




Gianrico Carofiglio


Con los ojos cerrados


Guido Guerrieri 02

Traducci&#243;n de Mar&#237;a Antonia Menini

T&#237;tulo original: Ad occhi chiusi



PRIMERA PARTE



1

Nadie deja de fumar.

Como mucho, se deja en suspenso. Durante unos d&#237;as. O unos meses; o unos a&#241;os. Pero nadie deja de hacerlo. El cigarrillo sigue ah&#237;, al acecho. Algunas veces aparece en mitad de un sue&#241;o, puede que incluso despu&#233;s de cinco o diez a&#241;os de haberlo dejado.

Entonces notas el tacto de los dedos sobre el papel; notas el ligero, sordo y tranquilizador ruido que produce cuando lo golpeas sobre la superficie del escritorio; notas el contacto de los labios con el filtro ocre; notas el chasquido de la cerilla y ves la llama amarilla de base azul.

Notas hasta el golpe en los pulmones y ves el humo que se disipa entre los papeles, los libros, la tacita de caf&#233;.

Entonces te despiertas. Y piensas que un cigarrillo, uno solo, no puede hacer da&#241;o. Que lo podr&#237;as encender porque siempre tienes aquella cajetilla de emergencia guardada en el caj&#243;n del escritorio o en alg&#250;n otro sitio. Pero despu&#233;s te dices, naturalmente, que la cosa no funciona de esta manera; que, si enciendes uno, encender&#225;s otro y despu&#233;s otro, etc., etc. A veces funciona; otras no. Pase lo que pase, en aquellos momentos comprendes que la expresi&#243;n dejar de fumar es un concepto abstracto. La realidad es distinta.

Y, adem&#225;s, hay ocasiones m&#225;s concretas que los sue&#241;os. Las pesadillas, por ejemplo.


Ya hac&#237;a varios meses que no fumaba.

Regresaba de la Fiscal&#237;a del Estado, donde me hab&#237;a pasado un buen rato examinando las actas de un proceso en el que ten&#237;a que constituirme en parte civil. Y sent&#237;a unas ganas terribles de entrar en un estanco, comprarme un paquete de cigarrillos &#225;speros y fuertes -tal vez unos MS amarillos- y fum&#225;rmelos hasta reventarme los pulmones.

El encargo me lo hab&#237;an confiado los padres de una ni&#241;a que hab&#237;a ca&#237;do en la trampa de un ped&#243;filo. &#201;ste se hab&#237;a acercado a la puerta de una escuela, hab&#237;a llamado a la ni&#241;a y ella lo hab&#237;a seguido. Ambos hab&#237;an entrado juntos en el portal de un viejo edificio. Una bedela que hab&#237;a presenciado la escena tambi&#233;n entr&#243; en el portal. El cerdo estaba restregando la pata sobre el rostro de la ni&#241;a, que manten&#237;a los ojos cerrados y no dec&#237;a nada.

La bedela grit&#243;. El cerdo se larg&#243;, levant&#225;ndose el cuello de la chaqueta. Un recurso habitual pero eficaz, pues la bedela no consigui&#243; verle bien la cara.

Cuando la ni&#241;a habl&#243;, con la ayuda de una experta psic&#243;loga, se descubri&#243; que no hab&#237;a sido la primera vez. Y ni siquiera la segunda o la tercera.

Los agentes de la polic&#237;a hicieron bien su trabajo, identificaron al man&#237;aco y lo fotografiaron a escondidas. Delante de la oficina municipal donde trabajaba como un funcionario modelo. La ni&#241;a lo reconoci&#243;. Se&#241;alando la fotograf&#237;a con el dedo mientras le casta&#241;eteaban los dientes y apartando finalmente la mirada.

Cuando fueron a detenerlo, los agentes encontraron una colecci&#243;n de fotograf&#237;as. De pesadilla.

Las mismas que yo hab&#237;a visto aquella ma&#241;ana en el expediente.

Ten&#237;a ganas de romperle la cara a alguien. Al cerdo, a ser posible. O a su abogado. Hab&#237;a escrito que las declaraciones de la ni&#241;a ofrecen una evidente falta de credibilidad, fruto de las fantas&#237;as morbosas t&#237;picas de ciertos sujetos en edad preadolescente. Le habr&#237;a partido la cara. Tambi&#233;n se la habr&#237;a partido a los jueces que presidieron el recurso de solicitud de la condicional y que hab&#237;an dejado al preso bajo arresto domiciliario. En aquella resoluci&#243;n se le&#237;a que para evitar el riesgo de reiteraci&#243;n de conductas innegablemente graves como las contempladas en el expediente era suficiente una restricci&#243;n de la libertad personal en la forma atenuada del arresto domiciliario.

Ten&#237;an raz&#243;n. T&#233;cnicamente, ten&#237;an raz&#243;n. Bien lo sab&#237;a yo, que era abogado. Yo mismo me hab&#237;a mostrado favorable a aquella medida en numerosas ocasiones. Para mis clientes. Ladrones, estafadores, atracadores, individuos en quiebra e incluso alg&#250;n que otro camello.

Pero no violadores de ni&#241;os.

En cualquier caso, quer&#237;a romperle la cara a alguien.

O fumar.

O hacer cualquier otra cosa que no fuera regresar a mi despacho y ponerme a trabajar.



2

Pero regres&#233; al despacho y trabaj&#233; sin hacer ninguna pausa, ni siquiera para ir a comer algo, hasta bien entrada la tarde. Despu&#233;s le dije a Maria Teresa que ten&#237;a algo urgente que hacer y me fui a la librer&#237;a.

Estuve dando vueltas entre las estanter&#237;as hasta la hora del cierre y fui el &#250;ltimo en salir, cuando la persiana met&#225;lica ya estaba medio bajada y los dependientes permanec&#237;an todos en fila junto a la caja, mir&#225;ndome sin la menor simpat&#237;a.


Llam&#233; al timbre de casa de Margherita y esper&#233; a que me abriera.

Ten&#237;a las llaves, pero casi nunca las utilizaba. Lo mismo hac&#237;a ella con mi apartamento, dos pisos m&#225;s abajo.

Cada uno conservaba su vivienda, con los libros, los p&#243;sters, los discos y todo lo dem&#225;s; el desorden, concretamente en mi peque&#241;o apartamento. El suyo era un &#225;tico grande, bonito y ordenado. No de manera obsesiva. El orden propio de quien controla con serenidad la situaci&#243;n. Entre nosotros dos, el control lo ejerc&#237;a ella, pero a m&#237; me parec&#237;a bien.

El &#250;nico cambio tuvo lugar en su casa. Compramos una cama enorme. La m&#225;s grande que hab&#237;a, y la colocamos en su dormitorio. Me apropi&#233; del rinc&#243;n de un armario y dej&#233; all&#237; unas cuantas cosas m&#237;as. Despu&#233;s ocup&#233; un estante del cuarto de ba&#241;o. Y nada m&#225;s.

A menudo me quedaba a dormir en su casa. Pero no siempre. A veces me apetec&#237;a quedarme a ver la televisi&#243;n hasta muy tarde -cada vez menos- y a veces quer&#237;a leer hasta muy tarde. A veces era ella la que quer&#237;a dormir sola, sin nadie a su alrededor. A veces, uno de los dos sal&#237;a con sus amigos. A veces ella viajaba por asuntos de trabajo y yo me quedaba en mi casa. No entraba nunca en la suya cuando ella no estaba. Y la echaba de menos a las pocas horas de haberse ido.

Volv&#237; a pulsar el timbre justo en el momento en que se abr&#237;a la puerta.

&#191;Nervioso?

&#191;Sorda?

Si quieres quedarte en ayunas, basta con que lo digas. No es necesario andarse con indirectas ni rodeos.

No quer&#237;a quedarme en ayunas y desde el interior del apartamento me llegaban los deliciosos efluvios de una comida reci&#233;n preparada. Levant&#233; las manos a la altura del pecho, le ense&#241;&#233; las palmas en se&#241;al de rendici&#243;n y entr&#233; pasando entre su cuerpo y el marco de la puerta.

&#191;Te he dado permiso para entrar?

Te he comprado un libro.

Ella me mir&#243; las manos vac&#237;as y yo me saqu&#233; del bolsillo de la trenca la bolsita de la librer&#237;a. Entonces cerr&#243; la puerta.

&#191;Qu&#233; es?

Constantinos Kavafis. Es un poeta griego. Escucha esto: &#205;taca.

Abr&#237; el librito blanco, me sent&#233; en el sof&#225; y le&#237;.

Tienes que desear que el camino sea largo. / Que sean muchas las ma&#241;anas de verano / cuando en los puertos -al final y con cu&#225;nta alegr&#237;a- / t&#250; toques tierra por vez primera: / detente en los emporios fenicios y compra n&#225;cares corales y &#225;mbares / valiosas mercanc&#237;as todas ellas, tambi&#233;n perfumes / penetrantes de todas clases, todos los embriagadores / perfumes que puedas, / visita muchas ciudades egipcias / aprende muchas cosas de los sabios. / Que tengas siempre &#205;taca en la mente / que llegar a ella sea tu constante pensamiento. / Por encima de todo, no apresures el viaje, / cuida de que dure mucho tiempo, a&#241;os

Margherita me quit&#243; el libro de las manos. Marcando la p&#225;gina con un dedo, mir&#243; la tapa -ninguna ilustraci&#243;n, s&#243;lo una poes&#237;a, tambi&#233;n all&#237;-, pas&#243; los dedos por la cartulina blanca y lisa; ley&#243; la contraportada. Despu&#233;s regres&#243; al poema que yo le estaba leyendo y vi que mov&#237;a en silencio los labios.

Al final, me volvi&#243; a mirar y me dio un r&#225;pido beso.

De acuerdo. Te puedes quedar a cenar. L&#225;vate las manos. Pon un disco y pon la mesa. En este orden.

Me lav&#233; las manos. Puse a Tracy Chapman. Puse la mesa y me serv&#237; un vaso de vino. Todav&#237;a me apetec&#237;a un cigarrillo, pero por aquel d&#237;a el peor momento ya hab&#237;a pasado.



3

Despu&#233;s de cenar a ambos nos apetec&#237;a salir. Decidimos ir a un local que hab&#237;a abierto unos cuantos meses atr&#225;s. Una vieja nave industrial reformada donde se pod&#237;a comer, se pod&#237;a beber, se pod&#237;a coger un libro, o un peri&#243;dico, o un juego. Sobre todo, hab&#237;a una min&#250;scula sala de cine donde, a partir de medianoche y hasta la madrugada, pasaban viejas pel&#237;culas ininterrumpidamente.

Pod&#237;as presentarte a cualquier hora de la noche y siempre hab&#237;a gente. Me parec&#237;a una especie de avanzadilla contra la trivialidad de los ritmos ordinarios. D&#237;a / trabajo / vigilia / gente. Noche / casa / descanso / soledad.

El cine, sobre todo, era precioso. Mi cine ideal.

Hab&#237;a unas cincuenta localidades, no estaba prohibido hablar, la gente se pod&#237;a mover y se permit&#237;a beber. A veces, entre una pel&#237;cula y otra, serv&#237;an espaguetis, o, cerca ya de la madrugada, caf&#233; con leche en grandes tazas sin asa y croissants rellenos de nocilla.

A la ma&#241;ana siguiente yo no ten&#237;a ninguna vista y, por consiguiente, me lo pod&#237;a tomar todo con un poco m&#225;s de calma. Margherita trabajaba las horas que ella quer&#237;a. As&#237; que nos vestimos y salimos de muy buen humor.

Almacenes de Ultramar, se llamaba el local. Llegamos all&#237; poco despu&#233;s de las once y, como de costumbre, hab&#237;a gente a pesar de que est&#225;bamos a media semana. A muchos de los que hab&#237;a sentados alrededor de las mesas los conoc&#237;a de vista. M&#225;s o menos los que se ve&#237;an en ciertos locales, en ciertos conciertos y en ciertas fiestas. M&#225;s o menos como yo.

Yo trataba de darme un aire distante y autoir&#243;nico en cuanto a mi presencia en aquellos ambientes -m&#225;s o menos de izquierdas, m&#225;s o menos intelectuales, m&#225;s o menos sin problemas econ&#243;micos, m&#225;s o menos por encima de los treinta y por debajo de los cincuenta (bueno, no, tambi&#233;n algunos por encima de los cincuenta)-, pero los segu&#237;a visitando. Como todos los dem&#225;s.

Aquella noche la primera pel&#237;cula del programa era House of Games. Una de mis diez pel&#237;culas preferidas. Una extraordinaria historia, nocturna y alucinada, de psiquiatras y estafadores.

Faltaban por lo menos tres cuartos de hora para el comienzo de la pel&#237;cula. Margherita vio a dos amigas sentadas a una mesa, se acerc&#243; a saludarlas y ellas nos invitaron a sentarnos. Las amigas de Margherita eran novias y ambas se llamaban Giovanna. Y hasta se parec&#237;an. Ambas llevaban ropa de hombre y ambas se mov&#237;an con gestos masculinos. Hasta el extremo de que me pregunt&#233; cu&#225;les ser&#237;an sus papeles -si es que los hab&#237;a- en la pareja. Iban al mismo gimnasio de artes marciales que Margherita.

&#191;Os qued&#225;is a ver la pel&#237;cula? -pregunt&#243; Margherita.

No, no creo. Ma&#241;ana Giovanna tiene que madrugar -dijo Giovanna.

S&#237;, nos terminamos este ron y nos vamos a dormir -a&#241;adi&#243; Giovanna.

En cierto modo me ignoraban. Quiero decir que ambas se hab&#237;an vuelto hacia Margherita, hablaban s&#243;lo con ella y habr&#237;a podido jurar que no la miraban con inocencia.

En determinado momento Giovanna le pregunt&#243; a Margherita si hab&#237;a decidido apuntarse con ellas al curso de paracaidismo.

&#191;Qu&#233; curso de paracaidismo?

Lo estoy pensando. Me encantar&#237;a. Es algo que quiero probar desde hace muchos a&#241;os. S&#243;lo que no estoy segura de que tenga tiempo.

Consegu&#237; meterme en la conversaci&#243;n.

Perdona, &#191;qu&#233; es esta historia del curso de paracaidismo?

Ah, un amigo de las Giovannas es instructor de paracaidismo. Las ha invitado un mont&#243;n de veces a participar en un curso. Ya sabes, para sacarse el t&#237;tulo. Y ellas me han invitado tambi&#233;n a m&#237;.

Te han invitado tambi&#233;n a ti porque se te quieren tirar. Quieren que te saques el t&#237;tulo de lesbiana. Eso es: el t&#237;tulo de lesbiana voladora.

No se lo dije as&#237;. Claro. Nosotros, los hombres de izquierdas, no decimos estas cosas; como mucho, las pensamos. Y, adem&#225;s, las dos Giovannas parec&#237;an muy capaces de arrancarme las pelotas y de jugar con ellas al flipper por mucho menos.

Guard&#233; silencio mientras ellas hablaban del curso de paracaidismo y de lo sensacional que iba a ser, del poco tiempo que exig&#237;a en realidad -dos horas semanales entre teor&#237;a y preparaci&#243;n f&#237;sica- y del hecho de que con s&#243;lo tres saltos te daban el t&#237;tulo.

Me vino a la cabeza la idea de hacer alg&#250;n comentario mordaz acerca del car&#225;cter imprescindible del t&#237;tulo de paracaidista para una joven profesional urbana a la entrada del nuevo milenio. Y, claro, realmente era una suerte que con s&#243;lo tres lanzamientos se pudiera sacar aquel t&#237;tulo. Pues s&#237;, chicos, s&#243;lo tres lanzamientos.

Me qued&#233; callado, e hice muy bien. Porque tener el valor de lanzarme desde un avi&#243;n en el cielo, en el vac&#237;o, sin miedo, era uno de mis sue&#241;os m&#225;s secretos y prohibidos. Un sue&#241;o que jam&#225;s hab&#237;a tenido el valor de revelar a nadie y que, lo sab&#237;a muy bien pasados los cuarenta, jam&#225;s tendr&#237;a el valor de cumplir.

Un sue&#241;o que ahondaba en mis miedos y mis fantas&#237;as de ni&#241;o y que estaba all&#237; para recordarme el paso del tiempo. Y el resto de cosas -peque&#241;as y grandes- que habr&#237;a querido hacer y que nunca hab&#237;a tenido el valor de hacer. Que nunca habr&#237;a tenido el valor de hacer.

Consiguieron convencerla de que encontrar&#237;a tiempo para seguir aquel curso. Se pusieron de acuerdo para verse dos d&#237;as despu&#233;s en la sede de la asociaci&#243;n de paracaidismo deportivo, donde las tres se matricular&#237;an juntas con un descuento gracias al amigo de las dos Giovannas.

Yo me voy a ver la pel&#237;cula. Empieza dentro de dos o tres minutos. Pero t&#250; no te preocupes, qu&#233;date charlando tranquila -dije dignamente.

No, no. Yo tambi&#233;n vengo. Ellas ya se van.

Las dos Giovannas asintieron. Una de las dos, con un gesto de aut&#233;ntico duro de pel&#237;cula, apur&#243; lo que quedaba en su vaso. Nos saludaron -en realidad, saludaron a Margherita- y se fueron.

Nosotros entramos en la peque&#241;a sala de cine cuando las luces ya se hab&#237;an apagado y la pel&#237;cula estaba empezando. Antes de abandonarme a las atm&#243;sferas nocturnas y surrealistas de David Mamet, pens&#233;, s&#243;lo durante un segundo, en lo mucho que me habr&#237;a gustado lanzarme al vac&#237;o desde un avi&#243;n o desde cualquier otro lugar bien alto.

Al vac&#237;o. Sin temor.



4

&#191;Quiere saber de d&#243;nde he sacado este dinero, abogado?

Yo no quer&#237;a saber de d&#243;nde hab&#237;a sacado aquel dinero el se&#241;or Filippo Abbrescia, apodado Pupuccio el Negro. Era un viejo cliente m&#237;o y su oficio consist&#237;a en robar y estafar a las aseguradoras, aunque cuando los jueces le preguntaban, dec&#237;a ser alba&#241;il.

A la ma&#241;ana siguiente ten&#237;amos un juicio en el tribunal de apelaci&#243;n. Por asociaci&#243;n il&#237;cita y estafa, precisamente, y hab&#237;a venido para pagar. Por eso yo no quer&#237;a conocer el origen del dinero que estaba a punto de entregarme. Pero, aun as&#237;, &#233;l me lo dijo.

Abogado, he acertado una combinaci&#243;n de tres aciertos, correspondiente a las extracciones de la sede de la Lotto de Bari. La primera vez en mi vida.

Puso una cara muy rara, Pupuccio el Negro. Me dije que era la cara de alguien que se hab&#237;a pasado la vida robando y ahora no se pod&#237;a creer que hubiera ganado algo. Me dije que, como muchos otros, se dedicaba a robar y a estafar porque no se le hab&#237;a ofrecido otra opci&#243;n. Me dije que me estaba volviendo gilipollas por momentos y que me deslizaba sin remedio hacia lo pat&#233;tico.

As&#237; que llam&#233; a Maria Teresa y le confi&#233; el dinero que &#233;l hab&#237;a dejado encima del escritorio; despu&#233;s Pupuccio y yo repasamos lo que ocurrir&#237;a al d&#237;a siguiente.

Ten&#237;amos dos posibilidades, le dije. La primera era ir a juicio; en primera instancia lo hab&#237;an condenado a cuatro a&#241;os -pocos, pens&#233; yo, para todas las estafas que hab&#237;a cometido- y yo pod&#237;a intentar conseguir que lo absolvieran. Pero si se confirmaba la sentencia no tardar&#237;a en regresar a la c&#225;rcel. La segunda era cerrar un acuerdo con el sustituto del fiscal general. Por norma, a los fiscales generales sustitutos -y tambi&#233;n a los jueces del tribunal de apelaci&#243;n- les gustan los acuerdos. Todo va muy r&#225;pido, la vista termina a media ma&#241;ana y cada cual puede regresar tranquilamente a su casa o a donde le d&#233; la gana.

En realidad, a los abogados tambi&#233;n les gustan los acuerdos en el tribunal de apelaci&#243;n. Todo se hace muy r&#225;pido y cada cual puede regresar tranquilamente a su despacho o a donde le d&#233; la gana. Pero eso no se lo dije a Pupuccio.

Y, si llegamos a un acuerdo, &#191;cu&#225;nto tendr&#233; que cumplir, abogado?

Pues mira, creo que podr&#237;amos intentar acordar dos a&#241;os y medio. No ser&#225; f&#225;cil porque el ministerio p&#250;blico es muy duro, pero lo podemos intentar.

Estaba mintiendo. Conoc&#237;a al sustituto del fiscal general que al d&#237;a siguiente estar&#237;a en la Audiencia. Ser&#237;a capaz de pactar dos meses con tal de irse y no hacer una mierda. No pod&#237;a decirse que fuera muy trabajador. Pero eso no se lo pod&#237;a decir a Pupuccio el Negro o a los que eran como &#233;l.

La secuencia en casos como &#233;ste era la siguiente: decir que el ministerio p&#250;blico era muy duro; decir que se intentar&#237;a llegar a un acuerdo, pero que no ser&#237;a nada f&#225;cil y no pod&#237;a garantizarse; plantear como hip&#243;tesis una condena decididamente superior a la que yo ten&#237;a previsto conseguir; llegar al acuerdo que ya ten&#237;a previsto alcanzar desde un principio, confirmar mi fama de abogado cojonudo y de confianza; embolsarme el resto de los honorarios.

&#191;Dos a&#241;os y medio? &#191;Y vale la pena llegar a un acuerdo, abogado? Ya casi da lo mismo ir a juicio.

S&#237;, claro, lo podr&#237;amos intentar -dije en tono pausado y ecu&#225;nime-. Pero si se confirman los cuatro a&#241;os, vuelves al trullo. Eso lo tienes que saber.

Pausa profesional. Despu&#233;s a&#241;ad&#237;:

Por debajo de tres a&#241;os, est&#225; la libertad bajo custodia prestando servicios sociales a la comunidad. T&#250; ver&#225;s.

Pausa del cliente ahora.

Vale, abogado, pero procure que sean menos de dos a&#241;os y medio. Cualquiera dir&#237;a que he matado a alguien. Dos o tres estafas habr&#233; cometido.

Yo pens&#233; que, en resumidas cuentas, habr&#237;a cometido por lo menos doscientas estafas, aunque los carabineros s&#243;lo hubieran descubierto unas quince; tambi&#233;n hab&#237;a formado parte de aquella asociaci&#243;n para delinquir que precisamente se encargaba de cometer estafas a escala industrial; y ten&#237;a unos bonitos antecedentes penales, llenos de eso que se llama antecedentes especiales. No me parec&#237;a oportuno entrar en detalles al respecto con el se&#241;or Filippo Abbrescia.

Muy bien, Pupuccio. T&#250; me firmas ahora el poder y ma&#241;ana no vayas a la Audiencia.

De esta manera, no me ver&#233; obligado a montar numeritos y nos arreglaremos en un momento con el sustituto del fiscal general, pens&#233;.

Vale, abogado, pero por lo que m&#225;s quiera, procuremos que sea lo m&#237;nimo.

No te preocupes, Pupuccio. Y despu&#233;s ven a mi despacho y te digo c&#243;mo ha acabado. Y, cuando salgas, que mi secretaria te d&#233; la minuta.

Ya se hab&#237;a levantado, pero a&#250;n se encontraba delante del escritorio.

&#191;Abogado?

Dime.

Abogado, pero, &#191;por qu&#233; hace la minuta? Despu&#233;s tendr&#225; que pagar impuestos sobre ese dinero. &#191;Vale la pena? Recuerdo que cuando ven&#237;a a verle al principio, usted no hac&#237;a minutas.

Yo me qued&#233; mir&#225;ndolo desde mi asiento, de abajo a arriba. Era cierto. Durante muchos a&#241;os, buena parte del dinero que hab&#237;a ganado hab&#237;a sido en negro. Despu&#233;s, cuando cambiaron tantas cosas en mi vida, empec&#233; a avergonzarme de semejante conducta. No se trataba de una reflexi&#243;n l&#250;cida acerca del tema. Simplemente me avergonzaba defraudar a Hacienda y entonces -casi siempre y conforme a una valoraci&#243;n personal de lo justo que era pagar al erario p&#250;blico para cumplir con mi deber- extend&#237;a minutas y pagaba un mont&#243;n de dinero en concepto de impuestos. Era uno de los cuatro o cinco abogados m&#225;s ricos de Bari. Seg&#250;n la declaraci&#243;n de la renta.

Pero estas cosas no se las pod&#237;a contar al se&#241;or Filippo Abbrescia, llamado Pupuccio el Negro. No lo habr&#237;a comprendido; es m&#225;s, habr&#237;a pensado que estaba un poco mal de la cabeza y habr&#237;a cambiado de abogado. Cosa que yo no quer&#237;a. Era un buen cliente y, en resumidas cuentas, un hombre de bien que pagaba con puntualidad. Algunas veces incluso con dinero que no proced&#237;a de un delito.

La Polic&#237;a Fiscal, Pupuccio, la Polic&#237;a Fiscal. En estos momentos los abogados la tenemos encima. Tenemos que andarnos con cuidado. Montan guardia cerca de los despachos, ven cu&#225;ndo baja un cliente y despu&#233;s comprueban si tiene la minuta. Si no la tiene, entran en el despacho y efect&#250;an la comprobaci&#243;n. Y entonces se acaba el trabajo. Yo prefiero no correr el riesgo.

Pupuccio pareci&#243; aliviado. Yo era un poco gallina, pero, en el fondo, pagaba los impuestos para evitar males peores. &#201;l no lo habr&#237;a hecho, pero pod&#237;a comprenderlo.

Esboz&#243; una especie de saludo militar, acercando la mano a una imaginaria visera. Adi&#243;s, abogado; adi&#243;s, Pupuccio.

Despu&#233;s dio media vuelta y se fue.

Cuando hubo transcurrido por lo menos un minuto y estuve seguro de que ya hab&#237;a abandonado el despacho, me puse a hablar solo en voz alta.

Soy un gilipollas. De acuerdo, soy un gilipollas. &#191;Hay alguna ley que lo proh&#237;ba? &#191;No? Pues entonces me comportar&#233; como un gilipollas todo lo que me d&#233; la gana.

Despu&#233;s apoy&#233; la cabeza contra el respaldo del sill&#243;n y me qued&#233; contemplando un punto indefinido del techo.

Permanec&#237; de aquella guisa un tiempo indeterminado hasta que son&#243; el tel&#233;fono.



5

Maria Teresa contest&#243;, como siempre, al tercer timbrazo. Al momento o&#237; el zumbido de la l&#237;nea interna.

&#191;Qu&#233; hay?

El inspector Tancredi, de la Brigada M&#243;vil.

P&#225;samelo.

Tancredi era casi un amigo. Sin que jam&#225;s nos hubi&#233;ramos tratado, yo ten&#237;a -y creo que &#233;l tambi&#233;n la ten&#237;a- la sensaci&#243;n de que hab&#237;a algo en com&#250;n entre nosotros. La clase de polic&#237;a que desear&#237;as encontrar cuando eres la v&#237;ctima de un delito; la que desear&#237;as evitar como la peste si el delito lo has cometido t&#250;. Sobre todo, cierto tipo de delitos. Tancredi se encargaba de man&#237;acos, violadores, ped&#243;filos y similares. Ninguno de ellos se hab&#237;a alegrado de que Tancredi se hubiera encargado de &#233;l.

Carmelo. &#191;C&#243;mo est&#225;s?

Hola, Guido. Estoy bien, m&#225;s o menos. &#191;Y t&#250;?

Hablaba en voz baja, con un ligero acento siciliano. Oy&#233;ndolo hablar por tel&#233;fono sin conocerlo, uno habr&#237;a podido imaginarse a un hombret&#243;n alto, grueso y barrigudo. Tancredi no med&#237;a m&#225;s de metro setenta, era delgado y llevaba el cabello un poco largo y siempre alborotado y ten&#237;a un poblado bigote negro. Despachamos r&#225;pidamente los cumplidos y despu&#233;s me dijo que ten&#237;a que verme. Un asunto de trabajo, especific&#243;. &#191;Del m&#237;o o el suyo? Del m&#237;o y del suyo, en cierta manera. Quer&#237;a ir a verme al despacho con una persona. No dijo qui&#233;n era la persona ni yo se lo pregunt&#233;. Le dije que nos pod&#237;amos ver pasadas las ocho, cuando yo me quedara solo en mi despacho. Le iba bien y quedamos as&#237;.


Llegaron sobre las ocho y media. Ya se hab&#237;an ido todos y fui yo mismo a abrir la puerta.

Tancredi iba acompa&#241;ado de una treinta&#241;era o poco m&#225;s. Deb&#237;a de medir por lo menos un metro setenta y cinco y llevaba el cabello recogido en una coleta, vest&#237;a unos vaqueros deste&#241;idos y un gastado chaleco de piel negra.

Una compa&#241;era de Tancredi, pens&#233;, aunque jam&#225;s la hab&#237;a visto. T&#237;pico estilo masculino de agente femenina de la brigada antitironeros o de la de lucha contra la droga. Deb&#237;a de haberla liado y ahora necesitaba un abogado. Al verla -con aquella cara de alguien con quien no desear&#237;as pelearte-, pens&#233; que pod&#237;a haber llegado a maltratar a alg&#250;n sospechoso o un detenido. Son cosas que ocurren en los cuarteles y las comisar&#237;as.

Los hice pasar a mi despacho y all&#237; Tancredi hizo las presentaciones.

El abogado Guido Guerrieri

Le tend&#237; la mano, esperando o&#237;r algo as&#237; como el agente Fulana o el inspector (en Italia no hay que llamar jam&#225;s inspectora a un inspector de polic&#237;a de sexo femenino: se cabrean como fieras) Zutana. Pero Tancredi no dijo nada de eso.

y ella es sor Claudia.

Me volv&#237; hacia Tancredi y despu&#233;s volv&#237; a mirar a la cara a la chica. &#201;l esbozaba una leve sonrisa, como si le hiciera gracia comprobar mi asombro; ella no sonre&#237;a. Me estrech&#243; la mano sin decir ni una sola palabra, mir&#225;ndome directamente a la cara con una expresi&#243;n extra&#241;amente concentrada. S&#243;lo en aquel momento prest&#233; atenci&#243;n al min&#250;sculo crucifijo de madera que llevaba colgado alrededor del cuello con un cordoncito de cuero.

Sor Claudia es la directora de Safe Shelter. &#191;Has o&#237;do hablar de esto?

No hab&#237;a o&#237;do hablar de eso y &#233;l me explic&#243; lo que era. Sor Claudia permanec&#237;a en silencio, sin quitarme los ojos de encima. Desprend&#237;a un lev&#237;simo perfume que yo no sab&#237;a identificar.

Safe Shelter era una comunidad con sede secreta -que sigui&#243; siendo secreta incluso despu&#233;s de nuestra conversaci&#243;n- en la que se acog&#237;a a mujeres v&#237;ctimas de trata de blancas, de verdugos, maltratadas por maridos violentos y obligadas a abandonar el domicilio conyugal, ex prostitutas y colaboradoras de la justicia.

Cuando ellos -la polic&#237;a o los carabineros- necesitaban colocar a alguna de estas personas, sab&#237;an que siempre ten&#237;an abierta la puerta de Safe Shelter. Incluso de noche o en d&#237;as festivos.

Tancredi hablaba, yo asent&#237;a con la cabeza y sor Claudia me miraba. Estaba empezando a sentirme un poco inc&#243;modo.

Muy bien pues, &#191;en qu&#233; puedo servirles? -dije, pero ya mientras terminaba de pronunciar la frase me sent&#237; un perfecto imb&#233;cil.

Como cuando se me escapan expresiones del tipo qu&#233; hay, o buen d&#237;a o &#191;todo bien?, etc.

Tancredi no prest&#243; atenci&#243;n y fue directamente al grano.

Hay una chica que colabora como operadora voluntaria en la comunidad de sor Claudia. En realidad, colaboraba. Ahora no se encuentra en las mejores condiciones para hacerlo. Bueno, te voy a contar brevemente la historia. Hace unos a&#241;os esta chica conoce a un t&#237;o. Lo conoce despu&#233;s de un dif&#237;cil per&#237;odo de su vida que, en realidad, jam&#225;s ha sido f&#225;cil. Este individuo parece un pr&#237;ncipe azul. Amable, atento, enamorado. Rico. E incluso guapo, dicen las mujeres. Pr&#225;cticamente perfecto. En resumen, a los pocos meses se van a vivir juntos. Por suerte, sin casarse.

Era una historia que ya me hab&#237;an contado otras veces y no s&#243;lo por motivos de trabajo. Por eso me col&#233; en una pausa del relato de Tancredi.

Y, al cabo de unos cuantos meses de convivencia, &#233;l empieza a cambiar. Al principio, ya no es tan amable; despu&#233;s empieza a mostrarse violento, en un primer momento s&#243;lo de palabra, pero m&#225;s tarde tambi&#233;n f&#237;sicamente. En resumen, la convivencia se convierte en un infierno. &#191;Es eso?

M&#225;s o menos. Por lo que respecta a la primera parte de la historia. A lo mejor, el resto te lo quiere contar sor Claudia.

Buena idea, pens&#233;. As&#237; dejar&#225; de mirarme de esa manera, que ya me est&#225; empezando a poner nervioso.

Sor Claudia ten&#237;a una voz suave y femenina, casi hipn&#243;tica. En contraste con su aspecto, con su cara, con su mirada. Seguro que sabe cantar, pens&#233; mientras ella daba comienzo a su relato.

Yo digo que no cambi&#243; despu&#233;s del inicio de la convivencia. Ya era as&#237; antes. Simplemente dej&#243; de fingir porque ya no lo consideraba necesario. A aquellas alturas, ella le pertenec&#237;a. Empez&#243; a ofenderla, despu&#233;s a pegarle y, a continuaci&#243;n, a hacerle cosas que ella misma podr&#225; contar, si quiere. M&#225;s adelante, a montar guardia cerca de su lugar de trabajo, convencido de que ella ten&#237;a un amante. Para pillarla desprevenida. Como es natural, jam&#225;s la pill&#243;, porque no hab&#237;a nada que descubrir. Pero eso no lo tranquiliz&#243;. Intensific&#243; su maldad. Cuando una noche ella le dijo que ya no pod&#237;a m&#225;s y que, si la situaci&#243;n no terminaba, se ir&#237;a, &#233;l la machac&#243;.

Interrumpi&#243; bruscamente su relato. Su rostro dec&#237;a que habr&#237;a querido estar presente cuando ocurrieron los hechos. Y no para qued&#225;rselos mirando.

Al d&#237;a siguiente, ella cogi&#243; algunas de sus cosas, s&#243;lo las que pod&#237;a llevar sin ayuda, y se fue a casa de su madre. Antes viv&#237;a en su propio apartamento, pero lo hab&#237;a dejado al irse a vivir con &#233;l. A partir de aquel momento empez&#243; la persecuci&#243;n. Delante del despacho. Delante de casa de su madre. Por la ma&#241;ana. Por la noche. La segu&#237;a. La llamaba al m&#243;vil. La llamaba a casa. A todas horas del d&#237;a y, sobre todo, de la noche.

&#191;Qu&#233; le dec&#237;a?

De todo. Dos veces le peg&#243; por la calle. Una ma&#241;ana se encontr&#243; el coche completamente ara&#241;ado con un destornillador. Como es natural, no hubo pruebas de que hubiera sido &#233;l. En cualquier caso y resumiendo, su vida, tal como usted ha dicho, abogado, se convirti&#243; en un infierno. Yo y las chicas de la comunidad estamos tratando de ayudarla. Cuando podemos, la acompa&#241;amos y la vamos a recoger al trabajo. Durante unas cuantas semanas, estuvo viviendo en la casa-refugio, que por lo menos es un lugar que &#233;l no conoce y en el que no la puede encontrar. Pero eso no son soluciones. Ya no tiene vida, no puede salir de noche, no puede salir a dar un paseo, ir a comprar al supermercado, nada sin el terror de encontr&#225;rselo delante. O a su espalda. Y, en efecto, ya no sale. Vive encerrada en casa, como si estuviera en la c&#225;rcel. En cambio, &#233;l puede andar por ah&#237; tranquilamente.

Pero &#191;ha presentado una denuncia, esta chica?

Contest&#243; Tancredi.

Ha presentado tres. Una a los carabineros, una a nosotros en la comisar&#237;a y la tercera directamente a la Fiscal&#237;a del Estado. Por suerte, esta &#250;ltima le fue asignada a la Mantovani, que trabaj&#243; en el caso como Dios manda. Hizo las investigaciones que se pod&#237;an hacer, escuch&#243; a la chica, obtuvo los listados de los tel&#233;fonos y los certificados m&#233;dicos y despu&#233;s solicit&#243; la captura sin p&#233;rdida de tiempo del animal.

&#191;Con qu&#233; cargos?

Malos tratos y actos de violencia con agravantes. Pero fue in&#250;til. El juez rechaz&#243; la petici&#243;n se&#241;alando que no hab&#237;a motivos para adoptar medidas preventivas. Y ahora llegamos a la parte m&#225;s interesante del asunto. Porque sor Claudia ha venido para preguntarte si est&#225;s dispuesto a asumir la defensa de esta chica y a constituirte en parte civil en su nombre. Despu&#233;s de que otros dos compa&#241;eros tuyos se hayan negado a hacerlo. Un malpensado dir&#237;a: por la misma raz&#243;n que ha inducido al juez a no detener a ese caballero.

Le ped&#237; que me lo explicara mejor y &#233;l se limit&#243; a pronunciar un nombre. Me lo hice repetir para estar seguro de que hab&#237;a o&#237;do bien. Cuando tuve la certeza de que est&#225;bamos hablando de la misma persona, solt&#233; una especie de silbido. Sin decir nada.

Tancredi me cont&#243; el resto. La fiscal sustituta Mantovani, inmediatamente despu&#233;s de haber recibido la negativa a la petici&#243;n de medidas preventivas, hab&#237;a solicitado el env&#237;o a juicio. &#201;l hab&#237;a recibido la citaci&#243;n para la vista y hab&#237;a ido a ver a la chica a la puerta de su casa.

Le dijo que lo denunciara todas las veces que quisiera, total, a &#233;l no le iba a pasar nada. Porque nadie tendr&#237;a el valor de tocarlo. Y a&#241;adi&#243; que, de paso, la har&#237;a picadillo.

Por eso ella necesitaba un abogado. Porque ten&#237;a miedo, pero no quer&#237;a echarse atr&#225;s. Tancredi tambi&#233;n me revel&#243; qui&#233;nes eran mis dos compa&#241;eros de profesi&#243;n a los que hab&#237;a recurrido la muchacha antes que a m&#237;. Uno hab&#237;a dicho que lo sent&#237;a, pero que ten&#237;a por principio no asumir la defensa de la parte civil. Yo sab&#237;a muy bien qui&#233;n era y me pregunt&#233; si conoc&#237;a siquiera el significado de la palabra principio.

El otro hab&#237;a dicho que estaba desbordado de trabajo y que, por desgracia, no pod&#237;a aceptar el caso. Por desgracia, claro. En aquel momento, la muchacha estaba desesperada y aterrorizada. No sab&#237;a qu&#233; hacer. Hab&#237;a hablado con sor Claudia y &#233;sta hab&#237;a hablado con Tancredi. Para pedirle consejo. &#201;ste le hab&#237;a mencionado mi nombre. Y ambos hab&#237;an ido a verme. Sin la chica. Ni siquiera le hab&#237;an hablado de la reuni&#243;n porque, si yo tambi&#233;n me negaba, sor Claudia no quer&#237;a que la chica lo supiera.

Llegados a aquel punto, el relato ya hab&#237;a terminado. No me ten&#237;a que sentir obligado a aceptar el caso, termin&#243; diciendo Tancredi. Si me negaba, ellos lo comprender&#237;an. Y estaban seguros de que no alegar&#237;a motivos de principios o de exceso de trabajo para negarme.

Silencio.

Mir&#233; a sor Claudia. No ten&#237;a la pinta de alguien capaz de comprenderlo. Para nada.

Me pas&#233; la mano por la cara a contrapelo de la barba, que ya me hab&#237;a vuelto a crecer desde la ma&#241;ana. Despu&#233;s me pellizqu&#233; cuatro o cinco veces la mejilla entre el &#237;ndice y el pulgar sin dejar de rascarme la barba.

Al final, hice una mueca de suficiencia y me encog&#237; de hombros. No hab&#237;a ning&#250;n problema, dije. Yo era un abogado y un cliente era igual que otro. Mientras lo dec&#237;a, pens&#233; que era una gilipollez.

Me pareci&#243; que los rasgos de sor Claudia se relajaban imperceptiblemente. Algo similar al alivio. Tancredi sonri&#243; sin apenas mover los labios, con cara de no haber tenido jam&#225;s la menor duda acerca del resultado de la partida.

Ya no quedaba apenas nada que decir. La chica tendr&#237;a que acudir a mi despacho para firmarme el poder. Y para conocernos, claro, puesto que yo estaba a punto de convertirme en su abogado. Despu&#233;s yo ir&#237;a a ver al ministerio p&#250;blico para hacer las copias del expediente. Me lo tendr&#237;a que estudiar todo r&#225;pidamente. El juicio empezar&#237;a dentro de dos semanas. Le ped&#237; a sor Claudia que me dejara un n&#250;mero de tel&#233;fono y, tras dudar un instante, ella anot&#243; en un papelito el n&#250;mero de un m&#243;vil.

Es mi n&#250;mero. Un tel&#233;fono que est&#225; siempre encendido.

Cuando se fueron, me apoy&#233; de espaldas contra la puerta, mirando al techo. Hice el gesto de buscar en los bolsillos el paquete de cigarrillos que no estaba all&#237;.



6

Por regla general, yo tambi&#233;n me habr&#237;a tenido que ir. Ya hab&#237;a superado ampliamente mi horario, no hab&#237;a pasado por casa ni siquiera cinco minutos desde que saliera por la ma&#241;ana y necesitaba darme una ducha y quiz&#225; tambi&#233;n comer algo.

Pero, en lugar de irme, me qued&#233; en el despacho. Me sent&#233; detr&#225;s del escritorio de mi secretaria. Para pensar, o algo por el estilo.

Gianluca Scianatico era un c&#233;lebre imb&#233;cil. Un t&#237;pico y conocido exponente de la Bari pija. Algo mayor que yo, ex mat&#243;n fascista, jugador de p&#243;quer. Y cocain&#243;mano, seg&#250;n se dec&#237;a.

Era m&#233;dico y trabajaba en un hospital universitario de la Policl&#237;nica. Nadie que conociera ciertos ambientes de Bari pod&#237;a creer que hubiera llegado hasta all&#237; -licenciatura, cursos de especializaci&#243;n, oposici&#243;n, etc.- por sus propios m&#233;ritos.

Su padre era Ernesto Scianatico, presidente de una de las salas de lo penal del Tribunal de Alzada. Uno de los hombres m&#225;s poderosos de la ciudad. Sobre &#233;l, sus amistades, sus asuntos extrajudiciales, se hab&#237;a dicho pr&#225;cticamente todo. Siempre en voz baja, en los pasillos del tribunal o en otro lugar. Se hablaba de declaraciones an&#243;nimas acerca de toda una serie de hechos relacionados con &#233;l, tanto de manera directa como indirecta. Se dec&#237;a que alg&#250;n abogado, y tambi&#233;n alg&#250;n magistrado, hab&#237;a intentado denunciarlo.

Se sab&#237;a que todas aquellas declaraciones, tanto an&#243;nimas como firmadas, no hab&#237;an surtido el menor efecto. El presidente Scianatico era de esos que saben cubrirse las espaldas.

Una de las ideas m&#225;s est&#250;pidas que se le pod&#237;an ocurrir a alguien que se dedicara a mi oficio -el de abogado penalista en Bari- era enfrentarse con &#233;l. Aproximadamente la mitad de los juicios, tras la sentencia de primera instancia, pasaba a su sala para la revisi&#243;n del juicio. Es decir, aproximadamente la mitad de mis juicios pasaba a aquella sala para la revisi&#243;n. Se me estaba abriendo un brillante futuro profesional, pens&#233;.

Enhorabuena, Guerrieri -dije entonces en voz alta, tal como me ocurr&#237;a desde la infancia cuando mis pensamientos se volv&#237;an demasiado ruidosos-, has encontrado una vez m&#225;s un foll&#243;n en el que meterte. Has superado el fat&#237;dico umbral de los cuarenta, pero tu habilidad para acabar en l&#237;os de todo tipo, orden y condici&#243;n sigue absolutamente intacta. Bravo.

Me qued&#233; un buen rato as&#237;, preocupado. Con la mirada vagando por las estanter&#237;as y entre los vol&#250;menes que las llenaban.

Despu&#233;s me hart&#233;.

Una constante de mi vida es que, al cabo de un rato, siempre me harto de todo.

De las cosas buenas y de las malas.

De casi todo.

En cualquier caso, mientras dejaba de preocuparme, acudieron a mi mente algunas de las cosas que poco antes me hab&#237;a contado Tancredi. De cuando &#233;l hab&#237;a ido a verla tras haber recibido la citaci&#243;n. &#191;Qu&#233; le hab&#237;a dicho? Ah, s&#237;. Que pod&#237;a denunciarlo todas las veces que quisiera, total, a &#233;l no le ocurrir&#237;a nada. A &#233;l nadie tendr&#237;a el valor de tocarlo.

Y de esta manera, mientras dejaba de preocuparme, empec&#233; a cabrearme. Me hizo falta muy poco para llegar al punto justo.

A tomar por culo Scianatico, padre e hijo. A tomar por culo los dos. Ahora veremos si no te puede ocurrir lo que se dice nada, cabr&#243;n.

Despu&#233;s me dije que aqu&#233;l s&#237; era el momento de irme a casa.

Eso me lo dije mentalmente. Se&#241;al de que el estruendo del cerebro se estaba amortiguando.



7

Martina Fumai se present&#243; en el despacho sobre las siete de la tarde siguiente en compa&#241;&#237;a de sor Claudia. Maria Teresa las hizo pasar a mi despacho y yo las invit&#233; a sentarse en las dos sillas que hab&#237;a delante de mi escritorio.

Martina era muy agraciada, cabello casta&#241;o corto, muy bien maquillada, un no s&#233; qu&#233; de huidizo en la mirada y los gestos. Muy delgada. Una delgadez un poco antinatural, como si hubiera seguido una dieta y no se hubiera detenido en el momento adecuado. Llevaba un suave perfume y puede que se hubiera puesto m&#225;s del necesario.

Hablaba en voz baja y, nada m&#225;s sentarse, me pregunt&#243; si pod&#237;a fumar. Pod&#237;a, por supuesto que pod&#237;a, y entonces ella se encendi&#243; un fino cigarrillo sacado de una cajetilla blanca con motivos florales. Una marca desconocida. La clase de cigarrillos que jam&#225;s me han gustado. Ten&#237;a un encendedor cil&#237;ndrico con la cara de Betty Boop. Pens&#233; que deb&#237;a de significar algo.

Me agradeci&#243; que hubiera aceptado el caso. Yo le dije que no hab&#237;a ning&#250;n problema -justamente as&#237;, con una expresi&#243;n que detesto: no hay ning&#250;n problema- y despu&#233;s le entregu&#233; las hojas con los poderes que ten&#237;a que firmar.

Me pregunt&#243; si hac&#237;a bien en constituirse en parte civil. Por supuesto que no. Es una locura. Saldremos con los huesos rotos. T&#250; y, sobre todo, yo. Y todo porque de ni&#241;o le&#237;a tebeos de Tex Willer y ahora no soy capaz de echarme atr&#225;s cuando ser&#237;a lo m&#225;s inteligente que se podr&#237;a hacer. Como en este caso precisamente. Tal como han hecho mis pragm&#225;ticos compa&#241;eros.

Pero no lo dije. En vez de eso, la tranquilic&#233;. Le dije que no ten&#237;a que preocuparse, que efectivamente no era un procedimiento f&#225;cil, pero que lo abordar&#237;amos de la mejor manera posible, con decisi&#243;n pero tambi&#233;n con prudencia. Y todo un mont&#243;n de bobadas por el estilo. Al d&#237;a siguiente ir&#237;a a la Fiscal&#237;a para hablar con la representante del ministerio p&#250;blico y recoger los papeles. Dije que, por suerte, la magistrada Mantovani, era una persona seria. Y eso era cierto.

Dije que nos volver&#237;amos a ver cuando yo hubiera examinado los papeles, unos cuantos d&#237;as antes de la vista. Prefer&#237;a hablar del caso tras haberme hecho una idea de lo que conten&#237;a el expediente.

La reuni&#243;n dur&#243; una hora como mucho. Durante todo este tiempo sor Claudia no dijo ni una sola palabra. Se pas&#243; el rato mir&#225;ndome con aquellos ojos indescifrables.

Cuando se fueron, dirig&#237; casi involuntariamente una mirada a sus ajustados vaqueros. Fue s&#243;lo un momento, antes de recordar que era una monja y que aqu&#233;lla no era manera de mirar a una monja.



8

Lleg&#243; una vez m&#225;s el fin de semana. Nos hab&#237;an invitado a una fiesta dos amigos de Margherita. Rita y Nicola. Alocados pero simp&#225;ticos. Para disponer de m&#225;s espacio, se hab&#237;an ido a vivir a un chalet de las afueras de la ciudad, junto a la vieja carretera que conduce al sur y discurre entre el mar y el campo.

Dicho de esta manera, podr&#237;a parecer rom&#225;ntico. Pero el chalet estaba medio en ruinas, el jard&#237;n parec&#237;a el de la casa de los Usher, tal como lo describe Poe en su c&#233;lebre relato y, a pocos metros de la verja, se reun&#237;an cada noche unas chicas del Este m&#225;s o menos vestidas, seg&#250;n la temporada. Los veh&#237;culos de sus clientes se deten&#237;an pr&#225;cticamente en casa de Rita y Nicola. Llegaban constantemente hasta bien entrada la noche. De vez en cuando tambi&#233;n aparec&#237;an la polic&#237;a o los carabineros, hac&#237;an una redada de clientes y de chicas, repatriaban a algunas y, durante unos cuantos d&#237;as, cesaba el tr&#225;fico. Despu&#233;s, en cuesti&#243;n de una semana, todo volv&#237;a a ser como antes. La campi&#241;a que se extend&#237;a en la parte de atr&#225;s del chalet estaba poblada por manadas de perros asilvestrados y salpicada de ruinas que se utilizaban como dep&#243;sitos de objetos robados. Eso yo pod&#237;a afirmarlo con conocimiento de causa, puesto que uno de los contrabandistas que usaban aquellas ruinas era cliente m&#237;o y una vez hab&#237;a sido detenido mientras descargaba un cami&#243;n de aparatos de alta fidelidad precisamente en una de aquellas barracas.

Para Rita y Nicola todo aquello no supon&#237;a aparentemente ning&#250;n problema. Pagaban un alquiler tan bajo que hasta resultaba rid&#237;culo por m&#225;s de trescientos metros cuadrados de superficie que en el centro de la ciudad jam&#225;s se habr&#237;an podido permitir el lujo de conseguir. El chalet estaba lleno de toda suerte de cosas de lo m&#225;s extra&#241;as. Y, cuando se celebraba alguna fiesta, de personas de lo m&#225;s extra&#241;as.

Rita era pintora y daba clases en la Academia de Bellas Artes. Nicola era propietario de una librer&#237;a especializada en new age, filosof&#237;as y pr&#225;cticas orientales y esoterismo.

Una de las habitaciones del chalet estaba decorada con esteras en el suelo y espejos en las paredes. All&#237; se hac&#237;an seminarios de meditaci&#243;n trascendental, de tai chi chuan, de shiatsu; reuniones de estudio acerca del Libro Tibetano de los Muertos, el hor&#243;scopo chino y similares.

Nicola era una especie de Buda del extrarradio, estilo personaje de Hanif Kureishi, para entendernos. S&#243;lo que no actuaba en el Londres de los a&#241;os setenta, sino en la Bari del dos mil. M&#225;s concretamente, entre el barrio de Iapigia y Torre a Mare.


Antes de salir, en el momento de prepararme, mientras me estaba lavando los dientes delante del espejo del cuarto de ba&#241;o, me pareci&#243; ver algo bajo los ojos. Como una ligera sombra o una leve hinchaz&#243;n. Enjuagu&#233; el cepillo, lo dej&#233; en su sitio y mir&#233; con m&#225;s detenimiento. Eran efectivamente dos liger&#237;simas inflamaciones entre los ojos y los p&#243;mulos.

Bolsas debajo de los ojos, pens&#233; textualmente. Me cago en la mar. Mierda.

Con cierto titubeo y sin dejar de mirarme al espejo, acerqu&#233; el &#237;ndice de la mano derecha a una de aquellas cosas. All&#237; estaban. Lo dec&#237;a el tacto adem&#225;s de la vista.

Prob&#233; a tirar hacia abajo con el dedo de aquella piel que ya no me parec&#237;a la m&#237;a. No era el&#225;stica; ten&#237;a la debilitada resistencia de un tejido un poco desgastado. Eso pens&#233;, por lo menos en aquel momento.

Entonces me empec&#233; a estudiar la cara muy de cerca en el espejo. Me di cuenta de que ten&#237;a arrugas en las comisuras de la boca, cerca de los ojos y, sobre todo, en la frente. Largas y profundas como trincheras. &#191;C&#243;mo era posible que me hubieran salido sin que me diera cuenta? Me pellizqu&#233; la piel en distintos puntos de la cara para ver cu&#225;nto tiempo tardaba en volver a su sitio. Mientras hac&#237;a el experimento, me vino a la mente cuando de peque&#241;o, sentado en el regazo de la bisabuela, le pellizcaba las mejillas. Tiraba de ellas hacia abajo y despu&#233;s observaba c&#243;mo la piel volv&#237;a a su sitio. Muy despacio.

Eso me hizo recordar tambi&#233;n el cuello, todo lleno de arrugas y pliegues, de la bisabuela. Entonces estudi&#233; el m&#237;o. Que, naturalmente, era el cuello normal de un se&#241;or de cuarenta a&#241;os, sano y en aceptable buena forma f&#237;sica. Mi bisabuela, cosa en la cual no me hab&#237;a detenido a pensar en un primer momento, ten&#237;a por lo menos ochenta y cinco a&#241;os en la &#233;poca de mi recuerdo, y puede que algunos m&#225;s.

Estaba a punto de dar comienzo a una afanosa b&#250;squeda de se&#241;ales del tiempo -que evidentemente hab&#237;a pasado sin que yo me diera cuenta- cuando son&#243; el timbre de la puerta. Entonces, consultando el reloj, observ&#233; en este orden: a) que Margherita ya estaba lista y llamaba a mi puerta probablemente pensando que yo tambi&#233;n lo estaba, puesto que ya era la hora de irnos; b) que no estaba listo en absoluto; c) que, a lo mejor, me estaba agilipollando ligeramente.

Fui a abrir, no se&#241;al&#233; el punto c) a Margherita (y para evitar que lo percibiera ella sola por su cuenta, me abstuve tambi&#233;n de preguntarle si, a su juicio, yo ten&#237;a arrugas o bolsas debajo de los ojos), termin&#233; de prepararme a toda prisa y, un cuarto de hora despu&#233;s, ya est&#225;bamos en la calle. Por aquella noche dej&#233; de preocuparme por el paso del tiempo y por los anexos dermatol&#243;gicos.

Ya desde fuera del chalet se o&#237;a la m&#250;sica. Instrumentos de viento y de cuerda, tonalidades remotas y m&#237;sticas, algunos golpes de gong. Lo mejor de la new wave vietnamita, me explic&#243; alguien poco despu&#233;s. Un g&#233;nero musical que me encanta escuchar. Incluso durante cinco minutos seguidos.

La casa estaba llena de humo de incienso y de personas. Algunas eran casi normales.

Margherita desapareci&#243; casi de inmediato en la niebla y entre la gente; poco despu&#233;s la vi charlando con un tipo alto, delgado y barbudo, de unos cincuenta a&#241;os. El barbudo vest&#237;a un impecable traje cruzado pr&#237;ncipe de Gales y, all&#237; en medio, parec&#237;a una aparici&#243;n irreal. Yo no conoc&#237;a a casi nadie y no me apetec&#237;a demasiado conversar con los pocos que conoc&#237;a. As&#237; que me entregu&#233; casi de inmediato a la comida, que estaba abundantemente dispuesta encima de una larga mesa.

Hab&#237;a una cosa que parec&#237;a una especie de gulasch, pero que no era h&#250;ngara, sino indonesia, y se llamaba rendang de buey. Despu&#233;s hab&#237;a algo semejante a una paella, pero que no era espa&#241;ola, sino tambi&#233;n indonesia y se llamaba nasi goreng. Y despu&#233;s una cosa que parec&#237;a una inofensiva ensalada mixta italiana. Pero no era italiana -tambi&#233;n era indonesia- y, sobre todo, no era inofensiva. Cuando la prob&#233;, tuve la sensaci&#243;n de haberme metido en la boca la llama oxh&#237;drica de un soplete. No recuerdo su nombre indonesio exacto, pero la traducci&#243;n sonaba m&#225;s o menos as&#237;: ensalada de verduras con salsa muy picante.

Sea como fuere, me lo com&#237; todo, incluso unas crepes de mango con salsa de coco y un pastel de pl&#225;tanos y canela. Puede que estas dos cosas fueran vietnamitas; en cualquier caso, estaban muy ricas.

Me di una vuelta por la casa y mantuve charlas insulsas con sujetos alelados. De vez en cuando ve&#237;a a Margherita, que segu&#237;a conversando con el barbudo. Empec&#233; a molestarme ligeramente y mir&#233; a mi alrededor en busca de alguien que tuviera un cigarrillo que ofrecerme. Pero enseguida record&#233; que hab&#237;a dejado de fumar y, de todos modos, nadie fumaba. El humo es decididamente old age.

Estaba sentado en un sof&#225;, bebi&#233;ndome el cuarto -o puede que el quinto- vaso de vino tinto procedente de vi&#241;edos de agricultura ecol&#243;gica. Se parec&#237;a un poco al viejo Folonari toscano, pero, bueno, tampoco quer&#237;a ser tan tiquismiquis.

Se sent&#243; a mi lado una chica vestida estilo revoluci&#243;n cultural. Pantalones de tela color azul cielo y una chaqueta-camisa del mismo tejido con cuello a la coreana.

Era muy mona, tirando m&#225;s bien a rolliza, piercing con un brillantito en la nariz, cabello largo negro y ojos azules. Ten&#237;a un aire vagamente so&#241;ador -o vagamente idiota- en la mirada, pens&#233;. Habl&#243; sin previo aviso.

A m&#237; esta m&#250;sica vietnamita no me gusta mucho.

Entonces no eres tan tonta como pareces, pens&#233;. Me alegro. A m&#237; tampoco me gusta, es m&#225;s, se me antoja una serenata para u&#241;a y pizarra. Estaba a punto de decir algo por el estilo cuando ella a&#241;adi&#243;:

A m&#237; me gusta mucho la m&#250;sica tibetana. Creo que es m&#225;s adecuada para evocar aut&#233;nticos momentos de meditaci&#243;n.

Ah, ya. La m&#250;sica tibetana. Perfecto.

&#191;Has escuchado alguna vez m&#250;sica tibetana?

No me miraba a la cara. Estaba sentada con aire muy comedido casi en el borde del sof&#225;, con la mirada dirigida hacia delante. Directamente hacia delante, clavada en un punto indefinido, como una loca. Mientras me dispon&#237;a a contestar, me di cuenta de que estaba adoptando la misma posici&#243;n.

&#191;Tibetana? No estoy muy seguro. A lo mejor

Pues deber&#237;as. Es la mejor para desbloquear los chakras, para dejar libre el paso de la energ&#237;a. Estando a tu lado, percibo que tienes un aura intensa, un gran potencial energ&#233;tico, pero que no eres capaz de liberarlo.

Me beb&#237; otro buen trago de Folonari ecol&#243;gico y decid&#237; liberar mi potencial energ&#233;tico. All&#237; y en aquel momento. Pens&#233; que se lo hab&#237;a buscado.

Qu&#233; raro. Me dijeron algo muy parecido, con otras palabras, claro est&#225;, cuando me empec&#233; a interesar por la astrolog&#237;a dru&#237;dica.

La otra se volvi&#243; a mirarme, mostrando ahora en sus ojos algo muy similar a una atenci&#243;n primordial.

&#191;Astrolog&#237;a dru&#237;dica?

Pues s&#237;. Es un sistema astrol&#243;gico de fundamentos esot&#233;ricos, elaborada por los sumos sacerdotes de Stonehenge.

Ah, Stonehenge. Aquella ciudad antigua de Escocia, con aquellas extra&#241;as construcciones de piedra.

Analfabeta. Stonehenge no est&#225; en Escocia, sino en Inglaterra, y, como todo el mundo sabe, no es una ciudad.

No lo dije de esta manera. La felicit&#233; por el hecho de que conociera Stonehenge, nos presentamos -Silvana se llamaba- y despu&#233;s la ilustr&#233; en los principios de la astrolog&#237;a dru&#237;dica. Disciplina inventada por m&#237; aquella noche en su honor. Le habl&#233; de los ritos astrol&#243;gicos en las noches del solsticio de verano, de las intersecciones astrales y de las afinidades siderales. Fuese lo que fuera lo que todo eso significaba.

Ahora Silvana se mostraba verdaderamente interesada. Era dif&#237;cil encontrar a un hombre con aquella pasi&#243;n y aquellos conocimientos tan profundos, dijo. Y con aquella sensibilidad.

Dijo sensibilidad lanz&#225;ndome una mirada pre&#241;ada de significados e insinuaciones. Me fui a aprovisionarme de vino ecol&#243;gico.

&#191;Bebes vino? -pregunt&#243; con una leve nota de reproche.

Las chicas new age beben zumos de zanahoria y tisanas de ortiga. Yo ya estaba decididamente alegre.

Pues claro. El vino tinto es una bebida dru&#237;dica. Es un medio ritual, &#250;til para inducir estados dionis&#237;acos.

No ment&#237;a. Estaba diciendo que beber vino es &#250;til para emborracharse. Y, efectivamente, estaba bebiendo vino y me estaba emborrachando. Y de esta manera, se me ocurri&#243; hablar de un extraordinario m&#233;todo adivinatorio. Tambi&#233;n inventado por m&#237;. Se trataba de la lectura del codo, practicada por el antiguo y m&#237;stico pueblo caldeo. De vez en cuando, era tambi&#233;n un experto en aquel m&#233;todo, aparte del hor&#243;scopo de Stonehenge.

As&#237; que le expliqu&#233; el modo en que, sobre la base de la antigua sabidur&#237;a caldea, se pueden leer en el codo izquierdo de una persona la estrategia de sus destinos cruzados. La cosa me pareci&#243; espl&#233;ndidamente falta de sentido, pero ella no se dio cuenta.

En lugar de ello, me pregunt&#243; si se le pod&#237;a hacer inmediatamente una prueba de lectura del codo. Le dije que s&#237;, que muy bien. Me ech&#233; al coleto el &#250;ltimo trago de vino del vaso semivac&#237;o y le dije que dejara al descubierto el brazo izquierdo.

Mientras le pellizcaba la piel del codo -sistema indispensable para descubrir las estrategias de los destinos cruzados- repar&#233; en Margherita. De pie delante del sof&#225;. Muy cerca.

Est&#225;s aqu&#237;.

S&#237;, estoy aqu&#237;. Desde hace unos cuantos minutos, en realidad. Pero t&#250; estabas, &#191;c&#243;mo dir&#237;a?, m&#225;s bien ocupado. &#191;No me presentas a tu amiga?

Hice las presentaciones mientras pensaba que, de repente, ya no me lo estaba pasando tan bien. Margherita dijo encantada -jam&#225;s dice encantada- con la amistosa expresi&#243;n de un tibur&#243;n martillo. Silvana dijo hola con la intensa expresi&#243;n de un mero.

Entonces dije que quiz&#225; ya iba siendo hora de que nos fu&#233;ramos. Margherita dijo que s&#237;, que quiz&#225; ya lo iba siendo, en efecto.

As&#237; que me desped&#237; de mi nueva amiga Silvana, que parec&#237;a un pel&#237;n desorientada.

Nos despedimos de otras pocas personas y diez minutos despu&#233;s ya est&#225;bamos en el coche, con el mar a la derecha y los perfiles de los edificios del paseo mar&#237;timo unos cuantos kil&#243;metros por delante. Si he de ser sincero, dir&#233; que el mar, los edificios y todo lo dem&#225;s no estaban perfectamente enfocados, pero bueno, yo consegu&#237;a sujetar el volante.

&#191;Te has divertido con aquella chica?

Trat&#233; de mirarla a la cara sin perder de vista la carretera. Tarea nada f&#225;cil.

Venga, mujer, estaba jugando un poco. Le he hablado del hor&#243;scopo dru&#237;dico.

Y de la lectura del codo.

Ah, s&#237;, lo has o&#237;do.

S&#237;, lo he o&#237;do. Y lo he visto.

Bueno, era s&#243;lo para pasar el rato, no he hecho nada malo. En cualquier caso, yo he visto que t&#250; no te has aburrido con aquel Rasput&#237;n en traje pr&#237;ncipe de Gales cruzado. &#191;Qui&#233;n era, el secretario administrativo del C&#237;rculo Recreativo Asistencial de los fil&#243;sofos?

Pausa.

Qu&#233; gracioso eres.

&#191;Verdad?

Muy gracioso. M&#225;s o menos como una tort&#237;colis -se detuvo un instante-. Mejor dicho, como un dolor de muelas.

&#191;Te parece m&#225;s apropiado un dolor de muelas?

S&#237; -le estaban entrando ganas de re&#237;r, aunque hac&#237;a un esfuerzo por contenerse-. Pero c&#243;mo se te ocurren esas cosas. La lectura del codo. Est&#225;s loco.

A m&#237; se me ocurren muchas cosas. Ahora, por ejemplo, se me ocurren algunas. A prop&#243;sito de ti.

Ah, &#191;s&#237;? &#191;Cosas interesantes para una chica?

Pues s&#237;. Creo que s&#237;.

Hizo una pausa moment&#225;nea. Yo intentaba mantener los ojos clavados en la carretera, que cada vez me resultaba m&#225;s escurridiza entre los vapores del vino ecol&#243;gico. Pero sab&#237;a exactamente qu&#233; expresi&#243;n ten&#237;a Margherita en aquel momento.

Bueno, pues a ver si haces caminar este coche, astr&#243;logo dru&#237;dico, lector del codo. Vamos a casa.



9

El lunes por la ma&#241;ana fui a la Fiscal&#237;a.

Entr&#233; en el edificio de los despachos judiciales por la puerta reservada a los magistrados, al personal y a los abogados. Un joven carabinero al que jam&#225;s hab&#237;a visto me pidi&#243; la documentaci&#243;n. Le dije que era abogado y &#233;l me volvi&#243; a pedir la documentaci&#243;n. Como es natural, no llevaba el carnet y entonces el joven carabinero me dijo que saliera y volviera a entrar a trav&#233;s de la puerta destinada al p&#250;blico. La que dispon&#237;a de detector de metales, por si acaso ten&#237;a un fusil ametrallador bajo la trenca.

O un hacha. Los detectores de metales se hab&#237;an instalado despu&#233;s de que un loco hubiera entrado en una sala de justicia con un hacha oculta en los pantalones. Nadie hab&#237;a efectuado ning&#250;n control y, una vez dentro, hab&#237;a empezado a destrozarlo todo. Cuando los carabineros consiguieron finalmente inmovilizarlo y desarmarlo, dijo que hab&#237;a acudido all&#237; para hablar con el juez que no le hab&#237;a dado la raz&#243;n en un juicio por herencia. Deb&#237;a de ser la idea que &#233;l ten&#237;a de un recurso.

Estaba a punto de dar media vuelta y hacer lo que me hab&#237;a dicho el carabinero cuando me vio un comandante que prestaba diariamente servicio en los tribunales y me conoc&#237;a. Le dijo al muchacho que yo era efectivamente un abogado y que me pod&#237;a dejar pasar.

El vest&#237;bulo estaba lleno de gente; mujeres, muchachos, carabineros, agentes de la polic&#237;a penitenciaria y abogados, sobre todo de provincias. Se iba a celebrar la primera vista del juicio contra una banda de camellos de Altamura. El ruido de fondo era el que se oye en un teatro antes del comienzo del espect&#225;culo. El olor de fondo era el de ciertas estaciones de tren o de ciertos autobuses abarrotados de gente. O de muchos vest&#237;bulos de tribunales.

Me abr&#237; paso entre la muchedumbre, el ruido y el olor, alcanc&#233; el ascensor y sub&#237; a la Fiscal&#237;a.

El despacho de Alessandra Mantovani, fiscal sustituta del Estado, se encontraba sumido en el consabido desorden. Montones de expedientes encima del escritorio, las sillas, el sof&#225; e incluso en el suelo.

Cada vez que entraba en el despacho de un fiscal, me alegraba de no serlo y haberme dedicado en vez de ello al ejercicio de la abogac&#237;a.

Abogado Guerrieri.

Se&#241;ora fiscal.

Cerr&#233; la puerta mientras Alessandra se levantaba, rodeaba el escritorio, esquivaba una columna de expedientes y me sal&#237;a al encuentro. Nos saludamos con un beso en la mejilla.

Alessandra era amiga m&#237;a, una se&#241;ora muy guapa y probablemente el mejor miembro de la Fiscal&#237;a.

Era de Verona, pero unos a&#241;os atr&#225;s hab&#237;a pedido el traslado a Bari. Hab&#237;a viajado con un billete s&#243;lo de ida, dejando a su espalda un marido rico y una vida sin problemas. Para irse a vivir con un sujeto que ella cre&#237;a el gran amor de su vida. Hasta las mujeres muy inteligentes hacen tonter&#237;as. El sujeto no era el amor de su vida, sino un hombrecillo vulgar como tantos. Y, como tantos, al cabo de unos cuantos meses la abandon&#243; de un modo vulgar. Y, de esta manera, ella se hab&#237;a quedado sola en una ciudad desconocida, sin amigos y sin ning&#250;n sitio adonde ir. Y sin quejarse.

&#191;Es una visita de cortes&#237;a o es que te has puesto a defender a alg&#250;n man&#237;aco?

Alessandra trabajaba en la secci&#243;n de la Fiscal&#237;a que se encargaba de los delitos sexuales. Por regla general, yo no defend&#237;a a aquella clase de clientes, en aquel sector no era frecuente que alguien se constituyera en parte civil, por lo cual Alessandra y yo no ten&#237;amos muchas ocasiones de coincidir por motivos de trabajo.

S&#237;, tu compa&#241;ero del despacho de al lado ha sido detenido mientras paseaba por el parque municipal en gabardina. Y sin nada debajo. Lo pill&#243; una cuadrilla especial del servicio municipal de limpieza y me ha encargado su defensa.

El compa&#241;ero del despacho de al lado no ten&#237;a lo que se dice una reputaci&#243;n intachable. Se contaban a cuenta suya unas historias de lo m&#225;s divertidas. Como tambi&#233;n se contaban sobre las numerosas secretarias, funcionarias judiciales, mecan&#243;grafas -generalmente entradas en a&#241;os- que pasaban por su despacho fuera del horario oficial.

Bromeamos un rato y despu&#233;s le expliqu&#233; el motivo de mi visita.

Me hab&#237;a metido en un buen l&#237;o, fue lo primero que dijo. Gracias, ya me hab&#237;a dado cuenta.

Sab&#237;a, evidentemente, qui&#233;n era el encausado y qui&#233;n era su padre. Pues s&#237;, evidentemente, y gracias una vez m&#225;s por el tono tranquilizador. Cuando tenga alg&#250;n problema y necesite apoyo moral, ahora ya s&#233; adonde tengo que dirigirme.

&#191;Qu&#233; tal iba el juicio? Apestaba, &#191;qu&#233; otra cosa esperaba? Apestaba desde todos los puntos de vista. Esencialmente, era la palabra de ella contra la de &#233;l, de entrada, en los hechos m&#225;s graves. El acoso telef&#243;nico quedaba probado por los listados, pero eso era un delito menor. Hab&#237;a un par de certificados m&#233;dicos emitidos por los servicios de urgencias que documentaban lesiones leves, pero, cuando se produjeron los hechos m&#225;s graves, durante la convivencia, ella no hab&#237;a solicitado atenci&#243;n m&#233;dica. Se avergonzaba de contar lo que hab&#237;a ocurrido. Es lo que siempre sucede. Las machacan y despu&#233;s ellas se averg&#252;enzan de ir a contar que sus maridos o sus compa&#241;eros son unas bestias.

Si quieres mi opini&#243;n, creo que Fumai fue violada durante la convivencia. Ocurre muy a menudo, pero casi nunca se presenta denuncia. Les da verg&#252;enza. Es incre&#237;ble, pero les da verg&#252;enza.

&#191;Qui&#233;n es el juez?

Caldarola.

Estupendo.

El juez Cosimo Caldarola era un bur&#243;crata triste e incoloro. Lo conoc&#237;a desde hac&#237;a m&#225;s de quince a&#241;os, es decir, desde que empec&#233; a ejercer en los tribunales, y jam&#225;s lo hab&#237;a visto sonre&#237;r. Su lema era: no quiero l&#237;os. Lo ideal para aquel juicio.

Dame alguna otra buena noticia. &#191;Qui&#233;n es el abogado de nuestro amigo?

&#191;Qui&#233;n crees t&#250;?

&#191;Dellissanti?

&#161;Bravo! Ya ver&#225;s c&#243;mo no nos vamos a aburrir en este juicio.

Dellissanti era un cabr&#243;n. Pero bueno, peligrosamente bueno. Una especie de pit bull de ciento diez kilos. Nadie deseaba tenerlo por adversario. Yo lo hab&#237;a visto repreguntar a testigos del fiscal, conseguir hacerles decir una cosa e, inmediatamente despu&#233;s, justo todo lo contrario. Sin que se dieran cuenta. Por un breve instante tuve la inquietante visi&#243;n de mi fr&#225;gil cliente bregando con Dellissanti y pens&#233; que est&#225;bamos bien arreglados. Ped&#237; ver las actas y Alessandra Mantovani me dijo que estaban en la secretar&#237;a. Pod&#237;a pasarme por all&#237;, echar un vistazo al expediente y mandar que me fotocopiaran lo que me interesara.

Despu&#233;s de todas aquellas buenas noticias, me levant&#233; para no seguir molestando.

Espera -me dijo, y empez&#243; a rebuscar en los cajones de su escritorio.

Poco despu&#233;s, reuni&#243; un peque&#241;o mont&#243;n de fotocopias que sac&#243; de distintos cajones. Las introdujo en un sobre amarillo y me las entreg&#243;.

Para las fotocopias de las actas, p&#225;sate por secretar&#237;a y paga los derechos. Pero &#233;stas te las regalo yo. Creo que constituyen una lectura interesante. Para que te hagas una idea de la clase de sujeto que es nuestro amigo.

Cog&#237; el sobre y me lo guard&#233; en la cartera. Nos despedimos y me dirig&#237; a secretar&#237;a para hacer fotocopias del expediente. Pensaba que todo estaba saliendo de maravilla.



10

Fui a secretar&#237;a y empec&#233; a seleccionar las actas que me pod&#237;an ser &#250;tiles y, al poco rato, me di cuenta de que estaba perdiendo el tiempo s&#243;lo para ahorrarme un dinerillo en fotocopias y derechos de material de escritorio. As&#237; que le dije al funcionario que quer&#237;a una copia &#237;ntegra del expediente y que la necesitaba para aquella misma ma&#241;ana. Pagu&#233; los derechos con sobretasa de urgencia y eso me hizo recordar que no les hab&#237;a pedido ni siquiera un anticipo a la se&#241;orita Fumai y a su amiga la monja.

Regres&#233; al despacho a la hora de la comida con todo un cartapacio de fotocopias.

Le dije a Maria Teresa que me pidiera un par de bocatas y una cerveza en el bar de abajo y, cuando lleg&#243; mi almuerzo, me puse a trabajar y a comer.

El expediente no conten&#237;a datos de especial inter&#233;s. En s&#237;ntesis, ya lo sab&#237;a todo.

Tal como hab&#237;a dicho Alessandra, los cargos contra Scianatico consist&#237;an esencialmente en las declaraciones de mi cliente. Hab&#237;a un par de pruebas: dos certificados m&#233;dicos, los listados telef&#243;nicos. En un juicio normal, puede que eso hubiera sido suficiente. Pero el nuestro no era un juicio normal.

En cuesti&#243;n de una hora termin&#233; de estudiar el expediente. Despu&#233;s abr&#237; la cartera, saqu&#233; aquel sobre amarillo y examin&#233; su contenido.

Eran fotocopias de un libro de criminolog&#237;a de un psiquiatra americano. Hablaba de un tipo de criminal con el que yo jam&#225;s hab&#237;a tratado desde que era abogado. O puede que s&#237;, pero sin saberlo. El stalker, el acosador.

En las primeras p&#225;ginas, el autor citaba la legislaci&#243;n de los Estados Unidos, numerosos estudios y el manual de clasificaci&#243;n criminal del FBI, para terminar describiendo la figura del acosador como un depredador que sigue furtiva y obstinadamente a una v&#237;ctima sobre la base de un criterio espec&#237;fico y adopta una conducta encaminada a suscitar angustia emocional y tambi&#233;n el razonable temor a ser v&#237;ctima de asesinato o a sufrir lesiones f&#237;sicas; o que adopta una conducta continuada, voluntaria y premeditada consistente en seguir y acosar a otra persona.

En esencia, explicaba el autor, la persecuci&#243;n es una forma de terrorismo dirigida contra un sujeto determinado con el prop&#243;sito de entrar en contacto con &#233;ste y dominarlo. A menudo es un delito invisible hasta que estalla la violencia, a veces homicida. Entonces suele intervenir la polic&#237;a; pero entonces suele ser demasiado tarde.

El libro segu&#237;a explicando que muchos hombres pertenecientes a la categor&#237;a de acosadores ocultan su propia sensaci&#243;n de dependencia detr&#225;s de una imagen hipermasculina estereotipada y son cr&#243;nicamente agresivos en sus tratos con las mujeres.

Muchos acosadores de este tipo han sufrido traumas en su infancia. La muerte de un progenitor, abusos sexuales, malos tratos f&#237;sicos o psicol&#243;gicos u otros problemas. En resumen, los stalkers presentan generalmente un desequilibrio emocional que es un reflejo de situaciones infantiles que trastocaron su vida afectiva. Son incapaces de vivir el dolor de manera normal, de dejar correr las cosas y de buscar otra relaci&#243;n. A menudo, la rabia generada por el abandono es una defensa contra el despertar del dolor y de la humillaci&#243;n intolerables provocados por los rechazos experimentados en la infancia, dolor y humillaci&#243;n que, al parecer, se a&#241;aden a la p&#233;rdida m&#225;s reciente.

El autor explicaba que es dif&#237;cil comprender la intensidad del temor y del desasosiego que experimentan las v&#237;ctimas. El horror es tan intenso y constante que a menudo escapa a la comprensi&#243;n de quien no participa de &#233;l.

Hab&#237;a un p&#225;rrafo se&#241;alado con un marcador anaranjado: a medida que el acoso se intensifica, la vida del/de la perseguido/a se convierte en una c&#225;rcel. La v&#237;ctima pasa con rapidez de la cobertura protectora de la casa a la del lugar de trabajo y de nuevo a la de la casa, tal como ocurre con un detenido que pasa de una celda a otra. Pero a menudo ni siquiera el lugar de trabajo es un refugio. Algunas v&#237;ctimas est&#225;n demasiado aterrorizadas como para salir de casa. Viven confinadas y solas, contemplando el mundo a hurtadillas, ocultas detr&#225;s de las persianas cerradas.

Dej&#233; escapar un r&#225;pido silbido; casi un soplo de aire apenas modulado. Justo lo que me hab&#237;a dicho sor Claudia. Vive encerrada en casa, como si estuviera en la c&#225;rcel. Eso hab&#237;a dicho, pero, en un primer momento, yo no hab&#237;a prestado demasiada atenci&#243;n a la frase.

Ahora me daba cuenta de que era algo m&#225;s que una ocurrencia.

Cog&#237; de nuevo el expediente y volv&#237; a leer los cargos, que antes hab&#237;a mirado s&#243;lo por encima. El m&#225;s interesante era el correspondiente a la violencia privada, es decir, al acoso. Scianatico, aparte de malos tratos, lesiones y acoso telef&#243;nico, estaba acusado:

del delito contemplado en los art&#237;culos 81, 610, 61 n.1 y 5 del C&#243;digo Penal, porque, con varios actos de un mismo prop&#243;sito criminal, actuando por causas viles o en cualquier caso insignificantes y aprovechando circunstancias de tiempo, lugar y persona susceptibles de obstaculizar la defensa privada, obligaba a Martina Fumai (tras el cesamiento de la relaci&#243;n de convivencia more uxorio en cuyo &#225;mbito tuvo lugar el delito de malos tratos familiares descrito en la susodicha acusaci&#243;n), utilizando la violencia y las amenazas expl&#237;citas, impl&#237;citas y en cualquier caso descritas con m&#225;s detalle en los cargos que siguen, 1) a tolerar su continuada, insistente y persecutoria presencia en las cercan&#237;as del domicilio, en el lugar de trabajo y en cualquier caso en los lugares normalmente frecuentados por la v&#237;ctima; 2) a abandonar progresivamente las habituales ocupaciones y relaciones sociales; 3) a vivir en su domicilio en situaci&#243;n de esencial privaci&#243;n de la libertad personal, imposibilitada de salir libremente de &#233;l sin verse sometida a las vejaciones arriba se&#241;aladas y asimismo mejor descritas en los cargos que siguen; 4) a trasladarse a/y abandonar su lugar de trabajo con una sustancial limitaci&#243;n de su libertad personal y necesariamente en compa&#241;&#237;a (encaminada a prevenir o impedir las agresiones de Scianatico) de terceras personas

Pens&#233; que jam&#225;s hab&#237;a reflexionado seriamente acerca de una situaci&#243;n semejante. Claro que me hab&#237;a encargado otras veces de casos de matrimonios o convivencias que terminaban mal y por supuesto que me hab&#237;a enfrentado en otras ocasiones a la violencia y las vejaciones que a menudo se producen como consecuencia de estos ep&#237;logos. Pero siempre los hab&#237;a considerado hechos secundarios. Consecuencias de las relaciones que acaban mal. Peque&#241;as violencias, insultos, acosos reiterados.

Hechos secundarios.

Jam&#225;s me hab&#237;a parado a pensar en el extremo hasta el que estos hechos secundarios pod&#237;an llegar a destrozar la vida de las v&#237;ctimas.

Volv&#237; a las fotocopias que me hab&#237;a facilitado Alessandra Mantovani.

El acosador es un depredador que adopta un comportamiento encaminado a suscitar en la v&#237;ctima angustia emocional y tambi&#233;n el razonable temor a ser v&#237;ctima de asesinato o sufrir lesiones f&#237;sicas. Es dif&#237;cil darse cuenta de la intensidad del temor y del desasosiego que experimentan las v&#237;ctimas. El horror es tan intenso y constante que a menudo escapa a la comprensi&#243;n de quien no participa de &#233;l. Etc.

Empec&#233; a experimentar una sana sensaci&#243;n de rabia.

Entonces cerr&#233; el expediente, apart&#233; a un lado las fotocopias y empec&#233; a redactar el texto de la constituci&#243;n en parte civil.



11

Margherita se hab&#237;a ido dos d&#237;as. A Mil&#225;n, por motivos de trabajo.

Yo regres&#233; directamente a mi apartamento con la intenci&#243;n de entrenarme una media hora. Desde que me hab&#237;a semitrasladado a casa de Margherita, hab&#237;a organizado en mi apartamento un rinc&#243;n de gimnasia con unas pesas y un saco de boxeo.

Algunas veces consegu&#237;a ir al gimnasio de verdad, saltar a la cuerda, golpear el saco y combatir unos cuantos asaltos. Y recibir unos cuantos pu&#241;etazos en la cara por parte de unos chicos ya demasiado r&#225;pidos para m&#237;. Otras veces, en cambio, cuando era demasiado tarde, cuando no ten&#237;a tiempo o no me apetec&#237;a preparar la bolsa de deportes e irme al gimnasio, me entrenaba por mi cuenta en casa.

Estaba a punto de cambiarme, pero pens&#233; que aquel d&#237;a ya era demasiado tarde hasta para entrenarme en casa. Adem&#225;s, estaba casi satisfecho de mi trabajo -lo cual me ocurr&#237;a muy raras veces- y, por consiguiente, ni siquiera experimentaba la sensaci&#243;n de culpa que por regla general me impulsaba a emprenderla a golpes con el saco.

As&#237; que decid&#237; prepararme la cena. Desde que se iniciara mi relaci&#243;n con Margherita, en cuyo apartamento sol&#237;a pasar bastante tiempo, mi frigor&#237;fico y mi despensa siempre estaban bien abastecidos. Antes no, pero, a partir de entonces, siempre.

Me doy cuenta de que puede parecer una situaci&#243;n absurda, pero es as&#237;. Puede que fuera mi manera de asegurarme de que mi independencia estaba en cualquier caso a salvo. Puede simplemente que el hecho de convivir con Margherita me hubiera llevado a estar m&#225;s atento a los detalles, es decir, a las cosas m&#225;s importantes.

En resumen, sea como fuere, siempre ten&#237;a el frigor&#237;fico y la despensa llenos. Adem&#225;s, incluso hab&#237;a aprendido a cocinar. Y creo que eso tambi&#233;n estaba relacionado con Margherita. No sabr&#237;a explicar exactamente de qu&#233; manera, pero estaba relacionado con ella.

Me quit&#233; la chaqueta y los zapatos y me dirig&#237; a la cocina para ver si ten&#237;a los ingredientes necesarios para lo que hab&#237;a pensado preparar. Jud&#237;as blancas, romero, un par de cebollones, huevas prensadas de at&#250;n. Y espaguetis. Hab&#237;a de todo.

Antes de empezar, fui a elegir la m&#250;sica. Tras pasarme un rato indeciso delante de la estanter&#237;a, escog&#237; las poes&#237;as de Yeats con m&#250;sica de Branduardi. Regres&#233; a la cocina cuando ya estaba empezando a sonar la m&#250;sica.

Puse a hervir el agua para la pasta y le ech&#233; sal de inmediato. Una costumbre personal m&#237;a, porque, si no lo hago enseguida, se me olvida y la pasta me sale sosa.

Limpi&#233; los cebollones, los cort&#233; en rodajas finas y los puse a fre&#237;r en la sart&#233;n con el aceite y el romero. Al cabo de cuatro o cinco minutos a&#241;ad&#237; las jud&#237;as y una pizca de guindilla. Los dej&#233; cocer mientras echaba en el agua doscientos gramos de espaguetis. Los escurr&#237; cinco minutos despu&#233;s, porque a m&#237; la pasta me gusta muy entera, y los salte&#233; en la sart&#233;n con el condimento. Tras haberlo puesto todo en el plato, lo espolvore&#233; abundantemente (m&#225;s de lo que exig&#237;a la receta) con los huevas de at&#250;n.

Me puse a cenar casi a las doce de la noche y me beb&#237; media botella de un vino blanco siciliano de catorce grados que hab&#237;a probado unos meses atr&#225;s en una enoteca y del que al d&#237;a siguiente me hab&#237;a comprado dos cajas.

Al terminar, cog&#237; uno de los libros del mont&#243;n de las &#250;ltimas adquisiciones, todav&#237;a sin leer, que hab&#237;a dejado en el suelo al lado del sof&#225;. Eleg&#237; una edici&#243;n de bolsillo de Penguin Books.

My family and other animals, de Gerald Durrell, el hermano del m&#225;s famoso -y mucho m&#225;s aburrido- Lawrence Durrell. Era un libro que yo hab&#237;a le&#237;do en traducci&#243;n italiana muchos a&#241;os atr&#225;s. Bien escrito, inteligente y, sobre todo, hilarante. Como pocos.

&#218;ltimamente hab&#237;a decidido retomar el ingl&#233;s -de muchacho lo hablaba casi bien- y por eso hab&#237;a empezado a comprarme libros de autores norteamericanos e ingleses en su idioma original.

Me tumb&#233; en el sof&#225;, me puse a leer y, casi simult&#225;neamente, a re&#237;rme solo sin recato.

Pas&#233; sin darme cuenta de las carcajadas al sue&#241;o.

Un sue&#241;o bueno, fluido, sereno, lleno de enso&#241;aciones juveniles.

Ininterrumpido hasta la ma&#241;ana del d&#237;a siguiente.



12

Cuando me dirig&#237; a la secretar&#237;a para depositar la constituci&#243;n en parte civil, tuve la sensaci&#243;n de que el funcionario encargado de la recepci&#243;n de las actas me miraba de una manera un poco rara.

Mientras me retiraba, me pregunt&#233; si se habr&#237;a fijado en el proceso del que yo me hab&#237;a constituido en parte civil y si era por eso por lo que me hab&#237;a mirado de aquella manera. Me pregunt&#233; si aquel secretario mantendr&#237;a alg&#250;n tipo de relaci&#243;n con Scianatico padre, o quiz&#225; con Dellissanti. Despu&#233;s me dije que tal vez me estaba empezando a volver un poco paranoico y lo dej&#233; correr.

Por la tarde recib&#237; en mi despacho una llamada de Dellissanti y, de esta manera, por lo menos supe que no me estaba volviendo paranoico. El secretario no deb&#237;a de haber tardado m&#225;s de un minuto en llamarlo para comunicarle la noticia despu&#233;s de haber recibido mi saludo de despedida.

Parte de la afortunada situaci&#243;n profesional de Dellissanti se basaba en la cuidadosa gesti&#243;n de sus relaciones con secretarios, asistentes y ujieres. Regalos para todos por Navidad y por Pascua. Regalos especiales -e incluso muy especiales, se dec&#237;a por los pasillos- para alguno en concreto, en caso necesario.

No perdi&#243; tiempo con pre&#225;mbulos ni circunloquios.

Me he enterado de que te has constituido en parte civil en representaci&#243;n de esa Fumai.

Es evidente que las noticias vuelan. Menudo esp&#237;a que tienes en la secretar&#237;a, supongo.

Aquel secretario era un tipo bajito y delgado. Pero Dellissanti no capt&#243; el doble sentido. O, si lo capt&#243;, no le pareci&#243; gracioso.

Est&#225; claro que has comprendido qui&#233;n es el encausado, &#191;verdad?

Vamos a ver pues s&#237;, el se&#241;or, es decir, el doctor Gianluca Scianatico, natural de Bari

Me estaba cabreando por aquella llamada y quer&#237;a ponerlo nervioso. Lo consegu&#237;.

Guerrieri, no seamos ni&#241;os. &#191;Sabes que es hijo del presidente Scianatico?

S&#237;. No me habr&#225;s llamado s&#243;lo para facilitarme esta informaci&#243;n, supongo.

No. Te he llamado para decirte que te est&#225;s metiendo en una historia acerca de la cual no has comprendido nada y que s&#243;lo te reportar&#225; problemas.

Silencio a mi lado de la l&#237;nea. Quer&#237;a ver hasta d&#243;nde pod&#237;a llegar.

Transcurrieron unos cuantos segundos hasta que &#233;l recuper&#243; el control. Y probablemente pens&#243; que no era oportuno decir cosas demasiado comprometedoras.

Esc&#250;chame, Guerrieri. No quiero que haya malentendidos entre nosotros. Por eso ahora voy a intentar explicarte bien cu&#225;l es el objeto de mi llamada.

Vale, pues expl&#237;camelo bien. Gordinfl&#243;n.

T&#250; sabes que esa Fumai es una desequilibrada, una psicol&#225;bil, &#191;verdad?

&#191;Qu&#233; quieres decir?

Quiero decir exactamente lo que he dicho. Es una mujer que ha tenido que ingresar en centros psiqui&#225;tricos por problemas graves. Est&#225; siempre en tratamiento, bajo observaci&#243;n psiqui&#225;trica. Eso es lo que quiero decir.

Ahora era &#233;l quien disfrutaba de una pausa impuesta por el silencio. Mi silencio suspendido. Cuando pens&#243; que ya era suficiente, reanud&#243; el di&#225;logo. Ya con el tono propio de alguien que controla la situaci&#243;n.

En resumen, nosotros querr&#237;amos evitar, en la medida de lo posible, situaciones enojosas. Esa chica no est&#225; bien. Ha tenido serios problemas y los sigue teniendo. Scianatico hijo fue lo suficientemente est&#250;pido como para met&#233;rsela en casa, despu&#233;s la historia termin&#243; y la chica se invent&#243; un cuento. Y la otra, que es una fan&#225;tica feminista de la vieja escuela -se refer&#237;a a la Mantovani- se lo ha tragado como si fuera ver&#237;dico. Fui a hablar con ella, naturalmente, pero no sirvi&#243; de nada. Conoci&#233;ndola como la conozco, tendr&#237;a que haberlo previsto.

Contuve el impulso de preguntarle cu&#225;les eran los problemas psiqui&#225;tricos de Martina. No quer&#237;a darle esa satisfacci&#243;n.

No existen pruebas contra mi cliente. S&#243;lo la palabra de esa mujer, y ya sabes lo que eso vale en un juicio. &#201;ste es un proceso que jam&#225;s deber&#237;a haber llegado a juicio. Deber&#237;a haber terminado mucho antes archivando bien archivada la causa. Evitemos ahora, por lo menos, desencadenar una polvareda in&#250;til y perjudicial. Mira, Guerrieri, no te quiero decir nada. Haz t&#250; mismo las pesquisas que consideres oportunas, recaba informaci&#243;n y comprueba si te estoy diciendo alguna tonter&#237;a. Y despu&#233;s hablamos. Al final me dar&#225;s las gracias.

Se interrumpi&#243;, pero casi inmediatamente reanud&#243; el di&#225;logo, como si hubiera olvidado algo.

Y, como es natural, no te preocupes por tus honorarios. T&#250; busca la manera de librarte de esta historia y de lo que te corresponda por el trabajo que ya has hecho nos encargamos nosotros. Eres un buen abogado y, sobre todo, un t&#237;o muy listo. No hagas gilipolleces in&#250;tiles. Se trata s&#243;lo de una peque&#241;a disputa entre un tontorr&#243;n y una desequilibrada. No vale la pena.

Se despidi&#243; y despu&#233;s colg&#243; el tel&#233;fono sin esperar mi respuesta.


La primera vez ocurri&#243; cuando yo ten&#237;a nueve a&#241;os, una ma&#241;ana de verano.

Mi madre se hab&#237;a ido a trabajar. &#201;l se hab&#237;a quedado en casa conmigo y con mi hermana. Tres a&#241;os menor que yo. Estaba en casa porque lo hab&#237;an despedido. Nosotros est&#225;bamos en casa porque hab&#237;an empezado las vacaciones de verano pero no ten&#237;amos ning&#250;n sitio adonde ir. Aparte del patio de la comunidad de propietarios.

Recuerdo que hac&#237;a mucho calor. Pero ahora no s&#233; si de verdad hac&#237;a tanto calor.

Est&#225;bamos en el patio mi hermana, yo y los dem&#225;s ni&#241;os. Qu&#233; extra&#241;o. Recuerdo que jug&#225;bamos al f&#250;tbol y yo acababa de marcar un gol. &#201;l se asom&#243; al balc&#243;n y me llam&#243;. Iba en calzoncillos cortos de color beige y camiseta blanca.

Me dijo que subiera, que necesitaba una cosa.

Yo le pregunt&#233; si pod&#237;a terminar de jugar y &#233;l me dijo que subiera, que en cuesti&#243;n de cinco minutos podr&#237;a volver a bajar. Les dije a los otros ni&#241;os que volv&#237;a enseguida y sub&#237; corriendo los dos pisos que llevaban a nuestra vivienda barata. En aquellos edificios no hab&#237;a ascensor.

Llegu&#233; al rellano y encontr&#233; la puerta entornada. Cuando entr&#233;, lo o&#237; llamarme desde la habitaci&#243;n que ellos ocupaban al fondo del pasillo. La puerta de aquella habitaci&#243;n tambi&#233;n estaba entornada.

Dentro, la cama estaba deshecha y ol&#237;a a cigarrillos. &#201;l estaba tumbado con las piernas separadas y me dijo que me acercara.

Porque me ten&#237;a que explicar una cosa, dijo.

Ten&#237;a nueve a&#241;os.



13

Al t&#233;rmino de la conversaci&#243;n telef&#243;nica con Dellissanti le dije a Maria Teresa que no quer&#237;a que me molestaran por espacio de diez minutos. Siempre me sent&#237;a un poco idiota cuando le dec&#237;a a mi secretaria que no quer&#237;a que me molestaran por ning&#250;n motivo, pero a veces era necesario. Apoy&#233; los pies en el escritorio, entrelac&#233; las manos detr&#225;s de la nuca y cerr&#233; los ojos.

Un antiguo m&#233;todo para cuando noto que me invade la ansiedad y no s&#233; qu&#233; hacer.

Abr&#237; de nuevo los ojos diez minutos despu&#233;s, encontr&#233; entre los papeles la hojita con aquel n&#250;mero de tel&#233;fono m&#243;vil y llam&#233; a sor Claudia. El tel&#233;fono son&#243; diez veces sin que hubiera respuesta y, al final, puls&#233; la tecla roja de fin de llamada.

Me estaba preguntando qu&#233; hacer en aquel momento. Cuando llamo a un m&#243;vil y no me contestan, siempre experimento la desagradable sensaci&#243;n de que lo hacen a prop&#243;sito. Quiero decir que han visto el n&#250;mero, se han dado cuenta de que soy yo y se han abstenido deliberadamente de contestar. Porque no les apetece hablar conmigo. Un legado de mis inseguridades infantiles, supongo.

Son&#243; mi m&#243;vil. Era sor Claudia que, evidentemente, no se hab&#237;a abstenido de contestar, puesto que me estaba llamando pocos segundos despu&#233;s de que yo lo hiciera.

&#191;S&#237;?

Acabo de recibir una llamada de este n&#250;mero. &#191;Con qui&#233;n hablo?

Soy el abogado Guerrieri.

Pausa con silencio interrogativo.

Dije que necesitaba hablar con ella. Sin que estuviera presente Martina y con cierta urgencia. &#191;Pod&#237;a acudir a mi despacho, a ser posible aquella misma tarde?

No, aquella misma tarde no pod&#237;a ir; ten&#237;a que quedarse en la casa-refugio. No estaba ninguna de sus colaboradoras y no se pod&#237;a dejar la casa sin vigilancia. Entre otras cosas, tambi&#233;n se ocupaban de muchachas bajo arresto domiciliario y siempre ten&#237;a que haber alguien en la casa para los controles de los carabineros y la polic&#237;a y todo lo dem&#225;s. &#191;Y a la ma&#241;ana siguiente? A la ma&#241;ana siguiente tambi&#233;n ir&#237;a bien. &#191;Pero cu&#225;l era el problema? No hab&#237;a ninguno. O, mejor dicho, alg&#250;n problema s&#237; hab&#237;a, pero quer&#237;a hablar con ella personalmente, no por tel&#233;fono.

No s&#233; c&#243;mo se me ocurri&#243;, pero le dije que, en tal caso, yo mismo pod&#237;a acercarme a la casa-refugio a la ma&#241;ana siguiente, puesto que no ten&#237;a ning&#250;n juicio.

Hubo una larga y silenciosa pausa y entonces me di cuenta de haber metido la pata hasta el fondo. La casa-refugio se encontraba en un lugar secreto, me hab&#237;a dicho Tancredi. Con mi extempor&#225;nea y muy poco profesional propuesta hab&#237;a dejado a sor Claudia en un apuro. O me dec&#237;a que no era posible que nos vi&#233;ramos en la casa-refugio, porque yo no pod&#237;a ir a la casa-refugio, y ella se ve&#237;a obligada, a pesar de que la culpa hubiera sido m&#237;a, a decirme una cosa desagradable, o me dec&#237;a a rega&#241;adientes que fuera para no mostrarse ofensiva.

O me soltaba una buena excusa, cosa que probablemente habr&#237;a sido la mejor soluci&#243;n.

Muy bien, pues nos vemos aqu&#237;, en nuestra casa.

Lo dijo en el tono tranquilo de alguien que ha evaluado la situaci&#243;n y ha llegado a la conclusi&#243;n de que se puede fiar. Despu&#233;s me explic&#243; lo que ten&#237;a que hacer para ir a su casa. Estaba fuera de la ciudad y las indicaciones parec&#237;an elaboradas por un paranoico en fase terminal.


Me puse en marcha a las diez de la ma&#241;ana del d&#237;a siguiente y despu&#233;s, entre el tr&#225;fico urbano y los errores de trayecto ya en el campo, tard&#233; casi una hora. En el momento de salir me hab&#237;a puesto en el lector de CD The Ghost of Tom Joad; cuando llegu&#233;, el compact hab&#237;a terminado y estaba empezando a escucharlo por segunda vez. Ante mis ojos, la carretera de tierra, por la que yo circulaba muy despacio, se confund&#237;a con las im&#225;genes nocturnas de las carreteras norteamericanas, llenas de seres desesperados.


Shelter line stretchin round the corner

Welcome to the new world order

Families sleepin in their cars in the Southwest

No home no job no peace no rest. [[*]: #_ftnref1 La hilera de las chabolas se extiende m&#225;s all&#225; de la vuelta de la esquina / Bienvenidos al nuevo orden mundial / Familias durmiendo en el coche en el Sudoeste / Ni casa ni trabajo ni paz ni descanso.]


Al final llegu&#233; a una verja oxidada, cerrada con una cadena oxidada y un enorme candado. No hab&#237;a portero autom&#225;tico y, por consiguiente, llam&#233; a sor Claudia por el m&#243;vil para que me fueran a abrir. Poco despu&#233;s la vi aparecer, doblando una curva del camino particular, entre unos pinos de aspecto un tanto maltrecho. Abri&#243; la verja y con un gesto de la mano me indic&#243; d&#243;nde aparcar, se&#241;alando detr&#225;s de la curva y los &#225;rboles por entre los cuales ella hab&#237;a salido; despu&#233;s cerr&#243; cuidadosamente la verja y el candado mientras yo avanzaba por el camino de tierra sin perderla de vista a trav&#233;s del espejo retrovisor.

Acababa de aparcar en una explanada que hab&#237;a detr&#225;s de la casa -que, en realidad, era una alquer&#237;a- y estaba bajando del veh&#237;culo cuando vi regresar a sor Claudia.

Entramos en la alquer&#237;a. Ol&#237;a a limpio, a jab&#243;n neutro y a otra cosa que deb&#237;a de ser una especie de hierba, pero que yo no consegu&#237;a identificar con exactitud. Nos encontr&#225;bamos en una espaciosa estancia, con una chimenea de piedra de cara a la entrada, una mesa en el centro y puertas a los lados. Sor Claudia abri&#243; una de ellas y me precedi&#243;. Recorrimos un pasillo, al fondo del cual hab&#237;a una especie de distribuidor cuadrado con tres puertas a cada lado. Detr&#225;s de una de aquellas puertas estaba el despacho de sor Claudia. Era una estancia muy amplia, con un viejo escritorio de madera clara, ordenador, tel&#233;fono y fax. Una vieja y voluminosa instalaci&#243;n de alta fidelidad con tocadiscos. Dos silloncitos de piel negra con grietas por todas partes. Una guitarra cl&#225;sica apoyada en un rinc&#243;n. Un lev&#237;simo aroma de incienso con esencia de s&#225;ndalo.

Y estanter&#237;as. Y libros, y discos. Las estanter&#237;as estaban llenas, pero ordenadas. S&#243;lo consegu&#237; echar un vistazo. Apenas suficiente para leer al vuelo unos cuantos t&#237;tulos en ingl&#233;s. Why they kill era uno de ellos; Patterns of criminal homicide, otro. Me pregunt&#233; de qu&#233; se tratar&#237;a y por qu&#233; una monja hac&#237;a semejante tipo de lecturas. Nada de crucifijos por las paredes o, por lo menos, yo no los vi. Desde luego, no hab&#237;a ninguno detr&#225;s del escritorio. Lo que hab&#237;a all&#237; era un cartel con una frase impresa en cursiva, imitando la escritura infantil.

Dejad que los ni&#241;os se acerquen a m&#237; y no se lo impid&#225;is, porque de ellos es el Reino de Dios.

Evangelio seg&#250;n Lucas, 18, 16.

En una esquina del cartel hab&#237;a un dibujo. Un ni&#241;o de espaldas, cubri&#233;ndose la cabeza con las manos, como para protegerse de los golpes de alguien desde fuera de la escena; en el suelo, en primer plano, un osito de peluche abandonado. Era un dibujo muy triste y debajo ten&#237;a una leyenda que parec&#237;a una especie de logotipo, pero no consegu&#237; leerla.

Sor Claudia me hizo se&#241;as de que me sentara en uno de aquellos silloncitos y ella se acomod&#243; en el otro con un gesto fluido.

Aquella ma&#241;ana, en la casa-refugio, s&#243;lo hab&#237;a, aparte de ella, tres chicas bajo arresto domiciliario. Y estaban muy bien escondidas, pens&#233;, pues el lugar parec&#237;a completamente desierto.

&#191;Y bien?, me pregunt&#243; con la mirada.

Era l&#243;gico. Pero, en aquel momento, no sab&#237;a por d&#243;nde empezar. En mi despacho habr&#237;a sido m&#225;s f&#225;cil. Y, adem&#225;s, no estaba seguro de saber por qu&#233; motivo hab&#237;a querido ir a parar all&#237;. Lo cual constitu&#237;a un problema a&#241;adido.

Necesito necesito saber algo m&#225;s acerca de Martina. De cara al juicio que empieza, como usted sabe, dentro de unos d&#237;as.

Algo m&#225;s, &#191;en qu&#233; sentido?

Ah&#237; est&#225;, precisamente. &#191;Y si Martina es una psicol&#225;bil, una loca, una mit&#243;mana y estamos a punto de meternos en un l&#237;o todav&#237;a m&#225;s gordo del que pens&#225;bamos al principio?

Lo que quiero decir &#191;le consta de alguna manera que Martina haya tenido problemas psiqui&#225;tricos?

&#191;Y eso qu&#233; significa?

Tono muy poco colaborador.

&#191;Ha estado sometida alguna vez a tratamiento, ha sufrido depresi&#243;n, agotamiento nervioso o alguna otra cosa? &#191;Est&#225; loca?

&#191;Por qu&#233; me pregunta eso? &#191;Qu&#233; tiene que ver con el juicio?

El mismo tono de antes. Mejor dicho, un poco peor.

Muy bien, no quieres colaborar. Total, en la vista ser&#233; yo el que se cubra de mierda y despu&#233;s, cuando todo termine, me dedicar&#233; a llevar asuntos relacionados con accidentes de tr&#225;fico. Eso, si todo va bien.

Larga pausa por mi parte. Respiraci&#243;n profunda. Por la nariz. La m&#237;a. Del tipo yo tengo mucha paciencia, pero, co&#241;o, me tienes que dejar hacer mi trabajo. Ella, callada. A la espera. Me estaba poniendo nervioso.

Pr&#233;steme atenci&#243;n, sor Claudia. Los juicios son una cosa bastante delicada y, sobre todo, bastante complicada. El hecho de que uno, o una, tenga raz&#243;n casi nunca es suficiente. Cuando se celebra un juicio, se hacen preguntas y repreguntas; el defensor de un acusado, cuando interroga a un testigo de cargo, trata de desacreditarlo por todos los medios l&#237;citos posibles. Y a veces incluso il&#237;citos. Si nos constituimos en parte civil, yo tengo que saber qu&#233; es lo que sacar&#225; a relucir el abogado de Scianatico. Tengo que saber si tratar&#225;n de afirmar que Martina es una persona psicol&#225;bil, carente de credibilidad, o cualquier otra cosa; tengo que estar preparado para rebatir sus afirmaciones.

No le sigo. Si se demuestra que &#233;l ha hecho determinadas cosas, &#191;eso no es suficiente? &#191;Qu&#233; tienen que ver los problemas de salud de Martina?

Quisiera hablar claro, pero es evidente que no lo consigo. De eso se trata, precisamente: hay que demostrar que &#233;l ha hecho determinadas cosas. Y nuestra prueba son precisamente las declaraciones de la se&#241;orita Fumai, porque para el juicio no hay mucho m&#225;s. Todo gira alrededor de su credibilidad. O a la ausencia de ella. A un acusado que se defiende en un juicio como &#233;ste, aunque tenga un buen abogado -en este caso, es un abogado muy bueno y peligroso- le interesa mucho revelar por sorpresa que la presunta v&#237;ctima

&#191;Presunta v&#237;ctima?

Hasta que en un juicio no se demuestra que alguien ha cometido un determinado delito, este alguien es un presunto inocente. Y, si hay un presunto inocente, lo m&#225;s que podemos tener es una presunta v&#237;ctima. Tanto si le gusta como si no, aqu&#237; las cosas funcionan as&#237;.

No hab&#237;a levantado la voz, pero el tono era decididamente tenso.

Martina ha tenido problemas psiqui&#225;tricos -dijo finalmente sor Claudia.

&#191;Qu&#233; clase de problemas?

No s&#233; si estoy autorizada a hablar de ellos. No s&#233; si Martina quiere que se sepan estas cosas.

Ya se saben. Quiero decir, ya las sabe Scianatico y las sabe su abogado. Fue &#233;l quien me llam&#243; ayer por la tarde. M&#225;s o menos me ha amenazado y me ha venido a decir que mi cliente es una loca. Yo no puedo ignorar eso. Podr&#237;a haber hablado directamente con ella, claro. Es m&#225;s, tendr&#233; que hacerlo con toda seguridad. Aunque s&#243;lo sea para explicarle lo que podr&#237;a ocurrir en el juicio. Pero, cuando le hable, es mejor que sepa de qu&#233; hablo. &#191;Me sigue?

Apoy&#243; el codo en el brazo del silloncito y la cabeza en la mano abierta. Permaneci&#243; en dicha posici&#243;n puede que un minuto, sin mirarme. Sin mirar nada de la estancia.

Martina tuvo problemas en su infancia. Descarto que ellos puedan saber algo acerca de esos problemas. De mayor y en los &#250;ltimos a&#241;os ha padecido una forma de depresi&#243;n combinada con anorexia nerviosa. Probablemente, &#233;sta es la informaci&#243;n de que disponen.

&#191;Cu&#225;ndo ocurri&#243;?

Quiz&#225; hace unos cinco a&#241;os, puede que un poco m&#225;s. Por lo que respecta a la anorexia, se manifest&#243; de una forma, tal como dicen los m&#233;dicos, especialmente grave. Estuvo ingresada varios d&#237;as y tuvieron que alimentarla de manera artificial. Incluso con sonda.

&#191;Ya hab&#237;a conocido a Scianatico?

No. Al salir del hospital, estuvo sometida a terapia durante mucho tiempo. Cuando conoci&#243; a aquel a aquel sujeto, ya se hab&#237;a curado. Dentro de los l&#237;mites en que una persona se cura de este tipo de problema.

&#191;Quiere decir que tuvo reca&#237;das?

No. Por lo menos, no en el sentido de haber tenido que ingresar en un centro. En los momentos de crisis tiene problemas con la comida, pero son problemas que consigue controlar. Lo consigui&#243; incluso en los momentos m&#225;s dif&#237;ciles de su historia con ese t&#237;o. En cualquier caso, tiene un m&#233;dico que la sigue.

&#191;Un psiquiatra?

Un psiquiatra.

Hice una pausa. Por una cuesti&#243;n personal. Un retazo repentino de mi pasado; unos recuerdos que apart&#233; de mi mente sin conseguir librarme del todo de la cacofon&#237;a de su acompa&#241;amiento.

Y Scianatico lo sabe todo acerca de esta historia.

No era una pregunta.

En este momento creo sinceramente que s&#237;.

No hab&#237;a mucho m&#225;s que a&#241;adir. Me hab&#237;a temido lo peor. Quiero decir, Martina no estaba loca, no era una esquizofr&#233;nica, una man&#237;aco-depresiva ni nada de todo eso. Hab&#237;a tenido problemas de depresi&#243;n y trastornos de alimentaci&#243;n, pero los hab&#237;a superado. M&#225;s o menos. Era una cosa que se pod&#237;a manejar en el transcurso del juicio. Una situaci&#243;n ideal, no, por supuesto -y eso ya se sab&#237;a-, pero me hab&#237;a temido cosas peores.

Ahora s&#243;lo necesito que sea la propia Martina la que me hable de todo esto. En primer lugar, porque necesito m&#225;s detalles, papeles, documentaci&#243;n m&#233;dica. Todo. Y despu&#233;s, porque es justo que as&#237; sea. Ella me dir&#225; cu&#225;les son, cu&#225;les han sido, sus problemas y yo le dir&#233; a qu&#233; nos enfrentamos en el juicio. Al final, tendr&#225; que ser ella quien decida.

Sor Claudia dijo que muy bien, que en cuesti&#243;n de unos d&#237;as acompa&#241;ar&#237;a a Martina a mi despacho. Antes le explicar&#237;a lo que yo necesitaba y tambi&#233;n le explicar&#237;a por qu&#233; lo necesitaba.

Hubo unos cuantos minutos de silencio en suspenso. Despu&#233;s ambos nos levantamos casi simult&#225;neamente. Hora de irme.

&#191;Le puedo hacer una pregunta?

Me mir&#243; a los ojos un instante; despu&#233;s me hizo se&#241;as de que s&#237;, de que pod&#237;a.

&#191;Por qu&#233; me ha permitido venir aqu&#237;?

Tras mirarme otro instante en silencio, se encogi&#243; de hombros y no me contest&#243;.

Salimos de la alquer&#237;a y recorrimos en sentido contrario el camino de la ida. No se ve&#237;a ni rastro de las chicas que viv&#237;an en aquel lugar. No hab&#237;a nadie. A nuestro alrededor el viento agitaba las ramas de los olivos, dando la vuelta a las hojas que, de esta manera, cambiaban de color, desde el verde del haz al misterioso y plateado gris del env&#233;s.

Caminando muy despacio llegamos a mi autom&#243;vil.

A veces soy agresiva. Sin motivo.

La mir&#233; sin contestar porque estaba claro que no hab&#237;a terminado.

Es que me cuesta fiarme de las personas. Incluso de las que est&#225;n en el lado apropiado. Es un problema m&#237;o.

Yo intento descargar la agresividad li&#225;ndome a pu&#241;etazos.

Se me ocurri&#243; decirlo as&#237; e inmediatamente me di cuenta de que la expresi&#243;n pod&#237;a resultar equ&#237;voca.

Quiero decir que practico un poco el boxeo. Creo que ayuda. Como las artes marciales orientales.

Sor Claudia levant&#243; la mirada hacia m&#237;, ligeramente sorprendida.

Qu&#233; extra&#241;o.

&#191;Por qu&#233;?

Porque yo soy instructora de boxeo oriental.

Bueno, ahora la cosa ya era un poco fuerte.

&#191;Boxeo chino? &#191;Quiere decir kung fu?

La expresi&#243;n kung fu no significa nada. O, mejor dicho, lo significa todo, pero no se refiere a ning&#250;n arte marcial en particular. Kung fu significa aproximadamente trabajo duro.

La conversaci&#243;n era ligeramente irreal. Hab&#237;amos pasado de los problemas psiqui&#225;tricos de Martina a las artes marciales y a la filosof&#237;a china, con alg&#250;n apunte de filolog&#237;a.

Le pregunt&#233; a sor Claudia qu&#233; era exactamente aquel boxeo chino del cual ella era instructora. Me explic&#243; que, seg&#250;n la leyenda, se trataba de una disciplina creada en China por una joven monja en el siglo XVI. El nombre de aquella disciplina era wing tsun y sor Claudia impart&#237;a sus clases dos veces a la semana en un gimnasio donde se practicaba la danza y el yoga.

Dije que me gustar&#237;a asistir a un entrenamiento y ella, tras haberme mirado a la cara unos momentos -como para asegurarse de que hablaba en serio y no hab&#237;a dicho algo s&#243;lo por hablar-, contest&#243; que me invitar&#237;a alguna vez.

Ahora s&#237; que ya hab&#237;amos terminado. As&#237; que hice un gesto de despedida un poco torpe con la mano, sub&#237; al autom&#243;vil y lo puse en marcha mientras ella se dirig&#237;a a abrir la verja para dejarme salir.

Mientras me alejaba muy despacio por la carretera de tierra, mir&#233; a trav&#233;s del espejo retrovisor. Sor Claudia no hab&#237;a vuelto a entrar. Permanec&#237;a de pie junto a una columna y parec&#237;a contemplar c&#243;mo mi coche se alejaba.

O, a lo mejor, miraba otra cosa, hacia alg&#250;n punto que yo no conoc&#237;a y ni siquiera pod&#237;a imaginar. Hab&#237;a algo en el hecho de que estuviera all&#237; sola, sobre el trasfondo de aquella campi&#241;a solitaria e irreal, que me provoc&#243; una repentina punzada de tristeza.

Al cabo de diez minutos, transcurridos en una especie de suspensi&#243;n de la conciencia, me encontr&#233; otra vez en una carretera asfaltada, de nuevo en el mundo exterior.



14

A la ma&#241;ana siguiente ten&#237;a un juicio en Lecce. De modo que me levant&#233; temprano y, despu&#233;s de la ducha y el afeitado, me puse uno de aquellos trajes serios que me pon&#237;a cuando viajaba por motivos de trabajo. Eso del traje serio, generalmente de color gris oscuro, era una costumbre adquirida cuando era un jovenc&#237;simo procurador. Hab&#237;a aprobado los ex&#225;menes a los veinticinco a&#241;os y a aquella edad mi aspecto era el de un novato estudiante universitario. Para parecer un aut&#233;ntico abogado, ten&#237;a que envejecer un poco, pensaba; y el traje gris oscuro me parec&#237;a ideal.

Con el paso de los a&#241;os, en Bari, donde me conoc&#237;an, el uniforme gris dej&#243; de ser indispensable. Entre otras cosas porque, con el paso de los a&#241;os, mi rostro de novato estudiante universitario ya mostraba alguna se&#241;al de evoluci&#243;n. Por as&#237; decirlo.

A los cuarenta a&#241;os conservaba la costumbre de ponerme un traje gris cuando viajaba por motivos de trabajo. Para que quedara claro all&#237; donde no me conoc&#237;an que era efectivamente un abogado. Concepto acerca del cual yo mismo albergaba en mi fuero interno alguna duda secreta.

En resumen y sea como fuere, me puse un traje gris, una camisa azul, una corbata estilo uniforme, cog&#237; la cartera que me hab&#237;a llevado a casa del despacho la v&#237;spera y sal&#237; tras haber dejado un caf&#233; en la mesilla de Margherita. Segu&#237;a durmiendo, con su firme y serena respiraci&#243;n.

Hab&#237;a llegado al garaje y estaba a punto de subir al coche cuando son&#243; el m&#243;vil.

Era el compa&#241;ero de Lecce que me hab&#237;a incorporado a su defensa. Me comunicaba que el presidente del tribunal al que se hab&#237;a asignado nuestra causa se hab&#237;a puesto enfermo y, por consiguiente, el juicio se aplazar&#237;a. O sea que era in&#250;til que me desplazara a Lecce s&#243;lo para escuchar un decreto de aplazamiento. Era in&#250;til, en efecto, convine. Pero &#191;c&#243;mo se las hab&#237;a arreglado para saber a las siete y media de la ma&#241;ana que el presidente se hab&#237;a puesto enfermo? Bueno, ya lo sab&#237;a desde la v&#237;spera, pero hab&#237;a tenido un d&#237;a muy ajetreado y se hab&#237;a olvidado. Muy bien, hombre. En cualquier caso, ya me comunicar&#237;a la fecha del aplazamiento. Ah, gracias, demasiado amable. Entonces, adi&#243;s. Pues s&#237;, adi&#243;s. Y a tomar por culo.

A m&#237;, por regla general, no me gusta levantarme temprano por la ma&#241;ana, a menos que sea estrictamente indispensable. Si me apetece ver un amanecer -a veces ocurre-, prefiero quedarme despierto toda la noche y despu&#233;s irme a dormir por la ma&#241;ana. Un procedimiento de cierta dificultad los d&#237;as laborables. Levantarme temprano -tener que levantarme temprano- me pone m&#225;s bien de los nervios.

Y aquella ma&#241;ana hab&#237;a ocurrido, por culpa de mi compa&#241;ero de Lecce. O sea que estaba por ah&#237; poco antes de las ocho en una bonita ma&#241;ana de noviembre. Sin nada que hacer, puesto que aquel d&#237;a, seg&#250;n el programa, lo iba a dedicar al juicio que se hab&#237;a aplazado en otra ciudad.

Estaba claro que no tardar&#237;a en sentirme dominado por el ansia y acabar&#237;a en mi despacho, tramitando asuntos que no eran urgentes y haciendo llamadas que no serv&#237;an para nada. Conozco el ansia. A veces consigo comprender sus trucos y derrotarla.

Pero a menudo gana ella y me obliga a cometer estupideces, aunque yo sepa muy bien que son estupideces. Como ir al despacho un d&#237;a en que podr&#237;a irme a otro sitio a leer un libro, escuchar un disco o ver una pel&#237;cula en uno de aquellos cines de sesiones matinales.

O sea que me ir&#237;a al despacho, pero a&#250;n no eran las ocho; demasiado pronto para dejarse aspirar por el torbellino del ansia de producci&#243;n. As&#237; que pens&#233; que pod&#237;a acercarme al paseo mar&#237;timo y desayunar en uno de aquellos bares de la zona del puerto que tanto me gustaban.

Tambi&#233;n me pod&#237;a fumar un buen pitillo.

No, eso no.

Menuda idea tan cabrona esa de dejar de fumar, pens&#233; mientras me dirig&#237;a hacia Corso Vittorio Emanuele.

Ya casi hab&#237;a llegado a las ruinas del Teatro Margherita y a sus obras de restauraci&#243;n definitiva cuando vi acercarse a mi encuentro un rostro que me resultaba vagamente familiar. Entorn&#233; los ojos -las gafas s&#243;lo me las pon&#237;a en el cine y para conducir- y observ&#233; que el otro esbozaba una especie de sonrisa y despu&#233;s levantaba un brazo a modo de saludo.

&#161;Guido!

&#161;Emilio!

Emilio Ranieri. Quince a&#241;os sin vernos, quiz&#225;. Puede que m&#225;s. Cuando nos acercamos el uno al otro, tras un breve titubeo, me abraz&#243;. Despu&#233;s de otro instante de titubeo, yo correspond&#237; al abrazo. Emilio Ranieri hab&#237;a sido compa&#241;ero m&#237;o de estudios en el instituto y despu&#233;s, durante dos o tres a&#241;os, hab&#237;amos ido juntos a la universidad. &#201;l lo hab&#237;a dejado antes de licenciarse para dedicarse al periodismo. Hab&#237;a empezado en una radio de Toscana y m&#225;s adelante lo hab&#237;a contratado el peri&#243;dico comunista LUnit&#224;, donde hab&#237;a permanecido hasta su cierre.

De vez en cuando me hab&#237;an hablado de &#233;l algunos amigos comunes, pero cada vez menos con el paso de los a&#241;os. En el per&#237;odo m&#237;tico de mi vida, a caballo entre finales de los a&#241;os setenta y principios de los ochenta, Emilio hab&#237;a sido uno de mis poqu&#237;simos amigos de verdad. Despu&#233;s hab&#237;a desaparecido; y yo tambi&#233;n hab&#237;a desaparecido de alguna manera.

Guido. Cu&#225;nto me alegro. Co&#241;o, pero si est&#225;s igual, aparte de un poco menos de pelo.

&#201;l no estaba igual. Conservaba todo el pelo, pero lo ten&#237;a casi enteramente blanco. En los &#225;ngulos de los ojos ten&#237;a unas arrugas que parec&#237;an excavadas en cuero; violentas y dolorosas, me parecieron. Y hasta la sonrisa era distinta, como asustada y derrotada.

Pero yo tambi&#233;n me alegraba. Es m&#225;s, me encantaba haberlo encontrado. Mi amigo Emilio.

Yo tambi&#233;n me alegro. Pero &#191;qu&#233; haces en Bari?

Ahora trabajo aqu&#237;.

&#191;Qu&#233; significa eso de que trabajas aqu&#237;?

Estaba en el paro desde que cerr&#243; LUnit&#224;. Despu&#233;s me enter&#233; de que aqu&#237; en Bari buscaban gente para completar la redacci&#243;n de la ANSA [[]: #_ftnref2 Agenzia Nazionale Stampa, la agencia de noticias italiana. (Nota de la T.)], me ofrec&#237; y me contrataron. Con los tiempos que corren, se puede decir que me ha ido bien.

&#191;Quieres decir que ahora vives aqu&#237; permanentemente?

Si no me echan. Cosa no imposible, pero bueno, procurar&#233; portarme bien.

Mientras Emilio me hablaba, experiment&#233; una extra&#241;&#237;sima y dolorosa mezcla de alegr&#237;a, rabia y tristeza. Hab&#237;a reparado de repente en una verdad que me hab&#237;a ocultado cuidadosamente a m&#237; mismo: desde hac&#237;a tiempo, ya no ten&#237;a ni un solo amigo.

Puede que eso sea normal cuando llegas a los cuarenta. Todos tienen sus ocupaciones, familias, ni&#241;os, separaciones, carreras, amantes, y la amistad es un lujo que no se pueden permitir. Quiz&#225; la verdadera amistad es el lujo de los veinte a&#241;os.

O, a lo mejor, es que s&#243;lo digo chorradas. El caso es que en aquel momento me di cuenta, dolorosamente, de que ya no ten&#237;a amigos.

Por eso me alegraba tanto de que Emilio estuviera all&#237; conmigo; me alegraba de que aquel juicio se hubiera aplazado y me alegraba de haber decidido tomarme una hora libre.

Venga, vamos a tomarnos un caf&#233;.

Vamos -dijo &#233;l, esbozando una vez m&#225;s aquella sonrisa como asustada.

Tan incongruente en aquel rostro suyo de jefe del servicio de orden de la Federaci&#243;n Juvenil Comunista Italiana, en la &#233;poca de las palizas con los fascistas por una parte y las brigadas aut&#243;nomas socialistas por otra.

Nos sentamos en un peque&#241;o bar en los confines de la ciudad vieja. Yo tom&#233; un capuchino y un croissant; Emilio solo caf&#233;. Tras hab&#233;rselo bebido, se fum&#243; uno de los MS que fumaba desde la &#233;poca del instituto. &#201;ste no era el cigarrillo ultraslim y ultralight de Martina, a los que era tan f&#225;cil renunciar. Era un pedazo de historia, un prisma de emociones, una especie de m&#225;quina del tiempo.

Cuando dije no, gracias, con un trivial gesto de la mano, casi rechazando el paquete que Emilio me hab&#237;a ofrecido, observ&#233; una especie de decepci&#243;n en el rostro de mi amigo.

Fumar juntos, lo sab&#237;a muy bien, siempre hab&#237;a tenido un significado especial. Como un ritual de amistad.

Intercambiamos unas cuantas palabras sin la menor consistencia, de esas que se dicen para reanudar el contacto cuando ha transcurrido mucho tiempo; de esas que se dicen para volver a crear las coordenadas de un territorio que se ha convertido en desconocido.

Y tambi&#233;n sin la menor consistencia le pregunt&#233; por su mujer -no la conoc&#237;a, solo sab&#237;a que Emilio se hab&#237;a casado seis o siete a&#241;os atr&#225;s en Roma con una compa&#241;era-, formulando la habitual y trivial pregunta que la gente se suele intercambiar hacia los cuarenta.

&#191;T&#250; est&#225;s separado o has resistido?

Mientras hac&#237;a la pregunta, o&#237; caer un hielo met&#225;lico. Antes de que Emilio contestara; antes incluso de que terminara de pronunciar aquellas palabras que ya estaban fuera y no pod&#237;a retirar.

Lucia muri&#243;.

La escena pas&#243; a blanco y negro. Muda y ensordecedora. Y repentinamente sin sentido.

Me vino a la mente una frase de Fitzgerald, pero no la recordaba muy bien. En la noche oscura del alma siempre son las tres de la madrugada.

Se mezcl&#243; con los fragmentos de una conversaci&#243;n inexistente en el interior de mi cabeza, que giraba en vac&#237;o como el motor de un autom&#243;vil. &#191;Cu&#225;ndo muri&#243;? &#191;Por qu&#233;? Ah, se llamaba Lucia. Encantado. Es un bonito nombre, Lucia. Lo siento. &#191;Cu&#225;ntos a&#241;os ten&#237;a? &#191;Era guapa? &#191;C&#243;mo est&#225;s, Emilio? Mi m&#225;s sentido p&#233;same. Hay que seguir adelante. &#191;Por qu&#233; nunca nadie me dijo nada? &#191;Y qui&#233;n me lo habr&#237;a tenido que decir? &#191;Qui&#233;n?

Oh, mierda, mierda, mierda.

Se puso enferma y muri&#243; en tres meses.

La voz de Emilio era serena, casi &#225;tona. Delante de mi rostro mudo y disperso cont&#243; su historia y la de Lucia. Muchacha de treinta y cuatro a&#241;os que un d&#237;a de abril fue al m&#233;dico a recoger unos an&#225;lisis y se enter&#243; de que su tiempo ya estaba casi a punto de caducar. A pesar de las muchas cosas que todav&#237;a le quedaban por hacer. Cosas importantes, como un ni&#241;o, por ejemplo.

Sabes, Guido, en estos momentos piensas un mont&#243;n de cosas. Y, sobre todo, piensas en el tiempo malgastado. Piensas en los paseos que no has dado, en las veces que no has hecho el amor, en la vez que mentiste. Y en las veces que hiciste de contable con la moneda de los afectos. S&#233; que es una tonter&#237;a, pero piensas que desear&#237;as volver atr&#225;s y decirle lo mucho que la quieres todas las veces que no lo hiciste y deber&#237;as haberlo hecho. Es decir, siempre. Y no es s&#243;lo el hecho de que no quieres que se muera. Es el hecho de que quisieras no haber malgastado el tiempo de aquella manera.

Hablaba en presente. Porque su tiempo se hab&#237;a roto.

Me lo cont&#243; todo con calma. Como si quisiera agotar el tema. Me cont&#243; c&#243;mo ella se hab&#237;a transformado en el transcurso de aquellas pocas semanas; c&#243;mo se le hab&#237;a empeque&#241;ecido el rostro, se le hab&#237;an adelgazado los brazos y se le hab&#237;an quedado las manos sin fuerza.

Yo permanec&#237;a en silencio, pensando que jam&#225;s en mi vida hab&#237;a contemplado el dolor de una manera tan tersa, n&#237;tida y pura.

Desesperada.

Despu&#233;s lleg&#243; el momento de despedirnos.

Nos levantamos de la mesita y dimos unos cuantos pasos juntos. Emilio parec&#237;a tranquilo. Yo no. Sac&#243; el billetero, rebusc&#243; un poco en su interior y sac&#243; un resguardo. De una lavander&#237;a que funcionaba con fichas, de esas que estaban empezando a proliferar por toda la ciudad, con r&#243;tulos amarillos y un nombre americano. Escribi&#243; encima su n&#250;mero de tel&#233;fono y me lo entreg&#243; mientras yo le daba una de mis est&#250;pidas tarjetas de visita. Me dijo que lo llamara, aunque &#233;l me llamar&#237;a de todos modos.

Parec&#237;a tranquilo. Sus ojos miraban hacia otro lugar.


Lo dej&#233; sonar tres, cuatro, cinco, seis veces. A cada timbrazo aumentaba la urgencia y la angustia. Estaba a punto de colgar y probar con el m&#243;vil cuando o&#237; en el otro extremo de la l&#237;nea la voz de Margherita que contestaba.

&#191;S&#237;?

Tono apremiante de alguien que est&#225; a punto de salir de casa para irse al trabajo. Yo permanec&#237; en silencio un instante porque, de repente, no sab&#237;a qu&#233; decir y me sent&#237;a la garganta obstruida.

&#191;Qui&#233;n habla?

Soy yo.

Uy. Estaba a punto de salir, me has pillado en la puerta. &#191;Ya est&#225;s en Lecce?

Te quer&#237;a decir

&#191;?

Te quer&#237;a decir

Guido, &#191;qu&#233; pasa? &#191;Te encuentras bien? &#191;Ha ocurrido algo?

Ahora una ligera nota de alarma en la voz.

No, no. No ha ocurrido nada. No he ido a Lecce, el juicio se ha aplazado.

Interrump&#237; mis palabras, pero esta vez ella no pregunt&#243; nada. Permaneci&#243; en silencio, esperando.

Margherita -mientras hablaba, me di cuenta de que jam&#225;s la llamaba por su nombre-, &#191;recuerdas la vez que me enviaste un mensaje a trav&#233;s del m&#243;vil?

La recuerdo. Te escrib&#237; que haberte encontrado era una de las cosas m&#225;s bonitas que me hab&#237;an ocurrido en la vida. No era verdad. Es la m&#225;s bonita.

Pues bueno, yo quer&#237;a decirte lo mismo pero quer&#237;a decir que ahora no te puedo explicar

Tartamudeaba.

Guido, yo te quiero. Como jam&#225;s he querido a nadie en toda mi vida.

Entonces dej&#233; de tartamudear.

Gracias.

&#191;Gracias? Eres un t&#237;o muy raro, Guerrieri.

Es verdad. &#191;Cenamos fuera esta noche?

&#191;Invitas t&#250;?

S&#237;. Hasta luego.

Hasta luego. Nos vemos esta noche.

Se cort&#243; la comunicaci&#243;n. Yo estaba parado en la esquina entre Corso Vittorio Emanuele y Via Sparano. Las tiendas estaban abriendo, los camiones descargaban sus mercanc&#237;as, la gente caminaba con la cabeza gacha.

Gracias, repet&#237; antes de reanudar mi camino.



15

A la ma&#241;ana siguiente fui al Tribunal directamente desde casa. Ten&#237;a un juicio por proxenetismo.

Mi clienta era una ex modelo y actriz de pel&#237;culas porno, acusada de haber organizado un negocio con otras chicas. Junto con otras dos, actuaba de intermediaria entre las chicas y los clientes; trabajaba con el tel&#233;fono e Internet y cobraba una comisi&#243;n sobre las transacciones que llegaban a feliz t&#233;rmino. Ella misma se prostitu&#237;a con algunos clientes muy selectos y muy acaudalados. No gestionaba una casa de citas ni nada por el estilo. Simplemente pon&#237;a en contacto la demanda con la oferta. Las chicas trabajaban en casa, ninguna de ellas era explotada; nadie sufr&#237;a da&#241;os.

Con un empe&#241;o digno sin duda de mejor causa, la Fiscal&#237;a y la polic&#237;a se hab&#237;an pasado meses indagando acerca de esta peligrosa organizaci&#243;n. Hab&#237;an efectuado labores de vigilancia, hab&#237;an detenido a los clientes a la salida de los domicilios de las chicas y, sobre todo, hab&#237;an pinchado tel&#233;fonos y ordenadores.

Al t&#233;rmino de la investigaci&#243;n, se hab&#237;a dictado el ingreso en prisi&#243;n para las tres organizadoras del tinglado. La disposici&#243;n dec&#237;a que el alto grado de peligrosidad social manifestado por las tres investigadas, su capacidad de servirse con soltura, para la puesta en pr&#225;ctica de sus proyectos delictivos, de los medios m&#225;s sofisticados de la moderna tecnolog&#237;a (tel&#233;fonos m&#243;viles, Internet, etc.), su habilidad para reiterar conductas antisociales, conduce a considerar indispensable la custodia cautelar en su forma m&#225;s severa, es decir, la prisi&#243;n preventiva.

Nadia hab&#237;a permanecido dos meses en la c&#225;rcel y otros dos bajo arresto domiciliario, tras los cuales hab&#237;a sido puesta en libertad. En la primera fase del juicio la hab&#237;a representado otro compa&#241;ero; despu&#233;s hab&#237;a recurrido a m&#237; sin explicarme por qu&#233; motivo hab&#237;a querido cambiar de abogado.

Era una mujer elegante e inteligente. Aquella ma&#241;ana yo ten&#237;a que defender su causa en un proceso abreviado, es decir, delante del juez de la audiencia preliminar.

Casi el total de las pruebas en su contra lo proporcionaban los tel&#233;fonos y ordenadores pinchados. Sobre la base de los resultados de las grabaciones quedaba claro que Nadia, junto con sus dos amigas, hab&#237;a -tal como se le&#237;a en los cargos- organizado, coordinado, dirigido a un n&#250;mero indeterminado pero en cualquier caso considerable de mujeres dedicadas a la prostituci&#243;n, sirviendo de intermediaria entre las citadas mujeres y sus clientes y percibiendo por el mencionado servicio y, en general, por el apoyo log&#237;stico proporcionado al il&#237;cito tr&#225;fico, porcentajes sobre los emolumentos de las meretrices, que oscilaban entre el diez y el veinte por ciento, etc, etc.

Mientras le&#237;a atentamente las actas, me hab&#237;a dado cuenta de que hab&#237;a un vicio de forma en las disposiciones mediante las cuales se hab&#237;an autorizado los pinchazos. Sobre aquel vicio de forma ten&#237;a previsto jugarme el juicio. Si el juez me daba la raz&#243;n, los pinchazos no se podr&#237;an utilizar y quedar&#237;a verdaderamente muy poco en contra de mi cliente. Y, por supuesto, no lo suficiente para una condena.

Cuando el secretario judicial pas&#243; lista y Nadia contest&#243; que estaba presente, el juez la mir&#243; sin conseguir ocultar una sombra de estupor. Con su traje sastre gris antracita, la blusita blanca, el sobrio e impecable maquillaje, parec&#237;a todo menos una puta. Cualquiera que hubiera entrado en la sala y la hubiera visto all&#237;, sentada a mi lado entre las copias del expediente, habr&#237;a pensado que era una abogada. S&#243;lo que mucho, pero que mucho, m&#225;s agraciada que la media.

Una vez despachadas las formalidades, el juez dio la palabra a la acusaci&#243;n p&#250;blica. Era un joven fiscal de aspecto descuidado y aburrido. Sustitu&#237;a al que hab&#237;a llevado a cabo las investigaciones y no se esforzaba lo m&#225;s m&#237;nimo en disimular su tedio. No me ca&#237;a demasiado simp&#225;tico.

Dijo que la responsabilidad penal de la acusada resultaba evidente en las actas del juicio, que el decreto de aplicaci&#243;n de la custodia cautelar ya conten&#237;a una reconstrucci&#243;n completa de los hechos y las responsabilidades y que la pena a cumplir indicada en este caso, indudablemente grave, era la de tres a&#241;os de reclusi&#243;n y multa de dos mil quinientos euros. Fin de las conclusiones.

Nadia entorn&#243; los ojos un segundo mientras escuchaba aquellas peticiones y mene&#243; la cabeza como si quisiera apartar un pensamiento desagradable. El juez me dio la palabra.

Se&#241;or&#237;a. Podr&#237;amos defendernos f&#225;cilmente de estas acusaciones examinando punto por punto los resultados de las investigaciones y demostrando de qu&#233; manera no se deduce de ellos, por parte de mi defendida, una conducta de explotaci&#243;n o tan siquiera de encubrimiento de la prostituci&#243;n ajena.

Era falso. Examinando punto por punto los resultados de las investigaciones, se deduc&#237;a con toda claridad que Nadia hab&#237;a organizado, coordinado y dirigido un grupo indeterminado pero en cualquier caso considerable de mujeres dedicadas a la prostituci&#243;n. Justo eso.

Pero nosotros los abogados funcionamos por reflejo condicionado. Cualquiera que sea la situaci&#243;n, nuestro cliente es inocente, y lo que haga falta. No conseguimos evitarlo.

Sin embargo, el deber de un defensor -a&#241;ad&#237;-, es tambi&#233;n el de detectar y se&#241;alar al juez cualquier cuesti&#243;n preliminar que permita llegar a una decisi&#243;n r&#225;pida y econ&#243;mica.

Y le expliqu&#233; cu&#225;l era la decisi&#243;n r&#225;pida y econ&#243;mica. Expliqu&#233; que las grabaciones no se pod&#237;an utilizar porque algunas de las &#243;rdenes emitidas carec&#237;an por completo de motivo. La ausencia de motivo es un defecto irreparable en cualquier orden de autorizaci&#243;n para una intervenci&#243;n telef&#243;nica. Dije que, si aquellas intervenciones no se pod&#237;an utilizar -y, efectivamente, no se pod&#237;an utilizar-, ni siquiera era posible considerarlas y contra mi cliente no quedaba m&#225;s que un castillo de arena de conjeturas, etc etc. Mientras me dirig&#237;a al juez, hojeaba el expediente.

Cuando termin&#233;, el juez se retir&#243; a la sala de deliberaciones y all&#237; se qued&#243; durante casi una hora. Despu&#233;s sali&#243; y ley&#243; una sentencia absolutoria con la f&#243;rmula: por falta de pruebas.

Bravo, Guerrieri, me dije mientras el juez le&#237;a. Despu&#233;s salud&#233; con gran cordialidad -nosotros los abogados saludamos siempre con cordialidad a los jueces cuando absuelven a nuestros clientes- y abandon&#233; la sala en compa&#241;&#237;a de Nadia.

Ten&#237;a las mejillas arreboladas, como cuando te has pasado mucho rato en un ambiente muy caldeado o est&#225;s muy alterado. Sac&#243; un paquete de Marlboro y se encendi&#243; un cigarrillo utilizando un zippo.

Gracias -dijo, tras haber dado un par de ansiosas caladas.

Hice un movimiento de modestia con la cabeza. Pero me sent&#237;a muy orgulloso.

Me dijo que pasar&#237;a por la tarde por mi despacho. Para saldar las cuentas. Despu&#233;s, tras haberme mirado unos segundos a la cara, me pregunt&#243; si pod&#237;a decirme una cosa. Por supuesto que s&#237;, contest&#233;.

Usted es un abogado muy bueno, por lo que yo he podido ver. Pero es tambi&#233;n algo m&#225;s. Yo hago un trabajo en el que he aprendido a conocer a los hombres y a reconocer a los que valen la pena. Las pocas, poqu&#237;simas veces que los encuentro. Tuve dos abogados antes de usted. Los dos me pidieron, &#191;c&#243;mo dir&#237;a?, un complemento de la minuta directamente en sus despachos y cerrando con llave la puerta. Supongo que para ellos deb&#237;a de ser normal, en el fondo soy una puta y, por consiguiente

Dio una profunda calada al cigarrillo; yo no supe qu&#233; decir.

Y bueno, usted, aparte de conseguirme la absoluci&#243;n, me ha tratado con respeto. Y eso yo jam&#225;s lo olvidar&#233;. Cuando vaya a su despacho le llevar&#233; un libro. Aparte del dinero, claro.

Despu&#233;s me estrech&#243; la mano y se fue.


Decid&#237; irme a tomar un caf&#233; o cualquier otra cosa. Me sent&#237;a tan liviano como despu&#233;s de un examen en la universidad. O de haber ganado un juicio, precisamente.

En el pasillo que conduc&#237;a al bar, vi delante de m&#237; a Dellissanti en medio de un grupo de pasantes, j&#243;venes abogados y secretarias. Despu&#233;s de su llamada a mi despacho, no nos hab&#237;amos vuelto a hablar.

Mi primer impulso fue dar media vuelta, abandonar el Palacio de Justicia e irme a tomar el caf&#233; en un bar de la calle. Para evitar el encuentro. Incluso aminor&#233; el ritmo de mis pasos y casi me hab&#237;a detenido cuando o&#237; un vozarr&#243;n dici&#233;ndome en mi cabeza: &#191;pero es que te has agilipollado del todo? &#191;Tienes miedo de este fanfarr&#243;n y de su banda de esbirros? El caf&#233; te lo tomas donde te da la gana y ellos que se jodan. Textualmente. A veces me ocurre.

Volv&#237; a acelerar el paso, adelant&#233; a Dellissanti y a su s&#233;quito fingiendo no verlos y entr&#233; en el bar.

Me alcanzaron en la barra mientras estaba pidiendo un zumo de naranja.

Hola, Guerrieri.

Amable como una pit&#243;n.

Me volv&#237; como si s&#243;lo en aquel momento me hubiera percatado de su presencia.

Ah, hola, Dellissanti.

Bueno, pues, &#191;qu&#233; me dices?

&#191;Sobre qu&#233;?

&#191;Has comprobado lo que te dije? Sobre esa se&#241;orita, quiero decir.

No sab&#237;a qu&#233; contestar. Me fastidiaba darle cualquier tipo de respuesta y aquel hombre sab&#237;a c&#243;mo poner nervioso a su interlocutor. Vaya si sab&#237;a.

En realidad, habr&#237;a tenido que decirle que se cuidara de atender a su cliente. Acusado de graves delitos. Yo me cuidar&#237;a de defender a mi cliente. V&#237;ctima de aquellos mismos graves delitos.

Habr&#237;a tenido que decirle que no volviera a intentar hacerme llamadas como la de unos cuantos d&#237;as atr&#225;s, porque yo le quitar&#237;a las ganas de hacerlo.

En resumen, respuestas de hombre.

En lugar de eso, me las arregl&#233; para decirle que las cosas no eran lo que parec&#237;an y que, en todo caso, eran distintas a como se las hab&#237;an contado. Y, adem&#225;s, que no sab&#237;a c&#243;mo salir de aquel l&#237;o apenas unos d&#237;as despu&#233;s de haber aceptado el encargo. Sin un pretexto v&#225;lido, no hab&#237;a nada que hacer. Quiz&#225; en cuesti&#243;n de unas cuantas semanas o unos cuantos meses, seg&#250;n la marcha del juicio, podr&#237;amos volver a hablar.

En resumen, respuestas de cobarde.

De acuerdo, Guerrieri. Yo lo que te ten&#237;a que decir ya te lo he dicho. Haz lo que te parezca, despu&#233;s cada cual asume sus responsabilidades y paga las consecuencias de sus actos.

Dio media vuelta y se fue. Y con &#233;l todos los dem&#225;s, alineados como los miembros de un equipo. Perfectamente entrenados.

Al cabo de unos segundos, mene&#233; la cabeza, tal como hacen los perros cuando est&#225;n mojados y quieren sacudirse el agua de encima, y despu&#233;s me acerqu&#233; a la caja del bar para pagar.

Ya ha pagado el abogado Dellissanti -me dijo el cajero.

Estuve a punto de contestar que el zumo me lo pagaba yo o algo por el estilo. Despu&#233;s pens&#233; que era mejor evitar hacer el rid&#237;culo.

Siempre es mejor, dentro de los l&#237;mites de lo posible.

As&#237; que asent&#237; con la cabeza, hice un gesto de saludo y me fui.

El buen humor que me hab&#237;a proporcionado el resultado del juicio de aquella ma&#241;ana hab&#237;a desaparecido.



16

Martina y sor Claudia acudieron a mi despacho la v&#237;spera de la vista.

No fui directamente al grano. Me pas&#233; un rato dando unas cuantas vueltas alrededor, tal como suelo hacer casi siempre. Lo primero que hice fue decirle a Martina que no era necesario que se presentara a la ma&#241;ana siguiente. En aquella vista s&#243;lo se abordar&#237;an cuestiones preliminares, sugerencias de la acusaci&#243;n y peticiones de pruebas. Para eso era suficiente mi presencia.

No era necesario que perdiera un d&#237;a de trabajo, dije.

No era necesario que se asustara antes de lo necesario. Pens&#233;.

S&#243;lo tendr&#237;a que estar presente en la vista en la que la tendr&#237;amos que interrogar, probablemente en cuesti&#243;n de unas cuantas semanas.

Me pregunt&#243; qu&#233; ocurrir&#237;a exactamente en aquella vista. He ah&#237; la cuesti&#243;n.

Le dije lo que ocurrir&#237;a con todo el tacto del que fui capaz.

Primero la interrogar&#237;a la Fiscal&#237;a y despu&#233;s yo tambi&#233;n le har&#237;a algunas preguntas. Al final, vendr&#237;a el turno de la defensa.

&#201;sta es la parte m&#225;s complicada. La acusaci&#243;n se basa esencialmente en su palabra y, por consiguiente, el prop&#243;sito del abogado de Scianatico es muy sencillo: desacreditarla. Intentar&#225; conseguirlo por todos los medios. Intentar&#225; hacerla incurrir en contradicciones; intentar&#225; provocarla para que pierda la calma. No es probable que se comporte amablemente y, si lo hace, ser&#225; tan s&#243;lo para hacerle bajar la guardia. Hice una pausa antes de revelarle la peor parte. La mir&#233; a la cara. Parec&#237;a tranquila. Un poco aturdida, pero tranquila.

Sacar&#225; a relucir sus problemas de salud, Martina. Sacar&#225; a relucir la historia de su ingreso hospitalario y el hecho de que haya tenido problemas el tratamiento psiqui&#225;trico.

Martina no cambi&#243; de expresi&#243;n. Tal vez s&#243;lo hubo un aumento del desconcierto de su mirada.

Tal vez. Pero percib&#237; casi de inmediato el olor. Intenso y ligeramente &#225;cido.

Siempre he podido percibir el olor de las personas, reconocerlo y darme cuenta cuando cambia.

De ni&#241;o, cuando entraba en el ascensor, siempre sab&#237;a decir cu&#225;l de los vecinos hab&#237;a pasado antes por all&#237;. Y hasta asignaba nombres a los olores. Por ejemplo, hab&#237;a una se&#241;ora que viv&#237;a en nuestro edificio que ol&#237;a a sopa de jud&#237;as. Una chica triste, gafotas y p&#225;lida ol&#237;a, en cambio, a papel viejo y polvo. El propietario de una charcuter&#237;a dejaba en el ascensor un olor c&#225;lido y compacto que ocupaba el espacio y provocaba una sensaci&#243;n de incomodidad. Muchos a&#241;os despu&#233;s aspir&#233; otro igual en una tienda de Estambul. Era tan parecido que, por un instante, pens&#233; que el se&#241;or Curci iba a salir de repente de alg&#250;n sitio, con su grueso cuello, su peque&#241;a cabeza y sus cortos y macizos brazos. Transcurrieron unos cuantos segundos antes de que consiguiera escapar de aquel cortocircuito olfativo y recordar que aquel se&#241;or hab&#237;a muerto diez a&#241;os atr&#225;s, cuando yo a&#250;n viv&#237;a en casa de mis padres. Y, por consiguiente, no era posible que estuviera recorriendo las tiendas de Estambul.

A menudo me doy cuenta de si una mujer est&#225; indispuesta por el olor. Es una cosa que no suelo decir por ah&#237;, porque no es exactamente la clase de noticia que hace que las se&#241;oras se sientan c&#243;modas.

Soy capaz de percibir y reconocer el olor del miedo, que es muy desagradable, rancio y ancestral. Lo he advertido muchas veces en las comisar&#237;as, en los cuarteles de los carabineros, en las c&#225;rceles, asistiendo a los interrogatorios de mis clientes. De los m&#225;s desesperados, los m&#225;s d&#233;biles o s&#243;lo los m&#225;s cobardes, cuando comprenden que est&#225;n metidos de verdad en un buen l&#237;o y no tienen ninguna escapatoria.

La primera vez fue cuando, reci&#233;n convertido en letrado, tuve que atender de oficio a un hombrecillo acusado de homicidio. Me llamaron de noche desde la comisar&#237;a -estaba de guardia- porque ten&#237;an que someterlo urgentemente a interrogatorio. Dec&#237;an que hab&#237;a apu&#241;alado a un energ&#250;meno que poco antes le hab&#237;a propinado una tanda de bofetadas y pu&#241;etazos en un bar. Dec&#237;an que hab&#237;a un testigo que lo hab&#237;a visto. El hombrecillo -hombros estrechos y un poco encorvados, cara extraviada de peque&#241;o depredador- se defend&#237;a, neg&#225;ndolo todo. No es verdad, no es verdad, no es verdad, repet&#237;a meneando la cabeza con una voz casi mon&#243;tona y fuera de lugar, dada la situaci&#243;n. Ped&#237;a un careo con el testigo, que se equivocaba y seguramente se dar&#237;a cuenta del error cuando lo viera. Era convincente en la gris y escueta esencia de su defensa, y a m&#237; me asalt&#243; la duda de que los agentes hubieran metido la pata. Y creo que esa duda tambi&#233;n asalt&#243; al fiscal sustituto que lo estaba interrogando.

Despu&#233;s se produjo un golpe de escena. En la sala donde ten&#237;a lugar el interrogatorio entraron dos agentes; uno de ellos llevaba una bolsita de pl&#225;stico transparente a trav&#233;s del cual se ve&#237;a un cuchillo de gran tama&#241;o, de esos tipo rambo, con la hoja manchada de sangre. La cara de ambos agentes era la de un gato con un rat&#243;n en la boca. El de la bolsita la balance&#243; delante de la cara del hombrecillo.

Ahora s&#237; que est&#225;s bien jodido, cabroncete. Habr&#237;a sido mejor que t&#250; mismo nos ayudaras a encontrarlo. Ahora ya no sabemos qu&#233; hacer con tu confesi&#243;n. Hay m&#225;s huellas aqu&#237; que en todos los archivos de la comisar&#237;a. Y son todas tuyas.

Estaba muy claro que el agente habr&#237;a deseado subrayar sus palabras con un par de guantazos bien propinados. Pero, por desgracia -debi&#243; de pensar-, no pod&#237;a hacerlo en presencia del juez y el abogado.

No recuerdo exactamente lo que ocurri&#243; despu&#233;s. El hombre empez&#243; a negarlo, pero poco despu&#233;s confes&#243;, hay que reconocerlo. Aunque no recuerdo muy bien la secuencia, ni lo que dijo, ni lo que preguntaba el fiscal y tampoco lo que dije yo para otorgar un significado a mi in&#250;til presencia. En aquel momento no era importante. Lo que, en cambio, recuerdo muy bien es el olor que poco despu&#233;s invadi&#243; la peque&#241;a estancia de la comisar&#237;a. Anulando el pestazo a humo -el pestazo fr&#237;o de muchos a&#241;os y el pestazo a&#250;n caliente de una noche de interrogatorios-, los olores de las personas, del papel, del polvo, de los posos de caf&#233; en los vasitos de pl&#225;stico.

Era un olor agrio, invasor y un poco obsceno. Inconfundible para m&#237; despu&#233;s de aquella noche.


Inmediatamente despu&#233;s de haberle dicho a Martina que el abogado de Scianatico escarbar&#237;a en sus problemas m&#225;s &#237;ntimos y personales, percib&#237; aquel olor. No muy fuerte, pero inconfundible. Y no fue agradable. Trat&#233; de ignorarlo mientras empezaba a facilitarle instrucciones acerca de la manera en que deber&#237;a comportarse.

Tal como ya hemos dicho, intentar&#225; provocarla. Y, por consiguiente, la primera norma es no responder a las provocaciones. Es lo que &#233;l quiere, pero nosotros no se lo tenemos que dar.

&#191;C&#243;mo c&#243;mo puede intentar provocarme?

Con el tono de voz; con insinuaciones; preguntas agresivas.

Antes de seguir adelante, hice una breve pausa. Para respirar y echar un vistazo a sor Claudia. Su rostro mostraba la animada expresi&#243;n de una escultura de la isla de Pascua.

Alusiones a sus problemas personales tal como ya le he dicho.

&#191;Pero qu&#233; tienen que ver mis problemas con el juicio?

Claro, &#191;qu&#233; ten&#237;an que ver? Buena pregunta. Si has tenido necesidad de acudir a un psiquiatra, &#191;no puedes actuar como testigo? &#191;Puedes ejercer como abogado?, me pregunt&#233; antes de contestar, recordando algunos angustiosos fragmentos de mi pasado.

En abstracto, y quiero subrayarlo, en abstracto, el hecho de que un testigo haya tenido alg&#250;n tipo de problema de incomodidad o malestar con algo puede ser significativo. Para valorar la credibilidad de lo que dice, para reconstruir mejor la historia de sus declaraciones, etc&#233;tera. En concreto, nosotros -me refiero tanto a m&#237; como a la Fiscal&#237;a- prestaremos mucha atenci&#243;n para impedir que se produzcan abusos. Pero tampoco ser&#237;a una buena idea oponerse a cualquier pregunta acerca de sus problemas de salud

Dificultad emocional. Problemas de salud. Me detuve a pensar que estaba haciendo aut&#233;nticas acrobacias verbales para no llamar a las cosas por su verdadero nombre.

 acerca de sus problemas de salud, porque podr&#237;a parecer que tenemos algo que ocultar. Por tanto, mi idea es la siguiente, si ustedes si usted est&#225; de acuerdo. Vamos a tratar de adelantarnos. Cuando me corresponda a m&#237; interrogarla, yo ser&#233; el primero en hacerle preguntas acerca de estos temas. Ingreso hospitalario, tratamientos psiqui&#225;tricos, etc&#233;tera. De esta manera, sacamos a relucir esta cuesti&#243;n con toda naturalidad, mostramos que no tenemos nada que esconder, le arrebatamos al abogado de la defensa el efecto sorpresa y la ocasi&#243;n de influir en el juez, reducimos el riesgo de pasar por momentos de tensi&#243;n. &#191;Qu&#233; le parece?

Martina se volvi&#243; a mirar a sor Claudia; despu&#233;s me mir&#243; de nuevo a m&#237; e hizo una se&#241;al mec&#225;nica de asentimiento con la cabeza. El olor era m&#225;s intenso y me pregunt&#233; si sor Claudia pod&#237;a percibirlo. En caso afirmativo, no se pod&#237;a deducir de la expresi&#243;n de su rostro. De la expresi&#243;n de su rostro no se pod&#237;a deducir nada. Reanud&#233; mi exposici&#243;n.

Como es l&#243;gico, para poder hacerlo, es necesario que usted me lo cuente todo con calma.

Encendi&#243; un cigarrillo. Mir&#243; a su alrededor como si buscara algo entre los estantes, en el escritorio o al otro lado de la ventana. Despu&#233;s me lo cont&#243; todo. Una historia vulgar, como muchas otras.

Problemas con la alimentaci&#243;n desde la adolescencia. Problemas con los estudios en la universidad. Agotamiento nervioso causado por un examen que no consegu&#237;a aprobar. La depresi&#243;n, la anorexia y el ingreso hospitalario. Y despu&#233;s el comienzo de la recuperaci&#243;n. Los medicamentos, la psicoterapia. Conocer a una enfermera que tambi&#233;n trabajaba como voluntaria en Safe Shelter. Conocer a sor Claudia, su compromiso con las chicas en la casa-refugio. Al final, la licenciatura. El trabajo.

Conocer a Scianatico.

Y todo lo dem&#225;s, que yo sab&#237;a en parte. Me dijo tambi&#233;n otras cosas que yo no sab&#237;a acerca de su convivencia con Scianatico y de ciertas aficiones de &#233;ste. Cosas muy desagradables, pero que quiz&#225; podr&#237;amos exponer en el juicio si yo consegu&#237;a encontrar la manera de hacerlo.

Dijo tambi&#233;n algo acerca de su familia. Algo de su madre. Y de su hermana menor, que estaba casada y ahora ten&#237;a un hijo. Del padre, en cambio, no me habl&#243;, y l&#243;gicamente se me ocurri&#243; pensar que hab&#237;a muerto, pero no le hice ninguna pregunta al respecto.

El relato de Martina dur&#243; como m&#237;nimo tres cuartos de hora. Parec&#237;a un poco m&#225;s tranquila, como si se hubiera quitado finalmente un peso de encima, y me repiti&#243; que ya no tomaba medicamentos desde hac&#237;a por lo menos cuatro a&#241;os.

Esperemos que no vuelva a tomarlos despu&#233;s de este juicio, pens&#233;.

&#191;Le puedo preguntar una cosa? -dijo tras haber encendido otro de sus cigarrillos.

D&#237;game.

&#191;&#201;l estar&#225; presente en la sala cuando me interroguen?

No lo s&#233;. Es libre de ir o no ir; s&#243;lo lo sabremos aquella misma ma&#241;ana. Pero a usted le tiene que ser indiferente el hecho de que est&#233; o no est&#233;.

&#191;Pero &#233;l tambi&#233;n me podr&#225; hacer preguntas?

No. Las preguntas s&#243;lo se las puede hacer su abogado. Y a este respecto, recuerde una cosa: cuando el abogado la interrogue y cuando usted responda, no lo mire a &#233;l. Mire al juez, mire hacia delante; no lo mire a &#233;l. Recuerde que no tiene que entrar en conflicto con &#233;l, y eso es m&#225;s f&#225;cil si evita enfrentarse a &#233;l con la mirada. Y despu&#233;s, si no ha entendido bien una pregunta, no trate de contestar. Amablemente y sin mirarlo, d&#237;gale al abogado que no ha comprendido y p&#237;dale que se la repita. Y, si yo o la Fiscal&#237;a protestamos por alguna pregunta que le hagan, det&#233;ngase, no conteste y espere la decisi&#243;n del juez. Todas estas cosas se las repetir&#233; la v&#237;spera de la primera vista en la que ser&#225; interrogada, pero trate de recordarlas ya desde ahora.

Pregunt&#233; si hab&#237;a alguna otra cosa que quisieran saber. Martina mene&#243; la cabeza. Sor Claudia me mir&#243; unos instantes. Despu&#233;s debi&#243; de pensar que no era el momento para aquella pregunta, cualquiera que &#233;sta fuera. Ella tambi&#233;n neg&#243; con la cabeza.

Pues entonces, todo arreglado. Nos llamamos ma&#241;ana por la tarde y les digo qu&#233; ha ocurrido.

Es lo que dije mientras las acompa&#241;aba a la puerta.

Pero no estaba nada convencido de que todo estuviera arreglado.

Cuando se fueron, abr&#237; las ventanas, a pesar de que fuera hac&#237;a fr&#237;o. Para ventilar.

No quer&#237;a que el &#225;cido olor del miedo permaneciera mucho rato all&#237; dentro.



17

Cerr&#233; el despacho, regres&#233; a casa, cen&#233; con Margherita y, a la hora de ir a dormir, dije que bajar&#237;a a mi apartamento. Ten&#237;a que trabajar, examinar unos documentos para el juicio del d&#237;a siguiente y tardar&#237;a un buen rato en irme a la cama. No quer&#237;a molestarla y prefer&#237;a dormir en mi casa.

S&#243;lo era cierto que no quer&#237;a molestarla. Hay noches en que ya sabes que te la vas a pasar en blanco. No es que haya una se&#241;al especial, llamativa e inconfundible. Simplemente lo sabes. Y aquella noche lo sab&#237;a. Sab&#237;a que me meter&#237;a en la cama y all&#237; me quedar&#237;a, completamente despierto, por espacio de una hora o algo m&#225;s. Despu&#233;s me tendr&#237;a que levantar, porque no puedes estar en la cama las noches de insomnio. Dar&#237;a vueltas por la casa, me pondr&#237;a a leer algo con la esperanza de que me entrara el sue&#241;o, encender&#237;a el televisor y cumplir&#237;a todo el resto del ritual. No quer&#237;a que todo eso ocurriera en casa de Margherita. No quer&#237;a que me viera enfermo, aunque s&#243;lo fuera de insomnio ocasional. Me daba verg&#252;enza.

Cuando le dije que me iba a mi casa para trabajar, ella me mir&#243; directamente a los ojos.

&#191;Ahora vas a trabajar?

Pues s&#237;, ya te lo he dicho. Tengo ese juicio que empieza ma&#241;ana. Habr&#225; un mont&#243;n de cuestiones preliminares, es un juicio muy pesado y tengo que volver a organizado todo.

Eres uno de los peores embusteros que jam&#225;s he conocido.

Conque soy muy malo, &#191;eh?

De los peores.

Me encog&#237; de hombros, pensando que antes se me daba bastante bien decir mentiras. Aunque con ella jam&#225;s me hab&#237;a ejercitado.

&#191;Qu&#233; es lo que te ocurre? Si te apetece estar solo, basta con decirlo.

Claro, basta con decirlo.

Creo que esta noche no voy a dormir y, por consiguiente, no quiero que t&#250; tambi&#233;n te quedes despierta.

&#191;No vas a dormir? &#191;Y eso por qu&#233;?

No voy a dormir. No s&#233; exactamente por qu&#233;. A veces me ocurre. Lo de saberlo por adelantado, quiero decir.

Me mir&#243; de nuevo a los ojos, pero ahora con una expresi&#243;n distinta. Se preguntaba cu&#225;l deb&#237;a de ser el problema, puesto que yo no se lo hab&#237;a dicho y puede que ni siquiera lo supiera. Se preguntaba si pod&#237;a hacer algo. Al final, lleg&#243; a la conclusi&#243;n de que aquella noche no pod&#237;a hacer nada. Entonces me apoy&#243; la mano en un hombro, me lo apret&#243; un segundo y despu&#233;s me dio un r&#225;pido beso.

Muy bien, pues buenas noches, nos vemos ma&#241;ana. Y, si te entra sue&#241;o, no te quedes despierto s&#243;lo por coherencia.

Me retir&#233; con una especie de sensaci&#243;n de culpa indefinida y desagradable.

Despu&#233;s todo se desarroll&#243; seg&#250;n el gui&#243;n. Una hora dando vueltas en la cama con la est&#250;pida esperanza de haberme equivocado en la interpretaci&#243;n de los signos premonitorios. M&#225;s de una hora delante de la pantalla del televisor viendo hasta el final El lobo de la Sila, con Amedeo Nazzari, Silvana Mangano y Vittorio Gassman.

Interminables minutos leyendo Minima Moralia, el duro texto de Adorno. Con la esperanza, que trataba de ocultarme a m&#237; mismo, de aburrirme hasta el extremo de experimentar una sensaci&#243;n de sue&#241;o invencible. Me aburr&#237;, pero el sue&#241;o no lleg&#243;.

Me qued&#233; un poco traspuesto -una especie de ansioso duermevela- s&#243;lo cuando una luz enfermiza y un ligero, met&#243;dico e inexorable rumor de lluvia empezaron a filtrarse a trav&#233;s de las persianas, anunciando el d&#237;a que se avecinaba.

Cruc&#233; la ciudad bajo aquella misma lluvia, tratando de protegerme con un paraguas de bolsillo adquirido unas cuantas semanas atr&#225;s a un vendedor ambulante chino. Tal como suele ocurrir la segunda vez que se utiliza algo comprado a un chino -es decir, aquella ma&#241;ana-, el paraguas se rompi&#243; y yo me moj&#233;. Cuando, a punto de sonar las nueve y media, llegu&#233; a la sala del tribunal, no estaba de buen humor.



18

La sala donde se celebraban las vistas de Caldarola se encontraba hacia la mitad de un pasillo. Como todos los d&#237;as en que se celebraban juicios, la confusi&#243;n era tremenda. Se mezclaban entre s&#237; los acusados, sus abogados, los agentes de la polic&#237;a y los carabineros que ten&#237;an que declarar, am&#233;n de unos cuantos jubilados que pasaban las interminables ma&#241;anas asistiendo a juicios en lugar de jugar a cartas en los bancos de los parques. A aquellas alturas, todo el mundo los conoc&#237;a y ellos conoc&#237;an y saludaban a todo el mundo.

A unos cuantos metros de distancia de aquel numeroso grupo hab&#237;a otras personas con unas hojitas de papel en la mano y una expresi&#243;n desorientada; la expresi&#243;n de alguien que no habr&#237;a deseado estar all&#237;. Eran los testigos de los juicios, por regla general, las v&#237;ctimas de los delitos. En las hojitas dec&#237;a que estaban obligados a presentarse ante el juez y que en caso de incomparecencia no causada por leg&#237;timo impedimento, podr&#237;an ser obligatoriamente acompa&#241;ados por la polic&#237;a judicial y condenados al pago de una suma, etc&#233;tera, etc&#233;tera.

Estaban a punto de vivir una experiencia irreal en el mejor de los casos. Una experiencia que no servir&#237;a para aumentar su confianza en la justicia.

Entre los dos grupos se filtraba la muchedumbre de paso con un movimiento ininterrumpido. Funcionarios con carritos y montones de expedientes; acusados que buscaban la sala en que se iba a celebrar su juicio o bien a sus abogados; agentes de la polic&#237;a penitenciaria que acompa&#241;aban a detenidos esposados; rostros sombr&#237;os y extraviados; delincuentes con aire de habituales de los tribunales y las comisar&#237;as; otros delincuentes que al poco rato identificabas como agentes de la brigada antitironeros; j&#243;venes abogados con bronceados fuera de temporada, grandes cuellos de camisa y grandes nudos de corbata; personas normales desperdigadas por los tribunales por los m&#225;s variados motivos. Casi nunca buenos.

Todos habr&#237;an querido irse de all&#237; cuanto antes. Yo tambi&#233;n.

Sentada en un banco, con la mirada fija en una sucia pared, estaba sor Claudia. Con su habitual chaleco de piel negra y pantalones militares con grandes bolsillos. Nadie se hab&#237;a sentado a su lado. Ninguna de las personas que permanec&#237;an de pie se encontraba situada demasiado cerca de ella. Distancia de seguridad, vi escrito en mi cabeza durante un par de segundos.

No s&#233; c&#243;mo se las arregl&#243; para verme, porque su mirada estaba aparentemente clavada en la pared que ten&#237;a delante y yo me encontraba situado hacia un lado entre la gente. Pero lo cierto es que cuando ya estuve a cinco o seis metros de ella, volvi&#243; la cabeza como obedeciendo a una orden silenciosa e inmediatamente se levant&#243; con aquel movimiento suyo tan fluido y peligroso de animal depredador.

Me detuve a unos diez cent&#237;metros de ella, rozando aquella burbuja en la que los dem&#225;s no se atrev&#237;an a entrar. La salud&#233; con un movimiento de cabeza y ella correspondi&#243; de la misma manera.

&#191;C&#243;mo as&#237; ha venido?

Por una d&#233;cima de segundo, me pareci&#243; captar en su rostro algo similar a la turbaci&#243;n y una sombra de rubor. Una d&#233;cima de segundo, pero puede que s&#243;lo fueran figuraciones m&#237;as. Cuando habl&#243;, su voz era la de siempre, gris como el acero de ciertos cuchillos.

Martina no viene. Se lo dijo usted. Y entonces he venido yo para ver qu&#233; ocurre y cont&#225;rselo a ella despu&#233;s.

Asent&#237; con la cabeza y dije que ya pod&#237;amos entrar en la sala. La sesi&#243;n no tardar&#237;a en empezar y era mejor estar all&#237; para averiguar a qu&#233; hora empezar&#237;a nuestro juicio. Mientras lo dec&#237;a, me di cuenta de que a&#250;n no hab&#237;a visto a Scianatico y tampoco a Dellissanti.



19

Sor Claudia se sent&#243; detr&#225;s de la balaustrada que separa el espacio destinado al p&#250;blico del correspondiente a los abogados, los acusados, el ministerio p&#250;blico y el secretario. El juez. En resumen, el lugar en el que se celebra el juicio.

Tras haberle explicado brevemente lo que iba a ocurrir en cuesti&#243;n de un momento, me dirig&#237; al secretario judicial, que ya estaba sentado en su sitio. Ten&#237;a delante dos columnas de expedientes: los juicios que te&#243;ricamente se ten&#237;an que celebrar en aquella sesi&#243;n. Te&#243;ricamente. En la pr&#225;ctica, habr&#237;a suspensiones, nulidades, aplazamientos a petici&#243;n de la defensa o bien a causa de la excesiva acumulaci&#243;n de casos del d&#237;a de hoy. Es decir, al t&#233;rmino de la sesi&#243;n, el juez s&#243;lo habr&#237;a dictado sentencia en tres o cuatro causas como m&#225;ximo.

Caldarola no pensaba que el exceso de trabajo fuera algo muy digno de un magistrado.

Le ped&#237; al secretario que me dejara ver el expediente. Quer&#237;a comprobar la lista de los testigos del ministerio p&#250;blico y de la defensa. Yo no hab&#237;a entregado ninguna lista, porque daba por descontado que Alessandra Mantovani ya habr&#237;a solicitado todos los testigos relevantes.

El secretario me entreg&#243; el expediente y yo fui a sentarme en uno de los bancos reservados a los abogados. Todos todav&#237;a desiertos, a pesar de la muchedumbre que hab&#237;a fuera.

Como era de prever, Mantovani hab&#237;a solicitado todos los testigos necesarios: Martina, obviamente, el inspector de la polic&#237;a que hab&#237;a llevado a cabo las investigaciones, un par de chicas de Safe Shelter, la madre de Martina, los m&#233;dicos. No hab&#237;a ninguna sorpresa.

Las sorpresas desagradables estaban en la lista de la defensa. Hab&#237;a una decena de testigos que tendr&#237;an que declarar:

1) acerca de las relaciones entre el profesor Scianatico y la presunta parte ofendida, Martina Fumai, en convivencia comprobada;

2) en particular, acerca de las apreciaciones extra&#237;das del trato con el profesor Scianatico y la presunta parte ofendida;

3) acerca de sus conocimientos sobre las patolog&#237;as f&#237;sicas y ps&#237;quicas de la presunta persona ofendida y sobre los aspectos menos evidentes de los comportamientos derivados de dichas patolog&#237;as;

4) acerca de los motivos del cese de la convivencia de los que ellos tengan conocimiento.

Pero el verdadero problema no eran aquellos testigos. &#201;sos s&#243;lo serv&#237;an para el relleno. El problema era el nombre que cerraba la lista. El profesor Genchi, catedr&#225;tico de medicina legal y psiquiatr&#237;a forense. Se le requer&#237;a como asesor para que declarara:  acerca de las condiciones de salud mental de la  ofendida, evaluadas a trav&#233;s del contenido de las declaraciones testimoniales y de las pruebas documentales que se exigir&#225;n con el fin de establecer la idoneidad mental de la presunta persona ofendida para declarar como testigo y, en cualquier caso, de evaluar la credibilidad de los contenidos de dicha declaraci&#243;n.

Conoc&#237;a a aquel profesor; hab&#237;a coincidido con &#233;l en muchos juicios. Era una persona seria, muy distinto de algunos de sus colegas, que se dedican a preparar informes complacientes y muy bien pagados sobre delincuentes detenidos. Para sostener que &#233;stos padecen graves trastornos mentales que desaconsejan totalmente su ingreso en la c&#225;rcel y que, en consecuencia, deber&#237;an quedar de inmediato bajo arresto domiciliario. Huelga decir que esos se&#241;ores, en el noventa y nueve por ciento de los casos, est&#225;n m&#225;s sanos que una manzana. Y huelga decir tambi&#233;n que estos asesores lo saben muy bien, pero, ante seg&#250;n qu&#233; honorarios, no hilan demasiado delgado.

Genchi era una persona seria de quien los jueces se fiaban. Y era l&#243;gico que as&#237; fuera. Jam&#225;s se habr&#237;a prestado a declarar en un juicio para decir bobadas o para presentar un informe ama&#241;ado. Dellissanti hab&#237;a elegido a un experto que jam&#225;s habr&#237;a permitido que alguien ejerciera su influencia para conseguir que exagerara sus valoraciones. Lo cual significaba que se sent&#237;a muy seguro.

Mientras le&#237;a con preocupaci&#243;n percib&#237; una presencia a mi espalda. Me volv&#237;, levantando los ojos. Alessandra Mantovani, con la toga ya sobre los hombros. Me salud&#243; de manera muy profesional -buenos d&#237;as, abogado- y yo contest&#233; de la misma manera. Buenos d&#237;as, fiscal.

Despu&#233;s fue a sentarse en su sitio. Su rostro estaba imperceptiblemente tenso. Unas arruguitas en las comisuras de la boca; los ojos levemente entornados. Tuve la certeza de que ya hab&#237;a le&#237;do la lista de Dellissanti. El funcionario que la segu&#237;a deposit&#243; en su banco dos polvorientas carpetas de tapas descoloridas, llenas de expedientes. Trascurrieron unos minutos y finalmente entr&#243; Dellissanti con su consabido s&#233;quito de secretarias, ayudantes y pasantes. Casi inmediatamente son&#243; el timbre el&#233;ctrico que se&#241;alaba el comienzo de la vista.

Hab&#237;an llegado pr&#225;cticamente juntos. El abogado del acusado y el juez.

Una casualidad, seguro.



20

Los preliminares concluyeron enseguida.

El juez declar&#243; abierto el juicio oral y orden&#243; leer las acusaciones al secretario judicial; &#237;ntegramente, seg&#250;n las disposiciones legales. Algo que no suele hacerse en la pr&#225;ctica. El juez pregunta a las partes: &#191;damos por le&#237;das las acusaciones?. Y, por regla general, ni siquiera escucha la respuesta y sigue adelante. Da por descontado que a nadie le interesa escuchar la lectura de las acusaciones, porque todo el mundo ya las conoce perfectamente por adelantado.

Aquel d&#237;a Caldarola no dio por le&#237;das las acusaciones y las tuvimos que escuchar &#237;ntegras en la nasal y opresiva voz del secretario judicial Filannino Barletta. Un hombre delgado, de piel gris&#225;cea, poco pelo y una mueca de tristeza perversa en las comisuras de la boca.

Eso no me gust&#243;. Caldarola era un sujeto que intentaba por encima de todo despachar r&#225;pidamente los asuntos. Ol&#237;a a chamusquina que perdiera tanto tiempo con las formalidades, deb&#237;a de significar algo, pero yo no entend&#237;a muy bien qu&#233;.

Tras la lectura de las acusaciones, Caldarola invit&#243; al ministerio p&#250;blico a presentar sus peticiones de pruebas. Alessandra se levant&#243; y la toga se desliz&#243; impecablemente a lo largo del cuerpo sin que fuera necesario arreglarla sobre los hombros. Tal como le ocurr&#237;a a casi todo el mundo y, por ejemplo, a m&#237;.

Habl&#243; muy poco. Pr&#225;cticamente se limit&#243; a decir que demostrar&#237;a todos los hechos se&#241;alados en las acusaciones a trav&#233;s de los testigos de su lista y la exhibici&#243;n de documentos. Por su manera de mirar al juez, me di cuenta de que ella tambi&#233;n experimentaba una sensaci&#243;n similar a la m&#237;a. La de que algo estaba ocurriendo a nuestras espaldas.

Despu&#233;s me toc&#243; a m&#237;, y yo habl&#233; todav&#237;a menos. Me remit&#237;a a las peticiones del ministerio p&#250;blico, solicitaba interrogar al acusado, si &#233;l acced&#237;a a responder, y me reservaba hacer mis propias observaciones acerca de las peticiones de la defensa cuando las hubiera o&#237;do.

Se concede la palabra a la defensa del acusado.

Dellissanti se levant&#243;.

Gracias, Se&#241;or&#237;a. Estamos todos aqu&#237;, pero no deber&#237;amos estarlo. En efecto, hay juicios que ni siquiera tendr&#237;an que empezar. Y &#233;ste es uno de ellos.

Primera pausa. La cabeza se volvi&#243; hacia el banco donde est&#225;bamos sentados nosotros. Alessandra y yo. Buscaba provocarnos. Alessandra mostraba un rostro inexpresivo y miraba al vac&#237;o, hacia alg&#250;n lugar por detr&#225;s del estrado del juez. Yo no era tan h&#225;bil y, en lugar de ignorarlo, ten&#237;a los ojos clavados sobre &#233;l, que era exactamente lo que &#233;l quer&#237;a.

Un profesional, un acad&#233;mico &#237;ntegro a carta cabal, miembro de una de las familias m&#225;s importantes y respetadas de nuestra ciudad, ha sido arrastrado al barro por unas acusaciones falsas que s&#243;lo tienen su origen en el resentimiento de una mujer desequilibrada y

Me levant&#233; casi de golpe. Hab&#237;a mordido el anzuelo.

Se&#241;or juez, la defensa no puede hacer estas afirmaciones ofensivas. Y menos a&#250;n en esta fase en la que se tiene que limitar a la petici&#243;n de pruebas. Le ruego que invite al abogado Dellissanti a atenerse escrupulosamente a las disposiciones legales: exponer los hechos que pretende demostrar y solicitar la admisi&#243;n de las pruebas. Sin comentarios.

Caldarola me dijo que no era necesario que me alterara. Aunque, de todos modos, en caso de que no me tranquilizara, dar&#237;a exactamente lo mismo. El juego no estaba en mis manos.

Abogado Guerrieri, no se lo tome de esta manera. La defensa tiene derecho a aclarar el contexto y las razones de su petici&#243;n de pruebas. De otro modo, &#191;c&#243;mo puedo yo comprender si dicha petici&#243;n est&#225; justificada? Usted siga adelante, abogado Dellissanti. Y usted, abogado Guerrieri, procuremos evitar ulteriores interrupciones.

Hijo de puta. Lo pens&#233;, pero habr&#237;a deseado decirlo. Grand&#237;simo hijo de puta. &#191;Qu&#233; te han prometido?

Dellissanti tom&#243; de nuevo la palabra, totalmente a sus anchas.

Gracias, Se&#241;or&#237;a, usted ha captado perfectamente el sentido, como siempre. Es, en efecto, evidente que, para presentar nuestras pruebas, tengo que exponer algunas consideraciones que constituyen la premisa de dichas pruebas. Queremos presentar, en esencia, tal como efectivamente haremos, una petici&#243;n de comparecencia de un asesor psiqui&#225;trico. Debemos decir, y debemos poder decir, que lo haremos porque consideramos que la presunta persona ofendida est&#225; aquejada de graves trastornos ps&#237;quicos que ponen en entredicho su credibilidad e igualmente su capacidad para prestar declaraci&#243;n como testigo. En estas circunstancias, sobre todo cuando est&#225; en juego la honorabilidad, la libertad y la propia vida de un hombre como el profesor Scianatico, queda muy poco espacio para eufemismos o circunloquios. Les guste o no les guste al ministerio p&#250;blico y a la parte civil.

Otra pausa. Su cabeza se volvi&#243; de nuevo hacia nuestro banco. Alessandra era una especie de esfinge. Si bien, mir&#225;ndola con atenci&#243;n, se pod&#237;a percibir en ella una min&#250;scula y r&#237;tmica contracci&#243;n de la mand&#237;bula un poco por debajo del p&#243;mulo. Pero eso s&#243;lo mir&#225;ndola con mucha atenci&#243;n.

As&#237; que solicitamos, en primer lugar, probar que la presunta -dijo presunta con un bisbiseo que casi pareci&#243; un escupitajo- persona ofendida est&#225; aquejada de patolog&#237;as psiqui&#225;tricas que sabr&#225; exponer mejor nuestro asesor, debidamente consignado en la lista, el profesor Genchi. Un nombre que no necesita presentaci&#243;n. Pedimos, adem&#225;s, demostrar la existencia de dichas patolog&#237;as, las razones de la separaci&#243;n que tuvo lugar a su debido tiempo y, con car&#225;cter m&#225;s general, las de una situaci&#243;n de grave inadaptaci&#243;n social e inadecuaci&#243;n personal de la presunta parte ofendida a trav&#233;s de los testigos incluidos en nuestra lista. Solicitamos tambi&#233;n que preste declaraci&#243;n el profesor Scianatico, quien, lo comunico ya desde ahora, accede ciertamente a ser interrogado y a responder a cualquier pregunta para, de esta manera, poder facilitar ulteriores elementos que demuestren su inocencia. No tenemos ninguna consideraci&#243;n que hacer acerca de las peticiones de prueba presentadas por el ministerio p&#250;blico. Y tampoco acerca de las presentadas por la parte civil, la cual, a decir verdad, no parece haber hecho ninguna que sea especialmente significativa. Gracias, Se&#241;or&#237;a, he terminado.

Cuando Dellissanti termin&#243; de hablar, Caldarola ya estaba empezando a dictar su decreto.

El juez, o&#237;das las peticiones de las partes, considerando

Pido perd&#243;n, Se&#241;or&#237;a, pero tengo algunas observaciones que hacer sobre la petici&#243;n de pruebas formulada por la defensa. Si me concede usted la palabra.

Alessandra hab&#237;a hablado con una voz baja y cortante, apenas modulada por su leve acento de la regi&#243;n del V&#233;neto. Caldarola adopt&#243; una expresi&#243;n un tanto turbada e incluso me pareci&#243; observar un atisbo de rubor en su rostro, habitualmente amarillento. Como si lo hubieran sorprendido haciendo algo vagamente vergonzoso.

Faltar&#237;a m&#225;s, se&#241;ora fiscal.

No tengo ninguna observaci&#243;n acerca de la petici&#243;n de admisi&#243;n de los numerosos testigos se&#241;alados en la lista. Me parecen excesivos, pero no es la cuesti&#243;n que pretendo plantear. No ahora, por lo menos. Quisiera decir algo, en cambio, acerca de la petici&#243;n de comparecencia del profesor Genchi, se&#241;alado en la lista de la defensa como asesor especializado en psiquiatr&#237;a. Deseo plantear un par de cuestiones acerca de esta petici&#243;n. Una se refiere espec&#237;ficamente al caso que desde hoy nos ocupa. La otra es de car&#225;cter m&#225;s general y se refiere a si puede admitirse semejante petici&#243;n. &#191;El profesor Genchi ha visitado alguna vez a la se&#241;ora Martina Fumai? &#191;El profesor ha visto por lo menos alguna vez a la se&#241;ora Martina Fumai? La defensa no nos lo ha dicho, mientras que s&#237; nos ha dicho, en cambio, con gran, apod&#237;ctica y, sobre todo, ofensiva seguridad que la se&#241;ora Martina Fumai es una desequilibrada. Si, tal como yo creo, el profesor Genchi jam&#225;s ha visitado a la persona ofendida en este juicio, me pregunto sobre qu&#233; deber&#237;a versar su declaraci&#243;n como asesor. Porque la defensa, violando la esencia de su deber de revelar la informaci&#243;n obtenida para sus alegatos, no nos lo ha dicho. &#191;Es posible solicitar la realizaci&#243;n de pruebas psiqui&#225;tricas a un testigo, o incluso a un acusado, sin que de las actas se pueda deducir la necesidad de llevarlas a cabo? Hay que responder a esta pregunta de car&#225;cter general antes de adoptar una decisi&#243;n acerca de la petici&#243;n de la defensa. Porque, se&#241;or juez, acceder a semejante petici&#243;n sin que &#233;sta se fundamente en algo significa crear un peligroso precedente. Cada vez que un testigo no sea de nuestro agrado, por las m&#225;s variadas razones, buenas o menos buenas, podremos solicitar que venga un psiquiatra a hablarnos de los problemas privados y personales de este testigo. &#191;Y qui&#233;n no tiene problemas personales, emocionales o dependencias? Incluso problemas de alcoholismo. Unos problemas que s&#243;lo son asunto de cada uno y que el testigo desear&#237;a, con toda justicia, que siguieran siendo s&#243;lo asunto suyo.

Silabe&#243; las &#250;ltimas palabras volvi&#233;ndose a mirar a Dellissanti, sentado en su banco. Entre los distintos rumores que corr&#237;an acerca de &#233;l, se inclu&#237;a su afici&#243;n por las bebidas de alta graduaci&#243;n. Incluso en horarios no convencionales como, por ejemplo, a primera hora de la ma&#241;ana en bares de la zona donde ten&#237;a el despacho. El otro no devolvi&#243; la mirada. Mostraba un rostro ce&#241;udo, con las mand&#237;bulas fuertemente apretadas. La atm&#243;sfera estaba empezando a resultar un poco opresiva.

Y, por consiguiente, se&#241;or juez, me opongo rotundamente a la admisi&#243;n de la declaraci&#243;n del asesor se&#241;alado por la defensa. Por lo menos hasta que no se nos aclare en t&#233;rminos concretos a qu&#233; datos tendr&#237;a que referirse dicha declaraci&#243;n y de qu&#233; manera los mencionados datos guardan relaci&#243;n con el objeto de este proceso.

Yo me adher&#237; a la oposici&#243;n del ministerio p&#250;blico. Despu&#233;s Dellissanti pidi&#243; nuevamente la palabra. Su tono ya no era tan relajado como al principio.

Yo, la verdad, Se&#241;or&#237;a, no entiendo de qu&#233; tienen miedo el ministerio p&#250;blico y la parte civil. O quiz&#225; s&#237; lo entiendo, si he de ser sincero, pero prefiero evitar los pretextos pol&#233;micos. Y, de todos modos, las situaciones que se plantean son dos. O la se&#241;orita Martina Fumai no tiene problemas de car&#225;cter psiqui&#225;trico, en cuyo caso no hay nada de qu&#233; preocuparse, trat&#225;ndose de la declaraci&#243;n de un especialista como el profesor Genchi. O la se&#241;orita Fumai s&#237; tiene problemas de naturaleza psiqui&#225;trica. En cuyo caso estos problemas, as&#237; los llamo en t&#233;rminos deliberadamente gen&#233;ricos, conviene que emerjan a la superficie para que se pueda establecer su incidencia en la capacidad de prestar declaraci&#243;n y, m&#225;s en general, para evaluar la credibilidad de dicha declaraci&#243;n. Y, en cualquier caso, Se&#241;or&#237;a, para evitar la prolongaci&#243;n de una pol&#233;mica y de unas protestas claramente instrumentales, yo puedo ya de entrada presentar fotocopia de la documentaci&#243;n m&#233;dico-psiqui&#225;trica referente a la presunta persona ofendida.

Dellissanti tom&#243; una carpeta de color azul cielo y la alarg&#243; con un vago gesto de la mano hacia el juez. Uno de sus bien adiestrados ayudantes se levant&#243; de golpe, recogi&#243; la carpeta y la deposit&#243; en el estrado del juez.

En aquel momento, me levant&#233; y ped&#237; la palabra.

Muy brevemente -me advirti&#243; Caldarola, que ahora ya estaba empezando a perder la paciencia.

S&#243;lo dos palabras, Se&#241;or&#237;a -me estaba escuchando hablar a m&#237; mismo y mi voz sonaba tensa-. En primer lugar, nos gustar&#237;a saber de qu&#233; manera la defensa ha entrado en posesi&#243;n de esas fotocopias. Es m&#225;s, si he de ser sincero, nos gustar&#237;a, en primer lugar, examinar dichas fotocopias, siendo as&#237; que el abogado Dellissanti no ha tenido la amabilidad de ponerlas a disposici&#243;n del ministerio p&#250;blico y de la parte civil. Tal como, antes que las normas procesales, hubieran exigido las de la educaci&#243;n.

Dellissanti, que acababa de sentarse en una silla que a duras penas pod&#237;a contener su enorme trasero, se volvi&#243; a levantar con una agilidad insospechada. Se puso muy colorado, no s&#243;lo la cara, sino tambi&#233;n el cuello. El rubor formaba un extra&#241;o contraste con el cuello blanco de su camisa. Que apretaba un cuello brutal, casi el doble del m&#237;o. Grit&#243; que &#233;l no aceptaba lecciones de procedimiento, y tanto menos de buena educaci&#243;n, de nadie. Grit&#243; otras cosas, supongo que ofensivas; pero yo no las o&#237; porque tambi&#233;n levant&#233; la voz y, en cuesti&#243;n de un momento, la vista se convirti&#243; en lo que se dice una indigna trifulca.

A veces ocurre. Las llamadas salas de justicia raras veces son lugares de reuni&#243;n de caballeros. No las que yo he visto y frecuentado. No la de Caldarola aquella ma&#241;ana.

Termin&#243; de la peor manera. Por lo menos para m&#237;. El juez dijo que me retiraba la palabra. Yo dije que me hubiera gustado igualdad de trato entre mi persona y la del abogado del acusado. &#201;l me exigi&#243; que me abstuviera de hacer insinuaciones ofensivas y repiti&#243; -por &#250;ltima vez- que me retiraba la palabra. Yo no dej&#233; de hablar y el tono y el volumen de mi voz no eran bajos ni tranquilos. Sab&#237;a que estaba haciendo una gilipollez. Pero no consegu&#237;a contenerme. Exactamente igual que cuando era peque&#241;o, durante los partidos de f&#250;tbol de los campeonatos escolares, cuando respond&#237;a a las provocaciones m&#225;s est&#250;pidas, me entregaba a las peleas y regularmente me expulsaban.

Acab&#243; m&#225;s o menos como aquellos partidos de f&#250;tbol. El juez suspendi&#243; la sesi&#243;n durante cinco minutos. Cuando regres&#243;, su rostro ya no era cordial. Para salvar las formas, permiti&#243; que Alessandra y yo examin&#225;ramos el expediente de Dellissanti. Conten&#237;a la copia de una historia cl&#237;nica de un centro privado del Norte en el que Martina hab&#237;a permanecido ingresada unas cuantas semanas.

Tanto Alessandra como yo nos opusimos una vez m&#225;s a admitir aquella prueba y a la comparecencia de Genchi. Caldarola orden&#243; hacer constar en acta su decisi&#243;n con su habitual voz monocorde, en la que ahora se advert&#237;an, sin embargo, unos matices de irritaci&#243;n y de amenaza.

El juez, o&#237;das las peticiones de las partes a prop&#243;sito de las pruebas; considerando que todas las pruebas solicitadas son admisibles y guardan relaci&#243;n con el objeto del proceso;

considerando, en particular, que es pertinente la obtenci&#243;n de documentaci&#243;n m&#233;dico-psiqui&#225;trica acerca de la parte ofendida e igualmente la comparecencia de un especialista en psiquiatr&#237;a, ambas solicitadas por la defensa del acusado con el fin de valorar las declaraciones de la susodicha parte ofendida y establecer (tal como expresamente contempla el art&#237;culo 196 del c&#243;digo penal) su idoneidad f&#237;sica y mental para prestar declaraci&#243;n;

considerando igualmente que el comportamiento del defensor de la parte civil, el abogado Guerrieri, en la presente vista no parece exento de que se tomen medidas disciplinarias y debe ser sometido por tanto a la evaluaci&#243;n de las Autoridades competentes; por estas razones:

admite todas las pruebas solicitadas por las partes; aplaza el comienzo de la vista oral al d&#237;a 15 de enero de 2002; dispone el env&#237;o de la copia de la presente vista al se&#241;or Fiscal del Estado en esta sede y al Consejo del Colegio de Abogados de Bari para que establezcan, dentro de sus respectivas competencias, la existencia de indicios de responsabilidad en la actuaci&#243;n del abogado Guido Guerrieri, del Foro de Bari.


Has hecho una gilipollez -me susurr&#243; Alessandra mientras abandon&#225;bamos la sala.

Ya lo s&#233;.

Busqu&#233; algo que a&#241;adir, pero no encontr&#233; nada. A nuestra espalda se encontraba Dellissanti con los suyos. Hablaban entre s&#237;. Hac&#237;an comentarios y, a pesar de que yo no captaba las palabras, no cab&#237;a la menor duda acerca del tono. Satisfecho.

Me desped&#237; de Alessandra y apur&#233; el paso porque no quer&#237;a o&#237;rlos. Cualquiera que hubiera contemplado la escena y hubiera visto lo que hab&#237;a ocurrido antes habr&#237;a pensado que hu&#237;a.

Sor Claudia, que hab&#237;a permanecido todo el rato en la sala, se desliz&#243; a mi lado sin que yo me diera cuenta del lugar de donde hab&#237;a salido.

Se fue conmigo sin hacer preguntas.


No me hizo da&#241;o aquella vez. Cuando termin&#243;, me dijo que aquello era un secreto entre &#233;l y yo. No ten&#237;a que decirle nada a nadie. Si le dec&#237;a algo a alguien, ocurrir&#237;an cosas muy feas.

Hab&#237;a un cachorro en el patio. Era un bastardito blanco y yo le hab&#237;a puesto el nombre de Snoopy. Dorm&#237;a en una caja muy grande y yo le llevaba de comer todas nuestras sobras y algunas veces un poco de leche alargada con agua. Dec&#237;a que era mi perro, aunque sab&#237;a muy bien que jam&#225;s me habr&#237;an permitido sub&#237;rmelo a casa.

&#201;l me dijo que si le comentaba a alguien nuestro secreto, el cachorro morir&#237;a. Yo regres&#233; al patio, les dije a los otros ni&#241;os que ya no ten&#237;a ganas de jugar y me fui a abrazar a Snoopy. S&#243;lo entonces me puse a llorar.

De las veces que hubo despu&#233;s ya no conservo un recuerdo tan claro. Son confusas, se mezclan la una con la otra. Siempre en aquella habitaci&#243;n, con la cama deshecha, el pestazo de los cigarrillos. Los otros olores. Botellas de cerveza en la mesilla o tiradas por el suelo. Los ruidos que &#233;l hac&#237;a cuando estaba terminando. El temor de que mi hermanita, que a menudo estaba en la habitaci&#243;n de al lado, pudiera entrar y vernos.

Hab&#237;a transcurrido m&#225;s de un a&#241;o -lo recuerdo muy bien porque estudiaba primero de bachillerato inferior- cuando &#233;l dijo que me estaba haciendo mayor y que hab&#237;a ciertas cosas -otras cosas- que yo ten&#237;a que saber y que &#233;l me ten&#237;a que ense&#241;ar. Era una tarde de lluvia y mi madre no estaba. Trabajaba tambi&#233;n por la tarde, cuando pod&#237;a, porque &#233;l siempre estaba en el paro y no pod&#237;amos salir adelante.

Aquella vez me hizo da&#241;o. Mucho da&#241;o. Y el dolor me dur&#243; varios d&#237;as.

Al terminar, me dijo que ahora ya era una mujer. Mientras me lo dec&#237;a, me dio un pellizco en la mejilla; con el &#237;ndice y el pulgar. Como un gesto de ternura.

En aquel momento, por primera vez, pens&#233; que habr&#237;a deseado que muriera.



21

Ir al supermercado me relaja. Siempre ha sido as&#237;, desde que era peque&#241;o. Entonces mi madre y yo &#237;bamos al de los almacenes Standa de Corso Vittorio Emanuele, baj&#225;bamos al s&#243;tano, cog&#237;amos un carrito y hac&#237;amos la compra. Recuerdo la agradable sensaci&#243;n de fr&#237;o que se notaba al bajar el &#250;ltimo tramo de la escalera, pasando entre los estantes refrigerados y la mezcla de olores de los alimentos crudos. La carne -en los estantes refrigerados, claro-, las verduras, la charcuter&#237;a, el pl&#225;stico; todo mezclado en un solo y singular olor complicado y un poco as&#233;ptico que para m&#237; era el olor de la Standa. Por aquel entonces, a&#250;n no hab&#237;a tantos supermercados y el hecho de ir a la Standa era algo as&#237; como ir al parque de atracciones de la Feria de Levante, que se celebraba en septiembre poco antes de que empezaran las clases en la escuela.

En el supermercado Standa hab&#237;a ciertos productos que no se encontraban en ning&#250;n otro sitio. Por ejemplo, unos quesitos envasados de aspecto vagamente ex&#243;tico cuyo nombre no recuerdo. Pero el sabor s&#237; lo recuerdo muy bien; sab&#237;an a jam&#243;n, una especie de sabor r&#250;stico mucho m&#225;s intenso que el de aquellos triangulitos que yo estaba acostumbrado a comer y que no sab&#237;an a nada. Hab&#237;a unos biscotes franceses que parec&#237;an pastas. Eran un art&#237;culo de lujo y no se pod&#237;an comer como los biscotes normales, con leche, por ejemplo. Y hab&#237;a muchas otras cosas con las que llen&#225;bamos el carrito, que siempre quer&#237;a conducir yo; cosas que ahora llenan mi recuerdo con los colores deslucidos y nost&#225;lgicos de ciertas pel&#237;culas en superocho.

Creo que a todos los ni&#241;os de mi edad les gustaba ir al supermercado.

A m&#237; me sigue gustando ahora. Hay tardes que ya no aguanto a los clientes, los papeles, el despacho, las llamadas de los compa&#241;eros. Entonces me entran ganas de salir para ir a la librer&#237;a o al supermercado. Por regla general, consigo que se me pasen las ganas de salir porque hay otros clientes, otros papeles, otros compa&#241;eros co&#241;azos con quienes hablar por tel&#233;fono. Algunas veces, sin embargo, cuando he llegado verdaderamente al l&#237;mite, salgo. Y algunas veces hasta cojo el coche y me ausento durante una e incluso dos horas para irme a uno de esos gigantescos hipermercados del extrarradio.

Me produce una sensaci&#243;n de libertad eso de dar vueltas por la tarde entre los estantes con un carrito y comprarme las cosas m&#225;s in&#250;tiles, la comida m&#225;s imposible, los libros con descuento del veinte por ciento, los art&#237;culos electr&#243;nicos -que despu&#233;s no utilizo jam&#225;s- en oferta. Cuando vuelvo al despacho, me siento mejor; no exactamente impaciente por reanudar el trabajo, pero bueno, un poco mejor.

Aquella tarde estaba precisamente en mi supermercado preferido. Una nave industrial inmensa justo en medio de uno de los suburbios m&#225;s degradados de la ciudad. Un lugar casi irreal.

Me encontraba delante de las estanter&#237;as de los alimentos &#233;tnicos y estaba haciendo acopio de tacos mexicanos, arroz basmati, botes de fideos tailandeses, cuando o&#237; salir del bolsillo de mi trenca, en crescendo, las notas de Oh, Susana. La &#250;ltima e imposible melod&#237;a con la que hab&#237;a personalizado mi m&#243;vil. No identifiqu&#233; el n&#250;mero.

&#191;S&#237;?

&#191;Guido Guerrieri?

Voz de mujer.

&#191;Con quien hablo?

Claudia.

Estaba a punto de preguntar.

&#191;Qu&#233; Claudia?

Pero enseguida la reconoc&#237;.

Ah, hola.

Inmediatamente despu&#233;s record&#233; que nos trat&#225;bamos de usted. No s&#233; por qu&#233; se me hab&#237;a ocurrido decir hola. Hubo un instante de silencio.

hola.

En aquel momento me sent&#237; inc&#243;modo. No sab&#237;a si hablarle de t&#250; o de usted, puesto que dici&#233;ndole hola en cierto modo ya la hab&#237;a tuteado. A veces pienso que soy un inadaptado social. Eleg&#237; la forma impersonal. T&#237;pica precisamente de los inadaptados sociales. De aquellos que cuando se tropiezan con alguien por la calle a quien no saben c&#243;mo dirigirse dicen qu&#233; tal.

&#191;Todo bien? &#191;Alguna novedad?

He llamado a tu despacho y me han dicho que no estabas. Entonces he recordado que me hab&#237;as llamado al m&#243;vil y que yo hab&#237;a memorizado tu n&#250;mero. &#191;Te molesto?

Bueno, ver&#225;s, es que estoy aqu&#237; tratando una delicada cuesti&#243;n de tr&#225;fico internacional de rollitos de primavera, pero intentar&#233; encontrar de alguna manera un minuto para ti, monja.

No era ninguna molestia, naturalmente.

Me dijo que al d&#237;a siguiente har&#237;a una exhibici&#243;n de su arte marcial. Estaba abierto al p&#250;blico y, si todav&#237;a me apetec&#237;a ver c&#243;mo era, pod&#237;a ir a aquel gimnasio de la zona de la c&#225;rcel. Ella y sus alumnos estar&#237;an all&#237; desde las seis de la tarde hasta las nueve de la noche.

Me sorprend&#237;, pero dije que ir&#237;a; ella dijo que muy bien y colg&#243;. Sin despedirse.

La tarde siguiente sal&#237; del despacho a las seis y media, aplazando una cita con un cliente que me ten&#237;a que pagar y que, por consiguiente, no puso ning&#250;n reparo. Decid&#237; ir a pie, a pesar de que me quedaba un poco lejos, y a las siete y cuarto ya estaba en la direcci&#243;n que Claudia me hab&#237;a facilitado. Era un gimnasio en el que hac&#237;an danza, yoga, cosas por el estilo. Se llamaba Cuerpopsique y, al entrar, pens&#233; que estaba a punto de asistir a algo vagamente esot&#233;rico de tipo zen, meditaci&#243;n, movimientos l&#225;nguidos y espiritualidad oriental. Cosas que m&#225;s bien no me entusiasman.

Entonces me sent&#237; de repente un poco inc&#243;modo ante la idea de perder una tarde de trabajo de aquella manera y me dije que me quedar&#237;a una media hora por educaci&#243;n. Despu&#233;s me despedir&#237;a y regresar&#237;a al despacho tomando quiz&#225; un taxi para llegar antes.

El gimnasio ten&#237;a suelo de parquet, un gran espejo que cubr&#237;a toda una pared, una barra para los ejercicios de ballet. Exactamente lo que yo me hab&#237;a imaginado al ver el r&#243;tulo. Hab&#237;a unos cuantos bancos ocupados por una decena de espectadores. Me sent&#233; en uno de los pocos espacios libres.

Si el gimnasio correspond&#237;a a lo que yo hab&#237;a imaginado, las cosas que ocurr&#237;an encima del parquet -la lecci&#243;n de Claudia- eran de lo m&#225;s variadas. Hab&#237;a unos veinte alumnos, casi todos chicos. Vest&#237;an unos pantalones negros, camisetas blancas de media manga y zapatillas negras. Sor Claudia iba vestida de la misma manera, pero su camiseta era negra en lugar de blanca. Deb&#237;a de ser la se&#241;al distintiva del maestro, como un cintur&#243;n negro de yudo o algo por el estilo.

Lo que hac&#237;an no se parec&#237;a para nada a la danza, al yoga o a cualquier chorrada new age. Se pegaban entre ellos con pu&#241;etazos, puntapi&#233;s, rodillazos y codazos muy r&#225;pidos. No controlaban los golpes, tal como se hace en muchas artes marciales. No eran movimientos elegantes, pero se comprend&#237;a enseguida lo que habr&#237;a ocurrido si aquellas t&#233;cnicas se hubieran aplicado en una situaci&#243;n real, en medio de la calle, en una pelea.

Estaba asombrado por m&#225;s que, en cierto sentido, lo que estaba viendo fuera coherente con las sensaciones que me hab&#237;a transmitido sor Claudia cuando nos hab&#237;amos conocido. Mientras segu&#237;a el entrenamiento, me vinieron a la mente en secuencia las palabras que se utilizan para denominar aquellas sensaciones. Directa, r&#225;pida, brusca, agresiva.

Mala.

La palabra mala, como las otras, se me materializ&#243; espont&#225;neamente en la cabeza. En libre asociaci&#243;n, en secuencia precisamente. En cuanto o&#237; que mi voz interior la pronunciaba, me sent&#237; tan inc&#243;modo como si la hubiera dicho en voz alta. O como si hubiera descubierto y nombrado una cosa que habr&#237;a sido mejor mantener en secreto.

Claudia, la monja mala.


En determinado momento, sor Claudia sac&#243; de una bolsa un largo pa&#241;uelo negro, se cubri&#243; los ojos con &#233;l y se lo anud&#243; detr&#225;s de la nuca. Despu&#233;s adopt&#243; una especie de posici&#243;n de combate mientras el que parec&#237;a el alumno m&#225;s experto se situaba delante y muy cerca de ella. Era un muchacho de por lo menos metro noventa de estatura, el cabello rapado y aspecto peligroso.

Obedeciendo a una se&#241;al silenciosa e invisible, el estudiante empez&#243; a soltar golpes contra el rostro de Claudia y ella empez&#243; a pararlos. Todos, con los ojos vendados.

Yo he practicado boxeo muchos a&#241;os. He visto, propinado, parado, esquivado y, sobre todo, recibido un mont&#243;n de pu&#241;etazos. En los gimnasios, en los rings de aficionados y tambi&#233;n en la calle. Antes de aquella tarde jam&#225;s hab&#237;a visto nada semejante.

Se mov&#237;an con un ritmo preciso y regular que me hizo recordar un documental sobre el circo que hab&#237;a visto hac&#237;a muchos a&#241;os La televisi&#243;n era todav&#237;a en blanco y negro y hab&#237;a un se&#241;or m&#225;s bien mayor y de aspecto simp&#225;tico que, en la pista de un circo con las gradas desiertas, ense&#241;aba prestidigitaci&#243;n a un grupo de chavales. &#201;l tambi&#233;n se vendaba los ojos y volteaba en el aire tres o cuatro o cinco pelotas sin que jam&#225;s se cayeran y siempre con el mismo ritmo. Preciso y regular. Parec&#237;a que tuviera imanes en las manos y que las pelotas se sintieran inevitable y fatalmente atra&#237;das hacia ellas. Claudia hac&#237;a m&#225;s o menos lo mismo con las hostias que le lanzaban a la cara. Ten&#237;a unas manos magn&#233;ticas y con aquellas manos magn&#233;ticas atra&#237;a y desviaba los pu&#241;os cual si fueran pelotas de trapo.

En boxeo siempre nos hab&#237;an dicho que no cerr&#225;ramos jam&#225;s los ojos. Cuando atacabas y, sobre todo, cuando te defend&#237;as. Jam&#225;s se ten&#237;a que perder el control de la situaci&#243;n. Ver lo que hac&#237;a el adversario, percibir con los ojos su movimiento nada m&#225;s empezar y estar preparados para reaccionar; parar o esquivar y contraatacar. Siempre me hab&#237;a sentido a gusto con esa idea. Los ojos siempre abiertos. Asociaba los ojos cerrados con el miedo y, de una manera trivial, los ojos abiertos con la valent&#237;a. Mirar directamente a la cara el problema, o al adversario, o lo que sea. Una de mis pocas certezas.

En determinado momento, el ritmo regular pareci&#243; alterarse. Imperceptiblemente, los pu&#241;os o las paradas adquirieron m&#225;s velocidad y, en un instante, todo termin&#243;. El alumno estaba en el suelo y sor Claudia encima de &#233;l. Le retorc&#237;a un brazo y manten&#237;a una rodilla sobre su rostro. Yo no hab&#237;a logrado seguir muy bien el movimiento que hab&#237;a conducido a aquella conclusi&#243;n.

Ella se quit&#243; la venda y todos juntos hicieron unos ejercicios de relajaci&#243;n. Despu&#233;s los alumnos se colocaron en fila delante de la maestra. Se saludaron con una lev&#237;sima reverencia manteniendo el pu&#241;o derecho sobre la palma de la mano izquierda y los brazos cruzados sobre el pecho.

S&#243;lo entonces ella pareci&#243; percatarse de mi presencia y se acerc&#243; a m&#237; mientras la clase abandonaba el parquet para dirigirse a los vestuarios.

Me levant&#233;, ella me salud&#243; con un movimiento de cabeza y yo contest&#233; de la misma manera. Ahora sent&#237;a curiosidad, me apetec&#237;a hacer preguntas y me hab&#237;a olvidado por completo del proyecto de tomar un taxi y regresar al despacho.

En mi vida hab&#237;a visto nada igual -le dije sin hacer el m&#225;s m&#237;nimo esfuerzo por ser original.

Los inicios y las partidas jam&#225;s han sido mi fuerte. Ella no contest&#243; nada porque no ten&#237;a nada que contestar.

No recuerdo exactamente c&#243;mo se llama esta disciplina -dije, intent&#225;ndolo de nuevo.

Se llama wing tsun.

No es precisamente una cosa de jovencitas.

La mayor parte de las cosas de jovencitas, como las de jovencitos, no son interesantes. Dice la leyenda que el wing tsun lo invent&#243; una monja para permitir a personas f&#237;sicamente d&#233;biles derrotar a adversarios muy fuertes y corpulentos. Por otra parte, leyendas de esta clase las hay para todas las artes marciales. La m&#225;s bonita es la de los or&#237;genes del jiu-jitsu. La del m&#233;dico japon&#233;s y el sauce llor&#243;n. &#191;La conoces?

No.

Hab&#237;a en el antiguo Jap&#243;n un m&#233;dico que se hab&#237;a pasado muchos a&#241;os estudiando los m&#233;todos de combate. Quer&#237;a descubrir el secreto de la victoria, pero no estaba satisfecho porque, al final, en todos los sistemas lo que prevalec&#237;a era la fuerza o la calidad de las armas o los recursos poco nobles. Eso significaba que, por mucho que uno se entrenara y estudiara las artes marciales, por muy fuerte que fuera o muy preparado que estuviera, siempre encontrar&#237;a a alguien m&#225;s fuerte, o mejor armado o m&#225;s astuto que lo derrotar&#237;a. -Se interrumpi&#243; como si se le acabara de ocurrir un pensamiento desagradable-. &#191;Te interesa de verdad o est&#225;s intentando simplemente ser amable?

&#191;Qu&#233; se puede contestar a semejante pregunta? Formulada por una se&#241;orita -una monja- que acaba de pisotear a un energ&#250;meno de metro noventa como si estuviera realizando un juego de prestidigitaci&#243;n No se puede contestar nada. Est&#225; claro.

Me limit&#233; a mirarla a la cara con una expresi&#243;n ligeramente divertida estilo a ver si terminamos de una vez con estas escaramuzas. O tambi&#233;n yo no soy de &#233;sos que s&#243;lo dicen las cosas para ser amables.

Por incre&#237;ble que parezca, funcion&#243;. Sus rasgos se relajaron un poco y, por primera vez, su rostro perdi&#243; parcialmente su dureza. Transform&#225;ndose. Bonita, se me escap&#243; pensar, pero enseguida reprim&#237; el pensamiento, avergonz&#225;ndome de &#233;l. Por m&#225;s que fuera muy, pero que muy extra&#241;a, Claudia era una monja, y yo hab&#237;a estudiado toda la escuela primaria con las monjas. Ciertos esquemas, ciertos modelos, ciertas asociaciones son muy dif&#237;ciles de abandonar si has estudiado primaria con las monjas. No se dice, y ni siquiera se piensa, que una monja es bonita.

Claudia reanud&#243; su relato sin a&#241;adir m&#225;s comentarios. Yo dej&#233; de pensar en las monjas en general y en particular; y en mis triviales tab&#250;es.

En resumen, el m&#233;dico estaba abatido porque no consegu&#237;a hacer progresos en su investigaci&#243;n. Un d&#237;a de invierno estaba sentado junto a una ventana mientras fuera hac&#237;a horas que nevaba. &#201;l miraba a trav&#233;s de la ventana mientras segu&#237;a con sus pensamientos. Todo el paisaje estaba cubierto de blanco, con mucha, much&#237;sima nieve. Los prados, las rocas, las casas estaban cubiertos de nieve. Y tambi&#233;n los &#225;rboles. Las ramas de los &#225;rboles estaban cargadas de nieve y, en determinado momento, el m&#233;dico vio la rama de un cerezo que ced&#237;a bajo el peso de la nieve y se romp&#237;a. Despu&#233;s ocurri&#243; lo mismo con una gigantesca encina. Era una nevada jam&#225;s vista.

Est&#225; claro que tengo una mentalidad infantil. Me gusta que me cuenten historias si quien las cuenta lo sabe hacer. Claudia lo sab&#237;a hacer muy bien y yo estaba deseando saber c&#243;mo terminaba la historia. -En el jard&#237;n, a cierta distancia de la ventana, hab&#237;a un estanque y, a su alrededor, unos sauces llorones. La nieve tambi&#233;n ca&#237;a sobre las ramas de los sauces, pero en cuanto empezaba a acumularse en ellas, las ramas se doblaban y la nieve ca&#237;a al suelo. Las ramas de los sauces no se romp&#237;an. Contemplando aquella escena, el m&#233;dico experiment&#243; un repentino sentimiento de j&#250;bilo y se dio cuenta de que hab&#237;a llegado al final de su investigaci&#243;n. El que es d&#250;ctil supera las pruebas; el que es duro y r&#237;gido antes o despu&#233;s encontrar&#225; a alguien m&#225;s fuerte. Jiu-jitsu significa arte de la ductilidad. El secreto est&#225; en la ductilidad. En el wing tsun ocurre m&#225;s o menos lo mismo.

Yo pens&#233; que, si el secreto estaba en la ductilidad, no parec&#237;a que ella lo dominara del todo. Hablando claro: Claudia no daba la sensaci&#243;n de ser una persona d&#250;ctil.

Ella me ley&#243; el pensamiento. O m&#225;s probablemente, se limit&#243; a seguir con lo que ten&#237;a en la cabeza.

Es evidente que hay que aclarar el significado de la palabra ductilidad. Significa resistir hasta un punto determinado, saber exactamente en qu&#233; momento hacerlo y desviar la fuerza del adversario que, al final, se revuelve contra &#233;l. El secreto tendr&#237;a que estribar en saber encontrar el punto de equilibrio entre la resistencia y la ductilidad; la debilidad y la fuerza. El principio de la victoria tendr&#237;a que estar ah&#237;. Hacer exactamente lo contrario de lo que espera el adversario y lo que a ti te resulta natural o espont&#225;neo. Cualquier cosa que signifiquen estas dos palabras.

S&#237;, claro, pens&#233;. Sirve tambi&#233;n para otra cosa. Hacer exactamente lo contrario de lo que espera el adversario y lo que a ti te resulta natural o espont&#225;neo. Cualquier cosa que signifiquen estas dos palabras.

Me vino a la mente un libro que hab&#237;a le&#237;do unos cuantos meses atr&#225;s.

Es una bonita historia. Me recuerda lo que dice Sun Tzu en aquel libro de estrategia militar china.

Una sombra de estupor cruz&#243; su rostro. &#191;Qu&#233; sab&#237;a yo de Sun Tzu, de la estrategia militar china y de todo lo dem&#225;s?

El arte de la guerra.

Exactamente. Dice que la estrategia es el arte de la paradoja.

Ah&#237; est&#225;. &#191;Has le&#237;do el libro?

No, tengo un manual con todas las citas &#250;tiles para cada circunstancia. &#201;sta la saqu&#233; del cap&#237;tulo C&#243;mo impresionar a las monjas maestras de artes marciales.

S&#237;.

&#191;Por qu&#233;?

Qu&#233; co&#241;o de pregunta. &#191;Por qu&#233;? &#191;Por qu&#233; se lee un libro? &#161;Y yo qu&#233; s&#233;! Porque me apetece. Porque me lo encontr&#233; delante cuando no ten&#237;a nada que leer o que hacer. Porque me ha llamado la atenci&#243;n la tapa; o el t&#237;tulo. O dos palabras puestas la una al lado de la otra en una p&#225;gina abierta al azar.

&#191;Por qu&#233; se lee un libro?

No lo s&#233;. Quiero decir, no hay un porqu&#233;. Lo vi en la librer&#237;a, lo compr&#233; y lo le&#237;. La historia de la paradoja era la que m&#225;s me hab&#237;a llamado la atenci&#243;n, a pesar de no estar muy seguro de haberla comprendido cuando la le&#237;. Ahora me parece m&#225;s clara.

Claudia me mir&#243; todav&#237;a un instante a la cara. Ya no estaba tan segura de la clasificaci&#243;n que me hab&#237;a asignado, cualquiera que &#233;sta fuera.

Despu&#233;s frunci&#243; los labios durante una d&#233;cima de segundo. Su idea de una sonrisa. La primera. Levant&#243; la mano para saludar; un gesto un poco torpe &#233;ste, y simp&#225;tico. Despu&#233;s, sin decir nada m&#225;s, dio media vuelta y se encamin&#243; hacia los vestuarios. Sin esperar mi respuesta.

As&#237; que abandon&#233; el gimnasio y consult&#233; mi reloj. No iba a coger ning&#250;n taxi y, por otra parte, ni siquiera regresar&#237;a al despacho.

Ya eran casi las diez, y era hora de ir a casa.

Me puse en marcha con la cabeza gacha. Mientras caminaba r&#225;pidamente hacia el centro, entre tiendas cerradas, c&#237;rculos recreativos y pubs, mezclaba en mi cabeza todo lo que hab&#237;a visto y o&#237;do.



22

En la ciudad vieja de Bari, justo delante del foso del castillo Suabo, hab&#237;a hace muchos a&#241;os una pizzer&#237;a muy peque&#241;a, s&#243;lo con el mostrador del pizzero, el horno y la caja.

Da Nino, se llamaba. No hab&#237;a mesas, &#191;d&#243;nde las habr&#237;an colocado? S&#243;lo preparaban pizza Margarita y romana con anchoas. El pizzero era un hombre de unos cincuenta a&#241;os, bajito y delgado, con una cara hundida y unos ojos febriles que no miraban a nadie. Depositaba las pizzas ardientes con la pala sobre un min&#250;sculo plano de m&#225;rmol donde un muchacho grueso de rostro hostil picado de viruelas las envolv&#237;a una a una en papel y nos las entregaba con gestos bruscos. Como si quisiera que nos quit&#225;ramos de en medio cuanto antes porque estaba claro que no le ca&#237;amos bien. Nadie le ca&#237;a bien.

Nosotros &#233;ramos cuatro amigos y nos &#237;bamos a comer las pizzas con las manos, sentados en un murete del foso. La mejor pizza de Bari, dec&#237;amos quem&#225;ndonos la lengua y el paladar y procurando evitar que la mozzarella incandescente acabara en la ropa que llev&#225;bamos puesta.

No s&#233; si era de veras la mejor pizza de Bari. Quiz&#225; era simplemente una pizza normal, como muchas otras, pero nosotros nos sent&#237;amos muy bohemios por el hecho de irnos de noche a la ciudad vieja, que por aquel entonces era un lugar prohibido y peligroso. Quiz&#225; era simplemente una pizza normal, pero nosotros ten&#237;amos veinte a&#241;os y nos la com&#237;amos, y beb&#237;amos cerveza Peroni en botellas grandes y despu&#233;s nos encend&#237;amos nuestros cigarrillos, sentados en aquel murete. All&#237; nos qued&#225;bamos hablando, fumando y bebiendo cerveza hasta muy tarde, tolerados por los habitantes de la zona, hasta que los habitantes de la zona se iban a dormir y cerraba la pizzer&#237;a.

No recuerdo de qu&#233; habl&#225;bamos. Las cosas de siempre de los chicos de veinte a&#241;os, creo. Chicas, pol&#237;tica, deportes, los libros que est&#225;bamos leyendo -o que habr&#237;amos deseado escribir-, c&#243;mo cambiar&#237;amos el mundo y la huella que dejar&#237;amos, siempre y cuando no nos venciera el cansancio. Tal como les hab&#237;a ocurrido a los dem&#225;s.

Cuando era muy tarde, algunas noches, ya bien entrada la primavera, volv&#237;amos a casa atravesando la ciudad vieja completamente desierta. Llena de penetrantes olores, sucia, inquietante y hermosa.

En aquellas noches de primavera, vibraban en el aire nuestras infinitas posibilidades. Vibraban en nuestros ojos, un poco desenfocados por la cerveza, en nuestra piel tersa y bronceada, en nuestros m&#250;sculos j&#243;venes.

En nuestro ardiente deseo de todo.


Emilio Ranieri se hab&#237;a suicidado un martes. El d&#237;a m&#225;s tonto.

Se hab&#237;a ido de noche a la carretera de circunvalaci&#243;n del aeropuerto, donde muchos a&#241;os atr&#225;s &#237;bamos a ver el aterrizaje nocturno del &#250;ltimo vuelo procedente de Roma. Acopl&#243; un tubo de goma al tubo de escape de su autom&#243;vil e introdujo el otro extremo en el habit&#225;culo. Despu&#233;s cerr&#243; todas las ventanillas, encendi&#243; el motor y esper&#243;.

Lo encontraron a la ma&#241;ana siguiente los de la polic&#237;a del aeropuerto. Ninguna nota en el coche, ninguna nota en casa. Nada.

Me enter&#233; de la noticia por la tarde, cuando estaba en el despacho. Segu&#237; trabajando como si nada hubiera ocurrido hasta la hora de marcharnos. Cuando me qued&#233; solo, llam&#233; a Margherita.

No fue necesario decirle que aquella noche no regresar&#237;a a casa. Me fui a dar una vuelta por la ciudad, en busca de recuerdos, de una sensaci&#243;n o de otra cosa. Que naturalmente no exist&#237;a.

Me fui a recorrer nuestros lugares habituales. De cara al mar, cerca de la monumental entrada de la Feria de Levante; di un paseo alrededor del Teatro Petruzzelli, que ya no era un teatro, sino tan s&#243;lo un envoltorio de color rojo en el centro de la ciudad; me sent&#233; encima de un autom&#243;vil delante del lugar donde antes estaba el Jolly, el min&#250;sculo y m&#237;tico cine de tercer reestreno. Y donde ahora s&#243;lo hay una persiana met&#225;lica sucia y cerrada. De vez en cuando prestaba atenci&#243;n a ciertos tristes adornos navide&#241;os, a las angustiosas luces intermitentes de los balcones y las tiendas. Faltaban menos de dos semanas para Navidad.

En determinado momento, se me ocurri&#243; la idea de coger el coche e irme a la carretera de circunvalaci&#243;n del aeropuerto.

No lo hice. Por temor a los fantasmas quiz&#225;. O quiz&#225; s&#243;lo por temor a que me encontrara la polic&#237;a y quiz&#225; me llevara a la comisar&#237;a y me preguntara qu&#233; hac&#237;a all&#237;, si ten&#237;a algo que ver con el suicidio de Emilio Ranieri y todo lo dem&#225;s. No fui para evitar problemas. Por cobard&#237;a.

Al final, me encontr&#233; ya muy tarde delante del castillo, sentado en el murete del foso frente al lugar donde anta&#241;o estuviera la pizzer&#237;a Da Nino.

Se trata de una zona que jam&#225;s ha sido invadida por el movimiento nocturno de los &#250;ltimos a&#241;os. A pocos centenares de metros hay una frontera invisible: al otro lado, los pubs, los establecimientos de venta de bebidas alcoh&#243;licas, las pizzer&#237;as, los bares con piano, los restaurantes vegetarianos, las falsas bodegas tradicionales y una riada de gente a lo largo de toda la noche. A este lado, precisamente alrededor del castillo, los de la Bari vieja. S&#243;lo un par de viejos establecimientos de venta de cerveza; una se&#241;ora que en verano asa carne en un hornillo ilegal en la misma calle; otra que fr&#237;e tortitas de polenta. Chiquillos que juegan al bal&#243;n en la calle, individuos con antecedentes penales o especiales en situaci&#243;n de libertad vigilada formando peque&#241;os grupos cerca del puente levadizo. Es decir, lo que hab&#237;a sido un puente levadizo, pero que ahora s&#243;lo es un puente de piedra y nada m&#225;s. La polic&#237;a que de vez en cuando aparece por all&#237; y se lleva a los sometidos a libertad vigilada para levantar acta, tal como dicen ellos. Los sometidos a libertad vigilada tienen prohibido reunirse entre s&#237; y, en general, mantener tratos con los que tienen antecedentes penales. Si lo hacen, cometen un delito. Pero ellos lo hacen a pesar de todo. Los que tienen antecedentes penales son sus amigos. &#191;Con qui&#233;n podr&#237;an reunirse a charlar un ratito? Su lugar preferido es el puente del castillo. Todo el mundo lo sabe y, como es natural, tambi&#233;n lo sabe la polic&#237;a -la jefatura superior se encuentra a pocos centenares de metros- que se da una vuelta por all&#237; cuando necesita hacer un poco de estad&#237;stica con las denuncias.

Los amantes de la vida nocturna no van por la zona del castillo y ni siquiera se acercan a &#233;l. Por lo cual, bien entrada la noche, cuando la gente del barrio ya se ha ido a dormir, todo aquello est&#225; desierto. Tal como estaba muchos a&#241;os antes.

Me sent&#233; en el murete sin saber por qu&#233; hab&#237;a llegado hasta all&#237;. Sin saber por qu&#233; me hab&#237;a ido a dar una vuelta. Sin saber nada. Mirando al vac&#237;o, sin conseguir enfocar un recuerdo concreto. Unas palabras, una voz, algo percibido por los sentidos en cualquier momento del lejano pasado. En el que hab&#237;amos vivido antes de irnos hacia la nada.

&#191;Ocurre algo, abogado? &#191;Hay alg&#250;n problema?

Experiment&#233; un sobresalto, como cuando te sacuden cuando est&#225;s a punto de quedarte dormido.

Era un camello al que hab&#237;a defendido unos cuantos a&#241;os atr&#225;s; no recordaba su nombre. Su rostro se parec&#237;a al hocico de una tortuga, con un cierto aspecto bonach&#243;n y ausente al mismo tiempo.

Un viejo amigo m&#237;o se acaba de suicidar y estoy triste. Muy triste.

El otro no dijo nada -s&#243;lo una leve inclinaci&#243;n de cabeza- y, tras haberlo pensado unos segundos, se sent&#243; en el murete cerca de m&#237;. Ambos permanecimos en silencio mientras en las callejuelas del barrio antiguo se apagaban los &#250;ltimos ruidos y yo experimentaba una extra&#241;a sensaci&#243;n de sosiego.

A los pocos minutos, cara de tortuga se levant&#243; y, en silencio como siempre, me dio la mano. Sent&#237; el impulso de levantarme en se&#241;al de respeto.

Ten&#237;a una mano peque&#241;a y un apret&#243;n delicado, pero no flojo.

Se fue en direcci&#243;n a la catedral. Yo me encamin&#233; hacia el otro lado, prestando atenci&#243;n al rumor de mis pisadas sobre los viejos y lustrosos adoquines desiertos.



23

Despu&#233;s de aquella noche ya no volv&#237; a pensar en Emilio. Los d&#237;as pasaron, fluidos y silenciosos. Sin ritmo, sin color. Sin nada.

Unos cuantos d&#237;as antes de Navidad me llam&#243; Claudia. Una llamada extra&#241;a. Me felicit&#243;, yo correspond&#237; y despu&#233;s ambos permanecimos en silencio. Un silencio cargado de turbaci&#243;n. Me pareci&#243; que hab&#237;a llamado por un motivo determinado, para decirme una cosa determinada, aparte de la felicitaci&#243;n de Navidad; y, mientras sonaba el tel&#233;fono, hab&#237;a cambiado de idea.

Permanecimos en silencio y yo tuve la extra&#241;a sensaci&#243;n de estar como en equilibrio en alg&#250;n sitio o por encima de algo. Despu&#233;s terminamos sin que yo hubiera comprendido.

Y probablemente sin que ella tampoco hubiera comprendido.


El veintitr&#233;s de diciembre lleg&#243; una postal del Senegal. S&#243;lo dec&#237;a: para Navidad y para el A&#241;o Nuevo. Sin firma.

Era Abdou Thiam, mi cliente senegal&#233;s -vendedor ambulante en Italia, maestro de escuela elemental en Senegal- que el a&#241;o anterior hab&#237;a sido juzgado bajo la acusaci&#243;n de secuestro y asesinato de un ni&#241;o de nueve a&#241;os. Tras haber sido absuelto, hab&#237;a regresado a su pa&#237;s y de vez en cuando me mandaba postales con pocas palabras o a veces ninguna. Siempre sin firma y sin su direcci&#243;n. Abdou hab&#237;a estado a punto de ser condenado a cadena perpetua y aquellas postales eran su manera de hacerme saber que no hab&#237;a olvidado lo que yo hab&#237;a hecho por &#233;l. Record&#233; durante unos minutos aquel juicio y todos los acontecimientos que hab&#237;an ocurrido inmediatamente antes e inmediatamente despu&#233;s. Me pareci&#243; que hab&#237;a pasado toda una vida y no menos de dos a&#241;os, y entonces me dije que no me apetec&#237;a en absoluto afrontar una reflexi&#243;n acerca del tiempo y la naturaleza de los recuerdos. As&#237; que guard&#233; la postal en un caj&#243;n junto con las dem&#225;s y llam&#233; a la secretaria. Para despachar los &#250;ltimos papeles, irme de all&#237; y dejarme aspirar y aturdir por el frenes&#237; de las calles abarrotadas de gente.


Para Nochebuena nos hab&#237;an invitado a casa de unos amigos. Margherita dijo que nosotros dos nos intercambiar&#237;amos los regalos antes de salir y, de esta manera, a las nueve de la noche, vestidos de punta en blanco, ambos nos reunimos en su casa junto al &#225;rbol de Navidad, adornado con gigantescas pi&#241;as y gajos de frutas c&#237;tricas secas. Eran casi transparentes y emit&#237;an reflejos de colores. La casa estaba llena de aromas agradables. De agujas de abeto, de limpieza, de velas perfumadas, del dulce de chocolate y canela que Margherita hab&#237;a preparado para aquella noche de fiesta. Los altavoces del equipo difund&#237;an las alegres notas de Bright side of the road.

&#191;Vienes con las manos peligrosamente vac&#237;as, Guerrieri? Como saques de debajo de la chaqueta otro libro, o un disco o cualquier otra cosa que no sea lo que se dice un verdadero regalo, te juro que esta misma noche te abandono y me hago novia -es un decir- de un maestro de bailes sudamericanos.

Me hab&#237;a equivocado con respecto a ti. Cre&#237;a que eras una chica sensible, poco materialista, aficionada a las artes, a las letras, a la m&#250;sica. Y, en cualquier caso, no me parece ver montones de regalos para m&#237; debajo de este &#225;rbol.

Si&#233;ntate y espera aqu&#237; -dijo ella, desapareciendo en direcci&#243;n a la cocina.

Regres&#243; al cabo de un minuto, empujando un enorme paquete de forma irregular, envuelto en papel de color azul el&#233;ctrico y con un lazo rojo.

&#201;ste es tu regalo, pero si no veo el m&#237;o, ni se te ocurra acercarte.

&#191;Es que t&#250; no conoces el puro placer de dar por la felicidad del otro sin m&#225;s contrapartida que su gratitud y su sonrisa? &#191;No conoces?

No. Yo conozco el trueque. Saca mi regalo.

Mene&#233; la cabeza.

Bueno, ya que no conoces la poes&#237;a de la d&#225;diva, voy para all&#225;.

Me encamin&#233; hacia la puerta, sal&#237; al rellano y entr&#233; de nuevo sujetando por el manillar una bicicleta el&#233;ctrica de color rojo, reluciente y bell&#237;sima.

&#191;Como bofetada moral te parece suficiente?

Margherita acarici&#243; un buen rato la bicicleta, como si el hecho de verla no le bastara. Como si fuera una persona que s&#243;lo conociera las cosas toc&#225;ndolas y no simplemente mir&#225;ndolas. Despu&#233;s me dio un beso y dijo que ahora ya pod&#237;a abrir mi paquete.

Era una mecedora de mimbre y madera. Siempre hab&#237;a deseado tenerla, ya desde peque&#241;o, pero no recordaba haberlo dicho jam&#225;s. Me sent&#233; en ella y prob&#233; a balancearme con los ojos cerrados.

Feliz Navidad -dije al cabo de uno o dos minutos.

En voz baja y sin abrir los ojos, como si estuviera hablando solo en una especie de duermevela.

Feliz Navidad -me contest&#243; ella -tambi&#233;n en voz baja- mientras con los dedos me rozaba el cabello, el rostro, los ojos.



SEGUNDA PARTE



1

Izquierdo, izquierdo, derecho, otro gancho izquierdo. Jab, jab, golpe corto, gancho derecho, gancho izquierdo.

Izquierdo, derecho, izquierdo.

Derecho.

Final.

Tumbado en el sof&#225;, estaba viendo un documental deportivo; sobre Cassius Clay-Muhammad Al&#237;. Para alguien que tenga cierta idea de lo que ocurre realmente en un ring, contemplar los combates de Muhammad Al&#237; resulta una experiencia apabullante.

Por ejemplo, el movimiento de las piernas. Para poder comprenderlo realmente se tiene que haber subido a un ring. Pocos lo saben, pero la superficie del ring es blanda. No es f&#225;cil pegar brincos encima de ella.

Es asombroso ver a aquel hombre que ahora se arrastra bajo los golpes del Parkinson bailar de aquella manera. Ciento diez kilos que bailan con la ligereza de una mariposa. Bailo como una mariposa, pincho como una avispa, dec&#237;a de s&#237; mismo.

Los pu&#241;os hacen da&#241;o y, por regla general, son feos. Precisamente por eso hay algo de incre&#237;ble en aquella ligereza sobrehumana. Como una superaci&#243;n de la materia y del miedo, un ascender desde el barro y desde la sangre hacia una especie de ideal de belleza.

El documental terminaba mezclando las im&#225;genes del joven Cassius Clay -bello e invencible- que bailaba ligero, casi inmaterial, durante una sesi&#243;n de entrenamiento en el gimnasio, con las del viejo Muhammad Al&#237; que encend&#237;a la llama de los Juegos Ol&#237;mpicos de Atlanta. Temblando, con el rostro tremendamente concentrado para no fallar en aquel movimiento tan f&#225;cil y la expresi&#243;n perdida en la distancia.

Pens&#233; en el momento en que yo ser&#237;a viejo. Me pregunt&#233; si me dar&#237;a cuenta. Pens&#233; que me daba un miedo atroz. Me pregunt&#233; si a los setenta a&#241;os -si es que llegaba- ser&#237;a capaz de reaccionar en caso de que alguien me agrediera por la calle. Es un pensamiento idiota, lo s&#233;. Pero pens&#233; precisamente en eso y sent&#237; que el miedo me envolv&#237;a.

Y entonces me levant&#233; del sof&#225;, mientras pasaban los cr&#233;ditos del documental, me quit&#233; los zapatos, la camisa y los pantalones y me qued&#233; en calcetines y calzoncillos. Despu&#233;s tom&#233; los guantes de boxeo que estaban colgados en la pared, me los coloqu&#233; y puse el despertador a los tres minutos de un asalto normal de boxeo profesional.

Hice ocho asaltos, con intervalos de un minuto cada uno, pegando como si estuviera en juego un t&#237;tulo o la vida. Sin pensar en nada. Ni siquiera en mi vejez, que llegar&#237;a m&#225;s tarde o m&#225;s temprano.

Despu&#233;s me met&#237; bajo la ducha. Los brazos me dol&#237;an y ten&#237;a los ojos un poco nublados. Pero lo dem&#225;s hab&#237;a pasado por aquella noche.



2

Con Martina y Claudia me reun&#237; en un bar cerca del Palacio de Justicia media hora antes del comienzo de la vista. Para repasar las instrucciones sobre la manera en que Martina deber&#237;a comportarse.

Unos d&#237;as antes me hab&#237;a llevado su documentaci&#243;n cl&#237;nica y la hab&#237;a cotejado con la que hab&#237;a aportado Dellissanti en la vista. Era la misma. Es decir, la de Dellissanti era una fotocopia de la nuestra. Mientras las comparaba, me hab&#237;a fijado en un detalle que yo hab&#237;a anotado en mis apuntes con bol&#237;grafo rojo. Era un detalle importante.

Martina recordaba muy bien todo lo que yo le hab&#237;a dicho un mes atr&#225;s. Estaba tensa, se fum&#243; cinco o seis delgados cigarrillos uno tras otro, pero en general parec&#237;a que dominaba la situaci&#243;n.

Cuando terminamos el repaso, volvi&#243; a preguntarme si Scianatico estar&#237;a presente aquella ma&#241;ana. Le volv&#237; a decir que no lo sab&#237;a, pero que, si tuviera que hacer un pron&#243;stico, le dir&#237;a que s&#237;. Yo, si estuviera en el lugar de Dellissanti, lo har&#237;a comparecer en la vista.

Vio que llevaba su documentaci&#243;n cl&#237;nica y me pregunt&#243; para qu&#233; la necesitaba. Para hacerle aquellas preguntas sobre las cuales ya hab&#237;amos hablado, contest&#233;.

Tambi&#233;n la necesitaba para otra cosa. Que Dellissanti y su cliente no se esperaban, pero esto me lo guard&#233;. Pregunt&#233; si ten&#237;a m&#225;s dudas. No las ten&#237;a y entonces dije que ya pod&#237;amos dirigirnos a la sala.


Scianatico estaba all&#237;. Estudiando el expediente sentado cerca de su abogado. Parec&#237;a tranquilo. Un profesional entre otros profesionales. Era elegante y estaba bronceado. Su aspecto no era el de alguien que tiene que defenderse de una acusaci&#243;n ignominiosa. Como suele decirse.

Con &#233;l y Dellissanti s&#243;lo intercambiamos un gesto de saludo, el m&#237;nimo indispensable.

Alessandra Mantovani, en cambio, no estaba en la sala. En su lugar, un fiscal suplente; alguien a quien yo jam&#225;s hab&#237;a visto, con unas cejas muy pobladas, unos pelos que le sal&#237;an por unas grandes ventanas de la nariz y por las orejas, unos ojos rodeados de ojeras, semicerrados e inyectados en sangre. Ten&#237;a cara de jabal&#237; verrugoso africano y graves problemas de dominio del italiano b&#225;sico.

Conteniendo la respiraci&#243;n, le pregunt&#233; si le hab&#237;an encomendado toda la sala. Y, por consiguiente, tambi&#233;n nuestro juicio. En cuyo caso ya pod&#237;amos irnos todos a casa sin perder ni siquiera un minuto m&#225;s.

No -contest&#243; Jabal&#237; Africano-, no hab&#237;a sido delegado para toda la sala; hab&#237;a algo que la magistrada Mantovani ten&#237;a que hacer personalmente y &#233;l la ten&#237;a que llamar cuando hubieran terminado todas las dem&#225;s vistas. Despu&#233;s se desparram&#243; en el banco sobre los expedientes que ten&#237;a delante, exhausto a causa del esfuerzo de elocuencia que hab&#237;a tenido que hacer. Observ&#233; que llevaba un anillo de casado y se me ocurri&#243; espont&#225;neamente preguntarme c&#243;mo deb&#237;a de ser su mujer y si &#233;l la habr&#237;a conquistado con aquellos preciosos pelos largos y negros que le sal&#237;an de la nariz y de las orejas. A lo mejor, ella tambi&#233;n los ten&#237;a.

A lo mejor, yo no andaba bien de la cabeza, pens&#233;, archivando definitivamente el tema.

Lleg&#243; Caldarola, se cerraron unos cuantos acuerdos, se retir&#243; alguna que otra demanda, se decret&#243; alg&#250;n aplazamiento. Despu&#233;s el juez se dirigi&#243; a la sala de deliberaciones para redactar los fallos y el fiscal suplente-jabal&#237; africano desapareci&#243;.

Unos minutos despu&#233;s lleg&#243; Alessandra Mantovani. Scianatico y Dellissanti se levantaron para estrecharle la mano, cosa que no hab&#237;an hecho conmigo. No me gust&#243;. No es que me apeteciera estrecharles la mano. Pero aquel comportamiento conten&#237;a un mensaje. Significaba: ya sabemos que t&#250;, el ministerio p&#250;blico, haces tu trabajo y nosotros no la tenemos tomada contigo. El cabr&#243;n es aqu&#233;l -es decir, yo- y ya le arreglaremos las cuentas cuando termine esta historia. Alessandra les devolvi&#243; el apret&#243;n de manos, primero a Dellissanti y despu&#233;s a Scianatico, con una g&#233;lida sonrisa en los labios. S&#243;lo se movieron los labios, una d&#233;cima de segundo; los ojos, en cambio, permanecieron inm&#243;viles, helados y clavados en sus rostros.

Aquello tambi&#233;n era un mensaje.

Despu&#233;s son&#243; el timbre que anunciaba el regreso del juez a la sala.

Est&#225;bamos a punto de empezar.


Bueno, pues, &#191;qui&#233;n es el primer testigo del ministerio p&#250;blico?

Se&#241;or&#237;a, el ministerio p&#250;blico llama a declarar a la persona ofendida, la se&#241;ora Martina Fumai.

El ujier abandon&#243; la sala y se oy&#243; su voz llamando a Martina. Un instante despu&#233;s, ambos entraron juntos. Martina vest&#237;a vaqueros, jersey grueso de cuello cisne y chaqueta.

Se sent&#243;, facilit&#243; sus datos personales y despu&#233;s el secretario judicial le pas&#243; la cartulina plastificada, sucia de las miles de manos que la hab&#237;an tocado, con la f&#243;rmula que tendr&#237;a que pronunciar antes de su declaraci&#243;n.

Consciente de la responsabilidad moral y civil que asumo con mi declaraci&#243;n, me comprometo a decir toda la verdad y a no ocultar nada que obre en mi conocimiento.

La voz era delgada, pero bastante firme. Martina miraba hacia adelante y daba la impresi&#243;n de estar muy concentrada.

El ministerio p&#250;blico puede proceder al interrogatorio.

Buenos d&#237;as, se&#241;ora Fumai. &#191;Puede decirnos cu&#225;ndo conoci&#243; al acusado, Gianluca Scianatico?

Alessandra Mantovani hab&#237;a nacido para hacer aquel trabajo. Interrog&#243; a Martina por espacio de m&#225;s de una hora sin fallar ni un tiro. Sus preguntas eran breves, claras, sencillas. El tono era profesional, pero no fr&#237;o. Martina cont&#243; toda su historia y no hubo ni una sola protesta a lo largo de todo el interrogatorio. Cuando me correspondi&#243; el turno a m&#237; y tal como ya esperaba, quedaba muy poco que preguntar. Pr&#225;cticamente s&#243;lo la cuesti&#243;n del ingreso hospitalario y de los problemas psiqui&#225;tricos. El juez me dio la palabra y, por su tono de voz, qued&#243; muy claro que no hab&#237;a olvidado lo ocurrido en la vista anterior.

Se&#241;ora Fumai, usted ya ha contestado ampliamente a las preguntas del ministerio p&#250;blico. No insistir&#233; en esos temas. Tengo que hacerle tan s&#243;lo unas cuantas preguntas acerca de algunos acontecimientos pasados. &#191;Le parece bien?

Me parece bien.

En a&#241;os anteriores, &#191;ha tenido usted alg&#250;n problema de naturaleza nerviosa?

S&#237;. Tuve agotamiento nervioso.

&#191;Puede decirnos si ello ocurri&#243; antes o despu&#233;s de conocer al acusado?

Ocurri&#243; antes.

D&#237;ganos, por favor, cu&#225;ndo y cu&#233;ntenos brevemente cu&#225;l fue la causa de este agotamiento.

Creo que dos no, quiz&#225; tres a&#241;os antes de que nos conoci&#233;ramos. Tuve problemas relacionados con los estudios.

&#191;Nos puede explicar brevemente el car&#225;cter de estos problemas?

No consegu&#237;a licenciarme. Me faltaba s&#243;lo un examen, lo hab&#237;a intentado varias veces sin conseguirlo y, bueno, en determinado momento, me derrumb&#233;.

Comprendo que para usted resulta m&#225;s bien desagradable recordar estos hechos, pero, &#191;podr&#237;a decirnos qu&#233; ocurri&#243;?

A mi derecha, Dellissanti y Scianatico hablaban un tanto alterados. No se esperaban lo que estaba ocurriendo. Imagin&#233; las preguntas insinuantes que habr&#237;an preparado. &#191;Ha sufrido enfermedades psiqui&#225;tricas? &#191;Ha sido sometida a terapias con psicof&#225;rmacos? &#191;Est&#225; loca? Etc&#233;tera. Pens&#233; con satisfacci&#243;n en los huevos rotos de sus propias cestas. A tomar por culo.

Tras haberme presentado cinco veces a aquel examen, la sexta ya estaba desesperada. Hab&#237;a tenido una vida universitaria dif&#237;cil y agotadora. Cuando s&#243;lo me quedaba un examen, pens&#233; que ya lo hab&#237;a conseguido. Pero, en cambio, me estaba bloqueando precisamente ante el &#250;ltimo obst&#225;culo. Para el sexto intento estudi&#233; como una loca catorce horas al d&#237;a y puede que m&#225;s. No consegu&#237;a dormir y me ve&#237;a obligada a tomar ansiol&#237;ticos. La v&#237;spera del examen me pas&#233; toda la noche despierta, tratando de repasarlo todo. Cuando a la ma&#241;ana siguiente me toc&#243; el turno, me hab&#237;a quedado dormida en el banco y no o&#237; la llamada.

&#191;Cu&#225;ntos a&#241;os ten&#237;a entonces? &#191;Y cu&#225;ntos tiene ahora?

Ten&#237;a veintiocho, casi veintinueve. Ahora tengo treinta y cinco.

&#191;Fue despu&#233;s de este hecho cuando recurri&#243; a un especialista?

Al cabo de unos diez d&#237;as me ingresaron.

&#191;Puede decirnos cu&#225;les eran sus s&#237;ntomas?

Hubo una pausa. Era el momento m&#225;s dif&#237;cil. En caso de que consigui&#233;ramos seguir adelante, ya estar&#237;a casi todo hecho. Martina hizo una profunda inhalaci&#243;n; afanosa, sincopada, como si hubiera una v&#225;lvula que le impidiera recuperar el aliento a pleno pulm&#243;n.

No sent&#237;a inter&#233;s por nada, pensaba en la muerte, lloraba. Me despertaba muy temprano por la ma&#241;ana, cuando todav&#237;a estaba oscuro, dominada por la angustia. F&#237;sicamente me sent&#237;a muy d&#233;bil, me dol&#237;a constantemente la cabeza y tambi&#233;n sent&#237;a dolores por todo el cuerpo. Pero, sobre todo, ten&#237;a graves problemas de alimentaci&#243;n. No consegu&#237;a comer. Si intentaba comer algo, inmediatamente lo vomitaba.

Volvi&#243; a parar, como si estuviera haciendo acopio de fuerzas.

Tuvieron que alimentarme artificialmente. Gota a gota y tambi&#233;n con una sonda.

Dej&#233; que la crudeza de aquel relato se posara antes de pasar a las siguientes preguntas.

&#191;Tenia trastornos de la percepci&#243;n, alucinaciones, alguna otra cosa?

Martina apart&#243; por primera vez la mirada del punto indefinido que ten&#237;a delante y en el cual se hab&#237;a concentrado disciplinadamente desde el comienzo de la declaraci&#243;n. Se volvi&#243; hacia m&#237; y me mir&#243;. Asombrada. &#191;Qu&#233; quer&#237;a decir? &#191;Qu&#233; ten&#237;an que ver las alucinaciones?

&#191;Ten&#237;a alucinaciones, se&#241;ora Fumai? &#191;Ve&#237;a cosas inexistentes, o&#237;a voces?

No, por supuesto que no. No estaba no estoy loca. Sufr&#237;a agotamiento nervioso.

&#191;Cu&#225;nto tiempo permaneci&#243; ingresada?

Tres semanas, quiz&#225; un poco m&#225;s.

&#191;Por qu&#233; la dieron de alta?

Porque ya hab&#237;a empezado a tomar alimentos.

&#191;Y despu&#233;s?

Asist&#237; a sesiones de psicoterapia y tomaba f&#225;rmacos.

&#191;Cu&#225;nto dur&#243; la terapia?

Con los f&#225;rmacos, unos cuantos meses. Las sesiones de psicoterapia quiz&#225; un a&#241;o y medio.

&#191;Despu&#233;s consigui&#243; licenciarse?

S&#237;.

Cuando conoci&#243; al acusado, &#191;ya se hab&#237;a licenciado?

S&#237;, ya trabajaba.

Cuando conoci&#243; al acusado, &#191;estaba todav&#237;a en tratamiento?

No, la terapia propiamente dicha ya hab&#237;a terminado. Cada tres o cuatro meses me reun&#237;a con mi terapeuta. Eran, &#191;c&#243;mo se llama? sesiones de control.

Durante su relaci&#243;n, &#191;usted le revel&#243; al acusado los problemas de los que ha hablado ahora?

Claro.

&#191;Tiene usted una copia de la documentaci&#243;n cl&#237;nica relacionada con su ingreso hospitalario?

S&#237;.

&#191;La ten&#237;a tambi&#233;n en el transcurso de su convivencia con el acusado?

Otra pausa. Otra mirada de perplejidad. Martina no entend&#237;a adonde quer&#237;a ir a parar. Sin embargo, yo lo sab&#237;a muy bien. Dellissanti y Scianatico probablemente ya lo estaban comprendiendo.

Claro.

&#191;La documentaci&#243;n cl&#237;nica es &#233;sta? Se&#241;or&#237;a, &#191;puedo acercarme a la testigo y mostrarle estos documentos?

Caldarola hizo una se&#241;al de asentimiento con la cabeza y un gesto con la mano. Pod&#237;a acercarme. Gracias, cabr&#243;n.

Martina examin&#243; un instante los papeles. No necesitaba mucho tiempo para identificarlos, puesto que ella misma me los hab&#237;a dado. Levant&#243; la mirada hacia m&#237;. S&#237;, era su historial cl&#237;nico; s&#237;, el que guardaba en casa cuando viv&#237;a con Scianatico. No, jam&#225;s lo hab&#237;a guardado con especial cuidado; en ninguna caja de seguridad y ni siquiera en alg&#250;n caj&#243;n cerrado con llave.

Gracias, se&#241;ora Fumai. No tengo m&#225;s preguntas, por el momento, Se&#241;or&#237;a. Pero s&#237; deseo solicitar la inclusi&#243;n en el expediente del juicio de la documentaci&#243;n mostrada a la testigo e identificada por ella.

Dellissanti cay&#243; en la trampa y protest&#243;. Habr&#237;a tenido que pedir la inclusi&#243;n en la fase introductoria, dijo sin siquiera levantarse. Y, adem&#225;s, se trataba al parecer de la misma documentaci&#243;n que ellos hab&#237;an aportado. Y, por consiguiente, la petici&#243;n era superflua.

Se&#241;or&#237;a, podr&#237;a decir que, si se trata de la misma documentaci&#243;n presentada por la defensa del acusado, no se entiende el porqu&#233; de la protesta. O quiz&#225; se comprende muy bien, pero en lo que a esto respecta nos detendremos en el momento oportuno. Es cierto, se trata de la misma documentaci&#243;n presentada por la defensa del acusado. La suya es una copia y la nuestra tambi&#233;n es una copia, hecha directamente del historial cl&#237;nico del centro hospitalario. Pero en nuestra copia figuran algunas anotaciones en bol&#237;grafo, hechas por el m&#233;dico que atendi&#243; a la parte ofendida despu&#233;s de su ingreso hospitalario. Estas anotaciones, dec&#237;a, en nuestra copia est&#225;n hechas en bol&#237;grafo. Y, por consiguiente, se puede decir que nuestra documentaci&#243;n es simult&#225;neamente copia y original. Basta echar un vistazo a nuestra documentaci&#243;n y a la documentaci&#243;n presentada por la defensa para darse cuenta de que la suya es una copia de la nuestra. Por razones que explicaremos mejor durante el juicio, pero que usted, Se&#241;or&#237;a, seguramente ya ha intuido, la inclusi&#243;n de nuestra copia es relevante.

Caldarola no tuvo argumentos para rechazar mi petici&#243;n, pues los presentados por Dellissanti carec&#237;an de la menor consistencia. Por lo tanto, acept&#243; la inclusi&#243;n y despu&#233;s dijo que har&#237;amos una pausa de diez minutos antes de pasar al turno de repregunta de la defensa.



3

Cuando Caldarola le dijo a Dellissanti que pod&#237;a proceder a la repregunta, el otro contest&#243; sin levantar la cabeza:

Gracias, Se&#241;or&#237;a, s&#243;lo un momento.

Hurg&#243; entre sus papeles como si estuviera buscando un documento indispensable para iniciar su interrogatorio.

Fing&#237;a. Un truco para aumentar la tensi&#243;n de Martina; para obligarla a volverse hacia &#233;l y cruzar su mirada con la suya. Pero ella se port&#243; muy bien. Permaneci&#243; inm&#243;vil todo el rato. No se volvi&#243; hacia el banco de la defensa y, al final, cuando el silencio estaba empezando a resultar embarazoso, fue Dellissanti quien tuvo que ceder. Cerr&#243; su expediente sin haber sacado nada y empez&#243;.

El primer tiro te ha fallado, gordinfl&#243;n, pens&#233;.

Si no he entendido mal, usted se re&#250;ne peri&#243;dicamente con un psiquiatra. &#191;Es as&#237;, se&#241;orita?

Subray&#243; lo de se&#241;orita para que quedara bien claro que era un insulto. Quer&#237;a decir mujer que se est&#225; acercando a la mediana edad y que no ha conseguido encontrar a nadie que se case con ella.

Nos reunimos cada tres o cuatro meses. Es una especie de asesor&#237;a. Y, en cualquier caso, se trata de un psicoterapeuta.

&#191;O sea que es correcto decir que, desde su agotamiento nervioso y su ingreso en un departamento de psiquiatr&#237;a, usted jam&#225;s ha interrumpido el tratamiento de sus trastornos ps&#237;quicos?

Me qued&#233; medio levantado, con las manos apoyadas en el banco.

Protesto, Se&#241;or&#237;a. Planteada en estos t&#233;rminos, la pregunta es inadmisible. No pretende obtener una respuesta, es decir, un testimonio &#250;til para el veredicto, sino que, de hecho, se formula con el exclusivo prop&#243;sito de ejercer un efecto ofensivo e intimidatorio.

No someta a juicio las intenciones, abogado Guerrieri. Veamos qu&#233; tiene que decir la testigo al respecto. Responda a la pregunta, se&#241;orita. &#191;Es cierto que jam&#225;s ha interrumpido el tratamiento?

No, se&#241;or juez, no es cierto. El tratamiento propiamente dicho dur&#243;, tal como ya he dicho antes, un a&#241;o y medio, puede que un poco m&#225;s. En el transcurso de aquel per&#237;odo, manten&#237;a dos reuniones semanales con mi terapeuta. Despu&#233;s lo redujimos a una vez por semana, despu&#233;s a dos veces al mes

Voy a formular la pregunta de otra manera, se&#241;orita. &#191;Es correcto decir que usted jam&#225;s ha interrumpido sus sesiones con el psiquiatra, sino que tan s&#243;lo ha reducido la frecuencia?

Planteada en esos t&#233;rminos

&#191;Puede decirme si ha interrumpido alguna vez las sesiones con su psiquiatra? &#191;S&#237; o no?

Martina cerr&#243; la boca y sus labios se convirtieron en dos delgadas l&#237;neas. Por un instante, tuve la absurda certeza de que se iba a levantar y se ir&#237;a sin decir ni una sola palabra m&#225;s.

Jam&#225;s he interrumpido mis reuniones con el psicoterapeuta. Lo veo tres o cuatro veces al a&#241;o.

&#191;Cu&#225;ndo fue la &#250;ltima vez que la visit&#243; su psiquiatra?

Repet&#237;a sistem&#225;ticamente la palabra psiquiatra. Era la que acentuaba de manera m&#225;s intensa, aunque impl&#237;cita, la idea de enfermedad mental. El juego era elemental y un poco sucio, pero ten&#237;a sentido desde su punto de vista.

No son visitas, son reuniones en las cuales conversamos.

No ha contestado a mi pregunta.

La &#250;ltima vez que me reun&#237; con mi

S&#237;.

 hace una semana.

Ah, qu&#233; casualidad tan interesante. Puesto que usted insiste en especificar que se trata de un psicoterapeuta y s&#243;lo para aclarar la confusi&#243;n terminol&#243;gica: &#191;se trata de un m&#233;dico especializado en psiquiatr&#237;a o de un psic&#243;logo?

Es un m&#233;dico.

&#191;Especializado en psiquiatr&#237;a?

S&#237;.

&#191;Por qu&#233; raz&#243;n sigue acudiendo a su consulta si est&#225; curada, tal como usted dice?

&#201;l considera oportuno que nos veamos para examinar la situaci&#243;n general

Disculpe que la interrumpa, porque eso me interesa. &#191;Es el psiquiatra el que considera necesarias estas reuniones peri&#243;dicas?

No es que las considere necesarias

Disculpe, &#191;es el psiquiatra el que dijo en determinado momento, cuando consider&#243; que su situaci&#243;n ps&#237;quica hab&#237;a mejorado: ya no es necesario que nos veamos dos veces por semana, con una es suficiente?

S&#237;.

&#191;Fue el psiquiatra quien dijo en determinado momento y por los mismos motivos: ya no es necesario que nos veamos una vez a la semana; es suficiente con dos al mes?

S&#237;.

&#191;El psiquiatra dijo que ustedes deber&#237;an reunirse a lo largo de toda la vida, aunque s&#243;lo fueran cuatro visitas al a&#241;o?

&#191;Toda la vida? &#191;Y eso qui&#233;n lo ha dicho?

O sea que no tiene previsto mantenerla toda la vida bajo tratamiento.

Por supuesto que no.

Cuando haya superado por completo todos sus problemas, &#191;usted podr&#225; dejar de acudir a estas reuniones? &#191;Es correcto?

Al final, Martina se volvi&#243; hacia &#233;l y lo mir&#243; con la cara de una ni&#241;a que se pregunta por qu&#233; son tan cabrones los mayores. Y no contest&#243;. &#201;l no insisti&#243;. No era necesario. Hab&#237;a conseguido llegar adonde quer&#237;a. Yo habr&#237;a deseado partirle la cara, pero reconoc&#237;a que el otro lo hab&#237;a hecho muy bien.

Dellissanti hizo una larga pausa para que quedara bien claro el resultado alcanzado. Mostraba un rostro aparentemente inexpresivo. Pero, en realidad, estudiando a fondo sus rasgos, se advert&#237;a en ellos un matiz indefinidamente brutal y obsceno.

&#191;Obedece a la verdad que una vez, en el transcurso de una discusi&#243;n, en presencia tambi&#233;n de otras personas -amigas de ustedes-, el profesor Scianatico le dijo, textualmente, eres una mit&#243;mana, eres una mit&#243;mana y una desequilibrada, no tienes ninguna credibilidad y resultas peligrosa para ti misma y para los dem&#225;s?

Dellissanti cambi&#243; de tono, acentu&#243; las palabras mit&#243;mana, desequilibrada, credibilidad y peligrosa. Cualquiera que lo hubiera escuchado distra&#237;damente habr&#237;a tenido la impresi&#243;n de encontrarse en presencia de un abogado que estaba ofendiendo a la testigo. Lo cual, a fin de cuentas, era exactamente lo que Dellissanti estaba haciendo. Un viejo truco barato, una provocaci&#243;n para hacer perder la calma. A veces funciona.

Estaba a punto de protestar, pero, en el &#250;ltimo momento, me abstuve. Pens&#233; que el hecho de protestar por aquella pregunta equival&#237;a a mostrar que ten&#237;a miedo; que pensaba que Martina no estaba en condiciones de contestar y salir del apuro por su cuenta. Mientras permanec&#237;a sentado, en los pocos segundos que transcurrieron entre la pregunta de Dellissanti y la respuesta de Martina, percib&#237; una sensaci&#243;n de tensi&#243;n en los m&#250;sculos de las piernas y una aceleraci&#243;n de los latidos del coraz&#243;n. Las se&#241;ales de que el cuerpo est&#225; a punto de actuar instintivamente, pero despu&#233;s se detiene, obedeciendo a una orden del cerebro. Las mismas que experimentas cuando est&#225;s a punto de harte a tortazos con alguien, pero un rel&#225;mpago de razonamiento te bloquea.

Tuve la certeza de que Alessandra Mantovani tambi&#233;n hab&#237;a efectuado el mismo recorrido mental. Cuando me volv&#237; hacia ella, observ&#233; que se remov&#237;a imperceptiblemente en su asiento como si un momento antes se hubiera desplazado hacia el borde para levantarse y formular una protesta.

Despu&#233;s Martina contest&#243;.

Creo que s&#237;. Creo que me dijo m&#225;s o menos todo eso. Y m&#225;s de una vez.

Lo que yo quiero saber es si usted recuerda una ocasi&#243;n concreta en que se le dijeron estas cosas en presencia de sus amigos. &#191;La recuerda?

No, no recuerdo ninguna ocasi&#243;n concreta. Seguro que me dijo cosas de este tipo. Por otra parte, tambi&#233;n me dec&#237;a otras cosas. Por ejemplo

Dellissanti la interrumpi&#243;. El suyo era el tono molesto y arrogante de alguien que se dirige a un subalterno que no cumple debidamente las &#243;rdenes recibidas.

Deje esas otras cosas, se&#241;orita. Mi pregunta se refer&#237;a al contenido, al contexto de aquella disputa, &#191;recuerda? No al que

Se&#241;or&#237;a, &#191;podr&#237;amos dejar que la testigo completara sus respuestas? La defensa formula una pregunta para comprender el contexto en el cual se formularon unas expresiones, gravemente ofensivas, por cierto. No puede pretender limitar arbitrariamente este contexto a lo que le interesa o&#237;r, censurando el resto del relato de la testigo. Y utilizando entre otras cosas un tono inadmisiblemente intimidatorio.

Alessandra se encontraba todav&#237;a de pie cuando Dellissanti se levant&#243; a su vez, hablando casi a gritos.

Tenga cuidado con lo que dice. Yo no permito que ning&#250;n fiscal se dirija a m&#237; en ese tono y con semejantes cr&#237;ticas.

No s&#233; c&#243;mo lo hizo Alessandra para introducirse en aquel desbordamiento de furia con una sola frase, breve, r&#225;pida y mortal como una pu&#241;alada.

El que debe tener cuidado es usted, se&#241;or abogado; tenga cuidado usted.

Lo dijo con un tono que helaba la sangre. Hab&#237;a tal violencia en aquellas palabras, pronunciadas en un sibilante susurro, que dej&#243; aterrorizados a todos los presentes, yo incluido.

En aquel momento, Caldarola record&#243; que era el juez y que quiz&#225; ser&#237;a oportuno que interviniera.

Les ruego a todos que se tranquilicen. No comprendo esta animosidad y les invito a serenarse. Que cada cual haga su trabajo, tratando de respetar el ajeno. &#191;Usted tiene otras preguntas, abogado Dellissanti?

No, Se&#241;or&#237;a. Tomo nota de que la testigo no sabe o no quiere recordar la circunstancia a la cual yo me refiero. Pediremos que nos lo cuente el profesor Scianatico y, sobre todo, los testigos que figuran en nuestra lista. He terminado.

&#191;El ministerio p&#250;blico desea concluir el interrogatorio?

S&#237;, pero con un par de preguntas cuya necesidad ha surgido a ra&#237;z de la repregunta de la defensa.

Desde un punto de vista t&#233;cnico, la puntualizaci&#243;n no era indispensable. Pero era una manera de subrayar que aquella prolongaci&#243;n de la declaraci&#243;n -seguramente nada favorable al acusado- depend&#237;a de un error del abogado de la defensa. O sea que no era un gesto de conciliaci&#243;n.

Se&#241;ora Fumai, &#191;quiere contarnos las otras cosas que le dec&#237;a el acusado? Para que nos entendamos, lo que estaba a punto de hacer cuando ha sido interrumpida.

Martina cont&#243; tambi&#233;n aquellas otras cosas. Se refiri&#243; a las dem&#225;s humillaciones, aparte de los golpes y la violencia psicol&#243;gica a la que se hab&#237;a referido anteriormente. Scianatico le dec&#237;a que era una fracasada; que su &#250;nica suerte era haberlo conocido a &#233;l y que &#233;l hubiera decidido cuidar de ella; que ella era incapaz de adoptar decisiones acerca de su propia vida y que por eso ten&#237;a que obedecer las &#243;rdenes y los consejos de comportamiento que &#233;l le daba. Ten&#237;a que ser obediente y quedarse en su sitio.

Le dec&#237;a que era una perra y que las perras tienen que obedecer a sus amos.

Lo cont&#243; todo con una voz que no era d&#233;bil y no se resquebrajaba. Aunque puede que eso fuera peor. Era una voz neutra, sin tono y sin color. Como si algo en su interior se hubiera vuelto a romper.


Caldarola decret&#243; un aplazamiento de tres semanas y traz&#243; una especie de calendario de la instrucci&#243;n del juicio. En la siguiente vista oir&#237;amos a los restantes testigos del ministerio p&#250;blico. A continuaci&#243;n, vendr&#237;a el interrogatorio al acusado. Y, finalmente, en dos vistas, oir&#237;amos a los testigos y al asesor de la defensa.

Me desped&#237; de Alessandra Mantovani y me volv&#237; hacia la salida de la sala para seguir a Martina, que se hab&#237;a levantado del asiento de los testigos y se me hab&#237;a adelantado unos cuantos pasos. Justo en aquel momento vi a Claudia, de pie, apoyada en la balaustrada. Parec&#237;a absorta. Despu&#233;s me di cuenta de que estaba mirando a Scianatico y Dellissanti. Los miraba de una manera que jam&#225;s podr&#233; olvidar y, mientras captaba aquella mirada, pens&#233;, sin poder ejercer un aut&#233;ntico control sobre mis pensamientos, que aquella mujer era capaz de matar.


Puede parecer incre&#237;ble, pero en los meses que hab&#237;an precedido a aquella tarde, hab&#237;a encontrado una especie de absurdo equilibrio. &#201;l me hac&#237;a -o me obligaba a hacer- aquellas cosas. Yo s&#243;lo quer&#237;a que todo terminara enseguida. Despu&#233;s abandonaba aquella habitaci&#243;n y ocultaba lo que hab&#237;a ocurrido. Era una ni&#241;a triste, no ten&#237;a amigas, pero ten&#237;a a Snoopy; y a mi hermanita; y los libros que tomaba prestados en la escuela y que le&#237;a en todos mis momentos libres. No creo que mi madre, hasta aquel d&#237;a, se hubiera dado realmente cuenta de nada.

Despu&#233;s de aquella tarde de lluvia, no s&#233; c&#243;mo, se lo cont&#233;. No, no es exacto. Intent&#233; cont&#225;rselo. No recuerdo qu&#233; le dije concretamente. Pero seguro que no fue todo lo que hab&#237;a ocurrido. Creo que trat&#233; de averiguar si pod&#237;a hablar con ella, si ella estaba dispuesta a escucharme; si estaba dispuesta a ayudarme.

No lo estaba.

En cuanto comprendi&#243; de qu&#233; le estaba hablando, se puso como una furia. Me estaba inventando cosas feas. Era una ni&#241;a mala. &#191;Acaso quer&#237;a destruir nuestra familia, con todos los sacrificios que hac&#237;a ella para mantenerla en pie? Dijo algo as&#237;, m&#225;s o menos, y yo no volv&#237; a decir nada.

Unos cuantos d&#237;as despu&#233;s regres&#233; del colegio y Snoopy ya no estaba. Lo busqu&#233; en el patio, lo busqu&#233; fuera, por la calle. Pregunt&#233; a todas las personas con quienes me cruc&#233; si lo hab&#237;an visto, pero nadie sab&#237;a nada. Si existe el dolor en su forma m&#225;s pura y desesperada, yo lo experiment&#233; aquel d&#237;a. Si vuelvo a pensar en aquel momento veo una escena muda, l&#237;vida y en blanco y negro.

Por la tarde &#233;l me llam&#243; desde el dormitorio, y yo no fui. Me volvi&#243; a llamar, y no fui. Estaba en la cocina, en una silla, con los brazos alrededor de las rodillas. Con unos ojos enormemente abiertos que no ve&#237;an nada. Creo que pocos sentimientos, pocas emociones se mezclan entre s&#237; con tanta fuerza como el odio y el miedo. Despu&#233;s uno se comporta de una manera o de otra seg&#250;n lo que prevalezca. El miedo. O el odio.

Fue a buscarme a la cocina y me arrastr&#243; al dormitorio. Yo trat&#233; de resistir por primera vez. No s&#233; muy bien lo que hice. A lo mejor intent&#233; propinarle puntapi&#233;s o pu&#241;etazos o quiz&#225; no me qued&#233; simplemente paralizada, dejando que hiciera lo que quisiera. &#201;l estaba asombrado y furioso. Me peg&#243; muy fuerte mientras me violaba. Bofetadas y pu&#241;etazos en la cara, en la cabeza, en las costillas.

Y, sin embargo -cosa extra&#241;a-, cuando termin&#243; no me sent&#237;a peor que otras veces. Cierto que me dol&#237;a todo, pero tambi&#233;n experimentaba una extra&#241;a y furiosa sensaci&#243;n de j&#250;bilo. Me hab&#237;a rebelado. Las cosas ya jam&#225;s volver&#237;an a ser como antes. Y &#233;l tambi&#233;n lo comprendi&#243;, en cierto modo.

Cuando mi madre regres&#243; a casa, vio c&#243;mo ten&#237;a la cara. Yo la mir&#233; pensando que me iba a preguntar qu&#233; hab&#237;a ocurrido. Pensando que ahora, ante la evidencia, me creer&#237;a y me ayudar&#237;a.

Ella mir&#243; para el otro lado, dijo algo a prop&#243;sito de que hab&#237;a que preparar la cena o hacer no s&#233; qu&#233; otras cosas.

&#201;l abri&#243; una botella grande de cerveza y se la bebi&#243; toda entera. Al final, solt&#243; un eructo silencioso y obsceno.



4

Estaba tumbado en el sof&#225; de mi casa. Esperando que regresara Margherita y me llamara para que subiera a cenar. Me gustaba que, a pesar de vivir m&#225;s o menos juntos, yo fuera por la noche a su casa como respondiendo a una invitaci&#243;n. Aunque s&#243;lo se tratara de subir dos pisos a pie. Hac&#237;a que las cosas resultaran menos obvias. Que no las diera por sentadas.

Estaba escuchando a Lou Reed: Transformer. El &#225;lbum de Walk on the Wild Side.

No un CD, sino un aut&#233;ntico y original vinilo de treinta y tres revoluciones. Con sus crujidos, ara&#241;azos y dem&#225;s.

Me lo hab&#237;a comprado aquella tarde en la pausa del almuerzo. Cuando ten&#237;a mucho que hacer, o quiz&#225; ten&#237;a alguna cita a primera hora de la tarde, o cualquier otra cosa, no regresaba a casa a la hora de comer. Me iba a alg&#250;n bar del centro donde comen los empleados de banca y me tomaba un bocadillo y una cerveza en la barra. Despu&#233;s aprovechaba la pausa en alguna librer&#237;a o alguna tienda de discos de las que no cierran al mediod&#237;a.

Aquella tarde hab&#237;a acabado en la tiendecita de un muchacho que tocaba el bajo en un grupo; hac&#237;an una especie de rock con tintes de jazz y eran bastante buenos. Los hab&#237;a o&#237;do tocar varias veces en los lugares que frecuentaba por la noche. En los que, en los &#250;ltimos a&#241;os, ya me empezaba a sentir desagradablemente fuera de lugar.

Tocar rock con tintes de jazz o lo que fuera no le daba en cualquier caso para vivir, entre otras cosas porque &#233;l y su grupo se negaban a tocar en las bodas. Por eso vend&#237;a discos, siguiendo unos horarios muy personales. Hab&#237;a d&#237;as que cerraba sin previo aviso, otros que abr&#237;a sobre las once de la ma&#241;ana y permanec&#237;a abierto ininterrumpidamente hasta la noche, cuando all&#237; dentro se reun&#237;an unos extra&#241;os e irreales personajes. Gente que te preguntabas d&#243;nde se ocultaba de d&#237;a.

Aparte los CD nuevos, en aquella tiendecita se pod&#237;an encontrar tambi&#233;n montones de viejos elep&#233;s en vinilo, rigurosamente de segunda, o de tercera, o de cuarta mano. Aquel d&#237;a, en el estante de los elep&#233;s, encontr&#233; una copia, original americana, de Transformer, sellada con el pl&#225;stico y todo. Un disco que jam&#225;s hab&#237;a tenido; hab&#237;a tenido varias casetes con algunos fragmentos de aquel treinta y tres, cintas que, en cualquier caso, hab&#237;a perdido o destruido.

Soy de las pocas personas que todav&#237;a conservan un tocadiscos perfectamente operativo y pens&#233; que aquel disco no me lo pod&#237;a dejar escapar. Cuando llegu&#233; a la caja -lo cual significaba: cuando llegu&#233; delante de la silla en la cual el bajista estaba leyendo la revista de culto Mucchio selvaggio- y me enter&#233; del precio, pens&#233; que quiz&#225; ser&#237;a mejor que me lo dejara escapar, me comprara una versi&#243;n remasterizada y, con lo que me sobrara, me fuera a cenar a un restaurante de lujo.

Regurgitaci&#243;n adolescente de cuando no ten&#237;a dinero. Ahora ganaba mucho m&#225;s de lo que consegu&#237;a gastar. Y, de esta manera -sin que el cajero-bajista se hubiera dado cuenta de todo este mon&#243;logo interior-, saqu&#233; el dinero, pagu&#233;, le ped&#237; una bolsita rigurosamente usada, ech&#233; dentro al viejo Lou con su cara de Frankenstein y me fui.

El disco ya hab&#237;a terminado una primera vez y yo estaba a punto de volver a poner en movimiento el plato, colocar de nuevo la puntita de la aguja y escucharlo una vez m&#225;s cuando Margherita me llam&#243; y me dijo que subiera, que aquella noche tambi&#233;n estaba dispuesta a darme de comer.

Hab&#237;a preparado habas con achicorias siguiendo la antigua receta del campo. Pur&#233; de habas, achicorias silvestres, cebolla roja de Acquaviva, pan duro y, en un plato aparte, guindillas fritas. Art&#237;culo de lujo, habr&#237;a dicho el campesino al que, cuando yo era peque&#241;o, mis padres le compraban la fruta, la verdura y los huevos frescos.

Para m&#237; tambi&#233;n hab&#237;a una botella de tinto aglianico de la regi&#243;n sure&#241;a del Vulture.

S&#243;lo para m&#237;. Margherita no bebe vino ni ninguna otra bebida alcoh&#243;lica. Antes de que yo la conociera, hab&#237;a sido alcoh&#243;lica muchos a&#241;os; despu&#233;s hab&#237;a conseguido salir del infierno y ahora no tiene ning&#250;n problema si alguien bebe a su lado.

Dentro de diez d&#237;as har&#233; el primer salto. Si el tiempo lo permite.

Lo de hacer el cursillo de paracaidismo hab&#237;a ido en serio. Hab&#237;a terminado la teor&#237;a y el entrenamiento y ahora se estaba preparando para lanzarse desde cuatrocientos, quinientos metros de altura. Mientras ella hablaba, yo intent&#233; imaginarme la situaci&#243;n y not&#233; una especie de mano que me apretaba la boca del est&#243;mago.

Ella segu&#237;a hablando, pero su voz se alej&#243; mientras yo rodaba muy r&#225;pido hacia atr&#225;s hasta llegar a una tarde de primavera de hac&#237;a muchos a&#241;os.

Hay tres chiquillos en la azotea de un edificio de ocho plantas. Alrededor de esta azotea hay una barandilla baja; a los lados, m&#225;s all&#225; de la barandilla, una cornisa muy ancha de por lo menos un metro; casi una acera. M&#225;s all&#225; de esta acera, el vac&#237;o. Terrible, en la trivialidad de los gatos y las plantas pelonas del patio de abajo.

Uno de los chiquillos -el que juega mejor a la pelota, y ya ha fumado alg&#250;n cigarrillo, y sabe explicar a los dem&#225;s la verdadera funci&#243;n de la picha, aparte de la del pip&#237;- propone un concurso de valent&#237;a.

Desaf&#237;a a los dem&#225;s a saltar la barandilla y a caminar por la cornisa a lo largo de todo el per&#237;metro. No se limita a decirlo, sino que lo hace. Salta y camina con paso decidido, lo recorre todo y vuelve a saltar regresando a lugar seguro. Entonces lo prueba tambi&#233;n el segundo; los primeros pasos los da con titubeos, pero despu&#233;s &#233;l tambi&#233;n camina r&#225;pido y termina enseguida.

Ahora le toca al tercer chiquillo. Tiene miedo, pero no de manera exagerada. No le apetece demasiado caminar sobre el vac&#237;o, pero no parece una haza&#241;a imposible. Los otros dos lo han hecho sin problemas y &#233;l tambi&#233;n lo podr&#225; hacer, piensa. Como mucho, procurar&#225; mantenerse muy pegado a la barandilla para m&#225;s seguridad.

As&#237; que &#233;l tambi&#233;n salta, con cierta torpeza -no es muy &#225;gil, mucho menos que los dem&#225;s, por supuesto- y empieza a caminar, mirando a sus dos compa&#241;eros. Camina deslizando una mano por la superficie interior de la barandilla, como para sostenerse. El que juega muy bien a la pelota, experto en el uso de la picha, etc&#233;tera, dice que as&#237; no vale. Tiene que quitar la mano y caminar por el centro de la cornisa, sin apoyarse, tal como est&#225; haciendo ahora. Si no, no vale, repite.

Entonces el chiquillo aparta la mano y se desplaza unos cent&#237;metros hacia el vac&#237;o; y da unos cuantos pasos. Unos pasos cortos, mir&#225;ndose los pies. Pero, mientras se mira los pies, los ojos se desplazan fuera del control consciente hasta enfocar un punto del patio de all&#237; abajo. Son menos de treinta metros, pero parece un abismo que puede aspirarlo todo. En el que todo puede acabar cayendo.

El chiquillo aparta la mirada e intenta seguir adelante. Pero ahora el abismo ya le ha entrado dentro. Y en aquel preciso instante descubre que tendr&#225; que morir. Tal vez justo en aquel momento; quiz&#225; otra vez, pero tendr&#225; que morir.

Comprende lo que significa con una intuici&#243;n fulgurante y completa.

Entonces se agarra a la barandilla, y se agacha, y casi se ovilla. Como para ofrecer menos superficie al viento -en realidad, es s&#243;lo una brisa muy ligera- que pudiera hacerle perder el equilibrio.

Ahora est&#225; casi acurrucado, apoyado contra aquella barandilla y con la espalda al abismo; y no tiene el valor de levantarse; ni siquiera el poco valor que le permitir&#237;a saltar al otro lado y pasar a lugar seguro.

Los dos amigos est&#225;n diciendo algo pero &#233;l no los oye; o mejor dicho, no entiende lo que dicen. Pero, de repente, le entra otro miedo. El de que se acerquen para gastarle una broma, estilo hacer amago de propinarle un empuj&#243;n; o saltar ellos tambi&#233;n otra vez para entregarse a alg&#250;n juego espantoso.

Entonces dice socorro, mam&#225;; lo dice en voz baja y le entran ganas de llorar muy fuerte. Despu&#233;s, desde su posici&#243;n acurrucada, se encarama muy despacio por la barandilla, casi a rastras, ara&#241;&#225;ndose las manos, despellej&#225;ndose las rodillas y todo. Si se pusiera de pie le ser&#237;a f&#225;cil saltar, pero &#233;l no se puede poner de pie; no puede correr el riesgo de mirar otra vez hacia abajo.

Y, al final, se encuentra al otro lado. Los otros dos se burlan de &#233;l y &#233;l miente, dice que se ha torcido el pie caminando y que por eso no ha podido seguir adelante; y que es por eso por lo que ha saltado la barandilla de aquella manera tan rid&#237;cula, como si estuviera lisiado. Y despu&#233;s, cuando se van -y tambi&#233;n en los d&#237;as siguientes- procura cojear para convencerlos de que la historia de la torcedura es aut&#233;ntica, de ninguna manera una excusa para disimular su miedo. Se pasa una semana entera cojeando y repite la historia -a los dos amigos y a s&#237; mismo- tantas veces que, al final, &#233;l mismo confunde lo que se ha inventado con los hechos realmente ocurridos.

Aquel chiquillo, desde entonces y a intervalos regulares, sue&#241;a con saltar la barandilla de una terraza y con saltar abajo. Directamente y sin dudar. A veces sue&#241;a con subirse a la barandilla y caminar por ella como una especie de equilibrista loco; en la absoluta certeza no ya de conseguir hacerlo, sino de caer en cualquier momento; cosa que ocurre invariablemente. Otras veces sue&#241;a que sus amigos le toman el pelo; y entonces &#233;l corre hacia la barandilla, apoya en ella una mano, se vuelve, salta y se precipita al vac&#237;o mientras ellos miran estupefactos y aturdidos.

As&#237; aprender&#225;n a tomarme el pelo, piensa mientras se despierta presa de una invencible tristeza por su vida de muchacho que se fue; que habr&#237;a podido ser tantas cosas. Que no ser&#225;n.

Cuando me despierto pienso siempre precisamente en eso. Podr&#237;a haber sido muchas cosas que no ser&#225;n por no haber tenido el valor de intentarlo.

Entonces abro -&#191;o cierro?- los ojos, me levanto y voy al encuentro de mi jornada.


Guido, &#191;me escuchas?

S&#237;, s&#237;, perd&#243;name, mientras hablabas me ha venido a la mente una cosa y me he distra&#237;do.

&#191;Qu&#233; cosa?

No, nada, una cosa del trabajo. Que he dejado colgada.

&#191;Una cosa importante?

No, nada, una tonter&#237;a.



5

Una sola vista no fue suficiente para escuchar a los dem&#225;s testigos del ministerio p&#250;blico. El inspector de la polic&#237;a encargado de las investigaciones, que entre otras cosas hab&#237;a obtenido los listados de los tel&#233;fonos de Martina y de Scianatico. Los m&#233;dicos del servicio de urgencias, que se limitaron a confirmar lo que hab&#237;an escrito en sus informes de asistencia y de los cuales no recordaban, l&#243;gicamente, ni una sola palabra. Un par de chicas de la comunidad que hab&#237;an actuado como escoltas de Martina en algunas ocasiones y que hab&#237;an sido depositar&#237;as de sus confidencias.

La madre de Martina.

Era una mujer gruesa, triste e insulsa. Ella y la hija no se parec&#237;an en nada. Refiri&#243; con voz mon&#243;tona y carente de vida el regreso a casa de Martina, las llamadas nocturnas, las llamadas a trav&#233;s del portero autom&#225;tico. Puso especial empe&#241;o en puntualizar que no sab&#237;a nada m&#225;s; que jam&#225;s hab&#237;a sido testigo de las peleas entre su hija y el novio. Que su hija no ten&#237;a la costumbre de sincerarse con ella.

Estaba claro que no le gustaba haberse visto obligada a ir all&#237; y quer&#237;a largarse cuanto antes.

A lo largo de toda su declaraci&#243;n no mir&#243; ni una sola vez en direcci&#243;n a su hija. Cuando el juez la invit&#243; a retirarse, se fue a toda prisa. Sin despedirse de Martina; sin mirarla tan siquiera.

Fueron necesarias dos vistas para escuchar a estos testigos. Dos vistas tranquilas, sin enfrentamientos, porque todos -Mantovani, Dellissanti, yo- sab&#237;amos muy bien que el juicio no se iba a decidir sobre la base de aquellas declaraciones. &#201;stas proporcionar&#237;an el contorno, el marco. El juicio, reducido a lo esencial, era la palabra de Martina contra la de Scianatico. Nadie hab&#237;a presenciado los golpes. Nadie hab&#237;a sido testigo de las humillaciones dom&#233;sticas. Nadie que hubiera sido posible identificar hab&#237;a presenciado las agresiones por la calle.

Y nadie hab&#237;a presenciado otras cosas. De las cuales Martina s&#243;lo me habl&#243; unos cuantos d&#237;as antes de la vista en la que estaba previsto el interrogatorio de Scianatico. Cuando nos reunimos en mi despacho y yo le hice todo tipo de preguntas. Incluidas las m&#225;s embarazosas, pues necesitaba cualquier clase de informaci&#243;n que me fuera &#250;til para preparar la repregunta.

Aquellas otras cosas que salieron a relucir en nuestra reuni&#243;n en mi despacho nos pod&#237;an ser muy &#250;tiles. Si yo encontrara la manera de conseguir que Scianatico las reconociera en la vista en presencia del juez.

Aquella vista se fij&#243; para el veinte de abril. Probablemente en ella se decidir&#237;a el proceso.

Siempre y cuando no se hubiera decidido en otro sitio, fuera de la sala. En estancias que a m&#237; me estaban vedadas.

La llamada son&#243; en el despacho por la ma&#241;ana, sobre las ocho y media, poco antes de que yo saliera para dirigirme al tribunal. Maria Teresa me dijo que era de la Fiscal&#237;a, del despacho de la magistrada Mantovani.

&#191;D&#237;game?

&#191;Abogado Guerrieri?

&#191;S&#237;?

Despacho de la fiscal sustitu&#237;a Mantovani. No se retire, por favor, le paso a la fiscal.

Experiment&#233; una sensaci&#243;n de inquietud. Malas noticias. Ansiedad.

Guido, soy Alessandra Mantovani. Perd&#243;name que te haya tenido que llamar mi secretaria, pero no es la mejor de las ma&#241;anas. Estoy de guardia y est&#225; ocurriendo de todo.

No te preocupes, &#191;qu&#233; ha ocurrido?

Quer&#237;a hablar contigo cinco minutos y, puesto que hoy tienes que venir al tribunal, quiz&#225; podr&#237;as pasar a verme un momento.

Podr&#237;a llegar incluso dentro de un cuarto de hora.

Te espero.

Mientras abandonaba mi despacho, me dirig&#237;a al tribunal, cruzaba los pasillos aspirando el denso olor de papeles y de humanidad, not&#233; que la ansiedad se intensificaba. Una ansiedad de cosas que escapan a tu control. Una desagradable sensaci&#243;n de flaqueza situada, no s&#233; por qu&#233;, en la parte derecha del vientre.

Tuve que esperar unos cuantos minutos fuera del despacho de Alessandra. Estaba ocupada con los carabineros, me dijo la secretaria en la antesala. Cuando &#233;stos salieron -a algunos los conoc&#237;a muy bien-, llevaban consigo unos papeles y sus rostros estaban tensos y preparados para la acci&#243;n. Estuve seguro de que se dispon&#237;an a detener a alguien.

Entr&#233; en el despacho justo en el momento en que Alessandra se estaba encendiendo un cigarrillo. Sobre el escritorio hab&#237;a un paquete de Camel reci&#233;n abierto.

No sab&#237;a que fumaras.

Lo he dejado lo hab&#237;a dejado hace seis a&#241;os -dijo, dando una &#225;vida calada.

Not&#233; que casi me daba vueltas la cabeza a causa del deseo de coger uno yo tambi&#233;n y del esfuerzo por resistir. Si ella me hubiera ofrecido uno, lo habr&#237;a aceptado, pero no lo hizo.

Hace dos meses se recibi&#243; una solicitud del Consejo General del Poder Judicial. Una solicitud de disponibilidad para un puesto en la Fiscal&#237;a de Palermo. -Otra calada, casi violenta-. &#201;ste no es un buen per&#237;odo para m&#237;. Ni en el despacho ni, sobre todo, fuera. Si tendiera a dramatizar las cosas, dir&#237;a que ya no puedo m&#225;s. Pero no quiero angustiarte con mis problemas. Como m&#225;ximo, si quiero desahogarme, escribo una carta, con nombre falso, naturalmente, a una revista del coraz&#243;n. Una bonita historia tipo mujer cuarentona con eso que se llama una carrera, desierto afectivo, puentes cortados a su espalda, conciencia incipiente de que ya jam&#225;s ser&#225; madre, etc., etc.

Qu&#233; sensaci&#243;n tan extra&#241;a. Alessandra Mantovani siempre me hab&#237;a transmitido una idea de invulnerabilidad. Y ahora, de repente, la ten&#237;a delante como una mujer normal que contemplaba con desconcierto los a&#241;os que pasaban y los que llegaban, en pleno esfuerzo desesperado por no romperse en pedazos.

Perdona. No te hab&#237;a llamado para llorar sobre tu hombro.

Hice un gesto como para decirle que no se preocupara, que si quer&#237;a llorar sobre mi hombro, etc&#233;tera. Pero ella el gesto ni siquiera lo vio.

Me he ofrecido para ese destino. Casi sin pensarlo. Porque no s&#233; qu&#233; hacer en este per&#237;odo. No s&#233; lo que quiero en resumen, me parece bien. Notifiqu&#233; mi disponibilidad ayer por la ma&#241;ana y he recibido esto.

Me alarg&#243; un fax. El encabezamiento estaba en caracteres cursivos un poco anticuados. Consejo Superior del Poder Judicial. El texto dec&#237;a que la se&#241;ora Mantovani, magistrada del Tribunal de Apelaci&#243;n con cargo de fiscal sustituto del Estado en el Tribunal de Bari hab&#237;a sido destinada, tras haber notificado su disponibilidad, por un per&#237;odo de seis meses prorrogables a ulteriores per&#237;odos, siempre de seis meses, a la Fiscal&#237;a del Estado del Tribunal de Palermo. La magistrada Mantovani deber&#237;a presentarse en la Fiscal&#237;a de Palermo en un plazo de siete d&#237;as a partir de la comunicaci&#243;n de la resoluci&#243;n.

Segu&#237;an algunos detalles t&#233;cnicos. Pura jerga. Dej&#233; de leer y levant&#233; la mirada.

Te vas a Palermo.

No era que digamos la frase m&#225;s inteligente de mi vida, pens&#233; inmediatamente despu&#233;s.

Tengo que estar all&#237; antes del lunes que viene. Si quer&#237;a un cambio, pues bueno, no puedo quejarme.

Como no sab&#237;a qu&#233; decirle, permanec&#237; en silencio. A la espera. Ella aplast&#243; el filtro en un cenicero de cristal. Lo aplast&#243; mucho m&#225;s de lo que era necesario para apagar el cigarrillo.

Hay algunos juicios y algunas investigaciones que lamento tener que abandonar. Aparte de lo dem&#225;s. Uno es el nuestro, el de Scianatico. En lo que se refiere a &#233;ste y a algunos otros tengo la desagradable sensaci&#243;n de estar huyendo.

Estaba a punto de decir algo, pero ella me lo impidi&#243; con un gesto de la mano. No le apetec&#237;a escuchar frases de circunstancia.

En realidad, ni siquiera estoy segura de saber por qu&#233; te he llamado. A lo mejor, me siento cobarde y quer&#237;a decirte directamente y en persona que de alguna manera te dejo solo con este enredo. A la vista ir&#225; vete a saber qui&#233;n. A lo mejor va alguien muy bueno. O muy buena. Ojal&#225; no

&#191;Crees que te vas a quedar en Palermo?

&#191;Qui&#233;n sabe? El puesto, tal como has le&#237;do, es para seis meses prorrogables. De hecho, siempre es para por lo menos un a&#241;o, y a veces m&#225;s. Dentro de un a&#241;o pensar&#233; en lo que quiero hacer. La verdad es que no tengo demasiadas cosas que me aten a Bari. Y, si he de ser sincera, tampoco las hay que me aten a otros lugares.

Me sent&#237; triste y viejo. Me sent&#237; como alguien que se dedica a ver pasar el tiempo; como alguien que contempla c&#243;mo cambian los dem&#225;s, bien o mal, se hacen mayores, se van. Toman decisiones. Mientras ese alguien se queda siempre en el mismo sitio, haciendo las mismas cosas, dejando que el azar decida por &#233;l. Alguien que contempla pasar la vida.

Co&#241;o, cu&#225;nto me apetec&#237;a aquel Camel.

La conversaci&#243;n no se alarg&#243; demasiado. Le dije a Alessandra que volver&#237;a a pasar por su despacho para despedirme, pero ella me contest&#243; que era mejor que nos despidi&#233;ramos en aquel momento. No sab&#237;a cu&#225;nto iba a estar en su despacho aquellos d&#237;as, con los preparativos y todo lo dem&#225;s.

Rode&#243; el escritorio mientras yo me levantaba. La mir&#233; a la cara inmediatamente antes de abrazarnos.

Ten&#237;a una manchitas rojas; y unas arrugas que jam&#225;s hab&#237;a observado antes.

Al volver a cerrar la puerta la vi encender otro cigarrillo. Miraba hacia la ventana, a alg&#250;n lugar del exterior.



6

Alessandra se fue sin que hubi&#233;ramos tenido ocasi&#243;n de volver a vernos. Tal como ella ten&#237;a previsto hacer.

Se acercaba la primavera. La vida discurr&#237;a con normalidad. Cualquier cosa que signifique la palabra normal. Sal&#237;amos con Margherita y a veces con sus amigos. Con los m&#237;os nunca. Admitiendo que todav&#237;a existieran amigos m&#237;os.

Despu&#233;s del funeral de Emilio, en alg&#250;n momento se me hab&#237;a ocurrido la idea de llamar a alguien. Salimos una noche a tomarnos dos cervezas y a charlar un rato acerca de la vida. Y despu&#233;s, por suerte, lo dej&#233; correr.

Dos o tres veces Margherita me pregunt&#243; si hab&#237;a algo que no marchaba y si me apetec&#237;a hablar. Le dije que gracias, no, de momento. No qued&#243; muy claro qu&#233; momento. Ella no insisti&#243;. Es una experta en aikido y sabe muy bien que no puedes empujar -o ayudar- a otra persona a hacer algo que no haya empezado por su cuenta.

Cada vez con m&#225;s frecuencia me quedaba a dormir en mi apartamento.

Una vez que me qued&#233; en su casa, mientras permanec&#237;a tumbado en la cama, me asalt&#243; una sensaci&#243;n extra&#241;a. Entorn&#233; los ojos y, de repente, me vi observando la escena desde una posici&#243;n distinta de aquella en la cual me encontraba situado f&#237;sicamente. En la escena, consegu&#237;a verme tambi&#233;n a m&#237; mismo. Era un espectador.

Margherita se desnudaba, hab&#237;a muy poca luz, reinaba el silencio, yo estaba tumbado en la cama y manten&#237;a los ojos entornados, pero no estaba durmiendo. Era una escena muy triste, como ciertos silenciosos interiores de Hopper.

Entonces me levant&#233; y, volvi&#233;ndome a vestir, dije que necesitaba tomar un poco el aire y que iba a dar un paseo. Margherita me mir&#243; y por primera vez tuve la impresi&#243;n de que estaba verdaderamente preocupada por m&#237;.

Por nosotros.

Se qued&#243; as&#237; unos cuantos segundos y en su mirada hab&#237;a una especie de conciencia triste, una fragilidad que no era habitual en ella. Parec&#237;a a punto de decir algo, pero al final no lo hizo. Buenas noches, me dijo tan s&#243;lo, y yo me escap&#233;.

Por la calle me encontr&#233; finalmente un poco mejor. Soplaba un aire fresco, casi fr&#237;o, y seco. Las calles estaban desiertas. Como es normal sobre la medianoche de un mi&#233;rcoles en aquella zona de la ciudad.

Sin pensarlo ni apenas darme cuenta de lo que hac&#237;a, llam&#233; a sor Claudia. Mientras marcaba el n&#250;mero, me dije que, si estaba durmiendo, seguramente tendr&#237;a el m&#243;vil apagado. Si no estaba durmiendo

Contest&#243; al segundo timbrazo. Apenas una nota perpleja en la voz, pero no me pregunt&#243; qu&#233; hab&#237;a ocurrido ni por qu&#233; raz&#243;n llamaba a aquella hora. Estuvo bien que no me hiciera aquella pregunta, porque no habr&#237;a sabido qu&#233; contestarle.

Estaba dando un paseo a solas por la ciudad. No ten&#237;a sue&#241;o. &#191;A lo mejor me apetec&#237;a dar un par de vueltas y charlar un ratito? S&#237; me apetec&#237;a. No, no hac&#237;a falta que fuera a recogerla, pod&#237;amos reunimos en alg&#250;n sitio. &#191;Me iba bien al final de Corso Vittorio Emanuele, delante de las ruinas del Teatro Margherita? Me iba bien. Dentro de media hora. Media hora. Ciao. Clic.

Para pasar aquella media hora me fui a un bar que permanece abierto toda la noche. Una especie de mancha luminosa en la oscuridad un poco escu&#225;lida e irreal de la zona que marca la frontera entre el centro mandado construir por Murat, cu&#241;ado de Napole&#243;n, con sus t&#237;picas calles rectas y paralelas, y el barrio de la Liberta. Aquel bar siempre ha estado abierto toda la noche, desde mucho antes de que la ciudad se llenara de toda suerte de locales y de que el &#250;nico problema consistiera en elegir el sitio donde quedarse hasta tarde. Cuando era un muchacho, aquel bar siempre estaba lleno, porque era uno de los poqu&#237;simos lugares donde ir a tomar un caf&#233; o a comprar los cigarrillos que vend&#237;an ilegalmente en mitad de una noche de hacer el gilipollas. Ahora est&#225; casi siempre desierto, porque para los cigarrillos hay m&#225;quinas autom&#225;ticas.

Cuando entr&#233;, s&#243;lo hab&#237;a una pareja de mediana edad, es decir, de s&#243;lo unos cuantos a&#241;os m&#225;s que yo. Estaban en un extremo de la barra en forma de L, en el lado m&#225;s corto. Yo me sent&#233; en un taburete del otro lado, de espaldas a la gran luna de cristal y a la calle. El hombre, vestido con chaqueta y corbata, fumaba conversando con el rubio y delgado barman con chaqueta y sombrerito blancos; la mujer, una pelirroja de aire triste, muy mal maquillada y con profundas ojeras, ten&#237;a la mirada perdida en el vac&#237;o y parec&#237;a preguntarse qu&#233; hab&#237;a hecho para quedarse en semejante estado. Ped&#237; un caf&#233; que no me hac&#237;a ninguna falta, porque de todos modos aquella noche no iba a dormir. Durante los diez minutos que permanec&#237; en aquel bar no entr&#243; ning&#250;n otro cliente y yo no consegu&#237; librarme de la inquietante sensaci&#243;n de haber vivido -o de haber visto hats me in the spotlight- previamente aquella escena.


Claudia baj&#243; de la furgoneta con su habitual soltura. Vest&#237;a como siempre -vaqueros, camiseta blanca, chaleco de piel-, pero llevaba el cabello suelto, y no recogido en una coleta, como todas las dem&#225;s veces que la hab&#237;a visto.

Me salud&#243; con un gesto de la cabeza y yo correspond&#237; de la misma manera. Sin decir nada m&#225;s echamos a andar por el paseo mar&#237;timo, iluminado por las farolas de hierro antiguo.

No s&#233; por qu&#233; te he llamado.

Estabas solo, quiz&#225;.

&#191;Es un motivo v&#225;lido?

Uno de los pocos.

&#191;Por qu&#233; te hiciste monja?

&#191;Por qu&#233; te convertiste en abogado?

No sab&#237;a qu&#233; hacer. Y si lo sab&#237;a, tuve miedo de intentarlo.

Pareci&#243; sorprenderse de que hubiera contestado; y pareci&#243; tomar en consideraci&#243;n mi respuesta. Despu&#233;s mene&#243; la cabeza y no dijo nada. Durante varios minutos caminamos en silencio.

&#191;Vives solo?

Experiment&#233; el impulso de contestar que s&#237;, pero enseguida me avergonc&#233;.

No. O sea, yo tengo mi casa, pero vivo con una persona.

Quieres decir una mujer.

S&#237;, s&#237;, una mujer.

&#191;Y ella no tiene nada que decir acerca del hecho de que salgas solo en mitad de la noche?

Mientras Claudia me hac&#237;a aquella pregunta, se superpusieron en mi cabeza los rostros de Margherita y de Sara, mi ex mujer. Lo cual me provoc&#243; v&#233;rtigo, es decir, la sensaci&#243;n de estar all&#225; arriba sin ninguna barandilla, sin nada a lo que agarrarme; la sensaci&#243;n de estar a punto de caer al vac&#237;o y de saber que todo se iba a romper irremediablemente.

Despu&#233;s los dos rostros se separaron y volvieron a sus correspondientes lugares en mi cabeza. Cualesquiera que fueran aquellos lugares. No hab&#237;a contestado a las preguntas de Claudia y ella no insisti&#243;.

A partir de aquel momento caminamos r&#225;pido, como si tuvi&#233;ramos una meta o algo concreto que hacer. Nos detuvimos al final del paseo mar&#237;timo, en el l&#237;mite sur de la ciudad, y nos sentamos muy juntos en el parapeto de piedra calc&#225;rea, a menos de dos metros del agua.

No tendr&#237;a que estar aqu&#237;, pens&#233; mientras percib&#237;a el contacto de su pierna musculosa contra la m&#237;a y aspiraba su olor suave y un poco amargo. Demasiado cercano.

Todo est&#225; fuera de lugar y una vez m&#225;s no comprendo lo que ocurre, pens&#233; mientras nuestras manos -mi derecha y su izquierda- se rozaban de manera inofensiva y totalmente prohibida. Ambos est&#225;bamos mirando fijamente hacia delante. Como si hubiera algo que mirar entre los feos edificios que se difuminan en la oscuridad hacia las tristes afueras de mala nota del barrio de Iapigia.

Nos quedamos as&#237; un buen rato, sin mirarnos en ning&#250;n momento a la cara. Pens&#233;, sin que ella hubiera dicho u hecho nada, que de su mano parec&#237;a brotar una corriente pura de dolor.

Hay un disco -dijo ella, volvi&#233;ndose hacia m&#237; sin previo aviso- que escucho a menudo desde hace a&#241;os. No estoy segura de que me sea beneficioso escucharlo. Pero lo hago a pesar de todo.

Yo tambi&#233;n me volv&#237;.

&#191;Qu&#233; disco?

Out of time, de los R.E.M. &#191;Lo conoces?

Pues claro que lo conozco. &#191;Con qui&#233;n te crees que hablas, monja?

No lo dije as&#237;. Me limit&#233; a hacer un gesto con la cabeza para decir que s&#237;, lo conozco.

Hay una canci&#243;n

Losing my religion.

Entorn&#243; los p&#225;rpados y despu&#233;s dijo que s&#237;.

&#191;Sabes qu&#233; significa Losing my religion?

Al pie de la letra, perdiendo mi religi&#243;n. &#191;Significa alguna otra cosa? -pregunt&#233;.

Losing my religion es una expresi&#243;n coloquial. Significa algo as&#237; como ya no poder m&#225;s.

La mir&#233; sorprendido. Me lo habr&#237;a esperado todo de ella menos algo como aquello. A&#250;n la estaba mirando sin saber qu&#233; decir cuando su rostro se acerc&#243; m&#225;s y m&#225;s hasta que ya no consegu&#237; distinguir los rasgos.

S&#243;lo tuve tiempo de pensar que su boca era dura y suave al mismo tiempo, que su lengua me recordaba los besos con las ni&#241;as de mi edad a los catorce a&#241;os; s&#243;lo tuve tiempo de apoyar la mano en su espalda y de notar unos m&#250;sculos con la consistencia de cables met&#225;licos.

Despu&#233;s se ech&#243; de golpe hacia atr&#225;s y se qued&#243; unos segundos con los ojos abiertos sobre mi rostro. Hasta que se levant&#243; sin decir nada y ech&#243; a andar por donde hab&#237;amos venido. Yo la segu&#237; y un cuarto de hora despu&#233;s est&#225;bamos de nuevo en su furgoneta.

Hablar no se me da muy bien.

No es indispensable.

Pero a veces ocurre que te apetece.

Asent&#237; con la cabeza. Ocurre a menudo. Lo malo es encontrar quien te escuche.

Otra vez que nos veamos quiero hablar contigo. Quiero decir, sin escaramuzas y todo lo dem&#225;s. No s&#233; por qu&#233;, pero tengo ganas de contarte una historia.

Hice un gesto que significaba, m&#225;s o menos: si quieres, podr&#237;a ser ahora mismo.

No, ahora no. Esta noche no.

Tras una breve vacilaci&#243;n, me dio un r&#225;pido beso. En la mejilla, muy cerca de la boca. Antes de que yo pudiera decir algo m&#225;s, ya estaba en la furgoneta, alej&#225;ndose en la noche.


Regres&#233; a casa caminando despacio y eligiendo las calles m&#225;s desiertas y oscuras, con la cabeza absurdamente ligera.

Antes de irme a la cama busqu&#233; entre mis discos. Out of time estaba y lo puse en el lector, puls&#233; skip y dej&#233; sonar la canci&#243;n n&#250;mero dos. Losing my religion, precisamente.

La escuch&#233; sosteniendo en la mano el librito con las letras porque quer&#237;a tratar de comprender.


Thats me in the corner

hats me in the spotlight

Losing my religion

Trying to keep up with you

And I dont know if I can do it

O no, Ive said too much

I havent said enough. [[]: #_ftnref3 Estoy en la esquina / Estoy bajo los reflectores / Y ya no puedo m&#225;s / Procuro seguirte el ritmo / Y no s&#233; si voy a poder / Oh, no, ya he dicho demasiado / No he dicho suficiente]


He dicho demasiado. No he dicho suficiente.



7

Los fiscales suplentes no son magistrados de carrera. Son abogados -por regla general, j&#243;venes abogados- que ocupan un puesto temporal. Se les paga por sesi&#243;n. Si en la sala hay dos o veinte expedientes, da lo mismo. Si la sesi&#243;n de vistas dura veinte minutos o cinco horas, su retribuci&#243;n es la misma. No es dif&#237;cil imaginar que, por regla general, tratan de darse la mayor prisa posible para regresar cuanto antes a sus despachos.

Como era de esperar, Alessandra Mantovani fue sustituida por un fiscal suplente. Era una chica reci&#233;n nombrada a la que yo jam&#225;s hab&#237;a visto.

En cambio, estaba claro que ella me conoc&#237;a, porque, cuando entr&#233; en la sala, se me acerc&#243; de inmediato con expresi&#243;n extremadamente preocupada.

Ayer examin&#233; los expedientes de la sesi&#243;n.

Brillante idea, pens&#233;. A lo mejor, si los hubieras examinado unos cuantos d&#237;as antes, hasta habr&#237;as podido estudiarlos. Pero puede que eso hubiera sido pedir demasiado.

Le dediqu&#233; una especie de sonrisa de goma sin decir nada. Ella sac&#243; de la carpeta nuestro expediente, lo apoy&#243; en el banco y, tocando la tapa con el dedo &#237;ndice, me pregunt&#243; si hab&#237;a comprendido bien qui&#233;n era el acusado.

&#191;Este Scianatico es el hijo del presidente Scianatico?

Pues s&#237;.

Me mir&#243; consternada.

&#191;Pero c&#243;mo es posible que me env&#237;en a m&#237; a un juicio como &#233;ste? Virgen santa, pero si &#233;sta es mi cuarta vista desde que me han nombrado. Y, adem&#225;s, &#191;de qu&#233; se trata exactamente?

&#191;Pero no acabas de decir que has examinado todos los expedientes, co&#241;o? Ser idiota no es precisamente obligatorio para ejercer de abogado. Todav&#237;a no, por lo menos. Y, en cualquier caso, una vez dicho esto, tienes raz&#243;n. &#191;C&#243;mo es posible que te env&#237;en a ti a un juicio semejante?

No se lo dije as&#237;. Muy al contrario. Estuve incluso amable, le expliqu&#233; de qu&#233; se trataba, le dije que la acusaci&#243;n p&#250;blica hab&#237;a sido asignada a la magistrada Alessandra Mantovani, pero que &#233;sta hab&#237;a sido destinada a Palermo. Estaba claro que la persona que hab&#237;a elaborado el calendario de las vistas no se hab&#237;a dado cuenta de que aqu&#233;lla no era una vista normal.

&#191;No se hab&#237;a dado cuenta?

Mientras le facilitaba estas amables explicaciones, pens&#233; que estaba metido en la mierda. Hasta el cuello. Est&#225;bamos a punto de jugar un partido estilo Villagarc&#237;a de Arriba-Manchester United. Y mi equipo no era el Manchester.

&#191;Y hoy qu&#233; hay que hacer exactamente?

Lo que hay que hacer, exactamente, es interrogar al acusado.

Virgen santa. Mira, yo no har&#233; nada. Total, t&#250; conoces muy bien el juicio y lo puedes hacer todo t&#250;. Yo s&#243;lo podr&#237;a causar da&#241;os.

Pues mira, en eso tienes toda la raz&#243;n. Por desgracia, la tienes lo que se dice toda.

O quiz&#225; tambi&#233;n podr&#237;amos solicitar un aplazamiento. Digamos que se precisa un fiscal para intervenir en este juicio y pidamos al juez que lo env&#237;e a otra sala. &#191;Qu&#233; te parece?

&#191;C&#243;mo te llamas?

Me mir&#243; perpleja antes de contestar. Despu&#233;s me lo dijo. Se llamaba Marinella. Marinella Nosequ&#233;, porque hablaba muy r&#225;pido, comi&#233;ndose las palabras.

Pues esc&#250;chame, Marinella. Esc&#250;chame bien. T&#250; qu&#233;date tranquila en tu sitio. Tal como has dicho antes, no hagas nada. Y ahora yo te digo lo que va a ocurrir. La defensa interrogar&#225; al acusado. Cuando te toque el turno, el juez te preguntar&#225; si tienes alguna pregunta y t&#250; contestar&#225;s que no, gracias, no tienes ninguna pregunta. Ninguna. A continuaci&#243;n, el juez me preguntar&#225; a m&#237; si tengo alguna pregunta y yo contestar&#233; que s&#237;, gracias, tengo unas cuantas preguntas. En cuesti&#243;n de una horita o poco m&#225;s, todo habr&#225; terminado sin que t&#250; te hayas dado cuenta siquiera. Pero que no se te ocurra la idea de pedir aplazamientos o cosas por el estilo.

Marinella me mir&#243; todav&#237;a m&#225;s atemorizada. Mi rostro, el tono de voz con el que me hab&#237;a dirigido a ella, no hab&#237;an sido amables. Asinti&#243; con la cabeza, como si estuviera hablando con un desequilibrado mental peligroso, con cara de querer estar en otro lugar y de desear con toda su alma que todo terminara cuanto antes.


Caldarola se quit&#243; sus gafas de vista cansada y mir&#243; hacia Dellissanti y Scianatico.

Bueno, pues; para la vista de hoy estaba previsto el interrogatorio al acusado. Si &#233;ste confirma su intenci&#243;n de someterse al mismo.

S&#237;, Se&#241;or&#237;a, el acusado confirma su disposici&#243;n para responder al interrogatorio.

Scianatico se levant&#243; con aire decidido y cubri&#243; en un segundo el espacio que mediaba entre la mesa de la defensa y el asiento de los testigos. Caldarola ley&#243; las advertencias de rigor. Scianatico ten&#237;a derecho a no contestar, pero el juicio seguir&#237;a adelante de todos modos; si aceptaba responder, sus declaraciones siempre se podr&#237;an utilizar en contra suya etc., etc.

O sea que usted confirma su disposici&#243;n para responder.

S&#237;, se&#241;or juez.

En tal caso, la defensa puede proceder al interrogatorio.

El interrogatorio empez&#243; de manera muy aburrida. Dellissanti pidi&#243; a Scianatico que contara cu&#225;ndo hab&#237;a conocido a Martina, en qu&#233; circunstancias; c&#243;mo se hab&#237;a iniciado la relaci&#243;n y todo lo dem&#225;s. Scianatico contestaba en tono casi afable, como para dar la impresi&#243;n de que no se la ten&#237;a jurada a Martina, a pesar de todo el mal que ella, injustamente, le hab&#237;a causado. Un papel que hab&#237;an ensayado y vuelto a ensayar en el despacho de Dellissanti. Seguro.

En determinado momento, se interrumpi&#243; en mitad de una respuesta. Fue un instante en el transcurso del cual yo vi que su mirada se desviaba hacia la entrada de la sala; vi un ligero sobresalto; vi que su cabrona expresi&#243;n rebosante de serenidad se resquebrajaba levemente.

Acababan de llegar Martina y Claudia y se sentaron justo detr&#225;s de m&#237;. Me volv&#237;, nos saludamos y Martina, siguiendo las instrucciones que yo le hab&#237;a dado la v&#237;spera cuando hab&#237;a pasado por mi despacho, me entreg&#243; un paquete de manera que a nadie en la sala le pudiera pasar inadvertido el gesto. Y de manera, sobre todo, que no le pudiera pasar inadvertido a Scianatico.

Por su forma y dimensiones estaba claro que el paquete conten&#237;a una cinta de v&#237;deo.

Dellissanti se vio obligado a repetir su &#250;ltima pregunta.

Le repito, profesor Scianatico, &#191;nos puede decir cu&#225;ndo y por qu&#233; motivos sus relaciones con la se&#241;orita Fumai empezaron a resquebrajarse?

No no puedo se&#241;alar un momento concreto. Poco a poco, Martina, es decir, la se&#241;orita Fumai, comenz&#243; a comportarse de otro modo.

&#191;Nos puede explicar de qu&#233; otro modo?

Cambios de humor. Cada vez m&#225;s bruscos y cada vez m&#225;s frecuentes. Agresiones verbales alternadas con crisis de llanto y de abatimiento. En un par de ocasiones trat&#243; incluso de agredirme f&#237;sicamente. Estaba fuera de s&#237;. Yo ten&#237;a la impresi&#243;n

Protesto, Se&#241;or&#237;a. El acusado est&#225; a punto de expresar su opini&#243;n personal, lo cual, como todos sabemos, est&#225; prohibido.

Caldarola le dijo a Scianatico que se abstuviera de expresar sus opiniones personales y se limitara a los hechos.

D&#237;ganos qu&#233; ocurr&#237;a en el transcurso de estas crisis de la se&#241;orita Fumai.

Sobre todo gritaba. Dec&#237;a que yo no comprend&#237;a sus problemas y que el hecho de estar conmigo la har&#237;a volver a enfermar.

Disculpe que lo interrumpa. &#191;Dec&#237;a exactamente que volver&#237;a a enfermar? &#191;A qu&#233; enfermedad se refer&#237;a?

Se refer&#237;a a sus problemas psiqui&#225;tricos.

Siga adelante. Siga cont&#225;ndonos qu&#233; ocurr&#237;a en el transcurso de estas crisis.

Lo que ya he dicho. Gritos, llantos hist&#233;ricos, tentativas de agresi&#243;n y ah, s&#237;, y despu&#233;s me acusaba de tener amantes. No era verdad, naturalmente. Pero es que ella era muy celosa. Patol&#243;gicamente celosa.

No es verdad. Cabr&#243;n de mierda, no es verdad -le o&#237; susurrar a Martina a mi espalda.

 me dec&#237;a cada vez m&#225;s a menudo que me las har&#237;a pagar. M&#225;s tarde o m&#225;s temprano y de la manera que fuera.

&#191;Fue en ocasi&#243;n de una de estas peleas cuando usted le dijo, en presencia de unos amigos comunes, esta frase: eres una mit&#243;mana, eres una mit&#243;mana y una desequilibrada, no tienes credibilidad y resultas peligrosa para ti misma y para los dem&#225;s?

S&#237;, por desgracia, s&#237;. Yo tambi&#233;n perd&#237; los estribos. No tendr&#237;a que haber dicho ciertas cosas en presencia de terceros. Pero, por desgracia, era la verdad.

Tratemos de analizar esta frase que usted no habr&#237;a deseado pronunciar en presencia de terceros pero que no consigui&#243; reprimir. &#191;Por qu&#233; le dijo que no era de fiar y resultaba peligrosa?

Experimentaba violentos estallidos de furia. En dos ocasiones me hab&#237;a atacado. En otras se hab&#237;a entregado a gestos de autolesi&#243;n.

&#191;Por qu&#233; le dijo que era una mit&#243;mana?

Se inventa cosas. Lamento decirlo, a pesar de todo lo que me ha hecho. Pero se inventaba unas historias incre&#237;bles. Aquella vez en particular me dijo que estaba segura de que yo manten&#237;a una relaci&#243;n con una se&#241;ora que aquella noche estaba con nosotros en casa de unos amigos. No era verdad, pero no hubo manera de hacerla entrar en raz&#243;n. Me dijo que se quer&#237;a ir, yo le contest&#233; dici&#233;ndole que no se comportara como una ni&#241;a y no armara escenas, pero la situaci&#243;n degener&#243; enseguida.

Tuve que resistir el impulso de volverme a mirar a Martina.

&#191;Usted amenaz&#243; alguna vez a la se&#241;orita Fumai?

Rotundamente jam&#225;s.

&#191;Utiliz&#243; alguna vez la violencia f&#237;sica durante y despu&#233;s de la convivencia?

Jam&#225;s por propia iniciativa. Claro que en las dos ocasiones en que ella me agredi&#243; tuve que defenderme para bloquearla y tratar de neutralizarla. Fueron las dos veces en las que ella tuvo que acudir a que la atendieran en el servicio de urgencias. Adonde tengo empe&#241;o en puntualizar que yo mismo la acompa&#241;&#233;. Y la volv&#237; a acompa&#241;ar otra vez. Una de las veces en que se hab&#237;a autolesionado de manera especialmente violenta. Tal como ya le he dicho, ten&#237;a esta costumbre.

&#191;Puede decirnos exactamente de qu&#233; autolesiones se trat&#243;?

No lo recuerdo con exactitud. Desde luego, cuando perd&#237;a la calma en el transcurso de las peleas, se abofeteaba e incluso se pegaba pu&#241;etazos en la cara.

Despu&#233;s del cese de la convivencia, &#191;usted sigui&#243; manteniendo contacto con la se&#241;orita Fumai?

S&#237;, la llam&#233; muchas veces por tel&#233;fono. Un par de veces trat&#233; incluso de hablarle en persona.

En estas ocasiones, por tel&#233;fono o en persona, &#191;usted amenaz&#243; alguna vez a la se&#241;orita Fumai?

Rotundamente no. Yo estaba me averg&#252;enza decirlo, pero, bueno, segu&#237;a enamorado de ella. Trataba de convencerla de que volviera conmigo. Entre otras cosas me preocupaba mucho que su estado de salud ps&#237;quica pudiera agravarse m&#225;s y ella pudiera cometer alg&#250;n acto inesperado. Quiero decir de autolesi&#243;n, o cosas peores. Yo pensaba que, si volv&#237;amos a estar juntos, quiz&#225; podr&#237;a ayudarla a resolver sus problemas.

Conmovedor. Una historia verdaderamente lacrim&#243;gena. Aquel hijo de puta habr&#237;a tenido que dedicarse a la interpretaci&#243;n.

En resumen, profesor Scianatico, usted conoce las acusaciones que pesan contra usted. &#191;Hay alguno de los actos que le atribuye la acusaci&#243;n que usted realmente haya cometido?

Antes de contestar, Scianatico esboz&#243; una especie de amarga sonrisa. Significaba m&#225;s o menos que las personas y el mundo eran malvados e ingratos. Por este motivo &#233;l estaba all&#237;, injustamente procesado por cargos que no hab&#237;a cometido. Pero &#233;l era de natural bondadoso y, por consiguiente, no guardaba rencor hacia la responsable de todo aquello. Que, entre otras cosas, era una pobre desequilibrada.

Tal como ya le he dicho, tuvimos dos peque&#241;as peleas con agresiones durante la convivencia. Y, adem&#225;s, s&#237;, tal como ya he dicho, la llam&#233; muchas veces por tel&#233;fono, algunas incluso de noche para tratar de convencerla de que volvi&#233;ramos a vivir juntos. En cuanto a lo dem&#225;s, nada es cierto, naturalmente.

Naturalmente. Las llamadas no las pod&#237;a negar, dada la existencia de los listados. En cuanto a lo dem&#225;s, la loca se lo hab&#237;a inventado todo en su delirio de destrucci&#243;n.

As&#237; termin&#243; el interrogatorio directo. El juez le dijo al ministerio p&#250;blico que ya pod&#237;a proceder a la repregunta. Marinella Nosec&#243;mo, obedientemente, contest&#243; que no, gracias, no ten&#237;a preguntas. Por el tono de su voz y por la cara que puso al contestar, parec&#237;a que el juez le hubiera preguntado: perdone, &#191;usted padece el sida?

&#191;Usted tiene alguna pregunta, abogado Guerrieri?

S&#237;, Se&#241;or&#237;a, muchas gracias. &#191;Puedo empezar?

El juez asinti&#243; con la cabeza. &#201;l tambi&#233;n sab&#237;a que era all&#237; donde empezaban los problemas. Y a &#233;l los problemas no le gustaban. Peor para ti, pens&#233;.

Las maniobras de aproximaci&#243;n eran in&#250;tiles en este caso. As&#237; que empec&#233; directamente y sin pre&#225;mbulos.

&#191;Usted fotocopi&#243; la documentaci&#243;n cl&#237;nica de la se&#241;ora Fumai durante el per&#237;odo de su convivencia con ella?

S&#237;, es cierto. La fotocopi&#233; porque

&#191;Nos puede decir exactamente cu&#225;ndo la fotocopi&#243;, si lo recuerda?

&#191;Quiere decir el d&#237;a, el mes?

Quiero decir a ojo, el per&#237;odo en que lo hizo. Si, adem&#225;s, recuerda el d&#237;a

No le podr&#237;a contestar con exactitud. Por supuesto que no fue en el transcurso del primer per&#237;odo de nuestra convivencia.

&#191;Pidi&#243; la autorizaci&#243;n de la se&#241;ora Fumai para sacar aquellas fotocopias?

Ver&#225;, mi intenci&#243;n

&#191;Pidi&#243; su autorizaci&#243;n?

Yo quer&#237;a

&#191;Pidi&#243; su autorizaci&#243;n?

No.

&#191;Inform&#243; posteriormente a la se&#241;ora Fumai de que hab&#237;a sacado fotocopia de documentaci&#243;n privada a espaldas suyas?

No la inform&#233; porque estaba preocupado y quer&#237;a mostrar aquella documentaci&#243;n a alg&#250;n psiquiatra amigo m&#237;o. Para comprender juntos cu&#225;les eran exactamente los problemas que ten&#237;a Martina y, de esta manera, poder ayudarla.

Por tanto y resumiendo: usted hizo aquellas fotocopias sin pedir permiso a la se&#241;ora Fumai y, por tanto, a escondidas. Y posteriormente no le comunic&#243; los hechos. &#191;Es correcto?

Era por su bien.

Por consiguiente, podemos decir que usted, por el bien de la se&#241;ora Fumai, estaba dispuesto a hacer cosas, invadiendo su esfera privada, sin autorizaci&#243;n.

Protesto, Se&#241;or&#237;a -dijo Dellissanti-, eso no es una pregunta, es una conclusi&#243;n. Inadmisible.

Abogado Guerrieri, reserve sus conclusiones para el momento del alegato -dijo Caldarola.

Con el debido respeto, Se&#241;or&#237;a, yo considero que se trata de una pregunta l&#237;cita acerca de lo que el acusado estaba dispuesto a hacer, siguiendo su idea totalmente subjetiva de cu&#225;l era el bien de la se&#241;ora Fumai. Pero puedo renunciar tranquilamente a ella y pasar a otra pregunta. &#191;Fue la se&#241;ora Fumai quien le dijo d&#243;nde guardaba su documentaci&#243;n m&#233;dica?

No he comprendido la pregunta.

&#191;La se&#241;ora Fumai le dijo: mira, los papeles de mi ingreso hospitalario, la copia de mi historial cl&#237;nico, est&#225;n en tal sitio o en tal otro?

No. Mejor dicho, no lo recuerdo.

O sea que usted tuvo que buscar esa documentaci&#243;n para poderla fotocopiar. Se vio obligado a hurgar entre las propiedades privadas de la se&#241;ora Fumai. &#191;Es as&#237;?

No hurgu&#233;. Estaba preocupado por ella y por eso busqu&#233; aquellos papeles para mostrarlos a un m&#233;dico.

Scianatico ya no parec&#237;a sentirse muy c&#243;modo. Estaba perdiendo la calma y aquella imagen suya de viril y serena paciencia. Precisamente lo que yo quer&#237;a.

S&#237;, eso ya nos lo ha dicho. &#191;Puede indicarnos el nombre del psiquiatra a quien mostr&#243; aquellos papeles tras haberlos mandado fotocopiar clandestinamente?

Protesto, protesto. El defensor de la parte civil tiene que evitar los comentarios, pues incluso un adverbio como clandestinamente ya es un comentario.

Una vez m&#225;s, hab&#237;a hablado Dellissanti. Sab&#237;a muy bien que las cosas no estaban yendo por el camino adecuado. Para ellos. Yo habl&#233; antes de que Caldarola pudiera intervenir.

Se&#241;or&#237;a, mi opini&#243;n es que el adverbio clandestinamente define de manera muy precisa el modo en que obtuvo aquella documentaci&#243;n el acusado. Pese a ello, no tengo ning&#250;n inconveniente en volver a formular la pregunta, porque no me interesan las pol&#233;micas.

Y porque, en cualquier caso, ya he conseguido lo que quer&#237;a, pens&#233;.

Bien, pues, &#191;nos puede facilitar el nombre del psiquiatra?

 Al final, no hice ning&#250;n uso de aquella documentaci&#243;n. Nuestras relaciones se deterioraron r&#225;pidamente y despu&#233;s ella se fue de casa. Y, en resumen, ya no la utilic&#233; para ning&#250;n prop&#243;sito.

Pero conserv&#243; aquella documentaci&#243;n fotocopiada.

La dej&#233; donde estaba. Me olvid&#233; de ella hasta que empez&#243; toda esta historia.

Sigui&#243; una pausa bastante larga. Yo retir&#233; la envoltura de papel del paquete que me hab&#237;a entregado Martina, saqu&#233; de ella la cinta de v&#237;deo y un par de hojas de papel. Me pas&#233; casi un minuto simulando leer lo que figuraba escrito en las hojas. Que, en realidad, eran s&#243;lo un accesorio de la puesta en escena y no ten&#237;an nada que ver con el juicio. Eran las fotocopias de dos viejas notas de gastos, pero Scianatico no lo sab&#237;a. Cuando me pareci&#243; que la tensi&#243;n ya era suficiente, volv&#237; a levantar la vista de los papeles y reanud&#233; la repregunta.

&#191;Impuso alguna vez a la se&#241;ora Fumai la grabaci&#243;n en v&#237;deo de relaciones sexuales?

Ocurri&#243; exactamente lo que yo esperaba. Dellissanti se levant&#243; gritando. Era inadmisible, ultrajante, inaudito, que se plantearan semejantes preguntas. Qu&#233; ten&#237;a que ver lo que ocurr&#237;a en la intimidad de un dormitorio entre adultos consintientes con el objeto del juicio. Etc&#233;tera, etc&#233;tera.

Se&#241;or&#237;a, &#191;me permite aclarar la pregunta y su relevancia?

Caldarola asinti&#243; con la cabeza. Por primera vez desde el comienzo del juicio me pareci&#243; molesto con Dellissanti. Hab&#237;a hurgado entre las cosas privadas m&#225;s &#237;ntimas y dolorosas de Martina. Para establecer la credibilidad de la presunta persona ofendida, hab&#237;a dicho. Y ahora recordaba de repente el car&#225;cter inviolable de la vida privada de una pareja.

Fue m&#225;s o menos lo que dije. Expliqu&#233; que, si era necesario evaluar la personalidad de la persona ofendida, la misma exigencia se daba con respecto al acusado desde el momento en que hab&#237;a aceptado someterse al interrogatorio y hab&#237;a hecho, entre otras cosas, toda una serie de declaraciones deshonrosas y ofensivas acerca de mi cliente.

Caldarola no admiti&#243; la protesta y le dijo a Scianatico que respondiera a la pregunta. &#201;l mir&#243; a su abogado en busca de ayuda. No la encontr&#243;. Se desplaz&#243; un poco m&#225;s en la silla, que parec&#237;a haberse vuelto muy inc&#243;moda. Se estaba preguntando desesperadamente c&#243;mo hab&#237;a conseguido yo entrar en posesi&#243;n de aquella cinta. Que, estaba convencido, conten&#237;a un embarazoso testimonio acerca de unas costumbres suyas extremadamente privadas.

&#191;Qui&#233;n qui&#233;n le ha dado esa cinta?

&#191;Ser&#237;a tan amable de responder a mi pregunta? Si no est&#225; clara o no la ha o&#237;do bien, se la puedo repetir.

Era un juego, una cosa privada. &#191;Qu&#233; tiene que ver con el juicio?

&#191;Es una respuesta afirmativa? &#191;Grab&#243; en v&#237;deo las relaciones sexuales que mantuvo?

S&#237;.

&#191;En una sola ocasi&#243;n? &#191;En varias ocasiones?

Era un juego. Los dos est&#225;bamos de acuerdo.

&#191;En una sola ocasi&#243;n o en m&#225;s ocasiones?

Algunas veces.

Cog&#237; la cinta de v&#237;deo y la examin&#233; por espacio de unos segundos, como si estuviera leyendo algo en la etiqueta.

&#191;Grab&#243; alguna vez en v&#237;deo actividades sexuales de tipo sadomasoquista?

En la sala se hizo el silencio. Transcurrieron varios segundos antes de que Scianatico contestara.

No no recuerdo.

Vuelvo a formular la pregunta. &#191;Exigi&#243; o en cualquier caso llev&#243; a cabo pr&#225;cticas sexuales de tipo sadomasoquista?

Yo nosotros practic&#225;bamos unos juegos. S&#243;lo juegos.

&#191;Pretendi&#243; alguna vez que la se&#241;ora Fumai se sometiera a ataduras y a otras pr&#225;cticas sexuales con ligaduras?

No exig&#237; nada. Est&#225;bamos de acuerdo.

En este caso, es correcto decir que se registraron las pr&#225;cticas sexuales a que me he referido anteriormente y que usted no recuerda si las grab&#243; o no en v&#237;deo.

S&#237;.

Se&#241;or&#237;a, he terminado la repregunta al acusado. Pero tengo que presentar una petici&#243;n

Dellissanti se levant&#243; de un salto, dentro de los l&#237;mites que su volumen le permit&#237;a.

Me opongo firmemente a la inclusi&#243;n de cintas relacionadas con las pr&#225;cticas sexuales del acusado y de la persona ofendida. Mantengo toda suerte de reservas acerca de la relevancia de las preguntas formuladas al respecto por el representante de la parte civil, pero, en cualquier caso, cabe se&#241;alar que la existencia de ciertas pr&#225;cticas ya est&#225; consignada. Por consiguiente, ya no hay ninguna necesidad de incluir documentaci&#243;n pornogr&#225;fica en las actas del juicio.

Justo lo que yo quer&#237;a o&#237;rle decir. Se admit&#237;a la existencia de ciertas pr&#225;cticas. Precisamente. Ambos hab&#237;an picado totalmente el anzuelo.

Se&#241;or&#237;a, se trata de una excepci&#243;n superflua. No ten&#237;a la menor intenci&#243;n de pedir la inclusi&#243;n de esta cinta o de otras. Tal como ha dicho el defensor del acusado, el hecho de que se hubieran registrado ciertas pr&#225;cticas ya es un dato admitido. Mi petici&#243;n es otra. En la fase introductoria del juicio la defensa solicit&#243; -y Su Se&#241;or&#237;a admiti&#243;- una asesor&#237;a t&#233;cnica de car&#225;cter psiqui&#225;trico acerca de la persona ofendida. Todo ello con el fin de evaluar su credibilidad en relaci&#243;n con el cuadro general de su estado ps&#237;quico. Lo que ha emergido de la repregunta impone, en aplicaci&#243;n del mismo principio, la necesidad de una an&#225;loga exigencia acerca de la persona del acusado. El psiquiatra que usted nombre para examinar al acusado tendr&#225; ocasi&#243;n de decirnos si la necesidad compulsiva de pr&#225;cticas sexuales de tipo sadomasoquista y, en particular, las que suponen ataduras, est&#225; habitualmente relacionada con impulsos y comportamientos de car&#225;cter persecutorio, de invasi&#243;n de la vida privada ajena. En otras palabras, si uno y otro fen&#243;meno son -o pueden ser- la expresi&#243;n de una necesidad compulsiva de control. Y quede claro que prescindo en este momento de cualquier evaluaci&#243;n o hip&#243;tesis acerca del posible car&#225;cter psicopatol&#243;gico de estas inclinaciones.

El rostro de Scianatico se hab&#237;a vuelto de color gris. El bronceado hab&#237;a perdido cualquier se&#241;al de vida, como si debajo la sangre hubiera dejado de circular. Marinella Nosec&#243;mo se hab&#237;a quedado paralizada.

Dellissanti tard&#243; unos cuantos segundos en recuperarse y oponerse a mi petici&#243;n. M&#225;s o menos con los mismos argumentos que yo hab&#237;a utilizado para oponerme a la suya. Digamos que no se plante&#243; problemas de coherencia.

Caldarola parec&#237;a indeciso con respecto a lo que ten&#237;a que hacer. Fuera de la sala, en las conversaciones privadas que seguramente hab&#237;an tenido lugar, le hab&#237;an contado una historia distinta. El juicio estaba basado simplemente en las acusaciones de una loca desequilibrada contra un respetado profesional perteneciente a una excelente familia. Se trataba de cerrar sin demasiado esc&#225;ndalo aquel lamentable incidente.

Pero ahora las cosas ya no parec&#237;an tan claras y &#233;l no sab&#237;a qu&#233; hacer.

Pas&#243; un minuto de extra&#241;o silencio en suspenso y despu&#233;s Caldarola dict&#243; su decreto:

El juez, o&#237;da la petici&#243;n formulada por el representante de la parte civil; establecido que la documentaci&#243;n admitida en la fase introductoria no se ha agotado, verificado que la documentaci&#243;n de la parte civil es conceptualmente atribuible a la categor&#237;a a la que se refiere el art&#237;culo 507 del C&#243;digo de Procedimiento Penal, establecido que para dichas pruebas todas las decisiones s&#243;lo se pueden adoptar al t&#233;rmino de la instrucci&#243;n; por los mencionados motivos, reserva cualquier decisi&#243;n acerca de la solicitada prueba pericial psiqui&#225;trica al resultado de la instrucci&#243;n procesal y dispone que el juicio siga adelante.

Era una decisi&#243;n t&#233;cnicamente correcta. Las decisiones acerca de todas las peticiones de nuevas pruebas se adoptan al t&#233;rmino de la instrucci&#243;n. Yo lo sab&#237;a muy bien, pero hab&#237;a presentado aquella petici&#243;n en aquel momento para que se comprendiera exactamente adonde quer&#237;a llegar. Para hacerle comprender al juez el verdadero significado de aquellas peticiones acerca de las pr&#225;cticas sexuales y todo lo dem&#225;s.

Para que todo el mundo comprendiera que no ten&#237;amos la menor intenci&#243;n de quedarnos all&#237; sentados, dej&#225;ndonos machacar.

A Dellissanti no le gust&#243; aquella decisi&#243;n interlocutoria, o dicho de otra forma provisional. Dejaba una puerta peligrosamente abierta a unas comprobaciones intolerables y a un esc&#225;ndalo peor, si cab&#237;a, que el del propio juicio. Por eso lo intent&#243;.

Le pido disculpas, Se&#241;or&#237;a, pero nosotros desear&#237;amos que usted desestimara ya de entrada esta petici&#243;n. No es posible dejar en suspenso sobre la cabeza del acusado esta nueva e ignominiosa espada de Damocles

Caldarola no lo dej&#243; terminar.

Se&#241;or abogado, le agradecer&#237;a que no discutiera mis disposiciones. Adoptar&#233; una decisi&#243;n acerca de la petici&#243;n al t&#233;rmino de la instrucci&#243;n, es decir, tras haber o&#237;do a sus testigos y tambi&#233;n a su asesor. Al psiquiatra, precisamente. Con esto creo que por hoy ya hemos terminado, si por parte de usted ya no hay m&#225;s peticiones en favor del acusado.

Dellissanti permaneci&#243; unos instantes en silencio, como si estuviera buscando algo que decir y no consiguiera encontrarlo, Una situaci&#243;n ins&#243;lita en &#233;l. Al final, se dio por vencido y dijo que no, que no hab&#237;a m&#225;s peticiones en favor del acusado. Scianatico presentaba un rostro irreconocible cuando se levant&#243; del estrado de los testigos para regresar a su sitio al lado de su abogado.

Caldarola estableci&#243; la celebraci&#243;n de una vista para decidir si proced&#237;a un aplazamiento, o&#237;r a los testigos de la defensa y para las eventuales y ulteriores peticiones de pruebas complementarias de conformidad con el art&#237;culo 507 del C&#243;digo de Procedimiento Penal.

S&#243;lo cuando me volv&#237; hacia Martina y Claudia mientras me quitaba la toga de los hombros me di cuenta de la cantidad de p&#250;blico que hab&#237;a en la sala. Y, en medio de todo aquel p&#250;blico, por lo menos tres o cuatro periodistas.

Scianatico, Dellissanti y el s&#233;quito de pasantes y auxiliares se retiraron a toda prisa y en silencio. S&#243;lo por unos instantes Scianatico se volvi&#243; en direcci&#243;n a Martina. Su mirada era extra&#241;a, tan extra&#241;a que no consegu&#237; descifrarla, aunque me hizo pensar en ciertas mu&#241;ecas rotas con los ojos abiertos y enloquecidos.

A los periodistas que me ped&#237;an declaraciones les dije que no ten&#237;a ning&#250;n comentario que hacer. Me vi obligado a repetirlo tres o cuatro veces, pero al final se resignaron. Por otra parte, material para escribir no les faltaba, despu&#233;s de todo lo que hab&#237;an visto y o&#237;do.

Dobl&#233; las dos hojas de papel con las copias de las notas de gastos y las guard&#233; en la bolsa junto con la cinta de v&#237;deo. No quer&#237;a correr el riesgo de dej&#225;rmela olvidada. La hab&#237;a grabado una noche de insomnio a&#241;os atr&#225;s y me gustaba volver a verla de vez en cuando. Conten&#237;a una vieja pel&#237;cula de Pietro Germi con un espl&#233;ndido Massimo Girotti. Una pel&#237;cula muy dif&#237;cil de encontrar y &#233;pica.

In nome della legge.


Despu&#233;s de aquella tarde tuve que ir muy pocas veces al dormitorio.

Era como si &#233;l hubiera perdido el inter&#233;s. No s&#233; si porque ahora yo siempre opon&#237;a resistencia o porque hab&#237;a crecido y ya no era una ni&#241;a. O m&#225;s probablemente por ambos motivos.

Sea como fuere, en determinado momento dej&#243; de hacerlo.

Y entonces me di cuenta de c&#243;mo miraba a mi hermana.

Fui presa de la angustia. No sab&#237;a qu&#233; hacer, con qui&#233;n hablar. Estaba segura de que pronto, muy pronto, &#233;l la llamar&#237;a al dormitorio.

Para cinco minutos y despu&#233;s puedes volver a jugar.

Empec&#233; a no salir al patio si Anna no bajaba conmigo. Si ella dec&#237;a que quer&#237;a quedarse en casa leyendo un tebeo o viendo la televisi&#243;n, yo me quedaba a su lado. Permanec&#237;a muy cerca de ella. Con los nervios a flor de piel, a la espera de o&#237;r aquella voz pastosa por los cigarrillos y la cerveza, llamando. Sin saber qu&#233; har&#237;a en aquel momento.

No tuve que esperar mucho. Ocurri&#243; una ma&#241;ana, el primer d&#237;a de las vacaciones de Pascua. Jueves Santo. Nuestra madre estaba fuera, trabajando.

Anna.

&#191;Qu&#233; quieres, pap&#225;?

Ven aqu&#237; un minuto, que te tengo que decir una cosa.

Anna se levant&#243; de la silla de la cocina donde est&#225;bamos las dos. Dej&#243; encima de la mesa las dos mu&#241;ecas con las que estaba jugando. Se dirigi&#243; hacia el peque&#241;o pasillo estrecho y oscuro al fondo del cual se encontraba la habitaci&#243;n.

Espera un momento -dije yo.



8

He pensado a menudo en aquella vista y en lo que ocurri&#243; despu&#233;s. Me he preguntado a menudo si las cosas habr&#237;an podido ir de otra manera y hasta qu&#233; extremo dependieron de m&#237;, de mi comportamiento en el juicio, de mi forma de interrogar a Scianatico.

Jam&#225;s he encontrado una verdadera respuesta, y probablemente sea mejor as&#237;.


Hubo varios testigos y todos contaron los hechos de una manera casi id&#233;ntica. Lo cual ocurre muy raras veces. Con algunos de aquellos testigos habl&#233; personalmente; de otros le&#237; las declaraciones prestadas en la comisar&#237;a en las horas inmediatamente posteriores al hecho.

Martina regresaba del trabajo -eran las cinco y media o un poco m&#225;s tarde- y hab&#237;a aparcado a unas decenas de metros del portal de la casa de su madre.

&#201;l la estaba esperando all&#237; desde hac&#237;a por lo menos una hora, tal como dijo el propietario de un establecimiento de art&#237;culos de vestir del otro lado de la calle. Se hab&#237;a fijado porque hab&#237;a algo raro en su comportamiento y en su manera de moverse.

Cuando ella lo vio, se detuvo un instante; quiz&#225; ten&#237;a intenci&#243;n de cruzar a la otra acera, de huir. Despu&#233;s, en cambio, reanud&#243; su camino, y&#233;ndole al encuentro. Con decisi&#243;n, dijo el propietario de la tienda.

Hab&#237;a decidido enfrentarse a &#233;l. No quer&#237;a huir. Ya no.

Hablaron brevemente, en un tono cada vez m&#225;s alterado. Despu&#233;s levantaron la voz, sobre todo ella, que le gritaba que se fuera y la dejara en paz de una vez por todas. Inmediatamente despu&#233;s se produjo una especie de altercado. Scianatico la golpe&#243; dos veces, con bofetadas y pu&#241;etazos; ella cay&#243;, tal vez perdi&#243; el sentido y &#233;l la arrastr&#243; al interior de la porter&#237;a.


La llamada de Tancredi se produjo mientras yo estaba hablando con un cliente importante. Un gran empresario investigado por la polic&#237;a fiscal por una serie de fraudes, muerto de miedo ante la idea de que lo pudieran detener. Uno de aquellos clientes que pagaban enseguida y bien porque ten&#237;an mucho que perder.

Le dije que se hab&#237;a producido un acontecimiento de urgencia absoluta y le ped&#237; que me disculpara; nos ver&#237;amos ma&#241;ana, no, mejor pasado ma&#241;ana, que me perdonara una vez m&#225;s, ten&#237;a que salir pitando, adi&#243;s. Cuando abandon&#233; mi despacho, &#233;l todav&#237;a estaba all&#237; dentro, de pie, delante del escritorio. Con la expresi&#243;n propia de alguien que no entiende nada, supongo. Y que se pregunta si no convendr&#237;a cambiar de abogado.

Mientras corr&#237;a a casa de Martina, que se encontraba a un cuarto de hora de camino de mi despacho, llam&#233; a Claudia. No recuerdo exactamente qu&#233; le dije en medio de la afanosa carrera. Pero recuerdo muy bien que ella cort&#243; la comunicaci&#243;n mientras yo todav&#237;a estaba hablando; en cuanto comprendi&#243; de qu&#233; estaba hablando.

En el lugar de los hechos reinaba un desconcierto de locos. Al otro lado de las vallas, la multitud de curiosos. Dentro, muchos polic&#237;as uniformados y unos cuantos carabineros. Hombres y mujeres de paisano, con las placas doradas de la polic&#237;a judicial en los cinturones o las chaquetas o bien colgadas del cuello como medallones. Algunos de ellos llevaban las pistolas remetidas en la parte anterior del cintur&#243;n; otros las sosten&#237;an en la mano apuntando hacia el suelo, como si de un momento a otro fueran a tener que utilizarlas; un par llevaba en la mano, colgando como si fueran bolsas semivac&#237;as, unos chalecos antibalas en actitud de estar a punto de pon&#233;rselos de un momento a otro.

Le pregunt&#233; a Tancredi qui&#233;n dirig&#237;a las operaciones, admitiendo que se pudiera hablar de operaciones y de direcci&#243;n en medio de aquel foll&#243;n. Me se&#241;al&#243; a un sujeto an&#243;nimo vestido con chaqueta y corbata que sosten&#237;a en la mano un meg&#225;fono, pero parec&#237;a que no supiera exactamente qu&#233; hacer con &#233;l.

Es el subcomisario de la Brigada M&#243;vil. Habr&#237;a sido mejor que se quedara en casa, pero, como el gran jefe est&#225; en el extranjero, en la pr&#225;ctica nos las tenemos que arreglar solos. Hasta hemos llamado al fiscal sustituto de turno y nos ha dicho que &#233;l es un letrado y no es asunto suyo tratar con aquel se&#241;or, y tanto menos decidir si hay que efectuar una intervenci&#243;n. Pero ha dicho que lo mantengamos informado. Nos es de gran ayuda el muy cabr&#243;n, &#191;verdad?

&#191;Hab&#233;is conseguido hablar con Scianatico?

A trav&#233;s del tel&#233;fono fijo de la casa. He hablado yo con &#233;l. Ha dicho que va armado y que nadie intente acercarse. Dudo mucho que sea cierto, quiero decir, que vaya armado. Pero no me atrever&#237;a a apostarlo.

Tancredi vacil&#243; un instante.

Su voz no me ha gustado, para nada. Sobre todo, cuando le he pedido que me permitiera hablar con ella. Le he preguntado si me dejaba simplemente saludarla, pero &#233;l ha contestado que no, que ahora no pod&#237;a. Era una voz desagradable e inmediatamente despu&#233;s ha cortado la comunicaci&#243;n.

&#191;Desagradable en qu&#233; sentido?

Es dif&#237;cil de explicar. Resquebrajada, como si estuviera a punto de romperse de un momento a otro.

&#191;Y la madre de Martina?

No lo sabemos. Quiero decir, no deb&#237;a de estar en casa. Le he preguntado si estaba tambi&#233;n la madre y &#233;l me ha contestado que no. Pero no sabemos d&#243;nde est&#225;. Probablemente ha salido a hacer la compra o cualquier otra cosa, regresar&#225; de un momento a otro y se encontrar&#225; con esta sorpresa. Hemos tratado tambi&#233;n de localizar al padre de &#233;l, el presidente, para pedirle que venga a hablar con este jodido loco de su hijo. Hemos conseguido establecer contacto con &#233;l, pero est&#225; asistiendo a una reuni&#243;n en Roma. Un veh&#237;culo de la Brigada M&#243;vil de Roma ha ido a recogerlo y lo lleva al aeropuerto para que tome el primer vuelo. Pero en el mejor de los casos s&#243;lo podr&#225; estar aqu&#237; dentro de cinco horas. Esperemos que para entonces ya no lo necesitemos.

&#191;Qu&#233; te parece? &#191;Qu&#233; es lo que habr&#237;a que hacer?

Tancredi inclin&#243; la cabeza y apret&#243; los labios. Como si buscara una respuesta. No, como si tuviera una respuesta preparada pero no le gustara y estuviera buscando una alternativa.

No lo s&#233; -dijo levantando finalmente los ojos-, estas situaciones son imprevisibles. Para tratar de decidir una estrategia hay que comprender qu&#233; es lo que quiere este hijo de puta; es decir, cu&#225;l es su verdadera motivaci&#243;n.

&#191;Y en este caso?

No lo s&#233;. La &#250;nica cosa que se me ocurre no me gusta en absoluto.

Estaba a punto de preguntarle qu&#233; era aquella cosa que no le gustaba en absoluto cuando vi llegar la furgoneta de Claudia. M&#225;s bien la o&#237; llegar. En secuencia: chirrido de neum&#225;ticos en una curva, rugido de cambio violento de marcha, ruedas anteriores sobre la acera, golpe de parachoques contra un contenedor de basura. Se abri&#243; paso entre la gente en direcci&#243;n a nosotros. Un polic&#237;a uniformado le dijo que no pod&#237;a ir m&#225;s all&#225; de la valla que marcaba la zona de las operaciones. Ella lo empuj&#243; sin decir ni una sola palabra y, justo en el momento en que el otro estaba intentando bloquearle el paso, lleg&#243; Tancredi corriendo y dijo que la dejaran pasar.

&#191;D&#243;nde est&#225;n?

Contest&#243; Tancredi:

Se ha parapetado en casa de Martina. Probablemente va armado o, por lo menos, eso dice &#233;l.

&#191;Y ella c&#243;mo est&#225;?

No lo sabemos. Con ella no hemos conseguido hablar. La esperaba delante de su casa. Cuando ella lleg&#243;, conversaron durante unos cuantos segundos, despu&#233;s ella grit&#243; algo en el sentido de que se fuera enseguida, de lo contrario, llamar&#237;a a la polic&#237;a, a su abogado o a los dos. Fue entonces cuando &#233;l le peg&#243; varias veces. Ella debi&#243; de perder el conocimiento o, por lo menos, deb&#237;a de estar aturdida, porque vieron c&#243;mo &#233;l la arrastraba dentro, sosteni&#233;ndola por debajo de las axilas. Alguien llam&#243; al 113, lleg&#243; inmediatamente una patrulla m&#243;vil y unos minutos despu&#233;s llegamos nosotros.

&#191;Y ahora?

Ahora no s&#233;. Dentro de un par de horas tendr&#237;an que llegar desde Roma los del n&#250;cleo operativo de los cuerpos especiales y despu&#233;s alguien tendr&#225; que asumir la responsabilidad de autorizar una intervenci&#243;n. En estos casos no se aclaran. Quiero decir, si tiene que ser el juez, el jefe de la M&#243;vil, el comisario u otra persona. La alternativa ser&#237;a intentar una negociaci&#243;n. Decirlo es f&#225;cil. &#191;Pero qui&#233;n habla con ese loco?

Hablo yo -dijo Claudia-. Ll&#225;malo, Carmelo, y d&#233;jame hablar con &#233;l. Hablo con &#233;l y le pregunto si me deja entrar y me deja ver c&#243;mo est&#225; Martina. Soy una mujer, una monja. No digo que se f&#237;e, pero podr&#237;a ser algo menos sospechosa que uno de vosotros.

Su tono de voz era muy extra&#241;o. Extra&#241;amente sereno, en contraste con el rostro desencajado.

Tancredi me mir&#243; como si me pidiera mi opini&#243;n, pero sin preguntarme nada. Yo me encog&#237; de hombros.

Tengo que pregunt&#225;rselo a &#233;se -dijo al final, se&#241;alando con la cabeza al funcionario de la M&#243;vil que segu&#237;a dando vueltas por all&#237; con el in&#250;til meg&#225;fono en la mano. Se acerc&#243; a &#233;l y se pasaron unos minutos hablando. Despu&#233;s se dirigieron juntos al lugar donde nosotros nos encontr&#225;bamos y fue el funcionario quien habl&#243;.

&#191;Es usted la monja? -pregunt&#243;, mirando a Claudia.

No, soy yo. &#191;No ves el velo que llevo, capullo?

Claudia asinti&#243; con la cabeza.

&#191;Quiere intentar hablar con &#233;l?

S&#237;, quiero hablar con &#233;l y preguntarle si me deja entrar. Podr&#237;a funcionar, creo. &#201;l me conoce. Se podr&#237;a fiar y, si entro, creo que lo podr&#237;a convencer. Me conoce bien.

&#191;Pero qu&#233; estaba diciendo? No se conoc&#237;an para nada. Jam&#225;s hab&#237;an hablado el uno con el otro. Me volv&#237; a mirarla con un punto interrogativo dibujado en la cara. Ella me devolvi&#243; la mirada, pero no durante m&#225;s de dos segundos. Sus ojos dec&#237;an: no intentes abrir la boca; ni se te ocurra. Entre tanto, el funcionario estaba diciendo que se pod&#237;a intentar. Por lo menos, llamar no costaba nada.

Tancredi sac&#243; su m&#243;vil, puls&#243; la tecla de repetici&#243;n de llamada y esper&#243; con el tel&#233;fono pegado a la oreja. Al final, Scianatico contest&#243;.

Soy otra vez el inspector Tancredi. Hay una persona que quiere hablar con usted. &#191;Se la puedo pasar? No, no es un polic&#237;a, es una monja. S&#237;, claro. Ni se nos ocurre acercarnos. Bueno, pues ahora se la paso.

S&#237;, era sor Claudia, la amiga de Martina. Hac&#237;a mucho tiempo que deseaba hablar con &#233;l, ten&#237;a muchas cosas importantes que decirle. &#191;Pod&#237;a, antes de seguir adelante, saludar a Martina? Ah, no se encontraba muy bien. En el rostro de Claudia se abri&#243; una especie de grieta, pero su voz no se alter&#243;, sigui&#243; sonando firme y tranquila. De acuerdo, no importa, hablar&#233; con ella despu&#233;s, si t&#250; quieres, claro. Yo creo que Martina quiere volver contigo; me lo ha dicho muchas veces, aunque no sab&#237;a qu&#233; hacer para salir de esta situaci&#243;n tan extra&#241;a que se ha creado. No te oigo bien. S&#237;, no te oigo bien, debe de ser este m&#243;vil. &#191;Qu&#233; te parece si subo y hablamos un poco en persona? Claro, yo sola. Soy una mujer, una monja, puedes estar tranquilo. Y, adem&#225;s, a m&#237; tampoco me gustan los polic&#237;as. Bueno, &#191;subo o qu&#233;? Claro, claro, t&#250; miras por la mirilla para asegurarte de que no haya nadie m&#225;s junto a m&#237;. Pero, de todas maneras, tienes mi palabra, te puedes fiar. &#191;Crees que una monja puede llevar armas? Muy bien, pues ahora subo. Sola, claro, estamos de acuerdo. Hasta ahora.

Aparte de las cosas que dijo, lo que lo dej&#243; casi hipnotizado fue el tono de su voz. Sereno, tranquilizador, hipn&#243;tico, precisamente.

&#191;Te quieres poner un chaleco antibalas? -le pregunt&#243; Tancredi.

Ella lo mir&#243; sin tomarse la molestia de contestar.

Pues entonces, antes de subir te llamo al m&#243;vil, t&#250; me contestas ahora y despu&#233;s lo dejas encendido. De esta manera por lo menos podremos o&#237;r lo que dec&#237;s y lo que ocurre.

Despu&#233;s Tancredi se volvi&#243; hacia dos sujetos que rondaban la treintena, con aspecto de distribuidores de droga en los centros de distribuci&#243;n legal. Dos agentes de su brigada.

Cassano, Loiacono, vosotros dos venid conmigo. Subimos juntos y nos quedamos en la escalera sin llegar al rellano.

O&#237; mi voz, alz&#225;ndose al margen de mi voluntad.

Voy con vosotros.

No digas chorradas, Guido. T&#250; trabajas como abogado y nosotros como polic&#237;as.

Espera, espera. Si Claudia consiguiera iniciar una negociaci&#243;n, quiz&#225; yo podr&#237;a intervenir para ayudarla. &#201;l me conoce, soy el abogado de Martina. Le puedo decir cualquier bobada, por ejemplo, que anulamos el juicio, que retiramos los cargos, o lo que sea. Puedo ser &#250;til si la negociaci&#243;n sigue adelante. Si, en cambio, ten&#233;is que intervenir vosotros, yo me quito de en medio, naturalmente.

El funcionario dijo que, por &#233;l, de acuerdo. Lo importante era que fu&#233;ramos prudentes. Acertad&#237;simo consejo. No aludi&#243; a la posibilidad de subir &#233;l tambi&#233;n. Para evitar una in&#250;til aglomeraci&#243;n, supongo. Su ideal de polic&#237;a no era el inspector Callaghan.


Lo que ocurri&#243; despu&#233;s constituye en mi recuerdo una pel&#237;cula en blanco y negro rodada a c&#225;mara sucia y montada por un loco. Y, sin embargo, est&#225; presente, tan presente que no consigo cont&#225;rmelo a m&#237; mismo en tiempo pasado.

Los tres polic&#237;as est&#225;n delante de m&#237;, en el &#250;ltimo tramo de escalera antes de llegar al rellano. Hasta donde se puede llegar sin riesgo de que nos vean. Estamos muy apretujados, casi el uno encima del otro; percibo el sudor del m&#225;s grueso; Loiacono quiz&#225;, o tal vez Cassano. El timbre tiene un sonido extra&#241;o, fuera del tiempo. Una especie de din don dan con ecos antiguos e inquietantes. Claudia dice algo en respuesta a la voz que procede del apartamento. Despu&#233;s un silencio, largo. &#201;l est&#225; mirando por la mirilla, pienso. Despu&#233;s ruido de engranajes, de cerraduras, de llaves que giran. A continuaci&#243;n, otra vez silencio, aparte del rumor de nuestra respiraci&#243;n contenida.

Tancredi lleva el m&#243;vil pegado a la oreja izquierda; en la otra mano empu&#241;a la pistola, como los otros dos. A lo largo de la pierna, con la ca&#241;a apuntando al suelo. Me vuelve a la mente el gesto que han hecho los tres antes de entrar. Seguro hacia atr&#225;s, bala a punto, percutor apoyado suavemente para evitar disparos accidentales.

Miro el rostro de Tancredi para adivinar lo que percibe que est&#225; ocurriendo. En determinado momento, sus rasgos se deforman y, antes de que yo tenga que hacer el esfuerzo de interpretarlos, &#233;l grita.

Mierda, hay foll&#243;n. Derribemos la puerta, co&#241;o, derrib&#233;mosla ya de una vez.

El m&#225;s grueso de los dos -Cassano, o tal vez Loiacono- llega primero a la puerta, levanta una rodilla casi a la altura del pecho y extiende la pierna golpeando la puerta con la planta del pie a la altura de la cerradura. Ruido de madera que se rompe, pero la puerta no cede. El otro agente hace un movimiento id&#233;ntico. M&#225;s ruido de madera que se rompe, pero la puerta sigue sin ceder.

Se abre despu&#233;s de otras dos, tres, cuatro violent&#237;simas patadas. Entramos todos juntos. Tancredi primero, nosotros detr&#225;s. Nadie me dice que me quede fuera y me dedique a hacer de abogado, que ellos ya har&#225;n de polic&#237;as.

Cruzamos varias estancias guiados por los gritos de Scianatico.

Cuando llegamos a la cocina, la escena parece la de un espantoso ritual.

Claudia est&#225; a horcajadas por encima del rostro de Scianatico; lo mantiene inmovilizado con las piernas apretadas y con una mano le sujeta la garganta. Los dedos penetran en el cuello como pu&#241;ales y con el pu&#241;o de la otra mano le golpea repetidamente el rostro. Con un m&#233;todo salvaje; y mientras yo la miro, s&#233; que lo est&#225; matando. El encuadre se ampl&#237;a hasta incluir a Martina. Est&#225; en el suelo, cerca del fregadero. No se mueve. Parece una mu&#241;eca rota.

Cassano y Loiacono agarran a Claudia por debajo de las axilas y la apartan, levant&#225;ndola. Cuando ella vuelve a apoyar los pies en el suelo los agentes esperan cualquier cosa menos ser golpeados los dos de manera tan r&#225;pida que los pu&#241;etazos y los puntapi&#233;s no se ven; s&#243;lo se pueden intuir. Tancredi da un paso atr&#225;s y apunta con la pistola hacia las piernas de Claudia.

No hagas gilipolleces, Claudia. No hagamos gilipolleces.

Ella est&#225; sorda y avanza dos pasos hacia &#233;l. Es como si ni siquiera me hubiera visto, a pesar de que estoy muy cerca, a su izquierda.

No es que yo decida hacer lo que hago. Ocurre y se acab&#243;. Ella no me ve y tampoco ve mi derechazo, que sale disparado y le golpea la barbilla de refil&#243;n. El m&#225;s cl&#225;sico de los golpes de K.-O. Puedes ser el hombre m&#225;s fuerte del mundo, pero si recibes un buen directo propinado de la manera adecuada en la punta de la barbilla, no hay nada que hacer. Se apaga la luz y se acab&#243;. Es como una anestesia.

Claudia cae al suelo. Los dos polic&#237;as se le echan encima, le retuercen los brazos detr&#225;s de la espalda y la esposan con los movimientos autom&#225;ticos y eficientes propios de alguien que lo ha hecho muchas veces. Despu&#233;s hacen lo mismo con Scianatico, pero las prisas no son necesarias con &#233;l. Presenta un rostro irreconocible a causa de todos los golpes recibidos, emite monos&#237;labos y no consigue moverse.

Tancredi se acerca a Martina y le apoya los dedos &#237;ndice y medio en el cuello. Para comprobar si todav&#237;a le circula la sangre. Pero es un gesto mec&#225;nico e in&#250;til. Los ojos est&#225;n desorbitados, la boca entreabierta deja entrever los dientes y un riachuelo de sangre ya seca le brota de la nariz. El rostro de la muerte; de la muerte violenta. Un rostro que Tancredi ya ha visto muchas veces; y que yo tambi&#233;n he visto, pero s&#243;lo en los expedientes de casos de homicidio. Jam&#225;s tan concreto, presente y espantosamente trivial.

Tancredi le pasa una mano por los ojos para cerrarlos. Despu&#233;s mira a su alrededor, localiza un trapo de color, lo coge y le cubre la cara.

Cassano -o Loiacono- hace adem&#225;n de salir para ir a llamar a los dem&#225;s, pero Tancredi se lo impide, le dice que espere. Se acerca a Claudia, sentada en el suelo con las manos esposadas a la espalda. Se arrodilla y le habla en voz baja durante unos cuantos segundos; al final, ella hace un gesto afirmativo con la cabeza.

Quitadle las esposas.

Cassano y Loiacono lo miran a la cara. La mirada que &#233;l les devuelve no precisa de interpretaci&#243;n; significa que no tiene ganas de repetir la orden y basta. Cuando Claudia vuelve a estar libre, Tancredi nos dice a todos que salgamos de la cocina y &#233;l nos acompa&#241;a.

Bueno, escuchadme bien, porque dentro de unos segundos aqu&#237; ya nadie entender&#225; nada.

Lo miramos.

Os digo lo que ha ocurrido. Claudia entr&#243;. &#201;l la agredi&#243; y se inici&#243; una pelea. Lo hemos o&#237;do todo a trav&#233;s del tel&#233;fono y hemos echado abajo la puerta. Al llegar a la cocina, ellos se estaban peleando. Los dos. Nosotros intervinimos, &#233;l opuso resistencia y, como es natural, tuvimos que golpearlo. Al final, lo inmovilizamos y esposamos. Y basta. No ha ocurrido nada m&#225;s.

Hace una pausa para mirarnos uno a uno.

&#191;Est&#225; claro?

Nadie dice nada. &#191;Qu&#233; tenemos que decir? &#201;l nos mira todav&#237;a un instante y despu&#233;s se dirige a Cassano, o tal vez a Loiacono.

Llama a los dem&#225;s sin armar demasiado alboroto. No salgas gritando, total, ya no sirve de nada. Y manda entrar tambi&#233;n a los de la ambulancia. Para este pedazo de mierda.

El otro da media vuelta para retirarse y Tancredi lo vuelve a llamar.

Oye.

&#191;S&#237;?

No quiero ver periodistas aqu&#237; dentro. &#191;Est&#225; claro?


Salimos cuando la casa ya se estaba llenando de polic&#237;as, carabineros, m&#233;dicos y enfermeros. El subcomisario de la M&#243;vil recuper&#243;, por as&#237; decirlo, el mando de las operaciones.

Tancredi me dijo que me llevara a Claudia, que procurara calmarla y lo volviera a llamar una hora despu&#233;s. Ten&#237;amos que ir a comisar&#237;a para la declaraci&#243;n de Claudia y quer&#237;a ser &#233;l, l&#243;gicamente, quien la interrogara.

Mientras hablaba no la mir&#243;. Ella, en cambio, s&#237; lo miraba a &#233;l y parec&#237;a querer decir algo. No lo consigui&#243;, pero probablemente no era necesario.

Nos dirigimos a su furgoneta, que estaba all&#237;, abollada contra el contenedor de basura.

&#191;Puedes conducir t&#250;, por favor?

&#191;Quieres que veamos a un m&#233;dico?

No -contest&#243; mientras se acercaba inconscientemente la mano a la barbilla y la sujetaba entre el pulgar y los dem&#225;s dedos, quiz&#225; para comprobar que todo estuviera en su sitio despu&#233;s del pu&#241;etazo-. No. Es s&#243;lo que no me siento con &#225;nimos para conducir.

A&#250;n quedaba un poco de luz y el aire era fresco y suave. Es lo que pens&#233; mientras sub&#237;a a aquel viejo cacharro por el lado del conductor.

Pens&#233; que est&#225;bamos en abril.

El m&#225;s cruel de los meses.



9

Recorrimos con la furgoneta de Claudia todos los paseos mar&#237;timos de la ciudad dos y tres veces sin decir ni una sola palabra. Cuando vi que ya hab&#237;a pasado una hora, le pregunt&#233; si pod&#237;amos ir a comisar&#237;a. Dijo que s&#237;. Sin ning&#250;n tono especial, sin ning&#250;n color en la voz.

Fuimos a comisar&#237;a y le tomaron declaraci&#243;n. Estaba Tancredi y estaba una agente de aspecto y modales amables. Redactaron la historia que ya hab&#237;a contado Tancredi cuando a&#250;n est&#225;bamos en casa de Martina.

No fue necesario mucho y Claudia firm&#243; sin leer.

Cuando pregunt&#233; si mis declaraciones tambi&#233;n ten&#237;an que constar en acta, Tancredi me mir&#243; unos instantes directamente a los ojos.

&#191;Qu&#233; declaraciones? T&#250; entraste all&#237; dentro cuando ya todo hab&#237;a terminado. Entonces, &#191;qu&#233; declaraciones quieres hacer?

Pausa. Yo mir&#233; instintivamente a la chica polic&#237;a, pero estaba haciendo una fotocopia y no nos prestaba atenci&#243;n.

Ahora vosotros ya os pod&#233;is ir, que a nosotros nos toca trabajar de noche para completar todas las actas que ma&#241;ana enviaremos a la Fiscal&#237;a.

Exacto. &#191;Qu&#233; declaraciones quer&#237;a hacer?

No hab&#237;a nada m&#225;s que a&#241;adir y, por consiguiente, Claudia y yo nos fuimos.

Margherita estaba fuera por motivos de trabajo. Me alegr&#233; de que no estuviera, porque no me apetec&#237;a contar lo ocurrido. No aquella noche, por lo menos. As&#237; que no volv&#237; a encender el m&#243;vil, que hab&#237;a apagado al entrar en comisar&#237;a.

Regresamos a la furgoneta sin decir una sola palabra. S&#243;lo tras habernos sentado Claudia rompi&#243; el silencio. Hablaba mirando hacia delante con rostro inexpresivo.

No tengo ganas de regresar. Me apetece dar una vuelta.

Yo tampoco ten&#237;a ganas de regresar. A ning&#250;n sitio. Puse en marcha el veh&#237;culo sin decir nada. Enfil&#233; la autopista por el peaje Bari-Norte y quinientos metros m&#225;s all&#225; me detuve en el bar-restaurante de la primera &#225;rea de servicio. Aunque fuera absurdo, me apetec&#237;a comer. De aquella manera provisional, bell&#237;sima y sin normas de los largos viajes por carretera. A lo mejor, hab&#237;a entrado en la autopista precisamente por aquel motivo. Tomamos dos capuchinos y dos trozos de tarta. Porque Claudia, absurdamente, tambi&#233;n ten&#237;a apetito.

En el momento de pagar, le ped&#237; al cajero un encendedor y una cajetilla de MS. Una cajetilla suave que sostuve en la mano unos segundos antes de met&#233;rmela en el bolsillo.

Nos pusimos de nuevo en marcha hacia la oscuridad sosegada y acogedora de aquella noche de abril.

&#191;Recuerdas que te quer&#237;a contar una historia?

S&#237;.

Vamos a detenernos en alg&#250;n sitio donde podamos estar tranquilos.

Unos veinte kil&#243;metros m&#225;s all&#225; me introduje en una &#225;rea de descanso; entre los &#225;rboles desiertos, oscuros y silenciosos y la d&#233;bil luz de unas cuantas farolas. El ruido de los escasos autom&#243;viles que pasaban como una exhalaci&#243;n llegaba amortiguado y ten&#237;a algo de extra&#241;o y tranquilizador. Bajamos de la furgoneta y nos sentamos en un banco.

Noches blancas, me vino a la mente. Quiero decir, vi las palabras concretas escritas en la cabeza con caracteres tipogr&#225;ficos. Y las im&#225;genes de la pel&#237;cula y las palabras del libro. Un banco y dos personas que no duermen y se pasan la noche hablando. Suspendidas en un universo en suspenso.

Abr&#237; el paquete con calma. Primero el hilo de plata, despu&#233;s el pl&#225;stico de la parte superior y, a continuaci&#243;n, el papel plateado. Un golpe con el &#237;ndice y el medio sobre la parte cerrada para hacer salir el cigarrillo.

Cerr&#233; los ojos al sentir llegar el humo a los pulmones y el aire fresco a la cara.

Pens&#233; que no me importaba nada de nada mientras fumaba con los ojos cerrados aquel cigarrillo &#225;spero y fuerte. Perd&#237; el contacto; fluctuaba en alg&#250;n lugar que estaba all&#237;, en aquella &#225;rea de descanso, y simult&#225;neamente en otro sitio. Muchos a&#241;os atr&#225;s, en una oscuridad y un desconocimiento olvidados y cordiales.

Yo no soy monja.

Abr&#237; los ojos y me volv&#237; hacia ella. Ten&#237;a un codo apoyado en la pierna y la cabeza apoyada en la mano. Miraba -o parec&#237;a mirar- hacia la negra sombra de un eucalipto.

Me cont&#243; aquella historia.


Abr&#237; la puerta y me detuve con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo tras haber dado uno o dos pasos en el interior de la estancia. &#201;l levant&#243; la cabeza y me mir&#243;. Hab&#237;a una sombra de estupor en aquellos ojos empa&#241;ados.

&#191;D&#243;nde est&#225; Anna?

Mientras contestaba, me di cuenta de que temblaba de pies a cabeza. Piernas, brazos, hombros, ment&#243;n.

D&#233;jala en paz.

Alarg&#243; la cabeza hacia m&#237; entornando los ojos en un gesto instintivo. Como si no creyera lo que acababa de o&#237;r. Como si no creyera que yo pudiera desafiarlo de aquella manera.

Dile a Anna que venga inmediatamente aqu&#237;.

Deja en paz a la ni&#241;a.

Se levant&#243; de la cama.

Ya te ense&#241;ar&#233; yo, peque&#241;a zorra.

Yo temblaba toda, pero me mantuve firme, dos pasos dentro de la estancia. S&#243;lo levant&#233; el brazo derecho cuando &#233;l ya estaba muy cerca.

Fue entonces cuando &#233;l vio el cuchillo. Era un cuchillo largo, puntiagudo y afilado. De esos que se utilizan para cortar carne. El estaba tan cerca que yo pod&#237;a ver los pelos que le sal&#237;an de la nariz y de las orejas. Pod&#237;a percibir el olor de su cuerpo y de su aliento.

&#191;Qu&#233; co&#241;o crees que vas a hacer con ese cuchillo, zorra?

Fueron sus &#250;ltimas palabras. Apoy&#233; la mano izquierda en la derecha y empuj&#233; con toda la fuerza que ten&#237;a. De abajo a arriba y hasta el fondo. El s&#243;lo experiment&#243; una sacudida y despu&#233;s, lentamente, apoy&#243; las manos en las m&#237;as en un gesto de defensa que entonces ya era in&#250;til. Permanecimos as&#237; unidos por un instante interminable, manos en las manos, ojos en los ojos.

En los suyos s&#243;lo hab&#237;a un estupor infinito. En los m&#237;os no hab&#237;a nada.

Despu&#233;s apart&#233; las manos, retroced&#237; unos cuantos pasos sin volverme. Y cerr&#233; la puerta.


Anna no hab&#237;a o&#237;do nada -&#233;l no hab&#237;a soltado ni siquiera un gemido- y no se dio cuenta de nada. La cog&#237; de la mano y le dije que ten&#237;amos que ir al patio. Ella recogi&#243; sus mu&#241;ecas y me sigui&#243;. En determinado momento, mientras baj&#225;bamos por la escalera, se detuvo. Y se&#241;al&#243; con el dedo.

Te has hecho da&#241;o, Angela. Te sale sangre de la mano.

No es nada. Me lavo en el grifo del patio.

Pero te tienes que desinfectar.

No hace falta. Basta con agua.

Despu&#233;s, los recuerdos son confusos. En secuencias. Algunas cosas n&#237;tidas y otras tan oscuras que no se ve nada.

Al cabo de un rato regres&#243; mi madre, pas&#243; por delante de nosotras y subi&#243; a casa. No recuerdo si nos salud&#243; o si s&#243;lo nos vio. Unos minutos despu&#233;s o&#237;mos sus gritos, espantosos. Despu&#233;s, gente que se asomaba a los balcones, o bajaba al patio, o sub&#237;a a nuestro edificio. Despu&#233;s, silbidos de sirenas y luces intermitentes azules. Uniformes oscuros, una muchedumbre que se apretujaba delante de nuestro portal, las horas que pasaban, la oscuridad que empezaba a caer, la gente que hablaba en voz baja mientras dos hombres con camisa blanca se llevaban una litera con el cuerpo, cubierto por una s&#225;bana.

Me qued&#233; all&#237; dentro sujetando la mano de mi hermana hasta que una se&#241;ora muy amable se acerc&#243; y nos dijo que ten&#237;amos que ir con ella.

Nos llevaron a un despacho donde tambi&#233;n hab&#237;a un hombre y aquella se&#241;ora nos pregunt&#243; si nos apetec&#237;a comer algo. Mi hermana dijo que s&#237;; yo contest&#233; que no, gracias, no ten&#237;a apetito. Le llevaron un panecillo con jam&#243;n y una Coca-cola y cuando termin&#243; de comer nos hicieron unas preguntas. Quer&#237;an saber si hab&#237;a ido alguien a ver a pap&#225;, si hab&#237;amos visto a alg&#250;n desconocido entrar en nuestro edificio, y otras cosas. Yo les pregunt&#233; si pod&#237;an hacer salir a la ni&#241;a, porque ten&#237;a que decirles algo. Se miraron a los ojos y despu&#233;s la se&#241;ora cogi&#243; de la mano a mi hermana y la sac&#243; de aquella estancia.

Cuando volvi&#243; a entrar yo ya estaba contando mi historia. Con calma lo cont&#233; todo, desde aquella ma&#241;ana de verano hasta aquel Jueves Santo.

Con calma, sin sentir nada.



10

Encend&#237; el tercer o quiz&#225; el cuarto MS y aspir&#233; con gratitud el humo que me desgarraba los pulmones.

Claudia me cont&#243; el resto. Lo que ocurri&#243; despu&#233;s. Los a&#241;os en el reformatorio. La escuela. Sor Caterina, que trabajaba como voluntaria en el Instituto. Iba casi todos los d&#237;as a ver a los chicos y las chicas que permanec&#237;an encerrados all&#237;. Era una monja rara, distinta de las dem&#225;s. Se vest&#237;a de manera normal, era joven, era simp&#225;tica, no quer&#237;a hablar de religi&#243;n a toda costa, y se hizo amiga de la peque&#241;a Angela. Que era la &#250;nica que estaba encerrada all&#237; dentro por un homicidio cometido antes de cumplir los catorce a&#241;os. Sometida a las medidas de seguridad del reformatorio judicial por ser menor de catorce a&#241;os y, por consiguiente, no imputable. Y peligrosa.

Sor Caterina le ense&#241;&#243; un mont&#243;n de cosas a aquella ni&#241;a extra&#241;a y silenciosa que se ocupaba de sus asuntos y no hac&#237;a amistad con nadie. Le llevaba libros y la ni&#241;a los devoraba y le ped&#237;a m&#225;s. Le ense&#241;&#243; a tocar la guitarra, le ense&#241;&#243; a preparar unos dulces muy ricos. Le ense&#241;&#243; los primeros auxilios, porque ella era enfermera.

Un d&#237;a, mientras ambas conversaban en el patio del Instituto, la ni&#241;a, que a aquellas alturas ya se hab&#237;a convertido en una muchacha, le dijo a la monja que ya no quer&#237;a que la llamaran Angela. Pronto saldr&#237;a del reformatorio y quer&#237;a que sor Caterina le diera un nuevo nombre. Para el exterior. Para su nueva vida.

La monja se desconcert&#243; ante aquella petici&#243;n y le dijo a la chica que lo tendr&#237;a que pensar. Cuando regres&#243; la vez siguiente, lo primero que le pregunt&#243; la chica fue si ya ten&#237;a su nuevo nombre. Sor Caterina le dijo que su madre se llamaba Claudia. La chica dijo que era un bonito nombre y que, a partir de aquel momento, se llamar&#237;a Claudia. Sor Caterina estaba a punto de decir algo, pero despu&#233;s se call&#243;. Se quit&#243; el peque&#241;o crucifijo que siempre llevaba -la &#250;nica se&#241;al visible de su condici&#243;n de monja- y se lo puso alrededor del cuello a la chica.

Cuando sali&#243; del Instituto, Claudia fue encomendada a una familia del Norte, porque a casa de su madre hab&#237;a dicho que no quer&#237;a volver. Se sac&#243; un t&#237;tulo en una escuela profesional, se puso a trabajar como obrera y empez&#243; a practicar las artes marciales. Primero el k&#225;rate y despu&#233;s aquella disciplina asesina inventada unos siglos atr&#225;s por una monja.

Un d&#237;a se enter&#243; de que en una comunidad que acog&#237;a a prostitutas y muchachas sometidas a abusos sexuales estaban buscando voluntarias para que echaran una mano. Se present&#243; y en la entrevista dijo que era monja. Sor Claudia, de la orden de las Franciscanas Menores. La orden de sor Caterina.

No s&#233; c&#243;mo se me ocurri&#243; decir que era monja. No lo sabr&#237;a explicar ni siquiera ahora. Quiz&#225;, de manera inconsciente, pensaba que siendo monja estar&#237;a a salvo. No quiero decir f&#237;sicamente. Estar&#237;a a salvo de las relaciones con las personas. Estar&#237;a a salvo de los hombres, quiz&#225;. Pens&#233; que todo ser&#237;a m&#225;s f&#225;cil, que no tendr&#237;a que explicar un mont&#243;n de cosas.

Se volvi&#243; a mirarme, despu&#233;s se pas&#243; la mano por el rostro y reanud&#243; sus palabras.

Creo que ya s&#233; lo que est&#225;s pensando. &#191;No ten&#237;a miedo de que me descubrieran? No lo s&#233;. Desde luego, nadie ha dudado jam&#225;s de que yo fuera una verdadera monja. Puede parecer extra&#241;o, pero es as&#237;. Tiene gracia. Dices que eres monja y a nadie se le ocurre comprobar si lo eres de verdad. Nadie te pide ninguna documentaci&#243;n. &#191;Por qu&#233; tendr&#237;a una que inventarse que es monja? La gente lo acepta y basta. Como mucho, alguien te pregunta por qu&#233; no llevas h&#225;bito, t&#250; explicas que en tu orden no es obligatorio, y listo. Y de esta manera, en poco tiempo te conviertes en una monja para todos.

Otra pausa. De nuevo aquella mano pasada por el rostro en la sombra.

Era tranquilizador. Era mi manera de esconderme estando en medio de la gente. Era mi manera de protegerme. Era mi manera de escapar qued&#225;ndome all&#237;.

Ya no hab&#237;a mucho m&#225;s que contar. Hab&#237;a empezado a trabajar en aquella comunidad. Formaba parte de una asociaci&#243;n que ten&#237;a otras en toda Italia. Cuando se enter&#243; de que quer&#237;an abrir una nueva casa-refugio cerca de Bari y buscaban a alguien con experiencia que pudiera trabajar all&#237; a tiempo completo, con un peque&#241;o sueldo, para poner en marcha la comunidad, ella se ofreci&#243;.


Cuando termin&#243; su historia, me pidi&#243; un cigarrillo. Me alegr&#233; extra&#241;amente de que lo hiciera y de pod&#233;rselo ofrecer mientras yo, por mi parte, sacaba otro, y de poder fumar juntos en silencio mientras de vez en cuando se o&#237;a el rumor de los autom&#243;viles que se acercaban, pasaban por delante de nuestra &#225;rea de descanso y se alejaban como flechas.

Hay un sue&#241;o que se repite una o dos veces al a&#241;o. &#201;l llama desde el dormitorio a la ni&#241;a Angela aquella ma&#241;ana estival. La ni&#241;a Angela acude, &#233;l le dice que cierre la puerta, la hace sentar en la cama y, en aquel momento, se abre la puerta y aparece sor Claudia. Para salvar a la ni&#241;a. Pero nunca lo consigue, porque siempre, en aquel momento, yo me despierto.

Hizo girar entre los dedos el cigarrillo, ya casi consumido. Contempl&#243; las ascuas como si ocultaran alg&#250;n secreto o una respuesta.

Una noche llegu&#233; a so&#241;ar que alguien me devolv&#237;a a la casa-refugio el perro Snoopy. Que no hab&#237;a muerto, sino que s&#243;lo se hab&#237;a escapado. Esboz&#243; una especie de sonrisa, entornando los ojos como si tratara de distinguir un objeto lejano.

Yo me notaba la garganta como obstruida y ten&#237;a que hacer un esfuerzo para tragar saliva.

&#191;Sabes?, sor Caterina, en el Instituto, me hizo leer una poes&#237;a de una poetisa cuyo nombre no recuerdo. Era inglesa, o quiz&#225; americana. Estaba dedicada a un perro bastardo como Snoopy. Empezaba as&#237;: si no hay un Dios para ti, tampoco hay un Dios para m&#237;.

Es preciosa.

Mientras lo dec&#237;a, me di cuenta de que eran las primeras palabras que pronunciaba desde que nos hab&#237;amos sentado en aquel banco de aquella &#225;rea de descanso de aquella autopista. Experiment&#233; una extra&#241;a sensaci&#243;n de paz mientras lo dec&#237;a. Mientras ella me tomaba la mano y me la estrechaba sin mirarme.

Yo, en cambio, s&#237; la mir&#233;.

Lloraba en silencio.


Antes de volver a subir a la furgoneta encontr&#233; un contenedor de basura y arroj&#233; los cigarrillos junto con el encendedor.

Claudia dijo que conducir&#237;a ella y me llev&#243; a casa en algo menos de una hora.

Me volvi&#243; a sujetar la mano poco antes de despedirse. Fuera, la oscuridad de la noche ya empezaba a diluirse.

Cuando entr&#233; en casa lo primero que hice fue cepillarme los dientes para quitarme el sabor del humo.

Despu&#233;s abr&#237; todas las ventanas, cog&#237; un viejo y raro disco de vinilo y lo puse en el plato.

El fresco viento del amanecer atraves&#243; la casa y yo me apoy&#233; en el respaldo de la mecedora justo cuando empezaban a escucharse los crujidos de las primeras notas, Albinoni, el c&#233;lebre adagio. Sobre aquellas notas, como si procediera de otra dimensi&#243;n, el recitado de la voz misteriosa de Jim Morrison.



11

Scianatico fue detenido por secuestro y homicidio. Y resistencia a la autoridad, naturalmente, puesto que, seg&#250;n lo que constaba en las actas, hab&#237;a tratado de oponer resistencia a los agentes que hab&#237;an irrumpido en el apartamento para detenerlo.

La autopsia estableci&#243; que Martina hab&#237;a muerto a causa de unos fort&#237;simos golpes -pu&#241;etazos, probablemente- en la cabeza y de un impacto contra una superficie r&#237;gida. Pared o suelo. El forense dijo que, cuando Martina fue arrastrada al interior del edificio y despu&#233;s al apartamento, probablemente a&#250;n estaba viva.

En el juicio que se celebr&#243; a continuaci&#243;n con una ins&#243;lita rapidez Scianatico tambi&#233;n fue defendido por Dellissanti, el cual trat&#243; por todos los medios de conseguir que lo declararan mentalmente incapacitado. Su asesor habl&#243; de descompensaci&#243;n psicol&#243;gica como origen de la agresi&#243;n y del homicidio; de ausencia de proceso de duelo al t&#233;rmino de la relaci&#243;n, de grave s&#237;ndrome depresivo en el momento de concienciaci&#243;n con respecto del acto cometido y de toda una serie de chorradas por el estilo. Scianatico trat&#243; de confirmar el diagn&#243;stico con dos extremadamente dudosos intentos de suicidio en la c&#225;rcel.

Pero el psiquiatra nombrado por la Audiencia no trag&#243;, dijo que los dos intentos de suicidio eran actos simulados y concluy&#243; su informe se&#241;alando que el acusado era un sujeto con una necesidad compulsiva de control, baj&#237;sima tolerancia a las frustraciones, estructura de personalidad borderline y trastorno narcisista pero en pleno uso de sus facultades mentales y, desde un punto de vista m&#233;dico, capacitado para comprender perfectamente el significado de sus acciones y para actuar libremente eligiendo sus propias pautas de comportamiento.

Y de esta manera el tribunal, despu&#233;s de tres meses de un juicio seguido incansablemente por la prensa y las televisiones, consider&#243; a Scianatico en pleno uso de sus facultades mentales y lo conden&#243; a diecis&#233;is a&#241;os de c&#225;rcel, modificando la acusaci&#243;n de homicidio voluntario para convertirla en homicidio preterintencional. El concepto significa, en lenguaje vulgar, que fue all&#237; para machacarla a golpes, pero no ten&#237;a intenci&#243;n de matarla.

T&#233;cnicamente una decisi&#243;n correcta, pero, en cuesti&#243;n de siete, ocho a&#241;os, aquel animal saldr&#237;a en libertad condicional, fue lo primero que pens&#233; cuando le&#237; la noticia en el peri&#243;dico. Eso siempre y cuando en el tribunal de segunda instancia no le hagan alg&#250;n otro descuento.

Pero en el tribunal de segunda instancia no le hicieron ning&#250;n otro descuento. En un caso tan llamativo y seguido tan de cerca por los medios, nadie quer&#237;a correr el riesgo de ser acusado de haber favorecido al hijo del presidente Scianatico.

En realidad, del ex presidente Scianatico. El viejo, inmediatamente despu&#233;s de los hechos, solicit&#243; la excedencia y despu&#233;s, sin haberse reincorporado jam&#225;s, se jubil&#243;.

Caldarola nunca termin&#243; el juicio en el cual nos hab&#237;amos constituido en parte civil. Unos cuantos meses despu&#233;s de los &#250;ltimos acontecimientos fue trasladado al tribunal de segunda instancia, de modo que, el juicio tuvo que volver a empezar con otro juez. Esta vez Dellissanti eligi&#243; una l&#237;nea defensiva m&#225;s blanda, se podr&#237;a decir. Con el juicio por homicidio en marcha, no ten&#237;an el menor inter&#233;s en que se llevara a cabo otra recapitulaci&#243;n, tal vez con gran repercusi&#243;n medi&#225;tica, de lo que Scianatico hab&#237;a hecho antes. No ten&#237;an inter&#233;s en hablar de palizas, de sexo violento, de atropellos, de persecuciones. De c&#243;mo hab&#237;a sido la vida de la v&#237;ctima del homicidio en los meses y en los a&#241;os que precedieron al hecho de convertirse en v&#237;ctima del homicidio. As&#237; que en la primera vista pidieron y obtuvieron un tranquilo acuerdo de seis meses de reclusi&#243;n.

Mi expediente disciplinario fue archivado. Entre otras cosas porque ah&#237; tampoco nadie ten&#237;a inter&#233;s en volver a discutir los porqu&#233;s y los c&#243;mos de un juicio que hab&#237;a tenido semejante ep&#237;logo. Yo tampoco. La resoluci&#243;n dec&#237;a en dos l&#237;neas que yo no hab&#237;a cometido ninguna infracci&#243;n disciplinaria, sino que me hab&#237;a limitado a interpretar con dureza, pero dentro de los l&#237;mites de la correcci&#243;n deontol&#243;gica, el cometido de representante de la parte civil.

Alessandra Mantovani se ha quedado en Palermo. Cuando el destino estaba a punto de finalizar, pidi&#243; y obtuvo el traslado definitivo. Ahora trabaja en la direcci&#243;n antimafia y de vez en cuando leo su nombre y veo su fotograf&#237;a -con un rostro cansado y endurecido- en alg&#250;n peri&#243;dico. Cada vez experimento una extra&#241;a punzada de tristeza. La misma que sent&#237; cuando me dijo que se iba.


En cambio, Claudia se ha quedado en Bari. Sigue dirigiendo la casa-refugio, pero ha dejado de hacerse llamar monja. No es que en determinado momento haya ofrecido una rueda de prensa o haya puesto carteles anunciando a todo el mundo que no es monja.

Simplemente, cuando llega una nueva chica a la comunidad, se presenta con su nombre y nada m&#225;s. Cuando alguien que la conoc&#237;a de antes la llama sor, ella dice que es suficiente con su nombre. Es decir, Claudia.

Que tampoco es el que figura en su documentaci&#243;n, pero eso tiene poca o ninguna importancia. Su verdadero nombre es Claudia. El nombre de sus documentos se lo pusieron sus padres naturales. (Cualquier cosa que signifique la palabra natural para un padre que le hace eso a su hija de ni&#241;a. Y para una madre que se lo deja hacer, fingiendo no ver, no sentir.

Su verdadera madre, su familia, hab&#237;a sido aquella monja del Instituto.



12

Cuando le dije a Margherita que quer&#237;a probar a lanzarme en paraca&#237;das, ella me mir&#243; un buen rato sin decir nada. &#191;Quer&#237;a demostrar que era capaz de sorprenderla? Pues lo hab&#237;a conseguido, dijo cuando encontr&#243; las palabras.

Unos cuantos d&#237;as despu&#233;s empec&#233; el cursillo.

En el transcurso de aquellas semanas experiment&#233; una sensaci&#243;n extra&#241;&#237;sima y desconocida, que era una mezcla de n&#237;tido temor y de inquietante serenidad. Un sentido de lo inevitable y una misteriosa dignidad.

La v&#237;spera del primer salto no dorm&#237; ni un minuto. L&#243;gicamente.

Pero me pas&#233; todo el rato en la cama, absolutamente despierto, pensando y recordando muchas cosas. La m&#225;s viva de todas, aquel juego terrible de ni&#241;os en la cornisa muchos a&#241;os atr&#225;s.

De vez en cuando me llegaba una oleada de pur&#237;simo miedo. La dejaba que fluyera y me atravesara todo el cuerpo cual si fuera una corriente f&#237;sica de energ&#237;a. Y de esta manera se me pasaba. Algunas veces era m&#225;s fuerte y m&#225;s prolongada. Alguna vez pensaba que al d&#237;a siguiente ya estar&#237;a muerto. Otras veces pensaba que en el &#250;ltimo momento me echar&#237;a atr&#225;s. Pero tambi&#233;n se me pasaba.

Si Margherita se dio cuenta de que me hab&#237;a pasado la noche en vela, no me lo dijo a la ma&#241;ana siguiente.

Y yo, curiosamente, no me sent&#237;a cansado. Al contrario, ten&#237;a los brazos y las piernas sueltos y la mente limpia y despejada. No pensaba en nada.


El rugido ensordecedor del aparato se redujo hasta convertirse en una especie de borboteo de fondo. Fuerte pero ordenado en la penumbra de la carlinga. El piloto hab&#237;a reducido la velocidad al m&#237;nimo y casi parec&#237;a que el avi&#243;n estuviera detenido en suspenso entre el cielo y la tierra.

Los que ten&#237;amos que lanzarnos &#233;ramos seis. Para m&#237; y otros tres era nuestro primer salto. Despu&#233;s se lanzar&#237;an el instructor y Margherita, que hab&#237;a pedido estar presente, pero s&#243;lo me lo hab&#237;a dicho aquella ma&#241;ana.

Cuando se abri&#243; la portezuela, entr&#243; viento y una luz inquietante.

Me sent&#237;a muy cerca del misterio de la vida y la muerte.

El instructor me dijo que me situara en el umbral, al trav&#233;s, tal como me hab&#237;an ense&#241;ado. Hice lo que me hab&#237;a dicho. Transcurrieron unos segundos y despu&#233;s &#233;l me hizo la se&#241;al para saltar. Mir&#233; abajo y me qued&#233; quieto. Quieto durante el tiempo infinito de una escena en c&#225;mara lenta, desgranada fotograma a fotograma. &#201;l me repiti&#243; la orden de saltar, pero yo no me mov&#237;. Todo estaba absurdamente inm&#243;vil.

En aquel momento Margherita se me acerc&#243; y me dijo algo al o&#237;do al tiempo que me apretaba el brazo. Sobre el trasfondo del rugido del aparato no entend&#237; las palabras, pero no hizo falta.

As&#237; que cerr&#233; los ojos y me solt&#233;.

Unos segundos y un siglo despu&#233;s o&#237; el fsss del paraca&#237;das principal que se abr&#237;a. Y el incre&#237;ble silencio del vac&#237;o, con el avi&#243;n ya lejos.

A&#250;n manten&#237;a los ojos cerrados cuando me percat&#233; de un ruido extra&#241;o y, sin embargo, familiar. Tard&#233; poco en comprender que era mi propia respiraci&#243;n, que emerg&#237;a de las profundidades del silencio, del vuelo, del miedo.

Segu&#237;a con los ojos cerrados cuando me o&#237; llamar por mi nombre. S&#243;lo entonces los abr&#237; y vi d&#243;nde estaba. Vi el mundo debajo de m&#237;, vi que estaba volando sin miedo. Y vi a Margherita treinta o cuarenta metros m&#225;s all&#225;, salud&#225;ndome con la mano.

Experiment&#233; una emoci&#243;n que no se puede explicar mientras yo tambi&#233;n levantaba la mano.

Mientras levantaba ambas manos, saludando como cuando era un ni&#241;o peque&#241;o y me sent&#237;a inmensamente feliz.



Gianrico Carofiglio



***








notes

[*]: #_ftnref1 La hilera de las chabolas se extiende m&#225;s all&#225; de la vuelta de la esquina / Bienvenidos al nuevo orden mundial / Familias durmiendo en el coche en el Sudoeste / Ni casa ni trabajo ni paz ni descanso.


[]: #_ftnref2 Agenzia Nazionale Stampa, la agencia de noticias italiana. (Nota de la T.)


[]: #_ftnref3 Estoy en la esquina / Estoy bajo los reflectores / Y ya no puedo m&#225;s / Procuro seguirte el ritmo / Y no s&#233; si voy a poder / Oh, no, ya he dicho demasiado / No he dicho suficiente

