lotte empez&#243; a darse aire con la chaqueta, dejando que el ruso entreviera su amplio escote.

No sucede a menudo que un interrogatorio sea tan divertido -dijo Rustaveli, y mirando los papeles a&#241;adi&#243;-: Tiene unas tetas bonitas. Es una evidencia que respeto sinceramente.

Supongo que a ustedes los rusos les resulta mucho m&#225;s f&#225;cil mirarla.

Bueno, sea lo que sea lo que quieran lograr con este n&#250;mero que hemos montado, espero que al final ella consiga lo que quiera. No puedo imaginar una raz&#243;n mejor para tomarnos todo este trabajo. Yo, es que tengo una enfermedad sexual: se me hincha la verga cada vez que veo una mujer.

Me parece que eso le convierte en un ruso bastante t&#237;pico.

Rustaveli sonri&#243;, ir&#243;nico.

Por cierto, habla usted un ruso excelente, Herr Gunther para ser alem&#225;n.

Lo mismo digo, capit&#225;n para ser georgiano. &#191;De d&#243;nde es?

De Tbilisi.

&#191;El lugar de nacimiento de Stalin?

No, gracias a Dios. Esa desgracia le corresponde a Gori. -Rustaveli cerr&#243; mi carpeta-. Esto deber&#237;a ser suficiente para impresionarla, &#191;no le parece?

S&#237;.

&#191;Qu&#233; le digo?

Que tiene informaci&#243;n de que es una puta -expliqu&#233;-, as&#237; que no est&#225; muy dispuesto a dejarla ir. Pero luego me deja que yo lo convenza.

Bien, todo parece estar en orden, Herr Gunther -dijo Rustaveli, volviendo a hablar alem&#225;n-. Mis disculpas por haberlo detenido. Puede marcharse.

Me devolvi&#243; el carn&#233; de identidad, me levant&#233; y me dirig&#237; a la puerta.

&#191;Y qu&#233; pasa conmigo? -gimi&#243; Lotte.

Rustaveli neg&#243; con la cabeza.

Me temo que usted tendr&#225; que quedarse, Fr&#228;ulein. El m&#233;dico de la brigada Antivicio vendr&#225; enseguida. Parahacerle unas preguntas sobre su trabajo en el Oriental.

Pero soy crupier -gimi&#243;-, no una chocolatera.

No es esa la informaci&#243;n que tenemos.

&#191;Qu&#233; informaci&#243;n?

Su nombre ha sido mencionado por otras chicas.

&#191;Qu&#233; otras chicas?

Prostitutas, Fr&#228;ulein. Es posible que tenga que someterse a un examen m&#233;dico.

&#191;Un examen m&#233;dico? &#191;Para qu&#233;?

Para ver si tiene alguna enfermedad ven&#233;rea, claro.

&#191;Una enfermedad ven&#233;rea?

Capit&#225;n Rustaveli -dije por encima del agudo grito de ofendida indignaci&#243;n de Lotte-, puedo responder por esta se&#241;orita. No dir&#237;a que la conozco muy bien, pero s&#237; lo bastante para declarar categ&#243;ricamente que no es una prostituta.

Bueno -dijo dubitativo.

D&#233;jeme que le pregunte: &#191;parece una prostituta?

Francamente, todav&#237;a tengo que encontrar una chica austr&#237;aca que no se est&#233; vendiendo. -Cerr&#243; los ojos un segundo y luego neg&#243; con la cabeza-. No puedo ir contra el protocolo. Son cargos graves. Muchos soldados rusos han resultado contagiados.

Por lo que yo recuerdo, el Oriental, donde ha sido arrestada Fr&#228;ulein Hartmann, queda fuera de la jurisdicci&#243;n del Ej&#233;rcito Rojo. Ten&#237;a la impresi&#243;n de que sus hombres tienen tendencia a ir al Moulin Rouge en la Walfischgasse.

Rustaveli frunci&#243; los labios y se encogi&#243; de hombros.

Eso es verdad, pero con todo

Quiz&#225; si volviera a reunirme con usted, capit&#225;n, podr&#237;amos hablar de la posibilidad de que yo compensara al Ej&#233;rcito Rojo por cualquier molestia debida a no cumplir el protocolo. Entretanto, &#191;querr&#237;a aceptar mi garant&#237;a personal de la reputaci&#243;n de la se&#241;orita?

Rustaveli se frot&#243; la barba, pensativo.

De acuerdo -dijo-, su garant&#237;a personal. Pero recuerde, tengo sus direcciones. Siempre pueden ser arrestados de nuevo.

Se volvi&#243; hacia Lotte Hartmann y le dijo que tambi&#233;n estaba libre para marcharse.

Gracias a Dios -musit&#243; ella con un suspiro, y se puso en pie de un salto.

Rustaveli hizo un gesto al kapral que hac&#237;a guardia al otro lado de la sucia puerta cristalera y luego le orden&#243; quenos escoltara hasta el exterior del edificio. Luego dio un taconazo y se disculp&#243; por el error, tanto para beneficio de su kapral como para cualquier efecto que pudiera tener en Lotte Hartmann.

Ella y yo seguimos al kapral de vuelta a la escalinata, oyendo el eco de nuestros pasos en el ornamentado trabajo que adornaba la cornisa del alto techo, y a trav&#233;s de las puertas de cristal en forma de arco hasta la calle donde el kapral, inclin&#225;ndose en el bordillo de la acera, escupi&#243; abundantemente en la calzada.

Un error, &#191;eh? -solt&#243; una risa amarga-. Miren bien lo que digo, yo ser&#233; el que cargue con las culpas.

Conf&#237;o en que no -dije, pero el hombre se limit&#243; a encogerse de hombros, se encasquet&#243; el gorro de piel de carnero y volvi&#243; a entrar con andares cansinos en el cuartel.

Supongo que tendr&#237;a que darle las gracias -dijo Lotte abroch&#225;ndose el cuello de la chaqueta.

Olv&#237;delo -dije, y empec&#233; a dirigirme hacia el Ring. Vacil&#243; un momento y luego ech&#243; a andar detr&#225;s de m&#237;.

Espere un momento -dijo.

Me detuve y la mir&#233;. Vista de frente su cara era a&#250;n m&#225;s atractiva que de perfil porque la longitud de la nariz era menos visible. Y no era fr&#237;a en absoluto. Belinsky se hab&#237;a equivocado, confundiendo el cinismo con la indiferencia hacia todo. En realidad, pens&#233; que parec&#237;a capaz de tentar a los hombres, aunque toda una noche observ&#225;ndola en el Casino hab&#237;a dejado sentado que era probablemente una de esas mujeres insatisfactorias que ofrecen intimidad solo para retirarla en una etapa posterior.

&#191;S&#237;? &#191;Qu&#233; sucede?

Mire, ha sido usted muy amable -dijo-, pero &#191;le importar&#237;a acompa&#241;arme a casa? Es muy tarde para que una chica decente ande por las calles y dudo que pueda encontrar un taxi a estas horas de la noche.

Me encog&#237; de hombros y mir&#233; la hora.

&#191;D&#243;nde vive?

No est&#225; muy lejos. En el Bezirk 3, en el sector brit&#225;nico.

Est&#225; bien. -Suspir&#233; con una notoria falta de entusiasmo-. Adelante.

Fuimos hacia el este, por calles que estaban tan silenciosas como la casa de unos terciarios franciscanos.

No me ha explicado por qu&#233; me ha ayudado -dijo, rompiendo el silencio al cabo de un rato.

Me gustar&#237;a saber si eso es lo que dijo Andr&#243;meda cuando Perseo la salv&#243; del monstruo marino.

Su hero&#237;smo parece un poco menos evidente, Herr Gunther.

No se deje enga&#241;ar por mis modales -le contest&#233;-. Tengo un caj&#243;n lleno de medallas en la casa de empe&#241;os.

As&#237; que tampoco es un tipo sentimental.

No, me gusta el sentimiento. Queda bien en las labores de costura y en las postales de Navidad. Solo que no se graba demasiado bien en los ivanes. O puede que no estuviera usted mirando.

Claro que estaba mirando. Fue admirable la manera en que lo manej&#243;. No sab&#237;a que se pod&#237;a untar as&#237; a los ivanes.

Solo hay que conocer el punto exacto del eje. El kapral habr&#237;a estado demasiado asustado para aceptar nada y un mayor habr&#237;a sido demasiado orgulloso. Eso sin mencionar que ya conoc&#237;a a nuestro capit&#225;n Rustaveli cuando solo era simplemente el teniente Rustaveli y &#233;l y su novia cogieron una gonorrea y les consegu&#237; penicilina de la buena, que me agradeci&#243; much&#237;simo.

No tiene aspecto de ser un estraperlista.

No tengo aspecto de estraperlista; no tengo aspecto de h&#233;roe. &#191;Qu&#233; es usted, la directora de reparto de Warner Brothers?

Ya me gustar&#237;a -murmur&#243;-. Adem&#225;s, ha sido usted quien ha empezado. Le ha dicho a aquel iv&#225;n que yo no ten&#237;a aspecto de chocolatera. Viniendo de usted, dir&#237;a que casi suena a cumplido.

Como le he dicho, la he visto en el Oriental, y no vend&#237;a nada m&#225;s que mala suerte. Por cierto, conf&#237;o en que sea una buena jugadora de cartas, porque se supone que tengo que volver y darle algo al iv&#225;n por su libertad. Suponiendo que quiera seguir fuera de chirona.

&#191;Cu&#225;nto ser&#225;?

Unos doscientos d&#243;lares tendr&#237;an que bastar.

&#191;Doscientos? -Sus palabras resonaron por toda la Schwarzenbergplatz mientras pas&#225;bamos al lado de una enorme fuente y cruz&#225;bamos a Rennweg-. &#191;De d&#243;nde voy a sacar toda esa pasta?

Del mismo sitio de d&#243;nde sac&#243; ese bronceado y esa bonita chaqueta, supongo. Si eso falla, siempre puedeinvitarlo al club y pasarle un par de ases por debajo de la mesa.

Lo har&#237;a si fuera tan buena, pero no lo soy.

Mala suerte.

Se qued&#243; en silencio durante un momento mientras le daba vueltas al asunto.

Quiz&#225; podr&#237;a convencerlo para que se conformara con menos. Despu&#233;s de todo, parece que habla muy bien ruso.

Quiz&#225; -admit&#237;.

Supongo que no servir&#237;a de mucho ir a los tribunales para defender mi inocencia, &#191;verdad?

&#191;Con los ivanes? -solt&#233; una estridente carcajada-. Tambi&#233;n podr&#237;a apelar a la diosa Kali.

No, tampoco yo lo cre&#237;a.

Pasamos un par de calles laterales y luego nos detuvimos frente a un edificio de pisos junto a un peque&#241;o parque.

&#191;Le gustar&#237;a subir a tomar algo? -Rebusc&#243; en el bolso hasta encontrar la llave-. Yo necesito una copa.

Yo hasta la lamer&#237;a de la alfombra -dije, y la segu&#237; cruzando la puerta y escaleras arriba hasta un piso acogedor y bien amueblado.

No era posible ignorar que Lotte Hartmann era atractiva. A algunas mujeres, las miras y calculas con cu&#225;nto tiempo estar&#237;as dispuesto a conformarte. Por lo general, cuanto m&#225;s guapa es la chica, con menos tiempo piensas que estar&#237;as satisfecho. Bien mirado, una mujer verdaderamente atractiva tendr&#237;a que dar cabida a muchos deseos similares. Lotte era el tipo de chica con quien yo habr&#237;a estado dispuesto a aceptar cinco minutos ardientes y sin trabas. S&#243;lo cinco minutos para que te dejara hacer lo que t&#250; y tu imaginaci&#243;n quisierais. No era pedir demasiado. Tal como iban las cosas, parec&#237;a que me habr&#237;a concedido bastante m&#225;s que cinco minutos. Puede que incluso una hora entera. Pero yo estaba muerto de cansancio y quiz&#225; beb&#237; demasiado de su excelente whisky para prestar suficiente atenci&#243;n a la forma en que se mord&#237;a el labio inferior y me contemplaba a trav&#233;s de aquellas pesta&#241;as de viuda negra. Probablemente se supon&#237;a que me quedar&#237;a tumbado tranquilamente con el morro descansando en su falda, de una convexidad impresionante, y dejar&#237;a que doblara mis enormes orejotas ca&#237;das; solo que acab&#233; dormido en el sof&#225;.



22

Cuando me despert&#233; entrada la ma&#241;ana, garabate&#233; mi direcci&#243;n y mi tel&#233;fono en un trozo de papel y, dejando a Lotte dormida en la cama, cog&#237; un taxi y volv&#237; a la pensi&#243;n. All&#237; me lav&#233;, me cambi&#233; de ropa y tom&#233; un copioso desayuno, que hizo mucho para que me recuperara. Estaba leyendo el matutino Wiener Zeitung cuando son&#243; el tel&#233;fono.

Una voz de hombre, con apenas un ligero acento vien&#233;s, me pregunt&#243; si hablaba con Herr Bernhard Gunther. Cuando me identifiqu&#233;, la voz dijo:

Soy un amigo de Fr&#228;ulein Hartmann. Me ha dicho que fue muy amable al ayudarla a salir de una situaci&#243;n inc&#243;moda ayer noche.

Todav&#237;a no est&#225; del todo fuera -dije.

Exacto. Confiaba en que nos podr&#237;amos ver y hablar del asunto. Fr&#228;ulein Hartmann mencion&#243; la suma de doscientos d&#243;lares para ese capit&#225;n ruso. Y tambi&#233;n que usted se ofreci&#243; para actuar como intermediario.

&#191;De verdad? Supongo que deb&#237; hacerlo.

Confiaba en poder darle el dinero para entregarle a ese maldito individuo. Y me gustar&#237;a poder darle las gracias a usted, personalmente.

Estaba seguro de que era K&#246;nig, pero me qued&#233; callado durante un momento, porque no quer&#237;a parecer demasiado ansioso por conocerlo.

&#191;Sigue ah&#237;?

&#191;D&#243;nde le parece que nos encontremos? -dije con desgana.

&#191;Conoce el Amalienbad, en la Reumannplatz?

Lo encontrar&#233;.

&#191;Digamos dentro de una hora? &#191;En los ba&#241;os turcos?

De acuerdo. Pero &#191;c&#243;mo lo reconocer&#233;? Ni siquiera me ha dicho su nombre todav&#237;a.

No, no lo he hecho -dijo misterioso-, pero silbar&#233; esta melod&#237;a.

Y se puso a silbarla del principio al final.

Bella, bella, bella, Marie -dije, reconociendo una melod&#237;a que hab&#237;a o&#237;do por todas partes hac&#237;a unos meses.

Exactamente -dijo el hombre, y colg&#243;.

Parec&#237;a un sistema de reconocimiento curiosamente conspiratorio, pero me dije que si era K&#246;nig, ten&#237;a buenas razones para ser cauto.

El Amalienbad estaba en el Bezirk 10, en el sector ruso, lo cual significaba coger un 67 hacia el sur por la Favoritenstrasse. El distrito era un barrio obrero con gran cantidad de f&#225;bricas sucias y viejas, pero los ba&#241;os municipales de la Reumannplatz ocupaban un edificio de siete plantas de construcci&#243;n relativamente moderna y, sin que pareciera exagerado, se anunciaban como los ba&#241;os m&#225;s grandes y modernos de Europa.

Pagu&#233; por un ba&#241;o y una toalla y, despu&#233;s de cambiarme, fui a buscar la sauna de hombres. Estaba al otro extremo de una piscina tan grande como un campo de f&#250;tbol y ocupada solo por unos pocos vieneses que, envueltos en sus toallas-s&#225;bana, se esforzaban por eliminar a trav&#233;s del sudor parte del peso que tan f&#225;cil era ganar en la capital de Austria. A trav&#233;s del vapor, al fondo de la sala revestida de azulejos p&#225;lidos, o&#237; que alguien silbaba de forma intermitente. Me dirig&#237; al lugar de donde llegaba la melod&#237;a y la repet&#237; mientras me acercaba.

Llegu&#233; hasta la figura sentada de un hombre con un cuerpo uniformemente blanco y una cara uniformemente morena; casi parec&#237;a como si se la hubiera ennegrecido, como Jolson, pero la disparidad de color era, claro, un recuerdo de sus recientes vacaciones de esqu&#237;.

Odio esa melod&#237;a -dijo-, pero Fr&#228;ulein Hartmann no para de tararearla y no se me ocurri&#243; otra cosa. &#191;Herr Gunther?

Asent&#237;, circunspecto, como si hubiera ido a rega&#241;adientes.

Perm&#237;tame que me presente. Me llamo K&#246;nig.

Nos estrechamos la mano y me sent&#233; a su lado.

Era un hombre fornido, con cejas oscuras y espesas y un bigote grande y exuberante; parec&#237;a como si alguna rara especie de marta se hubiera escapado de un clima m&#225;s fr&#237;o y septentrional para refugiarse en su labio superior. Cay&#233;ndole por encima de la boca, aquella peque&#241;a cibelina completaba una expresi&#243;n enteramente l&#250;gubre, que empezaba en los melanc&#243;licos ojos casta&#241;os. Era casi exactamente como Becker lo hab&#237;a descrito, salvo por la ausencia del perrito.

Conf&#237;o en que le gusten los ba&#241;os turcos, Herr Gunther.

S&#237;, cuando est&#225;n limpios.

Entonces ha sido una suerte que haya escogido este -dijo- en lugar del Dianabad. Claro que el Dianabad ha sufrido da&#241;os por los bombardeos, pero parece atraer, adem&#225;s, bastantes m&#225;s incurables y otras variedades de seres humanos inferiores de lo que le corresponde. Van por las piscinas termales que hay all&#237;. Si te metes en ellas ya sabes a lo que te arriesgas. Puede que entres con eczema y salgas con s&#237;filis.

No suena muy sano.

Quiz&#225; est&#233; exagerando un poco -dijo K&#246;nig con una sonrisa-. No es usted de Viena, &#191;verdad?

No, soy de Berl&#237;n, voy y vengo de un sitio al otro.

&#191;Qu&#233; tal est&#225; Berl&#237;n en este momento? Por lo que se oye, la situaci&#243;n empeora. La delegaci&#243;n sovi&#233;tica abandon&#243; la Comisi&#243;n de Control, &#191;no es as&#237;?

S&#237; -dije-, dentro de poco la &#250;nica forma de entrar o salir ser&#225; por medio del transporte a&#233;reo militar.

K&#246;nig chasque&#243; la lengua y se frot&#243; el peludo pecho cansinamente.

Comunistas -suspir&#243;-, eso es lo que pasa cuando se hacen tratos con ellos. Fue terrible lo que sucedi&#243; en Potsdam y Yalta. Los norteamericanos dejaron que los ivanes cogieran lo que quisieran. Un gran error, que hace que otra guerra sea pr&#225;cticamente segura.

Dudo que nadie tenga est&#243;mago para otra -dije, repitiendo la misma idea que hab&#237;a usado con Neumann en Berl&#237;n. Era una reacci&#243;n casi autom&#225;tica por mi parte, pero cre&#237;a sinceramente que era verdad.

Todav&#237;a no, quiz&#225;. Pero la gente olvida y con el tiempo -Se encogi&#243; de hombros-. &#191;Qui&#233;n sabe qu&#233; puede pasar? Hasta entonces, seguimos con nuestras vidas y con nuestros asuntos, haci&#233;ndolo lo mejor que sabemos.

Durante un momento se frot&#243; el cuero cabelludo furiosamente. Y luego dijo:

&#191;A qu&#233; se dedica? Solo lo pregunto porque espero que haya alg&#250;n modo de que pueda pagarle la ayuda que le prest&#243; a Fra&#252;lein Hartmann. Por ejemplo, facilitarle alg&#250;n negocio.

Negu&#233; con la cabeza.

No es necesario. Si de verdad quiere saberlo, trabajo en importaci&#243;n y exportaci&#243;n. Pero, para serle franco, Herr K&#246;nig, la ayud&#233; porque me gustaba mucho su perfume.

Asinti&#243; comprensivo.

Es bastante natural. Es encantadora. -Pero lentamente, el arrobamiento dej&#243; paso a la perplejidad-. Algo extra&#241;o, no obstante, &#191;no le parece? El que los cogieran a los dos de esa manera.

No puedo responder por su amiga, Herr K&#246;nig, pero en mi trabajo siempre hay rivales que estar&#237;an muy contentos de verme desaparecer. Un riesgo profesional, podr&#237;amos decir.

Por lo que dice Fr&#228;ulein Hartmann, parece estar usted a la altura de ese riesgo. Me ha contado que manej&#243; a aquel capit&#225;n ruso con mucha habilidad. Adem&#225;s, a ella le impresion&#243; mucho que hablara ruso.

Fui prisionero de guerra en un campo de concentraci&#243;n en Rusia -dije.

Claro, eso lo explica todo. Pero, d&#237;game, &#191;cree que ese ruso hablaba en serio, que hab&#237;a cargos contra Fr&#228;ulein Hartmann?

Me temo que hablaba muy en serio.

&#191;Tiene alguna idea de d&#243;nde puede haber sacado esa informaci&#243;n?

Tan poca como de d&#243;nde sac&#243; mi nombre. Puede que haya alguien que tenga algo contra la se&#241;orita.

Quiz&#225; podr&#237;a usted averiguar qui&#233;n. Estar&#237;a dispuesto a pagarle.

No me dedico a eso -dije negando con la cabeza-. Lo m&#225;s probable es que fuera un chivatazo an&#243;nimo, hecho, posiblemente, por rencor. Estar&#237;a tirando el dinero. Si sigue mi consejo, le dar&#225; al iv&#225;n lo que quiere y saldar&#225; la cuenta. Doscientos no es un soborno tan caro para borrar un nombre de los ficheros. Y cuando los ivanes deciden dejar de azuzar al perro contra la perra, es mejor saldar la cuenta sin crear problemas.

K&#246;nig sonri&#243; y luego asinti&#243;.

Puede que tenga raz&#243;n -dijo-, pero, &#191;sabe?, se me ha ocurrido que usted y ese iv&#225;n pueden estar juntos en esto. Despu&#233;s de todo ser&#237;a una bonita manera de sacar dinero, &#191;no? El ruso le aprieta las tuercas a alguien inocente y ustedse ofrece inmediatamente como intermediario. -Iba asintiendo al contemplar la sutileza de su propio plan-. S&#237;, podr&#237;a ser muy provechoso para alguien con los antecedentes adecuados.

Siga, siga -dije riendo-. Quiz&#225; pueda hacer que el olmo d&#233; peras.

Pero admitir&#225; que es posible.

Todo es posible en Viena. Pero si quiere creer que trato de enga&#241;arlo por doscientos miserables d&#243;lares, es asunto suyo. Puede que no se haya dado cuenta, K&#246;nig, de que fue su amiguita la que me pidi&#243; que la acompa&#241;ara a casa y usted quien me pidi&#243; que viniera aqu&#237;. Francamente, tengo cosas mejores a que dedicarme.

Me levant&#233; e hice adem&#225;n de marcharme.

Por favor, Herr Gunther -dijo-, acepte mis disculpas. Tal vez me estaba dejando llevar por la imaginaci&#243;n. Pero tengo que confesar que todo este asunto me tiene intrigado. Y es que, incluso en el mejor de los casos, me vuelvo suspicaz respecto a tantas cosas como pasan hoy.

Bueno, eso suena a buena receta para los tiempos que corren -dije volvi&#233;ndome a sentar.

En mi trabajo, vale la pena ser un poco desconfiado.

&#191;Y qu&#233; clase de trabajo es ese?

Antes estaba en publicidad, pero es un negocio odioso y poco gratificante, lleno de gente con una mente muy peque&#241;a sin ninguna visi&#243;n. Disolv&#237; mi empresa y me dediqu&#233; a la investigaci&#243;n econ&#243;mica. La circulaci&#243;n de una informaci&#243;n precisa es esencial en todas las &#225;reas del comercio. Pero es algo que hay que tratar con cierto grado de cautela. Los que quieren estar bien informados primero tienen que equiparse con una buena dosis de duda. La duda engendra preguntas y las preguntas requieren respuestas. Estas cosas son esenciales para el crecimiento de cualquier nueva empresa y las nuevas empresas son esenciales para el desarrollo de una nueva Alemania.

Habla como un pol&#237;tico.

La pol&#237;tica -dijo con una sonrisa cansada, como si el tema fuera demasiado infantil para considerarlo- es algosecundario respecto a lo principal.

&#191;Que es?

El comunismo contra el mundo libre. El capitalismo es nuestra &#250;nica esperanza de resistir a la tiran&#237;a sovi&#233;tica, &#191;no est&#225; de acuerdo?

No soy amigo de los ivanes -dije-, pero el capitalismo viene con sus propios fallos.

Pero K&#246;nig apenas escuchaba.

Hicimos la guerra equivocada -dijo-, contra el enemigo equivocado. Ten&#237;amos que haber luchado contra los sovi&#233;ticos, y solo contra ellos. Ahora los estadounidenses lo saben. Saben el error que cometieron dejando las manos libres a Rusia en el este de Europa. Y no est&#225;n dispuestos a dejar que pase lo mismo con Alemania o Austria.

Flexion&#233; los m&#250;sculos en el calor y bostec&#233; cansadamente. K&#246;nig estaba empezando a aburrirme.

&#191;Sabe? -dijo-, a mi empresa podr&#237;a resultarle &#250;til un hombre de su talento. Un hombre con sus antecedentes. &#191;En qu&#233; secci&#243;n de las SS estuvo?

Al observar la sorpresa que debi&#243; de aparecer en mi cara, a&#241;adi&#243;:

La cicatriz que tiene debajo del brazo. No hay duda de que ten&#237;a mucho inter&#233;s en hacer desaparecer el tatuaje de las SS antes de que lo capturaran los rusos.

Levant&#243; el brazo para revelar una cicatriz casi id&#233;ntica en su axila.

Estaba en la Inteligencia Militar, la Abwehr, al acabar la guerra -expliqu&#233;-, no en las SS. Eso fue mucho antes.

Pero hab&#237;a acertado respecto a la cicatriz, resultado de una quemadura atrozmente dolorosa que me hice, para borrar el tatuaje, con el fogonazo a quemarropa de una autom&#225;tica disparada debajo del brazo, en su parte superior. Era aquello o arriesgarme a ser descubierto y condenado a muerte a manos de la NKVD.

K&#246;nig, por su parte, no ofreci&#243; ninguna explicaci&#243;n para la eliminaci&#243;n de su tatuaje. En lugar de ello, pas&#243; a extenderse en su oferta de empleo.

Era mucho m&#225;s de lo que hab&#237;a esperado. Pero deb&#237;a seguir teniendo cuidado; solo hac&#237;a unos minutos que pr&#225;cticamente me hab&#237;a acusado de estar confabulado con el capit&#225;n Rustaveli.

No es que trabajar para otro me d&#233; tres patadas en el h&#237;gado ni nada de eso -dije-, pero en este momento tengo otra botella por acabar. -Me encog&#237; de hombros-. Quiz&#225; cuando est&#233; vac&#237;a &#191;qui&#233;n sabe? Pero gracias de todos modos.

No pareci&#243; ofenderse por que rechazara su oferta y se limit&#243; a encogerse de hombros con resignaci&#243;n.

&#191;D&#243;nde puedo encontrarlo si cambio de opini&#243;n?

Fr&#228;ulein Hartmann, en el Casino Oriental, sabr&#225; c&#243;mo ponerse en contacto conmigo. -Cogi&#243; un peri&#243;dico doblado de al lado de su muslo y me lo dio-. &#193;bralo con cuidado cuando est&#233; fuera. Hay dos billetes de cien d&#243;lares para liquidar la cuenta del iv&#225;n y otro m&#225;s para usted por las molestias.

En aquel momento gimi&#243; y se puso las manos sobre los carrillos, mostrando unos incisivos y unos caninos que eran tan uniformes como una hilera de botellas de leche. Al observar el gesto de mis cejas y tomando mi extra&#241;eza por inter&#233;s, explic&#243; que estaba bien, pero que hac&#237;a poco que le hab&#237;an colocado dos placas dentales.

Parece que no consigo acostumbrarme a tenerlas en la boca -dijo, y permiti&#243; brevemente que el gusano ciego y lento de su lengua se deslizara a lo largo de las galer&#237;as superior e inferior de su mand&#237;bula-. Y cuando me miro en un espejo, es como encontrarme con un perfecto extra&#241;o que me devuelve la sonrisa. Muy desconcertante. -Suspir&#243; y mene&#243; la cabeza con tristeza-. Una verdadera l&#225;stima. Yo que siempre hab&#237;a tenido unos dientes tan perfectos.

Se levant&#243;, ajust&#225;ndose la s&#225;bana alrededor del pecho, y luego me estrech&#243; la mano.

Ha sido un placer conocerlo, Herr Gunther -dijo con el natural encanto vien&#233;s.

No, el placer ha sido todo m&#237;o -repliqu&#233;.

K&#246;nig solt&#243; una risita.

Acabaremos haciendo todo un austr&#237;aco de usted, amigo m&#237;o.

Luego se march&#243;, desapareciendo entre el vapor, silbando la misma melod&#237;a enloquecedora.



23

No hay nada que les guste m&#225;s a los vieneses que estar en lugares acogedores. Tratan de recrear este ambiente cordial en bares y restaurantes, con el acompa&#241;amiento de un cuarteto de m&#250;sica formado por un contrabajo, un viol&#237;n, un acorde&#243;n y una c&#237;tara, un extra&#241;o instrumento que se parece a una caja de bombones vac&#237;a con treinta o cuarenta cuerdas que se ta&#241;en como las de una guitarra. Para m&#237;, esta combinaci&#243;n omnipresente encarna todo lo falso de Viena, igual que el sentimiento almibarado y la cortes&#237;a afectada. Me hac&#237;a sentir acogido, solo que se trataba de la clase de acogimiento que experimentar&#237;as una vez embalsamado, sellado dentro de un ata&#250;d forrado de plomo y pulcramente depositado en uno de esos mausoleos de m&#225;rmol que hay en el Cementerio Central.

Estaba esperando a Traudl Braunsteiner en el Herrendorf, un restaurante de la Herrenstrasse. Era ella quien hab&#237;a escogido el lugar, pero se retrasaba. Cuando por fin lleg&#243;, ten&#237;a la cara roja porque hab&#237;a venido corriendo y tambi&#233;n debido al fr&#237;o.

Tiene un aire muy poco tranquilizador, ah&#237; sentado entre las sombras -dijo sent&#225;ndose a la mesa.

Hago todo lo que puedo -respond&#237;-. Nadie quiere un detective que parece un honrado cartero rural. Permanecer en penumbra es bueno para el trabajo.

Llam&#233; al camarero y encargamos la comida.

Emil est&#225; disgustado porque no ha ido a verlo &#250;ltimamente -dijo Traudl, dejando a un lado el men&#250;.

Si quiere saber qu&#233; he estado haciendo, d&#237;gale que le enviar&#233; la cuenta por poner suelas nuevas a los zapatos. Herecorrido a pie esta maldita ciudad de una punta a la otra.

Ya sabe que el juicio es la semana pr&#243;xima, &#191;verdad?

No es probable que lo olvide, sobre todo con Liebl llam&#225;ndome casi a diario.

Tampoco es f&#225;cil que Emil lo olvide.

Habl&#243; en voz baja, evidentemente alterada.

Lo siento -dije-, he dicho algo est&#250;pido. Mire, tengo buenas noticias. Por fin, he hablado con K&#246;nig.

La cara se le ilumin&#243; de entusiasmo.

&#191;De verdad? -dijo-. &#191;D&#243;nde? &#191;Cu&#225;ndo?

Esta ma&#241;ana, en el Amalienbad.

&#191;Qu&#233; le ha dicho?

Quer&#237;a que trabajara para &#233;l. Me parece que quiz&#225; no ser&#237;a mala idea, como medio para estar lo bastante cerca de &#233;l para descubrir alg&#250;n tipo de prueba.

&#191;No podr&#237;a decirle a la polic&#237;a d&#243;nde est&#225; para que lo arresten?

&#191;Con qu&#233; cargos? -dije encogi&#233;ndome de hombros-. En lo que respecta a la polic&#237;a, ya tienen a su hombre. De cualquier modo, incluso si los convenciera para que lo detuvieran, K&#246;nig no ser&#237;a tan f&#225;cil de atrapar. Los norteamericanos no pueden entrar en el sector ruso y arrestarlo, aunque quisieran hacerlo. No, lo mejor para Emil es que yo me gane la confianza de K&#246;nig lo m&#225;s r&#225;pidamente posible. Por eso he rechazado su oferta.

Traudl se mordi&#243; el labio, exasperada.

Pero &#191;por qu&#233;? No lo entiendo.

Tengo que asegurarme de que K&#246;nig crea que no quiero trabajar para &#233;l. Desconfiaba un poco de la forma en queyo hab&#237;a conocido a su novia. As&#237; pues, esto es lo que quiero hacer. Lotte trabaja como crupier en el Oriental. Quiero que me d&#233; algo de dinero para perderlo all&#237; ma&#241;ana por la noche. Suficiente para que parezca que me he quedado limpio, lo cual me dar&#237;a una raz&#243;n para replantearme la oferta de K&#246;nig.

Esto cuenta como gastos justificados, &#191;no?

Me temo que s&#237;.

&#191;Cu&#225;nto?

Tres o cuatro mil schillings ser&#225; suficiente.

Lo pens&#243; un momento y luego lleg&#243; el camarero con una botella de Riesling. Cuando nos hubo llenado los vasos, Traudl tom&#243; un sorbo del vino y dijo:

De acuerdo. Pero con una &#250;nica condici&#243;n: que yo est&#233; all&#237; para ver c&#243;mo los pierde.

A juzgar por el gesto de su ment&#243;n comprend&#237; que estaba totalmente decidida.

Supongo que no servir&#237;a de mucho que le recordara que podr&#237;a resultar peligroso. No es igual que si me pudiera acompa&#241;ar. No puedo dejar que me vean con usted, por si alguien la reconoce como la chica de Emil. Si este no fuera un sitio tan tranquilo, habr&#237;a insistido en que nos reuni&#233;ramos en su casa.

No se preocupe por m&#237; -dijo con firmeza-. Le tratar&#233; como si fuera transparente como el cristal.

Intent&#233; volver a hablar, pero se tap&#243; los o&#237;dos con las manos.

No, no voy a escuchar nada m&#225;s. Voy a ir y no hay nada m&#225;s que decir. Est&#225; loco si cree que voy a darle m&#225;s de cuatro mil schillings, as&#237; por las buenas, sin vigilar qu&#233; pasa con ellos.

No le falta raz&#243;n.

Fij&#233; la mirada en el transparente c&#237;rculo de vino que hab&#237;a en mi vaso y luego dije:

Lo quiere usted mucho, &#191;verdad?

Traudl trag&#243; saliva y asinti&#243; con convicci&#243;n. Al cabo de una breve pausa a&#241;adi&#243;:

Estoy esperando un hijo suyo.

Suspir&#233; y trat&#233; de pensar en algo que la animara.

Mire -murmur&#233;-, no se preocupe. Lo sacaremos de este l&#237;o. No hay necesidad de arrastrarnos por el suelo como cucarachas; venga, levante ese &#225;nimo. Todo saldr&#225; bien, para usted y para el beb&#233;, estoy seguro.

Un discurso bastante inadecuado y carente de convicci&#243;n, pens&#233;.

Traudl sacudi&#243; la cabeza y sonri&#243;.

Estoy bien, de verdad. Solo estaba pensando que la &#250;ltima vez que estuve aqu&#237; fue con Emil, cuando le dije que estaba embarazada. Ven&#237;amos mucho aqu&#237;. Nunca tuve intenci&#243;n de enamorarme de &#233;l, &#191;sabe?

Nadie la tiene -dije observando que ten&#237;a la mano encima de la suya-. Es algo que pasa porque s&#237;. Como un accidente de coche.

Pero al mirarla a la cara menuda y delicada, no estaba muy seguro de estar de acuerdo con lo que dec&#237;a. Su tipo de belleza no era de los que se borran al contacto con la almohada, sino del que har&#237;a que un hombre se sintiera orgulloso de que su hijo tuviera una madre as&#237;. Comprend&#237; cu&#225;nto le envidiaba aquella mujer a Becker, cu&#225;nto me habr&#237;a gustado, a m&#237; tambi&#233;n, enamorarme de ella si hubiera tenido esa suerte. Le solt&#233; la mano y encend&#237; r&#225;pidamente un cigarrillo para ocultarme detr&#225;s del humo.



24

La noche siguiente me encontr&#243; huyendo de su fr&#237;o cortante con indicios de nieve, aunque el calendario indicaba algo menos inclemente, para meterme en la c&#225;lida, lujuriosa y viciada atm&#243;sfera del Casino Oriental, con los bolsillos repletos de fajos de billetes, el dinero f&#225;cil de Emil Becker.

Compr&#233; un mont&#243;n de fichas del valor m&#225;s alto y luego fui hasta el bar para esperar la llegada de Lotte a una de las mesas de juego. Despu&#233;s de pedir una copa, lo &#250;nico que ten&#237;a que hacer era alejar a las animadoras y chocolateras que zumbaban a mi alrededor, decididas a hacerme compa&#241;&#237;a, a m&#237; y a mi cartera, lo que me hizo apreciar con m&#225;s precisi&#243;n qu&#233; debe significar ser el culo de un caballo en pleno verano. Ya hab&#237;an dado las diez cuando apareci&#243; Lotte en una de las mesas y para entonces las pulsaciones de mi verga estaban empezando a ser m&#225;s desganadas. Esper&#233; unos cuantos minutos m&#225;s, por guardar las apariencias, antes de llevarme el vaso hasta el tapete verde de Lotte y sentarme directamente frente a ella.

Lotte midi&#243; la pila de fichas que yo hab&#237;a ordenado pulcramente delante de m&#237; y frunci&#243; los labios en un gesto igualmente pulcro.

No cre&#237;a que fuera un tipo extravagante -dijo, queriendo decir un jugador-. Pensaba que ten&#237;a m&#225;s sentido com&#250;n.

Quiz&#225; sus dedos me traigan suerte -dije alegremente.

Yo no contar&#237;a con ello.

Bien, de acuerdo, lo tendr&#233; presente.

No soy nada especial como jugador de cartas. Ni siquiera podr&#237;a decir c&#243;mo se llamaba el juego en el que participaba. As&#237; que fue con una considerable sorpresa como, al cabo de veinte minutos de juego, descubr&#237; que casi hab&#237;a doblado mi fondo original de fichas. Me parec&#237;a de una l&#243;gica perversa que tratar de perder dinero a las cartas fuera igual de dif&#237;cil que tratar de ganarlo.

Lotte me dio cartas del mazo y volv&#237; a ganar. Al levantar la vista de la mesa observ&#233; a Traudl sentada frente a m&#237;, jugando con una peque&#241;a pila de fichas. No la hab&#237;a visto entrar en el club, pero a esas alturas hab&#237;a tanta gente que pod&#237;a no haber visto a Rita Hayworth.

Supongo que es mi noche de suerte -coment&#233; para nadie en particular cuando Lotte empuj&#243; mis ganancias haciam&#237;. Traudl se limit&#243; a sonre&#237;r como si fuera un extra&#241;o para ella y se prepar&#243; para hacer su modesta apuesta.

Ped&#237; otra bebida y, concentr&#225;ndome al m&#225;ximo, trat&#233; de hacer un intento para ser un aut&#233;ntico perdedor, cogiendo carta cuando ten&#237;a que haberme plantado, apostando cuando tendr&#237;a que haberlo dejado y tratando de soslayar la suerte en todas las oportunidades posibles. De vez en cuando, procuraba jugar de forma sensata para que lo que estaba haciendo fuera menos evidente. Pero al cabo de otros cuarenta minutos hab&#237;a conseguido perder todo lo que hab&#237;a ganado, as&#237; como la mitad de mi capital original. Cuando Traudl dej&#243; la mesa, despu&#233;s de verme perder el suficiente dinero de su novio como para quedar satisfecha de que hab&#237;a sido usado para el prop&#243;sito que le hab&#237;a dicho, apur&#233; la copa y suspir&#233; con exasperaci&#243;n.

Parece que, despu&#233;s de todo, no es mi noche de suerte -dije sombr&#237;o.

La suerte no tiene nada que ver con la forma en que juega -murmur&#243; Lotte-. Solo espero que fuera m&#225;s h&#225;bil en el acuerdo que hizo con aquel capit&#225;n ruso.

No se preocupe por &#233;l, eso ya est&#225; resuelto. No tendr&#225; ning&#250;n otro problema por ese lado.

Me alegro.

Me jugu&#233; la &#250;ltima ficha, la perd&#237; y luego me levant&#233; de la mesa diciendo que quiz&#225; tendr&#237;a que agradecerle a K&#246;nig su oferta de trabajo, despu&#233;s de todo. Con una sonrisa compungida, volv&#237; a la barra, donde ped&#237; una copa y observ&#233;, durante un rato, a una chica en topless que danzaba una parodia de baile latinoamericano en la pista, al sonido met&#225;lico y espasm&#243;dico de la banda de jazz del Oriental.

No vi que Lotte dejara la mesa para hacer una llamada, pero al cabo de un rato K&#246;nig baj&#243; por las escaleras del club. Iba acompa&#241;ado por un peque&#241;o terrier, que se manten&#237;a pegado a sus talones, y por un hombre m&#225;s alto y de aspecto m&#225;s distinguido, que llevaba una chaqueta Schiller y la corbata de un club. El segundo hombre desapareci&#243; detr&#225;s de una cortina al fondo del club mientras K&#246;nig se dedicaba a la farsa de fingir que acababa de verme.

Vino hasta la barra, saludando con un gesto a Lotte y sacando un puro del bolsillo de arriba de su traje de tweed verde mientras se acercaba.

Herr Gunther -dijo, sonriendo-, qu&#233; placer verlo de nuevo.

Hola, K&#246;nig -dije-. &#191;C&#243;mo est&#225;n los dientes?

&#191;Los dientes? -Su sonrisa se desvaneci&#243; como si le hubiera preguntado qu&#233; tal iba su chancro.

&#191;No se acuerda? -explic&#243;-. El otro d&#237;a me habl&#243; de las placas dentales.

La cara se le relaj&#243;.

Es verdad. Est&#225;n mucho mejor, gracias.

Volviendo a colocarse la sonrisa, a&#241;adi&#243;:

Me han dicho que ha tenido mala suerte en las mesas.

No, si hacemos caso a Fr&#228;ulein Hartmann. Me ha dicho que la suerte no ten&#237;a nada que ver con mi modo de jugar a las cartas.

K&#246;nig acab&#243; de encender su puro de cuatro schillings y solt&#243; una risita.

Entonces tiene que permitirme que lo invite a tomar algo. -Llam&#243; al barman con un gesto y pidi&#243; un escoc&#233;s para &#233;l y lo que yo estuviera bebiendo-. &#191;Ha perdido mucho?

M&#225;s de lo que puedo permitirme -dije tristemente-, unos cuatro mil schillings. -Vaci&#233; el vaso y lo empuj&#233; a trav&#233;s de la barra para que me lo volvieran a llenar-. Una estupidez, en realidad. No tendr&#237;a que jugar nunca. No tengo ninguna aptitud para las cartas. As&#237; que ahora estoy limpio. -Brind&#233; por K&#246;nig en silencio y beb&#237; otro trago de vodka-. Gracias a Dios, tuve el buen sentido de pagar la cuenta del hotel hace d&#237;as. Aparte de eso, hay poco por lo que sentirme contento.

Entonces tiene que permitirme que le ense&#241;e algo -dijo.

Dio una fuerte calada al puro, solt&#243; un gran anillo de humo por encima de la cabeza de su terrier y a&#241;adi&#243;:

Es hora de fumar, Lingo. -Y a continuaci&#243;n y con gran diversi&#243;n de su due&#241;o, el animal empez&#243; a dar saltos, husmeando entusiasmado el aire enriquecido por el humo como si fuera el m&#225;s ansioso de los adictos a la nicotina.

Es un buen truco -dije sonriendo.

Oh, no es ning&#250;n truco -respondi&#243; K&#246;nig-. A Lingo le gusta un buen puro casi tanto como a m&#237;. -Se inclin&#243; ypalme&#243; la cabeza del perro-. &#191;No es verdad muchacho?

El perro ladr&#243; en contestaci&#243;n.

Bueno, comoquiera que lo llame, es dinero, no risas, lo que necesito en este preciso momento. Por lo menos, hasta que pueda volver a Berl&#237;n. &#191;Sabe?, es una suerte que haya aparecido usted por aqu&#237;. Aqu&#237; estaba yo, sentado pregunt&#225;ndome c&#243;mo podr&#237;a volver a abordar el tema de aquel trabajo que me ofreci&#243;.

Mi querido amigo, cada cosa a su tiempo. Primero hay alguien a quien quiero que conozca. Es el bar&#243;n Von Bolschwing y dirige una secci&#243;n de la Liga Austr&#237;aca para las Naciones Unidas, aqu&#237; en Viena. Es una editorial llamada &#214;sterreichischer Verlag. Adem&#225;s es un viejo camarada y s&#233; que le interesar&#237;a conocer a un hombre como usted.

Sab&#237;a que K&#246;nig se refer&#237;a a las SS.

No estar&#225; asociado con esa empresa de investigaci&#243;n suya, &#191;verdad?

&#191;Asociado? S&#237;, asociado -admiti&#243;-. Una informaci&#243;n precisa es esencial para un hombre como el bar&#243;n.

Sonre&#237; y mene&#233; la cabeza, ir&#243;nico.

&#161;Qu&#233; gran ciudad es esta para decir una fiesta de despedida cuando lo que de verdad se quiere decir es una misa de r&#233;quiem!. Su investigaci&#243;n suena muy parecido a mi importaci&#243;n y exportaci&#243;n, Herr K&#246;nig: una elegante cinta alrededor de un pastel bastante corriente.

No puedo creer que a alguien que sirvi&#243; en el Abwehr le resulten tan extra&#241;os estos necesarios eufemismos, Herr Gunther. No obstante, si as&#237; lo desea, pondr&#233;, como suele decirse, mis cartas sobre la mesa. Pero antes apart&#233;monos de la barra.

Me llev&#243; hasta una mesa tranquila y nos sentamos.

La organizaci&#243;n de la que soy miembro es, fundamentalmente, una asociaci&#243;n de oficiales alemanes, cuyo primer objetivo y prop&#243;sito es reunir investigaci&#243;n perd&#243;n, informaci&#243;n secreta sobre la amenaza que el Ej&#233;rcito Rojo representa para una Europa libre. Aunque pocas veces usamos el rango militar, funcionamos, no obstante, bajo una disciplina militar y seguimos siendo oficiales y caballeros. La lucha contra el comunismo es una lucha desesperada y hay veces en que tenemos que hacer cosas que quiz&#225; nos parezcan desagradables. Pero para muchos antiguoscamaradas que se esfuerzan por adaptarse a la vida civil, la satisfacci&#243;n de continuar sirviendo a la creaci&#243;n de una nueva Alemania libre compensa tales consideraciones. Y, por supuesto, hay muchas y generosas recompensas.

Sonaba como si K&#246;nig hubiera dicho esas u otras palabras equivalentes en m&#250;ltiples ocasiones. Empezaba a pensar que hab&#237;a m&#225;s viejos camaradas de lo que yo pod&#237;a imaginar cuyo esfuerzo por adaptarse a la vida civil quedaba solucionado por el sencillo expediente de seguir bajo cierta forma de disciplina militar. Dijo muchas m&#225;s cosas, la mayor&#237;a de las cuales me entr&#243; por una oreja y me sali&#243; por la otra, y al cabo de un rato se acab&#243; de un trago el resto de su bebida y dijo que si me interesaba su propuesta, entonces tendr&#237;a que conocer al bar&#243;n. Cuando le respond&#237; que estaba muy interesado, asinti&#243; satisfecho y me condujo hacia una cortina de abalorios. Recorrimos un pasillo y luego subimos un tramo de escaleras.

Estamos en el local de la sombrerer&#237;a de al lado -explic&#243; K&#246;nig-. El propietario es miembro de nuestra organizaci&#243;n y nos lo presta para los reclutamientos.

Se detuvo ante una puerta y llam&#243; suavemente con los nudillos. Despu&#233;s de o&#237;r un grito, me hizo entrar en una sala que solo estaba iluminada por la farola de la calle. Pero era suficiente para vislumbrar la cara del hombre sentado al lado de la ventana. Alto, delgado, bien rasurado, con el pelo oscuro que raleaba; le ech&#233; unos cuarenta a&#241;os.

Si&#233;ntese, Herr Gunther -dijo, y me se&#241;al&#243; una silla al otro lado del escritorio.

Retir&#233; la pila de sombrereras que hab&#237;a encima mientras K&#246;nig iba a sentarse en el ancho alf&#233;izar de la ventana.

Herr K&#246;nig cree que podr&#237;a ser usted adecuado como representante de nuestra compa&#241;&#237;a -dijo el bar&#243;n.

Quiere decir un agente, &#191;verdad? -dije, y encend&#237; un cigarrillo.

Como prefiera. -Vi c&#243;mo sonre&#237;a-. Pero antes de que eso pueda suceder, tengo que averiguar algo m&#225;s de su personalidad y sus circunstancias. Interrogarlo a fin de que podamos decidir el mejor uso que podemos darle.

&#191;Una especie de Fragebogen? S&#237;, lo comprendo.

Empecemos con su pertenencia a las SS -dijo el bar&#243;n.

Le cont&#233; todo sobre mi servicio con la Kripo y la RSHA y c&#243;mo me hab&#237;a convertido autom&#225;ticamente en oficial de las SS. Le expliqu&#233; que hab&#237;a ido a Minsk como miembro del grupo de combate de Arthur Nebe pero que, como no ten&#237;a est&#243;mago para el asesinato de mujeres y ni&#241;os, hab&#237;a pedido que me trasladaran al frente y c&#243;mo, en lugar de eso, me hab&#237;an enviado a la Oficina de Cr&#237;menes de Guerra de la Wehrmacht. El bar&#243;n me interrog&#243; a fondo, pero con amabilidad; parec&#237;a el perfecto caballero austr&#237;aco. Salvo que hab&#237;a en &#233;l un aire de falsa modestia, un aspecto furtivo en sus gestos y un modo de hablar que parec&#237;a indicar algo de lo cual cualquier aut&#233;ntico caballero no se habr&#237;a sentido tan orgulloso.

H&#225;bleme de su servicio con la Oficina de Cr&#237;menes de Guerra.

Eso fue entre enero de 1942 y febrero de 1944 -expliqu&#233;-. Ten&#237;a el rango de Oberleutnant y llev&#233; a cabo investigaciones sobre las atrocidades tanto alemanas como rusas.

&#191;Y d&#243;nde era eso exactamente?

Ten&#237;a la base en Berl&#237;n, en Blumeshof, frente al Ministerio de la Guerra. De vez en cuando me ordenaban que hiciera alg&#250;n trabajo de campo. Espec&#237;ficamente en Crimea y Ucrania. M&#225;s tarde la OKW traslad&#243; sus oficinas a Torgau debido a los bombardeos.

El bar&#243;n exhibi&#243; una sonrisa desde&#241;osa y mene&#243; la cabeza.

Perd&#243;neme -dijo-, es solo que no ten&#237;a ni idea de que existiera una instituci&#243;n as&#237; dentro de la Wehrmacht.

No fue diferente de lo que hab&#237;a en el ej&#233;rcito prusiano durante la Gran Guerra -le expliqu&#233;-. Tienen que existir algunos valores humanitarios aceptados, incluso en tiempo de guerra.

Supongo que s&#237; -suspir&#243; el bar&#243;n, pero no parec&#237;a muy convencido-. De acuerdo, &#191;qu&#233; pas&#243; entonces?

Con la escalada b&#233;lica, se hizo necesario enviar a todos los hombres h&#225;biles al frente ruso. Me incorpor&#233; al cuerpo de ej&#233;rcito del general Schorner en el norte, en la Rusia blanca en febrero de 1944, ascendido a Hauptmann.Era oficial de Inteligencia.

&#191;En la Abwehr?

S&#237;, hablaba bastante bien el ruso para entonces y tambi&#233;n algo de polaco. El trabajo era sobre todo de interpretaci&#243;n.

Y finalmente lo capturaron, &#191;d&#243;nde?

En K&#246;nigsberg, en el este de Prusia, en abril de 1945. Me enviaron a las minas de cobre de los Urales.

&#191;D&#243;nde exactamente de los Urales, si no le importa?

En las afueras de Sverdlovsk. All&#237; es donde perfeccion&#233; mi ruso.

&#191;Le interrog&#243; la NKVD?

Claro, muchas veces. Estaban muy interesados en cualquiera que hubiera sido oficial de Inteligencia.

&#191;Y qu&#233; les dijo?

Sinceramente, todo lo que sab&#237;a. La guerra hab&#237;a acabado para entonces, as&#237; que no parec&#237;a tener mucha importancia. Naturalmente, les ocult&#233; mi anterior servicio en las SS y mi trabajo en la OKW. A los SS los llevaban a un campo separado donde los fusilaban o los convenc&#237;an para que trabajaran para los sovi&#233;ticos en el Comit&#233; de la Alemania Libre. Parece que es as&#237; como reclutaron a la mayor&#237;a de los polic&#237;as de su zona. Y me atrever&#237;a a decir que de la Staatspolizei, aqu&#237; en Viena.

Ciertamente. -Su tono sonaba irritado-. Siga, por favor, Herr Gunther.

Un d&#237;a nos dijeron a un grupo que &#237;bamos a ser trasladados a Frankfurt del Oder. Eso debi&#243; ser en diciembre de 1946. Dijeron que nos iban a enviar a un campamento de reposo all&#237;. Bueno, en el tren de transporte o&#237; que un par de guardias dec&#237;an que nos llevaban a una mina de uranio de Sajonia. Supongo que ninguno de los dos se dio cuenta de que yo hablaba ruso.

&#191;Recuerda el nombre de ese lugar?

Johannesgeorgenstadt, en el Erzebirge, junto a la frontera checa.

Gracias -dijo el bar&#243;n secamente-. S&#233; donde est&#225;.

Salt&#233; del tren en cuanto tuve una oportunidad, poco despu&#233;s de cruzar la frontera germano-polaca, y finalmente consegu&#237; llegar a Berl&#237;n.

&#191;Estuvo en alguno de los campos para los prisioneros de guerra que regresaban?

S&#237;, en Staaken. No estuve mucho tiempo, gracias a Dios. Las enfermeras no ten&#237;an muy buena opini&#243;n de nosotros, los ex prisioneros. En los &#250;nicos en que estaban interesadas era en los soldados estadounidenses. Por suerte,la Oficina de Bienestar Social del Ayuntamiento encontr&#243; a mi esposa en mi antigua direcci&#243;n casi inmediatamente.

Tuvo mucha suerte, Herr Gunther -dijo el bar&#243;n-. En muchos aspectos. &#191;No dir&#237;as lo mismo, Helmut?

Como le he dicho, bar&#243;n, Herr Gunther es un hombre de recursos -dijo K&#246;nig, acariciando a su perro distra&#237;damente.

S&#237; que lo es. Pero, d&#237;game, Herr Gunther, &#191;nadie le pidi&#243; informes sobre sus experiencias en la Uni&#243;n Sovi&#233;tica?

&#191;Qui&#233;n, por ejemplo?

Fue K&#246;nig quien respondi&#243;.

Los miembros de nuestra organizaci&#243;n han interrogado a muchos ex prisioneros a su vuelta -dijo-. Nuestra gente se presenta como asistentes sociales, historiadores, ese tipo de cosas.

Negu&#233; con la cabeza.

Puede que si me hubieran soltado de forma oficial, en lugar de escaparme

S&#237; -dijo el bar&#243;n-. Esa debe de ser la raz&#243;n, en cuyo caso tiene que considerarse doblemente afortunado, Herr Gunther. Porque si hubiera sido liberado oficialmente, casi con toda certeza nos habr&#237;amos visto obligados a tomar la precauci&#243;n de matarlo, a fin de proteger la seguridad de nuestro grupo. Ver&#225;, lo que dijo sobre los alemanes a los que se convenc&#237;a para que trabajaran para el Comit&#233; para una Alemania Libre es absolutamente cierto. Eran esos traidores los primeros en ser liberados. Enviado a una mina de uranio en el Erzebirge como usted lo fue, ocho semanas es lo m&#225;ximo que pod&#237;a esperar vivir. Habr&#237;a sido m&#225;s f&#225;cil que los rusos lo mataran de un tiro. As&#237; que, como ve, ahora podemos confiar en usted, sabiendo que a los rusos no les import&#243; enviarle a la muerte.

El bar&#243;n se levant&#243;. Era evidente que el interrogatorio hab&#237;a concluido. Vi que era m&#225;s alto de lo que yo hab&#237;a supuesto. K&#246;nig se baj&#243; del alf&#233;izar y se puso a su lado.

Me levant&#233; de la silla y estrech&#233; en silencio la mano que me ofrec&#237;a el bar&#243;n y luego la de K&#246;nig. Entonces, K&#246;nig sonri&#243; y me dio uno de sus puros.

Amigo m&#237;o -me dijo-, bienvenido a la organizaci&#243;n.



25

Durante los dos d&#237;as siguientes, K&#246;nig se reuni&#243; conmigo en la sombrerer&#237;a contigua al Oriental en varias ocasiones, para instruirme en los muchos y muy secretos m&#233;todos de trabajo de la Org. Pero primero tuve que firmar una solemne declaraci&#243;n comprometi&#233;ndome por mi honor de oficial alem&#225;n a no desvelar nada de las actividades encubiertas de la Org. La declaraci&#243;n tambi&#233;n estipulaba que cualquier violaci&#243;n del secreto ser&#237;a castigada severamente y K&#246;nig me dijo que ser&#237;a aconsejable ocultar mi nuevo empleo no solo a cualquier amigo o pariente sino incluso -y esas fueron las palabras exactas- incluso a nuestros colegas norteamericanos. Este y uno o dos comentarios m&#225;s que hizo me llevaron a pensar que, en realidad, la Org estaba totalmente financiada por la Inteligencia estadounidense. As&#237; que cuando acab&#243; mi entrenamiento, considerablemente acortado debido a mi experiencia en la Abwehr, le exig&#237; a Belinsky airadamente que habl&#225;ramos lo antes posible.

&#191;Qu&#233; mosca te ha picado, boche? -dijo cuando nos reunimos en una mesa que yo hab&#237;a reservado en un rinc&#243;n discreto del Caf&#233; Schwarzenberg.

Si me ha picado algo, ha sido porque me diste el mapa equivocado.

&#191;Ah s&#237;? &#191;Y c&#243;mo es eso? -dijo poniendo manos a la obra con uno de sus mondadientes con perfume a clavo.

Lo sabes demasiado bien. K&#246;nig forma parte de una organizaci&#243;n de inteligencia alemana montada por tu propia gente, Belinsky. Lo s&#233; porque acaban de reclutarme. As&#237; que o me pones al tanto de la situaci&#243;n o voy a la Stiftstrasse y explico que ahora estoy convencido de que a Linden lo asesin&#243; una organizaci&#243;n de esp&#237;as alemanes patrocinada por los estadounidenses.

Belinsky mir&#243; alrededor suyo un momento y luego se inclin&#243; hacia adelante sobre la mesa deliberadamente, abraz&#225;ndola con sus enormes brazos como si tuviera intenci&#243;n de levantarla y dejarla caer sobre mi cabeza.

No creo que sea una buena idea -dijo en voz baja.

&#191;No? Tal vez crees que puedes detenerme. Igual que detuviste a aquel soldado ruso. Tambi&#233;n podr&#237;a mencionar eso de paso.

Tambi&#233;n podr&#237;a matarte, boche. No me resultar&#237;a muy dif&#237;cil; tengo una pistola con silenciador. Podr&#237;a matarte aqu&#237; y nadie se dar&#237;a cuenta. Esa es una de las cosas buenas de los vieneses; tendr&#237;an las tazas llenas de salpicaduras de los sesos de alguien y seguir&#237;an procurando ocuparse de sus jodidos asuntos. -Solt&#243; una risa entre dientes ante la idea y luego neg&#243; con la cabeza, impidi&#233;ndome hablar cuando yo intent&#233; decir algo-. Pero &#191;qu&#233; estamos diciendo?  dijo-. No hay necesidad de que nos peleemos. Ninguna necesidad en absoluto. Tienes raz&#243;n. Quiz&#225; tendr&#237;a que hab&#233;rtelo explicado antes, pero si te ha reclutado la Org, entonces sin duda te han obligado a firmar un compromiso de silencio. &#191;Es as&#237;?

Asent&#237;.

Puede que no te lo tomes muy en serio, pero por lo menos puedes comprenderme cuando te digo que mi gobierno me exigi&#243; que firmara un compromiso similar y yo me lo tomo muy, pero que muy en serio. Solo ahora puedo confiar en ti plenamente, lo cual es una iron&#237;a; estoy investigando la misma organizaci&#243;n en la que acabas de ingresar, y ese ingreso es el que me permite tratarte como alguien que ya no plantea un riesgo a la seguridad. &#191;Qu&#233; tal te parece eso como ejemplo de una l&#243;gica disparatada?

De acuerdo -dije-. Ya me has dado tu excusa. Ahora, &#191;qu&#233; te parece si me cuentas toda la historia?

Ya te he hablado del Crowcass antes, &#191;verdad?

&#191;El Comit&#233; de Cr&#237;menes de Guerra? S&#237;.

Veamos, &#191;c&#243;mo te lo dir&#237;a? La persecuci&#243;n de nazis y el empleo del personal de Inteligencia alem&#225;n no son exactamente ideas independientes. Desde hace tiempo, Estados Unidos ha estado reclutando antiguos miembros de la Abwehr para que espiaran a los sovi&#233;ticos. Se form&#243; una organizaci&#243;n independiente en Pullach, encabezada por unoficial alem&#225;n de alto rango para reunir informaci&#243;n para el CIC.

&#191;La Compa&#241;&#237;a de Utilizaci&#243;n Industrial del Sur de Alemania?

La misma. Cuando se form&#243; la Org, ten&#237;a unas instrucciones expl&#237;citas sobre a qui&#233;nes pod&#237;a reclutar. Se supone que es una operaci&#243;n limpia, &#191;comprendes? Pero desde hace alg&#250;n tiempo, sospechamos que la Org est&#225; reclutando a personal de las SS, el SD y la Gestapo, infringiendo su mandato original. Quer&#237;amos gente de Inteligencia, por todos los santos, no criminales de guerra. Mi tarea es averiguar el nivel de penetraci&#243;n que esa clase de personal fuera de la ley ha alcanzado dentro de la Org. &#191;Me sigues?

Asent&#237;.

Pero &#191;d&#243;nde encajaba el capit&#225;n Linden en todo esto?

Como ya te he explicado, Linden trabajaba en los archivos. Es posible que su puesto en el Centro de Documentaci&#243;n de Estados Unidos le permitiera actuar como consultor para los miembros de la Org en lo tocante a los reclutamientos. Verificar las historias de la gente para ver si lo que contaban encajaba con lo que pod&#237;a descubrirse de su hoja de servicios, ese tipo de cosas. Seguro que no tengo que decirte que la Org tiene mucho inter&#233;s en evitar cualquier posible penetraci&#243;n por alemanes que ya han sido reclutados por los sovi&#233;ticos en sus campos de prisioneros.

S&#237; -dije-, eso ya me lo han explicado en t&#233;rminos muy claros.

Quiz&#225; Linden incluso les asesoraba sobre qui&#233;n valdr&#237;a la pena reclutar. Pero esa es la parte sobre la que no estamos seguros. Eso y qu&#233; era el material que tu amigo Becker transportaba como correo.

Puede que tambi&#233;n les prestara algunos historiales cuando interrogaban a posibles fichajes que despertaban sus sospechas -suger&#237;.

No, eso es algo imposible. La seguridad en el Centro es m&#225;s impenetrable que la concha de una almeja. Ver&#225;s, despu&#233;s de la guerra, al ej&#233;rcito le preocupaba mucho que vuestra gente tratara de recuperar el contenido del centroo destruirlo. Por eso no hay modo de salir de all&#237; con un mont&#243;n de carpetas. Cualquier estudio de documentos debe hacerse in situ y justificarse.

Entonces puede que Linden alterara algunos expedientes.

Belinsky neg&#243; con la cabeza.

No, ya hemos pensado en eso y lo hemos verificado con el archivo original de cada uno de los expedientes que Linden hab&#237;a mirado. No hay se&#241;al alguna de que nada se retirara o destruyera. Parece que la mejor oportunidad que tenemos de averiguar en qu&#233; co&#241;o andaba metido Linden depende de tu pertenencia a la Org, boche. Por no hablar de que tambi&#233;n es la mejor que t&#250; tienes para descubrir algo que deje limpio a Becker.

Casi se me ha acabado el tiempo para eso. El juicio es a principios de la semana que viene.

Belinsky se qued&#243; pensativo.

Quiz&#225; pueda ayudarte a acelerar las cosas con tus nuevos colegas. Si te proporcionara alguna informaci&#243;n confidencial sovi&#233;tica de alto nivel, eso te situar&#237;a en una buena posici&#243;n en la Org. Claro que tendr&#237;a que ser un material que mi gente ya hubiera visto, pero eso es algo que los chicos de la Org no sabr&#237;an. Si, adem&#225;s, lo ali&#241;ara con la procedencia adecuada, har&#237;a que parecieras un esp&#237;a muy bueno. &#191;Qu&#233; tal te suena?

Bien. Y ya que est&#225;s de un humor tan inspirado, me puedes ayudar a salir de otro l&#237;o. Cuando K&#246;nig acab&#243; de instruirme en el uso del buz&#243;n secreto, me asign&#243; mi primera misi&#243;n.

&#191;De verdad? Bien. &#191;Cu&#225;l es?

Quieren que mate a la novia de Becker,Traudl.

&#191;Aquella enfermera tan bonita? -Parec&#237;a indignado de verdad-. &#191;La del Hospital General? &#191;Te dijeron por qu&#233;?

Entr&#243; en el Casino Oriental para comprobar que perd&#237;a el dinero de su novio. Se lo advert&#237;, pero no quiso escucharme. Supongo que eso los habr&#225; puesto nerviosos o algo por el estilo.

Pero no era esa la raz&#243;n que K&#246;nig me hab&#237;a dado.

Con frecuencia se exige alg&#250;n trabajo sucio al principio, como prueba de lealtad -explic&#243; Belinsky-. &#191;Te dijeronc&#243;mo hacerlo?

Tengo que hacer que parezca un accidente -dije-. As&#237; que, naturalmente, necesitar&#233; sacarla de Viena lo m&#225;s r&#225;pidamente posible. Y ah&#237; es donde entras t&#250;. &#191;Puedes conseguir un permiso de viaje y un billete de ferrocarril para ella?

Claro -dijo-, pero procura convencerla de que se lleve lo m&#237;nimo posible. La llevaremos en coche a trav&#233;s de la Zona y la meteremos en un tren en Salzburgo. As&#237; podemos lograr que parezca que ha desaparecido, quiz&#225; muerto, lo cual te ayudar&#237;a, &#191;no?

Sobre todo, aseg&#250;rate de que deja Viena sin novedad -le dije-. Si alguien tiene que correr riesgos, prefiero ser yo que ella.

Dej&#225;melo a m&#237;, boche. Me llevar&#225; unas horas arreglarlo, pero es como si la damita ya estuviera fuera de aqu&#237;. Te sugiero que vuelvas al hotel y esperes all&#237; a que te lleve los papeles. Luego podemos ir a recogerla, en cuyo caso quiz&#225; ser&#237;a mejor que no hablaras con ella antes. Puede que no quiera dejar que tu amigo Becker afronte sus problemas &#233;l solo. Ser&#237;a mejor que pudi&#233;ramos recogerla y meterla en un coche directamente para llev&#225;rnosla de aqu&#237;. De esa manera, si decide protestar no ser&#225; mucho lo que pueda hacer.

Despu&#233;s de que Belinsky se marchara para hacer los preparativos necesarios, me pregunt&#233; si se habr&#237;a mostrado tan dispuesto a ayudar a Traudl a salir de Viena sin peligro si hubiera visto la fotograf&#237;a que K&#246;nig me hab&#237;a dado. Me hab&#237;a dicho que Traudl Braunsteiner era agente del MVD. Conoci&#233;ndola parec&#237;a totalmente absurdo, pero a cualquier otra persona, y sobre todo a un miembro del CIC, las cosas le habr&#237;an parecido mucho menos claras si hubiera visto la fotografia tomada en un restaurante de Viena, en la cual era evidente que Traudl estaba disfrutando de la compa&#241;&#237;a de un coronel ruso del MVD llamado Poroshin.



26

Hab&#237;a una carta de mi esposa esper&#225;ndome cuando volv&#237; a la Pensi&#243;n Caspian. Al reconocer la letra apretada, casi infantil, en el barato sobre de papel manila, arrugado y sucio despu&#233;s de un par de semanas sometido a los azares del servicio postal, la apoy&#233; en la repisa de la chimenea de la sala y la contempl&#233; fijamente durante un rato, recordando la carta que yo le hab&#237;a dejado a ella, igualmente apoyada en nuestra propia repisa de nuestro piso en Berl&#237;n, y lamentando su tono perentorio.

Desde entonces, solo le hab&#237;a enviado dos telegramas, uno para decir que hab&#237;a llegado bien a Viena y darle mi direcci&#243;n y el otro para avisarla de que el caso pod&#237;a llevar m&#225;s tiempo de lo que hab&#237;a previsto.

Imagino que a un graf&#243;logo le habr&#237;a resultado f&#225;cil analizar la letra de Kirsten y lograr convencerme de que indicaba que la carta del interior hab&#237;a sido escrita por una mujer ad&#250;ltera con un estado de &#225;nimo inclinado a decirle a su poco atento marido que, pese a que le hab&#237;a dejado dos mil d&#243;lares en oro, segu&#237;a teniendo la intenci&#243;n de divorciarse de &#233;l y utilizar el dinero para emigrar a Estados Unidos con su apuesto sch&#228;tzi norteamericano.

Segu&#237;a contemplando el sobre sin abrir con una cierta inquietud cuando son&#243; el tel&#233;fono. Era Shields.

&#191;Qu&#233; tal vamos hoy? -pregunt&#243; en su alem&#225;n excesivamente preciso.

Yo voy bien, gracias -dije imitando su modo de hablar, pero no pareci&#243; darse cuenta-. Exactamente, &#191;en qu&#233; puedo serle &#250;til, Herr Shields?

Bueno, con su amigo Becker a punto de ir a juicio, francamente me gustar&#237;a saber qu&#233; clase de detective es usted. Me preguntaba si habr&#237;a encontrado algo pertinente al caso; si su cliente iba a conseguir algo a cambio de sus cinco mil d&#243;lares. -Se detuvo, esperando que yo hablara y, al ver que no dec&#237;a nada, continu&#243; con bastante m&#225;s impaciencia-. Bien, &#191;qu&#233; me responde? &#191;Ha encontrado la prueba vital que salvar&#225; a Becker de la soga? &#191;O tendr&#225; que dejar que lo cuelguen?

He encontrado al testigo de Becker, si eso es lo que quiere decir, Shields. Solo que no tengo nada que lo relacionecon Linden. Por lo menos, todav&#237;a no.

Bueno, ser&#225; mejor que trabaje deprisa, Gunther. Cuando empiezan, los juicios en esta ciudad suelen ir bastante r&#225;pidos. Detestar&#237;a ver que consigue probar que un muerto era inocente. Estar&#225; de acuerdo en que eso resulta muy desagradable. Desagradable para usted, desagradable para nosotros, pero, sobre todo, desagradable para el ahorcado.

Supongamos que pudiera tenderle una trampa a ese tipo para que usted lo arrestara como testigo material de los hechos.

Era un intento casi desesperado, pero pens&#233; que val&#237;a la pena probarlo.

&#191;No hay otro medio de que comparezca ante el tribunal?

No. Por lo menos, eso le dar&#237;a a Becker alguien a quien se&#241;alar.

Me pide que ensucie un suelo reluciente -dijo Shields con un suspiro-. Detesto no dar una oportunidad a la otra parte. Le dir&#233; lo que vamos a hacer. Hablar&#233; con mi oficial ejecutivo, el mayor Wimberley, y ver&#233; qu&#233; me aconseja. Pero no puedo prometerle nada. Lo m&#225;s probable es que el mayor me diga que le eche un par de cojones y consiga que lo condenen y al diablo con su testigo. Tenemos mucha presi&#243;n para llegar a un resultado r&#225;pido, &#191;sabe? Al general no le gusta que asesinen a los oficiales estadounidenses en esta ciudad. Hablo del general de brigada Alexander O. Gorder, al mando del 796. Un cabr&#243;n de mucho cuidado. Estaremos en contacto.

Gracias, Shields. Aprecio lo que hace.

No me d&#233; las gracias todav&#237;a, amigo -dijo.

Colgu&#233; el auricular y cog&#237; la carta. Despu&#233;s de usarla para abanicarme y para limpiarme las u&#241;as, la abr&#237;.

Kirsten nunca hab&#237;a sido muy buena escribiendo cartas. Se le daban mejor las postales, solo que no era probable que una postal de Berl&#237;n lograra ilusionarme. &#191;Una vista de la iglesia Kaiser-Wilhelm en ruinas, o del Teatro de la &#211;pera destruido por las bombas? &#191;Quiz&#225; el cobertizo de las ejecuciones en Plotzensee? Pens&#233; que pasar&#237;a mucho, mucho tiempo antes de que se enviaran postales desde Berl&#237;n. Desdobl&#233; el papel y empec&#233; a leer:


Querido Bernie:


Espero que recibas esta carta, pero las cosas aqu&#237; est&#225;n tan dif&#237;ciles que quiz&#225; no lo hagas, en cuyo caso tratar&#233; de enviarte un telegrama, aunque solo sea para decirte que todo va bien. Sokolovsky ha exigido que la polic&#237;a militar sovi&#233;tica controle todo el tr&#225;fico desde Berl&#237;n hacia el oeste, y eso puede significar que el correo no pase.

Lo que preocupa de verdad a la gente aqu&#237; es que esto se convierta en un asedio a gran escala de la ciudad, en un intento por echar a los estadounidenses, los brit&#225;nicos y los franceses de Berl&#237;n; aunque no creo que a nadie le importara dejar de ver a los franceses. A nadie le importa que los estadounidenses y los brit&#225;nicos nos den &#243;rdenes, por lo menos lucharon y nos vencieron. Pero &#191;los franchutes? Son unos hip&#243;critas. La mentira de un ej&#233;rcito franc&#233;s victorioso es casi demasiado dif&#237;cil de soportar para los alemanes.

Se dice que los norteamericanos y los ingleses no se quedar&#225;n de brazos cruzados viendo c&#243;mo Berl&#237;n cae en manos de los ivanes. De los brit&#225;nicos no estoy tan segura. Tienen las manos muy ocupadas en Palestina ahora mismo (todos los libros sobre el nacionalismo sionista han desaparecido de las librer&#237;as y las bibliotecas de Berl&#237;n, algo que resulta demasiado familiar). Pero justo cuanto te enteras de que los brit&#225;nicos tienen cosas m&#225;s importantes que hacer, oyes que han destruido m&#225;s barcos alemanes. &#161;El mar est&#225; lleno de peces que podr&#237;amos comer y est&#225;n haciendo estallar los barcos! &#191;Es que quieren salvarnos de los rusos para poder matarnos de hambre?

Se siguen oyendo rumores de canibalismo. Por Berl&#237;n se cuenta la historia de que la polic&#237;a acudi&#243; a una casa en Kreuzberg donde los vecinos de la planta baja hab&#237;an o&#237;do un terrible esc&#225;ndalo y descubierto sangre que goteaba a trav&#233;s del techo. Irrumpieron en el piso y encontraron a una pareja de viejos comiendo la carne cruda de una corista a la que hab&#237;an recogido de la calle y matado a pedradas. Puede que sea verdad y puede que no, pero tengo la terrible sensaci&#243;n de que s&#237; que lo es. Lo ques&#237; es cierto es que la moral se ha hundido a un nivel a&#250;n m&#225;s bajo. El cielo est&#225; lleno de aviones de transporte y las tropas de las cuatro potencias est&#225;n cada vez m&#225;s nerviosas.

&#191;Recuerdas a Karl, el hijo de Frau Fersen? Volvi&#243; de un campo de prisioneros ruso la semana pasada, pero muy mal de salud. Parece que el doctor ha dicho que el pobre chico tiene los pulmones destrozados. La madre me ha contado lo que su hijo le ha explicado de su estancia en Rusia. &#161;Suena espantoso! &#191;Por qu&#233; nunca me hablaste de eso, Bernie? Quiz&#225; yo habr&#237;a sido m&#225;s comprensiva. Quiz&#225; podr&#237;a haberte ayudado. Soy consciente de que no he sido muy buena esposa para ti desde la guerra. Y ahora que ya no est&#225;s aqu&#237;, es algo que parece m&#225;s dif&#237;cil de soportar. Por eso he pensado que cuando vuelvas podr&#237;amos usar parte del dinero que dejaste -&#161;cu&#225;nto dinero!, &#191;es que robaste un banco?- para irnos de vacaciones a alg&#250;n sitio. Dejar Berl&#237;n durante una temporada y pasar tiempo juntos.

Entretanto, he gastado parte del dinero en reparar el techo. S&#237;, ya s&#233; que pensabas hacerlo t&#250; mismo, pero tambi&#233;n s&#233; que le ibas dando largas. En cualquier caso, ahora ya est&#225; hecho y ha quedado muy bonito.

Vuelve pronto para verlo. Te echo de menos.


Tu esposa que te quiere, Kirsten


Tanto peor para mi graf&#243;logo imaginario, me dije, feliz, y me serv&#237; lo que quedaba del vodka de Traudl. Esto tuvo el efecto inmediato de disolver mi miedo a llamar a Liebl para informarle de mi casi imperceptible progreso. Al diablo con Belinsky, pens&#233;, y decid&#237; pedirle a Liebl su opini&#243;n sobre si ser&#237;a mejor o no para los intereses de Becker tratar de conseguir que arrestaran inmediatamente a K&#246;nig, para que se viera obligado a prestar declaraci&#243;n.

Cuando Liebl por fin contest&#243; parec&#237;a alguien que llegara al tel&#233;fono despu&#233;s de caerse por un tramo de escaleras. Su actitud normalmente directa e irascible sonaba acobardada y la voz se aguantaba en precario al borde mismo de una crisis nerviosa.

Herr Gunther -dijo, y trag&#243; saliva para alcanzar un silencio m&#225;s decoroso. Luego lo o&#237; respirar hondo mientrasrecuperaba el control de s&#237; mismo-. Ha habido un accidente terrible. Fr&#228;ulein Braunsteiner ha resultado muerta.

&#191;Muerta? -repet&#237; at&#243;nito-. &#191;C&#243;mo?

La ha atropellado un coche -dijo Liebl en voz baja.

&#191;D&#243;nde?

Pr&#225;cticamente a la puerta del hospital donde trabajaba. Parece que fue instant&#225;neo. No pudieron hacer nada por ella.

&#191;Cu&#225;ndo ha sucedido?

Hace solo un par de horas, despu&#233;s de acabar su turno de guardia. Por desgracia, el conductor no se detuvo.

Esa parte pod&#237;a haberla adivinado yo solo.

Probablemente se asust&#243;. Posiblemente iba bebido. &#191;Qui&#233;n sabe? Los austr&#237;acos son tan malos conductores

&#191;Alguien vio el accidente?

Las palabras sonaron casi con ira en mi boca.

Hasta ahora no se han encontrado testigos. Pero alguien cree recordar que vio un Mercedes negro que iba demasiado r&#225;pido, un poco m&#225;s all&#225; de la Alser Strasse.

Dios -dije con voz d&#233;bil-, eso est&#225; casi a la vuelta de la esquina. Pensar que quiz&#225; incluso haya o&#237;do el chirriar de los neum&#225;ticos.

S&#237;, es verdad, es verdad -murmur&#243; Liebl-. Pero no sufri&#243;. Fue tan r&#225;pido que no es posible que sufriera. El coche la golpe&#243; en mitad de la espalda. El doctor con quien habl&#233; dijo que ten&#237;a la columna completamente destrozada. Probablemente hab&#237;a muerto antes de caer al suelo.

&#191;D&#243;nde est&#225; ahora?

En el dep&#243;sito del Hospital General -suspir&#243; Liebl. O&#237; c&#243;mo encend&#237;a un cigarrillo y daba una larga calada-. Herr Gunther -dijo-, por supuesto, tendremos que informar a Herr Becker. Ya que usted lo conoce mucho mejor que yo

Ah, no -le interrump&#237;-, ya tengo suficientes tareas asquerosas sin hacerme cargo tambi&#233;n de esa. Ll&#233;vese su p&#243;liza de seguros y el testamento si as&#237; le resulta m&#225;s f&#225;cil.

Le aseguro que estoy tan disgustado como puede estarlo usted, Herr Gunther. No hay necesidad de ser

S&#237;, tiene raz&#243;n. Lo siento. Mire, no quiero parecer insensible, pero veamos si podemos utilizar esto paraconseguir una suspensi&#243;n del juicio.

No s&#233; si puede calificarse de motivo humanitario -murmur&#243; Liebl-. No es como si estuvieran casados o algo as&#237;.

Estaba esperando un hijo de Becker, por todos los santos.

Se produjo un silencio breve y horrorizado. Luego Liebl farfull&#243;:

No ten&#237;a ni idea. S&#237;, tiene usted raz&#243;n, claro. Ver&#233; qu&#233; puedo hacer.

H&#225;galo.

Pero &#191;c&#243;mo se lo voy a decir a Herr Becker?

D&#237;gale que la han asesinado -dije. Liebl trat&#243; de decir algo, pero yo no estaba de humor para que me contradijeran-. No ha sido ning&#250;n accidente, cr&#233;ame. D&#237;gale a Becker que han sido sus antiguos compa&#241;eros quienes lo han hecho. D&#237;gale exactamente eso. &#201;l lo entender&#225;. Puede que as&#237; se le refresque la memoria. A lo mejor ahora se acuerda de algo que deber&#237;a haberme dicho antes. D&#237;gale que si esto no hace que nos diga todo lo que sabe, entonces se merece que le partan el cuello. -Alguien llam&#243; a la puerta. Era Belinsky con los papeles de Traudl-. D&#237;gaselo.

Colgu&#233; el auricular de golpe, con rabia. Luego atraves&#233; la sala y abr&#237; la puerta de un tir&#243;n.

Belinsky sosten&#237;a los papeles de Traudl delante de &#233;l y los agit&#243; alegremente cuando entr&#243; en la habitaci&#243;n, demasiado satisfecho de s&#237; mismo como para darse cuenta de mi malhumor.

No fue f&#225;cil, eso de conseguir un pase rosa tan r&#225;pido -dijo-, pero el viejo Belinsky se las arregl&#243;. No me preguntes c&#243;mo.

Est&#225; muerta -dije en tono inexpresivo, y observ&#233; c&#243;mo le cambiaba la cara.

Mierda -dijo-, &#161;qu&#233; mala suerte! &#191;Qu&#233; diablos ha pasado?

Un conductor que se dio a la fuga. -Encend&#237; un cigarrillo y me dej&#233; caer en el sill&#243;n-. Muri&#243; inmediatamente. Acabo de hablar con el abogado de Becker por tel&#233;fono y me lo ha dicho. Fue no muy lejos de aqu&#237;, hace un par de horas.

Belinsky asinti&#243; y se sent&#243; en el sof&#225; frente a m&#237;. Aunque evit&#233; mirarlo a la cara, sent&#237;a que sus ojos trataban de ver el fondo de mi alma. Sacudi&#243; la cabeza durante un rato y luego sac&#243; la pipa y la llen&#243; de tabaco. Cuando acab&#243;,empez&#243; a encender el artefacto y, entre pipada y pipada para que no se apagase, dijo:

Perdona que te lo pregunte pero no cambiar&#237;as de opini&#243;n, &#191;verdad?

&#191;Sobre qu&#233;? -gru&#241;&#237; belicosamente.

Se sac&#243; la pipa de la boca y ech&#243; una mirada a la cazoleta antes de volv&#233;rsela a colocar entre sus grandes e irregulares dientes.

Quiero decir, respecto a matarla t&#250;.

Averiguando la respuesta por la expresi&#243;n de mi cara que se iba encendiendo de rojo, neg&#243; r&#225;pidamente con la cabeza.

No, claro que no. Qu&#233; pregunta tan est&#250;pida. Lo siento. -Se encogi&#243; de hombros-. De cualquier modo, ten&#237;a que preguntarlo. Tienes que reconocer que es mucha coincidencia, &#191;no? La Org te pide que arregles las cosas para que ella tenga un accidente y luego casi inmediatamente la atropellan y la matan.

Puede que lo hicieras t&#250; -me o&#237; decir.

Puede -Belinsky se incorpor&#243; en el sof&#225;-. Veamos: me paso toda la tarde tratando de conseguir un pase rosa para que esa desgraciada se&#241;orita salga de Austria. Y luego voy y la atropello y la mato a sangre fr&#237;a mientras vengo de camino a verte. &#191;Es as&#237;?

&#191;Qu&#233; coche llevas?

Un Mercedes.

&#191;De qu&#233; color?

Negro.

Alguien vio un Mercedes negro circulando a gran velocidad un poco m&#225;s arriba en la misma calle del accidente.

&#191;Y qu&#233; hay de raro en eso? Todav&#237;a tengo que ver un coche que vaya despacio en Viena. Y por si no te has dado cuenta, en esta ciudad casi uno de cada dos veh&#237;culos no militares es un Mercedes negro.

As&#237; y todo -insist&#237;-, quiz&#225; tendr&#237;amos que echar una ojeada al parachoques delantero de tu coche y ver si est&#225; abollado.

Levant&#243; las manos con expresi&#243;n inocente, como si estuviera a punto de pronunciar el serm&#243;n de la monta&#241;a.

Adelante. Solo que encontrar&#225;s abolladuras por todo el coche. Parece que aqu&#237; haya una ley en contra de conducir con cuidado. -Aspir&#243; un poco m&#225;s del humo de la pipa-. Mira, Bernie, si no te importa que te lo diga, me parece quecorremos el riesgo de llevar esto demasiado lejos. Es lamentable que Traudl haya muerto, pero no tiene sentido que t&#250; y yo nos peleemos por ello. &#191;Qui&#233;n sabe?, puede que haya sido un accidente. Lo de los conductores vieneses es verdad, &#191;sabes? Son peores que los sovi&#233;ticos y es dif&#237;cil superar esa marca. Dios, es como si hicieran carreras de cuadrigas por esas carreteras. Estoy de acuerdo en que es mucha coincidencia, pero no es algo imposible, de ning&#250;n modo. Eso tienes que admitirlo.

Asent&#237; lentamente.

De acuerdo, admito que no es imposible.

Por otro lado, puede que la Org diera la orden a m&#225;s de un agente para que la matara, de forma que si t&#250; fallabas, hubiera otro que lo hiciera. No es raro que los asesinatos funcionen as&#237;. Al menos, por lo que yo s&#233;. -Se detuvo y luego me se&#241;al&#243; con la pipa-. &#191;Sabes qu&#233; pienso? Que la pr&#243;xima vez que veas a K&#246;nig no le digas nada de esto. Si &#233;l lo menciona, entonces puedes dar por supuesto que seguramente fue un accidente y quedarte tranquilamente con el m&#233;rito. -Busc&#243; en la chaqueta y sac&#243; un sobre de color beige que me tir&#243; encima de las rodillas-. Hace que esto sea un poco menos necesario, pero eso no tiene soluci&#243;n.

&#191;Qu&#233; es?

Es de una comisaria del MVD cerca de Sopron, al lado de la frontera austr&#237;aca. Son los detalles del personal y los m&#233;todos del MVD en toda Hungr&#237;a y en la Baja Austria.

&#191;Y c&#243;mo se supone que puedo explicar que lo tengo yo?

Pensaba que pod&#237;as encargarte t&#250; del hombre que nos lo dio. Francamente, es el tipo de material que buscan como locos. El nombre del tipo es Yuri. Es lo &#250;nico que necesitas saber. Hay mapas y la localizaci&#243;n del buz&#243;n secreto que ha estado usando. Hay un puente de ferrocarril cerca de una peque&#241;a ciudad llamada Mattersburg. En el puente hay un sendero y a unos dos tercios del camino la baranda est&#225; rota. La parte superior es metal fundido hueco. Todo lo que tienes que hacer es recoger tu informaci&#243;n all&#237; una vez al mes y dejar dinero e instrucciones.

&#191;C&#243;mo explico mi relaci&#243;n con &#233;l?

Hasta hace poco Yuri estaba destacado en Viena y t&#250; comprabas documentos de identidad para &#233;l. Pero ahora se ha vuelto m&#225;s ambicioso y t&#250; ya no tienes el dinero para comprar lo que &#233;l ofrece. As&#237; que puedes ofrec&#233;rselo a la Org. El CIC ya ha evaluado lo que vale. Ya hemos sacado todo lo que podemos conseguir de &#233;l, por lo menos a corto plazo. No nos perjudica en nada si le da lo mismo a la Org.

Belinsky volvi&#243; a encender la pipa y aspir&#243; con fuerza mientras esperaba mi reacci&#243;n.

En realidad -dijo-, no vale mucho. Una operaci&#243;n de este tipo apenas merece la palabra inteligencia; cr&#233;eme, muy pocas la merecen. Pero todo junto, una fuente como esta y un asesinato, aparentemente llevado a cabo con &#233;xito, te da muy buenas credenciales, t&#237;o.

Me perdonar&#225;s mi falta de entusiasmo -dije secamente-, es que estoy empezando a perder de vista qu&#233; estoy haciendo aqu&#237;.

Belinsky asinti&#243; vagamente.

Pensaba que quer&#237;as salvar a tu viejo camarada.

Puede que no hayas estado escuchando. Becker nunca ha sido amigo m&#237;o. Pero creo que es inocente del asesinato de Linden. Y lo mismo pensaba Traudl. Mientras ella estaba viva me parec&#237;a que este caso val&#237;a la pena, parec&#237;a que ten&#237;a sentido tratar de demostrar que Becker era inocente. Ahora ya no estoy tan seguro.

Venga ya, Gunther -dijo Belinsky-, la vida de Becker sin su chica sigue siendo mejor que no tener ninguna vida. &#191;De verdad crees que Traudl habr&#237;a querido que tiraras la toalla?

Quiz&#225;, si hubiera sabido la clase de mierda en la que &#233;l andaba metido, la clase de gente con la que trataba.

T&#250; sabes que eso no es verdad. Becker no es ning&#250;n santo, de eso no hay duda, pero, por lo que me has contado de ella, apostar&#237;a a que lo sab&#237;a. Ya no queda mucha inocencia, no en Viena.

Suspir&#233; y me frot&#233; la nuca, cansado.

Puede que tengas raz&#243;n -admit&#237;-. Puede que sea solo yo. Estoy acostumbrado a que las cosas est&#233;n un poco mejor definidas que en este caso. Antes llegaba un cliente, me pagaba mis honorarios y yo hac&#237;a mi trabajo comomejor me parec&#237;a. A veces incluso resolv&#237;a el caso. Y es una sensaci&#243;n muy buena, &#191;sabes? Pero ahora es como si hubiera demasiada gente a mi alrededor dici&#233;ndome c&#243;mo tengo que trabajar, como si hubiera perdido mi independencia. He dejado de sentirme un investigador privado.

Belinsky mene&#243; la cabeza como alguien que ha agotado algo. Probablemente las explicaciones. De todos modos, hizo un intento.

Vamos, seguro que has trabajado en secreto antes de ahora.

Claro -dije-, solo que con una mayor sensaci&#243;n de que ten&#237;a un prop&#243;sito. Por lo menos, ten&#237;a alguna idea de c&#243;mo eran los criminales. Sab&#237;a qu&#233; estaba bien. Pero ahora ya no hay nada tan bien definido y est&#225; empezando a afectarme.

Nada es igual, boche. La guerra lo ha cambiado todo para todo el mundo, incluidos los investigadores privados. Pero si quieres ver c&#243;mo son los criminales, yo puedo ense&#241;arte cientos de fotos, miles quiz&#225;. Criminales de guerra, todos ellos.

&#191;Fotograf&#237;as de boches? Escucha Belinsky, eres estadounidense y jud&#237;o. Para ti resulta mucho m&#225;s f&#225;cil ver lo que est&#225; bien aqu&#237;. Pero yo yo soy alem&#225;n y durante un breve y repugnante tiempo incluso estuve en las SS. Si me tropezara con uno de tus criminales de guerra, lo m&#225;s probable es que me estrechara la mano y me llamara viejo camarada.

Para eso no tuvo respuesta.

Saqu&#233; otro cigarrillo y lo fum&#233; en silencio. Cuando lo acab&#233;, mov&#237; la cabeza apenado.

Quiz&#225; sea Viena, quiz&#225; sea estar lejos de casa tanto tiempo. Mi mujer me ha escrito. Las cosas no nos iban demasiado bien cuando me fui de Berl&#237;n. Francamente, solo ten&#237;a ganas de salir corriendo de all&#237;, as&#237; que acept&#233; este caso sabiendo que era un error. Pero ella dice que conf&#237;a en que podamos volver a empezar y, &#191;sabes qu&#233;?, me muero de ganas de volver con ella e intentarlo de nuevo. Quiz&#225; -negu&#233; con la cabeza- quiz&#225; necesito una copa.

Belinsky sonri&#243; con entusiasmo.

As&#237; se habla, boche -dijo-. Una cosa he aprendido en este oficio: si tienes dudas, ah&#243;galas en alcohol.



27

Era tarde cuando volvimos del Melodies, un club nocturno en el Bezirk 1. Belinsky aparc&#243; frente a mi pensi&#243;n, y cuando yo bajaba del coche una mujer sali&#243; r&#225;pidamente de entre las sombras de un portal cercano. Era Veronika Zartl. Le sonre&#237; apenas, ya que hab&#237;a bebido demasiado para querer compa&#241;&#237;a.

Gracias a Dios que has venido -dijo-. Llevo horas esperando.

Luego se sobresalt&#243; al o&#237;r el comentario obsceno de Belinsky desde dentro del coche.

&#191;Qu&#233; pasa? -le pregunt&#233;.

Necesito que me ayudes. Hay un hombre en mi habitaci&#243;n.

Pues vaya novedad.

Veronika se mordi&#243; el labio.

Est&#225; muerto, Bernie. Tienes que ayudarme.

No s&#233; qu&#233; puedo hacer yo -dije dubitativo, deseando que nos hubi&#233;ramos quedado un poco m&#225;s en el Melodies y dici&#233;ndome para mis adentros que una chica no tendr&#237;a que fiarse de nadie en estos tiempos.

A ella le dije:

&#191;Sabes?, es trabajo de la polic&#237;a.

No puedo llamar a la polic&#237;a -gimi&#243; impaciente-. Eso significar&#237;a la brigada Antivicio, la polic&#237;a criminal austr&#237;aca, los funcionarios de la salud p&#250;blica y un interrogatorio. Probablemente perder&#237;a mi habitaci&#243;n, todo. &#191;Es que no lo comprendes?

Est&#225; bien, est&#225; bien &#191;Qu&#233; ha pasado?

Me parece que ha tenido un ataque al coraz&#243;n -dijo bajando la cabeza-. Siento molestarte, pero no puedo acudir a nadie m&#225;s.

Me maldije de nuevo y luego met&#237; la cabeza en el coche de Belinsky.

La se&#241;ora necesita nuestra ayuda -gru&#241;&#237; sin mucho entusiasmo.

Eso no es lo &#250;nico que necesita -dijo.

Pero puso en marcha el motor y a&#241;adi&#243;:

Venga, subid, vosotros dos.

Condujo hasta la Rotenturmstrasse y aparc&#243; frente al edificio bombardeado donde Veronika ten&#237;a su habitaci&#243;n. Cuando bajamos del coche, se&#241;al&#233; al otro lado de los guijarros oscurecidos de la Stephansplatz, a la catedral parcialmente reconstruida.

Mira a ver si encuentras una lona por all&#237; -le dije a Belinsky-. Yo subir&#233; a echar una mirada. Si encuentras algo que nos sirva, tr&#225;elo al segundo piso.

Estaba demasiado borracho para discutir. En lugar de ello, se dirigi&#243; obedientemente hacia el andamiaje de la catedral mientras yo daba media vuelta y segu&#237;a a Veronika escaleras arriba.

Un hombre grande, del color de la langosta y de unos cincuenta a&#241;os yac&#237;a muerto en la gran cama de roble. Es muy corriente vomitar en los casos de un fallo card&#237;aco de tipo congestivo. Y el v&#243;mito le cubr&#237;a la boca y la nariz como si fuera una grave quemadura solar. Puse los dedos en el pegajoso cuello del hombre.

&#191;Cu&#225;nto hace que est&#225; aqu&#237;?

Tres o cuatro horas.

Es una suerte que lo dejaras tapado -le dije-. Cierra la ventana. -Apart&#233; la ropa de la cama del cuerpo y empec&#233; a levantar la parte superior del torso-. &#201;chame una mano -orden&#233;.

&#191;Qu&#233; est&#225;s haciendo?

Me ayud&#243; a doblar el torso por encima de las piernas como si trat&#225;ramos de cerrar una maleta excesivamente llena.

Mantengo en forma a este cabr&#243;n -le dije-. Un poco de quiropr&#225;ctica deber&#237;a retrasar la rigidez para que nos resulte m&#225;s f&#225;cil meterlo y sacarlo del coche. -Apret&#233; con fuerza en la nuca y luego, resoplando debido al esfuerzo, lo empuj&#233; para recostarlo de nuevo en las almohadas sembradas de v&#243;mito-. Este tipo ha estado consiguiendo cupones extra para comida -dije tomando aire-. Debe de pesar m&#225;s de cien kilos. Es una suerte que tengamos a Belinsky para ayudarnos.

&#191;Belinsky es polic&#237;a? -pregunt&#243;.

M&#225;s o menos -dije-, pero no te preocupes, no es el tipo de poli que se interesa mucho por las cifras del crimen. Belinsky tiene cosas m&#225;s importantes que hacer. Caza criminales de guerra nazis.

Empec&#233; a doblarle los brazos y las piernas al muerto.

&#191;Qu&#233; vas a hacer con &#233;l? -pregunt&#243; como si sintiera n&#225;useas.

Tirarlo a las v&#237;as del tren. Desnudo como est&#225;, parecer&#225; que los ivanes le dieron una peque&#241;a fiesta y luego lo tiraron de un tren. Con un poco de suerte, el expreso le pasar&#225; por encima y le proporcionar&#225; un buen disfraz.

Por favor, no -dijo con voz d&#233;bil-. Se port&#243; muy bien conmigo.

Cuando acab&#233; con el cuerpo me puse en pie y me enderec&#233; la corbata.

Es un trabajo duro cuando solo has cenado vodka. Pero &#191;d&#243;nde co&#241;o est&#225; Belinsky?

Al ver la ropa del hombre pulcramente colocada en el respaldo de una silla en el comedor, al lado de los grasientos visillos, pregunt&#233;:

&#191;Has mirado qu&#233; hay en los bolsillos?

No, claro que no.

S&#237; que eres nueva en este juego, &#191;eh?

No comprendes nada. Era amigo m&#237;o.

Evidentemente -dijo Belinsky al entrar. Llevaba un trozo de tela blanca-. Me temo que esto es todo lo que he podido encontrar.

&#191;Qu&#233; es?

Un mantel de altar, me parece. Lo encontr&#233; en un armario dentro de la catedral. No parec&#237;a que lo estuvieran usando.

Le dije a Veronika que ayudara a Belinsky a envolver a su amigo en la tela mientras yo registraba los bolsillos.

Se le da muy bien -le dijo Belinsky-. Una vez me registr&#243; los bolsillos cuando yo todav&#237;a respiraba. Dime, cari&#241;o, &#191;t&#250; y tu gordo amigo lo estabais haciendo cuando lo alcanz&#243; la guada&#241;a?

D&#233;jala en paz, Belinsky.

Benditos son los muertos que mueren en Dios -dijo con su risita cloqueante-, pero yo, yo conf&#237;o morir en una mujer divina.

Abr&#237; la billetera del muerto y dej&#233; caer un mont&#243;n de billetes de d&#243;lar y schillings encima del tocador.

&#191;Qu&#233; est&#225;s buscando? -pregunt&#243; Veronika.

Si voy a hacer desaparecer el cuerpo de alguien, al menos quiero saber algo m&#225;s de &#233;l que el color de su ropa interior.

Se llamaba Karl Heim -dijo en voz baja.

Encontr&#233; su tarjeta profesional.

Doctor Karl Heim -dije-. Dentista, &#191;eh? &#191;Era &#233;l el que te consegu&#237;a la penicilina?

S&#237;.

Un hombre al que le gustaba tomar precauciones, &#191;verdad? -murmur&#243; Belinsky-. A juzgar por el aspecto de esta habitaci&#243;n, comprendo por qu&#233;. -Se&#241;al&#243; con un gesto el dinero del tocador-. Ser&#225; mejor que te quedes con ese dinero, preciosa. Consigue un nuevo decorador.

Hab&#237;a otra tarjeta profesional en la cartera de Heim.

Belinsky -dije-. &#191;Has o&#237;do hablar de un tal mayor Jesse P. Breen, de algo llamado Proyecto de Investigaci&#243;n de Antecedentes de las Personas Desplazadas?

Claro que s&#237; -dijo, viniendo hasta donde yo estaba y cogi&#233;ndome la tarjeta de las manos-. Es una secci&#243;n especial del 430. Breen es el oficial de enlace local del CIC con la Org. Si alguno de los hombres de la Org se mete en problemas con la polic&#237;a militar de Estados Unidos, se supone que Breen los ayudar&#225; a arreglarlo. Bueno, a menos que sea algo muy grave, como el asesinato. Y no me extra&#241;ar&#237;a que tambi&#233;n fuera capaz de arreglar eso, siempre quela v&#237;ctima no fuera ni un norteamericano ni un ingl&#233;s. Parece que nuestro gordo amigo podr&#237;a ser uno de tus viejos camaradas, Bernie.

Mientras Belinsky hablaba, registr&#233; r&#225;pidamente los bolsillos de los pantalones de Heim y encontr&#233; unas llaves.

En ese caso, ser&#237;a una buena idea que t&#250; y yo ech&#225;ramos una ojeada a la consulta del buen doctor -dije-. Me da en la nariz que quiz&#225; encontremos algo interesante all&#237;.

Tiramos el cuerpo desnudo de Heim en un tramo tranquilo de las v&#237;as del tren cerca de la Ostbahnhof, en el sector ruso de la ciudad. Yo quer&#237;a marcharme lo m&#225;s r&#225;pidamente posible, pero Belinsky insisti&#243; en quedarse en el coche y esperar hasta ver c&#243;mo el tren acababa nuestro trabajo. Al cabo de unos quince minutos, un mercanc&#237;as con destino a Budapest y Oriente lleg&#243; traqueteando y el cad&#225;ver de Heim se perdi&#243; bajo sus muchos cientos de pares de ruedas.

Porque toda la carne es hierba -recit&#243; Belinsky-, y toda su importancia es como la flor de los campos: la hierba se mustiar&#225; y la flor se marchitar&#225;.

Corta ya, &#191;quieres? -dije-. Me pones nervioso.

Pero las almas de los justos est&#225;n en manos de Dios y ning&#250;n tormento las tocar&#225;. Como t&#250; digas, boche.

V&#225;monos -dije-, largu&#233;monos de aqu&#237;.

Fuimos hacia el norte hasta W&#228;hring, en el Bezirk 18, y una elegante casa de tres plantas en la T&#252;rkenschanzplatz, al lado de un parque de buen tama&#241;o dividido por una peque&#241;a l&#237;nea de ferrocarril.

Podr&#237;amos haber tirado a nuestro pasajero aqu&#237; -dijo Belinsky-, a su propia puerta. Y nos hubi&#233;ramos ahorrado el viaje al sector ruso.

Este es el sector estadounidense -le record&#233;-. La &#250;nica manera de que te echen de un tren aqu&#237; es que viajes sin billete; incluso entonces esperan a que el tren pare.

As&#237; es como hace las cosas el T&#237;o Sam, ya sabes. No, tienes raz&#243;n, Bernie. Le ir&#225; mejor con los ivanes. No ser&#237;a la primera vez que tiran a uno de los nuestros de un tren. Lo que no me gustar&#237;a nada es trabajar de guardav&#237;as all&#237;; corres un terrible peligro.

Dejamos el coche y anduvimos hacia la casa.

No se ve&#237;an se&#241;ales de que hubiera nadie dentro. Por encima de la amplia y dentada sonrisa de una corta valla demadera, las oscuras ventanas de la casa estucada de blanco nos devolv&#237;an la mirada como si fueran las cuencas vac&#237;as de una enorme calavera. Una placa de bronce deslustrada en el pilar de la verja que, con la t&#237;pica exageraci&#243;n vienesa, exhib&#237;a el nombre del doctor Karl Heim, especialista en ortodoncia, por no hablar de la mayor&#237;a de letras del alfabeto que lo segu&#237;an, indicaba dos entradas diferentes, una a la residencia de Heim y la otra a su consulta.

T&#250; miras en la casa -dije abriendo la puerta frontal con las llaves-. Yo ir&#233; a la parte de atr&#225;s y registrar&#233; la consulta.

Como quieras -dijo Belinsky sacando una linterna del bolsillo del abrigo.

Al ver que mis ojos se quedaban pegados a la linterna, a&#241;adi&#243;:

&#191;Qu&#233; te pasa? &#191;Es que te da miedo la oscuridad? -Se ech&#243; a re&#237;r-. Vale, c&#243;gela. Yo puedo ver en la oscuridad; en mi trabajo tienes que hacerlo.

Me encog&#237; de hombros y le alivi&#233; del peso de la linterna. Entonces meti&#243; la mano en el bolsillo y sac&#243; su pistola.

Adem&#225;s -dijo colocando el silenciador-, me gusta tener una mano libre para abrir las puertas.

Vigila contra quien disparas -dije y me alej&#233;.

Al otro lado de la casa, abr&#237; la puerta de la consulta y, despu&#233;s de cerrarla sin hacer ruido, encend&#237; la linterna. Mantuve la luz enfocada hacia el suelo y lejos de las ventanas por si acaso un vecino entrometido estuviera vigilando.

Me encontr&#233; en una peque&#241;a sala de espera, donde hab&#237;a una serie de plantas en macetas y un terrario con tortugas de agua; por lo menos y para variar, no eran peces de colores, me dije, y consciente de que su due&#241;o estaba muerto, espolvore&#233; en la superficie del agua un poco de la apestosa comida que tomaban.

Era mi segunda buena acci&#243;n del d&#237;a. La caridad empezaba a convertirse en una costumbre.

En el mostrador de recepci&#243;n, abr&#237; la agenda de la consulta e ilumin&#233; las p&#225;ginas con la linterna. No parec&#237;a que Heim tuviera muchos clientes que dejar en herencia a sus competidores, suponiendo que tuviera alguno. En aquellos d&#237;as, no hab&#237;a mucho dinero sobrante para dedicar al cuidado dental y no ten&#237;a ninguna duda de que Heim se ganar&#237;amejor la vida vendiendo medicamentos en el mercado negro. Volviendo las p&#225;ginas hacia atr&#225;s me encontr&#233; con dos nombres conocidos: Max Abs y Helmut K&#246;nig. Ambos estaban apuntados para extracciones completas a pocos d&#237;as de distancia uno de otro. Hab&#237;a muchos otros nombres anotados para hacer extracciones completas, pero no reconoc&#237;a ninguno.

Fui hasta los archivos, pero los encontr&#233; vac&#237;os en su mayor&#237;a, con la excepci&#243;n de uno que solo conten&#237;a detalles de pacientes anteriores a 1940. El archivo no ten&#237;a aspecto de haberse abierto desde entonces, lo cual me pareci&#243; raro, ya que los dentistas tienden a ser muy meticulosos con esas cosas y, en realidad, el Heim de antes de 1940 hab&#237;a sido muy cuidadoso con los historiales de sus pacientes, anotando los dientes residuales, los empastes y las dentaduras postizas en cada uno de ellos. &#191;Se habr&#237;a vuelto descuidado o ser&#237;a que un volumen inadecuado de trabajo hac&#237;a que no valiera la pena mantener esos historiales tan precisos? &#191;Y por qu&#233; habr&#237;a tantas extracciones &#250;ltimamente? No se pod&#237;a negar que la guerra hab&#237;a dejado a un gran n&#250;mero de hombres, yo entre ellos, con los dientes en mal estado. En mi caso, era un legado del hambre pasado durante mi a&#241;o como prisionero sovi&#233;tico. Pero, sin embargo, me las hab&#237;a arreglado para conservarlos todos. Y hab&#237;a otros muchos como yo. Entonces, &#191;qu&#233; necesidad habr&#237;a de que a K&#246;nig, que seg&#250;n sus palabras antes ten&#237;a tan buenos dientes, tuvieran que sac&#225;rselos todos? Aunque nada de esto era suficiente para que Conan Doyle escribiera un buen relato, sin ninguna duda a m&#237; me dej&#243; intrigado.

El consultorio se parec&#237;a mucho a cualquier otro donde yo hubiera estado. Puede que estuviera un poco m&#225;s sucio, pero tambi&#233;n es verdad que nada estaba tan limpio como antes de la guerra. Al lado de la silla de cuero negro hab&#237;a una gran bombona de gas anest&#233;sico. Gir&#233; la llave en el cuello de la botella, y al o&#237;r un ruido sibilante la volv&#237; a cerrar. Todo parec&#237;a estar en buen estado de funcionamiento.

Al otro lado de una puerta cerrada con llave hab&#237;a un peque&#241;o almac&#233;n, y fue all&#237; donde me encontr&#243; Belinsky.

&#191;Has encontrado algo? -me pregunt&#243;.

Le habl&#233; de la inexistencia de historiales.

Tienes raz&#243;n -respondi&#243; Belinsky, y su voz sonaba como si estuviera sonriendo-, eso no parece alem&#225;n en absoluto.

Ilumin&#233; los estantes con la linterna.

Mira, &#191;qu&#233; tenemos aqu&#237;?

Alarg&#243; el brazo y toc&#243; un bid&#243;n de acero con la f&#243;rmula qu&#237;mica H2S04 pintada en amarillo en un lateral.

Yo que t&#250; no lo har&#237;a -dije-. Eso no procede del juego de qu&#237;mica de un escolar. A menos que me equivoque mucho, es &#225;cido sulf&#250;rico. -Enfoqu&#233; la luz de la linterna hacia arriba por el lateral del bid&#243;n donde tambi&#233;n aparec&#237;an pintadas las palabras m&#225;xima precauci&#243;n-. Hay suficiente para convertirte en un par de litros de grasa animal.

Espero que kosher -dijo Belinsky-. &#191;Para qu&#233; querr&#225; un dentista un bid&#243;n lleno de &#225;cido sulf&#250;rico?

Por lo que yo s&#233;, debe de meter su dentadura postiza dentro por la noche.

En un estante al lado del bid&#243;n, apiladas una encima de la otra, hab&#237;a varias bandejas de acero en forma de ri&#241;&#243;n. Cog&#237; una de ellas y la puse bajo la luz de la linterna. Los dos contemplamos fijamente lo que parec&#237;a un pu&#241;ado de pastillas de menta con una forma extra&#241;a, todas pegadas juntas como si un ni&#241;o maleducado las hubiera chupado un rato y luego las hubiera guardado para despu&#233;s. Pero tambi&#233;n hab&#237;a sangre seca en algunas de ellas.

Belinsky arrug&#243; la nariz con un gesto de asco.

&#191;Qu&#233; co&#241;o es esto?

Dientes. -Le pas&#233; la linterna y saqu&#233; uno de los objetos blancos y puntiagudos para ponerlo bajo la luz-. Dientes extra&#237;dos, y no s&#243;lo uno sino varias dentaduras completas.

Odio a los dentistas -dijo Belinsky entre dientes. Rebusc&#243; en su chaleco y sac&#243; uno de sus mondadientes para mordisquearlo.

Dir&#237;a que esto acaba normalmente en un bid&#243;n de &#225;cido.

&#191;Y? -Pero Belinsky se hab&#237;a dado cuenta de mi inter&#233;s.

&#191;Qu&#233; clase de dentista no hace m&#225;s que extracciones completas? -pregunt&#233;-. En la agenda solo aparecen citas para extracciones completas. -Hice girar el diente entre los dedos-. &#191;Dir&#237;as que hay alg&#250;n problema en este molar? Ni siquiera tiene un empaste.

Puede que Heim hiciera alg&#250;n tipo de trabajo a destajo. O puede que le gustara extraer dientes.

M&#225;s de lo que le gustaba tener al d&#237;a los historiales de sus pacientes. No hay ninguna ficha de ninguno de suspacientes recientes.

Belinsky cogi&#243; otra de las bandejas en forma de ri&#241;&#243;n y estudi&#243; su contenido.

Otra dentadura completa -inform&#243;. Pero algo rod&#243; en la bandeja siguiente. Parec&#237;an cojinetes de bolas diminutos-. Vaya, &#191;qu&#233; tenemos aqu&#237;? -Cogi&#243; uno y lo contempl&#243;, fascinado-. O mucho me equivoco, o cada uno de estos peque&#241;os inventos contiene una dosis de cianuro pot&#225;sico.

P&#237;ldoras letales.

Exacto. Eran muy populares entre algunos de tus viejos camaradas, boche. Especialmente entre el Estado Mayor de las SS y los dirigentes del partido que quiz&#225; tuvieran las agallas de preferir suicidarse antes que caer en manos de los ivanes. Creo que, al principio, fueron creadas para los agentes secretos alemanes, pero Arthur Nebe y las SS decidieron que los altos mandamases las necesitaban m&#225;s. Un tipo le ped&#237;a a su dentista que le hiciera un diente falso o utilizaba una cavidad ya existente, y luego met&#237;a esta peque&#241;a p&#237;ldora dentro. Limpio y c&#243;modo, no te creer&#237;as hasta qu&#233; punto. Cuando lo capturaban, puede que llevara un cartucho de cianuro en el bolsillo como se&#241;uelo, lo cual hac&#237;a que nuestra gente no se preocupara por examinarle los dientes. Y luego, cuando el tipo decid&#237;a que hab&#237;a llegado el momento, hac&#237;a saltar el diente falso, extra&#237;a la c&#225;psula con la lengua y la mord&#237;a hasta que se romp&#237;a. La muerte era casi instant&#225;nea. As&#237; se mat&#243; Himmler.

Y tambi&#233;n Goering, seg&#250;n me han dicho.

No -dijo Belinsky-, &#233;l utiliz&#243; uno de los cartuchos se&#241;uelo. Un oficial estadounidense se lo devolvi&#243; a escondidas mientras estaba en la c&#225;rcel. &#191;Qu&#233; te parece eso, eh? Uno de los nuestros abland&#225;ndose ante aquel gordo hijo de puta.

Solt&#243; la c&#225;psula de nuevo en la bandeja y me la devolvi&#243;. Me dej&#233; caer unas cuantas bolitas en la mano para verlas m&#225;s de cerca. Parec&#237;a casi incre&#237;ble que unas cosas tan peque&#241;as pudieran ser tan mortales. Cuatro perlas diminutas como semillas para la muerte de cuatro hombres. No creo que yo hubiera podido llevar una de ellas en la boca, tanto si era con un diente falso como si no, y seguir disfrutando de la comida.

&#191;Sabes qu&#233; pienso, boche? Creo que hemos tropezado con un mont&#243;n de nazis desdentados sueltos por Viena.Le segu&#237; de vuelta a la consulta-. Supongo que est&#225;s familiarizado con las t&#233;cnicas dentales para la identificaci&#243;n de los muertos.

Tan familiarizado como cualquier poli -dije.

Fue jodidamente &#250;til despu&#233;s de la guerra -dijo-. Era la mejor manera de establecer la identidad de un cad&#225;ver. Como es natural, hab&#237;a muchos nazis muy interesados en hacernos creer que estaban muertos. Y se tomaron un mont&#243;n de molestias para tratar de convencernos de ello. Cuerpos medio calcinados con documentos falsos, ya sabes, ese tipo de cosas. Bueno, por supuesto, lo primero que hac&#237;amos era que un dentista echara una ojeada a los dientes del muerto. Incluso sin tener el historial dental, al menos se puede determinar la edad a partir de los dientes: periodontitis, hundimiento de las enc&#237;as, etc&#233;tera; puedes decir con seguridad que un cad&#225;ver no es quien se supone que es.

Belinsky se detuvo y ech&#243; una mirada alrededor.

&#191;Has acabado de mirar todo esto?

Le dije que s&#237; y le pregunt&#233; si hab&#237;a encontrado algo en la casa. Mene&#243; la cabeza y dijo que no. Entonces le dije que lo mejor era que nos larg&#225;ramos de all&#237;.

Continu&#243; con sus explicaciones cuando estuvimos dentro del coche.

Toma el caso de Heinrich M&#252;ller, el jefe de la Gestapo, por ejemplo. La &#250;ltima vez que lo vieron vivo fue en el b&#250;nker de Hitler, en abril de 1945. Se supone que result&#243; muerto en la batalla de Berl&#237;n en mayo de 1945. Pero cuando se exhum&#243; el cad&#225;ver, despu&#233;s de la guerra, un experto dental especializado en cirug&#237;a de la mand&#237;bula en un hospital del sector brit&#225;nico de Berl&#237;n no pudo identificar los dientes del cad&#225;ver como los pertenecientes a un var&#243;n de cuarenta y cuatro a&#241;os. En su opini&#243;n, aquel cuerpo era m&#225;s probablemente el de un hombre de no m&#225;s de veinticinco.

Belinsky le dio al contacto, aceler&#243; unos segundos y luego embrag&#243;.

Inclinado sobre el volante, conduc&#237;a mal para ser estadounidense, haciendo dobles embragues, fallando al meter las marchas y moviendo demasiado el volante. Para m&#237;, estaba claro que la conducci&#243;n exig&#237;a toda su atenci&#243;n, pero continu&#243; con su explicaci&#243;n, tranquilamente, incluso despu&#233;s de que casi mat&#225;ramos a un motociclista.

Cuando encontramos a alguno de esos bastardos, tienen documentos falsos, se peinan de modo diferente, llevan bigote, barba, gafas, lo que quieras. Pero los dientes son como un tatuaje, o a veces como una huella dactilar. As&#237; que si algunos de ellos han hecho que les extrajeran todos los dientes, eso elimina otro posible medio de identificarlos. A fin de cuentas, un tipo que puede dispararse un cartucho debajo del brazo para eliminar un n&#250;mero de las SS, probablemente no tendr&#237;a muchos reparos en llevar dentadura postiza, &#191;verdad?

Pens&#233; en la cicatriz que yo mismo ten&#237;a debajo del brazo y pens&#233; que probablemente ten&#237;a raz&#243;n. Para ocultarme de los rusos, no me cab&#237;a ninguna duda de que habr&#237;a recurrido a sacarme los dientes, siempre que hubiera tenido la oportunidad de hacerlo sin dolor, como Max Abs y Helmut K&#246;nig.

No, supongo que no.

Puedes apostar la vida a que no. Por eso he robado la agenda de Heim. -Palme&#243; la parte delantera de la chaqueta, donde supuse que la ten&#237;a guardada-. Podr&#237;a ser interesante descubrir qui&#233;nes eran realmente esos hombres con los dientes en mal estado. Tu amigo K&#246;nig, por ejemplo. Y tambi&#233;n Max Abs. Quiero decir: &#191;por qu&#233; sentir&#237;a un ch&#243;fer sin importancia de las SS la necesidad de ocultar lo que ten&#237;a en la boca? A menos que no fuera un cabo de las SS en absoluto. -Belinsky se ri&#243; entusiasmado al pensarlo-. Por eso tengo que ver en la oscuridad. Algunos de tus viejos camaradas saben muy bien c&#243;mo barajar las cartas. &#191;Sabes?, no me extra&#241;ar&#237;a que sigui&#233;ramos persiguiendo a algunos de esos cabrones nazis cuando sus hijos tengan que darles la comida porque ellos no pueden ni comer solos.

En cualquier caso -a&#241;ad&#237;-, cuanto m&#225;s tardes en atraparlos, m&#225;s dif&#237;cil ser&#225; conseguir una identificaci&#243;n positiva.

No te preocupes -rugi&#243; vengativo-. No nos faltar&#225;n testigos dispuestos a dar un paso adelante y declarar contra esos mierdas. &#191;O es que crees que tipos como M&#252;ller y Globocnik tendr&#237;an que salirse con la suya?

&#191;Qui&#233;n es Globocnik, cu&#225;ndo lo han invitado?

Odilo Globocnik. Dirigi&#243; la Operaci&#243;n Reinhard, construyendo la mayor&#237;a de los grandes campos de concentraci&#243;n de Polonia. Es otro que se supone que se suicid&#243; en el 45. As&#237; que, venga, dime, &#191;qu&#233; crees? Ahora mismo, hay un juicio en Nuremberg. Otto Ohlendorf, comandante de uno de esos grupos especiales de las SS. &#191;Crees que tendr&#237;an que colgarlo por sus cr&#237;menes de guerra?

&#191;Cr&#237;menes de guerra? -repet&#237; cansinamente-. Mira, Belinsky, yo trabaj&#233; para la Oficina de Cr&#237;menes de Guerra de la Wehrmacht durante tres a&#241;os. As&#237; que me parece que no puedes darme clases sobre ninguna mierda de crimen de guerra.

Solo me interesa saber cu&#225;l es tu posici&#243;n, boche. Adem&#225;s, exactamente, &#191;qu&#233; cr&#237;menes de guerra investigabais vosotros los tudescos?

Atrocidades, por ambas partes. &#191;Has o&#237;do hablar del bosque de Katyn?

Claro. &#191;Investigasteis eso?

Yo formaba parte del equipo.

No me digas. -Parec&#237;a verdaderamente sorprendido. Le pasaba a la mayor&#237;a de la gente.

Francamente, creo que la idea de acusar a los combatientes de cr&#237;menes de guerra es absurdo. Los asesinos de mujeres y ni&#241;os deben ser castigados, esos s&#237;. Pero no fueron s&#243;lo jud&#237;os y polacos los que murieron a manos de gente como M&#252;ller y Globocnik. Tambi&#233;n mataron alemanes. Quiz&#225; si nos hubierais dado la m&#225;s m&#237;nima oportunidad, nosotros mismos los habr&#237;amos llevado ante la justicia.

Belinsky dej&#243; la W&#228;hringer Strasse y se dirigi&#243; hacia el sur, pasando frente al gran edificio del Hospital General y entrando en la Alser Strasse, donde, recordando lo mismo que yo, redujo la velocidad del coche a niveles m&#225;s mesurados. Me di cuenta de que hab&#237;a estado a punto de rebatir mis palabras, pero ahora se qued&#243; callado, casi como si se sintiera obligado a evitar ofenderme. Deteni&#233;ndose frente a mi pensi&#243;n, dijo:

&#191;Traudl ten&#237;a familia?

No, que yo sepa. Solo Becker. -Sin embargo, no estaba seguro. Aquella fotograf&#237;a suya con el coronel Poroshin todav&#237;a me obsesionaba.

Bueno, entonces no hay problema. No voy a perder ni un minuto de sue&#241;o preocup&#225;ndome por su dolor.

Es mi cliente, por si lo has olvidado. Al ayudarte a ti, se supone que estoy trabajando para demostrar que &#233;l es inocente.

&#191;Est&#225;s convencido de eso?

S&#237;.

Pero, sin duda, debes de saber que est&#225; en la lista del Crowcass.

Eres muy listo -dije como un tonto- al dejarme hacer todo el recorrido de esta manera, solo para decirme eso.Sup&#243;n que tengo suerte y gano la carrera, &#191;me dejar&#225;n recoger el premio?

Tu amigo es un asesino nazi, Bernie. Mandaba un escuadr&#243;n de la muerte en Ucrania, asesin&#243; a hombres, mujeres y ni&#241;os. Dir&#237;a que merece que lo cuelguen, tanto si mat&#243; a Linden como si no lo hizo.

Eres muy listo, Belinsky -repet&#237; con amargura, y empec&#233; a bajar del coche.

Pero, para m&#237;, es gente de poca monta. Yo voy detr&#225;s de peces m&#225;s grandes que Emil Becker. T&#250; puedes ayudarme, puedes tratar de reparar parte del da&#241;o que ha hecho tu pa&#237;s. Un gesto simb&#243;lico, si quieres. Qui&#233;n sabe si suficientes alemanes hicieran lo mismo, quiz&#225; se podr&#237;a saldar la cuenta.

&#191;De qu&#233; hablas? -dije desde la calle-. &#191;A qu&#233; cuenta te refieres?

Me apoy&#233; en la puerta del coche y me inclin&#233; hacia adelante para ver c&#243;mo Belinsky se sacaba la pipa de la boca.

La cuenta de Dios -dijo en voz baja.

Me ech&#233; a re&#237;r y mov&#237; la cabeza en un gesto de incredulidad.

&#191;Qu&#233; pasa? &#191;Es que no crees en Dios?

Lo que no creo es que podamos hacer tratos con &#201;l. T&#250; hablas de Dios como si vendiera coches de segunda mano. Te he juzgado mal. Eres mucho m&#225;s norteamericano de lo que pensaba.

Ah&#237; es donde te equivocas. A Dios le gusta hacer tratos. Mira el pacto que hizo con Abraham, y con No&#233;. Dios es un mercader, Bernie. Solo un alem&#225;n podr&#237;a pensar que un trato es una orden directa.

Ve al grano, &#191;quieres? Porque hay grano, &#191;no?

Su forma de actuar parec&#237;a indicarlo as&#237;.

Voy a ser franco contigo

Oh, cre&#237;a que ya lo hab&#237;as sido hace un rato.

Todo lo que te he dicho es verdad.

Solo que a&#250;n queda algo m&#225;s, &#191;no?

Belinsky asinti&#243; y encendi&#243; la pipa. Sent&#237; ganas de arranc&#225;rsela de la boca de un manotazo. En vez de hacerlo, volv&#237; a entrar en el coche y cerr&#233; la puerta.

Con tu inclinaci&#243;n a decir las verdades que te convienen, tendr&#237;as que conseguir trabajo en una agencia de publicidad. Oig&#225;moslo.

Pero no te pongas como una furia hasta que haya acabado, &#191;vale?

Asent&#237; secamente.

Bien. Para empezar, nosotros, el Crowcass, creemos que Becker es inocente del asesinato de Linden. Ver&#225;s, la pistola con que lo mataron fue utilizada para matar a alguien en Berl&#237;n hace casi tres a&#241;os. Los de bal&#237;stica compararon aquella bala con la que mat&#243; a Linden y las dos fueron disparadas con la misma arma. Para el momento de la primera muerte, Becker ten&#237;a una coartada bastante buena: estaba prisionero en un campo ruso. Claro que podr&#237;a haber comprado la pistola despu&#233;s, pero todav&#237;a no he llegado a la parte interesante, la parte que me hace desear que Becker sea inocente.

La pistola era una Walther P38, especial para las SS. Examinamos los n&#250;meros de serie del archivo del Centro de Documentaci&#243;n de Estados Unidos y descubrimos que la misma pistola pertenec&#237;a a una serie entregada a los oficiales de alto rango de la Gestapo. Esta arma en concreto se la dieron a Heinrich M&#252;ller. Era una posibilidad muy remota, pero comparamos la bala que mat&#243; a Linden con la que mat&#243; al hombre que desenterramos y que se supon&#237;a que era Heinrich M&#252;ller y &#191;qu&#233; te parece? Dimos en el blanco. El que mat&#243; a Linden quiz&#225; fuera tambi&#233;n responsable de meter a un falso Heinrich M&#252;ller en la tumba. &#191;No lo ves, Bernie? Es la mejor pista que hemos tenido de que el M&#252;ller de la Gestapo todav&#237;a vive. Significa que hace solo unos meses puede que estuviera aqu&#237; en Viena, trabajando para la Org, de la cual t&#250; eres ahora miembro. Puede que incluso siga aqu&#237;.

 &#191;Sabes lo importante que es eso? Pi&#233;nsalo, por favor. M&#252;ller fue el art&#237;fice del terror nazi. Durante diez a&#241;os control&#243; la polic&#237;a secreta m&#225;s brutal que el mundo haya conocido. Ese hombre ten&#237;a tanto poder como el mismo Himmler. &#191;Tienes idea de la cantidad de gente que habr&#225; torturado, de cu&#225;ntas muertes habr&#225; ordenado, de cu&#225;ntos jud&#237;os, polacos, incluso alemanes habr&#225; matado? Bernie, esta es tu oportunidad de ayudar a vengar a todos esos alemanes muertos, de que se haga justicia.

Solt&#233; una carcajada desde&#241;osa.

&#191;Es as&#237; como lo llamas cuando dejas que cuelguen a alguien por algo que no ha hecho? Corr&#237;geme si me equivoco, Belinsky, pero &#191;no es eso parte de tu plan, dejar que ahorquen a Becker?

Naturalmente, espero que no sea necesario llegar a eso, pero s&#237; lo es, entonces que as&#237; sea. Mientras la polic&#237;amilitar tenga a Becker, M&#252;ller no se asustar&#225;. Y si eso implica colgar a Becker, de acuerdo. Sabiendo lo que s&#233; de Emil Becker, no perder&#233; el sue&#241;o. -Belinsky estudi&#243; mi cara atentamente en busca de alguna se&#241;al de aprobaci&#243;n-. Vamos, eres un poli. T&#250; sabes c&#243;mo funcionan las cosas. No me digas que nunca has tenido que trincar a alguien por una cosa porque no pod&#237;as probar otra. Al final todas las cuentas acaban cuadrando.

Claro que lo he hecho, pero no cuando se trataba de la vida de alguien. Nunca he jugado con la vida de nadie.

Siempre que nos ayudes a encontrar a M&#252;ller, estamos dispuestos a olvidarnos de Becker. -La pipa emiti&#243; una corta se&#241;al de humo, que parec&#237;a expresar una creciente impaciencia por parte de su due&#241;o-. Mira, lo que te estoy diciendo es que pongas a M&#252;ller en el banquillo en lugar de a Becker.

Y si encuentro a M&#252;ller, &#191;qu&#233;? No creo que deje que me acerque y le ponga las esposas. &#191;C&#243;mo se supone que voy a encerrarlo sin que me vuele la cabeza?

Eso puedes dej&#225;rmelo a m&#237;. Lo &#250;nico que tienes que hacer es descubrir exactamente d&#243;nde est&#225;. Me telefoneas y mi equipo del Crowcass har&#225; el resto.

&#191;C&#243;mo lo reconocer&#233;?

Belinsky tendi&#243; el brazo hacia el asiento trasero y cogi&#243; una cartera de piel barata. La abri&#243; y sac&#243; un sobre del cual sac&#243; una fotografia de tama&#241;o pasaporte.

Este es M&#252;ller -dijo-. Parece que habla con un fuerte acento de Munich, as&#237; que, incluso si ha cambiado radicalmente de aspecto, no tendr&#225;s ninguna dificultad en reconocer su voz.

Me observ&#243; mientras yo colocaba la foto para que le diera la luz del farol y la miraba fijamente durante un rato.

Tendr&#225; cuarenta y siete a&#241;os ahora. No es muy alto, y tiene unas grandes manos de campesino. Puede que siga llevando su anillo de casado.

La fotograf&#237;a no dec&#237;a mucho del hombre. No era una cara muy reveladora, pero, sin embargo, s&#237; que era extraordinaria. M&#252;ller ten&#237;a un cr&#225;neo cuadrado, una frente alta y unos labios finos y tensos. Pero eran los ojos lo que te atrapaba, incluso en una foto como aquella. Los ojos de M&#252;ller eran como los de un mu&#241;eco de nieve; dos trozos de carb&#243;n negro y helado.

Aqu&#237; tienes otra -dijo Belinsky-. Que se sepa, son las dos &#250;nicas fotos suyas que existen.

La segunda era una foto de grupo. Hab&#237;a cinco hombres sentados en torno a una mesa de roble como si hubieran estado cenando en un agradable restaurante. Reconoc&#237; a tres de ellos. A la cabecera de la mesa estaba Heinrich Himmler, jugueteando con su l&#225;piz y sonriendo a Arthur Nebe, que estaba a su derecha. Arthur Nebe, mi viejo camarada, como hubiera dicho Belinsky. A la izquierda de Himmler, y visiblemente pendiente de cada una de las palabras del Reichsf&#252;hrer SS, estaba Reinhard Heydrich, el jefe de la RSHA, asesinado por terroristas checos en 1942.

&#191;Cu&#225;ndo se tom&#243; esta foto? -pregunt&#233;.

En noviembre de 1939. -Belinsky se inclin&#243; y se&#241;al&#243; a uno de los otros dos hombres de la foto con la boquilla de la pipa-. Este de aqu&#237; es M&#252;ller -dijo-, el que est&#225; sentado al lado de Heydrich.

La mano de M&#252;ller se hab&#237;a movido en el mismo instante en que el objetivo de la c&#225;mara se abr&#237;a y se cerraba; estaba borrosa como si tapara el papel que hab&#237;a encima de la mesa, pero incluso as&#237; el anillo de boda era visible con toda claridad. Ten&#237;a la mirada baja, casi como si no escuchara a Himmler. En comparaci&#243;n con Heydrich, la cabeza de M&#252;ller era peque&#241;a. Llevaba el pelo cortado muy corto, afeitado incluso hasta la parte superior del cr&#225;neo, donde lo hab&#237;a dejado crecer un poco en una zona peque&#241;a y muy bien cuidada.

&#191;Qui&#233;n es el que est&#225; sentado frente a M&#252;ller?

&#191;El que toma notas? Es Franz Josef Huber. Era el jefe de la Gestapo en Viena. Puedes quedarte las dos si quieres. Son solo copias.

Todav&#237;a no he aceptado ayudarte.

Pero lo har&#225;s. Tienes que hacerlo.

En este mismo momento tendr&#237;a que decirte que te den por culo, Belinsky. &#191;Sabes?, yo soy como un piano viejo, no me gusta que me manipulen. Pero estoy cansado. Y he bebido demasiado. Puede que ma&#241;ana pueda pensar con un poco m&#225;s de claridad.

Abr&#237; la puerta del coche y baj&#233; de nuevo.

Belinsky ten&#237;a raz&#243;n: la carrocer&#237;a del gran Mercedes negro estaba llena de abolladuras.

Te llamar&#233; por la ma&#241;ana -dijo.

Hazlo -dije, y cerr&#233; la puerta de golpe.

Se alej&#243; conduciendo como si fuera el cochero del mism&#237;simo diablo.



28

No dorm&#237; bien. Inquieto por lo que Belinsky me hab&#237;a dicho, mis pensamientos hac&#237;an que mis brazos y mis piernas se movieran sin cesar y, al cabo de muy pocas horas, cuando a&#250;n no hab&#237;a amanecido, me despert&#233; ba&#241;ado en un sudor fr&#237;o para no volverme a dormir. Si por lo menos no hubiera hablado de Dios, me dije.

Yo no era cat&#243;lico hasta que estuve prisionero en Rusia. El r&#233;gimen del campo era tan duro que me pareci&#243; que hab&#237;a una posibilidad cierta de que acabara conmigo y, deseando estar en paz con lo m&#225;s profundo de mi mente, acud&#237; al &#250;nico hombre de Iglesia que hab&#237;a entre mis compa&#241;eros de prisi&#243;n, un sacerdote polaco. Me cri&#233; en la religi&#243;n luterana, pero las creencias religiosas parec&#237;an una cuesti&#243;n de escasa importancia en aquel sitio atroz.

Convertirme en cat&#243;lico cuando esperaba la muerte s&#243;lo me hizo aferrarme con m&#225;s tenacidad a la vida y, cuando consegu&#237; escapar y regresar a Berl&#237;n, continu&#233; asistiendo a misa y honrando la fe que parec&#237;a haberme librado de esa muerte.

Mi nueva Iglesia no ten&#237;a un buen historial en sus relaciones con los nazis, y tambi&#233;n ahora se hab&#237;a distanciado de cualquier imputaci&#243;n de culpabilidad. De ah&#237; se deduc&#237;a que si la Iglesia cat&#243;lica no era culpable, tampoco lo eran sus miembros. Hab&#237;a, parec&#237;a, alguna base teol&#243;gica para rechazar la culpabilidad colectiva de los alemanes. La culpa, dec&#237;an los sacerdotes, era algo personal entre un hombre y su Dios, y su atribuci&#243;n a una naci&#243;n por otra era una blasfemia, ya que solo pod&#237;a ser una prerrogativa divina. Despu&#233;s de todo, lo &#250;nico que quedaba por hacer era rogarpor los muertos, por los que hab&#237;an pecado y porque toda aquella horrible y embarazosa &#233;poca se olvidara lo m&#225;s r&#225;pidamente posible.

Eran muchos los que segu&#237;an sinti&#233;ndose inc&#243;modos por la forma en que se escond&#237;a la suciedad moral debajo de la alfombra, pero es verdad que una naci&#243;n no puede sentir una culpabilidad colectiva, que cada hombre debe hacerle frente personalmente. Solo ahora comprend&#237;a la naturaleza de mi propia culpa, y quiz&#225; no era muy diferente de la de muchos otros; era que no hab&#237;a dicho nada, que no hab&#237;a levantado la voz contra los nazis. Tambi&#233;n comprend&#237; que me sent&#237;a resentido contra Heinrich M&#252;ller, porque como jefe de la Gestapo hab&#237;a hecho m&#225;s que cualquier otro hombre para lograr la corrupci&#243;n del cuerpo de polic&#237;a al cual en una &#233;poca yo me sent&#237; orgulloso de pertenecer. De aquello hab&#237;a nacido un horror absoluto.

Ahora parec&#237;a que no era demasiado tarde para hacer algo, despu&#233;s de todo. Era posible que, al encontrar a M&#252;ller, s&#237;mbolo no solo de mi propia corrupci&#243;n, sino tambi&#233;n de la de Becker, y llevarlo ante la justicia, pudiera quedar limpio de mi parte de culpa por lo que hab&#237;a sucedido.

Belinsky telefone&#243; temprano, casi como si ya hubiera adivinado mi decisi&#243;n, y le dije que le ayudar&#237;a a encontrar al M&#252;ller de la Gestapo, no por el Crowcass ni por el ej&#233;rcito de Estados Unidos, sino por Alemania. Pero sobre todo, le dije, lo ayudar&#237;a a atrapar a M&#252;ller por m&#237; mismo.



29

Lo primero que hice por la ma&#241;ana, despu&#233;s de telefonear a K&#246;nig y concertar una reuni&#243;n para entregarle el material aparentemente secreto de Belinsky, fue ir al despacho de Liebl en la Judengasse para que lo arreglara todo para que yo pudiera ver a Becker en la prisi&#243;n.

Quiero ense&#241;arle una fotograf&#237;a -le expliqu&#233;.

&#191;Una fotograf&#237;a? -Liebl parec&#237;a esperanzado-. &#191;Es una fotograf&#237;a que puede llegar a ser una prueba?

Me encog&#237; de hombros.

Eso depende de Becker.

Liebl hizo un par de r&#225;pidas llamadas telef&#243;nicas, explotando la muerte de la prometida de Becker, la posibilidad de nuevas pruebas y la proximidad del juicio, que nos ganaron un acceso casi inmediato a la prisi&#243;n. Hac&#237;a un hermoso d&#237;a y fuimos hasta all&#237; a pie, con Liebl enarbolando el paraguas como si fuera el abanderado de un regimiento de la guardia imperial.

&#191;Le ha contado lo de Traudl? -pregunt&#233;.

Anoche.

&#191;C&#243;mo se lo tom&#243;?

Las grises cejas del viejo abogado se movieron con aire dubitativo.

Sorprendentemente bien, Herr Gunther. Al igual que usted, yo esperaba que nuestro cliente quedar&#237;a deshecho por las noticias. -Las cejas volvieron a moverse, esta vez con un aire de consternaci&#243;n-. Pero no fue as&#237;. No, era su propia y desgraciada situaci&#243;n lo que parec&#237;a preocuparle. Adem&#225;s de sus progresos, o de la falta de ellos. Herr Becker parece tener una fe extraordinaria en su poder de detecci&#243;n. Un poder del cual, si puedo serle sincero, he visto pocas pruebas.

Tiene derecho a tener su opini&#243;n, Doktor Liebl. Imagino que es usted como la mayor&#237;a de los abogados que he conocido: si su propia hermana le enviara una invitaci&#243;n a su boda, solo se dar&#237;a por satisfecho si viniera firmada y sellada y en presencia de dos testigos. Puede que si su cliente se hubiera mostrado m&#225;s comunicativo

&#191;Sospecha que est&#225; ocultando algo? S&#237;, ya recuerdo que dijo algo de eso por tel&#233;fono ayer. Sin saber muy bien de qu&#233; estaba hablando, no me sent&#237; en disposici&#243;n de aprovecharme del -vacil&#243; un segundo mientras trataba de decidir si era razonable utilizar la palabra y luego decidi&#243; que s&#237;- dolor de Herr Becker para hacer esa acusaci&#243;n.

Muy sensible por su parte, estoy seguro. Pero quiz&#225; esta fotograf&#237;a le refresque la memoria.

As&#237; lo espero. Y puede que haya comprendido mejor su p&#233;rdida y muestre mejor su dolor.

Me pareci&#243; un sentimiento muy vien&#233;s.

Pero cuando vimos a Becker, apenas parec&#237;a afectado. Despu&#233;s de que un paquete de cigarrillos hubiera convencido al guardia para que nos dejara solos a los tres en el locutorio, trat&#233; de averiguar por qu&#233;.

Siento lo de Traudl -dije-, era una chica encantadora de verdad.

Asinti&#243; con rostro inexpresivo, como si hubiera estado escuchando alg&#250;n aburrido aspecto del procedimiento legal explicado por Liebl.

Debo decir que no pareces muy disgustado -coment&#233;.

Lo estoy llevando de la mejor manera que s&#233; -dijo en voz baja-. No hay mucho que yo pueda hacer desde aqu&#237;. Lo m&#225;s probable es que ni siquiera me dejen asistir al funeral. &#191;C&#243;mo crees que me siento?

Me volv&#237; hacia Liebl y le pregunt&#233; si no le importar&#237;a salir de la sala unos minutos.

Hay algo que quiero comentarle a Herr Becker en privado.

Liebl mir&#243; a Becker, que asinti&#243; secamente. Ninguno de los dos habl&#243; hasta que la pesada puerta se cerr&#243; detr&#225;s del abogado.

Esc&#250;pelo, Bernie -dijo Becker bostezando a medias al mismo tiempo-. &#191;Qu&#233; tienes en la cabeza?

Fueron tus amigos de la Org los que la mataron -dije, observando atentamente su larga y delgada cara en buscade alguna se&#241;al de emoci&#243;n. No estaba seguro de si era verdad o no, pero ten&#237;a inter&#233;s en ver qu&#233; pod&#237;a hacerle revelar. Pero no hubo nada-. En realidad, me pidieron que la matara yo.

As&#237; que est&#225;s en la Org -dijo entrecerrando los ojos. Su tono era cauto-. &#191;Cu&#225;ndo fue?

Tu amigo K&#246;nig me reclut&#243;.

Pareci&#243; que la cara se le relajaba un poco.

Bueno, ya supon&#237;a que solo era cuesti&#243;n de tiempo. Para ser sincero, no estaba del todo seguro de que no estuvieras en la Org cuando viniste a Viena. Con tus antecedentes, eres el tipo de persona que reclutan enseguida. Si est&#225;s dentro ahora, quiere decir que has trabajado r&#225;pido. Estoy impresionado. &#191;Te dijo K&#246;nig por qu&#233; quer&#237;a que eliminaras a Traudl?

Me dijo que era una esp&#237;a del MVD. Me ense&#241;&#243; una fotograf&#237;a suya hablando con el coronel Poroshin.

Becker sonri&#243; con tristeza.

No era una esp&#237;a -dijo negando con la cabeza-, y no era mi novia. Era la novia de Poroshin. Al principio se hizo pasar por mi prometida para que pudiera mantenerme en contacto con Poroshin mientras estaba en prisi&#243;n. Liebl no sab&#237;a nada. Poroshin dijo que no te hab&#237;as mostrado muy entusiasmado con venir a Viena; dijo que no parec&#237;as tener muy buena opini&#243;n de m&#237;, se preguntaba si te quedar&#237;as mucho tiempo cuando vinieras. As&#237; que pens&#243; que ser&#237;a una buena idea que Traudl te trabajara un poco y te persuadiera de que hab&#237;a alguien fuera que me quer&#237;a, alguien que me necesitaba. Es un juez muy perspicaz del car&#225;cter, Bernie. Venga, adm&#237;telo, en gran parte, ella es la raz&#243;n de que siguieras con mi caso. Porque pensabas que la madre y el ni&#241;o se merec&#237;an el beneficio de la duda, incluso si yo no lo merec&#237;a.

Era Becker quien me observaba ahora, buscando alguna reacci&#243;n. Era extra&#241;o, pero descubr&#237; que no estabaenfadado en absoluto. Estaba acostumbrado a descubrir que, en cualquier momento dado, solo sab&#237;a la mitad de la verdad.

As&#237; que imagino que tampoco era enfermera.

S&#237; que lo era. Sol&#237;a robar penicilina para que yo la vendiera en el mercado negro. Fui yo quien se la present&#233; a Poroshin. -Se encogi&#243; de hombros-. No supe lo suyo hasta el cabo de un tiempo. Pero no me sorprendi&#243;. A Traudl le gustaba pasarlo bien, como a la mayor&#237;a de mujeres de esta ciudad. Ella y yo fuimos amantes durante un breve per&#237;odo, pero nada as&#237; dura mucho tiempo en Viena.

Tu mujer dijo que le hab&#237;as conseguido penicilina a Poroshin para una gonorrea. &#191;Es verdad?

Le consegu&#237; penicilina, s&#237;, pero no era para &#233;l. Era para su hijo. Ten&#237;a meningitis. Hay una epidemia, creo. Y escasez de antibi&#243;ticos, especialmente en Rusia. Hay escasez de todo, salvo mano de obra, en la Uni&#243;n Sovi&#233;tica.

Despu&#233;s de eso, Poroshin me hizo un par de favores. Me arregl&#243; papeles, me dio una concesi&#243;n de cigarrillos, ese tipo de cosas. Nos hicimos bastante amigos. Y cuando los de la Org decidieron reclutarme, se lo cont&#233;. &#191;Por qu&#233; no? Pensaba que K&#246;nig y sus amigos eran una pandilla de sonados. Pero me gustaba sacarles dinero y, francamente, no estaba muy involucrado en la Org aparte de aquel trabajo de mensajero a Berl&#237;n. No obstante, Poroshin ten&#237;a mucho inter&#233;s en que me acercara m&#225;s a ellos, y cuando me ofreci&#243; un mont&#243;n de dinero, acept&#233;. Pero son absurdamente suspicaces, Bernie, y en cuanto expres&#233; un cierto inter&#233;s en hacer m&#225;s trabajos para ellos, insistieron en que me sometiera a un interrogatorio sobre mi servicio en las SS y mi estancia en el campo de prisioneros sovi&#233;tico. Les preocupaba mucho que me hubieran soltado. No me dijeron nada en aquel momento, pero en vista de lo que hasucedido despu&#233;s, supongo que deben de haber decidido que no pod&#237;an confiar en m&#237; y me han quitado de en medio.

Becker encendi&#243; uno de sus cigarrillos y se recost&#243; en la dura silla.

&#191;Por qu&#233; no le has contado todo esto a la polic&#237;a?

Se ech&#243; a re&#237;r.

&#191;Crees que no lo he hecho? Cuando les habl&#233; de la Org, aquellos est&#250;pidos hijos de puta pensaron que les hablaba del movimiento clandestino Werewolf, ya sabes, esa mierda sobre un grupo terrorista nazi.

As&#237; que de ah&#237; sac&#243; Shields la idea.

&#191;Shields? -resopl&#243; Becker-. Es un maldito idiota.

Bueno, pero &#191;por qu&#233; no me hablaste a m&#237; de la Org?

Como te he dicho, Bernie, no estaba seguro de que no te hubieran reclutado ya en Berl&#237;n. Ex Kripo, ex Abwehr, habr&#237;as sido exactamente lo que andaban buscando. Pero si no hubieras estado en la Org y yo te hablaba de ellos, quiz&#225; habr&#237;as ido por toda Viena haciendo preguntas, en cuyo caso habr&#237;as acabado muerto, igual que mis dos socios. Y si estabas en la Org, pens&#233; que quiz&#225; solo fuera en Berl&#237;n; que aqu&#237;, en Viena, ser&#237;as solo otro detective m&#225;s, aunque fueras uno que yo conoc&#237;a y en quien confiaba. &#191;Lo entiendes?

Gru&#241;&#237; a modo de respuesta y saqu&#233; mis propios cigarrillos.

A pesar de todo, debiste hab&#233;rmelo dicho.

Quiz&#225;. -Dio unas en&#233;rgicas caladas al cigarrillo-. Escucha, Bernie, mi oferta original sigue en pie. Treinta mil d&#243;lares si puedes sacarme de este agujero. As&#237; que si tienes algo en la manga

Tengo esto -dije interrumpi&#233;ndolo. Le ense&#241;&#233; la fotograf&#237;a de M&#252;ller, la que era tama&#241;o pasaporte-. &#191;Lo reconoces?

Creo que no. Pero he visto la foto antes, Bernie. Por lo menos, eso me parece. Traudl me la ense&#241;&#243; antes de que t&#250; vinieras a Viena.

&#191;Ah, s&#237;? &#191;Y te dijo de d&#243;nde la hab&#237;a sacado?

De Poroshin, supongo. -Estudi&#243; la foto con m&#225;s atenci&#243;n-. Hojas de roble en el cuello, galones plateados en los hombros. Por su aspecto, un Brigadef&#252;hrer de las SS. &#191;Qui&#233;n es?

Heinrich M&#252;ller.

&#191;El M&#252;ller de la Gestapo?

Oficialmente est&#225; muerto, as&#237; que me gustar&#237;a que no dijeras nada de esto por el momento. Me he asociado con el agente estadounidense de la Comisi&#243;n de Cr&#237;menes de Guerra que est&#225; interesado en el caso Linden. Trabajaba para el mismo departamento. Parece que la pistola utilizada para matar a Linden pertenec&#237;a a M&#252;ller y se us&#243; para matar a un hombre que se supon&#237;a que era M&#252;ller, lo cual puede querer decir que M&#252;ller sigue vivo. Naturalmente, los de Cr&#237;menes de Guerra quieren coger a M&#252;ller a cualquier precio, lo cual me temo que te deja a ti d&#243;nde est&#225;s, por lo menos de momento.

No me importar&#237;a si fuera firme, pero el sitio que ellos tienen pensado para m&#237; tiene una trampilla que se abre. &#191;Te importa explicarme qu&#233; significa todo esto exactamente?

Significa que no est&#225;n dispuestos a hacer nada que asuste a M&#252;ller y haga que se marche de Viena.

Suponiendo que est&#233; aqu&#237;.

Exacto. Como es una operaci&#243;n de espionaje, no est&#225;n dispuestos a dejar que la polic&#237;a militar sepa nada. Si se retiraran los cargos contra ti ahora, eso podr&#237;a convencer a la Org de que el caso va a abrirse de nuevo.

Por todos los santos, entonces, &#191;eso d&#243;nde me deja a m&#237;?

El agente norteamericano con el que trabajo me ha prometido soltarte si podemos poner a M&#252;ller en tu sitio. Vamos a tratar de hacerlo salir de su madriguera.

&#191;Y hasta entonces van a dejar que el juicio siga su curso y quiz&#225; tambi&#233;n la sentencia?

Esa es la idea, m&#225;s o menos.

&#191;Y t&#250; me est&#225;s pidiendo que mantenga la boca cerrada mientras tanto?

&#191;Qu&#233; puedes decir? &#191;Que es posible que a Linden lo matara un hombre que lleva muerto tres a&#241;os?

Es tan -Becker tir&#243; el cigarrillo a un rinc&#243;n de la sala- tan jodidamente inhumano

Oye, &#191;quieres quitarte el birrete? Mira, saben lo que hiciste en Minsk. Jugar con tu vida no les produce ning&#250;n escr&#250;pulo. Para ser sincero, no les importa mucho si te cuelgan o no. Esta es tu &#250;nica oportunidad y t&#250; lo sabes.

Becker asinti&#243;, hosco.

Me levant&#233; para marcharme, pero una idea repentina me hizo detenerme.

Solo por curiosidad -dije-, &#191;por qu&#233; te soltaron del campo de prisioneros de guerra sovi&#233;tico?

T&#250; tambi&#233;n estuviste preso, y ya sabes c&#243;mo era aquello: siempre con el terror de que descubrieran que hab&#237;as estado en las SS.

Por eso lo pregunto.

Vacil&#243; un momento y luego dijo:

Hab&#237;a un tipo que iban a soltar. Estaba muy enfermo e iba a morir de todos modos. &#191;Qu&#233; sentido ten&#237;a repatriarlo? -Se encogi&#243; de hombros y me mir&#243; a los ojos con franqueza-. As&#237; que lo estrangul&#233;. Com&#237; alcanfor para ponerme enfermo (por poco me mato) y ocup&#233; su lugar. -Me aguant&#243; la mirada-. Estaba desesperado, Bernie. Acu&#233;rdate de c&#243;mo era aquello.

S&#237;, lo recuerdo -dije tratando de ocultar mi asco sin conseguirlo-. De cualquier modo, si me lo hubieras dicho antes, habr&#237;a dejado que te colgaran.

Alargu&#233; la mano hacia la manija de la puerta.

Todav&#237;a est&#225;s a tiempo. &#191;Por qu&#233; no lo haces?

Si le hubiera dicho la verdad, Becker no habr&#237;a comprendido de qu&#233; le hablaba. Probablemente pensara que la metaf&#237;sica era algo que se usaba para fabricar penicilina barata para el mercado negro. As&#237; que hice un gesto de negar con la cabeza y dije:

Digamos que he hecho un trato con alguien.



30

Me reun&#237; con K&#246;nig en el Caf&#233; Speri en la Gumpendorfer Strasse, que estaba en el sector franc&#233;s, pero cerca del Ring. Era un lugar grande y sombr&#237;o que los numerosos espejos estilo art nouveau de las paredes no consegu&#237;an alegrar y que albergaba varias mesas de billar de reducido tama&#241;o. Cada una de esas mesas estaba iluminada por una luz fijada en el amarillento techo con una instalaci&#243;n de metal que parec&#237;a sacada de un viejo submarino.

El terrier de K&#246;nig estaba sentado a corta distancia de su amo, como el perro de las etiquetas de los discos, observando c&#243;mo jugaba una partida solitaria pero concentrada. Ped&#237; un caf&#233; y me acerqu&#233; a la mesa.

Estudi&#243; su jugada, a una distancia de emboque, y luego puso tiza en la punta del taco, d&#225;ndose por enterado de mi presencia con un silencioso gesto de la cabeza.

Nuestro Mozart era muy aficionado a este juego -dijo bajando la mirada al tapete-. Sin duda lo encontraba un facs&#237;mil muy agradable del dinamismo tan preciso de su intelecto. -Fij&#243; la vista en la bola blanca como un francotirador afinando la punter&#237;a y, despu&#233;s de un prolongado y concentrado momento, dispar&#243; la blanca contra la primera roja y luego contra la otra. La segunda roja se desliz&#243; a lo largo de la mesa, vacil&#243; en el reborde de la tronera y, provocando un peque&#241;o murmullo de satisfacci&#243;n en su ejecutor (porque no existe manifestaci&#243;n m&#225;s elegante de las leyes de la gravedad y el movimiento), resbal&#243; sin ruido perdi&#233;ndose de vista.

Yo, por otro lado, disfruto del juego por razones m&#225;s sensuales. Adoro el sonido de las bolas al golpearse unas contra otras y la forma en que ruedan tan suavemente. -Recuper&#243; la roja de la tronera y la volvi&#243; a colocar a su entera satisfacci&#243;n-. Pero sobre todo adoro el color verde. &#191;Sab&#237;a que entre los celtas el verde se considera un color de mala suerte? &#191;No? Creen que al verde le sigue el negro, probablemente porque los ingleses colgaban a los irlandeses porque vest&#237;an de verde. &#191;O eran los escoceses?

Durante unos momentos, K&#246;nig contempl&#243; casi como un demente la superficie de la mesa de billar, como si fuera a lamerla con la lengua.

M&#237;relo -dijo-, el verde es el color de la ambici&#243;n y de la juventud. Es el color de la vida y del descanso eterno.Requiem aeternam dona eis. -A desgana, dej&#243; el taco encima de la mesa y, haciendo aparecer un enorme puro de uno de sus bolsillos, se apart&#243; de la mesa. El terrier se levant&#243;, expectante-. Por tel&#233;fono me dijo que ten&#237;a algo para m&#237;. Algo importante.

Le entregu&#233; el sobre de Belinsky.

Siento que no est&#233; escrito en tinta verde -dije observando c&#243;mo sacaba los papeles-. &#191;Sabe leer cir&#237;lico?

K&#246;nig neg&#243; con la cabeza.

Me temo que igual podr&#237;a ser ga&#233;lico. -Pero sigui&#243; adelante y despleg&#243; los papeles en la mesa de billar y luego encendi&#243; el puro. Cuando el perro ladr&#243;, le orden&#243; que se callara-. &#191;Ser&#237;a tan amable de explicarme qu&#233; estoy mirando exactamente?

Son los detalles de las disposiciones y sistemas del MVD en Hungr&#237;a y en la Baja Austria. -Sonre&#237; fr&#237;amente y me sent&#233; a la mesa de al lado, donde el camarero acababa de dejarme el caf&#233;.

K&#246;nig asinti&#243; lentamente y sigui&#243; mirando los papeles fijamente, sin comprender nada, durante unos segundos m&#225;s; luego los recogi&#243;, los devolvi&#243; al sobre y se los meti&#243; dentro del bolsillo de la chaqueta.

Muy interesante -dijo sent&#225;ndose a mi mesa-, suponiendo que sean aut&#233;nticos

Ah, s&#237;, lo son sin ninguna duda -dije enseguida.

Sonri&#243; con aire paciente, como si yo no tuviera ni idea del demorado proceso por el que se verificaba adecuadamente esa informaci&#243;n.

Suponiendo que sean aut&#233;nticos -repiti&#243; con tono firme-, &#191;exactamente c&#243;mo llegaron a su poder?

Un par de hombres fueron a la mesa de billar y empezaron una partida. K&#246;nig apart&#243; la silla y con un gesto de la cabeza me indic&#243; que le siguiera.

No se molesten -dijo uno de los jugadores-, hay sitio de sobra para moverse.

Pero nosotros nos apartamos igualmente. Y cuando estuvimos a una distancia m&#225;s discreta de la mesa, empec&#233; a contarle la historia que hab&#237;a ensayado con Belinsky. S&#243;lo entonces K&#246;nig neg&#243; firmemente con la cabeza y cogi&#243; al perro, que le lami&#243; la oreja, juguet&#243;n.

Este no es ni el lugar ni el momento adecuados -dijo-. Pero estoy impresionado por lo r&#225;pido que ha ido.Enarc&#243; las cejas y observ&#243; a los dos hombres de la mesa de billar con aire distra&#237;do-. He sabido esta ma&#241;ana que le ha conseguido algunos cupones de gasolina a aquel amigo m&#237;o m&#233;dico, el del Hospital General. -Comprend&#237; que se refer&#237;a al asesinato de Traudl-. Y tan poco tiempo despu&#233;s de que habl&#225;ramos del asunto. No hay duda de que ha sido usted muy eficiente. -Le ech&#243; el humo al perro que ten&#237;a sobre las rodillas, el cual lo oli&#243; y luego estornud&#243;-. En estos tiempos es tan dif&#237;cil obtener suministros fiables de cualquier cosa en Viena

Me encog&#237; de hombros.

Solo es cuesti&#243;n de conocer a la gente adecuada, eso es todo.

Como es su caso, evidentemente. -Palme&#243; el bolsillo de la chaqueta de su traje de tweed verde, donde hab&#237;a guardado los documentos de Belinsky-. En estas especiales circunstancias, creo que tendr&#237;a que presentarle a alguien de la organizaci&#243;n que podr&#225; juzgar mejor que yo la calidad de su fuente. Alguien que da la casualidad de que quiere encontrarse con usted y decidir cu&#225;l es la mejor manera de utilizar a un hombre de su capacidad y de sus recursos. Hab&#237;amos pensado esperar unas semanas antes de hacer las presentaciones, pero esta nueva informaci&#243;n lo cambia todo. No obstante, primero tengo que hacer una llamada. Tardar&#233; unos minutos. -Mir&#243; al caf&#233; y se&#241;al&#243; una de las mesas de billar libres-. &#191;Por qu&#233; no prueba unas cuantas tiradas mientras yo estoy fuera?

No valgo mucho para los juegos de habilidad -dije-. Desconf&#237;o de cualquier juego que se base en algo que no sea la suerte. As&#237; no tengo que culparme si pierdo. Tengo una enorme capacidad para la autorrecriminaci&#243;n.

En los ojos de K&#246;nig apareci&#243; un destello.

Mi querido amigo -dijo levant&#225;ndose de la mesa-, eso no parece alem&#225;n.

Lo observ&#233; mientras iba al fondo del bar para utilizar el tel&#233;fono, con el terrier trotando fielmente a su lado. Me pregunt&#233; qui&#233;n ser&#237;a la persona a quien iba a llamar, la persona que pod&#237;a juzgar mejor la calidad de mi fuente; podr&#237;a ser incluso M&#252;ller. Me parec&#237;a que era esperar demasiado tan pronto.

Cuando K&#246;nig volvi&#243; al cabo de unos minutos, parec&#237;a excitado.

Como pensaba -dijo, asintiendo entusiasmado-, hay alguien que tiene muchas ganas de ver este material inmediatamente y de conocerlo a usted. Tengo el coche fuera. &#191;Vamos?

El coche era un Mercedes, como el de Belinsky. Y al igual que Belinsky, K&#246;nig conduc&#237;a demasiado r&#225;pido para que fuera seguro en una carretera sobre la que hab&#237;a llovido mucho. Le dije que era mejor llegar tarde que no llegar, pero no me hizo caso. Mi sensaci&#243;n de incomodidad se agravaba por culpa del perro, que iba sentado en las rodillas de su amo y no dej&#243; de ladrar, excitado, a la carretera durante todo el viaje, como si el animal fuera indicando por d&#243;nde ten&#237;amos que ir. Reconoc&#237; la carretera: era la que llevaba a los Estudios Sievering, pero justo en ese momento se bifurcaba y giramos hacia el norte por la Grinzinger Allee.

&#191;Conoce Grinzing? -grit&#243; K&#246;nig por encima de los incesantes ladridos del perro. Le dije que no-. Entonces no conoce de verdad a los vieneses -opin&#243;-. Grinzing es famoso por su producci&#243;n de vinos. En verano todo el mundo viene aqu&#237; por la noche para ir a las tabernas que venden la nueva cosecha. Beben demasiado, escuchan un cuarteto Schrammel y cantan antiguas canciones.

Suena muy hogare&#241;o -dije sin demasiado entusiasmo.

S&#237; que lo es. Yo mismo tengo un par de vi&#241;edos por aqu&#237;. Solo dos campos peque&#241;os, &#191;sabe? Pero es un comienzo. Un hombre debe tener tierras, &#191;no le parece? Volveremos en verano y entonces podr&#225; probar el vino nuevo. El alma de Viena.

Grinzig casi no parec&#237;a las afueras de Viena, sino m&#225;s bien un pueblecito encantador. Pero debido a su proximidad a la capital, su acogedor encanto campestre parec&#237;a tan falso como uno de los decorados que constru&#237;an en Sievering. Subimos una colina por una carretera estrecha y llena de curvas que pasaba entre viejas posadas Heurige y jardines de casitas de campo, con K&#246;nig proclamando lo bonito que era todo ahora que hab&#237;a llegado la primavera. Pero para lo &#250;nico que serv&#237;a la visi&#243;n de tanto provincianismo de libro de cuentos era para despertar el desd&#233;n de mis facetas ciudadanas, y me limit&#233; a un gru&#241;ido malhumorado y a murmurar algo sobre los turistas. Para alguien m&#225;s habituadoa ver siempre escombros, Grinzing, con sus numerosos &#225;rboles y vi&#241;edos, parec&#237;a muy verde. No obstante, no mencion&#233; esa impresi&#243;n por temor a que hiciera que K&#246;nig se lanzara a uno de sus extra&#241;os mon&#243;logos sobre ese enfermizo color.

Detuvo el coche frente a un alto muro de ladrillo amarillo que rodeaba una casa grande, pintada de amarillo, y un jard&#237;n que parec&#237;a haberse pasado el d&#237;a en un sal&#243;n de belleza. La casa misma era un edificio alto, de tres plantas, con un tejado abuhardillado. Dejando de lado su brillante colorido, hab&#237;a una cierta austeridad de detalles en la fachada, que prestaba a la casa un aspecto institucional. Parec&#237;a una especie bastante opulenta de ayuntamiento.

Segu&#237; a K&#246;nig a trav&#233;s de la verja y por un sendero con unos bordes inmaculados hasta una pesada puerta de roble tachonada del tipo que parece esperar que enarboles un hacha de guerra al llamar. Entramos directamente en la casa y pisamos un suelo de madera que cruj&#237;a tanto que habr&#237;a provocado un infarto a un bibliotecario.

K&#246;nig me condujo hasta una salita, me dijo que esperara all&#237; y se fue, cerrando la puerta. Ech&#233; una mirada alrededor, pero no hab&#237;a mucho que ver, salvo el hecho de que el propietario ten&#237;a un gusto buc&#243;lico en lo referente al mobiliario. Una mesa toscamente labrada bloqueaba la puerta cristalera y un par de sillas r&#250;sticas de media luna estaban dispuestas frente a una chimenea vac&#237;a m&#225;s grande que el pozo de una mina. Me sent&#233; en una otomana algo m&#225;s c&#243;moda, volv&#237; a atarme los cordones de los zapatos y luego me limpi&#233; las puntas con el borde de la gastada alfombra. Deb&#237; de esperar una media hora hasta que volvi&#243; K&#246;nig a buscarme. Me llev&#243; por un laberinto de pasillos y por unas escaleras hasta la parte trasera de la casa, con los modales de alguien cuya chaqueta lleva un forro de paneles de roble. Sin importarme si se sent&#237;a ofendido o no ahora que iba a conocer a alguien m&#225;s importante, dije:

Si se cambiara ese traje, resultar&#237;a un maravilloso mayordomo.

K&#246;nig no se volvi&#243;, pero le o&#237; mostrar la dentadura postiza y soltar una risa corta y seca.

Me alegro de que lo crea. &#191;Sabe?, aunque me gusta el sentido del humor, no le aconsejar&#237;a que lo ejercitara con general. Francamente, tiene un car&#225;cter muy severo.

Abri&#243; la puerta y entramos en una sala luminosa y aireada, con fuego en la chimenea y hect&#225;reas de librer&#237;as vac&#237;as. Al lado de la gran ventana, detr&#225;s de una larga mesa de biblioteca, hab&#237;a una figura vestida de gris, con el pelo muy corto, que me pareci&#243; reconocer. El hombre se volvi&#243; y sonri&#243;, y no me cupo ninguna duda de que su nariz aguile&#241;a pertenec&#237;a a una cara de mi pasado.

Hola, Gunther -dijo.

K&#246;nig me mir&#243; burlonamente mientras yo parpadeaba, sin palabras, ante la sonriente figura.

&#191;Cree usted en fantasmas, Herr K&#246;nig? -pregunt&#233;.

No, &#191;y usted?

Ahora s&#237;. Si no me equivoco, al caballero de la ventana lo colgaron en 1945 por su participaci&#243;n en el complot para matar a Hitler.

Puedes dejarnos, Helmut -sugiri&#243; el hombre de la ventana.

K&#246;nig asinti&#243; concisamente, se dio media vuelta y se march&#243;.

Arthur Nebe se&#241;al&#243; una silla frente a la mesa en la cual estaban desplegados los documentos de Belinsky al lado de unas gafas y una pluma.

Si&#233;ntate -dijo-. &#191;Una copa? -Se ech&#243; a re&#237;r-. Tienes aspecto de necesitarla.

No pasa todos los d&#237;as que te encuentres a un resucitado -dije lentamente-. Mejor que sea larga.

Nebe abri&#243; un enorme mueble-bar de madera tallada, desvelando un interior de m&#225;rmol lleno de botellas. Sac&#243; una botella de vodka y dos vasos peque&#241;os, que llen&#243; hasta el borde.

Por los viejos camaradas -dijo, levantando el vaso.

Sonre&#237;, vacilante.

B&#233;betelo, no har&#225; que vuelva a desaparecer.

Me beb&#237; el vodka de un trago y respir&#233; profundamente cuando me lleg&#243; al est&#243;mago.

La muerte te sienta bien, Arthur. Tienes muy buen aspecto.

Gracias. Nunca me hab&#237;a sentido mejor.

Encend&#237; un cigarrillo y lo dej&#233; entre los labios un rato.

&#191;Fue en Minsk, verdad? -dijo-. En 1941. La &#250;ltima vez que nos vimos.

Exacto. Hiciste que me trasladaran a la Oficina de Cr&#237;menes de Guerra.

Tendr&#237;a que haberte llevado a juicio por lo que me pediste. Incluso hacerte fusilar.

Por lo que s&#233;, eras muy aficionado a fusilar a la gente aquel verano. -Nebe hizo caso omiso de mis palabras-. &#191;Por qu&#233; no lo hiciste?

Porque eras muy buen polic&#237;a. Por eso.

T&#250; tambi&#233;n lo eras; por lo menos antes de la guerra. -Di una intensa calada al cigarrillo-. &#191;Qu&#233; te hizo cambiar, Arthur?

Nebe sabore&#243; la bebida durante un momento y luego se la acab&#243; de un trago.

Es un buen vodka -coment&#243; en voz baja, casi para s&#237; mismo-. Bernie, no esperes que te d&#233; una explicaci&#243;n. Ten&#237;a unas &#243;rdenes que ejecutar, y era ellos o yo. Mata o d&#233;jate matar. As&#237; fue siempre en las SS. Diez, veinte, treinta mil despu&#233;s de calcular que para salvar la vida tienes que matar a otros, entonces el n&#250;mero carece de importancia. Esa fue mi soluci&#243;n final, Bernie, la soluci&#243;n final al acuciante problema de mi propia supervivencia. Tuviste suerte de que nunca te exigieran que hicieras ese c&#225;lculo.

Gracias a ti.

Nebe se encogi&#243; de hombros modestamente, antes de se&#241;alar los papeles extendidos delante de &#233;l.

Me alegro de no haberte hecho fusilar, ahora que he visto esto. Naturalmente, este material tendr&#225; que ser evaluado por un experto, pero a primera vista parece que te ha tocado la loter&#237;a. De todos modos, me gustar&#237;a que me dijeras algo m&#225;s de tu fuente.

Le repet&#237; mi historia, despu&#233;s de lo cual Nebe dijo:

&#191;Crees que es de fiar, ese ruso tuyo?

Nunca me ha fallado -dije-. Claro que entonces solo me arreglaba papeles.

Nebe volvi&#243; a llenar los vasos y frunci&#243; el ce&#241;o.

&#191;Hay alg&#250;n problema? -pregunt&#233;.

Es solo que en los diez a&#241;os que hace que te conozco, Bernie, no puedo encontrar nada que me convenza de que ahora eres un vulgar estraperlista.

Eso no tendr&#237;a que resultar m&#225;s dif&#237;cil de lo que me resulta a m&#237; convencerme de que eres un criminal de guerra, Arthur. O, si a eso vamos, aceptar que no est&#233;s muerto.

Nebe sonri&#243;.

Ah&#237; tienes raz&#243;n. Pero con tantas oportunidades ofrecidas a ese enorme n&#250;mero de personas desplazadas, me sorprende que no volvieras a tu antiguo oficio, a hacer de investigador privado.

La investigaci&#243;n privada y el mercado negro no son mutuamente excluyentes -dije-. La buena informaci&#243;n como la penicilina o los cigarrillos: tiene su precio. Y cuanto mejor, cuanto m&#225;s il&#237;cita es la informaci&#243;n, m&#225;s alto es su precio. Siempre ha sido as&#237;. Por cierto, mi ruso quiere cobrar.

Siempre quieren cobrar. A veces creo que los ivanes tienen m&#225;s confianza en el d&#243;lar que los mismos norteamericanos. -Nebe entrelaz&#243; las manos y puso los &#237;ndices a lo largo de su nariz, de aspecto astuto. Luego me se&#241;al&#243; con ellos como si llevara una pistola-. Lo has hecho muy bien, Bernie. Muy bien de verdad. Pero tengo que confesar que sigo intrigado.

&#191;Por qu&#233; me dedique al mercado negro?

Puedo aceptar esa idea m&#225;s f&#225;cilmente que la de que mataras a Traudl Braunsteiner. El asesinato no fue nunca tu especialidad.

Yo no la mat&#233; -dije-. K&#246;nig me dijo que lo hiciera y pens&#233; que podr&#237;a, porque era comunista. Aprend&#237; a odiar a los comunistas cuando estuve en un campo de prisioneros sovi&#233;tico. Incluso lo bastante para matar. Pero cuando lo pens&#233; bien, me di cuenta de que no podr&#237;a hacerlo. No a sangre fr&#237;a. Quiz&#225; habr&#237;a podido hacerlo si hubiera sido un hombre, pero no una chica. Iba a dec&#237;rselo esta ma&#241;ana, pero cuando me felicit&#243; por haberlo hecho, decid&#237; mantener la boca cerrada y quedarme con el m&#233;rito. Calcul&#233; que podr&#237;a sacar algo de dinero.

As&#237; que alguien la mat&#243;. Qu&#233; interesante. No tienes idea de qui&#233;n fue, supongo.

Negu&#233; con la cabeza.

Un misterio, entonces.

Igual que tu resurrecci&#243;n, Arthur. &#191;C&#243;mo te las arreglaste?

Me temo que no fue obra m&#237;a -dijo-. Fue algo que idearon los de Inteligencia. En los &#250;ltimos meses de la guerra, ama&#241;aron los historiales de servicio del personal de alto rango de las SS y del partido para que pareciera que hab&#237;amos muerto. A la mayor&#237;a nos ejecutaron por nuestra participaci&#243;n en el complot del conde Stauffenberg para matar al F&#252;hrer. Bueno, &#191;qu&#233; eran otras cien ejecuciones en una lista que ya ten&#237;a miles de nombres? A otros nos pusieron en las listas de v&#237;ctimas de los bombardeos o de la batalla de Berl&#237;n. Luego lo &#250;nico que quedaba por hacer era asegurarse de que esos historiales ca&#237;an en manos de los estadounidenses. As&#237; que las SS transportaron losficheros a un molino de papel cerca de Munich y se le dieron instrucciones al propietario, un buen nazi, para que esperara hasta que los estadounidenses estuvieran en el umbral de su puerta antes de empezar a destruirlos. -Nebe se ech&#243; a re&#237;r-. Me acuerdo de haber le&#237;do en el peri&#243;dico lo satisfechos consigo mismos que estaban los norteamericanos. &#161;Qu&#233; golpe maestro cre&#237;an haber dado! Por supuesto, la mayor parte de lo que encontraron era aut&#233;ntico. Pero para aquellos de entre nosotros que corr&#237;amos un mayor riesgo por sus rid&#237;culas investigaciones sobre los cr&#237;menes de guerra, los documentos falsos nos proporcionaron espacio para respirar y suficiente tiempo para establecer una nueva identidad. No hay nada como estar muerto para conseguir un poco de espacio. -Se ri&#243; de nuevo-. En cualquier caso, ese Centro de Documentaci&#243;n de Estados Unidos en Berl&#237;n sigue trabajando para nosotros.

&#191;Qu&#233; quieres decir? -dije, pregunt&#225;ndome si estar&#237;a a punto de averiguar algo que arrojara luz sobre por qu&#233; hab&#237;an matado a Linden. &#191;O es que hab&#237;a descubierto que los historiales hab&#237;an sido ama&#241;ados antes de caer en manos de los Aliados? &#191;No habr&#237;a sido eso suficiente para justificar su muerte?

No, ya te he dicho bastante por ahora. -Nebe bebi&#243; un poco m&#225;s de vodka y se lami&#243; los labios con satisfacci&#243;n-. Estamos viviendo una &#233;poca interesante, Bernie. Un hombre puede ser quien quiera ser. M&#237;rame a m&#237;, mi nuevo nombre es Nolde, Arthur Nolde, y elaboro vino en esta finca. Resucitado, has dicho. Bueno, aqu&#237; no estamos tan lejos de eso. Solo nuestros nazis muertos se levantan incorruptos. Hemos cambiado, amigo m&#237;o. Son los rusos los que llevan los gorros negros y tratan de dominar la ciudad. Ahora que trabajamos para los estadounidenses, somos los buenos de la pel&#237;cula. El doctor Schneider, el hombre que mont&#243; la Org con ayuda de su CIC, se re&#250;ne regularmente con ellos en nuestro cuartel general de Pullach. Incluso ha estado en Estados Unidos para conocer a su secretario de Estado. &#191;Puedes imagin&#225;rtelo? &#161;Un oficial alem&#225;n de alto rango trabajando con el segundo del presidente! No sepuede llegar a ser m&#225;s incorruptible que eso, no en estos tiempos.

Si no te importa -dije-, me resulta dif&#237;cil pensar en los estadounidenses como santos. Cuando volv&#237; de Rusia mi mujer consegu&#237;a una raci&#243;n extra de un capit&#225;n norteamericano. A veces pienso que no son mejores que los ivanes.

Nebe se encogi&#243; de hombros.

En la Org no eres el &#250;nico que piensa as&#237; -dijo-, pero, por mi parte, nunca he sabido que los ivanes le pidieran permiso a una dama ni le dieran unas cuantas tabletas de chocolate antes. Son animales. -Sonri&#243; al ocurr&#237;rsele algo-. De cualquier modo, tengo que admitir que algunas de esas mujeres deber&#237;an estar agradecidas a los rusos. De no ser por ellos, quiz&#225; nunca habr&#237;an sabido c&#243;mo era.

Era un chiste malo y de mal gusto, pero me re&#237; con &#233;l. Nebe segu&#237;a asust&#225;ndome, lo bastante como para querer ser una buena compa&#241;&#237;a para &#233;l.

&#191;Y qu&#233; hiciste con tu mujer y ese capit&#225;n norteamericano? -dijo cuando dej&#243; de re&#237;r.

Algo hizo que me contuviera antes de contestar. Arthur Nebe era un hombre inteligente. Antes de la guerra, como jefe de la polic&#237;a criminal, hab&#237;a sido uno de los polic&#237;as m&#225;s destacados de Alemania. Habr&#237;a sido arriesgado darle una respuesta que indicara que hab&#237;a querido matar a un capit&#225;n estadounidense. Nebe ve&#237;a hechos corrientes que merec&#237;an ser investigados donde otros solo ve&#237;an la mano de un dios caprichoso. Lo conoc&#237;a demasiado bien para creer que habr&#237;a olvidado que, en una ocasi&#243;n, hab&#237;a designado a Becker para una investigaci&#243;n de asesinato que yo llevaba a cabo. Si hab&#237;a cualquier cosa que sugiriera una relaci&#243;n, por accidental que fuera, entre la muerte de un oficial estadounidense que afectaba a Becker y la muerte de otro que me afectaba a m&#237;, no ten&#237;a ninguna duda de que Nebe dar&#237;a &#243;rdenes de que me mataran. Un oficial estadounidense ya era bastante malo; dos habr&#237;an sido demasiada coincidencia. As&#237; que me encog&#237; de hombros, encend&#237; un cigarrillo y dije:

&#191;Qu&#233; puedes hacer, salvo asegurarte de que es ella y no &#233;l quien recibe el pu&#241;etazo en la boca? A los oficiales norteamericanos no les gusta mucho que los abofeteen, sobre todo los boches. Uno de los peque&#241;os privilegios de laconquista es que no tienes que dejar que te toque los cojones ninguno de tus enemigos derrotados. Imagino que no lo habr&#225;s olvidado, precisamente t&#250;, Herr Gruppenf&#252;hrer.

Observ&#233; su sonrisa con una gran curiosidad. Era una sonrisa astuta en una cara de zorro viejo, pero los dientes parec&#237;an bastante reales.

Fue muy sensato por tu parte -dijo-, eso de ir matando norteamericanos por ah&#237; no funciona.

Despu&#233;s de una larga pausa y confirm&#225;ndome mis temores respecto a &#233;l, a&#241;adi&#243;:

&#191;Recuerdas a Emil Becker?

Habr&#237;a sido est&#250;pido hacer como si tratara de recordar. Me conoc&#237;a demasiado bien.

Claro -dije.

La chica que K&#246;nig te dijo que mataras era su novia. Bueno, en cualquier caso, una de sus novias.

Pero K&#246;nig dijo que era del MVD -dije frunciendo el ce&#241;o.

Y lo era. Y Becker tambi&#233;n. Mat&#243; a un oficial estadounidense. Pero antes hab&#237;a tratado de infiltrarse en la Org.

Negu&#233; con la cabeza, lentamente.

Un sinverg&#252;enza, quiz&#225; -dije-, pero no veo a Becker como esp&#237;a de los ivanes. -Nebe asinti&#243; repetidamente-. &#191;Aqu&#237;, en Viena? -Volvi&#243; a asentir-. &#191;Sab&#237;a que t&#250; estabas vivo?

Por supuesto que no. Lo utilizamos para hacer algunos trabajos de mensajero de vez en cuando. Fue un error. Becker estaba en el mercado negro, como t&#250;, Bernie. Y con bastante &#233;xito, por lo que parece. Pero se enga&#241;aba respecto a su valor para nosotros. Pensaba que era el centro de un enorme lago, pero no estaba ni siquiera cerca de all&#237;. Con franqueza, si un meteorito hubiera aterrizado en mitad del lago, Becker ni hubiera visto las ondas del agua.

&#191;C&#243;mo lo descubristeis?

Nos lo dijo su mujer. Cuando Becker volvi&#243; del campo de prisioneros sovi&#233;tico, nuestra gente de Berl&#237;n envi&#243; a alguien a su casa para ver si lo pod&#237;amos reclutar para la Org. Bueno, no lo encontraron, y para cuando lograron hablar con la mujer, &#233;l ya se hab&#237;a marchado y viv&#237;a en Viena. La mujer les cont&#243; la relaci&#243;n de Becker con un coronel ruso del MVD. Pero por alguna raz&#243;n (en realidad fue solo jodida ineficacia), pas&#243; bastante tiempo hasta que la informaci&#243;n lleg&#243; aqu&#237;, a la secci&#243;n vienesa. Y para entonces ya lo hab&#237;a reclutado uno de nuestros hombres.

&#191;Y d&#243;nde est&#225; ahora?

Aqu&#237; en Viena, en prisi&#243;n. Los estadounidenses lo van a juzgar por asesinato y, con toda certeza, lo colgar&#225;n.

Eso debe haber sido muy conveniente para vosotros -dije hurgando en el asunto-. Un poco demasiado conveniente, si me permites decirlo.

&#191;Instinto profesional, Bernie?

Ll&#225;malo un p&#225;lpito. De ese modo, si me equivoco, no parecer&#233; un aficionado.

Sigues confiando en lo que dicen tus v&#237;sceras, &#191;eh?

Y m&#225;s ahora que vuelvo a tener algo dentro de ellas, Arthur. Viena es una ciudad rica comparada con Berl&#237;n.

&#191;As&#237; que crees que nosotros matamos al estadounidense?

Eso depender&#237;a de qui&#233;n fuera y de si ten&#237;ais una buena raz&#243;n. Entonces lo &#250;nico que tendr&#237;ais que hacer era aseguraros de que le cargaran el muerto a alguien. A alguien de quien quisierais libraros. De ese modo matabais dos p&#225;jaros de un tiro. &#191;Tengo raz&#243;n?

Nebe inclin&#243; la cabeza hacia un lado.

Quiz&#225;. Pero no te atrevas siquiera a recordarme lo buen detective que eras haciendo algo tan est&#250;pido como demostrarlo. Sigue siendo una cuesti&#243;n muy delicada para alguna gente de esta secci&#243;n, as&#237; que ser&#237;a mejor que cerraras el pico sobre este asunto.

 &#191;Sabes?, si de verdad quieres jugar a los detectives, podr&#237;as darnos el beneficio de tus consejos para que podamos encontrar a una persona desaparecida, uno de los nuestros. Se llama Karl Heim y es dentista. Se supon&#237;a que un par de los nuestros ten&#237;an que acompa&#241;arlo a Pullach a primera hora de esta ma&#241;ana, pero cuando fueron a su casa, no hab&#237;a se&#241;ales de &#233;l. Por supuesto, puede que haya ido a hacer la cura local (Nebe quer&#237;a decir una ronda por los bares), pero en esta ciudad siempre cabe la posibilidad de que se lo hayan llevado los ivanes. Hay un par de bandas aut&#243;nomas con las que trabajan los rusos. A cambio, les dan concesiones para vender cigarrillos en el mercado negro. Por lo que hemos podido averiguar, las dos bandas dependen del coronel ruso de Becker. Probablemente, as&#237; es como consegu&#237;a la mayor&#237;a de sus suministros.

Claro -dije nervioso por esta &#250;ltima revelaci&#243;n de la asociaci&#243;n de Becker con el coronel Poroshin-. &#191;Qu&#233;quieres que haga?

Habla con K&#246;nig -me orden&#243; Nebe- y dale alg&#250;n consejo para tratar de encontrar a Heim. Si tienes tiempo, incluso podr&#237;as echarle una mano.

Es bastante f&#225;cil -dije-. &#191;Algo m&#225;s?

S&#237;, me gustar&#237;a que volvieras ma&#241;ana por la ma&#241;ana. Hay uno de los nuestros que se ha especializado en todo lo relativo al MVD. Tengo la sensaci&#243;n de que estar&#225; especialmente interesado en hablar contigo sobre esa fuente tuya. &#191;Digamos a las diez?

A las diez -repet&#237;.

Nebe se levant&#243; y rode&#243; la mesa para darme la mano.

Es agradable ver una vieja cara, Bernie, incluso si se parece a mi conciencia.

Sonre&#237; d&#233;bilmente y le estrech&#233; la mano con fuerza.

Lo pasado, pasado est&#225; -dije.

Exactamente -dijo, poni&#233;ndome la otra mano sobre el hombro-. Hasta ma&#241;ana, entonces. K&#246;nig te acompa&#241;ar&#225; a la ciudad. -Nebe abri&#243; la puerta y me precedi&#243; escaleras abajo hasta la parte delantera de la casa-. Siento lo de ese problema con tu mujer. Podr&#237;a hacer que le enviaran algo del economato si quieres.

No te molestes -dije r&#225;pidamente. Lo &#250;ltimo que quer&#237;a era que alguien de la Org se presentara en mi piso en Berl&#237;n y empezara a hacerle preguntas embarazosas que ella no sabr&#237;a c&#243;mo contestar-. Trabaja en un caf&#233; norteamericano y consigue todo lo que necesita.

En el vest&#237;bulo nos encontramos con K&#246;nig jugando con su perro.

Mujeres -dijo Nebe riendo-. Fue una mujer la que le compr&#243; el perro a K&#246;nig, &#191;no es verdad, Helmut?

S&#237;, Herr General.

Nebe se inclin&#243; para hacerle cosquillas al perro en la barriga. Este se puso panza al aire para ofrecerse sumisamente a la mano de Nebe.

&#191;Y sabes por qu&#233; le compr&#243; un perro? -Not&#233; la inc&#243;moda imitaci&#243;n de sonrisa de K&#246;nig y supe que Nebe estaba a punto de gastarle una broma-. Para que este hombre aprendiera a obedecer.

Me re&#237; con los dos, pero despu&#233;s de solo unos d&#237;as de estrecha relaci&#243;n con K&#246;nig, pens&#233; que Lotte Hartmann habr&#237;a preferido ense&#241;arle a su novio a recitar la Tor&#225;.



31

El cielo estaba encapotado cuando llegu&#233; a mis habitaciones. O&#237; c&#243;mo una r&#225;faga de lluvia golpeaba contra los cristales y unos segundos m&#225;s tarde hubo un corto rel&#225;mpago y un tremendo trueno que hizo que las palomas de la terraza huyeran en busca de cobijo. Me levant&#233; y contempl&#233; c&#243;mo la tormenta hac&#237;a oscilar los &#225;rboles e inundaba las alcantarillas, descargando la atm&#243;sfera de toda su energ&#237;a sobrante hasta que el aire qued&#243; limpio y agradable de nuevo.

Diez minutos despu&#233;s, los p&#225;jaros cantaban en los &#225;rboles, como si celebraran el purificador aguacero. Parec&#237;a que hab&#237;a mucho que envidiarles en aquella r&#225;pida cura clim&#225;tica y dese&#233; que la presi&#243;n que sent&#237;a en mis propios nervios hubiera podido resolverse con la misma facilidad. El esfuerzo por no dejarme atrapar por todas aquellas mentiras, incluyendo las m&#237;as, me estaba llevando r&#225;pidamente al agotamiento de mi ingenio y corr&#237;a el peligro de no poder seguir el ritmo de todo el asunto. Por no hablar de mi vida.

Eran alrededor de las ocho cuando llam&#233; a Belinsky al Sacher, un hotel de la Philharmonikerstrasse requisado por los militares. Pensaba que quiz&#225; fuera demasiado tarde para encontrarlo, pero all&#237; estaba. Parec&#237;a relajado, como si hubiera sabido todo el tiempo que la Org se tragar&#237;a su cebo.

Te dije que te llamar&#237;a -le record&#233;-. Es un poco tarde, pero he estado ocupado.

No pasa nada. &#191;Se la tragaron la informaci&#243;n?

Casi se me tragan tambi&#233;n la mano. K&#246;nig me llev&#243; a una casa en Grinzing. Posiblemente es su cuartel general aqu&#237;, en Viena, pero no estoy seguro. Sin duda es lo bastante grandioso.

Bien. &#191;Viste a M&#252;ller por alguna parte?

No, pero vi a alguien m&#225;s.

&#191;Ah, s&#237;? &#191;Y qui&#233;n era?

La voz de Belinsky sonaba fr&#237;a.

Arthur Nebe.

&#191;Nebe? &#191;Est&#225;s seguro de eso?

Ahora volv&#237;a a estar excitado.

Claro que estoy seguro. Conozco a Nebe desde antes de la guerra. Pensaba que hab&#237;a muerto, pero esta tarde hablamos casi una hora. Quiere que ayude a K&#246;nig a encontrar a nuestro amigo el dentista y que vuelva ma&#241;ana por la ma&#241;ana a Grinzing a una reuni&#243;n para hablar de tus cartas de amor rusas. Tengo la impresi&#243;n de que M&#252;ller estar&#225; all&#237;.

&#191;Qu&#233; te hace creer eso?

Nebe dijo que habr&#237;a alguien especializado en todas las cuestiones relativas al MVD.

S&#237;, viniendo de Arthur Nebe esa descripci&#243;n podr&#237;a encajar con M&#252;ller. &#191;A qu&#233; hora es la reuni&#243;n?

A las diez.

Eso solo me deja esta noche para organizado todo. D&#233;jame que piense un minuto. -Se qued&#243; en silencio tanto tiempo que empec&#233; a dudar de que siguiera al otro lado del tel&#233;fono. Pero entonces o&#237; que suspiraba profundamente-. &#191;A qu&#233; distancia est&#225; la casa de la carretera?

Unos veinte o treinta metros en la parte de delante y en el lado norte. Detr&#225;s de la casa y hacia el sur hay un vi&#241;edo. No sabr&#237;a decirte c&#243;mo de lejos queda la carretera por ese lado. Hay una hilera de &#225;rboles entre la casa y los vi&#241;edos. Y algunos edificios anexos.

Le di indicaciones sobre la casa lo mejor que pude.

De acuerdo -dijo con tono de eficiencia-, esto es lo que haremos: despu&#233;s de las diez, empezar&#233; a hacer que mis hombres rodeen la casa a una discreta distancia. Si M&#252;ller est&#225; all&#237;, nos haces una se&#241;al, y entraremos y lo cogeremos Esa ser&#225; la parte dif&#237;cil, porque te estar&#225;n vigilando de cerca. Mientras estuviste all&#237;, &#191;usaste el cuarto de ba&#241;o?

No, pero pas&#233; delante de uno en el primer piso. Si la reuni&#243;n es en la biblioteca donde estuve con Nebe, como imagino, ese ser&#225; el que use. Da al norte, hacia Josefstadt y la carretera. Y hay una ventana, con una persiana enrollable de color beige. Quiz&#225; podr&#237;a usar la persiana para hacerte una se&#241;al.

Hubo otro silencio. Y luego dijo:

A las diez y veinte, o lo m&#225;s cerca que puedas de esa hora, vas a la sala de m&#250;sica. Cuando est&#233;s all&#237; bajas la persiana y cuentas cinco segundos y luego la subes durante cinco segundos m&#225;s. Lo haces tres veces. Yo estar&#233; vigilando con prism&#225;ticos y cuando vea la se&#241;al har&#233; sonar la bocina del coche tres veces. Esa ser&#225; la se&#241;al para que mis hombres se pongan en marcha. Entonces t&#250; te reincorporas a la reuni&#243;n, te sientas y esperas a que llegue la caballer&#237;a.

Suena bastante sencillo. Demasiado sencillo, en realidad.

Mira, boche, te sugerir&#237;a que sacaras el culo por la ventana y silbaras Dixie, pero eso podr&#237;a llamar la atenci&#243;n. -Emiti&#243; una especie de suspiro irritado-. Una redada as&#237; exige un mont&#243;n de papeleo, Gunther. Tengo que idear nombres en clave y conseguir todo tipo de autorizaciones especiales para una importante operaci&#243;n sobre el terreno. Y luego, si todo resulta ser una falsa alarma, habr&#225; una investigaci&#243;n. Espero que est&#233;s en lo cierto respecto a M&#252;ller. &#191;Sabes?, me voy a pasar la noche levantado organizando esta fiestecita.

Esta es la gota que colma el vaso -dije-. Ser&#233; yo el que estar&#225; atrapado en la playa y aqu&#237; est&#225;s t&#250; quej&#225;ndote de que haya un poco de arena en el aceite. Bueno, siento de verdad que tengas que hacer todo ese jodido papeleo.

Belinsky se ech&#243; a re&#237;r.

Venga ya, boche. No te enfades por esto. Solo quer&#237;a decir que estar&#237;a bien si supi&#233;ramos con seguridad que M&#252;ller va a estar all&#237;. S&#233; razonable. Todav&#237;a no sabemos seguro que forme parte del tinglado de la Org en Viena.

Claro que lo sabemos -ment&#237;-. Esta ma&#241;ana he ido a la prisi&#243;n y le he ense&#241;ado a Emil Becker una de las fotos de M&#252;ller. Lo ha identificado inmediatamente como el hombre que estaba con K&#246;nig cuando le pidi&#243; a Becker que tratara de encontrar al capit&#225;n Linden. A menos que M&#252;ller est&#233; enamorado de K&#246;nig, eso significa que forma parte de la secci&#243;n vienesa de la Org.

Joder -dijo Belinsky-, &#191;por qu&#233; no se me ocurrir&#237;a a m&#237; hacer eso? Es tan sencillo. &#191;Est&#225; seguro de que era M&#252;ller?

No tiene ni la m&#225;s m&#237;nima duda. -Segu&#237; d&#225;ndole cuerda de esa manera durante un rato hasta que estuve seguro de &#233;l-. Vale, tranquil&#237;zate. En realidad, Becker no lo identific&#243; en absoluto, pero hab&#237;a visto la foto antes. Traudl Braunsteiner se la ense&#241;&#243;. Solo quer&#237;a estar seguro de que no fuiste t&#250; quien se la hab&#237;a dado.

Sigues sin confiar en m&#237;, &#191;eh, boche?

Si voy a meterme en la boca del lobo por ti, tengo derecho a ponerte a prueba antes.

S&#237;, por supuesto, eso nos deja todav&#237;a con el problema de d&#243;nde conseguir&#237;a Traudl Braunsteiner una foto deM&#252;ller.

De un cierto coronel Poroshin, del MVD, supongo. Le dio a Becker una concesi&#243;n de cigarrillos aqu&#237; en Viena a cambio de informaci&#243;n y alg&#250;n que otro secuestro. Cuando Becker fue abordado por la Org, se lo cont&#243; todo a Poroshin y acept&#243; tratar de averiguar todo lo que pudiera. Despu&#233;s de que Becker fuera arrestado, Traudl actu&#243; como mensajera entre ellos. En realidad, solo se hizo pasar por novia de Becker.

&#191;Sabes qu&#233; significa esto, boche?

Significa que los ivanes tambi&#233;n van detr&#225;s de M&#252;ller, &#191;no?

Pero &#191;has pensado en lo que pasar&#237;a si lo atraparan? Francamente no tiene muchas posibilidades de tener un juicio en la Uni&#243;n Sovi&#233;tica. Como ya te he dicho, M&#252;ller hizo un estudio especial de los m&#233;todos de la polic&#237;a sovi&#233;tica. No, los rusos quieren a M&#252;ller porque puede serles muy &#250;til. Por ejemplo, podr&#237;a decirles qui&#233;nes eran todos los agentes de la Gestapo en la NKVD. Hombres que posiblemente siguen en el mismo sitio en el MVD.

Esperemos que est&#233; all&#237; ma&#241;ana.

Ser&#225; mejor que me digas c&#243;mo llegar a ese sitio.

Le di unas indicaciones claras y le ped&#237; que no llegara tarde.

Tengo miedo de esos cabrones -le expliqu&#233;.

&#191;Quieres saber una cosa? A m&#237; me dais miedo todos vosotros, los boches, pero no tanto como los ivanes. -Solt&#243; aquella risita que casi hab&#237;a empezado a gustarme-. Adi&#243;s, boche -dijo-, y buena suerte.

Y luego colg&#243;, dej&#225;ndome mirando fijamente el ronroneante auricular con la curiosa sensaci&#243;n de que la voz incorp&#243;rea con la que hab&#237;a estado hablando proced&#237;a de mi propia imaginaci&#243;n.



32

El humo se desplazaba hacia el techo abovedado del club nocturno como si fuera la m&#225;s espesa niebla del averno. Envolv&#237;a la solitaria figura de Belinsky, que, como un Bela Lugosi surgiendo de un cementerio, se acerc&#243; a la mesa donde yo estaba. La banda que estaba escuchando manten&#237;a el ritmo casi tan bien como un bailar&#237;n de claqu&#233; con una sola pierna, pero de alguna manera &#233;l se las arregl&#243; para andar siguiendo la melod&#237;a que sonaba. Sab&#237;a que segu&#237;a enfadado conmigo por haber dudado de &#233;l y que era muy consciente, incluso ahora, de que segu&#237;a tratando de averiguar por qu&#233; no hab&#237;a pensado en ense&#241;arle la foto de M&#252;ller a Becker. As&#237; que no me sorprendi&#243; cuando me agarr&#243; por el pelo y me golpe&#243; la cabeza contra la mesa dos veces, dici&#233;ndome que era un boche suspicaz. Me levant&#233; y me encamin&#233; hacia la puerta tambale&#225;ndome para encontrarme con que Arthur Nebe me bloqueaba la salida. Su presencia all&#237; era tan inesperada que por un momento no pude resistirme cuando Nebe me agarr&#243; por las dos orejas y me golpe&#243; el cr&#225;neo contra la puerta una vez y luego otra vez, por si acaso, diciendo que si no hab&#237;a matado a Traudl Braunsteiner, entonces quiz&#225; tendr&#237;a que averiguar qui&#233;n lo hab&#237;a hecho. Liber&#233; la cabeza de sus manos y le dije que igual podr&#237;a adivinar que Rumpelstiltskin se llamaba Rumpelstiltskin.

Volv&#237; a sacudir la cabeza, sin querer, y parpade&#233; en la oscuridad. Son&#243; otro golpe en la puerta y o&#237; una voz que hablaba casi susurrando.

&#191;Qui&#233;n es? -dije alargando el brazo para encender la luz de la mesita de noche y luego para coger el reloj. El nombre no me hizo ninguna impresi&#243;n mientras saltaba de la cama e iba a la sala.

Todav&#237;a iba soltando tacos cuando abr&#237; la puerta un poco m&#225;s de lo aconsejable. Lotte Hartmann estaba en el pasillo, con el rutilante vestido de noche negro y la chaqueta de astrac&#225;n con que recordaba haberla visto la &#250;ltima noche que estuvimos juntos. Ten&#237;a una mirada impertinente e interrogadora.

&#191;S&#237;? -dije-. &#191;Qu&#233; pasa? &#191;Qu&#233; quieres?

Resopl&#243; con un fr&#237;o desprecio y empuj&#243; la puerta ligeramente con la mano enguantada, de modo que retroced&#237; al interior de la habitaci&#243;n. Ella entr&#243;, cerr&#243; la puerta y, apoy&#225;ndose en ella, mir&#243; lentamente alrededor mientras mi nariz hac&#237;a un poco de ejercicio gracias al olor a tabaco, alcohol y perfume que llevaba en su cuerpo venal.

Siento haberte despertado -dijo.

No me miraba tanto a m&#237; como a la habitaci&#243;n.

No, no lo sientes -dije.

Ahora hizo una peque&#241;a excursi&#243;n por el piso, examinando el dormitorio y luego el ba&#241;o. Se mov&#237;a con una suave elegancia y con la confianza de cualquier mujer que est&#225; acostumbrada a la sensaci&#243;n de tener los ojos de un hombre fijos en su trasero.

Tienes raz&#243;n -dijo con una sonrisa-, no lo siento en absoluto. &#191;Sabes?, este sitio no est&#225; tan mal como esperaba.

&#191;Sabes qu&#233; hora es?

Muy tarde -dijo, y solt&#243; una risita-. No le caus&#233; la m&#225;s m&#237;nima impresi&#243;n a tu casera, as&#237; que tuve que decirle que era tu hermana y que hab&#237;a venido desde Berl&#237;n para darte una mala noticia.

Volvi&#243; a re&#237;rse.

&#191;Y t&#250; eres la mala noticia?

Hizo un moh&#237;n de enfado. Pero era solo una actuaci&#243;n. Segu&#237;a demasiado divertida consigo misma para ofenderse.

Cuando me pregunt&#243; si llevaba equipaje, le dije que los rusos me lo hab&#237;an robado en el tren. Se mostr&#243; muy comprensiva y encantadora de verdad. Espero que t&#250; no vayas a ser diferente.

Vaya, yo pensaba que esa era la raz&#243;n de que estuvieras aqu&#237;. &#191;O es que la brigada Antivicio te est&#225; causando problemas otra vez?

No hizo caso del insulto, suponiendo que se hubiera molestado en darse cuenta.

Bueno, iba de camino a casa desde el Flottenbar, el que est&#225; en la Mariahilferstrasse, &#191;lo conoces? No dije nada. Encend&#237; un cigarrillo y me lo puse en la comisura de los labios para evitar soltarle un gru&#241;ido. -En cualquier caso, no est&#225; lejos de aqu&#237;. Y pens&#233; que pod&#237;a dejarme caer por aqu&#237;. &#191;Sabes? -su tono se suaviz&#243; se volvi&#243; m&#225;s seductor-, no he tenido oportunidad de darte las gracias como es debido -dej&#243; que la sugerencia flotara en el aire durante un segundo y yo empec&#233; a desear llevar puesta una bata- por sacarme de aquel peque&#241;o embrollo con los ivanes. -Se solt&#243; el cintur&#243;n de la chaqueta y lo dej&#243; resbalar al suelo-. &#191;Es que ni siquiera vas a ofrecerme algo de beber?

Dir&#237;a que ya has bebido bastante.

Pero, de todos modos, fui a buscar un par de vasos.

&#191;No crees que te gustar&#237;a averiguarlo por ti mismo?

Se ech&#243; a re&#237;r sin esfuerzo y se sent&#243; sin ninguna se&#241;al de inestabilidad. Parec&#237;a del tipo que puede chutarse el alcohol directamente en la vena y seguir siendo capaz de andar por una l&#237;nea recta sin hipar ni una vez.

&#191;Quieres algo dentro? -Levant&#233; un vaso con vodka al hacer la pregunta.

Quiz&#225; -contest&#243; pensativa-, despu&#233;s de tomarme mi bebida.

Le di el vaso y me ech&#233; uno r&#225;pidamente al fondo del est&#243;mago para que defendiera el fuerte. Di otra calada al cigarrillo y confi&#233; en que me diera la energ&#237;a suficiente para echarla de una patada.

&#191;Qu&#233; te pasa? -dijo casi triunfalmente-. &#191;Es que te pongo nervioso o qu&#233;?

Supuse que probablemente era el qu&#233;.

No a m&#237; -dije-, solo a mi pijama. No est&#225; acostumbrado a la mezcla de sexos.

Por el aspecto que tiene, yo dir&#237;a que est&#225; m&#225;s acostumbrado a mezclar cemento.

Cogi&#243; uno de mis cigarrillos y me lanz&#243; una bocanada de humo directamente a la entrepierna.

Puedo quit&#225;rmelo si te molesta -dije est&#250;pidamente. Cuando di otra calada al cigarrillo, ten&#237;a los labios resecos. &#191;Quer&#237;a que se fuera o no? No estaba haci&#233;ndolo demasiado bien si lo que quer&#237;a era cogerla por su perfecta orejita y ponerla de patitas en la calle.

Hablemos un poco primero. &#191;Por qu&#233; no te sientas?

Me sent&#233;, aliviado de que todav&#237;a pudiera doblarme por la mitad.

De acuerdo -dije-, &#191;por qu&#233; no me cuentas d&#243;nde est&#225; hoy tu amiguito?

Hizo una mueca.

No es un buen tema, Perseo. Escoge otro.

&#191;Ten&#233;is guerra?

&#191;Hemos de tenerla?

Me encog&#237; de hombros.

A m&#237; tanto me da.

Ese tipo es un cabr&#243;n -dijo-, pero no quiero hablar de ello. Especialmente hoy.

&#191;Qu&#233; tiene hoy de especial?

He conseguido un papel en una pel&#237;cula.

Enhorabuena. &#191;Qu&#233; papel haces?

Es una pel&#237;cula inglesa. No es un papel muy importante, &#191;comprendes? Pero habr&#225; algunas grandes estrellas en la pel&#237;cula. Yo hago el papel de chica de un club nocturno.

Bueno, eso parece bastante sencillo.

&#191;No es apasionante? -dijo con voz chillona-. Yo actuando con Orson Welles.

&#191;El de La guerra de los mundos?

Se encogi&#243; de hombros sin comprender.

No he visto esa pel&#237;cula.

Olv&#237;dalo.

Claro que no est&#225;n seguros de Welles. Pero creen que hay una buena posibilidad de que lo convenzan para que venga a Viena.

Todo eso me suena a conocido.

&#191;Qu&#233; quieres decir?

Ni siquiera sab&#237;a que eras actriz.

&#191;Quieres decir que no te lo hab&#237;a dicho? Mira, ese trabajo en el Oriental es solo algo temporal.

Pareces hacerlo muy bien.

Bueno, siempre he sido buena con los n&#250;meros y el dinero. Antes trabajaba en el Departamento de Hacienda de la ciudad. -Se inclin&#243; hacia m&#237; y adopt&#243; una expresi&#243;n un poco demasiado burlona, como si me fuera a interrogar sobre mis gastos profesionales del a&#241;o-. Hace tiempo que quer&#237;a pregunt&#225;rtelo -dijo-: aquella noche que tiraste toda aquella pasta, &#191;qu&#233; quer&#237;as demostrar?

&#191;Demostrar? Me parece que no te comprendo.

&#191;No? -Acentu&#243; un poco m&#225;s la sonrisa para lanzarme una mirada de conspiraci&#243;n, c&#243;mplice-. Veo muchos tipos raros, caballero. Y acabo por reconocerlos. Un d&#237;a de estos incluso voy a escribir un libro sobre esto. Como Franz Josef Gall. &#191;Has o&#237;do hablar de M?

Me parece que no.

Era un m&#233;dico austr&#237;aco que fund&#243; la ciencia de la frenolog&#237;a. De eso s&#237; que has o&#237;do hablar, &#191;no?

Claro -dije-. &#191;Y qu&#233; puedes decirme de las protuberancias que exhibo en la cabeza?

Puedo decirte que no eres de la clase de tipo que tira tanto dinero sin una buena raz&#243;n. -Enarc&#243; una ceja digna de un ajedrecista hacia lo alto de su lisa frente-. Tambi&#233;n tengo una idea sobre eso.

Oig&#225;mosla -dije anim&#225;ndola, y me serv&#237; otro vaso-. Puede que tengas m&#225;s suerte al leerme la mente que al leerme el cr&#225;neo.

No te hagas el esc&#233;ptico -me dijo-. Los dos sabemos que eres la clase de hombre al que le gusta impresionar.

&#191;Y lo consegu&#237;? &#191;Te impresion&#233;?

Estoy aqu&#237;, &#191;no? &#191;Qu&#233; quieres Trist&#225;n e Isolda?

As&#237; que era eso. Pensaba que hab&#237;a perdido el dinero por ella. Para parecer un pez gordo.

Vaci&#243; el vaso, se levant&#243; y me lo devolvi&#243;.

S&#237;rveme un poco m&#225;s de esa poci&#243;n de amor tuya mientras me empolvo la nariz.

Mientras estaba en el ba&#241;o, volv&#237; a llenar los vasos con un pulso no demasiado firme. No me gustaba especialmente la mujer, pero no ten&#237;a nada en contra de su cuerpo; era magn&#237;fico. Ten&#237;a la impresi&#243;n de que mi cabeza iba a objetar contra aquella cana al aire cuando mi libido hubiera perdido el control, pero en aquel momento no pod&#237;a hacer nada m&#225;s que sentarme c&#243;modamente y disfrutar del momento. Incluso as&#237;, no estaba preparado para lo que sucedi&#243; a continuaci&#243;n.

O&#237; que abr&#237;a la puerta del ba&#241;o y dec&#237;a algo vulgar sobre el perfume que llevaba, pero cuando me di la vuelta con las bebidas, vi que el perfume era lo &#250;nico que llevaba puesto. En realidad, no se hab&#237;a quitado los zapatos, pero a mis ojos les cost&#243; un rato abrirse camino m&#225;s all&#225; de sus pechos y de su equilatero p&#250;bico. Salvo por aquellos tacones altos, Lotte Hartmann estaba tan desnuda como la hoja del cuchillo de un asesino, y probablemente era igual de mort&#237;fera.

Se qued&#243; de pie en el umbral del dormitorio, con las manos colgando sobre los desnudos muslos, radiante deplacer al ver c&#243;mo me pasaba la lengua por los labios de una manera que dejaba claro que no pensaba utilizarla en ning&#250;n otro sitio que en ella. Quiz&#225; habr&#237;a podido echarle un serm&#243;n. En mis tiempos, hab&#237;a visto suficientes mujeres desnudas, y algunas de ellas en muy buena forma, adem&#225;s. Tendr&#237;a que haberla rechazado como a un pez demasiado peque&#241;o, pero el sudor que empezaba a brotarme de las manos, la agitaci&#243;n de las ventanas de la nariz, el nudo en la garganta y el dolor sordo e insistente en la entrepierna me dec&#237;an que la machina ten&#237;a unas ideas diferentes en cuanto al rumbo a seguir que el deus que se alojaba en ella.

Encantada con el efecto que provocaba en m&#237;, Lotte sonri&#243;, feliz, y me quit&#243; el vaso de la mano.

Espero que no te importe que me haya desnudado -dijo-, es que el traje es muy caro y ten&#237;a la extra&#241;a impresi&#243;n de que me lo ibas a arrancar.

&#191;Por qu&#233; tendr&#237;a que importarme? No es como si no hubiera acabado de leer el peri&#243;dico de la tarde. De todos modos, me gusta tener una mujer desnuda en casa.

Contempl&#233; el ligero bamboleo de su trasero mientras caminaba perezosamente hasta el otro lado de la sala, donde se bebi&#243; de un trago su bebida y dej&#243; caer el vaso vac&#237;o en el sof&#225;.

De repente quise ver c&#243;mo su trasero se agitaba como gelatina contra mi abdomen en celo. Pareci&#243; darse cuenta y, dobl&#225;ndose hacia adelante, agarr&#243; el radiador como un boxeador que tira de las tensas cuerdas de su rinc&#243;n.

Luego se enderez&#243;, con los pies un poco separados, y permaneci&#243; quieta, d&#225;ndome la espalda, como esperando un registro corporal totalmente innecesario. Me mir&#243; por encima del hombro, flexion&#243; las nalgas y volvi&#243; a mirar a la pared.

He tenido invitaciones m&#225;s elocuentes, pero con la sangre zumb&#225;ndome en los o&#237;dos y golpeando las escasas c&#233;lulas cerebrales todav&#237;a no afectadas por el alcohol o la adrenalina, en realidad no recordaba cu&#225;ndo. Probablemente ni siquiera me importaba. Me arranqu&#233; el pijama y me lanc&#233;, espada en ristre, sobre ella.


Ya no soy lo bastante joven, ni lo bastante delgado, para compartir una cama individual con otra cosa que no sea una resaca o un cigarrillo. As&#237; que fue quiz&#225; una sensaci&#243;n de sorpresa lo que me despert&#243; de un sue&#241;o inesperadamente c&#243;modo hacia las seis. Lotte, que de otro modo podr&#237;a haberme causado una noche agitada, ya no descansaba en el hueco de mi brazo, y durante un breve y feliz momento supuse que deb&#237;a de haber vuelto a su casa. Fue entonces cuando o&#237;, procedente de la sala, un peque&#241;o sollozo sofocado. De mala gana, me deslic&#233; fuera de las mantas, me puse el abrigo y fui a ver qu&#233; le pasaba.

Todav&#237;a desnuda, Lotte se hab&#237;a ovillado en el suelo, al lado del radiador, donde se estaba caliente. Me acuclill&#233; a su lado y le pregunt&#233; por qu&#233; lloraba. Una gruesa l&#225;grima rod&#243; por su sucia mejilla y qued&#243; detenida en su labio superior como una verruga transl&#250;cida. Se la lami&#243; y la sorbi&#243; cuando le di mi pa&#241;uelo.

&#191;A ti qu&#233; te importa? -dijo con amargura-. Ahora ya te has divertido.

Ten&#237;a raz&#243;n, pero igualmente protest&#233;, lo suficiente como para ser educado. Lotte me escuch&#243; hasta el final y cuando su vanidad qued&#243; satisfecha, ensay&#243; una especie de sonrisa atrofiada que me record&#243; la forma en que un ni&#241;o triste se anima cuando le regalas cincuenta pfennings o un chicle.

Eres muy amable -admiti&#243; finalmente, y se sec&#243; los ojos enrojecidos-. Ya estoy bien, gracias.

&#191;Quieres cont&#225;rmelo?

Lotte me mir&#243; de reojo.

&#191;En esta ciudad? Ser&#225; mejor que primero me diga cu&#225;nto cobra, doctor. -Se son&#243; y luego emiti&#243; una risa breve y vac&#237;a-. Podr&#237;as resultar un buen m&#233;dico para locos.

A m&#237; me pareces bastante cuerda -dije ayud&#225;ndola a sentarse en un sill&#243;n.

Yo no apostar&#237;a por eso.

&#191;Es un consejo profesional?

Encend&#237; un par de cigarrillos y le pas&#233; uno. Empez&#243; a fumar con desesperaci&#243;n y parec&#237;a que sin demasiado placer.

Es mi consejo como mujer que est&#225; lo bastante loca como para tener un asunto con un hombre que acaba de darlem&#225;s bofetadas que a un payaso de circo.

&#191;K&#246;nig? Nunca he pensado que fuera del tipo violento.

Si parece cort&#233;s es solo por la morfina.

&#191;Es adicto?

No s&#233; si adicto es la palabra adecuada. Pero hiciera lo que hiciera cuando estuvo en las SS, necesit&#243; morfina para llegar al final de la guerra.

&#191;Y por qu&#233; te peg&#243;?

Se mordi&#243; el labio con rabia.

Bueno, no fue porque pensara que necesitaba un poco de color.

Me re&#237;. Ten&#237;a que reconoc&#233;rselo: era dura.

No con ese bronceado -le dije.

Cog&#237; la chaqueta de astrac&#225;n del suelo donde la hab&#237;a dejado caer y se la puse por encima de los hombros. Lotte se la ajust&#243; al cuello y sonri&#243; amargamente.

Nadie me pone la mano en la cara -dijo-, no si alguna vez quiere ponerla en alg&#250;n otro sitio. Esta noche ha sido la primera y la &#250;ltima vez que me ha dado un par de bofetadas, como que hay Dios. -Sac&#243; humo por la nariz con tanta fiereza como si fuera un drag&#243;n-. Eso es lo que recibes cuando tratas de ayudar a alguien, supongo.

&#191;Ayudar a qui&#233;n?

K&#246;nig vino al Oriental a eso de las diez anoche -explic&#243;-. Estaba de un humor de todos los diablos y cuando le pregunt&#233; por qu&#233;, quiso saber si recordaba a un dentista que sol&#237;a venir por el club a jugar un poco. -Se encogi&#243; de hombros-. Bueno, s&#237; que lo recordaba. Un mal jugador, pero seguro que ni la mitad de malo de lo que t&#250; finges ser.

Me lanz&#243; una mirada de soslayo, llena de dudas. Asent&#237;, apremiante.

Sigue.

Helmut quer&#237;a saber si el doctor Heim, el dentista, hab&#237;a estado por all&#237; en los dos &#250;ltimos d&#237;as. Le dije que me parec&#237;a que s&#237;. Luego quiso que preguntara a algunas de las chicas si recordaban haberlo visto. Bueno, hab&#237;a una chica en concreto con la que le dije que hablara. Un caso de mala suerte, pero bonita. Los m&#233;dicos siempre la buscaban. Supongo que era porque parec&#237;a un poco m&#225;s vulnerable y hay hombres a los que les gusta ese tipo dechicas. Dio la casualidad de que estaba en el bar y se la indiqu&#233;.

Not&#233; como si el est&#243;mago se me llenara de arenas movedizas.

&#191;C&#243;mo se llama esa chica? -pregunt&#233;.

Veronika no s&#233; qu&#233; -dijo-. &#191;Por qu&#233;? &#191;La conoces? -a&#241;adi&#243; al notar mi preocupaci&#243;n.

Un poco. &#191;Y qu&#233; pas&#243;?

Helmut y uno de sus amigos se la llevaron a la casa de al lado.

&#191;A la sombrerer&#237;a?

S&#237;. -Ahora hablaba en voz baja y como si estuviera avergonzada-. Con el genio de Helmut -se estremeci&#243; al recordarlo- estaba preocupada. Veronika es una buena chica. Un poco tonta, pero buena chica, ya sabes. Ha tenido una vida bastante dura, pero tiene agallas. Quiz&#225; demasiadas para su propio bien. Pens&#233; que tal y como es Helmut y del humor que estaba, ser&#237;a mejor que ella le dijera si sab&#237;a algo o no y que se lo dijera r&#225;pido. No es un hombre con mucha paciencia. Para evitar que se pusiera desagradable. -Hizo una mueca-. Es mejor no dar muchos rodeos, cuando conoces a Helmut. As&#237; que fui detr&#225;s de ellos. Veronika estaba llorando cuando los encontr&#233;. Ya le hab&#237;an pegado y fuerte. Hab&#237;a recibido bastante y les dije que pararan. Fue entonces cuando me golpe&#243; a m&#237;. Dos veces. -Se llev&#243; las manos a las mejillas como si el dolor siguiera vivo-. Luego me ech&#243; al pasillo y me dijo que me ocupara de mis propios asuntos y no me metiera en los suyos.

&#191;Y qu&#233; pas&#243; despu&#233;s?

Me fui al lavabo, a un par de bares y vine aqu&#237;, en ese orden.

&#191;Viste lo que pas&#243; con Veronika?

Se fueron con ella, Helmut y el otro hombre.

&#191;Quieres decir que se la llevaron a alg&#250;n sitio?

Lotte se encogi&#243; de hombros con des&#225;nimo.

Supongo que s&#237;.

&#191;D&#243;nde pueden haberla llevado? -Me levant&#233; y me fui al dormitorio.

No lo s&#233;.

Intenta pensar.

&#191;Vas a ir a buscarla?

Como t&#250; has dicho, ya ha pasado bastante. -Empec&#233; a vestirme-. Y adem&#225;s, yo la met&#237; en esto.

&#191;T&#250;? &#191;C&#243;mo?

Mientras acababa de vestirme le describ&#237; c&#243;mo, cu&#225;ndo volv&#237;amos de Grinzing con K&#246;nig, le hab&#237;a explicado qu&#233; har&#237;a yo para tratar de encontrar a alguien desaparecido, en este caso el doctor Heim.

Le dije que podr&#237;amos mirar en los sitios habituales de Heim, si me dec&#237;a cu&#225;les eran -le expliqu&#233;.

Pero me call&#233; que pensaba que nunca llegar&#237;an a hacerlo; que supuse que con M&#252;ller, y posiblemente Nebe y K&#246;nig tambi&#233;n, arrestados por Belinsky y la gente del Crowcass, la necesidad de buscar a Heim no llegar&#237;a a producirse; que pensaba que, hasta que terminara la reuni&#243;n en Grinzing, hab&#237;a dejado a K&#246;nig a la espera y que no empezar&#237;a a buscar a su dentista muerto.

&#191;Por qu&#233; pensar&#237;an que t&#250; podr&#237;as encontrarla?

Antes de la guerra era detective en la polic&#237;a de Berl&#237;n.

Tendr&#237;a que haberlo sabido -gru&#241;&#243;.

En realidad no -dije enderez&#225;ndome la corbata y poni&#233;ndome un cigarrillo en la boca, un cigarrillo que ten&#237;a un sabor amargo-, pero yo s&#237; que tendr&#237;a que haber sabido que tu amigo era lo bastante arrogante como para empezar a buscar a Heim por s&#237; mismo. Fui un est&#250;pido al creer que esperar&#237;a. -Me puse el abrigo y cog&#237; el sombrero-. &#191;Crees que pueden haberla llevado a Grinzing? -le pregunt&#233;.

Ahora que lo pienso, me pareci&#243; que iban a la habitaci&#243;n de Veronika, donde sea que est&#233;. Pero si no est&#225; all&#237;, Grinzing es un sitio tan bueno como cualquier otro.

Bueno, confiemos en que est&#233; en casa.

Pero incluso mientras hablaba, mi instinto me dec&#237;a que no era nada probable.

Lotte se levant&#243;. La chaqueta le cubr&#237;a el pecho y la parte superior del cuerpo, pero dejaba al descubierto la mata ardiente que hac&#237;a poco me hab&#237;a hablado tan convincentemente y me hab&#237;a dejado tan irritado como un conejo despellejado.

&#191;Y qu&#233; pasa conmigo? -dijo en voz baja-. &#191;Qu&#233; voy a hacer?

&#191;T&#250;? -Con un gesto se&#241;al&#233; su desnudez-. Guarda la magia y vete a casa.



33

La ma&#241;ana era brillante, clara y fr&#237;a. De camino al centro, al cruzar el parque de delante del nuevo ayuntamiento, una pareja de ardillas aparecieron de un salto para decirme hola y ver si llevaba algo para desayunar. Pero antes de acercarse captaron la angustia que me nublaba el rostro y el olor a miedo que emit&#237;a. Es probable que incluso tomaran nota mental del pesado bulto que ten&#237;a en el bolsillo de la chaqueta y se lo pensaran mejor. Eran unas criaturitas muy listas. Bien mirado, no hac&#237;a tanto que en Viena se disparaba contra los peque&#241;os mam&#237;feros para com&#233;rselos. As&#237; que se apresuraron a desaparecer, como peluches de piel vivos.

En el agujero donde viv&#237;a Veronika estaban acostumbrados a que la gente, en su mayor&#237;a hombres, entraran y salieran a cualquier hora del d&#237;a o de la noche, y aun si la casera hubiera sido la m&#225;s mis&#225;ntropa de las lesbianas, dudo que me hubiera prestado mucha atenci&#243;n de haberme encontrado en las escaleras. Pero dio la casualidad de que no hab&#237;a nadie por all&#237; y sub&#237; hasta la habitaci&#243;n de Veronika sin que nadie me preguntara nada.

No necesit&#233; reventar la puerta para entrar. Estaba abierta de par en par, igual que todos los cajones y armarios. Me pregunt&#233; por qu&#233; se hab&#237;an tomado la molestia cuando todas las pruebas que necesitaban colgaban todav&#237;a del respaldo de la silla donde el doctor Heim las hab&#237;a dejado.

Esa zorra est&#250;pida -murmur&#233; con ira-. &#191;De qu&#233; sirve deshacerse del cuerpo de alguien si dejas su traje en la habitaci&#243;n?

Cerr&#233; un caj&#243;n de golpe. El impacto desprendi&#243; uno de los pat&#233;ticos bocetos de Veronika de la c&#243;moda y lo hizo caer flotando hasta el suelo como una enorme hoja muerta. K&#246;nig hab&#237;a puesto la habitaci&#243;n patas arriba por pura maldad. Y luego se la hab&#237;a llevado a Grinzing. Con una importante reuni&#243;n all&#237; durante la ma&#241;ana, no se me ocurr&#237;a que hubieran ido a ning&#250;n otro sitio. Eso suponiendo que no la mataran directamente. Por otro lado, si Veronika les hab&#237;a dicho la verdad de lo sucedido, que una pareja de amigos la hab&#237;an ayudado a librarse del cuerpo de Heimdespu&#233;s de que sufriera un ataque al coraz&#243;n, entonces (si hab&#237;a omitido mencionar el nombre de Belinsky y el m&#237;o propio) quiz&#225; la dejar&#237;an marchar. Pero hab&#237;a una posibilidad muy real de que la maltrataran igualmente, solo para asegurarse de que les hab&#237;a contado todo lo que sab&#237;a, y que para cuando yo llegara para tratar de ayudarla, ya supiesen que yo era el hombre que se hab&#237;a deshecho del cuerpo de Heim.

Me acord&#233; de lo que Veronika me hab&#237;a contado de su vida de jud&#237;a en los Sudetes durante la guerra, c&#243;mo se hab&#237;a ocultado en los retretes, en s&#243;tanos sucios, en armarios y en desvanes. Y luego los seis meses que hab&#237;a pasado en un campo para personas desplazadas. Un poco de mala suerte, era como lo hab&#237;a descrito Lotte Hartmann. Cuanto m&#225;s lo pensaba, m&#225;s me parec&#237;a que Veronika hab&#237;a disfrutado muy poco de lo que se pudiera llamar una vida de verdad.

Mir&#233; la hora en mi reloj de pulsera y vi que eran las siete. Todav&#237;a faltaban tres horas para la reuni&#243;n; y m&#225;s tiempo a&#250;n antes de que llegara Belinsky con la caballer&#237;a, como &#233;l dec&#237;a. Y como los hombres que se hab&#237;an llevado a Veronika eran quienes eran, hab&#237;a una posibilidad muy real de que no viviera tanto. Parec&#237;a que no me quedaba otra alternativa que ir a buscarla yo mismo.

Saqu&#233; el rev&#243;lver, abr&#237; el barrilete de seis cartuchos y comprob&#233; que estuviera totalmente cargado antes de dirigirme escaleras abajo. Afuera, cog&#237; un taxi en la parada de la K&#228;rtnerstrasse y le dije al conductor que fuera a Grinzing.

&#191;Ad&#243;nde de Grinzing? -pregunt&#243;, separ&#225;ndose r&#225;pidamente del bordillo.

Se lo dir&#233; cuando lleguemos all&#237;.

Usted manda -dijo, acelerando al entrar en el Ring-. Solo lo preguntaba porque all&#237; todo estar&#225; cerrado a estas horas de la ma&#241;ana. Y no parece que vaya usted a dar una caminata por las colinas, al menos con ese abrigo. -El coche traquete&#243; cuando pasamos por un par de baches enormes-. Y adem&#225;s no es austr&#237;aco. Lo s&#233; por el acento. Parece un pifke. &#191;Estoy en lo cierto?

S&#225;ltese la clase de la universidad de la vida, &#191;quiere? No estoy de humor.

Est&#225; bien. Solo lo preguntaba por si estaba buscando un poco de diversi&#243;n. Ver&#225;, a unos minutos de Grinzing, en la carretera a Cobenzl, hay un hotel, el Schloss-Hotel Cobenzl. -Luch&#243; por hacerse con el volante cuando el coche se meti&#243; en otro bache-. Ahora lo usan como campo para personas desplazadas. Hay chicas all&#237; que puede tener a cambio de unos cigarrillos. Incluso a estas horas de la ma&#241;ana, si le apetece. Alguien con un abrigo como el suyo podr&#237;a tener dos o tres a la vez. Hacer que representen una bonita actuaci&#243;n entre ellas, si sabe a qu&#233; me refiero.  Solt&#243; una risotada vulgar-. Algunas de esas chicas han crecido en los campos de personas desplazadas. Tienen la moral de los conejos, se lo digo yo. Har&#225;n cualquier cosa; cr&#233;ame se&#241;or, s&#233; de lo que hablo, yo cr&#237;o conejos. -Ri&#243; con entusiasmo al pensar en ello-. Podr&#237;a arreglarle algo; en la parte de atr&#225;s del coche. A cambio de una peque&#241;a comisi&#243;n, claro.

Me inclin&#233; hacia adelante en el asiento. No s&#233; por qu&#233; me tom&#233; la molestia. Quiz&#225; porque no me gustan los chulos. Quiz&#225; porque no me gustaba mucho su cara, clavada a la de Trotski.

Eso ser&#237;a espl&#233;ndido -dije en tono muy duro-. Si no fuera por una mesa-trampa rusa con la que me tropec&#233; en Ucrania. Los partisanos hab&#237;an puesto una granada con detonador de tensi&#243;n detr&#225;s de un caj&#243;n que dejaron medio abierto con una botella de vodka dentro, solo para llamar la atenci&#243;n. Yo llegu&#233;, tir&#233; del caj&#243;n, liber&#233; la presi&#243;n y la granada deton&#243;. Me arranc&#243; limpiamente la carne y dos legumbres del vientre. Estuve a punto de morir del shock y luego de la p&#233;rdida de sangre. Y cuando por fin sal&#237; del coma, estuve a punto de morir de amargura. Le aseguro que si veo un poco de almeja, es probable que me vuelva loco de frustraci&#243;n. Es probable que mate al que tenga m&#225;s cerca, de pura envidia.

El taxista mir&#243; hacia atr&#225;s por encima del hombro.

Lo siento -dijo nerviosamente-, no quer&#237;a

Olv&#237;delo -dije casi sonriendo.

Cuando pasamos por delante de la casa amarilla le dije al taxista que siguiera hacia lo alto de la colina. Hab&#237;a decidido que me acercar&#237;a a la casa de Nebe desde atr&#225;s, cruzando los vi&#241;edos.

Como los contadores de los taxis de Viena eran viejos y desfasados, era costumbre multiplicar la tarifa que mostraban por cinco para llegar a la suma total que hab&#237;a que pagar. En el contador aparec&#237;an seis schillings cuando le dije que parara y eso fue lo &#250;nico que el taxista me pidi&#243;, y le temblaba la mano cuando cogi&#243; el dinero. El coche ya se hab&#237;a marchado con el motor rugiendo cuando me di cuenta de que el hombre se hab&#237;a olvidado de sus matem&#225;ticas.

Me qued&#233; all&#237;, en un sendero barroso al lado de la carretera, pregunt&#225;ndome por qu&#233; no habr&#237;a tenido la boca cerrada, ya que hab&#237;a pensado en pedirle al taxista que esperara un rato. Ahora, si encontraba a Veronika, tendr&#237;a el problema de c&#243;mo escapar de all&#237;. Yo y mi labia -pens&#233;-. El pobre imb&#233;cil solo me ofrec&#237;a un servicio. Pero se equivocaba en una cosa. Hab&#237;a algo abierto: un caf&#233; algo m&#225;s arriba en la Cobenzlgasse, el Rudelshof. Decid&#237; que si me iban a matar, prefer&#237;a recibir el tiro con algo en el est&#243;mago.

El caf&#233; era un lugar acogedor, si no te molesta la taxidermia. Me sent&#233; debajo del ojo, redondo y brillante como una cuenta, de una comadreja con aspecto de tener &#225;ntrax y esper&#233; que el propietario, de cara congestionada, llegara arrastrando los pies hasta mi mesa.

Buenos d&#237;as nos d&#233; Dios -dijo-, hace una hermosa ma&#241;ana.

Me apart&#233; de su aliento a destilado.

No hay duda de que usted ya est&#225; disfrutando de ella -dije, volviendo a utilizar mi bocaza una vez m&#225;s.

Se encogi&#243; de hombros y anot&#243; lo que quer&#237;a.

El desayuno vienes de cinco schillings que engull&#237; sab&#237;a como si el taxidermista lo hubiera preparado durante su tiempo libre entre disecado y disecado; el caf&#233; ten&#237;a posos, el panecillo era tan fresco como una talla de marfil y huevo estaba tan duro que pod&#237;a haber salido de una cantera. Pero me lo com&#237;. Ten&#237;a tantas cosas en la cabeza que, probablemente, me habr&#237;a comido la comadreja si alguien se hubiera tomado la molestia de ponerla encima de una tostada.

Al salir del caf&#233;, anduve calle abajo un trecho y luego salt&#233; por encima de un muro a lo que pens&#233; que deb&#237;a de ser el vi&#241;edo de Arthur Nebe.

No hab&#237;a mucho que ver. Las vi&#241;as, plantadas en pulcras hileras, eran todav&#237;a j&#243;venes, apenas m&#225;s altas que mi rodilla. Aqu&#237; y all&#237;, en una especie de vagonetas altas, hab&#237;a lo que parec&#237;an motores a reacci&#243;n abandonados pero que eran, en realidad, los quemadores que utilizaban por la noche para calentar el aire alrededor de los brotes y protegerlos de las &#250;ltimas heladas. Todav&#237;a estaban calientes al tacto. El campo tendr&#237;a unos cien metros cuadrados y no ofrec&#237;a muchas posibilidades para ocultarse. Me pregunt&#233; c&#243;mo desplegar&#237;a Belinsky a sus hombres. Aparte de arrastrarte sobre la barriga a lo largo del campo, lo &#250;nico que pod&#237;as hacer era permanecer cerca del muro mientras te dirig&#237;as hacia los &#225;rboles que hab&#237;a justo detr&#225;s de la casa amarilla y los edificios anexos.

Cuando llegu&#233; a los &#225;rboles, mir&#233; si ve&#237;a alg&#250;n signo de vida, y al no ver ninguno avanc&#233; cautelosamente, hasta que o&#237; voces. Al lado del mayor de los anexos, una construcci&#243;n larga y con entramado de madera que parec&#237;a un granero, hab&#237;a dos hombres, a ninguno de los cuales reconoc&#237;, de pie, charlando. Cada uno acarreaba un bid&#243;n de metal a la espalda, conectado por una manguera de goma a un tubo de metal, largo y delgado, que llevaba en la mano y que supuse que ser&#237;a alg&#250;n tipo de artefacto para rociar las cosechas.

Por fin acabaron la conversaci&#243;n y se dirigieron al lado opuesto del vi&#241;edo, como si fueran a iniciar su ataque contra las bacterias, los hongos y los insectos que les amargaban la vida. Esper&#233; hasta que estuvieron lejos, al otro lado del campo, antes de salir del cobijo de los &#225;rboles y entrar en el edificio.

Un olor afrutado y mohoso me dio en la nariz. Grandes cubas y barriles de madera de roble estaban alineados debajo de las vigas del techo como si fueran enormes quesos. Recorr&#237; toda la longitud del piso de piedra y sal&#237; al otro extremo del primer edificio para encontrarme con otro, construido en &#225;ngulo recto con respecto a la casa.

Esta segunda edificaci&#243;n conten&#237;a cientos de barriles de roble, que descansaban de lado como si esperaran que aparecieran unos perros San Bernardo gigantes a recogerlos. Hab&#237;a unas escaleras que se internaban en la oscuridad. Parec&#237;a un buen lugar para encerrar a alguien, as&#237; que encend&#237; la luz y baj&#233; a echar una mirada. Pero solo hab&#237;a miles de botellas de vino, cada estante se&#241;alado por una peque&#241;a pizarra en la cual hab&#237;a, escritos con tiza, unos n&#250;meros que deb&#237;an de significar algo para alguien. Regres&#233; arriba, apagu&#233; la luz y me qued&#233; de pie al lado de la ventana. Empezaba a parecerme que Veronika podr&#237;a estar en la casa despu&#233;s de todo.

Desde donde estaba ten&#237;a la vista despejada a trav&#233;s de un corto patio empedrado y hasta la parte oeste de la casa. Delante de una puerta abierta, un gato, sentado, me contemplaba fijamente. Al lado de la puerta vi la ventana de lo que parec&#237;a una cocina. Hab&#237;a una forma grande y brillante en la repisa que pens&#233; que ser&#237;a un cazo o una tetera. Al cabo de un rato, el gato se dirigi&#243;, andando lentamente, hacia el edificio donde yo me escond&#237;a y le maull&#243; a algo que estaba al lado de la ventana donde yo me encontraba. Durante un segundo o dos me mir&#243; fijamente con sus ojos verdes y luego, sin raz&#243;n aparente, ech&#243; a correr alej&#225;ndose. Volv&#237; a mirar hacia la casa y continu&#233; vigilando la puerta y la ventana de la cocina. Al cabo de unos minutos, decid&#237; que no hab&#237;a peligro en dejar la nave de los barriles y empec&#233; a cruzar el patio.

No habr&#237;a dado tres pasos cuando o&#237; el ruido rasposo del seguro de una autom&#225;tica y, casi al mismo tiempo, not&#233; el fr&#237;o acero del ca&#241;&#243;n de una pistola contra la nuca.

Pon las manos detr&#225;s de la cabeza -dijo una voz no muy clara.

Hice lo que me dec&#237;an. La pistola presion&#225;ndome debajo de la oreja se notaba lo bastante pesada como para ser una 45. Suficiente como para dar cuenta de una gran parte de mi cr&#225;neo. Me estremec&#237; cuando me encaj&#243; el arma entre la mand&#237;bula y la yugular.

Mu&#233;vete y ma&#241;ana te echamos a los cerdos como pienso -dijo golpe&#225;ndome los bolsillos y quit&#225;ndome el rev&#243;lver.

Descubrir&#225;s que Herr Nebe me est&#225; esperando -dije.

No conozco a ning&#250;n Herr Nebe -dijo con voz pastosa, casi como si la boca no le funcionara bien.

Naturalmente no ten&#237;a muchas ganas de volverme y echarle una buena mirada para estar seguro.

S&#237;, es verdad que se cambi&#243; de nombre.

Trat&#233; de recordar el nuevo apellido de Nebe. Mientras, o&#237; c&#243;mo el hombre se apartaba un par de pasos.

Ahora ve hacia la derecha -me dijo-, hacia los &#225;rboles. Y no tropieces con los cordones de los zapatos ni nada por el estilo.

Parec&#237;a enorme y no muy listo. Y hablaba un alem&#225;n con un acento extra&#241;o, como prusiano, pero diferente; m&#225;s parecido al viejo prusiano que hab&#237;a o&#237;do hablar a mi abuelo, casi como el alem&#225;n que hab&#237;a o&#237;do en Polonia.

Mira, est&#225;s cometiendo un error -dije-. &#191;Por qu&#233; no lo compruebas con tu jefe? Me llamo Bernhard Gunther. Hay una reuni&#243;n aqu&#237; esta ma&#241;ana a las diez. Tengo que tomar parte en ella.

Todav&#237;a no son ni las ocho -gru&#241;&#243; mi captor-. Si vienes a una reuni&#243;n, &#191;por qu&#233; llegas tan temprano? &#191;Y por qu&#233; no has venido por la puerta principal, como las visitas normales? &#191;C&#243;mo es que has venido a trav&#233;s de los campos? &#191;Y por qu&#233; husmeabas por las otras construcciones?

Llego temprano porque tengo un par de tiendas de vinos en Berl&#237;n -dije-. Pens&#233; que ser&#237;a interesante echar un vistazo por la finca.

Desde luego que estabas echando un vistazo. Eres un fisg&#243;n. -Solt&#243; una risita de cretino-. Y yo tengo &#243;rdenes de matar a los fisgones.

A ver, espera un minuto

Me volv&#237; para encontrarme con un demoledor golpe de la pistola y, mientras ca&#237;a, vi por un momento a un hombre enorme con la cabeza afeitada y una especie de mand&#237;bula asim&#233;trica. Me agarr&#243; por el pescuezo, tir&#243; de m&#237; para volver a ponerme de pie y yo me pregunt&#233; por qu&#233; nunca se me habr&#237;a ocurrido coser una hoja de afeitar debajo de esa parte del cuello. Me llev&#243; a empujones a trav&#233;s de la hilera de &#225;rboles y bajando una pendiente hasta un peque&#241;o claro donde hab&#237;a varios cubos de basura. Una columna de humo y un olor nauseabundo y dulz&#243;n sal&#237;an del tejado de una peque&#241;a caba&#241;a de ladrillo: all&#237; era donde incineraban los residuos. Al lado de varias bolsas de lo que parec&#237;a cemento y encima de algunos ladrillos hab&#237;a una chapa de hierro oxidado. El hombre me orden&#243; que la apartara.

Ya lo ten&#237;a. Era let&#243;n. Un enorme y est&#250;pido let&#243;n. Decid&#237; que si estaba trabajando para Arthur Nebe deb&#237;a de ser de una divisi&#243;n de las SS letonas, que sirvieron en uno de los campos de exterminio polacos. Se utilizaron muchos letones en lugares como Auschwitz. Los letones ya eran antisemitas entusiastas cuando Moses Mendelssohn era uno de los hijos favoritos de Alemania.

Tir&#233; de la chapa, apart&#225;ndola de lo que se revel&#243; como una especie de viejo desag&#252;e o pozo negro. Y no hab&#237;a duda de que ol&#237;a igual de mal. Fue entonces cuando volv&#237; a ver al gato. Surgi&#243; de entre dos sacos etiquetados como &#243;xido de calcio al lado del pozo. Maull&#243; con desd&#233;n, como si dijera: Te advert&#237; de que hab&#237;a algo en el patio, pero no quisiste escucharme. Un olor acre, terroso, surgi&#243; del pozo y se me puso la carne de gallina. Tienes raz&#243;n -maull&#243; el gato, como salido de un cuento de Edgar Allan Poe-, el &#243;xido de calcio es un &#225;lcali barato para tratar los suelos &#225;cidos. Justo lo que esperar&#237;as encontrar en un vi&#241;edo, pero tambi&#233;n se llama cal viva y es un compuesto muy, muy eficaz para acelerar la descomposici&#243;n humana.

Horrorizado, comprend&#237; que el let&#243;n s&#237; que ten&#237;a intenci&#243;n de matarme. Y ah&#237; estaba yo tratando de situar suacento como si fuera una especie de fil&#243;logo y de recordar las f&#243;rmulas qu&#237;micas que hab&#237;a aprendido en la escuela.

Fue entonces cuando lo vi bien por primera vez. Era grande y musculoso como un caballo de circo, pero apenas te fijabas en eso al mirarle la cara; toda la parte derecha estaba torcida, como si tuviera una enorme bola de tabaco de mascar en la boca; el ojo derecho miraba fijamente y muy abierto, como si fuera de cristal. Seguramente habr&#237;a podido besarse su propia oreja. Y con tanta sed de cari&#241;o como deb&#237;a de tener con aquella cara, probablemente ten&#237;a que hacerlo.

Arrod&#237;llate al lado del pozo -gru&#241;&#243;, como un neanderthal al que le faltaran un par de cromosomas vitales.

No ir&#225;s a matar a un viejo camarada, &#191;verdad? -dije, tratando desesperadamente de recordar el nuevo nombre de Nebe o incluso el de uno de los regimientos letones. Pens&#233; en gritar pidiendo ayuda, salvo que sab&#237;a que si lo hac&#237;a me matar&#237;a sin vacilar.

&#191;T&#250;, un viejo camarada? -dijo despectivo, sin que pareciera costarle mucho.

Obersturmf&#252;hrer en el Primer Regimiento Let&#243;n -dije tratando, sin lograrlo, de parecer despreocupado.

El let&#243;n escupi&#243; entre los arbustos y me mir&#243; sin expresi&#243;n con su ojo salt&#243;n. La pistola, un enorme Colt autom&#225;tico de acero azul, sigui&#243; apunt&#225;ndome directamente al pecho.

El Primero Let&#243;n, &#191;eh? No pareces let&#243;n.

Soy prusiano -dije-. Mi familia viv&#237;a en Riga. Mi padre trabajaba en los astilleros en Dantzig. Se cas&#243; con una rusa.

Le ofrec&#237; unas palabras en ruso para confirmar mis palabras, aunque no pod&#237;a recordar si en Riga se hablaba principalmente ruso o alem&#225;n.

Entorn&#243; los ojos, uno m&#225;s que el otro.

A ver, &#191;en qu&#233; a&#241;o se fund&#243; el Primero Let&#243;n?

Tragu&#233; saliva y escarb&#233; en mi memoria. El gato maull&#243; d&#225;ndome &#225;nimos. Razonando que la formaci&#243;n de un regimiento let&#243;n deb&#237;a haber seguido a la Operaci&#243;n Barbarroja de 1941, dije:

1942.

Despleg&#243; una sonrisa horrible y cabece&#243; negando con un lento sadismo.

1943 -dijo, avanzando un par de pasos-. Fue en 1943. Ahora arrod&#237;llate o te disparar&#233; en la barriga.

Lentamente me dej&#233; caer de rodillas al borde el pozo, sintiendo la humedad del suelo a trav&#233;s de la tela del pantal&#243;n. Hab&#237;a visto demasiados asesinatos de las SS para no saber qu&#233; iba a hacer: un tiro en la nuca, mi cuerpo cayendo limpiamente dentro de una tumba ya preparada y unas cuantas paletadas de cal viva por encima. Se me acerc&#243; por detr&#225;s dando un amplio rodeo. El gato se sent&#243; para observar, con la cola envolvi&#233;ndole pulcramente el trasero. Cerr&#233; los ojos y esper&#233;.

Rainis -dijo una voz, y pasaron varios segundos. Apenas me atrev&#237;a a levantar la mirada para ver si me hab&#237;a salvado.

Est&#225; bien, Bernie. Puedes levantarte.

Expuls&#233; el aliento en un &#250;nico y enorme erupto de terror. D&#233;bil, con las rodillas temblequeantes, me levant&#233; del borde del pozo y me volv&#237; para ver a Arthur Nebe, de pie a unos pocos metros detr&#225;s de la bestia letona. Me irrit&#243; mucho ver que estaba sonriendo.

Me alegro de que lo encuentres tan divertido, doctor Frankenstein -dije-. Ese jodido monstruo tuyo por poco me mata.

El let&#243;n asinti&#243; enfurru&#241;ado y enfund&#243; el Colt.

Estaba fisgando -dijo, sumiso-. Lo pill&#233;.

Me encog&#237; de hombros.

Hace una bonita ma&#241;ana. Pens&#233; que pod&#237;a venir y echar una ojeada a Grinzing. Solo estaba admirando tu finca cuando aqu&#237;, Lon Chaney, me meti&#243; una pistola por la oreja.

El let&#243;n sac&#243; mi rev&#243;lver del bolsillo de la chaqueta y se lo dio a Nebe.

Llevaba un hierro, Herr Nolde.

Pensando en dedicarte a la caza menor, &#191;no es as&#237;, Bernie?

Todo cuidado es poco en estos tiempos.

Me alegra que pienses eso -dijo Nebe-. Me ahorra el trabajo de disculparme. -Sopes&#243; el arma en la mano y luego se la meti&#243; en el bolsillo-. De cualquier modo, me la quedar&#233; de momento, si no te importa. Las armas ponen nerviosos a algunos de nuestros amigos. Recu&#233;rdame que te la devuelva antes de que te vayas. -Se volvi&#243; hacia el let&#243;n-. Est&#225; bien, Rainis, no te preocupes. Solo estabas haciendo tu trabajo. &#191;Por qu&#233; no vas y desayunas algo?

El monstruo asinti&#243; y se dirigi&#243; hacia la casa con el gato detr&#225;s de &#233;l.

Apuesto a que puede comerse su propio peso en cacahuetes.

Nebe sonri&#243; fr&#237;amente.

Algunas personas tienen perros fieros para que las protejan; yo tengo a Rainis.

Ya, bueno, espero que est&#233; ense&#241;ado para no ensuciarse dentro de la casa. -Me quit&#233; el sombrero y me enjugu&#233; la frente con el pa&#241;uelo-. Yo no lo dejar&#237;a pasar de la puerta. Lo tendr&#237;a atado con una cadena en el patio. &#191;D&#243;nde se cree que est&#225;? &#191;En Treblinka? Ese hijo de puta se mor&#237;a de ganas de matarme, Arthur.

No lo dudo. Disfruta matando.

Nebe rechaz&#243; con un gesto de la cabeza el cigarrillo que le ofrec&#237;a, pero tuvo que ayudarme a encender el m&#237;o, ya que mi mano temblaba tanto como si estuviera hablando con un apache sordo.

Es let&#243;n -explic&#243; Nebe-. Era cabo en el campo de concentraci&#243;n de Riga. Cuando los rusos lo capturaron le pisotearon la cara y le partieron la mand&#237;bula con las botas.

Cr&#233;eme, s&#233; c&#243;mo deb&#237;an de sentirse.

Le paralizaron la mitad de la cara y lo dejaron un poco d&#233;bil de cabeza. Siempre fue un asesino brutal, pero ahora es m&#225;s parecido a un animal. Pero igual de leal que cualquier perro.

Bueno, como es natural, ya pensaba que tendr&#237;a sus puntos buenos. Riga, &#191;eh? -Se&#241;al&#233; con la cabeza hacia el pozo abierto y el incinerador-. Apuesto a que esta peque&#241;a instalaci&#243;n de eliminaci&#243;n de residuos hace que se sienta como en casa.

Di unas caladas agradecidas al cigarrillo y a&#241;ad&#237;:

Si a eso vamos, apuesto a que hace que los dos os sint&#225;is como en casa.

Nebe frunci&#243; el ce&#241;o.

Me parece que necesitas beber algo -dijo en voz baja.

No me sorprender&#237;a. Pero aseg&#250;rate de que los cubitos no tengan mucha cal. He perdido el gusto por la cal, para siempre.



34

Segu&#237; a Nebe al interior de la casa y al piso de arriba, a la biblioteca donde hab&#237;amos hablado el d&#237;a anterior. Me trajo un co&#241;ac del mueble-bar y lo dej&#243; en la mesa delante de m&#237;.

Perd&#243;name que no te acompa&#241;e -dijo observando c&#243;mo me lo beb&#237;a de un trago-. Normalmente me gusta tomarme un co&#241;ac con el desayuno, pero esta ma&#241;ana tengo que tener las ideas claras. -Sonri&#243; con indulgencia cuando dej&#233; la copa sobre la mesa-. &#191;Mejor?

Asent&#237;.

Dime, &#191;hab&#233;is encontrado a vuestro dentista desaparecido, al doctor Heim?

Ahora que ya no ten&#237;a que preocuparme por mis propias perspectivas inmediatas de supervivencia, Veronika volv&#237;a a ocupar el primer lugar en mis pensamientos.

Est&#225; muerto, me temo. Eso ya es bastante malo, pero ni la mitad de malo que no saber qu&#233; le hab&#237;a pasado. Por lo menos, ahora sabemos que no lo tienen los rusos.

&#191;Qu&#233; le pas&#243;?

Tuvo un ataque al coraz&#243;n. -Nebe solt&#243; aquella risita seca que yo le conoc&#237;a tan bien de la &#233;poca del Alex, la comisar&#237;a central de la polic&#237;a criminal de Berl&#237;n-. Parece que estaba con una chica en aquel momento. Una chocolatera.

&#191;Quieres decir que le pas&#243; mientras estaban?

Eso exactamente es lo que quiero decir. Con todo, puedo imaginar formas peores de morir, &#191;t&#250; no?

Despu&#233;s de lo que acabo de pasar, eso no me resulta especialmente dif&#237;cil, Arthur.

Seguro -dijo, y sonri&#243; casi avergonzado.

Dediqu&#233; unos momentos a buscar una excusa que me permitiera preguntar inocentemente qu&#233; le hab&#237;a pasado a Veronika.

&#191;Y qu&#233; hizo ella? La chocolatera, quiero decir. &#191;Telefone&#243; a la polic&#237;a? -Frunc&#237; el ce&#241;o-. No, supongo que no.

&#191;Por qu&#233; dices eso?

Me encog&#237; de hombros ante la evidente simplicidad de mi explicaci&#243;n.

No puedo imaginarme que se hubiera arriesgado a que la arrestara la brigada Antivicio. No, apuesto a que trat&#243; de tirarlo en alg&#250;n sitio. Le pedir&#237;a a su chulo que lo hiciera, como de costumbre. -Enarqu&#233; las cejas, con aire interrogador-. &#191;Qu&#233;? &#191;Tengo raz&#243;n?

S&#237;, tienes raz&#243;n, como de costumbre. -Sonaba casi como si admirara mi razonamiento. Luego solt&#243; una especiede suspiro nost&#225;lgico-. &#161;Qu&#233; l&#225;stima que ya no estemos en la Kripo, no tienes ni idea de lo que echo en falta todo aquello!

Yo tambi&#233;n.

Pero t&#250; podr&#237;as volver. &#191;No tendr&#225;s ninguna cuenta pendiente, verdad, Bernie?

&#191;Y trabajar para los comunistas? No, gracias. -Frunc&#237; los labios y trat&#233; de adoptar un aire preocupado-. De todos modos, prefiero quedarme lejos de Berl&#237;n durante un tiempo. Un soldado ruso trat&#243; de robarme en el tren. Fue en defensa propia, pero lo mat&#233;. Y me vieron dejar la escena del crimen cubierto de sangre.

La escena del crimen -cit&#243; Nebe, paladeando la frase como si fuera un buen vino-. Es agradable volver a hablar con un detective.

Solo para satisfacer mi curiosidad personal, Arthur: &#191;c&#243;mo encontraste a la chocolatera?

No fui yo, fue K&#246;nig. Me ha dicho que fuiste t&#250; quien le explic&#243; la mejor manera de buscar al pobre Heim.

Solo le dije las cosas de rutina, Arthur, cosas que t&#250; mismo le podr&#237;as haber dicho.

Puede que s&#237;. De cualquier modo, parece que la chica de K&#246;nig reconoci&#243; a Heim en una foto. Parece que sol&#237;a frecuentar el club donde ella trabaja. Recordaba que Heim le ten&#237;a una especial afici&#243;n a una de las furcias que trabajan all&#237;. Lo &#250;nico que Helmut ten&#237;a que hacer era convencerla para que se lo contara todo. As&#237; de sencillo.

Sacarle informaci&#243;n a una furcia nunca es algo as&#237; de sencillo -dije-. Puede ser como sacarle una blasfemia a una monja. El dinero es el &#250;nico medio de hacer hablar a una chica de alterne, el &#250;nico que no deja moretones.  Esper&#233; que Nebe me contradijera, pero no dijo nada-. Claro que un moret&#243;n es m&#225;s barato y no deja margen al error. -Le sonre&#237; como para decir que no ten&#237;a ning&#250;n escr&#250;pulo en absoluto cuando se trataba de zurrar a una chocolatera en inter&#233;s de una investigaci&#243;n eficaz-. Yo dir&#237;a que K&#246;nig no es de los que tiran el dinero, &#191;estoy en lo cierto?

Con gran decepci&#243;n por mi parte, Nebe se limit&#243; a encogerse de hombros y luego mir&#243; la hora.

Ser&#225; mejor que se lo preguntes t&#250; mismo cuando lo veas.

&#191;Tambi&#233;n va a venir a la reuni&#243;n?

Estar&#225; aqu&#237;. -Nebe consult&#243; de nuevo la hora-. Me temo que tengo que dejarte. Todav&#237;a me quedan un par de cosas por hacer antes de las diez. Quiz&#225; ser&#237;a mejor que te quedaras aqu&#237;. La seguridad es muy estricta hoy y no querr&#237;amos otro incidente, &#191;verdad? Har&#233; que alguien te traiga caf&#233;. Enci&#233;ndete la chimenea si quieres. Aqu&#237; hace algo de fr&#237;o.

Di unos golpecitos en la copa.

Me parece que ahora ya no lo noto tanto.

Nebe me mir&#243; pacientemente.

S&#237;, bueno, s&#237;rvete m&#225;s co&#241;ac si crees que lo necesitas.

Gracias -dije alargando la mano para coger la botella-, no me ir&#225; mal.

Pero mantente despierto. Te har&#225;n muchas preguntas sobre tu amigo ruso. No me gustar&#237;a que se pusiera en duda tu opini&#243;n de su val&#237;a solo porque hubieras bebido demasiado.

Cruz&#243; el crujiente suelo hacia la puerta.

No te preocupes por m&#237; -dije contemplando los estantes vac&#237;os-, leer&#233; un libro.

La notable nariz de Nebe se frunci&#243; en gesto de desaprobaci&#243;n.

S&#237;, es una verdadera l&#225;stima que la biblioteca haya desaparecido. Parece que los anteriores due&#241;os dejaron una colecci&#243;n soberbia, pero cuando llegaron, los rusos utilizaron todos los libros como combustible para la caldera.  Cabece&#243; con aire triste-. &#191;Qu&#233; se puede hacer con subhumanos as&#237;?

Cuando Nebe se fue, segu&#237; su consejo y encend&#237; la chimenea. Me ayud&#243; a concentrarme en lo que iba a hacer a continuaci&#243;n. Cuando las llamas prendieron en el peque&#241;o edificio de troncos y palos que hab&#237;a construido, pens&#233; que el patente regocijo de Nebe sobre las circunstancias de la muerte de Heim parec&#237;a indicar que la Org aceptaba que Veronika les hab&#237;a dicho la verdad.

Era cierto que segu&#237;a sin saber d&#243;nde pod&#237;an tenerla, pero me daba la impresi&#243;n de que K&#246;nig todav&#237;a no estaba en Grinzing, y sin un arma no ve&#237;a c&#243;mo pod&#237;a marcharme a buscarla en otro sitio. Faltando solo dos horas para la reuni&#243;n de la Org, me parec&#237;a que lo mejor que pod&#237;a hacer era esperar a que llegara K&#246;nig y confiar en que tranquilizara mi conciencia. Y si hab&#237;a matado o herido a Veronika, le ajustar&#237;a las cuentas personalmente cuando llegara Belinsky con sus hombres.

Cog&#237; el atizador y aviv&#233; el fuego descuidadamente. El hombre de Nebe me trajo el caf&#233;, pero no le prest&#233; atenci&#243;n, y cuando se fue me estir&#233; en el sof&#225; y cerr&#233; los ojos.

El fuego crepit&#243;, repiquete&#243; un par de veces y me calent&#243; el costado. A trav&#233;s de los p&#225;rpados cerrados, un rojo brillante se convirti&#243; en un p&#250;rpura intenso y luego en algo m&#225;s relajante

&#191;Herr Gunther?

Levant&#233; bruscamente la cabeza del sof&#225;. Dormir en una posici&#243;n extra&#241;a, aunque solo fuera unos minutos, me hab&#237;a puesto el cuello m&#225;s r&#237;gido que el cuero nuevo. Pero cuando mir&#233; el reloj vi que hab&#237;a estado durmiendo m&#225;s de una hora. Flexion&#233; el cuello.

Sentado al lado del sof&#225; hab&#237;a un hombre vestido con un traje de franela gris. Se inclin&#243; hacia adelante y me tendi&#243; la mano para que se la estrechara. Era una mano ancha, fuerte y sorprendentemente firme para un hombre tan bajo. Poco a poco, reconoc&#237; su cara, aunque nunca nos hab&#237;amos visto antes.

Soy el doctor Moltke -dijo-. He o&#237;do hablar mucho de usted, Herr Gunther.

Su acento era tan b&#225;varo que uno pod&#237;a quitarle la espuma de la superf&#236;cie.

Asent&#237; inseguro. Hab&#237;a algo en su manera de mirar que encontraba profundamente desconcertante. Ten&#237;a los ojos de un hipnotizador de cabar&#233;.

Encantado de conocerle, Herr Doktor.

Aqu&#237; ten&#237;amos a otro que hab&#237;a cambiado de nombre. Otro que se supon&#237;a que estaba muerto, como Arthur Nebe. Y este no era cualquier nazi corriente, fugitivo de la justicia, si es que exist&#237;a justicia en Europa durante 1948. Me produjo una sensaci&#243;n extra&#241;a pensar que le hab&#237;a estrechado la mano a un hombre que, por las misteriosas circunstancias que hab&#237;an rodeado su muerte, bien pudiera ser el hombre m&#225;s buscado del mundo. Era el Henrich M&#252;ller de la Gestapo en persona.

Arthur Nebe me ha estado hablando de usted -dijo-. &#191;Sabe?, parece que usted y yo somos bastante parecidos. Yo tambi&#233;n era detective de la polic&#237;a, como usted. Empec&#233; en la calle, haciendo la ronda, y aprend&#237; el oficio en la dura escuela del trabajo corriente de la polic&#237;a. Como usted, tambi&#233;n me especialic&#233;, pero mientras usted trabajabapara el Departamento de Homicidios, yo me vi atra&#237;do por la vigilancia de los funcionarios del partido comunista. Incluso hice un estudio especial de los m&#233;todos policiales de la Rusia sovi&#233;tica. Encontr&#233; mucho que admirar all&#237;. Siendo usted mismo polic&#237;a, seguro que apreciar&#237;a su profesionalidad. El MVD, que antes era la NKVD, es probablemente la mejor polic&#237;a secreta del mundo. Incluso mejor que la Gestapo. Por la simple raz&#243;n, creo, de que el nacionalsocialismo nunca consigui&#243; ofrecer una convicci&#243;n capaz de orientar una actitud tan coherente hacia la vida. &#191;Y sabe por qu&#233;?

Negu&#233; con la cabeza. Su fuerte acento b&#225;varo parec&#237;a indicar una jovialidad natural que yo sab&#237;a que aquel hombre no pod&#237;a tener en modo alguno.

Porque, Herr Gunther, a diferencia del comunismo, nosotros nunca atrajimos a los intelectuales adem&#225;s de a la clase obrera. &#191;Sabe?, yo mismo no me un&#237; al partido hasta 1939. Stalin hace mejor las cosas. Hoy lo veo bajo un prisma diferente que antes.

Frunc&#237; el ce&#241;o, pregunt&#225;ndome si esta era la idea que M&#252;ller ten&#237;a de una broma o un chiste. Pero parec&#237;a totalmente serio, pomposamente serio.

&#191;Admira usted a Stalin? -dije casi sin pod&#233;rmelo creer.

Est&#225; muy por encima de cualquiera de nuestros l&#237;deres occidentales. Incluso Hitler se queda peque&#241;o en comparaci&#243;n. Piense tan solo a lo que han hecho frente Stalin y su partido. Usted estuvo en uno de sus campos. Sabe c&#243;mo son. Incluso habla usted ruso. Uno siempre sabe d&#243;nde est&#225; con los ivanes. Te ponen contra una pared y te fusilan o te dan la Orden de Lenin. No es como con los estadounidenses o los brit&#225;nicos. -En la cara de M&#252;ller apareci&#243; una expresi&#243;n de extremo desagrado-. Hablan de moralidad y de justicia, pero permiten que Alemania se muera de hambre. Escriben sobre &#233;tica, pero cuelgan a viejos camaradas un d&#237;a y al siguiente los reclutan para sus propios servicios de seguridad. No se puede confiar en gente as&#237;, Herr Gunther.

Perd&#243;neme, Herr Doktor, pero ten&#237;a la impresi&#243;n de que trabaj&#225;bamos para los norteamericanos.

Error. Trabajamos con los norteamericanos. Pero en &#250;ltima instancia, trabajamos para Alemania. Para una nuevaPatria.

Con un aspecto m&#225;s pensativo, se levant&#243; y fue hasta la ventana. Su manera de expresar que reflexionaba fue una rapsodia silenciosa m&#225;s propia de un sacerdote campesino que lucha con su conciencia. Junt&#243; las manos, meditabundo, las separ&#243; de nuevo y, finalmente, se apret&#243; las sienes entre los pu&#241;os.

No hay nada que admirar en Estados Unidos. No es como Rusia. Pero los norteamericanos tienen poder. Y lo que les da poder es el d&#243;lar. Es la &#250;nica raz&#243;n por la que debemos oponernos a Rusia. Necesitamos los d&#243;lares estadounidenses. Lo &#250;nico que la Uni&#243;n Sovi&#233;tica puede darnos es el ejemplo: el ejemplo de lo que la lealtad y la entrega pueden llegar a conseguir, incluso sin dinero. As&#237; pues, piense en lo que los alemanes podr&#237;amos hacer con una entrega similar y el dinero norteamericano.

Trat&#233; de ahogar un bostezo y no lo consegu&#237;.

&#191;Por qu&#233; me est&#225; diciendo todo esto, Herr Herr Doktor?

Durante un espantoso segundo casi lo hab&#237;a llamado Herr M&#252;ller. &#191;Sabr&#237;a alguien, adem&#225;s de Arthur Nebe y quiz&#225; Von Bolschwing, que me hab&#237;a interrogado, qui&#233;n era realmente Moltke?

Estamos trabajando por un nuevo ma&#241;ana, Herr Gunther. Puede que ahora se hayan repartido Alemania entre ellos, pero llegar&#225; un tiempo en que volveremos a ser una gran potencia. Una gran potencia econ&#243;mica. Mientras nuestra organizaci&#243;n trabaja al lado de los estadounidenses para oponernos al comunismo, podremos convencerlos para que dejen que Alemania se reconstruya. Y con nuestra industria y nuestra tecnolog&#237;a, lograremos lo que Hitler nunca habr&#237;a podido alcanzar. Y lo que Stalin, s&#237;, incluso Stalin con sus impresionantes planes quinquenales, solo puede seguir so&#241;ando. Los alemanes quiz&#225; nunca tengan el dominio militar, pero pueden dominar econ&#243;micamente. Ser&#225; el marco, no la esv&#225;stica, lo que conquistar&#225; Europa. &#191;No se cree lo que digo?

Si parec&#237;a sorprendido era &#250;nicamente porque la idea de que la industria alemana pudiera estar en la cima de nada que no fuese un mont&#243;n de chatarra me parec&#237;a absolutamente rid&#237;cula.

Me preguntaba si todos los miembros de la Org piensan igual que usted.

Se encogi&#243; de hombros.

No exactamente, no. Hay diversas opiniones en cuanto a la val&#237;a de nuestros aliados y a la maldad de nuestros enemigos. Pero todos estamos de acuerdo en una cosa, y es la nueva Alemania. No importa si tarda cinco a&#241;os o cincuenta y cinco.

Absorto, M&#252;ller empez&#243; a hurgarse la nariz. Eso lo tuvo ocupado durante unos segundos, despu&#233;s de los cuales se examin&#243; el pulgar y el &#237;ndice y luego se los limpi&#243; en las cortinas de Nebe. Era, pens&#233;, un mal augurio de la nueva Alemania de la que hab&#237;a estado hablando.

En cualquier caso, quer&#237;a esta oportunidad para agradecerle personalmente su iniciativa. He estudiado a fondo los documentos que su amigo nos ha proporcionado y no me cabe ninguna duda: es un material de primera clase. Los estadounidenses se volver&#225;n locos de entusiasmo cuando lo vean.

Me alegra saberlo.

M&#252;ller volvi&#243; a su sill&#243;n, al lado de mi sof&#225;, y se sent&#243;.

&#191;Hasta qu&#233; punto est&#225; usted seguro de que &#233;l pueda continuar entreg&#225;ndonos este tipo de material de alto nivel?

Muy seguro, Herr Doktor.

Excelente. &#191;Sabe?, no pod&#237;a habernos llegado en mejor momento. La Compa&#241;&#237;a de Utilizaci&#243;n Industrial del Sur de Alemania est&#225; solicitando un aumento de fondos al Departamento de Estado estadounidense. La informaci&#243;n de su hombre ser&#225; un elemento trascendental en apoyo de nuestros argumentos. En la reuni&#243;n de esta ma&#241;ana recomendar&#233; que a la explotaci&#243;n de esta nueva fuente se le conceda la m&#225;xima prioridad aqu&#237; en Viena.

Cogi&#243; el atizador de la chimenea y removi&#243; violentamente las ascuas refulgentes del fuego. No era demasiado dif&#237;cil imaginarlo haciendo lo mismo con un ser humano. Con la mirada fija en las llamas, a&#241;adi&#243;:

En un asunto por el que tengo un inter&#233;s tan personal, tengo que pedirle un favor, Herr Gunther.

Le escucho, Herr Doktor.

Debo confesarle que confiaba en convencerlo para que me dejara ocuparme de este informador yo mismo.

Reflexion&#233; durante un minuto.

Como es natural, tendr&#237;a que preguntarle a &#233;l qu&#233; opina. Conf&#237;a en m&#237;. Podr&#237;a llevar algo de tiempo.

Por supuesto.

Como le dije a Nebe, querr&#225; dinero. Mucho dinero.

Puede decirle que lo organizar&#233; todo. Una cuenta en un banco suizo lo que quiera.

En este momento lo que quiere es un reloj suizo -dije, improvisando-, un Doxas.

No hay ning&#250;n problema -M&#252;ller sonri&#243;-. &#191;Ve lo que quiero decir sobre los rusos? Saben exactamente lo que quieren. Un bonito reloj. Est&#225; bien, d&#233;jelo de mi cuenta. -M&#252;ller volvi&#243; a colocar el atizador en el soporte y se recost&#243; en el sill&#243;n, satisfecho-. Entonces, entiendo que no tiene ninguna objeci&#243;n a mi propuesta. Como es natural, usted ser&#225; bien recompensado por traernos a un informador tan importante.

Ya que lo menciona, s&#237; que tengo una cifra en mente -dije.

M&#252;ller levant&#243; las manos y me rog&#243; que la dijera.

Puede que sepa que hace muy poco he sufrido una importante p&#233;rdida jugando a las cartas. Perd&#237; la mayor&#237;a de mi dinero, unos cuatro mil schillings. Pensaba que podr&#237;a redondear esa cifra hasta cinco mil.

Frunci&#243; los labios y empez&#243; a asentir lentamente.

No lo considero poco razonable, dadas las circunstancias.

Sonre&#237;. Me divert&#237;a que a M&#252;ller le importara tanto proteger su &#225;mbito de especializaci&#243;n dentro de la Org como para estar dispuesto a comprarme mi relaci&#243;n con el ruso de Belinsky. Era f&#225;cil ver que de este modo se ver&#237;a garantizada la fama de M&#252;ller, el de la Gestapo, como autoridad en todas las cuestiones relativas al MVD. Se palme&#243; las rodillas con decisi&#243;n.

Bien. Me alegra que esto est&#233; arreglado. He disfrutado de nuestra peque&#241;a charla. Volveremos a hablar despu&#233;s de la reuni&#243;n de esta ma&#241;ana.

Claro que hablaremos, me dije. Solo que probablemente ser&#237;a en el Stiftskaserne, o dondequiera que los del Crowcass fueran a interrogar a M&#252;ller.

Desde luego, tendremos que hablar del procedimiento para establecer contacto con su fuente. Arthur me dice que tienen un acuerdo de buz&#243;n secreto.

Todo est&#225; anotado -le dije-. Estoy seguro de que lo encontrar&#225; todo en orden.

Mir&#233; la hora y vi que eran m&#225;s de las diez. Me levant&#233; y me ajust&#233; la corbata.

Oh, no se preocupe -dijo M&#252;ller palme&#225;ndome la espalda. Parec&#237;a casi jovial ahora que hab&#237;a conseguido lo quequer&#237;a-. Nos esperar&#225;n, se lo aseguro.

Pero casi en aquel mismo momento se abri&#243; la puerta de la biblioteca y la cara ligeramente contrariada del bar&#243;n Von Bolschwing mir&#243; dentro de la sala. Alz&#243; su reloj de pulsera de forma significativa y dijo:

Herr Doktor, ya es hora de que empecemos.

De acuerdo -dijo M&#252;ller con voz tonante-, ya hemos acabado. Puede decirle a todo el mundo que entre.

Muchas gracias -dijo el bar&#243;n, pero su voz son&#243; malhumorada.

Reuniones -coment&#243; M&#252;ller, burl&#243;n-. Una detr&#225;s de otra en esta organizaci&#243;n. No hay forma de acabar con ese incordio. Es como limpiarte el culo con un neum&#225;tico de coche. Es como si Himmler no hubiera muerto.

Sonre&#237;.

Eso me recuerda que tengo una cita ineludible.

Est&#225; al final del pasillo -dijo.

Me dirig&#237; a la puerta, disculp&#225;ndome primero con el bar&#243;n y luego con Arthur Nebe mientras me abr&#237;a paso entre los hombres que entraban en la biblioteca. Eran viejos camaradas, sin ninguna duda. Hombres de mirada dura, sonrisa floja, barriga bien alimentada y una cierta arrogancia, como si ninguno de ellos hubiera perdido nunca una guerra ni hecho nada de lo que tuviera que sentirse avergonzado. Este era el rostro colectivo de la nueva Alemania que M&#252;ller hab&#237;a ensalzado.

Pero de K&#246;nig segu&#237;a sin haber se&#241;al alguna.

En el lavabo, que ol&#237;a a agrio, tuve buen cuidado de cerrar la puerta con el cerrojo, comprob&#233; la hora en mi reloj y fui hasta la ventana para tratar de ver la carretera, m&#225;s all&#225; de los &#225;rboles de al lado de la casa. Con el viento moviendo las hojas era dif&#237;cil distinguir nada con mucha claridad, pero me pareci&#243; que vislumbraba a lo lejos el guardabarros de un coche negro y grande.

Cog&#237; el cord&#243;n de la persiana y, confiando en que estuviera sujeta a la pared mejor que la de mi propio cuarto de ba&#241;o de Berl&#237;n, tir&#233; de ella suavemente durante cinco segundos, luego la dej&#233; que volviera a enrollarse otros cinco segundos. Cuando lo hube hecho tres veces como hab&#237;amos acordado, esper&#233; la se&#241;al de Belinsky y me sent&#237; muy aliviado cuando o&#237; tres bocinazos no muy lejos. Entonces tir&#233; de la cadena y abr&#237; la puerta.

A medio camino de regreso a la biblioteca, vi al perro de K&#246;nig. Estaba de pie en mitad del pasillo, husmeando el aire y mir&#225;ndome con algo parecido al reconocimiento. Luego se dio media vuelta y trot&#243; escaleras abajo. No se me ocurri&#243; un medio m&#225;s r&#225;pido de encontrar a K&#246;nig que dejar que aquella birria de perro lo hiciera por m&#237;. As&#237; que lo segu&#237;.

Delante de una puerta de la planta baja, el perro se detuvo y solt&#243; una mezcla de ladrido y gemido. En cuanto la abr&#237; sali&#243; disparado de nuevo, trotando por un pasillo que llevaba hacia la parte trasera de la casa. Se detuvo una vez m&#225;s e hizo como si tratara de excavar por debajo de otra puerta que parec&#237;a que conduc&#237;a al s&#243;tano. Durante varios segundos vacil&#233; antes de abrirla, pero cuando el perro ladr&#243;, decid&#237; que era m&#225;s sensato dejarlo entrar que arriesgarme a que el ruido atrajera a K&#246;nig. Gir&#233; la manija, empuj&#233; y, al ver que la puerta no se mov&#237;a, tir&#233; de ella hacia m&#237;. Se abri&#243; con un liger&#237;simo crujido, que qued&#243; disimulado en gran parte por lo que, al principio, me son&#243; como un gato maullando en alg&#250;n lugar del s&#243;tano. El aire fr&#237;o y la terrible revelaci&#243;n de que aquello no era ning&#250;n gato me golpearon en la cara y sent&#237; un escalofr&#237;o involuntario. Entonces el perro se introdujo por la rendija de la puerta y desapareci&#243; por los desnudos pelda&#241;os de madera.

Incluso antes de alcanzar de puntillas el final de las escaleras, donde unos grandes botelleros me ocultaban de la vista, ya hab&#237;a reconocido que la dolorida voz pertenec&#237;a a Veronika. La escena exig&#237;a muy poco an&#225;lisis. Estaba sentada en una silla, desnuda hasta la cintura, y ten&#237;a la cara mortalmente p&#225;lida. Un hombre, sentado justo enfrente de ella, con la camisa arremangada, estaba tortur&#225;ndole la rodilla con un objeto de metal manchado de sangre. K&#246;nig estaba de pie detr&#225;s de ella, sujetando la silla y ahogando de vez en cuando sus gritos con un trapo.

No hab&#237;a tiempo para preocuparme por no tener un arma, y fue una suerte que K&#246;nig se distrajera moment&#225;neamente con la llegada del perro.

Lingo -dijo mirando al animal-, &#191;c&#243;mo has llegado hasta aqu&#237;? Pensaba que te hab&#237;a encerrado.

Se inclin&#243; para coger al perro, y en aquel mismo momento sal&#237; r&#225;pidamente de detr&#225;s de las estanter&#237;as y corr&#237; hacia adelante.

El hombre de la silla segu&#237;a en su asiento cuando le golpe&#233; las dos orejas con las manos enlazadas y tan fuerte como pude. Chill&#243; y cay&#243; al suelo, agarr&#225;ndose los dos lados de la cabeza y retorci&#233;ndose desesperadamente mientras trataba de dominar el dolor de unos t&#237;mpanos que, casi con toda certeza, le hab&#237;a roto. Fue entonces cuando vi lo que le hab&#237;a estado haciendo a Veronika. Saliendo de la r&#243;tula, en &#225;ngulo recto, hab&#237;a un descorchador de botellas.

La pistola de K&#246;nig solo asomaba a medias de la pistolera. Salt&#233; sobre &#233;l, le golpe&#233; con fuerza en la axila y luego con el borde de la mano contra el labio superior. La combinaci&#243;n de los dos golpes fue suficiente para dejarlo fuera de combate. Retrocedi&#243; vacilando, apart&#225;ndose de la silla de Veronika, con la sangre brot&#225;ndole de la nariz. No habr&#237;a sido necesario que lo volviera a golpear, pero ahora que la mano de K&#246;nig ya no le tapaba la boca, los fuertes gritos de insoportable dolor de Veronika me convencieron para darle un tercer golpe, m&#225;s salvaje, con el antebrazo, dirigido al centro del estern&#243;n. Se hab&#237;a desmayado antes de golpear el suelo. Inmediatamente, el perro dej&#243; de ladrar y se dedic&#243; a lamerlo para tratar de reanimarlo.

Cog&#237; la pistola de K&#246;nig del suelo, me la met&#237; en el bolsillo del pantal&#243;n y empec&#233; r&#225;pidamente a desatar a Veronika.

Ya ha pasado todo -dije-, vamos a salir de aqu&#237;. Belinsky llegar&#225; en cualquier momento con la polic&#237;a.

Procur&#233; no mirar lo que le hab&#237;an hecho en la rodilla. Ella emit&#237;a un gemido lastimero mientras le quitaba la &#250;ltima cuerda de las piernas manchadas de sangre. Ten&#237;a la piel fr&#237;a y temblaba de los pies a la cabeza, claramente a punto de entrar en estado de shock. Pero cuando me quit&#233; la chaqueta y se la puse alrededor de los hombros, me cogi&#243; la mano con fuerza y me dijo a trav&#233;s de los dientes apretados.

S&#225;calo, por amor de Dios, s&#225;camelo de la rodilla.

Con un ojo en las escaleras por si aparec&#237;a alguno de los hombres de Nebe busc&#225;ndome, porque hac&#237;a ya rato quedeb&#237;a haber estado arriba, me arrodill&#233; delante de ella y mir&#233; la herida que el instrumento hab&#237;a causado. Era un descorchador de aspecto corriente, con un mango de madera ahora pegajoso de sangre. Le hab&#237;an atornillado el afilado instrumento en un lado de la r&#243;tula hasta una profundidad de varios mil&#237;metros y no parec&#237;a haber medio de sacarlo sin causarle casi tanto dolor como le hab&#237;an causado al introduc&#237;rselo. Incluso el m&#225;s ligero contacto con el mango hac&#237;a que chillara.

Por favor, s&#225;calo -insisti&#243;, notando c&#243;mo vacilaba.

Est&#225; bien -dije-, pero ag&#225;rrate al asiento. Te va a doler. Acerqu&#233; la otra silla lo bastante para evitar que me diera una patada en la entrepierna y me sent&#233;.

&#191;Lista?

Cerr&#243; los ojos y asinti&#243;.

La primera vuelta en sentido contrario a las agujas del reloj le cubri&#243; la cara de un brillante tono escarlata. Luego chill&#243; con cada part&#237;cula de aire de sus pulmones. Gracias a Dios, a la segunda vuelta se desmay&#243;. Observ&#233; un momento la cosa que ten&#237;a entre las manos y luego la lanc&#233; contra el hombre cuyas orejas hab&#237;a golpeado. Tendido en un rinc&#243;n, con una respiraci&#243;n entrecortada entre gemidos, el torturador de Veronika parec&#237;a estar muy mal. El golpe hab&#237;a sido brutal, y aunque nunca lo hab&#237;a usado antes, sab&#237;a por mi entrenamiento militar que a veces llegaba a provocar una hemorragia cerebral mortal.

La rodilla de Veronika sangraba abundantemente. Mir&#233; a ver si encontraba algo con que vendarle la herida y decid&#237; hacerlo con la camisa del hombre al que hab&#237;a dejado sordo. Fui hasta &#233;l y se la arranqu&#233;.

Despu&#233;s de plegar la camisa, la apret&#233; fuerte contra la rodilla y luego utilic&#233; las mangas para atarla fuertemente. Cuando el vendaje estuvo acabado, era un bonito ejemplo de pr&#225;ctica de primeros auxilios. Pero la respiraci&#243;n de Veronika se hab&#237;a vuelto superficial y no ten&#237;a ninguna duda de que iba a necesitar una camilla para sacarla de all&#237;.

Para entonces, ya hab&#237;an pasado casi quince minutos desde mi se&#241;al a Belinsky y segu&#237;a sin o&#237;rse nada que indicara que hubiera pasado algo. &#191;Cu&#225;nto tiempo pod&#237;an necesitar para entrar? No hab&#237;a o&#237;do ni un grito que indicaraque quiz&#225; hab&#237;an encontrado alguna resistencia. Con gente como el let&#243;n por all&#237;, me parec&#237;a que era demasiado esperar que M&#252;ller y Nebe hubieran sido arrestados sin lucha.

K&#246;nig gimi&#243; y movi&#243; la pierna d&#233;bilmente, como un insecto al que le han dado con el matamoscas. Apart&#233; al perro de una patada y me inclin&#233; para echarle una mirada. La piel de debajo del bigote se hab&#237;a vuelto de un color oscuro y l&#237;vido y, a juzgar por la cantidad de sangre que ten&#237;a en las mejillas, supuse que le habr&#237;a desprendido el cart&#237;lago nasal de la parte superior de la mand&#237;bula.

Supongo que pasar&#225; bastante tiempo antes de que disfrutes de otro puro -dije sombr&#237;o.

Me saqu&#233; la Mauser de K&#246;nig del bolsillo y comprob&#233; la rec&#225;mara. A trav&#233;s del agujero de inspecci&#243;n vi el brillo familiar de un cartucho de ignici&#243;n central. Uno en la rec&#225;mara. Saqu&#233; el cargador y vi otros seis pulcramente alineados como si fueran cigarrillos. Volv&#237; a colocar el cargador en su sitio golpe&#225;ndolo con la palma de la mano y luego hice lo mismo con el percutor. Era hora de averiguar qu&#233; hab&#237;a pasado con Belinsky.

Sub&#237; las escaleras del s&#243;tano, me detuve detr&#225;s de la puerta un momento y escuch&#233;. Por un momento pens&#233; que o&#237;a una respiraci&#243;n entrecortada, y luego comprend&#237; que era la m&#237;a. Levant&#233; la pistola a la altura de la cabeza, deslic&#233; el seguro con la u&#241;a del pulgar y cruc&#233; la puerta.

Durante una d&#233;cima de segundo vi al gato negro del let&#243;n y luego sent&#237; lo que parec&#237;a ser todo el techo que se me desplomaba encima. O&#237; un peque&#241;o ruido, como el pop de una botella de champ&#225;n al abrirse, y casi me ech&#233; a re&#237;r al darme cuenta de que lo &#250;nico que mi conmocionada mente era capaz de descodificar era el sonido de la pistola al dispararse involuntariamente en mi mano. Atontado como un salm&#243;n en tierra, yac&#237;a en el suelo. El cuerpo me zumbaba como si fuera un cable telef&#243;nico. Demasiado tarde record&#233; que, a pesar de su tama&#241;o, el let&#243;n se mov&#237;a con una notable ligereza. Se arrodill&#243; a mi lado y me sonri&#243; a la cara antes de blandir la cachiporra de nuevo.

Y entonces se hizo la oscuridad.



35

Hab&#237;a un mensaje esper&#225;ndome. Estaba escrito en letras may&#250;sculas, como para subrayar su importancia. Me esforc&#233; en enfocar la mirada, pero el mensaje no paraba de moverse. Borrosamente, fui descifrando las letras una a una. Era laborioso, pero no ten&#237;a otra opci&#243;n. Finalmente, un&#237; las letras. El mensaje dec&#237;a: CARE USA. De alguna manera, me parec&#237;a importante, aunque no acertaba a comprender por qu&#233;. Pero luego vi que esta era solo una parte del mensaje, la segunda parte, adem&#225;s. Control&#233; las n&#225;useas y me esforc&#233; por leer la primera parte, que estaba codificada: GR.WT 26 lbs.CU.FT.O'IO. &#191;Qu&#233; querr&#237;a decir? Segu&#237;a tratando de descifrar el c&#243;digo cuando o&#237; pasos y luego el sonido de la llave girando en la cerradura.

La cabeza se me aclar&#243; dolorosamente cuando me levantaron dos pares de fuertes manos. Uno de los hombres le dio una patada al paquete vac&#237;o de CARE para quitarlo de en medio cuando me sacaron casi en volandas por la puerta.

Me dol&#237;a tanto el cuello y el hombro que se me puso la piel de gallina en cuanto me cogieron por debajo de los brazos, que ahora me daba cuenta que estaban esposados delante de m&#237;. Me retorc&#237; con desesperaci&#243;n y trat&#233; de volver al suelo, donde me hab&#237;a sentido c&#243;modo en comparaci&#243;n. Pero siguieron cogi&#233;ndome y resistirme s&#243;lo hac&#237;a que el dolor fuera m&#225;s intenso, as&#237; que los dej&#233; que me arrastraran por un pasillo corto y h&#250;medo, por delante de un par de toneles rotos, y me subieran unos cuantos pelda&#241;os hasta una enorme cuba de roble. Los dos hombres me sentaron bruscamente en una silla.

Una voz, la voz de M&#252;ller, les orden&#243; que me dieran un poco de vino.

Quiero que est&#233; totalmente consciente cuando lo interroguemos.

Alguien me llev&#243; un vaso a los labios y me inclin&#243; la cabeza. Cuando el vaso estuvo vac&#237;o not&#233; sabor de sangre en la boca. Escup&#237; hacia adelante, sin importarme d&#243;nde.

Material barato -me o&#237; graznar-. Vino para cocinar.

M&#252;ller se ri&#243; y yo volv&#237; la cabeza hacia el sonido. Las bombillas desnudas solo daban una luz tenue, pero incluso as&#237; me hicieron da&#241;o en los ojos. Apret&#233; los p&#225;rpados con fuerza y luego los volv&#237; a abrir.

Bien -dijo M&#252;ller-, todav&#237;a le queda algo dentro. Lo necesitar&#225; para contestar a mis preguntas, Herr Gunther, selo aseguro.

M&#252;ller estaba sentado en una silla con las piernas y los brazos cruzados. Parec&#237;a alguien a punto de presenciar una audici&#243;n. Sentado a su lado, y con un aspecto bastante menos relajado que el del antiguo jefe de la Gestapo, estaba Nebe. Y a su lado se sentaba K&#246;nig, con una camisa limpia y sosteniendo un pa&#241;uelo contra la nariz y la boca, como si tuviera un fuerte ataque de fiebre del heno. En el suelo, a sus pies, estaba Veronika. Estaba inconsciente y, salvo por el vendaje de la rodilla, completamente desnuda. Igual que yo, tambi&#233;n estaba esposada, aunque su palidez indicaba que eso era una precauci&#243;n completamente innecesaria.

Volv&#237; la cabeza a la izquierda. A unos pocos metros estaba el let&#243;n y otro mat&#243;n a quien no hab&#237;a visto antes. El let&#243;n sonre&#237;a, entusiasmado sin duda ante la expectativa de mi mayor humillaci&#243;n posterior.

Est&#225;bamos en el m&#225;s grande de los edificios anexos. A trav&#233;s de las ventanas, la noche contemplaba lo que suced&#237;a con oscura indiferencia. Desde alg&#250;n lugar me llegaba el lento latido de un generador. Me dol&#237;a mover la cabeza o el cuello y, en realidad, era m&#225;s c&#243;modo volver a mirar a M&#252;ller.

Pregunte todo lo que quiera -dije-, no me sacar&#225; nada.

Pero incluso en el momento de hablar, sab&#237;a que entre las expertas manos de M&#252;ller ten&#237;a tantas posibilidades de no dec&#237;rselo todo como de nombrar al pr&#243;ximo papa.

Encontr&#243; mi bravata lo bastante absurda como para re&#237;rse y negar con la cabeza.

Hace ya unos cuantos a&#241;os que no me encargo de un interrogatorio -dijo con un tono que sonaba a nostalgia-. No obstante, creo que descubrir&#225; que no he perdido mi toque.

M&#252;ller mir&#243; a Nebe y a K&#246;nig como buscando su aprobaci&#243;n y ambos asintieron sombr&#237;amente.

Apuesto a que gan&#243; premios por ese toque, bastardo de medio pelo.

Al o&#237;rme, el let&#243;n se anim&#243; a pegarme fuerte en la cara. La s&#250;bita sacudida de la cabeza me envi&#243; un dolor atroz hasta las u&#241;as de los pies y me hizo chillar.

No, no, Rainis -dijo M&#252;ller como si hablara con un ni&#241;o-, tenemos que dejar hablar a Herr Gunther. Puede queahora nos insulte, pero finalmente nos dir&#225; todo lo que queremos saber. Por favor, no le pegues si yo no te lo ordeno.

Nebe habl&#243;.

No sirve de nada, Bernie. Fr&#228;ulein Zartl nos lo ha contado todo sobre c&#243;mo t&#250; y ese norteamericano os deshicisteis del cuerpo del pobre Heim. Me preguntaba el porqu&#233; de tu curiosidad por ella. Ahora lo sabemos.

De hecho, ahora sabemos mucho -dijo M&#252;ller-. Mientras estaba durmiendo la siesta, Arthur se hizo pasar por polic&#237;a a fin de tener acceso a sus habitaciones. -Sonri&#243; con petulancia-. No le result&#243; muy dif&#237;cil. &#161;Los austr&#237;acos son una gente tan d&#243;cil, tan respetuosa de la ley! Arthur, cu&#233;ntale a Herr Gunther lo que has descubierto.

Tus fotograf&#237;as, Heinrich. Supongo que el norteamericano se las debi&#243; de dar. &#191;Qu&#233; me dices, Bernie?

Vete al diablo.

Nebe continu&#243;, impert&#233;rrito.

Tambi&#233;n hab&#237;a un boceto de la l&#225;pida de la tumba de Martin Albers. &#191;Recuerda aquel desgraciado asunto, Herr Doktor?

S&#237; -dijo M&#252;ller-, fue un descuido imperdonable por parte de Max.

Me atrever&#237;a a decir que ya habr&#225;s adivinado que Max Abs y Mart&#237;n Albers eran una y la misma persona, Bernie. Era un hombre anticuado y muy sentimental. No pod&#237;a fingir que estaba muerto, como el resto de nosotros. No, ten&#237;a que tener una l&#225;pida para conmemorar su fallecimiento, para hacer que pareciera respetable. Realmente, muy vien&#233;s, &#191;no te parece? Supongo que fuiste t&#250; quien les diste el aviso a los PM de que Max iba a llegar a Munich. Por supuesto, t&#250; no pod&#237;as saber que Max llevaba varios juegos de papeles y permisos de viaje. Ver&#225;s, los documentos eran la especialidad de Max. Era un maestro falsificador. Como antiguo jefe de la secci&#243;n clandestina de Budapest, era uno de los mejores en su especialidad.

Supongo que fue otro de los conspiradores fallidos contra Hitler -dije-. Otra anotaci&#243;n falsa en la lista de los que fueron ejecutados. Igual que t&#250;, Arthur. Tengo que reconoc&#233;rtelo, has sido muy listo.

Eso fue idea de Max -dijo Nebe-. Ingenioso, s&#237;, pero con la ayuda de K&#246;nig no muy dif&#237;cil de organizar. Ver&#225;s, K&#246;nig mandaba el escuadr&#243;n de ejecuciones de Plotzensee y colgaba a conspiradores a cientos. &#201;l nos proporcion&#243;todos los detalles.

As&#237; como los ganchos de carnicero y los cables de piano, sin duda.

Herr Gunther -dijo de forma ininteligible a trav&#233;s del pa&#241;uelo apretado contra la nariz-, espero poder hacer lo mismo por usted.

M&#252;ller frunci&#243; el ce&#241;o.

Estamos malgastando el tiempo -dijo con tono de eficiencia-. Nebe le dijo a su casera que la polic&#237;a austr&#237;aca cre&#237;a que lo hab&#237;an raptado los rusos. Despu&#233;s de eso, fue de la m&#225;xima ayuda. Por lo que parece, sus habitaciones las paga Ernst Liebl. Ahora sabemos que ese hombre es el abogado de Emil Becker. Nebe es de la opini&#243;n de que lo contrataron a usted para que viniera a Viena y tratara de exculpar a Becker del asesinato del capit&#225;n Linden. Yo tambi&#233;n comparto esa opini&#243;n. Todo encaja, por as&#237; decir.

M&#252;ller asinti&#243; con la cabeza en direcci&#243;n a uno de los dos matones, que avanz&#243; y cogi&#243; a Veronika entre sus brazos, del tama&#241;o de torres el&#233;ctricas. Ella no hizo ning&#250;n movimiento y, salvo porque su respiraci&#243;n se volvi&#243; m&#225;s ruidosa y m&#225;s dif&#237;cil cuando la cabeza se le inclin&#243; hacia atr&#225;s, uno podr&#237;a haber pensado que estaba muerta. Parec&#237;a como si la hubieran drogado.

&#191;Por qu&#233; no la deja fuera de esto, M&#252;ller? -dije-. Le dir&#233; todo lo que quiere saber.

M&#252;ller fingi&#243; estar desconcertado.

Eso, seguramente, es lo que est&#225; por ver. -Se levant&#243;, al igual que Nebe y K&#246;nig-. Trae aqu&#237; a Herr Gunther, Rainis.

El let&#243;n me puso de pie de un tir&#243;n. El esfuerzo de verme obligado a ponerme de pie hizo que me sintiera mareado. Me arrastr&#243; unos metros hasta colocarme al lado de una gran cuba circular de roble, con las dimensiones de un estanque para peces de grandes dimensiones, que estaba hundida en el suelo. La cuba estaba unida a una placa rectangular de acero que ten&#237;a dos alas semicirculares de madera, como las alas de una gran mesa de comedor, por una gruesa columna de acero que se alzaba hacia el techo. El mat&#243;n que llevaba a Veronika baj&#243; al fondo de la cuba y la deposit&#243; all&#237;. Luego sali&#243; y tir&#243; de las dos hojas de roble de la placa hasta hacer que formaran un perfecto c&#237;rculo mortal.

Es una prensa para vino -dijo M&#252;ller con total naturalidad.

Me debat&#237; d&#233;bilmente entre los enormes brazos del let&#243;n, pero no pod&#237;a hacer nada. Me pareci&#243; que ten&#237;a el hombro o la clav&#237;cula rotos. Les dediqu&#233; varios insultos y M&#252;ller asinti&#243;, aprobador.

Su inter&#233;s por esta joven es estimulante -dijo.

Era a ella a quien buscabas esta ma&#241;ana -dijo Nebe-, cuando te tropezaste con Rainis, &#191;verdad?

S&#237;, es verdad, era a ella. Ahora, d&#233;jala ir, por amor de Dios. Te doy mi palabra, Arthur, ella no sabe absolutamente nada.

S&#237;, eso es verdad -admiti&#243; M&#252;ller-. O por lo menos, no mucho. En cualquier caso, eso es lo que me dice K&#246;nig, y es una persona muy persuasiva. Pero le halagar&#225; saber que, a pesar de todo, consigui&#243; ocultar durante bastante rato el papel que usted tuvo en la desaparici&#243;n de Heim, &#191;no es as&#237; Helmut?

S&#237;, general.

Pero al final nos lo cont&#243; todo -continu&#243; M&#252;ller-. Incluso antes de su incre&#237;blemente heroica entrada en escena. Nos cont&#243; que usted y ella hab&#237;an tenido relaciones sexuales y que usted hab&#237;a sido bueno con ella, raz&#243;n por la cual le hab&#237;a pedido que la ayudara cuando trat&#243; de librarse del cuerpo de Heim. Y que es tambi&#233;n la raz&#243;n por la que usted vino a buscarla cuando K&#246;nig se la llev&#243;. Por cierto, tengo que felicitarle. Mat&#243; a uno de los hombres de Nebe de una forma muy experta. Es una enorme l&#225;stima que un hombre con unas habilidades tan formidables no llegue nunca a trabajar para la organizaci&#243;n. Pero hay una serie de cosas que a&#250;n son un rompecabezas y espero que usted, Herr Gunther, nos las aclare.

Mir&#243; alrededor y vio que el hombre que hab&#237;a colocado a Veronika en la cuba ahora estaba de pie al lado de un peque&#241;o panel de interruptores el&#233;ctricos que hab&#237;a en la pared.

&#191;Sabe algo de la elaboraci&#243;n del vino? -pregunt&#243; mientras caminaba alrededor de la cuba-. El prensado, como la palabra indica, es el proceso mediante el cual la uva es aplastada, rompi&#233;ndole la piel y dejando salir el zumo. Como sin duda sabr&#225;, en otros tiempos se hac&#237;a pisando las uvas en enormes toneles. Pero la mayor&#237;a de las prensas modernas son m&#225;quinas neum&#225;ticas o el&#233;ctricas. El prensado se repite varias veces y es una indicaci&#243;n de la calidaddel vino; el del primer prensado es el de mejor calidad. Cuando cada gota de zumo ha sido exprimida, el residuo (me parece que Nebe lo llama la pasta) se env&#237;a a una destiler&#237;a o, como en el caso de esta peque&#241;a propiedad, se convierte en fertilizante. -M&#252;ller mir&#243; a Nebe-. Dime, Nebe, &#191;lo he explicado bien?

Nebe sonri&#243; con indulgencia.

Perfectamente bien, Herr General.

Detesto inducir a alguien a error -dijo M&#252;ller con buen humor-. Incluso a un hombre que va a morir. -Hizo una pausa y mir&#243; al fondo de la cuba-. Claro que, en este preciso momento, la m&#225;xima presi&#243;n no recae sobre su vida, si se me puede permitir este peque&#241;o chiste de mal gusto.

El enorme let&#243;n me solt&#243; una carcajada en la oreja y toda mi cabeza se vio envuelta en su aliento, que apestaba a ajo.

As&#237; que le aconsejo que sus respuestas sean r&#225;pidas y precisas, Herr Gunther. La vida de Fr&#228;ulein Zartl depende de ello.

Hizo un gesto al hombre del panel, quien apret&#243; un bot&#243;n que inici&#243; un ruido mec&#225;nico que fue aumentando en intensidad.

No nos juzgue demasiado duramente -dijo M&#252;ller-. Estos son tiempos dif&#237;ciles. Hay escasez de todo. Si tuvi&#233;ramos pentotal s&#243;dico, se lo dar&#237;amos. Incluso pensar&#237;amos en comprarlo en el mercado negro, pero creo que estar&#225; de acuerdo en que este m&#233;todo es igual de eficaz que cualquier droga de la verdad.

Haga sus malditas preguntas.

Ah, tiene prisa por contestar. Eso es bueno. D&#237;game, entonces, &#191;qui&#233;n es el polic&#237;a estadounidense? El que le ayud&#243; a eliminar el cuerpo de Heim.

Se llama John Belinsky. Trabaja para el Crowcass.

&#191;C&#243;mo lo conoci&#243;?

&#201;l sab&#237;a que yo estaba trabajando para demostrar la inocencia de Becker. Me abord&#243; con una oferta para trabajar en equipo. Al principio dijo que quer&#237;a descubrir por qu&#233; hab&#237;an asesinado al capit&#225;n Linden, pero despu&#233;s me cont&#243; que lo que de verdad le interesaba era averiguar algo de ustedes. Si estaban relacionados con la muerte de Linden.

As&#237; que los estadounidenses no est&#225;n seguros de tener al hombre acertado.

No. S&#237;. La polic&#237;a militar s&#237;, pero la gente del Crowcass no. Siguieron la pista de la pistola utilizada para matar Linden hasta un homicidio en Berl&#237;n. Un cad&#225;ver que se supon&#237;a que era usted, M&#252;ller. Y el arma les llev&#243; a los historiales de las SS en el Centro de Documentaci&#243;n de Berl&#237;n. El Crowcass no inform&#243; a la polic&#237;a militar por miedo a que lo espantaran a usted haci&#233;ndole abandonar Viena.

&#191;Y se le anim&#243; a infiltrarse en la Org para ellos?

S&#237;.

&#191;Est&#225;n tan seguros de que yo estoy aqu&#237;?

S&#237;.

Pero hasta esta ma&#241;ana usted no me hab&#237;a visto nunca. Expl&#237;queme c&#243;mo lo saben, por favor.

La informaci&#243;n que le proporcion&#233; sobre el MVD estaba pensada para hacerle salir a la luz. Saben que le gusta considerarse un experto en este terreno. La idea era que con una informaci&#243;n de tanta calidad, usted mismo se encargar&#237;a de la misi&#243;n. Si le ve&#237;a en la reuni&#243;n de esta ma&#241;ana ten&#237;a que hacerle una se&#241;al a Belinsky desde la ventana del ba&#241;o. Ten&#237;a que bajar la persiana tres veces. &#201;l estar&#237;a vigilando con unos binoculares.

&#191;Y entonces, qu&#233;?

Se supon&#237;a que habr&#237;a tra&#237;do agentes para rodear la casa. Se supon&#237;a que lo iba a arrestar a usted. El trato era que si consegu&#237;an arrestarlo dejar&#237;an libre a Becker.

Nebe mir&#243; a uno de sus hombres y se&#241;al&#243; la puerta con la cabeza.

Coge algunos hombres y registrad el terreno. Solo por si acaso.

M&#252;ller se encogi&#243; de hombros.

Lo que est&#225; diciendo es que la &#250;nica raz&#243;n de que sepan que yo estoy aqu&#237;, en Viena, es porque les hizo una se&#241;al desde la ventana del lavabo. &#191;Es as&#237;? -Asent&#237;-. Pero entonces, &#191;por qu&#233; ese Belinsky no ha hecho que sus hombres entraran y me arrestaran, como hab&#237;an planeado?

Cr&#233;ame, no he dejado de hacerme la misma pregunta.

Vamos, Herr Gunther. Esto no tiene coherencia, &#191;verdad? Le pido que sea justo. &#191;C&#243;mo se supone que voy a creerme esto?

&#191;Habr&#237;a ido a buscar a la chica si no hubiera pensado que iban a llegar otros agentes?

&#191;A qu&#233; hora se esperaba que hicieras la se&#241;al? -pregunt&#243; Nebe.

Se supon&#237;a que ten&#237;a que excusarme a los veinte minutos de empezar la reuni&#243;n.

A las diez y veinte, entonces; pero t&#250; estabas buscando a Fr&#228;ulein Zartl antes de las siete de la ma&#241;ana.

Decid&#237; que quiz&#225; no pudiera esperar hasta que los estadounidenses aparecieran.

Nos est&#225; pidiendo que creamos que habr&#237;a arriesgado toda una operaci&#243;n por una -M&#252;ller arrug&#243; la nariz con repugnancia- una chocolatera. -Neg&#243; con la cabeza-. Me resulta muy dif&#237;cil de creer. -Asinti&#243; en direcci&#243;n al hombre que controlaba la prensa de vino. El hombre apret&#243; un segundo bot&#243;n y la m&#225;quina se puso en marcha-. Venga, Herr Gunther. Si lo que dice es verdad, &#191;por qu&#233; no vinieron los norteamericanos cuando les hizo la se&#241;al?

No lo s&#233; -grit&#233;.

Entonces especula -dijo Nebe.

No tuvieron nunca la intenci&#243;n de arrestaros -dije, expresando en palabras mis propias sospechas-. Lo &#250;nico que quer&#237;an era saber que M&#252;ller estaba vivo y trabajando para la Org. Me utilizaron, y cuando averiguaron lo que quer&#237;an me dejaron en la estacada.

Trat&#233; de librarme del let&#243;n cuando la prensa inici&#243; su lento descenso. Veronika estaba inconsciente, su pecho se elevaba suavemente mientras continuaba respirando, ignorante de la placa que descend&#237;a.

Mire, de verdad que no s&#233; por qu&#233; no han aparecido.

Veamos -dijo M&#252;ller-, aclaremos esto. La &#250;nica prueba que tienen de que contin&#250;o vivo, aparte de esa bastante insignificante prueba de bal&#237;stica que ha mencionado, es su se&#241;al.

S&#237;, supongo que s&#237;.

Una pregunta m&#225;s. &#191;Sabe usted, saben los estadounidenses, por qu&#233; mataron al capit&#225;n Linden?

No -dije, y luego, pensando que no eran respuestas negativas lo que &#233;l quer&#237;a, a&#241;ad&#237;-: pensamos que le estar&#237;an dando informaci&#243;n sobre los criminales de guerra en la Org y que vino a Viena para investigarlos. Al principio pensamos que K&#246;nig le estaba pasando la informaci&#243;n. -Mene&#233; la cabeza, tratando de recordar algunas de las teor&#237;as que hab&#237;a ideado para explicar la muerte de Linden-. Luego pensamos que quiz&#225; habr&#237;a sido &#233;l quien hab&#237;a proporcionado informaci&#243;n a la Org para reclutar nuevos miembros. Pare esa m&#225;quina, por amor de Dios.

Veronika desapareci&#243; de la vista cuando la prensa se cerr&#243; sobre el borde de la cuba. Solo le quedaban dos o tres metros de vida.

Maldito sea, no sab&#237;amos por qu&#233;.

La voz de M&#252;ller era lenta y tranquila, como la de un cirujano.

Tenemos que estar seguros, Herr Gunther. D&#233;jeme que le repita la pregunta

No lo s&#233;

&#191;Por qu&#233; era necesario que mat&#225;ramos a Linden?

Negu&#233; con la cabeza, desesperado.

D&#237;game la verdad. &#191;Qu&#233; sabe usted? No est&#225; siendo justo con esta joven. D&#237;ganos qu&#233; averigu&#243;.

El agudo chirrido de la m&#225;quina aument&#243; de intensidad. Me record&#243; el sonido del ascensor de mi vieja oficina de Berl&#237;n. El sitio donde deb&#237;a haberme quedado.

Herr Gunther -la voz de M&#252;ller ten&#237;a un gramo de urgencia-, por el bien de esa pobre chica, se lo ruego.

Por el amor de Dios

Mir&#243; al mat&#243;n del panel de control y neg&#243; con aquella cabeza suya con un corte de pelo tan perfecto.

No puedo decirle nada -grit&#233;.

La prensa se estremeci&#243; al encontrar el obst&#225;culo vivo. El quejido mec&#225;nico se elev&#243; brevemente un par de octavas mientras se deshac&#237;a la resistencia a la fuerza hidr&#225;ulica y luego volvi&#243; a su tono anterior hasta que, por fin, la prensa lleg&#243; al final de su cruel viaje. El ruido se apag&#243; despu&#233;s de otro adem&#225;n de M&#252;ller.

&#191;No puede o no quiere, Herr M&#252;ller?

Hijo de puta -dije, sinti&#233;ndome de repente enfermo de asco-, hijo de puta cruel y sanguinario.

No creo que haya sentido gran cosa -dijo con estudiada indiferencia-. Estaba drogada. Que es m&#225;s de lo que usted estar&#225; cuando repitamos este peque&#241;o ejercicio dentro de -mir&#243; el reloj- digamos doce horas. Tiene hasta entonces para reflexionar. -Mir&#243; por encima del borde de la cuba-. No puedo prometer que lo matar&#233; directamente, claro. No como a la chica. Quiz&#225; quiera estrujarlo dos o tres veces antes de esparcirlo por los campos. Justo igual que las uvas. En cambio, si me dice lo que quiero saber, puedo prometerle una muerte menos dolorosa. Una p&#237;ldora ser&#237;a mucho menos angustiosa para usted, &#191;no cree?

Sent&#237; que en mis labios se formaba una mueca de desprecio. A M&#252;ller se le crisp&#243; el rostro con irritaci&#243;n cuando empec&#233; a jurar insult&#225;ndolo.

Rainis -dijo-, puedes pegar a Herr Gunther solo una vez antes de devolverlo a sus habitaciones.



36

De vuelta en la celda, me frot&#233; la costilla flotante por encima del h&#237;gado que el let&#243;n de Nebe hab&#237;a escogido para un pu&#241;etazo horriblemente doloroso. Al mismo tiempo, trat&#233; de atenuar las luces del recuerdo de lo que acababa de pasarle a Veronika, pero sin &#233;xito.

Hab&#237;a conocido a hombres torturados por los rusos durante la guerra. Recordaba que dec&#237;an que lo m&#225;s horrible era la incertidumbre; pensar en si ibas a morir o si podr&#237;as soportar el dolor. No hab&#237;a duda de que eso era absolutamente cierto. Uno de ellos me hab&#237;a descrito una forma de reducir el dolor. Respirar profundamente y tragar pod&#237;a provocar un aturdimiento que era en parte anest&#233;sico. El &#250;nico problema era que tambi&#233;n le hab&#237;a dejado a mi amigo una propensi&#243;n a sufrir unos ataques de hiperventilaci&#243;n que finalmente le provocaron un fatal ataque al coraz&#243;n.

Me maldije por mi ego&#237;smo. Una chica inocente, que ya hab&#237;a sido v&#237;ctima de los nazis, hab&#237;a sido asesinada por haber tenido algo que ver conmigo. En alg&#250;n lugar de mi interior una voz me replic&#243; que hab&#237;a sido ella quien me hab&#237;a pedido ayuda y que tambi&#233;n la habr&#237;an torturado y matado sin mi participaci&#243;n. Pero no estaba de humor para tratarme con suavidad. &#191;No hab&#237;a nada m&#225;s que pudiera haberle dicho a M&#252;ller sobre la muerte de Linden que quiz&#225; le habr&#237;a satisfecho? &#191;Y qu&#233; le dir&#237;a cuando me llegara el turno? De nuevo el ego&#237;smo. Pero no hab&#237;a forma de evitar los ojos de serpiente de mi egocentrismo. No quer&#237;a morir. Y lo m&#225;s importante, no quer&#237;a morir de rodillas rogando piedad como si fuera un h&#233;roe de guerra italiano.

Dicen que la inminencia del dolor proporciona al cerebro la m&#225;s pura ayuda para concentrarse. Sin duda, M&#252;ller deb&#237;a de haberlo sabido. Pensar en la p&#237;ldora letal que me hab&#237;a prometido si le dec&#237;a lo que quer&#237;a saber me ayud&#243; a recordar algo vital. Retorciendo las manos esposadas, busqu&#233; al fondo del bolsillo de los pantalones y saqu&#233; el forro con el me&#241;ique, dejando que las dos p&#237;ldoras que me hab&#237;a llevado de la consulta de Heim me rodaran a la palma de la mano.

Ni siquiera estaba seguro de por qu&#233; las hab&#237;a cogido. Quiz&#225; fue la curiosidad. O quiz&#225; un impulso subconscienteque me dijo que yo mismo podr&#237;a necesitar un mutis indoloro. Durante un largo rato me limit&#233; a contemplar fijamente las diminutas c&#225;psulas de cianuro con una mezcla de alivio y horrible fascinaci&#243;n. Al cabo de un tiempo escond&#237; una de las p&#237;ldoras dentro del dobladillo del pantal&#243;n, lo cual me dejaba la que hab&#237;a decidido guardarme en la boca la que con toda probabilidad me matar&#237;a. Con una apreciaci&#243;n de la iron&#237;a que se ve&#237;a muy exagerada por mi situaci&#243;n, me dije que ten&#237;a que estarle agradecido a Arthur Nebe por haber desviado aquellas p&#237;ldoras mortales desde los agentes secretos para las que hab&#237;an sido creadas hasta los altos rangos de las SS y de ellos a m&#237;. Quiz&#225; la p&#237;ldora que ten&#237;a en la mano hab&#237;a sido la del propio Nebe. Es de ese tipo de especulaciones, por improbables que sean, de las que est&#225; formada la filosof&#237;a de un hombre en las &#250;ltimas horas que le quedan.

Me deslic&#233; la p&#237;ldora en la boca y la sujet&#233; con cautela entre las muelas traseras. Cuando llegara el momento, &#191;tendr&#237;a las agallas de morderla? Con la lengua empuj&#233; la p&#237;ldora por encima de los dientes y al fondo de la mejilla. Me frot&#233; la cara con los dedos y pude notarla a trav&#233;s de la carne. &#191;La ver&#237;a alguien? La &#250;nica luz de la celda proced&#237;a de una bombilla desnuda fijada a una de las estanter&#237;as de madera que, por lo que parec&#237;a, no ten&#237;an nada m&#225;s que telara&#241;as. De todos modos, no pod&#237;a dejar de pensar que el contorno de la p&#237;ldora dentro de la boca era muy visible.

Cuando o&#237; el roce de una llave en la cerradura, comprend&#237; que pronto lo averiguar&#237;a.

El let&#243;n entr&#243; sujetando su enorme Colt con una mano y una peque&#241;a bandeja en la otra.

Ap&#225;rtate de la puerta -dijo con voz pastosa.

&#191;Qu&#233; es esto? -dije desliz&#225;ndome hacia atr&#225;s sobre la espalda-. &#191;Una comida? Quiz&#225; podr&#237;as decirle a la direcci&#243;n que lo que m&#225;s me gustar&#237;a ser&#237;a un cigarrillo.

Tienes suerte de que te den algo -gru&#241;&#243;. Con cuidado se puso en cuclillas y dej&#243; la bandeja en el polvoriento suelo. Hab&#237;a una jarra con caf&#233; y un trozo grande de strudel-. El caf&#233; est&#225; reci&#233;n hecho. Y el strudel est&#225; hecho en casa.

Durante un breve y est&#250;pido segundo pens&#233; en lanzarme contra &#233;l, pero record&#233; enseguida que un hombre en miscondiciones de debilidad pod&#237;a lanzarse con tanta velocidad como una cascada helada. Y no hubiera tenido m&#225;s posibilidades de dominar al enorme let&#243;n que de convencerle para que tuvi&#233;ramos un di&#225;logo socr&#225;tico. No obstante, &#233;l pareci&#243; percibir alg&#250;n ramalazo de esperanza en mi cara, aunque la p&#237;ldora que descansaba en la mejilla segu&#237;a sin ser descubierta.

Adelante -dijo-, int&#233;ntalo. Me gustar&#237;a que lo hicieras. Me gustar&#237;a volarte el hueso de la rodilla.

Riendo como un oso pardo retrasado, retrocedi&#243; de espaldas, saliendo de la celda y cerrando de un fuerte portazo.

Por su tama&#241;o, me parec&#237;a que Rainis era de los que disfrutan comiendo. Cuando no estuviera matando o haciendo da&#241;o a alguien, probablemente ese ser&#237;a su &#250;nico placer verdadero. Puede que incluso fuera algo glot&#243;n. Se me ocurri&#243; que si dejaba el strudel sin tocarlo, quiz&#225; Rainis fuera incapaz de resistirse a com&#233;rselo, que si pusiera una de mis c&#225;psulas de cianuro dentro del relleno entonces, m&#225;s tarde, quiz&#225; mucho despu&#233;s de que yo hubiera muerto, el est&#250;pido let&#243;n se comer&#237;a mi pastel y morir&#237;a. Me dije que quiz&#225; fuera un pensamiento reconfortante en el momento de dejar este mundo, la idea de que &#233;l me seguir&#237;a r&#225;pidamente.

Decid&#237; beberme el caf&#233; mientras reflexionaba sobre ello. &#191;Una p&#237;ldora mortal era soluble en l&#237;quido? No lo sab&#237;a. As&#237; que me saqu&#233; la c&#225;psula de la boca y, pensando que tal vez pod&#237;a ser aquella la p&#237;ldora utilizada para poner en pr&#225;ctica mi pat&#233;tico plan, la met&#237; dentro del relleno de fruta con el &#237;ndice.

Podr&#237;a hab&#233;rmelo comido yo mismo, con p&#237;ldora y todo, de tanta hambre que ten&#237;a. El reloj me dijo que hab&#237;an pasado m&#225;s de quince horas desde mi desayuno vien&#233;s y el caf&#233; ten&#237;a buen sabor. Decid&#237; que solo pod&#237;a haber sido Arthur Nebe quien hab&#237;a mandado al let&#243;n que me trajera la cena.

Pas&#243; otra hora. Faltaban ocho para que vinieran a buscarme para llevarme arriba. Esperar&#237;a hasta que no hubiera ninguna esperanza, ninguna posibilidad de indulto antes que quitarme la vida. Trat&#233; de dormir, pero sin mucho &#233;xito. Estaba empezando a comprender c&#243;mo deb&#237;a de sentirse Becker al enfrentarse a la horca. Por lo menos, yo estabamejor que &#233;l, ten&#237;a mi p&#237;ldora mortal.

Era casi medianoche cuando o&#237; la llave en la cerradura otra vez. R&#225;pidamente, pas&#233; la p&#237;ldora del dobladillo del pantal&#243;n a la boca por si decid&#237;an registrarme la ropa. Pero no era Rainis quien ven&#237;a a buscar la bandeja, sino Arhur Nebe. Llevaba una autom&#225;tica en la mano.

No me obligues a usarla, Bernie -dijo-. Sabes que no vacilar&#233; en disparar contra ti, si tengo que hacerlo. Ser&#225; mejor que vuelvas a ponerte contra aquella pared.

&#191;Qu&#233; es esto? &#191;Una visita social? -Me arrastr&#233; apart&#225;ndome de la puerta.

Nebe me lanz&#243; un paquete de cigarrillos y algunos f&#243;sforos.

Algo as&#237;.

Espero que no hayas venido para hablar de los viejos tiempos, Arthur. La verdad es que hoy no me siento muy sentimental. -Mir&#233; los cigarrillos. Winston-. &#191;Sabe M&#252;ller que fumas cigarrillos norteamericanos, Arthur? Ten cuidado. Podr&#237;as meterte en l&#237;os; tiene algunas ideas extra&#241;as sobre los estadounidenses. -Encend&#237; uno y aspir&#233; el humo con lenta satisfacci&#243;n-. De cualquier modo, gracias por esto.

Nebe entr&#243; una silla y se sent&#243;.

M&#252;ller tiene sus propias ideas sobre la direcci&#243;n que sigue la Org -dijo-, pero no hay ninguna duda sobre su patriotismo o su determinaci&#243;n. Es absolutamente inflexible.

Pues mira, no me hab&#237;a dado cuenta.

Sin embargo, tiene una desgraciada tendencia a juzgar a los dem&#225;s seg&#250;n sus propios e insensibles est&#225;ndares. Lo cual significa que est&#225; verdaderamente convencido de que t&#250; eres capaz de mantener la boca cerrada y dejar morir a la chica. -Sonri&#243;-. Yo, claro, te conozco mejor que eso. Gunther es un sentimental. Incluso un poco est&#250;pido. Ser&#237;a muy propio de &#233;l arriesgar el cuello por alguien a quien apenas conoce. Incluso por una chocolatera. Pas&#243; lo mismo en Minsk -le dije-. Estaba totalmente dispuesto a ir al frente para no matar a gente inocente. Gente a la que no deb&#237;a nada.

Eso no me convierte en un h&#233;roe, Arthur. Solo en un ser humano.

Te convierte en alguien con quien M&#252;ller est&#225; acostumbrado a tratar: alguien con principios. M&#252;ller sabe lo quelos hombres soportar&#225;n sin hablar. Ha visto a muchas personas sacrificar a sus amigos y luego sacrificarse ellas mismas a fin de guardar silencio. Es un fan&#225;tico. El fanatismo es lo &#250;nico que comprende. Como resultado, piensa que t&#250; eres un fan&#225;tico. Est&#225; convencido de que hay una posibilidad de que le ocultes algo. Como ya le he dicho, yo te conozco bastante mejor. Si hubieras sabido por qu&#233; mataron a Linden, creo que lo habr&#237;as dicho.

Bueno, es agradable saber que alguien me cree. Eso har&#225; que verme convertido en la cosecha de este a&#241;o sea m&#225;s soportable. Oye, Arthur, &#191;por qu&#233; me est&#225;s diciendo todo esto? &#191;Para que pueda decirte que eres mejor juez del car&#225;cter que M&#252;ller?

Estaba pensando que si le dijeras a M&#252;ller exactamente lo que quiere saber, eso podr&#237;a ahorrarte mucho dolor. Odio ver sufrir a un viejo amigo. Y cr&#233;eme, te har&#225; sufrir.

No lo dudo. No es este caf&#233; lo que me ha ayudado a mantenerme despierto, te lo aseguro. Venga, &#191;de qu&#233; se trata, de la vieja historia del polic&#237;a bueno y el polic&#237;a malo? Como ya he dicho, no s&#233; por qu&#233; se cargaron a Linden.

No, pero yo podr&#237;a dec&#237;rtelo.

Hice una mueca cuando el humo se me meti&#243; en los ojos.

A ver si lo entiendo bien -dije vacilante-. T&#250; me vas a decir lo que le pas&#243; a Linden a fin de que yo se lo pueda soltar a M&#252;ller y as&#237; salvarme de un destino peor que la muerte, &#191;es as&#237;?

M&#225;s o menos.

Me encog&#237; de hombros, con dificultad.

No creo que tenga nada que perder. -Sonre&#237;-. Claro que tambi&#233;n podr&#237;as dejarme escapar, Arthur, por los viejos tiempos.

No vamos a hablar de los viejos tiempos, t&#250; mismo lo has dicho. En cualquier caso, sabes demasiado. Has visto a M&#252;ller. Me has visto a m&#237;. Y yo estoy muerto, &#191;recuerdas?

No es nada personal, Arthur, pero me gustar&#237;a que lo estuvieras. -Cog&#237; otro cigarrillo y lo encend&#237; con la colilla del anterior-. De acuerdo, su&#233;ltalo. &#191;Por qu&#233; mataron a Linden?

Linden ten&#237;a una formaci&#243;n norteamericano-alemana. Incluso hab&#237;a estudiado alem&#225;n en la Universidad de Cornell. Durante la guerra desempe&#241;&#243; alg&#250;n peque&#241;o empleo en Inteligencia, y m&#225;s tarde trabaj&#243; como oficial dedesnazificaci&#243;n. Era listo y pronto se hab&#237;a montado un tinglado propio, vendiendo certificados Persil, certificados para viejos camaradas, ese tipo de cosas. Luego se incorpor&#243; al CIC como investigador de oficina y oficial de enlace del Crowcass en el Centro de Documentaci&#243;n de Berl&#237;n. Naturalmente, conserv&#243; sus antiguos contactos en el mercado negro, y para entonces en la Org ya lo conoc&#237;amos como alguien favorable a nuestra causa. Nos pusimos en contacto con &#233;l en Berl&#237;n y le ofrecimos una suma de dinero para realizar alg&#250;n peque&#241;o servicio de vez en cuando.

 &#191;Recuerdas que te dije que algunos de nosotros falsificamos nuestra muerte, que nos dimos una nueva identidad? Bueno, fue idea de Albers, el Max Abs por quien te interesabas. Pero, claro, la debilidad fundamental de cualquier nueva identidad, especialmente cuando tiene que hacerse con rapidez, es que uno carece de pasado. Pi&#233;nsalo, Bernie: la guerra mundial, todo alem&#225;n no discapacitado entre los doce y los sesenta y cinco a&#241;os en las fuerzas armadas y yo, Alfred Nolde, sin disponer de un historial de servicios. &#191;D&#243;nde estaba? &#191;Qu&#233; estaba haciendo? Pensamos que &#233;ramos muy listos eliminando nuestra verdadera identidad, dejando que los ficheros cayeran en manos de los estadounidenses, pero lo que hicimos fue crear nuevas preguntas. No ten&#237;amos ni idea de que el Centro de Documentaci&#243;n fuera tan completo. Su efecto ha sido hacer que resultara posible comprobar cualquier respuesta de cualquiera al cuestionario de desnazificaci&#243;n.

A esas alturas, muchos de nosotros ya est&#225;bamos trabajando para los norteamericanos. Naturalmente, les conviene hacer la vista gorda al pasado de los miembros de nuestra Org. Ahora somos amigos en la lucha contra el comunismo, pero &#191;ser&#225; igual dentro de cinco o diez a&#241;os?

As&#237; pues, Albers apareci&#243; con un nuevo plan. Cre&#243; una documentaci&#243;n antigua para nuestro personal de m&#225;s alto rango, incluido &#233;l mismo. A todos nos dieron unos cometidos menores, menos culpables, en las SS y la Abwehr de los que hab&#237;amos tenido en realidad. En tanto que Alfred Nolde hab&#237;a sido sargento en la secci&#243;n de Personal de las SS. Mi ficha contiene todos mis detalles personales, incluso el informe dental. Llev&#233; una vida tranquila, bastante inocente.Es cierto que era nazi, pero nunca un criminal de guerra. Eso lo eran otros. El hecho de que d&#233; la casualidad de que me parezca a alguien llamado Arthur Nebe carece de importancia.

De cualquier modo, la seguridad en el Centro es estricta. Es imposible salir con informes, pero es relativamente f&#225;cil entrar con ellos. No registran a nadie cuando entra, solo cuando sale. Ese era el trabajo de Linden. Una vez al mes Becker le entregaba en Berl&#237;n nuevos informes, falsificados por Albers. Y Linden los archivaba. Naturalmente, eso fue antes de que descubri&#233;ramos lo de los amigos rusos de Becker.

&#191;Por qu&#233; se hac&#237;an aqu&#237; las falsificaciones y no en Berl&#237;n? -pregunt&#233;-. De esa manera os habr&#237;ais ahorrado la necesidad de un mensajero.

Porque Albers no quer&#237;a saber nada de acercarse a Berl&#237;n. Le gustaba estar aqu&#237;, en Viena, sobre todo porque Austria es el primer paso en la v&#237;a de escape. Es f&#225;cil pasar la frontera a Italia y luego a Oriente Pr&#243;ximo y Am&#233;rica del Sur. Muchos de nosotros nos vinimos al sur, como los p&#225;jaros en invierno, &#191;eh?

Entonces, &#191;qu&#233; fue mal?

Linden se volvi&#243; avaricioso, eso fue mal. Sab&#237;a que el material que recib&#237;a estaba falsificado, pero no comprend&#237;a qu&#233; significaba. Al principio, creo que fue simple curiosidad. Empez&#243; a fotografiar el material que le d&#225;bamos y luego consigui&#243; la ayuda de dos abogados jud&#237;os, cazanazis, para tratar de averiguar la naturaleza de los nuevos informes, para saber qui&#233;nes eran esos hombres.

Los Drexler.

Trabajaban con el Comit&#233; Conjunto de los Ej&#233;rcitos en los cr&#237;menes de guerra. Es probable que los Drexler no tuvieran ni idea de que los motivos de Linden para buscar su ayuda eran puramente personales y que lo que quer&#237;a era sacar un beneficio. &#191;Y por qu&#233; tendr&#237;an que haber desconfiado? Sus credenciales eran incuestionables. En cualquier caso, creo que observaron algo en todos esos nuevos informes del personal de las SS y del partido: que conserv&#225;bamos las mismas iniciales que las de nuestras antiguas identidades. Es un viejo truco cuando se construye una nueva leyenda; te hace sentir m&#225;s c&#243;modo con tu nuevo nombre. Algo tan instintivo como escribir tus iniciales enun contrato es as&#237; m&#225;s seguro. Creo que Drexler debi&#243; de comparar esos nuevos nombres con los de camaradas desaparecidos o presuntamente muertos y sugiri&#243; que a Linden podr&#237;a interesarle comparar los detalles del informe sobre Alfred Nolde con el de Arthur Nebe, el de Heinrich M&#252;ller con el de Heinrich Moltke, el de Max Abs con el de Martin Albers, etc&#233;tera.

As&#237; que por eso matasteis a los Drexler.

Exacto. Eso fue despu&#233;s de que Linden apareciera aqu&#237;, en Viena, pidiendo m&#225;s dinero. Dinero para tener la boca cerrada. Fue M&#252;ller quien se reuni&#243; con &#233;l y lo mat&#243;. Sab&#237;amos que Linden se hab&#237;a puesto en contacto con Becker, por la sencilla raz&#243;n de que Linden nos lo dijo. As&#237; que decidimos matar dos p&#225;jaros de un tiro. Primero dejamos varias cajas de cigarrillos en el almac&#233;n donde mataron a Linden a fin de incriminar a Becker. Luego K&#246;nig fue a ver a Becker y le dijo que Linden hab&#237;a desaparecido. La idea era que Becker empezara a ir por ah&#237; haciendo preguntas sobre Linden, busc&#225;ndolo y haci&#233;ndose notar. Al mismo tiempo, K&#246;nig cambi&#243; la pistola de Becker por la de M&#252;ller. Luego inform&#243; a la polic&#237;a de que Becker hab&#237;a disparado contra Linden y lo hab&#237;a matado. Fue una ventaja inesperada el que Becker supiera d&#243;nde estaba el cuerpo de Linden y que volviera a la escena del crimen con el prop&#243;sito de llevarse los cigarrillos. Por supuesto, los estadounidenses lo estaban esperando y lo cogieron con las manos en la masa. Era un caso sin fisuras. De todos modos, si los yanquis hubieran sido medianamente eficaces, habr&#237;an descubierto el v&#237;nculo entre Becker y Linden en Berl&#237;n. Pero no creo que se molestaran en llevar la investigaci&#243;n fuera de Viena. Est&#225;n satisfechos con lo que tienen. O al menos eso pens&#225;bamos hasta ahora.

Con lo que Linden sab&#237;a, &#191;por qu&#233; no tom&#243; la precauci&#243;n de dejarle una carta a alguien para que, en caso de su muerte, informara a la polic&#237;a de lo que hab&#237;a sucedido?

Lo hizo -dijo Nebe-, solo que el abogado que escogi&#243; en Berl&#237;n era tambi&#233;n miembro de la Org. Cuando Linden muri&#243;, el abogado ley&#243; la carta y se la pas&#243; al jefe de la secci&#243;n de Berl&#237;n. -Nebe me mir&#243; desapasionadamente yasinti&#243;-. Eso es todo, Bernie, eso es lo que M&#252;ller quiere averiguar si sabes o no. Bueno, ahora que lo sabes, puedes dec&#237;rselo y ahorrarte la tortura. Naturalmente, preferir&#237;a que esta conversaci&#243;n se mantuviera en secreto.

Mientras viva, Arthur, puedes confiar en ello. Y gracias. -Not&#233; que la voz me fallaba un poco-. Te lo agradezco.

Nebe asinti&#243; y mir&#243; alrededor, inc&#243;modo. Luego vio el trozo de strudel que yo hab&#237;a dejado sin comer.

&#191;No ten&#237;as hambre?

No tengo mucho apetito -dije-. Es que tengo un par de cosas en la cabeza, supongo. D&#225;selo a Rainis.

Encend&#237; el tercer cigarrillo. &#191;Me hab&#237;a equivocado o se hab&#237;a relamido los labios? Eso ser&#237;a esperar demasiado. Pero seguro que val&#237;a la pena probar.

O com&#233;telo t&#250; si tienes hambre.

Esta vez, Nebe se relami&#243; de verdad.

&#191;Puedo? -pregunt&#243; educadamente.

Asent&#237; sin darle importancia.

Bueno, si est&#225;s seguro -dijo cogiendo el plato de la bandeja que estaba en el suelo-. Lo ha hecho mi casera. Antes trabajaba para Demel. Es el mejor strudel que has probado en la vida. Ser&#237;a una l&#225;stima desperdiciarlo, &#191;no?

Le dio un enorme mordisco.

Yo nunca he tenido mucha afici&#243;n por los dulces -dije mintiendo.

Eso es algo tr&#225;gico aqu&#237;, en Viena, Bernie. Est&#225;s en la mejor ciudad del mundo para los pasteles. Tendr&#237;as que haber venido antes de la guerra: Gerstner, Lehmann, Heiner, Aida, Haag, Sluka, Bredendick pasteleros como nunca has conocido antes. -Comi&#243; otro gran bocado-. &#191;Venir a Viena sin inclinaci&#243;n por los dulces? Es como un ciego subiendo a la Gran Noria en el Prater. &#191;Por qu&#233; no pruebas un poco?

Mov&#237; la cabeza neg&#225;ndome con firmeza. Me lat&#237;a el coraz&#243;n con tanta fuerza que &#233;l ten&#237;a que o&#237;rlo. &#191;Y si no se lo terminaba?

De verdad que no podr&#237;a comer nada.

Nebe sacudi&#243; la cabeza con l&#225;stima y dio otro mordisco. Aquellos dientes no pod&#237;an ser aut&#233;nticos, pens&#233; observando lo blancos y uniformes que eran. Los verdaderos dientes de Nebe hab&#237;an estado mucho m&#225;s manchados.

Adem&#225;s -dije con aire despreocupado-, se supone que tengo que vigilar el peso. He engordado varios kilos desdeque llegu&#233; a Viena.

Yo tambi&#233;n -dijo-. &#191;Sabes?, tendr&#237;as que

Nunca acab&#243; la frase. Tosi&#243; y se atragant&#243;, todo con una &#250;nica sacudida de la cabeza. Poni&#233;ndose r&#237;gido de repente, solt&#243; un horrible ruido, como un resoplido, por entre los labios, como si tratara de tocar la tuba, y se le cayeron trozos de pastel de la boca. El plato de strudel cay&#243; con estr&#233;pito al suelo, seguido por el propio Nebe. Arrastr&#225;ndome encima de &#233;l, trat&#233; de arrancarle la pistola de la mano antes de que la disparara y atrajera a M&#252;ller y a sus esbirros. Con horror vi que la pistola segu&#237;a amartillada y en ese mismo momento el dedo agonizante de Nebe apret&#243; el gatillo. Pero el percutor hizo un clic inofensivo. El seguro segu&#237;a puesto.

Las piernas de Nebe se sacudieron d&#233;bilmente. Un p&#225;rpado se le cerr&#243; mientras el otro permanec&#237;a perversamente abierto. Su &#250;ltimo suspiro fue un largo y mucoso gorgoteo que ol&#237;a fuertemente a almendras. Por fin, se qued&#243; quieto, con la cara cobrando ya un color azulado. Asqueado, escup&#237; la p&#237;ldora mortal de la boca. No le ten&#237;a mucha l&#225;stima. Al cabo de pocas horas, &#233;l podr&#237;a haber estado viendo c&#243;mo me suced&#237;a lo mismo a m&#237;.

Arranqu&#233; la pistola de la mano muerta de Nebe, que ahora era de color gris debido a la cianosis, y despu&#233;s de registrarle los bolsillos sin &#233;xito buscando las llaves de las esposas, me puse de pie. La cabeza, el hombro, la costilla, incluso el pene, a lo que parec&#237;a, me dol&#237;an atrozmente, pero me sent&#237;a mucho mejor al tener una Walther P38 bien sujeta en la mano. La clase de arma que hab&#237;a matado a Linden. Amartill&#233; el percutor para un funcionamiento semiautom&#225;tico, igual que Nebe hab&#237;a hecho antes de entrar en la celda, quit&#233; el seguro, cosa que &#233;l hab&#237;a olvidado hacer, y sal&#237; con cuidado de la celda.

Fui hasta el final del h&#250;medo pasillo y sub&#237; las escaleras hasta la sala de prensado y fermentaci&#243;n donde Veronika hab&#237;a muerto. Solo hab&#237;a una luz cerca de la puerta principal y fui hacia ella, sin atreverme a mirar hacia la prensa de vino. Si hubiera visto a M&#252;ller, le habr&#237;a ordenado meterse en la m&#225;quina y lo habr&#237;a estrujado hasta sacarlo de sub&#225;vara piel. Con otro cuerpo, quiz&#225; habr&#237;a corrido el riesgo de los guardias y habr&#237;a subido a la casa, donde posiblemente habr&#237;a tratado de arrestarlo, y m&#225;s probablemente me habr&#237;a limitado a matarlo de un tiro. Hab&#237;a sido uno de esos d&#237;as. Ahora lo m&#225;ximo que pod&#237;a hacer era tratar de escapar con vida.

Apagu&#233; la luz y abr&#237; la puerta. Sin chaqueta, sent&#237; un escalofr&#237;o. La noche era fr&#237;a. Me deslic&#233; a lo largo de la hilera de &#225;rboles donde el let&#243;n hab&#237;a tratado de ejecutarme y me ocult&#233; entre los arbustos.

El vi&#241;edo estaba iluminado por la luz de los quemadores r&#225;pidos. Hab&#237;a varios hombres empujando los altos troles con los quemadores arriba y abajo por los surcos para situarlos en las posiciones que consideraban adecuadas. Desde donde yo estaba, las largas llamas se parec&#237;an a luci&#233;rnagas gigantes que se movieran lentamente por el aire. Parec&#237;a que tendr&#237;a que escoger otra ruta para escapar de la finca de Nebe.

Volv&#237; a la casa y me mov&#237; sigilosamente a lo largo de la pared, pasando la cocina y en direcci&#243;n al jard&#237;n frontal. Ninguna de las luces de la planta baja estaba encendida, pero una de las del primer piso se reflejaba en el c&#233;sped como si fuera una gran piscina cuadrada. Me detuve en la esquina y olisque&#233; el aire. Hab&#237;a alguien en el porche, fumando un cigarrillo.

Despu&#233;s de lo que me pareci&#243; una eternidad, o&#237; los pasos del hombre en la grava y, echando una r&#225;pida mirada, vi la figura inconfundible de Rainis avanzando pesadamente por el sendero hacia la verja abierta, donde un gran BMW gris estaba aparcado mirando hacia la carretera.

Camin&#233; hasta el c&#233;sped permaneciendo fuera de la luz de la casa y lo segu&#237; hasta que lleg&#243; al coche. Abri&#243; el maletero y empez&#243; a hurgar dentro como si buscara algo. Para cuando lo cerr&#243; de nuevo yo hab&#237;a dejado menos de cinco metros entre los dos. Se volvi&#243; y se qued&#243; helado cuando vio la Walther que le apuntaba a su cabeza deforme.

Pon las llaves en el contacto -dije en voz baja.

La cara del let&#243;n se volvi&#243; a&#250;n m&#225;s fea ante la perspectiva de que me escapara.

&#191;C&#243;mo has logrado salir? -dijo con rabia.

Hab&#237;a una llave escondida en el strudel -dije, y se&#241;al&#233; con la pistola las llaves del coche qu&#233; ten&#237;a en la mano.Las llaves del coche -repet&#237;-. Haz lo que te he dicho. Despacio.

Dio un paso atr&#225;s y abri&#243; la puerta del coche. Luego se inclin&#243; hacia dentro y o&#237; el sonido de las llaves cuando las met&#237;a en el contacto. Enderez&#225;ndose de nuevo, puso el pie casi con despreocupaci&#243;n en el estribo y, apoy&#225;ndose en el techo del coche, sonri&#243; con una mueca que ten&#237;a la forma y el color de un grifo oxidado.

&#191;Quieres que te lo lave antes de marcharte?

Esta vez no, Frankenstein. Lo que quiero es que me des las llaves de estas.

Le mostr&#233; las manos esposadas.

&#191;Las llaves de qu&#233;?

Las llaves de las esposas.

Se encogi&#243; de hombros y sigui&#243; sonriendo.

No tengo ningunas llaves para ningunas esposas. Si no me crees, reg&#237;strame.

Al o&#237;rlo hablar, casi me estremec&#237;. Puede que fuera let&#243;n y d&#233;bil mental, pero adem&#225;s Rainis no ten&#237;a ni idea de la gram&#225;tica alemana. Probablemente, pensaba que una conjunci&#243;n era una gitana que se dedicaba a los triles en una esquina.

Seguro que las tienes, Rainis. Fuiste t&#250; quien me las puso, &#191;recuerdas? Vi como te las met&#237;as en el bolsillo del chaleco.

Sigui&#243; callado. Estaba empezando a tener unas ganas irresistibles de matarlo.

Mira, caraculo, let&#243;n de mierda, si digo salta ser&#225; mejor que no te pongas a buscar una cuerda. Esto es una pistola, no un jodido cepillo para el pelo. -Avanc&#233; un paso y rug&#237; entre los dientes apretados-. Ahora, encu&#233;ntralas o te har&#233; en la cara la clase de agujero que no necesita llave.

Rainis hizo un poco de comedia palme&#225;ndose los bolsillos y luego sac&#243; una peque&#241;a llave plateada del chaleco. La sostuvo en alto como si fuera un chanquete reci&#233;n pescado.

D&#233;jala encima del asiento del conductor y ap&#225;rtate del coche.

Ahora que estaba m&#225;s cerca de m&#237;, Rainis vio por la expresi&#243;n de mi cara que ten&#237;a un mont&#243;n de odio en la cabeza. Esta vez no vacil&#243; en obedecer y tir&#243; la llave encima del asiento. Pero si pens&#233; que era est&#250;pido, o que se hab&#237;a vuelto obediente de repente, me equivocaba. Probablemente era el cansancio.

Se&#241;al&#243; con la cabeza una de las ruedas.

Ser&#225; mejor que me dejes arreglar ese neum&#225;tico deshinchado -dijo.

Mir&#233; hacia abajo y luego r&#225;pidamente hacia arriba cuando el let&#243;n salt&#243; como un resorte hacia m&#237;, con sus enormes manos dirigi&#233;ndose hacia mi garganta como si fuera un tigre salvaje. Medio segundo m&#225;s tarde apret&#233; el gatillo. La Walther coloc&#243; otro cartucho en la rec&#225;mara en menos tiempo del que me cost&#243; parpadear. Dispar&#233; de nuevo. Los disparos resonaron por todo el jard&#237;n y hacia el cielo como si esos sonidos gemelos se hubieran llevado el alma del let&#243;n al Juicio Final. No ten&#237;a ninguna duda de que ir&#237;a de cabeza hacia la tierra y luego bajo tierra enseguida. Su enorme cuerpo choc&#243; boca abajo contra la grava y se qued&#243; inm&#243;vil.

Corr&#237; al coche y salt&#233; al asiento, sin hacer caso de la llave de las esposas, que estaba debajo de mi trasero. No hab&#237;a tiempo de nada m&#225;s que no fuera arrancar el coche. Gir&#233; la llave en el encendido y el gran coche, que a juzgar por el olor era nuevo, rugi&#243; despert&#225;ndose. Detr&#225;s de m&#237;, o&#237; gritos. Cogiendo la pistola que ten&#237;a en las rodillas, asom&#233; la cabeza y dispar&#233; un par de tiros hacia la casa. Luego la tir&#233; en el asiento de al lado, met&#237; la primera, tir&#233; de la puerta cerr&#225;ndola y pis&#233; a fondo el acelerador. Los neum&#225;ticos de atr&#225;s hicieron un surco en el asfalto de la entrada cuando el BMW patin&#243; saltando hacia adelante. Por el momento, no importaba que siguiera teniendo las manos esposadas; la carretera era recta y colina abajo.

Pero el coche vir&#243; peligrosamente de un lado a otro cuando solt&#233; el volante un momento para poner la segunda. Con las manos de nuevo en el volante, gir&#233; para evitar un coche aparcado y casi me incrusto en una valla. Si pod&#237;a llegar al Stifstkaserne y hasta Roy Shields, le contar&#237;a lo de la muerte de Veronika. Si los yanquis eran r&#225;pidos, al menos podr&#237;an atraparlos por aquello. Las explicaciones sobre M&#252;ller y la Org vendr&#237;an m&#225;s tarde. Cuando los PM tuvieran a M&#252;ller enjaulado, no habr&#237;a l&#237;mites a las molestias que le iba a causar a Belinsky, al Crowcass, al CIC, a todo aquel podrido grupo.

Mir&#233; por el retrovisor y vi las luces de un coche. No estaba seguro de que me persiguiera, pero aceler&#233; el rugiente motor a&#250;n m&#225;s y casi de inmediato fren&#233;, girando el volante bruscamente a la derecha. El coche dio contra el bordillo y rebot&#243; volviendo a la carretera. El pie toc&#243; fondo de nuevo y el motor se quej&#243;, pero no pod&#237;a arriesgarme a cambiar a tercera ahora que me enfrentaba a m&#225;s curvas.

En el cruce de la Billrothstrasse y el G&#252;rtel casi tuve que tumbarme para darle al coche un brusco giro a la derecha, evitando una camioneta que regaba la calle. No vi el control hasta que fue demasiado tarde, y de no ser por el cami&#243;n aparcado detr&#225;s de la barrera improvisada, no creo que me hubiera molestado en tratar de girar o parar. Tal como sucedi&#243;, gir&#233; r&#225;pido a la izquierda y perd&#237; el control de las ruedas traseras sobre la calzada mojada.

Durante un momento tuve una visi&#243;n de c&#225;mara oscura mientras el BMW patinaba fuera de control; la barrera, los polic&#237;as militares de Estados Unidos agitando los brazos o corriendo detr&#225;s de m&#237;, la carretera por la que hab&#237;a bajado, el coche que me hab&#237;a estado siguiendo, una hilera de tiendas, un escaparate con vajillas. El coche bail&#243; de lado sobre dos ruedas como si fuera un Charlie Chaplin mec&#225;nico y luego hubo una catarata de vidrio cuando me estrell&#233; contra una de las tiendas. Rod&#233;, impotente, a trav&#233;s, del asiento del pasajero y di contra la puerta al mismo tiempo que algo s&#243;lido entraba por el otro lado. Not&#233; algo agudo por debajo del codo, luego me golpe&#233; la cabeza contra el marco y supongo que me desmay&#233;.

Solo debieron de ser unos segundos. En un momento hab&#237;a ruido, movimiento, dolor y caos y en el siguiente solo hab&#237;a silencio, con el &#250;nico sonido de una rueda que giraba lentamente para recordarme que segu&#237;a vivo. Por fortuna, el coche se hab&#237;a calado, as&#237; que mi primera preocupaci&#243;n, que era que se incendiara, se disip&#243;.

Al o&#237;r pasos sobre montones de vidrio y voces norteamericanas anunciando que ven&#237;an a sacarme de all&#237;, grit&#233; d&#225;ndoles &#225;nimos, pero, con gran sorpresa por mi parte, lo &#250;nico que sali&#243; de mi boca fue poco m&#225;s que un susurro. Y cuando trat&#233; de levantar el brazo para alcanzar la manija de la puerta, volv&#237; a desmayarme.



37

Bueno, &#191;qu&#233; tal estamos hoy? -Roy Shields se inclin&#243; hacia adelante en la silla de al lado de mi cama y me dio unos golpecitos en la escayola del brazo. Un cable y una polea lo manten&#237;an en el aire-. Eso debe de ser pr&#225;ctico -dijo-, un saludo nazi permanente. Mierda, ustedes los alemanes logran que incluso un brazo roto parezca patri&#243;tico.

Ech&#233; una r&#225;pida ojeada alrededor. Parec&#237;a un hospital bastante normal, salvo por los barrotes de las ventanas y los tatuajes en los brazos del personal de enfermer&#237;a.

&#191;Qu&#233; clase de hospital es este?

Est&#225; en el hospital militar, en el Stiftskaserne -dijo-, por su propia seguridad.

&#191;Cu&#225;nto llevo aqu&#237;?

Casi tres semanas. Ten&#237;a un buen chich&#243;n en esa cabeza cuadrada. Se hab&#237;a fracturado el cr&#225;neo. Una clav&#237;cula rota, un brazo roto, costillas rotas Ha estado delirando desde que ingres&#243;.

&#191;S&#237;? Vaya, ser&#225; por culpa del f&#246;hn.

Shields se ri&#243; entre dientes y luego en su cara apareci&#243; una expresi&#243;n m&#225;s sombr&#237;a.

Ser&#225; mejor que conserve ese sentido del humor -dijo-. Tengo malas noticias para usted.

Rebusqu&#233; en mi fichero mental. La mayor&#237;a de las fichas las hab&#237;an tirado al suelo, pero las que saqu&#233; parec&#237;an especialmente relevantes. Algo en lo que hab&#237;a estado trabajando. Un nombre.

Emil Becker -dije recordando una cara de man&#237;aco.

Lo colgaron anteayer -Shields se encogi&#243; de hombros disculp&#225;ndose-. Lo siento, de verdad que lo siento.

Bueno, la verdad es que no perdieron el tiempo -coment&#233;-. &#191;Se trata de la vieja eficiencia estadounidense? &#191;O es que uno de los suyos ha acaparado el mercado de sogas?

Yo no perder&#237;a el sue&#241;o con eso, Gunther. Tanto si mat&#243; a Linden como si no, Becker se hab&#237;a ganado el collar&#237;n.

No suena muy bien como anuncio de la justicia estadounidense.

Venga ya, usted sabe que fue un tribunal austr&#237;aco el que dej&#243; caer su bola blanca.

Y usted les dio el taco y el yeso, &#191;no es as&#237;?

Shields apart&#243; la mirada un momento y luego se frot&#243; la cara, irritado.

Pero &#161;qu&#233; demonios! Usted es polic&#237;a. Sabe c&#243;mo son las cosas. Es algo que sucede en todos los sistemas. Solo porque se haya ensuciado uno un poco los zapatos de mierda, eso no significa que tenga que comprarse un par nuevo.

Claro, pero uno aprende a no salirse del camino y a no coger atajos campo a trav&#233;s.

Qu&#233; gracioso. Ni siquiera s&#233; por qu&#233; estamos teniendo esta conversaci&#243;n. Todav&#237;a no me ha dado ni la m&#225;s m&#237;nima prueba de por qu&#233; tendr&#237;a que aceptar que Becker no mat&#243; a Linden.

&#191;Para que pueda solicitar un nuevo juicio?

Un caso no est&#225; nunca completo del todo -dijo encogi&#233;ndose de hombros-. Un caso no est&#225; nunca cerrado, incluso cuando los participantes han muerto. Yo sigo teniendo algunos cabos sueltos.

Me disgustan mucho sus cabos sueltos, Shields.

Quiz&#225; deber&#237;an disgustarle, Herr Gunther. -Su tono era m&#225;s duro ahora-. Quiz&#225; tendr&#237;a que recordarle que este es un hospital militar y que est&#225; bajo jurisdicci&#243;n estadounidense. Y si se acuerda, en una ocasi&#243;n le advert&#237; que no se metiera en este asunto. Ahora que ha hecho precisamente eso, yo dir&#237;a que todav&#237;a tiene unas cuantas explicaciones que dar. La posesi&#243;n de un arma de fuego por parte de una persona de nacionalidad alemana o austr&#237;aca, para empezar; eso va contra el Manual de Seguridad P&#250;blica del Gobierno Militar austr&#237;aco. Le podr&#237;an caer cinco a&#241;os solo por eso. Luego tenemos el coche que conduc&#237;a. Aparte de que llevaba esposas y no parec&#237;a estar en posesi&#243;n de un carn&#233; de conducir v&#225;lido, tenemos el peque&#241;o problema de que se salt&#243; un control militar. -Se detuvo y encendi&#243; un cigarrillo-. As&#237; que, &#191;qu&#233; va a ser: informaci&#243;n o encarcelaci&#243;n?

Se ha expresado con mucha precisi&#243;n.

Soy un hombre preciso. Todos los polic&#237;as lo somos. Venga, hable.

Me recost&#233; en la almohada resignadamente.

Le advierto, Shields, que probablemente al final le quedar&#225;n tantos cabos sueltos como los que ten&#237;a al principio.Dudo que pueda demostrar la mitad de lo que le diga.

El estadounidense cruz&#243; sus musculosos brazos y apoy&#243; la espalda en la silla.

Las pruebas son para los tribunales, amigo m&#237;o. Yo soy un detective, &#191;se acuerda? Esto es para m&#237; fichero privado.

Se lo cont&#233; casi todo. Cuando acab&#233; hab&#237;a adoptado una expresi&#243;n l&#250;gubre y asent&#237;a sagazmente.

Bueno, la verdad es que podr&#237;a tragarme algo de eso.

Me alegro -dije suspirando-, pero los pezones se me est&#225;n irritando un poco, cari&#241;o. Si tiene preguntas, &#191;qu&#233; tal si se las guarda para la pr&#243;xima vez? Me gustar&#237;a dormir un poco.

Shields se levant&#243;.

Volver&#233; ma&#241;ana. Solo una pregunta m&#225;s: ese tipo del Crowcass

&#191;Belinsky?

Belinsky, s&#237;. &#191;C&#243;mo fue que abandon&#243; el partido antes de tiempo?

Qui&#233;n sabe.

Puede que yo llegue a saberlo. -Se encogi&#243; de hombros-. Preguntar&#233; por ah&#237;. Nuestras relaciones con los chicos de Inteligencia han mejorado desde lo de Berl&#237;n. El gobernador militar norteamericano les ha dicho que es necesario que presentemos un frente unido por si los sovi&#233;ticos intentan lo mismo aqu&#237;.

&#191;Lo de Berl&#237;n? -dije-. &#191;Por si acaso intentan lo mismo aqu&#237;?

Shields frunci&#243; el ce&#241;o.

&#191;No sabe nada de esto? No, claro, no puede saberlo, &#191;verdad?

Mire, mi mujer est&#225; en Berl&#237;n. &#191;No ser&#237;a mejor que me dijera qu&#233; ha sucedido?

Volvi&#243; a sentarse, solo que al borde de la silla, lo cual aumentaba su evidente incomodidad.

Los sovi&#233;ticos han impuesto un bloqueo militar absoluto sobre Berl&#237;n -dijo-. No dejan que entre ni salga nada de la Zona. As&#237; que estamos enviando suministros a la ciudad por aire. Pas&#243; el mismo d&#237;a en que su amigo consigui&#243; su propio transporte a&#233;reo, el 24 de junio. -Sonri&#243; fr&#237;amente-. Hay bastante tensi&#243;n all&#237;, por lo que he podido saber. Mucha gente cree que va a haber un tremendo enfrentamiento entre nosotros y los rusos. A m&#237;, la verdad, no me sorprender&#237;a. Tendr&#237;amos que haberles dado una patada en el culo hace ya mucho tiempo. Pero no vamos a abandonar Berl&#237;n, de eso puede estar seguro. Siempre que nadie pierda la cabeza, tendr&#237;amos que poder superarlo.

Shields encendi&#243; un cigarrillo y me lo puso entre los labios.

Siento lo de su mujer -dijo-. &#191;Lleva mucho tiempo casado?

Siete a&#241;os -dije-, &#191;y usted? &#191;Est&#225; casado?

Neg&#243; con la cabeza.

Supongo que nunca he encontrado a la chica adecuada. &#191;Le importa que le pregunte si les ha ido bien a ustedes dos? Al ser usted detective y todo eso.

Lo pens&#233; durante un minuto.

S&#237; -dije-, nos ha ido muy bien.


La m&#237;a era la &#250;nica cama ocupada en el hospital. Aquella noche una barcaza que bajaba por el canal me despert&#243; con su sirena que parec&#237;a el balido de una oveja, y luego me abandon&#243; para que, sin poder dormir, contemplara las tinieblas mientras su eco se perd&#237;a en la eternidad como el estr&#233;pito del triunfo final. Mirando fijamente el vac&#237;o de la m&#225;s negra oscuridad, mi susurrante respiraci&#243;n solo serv&#237;a para recordarme mi propia mortalidad; parec&#237;a que no viendo nada pod&#237;a ver m&#225;s all&#225; de lo que era m&#225;s tangible: la propia muerte, una silueta enjuta comida por las polillas, envuelta en pesado terciopelo verde, siempre dispuesta a apretar la silenciosa almohadilla con cloroformo en la boca y la nariz de la v&#237;ctima y llev&#225;rsela a un sed&#225;n negro que la esperaba para transportarla a alguna horrible zona y campo de desplazados donde la oscuridad nunca acaba y de donde nadie ha escapado nunca. Cuando la luz volvi&#243; a hostigar los barrotes de la ventana, tambi&#233;n volvi&#243; el valor, aunque yo sab&#237;a que los ivanes de la muerte no ten&#237;an en mucha estima a aquellos que se enfrentaban a ellos sin miedo. Tanto si un hombre est&#225; dispuesto a morir como si no lo est&#225;, su r&#233;quiem suena siempre igual. Pasaron varios d&#237;as antes de que Shields volviera al hospital. Esta vez ven&#237;a con otros dos hombres que, a juzgar por su corte de pelo y sus caras regordetas, supuse que eran estadounidenses. Al igual que Shields, llevaban trajes de corte llamativo. Pero sus caras eran m&#225;s viejas y m&#225;s sabias. Tipos estilo Bing Crosbycon portafolios, pipas y emociones limitadas a sus cejas altivas. Abogados o investigadores. O gente de la corp. Shields se encarg&#243; de las presentaciones.

Este es el mayor Breen -dijo se&#241;alando al de m&#225;s edad de los dos hombres-, y este el capit&#225;n Medlinskas.

As&#237; pues, investigadores; pero &#191;de qu&#233; organizaci&#243;n?

&#191;Qu&#233; son ustedes, estudiantes de medicina?

Shields sonri&#243;, vacilante.

Les gustar&#237;a hacerle algunas preguntas. Les ayudar&#233; en la traducci&#243;n.

D&#237;gales que me encuentro mucho mejor y agrad&#233;zcales las uvas. &#191;Uno de ellos podr&#237;a traerme el orinal?

Shields no me hizo caso. Acercaron tres sillas y se sentaron, como los jueces en una exhibici&#243;n de perros, con Shields m&#225;s cerca de m&#237;. Abrieron los portafolios y sacaron sus blocs.

Quiz&#225; deber&#237;a llamar a mi picapleitos.

&#191;Es necesario? -dijo Shields.

D&#237;gamelo usted. Observando a esos dos, no me parecen un par de turistas estadounidenses que quieren saber cu&#225;les son los mejores sitios de Viena para codearse con chicas guapas.

Shields tradujo mi preocupaci&#243;n a los otros dos, y el de m&#225;s edad gru&#241;&#243; y dijo algo sobre los criminales.

El mayor dice que no se trata de un asunto criminal -inform&#243; Shields-, pero que si quiere un abogado, podemos llamarlo.

Si no es un asunto criminal, &#191;por qu&#233; estoy en un hospital militar?

Cuando lo sacaron del coche llevaba puestas unas esposas -suspir&#243; Shields-, hab&#237;a una pistola en el suelo y una metralleta en el maletero. No iban a llevarlo a una maternidad.

En cualquier caso, no me gusta. No crea que este vendaje que llevo en la cabeza les da derecho a tratarme como a un idiota. Y adem&#225;s, &#191;qui&#233;n es esta gente? A m&#237; me parecen esp&#237;as. Reconozco el perfil; puedo oler la tinta invisible de sus dedos. D&#237;gaselo. D&#237;gales que la gente del CIC y del Crowcass me producen acidez de est&#243;mago porque confi&#233; en uno de los suyos y me pill&#233; los dedos. D&#237;gales que no estar&#237;a echado aqu&#237; si no hubiera sido por un agenteestadounidense llamado Belinsky.

Es de eso de lo que quieren hablarle.

&#191;Ah, s&#237;? Bueno, puede que me sintiese mejor si dejaran esos blocs de notas.

Parecieron comprender lo que dec&#237;a. Se encogieron de hombros los dos a la vez y devolvieron los blocs a los portafolios.

Una cosa m&#225;s -dije-. Tengo mucha experiencia en interrogatorios. Recu&#233;rdenlo. Si empiezo a tener la impresi&#243;n de que me est&#225;n manipulando para luego presentar cargos criminales contra m&#237;, entonces la entrevista se habr&#225; acabado.

El hombre de m&#225;s edad, Breen, se removi&#243; en la silla y se cogi&#243; una rodilla con las manos, lo cual no le hizo parecer m&#225;s guapo. Cuando habl&#243;, su alem&#225;n no era tan malo como yo hab&#237;a imaginado.

No hay ninguna objeci&#243;n -dijo tranquilamente.

Y entonces empez&#243;. El mayor me hizo casi todas las preguntas, mientras que el otro asent&#237;a y nos interrump&#237;a ocasionalmente, en su mal alem&#225;n, para pedirme que le aclarara un comentario. Durante dos horas respond&#237; a sus preguntas o las elud&#237;, neg&#225;ndome solo a contestar directamente en un par de ocasiones, cuando me pareci&#243; que hab&#237;an traspasado la raya de nuestro acuerdo. Poco a poco, sin embargo, empec&#233; a percibir que lo que m&#225;s les interesaba de m&#237; era el hecho de que ni el CIC 970 en Alemania ni el 430 en Austria sab&#237;an nada de un tal John Belinsky. Tampoco hab&#237;a ning&#250;n John Belinsky relacionado, aunque fuera remotamente, con el registro central de cr&#237;menes de guerra y sospechosos de espionaje del ej&#233;rcito de Estados Unidos. La polic&#237;a militar no ten&#237;a a nadie con ese nombre y el ej&#233;rcito tampoco. S&#237; que hab&#237;a un John Belinsky en las fuerzas a&#233;reas, pero ten&#237;a casi cincuenta a&#241;os, y la armada ten&#237;a tres John Belinsky, todos los cuales estaban navegando, igual que yo navegaba en un mar de dudas.

Sobre la marcha los dos estadounidenses me sermonearon sobre la importancia de tener la boca cerrada respecto a lo que hab&#237;a averiguado sobre la Org y su relaci&#243;n con el CIC. Nada pod&#237;a convenirme m&#225;s y lo interpret&#233; como unase&#241;al clara de que en cuanto estuviera bien me permitir&#237;an marcharme. Pero mi alivio se vio atemperado por mi intensa curiosidad sobre qui&#233;n era en realidad John Belinsky y qu&#233; hab&#237;a esperado conseguir. Ninguno de mis interrogadores me hizo part&#237;cipe de sus opiniones. Pero, naturalmente, yo ten&#237;a mis propias ideas.

En las semanas que siguieron, Shields y los dos estadounidenses vinieron al hospital varias veces m&#225;s para continuar con sus indagaciones. Siempre eran exquisitamente educados, hasta llegar a ser casi c&#243;micos; y sus preguntas siempre eran sobre Belinsky. &#191;Qu&#233; aspecto ten&#237;a? &#191;De qu&#233; parte de NuevaYork hab&#237;a dicho que proced&#237;a? &#191;Pod&#237;a acordarme de la matr&#237;cula de su coche?

Les cont&#233; todo lo que recordaba de &#233;l. Registraron su habitaci&#243;n en el Sacher y no encontraron nada; hab&#237;a desaparecido el mismo d&#237;a en que se supon&#237;a que ten&#237;a que acudir con la caballer&#237;a a Grinzing. Vigilaron un par de los bares que, seg&#250;n hab&#237;a dicho, eran sus preferidos. Me parece que incluso les preguntaron a los rusos por &#233;l. Cuando trataron de hablar con el oficial georgiano de la PI, el capit&#225;n Rustaveli, que nos hab&#237;a arrestado a Lotte Hartmann y a m&#237; siguiendo las instrucciones de Belinsky, result&#243; que lo hab&#237;an llamado urgentemente a Mosc&#250;.

Por supuesto, era demasiado tarde. El gato ya no estaba encerrado, y lo que ahora estaba claro era que Belinsky hab&#237;a trabajado para los rusos todo el tiempo. No era de extra&#241;ar que hubiera exagerado la rivalidad entre el CIC y la polic&#237;a militar, les dije a mis nuevos amigos estadounidenses. Me consideraba un t&#237;o muy listo por haberlo descubierto tan pronto. Era de suponer que, a esas alturas, ya le habr&#237;a contado a su jefe del MVD todo sobre el reclutamiento de Heinrich M&#252;ller y Arthur Nebe por los estadounidenses.

Pero hab&#237;a unos cuantos asuntos sobre los que guard&#233; silencio. El coronel Poroshin era uno de esos asuntos; no quer&#237;a pensar en lo que suceder&#237;a si descubrieran que un oficial de alto rango del MVD hab&#237;a organizado mi viaje Viena. Su curiosidad sobre mis documentos de viaje y mi licencia para la venta de cigarrillos ya fue lo bastante embarazosa. Les dije que hab&#237;a tenido que pagar mucho dinero para sobornar a un oficial ruso y parecieron satisfechos con esa explicaci&#243;n.

Para mis adentros me preguntaba si mi encuentro con Belinsky siempre habr&#237;a formado parte del plan de Poroshin. Y las circunstancias de que decidi&#233;ramos trabajar juntos &#191;ser&#237;a posible que Belinsky hubiera matado a aquellos dos desertores rusos como una exhibici&#243;n en mi beneficio, como un modo de convencerme de su absoluto desagrado hacia todo lo sovi&#233;tico?

Hab&#237;a otra cosa sobre la que guard&#233; un absoluto silencio: la explicaci&#243;n de Arthur Nebe sobre c&#243;mo la Org hab&#237;a saboteado el Centro de Documentaci&#243;n de Estados Unidos en Berl&#237;n con la ayuda del capit&#225;n Linden. Eso, decid&#237;, era problema suyo. No ten&#237;a ning&#250;n inter&#233;s en ayudar a un gobierno preparado para colgar a los nazis los lunes, martes y mi&#233;rcoles, y reclutarlos para sus propios servicios de seguridad los jueves, viernes y s&#225;bados. En eso, por lo menos, Heinrich M&#252;ller acertaba.

En cuando al propio M&#252;ller, el mayor Breen y el capit&#225;n Medlinkas se mostraron categ&#243;ricos sobre que deb&#237;a de haberme confundido. El antiguo jefe de la Gestapo llevaba mucho tiempo muerto, me aseguraron. Belinsky, insistieron, por las razones que &#233;l sabr&#237;a, me hab&#237;a ense&#241;ado la foto de otra persona. La polic&#237;a militar hab&#237;a registrado muy a fondo la finca vin&#237;cola de Nebe en Grinzing y hab&#237;a descubierto que el propietario, un tal Alfred Nolde, estaba en el extranjero, en viaje de negocios. No se encontr&#243; ning&#250;n cuerpo ni prueba alguna de que se hubiera asesinado a nadie. Y aunque era verdad que exist&#237;a una organizaci&#243;n de antiguos militares alemanes que trabajaba junto a Estados Unidos para impedir que el comunismo internacional siguiera difundi&#233;ndose, era, insistieron, del todo inconcebible que esa organizaci&#243;n incluyera criminales de guerra nazis fugitivos.

Yo escuchaba impasible todas esas tonter&#237;as, demasiado exhausto por todo aquel asunto para importarme mucho que creyeran o, si a eso vamos, lo que quer&#237;an hacerme creer. Reprimiendo mi primera reacci&#243;n ante su indiferencia hacia la verdad, que fue mandarlos al infierno, me limitaba a asentir con educaci&#243;n, con unos modales cada vez m&#225;s aut&#233;nticamente vieneses. Mostrarme de acuerdo con ellos me parec&#237;a el mejor medio para acelerar mi libertad.

Shields, sin embargo, se mostraba menos complaciente. Su ayuda en la traducci&#243;n se volv&#237;a m&#225;s hosca y poco cooperadora conforme pasaban los d&#237;as y era evidente que no estaba contento con el hecho de que los dos oficiales parecieran m&#225;s interesados en ocultar que en revelar las implicaciones de lo que yo le hab&#237;a contado y que &#233;l, sin duda, hab&#237;a cre&#237;do. Con gran irritaci&#243;n por parte de Shields, Breen declar&#243; que estaba satisfecho de que el caso del capit&#225;n Linden hubiera llegado a una conclusi&#243;n satisfactoria. La &#250;nica satisfacci&#243;n de Shields solo pod&#237;a venir de saber que el 796 de la polic&#237;a militar, todav&#237;a escocido como resultado del esc&#225;ndalo de los sovi&#233;ticos que se hab&#237;an hecho pasar por PM estadounidenses, ahora ten&#237;a algo que echarle en cara al 430 del CIC: un esp&#237;a ruso que se hac&#237;a pasar por miembro del CIC, que dispon&#237;a de los documentos de identidad apropiados, que se alojaba en un hotel requisado por los militares, que conduc&#237;a un veh&#237;culo registrado a nombre de un oficial estadounidense y entraba y sal&#237;a a sus anchas por zonas restringidas al personal estadounidense. Yo sab&#237;a que eso solo pod&#237;a ser un peque&#241;o consuelo para un hombre como Roy Shields, un polic&#237;a con la obsesi&#243;n bastante corriente de la pulcritud. Me resultaba f&#225;cil comprenderlo. Con frecuencia hab&#237;a sentido lo mismo.

En los dos &#250;ltimos interrogatorios, Shields fue sustituido por otro hombre, un austr&#237;aco, y ya no lo volv&#237; a ver.

Ni Breen ni Medlinskas me dijeron que hab&#237;an concluido sus indagaciones. Tampoco me dieron ning&#250;n indicio de estar satisfechos con mis respuestas. Dejaron la cuesti&#243;n en suspenso. Pero as&#237; es como act&#250;an los servicios deseguridad.

Durante las siguientes dos o tres semanas me recuper&#233; por completo de mis heridas. Me divirti&#243; y me choc&#243; al mismo tiempo descubrir por medio del m&#233;dico de la prisi&#243;n que cuando me ingresaron en el hospital despu&#233;s del accidente ten&#237;a gonorrea.

Para empezar, tuvo una suerte de todos los diablos de que lo trajeran aqu&#237; -dijo-, donde tenemos penicilina. Si lo hubieran llevado a cualquier otro sitio que no fuera un hospital militar estadounidense, habr&#237;an utilizado Salvarsan, y eso quema como un esputo de Lucifer. Y, adem&#225;s, tuvo suerte de que fuera solo gonorrea y no s&#237;filis rusa. Las putas locales est&#225;n llenas de eso. &#191;Es que ustedes los tudescos no han o&#237;do hablar del impermeable ingl&#233;s?

&#191;Se refiere al capote ingl&#233;s? Claro que s&#237;, pero no los usamos. Se los damos a los quintacolumnistas nazis, que les hacen agujeros y se los venden a los GI para que se contagien cuando se tiran a nuestras mujeres.

El doctor se ech&#243; a re&#237;r. Pero yo sab&#237;a que en una remota parte de su alma me cre&#237;a. Era solo uno m&#225;s entre muchos incidentes similares con que me encontr&#233; durante mi recuperaci&#243;n, conforme mi ingl&#233;s iba mejorando y me permit&#237;a hablar con los dos estadounidenses, enfermeros del hospital de la prisi&#243;n. Porque mientras re&#237;amos y brome&#225;bamos, siempre me parec&#237;a que hab&#237;a algo extra&#241;o en sus ojos, algo que nunca consegu&#237; identificar.

Y luego, unos d&#237;as antes de que me dieran el alta, lo comprend&#237;, y al comprenderlo sent&#237; n&#225;useas. Como era alem&#225;n, a esos estadounidenses les produc&#237;a escalofr&#237;os. Era como si, cuando me miraban, les pasaran un documental de Belsen y Buchenwald dentro de la cabeza. Y lo que aparec&#237;a en sus ojos era una pregunta: &#191;C&#243;mo pudisteis permitir que pasara? &#191;C&#243;mo pudisteis dejar que una cosa as&#237; continuara?.

Quiz&#225;, al menos durante varias generaciones, cuando otras naciones nos miren a los ojos ser&#225; siempre con esa misma pregunta silenciosa en el coraz&#243;n.



38

Era una agradable ma&#241;ana de septiembre cuando, vestido con un traje que me ven&#237;a grande, prestado por los enfermeros del hospital militar, volv&#237; a mi pensi&#243;n en la Skodagasse. La propietaria, Frau Blum-Weiss, me recibi&#243; calurosamente, me inform&#243; de que mi equipaje estaba guardado en el s&#243;tano, me dio una nota que hab&#237;a llegado no hac&#237;a ni media hora y me pregunt&#243; si quer&#237;a tomar algo de desayuno. Le dije que s&#237;, y despu&#233;s de agradecerle que hubiera cuidado de mis cosas, le pregunt&#233; si le deb&#237;a algo.

El doctor Liebl se ha encargado de todo, Herr Gunther -dijo-, pero si quisiera volver a ocupar sus antiguas habitaciones, no hay problema. Est&#225;n libres.

Como no ten&#237;a ni idea de cu&#225;ndo podr&#237;a volver a Berl&#237;n, le dije que s&#237;.

&#191;El doctor Liebl dej&#243; alg&#250;n mensaje para m&#237;? -pregunt&#233;, aunque ya sab&#237;a la respuesta, porque no hab&#237;a hecho ning&#250;n intento de ponerse en contacto conmigo durante mi estancia en el hospital militar.

No -dijo-, ning&#250;n mensaje.

Luego me acompa&#241;&#243; a mis viejas habitaciones e hizo que su hijo me subiera el equipaje. Volv&#237; a darle las gracias y le dije que tomar&#237;a el desayuno en cuanto me hubiera puesto mi propia ropa.

Est&#225; todo ah&#237; -dijo mientras su hijo colocaba las maletas en la mesa para equipajes-. Tengo un recibo por las pocas cosas que se llev&#243; la polic&#237;a, papeles y esa clase de cosas.

Luego sonri&#243; amablemente, me dese&#243; de nuevo una estancia agradable y cerr&#243; la puerta al salir. Con una actitud t&#237;picamente vienesa, no hab&#237;a mostrado ning&#250;n deseo de saber qu&#233; me hab&#237;a ocurrido desde el &#250;ltimo d&#237;a que estuve en su casa.

En cuando sali&#243; de la habitaci&#243;n, abr&#237; las maletas y encontr&#233;, casi con estupefacci&#243;n y con mucho alivio, que segu&#237;a en posesi&#243;n de mis dos mil quinientos d&#243;lares en met&#225;lico y mis varios cartones de cigarrillos. Me tumb&#233; en la cama y me fum&#233; un Memphis con algo que se acercaba al deleite.

Abr&#237; la nota mientras tomaba el desayuno. Conten&#237;a solo una corta frase y estaba escrita en cir&#237;lico: Re&#250;nase conmigo en la Kaisergruft hoy a las once de la ma&#241;ana. La nota no llevaba firma, pero apenas era necesario. CuandoFrau Blum-Weiss volvi&#243; a mi mesa para recoger las cosas del desayuno, le pregunt&#233; qui&#233;n la hab&#237;a entregado.

Era un escolar, Herr Gunther -dijo recogiendo los cubiertos en una bandeja-, un escolar corriente.

Tengo que reunirme con alguien -expliqu&#233;- en la Kaisergruft. &#191;D&#243;nde est&#225;?

&#191;La Cripta Imperial? -Se sec&#243; la mano en un delantal bien almidonado como si estuviera a punto de conocer al propio k&#225;iser y se persign&#243;. La menci&#243;n de la realeza siempre parec&#237;a hacer que los vieneses se mostraran doblemente respetuosos-. Est&#225; en la iglesia de los capuchinos, en el lado oeste del Neuer Markt. Pero vaya temprano, Herr Gunther. Solo abren por la ma&#241;ana, de las diez a las doce. Estoy segura de que la encontrar&#225; muy interesante.

Sonre&#237; y asent&#237;, agradecido. No me cab&#237;a ninguna duda de que iba a encontrar algo muy interesante de verdad.

El Neuer Markt apenas parec&#237;a una plaza de mercado. Hab&#237;a una serie de mesas dispuestas como en una terraza de caf&#233;. Hab&#237;a clientes tomando caf&#233;, camareros que no parec&#237;an inclinados a servirlos y pocos indicios de alguna cafeter&#237;a donde pudiera conseguirse caf&#233;. Parec&#237;a algo muy provisional, incluso para los relajados est&#225;ndares de la reconstruida Viena. Hab&#237;a tambi&#233;n algunas personas mirando, casi como si se hubiera cometido un delito y todos estuvieran esperando la llegada de la polic&#237;a. Pero yo no hice mucho caso y, al o&#237;r tocar las once en el cercano campanario, me apresur&#233; hacia la iglesia.

Por suerte para el zo&#243;logo, quienquiera que fuese, que le hab&#237;a dado nombre a los famosos monos, el h&#225;bito de los monjes capuchinos destacaba bastante m&#225;s que su muy sencilla iglesia en Viena.[2] Comparada con la mayor&#237;a de lugares de culto en la ciudad, en la Kapuzinerkirche parec&#237;a como si hubieran estado coqueteando con el calvinismo en los d&#237;as en que la construyeron. Eso o que el tesorero de la Orden se hab&#237;a escapado con el dinero de los canteros: no hab&#237;a ni una sola talla. La iglesia era lo suficientemente com&#250;n como para que yo pasara de largo sin ni siquiera reconocerla. Pod&#237;a haberlo hecho una segunda vez de no ser por un grupo de soldados estadounidenses que estaban allado de una portalada y a quienes o&#237; mencionar a los fiambres. Mi nueva familiaridad con el ingl&#233;s tal como lo hablaban los enfermeros del hospital militar me dijo que este grupo ten&#237;a intenci&#243;n de visitar el mismo sitio que yo.

Pagu&#233; un schilling por la entrada a un viejo monje gru&#241;&#243;n y entr&#233; en un largo y aireado corredor que supuse que ser&#237;a parte del monasterio. Una estrecha escalera conduc&#237;a a la cripta.

En realidad no era una cripta, sino ocho que se comunicaban y que eran mucho menos sombr&#237;as de lo que hab&#237;a esperado. El interior era sencillo, pintado de blanco con las paredes recubiertas en parte con m&#225;rmol, y contrastaba fuertemente con la opulencia de su contenido.

Aqu&#237; estaban los restos de m&#225;s de cien Habsburgo con sus famosas mand&#237;bulas, aunque la gu&#237;a que hab&#237;a tenido la precauci&#243;n de llevar conmigo dec&#237;a que los corazones se conservaban en unas urnas situadas debajo de la catedral de San Esteban. No se podr&#237;an encontrar pruebas m&#225;s abundantes de la mortalidad real en ning&#250;n otro lugar al norte de El Cairo. Parec&#237;a que no faltaba nadie, salvo el archiduque Fernando, que estaba enterrado en Graz, sin duda picado con el resto porque hubieran insistido en que visitara Sarajevo.

La rama m&#225;s pobre de la familia, la de Toscana, estaba amontonada en simples f&#233;retros de plomo, uno encima de otro como botellas en una botiller&#237;a, al fondo de la cripta m&#225;s grande. Casi esperaba ver a un viejo abriendo un par de cajas para probar un nuevo mazo y juego de estacas. Como es natural, los Habsburgo con un ego mayor merec&#237;an los sarc&#243;fagos m&#225;s grandiosos. Esos enormes ata&#250;des de cobre, morbosamente ornamentados, parec&#237;an no carecer de nada salvo camiones oruga y ca&#241;ones para conquistar Stalingrado. Solo el emperador Jos&#233; II hab&#237;a mostrado algo parecido a la contenci&#243;n en la caja elegida, y solo una gu&#237;a vienesa podr&#237;a haber descrito el ata&#250;d de cobre como excesivamente sencillo.

Encontr&#233; al coronel Poroshin en la cripta de Francisco Jos&#233;. Me sonri&#243; c&#225;lidamente cuando me vio y me dio unas palmadas en la espalda:

Ya lo ve, yo ten&#237;a raz&#243;n. Usted sabe leer cir&#237;lico, despu&#233;s de todo.

Y quiz&#225; usted sepa leerme la mente.

Seguro -dijo-. Se est&#225; preguntando qu&#233; podemos tener que decirnos mutuamente, despu&#233;s de todo lo que ha sucedido. Y menos a&#250;n en un lugar como este. Est&#225; pensando que, en otro lugar, quiz&#225; tratar&#237;a de matarme.

Deber&#237;a estar en el teatro, Palkovnik; podr&#237;a ser otro profesor Schaffer.

Me parece que se confunde. El profesor Schaffer era hipnotizador, no le&#237;a la mente. -Se golpe&#243; con los guantes la palma de la otra mano, con el aire de alguien que se ha anotado un punto-. No soy un hipnotizador, Herr Gunther.

No se subestime. Consigui&#243; hacerme creer que yo era investigador privado y que ten&#237;a que venir a Viena para tratar de librar a Emil Becker de la acusaci&#243;n de asesinato. Una fantas&#237;a hipn&#243;tica donde las haya.

Una sugesti&#243;n poderosa, quiz&#225; -dijo Poroshin-, pero usted actu&#243; seg&#250;n su propia y libre voluntad. -Suspir&#243;-. Una l&#225;stima lo del pobre Emil. Se equivoca si piensa que no confiaba en que demostrara que era inocente. Pero empleando un t&#233;rmino del ajedrez, fue mi gambito vien&#233;s: tiene una primera apariencia pac&#237;fica, pero la secuela est&#225; llena de sutilezas y posibilidades agresivas. Lo &#250;nico que se necesita es un caballo fuerte y valiente.

Y ese era yo, supongo.

Tochno, exactamente. Y ahora la partida est&#225; ganada.

&#191;Le importa explicarme c&#243;mo?

Poroshin se&#241;al&#243; el ata&#250;d que estaba a la derecha del m&#225;s elevado, que conten&#237;a al emperador Francisco Jos&#233;.

El pr&#237;ncipe heredero Rodolfo -dijo-. Se suicid&#243; en el famoso pabell&#243;n de caza de Mayerling. La historia es bien conocida, pero los detalles y los motivos siguen estando poco claros. Casi de lo &#250;nico que podemos estar seguros es de que yace en esta tumba. Para m&#237;, saber esto con seguridad es suficiente. Pero no todos los que creemos que se han suicidado est&#225;n realmente tan muertos como el pobre Rodolfo. Tomemos a Heinrich M&#252;ller. Probar que sigue vivo, bueno, eso es algo que vale la pena. La partida estuvo ganada cuando supimos eso con seguridad.

Pero yo ment&#237; sobre ese asunto -dije con aire indiferente-. Nunca vi a M&#252;ller. La &#250;nica raz&#243;n de que se lose&#241;alara a Belinsky fue que quer&#237;a que &#233;l y sus hombres vinieran a ayudarme a salvar aVeronika Zartl, la chocolatera del Oriental.

S&#237;, admito que los acuerdos de Belinsky con usted dejaban mucho que desear en su concepci&#243;n. Pero da la casualidad de que s&#233; que ahora est&#225; mintiendo. Ver&#225;, Belinsky s&#237; que estaba en Grinzing con un grupo de agentes. Por supuesto, no eran estadounidenses, sino mis propios hombres. Todos los veh&#237;culos que sal&#237;an de Grinzing eran seguidos, incluyendo el suyo. Cuando M&#252;ller y sus amigos descubrieron que usted se hab&#237;a escapado, cayeron presas del p&#225;nico y huyeron casi inmediatamente. Nosotros nos limitamos a seguirlos, a una discreta distancia, hasta que pensaron que volv&#237;an a estar a salvo. Desde entonces hemos podido identificar positivamente a Herr M&#252;ller por nosotros mismos. As&#237; que usted no ha mentido.

Pero &#191;por qu&#233; no lo detuvieron? &#191;De qu&#233; les sirve si est&#225; en libertad?

Poroshin adopt&#243; una expresi&#243;n astuta.

En mi trabajo, no siempre es pol&#237;tico arrestar a alguien que es nuestro enemigo. A veces puede ser much&#237;simo m&#225;s valioso si se le deja moverse a sus anchas. Desde el principio de la guerra, M&#252;ller fue un agente doble. Hacia finales de 1944 estaba, naturalmente, ansioso por desaparecer completamente de Berl&#237;n e ir a Mosc&#250;. Bueno, &#191;puede imagin&#225;rselo, Herr Gunther? El jefe de la fascista Gestapo viviendo y trabajando en la capital del socialismo democr&#225;tico. Si las agencias de espionaje brit&#225;nica o estadounidense hubieran descubierto una cosa as&#237;, sin duda habr&#237;an filtrado esa informaci&#243;n a la prensa mundial en alg&#250;n momento pol&#237;ticamente oportuno. Y luego se habr&#237;an sentado c&#243;modamente a ver como enrojec&#237;amos de verg&#252;enza. As&#237; pues, se decidi&#243; que M&#252;ller no pod&#237;a venir a Mosc&#250;.

El &#250;nico problema era que sab&#237;a mucho de nosotros. Por no mencionar el paradero de docenas de esp&#237;as de la Gestapo y la Abwehr en toda la Uni&#243;n Sovi&#233;tica y Europa oriental. Hab&#237;a que neutralizarlo antes de poderle negar la entrada en nuestra casa. As&#237; que lo enga&#241;amos para que nos diera los nombres de todos esos agentes y, al mismotiempo, empezamos a pasarle nuevas informaciones que, aunque no eran de ninguna ayuda para las pr&#225;cticas b&#233;licas de Alemania, pod&#237;an demostrar ser de un considerable inter&#233;s para los estadounidenses. No es necesario decir que esa informaci&#243;n era falsa.

En cualquier caso, todo ese tiempo continuamos aplazando la deserci&#243;n de M&#252;ller, dici&#233;ndole que esperara un poco m&#225;s y que no ten&#237;a por qu&#233; preocuparse. Pero cuando estuvimos preparados dejamos que descubriera que, por diversas razones pol&#237;ticas, no pod&#237;amos autorizar su deserci&#243;n. Confi&#225;bamos que esto le convencer&#237;a de ir a ofrecer sus servicios a los estadounidenses, como otros hab&#237;an hecho. Por ejemplo, el general Gehlen, el bar&#243;n Von Bolschwing, incluso Himmler, aunque &#233;ste era demasiado conocido para que los brit&#225;nicos aceptaran su oferta y estaba demasiado loco, &#191;no es verdad?

Puede que nos equivoc&#225;ramos en nuestros c&#225;lculos. Quiz&#225; M&#252;ller esper&#243; demasiado y no pudo escapar a la vigilancia de Martin Bormann y los SS que custodiaban el b&#250;nker del F&#252;hrer. &#191;Qui&#233;n sabe? En cualquier caso, parec&#237;a que M&#252;ller se hab&#237;a suicidado. Fue un suicidio falsificado, pero pas&#243; bastante tiempo antes de que pudi&#233;ramos demostrarlo a nuestra entera satisfacci&#243;n. M&#252;ller es muy listo.

Cuando conocimos la existencia de la Org, pensamos que M&#252;ller no tardar&#237;a en aparecer de nuevo, pero permaneci&#243; en la sombra. Se le vio alguna vez, pero sin confirmaci&#243;n, nada seguro. Y entonces, cuando mataron al capit&#225;n Linden, observamos en los informes que el n&#250;mero de serie de la pistola era el mismo que originalmente se le hab&#237;a dado a M&#252;ller. Pero me parece que esta parte ya la conoce.

Belinsky me lo cont&#243; -asent&#237;.

Un hombre de grandes recursos. La familia es siberiana, &#191;sabe? Volvieron a Rusia despu&#233;s de la revoluci&#243;n, cuando Belinsky era todav&#237;a un muchacho, pero para entonces ya era norteamericano de los pies a la cabeza, como dicen. Pronto toda la familia estaba trabajando para la NKVD. Fue idea de Belinsky hacerse pasar por agente del Crowcass. No solo el Crowcass y el CIC se dedican, con frecuencia, a fines distintos, sino que el Crowcass a menudoest&#225; dotado de personal del CIC. Y es muy habitual que la polic&#237;a militar estadounidense ignore las operaciones del CIC y del Crowcass. Los estadounidenses son a&#250;n m&#225;s bizantinos en sus estructuras organizativas que nosotros mismos. Para usted Belinsky era plausible, pero es que tambi&#233;n lo era, como idea, para M&#252;ller. Lo bastante plausible como para hacer que saliera al descubierto cuando usted le dijo que un agente del Crowcass le pisaba los talones, pero no lo bastante para hacer que escapara a Am&#233;rica del Sur, donde no podr&#237;a sernos de ninguna utilidad. Despu&#233;s de todo, hay otros en el CIC, menos reticentes en cuanto a emplear a criminales de guerra que la gente del Crowcass, cuya protecci&#243;n podr&#237;a buscar M&#252;ller.

Y as&#237; ha sido. En este momento, M&#252;ller est&#225; exactamente donde lo quer&#237;amos, con sus amigos estadounidenses en Pullach. Si&#233;ndoles &#250;til, benefici&#225;ndolos con sus profundos conocimientos de las estructuras del espionaje y los m&#233;todos de la polic&#237;a secreta de la Uni&#243;n Sovi&#233;tica. Alardeando de la red de agentes leales que, seg&#250;n cree, todav&#237;a siguen en su sitio. Esta era la primera etapa de nuestro plan, desinformar a los estadounidenses.

Muy inteligente -dije con aut&#233;ntica admiraci&#243;n-, &#191;y la segunda?

La cara de Poroshin adopt&#243; una expresi&#243;n m&#225;s filos&#243;fica.

Cuando llegue el momento oportuno, seremos nosotros quienes filtraremos cierta informaci&#243;n a la prensa mundial: M&#252;ller, el de la Gestapo, es un instrumento del espionaje estadounidense. Seremos nosotros quienes nos sentaremos c&#243;modamente y contemplaremos c&#243;mo ellos enrojecen de verg&#252;enza. Puede que sea dentro de diez a&#241;os, o incluso de veinte, pero siempre que M&#252;ller siga vivo, es algo que pasar&#225;.

Suponga que la prensa mundial no les cree.

No ser&#225; tan dif&#237;cil obtener las pruebas. Los estadounidenses son muy buenos guardando informes e historiales. Mire ese Centro de Documentaci&#243;n suyo. Y tenemos otros agentes. Mientras sepan d&#243;nde y qu&#233; buscar, no ser&#225; demasiado dif&#237;cil encontrar pruebas.

Parece que ha pensado usted en todo.

M&#225;s de lo que nunca sabr&#225;. Y ahora que he contestado a su pregunta, yo tengo una para usted, Herr Gunther. &#191;Lacontestar&#225;, por favor?

No puedo imaginar qu&#233; puedo decirle, Palkovnik. El jugador es usted, no yo. Yo solo soy el caballo de su gambito vien&#233;s, &#191;recuerda?

Aunque as&#237; sea, hay algo.

Me encog&#237; de hombros.

Dispare.

S&#237; -dijo-, volvamos al tablero de ajedrez por un momento. Uno da por supuesto que tendr&#225; que hacer sacrificios. Becker, por ejemplo, y usted, claro. Pero a veces uno se tropieza con una p&#233;rdida inesperada.

&#191;Su reina?

Frunci&#243; el ce&#241;o por un momento.

Si quiere llamarla as&#237; Belinsky me dijo que fue usted quien mat&#243; a Traudl Braunsteiner, pero &#233;l ten&#237;a mucho empe&#241;ado en todo este asunto. El hecho de que yo tuviera un inter&#233;s personal en Traudl no le importaba especialmente. S&#233; que esto es verdad; la habr&#237;a matado sin pens&#225;rselo dos veces. Pero usted

Hice que uno de mis agentes en Berl&#237;n comprobar&#225; su historial en el Centro de Documentaci&#243;n de Estados Unidos. Me hab&#237;a dicho la verdad. Nunca fue miembro del partido y todo lo dem&#225;s tambi&#233;n est&#225; all&#237;: que pidi&#243; el traslado al frente para salir de las SS, algo por lo que pod&#237;an haberlo fusilado. Puede que sea un tonto sentimental, pero &#191;un asesino? Se lo dir&#233; sin rodeos, Herr Gunther: mi inteligencia me dice que usted no la mat&#243;, pero tengo que saberlo aqu&#237; tambi&#233;n -se dio unas palmadas en el est&#243;mago-, quiz&#225; sobre todo aqu&#237;.

Me mir&#243; fijamente con sus ojos azul p&#225;lido, pero yo le aguant&#233; la mirada.

&#191;La mat&#243;?

No.

&#191;La atropello?

Belinsky ten&#237;a coche, yo no.

Diga que no tuvo parte alguna en su asesinato.

Quer&#237;a advertirla.

Poroshin asinti&#243;.

Da -dijo-, dagavareelees, de acuerdo. Est&#225; diciendo la verdad.

Slava bogu. Gracias a Dios.

Hace bien en darle gracias. -Se palme&#243; el est&#243;mago una vez m&#225;s-. Si no lo hubiera sentido aqu&#237;, habr&#237;a tenido que matarle a usted tambi&#233;n.

&#191;Tambi&#233;n? -dije frunciendo el ce&#241;o-. &#191;Qui&#233;n m&#225;s ha muerto? &#191;Belinsky?

S&#237;, un suceso lamentable. Sucedi&#243; mientras fumaba aquella infernal pipa suya. Es una costumbre muy peligrosaesa de fumar. Usted tendr&#237;a que dejarlo.

&#191;C&#243;mo?

Es un viejo m&#233;todo de la Checa. Una peque&#241;a cantidad de tetril en la boquilla, sujeta a una mecha que lleva a un punto debajo de la cazoleta: cuando se enciende la pipa, tambi&#233;n se enciende la mecha. Muy sencillo, pero tambi&#233;n muy mortal. Le salt&#243; la tapa de los sesos. -El tono de Poroshin era casi indiferente-. &#191;Lo ve? Mi cabeza me dec&#237;a que no era usted quien la hab&#237;a matado. Solo quer&#237;a asegurarme de que no tendr&#237;a que matarle tambi&#233;n a usted.

&#191;Y ahora est&#225; seguro?

Del todo -dijo-. No solo saldr&#225; de aqu&#237; vivo

&#191;Me habr&#237;a matado aqu&#237;?

Es un lugar bastante adecuado, &#191;no cree?

Oh, s&#237;, muy po&#233;tico. &#191;Qu&#233; iba a hacer, morderme la garganta, o ha puesto un explosivo en uno de los ata&#250;des?

Hay muchos venenos, Herr Gunther. -Me mostr&#243; una peque&#241;a navaja autom&#225;tica que ten&#237;a en la palma de la mano-. Tetrodotoxina en la hoja. Incluso el m&#225;s peque&#241;o ara&#241;azo y adi&#243;s. -Se meti&#243; la navaja en el bolsillo de la cazadora y se encogi&#243; de hombros con aire compungido-. Estaba a punto de decir que no solo saldr&#225; de aqu&#237; vivo, sino que si va al Caf&#233; Mozart ahora, encontrar&#225; a alguien esper&#225;ndole all&#237;.

Mi mirada de desconcierto pareci&#243; divertirle.

&#191;No adivina qui&#233;n es? -dijo encantado.

&#191;Mi mujer? &#191;La ha sacado de Berl&#237;n?

Kanyeshn&#233;, claro. No s&#233; de qu&#233; otro modo habr&#237;a podido salir. Berl&#237;n est&#225; rodeado por nuestros tanques.

&#191;Kirsten me est&#225; esperando ahora en el Caf&#233; Mozart?

Mir&#243; su reloj y asinti&#243;.

Lleva all&#237; ya quince minutos -dijo-. Ser&#225; mejor que no la haga esperar mucho m&#225;s. Una mujer tan atractiva como ella, sola en una ciudad como Viena Hoy en d&#237;a hay que tener mucho cuidado. Son tiempos dif&#237;ciles.

Est&#225; usted lleno de sorpresas, coronel -le dije-. Hace cinco minutos estaba dispuesto a matarme por nada m&#225;s tangible que su indigesti&#243;n y ahora me est&#225; diciendo que ha tra&#237;do a mi mujer desde Berl&#237;n. &#191;Por qu&#233; me ayuda de esta manera? Ya nye paneemayoo, no lo entiendo.

Digamos que es parte de todo ese vano romanticismo del comunismo, vot i vsyo, eso es todo. -Entrechoc&#243; lostacones como un buen prusiano-. Adi&#243;s, Herr Gunther. &#191;Qui&#233;n sabe? Cuando acabe lo de Berl&#237;n, quiz&#225; volvamos a encontrarnos.

Espero que no.

Lo lamento. Un hombre de su talento

Luego se dio media vuelta y se march&#243;.

Sal&#237; de la Cripta Imperial con tanto br&#237;o como L&#225;zaro al salir de la tumba. En el exterior, en el Neuer Markt, hab&#237;a todav&#237;a m&#225;s gente mirando la extra&#241;a terraza de cafeter&#237;a que no ten&#237;a caf&#233;. Entonces vi la c&#225;mara y los focos y, al mismo tiempo, distingu&#237; a Willy Reichmann, el peque&#241;o jefe de producci&#243;n pelirrojo de los Estudios Sievering. Estaba hablando en ingl&#233;s con otro hombre que llevaba un meg&#225;fono. Seguramente se trataba de la pel&#237;cula inglesa de la que me hab&#237;a hablado Willy; aquella que ten&#237;a como requisito previo las ruinas cada vez m&#225;s raras de Viena. La pel&#237;cula en la que le hab&#237;an dado un papel a Lotte Hartmann, la chica que me hab&#237;a contagiado una gonorrea bien merecida.

Me detuve a mirar un momento, pregunt&#225;ndome si ver&#237;a a la chica de K&#246;nig, pero no hab&#237;a se&#241;ales de ella. Pens&#233; que no era probable que se hubiera ido de Viena con &#233;l, desperdiciando su primer papel en la pantalla.

Uno de los mirones dijo:

&#191;Qu&#233; diablos est&#225;n haciendo?

Y otro respondi&#243;:

Se supone que es un caf&#233;, el Caf&#233; Mozart.

Una cascada de risas surgi&#243; de la muchedumbre.

&#191;Aqu&#237;? -dijo otra voz.

Por lo que parece, les gusta m&#225;s la vista que hay aqu&#237; -replic&#243; una cuarta-. Es lo que llaman licencia po&#233;tica.

El hombre del meg&#225;fono pidi&#243; silencio, orden&#243; rodar a las c&#225;maras y luego dijo Acci&#243;n. Dos hombres, uno de los cuales llevaba un libro como si se tratara de alg&#250;n tipo de icono religioso, se estrecharon la mano y se sentaron a una de las mesas.

Dejando que la muchedumbre mirara lo que suced&#237;a a continuaci&#243;n, me encamin&#233; r&#225;pidamente hacia el sur, hacia el verdadero Caf&#233; Mozart y hacia la esposa que me esperaba all&#237;.



Nota del autor

En 1988 Ian Sayer y Douglas Botting, que estaban recopilando una historia del cuerpo de contraespionaje estadounidense titulada America's Secret Army: The untold story of the Counter-Intelligence Corps, fueron requeridos por un organismo investigador del gobierno de Estados Unidos para que verificaran un informe compuesto por documentos firmados por agentes del CIC en Berl&#237;n, hacia finales de 1948, relacionados con el empleo de Heinrich M&#252;ller como asesor del CIC. El informe se&#241;alaba que los agentes sovi&#233;ticos hab&#237;an llegado a la conclusi&#243;n de que M&#252;ller no hab&#237;a muerto en 1945 y que probablemente estaba siendo utilizado por alg&#250;n servicio de Inteligencia occidental. Sayer y Botting rechazaron el material como falso, falsificado por una persona h&#225;bil, perobastante confusa. Esta opini&#243;n fue corroborada por el coronel E. Browning, que era jefe de operaciones del CIC en Frankfurt por las fechas en que se supon&#237;a que hab&#237;an sido redactados los documentos. Browning se&#241;alaba que la idea de algo tan delicado como emplear a M&#252;ller como asesor del CIC era algo absurdo. Lamentablemente -escribieron los dos autores-, tenemos que llegar a la conclusi&#243;n de que el destino del jefe de la Gestapo del Tercer Reich sigue envuelto en el misterio y la especulaci&#243;n, como siempre lo ha estado y probablemente siempre lo estar&#225;.

Hasta ahora, los intentos de un importante peri&#243;dico brit&#225;nico y una revista estadounidense por investigar la historia en detalle se han quedado en nada.



Philip Kerr



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