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Jos&#233; Carlos Somoza


El Cebo







Para Diego Jim&#233;nez y Marga Cueto


Todo el mundo es un escenario,

y los hombres y mujeres, meros actores.

Como gust&#233;is, II,7





Pr&#243;logo

Ibiza,

tres meses antes


La m&#225;scara parec&#237;a mirar a la muchacha con expresi&#243;n mal&#233;vola. Pero se trataba, tan solo, de un simple adorno &#233;tnico, tallado en madera y colgado de la pared. Hab&#237;a otra m&#225;scara id&#233;ntica, situada a cierta distancia de la primera. La muchacha se fij&#243; en ellas por primera vez cuando le pidieron que se colocara de perfil. Solo hablaba la persona que estaba sentada; la otra permanec&#237;a de pie tras la silla, en silencio.

Ahora, por favor, qu&#237;tate la camisa.

Aunque no le exig&#237;an que lo hiciera de forma insinuante, la muchacha pens&#243; que se hab&#237;a despojado del pantal&#243;n y los zapatos demasiado r&#225;pido, y quiso demostrarles que sab&#237;a crear inter&#233;s. Ya se hab&#237;a desabrochado la camisa, de modo que la pas&#243; por un hombro y luego por el otro, haci&#233;ndola resbalar hasta las mu&#241;ecas. No llevaba sujetador, pero sus peque&#241;os pechos apenas destacaban en el conjunto de una anatom&#237;a situada en alg&#250;n punto entre la delgadez y la anorexia, donde las bragas eran un diminuto tri&#225;ngulo tan negro como el resto de su ropa. Hab&#237;a elegido aquel color adrede, para que contrastara con su piel de leche y sus cortos cabellos platino. Los &#250;nicos detalles de su aspecto que no resultaban tan sutiles eran los abultados, sensuales labios y los p&#225;rpados hinchados por noches de trabajo destellante y generosas dosis de alcohol.

Despu&#233;s de abandonar la camisa en la misma silla donde hab&#237;a arrojado el pantal&#243;n, retrocedi&#243; hasta el centro del escenario improvisado. El par de cegadores focos de estudio apenas le permit&#237;a vislumbrar otra cosa que aquellas dos m&#225;scaras en la pared de su izquierda y el mon&#243;culo de la videoc&#225;mara frente a ella. La voz de la persona sentada tras la videoc&#225;mara era suave, agradable, muy clara.

Da una vuelta completa, por favor.

Mientras obedec&#237;a, dijo algo para rellenar los tensos silencios.

&#191;Lo hago bien?

S&#237;, tranquila.

Estaba tensa. Claro que lo estaba, por mucho que se dijera a s&#237; misma lo contrario. No era que careciera de experiencia en ese tipo de sesiones, desde luego. Leni, u Olena Gusyeva, como figuraba en su manoseado pasaporte con una foto horrenda de su rostro estampada al lado como un insulto, veinticuatro a&#241;os de edad, hab&#237;a posado a menudo frente a las c&#225;maras, y en muchas ocasiones incluso con menos ropa de la que llevaba en aquel momento. La culpa la ten&#237;a Karl, el fot&#243;grafo berlin&#233;s que la hab&#237;a sacado de Kiev, su ciudad natal, para traerla a Ibiza. Hab&#237;an vivido juntos tres a&#241;os antes de que &#233;l la abandonara, pero durante aquel tiempo Karl le hab&#237;a confeccionado un fant&#225;stico book que Olena hab&#237;a colgado en su web personal y mostrado a casi todas las agencias espa&#241;olas y extranjeras que pudiesen estar interesadas en hacer algo con ella. Por el momento trabajaba de camarera en una disco ibicenca, pero estaba segura de que su suerte cambiar&#237;a. Alg&#250;n d&#237;a vivir&#237;a su gran sue&#241;o de hacer cine. Adriana, la chica hondure&#241;a que compart&#237;a piso con ella, echaba las cartas y se lo hab&#237;a augurado:

Tendr&#225;s un futuro maravilloso, Leni, siempre y cuando me hagas caso.

Adriana ten&#237;a la piel morena, era bajita y de facciones ind&#237;genas. Hab&#237;a empezado de camarera con Olena, pero ahora hab&#237;a conseguido un empleo serio de ayudante en una agencia tur&#237;stica. Olena la quer&#237;a mucho, porque era una chica extrovertida y muy apasionada. L&#225;stima que tambi&#233;n fuese tan aprensiva. No cesaba de darle consejos. Olena la llamaba mam&#225;, aunque su verdadera madre jam&#225;s se hab&#237;a preocupado tanto por ella. Adriana sol&#237;a decir que, para chicas como Olena, Ibiza no era una isla sino una especie de tierra de nadie unida a los cinco continentes. S&#233; de otras que han venido aqu&#237; y de repente han desaparecido, y ya no vuelves a saber m&#225;s de ellas -le dec&#237;a-. Terminan en alg&#250;n lugar de Asia o en alg&#250;n pa&#237;s &#225;rabe. Estaba obsesionada con secuestros, asesinatos y violaciones. Insist&#237;a en que Olena preparase un kit b&#225;sico de supervivencia: un conjunto de trucos para moverse con seguridad en todos los ambientes.

Para Adriana solo importaba el futuro: lo descifraba o lo tem&#237;a. Olena, en cambio, viv&#237;a el presente, pero no era menos precavida que su amiga. Su pa&#237;s natal, Ucrania, era tan dif&#237;cil como podr&#237;a serlo cualquier otro que Adriana hubiese conocido, y ten&#237;as que aprender a ser cautelosa desde muy joven si no quer&#237;as llevarte un disgusto. De modo que Olena jam&#225;s iba a ning&#250;n lugar nuevo sin que lo supieran hasta las dos mu&#241;ecas de su ni&#241;ez que hab&#237;an constituido su &#250;nico equipaje cuando sali&#243; de Kiev. En ocasiones se presentaba a las citas sospechosas acompa&#241;ada de uno de los musculosos vigilantes de la discoteca, y siempre dejaba mensajes grabados indicando cu&#225;ndo se marchaba y cu&#225;ndo esperaba regresar. Por supuesto, jam&#225;s olvidaba el m&#243;vil, aunque sab&#237;a que era el recurso m&#225;s in&#250;til, debido a los numerosos sistemas de inhibici&#243;n de se&#241;ales que pod&#237;an utilizarse para anular la cobertura. Confiaba m&#225;s en las personas que en las m&#225;quinas, como todo ciudadano sabio de su tiempo. Leni Gusyeva no era f&#225;cil de enga&#241;ar, pese a su aspecto aparentemente fr&#225;gil. En cierto modo, su kit b&#225;sico era mucho mejor que el de la propia Adriana.

Perfecto. Qu&#233;date as&#237;, de frente. Mira a la c&#225;mara.

Pero estaba nerviosa, no pod&#237;a negarlo. Sent&#237;a la boca seca y, aunque estaba casi desnuda, hab&#237;a empezado a sudar. Y no era que hubiese nada en aquella sesi&#243;n que le preocupase lo m&#225;s m&#237;nimo. Las dos personas que se hallaban con ella pose&#237;an el grado justo, casi exacto, de cortes&#237;a y distancia necesarias. Llevaba media hora de grabaci&#243;n, y ya le hab&#237;an advertido que la filmar&#237;an en ropa interior, lo cual era absolutamente normal. Su ansiedad se deb&#237;a, sin duda, al deseo de hacerlo bien para resultar elegida en aquel casting. Ten&#237;a que ser eso.

Hab&#237;a intuido desde el principio que aquella pod&#237;a ser su gran oportunidad. El anuncio que hab&#237;a visto en internet parec&#237;a, a primera vista, uno de tantos. Se trataba de escoger a chicas con posibilidades, filmarlas y elegir entre todas las grabaciones las dos o tres mejores para enviarlas a productoras europeas y norteamericanas. As&#237; de directo. En el mismo anuncio figuraba el nombre de la agencia: Ephesus. Olena hab&#237;a buscado todo lo que hab&#237;a podido sobre aquella agencia, y resultaba que ten&#237;an m&#225;s de diez a&#241;os de experiencia promocionando rostros nuevos para comenzar con peque&#241;os papeles en pel&#237;culas de gran presupuesto. No dud&#243; en enviar su book y datos de contacto. De todas formas, nunca respond&#237;an, ni aunque les enviaras una foto tuya haci&#233;ndolo con un burro, como dec&#237;a Adriana, siempre tan optimista.

Pero en esa ocasi&#243;n respondieron.

Tres d&#237;as despu&#233;s recibi&#243; un correo electr&#243;nico. Hab&#237;a resultado elegida para la prueba. La cita era a las siete de la tarde de un d&#237;a de julio, en uno de los dos edificios gemelos Java de Playa d'en Bossa. El lugar ya de por s&#237; sonaba bien: los Java eran bloques de apartamentos con sistema dom&#243;tico y cosas tan caprichosas como paredes transparentes o puertas que se abr&#237;an al sonido de la voz. Un sitio as&#237; solo pod&#237;a alquilarlo una agencia de la talla de Ephesus.

Olena pas&#243; varios d&#237;as eligiendo y descartando la ropa que llevar&#237;a para causar buena impresi&#243;n. Al final se decidi&#243; por el conjunto negro de camisa, vaqueros y zapatillas deportivas. Y mientras se estaba vistiendo la tarde de la cita, Adriana penetr&#243; en tromba en su peque&#241;a habitaci&#243;n.

No vayas, Leni. Tengo un mal toque.

Olena conoc&#237;a aquella expresi&#243;n. Un mal toque significaba un mal presentimiento. Adriana le dec&#237;a que sus toques se deb&#237;an a que estaba en conexi&#243;n espiritual con una hermana gemela que nunca hab&#237;a llegado a nacer. Su gemela la tocaba desde el m&#225;s all&#225; cuando quer&#237;a avisarla de algo, por lo general un peligro. Gracias a aquellos mensajes, afirmaba, hab&#237;a llegado a evitar subirse un d&#237;a a un autocar que termin&#243; cayendo por un barranco.

Ya me contaste lo del autocar, Adri -dijo Olena con su grave, ronco tono de voz te&#241;ido de acento eslavo-. Esto ser&#225; ir y venir. Adem&#225;s, sabes ad&#243;nde voy.

Sup&#243;n que te drogan y te llevan a otro sitio.

Es una agencia seria. Ya has visto su web. Es Ephesus

Adriana la miraba sin parpadear, con sus ojos grandes color antracita.

Te har&#225;n fotos desnuda, y si les gustas, desaparecer&#225;s -advirti&#243;.

Olena movi&#243; la cabeza, sonriendo, mientras se peinaba en el espejo.

Y t&#250; podr&#225;s realquilar mi habitaci&#243;n, que es lo que siempre has querido.

Hablo en serio. Me lo ha dicho la gemela, Leni. -El tono de Adriana era, en efecto, mortalmente serio, tanto que Olena se impresion&#243; un poco-. No vayas, por favor.

Olena tom&#243; las manos de su amiga entre las suyas. Estaban fr&#237;as.

Dime una cosa, mam&#225;: &#191;alguna vez esos malos toques se han equivocado?

Nunca. -Adriana negaba con la cabeza, pero de repente titube&#243;-. Bueno a lo mejor, alguna vez

Entonces, no siempre aciertan, &#191;vale? Volver&#233; antes de que te des cuenta.

Le lanz&#243; un beso a su amiga antes de salir.


De repente todo acab&#243;.

Muy bien, ya est&#225;. Gracias, Leni.

Se qued&#243; un instante parpadeando, como sorprendida por el abrupto final. Luego not&#243; que ten&#237;a el flequillo pegado a la frente h&#250;meda de sudor. Pese a estar desvestida, se sent&#237;a agobiada por el fuego abrasador de los focos. Entonces estos se apagaron dejando dos manchas viol&#225;ceas en sus ojos, dos c&#237;rculos &#237;gneos como los iris de un diablo. Se los restreg&#243; y volvi&#243; a parpadear, acostumbr&#225;ndose al ambiente de luces indirectas.

La persona que estaba sentada se hab&#237;a levantado. Sonre&#237;a con delicadeza.

Puedes vestirte. Hemos terminado.

&#191;Tengo posibilidades? -inquiri&#243; Olena mientras se abrochaba la camisa. Quer&#237;a evitar las preguntas in&#250;tiles, pero se hallaba demasiado ansiosa, y, adem&#225;s, la persona que hablaba con ella se mostraba tan afable que invitaba a la confianza.

Es dif&#237;cil asegurarlo, cari&#241;o. Hay varias aspirantes y no tenemos todav&#237;a un esquema claro. Pero nos has gustado. Posees personalidad y soltura ante la c&#225;mara.

A Olena le encant&#243; aquel comentario.

Gracias. &#191;Cu&#225;ndo me enterar&#233;?

En cuanto pase el verano. Septiembre, octubre, todo lo m&#225;s. Tenemos tus datos, de modo que te llamaremos si &#191;Te encuentras bien?

S&#237;, es solo que -De repente se sent&#237;a mareada. Cerraba los ojos y ve&#237;a los potentes focos, las m&#225;scaras grotescas, la videoc&#225;mara, todo girando a su alrededor.

Sup&#243;n que te drogan.

Respir&#243; hondo, dio algunos pasos, y la habitaci&#243;n recobr&#243; las dimensiones justas. Se tranquiliz&#243;. Nadie la hab&#237;a drogado, ni siquiera le hab&#237;an ofrecido agua. Lo &#250;nico que ocurr&#237;a era que sent&#237;a calor. Sonri&#243; y acept&#243; los pa&#241;uelos de papel que le tendi&#243; la otra persona, la que apenas hablaba. Los hab&#237;a cogido de una cajita sobre una mesa de cristal donde tambi&#233;n reposaba un libro. Mientras se secaba el sudor, Olena se fij&#243; en el t&#237;tulo por curiosidad: La comedia de los errores, de William Shakespeare. Aquello termin&#243; de convencerla de que lo &#250;nico que les interesaba era el mundo del espect&#225;culo.

&#191;Quieres pasar al ba&#241;o antes de irte? -ofreci&#243; la persona que le hablaba.

No, gracias, estoy bien

Y en efecto, lo estaba. Cada vez mejor. Estrech&#243; las manos efusivamente al despedirse, y cuando sali&#243; del edificio al lujurioso sol y la brisa de mar, su cabeza termin&#243; de despejarse. Ignoraba la raz&#243;n, pero ten&#237;a el presentimiento de que resultar&#237;a elegida.

Mientras caminaba hacia la parada del autob&#250;s, sac&#243; el m&#243;vil y envi&#243; un mensaje a Adriana. No me han raptado, escribi&#243;. En casa, Adriana fingi&#243; estar enfadada por la frivolidad de su amiga, pero luego bromearon. Como Olena no ten&#237;a turno esa noche en la discoteca, cenaron juntas y brindaron por su futuro como actriz.


Solo m&#225;s tarde, en la soledad de su peque&#241;a habitaci&#243;n y antes de dormirse, record&#243; un peque&#241;o detalle, insignificante pero curioso.

La persona que le hab&#237;a hablado durante la prueba la hab&#237;a llamado Leni al finalizar. Estaba segura de que no les hab&#237;a dicho en ning&#250;n momento su apodo. &#191;O s&#237;?

Se devan&#243; los sesos rastreando en su memoria, pero al final decidi&#243; que el detalle carec&#237;a de importancia, y mientras lo decid&#237;a, se qued&#243; dormida.



I Comienzo


&#191;Qu&#233; mascaradas, qu&#233; bailes vamos a tener?

El sue&#241;o de una noche de verano, V, 1





1

Madrid,

en la actualidad


El hombre parec&#237;a normal, y eso fue lo que me hizo pensar que era peligroso.

Su casa, o aquella a la que me llev&#243; diciendo que era suya, ofrec&#237;a la misma impresi&#243;n de exagerada normalidad: un adosado con paneles solares, jard&#237;n min&#250;sculo y avanzados sistemas de seguridad situado en una calle tranquila en Padua, una de tantas urbanizaciones de las afueras de Madrid creadas para albergar edificios y gente que no caben en otro sitio. El interior ol&#237;a a limpio y estaba ordenado, lo cual tambi&#233;n me intrig&#243;. Me hab&#237;a dicho que viv&#237;a solo, y tanta pulcritud en un hombre solo era inquietante.

Pasa, ponte c&#243;moda -invit&#243; mientras tecleaba en el control de bloqueos de la entrada.

Gracias.

&#191;Qu&#233; quieres beber? -Sonri&#243; y abri&#243; los brazos-. No tengo alcohol.

Un refresco light, el que tengas.

Dej&#233; el bolso en un sof&#225;, pero no me sent&#233;. Cuando se ausent&#243; a por las bebidas ech&#233; un vistazo al sal&#243;n. Cont&#233; no menos de cinco cuadros sobre temas campestres que har&#237;an bostezar a una abuelita y m&#225;s de una docena de im&#225;genes religiosas, incluyendo una de esas esculturas microsc&#243;picas con el rostro de una Virgen o un Cristo visibles bajo un cristal de aumento. La religiosidad exacerbada me la esperaba. Y el hecho de hallar en una mesita central un port&#225;til con conexi&#243;n por infrarrojos, tambi&#233;n. Por lo visto, trabajaba de redactor en un canal de noticias online, y si viv&#237;a solo pod&#237;a tener los ordenadores donde le diera la gana.

No me esperaba, en cambio, ver a una mujer.

La holograf&#237;a se encontraba sobre un peque&#241;o soporte de piedra, flotando en un marco en forma de U, y adornaba unos anaqueles blancos junto a cuatro libros sobre inform&#225;tica y un crucifijo. La mujer estaba sentada junto al hombre, probablemente en un bar. Ambos sonre&#237;an y parec&#237;an aburridos, ella m&#225;s que &#233;l. De inmediato empec&#233; a estudiarla: unos treinta a&#241;os, fuerte complexi&#243;n, espesa melena oscura. El vestido le hac&#237;a mostrar el hombro y el muslo izquierdo desnudos. Se sujetaba una mano con otra. Parec&#237;a una hembra dominante, lo cual no me chocaba especialmente con lo que yo esperaba que fuese el Se&#241;or Pulcro, pero hab&#237;a algo en su postura que me dej&#243; pensativa.

Escuch&#233; pasos a mi espalda y decid&#237; seguir mirando el retrato.

No sab&#237;a si quer&#237;as hielo o -El hombre se interrumpi&#243; al verme.

Sin hielo est&#225; bien.

&#191;Mirabas ese retrato? -Inici&#233; una disculpa tonta, pero el hombre agreg&#243;, sonriendo-: Es mi mujer. Mi ex, quiero decir.

Oh, vale.

Nos sentamos en los sof&#225;s, &#233;l a mi izquierda. Gir&#233; el cuerpo hacia la derecha y realic&#233; una peque&#241;a prueba. Llevaba pantalones, pero eran ce&#241;idos, de piel negra, lo cual me ayud&#243; a presentar la zona lateral del muslo. Esper&#233; hasta que me mir&#243; para quitarme la ajustada cazadora de tiras de cuero, descubriendo primero el hombro izquierdo. Observ&#233; sus ojos: el enganche no se incrementaba, pero tampoco parec&#237;a disminuir. Era obvio que le gustaba contemplarme en esa posici&#243;n -la de su ex-, aunque no en exceso. Prob&#233; a hablar mientras manipulaba la chupa.

Me hab&#237;as dicho que eras soltero.

Me divorci&#233; hace poco tiempo. -El hombre le rest&#243; importancia con un gesto-. Es agua pasada.

Ya. Si la cosa no funciona, lo mejor es cortar. -Arroj&#233; la chupa junto al bolso. Me hab&#237;a sentado lejos del bolso para indicar que contaba con un lapso generoso de tiempo, pero agregu&#233;-: Tengo que irme pronto.

Vaya -dijo como si se tratase de una ligera contrariedad, y se&#241;al&#243; el vaso sobre la mesa-. &#191;No vas a beber un poco?

Claro.

Prob&#233; el refresco. Sab&#237;a solo a lim&#243;n, pero eso no quer&#237;a decir que no contuviera alguna droga. No me import&#243;, ya que estaba segura de que no iba a hacerme nada mientras me hallara inconsciente. Si era el Espectador, me necesitaba despierta para divertirse.

Eres guapa -dijo-. Muy, muy guapa.

Gracias.

Tan delgada y alta. Pareces una modelo Y tan joven

&#191;Est&#225;s pregunt&#225;ndome la edad? -Sonre&#237; y agregu&#233;-: Veinticinco.

Ah. Yo, cuarenta y dos.

T&#250; tambi&#233;n pareces joven.

Alz&#243; una mano velluda, me lo agradeci&#243; y se ri&#243; como de un chiste secreto. Cuando dejaba de beber sus ojos retornaban a mi rostro y no se apartaban de &#233;l, como soldados ante un superior, pero yo sab&#237;a que todo lo que le atra&#237;a de m&#237;, todo lo que le enganchaba, comenzaba justo desde mi pelo recogido en un mo&#241;o hacia abajo: los tirantes negros que divid&#237;an mis hombros, las mu&#241;equeras semejantes a grilletes, mi vientre desnudo bajo el top, mis piernas enfundadas en un pantal&#243;n de piel que se prolongaba con botas puntiagudas.

Cuando hablaba, el hombre gesticulaba como si fuese un ejercicio de pesas.

&#191;Eres espa&#241;ola o? Pareces no s&#233; Sueca, algo as&#237;

Soy de Madrid. Sueca de Chueca.

El hombre mene&#243; la cabeza mientras re&#237;a.

Hoy en d&#237;a nadie es lo que aparenta.

Y que lo digas -coincid&#237;.

Hizo una pausa. Yo aprovech&#233; para observarlo disimuladamente mientras reflexionaba. &#191;Qu&#233; est&#225;s pensando, cabr&#243;n? Hay algo a lo que no paras de darle vueltas. No es solo sexo Hay algo ah&#237;, detr&#225;s de ese ce&#241;o negro, algo que quieres decir o hacer &#191;Qu&#233; es?

El hombre me hab&#237;a dicho que se llamaba Joaqu&#237;n. Su aspecto me recordaba los documentales sobre el Cromagnon que pueden verse en canales de pago: robusto, de baja estatura, frente hundida, pelo cortado a cepillo, cejas espesas unidas en el ce&#241;o y ojos separados y fijos. Un cuerpo de gran fuerza que ignoraba que ten&#237;a tanta. Uno de esos cuerpos que, con el adecuado ejercicio, pod&#237;an partir ladrillos con la cabeza. Su atuendo presentaba otro detalle curioso: camisa verde a juego con el jersey. Preocupaci&#243;n por la propia imagen. Hombre solitario y presumido, religioso y divorciado, de voz suave y aspecto rudo. Un enigma velludo y musculoso, t&#237;mido, de mirada fija.

Segu&#237;a enganchado a m&#237;, pero parec&#237;a necesitar algo m&#225;s para entrar en acci&#243;n. Pens&#233; de nuevo en el aspecto dominante de su ex, si es que se trataba de su ex, y record&#233; lo que Gens opinaba sobre La doma de la brav&#237;a de Shakespeare y su relaci&#243;n con los f&#237;licos de Holocausto. En esa obra, Kate, la mujer brav&#237;a, ofrece obst&#225;culos que enardecen a Petruchio, que a su vez la doma con m&#225;s obst&#225;culos. Es una lucha de voluntades que se estorban entre s&#237; -dec&#237;a Gens-, un s&#237;mbolo de la m&#225;scara de Holocausto.

Prob&#233; esa t&#225;ctica. Dej&#233; el vaso sobre la mesa haci&#233;ndolo resonar y me remov&#237; en el sof&#225;, dotando a mi voz de cierta brusquedad.

Entonces, &#191;qu&#233;?

&#191;Perd&#243;n? -Se sobresalt&#243;.

S&#237;, &#191;qu&#233; quieres hacer?

&#191;Hacer?

Me has tra&#237;do a tu casa para hacer algo, &#191;no?

El hombre pareci&#243; procesar mi pregunta largo tiempo.

Bueno Pens&#233; que pod&#237;amos charlar antes un poco

Es que, en este plan, me voy a pasar toda la noche charlando. Y, la verdad

&#191;Tienes prisa?

Mira, te doy una hora. -Mov&#237; las manos-. No puedo quedarme m&#225;s.

Vale, vale. Solo quer&#237;a que nos conoci&#233;ramos un poco

Ya nos conocemos. Yo, Jane; t&#250;, Tarz&#225;n. &#191;Algo m&#225;s?

No, est&#225; bien, yo

Acentu&#233; mi provocaci&#243;n.

Si quieres pagar por una hora de rollo, t&#250; mismo. Tambi&#233;n cobro por aburrirme.

No, no Mejor as&#237;. Dos desconocidos.

Y ahora dime qu&#233; quieres

No har&#233; nada que no quieras hacer t&#250; -me interrumpi&#243;. El hecho de que me interrumpiese por primera vez desde que nos hab&#237;amos conocido una hora antes en el club me pareci&#243; buena se&#241;al: significaba que empezaba a calentar motores.

T&#250; mismo. Yo te he dicho que todo es negociable, excepto el pago por adelantado Si veo pasta, hago lo que quieras. Si veo m&#225;s, hago m&#225;s.

As&#237; de sencillo, &#191;no?

Tal cual.

El hombre sac&#243; una cartera y empez&#243; a contar los billetes. De pronto sent&#237; un pellizco de angustia. Empec&#233; a pensar que era un simple capullo tarado, uno de tantos, con una filia de Holocausto inocente, sin cuartos trasteros ni s&#243;tanos peligrosos. Era lo m&#225;s probable, pero un detalle me hac&#237;a seguir insistiendo. Un solo detalle.

&#191;Por qu&#233; controlas tanto mi mirada, Joaqu&#237;n? &#191;Qu&#233; es lo que no quieres mirar ni que yo mire tampoco?

Mov&#237; la mano como si fuese a echar un vistazo a mi reloj de pulsera, pero antes de completar el gesto volv&#237; a observar a Ojos de Pez.

Y lo pill&#233;. Sus negras pupilas se hab&#237;an desviado una fracci&#243;n de segundo hacia un lugar que se hallaba directamente detr&#225;s de m&#237;, antes de regresar de nuevo a mi rostro. &#191;Qu&#233; era? No pod&#237;a volverme para verlo: eso hubiese sido se&#241;alar el cuarto cerrado delante de Barbazul. Me reproch&#233; el descuido: Gens advert&#237;a que era necesario examinar bien el decorado antes de intentar cualquier m&#225;scara.

Era in&#250;til buscar espejos, pero aprovech&#233; uno de los cuadros protegidos con cristal situado en la pared detr&#225;s del hombre. En su superficie se reflejaba la luz que entraba por los cristales de la puerta del recibidor, a mi espalda. &#191;Era eso lo que miraba?

&#191;Es suficiente? -pregunt&#243; deslizando los billetes hacia m&#237;.

Acept&#233; su dinero. Volvi&#243; a beber, y eso me permiti&#243; espiar de nuevo el cuadro.

Hab&#237;a algo m&#225;s junto a la puerta, una silueta angulosa. Me esforc&#233; en recordar todo lo que hab&#237;a visto al entrar en su casa. Entonces lo supe.

Las barras de una baranda.

Una escalera que sub&#237;a.

Un piso superior. All&#237; era. Eso era lo que no quer&#237;a mirar. Todo estaba en el piso superior. Ten&#237;a que intentar desplazar el teatro hacia all&#237; cuanto antes.

&#191;Te aburres? -pregunt&#243;.

Qu&#233; va: me encanta mirar tus cuadros.

Enrojeci&#243; ante mi sarcasmo, pero sigui&#243; bebiendo en silencio.

No iba a llevarme arriba tan pronto, claro. Su psinoma ten&#237;a que cocerse en su propio jugo, ahora que estaba enganchado. Pero yo necesitaba saber cuanto antes que no me equivocaba de sujeto. Y cualquier iniciativa sexual hubiese sido in&#250;til: si era yo quien daba el primer paso, su verdadero deseo retroceder&#237;a, y nunca me llevar&#237;a arriba ni me mostrar&#237;a su secreto. Pens&#233; a toda velocidad y opt&#233; por una medida dr&#225;stica.

Oye, lo siento. Tengo que irme.

Dej&#233; el dinero en la mesa, me levant&#233;, cog&#237; la cazadora y empec&#233; a pon&#233;rmela.

Dec&#237;as que ten&#237;as una hora -protest&#243; el hombre sin &#233;nfasis.

Ya, pero lo he pensado mejor. -Ech&#233; la cabeza a un lado con la excusa de que hab&#237;a olvidado coger el bolso, pero lo que hice fue abrocharme una de las correas de la cazadora, y solo entonces tom&#233; el bolso. Al girar para cruzar el sal&#243;n, alc&#233; la mano y la apoy&#233; sobre el bolso como si quisiera abrirlo, pero lo que acab&#233; haciendo fue un encogimiento de hombros-. Lo siento, otra vez ser&#225;. Adi&#243;s.

Mis gestos estaban calculados. Los entrenadores los llaman la danza, porque son movimientos que no conducen a un fin concreto y se frenan entre s&#237;, como las discusiones entre Petruchio y Kate. Eran cl&#225;sicos del teatro de Holocausto. Mi plan era incrementar su placer para que pasara a la acci&#243;n cuanto antes.

Camin&#233; hacia la salida. Me detuve.

&#191;Hay alguna parada de metro por aqu&#237;?

Al fondo de la calle.

Gracias.

No cre&#237; que fuese a lograrlo. Me dejaba marchar. Los taconeos que daba en direcci&#243;n a la puerta me sonaron como un penoso tictac.

Entonces, por fin, escuch&#233; su voz.

Espera.

Volv&#237; a detenerme y lo mir&#233;.

El hombre se hab&#237;a levantado y sonre&#237;a, pero la palidez te&#241;&#237;a su semblante ancho y su frente huidiza. -Yo me gustar&#237;a hacer algo.

Ya te he dicho que tengo que irme.

Hab&#237;a sacado la cartera.

Si ves m&#225;s, haces m&#225;s, &#191;no era eso? -Puso otro billete sobre los restantes. Fing&#237; concederle un plazo. Sonri&#243;-. Ven, quiero que veas algo.

Se dirigi&#243; a la escalera y empez&#243; a subir.



2

En aquella planta la decoraci&#243;n era m&#225;s o menos la misma: todo blanco, inmaculado, remoto. Una reproducci&#243;n hortera de un caballero medieval en una columna de escayola. Dos puertas enfrentadas que pod&#237;an guiar a dos dormitorios. El hombre abri&#243; la de la derecha, dividida en paneles de cristal, y las luces autom&#225;ticas se encendieron.

Es mi dormitorio -dijo-. Pasa.

Estaba todo tan limpio que pens&#233; de inmediato en un quir&#243;fano. La cama era lisa como los pensamientos de un cad&#225;ver. Los escasos muebles consist&#237;an en una c&#243;moda de superficie vac&#237;a y un armario de apertura electr&#243;nica, ambos en color blanco. Encima de la c&#243;moda, el primer y &#250;nico espejo que yo hab&#237;a visto hasta ese instante, de marco biselado, parec&#237;a cumplir tan bien su labor que habr&#237;a reflejado hasta a un vampiro. Cortinas de tubos de acero cerraban el acceso a lo que pod&#237;a ser una terraza.

&#191;Qu&#233; te parece? -pregunt&#243; el hombre.

No lo s&#233; -contest&#233; con toda sinceridad-. Desde luego, eres mucho m&#225;s ordenado que yo.

Joaqu&#237;n enrojeci&#243; como una cereza.

S&#237;, me gusta el orden. Demasiado. -Y gir&#243; hacia el armario, que era de cuatro cuerpos. Empez&#243; a teclear la combinaci&#243;n.

&#191;Me pongo c&#243;moda?

No, espera -dijo.

Hab&#237;a algo en aquel ambiente que me preocupaba, y no sab&#237;a bien qu&#233; era. No me sorprend&#237;a no hallar nada religioso en su refugio, ya que ello hubiese significado dejar que su conciencia penetrase hasta ese nivel. Pero toda aquella blancura y cierto olor a antisepsia en el ambiente me hac&#237;an pensar en una intensa relaci&#243;n con el decorado. Eso no cuadraba mucho con un f&#237;lico de Holocausto. Y adem&#225;s, no era cierto que no hubiese nada religioso: hab&#237;a dos cuadritos colocados en un rinc&#243;n, junto al ordenador port&#225;til de brazo plegable instalado en la cabecera de la cama, de manera que quien durmiese en ella pudiese verlos desde all&#237;. Mientras Joaqu&#237;n tecleaba la combinaci&#243;n del armario les ech&#233; un vistazo. Eran reproducciones de obras antiguas que mostraban a dos mujeres aureoladas en pleno martirio: una desnuda y arrodillada mientras dos ruedas de cuchillos parec&#237;an querer convertirla en lonchas de embutido; la otra con una t&#250;nica, a punto de ser atada a un potro en aspa. Ninguna de las dos muy contenta, desde luego.

Es curioso -dijo el hombre, a&#250;n vuelto de espaldas, mientras la puerta del armario se descorr&#237;a en silencio-. Fui al Orleans esta tarde a entrevistar a alguien para mi p&#225;gina, y te encontr&#233; a ti

Casualidades de la vida.

Eso era lo que me hab&#237;a contado. El Orleans era un club pick-up cutre de carretera que recientemente hab&#237;a sido reformado para convertirlo en algo a&#250;n m&#225;s cutre, con aires de recinto medieval, vidrieras coloreadas y rubias del Este que miraban al suelo, fing&#237;an ser n&#250;biles y adoptaban poses de doncellas. Pero admit&#237;an a chicas ajenas al local, siempre y cuando hicieras las cosas discretamente. Por eso lo eleg&#237; para terminar mi ronda, y porque era uno de los sitios de probabilidad media que pod&#237;a visitar el Espectador. Me hallaba en la barra, tras hacer una visita al aseo, y hab&#237;a pedido un combinado llamado Hoguera cuando el tipo se me acerc&#243; con aquellos ojos de pez y me pregunt&#243; si conoc&#237;a a un hombre, un ingl&#233;s llamado Talbot. Me explic&#243; que era el decorador que hab&#237;a reformado el local, y que &#233;l estaba all&#237; para entrevistarlo. Mientras me hablaba, hice unas gesticulaciones simples y supuse que pod&#237;a ser f&#237;lico de Holocausto. Decid&#237; darle una oportunidad. Lo enganch&#233; mientras le propon&#237;a un precio por mis servicios. Fue entonces cuando me invit&#243; a venir a su casa.

Y all&#237; me encontraba, mientras la puerta de su armario se descorr&#237;a en silencio y &#233;l, vuelto de espaldas, segu&#237;a hablando.

Quiero decir que te conozco desde hace apenas una hora A mi mujer la conoc&#237; durante ocho a&#241;os y solo me atrev&#237; a hablarle de esto al final de ese tiempo

Las mujeres casadas no conocen a sus maridos, eso lo tengo claro -dije.

No s&#233; -Introdujo la mitad superior de su robusto cuerpo en el armario. Vi chaquetas oscuras alineadas como invitados en un funeral-. Ella era muy buena, que conste No quiero decir nada en su contra. Muy buena persona, pero no me comprend&#237;a. Y sin embargo t&#250; t&#250; pareces comprenderme, aunque no s&#233; por qu&#233;

Vaya, gracias. Quiz&#225; no soy tan buena.

Se hab&#237;a agachado para coger algo. Yo no pod&#237;a ver qu&#233; era desde mi posici&#243;n al otro lado de la cama. Su voz me llegaba ahogada por el angosto interior.

Las t&#237;as sois curiosas Os vemos y dejamos de ser nosotros mismos. Podemos pasarnos a&#241;os trabajando o fingiendo trabajar A&#241;os enteros ocultos y de repente llega una de vosotras y y lo cambia todo. Nos saca fuera. Nos saca todo lo que somos. -Emergi&#243; como una tortuga del fondo de un estanque, se puso en pie y dio la vuelta. Llevaba algo en las manos-. Todo. De arriba abajo. Y uno hace cosas que jam&#225;s hubiese pensado hacer

Dej&#243; el objeto sobre la cama impoluta, donde su apariencia cobr&#243; aires a&#250;n m&#225;s rid&#237;culos. Era una caja de zapatos Bedford para caballero, negra, con el logotipo de una espada dorada en el costado. El hombre puso las manos sobre ella como si se tratara del Santo Grial mientras deslizaba la lengua por los labios. Luego dijo:

T&#250; sabr&#225;s c&#243;mo lo has hecho, pero cuando te vi por casualidad caminando por el club esta tarde pens&#233; que era como si te conociera de toda la vida. Como si pudiera confiar en ti por completo. Fue solo una impresi&#243;n. Luego, al hablarte, la confirm&#233;.

Tan distra&#237;da me encontraba mirando aquella caja que, por un instante, no escuch&#233; lo que dec&#237;a. Lo mir&#233;.

&#191;Me viste por primera vez caminando?

S&#237;, de espaldas. Creo que ibas al ba&#241;o. -El hombre ri&#243; mientras quitaba la tapa de la caja con ambas manos, como si ejecutara un rito-. Pero no necesit&#233; verte la cara Lo supe en ese instante.

Un enganche previo vi&#233;ndome de espaldas no encajaba con lo que yo sab&#237;a sobre la filia de Holocausto. Eso me puso en guardia. Intent&#233; desesperadamente recordar c&#243;mo era el pasillo que llevaba a los lavabos del Orleans: disposici&#243;n de luces, contraste entre mi ropa oscura y el fondo &#191;Qu&#233; hab&#237;a al fondo? El aseo de mujeres. La puerta estaba &#191;abierta? &#191;El interior era blanco? &#191;Hab&#237;a luz? Mi silueta se recortar&#237;a sobre ese escenario. Blanco, negro. El pantal&#243;n de piel destellar&#237;a en mis nalgas al andar

Mientras pensaba todo esto, el hombre extrajo de la caja el primer cuchillo.

Son m&#237;os -dijo-. Los colecciono.

Asent&#237;, pero mi mente ya no se hallaba concentrada en sus palabras: la blancura cegadora de la habitaci&#243;n, similar a la de un cuarto de ba&#241;o; la holograf&#237;a de la mujer con aspecto dominante; la presencia rid&#237;cula y dom&#233;stica de una caja de zapatos para encerrar su secreto &#237;ntimo, el deseo de su psinoma Todos aquellos detalles por s&#237; solos eran admisibles en una filia de Holocausto, pero en conjunto pertenec&#237;an a otra clase de cosa, bien distinta.

&#191;Est&#225;s asustada? -pregunt&#243; el hombre mientras acariciaba el cuchillo.

No, qu&#233; va, es lo normal. Quiero decir que es normal que le pagues a una chica para acostarse contigo y luego saques una caja llena de cuchillos.

De la cara colorada del hombre brot&#243; algo que pod&#237;a ser una risa o una arcada, pero enseguida recobr&#243; la seriedad y la mirada de pez suplicante.

No debes asustarte, por favor. Solo los colecciono. Tengo verdaderas joyas, como este. Mira, es un Somerset, con mango de madera de Rosewood y hoja de aleaci&#243;n molibdeno-vanadio. Se llama Rosa Roja, las piezas est&#225;n numeradas Este otro es Rosa Blanca, tiene mango de asta de ciervo natural y repujados en marfil

Encantada -dije, pero el hombre no se ri&#243;. Ten&#237;a todo el rostro granate y sudoroso mientras iba depositando sus joyas sobre la cama. El brillo del acero de los cuchillos reflejaba las crudas luces del techo.

Te dir&#233; lo que debes hacer. Y te pagar&#233; m&#225;s, si quieres.

Volvi&#243; a meter la mano en la caja, pero esta vez no sac&#243; un cuchillo sino un rollo de cuerda fina de color rosado.

Cuerdas de cualquier clase eran esperables en una filia de Holocausto, y desde luego el Espectador las usaba. Pero el tipo que ten&#237;a ante m&#237; no era f&#237;lico de Holocausto, y ahora lo sab&#237;a. Lo hab&#237;a catalogado mal. No era la primera vez que me ocurr&#237;a, y resultaba casi l&#243;gico en una filia tan parecida a la de mi presa, pero me reproch&#233; a m&#237; misma no haberme asegurado antes de que el enganche se produjera.

Te pagar&#233; lo que me pidas -repiti&#243; el hombre. Dos gruesas gotas de sudor resbalaron por su frente mientras sacaba de la caja el &#250;ltimo objeto: un rollo peque&#241;o de cinta el&#225;stica. Todo ten&#237;a el aspecto de no haber sido usado en mucho tiempo-. Solo debes seguir mis instrucciones

Un tel&#233;fono son&#243; en alguna parte, y ambos parpadeamos como si nos despert&#225;ramos del mismo sue&#241;o. La llamada enmudeci&#243;.

Tengo los inhibidores activados. -Joaqu&#237;n Ojos de Pez curv&#243; los labios en una sonrisa-. Nadie nos molestar&#225; durante Eh, &#191;ad&#243;nde vas?

Yo hab&#237;a aprovechado la pausa para colgarme el bolso del hombro y desplazarme hacia la puerta.

Creo que esto no es lo m&#237;o, Joaqu&#237;n -contest&#233; fingiendo inquietud.

Te he dicho que no te asustes No es lo que piensas. D&#233;jame explicarte

Observ&#233; que se pon&#237;a tenso y decid&#237; esperar.

De acuerdo -dije-. Pero no te prometo nada.

Te aseguro que no es nada malo, nada malo.

No he dicho que lo sea.

Si me dejas que lo explique Si me permites -Se le hab&#237;a secado la boca y necesitaba despegar la lengua del paladar para seguir hablando-. Yo soy buena persona. Y esto no es malo. Lo entender&#225;s enseguida

Yo ya lo entend&#237;a demasiado bien. El acento en las palabras bueno y malo era t&#237;pico del texto de los f&#237;licos de Repulsi&#243;n, que gozaban de contrastes chocantes: pulcritud y cuadros de torturas, cajas de zapatos y cuchillos. Gens los comparaba a la Juana de Arco de la trilog&#237;a de Enrique VI, una de las primeras obras del dramaturgo ingl&#233;s. La Juana de Shakespeare era un personaje lleno de contrastes: guerrera y doncella, puta y santa, bruja y salvadora. Hasta el propio rey Enrique era un ejemplo t&#237;pico de Repulsi&#243;n. Por supuesto, nada de lo que el hombre estaba diciendo ten&#237;a relaci&#243;n alguna con la moral: solo hablaba su psinoma, el deseo ardiente que brotaba por sus ojos.

No quiero que te quites la ropa Te quedar&#225;s as&#237; tal como est&#225;s

Vale.

Entonces me atar&#225;s con esta cuerda manos y pies.

S&#237;.

Luego coger&#225;s a Rosa Roja y me pinchar&#225;s Yo te dir&#233; d&#243;nde Por favor, no te r&#237;as

No me estoy riendo.

Puedes pincharme un poco no mucho, pero lo bastante para que me duela -Endureci&#243; la voz-. &#191;Te hace gracia?

No.

Yo no hab&#237;a siquiera sonre&#237;do. Gens habr&#237;a dicho que aquellos comentarios iban dirigidos hacia esa otra parte rid&#237;cula y burlona de su filia de Repulsi&#243;n, a la caja de zapatos del interior de su conciencia, pero por supuesto los dirig&#237;a hacia m&#237;. Tem&#237; una disrupci&#243;n y apart&#233; la vista para no mirarlo directamente.

&#191;Lo har&#225;s? &#191;Har&#225;s esto? Hace mucho tiempo que no se lo pido a nadie

Lo &#250;nico que yo quer&#237;a era marcharme sin perturbarlo m&#225;s. Fuera quien fuese el Se&#241;or Pulcro, le gustara lo que le gustase, lo cierto era que no se trataba de mi presa. Yo lo hab&#237;a enganchado por azar de espaldas, y el enganche se hab&#237;a reforzado con mis gestos de m&#225;scara de Holocausto, que pod&#237;an atraer a otras filias, y sobre todo al imitar la postura de la mujer de la holograf&#237;a, su ex, la Juana de Arco de su vida, bruja y santa, pasiva y dominante. Ahora ten&#237;a que intentar reparar mi error sin hacerle da&#241;o.

Por favor -gimi&#243;.

No se me ocurr&#237;a qu&#233; otra cosa hacer sino cerrar la tienda. Apagar los focos y salir de escena, como dir&#237;a Gens. Seguir interpretando para calmarlo era in&#250;til. Mi propia ropa negra le ofrec&#237;a un contraste suculento con el fondo blanco del dormitorio. Y al hallarme tan pr&#243;xima a los cuadros de santas martirizadas, me identificaba con un verdugo, lo cual le gustaba a&#250;n m&#225;s. Pens&#233; que su psinoma ten&#237;a que estar envi&#225;ndole escalofr&#237;os de placer con la potencia de unas fiebres pal&#250;dicas. Pero lo peor no era eso.

Lo peor era que segu&#237;a sosteniendo a Rosa Roja mientras hablaba.

Por favor, Elena, o como te llames me dijiste me dijiste que si te pagaba, har&#237;as cualquier cosa

Relaj&#233; los m&#250;sculos y mov&#237; las manos con suavidad, ya que la rigidez y los gestos violentos enganchaban m&#225;s al deseador de Repulsi&#243;n. Entregu&#233; un texto con voz natural mientras caminaba hacia la puerta:

Lo siento, pero creo que no quiero hacerlo. Lo lamento, Joaqu&#237;n.

Dime un precio. Tan solo d&#237;melo.

Lo siento de veras. Hasta luego.

Comprend&#237; que le hab&#237;a dado la espalda demasiado pronto. Mi espalda lo enganchaba, lo hab&#237;a olvidado. Sent&#237; sus jadeos acerc&#225;ndose.

Oye, oye, oye -Cada oye se aproximaba m&#225;s y revelaba m&#225;s furia. Una mano me cogi&#243; la manga de la cazadora cuando cruzaba el rellano hacia el &#250;ltimo tramo de escalera-. &#191;Ad&#243;nde crees que vas, eh? &#191;Ad&#243;nde, eh?

Su&#233;ltame. -Me liber&#233; de un tir&#243;n, pero volvi&#243; a cogerme el brazo.

Espera Espera, co&#241;o Me dijiste que har&#237;as lo que yo quisiera, &#191;no?

&#161;He dicho que me sueltes! -Intent&#233; apelar a su respeto por la mujer dominante, pero eran arenas movedizas: mientras m&#225;s me mov&#237;a en ellas, m&#225;s placer le causaba.

&#161;Ya te he soltado! -exclam&#243;, abriendo la mano-. &#161;Ahora, esc&#250;chame!

Segu&#237; bajando la escalera sin responder hasta que el chillido me paraliz&#243;.

&#161;Espera, joder! &#161;Me dijiste lo que yo quisiera! &#191;No? &#191;Qu&#233; ha pasado? &#191;Ahora dices que no es lo tuyo? &#191;Qu&#233; ha pasado? &#191;Te parezco muy anormal? &#161;Dime! &#191;Te parezco un loco?

Me volv&#237; hacia &#233;l en la escalera y lo mir&#233;. No, no estaba loco, por supuesto. Era un pobre diablo. Pero estaba disrupcionando. De alguna manera el enganche hab&#237;a sido mayor del que esperaba, y al cerrar el teatro hab&#237;a empezado a disrupcionar. La disrupci&#243;n es un estallido del deseo: te hundes tanto en el psinoma que es como si perforaras la tierra y, de improviso, ves ascender petr&#243;leo como un v&#243;mito negro y viscoso.

&#191;Qui&#233;n te crees que eres, puta de mierda? -vociferaba el bueno de Joaqu&#237;n abriendo una boca que parec&#237;a m&#225;s grande que toda su cabeza-. &#191;Qui&#233;n co&#241;o te crees que eres? &#161;Toda mi vida he tenido que aguantar a putas como t&#250;! &#161;Primero s&#237;, luego no! &#161;Primero ven, luego l&#225;rgate! &#161;Dais asco! &#161;Todas! &#161;Asco!

Era in&#250;til decirle que se calmara, o siquiera hablarle. Mi propia tensi&#243;n e incluso los leves jadeos que me producir&#237;a el ejercicio de correr escalera abajo, elevar&#237;an a la quinta potencia aquella disrupci&#243;n preliminar. Solo cab&#237;a esperar que se calmara perdi&#233;ndome de vista. Yo era su tentaci&#243;n, su placer: si sal&#237;a de escena, quiz&#225; se detuviera.

Descend&#237; los cuatro o cinco pelda&#241;os que me quedaban y corr&#237; a la puerta. Estaba cerrada electr&#243;nicamente, pero confi&#233; en que no con una clave. Busqu&#233; el teclado para pulsar el Open, y entonces o&#237; la voz a mi espalda y casi sent&#237; el aliento en mi nuca. Me volv&#237;.

&#191;Qu&#233; soy para vosotras? &#191;Qu&#233; soy? &#191;Qu&#233; he sido siempre? -El hombre temblaba de pies a cabeza mientras sollozaba. Pero yo solo tuve ojos para la epilepsia de aleaci&#243;n molibdeno-vanadio que lanzaba destellos en su mano derecha al gesticular.

Deja que me marche, Joaqu&#237;n -dije con calma.

Sin embargo, al tiempo que lo dec&#237;a, comprend&#237; que ya no pod&#237;a irme as&#237; como as&#237;. Joaqu&#237;n la Vestal, la doncella m&#225;rtir, har&#237;a algo terrible con su poderosa Rosa Roja si lo abandonaba en aquel estado. O quiz&#225; no, pero no quer&#237;a aceptar el riesgo. Era un inocente. O bien no era el culpable que buscaba.

&#161;Dime qu&#233; soy! -rugi&#243;, alzando el cuchillo hacia su rostro-. &#191;Un anormal? &#191;Eh? &#191;Eh? &#191;Soy anormal porque me gusta que me pinchen? &#191;Eh? &#191;Eh? &#191;Soy anormal?

S&#237;-dije-. Eres un anormal del culo.

Se qued&#243; quieto un segundo.

Durante ese segundo levant&#233; el brazo derecho y le estamp&#233; el pu&#241;o en la cara. Fue como golpear una pared, pero no era el primer hombre a quien golpeaba. Se derrumb&#243; de inmediato y Rosa Roja escap&#243; de sus manos y se desliz&#243; como un esqu&#237; afilado y mortal por el suelo de m&#225;rmol blanco.

Me frot&#233; los nudillos, me agach&#233; junto a Mister M&#225;rtir y estudi&#233; la situaci&#243;n: un co&#225;gulo empezaba a abultar su nariz, lo cual me hizo pensar que se la hab&#237;a roto al caer, o quiz&#225; con mi propio golpe. Pero al menos respiraba con normalidad y su coraz&#243;n lat&#237;a. Adem&#225;s, ya era inofensivo, y cuando despertara, la disrupci&#243;n habr&#237;a finalizado. No se puede tener todo en esta vida.


Recog&#237; a Rosa Roja y sub&#237; la escalera. Guard&#233; los cuchillos y el resto de objetos en la caja de zapatos y la devolv&#237; a las profundidades del armario, donde hall&#233; ocultas varias impresiones de webs de hombres atados. Me desped&#237; de las santas m&#225;rtires y al regresar al vest&#237;bulo, me detuve antes de abrir la puerta y contempl&#233; el fardo vestido de verde oliva y vaqueros que roncaba como un borracho en el suelo del sal&#243;n.

Eres anormal, s&#237; -dije en voz alta-, pero no m&#225;s que cualquiera.

Abr&#237; la puerta y sal&#237; de la escena.



3

No ha presentado una denuncia.

Aguard&#233; sin decir nada. &#193;lvarez continu&#243;:

Despert&#243;, se fue a urgencias y dijo que se hab&#237;a golpeado con una puerta.

Est&#225; bien que, de vez en cuando, sean los t&#237;os quienes den esa excusa -coment&#233;.

&#193;lvarez hizo algo que cre&#237; que no har&#237;a en toda la entrevista: dej&#243; de mirar el parabrisas y volvi&#243; el rostro hacia m&#237;. Hasta ese momento se hab&#237;a limitado a contemplar c&#243;mo se estrellaba la rabia de aquella ma&#241;ana de lunes de Madrid en forma de dardos de lluvia. Por supuesto, el gesto dur&#243; solo un instante. El coche estaba estacionado junto al parque Veron&#233;s, un peque&#241;o jard&#237;n al norte de Madrid, supuestamente colocado para embellecer una no tan reciente parada de metro. Era un Opel y su interior ol&#237;a a cuero nuevo, gabardina h&#250;meda y loci&#243;n para despu&#233;s del afeitado. Flotaba igualmente el recuerdo de un perfume femenino de los caros, y pens&#233; que era m&#225;s probable que fuese de su mujer que de ninguna amante secreta: &#193;lvarez parec&#237;a mon&#243;gamo vocacional.

No quiero saber por qu&#233; le rompi&#243; la nariz a un falso positivo, Blanco -dijo &#193;lvarez tras la pausa-. S&#233; que lo cont&#243; en su informe. Yo no quiero saberlo.

Disrupcion&#243; con un cuchillo de caza en la mano. Tuve que dejarlo inconsciente antes de irme.

Le dije que no quer&#237;a saberlo.

Pero yo quer&#237;a dec&#237;rselo.

Al menos, no ha presentado una denuncia.

La verdad, me importa una mierda lo que haga ese capullo -repuse-, si me perdona el lenguaje.

&#193;lvarez hinch&#243; el pecho y expeli&#243; el aire con un prolongado suspiro.

Ese capullo era un ciudadano con derechos constitucionales. Si hubiese denunciado a la chica que le rompi&#243; la nariz, probablemente a estas alturas yo habr&#237;a recibido ya un mensaje de Interior pregunt&#225;ndome cu&#225;nto tiempo lleva Diana Blanco Berm&#250;dez trabajando en esto y sonde&#225;ndome para saber si pod&#237;amos prescindir de usted sin indemnizarla. No cuide su lenguaje, Blanco: cuide sus ideas.

Si quiere, me da la direcci&#243;n de su correo electr&#243;nico y le env&#237;o una disculpa.

No estoy de humor para bromas.

Puedo poner: Siento haberme confundido de anormal. Usted solo quer&#237;a que lo ataran y lo pincharan con un cuchillo de caza, claro, filia de Repulsi&#243;n, no de Holocausto, tonta de m&#237;. Est&#225; usted como un puto cencerro, pero al menos no hace da&#241;o a nadie.

He dicho que basta, Blanco.

Y yo le he dicho que disrupcion&#243;, &#191;vale? Y que sosten&#237;a un cuchillo tan largo como su brazo. &#191;Qu&#233; prefer&#237;a? &#191;Un falso positivo con la nariz rota o uno degollado?

Yo no prefiero nada -dijo &#193;lvarez mirando fijamente hacia el parabrisas-. Y no me hable de disrupciones, erupciones, psinoma o m&#225;scaras Yo no entiendo nada de eso, y no tengo por qu&#233; entenderlo. Lo &#250;nico que s&#233; es que el viernes un inocente result&#243; lesionado. Y, para bien o para mal, la persona que lo lesion&#243; trabaja en un departamento de mi competencia.

&#193;lvarez nunca me miraba, pero yo a &#233;l s&#237;, y a placer, entre otras cosas para ponerlo nervioso: su calvicie, el veteado gris plata en las sienes, la expresi&#243;n siempre irritada de enfermo biliar, la tupida red de venillas en las aletas de la nariz, las arrugas de hombre de cincuenta y pico, el traje oscuro de dos mil euros, la camisa turquesa con corbata a juego, las u&#241;as recortadas y el anillo de boda en la mano derecha. Alberto &#193;lvarez Correa, Comisionado de Enlace entre Interior y Psicolog&#237;a Criminal. Un hombre comprensible de un solo vistazo, transparente dentro de su propio laberinto retorcido. Y quiz&#225; por eso lo necesitaba ahora m&#225;s que nunca.

Tras removerse inc&#243;modo en el asiento agreg&#243;:

Quer&#237;a o&#237;rla disculparse. He supuesto que ha solicitado esta cita por eso, &#191;no?

Segu&#237; mir&#225;ndolo un instante en silencio. Imagin&#233; que, para un hipot&#233;tico observador que nos espiara desde la calle, no pod&#237;amos ofrecer mayor contraste: el hombre maduro y atildado y la chica de cabello chorreante, pantal&#243;n de ch&#225;ndal y cazadora empapados y zapatillas llenas de barro ofendiendo el felpudo de su Opel dorado.

&#191;Sabe de lo que tengo ganas? -sise&#233;-. &#191;Quiere saberlo?

Adelante.

Tengo ganas de cazar a ese hijo de puta. Pero no de cazarlo, tan solo. Tengo ganas de mearme en su cara mientras se desangra. Me sentir&#237;a como una ni&#241;a en Disneylandia si lo viera retorcerse de dolor rog&#225;ndome que lo matara. Pienso en eso cuando quiero descansar. Me divierte y me relaja como nada en este mundo; r&#237;ase del taich&#237;.

Un momento, no s&#233; ad&#243;nde quiere ir a parar &#191;Est&#225; insinuando que nadie, salvo usted, quiere atrapar al Espectador? &#191;Que yo no quiero?

No s&#233; lo que usted quiere. Solo le digo lo que quiero yo.

Todos queremos cazar a ese bicho, Blanco.

Pero con diferentes ganas. Somos cinco cubriendo un radio que se extiende por los alrededores de Madrid. Empezamos siendo quince, y ahora somos cinco. Recortes de presupuesto, lo llaman. Eso sin contar que los perfis no nos ofrecen nueva informaci&#243;n sobre los cambios en su modus operandi, ni sobre el rumor de que su filia puede no ser de Holocausto. Esas son las ganas de la gente cuyos intereses defiende usted. Cinco cebos ignorantes para Madrid y sus alrededores. Tardamos casi un d&#237;a entero en recorrer las &#225;reas de caza, y, por supuesto, cometemos m&#225;s falsos positivos al final de la jornada. &#191;Y sabe por qu&#233; no hay presupuesto? Supongo que s&#237; lo sabe, pero yo se lo dir&#233;. Porque est&#225; matando putas. No solo las mata: las env&#237;a al infierno un par de semanas y luego deja los restos en el campo como quien se limpia una mierda pegada a la suela del zapato. Mujeres entre quince y treinta a&#241;os, s&#237;, pero en su mayor&#237;a inmigrantes y putas. Es mejor destinar el presupuesto de Psicolog&#237;a Criminal a proteger el culo de aquellos a quienes les gusta pincharse con cuchillos de caza. Pero, en fin, &#191;de qu&#233; me sorprendo? Los cebos somos como las putas, &#191;no suele decirse eso? Fingimos los sentimientos para complacer a gente indeseable. As&#237; que supongo que disminuir a la vez el n&#250;mero de cebos y putas es todo un logro para el nuevo Madrid de su amigo el alcalde y su amigo el obispo. Un Madrid sin cebos ni putas ser&#225; el eslogan de la pr&#243;xima campa&#241;a de

Ya basta, Blanco.

Quiz&#225; tendr&#237;amos que agradecerle p&#250;blicamente al Espectador que limpie la ciudad de desechos. &#191;Qu&#233; le parece una misa en la Almudena?

Blanco.

Cuando acab&#233;, me qued&#233; como siempre cuando digo lo que siento: llena. No como si hubiese expulsado algo, sino como si me hubiese dado un banquete fren&#233;tico que solo pudiera permitirme en raras ocasiones. &#193;lvarez, en cambio, arrug&#243; la nariz en un gesto de leve repugnancia, como si la sinceridad fuera para &#233;l un plato vulgar.

Si quer&#237;a discutir la log&#237;stica del caso, podr&#237;a haberse ahorrado las ofensas. Su queja queda archivada en el disco duro. Hablar&#233; con Padilla. Y ahora

No quer&#237;a verle para quejarme de nada.

Por Dios, d&#237;game entonces qu&#233; quiere de una vez, y acabemos. Tengo una reuni&#243;n en el ministerio dentro de una hora.

Mir&#233; su rostro de perfil un instante m&#225;s a trav&#233;s de los barrotes de mi cabello h&#250;medo pegado a la frente, tom&#233; aire y solt&#233; lo que hab&#237;a estado pensando casi veinticuatro horas al d&#237;a durante todo aquel horrible fin de semana.

Quiero presentarle mi dimisi&#243;n.


La &#250;ltima vez que &#193;lvarez Correa me hab&#237;a mirado yo estaba desnuda.

Hab&#237;a ocurrido dos a&#241;os antes, un d&#237;a de abril, poco despu&#233;s de que se celebraran las exequias por la muerte de Gens. Me hallaba en el escenario de uno de los teatros del departamento, frente a un decorado que imitaba una ducha de azulejos blancos, y me mov&#237;a constantemente con el grifo de la ducha en la mano en un ensayo did&#225;ctico de m&#225;scara de lo Ambiguo para entrenar a cebos principiantes. &#193;lvarez hab&#237;a bajado a los escenarios a entrevistarse urgentemente con Padilla. Y result&#243; que era f&#237;lico de lo Ambiguo, y nada m&#225;s verme qued&#243; enganchado.

Los escenarios de los teatros de cebos son parecidos a plat&#243;s de televisi&#243;n: decorados abiertos, luces y hasta c&#225;maras, y los ensayos se realizan a la vista de todos. Esto es as&#237; porque los cebos somos muy peligrosos y no es aconsejable que nadie, ni siquiera un preparador, se encierre a trabajar con uno de nosotros en una habitaci&#243;n. Pero, por lo mismo, el acceso a los s&#243;tanos donde se encuentran los escenarios est&#225; prohibido para el personal ajeno a Psicolog&#237;a Criminal.

El caso de &#193;lvarez, sin embargo, era como su propia filia: ambiguo. Se trataba de nuestro enlace con Interior, y en teor&#237;a nadie pod&#237;a bloquearle el paso en un teatro. Era cierto, adem&#225;s, que ya hab&#237;a visitado los escenarios en anteriores ocasiones y conoc&#237;a los riesgos de mirar a un cebo fijamente durante un ensayo. Se trat&#243;, pues, de un simple azar. Los pescadores, a veces, sacan latas o zapatos en lugar de peces, y los cebos enganchamos sin pretenderlo.

El f&#237;lico de lo Ambiguo obtiene placer viendo un cuerpo moverse contra un fondo que cambia constantemente. Paulo Elazian, el psic&#243;logo brasile&#241;o que descubri&#243; la filia, hac&#237;a que sus cebos fueran de un lugar a otro en un decorado con tres fondos distintos. Las nuevas t&#233;cnicas permiten que el propio cebo utilice su cuerpo como decorado mudable. En la antigua mitolog&#237;a, Proteo era un dios marino capaz de cambiar de forma a voluntad, y no en vano uno de los personajes de Los dos caballeros de Verona de Shakespeare se llama as&#237;, y su transformaci&#243;n constante de amigo a traidor, de amante de una dama a amante de otra, de buen chico a violador perverso, evoca las claves simb&#243;licas de esta m&#225;scara. Gens nos hac&#237;a representar partes de la obra en cuartos de ba&#241;o, donde el cuerpo y el agua forman un tapiz de im&#225;genes m&#243;viles y cambiantes.

Supongo que, mientras bajaba, &#193;lvarez mir&#243; distra&#237;damente hacia el &#250;nico escenario iluminado, donde yo me mov&#237;a desnuda interpretando la m&#225;scara de su filia, y en aquel preciso instante realic&#233; un gesto que le enganch&#243;. Fue una mirada fugaz en el segundo preciso. Quiz&#225; puedas pasar veinte veces frente a un blanco mientras el tirador recarga la pistola, pero &#193;lvarez pas&#243; justo cuando yo disparaba.

Por supuesto, yo sab&#237;a qui&#233;n era &#233;l. Llev&#225;bamos a&#241;os vi&#233;ndonos en el departamento y &#193;lvarez nos hab&#237;a dado ya numerosas charlas e instrucciones, aunque nunca hab&#237;amos hablado personalmente. Pero bast&#243; ese segundo para que nuestra relaci&#243;n cambiara de forma dr&#225;stica y para siempre.

Me percat&#233; de lo que ocurr&#237;a de inmediato, debido a la inmovilidad en que lo vi sumirse al pie de la escalera. Estaba a punto de interrumpir el ensayo para evitar perjudicarlo m&#225;s, cuando, por fortuna, Padilla lleg&#243; y lo cogi&#243; del brazo haci&#233;ndolo reaccionar. Por supuesto, el enganche persisti&#243;, y cuando acab&#233; el trabajo me puse un albornoz y le ped&#237; a un preparador que me presentase a &#193;lvarez. Lo desenganch&#233; tras unos cuantos gestos desprovistos de la ambig&#252;edad neblinosa que tanto placer proporciona a los de su filia: le di la mano, sonre&#237;, charlamos banalmente.

Sin embargo, desde aquella experiencia &#193;lvarez nunca me miraba. Desviaba la vista con rapidez cuando por casualidad nos top&#225;bamos en el pasillo de un teatro o una sala de reuniones. No le culpaba: era padre de familia, cat&#243;lico, tres hijos. Su trabajo le obligaba a entrar en contacto con nuestro mundo, pero no entend&#237;a nada sobre psinomas, m&#225;scaras, filias o la raz&#243;n por la que Shakespeare es tan perverso y tan &#250;til. Era un Ambiguo y ejerc&#237;a su ambig&#252;edad en las reuniones pol&#237;ticas, pero en su vida privada se ilusionaba pensando que manten&#237;a convicciones s&#243;lidas.

Incluso aquel lluvioso lunes, cuando le comuniqu&#233; la noticia de mi dimisi&#243;n, titube&#243; y parpade&#243;, pero no apart&#243; los ojos del parabrisas.

&#191;Su dimisi&#243;n? Acaba de decirme que quiere cazar a ese tipo

Acabo de decirle lo que me gustar&#237;a hacer. Pero no puedo seguir con esto.

&#193;lvarez respir&#243; hondo y, por primera vez en la entrevista, habl&#243; con suavidad.

&#191;Qu&#233; edad tiene, Diana?

Veinticinco. -No me pas&#243; desapercibido el hecho de que tambi&#233;n era la primera vez que me llamaba por mi nombre de pila.

&#191;Y cu&#225;ndo empez&#243; con esto?

A los quince.

&#193;lvarez medit&#243; un instante.

Seg&#250;n los c&#225;nones al uso en su profesi&#243;n, desde luego, ya es usted veterana. Muchos cebos se retiran antes. Pero conozco un poco su historial, y me consta que a usted se la considera extraordinaria -Era el tiempo de darme coba. Aguard&#233;-. No soy proclive a exagerar las virtudes y defectos de nadie, solo se&#241;alo lo que todo el mundo sabe. Adem&#225;s, tengo entendido que el profesor V&#237;ctor Gens la prepar&#243; personalmente, lo cual no puede decir la mayor&#237;a de sus compa&#241;eros Ello me hace pensar que perderla ser&#225; ser&#225; -Resopl&#243;-. En fin, ser&#225; costoso para el departamento, pero en su profesi&#243;n, m&#225;s que en ninguna otra, todo depende de usted. De modo que, si su decisi&#243;n es esta, nadie puede discutirla. &#191;Conoce los cauces oficiales?

S&#237;.

Se lo ha dicho a Padilla, supongo.

No, a&#250;n no.

&#191;Soy el primero que lo sabe?

S&#237;.

Hubo una pausa. Me abrac&#233; a m&#237; misma, las piernas juntas, la ropa a&#250;n chorreante. Sab&#237;a que realizar ciertos gestos con el cabello y la ropa h&#250;medos pod&#237;a resultar peligroso para mi interlocutor, y procuraba moverme lo menos posible. Hacerme caminar bajo la lluvia hab&#237;a sido sin duda otra medida de precauci&#243;n: as&#237; imped&#237;an que yo llevara un aspecto preparado de antemano. La seguridad era extrema a la hora de entrevistarse con un cebo a solas. El cebo que solicitaba ver a &#193;lvarez deb&#237;a marcar un PIN secreto junto al n&#250;mero de m&#243;vil del que dispon&#237;a; luego devolv&#237;a la llamada que un operador realizaba y se identificaba con otra clave. Nunca se le informaba con antelaci&#243;n del decorado donde tendr&#237;a lugar la entrevista, y el d&#237;a acordado segu&#237;a unas instrucciones, que en mi caso consistieron en llegar al parque Veron&#233;s, aparcar en un extremo y cruzarlo a pie hasta el coche de &#193;lvarez. Por si esto fuera poco, un visor de conductas situado en el salpicadero del Opel registraba cada uno de mis gestos y tonos de voz y un ordenador cu&#225;ntico central los procesaba. Si el conjunto formaba una m&#225;scara cualquiera, el ordenador lo sabr&#237;a, y los guardaespaldas, apostados en otro coche tras el nuestro, intervendr&#237;an de inmediato. A los cebos no se nos dejaba ni respirar sin vigilancia.

Escuche, Diana -dijo &#193;lvarez con el tono de quien tiene treinta espaldas y quiere cubr&#237;rselas todas-, quiz&#225; he estado un poco brusco con usted, pero no le d&#233; tanta importancia al falso positivo del viernes. Esas cosas ocurren y

No ha sido lo del viernes. -Trat&#233; de ser lo m&#225;s sincera posible-. Llevo pens&#225;ndolo mucho tiempo. Cuando apareci&#243; el Espectador, me conced&#237; un plazo, porque juro que me hubiese gustado cazar a ese cabr&#243;n antes de irme, pero noto que no puedo. Quiero llevar una vida normal, todo lo normal que la administraci&#243;n me permita -Solt&#233; una risita amarga-. S&#233; que no lo ser&#225; tanto como a m&#237; me gustar&#237;a, pero al menos dejar&#233; de hacer teatro. -Me pregunt&#233; si &#193;lvarez sabr&#237;a que Miguel era el otro gran motivo de mi decisi&#243;n, y supuse que, si hab&#237;a revisado todo mi historial, no ten&#237;a sentido ocultar nada-. Adem&#225;s, me gusta un hombre Un compa&#241;ero, Miguel Laredo Planeamos retirarnos y vivir juntos. -Vi que &#193;lvarez asent&#237;a ligeramente-. Y luego est&#225; lo de mi hermana

&#191;Lo de su hermana? -El cambio de tono me sorprendi&#243;.

S&#237;, Vera Blanco. Siempre ha seguido mis pasos, y ahora mismo se entrena en los teatros. S&#233; que tiene dieciocho a&#241;os y puede hacer lo que le d&#233; la gana, pero en cierto modo me siento responsable de ella y Bueno, nunca me gust&#243; que quisiera ser cebo. He pensado que quiz&#225; decida dejarlo tambi&#233;n cuando yo lo haga.

Ya. -&#193;lvarez asinti&#243;, pensativo-. La comprendo, Diana, y le deseo suerte.

Tras otra breve pausa, a&#241;ad&#237;:

Gracias por escucharme. Quer&#237;a que usted fuese el primero en saberlo. Ahora ir&#233; al teatro a hablar con Padilla, pero antes Antes me gustar&#237;a decirle otra cosa.

No prolongu&#233; demasiado la pausa: el visor de conducta segu&#237;a vigil&#225;ndome y no era prudente dramatizar ninguna situaci&#243;n. No puse un &#233;nfasis especial al continuar.

Aquel d&#237;a, en el teatro, lo enganch&#233; por accidente.

No se movi&#243; ni dijo nada. Sigui&#243; mirando hacia delante mientras yo hablaba, mis pausas marcadas por el repiqueteo de la lluvia sobre el coche.

Yo ensayaba su filia, y por pura casualidad usted me mir&#243;. No debe darle m&#225;s importancia. Puede que haya pensado mucho sobre lo que sinti&#243; al verme, y, probablemente, sus pensamientos tomaron un curso muy extra&#241;o Pero no se preocupe m&#225;s. Fue mi m&#225;scara, no usted. Es como si se equivoca y toma LSD en vez de aspirina. Ni siquiera tuvo nada que ver el hecho de que yo estuviera desnuda o fuese mujer.


Un cebo masculino lo habr&#237;a enganchado tambi&#233;n, y usted lo atribuir&#237;a a otras causas. Olv&#237;delo. Era puro teatro.

&#193;lvarez Correa suspir&#243; y gir&#243; la cabeza. Sus ojos se detuvieron un instante antes de llegar a los m&#237;os, pero quise creer que en aquel esfuerzo hab&#237;a gratitud y sonre&#237;.

&#191;Puedo hacerle una pregunta? -inquiri&#243;.

Claro.

&#191;Por qu&#233; quer&#237;a decirme a m&#237; primero lo de su dimisi&#243;n?

Porque -Pens&#233; en acicalar la respuesta, pero de nuevo opt&#233; por la verdad-. Porque usted es uno de mis jefes, pero no pertenece al teatro. Necesitaba dec&#237;rselo antes a alguien como usted. Usted es toda la sinceridad que tengo a mi alrededor -a&#241;ad&#237;.

Intent&#233; que sonara a elogio, pero mientras abandonaba el coche ca&#237; en la cuenta de que &#193;lvarez era un pol&#237;tico, y quiz&#225; se hab&#237;a ofendido de que lo acusara de sincero.



4

Miguel y yo la llam&#225;bamos la habitaci&#243;n de la sinceridad. Ten&#237;amos una en cada teatro, y aquella era la de Los Guardeses, el lugar ad&#243;nde me dirig&#237; despu&#233;s de mi entrevista con &#193;lvarez.

He estado pensando en ti toda la ma&#241;ana -me dijo Miguel en los labios.

Mentiroso.

En la habitaci&#243;n de la sinceridad no podemos mentir, se&#241;orita.

Sonre&#237;mos. Volvimos a besarnos y apoy&#243; las manos en mi h&#250;meda cazadora apret&#225;ndome contra su pecho. Ten&#237;a las manos bonitas, sin dejar de ser masculinas, muy suaves y a la vez poderosas. Me gustaba sentirlas sobre mi cuerpo.

Nuestras bocas se apartaron lo justo para poder mirarnos a los ojos.

&#191;C&#243;mo ha ido todo? -susurr&#243; Miguel.

Bien. Sin sorpresas.

&#191;C&#243;mo se lo tom&#243;?

Supongo que normal. &#193;lvarez no es un hombre de muchas palabras, ya sabes.

A ti esa clase de hombres te va.

Capullo. -Lo bes&#233;.

Nunca recordaba qui&#233;n de los dos hab&#237;a comenzado a llamar as&#237; a nuestras habitaciones de la sinceridad. Imagino que surgi&#243; cuando nos percatamos de que en los dem&#225;s sitios de los teatros est&#225;bamos casi siempre fingiendo. La habitaci&#243;n de Los Guardeses carec&#237;a de ventanas y se hallaba iluminada por una sola bombilla desnuda colgada del techo. Su espacio era tan reducido que si me hubiese plantado en medio y separado los brazos, habr&#237;a tocado los anaqueles de metal que se alzaban a cada lado, llenos de props de teatro: collares, brazaletes, sombreros, relojes de pulsera, gafas, ropa interior de ambos sexos; incluso grandes orqu&#237;deas y peque&#241;as violetas artificiales rebosando de un caj&#243;n. Hab&#237;a hasta un retrete en el suelo, por supuesto tambi&#233;n teatral, sobre el que todo el mundo bromeaba. Empezaba a resultar aburrido bromear sobre &#233;l.

En cualquier caso, por peque&#241;a y cutre que fuese, era nuestro refugio, el lugar donde nos reun&#237;amos para hablar de nosotros, a salvo de visores de conducta o t&#233;cnicos. Miguel y yo ten&#237;amos poco tiempo, y &#250;ltimamente solo coincid&#237;amos en los teatros.

&#191;Le has contado lo nuestro? -pregunt&#243; despej&#225;ndome la frente con gesto de maquillador.

Lo nuestro sonaba bien en su voz. Sonre&#237;.

Le dije que quer&#237;a a un compa&#241;ero. El ya sabe el resto. Iba a decirle que quiero a un chico, pero trat&#225;ndose de un hombre de cuarenta y pico, barbudo, con canas prematuras, lo vi un poco exagerado

Te gustan mis canas prematuras.

Eso es verdad, pap&#225;.

Miguel segu&#237;a sonriendo de forma encantadora, pero advert&#237; una pizca de seriedad en su expresi&#243;n. Sab&#237;a que le afectaba nuestra diferencia de edad.

Todo lo bueno necesita a&#241;os para desarrollarse plenamente, se&#241;orita -replic&#243;.

Me adentr&#233; en sus ojos un instante antes de hablar. -Me estaba burlando de ti. Eres el hombre m&#225;s joven que conozco.

No intentes arreglarlo, ni&#241;ita. -Roz&#243; mi nariz con el dedo &#237;ndice. Volv&#237; a besarlo. Estaba arrebatador-. De todas formas -a&#241;adi&#243;-, cuando se lo digas a Padilla lo sabr&#225; todo el mundo.

Seremos famosos dentro de unas horas.

Lo dir&#225;n en los telediarios

Cebo de la polic&#237;a espa&#241;ola abandona su trabajo para vivir junto a un ex cebo madurito -improvis&#233;, queriendo provocarlo.

No: El c&#233;lebre profesor de preparaci&#243;n psicol&#243;gica t&#233;cnica y ex cebo de la polic&#237;a nacional, Miguel Laredo, decide unir su destino al de una joven y desconocida cebo madrile&#241;a.

Demasiado largo.

Entonces El c&#233;lebre y atractivo preparador Miguel Laredo se casa.

No vamos a casarnos. -Re&#237;.

Pues no se me ocurren m&#225;s titulares. Y sin titulares, no hay noticia.

Entonces no habr&#225; noticia.

Nos quedamos mir&#225;ndonos, y aprovech&#233; para gozar de su sonrisa. Miguel era un hombre alto, m&#225;s que yo, que no soy nada bajita, y se hallaba en buena forma. Su barba estaba tan recortada que era preciso pasarle el dedo por las mejillas para saber que segu&#237;a ah&#237;, pero era tan blanca como la nieve, m&#225;s a&#250;n que su melena espesa y revuelta, lo cual contrastaba casi siempre con el color negro de la ropa que le gustaba vestir: aquel d&#237;a, camisa de cuello Mao y pantalones italianos, ambos de un negro sin matices. Sin embargo, era la sonrisa lo que otorgaba al conjunto un sentido, como si toda su belleza hubiese sido creada para alegr&#237;a de otros. Aquella expresi&#243;n perenne de podr&#237;a hacerte reventar de risa si quisiera me fascinaba. Mir&#225;ndolo, me daba por pensar cu&#225;nto nos gustan a las mujeres los hombres que no han dejado del todo de ser ni&#241;os.

Nuestra relaci&#243;n hab&#237;a comenzado aquel &#250;ltimo a&#241;o. Hasta entonces Miguel hab&#237;a sido para m&#237; el profesor Laredo: una leyenda viva del mundo de los cebos en Espa&#241;a, y result&#233; tan sorprendida como el resto de mis compa&#241;eros cuando supe que el c&#233;lebre y atractivo ex cebo y preparador se fijaba en m&#237;. &#191;C&#243;mo lo conseguiste?, me hab&#237;a preguntado burlona mi hermana Vera al enterarse. Me hice la importante entonces, pero la respuesta m&#225;s sincera que hubiese podido darle era: Porque no lo pretend&#237;a. Hab&#237;a surgido, tan solo. Y era real. Si hab&#237;a algo verdaderamente real en mi vida en aquella &#233;poca, era que nos am&#225;bamos.

Bueno, &#191;y c&#243;mo te sientes en el gran d&#237;a? -dijo al fin.

La verdad, no lo s&#233;. Todo ha ido muy deprisa. Tendr&#233; que acostumbrarme.

Claro, es l&#243;gico.

Y sigue disgust&#225;ndome dejar el trabajo a la mitad.

Pueden sustituirte en las cacer&#237;as que llevas, ya te expliqu&#233;

S&#237;, ya.

Pero no es eso, &#191;verdad?

Sacud&#237; la cabeza y me apart&#233; el cabello h&#250;medo de la cara. -Se me pasar&#225;.

Es el Espectador -dijo Miguel.

Titube&#233; sin acertar a responder. Hab&#237;amos hablado del tema millones de veces, yo lo hab&#237;a consultado con millones de almohadas y preguntado a millones de espejos. Y sin embargo, all&#237; estaba, otra vez, inevitable. El Espectador. Un nombre cuya sola menci&#243;n hac&#237;a que la bilis acudiera a mi garganta y el asco llenara mi cuerpo como si recibiera una transfusi&#243;n de mierda por las venas.

Pero ya basta. Has dimitido. Kaput. The end.

Terminaremos caz&#225;ndolo, cielo, te lo aseguro.

Lo s&#233; -dije-. Siempre terminamos caz&#225;ndolos. Es solo que No s&#233; explicarlo.

Es solo que pones todo de tu parte, lo das todo para convertirte en lo que tu presa m&#225;s desea y luego te cuesta abandonar. A m&#237; me ocurri&#243; igual cuando decid&#237; que hab&#237;a llegado la hora de cerrar la tienda.

S&#237;, creo que es eso -repuse con desgana. A Miguel, como a casi todos los hombres, le gustaba pensar que conoc&#237;a muy bien a su pareja, y yo no dudaba de que en muchas ocasiones captara mis motivos m&#225;s &#237;ntimos, pero algo en m&#237; se rebelaba siempre en contra de aquel escrutinio.

La puerta se abri&#243; en ese instante y se asom&#243; una chica muy joven, de baja estatura, rubia, ojos levemente azules, el pelo recogido en una cola corta y abierta. Vest&#237;a el albornoz blanco que llevamos los cebos durante las pausas entre ensayos y llevaba colgada del cuello la tarjeta roja que la identificaba como tal. Pero yo no necesitaba leer su nombre en la tarjeta para saber que era Elisa Monasterio. Ven&#237;a acompa&#241;ada de un ni&#241;o de unos diez u once a&#241;os, muy guapo, que vest&#237;a de igual forma.

Oh, perdonad, pens&#233; que no hab&#237;a nadie -dijo Elisa enrojeciendo-. Quer&#237;a buscar props para &#233;l. Es un Arthur nuevo y est&#225; un poco confuso. -Le revolvi&#243; el pelo al ni&#241;o-. No s&#233; si interrumpo algo

No, adelante -dijo Miguel.

Hola, Diana. -Elisa sonri&#243; hacia m&#237;. Una hebra de pelo le cay&#243; sobre un ojo.

Hola, Elisa.

Elisa Monasterio compart&#237;a el piso de cobertura con mi hermana, y era su mejor amiga. Interesada como siempre en indagar todo lo que afectaba a Vera, yo ya hab&#237;a recabado informaci&#243;n sobre ella. En el departamento consideraban a Elisa buena chica, aunque deseosa de trepar.

&#191;C&#243;mo est&#225;s, Diana? -pregunt&#243; mientras sacaba cajas llenas de props.

Bien, gracias. &#191;Y t&#250;?

Mucho trabajo, pero bien.

Surgi&#243; un instante de inc&#243;modo silencio. Pens&#233; que era muy curioso lo que nos ocurr&#237;a a los cebos: Miguel y yo hab&#237;amos hecho, o dejado que nos hicieran, cosas impensables, grotescas, perversas. Cosas que, solo con contarlas, hubiesen quitado el sue&#241;o a un capo del narcotr&#225;fico. Y sin embargo all&#237; est&#225;bamos, como ex alcoh&#243;licos en una terapia de grupo, sometidos a los titubeos sociales de una pausa embarazosa.

Acabaremos pronto. -Elisa atrajo al ni&#241;o hacia s&#237; y se puso a revisar las cajas-. Veamos: necesitamos unas cuantas flores

El verdadero nombre del ni&#241;o no era Arthur. Gens denominaba as&#237; a los cebos menores de edad, por el personaje infantil de una de las primeras obras de Shakespeare, Rey Juan. Arthur es el heredero de la corona, pero el actual rey ordena asesinarlo tras intentar cegarlo con hierros al rojo. La escena de la tortura conten&#237;a consejos en clave sobre la m&#225;scara de Inocencia, seg&#250;n Gens. El apodo se hab&#237;a hecho popular.

Me pregunt&#233;, vi&#233;ndolo alzarse de puntillas sobre sus zapatillas de algod&#243;n para mirar el interior de la caja, de qu&#233; rinc&#243;n de la vida habr&#237;a salido aquel Arthur, qu&#233; clase de trauma habr&#237;a empujado a sus padres -si los ten&#237;a- a aceptar tal destino para su hijo. Porque, aunque salvar a muchos ni&#241;os poniendo a unos pocos en peligro pueda resultar admisible, no conoc&#237;a a ning&#250;n padre normal que aceptara ese canje. Gens, sin embargo, consideraba a los Arthur tan solo como parte del censo de personajes. Su punto de vista al respecto hab&#237;a sido siempre teatral.

Creo que con esto nos apa&#241;aremos -dijo Elisa sosteniendo varias flores artificiales y algunas cintas de goma-. Perdonad otra vez. -Dej&#243; una sonrisa ruborizada en el aire al marcharse.

No sab&#237;a que hoy hubiese clases te&#243;ricas -coment&#233;, una vez a solas con Miguel.

No son te&#243;ricas. Los perfis est&#225;n dise&#241;ando nuevas t&#233;cnicas con el Espectador. Padilla quiere resultados cuanto antes.

Me qued&#233; de una pieza al o&#237;rlo.

&#191;Padilla va a usar a cebos inexpertos con ese monstruo?

No, no -repuso Miguel con rapidez-. El Arthur est&#225; en otro ensayo

No me refer&#237;a al ni&#241;o.

Bueno, Elisa no es exactamente menor de edad

Hablo de inexpertos, no de menores, Miguel. S&#233; que Elisa tiene dieciocho a&#241;os, como Vera. Es una de sus grandes amigas. Pero &#191;cu&#225;ntas cacer&#237;as de verdad ha realizado? &#191;Dos? &#191;Tres? &#191;Y qu&#233; habr&#225; capturado? &#191;A un falsificador de tarjetas de cr&#233;dito? &#161;No est&#225; a la altura de alguien como el Espectador!

Cielo, ese tema se lo dejo a los perfis. Mi trabajo consiste en

Lo &#250;nico que me gustar&#237;a saber -cort&#233;- es por qu&#233; nadie me ha dicho que los par&#225;metros del perfil del Espectador han cambiado tanto como para usar a inexpertos.

Cambian constantemente, cielo. Ese tipo no se parece a nada que hayamos tenido aqu&#237; en mucho tiempo Y todo se hace a nivel confidencial. Yo mismo me enter&#233; ayer de que ten&#237;a que entrenar a Elisa y soltarla en las &#225;reas de caza esta noche

Dios m&#237;o.

Padilla y &#193;lvarez est&#225;n obsesionados con ese bicho.

Yo tambi&#233;n -repuse.

Y ah&#237; es donde te equivocas. -Miguel alz&#243; la voz, pero volvi&#243; a suavizarla de inmediato-. Te he dicho mil veces que esta profesi&#243;n no es cuesti&#243;n de obsesiones, ni siquiera de emociones

Esta profesi&#243;n ya no es mi profesi&#243;n. Y no te hagas el maestro conmigo.

Nos callamos, y me arrepent&#237; de mi dureza.

Lo siento -dije.

No, no pasa nada.

No quer&#237;a hablarte as&#237;.

No, no, de veras, no pasa nada, cielo. Lo que ocurre es que tengo la impresi&#243;n de que Bueno, de que has dejado el teatro demasiado pronto.

Hubo un silencio. Miguel agreg&#243;:

Le dir&#233; a Padilla que te asigne solo la cacer&#237;a del Espectador Cuando lo atrapemos, podr&#225;s retirarte a gusto.

Aquella inesperada propuesta reaviv&#243; mi enojo.

Eso es absurdo. T&#250; has sido el que m&#225;s ha insistido para que lo deje todo. Partir desde cero, vivir con tu sueldo un tiempo &#191;No era esa toda la historia?

Y lo sigue siendo.

&#191;Pero?

Pero no quiero que te pases el resto de la vida con esa espina clavada Est&#225; claro que sigues d&#225;ndole vueltas al tema, quieres cazarlo Bien, adelante. No me gusta, pero menos a&#250;n que lo dejes despu&#233;s de hacer un falso positivo

El falso positivo no ha tenido nada que ver. -Apret&#233; los dientes-. Lo he dejado porque t&#250; me lo ped&#237;as. &#191;No quer&#237;as mantenerme?

Todo rastro de dulzura se borr&#243; por completo de su semblante. Otra vez la has cagado, Diana, me reproch&#233;.

No, no quiero mantenerte, y me ofende que digas eso -repuso Miguel-. Quiero que dejes el trabajo, s&#237;, pero si tuvieras cualquier otra profesi&#243;n, no te lo pedir&#237;a.

Sab&#237;a a qu&#233; se refer&#237;a, y no dije nada. Pese a ello, no me gustaba que me protegiera tanto. Su preocupaci&#243;n por m&#237; era como el roce de algo suave contra una zona muy sensible de mi cuerpo: al mismo tiempo agradable y molesto.

&#191;Sabes? -prosigui&#243;-. Padilla visit&#243; hace poco a Claudia Cabildo Me cont&#243; c&#243;mo estaba -Baj&#243; la cabeza y durante un instante solo contempl&#233; su cabello gris&#225;ceo-. Yo pens&#233; que que no quer&#237;a que te convirtieras en eso por nada del mundo, si es que tienes la mala suerte de sobrevivir a algo as&#237; No quiero que sigas, Diana. Y ahora menos que nunca

A Claudia Cabildo la hab&#237;a capturado un psico llamado Renard tres a&#241;os atr&#225;s. Yo tambi&#233;n la visitaba de vez en cuando, y sab&#237;a lo que Renard le hab&#237;a hecho. En aquel momento no quer&#237;a recordarlo.

Respir&#233; hondo en la pausa que sigui&#243; y suavic&#233; la voz.

No voy seguir, Miguel. Tom&#233; una decisi&#243;n. He dicho que lo dejo, y eso es lo que har&#233;. Supongo que lo que me ocurre es que necesito tiempo para asumirlo

Hablas como si se tratara de una ruptura amorosa -ironiz&#243;.

Pens&#233; un instante en aquello. No se me hab&#237;a ocurrido verlo de esa forma.

Creo que era V&#237;ctor Gens quien dec&#237;a que abandonar a alguien a quien odias es como abandonar a quien amas -repuse-: ambas cosas te crean un vac&#237;o.

V&#237;ctor Gens era un guarro.

Me ech&#233; a re&#237;r.

T&#250; no te quedas atr&#225;s -dije, pensando que era imposible no amar al hombre que te hace re&#237;r cuando te sientes tan mal-. Creo que podr&#233; vivir sin ser cebo, si me ayudas.


A veces ten&#237;a la sensaci&#243;n de que protagonizaba una obra rom&#225;ntica, muy ingenua, muy vacua. Cuando nos abrazamos en ese instante me ocurri&#243; as&#237;, incluso imagin&#233; que pod&#237;a sonar alguna clase de m&#250;sica. Me sent&#237;a amada y confortada, a resguardo en aquel pecho fuerte, envuelta por sus brazos como por un manto de seda, pero a la vez tonta y d&#233;bil, como si una parte de m&#237; no estuviera conforme con aquella entrega. Un perro que se dejaba acariciar el vientre, pero que tambi&#233;n ten&#237;a ganas de morder.

Cuando dejamos de abrazarnos, Miguel pareci&#243; sufrir un ataque de timidez. Fingi&#243; observar la cubierta de un holov&#237;deo que hab&#237;a dejado en la estanter&#237;a cuando entramos en la habitaci&#243;n de la sinceridad, un ensayo de Altea, uno de los m&#225;s atroces sobre m&#225;scara de Inocencia que se hab&#237;an hecho jam&#225;s, con el uso de cebos involuntarios y auspiciado por el FBI. Record&#233; que Gens a&#241;ad&#237;a: Lo hicieron cuando el FBI era una instituci&#243;n seria. Me pregunt&#233;, no por primera vez, si el cambio de trabajo de Miguel lo hab&#237;a convertido a &#233;l tambi&#233;n en una instituci&#243;n seria. Llevaba ya m&#225;s de dos a&#241;os en su actual puesto, tras retirarse como cebo a una edad, los cuarenta, en que la mayor&#237;a de nosotros est&#225;bamos muertos o hab&#237;amos ca&#237;do al foso, si no nos hab&#237;amos retirado antes. Sin embargo, Miguel no parec&#237;a afectado por sus experiencias.

Entonces dej&#243; de mirar el holov&#237;deo y se volvi&#243; hacia m&#237;.

Hay algo m&#225;s, Diana. Padilla no ha querido cont&#225;rtelo -Lo que vi en sus ojos hizo que me estremeciera. Agreg&#243;, tragando saliva-: Es sobre tu hermana.



5

Resulta dif&#237;cil moverse libremente por Los Guardeses, como por cualquier otro teatro de la polic&#237;a. No es que haya una vigilancia sofisticada, con agentes armados y complejos aparatos electr&#243;nicos, que por otra parte son in&#250;tiles, ya que la tecnolog&#237;a m&#225;s avanzada puede ser superada por otra nueva y los hombres mejor entrenados son f&#225;cilmente abatidos por hombres a&#250;n mejores. El edificio en s&#237; tampoco tiene nada de especial: es una finca r&#250;stica a unos cincuenta kil&#243;metros al noroeste de Madrid, de paredes de piedra, dos plantas y un extenso s&#243;tano. Cuando hay ensayos se llena de coches y varios camiones que aparcan a la entrada, y al acabar el trabajo todo el mundo se larga y no queda ni rastro de lo que han hecho, salvo quiz&#225; los objetos de la habitaci&#243;n de la sinceridad y alg&#250;n mobiliario disperso. Un visitante casual pensar&#237;a que se est&#225; rodando una pel&#237;cula. A la entrada, en el aparcamiento, un simple vigilante de seguridad pide alg&#250;n tipo de identificaci&#243;n tras un saludo ceremonioso, nada m&#225;s. Ni perros guardianes, ni francotiradores, ni alambradas. Y sin embargo, como en el cuento de Cort&#225;zar, pobre del desgraciado que quiera entrar en la casa tomada de un teatro durante un ensayo con cebos.

Pese a todo, cuando Miguel termin&#243; de hablar, apret&#233; los dientes, di media vuelta y sal&#237; de la habitaci&#243;n de la sinceridad sin decir media palabra, ignorando sus llamadas y el paso de colegas y t&#233;cnicos a mi alrededor. Manteniendo la vista en el suelo, como solemos movernos en los teatros, sin mirar a nadie ni hablar con nadie, cruc&#233; el vest&#237;bulo y antes de llegar al sal&#243;n de ocio (un cuarto grande con una mesa de ping-pong, algunos aparatos para hacer deporte y un dispensador port&#225;til de bebidas no alcoh&#243;licas), torc&#237; hacia la escalera que llevaba a los escenarios del s&#243;tano. En la pizarra de la puerta, al pie de la escalera, estaba escrita la m&#225;scara que en aquel momento se ensayaba: Org&#237;a. Suena bien, hab&#237;a a&#241;adido alg&#250;n gracioso con letra apresurada debajo. Yo no era f&#237;lica de Org&#237;a, pero ciertos gestos de aquella m&#225;scara pod&#237;an perturbarme, de modo que agradec&#237; el aviso. Empuj&#233; la puerta y entr&#233; en la oscuridad.

Hab&#237;a cuatro escenarios iluminados con un par o tres de cebos en cada uno. Los menores de edad ocupaban uno, y en los otros tres hab&#237;a adultos j&#243;venes. En todos se ensayaba Org&#237;a, y la atm&#243;sfera era densa, casi pegajosa. Pod&#237;an escucharse en el aire jadeos y breves textos de Shakespeare, mezclados con las escuetas instrucciones de los preparadores. Avanc&#233; sorteando figuras en penumbra hasta detenerme frente al &#250;ltimo escenario de la sala.

All&#237; estaba mi hermana. El decorado eran unos cuantos cubos de madera iluminados por focos, y Vera rodaba por el suelo junto a ellos. Mientras yo la observaba se le uni&#243; Elisa Monasterio. Ambas estaban desnudas, y se enzarzaron en una coreograf&#237;a de caricias no consumadas, como si algo les impidiera tocarse. Elisa lo hac&#237;a muy bien, profesionalmente, pero observ&#233; con pena que Vera se equivocaba porque pretend&#237;a hacerlo bien. Pon&#237;a voluntad, lo cual era un error de novato. Todav&#237;a ignoraba que el trabajo del cebo no consist&#237;a tanto en enga&#241;ar a otros como a nosotros mismos. Nuestra mayor fuerza resid&#237;a en no ser conscientes de la fuerza que pose&#237;amos.

Elisa tambi&#233;n era novata, pero no albergu&#233; ninguna duda sobre que llegar&#237;a a ser un cebo muy valioso. En cambio, Vera segu&#237;a a&#250;n muy verde.

Cuando lleg&#243; el momento de interpretar la escena de la m&#225;scara -el di&#225;logo entre Gloucester y Ana en Ricardo III-, Elisa lo hizo de manera maravillosamente simple:

Que la negra noche ensombrezca tu d&#237;a, y la muerte tu vida

Vera le daba la r&#233;plica:

No te maldigas a ti misma, bella criatura, porque eres ambas cosas

El ensayo era un ejercicio casi inofensivo basado en los estudios del grupo FOX. Normalmente no me hubiese afectado, pero mientras las observaba empec&#233; a sentirme como si hubiese bebido un vasito de licor fuerte. Pens&#233; entonces en algo que no se me hab&#237;a ocurrido antes: la m&#225;scara de Org&#237;a precisaba que el cebo fuese rechazado por la conciencia de la presa para conseguir el enganche, de igual manera que el personaje de Ana se dejaba tentar por el deforme Gloucester pese a aborrecerlo, y el hecho de que uno de los participantes fuera mi hermana, sin duda, me provocaba aquel rechazo con m&#225;s facilidad, y por tanto aquel deseo creciente en mi psinoma. Decid&#237; interrumpirlas. No quer&#237;a correr el riesgo de quedar enganchada con mi propia hermana.

Varias caras se volvieron hacia m&#237; cuando intervine. El entrenador, un tipo musculoso y calvo con fuerte acento alem&#225;n, puso cara de fastidio pero me dio permiso para hablar urgentemente con Vera. Nos dirigimos al camerino, y me desagrad&#243; que Elisa nos siguiera, como si formara una parte indivisible con Vera o quisiera protegerla de mi mala influencia.

El camerino era una habitaci&#243;n estrecha con anaqueles negros, el cl&#225;sico espejo con bombillas y una c&#243;moda. Hab&#237;a albornoces colgados, pero ninguna de las dos hizo adem&#225;n de vestirse. Elisa, quiz&#225; con el fin de tener una excusa para quedarse, comenz&#243; a calzarse unas medias de ret&#237;cula. Vera sac&#243; un echarpe de seda brillante y lo alis&#243;. Ambas se lanzaban sonrisas c&#243;mplices, como colegialas.

Eli me dijo que te hab&#237;a visto en el teatro con Miguel. -Vera semejaba estar muy contenta-. &#191;Te ha gustado nuestra funci&#243;n?

&#191;Podemos hablar t&#250; y yo a solas, por favor? -pregunt&#233; descaradamente.

Oh, &#191;as&#237; que es confidencial? -Vera jugaba con el echarpe cubri&#233;ndose los pechos-. &#191;De hermana a hermana?

Yo sab&#237;a que intentaba provocarme, pero no la complac&#237;.

Es igual -dijo Elisa con suavidad gatuna, acariciando l&#225;nguidamente una l&#225;mpara alta junto a la pared-. Ya me voy.

Pos&#243; el &#237;ndice en sus labios, lo bes&#243; y roz&#243; con &#233;l los labios de Vera. Al pasar junto a m&#237; me lanz&#243; una sonrisa picara. Se la devolv&#237;. No estaba enfadada con ella, y a decir verdad tampoco con Vera. Ambas eran muy j&#243;venes y gozaban de ser cebos, como todos nosotros. Yo hab&#237;a pasado por ese per&#237;odo y lo conoc&#237;a bien: la sensaci&#243;n de tener a otros en tu poder, de conseguir lo que quieras de los dem&#225;s solo con moverte y hablar. El sue&#241;o de que, hasta el final, eres due&#241;a de tu propio destino y del de aquellos que te rodean, como cree el malvado rey Ricardo III en la tragedia de Shakespeare.

A solas, Vera cambi&#243; de actitud y se mostr&#243; impaciente. Se arroll&#243; el echarpe al cuello y me dio la espalda para elegir un albornoz.

Acaba cuanto antes, hermanita -dijo-. Tengo que seguir ensayando.

Me qued&#233; mir&#225;ndola un instante. Casi me afect&#243; su extrema juventud, reflejada en aquella piel tersa y brillante. Vera no era tan alta como yo, pero estaba muy bien formada. Su cabello, a diferencia del m&#237;o, que llevo por los hombros y es trigue&#241;o, era muy largo y de color casi negro, y la humedad de una ducha reciente lo oscurec&#237;a a&#250;n m&#225;s. De espaldas parec&#237;a m&#225;s adulta, porque sus pechos peque&#241;os y el resplandor de su sonrisa revelaban ingenuidad, pero su entrenamiento f&#237;sico se notaba en los m&#250;sculos. Me gustaba verla. La amaba con todas mis fuerzas. Era mi hermana, lo &#250;nico que me quedaba en el mundo. Hab&#237;amos vivido juntas hasta que ella hab&#237;a cumplido la edad en la que yo me hab&#237;a convertido en cebo -los quince-, pero hab&#237;a decidido no dejarla sola jam&#225;s. Y protegerla.

Ya sabes lo que quiero -afirm&#233;.

Hab&#237;a descolgado el albornoz, pero no se lo puso. Cuando se volvi&#243; hacia m&#237;, parte del cabello le ca&#237;a sobre el rostro.

As&#237; que ya te has enterado. Sab&#237;a que el bueno de Miguel no se callar&#237;a

Y ahora que ya lo s&#233;, he venido a decirte que no puedes.

Para su informaci&#243;n, le comunicamos que Vera tiene dieciocho a&#241;os y el mes que viene cumplir&#225; diecinueve -replic&#243;, acentuando las cifras-. D&#233;jame vivir mi vida.

Eso es exactamente lo que quiero: que vivas. Por eso no vas a participar en la cacer&#237;a del Espectador. Solo quer&#237;a decirte eso. Nos vemos luego.

Sus palabras, pronunciadas entre dientes, me detuvieron cuando me gir&#233;.

&#161;Vete a tomar por el culo, hermanita!

Voy a hablar con Padilla, que es m&#225;s o menos lo mismo.

&#161;No tienes ning&#250;n derecho a decirme lo que debo o no debo hacer!

Soy, precisamente, la persona que tiene todo el derecho del mundo a dec&#237;rtelo. Y s&#233; de qu&#233; va esto, adem&#225;s.

&#161;Yo tambi&#233;n s&#233; de qu&#233; va esto!

T&#250; no tienes ni puta idea. El Espectador es caza mayor, Vera.

&#191;Y qu&#233;?

Que no est&#225;s preparada, sencillamente.

&#161;Padilla cree que s&#237; lo estoy! -Su aparente control se agrietaba. Yo buscaba eso: indignarla, hacerle pasar una rabieta, mostrarle lo infantil que todav&#237;a segu&#237;a siendo.

No grites, por favor. A Padilla solo le interesa justificar su sueldo a fin de mes y moderar los gastos. Han recortado el presupuesto para cebos con experiencia y est&#225;n usando a estudiantes. Muy bien, all&#225; &#233;l. Pero t&#250; no jugar&#225;s en el equipo.

&#191;Y c&#243;mo lo vas a impedir, Diana? -Compuso una mueca que me doli&#243;, por lo mucho que me recordaba a mam&#225; cuando se encrespaba-. &#191;Te acostar&#225;s con &#233;l a cambio de que me deje fuera? &#191;Le har&#225;s una Org&#237;a, como las que hac&#237;as para Gens en la granja?

No me import&#243; su ataque. Sab&#237;a que Vera envidiaba mi aprendizaje con Gens.

Padilla har&#225; lo que yo le diga.

Aquella simple respuesta la detuvo. Su rostro semej&#243; un estanque helado sobre el que de repente yo hubiese apoyado la bota. Me dio pena comprobar c&#243;mo suavizaba el tono y presionaba otros resortes.

Escucha, he estado prepar&#225;ndome y s&#233; que puedo hacerlo Elisa me ha visto y tambi&#233;n lo cree. A ella la han elegido para esta noche. Hemos practicado juntas

Pens&#233; en decirle que Elisa Monasterio tampoco servir&#237;a, que usarla para cazar al Espectador era como enviarla a un barranco con los ojos vendados, pero decid&#237; concederle una tregua. A mi hermana le costaba rogarme: era f&#237;lica de Petici&#243;n, y no se le daba bien implorar. Siempre hab&#237;a imaginado que, si ten&#237;a suerte, Vera se unir&#237;a a un hombre (o a una mujer, pues sab&#237;a que Elisa y ella eran m&#225;s que amigas) a quien mirar&#237;a como me estaba mirando a m&#237;, oblig&#225;ndolo a comportarse como un corderito.

Solamente te pido una oportunidad, Diana. Conf&#237;a en m&#237;, por favor. Toda la vida me has visto como a una ni&#241;a peque&#241;a que se toma el trabajo como una diversi&#243;n No lo haces con mala intenci&#243;n, lo s&#233; Quieres cuidarme, protegerme, y te lo agradezco. Pero ya no soy una ni&#241;a -a&#241;adi&#243; con toda la seriedad que pudo, y se apart&#243; del cuerpo el albornoz que a&#250;n sosten&#237;a, quiz&#225; para mostrarme lo mujer que cre&#237;a ser-. Y este trabajo es mi vida. Me pasa como a ti T&#250; lo has dado todo por esto, &#191;no? Has hecho cosas terribles por pap&#225; y mam&#225;, &#191;verdad? Por su memoria Eres el mejor cebo del mundo, y jam&#225;s lo dejar&#225;s No me pidas que lo deje yo.

Era el momento que esperaba. No cambi&#233; de expresi&#243;n al hablar.

Voy a dejarlo, Vera.

Me mir&#243; como si yo fuese una alucinaci&#243;n.

&#191;Qu&#233;?

Vine al teatro a presentar mi dimisi&#243;n a Padilla. Ya habl&#233; con &#193;lvarez.

&#191;Hablas hablas en serio?

Totalmente.

&#191;Cu&#225;ndo lo decidiste? -Lo dec&#237;a como si se tratara de algo espantoso.

He estado pens&#225;ndolo desde hace meses. Pero fue este fin de semana.

No no sab&#237;a nada

No quer&#237;a que lo supieras hasta que no se hiciera oficial. Ahora ya lo sabes.

Adem&#225;s de Vera y Padilla, hab&#237;a pensado en dec&#237;rselo a otras dos personas m&#225;s. Una de ellas ser&#237;a Claudia Cabildo.

Y tambi&#233;n se lo contar&#237;a al se&#241;or Peoples, pero por tel&#233;fono.

Jam&#225;s ir&#237;a a ver al se&#241;or Peoples, ni siquiera para esto. Solo la posibilidad de verlo me hac&#237;a estremecer de pies a cabeza y un sudor fr&#237;o bajaba por mi espalda. Se lo dir&#237;a por tel&#233;fono. Una llamada muy breve.

Vera mov&#237;a la cabeza, aturdida.

Pero &#191;por qu&#233;?

Me encog&#237; de hombros.

Quiero vivir una vida normal junto a Miguel. Creo que tengo derecho, &#191;no?

&#191;Y vas a abandonar al Espectador? -Su tono era el de quien pregunta si iba a abandonar al hombre al que amaba-. &#191;Vas a dejarle que siga haciendo lo que hace? &#191;Qu&#233; qu&#233; co&#241;o te pasa?

Cuida tu lenguaje -le reproch&#233;-. Y para contestarte, te dir&#233; que estoy harta de vivir odiando. Ahora quiero saber lo que se siente cuando amas a alguien. Solo para variar. Por cierto, te animo a que hagas lo mismo, Vera. La vida tiene otras cosas, y deber&#237;as probarlas. Directora de cine era otro de tus sue&#241;os, &#191;recuerdas? &#191;Por qu&#233; no lo intentas? Puedo ayudarte, tengo dinero

No quiero tu asqueroso dinero -dijo, poni&#233;ndose el albornoz lentamente. En el espejo, a su espalda, vi c&#243;mo sus manos sacaban su larga mata de pelo por fuera del cuello de la prenda.

Vera -musit&#233;-. Podemos intentar llevar una vida normal las dos.

Sonaron unos golpecitos y la puerta se abri&#243;. Me hallaba tan cerca que casi me dio en la espalda. El rostro alargado de Elisa Monasterio asom&#243; por la abertura.

Perdonad. &#191;Os falta mucho? Hermann dice que tenemos que seguir, Vera.

Ambas le dijimos enseguida, y ella nos mir&#243; con suspicacia y, en mi opini&#243;n, con un poco de descaro. Yo sab&#237;a que Vera no iba ni al ba&#241;o sin cont&#225;rselo antes a Eli, y esa intimidad me indignaba. Sin embargo, cuando la puerta se cerr&#243;, mi hermana parec&#237;a m&#225;s tranquila.

Hagamos una cosa -dijo-. D&#233;jame seguir con el Espectador. Cuando lo cacen, te juro que pensar&#233; en serio en dejar esto.

Trat&#233; de reunir paciencia.

Vera: el Espectador es lo m&#225;s peligroso que hemos tenido desde hace mucho tiempo. Los perfis todav&#237;a no lo comprenden

No va a pasarme nada, y lo sabes. Nunca picar&#225; con una inexperta. T&#250; misma lo dices: Padilla nos usa para justificarse. Caer&#225; con una de vosotras -Se interrumpi&#243;-. O con una de tus compa&#241;eras, si t&#250; lo dejas Yo solo quiero participar. &#161;Sabes bien que no voy a lograr atraerlo! -Parec&#237;a decepcionada, como si se quejara de que un guapo actor de cine no se fijase en ella entre la multitud de admiradores.

Pero se equivocaba, por supuesto. El Espectador era un lobo entre corderos. Pod&#237;a elegir a cualquiera. Solo ten&#237;a que apuntar con el dedo para devorar a otra.

Te pido solo esto -insisti&#243;-. Llevo cuatro a&#241;os prepar&#225;ndome para ser cebo

Yo nunca quise que lo fueras. Pero t&#250; ten&#237;as que hacer todo lo que yo hac&#237;a.

Pero ya lo soy, es lo que importa. D&#233;jame intentarlo, Diana, por favor

Una droga. As&#237; dec&#237;a Gens que se volv&#237;a aquel horrendo trabajo. Cuando descubres la pasi&#243;n y la perversi&#243;n de servir de veneno a quien odias, ya no puedes dejarlo. Vera ten&#237;a inoculada aquella droga en los ojos. Yo sab&#237;a que jam&#225;s abandonar&#237;a.

La mir&#233; en silencio un instante: sus dieciocho a&#241;os contenidos en un cuerpo peque&#241;o y terso con una voluntad de fuego, tan deseosa de justicia como yo lo hab&#237;a estado a su edad. &#191;Acaso iban a frenarla mis palabras?

De acuerdo. Pero cuando lo capturen, pensar&#225;s seriamente en dejarlo -le dije.

&#161;Claro que s&#237;! -Su rostro se ilumin&#243;-. &#161;Te lo juro!

De improviso se arroj&#243; sobre m&#237;. Sent&#237; su juventud palpitando en mi hombro mientras su voz repet&#237;a gracias y sus brazos me estrujaban, casi ahog&#225;ndome. As&#237; era Vera de emocional, de apasionada.

&#191;Sabes una cosa? -Se apart&#243; para mirarme con ojos brillantes-. A veces pienso que no lo hago por pap&#225; y mam&#225;, sino por m&#237; Para sentirme bien del todo.

Sab&#237;a que ten&#237;a raz&#243;n. En realidad, nunca nos sacrific&#225;bamos. Hac&#237;amos lo que quer&#237;amos hacer, lo que siempre hab&#237;amos querido. Nos eleg&#237;an porque goz&#225;bamos destruyendo a quienes destru&#237;an, y nos entreg&#225;bamos por completo al hacerlo. &#201;ramos bombas repletas de venganza, y no nos importaba reventar junto a los crueles.

Le despej&#233; el cabello del rostro. Sonre&#237;.

Muy bien. Hablar&#233; con Padilla sobre mi dimisi&#243;n pero no te mencionar&#233;.

&#191;Y si &#233;l te habla de m&#237;? -pregunt&#243; indecisa.

Le dir&#233; que puedes hacer lo que quieras. Ya eres mayor, &#191;no? Ahora debes regresar al ensayo. Luego hablamos.

Su sonrisa emocionada me acompa&#241;&#243; como un guardaespaldas mientras abandonaba el camerino. En los primeros tres escenarios segu&#237;an progresando en la escena de Ricardo III: hombres con hombres, hombres con mujeres, ni&#241;os entre s&#237;. En el &#250;ltimo, Elisa Monasterio aguardaba la llegada de mi hermana y me dirigi&#243; una mirada implacable al verme. La ignor&#233;: no nos ca&#237;amos bien, pero no me importaba. Esper&#233; hasta que Vera se incorpor&#243; y me acerqu&#233; a Olga Campos, la coordinadora de entrenamiento, que las observaba mientras beb&#237;a una infusi&#243;n.

Olga, perdona que te moleste, pero me gustar&#237;a ver a Padilla. T&#250; sabes siempre d&#243;nde est&#225;. &#191;Puedes llamarlo?


Olga tambi&#233;n hab&#237;a sido cebo, y bastante buena, hasta que un ascenso -debido, seg&#250;n las habladur&#237;as, al rollo sentimental que manten&#237;a con Padilla- la hab&#237;a colocado en aquel puesto. Llevaba un albornoz de un negro tan denso como su rizado cabello, y en la sombr&#237;a atm&#243;sfera del s&#243;tano parec&#237;a un rostro flotante adosado a un vaso de papel. Elev&#243; las negras cejas apenas mir&#225;ndome por encima del borde del vaso.

&#191;Es urgente, Diana? Estoy hasta el culo de

Es muy urgente. Quiero pedirle que expulse a mi hermana del departamento con efecto inmediato. Sin indemnizaci&#243;n. Solo quiero que la expulse.

Por fin hab&#237;a conseguido que me prestara atenci&#243;n. Apart&#243; el vaso de los labios y me mir&#243; con desfachatez. Olga era algo basta, de dientes tan grandes como sus palabras. Se cre&#237;a la reina de la fiesta en aquel mundo de novatos.

Eh, &#191;qu&#233; te has fumado? -Ri&#243;-. &#191;Crees que Padilla te va a hacer caso, pendeja?

Si no lo hace -prosegu&#237; suavemente-, o no lo hace con bastante rapidez, puede que hable con los medios. Les encantar&#225; o&#237;rme, te lo aseguro. Les contar&#233; sobre los teatros, los s&#243;tanos como este donde ensayan menores de edad para el gobierno, los chicos y chicas que se entrenan para tentar a los locos y todas y cada una de las operaciones en las que he participado. Quiz&#225; hasta me lleve fotos. Les parecer&#225; fascinante.

No cre&#237;a que nadie m&#225;s me estuviese oyendo. Gestos y frases se suced&#237;an sin interrupci&#243;n en los escenarios. En cuanto a Olga, segu&#237;a mostrando toda su caballuna dentadura. Sab&#237;a que no me cre&#237;a: ser chivato no entraba en la l&#243;gica de nuestra profesi&#243;n, sencillamente. Pero confiaba en que mi amenaza la espabilara. Me se&#241;al&#243; con el &#237;ndice.

Eso no ha estado bien ni como broma, capulla. Me encargar&#233; de que Padilla te d&#233; una patada en el culo. Perder&#225;s el trabajo.

Ya lo he perdido -repliqu&#233;-. T&#250;, lim&#237;tate a llamarlo.

La dej&#233; y me apart&#233; a un lado. Vera y Elisa hab&#237;an hecho otra pausa y escuchaban las instrucciones del entrenador, pero Elisa aprovech&#243; para volver a mirarme, desafiante, como si sospechara lo que me dispon&#237;a a hacer.



6

A Elisa Monasterio no le agradaba Diana.

Lo pensaba mientras caminaba por las silenciosas calles abrazada a s&#237; misma, no debido al intenso fr&#237;o y su escaso vestuario, sino a la interpretaci&#243;n de la m&#225;scara que ejecutaba. Es una presuntuosa. Una est&#250;pida presuntuosa que vive de las rentas. Y ahora que se ha jubilado, no quiere que su hermana llegue a su altura.

En el fondo, sab&#237;a que se trataba de una opini&#243;n algo injusta. Pod&#237;a creer perfectamente que Diana solo pretendiera proteger a Vera. Ella tambi&#233;n la proteger&#237;a, si se diera el caso. Y era cierto que Vera era una principiante, que le segu&#237;an sorprendiendo las extravagancias del oficio y asustando m&#225;s de lo debido algunos de los ensayos, pero &#191;eran razones suficientes para cerrarle la puerta de la profesi&#243;n en las narices?

No le molestaba admitir que se sent&#237;a celosa del altar en el que Vera hab&#237;a colocado a Diana. En opini&#243;n de Vera, nadie hab&#237;a sobre la Tierra m&#225;s importante que su hermana, y de hecho ni siquiera la hab&#237;a mencionado cuando, tres d&#237;as antes, al salir de Los Guardeses tras los ensayos y la reuni&#243;n con Padilla, se derrumb&#243; en el hombro de Elisa para comunicarle la noticia entre sollozos:

Dice que tengo que mejorar mi estilo

&#191;Tu estilo?

Me tendr&#225; en reserva pero quiz&#225; no pueda continuar de cebo

Incr&#233;dula y rabiosa, Elisa bes&#243; suavemente su pelo mientras la abrazaba.

As&#237; que tu hermanita, al final, ha ejercido su poder -dijo entre dientes. Pero fue un error, y Vera reaccion&#243; casi ofendida.

No, no. Diana no ha tenido nada que ver. Padilla lo ha decidido hoy mismo

Qu&#233; casualidad. El d&#237;a en que tu hermana vino al teatro a hablar con Miguel.

Elisa. -Vera la mir&#243; (Elisa lo recordaba) entre implorante y agresiva-. Mi hermana cambi&#243; de opini&#243;n, ya te cont&#233;. Me asegur&#243; que no le dir&#237;a nada.

Y si Diana se lo asegur&#243;, eso es la ley, pens&#243; Elisa irritada al recordar a la pobre Vera arrojada como un fardo en la cama del peque&#241;o apartamento de cobertura que compart&#237;an en Legan&#233;s, gimoteando inconsolable. Todo su futuro arrugado y echado a la papelera en menos de un minuto. &#191;Y por qu&#233;? Padilla era un hijo de puta a quien se le hab&#237;a agriado el car&#225;cter debido a tener una hija minusv&#225;lida, Elisa lo sab&#237;a, pero de igual manera sab&#237;a que, como director del departamento, jam&#225;s habr&#237;a cambiado de opini&#243;n respecto de Vera si la Gran Hermana no hubiese intervenido en el asunto. Estaba segura de que la todopoderosa e influyente Diana Blanco, uno de los mejores cebos de la polic&#237;a espa&#241;ola, era la responsable de la decisi&#243;n que hab&#237;a tomado Padilla.

Pod&#237;a perdonarle a Diana que se llevase toda la admiraci&#243;n de Vera, pero jam&#225;s le perdonar&#237;a que le hiciese el menor da&#241;o. Por mucha hermana que seas, y por mucha Diana Blanco, no tienes derecho a eso. Adoraba a Vera y se sent&#237;a, en cierto modo, responsable de ella. Y si Diana quer&#237;a hacer el papel de la madre que Vera no hab&#237;a logrado tener, entonces Elisa aceptaba ser la verdadera hermana mayor. Una hermana cuya relaci&#243;n con Vera pose&#237;a un grado de intimidad que Diana jam&#225;s lograr&#237;a alcanzar.

Se detuvo un instante, despu&#233;s de que un desnivel en la acera le hiciese casi perder el equilibrio. Calzaba unos absurdos zapatos de plataforma morados, que en Los Guardeses llamaban coturnos, a esas alturas manchados de barro. La fina llovizna que no hab&#237;a cesado de caer durante toda la noche se hab&#237;a intensificado, y la sent&#237;a rebotar sobre su pelo recogido en una r&#237;gida y complicada trenza. Ten&#237;a el trasero helado, lo cual no le extra&#241;aba en absoluto, pues llevaba las nalgas al aire sobresaliendo por la doble abertura del pantal&#243;n de l&#225;tex p&#250;rpura. Era una prenda muy sexy que se pegaba a sus piernas como una capa de sudor, pero despu&#233;s de tres noches seguidas us&#225;ndola se hab&#237;a acostumbrado. Todo su vestuario era un disfraz supuestamente calculado para atraer al f&#237;lico de Holocausto. En cualquier caso, pese a lo extra&#241;a que se sent&#237;a y las incomodidades del fr&#237;o y las ajustadas prendas, le gustaba salir as&#237;. Adem&#225;s, estaba drogada. No era que lo necesitase, desde luego no despu&#233;s de tres noches haciendo lo mismo, pero nunca estaba de m&#225;s tomar alguna c&#225;psula de esos potingues que logran marearte lo justo sin darte sue&#241;o: Prizaprim, Dialdr&#233;n, cualquiera serv&#237;a. La droga la obligaba a veces a ralentizar el paso y separar un poco las piernas para no caer, pero al mismo tiempo la relajaba, y de ese modo la m&#225;scara no se estropeaba con los nervios.

Porque, en efecto, estaba nerviosa.

Era dif&#237;cil no estarlo con algo como el Espectador ah&#237; fuera.

Se pregunt&#243; si profesionales como Diana Blanco usaban drogas. Pero, qu&#233; caramba, claro que las usar&#237;an. Hab&#237;a m&#225;scaras en las que era imperativo adormecerse un poco, incluso dejar que el caballo galopara solo, sin el jinete de la conciencia. No era que ella las usara porque era inexperta: todos los cebos se drogaban, y no solo para darse valor. Era un trabajo muy extra&#241;o pero apasionante.

Volvi&#243; a pensar en Vera, sumida en el dolor por aquella est&#250;pida decisi&#243;n de sus jefes. Se prometi&#243; que hablar&#237;a con Padilla al d&#237;a siguiente. Si no consegu&#237;a nada, al menos intentar&#237;a sonsacarle para averiguar si Diana hab&#237;a influido, y si hab&#237;a sido as&#237; Bah, olv&#237;dalo. &#191;Qu&#233; vas a lograr? Diana Blanco ya no est&#225; en activo, ha dimitido, y en cuanto a Vera, &#191;crees que recuperar&#225; el trabajo porque le demuestres que Diana us&#243; su influencia? Lo m&#225;s probable es que Padilla te expulse tambi&#233;n a ti. Pero estos eran los pensamientos de su &#225;ngel malo. Los ahuyent&#243; con otra sacudida. Amaba demasiado a Vera para no intentar hacerle justicia.

Notaba los labios &#225;speros bajo el carm&#237;n, y el rostro h&#250;medo de lluvia. Aferraba las correas del largo bolso con ambas manos, un bolso en cuyo interior no hab&#237;a nada importante. Se trataba de un prop teatral, y su &#250;nico fin consist&#237;a precisamente en mostrar aquellas correas: se supon&#237;a que la visi&#243;n de su hombro desnudo sobre el top azul el&#233;ctrico cruzado por las correas atra&#237;a a los Holocaustos. En teor&#237;a.

Pas&#243; junto a unos bidones tan sucios como toda la calle. Se percib&#237;a igual: sucia, manchada de arena, como si la lluvia contuviera part&#237;culas de polvo. Desde luego, pod&#237;a ser cierto, ya que caminaba junto a la acera donde se estaba levantando la grandiosa e inacabable obra del que deb&#237;a terminar siendo un auditorio gigante de estilo romano en Madrid, uno de los proyectos m&#225;s ambiciosos de la ciudad. La gente lo llamaba el Circo, lo cual, en opini&#243;n de Elisa, era un nombre m&#225;s que apropiado, ya que se trataba de un espect&#225;culo circense de especulaci&#243;n inmobiliaria, con la participaci&#243;n de varias empresas privadas y el ayuntamiento. Muchos lo comparaban a las obras emprendidas tras la bomba del 9-N, quince a&#241;os atr&#225;s: algo demasiado colosal que parec&#237;a no acabarse nunca.

Y mientras tanto no hab&#237;a teatro ni nada que se le pareciese, solo una vasta extensi&#243;n de dunas, un hoyo enorme flanqueado de arcos por el extremo m&#225;s alejado, y en medio, las voraces y complicadas m&#225;quinas paralizadas durante la noche. En aquellos a&#241;os de Circo, el extrarradio donde se constru&#237;a, al sur de la capital, se hab&#237;a convertido en el coto de vagabundeo de gran parte de la fauna nocturna. Traficantes, bandas organizadas o semiorganizadas y prostituci&#243;n aparec&#237;an y desaparec&#237;an bajo las islas de luz hal&#243;gena p&#250;blica y los resplandecientes anuncios de las vallas. Los escasos coches recorr&#237;an las sucias avenidas como fantasmas, y solo los autobuses parec&#237;an dotados de vida: se deten&#237;an, vomitaban su contenido de juventud coloreada, y prosegu&#237;an su rumbo como cajas de zapatos adornadas de bombillas. Bajo los arcos de piedra se divisaban, en las noches de invierno, las fogatas de los vagabundos. No hab&#237;a nadie caminando por aquella soledad que no tuviese la intenci&#243;n clara de conseguir algo: comida, droga o cuerpos. Era un lugar poco apropiado para una chica solitaria, pero tambi&#233;n una de las &#225;reas de caza seleccionadas por los perfiladores. Te ha tocado el Circo, Elisa -le hab&#237;a dicho el perfi Nacho Puentes la tarde del lunes, mientras ella se arreglaba en camerinos-. Pero no te preocupes: es de baja probabilidad. Lo cual significaba que pod&#237;as morir antes partido por un rayo en una noche despejada que toparte con el Espectador.

Elisa sab&#237;a todo eso, y lo aceptaba. Era una principiante, y en Los Guardeses corr&#237;a el rumor de que usaban a chicas como ella solo para cubrir las apariencias. Bueno, &#191;y qu&#233;? As&#237; empezaron todos. Hasta los dioses, como Diana Blanco, Claudia Cabildo, Miguel Laredo y Olga Campos, &#191;no? Si ella ten&#237;a que joderse tres noches a la semana haciendo labores de figurante, lo har&#237;a. Ya le dar&#237;an los grandes papeles cuando le tocara el turno. Lo peor era lo ocurrido con Vera, para quien ya no hab&#237;a futuro. Pobre Vera Pero qu&#237;tatela de la cabeza ahora

Clap, clap, sus zapatos de plataforma produc&#237;an ruidos de disparos en medio de aquella quietud de cementerio en obras. No se o&#237;a otra cosa, salvo un lejano rumor de agua derramada por canalones. Eran cerca de las dos de la madrugada y hac&#237;a por lo menos una hora que Elisa no ve&#237;a pasar un solo coche. Dentro de media hora m&#225;s saldr&#237;a de escena: entonces sacar&#237;a el impermeable que guardaba en el bolso y tomar&#237;a el autob&#250;s para regresar a Moncloa, donde estaba el aparcamiento subterr&#225;neo en el que se hallaban sus ropas. Se cambiar&#237;a y saldr&#237;a convertida en Elisa Monasterio, y de vuelta a su piso de cobertura, donde la estar&#237;a aguardando Vera quiz&#225; a&#250;n despierta, preocupada y envidiosa de su suerte. Y as&#237; hasta la pr&#243;xima. &#191;Resumen de aquel estreno? Un mont&#243;n de fr&#237;o, un par o tres de encuentros con borrachos y gamberros, poco m&#225;s. Pero decidi&#243; que estaba bien como experiencia.

Una sombra se aproximaba a ella desde el extremo final del tramo recto de acera. Fij&#225;ndose mejor, Elisa se dio cuenta de que eran dos. Parec&#237;an hombres, probablemente j&#243;venes, y probablemente con tantas intenciones de no molestarla como la lluvia de respetar su calada cabecita rubia. Aferr&#243; con fuerza el bolso y avanz&#243; hacia ellos sin titubeos. No estaba asustada. Era un cebo en plena escena, disfrazada, con cuerpo y mente preparados. Un cebo quiz&#225; novato, pero con capacidad para defenderse y atacar.

&#191;Y si uno de ellos es el Espectador? Bien: entonces ser&#225;s t&#250; quien lo elimine.

Esboz&#243; una media sonrisa al preguntarse, de repente, qu&#233; dir&#237;a su madre si la viera con aquellos pantalones p&#250;rpura que desnudaban su culo caminando a solas por el Circo en direcci&#243;n a dos desconocidos. Seguramente sufrir&#237;a una crisis, se dijo.

Lo que m&#225;s hab&#237;a odiado de su madre no eran las crisis sino los hombres, de los que hab&#237;a tenido casi tantos como crisis. Al menos, as&#237; lo cre&#237;a Elisa, que hab&#237;a vivido con ella hasta los trece a&#241;os, &#233;poca en la cual empez&#243; a responder a la actitud desequilibrada materna con arrebatos propios. En ellos tragaba toda la comida que pod&#237;a y luego la devolv&#237;a sin digerir en el retrete, al modo de los antiguos romanos en las org&#237;as. En aquel tiempo era una chica regordeta y vac&#237;a, sin futuro, y ya hab&#237;a pensado varias veces en quitarse de en medio. Lo &#250;nico que la reten&#237;a era que a su madre no parec&#237;a importarle lo que hiciera, y ella quer&#237;a que le importase. Pero, seg&#250;n Elisa, era dif&#237;cil que algo le importara de verdad a aquella se&#241;ora, que ocupaba su tiempo en fingir que dirig&#237;a dos tiendas de ropa de lujo en Madrid, seguramente una de las tajadas que hab&#237;a logrado sacarle a su padre cuando este decidi&#243; abandonarlas. El padre era el gran secreto familiar: Elisa sab&#237;a que era un pol&#237;tico, diputado o algo as&#237;, pero su madre nunca lo mencionaba, y si lo hac&#237;a, era para insultarlo durante una de sus crisis, mientras romp&#237;a espejos, porcelanas o ambas cosas. Sin embargo, la mayor parte de las veces aceptaba bien que &#233;l la hubiera abandonado embarazada de Elisa y no hubiera regresado jam&#225;s, quiz&#225; porque a partir de entonces hab&#237;a dispuesto de dinero en abundancia y de todos los hombres que hab&#237;a deseado. El &#250;ltimo que Elisa conoci&#243; era un masajista negro: fue precisamente a los pies de este que Elisa vomit&#243; un d&#237;a el almuerzo, y su madre decidi&#243; al fin llevarla a un gabinete psicol&#243;gico.

Todo se hizo como sol&#237;a hacerse en tales casos (luego lo supo): la diagnosticaron de algo llamado bulimia nerviosa y le pasaron un test de medio centenar de preguntas tontas, al estilo de qu&#233; color te gusta m&#225;s o cu&#225;l es tu canci&#243;n preferida. Pero, al parecer, Elisa ofreci&#243; las respuestas adecuadas, porque le pidieron que acudiera a otro gabinete algo m&#225;s raro que el primero, donde le hicieron nuevas preguntas y la sondearon sobre su familia y amigos (pero &#191;qu&#233; familia y qu&#233; amigos?). All&#237; le ense&#241;aron a relajarse, a combatir por s&#237; misma la bulimia y, sobre todo, a gozar hasta extremos que Elisa no pod&#237;a ni imaginar que existieran, tras trece a&#241;os de vida llena de privaciones, con im&#225;genes de personas movi&#233;ndose y hablando, vestidas o no. Luego la indujeron a participar en curiosos ejercicios, como aquel tan divertido en que deb&#237;a permanecer inm&#243;vil de cintura para arriba, sin traspasar un &#225;rea delimitada por un tr&#237;pode. Con el tiempo se enterar&#237;a de que eran ejercicios propios del f&#237;lico de Carne, y de que esa era su filia. No consist&#237;a en que le gustaran m&#225;s las chuletas que el pescado, como le hab&#237;a comentado jocosamente uno de los psic&#243;logos: -Los nombres de las filias son simples nombres, como los de las flores. Ser f&#237;lica de Carne solo significa que tu psinoma posee una estructura espec&#237;fica y resulta cautivado por ciertos gestos, aspectos y palabras de otras personas que no son, por ejemplo, los que me cautivan a m&#237;, que soy f&#237;lico de M&#225;scara.

Elisa replic&#243;, en broma, que agradec&#237;a la explicaci&#243;n, pero que segu&#237;a sin entender nada. &#191;Qu&#233; era el psinoma? Sin embargo, en aquel mundo a la inversa no entender nada era precisamente, seg&#250;n el mismo psic&#243;logo, la m&#225;xima sabidur&#237;a. Si no entend&#237;a nada, estar&#237;a m&#225;s capacitada para gozar, para dejar en libertad su psinoma y disfrutar de aquello que realmente la hac&#237;a disfrutar, sin explicaci&#243;n alguna. Como cuando interpretas un papel en el teatro -le hab&#237;a dicho-: no eres t&#250; la autora de la obra, sino quien habla lo que la obra dice. Y ciertamente, lo &#250;nico que a Elisa le importaba era seguir haciendo todos aquellos ejercicios, seguir jugando a moverse, vestirse y hablar como le indicaban. Sus estudios en el colegio, la vida en casa de su madre y hasta su sue&#241;o de ser periodista pasaron a un segundo plano. Lo &#250;nico que quer&#237;a hacer era eso.

Luego, cuando aquellos hombres tan serios de traje azul oscuro se entrevistaron en privado con su madre, Elisa fue invitada a hacer las maletas y despedirse para siempre de la Eli sa triste y desgraciada que hab&#237;a sido alguna vez. Durante un par de a&#241;os hab&#237;a residido en una especie de colegio universitario en la sierra de Madrid, y despu&#233;s le hab&#237;an adjudicado aquel piso de Legan&#233;s compartido con Vera. Conoci&#243; los teatros, ley&#243; a Shakespeare, se enamor&#243; de un compa&#241;ero y luego de Vera. Ve&#237;a a su madre a ratos perdidos y, por primera vez, sus conversaciones con ella acababan en paz. Ten&#237;a buenos amigos, se sent&#237;a realizada y feliz.

Y cuando le dijeron que todo aquello era ser cebo, no le import&#243;.

Hab&#237;a deseado serlo antes de saber c&#243;mo se llamaba.


Los dos hombres le bloquearon el paso situ&#225;ndose en diagonal, no de frente, para impedir que cruzara la acera o retrocediera. El vaho de ambos converg&#237;a en su rostro y ol&#237;a a cerveza agria.

Mira lo que tenemos aqu&#237;.

Uau. &#191;Sola? &#191;Te has perdido?

&#191;Perdido? Nooo. M&#237;rala por detr&#225;s. -Una risita.

&#161;Vaya culo!

Vaya pantal&#243;n, mejor. -Rieron-. Te quedar&#237;a bien a ti.

Hablaban castellano con dificultad. Elisa supuso que ser&#237;an rumanos, o checos. Ambos eran muy j&#243;venes y muy rubios, y por la indumentaria parec&#237;an traficantes, probablemente vulgares. El de su izquierda, que era el de m&#225;s baja estatura, vest&#237;a una apretada chaqueta que, a la luz de una valla que destellaba anunciando la proximidad de la disco club Tarquin, parec&#237;a como de piel de serpiente. El otro se cubr&#237;a con un abrigo largo de cuero, y ten&#237;a el cabello m&#225;s abundante y enmara&#241;ado que su socio y el rostro alargado, como de lobo. Sin duda ambas prendas las hab&#237;an comprado a los chinos o canjeado por p&#237;ldoras. Serpiente y Lobo: dos idiotas, pens&#243; Elisa. Dos colocados de medio pelo que confiaban en vender su mercanc&#237;a en los clubes, y si la noche se presentaba propicia, robar a cualquier despistado o violar a una chica, o puede que ambas cosas al mismo tiempo. Quiz&#225; llevaran armas de fuego, pero Elisa dudaba de que las usaran alguna vez.

Cruzaron unas cuantas palabras en otro idioma y luego Lobo dijo:

&#191;Eres una puta? Pareces una ni&#241;a.

Dejadme -murmur&#243; Elisa en un tono calculadamente neutro, bajando la cabeza muy despacio, como le hab&#237;an ense&#241;ado, y entornando los p&#225;rpados.

Por favor -indic&#243; Lobo apunt&#225;ndola con un dedo enguantado-. Se&#241;orita no educada. D&#233;jame, por favor.

D&#233;jame, por favor -repiti&#243; Elisa, d&#243;cil.

&#191;Queremos dejarla? -pregunt&#243; Lobo.

Durante un instante no hubo respuesta.

No, no queremos -dijo al fin Serpiente en un tono distinto-. No vamos a dejarla.

Incluso su amigo pareci&#243; sorprendido y lo mir&#243;, titubeante. Lo que para Lobo continuaba siendo una broma, para Serpiente se hab&#237;a convertido en algo m&#225;s serio.

Aquella reacci&#243;n intrig&#243; a Elisa. Desde luego, no parec&#237;an f&#237;licos de Holocausto: ninguno de ellos miraba con fijeza las correas del bolso sobre su hombro. Y a juzgar por el tono de voz de Serpiente al decir m&#237;rala por detr&#225;s, calcul&#243; que el cabecilla deb&#237;a de ser &#233;l. Pero &#191;qu&#233; le ocurr&#237;a? &#191;Por qu&#233; aquel repentino cambio?

Prob&#243; a improvisar un gesto de paso: se apart&#243; unas guedejas de la sien. Comprob&#243; que Serpiente segu&#237;a con los ojos fijos en el centro de su cuerpo, sin que el gesto lo distrajera. Se pregunt&#243; si ser&#237;a f&#237;lico de Carne, como ella, de los que se enganchan con fantas&#237;as en relaci&#243;n con el torso y las piernas. Sin manos, sin texto verbalizado, como el personaje de Lavinia, la muchacha de la horrible obra de juventud de Shakespeare, Tito Andr&#243;nico, a quien cortan manos y lengua para impedir que delate a sus violadores. El fallecido genio V&#237;ctor Gens (Elisa hab&#237;a le&#237;do sus libros varias veces) afirmaba que Lavinia era un s&#237;mbolo de la m&#225;scara de Carne, como toda aquella obra. Recordaba sus palabras: La carne es inconsciente, no act&#250;a, no habla. La t&#233;cnica se basa en no gesticular ni enviar texto alguno, solo mostrar el cuerpo como objeto usable. Era cierto, un psic&#243;logo h&#250;ngaro lo hab&#237;a probado con cebos drogados. Pero todo eso era la teor&#237;a, ahora se hallaba en medio del ejercicio pr&#225;ctico. El coraz&#243;n le lat&#237;a con fuerza, casi pod&#237;a o&#237;rlo bombear como una m&#225;quina de pistones bajo su top de l&#225;tex luminoso.

Tras un primer instante de sorpresa, Lobo festej&#243; la nueva actitud de su camarada. Se situ&#243; a espaldas de Elisa, cogi&#243; su trenza y la movi&#243; juguetonamente de un lado a otro. &#191;Por qu&#233; no? -parec&#237;a decir-. Este momento es tan bueno como cualquier otro.

&#191;Cu&#225;nto pides por los dos? -dijo burl&#243;n en su o&#237;do mientras palpaba su trenza.

No puedo ahora, por favor.

No puede ahora. Oh. Entonces, &#191;cu&#225;ndo? &#191;Ma&#241;ana?

Lo har&#225; gratis -mascull&#243; Serpiente-. Gratis. A los dos. Ahora.

Eso es. Y le gustar&#225;.

Claro que le gustar&#225;.

Serpiente no la hab&#237;a tocado a&#250;n (otra prueba de que era el m&#225;s vulnerable), aunque se acercaba tanto que su chaqueta presionaba el hombro izquierdo de Elisa. Ella le o&#237;a jadear. Decidi&#243; darles una &#250;ltima oportunidad.

Dejadme -insisti&#243;, y agreg&#243; mirando a Serpiente-: soy peligrosa.

Eh, &#191;has o&#237;do? -aull&#243; Lobo tras ella, oprimi&#233;ndole una nalga-. Es peligrosa

Lobo no importa -pensaba Elisa-. Conc&#233;ntrate en el jefe. No quer&#237;a hacerles da&#241;o, porque estaba claro que ninguno era el Espectador, pero se estaba poniendo un poco nerviosa, y decidi&#243; tomar la iniciativa. En cuesti&#243;n de d&#233;cimas de segundo clausur&#243; sus percepciones conscientes. Para ello aprovech&#243; el mareo que la droga le produc&#237;a y se concentr&#243; en una pantomima que hab&#237;a realizado d&#237;as antes, junto a otra chica, en Los Guardeses. Su memoria recuper&#243; los olores, tonalidades y texturas del decorado y el cuerpo de su compa&#241;era, y el presente se disolvi&#243; como las nubes de vaho que expel&#237;a. Desvi&#243; el rostro hacia el lado opuesto a Serpiente, pero se cuid&#243; de no hablar ni gesticular. Mutilada, como dir&#237;a su entrenador.

La reacci&#243;n fue instant&#225;nea.

Serpiente se qued&#243; inm&#243;vil, mir&#225;ndola como si no supiera qu&#233; estaba viendo. Elisa se percat&#243; de que le hab&#237;a dado tanto placer que el chico se hallaba casi pre-pose&#237;do.

Largaos y dejadme en paz -orden&#243; a Serpiente, y escap&#243; por su lado.

Camin&#243; sin apresurarse haciendo caso omiso a las llamadas quejosas de Lobo, y de repente oy&#243; una discusi&#243;n en su idioma. Gir&#243; la cabeza y vio a Serpiente alejarse con rapidez y a Lobo seguirle un poco confuso, mirando de vez en cuando hacia ella y quiz&#225; pregunt&#225;ndose por qu&#233; su compa&#241;ero hab&#237;a dejado escapar aquel bocado f&#225;cil. Elisa estaba segura de que Serpiente so&#241;ar&#237;a con ella esa noche, y probablemente todas las sucesivas. Se masturbar&#237;a pensando en ella. Quiz&#225; enfermara de obsesi&#243;n. Quiz&#225; se cortara las venas. Pero lo ten&#237;a bien empleado, decidi&#243;.

Apret&#243; el paso hasta rebasar el anuncio luminoso del club Tarqu&#237;n y reprimi&#243; un malvado deseo de re&#237;r. &#191;Qui&#233;n pod&#237;a negar que ser cebo era maravilloso? De haber querido, habr&#237;a hecho lo que le hubiera dado la gana con aquel par de idiotas. Cualquier cosa. Pensar eso le hac&#237;a sentirse poderosa, invencible. &#161;Qu&#233; bien lo hab&#237;a resuelto todo y con cu&#225;nta limpieza! El enganche hab&#237;a sido ejemplar, r&#225;pido y sutil. Ten&#237;a que cont&#225;rselo a Vera, la facilidad con que hab&#237;a manejado la situaci&#243;n. &#161;C&#243;mo le habr&#237;a gustado a su madre dominar a los t&#237;os as&#237;! Esa nueva ocurrencia la hizo re&#237;r. Entonces ech&#243; un vistazo al reloj, y, para mayor contento, descubri&#243; que su turno hab&#237;a concluido, y se dirigi&#243; exultante al final de la calle, donde se hallaba la parada del autob&#250;s. Ni siquiera se percat&#243; del coche verde manzana aparcado en el bordillo de la acera por la que caminaba, cuyos cristales tintados reflejaron la luz de las farolas al abrirse bruscamente la portezuela del conductor.

A&#250;n alegre, Elisa mir&#243; hacia atr&#225;s cuando ya era demasiado tarde.



7

Mi padre se llamaba Eduardo. Eso fue lo primero que escuch&#233; aquella noche, hace trece a&#241;os:

Te llamas Eduardo.

No s&#233; por qu&#233; me despert&#233;, ya que quien hablaba no estaba gritando. Al contrario, su tono era curiosamente dulce. Me frot&#233; los ojos y mir&#233; el reloj de la mesilla, uno muy bonito con forma de p&#225;jaro y una pantalla redonda insertada en una de las alas extendidas. Y esto es algo que tengo como grabado a fuego: las 3.38 marcaba, con n&#250;meros verdes. Me intrig&#243; que los n&#250;meros no brillaran. Deber&#237;an haberlo hecho, ya que eran fosforescentes y a m&#237; me gustaba mucho verlos resplandecer en la oscuridad, pero hab&#237;a algo en mi habitaci&#243;n, algo inusual, que lo imped&#237;a.

Hab&#237;a luz.

Es decir, no del todo. Mi cuarto estaba a oscuras, pero la puerta se hallaba abierta y la luz llegaba desde la escalera, sin duda desde el sal&#243;n de la planta baja. Supuse que alguien hab&#237;a abierto la puerta, quiz&#225; mam&#225;, y luego hab&#237;a salido sin cerrarla. Era una idea absurda, ya que mam&#225; nunca era tan descuidada, pero eso fue lo que pens&#233;.

Me dispon&#237;a a llamarla cuando escuch&#233; risas y otras voces, entre ellas la de Oksana, nuestra criada, as&#237; como de nuevo aquella voz:

Muy bien, Eduardo. Ahora, calma. No vamos a entender a usted si no calma

Un tono viril y a la vez dulce. Me agradaba sin que pudiese evitar, al mismo tiempo, un cosquilleo creciente en el est&#243;mago, como si fuese una medicina que solo hiciera efecto al cabo de unos minutos de ser ingerida. Era la voz de un hombre, pero la relacion&#233; de inmediato con la de Oksana, que chapurreaba de igual forma el castellano. No vamos a entender a usted si no calma. Me hac&#237;a gracia aquella expresi&#243;n. De hecho, pens&#233; que hab&#237;a una especie de fiesta en el sal&#243;n, y que uno de los amigos de pap&#225; estaba imitando la voz de Oksana. Pero &#191;por qu&#233; una fiesta a esas horas?

Me esforc&#233; en recordar lo que hab&#237;amos hecho aquel d&#237;a: era s&#225;bado, y mi familia y yo hab&#237;amos ido al cine a ver una bonita pel&#237;cula, una historia de amor de las que nos gustaban tanto a mam&#225; y a m&#237;, y Vera hab&#237;a volcado el bote de palomitas en el suelo, bajo su butaca, y mam&#225; le hab&#237;a re&#241;ido. Estaba segura de que pap&#225; no nos hab&#237;a dicho que hubiese ninguna fiesta esa noche, y adem&#225;s era muy tarde. Descart&#233; esa idea.

Entonces, tras levantarme en silencio y acercarme al umbral, me di cuenta de que, bajo las voces joviales, alguien sollozaba.

Cuando por fin supe qui&#233;n era, me sent&#237; culpable por no haberla reconocido antes. A lo largo de los a&#241;os me ha venido a la cabeza muchas veces la imagen de mi madre, su rostro, sus labios movi&#233;ndose, pero nunca dici&#233;ndome palabras. En mi memoria, desde aquella noche, mam&#225; no ha vuelto a hablarme jam&#225;s: solo llora en voz baja, entre hipidos ininteligibles.

Sal&#237; al pasillo, pero me detuve antes de llegar a la baranda de la escalera, al escuchar el susurro fren&#233;tico de la voz de pap&#225;.

 que no lo ves? Ya estoy calmado Y ahora, &#191;por qu&#233; no dejas que mi mujer suba un momento a ver a las ni&#241;as?

Eduardo, escuche

Estoy calmado Ser&#225; solo un momento. Maite, por favor, deja de llorar

Mi puerta era la &#250;ltima del pasillo. A mi derecha, el cuarto de Vera tambi&#233;n estaba abierto, pero por fortuna Vera se hallaba en la cama, dormida. Y a trav&#233;s de la puerta del dormitorio de mis padres, abierta de par en par, vislumbr&#233; en el suelo el edred&#243;n rojo y la s&#225;bana. Pens&#233; que mam&#225; se enfadar&#237;a si descubr&#237;a aquel caos, pero de inmediato razon&#233; que ya ten&#237;a que haberlo visto, porque era ella quien lloraba.

Me acerqu&#233; con sigilo a la escalera. No estaba realmente asustada, pero de alg&#250;n modo me parec&#237;a prudente que las personas del sal&#243;n no me vieran. Por eso escog&#237; la escalera y no el pasillo, ya que sab&#237;a que desde aquella pod&#237;a abarcar gran parte de la planta baja sin ser vista. Descend&#237; unos cuantos pelda&#241;os sin hacer ruido con mis pies descalzos, mientras estiraba el cuello para mirar a trav&#233;s de las barras de madera de la baranda, como quien intenta divisar un escenario desde una mala localidad.

Al primero que vi fue a pap&#225;. Estaba atado con cinta adhesiva a una silla de frente a la escalera. La cinta era plateada, y cruzaba su pecho y vientre desnudos bajo la camisa del pijama abierta, enrosc&#225;ndose en piernas y tobillos. Estaba casi irreconocible, con el rostro rojizo y sudoroso y el cabello alborotado. Entornaba mucho los ojos, y comprend&#237; que era porque no llevaba las lentillas que se quitaba siempre al acostarse, ni tampoco gafas. Fue ese detalle, absurdamente, lo que m&#225;s me aturdi&#243;, ese descuido en un hombre como &#233;l, alto cargo en una empresa que fabricaba fibra de vidrio, siempre tan pulcro y elegante.

Oksana, la chica ucraniana de servicio que hab&#237;amos contratado hac&#237;a dos meses, se hallaba de pie junto a pap&#225;. Era muy joven, apenas veinte a&#241;os, rubia y bajita. No llevaba uniforme sino la cazadora y los vaqueros que se pon&#237;a en los d&#237;as libres, e interven&#237;a en la conversaci&#243;n con frecuencia, hablando en su idioma o en su extra&#241;o castellano. Me sorprendi&#243; mucho verla hablar: gesticulaba con violencia y alzaba la voz, en contraste con la persona sumisa que me hab&#237;a parecido hasta entonces. A mam&#225; no pod&#237;a verla, sin duda porque estaba sentada en el lado opuesto a pap&#225;, bajo la escalera, pero las otras dos personas que hab&#237;a en el sal&#243;n no paraban de moverse, y las vi con claridad. Eran un hombre y una mujer. La mujer se mov&#237;a de espaldas a la escalera, por lo que solo logr&#233; atisbar su cuantioso cabello casta&#241;o oscuro y su chaqueta de cuero. El hombre, el propietario de aquella voz, iba y ven&#237;a desde la silla de pap&#225; al sof&#225;. Su detalle m&#225;s llamativo era que ten&#237;a la cabeza rapada por completo salvo una mata de pelo central que iba desde la frente a la nuca, negra y espesa como la crin de un caballo.

Eduardo -dec&#237;a Hombre Caballo con aquella forma de pronunciar que sonaba a Edardo-. Ni&#241;as bien. Calma.

Estoy calmado, joder -jadeaba pap&#225;, pero desde luego no lo estaba-. Te repito que estoy calmado. Y ya os di las tarjetas y las claves &#191;Qu&#233; m&#225;s quer&#233;is, co&#241;o?

Cash -dijo Hombre Caballo frot&#225;ndose el &#237;ndice y el pulgar derechos de una manera que yo sab&#237;a que significaba dinero-. &#191;Entiende?

&#161;No tengo efectivo en casa, ya te lo he dicho! &#161;No cash&#161; &#191;Entiendes t&#250;?

No grite -advirti&#243; Hombre Caballo-. Oksa no cree eso. Oksa dice ver dinero, muchos billetes usted en despacho. D&#243;nde est&#225;.

A veces he tenido dinero en casa, pero no acostumbro a

Oksana entonces hizo algo. Se situ&#243; frente a mi padre de un brinco, tan r&#225;pida que me sobresalt&#243;, y empez&#243; a gritarle. Oksa era bonita, todos lo dec&#237;amos. Aunque su rostro era grueso y redondo, su silueta era esbelta y su mirada, grande, de ciervo asustado. Pero en aquel momento ten&#237;a la cara roja y una vena le hinchaba el cuello.

&#161;Dinero! -grit&#243; y le dio una bofetada a mi padre-. &#161;Dinero! &#161;Tienes! -Lo golpe&#243; otra vez en un vaiv&#233;n de su peque&#241;a mano: eran golpes de fuerza inaudita, o as&#237; me lo parecieron, y la gruesa cabeza de mi padre giraba de un lado a otro-. &#161;D&#243;nde! &#161;Dormitorio! &#161;Despacho! &#161;D&#243;nde!

Hombre Caballo dijo: Oksa, y ella se detuvo a duras penas, jadeante. Al mismo tiempo el llanto de mi madre se convirti&#243; en una s&#250;plica desgarradora. La otra mujer, la del cabello casta&#241;o, se movi&#243; fuera de mi vista, o&#237; otro golpe y luego el grito de mam&#225;, lo cual provoc&#243; que pap&#225; tambi&#233;n gritara y Oksa corriera a cerrar las cortinas. El breve alboroto camufl&#243; mis propios sollozos. Ver a Oksana golpear a mi padre me hab&#237;a dejado petrificada. Sent&#237; que iba a orinarme encima, como si de repente hubiese retrocedido en el tiempo y, en vez de doce a&#241;os, me hubiese convertido en una ni&#241;a de cinco como Vera. Me llev&#233; las manos a la boca e intent&#233; detener el llanto o atenuarlo, pero solo cuando regres&#243; el silencio logr&#233; aguantar la respiraci&#243;n de manera que mi lloriqueo, aunque prosegu&#237;a, carec&#237;a de energ&#237;a para hacerse o&#237;r. Aun sin saberlo, hab&#237;a realizado uno de los ejercicios de autocontrol que luego me salvar&#237;an la vida en tantas ocasiones.

Edardo -retorn&#243; a hablar Hombre Caballo cuando los dem&#225;s callaron, pero su voz ya no me parec&#237;a dulce: era como un animal de bellos colores que de repente ense&#241;ara los colmillos-. Hacemos algo. No queremos hacer, pero usted no ayuda &#191;Traemos ni&#241;as? -Mientras el hombre hablaba, Oksana se hab&#237;a situado de espaldas a pap&#225; y le tapaba la boca con m&#225;s cinta el&#225;stica. Las mejillas de pap&#225; se hinchaban como los peces globo que Vera y yo contempl&#225;bamos en los v&#237;deos educativos de ordenador-. &#191;Quiere eso? &#191;Traemos ni&#241;as?

Pap&#225; dec&#237;a que no con la cabeza y su silla cruj&#237;a como un juguete de cuerda. El sollozo de mam&#225; era ahora un chillido, pero atenuado, como si tambi&#233;n le estuvieran tapando la boca-. &#191;Prefiere mujer? &#191;Ni&#241;as? Usted elija.

Ni&#241;as -dijo Oksana inclinada sobre pap&#225; desde atr&#225;s, sujetando su cabeza con la mano-. Dice ni&#241;as. Le gustan m&#225;s. -Pap&#225; no dec&#237;a nada, solo gimoteaba con el rostro de color cereza y las mejillas temblorosas y rebosantes sobre la mordaza, pero Oksana parec&#237;a disfrutar, y mientras le agarraba el pelo con una mano llev&#243; la otra bajo su vientre y le toc&#243; all&#237; donde yo nunca quer&#237;a mirar y siempre miraba-. S&#237; prefiere ni&#241;as. Edardo prefiere ni&#241;as peque&#241;as. -Y lanz&#243; una carcajada.

No queremos. -Hombre Caballo apuntaba a mi padre con el dedo-. No queremos. Pero t&#250; obligas. Oksa, ve por ni&#241;as.

Fue aquella orden lo que me hizo reaccionar. Casi sent&#237; como si alguien me hubiese quitado el freno de mano: un crujido y mis articulaciones recobraron el movimiento. Pero no pod&#237;a levantarme, las piernas me temblaban demasiado, de modo que me arrastr&#233; hasta lo alto de la escalera rasp&#225;ndome las rodillas y empec&#233; a gatear en direcci&#243;n al cuarto de Vera. Lo &#250;nico que acertaba a comprender era que ten&#237;a que proteger a mi hermana. Mi cerebro era la habitaci&#243;n del terror y yo me hallaba encogida y a oscuras en su interior, y solo pod&#237;a pensar: Vera. Vera. Vera.


&#191;Y?

No hay m&#225;s. A partir de ese instante sigo sin recordar nada.

Bueno -dijo el doctor Ar&#237;stides Valle, pero en un tono inseguro, como si mi amnesia le defraudara, y se ajust&#243; las gafas sin montura, de cristales redondos, en un gesto muy caracter&#237;stico. La consulta era un pozo de calma y penumbra. Yo permanec&#237;a sentada frente al escritorio, los codos en los muslos, inclinada hacia delante como si acabara de vomitar-. De todas formas, hemos avanzado -agreg&#243;-. No mucho, pero s&#237; algo desde el otro d&#237;a. Si lo dejamos ahora, todo el camino que hemos recorrido no habr&#225; servido de nada

Asent&#237; y separ&#233; las piernas al tiempo que tomaba aire. Ten&#237;a algo de calor, pero no me quit&#233; la cazadora. Tampoco habl&#233;, aguard&#233; en silencio a que Valle continuara.

&#191;Entiendes lo que estoy intentando decirte, Elena? Si dejamos esto ahora, todo el esfuerzo realizado a lo largo de las &#250;ltimas consultas ser&#225; en vano. Como inflar un globo sin hacerle un nudo -dijo, pero no logr&#243; sorprenderme; yo ya estaba acostumbrada a sus met&#225;foras-. Comprendo lo dif&#237;cil que tiene que ser para ti recordar. Tienes un bloqueo en esa parte, es t&#237;pico de algunos traumas, pero cr&#233;eme si te digo que hemos dado varios pasos muy positivos. Ese suceso de tu adolescencia puede relacionarse con tus s&#237;ntomas. Si dejas la terapia, tendr&#225;s que empezar desde cero en el futuro

Tragu&#233; una bola de saliva y carraspe&#233;.

Lo s&#233; -dije-. Pero no puedo seguir viniendo.

Valle me observaba con la cara apoyada en una mano.

Podemos arreglarlo si es por dinero -propuso-. En serio. No me pagues hasta

No, no es eso. De verdad, le agradezco que me haya escuchado. Es que, sencillamente, no puedo venir m&#225;s.

Comprendo -admiti&#243; Valle sin insistir, y respir&#243; hondo.

Tos&#237; un poco, sintiendo que mis mejillas ard&#237;an (sab&#237;a que ten&#237;an que estar rojas), y mir&#233; de hito en hito a Valle mientras aguardaba a que me dejase marchar. No quer&#237;a mostrarme brusca, pero la decisi&#243;n estaba tomada. Ya no ten&#237;a por qu&#233; seguir acudiendo a su consulta, y, tal como hab&#237;a hecho con &#193;lvarez y Padilla cuatro d&#237;as antes, quer&#237;a quemar todas mis naves para empezar una nueva vida. Por eso hab&#237;a pedido adelantar la cita a aquel jueves, para que Elena pudiera desaparecer tambi&#233;n, y cuanto antes mejor. De modo que segu&#237; aguardando, la mirada posada en alg&#250;n lugar alrededor del rostro de Valle, aunque de vez en cuando examin&#225;ndolo directamente a la luz de la pantalla de ordenador abierta sobre su mesa.

Ar&#237;stides Valle era atractivo, pero sobre todo elegante y dulce. Tendr&#237;a unos cuarenta a&#241;os, complexi&#243;n corpulenta y estatura media, con el pelo color ceniza cortado a cepillo. Su rostro ovalado, juvenil y carnoso, transmit&#237;a una apropiada sensaci&#243;n de calma inalterable, como un estanque que ninguna piedra pudiera perturbar m&#225;s all&#225; de unos cuantos segundos. Cuando hablaba, se inclinaba hacia delante, como si quisiera salvar la distancia que nos separaba y situarse a cent&#237;metros de mi cara. Vest&#237;a siempre conjuntos perfectos: en aquella ocasi&#243;n camisa de tonos morados, pantalones a juego y corbata fucsia. Era un hombre culto, de ademanes suaves, desenvuelto, que parec&#237;a dotado de infinita paciencia para soportar los silencios. Yo hab&#237;a acudido a su consulta privada cuatro semanas atr&#225;s aduciendo dolores de cabeza e insomnio, y ahora, tras cuatro sesiones de charla durante las cuales hab&#237;a contado lo que lograba recordar sobre el horrible episodio que cambi&#243; mi vida (por supuesto, con nombres falsos y sin revelar nada m&#225;s), hab&#237;a decidido abandonar. Me dio por pensar, mientras lo contemplaba, que el doctor Valle ya nunca conocer&#237;a mi verdadero yo.

Si es que yo ten&#237;a alg&#250;n verdadero yo al que poder llamar as&#237;.

De s&#250;bito Valle quebr&#243; el silencio, pero en un tono m&#225;s campechano, como si se le hubiese ocurrido algo nuevo.

&#191;Puedo hacerte una pregunta, Elena?

Claro.

&#191;Me has contado toda la verdad?

Parpade&#233;.

&#191;C&#243;mo?

Mi sorpresa le satisfizo, en cierto modo. Se retrep&#243; en el asiento y volvi&#243; a ajustarse las gafas. Al hablar, lo hizo casi con timidez, aunque en &#233;l parec&#237;a fingida.

&#191;Sabes? Llevo m&#225;s de veinte a&#241;os en este oficio, quince en Espa&#241;a, antes casi cinco en Argentina, un per&#237;odo en los Estados Unidos Esos de ah&#237; son mis diplomas. -Hizo un adem&#225;n hacia la pared a su espalda y sonri&#243;-. Pero nada de lo que he estudiado en mi vida, nada, &#243;yeme bien, me ha ayudado tanto en mi profesi&#243;n como mi infancia en un barrio pobre de Bogot&#225;. Te aseguro que soy psic&#243;logo desde mucho antes de que me dieran el t&#237;tulo, porque en mi pa&#237;s hab&#237;a que ser un poco psic&#243;logo desde ni&#241;o para saber de qui&#233;n pod&#237;as fiarte, qui&#233;n era sincero y qui&#233;n intentaba hacerte da&#241;o. He visto mucha miseria y dolor -Mir&#243; hacia el techo, titubeando antes de proseguir, y supe que iba a emplear otra met&#225;fora-. Como esos pescadores de perlas asi&#225;ticos, que pueden bucear mucho tiempo sin ox&#237;geno porque los entrenan de ni&#241;os A m&#237; me ense&#241;&#243; la vida a aguantar la respiraci&#243;n, Elena, y conozco un poco las profundidades. Todo lo que he hecho despu&#233;s solo ha servido para explicarme qu&#233; fue lo que aprend&#237;. Para eso sirven los estudios y los libros, no para otra cosa: para explicarte lo que aprendes en la calle. Y t&#250; pensar&#225;s, &#191;por qu&#233; me cuenta este rollo? -No era una pregunta que esperase respuesta, y no respond&#237;-. Yo te lo dir&#233;: porque puedo percibir cu&#225;ndo alguien me miente, cu&#225;ndo tratan de enga&#241;arme, cu&#225;ndo ocultan cosas Y, por la raz&#243;n que sea, t&#250; has estado minti&#233;ndome desde el principio.

No se me ocurri&#243; qu&#233; decir. Me mordisque&#233; el dedo pulgar como si chupara los restos de alg&#250;n dulce mientras miraba a Valle con fijeza. &#201;l tambi&#233;n me observ&#243; un rato, y luego, de improviso, movi&#243; la mano frente a la pantalla sensible del ordenador.

Elena Fuentes Marchena -ley&#243;-, veinticinco a&#241;os, natural de Madrid, remitida hace cuatro semanas por consejo de un compa&#241;ero -Pas&#243; por alto varios datos, como si quisiera llegar a lo esencial-. Insomnio, cefaleas, p&#233;rdida de apetito, s&#237;ntomas compatibles con una depresi&#243;n que no responde a los tratamientos habituales Antecedentes -Se detuvo y me mir&#243; sin expresi&#243;n-. Y aqu&#237; es donde dejo de entender las cosas.

Me despej&#233; la frente de los pocos cabellos que no hab&#237;an querido unirse a la mayor&#237;a, recogidos en una cola. Mientras aguardaba a que Valle prosiguiera, frunc&#237; el ce&#241;o, sinti&#233;ndome como una estudiante d&#237;scola rega&#241;ada por un maduro y atractivo profesor.

Esto no encaja. Te explico. Se menciona el horrible suceso de tu familia. No es algo, por otra parte, que yo desconozca. Es la t&#237;pica t&#233;cnica de la criada. En Bogot&#225; comenzaron a practicarla en las casas de gente rica. Ella entra a servir con nombre y documentos falsos, pasa varias semanas tomando datos sobre los h&#225;bitos y el lugar donde se guarda el dinero, y luego, una noche, desconecta los c&#243;digos de alarma y abre la puerta a sus amigos, que son los que act&#250;an. Por lo general, se limitan a robar y marcharse. En este caso, todo se complic&#243;, porque se trataba de unos psic&#243;patas. Les hicieron mucho da&#241;o a ustedes Todo eso es correcto. Pero hay un punto desconcertante.

Volvi&#243; a mover la mano para cambiar de archivo, y esta vez hizo girar la pantalla en mi direcci&#243;n.

Busqu&#233; la noticia en la hemeroteca, porque, como te digo, pensaba que no me contabas la verdad. Y la encontr&#233;, en efecto. Esta es la p&#225;gina de El Pa&#237;s. La fecha encaja con tu versi&#243;n. Pero, aunque los nombres de los componentes de la familia se mencionan solo con iniciales, como puedes comprobar t&#250; misma, las iniciales de vuestros nombres no se corresponden con los que me has dado.

Cambiaron las iniciales para proteger nuestra intimidad -dije.

Valle hizo un moh&#237;n, como si me diera la raz&#243;n en algo banal y me la quitara al mismo tiempo en lo importante.

Podr&#237;a ser, y eso pens&#233;, pero &#191;Sabes lo que es Winf-Pat? Un entramado de informes y archivos cifrados de la red donde puedes encontrar todo sobre cualquier paciente del mundo, con los permisos adecuados. El acceso completo solo se facilita por orden judicial, pero existen modos de acceso parcial que usan m&#233;dicos y psic&#243;logos penales. Al llegar a Espa&#241;a, trabaj&#233; un tiempo atendiendo a delincuentes, y a&#250;n me ocupo de ciertos casos, de modo que poseo una clave de acceso. Intrigado por lo de las iniciales, busqu&#233; el suceso y obtuve los nombres de las personas de los peri&#243;dicos: Diana Blanco y Vera Blanco eran las hermanas de la noticia, no Elena ni Cristina.

Mir&#233; a Valle largamente durante la pausa que sigui&#243;. No estoy muy segura de cu&#225;nto dur&#243; aquella pausa. Record&#233; una vez, durante un ensayo de Romeo y Julieta para Gens, en la granja, en el que Claudia Cabildo y yo interpretamos a los amantes y durante todo el tiempo hab&#237;amos tenido que mirarnos sin tocarnos, entregando el texto como en fugaces rel&#225;mpagos de aliento, mientras nuestra excitaci&#243;n era llevada al l&#237;mite por una droga. Por un momento pens&#233; que el doctor Valle y yo nos mir&#225;bamos de igual forma, separados por el balc&#243;n insalvable del escritorio.

Al principio pens&#233; que me hab&#237;as mentido, tan solo -prosigui&#243; Valle tras comprender que yo no iba a confesar-. Algunos simuladores, incluso, pueden llegar a falsificar documentos oficiales Pero lo m&#225;s curioso es que existen realmente una Elena y una Cristina Fuentes en Winf-Pat con un suceso id&#233;ntico en su historial pero ninguna otra prueba de su existencia, introducidas all&#237; como por la fuerza. -Se encogi&#243; de hombros-. Direcciones distintas, familias distintas, historial similar Todo muy raro. M&#225;s a&#250;n si tenemos en cuenta que, para falsificar los archivos de Winf-Pat, se necesita algo m&#225;s que simple habilidad o deseos de mentir

Hizo otra pausa, ofreci&#233;ndome una nueva oportunidad de confesi&#243;n. Pero yo estaba distra&#237;da con una idea repentina. Psic&#243;logo, pensaba. Y me preguntaba, aunque no por primera vez, hasta qu&#233; punto pod&#237;a conocer la existencia del psinoma, y qu&#233; dir&#237;a si alg&#250;n d&#237;a llegaba a conocerla.

Qu&#233; dir&#237;a el querido psic&#243;logo si llegaba a enterarse, por ejemplo, del experimento clandestino sobre filia de Fuego llamado en clave Sixtant, donde se demuestra que el placer que sentimos podemos transmitirlo a otro ser humano tan solo toc&#225;ndolo, como si ardi&#233;ramos y lo quem&#225;ramos con nuestras llamas, no importaba que fu&#233;semos del mismo sexo o distinta edad. Qu&#233; dir&#237;a si supiera la verdad sobre el deseo humano y el amor. &#191;O quiz&#225; ya la sab&#237;a? Pero lo dudaba, parec&#237;a un hombre optimista.

&#191;Qui&#233;n eres, Elena? -Valle baj&#243; la voz, como quien habla junto a un ni&#241;o dormido-. &#191;O debo decir Diana? &#191;De d&#243;nde has salido? No pareces tan solo una mentirosa. &#191;Por qu&#233; no me cuentas la verdad y luego, si quieres, te marchas y no regresas? Es como si llevaras una m&#225;scara &#191;Por qu&#233; no te la quitas?

Aquella nueva met&#225;fora me cogi&#243; desprevenida. Sent&#237; como una corriente el&#233;ctrica recorri&#233;ndome la espalda, un calambre casi doloroso, y permanec&#237; sentada en la misma posici&#243;n, incapaz de moverme, siquiera de concentrarme en alg&#250;n tipo de actividad, hasta que al fin logr&#233; ponerme en pie.

Debo irme. Lo siento.


Valle no contest&#243;, pero me llam&#243; cuando ya me encontraba en la puerta para indicarme que se me olvidaba la mochila. Sent&#237; sus ojos fijos en los m&#237;os mientras la recog&#237;a y escuch&#233; su voz con aquel acento que era como si una caja de m&#250;sica se abriera cada vez que hablaba.

&#191;Qu&#233; he dicho para que te sientas tan mal? &#191;Por qu&#233; lloras?

Me sequ&#233; las l&#225;grimas y, sin mirar atr&#225;s, regres&#233; de nuevo a la puerta.

Adi&#243;s, doctor. Gracias.

Una vez en la calle, rodeada del aire fresco y gris del mediod&#237;a oto&#241;al, logr&#233; tranquilizarme. Mientras me dirig&#237;a al coche con pasos apresurados pens&#233; que, de cualquier forma, para bien o para mal, ya no iba a volver nunca a la consulta del doctor Ar&#237;stides Valle. Y, aunque quiz&#225; hab&#237;a sido un error venir a dec&#237;rselo, lo cierto era que ya todo hab&#237;a acabado. Mi trabajo hab&#237;a terminado, y con &#233;l, mi vida anterior.

Ahora part&#237;a, como Romeo, hacia el destierro de una vida normal.



8

Tengo una vieja silla de enea en el dormitorio, una reliquia de la casa de mis padres. Mi t&#237;o Javier, el hermano de pap&#225;, que fue con quien Vera y yo vivimos algunos a&#241;os despu&#233;s de la tragedia, hab&#237;a arramblado con todo lo que pose&#237;amos y lo hab&#237;a almacenado en un guardamuebles kilom&#233;trico, en espera de que decidi&#233;ramos repart&#237;rnoslo. Pero no hubo nada que repartir: Vera jam&#225;s visit&#243; aquel almac&#233;n, y aunque tampoco yo lo deseaba, siempre fui m&#225;s pr&#225;ctica que mi hermana y al final opt&#233; por conseguir algo aprovechable para rellenar los vac&#237;os de mi piso de cobertura en Yuste.

Fue un grave error, como despu&#233;s comprob&#233;. Las l&#225;grimas apenas me dejaron ver lo que hab&#237;a en el guardamuebles. No era que los objetos reavivaran mis recuerdos, sino, al contrario, que me pareci&#243; que no me pertenec&#237;an. Eran propiedad de una ni&#241;a llamada Diana Blanco que hab&#237;a vivido una vida paralela a la m&#237;a. De modo que di media vuelta y estaba a punto de salir cuando, a trav&#233;s del velo de l&#225;grimas, distingu&#237; aquella silla. Formaba parte de un conjunto del mismo estilo que ten&#237;amos en el jard&#237;n, junto a la piscina, y el aspa de madera que iba de pata a pata ten&#237;a un lado roto que pap&#225; hab&#237;a arreglado chapuceramente con cinta aislante. Ignoro por qu&#233; me llev&#233; justo esa silla, ya que ni por asomo encajaba con los muebles minimalistas de mi sobrio apartamento. Luego pens&#233; que hab&#237;a sido un arrebato t&#237;pico de mam&#225;, de esos que Vera hab&#237;a heredado pero que en m&#237; no eran frecuentes, algo as&#237; como el deseo furioso de desafiar mi propio dolor: Me has quitado a mis padres, me has quitado el pasado, y ahora &#191;vas a quitarme tambi&#233;n todas mis cosas?. De modo que ech&#233; mano de la silla y me march&#233;. No regres&#233; al guardamuebles y lo puse todo en venta a trav&#233;s de una agencia cuando mi t&#237;o falleci&#243;. Pero la silla sigui&#243; conmigo, en el dormitorio, a los pies de la cama, aunque solo la usaba para poner ropa. Nunca me sentaba en ella, no solo porque era vieja y tem&#237;a que pudiera partirse, sino porque cruj&#237;a de forma especial si lo hac&#237;a, un sonido muy desagradable, como de pisar hojas secas, que solo se produc&#237;a si soportaba el peso de una persona.

Y eso fue lo que escuch&#233; al apagar el televisor aquella ma&#241;ana, exactamente el crujido de la silla de enea en mi dormitorio, habitaci&#243;n en la que a&#250;n no hab&#237;a entrado desde que hab&#237;a llegado a casa.


Acababa de regresar de la consulta con el doctor Valle y no me sent&#237;a realmente mal, pero s&#237; vac&#237;a, como cuando te esfuerzas mucho en hacer algo y luego ese algo termina bruscamente y ya no sabes en qu&#233; emplear la energ&#237;a sobrante. Era jueves por la ma&#241;ana, y tan solo hab&#237;an pasado tres d&#237;as desde el anuncio de mi dimisi&#243;n. Casi todos los que ten&#237;an que saberlo lo sab&#237;an ya: &#193;lvarez, Padilla, Miguel y Vera. Tambi&#233;n hab&#237;a zanjado las cosas con Valle. Ya solo me restaba visitar a Claudia Cabildo y telefonear al se&#241;or Peoples, aunque hab&#237;a decidido dejar esto &#250;ltimo para el final, y ni siquiera estaba segura de si lo har&#237;a. Me hallaba en ese per&#237;odo intermedio en que a&#250;n no sent&#237;a los efectos de mi nueva vida, pero ya empezaba a experimentar la ausencia de la anterior; ese lapso entre lo que quieres y lo que finalmente haces, que es como un fantasma, seg&#250;n recordaba que dec&#237;a Bruto en la obra de Shakespeare meditando sobre el plan de asesinar a C&#233;sar. Por suerte, ten&#237;a cosas en qu&#233; pensar: mi vida con Miguel, la posibilidad de buscar un nuevo empleo, esa otra -all&#237;, en lontananza, pero visible- de tener hijos y, por supuesto, mi hermana.

Sab&#237;a que lo de Vera no estaba resuelto todav&#237;a, por mucho que hubiese logrado coger a Padilla por las pelotas en Los Guardeses y presionarlo para que prescindiera de ella, haci&#233;ndole prometer que se lo dir&#237;a como si fuese idea suya. Por supuesto, Vera se lo hab&#237;a tomado muy mal. Se march&#243; llorando del despacho, me hab&#237;a dicho Miguel, que hab&#237;a estado presente durante la penosa entrevista. Y no es que yo sintiera ning&#250;n remordimiento por la jugarreta que le hab&#237;a hecho; a veces era preciso sacrificar una cosa para obtener otra, tambi&#233;n lo dec&#237;a Bruto, y la vida de mi hermana era, para m&#237;, mucho m&#225;s importante que no traicionarla. Yo hab&#237;a confiado en que mi simple dimisi&#243;n la influyese para que dejara de ser cebo, pero, lejos de eso, se empe&#241;aba en serlo m&#225;s que nunca. Aunque estaba segura de haber obrado bien, me resultaba dif&#237;cil pensar en las consecuencias. Era como si hubiese apu&#241;alado a mi hermana por la espalda.

Por si fuera poco, desde nuestra conversaci&#243;n en Los Guardeses no hab&#237;a vuelto a hablar con ella, y cuando la llamaba escuchaba siempre el buz&#243;n de voz. Tanto silencio me preocupaba. &#191;Sospechar&#237;a algo? Miguel me hab&#237;a asegurado que mi nombre no hab&#237;a salido a relucir en toda la entrevista, pero yo me fiaba menos de Padilla que de un retrete cubierto de cristales rotos. Tambi&#233;n era posible que Vera no quisiera hablar con nadie, lo cual era l&#243;gico. Necesitaba cierto tiempo para asumir el golpe. M&#225;s o menos como yo, pens&#233;. Y mientras entraba en casa aquel jueves, tras la visita a Valle, decid&#237; que, si segu&#237;a sin dar se&#241;ales de vida, tratar&#237;a de llamar a Elisa Monasterio para informarme sobre Vera indirectamente.

Mi apartamento de la calle Yuste era de cobertura. Seg&#250;n el registro, en &#233;l resid&#237;a Elena Fuentes Marchena, una tele-operadora de veinticinco a&#241;os a quien le quedaba un curso para acabar empresariales. Pero yo no ten&#237;a que llevar una doble vida ni nada por el estilo, como hacen los esp&#237;as de las pel&#237;culas, sino tan solo sonre&#237;r dulcemente a los vecinos y tratarlos con cierta fr&#237;a cortes&#237;a, para que no se entusiasmaran con mi sonrisa. Elena exist&#237;a &#250;nicamente para que mi nombre real no figurase en las infinitas gu&#237;as y buscadores que poblaban la red, salvo, como acababa de decirme Valle, en cosas como Winf-Pat. Y el apartamento iba en consonancia con mi modesta existencia: era m&#225;s peque&#241;o que muchos de los despachos en los que hab&#237;a entrado en mi vida, aunque pose&#237;a tabiques divisorios entre el saloncito con cocina y el dormitorio con ba&#241;o. Lo m&#225;s completo era el sistema de seguridad. Por eso, cuando me cercior&#233; de que todos los c&#243;digos de alarmas segu&#237;an en su sitio, entr&#233; despreocupadamente, volv&#237; a activar las alarmas y me desplom&#233; en el sof&#225; del sal&#243;n sin pasar por el dormitorio. En el sof&#225; estir&#233; las piernas, mov&#237; la mano en el aire, pronunci&#233; el nombre del canal que deseaba, y comenc&#233; a ver las noticias mientras le daba vueltas al tema de Vera.

Las noticias eran las comunes del mundo en que viv&#237;amos, la lupercalia de nuestras ciudades, en expresi&#243;n de Gens, una palabreja que cre&#237;a recordar que hab&#237;a tomado de Julio C&#233;sar. Un nuevo ataque terrorista en Egipto. Recrudecimiento de la guerra en Georgia. Ajustes de cuentas mafiosos. Nueva organizaci&#243;n de trata de blancas en Italia. Y, en Madrid, los casos del supuesto Envenenador y del Espectador. Al parecer, Interior hab&#237;a decidido que el primero sustituyera en inter&#233;s de audiencia al segundo, y el informativo le dedicaba cinco minutos m&#225;s. Hab&#237;a fallecido otra persona con los mismos s&#237;ntomas que en los siete casos previos: par&#225;lisis y convulsiones. Se trataba de un chico de veintitr&#233;s a&#241;os, toxic&#243;mano, que hab&#237;a muerto en su domicilio. El estudio inform&#225;tico de la autopsia demostraba que hab&#237;a ingerido la misma, aunque a&#250;n desconocida, sustancia que las anteriores v&#237;ctimas, por mucho que no dejase rastros org&#225;nicos. La polic&#237;a estaba cada vez m&#225;s segura de que hab&#237;a una persona detr&#225;s de todos los casos, un sujeto que ya hab&#237;a sido bautizado por la prensa como el Envenenador, aunque ni siquiera hubiese sido probada la existencia de un t&#243;xico. La noticia se ofrec&#237;a como una especie de pel&#237;cula de suspense, con imagen de la v&#237;ctima incluida, un chaval de pelo color oro sucio, ojos claros y rostro exang&#252;e.

En comparaci&#243;n con aquel montaje, las alusiones al otro caso, el del monstruo, fueron pobres. El Espectador parec&#237;a aburrir a los medios. Bien era cierto que, tras la aparici&#243;n de la chica dominicana cuatro semanas atr&#225;s, en los contenedores de basura que daban al patio trasero de una residencia de ancianos, no hab&#237;a vuelto a actuar, que se supiera, y ese per&#237;odo de calma aparente le restaba inter&#233;s a la informaci&#243;n. Pero yo era una de las pocas personas que hab&#237;a visto im&#225;genes del cad&#225;ver de A&#237;da Dom&#237;nguez, veintid&#243;s a&#241;os, natural de la Re p&#250;blica Dominicana, escupida por el Espectador como un hueso desollado, tras siete d&#237;as de secuestro, en un basurero, y para m&#237; la noticia segu&#237;a estando tan a flor de piel como si tuviese un acn&#233; infectado en la cara.

So&#241;aba, sent&#237;a, me horrorizaba con A&#237;da, que hab&#237;a vivido vendiendo su cuerpo en Madrid hasta que el Espectador se lo rob&#243; para romp&#233;rselo, para horadarlo hasta lo profundo, para ro&#233;rselo hasta el alma. Me ve&#237;a mirando por los ojos de A&#237;da, sufriendo su inmenso dolor, chillando por su boca. A&#237;da Dom&#237;nguez, veintid&#243;s a&#241;os, ya formaba parte de la larga hilera de fantasmas que se&#241;alaban acusadoramente, con su tormento, a todos los crueles y violentos de este mundo.

Seg&#250;n fuentes de Interior, la polic&#237;a sigue una pista clara en el caso del asesino de prostitutas, dec&#237;a el locutor. Una pista clara, pens&#233;. Bravo por &#193;lvarez, cada vez demostraba m&#225;s imaginaci&#243;n. Una pista clara, cuando en realidad no ten&#237;amos ni puta idea. Pero ya has dejado el trabajo, idiota. Kaput. The end. Ya no te incumbe. Con un gesto de rabia, disolv&#237; la imagen del televisor sintiendo que iba a llorar.

Y o&#237; aquel ruido.

La silla de enea. El dormitorio.

Supe, sin lugar a dudas, que hab&#237;a alguien all&#237;. Alguien que ya estaba en casa cuando yo llegu&#233; y que hab&#237;a permanecido sentado en silencio mientras yo me arrojaba sobre el sof&#225; del sal&#243;n como un saco de patatas. En mi mente casi apareci&#243;, como en un cine, la imagen de lo que hab&#237;a hecho el supuesto intruso: se hab&#237;a removido en la silla, confiando en que el sonido del televisor ocultara el ruido, sin sospechar que yo lo apagar&#237;a bruscamente.

Elena Fuentes Marchena, tele-operadora de horario irregular, hubiese saltado del asiento, r&#237;gida de miedo ante la posibilidad de un extra&#241;o en su casa. Pero en mi vida real, si tal cosa exist&#237;a, yo estaba preparada para situaciones as&#237;. Ni siquiera necesitaba armas. Yo era un cebo. Yo era mi propia arma. Solo la sorpresa constitu&#237;a un riesgo para m&#237;, pero pocas cosas pod&#237;an da&#241;arme si estaba preparada.

Lo que hice fue levantarme y dirigirme sigilosamente a la habitaci&#243;n contigua. La puerta del dormitorio se hallaba entornada y la habitaci&#243;n, a trav&#233;s de la abertura, aparec&#237;a sumida en la oscuridad. Esto &#250;ltimo reafirm&#243; mi convicci&#243;n de que hab&#237;a alguien. Nunca me olvidaba de descorrer las persianas cada ma&#241;ana. Me gustaba la luz.

Por un instante me qued&#233; mirando aquella abertura. El recuerdo de otra oscuridad se me hizo casi doloroso, como el pinchazo de las gl&#225;ndulas que se siente al saborear un &#225;cido: la que hab&#237;a penetrado como un vendaval a mis doce a&#241;os de vida y soplado hasta apagar las velas de mi edad infantil. Para aquella otra oscuridad no estaba preparada, y por lo visto, a juzgar por mi amnesia ante Valle, segu&#237;a sin estarlo.

Calma. No vamos a entender a usted si no calma.

Prepar&#233; mentalmente una m&#225;scara defensiva y empuj&#233; la puerta con suavidad. Una sombra se hallaba de pie junto a la silla de enea. El instante previo a encender la luz con una orden verbal resumi&#243; todas mis pesadillas. Y por incre&#237;ble que parezca, cuando por fin se me revel&#243; la verdad, no me sent&#237; mucho mejor que antes.

&#161;Puta! -escuch&#233;.

La figura sosten&#237;a algo en la mano. Antes de que yo pudiese distinguir qu&#233; era, lo vi volar hacia mi cabeza.

El objeto no me dio por poco, pero se estrell&#243; contra el marco de la puerta entre un alboroto de cristales. Una m&#237;nima parte de mi conciencia reconoci&#243; el holorretrato enmarcado de pap&#225; y mam&#225; que ten&#237;a en la mesilla de noche, el resto se dedic&#243; a recibir el cuerpo de mi hermana, que se abalanz&#243; sobre m&#237;.

Durante los a&#241;os en que vivimos en casa del t&#237;o Javier, antes de que un estudio psicol&#243;gico casual me eligiera para ser cebo, Vera y yo pele&#225;bamos a menudo. El inicio era siempre el mismo: yo dec&#237;a o hac&#237;a algo que la irritaba y ella, en vez de discutir, me atacaba f&#237;sicamente. Ninguno de sus golpes me hac&#237;a verdadero da&#241;o, entre otras cosas porque siempre he contado con m&#225;s fuerza que Vera. En ocasiones pensaba que solo trataba de retarme para que me comportara como un padre. Como si me dijera: Basta de ser la hermana mandona, ahora necesito alguien que sepa ponerme en mi sitio. Era una bonita explicaci&#243;n para las ri&#241;as triviales, pero se quedaba corta ante la crisis de furia que en aquel momento la pose&#237;a.

Lo que m&#225;s me desconcert&#243; fue que hab&#237;a c&#225;lculo y control bajo su frenes&#237;. Me cogi&#243; de las solapas de la cazadora y me arrastr&#243; hacia el interior del cuarto, tirando de m&#237; y empuj&#225;ndome contra la pared. Sin concederme tregua, me hizo girar y me arroj&#243; sobre la cama, se sent&#243; a horcajadas sobre mi vientre y cerr&#243; los dedos en mi garganta. Apret&#243;, pero no con mucha fuerza. Y sin embargo, al ver sus ojos enrojecidos y rabiosos, sent&#237; que all&#237;, dentro de su mirada, yo ya hab&#237;a sido estrangulada varias veces.

&#161;Cabrona! -susurraba entre dientes, la voz ronca-. &#161;Voy a matarte!

No me defend&#237;, solo abr&#237; la boca en busca de aire. Entonces me solt&#243;, pero descarg&#243; sobre m&#237; una lluvia de golpes con las palmas de las manos abiertas. Us&#233; los brazos para protegerme, y en un momento dado aprovech&#233; mi rostro oculto y el decorado de la cama en que yac&#237;a para alzar la voz sin brusquedad, en un tono de congoja:

Vamos, sigue, adelante, me lo merezco.

Se qued&#243; como congelada, los pu&#241;os en el aire, resoplando como un caballo. Yo hab&#237;a usado una r&#225;pida t&#233;cnica de Amor, donde el texto reclama justo lo contrario de lo que pretendes conseguir, como el h&#225;bil discurso shakesperiano de Marco Antonio ante el cad&#225;ver de C&#233;sar. No era la filia de Vera, pero sab&#237;a que ciertos gestos de la m&#225;scara de Amor pod&#237;an frenar o aumentar la violencia de algunos psinomas durante unos cuantos segundos. Odiaba emplear una m&#225;scara con mi hermana, si bien lo prefer&#237;a a tener que responder f&#237;sicamente a su terrible ataque.

Ahora, &#191;podemos hablar? -Coloqu&#233; las manos sobre la cabeza y atrap&#233; mechones de mi liso cabello, para prolongar m&#225;s su placer-. Por favor. &#191;Hablamos?

Vera baj&#243; los brazos y, a&#250;n sentada sobre m&#237;, se desmoron&#243; como un alud.

&#191;Qu&#233; me has hecho? &#191;C&#243;mo pudiste? &#161;Hija de puta! &#191;C&#243;mo has podido?

La dej&#233; llorar encorvada, la cabeza sobre mi hombro. Aquello me doli&#243; m&#225;s que sus golpes. La abrac&#233; casi con timidez, previendo un nuevo estallido.

No quiero perderte, Vera -dije-. A ti no.

Ya me has perdido -repuso con s&#250;bita frialdad. Se incorpor&#243; apart&#225;ndose el pelo de la cara y revel&#243; un rostro de pesadas ojeras marcado por el llanto y el insomnio. Se alis&#243; la camiseta amarilla que le llegaba a los muslos, bajo los cuales se extend&#237;a una malla negra que tambi&#233;n sobresal&#237;a por las mangas y acababa en las rodillas, donde comenzaban las cintas cruzadas de sus sandalias romanas. Y mientras hac&#237;a todo eso, no dejaba de hablar, g&#233;lida, furiosa-. Ah&#237; te quedas, hermanita Podr&#225;s dejar el trabajo, irte a follar con Miguel Laredo, tener hijos y llevarlos al cine Podr&#225;s olvidarte de pap&#225; y mam&#225; Pero yo no voy a hacerlo, ni por cien Padillas que me despidieran He descubierto que puedo seguir siendo cebo aunque me expulsen. Bonita profesi&#243;n. No quiero dejarla. Oh, no. No ahora. Y t&#250; no me lo vas a impedir tampoco -dijo, a punto de llorar de nuevo-. &#191;Sabes? Desde la muerte del profesor Gens, tienes menos enchufes en el departamento que un palo de madera Nadie va a hacerte caso, porque a nadie le importas ya. Est&#225;s fuera, out Padilla me readmitir&#225;. &#191;Qu&#233; trabajo le cuesta? Si cazo, mejor para &#233;l. Si no, igual le da que pruebe. &#191;Lo captas?

&#191;Qui&#233;n te lo ha contado? &#191;Padilla?

&#161;Me dijo hoy que le presionaste el lunes para que me echaran! -Llor&#243;.

Me incorpor&#233; y qued&#233; sentada en la cama. Me dol&#237;a el cuello, el pelo se me hab&#237;a soltado de la goma y cre&#237;a que ten&#237;a sangre en el labio, pero no ten&#237;a. Vera lloraba contemplando el holorretrato roto a sus pies. Yo pensaba en varias posibles venganzas para hacer pagar a Padilla su traidora indiscreci&#243;n, pero de pronto supe que hab&#237;a algo m&#225;s. Lo hab&#237;a percibido en el temblor de las manos de Vera al alisarse la ropa, en su forma de acentuar ahora al decir: No ahora, en sus brutales golpes Algo que no era tan solo haber descubierto mi intriga. Aprovech&#233; la pausa para intervenir.

&#191;Qu&#233; ha ocurrido?

Habl&#243; sin mirarme, con una voz que era como un escalofr&#237;o.

Tiene a Elisa Desapareci&#243; anoche, durante su turno en el &#225;rea de caza del Circo Los an&#225;lisis afirman que ha sido &#233;l. -Un sudor fr&#237;o me ba&#241;&#243; de pies a cabeza mientras la escuchaba, pero intent&#233; disimular mi propio p&#225;nico para no incrementar el suyo.

Puede haberle pasado otra cosa -ment&#237;, deseando que supiera que ment&#237;a para tranquilizarla, ya que, de ese modo, quiz&#225; le hiciera creer en mi siguiente (y m&#225;s grave) mentira-: adem&#225;s, en el peor de los casos, Elisa es un buen cebo. El Espectador no hab&#237;a ca&#237;do en la trampa con ninguna de nosotras hasta ahora, as&#237; que no se esperar&#225; tener a un cebo Si &#233;l la tiene, si es &#233;l, Elisa lo eliminar&#225;, seguro

Lo m&#225;s horrible fue comprobar que Vera fing&#237;a creerme, como en esos lentos stripteases de la m&#225;scara de Amor en que la presa se enganchaba pensando, precisamente, que intent&#225;bamos enga&#241;arla.

S&#237;, desde luego. Eli va a joder a ese cabr&#243;n pero no la dejar&#233; sola.

No siempre ha secuestrado a otra chica cuando ya tiene a una-objet&#233;.

Si lo ha hecho una vez, puede repetirlo.

Comprendo -dije titubeante. Pero lo &#250;nico que comprend&#237;a era que no iba a poder detenerla en esa ocasi&#243;n, y ello me hac&#237;a sentir insegura y entregada a todo lo que dijera, lo cual me llev&#243; a su vez a reaccionar con rabia-. Pero no debiste entrar en casa sin avisarme, de todos modos. S&#233; que te di los c&#243;digos de la puerta, pero este es un piso de cobertura Has cometido un error grave.

El reproche no era, desde luego, la mejor forma de calmarla. Vera, que se hab&#237;a agachado a recoger los trozos del retrato, volvi&#243; a indignarse.

Esta casa ya no es tu cobertura. Has dejado el trabajo, &#191;no? Pronto te largar&#225;s de aqu&#237;. Adem&#225;s, quer&#237;a que supieras que no me has enga&#241;ado. Esta ma&#241;ana le dije a Padilla que, hasta que Elisa no regresara sana y salva, yo iba a volver a las &#225;reas cada noche, le gustara o no. Me dijo: D&#237;selo a tu hermana, es ella la que no quiere que trabajes. Y aqu&#237; estoy, por eso he venido. -Sorbi&#243; por la nariz mientras se pasaba la manga por la cara-. Puedes estar segura de que saldr&#233; todas las noches hasta que ese cabr&#243;n me elija tambi&#233;n, o hasta que Elisa regrese, te lo juro -Se le quebr&#243; la voz.

Has roto el retrato de pap&#225; y mam&#225; -la interrump&#237;, sin saber por qu&#233;, tan est&#250;pidamente indignada como ella.

T&#250; los has pisoteado -replic&#243;-. A ellos y a su recuerdo.

La acusaci&#243;n me hizo reaccionar. Habl&#233; con repentina calma.

No, yo no los he pisoteado. A nuestros padres los mataron delante de nosotras, Vera, cuando t&#250; ten&#237;as cinco a&#241;os y yo doce. A nosotras nos hicieron tantas cosas que ni siquiera las recordamos. Pasamos meses enteros en el hospital, y esa etapa s&#237; la recuerdo. T&#250; ten&#237;as los t&#237;mpanos perforados y no me o&#237;as. Los m&#233;dicos me explicaron que te los hab&#237;an roto a golpes. Dorm&#237;as la mayor parte del d&#237;a, pero yo procuraba sentarme junto a ti para que me vieras al despertar, y cuando despertabas, te hablaba, aunque sab&#237;a que no pod&#237;as o&#237;rme. &#191;Sabes lo que te dec&#237;a? Te dec&#237;a que no hab&#237;a podido ayudarte entonces, pero que juraba por la memoria de nuestros padres que jam&#225;s, jam&#225;s iba a permitir que alguien volviera a hacerte da&#241;o. Te juraba que matar&#237;a a quien te tocara. No, no lo matar&#237;a. Me lo comer&#237;a vivo. Y he tratado de cumplir mi juramento. -Hice una pausa-. Te jugu&#233; una mala pasada el lunes, lo s&#233;, pero volver&#233; a hacerlo siempre que piense que est&#225;s en peligro. Har&#233; cualquier cosa si pienso eso, Vera. Cualquier cosa. No solo por ti, tambi&#233;n por pap&#225; y mam&#225;.

Vera hab&#237;a recogido todos los trozos del retrato y en aquel momento los dej&#243; sobre la mesilla cuidadosamente. Luego se volvi&#243; y cogi&#243; su chaqueta de lana, que hab&#237;a arrojado sobre la silla de enea. No habl&#243; hasta que no se la puso y extendi&#243; con un cabeceo su largo y lindo pelo casta&#241;o oscuro por la espalda. Al mirarme, me apen&#243; ver cu&#225;nta soledad hab&#237;a en sus ojos.

T&#250; haz lo que quieras -dijo con indiferencia-. Pero yo saldr&#233; a cazar a ese bicho todas las noches. Todas. -Se dirigi&#243; a la salida, pareci&#243; olvidar algo y se volvi&#243; de nuevo hacia m&#237;-. Solo te pido un favor: guarda tu compasi&#243;n para ti misma.

No cerr&#243; ninguna puerta al irse. Y, durante un buen rato, yo tampoco.


&#191;Qu&#233; co&#241;o quieres, Blanco? No es buen momento para llamaditas, joder, estamos hasta el culo de trabajo desde anoche Te habr&#225;s enterado del secuestro de Elisa

S&#237;, Vera me lo cont&#243; -dije reprimiendo la rabia-. Y otras muchas cosas.

Padilla titube&#243;.

Mira, tuve que decirle la verdad cuando me llam&#243; esta ma&#241;ana Se sub&#237;a por las paredes con lo de Elisa, &#191;comprendes? Me dijo que iba a salir a cazar, hici&#233;ramos lo que hici&#233;semos, que no &#237;bamos a poder imped&#237;rselo

Pero s&#237; pod&#233;is -repliqu&#233; secamente.

Intentaba no poner emoci&#243;n en mi voz, pese a que solo habl&#225;bamos por tel&#233;fono y no frente a un decorado. Julio Padilla, el director de nuestro departamento, el C&#233;sar de los Cebos, era f&#237;lico de Petici&#243;n, como Vera: el mejor modo de no mosquearlo era hablarle con pr&#225;ctica frialdad.


Pod&#233;is llamarla a cap&#237;tulo -agregu&#233;-. Pod&#233;is entretenerla haci&#233;ndole repetir un ensayo cada noche. Pod&#233;is enviar a otro cebo a su casa para engancharla con una Petici&#243;n. Pod&#233;is poner perros guardianes en su puerta

Y podemos hacer que un adivino le advierta sobre los Idus de Marzo, si quieres -tron&#243; Padilla en el auricular inal&#225;mbrico colocado en mi oreja. Yo hablaba arrodillada en el suelo de mi apartamento mientras tecleaba en el port&#225;til para extraer todos los archivos sobre t&#233;cnica de Holocausto que hab&#237;a en nuestra red codificada-. Vamos, Blanco, el lunes acept&#233; tus amenazas, pero no te pases de lista conmigo, &#191;vale? Quieres que cuidemos a tu hermana, pero &#191;qu&#233; me ofreces a cambio? &#191;Dinero o tu cuerpo? -ironiz&#243;.

Al Espectador -dije-. En bandeja.

Hubo un silencio.

Bromeas.

No.

Te recuerdo que llevas m&#225;s de dos meses intent&#225;ndolo, reina.

Llevo m&#225;s de dos meses haciendo el trabajo rutinario que los perfis aconsejan. A partir de ahora voy a encargarme yo sola. Jornada intensiva.

&#191;La gran Diana Blanco suplicando ser readmitida? -Se burl&#243;-. Esto no funciona as&#237;, bonita, esto no es ahora entro, ahora salgo, como en el sexo, ni&#241;a. Imag&#237;nate el cabreo de la administraci&#243;n si te diera de nuevo de alta como funcionaria

No quiero ser readmitida. Lo har&#233; por mi cuenta. Te entregar&#233; al Espectador sin cobrar un euro m&#225;s. Solo exijo que impidas a mi hermana salir a cazar.

Otro silencio. Sab&#237;a que Padilla era, a su modo, casi m&#225;spol&#237;ticamente correcto que &#193;lvarez, pero al hablar con los cebos mostraba a veces una gran brutalidad. Se dec&#237;a que, tras el accidente que hab&#237;a dejado a su hija paral&#237;tica, el lado humano de su profesi&#243;n se hab&#237;a atrofiado en &#233;l por completo, y quiz&#225; debido a eso estaba considerado tan buen director. Pero yo no intentaba apelar a su humanidad sino a su oportunismo.

No quiero ayuda de ninguna clase -a&#241;ad&#237;-, &#250;nicamente que arregles una entrevista entre los perfis y yo para ma&#241;ana a primera hora. Quiero saberlo todo sobre el Espectador, lo que sab&#233;is, lo que sospech&#225;is, lo que solo imagin&#225;is, desde la talla de sus camisas hasta el partido al que vota. Lo p&#250;blico, lo secreto y lo confidencial.

La risa de Padilla brot&#243; como si estuviera escuch&#225;ndolo bajo una b&#243;veda.

Diana Blanco, la cerebrito de Gens, no has cambiado &#191;Y todo esto para qu&#233;? &#191;Para proteger a tu hermana? No vamos a poder controlar a Vera hasta que t&#250; caces a ese monstruo, si es que lo haces, compr&#233;ndelo

Yo lo comprend&#237;a, y ten&#237;a mi respuesta preparada.

Dame una semana. Si el viernes que viene no lo he cazado, lo dejo.

&#191;Una semana frenando a Vera? Tendr&#237;a que meterla en la c&#225;rcel.

T&#250; mismo.

Encontr&#233; un centenar de archivos sobre m&#225;scara de Holocausto. Los descargu&#233; en una pantalla virtual en el aire, y el peque&#241;o sal&#243;n de mi casa resplandeci&#243; como un &#225;rbol de Navidad. Entonces pinch&#233; en las carpetas con toda la informaci&#243;n que pose&#237;a sobre el Espectador y las abr&#237; tambi&#233;n mientras aguardaba a que Padilla pensara. Era como un elefante adormecido a la hora de tomar seg&#250;n qu&#233; decisiones.

Una semana es mucho, chica lista.


Tres noches entonces: ma&#241;ana viernes, s&#225;bado y domingo, y la entrevista con los perfis para ma&#241;ana.

No cazar&#225;s ni un puto conejo en tres noches.

&#191;Qu&#233; pierdes con probar? Te estoy proponiendo sustituir a una novata por una veterana gratis, gran genio.

&#191;Acaso cree usted, se&#241;orita, que Psicolog&#237;a Criminal de Madrid es lo que le salga de sus putos ovarios, por Diana Blanco que sea?

No me alter&#233;, segu&#237;a abriendo p&#225;ginas mientras hablaba.

Sabes que puedo cazarlo, Julio. Es el Espectador, la gran pieza, Julio. No tendr&#225;s siquiera que mencionarme. T&#250; te llevas todo el triunfo, Vera se queda en casa y conmigo puedes hacer luego lo que te salga de tus putos cojones.

Hubo otra pausa, esta vez breve.

Tres noches. Ni una m&#225;s, Blanco -dijo Padilla y colg&#243;.



9

Ricardo Montemayor y Nacho Puentes, los perfis que coordinaban el caso, estaban esper&#225;ndome la ma&#241;ana del viernes en Los Guardeses. Cuando los tres ocupamos nuestros asientos, Montemayor dijo:

Empieza t&#250;, Nacho.

No, please, t&#250;. Yo te interrumpir&#233; si te equivocas.

Uf, entonces no vas a abrir el pico en toda la ma&#241;ana.

Sonre&#237;mos. Montemayor y Nacho siempre estaban bromeando.

Veamos. -Montemayor alz&#243; una ceja-. En el perfil del Espectador hay cosas buenas y cosas muy malas

Ya te has equivocado, sorry -cort&#243; Nacho-. Hay cosas malas, cosas muy malas y cosas francamente jodidas. Y estas &#250;ltimas son la mayor&#237;a.

Acept&#233;moslo. No pondr&#233; reparos a su punto de vista, monse&#241;or Puentes.

Nacho alz&#243; una mano en se&#241;al de agradecimiento. Montemayor prosigui&#243;:

En cualquier caso, hay muchos datos. Quiz&#225; ser&#237;a mejor si t&#250; nos hicieras las preguntas, Diana.

Cruc&#233; las piernas y sostuve el peque&#241;o notebook en la palma de la mano izquierda para rascarme con la derecha el costado bajo la camiseta de tirantes.

Solo tengo una pregunta, en realidad, chicos -dije-. &#191;C&#243;mo puedo hacerlo trizas en tres noches?

Averig&#250;alo t&#250; y nos lo cuentas -repuso Nacho.

Querido disc&#237;pulo -terci&#243; Montemayor-. La se&#241;orita Blanco necesita el alfa antes que el omega.

Ok, pap&#225;.

Montemayor rezong&#243; y alz&#243; una ceja mientras se retrepaba en el asiento. Era cierto que ten&#237;a m&#225;s edad que Nacho, pero no tanta como para poder ser su padre. Pese a su calvicie y su barbita gris&#225;cea, la escasez de arrugas y la tersura de la piel delataban cuarenta y pocos a&#241;os, si bien algo estropeados por un vientre notorio. Vest&#237;a siempre con prodigioso descuido, y su preferencia (yo ignoraba por qu&#233;) eran los chalecos militares y pantalones de camuflaje llenos de bolsillos. En directo contraste, Nacho Puentes era de esa clase de maniqu&#237;es que pod&#237;as imaginarte con facilidad en los escaparates de lujo. De espesa melena negra peinada hacia atr&#225;s, piel morena y ojos oscuros, su cuerpo de bailar&#237;n siempre realzado por ropa de marca (en aquella ocasi&#243;n, un Armani marr&#243;n entallado), ten&#237;a esa clase de belleza masculina treinta&#241;era tan perfecta que casi parec&#237;a insulsa. Algunos comentaban que era gay y que su pareja era Montemayor, pero yo sospechaba que aquel rumor era producto de la envidia de los hombres, tan propensos a tildar de maricas a cuantos dioses griegos ven sobre la Tierra.

Una cosa era segura: se trataba de dos de los mejores perfiladores de la polic&#237;a europea, y eso era lo que m&#225;s me importaba.

Porque el Espectador era lo peor que ten&#237;amos en Europa desde hac&#237;a tiempo.

Veamos, &#191;qu&#233; sabemos? -Montemayor manipulaba el peque&#241;o teclado sobre sus piernas-. Sabemos que es var&#243;n, cauc&#225;sico, alrededor de cuarenta a&#241;os, atractivo, saludable, muy inteligente, con medios econ&#243;micos altos Un Nacho -resumi&#243;.

Mis medios econ&#243;micos son todav&#237;a bajos, dear professor -dijo Nacho.

Y espero por tu bien que os separen otras diferencias -repuso Montemayor-. Posee una casa bastante equipada, con varias plantas y un s&#243;tano, o quiz&#225; dos niveles de s&#243;tanos. Lo m&#225;s probable es que se encuentre en los alrededores de Madrid capital. Menos probable, en provincias lim&#237;trofes. Es f&#237;lico de Holocausto

Uno bien gordo. -Nacho asinti&#243;-. Usa cuerdas incluso para atarles la cabeza.

Dejemos sus perversiones para despu&#233;s, querido disc&#237;pulo. Primero, el alfa.

All right. Y babea con tops negros, correas, G-strings

Montemayor miraba a su compa&#241;ero con expresi&#243;n de reproche.

G-strings -gru&#241;&#243;-. Tangas, co&#241;o. Habla en cristiano, joder.

Sorry, daddy.

No tiene pareja en la actualidad. Nacho y yo nos inclinamos m&#225;s por un viudo que por un JD. Alc&#233; la vista de la pantalla de mi notebook.

&#191;Un JD?

Jodido divorciado -aclar&#243; Nacho, y ambos rieron-. Demandas judiciales, peleas por custodias, pensiones astron&#243;micas, ya sabes

M&#225;s bien creemos que su pareja desapareci&#243; del mapa.

M&#225;s bien creemos que &#233;l la hizo desaparecer -matiz&#243; Nacho.

No sabemos cu&#225;ndo. Quiz&#225; fue su primera v&#237;ctima. -Montemayor se encogi&#243; de hombros-. Le gust&#243; y repiti&#243;. De hecho, su evoluci&#243;n muestra signos del Berowne Perjuro -cit&#243; en tono docto-. No sabemos cu&#225;ndo comenz&#243;, quiz&#225; desde muy joven, pero ha ido perfeccionando sus rituales y acelerando el ritmo. Puede que antes fuese itinerante e irregular. Ahora es un Berowne, y tiene un &#250;nico lugar, un Reino. Pensamos que es su casa, y por eso creemos que est&#225; dividida en dos partes: una superior, para su conciencia; otra inferior, para los deseos.

Apunt&#233; el dato. Sab&#237;a que Montemayor alud&#237;a al estudio de V&#237;ctor Gens sobre la comedia de Shakespeare Trabajos de amor perdidos, donde un rey y tres de sus s&#250;bditos juran llevar una vida de castidad y estudios hasta que la intromisi&#243;n de cuatro damas de la corte francesa los hace dar marcha atr&#225;s. El primero en decidir que deben romper el juramento es el personaje llamado Berowne, y Gens denominaba as&#237; al delincuente que, tras una etapa de represi&#243;n, deja en libertad su psinoma sin que nada lo retenga. Con los tobillos cruzados, el notebook sobre los muslos, tecle&#233;: Es un Berowne: pas&#243; por una etapa de represi&#243;n de sus deseos de Holocausto. Ahora los concentra en una casa, probablemente zona inferior.

Interrump&#237; a Montemayor con suavidad y le pregunt&#233; si aquel dato podr&#237;a estar relacionado con cierta preferencia por la filia de Mirada, que seg&#250;n Gens era la clave simb&#243;lica de aquella comedia. Aceptaron mi suposici&#243;n.

No obstante, es preciso valorar la importancia del contacto visual en este caso, Diana -precis&#243; Montemayor-. No digo que no le guste que lo mires, pero su conciencia fue fulminada en alg&#250;n punto por el psinoma, y eso ha incrementado de manera notable el concepto que posee de s&#237; mismo como sujeto dominante.

Y su ritmo depredador: diecinueve v&#237;ctimas en ocho meses -agreg&#243; Nacho.

Veinte, si contamos a Elisa -dijo Montemayor.

Estaba distra&#237;da pensando en repasar un viejo estudio de Moore sobre t&#233;cnica de Mirada, y tuve que pedirles que repitieran el &#250;ltimo dato. Sent&#237; un escalofr&#237;o.

Seg&#250;n mi informaci&#243;n eran solo doce -dije. En el aire situado entre los perfiladores hab&#237;a aparecido una pantalla virtual con veinte naipes de una baraja de rostros.

Interior decidi&#243; barrer los casos dudosos bajo la alfombra para no alarmar en exceso -explic&#243; Montemayor-, pero lo cierto es que no son solo prostitutas o solo inmigrantes. Tenemos varias espa&#241;olas, una turista francesa, una colegial polaca, una rusa

Muchas del Este, de todas formas -dijo Nacho-. Pero es bastante cosmopolita, aunque siempre las elige de piernas largas: tenemos incluso dos bailarinas. -Me mir&#243; lanz&#225;ndome un gui&#241;o-. T&#250; tienes las piernas largas. Eso es un punto positivo.

Le patear&#233; las pelotas con mis piernas largas -repliqu&#233;, y Nacho se ech&#243; a re&#237;r-. &#191;Por qu&#233; tantas extranjeras? &#191;Podr&#237;a ser extranjero?

Nacho mene&#243; la cabeza.

Desde luego, es hombre de mundo, pero de alguna manera parece resultar tranquilizador para las v&#237;ctimas, por lo que sospechamos que habla castellano y probablemente ingl&#233;s con naturalidad. Su pick-up es completamente espont&#225;neo, nada de entra ah&#237; o disparo o golpes en la cabeza, aunque en la etapa final, cuando las introduce en el coche, usa drugs: un espray anest&#233;sico muy efectivo que te deja olor a rosas.

Por Dios, Nacho -cort&#243; Montemayor-. &#191;Puedes hablar en alg&#250;n momento como Dios manda? Su pick-up, drugs -Me mir&#243;, c&#243;micamente enfadado-. Lo siento, est&#225; as&#237; desde que vino de trabajar con el grupo de Berkeley este verano. A m&#237; me dice let's go cada vez que le pregunto si nos vamos a almorzar

C&#225;llate ya, Monte, jodido espa&#241;ol son of a bitch -canturre&#243; Nacho.

Sonre&#237; como se esperaba de una damisela rodeada de caballeros con buen humor. Yo no conoc&#237;a ni un solo perfi que no bromeara constantemente, quiz&#225; debido a que se pasaban la vida examinando el horror al microscopio. Bromeaban a&#250;n m&#225;s que los forenses y pensar eso me llev&#243; a mi siguiente pregunta.

&#191;Cre&#233;is que tiene conocimientos forenses?

Montemayor alz&#243; las cejas y Nacho resopl&#243;.

Acabar&#237;amos antes si te dij&#233;ramos qu&#233; es lo que no sabe -respondi&#243; el primero, muy serio-. Est&#225; al tanto de las novedades en recogida de muestras, utiliza los mejores sistemas de degradaci&#243;n de ADN y borrado dactilar, escanea el cuerpo al final &#191;Qu&#233; m&#225;s quieres? Domina la inform&#225;tica, posee conocimientos m&#233;dicos

Como todo el mundo hoy d&#237;a -apunt&#243; Nacho-. El actual acceso a la informaci&#243;n nos convierte a todos virtualmente en expertos de lo que queramos.

Por lo tanto, eso no indica que sea m&#233;dico o polic&#237;a

Los perfiladores cambiaron una mirada entre s&#237;.

En eBay venden degradantes de ADN de &#250;ltima generaci&#243;n -record&#243; Nacho.

Un chaval de inteligencia media podr&#237;a saber lo mismo que &#233;l si se lo propone, Diana -a&#241;adi&#243; Montemayor.

Estuve un rato tecleando, y al incorporarme sorprend&#237; a Nacho mir&#225;ndome los pechos, sueltos bajo mi camiseta de tirantes. Me sonri&#243; sin rubor y le devolv&#237; la sonrisa. Fue como si quisiera decirme: Trabajo y placer no son incompatibles.

&#191;Todo esto que me hab&#233;is explicado es la parte buena, o ya estamos en la muy mala? -pregunt&#233;.

Nacho se removi&#243; provocando reflejos opalinos en su aterciopelado traje.

Ni siquiera hemos empezado con la mala, honey. &#191;T&#250; qu&#233; dices, Monte?

Digo que la parte mala comienza cuando sabes que es experto en psinomas.

&#191;Qu&#233;?

Ambos me miraban asintiendo en silencio. Montemayor cerr&#243; la carpeta con los rostros de las v&#237;ctimas usando un puntero y la dej&#243; flotar en el aire.

Estamos convencidos de que conoce el mundo de los cebos y nos elude, Diana. Desde luego, con &#233;l no funcionan los trucos cl&#225;sicos. Veamos, por ejemplo, el vestuario. Ya sabes que el f&#237;lico de Holocausto realiza la captura en el momento de elecci&#243;n. Eso est&#225; demostrado. El acecho puede demorar, pero la captura siempre sucede de inmediato a la elecci&#243;n, y por tanto la apariencia de la v&#237;ctima es clave, &#191;vale? -Asent&#237;. Ya conoc&#237;a ese dato-. Pero no todas las apariencias son holoc&#225;usticas puras. La francesa, Sabine Bernard, vest&#237;a este abrigo -Montemayor movi&#243; el puntero sobre la carpeta. En la penumbra de la habitaci&#243;n, uno de los cuartos de trabajo de los perfis en Los Guardeses, se form&#243; la imagen de un maniqu&#237; con abrigo. Monte lo hizo girar en las tres dimensiones-. Observa las &#225;reas descartadas por el estudio cu&#225;ntico. Este abrigo no engancha a un Holocausto, apunta m&#225;s a un Aspecto. Otro ejemplo: la estudiante de intercambio alemana Silke-Hedrun Lang. Vest&#237;a ropa casual y el pantal&#243;n era muy holgado, tal que as&#237;. -Se&#241;al&#243; los puntos rojizos sobre el borde del pantal&#243;n fantasma que hab&#237;a sustituido al abrigo-. Esa borrosidad sexual de cintura para abajo gusta a uno de Ca&#237;da. Pero Nadia Jim&#233;nez, la prostituta a la que secuestr&#243; un mes despu&#233;s, iba casi desnuda, con una especie de top de colores y gafas de dise&#241;o, el disfraz que atrae a los de Exhibici&#243;n. El f&#237;lico de Holocausto no se siente tentado por las piernas desnudas.

Yo estaba confusa.

Entonces, &#191;por qu&#233; nos hac&#233;is salir disfrazadas para el Holocausto?

Porque el estudio cu&#225;ntico del vestuario revela que, entre el cincuenta y el setenta por ciento, la elecci&#243;n es de Holocausto -indic&#243; Montemayor-. Pero el resto pertenece a filias distintas. Hemos tratado de incorporar algunos de esos detalles a vuestro disfraz, sin mucho &#233;xito hasta ahora

&#191;Y de d&#243;nde proceden esas otras filias?

Espera. Te mostraremos m&#225;s ejemplos.

Otro r&#225;pido tecleo y el aire se cuadricul&#243;. Un panal de celdas rectangulares, en cada una de ellas un elemento de decorado: farolas, aceras, muros.

El escenario tampoco encaja en todos los casos -continu&#243; Montemayor-. Hubo un testigo en el rapto de la estudiante polaca Suvienka Zajac, en mayo pasado. La vecina de un piso miraba a la calle cuando la vio entrar en un coche

Se fij&#243; en la marca y el color del veh&#237;culo, la pobre -terci&#243; Nacho-, pero era una se&#241;ora mayor, claro. No estaba al tanto de la nueva tecnolog&#237;a de las port&#225;tiles de tuneado r&#225;pido. Yo tengo una. Cabe en un maletero. Es la leche: puedes llevarte el coche al campo y dejarlo irreconocible en media hora. Y eso sin contar con los medios sofisticados de Oh, perd&#243;n, dear professor. Lo he interrumpido.

Montemayor suspir&#243; antes de proseguir, manipulando la escena en el aire.

Suvienka estaba esperando el autob&#250;s, y la eligi&#243; en ese instante. Observa el decorado. El mu&#241;eco muestra la posici&#243;n del personaje: estaba cerca de la esquina. Bastante enmarcada, dir&#237;a yo, y a poco que viera el coche acercarse se dar&#237;a la vuelta, as&#237;, con lo cual la probabilidad de que el Holocausto la elija se incrementa Pero, mira, desde este &#225;ngulo, o desde este, las dos direcciones posibles por las que el coche pudo acercarse -Movi&#243; el cuerpo del maniqu&#237; femenino en varias direcciones y lo descompuso en partes que, a su vez, adoptaron otras posiciones: cintura, pechos, piernas-. &#191;Ves? El escenario en que la eligi&#243; no es holoc&#225;ustico puro, est&#225; mezclado con Aura o Sigilo, incluso contando con las microconductas de la v&#237;ctima Desde luego, el verdugo que captur&#243; ah&#237; no era un Holocausto, me juego el sueldo de un a&#241;o.

No te juegues una mierda o no nos creer&#225; nadie -objet&#243; Nacho.

Montemayor lo ignor&#243;.

Y en la elecci&#243;n de Gerrit van Oosten

Decid&#237; interrumpirle.

Puede que no sean esos los momentos exactos de elecci&#243;n. -Me detuve, avergonzada ante la expresi&#243;n de los perfis-. Bueno, claro, vosotros sab&#233;is m&#225;s

El psinoma, querida Diana, es matem&#225;ticas -replic&#243; Montemayor con frialdad-. T&#250; lo vives desde el punto de vista de la actriz en el escenario, pero quien te contempla reacciona de manera exacta y cuantificable, siempre.

Sherlock Holmes ya es demasiado elemental, dear Watson -se&#241;al&#243; Nacho-. Hoy cada crimen es una ecuaci&#243;n que resuelven los ordenadores cu&#225;nticos.

Se acabaron los detectives, polic&#237;as, forenses -apostill&#243; Monte, sentencioso-. Ya solo quedan ordenadores, perfiladores, cebos y Shakespeare.

Vale -acept&#233;.

Oh, no, no vale -amenaz&#243; Nacho, en broma-. Nos ha ofendido, se&#241;orita Blanco.

Te contaremos, mejor, las cosas que te incumben -decidi&#243; Montemayor mientras yo respond&#237;a, con fingida humildad, lo siento mucho, se&#241;or Puentes.

De pronto flotaron horrores puros en la oscuridad.

Genitales de v&#237;ctimas. -Montemayor se&#241;al&#243; las holograf&#237;as-. Los objetos inorg&#225;nicos en vagina pueden ser de dos clases: faloides y no faloides. Los f&#237;licos de Holocausto nunca introducen objetos no faloides: sencillamente, esa no es su manera de gozar. Pero en la vagina de Suvienka Zajac hab&#237;a m&#225;s de quince cristales rotos de botella empujados uno a uno con pinzas. Los cristales son objetos no faloides, pero en los gestos de introducci&#243;n hab&#237;a un porcentaje inusual de Holocausto. Para que te hagas una idea: es como si Nacho manejara las pinzas, t&#250; introdujeras los cristales un poco y yo otro poco m&#225;s y cada uno de nosotros se influyera psin&#243;micamente con el psinoma del otro. En la vagina de Ver&#243;nica Casado, en cambio, hab&#237;a solo tentativas

Ten&#237;a quince a&#241;os, desde luego -intervino Nacho-. Es la teenager por excelencia del grupo. Hay Holocaustos que no penetran a la v&#237;ctima si es muy joven

Concedido, querido disc&#237;pulo. Pero en las articulaciones rotas volvemos a tener problemas. Las articulaciones pueden romperse de manera abierta o cerrada, siendo el primer caso todas aquellas que facilitan el acceso a genitales. Para el verdugo, es una manera de decir he roto tus cerraduras. El Espectador emplea maquinaria pesada para quebrar las cabezas del f&#233;mur y el h&#250;mero y descoyuntar las articulaciones de las extremidades. Pero en varias v&#237;ctimas hubo luxaciones y amputaci&#243;n de falanges. -Movi&#243; los dedos de la mano izquierda adelante y atr&#225;s-. Lo cual son formas cerradas, no holoc&#225;usticas, disc&#237;pulo, aunque el an&#225;lisis muestra tambi&#233;n mezcla con Holocausto

Montemayor se extendi&#243; algo m&#225;s, pose&#237;do ahora por cierto sentimiento de orgullo herido ante Nacho. Habl&#243; de las tentativas de taladro, las perforaciones inacabadas y los hiper-desgarros, y lo ilustraba todo con im&#225;genes. Me qued&#233; hipnotizada mir&#225;ndolas. Incluso dej&#233; de escuchar la perorata m&#233;dica de Monte. A lo largo de mi carrera hab&#237;a cazado, o ayudado a cazar, una decena de monstruos, pero todav&#237;a segu&#237;a sintiendo el mismo asombro que el primer d&#237;a, el mismo pavor, aquel asco infinito ante la visi&#243;n de sus demenciales obras. &#191;Por qu&#233;?, me preguntaba. Y aunque sab&#237;a que la explicaci&#243;n era el psinoma, segu&#237;a haci&#233;ndome la misma pregunta. &#191;Por qu&#233;?

Cuando discut&#237;an la forma de cortar el esf&#237;nter anal, los detuve.

Chicos, me temo que no tengo toda la ma&#241;ana. &#191;Cu&#225;l es el resumen?

D&#237;selo t&#250;, Nacho -indic&#243; Montemayor-. A m&#237; no me gusta dar malas noticias.

&#191;Sabes, Diana -pregunt&#243; el aludido-, por qu&#233; lo llamamos el Espectador?

Porque es un experto en elegir con la mirada. Eso es lo que se dice.

Eso es lo que piensa mucha gente en el departamento Pero, en realidad, lo apodamos as&#237; porque se limita a dejar que act&#250;en otros, aunque &#233;l siempre mantiene el control. -Me qued&#233; mir&#225;ndole-. S&#237;: otros le ayudan.

Un momento -dije-: si usa c&#243;mplices y les permite elegir, entonces tendr&#237;a que aparecer en el an&#225;lisis cu&#225;ntico un conjunto compacto de psinomas diferentes. Estar&#237;amos hablando ya de un grupo de dos o tres criminales, o de una banda

Hay excepciones, pero en general es cierto -concedi&#243; Montemayor-, y ah&#237; est&#225; lo jodido: hay rastros de otros psinomas, pero, seg&#250;n el ordenador, no los suficientes.

&#191;Y traducido para los ignorantes? -pregunt&#233; con un hilo de voz.

Utiliza a otros, est&#225; claro. Pero de una manera tan extra&#241;a que no sabemos qu&#233; relaci&#243;n tienen entre s&#237;, y ni siquiera si son personas distintas. Los denominamos empleados. Siguen sus directrices, y a veces obran por su cuenta, tanto en la elecci&#243;n como en los juegos posteriores, pero se detienen en puntos espec&#237;ficos y a veces reciben influencia directa del Espectador. Es una t&#233;cnica muy astuta, lo nunca visto. Por eso creemos que su conocimiento del psinoma es muy notable. Nos esquiva continuamente.

Ignoramos cu&#225;ntos empleados utiliza -intervino Nacho-. Pero no se trata de un grupo organizado ni xana, folie &#224; deux. Es m&#225;s bien una simbiosis.

&#191;M&#250;ltiple personalidad? -suger&#237;, y al verles negar de inmediato supe que hab&#237;an anticipado la pregunta.

Cada personalidad tendr&#237;a el mismo psinoma y los empleados no existir&#237;an -explic&#243; Montemayor.

Es, ante todo, un Holocausto -dijo Nacho-. Les ata la cara, as&#237; y as&#237;. -Coloc&#243; los dedos en aspa sobre sus propios ojos-. Usa una cuerda muy fina para rodear la cabeza. La presencia de esperma degradada en el rostro y sobre la cuerda indica que este escenario final le calienta mucho. Es un grand&#237;simo Holocausto, adem&#225;s de un grand&#237;simo hijo de puta. Pero existen rastros de otros psinomas colaboradores

&#191; Y no podr&#237;a estar imitando los efectos de varios psinomas distintos?

Montemayor sonri&#243;. Nacho, m&#225;s respetuoso (o quiz&#225; con deseos de no ofenderme para invitarme luego a salir), se limit&#243; a ignorar mi burrada.

Nadie puede imitar los efectos de un psi-no-ma, Dia-ni-ta -deletre&#243; Montemayor-. Tan solo el hecho de atarles la cara posee billones de marcas distintivas psin&#243;micas llamadas microespacios. T&#250; eres una Labor. Si quisieras atarle la cara a alguien, nunca lo har&#237;as como un Holocausto, ni aunque dispusieras de un ordenador cu&#225;ntico.

Pero le ayudan otros -protest&#233;-. &#191;Por qu&#233; no se nos ha informado a los cebos de que el Espectador es m&#225;s de una persona?

Fue la primera vez que not&#233; a Montemayor irritado.

Porque no son m&#225;s de una persona, ni tampoco una sola. No pongas esa cara, es lo que hay. No sabemos qu&#233; es. Si os decimos que vais a ver a dos o tres personas en un coche, quiz&#225; nos equivoquemos, quiz&#225; se turnen. Pero tampoco parecen varias personas a la vez sino algo as&#237; como un solo cerebro dividido en compartimientos. Podr&#237;amos estar ante una filia nueva, pero si fuera as&#237;, &#191;por qu&#233; esa cantidad de Holocausto?

&#191;Y qu&#233; ocurri&#243; con Elisa? &#191;Ha sido &#233;l o ellos?

Es pronto para saberlo. El ordenador central est&#225; analizando los microespacios de los escenarios donde pudo desaparecer. Tardar&#225; una semana. El Circo era de baja probabilidad, pero suponemos que es posible.

&#191;Y yo? -dije-. Me propongo recorrer las &#225;reas de riesgo estas tres noches. &#191;Cu&#225;nto me calcul&#225;is?

Unos treinta a&#241;os, tirando por lo bajo -dijo Nacho. Le mostr&#233; el dedo medio.

Alta probabilidad de encontr&#225;rtelo -respondi&#243; Monte rasc&#225;ndose la calva-. No estamos diciendo que te elegir&#225; a ti, eso depende de sus empleados y del genial truco que utilizan. Pero la probabilidad de que coincid&#225;is es mayor del ochenta por ciento. Incluso aunque haya capturado a Elisa, saldr&#225; a elegir de nuevo. Tiene hambre todav&#237;a. Mucha. Y no olvidemos que si Elisa intenta engancharlo y fracasa, acabar&#225; con ella muy pronto, porque disrupcionar&#225;. Le dar&#225; demasiado placer. No le durar&#225; tres d&#237;as.

Nacho Puentes mostr&#243; la punta de la lengua apoy&#225;ndola en el labio superior antes de hablar: hab&#237;an dise&#241;ado, dijo, nuevos ejercicios para las etapas de elecci&#243;n y secuestro que yo pod&#237;a aprender en cuesti&#243;n de horas. Me los pasar&#237;an al note.


Si realmente est&#225;s decidida a intentarlo -agreg&#243;.

Me qued&#233; callada un instante, la vista fija en el notebook. De improviso una imagen me hab&#237;a pose&#237;do: cuerpos desnudos en los escenarios del s&#243;tano, mis compa&#241;eras y yo actuando como si pos&#225;ramos, intentando gustar. Oh s&#237;, yo voy a ser la elegida, no ellas. Yo. El olor de la piel caliente bajo los focos, cuerpos contone&#225;ndose convertidos luego en aquel puzzle de holograf&#237;as forenses. Un s&#250;bito cansancio me invadi&#243; entonces. Me entraron tentaciones de cerrar el note, levantarme y marcharme, olvidarme del Espectador y del maldito sacrificio, la repugnante inmolaci&#243;n a la Dio sa Justicia. Pero entonces pens&#233; en Vera, y fue como si respirara aire puro.

De acuerdo -dije-. Quiero saber c&#243;mo puedo convertirme en el bocado m&#225;s suculento de toda su puta vida.



10

Yo era un monstruo, y lo sab&#237;a. Mi trabajo consist&#237;a en serlo.

Hac&#237;a tiempo que hab&#237;a dejado de enga&#241;arme a m&#237; misma con espejismos de virtud y justicia: no era mejor que aquellos a quienes deb&#237;a destruir. Hay que tratar, tan solo, de no ser peor, recordaba que me hab&#237;a dicho alguna vez la buena de Claudia.

Siempre que me preparaba en casa para convertirme en el deseo de un monstruo, como ocurr&#237;a en aquel momento, no pod&#237;a evitar pensar eso. Como si el propio acto de prepararme para ellos me acusara. M&#237;rate, Diana, vas a transformarte en lo que m&#225;s le gusta a esa bestia. Y en ese m&#225;s estaba el problema. No bastaba con resultarle apetecible: para gustarle por encima de cualquier otro cuerpo, para que me eligiera precisamente a m&#237;, ten&#237;a que llegar a ser lo que &#233;l m&#225;s quer&#237;a. Desde la piel a las entra&#241;as, yo deb&#237;a ser eso que el monstruo deseaba obtener cuando mord&#237;a.

Y, sin embargo, siempre guardando cierto equilibrio, &#191;correcto, doctor Gens?, pens&#233;, al tiempo que cerraba las anticuadas cortinas manuales de mi modesto sal&#243;n.

Si me desea en exceso, se lanzar&#225; sobre m&#237; y me tragar&#225; de un bocado antes de que pueda empezar a trabajarlo &#191;C&#243;mo dec&#237;a usted, doctor? Me esforc&#233; en recordar las palabras exactas mientras pronunciaba luces en voz alta, y las dos l&#225;mparas de pie y cuello de jirafa colocadas en esquinas opuestas se encend&#237;an obedientes, apuntando hacia el centro del sal&#243;n. &#191;Hay que saber ser agua y combustible para el mismo fuego? Quiz&#225; no era la frase textual, pero si no lo era, el sentido se conservaba.

Hice girar el respaldo sin aberturas de la silla hacia m&#237;. Hab&#237;a elegido aquel mueble porque la curvatura s&#243;lida del respaldo era, de entre todos los objetos que ten&#237;a en casa, lo que m&#225;s se parec&#237;a a la superficie de la columna contra la cual Gens hac&#237;a que nos frot&#225;ramos para ensayar la m&#225;scara de Enigma. Me asegur&#233; de que el port&#225;til estuviese encendido y colocado sobre un puf, con los ejercicios de los perfis y el texto anotado de Gens del Sue&#241;o de una noche de verano en la pantalla. A los pies del puf ten&#237;a una botella de agua mineral. Todas las puertas estaban cerradas. Eran las ocho y media de la tarde del viernes y dispon&#237;a de tres horas para ensayar.

Har&#237;a Enigma primero, luego Holocausto.

Los perfis afirmaban que una m&#225;scara de Enigma r&#225;pida pod&#237;a protegerme de los accesos de violencia grave durante las cruciales primeras horas de secuestro. Te atar&#225; y te mantendr&#225; accesible. Estar&#225;s, valga la expresi&#243;n, en pelotas bajo la tormenta, de modo que intenta fabricar un paraguas, hab&#237;an dicho.

La m&#225;scara de Enigma era un arte poderoso. Se basaba en provocar un modesto derrumbe de la realidad con gestos, texto y decorados m&#237;nimos, con lo cual resultaba &#250;til si ten&#237;as que estar confinada en un peque&#241;o espacio, atada y amordazada. Se supon&#237;a que la sensaci&#243;n de extra&#241;eza que provocaba en el psinoma pod&#237;a frenar las agresiones salvajes y prematuras que dejan completamente fuera de juego a un cebo. Mientras me situaba en el centro del improvisado escenario y me quitaba las sandalias, record&#233; que Claudia Cabildo estaba considerada una experta en aquella m&#225;scara, y que ella y yo la hab&#237;amos practicado juntas, tanto en exteriores alrededor de la granja como en la augusta casa de V&#237;ctor Gens en Barcelona.

Claudia, pens&#233;, y me detuve antes de quitarme el pantal&#243;n del ch&#225;ndal. Casualmente, o no, hab&#237;a visitado a Claudia Cabildo aquella misma tarde del viernes y acababa de regresar de su casa. Claudia: otro monstruo, como yo. Recorr&#237;amos juntas los laberintos de oscuridad, &#191;no? Dos monstruos caminando de la mano por la noche sin luna de los locos. Super-woman. Lo har&#225;s.

Claudia, mi gu&#237;a, mi se&#241;al en la oscuridad, el monstruo m&#225;s perfecto jam&#225;s creado para complacer a otros.

Hasta que fue devorada por un monstruo mucho peor.


Claudia Cabildo estaba enterrada. Aunque en ocasiones me hablara, siempre lo hac&#237;a desde las profundidades de una tumba. Cuando decid&#237;a visitarla me obligaba a m&#237; misma a no perder de vista tal perspectiva: me dispon&#237;a a ver a alguien, a pasar el rato con alguien, que ya no habitaba en la superficie de la vida.

Sin embargo, necesitaba verla. Hab&#237;a d&#237;as en que aquella necesidad era casi f&#237;sica, como el deseo de morder una fruta y llenarte la boca con su zumo o recibir la lluvia directamente sobre el cuerpo. En otras ocasiones, me ilusionaba creer que era una decisi&#243;n racional, como apoyarme en el siguiente pelda&#241;o para subir una escalera. Sea como fuere, a lo largo de aquellos &#250;ltimos a&#241;os la hab&#237;a ido a ver siempre que se produc&#237;a un acontecimiento en mi vida: cuando cobraba una presa dif&#237;cil, cuando fracasaba, cuando supe que estaba enamorada de Miguel Laredo o cuando discut&#237;a con Vera. Se lo contaba todo, aunque dudaba de que Claudia me escuchara.

La ma&#241;ana del viernes, despu&#233;s de salir de Los Guardeses tras la entrevista con los perfis, sent&#237; de nuevo aquella necesidad. Marqu&#233; su n&#250;mero en mi m&#243;vil y la voz ronca de Nely Ramos contest&#243; casi de inmediato. S&#237;, desde luego, pod&#237;a ir esa misma tarde si quer&#237;a, a Clau le encantar&#237;a verme, las cinco y media ser&#237;a la hora ideal. Cuando colgu&#233;, pens&#233; que hab&#237;a estado planeando ir los d&#237;as previos para contarle lo de mi dimisi&#243;n, pero que ahora mis motivos eran muy distintos.

La tarde era fr&#237;a y gris. Al bajar del coche en la calle Teseo en Las Rozas, mir&#233; al cielo y lo vi taponado de nubes como sacos. Esa noche -la primera de mi intensa cacer&#237;a del Espectador- no habr&#237;a luna. Mal encuentro a la luz de la luna, orgullosa Titania. Al mismo tiempo lleg&#243; hasta mi nariz el perfume de las flores que adornaban el peque&#241;o jard&#237;n de la casa. El departamento hab&#237;a accedido a contratar a un jardinero, y Nely me contaba cu&#225;nto disfrutaba Claudia viendo cortar el c&#233;sped y podar setos y rosales. Claudia y sus plantas. Un vegetal protegiendo a otros. El chiste era horrendo y est&#250;pido, pero acud&#237;a siempre a mi cabeza.

Y los nervios, tambi&#233;n inevitables. Un hormigueo en el est&#243;mago, una sensaci&#243;n de inseguridad ante el encuentro. Mal encuentro a la luz de la luna. De nuevo, la misma pregunta que me hac&#237;a siempre: &#191;acaso Claudia Cabildo y yo &#233;ramos amigas? Y, por en&#233;sima vez, la misma respuesta: no puedes ser amiga de la persona con quien has hecho de todo. No puedes amar por completo a quien te ha vejado y hecho gozar en el mismo grado en que te ha ignorado; a quien conoce ese lunar que tienes junto al sexo, tus pesadillas de medianoche o la manera en que gritas en el dolor o el orgasmo, pero ignora qu&#233; pel&#237;culas te gustan o si te agrada contemplar un ocaso.

Claudia y yo, compa&#241;eras desde los quince a&#241;os, no &#233;ramos amigas ni nos am&#225;bamos. Pero hab&#237;a algo que nos un&#237;a, m&#225;s fuerte, m&#225;s carnal, que el trozo de piel que comparten ciertos gemelos.

Nely me aguardaba en la entrada tras abrir la cancela. Llevaba un pu&#241;ado de uvas y las hac&#237;a desaparecer en la boca. Me ofreci&#243;, pero negu&#233; con una sonrisa.

Hola -salud&#243; con su voz rasposa y a un tiempo musical, que parec&#237;a contener en s&#237; misma la historia de sus veinti&#250;n a&#241;os de vida desde que naciera en Las Palmas.

Hola, Nely. &#191;He llegado demasiado pronto?

No, est&#225; bien. Pasa.

Nely ten&#237;a el cabello ondulado color azabache, la piel tostada, maneras gatunas y una figura muscular. Hab&#237;a sido cebo, y bastante bueno, hasta los diecinueve, en que decidi&#243; dejarlo. No por nada especial, explicaba, nadie le hab&#237;a hecho mucho da&#241;o, pero las cosas hay que hacerlas hasta un punto, y luego dejar de hacerlas, dec&#237;a. A veces uno ten&#237;a la impresi&#243;n de que hab&#237;a algo m&#225;s que no contaba, pero si lo hab&#237;a, se trataba de sus propias y privadas pesadillas. Como todav&#237;a era muy joven, el departamento hab&#237;a seguido ofreci&#233;ndole peque&#241;os trabajos, entre los que se incluy&#243; cuidar por horas a una ex cebo ca&#237;da en el foso (y, por tanto, potencialmente peligrosa para ser cuidada por simples enfermeras) como Claudia. A Nely le gust&#243; tanto el trabajo que pidi&#243; quedarse todos los d&#237;as, e incluso empleaba sus vacaciones reglamentarias de verano en acompa&#241;arla al balneario. Cocinaba, la ba&#241;aba, la atend&#237;a como una ni&#241;a a su mejor mu&#241;eca. A m&#237; me gustaba que fuese Nely quien lo hiciera, porque parec&#237;a una chica tan dura como su aspecto, y a la vez amable y abnegada.

Atravesamos el silencioso vest&#237;bulo de aquel chalet sin personalidad, de paredes blancas y lisas y muebles escasos y obvios. La t&#237;pica casa del gobierno, tan semejante a aquella otra en que nos vimos por primera vez Claudia y yo, habit&#225;culos como peceras con visores de conducta ocultos, creados para albergar a criaturas como nosotras.

&#191;Qu&#233; tal est&#225;? -pregunt&#233;.

Tiene d&#237;as. -Nely se volv&#237;a apenas para mirarme mientras devoraba la &#250;ltima uva y me guiaba por el sal&#243;n. Sus zapatillas deportivas no hac&#237;an ruido al pisar el brillante parquet-. Hoy la veo muy baja. Pero ayer vino el hombre ese que arregla el jard&#237;n, f&#237;jate, y se anim&#243; bastante. No s&#233;, depende -Se encogi&#243; de hombros y se detuvo ante una puerta cerrada-. Yo creo que a veces se pone m&#225;s boba de lo que est&#225; para que le haga caso Es una mala, la pobrecita, una mala tremenda, pobre m&#237;a

Abri&#243; aquella puerta y entr&#233; en una habitaci&#243;n que, en mi recuerdo, estaba situada diez a&#241;os atr&#225;s, en el chalet al que me llevaron para que conociera a V&#237;ctor Gens, tras mi etapa de formaci&#243;n en la casa de la sierra. En aquel entonces, una figura esquel&#233;tica vestida con un camis&#243;n y un sombrero de paja esperaba all&#237; tambi&#233;n para ser presentada al Gran Doctor. Estaba agazapada en una silla con una rodilla levantada, y yo mir&#233; aquella rodilla y pens&#233; que era el objeto m&#225;s flaco y huesudo que jam&#225;s hab&#237;a visto en una persona. Luego supe que su propietaria se llamaba Claudia, que en su r&#225;pido lenguaje sonaba Ciada, porque ella nunca se molestaba en hablar despacio salvo cuando hac&#237;a teatro. Y supe asimismo que el sombrero no era suyo, sino prop de vestuario que Gens nos hac&#237;a llevar (solo eso, y una fin&#237;sima correa en la cintura) cuando interpret&#225;bamos al personaje de Bottom en las escenas finales del Sue&#241;o de una noche de verano. Us&#225;bamos tanto aquel sombrero que termin&#243; rompi&#233;ndose, y record&#233; que Claudia coment&#243;: Vaya, ahora me dar&#225; verg&#252;enza salir desnuda con ese sombrero roto, y yo me re&#237; ante su iron&#237;a.

Pero no era la habitaci&#243;n de diez a&#241;os atr&#225;s. Ni la misma Claudia.

Hola, Cec&#233; -dije.

Uau, mira qui&#233;n es. &#191;De vacaciones? &#191;Vamos?

Cree que te la vas a llevar al balneario -explic&#243; Nely ri&#233;ndose-. &#161;La pobre!

Ya fuiste a la playa este verano, Cec&#233;. -Sonre&#237;-. &#191;Quieres ir otra vez?

Guau, guau, guau -dijo Claudia moviendo el perrito de peluche que abrazaba. Era un peluche muy feo. La etiqueta le brotaba del trasero.

&#191;Sabes qui&#233;n soy? -pregunt&#233;.

La super-woman. Desde luego.

Es Diana Blanco, boba. -Mientras hablaba, Nely descorri&#243; los estores de las ventanas con un bot&#243;n-. No te hagas la nena peque&#241;a, por favor. Ya sabes qui&#233;n es.

Claro -dijo Claudia y susurr&#243; al peluche-: es la Jira fa, Guau. -Me ech&#233; a re&#237;r: Claudia segu&#237;a recordando el primer apodo que me puso, debido a mi estatura.

Inundada por la luz gris de la tarde y repleta del olor a plantas h&#250;medas, la habitaci&#243;n parec&#237;a la m&#225;s viva de la casa. Parad&#243;jicamente, ya que era la tumba de Claudia. Y all&#237; estaba ella, en el sarc&#243;fago del enorme sof&#225;, siempre tan poderosa y tan d&#233;bil.

Jirafa -dijo en un ronco susurro-. Esa jodida lluvia en el escenario. A cuatro patas. Y otra vez la jodida lluvia. -Sab&#237;a que se refer&#237;a a nuestros ensayos en los teatros de la polic&#237;a, que pose&#237;an aspersores en el techo del escenario para imitar la lluvia. Los ejercicios con el cuerpo empapado eran fundamentales para ciertas m&#225;scaras, pero yo los odiaba especialmente-. Ah, otra vez, la jodida lluvia -Me imit&#243;.

S&#237;, Cec&#233;. -Me re&#237; ante las sorpresas de su memoria-. La jodida lluvia.

Claudia Cabildo ten&#237;a mi edad, pero parec&#237;a treinta a&#241;os mayor. Segu&#237;a siendo delgada, casi asc&#233;tica. En su rostro semejaba haber solo ojos: azules, remotos, dos imanes, dos cielos vac&#237;os. El cari&#241;o de Nely la hab&#237;a embellecido para la ocasi&#243;n. Su cabello rubio y corto estaba brillante y reci&#233;n peinado, la blusa y la falda se hallaban limpias y planchadas y un suave perfume a lavanda la rodeaba como un halo. Me dio por pensar de repente que comprend&#237;a el amor que Vera profesaba por la pobre Elisa. Pero no cre&#237; que fuese realmente amor, sino la necesidad de hallar un reflejo de nosotras en nuestra compa&#241;era, y decirnos: Ella hace lo mismo que yo. No estoy sola en esta locura.

No, no la amaba. Y, en realidad, solo hab&#237;a fingido desearla. Pero no se me ocurr&#237;a nadie m&#225;s -ni siquiera Miguel- con quien poder confesarme sin tapujos. Salvo el se&#241;or Peoples, por supuesto, a quien a&#250;n no hab&#237;a llamado, y en quien no quer&#237;a pensar.

Tienes un aspecto estupendo, Cec&#233;. La playa te sienta bien.

S&#237;, Jirafa. Muy bien.

Te he tra&#237;do algo.

Nely nos hab&#237;a dejado solas hasta la hora del zumo, de modo que ocup&#233; un escabel a los pies de Claudia y extraje un visor de holos del bolsillo de mi cazadora.

&#191;Sabes qui&#233;n es? El ni&#241;o de Tere Obrador Cumpli&#243; cinco a&#241;os el mes pasado y estuve en la fiesta Hice estas fotos para ti Y esta es Tere &#191;La reconoces? -Yo confiaba en que reconociese el nombre antes que las im&#225;genes tridimensionales que aparec&#237;an como humo de colores frente a su rostro.

La Mandona.

Re&#237;, emocionada.

S&#237;, es la Mandona Quer&#237;a que vieras a su chico Es la misma cara de Tere

Claudia y yo hab&#237;amos hablado mucho de Tere, y era obvio que segu&#237;a record&#225;ndola porque hab&#237;a mencionado el mote que le hab&#237;amos puesto por el papel dominante que Gens le hac&#237;a interpretar en los ensayos. Teresa Obrador hab&#237;a comenzado los estudios con nosotras pero los hab&#237;a abandonado cuando su madre cambi&#243; de opini&#243;n respecto de ella y amenaz&#243; con acudir a los tribunales si no se le devolv&#237;a a su hija. Todo se arregl&#243; al final con una indemnizaci&#243;n, y aunque Teresa casi enferm&#243; por haber dejado el trabajo que tanto le gustaba, estudi&#243; otra cosa y se cas&#243;. Yo hab&#237;a ido a su boda y procuraba asistir a casi todos los cumplea&#241;os del peque&#241;o V&#237;ctor (no deseaba saber por qu&#233; le hab&#237;an puesto precisamente ese nombre). Era un ni&#241;o de carita redonda, como su madre, un peque&#241;o duende de manos gorditas. A m&#237; me encantaba verlo.

Puedo descargar estas im&#225;genes en tu ordenador cuando quieras -le dije. Claudia no respondi&#243;, y de repente me sent&#237; como una idiota, apagu&#233; el visor y volv&#237; a guardarlo en la cazadora-. En realidad, Cec&#233;, hab&#237;a venido a contarte otra cosa

Entonces empec&#233;. Se lo cont&#233; todo, a ella y a su perrito de peluche. Ya le hab&#237;a hablado en otras ocasiones del Espectador, de modo que pas&#233; con rapidez a la desaparici&#243;n de Elisa y a la impulsiva decisi&#243;n de Vera, que hab&#237;a motivado la m&#237;a. Ella solo escuchaba, o parec&#237;a hacerlo, con sus grandes ojos abiertos como pozos hacia m&#237;.

Tengo miedo, Cec&#233; Estoy cagada No solo por Vera, tambi&#233;n por m&#237; Ese t&#237;o es peligroso Una pieza grande No puedo dejar que Vera lo haga

Anda, bah, Jirafa -dec&#237;a Claudia sin &#233;nfasis. &#191;Me comprend&#237;a? No me importaba. Segu&#237; confes&#225;ndome.

No s&#233; si cazar&#233; esta vez. Es un hijo de puta muy listo. Tiene a los perfis confundidos. Solo s&#233; que debo intentarlo Hasta ahora van veinte, &#191;te imaginas? Una bestia de las grandes, Cec&#233;. &#161;Tengo tres noches antes de que Vera salga! Debo hacerlo Debo ser yo, y cuanto antes, pero me da tanto miedo No se lo digo a nadie, pero tengo mucho miedo, Cec&#233; -Pens&#233; que iba a llorar, pero entonces sucedi&#243; algo.

De repente cinco g&#233;lidos objetos atraparon mi mano.

Lo har&#225;s -dijo Claudia-. Eres la super-woman.

Las manos de Claudia eran como ella misma: nervudas, flacas, tensas. En la mu&#241;eca se apreciaban las cicatrices de los grilletes con que el monstruo de Renard la hab&#237;a tenido encadenada durante un mes en aquel zulo al sur de Francia de paredes de tierra y techo de vigas en aspa, como lo describ&#237;a una y otra vez la pobre Claudia durante el per&#237;odo inmediatamente posterior a su rescate, hac&#237;a ya casi tres a&#241;os. Por extra&#241;o que pudiese parecer, aunque hab&#237;a soportado una inconcebible serie de tormentos, Claudia no hab&#237;a sufrido grandes lesiones f&#237;sicas. El &#250;nico destrozo hab&#237;a sido el de su cordura: en el interior de su mente, Renard hab&#237;a arrasado.

Lo har&#225;s -repiti&#243; Claudia, aunque yo ni siquiera sab&#237;a si ella misma comprend&#237;a lo que estaba diciendo-. Eres la super-woman, Jirafa.

Permanecimos as&#237;, cogidas de la mano, hasta que apareci&#243; Nely con el zumo de frutas. Me desped&#237; en ese instante y durante el trayecto de regreso a casa las frases de Claudia segu&#237;an sonando en mi cabeza:

Eres la super-woman Lo har&#225;s. Lo har&#225;s.


El Sue&#241;o de una noche de verano, una de las obras de juventud que, seg&#250;n V&#237;ctor Gens, Shakespeare habr&#237;a escrito por orden del clandestino C&#237;rculo Gn&#243;stico de Londres, es una pieza sorprendente: un mundo de hadas, duendes, nobles y actores aficionados transformados en asnos, donde una hierba m&#225;gica exprimida sobre los ojos puede incitar a la v&#237;ctima a enamorarse del primer ser que contemple, por horrendo que sea, lo cual constituye, en palabras de Gens, la clave de la filia de Enigma.

La m&#225;scara de Enigma pertenec&#237;a al grupo de Rechazo, es decir, aquellas en las que la presa se enganchaba precisamente porque no le gustaba lo que ve&#237;a. Los movimientos, actitudes y tonos de voz del cebo produc&#237;an una inquietud expectante, ansiosa, en el objetivo, as&#237; como la represi&#243;n temporal de sus deseos de da&#241;o. Gens me hab&#237;a hecho ensayar aquella m&#225;scara por primera vez en exteriores -una carretera de campo como decorado-, disfrazada solo con unas botas y un pareo enrollado en forma de cuerda, abierta de piernas en el suelo. A&#241;os despu&#233;s, encontr&#243; una manera m&#225;s elegante de practicarla, sin disfraz ni vestuario alguno, usando solo un objeto para frotar contra el cuerpo, como una de las columnas de m&#225;rmol de su casa de Barcelona.

No hab&#237;a columnas ni carreteras en mi apartamento, pero no las necesitaba si pod&#237;a utilizar el respaldo de la silla. Apoy&#225;ndome en esta, me despoj&#233; del pantal&#243;n del ch&#225;ndal, y estaba a punto de quitarme la camiseta cuando uno de los canales permitidos de mi tel&#233;fono me hizo pasar una llamada al altavoz. Decid&#237; escuchar sin contestar.

S&#233; que est&#225;s ah&#237;, cielo, ensayando, y s&#233; que si discutimos voy a joder todo tu teatro, y no quiero, de verdad Te dir&#233; lo que te dije ayer, cuando me contaste que quer&#237;as seguir cazando: eres una maldita tozuda, pero es lo que me gusta de ti -Sonre&#237;, de pie e inm&#243;vil ante las l&#225;mparas encendidas, las manos aferradas a la camiseta en el gesto de quit&#225;rmela. Pens&#233; que lo echaba de menos, que deseaba sentir sus brazos alrededor de mi cuerpo y su boca contra la m&#237;a. Y mientras lo pensaba, la voz suave de Miguel segu&#237;a sonando, como si &#233;l tambi&#233;n se confesara ante una Claudia remota y vac&#237;a-: &#191;Sabes? Desde que empez&#243; nuestra relaci&#243;n, vivo en un temor constante a que te pase algo Supongo que es comprensible, ya que debo decirle, se&#241;orita, que estoy como loco por el mejor cebo de la polic&#237;a espa&#241;ola -Volv&#237; a sonre&#237;r-. Pero, por comprensible que sea, uno nunca se acostumbra a esto


No obstante, repito, eres una tozuda, y me esperaba algo as&#237; Tus cartas siempre tienen posdata, como dec&#237;a mi abuela. Todo lo que comienzas lo acabas. -Se detuvo un instante y agreg&#243;-: Ese h&#225;bito no es malo en ciertas situaciones, claro, pero conf&#237;o en que no lo hagas extensivo al conjunto de nuestra relaci&#243;n. No quiero que lo nuestro acabe nunca

Hab&#237;a susurrado esto &#250;ltimo de una manera que me hizo intervenir. Dije en voz alta contestar, y cuando supe que Miguel me escuchaba repliqu&#233;:

D&#233;jame empezar contigo sin trabajo pendiente antes de pensar en acabar.

Hubo una breve pausa.

Comprendo -admiti&#243; Miguel-. Tan solo quiero saber esto Padilla te ha dado tres noches. &#191;Qu&#233; har&#225;s si no lo cazas el domingo?

No lo s&#233; -respond&#237; con sinceridad.

Hizo otra pausa y al final opt&#243; por respetarme. Te amo, agreg&#243;.

Yo tambi&#233;n te amo -contest&#233; y colgu&#233;. Recordaba de repente algo que los perfis me hab&#237;an dicho aquella ma&#241;ana: Si quieres que te elija, hazte suya del todo, conscientemente. Intenta amarlo-. Te amo, te amo, te amo -segu&#237; diciendo en voz alta, como una Titania ante un Bottom con cara de monstruo, dirigi&#233;ndome al Espectador-. Y voy a joderte vivo, amor m&#237;o

Mientras me dejaba arrastrar por la furia, me quit&#233; la camiseta.



11

El hombre entr&#243; en el peque&#241;o s&#243;tano descalzo, con un albornoz atado a la cintura, salud&#243; a su ayudante y dej&#243; sobre la &#250;nica mesa libre su pesada carga. Se trataba de dos bolsas con casi todos los productos que hab&#237;a logrado conseguir aquel domingo, ya que lo m&#225;s grande lo hab&#237;a dejado un par de plantas m&#225;s arriba, en el garaje.

Meti&#243; las manos en la primera bolsa y sac&#243; dos clavadoras-grapadoras neum&#225;ticas y un taladro con bater&#237;a recargable, as&#237; como un juego completo de brocas finas que ven&#237;an dispuestas en una bonita caja. Al sacar esta &#250;ltima vio el resguardo del t&#237;quet de compra adherido a ella, lo cogi&#243;, abri&#243; la incineradora instalada en la pared y lo arroj&#243; dentro, junto con la bolsa ya vac&#237;a. Comprob&#243; que hab&#237;a varias etiquetas de ropa todav&#237;a sin quemar. Cerr&#243; la incineradora y decidi&#243; que lo quemar&#237;a todo m&#225;s tarde.

De la segunda bolsa extrajo dos enormes tijeras de sastre guardadas en material reciclable, as&#237; como -muy importante, menos mal que se acord&#243;- una bomba de engrase neum&#225;tica de tama&#241;o manejable. Hab&#237;a tenido problemas &#250;ltimamente con la m&#225;quina del segundo s&#243;tano, que chirriaba cada vez que la utilizaba hasta el punto de que ya le resultaba insoportable, y los botes de aceite lubricante no surt&#237;an efecto.

Por &#250;ltimo coloc&#243; sobre la mesa los frascos de Betadine y las cajas con ampollas de Disodol, que hab&#237;a comprado en la farmacia de guardia. Se deshizo igualmente de la bolsa y el segundo t&#237;quet. Con todos los objetos ya sobre la mesa, encontr&#243; un momento para respirar hondo y serenarse.

Estaba algo enojado, porque era domingo y hab&#237;a tenido que salir apresuradamente en busca de un centro comercial abierto. Por regla general, se tomaba su tiempo para comprar, y obten&#237;a notables descuentos en las viejas tiendas especializadas del centro de Madrid, o en los contactos que ten&#237;a en la red. Pero aquella semana el trabajo hab&#237;a sido de locura, sin permitirle apenas un descanso, por lo que el s&#225;bado por la noche se percat&#243; de que deb&#237;a reponer una serie de herramientas con urgencia, y ya no podr&#237;a hacerlo hasta el domingo. Se decidi&#243; por Leroy-Merlin, pese a que odiaba aquellas grandes superficies repletas de falsas ofertas, en las que nunca pod&#237;as regatear el precio, a diferencia de lo que ocurr&#237;a con los peque&#241;os comerciantes o en las webs.

Adem&#225;s, estaba el ara&#241;azo. Se fij&#243; de nuevo en &#233;l, observ&#225;ndolo a la luz de los fluorescentes azulados que iluminaban la habitaci&#243;n: formaba una l&#237;nea casi recta y rojiza de cuatro cent&#237;metros y medio de longitud justo encima del nacimiento del pulgar, en el dorso. Hab&#237;a le&#237;do que los ara&#241;azos y mordeduras de seres humanos eran muy peligrosos, por eso nada m&#225;s llegar a casa se lo hab&#237;a lavado seis veces, tres con jab&#243;n normal y otras tantas con Hipos&#225;n, un desinfectante quir&#250;rgico. Hab&#237;a dejado de sangrar, e incluso la irritaci&#243;n de la piel era menor.

Desde luego, aquel ara&#241;azo no le irritaba tanto como el otro.

Pero hab&#237;a decidido olvidar el asunto, y para ello ten&#237;a un m&#233;todo infalible: recordarlo por &#250;ltima vez y arrojarlo a la incineradora de su memoria.

El ara&#241;azo de la mano se lo hab&#237;a hecho la chica. Puede que el otro tambi&#233;n, pero no estaba seguro.

En parte el primero era culpa suya, porque incluso antes del forcejeo se hab&#237;a percatado de que las u&#241;as de la chica eran largas y afiladas, con el esmalte raspado hasta la mitad, lo cual indicaba probablemente que no eran postizas y que las usaba para todo. Una gata menor de edad con malas pulgas. Sin duda, llevar&#237;a uno de esos est&#250;pidos tatuajes de guerra en el lomo o el pubis, representando cualquier tonter&#237;a falsamente esot&#233;rica, y puede que hasta varios piercings en lugares delicados. A primera vista le hab&#237;a parecido hind&#250; por las facciones y el bronceado, pero luego result&#243; que era sudaca, qui&#233;n sab&#237;a de qu&#233; pa&#237;s con exactitud, entre aquel mosaico de acentos. Al chico que la acompa&#241;aba no lo hab&#237;a visto bien, pero casi pod&#237;a imaginarse las largas gre&#241;as y los b&#237;ceps desnudos mostrando m&#225;s tatuajes.

Pese a todo, admit&#237;a haber tenido suerte. Acababa de efectuar la compra en Leroy-Merlin y decidi&#243; dejar la peque&#241;a carretilla hidr&#225;ulica de repuesto en el almac&#233;n y bajar solo las dos bolsas al coche. De haberse entretenido m&#225;s intentando bajarlo todo al aparcamiento subterr&#225;neo, puede que a esas horas estuviese todav&#237;a declarando en la comisar&#237;a de polic&#237;a. Pero el destino lo quiso de otra forma, y a ello contribuy&#243; que fuese domingo y el aparcamiento estuviera bastante despejado, solo con un coche estorbando la visi&#243;n de su nuevo Mercedes Bluefire ranchera, por lo que advirti&#243; enseguida, incluso desde lejos, las sombras que se mov&#237;an junto a &#233;l.

De inmediato supo lo que suced&#237;a. Dej&#243; las bolsas de la compra en el suelo y se acerc&#243; todo lo sigilosamente que pudo, pero no lo bastante como para impedir que la chica -que era la que montaba guardia- lo viera y avisara a su compa&#241;ero.

&#161;Eh! -exclam&#243; &#233;l al verlos correr-. &#161;Eh!

El chaval se alejaba a toda pastilla, ya inaccesible, pero a ella s&#237; pudo alcanzarla. Y mientras lo hac&#237;a, el primer pensamiento que se le vino a la cabeza, curiosamente, fue: Vaya, tiene el pelo de Jessie. Porque Jessie lo ten&#237;a de la misma forma, era f&#225;cil verlo pese al gorro de lana negro que cubr&#237;a la coronilla de la chica: largo, casta&#241;o oscuro, lacio como una bufanda. Y por cierto, Jessie hab&#237;a sido tan delgada y de tan baja estatura tambi&#233;n. Se acordaba perfectamente de Jessie, por mucho que hubiesen pasado m&#225;s de diez a&#241;os de su muerte.

Sea como fuere, alarg&#243; la zancada y logr&#243; atrapar el delgado brazo bajo la astrosa cazadora negra.

&#161;Eh, eh! -repiti&#243;.

&#161;Su&#233;ltame! -grit&#243; la chica.

&#201;l dijo: Vale, vale. Pero no la solt&#243;. En cambio, aprovech&#243; que ella se entreten&#237;a en gritar para aferrar&#237;a de los brazos. No fue muy dif&#237;cil. La hizo girar hacia &#233;l, y hubo un forcejeo durante el cual, sin duda, ella le ara&#241;&#243;.

Chis -le indic&#243; &#233;l, arrastr&#225;ndola como si ella fuese ingr&#225;vida hasta la pared junto a su coche y atajando el ataque de nervios con una mano en su boca-. Calma, oye No voy a hacerte nada Si sigues gritando, el vigilante del aparcamiento acabar&#225; asomando la cabeza por la ventanilla, te oir&#225;, y tendr&#225;s un problema. Vendr&#225; la polic&#237;a. Te arrestar&#225;n, &#191;comprendes? As&#237; que c&#225;lmate.

Retir&#243; las manos con suma lentitud, pero no la suficiente. Nada m&#225;s soltarla, la escurridiza figura se apart&#243; de la pared y se movi&#243; ante &#233;l como una estrella del f&#250;tbol, haciendo una finta. Sin embargo, estaba preparado. Volvi&#243; a atraparla en el &#250;ltimo segundo y ahog&#243; su grito con el mismo gesto.

He visto chicas de tu edad arrestadas -le dijo-. Es un rato muy jodido, aunque te suelten pronto. Te obligan a ducharte delante de otros. A veces delante de hombres, &#191;lo sab&#237;as? -Le gust&#243; contarle aquella idiotez y ver c&#243;mo ella frunc&#237;a el espeso ce&#241;o negro sobre la mano que la amordazaba-. Quiz&#225; te suelten pronto, pero te aseguro que jode

Yo no he hecho nada -gimi&#243; ella cuando &#233;l le dej&#243; hablar.

Estabais intentando robarme el coche. Yo dir&#237;a que eso es algo.

No Yo no

Ahora que la chica parec&#237;a m&#225;s sumisa, se apart&#243; para mirarla. Detect&#243; enseguida los temblores que le hac&#237;an entrechocar los dientes y el brillo de sudor que cubr&#237;a su rostro. Record&#243; que no deb&#237;a juzgarse a nadie por las apariencias: sab&#237;a que no exist&#237;an solo lo blanco y lo negro, sino una infinitud de grises de liger&#237;simas diferencias tonales. Sin embargo, muy a su pesar, admit&#237;a que comportamientos como el de aquella chica daban la raz&#243;n a la ideolog&#237;a de derechas, que siempre parec&#237;a pensar que toda medida de seguridad y represi&#243;n en Madrid se quedaba corta. Eso le hizo recordar el liberalismo progresista de Cristina, su &#250;ltima compa&#241;era sentimental, de veintitr&#233;s bonitos a&#241;os.

&#191;Sabes lo que eres? -pregunt&#243; con afable tono de voz.

Deje que me vaya por favor -rog&#243; la chica, apret&#225;ndose contra la pared.

&#191;Sabes lo que eres? -insisti&#243; &#233;l.

Me me llamo -Le dijo un nombre, incluso una edad, ambos falsos, sin duda. &#201;l le sonri&#243; con tranquilidad.

No te pregunto qui&#233;n eres. Te pregunto si sabes lo que eres. Te dir&#233; algo: tienes mono, &#191;verdad? &#191;Desde cu&#225;ndo hace que te pones? No estar&#225;s comprando ese &#250;ltimo derivado que te hace polvo el cerebro, &#191;verdad? &#191;Ves ese programa de Canal Joven, S&#233; t&#250;? &#191;El de Michelle, la doctora rubia alemana? Hablaron hace un par de semanas de esa droga y entrevistaron a chicos que se la inyectan. Dios, &#191;no lo viste? Michelle los defiende, pero &#191;c&#243;mo se puede defender ese estado espantoso en el que quedan? Eran momias. Peor a&#250;n: las chicas de tu edad parec&#237;an machos. Borrachos de tasca jurando y escupiendo. &#191;No lo viste? Mira, espera Tengo algo para ti. -Ella no lo escuchaba: miraba angustiada a un lado y a otro con sus grandes canicas color carb&#243;n que, al moverse, dejaban una medialuna marfil en el lado opuesto de los ojos, pero fij&#243; la vista en la mano del hombre cuando este la sac&#243; del bolsillo.

El hombre hizo crujir frente a ella los billetes. Entonces sac&#243; la otra mano.

Y aqu&#237; tengo una tarjeta con un n&#250;mero de tel&#233;fono. Es una cl&#237;nica privada. Puedes llamar y pedir cita diciendo que vas en mi nombre. Nada de listas de espera, ni cinco minutos para cada paciente, ni pastillas para que aguantes a solas. Te tratar&#225;n como a una reina, te quitar&#225;n la abstinencia, te curar&#225;n. Puedes llevarte una de las dos cosas. -Movi&#243; ambas manos, mostrando los euros en una y la tarjeta en la otra, como un mago-. T&#250; eliges: seguir comprando porquer&#237;a y arruin&#225;ndote la vida, o acabar con el vicio y darle un nuevo rumbo a tu existencia, desmentir a esos vecinos respetables que afirman que sois ganado, miseria humana

La chica se hab&#237;a quedado mir&#225;ndolo, totalmente absorta. Los mechones de su cabello oscuro rebosaban fuera de la gorra de lana como una capucha, y la quincaller&#237;a que colgaba de su cuello destellaba cuando mov&#237;a el delgado pecho con los jadeos.

&#191;Por por qu&#233; hace esto? -pregunt&#243;.

El se limit&#243; a encogerse de hombros. La chica lo mir&#243; una vez m&#225;s, y de improviso, con un veloz gesto de culebra, cogi&#243; el dinero y se alej&#243; corriendo. Fue un visto y no visto. El hombre sonri&#243;, guard&#243; la tarjeta -que no era de ninguna cl&#237;nica sino de un sal&#243;n de fitness- y tuvo que reprimir un acceso de hilaridad al pensar que el dinero que la chica se hab&#237;a llevado era de ella misma: un par de billetes arrugados de cinco euros que &#233;l le hab&#237;a quitado del bolsillo de la cazadora durante el forcejeo. T&#250; robas, yo robo, pens&#243;. Se dijo que ten&#237;a futuro como carterista. Pero, tras la diversi&#243;n de la peque&#241;a broma, dedic&#243; un instante a reflexionar, meneando la cabeza. Por supuesto, hab&#237;a sabido desde el principio lo que ella iba a elegir. &#191;Acaso pod&#237;a esperarse que aquella ladronzuela colgada optara por mejorar su suerte? As&#237; eran las cosas, y as&#237; hab&#237;an sido siempre: oro antes que plomo, apariencia antes que sinceridad, los cofres de Porcia. Madrid, a la altura del resto de metr&#243;polis hip&#243;critas, se dijo.

Percibi&#243; primero el ara&#241;azo de la mano, que ya sangraba, y trat&#243; de calmarse recordando que en casa ten&#237;a todo lo necesario para la desinfecci&#243;n. Regres&#243; a por las bolsas, volvi&#243; al coche, las guard&#243; en el maletero, y, antes de dirigirse al almac&#233;n a recoger la carretilla hidr&#225;ulica sinti&#243; la tentaci&#243;n de comprobar si todo estaba en orden en su magn&#237;fico veh&#237;culo.

Y entonces lo vio. El otro ara&#241;azo, esta vez en la carrocer&#237;a de azul cromado, junto al manillar de la portezuela, oblicuo, no muy largo pero visible, sin duda la huella de alguna herramienta utilizada por manos torpes y nerviosas de toxic&#243;mano.


La casa se hallaba en la sierra, rodeada de bosque. Soledad y naturaleza cerca de la capital, dec&#237;a el anuncio de la agencia que hizo que se fijara en ella. Era un antiguo pabell&#243;n de caza que hab&#237;a pertenecido a una familia aristocr&#225;tica, y lo &#250;nico que el hombre conservaba de la vieja decoraci&#243;n era un taburete que ten&#237;a en el primer s&#243;tano. A veces colocaba sobre &#233;l la ropa desgarrada.

El hombre condujo en meditabundo silencio, solo distra&#237;do por el continuo ronroneo del motor. Aquel silencio le hizo recordar su propia biblioteca, cuyas estanter&#237;as llegaban hasta el techo, y, por pura asociaci&#243;n de ideas, a una estudiante de filolog&#237;a con gafas redondas que hab&#237;a conocido dos meses atr&#225;s. Se fij&#243; en que el cielo estaba lleno de nubes grises otra vez -todo el fin de semana hab&#237;a sido igual- y esa noche tambi&#233;n llover&#237;a. La luz pose&#237;a cierta sucia cualidad, como si pasara a trav&#233;s de un fondo de botella.

Un suelo de hojas oto&#241;ales crepit&#243; mientras aparcaba frente a la amplia entrada. A la izquierda se hallaba la puerta del garaje, que albergaba otros dos coches y varias m&#225;quinas de pintura autom&#225;tica y manipuladores de carrocer&#237;a, pero, tras sacar las bolsas y dejar la carretilla nueva cerca de dicha puerta, el hombre utiliz&#243; la entrada principal y encendi&#243; las luces del comedor moviendo la mano en el aire. En el interior reinaba un silencio pulcro con olor a diversas mezclas de abrillantadores de madera y ambientadores. La nueva chica de la limpieza, que era de Ciempozuelos y cobraba por horas, estaba resultando bastante eficiente. La anterior, una se&#241;ora mayor, rumana, contratada desde que el hombre ten&#237;a la casa, lo hab&#237;a llamado un par de semanas antes, llorando, para decirle que un hijo suyo estaba gravemente enfermo y que sent&#237;a mucho tener que ausentarse unos d&#237;as para marchar a su pa&#237;s. Ser&#225;n solo dos d&#237;as, dijo. La pobre mujer parec&#237;a tan afectada por interrumpir el trabajo como por lo sucedido con su hijo, y el hombre intent&#243; tranquilizarla. No hab&#237;a ning&#250;n problema, pod&#237;a tomarse el tiempo que quisiera, lo importante era la salud de su hijo. En cuanto colg&#243;, el hombre bloque&#243; las llamadas de los tel&#233;fonos de aquella mujer, borr&#243; sus n&#250;meros y habl&#243; con una agencia para conseguir una chica nueva que se incorporase al d&#237;a siguiente. Cuando la rumana logr&#243; localizarle, tras una semana de infructuosos intentos en varios tel&#233;fonos, &#233;l le dijo que estaba despedida.

La nueva chica era muy buena, lo bastante tonta para carecer de curiosidad, lo bastante lista como para no joderlo con hijos enfermos.

&#191;Hola? -dijo el hombre en voz alta-. Estoy aqu&#237;. &#191;Hola? &#191;Ayudante?

Pero no recibi&#243; respuesta.

Su ayudante, como &#233;l lo hab&#237;a bautizado -el nombre gustaba a ambos-, no se encontraba en aquella planta. Estar&#225; abajo, pens&#243;.

Silbando la tonada de una vieja pel&#237;cula, entr&#243; en su dormitorio, dej&#243; las bolsas en el suelo y pas&#243; al cuarto de ba&#241;o. All&#237; se lav&#243; cuidadosamente el ara&#241;azo con dos clases de jab&#243;n. Luego orin&#243; y estuvo un rato jugando con el pene: lo estir&#243; entre el &#237;ndice y el pulgar frotando el glande con el primero hasta sentir que se endurec&#237;a. Con el miembro a&#250;n fuera del pantal&#243;n, regres&#243; al dormitorio y se desnud&#243; &#237;ntegramente, arrojando toda la ropa al suelo: chaqueta de esquiador, jersey, camiseta, pantalones de lana, botas, calcetines, hasta el reloj con ordenador de pulsera.

Entonces comenz&#243; a gritar.

Abri&#243; mucho la boca y arroj&#243; saliva. Las venas del cuello se le hincharon y la cara se le enrojeci&#243;. Lo hizo frente a la pared, adoptando la actitud de quien desaf&#237;a a su oponente a un duelo salvaje donde todo est&#225; permitido. Sin dejar de aullar, alz&#243; los pu&#241;os y los descarg&#243; una, dos, tres, cuatro veces contra el tabique. Sinti&#243; dolor, pero no el suficiente. La chica, el ara&#241;azo de la mano, el de la carrocer&#237;a im&#225;genes que daban vueltas ante sus ojos. &#191;Sabes lo que eres? &#191;Sabes lo que eres?

Los gritos y pu&#241;etazos cesaron, pero a&#250;n se sent&#237;a furioso. Gir&#243; hacia la cama, cuidadosamente hecha, como &#233;l exig&#237;a, arranc&#243; el cobertor y las s&#225;banas, quit&#243; la funda de las almohadas y empez&#243; a rasgar la tela. A sus pies cayeron algo as&#237; como p&#233;talos gigantescos de diversos colores. Eso le hizo recordar que ten&#237;a que inventar un sistema m&#225;s f&#225;cil para deshacerse de la ropa tras pasarla por el esc&#225;ner de limpieza, ya que le costaba llevarla a la incineradora desde el primer s&#243;tano, con el consiguiente riesgo de dejar atr&#225;s cualquier peque&#241;a prenda o etiqueta o trozo de retal. Tambi&#233;n aflor&#243; otro recuerdo s&#250;bito: un d&#237;a, cuando contaba doce a&#241;os de edad, en que un compa&#241;ero de clase le pintarraje&#243; un cuaderno.

De repente se sinti&#243; bastante bien. Le dol&#237;an las manos, pero comprob&#243; que no se hab&#237;a hecho da&#241;o con los pu&#241;etazos. Abri&#243; el armario, cogi&#243; un albornoz de ba&#241;o color habichuela y se lo puso. La cama estaba hecha un desastre, y no pod&#237;a dejarla as&#237; para que la chica de la limpieza la viera al d&#237;a siguiente, pero decidi&#243; arreglarla luego. Volvi&#243; a cargar con las bolsas y sali&#243; descalzo y en albornoz del dormitorio. Antes de proseguir su recorrido se detuvo un instante en la puerta del otro dormitorio. Se trataba de un cuarto cuya decoraci&#243;n era incluso m&#225;s minimalista que la del suyo. Se asegur&#243; de que se hallaba vac&#237;o. Est&#225; abajo, pens&#243;, ya con seguridad.

Atraves&#243; el sal&#243;n y la cocina y accedi&#243; al garaje. Le gust&#243; realizar descalzo y desnudo bajo el albornoz toda la operaci&#243;n de abrir la gran puerta electr&#243;nica, introducir la carretilla hidr&#225;ulica y volver a cerrarlo todo. Luego se detuvo frente a los tres ordenadores en l&#237;nea que controlaban los accesos por carretera v&#237;a sat&#233;lite, los bloqueos de la casa, las alarmas y el rastreo de noticias. Abri&#243; las ventanas de este &#250;ltimo y ley&#243; lo m&#225;s reciente acaecido en Madrid: las pesquisas sobre el supuesto Envenenador y su supuesta sustancia t&#243;xica no identificada, que no le interesaron, as&#237; como las noticias sobre el asesino de prostitutas, que repas&#243; con cuidado. Se dijo que necesitaba conseguir un multiordenador que le ahorrase el engorro de tener aquellos tres obsoletos port&#225;tiles en l&#237;nea. Pero prefer&#237;a esperar y encargarlo por piezas para construirlo &#233;l mismo: era m&#225;s barato y dejaba menos rastros. En la vida todo era cuesti&#243;n de esperar, se dijo, recordando c&#243;mo logr&#243; emboscar al chico que le hab&#237;a pintado el cuaderno tras una semana entera espiando sus costumbres, y le hab&#237;a roto el cr&#225;neo con una barra de acero robada de un taller. No cre&#237;a ser un Shylock, pero no perdonaba la libra de carne.

Al pensar esto &#250;ltimo record&#243; tambi&#233;n que aquella semana le tocaba releer El mercader de Venecia. Trataba sobre la Filia de Aspecto, que pod&#237;a resumirse afirmando que no es oro todo lo que reluce, como en la elecci&#243;n de cofres de Porcia. Era importante conocer bien al enemigo.

Sosteniendo las bolsas de la compra con una sola mano, desbloque&#243; la entrada a los s&#243;tanos y accedi&#243; a la escalera por la que a veces las obligaba a bajar, desnudas, a golpes de correa.


Tras recobrar la calma en el peque&#241;o s&#243;tano, el hombre se volvi&#243; hacia su ayudante. Le dijo que se detuviera, tendi&#243; la mano y tom&#243; el pulso de la chica en la garganta. A&#250;n era fuerte, y con los analg&#233;sicos y el Betadine las heridas de pechos y muslos no representar&#237;an una amenaza inmediata para su vida. Observ&#243; que hab&#237;a bebido suficiente agua. Calcul&#243; que pod&#237;an mantenerla un par de d&#237;as m&#225;s.

Se agach&#243; frente a ella y le sonri&#243;, despej&#225;ndole los cabellos de la cara. La chica, atada con los brazos sobre la cabeza y arrodillada, hab&#237;a dejado de gritar y gem&#237;a d&#233;bilmente, mordiendo las cuerdas que ce&#241;&#237;an su rostro.

&#191;Sabes lo que eres? -susurr&#243;. Un sonido ronco brot&#243; de la joven garganta. Al hombre le record&#243; un poco a la sudaca ladronzuela del centro comercial-. &#191;Sabes lo que eres?  insisti&#243; y se&#241;al&#243;, divertido, hacia su pecho-. Elige: &#191;libra de carne o dinero?

No obten&#237;a ninguna reacci&#243;n. Era obvio que necesitaban material nuevo.

Se incorpor&#243;, y su ayudante se arrodill&#243; de nuevo y sigui&#243; con el taladro. Lo manejaba con parsimonia. Parec&#237;a aburrido.


El hombre mir&#243; la hora en la pantalla del port&#225;til del s&#243;tano, que controlaba la m&#225;quina de torno. Siete y diez, tiempo de sobra para bajar a Madrid. A por otra.

D&#250;chate y c&#225;mbiate de ropa -orden&#243; a su ayudante-. Nos vamos.



12

Confiaba en haber sido elegida. Confiaba en que fueran ellos.

Me llevaban a gran velocidad por la oscura carretera. El presunto empleado iba conmigo en el asiento posterior. Quien conduc&#237;a, y no paraba de hablar mientras tanto, era el f&#237;lico de Holocausto, mi candidato a Espectador. Me echaba alegres vistazos desde el retrovisor al tiempo que llenaba el interior de la cabina con su vozarr&#243;n.

A nosotros nos van las t&#237;as que lo aceptan todo Ah, caramba, ya sabes. Sin inhibiciones. De las que se ponen a cuatro patas y dejan que hagas lo que quieras &#191;Me explico?

Vamos, Leo -dec&#237;a mi acompa&#241;ante-, Elena tiene m&#225;s clase que eso

Bueno, con clase o no, har&#225; lo que queramos. -Sus ojos me sonrieron-. &#191;Verdad, guapa?

Vosotros pag&#225;is, vosotros mand&#225;is.

Ah, caramba, &#191;ves, Pedro? Una chica pr&#225;ctica.

El coche iba cada vez m&#225;s veloz, como mi pulso. Me sent&#237;a tensa, con la boca seca, sin poder pensar en otra cosa que en rogar por no estar equivocada. Son ellos. Tienen que serlo. Lo son. Era domingo por la noche, casi la una de la madrugada, el &#250;ltimo d&#237;a del plazo que Padilla me hab&#237;a concedido. Pensaba en Vera, a quien nadie iba a retener ya a partir de la noche siguiente. Pensaba que el tiempo se me acababa, y que las dos noches anteriores hab&#237;an sido un completo fracaso. Me aferraba al clavo ardiendo de aquella &#250;ltima posibilidad, porque ya no me quedaban otras opciones.

Me hab&#237;an elegido en el &#225;rea de caza de un bar de carretera, mientras yo me ajustaba la correa de una de las botas y apoyaba el tac&#243;n en una silla, lo cual era un gesto holoc&#225;ustico. Eso me hac&#237;a pensar que quien dirig&#237;a el cotarro era el se&#241;or Caramba, y Pedro se dejaba llevar. Intu&#237;a que hab&#237;a algo en aquella pareja. Me deseaban, eso desde luego. Si las miradas fueran agua, estar&#237;a empapada. Y fing&#237;an, sobre todo Leo. Sus bravuconadas ocultaban algo m&#225;s que el simple subid&#243;n de la raya de neococa que sin duda se hab&#237;a metido.

Al final hemos tenido suerte, &#191;eh, Pedro?

Desde luego, Leo.

Dando vueltas con el coche cuatro jodidas horas sin ver a ninguna que valiera la pena &#191; Qu&#233; ha pasado con tus colegas, guapa? &#191;Est&#225;n escondidas?

Seguro que lo del asesino de prostitutas influye, Leo -dijo su amigo.

Bah, ese t&#237;o es un montaje de los peri&#243;dicos. Yo no me lo creo. &#191;T&#250; s&#237;, nena?

Elena sabe que con nosotros est&#225; segura. -Pedro volvi&#243; a contestar por m&#237;.

Yo no pondr&#237;a la mano en el fuego. -Leo estall&#243; en risas-. El caso es que, mira, por lo menos dimos con una que parece buena.

Buena, guapa y seria.

Demasiado seria, &#191;no? Pero, ah, caramba, yo conozco a esta clase de t&#237;as Tan serias al principio, y luego, oye, se dan la vuelta y te lo ense&#241;an todo, &#191;eh?

El se&#241;or Caramba, mi preferido, parec&#237;a formar una sola masa con el pedal del acelerador. No dejaba de apretar este &#250;ltimo ni de hablar abriendo mucho la boca y lanzando saliva, con un deje canario que exageraba cada vez m&#225;s, como si se pasara toda la semana reprimi&#233;ndolo. Su cabeza carec&#237;a de pelos y casi brillaba como pl&#225;stico a la incierta luz del interior del Audi. Ten&#237;a una perilla bien recortada, y bajo ella dos o tres papadas que hac&#237;an pensar que llevaba varias m&#225;scaras de goma. Era gordo, pero no descuidado: esa clase de constituci&#243;n f&#237;sica que, abandonada a s&#237; misma, pod&#237;a convertirse en una enorme croqueta, pero cuyo propietario intentaba domar con gimnasio, gastronom&#237;a saludable y quiz&#225; taich&#237; practicado con el resto de colegas empresarios.

Y era f&#237;lico de Holocausto. Enorme, fogoso, de los que dol&#237;a mirar a los ojos porque era como mirar a un perro fam&#233;lico. Aquel deseo le llevaba a disimular. El se&#241;or Caramba hac&#237;a estallar fuegos de artificio y manten&#237;a oculto el magma del volc&#225;n. All&#237;, en esa profundidad, pod&#237;a haber cualquier cosa.

Yo confiaba en que hubiese locura.

No le hagas caso -dec&#237;a su compa&#241;ero, sentado tras &#233;l, con el cuerpo vuelto hacia m&#237;-. Leo es un poco bestia, pero buena persona Ahorra tus fuerzas, Leo. La se&#241;orita pasa de ti.

Claro, ahorra tus fuerzas, Leo -dije.

Leo lanz&#243; una carcajada, pero su compa&#241;ero solo sonri&#243;, mir&#225;ndome a trav&#233;s de la penumbra del coche como si me dijera: T&#250; y yo compartimos algo que Leo no puede entender. Su apariencia encajaba con aquella actitud: delgado, de barba bien recortada y ojos grandes y bonitos donde giraba como un torbellino su propia filia. Yo me hab&#237;a percatado, tras media hora de gestos de prueba, que era un deseador de lo L&#237;quido, proclive a engancharse con una m&#225;scara b&#225;sica de actitudes cambiantes. Me parec&#237;a l&#243;gico que uno de sus empleados fuese un L&#237;quido, porque se trataba de una filia que pod&#237;a mostrar propiedades de otras, y quiz&#225; ah&#237; radicaba la confusi&#243;n de los perfis. Un Holocausto ayudado en la elecci&#243;n por un L&#237;quido: el conjunto sonaba bien y me hac&#237;a concederle cr&#233;dito a la posibilidad de &#233;xito. Pero tambi&#233;n pod&#237;an ser dos yuppies aburridos, con trajes y coches caros, que hab&#237;an salido a desmelenarse tras esnifar un poco de una de esas cocas de dise&#241;o que venden en la red, cuya propaganda afirma que carecen de riesgos y te provocan maravillosas erecciones. Era pronto para saberlo.

&#191;Queda mucho? -pregunt&#233;.

Leo, que hab&#237;a cesado por una vez de hablar y se limitaba a destrozar una melod&#237;a de Har&#225; Mess con un tarareo insoportable, contest&#243; S&#237;, un huevo, al tiempo que su amigo me dec&#237;a: No.

Estamos cerca -a&#241;adi&#243; Pedro, tranquilizador.

&#191;Qu&#233; pasa, Elenovska, rusa putita? -estall&#243; alegremente Leo-. &#191;Tienes prisa?

Le divert&#237;a llamarme rusa, me hab&#237;a dicho, aunque sab&#237;a que yo no lo era. Y le divert&#237;an otras muchas cosas que a&#250;n no hab&#237;a confesado.

No, no tengo prisa, pero tampoco tengo toda la noche. Y dijisteis que la casa estaba cerca, calvo cabr&#243;n.

&#191;Qu&#233; me has llamado?

Pedro re&#237;a. Leo gir&#243; el grueso cuello de toro y tom&#243; una curva haciendo entrechocar las copas de martini colocadas en la peque&#241;a mesita del minibar situado entre su compa&#241;ero y yo. Mientras, chillaba en mi direcci&#243;n.

Eh, oye, superputa, te hemos pagado ya m&#225;s dinero del que has visto en todo el mes, &#191;eh? Y te pagaremos el resto al final. As&#237; que no jodas con prisas. Ah, caramba. Est&#225;s rentada por toda la jodida noche, &#191;oyes? Eres nuestra.

No, no oigo. &#191;Puedes gritar m&#225;s?

Yo quer&#237;a subir el dial de la provocaci&#243;n grado a grado. Qu&#237;tate el disfraz, Leo, vamos, Leo, muestra lo macho que eres y lo pirado que est&#225;s Con la excusa de explorarme una bota, me inclin&#233; en el asiento y, al incorporarme, sonre&#237;, me puse seria, estir&#233; los brazos. Todo aquel ramillete de gestos deleit&#243; al siempre movedizo f&#237;lico de lo L&#237;quido, que me miraba con ojos que parec&#237;an despedir luz. Me hab&#237;an hecho pasar al asiento posterior cuando sub&#237; al coche, y yo hab&#237;a optado por mantener a Pedro al borde del enganche y dejar a Leo libertad para expresarse. Pedro dej&#243; de re&#237;r para comentar:

La se&#241;orita tiene raz&#243;n, Leo, le dijimos que la casa estaba cerca

Bueno, &#191;y? No son todav&#237;a la una. &#191;Es que tienes que irte con mam&#225;, capulla? &#191;O es que te preocupa perder la virginidad? Te hemos pagado, &#191;no? Eres nuestra toda la noche, as&#237; que cierra la puta boca hasta que te diga que la abras bien grande. Ah, caramba, cierra la boca, &#191;quieres? &#191;Eh? &#191;Quieres?

Por favor, Leo, ya vale -dijo el L&#237;quido en tono suplicante-. Elena colaborar&#225;.

Todav&#237;a no hab&#237;a llegado el momento de convertirme en el manjar sumiso de Leo, as&#237; que no dije nada. Pedro volvi&#243; a mirarme.

Leo tiene su car&#225;cter, yo el m&#237;o. Pero somos buenos chicos, te lo aseguro. La pasar&#225;s bien. A tu salud. -Levant&#243; la copa de martini y volvimos a beber. Yo confiaba en que hubiese una droga en mi copa. O que alguno de ellos me rociara con un anest&#233;sico con olor a rosas. Confiaba, confiaba.

Mientras beb&#237;a, dej&#233; de escuchar a Leo y a su comparsa y mir&#233; de nuevo a mi alrededor, como hab&#237;a hecho al entrar en el coche. Las medidas de seguridad prosegu&#237;an: inhibidor de llamadas y se&#241;ales en el salpicadero, bloqueo de puertas, el ojo rojizo de un esc&#225;ner para cerciorarse de que yo no llevara ni un cortaplumas encima y un radar para los coches que nos rodeaban. Los t&#237;picos juguetes de la gente que desea seguridad y privacidad. Me hallaba prisionera, incapaz de llamar por el m&#243;vil o de ser seguida o rastreada por equipos de largo alcance, sentada en un Audi negro que me llevaba como un b&#243;lido hacia un lugar desconocido. Probablemente me estaban drogando. Eran un par de hijos de puta, desde luego. Pero yo necesitaba que fueran mis hijos de puta.


La primera noche, la del viernes, todav&#237;a me sent&#237;a optimista. Hab&#237;a visitado m&#225;s de la mitad de las &#225;reas de caza, todas las de probabilidad alta y la mitad de baja, y hab&#237;a acabado extenuada, sin m&#225;s resultado que algunos borrachos, grupos desordenados de gamberros con l&#237;deres de Holocausto y un polic&#237;a de la misma filia que no dej&#243; de mirarme y seguirme hasta que comprend&#237; que no iba a intentar nada contra m&#237;. Pero confiaba en las noches que me quedaban. El s&#225;bado detect&#233; a dos posibles candidatos en sendos coches que se detuvieron a mi lado, primero en carretera, en la zona de los clubes, y luego en la ciudad, cerca de Santa Ana. Uno se me revel&#243; bruscamente como un falso positivo, un f&#237;lico de Desinhibici&#243;n borracho que acab&#243; habl&#225;ndome de lo mala que era su madre con &#233;l y me expuls&#243; del coche. El otro me llev&#243; a una zona apartada, se abri&#243; la cremallera y pidi&#243; que usara mi boca. Lo abandon&#233; de inmediato, ya que sab&#237;a con certeza que mi amor secreto no iba a exigirme sexo en el momento de la elecci&#243;n.

La ma&#241;ana del domingo, mareada por la falta de descanso y la tensi&#243;n, hab&#237;a llenado la peque&#241;a e inc&#243;moda ba&#241;era de casa con agua tibia y espuma y me hab&#237;a sentado dentro encogiendo mis largas piernas. Apagu&#233; las luces del techo dejando solo las que adornaban las esquinas de la ba&#241;era, luces fr&#237;as sin riesgo de cortocircuito. Era un decorado muy semejante a cierto famoso ensayo sobre la m&#225;scara L&#237;quida. Las luces y el vapor hac&#237;an pensar en farolas en la niebla, como el escenario de Jack, el de Whitechapel, otro Espectador dedicado a destripar a sus propias prostitutas en un Londres que a&#250;n ignoraba la existencia de las m&#225;scaras y el psinoma y que ve&#237;a en Shakespeare tan solo a su autor nacional.

Mientras me relajaba, pronunci&#233; en voz alta el n&#250;mero de tel&#233;fono de Miguel. Su agradable voz (Dios, cu&#225;nto lo echaba de menos) resultaba tan suave como el agua tibia.

Por desgracia, el resto no fue tan grato.

No puedo influir en Padilla para que te conceda m&#225;s noches, cielo -dijo tras escuchar mi petici&#243;n-. Y lo sabes.

La verdad, no lo sab&#237;a -repliqu&#233;, sinti&#233;ndome de pronto irritada-. Pens&#233; que eras el director adjunto de entrenamiento de cebos. Solo te pido

Diana

Solo te pido -insist&#237;- que sigas llamando a Vera a los teatros por las noches para hacerla ensayar, digamos, durante toda la semana. Solo eso. &#191;Tengo que escribirte una petici&#243;n oficial? &#191;Firmar un documento?

Diana, cielo, no puedes seguir sola en esto

Ya tengo dieciocho a&#241;os, pap&#225;.

No soy tu padre ni he pretendido serlo. -Como todos los hombres heridos, Miguel reaccion&#243; con una s&#250;bita, falsa frialdad-. Es que, sinceramente, te estoy viendo correr al precipicio sola Incluso aunque te eligiera a ti &#191;Sabes lo que es el Espectador? Es un billete solo de ida para el cebo. Si quieres matarte, prueba a echar el secador del pelo en la ba&#241;era. Ser&#225; mucho m&#225;s r&#225;pido y menos doloroso

Esa chorrada est&#225; fuera de lugar. Soy un cebo. Estoy haciendo mi trabajo. El d&#237;a en que quiera jubilarme, te lo comentar&#233;.

Hace una semana quer&#237;as jubilarte.

Y hace dos d&#237;as ped&#237; reincorporarme.

Y lo conseguiste. Padilla te dio tres noches. Hoy es la &#250;ltima.

Gracias por tu ayuda -dije, pero no colgu&#233;.

Diana, no lo vas a lograr en tres noches, ni en diez Ese tipo utiliza algo, un truco para eludir la elecci&#243;n psin&#243;mica Nadie sabe qu&#233; es. Todos estamos confusos.

Eligi&#243; a un cebo, y puede elegir a otro. -Me incorpor&#233; en la ba&#241;era y me quit&#233; el jab&#243;n de la cabeza.

Tampoco sabemos eso. Elisa ha desaparecido, cierto, y los estudios preliminares lo se&#241;alan a &#233;l, pero estamos esperando los cu&#225;nticos. Hay otros locos en Madrid.

Dime algo que no sepa.

Por ejemplo, &#191;que me importas mucho?

Durante un rato ninguno de los dos rompi&#243; el silencio. Pese a sentirme indignada, comprend&#237;a la cautela de Miguel y su inc&#243;moda situaci&#243;n. En los altavoces se o&#237;a su respiraci&#243;n a veces profunda, a veces entrecortada.

&#191;Qu&#233; quieres que haga? -dijo al fin, en tono de derrota.

Quiero m&#225;s noches -supliqu&#233; mientras cog&#237;a la toalla-, necesito m&#225;s tiempo. No permitas que Vera salga por su cuenta, por favor. -Me prometi&#243; intentarlo y colgamos sin decir que nos am&#225;bamos, para no ofender nuestro sentimiento.

Padilla me llam&#243; una hora despu&#233;s, cuando ensayaba Holocausto en el sal&#243;n.

Blanco, me perdonar&#225;s si soy vulgar, pero debo decirte que estoy hasta los cojones de tu hermanita y t&#250;. Hemos ordenado a Vera que se presentara en el teatro estas dos noches pasadas para ensayar por sorpresa, y lo volveremos a hacer hoy. Pero juro por la constelaci&#243;n de Sagitario, que presidi&#243; mi venida al mundo, que no voy a intentar retenerla ni una noche m&#225;s. Sencillamente, no puedo dedicarme a educarla. Y ahora, ya sabes, hoy es domingo, mi hija est&#225; en casa y quiero disfrutar de su compa&#241;&#237;a y olvidarme de que, de lunes a s&#225;bado, pongo el culo sobre una tonelada de explosivo llamado el Espectador. Bueno, no es exactamente un explosivo Es un palo encajado en mi jodido culo con mi dimisi&#243;n grabada a lo largo. Sal a la calle, echa el anzuelo, engancha a ese cabr&#243;n, elim&#237;nalo y todo habr&#225; terminado. Felicidades, una medalla, mi gratitud eterna. Pero no me toques m&#225;s los cojones.

No me molest&#233; en replicar. Lo que hice fue pronunciar el n&#250;mero de emergencia de &#193;lvarez en cuanto Padilla colg&#243;. Tras identificarme con mi PIN, pedir audiencia y colgar, recib&#237; su llamada. Se mostr&#243; m&#225;s comprensivo, pero en &#193;lvarez la apariencia de comprensi&#243;n era indistinguible de la pol&#237;tica.

Diana, es usted una superdotada -dijo, como si estuviera revisando mi ficha mientras me hablaba-. Puntuaci&#243;n de las m&#225;s altas en las pruebas de inteligencia. Eso me hace pensar que comprende la situaci&#243;n. Su hermana es mayor de edad. Incluso aunque la despidi&#233;ramos, no podr&#237;amos impedir que hiciera lo que quisiera. Tampoco podemos imped&#237;rselo a usted. Padilla le dio tres noches, y esta ser&#225; la &#250;ltima. Sinceramente, le aconsejo que haga su trabajo y deje que los dem&#225;s hagamos el nuestro.

Colgu&#233; sabiendo que ya no ten&#237;a a nadie m&#225;s a quien poder acudir.

Mientras me disfrazaba para salir, lo pensaba: ser&#237;a esa noche, o nunca.

Era mi &#250;ltima oportunidad.


Y mi &#250;ltima oportunidad viajaba a m&#225;s de ciento cincuenta kil&#243;metros por hora en un Audi negro produciendo un ruido sordo, como de oleaje constante.

Hab&#237;amos abandonado hac&#237;a tiempo la autopista de Valencia e &#237;bamos por una comarcal bordeada de pinos. Ca&#237;a una fina llovizna que el viento convert&#237;a en peque&#241;os dardos. En el interior del Audi el gran Leo segu&#237;a canturreando, perdido en su propio salvajismo, mientras que Pedro, el caballero andante, hablaba por el m&#243;vil con alguien que, al parecer, tambi&#233;n se dirig&#237;a al mismo sitio que nosotros. Una casa donde llevar chicas y usar drogas. Una fiesta high-class, como dir&#237;a Nacho Puentes. A lo mejor una de las chicas se prestar&#237;a a ser atada por Leo. M&#250;sica estridente y puede que porno virtual. Nada demasiado raro.

Empezaba a estar inquieta. Decid&#237; que ten&#237;a que hacer algo antes de llegar al lugar de la org&#237;a. Algo decisivo. Ten&#237;a que descartarlos. El modo de atraerme hab&#237;a sido sospechoso, con la notable cantidad de dinero que me ofrec&#237;an por una noche de juerga. Y, en efecto, quiz&#225; me hubiesen drogado con la bebida, pero no parec&#237;a ning&#250;n tipo de sedante sino todo lo contrario: el coraz&#243;n me saltaba en el pecho, un calor de radiador me enrojec&#237;a la cara y los pezones me dol&#237;an endurecidos bajo el top. Parec&#237;an quererme muy dispuesta para cualquier cosa. Pero todo eso era normal en el mundo de noches locas del ejecutivo Pedro y el ejecutivo Leo. Drogas, chicas, mucha pasta.

Pod&#237;an ser. Pod&#237;an no ser. Ten&#237;a que asegurarme antes de que me drogaran m&#225;s y acabara bailando desnuda y borracha junto a la piscina con el se&#241;or Caramba.

Mir&#233; frente a m&#237; y vi los botones de un reproductor de m&#250;sica online empotrado entre el minibar y la televisi&#243;n. Eso servir&#237;a.

Aunque Shakespeare habla de los cambios emocionales (llamados cambios de estado en psin&#243;mica) en varias obras, hay una en concreto, Mucho ruido y pocas nueces, dedicada a estudiar los efectos de tales cambios: el novio rechaza a la novia de repente pese a amarla, un hombre jura matar a quien considera su amigo &#237;ntimo, aquellos que menos se soportan terminan enamor&#225;ndose y los que parecen est&#250;pidos descubren todos los enga&#241;os. Gens dec&#237;a que Mucho ruido era un s&#237;mbolo de los cambios de estado en m&#225;scaras como la L&#237;qui da o la de Holocausto, pues provocan disrupciones controladas en ambas. A veces, para mirar dentro -dec&#237;a-, es preciso abrir con bistur&#237;.

Me dispuse a realizar una violenta cirug&#237;a.

Alargu&#233; la mano y presion&#233; el bot&#243;n de encendido del reproductor. De inmediato atron&#243; un rap, fiel como un enorme perro que acudiese ladrando a mi gesto. Eso hizo que ambos hombres me miraran. Us&#233; la m&#250;sica para contonearme como si bailara, pero en realidad eran movimientos calculados. Sin pausa, cog&#237; la copa de martini y fing&#237; que beb&#237;a, derram&#225;ndome parte del contenido por la barbilla. Gir&#233; hacia Pedro, de forma que viera mi cuello y ropa goteantes del l&#237;quido que tanto placer otorgaba a su filia, solt&#233; una risotada de borracha y aplaud&#237;. Casi antes de que acabara de hacer todo aquello, los dedos gordezuelos de Leo hab&#237;an volado ya hacia los mandos y apagado la m&#250;sica. Era el detalle final que esperaba. El brutal silencio fue como una ca&#237;da de tel&#243;n. Bruscamente, clausur&#233; mis percepciones e impulsos y me qued&#233; quieta y seria.

Mucho ruido y pocas nueces: algarab&#237;a que terminaba en calma.

Fin. Tiempo total de mi teatro: unos ocho segundos.

Pedro estaba ya fuera de combate. Era un simple L&#237;quido, y su desv&#225;n era vulgar. La disrupci&#243;n lo hab&#237;a inmovilizado con el brazo derecho apoyado en el largo respaldo, la mano izquierda sosteniendo a&#250;n el tel&#233;fono por el que hab&#237;a hablado, la cara vuelta hacia m&#237; y los ojos muy abiertos, como si me hubiese visto practicar una acrobacia fascinante. Los labios le temblaban ligeramente. Pero toda iniciativa por su parte result&#243; superada con creces por la reacci&#243;n de Leo tras el volante.

&#191;Qu&#233; co&#241;o? -chill&#243;-. &#191;Qu&#233; has? -Hab&#237;a perdido la concentraci&#243;n y el coche empezaba a dar tumbos-. &#161;Este no es tu puto coche, rusa! -Pens&#233; que ya no era el suyo tampoco-. &#161;La pr&#243;xima vez pides permiso antes de tocar nada, eh! &#191;Me oyes? &#161;Pides permiso! -Sin embargo, Leo a&#250;n ocultaba cosas, y yo quer&#237;a verlas todas.

Lo siento -dije, entregando aquel simple texto en el instante exacto, tras un breve ejercicio respiratorio, expeliendo las palabras como si fuesen humo.

Casi sent&#237; c&#243;mo aquel disparo de mi voz daba en el centro justo de su Holocausto. El psinoma es una fruta fr&#225;gil y jugosa encerrada en la cascara m&#225;s gruesa de todas. En aquel momento la cascara de Leo se quebr&#243;.

&#191;Lo siento? &#191;&#191;Lo siento?? -Sus ojos, en el retrovisor, iban de la carretera a mi rostro en un zigzagueo constante, y el coche, en armon&#237;a, empez&#243; a perder velocidad, todo lo contrario que su verborrea, que se aceleraba-. &#191;Sabes lo que voy a hacerte por ese lo siento? &#191;Sabes lo que le hago a las chicas, perra rusa? &#191;Lo sabes, perra en celo? &#161;Ah, caramba!

Lo &#250;nico que supe en ese instante fue que el psinoma de alguien que torturaba, o ve&#237;a torturar, a sus v&#237;ctimas no clamaba con la desesperaci&#243;n del de Leo al quedar en libertad. Aquel deseo vociferante revelaba a un pobre diablo viviendo un pobre infierno.

El capullo del se&#241;or Caramba no era mi amor secreto, mi Gran Hijo de Puta, mi objetivo. Menos a&#250;n su compa&#241;ero. Ni siquiera estaban relacionados con el Espectador. Eran otro falso positivo.

De s&#250;bito ya no ten&#237;amos la carretera delante, sino &#225;rboles y matorrales. El guardabarros choc&#243; contra la barrera del arc&#233;n, y mientras derrap&#225;bamos tuve tiempo de pensar que un accidente grave me importaba mucho menos que aquel nuevo fracaso. Al fin todo ces&#243; junto a un peque&#241;o &#225;rbol de ramas tan torcidas como mis planes.

&#161;Cristo! -barbot&#243; Leo y apag&#243; el motor-. &#161;Joder, me cago en!

Mir&#233; a su compa&#241;ero. Segu&#237;a disrupcionado, pero aquel estado cesar&#237;a en cuanto yo me marchase. Igual le ocurrir&#237;a a Leo, pero mientras que el primero expresaba su disrupci&#243;n con parpadeos y rigidez, Leo bufaba, elevaba la voz, se envalentonaba.

&#161;Anda, l&#225;rgate! &#161;Mueve el culo, zorra! &#161;Te vas a ir a Madrid a patita, caramba! &#161;Ah, caramba: te vas a ir a follarte a tu puto pap&#225;!

Comprob&#233; que hab&#237;a desactivado el bloqueo de puertas. Saqu&#233; el dinero que me hab&#237;an entregado y lo dej&#233; en el regazo de Pedro.

&#161;Eso es, puta cabrona! &#161;Vete! &#161;A follarte a pap&#225;! &#161;L&#225;rgate!

Iba a irme. Juro que iba a hacerlo.

Ya hab&#237;a salido del coche, incluso. Pero entonces gir&#233; y lo vi, abotargado por sus propios gritos y un notable exceso de grasa, embutido en su traje a medida. Noventa kilos de dinero y frustraciones con los que atormentar a chicas abnegadas. Una masa calva con un orificio central que eructaba injurias. Un mont&#243;n de mierda de ejecutivo del siglo XXI bajo los efectos de la neococa. Me pregunt&#233; vagamente qu&#233; les habr&#237;a hecho a las chicas que hab&#237;a llevado a sus fiestas privadas en compa&#241;&#237;a del sumiso Pedro. Tal pensamiento bast&#243; para que, a&#250;n de pie junto al coche, abriese la portezuela del copiloto, me agarrase al techo, apoyase una bota en el asiento y lanzase la otra hacia su rostro. O&#237; el crujido en mitad de su &#250;ltimo f&#243;llate a pap&#225;. Luego vino un saludable silencio. En el asiento de atr&#225;s, Pedro gimi&#243; y se encogi&#243; sobre s&#237; mismo.

Mir&#233; a Leo, deformado, sangrante, y pens&#233; que, como m&#237;nimo, le hab&#237;a roto la nariz a otro falso positivo. Quiz&#225; incluso lo hab&#237;a matado, lo cual, decid&#237;, ser&#237;a una verdadera pena.


Ah, caramba -dije, y cerr&#233; de un portazo.

Luego me alej&#233; por el campo nocturno mientras revisaba la cobertura de mi m&#243;vil para llamar a un taxi.



13

Era lunes, ocho y cuarto de la tarde. Me encontraba en casa, de pie frente al receptor de voz de mi tel&#233;fono. El parpadeo del LED del receptor me indicaba que pod&#237;a pronunciar un n&#250;mero de tel&#233;fono cualquiera, y la comunicaci&#243;n se establecer&#237;a.

Miraba aquel receptor sabiendo que jam&#225;s me atrever&#237;a.

Tomar&#237;a la decisi&#243;n m&#225;s l&#243;gica, m&#225;s f&#225;cil. Optar&#237;a por la vida. Regresar&#237;a con Miguel, esta vez para siempre. Intentar&#237;a convencer a Vera de que abandonase aquella locura. Yo misma abandonar&#237;a tambi&#233;n, conseguir&#237;a otro empleo. El Espectador caer&#237;a, tarde o temprano, y Vera y yo estar&#237;amos a salvo.

Ten&#237;a un espejo colgado en la pared, sobre el receptor. Alc&#233; la vista y me observ&#233; reflejada. Una mujer de cabello pajizo, rostro ojeroso y ropa descuidada me devolv&#237;a la mirada. Aquella mujer me dec&#237;a otras cosas. Sucia cobarde, por ejemplo. Tambi&#233;n dec&#237;a: La dejar&#225;s sola, como cuando mataron a pap&#225; y mam&#225;. No intentes excusarte. &#191;Sabes lo que vas a hacer? Vas a poner a resguardo tu culito, para que no te hagan da&#241;o. Y ella se quedar&#225; sola, y no abandonar&#225;. Porque, en el fondo, Diana Blanco, super-woman, en el fondo, &#191;sabes qu&#233; te pasa? Que tienes un miedo atroz al Espectador, a que te deje idiota para siempre como le ocurri&#243; a Claudia, y eso en el mejor de los casos. Tu miedo te obliga a ser ego&#237;sta. Eso te pasa. A m&#237; no puedes mentirme.

Pero no era cierto. No del todo. Siempre he tratado de ser muy injusta conmigo misma, y eso me ha ayudado a mejorar. Sin embargo, pese a los abucheos de mi conciencia, sab&#237;a que lo hab&#237;a dado todo. Hab&#237;a pasado tres noches entreg&#225;ndome por completo, sin reservas. La suerte hab&#237;a estado en mi contra, tan solo. El Espectador no hab&#237;a salido a cazar, pese a las probabilidades que indicaban lo opuesto. O s&#237;, pero uno de sus empleados hab&#237;a optado por nuevas e inesperadas &#225;reas de caza. O quiz&#225; hab&#237;an recorrido las &#225;reas probables, incluso me hab&#237;an visto, por no me hab&#237;an elegido por cualquier motivo. O puede que fuese su truco, esa artima&#241;a desconocida que le hac&#237;a eludir a los cebos. Pero yo, &#243;yeme bien, espejo, espejito, he hecho todo lo que he podido.

No -contest&#243; mi reflejo con absoluta calma-, no lo has hecho todo.

Eso me llev&#243; de nuevo a mirar el tel&#233;fono.

Era lunes, casi las ocho y media ya. Llevaba una hora all&#237; de pie, frente al receptor. Record&#233; entonces lo que hab&#237;amos hablado Valle y yo aquella misma tarde.


Hab&#237;a decidido visitar por sorpresa al doctor Valle. No supe bien por qu&#233;, fue un impulso. Su secretaria me anunci&#243;, pero cuando entr&#233; en el despacho Valle manten&#237;a la expresi&#243;n de sorpresa.

Elena &#191;C&#243;mo est&#225;s? No esperaba verte Si&#233;ntate, por favor.

No me llamo Elena -dije, sin sentarme-. Mi nombre es Diana Blanco. Usted ten&#237;a raz&#243;n: le he mentido.

Me dedic&#243; una mirada evaluadora, como si quisiera adquirirme y no estuviese seguro de que yo pudiera valer el precio que iba a pagar.

No hay problema -dijo-. No vengas a la defensiva. El principio b&#225;sico de cualquier terapia es que el paciente nunca dice toda la verdad. Pero debemos asumirla, y t&#250; has dado un paso positivo decidiendo regresar. No te culpes por haberla ocultado.

No he sido yo quien la ha ocultado -repliqu&#233;.

No entiendo.

La han ocultado aquellos para quienes trabajo.

Valle se ajust&#243; las gafas en el puente de la nariz.

Ya que has venido, &#191;por qu&#233; no te sientas un rato?

Lo hice. Hab&#237;a percibido un cambio sustancial en su tono, m&#225;s fr&#237;o, m&#225;s profesional. La sorpresa se hab&#237;a convertido en sospecha. Imagin&#233; que, hasta entonces, hab&#237;a estado intentando clasificarme sin &#233;xito. Yo no era la muchachita t&#237;mida y acomplejada. Yo no era la mujer casada y frustrada. Yo no era buceadora en la piscina de las drogas. Pero la implicaci&#243;n de otros en mi existencia le hac&#237;a pensar, sin duda, que, despu&#233;s de todo, yo s&#237; era clasificable, aunque quiz&#225; necesitar&#237;a algo m&#225;s que un psic&#243;logo. A esas alturas yo ya hab&#237;a conocido muchos locos, y sab&#237;a que no pocos se delataban con frases como la m&#237;a.

No sonre&#237;, aunque sent&#237; la tentaci&#243;n de hacerlo. No hab&#237;a venido a frivolizar, sino a despojarme de todo. As&#237; que comenc&#233;, con mucha calma, antes de que &#233;l pudiese preguntarme nada. La consulta, como siempre, se hallaba en penumbra, solo el ordenador iluminando su rostro y algunas luces indirectas en rincones revelando arte ind&#237;gena, diplomas, un tablero de ajedrez.

No encontrar&#225; nada m&#237;o en Winf-Pat, ni en ning&#250;n otro sitio. Mi documento de identidad y mi n&#250;mero de Seguridad Social est&#225;n a nombre de Elena Fuentes. Todos esos datos son ficticios. No hay nada realmente m&#237;o, salvo mis iniciales en esa noticia. Nada m&#225;s. Yo no soy nadie. -Pareci&#243; creer que esta declaraci&#243;n era producto de mi tristeza, pero me apresur&#233; a a&#241;adir-: Y esto que le estoy diciendo no es nada. Usted no lo est&#225; oyendo. Esta entrevista no ha ocurrido nunca. Soy como una actriz, pero mi vida real es secreto de Estado. Si sale por esa puerta ahora mismo y le dice a su secretaria la mitad de lo que le estoy contando, ninguno de ustedes durar&#225; veinticuatro horas. Imagine que soy un gas venenoso encerrado en un cristal. Man&#233;jeme con cuidado.

&#191;Me har&#225;s da&#241;o? -pregunt&#243;, inalterable.

No ser&#233; yo quien se lo haga. Usted piensa que la gente oculta la verdad para protegerse. Yo la oculto para proteger a otros. Por eso me march&#233; el otro d&#237;a de su consulta cuando usted empez&#243; a rascar en mi cristal. No le ment&#237; en lo de mis s&#237;ntomas: duermo mal, tengo dolores de cabeza Hay m&#233;dicos oficiales que habr&#237;an podido atenderme, pero quise hablar con alguien ajeno a mi vida. Al principio pens&#233; que usted me ayudar&#237;a sin que yo tuviese que contar nada, con recetas de cocina psicol&#243;gica, no s&#233; si me entiende. Algo as&#237; como t&#243;mate esto, haz lo otro. Fue una estupidez. Es usted demasiado bueno. Y cuando me dijo lo de Winf-Pat, comprend&#237; que deb&#237;a irme para protegerle.

Hice una pausa. La expresi&#243;n de Valle era la del profesional que ya ha llegado a una conclusi&#243;n. Me ve&#237;a como la pobre chica que quiere hacerse la importante, y para ello no duda en enloquecer. Mire, doctor, lo importante que soy. Estaba decidida a sacarlo de su error, pero quer&#237;a ir despacio, sin saltar a la pasarela como una debutante.

Esa es mi parte buena -continu&#233;-. La mala es que soy una ego&#237;sta y y con usted me he sentido por primera vez calmada y acogida. Eso me ha hecho volver a necesitarlo De modo que esta ma&#241;ana decid&#237; regresar y ponerlo en peligro para recibir otra dosis de ayuda. Pero la decisi&#243;n es suya: si no quiere escucharme m&#225;s, lo comprender&#233;. Me ir&#233; y no volver&#225; a verme. Ya le he advertido de los riesgos.

Ni siquiera me dej&#243; concluir. Cuando dije me ir&#233; alz&#243; una mano como si mis palabras fuesen personas que avanzaran hacia &#233;l con ganas de lucha.

Diana, estoy aqu&#237; para escuchar cosas. T&#250; has venido a contarlas, y yo las escuchar&#233; e intentar&#233; ayudarte. -Se permiti&#243; una sonrisa-. Y no te preocupes: por muy raro que sea lo que cuentes, te aseguro que me han contado cosas a&#250;n m&#225;s raras.

Yo tambi&#233;n sonre&#237;. La pausa fue larga como una sobremesa entre amigos. Entonces dije, sin perder la sonrisa:

No tiene ni puta idea de lo que voy a contarle.


Habl&#233; durante unos diez minutos antes de que me interrumpiera. Ya nada era igual, desde luego: yo era la actriz, Valle mi p&#250;blico. &#201;l hab&#237;a ido desplazando gradualmente el centro de su inter&#233;s desde mi persona a lo que yo dec&#237;a. Al menos, mi lenguaje, al principio, le sonaba familiar.

Espera un momento, conozco la teor&#237;a del psinoma

Qu&#233; bien -me burl&#233;-. As&#237; podr&#225; explic&#225;rmela. Yo nunca la he entendido.

Viene a decir que lo que somos, pensamos y hacemos depende exclusivamente de nuestro deseo, y que estamos expresando ese deseo cada fracci&#243;n de segundo: con los gestos, los movimientos de los ojos, la voz Algunos psic&#243;logos, incluso, plantearon hace a&#241;os la posibilidad de que esa expresi&#243;n fuese cuantificable. Es decir, que pudiera medirse y formularse mediante una especie de c&#243;digo matem&#225;tico como el genoma, de ah&#237; el nombre de psinoma. El psinoma ser&#237;a, pues, algo as&#237; como el c&#243;digo de nuestro deseo. Pero se comprob&#243; que era imposible computar los billones de datos de la fisonom&#237;a y el entorno, y sus variaciones cada cierto tiempo. Es como querer computar las infinitas posibilidades del ajedrez. -Se&#241;al&#243; el tablero-. De modo que la teor&#237;a cay&#243; en el olvido. No se puede comprobar. &#191;Me equivoco?

Solo en una cosa -dije sonriendo-: ahora s&#237; se puede. Cuando se inventaron los primeros ordenadores cu&#225;nticos, que realizan bueno, tropecientas operaciones por segundo se registraron los gestos, los tonos de voz y las conductas de las personas ante un sinf&#237;n de est&#237;mulos y se comprob&#243; que pod&#237;an agruparse seg&#250;n cualidades comunes. Hay m&#225;s de cincuenta grupos: se les llama filias, y cada persona tiene una.

Interesante. -Valle sonre&#237;a, esc&#233;ptico-. Pero no conozco esos estudios.

Son secretos -repliqu&#233; bajando la voz, y Valle pareci&#243; tom&#225;rselo de buen humor y dijo ah tambi&#233;n en voz baja-. Los sujetos de la misma filia reaccionan igual ante est&#237;mulos iguales. A los cebos se nos adiestra para identificar las filias.

Me di cuenta de que Valle retornaba a su primer diagn&#243;stico: lo que yo estaba contando ten&#237;a que ser mi delirio.

Ah, bien, bien &#191;Y cu&#225;l es mi filia? &#191;Ya la sabes?

Usted es f&#237;lico de Presa -contest&#233; de inmediato-. No le haga caso al nombre, es una manera de llamarlo.

&#191;Y qu&#233; significa? -pregunt&#243; Valle como si se tratase de su signo del zod&#237;aco.

En general, que a usted le gusta que las personas se sacrifiquen, pero no por usted Le gustan las v&#237;ctimas, las derrotadas, las que claudican Pero, m&#225;s a&#250;n que todo eso, lo que a usted realmente le gusta es el giro de los cuerpos para mostrar la zona posterior. No quiero decir que le guste solo el culo, pero tambi&#233;n el culo. -Sonre&#237;-. A su psinoma le encanta ver la zona divisoria del culo alej&#225;ndose de usted. Y las im&#225;genes partidas, como reflejadas en espejos rotos. Ya s&#233; que no me entiende.

Ar&#237;stides Valle hab&#237;a descolgado la boca. Supuse que era la primera vez que alguien, loco o no, le dec&#237;a algo as&#237;. Pero se recobr&#243; enseguida, como yo ya esperaba.

Lo siento, pero no me reconozco en nada de lo que has dicho.

Eso es debido a que no somos conscientes de lo que realmente deseamos. Cuando vemos a alguien hacer algo que nos gusta, lo atribuimos a otra cosa para entenderlo: decimos que nos hemos enamorado, o que nos agrada su inteligencia Mis profesores me dec&#237;an que el psinoma no est&#225; en la conciencia: la contiene.

A veces ocurre que nos enamoramos de verdad -objet&#243; Valle.

Ya le he dicho que los nombres no importan. A usted puede gustarle mucho una mujer y llamar a eso amor, pero lo que en realidad sucede es que, cuando usted la conoci&#243;, ella se movi&#243; de una forma, o dijo algo en un tono o ante un decorado que complaci&#243; a su filia de Presa. Fue pura casualidad. Si usted hubiese encontrado a esa mujer en el decorado preciso y vestida de la manera apropiada, y ella hubiese actuado mejor, usted habr&#237;a quedado enganchado y le ser&#237;a dif&#237;cil dejarla. Y si ella continuara complaciendo su filia, el placer que usted sentir&#237;a ser&#237;a m&#225;ximo y quedar&#237;a pose&#237;do. Ya no podr&#237;a actuar voluntariamente. A los cebos se nos ense&#241;a a enganchar y poseer.

A ver, a ver -Valle segu&#237;a esc&#233;ptico, pero era obvio que mi locura le intrigaba-. Seg&#250;n lo que dices, no existir&#237;an los verdaderos sentimientos. Esa mujer de tu ejemplo se mueve, dice algo, yo me enamoro Visto as&#237;, el mundo ser&#237;a solo un teatro.

Exacto, un teatro. Los cebos somos como actores: aprendemos un conjunto de gestos, voces, escenarios y ropas, y ofrecemos una especie de espect&#225;culo que engancha a otros. A eso lo llamamos m&#225;scaras. Existe una m&#225;scara para cada filia.

&#191;Solo eso son los sentimientos para ti? &#191;M&#225;scaras?

Me encog&#237; de hombros.

Nuestra inteligencia los llama sentimientos, pero a nuestro psinoma le basta con la m&#225;scara. Los nombres no importan, ya le dije. Al menos, para un cebo no importan Y la verdad, tampoco me interesan las especulaciones filos&#243;ficas.

As&#237; que trabajas como cebo -Valle mene&#243; la cabeza, pensativo-. Siempre he sabido que hay personas que hacen eso para la polic&#237;a, pero no cre&#237; que fuera tan complejo. Pienso que existen m&#233;todos m&#225;s simples y directos para luchar contra el crimen

No ahora. La tecnolog&#237;a hoy est&#225; al alcance de todos. Los cient&#237;ficos inventan una sustancia para impedir que el ADN del asesino sea eliminado del cad&#225;ver, y ma&#241;ana se inventa otra que anula el efecto de la anterior. Igual ocurre con las armas y con todo. Hace tiempo que se ha renunciado a continuar por ese camino. Cuando se descubri&#243; y clasific&#243; el psinoma, se mantuvo en secreto por esa raz&#243;n: porque era lo &#250;nico que pod&#237;a ofrecernos seguridad El asesino puede borrar su ADN, pero no la forma en que elige, mata y abandona a la v&#237;ctima, que dependen de su psinoma. Una empresa sospechosa de blanqueo de dinero borrar&#225; las pruebas con tecnolog&#237;a inform&#225;tica avanzada, pero un cebo puede infiltrarse en ella y conseguir pruebas si engancha el psinoma de un alto cargo El psinoma no puede fingirse ni ocultarse: nuestro placer es una f&#243;rmula matem&#225;tica. Aunque lo intent&#225;ramos, los ordenadores lo descubrir&#237;an. Y cuando se conoce la filia del delincuente, los cebos realizamos m&#225;scaras para atraerlo.

Hoy se usan cebos en todo el mundo. En Espa&#241;a se aprobaron en secreto tras la bomba del 9-N.

Valle me escuchaba como si quisiera encontrar los flecos de mi historia.

En todo el mundo, dices -reflexion&#243;-. Es raro que haya tanta gente que quiera trabajar en eso, &#191;no? &#191;C&#243;mo os seleccionan? &#191;Respond&#233;is a anuncios en los peri&#243;dicos?

Bueno, sucede que uno de los psic&#243;logos que particip&#243; en el proyecto del psinoma tuvo una idea brillante. Quiz&#225; lo haya o&#237;do mencionar: el doctor V&#237;ctor Gens.

S&#237;. De origen catal&#225;n. Era crimin&#243;logo. Pero muri&#243; ya, &#191;no?

Hace dos a&#241;os, s&#237;. En un accidente en alta mar.

S&#237;, creo recordar que ten&#237;a un yate o un balandro, hubo tormenta y se ahog&#243;. Fue noticia en nuestro mundillo

Pues a &#233;l se le ocurri&#243; una idea para reclutar cebos. Era simple, y a la vez genial: aprovechar nuestro propio psinoma. Estableci&#243; los par&#225;metros que debe tener un psinoma cualquiera para resultar complacido siendo cebo y organiz&#243; un programa al que se conectaron varias cl&#237;nicas en todo el mundo. Un menor de edad acud&#237;a por cualquier problema a una de esas cl&#237;nicas, se investigaba su psinoma y, si los par&#225;metros encajaban, se pasaba a la siguiente fase. Suele escogerse a quienes provienen de hogares destrozados, hu&#233;rfanos en su mayor&#237;a, de ese modo todo resulta m&#225;s f&#225;cil. El gobierno se encarga de conseguir las autorizaciones y entrenarnos. Y mantenemos el secreto, porque se trata de nuestro placer. &#191;Qui&#233;n va a querer contar eso? Es un nudo bien trabado, ya ve. -Sonre&#237;-. Al final siempre hacemos lo que m&#225;s nos gusta.

De modo que una conspiraci&#243;n de psic&#243;logos -Valle mene&#243; la cabeza, quiz&#225; dudando entre avisar a un loquero en aquel momento o esperar a que me marchase para hacerlo-. Es interesante, aunque debes admitir que suena a ciencia-ficci&#243;n

Pues, en realidad, es un tema bastante antiguo De hecho, Gens afirmaba que el psinoma ya se conoc&#237;a hace quinientos a&#241;os. Dec&#237;a que Shakespeare describi&#243; todos los psinomas en sus obras. No es una teor&#237;a completamente aceptada, pero, en Europa, parte del aprendizaje de un cebo consiste en estudiar las obras de Shakespeare a fondo.

As&#237; pues, detenemos a los asesinos porque leemos a Shakespeare

Ignor&#233; su burla incr&#233;dula.

Las cualidades de su filia de Presa, por ejemplo, se ofrecen en clave en la escena de la abdicaci&#243;n en Ricardo II, cuando el rey solicita el espejo y lo rompe

Ya. -Valle jugaba distra&#237;damente con una pluma-. Por cierto, &#191;puedo saber cu&#225;l es tu filia, o tambi&#233;n es un secreto de Estado?

Soy f&#237;lica de Labor. Me gusta ver ciertos signos f&#237;sicos en los cuerpos -Me detuve de repente y respir&#233; hondo-. Oiga, s&#233; que no cree ni una palabra de lo que le digo. Pero yo necesito que me crea. He venido a eso. As&#237; que intentar&#233; demostr&#225;rselo. Lo har&#233; con mucho cuidado, pero le pido disculpas si despu&#233;s se siente molesto.

Me observ&#243; por encima de las gafas, y por primera vez advert&#237; en &#233;l la mirada del hombre. Como si yo me estuviese ofreciendo en las esquinas con un top de malla. Sus labios se desviaron sutilmente desde la simple diversi&#243;n al desprecio. Parec&#237;a decirme: Soy doctor en psicolog&#237;a, no un chico inmaduro, por favor. &#191;A m&#237; con esas?. Pero, en cierto modo, era obvio que le gustaba que yo hubiese decidido al fin dejar de teorizar y mostrarle, all&#237;, en su refugio intelectual, lo loca que estaba.

T&#250; misma -dijo-. &#191;Qu&#233; vas a hacerme?

Voy a realizar unos gestos muy breves aqu&#237; mismo, en el sof&#225; -expliqu&#233;-. Antes de que acabe, usted se llevar&#225; una mano a la cabeza y fingir&#225; rascarse o ajustarse las gafas. Ese ser&#225; el primer signo de su placer. Luego tendr&#225; una una intensa erecci&#243;n. Ese ser&#225; el segundo signo.

Ah -asinti&#243; con gravedad, como si la intromisi&#243;n de lo sexual fuese el detalle que esperaba para apuntalar su diagn&#243;stico. Pero regres&#243; enseguida a la sonrisa-. Muy bien, adelante. &#191;Sigo sentado o me pongo de pie?

No, as&#237; est&#225; bien -dije, y elev&#233; los brazos en &#225;ngulo recto, los pu&#241;os cerrados e inm&#243;viles, como si estuviese esposada a una pared; luego los junt&#233; por los nudillos y los separ&#233; bruscamente mientras entornaba los ojos y abr&#237;a la boca de forma precisa, creando una imagen partida. No dej&#233; de mirar a Valle mientras gesticulaba, pero replegu&#233; mi conciencia con un simple esfuerzo. Gens lo hubiese llamado gesto de abdicaci&#243;n. Era un teatro de Giles Yilan. El decorado original, un div&#225;n rosado, no resultaba indispensable.

Antes de que yo bajase las manos, Valle se llev&#243; la suya derecha a la sien y se rasc&#243;. Entonces pareci&#243; darse cuenta de lo que hac&#237;a y la apart&#243;, temblando, como si tuviese mucho fr&#237;o. Intent&#233; frivolizar para disminuir la tensi&#243;n:

No hace falta que me ense&#241;e el segundo signo. Le creo.

Valle me miraba. Era como si esperase algo m&#225;s de m&#237;, una indicaci&#243;n, una orden, aunque yo sab&#237;a que no estaba enganchado. Me apen&#243; su rubor desconcertado.

Escuche, no le d&#233; m&#225;s vueltas -dije-. Si se hubiese tomado una pastilla para dormir, ahora tendr&#237;a sue&#241;o, &#191;no? Causa y efecto. Pues yo he hecho algo para provocarle esas reacciones, y usted ha reaccionado, es todo. Suponga que ha visto una pel&#237;cula o una obra de teatro Lo &#250;nico que he hecho ha sido representar su deseo, y su psinoma ha respondido. -Carraspe&#233;-. La la erecci&#243;n pasar&#225; pronto.

Sigui&#243; en la misma postura, los ojos atados a los m&#237;os, parpadeando.

Lo siento -agregu&#233;, y al tragar saliva not&#233; un nudo en la garganta-. Solo quer&#237;a que me creyera, doctor Yo necesito ayuda, su ayuda. Todos mis amigos, el hombre al que amo, mi hermana todos pertenecen a mi mundo. &#191;C&#243;mo dijo usted? &#191;Un teatro? S&#237;, eso es mi vida Necesito un poco de sinceridad. -Me detuve a saborear la palabra. Los ojos me escoc&#237;an-. Mi trabajo me gusta, y a la vez me parece horrendo. Quiero dejarlo, pero mi hermana ha seguido mis pasos y se ha metido en una cacer&#237;a muy peligrosa Necesito protegerla, pero no s&#233; c&#243;mo No s&#233; con qui&#233;n hablar Necesito alguien que me escuche y no me vea como si yo fuese solo una m&#225;scara S&#233; que por dentro soy algo real. Por dentro no finjo. -Me pas&#233; la mano por la cara, sec&#225;ndome las l&#225;grimas-. Lo siento No quer&#237;a molestarle Siento mucho Odio lo que soy

Ar&#237;stides Valle segu&#237;a r&#237;gido. Si un alma pod&#237;a ser golpeada por un rayo, la imagen perfecta era &#233;l en aquel instante. Esper&#243; hasta que dej&#233; de llorar, y entonces, en voz muy baja pero muy dura, entre dientes, sise&#243;, como si me maldijera:

Vete. Vete de aqu&#237;.

Asent&#237; y sal&#237; a llorar a la calle.


Pero no es cierto: no lo has intentado todo.

Mi espejo ten&#237;a raz&#243;n, claro, como cualquier otro espejo.

Era lunes, casi las nueve menos cuarto de la noche, cuando tom&#233; la decisi&#243;n. Sent&#237; desprecio por m&#237; misma mientras pronunciaba el n&#250;mero en voz alta, pero me resultaba imposible conocer el origen de aquel desprecio. Quiz&#225; era debido al miedo que experimentaba. Miedo de recurrir a &#233;l otra vez, siquiera de verle despu&#233;s de los a&#241;os. Y eso me generaba ira: una rabia densa que ascendi&#243; por mi garganta como un v&#243;mito mientras escuchaba el tono de llamada, una, dos, tres veces, pero que muri&#243; sin brotar en palabras cuando la voz contest&#243;.

Lo &#250;nico que dije fue:

Quiero hablar con el se&#241;or Peoples. -Y agregu&#233;-: Por favor.



14

El parque Zona Cero se halla al sur de Madrid, y fue dise&#241;ado sobre el cr&#225;ter que dej&#243; la gran bomba del 9-N quince a&#241;os atr&#225;s. Se trata de un lugar silencioso, gris, casi elegante. Hay setos, bancos de flores y algunas estatuas andr&#243;ginas en posturas que parecen indicar que saldr&#237;an corriendo de all&#237; si pudieran. No las culpaba: aquello es poco m&#225;s que un yermo de tres kil&#243;metros cuadrados lleno de fantasmas y delincuentes, donde nunca juegan los ni&#241;os. Incluso con el abrigo que llevaba sent&#237;a algo de fr&#237;o. Debajo me hab&#237;a puesto tan solo una malla de Celia Touchstone, uno de esos modelos muy especiales que puedes comprar por encargo, en color amarillo pero con todo el costado, incluyendo los brazos, de tejido transparente, de forma que puesta de perfil parec&#237;a estar desnuda. No llevaba bolso, pero s&#237; unas botas a juego. Las lluvias recientes hab&#237;an dejado grandes charcos sobre los que chapaleaban mis tacones. Y aunque aquel martes a las diez de la ma&#241;ana el sol hab&#237;a sido engullido por enormes nubes, tambi&#233;n llevaba gafas de cristales oscuros, quiz&#225; porque no quer&#237;a ver la cara del se&#241;or Peoples.

Bordeando el parque se retorc&#237;an &#225;rboles de cuentos de brujas, con hojas barridas por el viento o enfangadas por la lluvia. Contaba una leyenda urbana que de noche j&#243;venes prostitutas del Este trepaban a los tocones para llamar la atenci&#243;n de la clientela que discurr&#237;a en los lentos coches por las calles de alrededor. Todo taxista te dec&#237;a lo mismo, sobre todo si eras hombre. Yo nunca hab&#237;a trabajado en Zona Cero, pero compa&#241;eros que hab&#237;an ido a cazar por all&#237; no hab&#237;an visto a ninguna chica hacer eso. Atribu&#237;an el rumor a la circunstancia de que aquel distrito era la Peque&#241;a Rusia de Madrid, aunque no solo se alojaban inmigrantes rusos. Por descontado, la c&#233;lula terrorista responsable del 9-N pose&#237;a tambi&#233;n su propia leyenda.

Junto a los &#225;rboles, los artistas contratados por el ayuntamiento hab&#237;an plantado sus extravagancias. En mi trayecto hasta el l&#237;mite que lindaba con la peque&#241;a calle Corin, pas&#233; junto a algunas, la mayor&#237;a figuras humanas en fibra de vidrio con velos cubriendo sus cabezas: estaban sentadas, pero se contorsionaban. Recordaba haber o&#237;do en un documental que estaban dedicadas al dolor humano. No me pareci&#243; que hubiese ninguna necesidad de hacer estatuas simplemente porque los muertos del 9-N hab&#237;an sido m&#225;s de diez mil, incluyendo al grupo que fabric&#243; la bomba at&#243;mica casera, con el doble de heridos y afectados por la radiaci&#243;n. Nunca adopto el punto de vista de la cantidad en estas cosas. Y ni siquiera me gustaban como s&#237;mbolos del dolor humano. Para m&#237;, el dolor humano no ten&#237;a una silueta tan bonita, sino que era nauseabundo y hasta miserable, lleno de agon&#237;as, supuraciones y gritos. Yo lo odiaba, como odiaba las enfermedades. Nunca se me hubiese ocurrido hacerle una estatua, como tampoco se la hubiese hecho a la peste bub&#243;nica o la par&#225;lisis cerebral.

Por supuesto, sab&#237;a que el se&#241;or Peoples no opinaba lo mismo.

Algo muy similar a tocar unos bornes de doscientos voltios con los dedos h&#250;medos me sacudi&#243; de pies a cabeza cuando distingu&#237; su figura solitaria destacada en aquel marco de &#225;rboles sin hojas y calles vac&#237;as, siempre muy consciente de s&#237; mismo, un actor estepario, &#250;nico, orgulloso de serlo. Me esperaba donde me hab&#237;a dicho, en los confines del parque, junto a la calle. Lo reconoc&#237; incluso de espaldas, y fue al acercarme cuando empec&#233; a darme cuenta de que los escasos a&#241;os transcurridos se hab&#237;an desplomado sobre &#233;l con m&#225;s peso que la simple suma de los d&#237;as.

Yo ya lo hab&#237;a conocido viejo, pero ahora estaba envejecido. La espalda se le encorvaba como si se hallara sentado en la &#250;ltima fila de un teatro intentando ver mejor el escenario. Llevaba un sombrero de alas ca&#237;das, y hasta se hab&#237;a dejado barba. Un bast&#243;n reciente apuntaba hacia el suelo como la pata de palo de un pirata. A pocos metros de &#233;l, adolescentes de vaqueros destrozados, gorras de lana con estrellas rojas y bufandas que a veces ocultaban sus caras, mataban el tiempo junto a un murete acribillado de viejas pintadas. Antes de percatarse de mi presencia, y dirigirme las consiguientes frases provocadoras, observ&#233; que se&#241;alaban al abuelo del sombrero como quien contempla un rid&#237;culo mu&#241;eco de nieve que empezara a derretirse. Ambos ignoramos al grupo de chavales al vernos.

Hola, se&#241;or Peoples -dije.

Una d&#233;bil sonrisa torci&#243; la barba nevada bajo las huesudas chapetas y las redondas gafas negras.

Hola, Diana -dijo el doctor V&#237;ctor Gens.


Suelo pasear por el parque de la Bomba. Me hace pensar en m&#237; mismo: algo nuevo edificado sobre ruinas y muertos. Un buen lugar para que nadie te moleste. Por cierto, no te han seguido, &#191;verdad?

No, claro que no. -Me sorprendi&#243; la pregunta y mir&#233; a mi alrededor. Hab&#237;a escasos transe&#250;ntes por el parque, movi&#233;ndose como en esas mascaradas de preparaci&#243;n en las que ten&#237;as que avanzar con los ojos vendados y murmurando como en trance.

Ah, antes de que se me olvide -Gens emiti&#243; una ronca carcajada-. Te agradezco que no hayas dicho nada m&#225;s despu&#233;s de saludarme, ni siquiera cuando me he callado. Nada de me alegro de o qu&#233; bien que. Te alegras tanto de verme como de que una cucaracha pasee por tu cara, lo s&#233;. Y eso est&#225; bien, porque no finges. Lo cual significa que finges bien.

Sonre&#237; sin ganas para ocultar cierta timidez que me sorprend&#237;a. Hab&#237;an pasado solo dos a&#241;os, pero me hallaba ante un Gens diferente. Una mezcla alqu&#237;mica de fuerza y debilidad. Me llamaban la atenci&#243;n los tendones que semejaban sostener su cabeza como cuerdas de m&#225;stil, o el conjunto de arrugas que rodeaban sus ojos ocultos bajo las gafas negras, o el temblor jadeante que imprim&#237;a a sus manos un aleteo de homeless aterido. Todo aquello me chocaba, no lograba asimilarlo. Tuve que esforzarme en pensar que se trataba de &#233;l. Era V&#237;ctor Gens haciendo de viejo. Y fing&#237;a bien.

Me tendr&#225;s que contar c&#243;mo va el mundo Me entero de cosas, no de todas. Estoy un poco volcado hacia m&#237; mismo. Citas con el m&#233;dico online, color de pastillas de la ma&#241;ana, color de pastillas de la tarde, ya sabes Llevo una especie de diario de mi estre&#241;imiento. Antes pasaba ma&#241;anas enteras intentando recordar si hab&#237;a ido al ba&#241;o al levantarme de la cama o no Cuando uno se olvida de su propia mierda, puede decirse que ha llegado el momento de cerrar la tienda Entonces me dan ataques de preguntas, como yo los llamo Una pregunta tras otra Pero todas vienen a significar lo mismo: &#191;he hecho algo en esta vida? Algo que merezca la pena, quiero decir &#191;Y sabes lo que me respondo? Que s&#237;, que he hecho algo que merece la pena. Y ahora ese algo est&#225; paseando conmigo por el parque. -Empec&#233; a murmurar una frase de cort&#233;s agradecimiento pero me interrumpi&#243;-. Bah, c&#225;llate. Te he dicho lo &#250;nico bueno que pienso de ti.

No quer&#237;a agradecerle sus palabras, sino que haya accedido a verme -repliqu&#233;.

Gens movi&#243; el bast&#243;n con brusquedad.

Oh, venga ya, Diana, fui yo quien te dej&#243; la puerta abierta, y solo yo podr&#233; cerrarla en tus narices. Pero quer&#237;a hacerlo. Eres mi herencia, mi legado, &#191;por qu&#233; no iba a querer verte? Claudia Cabildo y t&#250;, mis dos legados al mundo A este mundo en ruinas, siempre tan joven y tan viejo, que duerme pl&#225;cidamente -Mir&#243; a su alrededor con cierta fijeza, como si estuviese viendo a alguien dormir as&#237;-. &#191;Qu&#233; estaba diciendo? -Se lo record&#233;. Asinti&#243; pero no sigui&#243; con el mismo tema, como si le aburriera. Se rasc&#243; la arrugada barbilla-. Ya te dije que pod&#237;as acudir a m&#237;, te di el n&#250;mero y el nombre de Peoples. Nadie m&#225;s conoce esa clave. No quiero ver a nadie. No quiero saber nada. Para m&#237;, el mundo se acab&#243;.

Tras un breve silencio que subray&#243; aquella frase, y mientras borde&#225;bamos los l&#237;mites del parque, Gens alz&#243; el arrugado rostro bajo aquel sombrero sin pretensiones.

&#191;La ves? -dijo-. &#191;A Claudia?

De vez en cuando.

Otra pausa. Otra pregunta:

&#191;C&#243;mo est&#225;?

Tiene momentos -dije-. Estuve vi&#233;ndola la semana pasada y creo que me reconoci&#243;. Pero, en general, no sale del estado de estupor. A veces ni se da cuenta de que estoy con ella.

Renard realiz&#243; un legrado a fondo de su conciencia y sus impulsos. Se especializaba en eso, entre otras cosas. S&#237;, s&#237;, la chica-soldado Mi chica-soldado Pienso mucho en ella. A fin de cuentas, yo la form&#233;, como a ti. Diana, mi Diana

Dej&#243; que su voz se extinguiera mientras repet&#237;a mi nombre. Luego ri&#243;-. &#161;Cu&#225;nto te costaban las mascaradas de obediencia! Hacer de alumna arrojada a un banco, horas y horas sobre aquella s&#225;bana, y al mismo tiempo de soldado, de marine testoster&#243;nico &#161;Se&#241;or, s&#237;, se&#241;or!. &#161;Qu&#233; mal lo hac&#237;as! A Claudia, en cambio, eso le resultaba f&#225;cil.

Se detuvo. Al mirar atr&#225;s me di cuenta de que no hab&#237;amos recorrido tanto camino como yo cre&#237;a. Segu&#237;a viendo a los chavales junto al murete y oyendo sus risas. Comprend&#237; que moverse en el espacio junto a Gens era como hacerlo en su tiempo. Ahora est&#225;bamos a un paso de la acera. La peque&#241;a calle frente a nosotros segu&#237;a siendo Corin, y m&#225;s all&#225;, una sucursal de banco, un supermercado y un bloque de apartamentos ofrec&#237;an aires de falsa tranquilidad.

Una r&#225;faga de viento levant&#243; a la vez los faldones de mi abrigo y la gruesa chaqueta de lana de Gens.

&#191;Y t&#250;? -pregunt&#243;-. He o&#237;do decir que te retiras

No me sorprendi&#243; que estuviese al tanto de la noticia.

Bueno estoy terminando algunos trabajos. Cuando acabe, lo dejar&#233;, s&#237;.

Ya -dijo Gens.

Me odi&#233; a m&#237; misma por el tono avergonzado con que hablaba y decid&#237; a&#241;adir, desafiante:

Estoy enamorada. Quiero pasar otras experiencias, tener hijos, qui&#233;n sabe Recuerda a Miguel Laredo, &#191;verdad? Nos relacionamos desde hace un a&#241;o, o cosa as&#237;. Vamos a vivir juntos.

Gens estuvo asintiendo y diciendo ah mientras me escuchaba. Sostuve su mirada, pero no pude traspasar los negros cristales de sus gafas. En cambio, tuve la absurda impresi&#243;n de que &#233;l s&#237; pod&#237;a traspasar los m&#237;os. Cuando call&#233;, dijo:

&#191;Y tu hermana? Tengo entendido que sigue entren&#225;ndose

Se ha vuelto un grano en el culo. -Sonre&#237;-. Est&#225; empe&#241;ada en hacer algo gordo.

Ah, s&#237;. El Espectador. No te sorprenda que lo sepa -advirti&#243;-: Padilla me env&#237;a puntualmente los informes.

Ignoraba que Padilla supiese que est&#225; usted vivo.

Oh, por Dios, claro que s&#237;. Y ese mercachifle Se me ha ido el nombre ahora &#193;lvarez, s&#237; &#193;lvarez Correa. Esos dos lo saben todo. Puede que uno visite al otro, compartan cama e informaci&#243;n -Grazn&#243; de nuevo su risa-. Lo que no saben es d&#243;nde estoy. Por eso no quiero que les digas que me has visto. Piensan que sigo en Par&#237;s, o en la granja -La sola menci&#243;n de la granja, como la llegada de una visita esperada y temida, hizo que me estremeciera. Por fortuna, Gens cambi&#243; de tema, distra&#237;do-. Precisamente fue a Padilla a quien se le ocurri&#243; la idea de utilizar mi costumbre de navegar con el balandro para fingir mi muerte De ese modo ten&#237;an la excusa perfecta para no encontrar mi cad&#225;ver. Ya comprender&#225;s que yo no pod&#237;a montar el teatro de mi muerte sin contar con ellos Es como robar en un local de la mafia: no puedes hacerlo solo. Pero a ellos les negu&#233; la posibilidad de verme bajo ninguna circunstancia Me env&#237;an los informes a un buz&#243;n an&#243;nimo de correo electr&#243;nico, yo los hago pasar por varios filtros y luego los reenv&#237;o a mi propio servidor. Son medidas muy banales: el d&#237;a en que les d&#233; la gana, me encontrar&#225;n, pero lo bueno es que yo me enterar&#233;. Y no les va a dar la gana nunca. Me necesitan.

De pronto sent&#237; el est&#250;pido impulso de adularlo.

No pueden prescindir de alguien como usted.

Me mir&#243; sin cambiar de expresi&#243;n, y record&#233; que era su pose con cualquier cebo: demostrarnos que no pod&#237;amos afectarlo con halagos.

Estoy retirado, en todo caso. Desterrado en mi bosque de Arden -Alz&#243; los brazos mientras sonre&#237;a-. Soy&#191;qui&#233;n? &#191;El viejo Adam? &#191;Jacques, el melanc&#243;lico? &#191;Sabes? Se cuenta que Shakespeare hac&#237;a de Adam en Como gust&#233;is. Es curiosa, &#191;no? Digo esa leyenda de que siempre interpretaba a viejos: Adam, el fantasma del padre de Hamlet Quer&#237;a fingir vejez, quiz&#225; No recuerdo por qu&#233; estaba contando esto

Dec&#237;a que est&#225; retirado.

S&#237;, as&#237; es Exiliado en mi bosque de Arden hasta que t&#250;, una preciosa Rosalinda, has venido a sacarme a la luz del sol.

No he venido a sacarlo de ning&#250;n sitio -repliqu&#233;-. Solo quiero pedirle ayuda.

Esper&#233; en vano a que me preguntase para qu&#233;. Se limit&#243; a asentir en silencio. Durante la pausa intent&#233; colocar mejor una maldita hebra de pelo que no hab&#237;a recogido en el apresurado mo&#241;o que me hab&#237;a hecho antes de salir y que ahora el viento usaba para martirizar mi rostro. En la calle, frente a nosotros, una peque&#241;a furgoneta se detuvo con un s&#250;bito frenazo. Bajaron dos personas que entraron en el supermercado, una era una mujer robusta que se contoneaba bajo una boina de cuero. Gens dijo entonces:

Ayuda para tu hermana, claro. Quieres salvarla del monstruo.

&#191;Ha le&#237;do su perfil? -pregunt&#233;.

Claro que lo he le&#237;do. Buena pieza, el Espectador. De trofeo. El psico m&#225;s astuto que hemos tenido en muchos a&#241;os. Cu&#225;nto dar&#237;a por estar todav&#237;a al frente y dedicarme a &#233;l Pero yo har&#237;a lo mismo que Padilla: usar&#237;a a tu hermana. A estas alturas deber&#237;as saber tan bien como yo que ella es el cebo ideal para cazarlo.

Procur&#233; mantener la calma.

No lo creo, pero aun si fuese as&#237;, no es la ideal para eliminarlo.

Vamos, Diana, con diez a&#241;os de experiencia, &#191;es necesario leerte la cartilla? El paso clave para eliminar a la presa consiste en que te elija. No solo eso -Llev&#243; la temblorosa mano izquierda a la boca y movi&#243; los dedos frente a ella-: Que babee al elegirte.

Pero Vera no podr&#225; eliminarlo. Este psico me recuerda a Renard &#201;l

Gens alz&#243; el &#237;ndice, interrumpi&#233;ndome.

T&#250; no conociste a Renard. -Y repiti&#243;, con dureza-: No lo conociste. No hables de lo que no sabes. -Apoy&#243; de nuevo las dos manos en el bast&#243;n mientras retornaba a la calma-. Los cebos veteranos sois graciosos. Os retir&#225;is antes que los futbolistas, gan&#225;is un past&#243;n y una pensi&#243;n de por vida. Ese abrigo de piel sint&#233;tica verde o esa malla que llevas &#191;Qu&#233; chica a tu edad puede permitirse comprar todo eso? &#191;Y qu&#233; es lo que has hecho para conseguirlo? Gozar. Complacer tu psinoma. El resto es silencio, querida. Ignorancia, m&#225;s bien. No tienes que saber nada; el cebo perfecto es el cebo ignorante. Y la ignorancia es una aceptable imitaci&#243;n de inocencia La inocencia es lo opuesto al fingimiento. Es un estado ad&#225;nico previo al pecado en el que ni siquiera nos diferenci&#225;bamos sexualmente. Tu hermana es lo bastante ignorante como para parecer inocente. Si el monstruo la muerde, su psinoma puede disrupcionar de placer, y quiz&#225; se elimine a s&#237; mismo. En eso conf&#237;an en el departamento, y lo sabes.

No, no lo s&#233;.

Lo sabes -insisti&#243; Gens-. No con tu cerebro emocional, claro. Tu parte emocional te lleva a querer protegerla. Pero, f&#237;jate bien, cuanto m&#225;s deseas protegerla, m&#225;s inocente se vuelve ella, porque te rechaza y elige al Espectador. Es como si la condimentaras con tu protecci&#243;n. Perdona el s&#237;mil, pero a estas horas me entra siempre hambre y suelo pensar en comida La sazonas al querer ayudarla. Y tu hermana se convierte as&#237; en el bocado m&#225;s exquisito, dulce, casi empalagoso Los perfis piensan que el Espectador morir&#225; de un empacho. &#191;Comprendes ahora por qu&#233; no la retiran? Est&#225;s enrojeciendo, veo que lo comprendes.

En realidad, sent&#237;a furia. Sab&#237;a que Gens ten&#237;a raz&#243;n: Padilla nunca hab&#237;a pensado en retirar a Vera. Confiaba en su inconsciencia como en una bomba envuelta en papel de regalo. Tras un breve acceso de tos resuelto con el pa&#241;uelo, Gens a&#241;adi&#243;:

El punto de vista a adoptar aqu&#237; es cu&#225;nto placer puedes ofrecerle al monstruo. &#191;Mucho? Entonces, no sirves. &#191;Todo? Entonces quiz&#225; sirvas.

S&#233; cu&#225;l es el punto de vista.

Oh, pero lo sabes te&#243;ricamente. No lo has asumido. &#191;D&#243;nde co&#241;o tengo el bolsillo? -Intentaba guardar el pa&#241;uelo h&#250;medo en sus pantalones de color verde claro-. Una se&#241;ora me compra ropa de vez en cuando, pero parece que la elige como un test para prevenir mi Alzheimer Ah, ya est&#225;

Vi&#233;ndolo tan viejo, tan aparentemente derrotado, comet&#237; el error de apelar a su compasi&#243;n.

Se trata de mi hermana Puede que sea cierto lo que usted dice, pero es Vera

Oh, no, se&#241;orita. No, no, ah&#237; se equivoca usted: se trata del Espectador. Siempre se ha tratado de &#233;l. Los cebos import&#225;is en la medida en que atra&#233;is a los monstruos. T&#250; eres bastante venenosa, pero no le das tanto placer como Vera, y por ese motivo no va a elegirte a ti, por mucho que jadees y te ofrezcas. Adem&#225;s, ese psico es un genio y nunca elegir&#237;a a un cebo profesional. Usa un truco. Vera posee la torpeza exacta

Eligi&#243; a Elisa Monasterio.

Gens se me acerc&#243; con breves pasitos de repente. En los cristales de sus gafas contempl&#233; una doble maqueta de m&#237; misma, una mu&#241;eca vud&#250; ensartada por su mirada.

No juegues conmigo, querida. Monasterio era otra inexperta Aunque debo admitir que en el caso de esa chica hay detalles chocantes Habr&#225; que esperar a

De s&#250;bito cre&#237; escuchar algo. Pens&#233; que me enga&#241;aba, pero vi que Gens tambi&#233;n mov&#237;a la cabeza en direcci&#243;n a la calle. Durante un instante ambos nos quedamos absortos, sin o&#237;r nada m&#225;s, y supuse que el grito, si hab&#237;a sido eso, hab&#237;a provenido de alg&#250;n televisor. Gens volvi&#243; a mirarme, irritado. Siempre hab&#237;a sido tan alto como yo, pero su espalda encorvada lo hab&#237;a dejado al nivel de mi cuello. Parec&#237;a un viejo verde observ&#225;ndome los pechos.

Bueno, y a fin de cuentas, &#191;a qu&#233; has venido?

Se lo he dicho: quiero ayuda. Ll&#225;melo como guste. Amo a mi hermana. Usted puede pensar que es el psinoma. Acepto ese juego, de verdad. Pero amo a mi hermana, y quiero ser yo, no ella, quien cace a ese cabr&#243;n. Usted conoce el truco que utiliza para eludir a los cebos profesionales. &#191;Qu&#233; quiere a cambio de dec&#237;rmelo?

Quiero Quiere -Un golpe de viento hizo que Gens se sujetara el ala del sombrero-. &#191;Desde cu&#225;ndo la voluntad de un cebo lo ha hecho m&#225;s id&#243;neo para cazar?

Siempre he sido el cebo m&#225;s id&#243;neo cuando usted me preparaba.

Esta vez percib&#237; que el elogio lo suavizaba.

Diana Blanco -Se detuvo y ri&#243; con voz ronca-. Recuerdo que, cuando me fij&#233; en ti por primera vez, te dije: Con ese nombre, no puedes ser otra cosa que un cebo "Diana Blanco" Hacia ti apuntar&#225;n todos los monstruos del mundo Por favor, &#161;es ideal!. -Estuvo un rato ri&#233;ndose de su viejo chiste-. &#191;C&#243;mo se llamaba esa chica que se retir&#243; antes de ser cebo? La Mandona, la llamabais vosotras -Se lo record&#233; y asinti&#243;, divertido-. S&#237;, Teresa Obrador La recuerdo en las pantomimas con una boa de plumas tan amarillas como este traje de piel que llevas Y t&#250; no pod&#237;as aceptar su dominio. Te rebelabas. Claudia no era m&#225;s sumisa, pero comet&#237;a el error de forzarse a serlo, mientras que t&#250; eras natural

Y usted me reprochaba por no entregarme durante el juego.

Lo hac&#237;a, s&#237;. &#191;Sabes por qu&#233;? Para aumentar tu placer. Gozabas m&#225;s con las dificultades. Tu psinoma es puro escalofr&#237;o cuando te enfrentas a lo que te cuesta esfuerzo F&#237;lica de Labor, claro. Y ahora, por supuesto, el Espectador te atrae. T&#250; dices que quieres proteger a tu hermana. Yo digo que &#233;l es lo que m&#225;s deseas.

Ya le he dicho que lo llame como quiera.

S&#237;, pero importa conocer el motivo. Importa mucho. Te contar&#233; algo. Seguro que todos estos a&#241;os te has preguntado por qu&#233; quise desaparecer, por qu&#233; mont&#233; ese espect&#225;culo con mi supuesta muerte. Bien, lo cierto es que no me fui. -Emiti&#243; una risita-. Como en esos ejercicios en que tienes que excitarte sin quererlo, y luego enfriarte otra vez: dec&#237;an que me quedara, pero me animaban a irme. Lo de Renard En fin, lleg&#243; a las alturas y fue considerado no solo un fracaso, sino un esc&#225;ndalo. Hab&#237;an agotado la paciencia conmigo, as&#237; que me dieron la patada. Pero sin humillaciones, me dijeron Si hubiesen podido, me habr&#237;an borrado solo del list&#237;n telef&#243;nico. &#191;Sabes por qu&#233;? Porque yo era una cagada, pero era su cagada. No pod&#237;an evitar tocarme, aunque fuese con guantes. De modo que quer&#237;an que desapareciese, y a m&#237; se me ocurri&#243; fingir mi muerte p&#250;blica y a Padilla lo del balandro Padilla se lo dijo a &#193;lvarez, que a su vez, como ya sabes, es un lacayo de la Gran Puta de Babilonia, y todos lo aceptaron. Quer&#237;an seguir utiliz&#225;ndome en la sombra. Ahora hago de asesor de Interior. Me desprecian, pero recurren a m&#237;. Saben que soy inevitable. Lo saben desde hace quince a&#241;os. Mira este barrio El parque de la Bomba, edificado sobre un cr&#225;ter de tres kil&#243;metros cuadrados. Un par de cebos de infiltraci&#243;n, solo dos, hubiesen podido penetrar en la c&#233;lula terrorista e impedir la masacre. Pero, en vez de eso, &#191;a qu&#233; jugaron? A esp&#237;as del siglo veinte: micros, vigilancia, an&#225;lisis de red La parafernalia usual. Sin comprender que ya nada tecnol&#243;gico puede detener la locura Solo un accidente fortuito hizo que todos esos kilotones que fabricaban estallaran aqu&#237;, en un barrio del extrarradio, en vez de en el centro. Diez mil v&#237;ctimas. Veinte mil heridos. Un treinta por ciento m&#225;s de c&#225;ncer en los supervivientes dentro del &#225;rea de radiaci&#243;n. Despu&#233;s del 9-N se apresuraron a usar cebos. Y ahora los pol&#237;ticos, no importa a qu&#233; partido pertenezcan, se miran entre s&#237; avergonzados como travestidos en un vestuario, y dicen: Oh s&#237;, tuvimos que despedirlo. Meti&#243; la pata con Renard Su chica, Claudia, fall&#243; y Renard la machac&#243; Pero necesitamos sus cebos. Necesitamos a V&#237;ctor Gens. M&#225;s que nunca.

La sirena de un veh&#237;culo de la polic&#237;a se acercaba desde los confines de mi audici&#243;n, pero Gens segu&#237;a con su rostro vuelto hacia m&#237;, como si no la oyera.

No recuerdo a qu&#233; ven&#237;a esta historia -dijo.

Me contaba los motivos que tuvo para desaparecer.

Ah. Pues ya lo sabes: les ayudo en secreto. Sus informes son tambi&#233;n los m&#237;os.

Pero se guarda datos -repliqu&#233;, y Gens, que ahora semejaba estar m&#225;s interesado en la sirena, me mir&#243;-. Lo conozco, profesor. Se reserva teor&#237;as que no les cuenta. &#191;Qu&#233; debo hacer para que me las cuente a m&#237;?

En ese instante sucedi&#243; algo. O m&#225;s bien, dos cosas.

Por un lado la llegada del coche de polic&#237;a, enorme, fren&#233;tico, que al detenerse en la esquina pareci&#243; lanzar al aire a sus ocupantes como impulsados por un muelle. Eran dos, uno de ellos mujer, pero parec&#237;an asexuados bajo aquellos uniformes con casco, tubos y controles. Solo en la cara se mostraban las diferencias. Eso s&#237;, ambos parec&#237;an haber recibido los cursillos en la misma escuela, y adoptaron una posici&#243;n cl&#225;sica de disparo. Apuntaban hacia el supermercado. De este &#250;ltimo emergi&#243; la segunda cosa, mucho m&#225;s ca&#243;tica, precedida de nuevos gritos (ahora s&#237; estaba segura de que era un grito lo que hab&#237;a o&#237;do), insultos, confusi&#243;n. Eran dos, igualmente, armados, y uno tambi&#233;n era mujer. Reconoc&#237; a la de la boina de cuero que hab&#237;a entrado momentos antes en el local. Sudaba, bufaba y miraba como una fiera bajo la visera, pero algo en su robustez y sus manos enormes hac&#237;a pensar que pod&#237;a ser hombre, o transexual. El otro ten&#237;a los ojos achinados, pero quiz&#225; era tan espa&#241;ol como ella. Cada uno llevaba un reh&#233;n: la mujer agarraba del cuello a un empleado de uniforme blanco apunt&#225;ndole con una larga fragmentadora, su compa&#241;ero reten&#237;a a una mujer embarazada. Todos gritaban a la vez.

La mujer polic&#237;a les dio el alto y la de la boina hizo girar el ca&#241;&#243;n de la fragmentadora hacia ella. El brutal estampido me hizo parpadear. Luego me pregunt&#233; qu&#233; podr&#237;a haber hecho para impedir aquello, y me respond&#237; que nada. La de la boina hab&#237;a disparado al tunt&#250;n, pero se trata de un arma con la que hasta un ni&#241;o puede matar. El hombro izquierdo de la agente salt&#243; en pedazos -haciendo honor al nombre de fragmentadora- y su cuerpo rebot&#243; contra un &#225;rbol y acab&#243; tendido a varios metros de distancia. Su compa&#241;ero grit&#243; joder, hostia, cosas as&#237;, y alz&#243; los brazos, rindi&#233;ndose.

&#191;Qu&#233; haces, co&#241;o? -chill&#243; el achinado hacia la de la boina-. &#191;&#191;Qu&#233; has hecho?? &#161;Has jodido a un polic&#237;a!

&#161;Iba a dispararme! -gritaba su compa&#241;era, m&#225;s bien vociferaba-. &#161;A dispararme!

En el segundo siguiente pude pensar. Y lo primero que pens&#233; fue: Pero &#191;y el resultado? &#191;Qu&#233; se llevan, aparte de rehenes? &#161;Ni siquiera han atracado la sucursal de al lado! &#161;Es un supermercado, por Dios! &#191;Qu&#233; han conseguido?. Supe de inmediato que no era eso. Estaban aterrorizados, claro: ellos y nosotros, pero ellos mucho m&#225;s. Quiz&#225; tambi&#233;n drogados. Al d&#237;a siguiente el conjunto merecer&#237;a tres cent&#237;metros de espacio en una pantalla de ordenador: Atraco a un supermercado en Madrid se salda con. No era nada, no era el 9-N, solo dos idiotas. Eso tambi&#233;n resultaba espantoso.

&#161;Al coche, co&#241;o! &#161;Al coche!

&#161;Nos van a identificar! -gritaba la loca de la boina-. &#161;Esos! &#161;Nos han visto!

Y de s&#250;bito, Gens y yo, sin tiempo siquiera para el susto, nos dimos cuenta a la vez de la situaci&#243;n: la locaza de la boina controlaba nuestras pobres vidas. Y nuestras vidas le inspiraban profundo temor.

Mientras el chino usaba a la embarazada para escudarse hasta llegar a la portezuela de la furgoneta (pero por el lado del copiloto, m&#225;s protegido), la Gran Jefa retrocedi&#243; y nos pas&#243; revista con ojos desorbitados. Una mata de pelo te&#241;ido de violeta le ca&#237;a bajo la boina, y yo ve&#237;a una bota de cuero y algo as&#237; como un top turquesa detr&#225;s del uniforme del aterrorizado empleado. Pens&#233; que pod&#237;a ser una filia de Desinhibici&#243;n.

&#191;Qu&#233; miras, cabr&#243;n de viejo, co&#241;o de viejo? -Hab&#237;a alzado de nuevo la fragmentadora y apuntaba hacia Gens, que se hallaba, como yo, a unos cinco metros.

Va a disparar, fue lo segundo que pens&#233;. Vi la cara de Gens blanca y perlada como una zapatilla de bailarina. Vi a Gens muerto. Ni siquiera ocupar&#237;a espacio inform&#225;tico en esta ocasi&#243;n, porque Gens ya estaba muerto. Acaso se me permitiera revelar la verdad en mis memorias, cuando tuviese ochenta a&#241;os: Vi a Gens morir, esta vez en serio, de la manera m&#225;s cutre que puedan imaginar: destrozado por la fragmentadora de una drag-queen drogada que sal&#237;a de un supermercado, quiz&#225; tras robar embutidos. Un latido del coraz&#243;n. Dos.

La fragmentadora es un subfusil de dos ca&#241;ones con cables unidos a la mu&#241;eca. Posee un detector de objetivo y otro de movimiento que obliga a la mano a girar para impedir que seas tomado por sorpresa. Incluso en Espa&#241;a puedes adquirir una fragmentadora a trav&#233;s de la red, en sitios como . Pago contra reembolso. Total discreci&#243;n. Admiten VISA. Es un arma poderosa.

Yo tambi&#233;n.

Las posibilidades a favor de una filia de Desinhibici&#243;n eran pocas, pero tampoco contaba con m&#225;s tiempo ni m&#225;s opciones. Conoce a tu presa -dec&#237;a Gens cuando me entrenaba-. Observa cada gesto, esc&#250;chala, averigua lo que desea. Y compl&#225;cela.

Un latido. Me quit&#233; las gafas de sol para despejar la mirada. Dos latidos. Ten conciencia de tu ropa, tu postura y el escenario que te rodea. Alc&#233; ambos brazos a la misma velocidad, para atraer su atenci&#243;n antes de que disparase a Gens. Gan&#233; otro latido. La fragmentadora desvi&#243; su horrible y oscuro rostro. Ahora la drag-queen me hab&#237;a elegido a m&#237; como objetivo. Desvi&#233; la vista, separ&#233; las piernas y tens&#233; los m&#250;sculos. El psinoma es como un pulpo invisible: extiende sus tent&#225;culos y te palpa. Toca tu sexualidad, tu inconsciente, tus pensamientos. Replegu&#233; la conciencia. Me enfri&#233;, como decimos en la jerga. Gan&#233; otro latido. Pero sent&#237; que mi presa solo titubeaba. Iba a dispararme. En un escenario adecuado -ensay&#225;bamos Desinhibici&#243;n en la granja, frente a una pared bajo luces rosadas- mis gestos hubiesen sido decisivos. Pero no contaba con un escenario. Improvisa. Eres una actriz. Te est&#225;n mirando. Improvisa

Tres latidos. La m&#225;scara de Desinhibici&#243;n se basaba en cambiar la percepci&#243;n sexual con gestos, como en esas obras de Shakespeare en las que un hombre finge ser mujer que finge ser hombre que finge ser mujer. Decid&#237; usar el abrigo. Con la mano derecha cerr&#233; las solapas ocultando el pecho. Ten&#237;a el cabello sujeto en un mo&#241;o alto, as&#237; que alc&#233; el rostro hasta disimular este &#250;ltimo de forma que mi pelo pareciera muy corto a ojos de mi presa. Y de inmediato dobl&#233; la cintura y separ&#233; las solapas con la mano izquierda mostrando la ondulaci&#243;n de los pechos bajo la malla. Un ser andr&#243;gino.

Casi pude sentir c&#243;mo le gust&#243;.

El placer tiene sus propios ruidos. Cre&#237; escuchar este: sonaba a aliento retenido.

Mi presa dej&#243; escapar al reh&#233;n, que se agach&#243; llorando y gritando, y baj&#243; el arma, confundida, absorta en m&#237;.

Cuando el disparo del polic&#237;a la abati&#243;, supe que hab&#237;a muerto dese&#225;ndome.


Gens y yo desandamos nuestro breve camino poco despu&#233;s. Atr&#225;s dej&#225;bamos la turbulencia de la polic&#237;a, las ambulancias, los bomberos y todas esas fuerzas que resultan tan &#250;tiles cuando ya ha ocurrido la cat&#225;strofe. V&#237;ctimas: la mujer polic&#237;a, uno de los atracadores. El chino hab&#237;a decidido entregarse cuando vio caer a su compa&#241;era. Rehenes a salvo. Final feliz del Atraco de la Mortadela. Gens hab&#237;a comentado, con mansa iron&#237;a: Peque&#241;as desventajas de vivir en el extrarradio, y ni &#233;l ni yo hab&#237;amos pronunciado otra palabra desde entonces. Era como si acab&#225;ramos de salir de ver alguna impactante obra teatral. En un momento dado Gens se detuvo a explorar en el suelo con la punta del bast&#243;n. No me mir&#243; al hablar, pero lo vi sonre&#237;r.

Debo dec&#237;rtelo: no te hab&#237;a visto actuar desde hac&#237;a a&#241;os, y eres jodidamente perfecta. Nunca imagin&#233; que pudiera hacerse una Desinhibici&#243;n as&#237; Diana Blanco, el cebo m&#225;s veloz del Mississippi

Estuvo un rato escarbando. No repliqu&#233;, por supuesto. Sab&#237;a que pretend&#237;a algo, as&#237; que aguard&#233;.

Luego dijo:

Supongo que debo agradec&#233;rtelo. Me has salvado la vida. Por cierto -a&#241;adi&#243; dejando de cavar, como si se le hubiese ocurrido una idea repentina-, vivo cerca de aqu&#237;. Anda, acomp&#225;&#241;ame. Te ense&#241;ar&#233; c&#243;mo me paga el gobierno por mi trabajo. Y quiero algo a cambio.

&#191;A cambio de qu&#233;? -pregunt&#233;.

Pero Gens sigui&#243; alej&#225;ndose a paso renqueante, sin contestar.



15

Imaginaba a Gens viviendo en alg&#250;n lugar especial, morboso quiz&#225;, pero todas mis fantas&#237;as saltaron por los aires cuando me hizo pasar a su peque&#241;o apartamento, el tercero izquierda de un bloque de pisos nuevos cerca de la Zona Cero. Los edificios ten&#237;an un aire similar y an&#243;nimo, apretados a lo largo de la calle, blancos, horadados por ventanas de cortinas verdes. El portal de entrada estaba sitiado de zanjas y excavadoras. Tras marcar el c&#243;digo de acceso, Gens se limpi&#243; el polvo de la obra que cubr&#237;a el teclado en sus pantalones turquesa. Luego lo vi enrojecer y resollar mientras sub&#237;a las escaleras, porque -explic&#243;- jam&#225;s tomaba el ascensor. Ignoro si intentaba despertar mi compasi&#243;n. Por lo pronto, hab&#237;a logrado asombrarme.

No es nada lujoso -dijo banalmente cuando me hizo pasar-. Puedes dejar el abrigo en esta silla No es necesario que te limpies el barro de las botas en un felpudo. Adem&#225;s, no hay felpudo -De nuevo, su risa enronquecida-. Mi sovi&#233;tica fortachona lo limpiar&#225; todo cuando venga.

En realidad, no era la ausencia de lujo lo que me resultaba inusual. Su &#225;tico de crujiente madera en Par&#237;s o la mansi&#243;n barcelonesa pose&#237;an decoraciones espartanas. En cambio, echaba en falta la historia, que tan importante hab&#237;a sido siempre para Gens. Le recordaba despreciando a quienes no se interesaban por lo antiguo. Dec&#237;a que el &#250;nico sentido de la existencia estaba en el pasado. Atesoraba su herencia: grandes cuadros con marinas, muebles tapizados, estanter&#237;as voluminosas, olor a sustancias conservadoras. Era muy consciente de sus ra&#237;ces catalanas e italianas, as&#237; como de la larga saga familiar de nobles m&#233;dicos que culminaba en su padre, el cirujano Ricard Gens. Se esforzaba por imitar a sus antepasados en h&#225;bitos y gestos, como si quisiera demostrar a un p&#250;blico imaginario que &#233;l hab&#237;a existido antes de existir. Honrar el pasado, asegurar el porvenir, sol&#237;a decir citando a su padre.

Pero nada hab&#237;a m&#225;s inseguro que el porvenir de Gens, a juzgar por aquel piso.

Algo en la impersonalidad de ese mundo me asustaba. Era como descubrir a un hombre joven sentado a la mesa en el comedor de una residencia de ancianos. Me hac&#237;a pensar que Gens hab&#237;a aceptado aquello a cambio de otra cosa: quiz&#225; dinero, anonimato o qui&#233;n sab&#237;a qu&#233;. Me pon&#237;a nerviosa.

Esto es una colmena de jubilados de clase media -explic&#243; mientras buscaba un sitio (o el sitio) para dejar el sombrero y la chaqueta que acababa de quitarse-. Nos llevamos aceptablemente bien, pero yo he dejado de ir a las reuniones mensuales porque una sesentona pretende ligarme. No puede evitarlo, est&#225; en su psinoma, je, je. No me gustan los vecinos -sentenci&#243; innecesariamente, ya que mientras sub&#237;amos las escaleras lo hab&#237;a visto mirar hacia las puertas como quien esp&#237;a madrigueras de animales peligrosos-. Si&#233;ntate, por favor. &#191;Qu&#233; quieres tomar? Puedo hacer caf&#233;, a lo mejor Anushka ha dejado hecho Y tengo vino. El due&#241;o de una bodega me regala una caja cada Navidad Oh, no te preocupes m&#225;s por el barro

Yo me contemplaba las botas, en efecto, pero pens&#233; que aquello lo dec&#237;a como excusa para explicar la forma que ten&#237;a de mirarme, sobre todo mi malla amarilla de laterales transparentes. Segu&#237; de pie, dej&#233; el abrigo en una silla y ped&#237; agua. La pausa me ofreci&#243; la oportunidad de acabar mi examen. Parec&#237;a haber tres habitaciones, sal&#243;n, cocina y dormitorio, sin contar un ba&#241;o al fondo de un distribuidor en forma de cruz. El sal&#243;n era luminoso, predominaban el metal y el pl&#225;stico, sin rastro de antiguos tesoros. Lo m&#225;s llamativo: estanter&#237;as repletas de libros, mesa con pantalla incorporada y una reproducci&#243;n del retrato Chandos de Shakespeare (lo &#250;nico que hab&#237;a conservado de anta&#241;o) en el peque&#241;o espacio de pared que carec&#237;a de libros o ventanas. Hab&#237;a mondaduras de naranja en un plato sobre la mesa y un vaso con restos de caf&#233; con leche. Y ol&#237;a a escondite: esa clase de aroma de los que viven refugiados.

Gens regres&#243; arrastrando unas zapatillas grises y portando un pa&#241;uelo violeta atado al cuello, lo cual, unido al jersey verde, pantalones turquesa y pelo n&#237;veo, le hac&#237;a parecer una especie de artista extravagante. Se hab&#237;a quitado las gafas desnudando unos ojos azul desva&#237;do, y al darme el vaso vislumbr&#233; en ellos el destello de poder del Gens de siempre. Luego la vejez lo apag&#243;. Se disculp&#243; como si hubiese olvidado algo, regres&#243; a la mesa y movi&#243; la mano frente a la pantalla. Sin duda era un chequeo m&#233;dico online. Observ&#233; el parpadeo de una pulsera cl&#237;nica en su flaca mu&#241;eca izquierda.

Tengo la tensi&#243;n caprichosa -explic&#243; mientras revisaba los datos en la pantalla y se escuchaban pitidos intermitentes-, y el hecho de que hoy casi me pegaran un tiro no ha servido para calmarla Tambi&#233;n controlo la frecuencia y el ritmo card&#237;acos Supongo que quiero seguir vivo y bien el mayor tiempo posible, porque si no, no me explico por qu&#233; co&#241;o tanta preocupaci&#243;n por todos estos detalles

Beb&#237; un par de sorbos y de repente decid&#237; que el drama de Gens me importaba mucho menos que el m&#237;o. Y que, en cualquier caso, el m&#237;o era m&#225;s urgente.

&#191;Qu&#233; quiere de m&#237;, Gens? -espet&#233;-. Su&#233;ltelo de una vez.

&#191;Qu&#233; quiero de ti? &#161;Qu&#233; voy a querer! -Sus ojos me repasaron de arriba abajo antes de regresar a la pantalla-. Placer, por supuesto. Eso es lo que queremos todos, sin excepci&#243;n, en todo momento. Incluso cuando queremos dolor, es placer lo &#250;nico que queremos. Y t&#250; lo sabes.

Apret&#233; los pu&#241;os. Recuerdos de ejercicios humillantes en la granja y fuera de ella me vinieron a la cabeza como explosiones al o&#237;rlo hablar de esa forma. Segu&#237; mir&#225;ndolo a trav&#233;s de mis gafas oscuras.

Eso no es una respuesta.

Pues es la &#250;nica que puedo darte. -Apag&#243; la pantalla con un vaiv&#233;n-. Eres la misma de siempre: buscas respuestas que puedes comprender. La alumna frente al profesor &#161;Cu&#225;nto me he esforzado por quitarte esa man&#237;a! &#191;Sabes lo que quiero? Quiero so&#241;ar. No dormir, f&#237;jate bien Duermo como un beb&#233;, y sin sedantes. Pero mis noches son completamente negras, como si la pel&#237;cula de mi inconsciente se hubiese acabado ya y no hubiera segundo pase. Todo lo que hago es solo lo que quiero hacer. Siento que hasta mi coraz&#243;n late porque me empe&#241;o. A&#241;oro hacer algo involuntario.

H&#225;gase cebo -repliqu&#233;.

Muy graciosa -Lanz&#243; su ronca risita al tiempo que se alisaba, en un gesto coqueto, su notable mata de pelo blanco-. No trato de inspirarte compasi&#243;n, querida, sino de responder a tu pregunta

No ha logrado ninguna de las dos cosas.

Hizo una pausa y se&#241;al&#243; de repente la ventana.

Quiero mar. Esa es otra cosa que quiero. Lo echo de menos. Me gustaban incluso los d&#237;as grises de Barcelona, por el mar. Aqu&#237; en Madrid hay demasiado polvo. Mal sitio para esperar. Yo me limito a esperar, como todo el mundo. Fastidia un poco, pero &#191;qui&#233;n puede abandonar la sala de espera, as&#237; como as&#237;?

No me esforc&#233; en descifrar el sentido de sus palabras. Estaba acostumbrada a no entenderlo. Gens viv&#237;a para ser enigm&#225;tico. Ser comprendido era, para &#233;l, ser destruido.

A fin de cuentas -agreg&#243;-, ni siquiera quiero tu amor. No soy tu padre.

Hace bien -susurr&#233;.

Solo deseo explicarte mi vulgaridad. Es decir, mi aparente vulgaridad. Si fueras poco atractiva, incluso siendo cebo Pero, m&#237;rate: veinticinco a&#241;os, tan hermosa Has ganado un poquito de peso, lo cual te sienta de maravilla. Ese aire que tienes, tan despampanante Por la calle, las cabezas giraban a tu paso, querida. -Aferraba el respaldo de una silla mientras hablaba, como si necesitara el bast&#243;n tambi&#233;n para estar quieto. Parec&#237;a tan viejo de repente que los piropos que me dedicaba adoptaban, en efecto, cualidades paternales-. Ma&#241;ana ser&#233; la comidilla de este barrio en ruinas Mis vecinos los vejetes se preguntar&#225;n qui&#233;n eres Algunos creer&#225;n haberte visto de estrella en una pel&#237;cula. &#191;C&#243;mo se habr&#225; podido permitir ese lujo de chica?, pensar&#225;n. Y eso es lo vulgar. Odio eso.

Lo cort&#233;, impaciente.

D&#237;game lo que quiere, vulgar o no, y yo le dir&#233; si acepto.

Pareci&#243; m&#225;s molesto que sorprendido, pero yo sab&#237;a que, a cierta edad, la molestia deja de sorprendernos.

En parte, lo que quer&#237;a era explicarte por qu&#233; lo quiero -contest&#243;, y por un instante dej&#243; de ser la abuelita cari&#241;osa para mostrar los colmillos.

Ya he entendido esa parte.

No con tu cerebro emocional. Lo has razonado, tan solo. Pero tu emoci&#243;n siempre prevalece, por mucho que tu gran inteligencia quiera controlarla Tu inteligencia es como ese mo&#241;o que te has hecho: complicado, pero incapaz de albergar del todo tu cabello. Es curioso. Recuerdo que te dec&#237;a lo mismo en los primeros tiempos. Eras puro fuego a los diecis&#233;is a&#241;os. Hab&#237;as descubierto el goce de ser cebo, y yo insist&#237;a: Diana, qu&#237;tale emoci&#243;n. Si quieres ser cebo, no lo ser&#225;s. Es el &#250;nico trabajo que solo se hace bien cuando no se quiere hacer. Y sin embargo, sab&#237;a que ser&#237;as de los mejores. Por eso te eleg&#237;, &#191;no? Entrenamiento personal. Y este es el punto al que quiero llegar: estuve cuatro a&#241;os form&#225;ndote. Eras una chiquilla preciosa. Vi todo lo que hab&#237;a que ver en ti, y te hice hacer de todo. Hay amantes que mueren tras toda una vida de lujuria sin haber hecho ni la mitad de lo que t&#250; hiciste frente a m&#237;. Igual que Claudia Cabildo, o esa inglesa a la que entren&#233;, Mia Anderson, o Miguel Laredo, o Alfredo Frommer Disculpa, pero estoy obligado a ser muy claro. Si te pido algo, no quiero caer en la vulgaridad del viejo verde. Me sentir&#237;a mucho m&#225;s humillado con mi petici&#243;n de lo que t&#250; podr&#237;as sentirte complaci&#233;ndola

Ya le he dicho que lo he entendido.

Sea -admiti&#243;.

Nos quedamos un rato mir&#225;ndonos. Yo hac&#237;a esfuerzos por dominar el asco y el miedo que me produc&#237;a su presencia, demostrarle que ya no era una alumna que se ejercitaba con temor en el m&#225;stil de su balandro. Pero comprend&#237; que &#233;l ten&#237;a raz&#243;n en un punto: como cebo, yo hab&#237;a hecho ya demasiadas cosas como para que me importase hacer una m&#225;s. Simplemente, ten&#237;a que aceptarlo.

Me quit&#233; las gafas y las plegu&#233;.

Har&#233; lo que quiera, pero no sin recibir algo a cambio.

Claro, un trato es un trato. -Gens vari&#243; el tono, comport&#225;ndose de manera estudiadamente natural-. Quieres atrapar al Espectador, &#191;no?

Quiero saber c&#243;mo puede elegirme.

Eso es f&#225;cil: d&#225;ndole placer. Lo &#250;nico que queremos todos los seres vivos es eso. En nuestro lenguaje significa que eliges aquello que complace a tu psinoma. Por desgracia, lo que m&#225;s complace al psinoma del Espectador es Vera, ya te lo he dicho.

Digamos que estoy de acuerdo.

Mi r&#233;plica pareci&#243; sorprenderle.

&#191;Entonces?

Pero ese es el deseo que el Espectador se reconoce a s&#237; mismo. El deseo que admite. Usted dec&#237;a que eso es la punta del iceberg. Hay algo debajo, la parte oscura y enorme de su psinoma. Yo quiero convertirme para &#233;l en el deseo que no puede admitir.

Ni tampoco rechazar. -Gens asinti&#243; sonriendo, como si celebrara mis palabras-. Quieres ser inevitable y perfecta. Pero te olvidas, querida m&#237;a, de que entonces huir&#237;a de ti. Espantado. No podemos contemplar nuestro deseo m&#225;s profundo sin sentir terror.

Yo ten&#237;a ya una r&#233;plica para esa objeci&#243;n.

Pero usted puede ayudarme a encontrar el grado exacto. El punto de equilibrio entre su placer y su miedo. Aquello que no lograr&#237;a dejar de elegir aunque le asustara.

Gens parec&#237;a muy divertido con aquella especie de examen. Coloqu&#233; las manos en la espalda, como una alumna aplicada.

El error de tu propuesta est&#225; en la forma -observ&#243;-. Cada psico es un universo de refinamiento y sutilezas psin&#243;micas, y el Espectador, en cierto modo, es uno de los m&#225;s sutiles. Un genio del placer. Posee el hedonismo de un Falstaff. T&#250; quieres descifrarlo en cinco minutos, y eso es imposible. Tampoco puedo explicarte a Miguel &#193;ngel o a Beethoven en ese tiempo. -Y de improviso su tono se hizo g&#233;lido mientras entornaba los ojos-. Has acudido a m&#237; vestida con esa ropa y esos colores porque sabes perfectamente que atraen a un f&#237;lico de Aura. Y pones las manos en la espalda mientras me entregas un texto burdo, una representaci&#243;n de payaso, para que el viejo profesor te ofrezca su sabidur&#237;a. Vamos, Diana Hace un momento, frente a la loca de la fragmentadora, realizaste una obra maestra. No vengas ahora con este teatro de aficionados. No me ofendas con tu vulgaridad.

Ni siquiera pesta&#241;e&#233;. Gens era demasiado astuto, pero yo ven&#237;a preparada.

Usted habl&#243; de hacer un trato -dije-. Eso significa que tiene algo que ofrecer.

Tengo simples conclusiones. A nadie le importan ya.

Cu&#225;nto siento no poder endulzarle el trago de su jubilaci&#243;n.

Gens respondi&#243; al fuego como sol&#237;a: contraatacando.

Quieres salvar a tu hermana y t&#250; misma la pones en peligro con tu deseo de protegerla, lo cual, como te expliqu&#233;, la idealiza m&#225;s para el monstruo -Mene&#243; la cabeza, divertido-. &#161;Ella es el cebo perfecto en este montaje!

Aquella &#250;ltima frase me hizo reaccionar. En ocasiones, durante las pruebas, Gens se comportaba como un s&#225;dico abogado del diablo y defend&#237;a justo la idea contraria a la que cre&#237;a cierta. Pens&#233; que pod&#237;a estar haciendo lo mismo ahora.

Quiz&#225; demasiado perfecto -dije.

&#191;Perd&#243;n?

Eran sus ense&#241;anzas cuando ensay&#225;bamos placer de contacto: la satisfacci&#243;n completa del deseo lo extingue completamente.

Expl&#237;cate. -Vi que me observaba con curiosidad.

Vera puede ser lo que &#233;l m&#225;s desea, pero si solo es eso, sin mezcla alguna de otra cosa, jam&#225;s podr&#225; eliminarlo tras ser elegida. La escalada de placer del Espectador acabar&#225; en cuanto la posea. Vera se apresurar&#225; a hacer un Holocausto, y ya no habr&#225; nada detr&#225;s. El deseo del Espectador se agotar&#225; por s&#237; solo, sin llevarlo m&#225;s all&#225;. Usted dec&#237;a que solo la frialdad puede lograr que el calor acuda. Si me convierto en su placer secreto, en aquello que desea y rechaza a la vez, puedo subir el dial todo lo que quiera hasta destruirlo. Y usted lo sabe, de modo que deje de fingir. Fue usted mi profesor, pero yo ya no soy su alumna. No me ofenda tampoco con su vulgaridad.

Me detuve como si me faltara el aliento. Gens ten&#237;a una expresi&#243;n neutra.

Quieres convertirte en su represi&#243;n En aquello que su represi&#243;n encierra. Muy brillante -convino, tras aparentar valorarlo-. Pero no voy a aplaudirte por eso.

&#191;C&#243;mo dec&#237;a usted? No importa que el p&#250;blico no aplauda si el silencio en el teatro es absoluto.

No recibir sus elogios me hizo saber que por primera vez me admiraba.

El problema de decir quiero convertirme en su represi&#243;n est&#225; en la primera palabra -objet&#243;-. Querer ser el positivo y el negativo del deseo de otro es imposible. La voluntad se dedica a destrozar los contenidos inconscientes. El deseo total es siempre simb&#243;lico, irrepresentable: incluso verbalizarlo lo estropea. Dime, &#191;qu&#233; quiere Falstaff? Me refiero al Falstaff del Enrique IV, no al de Las alegres comadres

Sab&#237;a que Gens se refer&#237;a al c&#243;mico y genial caballero gordo que hab&#237;a popularizado Orson Welles en la antigua pel&#237;cula Campanadas a medianoche.

Sobrevivir -dije.

Ni siquiera eso. Falstaff es puro placer: epic&#250;reo, mentiroso, emocional No quiere nada porque lo quiere todo. Es un gran mu&#241;eco de goma relleno de az&#250;car, la clave del placer puro Hace tiempo especul&#233;, incluso, con la idea de que este personaje pudiera contener el secreto de la m&#225;scara que atrajera a todas las filias

Asent&#237;, recordando aquella vieja ilusi&#243;n te&#243;rica de Gens.

La m&#225;scara Yorick.

S&#237;, el comod&#237;n del juego. Estaba convencido de que, en nuestro interior, en el epicentro de nuestro deseo, donde late el magma que nos hace estallar de placer, las im&#225;genes que poseemos son las mismas. Si no, &#191;por qu&#233; existen los s&#237;mbolos? All&#237; abajo, en ese abismo, tu placer y el m&#237;o poseen id&#233;ntica forma. &#201;l lo sab&#237;a. -Se&#241;al&#243; el retrato Chandos de Shakespeare mientras hablaba-. Por eso sus obras nos afectan a todos Siempre cre&#237; que la m&#225;scara Yorick se ocultaba en ellas. Trabaj&#233; tanto para obtenerla

Por un instante ambos contemplamos al escritor: su barbita picuda, el pendiente en el l&#243;bulo, la mirada lejana y astuta. Me parec&#237;a incre&#237;ble, y tambi&#233;n desasosegante, que Gens siguiera creyendo en aquel Eldorado de la psin&#243;mica, la leyenda que &#233;l mismo hab&#237;a contribuido a forjar, la existencia de una m&#225;scara que pudiese enganchar a todas las filias, y a la que &#233;l mismo hab&#237;a bautizado como Yorick, el cadav&#233;rico buf&#243;n cuyo cr&#225;neo sostiene Hamlet en la c&#233;lebre escena. Quiz&#225; era un signo de vejez.

Pero no lo logr&#233; -dijo al fin, como si le hablara al retrato-. Una m&#225;scara as&#237; requiere del cebo un grado de involuntariedad ajeno a los seres vivos. Habr&#237;a que estar tan muerto como el verdadero Yorick para hacer un Yorick, si es que existe -Me mir&#243;, y observ&#233; en su expresi&#243;n cierto aire divertido-. De modo que la &#250;nica soluci&#243;n de la que dispones es imposible Ni Shakespeare logr&#243; encontrarla.

Hay cosas m&#225;s convencionales. Aprovechar mi deseo de salvar a mi hermana

Utilizarlo como implicaci&#243;n emocional, s&#237;. -Fingi&#243; meditar en ello, rasc&#225;ndose la barbita-. Al estilo de la t&#233;cnica de Feder para la m&#225;scara de Ocio: no querr&#237;as atraer al Espectador, querr&#237;as salvar a tu hermana, y de ese modo atraer&#237;as de forma inconsciente Has hecho tus deberes. -No respond&#237;. Gens esboz&#243; una fea sonrisa-. Pero no te saldr&#225;. El Espectador utiliza un habil&#237;simo y y yo dir&#237;a que terrible truco para eludir a los cebos A menos que superes esa barrera, no lo conseguir&#225;s.

De repente lo supe. Tuve la absoluta certeza de que Gens jugaba conmigo, como siempre: hab&#237;a estado jugando desde el principio, para obtener de m&#237; lo que deseaba.

Usted sabe cu&#225;l es -dije con lentitud-. D&#237;game qu&#233; quiere a cambio. Sea lo que sea, d&#237;gamelo y lo har&#233;.

Como si aquella declaraci&#243;n fuese la contrase&#241;a que esperaba, Gens movi&#243; s&#250;bitamente la mano y la persiana electr&#243;nica a su espalda descendi&#243;, sumiendo el sal&#243;n en total oscuridad. Una l&#225;mpara de pie me ceg&#243;, apunt&#225;ndome. Sent&#237; calor. O&#237; el ruido de una silla.

Estuvo as&#237; cierto tiempo, sentado frente a m&#237;, mir&#225;ndome en silencio, su rostro deshecho en sombras. La luz, sobre su cabeza, hac&#237;a arder su pelo blanco.

Entonces me dijo lo que quer&#237;a.



16

M&#225;s o menos a la misma hora de la ma&#241;ana del martes en que V&#237;ctor Gens dec&#237;a a Diana Blanco lo que quer&#237;a, Alberto &#193;lvarez Correa, Comisionado de Enlace entre Interior y Psicolog&#237;a Criminal, descubri&#243; el coche. Estaba aparcado al otro lado de la calle y era un modelo nuevo de BMW gris marengo con cristales tintados. &#193;lvarez no pod&#237;a ver a su ocupante, pero sab&#237;a que all&#237; tendr&#237;a lugar la cita.

Enfundado en un abrigo oscuro y balanceando un malet&#237;n de ejecutivo, &#193;lvarez mir&#243;, como buen ciudadano, a un lado y otro de la calle antes de disponerse a atravesarla. La calle ten&#237;a el nombre de una batalla de un rey famoso, pero &#193;lvarez no recordaba ni qu&#233; rey ni qu&#233; batalla eran. Estaba como encajada entre dos grandes edificios de oficinas en Campo de las Naciones, y solo la poblaban j&#243;venes ejecutivos y empleados de lujosos concesionarios de autom&#243;viles. Hab&#237;a tambi&#233;n un par de restaurantes y una vinoteca. Esta &#250;ltima, que se hallaba a pocos pasos del coche, estaba adornada con barriles y record&#243; a &#193;lvarez, inevitablemente, la est&#250;pida an&#233;cdota que hab&#237;an contado aquella ma&#241;ana durante el desayuno informal con el ministro del Interior y los directores de Inteligencia, Recursos y Operaciones en el Centro Nacional de Inteligencia. Se burlaban del secretario de organizaci&#243;n de un encuentro veraniego con unos colegas extranjeros, que hab&#237;a incluido entre las diversiones una visita a unas bodegas de vino.

La pr&#243;xima vez tendr&#237;amos que llevarlos a ver zarzuela -dec&#237;a el ministro. Se hallaba de buen humor, aunque a &#193;lvarez le apenaba que el buen humor en la clase pol&#237;tica casi siempre delatara ignorancia-. &#191;Vienen a Espa&#241;a? &#161;Pues, hombre, natural! Una visita guiada a unas bodegas. Por Dios, qu&#233; cutrez.

Para eso, mejor las corridas de toros -hab&#237;a apuntado, siguiendo la burla, el director de Inteligencia, espigado, moreno, muy necesitado de ortodoncia cuando sonre&#237;a.

&#193;lvarez hab&#237;a sonre&#237;do sin ganas, arrinconado en un extremo de la larga mesa, mientras cortaba el cruas&#225;n endurecido y lo convert&#237;a en una masa aceptablemente tierna mediante sorbos del horroroso zumo de naranja. En aquellas reuniones ten&#237;a la sensaci&#243;n de que el mundo se ca&#237;a a pedazos y que a nadie le importaba, porque, a fin de cuentas, ah&#237; estaba &#233;l para sostenerlo, Alberto &#193;lvarez Correa, digno Comisionado de Enlace entre Interior y todo lo dem&#225;s. &#201;l y sus chicos.

Se percat&#243; de que estaba apretando la mand&#237;bula al recordar aquel desayuno, y procur&#243; desviar la tensi&#243;n hacia la mano con que sosten&#237;a el malet&#237;n. Ech&#243; un vistazo al reloj: llegaba con un minuto de adelanto a la hora prevista, lo cual era un tiempo m&#225;s que adecuado para llegar. Ser puntual, dec&#237;a su padre, es tener la mitad de las cosas bien hechas. &#191;Y la otra mitad, pap&#225;?, preguntaba &#233;l cuando era ni&#241;o.

Mis chicos, pens&#243; mientras comenzaba a atravesar la calle, enterrando su indignaci&#243;n, y todas sus emociones, a kil&#243;metros bajo su conciencia, como sol&#237;a hacer.

As&#237; los llamaba el ministro: los chicos. &#193;lvarez deb&#237;a admitir que la expresi&#243;n le gustaba m&#225;s que las agentes, como los denominaba la anterior ministra de Interior, dando err&#243;neamente por supuesto que siempre eran mujeres. Adem&#225;s, la ministra no quer&#237;a ni o&#237;r hablar de que aquellas agentes hiciesen nada impropio o indigno de su sexo, ni de la posibilidad de que pudieran no respetarse los derechos constitucionales a la hora de encargarles un trabajo. Sospechaba &#193;lvarez que aquella se&#241;ora pensaba que los cebos eran poco menos que chicas 007, duchas en artes marciales, espionaje y conducci&#243;n de coches deportivos. El se limitaba, como siempre, a escucharla y ofrecerle su informe. Durante sus m&#225;s de doce a&#241;os al frente del digno y honroso cargo de Comisionado de Enlace etc&#233;tera se hab&#237;a acostumbrado a tratar con las sucesivas ideas absurdas que cada ministro se hac&#237;a de aquel mundo. La de los chicos no era, ni de lejos, la peor.

&#191;Y qu&#233; tal los chicos, Alberto? -hab&#237;a preguntado el ministro en el desayuno.

&#193;lvarez se hab&#237;a encogido de hombros mientras ofrec&#237;a su respuesta preferida.

Bien, se&#241;or ministro. Est&#225;n distribuidos. -Era la respuesta idiota tipo A. Normalmente no necesitaba otra, pero en aquel momento se cern&#237;an nubes de tormenta y consider&#243; necesario agregar la tipo B, m&#225;s elaborada-: Pero creo que es mejor que me pregunten caso por caso.

Hombre, ya que lo mencionas -Comenz&#243; Inteligencia, y expres&#243; su preocupaci&#243;n por la c&#233;lula neotalib&#225;n recientemente constituida en Espa&#241;a. Dijo que se necesitaba con urgencia alg&#250;n tipo de infiltraci&#243;n entre sus miembros. Un chico, precis&#243;.

Por su parte, Operaciones quer&#237;a saber qu&#233; decir a la Interpol respecto de la banda de trata de blancas que actuaba en la costa andaluza, cuyas ramificaciones hac&#237;an sospechar que formaba parte de una conocida banda sovi&#233;tica (empleaba la jerga con que se designaba a los delincuentes del Este). Se necesitaban un par o tres de chicas. No agreg&#243;, ya que era obvio, que tales chicas tendr&#237;an que ofrecerse para ser contratadas. Cuando le lleg&#243; el turno, el ministro confes&#243; que dorm&#237;a con los expedientes del Espectador y el Envenedador de Madrid bajo la almohada, o m&#225;s bien, que estos no le dejaban dormir.


Y todos miraban a &#193;lvarez al acabar

El les explic&#243; de qu&#233; forma estaban distribuidos los chicos, y cu&#225;l hab&#237;a sido la prioridad en cada caso, sin dar detalles. C&#243;mo os joder&#237;an los detalles -pensaba-. Os importa solo el resumen. Los miraba uno a uno mientras les arrojaba huesecillos de explicaciones, sabiendo cu&#225;nto les asustar&#237;a que &#233;l les dijera que ya no ve&#237;a a ning&#250;n chico si pod&#237;a evitarlo. Que trataba aquellos asuntos con Padilla, y siempre lejos de los teatros. Que hab&#237;a levantado un muro entre los cebos y &#233;l, como a su vez los pol&#237;ticos lo constru&#237;an entre el propio &#193;lvarez y ellos. Porque quiz&#225; alguien pueda pensar que existen seres humanos as&#237; -supon&#237;a-, pero no que trabajan en este pa&#237;s, en esta ciudad, a tu lado.

De modo que todos se encuentran tendiendo redes -hab&#237;a concluido &#193;lvarez, recordando a tiempo que la palabra cebo se hallaba completamente prohibida en las conversaciones de la alta pol&#237;tica espa&#241;ola, incluyendo los desayunos informales.

Bien, bien, bien. -Jorge Martos, el ministro, se acariciaba la barba entrecana mientras sonre&#237;a. &#193;lvarez hab&#237;a aguardado, sumiso: sab&#237;a que Martos usaba el pol&#237;tico sistema de repetir tres veces lo mismo para disponer de tiempo para pensar-. Indudablemente, hay que obtener alg&#250;n resultado, porque echas un vistazo a los informes de mi gente y no paras de llorar. Lo &#250;ltimo que proponen con el asesino de chicas es conseguir una orden judicial para efectuar registros en m&#225;s de medio centenar de casas de la provincia. -El ministro nunca lo llamaba el Espectador, record&#243; &#193;lvarez, apodo que, por cierto, nadie no vinculado a Psicolog&#237;a era capaz de entender-. Les he dicho: Oye, por favor, seamos serios.

Qu&#233; absurdo -dijo Inteligencia.

Rid&#237;culo -dijo &#193;lvarez una fracci&#243;n de segundo despu&#233;s.

Pero yo les comprendo, co&#241;o, porque el surveillance no est&#225; haciendo nada, nada, nada. -Una de cal, una de arena, era la norma del ministro en las discusiones-. Tenemos diez helic&#243;pteros sobrevolando Madrid provistos de esc&#225;ner de rastreo &#191;Resultado? Cinco registros en falso en domicilios. Demandas judiciales. Y cuesta un huevo mantenerlos.

Se parte de -&#193;lvarez se detuvo para tragar una flema que atiplaba su voz-. Perd&#243;n Se parte de la base de que posee un s&#243;tano grande de dos niveles bajo tierra. Pero probablemente usa bloqueadores de &#250;ltima generaci&#243;n, y a ello le suma alg&#250;n tipo de convertidor virtual para falsear el mapeo de la casa. Tenemos un nuevo sistema que permite detectar ese equipo sofisticado, pero si, por ejemplo, dispusiera de un F-SASAT, o sea, un activador de falsas se&#241;ales de sat&#233;lite, entonces

Mientras le&#237;a datos, sinti&#233;ndose cada vez m&#225;s absurdo en su papel de chico listo, &#193;lvarez pensaba: &#191;Y las granjas? Las hemos cerrado todas. Es cierto que en ellas los cebos eran tratados de forma inhumana sobre todo en la que Gens ten&#237;a en Madrid S&#237;, s&#237;, de acuerdo, pero &#191;Ahora echamos de menos a los cebos bien formados, como en sus tiempos lo estaban la Blanco o la Cabildo? Hemos retirado la mitad del presupuesto de Psicolog&#237;a por causas &#233;ticas y econ&#243;micas y ahora &#191;Qu&#233; es lo que quieres? Esto es lo que hay, 007, licencia para matar: esto es lo que hay.

Bien, bien, bien. Todo bajo control, entonces -hab&#237;a dicho el ministro.

Todo bajo control, una mierda, hab&#237;a pensado &#193;lvarez.


Cuando el desayuno termin&#243;, record&#243; que aquel mamarracho ni siquiera hab&#237;a mencionado una sola vez al cebo desaparecido en combate, Elisa Iglesias, como la llam&#243; el de Operaciones, as&#237;, de pasada, en un aparte a &#193;lvarez. Elisa Catedral o Elisa Monasterio, sea lo que sea, por favor, no la mencionemos. Ten&#237;a apenas dieciocho a&#241;os, hab&#237;a recalcado el de Operaciones. Por favor, no mencionemos a los cebos que a&#250;n no est&#225;n en edad de merecer. No hablemos de los ni&#241;os y ni&#241;as. Pon&#233;is el grito en el cielo cuando ten&#233;is que explicar a la embajada francesa que una estudiante de diecis&#233;is a&#241;os de Tolouse ha sido secuestrada por nuestro psico nacional, pero no hablemos de las chiquillas que son cebos

Mientras cruzaba la calle, &#193;lvarez Correa sinti&#243; que el cruas&#225;n se le revolv&#237;a en el est&#243;mago. Lo malo era que &#233;l pod&#237;a comprender aquella negaci&#243;n, porque ten&#237;a hijos. Imag&#237;nalos haciendo una mascarada Imag&#237;nalos entren&#225;ndose en una granja para gustarle a un loco Pero ahora imag&#237;nalos secuestrados por ese loco debido a que nadie ha querido mejorar el mundo de los cebos. Imag&#237;nalos torturados debido a que no existen buenos cebos capaces de entregarse al loco y destruirlo. A fin de cuentas, como el doctor Gens le hab&#237;a dicho en cierta ocasi&#243;n, los cebos est&#225;n haciendo lo que les gusta, por mucho que ning&#250;n legislador aceptase el placer de un cebo como prueba de la legalidad de sus actividades.

Su inquieto subconsciente le regal&#243; otro mal recuerdo: la entrevista con Diana Blanco, hac&#237;a m&#225;s de una semana. Blanco, una de las leyendas vivas del departamento, a quien, por azar, &#233;l hab&#237;a contemplado durante un ensayo en los teatros a&#241;os atr&#225;s, experimentando as&#237; por primera vez en carne propia el poder de aquellos individuos. Los malditos cebos, sus demonios particulares, sus pesadillas diurnas, sus chicos, a quienes no pod&#237;a contemplar de frente pero tampoco dejar de lado. Los cebos, tan monstruosos como sus presas. Y como sus instructores, pens&#243; &#193;lvarez con un escalofr&#237;o. Porque, &#191;acaso era m&#225;s humano V&#237;ctor Gens? Rememor&#243; con alivio el d&#237;a en que aquel psic&#243;logo esperp&#233;ntico se hab&#237;a marchado para siempre. Por supuesto, sab&#237;a que Gens segu&#237;a vivo, y Padilla le hab&#237;a comentado que, de vez en cuando, le enviaban informes de casos para solicitar su opini&#243;n. Pero al menos lo hemos perdido de vista. Al menos.

No soportaba el recuerdo de Gens. Los pecados de Gens eran tambi&#233;n suyos.

Sus pecados, su ca&#237;da. A ra&#237;z del incidente con Diana, y pese a que no comprend&#237;a nada de psicolog&#237;a psin&#243;mica, &#193;lvarez hab&#237;a le&#237;do acerca de su propia filia. Filia de lo Ambiguo, emparentada con otra llamada de Ca&#237;da, relacionada de alg&#250;n modo con la obra Enrique V de Shakespeare, donde se narra la muerte de Falstaff, s&#237;mbolo de la ca&#237;da en la edad madura, del placer que el joven rey debe reprimir. &#191;Y tambi&#233;n -se preguntaba &#193;lvarez- de su ca&#237;da personal, de la sensaci&#243;n de estar precipit&#225;ndose al vac&#237;o moral, al tragante donde justos y pecadores eran devorados sin distinci&#243;n?

El coche de cristales tintados parec&#237;a agrandarse conforme &#233;l se acercaba. Le hab&#237;an asegurado que la entrevista no durar&#237;a m&#225;s de una hora, lo cual le animaba, desde luego, ya que as&#237; podr&#237;a regresar a tiempo a su despacho en Interior, cerrar las puertas y prepararse para recibir una holoconferencia desde Londres con su hijo menor, Ismael. Diecis&#233;is a&#241;os de alegr&#237;as y preocupaciones. Oh Dios, deseaba tanto volver a ver su rostro y su cuerpo flacucho de chiquillo. Su hijo se educaba en un selecto colegio de Londres donde daban prioridad a las artes y humanidades en general. Quer&#237;a ser actor, y &#193;lvarez se hab&#237;a doblegado de buen grado a su deseo. A fin de cuentas, ya ten&#237;a bastante con sus otros dos hijos, un flamante empresario y un estudiante del Trinity de Dubl&#237;n deseoso de hacer alguna carrera pol&#237;tica, para satisfacer las ansias familiares de alta burgues&#237;a. &#191;Por qu&#233; no dejar que Ismael jugase a su modo? Record&#243; de improviso que, en su &#250;ltima holoconferencia, el chaval se hab&#237;a quejado del tost&#243;n de obra que hab&#237;a ido a ver al teatro El Globo -Enrique V, precisamente-, a&#241;adiendo: Desde luego, no es la mejor que escribi&#243; ese hombre, &#191;verdad, pap&#225;?.

Deseaba alejar a sus hijos de aquel mundo y sus peligros, protegerlos de la existencia de los cebos, j&#243;venes como ellos que interpretaban a Shakespeare para proteger a otros. Porque alguien tiene que hacer lo que debe hacerse, sol&#237;a decir Gens.

&#193;lvarez sinti&#243; compasi&#243;n de s&#237; mismo al verse reflejado por los cristales oscuros del coche. All&#237; contemplaba la clase de hombre que los dem&#225;s pensaban que era: bur&#243;crata, calvo, caminando pesaroso bajo el gris del Madrid oto&#241;al. Comisionado de Enlace, qu&#233; co&#241;o: un cargo inventado que ni siquiera es pol&#237;tico Pero alguien tiene que hacerlo, &#191;no es cierto? Y la mitad de las cosas bien hechas no es suficiente aqu&#237;, pap&#225;.

El coche parec&#237;a vac&#237;o. Nada se escuchaba ni se mov&#237;a en su interior. Mientras &#193;lvarez lo rodeaba por la parte de atr&#225;s para abrir la puerta del copiloto, pensaba: Acabar&#237;an cayendo, desde luego El Espectador y el Envenenador Los atrapar&#237;amos incluso sin cebos, claro. Ser&#237;a cuesti&#243;n de tiempo. La pregunta es cu&#225;nto. En cierto modo, se hallaba bastante esperanzado, ya que el motivo de aquella reuni&#243;n confidencial era recibir nuevas y recientes pistas en ambos casos. Si pod&#237;a entregarle al ministro ciertos progresos en las dos investigaciones, acabar&#237;a el d&#237;a felizmente.

Llev&#243; la mano a la portezuela del copiloto, y de repente pens&#243; algo.

Siguiendo el protocolo de aquella entrevista secreta, hab&#237;a ordenado a sus guardaespaldas que no lo esperasen y regresaran a Interior. Tambi&#233;n hab&#237;a ahuyentado a su ch&#243;fer y al secretario que siempre lo acompa&#241;aba. Estaba solo.

Pero tal eventualidad no ten&#237;a que preocuparle, ya que la entrevista que se dispon&#237;a a realizar era completamente normal. Los c&#243;digos hab&#237;an sido verificados. Iba a reunirse exactamente con la persona que conoc&#237;a, como de costumbre.

Y sin embargo, de repente estaba preocupado.

Imag&#237;nate a cualquiera de esos monstruos que cazan tus chicos aguard&#225;ndote aqu&#237;, dentro de este coche.

La idea era absurda, pero no era la primera vez que se ve&#237;a asaltado por los inquietos fantasmas que albergaba. Su trabajo le obligaba a abandonar los pasillos de museo de los ministerios para enfrentarse al horror de uno y otro bando: locos peligrosos, cebos terribles. Nadie era capaz de comprender cu&#225;nto valor, cu&#225;nto coraje era necesario para, simplemente, seguir siendo &#233;l mismo cada d&#237;a.

Abri&#243; la portezuela y la desplaz&#243; un poco. El interior del coche que pod&#237;a vislumbrar desde su posici&#243;n segu&#237;a oscuro y vac&#237;o. Una r&#225;faga de aire llev&#243; hasta sus fosas nasales un ligero aroma a loci&#243;n.

&#191;Hola? -dijo cautelosamente.

Pasa -repuso una voz conocida.

Sinti&#233;ndose m&#225;s tranquilo, &#193;lvarez se agach&#243; y ocup&#243; el sitio del pasajero, colocando el malet&#237;n en el regazo y recogi&#233;ndose los faldones del abrigo al cerrar la puerta.

Espero que esto dure solo una hora -dijo en direcci&#243;n a la persona que se hallaba tras el volante-, y que valga la

Y entonces lo supo.

No estaban solos. Sin duda, el otro individuo hab&#237;a permanecido agazapado en el asiento posterior hasta ese instante, y ahora se ergu&#237;a. &#193;lvarez vio crecer su sombra en el salpicadero.

Lo &#250;ltimo que pens&#243; al volverse y encontrar la oscuridad fue que no llegar&#237;a a tiempo para la holoconferencia con su hijo desde Londres.



17

Como siempre, hice mi trabajo con desprecio. Y como siempre, intent&#233; usar ese desprecio a mi favor.

A&#250;n resonaba en mi o&#237;do su gangoso tono de voz cuando, minutos antes, me hab&#237;a dicho lo que quer&#237;a:

Dame una Belleza. Integra. Hace tiempo que no la veo Eng&#225;nchame con ella.

No puedo engancharlo con una Belleza. No es su filia.

Por supuesto, Gens no se hab&#237;a tragado la objeci&#243;n.

Soy f&#237;lico de Aura, y sabes que puedes, si lo haces bien y lo das todo Y lo dar&#225;s -afirm&#243; con suave certidumbre-. Tus padres fueron torturados y asesinados y tu hermana golpeada salvajemente cuando ten&#237;as doce a&#241;os. T&#250; tambi&#233;n estabas all&#237;, pero a ti apenas te hicieron da&#241;o. &#191;Sabes por qu&#233;?

No lo recuerdo -contest&#233;, tr&#233;mula.

Gens asent&#237;a desde su asiento.

Oh, claro, has bloqueado ese recuerdo porque te sientes culpable. Desde entonces consideras que tienes una deuda con Vera. Quieres sacrificarte por ella, quieres salvarla, y sabes que soy tu &#250;nica posibilidad de cazar al Espectador Por eso vas a darme esa Belleza con todas tus fuerzas. Si me enganchas, te ayudar&#233;.

Su repulsivo chantaje no me tom&#243; por sorpresa. Aquel era el V&#237;ctor Gens de siempre, no el viejecito de apariencia amable que realizaba su chequeo m&#233;dico rutinario o tomaba naranjas y caf&#233; con leche. Yo ya estaba acostumbrada a odiarlo. Me hab&#237;a preparado mentalmente el d&#237;a previo para aquel encuentro.

De acuerdo -musit&#233;.

Sent&#237;a rabia y desprecio hacia m&#237; misma. Sab&#237;a que Gens quer&#237;a drogarse conmigo. Que un entrenador usara a un cebo para su propio placer era algo perverso, aberrante. Por supuesto, se daban casos, aunque yo no conoc&#237;a a ning&#250;n cebo que aceptara de buen grado tal humillaci&#243;n. Pero pens&#233; que, si lo enganchaba, podr&#237;a conseguir la informaci&#243;n que quer&#237;a aunque &#233;l se negara a d&#225;rmela. Si Gens deseaba jugar sucio, yo iba a devolverle el golpe.

Examin&#233; la pared que ten&#237;a detr&#225;s. La del recibidor del sal&#243;n. Hab&#237;a un espejo de marco grueso y una c&#243;moda alabeada, muebles quiz&#225; demasiado vistosos, pero la luz que me llegaba de frente los neutralizar&#237;a con mi propia sombra. Usar&#237;a mi desprecio a modo de barrera para incrementar el efecto.

La Belleza necesita distancia: tocarla es destruirla. Se trata de una m&#225;scara de la voluntad. Consiste en hacer creer a tu presa que eres inalcanzable. El grado de Belleza se incrementa cuanto m&#225;s inaccesible y remota finges ser. Su clave reside en la comedia Noche de Reyes, donde cada personaje ama, o aparenta amar, a la pareja inadecuada.

Gens aguardaba el comienzo de mi teatro en silencio. Yo no lograba distinguir su expresi&#243;n debido a la luz de la l&#225;mpara, pero lo imagin&#233; sonriendo, encorvado, jadeante como un viejo verde que ha pagado por un rato de placer. Eso me ayudaba a distanciarme de &#233;l.

Lo primero que hice fue retroceder unos pasos y apoyarme en la c&#243;moda. Relaj&#233; los brazos, flexion&#233; un poco las rodillas y realic&#233; un cambio de estado: abr&#237; la boca, solt&#233; el aliento, sonre&#237; de repente.

Cre&#237;a conocerle, profesor Pens&#233; que era un cient&#237;fico, un sabio Pero veo que lo &#250;nico que le importa es pasarlo bien

Estaba actuando. Soltaba un texto cualquiera, improvisado para emplear el tono de voz distante, propio de los preliminares de la Belleza.

Quiere ver el espect&#225;culo, &#191;no? -agregu&#233;-. Pues voy a complacerlo

El espect&#225;culo no es distinto de la verdad -susurr&#243; Gens desde las sombras-. Yo s&#233; por qu&#233; est&#225;s haciendo esto. T&#250; sabes por qu&#233; est&#225;s haciendo esto. No hay enga&#241;o. Tambi&#233;n sab&#237;as por qu&#233; elegiste hoy vestirte as&#237;, con esa malla transparente en los costados -Sus rodillas se extendieron desde la zona de sombras, y mientras hablaba, sus manos alisaban el arrugado pantal&#243;n turquesa-. Nunca, nunca has entendido del todo esa sutil diferencia, Diana Si t&#250; finges y yo me lo creo, entonces, &#191;qu&#233; importa la verdad?

La verdad sigue siendo importante, sea cual sea.

Vamos, por favor. Si creo que me amas, para m&#237; eso ser&#225; verdad. Y si creo que eres bella, entonces lo eres. No puedo llegar m&#225;s all&#225; de tu m&#225;scara. Nadie puede. Lo que creemos que es, es. Ahora mismo te veo ah&#237; de pie, y no s&#233; muy bien qu&#233; pretendes Tus palabras, tus gestos &#191;pertenecen todos a la m&#225;scara? Eres un misterio para m&#237;, como yo lo soy para ti. Pero si me ofreces una soluci&#243;n para tu misterio y yo la acepto, entonces, &#191;qu&#233; importancia puede tener que sea falsa, dime? Para m&#237; esa ser&#225; la soluci&#243;n. -Y agreg&#243;, tras una pausa-: Pero no s&#233; por qu&#233; te estaba diciendo esto Disculpa la interrupci&#243;n, por favor

Me di cuenta de la ingeniosa trampa que me tend&#237;a. Aquellos razonamientos, aparentemente bien enhebrados, constitu&#237;an su defensa. Gens sab&#237;a lo que se avecinaba y estaba levantando una muralla protectora con ladrillos de l&#243;gica vulgar.

Sin embargo, al a&#241;adir que no sab&#237;a por qu&#233; me lo dec&#237;a, me hac&#237;a dudar de su prop&#243;sito real.

Era un zorro, pero no ten&#237;a delante a una novata.

Mientras Gens hablaba, yo hab&#237;a estado haci&#233;ndome una idea de la forma en que la luz de la l&#225;mpara se reflejaba en mi ropa. La Belleza requiere de luz cenital, pero los cebos ten&#237;amos que improvisar con los elementos disponibles. Me inclin&#233;, haciendo ondular los reflejos sobre mi malla, separ&#233; las piernas, llev&#233; la mano derecha al muslo. Mi expresi&#243;n era neutra.

Sea como sea, si quiere que finja, lo har&#233; -dije sin &#233;nfasis-. Le dar&#233; lo que me pida. Y me importan una mierda sus motivos. -Apoy&#233; la mano izquierda en forma de garra sobre el borde de la c&#243;moda-. Lo que me pida -Manos al pelo, como para alisarlo, acompa&#241;ando el gesto de un jadeo muy suave. As&#237;, la atenci&#243;n de mi presa quedaba atada a mi rostro enmarcado entre mis brazos y la luz. Mano derecha descendiendo con lentitud, la palma hacia arriba: la mirada de Gens tender&#237;a a seguir su recorrido. La detuve a la altura del muslo y la apart&#233; de mi cuerpo.

Una s&#250;bita calma pareci&#243; apoderarse de la escena. Un testigo cualquiera creer&#237;a que el anciano frente a m&#237; se hab&#237;a dormido, pero yo sab&#237;a que hab&#237;a logrado abrir una brecha en sus defensas. Gens mismo llamaba a aquella fase el toque de queda: el psinoma, anegado de placer, empieza a amotinarse y la raz&#243;n tiende a reprimirlo con la mordaza de una paz forzada.

Eres buena -susurr&#243;-. Pero existe un l&#237;mite, un techo en esta m&#225;scara, y lo sabes Ning&#250;n cebo lo traspasa. Perder&#225;s.

Es posible.

Me gusta que no te rindas. Que sigas luchando.

No soy yo quien est&#225; luchando. Es usted.

Alc&#233; el ment&#243;n. De inmediato inclin&#233; la cabeza con cierta brusquedad. A eso lo llam&#225;bamos zoom: la vista del p&#250;blico enfoca la parte del cuerpo que mueves dos veces seguidas. Los magos tambi&#233;n lo hacen. Aprovech&#233; para cambiar de expresi&#243;n: ligero matiz de orgullo. Eso lo distraer&#237;a lo suficiente como para que mi gesto de cruzar las manos sobre el pubis lo sorprendiera.

Cuando me dispon&#237;a a moverme de nuevo, Gens dijo:

Quiz&#225; deber&#237;amos dejarlo Parar aqu&#237;, en este punto.

Al principio aquel comentario me confundi&#243;. Pero al comprobar que no hac&#237;a ni dec&#237;a nada m&#225;s, comprend&#237; que me hab&#237;a entregado otro texto burdo para frenar el placer que yo le provocaba. Us&#233; aquella d&#233;bil defensa para acentuar la presi&#243;n.

Usted lo pidi&#243;, yo se lo dar&#233;.

Hab&#237;a improvisado un truco para mostrarme inaccesible: aparentar que hac&#237;a la Belleza bajo coacci&#243;n. Fing&#237; nervios de debutante. Peque&#241;os temblores en la punta de los dedos, parpadeos, labio inferior pellizcado entre los dientes. Lo complac&#237;a demostr&#225;ndole que me asqueaba complacerle. Lo cual era la verdad. Pero, en nuestro teatro, los cebos us&#225;bamos la verdad para fingir.

Gimi&#243;. Supe que pod&#237;a seguir subiendo el dial.

Quiz&#225; consigas engancharme -reconoci&#243;-. Pero nunca lograr&#225;s convertirte en &#191;C&#243;mo dijiste? El equilibrio entre el deseo y el miedo del Espectador Los psicos gozan de la apariencia. Para ellos no hay diferencia entre el escenario y el patio de butacas Un personaje es igual al actor, para un psico, y Oh, Dios

Aquel tono quejumbroso no era fingido. Yo estaba afect&#225;ndole.

Me abr&#237;a paso hacia su psinoma de manera inexorable.

Pero Gens no se rend&#237;a: continuaba su perorata con la obstinaci&#243;n de un capit&#225;n de barco que se negara a abandonar la nave que naufraga.

La Belleza tiene un techo Te dir&#233; cu&#225;l es: no puedes evitar fingir. Ahora est&#225;s fingiendo que finges Produces reacciones en m&#237;, pero mi conciencia sabe que finges. Est&#225;s encerrada en tu propio teatro De ah&#237; tu fracaso

Har&#233; lo que pueda.

Cruc&#233; las manos sobre los muslos. Gir&#233; de manera que Gens pudiese ver mi espalda reflejada en el espejo detr&#225;s de m&#237;. Mi espalda le hablar&#237;a otro lenguaje. Dos cuerpos, dos mensajes distintos.

El gesto hizo que interrumpiera su ch&#225;chara y se inclinara hacia atr&#225;s. Entonces cort&#233; con rapidez el contacto entre mis ojos y los suyos, como si de repente me interesara un punto en la pared. As&#237; le conced&#237;a un respiro, pero sin aflojar la presi&#243;n.

Gens aprovech&#243; la pausa para volver a la carga.

&#191;Y c&#243;mo convences a un p&#250;blico de que lo que finges es real? Por definici&#243;n, el p&#250;blico es incr&#233;dulo &#191;C&#243;mo avanzar m&#225;s all&#225;? Sucede igual ahora Una m&#225;scara puede embellecerte todo lo que quieras, pero jam&#225;s lograr&#225;s ocultar que la llevas. Cuanto m&#225;s bella es, m&#225;s ostensible resulta

Intent&#233; no distraerme con sus h&#225;biles palabras, y cambi&#233; de t&#225;ctica por sorpresa.

Me situ&#233; de perfil. La luz dio de lleno en el &#225;rea transparente de la malla. Gens no hab&#237;a esperado aquel movimiento, y enmudeci&#243;. Tentarle con el costado de mi cuerpo, desnudo bajo la abertura del cuello a las botas, era un aparente error de novata. Se perd&#237;a, as&#237;, la inaccesibilidad que tanto trabajo me hab&#237;a costado construir. Pero entonces fui m&#225;s lejos. Me inclin&#233;, deslic&#233; las manos por la pantorrilla hacia la cremallera de la bota derecha, la abr&#237;. Me la quit&#233; como si estuviese unt&#225;ndome alg&#250;n tipo de crema en la pierna, con suaves y repetidos gestos. Mientras me descalzaba no cesaba de hablar, entregando el texto en un tono espont&#225;neo, como si estuviese decepcionada:

Oh, vamos, profesor &#191;Por qu&#233; disimular? Si lo que quiere es esto, &#191;por qu&#233; no decirlo? No me importa, incluso lo esperaba &#191;Qu&#233; otra cosa pod&#237;a buscar alguien como usted? Lleva a&#241;os viviendo solo &#191;Desde cu&#225;ndo no ve a una mujer? -Era un texto muy burdo, pero yo confiaba en el tono sincero con que lo expresaba.

Me quit&#233; la otra bota y las cortas medias con id&#233;nticos ademanes, sin pausas. Un error com&#250;n del cebo principiante en la Belleza es vender muy cara la desnudez, como si se tratara de un espect&#225;culo er&#243;tico, sin percatarse de que la tentaci&#243;n de lo oculto juega contra s&#237; misma a cada instante. El camino correcto consiste siempre en restar importancia a la revelaci&#243;n, de modo que esta no sea un l&#237;mite sino el comienzo de algo m&#225;s. De esa forma es posible continuar aumentando la tensi&#243;n hasta el enganche.

Sin duda, Gens adivinaba lo que yo pretend&#237;a, porque su silencio era absoluto.

Vamos, profesor, &#191;no es esto lo que quiere?

Descalza, me situ&#233; frente a &#233;l. Separ&#233; las piernas. Al principio hab&#237;a pensado en desnudarme por completo, pero de nuevo supuse que Gens estaba esperando eso. Sin embargo, interrumpir mi desnudez con brusquedad era tambi&#233;n err&#243;neo. De modo que opt&#233; por un tercer camino, intermedio, para continuar inaccesible.

La malla pose&#237;a una cremallera en la espalda. Coloqu&#233; las manos en ella pero no hice amago de abrirla. Fue un gesto natural que hilvan&#233; con los anteriores. Me puse de puntillas. En mi imaginaci&#243;n, me comportaba como si una ducha invisible me ba&#241;ara o me restregara alg&#250;n tipo de crema en la espalda, pero lo que en realidad le enviaba era la apariencia de que me quitar&#237;a la ropa del todo al instante siguiente. No lo hac&#237;a, pero con mis gestos creaba el mismo mensaje una y otra vez. Improvis&#233; un texto:

Pobre profesor El &#237;dolo ca&#237;do

Sin embargo, al mismo tiempo me daba cuenta de que hab&#237;a llegado al final del camino. El texto se debilitaba, y perder&#237;a inaccesibilidad tanto si optaba por continuar desnud&#225;ndome como si lo segu&#237;a demorando. Progresar en una Belleza estando completamente desnuda era posible, pero eso solo se hallaba al alcance de los cebos m&#225;s expertos en aquella m&#225;scara, y yo no lo era.

Call&#233;. Detuve el teatro. Comprobar mi derrota me dej&#243; desanimada.

Escuch&#233; aplausos, d&#233;biles, sarc&#225;sticos.

Perfecto -dijo Gens-. Perfecto. Tu idea de jugar a desvestirte El texto, lanzado con una excusa natural Durante un momento -Se pas&#243; una mano por el rostro-. Durante un momento has aparentado ser lo m&#225;s bello que he visto en muchos a&#241;os Pero ya no puedes avanzar m&#225;s, y lo sabes. Has perdido, pero te agradezco el intento. He gozado -gru&#241;&#243;.

Me sent&#237;a cansada de aquel juego. Recog&#237; las medias.

Pues v&#225;yase a la mierda -dije.

No ha sido culpa tuya. Intentar una Belleza solo con la voluntad es siempre azaroso Moricke usaba escenarios espec&#237;ficos para

Ah&#243;rreme la clase, por favor. Fui una gilipollas al acudir a usted. -Me tragu&#233; las l&#225;grimas y cerr&#233; la cremallera de una de mis botas con un gesto violento.

Un momento, un momento -De repente Gens parec&#237;a irritado-. Eres t&#250; la que pides lo imposible. Eres t&#250; la que has venido a que te diga c&#243;mo puedes convertirte en el objeto perfecto para ese loco, y yo solo deseaba mostrarte de qu&#233; manera tu incre&#237;ble voluntad es un estorbo en este caso Desde el momento en que quieres, act&#250;as, y en cuanto act&#250;as, finges. No puedes ir m&#225;s all&#225;

Adi&#243;s, profesor. -Me resultaba imposible seguir oy&#233;ndole. Iba a llorar si no sal&#237;a de all&#237;. Hab&#237;a acabado de calzarme y me dirig&#237;a a coger el abrigo, cuando Gens dijo:

No puedes ir m&#225;s all&#225; salvo que yo te diga c&#243;mo. -Al ver que me deten&#237;a en la puerta, lanz&#243; una risita-. Intentemos arrojar un poco de luz en este espinoso asunto -a&#241;adi&#243; y movi&#243; la mano. La l&#225;mpara se apag&#243; y las persianas subieron hasta la mitad, permitiendo el paso de una d&#233;bil franja gris. Desprovisto del refugio de la luz cegadora, Gens volvi&#243; a parecer un viejo decr&#233;pito-. Dime, &#191;qu&#233; obra de Shakespeare contiene la Belleza?

Noche de Reyes.

&#191;Y cu&#225;l es la clave principal de la obra?

Los personajes aman a aquellos que no pueden amarlos a ellos. Lo inaccesible.

&#191;Y en qu&#233; pareja se expresa mejor esa inaccesibilidad?

Record&#233; los ex&#225;menes a los que Gens me somet&#237;a mientras me entrenaba.

Viola y Olivia -dije-. Viola se disfraza de hombre y Olivia se enamora de ella.

Gens se levant&#243; de la silla y, de pronto, engol&#243; la voz, recitando:

Te ruego, dime lo que piensas de m&#237;

Que pens&#225;is que no sois lo que sois -contest&#233;, reconociendo el di&#225;logo entre Viola y Olivia que Gens nos hac&#237;a ensayar sobre la obra.

Si pienso eso, pienso lo mismo de vos

Entonces pens&#225;is lo correcto: porque yo no soy lo que soy.

Gens gesticul&#243; como si las palabras flotaran en el aire y su mano me indicara que las volviera a leer.

&#191;Qu&#233; ves ah&#237;? -pregunt&#243;.

Viola admite ante Olivia que est&#225; disfrazada.

Exacto, pero Olivia parece reconocerlo tambi&#233;n. Olivia est&#225; enamorada de un disfraz, y al mismo tiempo sabe que debe separar el disfraz que ama del ser que lo lleva, y solo de esa manera podr&#225; encontrar a Sebasti&#225;n, el hermano gemelo de Viola, que es el disfraz hecho carne. Noche de Reyes -medit&#243; Gens, mes&#225;ndose la barba-. La fiesta de la Epifan&#237;a, la revelaci&#243;n Una de las piezas m&#225;s profundas del teatro. &#191;Aprendi&#243; Shakespeare las claves de la Belleza en el C&#237;rculo Gn&#243;stico de John Dee? No lo creo. Siempre he tenido la impresi&#243;n de que el C&#237;rculo era una patra&#241;a, un grupo de arist&#243;cratas inconformistas que quer&#237;an regresar a las antiguas costumbres religiosas que Enrique VIII y la reina Elizabeth hab&#237;an desterrado del pa&#237;s Aunque puede ser que ese embaucador de Dee conociera el psinoma Pero me estoy desviando de lo que quer&#237;a decirte Veamos: si quieres convertirte en algo superior a tu hermana, en el deseo m&#225;s &#237;ntimo del Espectador, en teor&#237;a, &#191;qu&#233; deber&#237;as darle?

Todo -respond&#237;.

&#191;Es tan sencillo como d&#225;rselo todo? -insisti&#243; Gens-. Vamos, Diana, fuiste mi mejor alumna junto con Claudia El Espectador es infinitamente voraz, como cualquier otro psico. Quiere tus piernas, tu sexo, tu cerebro, tu alma, tu cuenta corriente, tu coche, tu casa &#191;Y qu&#233; m&#225;s? &#191;Qu&#233; puedes ofrecerle para que te prefiera a ti antes que a nadie?

Me hablaba ahora desde muy cerca. Intent&#233; hallar una respuesta mientras sent&#237;a su aliento estrellarse en mi cara, sucio, ardiente.

De pronto una imagen cruz&#243; mi cabeza. Un recuerdo oculto, aterrador.

Ahora vas a re&#237;rte, devochka. Gens grit&#243;:

&#161;Dime! &#191;Solo quiere todo lo que eres?

No -Jade&#233;.

Entonces, &#191;qu&#233; m&#225;s quiere de ti?

Tambi&#233;n quiere todo lo que no soy.

El estallido del silencio tuvo m&#225;s fuerza que nuestras voces.

Exacto. -Gens me apunt&#243; con el dedo-. Quiere tu mentira, tu disfraz, tu teatro Quiere tu Noche de Reyes. -Sonri&#243;-. Quiere verte actuar. El Espectador quiere poseer a una actriz. -Dej&#243; en el aire aquella frase y sigui&#243; hablando en un tono intrascendente, como si lo m&#225;s sustancial ya hubiese sido dicho-. Prueba con una m&#225;scara a distancia: un Espect&#225;culo o una Exhibici&#243;n, por ejemplo. Comienza en tu casa, haz tu vida normal durante uno o dos d&#237;as Luego ve a alg&#250;n sitio especial, un sitio que te haga sentir que finges, y haz un Holocausto. La granja puede servir. Es posible que all&#237; lo caces.

La granja no es un &#225;rea de caza -repliqu&#233;, r&#237;gida.

No necesitar&#225;s ning&#250;n &#225;rea de caza. Te olfatear&#225;, ir&#225; hacia ti. Est&#225; demostrado que el psinoma carece de l&#237;mites precisos: depende del placer que ofrezcas. La tentaci&#243;n infinita posee un &#225;rea infinita. Te percibir&#225; y te buscar&#225;, incluso sin que &#233;l mismo lo sepa. Vendr&#225; hacia ti aunque tenga que arrastrarse por todo Madrid babeando. -En sus ojos hab&#237;a un brillo de diversi&#243;n-. Solo as&#237; superar&#225;s su h&#225;bil truco para eludir a los grandes cebos -agreg&#243;.

Sus empleados -insinu&#233;, pero Gens neg&#243; con la cabeza.

Oh, no seas ingenua, solo tiene uno. Pero lo usa bien.

No puede ser Hay rastros de distintas filias en la elecci&#243;n y los cuerpos de

Por favor, Diana, &#191;eres igual de est&#250;pida que todos los perfiladores de este pa&#237;s? -Gens re&#237;a roncamente-. &#161;Los expertos y sus ordenadores cu&#225;nticos! &#191;Un ej&#233;rcito de empleados, quiz&#225;? Claro que no. Apostar&#237;a por lo m&#225;s simple: usa a una sola persona, pero con un psinoma amorfo, a&#250;n sin definir. Por eso aparenta poseer una filia que imita a muchas otras y, pese a todo, recibe m&#225;s influencia del Holocausto Es el truco perfecto. -Me miraba con fijeza, quiz&#225; esperando una respuesta que debi&#243; de ver en mis horrorizados ojos, porque asinti&#243;-. Es lo m&#225;s l&#243;gico, &#191;no? Calculo que su empleado tendr&#225; unos diez u once a&#241;os

La idea me parec&#237;a espantosa, incomprensible.

&#191;Ha secuestrado a un ni&#241;o para que lo ayude?

El rostro de Gens ahora era p&#233;treo.

&#191;A&#250;n no comprendes? -Y su semblante se torci&#243; en una lenta sonrisa-. Estoy seguro de que usa a su propio hijo.



18

El hombre se dispon&#237;a a regresar a casa, pero lo pens&#243; mejor y empez&#243; a dar vueltas con el coche.

Ten&#237;a calor en el interior de su confortable Jaguar Windsor, el veh&#237;culo que usaba en la ciudad. Notaba la piel de la cara ardiendo. Pero el ni&#241;o le hab&#237;a pedido que no encendiera el aire acondicionado, y el hombre lo aceptaba: estaban en pleno octubre, a fin de cuentas, y la tarde era fr&#237;a. De modo que soportaba el calor con una sonrisa, aunque su mano derecha, sudorosa, la &#250;nica que apoyaba en el volante de piel, resbalaba sobre el cuero. Hab&#237;a comenzado a anochecer, se encend&#237;an los escaparates, brillaban los anuncios de mujeres altas y estilizadas con botas de l&#225;tex. &#191;Cu&#225;nto tiempo llevaban recorriendo Madrid sin un destino concreto?, se preguntaba. Por lo menos dos horas, porque hab&#237;a recogido al ni&#241;o en el colegio a las seis, y ya eran algo m&#225;s de las ocho. Y desde luego, no hab&#237;a sido el est&#250;pido incidente con aquella profesora lo que hab&#237;a provocado su vagabundeo. Ni lo de Demi, ni su cita cancelada con Cristina, ni la reuni&#243;n programada para el d&#237;a siguiente con esa analista de sistemas, Rebeca No s&#233; qui&#233;n, de intrigantes ojos verdes. Ninguna mujer le hac&#237;a cambiar sus h&#225;bitos. Hab&#237;a decidido dar un paseo antes de cenar, tan solo.

El colegio no estaba lejos del &#225;tico del barrio de Salamanca donde viv&#237;an cuando no pod&#237;an marcharse al campo. Se trataba de un moderno centro internacional. Al hombre le gustaba su ambiente sofisticado y elitista, permisivo y a la vez estricto, sin lastre religioso alguno. Educaci&#243;n neutra, respetuosa con la intimidad, no solo con el piercing y las rastas largas y sucias de Pablo. Se limitaban a ense&#241;ar, no escudri&#241;aban en la vida de los chavales. Era muy caro, pero el hombre lo pagaba a tocateja y aportaba adem&#225;s generosas donaciones que lo convert&#237;an en persona grata para la direcci&#243;n: no era cuesti&#243;n de descuidar el &#250;nico sitio donde el ni&#241;o pasaba el tiempo cuando no estaba con &#233;l.

Aquel mi&#233;rcoles, el hombre hab&#237;a llegado diez minutos antes, como de costumbre. Pocos, aunque lujosos, coches, casi siempre con ch&#243;feres, aguardaban ya en el aparcamiento de terrizo, y el hombre hab&#237;a estacionado el suyo cerca de la salida. Los chavales hab&#237;an empezado a aparecer por la puerta a las seis en punto, sonriendo vivarachos en la gris tarde oto&#241;al, pero el hombre se hallaba absorto pensando en las varias tareas que le aguardaban mientras com&#237;a almendras en el interior del coche, y al principio no se enter&#243;. Siempre rellenaba uno de los platillos del minibar del veh&#237;culo con aquellas almendras. Se deleitaba con su carnosa suavidad, su color de piel bronceada, las formas redondeadas que se dejaban morder con

&#191;Se&#241;or Leman?

Una sombra delante de su ventanilla.

Hola, Demi, qu&#233; tal. -El hombre dej&#243; de comer, hizo descender el cristal y sonri&#243; afable bajo sus gafas de espejo. La intromisi&#243;n le irritaba, pero nada en su expresi&#243;n hac&#237;a suponerlo. Record&#243; que la chica era una de las nuevas profesoras de Pablo, muy dispuesta, muy entusiasta. De origen norteamericano, pero criada en Londres y Madrid. Al hombre le parec&#237;a poco peligrosa; una m&#225;s del reba&#241;o, al menos hasta entonces.

Me gustar&#237;a hablarle. &#191;Tiene un minuto?

Oh. &#191;Qu&#233; ocurre?

No se preocupe, no pasa nada -Demi se expresaba en correcto castellano, con fuerte acento-. Pablo es muy inteligente y va muy bien Es solo que &#191;Podr&#237;amos ir un momento a mi despacho?

Ahora no, voy corto de tiempo. Tengo una reuni&#243;n muy importante.

&#191;Ma&#241;ana, entonces?

A unos metros a la izquierda de la joven se hallaba el ni&#241;o, los ojos bajos, aguardando d&#243;cilmente el final de la sagrada conversaci&#243;n. El hombre sonri&#243; a&#250;n m&#225;s.

Por Dios, Demi, &#191;qu&#233; pasa? No me tengas en ascuas hasta ma&#241;ana

No, no pasa nada, de verdad -Ella se ruboriz&#243; y se inclin&#243; m&#225;s hacia &#233;l en la ventanilla para hablar en tono discreto, mientras jugaba con su collar de cuentas &#233;tnico y se despejaba el flequillo de la cara. El hombre pens&#243; que intentaba resultar atractiva-. Ver&#225;, ayer le pregunt&#233; a Pablo qu&#233; hab&#237;a hecho el fin de semana, y me dijo que hab&#237;a ido al cine con un compa&#241;ero de clase Por casualidad, yo hab&#237;a visto la misma pel&#237;cula, as&#237; que le coment&#233; cosas sobre ella, pero no supo decirme nada Y hoy le pregunt&#233; al compa&#241;ero No hab&#237;a estado con Pablo en ning&#250;n momento. Su madre lo confirm&#243;. Cuando volv&#237; a interrogarlo, Pablo confes&#243; que me hab&#237;a mentido

El hombre se ech&#243; a re&#237;r.

&#191;Eso es todo? Por favor, Demi, me hab&#237;as asustado Pablo estuvo en casa el fin de semana, en efecto. No le apetec&#237;a salir.

Lo s&#233;. Lo que quiero decir, se&#241;or Leman

&#161;Fue solo una peque&#241;a mentira entre chavales!

No, se&#241;or Leman, no entre chavales Me minti&#243; a m&#237;. Y, con toda honestidad, lo que menos me gust&#243; fue que, al preguntarle por qu&#233; lo hab&#237;a hecho, contestara que hab&#237;a querido hacerlo, as&#237;, tan solo. No pareci&#243; afectado, ni antes ni despu&#233;s. Pablo tiene solo once a&#241;os, y las mentiras a esa edad no

Demi -cort&#243; el hombre con su mejor sonrisa-, creo que le das demasiada importancia a algo banal

Perdone, se&#241;or Leman, pero creo que

Pablo es un chico muy inteligente, t&#250; misma lo dices

Nadie discute eso, yo

Pero se ha educado sin madre, y eso ha agudizado su timidez. Mi papel ha consistido en brindarle todo el apoyo y la compa&#241;&#237;a que he podido, pero nunca ser&#233; el sustituto de una madre. Nunca. Debes comprenderlo.

Me consta que Pablo le quiere mucho, se&#241;or Leman. Usted es todo su mundo. Precisamente por eso

Precisamente por eso, Demi -dijo el hombre repitiendo la palabra con cierta brusquedad, pero sin elevar la voz-, precisamente por eso -Hizo una pausa mientras tamborileaba con el &#237;ndice en el volante- creo que tienes toda la raz&#243;n. Debemos vigilar esa conducta.

El cambio de expresi&#243;n de la chica reflej&#243; un alivio notorio.

Exacto, se&#241;or Leman, era lo que yo quer&#237;a que usted entendiera, tan solo

S&#237;, definitivamente, debemos ocuparnos cuanto antes de eso. Hablaremos ma&#241;ana. Gracias por todo, Demi

Gracias a usted, se&#241;or Leman. Lo &#250;nico que quiero es que Pablo sea feliz

Lo s&#233;, Demi, muchas gracias. -El hombre se preguntaba c&#243;mo ser&#237;an los pezones de la chica. Sus pechos eran peque&#241;os, pero estaba seguro de que sus pezones eran oscuros y grandes como las almendras que a&#250;n sosten&#237;a, y quiz&#225; se endurecieran mucho al contacto con el agua. Se la imagin&#243; metida en una ba&#241;era, alzando los pechos. Una bell&#237;sima holandesa pelirroja con la que su padre hab&#237;a estado liado tras divorciarse de su madre ten&#237;a los pechos peque&#241;os, pero el hombre recordaba muy bien sus puntiagudos pezones. La joven sol&#237;a llamarlo cuando se ba&#241;aba para que &#233;l la contemplase-. Ahora debo irme Pablo, al coche. &#191;Aceptar&#237;as una almendra, Demi? -Ella deneg&#243; sonriendo, no quer&#237;a engordar-. Gracias por todo, de verdad.

Al salir del colegio empez&#243; a recorrer las calles al azar, sin ser apenas consciente de ello. El sonsonete guiri de la chica daba vueltas en su cabeza una y otra vez. Grasias a usted. Grasias. En un momento dado se volvi&#243; hacia el ni&#241;o.

La pr&#243;xima vez que cuentes una mentira tan elaborada, no digas despu&#233;s que has mentido.

&#191;Qu&#233; es una mentira tan elaborada? -pregunt&#243; el ni&#241;o.

Complicada.

El ni&#241;o se limit&#243; a ajustarse el cintur&#243;n de seguridad y mirar por la ventanilla. El hombre observaba de reojo su gorra de b&#233;isbol en dos tonos de azul y sus largas rastas casta&#241;as. El perfil del ni&#241;o era muy semejante al de Jessie, su madre, que hab&#237;a sido muy hermosa: hasta el mismo piercing en los labios. El hombre se pregunt&#243;, no por primera vez, qu&#233; habr&#237;a dicho Jessie de haber vivido lo suficiente para ver a la criatura que hab&#237;a procreado para &#233;l.

Le hab&#237;a costado mucho convencerla. Aparte de ser una de sus aventajadas alumnas de inform&#225;tica en Bruselas, Jessie era bailarina aficionada de ballet, y al principio rechazaba la sola idea de deformar su silueta con un embarazo. El hombre hab&#237;a fingido aceptar su decisi&#243;n, pero d&#237;as despu&#233;s hab&#237;a empacado las cosas de Jessie y le hab&#237;a dicho que, puesto que aquella relaci&#243;n no ten&#237;a futuro, se ve&#237;a obligado a decirle adi&#243;s y echarla del apartamento que compart&#237;an. Ella era muy dependiente -&#233;l se hab&#237;a cuidado de elegirla as&#237;- y al final hab&#237;a cedido, entre l&#225;grimas, reconciliaciones y una borrachera de champ&#225;n y porros. Tengamos un hijo, Juan, te dar&#233; un hijo, Juan A Jessie le encantaba emborracharse, y el hombre hab&#237;a aprovechado esa bendita costumbre a la hora de montar el supuesto accidente de coche que acab&#243; con la vida de la joven madre exactamente dos meses y tres d&#237;as despu&#233;s de parir a Pablo. Desde luego, ella no pod&#237;a seguir viva, ya que lo de tener un hijo no hab&#237;a sido un capricho sino una necesidad perentoria. El ni&#241;o era su defensa frente a las trampas: el hombre lo hab&#237;a calculado meticulosamente. Pod&#237;a admitir la c&#225;rcel, y sab&#237;a que alg&#250;n d&#237;a acabar&#237;a en ella (tambi&#233;n sab&#237;a que saldr&#237;a), pero no pod&#237;a pensar siquiera en la posibilidad de caer en una de esas trampas. Eso no. Cualquier cosa, excepto que una chica lo enga&#241;ara.

Mientras conduc&#237;a, para olvidar el banal incidente con Demi, se dedic&#243; a hacer un repaso mental de todo lo que deb&#237;a comprar cuanto antes. Una nueva alfombra de pelo. Sacos de hule. Cuerda. Un par de linternas nuevas. Otro taladro. Anest&#233;sico. Borrador biol&#243;gico. Cinta aislante. En un momento dado movi&#243; la mano frente al sensor de sonido y estall&#243; un techno-rap a todo volumen. Ni el ni&#241;o ni &#233;l dieron muestras de estar escuchando la ensordecedora m&#250;sica. Lo m&#225;s urgente eran los sacos de hule y la cuerda. Se quit&#243; las gafas de sol, porque la noche ca&#237;a deprisa y las oscuras nubes parec&#237;an descender sobre Madrid, y las guard&#243; en el bolsillo superior de su chaqueta morada de Valentino. Le gustaba el color morado, y a Pablo tambi&#233;n. Con otro vaiv&#233;n apag&#243; la m&#250;sica. Record&#243; de improviso una imagen curiosa: los pechos de un cad&#225;ver, un pez&#243;n endurecido y el otro hundido en la areola. Segu&#237;a sudando, a saber por qu&#233;.

Pap&#225; -dijo el ni&#241;o.

Qu&#233;.

&#191;No puedes dejar la m&#250;sica puesta un rato m&#225;s?

No.

El ni&#241;o se encogi&#243; de hombros, meti&#243; la mano en su cazadora y sac&#243; una consola port&#225;til. Al tiempo que hac&#237;a girar el volante introduciendo el coche en una bocacalle, el hombre se distrajo contemplando uno de tantos anuncios referentes a la cercana fiesta de Halloween: una calabaza con la que una chica cubr&#237;a sus genitales. Solo se ve&#237;an las manos, el vientre, las curvas caderas. Hab&#237;a le&#237;do en alg&#250;n sitio que Halloween era una fiesta muy antigua, pagana, orgi&#225;stica, deformada como tantas otras por la sociedad moderna. Hombres disfrazados con astas de ciervo, burlados por la diosa Diana. Diosas y cornudos, pens&#243;. Mientras lo pensaba, activ&#243; el tel&#233;fono del coche con un gesto. Colegio. Director, dijo. Oy&#243; dos tonos de llamada antes de escuchar la voz de la secretaria, y luego la del se&#241;or Brooke. La conversaci&#243;n fue breve, pero aun as&#237; el hombre tuvo tiempo de pensar en otras cosas mientras el director del colegio ejercitaba, ansioso, su castellano para padres influyentes.

Desde luego, se&#241;or Leman, si ese es su deseo, nosotros estamos

Gracias.

Debo hacerle notar, no obstante, que Demi es nueva, y a&#250;n no conoce

El hombre segu&#237;a pensando en todo lo que le faltaba por hacer. Llamar&#237;a a Cristina para sugerirle otra cita. Har&#237;a que le enviaran un ramo de flores. La cita con Rebeca, la analista de sistemas que buscaba trabajar para su selecta compa&#241;&#237;a, era a las once de la ma&#241;ana del jueves, es decir, al d&#237;a siguiente. No hab&#237;a planeado almorzar con ella porque quiz&#225; vendr&#237;a acompa&#241;ada, y no le apetec&#237;a que nadie lo mirara a &#233;l mientras &#233;l miraba los ojos verdes de Rebeca. Adem&#225;s, esa ma&#241;ana ten&#237;a que recoger el Mercedes del taller, donde lo hab&#237;a llevado el lunes para que arreglaran el ara&#241;azo en la carrocer&#237;a que aquellos dos ladronzuelos hab&#237;an

Recordar eso fue un error. Sus nudillos emblanquecieron aferrando el volante.

 es una buena profesora, aunque todav&#237;a est&#225; muy verde en relaciones

Comprendo, se&#241;or Brooke -cort&#243; el hombre, impaciente-. Pero no voy a hablar m&#225;s del asunto. Sencillamente, no quiero que esa chica vuelva a dar clases a mi hijo. De hecho, no quiero volver a verla. No quiero ni cruz&#225;rmela por casualidad. Me da igual lo verde o amarilla que est&#233;. Si la veo, se&#241;or Brooke, si tan solo vuelvo a verla, aunque sea de lejos y sonriendo, o incluso de espaldas, se&#241;or Brooke, si vuelvo a verla en su colegio, hablar&#233; con su jefe, se&#241;or Brooke, y me llevar&#233; a mi hijo. Pero antes hablar&#233; con su jefe para que quede claro qui&#233;n es el responsable Usted elige.

Por supuesto, se&#241;or Leman, por supuesto Solamente quer&#237;a

Usted elige, se&#241;or Brooke.

Ya Ya he elegido, se&#241;or Leman.

Gracias, se&#241;or Brooke. Adi&#243;s, se&#241;or Brooke.

Cort&#243; la comunicaci&#243;n mientras apretaba los dientes. Hab&#237;a mujeres que cre&#237;an que todos los hombres eran masoquistas, se dijo. &#201;l, desde luego, pod&#237;a serlo hasta cierto punto. Record&#243; que exist&#237;a una de esas cosas (los nombres t&#233;cnicos le inquietaban)una filia llamada de Leopold, relacionada con Sacher-Masoch y con su propia filia, as&#237; como con la obra teatral Las alegres comadres de Windsor en que las mujeres se re&#237;an a mansalva de los hombres oblig&#225;ndolos a llevar astas de ciervo en la cabeza. Pensar que una mujer se riera de &#233;l le provocaba una erecci&#243;n, pero no lo atribu&#237;a a ninguna filia sino a un af&#225;n de sinceridad: cuando la mujer se burla del hombre est&#225; siendo sincera, opinaba. &#201;l, a veces, las obligaba a re&#237;rse por el mismo motivo. Las hac&#237;a sentarse en un retrete y mirarle y re&#237;rse. De ni&#241;o sol&#237;a espiar a su madre en el cuarto de ba&#241;o, y luego a las chicas que hab&#237;an vivido con su padre, y siempre que lo descubr&#237;an se re&#237;an. &#191;Sabes lo que eres?, le increpaba su madre. Las mujeres eran expertas en burlas: las aprend&#237;an de ni&#241;as, las ensayaban de adolescentes y al llegar a una madurez de comadres ya no practicaban otra cosa.

Descubri&#243; que hab&#237;a salido a la autopista, vio una desviaci&#243;n, la tom&#243; y regres&#243; a Madrid. Estaba seguro de que hab&#237;a pillado una gripe: segu&#237;a sudando profusamente.

&#191;Puedes apagar la consola, por favor? -dijo-. Me pone nervioso ese ruido.

El ni&#241;o la apag&#243; pero no la guard&#243;. El hombre a&#241;adi&#243;:

Al llegar a casa, quiero que te duches antes que nada. Apestas a barro.

Entonces, &#191;vamos a casa? -pregunt&#243; el ni&#241;o.

Claro que vamos a casa. Solo estoy dando un rodeo.

&#191;Podr&#233; ver holov&#237;deos antes de ducharme?

No.

&#191;Y despu&#233;s? -Ya veremos.

Se dio cuenta de que no hab&#237;a encendido las luces de posici&#243;n y lo hizo en ese instante. El coche las encend&#237;a autom&#225;ticamente, pero el hombre hab&#237;a desconectado todos los mecanismos autom&#225;ticos porque le molestaba que una m&#225;quina pensara por &#233;l. Adem&#225;s, de esa forma ahorraba dinero.

&#191;Qu&#233; has dicho?

Vagina -repiti&#243; el ni&#241;o-. Naru dice que es igual que co&#241;o.

El hombre ri&#243;, y se dio cuenta de que se le hab&#237;a pasado el mal humor.

Dile a tu amigo hind&#250; que, a diferencia de ti, no ha visto un co&#241;o de verdad en toda su vida No, mejor no se lo digas. Es una broma.

&#191;Lo de Naru es una mentira laborada?

No. Solo es un error. Y es mentira elaborada.

Ya -acept&#243; el ni&#241;o-. &#191;Estamos eligiendo? -pregunt&#243; entonces desviando la cabeza para mirar por la ventanilla a un grupo de chicas que se re&#237;an en la acera.

No. Estamos dando una vuelta, tan solo.

&#191;No ten&#237;amos que ir esta noche a la otra casa?

S&#237;, es decir, no. Ir&#233; yo solo.

El hombre se mordi&#243; el labio intentando capturar un peque&#241;o pellejo. La pregunta del ni&#241;o le hab&#237;a hecho recordar que, en efecto, ten&#237;a que ir a la casa de la sierra a sacar el cuerpo. El climatizador del segundo s&#243;tano lo conservar&#237;a un tiempo, pero no quer&#237;a esperar. Aquella &#250;ltima fase se estaba volviendo cada vez m&#225;s complicada, y el hecho de que a la chica le hubiese fallado el coraz&#243;n durante la sesi&#243;n de torno le hab&#237;a cogido por sorpresa: hab&#237;a confiado en mantenerla con vida por lo menos tres

Pap&#225;.

S&#237;.

&#191;Has o&#237;do lo que te pregunt&#233;?

No -dijo el hombre.

Hubo una pausa, y cuando el ni&#241;o hizo la pregunta el hombre no pudo saber si se trataba de la que &#233;l no hab&#237;a o&#237;do o de otra nueva.

&#191;Sigo siendo tu ayudante, pap&#225;?

Sonri&#243; levemente. Sab&#237;a el motivo de aquella duda. Llevaban desde la noche del domingo intent&#225;ndolo sin resultados apreciables -&#233;l rechazaba a todas las que el ni&#241;o escog&#237;a: por demasiado j&#243;venes, o demasiado bajitas o demasiado maduras-, y eso mermaba la confianza de su hijo, por mucho que &#233;l le explicase que la elegida ten&#237;a que gustarles a ambos. Ya hab&#237;a cedido en un par de ocasiones a los gustos infantiles de Pablo, incluso a sus caprichos, pero no pod&#237;a seguir dobleg&#225;ndose.

Sin embargo, era preciso animarlo de alg&#250;n modo, porque Pablo era su seguro de vida. Si el ni&#241;o influ&#237;a en la elecci&#243;n, &#233;l estar&#237;a a salvo de las trampas.

Y de s&#250;bito se sinti&#243; bastante mejor. Segu&#237;a sudando pero ya no pensaba que estuviese enfermo. Ech&#243; un vistazo a la hora en el tablero iluminado -las ocho y treinta y cinco de aquella noche de mi&#233;rcoles- y se dijo que por qu&#233; no, al fin y al cabo, necesitaban otra, as&#237; que por qu&#233; no probar otra vez. Quiz&#225; esa noche tuvieran suerte.

Por supuesto que sigues siendo mi ayudante -dijo, girando en otra bocacalle-. El mejor que he tenido nunca. Y &#191;sabes qu&#233;? He cambiado de opini&#243;n Abre los ojos, ayudante, porque te aseguro que esta noche elegimos.



19

Cuando abr&#237; los ojos solo hab&#237;a oscuridad.

Te llamas Eduardo. Ahora te reir&#225;s, devochka.

Entonces supe lo que me hab&#237;a despertado: el insistente sonido del tel&#233;fono.

Alargu&#233; la mano, una luz se encendi&#243;. Vi la silla de enea, reconoc&#237; mi dormitorio. Las s&#225;banas estaban arrugadas a mis pies, como si me hubiese pasado la noche peleando. En el reloj digital era jueves, 6.50 de la ma&#241;ana. Dije en voz alta: Contestar.

Y me prepar&#233; para o&#237;r una mala noticia.


M&#225;s tarde record&#233; lo que hab&#237;a so&#241;ado aquella noche. Hab&#237;a visto a pap&#225; y mam&#225;; a Vera, a sus cinco a&#241;os; a A&#237;da Dom&#237;nguez, la &#250;ltima v&#237;ctima conocida del Espectador; a Claudia Cabildo, la &#250;ltima v&#237;ctima de Renard. Y a muchas m&#225;s. Todos observ&#225;ndome con esa clase de mirada sin vida que dedicamos cuando, por azar, contemplamos a alguien desde un espejo, o como esas mu&#241;ecas sucias y mutiladas que colgaba Renard junto a los cuerpos de las personas a las que asesinaba. Pens&#233; que me exig&#237;an &#191;qu&#233;? No justicia, tampoco venganza. Quiz&#225; entrega. O ni siquiera: actuaci&#243;n.

Todas las v&#237;ctimas de aquella guerra infinita clamando que actuara para ellas, que me cubriese con una m&#225;scara sin rasgos y accediese a interpretarles el olvido.


La ma&#241;ana anterior, la del mi&#233;rcoles, un d&#237;a despu&#233;s de mi conversaci&#243;n con Gens, la hab&#237;a pasado en la cama con mi notebook en el regazo, dedicada a revisar la m&#225;scara de Exhibici&#243;n mientras tomaba sorbos de caf&#233;. Gens hab&#237;a dicho que pod&#237;a realizarla en casa mientras hac&#237;a mi vida normal durante uno o dos d&#237;as, y yo seguir&#237;a sus instrucciones. Saldr&#237;a, ir&#237;a al supermercado y al gimnasio, ver&#237;a algo de televisi&#243;n.

Y dejar&#237;a la temida visita a la granja para el jueves.

La m&#225;scara de Exhibici&#243;n hab&#237;a sido descubierta por el psic&#243;logo franco-argelino Didier Kora, pero Gens cre&#237;a hallar sus claves en esa s&#225;tira feroz de la guerra de Troya titulada Troilo y Cr&#233;sida, que Shakespeare hab&#237;a llenado de guerreros pervertidos, alcahuetes vulgares y amantes infieles, donde el valor de la vida y la dignidad dependen de la opini&#243;n de otros. El hombre aprecia m&#225;s lo que a&#250;n no ha obtenido, dice Cr&#233;sida, y los gestos de la m&#225;scara consist&#237;an, precisamente, en exhibir el cuerpo activando el inconsciente pero reprimiendo el deseo y la expresi&#243;n, como una joya e una vitrina: expuesta pero protegida, dec&#237;a Gens.

Cuando estuve lista, puse manos a la obra. El disfraz de la m&#225;scara era sencillo y lo encontr&#233; enseguida: zapatos negros de tac&#243;n, un fino tanga negro. Me desnud&#233;, me pein&#233; el cabello reci&#233;n lavado y lo at&#233; en una cola. Luego me coloqu&#233; el disfraz. Gens suger&#237;a que activ&#225;ramos el inconsciente mediante un recuerdo, un suceso desagradable, traum&#225;tico. Los cebos no carec&#237;amos de tales experiencias, y en mi caso utilic&#233; mi propia tragedia. Intent&#233; concentrarme en lo que hab&#237;a recordado en casa de Gens el d&#237;a anterior: lo que nos hicieron a mi familia y a m&#237; Hombre Caballo, Oksana y la otra mujer. Luego cerr&#233; las cortinas del sal&#243;n y encend&#237; las l&#225;mparas, iluminando la pared vac&#237;a que necesitaba como escenario. Todo eso eran cosas t&#237;picas del teatro de la Exhibici&#243;n.

Lo &#250;nico que jam&#225;s hab&#237;a hecho era interpretar sin p&#250;blico.

Mientras me mov&#237;a de cara a la pared, las piernas separadas, recitando a ratos pasajes del Troilo y dedicada a activar mi memoria manteniendo percepciones y emociones al m&#237;nimo, me preguntaba si aquello estar&#237;a sirviendo de algo. &#191;Est&#225;s ah&#237;? &#191;Me sientes?, interrogaba al silencio. Imaginaba a mi amor secreto, a mi objetivo, a mi hijo de puta, sentado en la oscuridad, contemplando mis gestos, oyendo mi voz

El tel&#233;fono son&#243; al cabo de media hora, interrumpi&#233;ndome. Me reproch&#233; no haberlo desconectado. Pero cuando el visor me inform&#243; que se trataba de mi hermana llam&#225;ndome por un canal seguro, me alegr&#233;. No hab&#237;amos vuelto a hablar desde la pelea que hab&#237;amos tenido en casa una semana antes, y el solo hecho de que me llamara constituy&#243; para m&#237; un gran alivio. Detuve el ensayo jadeando, volv&#237; a colocarme el tanga que hab&#237;a deslizado por las piernas y acept&#233; contestar imaginando que todo era posible: Vera me insultar&#237;a, llorar&#237;a, me pedir&#237;a perd&#243;n. O quiz&#225; -tem&#237;a pensarlo- se trataba de algo m&#225;s serio. Pero fue eso lo primero que me dijo: a&#250;n no hab&#237;a ni rastro de Elisa.

Lleva una semana perdida -Su voz nasal, tr&#233;mula, llenaba el sal&#243;n-. Una semana Si hubiese tenido &#233;xito, ya sabr&#237;amos algo, &#191;verdad?

Quiz&#225; s&#237;, quiz&#225; no.

&#191;T&#250; crees que todav&#237;a puede eliminarlo?

Elisa es buena. Cualquier cosa podr&#237;a ocurrir.

Ambas sab&#237;amos que si era el Espectador quien la hab&#237;a capturado, Elisa ya estar&#237;a muerta o jodida para siempre, pero Vera hab&#237;a llamado en son de paz y yo no quer&#237;a estropear ese momento por nada del mundo.

Aprovech&#233; el descanso para dirigirme al ba&#241;o, secarme un poco el sudor y orinar mientras escuchaba a Vera por los altavoces.

Padilla est&#225; de los nervios Nos ha colocado controles subcut&#225;neos a todas las nuevas Sistema de posici&#243;n, nano-micros, ya sabes

Eso es -dije, y fren&#233; a tiempo. Las opciones que barajaba eran capullada, in&#250;til, absurdo. Pero de nuevo pens&#233; que Vera solo quer&#237;a que yo refrendara sus acciones-. Eso es aceptable -conclu&#237;.

S&#233; que no servir&#225; de mucho, pero al menos demuestra que le importamos

Por supuesto.

Demuestra que quiere mantenerte pura, gilipollas -pensaba-. Si llevas aparatos encima, te creer&#225;s m&#225;s segura y actuar&#225;s con naturalidad. No era cuesti&#243;n, sin embargo, de explic&#225;rselo a Vera, aunque segu&#237;a sintiendo la necesidad de protegerla.

Regres&#233; al sal&#243;n, donde brillaban las cegadoras l&#225;mparas, y aguard&#233; de pie con los brazos cruzados a que Vera colgase para reanudar el ensayo.

Padilla me llam&#243; al teatro todas las noches del fin de semana, &#191;sabes? Estuve entren&#225;ndome, y ya me siento preparada

&#191;Vas a salir esta noche? -pregunt&#233;, intentando no mostrar mi ansiedad.

Salgo todas desde el lunes, Diana. Quiero ser yo quien salve a Elisa.

Tuve que morderme el labio para no suplicarle que se quedara en casa. Fue tan dif&#237;cil como evitar un v&#243;mito.

&#191;Y qu&#233; est&#225;s haciendo t&#250;? -indag&#243;.


Nada. Descansar. -Me ajust&#233; la banda el&#225;stica del tanga, enrollada sobre mis caderas.

Por aqu&#237; dicen que has regresado al trabajo

No. Lo he dejado.

A&#250;n me hizo otro par de preguntas que me intrigaron, como si quisiera curiosear en mi vida. Entonces a&#241;adi&#243;:

Quer&#237;a llamarte para disculparme por lo del otro d&#237;a. Me sent&#237;a fatal

En ese momento s&#237; que la cort&#233;.

No tienes que disculparte por nada. Mejor lo olvidamos. -Mientras hablaba, el visor de mi tel&#233;fono parpade&#243; con otra llamada en espera: el nombre era Dr. Valle-. Debo colgar. Cu&#237;date -agregu&#233;, deseando que mi voz fuese m&#225;gica y realmente la protegiera. O ella o yo -pens&#233; con absoluta seguridad-: elegir&#225; a una de nosotras dos.

Y t&#250; tambi&#233;n -respondi&#243;-. Un beso.

Colgamos tras aquellas palabras banales. Supuse que, para concluir en paz una conversaci&#243;n con mi hermana, ambas ten&#237;amos que fingir.


Gracias por querer verme -le dije a Valle nada m&#225;s llegar, esa misma tarde.

&#191;Por qu&#233; no iba a querer verte?

Valle me miraba de hito en hito. Parec&#237;a receloso.

No s&#233; -contest&#233;-. Cre&#237; que, a estas alturas, usted ya habr&#237;a hecho las maletas y estar&#237;a oculto en alg&#250;n pa&#237;s remoto con otra identidad Es broma. Realmente me agrada que me haya llamado -agregu&#233;.

Y yo lamento haber sido tan brusco el otro d&#237;a. -Entonces se burl&#243; tambi&#233;n-. Eres muy rara, pero si no me gustasen los raros, &#191;qu&#233; har&#237;a trabajando en esto?

En parte, yo me hago la misma pregunta.

Tras aquel pre&#225;mbulo de suaves sonrisas, Valle retorn&#243; a la seriedad.

Yo tambi&#233;n me alegro de que hayas venido. Quisiera que charl&#225;ramos un rato.

Adelante.

Pero, me preguntaba &#191;Qu&#233; te parece si nos vamos a otro sitio? Es tarde, mi &#250;ltimo paciente se ha marchado ya Podr&#237;a invitarte a un caf&#233; o a cenar.

Su tono de voz hab&#237;a ido perdiendo gas conforme hablaba hasta acabar en un susurro. De pronto pens&#233; que me apetec&#237;a mucho que Valle me acompa&#241;ara esa noche. Pareci&#243; m&#225;s sorprendido que yo cuando acept&#233;, se ech&#243; una elegante chaqueta negra sobre su camisa blanca y rechaz&#243; mis protestas por ir tan desali&#241;ada en comparaci&#243;n, con mi cazadora, camiseta y vaqueros. El sitio que propuso quedaba al doblar la esquina, se llamaba Cassandra y en su interior refulg&#237;an budas, m&#225;scaras doradas, yelmos griegos y fotos del Dalai Lama en misteriosa convivencia, acorde con la fusi&#243;n entre cocina griega e hind&#250; que promet&#237;a la carta. Una gran pantalla de televisi&#243;n sin voz, situada en el sal&#243;n del horno tandoor y sintonizada con un canal de noticias, pon&#237;a la nota europea al conjunto. Apenas hab&#237;a nadie salvo extranjeros a esa hora temprana.

Mientras las cartas volaban ante nuestros ojos, entregadas por una camarera de apropiado aire ex&#243;tico, volv&#237; a agradecerle a Valle la invitaci&#243;n.

Por favor, tut&#233;ame -dijo desplegando su servilleta-. Y ll&#225;mame Mario.

Cre&#237; que te llamabas Ar&#237;stides.

Ar&#237;stides Mario. Si tienes valor, puedes usar mi primer nombre.

Mario me gusta.

Decidimos saltarnos el bufet y pasar directamente a un pollo deshuesado con curry y una botella de vino. Cuando la camarera se march&#243; con el pedido, Valle mir&#243; a su alrededor, asegur&#225;ndose de que est&#225;bamos lo bastante solos. Entonces se inclin&#243; hacia m&#237; y supe que hab&#237;a llegado la hora de hablar. Respond&#237; afirmativamente cuando me pregunt&#243; si me sent&#237;a capaz de charlar de lo m&#237;o.

He estado meditando sobre tu curiosa profesi&#243;n, Diana -dijo-. Debo admitir que he visto muchos sacrificios a lo largo de mi vida, gente d&#225;ndolo todo por los dem&#225;s Pero el tuyo es enorme. Eres una persona muy especial.

Negu&#233; con la cabeza.

No soy especial, y tampoco estoy de acuerdo con lo del sacrificio. Todos obedecemos a nuestro psinoma. Todos hacemos lo que nos gusta, aunque no entendamos por qu&#233; nos gusta. Sencillamente, es lo &#250;nico que podemos hacer.

Eres demasiado dura contigo misma. Ver las cosas desde ese punto de vista debe de ser terrible &#191;Por qu&#233; te r&#237;es?

Me hace gracia que un psic&#243;logo diga eso.

Valle se encogi&#243; de hombros.

Que admita la existencia del psinoma no significa que piense que carecemos de libertad para decidir. En eso he basado siempre mis terapias, en mostrar los caminos aceptables y ofrecer a mis pacientes la oportunidad de cambiar. Todos podemos cambiar. Y hay caminos m&#225;s y menos aceptables.

&#191;C&#243;mo es el m&#237;o?

Inaceptable.

Lo supon&#237;a. -Sonre&#237;.

Entregarte, siendo inocente, para castigar a los culpables es inaceptable, Diana.

Yo veo las cosas de manera m&#225;s simple, doctor Mario. -Unt&#233; un poco de lo que parec&#237;a ser crema de yogur en una peque&#241;a tostada-. Todos necesitamos comer: algunos, verduras; otros, animales; otros, personas. Mi trabajo consiste en evitar que los &#250;ltimos se alimenten. &#191;Culpables? &#191;Inocentes? Hasta ah&#237; no llego.

Valle me miraba con mucha seriedad.

Pues yo s&#237; llego. T&#250; y tus compa&#241;eros sois inocentes. Los &#250;nicos culpables son los hijos de perra que te han hecho trabajar en esto. Tu profesi&#243;n deber&#237;a ser ilegal.

Mi profesi&#243;n es tan ilegal como matar, y ah&#237; tienes las guerras.

Soy el primer pacifista del mundo, Diana, pero no dejo de reconocer que hay guerras inevitables.

&#191;Y esta no lo es? Mira.

Cabece&#233; hacia la pantalla de televisi&#243;n, donde desfilaban gente encapuchada, v&#237;ctimas de atentados, rehenes en manos de grupos internacionales.

&#191;Qui&#233;n puede parar todo eso? &#191;C&#243;mo vamos a pararlo?

&#191;Sin cebos, quieres decir?

S&#237;, qu&#233; otra cosa podemos hacer. Polic&#237;as y ej&#233;rcitos dejaron de servir hace tiempo debido a la tecnolog&#237;a, y la tecnolog&#237;a dej&#243; de servir hace tiempo debido a que todo el mundo puede acceder a ella. &#191;C&#243;mo vamos a impedir ahora cosas como el 9-N?

Por Dios, Diana, ya basta de usar el 11-S, el 11-M o el 9-N para todo No podemos inmolar a un inocente para aplacar al monstruo. Eso es b&#225;rbaro e inhumano.

La llegada de nuestro tandoori alivi&#243; el empe&#241;o que pon&#237;amos en discutir: nunca se agradecen lo bastante las interrupciones tontas. Hicimos entrechocar las copas -por ti, quiso brindar Valle- y al empezar a comer toda tensi&#243;n parec&#237;a haberse evaporado.

Por cierto, tambi&#233;n he estado leyendo cosas sobre el psinoma -dijo en otro tono-. Nada que haga referencia a la psicolog&#237;a criminal

No lo encontrar&#225;s. Todo eso va por otra v&#237;a.

Ya lo supuse. Y revis&#233; algunos de los textos oficiales de V&#237;ctor Gens. Menciona mucho a Shakespeare, en efecto. &#191;Por qu&#233; crees que le conced&#237;a tanta importancia? Dijiste que sus obras pose&#237;an la clave de los psinomas, pero &#191;por qu&#233;? Me refiero a que Bueno, ya s&#233; que fue un genio, pero Homero, Cervantes y Kafka tambi&#233;n lo fueron &#191;Por qu&#233; &#233;l, precisamente?

&#191;Sabes qui&#233;n fue John Dee?

Me suena a marca de maquinaria pesada.

Casi escup&#237; el sorbo de vino debido a la risa. Precis&#233; que era Dee, no Deere.

Ah, creo que era un astr&#243;logo isabelino, &#191;no?

S&#237;, un supuesto mago y astr&#243;logo de la corte de la reina Elizabeth. En aquella &#233;poca hab&#237;a mucha gente descontenta con la religi&#243;n oficial, la anglicana, impuesta por el padre de la reina, Enrique VIII. Pretend&#237;an que el pueblo se rebelara y regresara a la supuesta pureza de la religi&#243;n medieval. Algunos eran papistas, pero otros quer&#237;an implantar su propia visi&#243;n del cristianismo, y John Dee era uno de ellos. Fund&#243; una secta clandestina a la que llam&#243; C&#237;rculo Gn&#243;stico de Londres. Se reun&#237;an en casas de nobles y representaban teatros con los que Dee pretend&#237;a cambiar a la sociedad

&#191;Teatros?

Yo hab&#237;a conectado ya el piloto autom&#225;tico. Conoc&#237;a la teor&#237;a de Gens al dedillo, e intent&#233; resumirla. Que Dee hab&#237;a visto en Europa algunos rituales que produc&#237;an efectos en el psinoma, pero que los atribu&#237;a a causas m&#225;gicas. Que al regresar a Inglaterra desarroll&#243; esos rituales en el C&#237;rculo, y comprob&#243; su eficacia para producir emociones. Que necesitaban que los rituales fuesen contemplados, en clave, por el pueblo, para que se produjera la rebeli&#243;n. Que por eso decidieron usar el teatro oficial y educar a autores j&#243;venes en dichas claves. Que Shakespeare no fue el &#250;nico autor que perteneci&#243; al C&#237;rculo:

Marlowe, Jonson, Wilkins y Middleton tambi&#233;n pertenec&#237;an, si bien Shakespeare fue el m&#225;s ilustre. Que sus obras ser&#237;an, entonces, rituales camuflados.

&#191;Y qu&#233; lograron? -pregunt&#243; Valle, atento.

Nada. Gens dice que solo consiguieron emociones desordenadas, porque el psinoma no hab&#237;a sido bien entendido ni estaba clasificado como ahora. Dee muri&#243; a&#241;os despu&#233;s que la reina, y el nuevo rey apart&#243; a Shakespeare de los escenarios. El teatro volvi&#243; a sus cauces oficiales y perdi&#243; toda la magia. Fin de la historia.

Curiosa teor&#237;a &#191;Est&#225; demostrada?

No. -Nos re&#237;mos-. Todo sobre Shakespeare es misterioso. Gens dec&#237;a que es el escritor m&#225;s enigm&#225;tico de todos. Pero resulta muy &#250;til a la hora de nuestro trabajo.

Hubo otra pausa, y de repente ambos hablamos a la vez. Volvimos a re&#237;rnos.

&#191;Qu&#233;? -dije, sinti&#233;ndome algo achispada.

No, di t&#250; primero lo que ibas a decir, perdona.

Iba a decir que ya s&#233; qu&#233; piensas sobre nuestro trabajo

&#191;Qu&#233; pienso?

Que soy una pervertida. -Ante tal afirmaci&#243;n cre&#237; que me encontrar&#237;a con el caballero ruborizado que niega tal indignidad, pero la sonrisa de Valle me sorprendi&#243;.

&#191;Acaso no tendr&#237;a raz&#243;n? Pero, mira, t&#250; estabas pensando como una psic&#243;loga, y yo, en cambio, trataba de pensar como un cebo

&#191; Ah, s&#237;? &#191;Y qu&#233; pensabas?

Valle cort&#243; otro trozo de jugoso pollo y lo hundi&#243; en el curry.

Que si yo tuviera esa especie de de poder para provocar reacciones en los dem&#225;s, estoy seguro de que nunca podr&#237;a dejar mi trabajo. Ser&#237;a una droga.

De repente mi risa finaliz&#243;. Me qued&#233; mir&#225;ndolo. Valle sigui&#243; hablando con la vista fija en el plato.

&#191;Sabes? La gente tiende a considerar como droga solo lo que suele llamarse as&#237;, pero un coche, una ideolog&#237;a o un deporte pueden llegar a ser drogas. Desde mi ni&#241;ez en Bogot&#225;, y a lo largo de mi vida, me he ido encontrando con muchos tipos de drogadictos, Diana: hombres drogados con la crueldad, mujeres drogadas con la violencia, ni&#241;os drogados con el amor, ancianos drogados con el miedo T&#250; lo llamar&#237;as complacer el psinoma, supongo. Sea como fuere, mi trabajo ha consistido siempre en liberar a otros de sus drogas. -Se llev&#243; la servilleta a los labios; luego a&#241;adi&#243;, a&#250;n mirando hacia su plato-: Creo que me has pedido ayuda para que te libere de tu droga. Quieres dejar de trabajar en esta cosa horrible. Quieres dejar de sufrir.

Quiero vivir con un hombre al que amo -dije, inm&#243;vil-. Yo no lo llamar&#237;a dejar de sufrir, sino cambiar de droga. -Por un instante percib&#237; algo distinto en la expresi&#243;n de Valle, una emoci&#243;n s&#250;bita-. &#191;Qu&#233; te pasa?

No, nada -Sonri&#243; torpemente, y, esta vez s&#237;, ruboriz&#225;ndose-. Ya me contaste que que quieres a alguien Me alegro por ti.

Hubo un silencio.

&#191;Y t&#250;? -Decid&#237; cambiar de tema-. &#191;Quieres a alguien?

Mi pareja me dej&#243; hace dos a&#241;os; odiaba que la analizara durante la cena.

En coincidencia con nuestras risas distingu&#237; en la pantalla de noticias, a espaldas de Valle, las fotos de varias v&#237;ctimas del Espectador. El coraz&#243;n me dio un brinco, y pens&#233; que se trataba de un nuevo secuestro o el hallazgo de otro cuerpo, pero al parecer era una especie de reportaje de los casos ya conocidos.

Me pregunto qu&#233; te impide dejarlo -dijo Valle-. Qu&#233; te obliga a continuar, si todo tu ser odia lo que haces

Tengo trabajo pendiente -murmur&#233;, y no me import&#243; que Valle captara mi tensi&#243;n y se volviera siguiendo la direcci&#243;n de mi mirada.

El reportaje acab&#243; en ese instante, pero de s&#250;bito Valle parec&#237;a muy nervioso.

Diana, d&#233;jalo de una vez -No respond&#237;. &#201;l se inclinaba mucho hacia m&#237; y su voz era suplicante-. Me contaste c&#243;mo te reclutaron Fue espantoso. &#191;Para ti fue complacer tu psinoma? Eras una ni&#241;a de apenas doce o trece a&#241;os Hab&#237;as vivido una tragedia horrible de la cual otros se aprovecharon para convertirte &#191;en qu&#233;? &#191;En una especie de arma? -Sus labios se frunc&#237;an con desprecio-. Merecen morir quienes te hicieron eso, Diana. D&#233;jame ayudarte. Me importas. Me importas mucho

Y, de improviso, yo ya no estaba all&#237;, en el restaurante, sino en alg&#250;n lugar oscuro, con el rostro de Valle -aquel &#243;valo de mirada tranquilizadora tras unas gafas sin montura- como &#250;nica luz.

&#191;Sabes? -dije-. Lo record&#233; ayer. Aquello que no pod&#237;a recordar. Lo que nos hicieron a mis padres, mi hermana y a m&#237;. Lo que me hicieron.

Oksa: ve a por las ni&#241;as.

Me parec&#237;a que, con cada palabra que nac&#237;a de mi memoria, me acercaba un poco m&#225;s a esa luz que era Ar&#237;stides Mario Valle.

Sub&#237; gateando a la habitaci&#243;n de Vera, que estaba dormida. La despert&#233; como pude y la hice esconderse bajo la cama, pero Oksa nos encontr&#243; enseguida. Intent&#233; defenderme, pero amenaz&#243; a Vera y supe que solo la salvar&#237;a si obedec&#237;a. Me dej&#233; llevar. Oksana nos arrastr&#243; hasta el sal&#243;n de la planta baja, y all&#237; ataron y amordazaron a Vera, igual que a mis padres, pero cuando iban a atarme a m&#237;, el el hombre al que yo llamaba Hombre Caballo dijo que se le hab&#237;a ocurrido algo divertido. Pareces fuerte, devochka, dijo. Me llamaba as&#237;. Vamos a ver si lo eres de verdad. Y me orden&#243; que hiciera todo lo que ellos me dijeran. Te reir&#225;s. O toser&#225;s. O ladrar&#225;s como un perro. O me dar&#225;s un beso en la boca, a m&#237; o a Oksa. O te bajar&#225;s las bragas y bailar&#225;s Si no me esforzaba en fingir bien, me dijo, golpear&#237;an por turno a alguien de mi familia

Hice una pausa. Las l&#225;grimas me brotaban como palabras, hirvientes, costosas.

Lo intent&#233;. Entr&#233; en el juego. Ten&#237;a doce a&#241;os, pensaba que era lo &#250;nico que pod&#237;a hacer para ayudar a mis padres y a Vera Ahora te reir&#225;s, devochka, ordenaba el hombre, y si yo no me re&#237;a como &#233;l quer&#237;a, golpeaba a mam&#225;. Me oblig&#243; a bailar. A cantar. Se nota que finges, dec&#237;a, y golpeaba a Vera en la cabeza. Est&#225;s fingiendo. Hazlo otra vez. Cuando a pap&#225; le fall&#243; el coraz&#243;n y muri&#243;, mam&#225;, pese a la mordaza, se puso a chillar, hist&#233;rica. El hombre le coloc&#243; un cuchillo en la garganta y le dijo que se callara o la matar&#237;a. Yo le dije: !Mam&#225;, finge tambi&#233;n, por favor, mam&#225;!. Pero mam&#225; gritaba sin parar, y el hombre la degoll&#243; -Tras otra pausa, agregu&#233;-: Un vecino oy&#243; jaleo y llam&#243; a la polic&#237;a. Eso nos salv&#243; a Vera y a m&#237; A ellos los arrestaron d&#237;as despu&#233;s. Creo que siguen en la c&#225;rcel, no lo s&#233;. No me importa.

Sent&#237; una mano sobre la m&#237;a como arrastr&#225;ndome a la realidad. Abr&#237; los ojos y all&#237; estaban el mantel, las copas y los platos. Valle me miraba sin dejar de acariciarme. Cuando pens&#233; que me dedicar&#237;a palabras compasivas, volvi&#243; a sorprenderme.

Ese hombre ten&#237;a raz&#243;n -dijo-. Fing&#237;as muy mal.

Un hormigueo me recorri&#243; el cuerpo. Comprend&#237; que era eso lo que necesitaba escuchar, lo que hab&#237;a estado esperando escuchar durante todos aquellos a&#241;os.

Nunca has querido fingir, Diana. Lo haces por el recuerdo de tus padres y tu hermana, pero eres una mala actriz. Lo tuyo no es el teatro. Ahora comprendo qu&#233; quieres de m&#237;: quieres que te ayude a dejar de fingir. Quieres recuperar tu sinceridad.

Llor&#233; de nuevo, pero esa vez me sent&#237;a mejor. No quisimos postre.

Lo estaba esperando, y sucedi&#243; por fin en la puerta, cuando el &#250;ltimo de los camareros hab&#237;a terminado de inclinarse apartando la hoja de cristal para que sali&#233;ramos. La noche era fr&#237;a, lloviznaba. Mario Valle se entretuvo m&#225;s de lo debido poni&#233;ndose la chaqueta y percib&#237; que por primera vez sus ojos se conced&#237;an un descanso y bajaban hacia mi camiseta, apretada sobre mis pechos sin sujetador -yo hab&#237;a decidido salir con el disfraz de Exhibici&#243;n bajo la ropa: el fino tanga negro y los zapatos-, se deten&#237;an un instante y volv&#237;an a mirarme. Pero al contemplar su rostro y verlo enrojecer, supe que no era mi aspecto lo que m&#225;s le perturbaba sino la droga, el recuerdo de lo que yo le hab&#237;a provocado el &#250;ltimo d&#237;a con mis gestos.

Me encantar&#237;a que nos vi&#233;ramos otra vez -dijo.

A m&#237; tambi&#233;n -reconoc&#237;-. Gracias por todo.

Busqu&#233; su mejilla con los labios. El movi&#243; la cabeza en coincidencia y nuestras bocas se rozaron por azar. Sonre&#237;mos, inc&#243;modos, y de repente nos miramos y volvimos a besarnos. Cada beso que nos d&#225;bamos parec&#237;a nuevo, y el &#250;ltimo fue como si no nos hubi&#233;semos besado nunca.

De repente pens&#233; que no pod&#237;a quedarme un segundo m&#225;s junto a &#233;l.

No pod&#237;a permitirme ninguna debilidad. No todav&#237;a, mientras mi hermana siguiera en peligro.

El Espectador esperaba; yo ten&#237;a que seguir siendo actriz.

Debo irme -dije, pero Valle me detuvo con un gesto.

Diana Sea lo que sea aquello que est&#233;s haciendo, por favor, cu&#237;date.

Dej&#233; a Valle preocupado y gozoso, moviendo la mano en la acera para despedirme, y me alej&#233; hacia una parada de autob&#250;s. Llegu&#233; al portal de casa casi a las once de la noche, pero a&#250;n hab&#237;a gente caminando presurosa por las calles. &#191;Est&#225;s ah&#237;? &#191;Me sientes? Mir&#233; alrededor, y puls&#233; el c&#243;digo de acceso. Desactiv&#233; las alarmas de mi apartamento, me desnud&#233; hasta quedar en tanga y zapatos y reanud&#233; la Exhibici&#243;n. Des&#233;ame. Finjo ser tuya. Ven a m&#237;. Quiero enga&#241;arte. Era lo que Gens me hab&#237;a recomendado: Admite que eres un cebo, no te lo calles a ti misma, no intentes ocultarlo. Sin embargo, cuando acab&#233;, dos horas despu&#233;s, me hab&#237;a desanimado. &#191;C&#243;mo iba a poder atraerlo as&#237;? Gens chocheaba.

Ca&#237; dormida enseguida, en contra de lo que esperaba. Pero no so&#241;&#233; con Mario Valle, ni con su beso, ni con aquella cena tan especial en la que hab&#237;a contado lo que nunca contaba a nadie y me hab&#237;an dicho lo que jam&#225;s me dec&#237;an. Tampoco con el Espectador. So&#241;&#233; con todas las v&#237;ctimas que hab&#237;a conocido, el p&#250;blico lleno de dolor para el cual trabajaba. Aquellos que a&#250;n reclamaban mi actuaci&#243;n.

Y cuando el tel&#233;fono me despert&#243; a las 6.50 de la ma&#241;ana del jueves, me prepar&#233; para la mala noticia.


&#191;Diana? -La voz de Miguel. Yo lo escuchaba desde la cama, a oscuras-. Quer&#237;a quer&#237;a que lo supieras cuanto antes -Rogu&#233; por que se tratara tan solo del hallazgo de Elisa Monasterio, pero incluso antes de o&#237;rlo supe que no se trataba de eso.

Es Vera -pens&#233;, con absoluta, horrenda certeza-. La ha elegido a ella.



20

La noche del mi&#233;rcoles, Vera Blanco repasaba sus labios frente al espejo del cuarto de ba&#241;o cuando crey&#243; escuchar algo.

Stop -dijo en voz alta, y la minigrabadora que repet&#237;a mon&#243;tonamente los versos grabados por ella misma de Bien est&#225; lo que bien acaba se detuvo.

Escuch&#243;. Nada. Hab&#237;a cre&#237;do o&#237;r el sonido de una cerradura. Alg&#250;n vecino quiz&#225;. Desde que Elisa faltaba, sus nervios saltaban como resortes ante los sucesos m&#225;s banales. Record&#243; que, minutos antes, hab&#237;a sonado el tel&#233;fono y le hab&#237;a provocado otro sobresalto. No escuch&#243; nada al contestar, y dedujo que se hab&#237;a tratado de una equivocaci&#243;n, pero eso no hab&#237;a impedido que se sintiera est&#250;pidamente nerviosa.

No estaba acostumbrada a encontrarse sola en su casa, era eso lo que le ocurr&#237;a.

Pese a todo, se asom&#243; por la puerta abierta del ba&#241;o. Era un gesto absurdo, ya que lo &#250;nico que pod&#237;a ver desde all&#237; era el dormitorio, peque&#241;o como el resto del apartamento. Sobre la cama sin hacer, en la que una semana antes hab&#237;a dormido junto a Elisa, estaban esparcidas prendas de disfraz: medias, guantes ex&#243;ticos, pantalones de malla abiertos, tops transparentes. La luz de la mesilla estaba encendida, y m&#225;s all&#225; el peque&#241;o sal&#243;n tambi&#233;n se hallaba iluminado. Qu&#233; capulla eres, pens&#243;. Mene&#243; la cabeza sintiendo que sus juveniles mejillas ard&#237;an de verg&#252;enza. Acababa de estudiar un art&#237;culo de K&#246;nig sobre la importancia del control de la emoci&#243;n para anular la servidumbre del instinto de placer durante la t&#233;cnica de V&#237;ctima, y ahora, ante el menor ruido, se dejaba llevar por la ansiedad. Una reacci&#243;n de novata.

Con un suspiro de resignaci&#243;n ante su bochornosa falta de pr&#225;ctica, volvi&#243; a repasarse los labios de azul oscuro. U&#241;as de color verde, labios azules: lo artificioso incrementaba la posibilidad de que la m&#225;scara de V&#237;ctima saliera bien. Vest&#237;a un top hasta el inicio del vientre en un color naranja con reflejos y una malla desde la mitad de las caderas en azul celeste. Ambos colores hab&#237;an sido escogidos por los ordenadores para facilitar el teatro de V&#237;ctima. Luego se cubrir&#237;a con una cazadora de neol&#225;tex con m&#250;ltiples hebillas para que el Holocausto resaltara por encima. Al inclinarse ante el espejo, el top la hac&#237;a parpadear con chispazos de luz reflejada.

Hab&#237;a sido idea suya sumar al disfraz de Holocausto los colores y formas de la V&#237;ctima, para que el conjunto fuese m&#225;s atractivo. Olga Campos hab&#237;a aprobado aquella ocurrencia, lo cual la hac&#237;a sentirse orgullosa. Sin embargo, en ella era bastante natural: le encantaba combinar colores, llamar la atenci&#243;n vistiendo de manera ex&#243;tica, incluso desde ni&#241;a. Su t&#237;o Javier, el hermano de su padre, con quien Diana y ella hab&#237;an vivido tras quedarse hu&#233;rfanas, la hab&#237;a apodado la gitana debido a su gusto por adornarse con todo lo que encontraba en los ba&#250;les de la vieja casa zaragozana donde sus t&#237;os viv&#237;an. La casa ten&#237;a un bonito jard&#237;n por el cual Vera sol&#237;a pasear con Fantomas, el gato atigrado de su t&#237;o, fingiendo ser una princesa de alg&#250;n planeta lejano. Intent&#243; recordar qu&#233; hab&#237;a ocurrido con Fantomas, y cay&#243; en la cuenta de que su t&#237;a -la &#250;nica de su familia que a&#250;n alentaba en una residencia, Diana y ella la visitaban por Navidad- le hab&#237;a dicho que hab&#237;a muerto.

Cerr&#243; los labios y aprob&#243; el resultado en el espejo. Luego mir&#243; el reloj de pulsera insertado en un grillete de cuero en su mu&#241;eca: 9.22 de la noche, tiempo de sobra. Cuando acabara con el maquillaje, vestir&#237;a ropas menos llamativas para no da&#241;ar su cobertura entre el vecindario, se trasladar&#237;a al Circo en metro y se preparar&#237;a en el cuarto de ba&#241;o de la estaci&#243;n, donde esconder&#237;a la mochila con la ropa normal. A&#250;n no sab&#237;a si tomar&#237;a alguna droga antes de recorrer el &#225;rea de caza. Olga Campos no las prohib&#237;a ni las recomendaba, pero Elisa sol&#237;a usarlas cuando

El recuerdo de Elisa la paraliz&#243; un instante. Sus dedos temblaron sosteniendo la barra de labios. No. Ahora no pienses en ella. Controla tu emoci&#243;n.

Pero no pod&#237;a evitarlo. &#191;C&#243;mo evitar pensar en su mejor amiga? Hab&#237;a vivido con ella, estudiado con ella, gozado con ella. La hab&#237;a llevado incluso a la antigua casa de su pueblo durante una tarde inolvidable, dos a&#241;os atr&#225;s, lo cual no hab&#237;a hecho con ninguna otra amiga. Era casi como invitarla a conocer su alma, porque el pueblo de Zaragoza donde Diana y ella hab&#237;an vivido con sus t&#237;os antes de que Diana fuese reclutada por V&#237;ctor Gens, era su lugar, no Madrid. En Madrid solo quedaba una infancia arrasada y un f&#233;rreo deseo de justicia, primero por sus padres, y ahora por Elisa.

Para que ese cabr&#243;n pague por lo que le est&#233; haciendo. O le haya hecho.

No pienses.

Gir&#243; frente al espejo, estir&#225;ndose el top y estudiando minuciosamente la altura del pantal&#243;n sobre la cadera, as&#237; como la forma en que la luz descubr&#237;a su vientre blanco, con un piercing destellante en el ombligo.

Iba a joder a ese cerdo. Lo hab&#237;a jurado. Jam&#225;s volver&#237;a a hacerle da&#241;o a nadie.

Necesitaba un poco de sombra de ojos. Busc&#243; el aplicador y escogi&#243; un color muy oscuro. Despu&#233;s de pensarlo, decidi&#243; no encender la grabadora de nuevo: ya hab&#237;a o&#237;do bastantes veces las mismas frases, y pod&#237;a acudir a ellas cuando hiciera la m&#225;scara. La idea de grabar las frases de la obra relacionadas con la m&#225;scara que tocara realizar era de Elisa, y Vera record&#243; el d&#237;a en que su amiga se la hab&#237;a contado y le hab&#237;a pedido su opini&#243;n. Elisa ten&#237;a una fuerte personalidad, pero cuando se dirig&#237;a a ella siempre aguardaba su asentimiento. No la presionaba, solo preguntaba y esperaba. Eso complac&#237;a mucho a Vera, y la propia Vera sab&#237;a que era debido a ser f&#237;lica de Petici&#243;n. Sea como fuere, a diferencia de su hermana, Elisa siempre la ten&#237;a muy en cuenta.

Su hermana. Su universo. Su cielo e infierno privados. A veces pensaba que toda su vida se centraba en Diana. Hiciera lo que hiciese, no pod&#237;a escapar de su inmensa influencia, para bien o para mal. &#191;Por qu&#233; Diana no se daba cuenta de que ella estaba entregada? &#191;C&#243;mo es que no ve&#237;a que ella la adoraba? Precisamente por eso, por esa adoraci&#243;n ciega que le profesaba, Vera pensaba que habr&#237;a sido capaz de matarla la semana anterior, cuando supo que Elisa hab&#237;a desaparecido y que la gran Diana, Diana la Cazadora, hab&#237;a influido para que a ella la dejaran fuera de juego. Aunque hab&#237;a llamado a su hermana para disculparse, Dios sab&#237;a que segu&#237;a hirviendo de rabia.

Acab&#243; de aplicarse sombra en los p&#225;rpados. Nada en su aspecto era definitivo, desde luego. En un cebo, el disfraz resultaba secundario. C&#243;mo act&#250;es, y c&#243;mo no act&#250;es: eso es lo que importa en una m&#225;scara, le hab&#237;a dicho Diana en cierta ocasi&#243;n. A Dianita le hab&#237;a resultado muy duro que ella quisiera ser cebo tambi&#233;n, pero, claro, hab&#237;a acabado cediendo. Recordaba el d&#237;a en que su hermana se march&#243; a estudiar a un colegio especial: ella solo ten&#237;a diez a&#241;os, y llor&#243; mucho al quedarse sola con sus t&#237;os. Cinco a&#241;os despu&#233;s, le hicieron las mismas pruebas, y pudo enterarse de qu&#233; clase de colegio era aquel. Diana, ya profesional, presion&#243; lo que pudo para impedirle seguir el mismo camino, pero solo consigui&#243; que pusiera m&#225;s voluntad en ello.

Acentu&#243; las sombras mientras daba vueltas a sus pensamientos sobre Diana.

Desde luego, no era de extra&#241;ar que fuese una de los mejores cebos del mundo: Diana hab&#237;a nacido para llevar m&#225;scaras. Nunca sab&#237;as lo que pensaba realmente, &#161;era tan astuta! Es un dios para ti, te dejas influir demasiado por ella, le dec&#237;a Elisa. Sab&#237;a que Elisa y Diana no hab&#237;an hecho buenas migas, pero en este caso admit&#237;a que Elisa ten&#237;a raz&#243;n. En su opini&#243;n, ni siquiera la inmensa experiencia de Claudia Cabildo pod&#237;a compararse con la de su hermana.

Tanto m&#225;s asombrada se hab&#237;a quedado cuando Diana le dijo que abandonaba.

Y todo por vivir con un t&#237;o como Miguel Laredo, pens&#243;, tensando la mand&#237;bula. El gigol&#243; de los teatros, el guaperas que hab&#237;a dejado la profesi&#243;n para -oh, por favor- proteger su lindo cutis de las cicatrices. No es que a ella le importase lo que Laredo hab&#237;a hecho, y tampoco estaba celosa -como Elisa hab&#237;a insinuado venenosamente un d&#237;a- de que su hermana se acostara con &#233;l; lo que no lograba concebir era que prefiriese vivir con aquel hombre antes que continuar en la brecha. &#191;En eso consist&#237;a madurar, en preferir la vulgaridad, la cobard&#237;a? &#191;En retirarse a tiempo antes de que alguien -oh, por favor- pudiese hacerte da&#241;o de verdad, como a Claudia Cabildo (o como a Elisa, pero mejor no pienses) Entonces, si tanto miedo ten&#237;as, &#191;por qu&#233; aceptaste ser cebo? &#191;Por qu&#233; dijiste que s&#237;, hermanita? &#191;No habr&#237;a sido preferible dejar el h&#225;bito antes de hacer los votos? &#191;A qui&#233;n tienes realmente miedo? &#191;Al Espectador? Quiz&#225; su hermana deber&#237;a haber pedido consejo a Elisa: &#191;Qu&#233; se hace para ser como t&#250;, Elisa, para salir al ruedo y atraer al toro en vez de meter la cabeza en un agujero como una cobarde de.

Descubri&#243; que los ojos se le hab&#237;an humedecido, amenazando todo su laborioso maquillaje. Tom&#243; aire y decidi&#243; finalizar los preparativos. Se pein&#243; una vez m&#225;s el largo pelo casta&#241;o oscuro con raya central. Se colg&#243; de los l&#243;bulos pendientes plateados. Cerr&#243; las barras de labios y pinturas, hizo acopio de ellas y las introdujo en un bolsillo lateral de la mochila que hab&#237;a dejado en el dormitorio. Regres&#243; al ba&#241;o y apret&#243; la tecla Delete, eliminando la grabaci&#243;n con las frases de Bien est&#225; lo que bien acaba, una de las obras menos representadas y le&#237;das de Shakespeare, aunque a ella le gustaba la historia de Helena, la protagonista, una cenicienta que se lanzaba en pos de su verdadero amor a pesar de la diferencia de clases, e incluso de la oposici&#243;n del mismo hombre al que ama. En su profesi&#243;n, las conductas de Helena se relacionaban con la m&#225;scara de V&#237;ctima, pero a Vera le apasionaba por s&#237; misma la fuerza y el arrojo de la hero&#237;na: &#191; Qu&#233; poder es este, que eleva mi amor tan alto?.

Volvi&#243; al dormitorio y dej&#243; la minigrabadora en un caj&#243;n de la mesilla sin mirar los dem&#225;s objetos de su interior, que tantos recuerdos le tra&#237;an de Elisa.

Su port&#225;til estaba en la cama, a&#250;n encendido. Cerr&#243; el texto anotado de Bien est&#225; y abri&#243; el mapa de distribuci&#243;n de cebos en las &#225;reas de caza del Espectador.

Mientras aguardaba a que la p&#225;gina se cargase, sonri&#243;. Dios, cu&#225;nto le gustaba aquel trabajo. No pod&#237;a evitarlo; le daba miedo y le excitaba a un tiempo. La noche anterior hab&#237;a logrado enganchar en el Circo a un joven borracho que hab&#237;a cruzado la fina l&#237;nea entre la simple molestia y la agresi&#243;n. Todav&#237;a le daba risa recordar lo f&#225;cil que hab&#237;a sido: una simple fantas&#237;a de Vaughn para liberar su inconsciente y moderar su deseo, mientras adoptaba una postura de Ulrich. Tan solo. Fue guai ver la cara del chico babeante de

Qued&#243; petrificada.

Esta vez lo hab&#237;a o&#237;do muy claro: era el chirrido de una puerta.

Dentro de su apartamento.

La ansiedad le sec&#243; la boca. Se dirigi&#243; al sal&#243;n. Con el rabillo del ojo distingui&#243; una figura demencialmente provocativa movi&#233;ndose en la pared, y demor&#243; m&#225;s de lo admisible en percatarse de que se trataba de ella misma reflejada en el espejo de la sala.

A primera vista, el sal&#243;n estaba como lo hab&#237;a dejado: la peque&#241;a mesa de centro, las butacas, los p&#243;sters de sus cantantes favoritos, los restos de una cena apresurada sobre la mesa grande. M&#225;s all&#225;, el breve pasillo de entrada y, a la izquierda, la cocina, cuyo interior no pod&#237;a vislumbrar desde donde se encontraba.

Record&#243; que la puerta de la cocina chirriaba; Elisa le hab&#237;a dicho m&#225;s de una vez que ten&#237;an que avisar a un t&#233;cnico, porque no se solucionaba con lubricantes.

La cocina.

No pod&#237;a haber sido el viento, todas las ventanas de la casa se hallaban cerradas.

Hab&#237;a alguien. Incluso se cre&#237;a capaz de trazar un plano mental de su recorrido: Entr&#243; en casa cuando me estaba maquillando Ese fue el primer ruido que o&#237;. Se escondi&#243; en la cocina, y al querer cerrar la puerta.

El coraz&#243;n le lat&#237;a fuertemente mientras debat&#237;a consigo misma sobre qu&#233; hacer.

Al pronto pens&#243; en llamar a la polic&#237;a, pero enseguida descart&#243; la idea. Qu&#233; caramba, ella era un cebo. Ni todo un destacamento de polic&#237;as era tan peligroso como ella, menos a&#250;n si se encontraba disfrazada. Unos gestos de V&#237;ctima dejar&#237;an clavado a un supuesto ladr&#243;n el tiempo suficiente como para intentar engancharlo.

No ten&#237;a nada que temer: era el intruso quien deb&#237;a cuidarse.

Se oblig&#243; a avanzar. El silencio era enorme. Cruz&#243; el sal&#243;n y advirti&#243; que la puerta de la cocina estaba abierta. Recordaba haberla dejado as&#237;, pero una alarma reci&#233;n nacida de su joven instinto empez&#243; a aullar en su cabeza advirti&#233;ndole que, pese a la apariencia, el individuo que sin duda aguardaba oculto all&#237; dentro quer&#237;a que ella creyese que no hab&#237;a nadie.

El Espectador, pens&#243; de repente, y sinti&#243; como si un reguero de agua helada bajara por su espalda. Pero aquel asesino jam&#225;s capturaba en las casas, los ordenadores no las ofrec&#237;an como &#225;reas posibles, que ella supiera. Era absurdo suponer que

Entonces cay&#243; en la cuenta de que no hab&#237;a reparado en lo m&#225;s banal.

Ech&#243; un r&#225;pido vistazo al teclado de alarmas de la puerta. No hab&#237;an sido desactivadas. No hab&#237;a ning&#250;n intruso. Se enga&#241;aba.

Respir&#243; con alivio. Sin duda, se hab&#237;a confundido con alg&#250;n ruido procedente del apartamento contiguo. Dios, realmente estoy nerviosa

M&#225;s tranquila, recorri&#243; el trecho que le quedaba hasta la cocina, y su sombra se proyect&#243; en el umbral. No vio a nadie. Bien era verdad que la cocina formaba una ele, con un recodo a&#250;n oculto donde se hallaba la lavadora, un espacio muy reducido, pero suficiente para albergar a una persona. El &#250;ltimo escondrijo posible. Movi&#243; un poco la puerta y oy&#243; el t&#237;pico chirrido. Antes no pod&#237;a haberse movido por s&#237; sola. Volvi&#243; a asustarse.

&#191;Qui&#233;n es? -pregunt&#243; al vac&#237;o. Se sinti&#243; est&#250;pida hablando all&#237; de pie, sin atreverse a entrar en su propia cocina.


No entres -le dijo su instinto-. Huye. Vete de aqu&#237;.

Pero era absurdo. &#191;C&#243;mo pod&#237;a haber alguien all&#237; escondido? &#191;C&#243;mo hab&#237;a accedido a su casa sin desactivar las alarmas? &#161;Por Dios, no hab&#237;a nadie, estaba segura!

O casi.

Decidi&#243; entrar. Antes, como buen cebo, se prepar&#243; mentalmente para ejecutar el teatro que la salvar&#237;a de cualquier improbable agresi&#243;n.

Con la m&#225;scara de V&#237;ctima lista, alarg&#243; la mano, encendi&#243; la luz y entr&#243;.



21

Una cosa era cierta: jam&#225;s habr&#237;a vuelto a la granja de no haber sido por Vera.

Pero la llamada de Miguel hizo polvo todas mis dudas al respecto. Fue como una ducha helada: me renov&#243;, me puso en marcha, me dej&#243; insensible.

Desaparici&#243;n era justo la palabra que yo no quer&#237;a escuchar asociada al nombre de Vera, pero en este caso no hab&#237;a otra manera de expresarlo. Sencillamente, un minuto antes estaba en su apartamento prepar&#225;ndose para salir a cazar, y un minuto despu&#233;s fue como si la tierra se la hubiese tragado. Incluso se perdi&#243; la se&#241;al de su transmisor subcut&#225;neo. A los imb&#233;ciles de turno que vigilaban desde Los Guardeses no les llam&#243; la atenci&#243;n esto &#250;ltimo, pues supon&#237;an que Vera hab&#237;a probado el cacharro, y que volver&#237;a a activarlo al llegar al &#225;rea de caza. Pero ni siquiera hab&#237;a constancia de que hubiese llegado al Circo. Las llamadas a sus varios tel&#233;fonos resultaron infructuosas. Un registro urgente tambi&#233;n; la puerta no hab&#237;a sido forzada, las alarmas funcionaban, no hab&#237;a signos de lucha. A lo largo de la ma&#241;ana se buscar&#237;an huellas y se interrogar&#237;a discretamente a los vecinos.

Padilla ha montado un dispositivo de b&#250;squeda monumental -hab&#237;a a&#241;adido Miguel. Recalc&#243;-: Mo-nu-men-tal, cielo Solo esperan la luz verde de &#193;lvarez para ponerlo en marcha, pero se encuentra de viaje Me refiero a &#193;lvarez. Est&#225;n intentando localizarlo. &#191;Sigues ah&#237;?

S&#237;. -Yo lo escuchaba desde la cama, con la vista fija en el techo.

Nos pregunt&#225;bamos si si Vera te dijo algo acerca de Bueno, de marcharse a alg&#250;n sitio, no s&#233;. Es tan impulsiva &#191;Recuerdas algo?

No, no me dijo nada.

Silencio.

Cielo, &#191;est&#225;s bien? &#191;Quieres que vaya a verte?

Estoy bien, gracias. Y no, no vengas. Ya te llamar&#233;. Miguel no hab&#237;a renunciado a su desesperado intento de animarme.

Los perfis dicen que es posible que no haya sido el Espectador. El apartamento de cobertura de Vera no es un &#225;rea de caza, ya sabes.

Pero puede haberla seguido hasta all&#237;, si la vio en el Circo la noche anterior, pens&#233;. Tambi&#233;n pod&#237;a haber cambiado de estrategia o de &#225;reas, debido a la colaboraci&#243;n con aquel empleado que Gens supon&#237;a que era su hijo. Fuera como fuese, sab&#237;a que Miguel intentaba darme falsas esperanzas, igual que yo hab&#237;a hecho con Vera aquella misma ma&#241;ana. Me limit&#233; a seguir inm&#243;vil, oy&#233;ndolo.

Adem&#225;s, en el peor de los casos, Vera podr&#237;a ser el cebo ideal para eliminarlo Cr&#233;eme, cielo, todo saldr&#225; bien.

Vale. Gracias.

A lo largo de mi entrenamiento, algunas pruebas por las que hab&#237;a pasado no requer&#237;an de mi inteligencia, mi memoria, mi destreza, mi fuerza f&#237;sica o siquiera de mi voluntad para superarlas. Solo me exig&#237;an aguantar. Lisa, llanamente, que el tiempo transcurriese, tictac, tictac, y ese dolor o placer insoportables -no pocas veces una mezcla de ambos- cediera al fin. Mientras Miguel trataba de consolarme hice igual. No especul&#233; con lo sucedido. No me desahogu&#233;. No apret&#233; los dientes ni contraje los m&#250;sculos del cuerpo. Tan solo aguant&#233;, la vista fija en el techo.

&#191;Y ahora, devochka? Ahora s&#237; que te vas a re&#237;r.

Mi viaje a la granja form&#243; parte del mismo ejercicio: pisar el acelerador y aguantar. Sal&#237; al mediod&#237;a, tras realizar otra extenuante exhibici&#243;n en casa. Me di una ducha, prepar&#233; todo lo que pensaba llevarme, baj&#233; al aparcamiento de mi bloque, cog&#237; el coche, pis&#233; el acelerador y me dio la impresi&#243;n de que no lo solt&#233; hasta llegar a mi destino. Fue un trayecto poco memorable. El cielo gris descargaba a ratos, como sin ganas, peque&#241;as r&#225;fagas de lluvia. Mientras conduc&#237;a, pensaba en Vera. Estuve pensando en ella durante la hora aproximada que dur&#243; el viaje.

La granja se hallaba a unos ochenta kil&#243;metros al suroeste de Madrid, en una zona despoblada tras la bomba at&#243;mica del 9-N. El lugar no hab&#237;a sufrido los efectos directos de la explosi&#243;n nuclear, pero el gobierno decidi&#243; evacuarlo debido al riesgo de radiaci&#243;n. Suburbios, industrias y parcelas agr&#237;colas quedaron abandonados. Y cuando el peligro pas&#243;, los propietarios se mostraron renuentes a regresar. Hubo indemnizaciones, y hasta un ambicioso plan de reconstrucci&#243;n con ayuda de la Uni&#243;n Europea, postergado una y otra vez por interminables debates y vaivenes electorales. El resultado de todo ello fue que, varios a&#241;os despu&#233;s, aquellas tierras se hab&#237;an convertido en una especie de gran pueblo fantasma con casas y f&#225;bricas en ruinas, lugar m&#225;s que apropiado para instalar el recinto a la vez clausurado y abierto que Gens requer&#237;a, el monasterio perfecto para sus j&#243;venes novicios.

A&#250;n hoy me cuesta hablar de la granja. Supongo que he acabado aceptando que se trat&#243; de un per&#237;odo indispensable de mi trabajo, y el hecho cierto es que me gustaba mi trabajo. Supongo, igualmente, que los cebos profesionales aprendemos a separar la raz&#243;n de los deseos, y que en la brecha que se abre entre ambos solo la fuerza de voluntad puede tender un puente. Pero mi ser racional, todo lo que no constitu&#237;a mi psinoma, se rebelaba indignado ante los recuerdos de las experiencias pasadas all&#237; durante mi formaci&#243;n. Siempre agradec&#237; que el entrenamiento se moderara tras la ausencia de Gens, y que mi hermana no hubiese tenido que vivir aquella indignidad.

Gens despreciaba los teatros oficiales. Muchas m&#225;scaras, afirmaba, deb&#237;an ser aprendidas en aislamiento absoluto y con cierta sensaci&#243;n de indefensi&#243;n. No pocas veces nos hac&#237;a ensayar en alta mar, a bordo de su velero, durante inh&#243;spitas traves&#237;as; o en su casa de Barcelona, en la que solo &#233;l dictaba las normas. Pero a&#241;oraba un ambiente &#250;nico, apartado y a la vez cercano, donde sus cebos se sintieran realmente vulnerables. De modo que cuando eligi&#243; aquella granja en ruinas en la zona fantasma, varios espinazos se doblaron en r&#225;pidas reverencias y varias manos se apresuraron a firmar documentos. Eran otras &#233;pocas, claro; tiempos de asombro y p&#225;nico ante lo que el odio y la locura del enemigo com&#250;n pod&#237;an llegar a provocar. Entregar una casa apartada y un pu&#241;ado de adolescentes al doctor Gens para proteger el pa&#237;s no tuvo que costar m&#225;s a los altos cargos para quienes &#193;lvarez trabajaba que a las autoridades nazis la decisi&#243;n de ceder laboratorios y ni&#241;os jud&#237;os al doctor Mengele. A fin de cuentas, unos y otros quedaban exculpados, pues eran tan solo rostros an&#243;nimos de bur&#243;cratas que se turnaban con los sucesivos cambios de administraci&#243;n. Si alguna culpa hab&#237;a, ser&#237;a de Gens; el resto se llamaban responsabilidades pol&#237;ticas, siempre f&#225;ciles de asumir mediante dimisiones. En cuanto a las vejaciones que sufrimos en aquel lugar los jovencitos imberbes a quienes Gens seleccion&#243; para el entrenamiento especial, supongo que lo calificar&#237;an de da&#241;o colateral.

El ordenador se ocup&#243; de guiarme a trav&#233;s de la carretera de Extremadura, salida tal, desviaci&#243;n tal, comarcal, vereda. Y al divisarla en medio de los desolados campos manchegos, como tantas otras veces me hab&#237;a ocurrido en los autocares donde nos llevaban a ella, al final de un camino lleno de barro por las lluvias recientes que discurr&#237;a entre matorrales y promesas urban&#237;sticas, sent&#237; una punzada de angustia pero tambi&#233;n un subid&#243;n de adrenalina pura; despu&#233;s de todo, aquel era el decorado de las superproducciones de muchas de mis pesadillas.

Tras el bailoteo incesante de los neum&#225;ticos sobre el barro, par&#233; el motor en el terreno de acceso y, todav&#237;a dentro del coche, contempl&#233; el panorama. Dos cobertizos de tejado ondulado, paredes de piedra con ventanas sin cristales, un viejo molino reconvertido en una especie de torre desmochada para servir de decorado. No dir&#233; que eso era todo lo que quedaba, porque eso era lo que hab&#237;a sido siempre. En verano, o cuando Gens lo decid&#237;a aunque fuese pleno invierno, ensay&#225;bamos en aquel lugar pavoroso que se ofrec&#237;a a mi vista. Las dem&#225;s ocasiones baj&#225;bamos a los s&#243;tanos, construidos aprovechando una vieja bodega, donde la atm&#243;sfera estaba caldeada con climatizadores, pero donde los ejercicios resultaban bastante m&#225;s duros.

Mientras miraba todo aquello con una especie de est&#250;pida curiosidad, me preguntaba qu&#233; hubiese dicho Gens de haber venido conmigo. Quiz&#225;: Al&#233;grate, Diana Blanco, al&#233;grate: este lugar te convirti&#243; en uno de los mejores cebos del pa&#237;s. Puede que fuese cierto, pero no experimentaba la menor alegr&#237;a por ello. Y en cualquier caso, no hab&#237;a regresado a la granja por nostalgia.

&#191;Es aqu&#237; donde tengo que esperarte? -le dije mentalmente a mi objetivo, mi presa, mi pasi&#243;n secreta-. &#191;Vendr&#225;s a m&#237; babeando, est&#233;s donde est&#233;s, con tu ni&#241;o o sin &#233;l? No lo cre&#237;a, pero no me quedaban m&#225;s opciones que confiar en Gens. Y de repente pens&#233; que si aquel mont&#243;n de sufrimientos elaborados con viejos pedruscos me serv&#237;a ahora para salvar a mi hermana, entonces, oh, por supuesto que s&#237;, profesor

Claro que me alegro. Siento una alegr&#237;a de la hostia.

Ech&#233; un vistazo al reloj del salpicadero y comprob&#233; que faltaban menos de tres horas para que oscureciera. Ten&#237;a que ponerme en marcha.

La portezuela de mi Toyota son&#243; a disparo mortal cuando la cerr&#233; tras bajarme; fue eso lo que me hizo percibir el inmenso silencio. Hac&#237;a m&#225;s fr&#237;o que en la ciudad, pero eso ya lo sab&#237;a. Y olores: a tierra h&#250;meda, a madera podrida. Saqu&#233; del asiento trasero la bolsa de deporte que tra&#237;a y me dirig&#237; a la entrada.

El cobertizo principal contaba con una puerta cerrada con un grueso candado, pero aquel detalle parec&#237;a rid&#237;culo, dada la facilidad con que pod&#237;a accederse saltando por el hueco de una ventana. Tras sacudir el polvo de mis gastados vaqueros recorr&#237; aquella planta. Se trataba de una sola habitaci&#243;n con algunos recodos. La luz penetraba todav&#237;a, aunque ya moribunda, formando cuadril&#225;teros grises bajo las aberturas. En el centro, unas escaleras conduc&#237;an a la zona subterr&#225;nea. Pas&#233; frente a ellas, pero por supuesto no quise bajar. Se o&#237;an ruidos remotos como de correteos, y pens&#233; que no ser&#237;a la primera vez que ve&#237;a ratas en aquel recinto, sobre todo cuando lleg&#225;bamos tras una larga ausencia. Me estremec&#237; al recordar que, a veces, Gens las utilizaba en los ensayos.

Escombros, paredes desconchadas, hasta algunos de los colchones que us&#225;bamos (ahora de pie y apoyados en la pared) y bultos de mohosas cortinas en un rinc&#243;n: todo estaba m&#225;s o menos como lo recordaba, aunque con mayores signos de deterioro. Comprend&#237; que dos a&#241;os de abandono perjudicaban incluso a unas ruinas.

Entonces, al llegar al final del sal&#243;n, mir&#233; casualmente por la ventana hacia una de las ventanas del segundo cobertizo, y vi a un hombre.

Asomaba medio cuerpo por la abertura y apoyaba la pierna en el vano formando un &#225;ngulo imposible con el torso ladeado. El conjunto resultaba aterrador, o cuanto menos inquietante, pero tambi&#233;n me lo esperaba. Era uno de los maniqu&#237;es. Gens los usaba como figurantes mudos en mascaradas o en escenas de Shakespeare. Sol&#237;amos disfrazarlos y colocarles nombres de personajes escritos en carteles cuando la escena requer&#237;a la presencia de varios. Este en concreto estaba desnudo y calvo, y sus ojos pintados aparentaban asombro. Detr&#225;s de &#233;l, en la penumbra del segundo cobertizo, atisba brazos, piernas y cabezas arramblados en un desorden de fosa com&#250;n. Maldije a quienquiera que fuese el que hubiera colocado aquel mu&#241;eco en la ventana con el fin de dar un susto de muerte al visitante. Sab&#237;a que hab&#237;a grupos de gamberros incordiando en la zona fantasma del 9-N, y rogu&#233; (por el bien de ellos) que no se les ocurriera molestarme.

En todo caso, ni ratas ni gamberros constitu&#237;an mi principal preocupaci&#243;n.

Regres&#233; junto a los colchones, dej&#233; la bolsa de deporte en el suelo y la abr&#237;. No quer&#237;a ocultar que hab&#237;a venido a esperar. Hazlo todo sin disimulo, como si tu propia realidad fuese tambi&#233;n un teatro, hab&#237;a aconsejado Gens. Saqu&#233; un par de bocadillos envueltos en celof&#225;n, un termo de caf&#233;, una botella de agua mineral, una manta y una linterna plana de larga duraci&#243;n. Tumb&#233; uno de los colchones y lo sacud&#237; para apartar el polvo. Mohoso, pero apropiado. Me sent&#233; en el colch&#243;n, saqu&#233; de la bolsa mi notebook, abr&#237; los archivos con la m&#225;scara de Holocausto dise&#241;ada por los perfiladores y le ech&#233; un vistazo mientras com&#237;a y tomaba sorbos de agua.

Cuando me sent&#237; preparada, comenc&#233;. Me quit&#233; la cazadora y las zapatillas de deporte por comodidad, pero no la camiseta amarilla de tirantes ni los vaqueros ni los calcetines. Nada de disfraces, y no te desnudes. Haz la m&#225;scara como si lo tuvieras delante de ti, hab&#237;a dicho Gens. Primero ejecut&#233; la versi&#243;n cl&#225;sica de Holocausto y luego la nueva de los perfis. Gens hab&#237;a asegurado que daba igual la que eligiera. Solo importa que no seas sutil. Hazla toda, con los gestos y voces que suprimir&#237;as en un ensayo. Utiliza los recuerdos del lugar donde est&#225;s, piensa que haces teatro para atraerlo. Ante todo: s&#233; completamente impura. Aquello significaba que no deb&#237;a ocultar por qu&#233; y para qui&#233;n lo hac&#237;a. No disimules tus propias dudas, hab&#237;a a&#241;adido, y eso s&#237; que me sal&#237;a bien. De hecho, al tiempo que me contorsionaba y gem&#237;a sobre el colch&#243;n no pod&#237;a dejar de pensar que todo aquello era una estupidez. No era posible atraerlo encerrada a kil&#243;metros de las &#225;reas de caza. Aunque en teor&#237;a una m&#225;scara pod&#237;a llegar a ser percibida a distancia por el psinoma de la presa sin que esta fuera consciente de ello, solo funcionaba con objetivos inespec&#237;ficos. Lo llam&#225;bamos red de arrastre: capturabas peces inocentes tambi&#233;n. Una presa concreta exig&#237;a una distancia concreta. Gens estaba pirado.

Sin embargo, segu&#237; adelante. Mi tarea no era entender sino persistir, sin destino, sin voluntad. Ser cebo era ser nada, o menos que nada. Ni siquiera ten&#237;a que obedecer como un soldado a su superior. Yo ten&#237;a o yo hac&#237;a eran err&#243;neos. Solo dejando de ser yo, siendo eso que se retorc&#237;a sobre aquel asqueroso colch&#243;n entre jadeos, sudor y mejillas rojas, me perder&#237;a a m&#237; misma. Y solo perdi&#233;ndome a m&#237; misma podr&#237;a confiar en que la bestia me encontrara y se agachara a morderme.

Y cuando lo hiciera, mi cepo se cerrar&#237;a implacable sobre su garganta.

Al acabar, volv&#237; a ponerme la cazadora y me calc&#233; y, a&#250;n sentada en el colch&#243;n, devor&#233; el segundo bocadillo empujando los trozos con sorbos de caf&#233;. Luego extend&#237; la manta, me arrebuj&#233; en ella y me prepar&#233; a pasar varias horas de espera. Te olfatear&#225;, ir&#225; hacia ti. Pens&#233; que ya hab&#237;a seguido todas las instrucciones de Gens. Sin entenderlas, sin asumirlas, pero al pie de la letra. Fueran o no una locura, las hab&#237;a ejecutado fielmente, como de costumbre. Ya no pod&#237;a hacer m&#225;s.

Vendr&#225; hacia ti aunque tenga que arrastrarse por todo Madrid babeando.

La trampa estaba montada, y ahora solo era preciso esperar a que la pieza la olfatease y se acercara a ella.

La trampa era yo.


No recuerdo con exactitud cu&#225;ndo supe que suced&#237;a algo.

La noche hab&#237;a comenzado a levantarse en las ventanas, eso s&#237; lo s&#233;, porque la atm&#243;sfera ten&#237;a esa borrosa cualidad azul de las horas tard&#237;as en pleno campo. Los rincones del sal&#243;n ya eran solo nidos de tiniebla. Yo me hallaba en cuclillas sobre el colch&#243;n envuelta en la manta, mirando hacia la creciente oscuridad y oyendo el vagabundeo de las ratas, cuando me percat&#233;. Fue como esas veces en que decimos: &#191;C&#243;mo es posible? Lo ten&#237;a todo el tiempo junto a m&#237;, y no lo ve&#237;a. Todo el tiempo.

Las ratas.

De repente no estaba segura de que fueran ellas quienes produc&#237;an aquel ruido.

Escuch&#233;. Se repiti&#243;. Silencio. Se repiti&#243;. No hab&#237;a cesado, que yo supiera, desde que hab&#237;a llegado a la granja, pero no parec&#237;a un simple rebullir de roedores. Era como cuando respiramos sobre un cristal y o&#237;mos nuestro propio aliento: una crepitaci&#243;n sorda, ondulante. &#191;De d&#243;nde proced&#237;a?

Intrigada, sal&#237; de la manta y me asom&#233; por el hueco de la ventana m&#225;s pr&#243;xima, pero el campo, ya negro, y la torre en ruinas del molino no se o&#237;an; solo rachas de viento fr&#237;o al agitar los matorrales. Tambi&#233;n hab&#237;a silencio al otro lado, en el segundo cobertizo, donde yac&#237;an los maniqu&#237;es.

Quedaba una tercera posibilidad.

Tras unos cuantos segundos de b&#250;squeda torpe debido a la oscuridad, hall&#233; la l&#225;mina delgada de la linterna y la sostuve como una placa de polic&#237;a contra mi mano. La luz, enorme y pura, convoc&#243; sombras en las paredes. Me dirig&#237; a la angosta escalera del centro de la sala y baj&#233; despacio, pensando que la puerta de acceso al s&#243;tano estar&#237;a cerrada, pero no era as&#237;. El gancho del candado se hallaba vac&#237;o. La empuj&#233; con la mano izquierda alzando la linterna con la derecha y haciendo crujir la vieja madera, como en las cl&#225;sicas pel&#237;culas de terror. Detr&#225;s, solo tinieblas. Tante&#233;, recordando las luces, pero, por supuesto, lo &#250;nico que hicieron los interruptores fue ruido; el gobierno no iba a pagar la electricidad de un recinto in&#250;til. Entonces apunt&#233; al interior con la linterna.

Fue como recibir un golpe. Me detuve, aturdida, ante la mareante invasi&#243;n de im&#225;genes. Junto a esa pared, a Lilian le En aquella esquina, Claudia y yo Dios m&#237;o, ese era el alto taburete de metal y el div&#225;n rojizo, apolillado, donde

Ninguna persona ajena a la granja habr&#237;a visto lo que yo, desde luego, sino tan solo un espacio de negrura h&#250;meda y g&#233;lida, sin salida al exterior, con algunos muebles viejos. Quiz&#225; le habr&#237;an llamado la atenci&#243;n los maniqu&#237;es apoyados en las esquinas y la sorprendente presencia de una cabina de ducha en un rinc&#243;n. Pero no hubiese podido imaginar la perenne org&#237;a de cuerpos adolescentes, las escenas teatrales gritadas por nuestras j&#243;venes gargantas, las idas y venidas de Gens se&#241;alando, dirigiendo.

Era dif&#237;cil para m&#237; avanzar por aquel campo minado de mi memoria. No bien daba un paso cuando otra verg&#252;enza me saltaba a la cara. All&#237; hab&#237;a dejado de ser una ni&#241;a para siempre. All&#237;, Cec&#233; y yo, como tantos otros, nos hab&#237;amos convertido en pura rabia y pura mentira. All&#237; el teatro nos hab&#237;a estallado dentro. Pero no eran las horas de crueldades fingidas o reales que soport&#225;bamos lo que m&#225;s humillaci&#243;n me causaba recordar, sino la vacua mirada de Gens detenida en nuestros cuerpos con minuciosa concentraci&#243;n, como el armero experto observa la pistola que fabrica d&#237;a a d&#237;a.


Por supuesto, ni la oscuridad ni el estado del lugar supon&#237;an un obst&#225;culo a la hora de explorarlo; albergaba un plano mental como grabado a fuego de la disposici&#243;n de aquel antro, y tras escuchar el ruido de nuevo, m&#225;s cerca, y superar la primera impresi&#243;n, me mov&#237; con soltura.

Sab&#237;a que el s&#243;tano constaba de dos grandes escenarios a cada lado de un pasillo que conduc&#237;a a otras habitaciones: un almac&#233;n para props y disfraces, un comedor y una c&#225;mara al fondo, amplia, que nos serv&#237;a de dormitorio. Todo dispuesto para pasar varios d&#237;as olvidados de Dios y los hombres. El ruido proven&#237;a de m&#225;s all&#225; del pasillo. Tac tac, clop clop. Sal&#237; del primer escenario y dirig&#237; la luz hacia las habitaciones, negras como boca de lobo. Sorteando algunas tablas, penetr&#233; en el siguiente escenario. Reconoc&#237; el gran espejo de cuerpo entero con marco de metal colgado de la pared de la entrada y el enorme tel&#243;n rojo del fondo sobre la tarima de madera.

Tambi&#233;n hab&#237;a dos o tres personas de pie, en la oscuridad.

Mi impresi&#243;n no fue muy grande, pero aun as&#237; sent&#237; como si toda mi sangre fuese refresco y alguien me agitara antes de abrirme. Hallar un maniqu&#237; en una extra&#241;a postura era una cosa, y otra muy distinta encontrarlos vestidos con gorgueras, jubones, botas y faldas, como en los viejos tiempos. Los dem&#225;s -una buena docena- segu&#237;an desnudos y sucios en el suelo. Era como si alguien hubiese escogido precisamente aquellas tres figuras y las hubiese desempolvado y arreglado solo para la ocasi&#243;n.

Los dos maniqu&#237;es masculinos se apoyaban en la pared frente al espejo, el femenino se recostaba contra el tel&#243;n. Me acerqu&#233; a los primeros y comprob&#233; con cierto asombro que portaban peque&#241;os letreros prendidos de la ropa, semejantes a los que les colg&#225;bamos en los ensayos: Angelo, El Duque. El primero con jub&#243;n negro y capa, el Duque con una especie de brocado. Un ojo del Duque hab&#237;a sido raspado por el tiempo o las ratas, Angelo era calvo. Ambos alzaban las manos como pidiendo clemencia. Era perturbador imaginarlos as&#237;, quietos en la oscuridad.

Recordaba la obra a la que alud&#237;an, Medida por medida, una de las comedias m&#225;s perversas de Shakespeare. Angelo, hombre de r&#237;gida moral a quien el Duque deja el gobierno durante su aparente ausencia, siente de pronto el deseo lujurioso de poseer a una monja que le ruega por la vida de su hermano, pero el Duque lo descubre y castiga. Seg&#250;n Gens, aquella pieza, que hablaba de la justicia implacable -medida por medida-, conten&#237;a tambi&#233;n las claves ocultas de la m&#225;scara de Castidad.

Lo m&#225;s llamativo, sin embargo, eran los carteles; me fij&#233; en que la tinta de rotulador brillaba bajo la linterna, como si alguien los hubiera escrito recientemente.

Estaba valorando aquel hallazgo cuando, de repente, el ruido se repiti&#243; a mi izquierda, muy pr&#243;ximo esta vez. Apenas necesit&#233; mirar para saber qu&#233; lo produc&#237;a.

El viejo tel&#243;n que ocultaba toda la pared del fondo, desde el techo al suelo de madera de la tarima, se agitaba parsimoniosamente, y el maniqu&#237; femenino, apoyado en &#233;l, oscilaba sin llegar a caerse. El ruido lo formaban la ondulaci&#243;n del cortinaje y el repiqueteo de los pies de pl&#225;stico contra la tarima. Se repet&#237;a. Cesaba. Se repet&#237;a. Pens&#233; en las r&#225;fagas de viento que remov&#237;an los matorrales. Pero era absurdo: sab&#237;a que detr&#225;s de aquel tel&#243;n no hab&#237;a aberturas, solo una pared de lona y ladrillos. Se trataba de un trampantojo que us&#225;bamos para ciertas m&#225;scaras.

Se repet&#237;a. Tac tac, clop clop. Cesaba.

El maniqu&#237; parec&#237;a asentir con su rubia cabeza. Llevaba peluca en vez de una toca religiosa, y por tanto no representaba a Isabela, la monja de Medida. En realidad, no portaba cartel alguno. Vest&#237;a un ajado ropaje estampado con flores rojas, y sus manos alzadas mostraban el dorso, como invit&#225;ndome a acercarme.

Sintiendo como si viviera un sue&#241;o, puse un pie en la tarima, que emiti&#243; un sonido quejumbroso, apart&#233; el maniqu&#237; con suavidad y lo dej&#233; acostado sobre la madera. Me concentr&#233; en el tel&#243;n. Lo mov&#237;a el viento, sin duda, y al apartarlo descubr&#237; por qu&#233;.

Era una puerta. En la pared. El hecho de que siempre hubiese estado all&#237; pod&#237;a no resultar obvio, pero as&#237; me lo pareci&#243;, ya que el trabajo era detallado: la hoja, abierta hacia el lateral de mi derecha, estaba forrada de trozos de ladrillo. Cerrada, resultar&#237;a dif&#237;cil de descubrir. A ello se un&#237;a que aquella pared siempre se hallaba cubierta por una lona de color crudo, que ahora alguien hab&#237;a descolgado y dejado caer bajo el tel&#243;n.

M&#225;s all&#225;, un angosto pasillo parecido a la entrada a una mina abandonada. El aire llegaba desde su densa tiniebla, por lo que deb&#237;a poseer una salida al exterior, pero durante el trayecto se impregnaba de fetidez. Era como si algo muerto me soplara en la cabeza, desordenando los cabellos que no hab&#237;a sujetado con la goma y borrando como a lametones el sudor de mi rostro. Mov&#237; la linterna en el umbral para examinar la construcci&#243;n. El suelo era de tierra, pero las paredes estaban cubiertas de finas tablas, como las entra&#241;as de un viejo barco.

&#191;Qu&#233; era aquello? Desde luego, no parec&#237;a un trabajo reciente, pero yo no lo recordaba. Hab&#237;a pasado a&#241;os entren&#225;ndome a escasos cent&#237;metros de aquel tabique, y todo lo que hab&#237;a visto siempre era una lona sobre unos ladrillos. Nadie me hab&#237;a revelado nunca la existencia de aquel t&#250;nel, o lo que fuese. Me pregunt&#233; un instante si tendr&#237;a que sentirme mal por ello o, por el contrario, agradecida.

&#191;Y c&#243;mo era que estaba ahora al descubierto, y con aquellos maniqu&#237;es se&#241;al&#225;ndolo? &#191;Qui&#233;n lo hab&#237;a preparado todo? Quiz&#225; hab&#237;a sido Gens, y entonces se tratar&#237;a de otra de sus pistas o desaf&#237;os, pero si era as&#237;, &#191;qu&#233; significaba?

Di un paso, luego otro. Incluso antes de decidirlo racionalmente, ya estaba recorri&#233;ndolo. Al pisar la tierra mir&#233; hacia arriba, temiendo que algo pudiera desmoronarse sobre m&#237;, pero el techo, aunque fuera de mi alcance, no era muy alto y revelaba una cuidada labor de mamposter&#237;a, con tablas cruzadas en aspa. En algunas de estas hab&#237;a n&#250;meros y letras escritos con tiza, misteriosamente preservados del deterioro: 2A, 2B, 3C, 4D Advertir aquel orden arquitect&#243;nico me provoc&#243; un extra&#241;o escalofr&#237;o.

El pasillo era un camino recto, pero en un momento dado las tablas a mi izquierda se esfumaron, formando una abertura. Lo que aparentaba ser un nuevo ramal no era sino una peque&#241;a c&#225;mara sin salida con las paredes de madera forradas de anaqueles met&#225;licos vac&#237;os. Retorn&#233; al pasillo y me detuve.

Crujidos. Golpes remotos. Pasos.

&#191;Hola? -dije en voz alta -. &#191;Qui&#233;n hay?

Silencio, ruidos de nuevo, y termin&#233; suponiendo que, despu&#233;s de todo, s&#237; que pod&#237;a haber ratas. O quiz&#225; el maniqu&#237; que falta. Quiz&#225; Isabela, caminando bajo su toca blanca. Me sent&#237; est&#250;pida ante aquella brusca fantas&#237;a, pues sab&#237;a que los fantasmas existen, pero son siempre personas vivas. &#191;Acaso era mi amor secreto? Pero &#191;c&#243;mo hab&#237;a descubierto el Espectador aquel t&#250;nel?

Hall&#233; otra c&#225;mara algo mayor a la derecha, con una mesa y una silla plegable met&#225;licas y tomas de corriente instaladas en el suelo. En las tablas de la pared, ganchos clavados a alturas variables. Pasillo abajo hab&#237;a otras dos c&#225;maras. Todas las puertas se hallaban abiertas, aunque todas pose&#237;an cerrojos, pero las puertas de aquellas dos c&#225;maras ten&#237;an los cerrojos por fuera. Y si la primera me hab&#237;a parecido un almac&#233;n y la segunda un peque&#241;o despacho, el fin concreto de estas &#250;ltimas se me escapaba: m&#225;s ganchos en paredes y suelo, cadenas colgadas del techo, m&#225;s enchufes

No era que no comprendiese para qu&#233; pod&#237;an servir algunas de esas cosas. Mi curriculum quiz&#225; no resultaba &#250;til a la hora de obtener un trabajo honrado, pero estaba repleto de experiencias reales o fingidas en decorados as&#237;. La memoria de los cebos profesionales tiene un cuarto de Barbazul que procuramos no abrir nunca, y hubo momentos durante mi exploraci&#243;n en que las bisagras del m&#237;o hicieron &#241;ic y vislumbr&#233; ciertas escenas que prefer&#237;a no recordar: el psico que me hab&#237;a tenido colgada de los brazos durante horas antes de que yo pudiese engancharlo, los s&#225;dicos que me encadenaron a la pared y se divirtieron apagando cigarrillos en mi piel hasta que logr&#233; que uno de ellos eliminara al otro Recintos sin aire, mordazas, oscuridad y cadenas formaban parte de mi vida. Mi cuerpo albergaba peque&#241;as cicatrices, como r&#250;bricas, de comienzos de torturas que, por fortuna, siempre hab&#237;a logrado detener a tiempo. Pero, incluso en sus comienzos, la tortura es de esa clase de aprendizajes que nunca olvidas, como montar en bici.

Cre&#237;a saber para qu&#233; pod&#237;a servir aquel reducto clausurado, pero no por qu&#233; ni para qui&#233;n. A fin de cuentas, nuestro entrenamiento en la granja ya contaba con ejercicios donde te dejaban atada y encerrada durante horas y solo te visitaban para vapulearte. No comprend&#237;a la existencia de una zona censurada; era como ocultar un solo quir&#243;fano en todo el sangriento hospital. &#191;Qu&#233; hab&#237;a ocurrido all&#237;?

Unos metros m&#225;s all&#225;, el suelo del corredor empezaba a ascender. Ten&#237;a que haber una salida al otro extremo, y deb&#237;a de estar abierta, a juzgar por el aire que recorr&#237;a el pasadizo. Quiz&#225; hab&#237;a respiraderos a la entrada en los que no me hab&#237;a fijado, y que le daban fuerza a la corriente. En aquel punto hab&#237;a otra c&#225;mara, un reducto asfixiante con una letrina mohosa en el suelo donde -esta vez s&#237;- distingu&#237; una rata de verdad escabull&#225;ndose. Retroced&#237; asqueada y me fij&#233; en que hab&#237;a una c&#225;mara m&#225;s en la pared de enfrente, que me hab&#237;a pasado desapercibida antes debido a que ten&#237;a la puerta cerrada, aunque el cerrojo no estaba echado. La empuj&#233; con la punta de la zapatilla de deporte y o&#237; un golpe. Algo hab&#237;a chocado contra ella, un obst&#225;culo. Hice presi&#243;n con la mano libre, pero la puerta no acababa de abrirse, de modo que me asom&#233; por la abertura.

El terror convirti&#243; la luz de mi linterna en un foco teatral manejado por un loco.

No grit&#233;, o no recuerdo haberlo hecho, pero tampoco s&#233; cu&#225;nto tiempo estuve mirando aquello, intentando asimilarlo. Como siempre me suced&#237;a cuando me arrojaba de cabeza a la piscina helada del p&#225;nico, no logr&#233; hilvanar luego un solo pensamiento coherente acerca de m&#237; misma en aquel momento; mi organismo tom&#243; el relevo, y todo lo que yo era se disolvi&#243; en todo lo que ve&#237;a.

En realidad, aquella c&#225;mara no ten&#237;a mucho de especial en comparaci&#243;n con las dem&#225;s. Hab&#237;a mantas en un rinc&#243;n, maderas podridas, humedad. Lo diferente estaba en el techo. Se trataba de cuatro mu&#241;ecos colgados del cuello a las tablas superiores por sendas cuerdas. Tres eran m&#225;s bien mu&#241;ecas calvas, sin brazos, sucias y desnudas. El cuarto mu&#241;eco era grande, de tama&#241;o natural, y su presencia constitu&#237;a el obst&#225;culo que la puerta no lograba salvar. Tambi&#233;n estaba desnudo, y, aunque no le faltaba ning&#250;n miembro, la expresi&#243;n de su rostro de ojos saltones mostraba mucho m&#225;s sufrimiento que el de sus compa&#241;eras. Se balanceaba suave, pesadamente, y a sus pies hab&#237;a una silla volcada y ropas elegantes de caballero.

Era &#193;lvarez.


No acudi&#243; al trabajo en toda la ma&#241;ana -me explic&#243; Miguel cuando lo llam&#233; por segunda vez esa noche, su voz tranquilizadora resonando en el interior de mi coche mientras yo conduc&#237;a a toda velocidad de regreso a Madrid-. Al principio pensaron que estaba de viaje, pero ni en su casa ni en el ministerio sab&#237;an nada A mediod&#237;a se le dio oficialmente por desaparecido &#191;Y dices que encontraste su coche?

S&#237;, al salir de ese t&#250;nel. Hay una trampilla que da a la parte de atr&#225;s de la torre, y estaba abierta. &#193;lvarez aparc&#243; en ese lugar, por eso no lo vi cuando llegu&#233;.

Ya. -Miguel hac&#237;a pausas, como si tomara notas-. Tuvo que ser horrible descubrirlo, cielo. Lo siento.

No fue un espect&#225;culo agradable. -Me mord&#237; el labio mientras adelantaba veh&#237;culos que parec&#237;an inm&#243;viles en la autopista-. Miguel, &#191;est&#225;s seguro de que no tienes ni idea de lo que es ese t&#250;nel?

Ni idea. Pero si ya estaba all&#237; cuando ensay&#225;bamos, entonces es l&#243;gico que no lo sepa Yo era cebo tambi&#233;n en aquella &#233;poca, &#191;recuerdas? Y, por cierto, hab&#237;a le&#237;do la letra peque&#241;a de mi contrato, donde se menciona lo del material clasificado

Yo no dispon&#237;a de mucha paciencia para soportar el cl&#225;sico af&#225;n legalista de Miguel, pero intent&#233; controlarme.

Ya s&#233; que no nos contaban cosas. Lo que me pregunto es qu&#233; era

No lo s&#233;. &#191;Lo recorriste todo? Supongo que no tocar&#237;as nada Ahora mismo hay un verdadero ej&#233;rcito de sabios de chaleco fosforescente examinando el lugar.

No, no toqu&#233; nada Obviamente, &#193;lvarez s&#237; lo conoc&#237;a.

Obviamente -repiti&#243; Miguel y escuch&#233; su titubeo-. Supongo que sabes que querr&#225;n hablar contigo. Tengo ahora mismo como una docena de llamadas perdidas y cinco en espera, dos de ellas de Padilla Se las arregla para llamar a la vez desde dos tel&#233;fonos distintos, ya sabes -a&#241;adi&#243;, hallando espacio para una peque&#241;a broma que me hizo sonre&#237;r-. Lo que quiero decir es &#191;realmente fuiste a la granja a a reflexionar?

Yo le hab&#237;a contado aquella idiotez para evitar hablarle de mis planes con Gens. Aun cuando Miguel sab&#237;a que Gens segu&#237;a vivo, ignoraba que yo hab&#237;a acudido a &#233;l, y desde luego yo no estaba dispuesta a revelar nada en aquel momento. De modo que repet&#237; mi versi&#243;n, a&#241;adiendo que me sent&#237;a nerviosa por la desaparici&#243;n de Vera y necesitaba meditar regresando al sitio donde me hab&#237;a convertido en cebo. Pero de repente se me ocurri&#243; que la pregunta de Miguel implicaba otras cosas.

Oye, lo de &#193;lvarez ha sido un suicidio, &#191;no? -dije mientras el primer sem&#225;foro que encontraba a la entrada de Madrid me hac&#237;a detenerme. Los o&#237;dos me zumbaban.

Desde luego. -Miguel parec&#237;a sorprendido de que yo fuese quien lo dudara-. Cuando llam&#233; a Padilla para informarle, me dijo que acababan de descubrir una nota de despedida en su despacho Y, a decir verdad, era de esperar: &#250;ltimamente andaba muy quemado con el trabajo. Seguro que eligi&#243; la granja por su aislamiento

Oh pobre. Muy quemado. No quieras ver c&#243;mo estamos nosotros, los cebos, pens&#233; con cierta furia, recordando la &#250;ltima vez que hab&#237;a visto a &#193;lvarez, casi dos semanas antes, para presentarle mi dimisi&#243;n. Sent&#237;a, en verdad, pena por &#233;l (ese rostro espantoso, como si ahorcarse hubiese sido una lenta tortura), pero no tanta.

Hab&#237;a detalles que segu&#237;an choc&#225;ndome. Quise comentarlos con Miguel.

Esos maniqu&#237;es que prepar&#243;, con personajes de Medida por medida Es raro. Creo recordar que &#193;lvarez no sent&#237;a ning&#250;n inter&#233;s por nuestro trabajo

&#218;ltimamente hab&#237;a le&#237;do algunas cosas sobre filias y teatro. Padilla me lo dijo.

Pero &#191;por qu&#233; atar esas mu&#241;ecas al techo, Miguel? Tan parecidas a -Me detuve, dejando que intuyera lo que no me atrev&#237;a a decir.

Renard.

Comprendo lo que insin&#250;as, cielo -murmur&#243; Miguel-, pero debo recordarte que Renard muri&#243; hace casi tres a&#241;os, cuando iba a ser arrestado

Ya lo s&#233;, pero &#191;por qu&#233; &#193;lvarez har&#237;a algo as&#237;?

&#191;Por qu&#233; hacen las cosas que hacen los que se vuelven chalados? -repuso Miguel-. Supongo que tuvo sus razones, aunque nunca las sabremos Cielo, debo colgar o Padilla enviar&#225; a los GEO a derribar la puerta de mi casa

De acuerdo. &#191;Seguro que podr&#225;s contener la avalancha hasta ma&#241;ana? Estoy agotada, Miguel&#237;n, no quiero hablar con nadie Yo misma hablar&#233; con Padilla ma&#241;ana a primera hora, te lo juro. Y har&#233; un informe.

No hay problema. Espero que no. -Emiti&#243; una risita-. Son casi las once. Les dir&#233; que necesitas dormir y que podr&#225;n hacerte las preguntas ma&#241;ana. Lo que importa es que descanses Primero lo de Vera, y ahora esto Necesitas reponer fuerzas, cielo

Necesitar&#237;a haber capturado ya, pens&#233;. Pero ning&#250;n Espectador hab&#237;a venido babeando hacia m&#237; en la granja. Me reprochaba haber hecho caso a un viejo demente.

De pronto, mientras llegaba a mi calle y bajaba al aparcamiento, me asalt&#243; otra imagen: me vi acostada en la cama vac&#237;a que me aguardaba, ese nido de s&#225;banas donde incubar&#237;a mi insomnio, y dese&#233; pedirle a Miguel que viniera, de rog&#225;rselo casi. Quer&#237;a abrazarlo, sentir su cuerpo tibio contra el m&#237;o. Pero sab&#237;a que no era posible. &#201;l tendr&#237;a que dar la cara por m&#237; hasta el d&#237;a siguiente.

Te amo, cielo, no lo olvides -dijo Miguel, y la comunicaci&#243;n se cort&#243;.

Te amo -dije en voz alta, venciendo el nudo en la garganta que me oprim&#237;a-. Te amo, te amo

Aparqu&#233; y apagu&#233; el motor, pero no me baj&#233;. Aguantar, &#191;no era eso lo que mejor sab&#237;a hacer? Soportar en silencio.

Pas&#233; un rato viendo mis l&#225;grimas caer sobre el volante. Pensaba en Miguel, en Vera, en mi fracaso como cebo, en Gens y en aquel t&#250;nel oscuro al final del cual &#193;lvarez hab&#237;a decidido poner fin a su propio fracaso, fuera el que fuese. Pero sobre todo en Miguel, en mi deseo de hallar consuelo en su presencia tranquilizadora.

Instantes despu&#233;s, cuando logr&#233; serenarme, la Diana que montaba guardia en mi conciencia sentenci&#243;: Est&#225;s agotada, gilipollas. Vete a la cama. Ma&#241;ana ver&#225;s las cosas de otra forma.

Acept&#233; el consejo y sal&#237; del coche. A medio camino por el solitario aparcamiento, atestado de veh&#237;culos, record&#233; que hab&#237;a olvidado la bolsa de deporte en el asiento de atr&#225;s, maldije entre dientes, di media vuelta y casi choqu&#233; contra alguien.

Cazadora color p&#250;rpura, larga visera de gorra de b&#233;isbol, rastas hasta los hombros, rostro mortalmente hermoso cuando lo alz&#243; hacia m&#237;. Era un ni&#241;o.

&#191;Sabes lo que eres? -me dijo sin &#233;nfasis.

En ese instante algo cruz&#243; ante mi cara con gran violencia, y fue como si un tel&#243;n cayera sobre mis ojos.



II. Entreacto


Ven, Noche cegadora,

venda los suaves ojos del piadoso D&#237;a.

Macbeth, III, 2





22

Oscuridad.

Dos luces atraves&#225;ndola.

A esas horas de la noche del jueves la autov&#237;a del Norte despejada.

El c&#243;modo asiento, los mandos, la suavidad del volante, m&#250;sica de saxof&#243;n a bajo volumen como terciopelo frotando su o&#237;do todo contribu&#237;a a relajar al hombre. El ordenador de a bordo lanzaba destellos se&#241;alando una carretera sin tr&#225;fico. Pronto llegar&#237;a a la desviaci&#243;n hacia el pueblo de la sierra y el lugar donde se hallaba el viejo pabell&#243;n de caza. Media hora, como mucho.

El resplandor de los mandos subrayaba el rostro del hombre en azul. Se observaban huellas de cansancio que hinchaban sus p&#225;rpados, pero, en general, manten&#237;a una expresi&#243;n serena. En ocasiones un coche lo adelantaba, las luces como una cortina que se abriese y cerrase sobre su cara: un parpadeo, de nuevo oscuridad.

No hab&#237;a que tener prisa.

El ni&#241;o iba en el asiento contiguo, extra&#241;amente callado. El hombre le ech&#243; un vistazo y comprob&#243; que ten&#237;a el ment&#243;n elevado y la cabeza echada hacia atr&#225;s, de tal manera que la visera de la gorra se inclinaba cubri&#233;ndole parte de la cara. El ligero vaiv&#233;n del Mercedes ranchera lo hac&#237;a moverse bajo el cintur&#243;n de seguridad como un mu&#241;eco. Aquello no gust&#243; al hombre.

Eh, ayudante -dijo, sonriendo.

Una punta rosada emergi&#243; de los labios del ni&#241;o y los recorri&#243; como palp&#225;ndolos. Entonces la visera gir&#243; despacio hacia el hombre. Un coche los adelant&#243; en aquel instante, provocando una r&#225;faga de parpadeos en los ojos so&#241;olientos.

No te duermas, macho. &#191;Est&#225;s cansado?

Era una pregunta est&#250;pida, pero el hombre sab&#237;a que, con el ni&#241;o, siempre resultaba preciso aclarar las cosas. Las obviedades, para &#233;l, eran materia de reflexi&#243;n.

Un poco. -La suave respuesta fue seguida de un bostezo.

Bueno, du&#233;rmete. Te despertar&#233; cuando lleguemos.

En realidad, le irritaba que el ni&#241;o se durmiese, aunque pod&#237;a comprenderlo: hab&#237;an pasado m&#225;s de seis horas seguidas en tensi&#243;n. &#201;l mismo se sent&#237;a agotado.

&#191;Falta mucho? -pregunt&#243; el ni&#241;o.

Yo tambi&#233;n quiero llegar, Pablo.

Solo era una pregunta.

El hombre resopl&#243;, decidiendo que enfadarse no ten&#237;a sentido.

Cuesti&#243;n de media hora, m&#225;s o menos No quiero ir muy r&#225;pido, he visto un mont&#243;n de polic&#237;as de tr&#225;fico -a&#241;adi&#243; con una sonrisa al percibir que el ni&#241;o lo miraba-. No querr&#225;s que me pongan una multa, &#191;no? Oye, &#191;por qu&#233; no te quitas la cazadora? Luego tendr&#225;s fr&#237;o al salir del coche

Estoy bien.

Solo era una pregunta. -El hombre emiti&#243; una risita.

&#191;Por qu&#233; hay tantos polic&#237;as de tr&#225;fico?

Y yo qu&#233; s&#233;. No es importante.

Estaba mintiendo. A lo largo de la carretera en calma hab&#237;a venido observando, aqu&#237; y all&#225;, no solo polic&#237;a de tr&#225;fico sino coches de la nacional que lo adelantaban sin sirenas ni luces giratorias, como de inc&#243;gnito. Tranquilo: ante todo, no llamar la atenci&#243;n. Revisa el tablero, que no te paren porque llevas un faro apagado. Incluso en la ciudad le hab&#237;a parecido ver mayor frecuencia de coches patrulla, estacionados o no. El hombre sospechaba que buscaban algo espec&#237;fico.

Para empeorar las cosas, hab&#237;a tenido que parar a la salida de Madrid, porque el ni&#241;o necesitaba orinar y a &#233;l se le hab&#237;a olvidado, con el ajetreo, repostar el dep&#243;sito de su potente Mercedes Bluefire. Hab&#237;a optado por una estaci&#243;n que conoc&#237;a, y que contaba con una tienda de v&#237;veres regentada por filipinos, con lo cual aprovech&#243; para comprar algo de cena, ya que en la casa no hab&#237;a provisiones. Mientras usaba el surtidor hab&#237;a visto otros dos coches de la polic&#237;a aparcados a la salida con sus ocupantes dentro. &#191;Los polis lo hab&#237;an mirado, quiz&#225;, con extra&#241;a fijeza? Luego, en la tienda, mientras eleg&#237;a bocadillos envasados, patatas fritas, chocolatinas, refrescos para Pablo y cerveza para &#233;l, hab&#237;a cre&#237;do percibir que los escasos clientes -incluyendo a una puta drogadicta de ojos vidriosos- lo espiaban con id&#233;ntico denuedo. &#161;Es &#233;l! &#161;Es &#233;l!, parec&#237;an pensar. Sab&#237;a que el ayuno y la fatiga pod&#237;an crear falsas impresiones, pero a pesar de todo tembl&#243; un poco al sostener los billetes con que pag&#243; en efectivo la compra y la gasolina.

Sin embargo, la monoton&#237;a del viaje hab&#237;a ayudado a disipar aquellos residuos de ansiedad. Ahora, pasada la medianoche, se sent&#237;a muy bien, e incluso estaba considerando la posibilidad de comer algo antes de llegar, cuando el ni&#241;o dijo:

&#191;Ma&#241;ana no voy al colegio?

No, ma&#241;ana no. Yo tendr&#233; que ir a la oficina a eso de las diez, pero volver&#233; enseguida. Quiero que hagas un poco de tarea mientras tanto.

No tengo tarea.

El hombre mir&#243; al ni&#241;o un instante: estaba despatarrado en el asiento, como una especie de juguete roto, con aquellas rastas cayendo por sus hombros y la cazadora de piel rabiosamente violeta que parec&#237;a quedarle grande.

Matem&#225;ticas y lengua -dijo el hombre-. Quebrados y verbos. Ya tienes tarea. Luego puedes jugar arriba. O ir abajo un rato, si quieres.

&#191;Qu&#233; puedo hacerle?

Sab&#237;a que el ni&#241;o conoc&#237;a perfectamente la respuesta a aquella pregunta, y no se le pas&#243; desapercibido el tono circunspecto de su voz; en Pablo, eso significaba irritaci&#243;n. Pero decidi&#243; que lo aceptar&#237;a, y habl&#243; con mansedumbre.

Nada de cortes, golpes en la cabeza o aparatos hasta que yo regrese Es el primer d&#237;a, ya sabes Oye, Pablo, &#191;est&#225;s enfadado?

El ni&#241;o no dijo nada. El hombre dijo:

Ya s&#233; que esta elecci&#243;n ha sido distinta a las dem&#225;s, pero sigues siendo mi ayudante, y te prometo que voy a tener mucho cuidado Mucho.

Ella no te gusta -dijo entonces el ni&#241;o como si se&#241;alara un hecho tan obvio como la oscuridad de la noche por la que viajaban.

El hombre qued&#243; un rato en silencio.

Bueno, no demasiado -reconoci&#243; al fin, y not&#243; la boca seca al hablar.

Ni a m&#237;.

Era pavoroso comprobar c&#243;mo el chaval daba en el clavo, pese a su edad; no es que ella no fuese atractiva, es que no encajaba con su tipo. Eso era preocupante. Una chica en vaqueros, cazadora de pordiosera y aires de estar m&#225;s que satisfecha consigo misma, a la que, en otras circunstancias, no habr&#237;a mirado dos veces en la calle

Muy preocupante.

Tom&#243; una curva a m&#225;s velocidad de la debida, y levant&#243; un poco el pie del acelerador. Las palmas de las manos le sudaban y sent&#237;a los cabellos pegados a la frente.

Sospechaba cu&#225;l pod&#237;a ser el verdadero motivo. Hab&#237;a estado leyendo todo lo necesario al respecto durante a&#241;os. Sab&#237;a que exist&#237;an formas de obligarte a elegir incluso aquello que te produc&#237;a rechazo. Mejor dicho: lo eleg&#237;as precisamente porque lo rechazabas. Cre&#237;a recordar que una de aquellas t&#233;cnicas, llamada m&#225;scara de Espect&#225;culo, estaba descrita en Hamlet. Vamos a montar una obra para atrapar tu conciencia, un teatro-trampa para pillarte los dedos, una ratonera. Te ofreceremos justo el espect&#225;culo que m&#225;s odias, y por esa misma raz&#243;n no podr&#225;s dejar de verlo. Con ese falso cebo pescaremos tu carpa de la verdad.

Tendr&#237;a que indagar, desde luego. Necesitar&#237;a aclarar las cosas. La interrogar&#237;a, vaya que s&#237;. Con exquisita precauci&#243;n, como si manipulara un explosivo l&#237;quido, pero deb&#237;a aceptar el riesgo, porque estaba en juego su propia identidad de criatura libre y consciente, ese v&#243;rtice negro que era su ser.

De pronto se sinti&#243; avanzando a tientas en la tiniebla, como perdido e incapaz de concretar la realidad. Respir&#243; hondo, oy&#243; un rato la melod&#237;a del saxof&#243;n y la sensaci&#243;n pas&#243;. La atribuy&#243; al cansancio. Calma Es ella la que se halla en la oscuridad, es ella la que lo ha perdido todo, y ser&#225; ella quien grite Vamos a darle bien

&#191;Qu&#233;? -oy&#243;.

&#191;Qu&#233; quieres? -Mir&#243; al ni&#241;o, sobresaltado. -Estabas hablando, pap&#225;.

Se percat&#243; de que hab&#237;a expresado alg&#250;n pensamiento en voz alta y lanz&#243; una carcajada que le hizo sentirse de nuevo en desventaja frente al ni&#241;o.

Dec&#237;a que vamos a darle bien por el culo -canturre&#243;. Y repiti&#243; alzando el tono, como si quisiera que lo escucharan de lejos-: Vamos a darle a esa puta por el culo.

&#191;Es una de esas trampas? -El ni&#241;o pronunci&#243; la palabra de forma tan peculiar, dot&#225;ndola de todas las temidas y aceptadas cualidades que el hombre le hab&#237;a ense&#241;ado, que, en esta ocasi&#243;n, este decidi&#243; ofrecerle una respuesta optimista:

Te aseguro, Pablo, que, si lo es, pronto va a comprobar que nosotros somos tambi&#233;n dos buenas trampas, as&#237; que no te -La pantalla del ordenador de a bordo cobr&#243; vida de repente, dibujando un rel&#225;mpago blanco en el rostro del hombre-. Mierda.

&#191;Qu&#233; pasa?

El hombre no respondi&#243;, entre otras cosas porque a&#250;n no lo sab&#237;a con seguridad. Luces parpadeantes a menos de un kil&#243;metro de distancia. La pantalla se&#241;alaba un peque&#241;o embotellamiento. Cab&#237;an varias posibilidades.

Mientras disminu&#237;a la velocidad, dese&#243; que se tratase de un simple accidente.


Oscuridad.

Por dentro y por fuera.

No solo no ve&#237;a nada, sino que mis propios ojos parec&#237;an in&#250;tiles. Al parpadear, algo me roz&#243; las pesta&#241;as. Escuch&#233; un gorgoteo: mi voz. Quise moverme, pero solo mi voluntad lo hizo, entre contracciones in&#250;tiles.

&#191;Era un sue&#241;o? No estaba segura.

Un momento antes me hallaba en una especie de camilla. Ve&#237;a luces de quir&#243;fano y escuchaba m&#250;sica tenue de saxof&#243;n y el ronroneo de un motor que, sin duda, era alg&#250;n tipo de aparato quir&#250;rgico. Hombre Caballo se inclinaba sobre m&#237;, como si fuese a operarme. Me hab&#237;a colocado unas gomas en la boca que apenas me dejaban respirar y atado manos y pies. Yo ten&#237;a que girar la cintura para elaborar una m&#225;scara (un Espect&#225;culo, seg&#250;n la t&#233;cnica de Baumann), pero solo logr&#233; mover la cabeza, y al hacerlo contemplaba, en otra camilla junto a la m&#237;a, el cuerpo desnudo y retorcido de &#193;lvarez, con los ojos como cosas metidas a presi&#243;n en las &#243;rbitas y la lengua hinchada como el cad&#225;ver de un sapo. Hombre Caballo, todo cubierto de sangre, sosten&#237;a un cuchillo.

Ahora s&#237; que vas a re&#237;rte, devochka.

En ese momento la m&#250;sica de saxof&#243;n ces&#243;, y tambi&#233;n el ruido del motor, y el quir&#243;fano desapareci&#243; en medio de una densa y opresiva oscuridad.

Al intentar tomar aire con la boca abierta no lo recib&#237;, lo cual me alarm&#243;, aunque por la nariz aspir&#233; un denso aroma a rosas. De hecho, ten&#237;a algo entre los dientes, una goma delgada y larga, y, al masticarla, tambi&#233;n saboreaba rosas. Eso no estaba mal, pero deseaba poder respirar con normalidad.

De golpe supe que aquello no era un sue&#241;o: no pod&#237;a moverme, hablar ni ver nada, y me asfixiaba. Si sumaba todas esas cosas, el resultado era igual a p&#225;nico, pero durante mi entrenamiento hab&#237;a aprendido que ten&#237;a que experimentar cada sensaci&#243;n por s&#237; sola, sin ejecutar con ellas la aplastante &#225;lgebra del terror.

En principio, la asfixia no parec&#237;a grave. Si respiraba por la nariz sin forzarme a dar bocanadas, recib&#237;a lo suficiente para no ahogarme. De modo que la nariz era una de las pocas cosas que funcionaban bien en todo mi cuerpo. Otra era el o&#237;do; lo que escuchaba me hac&#237;a pensar que alguien hab&#237;a abierto una ventana hacia la calle, aunque el sonido me llegaba atenuado, como si estuviese envuelta en algodones. Coches pasando. Vocer&#237;o. Un tono recio, militar:

&#191;Me permite del coche y el permiso, por favor?

No me esforc&#233; en intentar recordar lo sucedido, pues acabar&#237;a haci&#233;ndolo tarde o temprano, y lo &#250;nico que lograr&#237;a con ese vano esfuerzo ser&#237;a angustiarme. En vez de ello, proyect&#233; la mente de dentro afuera para explorar mi situaci&#243;n, como me hab&#237;an ense&#241;ado: Pod&#233;is estar encerrados en una nuez -dec&#237;a Gens- y sentiros reyes del espacio infinito: recordad a Hamlet, Hamlet, siempre Hamlet.

Estaba viva, desde luego, pero mi vida no era envidiable. Me hallaba recostada de lado sobre algo duro, los brazos torcidos hacia atr&#225;s y las mu&#241;ecas atadas a la espalda con lo que parec&#237;a una goma que se extend&#237;a hasta mis tobillos, de forma que mis piernas, m&#225;s fuertes, tiraban de los brazos haciendo que me arqueara dolorosamente. En la cara notaba una venda y una mordaza. Esta &#250;ltima era, en primer lugar, una doble correa de goma anudada en la nuca con una parte central algo m&#225;s gruesa que empujaba mi lengua hacia atr&#225;s. Pod&#237;a morderla, y eso hac&#237;a. Lograba gemir, pero el sonido se atenuaba con una gruesa tira de cinta adhesiva colocada por encima, que me picaba en las mejillas. La venda me tapaba los ojos por completo y no parec&#237;a de nudo sino de velero, daba varias vueltas a mi cabeza y acababa en la mitad de mi nariz.

Estaba vestida, aunque sin zapatos, pero conservaba los calcetines. Sent&#237;a la ropa interior, los vaqueros y una camiseta con uno de los tirantes -el perteneciente al hombro que se hallaba en posici&#243;n superior- ca&#237;do hasta la mitad del brazo. Cre&#237; reconocer la prenda: era la camiseta amarilla que a veces usaba en las m&#225;scaras de Espect&#225;culo y Holocausto. Me la hab&#237;a puesto por alguna raz&#243;n que no lograba recordar, en ese punto todo era muy confuso. Tambi&#233;n percib&#237;a la tela que rozaba mi piel por fuera, como una especie de s&#225;bana arrojada sobre m&#237;.

Pero no era una s&#225;bana; al mover la cabeza en todas las direcciones que pude, sent&#237; el mismo obst&#225;culo, y las puntas de mis dedos lo palparon hasta el suelo.

Un saco. Estoy dentro de un saco.

Eso explicaba la sensaci&#243;n de falta de aire y el horrendo calor que me hac&#237;a sudar a chorros, as&#237; como el hecho de que escuchara los sonidos atenuados, como si tuviera la oreja pegada al cristal de un acuario: coches, voces remotas, un grito discernible:

&#161;Circulen, por favor!

La voz fuerte y autoritaria de antes, m&#225;s cerca.

&#191;Podr&#237;a abrir maletero?

Una respuesta suave pero m&#225;s pr&#243;xima.

&#191;Pasa algo, agente?

No control, se&#241;or. Abra el

Me concentr&#233; en escuchar, aunque empezaba a sentirme mareada y las palabras eran como agua entre los dedos.

Escuche, por favor mi hijo ha estado en cumplea&#241;os y lo llevo a Pero se siente mal &#191;Podr&#237;amos, por favor, continuar? Uno nunca sabe

No tardaremos maletero, por favor

&#191;Qu&#233; me hab&#237;a sucedido? &#191;Por qu&#233; me encontraba as&#237;? Im&#225;genes de maniqu&#237;es y mu&#241;ecas ahorcadas iban y ven&#237;an como en un carrusel dentro de mi dolorida cabeza. Era evidente que me hab&#237;an drogado. Olor a rosas. Nacho Puentes, uno de los perfiladores, me hab&#237;a dicho que hab&#237;a un anest&#233;sico que dejaba ese aroma cuando

Entonces la voz suave dijo algo as&#237; como: Ahora vuelvo Tranquilo, chavalote, y otra voz, tambi&#233;n cercana, le respondi&#243;.

Vale. -Aguda, sin &#233;nfasis, como la de un mal actor infantil.

Un ni&#241;o. Rastas bajo la gorra. Cazadora violeta. Rostro muy hermoso.

La revelaci&#243;n fue inmediata.

Estaban esper&#225;ndome en el aparcamiento de casa, el ni&#241;o me distrajo y &#233;l se acerc&#243; por detr&#225;s y me cubri&#243; la nariz y la boca con algo

Los nervios me removieron el est&#243;mago, y por un instante me horroric&#233; pensando que iba a vomitar, y que me ahogar&#237;a con mi propio v&#243;mito. Lo que hice fue concentrarme en seguir pensando. No dej&#233;is la mente inactiva: una mente que no se cuestiona a s&#237; misma, cae de inmediato en la trampa del miedo, indicaba Gens. Hamlet, Hamlet, siempre Hamlet, ante cualquier situaci&#243;n: pensar, pensar, pensar.

&#191;Qu&#233; ocurr&#237;a? &#191;D&#243;nde estaba? Antes escuchaba un motor: me hallaba dentro de un coche. Me llevan a alg&#250;n sitio. Pero nos hab&#237;amos detenido. &#191;Por qu&#233;?

Un ruido imprevisto, como un disparo en mi cabeza. Una compuerta abri&#233;ndose muy cerca. Es el maletero. Estoy dentro de un saco en el maletero de su coche. Pero &#191;por qu&#233; lo est&#225; abriendo?

Record&#233; lo que hab&#237;a escuchado antes. &#191;Pasa algo, agente? No, un control.

Entonces comprend&#237;. Se trataba de algo azaroso, claro, la polic&#237;a eleg&#237;a uno de cada diez coches en un punto cualquiera de la carretera, lo hac&#237;an detenerse y examinaban el interior con un esc&#225;ner de bolsillo. Probablemente aquella vigilancia era una de las medidas tomadas por Padilla tras la desaparici&#243;n de Vera. Anticip&#233; lo que ocurrir&#237;a a continuaci&#243;n. Hallar&#237;an un saco sospechoso. No tendr&#237;an ni siquiera que ordenarle que lo abriera, el esc&#225;ner me descubrir&#237;a. Lo arrestar&#237;an.

Seg&#250;n aquel esquema, quedaban unos cinco segundos para que todo concluyera.

Pero algo extra&#241;o ocurr&#237;a.

El maletero ten&#237;a que estar abierto, y el saco a la vista. O&#237;a claramente el escaso tr&#225;fico, las &#243;rdenes de los otros polic&#237;as y hasta los d&#233;biles pitidos de lo que deb&#237;a de ser el esc&#225;ner. Entonces, &#191;por qu&#233; el polic&#237;a no mencionaba el saco? Intent&#233; gemir, pero solo logr&#233; un d&#233;bil gorgoteo. De repente volvieron a hablar:

&#191;Qu&#233; hay en esas cajas?

Oh, repuestos para m&#225;quinas de jard&#237;n. Quiero hacer obras este fin de semana.

&#191;Puede abrir una?

Claro. -Golpes met&#225;licos cerca de mi rostro, palabras perdidas- bricolaje. Por favor, agente, &#191;hemos terminado? Mi hijo se siente

Cajas, pens&#233; con rapidez. Yo sab&#237;a que no me encontraba dentro de una caja sino de algo blando. &#191;Quiz&#225; oculta detr&#225;s? S&#237; y no. Sin duda se trataba de una artima&#241;a m&#225;s elaborada: un veh&#237;culo grande, un maletero especialmente preparado, una plancha de separaci&#243;n entre las cajas y yo. El polic&#237;a ten&#237;a que estar contemplando un falso fondo. En cuanto al esc&#225;ner, en una caja de repuestos pod&#237;a camuflarse con facilidad un deformador de se&#241;ales. Naturalmente, &#233;l hab&#237;a previsto aquel control.

Un truco muy ingenioso, con un grave fallo.

Yo.

Mi hijo se siente mal. Comprend&#237; la ansiedad que revelaba aquel tono de voz. El ni&#241;o no se siente mal, eres t&#250; quien est&#225; jodido, &#191;eh, compa&#241;ero? Sospechas que los efectos del anest&#233;sico han pasado ya, y si estoy despierta puedo hacer ruido, &#191;verdad?

Segu&#237;a necesitando aire, me dol&#237;a hasta la ra&#237;z de los cabellos, cada vez que contra&#237;a un m&#250;sculo deseaba morir y sent&#237;a n&#225;useas, pero sab&#237;a que, si lo intentaba, lograr&#237;a hacer ciertas cosas muy molestas: agitar el saco con manos o pies, incluso mejor a&#250;n, girar sobre m&#237; misma. El espacio en que me encontraba deb&#237;a de ser muy estrecho, y estaba segura de que tan solo con ladearme armar&#237;a el suficiente alboroto.

El polic&#237;a volvi&#243; a hablar:

Ll&#233;velo a un m&#233;dico, si se siente tan mal el chico

Quiz&#225; lo haga, en cuanto me permita usted irme

Decid&#237; que girar&#237;a el cuerpo hacia mi izquierda. Aunque no lograse derribar el doble fondo con las piernas atadas, har&#237;a ruido y el poli me descubrir&#237;a. Pero me quedaban pocos segundos antes de que el registro finalizara. Atesor&#233; todo el aire que pude, me prepar&#233;. Inici&#233; una breve cuenta atr&#225;s.

&#191;Ha terminado, agente?

Tres dos De repente me detuve.

Pens&#233; otra cosa.

Me pregunt&#233; qu&#233; ocurrir&#237;a si lo arrestaban en aquel momento. Juicio Sentencia &#191;Diez a&#241;os, quince? &#191;Cu&#225;nto tiempo pasar&#237;a en la c&#225;rcel antes de conseguir una reducci&#243;n de condena, o antes de que una desmemoriada justicia echara tierra sobre la cabeza de A&#237;da Dom&#237;nguez y el resto de sus pobres v&#237;ctimas y se apiadara del culpable? Ello sin contar con que pod&#237;a no ser arrestado. Era un guerrero nato, tan bueno en lo suyo como yo en lo m&#237;o. Quiz&#225; consiguiera subir al coche y huir antes de que aquellos polic&#237;as tuviesen ocasi&#243;n de reaccionar. Y si llegaba a su cubil, aunque lo arrestasen media hora despu&#233;s, &#191;qu&#233; ocurrir&#237;a con mi hermana?

&#191;Hacer ruido? &#191;No hacerlo? Duda hamletiana.

De acuerdo -dijo el polic&#237;a-, puede seguir, gracias.

Gracias a usted.

Pues va a ser que

Un golpe enorme, como una losa de acero sepult&#225;ndome no.

Imagin&#233; que hab&#237;a cerrado el maletero con gran alivio por su parte, sin sospechar que tambi&#233;n por la m&#237;a. Casi sonre&#237; bajo la mordaza. Juntos para siempre, t&#250; y yo. No iba a perderlo, ahora que ya lo ten&#237;a. Oh, desde luego que no. No he venido a enviarte a la c&#225;rcel, hijo de puta: he venido a destruirte.


Sent&#237; una vibraci&#243;n. Reanud&#225;bamos la marcha. Me hallaba mareada, sedienta, casi asfixiada, amortajada por el dolor y deseosa de terminar con aquel abominable tormento, pero sab&#237;a que no tardar&#237;amos en llegar a dondequiera que fuese. No va a matarme en el trayecto. Debemos de estar cerca.

Y me pregunt&#233; si el Espectador sospechaba que, de nosotros dos, quien verdaderamente se hallaba en peligro era &#233;l.



23

Y termin&#243;, claro. Como todo en la vida. De repente dej&#233; de balancearme. Una portezuela se abri&#243;. Otra, segundos despu&#233;s.

Pero tardaban en venir a por m&#237;, y mi suplicio, ahora que confiaba en ser liberada, se hizo insoportable. Era como si tuviese que bailar ballet cl&#225;sico dentro de una ba&#241;era: necesitaba mantener en equilibrio todos mis malestares. Si relajaba las rodillas, las v&#233;rtebras me lanzaban disparos de dolor. Cuando cre&#237;a que iba a desmayarme de dolor, la sed me lo imped&#237;a. Para no pensar en la sed me concentraba en respirar un aire cada vez m&#225;s escaso, con lo cual necesitaba estar quieta para ahorrarlo. Pero si me quedaba mucho tiempo quieta, relajaba las rodillas y todo volv&#237;a a empezar como en un c&#237;rculo dantesco. Gens dec&#237;a: A veces tendr&#233;is que fingir que est&#225;is muy jodidos, pero no os preocup&#233;is, porque la mayor&#237;a lo estar&#233;is de verdad.

Despu&#233;s de lo que me pareci&#243; una eternidad, llegaron los esperados ruidos: maletero, cajas, panel. Algo tir&#243; de mi saco y me sent&#237; cargada sobre unos brazos. No hablaban, ni &#233;l ni el ni&#241;o, pero escuchaba sus jadeos: Uh, ah. &#201;l me transportaba como un novio a la novia en la noche de bodas. Ven, Desd&#233;mona: no tengo sino una hora de amor para pasarla contigo. Lo celebr&#233; con apropiados murmullos bajo la mordaza. Sentirme llevada en volandas, agazapada en su pecho como una v&#237;bora, me hab&#237;a recargado la bater&#237;a. Sab&#237;a que, inevitablemente, mi presa estaba introduciendo en su hogar el veneno que lo destruir&#237;a. As&#237;, as&#237;: ll&#233;vame contigo, no me sueltes

Me solt&#243;, pero con delicadeza. Sin embargo, volv&#237; a ver las estrellas cuando lo hizo, y mord&#237; la seca mordaza como un perro rabioso un palo quemado.

Escuch&#233; su voz:

Pablo, abre la puerta.

No cre&#237; que se refiriese a la puerta principal de la casa. Me hallaba en un suelo liso y o&#237;a ecos de un probable techo. Quiz&#225; se trataba de un garaje. Pens&#233; en aquel nombre: Pablo. Lo repet&#237; como un mantra: Pablo, Pablo. El nombre del ni&#241;o. El enigma, como lo hab&#237;a llamado Gens. &#191;Qu&#233; quer&#237;a, qu&#233; era Pablo? Resultaba preciso comprenderlo, porque con &#233;l no tendr&#237;an efecto las m&#225;scaras.

Entonces fue como si volviese a nacer: una cremallera, un tir&#243;n, el saco baj&#243; hasta mis hombros. Por fin el bendito aire fresco. Pero procur&#233; controlarme. Cuando sufres, el momento de mayor debilidad es justamente el del alivio: todos los torturadores lo saben, y es entonces cuando te aprietan las tuercas de verdad. De modo que segu&#237; agit&#225;ndome y gimiendo sobre el g&#233;lido suelo, mostrando la usual parafernalia de la chica aterrorizada e implorante que tanto gusta a los bastardos.

Agarra de aqu&#237;, Pablo.

Me hab&#237;an sacado la cabeza. El resto sali&#243; con otro tir&#243;n. O&#237; ruidos de hule agitado y puerta met&#225;lica cerr&#225;ndose. Un rasgu&#241;o de luz se filtraba por el borde inferior de mi venda, pero no me permit&#237;a ver m&#225;s all&#225; de las narices, nunca mejor dicho. Entonces escuch&#233; un zumbido distinto, y antes de que tuviese la oportunidad de alarmarme la goma que un&#237;a mis tobillos a las mu&#241;ecas se quebr&#243;.

No hubo alivio ahora, sino el peor dolor que hab&#237;a sentido desde que hab&#237;a despertado. La brusca distensi&#243;n fue como una vuelta de tuerca en el potro para mis extremidades; grit&#233;, o lo intent&#233;, aunque solo logr&#233; un berrido animal. Un nuevo zumbido, y mis tobillos se separaron. Sent&#237; un par de dedos presionando mi mu&#241;eca izquierda bajo las gomas, y cre&#237; err&#243;neamente que tambi&#233;n me soltar&#237;a las manos. Pero solo era una medida de precauci&#243;n. Se asegura de que estoy bien, de que nada en m&#237; precisa atenci&#243;n urgente. Tras tomarme el pulso, me agarr&#243; del brazo y tir&#243;. Pretend&#237;a que me levantara, pero, claro, caballero, eso era imposible, mis piernas eran como dos pr&#243;tesis reci&#233;n injertadas en el tronco.

Hubo un cambio de estrategia, la mano liber&#243; mi brazo y agarr&#243; un mech&#243;n de pelo. Fui alzada en vilo por los cabellos. La cinta adhesiva sobre mi boca se hinch&#243; con mis gritos. Trat&#233; de sostenerme fren&#233;ticamente sobre dos objetos que intentaban recobrar su condici&#243;n de piernas entre hormigueos y temblores. Otro tir&#243;n, y avanc&#233; a trompicones. Cuando al t&#237;o Javier le dio el ataque que lo dej&#243; parapl&#233;jico me dec&#237;a que lo peor era experimentar la inutilidad de sus piernas como algo que te sobrara de tu persona. Yo no estaba parapl&#233;jica, pero fue como aprender a andar; me resbalaba, me golpeaba las rodillas, volv&#237;a a incorporarme, todo a la vez, como en una pel&#237;cula c&#243;mica. Al fin mis pies en calcetines lograron coordinarse y el tir&#243;n del pelo se suaviz&#243;.

D&#233;jame pasar, hijo.

Cruzamos un umbral. Lo supe por el cambio de luz en el borde de la venda. Y eso me salv&#243; de dislocarme un tobillo, ya que anticip&#233; las escaleras antes de hallar el primer pelda&#241;o. El s&#243;tano, por supuesto. Me lleva al s&#243;tano. El no me puso las cosas f&#225;ciles: me hizo bajar sin pausas, a tirones, encorvada, con las manos atadas a la espalda y los ojos vendados. No le importaba que me hiriese, que me partiera un hueso; como todo gran deseador de Holocausto, prefer&#237;a controlarme a mantenerme ilesa.

En el tramo final, donde la escalera contaba con un peque&#241;o rellano y giraba, perd&#237; el equilibrio, y fue entonces cuando sent&#237; un brazo sosteni&#233;ndome por la cintura. De modo que s&#237; le importaba mi integridad, despu&#233;s de todo. Pero enseguida volv&#237; a ser arrastrada.

Un fr&#237;o m&#225;s intenso, olor a potingues: esa fue mi primera impresi&#243;n del s&#243;tano. Un golpe brutal contra la esquina de una mesa met&#225;lica en mi muslo derecho: esa fue la segunda. Salt&#233; y aull&#233; de dolor, expuls&#233; l&#225;grimas y se me escaparon gotas de pis. Fui recompensada con otro fuerte tir&#243;n, pero un instante despu&#233;s nos detuvimos. Al parecer, otra de sus sutiles t&#233;cnicas para demostrarme lo macho que era y el poder que ejerc&#237;a sobre m&#237; consist&#237;a en obligarme a hacer las cosas sin dec&#237;rmelas. En esta ocasi&#243;n, tuve que adivinar que quer&#237;a que me arrodillara. Tirones, empujones, y al fin qued&#233; de rodillas. Roc&#233; una pared con manos y pies. Una argolla de metal helado hizo clic alrededor de mi cuello sudoroso y escuch&#233; un mecanismo de ajuste detr&#225;s. No pod&#237;a sentarme ni ponerme en pie, lo cual me deprimi&#243;, porque sab&#237;a perfectamente en qu&#233; se convert&#237;a estar arrodillada cuando pasaban las horas.

De nuevo la b&#250;squeda de pulso, ahora en mi garganta. Entonces el borde inferior de la venda se ensanch&#243;. Un gusano bajo mi ojo izquierdo. Tras el dedo, un brillo filoso, un chirrido y la venda se rasg&#243; de abajo arriba.

Qued&#233; deslumbrada ante el estallido de blancura, con la mirada empa&#241;ada de l&#225;grimas, pero el rostro del hombre que se inclinaba sobre m&#237; se hizo cada vez m&#225;s n&#237;tido.

&#201;l.

Hola -dijo.

No hay experiencia comparable a la de ver al monstruo. No me refiero en esas fotos de la polic&#237;a que son las que escogen los medios para intentar mostrarnos lo aviesos o normales que parecen ser, sino a verlos en su mundo, entre sus cosas, a cent&#237;metros de tu cara.

Yo he visto varios, y por muy diferentes que parezcan, todos comparten una caracter&#237;stica. Es tan notoria como su boca, su nariz o sus ojos. Ning&#250;n actor, en ninguna pel&#237;cula de psic&#243;patas, ha sabido representarla. Es su r&#250;brica inimitable.

Se trata de la siguiente: el monstruo nunca te ve.

Puede mirarte o no, permanecer callado o no, despreciarte o interesarse por ti, re&#237;rse con tus bromas o acompa&#241;arte durante el llanto. No importa lo que haga, o a donde dirija sus ojos, nunca te ve. Y cuando contemplas a un monstruo por primera vez, eso es exactamente lo que notas. Para el monstruo, eres invisible.

No conozco la causa de eso. No soy cient&#237;fica. Gens afirmaba que se deb&#237;a a que est&#225;n entregados por completo a su psinoma. Viven hacia dentro. Es como si sus ojos hubiesen sido colocados al rev&#233;s, las negras pupilas hacia el interior oscuro de sus cr&#225;neos y el globo blanco, improductivo, asomado a la &#243;rbita. Se trata de algo muy raro, y me paraliza cada vez que lo percibo, porque siempre he cre&#237;do que todo aquel que porta un rostro, todo el que te mira, habla y sonr&#237;e, es un ser humano.

Pero hay excepciones.

Contempl&#233; la cara del hombre durante apenas un segundo, y lo supe. Era &#233;l. Lo dem&#225;s consist&#237;a en detalles banales: unos cuarenta a&#241;os, corpulento, rostro anguloso, labios finos, melena casta&#241;o oscura. Pod&#237;a haber sido un maduro &#237;dolo del rock o un profesor de universidad de esos que chiflan a las estudiantes. Vest&#237;a camisa y pantal&#243;n negros y botas marrones Camper. Ten&#237;a sendos anillos sin labrar en el pulgar y el anular de la mano izquierda.

Me importaba una mierda lo que pareciese: era el Espectador.

Y percib&#237; su deseo. El deseo atroz que sent&#237;a por m&#237;, solo comparable a las ganas de destruirlo que yo sent&#237;a por &#233;l.

Ambos, hambrientos el uno del otro, mir&#225;ndonos frente a frente.

Despu&#233;s de decirme hola, alz&#243; la mano abierta y me arranc&#243; la cinta adhesiva de la boca. Luego desliz&#243; entre la mordaza de goma y mi mejilla la hoja afilada de bordes serrados que hab&#237;a usado para cortar la venda. Era una especie de c&#250;ter el&#233;ctrico. Coloc&#243; la hoja plana contra mi rostro, pero sin tocarlo, apret&#243; un bot&#243;n, sent&#237; el aire agitarse y las gomas se rompieron con un chasquido.

No arroj&#233; saliva detr&#225;s. Mi boca era un yermo y ten&#237;a los labios agrietados, resecos, y la lengua pegada al paladar. Gem&#237; y tos&#237;. Vi una botella de pl&#225;stico inclinarse sobre m&#237; y beb&#237; con avidez, derramando parte del contenido sobre mi barbilla y mis vaqueros. El agua estaba tan fresca que probarla era como besar por primera vez al hombre al que amas. Pero al tiempo que beb&#237;a, clav&#233; las u&#241;as de las manos atadas a la espalda en la pared que hab&#237;a detr&#225;s, hasta hacerme da&#241;o. Nunca permitas que la presa te manipule: si te da placer, trata de sentirte inc&#243;moda, aconsejaba Gens.

Cuando vaci&#233; la botella, el Espectador la apart&#243; y sonri&#243;.

&#191;Qui&#233;n es usted? -gimote&#233; en mi papel de v&#237;ctima.

Oh, ya lo sabes. -Hizo un vaiv&#233;n con la mano anillada-. Y yo s&#233; qui&#233;n eres t&#250;. No perdamos el tiempo. Me has hecho algo especial. Quiero saber qu&#233; es.

Lo mir&#233; parpadeando tras un mech&#243;n de pelo. El Espectador lo despej&#243; con un gesto suave mientras llevaba la otra mano al bolsillo y me mostraba un carnet electr&#243;nico con su foto. Fing&#237; asustarme.

Mi nombre es Juan Leman Godoy, y la compa&#241;&#237;a que dirijo se llama AZ-Sec. Tengo solo treinta empleados pero somos l&#237;deres en seguridad de nivel dos en Europa. &#191;Sabes lo que significa eso? Te lo explicar&#233;. Dise&#241;amos software de seguridad inform&#225;tica. Trabajamos con particulares y organismos p&#250;blicos, entre ellos la polic&#237;a espa&#241;ola y la Europol. No es que haya averiguado las contrase&#241;as de documentos confidenciales, es que yo las invento. S&#233; bastante sobre los cebos, excepto vuestra identidad. Y s&#233; que te han entrenado para m&#237;. -Sus finos labios volvieron a sonre&#237;r-. &#191;Has venido a rescatar a tus compa&#241;eras? Est&#225;n vivas, abajo, atadas al torno.

Cabece&#243; hacia una puerta cerrada al otro extremo de la habitaci&#243;n, junto a las escaleras. Mi expresi&#243;n no cambi&#243;, pero sent&#237; fr&#237;o en el est&#243;mago.

Supongo que sabes lo que hace esa m&#225;quina -continu&#243; el Espectador-: habr&#225;s visto im&#225;genes de v&#237;ctimas. Pero he a&#241;adido algunos detalles. -Extendi&#243; el brazo como si le mostrara la casa a un invitado-. &#191;Ves esa peque&#241;a c&#225;mara sobre aquella pantalla, la que parpadea? Es un visor de conducta. Tambi&#233;n hay otro en esa repisa. Est&#225;n grab&#225;ndote. &#191;No te lo crees? Ya s&#233; que se necesita un ordenador cu&#225;ntico para detectar m&#225;scaras en un cebo, y no presumir&#233; de disponer de uno. Pero he hackeado el sistema del Departamento de Psicolog&#237;a, llevo a&#241;os haci&#233;ndolo. As&#237; que puedo utilizarlo como si fuera m&#237;o. El torno, abajo, est&#225; controlado con otro ordenador que recibe se&#241;ales del primero. Si comienzas una m&#225;scara, el torno se pondr&#225; en marcha y -Junt&#243; ambos pu&#241;os frente a mi cara y los separ&#243; lentamente-. Bueno, para tus compa&#241;eras ser&#225; como en el ballet ruso: piernas abiertas, siluetas estilizadas. &#191;Me crees ahora?

No, no le cre&#237;a. Ni la cuarta parte. Sab&#237;a que interpretaba su propio papel, el que mejor les sal&#237;a a los monstruos: el de un condenado mentiroso, un manipulador, el Yago de todos los Yagos. La informaci&#243;n de la que dispon&#237;a no probaba nada, y aquellos aparatos tanto pod&#237;an ser visores de conducta como simples c&#225;maras de circuito cerrado.

Pese a todo, el fr&#237;o segu&#237;a aferrando mis entra&#241;as. Comprend&#237; que &#233;l no esperaba que le creyese: quer&#237;a jugar con mi duda, utilizarla en su provecho.

Segu&#237; mir&#225;ndolo sin responder, jadeando.

T&#250; y yo nos vamos a entender muy bien -dijo-. Pareces una chica inteligente, y comprender&#225;s el trato enseguida: si me dices lo que quiero saber, os matar&#233; con rapidez. A ti y a tus compa&#241;eras. Nada de torno, dolor ni abusos: un disparo en la cabeza. Lo juro. Los cebos no me excitan, no me sirven para nada. Pero si no me lo dices, os mantendr&#233; vivas el mayor tiempo posible Un mes o dos en el torno y os volver&#233;is pulpos, la cabeza en medio de un cuerpo de gelatina. Puedo hacerlo. T&#250; eliges.

No no s&#233; a qu&#233; se refiere -murmur&#233;, atenta a mi propio papel.

Por favor, deja de fingir. Dime qu&#233; me has hecho.

No le he hecho nada. No s&#233; de qu&#233; me habla

El Espectador chasque&#243; la lengua. Parec&#237;a defraudado. Atrap&#243; con cierta dificultad, porque estaba h&#250;medo de sudor, un tirante de mi camiseta, el que hab&#237;a descendido por mi brazo, y me lo coloc&#243; de nuevo en el hombro con delicadeza, junto a la cinta del sujetador. Gem&#237;, mostr&#233; miedo. &#201;l habl&#243; con voz suave, sin atender a mi actuaci&#243;n.

Escucha, ayer mi&#233;rcoles por la tarde recog&#237; a mi hijo del colegio. -Se&#241;al&#243; al ni&#241;o, que se hallaba sentado en una mesa balanceando los pies, a&#250;n enfundado en la cazadora y con la gorra calada sobre las rastas-. Me dispon&#237;a a regresar a casa, pero en vez de eso me puse a dar vueltas con el coche sin raz&#243;n aparente. No pretend&#237;a elegir, pero tampoco sab&#237;a qu&#233; quer&#237;a. Entonces te vi por casualidad, o as&#237; pens&#233; en un principio, ya de noche, entrando en un portal. Gir&#233; en una rotonda, y casi choqu&#233; contra otro veh&#237;culo. Memoric&#233; el n&#250;mero del portal. Luego cre&#237; olvidarte y me dediqu&#233; a secuestrar a tu compa&#241;era en su casa: ya la hab&#237;a seguido en otras ocasiones, y sab&#237;a d&#243;nde viv&#237;a. Cuando acab&#233;, regres&#233; a mi piso en Madrid y, aunque estaba agotado, encend&#237; el ordenador y entr&#233; en el registro civil. No te encontr&#233; en las fotos de los propietarios, pero supuse que tu piso de cobertura ser&#237;a alquilado. Revis&#233; los contratos de alquiler del bloque, y te hall&#233;. Elena Fuentes, veinticinco a&#241;os, teleoperadora. A partir de ah&#237; extraje el resto. Esa noche apenas dorm&#237;, y cuando cerraba los ojos segu&#237;a vi&#233;ndote. Estaba seguro de que eras una jodida trampa, pero ten&#237;a que saber c&#243;mo lo hab&#237;as hecho. C&#243;mo me hab&#237;as obsesionado sin apenas mostrarte, en tan solo unos segundos

Call&#243; un instante y acarici&#243; el peque&#241;o c&#250;ter el&#233;ctrico. Ahora estaba de rodillas en el suelo, como yo. Su larga perorata me importaba un bledo: demostraba el abrumador &#233;xito de la t&#233;cnica de Gens. Lo que me agobiaba, lo que no pod&#237;a apartar de mi cabeza, era Imposibilidad de que Vera estuviese a&#250;n viva y atada al torno, y que mis m&#225;scaras pusieran en marcha el aparato. Naturalmente, incluso aunque &#233;l no supiera que era mi hermana, contaba con eso para presionarme. Si te habla, tratar&#225; de manipularte -hab&#237;a dicho Gens-. Es muy bueno usando a los dem&#225;s; entre su objetivo y &#233;l solo existen herramientas. Pero &#191;pod&#237;a arriesgarme? Tal como me encontraba, de rodillas y con una argolla al cuello, un Holocausto ser&#237;a sencillo. Pero si Vera Calcul&#233; la probabilidad de realizar una m&#225;scara m&#225;s r&#225;pida, pues hab&#237;a algunas que los visores pod&#237;an pasar por alto, como la de Agon&#237;a, basada en las t&#233;cnicas con las que Yago enga&#241;a y tortura a los dem&#225;s personajes en la obra &#211;telo, pero no siempre funcionaban.

El Espectador pareci&#243; percibir mi dilema, porque sonri&#243; mientras prosegu&#237;a.

Esta ma&#241;ana visit&#233; el aparcamiento subterr&#225;neo de tu bloque, hall&#233; tu coche y coloqu&#233; un rastreador bajo el parachoques trasero, lo cual me permit&#237;a seguirte todo el d&#237;a a trav&#233;s de una pantalla El resto consisti&#243; en esperar. Saliste al mediod&#237;a y te dirigiste por la carretera de Extremadura a la zona evacuada del 9-N. Estuviste all&#237; toda la tarde. Supuse que hab&#237;as ido a ensayar, s&#233; que utiliz&#225;is edificios abandonados para eso. Mi hijo y yo aguardamos en tu aparcamiento con un hambre de lobo, &#191;eh, Pablo? -El ni&#241;o asinti&#243; con la cabeza-. Est&#225;bamos cansados y nerviosos, y por un momento pens&#233; que pasar&#237;as la noche fuera, pero al fin el punto en la pantalla se movi&#243;. Lo del saco y las ataduras vino despu&#233;s. Quer&#237;a hacerte el viaje inc&#243;modo. -De improviso alz&#243; la afilada punta del c&#250;ter el&#233;ctrico y la desliz&#243; por mi rostro. Apart&#233; la cara-. Ahora te contar&#233; lo que pienso. Conozco las m&#225;scaras. No las entiendo del todo, pero he le&#237;do lo bastante sobre ellas Sin embargo, esto es distinto, &#191;verdad? Es como estar borracho o fumar opio. No me gustas, no eres mi clase de t&#237;a Podr&#237;as resultar atractiva vestida de otra forma, s&#237;, quiz&#225;, pero nunca nunca como para esto. Dime qu&#233; me has hecho. -Empec&#233; a balbucir, pero su voz me detuvo, convertida en un susurro-. &#191;Sabes? Finges muy mal.

Lo mir&#233; un instante.

Hazlo otra vez, devotchka.

No tengo ni puta idea de lo que dice -dije con firmeza.

El Espectador suspir&#243;.

Tus compa&#241;eras est&#225;n bien todav&#237;a pero puedo empezar a manejar el torno.

No s&#233; a qu&#233; compa&#241;eras se refiere -repliqu&#233; en el mismo tono.

Empez&#243; a asentir despacio, dirigi&#243; la mirada hacia una esquina de la pared y se cambi&#243; el c&#250;ter de mano. Yo hab&#237;a estado observ&#225;ndolo y logr&#233; anticiparlo y volver la cabeza, pero de todas formas el pu&#241;etazo en mi mand&#237;bula fue brutal. Ambos gritamos. Al girar la cara sent&#237; el tir&#243;n de la argolla en el cuello, y me enderec&#233; para evitar asfixiarme. Not&#233; la sangre resbal&#225;ndome por la comisura.

Vaya, as&#237; que han enviado a la fuerte del equipo -dijo, frot&#225;ndose los nudillos. O creo que eso fue lo que dijo, porque el golpe me hab&#237;a dejado medio sorda-. Bien. -Se puso en pie y le habl&#243; al ni&#241;o-. Pablo, &#191;quieres comer ya?

S&#237;.

Voy a sacar las cosas del coche. L&#225;vate las manos. -Se dirigi&#243; a las escaleras y comenz&#243; a subir.



24

El ni&#241;o se qued&#243; un rato mirando las escaleras cuando el Espectador se fue. Pablo.

Observ&#233; su aspecto. Gorra azul, cazadora violeta, vaqueros, botas amarillas, rastas marrones, piercing en el labio. Un periquito multicolor con expresi&#243;n de &#225;ngel pensativo. Ropa cara, vida solitaria, mimado en exceso, introvertido. Le calcul&#233; diez u once a&#241;os, como Gens hab&#237;a supuesto. Piel demasiado p&#225;lida. No ve la luz del sol. Lo imagin&#233; encerrado en s&#243;tanos, bajo l&#225;mparas, dedicado a &#191;a qu&#233;? Me estremec&#237;a pensar qu&#233; cosas pod&#237;a haber hecho, o contemplado.

Decid&#237; sondearlo. Tragu&#233; la poca saliva que pude reunir.

Por favor -supliqu&#233;-. Ay&#250;dame

Me mir&#243;, y no dej&#243; de hacerlo cuando repet&#237; mi ruego, lo cual era buen signo. Al menos no me elud&#237;a. Pero sus ojos no mostraban emoci&#243;n. Sus parpadeos eran guijarros dejados caer en un estanque: un remolino, luego nada.

Lo que importaba era saber si pod&#237;a ser manipulado. No con m&#225;scaras, desde luego. El psinoma de los ni&#241;os es inestable, e incluso las m&#225;scaras m&#225;s sencillas resultan ineficaces con ellos. Alguna que otra, como la de Destrucci&#243;n, es capaz de influirles si se emplea la t&#233;cnica precisa, pero no pod&#237;a arriesgarme a probar. La amenaza del Espectador, fuese cierta o no, me bloqueaba.

Ten&#237;a que intentar conocer qu&#233; hab&#237;a tras aquellos grandes ojos oscuros.

Habl&#233; con calma. Opt&#233; por incluir su nombre.

Pablo Te llamas Pablo, &#191;verdad?

Baj&#243; de la mesa y se alej&#243; sin responder. Eso tambi&#233;n me gust&#243;. Est&#225; interpretando un papel, pens&#233;. Pretend&#237;a ignorarme, pero aquel primer tanteo era esperanzador

Lo segu&#237; con la mirada. Se detuvo ante un lavabo impoluto, que parec&#237;a de laboratorio, y qued&#243; de espaldas a m&#237; mientras yo escuchaba el sonido del grifo. Luego hizo algo t&#237;pico de los ni&#241;os: se quit&#243; la cazadora despu&#233;s de lavarse, como si se hubiese dado cuenta de que pod&#237;a mojarse las mangas. Debajo luc&#237;a una camiseta de un tono tambi&#233;n llamativo, entre naranja y morado.

Mientras se lavaba, yo aprovech&#233; para echar un vistazo alrededor y hacerme una idea aproximada de d&#243;nde me encontraba.

Aquello no ten&#237;a comparaci&#243;n con lo que evoca la palabra s&#243;tano. Era una habitaci&#243;n amplia, rectangular, climatizada, dotada de parpadeantes alarmas contra incendio. Me hab&#237;an encadenado a una de las paredes largas, en la esquina opuesta a las escaleras y la puerta cerrada del segundo s&#243;tano. Luces graduables en el techo refulg&#237;an sobre dos mesas, una semejante a las de autopsias, con la superficie agujereada y un tubo de desag&#252;e. Botellas de suero en perchas met&#225;licas se alzaban junto a ellas. En las paredes, vitrinas con frascos. Un equipo completo para mantener con vida al juguete mientras te diviertes. Y todo muy limpio, mineral y cristalino. El blanco, el color de moda: hab&#237;a repisas blancas con instrumental de acero de mango blanco, botes blancos, guardapolvos blancos. Hasta las pantallas donde estaban situados los dos supuestos visores dirigidos hacia m&#237; eran blancas. Record&#233; de improviso un chiste muy viejo y malo, pero que nos hac&#237;a re&#237;r mucho a Vera y a m&#237; cuando pap&#225; lo contaba: un hombre blanco cae desde un balc&#243;n blanco a una acera blanca, y viene una ambulancia blanca que se lo lleva a un hospital blanco. All&#237; entra a verlo un m&#233;dico vestido de verde que, de repente, dice: Caramba, me equivoqu&#233; de chiste. Aunque conoc&#237;amos el final, no pod&#237;amos dejar de re&#237;rnos. Vera daba palmadas con sus manitas de ni&#241;a de cuatro o cinco a&#241;os, regocijada ante el tono que pap&#225; pon&#237;a cuando hablaba el m&#233;dico: Caramba, me equivoqu&#233; de chiste.

Un hombre oscuro y un ni&#241;o oscuro te llevan a una habitaci&#243;n blanca

Tras lavarse, el ni&#241;o hurg&#243; en la cazadora y extrajo una consola port&#225;til de juegos. Yo no era especialista en juegos virtuales, y no pod&#237;a saber a qu&#233; clase de cosa le gustaba jugar, lo cual lament&#233;. La abri&#243;, se puso el visor sin quitarse la gorra y de repente su cabeza se asemej&#243; a la de una mosca. En los cristales negros estallaban luces. Eso no me agrad&#243;, porque lo aislaba de mi presencia. Por fortuna pareci&#243; aburrirse enseguida, o quiz&#225; tem&#237;a que su padre regresara y lo sorprendiera, se quit&#243; el visor, lo guard&#243; y cerr&#243; la consola. Repet&#237; mi ruego.

Para mi asombro, me contest&#243; con calma, mir&#225;ndome con sus grandes ojos:

No puedo ayudarte. Tengo miedo de pap&#225;.

Su respuesta fue tan inesperada que me qued&#233; sin saber qu&#233; decir. Asent&#237; con la cabeza, y estaba eligiendo una r&#233;plica cuando escuch&#233; pasos en la escalera.

El Espectador entr&#243; cargando una caja de cart&#243;n que le ocultaba la cara.

Supuse que ser&#237;a una de las que llevaba en el maletero, de esas que conten&#237;an repuestos. Hab&#237;a metido encima varias bolsas de supermercado. La dej&#243; sobre la mesa agujereada y fue sacando y colocando los productos en la otra mesa: patatas fritas, bocadillos envasados, frutos secos, golosinas y varias latas de bebidas. Se le cay&#243; una lata, y al agacharse a recogerla observ&#233; que le clareaba el pelo en la coronilla. El ni&#241;o se acerc&#243; como un patito dispuesto a ser alimentado.

No ten&#237;an Pepsi, lo siento -dijo su padre a modo de disculpa mientras le entregaba otro refresco.

Comieron y bebieron a pocos metros de m&#237;, el Espectador apoyado en la mesa y el ni&#241;o de pie. A ratos el adulto comentaba algo banal y el ni&#241;o mov&#237;a la cabeza asintiendo: las almendras eran muy buenas y mucho m&#225;s baratas que las que sol&#237;an comprar; la camiseta de Pablo se hab&#237;a manchado de foie y deb&#237;a limpiarse. Todo se desarrollaba de manera tan natural que parec&#237;a preparado de antemano para demostrarme que mi presencia, arrodillada y encadenada a la pared, no les importaba.

Opt&#233; por cambiar de t&#225;ctica. Record&#233; lo que nos contaba Gens sobre Rey Lear. El orgulloso rey ordena a sus tres hijas decirle cu&#225;nto lo aman, advirtiendo que la que hable mejor recibir&#225; m&#225;s dote. Las dos primeras se deshacen en elogios imposibles, pero la menor, Cordelia, que supuestamente lo ama m&#225;s, no dice nada. Gens explicaba: Lear, indignado con su silencio, la deshereda, pero se pasa el resto de la obra busc&#225;ndola. Precisamente por callar, por representar un enigma, Cordelia es la obsesi&#243;n de Lear, la que realmente lo atrae, lo captura y, al final, lo destruye.

En aquella obra de madurez, Shakespeare ofrec&#237;a la clave de la m&#225;scara de Destrucci&#243;n: callar y entregarse sin fingir. Yo no quer&#237;a hacer ninguna m&#225;scara, pero s&#237; aprovechar el armaz&#243;n que la compon&#237;a. Al principio persist&#237; en mi papel, suplicando, gimoteando, mientras ellos com&#237;an. Pero de repente dej&#233; de hablar y los desafi&#233; con mi silencio. Eso hizo que el Espectador me mirase en un par de ocasiones, intrigado. Le devolv&#237; la mirada mostrando preocupaci&#243;n, pero no excesiva, mientras me tanteaba con la lengua en la comisura del labio donde hab&#237;a recibido el pu&#241;etazo. Quer&#237;a resultar ambigua, no f&#225;cil. Por mucho que &#233;l supiera, o creyera saber, que yo era un cebo, ten&#237;a que ense&#241;arle que el camino que llevaba hacia m&#237; era tortuoso. Si realmente Vera no estaba muerta, si su vida depend&#237;a de lo que yo hiciera, entonces deb&#237;a callar y dejar de fingir para convertirme en un enigma obsesionante. &#191;Qu&#233; soy? &#191;Qu&#233; pienso? Era preciso torturarlo con aquellas preguntas.

En un momento dado, el Espectador pareci&#243; perder la paciencia. Se limpi&#243; con una servilleta de papel y se&#241;al&#243; los envases vac&#237;os sobre la mesa.

Recoge todo esto, Pablo. Yo voy abajo, a por las cosas.

Cuando lo vi desaparecer por la puerta del fondo, tras marcar un c&#243;digo de seguridad, me concentr&#233; en actuar. Me dol&#237;an las rodillas por la postura y el muslo derecho por el golpe contra la mesa, y seguro que sangraba. La mejilla junto a la comisura del labio se me hab&#237;a hinchado como si masticara una patata, y segu&#237;a teniendo sed y ahora tambi&#233;n hambre y ganas de orinar. Hice acopio de todo eso para convertirlo en emoci&#243;n. Eran molestias f&#237;sicas, pero las transform&#233; en un tono de voz.

Pablo.

El ni&#241;o recog&#237;a los envases vac&#237;os de los bocadillos. Me mir&#243;.

Pablo, t&#250; me ayudas a m&#237;, yo te ayudo a ti, &#191;vale?

No respondi&#243;. Ech&#233; un vistazo a la puerta del fondo. El Espectador la hab&#237;a dejado entornada despu&#233;s de bajar las escaleras hacia el segundo s&#243;tano: yo hab&#237;a o&#237;do los pasos. &#191;Cu&#225;nto tardar&#237;a en regresar con las cosas? No cre&#237; que mucho. Y quiz&#225; me vigilaba con c&#225;maras ocultas, de modo que no ten&#237;a nada que perder si probaba.

Gens hab&#237;a dicho: El ni&#241;o podr&#237;a ser la clave. Es improbable que te considere una aliada, pero, aun as&#237;, intenta reclutarlo.

Pablo segu&#237;a limpiando y arrojando los restos a una papelera met&#225;lica tambi&#233;n blanca. Se le cay&#243; una lata, como a su padre momentos antes, pero repiti&#243; la operaci&#243;n pacientemente y no qued&#243; satisfecho hasta que la tapa de la papelera se cerr&#243; por completo. Es obsesivo para sus tareas, pens&#233;. Prob&#233; a acentuar su aspecto pr&#225;ctico.

Si me ayudas, te prometo que tu pap&#225; no te har&#225; ning&#250;n da&#241;o. Seremos dos.

No podemos vencer a mi padre -dijo de repente-. Es muy fuerte.

Pero podemos escapar.

Nos pillar&#237;a. Pap&#225; corre mucho.

T&#250; conoces este lugar. Nos esconder&#237;amos en el campo. -No, yo no s&#233; esconderme bien.

Hubiese sido un error presionarlo. Lo vi manipular algo y cambi&#233; de tono.

&#191;Qu&#233; es eso?

Se encogi&#243; de hombros. Era un peque&#241;o juguete que hab&#237;a sacado de una bolsa transparente, y que quiz&#225; ven&#237;a incluido con la compra de las patatas fritas o las golosinas: una calabaza negra sobre una varilla flexible. Al agitar la varilla, los ojos de la calabaza chisporroteaban y se o&#237;a una voz ululante. Record&#233; que faltaba menos de una semana para la noche de Halloween. Tras agitarla un par de veces, el ni&#241;o pareci&#243; cansarse y dobl&#243; la varilla como si quisiera romperla. Lo vi tan entregado a esa nueva tarea que se me ocurri&#243; utilizarla para ganarme su confianza.

No vas a poder partir eso as&#237; -le dije-. Se dobla demasiado.

Uno de mi clase lo hace -declar&#243;-. Se llama Naru y es hind&#250;, no indio.

Bien por Naru. Pero &#191;qu&#233; quieres hacer? &#191;Sacar la calabaza?

No, partir esto.

Tras plantar una bota amarilla sobre la varilla y tirar sin resultado, se la llev&#243; a los dientes. Observ&#233; que sobre la mesa sin agujeros reposaba el c&#250;ter el&#233;ctrico. Pero tuve cuidado de no mencion&#225;rselo: no parec&#237;a ser la clase de ni&#241;o que olvidar&#237;a utilizar lo m&#225;s evidente si se daba el caso. Me puse a pensar como &#233;l para intentar ayudarlo.

Escucha, si tiras m&#225;s, te har&#225;s da&#241;o en los dientes. Ese pl&#225;stico es m&#225;s duro que un chicle. Haz esto: mu&#233;rdelo y dale vueltas sin dejar de morderlo. Tu&#233;rcelo. -El ni&#241;o obedeci&#243;-. As&#237;. Ahora, tira de un lado a otro

Da igual -dijo de repente y contempl&#243; el trozo mordido. Luego ech&#243; el juguete a la papelera. La calabaza ulul&#243; un poco y guard&#243; silencio.

Pablo, &#191;sabes c&#243;mo se abre esta argolla? -Alc&#233; el ment&#243;n para que me mirara.

S&#237;. Yo puedo abrirla. Es f&#225;cil.

Y luego podr&#237;as cortar las gomas de mis manos con ese aparato -Cabece&#233; hacia el c&#250;ter-. &#191;Qu&#233; te parece? Podr&#237;as hacerlo, &#191;verdad?

Pareci&#243; reflexionar. La obligatoria postura de rodillas empezaba a atormentarme. Cambi&#233; el peso de una r&#243;tula a otra.

&#191;Eres una de esas trampas? -pregunt&#243;, mirando el c&#250;ter y luego a m&#237;.

No, no soy una trampa, Pablo.

Si te ayudo, pap&#225; ir&#225; a la c&#225;rcel.

Yo pensaba de prisa.

No, ir&#225; a un hospital. All&#237; lo curar&#225;n.

&#191;Pap&#225; est&#225; enfermo? -El rostro bajo la gorra azul no cambiaba de expresi&#243;n.

Bueno, primero tendr&#225;n que examinarlo, &#191;no? Quiz&#225; no lo est&#233;, pero hay que saberlo. Tenemos que ayudarlo tambi&#233;n a &#233;l T&#250; no quieres que &#233;l siga haciendo las cosas que hace, &#191;verdad? -Miraba de reojo la puerta, atenta a cualquier sonido.

&#191;Qu&#233; cosas?

Esas cosas que hace que nos hace a las chicas

No sois chicas, sois putas.

No lo dijo siquiera con impaciencia, sino como si yo hubiese pronunciado mal una palabra y &#233;l me corrigiera. Ignor&#233; su comentario y sonre&#237;.

Pablo, si estoy libre cuando tu pap&#225; vuelva, lo convencer&#233; de ir al hospital

&#191;Y si no quiere?

Entonces har&#233; lo que &#233;l me diga. -Las mentiras ten&#237;an que ser simples, y era preciso no dejarle reflexionar sobre ellas-. Y ahora, &#191;por qu&#233; no pruebas a liberarme?

Una mirada al c&#250;ter. Otra hacia m&#237;.

Yo aguzaba el o&#237;do, pero solo hab&#237;a silencio. La puerta por la que hab&#237;a salido el Espectador segu&#237;a inm&#243;vil.

El ni&#241;o cogi&#243; el c&#250;ter y se agach&#243; a mi lado.

Eso es, Pablo -Lo anim&#233;-. No, espera Antes qu&#237;tame la argolla

No, primero las gomas. -Me sostuvo los antebrazos y tir&#243; hacia arriba y atr&#225;s, oblig&#225;ndome a tensar la cadena de la argolla. Separ&#233; todo lo que pude las manos con el fin de facilitarle el acceso a la goma, pero lo que hizo fue atrapar mi me&#241;ique izquierdo dentro de uno de sus pu&#241;os, extenderlo y, tras un sonido como de pist&#243;n, poner la hoja el&#233;ctrica en marcha.

Mi alarido fue cercenado por la argolla, ya que el inesperado dolor me oblig&#243; a saltar hacia delante. Qued&#233; estrangulada durante una fracci&#243;n de segundo pero volv&#237; a respirar al arquearme hacia atr&#225;s. Sab&#237;a que me asfixiar&#237;a si me desmayaba, lo cual no tardar&#237;a en suceder, porque la sangre se me iba de la cabeza al tiempo que me brotaba por el dedo, y aunque no la ve&#237;a, la sent&#237;a tibia empap&#225;ndome las perneras de los vaqueros. La vista se me nubl&#243;, y no pude seguir manteniendo la postura de rodillas con el torso alzado. La argolla empez&#243; a ahorcarme.

Algo golpe&#243; mi mejilla. Era mi dedo me&#241;ique: el ni&#241;o me lo hab&#237;a lanzado.

Mu&#233;rete -dijo sin emoci&#243;n.

Dese&#233; obedecerle. Lo sent&#237;a mucho m&#225;s por Vera que por m&#237;, y pens&#233; en ella fugazmente mientras cerraba los ojos.

Entonces una sombra ocult&#243; las luces y me encontr&#233; tendida en el suelo con la mano izquierda en alto. El Espectador se inclinaba, re&#237;a, aplaud&#237;a.


Un grito. Abr&#237; los ojos. Vi una cruz.

Era enorme, presionaba mi ojo derecho. Mov&#237; la cabeza y se convirti&#243; en un aspa. Rozaba mis pesta&#241;as, las ara&#241;aba con su rugoso borde. Eran cuerdas. En la boca tambi&#233;n las sent&#237;a, aunque pod&#237;a sacar la lengua entre ellas. Me apretaban la cara, anudadas a mi nuca. Les ata la cara.

Me sent&#237;a mareada, sudorosa. Desde donde me encontraba pod&#237;a ver la papelera blanca con el juguete de calabaza sobresaliendo por el borde, burl&#243;n, oscuro. Deduje que no me hab&#237;an trasladado de habitaci&#243;n. Pero mis condiciones s&#237; hab&#237;an cambiado.

Estaba recostada de lado en el suelo, y no tard&#233; en darme cuenta de que me encontraba completamente desnuda. Me hab&#237;an atado de nuevo como en el maletero, los tobillos a las mu&#241;ecas, aunque ahora con cuerdas muy finas. El dolor de los brazos extendidos me hizo intentar agarrar las cuerdas. Al mover las manos, not&#233; algo en torno al me&#241;ique izquierdo, una especie de vendaje endurecido. Record&#233; que me lo hab&#237;an amputado. No experimentaba un intenso dolor, y supuse que era debido a alg&#250;n tipo de anestesia. &#191;Cu&#225;nta sangre hab&#237;a perdido? Ten&#237;a una sed endiablada y sent&#237;a la piel pegajosa de sudor y quiz&#225; de sangre seca.

El grito se repiti&#243;, m&#225;s bien el chillido, penoso, ensordecedor. Gem&#237; cuando se estrell&#243; contra mis t&#237;mpanos. No se trataba de ning&#250;n juguete esta vez: era un ser vivo que sufr&#237;a hasta extremos insoportables. Pens&#233; en Vera, y me remov&#237; pese a las cuerdas. &#191;La hab&#237;an subido a mi s&#243;tano? &#191;La estar&#237;an torturando junto a m&#237;?

Intent&#233; torcer el cuello y mirar, pero tras un esfuerzo agotador solo alcanc&#233; a distinguir las patas de la primera mesa. Las l&#225;mparas del techo me cegaban.

Dos peque&#241;os pies de piel tersa y salpicada de sangre se detuvieron a medio metro de mi cara. Una cosa cay&#243; junto a la papelera, la golpe&#243; y rod&#243; un instante sobre las baldosas. O&#237; la voz del ni&#241;o:

Se ha hecho caca.

Me qued&#233; como hipnotizada. Olvid&#233;, incluso, mis propios dolores, y hasta la preocupaci&#243;n por mi hermana pas&#243; a un segundo plano. Hab&#237;a visto muchas atrocidades en mi vida, pero aquello me impresion&#243; de una forma que no sabr&#237;a explicar.

Era un cachorro. Quiz&#225; de labrador, no pod&#237;a saberlo ni aunque hubiese sido experta en razas caninas. Nadie habr&#237;a podido averiguar a primera vista el linaje de aquel bulto de pelaje oscuro, desfigurado de manera tan inmisericorde, con las patas cortadas y vendadas y los ojos como coliflores p&#250;rpuras. Pero no fueron tanto las heridas, antiguas o recientes, lo que m&#225;s me aturdi&#243;, sino aquella especie de entrega, de resignaci&#243;n, aquel modo de permanecer all&#237; donde hab&#237;a sido arrojado, como una vejiga que se hinchara respirando y gimiendo en una agon&#237;a que semejaba no tener fin.

El ni&#241;o se agach&#243; entonces. Vest&#237;a pantalones cortos y camiseta de tirantes con un n&#250;mero de jugador de baloncesto en la espalda, pero segu&#237;a llevando la gorra con visera sobre las rastas. Su ropa estaba manchada de sangre, y tambi&#233;n ten&#237;a sangre en las manos. Recogi&#243; al perrito con un gesto de enfado y se esfum&#243; de mi campo visual. Escuch&#233; varios aullidos m&#225;s, luego nada.

Al instante la luz del techo volvi&#243; a desaparecer. Mir&#233; hacia arriba: la silueta con largas rastas parec&#237;a un ser de otro mundo.

Un chorro fr&#237;o cay&#243; sobre mi rostro, haci&#233;ndome parpadear. Pens&#233; en cualquier cosa, &#225;cido u orina, pero era agua.

Bebe.

Yo ten&#237;a una sed abrasadora y gir&#233; la cara con avidez, pero al hacerlo la columna de agua se desplaz&#243;. Estir&#233; el cuello, y el l&#237;quido qued&#243; fuera de mi alcance.

Bebe -repiti&#243;.

El agua ca&#237;a ahora a un palmo de distancia. Gir&#233; el cuerpo aferr&#225;ndome a las cuerdas y casi grit&#233; cuando me desplom&#233; bocabajo, los pechos aplastados contra las heladas baldosas. Rept&#233; mil&#237;metro a mil&#237;metro. Mis manos y tobillos atados juntos se balanceaban en el aire y la aspereza de las baldosas me ara&#241;aba los pezones.

Mu&#233;vete. Bebe, era lo &#250;nico que o&#237;a, una y otra vez, y el ruido del agua al derramarse a cent&#237;metros de mi rostro. Logr&#233; beber un poco lamiendo el suelo y capturando las gotas que rebotaban cerca, pero al final desist&#237;, exhausta.

Entonces el agua dej&#243; de caer, y de improviso una mano peque&#241;a y fr&#237;a se apoy&#243; en mi mejilla y un objeto se introdujo en mi o&#237;do derecho. Pod&#237;a ser un punz&#243;n. Su extremo puntiagudo invadi&#243; el conducto deteni&#233;ndose antes de llegar al t&#237;mpano. Qued&#233; paralizada de p&#225;nico. El rostro del ni&#241;o llen&#243; de repente todo mi mundo: una tersura enorme de ojos fijos. En su expresi&#243;n no hab&#237;a nada, ni siquiera diversi&#243;n.

Mu&#233;vete o te lo clavo.

El rostro se apart&#243;, pero el punz&#243;n sigui&#243; en mi o&#237;do. El agua volvi&#243; a caer y no me qued&#243; otro remedio que contorsionarme como una posesa. De repente comprend&#237; lo que el ni&#241;o quer&#237;a, y me esforc&#233; en d&#225;rselo. No era diferente de lo que pod&#237;a querer cualquier otro ni&#241;o: quer&#237;a jugar. Jugaba conmigo de la misma forma que lo hab&#237;a hecho con aquel cachorro, y me cortar&#237;a otro dedo o hundir&#237;a el punz&#243;n en mi o&#237;do si tales cosas le divert&#237;an m&#225;s de lo que yo pudiera ofrecerle. No ten&#237;a que alcanzar el agua, ten&#237;a que entretenerlo. Eso era lo que se esperaba del juguete de carne y hueso en que me hab&#237;a convertido. De modo que no pretend&#237; beber, ni siquiera arrastrarme realmente, sino representarlo. Le ofrec&#237; el teatro de gru&#241;idos, lengua afuera y espasmos en el suelo que deseaba contemplar, y al poco perdi&#243; el inter&#233;s, retir&#243; el punz&#243;n y se alej&#243;. Yo segu&#237;a sedienta, pero mi o&#237;do se hallaba ileso.

Intent&#233; concentrarme durante aquella pausa. Me costaba respirar, bocabajo como estaba, y al tomar aire mi espalda era la que se mov&#237;a, tensando m&#225;s la cuerda que me un&#237;a manos a pies. Descubr&#237; que si hac&#237;a el esfuerzo de contraer el vientre pod&#237;a llenar mejor los pulmones. El coraz&#243;n me palpitaba como si el latido brotara del propio suelo. No cre&#237;a que hubiese pasado mucho tiempo desde mi llegada al s&#243;tano. Los calambres y el entumecimiento no eran excesivos, y la anestesia, o lo que fuese aquella droga, segu&#237;a camuflando el dolor de mi dedo amputado. Ello me hac&#237;a pensar que hab&#237;an transcurrido solo algunas horas. Ser&#237;a viernes por la ma&#241;ana, todo lo m&#225;s. Imagin&#233; que ambos se hab&#237;an ido a dormir un rato y me dejaron all&#237;, y el ni&#241;o se hab&#237;a levantado antes a jugar con el cachorro. En todo caso, el padre no tardar&#237;a en llegar.

El hecho de que el Espectador hubiese regresado del segundo s&#243;tano a tiempo para detener la hemorragia y vendarme la mano no probaba que me vigilara, pero quiz&#225; s&#237; lo hac&#237;a, y no solo con visores sino con c&#225;maras normales. Luego me hab&#237;a desnudado, y atado con aquellas cuerdas. No cre&#237;a que hubiese abusado sexualmente de m&#237; mientras estaba dormida: m&#225;s bien me hab&#237;a quitado la ropa para construir conmigo la materia degradada que luego destrozar&#237;a. Me sent&#237;a sucia, ol&#237;a a sudor, orina y sangre, lo cual acentuar&#237;a mi aspecto de animal de matadero, listo para ser sacrificado. &#191;Qui&#233;n comenzar&#237;a de los dos? &#191;&#201;l? &#191;El ni&#241;o?

Maldije en silencio mi error con este &#250;ltimo. Hab&#237;a intentado engatusarlo de forma racional, sin comprender que se hallaba fuera de mi alcance en ese aspecto. De hecho, era &#233;l quien me hab&#237;a enga&#241;ado. Quiz&#225; contaba con una serie de reglas que obedec&#237;a en la escuela o con su padre, pero frente a m&#237;, como frente al cachorro, era puro psinoma. Materia ciega, lo habr&#237;a llamado Gens, una criatura repleta de deseo sin restricciones. Conmigo llegar&#237;a all&#237; donde su placer le dictara, sin que nada en mi persona lo detuviese: me abrir&#237;a agujeros, me cortar&#237;a, me triturar&#237;a, atravesar&#237;a mi carne como una termita hasta quedar saciado. No hab&#237;a nada que hacer con &#233;l a nivel humano. Su pobre y corta vida junto al Espectador lo hab&#237;a convertido en eso. Ten&#237;a que haberlo sabido.

Hab&#237;a cometido un grave error, debido a lo nerviosa que me sent&#237;a por mi hermana, y lo hab&#237;a pagado muy caro.

Pens&#233; en las posibilidades que me quedaban. No se me ocurri&#243; ninguna. Gens me hab&#237;a advertido: Desde el momento en que te desnude y te ate la cara, empezar&#225; la cuenta atr&#225;s. Las oportunidades de poseerlo a partir de ah&#237; ser&#225;n m&#237;nimas. Claro est&#225;, tanto Gens como yo hab&#237;amos dado por supuesto que ser&#237;a posible hacer m&#225;scaras, y, de acuerdo a eso, yo me hab&#237;a preparado para el Espectador de la &#250;nica forma en que sab&#237;a hacerlo un cebo.


Pero no hab&#237;a anticipado su treta. Hab&#237;a esperado encontrar a mi hermana viva o muerta, no un chantaje con visores de conducta, fueran o no verdaderos. Eso me confund&#237;a, me atenazaba m&#225;s que las propias cuerdas. Estaba casi segura de que el Espectador ment&#237;a, de que era imposible que sus c&#225;maras detectaran una m&#225;scara r&#225;pida. Y si quer&#237;a contar con unas m&#237;nimas probabilidades de salvar a Vera, o de sobrevivir yo misma, tendr&#237;a que optar por hacer una m&#225;scara tarde o temprano.

Pero necesitaba tiempo y calma para tomar una decisi&#243;n, y sab&#237;a que el Espectador no iba a conced&#233;rmelos.



25

No le o&#237; llegar. El ni&#241;o hab&#237;a puesto un rock estridente.

Quita eso -dijo el Espectador.

El brusco silencio me molest&#243; tanto como el ruido. A esas alturas ya no hab&#237;a nada que no me molestase.

&#191;Le has dado agua? -Por un momento no supe si se refer&#237;a al cachorro o a m&#237;.

No hubo respuesta. El Espectador repiti&#243; la pregunta y el ni&#241;o dijo s&#237;.

Resp&#243;ndeme cuando te pregunte, Pablo.

Yo segu&#237;a bocabajo en el suelo, sujetando las cuerdas que un&#237;an mis mu&#241;ecas a los tobillos para aliviar la tensi&#243;n. Cuando me cansaba, intentaba contraer los m&#250;sculos de las piernas. El dolor de mi dedo cortado era como un perro hambriento esperando soltarse. Todo ten&#237;a un aspecto muy jodido, pero sab&#237;a que lo peor quedaba por venir.

Sent&#237; sus dedos sobre m&#237; y dese&#233; que mi piel fuese &#225;cido y lo quemara. Me tom&#243; el pulso en la garganta, me explor&#243; el vendaje y recib&#237; un picotazo en el b&#237;ceps derecho. Alg&#250;n tipo de analg&#233;sico subcut&#225;neo, quiz&#225;; el Espectador no quer&#237;a que me desmayase antes del espect&#225;culo. Yo solo ve&#237;a su rodilla apoyada en el suelo envuelta en un pantal&#243;n negro, pulcro, reci&#233;n planchado. Aspir&#233; un perfume masculino. Entonces me tir&#243; del brazo y me puso de costado. En el instante en que gem&#237;a sent&#237; un tubo de pl&#225;stico en la boca, entre las cuerdas. Beb&#237; todo lo que pude. Vomit&#233; parte del agua. El Espectador era una silueta borrosa bajo los focos.

&#191;Ha descansado bien? -Cerr&#243; el tap&#243;n de la botella-. &#191;Tiene hambre? &#191;Hay algo que podamos hacer por usted?

Ninguna de esas preguntas esperaba respuesta. Advert&#237;, en cambio, que de vez en cuando miraba hacia atr&#225;s y desplazaba un poco el cuerpo. Se asegura de no bloquear la lente de los visores, pens&#233;.

Volvieron los aullidos, ahora d&#233;biles, y el pap&#225; estricto alz&#243; la cabeza.

Ll&#233;vate al perro abajo, Pablo.

&#191;No puedo tenerlo aqu&#237;?

Ya me has o&#237;do. Y d&#250;chate, c&#225;mbiate de ropa y ponte zapatos.

Hubo un silencio tenso, roto por algo que se estrell&#243; en la mesa, detr&#225;s del Espectador, y rod&#243; hasta el borde: el ni&#241;o, sin duda irritado, hab&#237;a lanzado el c&#250;ter que sosten&#237;a antes de marcharse. Su padre emiti&#243; un suspiro. Volvi&#243; a mirarme y sonri&#243;. Parec&#237;a como si se disculpara ante una vecina por el comportamiento de su hijo.

Te confieso que, a veces, yo mismo le tengo miedo -dijo-. Es un chico muy listo, pero vive su propio mundo. Supongo que ha sido el precio que he tenido que pagar por sentirme seguro. Convenc&#237; a su madre, en Bruselas Viv&#237; varios a&#241;os all&#237;, &#191;sabes? Trabajaba como profesor de inform&#225;tica mientras organizaba mi propia compa&#241;&#237;a de seguridad Ella era una alumna de origen norteamericano. La convenc&#237; de tener un hijo. Cuando lo logr&#233;, la elimin&#233;. Necesitaba un ni&#241;o. Hab&#237;a le&#237;do mucho sobre vosotros, y sab&#237;a que un ni&#241;o ser&#237;a la defensa perfecta. Trampa por trampa, supongo. Vosotros enga&#241;&#225;is, yo enga&#241;o. L&#243;gico. -Mientras hablaba no paraba de tocarme: despejaba cabellos de mi frente, me magreaba un pecho, el culo o los muslos. Con la otra mano se acariciaba la entrepierna. Se hab&#237;a puesto una camisa nueva, morada, y zapatos de ante-. No te lo vas a creer. &#191;Sabes lo que cambi&#243; mi vida? El 9-N. Hasta ese momento mi compa&#241;&#237;a era peque&#241;a, casi dom&#233;stica, pero tras la bomba at&#243;mica en Madrid, los gobiernos empezaron a pedirnos ayuda a todos los del sector. Yo era espa&#241;ol, y los de aqu&#237; pensaron que ser&#237;a ideal para asesorarles en seguridad. El 9-N fue lo que me trajo a Espa&#241;a, s&#237;. -Sonri&#243; casi como confiando en que yo lo imitara-. Luego esper&#233; hasta que Pablo cumpli&#243; los once a&#241;os para empezar en serio. Espera, voy a ver c&#243;mo tienes eso.

Al hacerme girar para ponerme de nuevo bocabajo me agarr&#243; de ambos brazos. Hurg&#243; en el vendaje. Quiz&#225; me lo estaba cambiando, no lo sab&#237;a, ten&#237;a aquella zona parcialmente insensible. Pese a todo, me dol&#237;a. Gru&#241;&#237; bajo las cuerdas. Sigui&#243; hablando.

Lo que no quer&#237;a, por encima de cualquier otra cosa, era que me enga&#241;arais. Ten&#233;is poder. Sois brujas. Us&#225;is la psicolog&#237;a como anta&#241;o las pociones. S&#233; que hay otras como t&#250; dando vueltas por Madrid, acech&#225;ndome. A veces he cre&#237;do ver a una y me he obsesionado tanto que no he podido dormir. Pero siempre he dejado elegir a Pablo. A &#233;l no lo enga&#241;&#225;is. Hasta que te vi a ti.

De repente lo supe: me ten&#237;a mucho m&#225;s miedo que yo a &#233;l. Y era porque me deseaba como jam&#225;s hab&#237;a deseado a nadie. La t&#233;cnica de Gens se hab&#237;a abierto paso en su psinoma como una riada, arrastr&#225;ndolo todo, derribando sus bien cuidadas defensas y hasta su confianza racional en su hijo.

Llevo casi toda mi vida haciendo esto -continu&#243;-. No solo a mujeres, pero sobre todo a mujeres. En varias ciudades de Europa. Cuando descubr&#237; que pod&#237;a borrar rastros y cambiar informes con un simple ordenador, me result&#243; f&#225;cil dedicarme, digamos, de lleno. La &#250;nica diferencia es que ahora he saltado a la fama, porque lo hago en una misma ciudad y he empezado a usar a Pablo. T&#250; crees que soy una bestia, y lo comprendo. Pero te pregunto, &#191;no est&#225; todo en eso que llam&#225;is el psinoma? Si solo he hecho lo que vosotras, cebos o no, me induc&#237;s a hacer, &#191;qui&#233;n es el culpable? Si te he tra&#237;do aqu&#237; porque t&#250; me has tentado, &#191;qui&#233;n es el culpable? &#191;Puedo evitar hacer lo que hago? Una vez, en Bruselas, secuestr&#233; a un t&#233;cnico alem&#225;n de psicolog&#237;a y le obligu&#233; a decirme cu&#225;l era mi filia. Me gust&#243; el nombre: de Holocausto. Pues bien, no puedo hacer nada contra eso. Holocausto es lo que soy. En otros tiempos, la psicolog&#237;a supon&#237;a que est&#225;bamos enfermos o tarados. Ahora sabemos que somos as&#237; porque nuestro psinoma es as&#237;. Es como nacer con ojos azules o piel oscura. Necesitamos complacer nuestra filia como cualquier otra persona, Shakespeare ya lo hab&#237;a dicho antes que nadie: Macbeth no es m&#225;s culpable que Lear, &#191;no es cierto? Veamos No tiene mal aspecto

Supe que se refer&#237;a a mi herida. Notaba en la piel roces de gasas y cremas. Segu&#237;a bocabajo, mi cuerpo formando un arco, la mejilla izquierda aplastada en el suelo, la cara rodeada de cuerdas, tobillos y mu&#241;ecas contra las nalgas. Ten&#237;a que soportar el examen con los m&#250;sculos tensos, incapaz de moverme. En un par de ocasiones cre&#237; que me desmayar&#237;a, y mord&#237;a las cuerdas que cruzaban mi boca para impedirlo.

Lamento lo del dedo -dijo el Espectador mientras lo vendaba de nuevo-. Rega&#241;&#233; a Pablo, pero hay que tener en cuenta que intentaste camelarlo, &#191;eh? Eso fue una mala pasada por tu parte. En fin, la herida ha dejado de sangrar. Y te he puesto crema para que no se te pegue el vendaje. &#191;Te duele?

No respond&#237;. Segu&#237; mir&#225;ndolo parpadeante.

Se agach&#243; m&#225;s. Su aliento en mi cara ol&#237;a a caf&#233;.

Dime qu&#233; me has hecho. Solo eso, solo eso, y te mato ahora mismo, te lo juro.

Chapurre&#233; un insulto a trav&#233;s de las cuerdas.

No pareci&#243; sorprendido ni enfadado. Me palme&#243; suavemente el hombro.

Voy a hacerte m&#225;s da&#241;o del que puedas imaginar -dijo en tono afable-. Tanto, que terminar&#225;s creyendo que soy Dios y me rezar&#225;s para que pare. Pensar&#225;s en la muerte como en un orgasmo, y te ir&#225;s al otro mundo recordando lo que te hice. Y cuando reencarnes, so&#241;ar&#225;s todos los d&#237;as de tu nueva vida con lo que te va a suceder a partir de ahora, y despertar&#225;s gritando. Enloquecer&#225;s todas tus existencias futuras con lo que vas a sufrir aqu&#237;, en este mismo momento

Me hablaba como si ya lo hubiese hecho. Era el cl&#225;sico tono del psico, yo lo hab&#237;a o&#237;do ya otras veces. En el teatro de los horrores de su mente, todo eso ya hab&#237;a sucedido. Luego me bes&#243; en el pelo, se levant&#243; e hizo como acostumbraba: pareci&#243; olvidarse de m&#237; y se dedic&#243; al ni&#241;o, que acababa de regresar vestido con unas bermudas y calzado con sus flamantes botas amarillas.

Comieron algo situados en un punto en el que no pod&#237;a verlos. Despu&#233;s colocaron una especie de tr&#237;pode y estuvieron un rato entretenidos con una peque&#241;a holoc&#225;mara, ajustando la luz y el color de la imagen. Trabajaban mano a mano, sin muestras de afecto, pero sin aparentar necesitarlas. Eran simbi&#243;ticos, como dir&#237;a Gens, se ayudaban mutuamente: Macbeth y Lady Macbeth colaborando en lo que m&#225;s les gustaba. El pap&#225; quer&#237;a saber de qu&#233; forma el color de mi carne pod&#237;a contrastar mejor con la pared blanca que ten&#237;a detr&#225;s y c&#243;mo hacer para que la c&#225;mara se moviera autom&#225;ticamente y me filmara en primeros planos cuando me llevaran a la mesa. Calificaba mis piernas de demasiado largas y flacas o se extend&#237;a hablando de mis tetas o mi culo como si le agradara que el ni&#241;o oyese todo eso. Yo era un objeto que penetrar, cortar, quemar, romper. No cre&#237; que aquella conversaci&#243;n tuviera otro fin que caldear sus propios &#225;nimos. Estaban habituados a hacerlo.

Tras quitar el tr&#237;pode y apagar la c&#225;mara, dieron varios pasos hacia m&#237;.

Tengo que irme a la oficina en media hora, Pablo -dijo el Espectador-, pero empecemos.

La frase me electriz&#243;, sent&#237; que el est&#243;mago se me encog&#237;a. Resultaba imposible detenerlos ya. Pod&#237;a parar al Espectador moment&#225;neamente con una m&#225;scara r&#225;pida, pero hacer una m&#225;scara para salvarme sin saber lo que ocurr&#237;a en el segundo s&#243;tano no entraba en mis planes. Mord&#237; las cuerdas para no dejar escapar mi terror con un gemido cuando el Espectador se agach&#243; sobre m&#237;.

&#191;Sabes lo que eres? -pregunt&#243; jadeante. Percib&#237; que se trataba una especie de frase ritual, un gatillo para dispararme todo su da&#241;o. En ese instante el ni&#241;o dijo:

La caja de cristales.

&#191;No la has tra&#237;do? S&#250;bela.

No puedo solo.

El padre resopl&#243; un vale, se levant&#243;, les o&#237; salir y bajar las escaleras.

El plan que hab&#237;a trazado era casi absurdo, pero necesitaba hacer algo, y de repente se me presentaba la oportunidad. Probablemente, la &#250;ltima que tendr&#237;a.

Se basaba en un &#250;nico objeto. Durante toda la est&#250;pida perorata de mi verdugo yo no hab&#237;a dejado de pensar en &#233;l. Volv&#237; a verlo cuando el Espectador se apart&#243; de m&#237; para comer y preparar la c&#225;mara: el c&#250;ter el&#233;ctrico que el ni&#241;o hab&#237;a lanzado en su enfado sobre la mesa, y que hab&#237;a rodado hasta detenerse en el borde.

En el borde.

No lo hab&#237;an tocado. All&#237; segu&#237;a, mostrando ostentosamente la afilada punta. Bajo &#233;l, la pata de la mesa en aquella esquina se encontraba al nivel de mis muslos.

Era un plan desesperado, y por tanto acorde con mi situaci&#243;n. Solo dame unos segundos. Tom&#233; aire hinchando el pecho. Mientras mord&#237;a las cuerdas que cruzaban mi boca de tal forma que pens&#233; que terminar&#237;a cort&#225;ndolas, comenc&#233; a reptar, como hab&#237;a hecho cuando el ni&#241;o jugaba conmigo. Llegu&#233; pronto junto a la pata de la mesa, pero sab&#237;a que no iba a poder golpearla en aquella posici&#243;n. Ten&#237;a que ponerme boca arriba. Por fortuna, la vuelta la dar&#237;a con el lado derecho, evitando as&#237; hacerme m&#225;s da&#241;o en el mu&#241;&#243;n del me&#241;ique izquierdo, que me lat&#237;a con un dolor sordo pero creciente.

Tens&#233; los m&#250;sculos e intent&#233; hacerlo en dos fases. Primero, sujet&#233; las cuerdas como si fuesen riendas y me dej&#233; caer de costado. Eso fue f&#225;cil. Pero al querer girar del todo y ponerme boca arriba, descubr&#237; que apenas pod&#237;a. No hab&#237;a calculado bien, y ten&#237;a la pata de la mesa demasiado pr&#243;xima. Perd&#237; los nervios y me retorc&#237; en el suelo gru&#241;endo, tan cerca y tan lejos de mi objetivo. La imagen del cachorro mutilado me aturdi&#243;, y durante un instante ni siquiera pens&#233; en mi hermana sino en m&#237; misma, en el p&#225;nico ante la expectativa de ser torturada de aquella forma. Pero ese camino solo llevaba al pozo que engullir&#237;a mi carne. No, por ah&#237; no. Ante todo, mantener la calma.

Respir&#233; profundamente, una, dos, tres veces. O&#237;a remotos ruidos. &#191;Ya ven&#237;an? Daba igual. Decid&#237; que no ser&#237;a yo la que claudicara.

Examin&#233; la situaci&#243;n. Me encontraba echada sobre el costado derecho, de espaldas a la pata de la mesa, de modo que pod&#237;a golpear el mueble con los talones. No con fuerza, ya que ten&#237;a los tobillos atados a las mu&#241;ecas, pero me hallaba muy cerca y no necesitaba dar patadas. Quiz&#225; tambi&#233;n pod&#237;a emplear el muslo izquierdo. El c&#250;ter se hallaba en el borde y su mango era circular. Rodaba. Con un poco de suerte, solo necesitar&#237;a que la mesa respondiera a mis embestidas.

Con el vendaje del dedo presionando mis nalgas, me arque&#233; hacia atr&#225;s, apoy&#233; los talones en el mueble y comenc&#233; a golpearlo. Salvo por el c&#250;ter y algunos envases de pl&#225;stico, la mesa estaba vac&#237;a, y mis sacudidas la hicieron temblar. El ruido que produc&#237;a era leve.

No quer&#237;a pensar en qu&#233; suceder&#237;a despu&#233;s, c&#243;mo me las arreglar&#237;a cuando el c&#250;ter cayera -si lo hac&#237;a-, o qu&#233; har&#237;a si rodaba hacia el lado contrario. El futuro es un fantasma, y lo inventamos para asustarnos -nos dec&#237;a Gens-. Macbeth se horroriza con lo que puede suceder, y eso le lleva a no percatarse de lo que sucede realmente.

Segu&#237; golpeando la mesa.


M&#237;rala, Pablo, se ha aburrido de esperarnos y est&#225; dormida Oh, me equivoqu&#233;, sigue despierta. &#191;Hemos tardado mucho? Han sido solo unos minutos Qu&#233; impaciencia. Deja eso ah&#237;, Pablo

Los zapatos de ante movi&#233;ndose de un lado a otro: desde la mesa de autopsias a la segunda mesa, parada, giro, las punteras dirigidas hacia m&#237;.

&#191;Est&#225;s cansado, Pablo? -Respuesta inaudible entre el ruido de objetos met&#225;licos-. Tranquilo, lo haremos a nuestro modo. Ahora un poco, luego m&#225;s Pasar&#225; mucho tiempo con nosotros. No importa si es una trampa o una simple puta Ha venido sola, est&#225; sola, nadie puede protegerla aqu&#237;, como nadie pudo proteger a las otras Vamos a hacer todo lo que queramos con ella &#191;Recuerdas c&#243;mo chill&#243; cuando le cortaste el dedo? -Respuesta afirmativa. Zapatos movi&#233;ndose-. Siempre acaban gritando, no importa lo fuertes que parezcan, lo duras, lo orgullosas Sin ropa y atadas, son solo carne. L&#243;gico, claro. -Los ruidos se interrumpieron. Titubeo de las punteras.

Y de repente, el giro esperado. Los talones ahora sustitu&#237;an a las punteras.

Dejemos esto aqu&#237; Esa caja va en la repisa

Alc&#233; la vista. El Espectador me daba la espalda mientras hablaba.

Ella hubiese podido abreviar este trance, pero ha optado por seguir fingiendo Una l&#225;stima. La sinceridad escasea. Ninguna mujer es sincera.

Ahora.

Cu&#225;nto me gustar&#237;a hallar sinceridad, verdadera sinceridad, y no este teatro

Empec&#233; a extender las piernas, los brazos Entonces los zapatos giraron de nuevo y escuch&#233; un clic. Mir&#233; hacia arriba.

Los ojos del Espectador eran apenas un punto m&#225;s vivos que el agujero del ca&#241;&#243;n de su autom&#225;tica.

Pero eso es pedir demasiado, &#191;no? -Sonri&#243;-. Ahora s&#233; buena, ya que no sincera, y deja en el suelo el c&#250;ter el&#233;ctrico, por favor.

Qued&#233; inm&#243;vil. Padre e hijo se hallaban frente a m&#237;. Una familia de dos miembros, bien avenida. Cuatro ojos mir&#225;ndome. Cinco, si contaba a la pistola.

Vamos, no me digas que te cre&#237;ste mi propio teatro -El Espectador parec&#237;a sorprendido-. &#191;La farsa que montamos con la c&#225;mara y el tr&#237;pode te hizo pensar que no hab&#237;a otras c&#225;maras vigil&#225;ndote? Pens&#233; que ser&#237;as m&#225;s lista. Desde luego, en el aspecto f&#237;sico, nada que objetar. Est&#225;s en forma: moverte atada, derribar el c&#250;ter de la mesa, arrastrarte hasta cogerlo Hemos gozado con el espect&#225;culo, as&#237; que te di tiempo para que pensaras que lo hab&#237;as logrado. Ahora te explico: no voy a matarte, no tengas esa esperanza Pero contar&#233; hasta cinco, y si no has soltado el c&#250;ter para entonces, te pulverizar&#233; un brazo. Luego te curar&#233; y te har&#233; lo mismo que pensaba hacerte, pero con un brazo menos. T&#250; eliges. Uno, dos

Extend&#237; del todo las piernas, y los trozos de cuerda que hab&#237;a enrollado en los tobillos cayeron al suelo. Escup&#237; las ataduras del rostro, que tambi&#233;n hab&#237;a cortado. Mostr&#233; el c&#250;ter en la mano derecha y lo dej&#233; en el suelo frente a m&#237;.

Muy bien. -El Espectador parec&#237;a satisfecho-. Ahora empiezas a ser sincera

Sonriendo sin dejar de apuntarme, se acerc&#243; un paso. Al ver la mueca que crisp&#243; sus labios y su dedo tenso sobre el gatillo, supe que, de todas formas, me disparar&#237;a.

&#191;Sabes lo que eres? -pregunt&#243; con voz ronca.

S&#237; -contest&#233; desde el suelo-. Soy una jodida trampa, capullo.

Se dio cuenta de lo que ocurr&#237;a un segundo demasiado tarde.

Por supuesto, mi plan no era tan solo liberarme. En los teatros nos ense&#241;aban que deb&#237;amos preparar m&#225;s de un m&#233;todo, v&#237;as alternativas, lo llamaban. Tras cortar las cuerdas, me hab&#237;a movido hasta conseguir que el visor de conducta de mi derecha quedara bloqueado por la mesa, y, ya libre, hab&#237;a esperado hasta que el cuerpo del Espectador hab&#237;a bloqueado inadvertidamente el segundo. Sab&#237;a que no permanecer&#237;an ocultos demasiado tiempo, pero aquel repentino eclipse era m&#225;s que suficiente.

No hab&#237;a tiempo para un Enigma, pero s&#237; para una Maldad. La m&#225;scara de Maldad pod&#237;a hacerse de dos maneras: r&#225;pida o lenta. La primera se usaba para repeler agresiones inmediatas, y era efectiva con varias filias. Se basaba en realizar una promesa y frustrarla de inmediato utilizando gestos y muecas emocionales. Al estilo de las brujas de Macbeth: tentar con una supuesta verdad que se cumplir&#225; en el futuro, pero que se revela como tramposa. No era preciso un decorado, una postura, una luz o un disfraz determinados; pod&#237;a hacerse en un restaurante, una sala de conciertos o en medio del campo. Yo la consegu&#237; desde el suelo en dos segundos. Me remov&#237;, sonre&#237;, qued&#233; ser&#237;a, cerr&#233; los ojos, los abr&#237;. El efecto duraba muy poco, pero tambi&#233;n contaba con eso.

Nada nos deja tan indefensos como el placer, ni siquiera el miedo. Si quieres desarmar a alguien de verdad, no lo amenaces, hazle gozar. El Espectador baj&#243; el brazo con que sosten&#237;a la pistola y se qued&#243; mir&#225;ndome mientras yo me incorporaba con el c&#250;ter de nuevo en la mano. La escena, para cualquiera que la contemplara, pod&#237;a tener aires de ensayo teatral interrumpido. Una pausa, caballeros: la actriz se levanta, el actor deja la pistola de juguete. Al instante siguiente, por supuesto, todo se reanudar&#237;a.

Pero yo me abalanc&#233; sobre &#233;l antes de que ese momento llegara.

Acert&#233;, pero no un pleno. No me toc&#243; el bote millonario, ni siquiera un d&#233;cimo. Hab&#237;a estado atada durante horas, ten&#237;a los m&#250;sculos agarrotados y el solo hecho de levantarme me hab&#237;a provocado un mareo. Pero al menos sent&#237; que la afilada punta se hund&#237;a sin obst&#225;culos en el flanco izquierdo de la maravillosa camisa morada. &#191;Qu&#233; tenemos ah&#237;? &#191;El bazo? Supuse que no era el mejor de los lugares, pero tampoco era malo. El Espectador se quej&#243; con un sollozo y, todav&#237;a mejor, dej&#243; caer el arma.

Comet&#237; un error entonces: quise extraer el c&#250;ter para golpearlo de nuevo. Fue una p&#233;rdida de tiempo. Lo saqu&#233;, pero se me resbal&#243; con el sudor de la mano. La respuesta no tard&#243; en llegar, y por supuesto yo no era una adversaria digna. Estaba mareada, dolorida, ten&#237;a un dedo amputado y me encontraba desnuda. Tuve suerte y logr&#233; esquivar el primer pu&#241;etazo echando la cabeza hacia atr&#225;s, pero mi vientre qued&#243; expuesto a su rodilla. Me golpe&#243; dos veces, en el est&#243;mago y luego en la cara, cort&#225;ndome la respiraci&#243;n. Retroced&#237; hasta dar con el culo contra un borde liso, grit&#233; de dolor y ca&#237; de espaldas sobre una superficie llena de objetos. Era la mesa. Y sin duda, el Espectador vio algo en ella que pod&#237;a utilizar f&#225;cilmente, porque ni siquiera se molest&#243; en recuperar la pistola. Se ech&#243; sobre m&#237; como una ara&#241;a con las patas extendidas. Con la mano izquierda se sujetaba la herida del vientre, mientras que con la otra intentaba coger lo que hab&#237;a visto, que se hallaba cerca de mi cabeza. Le agarr&#233; el brazo extendido, coloqu&#233; las rodillas como muralla y forcejeamos. Instintivamente supe que, fuera cual fuese aquel objeto -un bistur&#237;, un cuchillo-, si el Espectador lo alcanzaba la lucha finalizar&#237;a.

Poco a poco, su brazo ganaba terreno a los m&#237;os. Mi preparaci&#243;n f&#237;sica no era mala, pero &#233;l ten&#237;a m&#225;s fuerza y se hallaba en mejor estado. Lo vi sonre&#237;r frente a mi cara: una sonrisa roja, rabiosa, de perro macho triunfador. Sin embargo, los cebos no &#233;ramos luchadores, &#233;ramos tramposos. Bruja, &#191;no me hab&#237;a llamado as&#237;? De pronto decid&#237; sorprenderle.

En vez de intentar rechazarlo, cerr&#233; las piernas sobre su espalda entrelazando los tobillos como si estuvi&#233;ramos copulando. La hebilla de su cintur&#243;n me marc&#243; el pubis y su cara se peg&#243; contra la m&#237;a como dos calderas de l&#237;quido hirviendo.

Entonces, sencillamente, le solt&#233; el brazo y le dej&#233; coger lo que quer&#237;a.

Por un instante me mir&#243; desconcertado. Hab&#237;a invertido toda su energ&#237;a en conseguirlo, y de repente yo le dec&#237;a: Ah&#237; lo tienes, y de paso tambi&#233;n a m&#237;. Dos por uno. Se qued&#243; at&#243;nito, los ojos como platos. Momento que aprovech&#233; para flexionar el codo izquierdo, el que menos &#233;l esperaba, y lanzarlo contra su rostro.

En las personas de constituci&#243;n robusta, el codo es un objeto romo, pero en gente flaca como yo, cuyos brazos pueden ser abarcados en todo su di&#225;metro por una mano grande, consiste en un par de huesos afilados, una piedra prehist&#243;rica tallada como un cuchillo de s&#237;lex. Yo lo hab&#237;a utilizado con &#233;xito en varias ocasiones. Lo dirig&#237; hacia su ojo derecho y lo atrap&#233; abierto de asombro y tan indefenso como un beb&#233; en la cuna. Reconozco que me encant&#243; sentir c&#243;mo el globo estallaba en la &#243;rbita y el l&#237;quido que conten&#237;a, lleno de tantas im&#225;genes de ni&#241;as torturadas, me salpicaba el brazo.

El Espectador aull&#243; alguna clase de s&#237;laba. No fue simplemente un ah sino un me o un ma. Quiz&#225; llamaba a su madre. Lo cierto es que se ech&#243; hacia atr&#225;s, y yo separ&#233; las piernas para dejarle paso y luego lo ayud&#233; gentilmente con ellas a estrellarse contra la pared. Entonces alargu&#233; la mano y cog&#237; lo primero que vi: una de las perchas met&#225;licas con una botella de suero colgando.

No fue una buena elecci&#243;n; pesaba mucho, y cuando logr&#233; alzarla y levantarme comprob&#233;, con p&#225;nico, que mi oponente hab&#237;a encontrado la pistola y se hallaba sentado en el suelo intentando usarla. Al parecer, se hab&#237;a hecho da&#241;o en el brazo izquierdo al golpear la pared, y la mano diestra se agitaba a solas, torpemente, con el fin de asir el arma por la culata. Pero estaba tan dominado por el llanto y los temblores por su ojo tuerto que no atinaba.

Sin embargo, comprend&#237; que &#233;l ganaba esta vez.

Era como el juego de piedra, papel y tijera: yo intentaba usar una barra de metal y &#233;l una pistola. Por mucho que yo lograse encajar mi primer golpe antes, si no lo dejaba inconsciente en ese mismo instante no iba a poder evitar que disparase, ni siquiera en el improbable caso de que consiguiera aturdirlo de nuevo con otra m&#225;scara r&#225;pida. Frente a mi est&#250;pida barra, la pistola era decisiva. &#191;Me arriesgar&#237;a? Decid&#237; que no.

Le lanc&#233; la barra a la cabeza deseando que la botella de suero se rompiera en su cara, y ech&#233; a correr como pude.

Con el rabillo del ojo distingu&#237; una silueta -el ni&#241;o-, pero se apart&#243; de mi camino y no le prest&#233; atenci&#243;n. Un paso, dos. Mis pies descalzos saltaban sobre los objetos desparramados por el suelo. Calcul&#233; mentalmente el tiempo que el Espectador pod&#237;a tardar en apuntarme y disparar. Tres pasos, cuatro. Frente a m&#237; ten&#237;a las escaleras de subida, que eran de caracol y no ofrec&#237;an protecci&#243;n alguna en el primer tramo, y la puerta del segundo s&#243;tano, que estaba abierta y daba a otras escaleras que bajaban. Cinco, seis pasos. Dos opciones.

Opt&#233; por la &#250;ltima, ya que siempre era m&#225;s r&#225;pido bajar que subir, y no me equivoqu&#233;. Cuando cruzaba el umbral agachada, un trueno silb&#243; sobre m&#237;. Otra bala dio en el marco d la puerta y una tercera en la pared oblicua del techo de las escaleras, cubri&#233;ndome con una lluvia de esquirlas. Salt&#233; los dos pelda&#241;os finales.

Las escaleras desembocaban en un corto corredor de paredes blancas. Aquello era territorio nuevo. &#201;l contaba con esa ventaja. Vi una salida a la izquierda, otra al fondo. La de la izquierda era un peque&#241;o cuarto trastero subterr&#225;neo: penetr&#233; en &#233;l sin aliento y busqu&#233; fren&#233;ticamente a mi alrededor. Bidones, latas de l&#237;quidos inflamables, infinidad de art&#237;culo de bricolaje apilados en las paredes. Todo pod&#237;a convertirse en arma, y precisamente por eso era una peque&#241;a ratonera de tentaciones. Un mundo de pinchos, p&#250;as, metal y gasolina para masacrar cuerpos, pero se necesitaban bater&#237;as, repuestos, destreza y mecheros que los hicieran funcionar. Nada a la vista tan evidente como una pistola, un martillo o una llave inglesa.

Hab&#237;a perdido un tiempo precioso en aquella casita de chocolate llena de falsos m&#233;todos para acabar con el loco que te persigue: o&#237; sus pesados pasos en la escalera. Cojeaba, pero con toda probabilidad a su pistola no le importaba eso.

Sal&#237; al pasillo de nuevo y prob&#233; la puerta del fondo. Ten&#237;a un c&#243;digo de acceso, pero estaba abierta, y al cruzar el umbral me asaltaron a la vez un fr&#237;o punzante y un hedor a cosa corrompida. Cerr&#233; la puerta tras de m&#237; y qued&#233; paralizada.

El cuarto de Barbazul. All&#237; estaba. Mi hermana.

Era un s&#243;tano m&#225;s peque&#241;o que el superior, iluminado con luces zumbantes y crudas en azul claro, como las de un frigor&#237;fico. Anaqueles con frascos se aglomeraban en una pared. Tambi&#233;n hab&#237;a una mesa adosada con dos infames jaulas para cachorros y ordenadores con cubiertas protectoras. Pero todo eso lo vi despu&#233;s. En aquel momento solo pude mirar hacia la gran m&#225;quina en forma de aspa horizontal que hab&#237;a en el centro. Ten&#237;a que ser el torno. Sobre &#233;l, un cuerpo bocabajo, hinchado. Las venas eran visibles en la carne de las piernas, que ten&#237;a encadenadas a los extremos m&#225;s largos del aspa. Desde donde me encontraba solo pod&#237;a ver los terribles destrozos entre las nalgas.

Me qued&#233; tan aturdida, tan temblorosa, echando vaho con mis jadeos y abraz&#225;ndome el cuerpo, que ni siquiera me import&#243; escuchar el grito de rabia del Espectador avanzando por el pasillo:

&#161;Est&#225;s encerrada, hija de puta! &#161;&#161;Ah&#237; no hay salidaaaaa!!

Segu&#237; quieta, esperando la muerte.

Qu&#233; mal lo has hecho, devochka.

Entonces me mov&#237;, pero no para salvarme. Solo pensaba en destruirlo.

Me desplac&#233; al fondo de la peque&#241;a c&#225;mara sorteando los cables que discurr&#237;an por el suelo. No ten&#237;a intenci&#243;n alguna de mirar el rostro del cad&#225;ver, pero no pude evitar hacerlo de reojo. Y de repente me di cuenta de que no se trataba de mi hermana. Comprend&#237; que jam&#225;s habr&#237;a podido ser Vera: aquella chica llevaba varios d&#237;as muerta, y solo la temperatura de la c&#225;mara hab&#237;a impedido que se pudriera del todo. Pero tampoco era Elisa Monasterio, sino una desconocida. La revelaci&#243;n no me dio ni m&#225;s ni menos fuerzas, solo me conmovi&#243;.

De repente, todo mi ser se hallaba concentrado en contraatacar.

Los pasos se detuvieron en la puerta. Maldije por no haber pensado en alguna forma de encerrarme desde dentro. Ya era tarde. Descart&#233; enga&#241;arlo con otra m&#225;scara: &#233;l disparar&#237;a nada m&#225;s verme, y con el cuerpo maltrecho y r&#237;gido de fr&#237;o como lo ten&#237;a, yo jam&#225;s realizar&#237;a los gestos con suficiente rapidez.

Se demoraba en entrar. Supe por qu&#233;: sosten&#237;a la pistola con la &#250;nica mano operativa, y necesitaba desplazar el complicado pestillo de la puerta. Eso me daba alg&#250;n tiempo. En la mesa junto al ordenador vi una barra de acero de la longitud de mi brazo, pesada pero manejable, y las gruesas teclas de pl&#225;stico con diagramas del aparato en que finalizaban los cables del torno. A mi derecha hab&#237;a un recodo con una especie de m&#225;quina incineradora y una peque&#241;a letrina al lado, donde sin duda las obligaba a agacharse para que se aliviaran frente a &#233;l. Me agazap&#233; all&#237; con la barra en la mano, y en ese instante la puerta se abri&#243;.

Un paso, luego otro, su voz:

S&#233; d&#243;nde est&#225;s S&#233; d&#243;nde est&#225;s, puta

Lo dej&#233; avanzar. No pod&#237;a verlo, pero pod&#237;a calcular su avance porque la cojera hac&#237;a resonar sus pisadas. Esper&#233; en medio de los zumbidos de la luz de morgue, tensa de miedo y furia, aferrando la barra y expeliendo vapor como un drag&#243;n por mis fosas nasales y mi boca abierta. El cabello se me hab&#237;a pegado a la frente como si me hubiese duchado y todo el sudor se hab&#237;a helado sobre mi cuerpo desnudo. Pasos. Pasos. S&#233; d&#243;nde est&#225;s. Otro paso.

De repente vi su sombra reflejada en la pantalla de los ordenadores. Se hallaba por fin al nivel del torno, tal como yo confiaba. Ten&#237;a que pasar junto a &#233;l para llegar hasta m&#237;. Entonces tend&#237; la mano izquierda a toda velocidad. Me dol&#237;a de forma atroz, pero no us&#233; los dedos sino la parte carnosa del pulgar para golpear la tecla de apertura de las aspas, bien se&#241;alada, rogando por que el torno estuviese conectado. Sab&#237;a que las aspas no se abrir&#237;an con rapidez, pero esperaba que el movimiento lo confundiera.

Se oy&#243; un chirrido. Simult&#225;neamente, sal&#237; de mi escondite y gir&#233; la cintura aferrando la barra con ambas manos, como un bateador de b&#233;isbol. No quise apuntar muy alto: intentar darle en la cabeza a ciegas era arriesgarme a fallar. Eso hizo que acertara en su hombro izquierdo, ya malherido. Grit&#243; y alz&#243; la pistola, pero las aspas segu&#237;an abri&#233;ndose tras sus piernas, y perdi&#243; el equilibrio. Lo golpe&#233; en la mano, desarm&#225;ndolo, y luego en el vientre y en las r&#243;tulas, hasta asegurarme de que no podr&#237;a levantarse. Cuando todo acab&#243;, puls&#233; el bot&#243;n de cierre de las aspas, me acerqu&#233; al cuerpo que se retorc&#237;a en el suelo y le puse el pie derecho y la barra en la garganta.

D&#243;nde est&#225;n -dije.

Ambos tembl&#225;bamos. Pareci&#243; divertirle mi pregunta, y por un instante su ojo sano me mir&#243; burl&#243;n. La sangre brot&#243; del otro p&#225;rpado.

No est&#225;n Nunca han estado -Logr&#243; sonre&#237;r con esfuerzo, como si se sintiera ganador-. Yo no he secuestrado a tus compa&#241;eras Lo de los visores tambi&#233;n era mentira: jam&#225;s hubieran detectado nada &#191;Ves? Quise controlarte con ese truco, y funcion&#243; Vosotras enga&#241;&#225;is, yo enga&#241;o Pero lo que importa ahora es

Lo interrump&#237; presionando el tal&#243;n del pie sobre su cuello.

Sus desapariciones no se hicieron p&#250;blicas, cabr&#243;n. No est&#225;s en condiciones de seguir minti&#233;ndome, hijo de puta

No miento -Gru&#241;&#243; con gran esfuerzo-. Ya te dije que pod&#237;a acceder a los informes de la polic&#237;a El s&#225;bado me enter&#233; de la forma en que desapareci&#243; la primera, y ayer de la segunda Pero escucha esto, porque te interesa: alguien modific&#243; las probabilidades en ambos casos

&#191;Qu&#233; quieres decir?

Solt&#243; una risa hueca, vac&#237;a. Su mano izquierda segu&#237;a presionando la herida del vientre. Un humo blanco escapaba con sus jadeantes palabras.

No lo sab&#237;as, &#191;eh? Los ordenadores de tu departamento calculan las probabilidades que tiene cada secuestro de haber sido producido por m&#237; Primero realiza un an&#225;lisis preliminar, r&#225;pido, y luego otro m&#225;s profundo. Los an&#225;lisis preliminares de tus dos compa&#241;eras ofrecen casi un cien por cien de probabilidad de que haya sido yo Eso me intrig&#243; y decid&#237; investigar No tard&#233; en comprender qu&#233; suced&#237;a S&#233; cu&#225;ndo se modifican los datos desde dentro, soy un experto, y te aseguro que alguien los ha ama&#241;ado para hacerme responsable Alguien de tu gente os est&#225; enga&#241;ando, gilipollas Y quiz&#225; yo podr&#237;a ayudaros a atraparlo, pero si me entregas a la polic&#237;a, nunca sabr&#233;is qui&#233;n es

Mir&#233; el cad&#225;ver atado al torno: en vida, pod&#237;a haber tenido la edad de Vera.

No pienso entregarte a la polic&#237;a -dije.

Su &#250;nico ojo se abri&#243; del todo mientras negaba con la cabeza.

No no vas a matarme as&#237;, desarmado No te atrever&#225;s

No, no me atrever&#233; -convine.

Apart&#233; el pie de su cuello y arroj&#233; la barra al suelo. Cuando comprendi&#243; lo que me dispon&#237;a a hacer, dej&#243; de fingir que era un adulto.

Ignor&#233; su llanto y s&#250;plicas, separ&#233; las piernas y afirm&#233; las plantas de los pies a ambos lados de su cuerpo mientras mov&#237;a los brazos. La cl&#225;sica t&#233;cnica de Ashburn para el Holocausto. Mi desnudez y el hecho de que mi presa me observara desde abajo reforzaron los efectos. Tard&#233; quince segundos en poseerlo. Luego me alej&#233; de &#233;l impidiendo que siguiera vi&#233;ndome y despoj&#225;ndolo, as&#237;, del objeto supremo de placer en el instante de posesi&#243;n, lo cual le provoc&#243; una disrupci&#243;n dolorosa, ag&#243;nica.

Lo dej&#233; aullar mientras contemplaba el cad&#225;ver en el torno y pensaba en el resto de sus v&#237;ctimas. El infierno se hab&#237;a inventado para seres como &#233;l. Pero yo no necesitaba que hubiese uno: el Espectador ya estaba en el infierno. Sus gritos se hicieron cada vez m&#225;s agudos conforme su psinoma, incapaz de obtenerme, se refugiaba en etapas m&#225;s primarias. Chill&#243; todo el terror, la soledad y la angustia que yac&#237;an en su biograf&#237;a. Chill&#243; m&#225;s all&#225; de su condici&#243;n humana. Chill&#243; de puras ansias. Empez&#243; a sacudir la cabeza, golpe&#225;ndola contra el suelo de piedra en un martilleo constante, fren&#233;tico, que no se detuvo cuando la sangre salpic&#243; las baldosas. De hecho, aceler&#243; el ritmo, como si batiera un tambor en alg&#250;n ritual mal&#233;fico. Su boca soltaba espumarajos y todo su cuerpo temblaba. Era como si un demonio intentara escapar de su cr&#225;neo tras un exorcismo. Te quemo el alma Te estoy quemando el alma, pens&#233;.

Por fin decid&#237; tener compasi&#243;n y pate&#233; la pistola hacia &#233;l, pero ya era tarde para que pudiera usarla. En un momento dado, su cuello se torci&#243; en un &#225;ngulo de muelle roto, se oy&#243; un crujido. Al caer de nuevo, la cabeza qued&#243; inerte.

&#191;Te ha gustado mi actuaci&#243;n?, le pregunt&#233; mentalmente. Su tortura hab&#237;a durado apenas un minuto; la de sus v&#237;ctimas, d&#237;as enteros. Ciertas cosas en esta vida no guardaban equilibrio.

Entonces me sucedi&#243; algo. Yo hab&#237;a contemplado el fin del Espectador sin inmutarme, con una rabia y una sensaci&#243;n de triunfo como llamas en una hoguera: a ratos menguando, a ratos cobrando fuerza. Pero cuando todo concluy&#243;, me sent&#237; consumida, marchita, como si hubiese pasado cincuenta a&#241;os viviendo aquel &#250;nico minuto. De repente no pude m&#225;s, y sin pensar siquiera en salir de aquella c&#225;mara g&#233;lida o vestirme, ca&#237; de rodillas. Maldije mi vida, mi trabajo, pero sobre todo mi vida. Me qued&#233; all&#237;, doblada sobre el vientre, como un despojo humano, llorando incontrolable. Por mi cabeza pasaban im&#225;genes de mis padres, de Vera, de Miguel, del doctor Valle No quer&#237;a pensar que tambi&#233;n lloraba por el Espectador con un llanto rabioso y hondo, y por la necesidad de comprender lo incomprensible, de otorgarle un sentido a las cosas. &#191; Qui&#233;n es el culpable?

Cuando logr&#233; tranquilizarme, ca&#237; en la cuenta de que me hab&#237;a olvidado del ni&#241;o. Decid&#237; ir en su busca. Lo vi nada m&#225;s abrir la puerta. Me esperaba de pie en el pasillo, el rostro en sombras bajo la gorra y las rastas, sosteniendo algo que en ese instante volc&#243; sobre m&#237;. El l&#237;quido grasiento me empap&#243; de pies a cabeza. Apestaba a gasolina. Al verle sacar una peque&#241;a caja del bolsillo de sus bermudas, alc&#233; las manos.

&#161;No, Pablo! -grit&#233;, horrorizada.

Su rostro inexpresivo brill&#243; durante un segundo a la luz de la cerilla encendida.

Entonces me la lanz&#243;.



26

El psinoma.

La expresi&#243;n matem&#225;tica de nuestro placer.

Ahora parece que hace siglos que se descubri&#243;, pero a&#250;n no han pasado cincuenta a&#241;os. Sung Yoo, Giacomo Pallatino, David Alien, Charles Bliss, Nathalie Parks, sus nombres no te sonar&#225;n, pero ellos demostraron su existencia. Y los experimentos de David Sun lo llevaron a la pr&#225;ctica.

Una pared azul, una s&#225;bana roja, una chaqueta negra, un cuerpo desnudo, un gesto o una voz te producen distintos grados de placer. Es un placer tan sutil y cambiante como la forma de las nubes en el cielo, ni siquiera t&#250; lo percibes siempre. Sin embargo, los ordenadores cu&#225;nticos lograron computarlo y clasificarlo en folders. Cada folder es como el c&#243;digo gen&#233;tico del deseo de una persona: ah&#237; est&#225; escrito, mediante n&#250;meros. Se le llam&#243; psinoma. Luego se comprob&#243; que pod&#237;an agruparse seg&#250;n caracter&#237;sticas comunes. A cada grupo se le llam&#243; filia. Hay cincuenta y ocho clases de filias identificadas en la humanidad.

Sorpresa. Resulta que, frente al mismo est&#237;mulo de placer, t&#250; reaccionas igual que todos los que poseen tu misma filia: te rascas la pierna, subes la ceja, te aclaras la garganta, dices te amo, lloras, tienes un orgasmo. No puedes hacer otra cosa.

M&#225;s sorpresa. Si el est&#237;mulo es muy intenso, quedas pose&#237;do. Significa que te conviertes en su esclavo. Haces cualquier cosa: te matas, matas a otros, torturas, violas.

&#191;Y sabes lo m&#225;s divertido? Que los est&#237;mulos pueden representarse. Fingirse. Como en un teatro, con un vestuario, unos gestos, una luz, una voz. A eso se le llama m&#225;scara. No importa si eres ciego, sordomudo, retrasado mental o genio: si la m&#225;scara est&#225; bien hecha, la percibir&#225;s de una forma u otra, sentir&#225;s placer, quedar&#225;s pose&#237;do.

A partir de ah&#237;, cualquier conjetura vale. Quiz&#225; hayamos nacido predestinados, y luego el azar nos selecciona. Quiz&#225; un asesino en serie se diferencie de otras personas por la clase de est&#237;mulo que recibi&#243; cuando a&#250;n estaba desarroll&#225;ndose. En una sesi&#243;n a puerta cerrada del Congreso de los Estados Unidos, la doctora Nathalie Parks lleg&#243; a proponer que se revisaran de arriba abajo las leyes. Si no tenemos otro remedio que hacer lo que nos gusta, &#191;por qu&#233; encerrar a unos cuantos? &#191;Por qu&#233; condenarlos? &#191;Por qu&#233; ejecutarlos? Se requer&#237;a, exigi&#243;, una amnist&#237;a universal.

No le hicieron caso. Prefirieron crear a los cebos.

Comprendo -dijo Sese&#241;a.

No, no comprend&#237;a, pero me pareci&#243; natural. Gonzalo Sese&#241;a, joven y virginal abogado de cabello curiosamente gris&#225;ceo, rostro atractivo y ademanes amables, era el nuevo Comisionado de Enlace tras la muerte de &#193;lvarez. Hab&#237;a sido nombrado con urgencia el fin de semana, como suele ocurrir en este pa&#237;s, tan solo para tapar el agujero, y andaba como perdido en aquel mundo. El primer deber que le hab&#237;a reportado su cargo hab&#237;a sido visitarme en el CDE, el Cl&#237;nico de Defensa Especial, pomposo nombre para el hospital donde nos trasladaban cuando nos estrope&#225;bamos, y que todos llam&#225;bamos el Taller. Era domingo por la ma&#241;ana, y Sese&#241;a no se hab&#237;a afeitado, no llevaba corbata, su traje gris estaba arrugado y parpadeaba constantemente. Los guardaespaldas, m&#225;s elegantes, lo rodeaban como devotas gallinas al nuevo polluelo, inst&#225;ndolo a que adquiriese conciencia de ser importante, pero Sese&#241;a se sent&#237;a c&#243;modo en el rol de aprendiz.

Tras presentarse de manera oficial, no hab&#237;a parado de hacerme preguntas t&#233;cnicas, que yo procuraba responder, en parte, porque su compa&#241;&#237;a me resultaba agradable.

&#191;Y Shakespeare? &#191;Qu&#233; pinta en todo esto?

Es solo una teor&#237;a de Gens, pero muchos la admiten -Y me enrollaba.

Comprendo -repet&#237;a Sese&#241;a tras escucharme. Estaba sentado a los pies de la cama de mi espaciosa habitaci&#243;n de hospital. Era un hombre realmente guapo, pero a diferencia del perfi Nacho Puentes no parec&#237;a vivir de contemplarse constantemente en el espejo-. Por cierto, &#191;cu&#225;l es mi filia? &#191;Puedes saberlo nada m&#225;s verme? -Le dije que cre&#237;a que era f&#237;lico de Aura y pareci&#243; impresionado-. &#191;Y eso qu&#233; significa?

La filia de Aura significa que tus ojos miran siempre a mi alrededor, examinan el decorado antes que a la persona. Hiciste eso al entrar en esta habitaci&#243;n: lo miraste todo antes de saludarme. Y cada vez que te hablo te mueves un poco. Te inquieta obtenerme de manera aislada, saber que existo fuera de un contexto Necesitas encajar a los dem&#225;s en una imagen prefabricada. La obra que habla de ella es Antonio y Cleopatra: los protagonistas no est&#225;n enamorados el uno del otro, seg&#250;n Gens, sino de las im&#225;genes y el contexto que cada uno representa para el otro. Son dos f&#237;licos de Aura.

Puedo quedarme inm&#243;vil aunque me hables -propuso, sonriendo.

Yo sonre&#237; tambi&#233;n, encantada con su ingenuidad.

S&#237;, pero &#191;Ves? He comenzado a decir s&#237;, y has parpadeado dos veces seguidas muy r&#225;pido, lo cual tambi&#233;n es s&#237;ntoma de Aura Resulta imposible hacer algo en contra de nuestro psinoma Ser&#237;a m&#225;s f&#225;cil parar el coraz&#243;n a voluntad.

Comprendo.

En ese instante Padilla intervino con su brusquedad habitual.

Perdona, Gonzalo, &#191;y si dejas para otro d&#237;a la segunda parte de Todo lo que quiso saber sobre el psinoma y nunca se atrevi&#243; a preguntar? Mi chica est&#225; agotada

Disculpa, Julio -cort&#243; Sese&#241;a con suave firmeza-, pero soy nuevo en esto y ya tengo a una legi&#243;n de abogados detr&#225;s de m&#237; queriendo saber por qu&#233; su cliente, el afamado director de AZ-Sec, pudo suicidarse golpe&#225;ndose la cabeza cincuenta veces contra el suelo &#191;Qu&#233; te parece si les doy tu tel&#233;fono y respondes t&#250;?

&#161;Por Dios, Gonzalo! -barbot&#243; Padilla-. &#161;El afamado director se carg&#243; a m&#225;s de veinte muchachas solo en Madrid! &#161;Y si contamos con su etapa de Bruselas, podr&#237;a entrar en la n&#243;mina de las Grandes Bestias, con Chikatilo y compa&#241;&#237;a!

No estoy diciendo que

Pero Padilla ya estaba suelto y nada pod&#237;a pararlo.

&#161;Y su querido ni&#241;o, el hijo de los Monster, el que ahora est&#225; liado con cubos de pl&#225;stico y rodeado de psic&#243;logos! &#191;Sabes lo que quer&#237;a hacer ese angelito de las rastas?

Diana ya sabe lo que quer&#237;a hacer, y yo tambi&#233;n -dijo Sese&#241;a.

Era cierto. No solo lo sab&#237;a, sino que cada vez que lo o&#237;a mencionar mi cuerpo volv&#237;a a arder. Hab&#237;a ardido veinte veces en la imaginaci&#243;n mientras aquella cerilla volaba hacia m&#237;. Solo me hab&#237;a salvado el simple hecho de que mi agresor era un ni&#241;o. Un adulto jam&#225;s habr&#237;a pretendido golpearme con el f&#243;sforo: lo habr&#237;a dejado caer en el charco de gasolina. Pero Pablo era un ni&#241;o, a fin de cuentas, y me lanz&#243; el proyectil como si yo fuese un mutante en un juego virtual. &#161;Muere, monstruo! La cerilla se apag&#243; como una estrella fugaz en mitad del trayecto, ni siquiera me roz&#243;. Fue una especie de milagro. Ello me permiti&#243; correr hacia &#233;l y reducirlo intentando no hacerle da&#241;o.

Pero el da&#241;o ya estaba hecho, y era mucho mayor que la p&#233;rdida de mi me&#241;ique izquierdo o la posibilidad de haber sido quemada viva: era aquella carita tersa convertida de repente en el rostro de una barracuda dando dentelladas en el aire, mientras yo sujetaba su cuerpo con el m&#237;o desnudo y empapado de gasolina. El peor da&#241;o era aquello en que se hab&#237;a transformado Pablo. Si el Espectador merec&#237;a la condena eterna, razonaba, era por esa &#250;nica v&#237;ctima. Porque, a diferencia de las chicas torturadas, el ni&#241;o no hab&#237;a tenido otra vida antes. Ni tendr&#237;a otra despu&#233;s; residir&#237;a para siempre en el infierno que su padre le hab&#237;a construido.

Cuando el hurac&#225;n Padilla perdi&#243; fuerza, Gonzalo Sese&#241;a restaur&#243; la calma.

Solo pretend&#237;a entender de qu&#233; va todo esto, Julio El asesino m&#225;s peligroso que ha tenido Madrid desde hace a&#241;os ha sido capturado con m&#233;todos, digamos, poco convencionales Necesito conocer el terreno que piso -Se levant&#243; de la cama y mir&#243; a su alrededor (mirada de palacio, como defin&#237;a Gens esa cualidad del Aura). Luego me sonri&#243;-. Siento haberte hecho tantas preguntas. S&#233; que debes descansar. -Tras felicitarme en nombre del presidente y el ministro, huy&#243; con sus guardaespaldas.

Padilla mene&#243; la calva cabeza cuando nos quedamos solos.

Este Sese&#241;a tiene m&#225;s mierda dentro que un ba&#241;o p&#250;blico en un fest&#237;n de espinacas -rezong&#243;-. Pero puedo entenderle, el cabr&#243;n de Leman era uno de los expertos en seguridad inform&#225;tica que consultaba nuestra gente Resulta que ten&#237;amos la v&#237;bora bajo el culo, y no lo sab&#237;amos A veces me pregunto si ser&#237;a posible que uno de vosotros apareciera en el Congreso de Diputados, hiciera una m&#225;scara y convenciera a todos los partidos pol&#237;ticos de que necesitamos hacer lo que hacemos. &#191;C&#243;mo est&#225;s?

Cansada, pero mejor -reconoc&#237;.

Siento no haber podido venir antes. El viernes, cuando te trajeron, estabas para el arrastre, y ayer s&#225;bado tuvimos reuni&#243;n de urgencia en el ministerio para dar carpetazo al asunto del Espectador -Dije que lo comprend&#237;a, y Padilla pareci&#243; animarse-. &#191;Qu&#233; tal, princesa? Ya veo que rodeada de ramos de flores &#191;Te tratan bien? &#191;Te dan sopa de alb&#243;ndigas y cocido madrile&#241;o? -Se acerc&#243; con las manos cruzadas en el vientre y baj&#243; la voz-. Ahora que se ha ido el capullo ese, te dir&#233; en confianza que Martos quiere darte una medalla, una orden o algo as&#237; Todo se har&#225; en privado, claro, pero est&#225;n que te besan el culo Y hacen bien, los cabrones. -Me gui&#241;&#243; un ojo y sonri&#243;-. Oye, &#191;sabes que est&#225;s muy guapa? Te imaginaba con peor aspecto

Cu&#225;nto lamento decepcionarle.

No seas idiota. Te felicito, de veras. Menuda captura. Chapeau.

Gracias. 

Julio Padilla, siempre torpe con el cari&#241;o, se sumi&#243; en un silencio inc&#243;modo. Era un hombre corpulento, casi tan ancho como alto, de cabeza perfectamente rapada, ojos grises y facciones de perro de presa emergiendo de jers&#233;is de cuello vuelto. Conoc&#237;a bien a los cebos, pero su veteran&#237;a al frente de Psicolog&#237;a Criminal se deb&#237;a a un innegable talento para echar balones fuera, as&#237; como a su car&#225;cter fr&#237;o cubierto por un h&#225;bil barniz emocional. Se dec&#237;a que le hab&#237;a influido mucho el accidente que hab&#237;a dejado a su hija paral&#237;tica. Sin embargo, era f&#237;lico de Petici&#243;n, como Vera, y le encantaba sentirse indispensable y atender ruegos. En ese momento lo complac&#237;.

No quiero medallas -murmur&#233;-. Solo quiero saber d&#243;nde est&#225; mi hermana.

Joder, reina, ojal&#225; lo supi&#233;ramos. Han escaneado toda la zona alrededor de esa puta casa en la sierra. Ma&#241;ana lunes rastrear&#225;n el embalse cercano. Te juro que

Lo interrump&#237; sin elevar la voz, desde la cama, mir&#225;ndolo a los ojos.

El Espectador no la secuestr&#243;, Julio. Ni a Elisa Monasterio tampoco.

&#191;Qu&#233;? &#191;C&#243;mo lo sabes?

&#201;l me lo dijo -respond&#237;, dubitativa.

&#161;Anda, co&#241;o! &#191;Y qu&#233; m&#225;s te dijo? &#191;Que quer&#237;a casarse contigo? &#161;Era un psico! &#161;Te hubiese dicho que eras la emperatriz de Egipto, si con ello!

No ten&#237;a por qu&#233; mentirme en eso. Y nunca ha hecho desaparecer los cuerpos, ni las ha eliminado en un solo d&#237;a. El cad&#225;ver de esa chica h&#250;ngara a&#250;n estaba all&#237;

Rumana -corrigi&#243; Padilla rasc&#225;ndose la papada-. Eva Rutlu, veintid&#243;s a&#241;os. Estaba tramitando los papeles en nuestro pa&#237;s y nadie denunci&#243; su desaparici&#243;n

Rumana o h&#250;ngara, ella era el &#250;nico cad&#225;ver, Julio. La &#250;ltima que secuestr&#243;.

Diana, el an&#225;lisis inform&#225;tico ha determinado que a Elisa y Vera se las llev&#243; ese t&#237;o con un noventa y nueve, coma

Lo escuch&#233; en silencio. Alguien ha ama&#241;ado los datos, hab&#237;a dicho el Espectador. Alguien de tu departamento os est&#225; enga&#241;ando. Pero &#191;deb&#237;a creerle?

Tras cansarse de dar cifras, Padilla me mir&#243; un instante, pensativo.

Est&#225;s agotada, Blanco. Estresada por la desaparici&#243;n de tu hermana y por la captura. Ese salvaje y su reto&#241;o te te hicieron mucho da&#241;o. Pero has realizado una cacer&#237;a impecable. Eres la mejor, siempre lo has sido. -Me sorprendi&#243; aquella alabanza, m&#225;s bien propia de Claudia Cabildo, y a &#233;l tambi&#233;n, quiz&#225;, porque de improviso opt&#243; por dar una de cal con una de arena-. Por supuesto, estoy al tanto de lo que hiciste, y de c&#243;mo lo hiciste, pero vistos los resultados, no tengo nada que objetar, al contrario

Sab&#237;a a qu&#233; se refer&#237;a. Yo ya hab&#237;a contado mi entrevista con Gens a los psic&#243;logos que me hab&#237;an interrogado en el hospital, as&#237; como la t&#233;cnica empleada para cazar al Espectador. No hubo grandes sorpresas. Como el propio Gens me hab&#237;a dicho, los altos cargos del departamento sab&#237;an que segu&#237;a vivo y le pasaban informes de vez en cuando. El hecho de que Gens revelara sus trucos a una antigua disc&#237;pula antes que a ellos les fastidiaba, pero encajaba dentro de la imagen orgullosa del viejo psic&#243;logo.

Yo estaba pensando en otra cosa. Decid&#237; plantearlo con naturalidad.

Julio, &#191;qu&#233; ha ocurrido por fin con lo de &#193;lvarez?

Fue como si hubiese entrado un coronel: Padilla se irgui&#243;, muy serio.

Un suicidio. Dej&#243; una carta, lo t&#237;pico Fuiste a ensayar a la granja en coincidencia con su muerte, nada m&#225;s.

Alis&#233; la s&#225;bana con la mano que no ten&#237;a vendada y asent&#237;.

&#191;Y qu&#233; era ese t&#250;nel? He estado a&#241;os all&#237; y no sab&#237;a que existiera.

Oh, una ampliaci&#243;n que hizo Gens en el s&#243;tano para construir nuevos escenarios, pero nunca lleg&#243; a utilizarse. -La entrada de un enfermero le dio la excusa que precisaba. Se qued&#243; mir&#225;ndome, como indeciso-. Vendr&#233; ma&#241;ana. Intenta descansar.

No respond&#237;: pensaba en un t&#250;nel de paredes de madera y techo de vigas en aspa.

Y en lo mal que mienten todos los fil&#237;cos de Petici&#243;n cuando se les pregunta.

El Taller era una cl&#237;nica sin carteles ni distintivos con un jard&#237;n seco por el que los cebos pod&#237;amos pasear en camis&#243;n, como viejos patricios que ya han entregado a su prole la parte de mundo que poseyeron. Lo hab&#237;an edificado en un pol&#237;gono industrial m&#225;s pr&#243;ximo a Segovia que a Madrid, Dios sab&#237;a por qu&#233;, y contaba con un quir&#243;fano y una secci&#243;n de larga estancia con veinte camas. La decoraci&#243;n me recordaba desagradablemente la de los s&#243;tanos del Espectador: paredes y muebles blancos, ventanas met&#225;licas. Desde el techo te espiaban visores de conducta y c&#225;maras de holov&#237;deo.

Pero no era ninguna c&#225;rcel, por lo que ese mismo domingo decid&#237; largarme.

Fue despu&#233;s de la visita de Padilla. Miguel, que hab&#237;a venido el s&#225;bado a darme besos y rodearme de ramos de flores de antiguos compa&#241;eros -una tradici&#243;n cuando uno de nosotros realizaba una captura esperada-, me trajo tambi&#233;n algo de ropa de mi apartamento. Tras el almuerzo, me levant&#233;, la cog&#237; y me vest&#237; en el ba&#241;o.

Me sent&#237;a d&#233;bil y mareada, y me dol&#237;a todo el cuerpo. Ten&#237;a la cara se&#241;alada con la huella de las mordazas de goma y cuerdas y los golpes del Espectador, la garganta con la l&#237;nea roja dejada por la argolla y varios hematomas en el vientre, espalda y muslos. Por supuesto, y pese a que me constaba que lo hab&#237;an intentado, no hab&#237;an podido injertarme el dedo. Lo hallaron el mismo viernes, tras una b&#250;squeda desesperada y minuciosa, formando parte de la horrenda colecci&#243;n de trozos de v&#237;ctimas que el Espectador guardaba en los frascos del segundo s&#243;tano. Aunque la temperatura all&#237; no superaba los cinco grados cent&#237;grados, mi me&#241;ique estaba sumergido directamente en l&#237;quido conservador, con lo cual el tejido era irrecuperable. A decir verdad, me importaba un r&#225;bano: despedirme del me&#241;ique izquierdo no era, ni de lejos, tan duro como asumir la p&#233;rdida de otras muchas cosas de mi vida, incluyendo, por encima de todas, la de mi hermana. Si por alg&#250;n milagro encontraba a Vera sana y salva, bien pod&#237;a irse al infierno mi mano entera.

En el Taller casi todos eran hombres, casi todos vest&#237;an de blanco y casi todos acostumbraban a tocarte: te palmeaban la espalda, te estrechaban la mano, te auscultaban o te cambiaban el vendaje. Mi enfermero se llamaba Alfredo, y era un chico de mand&#237;bula angulosa, muy apuesto, que se present&#243; en mi habitaci&#243;n casi antes de que terminara de abrocharme los zapatos. Le dije que me iba, y llam&#243; a un m&#233;dico, que a su vez llam&#243; a otro. Me advirtieron que los cinco puntos de sutura que me hab&#237;an dado tras limpiarme el tejido del mu&#241;&#243;n hab&#237;an cerrado bien, aunque pod&#237;an soltarse con los esfuerzos, y que a&#250;n necesitaban asegurarse de que no hab&#237;a lesiones internas. Pero, tras la exenci&#243;n de responsabilidades con las suficientes firmas, claudicaron. Yo era una especie de enchufada para ellos, la hero&#237;na del d&#237;a. Incluso se mostraron obsequiosos: los autocares p&#250;blicos ten&#237;an horario de domingo, y Alfredo se ofreci&#243; a llevarme en su coche hasta Madrid.

De regreso a casa, hice una llamada. Luego me duch&#233; e inger&#237; un analg&#233;sico con un vaso de leche y galletas mientras encend&#237;a el televisor. Repet&#237;an la noticia que ya hab&#237;a visto en el hospital: la muerte el viernes del presunto asesino de prostitutas de Madrid cuando un equipo especial iba a proceder a su arresto. Los detalles a&#250;n no hab&#237;an sido esclarecidos, pero se supon&#237;a que la v&#237;ctima, conocido empresario en el sector de la seguridad inform&#225;tica, se hab&#237;a quitado la vida. Los locutores hablaban ansiosos frente a la atroz casa de la sierra. El ni&#241;o solo se mencionaba de pasada, sin relaci&#243;n alguna con los acontecimientos. Yo sab&#237;a que se hallaba en un centro psicol&#243;gico para menores y que estaban intentando encontrar a alg&#250;n posible familiar.

Pero la calma vende menos que la inquietud, y el secuestro de una ni&#241;a en Barcelona y el hallazgo de otra v&#237;ctima del Envenenador ocupaban la mayor parte del informativo. Esta &#250;ltima era una mujer de unos sesenta a&#241;os fallecida en su domicilio de Moncloa. Sin embargo, segu&#237;a sin haber nada claro y hasta la propia existencia de un envenenador se pon&#237;a ya en duda, porque a&#250;n no se hab&#237;a aislado la sustancia. Luego ven&#237;an fotos de la ni&#241;a secuestrada. Ojos tristes, pelo rubio, seis a&#241;os. Se me revolvi&#243; el est&#243;mago, apagu&#233; el televisor y me fui a la cita que hab&#237;a concertado por tel&#233;fono.

Era una preciosa tarde oto&#241;al de Madrid, de esas de cielo puro y sol que, aunque declinante, sigue calentado. Despu&#233;s de los d&#237;as que hab&#237;a pasado sumida en pesadillas, ten&#237;a que haberme sentido mejor al respirar aquella atm&#243;sfera suave y dorada. En cambio, me encontraba nerviosa y mis manos sudaban sobre el volante mientras sal&#237;a de Madrid en direcci&#243;n hacia Las Rozas. Lo que me dispon&#237;a a hacer no me gustaba nada, y no pod&#237;a evitar la tensi&#243;n. En contraste con mi &#225;nimo, la calle Teseo presentaba un aspecto pac&#237;fico y florido. Nely Ramos sali&#243; a recibirme en cuanto toqu&#233; el timbre de la cancela. De sus l&#243;bulos colgaban unos pendientes de aros enormes.

&#161;Qu&#233; bien que llamaste! -Sonri&#243;-. &#161;Le va a dar una alegr&#237;a verte! Pero &#191;qu&#233; te ha pasado?

Le cont&#233; que hab&#237;a tenido un peque&#241;o accidente, sin m&#225;s. De cualquier forma, el vendaje imped&#237;a ver del todo mi dedo seccionado. Me precedi&#243; hacia la casa, pero no entramos, en vez de ello, la rodeamos hasta el jard&#237;n posterior. Y mientras tanto Nely no cesaba de hablar con aquella voz enronquecida y a la vez dulce, de acento canario.

Est&#225; tomando el sol como los lagartos, cuando hace buen tiempo le encanta Incluso creo que se da m&#225;s cuenta de las cosas, &#191;sabes? El otro d&#237;a le pidi&#243; al jardinero que usara la vieja cortadora de c&#233;sped del trastero El hombre le dijo que eso era una antigualla, que las de hoy son el&#233;ctricas, pero ella insisti&#243; tanto que, ya sabes tan mimadita que est&#225; Al final, el pobre se pas&#243; toda la tarde limpiando el cacharro y consiguiendo combustible Seg&#250;n parece, el ruido del motor le trae recuerdos de la ni&#241;ez &#161;Todo es poco para complacerla, pobrecita!

Y all&#237; estaba, retrepada en una butaca plegable en el jard&#237;n, descalza, las flacas rodillas sobresaliendo por el borde de un sencillo vestido turquesa. El pelo pajizo le brillaba como una mitra bajo el sol. Un seto bien recortado le serv&#237;a de marco. Parec&#237;a dormida. Se la ve&#237;a indefensa y a la vez majestuosa.

Clau, mira qui&#233;n ha venido &#161;Pero, abre los ojos, boba! -Nely cogi&#243; una manta ca&#237;da a sus pies y se la puso. Verla actuar como una mam&#225; resultaba curioso, porque Nely era mucho m&#225;s joven que Claudia-. Est&#225; despierta, lo que pasa es que es muy, muy mala Le gusta fingir, &#191;verdad? &#191;Verdad que a Su Majestad le gusta fingir? -Claudia lanz&#243; una risita de ni&#241;a-. &#191;Vas a portarte as&#237; con tu amiga? &#161;Es Diana! &#161;Diana Blanco!

Para acercarse a ella hab&#237;a que pisar el c&#233;sped, y mis zapatillas se hundieron en el barro de las lluvias recientes. Mientras Nely bromeaba, cruc&#233; los brazos y sonre&#237;.

Hola, Cec&#233;.

Uau. La Jirafa. La number one.

Hab&#237;a hablado sin abrir los ojos, y Nely y yo lanzamos carcajadas. De repente se me form&#243; un nudo en la garganta y sent&#237; rebosar las l&#225;grimas. No escuch&#233; lo que dijo Nely al dejarnos solas, creo que iba a traerme una silla. Segu&#237; de pie, contemplando a Claudia Cabildo y tratando de contener mi emoci&#243;n.

T&#250; s&#237; que eres la number one, Cec&#233; -dije-, y lo ser&#225;s siempre.

Abri&#243; los fant&#225;sticos ojos azules. Realmente parec&#237;a m&#225;s viva, pero de improviso me percat&#233; de que el sol del atardecer le daba en la cara y, sin embargo, me miraba sin parpadear. Era como si aquellas ventanas redondas se abrieran a un cuarto vac&#237;o.

&#191;Te has mordido? -pregunt&#243;.

Me contempl&#233; el vendaje de la mano mientras sonre&#237;a.

He capturado, Cec&#233; -le dije-. Este viernes. &#191;Te acuerdas que te habl&#233; de eso y me aseguraste que lo har&#237;a? Pues lo hice. Era una serpiente muy grande, y me clav&#243; los colmillos, pero se los arranqu&#233; de ra&#237;z. Ya no volver&#225; a hacer da&#241;o a nadie.

Eres una super-woman.

Bah -dije en tono intrascendente-, mi captura fue normal, nada que ver con la que t&#250; lograste con Renard.

Me mir&#243; un instante. Luego cerr&#243; los ojos y lade&#243; la cabeza sin contestar.

Yo sab&#237;a que aquello no era cierto. Claudia no hab&#237;a tenido &#233;xito con Renard, y, de hecho, la polic&#237;a le hab&#237;a salvado la vida al hallar por casualidad el escondite al sur de Francia donde Renard la reten&#237;a. Renard no le hab&#237;a dejado apenas cicatrices, pero hab&#237;a usado el hambre, la sed y la electricidad d&#237;a a d&#237;a, durante un mes, hasta enloquecerla, sin que ninguna de cuantas m&#225;scaras hiciera Claudia lograran detenerlo. Claudia Cabildo era un ominoso monumento para todos nosotros, la se&#241;al que nos indicaba que hasta el m&#225;s experimentado de los cebos pod&#237;a fracasar.

La llegada de Nely con la silla nos interrumpi&#243;. Me sent&#233;, rechac&#233; su ofrecimiento de beber algo y esper&#233; a que se alejara de nuevo. Mientras tanto, Claudia segu&#237;a aparentando que dorm&#237;a. Parec&#237;a tan inocente que sent&#237; renovados deseos de abandonar el cruel plan. Pero aquella misma imagen arruinada en comparaci&#243;n con el recuerdo de la Claudia de anta&#241;o me hizo persistir.

Es preciso -pens&#233;-. Tambi&#233;n por ella.

Renard -insist&#237; con suavidad-. Lo capturaste t&#250;.

&#201;l fue quien me captur&#243; a m&#237; -dijo con sorprendente exactitud.

No. &#201;l solo te secuestr&#243; y te hizo da&#241;o, Cec&#233;, pero t&#250; lo envenenaste, le quemaste el alma &#191;Recuerdas cuando habl&#225;bamos de quemarle el alma a los psicos

Renard -murmur&#243; mirando hacia un punto del jard&#237;n, como si hubiese visto a Renard all&#237; de repente, alz&#225;ndose sobre los setos.

T&#250; lo lograste, Cec&#233;, le quemaste el alma a ese monstruo. A Renard. A pesar de que te tuvo encerrada un mes entero en esa especie de de cueva subterr&#225;nea al sur de Francia, cerca de Toulouse, creo -Me hab&#237;a inclinado hacia delante y hablaba despacio, mir&#225;ndola con la fijeza con que miramos la d&#233;bil capa de hielo que nos disponemos a pisar-. Ese antro que me contaste, de paredes de piedra

Mi vida, Jirafa. -Abri&#243; los ojos-. Mi vida se pierde como una meada al sol.

Insist&#237; con suavidad.

Esa cueva, Cec&#233; &#191;Recuerdas? Donde te encerr&#243;

Eran de madera Paredes de madera

Me call&#233; y la escrut&#233; sin distinguir nada en ella muy diferente de la soleada calma de las hojas que ten&#237;a detr&#225;s. Pero al menos ahora sab&#237;a que su memoria era accesible. Aunque yo recordaba bien lo que me hab&#237;a dicho tiempo atr&#225;s sobre el lugar donde hab&#237;a estado encerrada, pretend&#237;a que fuese ella misma quien lo repitiera.

S&#237;, de madera, eso es -Asent&#237;-. Me dec&#237;as que a veces pasabas mucho rato acostada y solo ve&#237;as el techo Debes de recordar muy bien ese techo Era liso, creo.

Me alegro de verte, Jirafa -dijo-. Eres una super-woman.

Yo tambi&#233;n a ti, Cec&#233;.

Hemos vivido tantas cosas juntas

Desde luego, pero lo de Renard lo hiciste t&#250; s&#243;lita.

S&#237;, yo -concedi&#243;.

Te tuvo un mes, un mes all&#237; dentro -De repente necesit&#233; una pausa: hablarle as&#237; me quemaba la garganta. Respir&#233; hondo y prosegu&#237;-. Un mes en aquel sitio horrible, de paredes de madera, con tantos pasillos oscuros y aquel techo

Solo uno.

Me detuve.

&#191;C&#243;mo?

Cre&#237; que eran varios, pero solo era un pasillo, recto -Alzaba un &#237;ndice huesudo y en su mu&#241;eca advert&#237; la cicatriz de los grilletes con los que Renard la hab&#237;a encadenado. Sent&#237; que el coraz&#243;n me lat&#237;a tan fuerte que pens&#233; que Claudia pod&#237;a o&#237;rlo, pero de repente comprend&#237; que ni siquiera me ve&#237;a: era como si dentro de sus ojos hubiese entrado alguien y proyectara su sombra en las pupilas-. Al principio no lo supe Me vendaba los ojos al llevarme de una celda a otra Luego me quit&#243; la venda. Es dif&#237;cil hacer m&#225;scaras sin ver -Asent&#237;, anim&#225;ndola-. Pero yo las hice incluso antes No par&#233; de hacerlas, Jirafa Lo intent&#233; todo No te rindas, no te rindas, me dec&#237;a

&#191;Qui&#233;n? -la interrump&#237;.

&#191;Qu&#233;?

&#191;Qui&#233;n te dec&#237;a no te rindas, no te rindas?

Sonri&#243; acariciando la manta que la cubr&#237;a. El jard&#237;n estaba en silencio. De vez en cuando un coche lo perturbaba tras la valla oculta por los setos.

El doctor Gens siempre nos dec&#237;a eso, Jirafa.

S&#237;, pero habl&#225;bamos de Renard.

&#191;De Renard? -Parpade&#243; varias veces y su semblante pareci&#243; alterarse como una vela al calor de la llama. Decid&#237; escoger otro camino.

No importa. &#191;Recuerdas las habitaciones?

Las celdas.

Eso es, las celdas.

Sin barrotes Puertas de madera A veces me dejaba dormir en el suelo Siempre crey&#243; en m&#237;, me ense&#241;&#243; tanto

Mi boca se sec&#243;. Algo as&#237; como el roce con un reptil erizaba mi espalda.

Ahora hablas de Gens, Cec&#233;.

No, de Renard Me tuvo un mes all&#237; dentro

Pero te refer&#237;as al doctor Gens. Dijiste crey&#243; en m&#237;, me ense&#241;&#243; tanto

S&#237;, Gens. Confiaba en m&#237;. Me tuvo un mes all&#237; dentro, pero yo quem&#233; su alma

&#191;Hablas de Gens o de Renard, Cec&#233;?

La dulce voz de Nely, desde la casa, no son&#243; tan dulce como de costumbre.

Oye, perdona, creo que ser&#225; mejor que pares La est&#225;s poniendo fatal

Ignor&#233; a Nely, que se aproximaba, y acarici&#233; el hombro de Claudia.

Cec&#233;, por favor, haz memoria &#191;Viste a Gens en aquel lugar? &#191;Viste al doctor Gens mientras estabas en esas celdas? -Sus ojos no cambiaron, siguieron mir&#225;ndome con vacua ferocidad. Pero sus labios temblaban-. Claudia, &#191;me oyes?

Un cuerpo se interpuso entre ambas.

&#161;Ya est&#225; bien! -proclam&#243; Nely, imperiosa, abrazando a su peque&#241;a-. &#161;Mira c&#243;mo la has puesto! Ya, ya No pasa nada, aqu&#237; estoy -Solo se interrumpi&#243; para lanzarme dardos de fuego con la mirada-. Ser&#225; mejor que te vayas de una vez, Diana


Me disculp&#233;, me desped&#237; de ambas y comenc&#233; a recorrer el camino hacia la cancela. Mientras me alejaba escuch&#233; de nuevo la voz de Claudia, so&#241;adora:

Hab&#237;a n&#250;meros y letras en las vigas Yo los contaba Dos a, tres be, cuatro



27

Por favor, contesta, Miguel.

Lo llam&#233; a casa y al m&#243;vil varias veces, sin obtener m&#225;s respuesta que el buz&#243;n de voz. Record&#233; entonces que, cuando me visit&#243; en el Taller, me hab&#237;a dicho que pasar&#237;a el fin de semana en Los Guardeses preparando cebos para la operaci&#243;n contra la banda de trata de blancas del sur. Sab&#237;a que acostumbraba a desconectar el tel&#233;fono cuando trabajaba. Al fin decid&#237; dejarle un mensaje, pidi&#233;ndole que me llamara. Habl&#233; de forma natural, para no levantar sospechas en caso de que alguien estuviese escuchando.

En aquel momento cualquier cosa me parec&#237;a posible.

Pasaban de las ocho cuando entr&#233; en la ciudad. Anochec&#237;a, pero no soportaba la idea de regresar a mi solitario apartamento. No despu&#233;s de lo que sab&#237;a, o cre&#237;a saber, tras visitar a Claudia. Necesitaba hablar con alguien. De repente supe con qui&#233;n.

Ni siquiera lo llam&#233; para avisarle. Era domingo y la consulta estar&#237;a cerrada, pero &#233;l me hab&#237;a dicho d&#243;nde viv&#237;a, agregando que pod&#237;a ir a verlo cuando quisiera.

El edificio era lujoso, aunque pose&#237;a aires de isla solitaria o fortaleza amurallada. Un conocido club nocturno en los bajos empezaba a recibir clientela. Puls&#233; el n&#250;mero de su piso pensando que si no lo encontraba, o no deseaba recibirme, intentar&#237;a ir a Los Guardeses. Pero, tras el escrutinio de dos c&#225;maras de seguridad, el portal se abri&#243;.

Me aguardaba diez plantas m&#225;s arriba, en el umbral del domicilio.

Dios m&#237;o -dijo al verme.

El doctor Ar&#237;stides Mario Valle se hallaba como siempre, atildado y perfumado, con una elegante camisa verde claro con los faldones por fuera y un pantal&#243;n haciendo juego en color tapete de billar. El n&#237;veo cabello estaba bien peinado y sus gafas sin montura mostraban los cristales relucientes.

Estoy bien -le dije, porque sab&#237;a que mi aspecto indicaba lo contrario-. S&#233; que me he presentado de sopet&#243;n, pero si interrumpo algo, me marcho. En serio.

No, no interrumpes nada. Pasa.

El piso, amplio y confortable, se adornaba con luces indirectas y objetos de arte ind&#237;gena, como la consulta, y revelaba dinero y buen gusto. Una enorme pantalla en la pared del sal&#243;n ofrec&#237;a noticias sin sonido. Valle se sent&#243;, o m&#225;s bien se dej&#243; caer, en un puf y me ofreci&#243; un c&#243;modo sill&#243;n anat&#243;mico.

Sab&#237;a que hab&#237;as sido t&#250; -dijo mientras estudiaba con expresi&#243;n dolorida mis heridas de guerra en el rostro y la mano-. Lo sab&#237;a. Lo supe en cuanto dieron la noticia el viernes, pero no quise llamarte para respetar tu tu trabajo.

Hiciste bien. Te lo agradezco.

&#191;C&#243;mo est&#225;s? -Hablaba en susurros, como si los ruidos pudieran romperme.

Bien, de veras. Sali&#243; bien. -Me mir&#233; el vendaje de la mano y sonre&#237;-. Supongo que pudo salir mejor, pero tambi&#233;n peor.

&#191;Quieres hablar de ello?

No hay mucho que contar. Lo hice, y eso es lo que importa.

Valle tom&#243; aire mientras asent&#237;a, y de repente me ruboric&#233;, como si le hubiese hablado de una aventura sexual.

Perdona -dijo tras un silencio-, estoy aqu&#237;, sentado como un idiota -Se levant&#243; y movi&#243; la mano en el aire. El televisor se apag&#243; y una m&#250;sica suave de jazz llen&#243; el espacio-. &#191;Quieres tomar algo? Si no es muy tarde para ti, puedo hacer caf&#233;.

Un refresco estar&#225; bien.

Mir&#233; alrededor mientras Valle iba a por las bebidas. Hab&#237;a cierto desorden en la pulcritud que me rodeaba: papeles de impresora subrayados, un libro abierto y colocado bocabajo, cuadernos y un notebook en una mesa central, junto a un div&#225;n cuya mullida superficie presentaba huellas de uso reciente. Todo indicaba que Valle hab&#237;a estado dedicado a leer y escribir antes de mi llegada. El libro era una traducci&#243;n al castellano del Tim&#243;n de Atenas de Shakespeare. En las paredes hab&#237;a m&#225;scaras tribales y una serie de holograf&#237;as, algunas dotadas de movimiento. Me acerqu&#233; a contemplarlas. Eran un bonito recorrido por la vida de Mario Valle: junto a los amigos, junto al rey de Espa&#241;a, junto a gente barbuda y sabihonda. Otras mostraban a un Valle juvenil, delgado, sudoroso, bajo un sombrero de paja, rodeado de un grupo de nativos del Amazonas.

Conviv&#237; varios meses con algunas tribus antes de marcharme de mi pa&#237;s -me dijo al ofrecerme el vaso-. Me ense&#241;aron el valor de la dignidad por encima de cualquier ventaja material. La sociedad moderna los ha invadido por los cuatro costados, pero no renuncian a seguir solos, orgullosos de s&#237; mismos y de su sabidur&#237;a ancestral. Creo que t&#250; y yo tenemos algo en com&#250;n con ellos Por ti -agreg&#243; alzando su vaso.

No me siento muy orgullosa de m&#237; misma -dije tras el brindis-. Hago mi trabajo, nada m&#225;s.

Tu humildad es loable -declar&#243; Valle-, pero se debe a que te han ense&#241;ado a ser herramienta, no a manejarlas. Deber&#237;ais ser noticia, t&#250; y tus compa&#241;eros -Se&#241;al&#243; el televisor-. Han estado horas hablando de la muerte de ese loco Todo el m&#233;rito para la polic&#237;a, ninguno para ti.

Yo soy tambi&#233;n la polic&#237;a.

Por supuesto. Ya s&#233; que estoy diciendo una idiotez. Sois materia clasificada, claro. Pero, bueno, me jodi&#243; que no se reconociera tu labor.

Pens&#233; decirle que, puestos a elegir, prefer&#237;a la celebridad de las v&#237;ctimas antes que la de los cebos, pero quise cambiar de tema, en parte para interrumpir aquella atm&#243;sfera sentimental que el tono suave y las miradas fijas de Valle dejaban en el aire.

Gracias por recibirme, Mario.

No digas tonter&#237;as. Me alegra mucho que hayas venido. No sabes cu&#225;nto.

Hice un gesto hacia la mesa y sonre&#237;.

&#191;Has estado haciendo los deberes?

Bueno, ya me hab&#237;an presentado al gran William, pero ahora lo leo con m&#225;s cuidado. -Valle imit&#243; mi sonrisa y cogi&#243; el libro-. &#191;Conoc&#237;as esta obra?

Las conozco todas, es parte de mi trabajo. Tim&#243;n es el hombre rico, generoso e ingenuo que, al quedarse sin dinero y perder a todos sus amigos, decide irse -Hice una pausa y puse cara de mala-. &#191; al Amazonas?

La carcajada de Valle, por primera vez desde que lo conoc&#237;a, fue estent&#243;rea.

Te recuerdo que el psic&#243;logo soy yo. -Me apunt&#243; con el libro-. Pero en parte tienes raz&#243;n, me siento identificado con &#233;l. No soy mis&#225;ntropo, pero tampoco precisamente fil&#225;ntropo. La humanidad no da para mucho. Lo curioso es la interpretaci&#243;n que ofrec&#237;a V&#237;ctor Gens sobre la obra Saqu&#233; un texto suyo de internet -Cogi&#243; los papeles subrayados-. No menciona las m&#225;scaras, desde luego, pero dice que Tim&#243;n, en la segunda parte, cuando aparenta despreciar a todos, es m&#225;s generoso que nunca. Tanto, que se da por completo, en cuerpo y alma, para que beban su sangre y coman su carne Como Cristo y los cebos. -Me mir&#243;.

En realidad se refiere a la filia de Crueldad -coment&#233;-. Para enganchar al f&#237;lico de Crueldad, tienes que fingir que, por mucho da&#241;o que quiera hacerte, jam&#225;s llegar&#225; a da&#241;arte de verdad, porque t&#250; deseas sufrir m&#225;s. Eso lo bloquea La clave, seg&#250;n Gens, est&#225; en la actitud de aparente desprecio de Tim&#243;n.

Valle me escuchaba meneando la cabeza. Cuando acab&#233; dijo:

Querida Diana, perm&#237;teme que te diga que tu profesi&#243;n es

Una putada, ya lo s&#233;.

S&#237;, del todo.

Solt&#243; el libro y los papeles sobre la mesa. Aprovech&#233; para agregar:

He venido a contarte algo, Mario.

Oh, esa es la putada de mi profesi&#243;n: todos quieren contarme algo

Hubo un silencioso embarazoso que ninguno de los dos supimos romper. Mario Valle se mostr&#243; torpe al ofrecerme de nuevo el asiento mientras &#233;l regresaba al puf y apagaba la m&#250;sica. Luego apoy&#243; los codos en los muslos y la barbilla en ambos &#237;ndices, adoptando una actitud profesional. El rubor te&#241;&#237;a sus mejillas de color cereza.

Lo siento -dijo-. Cuando me pongo idiota, soy muy idiota.

No, por favor. Yo soy la que ha venido sin avisar.

No s&#233; qui&#233;n dijo que los hombres dejamos de usar la cabeza cuando nos la besan -murmur&#243;, y sonre&#237;mos torpemente-. Quiz&#225; fue Erich Fromm -a&#241;adi&#243; en tono de broma.

Cuando os besan &#191;qu&#233; cabeza? -insinu&#233;, y solt&#243; otra vez aquella carcajada, ins&#243;lita para sus calmadas maneras.

&#161;Eso ya no es de Erich Fromm! -Re&#237;mos. De pronto not&#233; que me sent&#237;a relajada, capaz de hablar. Valle me anim&#243; con un gesto, y la seriedad de mi cara lo contagi&#243;.

Supongamos -comenc&#233;- que te digo que me han enga&#241;ado. En mi trabajo.

Se irgui&#243; bruscamente, como si lo hubiese acusado a &#233;l.

&#191;A qu&#233; te refieres?

Se lo expliqu&#233;. Le habl&#233; de Claudia Cabildo y de Renard. En un momento dado me interrump&#237; para quitarme la cazadora con cierto esfuerzo, porque me dol&#237;a el brazo izquierdo. Debajo llevaba una simple camiseta p&#250;rpura, de un tono similar al de algunos de mis hematomas. Valle se levant&#243; y me ayud&#243; cort&#233;smente.

No recuerdo esa noticia -dijo tras regresar al asiento.

No se hizo p&#250;blica. En teor&#237;a, Renard era un pez mediano que necesitaban para capturar al grande, un simple jefe de una banda mafiosa de Marsella a quien quer&#237;an hacer confesar y no sab&#237;an c&#243;mo, pero tambi&#233;n un psico de los buenos

&#191;Un qu&#233;?

Un psic&#243;pata. Torturaba personalmente a sus v&#237;ctimas y ten&#237;a la costumbre de dejar mu&#241;ecas rotas y ahorcadas junto a los cad&#225;veres. Era f&#237;lico de Crueldad, precisamente. -Se&#241;al&#233; el Tim&#243;n-. El problema m&#225;s gordo era que conoc&#237;a la existencia de los cebos y resultaba peligroso. Encargaron el caso al doctor Gens, y &#233;l eligi&#243; a mi compa&#241;era Claudia para infiltrarse en sus filas El montaje era el cl&#225;sico: Renard sospechar&#237;a tarde o temprano de ella y querr&#237;a interrogarla. Entonces ella lo poseer&#237;a, lo interrogar&#237;a a &#233;l y luego lo eliminar&#237;a. Pero algo fall&#243;. Renard la encerr&#243; en un zulo al sur de Francia y la trabaj&#243; durante un mes, y Claudia no logr&#243; engancharlo. Lo intent&#243; de diversas maneras, sin &#233;xito. En cambio Renard s&#237; tuvo &#233;xito con ella.

Mientras hablaba me contemplaba la mano vendada que descansaba sobre mis vaqueros. Al levantar la vista descubr&#237; que Valle estaba p&#225;lido.

Una de las primeras cosas que nos ense&#241;an es a refugiarnos en nosotros mismos cuando llega el dolor. Pero Renard se encarg&#243; de destruir todos los refugios de Claudia, uno tras otro, hasta que ella ya no pudo retroceder m&#225;s. La polic&#237;a francesa encontr&#243; el zulo antes de que Renard la matara, pero Claudia ya hab&#237;a ca&#237;do al foso Es la expresi&#243;n que usamos para indicar que uno de nosotros ha perdido la chaveta. Sigue con vida, pero no ha vuelto a recuperarse.

&#191;Y qu&#233; ocurri&#243; con ese Renard?

Lo mat&#243; a tiros la polic&#237;a.

Valle realiz&#243; una inspiraci&#243;n profunda y se frot&#243; los ojos bajo las gafas.

Desde luego, fue algo horrible, Diana. Comprendo que

Eso no es lo peor -lo interrump&#237;.

Le habl&#233; entonces de la extraordinaria similitud entre el t&#250;nel de la granja y el lugar donde Claudia hab&#237;a sido torturada. No mencion&#233; el suicidio de &#193;lvarez ni las mu&#241;ecas ahorcadas, por mucho que me parecieran pruebas del remordimiento de uno de los supuestos culpables. Valle me escuchaba con creciente nerviosismo.

&#191;Est&#225;s tratando de decirme que Renard colaboraba con tus jefes?

Estoy tratando de decirte que quiz&#225; Renard ni siquiera existi&#243;. -Ahora me costaba esfuerzo hablar. Todo el cansancio y el dolor se hab&#237;an desplomado sobre m&#237; como una nevada. Me frot&#233; los brazos, desnudos e inermes-. Trato de decirte que quiz&#225; fue un experimento, algo que quer&#237;an lograr con nosotros Y puede que esos experimentos contin&#250;en: mi hermana y otra compa&#241;era llevan d&#237;as desaparecidas El an&#225;lisis inform&#225;tico afirma que han sido v&#237;ctimas del asesino de prostitutas, pero hay -Al llegar a este punto titube&#233;. &#191;Qu&#233; hab&#237;a? &#191;La palabra del Espectador contra la de aquellos en quienes confiaba? Pero decid&#237; que ya no confiaba en nadie-. Hay datos que hacen sospechar que ese an&#225;lisis ha sido ama&#241;ado -conclu&#237;, mirando a Mario Valle a los ojos.

Las luces convert&#237;an la pared a nuestro alrededor en un vac&#237;o blanco: el rostro de Valle era del mismo color.

Tienes que denunciarlos -murmur&#243; al fin.

Carezco de pruebas, solo el recuerdo de una compa&#241;era enferma. -Y la palabra de un asesino, pens&#233;.

&#161;Debes conseguirlas! &#161;Yo te ayudar&#233;!

Ya est&#225;s ayud&#225;ndome solo con escucharme.

&#191;Solo con? &#161;Diana, por favor, c&#243;mo es posible!

Valle se levant&#243; bruscamente y se llev&#243; la mano a la boca como si quisiera impedir que de ella fluyeran palabras sin sentido. Luego empez&#243; a ir de un lado a otro mientras hablaba, con una ansiedad que &#233;l mismo no parec&#237;a advertir.

Escucha, te lo dir&#233; de una vez: &#161;deja de pensar como un soldado en tiempo de guerra, por favor! Te concedo que tu trabajo ha hecho mucho bien a la sociedad, &#161;te lo concedo! Pero ya ha terminado, &#191;comprendes? &#161;No les debes nada! &#161;No debes nada a nadie -Yo lo miraba ir y venir-. &#191;Qu&#233; m&#225;s quieren de ti? Te guste o no lo que haces, &#191;qu&#233; m&#225;s te queda por hacer? &#161;M&#237;rate! &#161;Mira tu cuerpo! Has luchado, te han herido cruelmente, has hecho lo que ellos quer&#237;an &#191; Y c&#243;mo te pagan? &#191;Con enga&#241;os? &#191;Esa es la clase de justicia que proponen? &#161;Ya basta, Diana! &#161;Por mucho que ellos sean los lobos, t&#250; no eres el plato de carne!

Hab&#237;a un espejo en forma de sol azteca. Valle se detuvo ante &#233;l de repente.

He conocido mucho sufrimiento -agreg&#243;, con voz queda-. Las injusticias adoptan m&#250;ltiples formas, como las drogas de las que te habl&#233; He visto a ni&#241;os vender sus cuerpos para vivir, y aun as&#237; no viv&#237;an. La miseria es el psic&#243;pata del mundo, el m&#225;s cruel. T&#250; hablas de Renard, del asesino de prostitutas, de c&#233;lulas terroristas y secuestradores Es como ver fotos de jud&#237;os en campos nazis y decir: Ah&#237; est&#225; el &#250;nico mal, la &#250;nica depravaci&#243;n Pero todo eso es el teatro de esta santa civilizaci&#243;n occidental, la excusa del Primer Mundo para cerrar los ojos ante el mayor de los cr&#237;menes. &#191;Sabes cu&#225;ntos ni&#241;os he visto con el mismo aspecto que esos jud&#237;os, Diana? &#191;Sabes cu&#225;ntos ni&#241;os sigue habiendo en el campo de concentraci&#243;n de los pa&#237;ses subdesarrollados? Todos ellos son cebos como t&#250;. Trabajan ofreciendo su carne y sangre para ser devorados. Y mientras tanto, nuestra sociedad monta una farsa de cr&#237;menes, terroristas, asesinos y les da la espalda. -Gir&#243; y me mir&#243;. Sus ojos, tras las gafas, brillaban como si tambi&#233;n ellos fueran de cristal-. Deja este teatro, Diana Baja del escenario, no les sigas el juego a los hip&#243;critas, a los peque&#241;os amos Te lo suplico, como amigo.

&#191;T&#250; no les sigues el juego?

La pregunta lo sumi&#243; en el silencio. Sus cejas se alzaron con expresi&#243;n de dolor.

Yo no admito la farsa -dijo al fin-. Vivir con esos pueblos de la jungla me ense&#241;&#243; a ser lo que soy. Sin m&#225;scaras. -Dio varios pasos hacia m&#237;-. Te lo ped&#237; un d&#237;a, sin conocerte, y te lo pido ahora otra vez: deja las m&#225;scaras a un lado y s&#233; t&#250; misma.

Ya no soy tu paciente -repliqu&#233; con cierta rabia-. Me he curado.

No te hablo como psic&#243;logo, sino como como el hombre al que besaste la otra noche.

Hab&#237;a dicho aquello en un tono muy bajo, pero aun as&#237; con extraordinaria nitidez. Me levant&#233;. Est&#225;bamos frente a frente.

Me he equivocado contigo -dije, y me pareci&#243; que cada palabra me ocasionaba un dolor s&#250;bito-. Cuando supiste que no me llamaba Elena, tuve que abandonar &#161;Tuve que salir de tu consulta y no volver a verte! Pero &#191;qu&#233; hice? &#161;Involucrarte cada vez m&#225;s! -Valle dec&#237;a que no, pero yo atropellaba su negativa con mis sollozos-. &#161;Te he puesto en peligro, habl&#225;ndote as&#237;! &#161;Y he seguido haci&#233;ndolo! &#161;Conozco los riesgos, pero solo pienso en desahogarme!

Pues desah&#243;gate -dijo con suavidad, abriendo los brazos hacia m&#237;.

&#161;Te estoy utilizando para poder ser yo misma!

Eso me parece bien

&#161;Pero te he puesto en peligro! -Me interrump&#237; y susurr&#233;-: Y t&#250; me importas.

Y t&#250; a m&#237;, Diana.

Me ech&#233; en sus brazos, en su afable oscuridad, me tend&#237; sobre &#233;l como si su apellido fuese su cuerpo: un valle acogedor y protector, oreado por su respiraci&#243;n. Cerr&#233; los ojos, pero mis l&#225;grimas atravesaron los p&#225;rpados y brotaron como roc&#237;o.

D&#233;jame ayudarte -murmuraba Mario Valle apret&#225;ndome contra &#233;l, haci&#233;ndome da&#241;o involuntariamente en mis heridas, pero sin que me molestase-. &#161;Por favor, para ya de hacer de padre y madre de ti misma y deja que alguien te ayude alguna vez!

Durante el primer beso apenas pens&#233; en otra cosa que no fuese su boca. Alc&#233; la mano y le quit&#233; las gafas como quien despoja a su pareja de una m&#225;scara durante un baile. Volvimos a besarnos, y de repente sent&#237; esa inclinaci&#243;n, esa ca&#237;da acelerada, ese tobog&#225;n de la carne por el que, una vez te deslizas sobre &#233;l, ya no hay vuelta atr&#225;s porque no puedes ni quieres frenar y sigues hasta el final.

Me di cuenta de que a&#250;n sosten&#237;a sus gafas mientras &#233;l me guiaba al dormitorio.

Mario Valle amaba con pasi&#243;n y delicadeza, con una ternura sorprendente que Miguel no sol&#237;a entregarme, pero en los momentos finales sus jadeos se convirtieron en sollozos, como si le doliera su propio placer, o el hecho de provoc&#225;rmelo.

Al acabar, ambos boca arriba sobre la cama, busc&#243; mi mano y permanecimos unidos por ellas como si quisi&#233;ramos pasear rumbo al techo. El dormitorio era un espacio de luz tenue con paredes de ese color terroso de los r&#237;os que surcaban su Amazonas.

&#191;Has sido t&#250;? -pregunt&#243; de repente, mir&#225;ndome-. &#191;No ha habido otra cosa?

Al principio no entend&#237; qu&#233; quer&#237;a decir, pero luego ca&#237; en la cuenta: segu&#237;a pensando en la m&#225;scara que yo hab&#237;a hecho en su consulta d&#237;as atr&#225;s. Ten&#237;a aquel placer clavado como una espina en su psinoma. Le dije que no hab&#237;a habido nada m&#225;s que yo.

Quiero vivir contigo -murmur&#243;.

Est&#225;s loco -repliqu&#233;.

S&#237;.

A&#250;n en la cama, se ofreci&#243; a darme un masaje curativo ind&#237;gena. Puso la palma de la mano hacia abajo y me acarici&#243; con infinita suavidad los hematomas del vientre. Me dol&#237;an, pero no quise decirle nada. Estuvo un rato pasando su mano por mi cuerpo y luego susurr&#243;:

Diana, s&#233; que amas a otro A un compa&#241;ero, me dijiste Esc&#250;chame Solo te pido una decisi&#243;n. Tu trabajo, la entrega constante a ese mundo que te est&#225; utilizando, o mi mundo y yo tal como eres, sin m&#225;scaras. Ambos lucharemos por que se conozca la verdad, encontraremos a tu hermana y llevaremos a los tribunales a toda esa basura Pi&#233;nsalo y decide. Si vienes conmigo, ser&#225; para ser t&#250; misma. No puedo aceptar que sigas sufriendo. No acepto el sufrimiento. P&#237;deme cualquier cosa, menos eso. Pero si deseas seguir como hasta ahora, entonces -Enarqu&#233; una ceja, y de repente Valle gir&#243; hacia m&#237; y me bes&#243;-. Entonces, un carajo. No te librar&#225;s de m&#237; -Re&#237; con suavidad-. No, en serio: t&#250; decides. Seguir&#233; ayud&#225;ndote, sea cual sea tu decisi&#243;n, pero si optas por seguir tu camino, yo te juro que no te molestar&#233; nunca

Gracias -dije.

&#191;Me prometes que lo pensar&#225;s?

Te lo prometo.

El tel&#233;fono fue creado para destrozar momentos as&#237;. Son&#243; el m&#237;o entre mi ropa dispersa por el suelo. Imagin&#233; qui&#233;n pod&#237;a ser, y cog&#237; el aparato con sensaci&#243;n de verg&#252;enza.

Pero la voz aterrorizada que salt&#243; a mi o&#237;do pidiendo ayuda no era la de Miguel.


&#161;No s&#233; qu&#233; le pasa! -gimi&#243; Nely angustiada, esper&#225;ndome en la puerta-. &#161;Te lo juro! &#161;Deber&#237;a saberlo, pero no lo s&#233;! &#161;Lo siento!

Tranquila, Nely, cari&#241;o. -Entr&#233; en la casa y fue como hacerlo en una tumba: toda oscuridad y silencio-. &#191;Por qu&#233; no hay luces?

&#161;No quiere que las encienda! &#161;Se pone hecha una fiera! &#161;Desde que te fuiste est&#225; muy nerviosa, Diana! -Me gui&#243; como una sombra por los pasillos oscuros-. &#161;No s&#233; de qu&#233; hablasteis, pero no ha vuelto a ser la misma! No ha querido comer nada, y cuando iba a ba&#241;arla esta tarde, se neg&#243; &#161;Estoy tan asustada!

&#191;Has llamado a alguien?

&#161;No me deja! -solloz&#243; Nely-. &#161;Ni m&#233;dicos ni a Padilla! &#161;Solo repite: Que venga Diana, ll&#225;mala, quiero ver a Diana! &#161;Al principio pens&#233; que pod&#237;a arregl&#225;rmelas sola, pero son casi las once de la noche y sigue igual! Siento haberte molestado

Has hecho bien, bonita. -Pens&#233; que Mario Valle no opinar&#237;a as&#237;: me hab&#237;a marchado apresuradamente de su casa y lo hab&#237;a dejado tenso, preocupado.

Nely abri&#243; las puertas dobles que hab&#237;a al fondo del sal&#243;n. Claudia se hallaba de pie al otro extremo del cuarto, tenuemente iluminada por el resplandor de las farolas que penetraba por la ventana abierta. Llevaba el mismo sencillo vestido turquesa y parec&#237;a tan peque&#241;a y delgada que apenas destacaba entre los muebles. Cuando gir&#243; el rostro para mirarme percib&#237; su palidez de cad&#225;ver.

He estado recordando, Jirafa -dijo nada m&#225;s verme-. Cosas.

C&#225;lmate, Cec&#233;, ya estoy aqu&#237; -Hice un gesto a Nely, que retrocedi&#243;-. &#191;Puedo encender las luces, Cec&#233;?

Ignor&#243; mi pregunta.

He visto al doctor Gens Lo he visto, en mi celda. Yo miraba hacia arriba. No era f&#225;cil mirar hacia arriba: me dol&#237;an hasta los ojos &#191;Te han dolido alguna vez los ojos? No pod&#237;a hablar, ni moverme, pero miraba y lo ve&#237;a. A Renard nunca le vi la cara: llevaba una m&#225;scara

Cec&#233;, escucha

Yo no pod&#237;a hablar ni moverme. No le gustaba que me moviera. No necesitaba atarme: Renard era muy convincente. -Ri&#243; con voz ronca-. &#191;Sabes lo que hizo una vez? Me empap&#243; de gasolina y me oblig&#243; a sostener un f&#243;sforo ardiendo con los dientes, mientras &#233;l Bueno, no me golpeaba, tampoco me hurgaba Todo eso, quiz&#225;. Y lo m&#225;s interesante, como dir&#237;a Gens, lo m&#225;s de lo m&#225;s, era que yo estaba deseando soltar esa cerilla. Deseaba arder como mierda en el campo. -Hizo una mueca, tembl&#243;. Ahora que me hallaba m&#225;s cerca, advert&#237; su locura, que era como un sudor que la empapara, la extra&#241;eza de todo su ser, la lejan&#237;a desde la que hablaba como desde el fondo de un pozo-. Morirme mil veces No, muchas m&#225;s. &#191;Cu&#225;ntas veces has deseado morirte t&#250;?

Ya pas&#243; todo, Cec&#233; -Me acerqu&#233; a ella despacio, tendi&#233;ndole los brazos.

Pero no soltaba la cerilla. Prefer&#237;a vivir como una mierda. El doctor Gens me hizo un gran regalo Le cost&#243; mucho, pero lo consigui&#243;. Al final vomit&#233; todo lo que era. Al fin lo supe. Qu&#233; era, quiero decir. Por qu&#233; quise ser cebo. Lo vomit&#233;. T&#250; no lo sabes, Jirafa: necesitas a Renard para que te haga vomitar Pero yo s&#233; lo que somos. Arcadas. Ni siquiera bilis. N&#225;usea. Eso es lo que somos, los cebos.

S&#237;, Cec&#233;, somos eso Ahora vas a dejar que te cuidemos, &#191;vale? -Mir&#233; hacia la sombra encogida de Nely, junto a la puerta-. Nely, llama al departamento y

&#161;He ca&#237;do al foso! -cort&#243; Claudia, chillando. Luego nos mir&#243; como asustada de su propio grito-. &#191;Y sabes qu&#233; es, Diana? Un espejo enorme. Pero lo m&#225;s espantoso es que te miras en &#233;l y no ves nada

Nely -insist&#237; con cuidado-, llama al departamento o deja que lo haga yo

Al fin Nely se movi&#243;. Pero lo que hizo fue sujetarme el brazo.

Ha sido una mala idea avisarte, &#161;se est&#225; poniendo peor! -Empez&#243; a tirar de m&#237;-. &#161;Vete, Diana! &#161;Vete! &#161;Me ocupar&#233; de todo! -Yo no deseaba abandonar la habitaci&#243;n, pero me dej&#233; llevar. El estado de Nely, de repente, me parec&#237;a casi peor que el de Claudia. Pasamos al sal&#243;n y la cog&#237; de los hombros.

&#161;Nely, c&#225;lmate! &#161;Claudia est&#225; enferma y nos necesita! &#161;Debemos ayudarla!

&#161;No puedo m&#225;s! -Nely mov&#237;a la cabeza de un lado a otro. Su manera violenta de sollozar la afeaba horriblemente-. &#161;He pasado demasiado tiempo cuid&#225;ndola, y ya no puedo! &#161;La quiero mucho, pero te juro que ya no puedo!

La abrac&#233; y la dej&#233; llorar en mi hombro. Entonces ambas lo o&#237;mos: repiqueteos en la otra habitaci&#243;n, cajones que se abren. Cruzamos las dobles puertas a tiempo de ver c&#243;mo Claudia arrojaba al suelo el bote de pl&#225;stico cuyo contenido hab&#237;a volcado sobre su cabeza. Un olor fuerte y familiar se extendi&#243; como un espectro. Durante una fracci&#243;n de segundo qued&#233; desconcertada, pero de repente supe de d&#243;nde proced&#237;a aquel l&#237;quido. La cortadora de c&#233;sped con motor de

Al ver la peque&#241;a luz en las manos de Claudia reviv&#237;, en un atroz d&#233;j&#224; vu, la escena con el hijo del Espectador, dos d&#237;as atr&#225;s. No recuerdo cu&#225;ntas veces grit&#233; su nombre, o escuch&#233; a Nely gritarlo, mientras corr&#237;amos hacia ella.

Hasta que el estallido cegador en que se convirti&#243; Claudia Cabildo nos detuvo.



28

A veces me ha parecido como si yo no tuviera nada por dentro. Como si fuese solo capas y capas de barro moldeadas como una mujer. Acostumbrada a fingir tantas emociones, a menudo me ha costado averiguar lo que de verdad sent&#237;a.

No me ocurri&#243; as&#237; en el funeral de Claudia.

Claudia Cabildo no hab&#237;a sido mi amiga. Jam&#225;s hubiese ido con ella al cine o a una fiesta, nunca me acordaba de felicitarla en su cumplea&#241;os. Pero era como un s&#237;mbolo para m&#237;: de nuestra lucha, nuestro sufrimiento, nuestra derrota. Y ahora, tambi&#233;n, del enga&#241;o en que viv&#237;amos, la terrible farsa en la que nos hac&#237;an actuar.

No estaba vac&#237;a, en este caso. Ten&#237;a cosas dentro: un dolor profundo, aunque no abrumador, que dejaba suficiente espacio para una furia contenida a duras penas. Todo mi cuerpo se hallaba tenso, las l&#225;grimas me quemaban como surgidas de un volc&#225;n. Era como si me dispusiera a pelear de nuevo contra el Espectador.

Y mi &#225;nimo solo empeor&#243; ante el ritual que presenci&#233;.

El d&#237;a previo hab&#237;a sido agotador. Despu&#233;s de que los bomberos y el personal sanitario salvaran lo que quedaba de la casa de la calle Teseo en Las Rozas -un cuerpo carbonizado y cuatro paredes ennegrecidas-, vino el extenuante interrogatorio de la polic&#237;a. No s&#233; cu&#225;ntas veces cont&#233; c&#243;mo Claudia se inmolo a lo bonzo, quiz&#225; con escalofriante premeditaci&#243;n, tras hurtar el combustible sobrante de una vieja cortadora de c&#233;sped. O c&#243;mo Nely y yo corrimos de un lado a otro intentando vanamente encontrar algo, lo que fuese, para apagar la bola de llamas que se tambaleaba entre aullidos quem&#225;ndolo todo a su paso y, derrotadas ante lo inevitable, yo decid&#237;a sacar a la fuerza a Nely de la casa. Por suerte, Padilla lleg&#243; a la comisar&#237;a justo a tiempo de tomar el relevo, liber&#225;ndome de mis responsabilidades como testigo. De regreso a mi apartamento desconect&#233; el tel&#233;fono y me ech&#233; vestida sobre la cama. A partir de ese punto ya no recuerdo mucho m&#225;s. Fue como si el lunes hubiera desaparecido de mi calendario.

Por la noche hall&#233; fuerzas para revisar los mensajes, y hab&#237;a uno de Miguel: al d&#237;a siguiente se celebrar&#237;a una ceremonia en honor de la que hab&#237;a sido una de las grandes. En privado, por supuesto, en el tanatorio de Las Columnas, carretera Norte. Est&#225;bamos invitados. Decid&#237; acudir, en parte, para poder hablar a solas con Miguel si se presentaba la ocasi&#243;n. Pero las cosas no salieron como esperaba.

El martes, &#250;ltimo d&#237;a de octubre, no llov&#237;a cuando llegu&#233; a Las Columnas, aunque las nubes se congregaban, grises, en la gran explanada del cielo. Decir que fue un funeral &#237;ntimo ser&#237;a un eufemismo. M&#225;s bien fue clandestino. Cinco a&#241;os de aberraciones y combates y otros cinco de locura se resum&#237;an en dos coches oficiales y una decena de personas: Padilla, Gonzalo Sese&#241;a, la subdirectora Olga Campos, los perfiladores Nacho Puentes y Ricardo Montemayor, algunos ex cebos, Miguel y yo. Cosa extra&#241;a, tambi&#233;n la madre de Claudia, alta, enlutada, de pelo muy corto y gris, a quien yo nunca hab&#237;a visto. Me sorprendi&#243; que a Claudia le quedaran seres queridos, y quiz&#225; no le quedaban, porque el semblante de aquella mujer no se inmut&#243; en los momentos en que lo volv&#237;a hacia m&#237; desde la primera fila de la capilla. Pens&#233; que hab&#237;a venido porque la etiqueta lo exig&#237;a, como Padilla y Sese&#241;a: c&#243;nsules mezclados con la plebe durante el &#250;ltimo adi&#243;s al soldado.

La capilla era est&#250;pidamente art&#237;stica, y dentro se o&#237;an el est&#250;pido Claro de luna y un est&#250;pido coro infantil. Un cura joven, calvo, bajito como un ni&#241;o, titube&#243; al ir a pronunciar el apellido de Claudia e hizo una pausa para leer el gui&#243;n. El f&#233;retro hab&#237;a sido colocado sobre dos soportes que parec&#237;an sillas, y antes de la misa Nacho Puentes me hab&#237;a susurrado, para restar gravedad con una broma: Falta de presupuesto. Pero no me re&#237;. Fue como si de improviso me percatara de lo teatral que era todo.

O casi. Miguel me abraz&#243; y me dedic&#243; un sincero te amo en un par de ocasiones. Y hubo un momento de llanto estremecedor procedente de la pobre Nely, que lleg&#243; cuando la ceremonia ya hab&#237;a comenzado. Se hab&#237;a recogido el cabello y parec&#237;a haber envejecido veinte a&#241;os. Ahora tambi&#233;n ella necesita que la cuiden, se me ocurri&#243; al verla. El dolor de Nely, sin duda la &#250;nica verdadera amiga que Claudia hab&#237;a tenido en toda su vida, me impresion&#243; m&#225;s de lo que esperaba. Tal vez porque la envidiaba. Yo deseaba, como ella, poder expresar lo que sent&#237;a ante aquellos pol&#237;ticos, cebos y perfiladores que fing&#237;an una pena circunspecta. Parad&#243;jicamente, solo Nely, &#250;nica espectadora entre tanto actor, le daba voz a las emociones.

Nadie sali&#243; a hablar como en los funerales americanos. En Espa&#241;a no ten&#237;amos esa costumbre. Adem&#225;s, no era f&#225;cil decir nada sobre Claudia. Su biograf&#237;a carec&#237;a de grandes tragedias familiares, a diferencia de la mayor&#237;a de nosotros: padres oriundos de Valencia, separados, alg&#250;n problema infantil de car&#225;cter, poco m&#225;s. Gens la hab&#237;a elegido para formarla personalmente, eso era lo que importaba.

Y tambi&#233;n, por lo que yo cre&#237;a saber, la hab&#237;a destruido personalmente.

Pero mi furia no solo iba dirigida contra Gens, o contra unas autoridades encubridoras. Sobre todo, me odiaba a m&#237; misma.

Aunque me costase admitirlo, hab&#237;a sido yo quien hab&#237;a resucitado la pesadilla de Claudia tras tres a&#241;os de olvido. Y no me consolaba pensar que era preferible la verdad, porque la verdad apenas consist&#237;a en un miserable ata&#250;d que albergaba los restos retorcidos, y pronto incinerados, de una muchacha traicionada por sus propios mentores (Oh, querida -hubiese dicho Nacho Puentes-: a ti s&#237; que te ha quemado el trabajo). La conciencia de culpa me resultaba insufrible.

Quiz&#225; a ello se debiera lo que despu&#233;s sucedi&#243;.

Am&#233;n.

La breve ceremonia concluy&#243;, el cura hizo mutis por un lateral y la primera fila empez&#243; a vaciarse. Padilla, con abrigo y jersey de cuello vuelto negros, flanqueado por Olga Campos y un preparador cuyo nombre no recordaba, pas&#243; junto a m&#237;, me dedic&#243; una mirada fugaz y suspir&#243;.

En fin, todo ha acabado ya -coment&#243; con aire pesaroso.

Fue o&#237;rle decir eso, mientras el resto de asistentes, incluyendo a la se&#241;ora que hac&#237;a el papel de madre, daban la espalda al f&#233;retro casi antes de que lo trasladaran fuera del recinto, lo que me hizo reaccionar.

Todo ha acabado ya.

Apart&#233; el brazo de Miguel y me volv&#237; hacia Padilla, los ojos llorosos bajo los cristales negros de las gafas de sol que me hab&#237;a puesto.

No, no todo ha acabado ya -dije, y la voz me temblaba-. No ha hecho m&#225;s que empezar. -Padilla se par&#243; en seco, aunque manifest&#243; menos sorpresa de la que cabr&#237;a esperar si hubiese sido inocente. Su rostro ovoide de cabeza rapada estaba p&#225;lido y parec&#237;a avejentado. Supuse que los remordimientos lo consum&#237;an como a &#193;lvarez, y eso me dio energ&#237;a para proseguir-. Voy a llegar hasta el fondo, Julio. Ser&#225; lo &#250;ltimo que haga antes de dejar este puto trabajo, pero te juro que a partir de ahora no vas a poder sentarte en tu puto despacho sin pensar en m&#237; Ser&#233; un grano en tu puto culo

No entiendo nada, perd&#243;n -repuso Padilla, parpadeando.

Por desgracia, nunca he sabido hacer las cosas bien cuando doy rienda suelta a mis verdaderas emociones. Casi siempre pierdo el control, como Coriolano, el orgulloso militar de la obra de Shakespeare. Tras aquel par de disparos certeros, comenc&#233; una absurda r&#225;faga:

A&#250;n no s&#233; si lo de mi hermana tiene que ver con lo de Claudia Creo que s&#237; Vamos, estoy segura Conseguir&#233; pruebas, te lo advierto

Diana, cielo -dec&#237;a Miguel a mi espalda.

Yo no alzaba la voz, y pese a todo empez&#225;bamos a tener p&#250;blico; tras asegurarse de que la madre de Claudia hab&#237;a salido ya, Sese&#241;a se hab&#237;a vuelto a mirarnos, y lo mismo hac&#237;an Olga, Nacho y Montemayor.

Mejor vete a casa y descansa, Blanco -cort&#243; Padilla-. Est&#225;s agotada.

&#191;Quieres que lo cuente yo? -Me hab&#237;a acercado tanto a &#233;l que mi jersey azul bajo la cazadora rozaba su abrigo-. &#191;Les cuento a Sese&#241;a y Olga c&#243;mo cay&#243; al foso Claudia, o ya lo saben? -Padilla movi&#243; la cabeza, como dando a entender que yo no era digna de una r&#233;plica, y se alej&#243; perseguido por mi voz-. &#161;Claudia ha muerto, pero yo no! &#191;Me oyes? &#161;Y a&#250;n no he ca&#237;do al foso! Su&#233;ltame, por favor -Rechac&#233; la mano de Miguel, y de repente, al observar su expresi&#243;n, me avergonc&#233;-. Lo siento.

Diana, quiero hablar contigo -dijo Miguel-, pero no aqu&#237;.

Yo tambi&#233;n quiero hablar contigo -repliqu&#233; con dureza-. V&#225;monos.

La capilla, ya vac&#237;a, me agobiaba con su denso olor a flores de coronas de muertos, pero afuera, el gris y fr&#237;o d&#237;a de oto&#241;o me despej&#243;. Los coches oficiales se estaban marchando y el escaso p&#250;blico no tan oficial se dirig&#237;a, parsimonioso, hacia el aparcamiento. Ya no quedaba nadie en el interior del largo porche acristalado del tanatorio.

O apenas.

Lo reconoc&#237; de inmediato: una silueta oscura avanzando con paso renqueante hacia el fondo del porche. Pese a su lentitud, se hallaba lejos, por lo que deduje que hab&#237;a asistido a la ceremonia desde la entrada, como quien adquiere una butaca de &#250;ltima fila para poder abandonar antes que nadie la funci&#243;n.

Y discretamente, &#191;verdad? Oh s&#237;, sobre todo discretamente.

Tom&#233; una decisi&#243;n r&#225;pida: hablar con Miguel pod&#237;a esperar, pero no sab&#237;a cu&#225;ndo se me iba a presentar una oportunidad semejante. Lo bes&#233;, le asegur&#233; que ese mismo d&#237;a lo llamar&#237;a, ignor&#233; sus aturdidas preguntas y corr&#237; en pos de aquella sombra huidiza.


&#161;Se&#241;or Peoples! &#191;Ya se va? Se perder&#225; la fiesta. Padilla nos invita a todos a una copa para celebrar el &#233;xito de la operaci&#243;n Renard

V&#237;ctor Gens apenas modific&#243; sus pasos al o&#237;rme, aunque la menci&#243;n del nombre de Renard le hizo envararse. Vest&#237;a de negro riguroso de pies a cabeza: sombrero, abrigo, guantes. De espaldas, solo el &#225;rea de pelo blanco entre el sombrero y el cuello del abrigo representaba una variaci&#243;n. La madera barnizada de su bast&#243;n reflejaba la luz.

Diana -le o&#237; murmurar, como si mi nombre fuese un dolor inguinal-. No tengo ganas de hablar contigo, querida.

Entonces sabr&#225; lo que se siente al hacer algo sin ganas. -Le cort&#233; el paso. Me cre&#237;a capaz de ponerle una zancadilla si era preciso-. Quiero a mi hermana, Gens.

Solt&#243; una risa hueca.

Nunca he dudado de eso, ella es tu punto d&#233;bil. &#191;C&#243;mo est&#225; Vera?

Le dir&#233; c&#243;mo si usted me dice d&#243;nde. -Me esquiv&#243;, pero volv&#237; a ponerme frente &#233;l-. Por favor, devu&#233;lvamela, y le doy mi palabra de que no lo denunciar&#233;, doctor

Aquel ruego lo detuvo. Me mir&#243; un instante. Llevaba unas gafas de cristales redondos tan negros que, sobre su rostro blanco y huesudo, parec&#237;an &#243;rbitas vac&#237;as. Era como si me observase un cr&#225;neo con sombrero.

El gran problema de todos los profesionales -dijo-: mezclar el afecto con el trabajo. De verdad, querida, no pienso hablar contigo. Estoy cansado

Hubiese podido incrustarle el pu&#241;o en su rostro de anciano, pero no fue el respeto lo que me lo impidi&#243; sino el gesto que hizo con la mano que no sosten&#237;a el bast&#243;n, como llamando a alguien. Nos encontr&#225;bamos cerca de una salida lateral, y m&#225;s all&#225; del muro blanco del tanatorio hab&#237;a una cancela abierta y un coche oscuro aparcado junto a ella, con dos hombres esperando de pie. Uno parec&#237;a un robusto conductor de cami&#243;n, y pod&#237;a ser el ch&#243;fer. El otro, joven y flaco, se acerc&#243; con aire guerrero haciendo balancear sus brazos enfundados en una cazadora vaquera.

&#191;S&#237;, doctor? -Su acento del Este era fuerte-. &#191;La se&#241;orita lo est&#225; molestando?

As&#237; es, Vasili -convino Gens-. &#201;chala, por favor.

Supuse que Vasili intentar&#237;a ponerme las manos encima y me prepar&#233;. Pero, en vez de ello, se plant&#243; con las flacas piernas abiertas delante de m&#237;, llev&#243; los dedos al pecho y los entrelaz&#243;, al tiempo que doblaba en &#225;ngulo la cintura y desplazaba el peso de una pierna a otra. Reconoc&#237; un primer paso de Bassiani en la cl&#225;sica m&#225;scara de Enigma. El conjunto de gestos y el decorado del muro blanco que enmarcaba su figura me pusieron la piel de gallina, y sent&#237; escalofr&#237;os de confuso placer. Aquella t&#233;cnica era muy, muy efectiva para repeler agresiones o gestos violentos, y su realizaci&#243;n hab&#237;a sido aceptable. Solo hab&#237;a cometido un error, peque&#241;o pero jodido. Yo no estaba agrediendo a nadie.

Es como si quieres dormir y alguien te da un beso: lo mismo puedes despertarte del todo que dormirte antes. A mi psinoma le gust&#243; lo que hizo, pero no lo suficiente como para bloquearme. En cambio, yo intent&#233; otra cosa. Hab&#237;a observado la expresi&#243;n de Vasili al o&#237;r la orden de Gens, y pens&#233; que pod&#237;a ser f&#237;lico de Orador. Realic&#233; una t&#233;cnica de Orville: convert&#237; el deseo de interrogar a Gens en un falso afecto, junt&#233; las manos en la cabeza y murmur&#233; cu&#225;nto lo siento. Sab&#237;a que el efecto se ver&#237;a reforzado con mi vestuario de cazadora negra de solapas alzadas y pantalones de cuero. La m&#225;scara pretend&#237;a representar a un ser poderoso a quien le costara mucho implorar a los dem&#225;s, como Coriolano, en la gran tragedia pol&#237;tica de Shakespeare, que apenas logra rebajar un &#225;pice su orgullo para solicitar el apoyo del pueblo. Un Orador r&#225;pido es puro azar, no sirve como m&#225;scara de urgencia, pero si aciertas te toca siempre el premio gordo, as&#237; que conviene arriesgarse.

Yo acert&#233;.

Cuando el tal Vasili puso cara de idiota, o dej&#243; de fingir que no lo era, sonre&#237;.

&#191;Ahora contrata a temporeros para hacer de cebos, Gens?

Gens ri&#243;. Su risa era como si nos hubiesen adjudicado a todos al nacer un n&#250;mero concreto de carcajadas y a &#233;l apenas le quedara un par.

&#161;Pobre Vasili! -grazn&#243;-. Es un buen ayudante que ha aprendido algunos trucos, tan solo En realidad, te equivocaste: no es un Orador sino un Inocente, pero ambas filias se relacionan y has logrado confundirle Anda, Vasili, vete al coche, no tardar&#233; Y no te enfades, hombre, hiciste lo posible, pero ella es Diana Blanco. La entren&#233; yo -agreg&#243; con orgullo-. Ni cien como t&#250; podr&#237;an detenerla. -Vasili dej&#243; de contemplarme como si yo me hubiese materializado desnuda una noche en su cama entre su mujer y &#233;l, y se alej&#243; con pasos de zombi. Gens me sonri&#243;-. Bien, t&#250; ganas. Hay una vereda muy bonita por aqu&#237;, daremos un paseo oto&#241;al de tanatorio

Las Columnas deb&#237;an su nombre a un camino serpenteante y corto donde el arquitecto hab&#237;a empleado el granito y la imaginaci&#243;n sobrantes en esculpir media docena de pilares. Eran simples cilindros altos sin adornos, pero la presencia de Gens pareci&#243; convertirlos, de alg&#250;n modo, en el decorado de una pel&#237;cula de romanos. Se detuvo junto a uno y me escrut&#243;. Me sent&#237; en desventaja de repente, como en un ensayo.

Me han contado que hiciste una captura incre&#237;ble -dijo-. Oh, no es preciso que me des las gracias Fue un canje: t&#250; me regalaste una agradable sesi&#243;n de Belleza y yo te entregu&#233; la t&#233;cnica adecuada Ganaste por goleada, seg&#250;n veo. No te estrope&#243; mucho, &#191;verdad? Solo unos cuantos ara&#241;azos en la cara, algunos golpes y -Se&#241;al&#243; con el bast&#243;n el vendaje de mi mano-. Oh, &#191;qu&#233; fue? &#191;El me&#241;ique? Sab&#237;a que el ni&#241;o har&#237;a algo as&#237; Es una m&#225;quina ese chaval: he visto los holov&#237;deos del centro psicol&#243;gico y he remitido un informe recomendando que lo trasladen al colegio y lo hagan Arthur. Tiene todo lo que se necesita para ser como t&#250;: es bello, listo, moldeable, y le gusta tanto enga&#241;ar que ni siquiera se da cuenta de cu&#225;ndo miente Por si fuera poco, posee el trauma familiar exacto. Un verdadero hijo de Coriolano, dedicado a desgarrar mariposas vivas. Bien entrenado, ser&#225; un cebo excelente

&#191;Y usted har&#225; experimentos con &#233;l, igual que con Claudia? -inquir&#237;. Gens repiti&#243; el nombre con cierta desgana, como aparentando que ya daba igual lo que pudi&#233;ramos hablar sobre ella, pero yo no me arredr&#233;-. D&#233;jeme preguntarle algo: &#191;por qu&#233; ha venido hoy aqu&#237;, doctor? &#191;Quer&#237;a contemplar el resultado de sus pruebas o es que todav&#237;a es capaz de sentir remordimientos?

Me devolvi&#243; la mirada.

Ya que veo que est&#225;s en plena crisis &#233;tica, te har&#233; una pregunta tambi&#233;n -dijo-: &#191;habr&#237;as podido eliminar a alguien como el Espectador con remordimientos? &#191;Fueron remordimientos lo que sentiste al destruir a ese diamante tallado de placer puro?

&#191;Quiere saber lo que sent&#237;? Asco. De m&#237; misma y de mi trabajo. Como si al aplastar a un insecto me diese cuenta de que soy un insecto tambi&#233;n.

Sentiste asco porque sentiste placer: no es culpa m&#237;a que nos hayan ense&#241;ado desde ni&#241;os a que detr&#225;s de uno debe venir el otro a la fuerza. &#201;l sinti&#243; placer desnud&#225;ndote y at&#225;ndote. Su hijo sinti&#243; placer amput&#225;ndote un dedo. T&#250; sentiste placer destruy&#233;ndolos. Nunca has asumido qu&#233; significa ser cebo, por eso eres un cebo tan bueno.

Yo negaba con la cabeza. No quer&#237;a entrar en su juego dial&#233;ctico.

&#191;Y qu&#233; cree que sinti&#243; Claudia al comprender que Renard nunca existi&#243;? &#191;O cuando record&#243; que usted tambi&#233;n estaba presente cuando la torturaban?

Diana. -Gens se pas&#243; una mano enguantada por la cara-. Tengo un chequeo online con el m&#233;dico dentro de una hora -Me mostr&#243; la pulsera cl&#237;nica-. Ya sabes, el coraz&#243;n, la tensi&#243;n, todas esas chorraditas de los viejos Y me gustar&#237;a estar en casa. As&#237; que dime, por favor, qu&#233; quieres de m&#237;

Quiero saber para qui&#233;n he estado trabajando hasta ahora.

Nadie dijo que tu trabajo fuera f&#225;cil.

Nunca lo ha sido -convine-. Pero ni Claudia ni yo sab&#237;amos que la mayor dificultad era usted.

Sobre nuestras cabezas, en el cielo gris, estall&#243; un trueno que fue como un ruido de oc&#233;ano. Los faldones negros del abrigo de Gens echaron a volar con una r&#225;faga de viento. Ambos alzamos la mirada, pero yo la baj&#233; antes.

Fue por la m&#225;scara Yorick, &#191;verdad? Su delirio personal, su asqueroso af&#225;n de descubrirla Construy&#243; en secreto ese t&#250;nel, invent&#243; a un psico, o lo tom&#243; prestado de los archivos, y encerr&#243; a Claudia haci&#233;ndole creer que trabajaba en una misi&#243;n real. Ella intent&#243; una y otra vez la m&#225;scara de la filia de Renard, pero no surti&#243; efecto, y ahora s&#233; por qu&#233;. Claudia misma me lo dijo, sin comprenderlo: Renard siempre ten&#237;a el rostro cubierto. Eran distintos hombres, &#191;me equivoco? Cada d&#237;a la torturaba un tipo con un psinoma diferente, y ella se esforzaba por engancharlos a todos con una sola m&#225;scara. Ese fue su m&#233;todo para hallar el Yorick, &#191;verdad, doctor? Muy h&#225;bil.

Yo estaba segura de tener raz&#243;n, pero Gens no iba a dec&#237;rmelo. En aquel momento ni siquiera parec&#237;a escucharme: alzaba la cara con gesto orgulloso hacia el cielo de tormenta, o hacia lo alto de las columnas que nos rodeaban.

El psinoma -dijo, como si aquella palabra explicara todo lo ocurrido-. El paso m&#225;s importante que ha dado la Humanidad desde que adquiri&#243; conciencia de s&#237; misma. No fuimos los primeros en sospechar su existencia, claro. Los antiguos cabalistas hablaban de algo intermedio entre el cuerpo y el esp&#237;ritu, lo llamaban el zelem, que algunos identifican con el golem, una imagen hecha a semejanza nuestra, paradis&#237;aca, portadora de placer. No de felicidad -recalc&#243;-. De placer. Lo cual puede ocasionarnos felicidad o desdicha supremas. John Dee era cabalista, y aprovech&#243; esos conocimientos para fundar su C&#237;rculo Gn&#243;stico. Quiz&#225; Shakespeare fue educado por el C&#237;rculo desde ni&#241;o y concibi&#243; obras que no eran sino rituales basados en lo que hab&#237;a aprendido. El psinoma El hecho de que los gestos de un cuerpo o una voz nos lleven a la locura o el &#233;xtasis. La raz&#243;n de las creencias y las pasiones. La posibilidad de controlar a las masas con una sola persona &#191;Y vamos a entorpecer la exploraci&#243;n de este universo de carne y esp&#237;ritu con obst&#225;culos falsamente morales? -Volvi&#243; a dirigir hacia m&#237; los huecos negros de sus gafas de sol, innecesarias en la gris soledad del d&#237;a-. &#161;Claro que Padilla y &#193;lvarez lo aprobaron! &#161;Y lo habr&#237;as aprobado t&#250;, en su lugar! No pod&#237;a hacerse de otra manera: vuestros ensayos eran muy duros, pero sab&#237;ais que eran ensayos. Con el Yorick resultaba imprescindible que el cebo creyera que la situaci&#243;n era real. Hubo sangre, s&#237;, pero, como dice Coriolano, curativa Claro que lo aprobaron Y luego lo enterraron todo, hasta que al gilipollas de &#193;lvarez se le ocurri&#243; revelarlo

Al menos &#233;l tuvo la decencia de matarse.

No pareci&#243; o&#237;rme: su semblante se deformaba de rabia.

&#191;Sabes por qu&#233; intentaron enterrarlo todo luego? Yo te lo dir&#233;: porque fracas&#233;. Si hubiese obtenido el Yorick, ahora estar&#237;a dirigiendo cebos en toda Europa. Pero, en cambio, &#191;qu&#233; consegu&#237;? Que &#193;lvarez y Padilla decidieran mi muerte oficial, que el gobierno espa&#241;ol casi desinfectara los lugares por los que pas&#233; y, ahora he conseguido tu odio. Porque fracas&#233;. O mejor dicho, porque Claudia fracas&#243;.

Esa vez s&#237;. Esa vez lo hice.

Un segundo despu&#233;s me mir&#233; la mano, como si me costara creer que hab&#237;a abofeteado a un viejo. Las gafas de Gens hab&#237;an ca&#237;do al suelo sin hacer ruido, y este apoy&#243; el bast&#243;n en la columna y se dedic&#243; a buscarlas en silencio, quiz&#225; exagerando su temblor para acrecentar mi culpa. Pero no era culpa lo que yo sent&#237;a, y ya ni siquiera repulsi&#243;n: solo una inmensa, inagotable tristeza.

Siempre me he preguntado por qu&#233; acept&#233; convertirme en cebo -dije vi&#233;ndole tantear como un ciego en el c&#233;sped-. Ahora lo s&#233;: quer&#237;a serlo para librar al mundo de seres como usted.

No volvimos a hablar hasta que Gens no tuvo las gafas en su sitio, el sombrero ajustado como deseaba y el bast&#243;n de nuevo en la mano enguantada. Luego se frot&#243; la mejilla que la huella de mis dedos empezaba a tornar rojiza, y me di cuenta de que aquel era el &#250;nico rubor que alguien como Gens pod&#237;a permitirse. Para entonces, las primeras gotas de lluvia hab&#237;an comenzado a caer junto con mis l&#225;grimas.

&#191;Por qu&#233; Claudia? -solloc&#233;-. Ella lo amaba a usted, lo adoraba &#191;Por qu&#233; tuvo que ser ella? Dios m&#237;o, Gens &#191;por qu&#233; ella?

Por esa misma raz&#243;n. Porque me amaba, y sab&#237;a que no se rendir&#237;a. Claudia era como parte de m&#237;. Estaba completamente entregada. Ella me dar&#237;a el Yorick

Y a cambio, usted la traicion&#243; y la destruy&#243;.

No fue conmigo con quien se roci&#243; un bid&#243;n de gasolina -susurr&#243;, devolvi&#233;ndome la bofetada a su manera. Me gust&#243; aquella crueldad: detuvo mi llanto. Y quiz&#225; fue percatarse de su desventaja lo que le hizo cambiar de tono y aparentar compasi&#243;n-. Pero no me he llevado a Vera, si eso es lo que crees Los experimentos clandestinos finalizaron tras el montaje fracasado de Renard. Yo estoy fuera de juego desde hace a&#241;os


Una mierda: tiene guardaespaldas que conocen t&#233;cnicas de cebos. &#191;Por qu&#233;? No me parece que eso sea estar fuera de juego

Piensa lo que quieras. En lo que a m&#237; respecta, te repito, no he vuelto a hacer ensayos, ni prohibidos ni oficiales. -Las gotas de lluvia, cada vez m&#225;s numerosas, rebotaban en su sombrero-. Y ahora, si has terminado de pegarme, debo regresar a casa; esta lluvia es perjudicial para mi psinoma -Inici&#243; la marcha con paso vacilante, pero a&#250;n dijo algo m&#225;s, como ten&#237;a por costumbre, sin volverse-: Es a Padilla a quien debes preguntar Si hay algo oculto, solo lo sabe &#233;l.

Sin embargo, mientras lo ve&#237;a alejarse, tuve la sensaci&#243;n de que ment&#237;a.



29

Julio Padilla se hallaba inquieto.

No era un temor racional ante una amenaza concreta, sino la vaga ansiedad de quien espera un acontecimiento a&#250;n indefinido pero desagradable.

Ignoraba la causa de aquella sensaci&#243;n, aunque admit&#237;a que hab&#237;an surgido problemas. No necesitaba tener el t&#237;tulo de psic&#243;logo criminalista colgado de la pared de su despacho para comprender que los suicidios de &#193;lvarez y Claudia hab&#237;an devuelto a la superficie la basura hundida, y, para colmo, Diana Blanco estaba escarbando en ella.

Sin embargo, no atribu&#237;a su malestar a eso. Aquellos problemas eran conocidos, y susceptibles de ser controlados. No llegas a convertirte en jefe de un departamento como Psicolog&#237;a Criminal permitiendo que los obst&#225;culos te abrumen.

Quiz&#225; era aquel clima de tormenta, o el deprimente funeral al que acababa de asistir, todo ello mezclado con un fuerte dolor de cabeza y varias noches de sue&#241;o intranquilo. Nada que no pudiese arreglar un buen descanso, decidi&#243;.

Mientras lo pensaba, sinti&#243; la mano de Olga Campos en su rodilla, e inconscientemente mir&#243; hacia el ch&#243;fer que los trasladaba desde el tanatorio al teatro de Los Guardeses, pero los ojos del conductor segu&#237;an fijos en el tr&#225;fico. Se volvi&#243; hacia Olga y contempl&#243; sus labios gruesos y sensuales.

Le encantaba Olga, hab&#237;a sido un cebo muy notable y era una estupenda colaboradora y, a ratos, una amante excepcional. Por un tiempo la relaci&#243;n entre ambos se hab&#237;a deteriorado, ya que Padilla estaba casado y no albergaba la m&#225;s m&#237;nima intenci&#243;n de abandonar a su mujer, pero, tras varias rupturas y reconciliaciones, manten&#237;an ahora una distancia cordial y trataban de respetarse mutuamente. Olga era muy lista, adem&#225;s de mucho m&#225;s joven y ambiciosa, y Padilla sab&#237;a que ella lo utilizaba para medrar, de igual forma que &#233;l la utilizaba a ella cuando la visitaba en su apartamento. Estaban empatados, supon&#237;a, y mientras todo siguiera as&#237;, a &#233;l no le importar&#237;a.

&#191;C&#243;mo est&#225;s? -pregunt&#243; Olga.

Bien -minti&#243;-. Sobreviviendo.

Siento lo ocurrido. -Ella continuaba acariciando su rodilla-. Pero no debiste invitar a Diana al funeral.

No fui yo quien lo hizo, fue Sese&#241;a.

En todo caso, no ha contado nada que Sese&#241;a no supiera ya.

Padilla asinti&#243;.

Diana est&#225; pirada desde que captur&#243; -a&#241;adi&#243; Olga a modo de explicaci&#243;n-. Y la desaparici&#243;n de su hermana no ayuda a calmarla. Quiz&#225; incluso haya ca&#237;do al foso. Habr&#237;a que vigilarla de cerca. &#191;Quieres que lo hagamos?

Aquel tono de voz no le pas&#243; desapercibido a Padilla. Sab&#237;a que la ex cebo lo complac&#237;a sutilmente con preguntas ret&#243;ricas, que agradaban tanto a su filia de Petici&#243;n. Apret&#243; la mano de la joven, pero lo que hizo fue apartarla con delicadeza de su rodilla.

Muy bien. Oye, Olga, reina

Dime.

Estoy cansado. Creo que tengo gripe. &#191;Te ocupar&#237;as t&#250; del resto de cosas por hoy y me dejar&#237;as cerrar la tienda e irme a casa?

Claro. Por supuesto.

Gracias, guapa. Nos vemos ma&#241;ana.

Ma&#241;ana yo tambi&#233;n cierro la tienda, Julio, es fiesta. -Olga no ri&#243;, pero se prepar&#243; para hacerlo: boca abierta, dentadura mostrada, semblante alegre-. &#191;Lo olvidaste?

Ay, co&#241;o. Primero de noviembre, s&#237;. Tiene gracia.

&#191;Qu&#233; es lo que tiene gracia?

Decidi&#243; no responder, porque en realidad no cre&#237;a que nada de lo que pensaba tuviera demasiada gracia. Al llegar a Los Guardeses recogi&#243; sus documentos y su notebook, los guard&#243; en el malet&#237;n y se march&#243; a casa en su propio coche. Durante el trayecto distingui&#243; calabazas mal&#233;ficas y gnomos bajo setas anunciando festejos de Halloween. Claro est&#225;: era esa noche. La fiesta de las m&#225;scaras. Treinta y uno de octubre, por supuesto. En un d&#237;a como este, hace tres a&#241;os, comenz&#243; el experimento Renard -pens&#243;-. Casualidades de la jodida vida.

Poco antes de llegar a su domicilio en Arturo Soria, la lluvia se intensific&#243;. Los limpiaparabrisas bat&#237;an como desesperados y el coche pas&#243; a formar parte del denso embotellamiento de v&#237;spera de festivo en Madrid. En circunstancias normales, Padilla habr&#237;a blasfemado y hecho sonar el claxon, pero en aquel momento los pensamientos -y la maldita ansiedad- lo distra&#237;an.

Tendr&#237;amos que haber demolido esa granja hasta los cimientos Pero todos cre&#237;amos que pod&#237;a ser utilizada de nuevo &#161;Qu&#233; absurdo, joder!

Le parec&#237;a inconcebible que el idiota de &#193;lvarez hubiese querido destapar la caja de Pandora con su suicidio. &#191;Por qu&#233; ahorcarse en el t&#250;nel? Por remordimientos, hab&#237;a dicho en su nota de despedida. &#191;Y por qu&#233; sentir remordimientos tres a&#241;os despu&#233;s? Gens hab&#237;a sido el &#250;nico responsable de aquella prueba, y lo que era peor: no hab&#237;a tenido &#233;xito al final. En cuanto a Claudia Cabildo, era un cebo, &#191;no? Los cebos estaban para ser probados y usados. &#191;Remordimientos? &#161;Si&#233;ntelos por las v&#237;ctimas, joder, por todos los inocentes que sufren! Los ojos se le humedecieron y comprendi&#243; que, debido a alguna extra&#241;a asociaci&#243;n de ideas, estaba pensando en su hija Carolina. Por todos los inocentes cuyas vidas han sido truncadas para siempre, qu&#233; co&#241;o, si&#233;ntelos por

En ese instante se dio cuenta de que ya hab&#237;a llegado a Arturo Soria y pasado de largo por su casa.

Esta vez s&#237; solt&#243; una maldici&#243;n en voz alta. Al girar el volante en una rotonda para cambiar de sentido not&#243; las manos sudorosas. Era muy posible que, despu&#233;s de todo, realmente estuviera incubando una maldita gripe.

Su chalet era de los &#250;ltimos construidos tras la renovaci&#243;n de la antigua avenida y pose&#237;a los m&#225;s avanzados sistemas de seguridad y un inconfundible aire a t&#237;pica casa de barrio residencial, con una parcela de jard&#237;n, garaje y hasta un perro. Padilla puls&#243; los c&#243;digos del mando a distancia, abri&#243; la puerta del garaje e introdujo el coche, dejando atr&#225;s el cuantioso ruido de la lluvia. Se alegr&#243; al ver que la Honda de su hijo Alvaro estaba aparcada dentro, lo cual significaba que hab&#237;a llegado temprano. Entonces cay&#243; en la cuenta de que Alvaro ten&#237;a una fiesta esa noche, y lo m&#225;s probable era que se hubiese marchado antes de la facultad. Recordar la fiesta le deprimi&#243;: ello significaba que su hijo saldr&#237;a de nuevo con la moto y regresar&#237;a de madrugada tras haber ingerido alcohol. Por mucho que supiera que Alvaro era precavido no le agradaba demasiado el plan. Adem&#225;s, hab&#237;a cierto espinoso tema en relaci&#243;n con esa fiesta, por lo que se prepar&#243; para la batalla nada m&#225;s entrar en casa.

Alvaro, un chaval de dieciocho a&#241;os alto y apuesto, estaba en el sal&#243;n rastreando v&#237;deos musicales en el ordenador de la televisi&#243;n para descargarlos en su port&#225;til, sin duda con el fin de llevarlos esa noche. Se hallaba de rodillas y de espaldas a la entrada, y sus largas piernas sobresal&#237;an de las bermudas. El sonido de los v&#237;deos atronaba.

Baja eso, Alvaro -grit&#243; Padilla.

Has llegado pronto, pap&#225;. -Su hijo apenas volvi&#243; la cabeza mientras obedec&#237;a.

Me he tomado el d&#237;a libre. &#191;Y mam&#225;?

No ha llegado. -Esta vez Alvaro s&#237; lo mir&#243;, sonriendo-. Es pronto.

Ya.

Rebeca, su mujer, era abogada y trabajaba en un bufete. Padilla la hab&#237;a conocido en la Facultad de Derecho, donde &#233;l mismo hab&#237;a estado varios cursos. A veces Alvaro se burlaba de &#233;l diciendo que hab&#237;a estudiado todo lo que despu&#233;s no hab&#237;a hecho: leyes y direcci&#243;n de empresas, entre otras cosas. En parte la iron&#237;a era cierta, porque su puesto al frente del departamento de Psicolog&#237;a Criminal no implicaba la posesi&#243;n de ninguno de esos conocimientos, y en realidad hab&#237;a realizado estudios de psicolog&#237;a despu&#233;s de ser nombrado para el cargo. Pero el demonio entend&#237;a qu&#233; se necesitaba para dirigir un departamento as&#237;, y al final, supon&#237;a, le hab&#237;a tocado a &#233;l.

Se quit&#243; el abrigo, lo colg&#243; en el armario del recibidor y aprovech&#243; para asegurarse de que todos los sistemas de vigilancia, que inclu&#237;an visores de conducta, estuvieran encendidos. Lo hac&#237;a por costumbre, pero en esa ocasi&#243;n los revis&#243; con especial esmero. Segu&#237;a inquieto. Desde el vest&#237;bulo le llegaba el sonido de la lluvia derramada sobre el porche como el de una ducha en el interior de un ba&#241;o.

&#191;Vas a salir esta noche, Alvaro?

Su hijo se volvi&#243; de nuevo y lo mir&#243; como si estuviera loco.

Hoy es Halloween, pap&#225;. Tengo la fiesta. &#191;Te pasa algo?

No, nada. &#191;Qu&#233; has decidido por fin con lo de tu hermana?

Alvaro resopl&#243;, pero al menos Padilla consigui&#243; que dejara de preguntarle si le ocurr&#237;a algo.

Pap&#225;, he quedado con Michelle en Plaza de Castilla a las diez, &#191;vale? Voy a ir en moto. Ya te lo dije, no puedo llevar a Carola.

Puedes -cort&#243; Padilla con peor humor del que habr&#237;a deseado-. Coger&#225;s el coche de tu madre, la llevar&#225;s a las nueve y regresar&#225;s a tiempo para tu maldita moto y tu Michelle Luego la recoger&#233; yo. Tu hermana tiene derecho a divertirse.

&#161;Perfecto, pues llevadla vosotros!

No quiero discutir, Alvaro. -Y en verdad no quer&#237;a, pero oy&#243; a su hijo replicar:

&#161;La semana pasada dijiste que intentar&#237;as llevarla t&#250;!

Lo hab&#237;a olvidado. Ese golpe bajo a su memoria le hizo enrojecer, y se vio reflejado en el espejo del recibidor, toda la cabeza ovoide y rapada en color rosado. &#201;l no era as&#237;. &#191;Qu&#233; le ocurr&#237;a? Era la inquietud, sin duda. Pero &#191;por qu&#233;?

Decidi&#243; postergar la discusi&#243;n y se encamin&#243; a su dormitorio para acabar de desnudarse, pero entonces vio a la criada salir del cuarto de Carolina y cay&#243; en la cuenta de que su hija tambi&#233;n habr&#237;a vuelto del colegio y estar&#237;a en casa.

Padilla dej&#243; pasar a la chica y entr&#243; en la habitaci&#243;n de su hija como en busca de ox&#237;geno. El cuarto era luminoso y radiante, con paredes pintadas de azul turquesa y verde claro. Carolina estaba sentada en su silla de ruedas el&#233;ctrica frente al caballete, deslizando un fino pincel que ol&#237;a a acuarela, como el resto del aire. A Padilla se le alegr&#243; el coraz&#243;n mientras la contemplaba con el orgullo de siempre: el pelo largo y lacio del color rubio de Rebeca, los ojos azules y el rostro redondo heredados de &#233;l, vestida con aquella camiseta naranja y la malla negra de gimnasia de rehabilitaci&#243;n. Un observador imparcial juzgar&#237;a que no era la adolescente de catorce a&#241;os m&#225;s bella del mundo, pero Padilla pensaba que la belleza era tambi&#233;n cuesti&#243;n de conocer el alma. Y Carolina, por dentro y por fuera, era lo m&#225;s bello que &#233;l hab&#237;a visto jam&#225;s.

Hola, papi, has venido temprano.

Hola, coraz&#243;n. -Quiz&#225; era su estado de nervios, pero instantes despu&#233;s se percat&#243; de que hab&#237;a exagerado el saludo: la hab&#237;a envuelto entre sus grandes brazos y la hab&#237;a besado en la cabeza, impidi&#233;ndole seguir pintando.

&#191;Qu&#233; pasa? -dijo Carolina de inmediato, sin perder la sonrisa pero con semblante de duda-. &#191;Te ha pasado algo en el trabajo?

No, nada. Es que me alegro mucho de verte.

Nunca hablaba de su trabajo. Ni siquiera Rebeca lo sab&#237;a todo, tan solo que dirig&#237;a una unidad especializada en trazar perfiles psicol&#243;gicos de los criminales. El mundo de los cebos era un compartimiento estanco que guardaba siempre fuera de su hogar.

No, nada, no me pasa nada -pens&#243; mientras abrazaba a su hija-. Hoy hemos enterrado a un cebo, y eso te pone nervioso. Pero ya no tiene remedio. Aceptar que V&#237;ctor Gens hiciera lo que hizo con Claudia Cabildo hab&#237;a sido un error, s&#237;, pero &#191;y qu&#233;? &#193;lvarez tambi&#233;n lo hab&#237;a permitido, aunque fingi&#243; lavarse las manos. Y si el muy gilipollas hubiese escogido otro sitio para ahorcarse, el tema no estar&#237;a ahora de nuevo sobre la mesa de Sese&#241;a. Sin embargo, tampoco hab&#237;a ning&#250;n problema con eso. Olga ten&#237;a raz&#243;n, el gobierno actual conoc&#237;a, y admit&#237;a, lo ocurrido con Claudia. Lo &#250;nico que deseaban era echar tierra sobre el asunto. En cuanto a Diana, se ocupar&#237;an de ella, le tapar&#237;an la boca con dinero, como siempre, o la presionar&#237;an a trav&#233;s de Miguel Laredo. A nadie le interesaba resucitar cosas muertas, nunca mejor dicho en aquel caso.

C&#225;lmate. Todo est&#225; bien. Hay asuntos por resolver, tan solo

A m&#237; tambi&#233;n me alegra verte, pap&#225; -dijo Carolina, siempre animosa-. &#191;Qu&#233; te parece? -Se&#241;al&#243; el lienzo y Padilla la liber&#243; del abrazo, pero sigui&#243; inclinado sobre su hombro para besarle la fresca mejilla al tiempo que miraba la pintura.

Es genial -admiti&#243;-. Pero el &#225;ngel est&#225; muy serio.

Es que es un &#225;ngel. No sonr&#237;e ni llora. Lo voy a titular Resurrecci&#243;n.

Te ha quedado precioso, reina.

Padilla observaba pensativo la figura de camis&#243;n blanco, con alas y brazos extendidos, flotando sobre el mar. Le dol&#237;a comprobar que Carolina siempre dibujaba recintos con agua en sus pinturas: un mar, un lago Era como si intentara asumir el recuerdo de su accidente, cuando, con seis a&#241;os de edad, una est&#250;pida ca&#237;da sobre el borde de la piscina de su anterior colegio le hab&#237;a seccionado la m&#233;dula espinal. Fue por entonces que Padilla asumi&#243; el cargo de director del departamento de Psicolog&#237;a Criminal y se sinti&#243; con la energ&#237;a y frialdad suficientes para enviar a una chica, a veces de la edad de su hija, a ser inmolada para cazar a un monstruo. Los cebos eran cebos, y trabajaban precisamente para que otras chicas y chicos pudiesen vivir tranquilos, qu&#233; carajo. Tal era su convicci&#243;n, y &#233;l cre&#237;a que as&#237; hab&#237;a pensado siempre, y que el accidente de su hija no hab&#237;a influido en eso.

Sigui&#243; mirando el cuadro. Resurrecci&#243;n, pens&#243;.

Carolina le estaba diciendo algo.

 en poner a Thaisa, pero al final he decidido dejarlo as&#237;

&#191;A qui&#233;n?

Ella resopl&#243;, medio en broma.

Pap&#225;, te odio cuando no me escuchas.

Lo siento.

Te dec&#237;a que quer&#237;a poner a Thaisa en brazos del &#225;ngel, pero al final no la he puesto. &#191;Sabes qui&#233;n es? Thaisa, la mujer del pr&#237;ncipe ese del libro que me diste

Lo record&#243; por fin. Le hab&#237;a regalado a Carolina una versi&#243;n en cuento de varias obras de Shakespeare, entre ellas Perieles. Era una de sus &#250;ltimas piezas, y en ella hab&#237;a aventuras, magia y amor. Gens hallaba en aquella obra las claves de la propia filia de Padilla, la de Petici&#243;n, en la impresionante escena del reencuentro entre el protagonista y su hija. Pero Padilla jam&#225;s le habr&#237;a contado a Carolina esto &#250;ltimo.

Te ha quedado muy bien as&#237; -dijo intentando disimular el malestar que le hab&#237;a producido recordar a aquel viejo tramposo-. No es preciso que a&#241;adas nada m&#225;s

Pap&#225;, s&#233; lo que te pasa.

La seriedad de su hija le hizo volver a mirarla. En el jard&#237;n, Pirata, el golden retriever de la familia, ladraba a los transe&#250;ntes en medio de la lluvia.

Es por mi fiesta de esta tarde, &#191;verdad? Os he o&#237;do discutir a Alvaro y a ti, y de verdad, no quiero que me lleve, no quiero que se enfade por m&#237;

Padilla iba a decir algo cuando son&#243; el tel&#233;fono fuera de la habitaci&#243;n. Oy&#243; la voz de Alvaro: &#161;El tel&#233;fono, pap&#225;!. Bes&#243; de nuevo a su hija y se dirigi&#243; a la puerta.

Ya hablaremos -dijo mientras se alejaba-, pero vas a ir a esa fiesta de tus compa&#241;eros de clase, Carola, te lleve quien te lleve. S&#233; que te lo pasar&#225;s bien.

Su hija lo acept&#243;. A diferencia de Alvaro, ella nunca discut&#237;a. Quiz&#225; porque, como dec&#237;a su hermano, siempre consegu&#237;a sus prop&#243;sitos. Con ese alegre pensamiento en la cabeza, y sinti&#233;ndose mejor, Padilla se dirigi&#243; al dormitorio, donde estaba el tel&#233;fono m&#225;s cercano. N&#250;mero desconocido, ley&#243; en el visor.

S&#237; -dijo al auricular.

Tras un instante de perplejidad, volvi&#243; a colgar. No hab&#237;a o&#237;do nada. Sin duda, se hab&#237;a tratado de una llamada a un n&#250;mero equivocado.

Se levant&#243; y, desde el dormitorio, accedi&#243; a su despacho.

No pasa nada. Es que quedan cosas por hacer Encendi&#243; el ordenador del escritorio y abri&#243; el correo electr&#243;nico. Envi&#243; un archivo a una direcci&#243;n concreta y lo cerr&#243;. Regres&#243; al dormitorio silbando una cancioncilla y record&#243; que hab&#237;a olvidado el malet&#237;n del trabajo dentro del coche. Pero dispon&#237;a de tiempo para ir a por &#233;l. Mucho tiempo. Antes deb&#237;a disfrutar. Se inclin&#243; hacia el visor del tel&#233;fono.

Tel&#233;fonos -dijo-. Desconectar.

Observ&#243; divertido c&#243;mo las luces de todos los canales del tel&#233;fono se apagaban una a una. Luego pas&#243; al sal&#243;n, donde Alvaro segu&#237;a grabando v&#237;deos que sonaban en toda la casa, y desconect&#243; los sensores de vigilancia. Titube&#243; mirando a su hijo, pero pens&#243;: No: todav&#237;a no. Lo primero es lo primero.

Entr&#243; en la cocina. Amelia, la chica de servicio, entornaba los ojos manipulando la pantalla t&#225;ctil del microondas. Padilla se agach&#243; tras ella, tir&#243; de un caj&#243;n, lo abri&#243; y sac&#243; un objeto alargado. Se gir&#243; hacia la chica.

Lo primero antes que lo segundo

Dej&#243; a Amelia en el suelo sobre un charco rojizo que empap&#243; sus zapatos y las perneras de su pantal&#243;n y regres&#243; al sal&#243;n por la otra puerta. Su hijo segu&#237;a de espaldas, concentrado en el aparato de m&#250;sica. Padilla se acerc&#243; a &#233;l con pasos suaves pero decididos, sosteniendo el cuchillo de carne goteante.


Carolina Padilla retocaba el cuadro cuando un ruido, como de algo que se hiciera pedazos en alg&#250;n lugar de la casa, la sobresalt&#243;.

&#191;Qu&#233; ha pasado? -exclam&#243;.

Nadie respondi&#243;. Quiz&#225; no la hab&#237;an o&#237;do, porque la puerta de su cuarto estaba cerrada y los v&#237;deos que grababa su hermano segu&#237;an sonando en el sal&#243;n. Afuera, Pirata ladraba m&#225;s que nunca y la lluvia no hab&#237;a cesado.

Dedujo que la tragedia no hab&#237;a sido grave. Amelia habr&#225; hecho de las suyas: otro adorno a la basura, pens&#243; sonriendo, y retorn&#243; al cuadro. Pero decidi&#243; que estaba cansada de pintar, dej&#243; el pincel en el peque&#241;o recipiente de agua donde ten&#237;a los otros y se sec&#243; las manos. Era muy cuidadosa y limpia, le gustaba recoger sus cosas y ten&#237;a su habitaci&#243;n inmaculada. A&#241;os atr&#225;s, criticado por sus padres debido a su propio desorden, su hermano se hab&#237;a burlado: Carola no desordena porque no se mueve. Hubo un enfado may&#250;sculo, gritos, y hasta llanto de mam&#225;. Pero a ella no le afect&#243; aquella frase cruel. Quer&#237;a mucho a Alvaro y sab&#237;a que el sentimiento era rec&#237;proco. Es solo que es un chico -pensaba-. Los chicos son as&#237; de tontos. Desde luego, no iba a ser ella quien le aguara la fiesta esa noche a &#233;l.

Ech&#243; un vistazo a la hora y supo que Amelia iba a llamar a su puerta de un momento a otro para decirle que la comida ya estaba servida. A ella siempre la avisaban, a su hermano nunca. Carolina no soportaba que sus padres la trataran de forma especial. A veces pensaba que cuidaban m&#225;s a su invalidez que a ella: dedicaban tiempo y dinero a procurarle cuantiosos ejercicios de rehabilitaci&#243;n o molestas e in&#250;tiles terapias con las llamadas c&#233;lulas madre. &#191;Por qu&#233; no la aceptaban tal como era? Eso la incordiaba, pero tambi&#233;n el no saber c&#243;mo expresar aquel sentimiento sin ofenderlos.

Le pareci&#243; sentir que alguien se acercaba a la puerta. Amelia, sin duda. Pero quienquiera que fuese no se decid&#237;a a entrar. Se pregunt&#243; si ser&#237;a su hermano tratando de gastarle una broma.

Te estoy oyendo -dijo en voz alta, sonriente.

Nadie contest&#243;. Iba a encender los mandos de la silla el&#233;ctrica para acercarse cuando, de repente, algo le llam&#243; la atenci&#243;n en su cuadro.


Pap&#225; ten&#237;a raz&#243;n: el &#225;ngel estaba demasiado serio. Lo hab&#237;a pintado con los brazos tan extendidos que no parec&#237;a invitar a nadie a refugiarse en ellos sino querer atrapar a una v&#237;ctima inocente. Los dedos se abr&#237;an como garras.

Eres m&#237;a, Carolina.

Estaba mal hecho, era irreal. Solo su expresi&#243;n resultaba llamativa, porque, a pesar de su seriedad, a Carolina se le antojaba que en sus ojos hab&#237;a un brillo de

La puerta se abri&#243; de golpe y la figura que entr&#243; tambale&#225;ndose en su habitaci&#243;n tambi&#233;n estaba mal hecha y era irreal. Parec&#237;a haber surgido de una pel&#237;cula de terror, con toda aquella sangre por encima, enarbolando aquel cuchillo. Carolina ni siquiera grit&#243;. Sencillamente, no se lo crey&#243;. Una garra aferr&#243; su camiseta y se sinti&#243; alzada en vilo desde la silla, sus in&#250;tiles piernas bailando en el aire como tent&#225;culos de calamar, para luego caer de espaldas contra la cama en la que dorm&#237;a. No le hab&#237;a dolido: estaba como desconectada de lo que suced&#237;a, contempl&#225;ndolo todo como parte de la misma pintura. Y cuando el hombre se arroj&#243; sobre ella aplast&#225;ndola con sus gru&#241;idos, su olor a carne cruda y sus gestos animales y comenz&#243; a tirar de sus pantalones de malla para baj&#225;rselos, Carolina supo que no era su padre, no pod&#237;a serlo, sino el &#225;ngel.

Lo supo porque hab&#237;a visto en los ojos del &#225;ngel lo mismo que ahora ve&#237;a, desde tan cerca, en los del hombre.

Placer.



30

Pas&#233; el resto de la tarde haci&#233;ndome las mismas preguntas. &#191;Por qu&#233; ten&#237;a la sensaci&#243;n de que Gens me ocultaba algo? &#191;Acaso sab&#237;a d&#243;nde se encontraba Vera? &#191;Y qu&#233; pensar del secuestro de Elisa? &#191;Estaban ambas desapariciones relacionadas con lo de Renard?

Intent&#233; hablar con Padilla, pero en Los Guardeses me dijeron que se hab&#237;a tomado el d&#237;a libre y yo no conoc&#237;a sus tel&#233;fonos privados. Mi &#250;nica esperanza era Miguel. Tampoco contestaba. Le dej&#233; un mensaje. A &#250;ltima hora, cuando ya anochec&#237;a, mi tel&#233;fono son&#243; y era &#233;l. Parec&#237;a contento, se disculp&#243; por no haber llamado antes y me propuso algo inusual: vernos en un mexicano de Princesa que nos gustaba a los dos. Yo no ten&#237;a ning&#250;n deseo de salir a cenar, pero Miguel asegur&#243; que solo buscaba un sitio agradable en el que poder hablar. Termin&#233; aceptando, me puse la cazadora y llegu&#233; al restaurante antes que &#233;l tras recorrer un Madrid fr&#237;o y lluvioso. Tuve que admitir que el ambiente del local, bastante lleno en v&#237;spera de festivo, los recuerdos de otras cenas disfrutadas all&#237; y los primeros sorbos del margarita me animaron. Y mientras le echaba un vistazo a la carta, que conten&#237;a fotos de los platos, una sombra me hizo alzar la vista, y all&#237; estaba.

Hola, cielo.

Hola.

Ven&#237;a espectacular, con una camisa negra opalina y el cabello de nieve ondulado. Su sonrisa, en medio de su barba recortada, me hizo sentir m&#225;s calor que la bebida. De repente comprend&#237; que hab&#237;a sido buena idea reunimos all&#237;.

Miguel hizo un r&#225;pido pedido, luego se dedic&#243; a escuchar. Nos hab&#237;an dado una mesa cerca de la cocina y se o&#237;an voces de camareros, pero est&#225;bamos m&#225;s alejados de las risotadas de los clientes, y de todas formas el mundo desapareci&#243; para m&#237; mientras narraba mi encuentro con Gens y las sospechas sobre la desaparici&#243;n de Vera. Miguel me acariciaba la mano vendada, y record&#233; un gesto similar de Mario Valle en otro restaurante, parec&#237;a que siglos atr&#225;s. Cuando acab&#233;, lanz&#243; un suspiro.

&#191;Quieres saber lo que pienso exactamente?

Como si estuvi&#233;ramos en la habitaci&#243;n de la sinceridad -dije.

Pienso que te est&#225;s metiendo t&#250; misma en un callej&#243;n sin salida, cielo.

Vale. Ahora resp&#243;ndeme a esto: &#191;conoc&#237;as la verdad sobre lo de Renard?

No. -Yo lo miraba directamente a sus bellos ojos y solo ve&#237;a franqueza, como espejos que reflejaran la m&#237;a propia-. No sab&#237;a nada, te lo juro. Pero te ser&#233; muy sincero, Diana, no me sorprende en absoluto. Se han hecho pruebas con cebos en todo el mundo Espera, d&#233;jame hablar Si vas a preguntarme c&#243;mo lo considero &#233;ticamente, te dir&#233; que reprobable, &#191;vale? Ahora bien, &#191;creo que hay que montar un esc&#225;ndalo, llamar a los peri&#243;dicos, poner una denuncia? No, no lo creo. Y tampoco creo que lo sucedido con la pobre Claudia tenga nada que ver con la desaparici&#243;n de tu hermana &#191;Datos de ordenador ama&#241;ados? Perdona si te digo que la palabra de un psico al que estabas a punto de eliminar no me resulta del todo fiable

Al principio me desconcert&#243; tanto su opini&#243;n que no repliqu&#233;. Luego dije:

Miguel, el profesor Gens fingi&#243; el secuestro de nuestra compa&#241;era Claudia y la tortur&#243; durante un mes debido a un experimento cient&#237;fico. &#191;Eso es solo reprobable?

Todos hemos pasado pruebas muy duras durante nuestra

&#161;Eso no era una jodida prueba!

Varias caras giraron hacia nosotros. Pens&#233; con alegr&#237;a feroz que quiz&#225; hab&#237;a gente del servicio secreto all&#237;, y al d&#237;a siguiente los titulares dir&#237;an: Dos cebos son arrestados por hablar en voz alta de asuntos confidenciales ante un plato de nachos con guacamol. Me qued&#233; mirando a una chica que me miraba asombrada mientras se probaba alg&#250;n tipo de brazalete, y record&#233; que en aquel restaurante regalaban a las mujeres al final de la cena una baratija de presunto arte azteca. La chica desvi&#243; la vista.

Por fortuna, Miguel me conoc&#237;a, y no respondi&#243; a mi exabrupto con un no grites, por favor, nos est&#225;n mirando o cualquier otra gilipollez semejante de las que sol&#237;an animarme a gritar m&#225;s. Se limit&#243; a hacer una pausa mientras untaba otro nacho en abundante guacamol. Luego se sec&#243; con la servilleta y bebi&#243; un sorbo de vino.

Diana, cielo, nada de lo que hacen los cebos es normal, &#191;de acuerdo?

No necesito que me lo recuerdes.

Nuestro trabajo se basa en la ficci&#243;n, el teatro, el enga&#241;o

Pero hay cosas reales. Los afectos que sentimos son reales. Lo nuestro es real.

S&#237;, lo nuestro es real -admiti&#243;, mir&#225;ndome.

Y nuestra dignidad como personas, tambi&#233;n.

Disculpa, pero &#191;pensaste en tu dignidad como persona cuando te preparabas para el Espectador? &#191;No estabas deseando entregarte a &#233;l? -Y de pronto percib&#237; una emoci&#243;n distinta bajo su calma aparente: estaba solt&#225;ndome todo su enfado-. &#191;La chica a la que amo, la que hab&#237;a decidido dejar de una vez el trabajo para empezar una nueva vida conmigo? Y de repente, &#191;qu&#233; hace? Correr hacia el matadero y poner el cuello en el tajo. -Mene&#243; la cabeza-. Solo trato de decirte que lo que hacemos es completamente anormal, pero lo aceptamos. Incluso nos gusta. Y cuando deja de gustarnos, como me ha pasado a m&#237;, entonces adi&#243;s. Nos largamos. A nadie le obligan a quedarse.

A Claudia la obligaron.

No: solo le mintieron. Ella estaba dispuesta a entregarse a Renard, pero Gens la eligi&#243; para algo m&#225;s que para detener a un solo loco: intentar descubrir c&#243;mo detenerlos a todos. Y si alguien pod&#237;a dar a Gens la m&#225;scara Yorick, era ella. Claudia era uno de los mejores cebos, no solo de este pa&#237;s sino de toda Europa. Igual que t&#250;.

Su &#250;ltima frase flot&#243; en el aire como un olor intenso. Nos miramos.

Pero Gens la eligi&#243; a ella -dije.

De lo cual me alegro en el alma.

Me qued&#233; sin palabras ante aquella simple, horrible declaraci&#243;n. Miguel a&#241;adi&#243;:

Lo lamento por Claudia. Siento compasi&#243;n por ella como podr&#237;a sentirla por el soldado al que matan de un tiro mientras pelea junto a m&#237;. Compasi&#243;n y tambi&#233;n alivio de saber que no fuiste t&#250;. Gracias a Dios -pienso-, gracias a Dios que fue ella y no Diana. -Se encogi&#243; de hombros-. Mi amor es as&#237; de ego&#237;sta.

Hab&#237;an tra&#237;do el segundo plato, pero yo permanec&#237;a inm&#243;vil mirando el mantel.

Por cierto, quer&#237;a decirte otra cosa -continu&#243; Miguel en tono anecd&#243;tico-. La b&#250;squeda de Vera se encuentra en punto muerto, y ahora est&#225;n investigando la posibilidad de que, simplemente, se haya marchado. -Levant&#233; la vista, aturdida. Miguel explic&#243; que Vera hab&#237;a usado una de sus previas identidades de cobertura para sacar un billete de avi&#243;n a Londres. Las fechas concordaban, y hab&#237;an empezado a llamar a los grandes entrenadores de ese pa&#237;s para saber si estaba con alguno de ellos-. T&#237;pico de tu hermana -agreg&#243;-: se enfad&#243; contigo y decidi&#243; dejarnos plantados a todos

Dios m&#237;o. -El alivio que sent&#237;a era casi f&#237;sico-. Dios, Dios m&#237;o

Quer&#237;a ser yo quien te diera la buena noticia.

Le apret&#233; la mano y decid&#237; no mentirle.

Me siento mejor. Mi amor tambi&#233;n debe de ser ego&#237;sta

Miguel se inclin&#243; para besar mi frente mientras yo reprim&#237;a el llanto, y a&#241;adi&#243; en un suave murmullo, pero con tanta nitidez como si nos rodeara el silencio de un bosque:

Quiero que te quede claro, cielo: decidas lo que decidas, te apoyar&#233;. Si vas a tirar del mantel con lo de Claudia, adelante, lo haremos juntos.

Te amo -dije.

Te amo. Pero nuestros tacos de Jalisco se est&#225;n enfriando.

A partir de ese punto la velada dio un vuelco completo para m&#237;. No era que confiase del todo en que lo de Vera fuera a resolverse de forma tan simple, pero la sola posibilidad de que hubiese ocurrido as&#237; me relajaba. Y me parec&#237;a factible: mi hermana hab&#237;a expresado m&#225;s de una vez su intenci&#243;n de ensayar en los teatros de Scotland Yard. Record&#233; que uno de sus proyectos consist&#237;a en recibir clases de Sophie Atanassio, una de las grandes especialistas en m&#225;scaras de relaci&#243;n inconsciente. Mi memoria me entreg&#243; una imagen vivida: Vera en Los Guardeses, vestida solo con unos guantes mientras ensayaba la t&#233;cnica Blush para la Negociaci&#243;n, y diciendo: Creo saber por qu&#233; fracasa en esta fase. Me gustar&#237;a explic&#225;rselo a la profesora Atanassio.

Oh Dios m&#237;o, Dios m&#237;o, Vera -pens&#233; sin poder evitar una sonrisa-. Maldita seas. Te vas a enterar cuando regreses Te leer&#233; la cartilla

La cena me result&#243; exquisita. Y a&#250;n m&#225;s exquisito el momento en que, cuando el camarero nos recomend&#243; tarta de frambuesa de postre, Miguel dijo, mir&#225;ndome:

No es aqu&#237; donde me gustar&#237;a tomar el postre.

Y hasta el camarero se ech&#243; a re&#237;r con nosotros. Miguel ten&#237;a esa forma de decir las cosas que encantaba a todo el mundo, y me di cuenta de que pasar la noche con &#233;l era justo lo que me apetec&#237;a tras aquel d&#237;a espantoso. Propuso que fu&#233;ramos a mi apartamento, e hicimos el trayecto separados, porque ambos hab&#237;amos tra&#237;do coche y &#233;l deb&#237;a marcharse temprano a la ma&#241;ana siguiente para ir a Los Guardeses. Eso me concedi&#243; un tiempo para pensar a solas mientras me mov&#237;a por las grandes avenidas del centro y me aseguraba en el espejo retrovisor de que los faros de su coche me segu&#237;an fielmente. A ratos ve&#237;a pasar a grupos de juerguistas enmascarados, como si Halloween se hubiese convertido en una especie de segundo carnaval para Madrid.

Pens&#233; en lo que iba a hacer al respecto de Claudia, pero no se me ocurri&#243; nada. No ser&#237;a la primera vez, desde luego, que alguien relacionado con el mundo de los cebos denunciaba algo. Sin embargo, nunca se consegu&#237;an resultados concretos, por dos razones. En primer lugar, a todos nos interesaba callar, como nos callamos respecto de los pecados compartidos. &#201;ramos conscientes de que la basura exist&#237;a, pero tambi&#233;n de que lo mejor que pod&#237;a hacerse con ella era guardarla en cubos y reciclarla.

Y hab&#237;a otra raz&#243;n: el psinoma era demasiado complejo para la mitolog&#237;a popular. Incluso psic&#243;logos no especializados como Valle ten&#237;an problemas para admitir todas sus consecuencias. Que una droga te provoque alucinaciones es una cosa, y otra muy distinta que un gesto, un tono de voz o la visi&#243;n fugaz de una parte del cuerpo puedan enloquecerte. Una noticia que implicara algo tan extra&#241;o tendr&#237;a menos probabilidades de llamar la atenci&#243;n que denunciar que la C&#205;A ocultaba pruebas de la visita de extraterrestres.

&#191;Y qu&#233; ocurrir&#237;a si, a pesar de todo, optaba por hablar? Gens estaba oficialmente muerto, y el esc&#225;ndalo no iba a devolverle la vida a Claudia. Me convertir&#237;a en una apestada, una delatora, y eso perjudicar&#237;a, como m&#237;nimo, la carrera de Miguel, por no mencionar nuestras vidas o la de Vera. Los cebos &#233;ramos un mundo delicado, pertenec&#237;amos, por as&#237; decirlo, a la genitalidad del Sistema, cuyos puntos vitales resultan afectados con m&#225;s facilidad que los sensibles: quiz&#225; puedas llevar a la c&#225;rcel a un ministro, hacer dimitir a un presidente o hasta derrocar a todo un gobierno, pero no le toques los cojones al Sistema.

Al llegar a casa segu&#237;a sumida en la duda, y decid&#237; aparcar mis reflexiones junto con el coche. En aquel momento solo me importaba estar junto a Miguel. Me sent&#237;a relajada casi por primera vez desde que mi hermana hab&#237;a desaparecido y no quer&#237;a desperdiciar ni un segundo. Sin pre&#225;mbulos, pasamos de las caricias a la cama, y Miguel me hizo el amor mientras me dejaba contemplar su rostro embellecido por los jadeos y acariciar sus anchos hombros y los m&#250;sculos de sus brazos. Sent&#237; que con cada beso que nos d&#225;bamos se evaporaban nuestras diferencias y solo perduraban los buenos recuerdos, y gem&#237; moviendo mi cuerpo bajo el suyo, en la angosta cama de mi apartamento, deseando que aquello no acabara nunca. Y cuando acab&#243; fue como si a&#250;n persistiera, porque ambos segu&#237;amos excitados y nos parec&#237;a que ten&#237;amos la noche para nosotros, de modo que pod&#237;amos permitirnos una pausa. Aunque quise convencerlo de que nos duch&#225;ramos juntos, me hizo gracia su manera de decir: Ve primero t&#250;, dame un respiro. Y me re&#237; en el ba&#241;o a solas pensando que lo amaba, que quer&#237;a vivir con &#233;l, y segu&#237; pens&#225;ndolo al salir de la ducha, mientras me secaba con la toalla en el aire lleno de vapor, y a&#250;n lo pensaba cuando sent&#237; la fr&#237;a presi&#243;n del ca&#241;&#243;n de la pistola apoyada en mi nuca y vi en el espejo, del que poco a poco desaparec&#237;a el vaho, a Miguel Laredo apunt&#225;ndome cuidadosamente, preparado para disparar.


No te muevas, Diana. Ni un solo gesto.

No me mov&#237;, por supuesto. No habr&#237;a podido, aun sin amenazas. Me qued&#233; mirando el espejo con la toalla en la mano y el cabello como un revoltijo h&#250;medo.

Ahora quiero que te eches la toalla sobre la cabeza.

La toalla -murmur&#233; est&#250;pidamente.

S&#237;. Sobre la cabeza. Y no hables. Hazlo con rapidez, sin volverte.

Me dieron ganas de re&#237;r, no s&#233; bien por qu&#233;. Quiz&#225; por lo rid&#237;culo que parec&#237;a todo. Acab&#225;bamos de hacer el amor, besarnos, susurrarnos cosas cari&#241;osas. El segu&#237;a siendo Miguel Laredo, y por mucho que sonara tensa, su voz era la misma que me tranquilizaba cuando, durmiendo juntos, yo despertaba bruscamente tras un sue&#241;o inquieto.

Sobre la cabeza, Diana -repiti&#243;-. La toalla. O disparo.

Obedec&#237;. El mundo, de improviso, se hizo h&#250;medo y con olor a gel. Entonces sent&#237; un brazo alrededor de la cintura tirando de m&#237; y me dej&#233; arrastrar como una bailarina ciega en un violento vals. Mi pie descalzo tropez&#243; contra su zapato, y me percat&#233; de que se hab&#237;a vestido del todo mientras yo me duchaba. Por fortuna, mi apartamento era diminuto y no hab&#237;a pasillos entre los cuartos, ni otros obst&#225;culos que las puertas.

Al llegar al dormitorio me dio m&#225;s instrucciones: me arrodill&#233; frente a la cama, las manos en alto, la toalla a&#250;n por encima. Un fantasma salido de la ducha. Record&#233; un ensayo de Cimbelino en la granja, cubierta solo con una s&#225;bana.

De nuevo, el ca&#241;&#243;n contra mi sien. Y su voz pegada a mi o&#237;do. Al tiempo que hablaba, me aferr&#243; la cara sobre la toalla, sin tocarme directamente.

S&#233; lo que eres capaz de hacer, Diana. Y t&#250; sabes que lo s&#233;. Ambos somos profesionales. Puedes engancharme con m&#225;scaras r&#225;pidas, pero te advierto que tendr&#225;s que ser muy r&#225;pida. Si lo intentas y no lo logras del todo, no podr&#225;s evitar que dispare. Cr&#233;eme, esta toalla es m&#225;s para protegerte a ti que a m&#237;. &#191;Entendido? Contesta s&#237; o no.

Murmur&#233; un s&#237; r&#225;pido y neutro. Claro que entend&#237;a: la filia de Miguel era de Negociaci&#243;n, y su punto d&#233;bil la relaci&#243;n entre cebo y presa. La m&#225;scara exig&#237;a que mi cuerpo, y sobre todo mi rostro, fuesen visibles, de modo que la toalla era una medida preventiva por si pretend&#237;a engancharlo. Eso me hizo pensar que todo aquello iba muy en serio. Estaba asustada.

Sus dedos me soltaron, pero la pistola no se apart&#243; de mi cabeza. Me qued&#233; quieta respirando mi propio aliento. No pod&#237;a ver nada frente a m&#237;, solo el resplandor de la luz de la mesilla filtr&#225;ndose a trav&#233;s del tejido. Si miraba hacia abajo ve&#237;a mis senos jadeantes y el inicio de los muslos separados. Manten&#237;a los brazos a cierta altura, como me hab&#237;a ordenado. La mano vendada me dol&#237;a.

De repente volv&#237; a o&#237;rle.

Ahora dime: &#191;qu&#233; hiciste hoy despu&#233;s del funeral?

Vi a V&#237;ctor Gens en el tanatorio y estuve hablando con &#233;l Ya sabes Luego vine a casa. Te llam&#233; varias veces, pero no respond&#237;as. Luego me llamaste t&#250;

&#191;Te quedaste aqu&#237; todo el tiempo?

S&#237;.

&#191;Puedes probarlo?

&#191;Probarlo? -jade&#233;-. No No lo s&#233; Estuve sola &#191;Qu&#233; sucede, Miguel?

Hubo un silencio. Fue tan largo que pens&#233; que Miguel se hab&#237;a marchado. Entonces escuch&#233; de nuevo su voz, &#225;tona, como si estuviera rezando:

Padilla ha muerto. Este mediod&#237;a, despu&#233;s de regresar del funeral, en su casa. Cogi&#243; un cuchillo de cocina, degoll&#243; a la criada y a su hijo mayor, y viol&#243; a su hija paral&#237;tica de catorce a&#241;os antes de matarla tambi&#233;n. Luego se extirp&#243; los ojos y acab&#243; cort&#225;ndose el cuello. Su mujer no estaba en casa, eso la salv&#243; de participar en la juerga.

Imaginar la atroz escena me eriz&#243; la piel.

&#191;Se se volvi&#243; loco? -murmur&#233;.

Lo volvieron.

&#191;Qu&#233;?

Estoy seguro de que sabes lo que quiero decir -repuso.

Todo el calor de la ducha reciente se hab&#237;a evaporado de mi cuerpo. Sent&#237;a como si alguien hubiese abierto la puerta de un congelador a mi espalda.

Por supuesto, el an&#225;lisis inform&#225;tico tardar&#225; d&#237;as -agreg&#243; Miguel-, pero los estudios in situ no dejan lugar a dudas: fue pose&#237;do. Y ya hab&#237;amos recibido el resultado del an&#225;lisis cu&#225;ntico del supuesto suicidio de &#193;lvarez, el propio Padilla nos lo envi&#243; hoy. Adiv&#237;nalo: los microespacios de la expresi&#243;n facial, de la forma de dejar los objetos y la ropa en el suelo, del nudo de la cuerda

Sab&#237;a lo que implicaba todo aquello. Intent&#233; hablar con calma.

Miguel, yo no les hice nada.

T&#250; encontraste el cad&#225;ver de &#193;lvarez en la granja, Diana. -Me cort&#243;-. Y no tengo que recordarte las amenazas que dirigiste a Padilla esta ma&#241;ana en el tanatorio. Si hay entre nosotros un cebo capaz de poseer con esa fuerza, eres t&#250;

Pero &#191;por qu&#233; yo? &#161;Es absurdo!

Desde luego, no fue una m&#225;scara com&#250;n -prosigui&#243;-, y ni siquiera poco com&#250;n A&#250;n no sabemos c&#243;mo lo has hecho, pero tambi&#233;n empleaste una t&#233;cnica revolucionaria con el Espectador, &#191;no?

&#161;Nada de lo que est&#225;s diciendo prueba nada!

Qu&#237;tate la toalla de la cabeza -dijo de repente-. Solo de la cabeza, despacio.

Me asust&#233; ante la orden inesperada. &#191;Qu&#233; pretend&#237;a? Levant&#233; los bordes de la toalla con temblorosa lentitud y la dej&#233; colgando del cuello. La luz de la mesilla me daba en la cara, haci&#233;ndome parpadear, pero ello no impidi&#243; que me fijara en lo que hab&#237;a sobre la cama, y que Miguel me se&#241;alaba. Sent&#237; n&#225;useas de terror puro.

Estaba en tu armario -dijo.

Era una vieja mu&#241;eca, sucia, sin ropa, pelo ni ojos. Le faltaban tambi&#233;n los brazos. Alrededor de su cuello estaba atada una peque&#241;a cuerda. Desperdigados por el suelo, parte de mi ropa, bisuter&#237;a y zapatos. Miguel se hallaba de pie junto a la silla de enea de mis padres, apunt&#225;ndome. Su rostro era una confusa mezcla de temor y tensi&#243;n.

No me mires -orden&#243; entre dientes.

&#191;Qu&#233; es todo esto? -dije desviando la vista.

Junto al cad&#225;ver de &#193;lvarez hab&#237;a tres mu&#241;ecas colgadas, &#191;recuerdas? Y despu&#233;s de masacrar a su familia, Padilla colg&#243; otra mu&#241;eca semejante del techo de su casa. -Pronunciaba cada palabra con una dureza inaudita mientras dirig&#237;a hacia m&#237; el ca&#241;&#243;n de la pistola-. Esta la acabo de encontrar en el fondo de tu armario, Diana &#191;Para qui&#233;n la ten&#237;as reservada? &#191;Qui&#233;n iba a ser tu tercera v&#237;ctima?

De repente percib&#237; que algunos fragmentos de aquella pesadilla encajaban entre s&#237;. A&#250;n me faltaban las piezas importantes, pero pod&#237;a vislumbrar el principio.

Comprend&#237; que no hab&#237;amos cenado juntos, ni dicho frases de amor, ni gozado en la cama: solo hab&#237;amos representado su teatro. Como el personaje de Iachimo en esa escena de Cimbelino en que, tras salir de un ba&#250;l en el cuarto donde Imogen yace dormida, intenta obtener falsas pruebas de que se ha acostado con ella, as&#237; Miguel hab&#237;a estado engatus&#225;ndome durante el restaurante y el sexo con gestos de mi propia filia, la de Labor, cuidadosamente elaborados, con el fin de poder acceder a mi casa y registrarla. Dec&#237;a Gens que aquella escena de uno de los &#250;ltimos romances de Shakespeare era un s&#237;mbolo de la Negociaci&#243;n, como lo son la decapitaci&#243;n de un personaje vestido con las ropas de otro o el travestismo de Imogen. Pero, para m&#237;, la escena del ba&#250;l pod&#237;a servir como met&#225;fora de la confianza traicionada.

En este caso, sin embargo, la traici&#243;n era doble. Intent&#233; explic&#225;rselo.

Me han tendido una trampa -dije con toda la calma que pude, sin mirarlo y sin moverme, para demostrarle que no pretend&#237;a atacar.

Una trampa -repiti&#243;.

Esa mu&#241;eca no es m&#237;a, alguien la ha puesto ah&#237; para culparme.

O&#237; c&#243;mo chasqueaba la lengua. Al hablar, parec&#237;a apesadumbrado.

Diana, cuando encontr&#233; la mu&#241;eca revis&#233; los c&#243;digos de acceso de tu apartamento: solo t&#250; has entrado aqu&#237; desde hace meses Por favor, esc&#250;chame. No hagas esto m&#225;s dif&#237;cil de lo que ya es. Me he pasado toda la tarde, desde que la polic&#237;a hall&#243; el cad&#225;ver de Padilla, intentando convencer a Olga de que no te arrestara, de que me dejara buscar una prueba concreta Ni siquiera podemos fiarnos de lo que t&#250; misma crees, &#191;no comprendes? -Su voz expresaba ahora un dolor tan intenso que me estremec&#237;-. Si has ca&#237;do al foso, no eres responsable de lo que haces 

Eso pensaban, por tanto: que la desaparici&#243;n de Vera, mi esfuerzo con el Espectador o el hecho de conocer lo ocurrido en el caso Renard me hab&#237;an enloquecido, lo que llam&#225;bamos en la jerga caer al foso. Desde luego, las muertes de &#193;lvarez y Padilla, con el horrendo y sarc&#225;stico detalle de las mu&#241;ecas ahorcadas al estilo del inexistente Renard, parec&#237;an la obra de una mente enferma. Pero &#191;qui&#233;n pod&#237;a estar detr&#225;s de todo eso? Por un instante, al ver la mu&#241;eca sobre mi cama y o&#237;r las palabras de Miguel, me acometi&#243; el v&#233;rtigo: &#191;acaso ser&#237;a cierto que hab&#237;a sido yo misma, sin saberlo?

Ahora voy a hacer una llamada. Vuelve a cubrirte la cabeza con la toalla, por favor. -De reojo observ&#233; que se dispon&#237;a a utilizar un m&#243;vil de pulsera inserto en un adorno p&#250;rpura en su mu&#241;eca izquierda. Yo ya lo hab&#237;a visto durante la cena.

Supe algo con absoluta claridad: si Miguel hac&#237;a esa llamada, si avisaba a Olga o a la polic&#237;a, ya no habr&#237;a ninguna posibilidad para m&#237;. Los cebos acusados de cr&#237;menes desaparec&#237;an del mapa. &#201;ramos demasiado peligrosos para ser enviados a una c&#225;rcel com&#250;n. Se celebrar&#237;a un juicio, sin duda, pero no antes de que se tomasen todas las medidas precisas para dejarme in&#250;til e indefensa. El h&#225;beas corpus no es aplicable si la acusada es una bomba con el temporizador estropeado.

Miguel, por favor, espera

Haz lo que te digo.

Intent&#233; pensar deprisa, y de repente di con una posibilidad.

V&#237;ctor Gens -dije.

Diana, c&#250;brete la cabeza -insisti&#243;, aunque vi que mis palabras lo deten&#237;an.

Miguel, escucha, puede ser Gens -De repente la idea me parec&#237;a muy obvia-. &#161;Sigue usando cebos, hoy lo he comprobado! &#161;Es posible que todo esto sea un montaje suyo, otra especie de experimento! &#161;Tiene que ser Gens! &#161;Por favor, env&#237;a a alguien a su casa! &#161;S&#233; d&#243;nde vive!

Lo que o&#237; entonces son&#243; en mi interior como un plato roto.

Ya han estado en su casa, Diana. Esta tarde, cuando Padilla muri&#243;, el departamento busc&#243; a Gens. Pero no lo encontraron. Hab&#237;a hecho un equipaje apresurado y llam&#243; a su ch&#243;fer y su criada para decirles que se marchaba una temporada. No dijo ad&#243;nde. Siguen busc&#225;ndolo.

&#161;Eso demuestra que tiene algo que ocultar!

O miedo de acabar como Padilla y &#193;lvarez -replic&#243; Miguel con sensatez-. En todo caso, lo encontrar&#225;n, Diana, descuida. Y ahora, te lo digo por &#250;ltima vez: c&#250;brete la cabeza. No me obligues a usar esto, por favor. No contigo -a&#241;adi&#243;.

Sent&#237; como si aquella toalla fuese un tel&#243;n final, definitivo. Cuando volviera a caer sobre m&#237;, todo acabar&#237;a. Pero tambi&#233;n advert&#237; que, de no obedecer, Miguel iba a dispararme. O puede que me disparase aunque yo jugara limpio. Me hallaba desnuda, arrodillada, con la cabeza descubierta: cualquier m&#237;nimo gesto por mi parte, una mirada, un temblor en los labios, un simple cambio de postura, pod&#237;an ser interpretados equ&#237;vocamente. &#191;Qu&#233; importaba que yo dijese la verdad? Una hora antes Miguel me hab&#237;a dicho que me amaba, lo cual quiz&#225; era cierto, y al mismo tiempo estaba interpretando un papel. La verdad, entre cebos, solo es un texto m&#225;s en el gran teatro del mundo.

Me fij&#233; en la pistola. Era de esas desmontables, como hechas con piezas de Lego, de las que puedes ocultar desarmada en el bolsillo del pantal&#243;n. Miguel habr&#237;a sacado las piezas mientras yo estaba en el ba&#241;o y la habr&#237;a preparado en cinco segundos. Dispon&#237;a de silenciador. Un disparo en el brazo o la pierna me dejar&#237;a in&#250;til en mucho menos tiempo del que yo tardar&#237;a en enloquecerlo de placer. Ten&#237;a el dedo en el gatillo y estaba comprensiblemente nervioso. Sab&#237;a que la usar&#237;a.

Consider&#233; la posibilidad de enga&#241;arlo, de hacer una m&#225;scara pese a todo, pero me encontr&#233; incapaz de atacar a Miguel. Prefer&#237;a cualquier cosa antes que eso.

Empec&#233; a alzar la toalla.

Sim&#233;tricamente, Miguel alzaba el brazo con la pulsera para efectuar la llamada.

De s&#250;bito record&#233; algo. La pulsera.

Espera -susurr&#233;-. Tiene una pulsera cl&#237;nica.

&#191;C&#243;mo dices?

V&#237;ctor Gens. Lleva una pulsera de chequeo m&#233;dico on-line. -Yo no lo miraba, pero, a juzgar por su silencio, comprend&#237; que eso no lo sab&#237;an.

&#191;Activa? -pregunt&#243; tras una pausa.

Por lo que s&#233;, s&#237;. Pero aunque la hubiese desactivado, servir&#237;a si a&#250;n la lleva.

Las nuevas pulseras cl&#237;nicas conten&#237;an todos los par&#225;metros biol&#243;gicos importantes del paciente: eran como su huella dactilar, con la ventaja de que pod&#237;a ser detectada a distancia. Estuviera donde estuviese, si Gens la llevaba encima ser&#237;a tan visible para los ordenadores como un hurac&#225;n para un sat&#233;lite.

Miguel baj&#243; la mano del comunicador, pero sigui&#243; apunt&#225;ndome.

Diana, &#191;c&#243;mo puedo confiar en ti?

Solo te pido que encuentres a Gens primero Puedes llamar a Olga y decirle que yo te acabo de dar ese dato Miguel, s&#233; que Gens tiene la clave de todo Haz eso tan solo, te lo suplico Luego den&#250;nciame si quieres.

Hubo una pausa. Me cubr&#237; la cabeza y me encorv&#233; en el suelo, esperando. Ya no pod&#237;a intentar otra cosa: a partir de ese momento todo quedaba en manos de Miguel.


Haremos algo -dijo al fin-: llamar&#233; a Olga y le dir&#233; lo de Gens. Si lleva la pulsera, daremos con &#233;l de inmediato. Pero tambi&#233;n le contar&#233; lo que acabo de encontrar en tu casa, Diana. El hecho de que Gens se haya marchado no significa que seas inocente.

Era el t&#237;pico sentido de la justicia de Miguel. Acept&#233; aquellas condiciones, no me quedaba otro remedio. Me orden&#243; que no me moviese mientras llamaba.

En ese instante un sonido familiar nos interrumpi&#243;.

Quiz&#225; sea Olga -dijo Miguel tras dejar sonar el timbre del tel&#233;fono de mi casa dos veces-. Contesta.

Contestar -ped&#237; desde el suelo al receptor, sin moverme.

Sin embargo, la voz que se oy&#243; en los altavoces del dormitorio no era la de Olga.

Hola, Diana y Miguel Me reconoc&#233;is, &#191;verdad? Soy V&#237;ctor Gens -Era su inconfundible tono, su graznido orgulloso pero tambi&#233;n violento y jadeante, como pose&#237;do de furia-. S&#233; que est&#225;is juntos, puedo veros y o&#237;r lo que habl&#225;is -Una pausa-. Buen punto el de la pulsera cl&#237;nica, Diana, la verdad, no lo hab&#237;a pensado, y ahora ya es tarde para destruirla -Una pausa-. Pero tambi&#233;n es tarde para pedir ayuda. -Una pausa-. Quiero veros a los dos, ahora mismo. Estoy en la granja. Ya sab&#233;is el camino -Se oy&#243; su ronca risita-. Debo advertiros que estoy controlando todas vuestras llamadas, Miguel, as&#237; que no avis&#233;is a nadie o me enfadar&#233;. Y no creo que te guste mi enfado, Diana &#191;Quieres saber por qu&#233;?

De s&#250;bito escuch&#233; la otra voz, el angustioso, horrible grito:

&#191;Diana? &#161;Diana, ay&#250;dame!

Antes de que pudiese reaccionar, Gens volvi&#243; a llenar los altavoces.

Tengo a tu hermana -dijo.



31

Lo siento.

No fue culpa tuya.

Cada vez es m&#225;s frecuente en cebos veteranos Lo de caer al foso, me refiero Pero no me lo cre&#237; de verdad hasta que no hall&#233; esa mu&#241;eca en tu armario Yo

Miguel se inclinaba mucho sobre el volante al hablar. Record&#233; cierta t&#233;cnica para la m&#225;scara de Juego en que deb&#237;as inclinarte as&#237; con el fin de resaltar el decorado. Sin embargo, sab&#237;a que en aquel momento Miguel solo intentaba ser sincero.

Est&#225; bien -dije.

Yo no deseaba ning&#250;n examen de conciencia. Y realmente lo comprend&#237;a. A veces yo misma hab&#237;a cre&#237;do estar a punto de caer al foso. Los cebos jug&#225;bamos con nuestras emociones, nuestro placer, nuestras verdades &#237;ntimas, hasta que la frontera entre la m&#225;scara y lo que &#233;ramos bajo ella se borraba. Si es que &#233;ramos algo m&#225;s, y no, como cre&#237;a Gens, solo nuevas m&#225;scaras como estratos geol&#243;gicos que ocultaban, al fondo, un magma de placer.

Gens, pens&#233;. Ahora tambi&#233;n &#233;l parec&#237;a haber ca&#237;do al foso.

Quer&#237;a confiar en ti, Diana -Miguel desovillaba su in&#250;til arrepentimiento-. Quer&#237;a creerte, te lo juro Pero ten&#237;a un trabajo que cumplir. Y te confieso que ha sido el m&#225;s dif&#237;cil de mi vida

Lo s&#233;.

De sobra conoc&#237;a la lealtad casi obsesiva con que Miguel acataba las &#243;rdenes. Era lo que menos me gustaba de &#233;l, aquello que m&#225;s se parec&#237;a a la mentalidad de soldado lobotomizado que Mario Valle nos adjudicaba. Pero no lo censuraba: todos ten&#237;amos nuestra manera de sobrellevar la verg&#252;enza, y la suya era obedecer. Para hacer teatro, el actor Miguel necesitaba seguir ciegamente las instrucciones del director.

Lo mir&#233; un instante desde mi asiento: su hermoso rostro, su cabello y barba n&#237;veos como un rey de cuento infantil. En verdad, no me importaba que hubiese sospechado de m&#237;. Freud habr&#237;a dicho que yo intentaba recuperar al padre perdido. Gens dir&#237;a que la primera vez que lo vi, Miguel hizo algo, o sucedi&#243; algo a su alrededor, y mi psinoma qued&#243; enganchado. Daba igual. Fuera lo que fuese, yo lo llamaba amor. Y me pregunt&#233; si ser&#237;a posible salvar nuestra relaci&#243;n cuando aquella pesadilla finalizara.

Hiciste lo que ten&#237;as que hacer -dije-. Y te agradezco que hayas decidido no pedir ayuda ahora

No podemos arriesgar la vida de Vera. Ese bastardo va en serio. No s&#233; c&#243;mo lo ha hecho, pero parece interceptar los canales de la polic&#237;a. Si los aviso, lo detectar&#225;.

Era cierto. Miguel hab&#237;a intentado llamar a Olga cuando, tras vestirme, salimos apresuradamente de mi apartamento en direcci&#243;n a su coche, pero la voz que hab&#237;a aparecido en el m&#243;vil hab&#237;a sido, de nuevo, la de Gens. Nos dijo que no nos permitir&#237;a otra desobediencia similar, y hab&#237;amos optado por seguir su juego.

El mundo a nuestro alrededor se hab&#237;a convertido en una oscuridad vertiginosa mientras Miguel pisaba a fondo el acelerador. Era madrugada, y todos aquellos que pretend&#237;an salir de la ciudad o entrar en ella para pasar el d&#237;a de fiesta lo hab&#237;an hecho ya. Casi &#237;bamos solos por la autopista, nuestros rostros apenas revelados bajo las escasas luces de coches y farolas. Pronto entrar&#237;amos en la zona fantasma, el campo yermo, eternamente invernal del 9-N, y entonces la noche nos envolver&#237;a por completo.

All&#237; nos esperaba Gens. Con mi hermana.

&#191;Qu&#233; har&#237;amos al llegar a la granja? Conversamos sobre ello, pese a que ignor&#225;bamos si, de alguna forma, Gens pod&#237;a seguir escuch&#225;ndonos. Miguel llevaba su pistola, pero sab&#237;amos que ning&#250;n arma resultaba m&#225;s peligrosa que nosotros mismos. Sin embargo, en esta ocasi&#243;n no se trataba de un simple psico. Miguel lo dej&#243; claro:

Loco o no, es V&#237;ctor Gens, y conoce a los cebos mejor que nadie. No s&#233; qu&#233; quiere: quiz&#225; presionarnos o eliminarnos para que no denunciemos el asunto Renard Pero, si es verdad que tiene a tu hermana, debemos ser precavidos

&#191;Si es verdad? -dije, y Miguel asinti&#243;.

No olvides que solo hemos o&#237;do una voz Incluso aunque se trate de la voz de Vera, no significa que ella est&#233; all&#237;, o que &#233;l la tenga en su poder. Lo que te dije era cierto: hay datos que permiten suponer que Vera se march&#243; a Londres Si Gens los ha falsificado tambi&#233;n, entonces ser&#237;a el rey del universo.

Quiz&#225; lo sea.

Su silencio me hizo pensar que entend&#237;a lo que yo quer&#237;a decir. Lo ocurrido con &#193;lvarez y Padilla, y el hallazgo de la mu&#241;eca en mi casa, delataban algo m&#225;s que simple astucia. Ni siquiera era capaz de imaginarme c&#243;mo lo hab&#237;a logrado Gens, o a qui&#233;n pod&#237;a haber recurrido para ello, pero intu&#237;a que quien nos aguardaba en la granja no era el Gens de siempre, si es que alguna vez hab&#237;a existido algo as&#237;. Y eso me daba miedo. Como cuando intentaba una m&#225;scara en un momento de extrema necesidad y fallaba: miedo y confusi&#243;n. Por no mencionar lo que pudiera sucederle a Vera, si es que Gens realmente la hab&#237;a capturado.

Diana, ay&#250;dame.

Prefer&#237;a no pensar en ella.

Sent&#237; la mano de Miguel en mi brazo, y supe que nuestra telepat&#237;a mutua volv&#237;a a funcionar.

No dejar&#233; que le haga da&#241;o a Vera. Te lo juro, cielo. Ese cerdo no os har&#225; da&#241;o a ninguna de las dos.

Mir&#233; sus ojos, que se hab&#237;an apartado un instante de la carretera para observarme, su rostro enmarcado por la oscura ventanilla, y le cre&#237;.

A ninguno de los tres -dije, y apret&#233; su mano con la m&#237;a.

No hablamos durante el resto del viaje, como si hubi&#233;semos querido prolongar as&#237; el calor y la luz de aquella declaraci&#243;n postrera. Poco despu&#233;s nos deten&#237;amos frente a la monstruosa negrura de la granja. Llov&#237;a de nuevo, aunque no con intensidad, y sent&#237; fr&#237;o al bajarme del coche y me frot&#233; los brazos sobre la cazadora. El viento convert&#237;a las gotas en salpicaduras. Aqu&#237; empez&#243; todo para m&#237; -pens&#233;-, y aqu&#237; acabar&#225; todo.

&#161;V&#237;ctor! -llam&#243; Miguel, y su grito son&#243; casi obsceno en la espantosa soledad-. &#161;Hemos llegado! &#191;Me oye? &#191;Por qu&#233; no sale y hablamos?

De pie a ambos lados del coche, bajo la lluvia, aguardamos una respuesta.

No parece haber nadie -dijo Miguel.

Puede accederse por el otro lado -observ&#233;-. &#193;lvarez dej&#243; all&#237; su coche.

Hab&#237;amos tra&#237;do linternas, y al apagar los faros hicimos uso de ellas. Miguel cogi&#243; la suya con la mano izquierda mientras sosten&#237;a la pistola con la derecha. Esta &#250;ltima produc&#237;a una larga y estrecha sombra proyectada sobre el suelo. A la nueva luz, los recintos que formaban aquello que llam&#225;bamos la granja no parec&#237;an haber cambiado. Los dos cobertizos de paredes agrietadas y ventanas sin cristales y el molino reconvertido en torre segu&#237;an grises y abandonados. Los matorrales no hab&#237;an crecido a su alrededor, como si la vida temiera tocar aquella materia muerta.

Nos dispon&#237;amos a rodear los cobertizos cuando Miguel se detuvo frente al primero. Su silueta se recortaba contra la abertura de la ventana mientras alumbraba un interior que yo a&#250;n no pod&#237;a ver. Luego alz&#243; una pierna sobre el pretil y fue como si la granja lo devorase.

Oh, por favor -susurr&#243; desde la oscuridad.

&#191;Qu&#233; ocurre?

Pas&#233; por la ventana y me un&#237; a &#233;l, ansiosa. Ninguno de los dos habl&#243; durante un buen rato: solo movimos nuestras linternas contemplando aquello.

Toda la planta, hasta donde alcanzaban los haces de luz, abarrotada. Se hallaban en distintas posturas, como fotografiados durante un baile. Un carnaval paralizado en el tiempo. Miri&#241;aques, gorgueras, jubones, calzas, capas, antifaces. Noche de Halloween. Ven a nuestra noche especial, Diana. Luego te fijabas mejor y ve&#237;as brazos amputados, rostros sin vida, ojos cuya pintura hab&#237;a sido borrada, quiz&#225;, por incontables roedores, mu&#241;ecos tan cubiertos de polvo como las ropas que vest&#237;an. No portaban letreros, pero el aspecto de algunos me hizo recordar los personajes que hab&#237;an representado cuando ensay&#225;bamos: Hamlet, Lady Macbeth, &#211;telo, Julieta Un desquiciante universo Shakespeare.

Ven a nuestro teatro, Diana. Vamos a ensayar Shakespeare otra vez, juntos.

Qu&#233; es esta locura -o&#237; murmurar a Miguel.

Lo ha hecho &#233;l -dije-. Ha vestido a todos los maniqu&#237;es.

Hab&#237;a tantos que era dif&#237;cil moverse entre ellos sin rozarlos y sufrir el horrendo espejismo de creerlos vivos: aqu&#237; y all&#225;, una mano se mec&#237;a en el aire, un brazo retemblaba, una sonrisa parec&#237;a sonar Una figura se volvi&#243; hacia m&#237;.

Pero esta &#250;ltima era Miguel.

Abajo hay luz -susurr&#243;.

Se&#241;alaba la escalera que llevaba a los escenarios del s&#243;tano, situada en medio de la estancia. La puerta al pie de la misma se hallaba entreabierta y por la abertura se filtraba un resplandor tenue pero distinguible. Era evidente que Gens deseaba atraernos hacia all&#237;. Intercambiamos gestos conocidos. En el coche hab&#237;amos preparado un plan b&#225;sico de ataque y defensa con m&#225;scaras r&#225;pidas, y nos dispusimos a realizarlo. Luego empezamos a bajar, Miguel primero, sosteniendo arma y luz como si ambas produjeran el mismo efecto. Sent&#237; angustia al verlo acercarse a aquella puerta.

Ten cuidado -rogu&#233;.

&#191;V&#237;ctor? -dijo en voz alta al tiempo que empujaba la puerta con el pie-. &#191;Doctor Gens? -a&#241;adi&#243; en otro tono que me hel&#243; la sangre.

Termin&#233; de bajar y ambos nos quedamos en el umbral, desconcertados.

El sal&#243;n de aquel primer escenario se hallaba iluminado con una l&#225;mpara de camping colocada en el suelo. Por lo dem&#225;s, estaba vac&#237;o, salvo por la presencia de los muebles que hab&#237;an formado parte de nuestros ensayos, ahora arramblados contra la pared, y la vieja cabina de ducha.

Y por la figura sentada de espaldas.

Desde donde est&#225;bamos no pod&#237;amos verle la cara, aunque la mata de pelo blanco resultaba inconfundible. Se recostaba contra el respaldo de una butaca sin tapizar, uno de nuestros viejos tronos teatrales de madera desportillada, y semejaba llevar algo encima, una especie de capa sobre sus hombros encorvados.

Miguel lo llam&#243; otra vez, pero el silencio era tal que cre&#237; que mi coraz&#243;n hab&#237;a dejado de latir. Nos acercamos cautelosamente por ambos laterales, yo a la derecha. V&#237;ctor Gens -porque estaba segura de que era &#233;l- parec&#237;a haber empeque&#241;ecido bajo la pesada t&#250;nica gris verdosa que lo envolv&#237;a desde el cuello a la puntera cuadrada de sus zapatos. Ocupaba el trono como un viejo rey de teatro, un Lear cansado y remoto, y casi no resultaba sorprendente comprobar que ese era el nombre escrito con letra torpe sobre el peque&#241;o papel adhesivo pegado a su pecho: Lear. Sus brazos reposaban en los del asiento. Llevaba los mismos guantes negros que yo le hab&#237;a visto llevar aquella ma&#241;ana en el tanatorio. Pero fue su rostro lo que me provoc&#243; una oleada de puro miedo.

Una m&#225;scara lo cubr&#237;a desde la ra&#237;z de los cabellos hasta la garganta. Carec&#237;a de cuerda para atar a la nuca, y parec&#237;a como encajada en la cara. Blanca como un hueso, con aberturas para ojos y boca, sin rasgos. Gens manten&#237;a la cabeza gacha, el pelo ca&#237;do sobre la extra&#241;a faz. Su quietud lo asemejaba con los maniqu&#237;es de la planta superior.

Profesor -murmur&#243; Miguel-. &#191;V&#237;ctor?

Mir&#233; a Miguel y supe que pens&#225;bamos lo mismo. Aquella postura, el ment&#243;n sobre el pecho, la absoluta inmovilidad del cuerpo Est&#225;bamos contemplando un cad&#225;ver. Pero no hab&#237;a rastros de sangre o violencia por ninguna parte.

Voy a quitarle esto. -Miguel alarg&#243; una mano.

De s&#250;bito, cuando casi la rozaba, la m&#225;scara se alz&#243; y un brillo terrible dio vida a las aberturas.


&#161;Dejadme hablar antes!

Hab&#237;a levantado las manos enguantadas, como si quisiera impedir que Miguel lo desenmascarase. Miguel segu&#237;a enca&#241;on&#225;ndolo.

&#191;Por qu&#233; se ha vestido as&#237;, V&#237;ctor? &#191;Qu&#233; es todo esto?

Teatro -dijo Gens-. &#191;Qu&#233;, si no? Es lo que ha sido siempre, y no solo esto

Tom&#243; aire, o quiz&#225; ri&#243;, dif&#237;cil saberlo, no lograba ver sus labios. Sin embargo, se trataba de Gens, sobre eso no ten&#237;a ninguna duda, aunque su voz sonara algo diferente a la de aquel otro que nos hab&#237;a hablado por tel&#233;fono una hora antes. Pod&#237;a deberse al eco que produc&#237;a la m&#225;scara, pese a que contaba con una abertura para la boca, pero tambi&#233;n era como si le costase esfuerzo pronunciar las palabras. Quiz&#225; se hab&#237;a drogado, o estaba enfermo y a punto de palmarla. La verdad era que no me importaba lo m&#225;s m&#237;nimo lo que le ocurriese. Solo me interesaba una cosa.

D&#243;nde est&#225; -dije, casi supliqu&#233;-. Qu&#233; ha hecho con mi hermana

Me ignor&#243;. Parec&#237;a hablar con alguien que no &#233;ramos nosotros.

lo que pensamos -Tuve que inclinarme para entenderlo- lo que hacemos O lo que los dem&#225;s nos obligan a hacer Un teatro. El psinoma. Un baile de m&#225;scaras &#191;Qu&#233; queda cuando descubres eso? Nada. Vac&#237;os para siempre. Vasos rellenos con lo que otros nos echan -A&#250;n manten&#237;a las manos a modo de pantalla frente a la careta. Sus dedos temblaban bajo los guantes oscuros. Eran guantes nuevos, la costosa piel reflejaba la luz de las linternas, y la sombra que produc&#237;an, proyectada contra la m&#225;scara, hac&#237;a pensar en grandes ara&#241;as oscuras trepando por el rostro de una calavera-. Soy culpable -agreg&#243;.

&#191;C&#243;mo acab&#243; con &#193;lvarez y Padilla, profesor? -dijo Miguel-. &#191;Qui&#233;n le ayud&#243;?

Soy culpable -insisti&#243; Gens y mene&#243; la cabeza. Poco a poco fue bajando las manos hasta posarlas de nuevo en los brazos del asiento. El lenguaje parec&#237;a costarle cada vez m&#225;s, como si hablara mientras masticaba-. Pero no dir&#233; soy Soy lo que t&#250; quieres que sea, y t&#250; lo que yo Digo, decimos, soy, somos Pero solo somos placer Ausencia, abundancia de placer Y pese a ello, soy culpable.

Voy a quitarle esa m&#225;scara, V&#237;ctor.

La amenaza de Miguel volvi&#243; a reanimarlo y repiti&#243; el gesto protector.

&#161;No! &#161;La he llevado siempre! &#161;T&#250; llevas la tuya, deja que yo lleve la m&#237;a! &#161;Ya te lo he dicho: soy culpable! Por haber despertado un antiguo poder Algo que yace en nosotros y que debi&#243; morir con nosotros &#161;Esperad! &#191;Quer&#233;is saber m&#225;s? Os dir&#233; esto: Shakespeare conoci&#243; ese poder, y lo dej&#243; escrito -Mientras me inclinaba sobre &#233;l me fij&#233; en un detalle banal: el letrero no dec&#237;a Lear sino Leontes. Las arrugas de la t&#250;nica lo hab&#237;an doblado y me hab&#237;an hecho leerlo err&#243;neamente.

Leontes era el rey de Cuento de Invierno, una de las &#250;ltimas obras claramente escritas por el autor ingl&#233;s, la base de la m&#225;scara de Juego. Celoso de su esposa, Leontes la maltrata hasta que ella aparenta morir, pero en realidad sobrevive, y en una m&#225;gica escena final resucita tras fingir ser una estatua. Una obra enorme, llena de s&#237;mbolos, pero que en aquel momento no me interesaba lo m&#225;s m&#237;nimo, as&#237; como tampoco la larga perorata de Gens.

Pero Shakespeare comprendi&#243; al fin que que no pod&#237;a cambiar nada con su teatro, porque si todos cambiamos a los dem&#225;s con nuestros gestos y palabras, &#191;qui&#233;n controla el cambio? Por eso abandon&#243; John Dee, su maestro, mor&#237;a en mil seiscientos nueve Y al a&#241;o siguiente, &#233;l se retiraba para siempre, el C&#237;rculo Gn&#243;stico se cerraba, sus voces enmudec&#237;an y el psinoma era sepultado dentro de nosotros hasta que la ciencia lo resucit&#243;

De repente perd&#237; la poca paciencia que me quedaba.

&#161;Ya basta! B&#250;squese otro p&#250;blico, Gens. -Cog&#237; la linterna con la mano vendada y le sujet&#233; la derecha, que a&#250;n levantaba sobre la m&#225;scara-. &#161;Deje de jugar con nosotros!

Miguel me indicaba con gestos que tuviera calma, pero mi angustia crec&#237;a por momentos, y mi rabia tambi&#233;n. Pens&#233; que hab&#237;a escuchado a aquel viejo embaucador durante demasiados a&#241;os, y no me importaba si ahora hab&#237;a enloquecido o recobrado la cordura: no iba a permitirle que siguiera rob&#225;ndome lo que m&#225;s amaba.

&#161;D&#237;game qu&#233; ha hecho con Vera! -le grit&#233;.

Gens se liber&#243; de mi mano y, a su vez, me la aferr&#243; con fuerza inusitada.

&#161;No volver&#225;s a verla con vida! -exclam&#243;.

Me bast&#243; o&#237;r eso para cegarme de furia. Di un brusco tir&#243;n intentando que me soltara, y al hacerlo le arranqu&#233; el guante.

Y qued&#233; inm&#243;vil.

La mano desnuda de Gens parec&#237;a llevar otro guante debajo, de intenso, brillante color rojo. Sus u&#241;as estaban tan cubiertas de esa sustancia que no se ve&#237;an. Clav&#233; las m&#237;as en el borde de la m&#225;scara, pero se hallaba como adherida a la piel. Gens apart&#243; la cabeza, se oy&#243; una especie de crujido y espesas hilachas rojas empezaron a deslizarse por la abertura bajo mis dedos, salpicando mi mano. Era como si el rostro de Gens fuese pastoso y al remover la barrera que lo conten&#237;a se hubiese deshecho y empezado a fluir.

Pero entonces escuch&#233; algo que hizo que me olvidase de aquella cosa horrenda.

&#161;Vera! -Ech&#233; a correr hacia el pasillo. No me detuve cuando Miguel me llam&#243;.

&#161;Diana, espera! &#161;Aqu&#237; pasa algo muy extra&#241;o! &#161;No vayas sola, puede ser una trampa! -Otro grito elimin&#243; a Miguel de mi percepci&#243;n y casi de mi conciencia.

Atraves&#233; el pasillo y penetr&#233; en el segundo escenario. Mi linterna ilumin&#243; m&#225;s maniqu&#237;es, siluetas, brazos en alto, viejos sombreros, rostros ciegos. Incluso distingu&#237; cuerpos arrojados al suelo. El tel&#243;n rojo del fondo hab&#237;a sido arrancado y observ&#233; de refil&#243;n que ahora colgaba del gran espejo a mi izquierda. La lona que tapiaba la pared sobre la tarima tambi&#233;n hab&#237;a sido arrancada y revelaba la puerta camuflada en el ladrillo. Estaba abierta por completo, y hacia ella me dirig&#237; cuando el grito se repiti&#243;, apartando durante mi fren&#233;tica carrera varios maniqu&#237;es, como si me desplazara en medio de una muchedumbre petrificada.

La luz de la linterna, el mohoso trayecto, la densa oscuridad todo contribu&#237;a a convertir el pasadizo en una especie de t&#250;nel del terror. Ahora, adem&#225;s de los gritos, tambi&#233;n escuchaba golpes. Y cuando dejaba de o&#237;r ambas cosas percib&#237;a mis propios jadeos y mi voz repitiendo el nombre de mi hermana. Sospechaba d&#243;nde pod&#237;a haberla encerrado aquel viejo loco, pero no me atrev&#237;a ni a imaginar lo que le hab&#237;a hecho, o qu&#233; le ocurr&#237;a en aquel instante.

A medio camino, el brusco silencio me confundi&#243;. La llam&#233; de nuevo sin obtener respuesta. Hab&#237;a cruzado ya frente a las c&#225;maras que carec&#237;an de cerrojo, pero las restantes se extend&#237;an ante m&#237;, todas cerradas. Intent&#233; abrir la primera. Mis nervios y el viejo pestillo me entorpecieron. Cuando consegu&#237; abrirla, alc&#233; la linterna. La c&#225;mara se hallaba vac&#237;a. Repet&#237; la operaci&#243;n en la siguiente. Id&#233;ntico resultado. Al acercarme a la tercera, escuch&#233; un suave sollozo detr&#225;s.

&#161;Vera! -El aire f&#233;tido me llegaba a bocanadas, haci&#233;ndome toser-. &#161;Vera, soy yo! -Aquel pestillo parec&#237;a, de alg&#250;n modo, m&#225;s resistente. Tir&#233; con toda mi alma hasta que se descorri&#243; y reprim&#237; el deseo de patear la puerta pensando que Vera pod&#237;a estar directamente detr&#225;s. Mientras la abr&#237;a, reviv&#237; cien veces el instante en que la apertura de aquella u otra puerta similar (ya no recordaba exactamente cu&#225;l), hab&#237;a dado paso a la horrible visi&#243;n del cad&#225;ver de &#193;lvarez.

Sin embargo, en esta ocasi&#243;n la hoja de madera se abri&#243; del todo, sin obst&#225;culos.

Lo que m&#225;s me impresion&#243;, de nuevo, fue el silencio. Incluso los sollozos hab&#237;an cesado. Era como si hubiese abierto una tumba.

Apunt&#233; con la linterna. Al pronto cre&#237; que aquella c&#225;mara tambi&#233;n estaba vac&#237;a. Pero un momento despu&#233;s la vi, agazapada en un rinc&#243;n, de espaldas.

&#191;Vera?

Al repetir su nombre gir&#243; su tr&#233;mulo rostro hacia m&#237;. Dios m&#237;o, no es Vera, pens&#233; durante una horrenda fracci&#243;n de segundo.

Hasta que se volvi&#243; del todo.

Parad&#243;jicamente, fue entonces cuando qued&#233; inm&#243;vil.

M&#225;s delgada, me dije, las mejillas p&#225;lidas, los ojos algo hundidos y rojizos, deslumbrados por la luz. El cabello sudoroso pegado a las sienes, una especie de rebeca sobre los hombros, y bajo ella, un fulgurante aunque sucio top naranja y un pantal&#243;n azul turquesa. Algo cambiada, me dije, con indicios de haber sufrido, pero al parecer no herida de gravedad. Asustada, pero al parecer ilesa. All&#237; estaba. Era ella.

Gimi&#243; y me tendi&#243; las manos.

El abrazo.

Estoy aqu&#237;-dije sobre su hombro, apret&#225;ndola contra m&#237;-. Ya ha pasado todo

Por un instante solo existi&#243; aquel abrazo para m&#237;. Yo, alberg&#225;ndola, protegi&#233;ndola para siempre. Te vas a re&#237;r, devochka. No, no me voy a re&#237;r. Ya no me asustas. Ya no vas a hacernos ning&#250;n da&#241;o. Nunca m&#225;s. Ya la tengo. Ya est&#225; conmigo. Y si ella est&#225; conmigo, pap&#225; y mam&#225; est&#225;n conmigo tambi&#233;n. Ya estamos a salvo de ti. Todos.

Le pregunt&#233; por Elisa, pero solo gimoteaba. Decid&#237; que pod&#237;a estar drogada, pero que no era el momento de averiguar qu&#233; le ocurr&#237;a sino de escapar de aquel antro.

Voy a sacarte de aqu&#237; -murmur&#233;.

Ni siquiera quise explorar las c&#225;maras que me faltaban. Sostuve la linterna con la mano vendada, pas&#233; el brazo derecho por sus hombros y, sin dejar de susurrarle palabras tranquilizadoras, regres&#233; al t&#250;nel y me dirig&#237; hacia la salida. Tuve que adaptarme al lento ritmo de Vera, porque, aunque pod&#237;a caminar, lo hac&#237;a a pasos cortos, abrazada a mi cintura y temblando, como si en vez de moverse ella misma deseara que yo la transportase. Me pregunt&#233;, con una mueca de rabia, qu&#233; pod&#237;a haberle hecho Gens.

Pero casi olvid&#233; el estado de Vera al salir al segundo escenario y ver a Miguel.

Nos aguardaba extra&#241;amente inm&#243;vil, los brazos en alto, las manos a&#250;n sosteniendo linterna y pistola.

Y nos apuntaba con ambas.

Diana, ap&#225;rtate de ella.

&#191;Qu&#233;?

Al&#233;jate de ella -Por un momento pens&#233; que se hab&#237;a vuelto loco, pero entonces me fij&#233; mejor en su rostro: parec&#237;a horrorizado-. &#191;Es que no lo comprendes? &#161;No es Gens quien ha hecho esto! &#161;No puede ser &#233;l!

&#191;A qu&#233; te refieres?

No recordaba haber visto a Miguel nunca tan asustado. Sent&#237; que su pavor me contagiaba, all&#237;, en aquel l&#243;brego subterr&#225;neo, y la piel se me eriz&#243; de repente.

Le he quitado la m&#225;scara y el otro guante Dios, deber&#237;as verlo Tiene toda la cara Debe de hab&#233;rselo hecho con sus propias manos antes de que lleg&#225;ramos, &#191;comprendes? Piel, m&#250;sculos Se ha escarbado hasta el hueso -Hizo gestos con la mano izquierda sobre su cara mientras susurraba, asqueado, fren&#233;tico-: &#161;Y ha continuado haci&#233;ndolo ahora! Debe de estar pose&#237;do, Diana El tambi&#233;n.

No ha sido Vera -dije, abrazando a mi hermana-. &#161;Vera no sabr&#237;a poseerlo!

Entonces, &#191;qui&#233;n? &#161;Inexperta o no, Vera es un cebo! &#161;Y ya estaba aqu&#237;!

Quiz&#225; haya alguien m&#225;s -murmur&#233;.

Era una posibilidad inquietante. Miramos a nuestro alrededor. Bajo la luz de las linternas, los rostros de los maniqu&#237;es sonre&#237;an burlones.

De repente Vera se deshizo de mi abrazo con violencia, retrocedi&#243; de espaldas hasta la pared del espejo y alz&#243; una mano. A juzgar por su rostro desencajado y sus balbuceos de puro terror, bien pod&#237;a estar contemplando un espectro.

&#191;Qu&#233; pasa? -dije.

Su gesto me sorprendi&#243; tanto que tard&#233; en percatarme de lo que hac&#237;a: estaba se&#241;alando algo. Algo que hab&#237;a detr&#225;s de nosotros. Era como si quisiera avisarnos, alertarnos de un peligro.

Miguel y yo giramos las linternas al mismo tiempo. Reprim&#237; un grito.

Al fondo, tras la primera hilera de figuras, un maniqu&#237; se mov&#237;a.

Bajaba los brazos con lentitud, avanzaba.

Una figura menuda, gr&#225;cil, femenina, con un largo vestido apolillado: reconoc&#237; el traje estampado de flores que llevaba el maniqu&#237; apoyado en el tel&#243;n, el que me hizo descubrir el t&#250;nel. Manten&#237;a la cabeza gacha y yo no lograba verle el rostro, pero distingu&#237; el letrero pegado a su pecho: Hermione. La esposa de Leontes en Cuento de Invierno, record&#233;, la mujer que semejaba haber muerto y luego sal&#237;a de la inmovilidad de una falsa estatua para regresar a la vida.

Hermione, la resucitada. El maniqu&#237; encarnado. El mu&#241;eco vivo.


Me qued&#233; pensando en eso de forma obsesiva y ni siquiera pesta&#241;e&#233; cuando, gesticulando delicadamente, la figura arrebat&#243; la pistola a Miguel sin esfuerzo y dispar&#243; sobre &#233;l a bocajarro; ni cuando, con id&#233;ntica facilidad, se apoder&#243; de mi linterna, alz&#243; el rostro y se ilumin&#243; a s&#237; misma: torso, cuello, rasgos Su semblante completo, nacido de las sombras, materializado desde la oscuridad de otra vida, anguloso, risue&#241;o.

Hermione, la resucitada.

Bienvenida a mi muerte, Jirafa -dijo.



III. Final


Mis grandes conjuros funcionan,

y estos, mis enemigos, est&#225;n todos atados.

La tempestad, III, 3





32

Claudia Cabildo sonri&#243;. Ni siquiera necesitaba usar de nuevo la pistola: los hab&#237;a enganchado f&#225;cilmente con un Enigma. Durar&#237;a solo unos minutos, pero Miguel ya estaba fuera de combate tras el disparo, agonizando en el suelo. En cuanto a Diana Bien, no representaba problema alguno.

De hecho, su presencia otorgaba al plan un excitante cambio de rumbo.

La contempl&#243; a la luz de la linterna.

Siempre te has pasado de lista, Jirafa. Es tu gran defecto.

Diana Blanco, la puta afortunada. No sab&#237;a, nunca hab&#237;a sabido lo que era sufrir de verdad a manos de alguien. Quiz&#225; hab&#237;a llegado el momento de que lo aprendiera.

Oy&#243; gimoteos desde un rinc&#243;n. La imb&#233;cil de Vera segu&#237;a temblando, acurrucada sobre la tarima del escenario. Tampoco ten&#237;a nada que temer de ella: estaba pose&#237;da, y antes hab&#237;a gritado y golpeado la puerta de la celda siguiendo sus instrucciones. Ella controlaba la situaci&#243;n. Los dem&#225;s solo eran figurantes a su servicio, maniqu&#237;es, extras en una obra que ella misma hab&#237;a escrito y ahora protagonizaba.

Retorn&#243; a Diana y not&#243; que mov&#237;a los labios.

Dime, cari&#241;o. -La incit&#243;-. Seguro que tienes muchas preguntas

Te suicidaste Te vi morir, quemarte viva

Claudia solt&#243; una carcajada.

Resucitar de verdad es lo &#250;nico que las m&#225;scaras no pueden lograr a&#250;n. Todo fue un teatro. Has estado viendo mi gui&#241;ol todo el tiempo. Incluso t&#250; misma has sido una excelente marioneta. Llevo dos a&#241;os creando esta obra. No est&#225; mal, &#191;eh?

Mientras hablaba, hab&#237;a empezado a quitarse el viejo vestido proveniente, como los dem&#225;s, de la guardarrop&#237;a de la granja. Lo hizo descender por las estrechas caderas hasta los tobillos, sac&#243; un pie, luego el otro. Debajo llevaba un m&#237;nimo top de tirantes, una peque&#241;a falda fruncida, leotardos hasta las rodillas y tacones, todo en negro. Un vestuario muy apropiado para la Labor, la filia de Diana.

Claro, no lo he hecho todo yo sola. Padilla colabor&#243; desinteresadamente. Lo pose&#237; hace un a&#241;o, unos meses despu&#233;s que a Nely. Me result&#243; muy &#250;til tener en mis manos a nuestro director, Jirafa, toda una pasada, t&#237;a. Fue Padilla quien utiliz&#243; los protocolos de las reuniones de urgencia, por ejemplo, y cit&#243; a &#193;lvarez en un lugar apartado, dentro de un coche, el mismo d&#237;a en que t&#250; te entrevistabas con Gens en la Zona Cero. Yo estaba esper&#225;ndolo en el asiento de atr&#225;s, hice un Ambiguo en cuanto &#193;lvarez entr&#243; y lo program&#233; para que se ahorcara aqu&#237; mismo dos d&#237;as despu&#233;s. Lo suyo fue f&#225;cil. Lo de capturar al viejo, algo menos. El viejo no se fiaba de nadie, claro. Yo ya sab&#237;a que no hab&#237;a muerto en el jodido balandro, que viv&#237;a oculto, incluso contaba con cebos guardaespaldas. Me tem&#237;a. Intentar que Padilla lo localizase habr&#237;a sido ponerlo sobre aviso. Pero el propio Padilla me hab&#237;a dicho que t&#250; eras la &#250;nica a quien Gens hab&#237;a permitido contactar con &#233;l. Ignor&#225;bamos la clave sobre el se&#241;or Peoples, pero estaba segura de que si se lo ped&#237;as t&#250;, el viejo dar&#237;a un saltito y asomar&#237;a la nariz, estuviera donde estuviese. Eso s&#237;, no pod&#237;a usar m&#225;scaras contigo para obligarte a acudir a &#233;l, Gens lo habr&#237;a detectado. El viejo era caza mayor, ya sabes. De modo que us&#233; a tu hermana. La excusa del Espectador era justo la que necesitaba: un psico de los grandes, complejo, un enigma propio para Gens Toda buena trama necesita excusas. As&#237; que, una noche Nely y yo nos dirigimos al &#225;rea de caza de Elisa Monasterio, la compa&#241;era de Vera, y cuando pas&#243; junto a nuestro coche sal&#237; y la pose&#237;. La ocult&#233; en el s&#243;tano de mi casa y la program&#233;. La polic&#237;a acabar&#225; encontrando su cad&#225;ver en el fondo de un embalse al noroeste, donde ella misma se arroj&#243;. De ese modo la conducta de Vera te son&#243; m&#225;s l&#243;gica. Genial, &#191;eh? Cebos que usan a cebos como presas para capturar a otros. Parece una obra de William.

Tras quitarse el sucio vestido, Claudia hizo una pausa y emple&#243; cinco segundos en realizar una Labor. Us&#243; la forma cl&#225;sica de Gonylov: gir&#243; en un &#225;ngulo y a una velocidad precisos, llev&#243; las manos a los frunces de la falda y contrajo los m&#250;sculos de la espalda ilumin&#225;ndolos con la linterna al tiempo que mostraba fugazmente los gl&#250;teos. Luego se situ&#243; de perfil y pareci&#243; meditar. Por &#250;ltimo, de frente, piernas r&#237;gidas y abiertas. La m&#225;scara de Labor se basaba en intensos contrastes: m&#250;sculos al tiempo que fragilidad, delicadeza versus violencia. Ariel y Calib&#225;n, las dos extra&#241;as criaturas que sirven al mago Pr&#243;spero en La tempestad, eran sus s&#237;mbolos: esp&#237;ritu del aire, semidemonio de la tierra. En su &#250;ltima obra escrita en solitario, Shakespeare hab&#237;a querido ofrecer las claves secretas de la Labor. La t&#233;cnica de Gonylov utilizaba tales contrastes.

El rostro crispado de Diana y la forma en que entreabri&#243; los labios le probaron la fuerza con que la m&#225;scara se hab&#237;a abatido sobre su psinoma.

Enganchada, se dijo. Ahora era cuesti&#243;n de no soltarla. Continu&#243;:

Por supuesto, pose&#237; a Vera tambi&#233;n gracias a mi ayudante de escenograf&#237;a, el querido Padilla, que la hizo visitarme una vez. Vera ten&#237;a el c&#243;digo de acceso de tu piso de cobertura, y no necesit&#243; forzar tu puerta cuando entr&#243; aquella ma&#241;ana. Fue ella quien escondi&#243; la mu&#241;eca en el fondo de tu armario y se dedic&#243; a instalar microc&#225;maras en los visores de tu sal&#243;n y dormitorio antes de que llegaras. As&#237; empec&#233; a controlar tus movimientos y llamadas. Luego pele&#243; contigo, rompi&#243; el retrato de tus padres Todo muy realista, &#191;verdad? Adm&#237;telo. T&#250; te lo tragaste. Sab&#237;a que intentar&#237;as cazar al Espectador para salvarla, de ese modo te obligaba a pedir ayuda a Gens, y eso hiciste. Y en cuanto supe d&#243;nde viv&#237;a el viejo, pude controlarlo tambi&#233;n a &#233;l. Al enterarme de que te hab&#237;a enviado aqu&#237; para ensayar, hice que &#193;lvarez viniera a primera hora, y colocara los maniqu&#237;es y letreros antes de suicidarse Necesitaba involucrarte poco a poco, hacer que ataras cabos Gens hab&#237;a creado a Renard con el h&#225;bito de abandonar mu&#241;ecas ahorcadas junto a sus v&#237;ctimas, &#191;no? Decid&#237; hacer lo mismo. Era mi mensaje: Renard ha vuelto, quer&#237;a decir. Utilic&#233; el s&#237;mbolo de Medida por medida, la obra de la justicia. Quer&#237;a que Gens sudara y se angustiara antes de que fuese a por &#233;l. Los &#250;ltimos toques resultaron maestros, debes reconocerlo. Secuestr&#233; a tu hermana la noche en que iba a salir a cazar, tras programarla para que me abriese la puerta cuando yo la llamara por tel&#233;fono. Me escond&#237; en su cocina y realic&#233; una Petici&#243;n cuando entr&#243;. Le orden&#233; desconectar el chip subcut&#225;neo y me la llev&#233;. As&#237; creer&#237;as que era otra v&#237;ctima del Espectador y eso te obligar&#237;a a pringarte m&#225;s en el asunto. La ocult&#233; primero en el s&#243;tano de casa, luego aqu&#237;. Por supuesto, siguiendo mis instrucciones, Padilla modific&#243; los resultados de los an&#225;lisis inform&#225;ticos

Se detuvo. &#191;Por qu&#233; le parec&#237;a que Diana parpadeaba demasiado? Estaba segura de que no pod&#237;a desengancharse haciendo uso de su voluntad tan solo, pero de sobra sab&#237;a lo peligrosa que era su ex compa&#241;era. La mir&#243; a los ojos un instante y los parpadeos cesaron.

&#191;Qu&#233; te pasa, Jirafa? &#191;Nerviosilla? Calma y escucha un poco m&#225;s. -Le agrad&#243; recordar aquella frase de Pr&#243;spero, el mago de La tempestad-. &#191;No quieres saber c&#243;mo logr&#233; morir? Lo llevaba planeando casi un a&#241;o, pero hasta este verano no encontr&#233; a la chica ideal: una ucraniana, camarera en un bar de Ibiza. Olena. Leni para los amigos, como nos confes&#243; cuando la pose&#237;. Su parecido f&#237;sico conmigo era extraordinario. La cit&#233; con el anuncio de una falsa agencia de castings y la pose&#237; durante la prueba. Era f&#237;lica de Poder, fue sencillo: t&#233;cnica de La comedia de los errores. Luego us&#233; mis dotes especiales para programarla. Instrucciones f&#225;ciles al principio: tendr&#237;a que venir a Madrid en el primer avi&#243;n en cuanto la llamara de nuevo. Cuando hallaste a &#193;lvarez la llam&#233; y la escond&#237; en el s&#243;tano. El domingo, despu&#233;s de que me visitaras y me hicieras esas preguntas, supe que hab&#237;a llegado el momento de mi suicidio. Me hab&#237;a ocupado incluso de hacer cre&#237;ble lo de disponer de gasolina, debido a la excusa de la cortadora de c&#233;sped. Nely solo tuvo que atraerte fuera de la habitaci&#243;n, y, zas, se produjo el cambio: Olena pas&#243; al interior por la ventana, y yo, que acababa de interpretar el papel de la chica traumatizada que lo ha recordado todo, hice mutis por el mismo sitio y aguard&#233; fuera mientras ella, vestida y peinada como yo, se incendiaba ante tus narices. Con la casa a oscuras debido a mi crisis de nervios, tu confusi&#243;n fue m&#225;s f&#225;cil. Orden&#233; a Olena que corriera quemando todo lo que pudiese, ya que hab&#237;a escondido a varias personas en el s&#243;tano durante d&#237;as y el fuego borrar&#237;a los rastros. Luego me dirig&#237; a mi coche, donde hab&#237;a dejado a Vera, y me alej&#233; antes de que llegaran los bomberos. Oh, no me mires as&#237;. La chica quer&#237;a una oportunidad como actriz, &#191;no? Y yo se la di. Fue un papel muy ardiente -agreg&#243;, divertida-. Pero necesario; con tu declaraci&#243;n y la de Nely, Padilla no tuvo problemas a la hora de reclamar el cuerpo sin necesidad de autopsia. Fin de la obra: Claudia Cabildo muere. Y hoy, tras asistir a mi supuesto funeral, el viejo decidi&#243; que ya no ten&#237;a nada que temer de m&#237; y ni siquiera se hizo acompa&#241;ar por sus guardaespaldas de costumbre al regresar a casa. Yo lo esperaba all&#237;. Un Aura me bast&#243;. Le orden&#233; hacer la maleta y avisar como si se marchara de viaje. Luego lo traje a la granja y le dije: Ya que tanto te ha importado siempre tu brillante cerebro, voy a concederte el placer de toc&#225;rtelo en vida. -Ri&#243;, regocijada con su propia frase-. Comenz&#243; a destrozarse el rostro con sus propios dedos. Lo de vestirlo como Leontes y colocarle la m&#225;scara se me ocurri&#243; despu&#233;s, cuando supe que tendr&#237;a que traeros a Miguel y a ti a la granja. Hice que Gens te llamara. El repet&#237;a mis palabras conforme las o&#237;a Sinceramente, Jirafa, no quer&#237;a acabar de esta forma. Yo solo pretend&#237;a matar a Gens y a tu est&#250;pida hermana y luego desaparecer, puf. -Hizo un gesto en el aire-. Te echar&#237;an la culpa, te encerrar&#237;an y yo empezar&#237;a desde cero en alguna isla desierta, como Pr&#243;spero. Pero gracias a tu brillante sugerencia de la pulsera, habr&#237;ais localizado a Gens antes de que yo hubiese logrado huir As&#237; que me obligaste a improvisar. Lo dicho, te pasaste de lista, cari&#241;o. Y mira lo que has logrado, que me cargue tambi&#233;n a tu Miguel. En fin.

Diana volv&#237;a a parpadear. Ahora temblaba. Parec&#237;a esforzarse en hablar.

&#191;Por Por qu&#233; todo?-dijo.

A Claudia la pregunta se le antoj&#243; est&#250;pida.

&#191;Te refieres a por qu&#233; he hecho todo esto? &#191;Qu&#233; te parece la palabra venganza, Jirafa? Yo creo que se queda corta. Pas&#233; un a&#241;o vomitando cada vez que me dorm&#237;a, &#191;lo sab&#237;as? Cerraba los ojos, volv&#237;a a ver a esos hombres con m&#225;scaras que fing&#237;an ser uno solo toc&#225;ndome o aplic&#225;ndome corrientes, y me despertaba dando arcadas M&#225;s de una vez quise matarme durante ese a&#241;o, pero me lo imped&#237;an. El gobierno me pagaba una casa y un sirviente, pero la primera estaba llena de visores de conducta y la segunda era un ex cebo. Comprend&#237; que era mejor fingir que segu&#237;a pirada delante de las escasas visitas que recib&#237;a: los m&#233;dicos, Padilla, t&#250; Entonces, al a&#241;o siguiente, decid&#237; actuar por mi cuenta. Un d&#237;a llev&#233; a Nely al &#250;nico lugar de la casa que no contaba con visores: su cuarto de ba&#241;o. All&#237; la pose&#237; enseguida. Descubr&#237; que el experimento Renard me hab&#237;a dotado de nuevos recursos A partir de ese momento, Nely fue mi principal herramienta. L&#225;stima que tambi&#233;n haya sido para ella su &#250;ltima actuaci&#243;n

Dirigi&#243; la linterna al suelo, cerca de la tarima de madera. Parec&#237;a haber all&#237; un maniqu&#237; despatarrado, pero a la luz se advert&#237;an tendones, piel bronceada, rizos de un cabello azabache. El charco de sangre bajo su cabeza ya estaba seco.

No he bautizado a&#250;n a su personaje -dijo Claudia-. Tendr&#237;a que llamarse Ariel, quiz&#225;. El siervo espiritual. Padilla fue mi Calib&#225;n, el esclavo bestial. Lo curioso es que, cuando pose&#237; por primera vez a Padilla, solo quer&#237;a interrogarlo Necesitaba saber qu&#233; hab&#237;a ocurrido con Renard, por qu&#233; todas mis m&#225;scaras hab&#237;an fracasado con &#233;l Y, oh sorpresa, me cont&#243; lo inesperado. -Torci&#243; la cara-. &#191;Te imaginas escuchar eso? &#191;Te imaginas o&#237;rle decir lo que hicieron conmigo? &#191;Puedes hacerte una ligera idea, Diana Blanco, de lo que te sucede cuando crees que has sido torturada m&#225;s all&#225; de cualquier l&#237;mite por un psico, y averiguas que fueron tus propios jefes? -Repas&#243; con la vista la atl&#233;tica figura del cebo-. No, no puedes. Has sido una ni&#241;a mimada. El departamento te tuvo siempre m&#225;s respeto, Jirafa Y a la hora de elegir una cobaya, pensaron: Mejor Claudia. Es m&#225;s bajita. Perdemos menos -Intent&#243; dominarse. Agreg&#243;-: Te confesar&#233; algo. Al o&#237;r a Padilla, me entraron ganas de ordenarle que rompiera un espejo y se comiera uno a uno los trozos. Pero entonces pens&#233; que jam&#225;s podr&#237;a vengarme del resto si hac&#237;a eso. De modo que fui paso a paso. Nuestro querido director era una pieza clave, y antes de destruirlo lo exprim&#237; al m&#225;ximo. Me sirvi&#243; para conseguir un coche, crear la falsa compa&#241;&#237;a de castings y reclutar a Olena en Ibiza aprovechando la temporada en el balneario Y para atraer a &#193;lvarez, claro. Con &#193;lvarez fui piadosa, hasta cierto punto Con el se&#241;or Julio Padilla no lo fui. A fin de cuentas, &#193;lvarez se hab&#237;a limitado a dar el visto bueno a lo de Renard. En cambio, Padilla hab&#237;a apoyado a Gens desde el principio. Fue idea suya construir este t&#250;nel, Jirafa, &#191;lo sab&#237;as? Quer&#237;a obtener el Yorick tanto como Gens, y elegirme para el proyecto le cost&#243; mucho menos que aplastar una mosca sobre su calva. Por eso, en la &#250;ltima programaci&#243;n, inclu&#237; algunas &#243;rdenes divertidas para su familia. Y hoy, noche de Halloween, tercer aniversario del inicio del genial experimento, lo llam&#233; y lo puse en marcha. Solo tuve que decirle: Hazlo. Al o&#237;r mi voz por el auricular, su psinoma tom&#243; el mando, y ya solo sinti&#243; placer. En cambio, Nely no ha sufrido en exceso. Le orden&#233; que se degollara con los dedos antes de que llegarais, tan solo. Era preciso: despu&#233;s de m&#225;s de un a&#241;o de posesi&#243;n su psinoma no habr&#237;a sabido sobrevivir a solas y habr&#237;a resultado peligroso abandonarla. Por supuesto, no deben relacionarla con esto, as&#237; que har&#233; desaparecer su cuerpo Lo siento mucho, Nely -agreg&#243; en direcci&#243;n al cad&#225;ver-. Por si te sirve de consuelo, te dir&#233; que los dem&#225;s lo van a pasar mucho peor

E-e-ella te que-que-quer&#237;a -dijo Diana-. I-i-gual que Ve-ve-vera y yo

Temblaba y tartamudeaba como si tuviese fiebre. A Claudia le intrigaba aquella reacci&#243;n ante el enganche, pero supuso que cab&#237;a en lo posible.

&#191;Quererme? -Casi por primera vez sinti&#243; que se enfurec&#237;a-. Supongo que no pensar&#225;s que tus visitas compasivas a lo largo de todos estos jodidos a&#241;os y tus palmaditas en la rodilla te hac&#237;an mejor a mis ojos, &#191;verdad, super-woman? jamas hemos sido amigas, de modo que, &#191;por qu&#233; ven&#237;as? Te lo dir&#233;: para no sentirte culpable. &#201;ramos dos, igualmente v&#225;lidas No, yo m&#225;s v&#225;lida que t&#250;, siempre Y cuando ese viejo cerdo decidi&#243; destrozarme a m&#237;, supiste que estabas viva solo por favoritismos, y ven&#237;as a decirme: Oh, cu&#225;nto lo siento, Cec&#233;, te dieron por el culo para conservarme a m&#237;. Claro que lo sent&#237;as, hija de puta &#161;Sent&#237;as un gran alivio!

Sumida en la furia, Claudia no percibi&#243; el cambio en la postura de su presa hasta que fue demasiado tarde. Es imposible -pens&#243;-. No puede desengancharse tan

En el instante en que lo pensaba, recibi&#243; un pu&#241;etazo.

No fue un gesto muy h&#225;bil, sin embargo, no tuvo dificultad alguna en esquivarlo. Diana intent&#243; golpearla otra vez, pero se mov&#237;a como un boxeador grogui y solo logr&#243; perder el equilibrio. Claudia no le permiti&#243; otra oportunidad. Se cogi&#243; el hombro derecho con la mano izquierda al tiempo que se inclinaba y flexionaba una rodilla. De inmediato alz&#243; los brazos en un gesto de rendici&#243;n y tens&#243; los m&#250;sculos pectorales mientras lanzaba un extra&#241;o gemido. T&#237;pica maniobra r&#225;pida de Labor. El efecto fue instant&#225;neo: pareci&#243; como si, de repente, Diana no supiera qu&#233; hac&#237;a.

Hija de puta -volvi&#243; a decir Claudia, recobrando el dominio.

Se pregunt&#243; c&#243;mo lo hab&#237;a logrado su ex compa&#241;era. &#191;C&#243;mo hab&#237;a conseguido atacarla pese al enganche? Ilumin&#243; el suelo a los pies de Diana y lo supo. Las gotas de sangre segu&#237;an cayendo desde el vendaje sucio y deshecho que colgaba de su mano izquierda. Mene&#243; la cabeza, impresionada con la t&#225;ctica de Diana: hab&#237;a estado ara&#241;&#225;ndose el mu&#241;&#243;n todo aquel tiempo, hasta soltarse los puntos. El intenso dolor hab&#237;a atenuado el placer y debilitado el enganche.

No se enfrentaba a ninguna novata, desde luego. Es jodidamente peligrosa.

Pero ella era m&#225;s r&#225;pida. Y contaba con un excelente entrenamiento: hab&#237;a estado estudiando las complejidades de la m&#225;scara de Labor en previsi&#243;n de que llegara el momento de poseer a su poderosa colega. Sosteniendo a&#250;n pistola y linterna, llev&#243; las manos al borde de la falda y se la quit&#243;, acentuando el esfuerzo con gestos calculados. Lo que hipnotizaba a los de Labor era eso: la apariencia de esfuerzo. Tambi&#233;n se despoj&#243; de los zapatos. Su cuerpo era ahora una anatom&#237;a blanca y tres guiones negros: top, tanga y leotardos. Mostr&#243; el perfil y mir&#243; a Diana en un gesto final. Alz&#243; la linterna por sorpresa, iluminando el rostro del cebo desde cerca. Comprob&#243; que no parpadeaba: se hallaba ya en un estado pr&#243;ximo a la preposesi&#243;n.

Pero necesitaba cerciorarse. Toda precauci&#243;n era poca con aquel demonio.

Qu&#237;tate la cazadora y d&#225;mela -le orden&#243;. Diana obedeci&#243; de inmediato y Claudia arroj&#243; la cazadora lejos-. Arrod&#237;llate. -Diana casi se dej&#243; caer sobre las rodillas. La linterna revelaba el intenso sudor en su rostro y la piel de sus brazos y bajo el cuello, otra prueba de preposesi&#243;n. La camiseta de tirantes color naranja que llevaba se pegaba a su cuerpo h&#250;medo-. Golp&#233;ate la cara con la mano derecha. -Vio caer a Diana de lado, alcanzada en el p&#243;mulo por el dorso de su propia mano, sus largas piernas enfundadas en vaqueros perdiendo el equilibrio. Pero de inmediato se incorpor&#243; y retorn&#243; a su postura de rodillas alzando el rostro, como si esperase el siguiente golpe. Ni siquiera se hab&#237;a quejado. Aquella reacci&#243;n era definitiva.

Ya no hab&#237;a duda, Diana se hallaba por completo bajo su control, y ni siquiera un dolor intenso le permitir&#237;a volver a moverse voluntariamente.

La observ&#243; un instante, con plena conciencia de su poder sobre ella: Diana a sus pies, la espalda arqueada, la garganta ofrecida, jadeante, dispuesta a acatar su voluntad. Como Nely Ramos, &#193;lvarez, Padilla o Gens. Mis encantamientos no se rompen. Solo le molestaba el hecho de no poder poseerla del todo a&#250;n. Tal cual estaba, en aquella posici&#243;n de inferioridad, lo habr&#237;a logrado tan solo cambiando el tono de voz hasta convertirlo en una especie de musiquilla, como las misteriosas canciones del esp&#237;ritu Ariel, pero sab&#237;a que eso habr&#237;a estropeado su minucioso plan. Acabar&#237;a posey&#233;ndola, desde luego, pero no antes de hacer lo que deb&#237;a.

Reforz&#243; a&#250;n m&#225;s la m&#225;scara con un gesto de aparente afecto; baj&#243; la cabeza y se acerc&#243;, dejando que sus rodillas rozaran la camiseta de Diana. No quiso apresurarse. La sensaci&#243;n de dominar a una presa como aquella era nueva, y muy intensa. Como si fuese una pianista virtuosa, se deleitaba pulsando una tecla en su psinoma con una presi&#243;n exacta, y observando los resultados: un tic en el p&#225;rpado, un gemido suave, abrir o cerrar la boca No odiaba a Diana, pero descubri&#243; que siempre hab&#237;a querido mostrarle qui&#233;n de las dos era mejor.

Te dir&#233; lo que pienso hacer, Jirafa -susurr&#243; moviendo la linterna sobre su rostro como una amaestradora sobre la cabeza de su delf&#237;n favorito-. Es sencillo. Una venganza no es perfecta si atrapan al vengador. T&#250; y yo somos dos de los mejores cebos de Europa: solo una de nosotras podr&#237;a haberlo hecho todo, as&#237; que te necesito para que se olviden de m&#237; Aunque estoy muerta, podr&#237;a iniciarse una enojosa investigaci&#243;n si no apareciera un culpable pronto, lo cual me desagrada, porque en cuanto termine de recoger y borrar mis huellas, me largar&#233;. S&#237;, de acuerdo, t&#250; te pasar&#225;s el resto de tu vida drogada en una c&#225;rcel o en un hospital, pero yo he estado tres a&#241;os en el infierno, Jirafa. Es un negocio justo.

Le divert&#237;a observar c&#243;mo Diana intentaba rozar su mano con los labios cada vez que la acercaba. Por supuesto, ella la retiraba antes, provocando en la muchacha gestos caninos de adoraci&#243;n. Era preciso no permitirle tocar su piel desnuda a&#250;n, ya que podr&#237;a quedar pose&#237;da antes de tiempo.

Voy a poseerte. -Le anunci&#243;-. Luego te ordenar&#233; que mates a tu hermana y te entregues a la polic&#237;a. -Observ&#243; el cambio s&#250;bito de expresi&#243;n de su adoradora, y supo que a&#250;n le quedaba considerable voluntad. No iba a poder ordenarle tales cosas sin poseerla, y sospech&#243; incluso que si Diana perd&#237;a el contacto visual con ella durante cierto tiempo volver&#237;a a desengancharse. Pero tal cosa no iba a suceder, el placer le arrancar&#237;a hasta el &#250;ltimo residuo de voluntad con la misma facilidad con que un ba&#241;ista se desprende con los dedos la piel quemada por el sol. Padilla hab&#237;a violado a su amad&#237;sima hija paral&#237;tica y se hab&#237;a mutilado debido a ello. Ninguna voluntad era capaz de frenar un placer tan devastador, y Claudia lo sab&#237;a.

Har&#237;a lo que se le antojara con Diana.

Igualmente -prosigui&#243;-, te declarar&#225;s culpable de las muertes de &#193;lvarez, Padilla, Gens y Miguel No habr&#225; sorpresas: eres un cebo veterano, pensar&#225;n que has ca&#237;do al foso. En realidad, si no hubieses mencionado la pulsera, a estas horas estar&#237;as encerrada y quiz&#225; ya te habr&#237;an acusado. Pero es mejor as&#237;, de este modo no quedar&#225;n dudas T&#250; misma lo confesar&#225;s. Sin embargo, necesito poseerte primero, y ah&#237; est&#225; el problema. Como sabes, el an&#225;lisis de los microespacios de un crimen puede determinar si la persona que lo cometi&#243; estaba o no pose&#237;da. As&#237; ha pasado en los casos de &#193;lvarez y Padilla. Lo mismo ocurrir&#237;a contigo, y no puedo permitirlo. Me interesaba que quedaran rastros de posesi&#243;n incluso en Gens, pero no en ti, porque tu papel en la obra es ser culpable Ahora bien, &#191;c&#243;mo evitarlo? &#191;Acaso existe alguna forma de enga&#241;ar a un ordenador cu&#225;ntico? Resulta que s&#237;. He estado experimentando con Padilla y los ordenadores del departamento: la m&#225;scara Yorick puede lograrlo.

Sonri&#243; como aguardando alguna reacci&#243;n por parte de Diana ante aquella noticia, pero comprendi&#243; que su esclava ya no pod&#237;a comportarse racionalmente: acuclillada, la cabeza hacia atr&#225;s, se entregaba a Claudia como a un orgasmo inacabable.

Oh, s&#237;, la m&#225;scara Yorick existe, Diana -afirm&#243;-. Gens la arranc&#243; de m&#237; a cambio de hacerme pedazos. Y el propio Gens tem&#237;a y deseaba al mismo tiempo que yo la mostrara. Por eso se ocult&#243;, pero en Madrid. El viejo brujo esperaba, encerrado en su cueva, protegido por cebos guardaespaldas, a que yo apareciese Y su peque&#241;o Ariel no le defraud&#243;. No he tenido tiempo de interrogarlo a fondo, pero creo que, de alg&#250;n modo, supo que el experimento Renard no hab&#237;a sido un fracaso Quiz&#225; lo intuy&#243; en los &#250;ltimos d&#237;as, poco antes de que los pol&#237;ticos, escandalizados, le obligaran a interrumpir la prueba y fingieran rescatarme. En realidad, el Yorick no es otra m&#225;scara sino un a&#241;adido. Yo lo llamo el toque especial Claudia. No solo sirve para reforzar hasta l&#237;mites nunca vistos cualquier tipo de m&#225;scara, sino que el placer ocasionado es tal que el psinoma de la v&#237;ctima se hunde, &#191;sabes? Literalmente. Como el libro de Pr&#243;spero: m&#225;s hondo de lo que puede alcanzar ninguna sonda Y a esa profundidad, la expresi&#243;n del placer se confunde con el dolor o la locura. Ning&#250;n ordenador puede rastrearlo. &#191;Ventajas? Obvias. &#191;Desventajas? Tardas m&#225;s tiempo en preparar la posesi&#243;n, pero

Retrocedi&#243; un paso. Fue un movimiento calculado. Su presa gimi&#243; frustrada al ver que el intenso objeto de su placer se alejaba unos cent&#237;metros. Claudia contaba con eso: incrementar&#237;a las ansias de Diana antes del teatro definitivo.

 pero tengo una noticia mala y otra buena, super-woman. La mala es: ya la he preparado -Era cierto. La t&#233;cnica del Yorick consist&#237;a en imaginar la m&#225;scara con exquisito detalle, como si la estuviese realizando: no solo cada gesto, sino el conjunto percibido por la presa. Cuanto m&#225;s tiempo pasaba concentrada en ese todo, Claudia notaba que el Yorick se reforzaba m&#225;s, como si se tratase de una bater&#237;a recargable conectada a la corriente. Y en aquel momento ya lo ten&#237;a a punto-. La buena noticia es todo lo que vas a disfrutar, t&#237;a. Casi te envidio. R&#237;ete de los orgasmos. A partir de ahora tu sexualidad consistir&#225; en recordar c&#243;mo le volaste la tapa de los sesos a tu herma

En ese instante algo empuj&#243; sus piernas por detr&#225;s haci&#233;ndola tropezar con el cuerpo arrodillado de su v&#237;ctima. Casi percibi&#243; c&#243;mo el fino sedal que la un&#237;a al psinoma de Diana se quebraba.

Y, mientras ca&#237;a al suelo, oy&#243; el ag&#243;nico grito de Miguel Laredo:

&#161;Diana! &#161;Su pistola!



33

Me hallaba sumergida como en una melaza, densa, empalagosa.

&#161;Diana

Los nombres no exist&#237;an. &#191;Qu&#233; era un nombre si no una forma de separar? Pero, en mi percepci&#243;n, un brazo era parte del cuerpo y tambi&#233;n del aire en que se mov&#237;a. Decorado y actores formaban un todo indivisible.

 su

Ruidos e im&#225;genes se asemejaban a admirar un largo pasillo desde varias perspectivas o las facetas de una gema bajo la luz. La mano izquierda y la mand&#237;bula me dol&#237;an, s&#237;, pero se trataba tan solo de un color a&#241;adido al fondo, un bordado del ropaje. Mi &#250;nica sensaci&#243;n importante, o la &#250;nica que recuerdo, era casi geom&#233;trica: como si yo fuese un c&#237;rculo a&#250;n no cerrado, un trazo que esperaba su momento para concluir.

 pistola!

Entonces aquellas huesudas rodillas chocaron contra m&#237;. Hubo un leve cambio de escenario. La luz gir&#243; como el foco de un campo de concentraci&#243;n durante una fuga masiva de prisioneros. Y vi p&#250;blico: un nutrido grupo de cad&#225;veres en trajes de &#233;poca, puestos de pie. Uno se parec&#237;a a Ana Bolena, pero a&#250;n ten&#237;a la cabeza sobre su sitio.

A partir de ese instante la realidad se reanud&#243;.

Eh, sigues vivo, Miguel -Escuch&#233;.

De repente todo suced&#237;a demasiado r&#225;pido, como si alguien hubiese acelerado la imagen de v&#237;deo. Yo me hallaba sentada en el suelo, a&#250;n aturdida por el golpe contra Claudia, y cerca de m&#237; hab&#237;a una pistola. La reconoc&#237;; era el arma desmontable con que Miguel me hab&#237;a amenazado en casa. Cre&#237; recordar que Claudia la sosten&#237;a y acababa de ca&#233;rsele. Miguel quer&#237;a que yo la cogiese por alg&#250;n motivo.

Tend&#237; la mano hacia ella, pero la voz de Claudia volvi&#243; a sonar:

Parece que no dediqu&#233; suficiente tiempo a mejorar la punter&#237;a estos a&#241;os

Se hab&#237;a levantado y, aprovechando el impulso, lanz&#243; la pierna derecha contra el cuerpo de Miguel, que continuaba acurrucado en el suelo. Pese a no llevar zapatos, el golpe propinado con el hueso del tal&#243;n fue brutal. Miguel solt&#243; un gemido y rod&#243; dejando un rastro h&#250;medo y oscuro hasta alcanzar la base de un maniqu&#237;, que se desplom&#243; sobre &#233;l. All&#237; se quedaron ambos, muy quietos. Entonces otra mano entr&#243; en mi campo visual como un fino tent&#225;culo y atrap&#243; la pistola.

Pero mi error tiene remedio, &#191;no? -dijo Claudia, y apunt&#243; hacia Miguel.

Trae a las ni&#241;as, Oksa.

Ver a Claudia golpear a Miguel me hizo reaccionar.

Nada que Claudia me hubiese dicho o hecho hasta ese momento me importaba demasiado. Era consciente de que hab&#237;a estado prepose&#237;da y de que Claudia hab&#237;a perdido el control sobre m&#237; debido al empuj&#243;n de Miguel, que, pese a estar herido, se las hab&#237;a ingeniado para arrastrarse hasta sus piernas mientras ella hablaba. Intervine tan solo porque quer&#237;a impedir que disparase.

Salt&#233; hacia ella en el instante en que, con un sonido de chapa de lata de cerveza, algo mortal e invisible escapaba del peque&#241;o ca&#241;&#243;n. No llegu&#233; a tiempo de tocarla antes de que efectuara el disparo, pero mi ataque la hizo moverse para rechazarlo, con lo cual la bala cambi&#243; de rumbo. Mientras la embest&#237;a, escuch&#233; un impacto, y rogu&#233; por que fuese un destrozo inofensivo en la pared.

Ya no pod&#237;a hacer nada m&#225;s por Miguel, ahora ten&#237;a que preocuparme de m&#237;.

Claudia pod&#237;a estar delgada, pero era pura fibra, recia como una cuerda marinera, y casi me hice m&#225;s da&#241;o yo al golpear su vientre. Al menos logr&#233; desplazarla y nos convertimos en uno de esos artilugios inventados por nuestros ancestros para volar: yo era el motor, Claudia manoteaba. Cruzamos media habitaci&#243;n, y pude apartar a tiempo las manos antes de que se produjese el choque final.

Pero no dimos contra la pared, y lo supe al escuchar el ruido del armaz&#243;n met&#225;lico: era el gran espejo cubierto por el tel&#243;n. El cristal no parec&#237;a haberse roto. Por fortuna, yo tampoco.

La pistola.

Ya he dicho que no soy una luchadora experta. Sin embargo, estaba entrenada en el orden de prioridad b&#225;sico de cualquier pelea. Primero des&#225;rmala. Aprovech&#233; el golpe contra el espejo y agarr&#233; la mu&#241;eca derecha de Claudia. Tuve que hacerlo con la mano derecha, ya que la izquierda, con el vendaje destrozado, me dol&#237;a en exceso. Vi de refil&#243;n que Claudia sonre&#237;a, sent&#237; su aliento en mi cara como tras un ensayo extenuante en la que ambas nos hubi&#233;semos acariciado. Me dijo algo, pero no la o&#237;. Al fin la pistola salt&#243; de sus dedos y cay&#243; en alg&#250;n lugar ignoto. Cre&#237; comprender lo que hab&#237;a dicho: &#191;Quieres quit&#225;rmela? Ah&#237; va.

Ella misma la hab&#237;a soltado.

Claudia tampoco era una luchadora experta, claro. &#201;ramos cebos, &#233;ramos tramposas. No se trataba de ver qui&#233;n ten&#237;a m&#225;s fuerza sino de qui&#233;n enga&#241;aba mejor. Y mientras atra&#237;a mi atenci&#243;n hacia el gesto de soltar el arma, alz&#243; el muslo izquierdo de una forma tal que su cuerpo casi pareci&#243; flotar en el aire.

Fui proyectada hacia atr&#225;s por la brutal patada. Extend&#237; los brazos y una muchedumbre de fantasmas polvorientos me recibi&#243;, brind&#225;ndome un falso apoyo, como una reina desfallecida ante s&#250;bditos aduladores. Intent&#233; agarrarme a ellos, pero lo &#250;nico que logr&#233; fue volcar algunos maniqu&#237;es. Cre&#237; que Claudia me golpear&#237;a de nuevo y procur&#233; levantarme con rapidez, pero no lo hizo.

&#161;Bien, super-woman! -exclam&#243;-. &#161;As&#237;! &#161;Lev&#225;ntate!

Me lanz&#243; el pu&#241;o, pero lo esquiv&#233;. Encaj&#233; el siguiente golpe, y la sangre me corri&#243; por la barbilla.

&#161;Vamos, mu&#233;vete, Jirafa! &#161;P&#233;game!

La t&#225;ctica de Claudia no variaba: esperaba, golpeaba, esperaba. Entonces comprend&#237; por qu&#233;. Quer&#237;a mantenerme a distancia, no pelear. Su prop&#243;sito no era que perdiese la conciencia, ni siquiera vencerme, sino engancharme de nuevo. Estaba prepar&#225;ndose para una m&#225;scara. Ello me llev&#243; a improvisar un plan.

Me hab&#237;a desplazado hacia una esquina, la que se hallaba frente a la salida y el espejo que us&#225;bamos en los ensayos. El tel&#243;n que lo cubr&#237;a se hab&#237;a desprendido de un lado y colgaba del otro, bloque&#225;ndolo parcialmente. Amagu&#233; una ca&#237;da tras un nuevo golpe, para quedar de espaldas a Claudia, muy cerca del espejo y prepar&#233; mi propia m&#225;scara en cuesti&#243;n de d&#233;cimas de segundo.

La filia de Claudia era de Sangre. No ten&#237;a nada que ver con los vampiros, sino con la atracci&#243;n provocada por un cebo que ha inhibido su psinoma en beneficio de un decorado intenso donde predomina el color rojo. Gens la relacionaba con Enrique VIII, una de las &#250;ltimas obras del dramaturgo, escrita en colaboraci&#243;n con otro supuesto miembro del C&#237;rculo Gn&#243;stico, John Fletcher. Las curiosas y abundantes direcciones esc&#233;nicas y los decorados majestuosos, as&#237; como el p&#250;rpura del vestuario de personajes como Wolsey, incluso el hecho de que el rey protagonista se hiciera c&#233;lebre por decapitar a algunas de sus esposas, eran s&#237;mbolos ocultos de la m&#225;scara. Los l&#237;quidos rojizos como la propia sangre reforzaban el efecto. Gens nos hac&#237;a ensayar la t&#233;cnica derram&#225;ndonos una botella de vino sobre la piel desnuda.

Hice un veloz repaso de los elementos: luz -la linterna en manos de Claudia-, disfraz -mi camiseta manchada de sangre- y fondo -el tel&#243;n rojo ornamentado del espejo-, y decid&#237; que eran ideales. En el siguiente turno de espera entre los golpes salt&#233; frente al espejo y gir&#233; hacia Claudia portando la m&#225;scara.

Me sali&#243; bastante bien, pero hab&#237;a olvidado un detalle. O dos.

Claudia tambi&#233;n era buena.

Y se hab&#237;a vuelto incluso mejor.

Fue como un p&#243;quer. Sent&#237; que giraba lanz&#225;ndole un full, y casi cre&#237; ver en su sonrisa la mano que despliega cuatro ases.

Y un comod&#237;n al final. El joker de la baraja. Yorick.

Parte de mi mente, la que no qued&#243; nublada por completo en ese instante, comprendi&#243; que ten&#237;a que tratarse del Yorick, porque la Labor que ejecut&#243;, aunque impecable (abrir los brazos, contraer los b&#237;ceps, apuntar con la linterna hacia su vientre), jam&#225;s me habr&#237;a arrebatado de esa forma por s&#237; sola.

Pero el Yorick la convirti&#243; en algo abrumador.

Di un respingo y golpe&#233; contra el espejo, aferrando el tel&#243;n con ambas manos.

Ah -dijo Claudia, recobrando el resuello-. M&#237;rala: cautivada.

As&#237; era como me sent&#237;a: no estaba pose&#237;da a&#250;n, pero ya no pod&#237;a apartar la vista de ella. Todav&#237;a era capaz de pensar, de buscar explicaciones, y sin embargo me estaba dejando arrastrar de nuevo por aquel cuerpecito menudo. Era como tragar un cargamento de afrodis&#237;acos y comenzar a percibir los primeros s&#237;ntomas: calor, pulso acelerado

Oh, por favor, Diana. -La peque&#241;a diosa mov&#237;a la cabeza de cabellos cortos y rubios, en gesto de reproche, frente a m&#237;-. &#191;Has intentado atacarme con una m&#225;scara? Tienes valor, desde luego D&#233;jame que te diga algo: llevo prepar&#225;ndome para esto desde hace a&#241;os. Incluso sin el Yorick podr&#237;a contigo, Jirafa.

Intent&#233; pensar con claridad. Habl&#233;, jadeante:

Est&#225;s mordiendo el palo Matar&#225;s a los que de verdad te amamos, Claudia

&#191;Amarme de verdad? -repuso extra&#241;ada-. No te entiendo. &#191;Qui&#233;n ama de verdad? &#191;Mis padres? &#191;Gens? &#191;Nely? &#191;Acaso t&#250;? No existen los sentimientos de verdad, Jirafa, &#191;no lo sab&#237;as? Solo hay psinoma. Teatro. M&#225;scaras.

Yo nunca te he hecho da&#241;o, ni Miguel tampoco

Ya te expliqu&#233;: te necesito para salir bien librada. Y a tu chico lo trajiste t&#250;.

Est&#225;s enferma Has ca&#237;do al foso Necesitas ayuda

Confiaba en que mis palabras le provocaran rabia, y el afecto controlado con que me sujetaba se debilitara. Fue un error. Claudia lo percibi&#243; enseguida y contraatac&#243; a su manera: girando en semiperfil, la rodilla izquierda flexionada y los m&#250;sculos de sus largos y flacos muslos en tensi&#243;n, mientras hablaba de manera que su voz parec&#237;a brotar con esfuerzo:

&#191;T&#250; crees? Es posible

Fue como si una oleada de fiebre me atravesara de pies a cabeza. Casi hubiese sido capaz de dibujar sobre mi cuerpo el trayecto de aquel rayo de placer. Me arque&#233;, a&#250;n aferrando el tel&#243;n, proyect&#233; las caderas hacia Claudia y emit&#237; un gemido prolongado. No pude articular ni una sola palabra m&#225;s.

Todav&#237;a de perfil, Claudia estir&#243; el el&#225;stico del tanga y sujet&#243; la linterna entre la cinta y el vientre. La luz, colocada de esa forma, apuntaba hacia su torso y rostro desde abajo, creando ins&#243;litos contrastes. Sus m&#250;sculos a flor de piel quedaban realzados, y hacia ellos se dirigi&#243; mi mirada prisionera. Claudia estaba construyendo con su cuerpo y la luz un decorado de Labor tan majestuoso que sent&#237; que la saliva flu&#237;a de mi boca abierta. Entonces mir&#243; un instante a Miguel y a Vera, sin duda para asegurarse de que esta vez ninguno de los dos la interrumpir&#237;a. No parec&#237;a probable: Miguel yac&#237;a desmayado o muerto junto a la pared opuesta, y la forma de acurrucarse sobre la tarima de Vera hac&#237;a pensar que segu&#237;a pose&#237;da.

Sin apresurarse, Claudia se volvi&#243; de nuevo hacia m&#237;. En sus ojos, alrededor de los cuales la linterna creaba un antifaz de sombras, flotaba un brillo burl&#243;n.

Por fin solas, t&#250; y yo. Imag&#237;nate el Yorick en este punto, colega. Mientras pele&#225;bamos, he seguido carg&#225;ndolo. Ser&#225; una experiencia pionera. Nadie ha sentido tanto placer en la puta historia Te mear&#225;s de gusto mientras matas a tu hermana y a Miguel, t&#237;a, ser&#225; la hostia, cr&#233;eme. Qu&#233; l&#225;stima que despu&#233;s no recuerdes nada. Luego llamar&#225;s al departamento Voy a hacerte viajar al cielo, Jirafa. As&#237; descubrir&#225;s lo que yo supe con Renard: cu&#225;nto se parece al infierno. Dos extremos insoportables.

Sab&#237;a que no fanfarroneaba. Mientras hablaba, separ&#243; las flacas piernas afirmando los pies, las puntas dirigidas hacia m&#237;, y comenz&#243; a alzar los brazos iluminada por la linterna desde abajo. Era como si una luz procedente de sus ingles hiciera resplandecer toda su figura.

Comprend&#237; que en pocos segundos ya no habr&#237;a vuelta atr&#225;s. Los &#250;ltimos jirones de pensamiento coherente escapar&#237;an de mi cabeza como los objetos de la cabina de un avi&#243;n a gran altura con el fuselaje destrozado.

Te dir&#233; una &#250;ltima cosa -susurr&#243; Claudia mientras las sombras de sus manos trepaban como hiedra, a un ritmo preciso, por la pared que ten&#237;a detr&#225;s-. Nunca fuiste mejor que yo. Eras guapa, chula Gens te conserv&#243; por eso, a &#233;l le gustabas. Pero nunca fuiste como yo. -Sus flacos brazos se elevaban como un amanecer: cuando completaran su ascenso, el sol de la m&#225;scara me cegar&#237;a del todo. Casi pod&#237;a o&#237;r la aplastante llegada del placer, su rumor de pesada maquinaria haciendo vibrar todos mis &#243;rganos. Dispon&#237;a solo de algunos segundos. Pero era preciso calcularlos, y la concentraci&#243;n me costaba cada vez m&#225;s-. Yo le di el Yorick, Jirafa -agreg&#243; mientras sus brazos casi finalizaban su recorrido; me fij&#233; en las manos, abiertas, girando con la suave exactitud de m&#243;dulos de nave espacial-. Fui yo quien lo obtuvo, no t&#250; Recu&#233;rdalo para siempre.

Enhorabuena, Cec&#233; -dije.

Entonces lo hice.

&#201;ramos cebos, &#233;ramos tramposas. Esperaba haberla enga&#241;ado con el intento de m&#225;scara que hab&#237;a realizado antes. En realidad, tal como acostumbraba, contaba con un segundo plan, m&#225;s extra&#241;o. Mi prop&#243;sito hab&#237;a sido colocarme delante del espejo y aferrar el tel&#243;n que lo cubr&#237;a por una esquina. En el instante en que Claudia realizaba los gestos finales, hice lo &#250;nico que se me permit&#237;a hacer en el estado en que me encontraba. No pod&#237;a atacarla, no pod&#237;a escapar, ni siquiera cerrar los ojos.

Pero pod&#237;a dejar de resistirme, caer a sus pies.

Y eso hice, dejando que el peso de mi cuerpo me arrastrase, como una fan ante su actriz idolatrada. Mis manos, a&#250;n aferradas al tel&#243;n, tiraron de &#233;l. Hab&#237;a esperado que bastara aquel impulso para arrancarlo del marco.

El tel&#243;n cay&#243; conmigo.

No grit&#233; al recibir el brutal golpe en las rodillas, y ni siquiera despert&#233;, como en las fantas&#237;as sobre hipnotizados. Pero comprob&#233; que conservaba un reducto de conciencia, de voluntad propia.

Ignoraba si ocurr&#237;a lo mismo con Claudia.

Segu&#237;a inm&#243;vil frente al espejo, donde ve&#237;a reflejada su propia imagen paralizada en el gesto final de la m&#225;scara. Yo hab&#237;a improvisado aquel plan esperando que, al ver su reflejo, Claudia perdiese la concentraci&#243;n y los efectos de la m&#225;scara sobre m&#237; se atenuaran, pero el resultado final hab&#237;a superado todas mis expectativas. &#191;Qu&#233; pod&#237;a sucederle? No recordaba ning&#250;n precedente sobre un cebo pose&#237;do por s&#237; mismo.

Me alej&#233; a rastras de ella y qued&#233; durante un rato jadeando en el suelo. El retorno de sensaciones f&#237;sicas no placenteras -el dolor del mu&#241;&#243;n, de los golpes- me hizo pensar que el control de Claudia sobre m&#237; se disipaba. Segu&#237;a mareada, como bajo los efectos de una fuerte resaca, pero me hallaba libre.

Levant&#233; la cabeza. Claudia continuaba en la misma postura: las piernas separadas, los brazos en alto. No parec&#237;a siquiera respirar. Era algo tan extra&#241;o, tan horrible, que apart&#233; la vista tras unos instantes de intensa fascinaci&#243;n, evitando mirar su rostro.

En aquel momento no pod&#237;a pensar en qu&#233; hacer con Claudia; otras personas reclamaban mi atenci&#243;n.

Corr&#237; hacia Miguel y respir&#233; aliviada al comprobar que a&#250;n ten&#237;a pulso, aunque d&#233;bil. At&#233; de nuevo el vendaje sobre mi mano para poder utilizar los dedos que me quedaban y resta&#241;ar mi propio sangrado. Encend&#237; la linterna de Miguel y bajo su luz le desabroch&#233; la camisa y examin&#233; la herida. La bala hab&#237;a penetrado un poco por debajo de la clav&#237;cula izquierda. Segu&#237;a vivo de puro milagro. Por fortuna, hab&#237;a recibido un solo disparo, pero la frialdad y el brillo de sudor de su piel me hicieron pensar que estaba entrando en estado de shock. Me fij&#233; en que &#233;l mismo hab&#237;a intentado detener la hemorragia con la mano, y lo ayud&#233; usando mi cazadora. Saqu&#233; el tel&#233;fono m&#243;vil, aunque supon&#237;a que ser&#237;a in&#250;til porque Claudia habr&#237;a conectado inhibidores de llamadas. Sin embargo, la pantalla me inform&#243; de que ten&#237;a cobertura. Quiz&#225; se hab&#237;a sentido muy segura de controlar la situaci&#243;n y hab&#237;a descuidado otras precauciones, o le hab&#237;a desconcertado el hecho de traernos a la granja. Llam&#233; al departamento, que era m&#225;s r&#225;pido que la polic&#237;a, me identifiqu&#233; y expliqu&#233; que hab&#237;a un cebo malherido.

Cuando colgu&#233;, vi que Miguel giraba la cabeza para mirarme. Me inclin&#233; sobre &#233;l y le susurr&#233; que lo amaba. Lo abrac&#233; queriendo cerrar aquella herida con todo mi ser, impedir que su &#250;ltima sangre se perdiera, conservar al menos aquella sangre final. Cerr&#243; los ojos, y pareci&#243; caer en un sue&#241;o profundo. No voy a dejarte morir, pens&#233;.

Me volv&#237; hacia Claudia. No cre&#237; que se hubiese movido ni un mil&#237;metro. Tiene que ser el Yorick, supuse. La m&#225;scara de Labor que estaba ejecutando nunca habr&#237;a provocado aquel efecto en ella, pero record&#233; sus palabras cuando dijo que el Yorick era un a&#241;adido que aumentaba hasta extremos inconcebibles el placer de cualquier m&#225;scara. Est&#225; contemplando el reflejo del Yorick en el espejo, y eso la posee, deduje.

En ese instante o&#237; un gemido desde otro sitio del escenario.

Record&#233; a mi hermana y apunt&#233; la linterna hacia ella: continuaba acurrucada en la tarima, aunque hab&#237;a alzado la cabeza y me miraba directamente. Fue tan maravilloso comprobar c&#243;mo sus ojos perd&#237;an el velo de confusi&#243;n que los hab&#237;a cubierto que casi me olvid&#233; de Miguel.

&#191;Diana? -murmur&#243;.

S&#237;, soy yo. Calma, todo est&#225; bien. -Apart&#233; la linterna para no cegarla.

Me observaba por encima del hombro, temerosa, como si esperase recibir un golpe, pero exist&#237;a una clara diferencia entre el miedo y la posesi&#243;n: Vera sal&#237;a de su particular pozo cada vez m&#225;s. La vi reaccionar con p&#225;nico al descubrir a Claudia.

&#191;Qu&#233; le ocurre?

Intent&#243; hacer una m&#225;scara -expliqu&#233;-. Creo que se ha pose&#237;do a s&#237; misma.

&#161;Es es horrible!

Lo s&#233;. No la mires. Ay&#250;dame a mantener esto apretado contra Miguel, por favor. -Le indiqu&#233; el bulto h&#250;medo de mi cazadora. Vera se acerc&#243; y colabor&#243;. Sent&#237; que el hecho de poder ser &#250;til la tranquilizaba de alguna forma. Nos miramos y ella empez&#243; a sollozar.

&#161;Claudia quer&#237;a quer&#237;a hacerte da&#241;o! &#161;Yo la odiaba, pero deb&#237;a obedecerla!

Olv&#237;dalo -susurr&#233;.

&#161;Yo quer&#237;a parar! &#161;Pero ella insist&#237;a y yo ten&#237;a que!

Ya basta, Vera. Estamos juntas, es lo que importa.

&#161;Yo la odiaba, Diana! &#161;La odiaba! &#161;La!

Sab&#237;a lo que intentaba: improvisaba burdas explicaciones con el fin de consolarse a s&#237; misma. La &#250;nica explicaci&#243;n real era el psinoma, pero su mente racional no pod&#237;a admitir que el placer la hubiese llevado al extremo de perjudicarme.

Vera. -Cog&#237; su cara entre mis manos-. M&#237;rame. Ya pas&#243; todo, cari&#241;o. Claudia ya no es un peligro.

Como si mencionar su nombre hubiese sido una se&#241;al, ambas volvimos a mirarla. Desde donde est&#225;bamos, agachadas junto a Miguel, ve&#237;amos su figura de espaldas, las flacas piernas desnudas hasta el inicio de los leotardos negros, las nalgas como dos c&#250;pulas de m&#250;sculo a ambos lados del tanga, la espalda con los omoplatos pronunciados como alas atr&#243;ficas y los brazos en alto. Era como la estatua de una bailarina, uno de aquellos monumentos al dolor humano del parque Zona Cero. Pero hab&#237;a algo m&#225;s ahora. Cambios en su aspecto.

El m&#225;s llamativo era la piel: la espalda y los muslos estaban como cubiertos por diminutas lentejuelas o escamas de reptil que brillaban a la luz de la linterna. Comprend&#237; que se trataba de sudor. Cl&#243;nicas, geom&#233;tricas gotitas, como si todos sus poros hubiesen decidido abrirse al mismo tiempo y expulsar id&#233;ntica cantidad de l&#237;quido. Entonces me inclin&#233; y vi su rostro reflejado en el espejo.

Tuve que morderme el labio para no gritar.

Sus ojos eran dos bolas de piedra pintada sobresaliendo de las &#243;rbitas, y cre&#237; distinguir que el sudor resbalaba sobre ellos sin que los p&#225;rpados se cerrasen. La boca, como otra &#243;rbita, se hallaba abierta y r&#237;gida, la lengua replegada sobre el paladar. Incluso el rostro parec&#237;a haberse hecho m&#225;s afilado. Imagin&#233; que, abrumado de placer, el psinoma, ese rey tirano, no le permit&#237;a perderse, siquiera una fracci&#243;n de segundo, la visi&#243;n que tanto goce le causaba y reclamaba m&#225;s, con lo cual la figura se volv&#237;a m&#225;s placentera y a la vez se desgastaba. Era una especie de cortocircuito. La imagen me record&#243; la de la figura flaca y asexuada del cuadro El grito de Munch. Es el Yorick, pens&#233; y sent&#237; n&#225;useas. El cr&#225;neo del buf&#243;n de Hamlet, aquella faz huesuda de boca y &#243;rbitas abiertas como fosos, mirando m&#225;s all&#225; de s&#237; misma y de la realidad. Supuse que a Gens le habr&#237;a gustado contemplar el resultado final de su horrible experimento.

Pensar en Gens me hizo volver la cabeza hacia la puerta. Alcanc&#233; a distinguirlo a la tr&#233;mula luz del farol de camping en el escenario contiguo: sentado en el mismo sitio, su rostro convertido en una masa coagulada. Aunque en aquel momento lo odiaba m&#225;s que nunca, dese&#233; con todas mis fuerzas que hubiese muerto ya. Pens&#233; que V&#237;ctor Gens hab&#237;a experimentado el infinito dolor, pero acaso el destino de Claudia merec&#237;a m&#225;s compasi&#243;n, por tratarse del placer infinito; el dolor hab&#237;a reclamado, y obtenido, la muerte como alivio final, pero el placer parec&#237;a prolongar la vida en un &#233;xtasis vegetal, paralizado, insoportable. &#191;C&#243;mo podemos defendernos de la felicidad eterna? Claudia se equivocaba; el cielo es mucho peor que el infierno. Matarla habr&#237;a sido un acto piadoso, y sin embargo prefer&#237; esperar a que llegara la ayuda.

&#191;Miguel se pondr&#225; bien? -pregunt&#243; Vera.

Seguro que s&#237;. -Despej&#233; los cabellos sudorosos de la frente de Miguel y not&#233; que reaccionaba a mi mano. Su piel estaba fr&#237;a y p&#225;lida. El pulso persist&#237;a, pero era cada vez m&#225;s d&#233;bil-. Me salvaste la vida -le susurr&#233;-. Y ahora te vas a salvar t&#250;, &#191;me oyes? No vas a marcharte, no lo har&#225;s

Maldije mentalmente la demora de la ambulancia, y de pronto me ech&#233; a llorar. La mano de Vera acarici&#243; mi hombro.

Todo saldr&#225; bien -susurr&#243;.

Una sensaci&#243;n inesperada me asalt&#243; entonces al mirar a mi hermana, borrosa tras la pantalla de l&#225;grimas. De s&#250;bito la vi como una mujer adulta. Ni siquiera como a mi hermana, como la ni&#241;a de t&#237;mpanos rotos a la que yo hab&#237;a cuidado en el hospital tras la muerte de nuestros padres, sino como a una amiga, alguien a quien yo amaba pero a quien no por ello deb&#237;a abrumar con mi amor. Una persona responsable, independiente, que deb&#237;a seguir su propio camino, fuera el que fuese. Yo la hab&#237;a cuidado todo lo que hab&#237;a podido, pero quiz&#225; ya era hora de que ella continuara a solas.

S&#237; -le dije, sec&#225;ndome los ojos, a&#250;n sorprendida por aquella idea repentina-. Todo saldr&#225; -Aguc&#233; el o&#237;do. El estr&#233;pito de las sirenas era remoto, pero inconfundible. Parte del malestar que sent&#237;a se esfum&#243; de repente, y sonre&#237; hacia Vera-. &#161;Escucha! &#191;Lo oyes? &#161;Ya han llegado! &#161;Ya!

Un estallido descomunal hizo que me interrumpiera. Vera y yo gritamos a la vez.

Volv&#237; la cabeza y, por un momento, no pude entender lo que contemplaba.

Aquella criatura ensangrentada, erguida sobre un sudario de cristales rotos, era como un jerogl&#237;fico indescifrable.

Luego vi el espejo astillado y cre&#237; comprender.

De alg&#250;n modo, Claudia hab&#237;a superado su inmovilidad y se hab&#237;a abalanzado sobre el espejo, haci&#233;ndolo pedazos, y con &#233;l su propia carne, la magra piel que la envolv&#237;a. Trozos de cristales sobresal&#237;an clavados a su cuerpo, la sangre la ba&#241;aba haciendo brillar su top negro. &#191;C&#243;mo lo hab&#237;a conseguido? No pod&#237;a ser solo un triunfo de su voluntad. &#191;Quiz&#225; su psinoma la hab&#237;a impulsado hacia el reflejo, con el fin de poseerlo por completo?

No lo sab&#237;a. Y en aquel momento solo me import&#243; ver c&#243;mo aquel grupo de huesos, unidos por la nigromancia del deseo hasta formar una figura con apariencia humana, se agachaba a recoger uno de los puntiagudos trozos de cristal, del tama&#241;o de un cuchillo de caza, y saltaba sobre nosotras.

Yo estaba segura de que ya no quedaba inteligencia alguna en ella que planeara la agresi&#243;n: era su psinoma, erigido en monarca absoluto, en Enrique VIII sediento de sangre, que buscaba solo un cuerpo para obtenerla. Y por lo mismo, mientras me incorporaba y apartaba a mi hermana de un empuj&#243;n, vi mi muerte reflejada en aquellos ojos.

Solo tuve tiempo de alargar los brazos. El impacto del ataque hizo que me estrellara contra la pared, y aull&#233; de dolor. Con la mano derecha logr&#233; detener el &#233;mbolo que era el brazo de Claudia antes de que el picudo cristal se enterrara en mi garganta, pero apenas pude hacer otra cosa. Su otra mano atrap&#243; mi pelo, tirando casi hasta arranc&#225;rmelo, mientras la mano derecha derrotaba con inexorable facilidad el obst&#225;culo que ejerc&#237;an mis in&#250;tiles fuerzas. Mi campo visual se llen&#243; de su rostro: una espantosa calavera con trozos de cristal asomando de los labios yermos, p&#243;mulos y cejas, incluso de los globos oculares, que segu&#237;an fijos en m&#237;.


El silencio que proven&#237;a de su boca abierta era ensordecedor.

El pulso que manten&#237;amos se inclin&#243; a su favor y el cuchillo de cristal roz&#243; mi cuello. Sabiendo que iba a morir, me asalt&#243; un &#250;ltimo pensamiento, fugaz pero intenso: quiz&#225; Claudia ten&#237;a raz&#243;n y hab&#237;a justicia en su ciega venganza. A fin de cuentas, todos est&#225;bamos corrompidos por nuestro propio placer, todos &#233;ramos cebos de nosotros mismos. El psinoma no ten&#237;a escapatoria: &#233;ramos solo lo que dese&#225;bamos. As&#237; que cerr&#233; los ojos y esper&#233; la muerte liberadora, el placer final, el deseo &#250;ltimo, y mientras lo hac&#237;a escuch&#233; la detonaci&#243;n y qued&#233; manchada de Claudia, de los restos de sus pensamientos huecos, y, cuando pude mirar, contempl&#233; c&#243;mo su esquel&#233;tica figura se desplomaba con la sien izquierda rota y la expresi&#243;n atrapada en la sorpresa, como si la dictadura del psinoma la hubiese abandonado justo en el instante de morir para permitirle ser la Claudia de siempre, y, junto a m&#237;, el crispado pero decidido rostro de mi hermana, un poco por encima del ojo del ca&#241;&#243;n de la pistola de Miguel, que a&#250;n sosten&#237;a.

Recuerdo haber visto a un grupo de sanitarios rodeando el cuerpo de Miguel.

Recuerdo haber rogado en voz alta que lo salvaran.

Recuerdo la nada, la oscuridad, como un tel&#243;n cayendo sobre mis ojos.



Ep&#237;logo

Madrid,

dos semanas despu&#233;s


Hola, &#191;puedo pasar?

Claro. Qu&#233; pregunta. Me alegro de verte.

Y yo a ti.

Si&#233;ntate, por favor.

Sonre&#237;mos. Mario Valle se ajustaba las gafas en el puente de la nariz. La consulta estaba, como siempre, ordenada y elegante, aunque de forma excepcional las persianas se hallaban levantadas y la luz del mediod&#237;a penetraba por ellas.

Eleg&#237; el div&#225;n en vez del asiento frente al escritorio, lo cual pareci&#243; divertirle. &#201;l eligi&#243; sentarse en la butaca de los pacientes, frente a m&#237;.

&#191;Vas a hacerme otra confesi&#243;n?

Un poco, s&#237; -convine.

Su sonrisa persist&#237;a, pero era como si estuviera paralizada.

&#191;Ha ocurrido algo?

Nada especial. -Me quit&#233; la cazadora y la dej&#233; a un lado-. Siento no haberte llamado en estos d&#237;as.

Supuse que estar&#237;as trabajando -dijo.

Bueno, me quedaban cosillas por resolver. Valle asinti&#243;.

&#191;Ya est&#225;n resueltas?

Puede decirse que s&#237;. Y lamento haber venido sin avisar. Pens&#233; que a &#250;ltima hora de la ma&#241;ana ya habr&#237;as terminado la consulta pero no te habr&#237;as ido a&#250;n

Por Dios, Diana, &#191;acabaste con las disculpas? Me encanta verte, en serio.

A m&#237; tambi&#233;n me agrada verte. -Me frot&#233; los brazos-. He estado pensando.

Es un ejercicio muy sano que deber&#237;a practicar la gente m&#225;s a menudo. Adem&#225;s, te sienta bien pensar. -Me miraba la mano izquierda, con el peque&#241;o mu&#241;&#243;n del dedo me&#241;ique-. &#191;C&#243;mo te encuentras?

Bien. Las heridas van cerr&#225;ndose.

Me alegro. Est&#225;s guap&#237;sima.

Gracias. T&#250; tambi&#233;n est&#225;s muy guapo.

Me deleit&#243; ver que Mario Valle reaccionaba ante el piropo como la mayor&#237;a de los hombres: quit&#225;ndole importancia, como si se tratase de una verdad evidente. Al sonre&#237;r de nuevo not&#233; que se hallaba m&#225;s relajado.

Y una vez que has sobornado al psic&#243;logo elogiando su belleza, dime qu&#233; has estado pensando.

Bueno, me pediste que tomara una decisi&#243;n, &#191;recuerdas?

Por un momento fue como si Valle sospechara padecer una enfermedad mortal y le hubiesen dicho que ya hab&#237;a llegado el resultado de los an&#225;lisis.

No quiero que me digas nada que no desees decirme. -Me detuvo con un gesto.

Deseo dec&#237;rtelo.

No, no, Diana, no. De verdad.

&#191;No quieres saberla?

Ya la s&#233;. Por favor, ya la s&#233;. La supe en el mismo momento en que te ped&#237; que la tomaras. -Hizo un vaiv&#233;n con la mano-. Quieres a un a uno de tus compa&#241;eros, &#191;no es cierto? Estabas planeando retirarte y vivir con &#233;l. Oye, perfecto. Lo &#250;nico que pretendo, lo &#250;nico que he pretendido siempre, es que dejes ese trabajo. Te lo juro. Solo me importa tu felicidad, Diana. Que dejes de sufrir. No me mires as&#237;, hablo en serio

No te miro de ninguna forma, pero

Quiz&#225; te dije algo que no deb&#237; decirte -a&#241;adi&#243; apresuradamente-. Me dej&#233; llevar por el impulso Supongo que es parte del s&#237;ndrome del hombre mayor atra&#237;do por la chica joven y guapa. No quiero insinuar que exager&#233; mis sentimientos. Fui sincero. Nos pasamos toda la vida buscando alguien que nos pueda comprender, y de repente lo encontramos. Eso fue lo que me ocurri&#243; contigo. Lo siento.

&#191;Puedo hablar? -Levant&#233; el &#237;ndice mientras sonre&#237;a.

No, no puedes. No quiero o&#237;r lo que ya s&#233;. No es necesario. Lo de pedirte que te decidieras fue una reacci&#243;n adolescente, impropia de &#191;De qu&#233; te r&#237;es?

Me hac&#233;is gracia los psic&#243;logos. De cada tres cosas que dec&#237;s, dos son un autoan&#225;lisis.

Aquel d&#237;a, seg&#250;n parece, dije la tercera -replic&#243; Valle, y nos callamos tras breves sonrisas-. Te echar&#233; de menos -agreg&#243; despu&#233;s de la pausa, con una voz tan suave que parec&#237;a dirigida a s&#237; mismo-. Pero no es preciso que vengas a disculparte por tu elecci&#243;n.

No he venido a disculparme, Mario.

Valle me observ&#243;. Si yo hubiese sido una caja fuerte, su ce&#241;o en aquel momento ser&#237;a el del ladr&#243;n experto. Yo tambi&#233;n lo mir&#233;. Su dulzura, su simpat&#237;a, incluso su vanidad de hombre elegante -en aquella ocasi&#243;n camisa y pantalones verdes y camiseta borgo&#241;a-, todo en &#233;l parec&#237;a estar dirigido a un &#250;nico fin. Era como si dijera: Estoy aqu&#237;, soy simp&#225;tico, amable, puedo escucharte, comprenderte. Me agradaba su forma de ser.

Dej&#233; de sonre&#237;r, pero no de mirarlo. Inspir&#233; profundamente. Agregu&#233;:

He venido a decirte que te he elegido a ti.


Dos semanas antes no hubiese podido imaginarme a m&#237; misma diciendo eso. Pero, claro est&#225;, ten&#237;a otras cosas en qu&#233; pensar. Y los del equipo de seguridad de mi departamento se hab&#237;an encargado, como siempre, de hacer que pensar fuese una actividad dif&#237;cil. Hab&#237;an irrumpido en el escenario de la granja la noche tr&#225;gica de Claudia provistos de la parafernalia habitual para cebos peligrosos: visores de deformaci&#243;n de imagen y filtros de sonido, as&#237; como pistolas hipod&#233;rmicas, aunque sab&#237;an que una m&#225;scara bien ejecutada hubiese traspasado esas burdas defensas. Yo ya hab&#237;a perdido la conciencia despu&#233;s de que mi hermana disparase sobre Claudia, pero ellos colaboraron desinteresadamente clav&#225;ndome un dardo en la garganta.

Y tras aquel tel&#243;n, el Taller. Los enfermeros habituales, la vigilancia habitual. O quiz&#225; un poco peor que lo habitual.

Pas&#233; horas sinti&#233;ndome como si mi aliento pudiese contagiar un virus hemorr&#225;gico. Me manten&#237;an tras unas cortinas semitransparentes y me miraban como a un animal sin catalogar. Me cambiaban de ropa sin previo aviso, y a veces me la quitaban durante varios minutos, de forma que me resultara imposible planear una m&#225;scara con un disfraz espec&#237;fico. Por supuesto, hicieron caso omiso a mis ansiosas preguntas, hasta que al fin entr&#243; El Que Contestaba, un tipo en mangas de camisa, gafas y aspecto de mirar menos seres humanos que pantallas. Vino rodeado de personal de seguridad.

Su hermana est&#225; fuera de peligro -dijo. Yo hab&#237;a incluido a Miguel en mi pregunta, y el silencio sobre su estado me hizo sentir un viento g&#233;lido en la nuca.

El funcionario cruz&#243; los brazos y a&#241;adi&#243;:

Laredo perdi&#243; mucha sangre, y a&#250;n est&#225; en Cuidados Intensivos. El proyectil no lesion&#243; el coraz&#243;n ni los vasos sangu&#237;neos importantes, aunque perfor&#243; la parte superior del pulm&#243;n izquierdo. Su pron&#243;stico es reservado.

O&#237;r que segu&#237;a con vida me alivi&#243; tanto que casi dese&#233; saltar. Pero ni siquiera sonre&#237;, fiel a mi entrenamiento como cebo. No pocas veces todo se pierde por la expresi&#243;n inoportuna de un afecto, lo sab&#237;a muy bien.

A cambio de aquella informaci&#243;n tuve que ofrecer la m&#237;a. Habl&#233; de Claudia, de Gens, de lo que sospechaba que hab&#237;an hecho y de lo que sab&#237;a con certeza que hicieron. Tambi&#233;n del Yorick, de lo que cre&#237;a que era y el efecto que produc&#237;a. Esta &#250;ltima parte de mi declaraci&#243;n fue minuciosa, porque salvo Vera o yo misma, todos los que hab&#237;an experimentado o ensayado aquella m&#225;scara, incluyendo a Claudia y Gens, se hab&#237;an llevado el secreto a la tumba. Mientras yo hablaba, el hombre escuchaba y asent&#237;a. Nadie tomaba apuntes, y me figur&#233; que si mis pensamientos hubiesen sido im&#225;genes, habr&#237;an colocado otra c&#225;mara m&#225;s intentando filmarlos.

Y cuando la inquisici&#243;n acab&#243;, me dejaron visitar a Vera.

Se hallaba en una habitaci&#243;n similar a la m&#237;a, pero con vigilantes montando guardia en la puerta. Claro est&#225;, no la proteg&#237;an de lo que pudieran hacerle otros, sino de lo que ella pudiera hacer a los dem&#225;s. Era una simple muchachita, o eso parec&#237;a, pero hab&#237;a sido pose&#237;da por el Yorick, y era obvio que el Yorick segu&#237;a desconcert&#225;ndoles. Adem&#225;s, a veces no estaba claro cu&#225;ndo una m&#225;scara hab&#237;a dejado de ser eficaz o, simplemente, fracasaba aunque pudiera ser intentada de nuevo. Sea como fuere, me dejaron pasar, y all&#237; estaba. Con los ojos bajos, modesta, m&#237;nima, aparentemente inofensiva.

Me produjo una emoci&#243;n extra&#241;a encontrarme frente a Vera, de esa clase al borde de todo -la alegr&#237;a y la pena, la confianza y la duda, la calma y la inquietud- que, seg&#250;n Gens, emana de las &#250;ltimas obras de Shakespeare, en las que aquel escritor hab&#237;a intentado superar los l&#237;mites del teatro y la literatura. Record&#233;, en concreto, la &#250;ltima en la que hab&#237;a dejado su rastro, en colaboraci&#243;n con Fletcher: Los dos nobles parientes. Y as&#237; est&#225;bamos Vera y yo, vestidas con id&#233;nticas batas de hospital, unidas por nuestro vago pero distinguible parecido f&#237;sico: parientes nobles o innobles que se re&#250;nen casi por primera vez despu&#233;s de una larga ausencia.

Haciendo honor al lazo familiar, dijimos lo mismo al mismo tiempo:

&#191;C&#243;mo est&#225;s?

Y sonre&#237;mos, claro, sin saber c&#243;mo comenzar aquella escena tragic&#243;mica.

T&#250; primero -propuse.

Estoy bien. Me han dicho que duermo casi doce horas todos los d&#237;as. &#191;Y t&#250;?

Igual. Ya sabes, para vivir el lujo a tope, solo tienes que ponerte mala.

Me encant&#243; encontrar en su rostro la misma risita de siempre.

T&#250; no tienes aspecto de estar muy mala -dijo.

&#191;Te refieres a que he engordado?

No, sigues siendo alta, flaca y

Y desgarbada -complet&#233;, reconociendo una frase en broma que pap&#225; sol&#237;a decirme. Sent&#237; cierto dolorido asombro. Me pregunt&#233;, no por primera vez, cu&#225;nto recordaba realmente mi hermana de nuestros padres y cu&#225;nto era, tan solo, la memoria de lo que yo le narraba sobre ellos-. No creo que engordemos con la comida que dan aqu&#237;.

Desde luego. -Pellizcaba el borde de la s&#225;bana con insistencia. Yo no deseaba ponerla m&#225;s nerviosa hablando de lo ocurrido, pero Vera era mi hermana, y cebo como yo: est&#225;bamos acostumbradas a hundir el bistur&#237; en lo m&#225;s delicado de nuestra conciencia. De modo que me sent&#233; a su lado y le acarici&#233; el brazo mientras hablaba.

Siento lo de Elisa Lo siento mucho. -Se encogi&#243; de hombros, pero reprimi&#243; el llanto: parec&#237;a intentar demostrar que pod&#237;a superarlo-. &#191;Lo recuerdas todo?

S&#237;. -Titube&#243;-. He fallado

No, me salvaste la vida. Y te portaste como una verdadera profesional.

Me dej&#233; poseer. Ca&#237; en la trampa.

Claudia era demasiado fuerte para todos.

Pero no era ese su pensamiento final, y al intentar reparar los peque&#241;os desperfectos yo estaba descuidando, como una imb&#233;cil, la aver&#237;a mayor.

&#191;Sabes? -musit&#243; entonces-. Al principio, no quer&#237;a dispararle a

Asent&#237; comprendiendo lo que insinuaba. No quer&#237;a dispararle a ella sino a ti, era la frase que no se atrev&#237;a a pronunciar. Naturalmente, hab&#237;a tenido otra intenci&#243;n al agacharse y coger la pistola, pero hab&#237;a cambiado de opini&#243;n, o se hab&#237;a obligado a hacerlo con un esfuerzo de voluntad, en el &#250;ltimo segundo.

Vera, cari&#241;o, c&#225;lmate. -La abrac&#233; al verla llorar-. Una posesi&#243;n intensa deja v&#237;nculos, no debes sentirte mal por eso Tu psinoma tend&#237;a a protegerla a ella, porque Claudia hab&#237;a sido tu fuente de placer. Pero al final elegiste salvarme a m&#237;, lo cual me prueba que te hago m&#225;s feliz. -No logr&#233; que sonriera, pero al menos su llanto ces&#243;. La bes&#233; en el pelo y a&#241;ad&#237;-: Adem&#225;s, es bueno que hayas experimentado lo que se siente al estar pose&#237;da. Todo buen cebo debe probar su propia medicina

Se apart&#243; para mirarme con ojos asombrados y llorosos.

&#191;Todo buen cebo?

Asent&#237;.

Eres buena, pero en el futuro ser&#225;s a&#250;n mejor.

No estoy muy segura de que quiera seguir con esto

Es pronto para decidirlo, &#191;no crees?

Me miraba de hito en hito. Sus sonrisas eran como criaturas que mor&#237;an al nacer.

Pero t&#250; no quer&#237;as que yo siguiera

Estaba equivocada, y ahora lo s&#233;. -Le despej&#233; el pelo de la frente y respir&#233; hondo-. Ya no eres una ni&#241;a. No necesitas mi protecci&#243;n, Vera. -Al instante de decir esto pens&#233; que no era cierto. Pero s&#237; lo era, y recapacit&#233; de inmediato-. O no la necesitas m&#225;s que yo la tuya. De modo que pi&#233;nsalo con calma. Es tu propia vida, y yo voy a dejar que la vivas como quieras. Solo deseo decirte esto: hagas lo que hagas, no lo hagas por pap&#225; y mam&#225;. Ya les hemos devuelto con creces el amor que nos dieron. Ellos saben que nunca les olvidaremos, pero ahora debemos dejarlos descansar. Hagas lo que hagas, hazlo siempre por ti.

&#191;Y t&#250;? &#191;Qu&#233; har&#225;s?

No comet&#237; el error de disimular mis propias dudas.

No lo s&#233;. Tambi&#233;n tengo que tomar una decisi&#243;n.

Entonces estamos igual. -Sonri&#243;.

S&#237;, igual. -Nos abrazamos, y mientras sent&#237;a su cuerpo respirar junto al m&#237;o, supe que la ni&#241;a de t&#237;mpanos rotos a la que yo hab&#237;a cuidado toda mi vida hab&#237;a desaparecido para siempre. Ahora &#233;ramos Vera y yo, dos mujeres con distintos futuros. Ya ninguna de las dos necesitaba de la otra. Las dos est&#225;bamos, por fin, solas.

Y debido a ello, las dos est&#225;bamos, por fin, juntas.

El resto consisti&#243; en recoger la mesa. Esa fue mi impresi&#243;n de los d&#237;as que se sucedieron: despejar mi mundo y esperar a ver qu&#233; quedaba. Miguel mejoraba, y aunque los ratos que pasaba con &#233;l eran breves, me alegraba comprobar que cada d&#237;a su pulso era m&#225;s firme y su mirada m&#225;s intensa. Habl&#225;bamos poco, y nunca del futuro. Todo consist&#237;a en aguardar a que &#233;l se sintiese con fuerzas, y entonces podr&#237;a comentarle mis dudas, mis esperanzas, la sombra a&#250;n remota de mi decisi&#243;n.

Entretanto, tambi&#233;n tuve que recoger la mesa de otros. Claudia hab&#237;a planteado m&#225;s enigmas que soluciones, y empezaba a extenderse la idea de que el Yorick era un hallazgo revolucionario. La &#250;nica testigo de aquella m&#225;scara con capacidad para contarlo todo era yo, y antes de que me dieran el alta recib&#237; la visita de algunos de los grandes: Vincent Jolia y Stephen Barth, de Psicolog&#237;a Criminal del FBI en Virginia, y Jean-Paul Alain, de Par&#237;s, gran amigo y viejo colaborador de Gens. Me sent&#237; como si fuese un fen&#243;meno de feria. Y lo repet&#237; todo como un loro, salvo lo relacionado con el propio Gens. Nuestro nuevo director de departamento -el perfi Ricardo Montemayor- y nuestro enlace con el gobierno, Gonzalo Sese&#241;a, me dijeron que, en lo que al mundo respectaba, Gens ya estaba muerto y no era preciso matarlo por segunda vez. Sin embargo, no por ello dejaron de ofrecerle un segundo entierro.

Se celebr&#243; en Barcelona, tres d&#237;as despu&#233;s de que yo saliera del hospital, durante una ceremonia privada a la que Sese&#241;a, sorprendentemente, me invit&#243;. Y para mayor sorpresa por mi parte, decid&#237; aceptar. Tom&#233; un puente a&#233;reo, y permanec&#237; callada y distante en el magno camposanto en que se hallaba el pante&#243;n de los Gens, donde fue introducida la urna con sus cenizas. Pens&#233; que aquel mausoleo con g&#225;rgolas como m&#225;scaras en sus frisos era el lugar adecuado para albergar sus restos; un gui&#241;ol de marionetas de piedra, el tel&#243;n final para el se&#241;or Peoples, el hombre que demostr&#243; que los hombres son actores, que el mundo es un escenario y que todo eso ya lo sab&#237;a otro hombre quinientos a&#241;os antes. Y record&#233; a ese otro hombre, mucho m&#225;s lejano.

Gens me lo hab&#237;a contado. Tras aquellas &#250;ltimas obras en las que autores oficiales hab&#237;an colaborado disimulando las claves ritualistas, William Shakespeare se hab&#237;a retirado a su pueblo natal, donde hab&#237;a fallecido en poco tiempo. Una medida inteligente: el gobierno lo elimin&#243; con rapidez y sin violencia, tan solo oblig&#225;ndolo a vivir con la familia -comentaba Gens, socarr&#243;n-. Yo no tengo familia, por suerte -a&#241;ad&#237;a-, y ello me hace pensar que no van a poder eliminarme con sutileza. Morir&#233; creando, morir&#233; en la batalla. Record&#233; aquellas palabras, y supuse que las diferencias ya estaban niveladas: Shakespeare y Gens hab&#237;an explorado los extremos, hab&#237;an sido devorados por sus propias creaciones y ahora eran tan solo un enigma y un monumento.

Durante aquellos &#250;ltimos d&#237;as pens&#233; en Gens, en Claudia -a la que Sese&#241;a quiso rendir un tard&#237;o homenaje demoliendo la granja- y, por supuesto, en Miguel y Mario Valle, pero sobre todo en este mundo de locos, carente de verdades profundas salvo el placer, donde solo la ciencia y el teatro pueden intentar conseguir una justicia propia.

Entonces, una noche, tom&#233; la decisi&#243;n.

Y al d&#237;a siguiente me present&#233; en la consulta de Valle.


Te he elegido a ti -repet&#237;, m&#225;s firme.

Mario Valle se hab&#237;a puesto en pie.

Diana t&#250; No T&#250; amas a otra persona

Eso he cre&#237;do siempre -confes&#233;-. No te ment&#237;: quer&#237;a a alguien. Supongo que sigo queri&#233;ndolo, pero no se trata solo de una decisi&#243;n entre dos hombres, Mario, tambi&#233;n entre dos clases de vida. Y s&#233; que no quiero vivir la que &#233;l me ofrece.

Quiz&#225; te enga&#241;es.

Quiz&#225;.

El semblante de Valle parec&#237;a sometido a los efectos de una mala noticia, pero le o&#237;a jadear, expectante. Sonre&#237;.

Si has cambiado de decisi&#243;n respecto de m&#237; lo entender&#233;, de verdad. Yo

No, no -me interrumpi&#243;-. Solo quiero que est&#233;s segura de esto, Diana. Por el da&#241;o que podr&#237;as hacerte a ti misma, por el que podr&#237;amos hacernos mutuamente

No ha sido una decisi&#243;n f&#225;cil, pero ya est&#225; tomada.

Yo tambi&#233;n me hab&#237;a levantado. Nos hall&#225;bamos frente a frente, como aquel d&#237;a en su casa, cuando empezamos a besarnos. Pero ahora no hubo besos, solo miradas intensas, asombro y un largo silencio. Al final, Valle sonri&#243;.

Ah, carajo, qu&#233; final de consulta el de hoy. -Me ech&#233; a re&#237;r del tono susurrante de su voz-. En fin tenemos que hablar Estaba pensando si ten&#237;a alguna botella de champ&#225;n aqu&#237;, pero ni siquiera me quedan cervezas. Solo agua.

Pues entonces agua.

Puedo decirle a mi secretaria que vaya a por champ&#225;n

No me emborraches antes del almuerzo, por favor. Brindemos con agua.

Nos re&#237;amos como ni&#241;os peque&#241;os. Se dirigi&#243; a una habitaci&#243;n adyacente, donde al parecer dispon&#237;a de una peque&#241;a cocina. Le o&#237; trastear con vasos. Me acerqu&#233; a la puerta y lo vi sirviendo agua fr&#237;a de una peque&#241;a jarra procedente de una nevera abierta. Se hallaba de espaldas a m&#237;, por lo que no me result&#243; dif&#237;cil colocarle en la nuca el ca&#241;&#243;n de la peque&#241;a pistola que hab&#237;a sacado del pantal&#243;n.

Deja todo lo que tienes en las manos, Mario, y date la vuelta despacio.

Se qued&#243; paralizado. Repet&#237; la orden amartillando el arma casi plana que hab&#237;a logrado disimular incluso en mis pantalones ce&#241;idos. Lo vi dejar sobre la mesa los dos objetos que sosten&#237;a: la jarra de agua y el peque&#241;o vial que hab&#237;a sacado de un compartimiento no mayor que la mano de un ni&#241;o al fondo de una repisa sobre la nevera. Vislumbr&#233; all&#237; varios viales m&#225;s, as&#237; como un frasco sin etiquetar.

Ahora vu&#233;lvete con las manos en la cabeza. Y no intentes nada.

El Mario Valle que gir&#243; hacia m&#237; no guardaba mucho parecido con el de momentos antes, ni con el que yo conoc&#237;a: un tic le inquietaba el p&#225;rpado, mostraba los dientes. La emoci&#243;n predominante no era tanto la sorpresa como la rabia.

&#191;Qu&#233; es esto, Diana? &#191;Qu&#233; me has hecho?

Te he provocado una disrupci&#243;n. Es una manera de sobrepasar el enganche para que el psinoma tome por unos cuantos segundos el mando de la conciencia. Es como una mezcla de coca&#237;na y alcohol: a algunos les da por pelear, a otros por coger cuchillos y a ti te ha llevado directo a abrir ese compartimiento oculto que tienes en la repisa

De repente Valle parec&#237;a muy serio.

&#191;Desde cu&#225;ndo me enga&#241;as?

Desde el principio -dije-. En todo caso, desde mucho despu&#233;s de que t&#250; te convirtieras en el Envenenador.

Yo no soy

Oh, vamos -lo interrump&#237;-. &#191;Qu&#233; guardas ah&#237;? Tiene toda la pinta de ser una caja de seguridad con teclado invisible. Estar&#225; equipada con bloqueadores de esc&#225;ner. Una vez cerrada, nadie podr&#237;a descubrirla. Es un objeto caro. &#191;Qu&#233; contienen esos viales que es tan valioso, doctor? Apuesto a que un veneno org&#225;nico, de los que no dejan trazas, preparado con las viejas recetas ind&#237;genas de las tribus con que conviviste, &#191;no?

La disrupci&#243;n es como un rel&#225;mpago: violenta, impredecible, a veces mortal, pero igual de fugaz. Atisb&#233; el despuntar de la raz&#243;n en los ojos de Valle, en el gesto de su ce&#241;o, en los parpadeos. Supe que el enganche hab&#237;a pasado. Pero no cre&#237; que necesitara engancharlo otra vez.

No hay ninguna ley que proh&#237;ba guardar t&#243;xicos en una consulta -dijo un Valle m&#225;s racional, mucho m&#225;s fr&#237;o, pero no menos indignado-. Quiero llamar a mi abogado. Lo que haces es ilegal. Lo que hac&#233;is los cebos es ilegal

No lo es, en cambio, envenenar a pacientes que acuden buscando ayuda.

Yo no he hecho da&#241;o a nadie. -Tras una pausa, agreg&#243;-: No pensaba darte eso.

Ya lo s&#233;. La disrupci&#243;n te hizo delatar tu peque&#241;o secretito, tan solo.

No tienes pruebas No ten&#233;is nada.

Aquel Valle a la defensiva empez&#243; a repelerme. Sin dejar de apuntarle, sonre&#237;.

Diga m&#225;s bien que con el hallazgo del veneno, lo tenemos todo, doctor. Los ordenadores hab&#237;an establecido conexiones con dos o tres m&#233;dicos y psic&#243;logos a quienes las v&#237;ctimas pod&#237;an haber visitado, incluy&#233;ndole a usted. Por supuesto, el acceso a Winf-Pat le permit&#237;a borrar los datos de los pacientes que acud&#237;an por primera vez, &#191;verdad? De ese modo era casi imposible saber que todos hab&#237;an visitado su consulta. Y el efecto del veneno no era inmediato: usted les ofrec&#237;a un vaso de agua y los dejaba marchar. &#191;Son nanoc&#225;psulas? Se liberan al cabo de varias semanas, a veces meses, y no dejan huella Nadie pod&#237;a dar con su rastro, y desde luego ning&#250;n juez iba a firmar una orden de registro en los domicilios que un ordenador hab&#237;a elegido. Se necesitaban cebos. A m&#237; me destinaron a usted. Cuando pens&#233; en dimitir me ocupaba de dos cacer&#237;as: la del asesino de prostitutas y la suya. A&#250;n no est&#225;bamos seguros de que usted fuese el Envenenador, pero como yo iba a dejar el trabajo lo visit&#233; por &#250;ltima vez. Ten&#237;a que despedirme de manera natural para cederle el paso al nuevo cebo que me sustituyera. Luego, cuando decid&#237; proseguir, continu&#233; de nuevo con ambas cacer&#237;as y segu&#237; visit&#225;ndolo. Lo de hallar mi nombre verdadero en Winf-Pat y usar mis recuerdos y mi identidad real estaba preparado de antemano. Eran el escenario del teatro.

Valle mov&#237;a la cabeza de un lado a otro, intentando mostrarse sarc&#225;stico.

Es absurdo -estall&#243; entonces-. T&#250; misma dices que yo era sospechoso, y sin embargo me confesaste toda la verdad sobre ti: que eras un cebo de la polic&#237;a

Era parte de la m&#225;scara. Su filia no es la de Presa, como le dije, sino otra similar, aunque bastante m&#225;s rara: la llaman de Cebo. El nombre no importa. Lo que importa es que para realizar mi teatro con usted, ten&#237;a que contarle la verdad sobre m&#237;. La m&#225;scara de Cebo exige que el cebo declare abiertamente que lo es. Yo no pod&#237;a callar nada sobre m&#237; misma, salvo mis intenciones. Es laboriosa, requiere d&#237;as para ajustar&#237;a. Yo la perfeccionaba con cada visita que le hac&#237;a. Hoy decid&#237; que era el momento adecuado para la disrupci&#243;n.

Todo lo que has hecho es ilegal -repiti&#243; Valle, la frente h&#250;meda de sudor.

&#191;Es m&#225;s legal envenenar pacientes?

&#161;No los envenenaba! Nunca he da&#241;ado a nadie, Diana. Aliviaba su terrible sufrimiento &#161;Estaban prisioneros! &#161;Drogados con sus propias obsesiones! Un chico de apenas veinte a&#241;os, destruido por la hero&#237;na Una mujer de sesenta diagnosticada de c&#225;ncer, que contaba los d&#237;as que le quedaban hasta que los remedios que usaba contra el dolor dejaran de surtir efecto Un hombre que maltrataba a su esposa una y otra vez, sin importarle la c&#225;rcel o las &#243;rdenes de alejamiento Te dije que aprend&#237; cosas viviendo con las tribus del Amazonas. No solo fueron recetas de venenos. &#161;Ellos no son como nosotros! &#161;No se aferran desesperados a una vida mezquina! &#161;Con ellos aprend&#237; a valorar la dignidad! &#161;Aprend&#237; que, cuando nuestra vida carece de dignidad, lo deseable es que nos quiten de en medio!

Es justo lo que pienso yo -le dije, mir&#225;ndolo a los ojos-. Por eso quiero quitarle de en medio, doctor.

Qued&#243; un instante en silencio, devolvi&#233;ndome la mirada. Todo lo que hab&#237;a confesado hab&#237;a sido grabado por el peque&#241;o receptor que yo llevaba en la pulsera, y supuse que el juez no tardar&#237;a en ordenar el arresto y la polic&#237;a llegar&#237;a en pocos minutos.

Aun as&#237;, Valle no capitulaba. Baj&#243; las manos lentamente mientras sonre&#237;a, como desafi&#225;ndome.

Diana &#191;a qu&#233; juegas conmigo? Dices que para engancharme necesitabas contar la verdad sobre ti pero no solo me has contado tu vida

Las manos en la cabeza, doctor.

No. No voy a obedecer. Prueba a dispararme. -Segu&#237; apunt&#225;ndolo. Valle sonri&#243;, abriendo los brazos-. No soy un asesino, Diana. Podr&#225;s pensar lo que quieras, pero yo s&#233; que he ayudado a la gente. Hace dos a&#241;os mi mujer me abandon&#243; porque no soportaba mi trabajo. Consideraba que yo estaba demasiado entregado a mis pacientes, que apenas ten&#237;a tiempo que dedicarle Yo la quer&#237;a, pero lo acept&#233;. Comprend&#237; que mi misi&#243;n era seguir solo. Y ayudar a&#250;n m&#225;s a los que sufren

Sab&#237;a qu&#233; era lo que intentaba: como el Espectador, como Vera, buscaba razonar el psinoma. No eran la soledad ni el deseo de ayudar lo que le llevaban a matar, sino el placer que experimentaba. Pero no quise explic&#225;rselo; mi propio placer consist&#237;a en haberlo atrapado.

No vas a hacerme da&#241;o, Diana -prosigui&#243;, ahora con una amplia sonrisa, al comprobar que yo no disparaba-. Me contaste la verdad sobre tus sentimientos Esas cosas no pueden fingirse. Me has amado, te has abierto a m&#237; Eso no era teatro

Las manos, doctor -advert&#237; de nuevo.

Esto tampoco es teatro -dijo sin hacerme caso, y presion&#243; un peque&#241;o caj&#243;n a su derecha. La pistola que extrajo era mayor que la m&#237;a, aunque probablemente igual de mortal a aquella distancia-. T&#250; no vas a dispararme. Me quieres. Pero yo conozco el valor de mi propia dignidad

Cuando se llev&#243; el ca&#241;&#243;n a la boca hice un Tel&#243;n.

La m&#225;scara de Tel&#243;n es muy &#250;til para detener conductas violentas en fil&#237;cos de Presa o Cebo. Consiste en expresar intensos contrastes con los gestos y la voz en directa oposici&#243;n, y de inmediato bloquearlos como si cayese un tel&#243;n. Me esperaba reacciones as&#237;, y mi disfraz -blusa negra, pantalones blancos, botas negras- iba de acuerdo con aquella t&#233;cnica. Seg&#250;n Gens, sus claves se expon&#237;an en Los dos nobles parientes: en la lucha que ambos protagonistas mantienen por la misma mujer. Que Shakespeare hubiese acabado su vida creadora con las claves de la m&#225;scara de Tel&#243;n se le antojaba a Gens una acertada met&#225;fora.

Abr&#237;, cerr&#233; las manos, me ergu&#237;, gem&#237; en un tono grave y junt&#233; los dedos delante de mi rostro, ocult&#225;ndolo. Fue f&#225;cil. Valle se ech&#243; hacia atr&#225;s temblando. Me entreg&#243; la pistola cuando alargu&#233; la mano. Y a&#250;n se hallaba bajo los efectos del Tel&#243;n cuando escuch&#233; la voz asustada de su secretaria y la puerta de la consulta se abri&#243; para dejar paso a una riada de polic&#237;as. Mario Valle se dej&#243; esposar sin apartar la vista de m&#237;.

Eran tus verdaderos sentimientos -murmuraba-. Solo me mentiste hoy, al contarme tu decisi&#243;n, pero has usado tus verdaderos sentimientos para enga&#241;arme &#191;Te das cuenta, Diana? Toda tu pobre vida es un teatro &#191;Qu&#233; queda de ti cuando la funci&#243;n acaba? Me quieres, lo s&#233; No lo has fingido. &#191;Por qu&#233; me haces esto?

Supongo que pude responderle muchas cosas. Pude decirle que la decisi&#243;n que tanto me costaba tomar no era, nunca hab&#237;a sido, desde luego, escoger entre Miguel y &#233;l, sino entre continuar con mi trabajo o abandonar, como deseaba en un principio. Pude decirle que hab&#237;a optado por seguir, y que cuando Miguel se recuperase del todo intentar&#237;a vivir con &#233;l y seguir siendo lo que era, lo que hab&#237;a sido siempre por mucho que lo odiara. No serv&#237;a para otra cosa, nunca hab&#237;a servido para otra cosa. No so&#241;aba, como V&#237;ctor Gens o Mario Valle, con el teatro o la dignidad. No manten&#237;a el ideal de creer que el mundo me necesitaba. Era, simplemente, cuesti&#243;n de aceptar mi destino, de ser fiel a lo que de verdad me daba placer, de no enga&#241;arme a m&#237; misma.

Pude decirle tantas cosas pero solo dije:

Porque soy un cebo.

La polic&#237;a llenaba la consulta, y tambi&#233;n hab&#237;an entrado expertos en toxicolog&#237;a. Valle no representaba ya un peligro, ni siquiera para s&#237; mismo: segu&#237;a bajo los efectos de la m&#225;scara. Ahora les tocaba el turno a jueces y abogados. Mi tarea hab&#237;a concluido.

Di media vuelta y sal&#237; de escena, dejando a Valle all&#237;, bajo el Tel&#243;n.



Nota del autor

Hay cosas mayores que s&#237; mismas, cosas que contienen muchas m&#225;s, casi infinitas: Shakespeare es una de ellas. Es imposible escribir o pensar nada nuevo sobre &#233;l. Pese a todo, a la hora de documentarme sobre mi autor favorito para esta novela (cada uno de cuyos cap&#237;tulos, huelga decir, est&#225; dedicado a cada una de sus obras relacionada con una filia o m&#225;scara), y aparte de revisar una y otra vez las excepcionales ediciones Arden de su teatro completo en ingl&#233;s (y de quejarme una y otra vez de la ausencia de una edici&#243;n total en castellano actual), le&#237; docenas de libros que tratan de decir cosas nuevas, de los cuales resaltar&#233; tres: Shakespeare. The invention of the human, de Harold Bloom (creo que hay versi&#243;n en castellano de Anagrama) -provocador texto para Bard&#243;latras-, Shadowplay, de Clare Asquith -original &#191;fantas&#237;a? sobre el significado secreto de sus obras- y Shakespeare and Modern Culture de Marjorie Garber -como su t&#237;tulo indica: un canto a la moda Shakespeare.

El psinoma es una ficci&#243;n, Shakespeare quiz&#225; tambi&#233;n lo sea. Pero hubo quienes me ense&#241;aron el grandioso valor de cualquier ficci&#243;n. Aunque no consult&#233; directamente con &#233;l para esta novela, mi amigo el autor y director teatral Denis Rafter ha estado presente en mi memoria mientras la redactaba. Denis fue el responsable de estrenar mi primera obra dram&#225;tica, Miguel Will, que tambi&#233;n trataba de Shakespeare, y se atrevi&#243; incluso a invitarme a sus inteligentes ensayos. De ese modo logr&#233; ver la m&#225;scara por dentro. Gracias, Denis, y gracias al magn&#237;fico equipo de actores que la represent&#243;, porque sin ellos ni Miguel Will ni esta novela habr&#237;an sido lo que son. Gracias igualmente a todos los amigos con los que hemos celebrado tantas inolvidables Fiestas Shakespeare en casa (Denis entre ellos), cuya entrega y pasi&#243;n me demuestran que es posible divertirse -y mucho- con un autor muerto hace cuatrocientos a&#241;os. Tambi&#233;n estoy en deuda con el doctor y amigo Ignacio Sanz, que me asesor&#243; en ciertos aspectos m&#233;dicos. Gracias, como siempre, a mis editores habituales, David Tr&#237;as, Emilia Lope y Nuria Tey, por su entusiasmo y confianza, y a mis grandes agentes, Carina Pons, Gloria Guti&#233;rrez, Gloria Masdeu y colaboradores, as&#237; como a Carmen, siempre a Carmen Balcells, por su eficacia y &#225;nimo interminables. Por supuesto, nada de esto ser&#237;a posible sin vosotros, los lectores. Recibid toda mi gratitud.

El resto no es silencio: son mis hijos Jos&#233; y L&#225;zaro y mi mujer Mar&#237;a Jos&#233;. Gracias porque logr&#225;is dotar a mi mundo de sentido y prop&#243;sito cuando termino de escribir.

Lo cual, ni siquiera Shakespeare ha conseguido.

JCS

Noviembre de 2009



Jos&#233; Carlos Somoza



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