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Paul Doherty


Alejandro Magno En La Casa DeLa Muerte


Traducci&#243;n de Alberto Coscarelli

T&#237;tulo original: The House of Death

Edici&#243;n original: 2001

Primera edici&#243;n: mayo de 2003


Para el capit&#225;n Frank y Phyllis McKenzie

de Arlington, Virginia

Amantes de Grecia


&#201;l llev&#243; a cabo m&#225;s asombrosas empresas que cualquiera de los reyes que vivieron antes que &#233;l y que cualquiera de los que siguieron tras &#233;l hasta nuestro propio tiempo.

Diodoro S&#237;culo, Biblioteca hist&#243;rica, libro 17, cap&#237;tulo 117



PERSONAJES HIST&#211;RICOS MENCIONADOS EN ELTEXTO

La Casa de Macedonia

FILIPO Rey de Macedonia hasta su asesinato en el a&#241;o 336 a.C. Padre de Alejandro.

OLIMPIA DE MOLOSSUS (Nacida en Mirtale). Esposa de Filipo, madre de Alejandro. Corregente de Macedonia durante la conquista de Persia por Alejandro.

ALEJANDRO Hijo de Filipo y Olimpia.

EUR&#205;DICE Esposa de Filipo despu&#233;s de que &#233;l se divorciara de Olimpia. Era sobrina del general favorito del rey, Attalo. Eur&#237;dice, su beb&#233; y Attalo fueron ejecutados despu&#233;s de la muerte de Filipo.

ARRIDEO Hijo de Filipo y una de sus concubinas, envenenado por Olimpia. Sobrevivi&#243;, pero discapacitado ps&#237;quico durante el resto de su vida.


La corte de Macedonia

CLEITO EL NEGRO Hermano del ama de cr&#237;a de Alejandro. Guardaespaldas personal de Alejandro. HEFESTI&#211;N Compa&#241;ero inseparable de Alejandro.

ARISTANDRO Nigromante de la corte y consejero de Alejandro.

ARIST&#211;TELES Tutor de Alejandro en los olivares de Mieza; fil&#243;sofo griego.

S&#211;CRATES Fil&#243;sofo ateniense. Acusado de impiedad, fue obligado a beber veneno.

PAUSANIAS Asesino de Filipo de Macedonia.


Los generales de Alejandro

PARMENIO, PTOLOMEO, SELEUCO, AMINTAS, ANT&#205;PATRO (nombrado corregente en Macedonia) y NEARCO.


La corte de Persia

DAR&#205;O III Rey de Reyes.

ARSITES S&#225;trapa de Frigia. Comandante en jefe del ej&#233;rcito persa en el r&#237;o Gr&#225;nico.

MITR&#205;DATES Y NIFRATES Comandantes persas.

MEMN&#211;N DE RODAS Un mercenario griego al servicio de Persia, uno de los pocos generales que derrot&#243; a las tropas macedonias.

CIRO Y JERJES Antiguos grandes emperadores persas.


Los escritores

ESQUILO, ARIST&#211;FANES, EUR&#205;PIDES Y S&#211;FOCLES. Dramaturgos griegos.

HOMERO Celeb&#233;rrimo autor de la Il&#237;ada y la Odisea. 

DEM&#211;STENES Demagogo griego, ardiente opositor de Alejandro.

HIP&#211;CRATES DE COS M&#233;dico y escritor griego, considerado el padre de la medicina.


La mitolog&#237;a griega 

ZEUS Dios supremo. HERA Su esposa.

APOLO Dios del Sol.

ARTEMISA Diosa de la Caza.

ATENEA Diosa de la Guerra.

H&#201;RCULES Semidi&#243;s. Uno de los famosos antepasados de Alejandro.

ESCULAPIO Semidi&#243;s. Un gran sanador.

EDIPO Tr&#225;gico h&#233;roe y rey de Tebas.

DIONISIO Dios del vino.

ENYALIOS Antiguo dios de la Guerra macedonio.


La guerra de Troya 

PR&#205;AMO Rey de Troya.

H&#201;CTOR Hijo de Pr&#237;amo y gran general troyano.

PAR&#205;S Hermano de H&#233;ctor que provoc&#243; la guerra de Troya al secuestrar a la bella Helena.

AGAMEN&#211;N L&#237;der de los griegos en la guerra de Troya.

AQUILES H&#233;roe griego y guerrero en la guerra de Troya que mat&#243; a H&#233;ctor. Muri&#243; al ser alcanzado por una flecha disparada por Paris. Alejandro lo consideraba un antepasado directo.

PATROCLO Amante de Aquiles; su muerte en la guerra de Troya caus&#243; la furia asesina de Aquiles.

U LISES Rey de &#205;taca; luch&#243; contra Troya y su viaje de regreso se convirti&#243; en el tema del poema hom&#233;rico.

AYAX Comandante griego en la guerra de Troya; su violaci&#243;n de la sacerdotisa y profetisa Casandra lo llev&#243; a la muerte.




PREFACIO

En el a&#241;o 336 A.C, Filipo de Macedonia muri&#243; bruscamente en su momento de m&#225;xima gloria, asesinado por un antiguo amante cuando iba a recibir las aclamaciones de los Estados clientes. Grecia y Persia se complacieron con ello; hab&#237;a que frenar la creciente supremac&#237;a de Macedonia. El dedo de la sospecha por el asesinato de Filipo se&#241;al&#243; directamente a su artera esposa -Olimpia, la Reina Bruja- y a su &#250;nico hijo, el joven Alejandro, a quien Dem&#243;stenes de Atenas despreci&#243; por mocoso. Los enemigos de Macedonia se ilusionaban con la perspectiva de una guerra civil que destruir&#237;a a Alejandro y a su madre y acabar&#237;a con cualquier amenaza a los Estados griegos y con la expansi&#243;n delimperio persa de Dar&#237;o III. Alejandro no tardar&#237;a en desenga&#241;ar a todos. Alejandro, que result&#243; un actor Consumado, un astuto pol&#237;tico, un despiadado guerrero y un brillante general, en el plazo de dos a&#241;os aplast&#243; cualquier oposici&#243;n en su reino, venci&#243; a las tribus salvajes del norte y se autoproclam&#243; capit&#225;n general de Grecia. Ser&#237;a el l&#237;der de una nueva cruzada contra Persia, un justo castigo por los ataques a Grecia por parte de Ciro el Grande y sus sucesores un siglo antes.

Alejandro demostr&#243;, con la total destrucci&#243;n de la gran ciudad de Tebas, el hogar de Edipo, que no tolerar&#237;a ninguna oposici&#243;n. Luego se volvi&#243; hacia el este. Asumi&#243; la misi&#243;n de vengar las afrentas sufridas por los griegos. En secreto, Alejandro deseaba satisfacer sus ansias de conquista, de marchar hasta el fin del mundo, de demostrar que era m&#225;s hombre que Filipo, de ganar el favor divino y, tambi&#233;n, de confirmar los susurros de su madre: que su concepci&#243;n se deb&#237;a a la intervenci&#243;n divina.

En la primavera del a&#241;o 334 A.C, Alejandro reuni&#243; a su ej&#233;rcito en Sestos mientras, al otro lado del Helesponto, Dar&#237;o III, su siniestro jefe de esp&#237;as Mitra y sus generales planeaban la destrucci&#243;n total de este advenedizo macedonio. Alejandro, sin embargo, estaba dispuesto a una guerra total, a llevar a sus tropas a trav&#233;s del Helesponto, a conquistar Persia y a marchar hasta el fin del mundo.



PR&#211;LOGO I

Dar&#237;o se convirti&#243; en rey antes de la muerte de Filipo [] pero cuando Filipo muri&#243;, Dar&#237;o se libr&#243; de su ansiedad y despreci&#243; la juventud de Alejandro.

Diodoro S&#237;culo, Biblioteca hist&#243;rica, libro 17, cap&#237;tulo 7



Anta&#241;o hab&#237;a sido una solitaria llanura, envuelta en silencio, limitada por las monta&#241;as y cubierta de campos de hierba y &#225;lamos brumosos. Un lugar donde en verano se agitaban los remolinos de polvo, la guarida de los gatos monteses y los lobos salvajes. Ciro el Grande hab&#237;a cambiado todo esto. Lo hab&#237;a convertido en el santuario del Fuego Sagrado, el Tesoro del Cielo, el Santuario y la Gloria de Ahura-Mazda, el dios de la luz, el Se&#241;or de la Llama Oculta, del Disco Solar, el Ojo Omnipotente que cabalgaba en las alas de las &#225;guilas. Pers&#233;polis, la casa del representante de dios en la tierra, Dar&#237;o III; Rey de Reyes, Se&#241;or de Se&#241;ores, propietario de la vida de los hombres. Pers&#233;polis, una ciudad dispuesta como el centro de una inmensa rueda, el centro del imperio, se levantaba sobre terrazas artificiales generosamente ba&#241;adas entre la monta&#241;a de la Misericordia y el r&#237;o Araxes [Aras]. Los muros de adobe de los palacios ten&#237;an una altura de m&#225;s de seis metros y estaban recubiertos con oro. Las galer&#237;as y los p&#243;rticos se vanagloriaban de sus columnas de m&#225;rmol y las vigas de maderas preciosas para soportar los techos de cedro del L&#237;bano.

En el coraz&#243;n del palacio real, rodeada por tres enormes muros y defendida por puertas revestidas con planchas de bronces y flanqueadas por m&#225;stiles, estaba la Apanda, la Casa de la Adoraci&#243;n en la Sala de las Columnas. El m&#225;s sagrado entre los sagrados era vigilado por los inmortales, la guardia personal del Rey de Reyes, vestidos con corazas tachonadas en bronce sobre faldas de tela roja y polainas a rayas: se cubr&#237;an la cabeza con gorros que ten&#237;an unos largos protectores faciales; &#233;stos se pod&#237;an anudar sobre la boca y la nariz para proteger al usuario cuando marchaba y se tragaba el polvo del Se&#241;or de Se&#241;ores. Los inmortales permanec&#237;an en silencioso despliegue en los p&#243;rticos, a lo largo de las columnatas, en los patios y los jardines. Inm&#243;viles como estatuas, sosten&#237;an en sus manos las rodelas y las largas lanzas, vali&#233;ndoles como contrapeso las manzanas doradas que hab&#237;an dado origen a su apodo: los imperiales portadores de manzanas.

Hab&#237;a anochecido. La corte persa, los oficiales y los chambelanes, el portador del abanico y el matamoscas imperial, los medos y los magos, todos sab&#237;an que, esta noche, su Se&#241;or de Se&#241;ores mostrar&#237;a su rostro: hab&#237;a accedido a conceder una audiencia a su favorito, el renegado griego, el general Memn&#243;n de Rodas. Hab&#237;an estado murmurando al respecto durante todo el d&#237;a. Se hab&#237;an congregado en las salas para saborear la noticia. Algunos m&#225;s precavidos de la legi&#243;n de esp&#237;as de su amo se reunieron en los perfumados huertos de los f&#233;rtiles para&#237;sos, los elegantes jardines donde cada flor y cada planta del imperio crec&#237;an en la ub&#233;rrima tierra negra importada especialmente desde Cana&#225;n. Todos y cada uno de los que susurraban coincid&#237;an en una cosa: el Rey de Reyes estaba preocupado. Una sombra oscura hab&#237;a aparecido en los confines de su imperio. La noticia estaba en boca de todos: &#161;ven&#237;a Alejandro de Macedonia! Alejandro, hijo de Filipo el Tirano y Olimpia la Reina Bruja. Alejandro, a quien Dem&#243;stenes de Atenas hab&#237;a despreciado por ser un mozalbete, un ni&#241;ato. Alejandro parec&#237;a contar con todo el apoyo del mundo subterr&#225;neo. Se hab&#237;a abierto paso hasta la cumbre, hab&#237;a aplastado a los conspiradores, hab&#237;a crucificado a los rebeldes y hab&#237;a extendido su dominio sobre aquellas tribus salvajes que Dar&#237;o hab&#237;a sobornado generosamente para que asaltaran las fronteras de Macedonia. Ahora estos mismos b&#225;rbaros hab&#237;an agachado la cabeza, hab&#237;an aceptado el pan y la sal, y hab&#237;an hecho grandes y solemnes juramentos de lealtad a Alejandro de Macedonia. Todo el mundo le hab&#237;a dado por muerto en los sombr&#237;os y helados bosques de Tesalia, pero hab&#237;a vuelto como un lobo hambriento para destrozar a sus enemigos. Atenas hab&#237;a sido aplastada. Sus principales ciudadanos, a quienes el Rey de Reyes hab&#237;a sostenido con daraicas de oro, se escond&#237;an en lugares desiertos o se refugiaban como perros apaleados en cualquier aldea que aceptara acogerlos. Incluso Tebas, la ciudad de Edipo, no era m&#225;s que una ruina devastada, un lugar sangriento donde cazaban los carro&#241;eros y las nubes de moscas negras zumbaban alrededor de los cad&#225;veres insepultos.

Ahora Alejandro de Macedonia hab&#237;a dirigido su mirada al este. Capit&#225;n general de Grecia, hab&#237;a hecho sagrados juramentos de librar una guerra eterna, con el fuego y la espada, por mar y tierra, contra el Rey de Reyes. Los esp&#237;as ya hab&#237;an llegado a todo galope. Alejandro hab&#237;a dejado Pella y marchaba hacia el este. Alejandro estaba en el Helesponto y miraba hambriento a trav&#233;s de las r&#225;pidas y azules aguas a las glor&#237;as de Pers&#233;polis. Algunos dec&#237;an que marchaba a la cabeza de un gran ej&#233;rcito. Personas m&#225;s sensatas sosten&#237;an que no pod&#237;an ser m&#225;s de treinta o cuarenta mil hombres y, sin duda, el gran Rey de Reyes pod&#237;a derrotar a semejante chusma. Desde luego la armon&#237;a de Dar&#237;o estaba perturbada. Hab&#237;a intentado mantener a raya a Macedonia con oro, pero ahora el lobo olisqueaba delante de su puerta. Dar&#237;o hab&#237;a mandado a llamar a Memn&#243;n de Roda, convencido de que hac&#237;a falta un lobo para combatir a otro lobo. Memn&#243;n hab&#237;a sido reh&#233;n en la corte maced&#243;nica; hab&#237;a estudiado las almas de Filipo y su hijo; hab&#237;a visto como las falanges maced&#243;nicas, con sus escudos cortos y lanzas largas, destrozaban un ej&#233;rcito griego tras otro. Memn&#243;n hab&#237;a logrado escapar de Macedonia y ahora contaba con el favor del Rey de Reyes. Memn&#243;n lo sab&#237;a todo de aquellos lobos. Hab&#237;a luchado valerosamente contra Parmenio, el veterano general maced&#243;nico que hab&#237;a cruzado el Helesponto para establecer una cabeza de puente.

Sin embargo, en aquella noche particular, mientras aguardaba en la antec&#225;mara al pie de las escaleras que conduc&#237;an al Apanda, Memn&#243;n no se sent&#237;a especialmente favorecido. Esperaba con su sirviente mudo Diocles y su general de la caballer&#237;a, Lisias, y golpeaba el suelo nerviosamente con su sandalia como muestra de su impaciencia por la demora. El calor en la antec&#225;mara era agobiante, abarrotada como estaba por los portadores de manzanas, cortesanos y chambelanes, medos -no persas-, con sus brillantemente decoradas t&#250;nicas y pantalones bombachos, los rostros con una gruesa capa de cosm&#233;ticos y pendientes en los l&#243;bulos de las orejas. Ellos tambi&#233;n percib&#237;an la inquietud de este b&#225;rbaro y se mov&#237;an nerviosos, y el ruido de los tacones de sus botas era como un martilleo. Se deten&#237;an una y otra vez para mirar de soslayo y con profunda desconfianza a Memn&#243;n. No les gustaban los griegos, cualesquiera que fuesen, pero en especial Memn&#243;n, con su cabeza calva brillante de aceite, el rostro esculpido a cincel, curtido por los elementos, requemado por el sol, la nariz chata, quebrada, y un tanto torcida, los labios exang&#252;es y la mirada cruel.

Nunca conf&#237;es en un griego, dec&#237;a el proverbio persa. &#161;No hab&#237;a excepciones!

&#191;Cu&#225;nto tiempo m&#225;s? -pregunt&#243; Memn&#243;n en griego, con un tono de voz duro y discordante, que perturb&#243; a las aves canoras en sus jaulas de oro colgadas con cadenas de plata de las vigas de cedro.

Tened paciencia, mi se&#241;or.

El compa&#241;ero de Memn&#243;n, el pr&#237;ncipe persa Arsites, s&#225;trapa de Frigia occidental, sonri&#243; discretamente y se inclin&#243; al tiempo que levantaba una mano para taparse la boca como si estuviera rasc&#225;ndose su bien aceitada barba y bigote. Si hubieran permitido que Aristes se saliera con la suya, ya hubieran arrojado a Memn&#243;n, al est&#250;pido Diocles y al ladino Lisias al estanque de los cocodrilos; sin embargo, Memn&#243;n era el favorito. Hab&#237;a sido agasajado con grandes honores cuando lleg&#243; la noche anterior. Mientras lo escoltaban en su recorrido por las lujosas y perfumadas habitaciones del har&#233;n de Dar&#237;o, Memn&#243;n hab&#237;a sido anunciado como amigo del Rey de Reyes y saludado solemnemente por las mujeres de Dar&#237;o, que iban vestidas de sedas y telas magn&#237;ficas y brillaban como luci&#233;rnagas, con los cuellos, los tobillos y las mu&#241;ecas resplandecientes con preciosas joyas. Hab&#237;an hundido platos en sus sacos de oro y llenado el cofre que un eunuco hab&#237;a cargado junto a Memn&#243;n. El griego deb&#237;a llev&#225;rselo como muestra de la amistad y el placer del emperador. Memn&#243;n tambi&#233;n hab&#237;a contemplado el tesoro imperial, la Casa Roja, con las paredes y los techos de piedra color rojo sangre, donde decenas y decenas de miles de talentos de oro se amontonaban en ba&#250;les, cofres y cestos.

Arsites volvi&#243; su rostro cetrino y se sec&#243; elegantemente la gota de sudor ca&#237;da sobre el duro borde del cuello de su casaca. Dar&#237;o hab&#237;a sido demasiado generoso. El s&#225;trapa jug&#243; con la cadena de oro que llevaba alrededor del cuello. Se acerc&#243; a la pared como si le interesara el grabado de un cortesano meda que ol&#237;a una flor de loto. Arsites record&#243; las palabras de Dar&#237;o: Muestra a Memn&#243;n mi favor. Muestra a Memn&#243;n mi poder y, por encima de todo, mu&#233;strale mi terror. Arsites baj&#243; la cabeza. Hab&#237;a hecho las tres cosas. Hab&#237;a llevado a Memn&#243;n a los para&#237;sos, con sus fuentes y sus umbr&#237;as grutas, para disfrutar de la fresca sombra de los tamarindos, los sic&#243;moros y los terebintos, y saborear la fragancia de los huertos de pomelos, manzanos y cerezos. De pronto, sin previo aviso, hab&#237;a entrado en un jard&#237;n que se encontraba directamente debajo del Apanda, una larga extensi&#243;n de c&#233;sped, pero no bordeada por flores o hierbas arom&#225;ticas, sino por una hilera de cruces en las que Dar&#237;o crucificaba a aquellos que hab&#237;an provocado su ira. En esta ocasi&#243;n, una unidad de caballer&#237;a, culpables de cobard&#237;a y traici&#243;n; cada uno de los soldados hab&#237;a sido desnudado, castrado y despu&#233;s crucificado en los maderos. Unos pocos hab&#237;an muerto inmediatamente; otros agonizar&#237;an durante d&#237;as. &#161;Oh s&#237;, Memn&#243;n hab&#237;a visto el terror!

Arsites se acerc&#243; a la ventana. Hab&#237;an encendido linternas y faroles en los jardines. Disfrut&#243; con el perfume de las flores en la brisa vespertina, pero en el fondo era un soldado. Permanec&#237;a con sus cinco sentidos atentos, hasta que finalmente capt&#243; el olor acre de la sangre y los d&#233;biles gemidos de aquellos que a&#250;n estaban vivos.

&#191;El Gran Rey escuchar&#225; mi plan?

Arsites suspir&#243;; mir&#243; r&#225;pidamente a uno de los chambelanes y apenas sacudi&#243; la cabeza para advertirle secretamente que no reprochara a Memn&#243;n. Despu&#233;s de todo, el rodio era un b&#225;rbaro. No conoc&#237;a el protocolo y la etiqueta de la corte del Divino: que se deb&#237;a respetar el silencio para que uno pudiera preparar el coraz&#243;n y el esp&#237;ritu para el gran favor del que pronto ser&#237;a objeto.

No s&#233; lo que hay en la mente de mi se&#241;or -replic&#243; Arsites, que se apart&#243; de la ventana-. Sin embargo, cuando abra su coraz&#243;n a nosotros, ver&#225;s su sabidur&#237;a -al decir esto, la mirada de Arsites se fij&#243; en Lisias-. &#161;Y su justicia!

Memn&#243;n sinti&#243; el pinchazo de la inquietud. Hab&#237;a estado de campa&#241;a, ocupado en reunir tropas, en contratar mercenarios. Lo hab&#237;a hecho bien: ten&#237;a a miles de hoplitas dispuestos a empu&#241;ar las armas; veteranos de mil y una guerras, una horda guerrera bien entrenada Sin embargo, algo fallaba. Si s&#243;lo pudiera actuar por su cuenta Pero, all&#237; donde iba, los esp&#237;as del Rey de Reyes le segu&#237;an. Memn&#243;n hab&#237;a escuchado los rumores y las habladur&#237;as. Sus oficiales persas sosten&#237;an que los traidores acechaban en el campamento griego. Memn&#243;n se negaba a creerlo. Ahora, sin embargo, mientras esperaba en esta c&#225;mara sombr&#237;a, rodeado por guardias silenciosos y cortesanos de mirada aviesa, se preguntaba si hab&#237;a algo que no iba bien. Memn&#243;n sab&#237;a que no era querido. Contaba con el favor de Dar&#237;o por dos razones. Primero, hab&#237;a demostrado su lealtad. Segundo, hab&#237;a derrotado a los macedonios. As&#237; y todo, &#161;el propio Dar&#237;o era un demonio! Vol&#225;til y a veces cruel hasta lo indecible, se hab&#237;a abierto paso hasta el trono imperial. Hab&#237;a matado a todos sus rivales y luego hab&#237;a hecho lo mismo con quienes le hab&#237;an ayudado: hab&#237;a cortado nances, arrancado ojos, amputado pies y manos. Dar&#237;o no hab&#237;a matado a todos. Hab&#237;a permitido que algunas de sus v&#237;ctimas deambularan como horribles fantasmas por el palacio: una advertencia para todos aquellos que quiz&#225; quisieran aspirar al trono dorado. Dar&#237;o pod&#237;a ser gentil y bondadoso, incluso generoso como el que m&#225;s, pero, para mantener controlado a este gran imperio, se embarcaba en s&#250;bitas org&#237;as de terror, como el rayo en el cielo de verano. &#161;Que los dioses se apiadaran de aquellos que Dar&#237;o hab&#237;a se&#241;alado para la destrucci&#243;n!

&#161;&#201;l espera!

La voz de un chambel&#225;n reson&#243; en la habitaci&#243;n. Memn&#243;n inspir&#243; profundamente y se sec&#243; las manos sudorosas en la t&#250;nica blanca, el vestido obligatorio para la ocasi&#243;n. Arsites camin&#243; a su lado y los chambelanes detr&#225;s. Los inmortales se volvieron formando una silenciosa fila a cada lado mientras sub&#237;an las empinadas escaleras que conduc&#237;an a la sala de audiencias. Memn&#243;n ten&#237;a la sensaci&#243;n de estar subiendo al Olimpo, la monta&#241;a sagrada, para ir a la corte de los dioses. Centenares de antorchas, sujetas a los muros, chisporroteaban y bailaban con la corriente de aire y daban vida a los impresionantes frisos que adornaban las paredes. Las pinturas mostraban a Dar&#237;o y sus antepasados en victoriosas batallas contra los enemigos extranjeros; aparec&#237;an incluso los demonios del mundo subterr&#225;neo, sobre todo el grifo de cabeza de le&#243;n y la salvaje esfinge. Memn&#243;n resbal&#243; y maldijo en voz baja. Oli&#243; las flores de loto que cubr&#237;an los escalones sagrados. Mir&#243; a su izquierda. El rostro de Diocles estaba sudoroso y el mudo mir&#243; r&#225;pidamente a su amo con la mirada furtiva de una gacela acorralada. Memn&#243;n mostr&#243; una sonrisa forzada. Ten&#237;a dos grandes amores: su esposa Barsine y este sirviente que dar&#237;a la vida por &#233;l. Memn&#243;n estir&#243; la mano y toc&#243; suavemente la mu&#241;eca de Diocles, un gesto para que &#233;ste mantuviera la calma. Lisias, a su derecha, manten&#237;a la cabeza, sin demostrar la menor emoci&#243;n y limit&#225;ndose, de vez en cuando, a rascarse la bien recortada barba blanca o, m&#225;s subrepticiamente, a enjugarse una gota de sudor de la frente.

Nos aguarda una gran gloria -susurr&#243; Memn&#243;n-. &#161;No mostr&#233;is vuestro temor!

Llegaron a lo alto de las escaleras. Se abrieron las puertas forradas con placas de bronce y Memn&#243;n entr&#243; en la sala de audiencia, que resplandec&#237;a por la luz. Record&#243; el protocolo. En el suelo de m&#225;rmol, casi tocando el umbral, comenzaba una ancha alfombra color rojo sangre que conduc&#237;a hasta el hogar donde se alzaba la llama sagrada de su base de troncos. &#201;ste era el fuego sagrado de Ahura-Mazda, el dios de los persas. Lo atend&#237;an los sacerdotes y hab&#237;a de arder continuamente durante la vida del rey: no se extinguir&#237;a hasta su muerte. La alfombra era sagrada y s&#243;lo pod&#237;a pisarla Dar&#237;o. Memn&#243;n y su grupo se arrodillaron a un lado. M&#225;s all&#225;, pasado el fuego sagrado, debajo de un estandarte plata y rojo con el emblema del ala de &#225;guila y el disco solar, se encontraba Dar&#237;o sentado en su trono de oro. Beb&#237;a agua hervida, com&#237;a tortas de cebada y tomaba vino de una copa de oro con forma de huevo, vigilado por los ministros y miembros de su familia. El recinto real estaba ahora cerrado por un grueso velo blanco; delante hab&#237;a tres filas de inmortales en uniforme de combate. Memn&#243;n esper&#243;. Centenares de cestos de flores colocados junto a las paredes perfumaban el aire. Desde uno de los pasillos que desembocaban en la sala, llegaban los suaves acordes de las melod&#237;as interpretadas por los m&#250;sicos de la corte.

&#161;Agachad las cabezas! -tron&#243; la voz de un chambel&#225;n-. &#161;Mirad ahora! &#161;Dar&#237;o, Rey de Reyes, Se&#241;or de Se&#241;ores, amado de Ahura-Mazda el poseedor de los cuellos de los hombres!

Memn&#243;n levant&#243; la mirada. Los inmortales hab&#237;an desaparecido. El velo de gasa blanca hab&#237;a sido descorrido. Dar&#237;o estaba sentado en su trono de oro, con la vara blanca del cargo en una mano y en la otra el matamoscas con el mango cubierto de joyas. Vest&#237;a t&#250;nicas de plata y p&#250;rpura debajo de una pesada capa bordada con hilos de oro; sus tobillos y la garganta resplandec&#237;an con las gemas que reflejaban la luz de la llama sagrada. Un sombrero alto rojo y sin alas cubr&#237;a la cabeza del rey, y sus pies, que descansaban en un reposapi&#233;s de plata, estaban calzados con sandalias acolchadas de sat&#233;n rojo.

&#161;Adoradle! -orden&#243; el chambel&#225;n detr&#225;s de Memn&#243;n.

Memn&#243;n agach&#243; la cabeza. El tiempo pas&#243; lentamente. Ces&#243; la m&#250;sica y Memn&#243;n escuch&#243; el suave rumor de las zapatillas. Desde el para&#237;so que hab&#237;a debajo, lleg&#243; un grito de agon&#237;a como el de un animal atrapado entre las zarzas.

&#161;Pod&#233;is acercaros!

Memn&#243;n exhal&#243; un suspiro y se puso de pie. Dar&#237;o hab&#237;a ahora prescindido de la ceremonia. Ya no sosten&#237;a la vara blanca y el matamoscas. Le hab&#237;an quitado la capa bordada. Ahora estaba sentado en un div&#225;n de cojines casi junto a la llama sagrada. Precedidos por Arsites, Memn&#243;n y sus dos compa&#241;eros se acercaron, presentaron sus respetos y se sentaron en los cojines que les indicaron. Una peque&#241;a mesa los separaba del rey. En la mesa, hab&#237;a tres copas de vino y platos con frutas y trozos de ganso asado. Memn&#243;n ten&#237;a la garganta seca, pero, de acuerdo con la etiqueta de la carne, no probar&#237;a nada hasta que Dar&#237;o diera la se&#241;al. La sala parec&#237;a vac&#237;a; los inmortales permanec&#237;an en las sombras, en los huecos de las ventanas y en los largos pasillos, preparados para actuar a la menor se&#241;al de peligro para su amo.

Amigo m&#237;o -dijo Dar&#237;o con su voz profunda y sonora-, puedes mirar mi rostro.

Memn&#243;n as&#237; lo hizo. Dar&#237;o parec&#237;a sereno: su cabello ensortijado negro, el bigote y la barba estaban empapados del m&#225;s exquisito perfume; su piel morena reluc&#237;a con el aceite facial. El rodio suspir&#243; aliviado. Hab&#237;a ocasiones en las que los ojos de Dar&#237;o eran dos rajas de obsidiana, pero ahora brillaban en una cordial bienvenida.

&#161;Mi halc&#243;n, mi gavil&#225;n, mi le&#243;n de Rodas! -exclam&#243; sonriente Dar&#237;o-. Puede que no gustes a mis cortesanos, Memn&#243;n, pero yo te quiero como a un hermano -a&#241;adi&#243; Dar&#237;o alargando su sonrisa y pensando que &#233;ste era el griego que defender&#237;a su imperio, que rechazar&#237;a al b&#225;rbaro macedonio.

Mi se&#241;or, &#191;por qu&#233; estoy aqu&#237;? -pregunt&#243; Memn&#243;n en la lengua de su amo.

Para mirar mi rostro. Para ver la vida. Para recibir honores -proclam&#243; Dar&#237;o antes de hacer una pausa-. Y mi justicia.

Memn&#243;n contuvo entonces el aliento. Dar&#237;o levant&#243; una mano.

As&#237; que viene -apunt&#243; mirando fijamente a Memn&#243;n-. Alejandro de Macedonia cruzar&#225; el Helesponto. &#191;Cu&#225;ntos hombres traer&#225;?

Algunos dicen que no son m&#225;s que treinta mil; otros, cuarenta mil.

Dar&#237;o mir&#243; a Arsites.

Podr&#237;as aplastarlo como a una mosca.

Mi se&#241;or -interrumpi&#243; Memn&#243;n-. He visto a la falange macedonia. Piensa en un muro en movimiento, en un bloque o una cu&#241;a. Los escudos enlazados, las largas sarisas bajadas.

Tenemos la caballer&#237;a -se&#241;al&#243; Arsites.

Acabar&#225;n ensartados en las lanzas macedonias -replic&#243; Memn&#243;n.

&#191;Por qu&#233;? -pregunt&#243; Dar&#237;o cogiendo una uva y sosteni&#233;ndola entre el pulgar y el &#237;ndice-. &#191;Por qu&#233; no podemos coger y comernos un ej&#233;rcito tan peque&#241;o?

Memn&#243;n cerr&#243; los ojos. Pens&#243; en los macedonios: una resistente y recia pared asesina en movimiento, que apuntaba al centro mientras su caballer&#237;a se lanzaba sobre los flancos enemigos como el fuego celestial. Abri&#243; los ojos.

Mi se&#241;or, ten&#233;is que verlo para creerlo. Tiene poder, astucia y una ferocidad salvaje. Poco les importa el n&#250;mero. Les interesa la astucia, la velocidad, el poder y la fuerza. Alejandro se ha comprometido con la guerra total. &#191;Hab&#233;is escuchado los rumores, mi se&#241;or?

Dar&#237;o sacudi&#243; la cabeza.

Alejandro no tiene dinero. Ha dado todas sus tierras. Uno de sus generales le pregunt&#243; qu&#233; le quedaba. Alejandro le respondi&#243;: Mis sue&#241;os -apunt&#243; Memn&#243;n, sin poder reprimir la sonrisa al pensar en el coraje de su joven y pr&#243;ximo oponente.

&#191;Y? -pregunt&#243; Dar&#237;o en voz baja.

&#191;Qu&#233; hay del futuro?, quiso saber el mismo general. Alejandro contest&#243;: Mis esperanzas.

&#191;Cu&#225;ntos a&#241;os tiene?

Memn&#243;n extendi&#243; las manos con todos los dedos separados.

Veinte, veinti&#250;n veranos.

&#191; Qu&#233; aspecto tiene este mosquito macedonio que quiere picar mi reino?

Memn&#243;n acudi&#243; a sus propios recuerdos y los informes de sus esp&#237;as.

Es un hombre peque&#241;o que parece alto -respondi&#243; con voz pausada-. Alejandro es fornido, con el cuerpo de un atleta. Camina con una leve cojera.

&#191;Sus cabellos?

Memn&#243;n se toc&#243; la calva y sonri&#243;.

Algunos dicen que son rubios, del color del trigo, rizados en la nuca y sobre la frente. Los aduladores dicen que tiene la piel dorada. Su rostro es agradable y bien proporcionado. No tiene la nariz respingona de su padre, aunque s&#237; ha heredado su boca risue&#241;a.

&#191;Los ojos?

Memn&#243;n observ&#243; al monarca.

Siempre se mencionan sus ojos, mi se&#241;or; son de diferente color, uno azul, el otro casta&#241;o. Alejandro posee todas las habilidades de un actor: una mirada dulce, casi femenina dicen, sonriente y burlona, pero, cuando es necesario, dura como el hierro, tan firme como el m&#225;s fr&#237;o de los m&#225;rmoles. Tiende a mantener -Memn&#243;n imit&#243; el gesto- la cabeza,baja, la barbilla casi toc&#225;ndole el pecho. Algunas veces mueve la cabeza ligeramente a un lado. Cuando habla contigo, Alejandro te trata como si fueras la &#250;nica persona que importa.

Impresionante -murmur&#243; Dar&#237;o-. &#191;Qu&#233; otras cualidades tiene este supuesto mozalbete?

Es generoso, valiente, Un soberbio jinete. Le interesan todas las cosas, ya sean plantas

&#191;O los escritos de Arist&#243;teles?

Arist&#243;teles era su tutor -admiti&#243; Memn&#243;n-. Alejandro y sus compa&#241;eros fueron educados por el afectado ateniense en los huertos de Mieza.

&#161; Ah! -exclam&#243; Dar&#237;o balance&#225;ndose en los cojines con una mirada distante en sus ojos-. &#191;C&#243;mo est&#225; la se&#241;ora Barsine?

Tan hermosa como la noche, mi se&#241;or.

Memn&#243;n sinti&#243; la punzada del miedo. Dar&#237;o a&#250;n no le hab&#237;a invitado a comer y beber. Arsites parec&#237;a tenso, con la cabeza gacha, y no dejaba de acariciarse la muy aceitada barba como si estuviese escuchando atentamente o distra&#237;do por alguna otra cosa.

&#191;Y c&#243;mo general? -pregunt&#243; Dar&#237;o endureciendo su tono de voz-. &#191;Qu&#233; tal este Alejandro?

Tiene mercenarios, escuadrones de caballer&#237;a ligera tesalios, aunque no son m&#225;s que paja en el viento comparados con sus propias tropas.

Tambi&#233;n Memn&#243;n estaba distra&#237;do. En su mente ve&#237;a las apretadas filas de la falange macedonia: las largas sarisas que bajaban, el estruendo de miles de pies calzados con recias sandalias, los peanes de batalla, el trueno de la caballer&#237;a

Si ellos son la paja -replic&#243; Dar&#237;o, burl&#243;n-, &#191;cu&#225;l es la planta?

Es m&#225;s, toda una cosecha -susurr&#243; Memn&#243;n-. Un campo de trigo en movimiento, mi se&#241;or; pero sus tallos son madera y hierro. &#191;Os lo pod&#233;is imaginar? -pregunt&#243; Memn&#243;n levantando una mano-. Golpean a sus oponentes en el flanco o incluso de frente. La sarisa tiene unos doce codos. Puede clavar y atravesar antes de que el enemigo llegue al cuerpo a cuerpo.

Puedes utilizar a los arqueros -le interrumpi&#243; entonces Arsites.

La falange se mueve demasiado r&#225;pido; puede formar un muro de escudos.

Podemos tumbarlos -afirm&#243; Arsites.

Desde el para&#237;so de abajo, lleg&#243; el canto de un ruise&#241;or, con sus notas claras, l&#250;cidas, un sonido incongruente en este sal&#243;n helado, con su silenciosa y l&#250;gubre atm&#243;sfera amenazante.

Los lanceros de Macedonia nacen y crecen como guerreros -declar&#243; Memn&#243;n-. No s&#243;lo hay que temer el poder de sus brazos, sino tambi&#233;n su velocidad, su fuerza y su confianza.

Ens&#233;&#241;ame sus t&#225;cticas -orden&#243; Dar&#237;o se&#241;alando las peque&#241;as barritas de incienso que hab&#237;a sobre la mesa.

Memn&#243;n las dispuso en paralelo sobre la mesa.

Este es el enemigo, mi se&#241;or -dijo sonriendo, como si quisiera disculparse-. &#191;Quiz&#225; deba decir nuestros oponentes macedonios? La infanter&#237;a marcha en el centro y la caballer&#237;a en las alas &#191;Lo veis? El peligro planteado por los macedonios tiene tres vertientes. La primera, la caballer&#237;a al mando de Alejandro. &#201;l estar&#225; en el ala derecha. La segunda, en el centro, donde se disponen las brigadas de infanter&#237;a divididas en dos: los escuderos y la infanter&#237;a ligera, tan r&#225;pida como letal

&#191;La tercera la representan los lanceros? -interrumpi&#243; Dar&#237;o.

Las t&#225;cticas de Alejandro se basan en la rapidez y la movilidad -continu&#243; Memn&#243;n-. Concentrar&#225; el ataque sobre el ala enemiga que se despliegue para salirle al encuentro. Las brigadas se acercan, cortan la l&#237;nea enemiga y, despu&#233;s, s&#243;lo les queda cerrar el cerco y matar.

&#161;Ah! -exclam&#243; Dar&#237;o-. &#191;As&#237; que rompe y divide; rodea y mata?

Es algo que requiere una gran fuerza de voluntad -admiti&#243; Memn&#243;n-. Mucha decisi&#243;n y un f&#233;rreo control. Hasta ahora siempre ha demostrado ser efectivo.

As&#237; pues, &#191;cu&#225;l es tu consejo? -pregunt&#243; Dar&#237;o.

Memn&#243;n hizo una inspiraci&#243;n muy profunda.

Nunca enfrentarse a &#233;l en combate.

&#191;Qu&#233;?

La exclamaci&#243;n de Arsites vino seguida de la de Dar&#237;o. Memn&#243;n vio por el rabillo del ojo unas sombras que se mov&#237;an, pero el emperador levant&#243; una mano en un gesto casi imperceptible.

Dejadle entrar -manifest&#243; Memn&#243;n-. Quemad las tierras, las cosechas, las ciudades. Atraedlo cada vez m&#225;s al laberinto. Esperad a que tenga hambre y sed, a que sus hombres est&#233;n desmoralizados.

&#191;Propones que quememos nuestras cosechas? -pregunt&#243; Arsites.

No, no, escucha -apunt&#243; Dar&#237;o haci&#233;ndole callar con un adem&#225;n-. Ese mozalbete macedonio, como le llama Dem&#243;stenes

Dem&#243;stenes puede que sea un gran orador, mi se&#241;or, pero cada vez que se ha enfrentado al macedonio en combate, ha tenido que huir.

Lo s&#233; -contest&#243; Dar&#237;o cogiendo una uva, meti&#233;ndosela en la boca y mastic&#225;ndola lentamente-. Has hablado de los puntos fuertes de Alejandro. &#191;Cu&#225;les son las debilidades?

Tendr&#225; que dejar Macedonia y Grecia -contest&#243; Memn&#243;n- gobernadas por la corregencia de Olimpia

&#161;Ah, esa perra enloquecida! -exclam&#243; Dar&#237;o.

 y el viejo general Ant&#237;patro.

&#161;Pero si se odian el uno al otro! -se&#241;al&#243; Arsites.

&#161;Precisamente! -replic&#243; Memn&#243;n. Dar&#237;o se llev&#243; una mano a la cara y se ech&#243; a re&#237;r. -Cuanto m&#225;s escucho hablar de Alejandro, m&#225;s me gusta. &#191;As&#237; que Ant&#237;patro y Olimpia se vigilar&#225;n mutuamente? -apunt&#243; mientras su rostro adoptaba una expresi&#243;n grave-. &#191;Qu&#233; otras debilidades tiene?

Tendr&#225; que dejar parte de sus tropas en casa -respondi&#243; Memn&#243;n apresuradamente-. Cuando cruce el Helesponto, Alejandro se encontrar&#225; aislado de su tierra. Su tesorer&#237;a est&#225; vac&#237;a y los griegos arden en resentimiento. Alejandro es capit&#225;n general, pero Atenas lo detesta. Nadie ha olvidado la destrucci&#243;n de Tebas. Grecia tiene dos ojos: uno, Atenas, est&#225; velado; el otro, Tebas, ha sido extinguido para siempre.

Dar&#237;o se mordi&#243; el labio inferior mientras escuchaba con mucha atenci&#243;n.

Por lo tanto, &#191;Alejandro tendr&#225; que vivir de la tierra? -pregunt&#243; Arsites.

Memn&#243;n se sinti&#243; m&#225;s confiado al ver la mirada calculadora en los ojos de Dar&#237;o; estaba explicando una estrategia que el Rey de Reyes comprend&#237;a.

&#191;Qu&#233; otras debilidades tiene este hombre? -insisti&#243; Dar&#237;o.

La reputaci&#243;n de un tirano sangriento: treinta mil tebanos fueron vendidos como esclavos

&#161;No! -le cort&#243; Dar&#237;o-. Debilidades como hombre.

Memn&#243;n desvi&#243; la mirada. Pod&#237;a mencionar la traici&#243;n. Sin embargo, eso era algo tan com&#250;n en Macedonia como lo era en Atenas y Pers&#233;polis.

Tiene dos debilidades -contest&#243; Memn&#243;n con voz pausada-. Primero, sus padres. Se odiaban el uno al otro. El propio Alejandro ha comentado que su madre le cobra un alquiler cada vez m&#225;s alto por los nueve meses que pas&#243; en su vientre. Olimpia se considera a ella misma como una m&#237;stica. No dejaba de provocar a Filipo con la historia de que Alejandro hab&#237;a sido concebido por un dios. Dicen que el propio Filipo lleg&#243; a espiarla durante la celebraci&#243;n de ciertos ritos misteriosos.

Fue as&#237; como perdi&#243; un ojo, &#191;no? -pregunt&#243; Dar&#237;o con un tono socarr&#243;n-. Me contaron la historia.

Filipo y Olimpia se detestaban -continu&#243; Memn&#243;n-. Lleg&#243; el momento en que se divorci&#243; de ella y se cas&#243; con la hija de uno de sus generales. Durante el banquete de boda, este general, Attalo, hizo un brindis. Por fin Macedonia tendr&#225; a un leg&#237;timo heredero, un verdadero macedonio. Alejandro, que sali&#243; en defensa de Olimpia, lo maldijo. Filipo, borracho como de costumbre, intent&#243; atacar a su hijo. Desenvain&#243; la daga, salt&#243; del div&#225;n, pero cay&#243; de bruces al suelo. Mirad, se burl&#243; Alejandro, aqu&#237; ten&#233;is al hombre que quiere cruzar de Europa a Asia cuando ni siquiera tiene la fuerza y la habilidad para pasar de un div&#225;n a otro.

&#191;Qu&#233; pas&#243; despu&#233;s? -quiso saber Dar&#237;o.

Alejandro march&#243; al exilio. Cuando regres&#243;, la nueva esposa de Filipo hab&#237;a dado a luz a un ni&#241;o.

&#191;Fue entonces cuando asesinaron a Filipo?

S&#237;, estaba celebrando una gran fiesta, un encuentro con todos los Estados griegos, cuando un antiguo amante, Pausanias, que hab&#237;a sido sodomizado por algunos de los amigos de Filipo, se abalanz&#243; sobre &#233;l y le clav&#243; una daga alada c&#233;ltica en el coraz&#243;n.

&#191;Mataron al tal Pausanias?

Intent&#243; escapar, pero tropez&#243; en unos matorrales. Los guardaespaldas de Filipo lo mataron. El cad&#225;ver fue crucificado.

&#191;Qu&#233; pas&#243; con el verdadero asesino? -pregunt&#243; Arsites.

Corrieron infinidad de rumores referentes a que Olimpia estaba detr&#225;s de Pausanias. Tambi&#233;n se insinu&#243; que el propio Alejandro conoc&#237;a el plan para el regicidio.

&#191;&#201;l proclam&#243; su inocencia? -pregunt&#243; Dar&#237;o.

Por supuesto, mi se&#241;or. Olimpia, sin embargo, coloc&#243; una corona de laureles en la cabeza, decapitada de Pausanias, quem&#243; el cad&#225;ver y desparram&#243; las cenizas sobre la tumba de Filipo.

&#191;Nadie avis&#243; a Filipo de lo que se tramaba?

Recibi&#243; un enigm&#225;tico aviso del or&#225;culo de Delfos -a&#241;adi&#243; Memn&#243;n movi&#233;ndose inquieto.

&#161;El toro est&#225; preparado para el sacrificio! -exclam&#243; Dar&#237;o-. Todo est&#225; listo. &#161;El verdugo espera!

S&#237;, mi se&#241;or. Filipo crey&#243; que el toro eras t&#250;.

Dar&#237;o se ech&#243; a re&#237;r con grandes carcajadas.

Contin&#250;a, Memn&#243;n.

Alejandro est&#225; confuso. Quiere a Olimpia. Afirma que una sola de sus l&#225;grimas vale m&#225;s que un millar de cartas, pero se siente repelido por ella. Olimpia arroj&#243; al hijo reci&#233;n nacido de Filipo a las brasas e hizo que la madre mirara como se quemaba el beb&#233; hasta que la joven, enloquecida, se ahorc&#243;. Olimpia ha llenado la mente de Alejandro con las dudas sobre su propia paternidad y tambi&#233;n con los vagos sue&#241;os de que &#233;l es hijo de un dios. Le recuerda constantemente a Alejandro que Aquiles es uno de sus antepasados.

Ah s&#237;, lo he escuchado decir -intervino Arsites-. Alejandro guarda una copia de la Il&#237;ada de Hornero junto a la daga debajo de la almohada.

Su frase favorita es -a&#241;adi&#243; Memn&#243;n citando la Il&#237;ada- Aquiles naci&#243; de una madre inmortal. Se ve a s&#237; mismo como la reencarnaci&#243;n del mayor h&#233;roe de Grecia.

Has mencionado una segunda debilidad -insisti&#243; Dar&#237;o.

Dada su estirpe -respondi&#243; Memn&#243;n, incapaz de resistirse al reto-, Alejandro est&#225; dividido entre una profunda superstici&#243;n y el deseo casi irreprimible de enfrentarse a los dioses, de demostrar que es uno de ellos.

&#191;Le gusta el oro?

Lo reparte como si fuera la arena de la playa.

&#191;Las mujeres?

Las respeta.

Mis esp&#237;as -afirm&#243; Dar&#237;o- dicen que tiene un amante, Hefesti&#243;n.

Memn&#243;n estaba a punto de asentir cuando record&#243; un viejo proverbio: Conoce a tu enemigo de verdad. El rodio se enorgullec&#237;a de una cosa: la verdad.

Es lo que susurran sus enemigos -confes&#243;-. Otros dicen que Hefesti&#243;n es una figura paterna, el consejero &#237;ntimo de Alejandro.

&#191;Entonces? -pregunt&#243; Dar&#237;o reclin&#225;ndose en los cojines-. &#191;Por qu&#233; viene? &#191;En busca de gloria? Memn&#243;n se encogi&#243; de hombros.

Viene con sed de conquista. Para cumplir el sue&#241;o de su madre de que &#233;l es Aquiles redivivo. Para librar una guerra santa contra el imperio persa de Jerjes y Ciro, para demostrar que es un dios

O para demostrar -le interrumpi&#243; el emperador con un tono desabrido- que es m&#225;s hombre que su padre. Por lo tanto, sabemos que vendr&#225; -a&#241;adi&#243;, casi como si hablara consigo mismo-. &#191;C&#243;mo?

Su flota es escasa -replic&#243; Memn&#243;n-. Cuando cruce el Helesponto, podr&#225;s

No, no -salt&#243; Dar&#237;o sacudiendo la cabeza-. Quiero que venga con su rid&#237;cula tropa para abrazarlo contra mi pecho y estrangularle hasta la &#250;ltima gota de vida. Quiero mostrar a toda Grecia lo que pasar&#225;. Cuando haya derrotado a Alejandro, visitar&#233; el Parten&#243;n en Atenas para ense&#241;arles qui&#233;n es su verdadero amo.

Hay venenos, asesinos -dijo Lisias inesperadamente.

Dar&#237;o no hizo caso de la interrupci&#243;n; se pas&#243; un dedo por los labios manchados de vino, mientras que con la otra mano jugaba con las borlas de un coj&#237;n.

Tengo traidores en la corte macedonia -apunt&#243; Dar&#237;o chasqueando los dedos-. Podr&#237;a acabar con la vida de Alejandro con la misma facilidad que puedo apagar la mecha de una l&#225;mpara de aceite. Sin embargo, si lo hago, quiz&#225; no evitar&#237;a la llegada de los macedonios. No, no, atrapar&#233; a Alejandro: Le har&#233; desfilar cargado con cadenas por las calles de Pers&#233;polis y despu&#233;s -se se&#241;al&#243; los pies- mis encapuchados se lo llevar&#225;n para que se pudra en una torre de silencio. Rajar&#233; su cuerpo desde el cuello a la entrepierna y lo llenar&#233; con polvo de oro de mi tesorer&#237;a y lo utilizar&#233; de escabel.

El Rey de Reyes agach&#243; la cabeza. Memn&#243;n, a pesar del perfumado calor, sinti&#243; un escalofr&#237;o. Dar&#237;o hab&#237;a urdido y planeado algo.

&#161;Mencionaste a un esp&#237;a! -exclam&#243; Memn&#243;n-. &#191;C&#243;mo se llama?

Naihpat. -Dar&#237;o acerc&#243; un dedo a los labios como una advertencia de silencio-. Alejandro -murmur&#243; el Rey de Reyes- cruzar&#225; el Helesponto. Har&#225; sus ofrendas en la antigua ciudad de Troya. Tendr&#225; gu&#237;as y avanzar&#225; por la costa occidental del imperio. Tropezar&#225; como un hombre en la niebla. Entonces le mataremos.

&#191;C&#243;mo? -pregunt&#243; Memn&#243;n.

Dar&#237;o permaneci&#243; en silencio. Memn&#243;n mir&#243; con nostalgia el vino y la copa. De pronto se dio cuenta de cu&#225;l era el motivo de su inquietud. Comer y beber en presencia del gran rey era un gran honor. Ellos eran cuatro, pero s&#243;lo hab&#237;a tres copas -de plata, aflautadas, y con gemas incrustadas-; faltaba la cuarta. Alz&#243; la mirada. Dar&#237;o le observaba con una expresi&#243;n curiosa. Luego el rey persa mir&#243; a un punto detr&#225;s de Memn&#243;n. El griego mantuvo el rostro impasible. Escuch&#243; una pisada muy suave y supo que los encapuchados de Dar&#237;o, los asesinos vestidos de negro de la corte persa, no estaban muy lejos.

&#191;Todo est&#225; preparado? -pregunt&#243; el emperador.

Memn&#243;n no escuch&#243; ninguna respuesta. Dar&#237;o se levant&#243; bruscamente. Cogi&#243; el matamoscas con el mango enjoyado y lo golpe&#243; contra el muslo.

Mi se&#241;or -exclam&#243; Arsites, que se levant&#243; en el acto-. &#191;Qu&#233; sucede?

Dar&#237;o ya se alejaba. Hizo un gesto con el matamoscas para que lo siguieran. Cuando pas&#243; junto a una ventana que daba a los jardines, hizo una pausa y se volvi&#243;.

Memn&#243;n, amigo m&#237;o, &#191;sabes qu&#233; es una torre de silencio?

Memn&#243;n mir&#243; al monarca.

Adelante -le urgi&#243; el rey persa-. &#161;D&#237;selo a tus compa&#241;eros!

Es una tradici&#243;n de tu pueblo, se&#241;or. Llevan a sus muertos a una de esas torres y los cuelgan de las vigas.

&#191;Qu&#233; m&#225;s? -insisti&#243; Dar&#237;o-. &#191;Qu&#233; pasa entonces, Memn&#243;n?

Dejan que el cad&#225;ver se pudra, que se desprenda la carne; se pudre y no puede contaminar a ninguna cosa viva.

&#191;Para que los vivos permanezcan limpios? -murmur&#243; Dar&#237;o.

Memn&#243;n mir&#243; r&#225;pidamente hacia la ventana, atra&#237;do por unos d&#233;biles sonidos y el resplandor de las antorchas.

Todos debemos mantenernos limpios -a&#241;adi&#243; Dar&#237;o regresando a paso lento-. Mencion&#233; esp&#237;as. &#191;Sab&#237;as, general Memn&#243;n, que tengo a un esp&#237;a muy cerca de Alejandro?

&#191;La persona que llamas Naihpat?

La persona que llamo Naihpat -asinti&#243; Dar&#237;o-. Naihpat es siervo de Mitra, el amo de mis secretos.

Memn&#243;n no reaccion&#243;. Sab&#237;a algo de esto por los rumores y los cotilleos. Nunca hab&#237;a conocido al tal Mitra. Sin embargo, Dar&#237;o confiaba plenamente en &#233;l y la gente llamaba a este misterioso guardi&#225;n de los secretos con el apodo de La Sombra del Rey.

&#191;Sab&#237;as, Memn&#243;n, mi amigo, que Alejandro tiene a un esp&#237;a cerca de ti? &#191;Quiz&#225;s a dos, o incluso a tres?

Memn&#243;n not&#243; la boca seca. Se le tensaron los m&#250;sculos de las piernas.

Mi se&#241;or, eso

El general se mordi&#243; la lengua; llamar mentiroso a cualquier persa era el mayor de los insultos.

Tengo ojos y o&#237;dos -replic&#243; Dar&#237;o-. Soy el gran rey. &#161;Ven!

Se acercaron a la ventana. Memn&#243;n mir&#243; al exterior. Abajo en el jard&#237;n hab&#237;a erigido una gran cruz de madera. Un hombre, totalmente desnudo excepto por la mordaza, hab&#237;a sido crucificado y su cuerpo era una masa de morados de la cabeza a los pies. Memn&#243;n not&#243; como si un pu&#241;o le apretara el est&#243;mago cuando se dio cuenta de que el reo tambi&#233;n hab&#237;a sido castrado; hab&#237;a una masa sanguinolenta donde hab&#237;an estado los genitales. Oy&#243; un suave gemido y se volvi&#243; en el acto. Lisias estaba p&#225;lido como un fantasma y gruesas gotas de sudor empapaban su frente.

&#191;Reconoces a aquel hombre, general Memn&#243;n? Quiz&#225; no sepas qui&#233;n es. En cambio, tu buen amigo Lisias s&#237; lo sabe.

Memn&#243;n mir&#243; al hombre crucificado; le hab&#237;an cortado los cabellos como a cualquier otro convicto.

&#161;Es Cleandro! -exclam&#243; Memn&#243;n mirando horrorizado a Lisias-. &#161;Es uno de tus comandantes! Un tebano, &#191;no es as&#237;?

Tambi&#233;n es el mensajero de Lisias -declar&#243; Dar&#237;o.

Lisias, con la espalda contra la pared, temblaba como si tuviera fiebre.

&#161;Lo puedo explicar todo! -tartamude&#243;.

Memn&#243;n se enfrent&#243; con &#233;l, con su rostro apenas separado de la cara de su subordinado.

Lisias, &#191;qu&#233; significa esto?

Envi&#233; a Cleandro con un mensaje para Alejandro. Me reunir&#237;a con &#233;l en Troya. Me ofrec&#237;a a traicionarte.

&#161;T&#250;! -exclam&#243; Memn&#243;n apart&#225;ndose y alzando una mano.

Lisias sacudi&#243; la cabeza.

No era una traici&#243;n. T&#250; lo sabes.

Entonces, &#191;por qu&#233;?

Soy tebano -contest&#243; Lisias con dificultad-. Mi esposa, mi familia, todos murieron en Tebas. Tengo una deuda de sangre con el macedonio. No te traicionar&#237;a a ti, mi se&#241;or. Quer&#237;a encontrarme con Alejandro y matarlo.

No es eso lo que nos dijo Cleandro -apunt&#243; Arsites.

Lisias se volvi&#243; con su rostro desfigurado por la rabia.

&#161;Por supuesto, dir&#237;a cualquier cosa sometido a la tortura! Mi se&#241;or rey. &#191;Es esto obra de Arsites? -pregunt&#243; Lisias mirando a Memn&#243;n con una expresi&#243;n de s&#250;plica y habiendo hincado una rodilla en el suelo-. &#161;T&#250; sabes cu&#225;nto nos odian! &#161;Te odian! Cuando vayamos al combate, se saldr&#225;n con la suya y te pondr&#225;n todas las trabas. La &#250;nica manera de detener a Alejandro es mat&#225;ndolo. Lo iba a hacer por ti. Por m&#237;. &#161;Por todos nosotros! -concluy&#243; mirando al resto.

Si es as&#237; -dijo Arsites con un tono casi amable-, &#191;por qu&#233; Alejandro acept&#243;? Pido disculpas, mi se&#241;or -a&#241;adi&#243; con una sonrisa presuntuosa-, pero nuestros exploradores capturaron a Cleandro a su regreso a trav&#233;s del Helesponto.

&#191;Sab&#237;as que se hab&#237;a marchado? -pregunt&#243; Dar&#237;o.

Memn&#243;n sacudi&#243; la cabeza.

&#191;Por qu&#233; Lisias no te habl&#243; de este plan?

Lo hubiese hecho -farfull&#243; Lisias-, pero necesitaba estar seguro. Cre&#237; que Cleandro se hab&#237;a demorado.

Memn&#243;n mir&#243; a su comandante de caballer&#237;a. Por un lado, Memn&#243;n le cre&#237;a, pero por el otro &#191;Enviar a un emisario al campamento enemigo sin siquiera pedir su permiso?

&#191;Sab&#237;as que Alejandro se encontraba de visita en Troya? -pregunt&#243; Dar&#237;o con una voz que era poco m&#225;s que un susurro.

El general volvi&#243; a sacudir la cabeza.

Yo tampoco -continu&#243; el Rey de Reyes-. No hasta que Cleandro cay&#243; en las garras de Arsites -precis&#243; tocando suavemente la mu&#241;eca de Memn&#243;n-. Incluso si fuese cierto -a&#241;adi&#243;-, &#191;qui&#233;n es Lisias para decidir la estrategia? No quiero ver asesinado a Alejandro y que se convierta en un h&#233;roe, en un m&#225;rtir, para toda Grecia. Eso ser&#237;a sencillamente demorar lo inevitable durante unos meses, o quiz&#225;s a&#241;os. Dejemos que Alejandro cruce. Dejemos que se encuentre con el destino que le tengo preparado.

Lisias intent&#243; coger la t&#250;nica blanca de Memn&#243;n, pero el general se apart&#243;. Mir&#243; por encima del hombro a Diocles; su sirviente le devolvi&#243; la mirada, aterrorizado.

No hay nada que puedas hacer, mi se&#241;or -declar&#243; Dar&#237;o levantando una mano.

Unas figuras vestidas de negro salieron de las sombras. Rodearon a Lisias, lo sujetaron por los brazos y lo obligaron a levantarse.

T&#250; estabas a mi servicio -le acus&#243; Dar&#237;o-. Eres m&#237;o en cuerpo y alma. Soy el Rey de Reyes, el due&#241;o de tu cuello. No eres m&#225;s que una piedra debajo de mi sandalia. &#161;Llevadlo a la torre de silencio! -orden&#243;-. Atadlo a una jaula. &#161;Dejadlo colgado entre el cielo y la tierra!

Lisias grit&#243; y patale&#243;. Los guardias encapuchados se lo llevaron.

&#161;Mientras est&#233;s all&#237; -grit&#243; Dar&#237;o-, y esperas la muerte, que tardar&#225; en llegar, reflexiona sobre el justo destino de un traidor!



PR&#211;LOGO II

El cuerpo de Pausanias fue colgado inmediatamente en una picota, pero por la ma&#241;ana, apareci&#243; coronado con una diadema de oro, un regalo de Olimpia para demostrar su odio implacable hacia Filipo.

Quinto Curcio Rufo, Historia, libro 1, cap&#237;tulo 9



Bienvenido, Telam&#243;n, hijo de Margolis!

Mi se&#241;ora, &#191;por qu&#233; estoy aqu&#237;?

Porque tienes el don de la vida -contest&#243; Olimpia levantando la cabeza-, mientras que yo tengo el don de la muerte.

Mi se&#241;ora, ambos estamos en las manos de los dioses.

&#161;T&#250; no crees en los dioses, Telam&#243;n!

&#161;Mi se&#241;ora, creo en lo mismo que t&#250;!

La pelirroja Olimpia, viuda de Filipo, madre de Alejandro, se ri&#243; sonoramente, un sonido infantil que no encajaba con su humor y apariencia. Llevaba un vestido color verde mar sujeto al hombro con un broche de oro que reproduc&#237;a la cabeza de Medusa. Sus cabellos y su largo rostro de tez muy morena estaban enmarcados por la capucha de su capa azul cielo; sus pies, incongruentemente, estaban calzados con sandalias de marcha de los soldados. En la peque&#241;a mesa de acacia dispuesta a su lado, hab&#237;a una copa y todas las joyas que se hab&#237;a quitado -los anillos, los collares y los brazaletes- como si su contacto le resultara desagradable. Dio golpecitos con los pies y mir&#243; el techo, distra&#237;da por una pintura de Baco cabalgando una pantera.

T&#250; no has cambiado, pens&#243; Telam&#243;n. De todas las mujeres que hab&#237;a conocido, mejor dicho, de todas las personas que hab&#237;a conocido, Olimpia, de la tribu de Molossus, era la &#250;nica que le asustaba de verdad. Observ&#243; su rostro sin arrugas y con la nariz afilada y los carnosos labios rojos, pero eran los ojos lo que le atra&#237;a, como los de un gato salvaje, brillantes, inquietos; te miraban como si quisieran arrebatarte la vida de tu alma. Telam&#243;n trag&#243; saliva y escuch&#243; su respiraci&#243;n. Conoc&#237;a las reglas del juego: nunca mostrar tu miedo a Olimpia. Se engrandec&#237;a con el miedo de los dem&#225;s. Ahora estaba interpretando el papel que hab&#237;a escogido: provocadora y coqueta, pero, por debajo, un aire de terrible amenaza. Telam&#243;n tuvo la sensaci&#243;n de estar actuando en una de las obras de S&#243;focles. Cuando le sacaron sin m&#225;s de la casa de su madre, el capit&#225;n de la guardia de Olimpia se mostr&#243; cort&#233;s, pero firme: era un invitado de la corregente de Macedonia.

&#191;Por qu&#233;, le hab&#237;a, preguntado Telam&#243;n. El oficial se hab&#237;a quitado el casco y, despu&#233;s de enjugarse el sudor de la frente, le hab&#237;a respondido con la mirada puesta en la fuente del peque&#241;o patio: Porque es as&#237; como ella lo quiere.

Telam&#243;n se hab&#237;a lavado la cara y las manos, se hab&#237;a cambiado la t&#250;nica, se hab&#237;a echado una capa sobre los hombros, se hab&#237;a despedido de su madre con un beso y, escoltado por los Compa&#241;eros de a pie, se hab&#237;a dirigido a la residencia real. Primero le hab&#237;an llevado a la Casa de los Muertos y, tal como le ordenaron, estudi&#243; el cad&#225;ver tendido sobre una mesa de madera. Despu&#233;s le hab&#237;an servido vino, pan y queso, y a continuaci&#243;n le hab&#237;an tra&#237;do aqu&#237;, al coraz&#243;n del palacio, al centro de la telara&#241;a de Olimpia.

Telam&#243;n se movi&#243; inquieto en la silla. Olimpia continuaba mirando el techo, un tanto reclinada en el trono con adornos de plata. A cada lado de la tarima, montaban guardia los oficiales de los Compa&#241;eros de a pie vestidos con el uniforme de gala: cascos azules con plumas rojas a los lados y viseras de oro que daban sombra a los ojos; m&#225;s abajo, los grandes cuellos rojos que les cubr&#237;an los hombros como pa&#241;oletas. Permanec&#237;an inm&#243;viles como estatuas con sus corazas labradas y las faldas y las espinilleras de plata con los bordes rojos, sujetando las lanzas en una mano y las rodelas en la otra, adornadas con una m&#233;nade de ojos salvajes y rostro feroz, el s&#237;mbolo personal de Olimpia.

Telam&#243;n tosi&#243;. Olimpia sigui&#243; contemplando el techo y el m&#233;dico, para distraerse, ech&#243; una ojeada por la sombr&#237;a c&#225;mara, calentada s&#243;lo por un brasero que crepitaba y platos de bronce llenos de ascuas. &#191;Hab&#237;an rociado las brasas con alguna sustancia?, se pregunt&#243; Telam&#243;n. &#191;Alg&#250;n extra&#241;o perfume? &#191;Hojas de laurel o mirto? Desde luego, no era incienso; &#191;quiz&#225;s hojas de roble o p&#233;talos de loto machacados? El perfume agridulce irrit&#243; la nariz de Telam&#243;n y estimul&#243; su memoria. &#191;Qu&#233; era? Entonces lo record&#243;, incluso mientras Olimpia apartaba sus ojos del techo para mirarle directamente. Una mirada de los ojos verde oscuro de esta mujer serpiente, la Reina Bruja, y Telam&#243;n record&#243; sus visitas a la academia en Mieza. &#161;Era su olor! Record&#243; a Olimpia en cuclillas delante de &#233;l, que le pasaba un dedo por la mejilla mientras le preguntaba si quer&#237;a de verdad a su precioso Alejandro.

Una frase de las Bacantes de Eur&#237;pides llam&#243; la atenci&#243;n de Telam&#243;n: estaba escrita en la pared directamente detr&#225;s del trono: Dionisio merece ser honrado por todos los hombres. No quiere a nadie que no le adore. Olimpia se gir&#243; en su trono para mirar la pared.

Mand&#233; que los pintores la pusieran all&#237;. &#191; Crees lo que dice, Telam&#243;n? &#191;No te parece que todos deber&#237;an beber el vino sagrado? -pregunt&#243; volvi&#233;ndose para mirarle a la cara-. La sagrada sangre de los dioses, el zumo de la gorda uva aplastada. &#191;Eres un seguidor de Eur&#237;pides, Telam&#243;n? &#191;O s&#243;lo un admirador de sus obras?

Prefiero mucho m&#225;s el tratado sobre la embriaguez de Arist&#243;teles.

&#161;Ah, Arist&#243;teles! -exclam&#243; Olimpia ech&#225;ndose a re&#237;r-. &#161;Ese elegante y zanquilargo afectado! &#191;As&#237; que no te gusta el vino?

No he dicho tal cosa, mi se&#241;ora.

La reina continu&#243; con sus provocaciones.

En el canto VI de la Il&#237;ada, Hornero afirma que el vino revitaliza el cuerpo.

En el mismo canto, tambi&#233;n dice que consume tus fuerzas.

No me agrada -murmur&#243; Olimpia, en otra cita de la Il&#237;ada, mientras repicaba con los dedos en el brazo del trono- continuar protestando implacablemente.

En ese caso, mi se&#241;ora, quiz&#225; quieras decirme por qu&#233; estoy aqu&#237;.

La sonrisa desapareci&#243; del rostro de la reina. Golpe&#243; el suelo con la punta de la sandalia y cogi&#243; un brazalete que comenz&#243; a deslizar arriba y abajo por la mu&#241;eca.

&#191;Echas de menos los huertos de Mieza, Telam&#243;n?

Echo de menos a mis amigos.

&#191;Echas de menos a mi hijo?

Mi se&#241;ora, ya tienes la respuesta. Echo de menos a mis amigos.

Olimpia se ech&#243; a re&#237;r bruscamente. Telam&#243;n se sobresalt&#243; cuando una de las antorchas, sujeta en la pared a su izquierda, hizo un &#250;ltimo chisporroteo y se apag&#243;. La reina le se&#241;al&#243; con un dedo.

Entonces, &#191;por qu&#233; est&#225;s aqu&#237;?

Porque t&#250; me has llamado.

No, &#191;por qu&#233; est&#225;s en Pella?

Lo estoy desde el oto&#241;o.

Olimpia, como si se aburriera con esta conversaci&#243;n, se levant&#243;, baj&#243; de la tarima y camin&#243; hacia &#233;l. -Filipo est&#225; muerto. Mi marido, el rey.

Lo s&#233;, mi se&#241;ora.

Coron&#233; a su asesino.

Lo s&#233;, mi se&#241;ora.

No estoy diciendo que lo mat&#233; -apunt&#243; Olimpia yendo a situarse tras de Telam&#243;n.

Por supuesto que no, mi se&#241;ora. T&#250; ser&#237;as incapaz de matar a una mosca.

Olimpia ri&#243; de nuevo y golpe&#243; a Telam&#243;n en el hombro. &#201;l se movi&#243; inquieto. El asiento de la silla estaba hecho de tiras de cuero entrelazadas que se marcaban a trav&#233;s del delgado coj&#237;n. Mir&#243; el mosaico del suelo; no era muy bueno, mostraba a un Dionisio pelirrojo montado en un ganso. El dios le record&#243; a un borracho que hab&#237;a intentado atacarle en un callej&#243;n. &#191;D&#243;nde hab&#237;a sido? &#191;En Menfis o Abidos? Telam&#243;n no lo recordaba. Le preocupaba mucho m&#225;s controlar su miedo. Olimpia era como un gato que hab&#237;a cazado a un p&#225;jaro. Ella no le deseaba ning&#250;n mal, al menos por ahora. Quer&#237;a algo. Casi sospechaba la verdad. S&#243;lo si se negaba emerger&#237;a el peligro. Si Olimpia lo quer&#237;a muerto, su cabeza se hubiera visto separada de los hombros tan pronto como puso un pie en Pella. Por supuesto, su querido Alejandro hab&#237;a dejado estrictas instrucciones; en alg&#250;n lugar de los perfumados aposentos de Olimpia, hab&#237;a un cofre con herrajes de plata cerrado con tres cerraduras; s&#243;lo Olimpia ten&#237;a las llaves. En aquel cofre, hab&#237;a un rollo de pergamino con los nombres de aquellos que Alejandro hab&#237;a advertido a su madre que no deb&#237;a tocar. Estaba seguro de que su nombre estaba all&#237; escrito. Alejandro nunca olvidaba a sus amigos, ni siquiera a aquellos que no estaban de acuerdo con &#233;l o hab&#237;an decidido seguir por caminos diferentes.

Te recuerdo, Telam&#243;n. T&#250; y Alejandro cazando liebres entre las tumbas de Mieza. &#191;Las recuerdas? &#191;Las l&#225;pidas grises, los hierbajos? &#191;Las nubes de moscas, el silencio roto s&#243;lo por el zumbido de las abejas? &#161;Siempre calzabas unas sandalias demasiado grandes! Parec&#237;as nadar en ellas.

Olimpia se agach&#243; para susurrarle algo al o&#237;do. Telam&#243;n oli&#243; su extra&#241;o perfume.

Telam&#243;n, de rostro moreno y cabellos oscuros, siempre tan estudioso. Recuerdo cuando recogiste un hueso que un perro hab&#237;a sacado de una tumba. T&#250; y Alejandro discutisteis si era de una pierna o de un brazo.

Era de una pierna, mi se&#241;ora: un f&#233;mur. Yo ten&#237;a raz&#243;n; tu hijo estaba equivocado.

No te gusta que maten, &#191;verdad? Recuerda cuando Ptolomeo encontr&#243; un pich&#243;n y dijo que lo sacrificar&#237;a sobre una piedra; t&#250; te echaste a llorar con tanta desesperaci&#243;n que Ptolomeo solt&#243; el pich&#243;n.

Tu memoria te ha vuelto a fallar, mi se&#241;ora -dijo Telam&#243;n, consciente de que Olimpia se hab&#237;a apartado-. Tu hijo Alejandro intervino. Le dio un pu&#241;etazo en la nariz a Ptolomeo y &#233;l solt&#243; el p&#225;jaro, que escap&#243; volando.

Ah s&#237;. Ahora m&#237;rate, Telam&#243;n -orden&#243; Olimpia d&#225;ndose la vuelta y deteni&#233;ndose ante &#233;l, con los dedos en la barbilla; entonces chasque&#243; la lengua-. Telam&#243;n ataviado con la t&#250;nica y el manto del f&#237;sico. D&#233;jame que estudie tus s&#237;ntomas. D&#233;jame juzgar tu apariencia.

La reina retrocedi&#243; como si juzgara su val&#237;a. Telam&#243;n sostuvo su mirada.

Eres m&#225;s alto de lo que esperaba -confes&#243; en un susurro-. El pelo negro rizado -hizo una pausa-. &#191;Qu&#233; edad tienes, Telam&#243;n?

Veintis&#233;is a&#241;os.

Ya tienes cabellos grises. S&#243;lo unos pocos, pero te dan un aspecto distinguido. &#191;No dice Hip&#243;crates en su Corpus que un f&#237;sico debe inspirar confianza en sus pacientes? Tu rostro es moreno, melanc&#243;lico, con los ojos muy hundidos. &#191;De qu&#233; color son? -pregunt&#243; mientras se acercaba un poco para verlos mejor-. Verde claro, un poco como los m&#237;os. Tienes la nariz peque&#241;a de tu madre. Tu labio superior es delgado, pero el inferior es m&#225;s carnoso. La barba y el bigote est&#225;n bien recortados -apunt&#243; inclinando la cabeza a un lado, un gesto que a Telam&#243;n le record&#243; mucho a Alejandro-. El rostro de un erudito, reservado pero no ladino. De expresi&#243;n solemne, aunque, creo, Telam&#243;n sabe re&#237;r. Gustas a las damas. Dime, Telam&#243;n, &#191;cu&#225;l es tu vida?

La medicina, mi se&#241;ora.

&#191;Y tu esposa?

La medicina, mi se&#241;ora.

&#191;Y tus aficiones? La medicina, mi se&#241;ora -dijo Olimpia respondiendo por &#233;l con una muy buena imitaci&#243;n de su voz.

Se acerc&#243; hasta dominarlo con su estatura. Telam&#243;n advirti&#243; que uno de los Compa&#241;eros de a pie se mov&#237;a ligeramente a un costado para no perderle de vista.

Has estado en todas partes, Telam&#243;n. D&#233;jame recordarlo: Cos, Samos, Chios, Atenas, Menfis, Abidos, Tebas en Egipto

Incluso en Tarento, en el sur de Italia -precis&#243; Telam&#243;n acabando la lista por ella.

Olimpia toc&#243; el anillo en la mano izquierda del f&#237;sico, que mostraba en su sello a Esculapio y a Apolo, el sanador.

&#191;As&#237; que de verdad crees en los dioses, Telam&#243;n?

Si los dioses cometen actos vergonzosos, menos dioses son.

&#191;Es uno de tus aforismos?

No, mi se&#241;ora. Eur&#237;pides.

Ah, el que habla de la consciencia inmortal. &#191;Crees en la vida despu&#233;s de la muerte, Telam&#243;n?

La otra vida es una fuente sellada -respondi&#243; Telam&#243;n con otra cita de Eur&#237;pides-. Esta vida ya tiene bastantes problemas.

Olimpia abri&#243; mucho los ojos en un gesto de sorpresa.

&#191;A ti, un f&#237;sico, no te gusta la vida? &#191;No tienes nada m&#225;s all&#225; de la medicina? &#191;Ninguna ambici&#243;n? &#191;A ning&#250;n protector? &#191;Ning&#250;n deseo de mejorar tu posici&#243;n? &#191;Por qu&#233; eres tan triste, Telam&#243;n?

Como dice el poeta, mi se&#241;ora: Nuestros versos m&#225;s dulces son aquellos que relatan nuestros pensamientos m&#225;s tristes.

Te gusta Eur&#237;pides -observ&#243; Olimpia sent&#225;ndose en el borde de la tarima con las manos apoyadas en las rodillas-. De todos los compa&#241;eros de mi hijo, Telam&#243;n, t&#250; eres el que m&#225;s me gusta. &#191;Sabes por qu&#233;? Porque no representas ninguna amenaza. No quieres ser un general. No quieres ser un soldado. No quieres pavonearte. Dir&#237;a que eres un rompecorazones. &#191;Ten&#237;as una esposa en Egipto?

S&#243;lo una amante.

&#191;Muri&#243;?

Era una muchacha del templo de Isis. Una sacerdotisa, mi se&#241;ora. Un soldado abus&#243; de ella, cay&#243; enferma y muri&#243;. Yo estaba ausente cuando pas&#243;.

&#191;Qui&#233;n era el soldado?

Un oficial persa. Lo mat&#233;.

&#191;C&#243;mo hiciste tal cosa? -quiso saber Olimpia desviando el rostro con una sonrisa en los labios-. &#191;Envenenaste su vino? &#191;Le apu&#241;alaste por la espalda? &#191;Alquilaste a un asesino?

Telam&#243;n mantuvo una expresi&#243;n impasible. Olimpia dio un golpe en el suelo.

&#191;Vas a dec&#237;rmelo? &#191;C&#243;mo le mataste?

Lo encontr&#233; en una taberna cerca de la Avenida de las Esfinges en Tebas. Lo maldije. &#201;l desenvain&#243; la espada y me atac&#243;. Aprend&#237; muchas cosas en los huertos de Mieza.

Ah s&#237;, Cleito el Negro, el maestro de esgrima de mi hijo.

El oficial no era muy bueno. Err&#243; el golpe. Mi daga acert&#243; en la diana. Un corte limpio y directo al coraz&#243;n.

Olimpia exhal&#243; un suspiro y se puso de pie.

&#191;As&#237; que regresaste a casa?

No tuve otra elecci&#243;n. Los persas me hubieran crucificado en las murallas de Tebas.

Por cierto, &#191;c&#243;mo est&#225; tu madre? &#191;Y la viuda de tu hermano y su hijo? Un ni&#241;o muy vivaz, seg&#250;n me han contado.

Olimpia ten&#237;a aquella mirada sombr&#237;a, helada. Telam&#243;n not&#243; el sudor en las palmas de las manos. La reina acababa de proferir su amenaza. S&#243;lo las palabras, la manera como hab&#237;a recalcado vivaz con una mirada despiadada.

&#161;Bien! -exclam&#243; Olimpia aplaudiendo y acerc&#225;ndose al trono-. Tienes la reputaci&#243;n de ser un gran f&#237;sico, Telam&#243;n -sentenci&#243; mientras se sentaba-. Dime, &#191;cu&#225;l es la diferencia entre la cicuta acu&#225;tica y la virosa?

Ambas son venenos letales. La cicuta virosa provoca la par&#225;lisis. La acu&#225;tica provoca convulsiones. Ambas producen la muerte.

&#191;Es algo que sabes a trav&#233;s de la observaci&#243;n?

No, est&#225; en el relato que hace Plat&#243;n de la muerte de S&#243;crates. Le dieron cicuta virosa con el vino.

Olimpia, con los labios fruncidos, asinti&#243; como si fuera un estudiante que escucha a su maestro.

&#191;Has visto el cad&#225;ver?

Telam&#243;n record&#243; la espantosa Casa de la Muerte: el cuerpo blanco del anciano que yac&#237;a desnudo como un trozo de carne encima de una fuente. Olimpia mir&#243; al oficial que se encontraba a su lado.

&#191;Estudi&#243; el cad&#225;ver? &#191;Bien de cerca como se le dijo?

Tal como se le dijo, mi se&#241;ora.

Bien -manifest&#243; Olimpia dirigi&#233;ndose de nuevo a Telam&#243;n.

Dime lo que sabes del cad&#225;ver.

Era uno de vuestros sirvientes, mi se&#241;ora. Trabajaba en el palacio.

&#161;Por supuesto!

Dir&#237;a que era zapatero.

Olimpia sonri&#243;.

Lo descubr&#237; por las manos -prosigui&#243; Telam&#243;n-. Ol&#237;an a cuero y tanino. Ten&#237;a unas peque&#241;as durezas en los dedos donde sujetaba la aguja. Ten&#237;a la columna un tanto curvada de inclinarse sobre su banco de trabajo. Los m&#250;sculos de las mu&#241;ecas y los brazos estaban bien desarrollados, pero la barriga y la delgadez de las piernas indicaban que era un hombre que habitual-mente estaba sentado.

&#161;Muy bien! -exclam&#243; Olimpia.

El cad&#225;ver estaba ligeramente hinchado -apunt&#243; Telam&#243;n; se animaba cada vez m&#225;s-. Ya hab&#237;a comenzado la putrefacci&#243;n.

&#191;Qu&#233; me dices de la causa de la muerte?

&#161;Veneno!

Olimpia ech&#243; la cabeza hacia atr&#225;s y solt&#243; una estruendosa carcajada.

&#161;No pensar&#225;s acusarme!

Telam&#243;n la mir&#243; tranquilamente. No -pens&#243;-, no har&#233; tal cosa. &#161;Olimpia, la Reina Bruja! &#161;Se&#241;ora del veneno! Se pregunt&#243; cu&#225;ntas pociones, elixires y ant&#237;dotos habr&#237;a en sus cofres secretos. Record&#243; la historia de c&#243;mo el hermanastro de Alejandro hab&#237;a nacido sano y robusto y fue un serio rival para su hijo hasta que Olimpia decidi&#243; servirle una comida especial. El chico se hab&#237;a recuperado, pero condenado a vagar por el palacio, convertido en un idiota que s&#243;lo serv&#237;a como una poderosa advertencia a cualquiera que pensara en desafiar los derechos de Olimpia y su amado hijo.

Rastre&#233; el veneno -afirm&#243; Telam&#243;n-. La pierna derecha estaba hinchada: la sangre se hab&#237;a convertido en pus.

&#191;C&#243;mo muri&#243;? -insisti&#243; Olimpia.

Hab&#237;a escuchado hablar de algo similar. Una aguja clavada en la pierna. La herida era muy peque&#241;a y se cerr&#243; inmediatamente. El pobre zapatero crey&#243; que estaba a salvo, pero la aguja estaba infectada y le envenen&#243; la sangre. Seguramente sufri&#243; dolores de cabeza, rigidez en las mand&#237;bulas, fiebre muy alta, delirios. La muerte no debi&#243; tardar mucho en llegar.

&#191;Qu&#233; hubieras hecho t&#250;?

Mi se&#241;ora, hubiera abierto la herida, sacado la aguja y, despu&#233;s, hubiese hecho una incisi&#243;n en la pierna.

&#191;Para qu&#233;?

Para volcar una mezcla de miel, sal y vino. Cuanto m&#225;s fuerte el vino, mejor. No el vino ligero de Olimpo o Atenas, sino el vino m&#225;s fuerte que pudiera encontrar: un vino recio, rojo oscuro. Tal infusi&#243;n hubiese limpiado la herida.

&#191;C&#243;mo? -quiso saber Olimpia inclin&#225;ndose hacia adelante. Su curiosidad era sincera.

No lo s&#233;, ni tampoco lo sabe nadie. El vino, la miel y la sal tienen unas propiedades que purifican la carne y eliminan el pus.

Habr&#233; de recordarlo. Por lo tanto, &#191;no crees que la producci&#243;n de pus es buena? Hip&#243;crates lo cre&#237;a, y tambi&#233;n mis f&#237;sicos.

Est&#225;n equivocados -respondi&#243; Telam&#243;n, muy seguro de s&#237; mismo-. Hay que limpiar el pus y no permitir que se asiente en el cuerpo. Siempre hay que drenar las heridas.

&#191;T&#250; puedes hacerlo? -pregunt&#243; Olimpia.

Es posible. Lo he visto hacer en Egipto, no s&#243;lo con las heridas, mi se&#241;ora, sino incluso con el pus en un pulm&#243;n.

&#191;Qu&#233; me dices del vendaje?

De lino limpio, y nunca demasiado apretado. Esto permite que la herida respire. Aprietas el vendaje y la putrefacci&#243;n queda encerrada dentro.

&#191;Qu&#233; hubieras hecho si eso no funcionara? -Entonces, mi se&#241;ora, hubiese amputado la pierna, unos cinco dedos por encima de la rodilla. Hubiese dado a beber al hombre un vino fuerte mezclado con un opi&#225;ceo; eso previene las convulsiones y los temblores.

Se hubiera desangrado hasta morir.

En Italia, mi se&#241;ora, vi c&#243;mo lo hac&#237;a un cirujano con la pierna de un soldado. Hab&#237;a sido alcanzado por una flecha envenenada en una emboscada. Utilizaron unas la&#241;as muy peque&#241;as para cortar el flujo de sangre; luego cauterizaron y vendaron el mu&#241;&#243;n.

A mi hijo le parecer&#225; muy interesante -susurr&#243; Olimpia casi para s&#237; misma.

&#191;Tu hijo, mi se&#241;ora? Ha marchado rumbo a Asia; sus ej&#233;rcitos est&#225;n acampados en el Helesponto.

Olimpia aplaudi&#243; la respuesta.

Eres un muchacho muy espabilado, Telam&#243;n. T&#250; te unir&#225;s a &#233;l.

Telam&#243;n contuvo su enfado.

El ej&#233;rcito se re&#250;ne en Sestos -a&#241;adi&#243; ella-. Te reunir&#225;s all&#237; con mi hijo.

&#191;Quiero o debo, mi se&#241;ora? Nac&#237; libre. &#161;Soy un macedonio!

Olimpia se levant&#243;. Se frot&#243; las manos. Baj&#243; de la tarima y camin&#243; hacia el joven. Se agach&#243;, no como una reina, sino como una madre que suplica por su hijo.

Conf&#237;o en ti, Telam&#243;n; el oro y la gloria no te interesan. Mi hijo est&#225; rodeado de traidores, asesinos, esp&#237;as.

&#191;Incluidos los tuyos?

Incluidos los m&#237;os.

No soy tu esp&#237;a.

No, Telam&#243;n. No se te puede comprar, sobornar o vender. He le&#237;do tu tratado sobre los venenos. Sientes afecto por Alejandro. T&#250; lo proteger&#225;s, no porque yo te lo pido, sino porque quieres hacerlo.

&#191;Alejandro ha preguntado por m&#237;?

Lo sabe todo de ti, Telam&#243;n -afirm&#243; Olimpia-. Insisti&#243; en que te unieras a &#233;l. &#191;A qu&#233; otro lugar puedes ir? -pregunt&#243; al tiempo que sus ojos y su voz se mostraban suplicantes-. &#161;No te gusta Macedonia! &#191;Atenas quiz&#225;? Ning&#250;n macedonio es bienvenido all&#237;. &#191;El imperio persa? &#191;Asia, Egipto, el norte de &#193;frica? Pero all&#237; hay &#243;rdenes de arresto que llevan tu nombre, Telam&#243;n. Aquel oficial persa era una persona muy importante. Piensa en las oportunidades -le apremi&#243;-, para curar, para aprender

&#191;Qu&#233; pasar&#225; si no voy?

Olimpia se irgui&#243; para caminar lentamente hacia &#233;l.

No te puedo garantizar nada, Telam&#243;n -sentenci&#243; antes de hacer una pausa y contemplar las gruesas vigas que sosten&#237;an el techo-. Aqu&#237; fue donde se ahorc&#243; mi rival Eur&#237;dice.

&#191;Me est&#225;s amenazando?

No, Telam&#243;n, te lo aseguro. Si te unes a mi hijo, tu madre, la viuda de tu hermano, que s&#233; que te gusta, y su vivaz chiquillo estar&#225;n siempre seguros. Ser&#225;n mis amigos y yo ser&#233; su protectora.

&#191;Contra qu&#233;?

Olimpia extendi&#243; las manos.

Accidentes, ocurrencias desafortunadas.

Telam&#243;n exhal&#243; un suspiro y tir&#243; de una hebra suelta de su capa. Tendr&#237;a que pedir a su madre que se ocupara de arreglarla. El miedo hab&#237;a pasado; la amenaza estaba clara. Telam&#243;n se levant&#243; y camin&#243; hacia la puerta. El oficial de guardia desenvain&#243; la espada. Olimpia debi&#243; haberle hecho un gesto, porque volvi&#243; a envainarla.

&#191;D&#243;nde vas, Telam&#243;n? Ya ves cu&#225;nto te quiero. Ning&#250;n hombre me vuelve la espalda.

Telam&#243;n se volvi&#243;.

Mi se&#241;ora, voy a preparar mi equipaje. El viaje a Sestos es un viaje muy largo.

Olimpia sonri&#243;. Se acerc&#243; a la mesa para buscar entre las joyas. Cogi&#243; una bolsa de monedas y se la arroj&#243; a Telam&#243;n, quien la cogi&#243; con destreza.

&#161;Eso es para tu viaje, f&#237;sico!

Telam&#243;n desat&#243; el cord&#243;n, puso la bolsa boca abajo y vaci&#243; las monedas de oro sobre el suelo, donde tintinearon y rodaron.

Como has dicho, mi se&#241;ora -apunt&#243; dejando caer la bolsa de cuero-. &#161;Ni el oro ni la gloria! Quiz&#225;s en esta ocasi&#243;n, aceptar&#233; la gloria. El oro -hizo un gesto- te lo puedes quedar.

Camin&#243; hacia la puerta. El guardia la abri&#243;.

&#161;Adi&#243;s, Telam&#243;n! -le grit&#243; Olimpia-. Di a mi hijo que su madre le quiere.

Telam&#243;n, tenso de rabia, ya caminaba por el pasillo abovedado hacia la luz que sal&#237;a por el extremo m&#225;s lejano.



PR&#211;LOGO III

Las gentes de Troya hab&#237;an hecho muchos esfuerzos, y durante mucho tiempo, pero fueron incapaces de impedir que las mujeres locrianas entraran en su territorio.

Eneas el T&#225;ctico, Sobre la defensa de los lugares fortificados, 31.24



La muchacha corr&#237;a. No sab&#237;a hacia d&#243;nde ni por qu&#233;. Se detuvo y mir&#243; atr&#225;s a lo largo del polvoriento sendero bordeado por robles que susurraban con el viento. Estaba segura de que las Furias, como &#225;guilas chillonas, se estaban lanzando sobre ella para arrastrarla de nuevo a los terrores de los que hab&#237;a escapado. Hizo una pausa y contempl&#243; su vestido, roto y manchado de sangre; los pies le sangraban de una multitud de cortes. El golpe en la cabeza parec&#237;a haberlo cambiado todo. Los robles se mov&#237;an como un reflejo en un arroyo. Le llegaban unos sonidos muy lejanos. Avanz&#243; tambale&#225;ndose, consciente del dolor en la espalda y los hombros. Se toc&#243; el rostro y torci&#243; el gesto en una mueca de dolor al notar los golpes alrededor de la boca. Una muchacha de rostro dulce. As&#237; la hab&#237;a descrito uno de los marineros. &#191;Marineros? La muchacha se detuvo de nuevo. Eso era algo que s&#237; recordaba: el viaje por mar, la peque&#241;a barca de pesca Estaba sentada all&#237; con otras mujeres y la escolta que les hab&#237;a enviado el jefe de la aldea. Hab&#237;an sentido miedo, pero eran felices. La otra muchacha era una desconocida, m&#225;s avezada. &#191;Por qu&#233; las hab&#237;an cogido? &#191;Alguna vieja historia resurgida del pasado? La joven mir&#243; a trav&#233;s de una abertura entre los robles. A lo lejos se ve&#237;a una monta&#241;a con la cumbre cubierta de nieve. &#191;Era el Olimpo? &#191;Iba a la casa de los dioses? Se acuclill&#243; en el camino. &#191;Por qu&#233; estaba aqu&#237;? Record&#243; vagas im&#225;genes referentes a Casandra y la reparaci&#243;n de un crimen siniestro, una sacerdotisa muerta, la sangre que clamaba al cielo reclamando venganza

La joven se levant&#243; y continu&#243; tambaleante. Lleg&#243; a un recodo y los robles dieron paso a una amplia llanura barrida por el viento. El brillo de un r&#237;o llam&#243; su atenci&#243;n. Divis&#243; unas grandes ruinas en lo alto de la colina. &#191;No era el mar eso que escuchaba estrell&#225;ndose contra las rocas? &#191;Por qu&#233; estaba aqu&#237;? &#191;Qu&#233; hab&#237;a pasado? Cerr&#243; los ojos y se balance&#243; sobre la planta de los pies. Hab&#237;a llevado una guirnalda como la otra muchacha. Hab&#237;an estado hablando y riendo, pero, despu&#233;s de aquello, se encontraron en la oscuridad, con aquellas siniestras figuras enmascaradas que las rodeaban. Record&#243; a su compa&#241;era, que se hab&#237;a vuelto para correr, el garrote que le golpeaba en la cabeza, la sangre que manaba de la nariz y la boca de la pobre muchacha. Unas manos la hab&#237;an sujetado violentamente y le hab&#237;an arrancado las ropas. Ella hab&#237;a echado a correr, se hab&#237;a golpeado contra la pared de la caverna y hab&#237;a ca&#237;do de bruces. Los morados, los duros guijarros hab&#237;an marcado su cuerpo suave, pero ella hab&#237;a alcanzado la boca de la caverna y estaba oscuro; por eso hab&#237;an llegado all&#237;, atra&#237;das por la visi&#243;n del fuego y el olor de la comida.

La muchacha comenz&#243; a temblar. No pod&#237;a dejar de temblar. Se le aflojaban los intestinos y quer&#237;a vomitar. Sin saber la raz&#243;n, las ruinas que ten&#237;a delante le resultaban conocidas. &#191;No era all&#237; donde se supon&#237;a que deb&#237;a ir?

Abandon&#243; el sendero y sigui&#243; caminando a trompicones. Un p&#225;jaro volaba en c&#237;rculos. Su grito le record&#243; la llamada de un fantasma. Se detuvo y mir&#243; el cielo. &#191;Estaba en casa? &#191;De nuevo en Tesalia? &#191;Podr&#237;a comer y beber? &#191;Se pon&#237;a el sol porque se acababa el d&#237;a otra vez? &#191;Cuando cayera la noche aparecer&#237;an aquellas siniestras figuras? Tropez&#243; y, al caer, se lastim&#243; la rodilla. Se levant&#243; y sigui&#243; caminando. Era consciente de que se mov&#237;a entre paredes rotas y puertas derruidas. De pronto apareci&#243; un hombre bajo, rechoncho y calvo, exceptuando un c&#237;rculo de cabellos negros dispuestos como si llevara una corona. Ten&#237;a los ojos brillantes y la nariz respingona. Le dijo algo, pero ella no pod&#237;a entenderle. No le gustaba. Ten&#237;a una mirada codiciosa, salaz y no dejaba de lamerse los labios como uno de aquellos marineros. Se le acerc&#243;.

&#191;Qu&#233; pasa, querida?

Ahora ella pod&#237;a entender su lenguaje duro y gutural.

&#191;Por qu&#233; est&#225;s aqu&#237;?

Ella abri&#243; la mano. El hombre vio la peque&#241;a lechuza de marfil que guardaba all&#237;. Ahora la muchacha comprendi&#243; por qu&#233; hab&#237;a apretado tanto el pu&#241;o. Acostumbraba a llevar la lechuza colgada de una cadena alrededor del cuello.

&#161;La lechuza de Atenea! -exclam&#243; el hombre-. Ser&#225; mejor que vengas conmigo.


La cogi&#243; de la mano. Ella no pudo hacer otra cosa que seguirle mientras el hombre la guiaba por entre las ruinas. Aparecieron otras personas y vio c&#243;mo la rodeaban moviendo los labios, pero no escuchaba las voces. Delante de ella, aparecieron unos escalones que llevaban hasta un templo con un p&#243;rtico sustentando por columnas. La figura con el yelmo de Palas Atenea se elevaba por encima del edificio. Ella la reconoci&#243;; le hab&#237;an hablado de la diosa. El hombre la hizo entrar. El interior estaba oscuro, pero desprend&#237;a un olor agradable. Se agach&#243; y advirti&#243; que el suelo era fresco. Vio las columnas y las estatuas. Tres mujeres se acercaron presurosas. Despidieron al hombre r&#225;pidamente y la llevaron por un pasillo hasta una peque&#241;a habitaci&#243;n donde un brasero calentaba y perfumaba el ambiente. Se pregunt&#243; si la mujer que estaba sentada en un taburete era la diosa. Los cabellos casta&#241;os, un rostro hermoso, ojos bien separados de un color mar gris, una sonrisa en los labios, la mirada ansiosa, el entrecejo fruncido. Toc&#243; el rostro de la joven, murmur&#243; algo y cogi&#243; gentilmente la lechuza de su mano.

&#191;Cu&#225;l es tu nombre? &#191;Dime qui&#233;n eres? -quiso saber mostrando preocupaci&#243;n en sus ojos-. T&#250; eres una de las doncellas que esper&#225;bamos, &#191;verdad? Me llamo Ant&#237;gona y soy la sacerdotisa del templo. &#201;stas son mis dos ayudantes, Selena y Aspasia.

Los nombres y los rostros no significaban nada para la muchacha. Se ech&#243; a temblar una vez m&#225;s. Mir&#243; en derredor, desesperada. Amag&#243; levantarse, pero una de las ayudantes la retuvo. Acercaron una copa a sus labios.

&#161;Bebe! -le orden&#243; una voz.

La muchacha obedeci&#243;. Vaci&#243; la copa y una vez m&#225;s comenz&#243; a caer, pero no en el sue&#241;o, sino en la horrible pesadilla y la l&#243;brega oscuridad del Hades.



CAP&#205;TULO I

Cuando comenz&#243; la siguiente campa&#241;a, Alejandro dej&#243; a Ant&#237;patro a cargo de los asuntos [] y march&#243; hacia Helesponto.

Arriano, Las campa&#241;as de Alejandro, libro 1, cap&#237;tulo 11



El momento hab&#237;a sido escogido por Aristandro, nigromante y depositario de los secretos del rey: la ascensi&#243;n de la estrella Arturo en el cuadrag&#233;simo segundo a&#241;o de la Olimp&#237;ada. Alejandro de Macedonia se encontraba en el centro de un c&#237;rculo de doce altares de piedra erigidos en honor de los dioses del Olimpo. El anillo sagrado coronaba un peque&#241;o altozano, a unos pocos estadios de la ciudad de Sestos, desde donde se ve&#237;an las aguas azules agitadas por las fuertes corrientes del Helesponto.

A pesar de los preparativos de Aristandro, los auspicios no eran buenos. Una fr&#237;a niebla crepuscular llegaba desde el mar, una sombr&#237;a nube que amenazaba con extinguir los fuegos que ard&#237;an en once de los altares. Alejandro levant&#243; una mano. Los trompeteros levantaron las trompas y soplaron una larga y ensordecedora nota que se transmiti&#243; m&#225;s all&#225; del agua y lleg&#243; hasta el campamento macedonio, que parec&#237;a cubrir todo el horizonte. Ahora se hizo un silencio sepulcral. Las tropas, congregadas alrededor de la colina, miraron hacia el sitio sagrado donde los guardaespaldas reales custodiaban el lugar del sacrificio. Aquellos que hab&#237;an llegado primero espiaban a trav&#233;s de la empalizada, ansiosos por ver a su rey. Alejandro de Macedonia, vestido con la armadura de comandante de la brigada real, esperaba pacientemente, con la cabeza echada un poco hacia atr&#225;s, con la mirada puesta en los negros y amenazadores nubarrones que ocultaban el sol moribundo y amenazaban con oscurecer la p&#225;lida luz de la luna y las estrellas. Se pronosticaba una noche l&#243;brega, azotada por el viento.

Alrededor de Alejandro, se agrupaban sus compa&#241;eros. Estaban Hefesti&#243;n, alto, de cabellos oscuros, de rostro afilado y sombr&#237;o y con barba y bigote; algunos murmuraban que la sombra de Alejandro se parec&#237;a m&#225;s a un semita que a un macedonio. A su lado, Ptolomeo, bien afeitado, con la tez muy bronceada, el cabello corto. Una cicatriz en el ojo derecho, junto con la nariz quebrada y labios finos, hac&#237;a que en su rostro apareciera una expresi&#243;n de permanente desd&#233;n. Despu&#233;s estaba Nearco, el peque&#241;o cretense, que se ocupaba de las catapultas, los mandrones y otras m&#225;quinas de guerra. Por &#250;ltimo, Seleuco, alto y fornido y con los p&#225;rpados gruesos, que so&#241;aba con convertirse en un potentado asi&#225;tico.

A la izquierda de su rey, hab&#237;a un grupo de sacerdotes, encabezados por el calvo y zanquilargo Aristandro, con los ojos saltones y la nariz que le chorreaba continuamente. Su aspecto no pod&#237;a ser m&#225;s apropiado para el personaje que todo el mundo le asignaba: brujo, mago, vidente y adivino. Un sacerdote que conoc&#237;a los ritos secretos y que hab&#237;a sido enviado por Olimpia para que su maestr&#237;a en la magia negra ayudara a su hijo. Todos le observaron mientras el toro blanco como la leche, con los cuernos dorados, una guirnalda de flores alrededor del cuello y debidamente drogado, entraba en el c&#237;rculo sagrado. El paje real que guiaba el animal se detuvo ante Alejandro. El rey, con un peque&#241;o cuchillo, cort&#243; un pu&#241;ado de pelos entre los cuernos. Despu&#233;s se acerc&#243; a unos de los altares y los dej&#243; en el fuego. Aristandro le alcanz&#243; una copa de oro llena de vino de Chian. Alejandro derram&#243; la bebida sobre las llamas y se apart&#243;. Acercaron el toro al altar donde no ard&#237;a fuego alguno. A una se&#241;al de Aristandro, los sacerdotes rodearon a la bestia. Uno de ellos levant&#243; el hacha ceremonial y la descarg&#243; en un golpe tan fuerte como certero en la nuca del animal, que bram&#243; de miedo mientras ca&#237;a de rodillas. Otro de los sacerdotes, montado en el toro, le ech&#243; la cabeza hacia atr&#225;s y, con un r&#225;pido movimiento, le raj&#243; la garganta con un cuchillo de hoja curva. El bramido del toro fue repetido por los asistentes, mientras su sangre manaba en un bol de plata para llevarla al fuego sagrado.

Alejandro lo observaba todo atentamente. Mientras lo hac&#237;a, las palabras del or&#225;culo de Delfos volvieron a su memoria para acosarlo: El toro est&#225; preparado para el sacrificio. Todo est&#225; listo. El verdugo espera. Unas palabras que profetizaban la muerte de su propio padre. &#191;Filipo hab&#237;a sido sacrificado? &#191;Su madre Olimpia hab&#237;a sido la sacerdotisa? &#191;Por qu&#233; lo hab&#237;an sacrificado? &#191;Para proteger a Olimpia o al amado hijo de Olimpia? &#191;Era inocente del derramamiento de la sangre de su padre? &#191;Regresar&#237;a la sombra de Filipo desde el Hades para burlarse y provocarle durante las primeras horas de la madrugada?

Los sacerdotes hab&#237;an levantado el cuerpo del toro para depositarlo sobre el altar. Alejandro intent&#243; disipar sus sombr&#237;os pensamientos y observ&#243; c&#243;mo los sacerdotes abr&#237;an el vientre de la bestia. Se cubri&#243; con la capucha de su capa de guerra y levant&#243; las manos en una plegar&#237;a a Zeus el todopoderoso. Las entra&#241;as del toro cayeron sobre el altar. Una s&#250;bita horda de moscas, con un ruidoso zumbido, apareci&#243; para lanzarse sobre el charco de sangre. Un mal presagio. El coraz&#243;n de Alejandro se sobresalt&#243;. &#191;Las hab&#237;an enviado las Furias? &#191;Una se&#241;al del inminente desagrado y castigo de los dioses? &#191;De todos ellos? &#191;O s&#243;lo de uno? &#191;Apolo quiz&#225;? &#191;Hera? Bien pod&#237;a ser Poseid&#243;n, cuyo permiso necesitaba Alejandro para extender su dominio a trav&#233;s del Helesponto. &#191;Ser&#237;an propicias las otras se&#241;ales? El toro hab&#237;a sido seleccionado cuidadosamente. Aristandro hab&#237;a dado unas &#243;rdenes secretas muy precisas. El rey record&#243; las cartas que hab&#237;a recibido de Olimpia. &#191;Todo esto era obra de un dios o maquinaciones de los hombres? Todos los pr&#237;ncipes estaban rodeados de traidores y asesinos, pero &#191;pod&#237;a fracasar ahora, incluso antes de haber comenzado?

Aristandro, con los brazos metidos en el vientre del toro, busc&#243; el h&#237;gado todav&#237;a caliente y lleno de la espesa sangre del animal. Lo deposit&#243; sobre el altar y lo observ&#243; durante un momento: se volvi&#243; hacia su se&#241;or y sacudi&#243; la cabeza. Alejandro ten&#237;a la respuesta. Los auspicios no eran buenos. El h&#237;gado segu&#237;a vivo, pero adivinaba por la sonrisa retorcida de Aristandro que estaba mancillada, que era inaceptable para los dioses. Alejandro se quit&#243; la capucha y cogi&#243; el brazo de Hefesti&#243;n.

&#161;No sirve! -susurr&#243;-. &#161;Est&#225; manchado, mancillado! Se lo entregu&#233; a los dioses y ellos lo han rechazado. D&#237;selo a los hombres congregados: las se&#241;ales todav&#237;a no son lo bastante claras.

&#191;Y? -pregunt&#243; Hefesti&#243;n.

&#161;Bah, oc&#250;pate de que limpien toda esta porquer&#237;a! -replic&#243; Alejandro, y se march&#243;.

Dej&#243; el recinto de los sacrificios y camin&#243; por la avenida entre sus tropas. Procur&#243; sonre&#237;r y se sinti&#243; m&#225;s tranquilo cuando el portador de su sombrilla, que intentaba mantenerse a la par, tropez&#243; y se cay&#243; de bruces para gran diversi&#243;n de los soldados.

&#161;Una buena se&#241;al! -grit&#243; Alejandro ayudando al hombre a ponerse de pie-. &#161;Los dioses saben que no necesito protecci&#243;n! Os tengo a vosotros y los tengo a ellos. &#191;Qu&#233; m&#225;s necesita el hijo de Filipo?

Sus palabras, pasadas de boca en boca, fueron saludadas con gritos de aprobaci&#243;n. Alejandro continu&#243; caminando. Not&#243; un s&#250;bito escalofr&#237;o a su lado izquierdo y se detuvo. &#191;Se trataba de su padre? &#191;Un fantasma? &#191;Una premonici&#243;n? Alejandro se sinti&#243; vulnerable. Hab&#237;a marchado sin m&#225;s del c&#237;rculo sagrado y no ten&#237;a a nadie que le protegiera la espalda. A cada lado estaban sus lanceros macedonios, pero cualquiera de ellos pod&#237;a ser un asesino. Alejandro domin&#243; el ansia de apresurar el paso. En cambio, se acerc&#243; a un grupo de tesalios para hacerles algunos comentarios jocosos sobre sus largas cabelleras y recordar sus haza&#241;as durante las anteriores campa&#241;as. Conoc&#237;a a algunos de ellos por su nombre y les pregunt&#243; por sus familias, al tiempo que elud&#237;a responder a las mismas preguntas. &#191;Cu&#225;ndo comenzar&#237;an la marcha? &#191;Cu&#225;ndo cruzar&#237;an el Helesponto?

Marcharemos muy pronto -les tranquiliz&#243; Alejandro, sin dar muestras de su propia inquietud-. Creed-me, en menos de un a&#241;o todos vosotros vestir&#233;is con las m&#225;s ricas sedas. Comer&#233;is y beber&#233;is en platos y copas de plata y oro mientras las damas de Persia se ocupan de complacer todos vuestros deseos.

&#191;Todos nuestros deseos? -replic&#243; un gracioso.

Alejandro se&#241;al&#243; a su interlocutor y le gui&#241;&#243; un ojo, divertido.

&#161;En tu caso, podr&#237;a haber un par de excepciones!

Un coro de carcajadas celebr&#243; la respuesta. Alejandro continu&#243; su marcha. Exhal&#243; un suspiro de alivio cuando lleg&#243; al recinto real, marcado por los carros y los trofeos colocados para conmemorar antiguas victorias y custodiado por una unidad de &#233;lite de la brigada real. Alejandro habl&#243; brevemente con el capit&#225;n de la guardia y cruz&#243; el per&#237;metro. En el centro, hab&#237;a un altar cubierto con flores marchitas. Alejandro se acerc&#243; para recoger una azucena y la aplast&#243; entre sus dedos. &#191;No le hab&#237;a advertido Olimpia, o hab&#237;a sido Arist&#243;teles, del riesgo que entra&#241;aba el zumo de esta flor? &#191;No hab&#237;an dicho que era venenoso o? Alejandro mir&#243; hacia los pabellones reales montados con la forma de una T. La barra superior era la c&#225;mara de reuni&#243;n; la vertical, sus aposentos privados. En la entrada, estaban reunidos un grupo de f&#237;sicos. Perdicles el Ateniense, alto y con la frente despejada y su cabello negro muy corto. Ten&#237;a ojos oblicuos, la nariz afilada y los labios muy finos. A su lado, Cle&#243;n de Samos: bajo, rubio, cara redonda e inquieto, un hombre con muchos secretos, muy pr&#243;ximo a Alejandro. Leontes de Platea, oscuro como una baya y con ojos picaros y una boca que siempre parec&#237;a estar abierta. Por &#250;ltimo, Nikias. &#191;De d&#243;nde era? Ah, s&#237;, de Corinto. Ten&#237;a la mirada grave, el rostro enjuto surcado por las arrugas y un humor seco. Una mata de rebeldes cabellos grises coronaba la cabeza del anciano. Los f&#237;sicos discut&#237;an acaloradamente con el oficial que les imped&#237;a el paso; no se dieron cuenta de la llegada de Alejandro hasta que el oficial salud&#243; a su comandante.

&#191;Est&#225; &#233;l aqu&#237;, se&#241;or? -pregunt&#243; Perdicles-. Escuchamos el rumor

Escuchasteis un rumor y yo s&#233; la verdad -se burl&#243; Alejandro-. S&#237;, ya hablar&#233;is con &#233;l, pero no ahora.

Gui&#241;&#243; un ojo a Cle&#243;n y pas&#243; entre ellos para entrar en la primera parte de la tienda, la sala de espera, donde haraganeaban los pajes reales. Alejandro les entreg&#243; la capa y apart&#243; la cortina de tela que ocultaba la c&#225;mara privada donde ten&#237;a la mesa, las sillas, los tesoros y las posesiones personales. El paje que estaba encendiendo un candil de aceite se volvi&#243; r&#225;pidamente.

&#161;Fuera de aqu&#237;! -le orden&#243; el rey.

El chiquillo se sec&#243; las manos en la t&#250;nica y se apresur&#243; a obedecer. Alejandro lo sujet&#243; por el hombro cuando pas&#243; a su lado. Mir&#243; el dulce rostro moreno.

Eres un buen chico -le dijo Alejandro sonri&#233;ndole-. S&#243;lo estoy cansado. Di a los dem&#225;s que no hagan ruido.

Alejandro no hizo caso de Telam&#243;n, a quien hab&#237;a visto sentado en un taburete entre dos cofres situados al fondo a la izquierda. En cambio, se acerc&#243; a la mesa y rebusc&#243; entre el mont&#243;n de pergaminos que la tapaban.

El secretario siempre est&#225; muy atareado.

&#191;No lo estamos todos? -replic&#243; Telam&#243;n con frialdad.

Alejandro le dirigi&#243; una mirada penetrante y comenz&#243; a desabrochar las hebillas de la coraza.

&#161;Oh, por el amor de Apolo o cualquier dios en el que creas, Telam&#243;n! No te quedes sentado all&#237; sin hacer nada. Ven aqu&#237; y ayuda a un viejo amigo.

Telam&#243;n obedeci&#243;. Se agach&#243; para desabrochar la hebilla debajo de la axila.

Has cambiado -coment&#243; Alejandro.

Tambi&#233;n el mundo, se&#241;or.

Telam&#243;n se ocup&#243; de desabrochar la hebilla y entrecerr&#243; los p&#225;rpados mientras lo hac&#237;a.

Has estado demasiado tiempo al sol, Telam&#243;n. Tu vista no es muy buena.

Como siempre, se&#241;or; no veo de cerca.

Sol&#237;as llamarme Alejandro.

Y muchas m&#225;s cosas, se&#241;or -replic&#243; Telam&#243;n.

&#191;C&#243;mo est&#225; mi madre?

Letal como siempre.

&#191;Te amenaz&#243;?

No, s&#243;lo a aquellos a quienes amo.

Alejandro se quit&#243; la coraza y la arroj&#243; sobre un taburete.

Est&#225;n a salvo. No te preocupes por ella, Telam&#243;n. Tu nombre y los de tu familia figuran en mi lista.

El rey se quit&#243; la falda de guerra, se sent&#243; en un taburete y se quit&#243; el calzado; luego se quit&#243; la t&#250;nica empapada en sudor. Se levant&#243; desnudo excepto por el taparrabos y abri&#243; los brazos.

&#191;Apruebo el examen, f&#237;sico?

Telam&#243;n observ&#243; la piel blanca rosada marcada por las viejas cicatrices y morados, las partes bronceadas por el sol. Las pantorrillas y los muslos eran gruesos y musculosos; el est&#243;mago, plano.

Una mente sana en un cuerpo sano, &#191;eh, Telam&#243;n?

El cuerpo aprueba el examen, se&#241;or.

La sonrisa de Alejandro se esfum&#243;. Se acerc&#243; a uno de los cofres, sac&#243; una t&#250;nica blanca con vivos rojos y se la puso pas&#225;ndola por encima de la cabeza.

No has cambiado en absoluto, Telam&#243;n. Tan c&#225;ustico y c&#237;nico como siempre.

La vida es corta y la ciencia demasiado larga para aprenderla toda -replic&#243; Telam&#243;n-. La oportunidad es esquiva, la experiencia es peligrosa y el juicio es dif&#237;cil.

&#191;Eur&#237;pides?

No, se&#241;or. Hip&#243;crates.

El rey se acerc&#243; con la mano extendida. Telam&#243;n se la estrech&#243;. Alejandro lo abraz&#243;.

Deseaba tanto que vinieras -afirm&#243; con un tono apasionado-. Como dijo Eur&#237;pides, el d&#237;a es para los hombres honrados y la noche para los ladrones. &#191;Todav&#237;a disfrutas con su obra, Telam&#243;n?

Sobre todo con una de sus frases -contest&#243; el f&#237;sico-. Aquel fragmento sagrado: Aquellos a quienes los dioses quieren destruir primero los convierten en locos.

Alejandro not&#243; que su leal amigo se tensaba como si esperase un golpe. El rey le bes&#243; cari&#241;osamente en la mejilla y se apart&#243;.

Lade&#243; la cabeza, con un dedo cerca del rostro de Telam&#243;n.

Te quer&#237;a aqu&#237;, porque te necesito. Porque conf&#237;o en ti. Sin embargo, si no quieres estar aqu&#237;, te llenar&#233; la bolsa con oro y te enviar&#233; de regreso.

Me encantar&#237;a aceptar tu propuesta -contest&#243; Telam&#243;n sonriendo-. De todos modos, no puedo por dos razones. Primera, no hay vuelta atr&#225;s. Segunda, no te queda oro.

Alejandro lo cogi&#243; del brazo.

En cambio, tengo trabajo -advirti&#243; mirando hacia la entrada de la tienda con el rostro solemne y la mirada preocupada-. Algunos hombres en este campamento, Telam&#243;n, desean verme muerto. Otros quieren verme fracasar. Acabo de sacrificar el tercer toro en dos d&#237;as, los mejores de mi reba&#241;o. Como los otros, el h&#237;gado estaba manchado. No s&#233; qu&#233; se acabar&#225; primero: los toros para el sacrificio o mi paciencia con los dioses -apunt&#243; antes de hacer una pausa-. Hay algo m&#225;s que quiero mostrarte.

Alejandro se calz&#243; unas sandalias. Toc&#243; la bolsa de cuero que Telam&#243;n llevaba colgada al hombro.

&#191;Has tra&#237;do tus medicinas?

El soldado lleva su espada; el f&#237;sico, sus pociones.

Quiz&#225; las necesites.

Alejandro levant&#243; la solapa y atravesaron la antec&#225;mara. Salieron al fresco aire nocturno. Los otros f&#237;sicos los rodearon inmediatamente. Telam&#243;n los conoc&#237;a desde hac&#237;a a&#241;os. Perdicles le cogi&#243; del brazo; su rostro, la viva imagen del placer.

He escuchado los rumores, aunque no pens&#233; que vendr&#237;as.

Los otros se hubieran unido a la conversaci&#243;n, pero Alejandro llam&#243; a un oficial de la guardia para que le escoltara. En medio de la oscuridad, caminaron cuidadosamente entre las tiendas y los pabellones, atentos a las cuerdas y las estacas. Algunas tiendas eran grandes y otras peque&#241;as, pero todas estaban colocadas muy juntas, no s&#243;lo como una medida de seguridad, sino para prevenir un ataque nocturno. La caballer&#237;a o la infanter&#237;a enemiga encontrar&#237;a que los angostos pasadizos eran un obst&#225;culo tan poderoso como una l&#237;nea de centinelas.

&#191;De qu&#233; te sonr&#237;es tanto? -pregunt&#243; Alejandro, sin hacer caso de la charla de los otros f&#237;sicos que les segu&#237;an.

De nuestra juventud -respondi&#243; Telam&#243;n, sin perder la sonrisa-. De Cleito el Negro, que nos llevaba a las colinas para ense&#241;arnos c&#243;mo y d&#243;nde instalar el campamento. Por cierto, &#191;d&#243;nde est&#225; el gran bruto?

Comprando vino en Sestos. &#191;Cenar&#225;s esta noche conmigo, Telam&#243;n?

Alejandro hizo una pausa al ver aparecer entre las sombras a una figura encapuchada. El oficial que hab&#237;a a un lado desenvain&#243; la espada, pero se tranquiliz&#243; cuando el hombre se quit&#243; la capucha.

&#161;Nuestro hombre de Tarso! -exclam&#243; Alejandro-. El fabricante de tiendas. &#191;Est&#225; todo preparado?

El fabricante de tiendas asinti&#243;.

&#191;Qu&#233; hay del incendio? -pregunt&#243; el rey.

El hombre sacudi&#243; la cabeza.

No lo s&#233;. Todo lo que puedo decir -a&#241;adi&#243; compungido- es que se ha destruido una buena tienda. El cuero y las cuerdas son muy preciosos.

Lo s&#233;, lo s&#233; -apunt&#243; Alejandro despidi&#233;ndolo con un gesto mientras cog&#237;a la mano de Telam&#243;n como hac&#237;an cuando eran unos chiquillos-. Era tu tienda -susurr&#243;-. Tienes una para ti solo. Las dos c&#225;maras se incendiaron; s&#243;lo quedaron los postes y las cuerdas. Demos gracias de que no estuvieses dentro.

&#191;Un accidente?

Quiz&#225; -replic&#243; Alejandro.

Telam&#243;n desvi&#243; la mirada. La fresca brisa nocturna hel&#243; el sudor de su frente. Estaba cansado despu&#233;s del largo viaje desde Macedonia y se pregunt&#243; sin darle mucha importancia por qu&#233; su tienda se hab&#237;a quemado. Los incendios eran algo com&#250;n, pero generalmente eran causados por alguien que hab&#237;a sido descuidado en su interior. Se dispon&#237;a a pedir m&#225;s detalles cuando Alejandro se detuvo ante una gran tienda cuadrada, con el techo en punta. Ten&#237;a la parte delantera de tela y todo lo dem&#225;s de pieles sujetas a postes y estiradas con cuerdas y estacas. El centinela de la entrada levant&#243; la solapa. Alejandro entr&#243; seguido de Telam&#243;n, y luego entraron los otros f&#237;sicos.

La tienda no estaba divida en dos, sino que era como un peque&#241;o sal&#243;n. Un brasero con tapa ocupaba el centro. El suelo estaba cubierto con alfombras de lana y hab&#237;a asientos con cojines y mesitas pulidas. Al fondo hab&#237;a camas, cofres, ba&#250;les y una silla de respaldo recto y taburetes alrededor de una mesa de caballetes. Una muchacha, vestida con una sencilla t&#250;nica rojo oscuro, estaba sentada a la mesa con la mirada perdida en el vac&#237;o. Tres mujeres, que hablaban discretamente entre ellas en el extremo de la tienda, se levantaron para acercarse a los visitantes. Las tres vest&#237;an con las t&#250;nicas azul claro y los mantos de las sacerdotisas de Atenea. Su l&#237;der llevaba un cayado blanco de pastor. La peque&#241;a lechuza de bronce de Atenea colgaba de una cadena alrededor de su cuello y sus anillas estaban adornadas con el mismo s&#237;mbolo. Sus dos compa&#241;eras no eran m&#225;s que dos jovenzuelas p&#225;lidas y de cabellos oscuros. La sacerdotisa, que se present&#243; a s&#237; misma como Ant&#237;gona, era sorprendente tanto en su hermosura como en su porte: ojos verdes en un largo rostro moreno, p&#243;mulos altos y labios carnosos muy rojos. A Telam&#243;n le record&#243; fugazmente a Olimpia, y no parec&#237;a en absoluto intimidada por la presencia de Alejandro. &#201;l le dedic&#243; todas las cortes&#237;as, se inclin&#243; ante ella y abri&#243; los brazos como un suplicante en el templo.

Vaya, mi se&#241;or -dijo Ant&#237;gona con una voz suave y vibrante-, me hab&#237;as prometido traer a un f&#237;sico, pero no a una manada.

No hizo caso de Perdicles y los dem&#225;s y observ&#243; calmadamente a Telam&#243;n con una lenta mirada apreciativa; mir&#243; su rostro como si quisiera recordarlo. Alejandro hizo las presentaciones. Telam&#243;n se sent&#237;a un tanto inc&#243;modo e impresionado; se pregunt&#243; si Ant&#237;gona sent&#237;a una leg&#237;tima curiosidad por &#233;l o si simplemente se estaba burlando.

Ant&#237;gona le ofreci&#243; la mano para que se la besara. &#201;l lo hizo. Sus dedos eran largos, frescos y perfumados.

Est&#225;s cansado -afirm&#243; Ant&#237;gona sujet&#225;ndole la mano derecha y acarici&#225;ndole suavemente la mu&#241;eca con el pulgar-. &#161;Te conozco, el famoso f&#237;sico!

Telam&#243;n, avergonzado, mir&#243; a Alejandro, que disfrutaba enormemente de su incomodidad.

Ant&#237;gona, sacerdotisa de Atenea -declar&#243; Alejandro-. Sirve a la diosa en su templo de Troya. Cruz&#243; el Helesponto para saludarme. &#161;Un gran honor! Tambi&#233;n trajo a gu&#237;as.

&#191;Gu&#237;as?

Alejandro hizo un gesto cortante con la mano.

Ya te lo contar&#233; m&#225;s tarde. &#161;Primero, la paciente!

Ant&#237;gona se apart&#243;. Alejandro acompa&#241;&#243; a Telam&#243;n hasta la mesa.

Mi se&#241;ora, quiz&#225; quieras contar a nuestro f&#237;sico la historia de la muchacha.

Telam&#243;n mir&#243; el rostro de mu&#241;eca y los ojos ausentes de la muchacha, que continuaba sentada; mov&#237;a los labios, aunque no se escuchaba sonido alguno. Parpadeaba, hac&#237;a una mueca y se encog&#237;a como si quisiera protegerse de un enemigo invisible. Telam&#243;n le tom&#243; el pulso. El latido de la sangre en la mu&#241;eca era r&#225;pido. La mir&#243; a los ojos: las oscuras pupilas se ve&#237;an muy grandes y la respiraci&#243;n era poco profunda.

Est&#225; en trance -afirm&#243;-, inducido por la fiebre.

Mir&#243; a Ant&#237;gona. La sacerdotisa jugaba con uno de los pesados anillos que llevaban el sello de la lechuza de Atenea.

&#191;Qui&#233;n es ella? &#191;Una de las doncellas de tu templo?

Alejandro se sent&#243; en el borde de la mesa, con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo.

Es lo que queda de una leyenda, Telam&#243;n. &#161;La maldici&#243;n de Casandra!

&#191;Casandra raptada por &#193;yax despu&#233;s de la ca&#237;da de Troya?

El guerrero -asinti&#243; Alejandro- cogi&#243; a Casandra prisionera y la viol&#243;. La leyenda dice que sus descendientes, las cien familias nobles de L&#243;crida en Tesalia, tuvieron que pagar una reparaci&#243;n. Casandra, la profetisa, hab&#237;a estado consagrada a Atenea. Las cien familias deb&#237;an enviar a dos doncellas todos los a&#241;os para servir en el templo de la diosa en Troya.

&#161;Eso no es m&#225;s que una leyenda! -protest&#243; Telam&#243;n.

Lo fue hasta hace cinco a&#241;os. Mi padre Filipo quer&#237;a que su desembarco en Troya fuera un &#233;xito. Deseaba apaciguar a Atenea y convenci&#243; a los l&#237;deres tesalios para que reimplantaran la costumbre. Cada dos primaveras, dos doncellas ser&#237;an llevadas a trav&#233;s del Heles-ponto y desembarcadas en la playa para que fueran por sus propios medios a Troya. Al menos, eso era lo que se deseaba.

Aspasia y Selena fueron las primeras -precis&#243; Ant&#237;gona se&#241;alando a sus dos compa&#241;eras-. Ninguna de las dem&#225;s lleg&#243; a Troya. Yo misma escrib&#237; a Filipo, pero &#233;l poco pod&#237;a hacer; la costa occidental del Helesponto est&#225; en manos de bandidos y forajidos. Dos doncellas se vender&#237;an a un precio muy elevado en los mercados de esclavos.

&#161;Es una barbaridad! -exclam&#243; Telam&#243;n.

Hab&#237;a ocurrido antes -explic&#243; Alejandro-. Este a&#241;o no fue diferente.

Telam&#243;n le ech&#243; una r&#225;pida mirada. &#191;Ment&#237;a Alejandro? Descubri&#243; la mirada entre el rey y la sacerdotisa, una d&#233;bil sonrisa de complicidad.

La costumbre ha llegado a su fin -sentenci&#243; Alejandro dando un suspiro-. Ya no son necesarios nuevos sacrificios. Encontraron a esta pobre desgraciada vagando cerca de las ruinas de Troya.

Telam&#243;n examin&#243; la cabeza de la muchacha y meti&#243; los dedos entre la abundante cabellera. Toc&#243; chichones y la costra de una herida. Le hab&#237;an maquillado cuidadosamente el rostro para ocultar los cortes y morados. Pidi&#243; que le acercaran una l&#225;mpara.

La hemos examinado -le inform&#243; Perdicles, que se acerc&#243; con los otros f&#237;sicos.

Es idiota -cece&#243; Cle&#243;n.

No hay nada que podamos hacer -declar&#243; Nikias bondadosamente-, excepto devolverla a su familia.

Telam&#243;n, acuclillado junto a la muchacha, le sujet&#243; la mano, que estaba fr&#237;a y pegajosa. Apoy&#243; la oreja contra su pecho y, despu&#233;s de pedir silencio con un gesto, escuch&#243; los latidos del coraz&#243;n.

Puedo curarla -afirm&#243;.

Leont&#233;s se ech&#243; a re&#237;r. Se acerc&#243; por detr&#225;s de la muchacha y mir&#243; furioso a Telam&#243;n, como si &#233;ste fuera el responsable de las heridas de la muchacha.

&#191;Eres un milagrero, Telam&#243;n? &#191;Le untar&#225;s la piel con sebo de sapo y bailar&#225;s a su alrededor?

&#161;A ti te har&#233; comer el mismo sebo! -replic&#243; Telam&#243;n.

Alejandro casi se ahog&#243; de la risa y se levant&#243;.

No hay nada peor que una caterva de f&#237;sicos que discuten una cura -se mof&#243;.

No ser&#233; yo quien discuta -contest&#243; Telam&#243;n poni&#233;ndose de pie con el rostro enrojecido de furia-. He visto antes estos trances. Son engendrados por un muy profundo terror.

El rey se disculp&#243; con la mirada.

&#191;Qu&#233; recomiendas?

Telam&#243;n cogi&#243; suavemente la barbilla de la muchacha y le hizo volver la cabeza.

&#191;Qu&#233; es? -pregunt&#243; con dulzura-. &#191;De qu&#233; tienes miedo?

De la oscuridad.

A la muchacha le temblaba el labio inferior. Su voz era gutural. Telam&#243;n entend&#237;a su lengua. Durante su exilio, hab&#237;a trabajado un tiempo en Tesalia.

&#191;Qu&#233; pasa con la oscuridad?

Las Furias acechan en la oscuridad. Unos monstruos se enroscan como las serpientes en mi piel -confes&#243; apoyando una mano en su cara-. Y los gritos. Eso y la sangre que mana. La garra de un monstruo se alarga para cogerme. Y el -cerr&#243; los ojos y se sorbi&#243; los mocos-. El pozo, visiones horribles, los hedores.

Guard&#243; silencio y mir&#243; la mesa, de nuevo ensimismada en sus pensamientos.

Telam&#243;n cogi&#243; la alforja que llevaba al hombro y desabroch&#243; las hebillas. Busc&#243; entre los peque&#241;os frascos cuidadosamente guardados en los bolsillos y entre las correas interiores. Sac&#243; uno y apret&#243; la mano de la muchacha.

Te har&#233; dormir -dijo-. Te dormir&#225;s durante mucho, mucho tiempo.

&#191;Para qu&#233; servir&#225;? -pregunt&#243; Alejandro, curioso.

Permitir&#225; que su cuerpo y su mente descansen. Librar&#225; su alma de los fantasmas. Algunas veces se despertar&#225; gritando, pero se volver&#225; a dormir.

Un remedio de mujer -murmur&#243; Leont&#233;s.

Ni mucho menos -replic&#243; Telam&#243;n quitando el tap&#243;n y oli&#233;ndolo cuidadosamente-. En realidad, es un remedio de soldados. Mi se&#241;or -dijo a Alejando-, t&#250; has conocido a soldados cuyas mentes se hab&#237;an trastornado con el horror de la batalla.

Lun&#225;ticos -afirm&#243; el rey-. Incapaces para todo.

Est&#225;n perdidos en el laberinto de sus terrores -explic&#243; Telam&#243;n-. Dan vueltas y m&#225;s vueltas en la in&#250;til b&#250;squeda de una salida. El sue&#241;o les rehuye y, cuanto m&#225;s r&#225;pido van, m&#225;s desesperados se vuelven y todo es cada vez peor.

He escuchado hablar de esos casos -intervino Perdicles-. Lo llaman el sue&#241;o de Esculapio, el sue&#241;o del olvido.

He visto a hombres dormir durante semanas, en ocasiones meses; eso es todo lo que hacen: duermen, comen y beben.

&#191;Se curan? -pregunt&#243; Leont&#233;s, que ya no se mostraba tan arrogante.

En la mayor&#237;a de los casos s&#237;, aunque debo admitir que uno o dos

El sue&#241;o es hermano de la muerte -se&#241;al&#243; Ant&#237;gona-. Nunca recuperaron la conciencia.

Precisamente, mi se&#241;ora. Ahora, &#191;puedo conseguir un poco de vino?

Ant&#237;gona fue al fondo de la tienda. Trajo una copa con el escudo de la lechuza de Atenea y la llen&#243; de vino. Lo prob&#243; y, con un gui&#241;o a Telam&#243;n, se la entreg&#243; como si fuera la copa de un amante El f&#237;sico cat&#243; el vino y lo oli&#243;: era muy oscuro y fuerte.

De los vi&#241;edos de Chios -le explic&#243; Ant&#237;gona.

Telam&#243;n volvi&#243; a probar el vino. Decidi&#243; que, si ten&#237;a que verse involucrado en las enloquecidas campa&#241;as de Alejandro y hab&#237;a muertos y heridos, habr&#237;a que guardar este vino para aliviar el dolor y limpiar las heridas. Mientras los dem&#225;s le observaban, verti&#243; el polvo en el vino y lo removi&#243; con un bastoncillo de marfil que sac&#243; de la alforja. Cogi&#243; la copa e intent&#243; que la muchacha bebiera. Ella se neg&#243;.

D&#233;jame intentarlo -le pidi&#243; Ant&#237;gona. Cogi&#243; la copa de la mano del f&#237;sico.

Telam&#243;n se apart&#243;. Ant&#237;gona prob&#243; el vino una vez m&#225;s para infundirle confianza a la muchacha. Lo intent&#243; de nuevo pero la paciente se ech&#243; hacia atr&#225;s sacudiendo la cabeza. Otros lo intentaron sin tener &#233;xito. Telam&#243;n se inclin&#243; sobre la joven y le hizo volver el rostro suavemente.

Cierra los ojos -le rog&#243;-. Piensa que vuelves a tu hogar.

Una d&#233;bil sonrisa apareci&#243; en el rostro de la joven.

Este vino te llevar&#225; a casa. Es un vino m&#225;gico; har&#225; que te sientas mejor.

Telam&#243;n cogi&#243; la copa de manos de Ant&#237;gona y esta vez la muchacha bebi&#243; un trago. El f&#237;sico dej&#243; la copa sobre la mesa.

No podemos hacer nada m&#225;s -afirm&#243;.

Alejandro estaba impaciente por marcharse. Ant&#237;gona murmur&#243; algo sobre un funeral. Telam&#243;n guard&#243; el frasco en la alforja y abroch&#243; las hebillas. Todos se dirigieron hacia la salida.

En la entrada, Telam&#243;n mir&#243; hacia atr&#225;s. La muchacha sosten&#237;a la copa entre las manos y miraba el vino como si fuera el agua de Leteo, el r&#237;o del olvido.

&#191;Lo beber&#225;? -pregunt&#243; Alejandro.

Lo beber&#225; -manifest&#243; Telam&#243;n-. Se quedar&#225; dormida con la cabeza apoyada en las manos, o quiz&#225; se vaya a la cama.

Ech&#243; una ojeada a la tienda y sonri&#243; para sus adentros. Incluso aqu&#237;, en este campamento militar, resultaba obvio que &#233;ste era un lugar de mujeres: m&#225;s limpio, m&#225;s pulcro, los peque&#241;os detalles aqu&#237; y all&#225;, el orden Record&#243; la soleada c&#225;mara de Analu en el templo de Isis y la sonrisa desapareci&#243; de su rostro.

&#191;Estar&#225; segura?

Estar&#225; segura -asever&#243; Alejandro-. Los cueros de la tienda est&#225;n estirados al m&#225;ximo, ni siquiera una lombriz podr&#237;a pasar. La entrada est&#225; vigilada.

Se reunieron con los dem&#225;s. Perdicles y los otros f&#237;sicos charlaban entre ellos. Levantaron las manos y se despidieron con grandes voces. Alejandro se volvi&#243; para hablar con Ant&#237;gona. Ahora les rodeaban los guardias reales, fieros y siniestros con sus yelmos corintios de penachos trenzados con crines de caballo que colgaban de la punta de los yelmos hasta m&#225;s abajo de los omoplatos. En la oscuridad, parec&#237;an criaturas de la noche, con los rostros casi ocultos por los anchos protectores de la nariz y las mejillas. Permanec&#237;an en silencio; s&#243;lo el ocasional tintineo de los metales delataba su presencia.

&#161;Quiero que vengas con nosotros, Telam&#243;n! -le grit&#243; Alejandro-. Debo presentar mis respetos en el funeral.

&#191;Qu&#233; es toda esta historia del funeral? -pregunt&#243; Telam&#243;n, que se arrebuj&#243; en la capa para protegerse del fr&#237;o aire nocturno.

Mi se&#241;ora Ant&#237;gona -dijo Alejandro, mientras caminaba hundiendo los talones de las sandalias en la tierra empapada por la lluvia-, me trajo exploradores del otro lado del Helesponto. Cuando lleguemos a Troya, marcharemos a lo largo de la costa, para mantener el contacto con nuestras naves. &#191;Has cruzado el Helesponto?

Telam&#243;n asinti&#243;. Record&#243; las llanuras azotadas por el viento, los sombr&#237;os bosques de abetos y robles, los caudalosos r&#237;os, la tierra surcada por profundas ca&#241;adas

Un lugar propicio para las emboscadas -se&#241;al&#243;.

Mi padre dec&#237;a lo mismo -afirm&#243; Alejandro mirando al cielo-. Iremos por la costa, Telam&#243;n, y despu&#233;s atacaremos tierra adentro. No quiero que me tiendan una emboscada.

Cogi&#243; la mano de la sacerdotisa. Detr&#225;s de Ant&#237;gona, sus dos acolitas eran como dos estatuas cubiertas con velos.

Mi se&#241;ora me trajo a unos exploradores liderados por Critias, un antiguo soldado del ej&#233;rcito persa. &#201;l conoce la disposici&#243;n del terreno, la ubicaci&#243;n de los pozos de agua, d&#243;nde se pueden vadear los r&#237;os, las gargantas y ca&#241;adas que pueden ocultar al enemigo Critias dibujar&#225; los mapas y sus hombres nos guiar&#225;n. Ser&#225;n nuestros ojos y o&#237;dos.

&#191;Qu&#233; pasa con el funeral? -insisti&#243; Telam&#243;n.

La se&#241;ora Ant&#237;gona lleg&#243; con los exploradores hace unos d&#237;as. Ayer, a &#250;ltima hora de la tarde, el cad&#225;ver de uno de ellos fue encontrado entre las rocas al pie del acantilado empapado por las olas.

&#191;Un accidente? -pregunt&#243; Telam&#243;n, que no alcanzaba a ver el rostro de Alejandro en la oscuridad, pero intu&#237;a su incertidumbre.

No, una daga le atraves&#243; las costillas y lleg&#243; hasta su coraz&#243;n. Estaba muerto antes de caer sobre las rocas.

Alejandro se alej&#243; bruscamente. Ant&#237;gona se acerc&#243; a Telam&#243;n cuando &#233;ste comenzaba a seguir al rey.

El rey tiene gran confianza en ti, f&#237;sico -afirm&#243; la sacerdotisa, que caminaba con elegancia y la mano apoyada en el brazo del hombre.

A Telam&#243;n le agradaba el contacto. Ant&#237;gona le recordaba a Analu: la serenidad, la risa en los ojos, el lenguaje directo y la franqueza.

&#191;Te conozco? -le pregunt&#243;.

Quiz&#225; s&#237;, Telam&#243;n. En una ocasi&#243;n, lleg&#243; a nuestro templo un viajero que ven&#237;a de tierras muy lejanas del este, m&#225;s all&#225; del Hind&#250; Kush. Era un brahm&#225;n, uno de sus hombres santos. Afirmaba que todos est&#225;bamos atrapados en la rueda de la vida y que renac&#237;amos una y otra vez.

&#191;Las ense&#241;anzas de Pit&#225;goras?

Algo parecido -asinti&#243; Ant&#237;gona clav&#225;ndole suavemente las u&#241;as en la mu&#241;eca-. Quiz&#225; nos conocimos antes, Telam&#243;n. Ellos dicen que, cuando regresamos, las almas son las mismas, aunque las relaciones sean diferentes. &#161;Quiz&#225;, la &#250;ltima vez, fui tu hermana! -exclam&#243; ech&#225;ndose a re&#237;r suavemente-. &#191;Tu madre? &#191;Tal vez incluso tu amante? -le sugiri&#243; susurr&#225;ndole al o&#237;do.

Por primera vez desde su llegada a Sestos, Telam&#243;n se ech&#243; a re&#237;r. Alejandro le mir&#243; por encima del hombro, pero sigui&#243; caminando. En el cercado real, reinaba la tranquilidad. Cuando lo dejaron atr&#225;s, se encontraron con los olores del campamento: el humo de las hogueras, de la turba que ard&#237;a, el hedor del cuero mojado y la bosta de los caballos. La noticia de la llegada del rey se propag&#243; r&#225;pidamente. Los soldados se apartaron de las hogueras para brindar por &#233;l con sus tazas, pero el cerco de guardaespaldas los mantuvieron apartados. Caminaron entre las hileras de tiendas y se detuvieron ante una. Telam&#243;n advirti&#243; que era una donde habitualmente dorm&#237;a un destacamento de ocho soldados. Un brasero improvisado ard&#237;a frente a la entrada. A cada lado, las teas chisporroteaban al viento. De una cuerda sujeta encima de la entrada, colgaba un odre de agua, el s&#237;mbolo del duelo, para que los visitantes que ven&#237;an a presentar sus respetos al difunto pudieran, al salir, limpiarse de la poluci&#243;n.

La tienda estaba vigilada. Un centinela descubri&#243; la entrada para permitir la entrada de Alejandro. Las andas ocupaban el centro de la tienda. El cad&#225;ver yac&#237;a rodeaba por un c&#237;rculo de ramas de vid, con los pies hacia la entrada. Un esclavo de pie junto a la cabeza agitaba una rama de mirto para mantener alejadas las moscas. Alrededor de las andas, se acuclillaban los dem&#225;s exploradores. Todos vest&#237;an prendas negras en se&#241;al de duelo. Se hab&#237;an cortado los cabellos casi al rape y llevaban los rostros blanqueados con yeso blanco y siniestros trazos de pintura. Ni siquiera amagaron levantarse cuando entr&#243; el rey y sus miradas acusadoras indicaban claramente que hac&#237;an a Alejandro responsable de la muerte de su compa&#241;ero.

Les recibi&#243; un hombre robusto, mejor vestido que los dem&#225;s, con un quit&#243;n y una capa con un cord&#243;n blanco en la cintura. Ten&#237;a los ojos muy hundidos y las mejillas curtidas por los elementos; llevaba los cabellos blancos tan cortos como los de un soldado. Estrech&#243; la mano de Telam&#243;n.

Soy Critias -apunt&#243; mostrando sus ojos azul claro una mirada amistosa-. T&#250; debes ser Telam&#243;n; el rey dijo que vendr&#237;as.

Telam&#243;n no entend&#237;a por qu&#233; Alejandro ten&#237;a que anunciar a todos su venida. Murmur&#243; sus condolencias y mir&#243; el cad&#225;ver, envuelto en tiras de lino y cubierto por una mortaja improvisada. Alejandro pidi&#243; una copa de vino. Cogi&#243; la copa, se situ&#243; en la cabeza de las andas y levant&#243; la copa como el sacerdote que hace una ofrenda ante el altar.

He rezado -declar&#243; con voz sonora- para que la sombra de este hombre no sea molestada en su viaje a trav&#233;s del r&#237;o de la muerte. Yo proveer&#233; la torta de miel para satisfacer el hambre de Cerbero. Pagar&#233; por la barca de Caronte y yo, Alejandro de Macedonia, juro que buscar&#233; hacer justicia por su sangre. &#161;Lo juro en la presencia de la sacerdotisa de Atenea, y mi juramento es sagrado!

Alejandro desvi&#243; la mirada. S&#243;lo por un instante, Telam&#243;n vio su humor sard&#243;nico.

Mi propio m&#233;dico personal, Telam&#243;n, hijo de Margolis, un macedonio por nacimiento y crianza, investigar&#225; la causa de la muerte de este hombre.

Alejandro baj&#243; la copa, bebi&#243; un buen trago y la pas&#243; al primero de los que velaban al difunto. Mientras la copa pasaba de mano en mano, Alejandro sac&#243; una bolsa y dej&#243; caer monedas de plata que brillaron con la luz de la l&#225;mpara de aceite. Coloc&#243; las monedas junto a la cabeza del muerto.

&#161;Mi se&#241;or, tienes que venir ahora mismo! -exclam&#243; un oficial que, sin hacer caso de la solemnidad del momento, hab&#237;a descorrido la tela que cubr&#237;a la entrada de la tienda.

Alejandro sali&#243;. Telam&#243;n, Critias y la sacerdotisa le siguieron. El rey se llev&#243; al oficial aparte, con un brazo sobre los hombros, y escuch&#243; atentamente mientras el oficial le hablaba al o&#237;do. Alejandro chasque&#243; los dedos para reclamar la atenci&#243;n de Telam&#243;n y se alej&#243; a paso r&#225;pido. Regresaron al recinto real. La entrada de la tienda de Ant&#237;gona estaba descubierta y a su alrededor se api&#241;aban los soldados. Telam&#243;n sigui&#243; a Alejandro, que se abri&#243; paso sin muchos miramientos. La muchacha que hab&#237;an dejado sentada a la mesa estaba ahora tendida en el suelo hecha un ovillo. Perdicles y Leont&#233;s, sentados en sendos taburetes, la miraban.

&#191;Est&#225; muerta? -pregunt&#243; Alejandro.

Envenenada -replic&#243; Leont&#233;s, que mir&#243; a Telam&#243;n rencorosamente.

Telam&#243;n no le hizo caso y se acerc&#243;, presuroso. Recogi&#243; la copa de vino. Estaba vac&#237;a. La muchacha estaba hecha un ovillo y, no obstante, incluso cuando le toc&#243; el brazo, Telam&#243;n comprendi&#243; que la rigidez no era natural. Gir&#243; el cad&#225;ver. El rostro estaba l&#237;vido, con unas extra&#241;as manchas en los p&#243;mulos. Le busc&#243; el pulso, aunque fuera in&#250;til. La piel fr&#237;a y pegajosa y la rigidez de los m&#250;sculos eran indicios de ello m&#225;s que suficientes. Mir&#243; con rencor los ojos entreabiertos y los p&#225;rpados ligeramente enrojecidos como si la sangre quisiera reventar a trav&#233;s de la piel. Los labios estaban casi blancos por la falta de sangre y la mand&#237;bula fuertemente apretada.

&#191;Qu&#233; ha provocado la muerte? -susurr&#243; Alejandro.

Veneno -contest&#243; Telam&#243;n poni&#233;ndose de pie y frot&#225;ndose el rostro-. Ha sido envenenada. La muerte de S&#243;crates, alguna poci&#243;n como la cicuta virosa. Par&#225;lisis, rigidez de los miembros, incapacidad de respirar.

Tu primer paciente aqu&#237; -murmur&#243; Leont&#233;s.

Telam&#243;n cogi&#243; la copa y la oli&#243;.

Alguien tuvo que entrar en la tienda despu&#233;s de marcharnos nosotros.

&#161;Eso es imposible! -protest&#243; el capit&#225;n de la guardia-. Habl&#233; con el centinela. Mira a tu alrededor. &#161;Aqu&#237; no ha entrado nadie! El centinela escuch&#243; un movimiento, seguido de un estr&#233;pito. Cuando levant&#243; la tela de la entrada, la muchacha estaba tendida tal como la has visto.

Telam&#243;n fue a inspeccionar la jarra de vino, pero no era m&#225;s que un disimulo, la manera de ocultar su desconcierto ante la rapidez y la astucia del asesino.



CAPlTULO II

Le preguntaron a Alejandro: "&#191;D&#243;nde, oh Rey, est&#225; tu tesoro?". "Est&#225; en las manos de mis amigos", respondi&#243; &#233;l.

Quinto Curcio Rufo, Historia, libro 2, cap&#237;tulo 3



Est&#225;s seguro de que fue un veneno? -pregunt&#243; Perdicles.

Telam&#243;n se encontraba en la tienda de sus colegas y sacudi&#243; la cabeza, incr&#233;dulo. Alejandro se hab&#237;a marchado despu&#233;s de mandar que se llevaran el cad&#225;ver y orden&#243; que prepararan la nueva tienda de Telam&#243;n muy cerca de la suya. Las dos compa&#241;eras de Ant&#237;gona, Selena y Aspasia, aceptaron lavar y vestir el cad&#225;ver para que lo llevaran junto con el cuerpo del gu&#237;a a la gran pira funeraria construida en lo alto del acantilado. Telam&#243;n examin&#243; escrupulosamente el vino, la copa y la tapa de la mesa sin encontrar rastro alguno de los polvos letales. La copa hab&#237;a sido vaciada; el olor del vino y del opi&#225;ceo eran tan fuertes que ocultaban todo lo dem&#225;s. Mir&#243; a Perdicles. El ateniense le devolvi&#243; la mirada con una expresi&#243;n de tristeza.

No se puede considerar precisamente como un buen estreno, &#191;verdad? -murmur&#243; Telam&#243;n-. Leont&#233;s tiene raz&#243;n: mi primer paciente aqu&#237; muere en menos de una ahora. &#191;Pero c&#243;mo? -quiso saber levant&#225;ndose para pasearse por el interior de la peque&#241;a tienda-. La sacerdotisa sirvi&#243; el vino. Vi c&#243;mo llenaba la copa. Otros la tocaron, pero, si hubiese habido alg&#250;n polvo de un anillo oculto o escondido en la palma de la mano, hubiese sido visto. Sin embargo, est&#225; muerta. &#191;Est&#225;s seguro de que nadie m&#225;s entr&#243; en la tienda despu&#233;s de que nos march&#225;ramos? -pregunt&#243; volvi&#233;ndose a su interlocutor.

Perdicles sacudi&#243; la cabeza.

El rey en persona interrog&#243; al centinela. La muchacha sigui&#243; sentada all&#237;, bebi&#243; el vino, y muri&#243; misteriosamente. &#191;Cu&#225;nta cicuta hac&#237;a falta?

Telam&#243;n hizo una mueca.

Los venenos son como los vinos: tienen fuerzas diferentes. En cualquier caso, s&#243;lo unos pocos granos, no m&#225;s de los que caben en la punta de tu dedo, si se trataba de polvo puro. La cicuta, como bien sabes, paraliza los miembros. Las v&#237;ctimas no pueden respirar. Mueren asfixiadas muy r&#225;pidamente. Por supuesto -a&#241;adi&#243; con un tono de pena-, el opi&#225;ceo que le suministr&#233; s&#243;lo sirvi&#243; para potenciar los efectos.

Se sent&#243; en un peque&#241;o cofre de cuero que Perdicles hab&#237;a calificado burlonamente como su mejor silla.

Bien podr&#237;a ser un suicidio -se&#241;al&#243; el ateniense.

No -contest&#243; Telam&#243;n, que, incapaz de estarse quieto, volvi&#243; a levantarse-. Ant&#237;gona nos dio la respuesta a esa posibilidad. Sugiri&#243; que revisaran la tienda. Adem&#225;s, &#191;c&#243;mo una muchacha que era tan poca cosa podr&#237;a tener la capacidad y el ingenio para encontrar dicho polvo y despu&#233;s utilizarlo? Estaba aterrorizada, pero no era una suicida. &#161;Los hemos interrogado a todos! -exclam&#243; Telam&#243;n d&#225;ndose una palmada en el muslo-. Prob&#233; el vino. Despu&#233;s, la v&#237;ctima permaneci&#243; en una tienda fuertemente vigilada, con las paredes de cuero bien atadas. S&#243;lo un fantasma hubiese podido atravesarlas.

&#191;Alguna vez has diseccionado un cuerpo? -pregunt&#243; Perdicles.

En varias ocasiones, en el sur de Italia. En este caso, no probar&#237;a nada. S&#243;lo confirmar&#237;a nuestro diagn&#243;stico. La pobre muchacha ha sufrido m&#225;s que suficiente. Alejandro tendr&#225; que dar explicaciones a la familia.

Telam&#243;n estaba furioso. Le hab&#237;an hecho quedar como un tonto, adem&#225;s de amenazarlo de una manera tan ladina como sutil. Camin&#243; hacia el fondo de la tienda. Cle&#243;n dorm&#237;a profundamente en su catre; roncaba como un cerdo. Telam&#243;n se sent&#243; en el otro catre. Apart&#243; la gruesa capa de lana de Perdicles, que estaba manchada de barro en el ruedo, y quit&#243; las gruesas c&#225;scaras de cebada enganchadas en la lana. Mir&#243; malhumorado las cr&#233;pidas cubiertas de fango tiradas en un rinc&#243;n. Hizo rodar una c&#225;scara de cebada entre los dedos. Perdicles, un tanto agitado, vino a sentarse a su lado. El ateniense se&#241;al&#243; a Cle&#243;n.

No sabes cu&#225;nto te envidio. Tienes una tienda para ti solo. Yo tengo que compartirla con &#233;l. Nunca he visto a un hombre dormir durante tanto tiempo, como un beb&#233; sin ninguna preocupaci&#243;n en el mundo.

Cle&#243;n se volvi&#243; en el catre y los mir&#243; de soslayo.

Te he escuchado. Si hubieses bebido el vino que beb&#237; -a&#241;adi&#243; desperez&#225;ndose-. &#161;Ah, el sue&#241;o de Dionisio!

Telam&#243;n se limpi&#243; los dedos en la t&#250;nica.

&#191;Por qu&#233; est&#225;s aqu&#237;, Telam&#243;n? -pregunt&#243; Cle&#243;n con un cierto retint&#237;n-. &#191;Con tu maravillosa reputaci&#243;n y tus extra&#241;as curas? &#191;Por qu&#233; no te largas y nos dejas en paz? Por cierto, me han hablado de tu teor&#237;a de los vendajes -apunt&#243; sent&#225;ndose en el catre.

&#191;Por qu&#233; estoy aqu&#237;? -replic&#243; Telam&#243;n vivamente, sin hacer caso de la burla sobre su capacidad como m&#233;dico-. Es algo que comienzo a preguntarme. En realidad, no lo s&#233;.

Escucharon gritos a la entrada de la tienda. Entr&#243; un paje con la arrogancia de un general victorioso. Fingi&#243; un saludo y se&#241;al&#243; a Telam&#243;n.

Tu tienda est&#225; preparada, tu equipaje est&#225; guardado y el rey desea que te re&#250;nas con &#233;l para cenar. &#161;Ser&#225; mejor que vengas ahora!

&#191;C&#243;mo podr&#237;a negarme?

Telam&#243;n se levant&#243; y sigui&#243; al paje. Con toda intenci&#243;n, camin&#243; como una mujer, ondulando las caderas y dejando que la t&#250;nica le marcara el culo. Cle&#243;n le grit&#243; algo sarc&#225;stico sobre tener amigos poderosos; Telam&#243;n no le hizo caso. En el exterior, el campamento se animaba. Se hab&#237;an realizado las tareas de rutina: se hab&#237;an instalado los piquetes, los destacamentos de patrulla hab&#237;an sido despachados, y los centinelas y los guardias ocupaban sus puestos. Los sonoros relinchos de los caballos atados a las cuerdas se escuchaban por encima del estr&#233;pito de las peque&#241;as herrer&#237;as donde los herreros, sudorosos y cubiertos del holl&#237;n de las fraguas, trabajaban hasta altas horas de la noche. El ej&#233;rcito hab&#237;a acabado de cenar y el aire llevaba los aromas y sabores de las diferentes comidas. Los soldados volv&#237;an a sus unidades para dormir o sentarse a charlar alrededor de las hogueras. Telam&#243;n escuch&#243; una mezcla de las diferentes lenguas: el deje parsimonioso de los mercenarios griegos, los tonos agudos de los jinetes tesalios Se comunicaban las &#243;rdenes, los oficiales llamaban a sus hombres y sonaban las trompetas. Entraron en el recinto real. El paje se&#241;al&#243; una tienda que parec&#237;a una caja con telas de colores sobre los cueros que hac&#237;an de pared.

&#201;sa es la tuya -anunci&#243; con voz &#225;spera-. All&#237; lo encontrar&#225;s todo.

Desapareci&#243; en la oscuridad. Un guardia se calentaba las manos en un brasero junto a la entrada. Le salud&#243; con una sonrisa cuando el f&#237;sico pas&#243; a su lado y comenz&#243; a rodear la tienda. Era muy parecida a la otra donde hab&#237;an asesinado a la muchacha. Apart&#243; la tela para mirar los cueros. Estaban muy apretados y los agujeros en los bordes estaban reforzados con anillas. La cuerda que pasaba por ellos manten&#237;a bien sujeto el cuero a los postes, que eran por lo menos una docena por lado. Los nudos, parecidos a los que se utilizaban en los aparejos de un barco, estaban hechos por una mano experta. Telam&#243;n se puso en cuclillas. La base era similar, con mayores agujeros para aguantar el viento, bien atada a las estacas clavadas en el suelo. Telam&#243;n tir&#243; de la parte baja; estaba tensa como la cuerda de un arco.

Nadie, razon&#243;, podr&#237;a pasar por debajo, y se tardar&#237;a una eternidad en desatar la cuerda. Sin duda, alguien lo hubiese advertido. Luego el asesino tendr&#237;a que cometer el crimen, marcharse y atar la cuerda con los mismos nudos que utilizan los montadores de tiendas.

&#191;Todo est&#225; en orden, se&#241;or? -pregunt&#243; el guardia, que estaba a su lado y le miraba dominado por la curiosidad.

S&#237;, todo est&#225; en orden -contest&#243; Telam&#243;n sonri&#233;ndole en la oscuridad-. &#191;De d&#243;nde eres, soldado?

Mi padre tiene una granja en las afueras de Pella. Soy uno de los Compa&#241;eros de a pie. Estar&#233; aqu&#237; durante cuatro horas. Despu&#233;s vendr&#225; el relevo.

Telam&#243;n le dio las gracias, levant&#243; la puerta y entr&#243;. La tienda estaba dividida con una tela en sala de estar y dormitorio. Telam&#243;n agradeci&#243; las atenciones de Alejandro: alfombras de lana cubr&#237;an el suelo; la cama de campa&#241;a ten&#237;a un colch&#243;n de plumas y almohada; sillas, cofres y taburetes completaban el mobiliario. Hab&#237;a cuatro l&#225;mparas de aceite, una de ellas encendida, e incluso una jarra de vino sellada y una copa de cer&#225;mica. Oy&#243; un ruido y se volvi&#243;. El paje se hab&#237;a plantado en la entrada, con una cinta roja que le sujetaba los cabellos negros rizados.

&#191;Qu&#233; quieres?

Servirte, amo -respondi&#243; el paje mir&#225;ndolo con el mayor descaro.

Telam&#243;n se acerc&#243; a sus alforjas, que estaban junto a un cofre. Se agach&#243; para mirar las hebillas. Estaban flojas; alguien hab&#237;a revisado sus cosas. El f&#237;sico mir&#243; al muchacho.

&#161;L&#225;rgate, chico! &#161;No me gustan las personas que tienen las manos m&#225;s largas que su inteligencia! Ya me buscar&#233; mi propio ayudante.

El paje sali&#243; disparado. Telam&#243;n escuch&#243; las carcajadas del guardia. Se sent&#243; en el borde de la cama. &#191;Por qu&#233; Alejandro le hab&#237;a tra&#237;do aqu&#237;? &#191;Qu&#233; demonios quer&#237;a de &#233;l? Sin embargo, la pregunta m&#225;s importante era: &#191;por qu&#233; hab&#237;a venido? Se levant&#243;, ech&#243; en la copa un poco de vino y lo us&#243; para enjuagarse la boca. Volvi&#243; a la cama y se qued&#243; dormido. Lo despertaron bruscamente y, cuando abri&#243; los ojos, se encontr&#243; mirando el rostro astuto y los ojos llorosos de Aristandro.

Ah -advirti&#243; Telam&#243;n frot&#225;ndose los ojos-. El custodio de los secretos del rey, el vidente

Aristandro hizo un gesto a los sirvientes que le acompa&#241;aban.

&#161;Agua fresca! &#161;Lev&#225;ntate! &#161;Tienes que cambiarte y estar en el pabell&#243;n real en menos de una hora!

Aristandro se march&#243;. Telam&#243;n le observ&#243; mientras se iba. &#191;Aristandro hab&#237;a ordenado que revisaran sus pertenencias? Exhal&#243; un suspiro, se levant&#243;, se lav&#243; las manos y la cara, se frot&#243; el pelo y la barba con aceite y se visti&#243; con sus mejores t&#250;nica y capa. Se calz&#243; las cr&#233;pidas, pero se llev&#243; las zapatillas. Un paje, que le esperaba en el exterior, lo acompa&#241;&#243; al pabell&#243;n real.

El banquete ya hab&#237;a comenzado y los invitados estaban sentados en cojines, con mesas bajas colocadas al alcance de la mano. El pabell&#243;n era largo y estaba mal iluminado, pero en el aire dominaba el olor de un perfume muy fuerte que se mezclaba con el olor menos agradable de las l&#225;mparas de aceite. Alejandro presid&#237;a el banquete desde un div&#225;n situado en la cabecera del pabell&#243;n. Detr&#225;s de &#233;l, en las sombras, dos oficiales montaban guardia.

Bienvenido, f&#237;sico -le dijo Alejandro salud&#225;ndolo con la copa. &#161;Un brindis por Telam&#243;n! -exclam&#243; mirando a sus compa&#241;eros.

El brindis fue coreado por una multitud de voces aguardentosas. &#201;sta era una de las famosas bacanales de Alejandro. S&#243;lo los m&#225;s &#237;ntimos y queridos eran invitados a emborracharse en compa&#241;&#237;a del rey. Esta vez, sin embargo, se hab&#237;a hecho una excepci&#243;n. A la izquierda de Alejandro, la sacerdotisa Ant&#237;gona, sentada como una reina, beb&#237;a a sorbos de su copa. Gui&#241;&#243; disimuladamente un ojo al f&#237;sico para comunicar que ella era la &#250;nica persona sobria entre los presentes. A su lado, se encontraba Hefesti&#243;n, y luego Ptolomeo con su amante, una prostituta griega que insist&#237;a en te&#241;irse los cabellos de un color rojo oscuro. Seleuco, ya muy borracho, gritaba a Nearco y Aristandro. El maestro de esgrima del rey, el antiguo tutor de Telam&#243;n en la academia militar, tambi&#233;n estaba presente: Cleito el Negro, con sus muy marcadas facciones oscuras y el cabello corto. La cicatriz de la espada que le hab&#237;a arrebatado el ojo derecho le desfiguraba el rostro. Alejandro amaba profundamente al maestro de esgrima, el guardaespaldas personal del rey. La hermana de Cleito el Negro hab&#237;a sido el ama de cr&#237;a del monarca.

&#161;No has cambiado en absoluto, Telam&#243;n! -exclam&#243; Cleito al tiempo que centelleaba su &#250;nico ojo.

&#161;T&#250; sigues siendo tan feo y peligroso como siempre! -le grit&#243; Telam&#243;n.

Cleito, que siempre llevaba la capa negra forrada con una piel de oso, ech&#243; la cabeza hacia atr&#225;s y solt&#243; una estrepitosa carcajada. Despu&#233;s se limpi&#243; los labios con el dorso de la mano.

Llegas tarde, Telam&#243;n -se burl&#243;-. Todav&#237;a tenemos miedo a las espadas, &#191;no?

&#161;S&#237;, tan asustado como t&#250;, la verdad sea dicha!

Ptolomeo se ri&#243; sonoramente. Cleito el Negro fulmin&#243; al f&#237;sico con la mirada.

&#191;Totodav&#237;a tartamudeas, Telam&#243;n?

S&#243;lo cuando me encuentro con alguien tan feo como t&#250;.

Cleito amag&#243; levantarse, pero, antes de que pudiera hacerlo, Alejandro bati&#243; palmas.

&#161;Telam&#243;n, &#250;nete a m&#237;! &#161;Ven!

Alejandro se levant&#243;. No parec&#237;a estar muy firme sobre sus pies. Se&#241;al&#243; el div&#225;n a su derecha. Un paje acompa&#241;&#243; a Telam&#243;n. Alejandro cogi&#243; la mano del f&#237;sico y se lo acerc&#243; para besarle en las dos mejillas.

&#161;Vigila tu lengua! -le advirti&#243;-. Ya est&#225;n muy bebidos. No estoy tan borracho como aparento.

Dicho esto, Alejandro solt&#243; una carcajada, apart&#243; a Telam&#243;n y volvi&#243; a su div&#225;n.

Telam&#243;n se puso c&#243;modo y mir&#243; a su alrededor. La mayor&#237;a de los camaradas reales ten&#237;an el aspecto de haber venido directamente del campo de maniobras, excepto Alejandro, que estaba tan limpio y arreglado como siempre: la cabellera rubia, cuidadosamente aceitada y peinada con la raya en medio, y el flequillo aplastado contra la frente empapada en sudor; vest&#237;a una t&#250;nica blanca como la nieve, con vivos rojos, que le llegaba a las rodillas, calzaba sandalias doradas y los anillos resplandec&#237;an en sus dedos. Telam&#243;n mir&#243; la hermosa amatista que colgaba de una cadena de plata alrededor del cuello del rey.

Un regalo de mi madre -le explic&#243; Alejandro-. Dice que, si la introduzco en el vino, sabr&#233; si contiene veneno.

Me hubiese venido muy bien hace un rato -replic&#243; el f&#237;sico.

Mi madre me env&#237;a mensajes -continu&#243; Alejandro alegremente-. No qued&#243; muy satisfecha con la conversaci&#243;n que mantuvo contigo. Pero, una vez m&#225;s, como dice el poeta: La &#250;nica alegr&#237;a de una mujer es tener las penas siempre a flor de labios. Demos gracias a los dioses por tener lejos a mi madre -proclam&#243; levantando la copa en un brindis a Telam&#243;n-. La quiero mucho, pero sus humores cambian tan r&#225;pido como mueve los ojos.

&#191;Qu&#233; est&#225;is murmurando? -pregunt&#243; Ptolomeo-. Telam&#243;n, &#191;d&#243;nde has estado? &#191;Por qu&#233; te marchaste de los huertos de Mieza? &#191;Por qu&#233; no creciste con todos nosotros para convertirte en un guerrero? &#191;No te gustar&#237;a ser un guerrero, Telam&#243;n?

&#191;A ti no? -replic&#243; el f&#237;sico.

Ptolomeo no lleg&#243; a responder a la pulla porque entraron los sirvientes. La comida no era un banquete, sino tan s&#243;lo una excusa para beber. Los platos eran de segunda categor&#237;a: caldo de cebada, sardinas, pastel y liebre asada. El pan era bastante duro y la fruta robada de los huertos vecinos estaba verde. Cleito se quej&#243; amargamente de la mala calidad del vino de Eubeo, as&#237; que Alejandro orden&#243; que lo cambiaran por vino de Taso. Se sirvieron aceitunas y nueces. La muchacha que serv&#237;a la fruta entreg&#243; a cada hu&#233;sped una corona de mirto. Luego sac&#243; una flauta y comenz&#243; a tocar una tonadilla. Ptolomeo los dirigi&#243; a todos en un desafinado coro. Telam&#243;n mir&#243; a Ant&#237;gona sentada graciosamente, sin hacer el menor caso de las lujuriosas miradas de Cleito, como una vieja t&#237;a que tolera a un grupo de chiquillos revoltosos. Telam&#243;n picote&#243; la comida y bebi&#243; el vino puro. Ant&#237;gona le sonri&#243;; &#233;l le correspondi&#243; con un brindis. Alejandro gritaba algo a alguien al otro extremo de la tienda. Telam&#243;n aprovech&#243; la oportunidad para susurrar unas palabras a la sacerdotisa.

Ten cuidado con lo que bebes -le advirti&#243;-. Estas fiestas acostumbran a durar hasta la madrugada.

Te he escuchado -dijo Alejandro, que se dej&#243; caer en el div&#225;n. Entonces llam&#243; a un sirviente. Llenaron de vino la gran copa de ceremonias que estaba en la mesa delante del rey. Alejandro grit&#243; pidiendo silencio y luego invoc&#243; al dios de la buena fortuna. Cogi&#243; la copa y volc&#243; unas gotas de vino en el suelo como una ofrenda. Bebi&#243; mientras los dem&#225;s entonaban un verso. A continuaci&#243;n, pasaron la copa de la bondad. Esta era la se&#241;al para comenzar a beber en serio. Colocaron delante de Alejandro un enorme bol: una bella pieza de cer&#225;mica samia adornada con la representaci&#243;n de una horda de s&#225;tiros que persegu&#237;an a un grupo de ansiosas doncellas. Trajeron los dados. Hefesti&#243;n gan&#243; con una tirada de dos seises y un tres y asumi&#243; el mando como se&#241;or de la fiesta.

Dos por una -anunci&#243;.

Era la medida para la noche. Dos odres de vino por uno de agua. Llenaron las copas. Hefesti&#243;n propuso el brindis y Telam&#243;n, como los dem&#225;s, se bebi&#243; la copa de un trago. &#201;sta era la se&#241;al para que los invitados se relajaran y charlaran entre ellos. Alejandro, sin embargo, sac&#243; la daga y la golpe&#243; contra el bol para pedir silencio.

Doy la bienvenida a mi amigo, Telam&#243;n -proclam&#243;-, y a la se&#241;ora Ant&#237;gona, sacerdotisa de Atenea, de su templo en Troya. Cuando los augurios lo dispongan, nos pondremos en marcha. El ej&#233;rcito principal se reunir&#225; con el general Parmenio en Abidos. Yo marchar&#233; primero hacia el sur, a Elaeum.

&#191;Qu&#233; hay all&#237;? -pregunt&#243; Ptolomeo.

La tumba de Protesilao.

&#191;Qui&#233;n era &#233;se?

&#191;Lo sabes Telam&#243;n? -pregunt&#243; Alejandro.

El primer aqueo muerto en la guerra de Troya.

&#161;Vaya listillo! -se burl&#243; Ptolomeo.

Cruzaremos a Troya -continu&#243; Alejandro con tono flem&#225;tico-. Haremos los sacrificios y desplegaremos el ej&#233;rcito en posici&#243;n de combate. Luego marcharemos hacia el sur a lo largo de la costa. Critias est&#225; dibujando sus mapas y, gracias a la se&#241;ora Ant&#237;gona, tenemos gu&#237;as suficientes.

&#191;Se puede saber cu&#225;ndo ocurrir&#225; todo esto? -pregunt&#243; Seleuco con voz aguardentosa.

Ptolomeo dej&#243; de besuquear el cuello de su amante y en la tienda rein&#243; un silencio absoluto.

&#191;Cu&#225;ndo? -repiti&#243; Alejandro, que volvi&#243; la cabeza hacia su interlocutor-. Pues s&#243;lo cuando los sacrificios sean puros y los dioses acepten nuestros regalos.

Pronto llegar&#225; el verano -apunt&#243; Ptolomeo-. Los pozos y los r&#237;os se secar&#225;n. &#191;Qu&#233; pasar&#225; si Dar&#237;o y el maldito Memn&#243;n rehusan trabar combate?

&#191;Qu&#233; pasar&#225;? &#191;Qu&#233; pasar&#225;? -replic&#243; Alejandro con ira y mirando a su alrededor con cara de pocos amigos-. Sabemos que la flota persa est&#225; ocupada en sofocar una rebeli&#243;n en Egipto. &#191;Qu&#233; pasar&#225; si las estrellas caen del cielo? &#191;Si el mar comienza a hervir? &#191;Os hab&#233;is olvidado de las se&#241;ales? La noche que nac&#237; se incendi&#243; el templo de Artemisa en &#201;feso. Quiero extender aquel fuego hasta los confines del mundo.

Alejandro entonaba el mismo himno de gloria que hab&#237;a entonado en la infancia y como siempre los hechiz&#243;. Hasta el c&#237;nico Cleito el Negro le escuchaba atentamente.

&#191;C&#243;mo describi&#243; S&#243;crates a los griegos? -le pregunt&#243; Alejandro-. Dijo que nos sentamos como ranas croando alrededor de la charca -apunt&#243; ech&#225;ndose a re&#237;r-. Bien, las ranas se han escapado. Marcharemos hasta el fin del mundo y lo pondremos a las &#243;rdenes de Macedonia. &#161;Por la gloria! -exclam&#243; levantando la copa.

La respuesta son&#243; como un tremendo rugido. Alejandro, como si estuviese cansado, se reclin&#243; en el div&#225;n y le gui&#241;&#243; un ojo a Telam&#243;n.

&#191;Crees que estoy diciendo la verdad? -susurr&#243;.

Arist&#243;teles dijo que la verdad s&#243;lo era una idea que se puede dividir y dividir. Cuando llegas a la parte que es indivisible, has llegado a la verdad.

Alejandro lo mir&#243; fijamente.

&#191;Qu&#233; est&#225;s diciendo, Telam&#243;n?

No dejo de preguntarme, se&#241;or, por qu&#233; estoy aqu&#237;. Claro que, por supuesto, la verdadera pregunta es por qu&#233; est&#225;s t&#250; aqu&#237;.

&#191;Crees que soy el hijo de un dios, Telam&#243;n?

Si te hace feliz, se&#241;or

Alejandro se sent&#243; muy erguido en el div&#225;n.

&#191;T&#250; lo crees?

Telam&#243;n observ&#243; c&#243;mo el contraste entre los ojos del rey era muy marcado: el izquierdo era de un color azul oscuro; el derecho, casta&#241;o oscuro. Ten&#237;a el rostro ligeramente enrojecido, con los labios con manchas p&#250;rpuras como si hubiese bebido sangre.

&#191;No crees que Olimpia me concibi&#243; de un dios?

Si ella lo cree, se&#241;or

&#161;Alejandro! &#161;Mi nombre es Alejandro!

El rey mir&#243; a su alrededor. Sus compa&#241;eros le miraban. Se toc&#243; la punta de la nariz.

Continuad con vuestras charlas. &#191;Bien, Telam&#243;n?

Si t&#250; lo crees, Alejandro, y Olimpia cree lo mismo, entonces es tu verdad. Filipo cre&#237;a otra cosa. &#191;Es por eso que estamos aqu&#237;, para probar que eres un dios? &#191;Que eres mejor hombre que tu padre? &#191;Es por la gloria? &#191;Es por lo que escuch&#233; cuando ven&#237;a para aqu&#237;, que quieres someter a todo el mundo al poder de Grecia?

No lo s&#233; -respondi&#243; Alejandro en voz baja-. Sencillamente no lo s&#233; -confes&#243;; luego hizo una pausa, bebi&#243; un trago de vino y sonri&#243;-. &#191;Nunca te has casado, Telam&#243;n?

Tenemos mucho en com&#250;n, Alejandro.

El sue&#241;o y el sexo -farfull&#243; Alejandro- me recuerdan que soy mortal.

Se subi&#243; un poco m&#225;s en el div&#225;n, todav&#237;a con una expresi&#243;n pendenciera en su rostro. El f&#237;sico observ&#243; a su amigo de la infancia. Eres un leopardo, pens&#243;, un maestro de la emboscada. Tus humores son tan cambiantes y s&#250;bitos como los de tu madre.

Te mand&#233; llamar, Telam&#243;n -Alejandro hizo una pausa para responder a una de las bromas de Ptolomeo-. Te mand&#233; llamar -repiti&#243; acomod&#225;ndose mejor-, por muchas razones. &#191;Recuerdas cuando &#233;ramos unos cr&#237;os en Mieza? -pregunt&#243; mostrando una expresi&#243;n m&#225;s suave-. Cleito nos sacaba de la cama mucho antes de la primera luz del alba. &#191;Qu&#233; dec&#237;a?

Ambos corearon la llamada de Cleito.

&#161;Una carrera antes de desayunar te abre el apetito, mientras que un desayuno ligero te garantiza una buena cena!

&#191;Qu&#233; est&#225;is diciendo? -pregunt&#243; Cleito.

Vuelve a tu vino, viejo -le replic&#243; Alejandro-. Telam&#243;n y yo estamos recuperando el tiempo perdido.

Alejandro levant&#243; la copa para que un sirviente se la llenara. Le record&#243; la medida que hab&#237;a que utilizar.

He bebido demasiado vino -advirti&#243; el rey-. &#191;Recuerdas, Telam&#243;n, una estatua de m&#225;rmol blanco que brillaba con la primera luz del sol? &#191;Qu&#233; dec&#237;a la inscripci&#243;n grabada en el pedestal? SOY UN DIOS INMORTAL, NUNCA M&#193;S MORTAL.

&#191;Es as&#237; como te ves a ti mismo?

&#161;Eso no importa! -exclam&#243; Alejandro con viveza-. Rezaremos, &#191;verdad? A dios padre, a su hijo, nacido del sirviente cornudo -dicho esto, Alejandro cerr&#243; los ojos-. Que ellos nos gu&#237;en y protejan durante todo el d&#237;a -abri&#243; los ojos-. Entonces era feliz. Era libre. Era el amado hijo del rey y su esposa. Todo era un escenario -musit&#243;-. A medida que me hago mayor, las sombras se alargan sobre el escenario para envolverme. Madre y padre se entremeten. Primero en las peque&#241;as cosas. Un d&#237;a en Mieza estaba cabalgando; el caballo salt&#243; una cerca. Hab&#237;a una muchacha esclava recogiendo uvas. Utilizaba la falda a modo de cesto; ten&#237;a las piernas largas y bronceadas y los cabellos del color del trigo maduro. Coqueteamos. Nos acostamos en la fresca sombra de una encina

&#161;Ah, esto lo recuerdo! -exclam&#243; Telam&#243;n, que, relajado por el vino, dejaba salir los recuerdos-. &#191;La ninfa del bosque?

&#161;Eso es! -asinti&#243; Alejandro-. &#161;La ninfa del bosque! Era una muchacha hermosa. Nos acostamos en un lecho de uvas aplastadas. Al d&#237;a siguiente, sal&#237; a buscarle, pero alguien se lo hab&#237;a dicho a mi madre, &#191;no es verdad? Hab&#237;an vendido a la muchacha y Olimpia me explic&#243; que probablemente hab&#237;a tenido un encuentro con una ninfa del bosque, un regalo de los dioses. Sabes, Telam&#243;n, le cre&#237;-confes&#243; al tiempo que aparec&#237;a una expresi&#243;n desagradable en su rostro y una mirada distante en aquellos ojos extra&#241;os-. Aquella fue la primera lecci&#243;n aut&#233;ntica que recib&#237;: s&#243;lo deb&#237;a haber una mujer en mi vida, y &#233;sa era Olimpia. Comenz&#243; a entonar su canto de sirena, de lo sagrado que era, el escogido de los dioses. C&#243;mo H&#233;rcules y Aquiles eran mis antepasados. Por supuesto, me entusiasm&#233; con todo aquello. La segunda estrofa era m&#225;s cruel: que, quiz&#225;, no era el verdadero hijo de Filipo, sino el reto&#241;o de un dios. Estaba confuso. &#191;Recuerdas lo triste que estaba, Telam&#243;n?

Te recomend&#233; que hablaras con Aristandro.

Alejandro solt&#243; una carcajada.

De la sart&#233;n al fuego, &#191;no? Aristandro de Telmesso -apunt&#243; volvi&#233;ndose para brindar por el custodio de sus secretos, que estaba sentado con una expresi&#243;n de malhumor en el extremo m&#225;s alejado de la tienda-. &#201;l cant&#243; la misma canci&#243;n de mi madre, pero me cont&#243; la dura verdad -confes&#243; Alejandro agachando la cabeza y con l&#225;grimas en sus ojos-. Dijo que Filipo y Olimpia se hab&#237;an amado hasta la locura. Cuando se conocieron por primera vez en la isla de Samotracia, Filipo crey&#243; que hab&#237;a recibido la visita de una diosa; que nunca m&#225;s volver&#237;a a amar a otra mujer -record&#243; el rey dejando escapar un suspiro-. Por supuesto, el Filipo borracho no ten&#237;a nada que ver con el Filipo sobrio. Era capaz de follarse a una cabra y probablemente lo hizo en alguna de sus borracheras. Olimpia nunca le perdon&#243; sus infidelidades. &#191;Lo recuerdas, Telam&#243;n? &#191;Cuando &#233;ramos ni&#241;os y fuimos de visita a Pella y t&#250; te colaste en el dormitorio de Olimpia?

Telam&#243;n contuvo un temblor: algunas veces reaparec&#237;an sus propias pesadillas.

La habitaci&#243;n de tu madre estaba llena de hiedra -respondi&#243; en voz baja-. Hab&#237;a una hiedra en la pared exterior con las ramas retorcidas cargadas de hojas muy verdes.

&#191;Qu&#233; me dices de las serpientes? -pregunt&#243; Alejandro-. &#191;Las serpientes que entraban y sal&#237;an? No me extra&#241;a que se divulgara la historia de que Olimpia se acostaba con una serpiente, uno de los disfraces del dios Apolo. Comenz&#243; a insinuarle a Filipo que yo no era su verdadero hijo; &#233;l se veng&#243; amando a m&#225;s mujeres. Sin embargo, yo le amaba. El d&#237;a que dom&#233; a Buc&#233;falo -a&#241;adi&#243; con un tono de cari&#241;o al mencionar a su hermoso corcel negro, que llevaba ese nombre por su brillante mancha blanca en la frente-, Filipo ofreci&#243; un banquete y brind&#243; por m&#237;. &#161;&#201;ste es mi hijo, el domador de caballos!, proclam&#243;. -Alejandro parpade&#243;-. Nunca me hab&#237;a sentido tan orgulloso. Me hizo beber vino. Le supliqu&#233; que fuera fiel a mi madre. &#201;l se enfad&#243; y le repliqu&#233;: &#161;Si sigues engendrando bastardos no tendr&#233; reino donde reinar! -entonces, Alejandro se inclin&#243; para sujetar la t&#250;nica de Telam&#243;n. &#161;Si eres la mitad de hombre de lo que soy, te ganar&#225;s tu reino y lo mantendr&#225;s!, afirm&#243;. Por supuesto, mi madre se enter&#243; de todo y me tom&#243; en su confianza. Me describi&#243; c&#243;mo, la noche que fui concebido, el viento soplaba a trav&#233;s de la habitaci&#243;n y las estrellas casi se hab&#237;an apagado mientras la casa era sacudida por los truenos y los rayos. Las llamas m&#237;sticas hab&#237;an llenado su dormitorio y no s&#233; cu&#225;ntas cosas m&#225;s -advirti&#243; Alejandro frot&#225;ndose la mejilla-. Mi madre contra mi padre, mi padre contra mi madre. Filipo era un buen general. Decidi&#243; interpretar las palabras de Olimpia al pie de la letra. Si yo no era su hijo, se volver&#237;a a casar. As&#237; que conquist&#243; a la chiquilla de Attalo. Se divorci&#243; de Olimpia y dio un hijo a Eur&#237;dice. S&#243;lo los dioses saben cu&#225;l hubiese sido el curso de la batalla si no le hubiesen matado.

&#191;Fuiste t&#250; culpable de su muerte, Alejandro?

El rey desvi&#243; la mirada.

No, no, no lo creo.

&#191;Qu&#233; me dices de Olimpia?

No estoy muy seguro. Cre&#237; que aquello se hab&#237;a terminado -a&#241;adi&#243; Alejandro en voz baja-. Los persas proclaman que mat&#233; a Filipo. Sostienen que ning&#250;n hijo matar&#237;a a su verdadero padre y, por consiguiente, Filipo no es mi padre. Por lo tanto, soy un usurpador y un bastardo.

Eso es lo que dicen tus enemigos -le tranquiliz&#243; Telam&#243;n-. T&#250; eres el capit&#225;n general de Grecia, venganza sagrada contra Persia.

&#161;Todav&#237;a soy Alejandro! -precis&#243; el rey en un siseo furioso.

Hubiese continuado, pero el ruido en la tienda se apag&#243; cuando Ptolomeo se levant&#243; de un salto y grit&#243;:

&#161;Juguemos al kottebos!

Un sirviente trajo un palo y lo clav&#243; en el suelo en el centro del c&#237;rculo formado por los divanes. Coloc&#243; un plato en el extremo del palo. Ptolomeo se balanceaba de la borrachera. Levant&#243; la copa en un brindis.

&#161;Brindo por mi amor! -grit&#243;. Luego vaci&#243; la copa de un trago y arroj&#243; el poso en direcci&#243;n al plato. Cuando err&#243;, maldijo sonoramente y se dej&#243; caer en el div&#225;n. Otros se levantaron tambaleantes en medio de gritos de burla. Ant&#237;gona continuaba sentada pl&#225;cidamente, al parecer amodorrada, con los ojos entrecerrados. Telam&#243;n no acababa de tener claro si ella hab&#237;a estado intentando escuchar su conversaci&#243;n o si observaba a los salvajes l&#237;deres macedonios.

Todav&#237;a soy Alejandro -continu&#243; el rey-. Filipo est&#225; muerto y Olimpia ha regresado a Pella, pero sus esp&#237;ritus me acosan. Olimpia me dijo antes de marcharme que deb&#237;a ir al oasis de Siwah en el desierto egipcio, donde Amm&#243;n-Zeus me revelar&#237;a el verdadero secreto de mi paternidad.

&#191;Qu&#233; hay del fantasma de Filipo?

Ah, el hombre de hierro. Algunas veces se me aparece en mis pesadillas. Estoy otra vez en el campo de batalla en Queronea. Los muertos se apilan. La Banda Sagrada yace como una hilera de mieses tumbadas. El lugar est&#225; cubierto de escudos y lanzas. Los gritos de los moribundos son agudos como los chillidos de los p&#225;jaros nocturnos. Me enfrento a un ej&#233;rcito de hoplitas muertos, vestidos y armados con sus grandes yelmos con penachos de plumas, las corazas, los escudos y las lanzas. Sus ojos y sus bocas est&#225;n llenos de sangre. Se interponen entre Filipo y yo. Lucho para abrirme paso -revel&#243; Alejandro mientras mov&#237;a la mano-. Me inclino a izquierda y derecha, empujo con mi escudo, meto la espada A la postre, consigo pasar, pero mi padre ha desaparecido.

S&#243;lo son pesadillas

No, no, escucha.

Alejandro trag&#243; saliva, con el rostro muy enrojecido y los ojos brillantes. Telam&#243;n observ&#243; c&#243;mo ten&#237;a la frente ba&#241;ada en sudor. &#191;Este hombre est&#225; cuerdo?, se pregunt&#243;. A su llegada, Alejandro le hab&#237;a recordado a su amigo de la infancia. Pero, &#191;ahora? &#191;Era s&#243;lo una m&#225;scara? Alejandro choc&#243; su copa contra la del f&#237;sico.

Tan reservado como siempre, Telam&#243;n. Voy a decirte por qu&#233; est&#225;s aqu&#237;. Estoy rodeado de enemigos, traidores, esp&#237;as

Telam&#243;n mir&#243; inmediatamente a su alrededor. Ptolomeo, sin hacer caso del jaleo que montaban sus compa&#241;eros, les miraba con una mirada solapada, un tanto burlona, como si supiera lo que Alejandro estaba diciendo y no le importara.

&#161;Escucha! -orden&#243; Alejandro tendiendo una mano para sujetar el brazo de Telam&#243;n-. Dar&#237;o y Memn&#243;n. Conozco sus t&#225;cticas.

&#191;Tienes a un esp&#237;a cerca de ellos?

M&#225;s o menos. El rey persa no me impedir&#225; cruzar el Helesponto. Espera atraerme a sus vastos territorios, agotar a mi ej&#233;rcito, hacerle pasar hambre, para despu&#233;s rodearnos y acabar con nosotros, aunque eso es algo que decidir&#225;n los dioses. Lo que me preocupa es el esp&#237;a que tienen cerca de m&#237;. &#191;Eres t&#250;, Telam&#243;n?

&#161;Tonter&#237;as! &#161;No estar&#237;a aqu&#237; si no hubieras mandado llamarme!

&#191;Por qu&#233; despediste al paje?

No me gustan los ni&#241;os insolentes por muy bonitos que sean. Escoger&#233; a mi propio asistente, como hago con mis amigos.

Consigue a alguien en quien conf&#237;es -le orden&#243; Alejandro-. &#191;Has estado en los corrales de los esclavos? Todav&#237;a nos quedan algunos tebanos por vender. Quiz&#225;s encuentres a alguno all&#237;.

&#191;Estabas hablando de un esp&#237;a?

No s&#233; qui&#233;n es -confes&#243; Alejandro sacudiendo la cabeza-. El &#250;nico nombre que me han dado es Naihpat.

&#191;Naihpat?

Una tonter&#237;a, &#191;verdad? -contest&#243; Alejandro haciendo una mueca-. Naihpat Apolo sabr&#225; qu&#233; significa. -Se&#241;al&#243; a los presentes-. Tengo a mi custodio de los secretos y Dar&#237;o tiene el suyo, una figura misteriosa llamada como uno de sus dioses, Mitra -precis&#243; estirando la mano con los dedos curvados como garras-. C&#243;mo me gustar&#237;a pillar a &#233;l y a sus secretos, a todos aquellos que furtivamente han recibido el oro persa No tendr&#237;a la menor piedad, Telam&#243;n. Los crucificar&#237;a a todos.

&#191;Qui&#233;n es tu esp&#237;a? -pregunt&#243; Telam&#243;n bruscamente.

Bueno, creo que es Lisias, uno de los comandantes de la caballer&#237;a de Memn&#243;n. Me envi&#243; un mensaje secreto: quiere reunirse conmigo en Troya.

&#191;Con qu&#233; fin?

No lo s&#233;. S&#243;lo me pidi&#243; que me reuniera con &#233;l all&#237; y entonces me dir&#237;a el motivo.

Entonces, &#191;qu&#233; temes, Alejandro? &#191;Un asesinato? &#191;Una traici&#243;n?

No, temo a Filipo.

&#161;Est&#225; muerto! -afirm&#243; Telam&#243;n.

No, escucha. &#191;Recuerdas aquel verso? -pregunt&#243; Alejandro poniendo los ojos en blanco, uno de sus gestos favoritos cuando era un ni&#241;o en la academia-. Aquel del canto diecinueve de la Il&#237;ada. &#191;C&#243;mo era? El h&#237;gado fue arrancado de su lugar y, de &#233;l, la negra bilis manch&#243; por delante su t&#250;nica.

&#191;Qu&#233; tiene eso que ver con Filipo?

&#191;Recuerdas lo que dijo el or&#225;culo de Delfos? -pregunt&#243; Alejandro-. El toro est&#225; preparado para el sacrificio, todo est&#225; listo, el verdugo espera. Mi padre lo interpret&#243; como una referencia al imperio persa; s&#243;lo despu&#233;s de su asesinato, la gente comprendi&#243; que se refer&#237;a a &#233;l -precis&#243; haciendo una pausa-. Necesito un sacrificio puro, Telam&#243;n, antes de ordenar a mis tropas que embarquen. Todos los toros que sacrifico est&#225;n mancillados. Los presagios no auguran nada bueno, as&#237; que nosotros nos refugiamos en esta tierra y mi ej&#233;rcito espera.

&#161;No hagas caso de las se&#241;ales! -replic&#243; Telam&#243;n-. &#161;Trae tu flota aqu&#237; y navega!

Alejandro sacudi&#243; la cabeza. Dej&#243; la copa en el suelo, cruz&#243; los brazos sobre el respaldo y apoy&#243; la barbilla en las mu&#241;ecas. Mir&#243; a Telam&#243;n fijamente.

Mira a tu alrededor, f&#237;sico. &#191;Alguien nos observa? &#191;Crees que alguien nos puede escuchar?

Telam&#243;n obedeci&#243;. Seleuco hablaba ahora con Ant&#237;gona. Aristandro se rascaba la entrepierna y la prostituta y Ptolomeo estaban enzarzados en una discusi&#243;n. Por su parte, los sirvientes se hab&#237;an retirado y la muchacha de la flauta hab&#237;a desaparecido. A trav&#233;s del hueco que dejaba la tela de entrada, entreabierta, el f&#237;sico vio el escudo y la lanza de un guardia.

&#191;Recuerdas al explorador cuyo cad&#225;ver ser&#225; consumido por las llamas? -prosigui&#243; Alejandro-. &#191;El que fue encontrado en las rocas al pie del acantilado? Las &#250;nicas personas que saben la verdad son Critias y Aristandro. Los dem&#225;s creen que su muerte fue sencillamente el resultado de una disputa en el campamento. La daga todav&#237;a estaba clavada en el cuerpo del explorador y, en su mano, hab&#237;a un peque&#241;o trozo de pergamino -apunt&#243; Alejandro con la mirada fija-. La daga era acanalada, de origen celta -en ese momento, Telam&#243;n sinti&#243; un escalofr&#237;o, pero fue incapaz de saber si era por la fr&#237;a brisa nocturna o por los ojos sin alma de Alejandro-. El mismo tipo de daga -susurr&#243; el rey-, que mat&#243; a mi padre.

&#161;Pausanias era un loco! Todos conocemos la historia -le consol&#243; Telam&#243;n-. Esas dagas se pueden comprar en todos los mercados.

&#191;Se pueden comprar de verdad, f&#237;sico? &#191;Qu&#233; me dices del trozo de pergamino metido en la mano del explorador muerto? Una nota que llevaba el siguiente mensaje: El toro est&#225; preparado para el sacrificio, todo est&#225; listo, el verdugo espera. &#191;Te das cuentas de lo que est&#225; pasando, Telam&#243;n? &#191;Mi padre va a detenerme?

No seas rid&#237;culo. Eres tan supersticioso como una vieja.

Alejandro movi&#243; los brazos y sonri&#243;. Su rostro se transform&#243;.

Me alegro de que hayas vuelto, Telam&#243;n -afirm&#243; golpe&#225;ndose el pecho con el pu&#241;o-. Olimpia, Filipo y todo el poder de Persia no me detendr&#225;n. &#161;Nada me detendr&#225;!

&#191;Por eso arrasaste Tebas?

Muy poco antes de que te marcharas de Mieza -replic&#243; Alejandro-, luch&#225;bamos con espadas de madera. Yo continu&#233; dando golpes a diestro y siniestro hasta que Cleito intervino.

Te disculpaste. Dijiste que ten&#237;as un velo rojo en los ojos.

Eso fue lo que sucedi&#243; en Tebas -precis&#243; Alejandro mordi&#233;ndose el labio inferior-. Las personas tendr&#237;an que saber cu&#225;ndo han perdido. Una y otra vez Tebas se entremet&#237;a, conspiraba, iniciaba campa&#241;as de rumores por toda Grecia Recuerdo haber estado ante la puerta de Electra mientras se desplegaba la Banda Sagrada. Les hicimos retroceder. Apareci&#243; el velo rojo. Pens&#233;: Esta vez, esta vez, acabar&#233; con este asunto de una vez por todas. Nunca m&#225;s Tebas volver&#225; a desafiar a Macedonia. Di la orden: &#161;No hag&#225;is prisioneros! &#161;No dej&#233;is piedra sobre piedra! -record&#243; con una sonrisa retorcida-. Aparte de los templos y la casa del poeta P&#237;ndaro, matamos a todos sus combatientes. Captur&#233; a treinta mil esclavos y gan&#233; una fortuna con la venta. &#161;Tebas no volver&#225; a desafiarme nunca m&#225;s! -exclam&#243; con la mano en alto.

&#191;Alguien te est&#225; desafiando ahora?

S&#237;.

Alejandro tosi&#243;. Movi&#243; las piernas fuera del div&#225;n. Se sent&#243;.

Y ahora llegamos a por qu&#233; est&#225;s aqu&#237; -advirti&#243; al f&#237;sico por encima del hombro.

Alejandro dej&#243; la copa de vino sobre la mesa. Telam&#243;n mir&#243; el suelo: el borde de la alfombra que cubr&#237;a el suelo junto al div&#225;n del rey estaba empapado de vino. Alejandro no hab&#237;a bebido ni la mitad de lo que parec&#237;a. Hab&#237;a bebido sorbos, alg&#250;n trago que otro, pero la mayor parte del vino hab&#237;a sido derramada en secreto.

Mira a tu alrededor, Telam&#243;n. Todos mis codiciosos compa&#241;eros quieren ser reyes y pr&#237;ncipes y cabalgar a trav&#233;s de Pers&#233;polis cubiertos de gloria. Mientras yo sea el m&#225;s r&#225;pido, el m&#225;s fuerte, el m&#225;s fiero, el m&#225;s astuto, el m&#225;s afortunado, estar&#233; a salvo. Mientras la jaur&#237;a se alimente bien, ser&#233; su l&#237;der. Lo mismo vale para los que est&#225;n ah&#237; fuera. La verdad es que no quieren abandonar la tierra negra de Macedonia, pero sue&#241;an con las bellas y complacientes mujeres del har&#233;n de Dar&#237;o, con hundir sus brazos hasta los codos en cofres de perlas y piedras preciosas Si cumplo sus sue&#241;os, soy su rey, su bienhechor. No les importar&#237;a en lo m&#225;s m&#237;nimo que me proclamara a m&#237; mismo como la encarnaci&#243;n de Apolo.

Tienes a Hefesti&#243;n, un amigo de verdad.

S&#237;, tengo a Hefesti&#243;n, y tengo a Telam&#243;n. He pensado mucho y muy a fondo en ti. El d&#237;a que abandonaste Mieza, a la grupa de tu padre, por el polvoriento sendero blanco, los cipreses que hab&#237;a a cada lado suspiraban adi&#243;s. Telam&#243;n s&#243;lo deseaba ser un f&#237;sico; no quer&#237;a mujeres, ni gloria ni oro. &#201;sta es la primera raz&#243;n por la que est&#225;s aqu&#237;.

&#191;Cu&#225;l es la segunda?

En todos mis d&#237;as de vida, Telam&#243;n, nunca he encontrado otro par de ojos como los tuyos, &#161;agudos como los de un halc&#243;n! Te sol&#237;as sentar y mirabas, sin perderte nada. &#201;se es el hombre que quiero, pens&#233;, es hora de que Telam&#243;n vuelva a casa. Estoy enterado de tu peque&#241;o problema en Egipto. Los territorios persas te est&#225;n vedados -dijo Alejandro encogi&#233;ndose de hombros y acomod&#225;ndose mejor en el div&#225;n-. No puedes ir a Persia. Ning&#250;n macedonio es bienvenido en Grecia, aunque no lo parezca As&#237; que, &#191;por qu&#233; no reunirte con tus amigos? Las amenazas de mi madre te ayudaron a emprender el camino. Est&#225;s aqu&#237;, Telam&#243;n, porque no tienes ning&#250;n otro lugar donde ir y, por encima de todo, porque eres curioso. Tu curiosidad puede m&#225;s que cualquier otra cosa. &#191;Qu&#233; mejor lugar para aprender tu oficio y mejorar tus habilidades? Antes de que se acabe el a&#241;o, tendr&#225;s m&#225;s pacientes de los que jam&#225;s hayas so&#241;ado -apunt&#243; Alejandro extendiendo la mano y acariciando los cabellos de Telam&#243;n-. La verdad es que quiero que seas mis ojos, Telam&#243;n. Quiero que descubras al esp&#237;a, al tal Naihpat. Quiero saber c&#243;mo murieron la muchacha y el explorador.

Seleuco les grit&#243; algo.

&#161;C&#225;llate! -le grit&#243; Alejandro a su vez-. &#161;Estoy hablando! &#191;Recuerdas la Il&#237;ada de Hornero? -pregunt&#243; al f&#237;sico-. Sol&#237;as citarla l&#237;nea tras l&#237;nea. Todav&#237;a guardo una copia debajo de mi almohada. &#191;Cu&#225;ntas heridas describe Hornero?

Ciento cuarenta y nueve.

Alejandro chasque&#243; los dedos y sonri&#243;.

&#191;C&#243;mo fue herido Euripilo?

Por una flecha emponzo&#241;ada: quitaron la flecha y chuparon el veneno.

&#191;Qui&#233;n lo hizo?

Patroclo, el gran amigo de Aquiles, en el canto once. Lav&#243; la herida con agua caliente y luego la unt&#243; con la ra&#237;z agridulce de una planta.

Alejandro se acerc&#243; m&#225;s a su amigo.

Nadie m&#225;s lo sabe -susurr&#243;-. Me dejaron otros dos mensajes escritos en un trozo de pergamino. El primero es del canto diecinueve de la Il&#237;ada: El d&#237;a de tu muerte est&#225; cerca.

&#191;Qu&#233; dice el segundo?

Es del canto veintiuno, con un peque&#241;o cambio: Sufrir&#225;s una muerte cruel en pago por la muerte de Filipo.



CAP&#205;TULO III

De Dar&#237;o, Rey de Reyes, a sus s&#225;trapas a este asesino y ladr&#243;n, a este hombre deforme, Alejandro, capturadlo entonces.

De la versi&#243;n et&#237;ope de La historia del Seudocal&#237;stenes



La galera de guerra persa hab&#237;a abandonado a sus escoltas despu&#233;s de dejar Cios a babor, para abrirse paso a trav&#233;s del Helesponto, al amparo de la bruma primaveral y del anochecer. Se trataba de una nave capitana de la flota imperial, con el casco de pino pintado de un color rojo sangre por encima de la l&#237;nea de flotaci&#243;n y de negro por debajo del coronamiento. A cada lado, junto al comienzo del espol&#243;n de bronce, hab&#237;a la figura de una pantera que saltaba sobre una presa invisible; a continuaci&#243;n, aparec&#237;a el ojo que todo lo ve, un talism&#225;n para defenderse de la mala fortuna. Memn&#243;n y sus capitanes se encontraban en la popa, tallada en forma de una hermosa concha blanca. Hab&#237;an arriado las velas, quitado los m&#225;stiles, ocultado los gallardetes de guerra y reducido la intensidad de las luces de las l&#225;mparas y los fanales. Incluso el c&#243;mitre Domenicus susurraba sus &#243;rdenes mientras el gran trirreme surcaba las aguas para tomar posici&#243;n delante de la ciudad de Sestos. Memn&#243;n sab&#237;a que era muy dif&#237;cil que fueran descubiertos. Las nubes comenzaban a cubrir r&#225;pidamente el cielo estrellado y la bruma era una valiosa aliada, que se mov&#237;a a veces como una cortina que se aparta. Los alertas vig&#237;as encaramados en lo m&#225;s alto de la proa y la popa ve&#237;an la luz de las hogueras del campamento macedonio de Alejandro. Memn&#243;n escuchaba el chapoteo del agua contra el casco. Los remos recogidos parec&#237;an unos brazos enormes que esperaban la orden. El capit&#225;n y sus oficiales estaban atentos a cualquier peligro, fuese un s&#250;bito cambio en la direcci&#243;n del viento o la aparici&#243;n de otra nave.

No quiero acabar en las rocas -susurr&#243; el capit&#225;n, otro nativo de Rodas como Memn&#243;n, al o&#237;do del general por en&#233;sima vez.

Los dioses est&#225;n con nosotros -replic&#243; Memn&#243;n, que hizo un esfuerzo para no emprenderla a gritos con el capit&#225;n-. Todo ir&#225; bien.

Memn&#243;n se acerc&#243; a la borda y mir&#243; a trav&#233;s del agua. No hab&#237;a queches ni barcas de pescadores a la vista. Alejandro cre&#237;a que el Helesponto estaba libre de la presencia de naves hostiles. El rodio sonri&#243; para sus adentros. Hasta cierto punto estaba de acuerdo con las t&#225;cticas de Dar&#237;o. &#191;Por qu&#233; no hacer que Alejandro se confiara, que se creyera protegido por los dioses? Sin embargo, Memn&#243;n no cre&#237;a en los dioses; s&#243;lo confiaba en el poder de su brazo y su astucia. Arsites, el s&#225;trapa de Frigia, no sab&#237;a que se encontraba aqu&#237;. Memn&#243;n dispon&#237;a de algunas naves y hab&#237;a decidido tomar las riendas en el asunto. Diocles, el sirviente mudo, se le acerc&#243;. Apoy&#243; una mano en el brazo de su amo, la se&#241;al de que deseaba hablar. Memn&#243;n le mir&#243; con una expresi&#243;n de pena. Diocles segu&#237;a padeciendo con los mareos; ten&#237;a los ojos llorosos, le goteaba la nariz y mostraba manchas de v&#243;mito en los labios y la barbilla.

&#191;Qu&#233; pasa? -le pregunt&#243; el general con voz pausada.

Diocles hizo varios signos con los dedos.

&#191;Crees que hubo un traidor entre nosotros? No me lo puedo creer. &#161;Lisias!

Memn&#243;n hizo un gesto cortante con la mano y mir&#243; hacia la costa. De alg&#250;n lugar bajo cubierta, son&#243; el grito de un hombre, pero fue un sonido ahogado. Memn&#243;n escuch&#243; los ruidos de la gran nave de guerra: el crujido de las tablas de pino selladas con brea, el chirrido de los remos en los toletes. La nave cabeceada en la r&#225;pida corriente. De vez en cuando, uno de los timoneles daba una orden, transmitida a los remeros de las tres bancadas; entonces algunos de ellos hund&#237;an los remos en el agua suavemente para mantener el trirreme en su curso. Memn&#243;n hab&#237;a sufrido un duro golpe, lo hab&#237;an dejado fuera de juego. Segu&#237;a sin poder aceptar que Lisias hab&#237;a sido un traidor. Ten&#237;a tanto que perder Sin embargo, Dar&#237;o hab&#237;a sido contundente. Memn&#243;n pens&#243; en la siniestra torre de silencio, que se elevaba muy alto, con los cad&#225;veres persas, envueltos en sus sudarios y colgados de las vigas. En el centro la jaula donde hab&#237;a sido encerrado Lisias, sin comida ni agua, para esperar una lenta y dolorosa muerte. El rodio rez&#243; para que Lisias se enfrentara a la parca con coraje, mientras estaba colgado entre el cielo y la tierra, con la &#250;nica compa&#241;&#237;a de los muertos a su alrededor.

Diocles le toc&#243; la mano. M&#225;s se&#241;ales.

Lo s&#233; -replic&#243; Memn&#243;n-. Arsites y Dar&#237;o afirman que hay m&#225;s esp&#237;as entre nosotros. No me lo creo.

Memn&#243;n mir&#243; con mayor atenci&#243;n mientras el sirviente gesticulaba a gran velocidad. El general sacudi&#243; la cabeza; no consegu&#237;a entender. Diocles repiti&#243; los movimientos.

S&#237;, tienes toda la raz&#243;n. Dar&#237;o y Arsites no saben nada de todo esto. Quieren Quieren que el lobo entre en el corral de las ovejas -asegur&#243; bajando el tono de su voz-. Yo prefiero matarlo antes de que siquiera llegue a acercarse -precis&#243; esbozando una d&#233;bil sonrisa-. Un peque&#241;o cambio de planes.

&#161;Una se&#241;al, se&#241;or! -exclam&#243; el capit&#225;n acerc&#225;ndose con un dedo se&#241;alando hacia la oscuridad-. All&#237;, se&#241;or. &#161;Al noroeste de nosotros!

Memn&#243;n mir&#243; entre la bruma. La nave se desvi&#243; un poco y vio el punto de luz de un farol. -&#191;Los hombres est&#225;n preparados? El capit&#225;n asinti&#243; antes de alejarse. Memn&#243;n toc&#243; la mejilla de Diocles y camin&#243; hasta la proa, donde las se&#241;ales eran respondidas por un sondeador con una l&#225;mpara. Se acerc&#243; una barca de pesca. Memn&#243;n vio al timonel, a otro hombre junto a la vela suelta y a un tercero a proa. El timonel gui&#243; la barca con mucho cuidado hasta situarla bajo la proa del trirreme. Se lanzaron los arpeos. La embarcaci&#243;n qued&#243; bien sujeta por los tensos cabos, que la manten&#237;an fuera del alcance de la bancada de remos que ten&#237;a encima.

&#161;Por el bien de Apolo! -susurr&#243; Memn&#243;n al capit&#225;n-. &#161;No quiero que se enrede! Alguno de los capitanes de Alejandro podr&#237;a decidir que no le vendr&#237;a mal un crucero nocturno.

La mantendremos firme -le tranquiliz&#243; el capit&#225;n.

Memn&#243;n se volvi&#243; al escuchar unas pisadas. Cinco hombres salieron a cubierta. Cada uno llevaba un hato en una mano y la coraza en la otra. Vest&#237;an unas t&#250;nicas sencillas, capas y botas de marcha. Las joyas baratas, brazaletes, anillos y collares brillaban en la escasa luz. Con los pendientes de plata en las orejas y los cabellos muy cortos, ten&#237;an todo el aspecto de lo que simulaban ser: mercenarios hoplitas que buscaban a un amo. Memn&#243;n estrech&#243; la mano de su l&#237;der, Droxenius.

&#191;Sabes lo que debes hacer? &#191;Lo que debes decir?

Somos soldados de Argos -respondi&#243; Droxenius-. Somos mercenarios que venimos a aceptar el dracma de Alejandro de Macedonia. Viajamos por tierra. Tenemos armas, pero no tenemos amo. Hemos prestado servicios en Lidia y m&#225;s al norte. Ten&#237;amos la intenci&#243;n de unirnos a Memn&#243;n en Rodas. Sin embargo -Droxenius se toc&#243; la entrepierna, un gesto para evitar la mala fortuna-, creemos que perder&#225;. Cuando desaparece el dinero y la suerte, tambi&#233;n desaparecen los mercenarios.

Memn&#243;n ri&#243; suavemente al escuchar la &#250;ltima frase.

Lo que ocurra despu&#233;s -manifest&#243;- es responsabilidad vuestra. Escoged el momento y el lugar y atacad inmediatamente. Si escap&#225;is, tendr&#233;is m&#225;s riquezas de las que hab&#233;is so&#241;ado. No hag&#225;is prisioneros. Si os matan y os encontr&#225;is en los Campos El&#237;seos, sabed que har&#233; los sacrificios y tratar&#233; a vuestros amigos como si fueran m&#237;os -prometi&#243; Memn&#243;n mientras el viento nocturno sacud&#237;a su capa-. Ten&#233;is una &#250;nica y exclusiva tarea: la ejecuci&#243;n de Alejandro de Macedonia. Hab&#233;is dicho que sois de Argos, pero la verdad es que sois de Tebas. Recordad lo que fue la ciudad y la ruina en que la ha convertido Alejandro -continu&#243; diciendo mientras se acercaba al grupo y miraba atentamente el rostro de cada uno comprobando c&#243;mo todos mostraban expresiones decididas-. Cada uno de vosotros tiene una deuda de sangre. &#161;Las sombras de vuestros familiares, madres, padres, hermanos y hermanas claman venganza contra el tirano! &#161;Golpead fuerte! &#161;Golpead deprisa! -exclam&#243; levantando una mano en se&#241;al de despedida-. &#161;Despu&#233;s corred r&#225;pidos como el viento!

Estrech&#243; la mano de cada uno. Se acercaron a la proa y, ayudados por algunos de los tripulantes, se descolgaron por los cabos hasta la barca. Droxenius fue el &#250;ltimo. Cuando se dispon&#237;a a bajar, Memn&#243;n le cogi&#243; por el hombro.

Nadie sabe que vais all&#237;. Los esp&#237;as pueden ser tan abundantes y r&#225;pidos como las moscas en una cagada de perro. Tu tarea es matar a Alejandro, pero ve con mucho cuidado. Si puedes, intenta encontrar a una persona llamada Naihpat.

&#191;Qu&#233; pasar&#225; si lo encontramos? -pregunt&#243; Droxenius observando el rostro de Memn&#243;n-. &#191; Lo matamos?

No -contest&#243; Memn&#243;n sacudiendo la cabeza-. Si los dioses os protegen, a vuestro regreso, decidme qui&#233;n es.

Droxenius asinti&#243;. Los pescadores llamaban en medio de la oscuridad. Memn&#243;n percibi&#243; el ascenso de la marea mientras cambiaban las traicioneras corrientes de estas aguas. El mercenario baj&#243;. Memn&#243;n le pas&#243; el hato por encima de la borda. Quitaron los arpeos. El capit&#225;n dio una orden y el trirreme se movi&#243; suavemente hacia atr&#225;s mientras el jefe de los remeros daba instrucciones precisas a algunos de sus hombres. La nave de guerra luch&#243; contra la corriente para permitir que la barca virara. La peque&#241;a embarcaci&#243;n desapareci&#243; r&#225;pidamente en la bruma.

Droxenius se sent&#243; a popa, desde donde observaba a los tres pescadores. Memn&#243;n le hab&#237;a dicho que los hab&#237;an sobornado para que se arriesgaran a navegar de noche y, siguiendo unas se&#241;ales, a trasladar a unos hombres hasta la playa. Los pescadores hab&#237;an recibido una buena paga de manos de los agentes de Memn&#243;n y les hab&#237;an prometido m&#225;s en cuanto acabaran el desembarco.

Se sujet&#243; con fuerza ante los vaivenes de la fr&#225;gil embarcaci&#243;n. Despu&#233;s de la seguridad y la relativa comodidad del trirreme, ten&#237;a la sensaci&#243;n de que hab&#237;a sido abandonado en una balsa en medio de un mar embravecido para que se las apa&#241;ara por su cuenta. Sin embargo, los pescadores conoc&#237;an su trabajo. Al principio, no vio nada m&#225;s que el mar revuelto. Sonaron unas &#243;rdenes. Droxenius distingui&#243; en la oscuridad unas borrosas manchas blancas que correspond&#237;an a los acantilados y a la playa de piedras arenosas de una peque&#241;a cala. La barca mantuvo el rumbo hasta que el casco roz&#243; el fondo. Dos de los pescadores saltaron al agua, al tiempo que urg&#237;an a Droxenius y los dem&#225;s a que se unieran a ellos. Los mercenarios obedecieron. Entre todos arrastraron la embarcaci&#243;n a tierra. Droxenius se asegur&#243; de que hab&#237;an bajado y llevado la carga a la arena seca. Mir&#243; por un momento las estrellas; era plena madrugada y a&#250;n les quedaba por delante un largo camino. Mir&#243; en derredor. Si se hab&#237;a planeado una traici&#243;n, ocurrir&#237;a ahora. Alg&#250;n movimiento, el brillo de una armadura, el resoplo de un caballoTodo estaba en silencio. Uno de los pescadores le toc&#243; el brazo y extendi&#243; la mano con la palma hacia arriba.

&#161;Ah s&#237;! -Droxenius sonri&#243;-. &#161;Es la hora de pagar! &#161;Muchachos! -llam&#243; suavemente en la oscuridad-, nuestros barqueros quieren oro y plata. &#161;Pagadles como hago yo!

Droxenius desenvain&#243; la espada con la velocidad del rayo y la clav&#243; en el est&#243;mago del pescador. El hombre, con su rostro manifestando sorpresa, abri&#243; la boca mientras miraba at&#243;nito la hoja del arma.

Lo siento -susurr&#243; Droxenius. Apoy&#243; una mano en la nuca del hombre y lo empuj&#243; para ayudar a que la espada lo atravesara-. Es mejor de esta manera.

Sus compa&#241;eros se ocuparon de los otros dos pescadores, a quienes tambi&#233;n hab&#237;an pillado desprevenidos. En cuesti&#243;n de segundos los tres yac&#237;an muertos en la playa. Droxenius dio las &#243;rdenes. Los cad&#225;veres fueron arrojados al interior de la barca. Dos de los hombres de Droxenius se desnudaron y, a continuaci&#243;n, arrastraron la barca hasta el agua, desplegaron la vela y dejaron que el viento los separara de la playa. Desde donde se encontraba, Droxenius escuch&#243; c&#243;mo abr&#237;an agujeros en el casco y arrancaban tablas. Una y otra vez miraba por encima del hombro hacia lo alto del acantilado mientras rogaba que no les abandonara la suerte. Sin embargo, &#191;qu&#233; motivos tendr&#237;a Alejandro para enviar a una patrulla de vigilancia? Cuando mir&#243; de nuevo hacia el mar, la embarcaci&#243;n ya se estaba hundiendo. Sus dos hombres, nadadores expertos, la dejaron a su suerte, se lanzaron al agua y nadaron hasta la orilla.

No quedar&#225; ning&#250;n rastro -afirm&#243; uno de ellos sacudi&#233;ndose el agua como un perro-. Atamos los cuerpos a la barca. Pasar&#225;n semanas antes de que los encuentren.

Droxenius les dio prisa para que se vistieran. En cuanto acabaron, el grupo de asesinos se alej&#243; r&#225;pidamente al amparo de la oscuridad como si fuesen sabuesos.



* * *


Dar&#237;o, Rey de Reyes, se hubiera sentido satisfecho con el caos y la muerte que ahora acechaban a Alejandro de Macedonia, que beb&#237;a alegremente con sus compa&#241;eros, sin tener idea de los peligros que le rodeaban. Tambi&#233;n los exploradores que hab&#237;a tra&#237;do la sacerdotisa Ant&#237;gona experimentaban una falsa seguridad. Hab&#237;an presentado sus &#250;ltimos respetos al compa&#241;ero muerto. Alejandro en persona hab&#237;a rendido honores al cad&#225;ver. Hab&#237;a dado el dinero para pagar a Caronte y la comida para alimentar al siniestro perro Cerbero. Ahora los exploradores estaban sentados alrededor de una hoguera en los l&#237;mites del campamento macedonio y disfrutaban del vino y la comida que el rey les hab&#237;a obsequiado para la vigilia. Ahora cre&#237;an que la muerte de su compa&#241;ero hab&#237;a sido un desgraciado accidente. El campamento estaba lleno de bribones, ladrones y prostitutas. Quiz&#225; s&#243;lo hab&#237;a sido una cuesti&#243;n de mala suerte; despu&#233;s de todo, el camarada muerto ten&#237;a fama de ser un libidinoso.

Como una cabra en celo -brome&#243; uno de ellos-. Quiz&#225;s hubo una pelea por una mujer, una partida de dados o de taba.

La muerte nunca estaba muy lejos. Todos conoc&#237;an los peligros que los amenazaban. Los exploradores se consolaban con estas reflexiones y palabras. Como rudos campesinos de la costa j&#243;nica, ya estaban discutiendo entre ellos lo que har&#237;an con el oro y la plata que Alejandro de Macedonia les hab&#237;a prometido. La sacerdotisa Ant&#237;gona les hab&#237;a asegurado con t&#233;rminos inequ&#237;vocos: No tendr&#233;is que combatir, s&#243;lo marchar con el ej&#233;rcito de Alejandro para guiarlo hacia el sur. A cambio, os dar&#225;n m&#225;s oro y plata de la que podr&#237;ais ganar en mil vidas. Con la astucia t&#237;pica de los campesinos, hab&#237;an sopesado todas las posibilidades. Se enorgullec&#237;an de ser griegos. No les agradaban los persas con sus altivos modales, las lujosas t&#250;nicas, los rostros arrogantes, los ojos oscuros, su idioma que nunca podr&#237;an aprender

Ser&#225; sencillo -hab&#237;a afirmado su jefe Critias-. Guiaremos a Alejandro en la marcha hacia el sur y cobraremos nuestra recompensa. &#161;Lo que les ocurra es decisi&#243;n de los dioses, no nuestra!

Todos hab&#237;an asentido.

&#191;D&#243;nde est&#225; Critias? -pregunt&#243; uno de ellos con voz estridente-. &#161;Tendr&#237;a que estar aqu&#237; compartiendo el vino!

Oh, ahora se est&#225; convirtiendo en alguien muy distinguido y poderoso como para estar con nosotros -replic&#243; otro.

Todos asintieron, con los rostros enrojecidos y los ojos brillantes. El vino fuerte que Alejandro les hab&#237;a enviado, estaba comenzando a hacer su efecto; afloraban las viejas tensiones y rivalidades. Siempre hab&#237;a considerado a Critias un hombre que se daba muchos aires, un griego con un pasado sombr&#237;o y con una cierta educaci&#243;n. Hab&#237;a prometido a Alejandro dibujar unos mapas donde aparecer&#237;an marcados los arroyos y las fuentes para que la caballer&#237;a no muriera de sed bajo el sol ardiente.

Tendr&#237;a que estar aqu&#237; -insisti&#243; Lascus, que era el m&#225;s alto y fornido de todos ellos.

Cogi&#243; un trozo del pescado que se asaba en las brasas y se lo engull&#243; de un bocado. Lascus s&#243;lo deseaba cruzar el Helesponto cuanto antes. Quer&#237;a regresar a su casa. Quer&#237;a que sus paisanos, sobre todo las mujeres, le vieran en toda su gloria. &#191;No les hab&#237;a prometido Alejandro una lanza y una espada que podr&#237;an llevarse con ellos? Lascus cogi&#243; la jarra y, sin hacer caso de las protestas de sus compa&#241;eros, bebi&#243; directamente del recipiente.

&#191;Qu&#233; opinas de nuestras probabilidades, Lascus? -pregunt&#243; un compa&#241;ero.

&#161;Ser&#225; tan f&#225;cil como segar el trigo! -replic&#243; el bravuc&#243;n, en cuanto acab&#243; de beber. Mir&#243; alrededor de la hoguera con una expresi&#243;n ebria; los rostros de sus compa&#241;eros estaban sucios de grasa. Hac&#237;a meses que no com&#237;an ni beb&#237;an tanto. Lascus ten&#237;a el est&#243;mago hinchado; tendr&#237;a que beber agua antes de echarse a dormir o, a la ma&#241;ana siguiente, se levantar&#237;a con un tremendo dolor de cabeza.

Te dir&#233; lo que pasar&#225; -dicho esto, Lascus hizo un ruido con los labios-. Ten&#233;is que pensar en lo que har&#225;n los persas.

&#191;Qu&#233; pasar&#225; si queman los campos? -grit&#243; alguien-. &#161;Ya se ha hecho antes!

Lascus le gui&#241;&#243; un ojo con una expresi&#243;n picara.

No lo creo. Conocen a los macedonios. Yo tambi&#233;n. Los he visto ejercitarse. Les encantan los territorios llanos. He estado en las jaulas de los esclavos. Habl&#233; con una puta pelirroja que capturaron en Tebas. Tiene unas tetas muy grandes -puntualiz&#243; haciendo un gesto con las manos-. Es una l&#225;stima lo que le pas&#243; en el rostro -asegur&#243;, comentario que fue recibido con aplausos y voces obscenas-. Tengo la intenci&#243;n de volver all&#237; -afirm&#243; Lascus.

&#191;Qu&#233; dec&#237;as de los macedonios?

Habl&#233; con la puta pelirroja. &#191;Sab&#233;is c&#243;mo se hace llamar? Como la diosa, aquella de la que habla Ant&#237;gona: Casandra. No creo que &#233;se sea su verdadero nombre.

El hombre que le hab&#237;a hecho la pregunta comenzaba a impacientarse. Mir&#243; a Lascus y le ense&#241;&#243; los dientes como un perro furioso.

Tal como dije, he visto las maniobras de los macedonios. Destrozaron al ej&#233;rcito tebano delante de la puerta principal. Utilizaron las murallas de la ciudad como un herrero utiliza el yunque. Las machacan y las derriban. Encontraron una puerta abierta y Alejandro y su horda entraron por all&#237;. Los persas no se dejar&#225;n atrapar de la misma manera. Alejandro conocer&#225; a su ej&#233;rcito, pero nosotros conocemos nuestro pa&#237;s.

Sus comentarios fueron recibidos con gestos y gru&#241;idos de aprobaci&#243;n. Los exploradores recordaron las tierras donde hab&#237;an nacido: llanuras polvorientas, bosques, empinadas colinas, sombr&#237;os ca&#241;ones y torrentes y r&#237;os todav&#237;a caudalosos con las aguas del deshielo.

&#161;El Gr&#225;nico! -grit&#243; uno de ellos.

Ah s&#237;, el Gr&#225;nico.

Lascus record&#243; el caudaloso r&#237;o, con las empinadas riberas cubiertas de vegetaci&#243;n. Tendr&#237;a que hablar con Critias al respecto. Una s&#250;bita arcada le dej&#243; un regusto &#225;cido en la boca. Murmur&#243; algo, se puso de pie y se alej&#243; tambaleante en la oscuridad. Recordaba las &#243;rdenes que les hab&#237;an dado. Los celadores del campamento hab&#237;an sido muy claros: &#161;Si ten&#233;is que orinar y defecar, id a hacerlo bien apartados del campamento!.

Camin&#243; con paso inseguro entre los cuerpos de los soldados que dorm&#237;an alrededor de los rescoldos de las hogueras. Un centinela le dio el alto. Lascus se se&#241;al&#243; la entrepierna. El hombre se ri&#243;, solt&#243; un escupitajo y le dej&#243; pasar. El explorador se encamin&#243; hacia un grupo de &#225;rboles. A lo lejos se ve&#237;an las luces de Sestos y se pregunt&#243; si podr&#237;a ir all&#237; de visita. Hizo una pausa cuando escuch&#243; un ruido a su espalda. Mir&#243; hacia atr&#225;s, a las luces del campamento. El terreno era muy quebrado en esta zona. Abundaban los plintos de piedra cubiertos de musgo. Critias afirmaba que en el pasado aqu&#237; se hab&#237;a levantado una ciudad. &#191;Qu&#233; sab&#237;a Critias? Acab&#243; de orinar y se volvi&#243; para emprender el camino de regreso al campamento. Atisbo una silueta que corr&#237;a hacia &#233;l, una sombra recortada por la luna que se mov&#237;a a gran velocidad. Lascus se qued&#243; paralizado.

Antes de que pudiera recuperarse, la figura ya se le hab&#237;a echado encima. Sinti&#243; un dolor terrible en un costado. Intent&#243; defenderse, pero la muerte hab&#237;a sido mucho m&#225;s r&#225;pida, como una saeta a trav&#233;s de la oscuridad. Lascus se tumb&#243; hacia adelante. El dolor era muy intenso. Acerc&#243; una mano a la herida y la daga celta se hundi&#243; en su costado hasta la empu&#241;adura alada. El campesino cay&#243; de rodillas mientras maldec&#237;a su propia estupidez. Una lechuza chist&#243; desde un &#225;rbol. Lascus el gu&#237;a, el futuro h&#233;roe, se tumb&#243; de bruces, con los ojos sin vida, mientras su asesino le pon&#237;a un trozo de pergamino entre los dedos sin fuerza.



* * *


La fiesta en el pabell&#243;n real hab&#237;a degenerado en una algarab&#237;a. Seleuco y Ptolomeo discut&#237;an agriamente sobre la reputaci&#243;n de cierta dama que ambos hab&#237;an cortejado en Macedonia. Hefesti&#243;n estaba tendido en un div&#225;n, con una sonrisa pl&#225;cida en su rostro. Alejandro, ajeno a la tensi&#243;n, no hac&#237;a caso a sus invitados y continuaba inmerso en su conversaci&#243;n con Ant&#237;gona. A Telam&#243;n se le cerraban los ojos. Estaba decidido a que no tuvieran que llevarlo a su tienda, tal como hab&#237;a dicho Ptolomeo con sorna: &#161;Como a un cr&#237;o despu&#233;s de su primera copa!. Not&#243; una r&#225;faga de aire helado. Uno de los guardaespaldas reales acababa de entrar en el pabell&#243;n. Alejandro se levant&#243; del div&#225;n y los dos hombres iniciaron una conversaci&#243;n en susurros a la que no tard&#243; en sumarse Aristandro. El rey se acerc&#243; a Telam&#243;n y dio un puntapi&#233; en la base del div&#225;n.

Aristandro quiere hablar contigo.

&#191;Sobre qu&#233;? -replic&#243; Telam&#243;n, malhumorado.

Veneno -contest&#243; Alejandro sonriendo mientras se alejaba.

El custodio de los secretos del rey ya se encontraba en la salida de la tienda y le hac&#237;a gestos para que se diera prisa. Telam&#243;n se reuni&#243; con &#233;l en el exterior. El aire fr&#237;o de la noche le despej&#243; r&#225;pidamente.

&#191;Qu&#233; pasa? -pregunt&#243;.

Ven conmigo, Telam&#243;n. No corres ning&#250;n peligro. Te lo garantizo.

No hab&#237;an caminado m&#225;s que unos pocos pasos cuando Telam&#243;n escuch&#243; un ruido y se volvi&#243;. Un grupo de rudos mercenarios les escoltaban. Eran celtas, no griegos, todos vestidos con las m&#225;s estrafalarias y coloridas prendas y armaduras: polainas metidas dentro de las botas; armaduras de cuero sobre las t&#250;nicas; cascos con las formas de diversos animales El jefe llevaba una piel de leopardo sobre un hombro y un escudo donde aparec&#237;a pintado el ojo que todo lo ve, el emblema personal de Aristandro. Todos empu&#241;aban las espadas y dos de ellos llevaban teas. Telam&#243;n los vigil&#243; mientras se acercaban. Los celtas eran unos gigantones que med&#237;an casi diez palmos de estatura. Las cabelleras, peinadas en trenzas sujetas con cintas de colores, les llegaban hasta m&#225;s all&#225; de los hombros. Los cascos cubr&#237;an la parte superior de sus rostros y el resto se ocultaba bajo las enormes y enmara&#241;adas barbas.

&#161;Ah, mis bonitos ni&#241;os! -exclam&#243; Aristandro volviendo sobre sus pasos y mientras se limpiaba las u&#241;as pintadas con un mondadientes-. &#191;No son unos chicos preciosos, Telam&#243;n? &#161;Mi guardia personal! &#161;Una docena de brutos! -afirm&#243; ri&#233;ndose-. &#161;Unos chiquillos encantadores que me destrozan la casa y acaban con mis v&#237;veres! &#191;No es as&#237;, precioso m&#237;o? -pregunt&#243; al l&#237;der.

El hombre respondi&#243; en un griego macarr&#243;nico. Sus ojos azul claro iluminados por la luz de las antorchas miraban al f&#237;sico con una expresi&#243;n feroz.

&#161;No, no, eres un chico malo! -exclam&#243; Aristandro d&#225;ndole un golpe en la mano con una expresi&#243;n juguetona-. Telam&#243;n no es mi presa, es mi amigo. &#191;Verdad que eres mi amigo, Telam&#243;n?

El f&#237;sico lo mir&#243; fijamente.

&#191;Lo eres? -insisti&#243; Aristandro pateando el suelo con impaciencia.

Si t&#250; lo dices

Lo m&#225;s importante -a&#241;adi&#243; Aristandro, que agit&#243; los dedos delante del rostro del bruto- es que es amigo del rey. &#161;Es el f&#237;sico de Alejandro! No es un traidor -sentenci&#243; dando un paso atr&#225;s y mirando con cari&#241;o al grupo de rufianes armados-. &#191;Sabes c&#243;mo les llamo, Telam&#243;n? Mi coro. Les ense&#241;o canciones. &#161;Venga, chicos! -exclam&#243; asumiendo la pose de un director de coros-. &#161;Cantaremos el himno a Apolo!

Telam&#243;n mir&#243; boquiabierto mientras los celtas, sin preocuparse de d&#243;nde estaban, comenzaron a entonar el muy conocido himno:


&#161;Apolo, se&#241;or de la luz!

&#161;Dorado oponente de la larga noche!

&#161;Hijo de Dios!

&#161;El dorado!

&#161;Saludamos a Apolo!

&#161;Rey del Sol!


El canto era escandaloso y desafinado. En alg&#250;n lugar del cercado real, una voz grit&#243;:

&#161;Callaos, condenados cabrones!

El jefe de los guardaespaldas respondi&#243; con algo obsceno. Aristandro dio unas palmaditas en el hombro de Telam&#243;n.

No te lo vas a creer. &#161;Les encantan S&#243;focles y Eur&#237;pides! &#161;Muy bien, chicos, el coro tebano! -exclam&#243; mirando otra vez a los celtas.

Como ni&#241;os d&#243;ciles a las &#243;rdenes de su maestro, los celtas, que no dejaban de mirar a Telam&#243;n con verdadera inquina, entonaron el famoso discurso de S&#243;focles:


En Tebas, ciudad del sol,

se escucha la graciosa voz de Dios.

Mi coraz&#243;n rebosa temor.

Siento terror ante lo que van a decir.

Escucha, oh sanador de Delos,

tenemos miedo. &#191;Qu&#233; har&#225;s t&#250;?

&#191;Cosas nuevas, o viejas como el a&#241;o?

H&#225;blanos, hija de la preciosa esperanza.

&#161;Escuchemos la palabra inmortal!


&#161;Ya es suficiente! -grit&#243; Aristandro-. &#161;Buenos chicos! -exclam&#243; sonriente-. Cuando regresemos a Atenas, interpretaremos la obra, les guste o no. &#161;Venga, continuemos, puede que la noche todav&#237;a sea joven, pero yo no lo soy!

Aristandro reemprendi&#243; la marcha. Telam&#243;n le sigui&#243;, rodeado por los silenciosos pero amenazadores mercenarios. Salieron del recinto real y cruzaron el campamento dormido, dejaron atr&#225;s las l&#237;neas de los centinelas y subieron a la colina, hasta el lugar de los sacrificios donde Alejandro hab&#237;a dedicado doce altares de piedra a los dioses del Olimpo. Aristandro se apoy&#243; en uno de los altares. La escolta se acerc&#243; para rodearlo.

&#161;No os acerqu&#233;is tanto! &#161;No os acerqu&#233;is tanto! -les orden&#243; Aristandro con voz tierna-. &#161;Por el culo de Caronte! -le susurr&#243; a Telam&#243;n-. La verdad es que apestan; tienen una aversi&#243;n terrible al ba&#241;o.

Dio una orden y los guardaespaldas encendieron las antorchas que ya estaban colocadas; la luz cre&#243; nuevas sombras que acentuaban el aspecto siniestro del escenario de los sacrificios.

&#191;Para qu&#233; crees que te he tra&#237;do aqu&#237;, Telam&#243;n?

&#191;Para presenciar una representaci&#243;n?

Aristandro se tap&#243; la boca para disimular la risa. Telam&#243;n se enjug&#243; el sudor de la frente y se arrebuj&#243; en la capa. La brisa era fuerte, fr&#237;a, cargada con el regusto salobre del mar. A lo lejos, el batir de las olas contra las rocas sonaba como el distante tronar de una tormenta. El nigromante mir&#243; hacia donde miraba su acompa&#241;ante.

No me gusta el mar, Telam&#243;n. Me sentir&#233; feliz cuando est&#233; al otro lado. Alejandro cree que la flota persa est&#225; en Egipto, anclada en el delta. Yo no estoy tan seguro de eso. Si regresan y se oponen a que crucemos, rogar&#233; para que haya otra Salamina, porque s&#243;lo los dioses saben lo que pasar&#225; entonces. &#191;C&#243;mo has encontrado a nuestro noble se&#241;or?

Como siempre. Quiz&#225;s un poco m&#225;s confuso.

Muy bien.

Aristandro agit&#243; una mano como si espantara a un insecto y mir&#243; a los guardaespaldas, que estaban reunidos alrededor de una peque&#241;a hoguera improvisada.

Alejandro est&#225; confuso y no lo est&#225;. &#191;Quieres la larga y aburrida explicaci&#243;n diplom&#225;tica, o prefieres la breve y directa?

Se me est&#225;n congelando las pelotas, Aristandro.

Una vez m&#225;s, el custodio de los secretos del rey se ri&#243; por lo bajo.

&#191;La mente de Alejandro? Bueno, es capaz de pensar en tres o cuatro cosas a la vez. Es la gloria de Grecia. Quiere emular a su padre y desea conquistarlo todo hasta el final del mundo. T&#250; lo sabes, Telam&#243;n, pero no su ej&#233;rcito. Vamos a marchar hasta el mism&#237;simo borde de la existencia: tal es el sue&#241;o de Alejandro.

&#191;Cu&#225;ntos morir&#225;n para que se cumpla?

Una pregunta que se podr&#237;a interpretar como una traici&#243;n. Los hombres han de morir de todas maneras.

Por lo tanto, &#191;comprender&#225;n que mueren por el honor de Macedonia, o que es por la gloria de Alejandro?

Aristandro mir&#243; a Telam&#243;n directamente a la cara. Ya no era el payaso con el rostro y las u&#241;as pintadas; su rostro era enjuto, la expresi&#243;n hambrienta, la mirada dura, la boca firme.

Alejandro es un dios -respondi&#243; con un tono furioso-, encarnado en un hombre. Est&#225; rodeado de traidores y de aquellos que le desean mal. Desde mi punto de vista, hay cuatro personas, cuatro paredes que protegen a Alejandro: Olimpia, Hefesti&#243;n, Aristandro y, creo, t&#250;, Telam&#243;n. As&#237; que, por favor, &#161;no me desilusiones!

Alejandro es muy querido por sus tropas.

Eso es porque no conoce la derrota. &#191;Debo decirte algo, Telam&#243;n? Vamos a cruzar a Asia. Alejandro buscar&#225; al ej&#233;rcito persa y lo exterminar&#225;. Es eso o enfrentarse a la aniquilaci&#243;n. No hay compromisos ni dudas.

Entonces, &#191;por qu&#233; Alejandro no cruza?

Busca la gloria, pero los auspicios deben ser los correctos. Quiere cruzar como Alejandro, sin Olimpia montada en la espalda o la sombra de Filipo caminando a su lado. Todo conspira contra &#233;l. A primera hora de esta ma&#241;ana, Alejandro sacrific&#243; un toro a Zeus. &#161;Yo mismo escog&#237; el condenado animal! Sin embargo, el h&#237;gado estaba manchado y las se&#241;ales eran malas. Tenemos la muerte del gu&#237;a y de aquella muchacha. Alejandro tambi&#233;n me ha hablado de los mensajes dejados por el asesino, las citas de la Il&#237;ada.

&#191;Con qu&#233; frecuencia aparecen?

Desde que llegamos aqu&#237;, por lo general tra&#237;dos por alg&#250;n buhonero o hojalatero. Todos los d&#237;as llegan cartas para &#233;ste o aqu&#233;l. Hay centenares de mercenarios que vienen en busca de un empleo; es s&#243;lo una cuesti&#243;n de tiempo -concluy&#243; Aristandro mirando en direcci&#243;n al mar con una expresi&#243;n nost&#225;lgica.

&#191;Antes de qu&#233;? -le urgi&#243; Telam&#243;n-. &#161;Aristandro, no seas tan misterioso! &#161;Me estoy congelando!

&#161;Muy pronto te calentar&#233; la sangre! &#161;Muy pronto te calentar&#233; la sangre!

Aristandro se apart&#243; unos pasos y despu&#233;s volvi&#243;. Telam&#243;n se sinti&#243; un tanto nervioso. A pesar del vino y su confianza en Alejandro, el f&#237;sico desconfiaba del custodio de los secretos, esta criatura de Olimpia con la mirada aviesa y una reputaci&#243;n siniestra.

No es ning&#250;n secreto -manifest&#243; Aristandro-. Dar&#237;o quiere que Alejandro cruce para poder aplastarlo, pero aqu&#237; tiene que haber asesinos, pagados por hombres, o mujeres, que sencillamente quieren ver a Alejandro muerto.

&#191;Aqu&#237; en el campamento? -pregunt&#243; Telam&#243;n.

&#161;Oh s&#237;, aqu&#237; en el campamento! Ni siquiera se puede confiar en los compa&#241;eros de copas. &#191;Has escuchado hablar de Seleuco? Su madre tambi&#233;n afirma que fue engendrado por un dios. Ptolomeo insin&#250;a que Filipo fue su verdadero padre, mientras que Nearco siempre seguir&#225; al m&#225;s fuerte.

&#191;Por qu&#233; me dices todo esto aqu&#237;?

Porque t&#250; sabes cosas de Alejandro que los dem&#225;s no saben: sus sue&#241;os, su mente y los demonios que acosan su alma. Tal como dije, est&#225; confuso por el sacrificio y la constante campa&#241;a de rumores. Alejandro busca el combate. Una gran victoria sobre Persia significar&#225; la vindicaci&#243;n de los dioses. Ya he hablado suficiente. &#161;Qu&#233;date aqu&#237;!

Aristandro se alej&#243;. Dos de sus guardaespaldas se levantaron de un salto y corrieron hacia el campamento. El nigromante llam&#243; a Telam&#243;n para que viniera a calentarse junto a la hoguera.

&#161;Bueno, bueno! -dijo complacido Aristandro extendiendo las manos y con su rostro cruel alumbrado por las oscilantes llamas-. &#161;Unos chicos encantadores! -murmur&#243;.

A Telam&#243;n le recordaban a una manada de lobos preparados para cazar.

&#161;Muy bien, muchachos! -exclam&#243; Aristandro dando unas palmadas-. Repasaremos el discurso de Cre&#243;n en la obra de S&#243;focles. Lo diremos juntos, hasta la mitad. Es una pena que mi enano H&#233;rcules no est&#233; aqu&#237;. &#161;Qu&#233; le vamos a hacer! Yo llevar&#233; la voz cantante -dijo, y comenz&#243;-: Ninguna herida es m&#225;s profunda.


El resto de los guardaespaldas se unieron:

 que el amor que se ha convertido en odio.

Esta muchacha es una enemiga: &#161;fuera con ella!

Una vez sorprendida en acto flagrante,

la &#250;nica traidora en nuestro Estado,

no puedo convertirme yo tambi&#233;n en un traidor.

As&#237; que ella debe morir


Telam&#243;n escuch&#243; atentamente mientras los b&#225;rbaros vociferaban las estrofas, ansiosos por complacer al hombre peque&#241;o sentado a su derecha. Aristandro hizo un gesto para pedir silencio.

Yo mismo les ense&#241;&#233; griego. Estoy muy orgulloso de los muchachos, y tambi&#233;n lo est&#225; H&#233;rcules. &#191;No quieres un guardaespaldas, Telam&#243;n? En un lugar como &#233;ste, poblado de serpientes, alguien tendr&#237;a que protegerte la espalda.

Tengo mi propia opini&#243;n al respecto.

&#161;Bien!

Aristandro se volvi&#243; y comenz&#243; a canturrear casi para s&#237; mismo una de las nost&#225;lgicas canciones de su guardia celta. Los dem&#225;s se sumaron y continuaban cantando cuando regresaron los otros dos en compa&#241;&#237;a del f&#237;sico Leontes y el joven paje que se hab&#237;a ofrecido para servir a Telam&#243;n. Ambos se ve&#237;an somnolientos y ansiosos. Aristandro les hizo unirse al c&#237;rculo. Leontes se sent&#243; en cuclillas y mir&#243; a Telam&#243;n con una expresi&#243;n de s&#250;plica.

Lamento haber interrumpido vuestros sue&#241;os -manifest&#243; Aristandro con voz dulce-. Dime, Leontes, &#191;te gusta mi amigo Telam&#243;n o tienes celos de &#233;l?

S&#233; muy poco de &#233;l. &#191;Qu&#233; es esto? &#161;No tienes ning&#250;n derecho!

&#161;Tengo todo el derecho y m&#225;s!

Leontes se rasc&#243; la nariz. Parpadeaba sin cesar.

&#191;Fuiste t&#250; quien peg&#243; fuego a la tienda de Telam&#243;n?

&#161;Por supuesto que no!

En cambio, s&#237; que has estado en la nueva esta noche, &#191;verdad?

Leontes levant&#243; las manos como si implorara clemencia.

&#191;Verdadero o falso? -tron&#243; Aristandro-. Enviaste a mi amigo una jarra de vino. Un buen Chian en una preciosa jarra de cer&#225;mica samia roja y negra, con la tapa sellada. &#191;Siempre eres tan generoso con aquellos que no te agradan?

El coraz&#243;n de Telam&#243;n dio un brinco.

&#191;Quieres que vaya a buscar el vino? -prosigui&#243; Aristandro-. &#191;Quieres que te lo haga beber?

&#191;Qu&#233; es esto, Leontes? -pregunt&#243; Telam&#243;n.

Te envi&#243; un regalo -le explic&#243; Aristandro-. Contiene una p&#243;cima: &#191;belladona, cicuta, veneno de serpiente, bele&#241;o negro?

Leontes se hubiera levantado de un salto, pero uno de los guardaespaldas lo obligaba a quedarse quieto.

Si no me lo dices -susurr&#243; Aristandro-, acabar&#233; por enfadarme.

No era m&#225;s que zumo de sena.

&#161;Ah! &#191;Para vaciarle los intestinos? &#191;Para hacer que mi amigo Telam&#243;n se pasara todo el d&#237;a en la letrina? &#191;Por qu&#233; lo has hecho, Leont&#233;s? Los cocineros del ej&#233;rcito -a&#241;adi&#243; con un tono burl&#243;n- lo hacen mucho mejor. &#191;Qu&#233; m&#225;s?

Telam&#243;n no pod&#237;a dar cr&#233;dito a lo que escuchaba.

&#191;Tienes cicuta entre tus polvos?

Tengo un poco.

&#191;Le diste un poco a aquella muchacha? &#191;La que encontraron perdida en los alrededores de Troya?

&#161;No! &#161;No! &#161;Jam&#225;s toqu&#233; la copa!

Cierto, cierto -admiti&#243; Aristandro-. Al menos, no me parece que t&#250; lo hicieras.

Leont&#233;s se ve&#237;a cada vez m&#225;s p&#225;lido y desesperado.

Sent&#237; celos de Telam&#243;n. Pens&#233; que pod&#237;a gastarle una broma.

&#191;Cu&#225;nta sena? -pregunt&#243; Telam&#243;n-. &#161;Eres un maldito imb&#233;cil, Leontes! Sabes que puede causar lesiones muy graves.

No hay nada como presenciar un debate entre f&#237;sicos -dijo Aristandro, en una repetici&#243;n del comentario que hab&#237;a hecho Alejandro-. Pero cada vez es m&#225;s tarde y yo estoy m&#225;s cansado. Pasemos a otros asuntos, Leontes. &#191;Qui&#233;n te dio las daraicas de oro que guardas en la bolsa oculta en un agujero cavado en el suelo debajo de tu cama? Le diste una a este paje.

El joven, que hasta entonces hab&#237;a permanecido inm&#243;vil como una estatua, dio un respingo, asustado.

He cruzado el Helesponto -tartamude&#243; Leont&#233;s-. Lo que tengo, me lo he ganado honradamente.

&#191;Haciendo qu&#233;? -replic&#243; Aristandro-. &#191;Como f&#237;sico o esp&#237;a? &#191;Conoces a Lisias?

&#191;Qui&#233;n?

&#191;Conoces a Memn&#243;n el rodio? &#191;El traidor griego a sueldo de Persia?

Me lo presentaron.

&#191;Y no te presentaron a Lisias? &#191;Sab&#237;as que Lisias quer&#237;a encontrarse con Alejandro en Troya?

Yo, eh, todos lo saben.

&#161;No todos lo saben! Dime una cosa, Leontes -dijo Aristandro poni&#233;ndose de pie y estirando los brazos-. &#191;Conoces a Arsites el s&#225;trapa? Dentro de muy poco arrasaremos sus territorios -Aristandro se&#241;al&#243; hacia all&#237;-. Sus tierras se encuentran precisamente al otro lado del Helesponto.

S&#237;, me he cruzado con &#233;l en varias ocasiones, pero siempre desde lejos.

Vaya -respondi&#243; Aristandro agach&#225;ndose-. Creo que est&#225;s mintiendo, Leontes. &#191;Por qu&#233; te uniste al ej&#233;rcito? Escribiste al rey para ofrecerle tus servicios.

Conoc&#237; a su padre.

&#191;No habr&#225; sido por el hombre que mataste en Atenas? &#191;El rico y poderoso comerciante de trigo? Confundiste una vulgar fiebre con algo m&#225;s grave y tus p&#243;cimas lo mataron.

Fue un error. Tuve que huir.

&#191;Conoces a alguien llamado Naihpat?

No, no. &#191;De qu&#233; est&#225;s hablando? -pregunt&#243; Leont&#233;s ense&#241;ando las palmas de las manos-. Admito que le gast&#233; una broma a Telam&#243;n. Una estupidez por mi parte.

S&#237;, y sobornaste a un paje real para que te ayudara. &#191;Sabes que Alejandro recibi&#243; una advertencia secreta donde se citaba tu nombre, Leontes?

El f&#237;sico solt&#243; un gemido y se llev&#243; la mano a la boca.

Recela de Leontes; eso es todo lo que dec&#237;a la nota. Por lo tanto, veamos, &#191;qu&#233; tenemos aqu&#237;? -Aristandro comenz&#243; a llevar la cuenta con los dedos-. Quemaron la tienda de Telam&#243;n, y creo que fue obra tuya. La muchacha a quien Alejandro deseaba interrogar muere a consecuencia de beber la cicuta a&#241;adida misteriosamente en su copa de vino. No nos dijiste que ten&#237;as cicuta en tu botiqu&#237;n. Pareces haber conocido a Memn&#243;n y Arsites. Tienes daraicas de oro, la moneda de Persia, ocultas en un agujero. Le env&#237;as vino emponzo&#241;ado al m&#233;dico personal y amigo del rey. Has sobornado a un paje real. Eres la persona mencionada en una misteriosa advertencia al rey. &#161;T&#250; eres un traidor, Leont&#233;s!

&#161;No, no, eso es una mentira!

Te dir&#233; una cosa -advirti&#243; Aristandro mientras se frotaba las manos-. No tendr&#237;as que estar aqu&#237;, Leont&#233;s. Es hora de que regreses a casa.

Aristandro mir&#243; al jefe de su guardia personal y le habl&#243; en una lengua que Telam&#243;n no comprendi&#243;. Se dio una orden. Los hombres que estaban junto a Leont&#233;s le obligaron a levantarse.

&#191;Qu&#233; vais a hacer? &#161;Telam&#243;n, ay&#250;dame por favor!

Telam&#243;n cogi&#243; a Aristandro por el brazo, pero el nigromante le apart&#243;.

Ah, por cierto, puedes marcharte -orden&#243; Aristandro al paje-. Si te encuentro en el campamento dentro de una hora, te mandar&#233; crucificar. &#161;Vete! &#161;Tienes una hora! &#161;Si te vuelvo a ver, morir&#225;s!

El paje se levant&#243; en el acto y sali&#243; disparado. Aristandro hizo un gesto a los celtas.

&#161;Haced lo que os he dicho, llevadle a casa!

Leont&#233;s chill&#243; y patale&#243;, pero fue in&#250;til. Telam&#243;n amag&#243; levantarse, pero una mano musculosa lo retuvo por el hombro y el f&#237;sico contempl&#243; impotente como se llevaban a Leont&#233;s fuera del c&#237;rculo de los sacrificios, m&#225;s all&#225; del altar hasta el borde del acantilado. Los guardaespaldas lo empujaron. El grito de Leont&#233;s reson&#243; en la noche mientras ca&#237;a hacia las afiladas rocas del fondo.

&#161;Quiz&#225;s era inocente! -susurr&#243; Telam&#243;n.

Ning&#250;n hombre es inocente -replic&#243; Aristandro-. Adem&#225;s, &#161;le hab&#237;a prometido que le enviar&#237;a a casa!



CAP&#205;TULO IV

Filipo dijo: "Hijo m&#237;o, ambicionar un imperio mayor por Macedonia es demasiado poco para un esp&#237;ritu tan vasto".

Quinto Curcio Rufo, Historia, libro 1, cap&#237;tulo 4



Telam&#243;n pas&#243; una noche inquieta, plagada de pesadillas. Estaba de pie en una playa negra, delante de un mar rojo, donde sobresal&#237;an unos pe&#241;ascos oscuros. Unas formas siniestras iban y ven&#237;an. No le hizo ninguna gracia cuando alguien lo despert&#243;. Al abrir los ojos, se encontr&#243; con el rostro sonriente de Aristandro.

&#161;S&#225;lvame, Apolo! -exclam&#243; Telam&#243;n volvi&#233;ndose de lado-. &#161;Mis pesadillas se han convertido en realidad!

Vamos, Telam&#243;n -replic&#243; Aristandro con un tono brusco-. Tenemos asuntos que atender. El rey insiste.

&#161;El rey insiste! -protest&#243; Telam&#243;n sent&#225;ndose en la cama-. Anoche, Aristandro, llevaste a un hombre hasta el acantilado y lo arrojaste al vac&#237;o.

&#191;Bebiste su vino? -le pregunt&#243; Aristandro dulcemente.

No, lo arroj&#233;.

&#191;Qu&#233; hubiera pasado si lo hubieses bebido?

Mis intestinos se habr&#237;an convertido en l&#237;quido durante d&#237;as, quiz&#225; semanas.

Escucha -le advirti&#243; Aristandro agach&#225;ndose en una imitaci&#243;n de Alejandro, con la cabeza ligeramente ladeada-. Tendr&#237;a que haber mandado que crucificaran a Leontes. Quiz&#225; te hubiera matado. Desde luego, te hubiera debilitado. Muy pronto, Telam&#243;n, cruzaremos el Helesponto. Quiz&#225; ganaremos, o tal vez nos espera una derrota. Si esto &#250;ltimo es cierto, tendremos que retirarnos deprisa y t&#250; ya sabes lo que sucede a los d&#233;biles y heridos en cualquier retirada. &#191;Quieres que los inmortales persas jueguen con tu cabeza, o pasar el resto de tu vida picando piedras en alguna de sus minas de plata? Leontes actuaba de manera sospechosa -apunt&#243; Aristandro insistiendo en sus explicaciones-. He revisado sus pertenencias. Ten&#237;a cicuta en polvo, oro persa y, lo que es m&#225;s importante, muy bien escondidas, cartas de acreditaci&#243;n de Arsites, el s&#225;trapa persa. Por lo tanto, no llores por Leontes. Nadie le echar&#225; de menos. &#161;Ahora lev&#225;ntate, tenemos asuntos pendientes!

Aristandro sali&#243; de la tienda. Telam&#243;n solt&#243; un gemido. Aparentemente el coro se hab&#237;a reunido con su amo y estaban cantando los versos de Los p&#225;jaros de Arist&#243;fanes.

No me lo puedo creer -murmur&#243; el f&#237;sico.

Telam&#243;n se ve&#237;a en un campamento militar rodeado de asesinatos, ejecuciones sumarias, traiciones y conspiraciones. Nadie era aparentemente lo que dec&#237;a ser. Aristandro se encontraba delante de la tienda, en el c&#225;lido aire de la ma&#241;ana, muy entretenido en alabar a su grupo de degolladores por su conocimiento de la obra ateniense. Telam&#243;n exhal&#243; un suspir&#243; y se lav&#243; apresuradamente. Se frot&#243; un poco de aceite en la barba y el cabello, se visti&#243; con una t&#250;nica y un par de recias sandalias, cogi&#243; una capa y se reuni&#243; con Aristandro.

Los hermosos chicos, como les llamaba Aristandro, le recibieron como a un hermano extraviado desde hac&#237;a tiempo. Las expresiones feroces fueron reemplazadas con abrazos de oso. El rostro de Telam&#243;n se vio apretujado contra prendas de cuero y piel que ten&#237;an el fuerte hedor de las perreras.

Ves, Telam&#243;n -le advirti&#243; Aristandro abriendo los brazos-. Te quieren. Te ven como su amigo -sigui&#243; diciendo al tiempo que se dirig&#237;a al coro con un tono excitado.

El jefe se acerc&#243; y, con una rodilla en tierra, cogi&#243; la mano de Telam&#243;n entre las suyas.

&#161;No te apartes! -le advirti&#243; el custodio de los secretos del rey-. &#161;Te est&#225;n jurando lealtad!

&#191;Por qu&#233;? &#191;Porque soy su amigo?

No. -Aristandro sonri&#243;-. Porque les he dicho que t&#250; eres su f&#237;sico. &#161;Vamos!

Telam&#243;n mir&#243; a su alrededor. Los hombres de la guardia real ocupaban el recinto, vestidos sencillamente con capas y causias, sombreros de copa chata y ala ancha. Estaban dispuestos de manera que nadie pudiera salir del recinto sin que se le diera la voz de alto. Reinaba un extra&#241;o silencio. A pesar del sol cada vez m&#225;s fuerte y de la refrescante brisa matinal, que todos los soldados agradec&#237;an, no hab&#237;an encendido las hogueras ni los apetitosos olores de la comida endulzaban el aire.

Todos est&#225;n durmiendo -susurr&#243; Aristandro, pero en sus ojos hab&#237;a una mirada alerta y furtiva.

&#191;Y Alejandro? -pregunt&#243; Telam&#243;n.

Alejandro duerme. Su justicia no.

M&#225;s all&#225; del recinto real, el campamento iniciaba la actividad y se hab&#237;an encendido las hogueras para cocinar las gachas de cebada o trigo. Los m&#225;s afortunados ten&#237;an trozos de tasajo y los furrieles iban de hoguera en hoguera cargados con grandes cestos llenos con hogazas de pan de centeno que, junto con odres de vino, distribu&#237;an a las tropas para su comida de la ma&#241;ana. Fueron recibidos por diferentes olores, visiones y sonidos, como si fuese un mercado m&#225;s que un campamento militar. Campesinos y mercachifles hab&#237;an llegado en enjambre desde las aldeas vecinas para vender alimentos y bebida, mercanc&#237;a sobre la que volaban nubes de moscas. Un emprendedor barbero hab&#237;a montado su tenderete a la sombra de un &#225;rbol: ofrec&#237;a cortes de cabello y barba, y afeites de aceite de almendras perfumado y de semillas de s&#233;samo. Unos soldados que discut&#237;an la tarifa con una prostituta se olvidaron de la mujer para burlarse de un figur&#237;n ateniense, que ofrec&#237;a una visi&#243;n exquisita, con las mejillas pintadas y la larga cabellera te&#241;ida impecablemente peinada y aceitada. Llevaba en una mano un enorme anillo de &#243;nice que no dejaba de exhibir mientras caminaba remilgadamente con toda la elegancia de una bailarina con sus botas de tac&#243;n alto y arrastraba su larga capa bordada por el suelo. Telam&#243;n le observ&#243; mientras el ateniense se alejaba, seguido por su amante, sin hacer el menor caso de las cuchufletas de los soldados.

Los hombres tendr&#237;an que tener m&#225;s cuidado -susurr&#243; Aristandro-. Los hoplitas atenienses pueden vestir y comportarse como las mujeres, pero son muy diestros con la espada y se ofenden con demasiada facilidad.

Telam&#243;n continu&#243; disfrutando del espect&#225;culo. Hab&#237;a llegado cuando anochec&#237;a y ahora ten&#237;a la oportunidad de ver el campamento de Alejandro en toda su extensi&#243;n, aunque muy poco de su orden y organizaci&#243;n. Diferentes unidades se mezclaban con otras brigadas. Hab&#237;a grupos que dispon&#237;an de tiendas mientras que otros hab&#237;an improvisado unas chozas con ramas y palos. Las mujeres y los ni&#241;os rondaban por todas partes a la b&#250;squeda de los vendedores de frutas y verduras frescas: uvas, pomelos, enormes calabazas y pepinos. Los panaderos vend&#237;an hogazas y pasteles con miel y vino. Los pescadores ofrec&#237;an congrios y pescado en escabeche. Un granjero hab&#237;a instalado una venta de quesos donde el olor del ajo, aunque repugnante, resultaba preferible al hedor de la crema rancia. Los buhoneros ofrec&#237;an los objetos m&#225;s variados; sudorosos panaderos se afanaban en sus hornos cavados en el suelo; los herreros instalaban las forjas, encend&#237;an los braseros y avivaban las llamas con los fuelles, mientras los soldados hac&#237;an cola con piezas de armaduras y armas que necesitaban reparar.

&#191; Qu&#233; pasar&#237;a si nos atacaran en medio de todo este caos? -pregunt&#243; Telam&#243;n.

No nos atacar&#225;n -afirm&#243; Aristandro, mientras rodeaba una monta&#241;a de esti&#233;rcol-. En cualquier caso, te sorprender&#237;as si lo hicieran.

Por fin llegaron al l&#237;mite del campamento, donde la situaci&#243;n era muy distinta. Largas hileras de infanter&#237;a completamente equipadas para el combate custodiaban el per&#237;metro. Aristandro y Telam&#243;n, acompa&#241;ados por los celtas, cruzaron la l&#237;nea. Aqu&#237;, en campo abierto, las tropas de caballer&#237;a se ejercitaban con sus caballos. Una fina nube de polvo cubr&#237;a la zona y en el todav&#237;a fresco aire de la ma&#241;ana resonaban los gritos y las exclamaciones de los jinetes secundados por el r&#237;tmico batir de los cascos.

&#191;Adonde vamos? -pregunt&#243; Telam&#243;n.

Aristandro continu&#243; caminando a trav&#233;s del campo en direcci&#243;n a un umbr&#237;o bosquecillo de cipreses. Telam&#243;n se sorprendi&#243; al ver que Ant&#237;gona y sus dos ayudantes se encontraban all&#237;. La sacerdotisa estaba sentada en una piedra, con las dos acolitas como centinelas a cada lado. Unos pocos pasos m&#225;s all&#225;, a la sombra de un &#225;rbol, estaban Perdicles y otros f&#237;sicos, que parec&#237;an muy agitados. En el centro del bosquecillo, reunidos alrededor de un cuerpo cubierto con una manta de caballo, estaban Critias y los gu&#237;as. Se apartaron en cuanto apareci&#243; Aristandro. Telam&#243;n vio una mano y parte de una pierna que sobresal&#237;an por debajo de la manta. Aristandro apart&#243; la manta. Telam&#243;n mir&#243; al gu&#237;a asesinado: un hombre corpulento, con la cabeza echada hacia atr&#225;s, los ojos muy abiertos que miraban sin ver el cielo. Ten&#237;a un brazo extendido, mientras que el otro casi tocaba la empu&#241;adura alada de la daga celta clavada en su lado izquierdo. El hedor de la muerte y la putrefacci&#243;n, el intenso olor de la sangre, mezclado con el de la orina, contaminaban el aire.

&#191;Por qu&#233; estamos todos aqu&#237;? -pregunt&#243; Telam&#243;n, mientras se agachaba, aunque adivinaba la respuesta: la daga celta, el trozo de pergamino enrollado en la mano del hombre muerto-. S&#233; lo que dice la nota -a&#241;adi&#243; cogiendo el pergamino y entreg&#225;ndoselo a Aristandro-. El toro est&#225; preparado para el sacrificio. Todo est&#225; listo. El verdugo aguarda.

Aristandro se sent&#243; en cuclillas junto a &#233;l y desenroll&#243; el pergamino.

Si no te conociera tan bien, Telam&#243;n -susurr&#243;-, te arrestar&#237;a. Lo mismo que cuando mataron a Filipo, &#191;no es as&#237;? Una daga celta con la empu&#241;adura alada que atraviesa el coraz&#243;n y las palabras del or&#225;culo de Delfos.

Telam&#243;n examin&#243; el cad&#225;ver. Mir&#243; el rostro avinagrado y le oli&#243; la boca: el olor del vino todav&#237;a era fuerte. Le palp&#243; los brazos y las piernas: fr&#237;as como el hielo.

&#191;Lleva muchas horas muerto? -pregunt&#243; a Aristandro.

S&#237;, lo encontr&#243; una de las patrullas con la primera luz del alba. Mand&#233; que trajeran aqu&#237; el cad&#225;ver. No es bueno que las tropas vean que transportan a un muerto a trav&#233;s del campamento -asever&#243; Aristandro haciendo una mueca-. Dicen que les afecta la moral.

&#191;Por qu&#233; has llamado a los otros f&#237;sicos?

Porque comienzo a tener sospechas, Telam&#243;n -replic&#243; Aristandro-. Ya conoces el refr&#225;n: Una manzana podrida. Al parecer, el gu&#237;a fue asesinado mientras nosotros particip&#225;bamos en la fiesta. S&#233; que la suma sacerdotisa Ant&#237;gona estuvo con nosotros y no dej&#243; nuestra compa&#241;&#237;a en ning&#250;n momento. Tambi&#233;n la escuch&#233; cuando pidi&#243; a uno de los criados que fuera a ver c&#243;mo estaban sus dos servidoras. El hombre le inform&#243; que dorm&#237;an profundamente y que el centinela apostado en la entrada de la tienda le hab&#237;a comentado que no se hab&#237;an movido. &#161;Sabemos d&#243;nde estaban los amigos de Alejandro, as&#237; que eso nos deja a nuestros nobles f&#237;sicos!

&#191;Por qu&#233; ellos?

&#191;Por qu&#233; no? -respondi&#243; Aristandro, con un tono de burla-. Todos ellos conocen los detalles de la muerte de Filipo. Saben escribir, algo que no sabe la mayor&#237;a del ej&#233;rcito, y sin duda conocen el valor de los gu&#237;as.

Aristandro se levant&#243; y, seguido por Telam&#243;n, se acerc&#243; a la sacerdotisa. La mujer no mostraba ninguna secuela de la bebida y el trasnochar y se levant&#243; cuando ellos se acercaron. Los gu&#237;as dejaron al compa&#241;ero muerto e intentaron seguir a Aristandro, pero &#233;l les grit&#243; que se mantuvieran alejados. El coro de celtas se interpuso entre su jefe y los gu&#237;as, que ahora parec&#237;an muy inquietos.

Buenos d&#237;as, Telam&#243;n -dijo Ant&#237;gona cogiendo la mano del f&#237;sico y apret&#225;ndosela suavemente.

Mi se&#241;ora, es muy amable de su parte haber venido -manifest&#243; Aristandro-. La necesitaba aqu&#237;. &#191;Contrat&#243; usted a estos hombres?

A instancias de Alejandro -declar&#243; la sacerdotisa, sin apartar la mirada de Telam&#243;n.

A la luz de la ma&#241;ana, la gran belleza de Ant&#237;gona era innegable. Telam&#243;n no acababa de saber si el color de su tez era el del marfil o un moreno muy claro. &#201;l se sent&#237;a fascinado por los labios rojos, los p&#243;mulos altos y los ojos de cervatillo de mirada so&#241;adora de la sacerdotisa, as&#237; como por sus cejas perfectamente depiladas y la abundante cabellera que asomaba por debajo del velo azul claro. Su perfume era exquisito y cada uno de sus movimientos resultaba delicado y femenino.

Mi se&#241;ora, &#191;est&#225;s segura de que no nos conocemos? -pregunt&#243; Telam&#243;n-. Me miras como si nos conoci&#233;ramos. Me pregunto por qu&#233; una mujer como t&#250; sirve en un modesto templo de Troya.

Mir&#243; fugazmente a las dos compa&#241;eras, que parec&#237;an habas en la vaina: la piel oscura, el cabello negro, los ojos siempre vigilantes. Las muchachas se rieron al escuchar los cumplidos de Telam&#243;n y desviaron las miradas t&#237;midamente.

&#191;No lo sabes? -intervino Aristandro dispuesto a dar una explicaci&#243;n, pero Ant&#237;gona levant&#243; una mano haci&#233;ndole callar.

&#191;No lo sabes? -repiti&#243; la sacerdotisa haciendo suya la pregunta-. Soy de pura sangre macedonia. Pariente de Filipo y familiar lejano del propio Alejandro. Mi vida siempre ha estado dedicada al culto divino. &#191;Por qu&#233; Troya? -manifest&#243; encogi&#233;ndose de hombros con mucha elegancia-. &#191;Por qu&#233; no? -le pregunt&#243; acerc&#225;ndose-. He servido en Eleusis; incluso en Atenas. Fui a Troya porque Filipo me lo pidi&#243;. Si quieres saber lo que ocurre en el mercado, Telam&#243;n, tienes que ponerte en el centro.

Filipo era un zorro muy astuto -murmur&#243; Telam&#243;n-. Todo el mundo pasa por Troya.

S&#237;, todos lo hacen -respondi&#243; Ant&#237;gona sonriendo; luego mir&#243; m&#225;s all&#225; de Telam&#243;n, al cad&#225;ver tendido en la hierba empapada de roc&#237;o, y su sonrisa se esfum&#243;-. &#161;Estos hombres son los ojos de Alejandro! -a&#241;adi&#243; bruscamente-. Comieron el pan y la sal y pronunciaron el m&#225;s solemne de los juramentos delante de la Gran Se&#241;ora en mi templo. Traje a seis conmigo y ahora s&#243;lo quedan cuatro.

&#191;Desertar&#225;n? -le pregunt&#243; Aristandro en voz baja. -Es posible -admiti&#243; la sacerdotisa-. A partir de ahora, pedir&#233; que vigilen su tienda. Ahora, se&#241;ores -cogi&#243; los pliegues de la capa-, he hecho todo lo que he podido. Les he asegurado que todo est&#225; bien, que se encuentran en lugar seguro, que esto es obra de un traidor El resto os lo dejo a vosotros. Ah, por cierto -a&#241;adi&#243; mientras se cubr&#237;a con la capucha-. &#191;Y vuestros amigos f&#237;sicos? -pregunt&#243; se&#241;al&#225;ndolos con la mirada-. Parecen nerviosos, inquietos Uno de ellos ha desaparecido.

Aristandro se apart&#243; para dejarla pasar.

No te preocupes, mi se&#241;ora. Decidi&#243; regresar a casa. Ant&#237;gona se despidi&#243; de Telam&#243;n con un gesto y, escoltada por las dos compa&#241;eras, cruz&#243; el claro. Se detuvo un momento junto a Critias, apoy&#243; una mano en el hombro del gu&#237;a y le susurr&#243; algo. El hombre asinti&#243; y la sacerdotisa desapareci&#243; entre los &#225;rboles.

Te gusta, &#191;no es as&#237;, Telam&#243;n? Sin embargo, ella ha jurado vivir en castidad.

&#191;No lo sab&#237;as? -replic&#243; Telam&#243;n-. &#161;Yo tambi&#233;n!

Aristandro se ri&#243; de la respuesta y llev&#243; a Telam&#243;n hasta los gu&#237;as, que estaban otra vez reunidos alrededor del cad&#225;ver. Los interrog&#243; a fondo: el relato era sencillo y claro. El muerto era Lascus, un tipo mal hablado, pero buen compa&#241;ero. Hab&#237;a estado comiendo y bebiendo con ellos la noche anterior y se hab&#237;a alejado de la hoguera para ir a hacer sus necesidades. Ya no hab&#237;a regresado.

Cre&#237;amos que se hab&#237;a ido a dormir -coment&#243; uno de los gu&#237;as-. Que se encontraba en la tienda o que estaba durmiendo al raso. S&#243;lo cuando Critias nos despert&#243; esta ma&#241;ana

Volvimos junto a la hoguera -explic&#243; el dibujante de mapas, visiblemente alterado-. Los guardias nos esperaban. Dijeron que hab&#237;an encontrado un cad&#225;ver. Ped&#237; que llamaran a Aristandro y trajeron el cad&#225;ver aqu&#237;.

&#191;D&#243;nde estabas t&#250; anoche? -pregunt&#243; Telam&#243;n.

&#191;Qui&#233;n eres t&#250; para pregunt&#225;rmelo? -replic&#243; Critias, airado.

&#161;Tiene todo el derecho! -exclam&#243; Aristandro haciendo un adem&#225;n-. No seas obstinado, Critias; s&#243;lo responde a la pregunta.

No sal&#237; de mi tienda. Estaba ocupado con los mapas. &#161;Pregunta a los guardias!

&#161;Lo haremos!

Critias mir&#243; a Aristandro con una expresi&#243;n de furia.

&#191;D&#243;nde estaban los dem&#225;s?

Los gu&#237;as se api&#241;aron. No eran m&#225;s que un grupo de campesinos asustados, que ahora lamentaban amargamente la ocurrencia de abandonar sus aldeas y cruzar el Helesponto. Todos repitieron la misma historia. Lascus se hab&#237;a marchado y nadie le hab&#237;a seguido. La mayor&#237;a de ellos hab&#237;a bebido tanto que no pod&#237;an recordar lo que hab&#237;a ocurrido antes de echarse a dormir la mona.

&#161;El rey no nos prometi&#243; esto! -protest&#243; uno de ellos-. Nos ofrecieron armas y oro.

Cualquier h&#233;roe debe enfrentarse al peligro -contest&#243; Aristandro-. De ahora en adelante, no vay&#225;is por ah&#237; solos. Manteneos unidos. El rey mandar&#225; que vigilen vuestras tiendas.

Eso no es suficiente -comenz&#243; a protestar uno de ellos, pero su queja se apag&#243; ante la mirada severa del custodio de los secretos del rey.

&#161;Pod&#233;is marcharos! -orden&#243; Aristandro.

Los gu&#237;as, sin dejar de murmurar entre ellos desaparecieron entre los &#225;rboles. Perdicles se levant&#243; y cruz&#243; el claro.

Mis compa&#241;eros y yo -comenz&#243;.

&#161;Lo que t&#250; y tus compa&#241;eros deb&#233;is hacer es cerrar la boca y quedaros all&#237;! -exclam&#243; Aristandro-. Ven; te ense&#241;ar&#233; d&#243;nde encontraron el cad&#225;ver -dijo a Telam&#243;n agarr&#225;ndole por la mu&#241;eca.

Dejaron al grupo de f&#237;sicos en el bosquecillo. Aristandro se acerc&#243; a un soldado que permanec&#237;a apoyado en la lanza en la zona de hierbajos entre las l&#237;neas de los centinelas y el bosquecillo donde se ejercitaba la caballer&#237;a. Se hizo a un lado cuando se acercaron. Aristandro se&#241;al&#243; la hierba aplastada, donde todav&#237;a era visible una mancha oscura. Uno de los soldados de caballer&#237;a se acerc&#243; demasiado con su caballo y Aristandro le grit&#243; que se mantuviera apartado. Telam&#243;n se agach&#243; para ver mejor la mancha de sangre. Oli&#243; el hedor de la orina y mir&#243; hacia el campamento.

&#191;Los centinelas est&#225;n en estado de m&#225;xima alerta? -No nos encontramos en territorio enemigo -respondi&#243; Aristandro-, as&#237; que la vigilancia no ha sido reforzada.

Lascus estaba borracho -apunt&#243; Telam&#243;n se&#241;alando hacia el campamento-. Ten&#237;a el vientre y la vejiga llena. Era un forastero y no quer&#237;a ofender a nadie, as&#237; que vino aqu&#237; para hacer sus necesidades. Es probable que agradeciera disfrutar un poco del aire fresco de la noche. Vino hasta aqu&#237; y lo asesinaron mientras orinaba.

&#191;C&#243;mo pudo ser? El asesino no pod&#237;a saber que Lascus vendr&#237;a aqu&#237;.

Es algo mucho m&#225;s sencillo -le explic&#243; Telam&#243;n-. El asesino sab&#237;a que los gu&#237;as estar&#237;an celebrando el banquete f&#250;nebre. S&#243;lo era cuesti&#243;n de tiempo que alguno se levantara, como hizo Lascus. Todo lo que tuvo que hacer fue esperar, seguirlo y atacar.

T&#250; has visto al gu&#237;a -se&#241;al&#243; Aristandro-. Un tipo grande y fornido. Se hubiera defendido.

Telam&#243;n sacudi&#243; la cabeza mientras se levantaba.

No te enga&#241;es. Estaba muy borracho. Imag&#237;natelo aqu&#237;, Aristandro, lejos de su casa, en este campo azotado por el viento y en medio de la oscuridad. Alguna vez te habr&#225;s emborrachado, &#191;no? Lascus vino hasta aqu&#237; para hacer sus necesidades, en un estado que apenas si se aguantaba de pie, medio dormido

Aristandro convino encogi&#233;ndose de hombros.

El asesino de pies &#225;giles -prosigui&#243; Telam&#243;n- se acerca r&#225;pida y silenciosamente. Una pu&#241;alada certera y Lascus ya no existe. He visto a asesinos hacer lo mismo en el bullicio de los mercados.

El nigromante se rasc&#243; la cabeza.

Sabes, Telam&#243;n, correr&#225; la noticia. Si yo fuese uno de esos gu&#237;as, me olvidar&#237;a de las promesas de gloria y oro y desertar&#237;a a la primera oportunidad.

&#191;Son muy valiosos? -pregunt&#243; Telam&#243;n.

Piensa en nosotros, Telam&#243;n, como si estuvi&#233;semos perdidos en un inmenso bosque que se extiende en todas las direcciones: senderos, ca&#241;ones, pantanos, desfiladeros Estamos en territorio persa y ellos conocen su propia tierra. Pueden trasladar a sus ej&#233;rcitos y mantenernos despistados. Todo eso antes de que lleguemos al tema de los pozos, r&#237;os y arroyos, cu&#225;l es el mejor lugar para vadearlos y cu&#225;l no. -Aristandro tosi&#243; sonoramente y agit&#243; las manos para apartar la nube de polvo levantada por la caballer&#237;a-. Tengo otros asuntos que atender -puntualiz&#243; se&#241;alando con el dedo hacia el bosquecillo-. Quiero interrogar a tus amigos f&#237;sicos. Ya est&#225;n enterados de c&#243;mo acab&#243; Leont&#233;s. &#161;Dejemos que eso sea una advertencia!

Aristandro se ajust&#243; la capa, llam&#243; a sus hermosos chicos y se alej&#243;. Telam&#243;n le observ&#243; marcharse rodeado por el coro. Telam&#243;n nunca hab&#237;a conseguido entender la estrecha relaci&#243;n personal de Alejandro con Aristandro. No importaba lo que sucediera, Aristandro nunca cambiaba. Telam&#243;n se exprimi&#243; el cerebro. El nigromante hab&#237;a aparecido en la corte macedonia de la mano de Olimpia. &#191;Sab&#237;a algo secreto de ella? &#191;Era un prolongaci&#243;n del cerebro de la Reina Bruja, que era como un nido de serpientes? La ejecuci&#243;n de Leont&#233;s la noche pasada hab&#237;a sido tan sumaria &#191;Olimpia deseaba que su precioso hijo cruzara el Helesponto? &#191;Estaba Aristandro involucrado en alg&#250;n juego sucio? Telam&#243;n volvi&#243; a agacharse para observar la mancha en la hierba.

&#191;Qu&#233; debo hacer? -murmur&#243;.

Estaba atrapado como un actor que espera entre bambalinas. No ten&#237;a otra elecci&#243;n que la de interpretar el papel que le hab&#237;an asignado. Si abandonaba el campamento, Alejandro le perseguir&#237;a. Los territorios persas le estaban vedados, lo mismo que Grecia y Macedonia. Exhal&#243; un suspiro y se irgui&#243;.

Te guste o no -musit&#243; para s&#237; mismo-, &#233;sta es tu casa y tienes que realizar tu trabajo.

Encamin&#243; sus pasos hacia el bosquecillo. Los f&#237;sicos continuaban charlando en voz baja a la sombra de un &#225;rbol. Perdicles se hab&#237;a autodesignado como su jefe y portavoz. Telam&#243;n hac&#237;a tiempo que no ve&#237;a a un grupo tan asustado. Nikias hab&#237;a enfermado a causa del miedo y la tensi&#243;n que soportaba, mientras que Cle&#243;n se mostraba malhumorado y retra&#237;do. Telam&#243;n se sent&#243; junto a los f&#237;sicos.

&#191;Os hab&#233;is enterado del fin de Leont&#233;s?

Han tra&#237;do su cad&#225;ver -respondi&#243; Perdicles-. Aristandro nos dijo que pod&#237;amos incinerarlo con los otros dos cuerpos. Puedes echar un pu&#241;ado de incienso a la hoguera y brindar por &#233;l si quieres -a&#241;adi&#243; esbozando una sonrisa-. Aristandro afirm&#243; que fue un accidente. Leont&#233;s sali&#243; a dar un paseo y resbal&#243;-. Mir&#243; a Telam&#243;n con una mirada acusadora-. &#191; Qu&#233; pas&#243; en realidad?

&#191;Quieres saber la verdad pura y dura? Lo arrojaron por el acantilado. Lo declararon culpable de espiar para el enemigo.

Cle&#243;n solt&#243; un gemido y se dej&#243; caer de espaldas en la hierba con la mirada puesta en las ramas. Nikias se levant&#243; de un salto. Telam&#243;n mir&#243; fijamente a Perdicles.

Desde la muerte de Leont&#233;s la noche anterior, hab&#237;a estado reflexionando sobre lo que sab&#237;a. Era el momento, adem&#225;s de su deber, de advertir a este ateniense de rostro astuto del peligroso sendero por el que caminaba.

Probablemente se lo merec&#237;a -declar&#243; Perdicles-. &#191;Fue &#233;l quien asesin&#243; a aquella muchacha?

Todo es posible -respondi&#243; Telam&#243;n encogi&#233;ndose de hombros.

Escuch&#243; los gorjeos de los p&#225;jaros. De vez en cuando miraba entre los &#225;rboles hacia el campamento, donde el ruido era cada vez mayor a medida que el ej&#233;rcito macedonio se preparaba para enfrentarse a otro d&#237;a de maniobras, recolecci&#243;n de alimentos y reparaci&#243;n y puesta a punto de las armas.

Ten&#233;is que tener mucho cuidado -a&#241;adi&#243; Telam&#243;n-. Somos f&#237;sicos, cruzamos las fronteras, vamos a &#233;sta o aquella ciudad Todos nosotros nos hemos sentado a los pies de los amos persas y aceptado su oro. Todos nosotros debemos responder a la pregunta de por qu&#233; estamos aqu&#237;.

&#161;T&#250; sabes la raz&#243;n! -grit&#243; Cle&#243;n sin moverse de donde estaba. Luego se levant&#243;. Se pas&#243; el dorso de la mano por los labios-. Por la misma raz&#243;n que t&#250;, Telam&#243;n -a&#241;adi&#243; levant&#225;ndose y pas&#225;ndose el dorso de la mano por los labios-; somos buenos f&#237;sicos, pero no tenemos patria ni ning&#250;n otro lugar donde ir. Lo mismo es verdad para otros muchos en el ej&#233;rcito de Alejandro. El propio Aristandro no se atreve a permanecer en Macedonia, pues los generales le odian. El campamento est&#225; lleno de adivinos, malhechores, mercenarios, escribas, sacerdotes, sirvientes y cocineros, que se ocultan aqu&#237; porque no tienen ning&#250;n otro lugar que los acoja.

Tambi&#233;n hay persas -manifest&#243; Telam&#243;n-. Mejor dicho, traidores al servicio de los persas. Hay otros, todav&#237;a m&#225;s peligrosos, que tienen un pie en cada campo. Si Alejandro gana, se desga&#241;itar&#225;n en alabanzas y aclamaciones. Si es derrotado, escapar&#225;n como el viento, o quiz&#225; lo hagan antes si se acaba el dinero.

&#161;Ya se ha acabado! -replic&#243; Perdicles-. S&#237;, tenemos una tienda y comida, pero &#191;cu&#225;ndo nos van a pagar?

Si yo tuviese daraicas persas -les advirti&#243; Telam&#243;n-, me desprender&#237;a de ellos tan pronto como pudiera. Apostar&#237;a un &#243;bolo contra un dracma que Aristandro ya ha revisado todas vuestras posesiones.

&#161;Pobre Leont&#233;s! -se lament&#243; Cle&#243;n rasc&#225;ndose la mejilla mientras miraba a trav&#233;s del claro-. Tuve que escapar de Corinto -a&#241;adi&#243; con un tono triste-. Los celos de los dem&#225;s. Hay dos cosas que este mundo odia como a la peste: a un f&#237;sico que fracasa y a un f&#237;sico que triunfa. &#191;Cu&#225;ndo har&#225; Alejandro el pr&#243;ximo sacrificio? -pregunt&#243; levant&#225;ndose-. &#161;Espero que el Hades nos eche una mano para poder largarnos de una vez de este condenado lugar! Si tuviese dinero, me ir&#237;a a Sestos, me emborrachar&#237;a y despu&#233;s buscar&#237;a a la prostituta m&#225;s gorda! -exclam&#243; Cle&#243;n acerc&#225;ndose al cad&#225;ver-. &#161;S&#243;lo los dioses saben qui&#233;n lo hizo! &#161;Venga, vamos, todav&#237;a no he desayunado!

Telam&#243;n hubiera pedido a Perdicles que se quedara, pero un fugaz destello de color entre los arbustos a unos pocos pasos a su izquierda hab&#237;a captado su atenci&#243;n. Por un momento, crey&#243; que se trataba de un p&#225;jaro; sin embargo, los arbustos volvieron a moverse. Telam&#243;n estaba seguro de haber visto una mano muy peque&#241;a, el brillo de un anillo. Los f&#237;sicos se marcharon. Telam&#243;n permaneci&#243; sentado en la posici&#243;n del loto y los vio marcharse. Ten&#237;a hambre y notaba un regusto &#225;cido en el fondo del paladar que le hizo lamentar las copas de vino de m&#225;s que hab&#237;a bebido durante la noche anterior. Comprendi&#243; que le vigilaban y que el esp&#237;a s&#243;lo pod&#237;a marcharse cuando &#233;l se fuera. Telam&#243;n confiaba en que el observador secreto tuviese tanta hambre como &#233;l.

Puedes quedarte all&#237; un rato m&#225;s -murmur&#243; y, seguidamente, comenz&#243; a repasar todo lo que hab&#237;a ocurrido desde su llegada al campo macedonio.

Recit&#243; las primeras cinco letras del alfabeto griego: alfa, beta, gamma, delta, &#233;psilon. Muy bien, &#191;qu&#233; tenemos?, se pregunt&#243;. Alfa: quemaron mi tienda incluso antes de mi llegada. &#191;Por qu&#233;? No hab&#237;a nada en su interior. &#191;Se trataba de un accidente? &#191;Estaba vinculado con estos otros misteriosos acontecimientos?

Beta: la mujer joven, la tesalia, el sacrificio a Atenea. &#191;Qu&#233; experiencia tan siniestra hab&#237;a vivido como para perder la raz&#243;n? Ant&#237;gona la hab&#237;a cuidado bien y la hab&#237;a tra&#237;do a trav&#233;s del Helesponto para que Alejandro la interrogara. &#191;Por qu&#233;? Telam&#243;n se balance&#243; atr&#225;s y adelante. Probablemente porque no era seguro dejarla en Troya: sus atacantes podr&#237;an venir en su busca y asesinarla. Sin embargo, al final, la hab&#237;an asesinado. &#191;C&#243;mo? Telam&#243;n cerr&#243; los ojos. Record&#243; la copa de vino. La hab&#237;an tocado varias personas, pero estaba seguro de que nadie hab&#237;a echado ning&#250;n polvo o p&#243;cima en ella. No obstante, la muchacha hab&#237;a muerto. Telam&#243;n abri&#243; los ojos y golpe&#243; el pu&#241;o contra su rodilla. &#191;C&#243;mo?, se pregunt&#243; una vez m&#225;s. La tienda no ten&#237;a ning&#250;n resquicio por donde alguien pudiera colarse y en la entrada siempre hab&#237;a una guardia. &#191;Por qu&#233; hab&#237;a sido necesario matarla? &#191;Porque pod&#237;a recuperar la raz&#243;n?

Gamma: la muerte de los dos gu&#237;as. Telam&#243;n comprend&#237;a perfectamente la importancia que ten&#237;an para el ej&#233;rcito macedonio. Quienquiera que fuese, el asesino deseaba cegar a Alejandro de forma tal que, cuando cruzara el Helesponto, se encontrara perdido o, mejor todav&#237;a, cayera en una emboscada. El asesino de anoche era siniestro. Telam&#243;n se lo imagin&#243; sin problemas. Un borracho, que apenas se manten&#237;a de pie, atacado r&#225;pida y despiadadamente en la oscuridad. &#191;Y el asesinato anterior? &#191;Qui&#233;n hab&#237;a llevado al gu&#237;a hasta el borde del acantilado y despu&#233;s lo hab&#237;a apu&#241;alado? Hasta donde Telam&#243;n sab&#237;a, aquel gu&#237;a no hab&#237;a estado borracho. Un hombre joven, vigoroso y capaz de defenderse, pero que hab&#237;a ido al encuentro de la muerte como un cordero al matadero.

Delta: la persona que estaba detr&#225;s de todo esto conoc&#237;a muy bien como funcionaba la mente de Alejandro. La utilizaci&#243;n de las palabras del or&#225;culo de Delfos y la daga celta con la empu&#241;adura alada ten&#237;an el objetivo de despertar los recuerdos, avivar la culpa en el esp&#237;ritu de Alejandro, aprovecharse de sus supersticiones Si todo esto llegaba al conocimiento p&#250;blico, afectar&#237;a a la moral de las tropas. &#191;Esto era obra del misterioso esp&#237;a llamado Naihpat? &#191;La persona que le enviaba a Alejandro citas de la Il&#237;ada sobre la inminencia de su muerte? El tal Naihpat, que tanto pod&#237;a ser una persona o un grupo, estaba consiguiendo un &#233;xito considerable. Alejandro se mostraba inquieto, desconfiado, temeroso. Hab&#237;a perdido aquella confianza que le hac&#237;a destacar por encima de todos los dem&#225;s.

Por &#250;ltimo, &#233;psilon: los sacrificios. Telam&#243;n sonri&#243; para sus adentros. Ten&#237;a sus sospechas al respecto, pero &#191;cu&#225;ndo ser&#237;a el momento adecuado para enfrentarse a la persona responsable? Mir&#243; por el rabillo del ojo en direcci&#243;n a los arbustos. Se puso de pie y camin&#243; hacia all&#237;.

&#191;No has le&#237;do a Arist&#243;teles? -grit&#243;-. &#191;En particular su &#201;tica? &#161;Una cita maravillosa! &#191;C&#243;mo era aquel famoso verso del cap&#237;tulo cuatro? Ah s&#237;. El hombre que est&#225; furioso con leg&#237;tima raz&#243;n, con las personas que se lo merecen, de la manera correcta, en el momento adecuado y durante el tiempo correcto, ha de ser alabado -precis&#243; mirando hacia los arbustos-. Estoy furioso. Tambi&#233;n estoy absolutamente de acuerdo con la frase de Arist&#243;teles en su Metaf&#237;sica: Todos los hombres desean naturalmente el conocimiento. No obstante, no consigo entender por qu&#233; han de esconderse entre los arbustos para conseguirlo. Si contin&#250;as escondido, mi furia ir&#225; aumentando cada vez m&#225;s. No me gusta que me esp&#237;en.

Las ramas de los arbustos se movieron. Asom&#243; una cabeza muy grande: los cabellos negros rizados con el feo rostro de un s&#225;tiro, los ojos saltones, la nariz aplastada y una boca de pez. La cabeza se levant&#243; un poco m&#225;s y quedaron a la vista unos hombros muy anchos.

&#161;Alabado sea Apolo, lev&#225;ntate! -exclam&#243; Telam&#243;n-. &#161;Y sal de una vez!

&#161;Estoy de pie!

El enano apart&#243; las ramas y sali&#243; al claro. Sonri&#243; maliciosamente al ver la sorpresa en el rostro de Telam&#243;n. No med&#237;a m&#225;s de cinco palmos; era lo que los griegos llamaban un grotesco. Peque&#241;o, rechoncho, patituerto, la cabeza casi tan grande como el torso, iba vestido con una t&#250;nica Verde atada a la cintura con una cuerda. Llevaba unas recias sandalias en los diminutos pies regordetes y sus alhajas consist&#237;an en una pulsera de cobre y unos anillos baratos. Telam&#243;n lo mir&#243; sin disimular la curiosidad.

&#191;C&#243;mo te llamas?

H&#233;rcules.

Ah, el gran h&#233;roe -advirti&#243; Telam&#243;n recordando los cuchicheos de Aristandro la noche anterior.

Hay una cosa que s&#233; hacer muy bien, y es escuchar -observ&#243; con voz profunda y en un tono educado.

El enano observ&#243; a Telam&#243;n de pies a cabeza con una mirada col&#233;rica. Un recuerdo destac&#243; en la memoria de Telam&#243;n. Se puso en cuclillas y toc&#243; el pecho del hombrecillo con la punta del dedo repetidamente.

&#161;H&#233;rcules! Ahora te recuerdo. T&#250; eres una de las criaturas de Aristandro, &#161;eso es! -exclam&#243; Telam&#243;n recordando los huertos de Mieza, la academia de Arist&#243;teles para los j&#243;venes macedonios-. Olimpia vino a visitarnos, tan teatral como siempre, en compa&#241;&#237;a de Aristandro. T&#250; caminabas con &#233;l, cogido de la mano. Cre&#237;mos que eras su hijo.

Lo soy -afirm&#243; el enano adelantando la cabeza en una actitud agresiva-. Te agradecer&#237;a que no te agacharas cuando hables conmigo.

Telam&#243;n murmur&#243; una disculpa y se levant&#243;.

&#191;Qu&#233; haces aqu&#237;? &#191;Por qu&#233; me estabas espiando?

No te espiaba a ti, sino a los f&#237;sicos. Espi&#233; a Leontes. As&#237; fue como Aristandro mi amo se enter&#243; del oro oculto y tambi&#233;n del vino que te envi&#243;. Si no hubiese sido por m&#237;, te hubieras pasado todo el d&#237;a en la letrina.

Sin embargo, te has quedado.

Ten&#237;a que hacerlo, &#191;no? Cre&#237; que te marchar&#237;as con los dem&#225;s.

&#191;C&#243;mo te enteraste de que hab&#237;a emponzo&#241;ado el vino? -pregunt&#243; Telam&#243;n-. &#191;De que Leontes era un traidor?

Me escond&#237; debajo de su cama.

&#161;O sea que tambi&#233;n puedes entrar y salir de las tiendas!

S&#243;lo cuando sus ocupantes son descuidados.

&#191;Qu&#233; sabes de nuestros amigos f&#237;sicos?

Que son unos est&#250;pidos y que est&#225;n asustados. Perdicles es el tipo que hay que vigilar -precis&#243; esbozando una sonrisa-. &#161;Aristandro conf&#237;a en ti! -exclam&#243; levantando su cabeza con los ojos brillantes.

&#191;Qu&#233; pasa con Perdicles? -quiso saber Telam&#243;n.

Dijo algo muy curioso. No cree que el ej&#233;rcito llegue a ponerse en marcha ni que la flota navegue. Estaba consolando a aquel idiota de Corinto. M&#225;s le valdr&#237;a tener la boca cerrada -advirti&#243; volviendo a adoptar una expresi&#243;n desagradable en su rostro y mirando a Telam&#243;n-. Ten&#237;a que quedarme entre los arbustos. Cre&#237; que te quedar&#237;as aqu&#237; todo el d&#237;a.

Pues no es as&#237; -respondi&#243; Telam&#243;n tendi&#233;ndole la mano-. Vuelvo al campamento. Puedes venir conmigo. Tengo que desayunar y, de paso, consultar algunas cosas con mis colegas f&#237;sicos.

H&#233;rcules cogi&#243; la mano de Telam&#243;n. Salieron del bosquecillo y cruzaron el campo donde ahora se ejercitaban n&#250;meros soldados de caballer&#237;a. En cuanto entraron en el campamento, el enano apret&#243; por un segundo la mano de Telam&#243;n y desapareci&#243; entre la muchedumbre.

Cle&#243;n estaba ante la entrada de la tienda de Perdicles, muy ocupado con su desayuno de pan y aceitunas. Perdicles se encontraba en el interior, sentado en el suelo. Le&#237;a un manuscrito y sus labios se mov&#237;an como si hablara consigo mismo. Levant&#243; la mirada cuando Telam&#243;n entr&#243;.

&#191;Qu&#233; te preocupa? -pregunt&#233;-. Vi c&#243;mo me mirabas en el bosquecillo.

Telam&#243;n se sent&#243; de cuclillas, tan cerca que Perdicles se apresur&#243; a recoger el manuscrito y enrollarlo.

Si te acercas un poco m&#225;s, Telam&#243;n, la gente comenzar&#225; a murmurar.

&#191;Tienes c&#225;scaras de cebada? -replic&#243; Telam&#243;n.

&#191;Qu&#233;?

C&#225;scaras de cebada.

&#191;Para qu&#233; quiero las c&#225;scaras de cebada?

Eso es lo que no dejo de preguntarme -contest&#243; Telam&#243;n-. &#191;Por qu&#233; un elegante y muy atildado f&#237;sico ateniense tiene c&#225;scaras de cebada enganchadas en su capa? &#191;Por qu&#233; sus sandalias est&#225;n sucias de fango y tambi&#233;n tienen enganchadas c&#225;scaras de cebada? &#191;D&#243;nde est&#225;n ahora? &#191;Era fango o esti&#233;rcol de toro? Y otra cosa, &#191;por qu&#233; estabas tan inquieto cuando me fij&#233; en todo esto?

&#191;De qu&#233; est&#225;s hablando?

Lo sabes perfectamente, Perdicles. Has estado rondando por los corrales donde preparan los toros para el sacrificio. Caminaste por el barro para ir a buscar algunas de las c&#225;scaras de cebada que dan a los animales. &#191;Qu&#233; utilizaste? &#191;Hojas de tejo machacadas o en polvo? No en la cantidad suficiente para matar al animal, pero s&#237; la necesaria para que sus entra&#241;as tuvieran un color peculiar. Nadie lo sospechar&#237;a. &#161;A ti te gustan tanto los animales! Nadie sospechar&#237;a, porque nadie hubiese visto nada sospechoso. En cambio, yo s&#237; que advert&#237; algo sospechoso anoche: c&#225;scaras de cebada en tu capa, en un par de sandalias, arrojadas a un rinc&#243;n, todav&#237;a con el esti&#233;rcol pegado.

La arrogancia desapareci&#243; del rostro de Perdicles. Su mirada se dirigi&#243; al rinc&#243;n de la tienda donde todav&#237;a estaban las sandalias y la capa.

Todav&#237;a no has tenido tiempo para limpiarlas -a&#241;adi&#243; Telam&#243;n-. Perdicles, &#191;cu&#225;nto tiempo hace que nos conocemos? &#191;A&#241;os? Nuestros caminos se cruzan una y otra vez. &#191;En qu&#233; est&#225;s involucrado? A ti no te importa un comino ninguna ciudad o reino. A ti, qu&#233; m&#225;s te da si ganan los macedonios o los persas. &#191;Por qu&#233; te escondes aqu&#237;, Perdicles? &#191;Huyes de alg&#250;n marido enga&#241;ado? &#191;De alguien que puede enviar a sus matones? -pregunt&#243; toc&#225;ndole suavemente en la nariz-. Eres un f&#237;sico excelente, Perdicles. Sin embargo, tienes dos debilidades: las esposas j&#243;venes y bonitas de los dem&#225;s y el oro.

Perdicles trag&#243; saliva y se sent&#243; sobre los talones.

Si Aristandro se entera -prosigui&#243; Telam&#243;n, en voz muy baja-, Leontes no ser&#225; el &#250;nico f&#237;sico que intent&#243; caminar por el aire. Quiz&#225; me equivoque, pero todav&#237;a hay c&#225;scaras de cebada en tu capa. Aristandro har&#225; preguntas -avis&#243; separando las manos.

&#191;Qu&#233; quieres? -tartamude&#243; Perdicles.

Las respuestas a dos preguntas. La primera, &#191;por qu&#233;? La segunda, &#191;cu&#225;ndo dejar&#225;s de hacerlo?

Qu&#233;date aqu&#237; -contest&#243; Perdicles levant&#225;ndose-. No, no te preocupes, responder&#233; a tus preguntas, pero necesito a alguien m&#225;s.

Telam&#243;n se sent&#243; en un taburete. Escuch&#243; a Perdicles como dec&#237;a a Cle&#243;n en un tono airado que se mantuviera apartado de su tienda y se ocupara de sus propios asuntos. Por primera vez desde su llegada al campamento macedonio, Telam&#243;n se sinti&#243; muy complacido consigo mismo.

No todo es un misterio -murmur&#243;.

Continu&#243; sentado y se entretuvo escuchando los sonidos del campamento. Por fin reapareci&#243; Perdicles acompa&#241;ado por una figura encapuchada. El acompa&#241;ante se quit&#243; la capucha y Telam&#243;n vio el rostro de mono de Ptolomeo, que mostraba una sonrisa burlona.

Vaya, vaya, Telam&#243;n, no me sorprende que Alejandro te contratara. Dijo que ten&#237;as la mirada de un halc&#243;n.

Ptolomeo ten&#237;a todo el aspecto de estar sufriendo la resaca de la borrachera de la noche anterior. Chasque&#243; los dedos. Perdicles se apresur&#243; a traerle un taburete. El general se sent&#243; y se frot&#243; los ojos inyectados en sangre.

&#191;Qu&#233; es lo que recetas para las resacas, Telam&#243;n?

En primer lugar, no beber. Segundo, si lo haces, come bien y, durante el resto del d&#237;a, bebe mucha agua fresca.

No tienes nada de soldado, Telam&#243;n -afirm&#243; Ptolomeo con sorna-. &#191;Recuerdas el d&#237;a que libramos un duelo en los huertos de Mieza?

&#191;Por qu&#233; quieres continuarlo?

En el rostro de Ptolomeo apareci&#243; una expresi&#243;n dura.

&#191;El toro para el sacrificio? A Perdicles le gusta el oro.

&#191;As&#237; que lo hizo porque se lo ordenaste?

Me gusta la victoria, Telam&#243;n -respondi&#243; Ptolomeo haciendo una inspiraci&#243;n profunda-. T&#250; has visto el ej&#233;rcito de Alejandro: una flota peque&#241;a y entre treinta y cuarenta mil hombres. Al otro lado del Helesponto, Dar&#237;o puede reunir a m&#225;s de un mill&#243;n. El propio Memn&#243;n puede reclutar una fuerza de mercenarios pr&#225;cticamente igual a la nuestra.

Por lo tanto, eres de la opini&#243;n de que Alejandro no deber&#237;a cruzar.

Todav&#237;a no. Necesitamos m&#225;s barcos, m&#225;s hombres, m&#225;s dinero. La flota persa de momento est&#225; en el delta del Nilo. Alg&#250;n d&#237;a regresar&#225; -observ&#243; acerc&#225;ndose a Telam&#243;n; el aliento a&#250;n le ol&#237;a a vino-. Piensa en lo que podr&#237;a ocurrir, Telam&#243;n. Alejandro cruza el Helesponto y cae en una emboscada. Tiene que emprender el camino de regreso al mar. Llegan noticias de que Grecia, dirigida por los atenienses, se ha rebelado. La flota persa, reforzada con los trirremes de Atenas, patrulla el estrecho -advirti&#243; levantando una mano y curvando los dedos para formar una garra-. Necesitamos expulsar a la flota persa. Tendr&#237;amos que esperar hasta el oto&#241;o, o quiz&#225;s incluso hasta la primavera.

&#191;Quieres que Alejandro haga lo que desea Ptolomeo? -replic&#243; Telam&#243;n-. &#201;se es el fondo de la cuesti&#243;n, &#191;no es as&#237;? &#161;Ptolomeo, que se cree hijo de Filipo, se ve como mejor general que Alejandro!

Ptolomeo desvi&#243; la mirada.

&#191;Te has cansado, Ptolomeo, de ser el segund&#243;n? Si esto llega a o&#237;dos de Alejandro, te enviar&#225; de regreso a Pella con cadenas como a cualquier reo vulgar.

Sin embargo, no lo har&#225;, &#191;no es as&#237;? &#191;Sabes por qu&#233;, Telam&#243;n? &#161;Porque t&#250; no s&#243;lo eres un buen f&#237;sico, sino porque tambi&#233;n eres un mojigato! Nunca te ha gustado ir por all&#237; contando chismes. Adem&#225;s, la pr&#243;xima vez que Alejandro haga un sacrificio, los auspicios no estar&#225;n manchados, sino que ser&#225;n muy favorables -pronostic&#243; tendi&#233;ndole una mano-. &#191;Est&#225;s de acuerdo, por los viejos tiempos?

Telam&#243;n estrech&#243; la mano de Ptolomeo y asinti&#243;. El general se levant&#243; y apart&#243; el taburete de un puntapi&#233;.

Por primera vez en mi vida, Telam&#243;n, estoy en deuda contigo. Oh, Perdicles -a&#241;adi&#243; al tiempo que sujetaba al f&#237;sico por los hombros y lo acercaba a &#233;l-, no te ir&#225;s de la lengua, &#191;verdad?

Perdicles sacudi&#243; la cabeza vigorosamente, con una expresi&#243;n de espanto.

De lo contrario -advirti&#243; Ptolomeo mientras caminaba hacia la entrada, deteni&#233;ndose un momento, con una mano apoyada en la cadera y mirando por encima del hombro-. Una pena lo del pobre Leontes, &#191;no os parece?

Solt&#243; una carcajada, corri&#243; la tela de la entrada y sali&#243;. Telam&#243;n le hubiese seguido, pero Perdicles lo llam&#243;.

&#191;Qu&#233; pasa?

Ten cuidado -le advirti&#243; el ateniense.

Oh, no te preocupes -dijo Telam&#243;n sonriendo-. Es algo que tengo muy claro.



CAP&#205;TULO V

La propia Tebas, tomada por asalto, fue saqueada y arrasada. Alejandro esperaba que tan severo ejemplo aterrorizara al resto de Grecia y la forzara a la sumisi&#243;n.

Plutarco, Vidas, Alejandro



Telam&#243;n estaba sentado delante de la tienda en una silla de campa&#241;a. Le molestaban el calor y el bullicio del campamento. La temperatura se incrementaba por momentos, a medida que avanzaba el d&#237;a. A menos que Alejandro tomara cuanto antes la decisi&#243;n de ponerse en marcha, la par&#225;lisis se extender&#237;a por todo el ej&#233;rcito. Aumentar&#237;an las deserciones y, si las arcas del tesoro real se vaciaban, el ej&#233;rcito se disolver&#237;a como la nieve en una colina. El f&#237;sico dej&#243; la silla y se acerc&#243; a la tienda para levantar la tela que hac&#237;a de puerta y permitir que entrara un poco de aire.

El centinela, sentado unos pasos m&#225;s all&#225;, levant&#243; la cabeza del bol de gachas que estaba comiendo con los dedos.

Te he tra&#237;do algo de comer, se&#241;or. Lo tienes en la tienda.

Gracias.

La comida estaba encima de un cofre cubierto con un trozo de tela de lino. Telam&#243;n levant&#243; la tela; en el plato hab&#237;a un trozo de queso rancio, unas piezas de fruta demasiado maduras y pan fresco. La cerveza de la jarra era de fabricaci&#243;n local, suave pero con sabor. Telam&#243;n comenz&#243; a comer. Se sent&#237;a sucio, sudoroso y cansado. Se pregunt&#243; cu&#225;l ser&#237;a la decisi&#243;n de Alejandro. A su regreso, Telam&#243;n hab&#237;a visto a la guardia real vestida con los uniformes de combate y se hab&#237;a preguntado si habr&#237;a surgido alguna crisis.

Una sombra oscureci&#243; la entrada de la tienda. Se trataba del enano H&#233;rcules.

Nomalet.

&#191;Qu&#233; has dicho?

Nomalet -respondi&#243; el enano sonriendo-. Soy un experto en ese juego, el decir los nombres al rev&#233;s.

Muy bien, Selucreh -replic&#243; Telam&#243;n.

Me gustan las letras que veo -dijo H&#233;rcules acerc&#225;ndose-. Me gusta jugar con ellas. Hay algunos nombres que son dif&#237;ciles de pronunciar al rev&#233;s, &#191;verdad? -sentenci&#243; mientras se deten&#237;a y miraba el plato-. &#191;Te comer&#225;s las cerezas? Esta ma&#241;ana imoc muy poco.

&#191;Imoc?

Com&#237;. -H&#233;rcules se meti&#243; una cereza en la boca y la mastic&#243; ruidosamente.

Al parecer te he ca&#237;do en gracia -coment&#243; Telam&#243;n-, pero no has venido aqu&#237; para compartir mi comida, &#191;no es as&#237;?

Aristandro quiere que vayas ahora con tus medicinas -comunic&#243; H&#233;rcules cogiendo otra cereza-. Y cuando mi amo dice ahora, es &#161;ahora!

Bien, en ese caso, no le haremos esperar.

Telam&#243;n apart&#243; el plato. Recogi&#243; su malet&#237;n de cuero y sali&#243; de la tienda antes de que H&#233;rcules pudiera alcanzarlo. El hombrecillo le cogi&#243; de la mano.

El nombre de mi amo es muy dif&#237;cil de decir a la inversa.

En lo que se refiere a tu amo -afirm&#243; Telam&#243;n-, siempre es dif&#237;cil decir cu&#225;l es la parte de atr&#225;s y cu&#225;l la de delante.

Yo lo podr&#237;a decir de una manera m&#225;s gr&#225;fica -coment&#243; H&#233;rcules.

&#191;Qu&#233; ocurre? -pregunt&#243; el f&#237;sico.

No lo s&#233;.

Caminaron por las angostas calles entre las tiendas y llegaron a un espacio abierto delante del pabell&#243;n real, donde se amontonaban los guardaespaldas del rey. Los soldados formaban hileras delante de la entrada, vestidos con corazas de bronce rojizo con las faldas de colores y espinilleras. Se cubr&#237;an las cabezas con los anticuados cascos hoplitas y los protectores de la nariz y las mejillas casi ocultaban del todo sus rostros. Cada uno llevaba una lanza y las rodelas, apoyadas en las piernas, mostraban el le&#243;n rampante de Macedonia. Permanec&#237;an en silencio, indiferentes al calor y el polvo. Los oficiales caminaban entre las filas. Tropas con armamento ligero montaban guardia en los laterales del pabell&#243;n. S&#243;lo permitieron el paso de Telam&#243;n y H&#233;rcules, en cuanto el enano les dijo el santo y se&#241;a del d&#237;a.

Aristandro les esperaba en la antec&#225;mara. Cogi&#243; a Telam&#243;n por un brazo y pr&#225;cticamente lo empuj&#243; al aposento privado del monarca, sin preocuparse en lo m&#225;s m&#237;nimo del enano. Alejandro yac&#237;a en la cama y Hefesti&#243;n, con una expresi&#243;n de angustia, estaba sentado en un taburete a su lado. En la tienda hab&#237;a un olor agrio. Alejandro continuaba vestido con la t&#250;nica que hab&#237;a llevado en el banquete de la noche anterior; la prenda mostraba manchas de vino y comida. Su rostro hab&#237;a perdido el color y ten&#237;a los p&#225;rpados entrecerrados.

&#191;Le han envenenado? -pregunt&#243; Hefesti&#243;n con voz ronca.

Telam&#243;n advirti&#243; los restos del v&#243;mito en la comisura de los labios de Alejandro. Aristandro se acerc&#243; para situarse inmediatamente detr&#225;s del f&#237;sico.

&#191;Cu&#225;nto tiempo lleva as&#237;? -replic&#243; Telam&#243;n mientras dejaba el malet&#237;n en el suelo.

Se despert&#243; esta ma&#241;ana con la cabeza un tanto pesada -respondi&#243; Hefesti&#243;n-. No quiso probar bocado y sigui&#243; acostado. Vomit&#243;. Yo me encargu&#233; de limpiarlo.

&#161;Alejandro! &#161;Alejandro! -exclam&#243; Telam&#243;n sacudiendo al rey por el hombro.

Alejandro abri&#243; los ojos y mir&#243; al f&#237;sico sin verlo. La diferencia entre los ojos era muy marcada, y ten&#237;a las pupilas muy dilatadas.

Voy a examinarte -le explic&#243; Telam&#243;n.

Alejandro intent&#243; hablar, pero tuvo una arcada y sacudi&#243; la cabeza. Sin preocuparse de las ceremonias, Telam&#243;n palp&#243; las manos y los pies de Alejandro. Los ten&#237;a helados, pero el cuello y el pecho ten&#237;an la temperatura normal. Toc&#243; el est&#243;mago del rey y hundi&#243; los dedos en los fuertes m&#250;sculos. No apreci&#243; ning&#250;n bulto. Alejandro hizo una mueca y se oblig&#243; a sonre&#237;r.

&#191;Cu&#225;les son mis s&#237;ntomas, f&#237;sico? &#191;Me han envenenado?

Has bebido demasiado -replic&#243; Telam&#243;n-, aunque no se trata de eso, &#191;verdad?

Entonces, &#191;qu&#233;? -intervino Aristandro con un tono vivaz.

&#191;Puedes levantarte? &#191;Puedes caminar? -pregunt&#243; Telam&#243;n a Alejandro.

Me siento muy tenso -confes&#243; el rey-. Tengo miedo de caerme si me levanto. Noto la garganta seca y me duele el vientre como si hubiese comido fruta verde -a&#241;adi&#243; llev&#225;ndose la mano a la cabeza y gimiendo-. Es como si aqu&#237; tuviera un tambor de guerra.

&#191;Qu&#233; so&#241;aste? -le interrog&#243; Telam&#243;n.

&#161;El bueno de Telam&#243;n; siempre la mente, nunca el cuerpo! -se burl&#243; Alejandro-. El mismo sue&#241;o de siempre. Estaba otra vez en Queronea. Cargaba contra la falange tebana montado en Buc&#233;falo. Ten&#237;an rodeado a mi padre. Yo intentaba abrirme paso entre ellos pero era como pretender abrir surcos en el mar. No avanzaba. Me despert&#233; y me volv&#237; a dormir varias veces. Cre&#237; que eran las consecuencias de haber bebido demasiado; luego, esta ma&#241;ana, otro aviso.

Aristandro dej&#243; un trozo de pergamino en la falda del f&#237;sico. El pergamino era &#225;spero; la escritura pod&#237;a ser de cualquiera: letras muy claras, trazadas con esmero para disfrazar la mano del autor, tres citas de la Il&#237;ada. La primera del canto nueve: &#191;No puedes comprender que el poder de Zeus ya no est&#225; contigo?; la segunda correspond&#237;a al canto once: Traer&#225;s la gloria para m&#237; y tu vida la llevar&#225;s al Hades; y la &#250;ltima era del canto diecinueve: Somos las Furias quienes, desde el mundo subterr&#225;neo, vengamos a los hombres muertos.

&#191;C&#243;mo lleg&#243; esto aqu&#237;? -pregunt&#243; Telam&#243;n-. Aristandro, hay guardias en el exterior y tienes a tus esp&#237;as ocultos en la maleza y detr&#225;s de los arbustos. Se supone que eres el guardi&#225;n de los secretos del rey.

Alejandro se ech&#243; a re&#237;r con una risa sard&#243;nica. Aristandro parec&#237;a molesto.

El pergamino estaba atado con un cordel -explic&#243;-. Lo dejaron a los pies del centinela en la puerta del recinto real. El soldado no vio qui&#233;n lo dej&#243;. Se limit&#243; a recogerlo y me lo trajo.

&#191;Lo ense&#241;aste a Alejandro?

Por supuesto. Guardo sus secretos, no los m&#237;os.

Telam&#243;n se inclin&#243; sobre Alejandro.

&#161;Mi se&#241;or, lev&#225;ntate!

Alejandro intent&#243; resistirse. El f&#237;sico hizo una se&#241;a a Hefesti&#243;n y entre los dos obligaron a Alejandro a sentarse; despu&#233;s, le colocaron los cojines de plumas en la espalda para que estuviera c&#243;modo. Telam&#243;n se alegr&#243; al ver que el color comenzaba a retornar a las mejillas de Alejandro y que su respiraci&#243;n ya no era tan r&#225;pida y superficial.

&#191;Qu&#233; me pasa? -pregunt&#243; Alejandro con voz ahogada, aunque sin atreverse a sostener la mirada del f&#237;sico.

T&#250; sabes lo que pasa.

Telam&#243;n sujet&#243; la mu&#241;eca de Alejandro y le midi&#243; la velocidad del pulso.

Conoces todos los trucos; &#191;no es as&#237;, Telam&#243;n?

Te conozco, Alejandro. Tienes un ataque de p&#225;nico provocado por el vino, las pesadillas y las amenazas.

Alejandro nunca tiene ataques de p&#225;nico -declar&#243; Hefesti&#243;n.

Alejandro los ha tenido, los tiene y los tendr&#225; -replic&#243; Telam&#243;n sonriendo al amigo del rey-. Tiene todos los m&#250;sculos tensos y su respiraci&#243;n es r&#225;pida y superficial. Est&#225; asustado. El vino le hace vacilar. Su mente est&#225; preocupada; esto genera una profunda ansiedad y su cuerpo responde en consecuencia. Es como echar sal en una herida. Tengo buenas noticias para ti, Alejandro -a&#241;adi&#243; Telam&#243;n rogando para que la mentira no fuera descubierta-. Yo tambi&#233;n tuve un sue&#241;o anoche. Estaba cruzando el Helesponto: al otro lado, hab&#237;a un hombre vestido con una armadura. Cuando me acerqu&#233;, el guerrero se quit&#243; el yelmo, con la gran crin de caballo, negra como la noche. Era tu padre. Me hac&#237;a gestos al tiempo que gritaba: &#191;Por qu&#233; Alejandro no te sigue?.

Aristandro tuvo un s&#250;bito ataque de tos; Telam&#243;n sostuvo la mirada de Alejandro.

Le habl&#233; de los sacrificios. Filipo me respondi&#243;: Di a mi hijo que busque en el campo un toro blanco de pura raza. Que lo entregue a unos guardias de confianza y que ellos lo vigilen hasta el momento del sacrificio. &#161;Dile que no haga caso de las advertencias ni de los susurros de la noche!.

El cambio que se produjo en Alejandro fue notable. Ya no ten&#237;a los ojos apagados ni el rostro p&#225;lido. Se inclin&#243; hacia adelante para sujetar la mano de Telam&#243;n.

&#191;Est&#225;s seguro? &#191;No me est&#225;s mintiendo?


No fue m&#225;s que un sue&#241;o, mi se&#241;or, pero busca a este animal, haz el sacrificio y embarca a tu ej&#233;rcito.

Alejandro se reclin&#243; en los cojines.

Mientras tanto -a&#241;adi&#243; Telam&#243;n con un tono desabrido-, quiero que duermas. &#191;Aristandro? Un poco de vino.

El custodio de los secretos trajo una copa peque&#241;a. Entonces Telam&#243;n record&#243; la copa de la que hab&#237;a bebido la joven muerta la noche anterior. Se prometi&#243; a s&#237; mismo que har&#237;a una nueva visita a la tienda de Ant&#237;gona. Abri&#243; el malet&#237;n, sac&#243; el frasco con el zumo de amapolas y a&#241;adi&#243; unas gotas al vino. Lo agit&#243; y despu&#233;s acerc&#243; la copa a los labios del rey.

Piensa en Persia -le susurr&#243; Telam&#243;n-. &#161;Piensa en la gloria! Libra tu mente de las im&#225;genes oscuras. &#161;Bebe!

Alejandro obedeci&#243;; se bebi&#243; el vino de un solo trago. Telam&#243;n permaneci&#243; sentado en la cama sin soltarle la mano. El rey intent&#243; continuar con la conversaci&#243;n, pero su cuerpo comenz&#243; a tumbarse, se le cerraban los p&#225;rpados, inclin&#243; la cabeza a un lado y se sumi&#243; en un sue&#241;o muy profundo.

&#191;Qu&#233; pasar&#225; cuando se despierte? -pregunt&#243; Hefesti&#243;n, tan sol&#237;cito como una madre.

Telam&#243;n observ&#243; el rostro moreno y barbado del amigo de Alejandro. Un soldado sencillo -reflexion&#243;-totalmente firme en su lealtad y afecto. El amigo &#237;ntimo de Alejandro, su ayo, el gu&#237;a que estar&#237;a de acuerdo con cualquier cosa que dijera el rey. En muchos aspectos, Hefesti&#243;n se parec&#237;a mucho al padre de Alejandro, Filipo.

Cuando se despierte -respondi&#243; Telam&#243;n, con un tono paciente-, se sentir&#225; mucho mejor. Un poco somnoliento, pero los dolores y la ansiedad habr&#225;n desaparecido. Es probable que duerma muchas horas. Dale de comer alimentos nutritivos: nada de fruta, sino pan y tasajo. &#161;Nada de vino, s&#243;lo agua fresca!

Abroch&#243; las correas del malet&#237;n y se march&#243;. Aristandro le sigui&#243; a la antec&#225;mara.

Alejandro te cree. &#191;Lo sab&#237;as? Cuando se despierte, afirmar&#225;: Telam&#243;n me dijo la verdad porque no sue&#241;a: &#233;l no cree en los dioses.

Entonces, tenemos algo en com&#250;n, &#191;no es as&#237;? -replic&#243; el f&#237;sico.

Por primera vez desde que se hab&#237;an encontrado, Aristandro se ri&#243;.

Anoche el rey tambi&#233;n me dio un mensaje para ti, f&#237;sico. Necesitas un ayudante. Mencion&#243; las jaulas de los esclavos donde tenemos a los cautivos de Tebas. No queda gran cosa, pero puedes quedarte con el que quieras -advirti&#243; Aristandro sacando de debajo de la capa un peque&#241;o sello, un trozo de cera con la inconfundible marca del rey-. Ense&#241;a esto a cualquiera que te ponga trabas.

Telam&#243;n cogi&#243; el sello y lo mir&#243;.

Gu&#225;rdalo con mucho cuidado -le advirti&#243; Aristandro.

&#191;Los mensajes? -pregunt&#243; Telam&#243;n mientras guardaba el sello-. &#191;Las citas de la Il&#237;ada?

El custodio de los secretos del rey hizo una mueca.

El pergamino se puede comprar en el campamento; la tinta es com&#250;n; las letras est&#225;n escritas cuidadosamente con toda intenci&#243;n Podr&#237;a ser cualquiera. El centinela no sabe qui&#233;n lo trajo. Lo dejaron a sus pies, que es la manera habitual que tiene la gente de presentar sus peticiones al rey.

S&#237;, pero esta persona conoce tanto la Il&#237;ada como el alma de Alejandro.

T&#250; tambi&#233;n, Telam&#243;n. Te diste cuenta de que se trataba de un ataque de ansiedad, del s&#250;bito p&#225;nico.

Son pocas las personas que lo saben -manifest&#243; Telam&#243;n-. Yo estaba con &#233;l cuando tuvo su primer ataque en Mieza. Nearco, Alejandro y yo hicimos una apuesta: qui&#233;n pod&#237;a nadar m&#225;s r&#225;pido a trav&#233;s del r&#237;o -revel&#243; Telam&#243;n exhalando un suspiro-. Como chiquillos que &#233;ramos, nos desnudamos sin m&#225;s y nos zambullimos. El r&#237;o era m&#225;s profundo, y la corriente m&#225;s fuerte de lo que cre&#237;amos. Nearco cruz&#243; a la otra orilla, y yo tambi&#233;n. Alejandro dio media vuelta. Fue la &#250;nica vez que le he visto rehusar un desaf&#237;o. Nos hizo jurar que guardar&#237;amos el secreto. Nearco se mostr&#243; muy comprensivo; dijo que s&#243;lo hab&#237;a hecho lo que hubiese hecho cualquier rata de agua.

Nearco no representa ninguna amenaza -afirm&#243; Aristandro-. En cambio, hay otros que podr&#237;an ver la ansiedad como una muestra de debilidad.

Yo la veo de la misma manera que Alejandro -replic&#243; Telam&#243;n-. Est&#225; ansioso y confuso: no sabe si moverse a izquierda o derecha. Sin embargo, tan pronto como tome una decisi&#243;n, se dirigir&#225; recto como una flecha a la diana y nos llevar&#225; a todos nosotros con &#233;l. &#161;A la glor&#237;a o al infierno!

H&#233;rcules le esperaba en el exterior.

&#191;Qu&#233; pasa? &#191;Qu&#233; pasa? -pregunt&#243; el enano tirando de la t&#250;nica de Telam&#243;n.

El rey se encuentra bien y el rey est&#225; durmiendo -contest&#243; Telam&#243;n en voz lo bastante alta como para que le oyeran todos los que se encontraban a su alrededor.

Se abri&#243; paso entre las filas de soldados. Cleito y Seleuco cuchicheaban entre s&#237;. Ptolomeo le gui&#241;&#243; un ojo maliciosamente.

&#191;Adonde vas? -le pregunt&#243; H&#233;rcules.

A ver a la sacerdotisa Ant&#237;gona.

Ah, ella es otra con uno de esos nombres que son dif&#237;ciles de pronunciar al rev&#233;s. Pariente de Alejandro, &#191;lo sab&#237;as? Conoci&#243; muy bien a Filipo. &#201;l dijo que confiaba en ella hasta la muerte. &#191;Por qu&#233; vas a verla?

Por un asesinato.

Telam&#243;n camin&#243; r&#225;pidamente por las angostas calles entre las tiendas y los pabellones. El soldado que montaba guardia delante de la tienda de Ant&#237;gona los dej&#243; pasar. La sacerdotisa estaba sentada en una silla observando un bordado. Selena y Aspasia, sentadas a sus pies, bordaban. Ant&#237;gona dej&#243; el trozo de tela y se levant&#243; al ver a Telam&#243;n.

&#191;Has visto al rey?

S&#237;, duerme tranquilo.

Ant&#237;gona enarc&#243; una ceja.

&#191;A qu&#233; se debe tu visita? &#191;Vienes a comprobar nuestra salud? Tenemos mucho calor y nos incomodan las moscas.

Te aceptar&#237;a una copa de vino.

La sacerdotisa mir&#243; a H&#233;rcules.

Pareces atraer a todo tipo de criaturas -coment&#243; al f&#237;sico.

El enano le replic&#243; con un sonido grosero. Ant&#237;gona le volvi&#243; la espalda.

&#191;Puedo beber en la misma copa que utiliz&#243; la muchacha anoche? &#191;La que muri&#243;?

Por supuesto.

Ant&#237;gona fue al fondo de la tienda y trajo la copa llena de vino hasta la mitad.

Le a&#241;ad&#237; un poco de agua, pero no es tan fuerte como el que el rey bebi&#243; anoche.

Aspasia trajo un taburete. Telam&#243;n le dio las gracias y se sent&#243;. Bebi&#243; el vino de un trago y luego observ&#243; la copa atentamente.

No te preocupes -dijo Ant&#237;gona recogiendo la labor y sonri&#233;ndole-. Yo misma la limpi&#233;.

Telam&#243;n se volvi&#243; para se&#241;alar la mesa.

Ella estaba sentada all&#237;. T&#250; trajiste la copa. Yo a&#241;ad&#237; la p&#243;cima. &#191;Qu&#233; pas&#243; despu&#233;s?

T&#250; y yo bebimos -contest&#243; Ant&#237;gona-. La dejaste sobre la mesa. Hab&#237;a otras personas a nuestro alrededor.

La vi moverse -intervino Aspasia en voz baja-. Una mano que la recog&#237;a y la dejaba m&#225;s cerca, pero no recuerdo qui&#233;n fue.

Telam&#243;n volvi&#243; a observar la copa con mucho cuidado. Estaba hecha de un metal precioso, con un relieve de plata en el exterior que representaba a una muchacha con una lechuza de ojos saltones. El pie tambi&#233;n era de plata y el interior del recipiente brillaba. Telam&#243;n devolvi&#243; la copa. Hab&#237;a cre&#237;do que la visita a la tienda le refrescar&#237;a la memoria, pero no hab&#237;a sido as&#237;. Se despidi&#243;. H&#233;rcules, a quien nadie le hab&#237;a hecho caso, lo sigui&#243; al exterior.

&#191;Adonde vamos ahora, f&#237;sico?

A la jaula de los esclavos.

Te ense&#241;ar&#233; el camino.

Telam&#243;n hubiera preferido ir por su cuenta, pero H&#233;rcules insisti&#243; en cogerle de la mano y guiarle. El griter&#237;o en el campamento era ensordecedor. Telam&#243;n vio que los hombres estaban inquietos. Ya no eran soldados. Se hab&#237;an quitado las prendas de combate, ansiosos por encontrar un poco de sombra que los protegiera del sol ardiente y matar el tiempo con una partida de taba o de dados. Los &#250;nicos hombres con armaduras eran los oficiales que recorr&#237;an el campamento, atentos a intervenir si se produc&#237;a alguna pelea.

Te das cuenta del peligro, &#191;no? -pregunt&#243; el enano.

Se detuvieron un instante para pedir que los orientaran. La jaula de los esclavos estaba cerca del lugar donde guardaban los caballos. Un soldado, con una armadura de cuero y el casco a su lado, estaba agachado junto a la puerta. Se levant&#243; al ver que se acercaba Telam&#243;n.

Soy nuevo -grit&#243; levantando las manos para indicar que se detuvieran-. Pero tengo mis &#243;rdenes. &#201;ste es mi primer trabajo. Id a buscar a vuestras propias putas. &#161;Los esclavos son para vender, no para el uso personal!

&#161;C&#225;llate! &#161;No sabes con qui&#233;n est&#225;s hablando! -le replic&#243; el enano.

Te dije que era nuevo -protest&#243; el soldado.

Se rasc&#243; la barba renegrida y se enjug&#243; el sudor de la frente. Ten&#237;a el rostro delgado y una expresi&#243;n cruel, con un ojo medio cerrado por una cicatriz que atravesaba diagonalmente la frente hasta poco m&#225;s abajo de la oreja. Telam&#243;n le mostr&#243; el sello real. El soldado lo mir&#243; con curiosidad y se lo devolvi&#243;.

&#191;De d&#243;nde eres? -le pregunt&#243; Telam&#243;n.

De Argos -contest&#243; sonriendo y mostrando unos largos colmillos afilados que le daban un aspecto lobuno-. Me llamo Droxenius. Llegamos esta ma&#241;ana. Trazamos nuestra marca y hemos recibido nuestros dracmas. &#201;sta es mi primera guardia, vigilar a los esclavos. &#191;El rey est&#225; bien?

No es asunto tuyo -replic&#243; el enano con un tono cortante.

Telam&#243;n solt&#243; la mano de H&#233;rcules.

Puedes irte. Quiero estar solo.

H&#233;rcules se march&#243; no sin antes dedicar un gesto obsceno al centinela.

La jaula parec&#237;a una enorme cesta de mimbre. Droxenius levant&#243; la tranca y, con un gesto burl&#243;n, invit&#243; a Telam&#243;n a que pasara.

No hay gran cosa y el olor es nauseabundo.

Telam&#243;n entr&#243;. El centinela ten&#237;a raz&#243;n. La jaula apestaba como una pocilga. En el extremo m&#225;s apartado, hab&#237;a un grupo de personas a cual m&#225;s pat&#233;tica, con los ojos hundidos, los rostros macilentos, como sombras del Hades. &#201;stos eran los restos de la conquista de Alejandro, el fruto de su gran victoria sobre Tebas. Hombres y mujeres, despose&#237;dos de sus familias, que ahora se enfrentaban a una vida de abusos y esclavitud. Telam&#243;n mir&#243; a la izquierda, donde hab&#237;a una hilera de c&#225;ntaros de agua; uno, tapado con una tabla, parec&#237;a la letrina. El hedor era nauseabundo. S&#243;lo se escuchaba el zumbido de las moscas; los esclavos permanec&#237;an en un silencio absoluto. Todas las miradas estaban fijas en Telam&#243;n. Parec&#237;an figuras espectrales que espiaban desde las sombras proyectadas por las rejas del techo. Telam&#243;n los cont&#243;. Hab&#237;a como m&#237;nimo unos cuarenta. Una persona le llam&#243; la atenci&#243;n, pero s&#243;lo fue una visi&#243;n fugaz; era una mujer pelirroja, de ojos brillantes, no opacos como los de los dem&#225;s. Vest&#237;a una t&#250;nica verde oscuro muy sucia y se ocultaba detr&#225;s de dos hombres. Una mujer, confundida en el grupo, comenz&#243; a gemir sin m&#225;s. Telam&#243;n decidi&#243; que, con independencia de lo que pudiera suceder, era necesario hacer algo por estos pobres infelices. La mayor&#237;a eran ancianos; pagar&#237;an muy poco por ellos en la subasta de esclavos y, si continuaban aqu&#237; o segu&#237;an al ej&#233;rcito, no tardar&#237;an en morir.

Puedo hacer algo por vosotros -anunci&#243; Telam&#243;n, aunque sus palabras le sonaron falsas mientras las dec&#237;a y no provocaron reacci&#243;n alguna en el grupo-. Conseguir&#233; que os traigan mejores alimentos y agua fresca. Esto es una cloaca -afirm&#243; quebr&#225;ndosele la voz-. &#191;Alguna cosa m&#225;s?

&#161;Podr&#237;as tirarte por el acantilado! -grit&#243; una voz de mujer.

Telam&#243;n estaba seguro de que hab&#237;a sido la pelirroja. Por primera vez desde que hab&#237;a entrado, el grupo se movi&#243;. Escuch&#243; unas risas.

&#161;Podr&#237;as tirarte por el acantilado! -repiti&#243; la voz-. &#161;Y llevarte a todos los macedonios contigo!

Telam&#243;n control&#243; su genio.

Estoy aqu&#237; para ayudar. Soy f&#237;sico.

&#161;Entonces c&#250;rate a ti mismo! -replic&#243; la voz.

Necesito a un ayudante, un asistente -anunci&#243; Telam&#243;n-. &#161;La persona que escoja, o se ofrezca voluntaria, ser&#225; libre!

Los ojos no mostraron ninguna emoci&#243;n. Un anciano se levant&#243; trabajosamente y habl&#243; con acento d&#243;rico.

Yo sol&#237;a ser, bueno, era f&#237;sico.

Una mujer anciana le cogi&#243; de la mano y tir&#243; suavemente para que volviera a sentarse.

&#191;Hay alguien m&#225;s? -pregunt&#243; Telam&#243;n.

Silencio. Exhal&#243; un suspiro, se volvi&#243; y comenz&#243; a caminar hacia la salida.

&#191;Quiz&#225; me buscabas a m&#237;?

Telam&#243;n se volvi&#243; una vez m&#225;s. La muchacha pelirroja estaba ahora delante del grupo. Se acerc&#243;. Era de mediana estatura, con las piernas y los brazos fuertes y el cuerpo delgado. La cabellera roja formaba algo parecido a una aureola, como si se la hubiera peinado con los dedos, su &#250;nico v&#237;nculo con la vida normal. Sus ojos eran un tanto achinados, verdes y retadores en un rostro que no era muy hermoso, pero ten&#237;a mucha personalidad. La piel, &#225;spera por el sol y el viento, mostraba el tinte amarillento propio de los meses de una nutrici&#243;n deficiente; ten&#237;a las manos ro&#241;osas y el brazo izquierdo aparec&#237;a cubierto de fango hasta el codo. La muchacha sigui&#243; la mirada de Telam&#243;n.

Algunos soldados quer&#237;an divertirse -explic&#243; alzando la fuerte barbilla con el sobresaliente labio inferior y luego volviendo ligeramente la cabeza-. Pero no me forzaron. Nadie me ha forzado. Les dije que estoy consagrada a la se&#241;ora, a Atenea, la diosa de la guerra.

&#191;Lo est&#225;s?

Lo estuve -respondi&#243; manteniendo firme su mirada-. As&#237; fue como sobreviv&#237;. Era una ac&#243;lita, una asistente, en el templo de Atenea en Tebas, muy cerca del Cadmea.

Telam&#243;n asinti&#243;. Ahora lo entend&#237;a. Cuando hab&#237;an arrasado Tebas, Alejandro hab&#237;a perdonado a los templos.

&#191;C&#243;mo es que te cogieron?

Fui lo bastante idiota para salir en busca de un amigo. Dije a los soldados qui&#233;n era, pero no me creyeron.

&#191;D&#243;nde est&#225;n las gl&#225;ndulas salivares? -le pregunt&#243; Telam&#243;n por sorpresa.

En la base de la lengua.

&#191;Qu&#233; bombea la sangre?

El coraz&#243;n.

&#191;C&#243;mo tomas el pulso a un hombre?

Apoyas los dedos suavemente en la garganta o en la mu&#241;eca.

Si doy a un paciente ra&#237;z de hinojo y perejil remojados en vino dulce, brebaje del que debe beber dos tazas con agua todos los d&#237;as, &#191;cu&#225;l es su dolencia?

Dir&#237;a que el paciente tiene alg&#250;n problema con la vejiga.

&#161;Muy bien! -exclam&#243; Telam&#243;n sonriendo-. &#191;Qu&#233; pasa si hay mareos en la cabeza, pesadez en la frente, zumbidos en los o&#237;dos, l&#225;grimas en los ojos, incapacidad para oler e inflamaci&#243;n de las enc&#237;as?

Dir&#237;a que el hombre ha pillado un enfriamiento y su nariz se llenar&#225; de flema. Se recomienda en estos casos un cocimiento de hisopo que se debe beber con el est&#243;mago vac&#237;o. Mostaza y agua caliente con miel para beber y hacer g&#225;rgaras.

Telam&#243;n asinti&#243; una vez m&#225;s.

&#191;Cu&#225;l ser&#237;a tu diagn&#243;stico si una mujer embarazada sufre una repentina y grave reducci&#243;n en los pechos o el vientre en el s&#233;ptimo u octavo mes?

La mujer parpade&#243; y desvi&#243; la mirada.

Entonces dir&#237;a que es una mujer muy afortunada, f&#237;sico; el feto est&#225; muerto y no nacer&#225; en este lugar pleno de horrores.

&#191;Has le&#237;do la obra de Hip&#243;crates?

Por supuesto. He aprendido todos sus remedios de hierbas y tambi&#233;n las listas de s&#237;ntomas.

Telam&#243;n asinti&#243;. En sus viajes por Grecia y Egipto hab&#237;a conocido mujeres como &#233;sta. Los templos, como el de Atenea en Tebas, eran lugares de curaci&#243;n y, de acuerdo con la costumbre, no pod&#237;an rechazar a nadie. Aquellos que trabajaban all&#237; a menudo estaban mucho mejor preparados que muchos de los que se proclamaban f&#237;sicos con unos conocimientos del cuerpo humano m&#225;s te&#243;ricos que pr&#225;cticos.

&#191;Si acepto, me llevar&#225;s contigo? -pregunt&#243; la mujer con su &#225;spera voz-. &#191;Ser&#233; libre?

Ser&#225;s libre.

&#191;Escribir&#225;s un documento donde lo diga?

Firmado y sellado.

En los ojos de la mujer apareci&#243; una mirada suspicaz.

Tienes todo el aspecto del t&#237;pico f&#237;sico -coment&#243; con un leve tono de burla-. Limpio, acicalado, preciso. Dir&#237;a que tienes un rostro apagado, excepto los ojos. Un hombre que prefiere controlar sus pasiones, &#191;no es as&#237;? Le han herido, pero quiere ocultarlo. Por eso has venido aqu&#237;, &#191;verdad? Buscas a un extra&#241;o, a alguien en quien puedas confiar, porque es algo que te resulta muy dif&#237;cil.

Telam&#243;n aplaudi&#243; en son de burla.

&#191;Qu&#233; me impedir&#237;a degollarte mientras duermes y darme a la fuga? -a&#241;adi&#243; la mujer.

Podr&#237;as hacerlo -admiti&#243; Telam&#243;n-, aunque luego las Furias te perseguir&#237;an.

La pelirroja se ech&#243; a re&#237;r. Sacudi&#243; la cabeza.

No creo en ellas.

Te convertir&#237;as en una pr&#243;fuga: pobre, vulnerable y condenada a vagar por el desierto. Has hecho tus c&#225;lculos y has decidido que estar&#225;s mejor conmigo que si te quedas aqu&#237; o vas a alguna otra parte. &#191;Me equivoco?

La mujer se lami&#243; los labios.

Me gustar&#237;a poder beber un poco de agua fresca y limpia -comunic&#243; se&#241;alando con el pulgar por encima del hombro-. Me dan pena esos pobres diablos. No puedo marcharme sin m&#225;s.

S&#237; que puedes. En los meses venideros, dejar&#225;s atr&#225;s muchas cosas. -Telam&#243;n hizo una pausa-. No te puedo prometer nada, pero ver&#233; lo que puedo hacer. &#191;Vienes o no? &#161;El olor es realmente insoportable! -exclam&#243; espantando a un t&#225;bano.

Ens&#233;&#241;ame el camino, amo -se mof&#243; la mujer-. &#191;Debo caminar delante o detr&#225;s de ti? &#191;O he de trotar a tu lado como un buen perro?


Me llamo Telam&#243;n. D&#243;nde camines y c&#243;mo camines es cosa tuya.

El f&#237;sico se acerc&#243; a la puerta y levant&#243; la tranca. Mientras sal&#237;an, el soldado les dio la espalda y solt&#243; un escupitajo. Telam&#243;n sacudi&#243; la cabeza y continu&#243; caminando.

&#191;Qu&#233; ocurre? -le pregunt&#243; la pelirroja-. Pareces intrigado.

Nada -murmur&#243; Telam&#243;n-. Te lo ense&#241;ar&#233; en un minuto.

Dejaron atr&#225;s la jaula de los esclavos y entraron en el campamento. No hab&#237;a caminado ni veinte pasos cuando comenzaron los silbidos y las cuchufletas.

&#161;Eh, pelirroja! -grit&#243; un soldado que se levant&#243; la t&#250;nica para dejar a la vista los genitales-. &#191;Te apetece una salchicha?

No, gracias. &#161;S&#243;lo como las m&#225;s gordas!

La r&#233;plica provoc&#243; la hilaridad general. Pasaron por delante de tiendas y puestos. Grupos de soldados formaban c&#237;rculos donde jugaban a los dados o compart&#237;an un &#225;nfora de vino. Una contorsionista, una joven con un cuerpo esquel&#233;tico, bailaba una danza ex&#243;tica acompa&#241;ada por la m&#250;sica de un tamboril y una flauta. Los hombres bat&#237;an palmas al comp&#225;s de la m&#250;sica y, cuando Telam&#243;n y su compa&#241;era pasaron, invitaron a la mujer a que se sumara a la fiesta. El f&#237;sico la cogi&#243; de la mu&#241;eca y se sinti&#243; complacido cuando ella no apart&#243; el brazo.

&#191;C&#243;mo te llamas?

Casandra.

&#201;se no es tu nombre verdadero, &#191;me equivoco?

Casandra era una profetisa de las desgracias -replic&#243; ella-. Ese es mi nombre ahora y siempre lo ser&#225;. Es el &#250;nico -advirti&#243; acercando su rostro al de Telam&#243;n-es el &#250;nico al que responder&#233;.

Telam&#243;n hizo una mueca al oler el hedor de la mujer y ella se apart&#243;.

He intentado mantenerme limpia, pero esta t&#250;nica es la &#250;nica que tengo. No me he ba&#241;ado en meses. Cuando nos sacaron de Tebas, nos permitieron vadear un r&#237;o. &#161;Mi &#250;ltimo ba&#241;o!

&#191;Qu&#233; sabes hacer aparte de la medicina? -pregunto Telam&#243;n.

S&#233; cantar y bailar.

&#161;S&#243;lo responde a la pregunta!

Casandra sonri&#243;, con una mirada rebosante de picard&#237;a.

S&#233; medicina, preparar hierbas y ung&#252;entos. S&#233; cauterizar una herida. He cosido carne.

&#191;Y venas?

S&#243;lo en dos ocasiones, pero fracas&#233;. El hombre se desangr&#243; hasta morir. Un carro le hab&#237;a aplastado una pierna y uno de los f&#237;sicos se la amput&#243;.

El mismo problema de siempre -afirm&#243; Telam&#243;n, que se daba cuenta de que los soldados comenzaban a rodearlos, atra&#237;dos por Casandra.

&#161;Una pieza de plata, se&#241;or! -grit&#243; uno de ellos-. &#161;Le dar&#233; una pieza de plata si me la presta hasta la ma&#241;ana!

Telam&#243;n levant&#243; el sello real. Los soldados se apartaron con un murmullo de protesta. Casandra se qued&#243; boquiabierta.


&#191;Eres un f&#237;sico real? &#191;Uno de la compa&#241;&#237;a del Diablo Cornudo?

Telam&#243;n apoy&#243; un dedo en los labios de la pelirroja. Hab&#237;a escuchado en otras ocasiones el mote que hab&#237;an puesto a Alejandro, quiz&#225; por la manera que se peinaba los cabellos hacia adelante o por el yelmo que llevaba, que ten&#237;a la forma de una cabeza de carnero.

Tendr&#237;as que tener m&#225;s cuidado con lo que dices, Casandra. &#161;Mant&#233;n los ojos abiertos y la boca cerrada!

La joven se apart&#243;.

Es un buen consejo para una muchacha. Dime una cosa. &#191;Por qu&#233; parec&#237;as tan intrigado en la jaula de los esclavos? Sacud&#237;as la cabeza cuando nos marchamos.

Todos los soldados que pasamos -replic&#243; Telam&#243;n mientras caminaba-, te han silbado, gritado, hecho gestos obscenos o han pretendido pasar la noche conmigo. El centinela de la jaula s&#243;lo desvi&#243; la mirada.

Quiz&#225; le gusten los chicos bonitos -murmur&#243; Casandra-. A muchos soldados les gustan. Un bonito par de nalgas y creen que est&#225;n en el El&#237;seo. T&#250; no eres as&#237;, &#191;verdad, Telam&#243;n?

El f&#237;sico no le hizo caso y se apart&#243; cuando un mozo de cuadra apareci&#243; con un nervioso corcel por la angosta callejuela. Luego continu&#243; caminando a toda prisa, lo que oblig&#243; a Casandra a trotar para mantenerse a la par. Los centinelas les permitieron pasar al recinto real. Una vez m&#225;s se escucharon los silbidos y los gritos. Ptolomeo se les acerc&#243; d&#225;ndose aires de importancia.

&#191;Consuelo hogare&#241;o, Telam&#243;n?

General Ptolomeo, &#233;sta es Casandra. Una asistente del templo de Atenea en Tebas.

Ptolomeo mir&#243; a la mujer de los pies a la cabeza. Casandra carraspe&#243; sonoramente. Telam&#243;n la oblig&#243; a seguir caminando de un empell&#243;n.

&#191;Ya est&#225;s celoso, Telam&#243;n? -le grit&#243; Ptolomeo.

Casandra se volvi&#243; con los ojos brillantes de furia.

&#161;No soy una perra! &#191;Por qu&#233; has hecho eso?

&#161;Ibas a escupirle! -replic&#243; Telam&#243;n.

&#201;l dirigi&#243; el ataque contra Tebas -respondi&#243; Casandra rabiosa-. Dioses, nunca cre&#237; que me dar&#237;an la oportunidad de cortar tantas gargantas. Espero que caiga enfermo.

Telam&#243;n la empuj&#243; al interior de la tienda sin hacer caso del silbido del centinela. Se acerc&#243; r&#225;pidamente a su cofre, levant&#243; la tapa y sac&#243; una daga. Casandra se mantuvo firme cuando &#233;l apret&#243; la punta de la daga contra su garganta.

&#191;Quieres morir? -le pregunt&#243; Telam&#243;n-. Porque la manera de hacerlo que te ofrezco ahora es r&#225;pida. Ptolomeo te mandar&#237;a a crucificar. &#191;Te gustar&#237;a? &#191;En lo alto del acantilado? -le pregunt&#243; dando la vuelta a la daga y ofreci&#233;ndosela por el mango-. Si quieres, puedes cortarte t&#250; misma la garganta. Te prometo que me ocupar&#233; de tus cenizas.

Quiero un poco de agua.

Telam&#243;n se acerc&#243; al c&#225;ntaro de agua, cogi&#243; un cuchar&#243;n y llen&#243; un vaso. Casandra bebi&#243; con ansia y se ech&#243; el resto en el rostro.

&#191;Te comportar&#225;s? -insisti&#243; Telam&#243;n-. Soy un extra&#241;o -a&#241;adi&#243;-, pero podemos ser amigos. Te juro por la vida de mi padre, por el alma de mi padre, por el cielo y la tierra, por todo lo que se supone sagrado, que no tienes nada que temer de m&#237;. No te quiero como compa&#241;era de cama o como una esclava, sino como mi ayudante. Si eso no te agrada, piensa en nosotros como dos soldados, espalda contra espalda. Yo protejo la tuya y t&#250; proteges la m&#237;a.

He escuchado unas cuantas propuestas en mi vida, pero &#233;sta es la mejor -respondi&#243; sonri&#233;ndole y bes&#225;ndole la mano.

Bien. Ahora escucha -dijo Telam&#243;n se&#241;alando con un gesto el interior de la tienda-. Aqu&#237; es donde dormir&#225;s. Mandar&#233; que te traigan otro catre. Puedes preparar mi comida o yo preparar&#233; la tuya. Vigila todo lo que comes y bebes, lo que incluye el agua que te acabo de servir. Mant&#233;n las cosas ordenadas. Si no lo hago, d&#237;melo. Aqu&#237; no puedes escupir ni limpiarte la nariz, las orejas o cualquier otro orificio de tu cuerpo. Si quieres ir a las letrinas, el centinela que est&#225; afuera te acompa&#241;ar&#225;. &#161;Apestas! -exclam&#243; acerc&#225;ndose de nuevo al cofre y sacando un frasco peque&#241;o-. Esto es algo parecido a un perfume. Yo tambi&#233;n lo uso -apunt&#243; sonriendo-. Como sabes, Hip&#243;crates recomienda a los f&#237;sicos que huelan bien.

Cogi&#243; a Casandra por el codo y ella no se resisti&#243; cuando la hizo salir de la tienda. El centinela se levant&#243; de un salto. Era un hombre alto, huesudo, con los ojos llorosos y la boca siempre abierta, pero se mov&#237;a con rapidez.

&#191;Te gusta ser soldado? -le pregunt&#243; Telam&#243;n.

Claro que s&#237;, se&#241;or.

&#191;Quieres una parte del bot&#237;n?

&#191;Qui&#233;n no?

No te gustar&#237;an que te crucificaran, &#191;verdad?

El soldado abri&#243; la boca todav&#237;a m&#225;s.

&#191;Qu&#233; pasa? -tartamude&#243;.

Telam&#243;n apoy&#243; una mano en el hombro de la muchacha.

&#201;sta es Casandra, mi ayudante y amiga. Apesta.

El soldado la oli&#243; como un sabueso.

Me doy cuenta. Huele peor que una vaca.

No me interesa tu vida amorosa -le interrumpi&#243; Casandra.

El hombre se ri&#243; de buena gana.

La llevar&#225;s a los tenderetes -le orden&#243; Telam&#243;n-. Necesita ropa: una t&#250;nica y una capa. Dos mudas, sandalias de marcha y una daga -a&#241;adi&#243; llam&#225;ndole la atenci&#243;n con la mano levantada.

&#191;Qui&#233;n pagar&#225; por todo esto?

Telam&#243;n le entreg&#243; el sello real.

El rey.

El soldado cogi&#243; el sello y lo bes&#243;.

Tambi&#233;n buscar&#225;s un trozo de tela -a&#241;adi&#243; Telam&#243;n mientras pon&#237;a la botellita en la mano de Casandra-. Esta muchacha ir&#225; hasta la playa, donde se desnudar&#225; -precis&#243; sin hacer caso de la exclamaci&#243;n de Casandra-, y nadar&#225; en el mar. Se lavar&#225; y, mientras lo hace, t&#250; te mantendr&#225;s de espaldas a ella. Una sola mirada y estar&#225;s cavando letrinas durante el mes que viene.

El soldado con un gesto burl&#243;n invit&#243; a Casandra a que le precediera.

&#191;Si la se&#241;ora me hace el favor?

Telam&#243;n les observ&#243; marchar y luego volvi&#243; al interior de la tienda. Cogi&#243; una jarra llena de agua ligeramente salada y destilada con hierbas, se acerc&#243; a la entrada y se lav&#243; la cara y las manos. Acabada la higiene personal, ech&#243; un vistazo a su alrededor para comprobar que todo estaba en orden y se acost&#243; en la cama. Ten&#237;a hambre y se sent&#237;a un tanto cansado. Con el fondo de los mil y un sonidos del campamento, dej&#243; vagar la mente. Estaba seguro de haber tomado la decisi&#243;n acertada. Hab&#237;a algo en Casandra. Era calculadora, probablemente tortuosa; ten&#237;a que serlo para sobrevivir, pero no era ninguna tonta. &#191;Ser&#237;a capaz de controlar la lengua y ocultar sus verdaderos sentimientos?

Telam&#243;n se qued&#243; dormido. Cuando se despert&#243;, Casandra estaba sentada en un taburete al pie de la cama. Lo miraba fijamente, con la daga en la mano. El f&#237;sico se sent&#243;.

&#191;Estabas pensando en hacerlo?

La mujer se hab&#237;a recogido la larga cabellera roja en un mo&#241;o. Su rostro se ve&#237;a limpio, lo mismo que las manos, y las u&#241;as bien limadas con la daga. Vest&#237;a una sencilla t&#250;nica marr&#243;n con un cord&#243;n en la cintura. Iba calzada con unas recias sandalias.

&#191;Qui&#233;n eres? -pregunt&#243; Telam&#243;n-. Me gustar&#237;a ligarte con un juramento.

&#191;D&#243;nde est&#225; mi carta de libertad? -replic&#243; ella.

Mandar&#233; a un escriba que la redacte. Ah, por cierto, &#191;d&#243;nde est&#225; el sello?

Casandra desat&#243; la peque&#241;a bolsa que llevaba colgada del cord&#243;n, sac&#243; el sello y se lo entreg&#243;.

Har&#233; escribir la carta -repiti&#243; Telam&#243;n- y la guardar&#233; en un lugar seguro. &#191;Crees en los dioses, Casandra?

La pelirroja sacudi&#243; la cabeza en&#233;rgicamente.

Nunca he cre&#237;do en ello. Cuando Tebas fue saqueada, desaparecieron las &#250;ltimas dudas. Fue terrible, espantoso, las calles estaban abarrotadas de soldados. Eran carniceros que iban de casa en casa. En algunos lugares, la sangre llegaba a los tobillos. Sal&#237; del templo para ir al p&#243;rtico. Lo &#250;nico que se ve&#237;a era escudos y espadas. Un mar de yelmos. El hierro que centelleaba al sol, ba&#241;ado en sangre. Se mov&#237;an entre los ciudadanos como matarifes entre las ovejas. Nadie se salv&#243;; luego quemaron la ciudad. El olor a carne quemada lo impregnaba todo. Cualquier cosa que com&#237;as o beb&#237;as ten&#237;a su sabor. &#161;Todo por la glor&#237;a de Macedonia!

Tebas no tendr&#237;a que haberse rebelado.

&#161;Tus ojos me dicen que ni t&#250; te lo crees! El macedonio quer&#237;a que fuera un escarmiento. Quer&#237;a aterrorizar a toda Grecia. Alejandro es un gran asesino. &#161;Come sangre!

No lo dir&#225;s en su presencia.

&#161;No, pero lo dir&#233; en mi alma durante el resto de mi vida!



CAP&#205;TULO VI

Filipo fue sucedido por su hijo Alejandro, un pr&#237;ncipe mayor que su padre tanto en virtudes como en vicios.

Marco Juniano Justino, Historia del mundo, libro 9, cap&#237;tulo 8



H&#233;rcules se adentr&#243; en el bosque, que era as&#237; como lo llamaba, aunque en realidad no era m&#225;s que un grupo de &#225;rboles a sus buenos diez estadios del campamento. Mir&#243; hacia el camino recorrido. El terreno era irregular y la visi&#243;n estaba oscurecida por los &#225;rboles dispersos y los arbustos y matorrales. Muy pocas personas pasaban por aqu&#237;; la zona estaba salpicada de pantanos, marismas, pozos y ci&#233;nagas, y los heraldos del campamento hab&#237;an pregonado que era lugar peligroso despu&#233;s de que se ahogaran dos arqueros. En cualquier caso, el enano deseaba estar solo. Observaba cuidadosamente el suelo: era duro, recocido por el sol. Conoc&#237;a las se&#241;ales de peligro: los primeros brotes de un verde brillante. Uno de esos lugares lo ten&#237;a delante, a s&#243;lo un tiro de piedra, donde la hierba crec&#237;a alta, flexible y fresca. A H&#233;rcules le gustaba estar solo. El campamento le pon&#237;a nervioso y, aunque su amo era poderoso, H&#233;rcules era objeto de continuas bromas. &#161;Ven aqu&#237;, chico! -le gritaba un soldado-. &#161;Tengo un trabajo para ti!

H&#233;rcules cogi&#243; la peque&#241;a bota que llevaba al hombro, le quit&#243; el tap&#243;n y bebi&#243; el vino &#225;spero. Quiz&#225; se emborrachar&#237;a, dormir&#237;a la mona y regresar&#237;a al campamento al anochecer. Sent&#237;a una profunda l&#225;stima de s&#237; mismo. Le gustaban los palacios, con los sombr&#237;os y limpios pasillos, las puertas y las ventanas por las que pod&#237;a colarse, los ojos de las cerraduras y las grietas por donde pod&#237;a escuchar. En cambio, en terreno abierto, en un campamento maloliente, &#191;para qu&#233; serv&#237;a? Era muy dif&#237;cil espiar en las tiendas; siempre ten&#237;a que tomar muchas precauciones. Si alguien descubr&#237;a su sombra en la lona de una tienda en la que no ten&#237;a ning&#250;n derecho a estar El enano se sent&#243; en una piedra y se quit&#243; un insecto de la barba. Aristandro se hab&#237;a enfadado con &#233;l.

&#161;Descubre esto! &#161;Ent&#233;rate de aquello! -le hab&#237;a gritado-. Se supone que t&#250; eres mi peque&#241;o gato, H&#233;rcules, y no has sido capaz de averiguar nada!

&#161;Eso no es verdad! -le hab&#237;a respondido en el huerto desierto-. &#161;Eso es una maldita mentira!

&#201;l hab&#237;a intentado espiar, pero era muy dif&#237;cil; hab&#237;a tenido suerte con Leontes. H&#233;rcules se hab&#237;a colado en la tienda y, cuando alguien entr&#243;, se hab&#237;a ocultado r&#225;pidamente debajo de la cama, donde hab&#237;a encontrado las dairicas de oro y las comprometedoras cartas que Leontes hab&#237;a ocultado. H&#233;rcules se sorbi&#243; los mocos. En realidad, muchos de los que ahora estaban en el campamento griego hab&#237;an estado en alg&#250;n momento al servicio de Persia. Todos los d&#237;as llegaban nuevos contingentes de mercenarios, adem&#225;s de la muchedumbre que acostumbraba a seguir a las tropas atra&#237;da por la perspectiva de participar en el pillaje: adivinos de tierra adentro, hombres escorpi&#243;n de Egipto, ladrones y timadores, mendigos profesionales y toda clase de delincuentes.

Acuden como moscas a una bo&#241;iga fresca -murmur&#243; H&#233;rcules, apenado.

Hab&#237;a dicho lo mismo a Aristandro mientras su amo se vest&#237;a con la peluca dorada y el vestido de mujer: El peque&#241;o secreto del custodio de los secretos del rey, afirmaba divertido cada vez que lo hac&#237;a. Si el rey no lo necesitaba, Aristandro se maquillaba el rostro, se pintaba los labios y se pon&#237;a la peluca, el vestido y una capa. Le encantaban los zapatos con tacones de las hetairas, las cortesanas de Atenas, adem&#225;s de los brazaletes y anillos. &#161;Aristandro era un tipo extra&#241;o! Su amo insinuaba que era un maestro de la magia negra y que pod&#237;a invocar a los demonios, pero H&#233;rcules no se lo cre&#237;a. Aristandro era un maestro del enga&#241;o. El enano tem&#237;a que su amo se cansara de &#233;l y decidiera contratar a otro esp&#237;a. Incluso hab&#237;a visto a algunos enanos entre los reci&#233;n llegados. Hab&#237;a advertido a su amo sobre esas nuevas incorporaciones, pero Aristandro no le hab&#237;a hecho caso.

El solo hecho de haber estado en Persia, no te convierte en un traidor -le hab&#237;a contestado Aristandro con la aguda voz de falsete que utilizaba como parte del disfraz. Y d&#225;ndole un golpecito en el pecho, prosigui&#243;-: tu trabajo, enanito m&#237;o, es descubrir a los traidores. Quiero saber por qu&#233; los sacrificios no son perfectos y, sobre todo, qui&#233;n est&#225; matando a nuestros gu&#237;as.

H&#233;rcules ten&#237;a sus &#243;rdenes. Hab&#237;a salido como una rata que husmea en la basura. Hasta ahora, hab&#237;a capturado presas peque&#241;as, como Leontes. Si le dejaran hacer, H&#233;rcules detendr&#237;a a todos los f&#237;sicos. El enano los odiaba. Siempre le miraban como una curiosidad, como a un monstruo. Bien, &#161;a los f&#237;sicos les valdr&#237;a m&#225;s no charlar tanto! S&#243;lo estaban aqu&#237; porque Alejandro lo hab&#237;a ordenado y porque no ten&#237;an ning&#250;n otro lugar donde ir. Telam&#243;n era diferente. H&#233;rcules bebi&#243; otro trago de vino. Le gustaba Telam&#243;n: distante, un tanto fr&#237;o, pero bondadoso, un hombre que le hablaba como a cualquier otro hombre, y no como a algo rid&#237;culo.

Aristandro pensaba de otra manera. Su amo le hab&#237;a se&#241;alado con una u&#241;a pintada.

Cr&#233;eme, H&#233;rcules -le hab&#237;a susurrado, mientras le sujetaba por el hombro haci&#233;ndole estornudar por el fuerte olor de su perfume-. Telam&#243;n es un hombre muy peligroso.

&#191;Por qu&#233; raz&#243;n, amo? -pregunt&#243; H&#233;rcules, que ten&#237;a algunas veces la impresi&#243;n de que al custodio de los secretos le agradaba la idea de verse como a un nuevo S&#243;crates, con su constante juego de preguntas y respuestas.

Porque Telam&#243;n no tiene miedo de Alejandro -respondi&#243; Aristandro dej&#225;ndose caer en un div&#225;n-. Y lo que es m&#225;s importante, no me tiene miedo. Por dos buenas razones, y te puedo dar m&#225;s si quieres. Telam&#243;n no cree en los dioses.

Ni en la magia negra -a&#241;adi&#243; H&#233;rcules c&#237;nicamente.

Aristandro le hab&#237;a dado una bofetada por el comentario.

Si &#233;l no cree en los dioses, hombrecillo, &#191;c&#243;mo puede creer que Alejandro es hijo de un dios destinado a la gloria? Por &#250;ltimo -a&#241;adi&#243; Aristandro-, Telam&#243;n piensa por su cuenta. Oh, lo s&#233; todo de &#233;l. Cree en aquello que ve y siempre analiza todo lo que cree.

&#191;Por qu&#233; Alejandro le invit&#243; a venir? -pregunt&#243; el enano.

&#161;No te hagas el est&#250;pido! Es obvio. A Telam&#243;n, no se le puede sobornar. Si da su palabra, la mantendr&#225;. Es un amigo de la juventud y, por encima de todo, dice a Alejandro la verdad y, como hemos discutido antes, eso puede ser muy peligroso.

H&#233;rcules inspir&#243; profundamente; goz&#243; con la fragancia. Le pesaban los p&#225;rpados.

&#191;Por qu&#233; Telam&#243;n abandon&#243; Mieza? -pregunt&#243;.

Aristandro, acomodado en su pose femenina favorita, con un codo apoyado en uno de los cojines del div&#225;n y los dedos separados, imit&#243; el gesto elegante y displicente de una cortesana.

Eso, mi querido enano, es algo que me encantar&#237;a saber. Es hijo de uno de los capitanes de Filipo, uno de sus favoritos, llamado Margolis, as&#237; que Telam&#243;n se uni&#243; a Alejandro en la escuela de Arist&#243;teles en los huertos de Mieza. &#161;Arist&#243;teles! -exclam&#243;-. Ese arrogante y zanquilargo fil&#243;sofo. La cuesti&#243;n es que un d&#237;a se present&#243; Margolis y se llev&#243; a su hijo, y aquel fue el final de la historia.

&#191;Qu&#233; edad ten&#237;a Telam&#243;n?

Era un poco mayor que Alejandro. Unos catorce o quince a&#241;os. Ni siquiera Olimpia sabe la verdad. Intent&#243; sonsacarlo a Filipo pero &#233;l no solt&#243; prenda.

Se quebr&#243; una ramita. H&#233;rcules se volvi&#243; r&#225;pidamente. Dej&#243; la bota en el suelo y busc&#243; la larga daga que llevaba sujeta al cintur&#243;n. Mir&#243; entre el follaje. El miedo le hel&#243; el sudor en la espalda. &#191;Le hab&#237;an seguido desde el campamento? No hab&#237;a nadie capaz de seguir a H&#233;rcules. &#191;Quiz&#225;s &#233;ste era diferente? &#191;Se tratar&#237;a de alguno a los que hab&#237;a interrogado? Un p&#225;jaro remont&#243; el vuelo. H&#233;rcules exhal&#243; un suspiro y volvi&#243; a sumirse en sus reflexiones. Su amo estaba descontento. Le hab&#237;a ordenado que averiguara todo lo posible sobre el f&#237;sico, pero Telam&#243;n era desconfiado como un gato y astuto como una mangosta. No era dado a los cotilleos y a la charla; su comportamiento con aquel paje lo hab&#237;a dejado claro. H&#233;rcules hab&#237;a intentado ganarse su confianza, pero Telam&#243;n hab&#237;a dado sobradas pruebas de que prefer&#237;a compon&#233;rselas solo. Incluso hab&#237;a ido en persona a la jaula de los esclavos y hab&#237;a vuelto con aquella pelirroja. El enano se llev&#243; las manos a la entrepierna. La esclava ten&#237;a muy buen cuerpo, y eso era otra de las cosas que H&#233;rcules echaba de menos: a las damas de la corte que, despu&#233;s de unas cuantas copas, se mostraban pr&#243;digas con sus favores. Aristandro le hab&#237;a advertido que se mantuviera apartado de las prostitutas que segu&#237;an al ej&#233;rcito.

&#161;Tienen todas las enfermedades que hay bajo el sol y m&#225;s! -hab&#237;a afirmado-. &#161;No quiero que traigas aqu&#237; su inmundicia!

A Aristandro le encantaba imitar a las mujeres, pero les ten&#237;a miedo, y Olimpia le aterrorizaba. &#161;Olimpia! En m&#225;s de una ocasi&#243;n, hab&#237;a intentado decir su nombre al rev&#233;s. &#191;C&#243;mo era? Ah, s&#237;, AIPMILO. &#161;No ten&#237;a sentido! A H&#233;rcules le gustaba much&#237;simo este juego. Entonces pas&#243; a preocuparse por el esp&#237;a Naihpat. Dicho a la inversa, se convert&#237;a en Taphian. Vaya, &#191;d&#243;nde hab&#237;a escuchado antes ese nombre?

Bebi&#243; otro trago de vino. Si consegu&#237;a descubrir la identidad del traidor, su amo le recompensar&#237;a, se olvidar&#237;a de los insultos y los golpes, y quiz&#225;s incluso le dar&#237;a dinero para que fuera a visitar algunos de los burdeles en Sestos. H&#233;rcules se lami&#243; los labios. Naihpat, Taphian. &#191;Qu&#233; significaban? El enano sab&#237;a leer y escribir, pero, desde que Aristandro lo hab&#237;a sacado del teatro ambulante, la mayor&#237;a de su educaci&#243;n hab&#237;a consistido en escuchar en las puertas y ventanas de otras personas.

El gorjeo de los p&#225;jaros le molestaba. Alguna criatura se desliz&#243; entre las hierbas, y vio fugazmente una piel. En honor a la verdad, se dijo H&#233;rcules, estoy borracho. Escuch&#243; un sonido detr&#225;s de &#233;l, pero tard&#243; en volverse porque estaba tapando la bota. Luego mir&#243; por encima del hombro. La red ya volaba por el aire. Cay&#243; cubriendo al enano. Cuanto m&#225;s se debat&#237;a, m&#225;s se enredaba en las mallas. H&#233;rcules consigui&#243; levantarse, pero volvi&#243; a caer. Vislumbr&#243; una sombra y grit&#243; cuando recibi&#243; el primer garrotazo, que le aplast&#243; la sien. Todav&#237;a gritaba cuando perdi&#243; el conocimiento. El asesino continu&#243; descargando golpes hasta convertir el cr&#225;neo de H&#233;rcules en una masa sanguinolenta de hueso y sesos.



* * *


Casandra at&#243; el vendaje en la mu&#241;eca de Telam&#243;n.

No estoy de acuerdo -dijo el f&#237;sico desatando el nudo-. Est&#225; demasiado apretado. Dificulta la circulaci&#243;n de la sangre y no permite que la herida respire. Adem&#225;s, si no se ha limpiado correctamente, tambi&#233;n sellar&#225; la putrefacci&#243;n en el interior. &#191;Cu&#225;ntas veces la cambiar&#237;as?

Una vez cada dos d&#237;as -respondi&#243; Casandra, cuyos ojos verdes mostraron una expresi&#243;n divertida-. &#191;Vas a decirme que est&#225; mal?

Para un simple corte est&#225; bien, pero &#191;para una herida? Yo cambiar&#237;a el vendaje, si es posible, al menos una vez al d&#237;a, quiz&#225;s incluso dos veces. Limpiar&#237;a la herida con una mezcla de vino fuerte, sal y miel.

A pesar de los dedos callosos, el toque de Casandra era suave. Desde su estallido contra Alejandro, Telam&#243;n hab&#237;a desviado amablemente la conversaci&#243;n hacia otros temas y la hab&#237;a interrogado a fondo sobre sus conocimientos de medicina.

Has aprendido mucho. Te felicito -manifest&#243;.

Hubiese aprendido mucho m&#225;s si Alejandro no hubiera incendiado Tebas -protest&#243; Casandra encogi&#233;ndose de hombros-. Ahora parece que continuaremos con mi excelente educaci&#243;n. &#191;Est&#225;s seguro de que no me quieres como tu compa&#241;era de cama?

Telam&#243;n le dio un golpecito muy cari&#241;oso en la barbilla.

Si respondo que s&#237;, t&#250; dir&#225;s que no. Si digo que no, t&#250; pondr&#225;s el grito en el cielo.

&#191;Qu&#233;? &#191;Acaso no soy bonita? No estoy diciendo que quiera serlo, pero &#191;no soy bonita?

Telam&#243;n observ&#243; su rostro fuerte, limpio pero con la piel estropeada por el viento y el sol; algo p&#225;lida y con las mejillas un tanto hundidas por la desnutrici&#243;n.

Eres bien parecida -replic&#243;-. Tendr&#237;as que comer un poco m&#225;s, recuperar peso. &#191;Tu familia muri&#243; en Tebas?

Casandra se tir&#243; suavemente de la cabellera.

No tengo familia. Cuando nac&#237;, me dejaron abandonada en la escalinata del templo de Atenea, la pr&#225;ctica habitual. Los guardias del templo me tomaron por la hija de un celta, posiblemente alguno de los mercenarios que contrataba la ciudad. Mi madre quiz&#225;s era la hija, o la esposa, de alg&#250;n respetable comerciante tebano. &#161;Te vas a re&#237;r! -exclam&#243; mirando de soslayo a Telam&#243;n-. Yo era el huevo de un cuervo colado en un nido ajeno. Si mi piel hubiese sido morena y mis cabellos oscuros, hubiese resultado m&#225;s f&#225;cil de ocultar. Hay muchos hombres que no saben a ciencia cierta qui&#233;nes son sus padres, y supongo que lo mismo ocurre con muchas mujeres. Sin embargo, en una ciudad de personas de cabellos oscuros, un beb&#233; con la piel clara y los cabellos rojos es algo que no es sencillo explicar.

Es un milagro que no te pasara nada -opin&#243; Telam&#243;n-. Los guardianes de los templos no son precisamente las m&#225;s bondadosas de las personas.

Ten&#237;a una lechuza apretada en mi peque&#241;o pu&#241;o -explic&#243; la muchacha-, y otro amuleto id&#233;ntico colgado alrededor del cuello, as&#237; que los guardias sab&#237;an que hab&#237;a sido consagrada a Atenea; eso pasa con algunos de los beb&#233;s que abandonan. En cambio, casi todos los dem&#225;s escapan en cuanto pueden.

&#191;Por qu&#233; no escapaste?

&#191;Adonde pod&#237;a huir? Me consideraban un monstruo. Todo el mundo sab&#237;a, cuando -Casandra hizo una pausa.

Telam&#243;n estaba seguro de que iba a revelarle su verdadero nombre.

 incluso cuando iba al mercado -continu&#243;-, los chiquillos me segu&#237;an y me gritaban cosas -confes&#243; Casandra mientras cog&#237;a la venda y la enrollaba cuidadosamente-. En cualquier caso, me gustaba el templo. Ten&#237;a una habitaci&#243;n, una muda de ropa, buena comida y la gratitud de los pacientes. Disfrutaba con mi trabajo, casi nunca sal&#237;a de Tebas y, de no haber sido por Alejandro, probablemente habr&#237;a muerto all&#237;, de vieja o de puro aburrimiento. &#191;Qu&#233; me dices de ti, amo?

Telam&#243;n. Mi nombre es Telam&#243;n.

S&#237;, amo.

Bien, supongo que ser&#225; mejor que te lo cuente. As&#237; no tendr&#225;s que escuchar las invenciones de Ptolomeo -manifest&#243; Telam&#243;n exhalando un suspiro-. Mi padre era comandante de brigada en los Compa&#241;eros de a pie. Se llamaba Margolis. Era alto, con los cabellos negros como el plumaje del cuervo. Era compa&#241;ero de copas de Filipo, un feroz guerrero, valiente como el que m&#225;s en las batallas. Filipo envi&#243; a su hijo Alejandro a los huertos de Mieza, un para&#237;so rural, donde Cleito el Negro se encargar&#237;a de ense&#241;arle instrucci&#243;n militar, y recibir&#237;a la mejor educaci&#243;n que pod&#237;a ofrecer Atenas a trav&#233;s de Arist&#243;teles, el fil&#243;sofo -precis&#243; antes de hacer una pausa-. Se escogieron algunos compa&#241;eros que le acompa&#241;ar&#237;an. Yo fui uno de ellos. Estuve all&#237; durante tres a&#241;os. No quer&#237;a abandonar a mi madre -confes&#243; exhalando un suspiro nost&#225;lgico-. Yo era hijo &#250;nico, o al menos lo era en aquel momento. Estaba destinado a ser un erudito y un guerrero, as&#237; que la mitad de mi vida era agradable. Era un excelente estudiante. Sin embargo, cuando se trataba de las armas, de c&#243;mo manejar la daga, de la mejor manera de empu&#241;ar una lanza o arrojar la jabalina, era un inepto absoluto.

&#191;Eras un cobarde?

Telam&#243;n se rasc&#243; la barbilla.

S&#237;, se podr&#237;a decir que lo era. No me gustaba que me hirieran. No encontraba el menor sentido a causar heridas a otras personas. Prefer&#237;a sentarme a los pies de Arist&#243;teles y preguntarle cosas como: &#191;Qu&#233; fue primero, el d&#237;a o la noche? &#191;Por qu&#233; el sol sale por el este y se pone por el oeste? &#191;El mundo era un plato colgado entre el cielo y el infierno? &#191;Qui&#233;nes eran los dioses?.

&#191;Eras bueno haciendo preguntas?

Arist&#243;teles dec&#237;a que ten&#237;a un ojo infalible para los s&#237;ntomas.

&#191;A qu&#233; se refer&#237;a?

Me hac&#237;a estudiar algo y despu&#233;s deb&#237;a decirle lo que hab&#237;a aprendido con mis observaciones. &#191;Por qu&#233; un grupo de &#225;rboles se inclina a la izquierda y no hacia la derecha? &#191;Era esto obra del viento? &#191;Se trataba de que las ramas buscaban el sol? Si un caballo galopaba de determinada manera, recogiendo las patas delanteras o volviendo la cabeza hacia un lado, &#191;qu&#233; significaba? Luego preguntaba cosas de los sirvientes. &#191;Por qu&#233; aquella persona pon&#237;a los ojos en blanco? &#191;Qu&#233; pod&#237;a deducir de las manos de aquella mujer? Yo disfrutaba much&#237;simo -aclar&#243; riendo suavemente-. Arist&#243;teles no sab&#237;a gran cosa del cuerpo humano, pero intentaba hacer creer lo contrario. Le intrigaba saber c&#243;mo flu&#237;a la sangre. &#191;Era algo controlado por el cerebro, el coraz&#243;n o alg&#250;n otro humor corporal?

&#191;Qu&#233; pasaba con Alejandro?

&#201;l me proteg&#237;a en el campo de ejercicios y, por mi parte, yo le ayudaba en sus estudios. Ambos le&#237;mos la Il&#237;ada. Alejandro todav&#237;a est&#225; obsesionado con la obra -a&#241;adi&#243; con un tono desabrido-. Me encanta el poema, la forma en que los dioses se involucran en los asuntos humanos. Alejandro estaba fascinado con mi teor&#237;a de que Hornero ten&#237;a que haber sido un f&#237;sico por su exactitud en la descripci&#243;n de las heridas. Sol&#237;amos quedarnos levantados hasta altas horas de la noche, entretenidos en discutir las diferentes batallas. La madre de Alejandro le llen&#243; la cabeza con la historia de que Aquiles era su antepasado y, por lo tanto, tambi&#233;n el suyo. Alejandro comenz&#243; a creer que &#233;l era Aquiles, un dios-hombre inmortal, el mayor de los guerreros en el mundo. A m&#237;, por supuesto, me toc&#243; el papel de Patroclo, el compa&#241;ero y amante de Aquiles.

&#191;Erais amantes?

Oh, nos abraz&#225;bamos, nos sent&#225;bamos cogidos del brazo o camin&#225;bamos cogidos de la mano. Siempre me pareci&#243; algo un tanto rid&#237;culo. Le dije a Alejandro que yo no era su Patroclo, pero que alg&#250;n d&#237;a lo encontrar&#237;a.

&#191;Y ahora lo tiene en Hefesti&#243;n?

Telam&#243;n asinti&#243;. Chasque&#243; la lengua sonoramente.

&#191;Por qu&#233; te marchaste?

Por mucho que intente evitarlo -murmur&#243; Telam&#243;n con expresi&#243;n triste-, cada vez que lo explico, y t&#250; eres la segunda mujer a quien se lo digo, las l&#225;grimas acuden a mis ojos. El ej&#233;rcito hab&#237;a regresado a Pella, y mi padre con ellos. &#161;Otra de las grandes victorias de Filipo! Ahora bien, mi padre ten&#237;a la costumbre de presentarse en Mieza a todo galope, con su gran yelmo y la coraza y la falda resplandecientes con la luz del sol. En aquella ocasi&#243;n, no lo hizo. Yo me encontraba en el campo de ejercicios; practic&#225;bamos los lances de esgrima con espada de madera cuando apareci&#243; aquel hombre, con la barba y los cabellos largos. Se qued&#243; all&#237; mir&#225;ndome, con los brazos inm&#243;viles a los costados y los dedos engarfiados. Iba vestido como un campesino con una t&#250;nica y cord&#243;n anudado a la cintura. &#161;Aqu&#233;l es tu padre!, grit&#243; uno de mis compa&#241;eros. Al principio, no me lo pod&#237;a creer. Dej&#233; caer la espada y el escudo y corr&#237; a su encuentro. &#201;l me cogi&#243; y me estrech&#243; contra su pecho. Parec&#237;a diferente, ol&#237;a diferente y sus ojos y la expresi&#243;n de su rostro eran tristes. Sent&#237; miedo. &#191;Le hab&#237;a pasado algo a mam&#225;? &#191;A mi hermano menor? &#191;A mi hermana? &#201;l me apart&#243; un poco, con la mirada fija en mi rostro. No pasa nada, Telam&#243;n, susurr&#243;. Regresas a casa.

&#191;Hab&#237;a pasado algo malo? -pregunt&#243; la pelirroja.

No. Ten&#237;amos una granja muy cerca de Pella y all&#237; la tierra era muy f&#233;rtil, pero mi madre desconfiaba tanto como yo. Me explic&#243; que mi padre hab&#237;a regresado vestido con una sencilla t&#250;nica. Hab&#237;a devuelto las armas, la armadura y el caballo a Filipo. Jur&#243; que nunca m&#225;s volver&#237;a a matar y abandon&#243; el palacio. Filipo crey&#243; que estaba herido, que hab&#237;a recibido un golpe en la cabeza. Vino a visitarnos y Alejandro le acompa&#241;&#243;. Escuch&#233; como discut&#237;an a grandes voces. Filipo, sin embargo, quer&#237;a a mi padre. Manifest&#243; que no se opondr&#237;a a su decisi&#243;n. Si hubiera cualquier cosa que deseara; pero mi padre nunca se lo pidi&#243;. Volvi&#243; a convertirse en un granjero, interesado en las cosechas y los animales. Un d&#237;a lo encontr&#233; con un cordero reci&#233;n nacido. Estaba sentado con la espalda apoyada en una pared. Acunaba al cordero y las l&#225;grimas resbalan por su rostro -apunt&#243; Telam&#243;n sacudiendo la cabeza-. Se hab&#237;a convertido en otra persona. No mataba nada. Dej&#243; de comer carne. Nos permit&#237;a sacrificar un animal para las fiestas, pero nunca probaba la carne. Nunca hablaba del ej&#233;rcito. No quer&#237;a espadas ni escudos en la casa. Nunca visitaba los templos. En cambio, iba hasta los sembrados de cebada, alzaba las manos y, por lo que se me alcanza, adoraba al cielo.

&#191;Nunca descubriste por qu&#233;?

Nunca. Hab&#237;a ocurrido algo que cambi&#243; su vida para siempre. Nunca lo mencion&#243;. Macedonia se ha convertido en el templo de la guerra, coment&#243; en una ocasi&#243;n. T&#250;, Telam&#243;n, nunca seas un soldado. En eso estuvimos de acuerdo -precis&#243; sonriendo-. Yo quer&#237;a estudiar medicina y mi padre puso toda su riqueza a mi disposici&#243;n. Asist&#237; a todas las grandes escuelas m&#233;dicas: Atenas, Corinto, la isla de Cos Durante mis a&#241;os de estudio, murieron mi padre y mi hermano, pero entonces ya me hab&#237;a alejado de mi familia.

Telam&#243;n hizo una pausa cuando escuch&#243; ruidos en el exterior: el toque de una trompeta, los gritos de un oficial y un coro de carcajadas.

Me convert&#237; en un viajero con una inmensa sed de conocimientos, como un granjero que separa el grano malo del bueno, y aprend&#237; todo lo que pude sobre el cuerpo humano -proclam&#243; esbozando una sonrisa-. Mientras lo hac&#237;a, tambi&#233;n aprend&#237; un poco del alma humana. Vagu&#233; como una pluma arrastrada por el viento hasta que visit&#233; Tebas en Egipto. Un lugar de maravillas, Casandra -manifest&#243; sacudiendo la cabeza-: templos y estatuas que se elevan al cielo; obeliscos recubiertos de oro para reflejar la luz del sol; las enormes necr&#243;polis, las casas de la vida en los templos Aprend&#237; much&#237;simo de medicina. Tambi&#233;n encontr&#233; al gran amor de mi vida -confes&#243; advirtiendo la sorpresa en el rostro de Casandra-. Oh s&#237;, am&#233; y fui amado; su nombre era Anula, una muchacha del templo, una &#161;hetaira!

&#191;Era hermosa?

Las doncellas egipcias se afeitan la cabeza. Ella siempre llevaba una peluca empapada de aceite y sujeta con un precioso cordoncillo de plata. Una gargantilla de oro y piedras preciosas rodeaba su cuello. Sab&#237;a cantar y bailar. Era alegre. Ten&#237;a que estar con ella todo el tiempo y ella conmigo -apunt&#243; con un tono &#225;spero de voz.

&#191;Muri&#243;?

No -contest&#243; dejando escapar un suspiro-. Fue asesinada. Mat&#233; al oficial persa que la asesin&#243;. Escap&#233; a Chipre; all&#237; fue donde me encontraron los agentes de Olimpia. Dijeron que me necesitaban en Macedonia, as&#237; que regres&#233; a casa. Viajo ligero de equipo -precis&#243; se&#241;alando a un costado de la tienda-. Mi malet&#237;n de medicina, un par de cofres con libros y manuscritos, las prendas que puedo comprar -en ese momento, Telam&#243;n se inclin&#243; hacia adelante y tirone&#243; de los cabellos de Casandra-. Ah, por cierto, te pagar&#233; por mes, si sobrevivimos. Si nos encontramos con el enemigo y vencemos, las cosas ir&#225;n bien. Si todo indica que seremos derrotados, bueno, hay una cosa que tenemos en com&#250;n, Casandra, buenas piernas: &#161;correremos!

La muchacha se ech&#243; a re&#237;r.

&#191;Viniste aqu&#237; porque Olimpia te lo pidi&#243;?

No, vine aqu&#237; por diversas razones. No ten&#237;a ning&#250;n otro lugar al que ir. Sent&#237;a curiosidad por lo que har&#237;a Alejandro y, para ser del todo sincero, quer&#237;a averiguar lo que le hab&#237;a pasado a mi padre. Espero que Alejandro me lo diga.

Telam&#243;n se volvi&#243; al escuchar el ruido de las armaduras. Levantaron la tela de la entrada de la tienda. Entr&#243; Alejandro. Dio unas palmadas, mir&#243; a su alrededor, y mostr&#243; una sonrisa de oreja a oreja.

He venido a darte las gracias, Telam&#243;n. He dormido como un reci&#233;n nacido -proclam&#243; al tiempo que se acercaba y conten&#237;a a Telam&#243;n cuando amag&#243; levantarse-. Bueno, &#191;qu&#233; opinas de tu paciente?

Alejandro hab&#237;a cambiado. Le hab&#237;an cortado y aceitado la cabellera dorada; ol&#237;a a un perfume ex&#243;tico. Se hab&#237;a vestido con una t&#250;nica blanca con vivos de oro que le llegaba por debajo de las rodillas y recias sandalias de marcha; en la mu&#241;eca izquierda, llevaba una gruesa pulsera de plata con la forma de una pit&#243;n; los anillos resplandec&#237;an en los dedos. Apoy&#243; una mano en el hombro de Telam&#243;n.

&#191;Tus sue&#241;os eran ciertos, Telam&#243;n? No me mentiste, &#191;verdad? -pregunt&#243; inclin&#225;ndose hacia el f&#237;sico-. &#191;Viste a Filipo? &#191;Te dijo que cruzara?

Telam&#243;n asinti&#243;.

&#191;Y el toro? &#191;El sacrificio?

Del blanco m&#225;s puro -contest&#243; Telam&#243;n-. Ha de ser custodiado con gran celo.

Ya he encomendado a Ptolomeo que se ocupe de ello -advirti&#243; Alejandro dando unas palmaditas en el hombro de Telam&#243;n y volvi&#233;ndose hacia Casandra-. &#191;&#201;sta es tu pelirroja? Parece una muchacha fuerte.

&#191;Qu&#233; debo hacer, Su Majestad, arrodillarme?

Telam&#243;n cerr&#243; los ojos. Alejandro prefiri&#243; ignorar el sarcasmo. Sujet&#243; la barbilla de Casandra entre sus manos. Ella lo mir&#243; con fiereza.

T&#250; eres de Tebas, &#191;no es as&#237;? -pregunt&#243; haciendo una mueca-. Aquello fue una lecci&#243;n por su arrogancia. Perd&#237; el control, pero ellos estaban ligados por su juramento.

&#191;Mantendr&#237;as el juramento hecho a un conquistador? -replic&#243; Casandra-. Los que quedan de Tebas viven como cerdos en aquella jaula.

Alejandro lade&#243; la cabeza y observ&#243; atentamente a la muchacha.

&#191;C&#243;mo te llamas?

Casandra.

Ah, la profetisa de las desgracias. &#191;Es tu verdadero nombre?

Es mi nombre.

Me recuerdas un poco a Olimpia, mi madre. &#191;Qu&#233; debo hacer contigo, Casandra? &#191;Abofetearte por tu insolencia?

El f&#237;sico contuvo la respiraci&#243;n. Alejandro parec&#237;a estar furioso con la muchacha.

&#191;Devolverte a la pocilga? Te dir&#233; lo que har&#233; -contest&#243; bajando un poco la voz-. &#161;Aristandro! -exclam&#243; por encima del hombro.

El custodio de los secretos entr&#243; apresuradamente con un peque&#241;o cesto de mimbre en las manos. La mirada de Alejandro no se apart&#243; ni por un instante del rostro de Casandra.

&#161;Destapa el cesto, Aristandro!

El nigromante lo destap&#243;.

Ense&#241;a a Casandra lo que he tra&#237;do.

Aristandro le acerc&#243; el cesto. Alejandro solt&#243; el rostro de Casandra. La muchacha cogi&#243; los objetos que hab&#237;a en el cesto: hebillas para el pelo con forma de saltamontes labradas en plata, un peine de marfil, un espejo de mano con el mango de oro y una jarrita con un tap&#243;n lacrado.

Es una mezcla de ol&#237;bano y almizcle -le explic&#243; Alejandro-. Mis regalos para ti, Casandra. No he tra&#237;do nada para Telam&#243;n -a&#241;adi&#243; sonriendo a la pelirroja con una expresi&#243;n displicente-. &#161;Tienes una lengua muy afilada! Aristandro, ve a la pocilga. Da a cada uno de los prisioneros una pieza de plata, un poco de pan y carne en una servilleta. Se pueden lavar en el mar. Una t&#250;nica -a&#241;adi&#243; el rey, que fue contando con los dedos-, una capa, un par de sandalias y un bast&#243;n para cada uno. Diles que quedan en libertad, que pueden ir donde les plazca.

Casandra continu&#243; mir&#225;ndole con un aire de desaf&#237;o. Alejandro fue a tocarla de nuevo, pero la muchacha se encogi&#243;. El rey le palme&#243; el hombro.

S&#233; c&#243;mo te sientes. A veces, como le suced&#237;a a mi padre, la c&#243;lera me ciega. El sacrificio ser&#225; perfecto -manifest&#243; Alejandro rebosante de energ&#237;a, como si quisiera convencerse a s&#237; mismo-. He ordenado a los alguaciles del campamento que expulsen a todos los indeseables.

Telam&#243;n, distra&#237;do, arrug&#243; la nariz al percibir un olor acre que se colaba en la tienda.

Lo s&#233; -murmur&#243; Alejandro-. Est&#225;n quemando a los muertos, no s&#243;lo a aquellos que fueron asesinados. Hay enfermos en el campamento; es hora de marcharnos. En cualquier caso, Telam&#243;n, quiero recompensarte, &#191;no es as&#237;, Aristandro? Iremos a comer al campo, pero s&#243;lo algunos escogidos. La se&#241;ora Ant&#237;gona ha aceptado ser mi agasajada. Los cocineros han estado atareados con los preparativos: vino, pato asado, frutas y pan reci&#233;n cocido. Dejaremos atr&#225;s el hedor del campamento. S&#243;lo t&#250;, Telam&#243;n. Casandra ya ha recibido su recompensa.

El rey no estaba dispuesto a aceptar una negativa. Sali&#243; de la tienda al tiempo que hac&#237;a un adem&#225;n a Telam&#243;n para que lo siguiera.

&#191;Qu&#233; asesinatos? -susurr&#243; Casandra.

Ya te lo explicar&#233; cuando vuelva.

Telam&#243;n sigui&#243; al rey al exterior. Hefesti&#243;n esperaba en compa&#241;&#237;a de Ant&#237;gona. El rey se puso una capa militar y se tap&#243; con la capucha.

No quiero que adviertan mi presencia -declar&#243;-. Los mozos nos esperan.

Abandonaron el recinto real. En la entrada, los pajes de Alejandro le ayudaron a armarse: un cintur&#243;n con una espada con la empu&#241;adura de marfil y una daga, ambas en sus vainas de plata. Hefesti&#243;n se arm&#243; de igual forma. Alejandro arroj&#243; un cintur&#243;n con una espada al f&#237;sico.

Para que cortes le&#241;a -brome&#243;.

Entraron en el campamento. Ya hab&#237;a pasado el mediod&#237;a y la mayor&#237;a de los hombres descansaba all&#237; donde la sombra proteg&#237;a del sol ardiente. La fuerte brisa marina ayudaba a refrescar el ambiente, aunque tra&#237;a con ella el repugnante olor y nubes de humo negro de las piras funerarias que ard&#237;an en los acantilados.

Alejandro avanz&#243; r&#225;pidamente por los angostos senderos y cruz&#243; las l&#237;neas de los centinelas para ir al bosquecillo, donde Telam&#243;n se hab&#237;a reunido con Aristandro a primera hora del d&#237;a. All&#237; aguardaban los mozos con los caballos. El animal de Alejandro era un precioso bayo con los arneses con tachones de plata y una montura hecha de piel de leopardo. Hefesti&#243;n montaba otro bayo con las riendas bru&#241;idas, enjaezado con una piel de oveja blanca como la nieve. Para la se&#241;ora Ant&#237;gona, hab&#237;a un palafr&#233;n. Alejandro la ayud&#243; a montar. Aristandro ten&#237;a lo que &#233;l llam&#243; un desgraciado jamelgo. A Telam&#243;n le dieron un brioso animal de dos a&#241;os que Alejandro hab&#237;a bautizado con el nombre de Rel&#225;mpago. Telam&#243;n lo mir&#243; de reojo. El caballo era hermoso, negro como la noche, con las riendas del mismo color con tachones de plata y una gruesa manta de montar roja.

No soy un jinete.

Es un buen caballo -replic&#243; Alejandro ofreci&#233;ndole las riendas-. Es mi regalo para ti.

Telam&#243;n cogi&#243; las riendas y, con la ayuda de un mozo, lo mont&#243;. El animal era muy d&#243;cil y estaba bien adiestrado. Resopl&#243; y sacudi&#243; la cabeza. El f&#237;sico se inclin&#243; para palmearle el cuello.

As&#237; es como se hace -coment&#243; Alejandro-. Nunca maltrates un caballo.

Hefesti&#243;n estaba llamando a la escolta: dos oficiales de caballer&#237;a de la brigada de los Compa&#241;eros, vestidos con una t&#250;nica gris con vivos rojos, una coraza de cuero blanco y una falda del mismo material y color. Ambos llevaban cintos rojos, que era el color del regimiento. Cada uno llevaba un yelmo boecio e iba armado con una espada y una lanza corta.

&#191;Es escolta suficiente? -pregunt&#243; Aristandro.

Alejandro lo mir&#243; por encima del hombro.

Quiero llamar tan poco la atenci&#243;n como sea posible. Es suficiente -declar&#243; montando el bayo y dando la se&#241;al de marcha.

Hefesti&#243;n llevaba de la rienda a la ac&#233;mila cargada con las vituallas. Alejandro y &#233;l se re&#237;an de algo que hab&#237;a ocurrido en el transcurso de la ma&#241;ana. El rey se comportaba como si se hubiera levantado fresco como un p&#225;jaro; no se hizo referencia alguna a su enfermedad o a los ataques de p&#225;nico. Dejaron atr&#225;s el bullicio de los alrededores del campamento. Los caminos y los senderos estaban atestados con caravanas de ac&#233;milas y columnas de hombres que marchaban. Por supuesto, el rey fue reconocido; los hombres se apartaban y golpeaban los escudos con las espadas o levantaban las lanzas en un saludo. Alejandro estaba de buen humor y se deten&#237;a una y otra vez para conversar con la tropa. Cuando ve&#237;a a alg&#250;n conocido, lo llamaba por el nombre, le preguntaba por la familia y comentaban lo que esperaban conseguir.

Ant&#237;gona arrim&#243; su palafr&#233;n a la montura de Telam&#243;n y se quit&#243; la capucha. Estaba preciosa, con el viento alborot&#225;ndole los cabellos rojizos, los ojos brillantes y las mejillas arreboladas.

Es muy agradable estar lejos del campamento, Telam&#243;n. Me han dicho que has estado ocupado, que el rey necesit&#243; de tus servicios y que te has buscado una compa&#241;era.

El rey no ten&#237;a nada que no pudieran curar unas cuantas horas de sue&#241;o profundo y sin sobresaltos -contest&#243; Telam&#243;n.

&#161;Mirad, un buen presagio!

Hefesti&#243;n se&#241;alaba hacia el cielo, donde un &#225;guila planeaba en el viento, mientras escrutaba el llano en busca de una presa. Aristandro asinti&#243;. Intent&#243; disertar sobre por qu&#233; las &#225;guilas tra&#237;an buena suerte, pero nadie le hizo mucho caso. Hefesti&#243;n ten&#237;a problemas con la ac&#233;mila y Alejandro le tomaba el pelo.

Si no eres capaz de dominar a una pobre bestia, &#191;c&#243;mo puedes mandar a una brigada?

Hefesti&#243;n le replic&#243; con una obscenidad. Alejandro solt&#243; la carcajada y se volvi&#243; para se&#241;alar el panorama.

&#161;Una buena tierra! -grit&#243; por encima del hombro-. Al menos, para la caza. Mirad cu&#225;ntas variedades de &#225;rboles: olmos, robles, fresnos, laureles y abetos -manifest&#243; se&#241;alando los bosquecillos que salpicaban la ondulada llanura de hierba-. Unos cuantos arroyos y r&#237;os m&#225;s y cualquiera dir&#237;a que hemos vuelto a Macedonia.

Telam&#243;n record&#243; las llanuras, los r&#237;os caudalosos, las marismas y los enormes bosques de su tierra natal. Sacudi&#243; la cabeza.

Las llanuras de Tracia -susurr&#243;- nunca me har&#225;n a&#241;orar mi casa.

En cualquier caso, la campi&#241;a era agradable. Aqu&#237; y all&#225; se ve&#237;a alguna casa de campo donde se cultivaba, aunque la mayor&#237;a de los campesinos hab&#237;an escapado a los pueblos cuando apareci&#243; el ej&#233;rcito de Alejandro. Hab&#237;a tramos del camino que estaban bordeados de abetos que ofrec&#237;an una sombra mitigante del calor de aquella ma&#241;ana, que a Telam&#243;n se le hac&#237;a cada vez m&#225;s dif&#237;cil soportar. Lament&#243; que en las prisas por salir del campamento se hubiera olvidado el sombrero de alas anchas que muchos de sus compatriotas usaban para protegerse del sol.

&#191;Por qu&#233; Alejandro ha decidido dar este paseo? -pregunt&#243; a Aristandro, quien cabalgaba en su jamelgo, sumido en sus pensamientos.

Su Excelencia -respondi&#243; Aristandro en un tono sard&#243;nico- siempre se ha caracterizado por su impetuosidad. Lamento que decidiera no traer m&#225;s guardias -apunt&#243; mirando por encima del hombro a los dos oficiales de caballer&#237;a, que charlaban alegremente como ni&#241;os a los que llevan de excursi&#243;n.

El campamento est&#225; cerca -se&#241;al&#243; Telam&#243;n-. Aqu&#237; no corremos ning&#250;n peligro.

Aristandro sacudi&#243; la cabeza, como si tuviera dudas.

Un rey nunca est&#225; seguro -coment&#243;-. Tambi&#233;n estoy preocupado por mi enano, H&#233;rcules. Lleva horas sin dar se&#241;ales. &#191;Lo has visto esta ma&#241;ana, Telam&#243;n? &#191;Cu&#225;ndo fuiste a la jaula de los esclavos para escoger a esa perra pelirroja?

Casandra. Mi amiga y ayudante se llama Casandra.

Y el m&#237;o es H&#233;rcules, quien parece haber desaparecido -replic&#243; el custodio de los secretos vivamente-. Todos tenemos cosas m&#225;s importantes que hacer que trotar por un camino como un hatajo de palurdos campesinos. Mi se&#241;ora -pregunt&#243; a Ant&#237;gona-, &#191;los gu&#237;as contin&#250;an asustados?

Despu&#233;s de ver morir asesinados a dos de ellos, y sus cuerpos consumidos en la pira funeraria, es l&#243;gico que lo est&#233;n. Adem&#225;s, tienen la sensaci&#243;n de que ya no se conf&#237;a en ellos.

&#161;Ah! &#191;Te refieres a los tesalios que ahora los protegen?

O los vigilan para que no deserten.

Es la misma cosa -murmur&#243; Aristandro encogi&#233;ndose de hombros mientras sujetaba las riendas con mano firme-. Todos estamos metidos en el mismo baile, rodeados por hombres armados -apunt&#243; avivando al caballo para ir a cabalgar junto a Alejandro.

&#191;Por qu&#233; viniste aqu&#237;? -pregunt&#243; Telam&#243;n a Ant&#237;gona-. &#191;Por qu&#233; sencillamente no esperaste a que el rey cruzara el Helesponto?

Soy griega de nacimiento -respondi&#243; la sacerdotisa sonriendo-. Por crianza y educaci&#243;n. Tambi&#233;n soy pariente lejana de Alejandro -a&#241;adi&#243; ampliando su sonrisa-. Conoc&#237; muy bien a su padre. No, no -aclar&#243; levantando una mano en un gesto cargado de delicadeza-, &#161;no de esa manera! Filipo cruzaba el Helesponto muy a menudo para inspeccionar las tropas y establecer una cabeza de puente. Me hab&#237;a encontrado antes con &#233;l; gracias a su influencia, me dieron el templo en Troya. Por supuesto, todo el mundo viene a Troya, incluido Filipo. Esto fue hace unos cinco a&#241;os. Me trajo a mis dos doncellas tesalias: Aspasia y Selena. Filipo ven&#237;a a visitarme, a rendir culto a la diosa y a hablar. &#161;No sabes cu&#225;nto hablaba Filipo! Dec&#237;a que marchar&#237;a hasta los confines del mundo y lo har&#237;a resonar con sus victorias. Rogaba para que un segundo Hornero cantara sus &#233;xitos.

&#191;Alguna vez te dijo por qu&#233;?

Filipo era un ni&#241;o en un cuerpo de hombre -contest&#243; Ant&#237;gona-. Casi tanto como Alejandro -apunt&#243; bajando el tono de voz-. Se ve&#237;a a s&#237; mismo como el gran h&#233;roe. El nuevo Agamen&#243;n que vivir&#237;a tantas aventuras como Ulises. Yo sol&#237;a burlarme y le dec&#237;a que en realidad su &#250;nico deseo era alejarse lo m&#225;ximo posible de Olimpia. Nunca lo tom&#243; a mal -apunt&#243; sacudiendo la cabeza y mirando a lo lejos-. Era de una generosidad incre&#237;ble. &#191;Conoces la historia de Queronea? -pregunt&#243; sin esperar la respuesta-. Filipo derrot&#243; a los ej&#233;rcitos unidos de Grecia y se emborrach&#243;. Comenz&#243; a bailar por el campo de batalla. Un cautivo ateniense, Demades, grit&#243; que Filipo se estaba comportando como un b&#225;rbaro, sin demostrar el menor respeto por los muertos. Cualquier otro rey hubiera mandado que le cortaran la cabeza. Filipo recuper&#243; la sobriedad en el acto. Se disculp&#243; por su comportamiento, liber&#243; a Demades, lo colm&#243; de riquezas y lo envi&#243; de regreso a Atenas como su representante.

&#191;Est&#225;s hablando otra vez de mi padre? -pregunt&#243; Alejandro, que hab&#237;a estado escuchando la conversaci&#243;n a pesar del ruido de los cascos y la charla de sus compa&#241;eros-. &#191;A ti tambi&#233;n te encant&#243;, Ant&#237;gona?

Encantaba a todo el mundo -respondi&#243; la mujer-. Algunas veces, me llevaba a navegar en una barca de pesca. Pescaba la cena y la cocinaba.

Alejandro se encogi&#243; de hombros despreocupadamente y fue a reunirse otra vez con Hefesti&#243;n.

Sin embargo, Alejandro no es Filipo -susurr&#243; Telam&#243;n-. &#191;Por qu&#233; has venido?

Traje a los gu&#237;as. Tambi&#233;n traje informaci&#243;n y, por encima de todo lo dem&#225;s, me traje a m&#237; misma, una se&#241;al de buena fortuna -avis&#243; acerc&#225;ndose un poco m&#225;s-. Cr&#233;eme, Telam&#243;n, Alejandro necesitar&#225; toda la buena fortuna que los dioses quieran concederle.

&#191;Qu&#233; me dices de las doncellas tesalias que fueron asesinadas antes de llegar a Troya? &#191;Por qu&#233; Filipo reinstaur&#243; la costumbre? -pregunt&#243; el f&#237;sico.

Quer&#237;a m&#225;s compa&#241;eras -contest&#243; Ant&#237;gona-. Te dije c&#243;mo recog&#237;a la informaci&#243;n. Aspasia y Selena interrogan a los viajeros, sobre todo a aquellos que llegan de la corte persa. Filipo quer&#237;a que las tesalias no s&#243;lo fueran buenas compa&#241;eras para m&#237;, sino que tambi&#233;n escucharan y transmitieran sus informes.

&#191;Eres una esp&#237;a macedonia, mi se&#241;ora?

Soy sacerdotisa de Atenea -respondi&#243; con una sonrisa que inundaba sus ojos-. Por supuesto que soy una esp&#237;a macedonia, y los persas no pueden tocarme. Si alguien quiere entrar en contacto con Alejandro o las ciudades de Grecia, acude al templo de Atenea en Troya.

&#191;Te sorprendiste cuando uno de los generales de Memn&#243;n acudi&#243; a ti?

&#161;Ah s&#237;, el renegado! Tiene a un jefe de caballer&#237;a, Lisias, quien, creo, quiere cambiar de bando. Ten&#237;a que reunirse con Alejandro en Troya. Sin embargo, le avis&#233; del cambio en los planes. Lisias hab&#237;a sido traicionado, probablemente por el esp&#237;a cercano a Alejandro.

&#191;Sospechas qui&#233;n puede ser el esp&#237;a?

Nadie lo sabe -replic&#243; Ant&#237;gona con un tono brusco-. Sea quien sea, lleva activo desde hace tiempo. Filipo tambi&#233;n tuvo que soportar las actividades del mismo traidor. El rey no sabe si s&#243;lo es una persona, o si son dos o incluso una red.

&#191;Qu&#233; me dices de sus compa&#241;eros? -inquiri&#243; Telam&#243;n intrigado por el alcance de la traici&#243;n.

Corren algunos rumores. Hay quien murmura el nombre de Aristandro. Incluso he llegado a escuchar el nombre de Olimpia.

&#191;Olimpia?

En los &#250;ltimos a&#241;os, odiaba a Filipo. Ten&#237;a muchas reservas sobre la campa&#241;a de su hijo. Lo mismo pasa con otros. Mira a tu alrededor, Telam&#243;n: los f&#237;sicos con quienes te codeas, los compa&#241;eros de copas de Alejandro &#191;Has escuchado hablar de Parmenio?

&#191;El general de Alejandro en Asia, el comandante de la cabeza de puente?

&#191;Sabes cu&#225;ntas veces intent&#243; contratar gu&#237;as? Al menos cinco. Fracas&#243; en todas. En una ocasi&#243;n, contrat&#243; sin saberlo a hombres al servicio de Persia y tuvo que retirarse ante las tropas de Memn&#243;n -apunt&#243; Ant&#237;gona tirando de las riendas-. Oh no, las se&#241;ales no son buenas. No todos quieren que Alejandro marche hasta el conf&#237;n del mundo.

Telam&#243;n se inclin&#243; para palmear el pescuezo del caballo. La situaci&#243;n comenzaba a aclararse. Record&#243; la expresi&#243;n de astucia en el rostro de Ptolomeo y los ojos asustados de Perdicles. &#191;Hab&#237;a cometido un error esta ma&#241;ana? &#191;Alejandro hab&#237;a sido s&#243;lo la v&#237;ctima del exceso de bebida y una pesadilla? &#191;O se trataba de alg&#250;n veneno muy sutil? Telam&#243;n mir&#243; hacia el cielo. Por primera vez desde su llegada, se pregunt&#243; si el mundo del que le hab&#237;a rescatado estaba a punto de abatirse sobre &#233;l para atraparlo de una vez por todas.



CAPlTULO VIl

Memn&#243;n, el rodio, famoso por sus dotes militares, abogaba por una pol&#237;tica de no librar combates abiertos mientras que, al mismo tiempo, planteaba el env&#237;o de fuerzas navales y terrestres a Macedonia y trasladar el impacto de la guerra a Europa.

Diodoro S&#237;culo, Biblioteca hist&#243;rica, libro 17, cap&#237;tulo 18



Droxenius y sus cuatro compa&#241;eros sudaban la gota gorda. Trotaban bajo el sol, cargados con las armaduras a los hombros. Ahora se detuvieron a la sombra de una higuera. Droxenius se quit&#243; la t&#250;nica y los dem&#225;s hicieron lo mismo. Movieron los cuerpos empapados para aprovechar al m&#225;ximo el frescor de la brisa. Vestidos s&#243;lo con los taparrabos y calzados con las recias sandalias de marcha, las armaduras y las armas apiladas a un lado, compartieron el pan duro y el &#225;spero vino. Droxenius se encarg&#243; de cortar el pan y le ech&#243; una peque&#241;a cantidad de la valiosa sal con una ancha hoja a modo de salero. Levant&#243; el trozo de pan en un saludo a sus camaradas.

&#161;Por los muertos! -murmur&#243;.

&#161;Por los muertos! -corearon los dem&#225;s.

Acabaron de comer el pan y la sal y vaciaron el pellejo de vino y lo arrojaron a un lado. Despu&#233;s miraron hacia el sol y escucharon con unci&#243;n mientras su l&#237;der entonaba un himno de alabanza al gran conquistador y siempre victorioso Apolo. Droxenius cogi&#243; la espada y la sostuvo de manera que la hoja brillara al sol. Luego baj&#243; el arma y mir&#243; a su alrededor, con una mirada triste.

Si cualquiera de vosotros quiere marchar

Ya tienes nuestra respuesta -replic&#243; uno de sus compa&#241;eros mientras cog&#237;a un pu&#241;ado de hierba que utiliz&#243; para secarse-. &#161;Victoria o muerte!

Muy bien -replic&#243; Droxenius sonriendo-. Vamos a reflexionar unos minutos.

Se levant&#243; para ir hasta el l&#237;mite de la sombra. La mente del capit&#225;n de los mercenarios estaba llena de recuerdos e im&#225;genes. Los fantasmas se agrupaban a su alrededor: su bella esposa, su hermana y su hermano, las facciones rudas de su abuelo; la casa, cerca del Cadmea en Tebas, con las paredes encaladas, los patios y los huertos en flor, todo convertido ahora en una masa de cenizas y restos calcinados. &#201;l y sus compa&#241;eros hab&#237;an jurado por la tierra, el cielo, el agua y el fuego, por lo m&#225;s sagrado, que vengar&#237;an la destrucci&#243;n. A pesar de que la venganza era la raz&#243;n de su vida, a Droxenius le resultaba dif&#237;cil pensar en la muerte en un d&#237;a como &#233;ste. El esplendor de la hierba que se extend&#237;a ante sus ojos, amarillenta por el sol, y la alfombra de jacintos y azafr&#225;n como un mar de p&#233;talos azules y naranjas, los frondosos &#225;rboles, los tamariscos con sus capullos de colores vivos, los diferentes tonos verdes de los sauces y los olmos, todo evocaba recuerdos de d&#237;as felices.

Uno de los compa&#241;eros se le acerc&#243;.

Somos muy afortunados. &#191;C&#243;mo lo has sabido?

El tirano es impetuoso -respondi&#243; Droxenius, sin volverse-. Es la &#250;nica debilidad de Alejandro. Lo ha hecho antes, esto de salir a cabalgar hacia lo desconocido con un pu&#241;ado de compa&#241;eros. Algunas personas dicen que es un gesto de amistad. Otros, que necesita alejarse para pensar. Da igual. Ahora se nos presenta la ocasi&#243;n, nuestra gran oportunidad. Nunca tendremos otra -sentenci&#243; mirando hacia el cielo.

&#191;Qu&#233; haremos si salimos victoriosos? -pregunt&#243; el mercenario.

Nos abriremos paso hasta la costa. Robaremos una barca o capturaremos un pesquero, y regresaremos para reclamar nuestra recompensa. No hace falta decir nada m&#225;s.

Volvieron a reunirse con los dem&#225;s y se prepararon para el combate. Se pusieron las t&#250;nicas y, encima de &#233;stas, las corazas de placas de bronce. Cada uno ayudaba al otro: un&#237;an las dos mitades de la coraza, ataban los lazos, aseguraban los cierres de los hombros y abrochaban la correa que rodeaba la cintura para mantener unida toda la estructura. Se colocaron las faldas de guerra, que ca&#237;an como una cortina de correas de cuero hasta las rodillas, y se ci&#241;eron los cinturones con las espadas. Ataron bien las sandalias y se sujetaron las espinilleras de bronce acolchadas para protegerse las piernas. Luego recogieron los escudos y deslizaron los brazos por las correas, para despu&#233;s equilibrarlos cuidadosamente y asegurarse de que las correas aguantaban. Formaron un c&#237;rculo, Droxenius tendi&#243; la mano con la palma hacia arriba y los cuatro compa&#241;eros la cubrieron con las suyas.

Se tiene que hacer -susurr&#243; Droxenius-. &#161;As&#237; que, a por &#233;l!

Recogieron los grandes yelmos corintios con los penachos r&#237;gidos, cada uno te&#241;ido de un color diferente. Los yelmos transformaron completamente su apariencia y ahora parec&#237;an la encarnaci&#243;n de los dioses de la guerra. Los pesados yelmos les tapaban las orejas y gran parte de sus rostros quedaba oculta por el ancho protector de la nariz, que les llegaba hasta el labio superior. Droxenius volte&#243; el escudo y contempl&#243; la cara de la gorgona pintada en el frente.

Si esta cara -musit&#243;- bastara para convertir a mis enemigos en piedra

Desenvain&#243; la espada. Los dem&#225;s hicieron lo mismo y, detr&#225;s de su l&#237;der, cruzaron el campo. Los arbustos y los &#225;rboles los ocultaron mientras avanzaban sigilosos como lobos hacia la guardia de Alejandro.



* * *


Telam&#243;n estaba sentado a la sombra de un roble. Contemplaba el alegre fluir de las aguas del arroyo que corr&#237;a unos pocos pasos m&#225;s all&#225;. Se hab&#237;an quitado las sandalias y, despu&#233;s de lavarse los pies, hab&#237;an saciado la sed. Hefesti&#243;n se hab&#237;a encargado de repartir las viandas. Aristandro estaba de mal humor y rezongaba quej&#225;ndose de que no le ve&#237;a ning&#250;n sentido a todo esto. Ant&#237;gona y Telam&#243;n se comieron el &#250;ltimo trozo de queso, sumidos en sus pensamientos. Alejandro y Hefesti&#243;n estaban sentados, como dos chiquillos, con las cabezas juntas. El rey le daba instrucciones sobre lo que a&#250;n quedaba por hacer. Telam&#243;n decidi&#243; no hacer caso de las protestas de Aristandro y se reclin&#243; en el tronco del &#225;rbol.

&#191;Lo has escuchado? -le pregunt&#243; Alejandro-. Hefesti&#243;n dice que s&#243;lo disponemos de provisiones para otros treinta d&#237;as. Despu&#233;s tendremos que comenzar a vivir de lo que d&#233; la tierra.

Mis noticias todav&#237;a son peores, mi se&#241;or -respondi&#243; Telam&#243;n, sin siquiera molestarse en abrir los ojos y espantando a una mosca molesta-. Si nos quedamos mucho m&#225;s, el campamento se volver&#225; inhabitable. Las letrinas rebasar&#225;n su capacidad y, con el aumento de la temperatura, las enfermedades no tardar&#225;n en propagarse.

&#161;Hay que hacer el sacrificio! -insisti&#243; Alejandro-. &#161;Despu&#233;s marcharemos!

Telam&#243;n abri&#243; los ojos. Hab&#237;a o&#237;do un ruido al otro lado de la cumbre de la colina, donde se encontraban los guardaespaldas reales. &#191;Hab&#237;a sido un grito? &#191;El estr&#233;pito de metales? Hefesti&#243;n y los dem&#225;s no hicieron caso, pero Alejandro se volvi&#243;, con la expresi&#243;n de un sabueso, y murmur&#243; algo por lo bajo. El f&#237;sico estaba seguro de que hab&#237;a sido una maldici&#243;n. Aristandro advirti&#243; la inquietud de Telam&#243;n.

&#191;Qu&#233; pasa?

Telam&#243;n se levant&#243; y camin&#243; alrededor del roble, con la mirada puesta en la colina. Atisbo un movimiento; se le sec&#243; la boca. Cinco figuras aparecieron en la cumbre. Por alguna raz&#243;n, record&#243; inmediatamente unas l&#237;neas del poema de Hornero: la sorpresa de los troyanos cuando Aquiles abandon&#243; su tienda y avanz&#243; hacia ellos. Durante unos segundos, las cinco figuras permanecieron all&#237;, oscuras y siniestras, recortadas contra el cielo. Hefesti&#243;n se levant&#243; de un salto.

Quiz&#225; sea un grupo que viene del campamento -opin&#243;.

Telam&#243;n mir&#243; hacia donde estaban los caballos maneados, sin los arreos ni las monturas.

Ni lo pienses -le dijo Alejandro en voz baja sec&#225;ndose el sudor de las manos en la t&#250;nica-. Los caballos se espantar&#225;n y tendremos que cabalgar cuesta arriba. &#161;Ser&#225;n m&#225;s un incordio que una ayuda!

Telam&#243;n mir&#243; por encima del hombro. Ant&#237;gona no hab&#237;a dicho ni una palabra. Permanec&#237;a inm&#243;vil, con los ojos muy abiertos y el rostro p&#225;lido; mov&#237;a los labios silenciosamente como si recitara una plegaria.

No provienen del campamento -afirm&#243; Telam&#243;n-. No creo que vengan a traernos vino y pan fresco. Los dos guardaespaldas tienen que estar muertos. Han venido a matarnos.

Las cinco figuras avanzaron, no en una carga, sino sin prisas, cuidadosamente. La brisa trajo el tintineo de las armaduras y el escalofriante roce de las sandalias en la hierba. Los cinco iban armados como los hoplitas. No llevaban capas y se mov&#237;an como un solo hombre, separados por menos de un palmo. El sol brillaba en las espadas desenvainadas y en los escudos sostenidos contra los pechos.

Son mercenarios -murmur&#243; Alejandro-. Mirad c&#243;mo van vestidos, los anticuados yelmos, c&#243;mo llevan los escudos, ni demasiado altos ni demasiado bajos, con los cuerpos ligeramente vueltos, preparados para unir los escudos como protecci&#243;n ante una lluvia de flechas.

&#161;&#201;ste no es un campo de ejercicios! -exclam&#243; Aristandro-. Tendr&#237;amos que haber tra&#237;do arcos y flechas y m&#225;s guardaespaldas.

Alejandro sonri&#243;, mientras se balanceaba sobre las puntas de los pies.

Podr&#237;amos correr m&#225;s r&#225;pido que ellos -sugiri&#243; Hefesti&#243;n.

T&#250; y yo, quiz&#225;, Telam&#243;n, s&#237; -respondi&#243; el rey-. &#191;Pero Aristandro y Ant&#237;gona? En cualquier caso, Alejandro de Macedonia no escapa ante nadie.

Telam&#243;n estaba ba&#241;ado en sudor, con la garganta reseca. Record&#243; la daga que hab&#237;a desenfundado en la taberna de Tebas y c&#243;mo la hab&#237;a clavado tan r&#225;pido, tan f&#225;cilmente en el cuerpo de aquel oficial persa. &#191;Podr&#237;a volver a hacer lo mismo? A pesar del miedo, estaba fascinado por la reacci&#243;n de Alejandro; el rey se divert&#237;a, disfrutaba con la proximidad del combate.

&#191;Qu&#233; hacemos? -pregunt&#243; Hefesti&#243;n.

Los cinco hoplitas continuaban avanzando lentamente y con paso mesurado. Telam&#243;n distingui&#243; los ojos brillantes y los rostros barbudos. Percibi&#243; el olor -sudor y cuero- y se pregunt&#243; qui&#233;n los hab&#237;a enviado.

Tendremos que pelear-advirti&#243; Alejandro acerc&#225;ndose a las armas y desenvainando la espada con el pomo de marfil, al tiempo que recog&#237;a la capa y se la envolv&#237;a en el brazo izquierdo y Hefesti&#243;n y Telam&#243;n le imitaban-. Aristandro -orden&#243; el monarca-, ll&#233;vate a Ant&#237;gona al otro lado del arroyo. Camina hacia los caballos. Si esto resulta como no debiera, &#161;haz lo que puedas!

Puedo pelear -afirm&#243; la sacerdotisa-. Tengo una daga.

&#161;Entonces reza para que no tengas que emplearla en ti misma! -brome&#243; Hefesti&#243;n.

Alejandro se apart&#243; de la sombra del roble y fue hasta el pie de la colina.

&#161;Hefesti&#243;n, t&#250; a la izquierda! &#161;Telam&#243;n, a la derecha! -orden&#243;-. Haced exactamente lo que os diga. Debemos detenerlos antes de que acaben de bajar la cuesta. Si tienen que pelear en la pendiente, se sentir&#225;n inseguros.

Alejandro avanz&#243; con paso en&#233;rgico, la espada junto a la pierna. Telam&#243;n hizo una pausa para secarse el sudor de las manos. Empu&#241;&#243; la espada y sigui&#243; al rey. Alejandro escogi&#243; su posici&#243;n: con el roble a la espalda. Telam&#243;n a la derecha, Hefesti&#243;n a la izquierda. Esperaba con un pie adelantado y balanceando la espada atr&#225;s y adelante. Telam&#243;n mir&#243; por encima del hombro. Aristandro y Ant&#237;gona hab&#237;an cruzado el arroyo. Los cinco mercenarios parec&#237;an un tanto desconcertados por la confianza de Alejandro. El cabecilla se detuvo. A sus compa&#241;eros y a &#233;l les costaba mantener el equilibrio en la fuerte pendiente de la colina. Se detuvieron en una l&#237;nea silenciosa. Telam&#243;n los observ&#243; por turnos. Por la manera de caminar, las armaduras abolladas, la manera de sostener los escudos, los cuerpos ligeramente vueltos y las espadas por delante, los identific&#243; como veteranos que vend&#237;an sus servicios por todo el mar Medio.

&#161;Compa&#241;eros griegos! &#161;Soldados! -grit&#243; Alejandro-. &#191;Qu&#233; asunto os trae aqu&#237;? &#191;Pertenec&#233;is al campamento.

El l&#237;der, con el penacho te&#241;ido de un color rojo sangre, se adelant&#243;. Telam&#243;n vio su rostro barbudo y sus ojos brillantes; tambi&#233;n entrevi&#243; una cicatriz que ya hab&#237;a visto antes: record&#243; al soldado que hab&#237;a estado de guardia en la entrada de la jaula de los esclavos por la ma&#241;ana.

&#191;C&#243;mo te llamas? -pregunt&#243; Alejandro al cabecilla-. &#191;Por qu&#233; est&#225;s aqu&#237;?

Mi nombre es Droxenius -contest&#243; el jefe-. No pertenecemos a tu campamento. Somos de Tebas.

&#161; Ah! -replic&#243; Alejandro exhalando un profundo suspiro-. &#191;La sangre de tus seres queridos mancha mis manos?

Droxenius asinti&#243;.

&#191;Has venido por tu cuenta o te enviaron?

Traemos un mensaje del general Memn&#243;n.

Ah, el renegado rodio.

&#161;Para el asesino macedonio!

&#161;T&#250; no eres mejor! -replic&#243; Alejandro-. Asesinos en una calurosa tarde de primavera.

El cabecilla levant&#243; la espada como un saludo.

Te hemos dado un aviso, que es mucho m&#225;s de lo que t&#250; hiciste con nuestras familias en Tebas.

Telam&#243;n escuch&#243; los gemidos y protestas de Aristandro. Ten&#237;a la sensaci&#243;n de estar so&#241;ando. La sombra del roble, la hierba, el canto de los p&#225;jaros, n&#237;tido y puro, la fragancia de las flores silvestres y, mezclada con ella, el hedor de la guerra, el cuero, el bronce, la sangre derramada, el choque de los metales, los gru&#241;idos y las maldiciones de los hombres que luchaban por sus vidas Todo aquello de lo que su padre hab&#237;a querido protegerlo. La capa enrollada en el brazo izquierdo le pesaba como si fuera de plomo. Se volvi&#243; de lado. Alejandro manten&#237;a la cabeza ligeramente inclinada a la izquierda; observaba a Droxenius como si lo hubiese reconocido. El capit&#225;n mercenario se hab&#237;a reunido otra vez con sus compa&#241;eros. Alejandro permaneci&#243; inm&#243;vil. El hombre a la derecha de Droxenius susurr&#243; algo. El cabecilla volvi&#243; la cabeza.

&#161;Ahora! -grit&#243; Alejandro adelant&#225;ndose r&#225;pidamente.

Telam&#243;n, sorprendido, lo sigui&#243;. Los mercenarios tambi&#233;n se movieron, pillados con la guardia baja, pero entonces Alejandro se volvi&#243; bruscamente y tir&#243; de la capa de Telam&#243;n. El f&#237;sico escap&#243;, pegado a los talones del rey, que se detuvo a la sombra del roble, junto a la orilla del arroyo. Los mercenarios, tomados por sorpresa, tambi&#233;n cargaron, pero la pendiente y la fuerza de la carrera los desestabiliz&#243;. Uno de ellos perdi&#243; pie y rod&#243; por tierra, mientras que a otro se le enganch&#243; el penacho del yelmo en las largas ramas del roble. La l&#237;nea se rompi&#243;.

&#161;Ahora, Telam&#243;n! &#161;Ahora, Hefesti&#243;n! -grit&#243; Alejandro-. &#161;A pelear!

El rostro del monarca estaba r&#237;gido, un tanto p&#225;lido, con los ojos brillantes. Telam&#243;n no pudo m&#225;s que obedecer. Alejandro y Hefesti&#243;n se adelantaron seguidos por Telam&#243;n. El enemigo estaba desorganizado. Alejandro se enfrent&#243; a su oponente y despu&#233;s se movi&#243; velozmente a la derecha, al tiempo que descargaba un golpe con la espada en la carne expuesta entre el yelmo y la coraza. Hefesti&#243;n choc&#243; contra el escudo de su rival con tanta fuerza que lo derrib&#243;. Con la velocidad del rayo, Hefesti&#243;n clav&#243; la espada por debajo de la falda y le abri&#243; el bajo vientre; el mercenario solt&#243; un alarido escalofriante y comenz&#243; a revolcarse. Alejandro avanz&#243; para acabar con el hombre que se hab&#237;a roto el tobillo en la ca&#237;da y Hefesti&#243;n se volvi&#243; para enfrentarse a Droxenius mientras Telam&#243;n separaba los pies, dispuesto a enfrentarse con el mercenario que se hab&#237;a enganchado el yelmo en las ramas del roble. El hombre se hab&#237;a liberado y ahora avanzaba con el escudo en alto; mov&#237;a la espada como la lengua de una serpiente. Telam&#243;n intent&#243; desesperadamente recordar las lecciones que hab&#237;a aprendido en el campo de ejercicios en Mieza. Alejandro hab&#237;a vuelto m&#225;s favorable la situaci&#243;n, pero Telam&#243;n no se atrevi&#243; a pedirle ayuda. Hefesti&#243;n golpeaba con su espada el escudo de Droxenius. M&#225;s all&#225; del roble, Alejandro manten&#237;a un duelo mano a mano con el mercenario ca&#237;do. El oponente de Telam&#243;n era un veterano, con los cabellos, el bigote y la barba grises y el rostro moreno surcado por una multitud de cicatrices; los labios entreabiertos dejaban ver los dientes podridos. La insignia de su escudo mostraba a un bailar&#237;n de toros cretense. El mercenario movi&#243; el escudo cautelosamente, con una sonrisa de complacencia. Era consciente del nerviosismo y la poca capacidad para el combate del f&#237;sico.

&#191;Eres la nena del grupo? -susurr&#243; con un tono &#225;spero.

Telam&#243;n no respondi&#243;. Avanz&#243; y su rival dio un paso atr&#225;s.

&#161;Ven aqu&#237;, bonita! -se burl&#243; el veterano.

Telam&#243;n afloj&#243; la capa que llevaba en el brazo, una treta que le hab&#237;a ense&#241;ado Cleito el Negro. El mercenario se lanz&#243; al ataque. Telam&#243;n se apart&#243; y le arroj&#243; la capa a la cara. El hombre sin detenerse levant&#243; una mano para apartar la capa. El f&#237;sico levant&#243; la espada y la descarg&#243;, con los ojos casi cerrados, contra la cabeza del hombre. La hoja se hundi&#243;, choc&#243; contra el hueso, y se desliz&#243; de la mano de Telam&#243;n. El mercenario se volvi&#243;. Telam&#243;n estaba indefenso, pero una mirada le bast&#243; para saber que el hombre agonizaba. La sangre manaba a chorro de una tremenda herida que le abarcaba de la oreja a la barbilla. El tesalio se inclin&#243; hacia un costado. Tosi&#243;. Ahora le sal&#237;a sangre por la nariz y la boca. Se le cay&#243; la espada de la mano inerte. Despu&#233;s cay&#243; de rodillas y, con un gemido, se desplom&#243; de costado.

Telam&#243;n recogi&#243; la espada. Alejandro estaba de rodillas junto al cad&#225;ver de su rival; limpiaba la espada frot&#225;ndola en la hierba. Droxenius y Hefesti&#243;n continuaban su combate. El capit&#225;n de los mercenarios hab&#237;a dejado caer el escudo. Hefesti&#243;n hab&#237;a perdido la espada. Ahora estaban como dos siniestros amantes sujetos en un abrazo mortal, jadeaban mientras se empujaban para soltarse. Hefesti&#243;n estaba decidido a arrebatarle el arma. Alejandro camin&#243; hacia ellos como quien da un paseo. Se acerc&#243; a Droxenius por detr&#225;s, luego se movi&#243; a un lado y, antes de que el mercenario llegara a saber lo que estaba pasando, le hundi&#243; la espada entre las costillas, a trav&#233;s de la abertura entre las dos piezas de la coraza. Hefesti&#243;n lo apart&#243; de un empell&#243;n. Droxenius trastabill&#243; y cay&#243; de rodillas. Alejandro, sin soltar la espada, sujet&#243; el penacho de crin de caballo y le arranc&#243; el yelmo. Droxenius estaba perdido en su propio mundo de dolor. Extra&#241;os sonidos escapaban de su boca.

Droxenius -murmur&#243; Alejandro como si el hombre fuese su amigo, mientras aquel hombre, agonizante, levantaba la cabeza. Alejandro levant&#243; la espada, que traz&#243; un arco de plata mientras cruzaba el aire y decapit&#243; limpiamente al mercenario. La cabeza rod&#243; por el suelo. La sangre brot&#243; del torso todav&#237;a erguido como el espumeante chorro del surtidor de una fuente. El rey tumb&#243; el cuerpo de un puntapi&#233; y camin&#243; de regreso hacia el arroyo. Telam&#243;n cay&#243; de rodillas y, aunque lo intent&#243;, no pudo evitar el mareo y vomit&#243; todo lo que hab&#237;a comido y bebido. Ten&#237;a fr&#237;o; su cuerpo se estremeci&#243; mientras miraba a los cad&#225;veres dispersos por el terreno, a su propio oponente, que lo miraba con los ojos ciegos. El mercenario a quien Hefesti&#243;n hab&#237;a herido en el bajo vientre continuaba gimiendo en un charco de sangre cada vez mayor. Telam&#243;n se volvi&#243; cuando oy&#243; el sonido de la daga al cortar la carne seguido por el &#250;ltimo gemido ahogado del hombre. El yelmo del hombre a&#250;n estaba colgado de una de las ramas del roble. Entre los hierbajos, yac&#237;a despatarrado el cad&#225;ver ba&#241;ado en sangre de la otra v&#237;ctima de Alejandro. Telam&#243;n advirti&#243; que ten&#237;a a Hefesti&#243;n a su lado, que le echaban la capa sobre los hombros y le acercaban la bota de vino a la boca.

Vamos -murmur&#243; Hefesti&#243;n-. Bebe, Telam&#243;n. Conf&#237;a en m&#237;-le dijo agach&#225;ndose-. Aunque yo no sea f&#237;sico.

Telam&#243;n bebi&#243;.

Ya est&#225; bien -advirti&#243; Hefesti&#243;n apartando la bota y ayudando a Telam&#243;n a levantarse.

Caminaron juntos hasta el arroyo. Aristandro y Ant&#237;gona estaban sentados con Alejandro, que se hab&#237;a lavado las manos y ahora se interesaba sol&#237;citamente por el bienestar de Aristandro y Ant&#237;gona. Gui&#241;&#243; un ojo a Telam&#243;n y palme&#243; el suelo a su lado.

&#161;Si&#233;ntate, si&#233;ntate! Ya se te pasar&#225;.

Telam&#243;n obedeci&#243;. La bota de vino pas&#243; de mano en mano. Hefesti&#243;n y Alejandro charlaban animadamente como una pareja de chiquillos. Ant&#237;gona estaba p&#225;lida, todav&#237;a conmocionada por lo que hab&#237;a presenciado, y Aristandro continuaba con las protestas.

&#191;Por qu&#233; no trajimos a Cleito el Negro o a m&#225;s guardaespaldas?

Alejandro, todav&#237;a con la excitaci&#243;n de la batalla, se sec&#243; el sudor de los brazos.

Si voy a alguna parte, &#191;debo llevar conmigo a la mitad de Macedonia? Te doy gracias, padre Zeus, por los favores dispensados a tu hijo -proclam&#243; levantando el rostro y las manos al cielo-. Har&#233; sacrificios como testimonio de mi agradecimiento. Interpretar&#233; esta victoria como una muestra de tu buena voluntad -concluy&#243;, bajando las manos y agachando la cabeza.

Telam&#243;n cerr&#243; los ojos. Alejandro se sent&#237;a feliz, no s&#243;lo por su amor al combate, a la conquista y a la victoria; hab&#237;a buscado una se&#241;al y se la hab&#237;an conced&#237;do. El f&#237;sico abri&#243; los ojos y mir&#243; al monarca, que oraba para sus adentros con la cabeza inclinada. &#191;Alejandro hab&#237;a esperado que ocurriera esto? &#191;Hab&#237;a salido intencionadamente a campo abierto en busca de alguna se&#241;al, alg&#250;n testimonio de la aprobaci&#243;n divina? Aristandro ten&#237;a toda la raz&#243;n, incluso aqu&#237; en Tracia: Alejandro se encontraba entre enemigos, hombres dispuestos a cortarle la cabeza y recibir la cuantiosa recompensa ofrecida por sus enemigos, tanto en la patria como en el extranjero. Telam&#243;n se quit&#243; la capa.

Ahora ya estoy mejor -anunci&#243;, sinti&#233;ndose un tanto somnoliento pero ya sin aquel mareo ni escalofr&#237;os.

&#191;Est&#225;s herido? -pregunt&#243; Alejandro.

S&#243;lo en mi dignidad.

Hefesti&#243;n se encogi&#243; de hombros.

Entonces es una cuesti&#243;n de: F&#237;sico, c&#250;rate a ti mismo.

Telam&#243;n se levant&#243; para ir de nuevo al lugar donde se hab&#237;a librado el combate. Los cad&#225;veres mostraban las primeras se&#241;ales de rigidez y los charcos de sangre se coagulaban; las moscas se posaban sobre los muertos como nubes negras. Quer&#237;a escapar y ya hab&#237;a subido casi hasta la mitad de la ladera cuando el rey lo alcanz&#243;.

No te ofendas por las bromas de Hefesti&#243;n -le dijo Alejandro entrelazando su brazo con el de Telam&#243;n-. Lo has hecho muy bien, f&#237;sico. Un guerrero que mata a su primer hombre en combate.

Conf&#237;o en que ser&#225; el &#250;ltimo -replic&#243; Telam&#243;n antes de hacer una pausa-. &#191;Por qu&#233; viniste aqu&#237;?

En el rostro de Alejandro no se ve&#237;a ahora ni una sola arruga; ten&#237;a la piel tersa, era un rostro del pasado. La mirada de sus extra&#241;os ojos era limpia y sincera. Telam&#243;n se fij&#243; en las l&#237;neas de la risa alrededor de la boca, en los cabellos ensortijados de un color oro rojizo, en el dulce perfume que siempre emanaba del cuerpo de Alejandro, con independencia de los esfuerzos que hiciera.

Buscabas una se&#241;al, &#191;no es as&#237;? Sab&#237;as que los asesinos infiltrados en el campamento vigilan todos tus movimientos.

Mi vida est&#225; en manos de los dioses, Telam&#243;n. Tengo un destino que cumplir -proclam&#243; Alejandro en un tono de voz amable, pero duro como el hierro-. Hubiese salido bien librado aunque todas las hordas de Persia hubieran atravesado el arroyo. Tus sue&#241;os fueron correctos, f&#237;sico: mi fortuna ha cambiado -apunt&#243; apretando el brazo de Telam&#243;n-. Me has tra&#237;do buena suerte. Tienes todo el derecho a llevar la corona de plata. Has luchado junto a tu rey y has ganado aristeia. Valor en combate -precis&#243; viendo la extra&#241;eza en el rostro de Telam&#243;n al escuchar la palabra-. Ahora, mientras Hefesti&#243;n se ocupa de los caballos, vayamos a ver qu&#233; ha pasado con esos pobres desgraciados que supuestamente eran mis guardaespaldas.

Los dos oficiales de caballer&#237;a yac&#237;an muertos en la hierba unos pocos pasos m&#225;s all&#225;, al otro lado de la cumbre. Los charcos de sangre casi coagulada eran un fest&#237;n para las moscas. Uno de los hombres ni siquiera hab&#237;a tenido tiempo para desenvainar la espada; lo hab&#237;an matado instant&#225;neamente con un golpe en el cuello. El segundo estaba a unos pasos m&#225;s all&#225;, tumbado de cara al cielo, con los ojos abiertos y una mano cerca del tajo que le hab&#237;a cercenado la garganta.

Telam&#243;n se&#241;al&#243; colina abajo, hacia la hierba alta mecida por el viento.

Seguramente estaban echando una cabezada, &#161;pobres tipos! Droxenius y los dem&#225;s se acercaron hasta aqu&#237; sigilosos como gatos. No es buen negocio ser soldado y dormir a campo abierto.

Alejandro quit&#243; los fajines a los cad&#225;veres: la insignia de su regimiento.

No se las merec&#237;an. &#161;Los hombres que me protegen no deben dormirse!

&#191;Eso me incluye, Alejandro?

El rey comenz&#243; a bajar la colina y le indic&#243; a Telam&#243;n con un gesto que lo siguiera.

Telam&#243;n, el esp&#237;a en mi corte zumba como un invisible t&#225;bano furioso que pica y escapa. Bien, quienquiera que sea, ya ha picado m&#225;s de la cuenta y demasiado profundo. Si Aristandro no puede atraparlo, entonces te toca a ti -a&#241;adi&#243; sujetando la mano de Telam&#243;n y apret&#225;ndosela con fuerza-. Puedo contratar a m&#225;s gu&#237;as, pero ya hemos perdido a los mejores.

&#191;Crees que esto ha sido obra del esp&#237;a?

Alejandro hizo una mueca sin detenerse.

Quiz&#225;. Mi vida descansa en las manos de los dioses, pero recuerdo el proverbio: Los dioses ayudan a aquellos que se ayudan a s&#237; mismos. &#161;La fortuna puede ser una puta caprichosa!

&#191; Qu&#233; hacemos con los muertos? -grit&#243; Hefesti&#243;n, que ahora estaba con los dem&#225;s al pie de la colina.

&#161;D&#233;jalos donde est&#225;n! -le respondi&#243; Alejandro-. Ya enviaremos a que los recojan cuando volvamos al campamento.


&#191;Debemos poner a los mercenarios en la picota? -pregunt&#243; Aristandro.

No. Eran guerreros. Quitadles las armas. Las pondremos como un trofeo ante el altar a la puerta de mi tienda. Venga, es hora de irnos; estoy sediento y estoy seguro de que Ptolomeo nos aguarda con buenas noticias.



* * *


El pabell&#243;n real resplandec&#237;a con la luz de las l&#225;mparas de aceite colocadas en las mesas y las que colgaban de cadenas de plata en los palos que sosten&#237;an el techo de la tienda. El aire caliente ol&#237;a a perfume. Telam&#243;n se pregunt&#243; cu&#225;nto durar&#237;a esta celebraci&#243;n. Alejandro y sus compa&#241;eros m&#225;s cercanos brindaban con vino que conten&#237;a muy poca agua. El monarca vest&#237;a con una t&#250;nica roja con vivos dorados y llevaba una corona de plata en la cabeza. Hab&#237;a insistido en que Hefesti&#243;n y Telam&#243;n vistieran de la misma forma. En el exterior de la tienda, Telam&#243;n hab&#237;a visto los trofeos al entrar: las armaduras y las espadas de los mercenarios con el yelmo de Droxenius en lo alto de la pila. Los cad&#225;veres de los tesalios ya no eran m&#225;s que cenizas, incinerados en la pira funeraria que Alejandro hab&#237;a mandado encender en la costa.

Ant&#237;gona ofreci&#243; un bol de fruta a Telam&#243;n.

El rey est&#225; de muy buen humor -coment&#243;.

Tiene muchas razones para estarlo -replic&#243; Telam&#243;n-. Ve su triunfo como una sonrisa de Zeus.

Tambi&#233;n est&#225; el hallazgo de Ptolomeo, &#191;no?

Ah s&#237; -asinti&#243; el f&#237;sico.

Ptolomeo hab&#237;a encontrado un toro del blanco m&#225;s puro. Hab&#237;an llevado el animal al ara que daba al mar. El rey hab&#237;a reunido a sus guardaespaldas. Hab&#237;an encendido las hogueras, quemado el incienso y hecho las libaciones, pero Alejandro no hab&#237;a dejado nada al azar. Antes de comenzar el sacrificio, hab&#237;a ordenado a Aristandro que se escribiera en el antebrazo derecho, que mantuvo convenientemente tapado, una frase de la Il&#237;ada: Los dioses se regocijan contigo.

Hab&#237;an tra&#237;do el toro y lo hab&#237;an degollado. Aristandro hab&#237;a encontrado que los auspicios no pod&#237;an ser m&#225;s favorables. Hab&#237;a llorado de alegr&#237;a mientras se limpiaba la sangre del brazo y mostraba a los sacerdotes, y a todos los que se encontraban a su alrededor, el misterioso mensaje que hab&#237;a aparecido escrito en su antebrazo. Alejandro hab&#237;a sido aclamado con grandes voces de alabanza y el estr&#233;pito de las armas. El soberano hab&#237;a montado en su corcel negro. Se hab&#237;a dirigido a las tropas con breves y apasionadas frases que hab&#237;an sido retransmitidas por los heraldos que llevaban los bastones blancos distintivos de su cargo.

&#161;Los dioses han dado su aprobaci&#243;n! -grit&#243;, y sus palabras volaron en las alas del viento-. &#161;La gloria del Olimpo nos rodea! &#161;El camino a Asia est&#225; abierto! &#161;Cabalgaremos como reyes a trav&#233;s de Pers&#233;polis!

Sus palabras fueron respondidas con el feroz grito de guerra macedonio, &#161;Enyalios! &#161;Enyalios! &#161;Enyalios!, y el batir de las espadas en los escudos.

En su regreso al pabell&#243;n real, Alejandro se hab&#237;a mostrado euf&#243;rico y su j&#250;bilo se hab&#237;a contagiado a todo el campamento. Los escribas del ej&#233;rcito, al mando de Eumenes, ya estaban ocupados con las listas de revistas y controlaban cuidadosamente todas las nuevas llegadas. Los alguaciles recibieron &#243;rdenes de expulsar a los vagabundos, los pordioseros, las prostitutas y los malhechores del campamento. Los hombres volvieron a sus unidades. Se reforzaba la vigilancia en todo el per&#237;metro del campamento. Ya se hab&#237;an dado las tan esperadas &#243;rdenes: el ej&#233;rcito se embarcar&#237;a dentro de dos d&#237;as; la flota estaba preparada. En menos de una semana, desembarcar&#237;an en Asia.

Telam&#243;n ech&#243; una ojeada a su alrededor. Alejandro hab&#237;a anunciado que &#233;sta ser&#237;a la &#250;ltima noche de celebraciones. El rey se levant&#243; tambaleante, con la copa cogida con las dos manos. Mir&#243; a sus compa&#241;eros: Ptolomeo, Hefesti&#243;n, Seleuco, Amintas, Cleito y el &#250;ltimo en llegar, el general favorito de su padres, el canoso Parmenio, con el rostro marcado por las cicatrices. &#201;l hab&#237;a establecido la cabeza de puente en Asia y era el responsable de la flota que transportar&#237;a al ej&#233;rcito a trav&#233;s del Helesponto.

&#161;Hab&#233;is comido y bebido bien! -grit&#243; Alejandro-. &#161;Mis cocineros os han llenado las barrigas con los mejores platos!

Los gritos de aprobaci&#243;n saludaron sus palabras. Las cocinas reales hab&#237;an trabajado al m&#225;ximo y no hab&#237;an escatimado en sus delicias: platija cocida en vinagre, aceite de oliva y alcaparras; mariscos; jabal&#237; sazonado con hierbas; frutas, nueces y pasteles ba&#241;ados en miel. El vino hab&#237;a corrido como el agua y nadie hab&#237;a escapado de sus efectos: ojos brillantes en rostros enrojecidos miraban al rey.

&#161;He llenado vuestras barrigas! -repiti&#243; Alejandro-. &#161;Ahora os prometo que llenar&#233; vuestros corazones con la mayor de las glorias y vuestros tesoros con el oro persa!

Una vez m&#225;s, las aclamaciones fueron estruendosas. Telam&#243;n mir&#243; a su izquierda. Ant&#237;gona miraba a Alejandro, con los ojos encendidos, los labios h&#250;medos, la boca entreabierta. Ella tambi&#233;n hab&#237;a bebido sin medida y brindado muchas veces con el rey, muy honrada por el respeto que le hab&#237;a demostrado Alejandro. Era algo muy poco frecuente que una mujer asistiera a estas fiestas.

&#161;Lucharemos y venceremos! -grit&#243; Ptolomeo.

&#191;D&#243;nde est&#225; Aristandro? -pregunt&#243; la sacerdotisa.

Telam&#243;n sacudi&#243; la cabeza. El custodio de los secretos del rey hab&#237;a regresado al campamento, furioso. Hab&#237;a hecho una magn&#237;fica actuaci&#243;n en el sacrificio. Despu&#233;s se hab&#237;a retirado a su tienda para rabiar en paz y preocuparse por la desaparici&#243;n de su enano.

&#191;Qui&#233;n ha dicho eso? &#191;Qui&#233;n falta? -exclam&#243; Alejandro levantando una mano para acallar los gritos de Ptolomeo y mirando a su alrededor tambale&#225;ndose, aunque Telam&#243;n se pregunt&#243; si de verdad estaba tan borracho o sencillamente fing&#237;a-. &#191;El custodio de los secretos del rey contin&#250;a enfadado conmigo? -farfull&#243;-. &#191;Todo porque estuvo a punto de sentir el fr&#237;o del hierro? Ve a buscarle, Telam&#243;n -orden&#243; dejando la copa de vino y dando una palmada.

Uno de los guardaespaldas sali&#243; de entre las sombras detr&#225;s del sof&#225;. Alejandro cogi&#243; la espada y el escudo y golpe&#243; la hoja contra el borde. Comenz&#243; a bailar y los dem&#225;s se unieron a esa danza guerrera despu&#233;s de coger las espadas y los escudos que les trajeron los guardias. Se subieron a los divanes y luego formaron un c&#237;rculo en el centro de la tienda marcando el ritmo con los golpes de las espadas en los escudos. Entraban y sal&#237;an del c&#237;rculo gritando el grito de batalla macedonio.

Es como Filipo -susurr&#243; Ant&#237;gona-. Hierro y sangre, la perspectiva de la victoria -manifest&#243; se&#241;alando discretamente a los bailarines que interpretaban su propia m&#250;sica.

Telam&#243;n, contento de tener una excusa para marcharse, salud&#243; a Ant&#237;gona con un gesto, se escabull&#243; por uno de los laterales y sali&#243; al fresco aire nocturno. Esper&#243; un par de minutos para permitir que la brisa le refrescara el rostro y el cuello. A lo lejos sonaban las campanas de los centinelas que se pasaban los unos a los otros: un sistema creado por Alejandro para asegurar que el per&#237;metro estaba sellado y que ning&#250;n guardia se quedara dormido.

El f&#237;sico se dirigi&#243; a la tienda de Aristandro. Ante la entrada, montaban guardia los miembros del coro, que recibieron a Telam&#243;n como a un hermano perdido, aunque no parecieron muy dispuestos a dejarle pasar.

&#161;Es una orden del rey! -les advirti&#243; Telam&#243;n.

&#161;Ya est&#225; bien, dejad pasar al muchacho! -orden&#243; Aristandro desde el interior.

Levantaron la tela de entrada de la tienda. Telam&#243;n entr&#243; y se detuvo sorprendido. Aristandro estaba solo, reclinado en un div&#225;n rodeado de peque&#241;as l&#225;mparas de aceite. Era casi imposible reconocer al nigromante: llevaba el rostro cubierto con una gruesa capa de maquillaje, se hab&#237;a pintado los labios y las u&#241;as de un color rojo violento y se hab&#237;a dibujado anillos de kohl negro alrededor de los ojos. Vest&#237;a una t&#250;nica de mujer negra y dorada con un manto blanco sobre los hombros. C&#243;modamente instalado en los cojines, sosten&#237;a con mucha elegancia una copa con el pie de plata, mientras que la otra revoloteaba sobre un plato de ciruelas maduras.

&#161;Pasa, muchacho! -susurr&#243; Aristandro.

Telam&#243;n se sent&#243; en el taburete que le ofrec&#237;a. De no haber estado tan sorprendido, se hubiera echado a re&#237;r, pero la mirada de amenaza en los crueles ojos de Aristandro hizo que mantuviera el rostro impasible.

Un hombre tiene que relajarse al final de la jornada -coment&#243; Aristandro con un moh&#237;n-. &#191;Qu&#233; puede ser mejor que relajarse como una mujer? Pas&#233; tanto miedo, Telam&#243;n, ante aquellos hombres horribles con aquellas espadas tan siniestras &#191;Por qu&#233; Alejandro se neg&#243; a llevar m&#225;s guardaespaldas? &#191;Por qu&#233; no me dej&#243; llevar a mis preciosos chiquillos? &#161;El coro hubiese acabado con ellos en un periquete! &#191;Quieres una copa de vino? Podr&#237;as presenciar una de sus actuaciones. Son muy buenos interpretando Los p&#225;jaros de Arist&#243;fanes.

Aristandro

&#161;No, ll&#225;mame Narcisa!

Aristandro -continu&#243; Telam&#243;n sin hacer caso de la mirada de reproche que recibi&#243;-, el rey reclama tu presencia en la tienda. Sabe que est&#225;s enojado.

Pues tendr&#225; que esperar. Todav&#237;a estoy alterado. Me preocupa mucho H&#233;rcules. Siempre est&#225; aqu&#237; cuando anochece. No tengo a nadie que me sirva. &#191;Te gusto, Telam&#243;n? -pregunt&#243; inclin&#225;ndose hacia delante.

&#191;Por qu&#233; el rey conf&#237;a en ti?

Aristandro agit&#243; un dedo.

Eso es lo que me gusta de ti, f&#237;sico, que siempre eres claro como el agua. &#161;Por las tetas de los caballos, Telam&#243;n es lo que ves! En respuesta a tu pregunta, chico, el rey conf&#237;a en m&#237; porque -movi&#243; una mano con coqueter&#237;a-, porque conf&#237;a en m&#237;. S&#233; muchos secretos. Descubro a sus enemigos. Los destruyo.

No se puede decir que est&#233;s haciendo un buen trabajo con Naihpat.

No, lo reconozco. Es como pretender atrapar la bruma.

&#191;Cu&#225;nto tiempo hace que existe Naihpat?

Unos cuatro a&#241;os, quiz&#225; cinco.

&#191;No tienes ninguna pista?

Ninguna en absoluto.

&#191;Por qu&#233; es tan peligroso este esp&#237;a? -quiso saber Telam&#243;n.

Los persas conocen nuestros secretos -respondi&#243; Aristandro-. No tardaron en descubrir los planes de Filipo para Asia. A Parmenio le result&#243; dif&#237;cil, casi imposible, establecer una cabeza de puente. No le fue muy bien contra Memn&#243;n, que le oblig&#243; a retroceder.

&#191;As&#237; que tiene que ser alguien cercano a la corte maced&#243;nica?

&#161;Eres un chico muy listo!

&#191;Han ocurrido antes otros asesinatos?

A Aristandro le tembl&#243; el labio inferior.

Algunas personas creen que s&#237;. Est&#225;n en lo cierto. Hay quienes creen que Filipo fue asesinado por orden de Naihpat y de Mitra, su amo.

El asesinato de Filipo fue obra del loco Pausanias, uno de los antiguos amantes de Filipo, violado y atormentado por algunos de los amigos del rey.

Era el candidato ideal -replic&#243; Aristandro con una sonrisa astuta-. Es muy f&#225;cil convencer a un loco, animar sus deseos de venganza.

&#191;O sea que no fue Olimpia?

No he dicho tal cosa -manifest&#243; Aristandro tajantemente-. Hay tantas teor&#237;as sobre el asesinato de Filipo como pelos tiene un oso. Cr&#233;eme, Telam&#243;n -continu&#243; Aristandro quit&#225;ndose la peluca rubia y arroj&#225;ndola al suelo-, he buscado a Naihpat por todas partes como un perro que olfatea en una granja. Sospechaba que Naihpat cobraba de los atenienses, pero he comprado Atenas y no he descubierto nada. No, es persa, persa en cuerpo y alma. Su trabajo es evitar que Macedonia cruce el Helesponto. &#201;se es el motivo por el que enviaron hoy a esos mercenarios, la raz&#243;n por la que asesinaron a los gu&#237;as y por eso el pobre H&#233;rcules -concluy&#243; interrumpi&#233;ndose con la voz quebrada.

&#191;Crees que tu enano descubri&#243; algo?

Quiz&#225;. H&#233;rcules se desliza como una sombra por el campamento. Estaba muy interesado en tus amigos f&#237;sicos -apunt&#243; agachando la cabeza y sonriendo-, sobre todo en Perdicles y su relaci&#243;n con el general Ptolomeo. &#191;Sabes algo al respecto?

Aristandro le mir&#243; imperturbable. Aristandro se inclin&#243; hacia &#233;l.

Tienes dudas, &#191;verdad? &#191;Sobre los mercenarios, los que hoy intentaron matarnos?

He estado pensando -respondi&#243; Telam&#243;n echando una ojeada a la tienda.

Se pregunt&#243; qu&#233; estar&#237;a haciendo Casandra. Apenas hab&#237;a tenido un momento para hablar con ella a su regreso. Hab&#237;a visto la tienda limpia y ordenada, y Casandra incluso hab&#237;a dicho que hab&#237;a encontrado algunas hierbas que pod&#237;an ser muy &#250;tiles.

&#191;En qu&#233; ha estado pensando mi buen f&#237;sico?

En que Naihpat asesin&#243; a los gu&#237;as, y quiz&#225;, Apolo no lo quiera, incluso a tu enano H&#233;rcules, si es que se acerc&#243; demasiado. Pero lo de los mercenarios no lo tengo tan claro.

Aristandro apart&#243; las piernas del div&#225;n y se sent&#243;. Comenz&#243; a quitarse los collares y brazaletes.

Estoy intrigado, Telam&#243;n.

Los persas quieren que Alejandro cruce el Heles-ponto y entre en Asia -continu&#243; Telam&#243;n-. Es obvio; el propio rey me lo ha dicho. Si Dar&#237;o quisiera, no tendr&#237;a m&#225;s que silbar para reunir una flota de guerra o, lo que es peor, desembarcar un ej&#233;rcito en Tracia. Quiere que Alejandro entre en Asia para derrotarlo, capturarlo, deshonrarlo y matarlo. Si Naihpat es su esp&#237;a, cumplir&#225; las &#243;rdenes de Dar&#237;o: confundir a Alejandro, asustarlo, sabotear a su ej&#233;rcito, pero dejarle seguir.

Aristandro se levant&#243;. Se quit&#243; el vestido de mujer y dej&#243; a la vista su cuerpo huesudo, que cubri&#243; r&#225;pidamente bajo una t&#250;nica verde oscuro con un cord&#243;n dorado en la cintura.

Entiendo lo que dices, Telam&#243;n. &#161;Muy bueno! Esta tarde aquellos malditos dijeron que los hab&#237;a enviado Memn&#243;n, y es probable que sea cierto. Por lo tanto, eso indicar&#237;a, y a Alejandro le interesar&#225; saberlo, que hay tensiones entre Memn&#243;n y sus amos persas. Cuando Dar&#237;o se entere de lo sucedido, se pondr&#225; furioso. Se ampliar&#225; la brecha entre Memn&#243;n y Dar&#237;o. T&#250; conoces a los persas, Telam&#243;n: no les gustan los griegos -le advirti&#243; sent&#225;ndose en el div&#225;n y golpe&#225;ndose los labios con la punta de los dedos-. &#191;Puedo ser yo quien se lo diga a Alejandro?

Ser&#225; un placer -respondi&#243; Telam&#243;n-. La conclusi&#243;n es tuya.

Memn&#243;n tiene fincas no muy lejos de Troya -observ&#243; Aristandro chasqueando la lengua, un gesto que hab&#237;a copiado de Olimpia-. Dir&#233; a Alejandro que no se debe causar el menor perjuicio a estas posesiones. Veamos si podemos ampliar m&#225;s la divisi&#243;n entre el rodio y sus patrones. &#161;Venid aqu&#237;, chiquillos! -grit&#243;.

El coro entr&#243; en tropel. Aristandro pidi&#243; agua y una toalla para lavarse la cara y las manos. Sonri&#243; mientras se lavaba.

Ah, por cierto, Telam&#243;n, no comentes con nadie lo que me has dicho esta noche, y menos con Ptolomeo. Nada le agradar&#237;a m&#225;s que -Aristandro se interrumpi&#243; al escuchar unas voces fuera de la tienda.

Me dijeron que te encontrar&#237;a aqu&#237; -dijo una jadeante Casandra, mientras entraba con la cabellera revuelta y los ojos hinchados de sue&#241;o.

&#191;Qu&#233; ocurre, muchacha? -pregunt&#243; Aristandro.

&#161;Critias, el dibujante de mapas, ha sido asesinado en su tienda!



CAP&#205;TULO VIII

Alejandro estaba ansioso por entrar en acci&#243;n y se opon&#237;a a cualquier demora.

Diodoro S&#237;culo, Biblioteca hist&#243;rica, libro 17, cap&#237;tulo 16



El asesino dej&#243; un mensaje -coment&#243; Alejandro en voz baja-. La amenaza habitual: El toro est&#225; preparado para el sacrificio. Todo est&#225; listo, el verdugo espera -prosigui&#243;, agitando el trozo de pergamino que sosten&#237;a entre los dedos.

&#191;D&#243;nde lo dejaron? -pregunt&#243; Telam&#243;n.

A su lado en el suelo.

Telam&#243;n se agach&#243;: la sangre que hab&#237;a manado de la herida en el costado de Critias se hab&#237;a coagulado en el suelo. El pu&#241;al estaba clavado casi hasta la empu&#241;adura. Oy&#243; un muy leve estallido cuando lo sac&#243; de la herida, y lo observ&#243; atentamente. Era id&#233;ntico al otro: una hoja de bronce con una empu&#241;adura de alambre, con la forma de un ala a cada lado.

Ya he hecho las averiguaciones pertinentes -manifest&#243; Aristandro-. Estas dagas se venden en muchos tenderetes del mercado. Los celtas los fabrican en sus herrer&#237;as y los exportan al sur.


Telam&#243;n sopes&#243; la daga: ligera, f&#225;cil de llevar, con una punta muy aguda y los bordes serrados, se deslizar&#237;a limpiamente en la carne de un hombre para arrebatarle la vida. Dej&#243; el arma y se movi&#243; a gatas alrededor de la mesa y la silla.

&#191;Qu&#233; haces? -le pregunt&#243; Alejandro con un tono de burla-. &#191;Olfateas el rastro?

&#191;Es as&#237; como encontraron el cad&#225;ver? -pregunt&#243; Telam&#243;n levant&#225;ndose.

Tal como lo ves -respondi&#243; Alejandro-. El centinela comenz&#243; a sospechar. Hac&#237;a rato que no escuchaba nada y se pregunt&#243; si todo iba bien. Critias, por lo general, sal&#237;a a dar un paseo o ped&#237;a que le trajeran una jarra de vino. Era un hombre al que le gustaba charlar. Cuando el soldado levant&#243; la tela de la entrada esto fue lo que vio: la l&#225;mpara encendida y a Critias tumbado sobre la mesa. El charco de sangre, que reflejaba la luz, le llam&#243; la atenci&#243;n.

Ll&#225;malo -le pidi&#243; Telam&#243;n.

Aristandro hizo pasar al centinela: un rudo mucha-chote macedonio con el pelo negro ensortijado, sin afeitar, y los ojos enrojecidos por el cansancio.

Ven, si&#233;ntate a mi lado -le invit&#243; Alejandro-. No pasa nada. Trabajas en una granja en las afueras de Pella, &#191;no?

No, mi se&#241;or, un poco m&#225;s al sur.

Ah s&#237;, s&#237;.

Alejandro habl&#243; durante unos minutos de las cosechas, la riqueza de la tierra, la dificultad que representaba talar los &#225;rboles para disponer de m&#225;s tierras de labranza. Luego el rey se&#241;al&#243; el cad&#225;ver.

&#191;Hablabas a menudo con &#233;l sobre Macedonia?

Mi se&#241;or, habl&#225;bamos de todo. Algunas veces Critias me invitaba a entrar; otras sal&#237;a &#233;l.

Se apagaron dos de las l&#225;mparas de aceite. Aristandro fue a buscar otras dos.

&#191;Hablasteis esta noche? -pregunt&#243; Telam&#243;n.

El centinela vacil&#243;.

Responde a la pregunta -insisti&#243; Alejandro con un tono amable.

Estaba aburrido. La noche se me hac&#237;a muy larga. Levant&#233; la tela de la entrada. Critias estaba reclinado sobre la mesa. Se hab&#237;a quedado dormido, con la cabeza apoyada en los brazos.

&#191;As&#237; que se hab&#237;a quedado dormido?

Oh s&#237;, esto fue entre la primera y la segunda guardia. Era algo que Critias hac&#237;a con frecuencia. Echaba una cabezada y despu&#233;s se despertaba. Cuando comenz&#243; la tercera guardia, volv&#237; a levantar la tela de la entrada. Vi la sangre y di la voz de alarma. Los f&#237;sicos no estaban muy lejos. Charlaban como un grupo de cuervos, reunidos alrededor de la hoguera, con una jarra de vino. Uno de ellos fue a despertarte, se&#241;or -indic&#243; se&#241;alando a Telam&#243;n-. La mujer pelirroja dijo que estabas en la fiesta.

De eso puedo dar fe -declar&#243; Alejandro con una sonrisa ladina-. Yo era el &#250;nico sobrio.

&#191;Alguien abandon&#243; la fiesta? -inquiri&#243; Telam&#243;n.

Alejandro sacudi&#243; la cabeza.

Algunos de ellos ni siquiera pod&#237;an sostener las copas, y mucho menos empu&#241;ar una daga. Tienes los ojos somnolientos -observ&#243; sujetando al centinela por los hombros-. &#191;Pudo alguien pasar a tu lado sin que le vieras?

El soldado se hubiera levantado de un salto de no haber sido que Alejandro lo sujetaba con fuerza.

&#161;No me mientas, muchacho!

Nunca te mentir&#237;a, mi se&#241;or. Lo juro por el alma de mi madre. Me sent&#233;, pero con la lanza apoyada en los muslos de forma tal que cruzara la entrada. Nadie puso pasar por all&#237;. Incluso si me hubiese quedado dormido, cosa que no hice, un intruso hubiera tropezado con mi lanza. En cualquier caso, la tela de la entrada estaba atada. Critias la cerraba para protegerse de la brisa nocturna. Cada vez que quer&#237;a verle, ten&#237;a que desatar los nudos.

Alejandro dio una moneda al muchacho, le palme&#243; en la cabeza como si fuese un perro y lo despidi&#243;.

Telam&#243;n se levant&#243; y volvi&#243; a mirar la silla con mucho inter&#233;s.

&#191;Qu&#233; es lo que tanto te intriga? -pregunt&#243; Aristandro.

No han movido el cad&#225;ver, &#191;verdad? -intervino Alejandro acerc&#225;ndose a Telam&#243;n-. &#191;Es eso lo que te intriga?

Telam&#243;n no respondi&#243; a la pregunta. Sac&#243; el cad&#225;ver de la silla y lo dej&#243; cuidadosamente en el suelo. Luego apart&#243; la silla.

Mira las marcas. Son profundas y limpias. Critias tuvo que estar sentado aqu&#237; durante horas; es aqu&#237; donde lo mataron. Lo que me intriga no s&#243;lo es c&#243;mo entr&#243; el asesino, sino que la muerte tuvo que ser instant&#225;nea.

&#191;Critias estaba dormido? -apunt&#243; Alejandro.

Telam&#243;n se&#241;al&#243; la copa vac&#237;a.

Cuando se bebe mucho vino -murmur&#243;-, el sue&#241;o de un hombre es muy profundo. &#191;Me permites, mi se&#241;or?

Alejandro lo mir&#243; con desconfianza pero le dej&#243; hacer. Telam&#243;n le se&#241;al&#243; la silla y le pidi&#243; que se sentara.

Sospecho que el asesino se acerc&#243; a Critias, que dorm&#237;a profundamente, por detr&#225;s -sugiri&#243; Telam&#243;n apoyando los dedos en la garganta de Alejandro-. Le cort&#243; la garganta y luego le clav&#243; la daga en el costado.

&#191;C&#243;mo es que Critias no grit&#243;? -pregunt&#243; el custodio de los secretos del rey.

El asesino sencillamente levant&#243; la cabeza de Critias, le tap&#243; la boca con la mano y le raj&#243; la garganta de oreja a oreja. A continuaci&#243;n, le baj&#243; la cabeza suavemente, clav&#243; la daga en el costado del cad&#225;ver y dej&#243; la nota en el suelo junto a la silla.

Yo he hecho lo mismo con los centinelas enemigos -manifest&#243; Alejandro-, y ellos estaban despiertos. Critias muri&#243; sin darse cuenta de nada.

Telam&#243;n volvi&#243; a fijarse en la mesa. Estaba cubierta con trozos de pergamino; dibujos a tinta ahora manchados de sangre.

&#191;D&#243;nde est&#225;n los mapas?

Alejandro se acerc&#243; a un peque&#241;o cofre de color claro, hecho con madera de cedro del L&#237;bano. Abri&#243; el cierre, levant&#243; la tapa y solt&#243; una maldici&#243;n.

&#161;Aqu&#237; s&#243;lo hay cenizas! -exclam&#243;.

&#161;Imposible! -grit&#243; Aristandro.

Aqu&#237; hab&#237;a al menos siete mapas -declar&#243; Alejandro-. Critias iba a d&#225;rmelos en cuanto cruz&#225;ramos el Helesponto.

Telam&#243;n cogi&#243; el cofre. Las cenizas cayeron al suelo como plumas grises.

Estaban aqu&#237; esta noche -afirm&#243; Alejandro-. Vine a ver a Critias. &#201;l me los ense&#241;&#243;. Conversamos sobre la ruta al sur desde Troya. Me describi&#243; en detalle los vados.

El f&#237;sico observ&#243; atentamente el interior del cofre, que presentaba manchas de ceniza. Sin embargo, no se apreciaba ninguna se&#241;al del fuego en la madera.

&#191;Qu&#233; es esto? -susurr&#243; Aristandro arrebatando el cofre a Telam&#243;n-. Tenemos un cofre que contiene mapas y pergaminos enrollados y atados con un cord&#243;n. Su autor es apu&#241;alado y los mapas acaban convertidos en cenizas sin que la madera ni siquiera se chamusque -observ&#243; agitando el cofre en el aire-. Mi se&#241;or, soy un nigromante. Nada de todo esto debe trascender -advirti&#243; bajando la voz todav&#237;a m&#225;s-. Los hombres hablar&#237;an del fuego celestial, de la furia de los dioses. &#161;Perder&#237;amos todo lo que ganamos con el sacrificio!

&#161;Eso es imposible! -exclam&#243; Alejandro agarrando el cofre y pasando la mano por el interior antes de devolv&#233;rselo a Telam&#243;n; la madera estaba en perfecto estado y el monarca, desconcertado, comenz&#243; a pasearse de un extremo al otro de la tienda golpeando con el pu&#241;o la palma de la otra mano-. &#161;Telam&#243;n, se supone que tienes los ojos de un halc&#243;n! &#161;Aristandro, t&#250; eres el custodio de mis secretos! &#161;Sin embargo, me atacan en campo abierto, asesinan a mi dibujante de mapas y reducen a cenizas todo su trabajo!

Telam&#243;n no hizo caso del enfado del rey y se dedic&#243; a inspeccionar atentamente cada uno de los trozos de la tienda. Todas las piezas de cuero estaban tensas y aseguradas en los agujeros. Ni una sola de las tiras se ve&#237;a floja ni presentaba se&#241;ales de haber sido manipulada. El f&#237;sico sali&#243; al exterior. Se hab&#237;a reunido una enorme multitud. Vio a Ptolomeo, que parec&#237;a notablemente sobrio. Ant&#237;gona, abrigada con una capa, conversaba con un muy asustado Perdicles. Telam&#243;n no respondi&#243; a sus preguntas. Camin&#243; alrededor de la tienda sin apreciar ning&#250;n detalle fuera de lo normal. No parec&#237;a que nadie hubiese tocado los vientos y las estacas a las que estaban atados. Empuj&#243; las piezas de cuero; estaban tan tirantes que no se hubieran podido levantar para deslizarse por debajo. Volvi&#243; al interior de la tienda. Alejandro segu&#237;a fascinado con el cofre. Aristandro permanec&#237;a mudo; su expresi&#243;n l&#250;gubre era un claro testimonio de que hab&#237;a recibido una severa reprimenda de su amo. Telam&#243;n volvi&#243; a inspeccionar la escena del crimen: el cad&#225;ver que &#233;l mismo hab&#237;a dejado en el suelo, alumbrado por la luz de las l&#225;mparas; el charco de sangre en la mesa; la daga celta con alas en la empu&#241;adura; el mont&#243;n de cenizas, y el trozo de pergamino arrugado con la nota del asesino.

&#191;Qu&#233; es todo ese jaleo? -pregunt&#243; Alejandro.

Levantaron la tela de la entrada de la tienda y entr&#243; Ptolomeo acompa&#241;ado por Ant&#237;gona y Perdicles.

&#191;Qu&#233; pasa?

Ptolomeo ech&#243; una ojeada, sin pasar por alto ning&#250;n detalle.

Otro cad&#225;ver, &#191;eh?

La expresi&#243;n de Alejandro borr&#243; la sonrisa burlona del rostro del general. Ant&#237;gona se arrodill&#243; junto al cad&#225;ver de Critias. Le sujet&#243; el rostro suavemente con las manos y murmur&#243; una plegaria.

No preguntes nada, porque no lo s&#233; -manifest&#243; Alejandro-. &#161;No tengo ninguna explicaci&#243;n para lo que ha ocurrido aqu&#237;!

Ant&#237;gona mir&#243; el mont&#243;n de cenizas en el suelo, con una expresi&#243;n preocupada.

Mi se&#241;or -dijo-, la muerte de Critias es un rev&#233;s muy severo.

Es algo que se debe mantener en secreto -orden&#243; Alejandro-. Eso tambi&#233;n vale para ti, Perdicles. En cualquier caso, &#191;qu&#233; quer&#233;is? &#191;Por qu&#233; est&#225;is aqu&#237;?

Cle&#243;n se ha ido.

&#191;Qu&#233;?

Telam&#243;n se acerc&#243;.

&#191;Cle&#243;n? -pregunt&#243; recordando su rostro regordete y bondadoso y sus ensortijados cabellos rubios.

Se ha llevado todo el equipaje con &#233;l -confes&#243; Perdicles-. Los medicamentos y los manuscritos. &#161;Todo ha desaparecido!

&#191;Desde cu&#225;ndo? -pregunt&#243; Alejandro.

March&#243; a primera hora de la tarde. Lo vieron cerca de los corrales -precis&#243; Perdicles encogi&#233;ndose de hombros-. &#161;No ha vuelto!

&#161;Se ha ido! -exclam&#243; Alejandro-. &#161;Se ha ido sin mi permiso!

Es un hombre libre -apunt&#243; Ptolomeo-. Tiene su propio caballo. Como cualquiera de nosotros, puede ir y venir a su antojo.

&#161;No en este campamento! -exclam&#243; Alejandro mientras sujetaba a Ptolomeo por un hombro y lo obligaba a darse la vuelta-. &#161;No est&#225;s tan borracho como aparentas, amigo m&#237;o!

Telam&#243;n decidi&#243; intervenir antes de que estallara una pelea.

&#191;Mi se&#241;or, puedo hablar contigo un momento a solas?

Alejandro los despidi&#243; a todos, incluido a Aristandro, que mir&#243; a Telam&#243;n como si quisiera fulminarlo con la mirada.

&#191;Qu&#233; pasa? -pregunt&#243; Alejandro vivamente.

En este ej&#233;rcito, tienes de todo -respondi&#243; Telam&#243;n-. Has contratado a f&#237;sicos para tu atenci&#243;n personal y la de aquellos que forman parte de tu corte -observ&#243; mientras Alejandro asent&#237;a con expresi&#243;n severa-. S&#233; la raz&#243;n por la que me llamaste, pero no la de traerte a los dem&#225;s.

&#161;Sangradores y curanderos! -exclam&#243; Alejandro encogi&#233;ndose de hombros-. De &#233;sos hay a montones. Los buenos f&#237;sicos escasean. Quiz&#225; no te agraden tus colegas, Telam&#243;n, pero ten&#233;is mucho en com&#250;n. Todos sois muy h&#225;biles. No ten&#233;is patria y, por encima de todo, no ten&#233;is nada que perder acompa&#241;&#225;ndome. Mi madre prepar&#243; una lista; tu nombre la encabezaba. Lo mismo con los dem&#225;s. Todos ten&#233;is secretillos que mi madre conoce -advirti&#243; dejando ir una carcajada desabrida-. Todos hab&#233;is tenido tratos con Macedonia, y no sois muy populares en otros lugares. Todos compart&#237;s una gran falta -observ&#243; habiendo cogido la daga que estaba sobre la mesa y sacudi&#233;ndola para que cayeran las gotas de sangre mientras miraba a Telam&#243;n con el entrecejo fruncido-. A los f&#237;sicos, como a los fil&#243;sofos, les gusta mucho viajar. Todos hab&#233;is cruzado el Helesponto. Hab&#233;is tenido tratos con los griegos y los persas. Todos podr&#237;ais estar a sueldo del enemigo. Leontes est&#225; claro que lo estaba. Ahora todo parece indicar que el gordo y amable Cle&#243;n ten&#237;a un pie en cada bando.

&#191;Por qu&#233; decidir&#237;a marcharse precisamente ahora? -pregunt&#243; Telam&#243;n, sospechoso de la actitud despreocupada de Alejandro.

&#191;A qu&#233; te refieres?

En el exterior discut&#237;an airadamente. La voz chillona de Aristandro se escuchaba con toda claridad.

&#191;Por qu&#233; Cle&#243;n decidi&#243; marcharse ahora? -insisti&#243; Telam&#243;n-. &#191;Es posible que sea el esp&#237;a Naihpat?

Alejandro puso los ojos en blanco.

Es posible. &#201;l, como los dem&#225;s, estuvo al servicio de mi padre. Lo contrataron como f&#237;sico del ej&#233;rcito. Conoce alguno de nuestros secretos. No tengo claro si Naihpat es de carne y hueso o s&#243;lo es una sombra, pero, desde luego, Cle&#243;n pudo haber envenenado a la muchacha y haber asesinado a los gu&#237;as.

Si no lo he entendido mal -coment&#243; Telam&#243;n-, Cle&#243;n escap&#243; antes del sacrificio, as&#237; que no sabe que estamos a punto de cruzar el Helesponto, ni se le puede implicar en el asesinato de Critias. Quiz&#225; Cle&#243;n simplemente se aburri&#243; o

Alejandro se inclin&#243; hacia adelante con una expresi&#243;n alerta.

&#191;O qu&#233;?

Al parecer abandon&#243; el campamento despu&#233;s de nuestro regreso. &#191;No podr&#237;a ser Cle&#243;n el propio Naihpat o su mensajero? Escap&#243; para comunicar a sus amos el fracaso de la intentona de asesinato. Es una informaci&#243;n de mucho inter&#233;s, una cuesti&#243;n muy urgente para ellos.

Alejandro se levant&#243; para pasar un brazo por los hombros de Telam&#243;n. El f&#237;sico oli&#243; el vino en el aliento del monarca.

No me dejar&#225;s, &#191;verdad, Telam&#243;n?

Como t&#250; mismo has dicho, no tengo otro lugar al que ir.

Aristandro est&#225; fuera de su terreno -consider&#243; Alejandro apartando el brazo-. Est&#225; acostumbrado a escurrirse por los pasillos de palacio. Es muy bueno a la hora de espiar a los dem&#225;s, pero no sabe c&#243;mo pillar a quienes nos esp&#237;an. &#201;se es tu trabajo, Telam&#243;n -advirti&#243; se&#241;alando el cad&#225;ver-. Quiero atrapar a Naihpat. Esto ha llegado demasiado lejos -lament&#243; despu&#233;s de exhalar un suspiro-. Ya podemos ordenar que incineren el cuerpo de Critias. Ma&#241;ana el ej&#233;rcito saldr&#225; de maniobras. Condenados haraganes, Ptolomeo y los dem&#225;s sudar&#225;n la gota gorda -avis&#243; golpeando suavemente el brazo de Telam&#243;n y se march&#243;.

Aristandro apareci&#243; en el acto. Telam&#243;n ech&#243; una &#250;ltima ojeada al interior de la tienda y, sin hacer caso de la amarga retah&#237;la de lamentaciones del custodio de los secretos del rey, sali&#243; al exterior. Contempl&#243; el firmamento estrellado.

Aqu&#237; est&#225; pasando algo muy extra&#241;o -musit&#243;-. &#191;C&#243;mo es posible que Cle&#243;n se marchara sin m&#225;s? Se frot&#243; los ojos como si quisiera librarse del cansancio. &#191;Y qu&#233; pasaba con Alejandro? &#191;Hab&#237;a algo falso en su c&#243;lera por la inesperada marcha de Cle&#243;n?


La brisa trajo el ta&#241;ido de las campanas de los centinelas seguido por un toque de corneta que marcaba el cambio de las guardias en la noche. Telam&#243;n camin&#243; hasta el l&#237;mite del recinto real. Contempl&#243; los puntos de luz de las antorchas que llevaban los oficiales mientras hac&#237;an las rondas. El centinela, apoyado en la lanza, le coment&#243; que estaban preparando a las tropas para las maniobras de la ma&#241;ana siguiente, y repiti&#243; la opini&#243;n de Alejandro: que ya era hora de que todo aquel maldito hatajo de gandules mostrara su val&#237;a.

Telam&#243;n dej&#243; el recinto real. Vio a un grupo de oficiales del regimiento de escuderos que se llevaba el cad&#225;ver de Critias cubierto con una manta. Se dirigi&#243; a su tienda. Casandra hab&#237;a tra&#237;do un catre. Dorm&#237;a en el rinc&#243;n m&#225;s apartado. A Telam&#243;n le pareci&#243; gracioso ver como ella hab&#237;a movido la cama de &#233;l al rinc&#243;n opuesto. Se quit&#243; las sandalias y la t&#250;nica y utiliz&#243; un poco de la preciosa sal para lavarse los dientes. Se lav&#243; la cara y las manos en una palangana y despu&#233;s se sent&#243; en el borde de la cama. Se sec&#243; lentamente mientras reflexionaba sobre todo lo que hab&#237;a visto y o&#237;do.

&#191;C&#243;mo est&#225; el gran f&#237;sico? -pregunt&#243; Casandra con un tono de voz ahogado-. &#191;Otro asesinato? &#191;Podr&#237;as decirme que est&#225; pasando?

Te dir&#233; lo que est&#225; pasando -replic&#243; Telam&#243;n al tiempo que se acostaba y se abrigaba con la &#225;spera manta-, cuando lo sepa. Dime una cosa, &#191;Casandra es tu verdadero nombre?

&#191;Telam&#243;n es el tuyo?

El f&#237;sico no respondi&#243;. Su mente, cargada con las im&#225;genes de hoplitas, espadas en alto y escudos, se sumergi&#243; en un sue&#241;o inquieto.

Los toques de corneta y los gritos de los oficiales lo despertaron antes del alba. Los hombres, arrancados bruscamente del sue&#241;o, respondieron al toque de rebato y corrieron a reunirse con sus oficiales y estandartes.

&#191;Qu&#233; est&#225; pasando? -pregunt&#243; la muchacha con voz somnolienta-. Es tan delicioso volver a dormir en una cama &#161;Puedes venir aqu&#237; si tienes ganas!

No hablas en serio -murmur&#243; Telam&#243;n-. Nuestro capit&#225;n general est&#225; a punto de pasar revista a sus tropas. No hay nada como unas maniobras para mantener contentos a los hombres. Despu&#233;s tendremos que ocuparnos de los cortes, las torceduras y los golpes. Te recomiendo que te vuelvas a dormir.

Telam&#243;n mir&#243; la p&#225;lida luz que se colaba por la entrada y una vez m&#225;s pens&#243; en los acontecimientos del d&#237;a anterior: la sangrienta escaramuza junto al arroyo; Alejandro, resplandeciente con la capa roja, la coraza blanca, la faldilla de guerra con los vivos dorados y las espinilleras plateadas, con las manos extendidas, en agradecimiento a la intervenci&#243;n de Zeus; el banquete de celebraci&#243;n; el cad&#225;ver de Critias tumbado en un charco de sangre, con la herida abierta en el cuello como una segunda boca Telam&#243;n intent&#243; volver a dormirse, pero el estr&#233;pito del campamento era cada vez m&#225;s fuerte. Un grupo de pajes decidi&#243; jugar un partido de pelota delante mismo de la entrada de la tienda. Telam&#243;n solt&#243; un gemido. Apart&#243; la manta, se levant&#243; y camin&#243; con paso inseguro hasta la entrada de la tienda. El centinela accedi&#243; a traerle un poco de agua y, si la encontraba, una jarra de cerveza aguada y algo de comer. Brillaba el sol, pero quedaba casi tapado por las grandes nubes de polvo levantadas por los miles de hombres que marchaban. El soldado dio gracias a los dioses por estar de guardia y asegur&#243; sentirse muy feliz de ocuparse de buscar y traer. Telam&#243;n, con una pieza de metal muy afilada, se afeit&#243; la cara, se recort&#243; cuidadosamente la barbilla en punta y luego se lav&#243;. Busc&#243; una t&#250;nica limpia, se la puso y se abroch&#243; el cinto de cuero.

&#161;Casandra, te espero a la entrada de la tienda!

Telam&#243;n fue a sentarse en el exterior y se entretuvo mirando el partido de pelota de los pajes vestidos con t&#250;nicas blancas. Casandra acab&#243; de asearse y sali&#243; de la tienda. Se acerc&#243; al f&#237;sico y apoy&#243; una mano en su hombro.

Estoy hambrienta, Telam&#243;n. Tengo tanta hambre que ser&#237;a capaz de comerme a uno de esos pajes.

El centinela regres&#243; al cabo de unos minutos con dos boles de gachas con leche y miel. Sac&#243; de debajo de la capa dos panecillos y un trozo de queso envuelto en un trapo que no destacaba por la limpieza.

Se lo rob&#233; a uno de los cocineros reales -explic&#243;-. Es lo mejor que he podido encontrar.

Grit&#243; a los pajes que se marcharan a jugar a otra parte y, cuando no le hicieron el menor caso, Telam&#243;n les orden&#243; que fueran a buscarle una jarra de cerveza. Por fin uno de ellos asinti&#243; con una expresi&#243;n insolente. Trajo la jarra y la dej&#243; a los pies de Telam&#243;n. Sonaron otros toques de llamada. Los pajes se marcharon r&#225;pidamente. Telam&#243;n y Casandra recogieron la comida y la bebida y volvieron al interior de la tienda, donde el f&#237;sico le inform&#243; r&#225;pida y brevemente de los asesinatos mientras desayunaban. La pelirroja no se perdi&#243; detalle.

Siempre hay sangre -consider&#243; encogi&#233;ndose de hombros-. All&#237; donde va Alejandro, aparecen los asesinatos y las muertes violentas. Sin embargo, la soluci&#243;n en este caso es extraordinariamente sencilla. El asesino quiere asustar a nuestro gran conquistador y privar de ojos a su ej&#233;rcito cuando desembarque al otro lado del Helesponto. Tendr&#237;as que dar gracias a los dioses: tuviste mucha suerte de escaparte con vida.

Creo que hab&#237;a visto antes a Droxenius -coment&#243; Telam&#243;n-. Estaba de guardia a la entrada de la jaula de los esclavos cuando te conoc&#237; -le describi&#243; al mercenario, y la muchacha asinti&#243;.

&#161;Pobre desgraciado! -exclam&#243; pasando el dedo por el bol para coger el &#250;ltimo bocado-. Probablemente buscaba a alg&#250;n superviviente de su familia: ten&#237;a una cicatriz que le cruzaba el rostro. No acab&#233; de decidir si su aspecto era fiero o triste. En cualquier caso, est&#225; muerto -manifest&#243; Casandra exhalando un suspiro-. Como todos nosotros dentro de muy poco.

Telam&#243;n le ofreci&#243; la jarra de cerveza. La muchacha bebi&#243; con fruici&#243;n.

Tienes una mirada de &#225;guila y el seso despierto.

&#191;C&#243;mo crees que asesinaron a estas personas? -le pregunt&#243; el f&#237;sico.

Casandra hizo una mueca.

Quiz&#225;s el primer gu&#237;a s&#243;lo hab&#237;a salido a tomar un poco el aire junto al acantilado. El segundo estaba borracho.


&#191;Qu&#233; me dices de H&#233;rcules?

&#191;El enano de Aristandro? Escuch&#233; hablar de &#233;l; reptaba como una serpiente de tienda en tienda. Quiz&#225; vio algo que no deb&#237;a. Es muy sencillo ocultar un cad&#225;ver en el mar, el bosque o en los pantanos de los alrededores. El asesinato de Critias es otra historia, un aut&#233;ntico misterio -observ&#243; frunciendo el entrecejo-. Un hombre sentado en su silla, con un centinela en la &#250;nica entrada, aparece degollado, con una daga entre las costillas y sus mapas quemados, aunque el cofre que los conten&#237;a ni siquiera est&#225; chamuscado. No es de extra&#241;ar que el macedonio est&#233; furioso. Los soldados son peores que los marineros cuando se trata de supersticiones. Nunca he atendido a ninguno que no llevara alg&#250;n tipo de amuleto -observ&#243; justo antes de levantar la cabeza al escuchar un largo y estridente toque de corneta-. Pero estos asuntos no nos conciernen, amo, &#191;o debo decir, Telam&#243;n? -pregunt&#243; sonriendo-. Alejandro est&#225; rodeado de traidores. Apostar&#237;a una daraica de oro contra una jarra de vino que los persas tienen m&#225;s esp&#237;as en este campamento que yo pelos en la cabeza. Al parecer, tu colega, Cle&#243;n, era uno de ellos -advirti&#243; mientras se levantaba para ir hasta la entrada de la tienda-. &#191;Alguna vez has combatido, Telam&#243;n?

Nunca he estado en una batalla.

S&#243;lo he visto una batalla -coment&#243; Casandra-. Cuando Alejandro atac&#243; Tebas. La Banda Sagrada ofreci&#243; la &#250;ltima resistencia delante de la puerta de Electra. Desobedec&#237; la orden del sacerdote y me sub&#237; a lo alto del muro. Nunca hab&#237;a visto nada tan espantoso. Fila tras fila de hombres armados y aquellas terribles picas

Sarisas -le corrigi&#243; Telam&#243;n-. Tienen por lo menos treinta palmos de largo.

Casandra se acerc&#243; al f&#237;sico y se arrodill&#243; a su lado.

&#191;Qu&#233; tiene de especial el ej&#233;rcito de Alejandro? &#191;Qu&#233; les convierte en victoriosos?

Telam&#243;n busc&#243; el escudo que le hab&#237;a dado el armero: una rodela de bronce con un forro de cuero y correas. En la brillante superficie, aparec&#237;a un toro que embest&#237;a.

&#161;Muy impresionante! -brome&#243; Casandra.

El ej&#233;rcito griego -explic&#243; Telam&#243;n, mientras pasaba un brazo por las correas del escudo- siempre combate con el escudo en el brazo izquierdo y la lanza en la mano derecha -precis&#243; toc&#225;ndose el pecho-. Por lo com&#250;n, llevan una coraza que les protege el pecho y la espalda, una faldilla de cuero que les resguarda las ingles y botas forradas con un cuero muy suave, sujetadas con correas en la planta y el tal&#243;n. Los soldados de caballer&#237;a tambi&#233;n las usan o calzan sandalias de suela gruesa. Algunas veces, los infantes combaten descalzos. Llevan sujeta una espada debajo del brazo izquierdo, y habitualmente una daga a la derecha. Se cubren las cabeza con el yelmo hoplita, que es muy abultado, con anchos protectores para la nariz y las orejas y penachos trenzados con crines de caballo. Sin embargo, estos yelmos se est&#225;n quedando anticuados.

Ahora llevan otros diferentes.

S&#237;, el casco boecio, que se parece m&#225;s a un casquete de cuero o bronce, abierto por delante con unas barras para proteger las mejillas y una solapa que les cubre la nuca.


Tambi&#233;n he visto algunos con una cresta de gallo. Creo que son los cascos frigios, &#191;no? Pero lo que quiero saber es qu&#233; hace que el ej&#233;rcito de Alejandro sea tan diferente.

En el pasado, los hoplitas avanzaban -continu&#243; Telam&#243;n-. Los ej&#233;rcitos rivales chocaban y comenzaban los forcejeos y el combate mano a mano. Ahora bien, Casandra, si t&#250; llevaras este escudo, &#191;hacia qu&#233; lado te mover&#237;as?

Hacia la derecha.

&#191;Por qu&#233;?

Porque tengo el lado izquierdo protegido por el escudo. Por lo tanto, naturalmente buscar&#237;a la protecci&#243;n del escudo que lleva mi compa&#241;ero de la derecha.

&#161;Muy bien! -exclam&#243; Telam&#243;n quit&#225;ndose el escudo-. Filipo de Macedonia y Alejandro cambiaron toda esta t&#225;ctica con tres componentes b&#225;sicos: la sorpresa, el desconcierto y la sarisa. Filipo sol&#237;a darnos largas lecciones cuando ven&#237;a a los huertos de Mieza. &#191;De qu&#233; sirve llevar un yelmo tan pesado?, preguntaba a voz en cuello. Si no puedes ver ni o&#237;r nada, no podemos decir que sea de mucha utilidad. Lo mismo es v&#225;lido para los escudos y las corazas enfrentadas a una lanza larga, que fue el arma que introdujo Filipo -observ&#243; poni&#233;ndose de pie e indicando a Casandra que se levantara-. Ahora, t&#250; eres un soldado macedonio. Llevas un escudo peque&#241;o sujeto a tu mu&#241;eca izquierda, pero tambi&#233;n llevas una lanza de treinta palmos de largo, hecha de madera muy dura y con un extremo muy pesado. &#191;Cu&#225;ntas manos vas a necesitar para llevarla?

&#161;Dos! De acuerdo, comprendo que as&#237; las lleve la primera fila. Pero, &#191;d&#243;nde apoyo una lanza tan larga si estoy en la segunda fila?

En el hombro del compa&#241;ero que tienes delante.

Ah, comienzo a verlo. &#191;Si miles de hombres marchan con las lanzas a media altura?

Eso es -asinti&#243; Telam&#243;n-. Atacas al enemigo mucho antes de que se te acerque. Es como caminar directamente contra un enorme puerco esp&#237;n o erizo. &#191;De qu&#233; te sirve tu lanza corta? &#191;El escudo de bronce y el yelmo? -mientras preguntaba, Telam&#243;n recordaba su propia excitaci&#243;n cuando Cleito los ejercitaba-. &#191;Te imaginas, Casandra, a miles de sarisas que vienen directamente hacia ti, empu&#241;adas por hombres entrenados que van acerc&#225;ndose a paso ligero? &#191;T&#250; qu&#233; har&#237;as?

Dar&#237;a media vuelta y echar&#237;a a correr.

Eso es lo que hacen los enemigos de los macedonios. Sin embargo, esto no es todo. Filipo comprendi&#243; el valor de la caballer&#237;a. Emple&#243; a la caballer&#237;a para atacar al enemigo en coordinaci&#243;n con la infanter&#237;a. De esta manera, provocaba la confusi&#243;n y creaba una abertura para sus falanges.

&#191;Qu&#233; tiene todo esto que ver con moverse hacia la derecha? -quiso saber la pelirroja inclinando la cabeza hacia un lado-. Sabes, Telam&#243;n, es la primera vez que te veo excitado.

Telam&#243;n sacudi&#243; la cabeza.

No, no lo estoy. S&#243;lo admiro la terrible belleza, el terror, la valent&#237;a, el arrojo y la pasi&#243;n del guerrero. Ven, te ense&#241;ar&#233; lo que es moverse a la derecha.

Cogieron los mantos y salieron de la tienda. El polvo comenzaba a posarse. El sol estaba alto y la fresca brisa matinal casi hab&#237;a desaparecido. Pidieron a un guardia que los orientara y atravesaron el campamento casi desierto. Las &#250;nicas personas que quedaban eran los alguaciles, los esclavos, los sirvientes, los soldados enfermos o heridos y los escribas de los diferentes secretariados. A lo lejos se levantaban nuevas nubes de polvo, que apagaban los toques de trompeta y los gritos de los hombres que se preparaban para el combate. Dejaron atr&#225;s el campamento, rodearon el lugar de los sacrificios y se unieron al resto de espectadores en la cumbre de un altozano que daba a la llanura barrida por el viento que Alejandro hab&#237;a escogido como escenario de las maniobras. Incluso Telam&#243;n contuvo el aliento ante el magn&#237;fico espect&#225;culo: todo el ej&#233;rcito macedonio con el equipo de guerra completo, formado en una larga l&#237;nea que comenzaba muy cerca del acantilado hasta casi perderse en el horizonte. Las tropas permanec&#237;an ahora en silencio. Cada unidad ocupaba el puesto asignado. Telam&#243;n se&#241;al&#243; a Alejandro montado en Buc&#233;falo, resplandeciente con su capa roja, la coraza blanca y el impresionante yelmo en la cabeza. El rey cabalgaba a lo largo de la l&#237;nea. Levant&#243; la espada y, a su se&#241;al, los soldados comenzaron a golpear las armas contra los escudos al tiempo que profer&#237;an el escalofriante grito de guerra, que sonaba como un trueno, la llamada al dios de la Guerra macedonio.

&#161;Enyalios! &#161;Enyalios! &#161;Enyalios!

Cuando acab&#243; la revista, Alejandro emprendi&#243; el camino de regreso, escoltado por su plana mayor. El polvo hab&#237;a comenzado a asentarse.

&#161;La derecha! -Telam&#243;n sujet&#243; el hombro de Casandra-. El coraz&#243;n del ej&#233;rcito macedonio son los Compa&#241;eros, los regimientos de infanter&#237;a y caballer&#237;a.

Ya los veo -contest&#243; la muchacha-. Son aquellos vestidos con las capas rojas y las fajas del mismo color enrolladas en la cintura.

Son macedonios -explic&#243; el f&#237;sico-. Llevan los cascos de bronce boecios. M&#237;ralos, tienen un reborde que rodea la cabeza y baja hasta la nuca. Esto les permite ver y o&#237;r con claridad. Los penachos de plumas o trenzados con crin de caballo distinguen a los oficiales. Llevan armaduras moldeadas con la forma de los m&#250;sculos del torso. Est&#225;n reforzadas con un cintur&#243;n y hombreras. Van armados con rodelas y una lanza: una espada a la izquierda y a veces una daga a la derecha.

&#191;Por qu&#233; las mantas de los caballos tienen diferente colores? -pregunt&#243; Casandra.

Son los colores de cada regimiento. P&#250;rpura y amarillo, rojo y oro. Los comandantes llevan la piel de alg&#250;n animal: leopardo, jaguar o pantera.

&#191;Eso no los hace m&#225;s visibles para el enemigo durante la batalla?

Filipo dec&#237;a lo mismo -afirm&#243; Telam&#243;n-. A menudo su armadura era vieja y la manta de la montura parec&#237;a un harapo. Filipo era valiente, pero no le gustaba exhibirse -observ&#243; sacudiendo la cabeza-. Alejandro y sus compa&#241;eros sienten un gran orgullo no s&#243;lo dirigiendo, sino tambi&#233;n en que los vean en cabeza. El coraje personal est&#225; a la orden del d&#237;a.

&#191;Qui&#233;nes son los otros grupos de caballer&#237;a? -pregunt&#243; Casandra mientras el viento arrastraba nubes de polvo-. &#161;Oh, mira! &#161;Aqu&#233;llos! -exclam&#243; al ver las dos alas del ej&#233;rcito donde ahora se distingu&#237;an los escuadrones de caballer&#237;a.

Advirti&#243; que los jinetes llevaban unos cascos muy extra&#241;os. Tambi&#233;n observ&#243; que algunos llevaban corazas e iban armados con lanzas y escudos, mientras que otros iban fuertemente armados y sobre los hombros llevaban pieles de animales salvajes.

Los regimientos de tracios y tesalios -le explic&#243; Telam&#243;n-. Los aliados de Alejandro.

Ah, as&#237; que son ellos -susurr&#243; Casandra-. Los supervivientes de Tebas hablaban de monstruos salvajes montados a caballo.

Que los dioses ayuden a cualquiera que caiga en sus manos -manifest&#243; Telam&#243;n-. Son valientes, pero salvajemente despiadados. Los rumores hablan de que practican el canibalismo -apunt&#243; mirando de reojo a la muchacha, que respiraba muy agitada y ten&#237;a la frente ba&#241;ada en sudor; la visi&#243;n de estos regimientos evocaba amargos recuerdos-. La caballer&#237;a est&#225; organizada en escuadrones -continu&#243;-. Cada uno cuenta con doscientos hombres con un capit&#225;n y un corneta. Cuatro escuadrones forman una brigada. Dos brigadas constituyen un regimiento. A su vez, varios regimientos forman una falange. El escuadr&#243;n principal son los reales, que siempre tienen su posici&#243;n a la derecha, el lugar de honor. All&#237; es donde ahora est&#225;n Ptolomeo y los dem&#225;s. S&#243;lo son siete y ostentan el t&#237;tulo de guardaespaldas reales; act&#250;an como generales y comandantes de Alejandro.

&#191;Qu&#233; son las unidades de caballer&#237;a que est&#225;n en la vanguardia?, &#191;aquellos que llevan rodelas y lanzas?

Son los prodromi, los exploradores. Se despliegan delante del ej&#233;rcito. Dependen de lo que averig&#252;en de los lugare&#241;os; por eso Alejandro contrat&#243; a Critias y a los dem&#225;s gu&#237;as. Los exploradores son &#250;tiles en los desiertos y las llanuras, pero, en territorio desconocido, m&#225;s de una vez se ha dado el caso de que los exploradores han llevado a sus ej&#233;rcitos a una emboscada.

Casandra se&#241;al&#243; al extremo derecho del ej&#233;rcito, formado detr&#225;s de los guardaespaldas reales: una masa de arqueros, honderos y soldados de infanter&#237;a con armamento ligero, junto a otros fuertemente armados con yelmos donde ondeaban los penachos multicolores.

Ver&#225;s a un grupo similar en el extremo izquierdo -dijo Telam&#243;n-. Tropas mercenarias: arqueros cretenses, infantes agrianianos, honderos. Todos los mercenarios del mar Medio acuden en masa para aceptar la promesa macedonia de recibir el oro persa. Sin embargo, el ej&#233;rcito principal est&#225; en el centro, es la espina dorsal de Macedonia. &#161;Ven!

Telam&#243;n llev&#243; a Casandra hasta un lugar donde estaban solos. Se detuvieron para observar las filas de infantes con las largas sarisas apoyadas en el suelo.

&#161;Van muy poco armados! -exclam&#243; Casandra.

Los hay de dos clases -explic&#243; Telam&#243;n-. Primero, los falangistas; s&#243;lo llevan la t&#250;nica, botas y el sombrero chato o cans&#237;a. Su arma es la sarisa. A cada lado de ellos, se encuentran los regimientos de guardias, los que llevan los yelmos frigios con la cresta de gallo.

&#191;Los diferentes colores designan a los diferentes regimientos?


Correcto -respondi&#243; Telam&#243;n sonriendo-. Los que llevan plumas son los oficiales. Los guardias llevan corazas, espinilleras y yelmos. Su tarea consiste en proteger los vulnerables flancos de los falangistas. La infanter&#237;a est&#225; dividida en unidades. La menor es una fila de diecis&#233;is hombres; una compa&#241;&#237;a incluye treinta y dos filas; tres compa&#241;&#237;as forman un batall&#243;n; dos batallones equivalen a un regimiento. Al igual que la caballer&#237;a, cada uno tiene diferente color, por no mencionar a los cornetas, a quienes el secretariado del ej&#233;rcito ense&#241;a toda una serie de llamadas. Observa c&#243;mo los cornetas reales nunca est&#225;n muy separados de Alejandro. Cada llamada significa una orden diferente: armas al hombro, avanzar, giro a la derecha, y muchas m&#225;s cosas. Ahora lo ver&#225;s.

A todo lo largo de la l&#237;nea de batalla resonaban las cornetas. Cada unidad recib&#237;a la llamada y la transmit&#237;a a la siguiente. Telam&#243;n, que hab&#237;a visto esta escena much&#237;simas veces, sinti&#243; que el coraz&#243;n daba un brinco en su pecho y comenzaba a latir deprisa. La l&#237;nea comenz&#243; a desplegarse. La caballer&#237;a situada en los flancos se mov&#237;a ahora hacia adelante, y algunos de los regimientos de infanter&#237;a hac&#237;an lo propio, de forma tal que las tropas adoptaron una formaci&#243;n similar a los cuerdos de un toro. Detr&#225;s de la caballer&#237;a, se encontraba la infanter&#237;a con armamento ligero: los mercenarios, los honderos y los arqueros. La aut&#233;ntica maravilla era el n&#250;cleo del ej&#233;rcito: los Compa&#241;eros de a pie y los regimientos de guardias. Como si estuviesen controlados por una gigantesca mano invisible, formaron r&#225;pidamente de diferentes maneras: desde grupos muy unidos a largas filas y, despu&#233;s, en unos rect&#225;ngulos de cuatro hombres de frente y diecis&#233;is de fondo erizados de lanzas. Las cornetas volvieron a sonar y los regimientos adoptaron otra formaci&#243;n de combate: peque&#241;as falanges o cuadrados de hombres, de ocho de frente y ocho de fondo. Las cornetas tocaron otra llamada y las falanges volvieron a unirse.

Ahora ya lo ves -coment&#243; Telam&#243;n-. Las unidades y los regimientos est&#225;n formando para convertirse en una enorme falange.

Ahora las cornetas sonaron con una larga llamada que helaba la sangre. El grito de guerra macedonio reson&#243; en la llanura con tanta fuerza que los p&#225;jaros huyeron espantados. Los falangistas comenzaron a avanzar lentamente. Las filas de vanguardia bajaron las sarisas; los que ven&#237;an detr&#225;s apoyaron las suyas en los hombros de los que ten&#237;an delante.

&#161;Casandra! -exclam&#243; Telam&#243;n-. Imagina que eres un soldado de caballer&#237;a persa o un infante ateniense. Tienes a los regimientos de infanter&#237;a que te amenazan por el frente; a los escuadrones de caballer&#237;a, apoyados por la infanter&#237;a ligera y sus auxiliares, que te machacan los flancos. No puedes entrar en contacto con el enemigo que tienes delante porque sus sarisas son tres veces m&#225;s largas que tus lanzas. Intentas golpear las sarisas con la espada, pero te ves impedida en tus movimientos por los hombres que te rodean. Las sarisas se acercan

Hizo una pausa. Las falanges aceleraron el avance y los golpes de miles de pies calzados con sandalias les marcaron su propio ritmo. Se escuch&#243; un agudo toque de corneta. La enorme falange del centro se mov&#237;a ahora casi a la carrera mientras la caballer&#237;a avanzaba por los flancos al trote. Telam&#243;n se imagin&#243; el terror, el miedo del enemigo enfrentado a un oponente tan formidable. Casandra lo sac&#243; de su ensimismamiento.

Veo c&#243;mo funciona aqu&#237;, en las suaves llanuras de Queronea, o frente a Tebas. &#191;Qu&#233; pasa si se encuentran a las orillas de un r&#237;o o en una zona de colinas boscosas?

&#161;Ah! -exclam&#243; Telam&#243;n sacudiendo la cabeza-. All&#237; es donde Filipo y Alejandro sobresalen por su ingenio.

Sus palabras fueron ahogadas por los toques de corneta. Toda la l&#237;nea de batalla ces&#243; en su avance y se detuvo como un solo hombre. Los oficiales gritaron y se escuch&#243; una tremenda ovaci&#243;n.

El rey los felicita -explic&#243; el f&#237;sico-. En respuesta a tu pregunta, te dir&#233; que el choque y la sansa son armas muy poderosas. Por &#250;ltimo, no olvides la mejor arma de Alejandro: la sorpresa.

Se dispon&#237;a a continuar cuando escuch&#243; unos gritos. Mir&#243; por encima del hombro. Aristandro, Ant&#237;gona y Selena se acercaban apresuradamente, seguidos por el coro, que en una camilla improvisada cargaba un cuerpo cubierto con una manta. Telam&#243;n sali&#243; a su encuentro. El rostro de Ant&#237;gona estaba ba&#241;ado en l&#225;grimas y Selena parec&#237;a en trance.

Es Aspasia -explic&#243; Aristandro-. La encontraron muerta en el bosque.



CAP&#205;TULO IX

Aristandro le dijo a Alejandro que no ten&#237;a motivos para alarmarse.

Arriano, La campa&#241;a de Alejandro, libro 1, cap&#237;tulo 2



No tardaron en reunirse con ellos los otros dos f&#237;sicos, Perdicles y Nikias, que tambi&#233;n hab&#237;an estado presenciando las maniobras. Perdicles apart&#243; la manta. Casandra solt&#243; una exclamaci&#243;n. Incluso Telam&#243;n, acostumbrado a las mil y una formas de la muerte, sinti&#243; una punzada de piedad. La muchacha estaba cubierta de fango de pies a cabeza y el cieno verde del pantano sellaba la boca, la nariz y los ojos. Selena lloraba amargamente abrazada a Ant&#237;gona. El dolor de la sacerdotisa resultaba todav&#237;a m&#225;s impresionante debido a su silencio, mientras las l&#225;grimas resbalaban por sus mejillas. El cad&#225;ver atrajo la atenci&#243;n de los dem&#225;s. Aristandro orden&#243; al coro que formara un c&#237;rculo para impedir que nadie se acercara a la camilla.

Aqu&#237; no -dijo Telam&#243;n.

Puedes usar mi tienda -le sugiri&#243; Perdicles.

Dejaron el campo de maniobras, donde todav&#237;a resonaban los gritos de los oficiales y las sonoras notas de las cornetas. Llegaron al campamento y fueron directamente a la tienda de Perdicles. Los celtas se encargaron de vigilar la entrada. Perdicles acerc&#243; unos taburetes para Ant&#237;gona y Selena, Telam&#243;n, Nikias y Aristandro observaron el cad&#225;ver. Trajeron jarras de agua y trapos. Desnudaron a la joven muerta. Telam&#243;n advirti&#243; que todav&#237;a llevaba puestas las joyas alrededor del cuello, en las mu&#241;ecas y en los dedos: las quitaron todas. Con mucho cuidado, le limpiaron la boca, la nariz y los ojos y despu&#233;s el resto del cuerpo. La piel todav&#237;a era suave y los miembros flexibles. De no haber sido por los ojos y la boca entreabiertos, cualquiera hubiese supuesto que dorm&#237;a.

Muri&#243; hace muy poco -coment&#243; Telam&#243;n-. &#191;T&#250; qu&#233; opinas, Perdicles?

No puede llevar muerta m&#225;s de tres horas.

&#191;C&#243;mo muri&#243;? -pregunt&#243; Ant&#237;gona.

Mi se&#241;ora, sin duda, t&#250; sabes m&#225;s que nosotros -replic&#243; Telam&#243;n.

&#191;D&#243;nde la encontraron? -inquiri&#243; Perdicles.

Sali&#243; esta ma&#241;ana -respondi&#243; la sacerdotisa, con los ojos hinchados del llanto y la voz apagada-. Se llev&#243; una cesta para recoger flores y hierbas. Fue hasta el bosquecillo que hay a unos veinte estadios del campamento.

&#191;Por qu&#233; no fue nadie con ella? -quiso saber Perdicles.

Ant&#237;gona sonri&#243; tristemente al escuchar la pregunta.

Era una doncella de Atenea. Ning&#250;n soldado se hubiera atrevido a levantarle la mano. No recib&#237;a otra cosa que el respeto de todos.

&#161;No tendr&#237;a que haber ido!

Todos se volvieron. Selena, con el rostro transido de dolor, se hab&#237;a cortado la mejilla con sus afiladas u&#241;as; la sangre que manaba de los cortes manchaba su t&#250;nica de lana blanca.

&#161;No tendr&#237;a que haber ido! -repiti&#243; mientras miraba a los dem&#225;s con una expresi&#243;n de furia-. &#161;Era mi amiga!

Selena se levant&#243; tambaleante, con el cuerpo estremecido por la c&#243;lera. Descarg&#243; un puntapi&#233; contra el suelo, con los ojos resplandecientes, y abriendo y cerrando la boca varias veces, pero en su histeria s&#243;lo consigui&#243; que de sus labios escapara un gemido ahogado.

Yo me ocupar&#233; de ella -avis&#243; Ant&#237;gona acerc&#225;ndose y rodeando los hombros de la muchacha con el brazo al tiempo que le murmuraba algo en una lengua desconocida para Telam&#243;n-. Es frigio, la vieja lengua de Troad, la zona alrededor de Troya -precis&#243; mirando al f&#237;sico y sonri&#233;ndole d&#233;bilmente.

Las dos mujeres salieron de la tienda. Telam&#243;n continu&#243; con el examen.

&#191;C&#243;mo ocurri&#243;? -pregunt&#243;.

Por lo que he podido colegir -respondi&#243; Aristandro desde donde estaba pasando las hojas de un manuscrito que estaba encima de un peque&#241;o cofre junto a la cama de Perdicles-, la muchacha sali&#243; a buscar flores y hierbas. Se dirigi&#243; al bosque con una cesta. T&#250; eres el experto, Telam&#243;n: &#233;se es el mejor lugar para recolectar hierbas, &#191;no es as&#237;?

Es verdad -asinti&#243; el f&#237;sico distra&#237;do-. Un prado umbr&#237;o o un huerto f&#233;rtil. Conozco esos lugares. All&#237; las plantas tienen agua en abundancia, crecen m&#225;s fuertes y son m&#225;s variadas.

&#191;Quiz&#225; vio algo? -prosigui&#243; Aristandro-. Alguna hierba o flor que deseaba. Debi&#243; tropezar y caer en el pantano -sugiri&#243; apuntando las prendas cubiertas de fango apiladas en el suelo junto al cad&#225;ver-. Quiz&#225; las prendas se le enrollaron alrededor de la cabeza y las piernas. No resulta dif&#237;cil imaginar c&#243;mo fue: cuanto m&#225;s se debat&#237;a, m&#225;s indefensa se encontraba.

&#191;El cuerpo no tendr&#237;a que haberse hundido hasta el fondo?

No -manifest&#243; el custodio de los secretos del rey-. Pesaba poco y no iba cargada con piedras ni llevaba armadura como un soldado.

&#191;C&#243;mo la encontraron? -pregunt&#243; Casandra.

El nigromante la mir&#243; con curiosidad, porque no esperaba que una mujer le interrogara. Telam&#243;n le repiti&#243; la pregunta.

&#191;C&#243;mo la encontraron, Aristandro?

Desde ayer, he tomado m&#225;s precauciones en lo que se refiera a la seguridad del rey. He enviado a escuadrones de caballer&#237;a ligera a explorar los alrededores. Alejandro quiere sacrificar otro toro joven. Quiero tener la absoluta seguridad de que no habr&#225; m&#225;s sorpresas al acecho en los matorrales. A&#250;n tengo la esperanza de encontrar a H&#233;rcules -confes&#243; enjug&#225;ndose una l&#225;grima-. La cuesti&#243;n es que un oficial de caballer&#237;a con muy buena vista vio una nota de color en el bosque. Sus compa&#241;eros y &#233;l desmontaron para avanzar entre los &#225;rboles. Vieron una cesta tumbada y el cuerpo de Aspasia, que flotaba en el pantano.

&#191;Es posible que alguien le tendiera una emboscada? -pregunt&#243; Perdicles.

Telam&#243;n se&#241;al&#243; el cad&#225;ver.

Lo dudo. No se aprecia ninguna marca ni golpes en el cuerpo -afirm&#243;.

No deja de ser extra&#241;o -apunt&#243; Aristandro-. La caballer&#237;a ya hab&#237;a recorrido aquella zona. Es cierto que no se aventuraron muy adentro debido a los pantanos y las ci&#233;nagas ocultas entre la vegetaci&#243;n; sin embargo, dijeron que nadie m&#225;s hab&#237;a ido por all&#237;. Otra patrulla vio a la muchacha cuando cruzaba el prado en direcci&#243;n al bosque. Estaban descansando los caballos. La saludaron y ella les respondi&#243;. Nadie la sigui&#243; cuando se adentr&#243; en el bosque.

Telam&#243;n examin&#243; las manos de la muchacha.

Estar&#237;a de acuerdo con lo que dices, si no fuera por esto -advirti&#243; se&#241;alando los nudillos de la mano derecha de Aspasia, que presentaban unos rasgu&#241;os, y las u&#241;as rotas en dos de los dedos.

Tambi&#233;n mira esto -apunt&#243; Casandra apartando la negra cabellera de Aspasia.

Telam&#243;n observ&#243; el chich&#243;n en la frente.

No es nada importante -manifest&#243; Casandra-. Los rasgu&#241;os en los nudillos no son profundos, s&#243;lo tiene rotas dos u&#241;as y el chich&#243;n en la frente apenas se nota.

&#191;Crees que no fue un golpe lo bastante fuerte como para hacerle perder el conocimiento? -pregunt&#243; Aristandro.

No, s&#243;lo es un golpe leve, aunque fresco: lo recibi&#243; antes de morir.

&#191;Qu&#233; crees que ocurri&#243;? -pregunt&#243; Nikias.

El supersticioso f&#237;sico se hab&#237;a mantenido apartado del cad&#225;ver. Telam&#243;n conoc&#237;a el motivo. Aspasia hab&#237;a sido una doncella consagrada a Atenea.

Lo que sospecho es que Aspasia sali&#243; a coger unas cuantas flores y hierbas -respondi&#243; Telam&#243;n mientras se levantaba con la mirada puesta en el cad&#225;ver-. Es cierto que quiz&#225; la han asesinado, o que la atacaron, pero no lo creo. Aspasia era una forastera en estos parajes. No record&#243; las advertencias sobre los pantanos. Vio una flor o una hierba que le interesaba, dej&#243; la cesta en el suelo y, llevada por el entusiasmo, avanz&#243; despreocupadamente. Se meti&#243; en una ci&#233;naga. No tuvo tiempo de gritar porque cay&#243; de bruces en el fango. Quiz&#225; fue entonces cuando se hizo los rasgu&#241;os en los nudillos y se golpe&#243; en la frente. La domina el miedo y aspira aire, intenta gritar y, al hacerlo, permite que el fango le entre por la boca y la nariz. La muerte tuvo que ser muy r&#225;pida. La pobre muchacha se asfixi&#243; -apunt&#243; tocando el hombro de Casandra-. Es una sacerdotisa y hay que prepararla para el funeral. Casandra se ocupar&#225; de todo lo necesario. Debemos evitar cualquier ofensa. Estoy seguro de que la se&#241;ora Ant&#237;gona estar&#225; de acuerdo.

Nikias sali&#243; disparado. Aristandro manifest&#243; que quer&#237;a hablar con Perdicles y salieron juntos. Telam&#243;n se sent&#243; en un taburete cerca de la entrada para aprovechar el frescor de la brisa, que a&#250;n tra&#237;a los sonidos de las cornetas y los gritos del campo de maniobras.

&#191;Qu&#233; debo hacer, Telam&#243;n? -pregunt&#243; Casandra.

B&#225;&#241;ala y limpia su cuerpo. Busca alg&#250;n posible indicio. Coge una de las mantas de Perdicles y envuelve el cad&#225;ver. Cuando hayas terminado, ve a dec&#237;rselo a Ant&#237;gona. A ver si puedes descubrir m&#225;s detalles de lo que pas&#243; esta ma&#241;ana.

Telam&#243;n observ&#243; el paso de una nube de polvo por delante de la tienda.

Con este calor habr&#225; que incinerar el cad&#225;ver cuanto antes; dentro de un par de horas como mucho.

Casandra se puso manos a la obra. Trajeron m&#225;s agua y trapos. Telam&#243;n fue a su tienda y volvi&#243; con unas cuantas especias y un frasco de perfume que conten&#237;a mirra e incienso.

No veo marca alguna -declar&#243; la muchacha mientras peinaba los cabellos de la difunta.

&#191;Era una doncella? -pregunt&#243; Telam&#243;n.

No era un soldado -se burl&#243; Casandra.

Pregunto si era virgen -replic&#243; Telam&#243;n.

A medias -respondi&#243; Casandra mirando al f&#237;sico-. Tiene el himen roto, pero es algo que ocurri&#243; hace tiempo. No hay ning&#250;n indicio de actividad sexual.

Acarici&#243; suavemente los pies de la muchacha muerta y murmur&#243; unas palabras.

&#191;Qu&#233; has dicho? -quiso saber Telam&#243;n.

El fragante roc&#237;o cae sobre las rosas y los campos en mayo est&#225;n cubiertos de flores.

&#191;Eres una poetisa?

Ojal&#225; lo fuera -contest&#243; Casandra-. Son palabras de Safo, una eleg&#237;a muy apropiada para esta muchacha -apunt&#243; sonriendo al ver la sorpresa en el rostro de Telam&#243;n.

&#191;Eres una seguidora de Safo?

&#191;T&#250; qu&#233; crees, amo? -replic&#243; mir&#225;ndole fijamente-. &#191;Recuerdas aquel famoso pasaje del Lis&#237;strata de Arist&#243;fanes?

Telam&#243;n sacudi&#243; la cabeza.

Casandra se levant&#243; como una actriz en el escenario, con las manos extendidas. Telam&#243;n se ech&#243; a re&#237;r mientras la pelirroja brincaba por la tienda en una imitaci&#243;n de las distinguidas damas de la s&#225;tira de Arist&#243;fanes.

Lo que t&#250; quieras -dijo Casandra citando la obra-. Si tengo que hacerlo, caminar&#233; a trav&#233;s del fuego. Har&#233; lo que sea antes que renunciar a los penes. Lis&#237;strata, cari&#241;o, no hay nada que se les pueda comparar.

Sin embargo, t&#250; no lo crees, &#191;verdad? -apunt&#243; Telam&#243;n ri&#233;ndose-. &#191;No est&#225;s de acuerdo con el autor de Las enfermedades de las mujeres? Las mujeres que mantienen relaciones sexuales con los hombres son m&#225;s sanas que aquellas que no las practican -se respondi&#243; cerrando los ojos mientras citaba la frase.

No, no estoy de acuerdo -replic&#243; Casandra, que volvi&#243; a ocuparse del cad&#225;ver-. Es algo que dir&#237;a cualquier hombre, &#191;no te parece? &#191;T&#250; qu&#233; crees, amo, o debo decir Telam&#243;n? &#191;Est&#225;s de acuerdo con el asesinado Agamen&#243;n cuando Ulises fue a visitarle al Hades: No hay nada m&#225;s letal en la tierra que una mujer?

Bueno, es algo que dir&#237;a cualquier hombre, &#191;no te parece? -contest&#243; Telam&#243;n repitiendo las palabras de su ayudante-. &#161;Despu&#233;s de todo, fue asesinado por su esposa! -a&#241;adi&#243; acerc&#225;ndose para arrodillarse junto al cad&#225;ver-. Era hermosa -advirti&#243; mirando los grandes pechos, la peque&#241;a cintura y las largas y esbeltas piernas-. &#191;Crees que era una seguidora de Safo? Despu&#233;s de todo, ten&#237;a el himen roto.

Es posible -respondi&#243; Casandra encogi&#233;ndose de hombros-. &#191;Qu&#233; escribi&#243; tu famoso Arist&#243;teles en su tratado Las enfermedades de las mujeres, que el himen se puede romper por causa de alguna otra actividad violenta? Dudo que Aspasia se acostara con ning&#250;n hombre; desde luego, no hay ninguna se&#241;al de que hubiera concebido.

&#191;Alguna vez te has enamorado, Casandra? &#191;Te has acostado con un hombre?

La expresi&#243;n de Casandra se suaviz&#243;.

He conocido personas a las que he amado -respondi&#243; enigm&#225;ticamente-. Pero &#191;casarme, parir? &#161;Nunca! En una ocasi&#243;n, una compa&#241;&#237;a de actores visit&#243; nuestro templo. Interpretaron Medea de Eur&#237;pides. Nunca he olvidado aquella frase que dice la propia Medea: Preferir&#237;a estar tres veces en la vanguardia del combate que dar a luz a un solo ni&#241;o.

&#191;Tienes miedo del dolor? -pregunt&#243; Telam&#243;n, curioso ante el inesperado rumbo que hab&#237;a tomado la conversaci&#243;n.

No -respondi&#243; Casandra poni&#233;ndose de pie; luego ech&#243; un poco de agua en un recipiente y se lav&#243; las manos-. &#191;Por qu&#233; iba a querer dar a luz a un hijo en este mundo sangriento, poblado por hombres como Alejandro, Filipo y Ptolomeo?

Se sec&#243; las manos con un trapo y se acerc&#243; al f&#237;sico. Telam&#243;n no acababa de decidir si ella estaba furiosa o a punto de echarse a llorar.

He escuchado los rumores, Telam&#243;n -susurr&#243;-. Dentro de unas pocas semanas, Alejandro estar&#225; en Asia. Piensa en la sangre que se derramar&#225;. Las personas muertas por la espada, por el fuego O por est&#250;pidos accidentes como &#233;ste -a&#241;adi&#243; se&#241;alando el cad&#225;ver.

Salieron de la tienda. Telam&#243;n llam&#243; a dos guardias. Le orden&#243; a uno que velara el cad&#225;ver y al otro que fuera a buscar a Ant&#237;gona.

&#191;Adonde vamos? -pregunt&#243; Casandra.

Me interesa ver el lugar donde muri&#243; la muchacha.

Telam&#243;n busc&#243; a Aristandro. En menos de una hora, un joven oficial de caballer&#237;a los gui&#243; fuera del campamento. Cruzaron el campo bajo el sol ardiente y llegaron a la fresca sombra del bosque. El oficial les explic&#243; brevemente lo que hab&#237;a sucedido y su relato coincidi&#243; casi palabra por palabra con el de Aristandro. Telam&#243;n le dio las gracias y el oficial se march&#243;. El f&#237;sico y su compa&#241;era se sentaron a la sombra de un roble y contemplaron el claro.

Es f&#225;cil ver c&#243;mo ocurri&#243; el accidente -manifest&#243; Casandra-. Arbustos, &#225;rboles, matorrales Mira las flores, Telam&#243;n: son como faros que te atraen. Pisa all&#237; donde no debes y, si est&#225;s desprevenido o no conoces la zona, acabas hundido en el fango hasta la cintura antes de que te des cuenta.

&#191;Seguro que no viste ninguna otra marca ni golpes en ella? -pregunt&#243; Telam&#243;n.

&#191;Por qu&#233; lo preguntas?

Telam&#243;n sacudi&#243; la cabeza.

La cesta ha desaparecido.

Es probable que la devolvieran a Ant&#237;gona. &#191;Qu&#233; pretendes insinuar?

Estoy recordando mis conocimientos de geograf&#237;a -contest&#243; el f&#237;sico-. He estado en el Troad en dos ocasiones. All&#237; no hay gran cosa, sino s&#243;lo ruinas: las tumbas en el promontorio, la llanura barrida por el viento y, a lo lejos, las laderas arboladas del monte Ida. Troya y toda su gloria han desaparecido. Cuando viajas hacia el sur, entras en un territorio diferente. Te puedes perder con mucha facilidad -observ&#243; exhalando un suspiro; luego se levant&#243; y ayud&#243; a hacerlo a Casandra-. Lo verdaderamente importante es que un ej&#233;rcito peque&#241;o como el de Alejandro puede ser emboscado sin muchas dificultades. Para decirlo con toda claridad, parece que cualquiera en condiciones de ayudar a Alejandro a atravesar aquella regi&#243;n es arrojado al vac&#237;o, apu&#241;alado o, como en este caso, ahogado en el fango.

Pero si fue un accidente -protest&#243; Casandra.

Un fil&#243;sofo afirm&#243; en una ocasi&#243;n que los accidentes no existen

&#161;Telam&#243;n! &#161;Telam&#243;n! -rugi&#243; una voz.

El f&#237;sico cogi&#243; la mano de Casandra. Volvieron por el mismo camino entre los &#225;rboles hasta donde el jefe del coro de Aristandro les esperaba como un gigantesco oso envuelto con la capa forrada de piel. En una mano sosten&#237;a su grotesco casco con forma de cabezade jabal&#237; y en la otra la daga. Se&#241;al&#243; a Telam&#243;n con el arma.

Tienes que ir con el rey. Quiere verte.

&#161;Y t&#250; puedes guardarte la daga! -le orden&#243; Casandra con un tono cortante.

El jefe del coro se limit&#243; a mirarla.

La muchacha avanz&#243; con una expresi&#243;n fiera en el rostro.

&#161;Venga! &#161;Guarda de una vez esa daga! D&#233;jate ya de tantos aspavientos. &#201;ste es un amigo del rey. &#161;Ir&#225; porque quiere! -exclam&#243; mirando a Telam&#243;n por encima del hombro y enarcando las cejas en un gesto de exasperaci&#243;n-. Si hay algo que he aprendido sobre los celtas, es que son unos redomados mentirosos y que les encanta hacer teatro.

Esta vez el celta envain&#243; la daga sin demora. Ahora miraba a Casandra con adoraci&#243;n, como si la pelirroja fuese una emperatriz que hab&#237;a regresado para reencontrarse con sus s&#250;bditos.

&#191;A qu&#233; est&#225;s esperando ahora? &#161;Venga, en marcha, mala bestia!

El jefe del coro se inclin&#243; en se&#241;al de obediencia y abri&#243; la marcha de regreso al campamento. Telam&#243;n y Casandra se apresuraron a seguirlo.

Las maniobras hab&#237;an acabado y las unidades regresaban al campamento, en plan de paseo. Los soldados se hab&#237;an quitado los cascos y las armaduras y los esclavos y sirvientes cargaban con las lanzas y los escudos. Un escuadr&#243;n de caballer&#237;a pas&#243; al galope y los infantes corearon una retah&#237;la de insultos, molestos por las nubes de polvo levantadas por los caballos. El jefe del coro se abri&#243; paso entre la muchedumbre. En lugar de llevarlos hacia el recinto real, los condujo a trav&#233;s del campamento hacia el lugar donde hab&#237;an instalado las tiendas que serv&#237;an de hospital cerca de un arroyuelo. Hasta ahora, el hospital s&#243;lo se hab&#237;a utilizado para tratar lesiones menores y enfermedades. Ahora, en cambio, mientras se acercaban a la tienda principal, Telam&#243;n escuch&#243; unos gritos de agon&#237;a. Los guardias reales se amontonaban en la entrada; en el interior, pobremente iluminado por las l&#225;mparas de aceite, reinaba un olor agrio. El rey y sus compa&#241;eros sujetaban a un joven oficial acostado en una mesa plegable. Todos ten&#237;an las t&#250;nicas manchadas de sangre y se ve&#237;a un charco de sangre en el suelo, en el lado derecho de la mesa.

&#161;Bendito sea Apolo!

Alejandro, todav&#237;a vestido con el uniforme de batalla, los salud&#243;. Ten&#237;a los cabellos empapados en sudor. Se quit&#243; el pa&#241;uelo que llevaba anudado al cuello y lo utiliz&#243; para secarse el sudor de los brazos. Ptolomeo, Hefesti&#243;n y los dem&#225;s permanec&#237;an cerca de la mesa, angustiados por los gemidos y los gritos del paciente. Alejandro empuj&#243; a Telam&#243;n sin miramientos.

Se cay&#243; del caballo -le inform&#243; el rey.

Telam&#243;n mir&#243; la mano del oficial, convertida en un mont&#243;n de carne aplastada.

&#191;Una coz?

No. El caballo le pis&#243; la mano -contest&#243; Alejandro con un tono desabrido-. Telam&#243;n, eres un f&#237;sico de primera. &#191;Qu&#233; puedes hacer por &#233;l?

Tienes a otros f&#237;sicos, mi se&#241;or. Si quieres poner a prueba mis conocimientos, no tienes m&#225;s que decirlo.

Alejandro no hizo caso de la respuesta.

&#191;Qu&#233; recomiendas, Telam&#243;n?

&#191;Le han suministrado alg&#250;n opi&#225;ceo?

No le han dado nada.

Telam&#243;n se volvi&#243; y cogi&#243; a un enfermero por el brazo con firmeza.

Quiero el vino m&#225;s fuerte que tengas con un poco de polvo de amapola. &#191;Sabes lo que es?

El hombre asinti&#243;.

Casandra, ve a la tienda, trae mi malet&#237;n y el peque&#241;o cofre de cedro con una serpiente de plata en la tapa. Uno de los hombres del rey te acompa&#241;ar&#225;.

Alejandro se volvi&#243; y chasque&#243; los dedos. La pelirroja se march&#243; escoltada por dos oficiales. El enfermero trajo el vino y el polvo de amapola. Telam&#243;n prepar&#243; la mezcla y, despu&#233;s de ordenar a los compa&#241;eros del oficial que lo sujetaran con fuerza, le acerc&#243; la copa de vino a los labios.

&#161;Bebe! -le urgi&#243;, sin hacer caso de la mirada de desesperaci&#243;n en los ojos del herido-. &#161;Bebe y tendr&#225;s paz!

Voy a morir -balbuce&#243; el oficial. Se hab&#237;a mordido la lengua y la sangre chorreaba por los labios. Ten&#237;a el rostro ba&#241;ado en sudor y la piel de un color gris&#225;ceo.

No vas a morir -replic&#243; Telam&#243;n-. Todav&#237;a no. Bebe esto y conocer&#225;s la paz. Aguanta un poco m&#225;s el dolor y bebe el vino.

El hombre obedeci&#243;. Llenaron otra vez la copa y a&#241;adieron m&#225;s polvo. El paciente comenz&#243; a cabecear mientras se le cerraban los ojos; Telam&#243;n le abofete&#243; para mantenerlo despierto hasta que acab&#243; de beber la segunda copa. Por fin, el oficial se qued&#243; en silencio.

El r&#237;o de Leteo -murmur&#243; Alejandro-. &#161;Las aguas del olvido!

Semillas de amapola y vino fuerte -replic&#243; Telam&#243;n con un tono c&#225;ustico-. Los efectos no durar&#225;n mucho. El dolor le har&#225; recuperar la conciencia.

&#161;Quiero ver todo lo que haces, pero me estoy asando de calor! -Alejandro levant&#243; los brazos y un paje corri&#243; para desabrocharle la coraza-. &#191;Qu&#233; har&#225;s, Telam&#243;n? -Alejandro parec&#237;a haber olvidado todo lo referente al ej&#233;rcito. Una vez m&#225;s, la insaciable curiosidad que hab&#237;a llevado de cabeza a Arist&#243;teles en Mieza hab&#237;a pasado a primer plano-. &#191;Qu&#233; har&#225;s?

Telam&#243;n no le prest&#243; atenci&#243;n. Sujet&#243; el brazo ca&#237;do de la v&#237;ctima y lo apoy&#243; suavemente en la mesa. Examin&#243; con mucha atenci&#243;n el hombro, el antebrazo y la mu&#241;eca. Levant&#243; la mano aplastada. El paciente se movi&#243;. Telam&#243;n se inclin&#243; para observar la mano m&#225;s de cerca. De los dedos s&#243;lo quedaban unos trozos de huesos y piel sanguinolenta.

Tendr&#233; que amputar -manifest&#243; Telam&#243;n-. Aqu&#237;, a la altura de la mu&#241;eca, y tendr&#233; que hacerlo sin perder ni un segundo.

El enfermero se olvid&#243; de qui&#233;n estaba presente.

&#191;Puedes hacerlo? Se desangrar&#225; hasta morir.

Si no lo hago -le explic&#243; Telam&#243;n-, la mano se le infectar&#225; en cuesti&#243;n de horas, se desparramar&#225; el veneno, se le hinchar&#225; el brazo y morir&#225; en medio de terribles sufrimientos. Necesito un bol con fuego, agua caliente y vendas limpias. &#191;Lo tienes?

Obedece -dijo el rey.

El enfermero obedeci&#243;. Durante unos momentos rein&#243; la confusi&#243;n. Telam&#243;n mand&#243; que desalojaran la tienda y que s&#243;lo se quedaran Alejandro, sus compa&#241;eros y el enfermero. Casandra entr&#243; en la tienda. Telam&#243;n les pidi&#243; a ella y al enfermero que se lavaran las manos a conciencia. Abri&#243; el malet&#237;n y sac&#243; los instrumentos: una peque&#241;a sierra muy afilada, unos alicates, unas peque&#241;as grapas de bronce y agujas. Cauteriz&#243; todos estos objetos en las llamas del brasero.

&#191;Por qu&#233; lo haces? -pregunt&#243; Alejandro.

No lo s&#233; a ciencia cierta -contest&#243; Telam&#243;n-. Presenci&#233; una operaci&#243;n similar en Siracusa: el fuego lo limpia todo. Cualquier cosa que toca una herida abierta debe estar bien limpia.

&#191;Se morir&#225;? -pregunt&#243; Alejandro palmeando el hombro del joven oficial, que comenzaba a moverse.

Es posible -admiti&#243; Telam&#243;n-. Es muy f&#225;cil amputar una mano; cualquier carnicero podr&#237;a hacerlo con una hachuela. Lo que cuenta es contener la hemorragia y el vendaje -advirti&#243; tocando suavemente el rostro del paciente dormido-. Si la hemorragia no lo mata, quiz&#225; lo haga la conmoci&#243;n cuando se despierte. No puedo dar ninguna garant&#237;a. &#191;Est&#225;s preparada, Casandra?

Telam&#243;n sac&#243; unos polvos del malet&#237;n y los mezcl&#243; en una copa de vino.

&#191;M&#225;s polvo de amapola? -pregunt&#243; Ptolomeo, que ya no ten&#237;a la expresi&#243;n c&#237;nica de antes.

No, no, es algo m&#225;s poderoso. La mandr&#225;gora blanca; utilizada en las cantidades correctas, es la aut&#233;ntica agua del olvido.

Telam&#243;n meti&#243; el borde de la copa entre los labios del paciente. Le abri&#243; la boca y le ech&#243; la cabeza hacia atr&#225;s para asegurarse de que el oficial, que ahora comenzaba a despertarse del sue&#241;o provocado por la droga, se bebiera la p&#243;cima. El f&#237;sico se dio por satisfecho cuando el hombre trag&#243; la &#250;ltima gota, y se apart&#243;.

Casandra, voy a cortar la mano a la altura de la mu&#241;eca, pero antes le aplicar&#233; unos torniquetes entre la mu&#241;eca y el codo. Antes de que comience a cortar, deber&#225;s apretar los torniquetes todo lo firme que puedas. Entonces cortar&#233;. Saldr&#225; sangre. Si la fortuna nos favorece, la hemorragia ser&#225; peque&#241;a. Mientras corto, las venas quedar&#225;n a la vista. Conf&#237;o en ser capaz de atarlas o cerrarlas con las grapas. En cuanto acabe de cortar la mano aplastada, debemos retirar las grapas r&#225;pidamente para poder hacer las suturas.

Casandra lo mir&#243; con una expresi&#243;n asustada.

&#191;Puedes hacerlo?

Lo har&#233; -afirm&#243; Telam&#243;n-. Tambi&#233;n usar&#233; una lima para alisar los huesos. Hay que lavar el mu&#241;&#243;n. Quiero el vino m&#225;s espeso y el vinagre m&#225;s fuerte, y la miel que puedas encontrar -advirti&#243; al enfermero-. Tambi&#233;n intentar&#233; cauterizar el mu&#241;&#243;n -a&#241;adi&#243; sonriendo a Alejandro-. As&#237; nuestro rey habr&#225; aprendido algo m&#225;s.

El oficial de caballer&#237;a estaba ahora totalmente inconsciente, con la cabeza echada hacia atr&#225;s, aunque se estremec&#237;a de vez en cuando. Ptolomeo se ofreci&#243; a aplicar los torniquetes mientras Alejandro sujetaba los hombros del paciente.

Hay que mantenerlo quieto -aconsej&#243; Telam&#243;n-, porque en ocasiones el dolor hace que el paciente recobre el conocimiento.

Telam&#243;n se lav&#243; las manos, cogi&#243; la peque&#241;a sierra y pas&#243; la hoja por las llamas. Cerr&#243; los ojos y murmur&#243; una breve plegar&#237;a para que los dioses le hicieran recordar todo lo que hab&#237;a visto y le&#237;do. Realiz&#243; el primer corte. Ptolomeo y Casandra mantuvieron los torniquetes bien apretados. Telam&#243;n trabajaba a toda prisa. No tard&#243; mucho en amputar la mano. Aplic&#243; r&#225;pidamente las grapas en las venas y utiliz&#243; la lima para alisar el m&#225;ximo posible las puntas de hueso. La hemorragia era insignificante. Telam&#243;n comenz&#243; a suturar las venas a un ritmo casi fren&#233;tico.

&#191;Por qu&#233; tanta prisa? -susurr&#243; Casandra.

El flujo de sangre no se puede interrumpir por mucho tiempo -le explic&#243; el f&#237;sico-. Hay que quitar los torniquetes cuanto antes.

Por fin, Telam&#243;n se declar&#243; satisfecho. La hemorragia se hab&#237;a reducido a unas pocas gotas. Las grapas y los puntos de sutura aguantaban y unt&#243; generosamente el mu&#241;&#243;n con la mezcla de vino, vinagre y miel. Telam&#243;n sacudi&#243; la cabeza ante la multitud de preguntas que le formulaba Alejandro.

Todos estos componentes tienen propiedades que impiden la infecci&#243;n -manifest&#243;-. Cuanto m&#225;s fuertes sean el vino y el vinagre, mejor.

Cre&#237;a que lo correcto era esperar a la aparici&#243;n del pus -dijo Ptolomeo.

Los egipcios no est&#225;n de acuerdo -respondi&#243; Telam&#243;n enjug&#225;ndose el sudor de las mejillas con el rev&#233;s de la mu&#241;eca-. Afirman que la herida no contiene la putrefacci&#243;n, sino que &#233;sta viene del aire y la suciedad. Cuanto m&#225;s limpia est&#225; una herida, mejor.

Cogi&#243; un cuchillo del malet&#237;n y lo sostuvo sobre las llamas. En cuanto comenz&#243; a ponerse al rojo, lo apoy&#243; cuidadosamente sobre la carne. El oficial se sacudi&#243; y murmur&#243; algo, pero sigui&#243; durmiendo. Telam&#243;n volvi&#243; a aplicar el cuchillo, siempre con la precauci&#243;n de evitar aquellos puntos donde hab&#237;a hecho la sutura.

El mu&#241;&#243;n est&#225; nivelado y limpio.

Aplic&#243; un poco m&#225;s de la mezcla de vino, vinagre y miel y, a continuaci&#243;n, vend&#243; el mu&#241;&#243;n con las vendas de lino.

&#191;No tendr&#237;an que estar m&#225;s apretadas? -pregunt&#243; Alejandro.

Lo que yo hago no es algo que haga la mayor&#237;a -contest&#243; el f&#237;sico-. En Siracusa, un m&#233;dico me dijo que a la herida, adem&#225;s de protegerla, hab&#237;a que dejarla respirar. Los sanadores de Egipto comparten esta teor&#237;a.

Despu&#233;s de acabar con el vendaje, Telam&#243;n explic&#243; al enfermero c&#243;mo deb&#237;a controlar la evoluci&#243;n de la herida a la ma&#241;ana, el mediod&#237;a y la noche, lavarla con la mezcla y cambiar las vendas. Deb&#237;a quemar todas las vendas usadas. Telam&#243;n apoy&#243; un dedo en el cuello del oficial para controlarle el pulso.

&#161;Bien! -exclam&#243;-. El pulso es fuerte y regular.

&#191;Hay que darle m&#225;s mandr&#225;gora? -pregunt&#243; el enfermero.

No es necesario. S&#243;lo vino con polvo de amapola -respondi&#243; se&#241;alando los restos que hab&#237;a alrededor de la mesa-. Que trasladen al paciente a un lugar limpio. Todo esto hay que lavarlo a fondo con agua, sal y vinagre. Mi se&#241;or, he acabado -advirti&#243; a Alejandro-. He hecho todo lo posible.

El f&#237;sico sali&#243; de la tienda. Alejandro lo sigui&#243;.

Me han dicho que fuiste a ver las maniobras. &#161;El ej&#233;rcito est&#225; preparado! -exclam&#243; dando un puntapi&#233; en la tierra.

En alg&#250;n lugar al otro extremo del campamento se escuch&#243; una gran ovaci&#243;n.

Acaban de ver la flota -coment&#243; Alejandro-. Ciento sesenta trirremes. Parmenio se encargar&#225; de dirigir a las tropas por el paso del estrecho.

&#191;Y nosotros? -pregunt&#243; Telam&#243;n.

Haremos nuestra propia traves&#237;a -Alejandro sonri&#243;-. Una peregrinaci&#243;n, un poco m&#225;s al sur; luego cruzaremos hacia Troya -apunt&#243; antes de volver a patear el suelo y mirar hacia el cielo-. Tengo entendido que se ha producido otra muerte, Telam&#243;n. Puede que hayas salvado al oficial, pero el esp&#237;a parece hacer lo que le viene en gana en mi campamento.

No tenemos ninguna prueba de que se trate de un asesinato. Es posible que fuera el resultado de un accidente.

Alejandro se volvi&#243; para mirar directamente a la cara del f&#237;sico, con una mirada c&#237;nica en los ojos.

Conf&#237;o en ti, Telam&#243;n -murmur&#243;-, pero no conf&#237;o en todos -a&#241;adi&#243; dando una palmada para llamar a sus guardaespaldas-. Ve a limpiarte, f&#237;sico. Lo has hecho muy bien -observ&#243; golpeando cari&#241;osamente el pecho de Telam&#243;n-. Arist&#243;teles estar&#237;a orgulloso de ti. &#161;Confiemos en que tu rey tambi&#233;n lo est&#233;!

Alejandro gir&#243; sobre los talones y se alej&#243; con un brazo alrededor de la cintura de Hefesti&#243;n y el otro apoyado en el hombro de Ptolomeo.

&#161;Chiquillos! -opin&#243; Casandra por lo bajo-. Son como cr&#237;os con un juguete nuevo.

No son unos chiquillos -replic&#243; Telam&#243;n-. Son guerreros sedientos de sangre, dispuestos a marchar hasta el fin del mundo para obtener la gloria. Todo esto lo ven como una especie de juego mortal. Quiz&#225; se acaben los cr&#237;menes -a&#241;adi&#243;, al tiempo que cog&#237;a el brazo de Casandra- cuando crucemos el Helesponto.

Un tipo de cr&#237;menes -le corrigi&#243; la pelirroja.

S&#237;, tienes raz&#243;n. Cuando crucemos, comenzar&#225; la verdadera matanza.

&#191;D&#243;nde vamos ahora? -pregunt&#243; la muchacha.

Quiero visitar a Ant&#237;gona, presentarle mis condolencias.

La sacerdotisa se encontraba en su tienda. Selena dorm&#237;a en uno de los catres. Ant&#237;gona estaba preparando su equipaje. Continuaba con el rostro p&#225;lido y los ojos enrojecidos de tanto llorar. Vest&#237;a una sencilla t&#250;nica campesina y la sedosa cabellera le ca&#237;a sobre los hombros. Sonri&#243; a Casandra, pero su mirada se hizo hosca al ver a Telam&#243;n.

Os doy las gracias por lo que hab&#233;is hecho por Aspasia -manifest&#243; se&#241;alando hacia la salida de la tienda-. Aqu&#237; dentro hay demasiada humedad como para tener el cad&#225;ver. El rey ha sido muy generoso -observ&#243; con sarcasmo-. Se ha encargado de disponer la incineraci&#243;n. La pira funeraria ser&#225; encendida ma&#241;ana por la ma&#241;ana antes de que salgamos.

&#191;Ma&#241;ana por la ma&#241;ana?

No viajaremos por mar -le explic&#243; Ant&#237;gona-. Alejandro ha tenido un ataque de superstici&#243;n. Los dem&#225;s cruzar&#225;n el Helesponto, pero Alejandro ir&#225; al sur a la pen&#237;nsula de Elaeum. &#191;Sabes qui&#233;n est&#225; enterrado all&#237;?

Protesalio -contest&#243; Telam&#243;n-. Fue el primer aqueo que mataron en la guerra de Troya. Dicen que su fantasma todav&#237;a ronda la tumba.


Alejandro y los miembros de su casa, y eso te incluye a ti, Telam&#243;n, ofrecer&#225;n un sacrificio para aplacar a su esp&#237;ritu. Alejandro no desea morir en su primer d&#237;a en Asia.

&#191;Te hace feliz regresar a Troya?

Me hace feliz regresar a casa.

Telam&#243;n mir&#243; el mont&#243;n de ropa que estaba en un taburete.

Son las prendas de Aspasia -dijo Ant&#237;gona-. Era como una ni&#241;a; estaba muy entusiasmada ante la proximidad del regreso a casa. Lo hab&#237;a preparado todo con anticipaci&#243;n.

El f&#237;sico apart&#243; el bulto y se sent&#243; en el taburete. Ant&#237;gona se le acerc&#243; tanto que &#233;l oli&#243; su perfume.

Te ofrecer&#237;a un vaso de vino, pero no tengo.

&#191;De d&#243;nde son? -pregunt&#243; Telam&#243;n, con la mirada puesta en la muchacha que dorm&#237;a-. Me refiero a Selena y Aspasia.

Son de Tesalia, pero las considero como de mi familia -respondi&#243; la sacerdotisa, mientras miraba a Casandra, que se hab&#237;a acercado a la entrada de la tienda.

&#191;Cu&#225;nto tiempo han estado contigo?

Cuatro o cinco a&#241;os. Las primeras ofrendas de Tesalia. El rey Filipo las escogi&#243; personalmente y pag&#243; su viaje a Troya.

Entonces, &#191;por qu&#233; hab&#233;is venido aqu&#237;? &#191;Por qu&#233; a este lugar de guerra?

Te lo dije. Alejandro me lo orden&#243; -respondi&#243; Ant&#237;gona sonriendo-. Bueno, yo quer&#237;a venir. Hac&#237;a a&#241;os que no ve&#237;a a Alejandro y ten&#237;a que traer a los gu&#237;as, adem&#225;s de al pobre Critias.

&#191;Crees que los gu&#237;as desertar&#225;n? -pregunt&#243; el f&#237;sico.

Ant&#237;gona hizo una mueca al escuchar la pregunta.

Es posible. Est&#225;n dominados por el miedo. Creen que est&#225;n marcados. Aristandro no les pierde de vista, cuando no est&#225; llorando por la desaparici&#243;n de aquel enano.

&#191;Conoc&#237;as a H&#233;rcules?

Era peor que un t&#225;bano, Telam&#243;n. Irritaba a los soldados, sobre todo a Ptolomeo. H&#233;rcules ten&#237;a algunos h&#225;bitos repugnantes, incluido espiar a los dem&#225;s cuando hac&#237;an el amor. No es precisamente un rasgo que te haga popular con los dem&#225;s.

Telam&#243;n dej&#243; el taburete para acercarse a Selena. Le apoy&#243; una mano en la mejilla, que estaba tibia y un tanto enrojecida.

Perdicles le dio una p&#243;cima para dormir -coment&#243; Ant&#237;gona-. Se recuperar&#225; con el paso del tiempo. Nunca imagin&#233; que se pondr&#237;a tan hist&#233;rica. Ella y Aspasia estaban muy unidas. Introduje a ambas en los misterios.

Aquellas doncellas, las de Tesalia que presuntamente ten&#237;an que ir a tu templo en Troya &#191;A cu&#225;ntas mataron?

Ant&#237;gona entrecerr&#243; los p&#225;rpados.

Filipo reintrodujo la costumbre: el castigo para las tribus tesalias que hab&#237;a derrotado -respondi&#243; dejando ir una risa muy aguda-. Filipo no cre&#237;a en los dioses, pero cre&#237;a en la suerte. Ten&#237;a claro que alg&#250;n d&#237;a su ej&#233;rcito pasar&#237;a por Troya. Quer&#237;a complacer a todos los dioses, incluida Atenea.

&#191;Asesinaron a todas las doncellas?

Creo que no lo has entendido bien -contest&#243; la sacerdotisa sonriendo-. No sabemos si llegaron a venir. No -se corrigi&#243;-, sabemos que llegaron las &#250;ltimas dos. Despu&#233;s de todo, yo misma traje a Alejandro a la superviviente, pero &#191;las otras? -se encogi&#243; de hombros-. Se dicen muchas cosas, pero casi no hay hechos.

Casandra llam&#243; desde la entrada de la tienda.

Telam&#243;n, viene un mensajero.

Un paje entr&#243; en la tienda.

Se requiere tu presencia -anunci&#243; pomposamente-. El rey ha reunido al consejo.

&#191;A nosotros dos? -pregunt&#243; Ant&#237;gona.

A vosotros dos, pero a ella no. -Se&#241;al&#243; con el pulgar por encima del hombro-. &#161;No a la yegua pelirroja!

Casandra se le ech&#243; encima dispuesta a darle un bofet&#243;n. El chico era mucho m&#225;s &#225;gil. Evit&#243; la mano y, muerto de risa, escap&#243; de la tienda.

&#161;Aquello que Alejandro quiere, Alejandro lo consigue! -murmur&#243; Ant&#237;gona se&#241;alando con un gesto a Selena-. Di al rey que ir&#233; enseguida. Quiero a un centinela en la entrada.

Telam&#243;n se despidi&#243; de la mujer y se march&#243; en compa&#241;&#237;a de Casandra.

&#191;Qu&#233; opinas de ella? -le pregunt&#243; el f&#237;sico en cuanto estuvieron lejos de la tienda.

Una devota sacerdotisa que est&#225; furiosa por la muerte de su ac&#243;lita. Se adivina por el tono, por las poses que adopta.

Ve a la tienda -le dijo Telam&#243;n-. Alejandro tiene el bocado entre los dientes; nos marcharemos del campamento con las primeras luces del amanecer. Mantente apartada de ellos -apunt&#243; se&#241;alando a su alrededor, donde el bullicio y los ruidos crec&#237;an por momentos-. Lo estar&#225;n celebrando.

Casandra se detuvo y agit&#243; un dedo en el aire.

Vaya, no te preocupes. &#161;Te olvidas, Telam&#243;n, que he visto las celebraciones de los macedonios!



* * *


En el pabell&#243;n real Alejandro, ba&#241;ado y cambiado, estaba arrodillado en el suelo, con los generales a su alrededor, muy atareados con los mapas, las listas de tropas y otros documentos que se pasaban de mano en mano. El rey levant&#243; la cabeza cuando entr&#243; Telam&#243;n.

Nos marchamos ma&#241;ana, Telam&#243;n. Con el alba -manifest&#243; Alejandro gui&#241;&#225;ndole un ojo-. Quiero que est&#233;s conmigo, por dos razones. Primero, quiero sacrificar un toro en el mar, mi ofrenda a Poseid&#243;n; m&#225;s valdr&#225; que sea aceptable. Segundo, y esto no es un ning&#250;n secreto, me mareo. Quiero tenerte cerca. No me hace nada feliz la idea de que mis hombres vean a Alejandro de Macedonia vomitando hasta las tripas.

En todo un verdadero descendiente de Aquiles.

En todo -repiti&#243; Alejandro-. &#161;Aquiles redivivo! Ahora, Telam&#243;n, si&#233;ntate. Nos marchamos ma&#241;ana. Quiero que te asegures de que todo vaya bien con el toro de marras. Nada de fallos. T&#250; te encargar&#225;s del cruce de tropas desde Sestos a Abidos y la marcha hacia el sur -orden&#243; a Parmenio-. Nos reuniremos en la llanura de Troya. Lo traer&#225;s todo contigo: las m&#225;quinas de asedio y los carros.


&#191;Qu&#233; debemos hacer luego? -pregunt&#243; Ptolomeo, que masticaba un trozo de carne.

Marchar durante horas bajo un sol de fuego y entre nubes de polvo, y comer lo que tengamos a mano -respondi&#243; Alejandro con sequedad-. Buscaremos al ej&#233;rcito persa, le plantearemos batalla y lo destrozaremos hasta el &#250;ltimo hombre. &#161;Cuanto m&#225;s pronto, mejor! Ah, mi se&#241;ora.

Alejandro se levant&#243; cuando Ant&#237;gona, vestida con las t&#250;nicas de las sacerdotisas, entr&#243; en el pabell&#243;n. El rey dio un puntapi&#233; a Seleuco para que se apartara, acerc&#243; un taburete y, con un gesto galante, la invit&#243; a sentarse.

No soy un soldado, Alejandro -dijo Ant&#237;gona con una sonrisa.

No, mi se&#241;ora, pero eres la sacerdotisa de Troya' -respondi&#243; el rey, que mostraba el rostro arrebolado de excitaci&#243;n y sus ojos tan brillantes que Telam&#243;n se pregunt&#243; si ten&#237;a algo de fiebre-. Aquiles est&#225; enterrado cerca de tu templo, &#191;no es as&#237;?

En un promontorio que mira al mar -asinti&#243; ella-. Al oeste de la ciudad.

&#191;Tu templo guarda sus armas?

As&#237; es. Agamen&#243;n las trajo para dedicarlas a la diosa.

&#161;Imposible! -exclam&#243; Ptolomeo-. &#161;El &#243;xido las habr&#225; destruido!

Todas est&#225;n en perfecto estado -replic&#243; la sacerdotisa-. Guardadas en telas impregnadas en brea. Yo os las ense&#241;ar&#233;.

Las reclamo como descendiente de Aquiles -manifest&#243; Alejandro-. &#161;Como capit&#225;n general de Grecia, para ejecutar la venganza de Zeus contra la soberbia de los persas!

&#161;T&#250; eres todopoderoso! -exclam&#243; Ant&#237;gona repitiendo las palabras del or&#225;culo de Delfos-. &#161;T&#250; eres topoderoso, Alejandro de Macedonia!

A cambio -proclam&#243; Alejandro-, dedicar&#233; mis propias armas a Atenea. &#161;Le pedir&#225;s su bendici&#243;n para esta sagrada expedici&#243;n!

El entusiasmo de Alejandro era contagioso. Ahora que hab&#237;an desaparecido los nervios y la desconfianza de atravesar el Helesponto, se mostraba dominado por los sue&#241;os de gloria, convencido de que era la reencarnaci&#243;n de Aquiles, el escogido de los dioses. Volvi&#243; a estudiar los mapas, dio instrucciones precisas a cada uno de los comandantes y descart&#243; sin m&#225;s tr&#225;mites cualquier amenaza de la flota persa. Se sirvi&#243; el vino y las discusiones se hicieron m&#225;s vivas y vocingleras. Alejandro propuso la reconstrucci&#243;n de Troya para mayor gloria del templo de Atenea. Hizo una pausa para sonre&#237;r a Telam&#243;n.

Ya puedes marcharte.

Telam&#243;n se levant&#243;. Ant&#237;gona hizo lo mismo.

&#191;Me acompa&#241;ar&#225;s hasta mi tienda? -le pregunt&#243;.

Ptolomeo murmur&#243; un comentario salaz. Uno de sus comandantes, S&#243;crates, se ech&#243; a re&#237;r a carcajadas y Alejandro le hizo callar con una mirada. Telam&#243;n no les hizo caso y se dirigi&#243; a la salida, con Ant&#237;gona del brazo.

Ser&#225; agradable volver a casa. Dicen que tendremos buen tiempo. Si Alejandro fuese capaz de librarse de sus supersticiones

Est&#225; inquieto -se&#241;al&#243; Telam&#243;n-. Todos estos asesinatos y las continuas referencias a su padre: tiene los nervios a flor de piel y desconf&#237;a de esto y aquello. Alejandro anhela una batalla. Necesita nuevas se&#241;ales de los dioses. Quiere aplacar todas esas sombras y los fantasmas que pueblan sus sue&#241;os. &#191;Puedo hacerte una pregunta, mi se&#241;ora? &#191;Recuerdas que en una ocasi&#243;n, hablando de las doncellas de Tesalia, te describiste como un puesto de escucha de Macedonia?

Es verdad. Deb&#237;an ayudarme.

&#191;Tambi&#233;n Aspasia y Selena?

Ant&#237;gona se detuvo cerca del camino que llevaba a su tienda.

&#161;Tambi&#233;n! -respondi&#243; al tiempo que se acercaba para besar a Telam&#243;n en la mejilla-. Ahora, quiz&#225;, ya no nos necesitar&#225;n.

Telam&#243;n le dese&#243; buenas noches y camin&#243; sin prisas a trav&#233;s del recinto real, Casandra se encontraba delante de la tienda, muy entretenida en su conversaci&#243;n con el centinela. Se detuvo unos momentos para observarlos y entonces escuch&#243; gritos, voces de alarma, exclamaciones Regres&#243; apresuradamente a la tienda de Ant&#237;gona. La mujer estaba arrodillada en el exterior. Se hab&#237;a rasgado la t&#250;nica y se echaba pu&#241;ados de polvo sobre la cabeza. Telam&#243;n la apart&#243; sin miramientos y entr&#243; en la tienda. Selena yac&#237;a en el suelo, con los ojos abiertos, el rostro p&#225;lido y un reguero de sangre que ca&#237;a de la boca abierta. En su costado, clavada hasta la empu&#241;adura, hab&#237;a una daga celta.



CAP&#205;TULO X

Alejandro cruz&#243; el Helesponto y, en Troya, hizo un sacrificio en honor de Atenea y honr&#243; la memoria de los h&#233;roes enterrados all&#237;, en particular la de Aquiles.

Plutarco, Vidas, Alejandro



&#161;Poseid&#243;n, todopoderoso, se&#241;or de los mares! &#161;Amo de la tormenta! &#161;Jinete de los vientos! Telam&#243;n se sujet&#243; para protegerse del balanceo de la nave de guerra y contempl&#243; los sesenta trirremes que escoltaban la nave capitana de Alejandro, El Le&#243;n de Macedonia. Hab&#237;an recogido velas y las anclas de piedras se apilaban a proa. La fresca brisa marina soplaba cada vez m&#225;s fuerte; los primeros rayos del sol que ca&#237;an sobre la cubierta reluc&#237;an en la dorada estatua de Atenea instalada a proa. La flota, o al menos aquellos trirremes al mando de Parmenio que estaban ocupados en el transporte del resto del ej&#233;rcito de Alejandro a Abidos, se agrupaban alrededor de la nave capitana. Negros, escurridizos como anguilas con el ojo rojo pintado apenas por encima de la l&#237;nea de flotaci&#243;n, la flota de guerra parec&#237;a una manada de lobos al acecho, con las proas apuntando a las distantes costas de Asia. Telam&#243;n no se solt&#243; del pasamanos.

Un sacrificio detr&#225;s de otro, &#191;eh? -le coment&#243; Ant&#237;gona al o&#237;do.

El f&#237;sico asinti&#243;. Ayer Alejandro hab&#237;a dejado el cuerpo principal de su ej&#233;rcito para marchar hacia el sur hasta el promontorio de Elaeum, donde hab&#237;a ofrecido un sacrificio y rendido homenaje a Protesilao. Despu&#233;s se hab&#237;an embarcado. Ahora, con la costa de Asia a la vista, Alejandro estaba decidido, mareado o no, a realizar otro sacrificio a los dioses. Telam&#243;n no disimul&#243; su inquietud mientras guiaban al toro blanco como la nieve y muy sedado a trav&#233;s de la cubierta. Los sacerdotes se adelantaron, echaron el incienso, cortaron el mech&#243;n de pelo entre los cuernos del animal y lo echaron al brasero colocado en el altar erigido ante el castillo de proa. El toro se movi&#243; un poco. Telam&#243;n y los dem&#225;s, que se encontraban a unos pocos pasos detr&#225;s de Alejandro, contuvieron el aliento.

&#161;Por todos los dioses! -murmur&#243; Ptolomeo-. &#161;Lo que menos falta nos hace ahora es un toro corriendo por la cubierta!

Los sacerdotes echaron hacia atr&#225;s la cabeza del animal. Aristandro, armado con un kopis, el cuchillo corvo de los sacrificios, cort&#243; de un tajo la garganta del toro. El bramido de agon&#237;a fue recibido con grandes gritos y exclamaciones de alegr&#237;a mientras recog&#237;a el chorro de sangre caliente en un bol de plata. Alejandro, vestido con el uniforme de combate, la capa gris y roja sobre los hombros y una corona de laureles en la cabeza, acab&#243; el sacrificio entre r&#225;fagas de incienso y los dulces olores de la mirra y la canela. La sangre corri&#243; por la cubierta. Los marineros y los soldados mojaban los dedos en la sangre y se pintaban l&#237;neas en la frente, ansiosos por tomar parte en este bienaventurado sacrificio a los dioses. Los matarifes se ocupaban ahora de descuartizar el toro para aprovechar la carne mientras que los marineros comenzaban a baldear la cubierta. Alejandro se volvi&#243; para mirar a los miembros de su casa. Con una expresi&#243;n solemne, levant&#243; las manos.

&#161;Hemos realizado el sacrificio y los dioses nos han respondido; la victoria ser&#225; nuestra!

Son&#243; una corneta. En las entra&#241;as del trirreme, un tambor comenz&#243; a marcar el ritmo. Se bajaron los remos. Izaron el rojo gallardete de Alejandro a lo m&#225;s alto del m&#225;stil. La flota de trirremes de guerra y las naves auxiliares emprendieron la navegaci&#243;n hacia la costa asi&#225;tica.

Tendr&#237;a que haber sido actor -murmur&#243; Casandra-. Es algo que le encanta, &#191;no te parece?

Los dem&#225;s comandantes se agrupaban alrededor de Alejandro para expresarle sus felicitaciones. Se cruzaron se&#241;ales con las otras naves que ahora se acercaban. Los toques de corneta y los redobles de tambores iban en aumento. Se izaron los gallardetes y el entusiasmo era cada vez mayor. Los hombres se api&#241;aban en las bandas y en la proa, todos atentos a la aparici&#243;n de la bah&#237;a de los aqueos, el lugar donde Agamen&#243;n y su ej&#233;rcito hab&#237;an desembarcado para saquear e incendiar la fabulosa ciudad de Troya.

Casandra, que se encontraba detr&#225;s de Telam&#243;n, era incorregible.

Me han contado una bella historia sobre el amante Leandro que cruzaba a nado desde Abidos para ver a su amada, Hero, en Sestos. Ella era una sacerdotisa de Afrodita y lo guiaba con una l&#225;mpara.

&#191;Qu&#233; pas&#243;? -pregunt&#243; Telam&#243;n sin volverse, observando a Alejandro, que estaba dando instrucciones al capit&#225;n.

Una noche cay&#243; la niebla. La l&#225;mpara no se ve&#237;a. Leandro se ahog&#243; y Hero se suicid&#243;.

&#191;Se puede cruzar a nado el Helesponto? -pregunt&#243; Telam&#243;n.

No tiene m&#225;s que unos veinte estadios de ancho, y ya se ha hecho. Los marineros lo consideran m&#225;s como un r&#237;o que como un mar. Dicen que abundan los peces, aunque no creo que Alejandro disponga de mucho tiempo para dedicarse a la pesca. &#161;Mira all&#225;! -exclam&#243; la muchacha se&#241;alando un punto en la bruma matinal que el f&#237;sico identific&#243; con un promontorio que se adentraba en el mar.

Sigeo -le explic&#243; ella-. Los acantilados de Troya.

&#191;El lugar donde est&#225;n enterrados Aquiles y Patroclo?

Tambi&#233;n es el lugar donde Agamen&#243;n encendi&#243; la primera hoguera para comunicar a su esposa Clitemnestra que Troya hab&#237;a ca&#237;do. No sab&#237;a que &#233;sta estaba planeando su asesinato. Por cierto -apunt&#243; Casandra dejando ir un suspiro-, &#191;crees que los persas nos estar&#225;n esperando al otro lado de los acantilados?

El f&#237;sico sacudi&#243; la cabeza. Observ&#243; el movimiento de los remos al ritmo del tambor del c&#243;mitre. Se sujet&#243; con fuerza mientras la nave ganaba velocidad.

Los persas no saldr&#225;n a nuestro encuentro. Quieren que nos trague la inmensidad de su pa&#237;s, como un p&#225;jaro que se traga a un insecto.

&#191;Ser&#225; as&#237;?

Quiz&#225; nos toque hacer como Jenofonte -contest&#243; Telam&#243;n-. Marcharemos hacia atr&#225;s y adelante.

&#191;C&#243;mo lo haremos para regresar a casa?

Casandra no estaba en absoluto preocupada, pero intentaba inquietar a este f&#237;sico impert&#233;rrito. Se sent&#237;a fascinada por &#233;l. Un hombre que ocultaba sus sentimientos; un f&#237;sico que salvaba vidas; un exiliado protegido y amigo de un rey, alguien que, a pesar de su aparente frialdad, demostraba en ocasiones una inmensa bondad.

No creo que regresemos a casa nunca m&#225;s.

Una gaviota cruz&#243; la proa en vuelo rasante. Telam&#243;n record&#243; una historia que le hab&#237;a contado su padre sobre c&#243;mo las gaviotas eran las almas de los marineros muertos.

Si Alejandro derrota a los persas, continuar&#225; la marcha hasta los confines del mundo -a&#241;adi&#243;.

&#191;Y si es derrotado? -quiso saber la pelirroja.

Las naves persas vigilar&#225;n estas aguas y aquellos de nosotros que hayan conseguido escapar tendr&#225;n que seguir el ejemplo de Leandro y cruzar a nado al otro lado para salvar sus vidas -declar&#243; haciendo una pausa-. En cualquier caso, encontraremos que no hay persas en Troya y Alejandro podr&#225; entretenerse a placer interpretando a Aquiles.

El f&#237;sico se alej&#243;. Ant&#237;gona estaba sentada a la sombra de una toldilla de cuero instalada a popa. La sacerdotisa parec&#237;a tranquila y sosegada, un tanto p&#225;lida, con las manos cruzadas sobre el regazo y los ojos cerrados, al parecer ensimismada en sus plegarias. Telam&#243;n mir&#243; la nave m&#225;s cercana, con la proa en forma de grifo, que hend&#237;a las olas a una velocidad considerable. Alejandro hab&#237;a montado en c&#243;lera cuando le comunicaron la muerte de Selena. El asesinato de una sierva de Atenea era un mal presagio; hab&#237;an mantenido en secreto el crimen y hab&#237;an incinerado el cad&#225;ver aquella misma noche. Tanto Aristandro como Telam&#243;n hab&#237;an sido objeto de una muy severa reprimenda por su falta de progresos en las investigaciones.

Alejandro los hab&#237;a llamado y, con el entrecejo fruncido, hab&#237;a escuchado sus explicaciones. Ptolomeo, junto con los otros dos f&#237;sicos, Perdicles y Nikias, acompa&#241;aban al rey. Los tres parecieron disfrutar con el mal trago de Telam&#243;n.

&#191;Qu&#233; es esto? -hab&#237;a gritado el monarca, con el rostro rojo de furia-. &#191;Este asesino es un agente de N&#233;mesis? &#191;Es capaz de volar por mi campamento y tocar con sus negras alas a quien desee? &#191;Est&#225;s t&#250; detr&#225;s de estas muertes, Aristandro?

Los hab&#237;a acusado y criticado hasta que su c&#243;lera se apacigu&#243;. Luego hab&#237;a levantado las manos en una &#250;ltima muestra de reproche y se hab&#237;a marchado. Si su intenci&#243;n hab&#237;a sido la de espantar a Aristandro, lo hab&#237;a conseguido. El custodio de los secretos del rey hab&#237;a proclamado su inocencia a voz en cuello, pero, tal como hab&#237;a confesado a Telam&#243;n en un aparte, no hab&#237;a encontrado ninguna l&#243;gica, ni la m&#225;s m&#237;nima explicaci&#243;n, a la muerte de Selena. Ant&#237;gona se hab&#237;a mostrado profundamente conmovida pero hab&#237;a recuperado la compostura. El centinela que hab&#237;a montado guardia a la entrada de la tienda aquella noche hab&#237;a negado vehementemente cualquier responsabilidad en los acontecimientos.

La se&#241;ora sacerdotisa se march&#243; -les hab&#237;a explicado-. De vez en cuando, levant&#233; la solapa para asomar la cabeza. La joven doncella dorm&#237;a profundamente de espaldas a m&#237;. No apreci&#233; nada que me llamara la atenci&#243;n. Nadie se acerc&#243; a la tienda.

Telam&#243;n hab&#237;a estudiado la escena del crimen. La tienda s&#243;lo ten&#237;a una entrada y, como hab&#237;a ocurrido en los otros asesinatos, era imposible que el asesino hubiese podido pasar por debajo o entre las piezas de la tienda. Selena hab&#237;a sido brutal y expertamente asesinada; la daga se hab&#237;a deslizado con gran exactitud a trav&#233;s de las costillas para atravesarle el coraz&#243;n. El cad&#225;ver se hab&#237;a enfriado y la sangre se hab&#237;a coagulado. Telam&#243;n hab&#237;a calculado que la muchacha llevaba muerta al menos una hora, o incluso m&#225;s, cuando la encontraron. El centinela hab&#237;a relatado el descubrimiento del cuerpo. La se&#241;ora Ant&#237;gona hab&#237;a llegado a la tienda. &#201;l hab&#237;a levantado la tela de la entrada y ambos hab&#237;an visto el cuerpo tumbado en el suelo. Las prendas de Selena estaban empapadas en sangre, lo mismo que las s&#225;banas de lino y el jerg&#243;n de paja. No hab&#237;a ninguna se&#241;al de lucha, de que la v&#237;ctima hubiese ofrecido resistencia. S&#243;lo el horror de la muerte, la boca abierta llena de sangre, los p&#225;rpados entreabiertos, la daga y, debajo de la cama, el ya habitual trozo de pergamino con el mensaje con las palabras un tanto cambiadas: El toro est&#225; preparado para el sacrificio, el matarife aguarda, todo est&#225; preparado.

Telam&#243;n, acompa&#241;ado por Aristandro, hab&#237;a interrogado a fondo a Ant&#237;gona y al centinela: sus declaraciones hab&#237;an coincidido. Selena dorm&#237;a cuando Ant&#237;gona se march&#243; de la tienda. Nadie m&#225;s se hab&#237;a acercado al lugar. Cuando regres&#243; la sacerdotisa, hab&#237;a encontrado el cad&#225;ver tumbado en el suelo. El centinela hab&#237;a sido incapaz de recordar cu&#225;ndo hab&#237;a mirado en el interior por &#250;ltima vez.

Me daba reparo hacerlo -hab&#237;a manifestado sonriendo nervioso-. Quiero decir que ella era una doncella del templo. No quer&#237;a que me acusaran de espiarla.

Telam&#243;n se frot&#243; los ojos y sali&#243; de su ensimismamiento; se sec&#243; el roc&#237;o del mar que le empapaba el rostro. Ayer hab&#237;a visto algo que le ten&#237;a intrigado. No obstante, notaba un gran cansancio mental. Era incapaz de recordar los detalles. Era como mirar un manuscrito; le&#237;a las palabras, pero no consegu&#237;a entender el significado. Se sobresalt&#243; al escuchar el grito de aviso del vig&#237;a a proa. Los acantilados de Roeteo estaban a la vista: all&#237; se encontraba la famosa ensenada de los aqueos. Alejandro se puso al tim&#243;n y la nave insignia se enfil&#243; como una flecha hacia la costa. Los encargados de las sondas situados a proa lanzaron los cabos lastrados con piedras para saber a qu&#233; profundidad estaba el fondo; se dieron nuevas &#243;rdenes. Cesaron los golpes bajo cubierta. Ahora s&#243;lo se utilizaba una bancada de remeros y las otras embarcaciones permanec&#237;an a la espera. Telam&#243;n percibi&#243; la excitaci&#243;n: esto era Asia, la fabulosa Troya, &#161;el tesoro de Persia!

Alejandro, ayudado por el timonel, gui&#243; la nave. El c&#243;mitre Domenicus transmiti&#243; la orden del capit&#225;n y se levantaron los remos; cuando la quilla del trirreme roz&#243; el fondo de arena y piedras, se produjo una sacudida y la nave comenz&#243; a perder velocidad. El rey cedi&#243; el puesto al timonel y cruz&#243; la cubierta a la carrera. Hefesti&#243;n le esperaba en la proa, jabalina en mano. Alejandro cogi&#243; el venablo y lo lanz&#243; con todas sus fuerzas. La jabalina traz&#243; un arco muy alto y se clav&#243; en la arena de la playa, en medio de las ovaciones de la tripulaci&#243;n, que fueron repetidas por las tripulaciones de las dem&#225;s naves.

&#161;Acepto Asia como un regalo de los dioses! -grit&#243; Alejandro-. &#161;La recompensa ganada con mi lanza!

Nuevos gritos rubricaron esta afirmaci&#243;n. Ahora la quilla se hund&#237;a cada vez m&#225;s, y la proa sali&#243; del agua y abri&#243; un profundo surco en la arena. La nave se detuvo completamente, con s&#243;lo la popa en el agua y las olas imprimi&#233;ndole un leve balanceo. Alejandro, vestido con su uniforme de batalla, desenvain&#243; la espada, salt&#243; desde la proa y camin&#243; como un h&#233;roe en son de conquista a trav&#233;s de la playa para reclamar su jabalina. La recogi&#243; y emprendi&#243; el camino de regreso, con los brazos en alto, la jabalina en una mano, la espada en la otra y, en definitiva, con toda la apariencia de lo que quer&#237;a ser: el nuevo Aquiles, el dios de la Guerra, el capit&#225;n general de Grecia, que hab&#237;a venido a reclamar lo que era suyo. Estos gestos tan teatrales provocaron nuevas manifestaciones de entusiasmo. El estr&#233;pito de las armas resonaba por toda la peque&#241;a ensenada y ahuyentaba las aves marinas. Los capitanes de Alejandro observaban atentamente lo alto de los acantilados, pero nadie sali&#243; a su encuentro: ning&#250;n escuadr&#243;n de caballer&#237;a ni compa&#241;&#237;a de infanter&#237;a alguna, ni sombra del revuelo de una capa persa ni el resplandor de un estandarte. &#161;La costa estaba desierta! El resto de la flota se acerc&#243;. Bajaron los m&#225;stiles y recogieron los remos. Dos barcos naufragaron cuando sus cascos se abrieron al chocar contra unos escollos sumergidos, pero no hubo p&#233;rdidas: los hombres, los animales y la carga fueron transportados a tierra sin problemas.

Se enviaron exploradores. Se trajeron los cuencos con el fuego y se encendieron las hogueras. Algunos soldados emprendedores hab&#237;an aprovechado el viaje para pescar y ahora asaban el pescado en las brasas. Alejandro permiti&#243; a los hombres que se recuperaran del mareo mientras preparaban los trirremes para que se hicieran a la mar en cuanto cambiara el viento. Se escuch&#243; un toque de corneta y los alguaciles recorrieron el campamento para comunicar que los exploradores hab&#237;an regresado sin ver al enemigo.

Ha sido una faena limpia -coment&#243; Ptolomeo, que preced&#237;a a Alejandro en la subida por el sinuoso sendero que llevaba a lo alto de los acantilados-. &#161;Los dioses sean alabados! &#161;Hasta un grupo de mujeres, armadas con bastones, nos podr&#237;a haber detenido!

Telam&#243;n se alegr&#243; de abandonar la playa. Se sinti&#243; mucho m&#225;s tranquilo en cuanto vio los &#225;rboles en la llanura barrida por el viento donde se levantaba Troya. El paisaje se ve&#237;a absolutamente desierto, como si todos los seres vivos aprovecharan para dormir la siesta y escapar del t&#243;rrido calor. No se ve&#237;a otra cosa que campos de pastoreo, olivares y robles. Las plantas y las flores, algunas desconocidas para &#233;l, eran espectaculares con su brillante colorido primaveral. Ahora que estaba lejos del mar, ve&#237;a la cumbre nevada del monte Ida, los espesos bosques a cada lado, los reflejos de un r&#237;o y una d&#233;bil columna de humo negro que deb&#237;a proceder de la cocina de alguna granja invisible.

Alejandro estaba entusiasmado a m&#225;s no poder, caminaba de aqu&#237; para all&#225;, recitaba estrofas de la Il&#237;ada de Hornero y se&#241;alaba diferentes lugares del entorno. Despu&#233;s de mucho bregar, Hefesti&#243;n consigui&#243; que se tranquilizara un poco y que se quitara la armadura. Trajeron los caballos y, protegidos por una compa&#241;&#237;a de exploradores desplegados en la vanguardia, Alejandro gui&#243; a su ej&#233;rcito por el blanco y polvoriento camino que avanzaba por entre los &#225;rboles, cruzaba la llanura, sub&#237;a la colina y luego bajaba hasta las ruinas de Troya. A medida que se acercaban, fueron apareciendo los campesinos, cargados con cestas de pan y fruta o simplemente mir&#225;ndolos con ojos donde se mezclaban la curiosidad y la incredulidad. Alejandro los salud&#243; como si fuera su salvador y ellos le respondieron levantando las manos y algunos v&#237;tores de compromiso.

Por fin llegaron a los aleda&#241;os de las ruinas: los cimientos de los gruesos muros, las calles, las puertas rotas, los pilares y trozos de pavimento. En algunos lugares, las ruinas estaban ocultas por la maleza o cubiertos de un espeso musgo verde.

Alejandro segu&#237;a euf&#243;rico. Se&#241;al&#243; a lo lejos donde estaba el r&#237;o Escamandro y el lugar en el que se hab&#237;a librado un famoso duelo de la legendaria batalla. La propia Troya era una desilusi&#243;n, poco m&#225;s que una m&#237;sera aldea de casas mal hechas y chozas levantadas entre las ruinas. Telam&#243;n fue incapaz de ver nada que le pareciera ni remotamente heroico, hom&#233;rico o excepcional, pero, como todos los dem&#225;s, se guard&#243; la opini&#243;n mientras Alejandro continuaba con las citas de la Il&#237;ada.

Por fin llegaron a la plaza del pueblo, bordeada por las ruinas y casas desmoronadas. Algunos de los habitantes hablaban un griego macarr&#243;nico y estaban m&#225;s interesados en lo que pod&#237;an vender que en la llegada del ej&#233;rcito. Alejandro desmont&#243; y luego ayud&#243; a Ant&#237;gona a apearse de su caballo. Levant&#243; una mano para llamar a Telam&#243;n.

&#191;Est&#225;s segura de encontrarte bien, mi se&#241;ora?

Ant&#237;gona, con los ojos ensombrecidos y el rostro p&#225;lido, con los labios tan apretados que parec&#237;an una l&#237;nea exang&#252;e, asinti&#243; en silencio y se cubri&#243; la cabeza. con la capucha de la capa.

&#191;Hay algo que Telam&#243;n pueda hacer por ti? -a&#241;adi&#243; el rey, sol&#237;cito.

Una vez m&#225;s la sacerdotisa sacudi&#243; la cabeza. Alejandro hubiese continuado con las preguntas, pero un grupo apareci&#243; por una de las calles laterales, precedido por un anciano sacerdote, que llevaba un bast&#243;n en una mano y un bol de humeante incienso envuelto en un trapo en la otra. Lo escoltaba un ni&#241;o que hac&#237;a sonar una campana. El extra&#241;o cortejo cruz&#243; la plaza mientras se escuchaban las primeras risas entre la comitiva de Alejandro, acalladas de inmediato por las furiosas miradas del rey. El jefe del pueblo se acerc&#243; cargado con un coj&#237;n ra&#237;do donde descansaba una corona de laurel pintada de color dorado y salud&#243; a Ant&#237;gona con una reverencia. Con los ojos llorosos, intent&#243; pronunciar un discurso, pero su lengua parec&#237;a no querer moverse. Telam&#243;n sospech&#243; que el personaje se hab&#237;a preparado para la ocasi&#243;n bebiendo todo el vino que su considerable barriga pod&#237;a contener. Se balanceaba peligrosamente. Hefesti&#243;n se abri&#243; paso entre la concurrencia. Ant&#237;gona dijo unas palabras con un tono severo. El hombre se apresur&#243; a ofrecer el coj&#237;n con la corona a Hefesti&#243;n. El compa&#241;ero del rey cogi&#243; la corona dorada y la levant&#243; como si fuese la sagrada diadema de Asia, antes de colocarla con mucha ceremonia en la cabeza de Alejandro. El rey se la encasquet&#243; firmemente y volvi&#243; a montar en su caballo. Animados, los ciudadanos y los campesinos se acercaron. Alejandro desenvain&#243; la espada y con voz sonora anunci&#243; que hab&#237;a venido para liberarlos de la tiran&#237;a de Persia, restaurar la democracia y defender a todos los griegos amantes de la paz. Los lugare&#241;os, dirigidos por su jefe, respondieron con una aclamaci&#243;n de circunstancias. Ptolomeo y los dem&#225;s manten&#237;an las cabezas gachas, aunque sus hombros temblaban de la risa mal contenida. Telam&#243;n tuvo que mirar con expresi&#243;n de enfado a Casandra, que se mord&#237;a el labio inferior con verdadera desesperaci&#243;n para no soltar la carcajada. Incluso Ant&#237;gona mostraba una sonrisa desde&#241;osa. Alejandro, sin embargo, s&#243;lo viv&#237;a para la gloria del momento.

Mi se&#241;ora, vamos a tu templo -solicit&#243; se&#241;alando la angosta calle por la que hab&#237;a llegado la procesi&#243;n-. &#161;All&#237; rendiremos culto a la diosa!

Alejandro tir&#243; de las riendas y, con Ant&#237;gona a su lado, cabalg&#243; por la angosta calle adoquinada. Aqu&#237; y all&#225; hab&#237;a casas, as&#237; como los restos de paredes y palacios derruidos cubiertos de musgo. Resultaba dif&#237;cil imaginar la gloria y el orgullo de la corte de Pr&#237;amo o los carros dorados de H&#233;ctor circulando a gran velocidad a trav&#233;s de aquellas ruinas. La calle desembocaba en una plaza que albergaba un bullicioso mercado, donde los comerciantes negociaban fren&#233;ticamente con los campesinos y granjeros. El aire estaba cargado con los olores del esti&#233;rcol de caballo, las especias, las comidas que se preparaban y la fruta podrida.

Alejandro hizo una se&#241;al; el heraldo levant&#243; la corneta y toc&#243; tres notas agudas. En el mercado se hizo el silencio. Todas las miradas se dirigieron a la entrada de la calle. El rey desmont&#243; y, mientras los pajes se apresuraban a sujetar las riendas del caballo, encabez&#243; solemnemente a su comitiva a trav&#233;s de la plaza hasta el templo de Atenea: un modesto edificio con una escalinata ruinosa que conduc&#237;a a un p&#243;rtico con una columnata; encima, un t&#237;mpano donde aparec&#237;a Atenea como guerrera. Cuando se abrieron las puertas de este lugar sombr&#237;o, quedaron a la vista las ayudantes del templo, que continuaban con los preparativos. Tan r&#225;pida e inesperada hab&#237;a sido la llegada de Alejandro que una de ellas todav&#237;a estaba barriendo los escalones.

Ant&#237;gona precedi&#243; al monarca. Los ciudadanos saludaron a su sacerdotisa con v&#237;tores y aplausos; Alejandro interpret&#243; las aclamaciones como una muestra de apoyo a su persona. Telam&#243;n y los dem&#225;s lo siguieron en su paso por la antec&#225;mara y luego por el santuario rectangular, con una hilera de cruceros a cada lado y, al fondo, una estatua de Atenea armada con yelmo, lanza y escudo.

Alejandro se apresur&#243; a quemar el incienso ante la estatua, m&#225;s interesado en las voluminosas bolsas de tela embreada colgadas a cada lado de la peana. A una orden de Ant&#237;gona, las ayudantes cogieron las bolsas, desataron los cordones y sacaron una impresionante armadura. Las armas ofrec&#237;an un tremendo contraste con el entorno miserable. Admiraron una coraza de oro que trazaba el contorno de los m&#250;sculos pectorales con las correas con tachones de plata y asimismo provista de hombreras, espinilleras con los bordes de plata y oro forradas con un cuero muy suave y una falda de guerra roja sobre un forro de tela blanca, con discos de plata en cada una de las tiras de cuero. El escudo, hecho de cinco capas de oro batido, tambi&#233;n estaba forrado con un cuero muy suave y ten&#237;a las correas de plata; en el centro de su bru&#241;ida superficie, hab&#237;a un medall&#243;n de plata que mostrada la cabeza decapitada y la cabellera ondulante de la Medusa. El espl&#233;ndido yelmo era corintio, con un penacho trenzado con crin de caballo y sujeto en la base con un aro de plata; los protectores de la nariz y las orejas no eran met&#225;licos, sino que estaban hechos de un cuero rojo oscuro.

Las armas de Aquiles -anunci&#243; Ant&#237;gona.

Telam&#243;n y los dem&#225;s las contemplaron sin disimular el asombro. La armadura era preciosa, sin duda la obra de un extraordinario artesano. La sacerdotisa, muy a su pesar, advirti&#243; las sospechas de la comitiva, aunque Alejandro parec&#237;a absolutamente convencido de su autenticidad. El f&#237;sico record&#243; el poema hom&#233;rico: de acuerdo con la Il&#237;ada, el dios Hefesto hab&#237;a hecho estas armas, despu&#233;s de la muerte de Patroclo, mientras Aquiles se preparaba para librar el impresionante y vengativo duelo con H&#233;ctor.

Ptolomeo fue el primero en manifestar su escepticismo.

&#161;Se supone que estas armas tienen una antig&#252;edad de centenares de a&#241;os! &#161;Tienen todo el aspecto de haber sido hechas ayer!

Telam&#243;n agradeci&#243; para sus adentros que Casandra no estuviera presente: su risa estridente le hubiese costado la cabeza. Alejandro, absorto en la contemplaci&#243;n de las armas, al parecer no escuch&#243; el comentario de Ptolomeo, mientras que Ant&#237;gona opt&#243; por no hacer caso de los c&#237;nicos murmullos de los compa&#241;eros del monarca.

Son tuyas, Alejandro -proclam&#243; con voz baja, pero sonora-. &#161;Capit&#225;n general de Grecia, descendiente de Aquiles! -exclam&#243; volvi&#233;ndose hacia los dem&#225;s como si quisiera disipar las dudas-. S&#243;lo puedo decir aquello que s&#233;. Estas armas han permanecido ocultas, pasadas de una sacerdotisa a otra. Es muy cierto que han sido reparadas, reconstruidas, pero contin&#250;an siendo las armas de Aquiles -confes&#243; esbozando una sonrisa.

Alejandro ya se las estaba probando. El yelmo le ven&#237;a un poco grande y murmur&#243; algo de llevar una capucha debajo. La coraza le iba que ni pintada. El rey levant&#243; el escudo y la pulida superficie reflej&#243; la luz que entraba por los ventanucos como una moneda de plata. El rostro de Alejandro se ve&#237;a arrebolado, los ojos brillantes, como si ya se viera a s&#237; mismo convertido en el nuevo Aquiles. Abstra&#237;do en sus sue&#241;os, dio las gracias a la sacerdotisa y prometi&#243; dedicar sus propias armas a Atenea. Tambi&#233;n prometi&#243; edificar un nuevo templo y reconstruir Troya con todo su esplendor.

Seleuco disimul&#243; la risa mientras Ptolomeo pon&#237;a los ojos en blanco. Ant&#237;gona se retir&#243; discretamente y Alejandro asumi&#243; el papel de rey sacerdote. Trajeron su antigua armadura y la colocaron a los pies de la estatua. Quemaron m&#225;s incienso y luego, vestido con la nueva armadura, Alejandro abandon&#243; el templo.

Insisti&#243; en visitar todos los santuarios de Troya. Se improvis&#243; un altar en la plaza del mercado. Alejandro hizo un sacrificio a Zeus, dios de los cielos y los fen&#243;menos celestes. Ofrendas similares se hicieron a Apolo, Atenea y H&#233;rcules. Visit&#243; el lugar donde el hijo de Aquiles degoll&#243; a Pr&#237;amo y realiz&#243; nuevas expiaciones. Se hab&#237;a olvidado del todo de las tropas que le acompa&#241;aban. Hefesti&#243;n habl&#243; con Ptolomeo en un aparte y se envi&#243; al general S&#243;crates para que se ocupara de instalar el campamento. Guiada por Alejandro, la comitiva real dedic&#243; la tarde a recorrer todos los sitios sagrados de la ciudad. Los mercaderes, los tenderos y los que dec&#237;an ser gu&#237;as se vieron arrastrados por el fervor de Alejandro. El entusiasmo creci&#243; ante su espl&#233;ndida generosidad. Todos los cuentistas, juglares y tramposos de la peque&#241;a ciudad acudieron como moscas a un trozo de carne cruda, cada uno ansioso por decir lo suyo.

Mi se&#241;or, &#233;sta es la puerta por la que H&#233;ctor condujo su carro.

Mi se&#241;or rey, &#233;ste es el lugar donde muri&#243; H&#233;ctor.

En este mismo lugar, mi se&#241;or, &#193;yax viol&#243; a Casandra y se suicid&#243;.

Alejandro se lo tragaba todo como si fuese el m&#225;s dulce de los vinos. Sin embargo, un emprendedor tendero fue demasiado lejos. Sin parar mientes, ofreci&#243; a Alejandro una lira destartalada con las cuerdas rotas.

Mi se&#241;or, &#233;ste es el instrumento que Par&#237;s toc&#243; para la bella Helena. Recuerda -a&#241;adi&#243; el tendero- que Par&#237;s tambi&#233;n se llamaba Alejandro.

El rey lo mir&#243; furioso y lo apart&#243; sin contemplaciones.

Telam&#243;n ten&#237;a la boca seca y le dol&#237;an las piernas. Se hart&#243; de tener que recordar estrofas de la Il&#237;ada. Intent&#243; escabullirse, pero Alejandro lo cogi&#243; por un brazo y lo arrastr&#243; con &#233;l como si sospechara secretamente que Ptolomeo y los dem&#225;s se estuvieran burlando de &#233;l.

Con el f&#237;sico a un lado y Hefesti&#243;n al otro, Alejandro no se detuvo ni una sola vez a comer o beber. Parec&#237;a inmune al sol ardiente, al polvo, a las nubes de moscas o a la necesidad de descansar. Recitaba continuamente los versos de la Il&#237;ada. Su &#250;nica concesi&#243;n al agotamiento f&#237;sico fue quitarse la armadura de Aquiles. Carg&#243; con el escudo mientras las dem&#225;s piezas se repart&#237;an entre los acompa&#241;antes, incluido Telam&#243;n. Dieron vueltas y m&#225;s vueltas a la colina de Troya. Por fin llegaron al campo cubierto de tr&#233;boles que se extend&#237;a hasta el promontorio que daba al mar por el oeste. Aqu&#237; Alejandro hizo una pausa y, a insistencia de Ptolomeo, se sirvi&#243; vino aguado en copas desportilladas.

Telam&#243;n se limpi&#243; el polvo de la garganta y la boca y mir&#243; a su alrededor. S&#243;lo quedaba un pu&#241;ado de los compa&#241;eros del rey y los guardaespaldas reales, que los escoltaban fuertemente armados a una distancia prudencial. El f&#237;sico sonri&#243; disimuladamente al comprobar que Aristandro se hab&#237;a largado. Alejandro se enjug&#243; el sudor que le ba&#241;aba el rostro.

Cre&#237;a que hab&#237;a m&#225;s -murmur&#243; mientras observaba a Telam&#243;n con sus extra&#241;os ojos un tanto saltones- Siempre he so&#241;ado con este lugar. Durante la infancia, so&#241;aba todas las noches que alg&#250;n d&#237;a marchar&#237;a cubierto de gloria por las calles de Troya. Ahora, sin embargo, estoy cansado -confes&#243; tras dar un suspiro.

Ptolomeo dio gracias por lo bajo.

Alejandro entreg&#243; su copa a Telam&#243;n. Se despoj&#243; de la capa y la t&#250;nica, las sandalias y el taparrabos, y se qued&#243; desnudo ante ellos. Ten&#237;a el cuerpo ba&#241;ado en sudor y cubierto de polvo, pero no parec&#237;a avergonzado.

&#161;Traedme aceite! &#161;Una guirnalda de flores! -orden&#243;.

Uno de los guardias corri&#243; a buscar lo pedido. Alejandro realiz&#243; unos ejercicios de calentamiento como si fuese un atleta. Nadie se atrevi&#243; a preguntarle el motivo. Ptolomeo mir&#243; fijamente a Telam&#243;n.

Voy a correr -anunci&#243; Alejandro-. &#191;No record&#225;is los versos de la Il&#237;ada, aquellos donde se cuenta c&#243;mo Aquiles y Patroclo fueron desnudos a cazar lobos?

Se&#241;al&#243; dos imponentes mont&#237;culos separados por una corta distancia entre ellos que destacaban en el promontorio.

Las tumbas de Aquiles y Patroclo -manifest&#243; Alejandro-. Hefesti&#243;n, &#191;me acompa&#241;ar&#225;s?

Iremos todos -contest&#243; Ptolomeo-. Vas a correr, &#191;no?

S&#237;, como un tributo a mi antepasado -asinti&#243; Alejandro-. Como hicieron los h&#233;roes en los tiempos de Hornero.

Cogi&#243; la botella de aceite de manos del guardia que hab&#237;a dejado la guirnalda de flores en el suelo. Los dem&#225;s se quitaron las prendas como los atletas que se preparan para una prueba: Ptolomeo, bajo, fornido y nervudo; Hefesti&#243;n, moreno y musculoso; Seleuco, delgado y fuerte.

&#161;Ser&#225; como en Mieza! -declar&#243; Alejandro-. Correremos como sol&#237;amos hacer al alba. Demos gracias de que Cleito no est&#233; aqu&#237;. Nos har&#237;a correr hasta la extenuaci&#243;n.

Cre&#237;a que estaban enterrados juntos -se&#241;al&#243; Telam&#243;n.

En el rostro de Alejandro apareci&#243; una expresi&#243;n de enfado.

&#191;Qui&#233;nes?

Aquiles y Patroclo. &#191;No recuerdas el &#250;ltimo canto de la Il&#237;ada. Por lo tanto, que un &#250;nico recipiente, la dorada urna de dos asas, la que me dio tu madre, contenga nuestras cenizas -recit&#243; Telam&#243;n con los ojos cerrados-. &#191;No son tales las palabras de Aquiles? &#191;Qu&#233; dice la Odisea, cuando el errante visita a Agamen&#243;n en el Hades? &#191;No le describe Agamen&#243;n c&#243;mo Aquiles y Patroclo fueron enterrados juntos? Por consiguiente, &#191;por qu&#233; hay dos t&#250;mulos funerarios?

Alejandro cogi&#243; la mu&#241;eca de Telam&#243;n y le dio un pellizco en la piel.

Quiz&#225;s est&#233;n juntos y el otro t&#250;mulo se haya levantado como un homenaje. En cualquier caso -determin&#243; Alejandro mirando de soslayo a sus compa&#241;eros-, correremos y yo ser&#233; el vencedor.

Telam&#243;n y el resto de la comitiva contemplaron divertidos como Alejandro, veloz como una liebre, corr&#237;a entre la hierba alta, aplastando a su paso las brillantes amapolas. Ptolomeo y los dem&#225;s le segu&#237;an, entre risas y gritos; agitaban los brazos y sus cabellos al viento. Hac&#237;an ver que corr&#237;an con todas sus fuerzas, pero se cuidaron mucho de adelantar al rey. Los corredores se perdieron en la distancia. Llegaron a los mont&#237;culos y corrieron a su alrededor tres veces. Telam&#243;n vio a Alejandro subir a cada mont&#237;culo para derramar el aceite y dejar las flores. Luego emprendieron la carrera de regreso. Los guardaespaldas vitorearon a su rey.

El f&#237;sico decidi&#243; que ya hab&#237;a tenido m&#225;s que suficiente y volvi&#243; a la ciudad. Cuando lleg&#243; a la plaza del mercado, se entretuvo curioseando por los tenderetes. Los furrieles hab&#237;an comprado todos los alimentos. Telam&#243;n se detuvo delante de un tenderete donde el propietario, un tuerto, gritaba los precios de sus productos a voz en cuello. Telam&#243;n observ&#243; las jarras, las copas y las cajas que estaban a la venta.

Todo est&#225; fabricado por los artesanos locales -le inform&#243; el tuerto-. &#191;Eres un soldado, se&#241;or? No, no puedes ser

Soy f&#237;sico. Siempre busco cajas para llevar los instrumentos, los frascos, las hierbas -aclar&#243; cogiendo una caja.

S&#243;lo vale unos pocos &#243;bolos, se&#241;or; menos de una dracma -dijo el tendero.

Telam&#243;n observ&#243; la caja con mucha atenci&#243;n.

&#191;Esta caja est&#225; hecha por un artesano local?

Me gustar&#237;a responder que no, se&#241;or, pero veo que no se te puede enga&#241;ar. S&#237;, las hace un carpintero que tiene su casa en los aleda&#241;os. &#201;l me las vende a m&#237;, y yo te las vendo a ti.

Telam&#243;n le pag&#243;. Con la caja bajo el brazo, se dirigi&#243; hacia el templo. No vio a Ant&#237;gona. El viejo que cuidaba la entrada dormitaba con la boca abierta y se despert&#243; cuando el visitante se le acerc&#243;. Le dijo a Telam&#243;n que la casa de la sacerdotisa se encontraba en el peque&#241;o jard&#237;n de detr&#225;s del edificio. El portero con ojos somnolientos se puso de pie. &#191;El se&#241;or quer&#237;a que lo acompa&#241;ara?

El f&#237;sico le dio las gracias y le respondi&#243; que no era necesario. Durante unos minutos, pase&#243; por el interior del templo, que no se diferenciaba en nada de muchos otros que hab&#237;a visitado. El aire a&#250;n ol&#237;a al incienso que hab&#237;a quemado Alejandro. Hab&#237;an retirado la armadura del rey y las bolsas embreadas. Se detuvo al pie de la estatua y ech&#243; una ojeada a su alrededor. Le resultaba dif&#237;cil imaginarse a una mujer tan bella y digna como Ant&#237;gona en un santuario como &#233;ste. Volvi&#243; a la antec&#225;mara. Antes de que se marchara, el portero abri&#243; un peque&#241;o cofre y sac&#243; un grueso rollo de pergamino:

Escribe tu nombre, se&#241;or. Escribe aqu&#237; tu nombre, se&#241;or, y tendr&#225;s el favor de Atenea.

Telam&#243;n conoc&#237;a la costumbre. No quer&#237;a ofender al viejo y le dio una moneda. El portero dej&#243; el rollo en el suelo junto con un cuerno lleno de tinta y un estilo. El f&#237;sico desenroll&#243; el pergamino y escribi&#243; la fecha y su nombre. Dominado por la curiosidad despleg&#243; todo el rollo. No hab&#237;an sido muchos los visitantes durante los meses anteriores, pero un nombre no le pas&#243; desapercibido: Cle&#243;n. Tambi&#233;n vio el nombre de Filipo, el padre de Alejandro, y otro nombre, escrito por una mano torpe.

&#191;Qu&#233; pasa, se&#241;or?

Nada, nada -respondi&#243; Telam&#243;n levant&#225;ndose.

El portero se encarg&#243; de guardar el rollo y el f&#237;sico abandon&#243; el templo. Comenzaba a ponerse el sol y la brisa soplaba un poco m&#225;s fresca. Rode&#243; el edificio. La casa de la sacerdotisa se levantaba al otro lado de un muro que cerraba el jard&#237;n; desde donde estaba, se ve&#237;a el tejado rojo. Lleg&#243; a la puerta y la abri&#243;. Daba a un bonito jard&#237;n con una fuente con la estatua de una ninfa en el centro. Ant&#237;gona estaba sentada en un banco de espaldas a &#233;l. Se dispon&#237;a a llamarla cuando vio que se le sacud&#237;an los hombros y comprendi&#243; que la mujer lloraba a l&#225;grima viva. No quer&#237;a molestarla, as&#237; que cerr&#243; la puerta y se march&#243; por donde hab&#237;a venido.

Telam&#243;n cruz&#243; la ciudad sin prisas, sali&#243; por la puerta en ruinas y baj&#243; la colina cubierta de hierba. El peque&#241;o ej&#233;rcito de Alejandro estaba acampado en la llanura, donde los soldados hab&#237;an procurado instalarse lo m&#225;s c&#243;modos posible. Algunos hab&#237;an instalado tiendas, mientras que otros, menos afortunados, hab&#237;an cortado ramas de los &#225;rboles m&#225;s cercanos para construirse una especie de choza muy rudimentaria. El general S&#243;crates hab&#237;a establecido una vigilancia muy estricta.

A Telam&#243;n le dieron el alto en varias ocasiones, pero le reconocieron y le dejaron continuar. Un tesalio que recordaba haberle visto en compa&#241;&#237;a de Casandra lo acompa&#241;&#243; hasta el recinto real y encontr&#243; su tienda. La muchacha estaba sentada a la entrada, muy entretenida en su charla con el centinela. Levant&#243; la cabeza al verle llegar.

Cre&#237;a que te hab&#237;as vuelto. &#161;Pasa!

Levant&#243; la tela de entrada de la tienda. En el interior todo estaba muy limpio y ordenado. Casandra hab&#237;a convertido un cofre en una mesa. Hab&#237;a pan, queso, carne, dos jarras, una llena de agua y la otra de vino, y un peque&#241;o bol de frutas.

Te estaba esperando.

Coloc&#243; una l&#225;mpara en el centro de la mesa. Telam&#243;n se lav&#243; la cara y las manos.

Tenemos que comer juntos -coment&#243; Casandra-. El f&#237;sico y su ayudante.

Se hab&#237;a lavado e incluso maquillado un poco el rostro. Llevaba la abundante cabellera roja recogida en un mo&#241;o sujeto con un pasador de bronce.

&#191;D&#243;nde has conseguido toda esta comida?

T&#250; me diste dinero. Una parte la compr&#233; y el resto la rob&#233;, como han hecho todos los dem&#225;s en el campamento. &#191;D&#243;nde est&#225; nuestro gran h&#233;roe conquistador? &#191;Todav&#237;a se pasea por Troya con aquel rid&#237;culo yelmo en la mano?

Telam&#243;n sonri&#243; mientras cog&#237;a un trozo de queso. Era muy fresco y sabroso.

Tendr&#237;as que tener un poco m&#225;s de cuidado con la lengua.

Y t&#250; tendr&#237;as que cuidar un poco m&#225;s tu cabeza. Alejandro de Macedonia es voluble, y encima astuto. Te dijo que lo dejaras, &#191;no? Me refiero a los asesinatos. Un centinela lo escuch&#243;.

Casandra llen&#243; una copa hasta la mitad con vino, la acab&#243; de llenar con agua y se la dio. Telam&#243;n bebi&#243; un trago.

No hay ni una pizca de l&#243;gica en todo este asunto. Aqu&#237; tenemos a Alejandro de Macedonia prepar&#225;ndose para invadir Asia. Ha le&#237;do todo y m&#225;s sobre Troya. Sin embargo, necesit&#243; contratar gu&#237;as.

A m&#237; ya me pareci&#243; extra&#241;o -se&#241;al&#243; Casandra-. &#191;A ti no?

No hasta hoy. Fue cuando embarrancaron el trirreme -precis&#243; levantando una mano cuando vio que Casandra abr&#237;a la boca-. &#191;Te fijaste c&#243;mo Alejandro se lanz&#243; a caballo tierra adentro sin esperar a los gu&#237;as? Adem&#225;s, cuando llegamos a aquel lugar en ruinas -el f&#237;sico se interrumpi&#243; al escuchar un toque de corneta-. &#161;Demos gracias a los dioses! -exclam&#243;-. &#161;El rey ha vuelto! La cuesti&#243;n es que Alejandro llega a Troya y se pasea por las calles como si hubiese nacido aqu&#237;.

Es lo que intentaba decirte. No he dejado de preguntarme sobre esos gu&#237;as. Cuando presenciamos las maniobras militares, t&#250; me se&#241;alaste a los exploradores, la caballer&#237;a ligera. Ahora mismo vi a unos cuantos que volv&#237;an de recorrer la zona; los gu&#237;as no les acompa&#241;aron. Ah, otra cosa, y muy importante. Me acerqu&#233; al pabell&#243;n real.

&#161;Oh no! -gimi&#243; Telam&#243;n.

Ver&#225;s, me ofrec&#237; a ayudarlos a levantar el pabell&#243;n, a cargar ba&#250;les y cofres. Me encontr&#233; con el secretario del ej&#233;rcito &#191;C&#243;mo se llama?

Eumenes.

Estaba acomodando unos rollos. Tuve la oportunidad de echar una r&#225;pida ojeada a uno de ellos.

Telam&#243;n hizo girar la copa entre las palmas de las manos.

Se trataba de un mapa. Vi la ciudad de &#201;feso, y otro lugar, Mileto. Toda la costa occidental de Asia con las islas. El mapa era muy preciso. Eumenes lo guarda en un cofre. Fui muy astuta, &#191;no te parece?

Telam&#243;n no sal&#237;a de su incredulidad. Le irritaba un poco el brillo en los ojos de Casandra.

Pero, pero -comenz&#243;.

Lo que est&#225;s intentando decir, mi erudito f&#237;sico, es que, si Alejandro tiene exploradores y mapas muy detallados, &#191;para qu&#233; necesita a Critias y al resto de gu&#237;as? &#191;Por qu&#233; asesinaron a uno al borde del acantilado? &#191;Y al otro mientras orinaba? &#191;Qui&#233;n los mat&#243;? &#191;Qui&#233;n asesin&#243; a Critias? S&#233; que su muerte te preocupa. Me pregunto -Casandra cruz&#243; los brazos con las manos apretadas a las costillas-. Aquel tipejo que desapareci&#243;, H&#233;rcules, el enano de Aristandro, &#191;descubri&#243; algo?

Telam&#243;n la mir&#243; con una expresi&#243;n estupefacta.

&#161;Por el condenado Hades! -exclam&#243;.

Es todo una mentira, &#191;no es as&#237;, Telam&#243;n?

Fui al templo. Vi el nombre de Cle&#243;n, el f&#237;sico

&#191;El traidor?

S&#237;. Mientras regresaba, comenc&#233; a reflexionar -apunt&#243; tendiendo la copa para que Casandra se la llenara-.

Cle&#243;n era bajo y rechoncho. No era ning&#250;n gran jinete y, no obstante, consigui&#243; abandonar el campamento de Alejandro sin que lo detuvieran. Me refiero a que, si Alejandro hubiese querido y si Aristandro vigilaba de cerca a los f&#237;sicos

No crees que Cle&#243;n escapara, &#191;verdad? &#191;Sospechas que est&#225; muerto?

Podr&#237;a estarlo -murmur&#243; Telam&#243;n-. Claro que bien podr&#237;a ser que Alejandro est&#233; llevando a cabo un juego muy sutil. Cle&#243;n es sencillamente una pieza m&#225;s del juego, como lo somos todos.



CAP&#205;TULO XI

Los otros generales persas apenas consideraron las opiniones de Memn&#243;n. Dieron por terminada la discusi&#243;n sin m&#225;s.

Quinto Curcio Rufo, Historia, libro 2, cap&#237;tulo 4



Pascilio, la fortaleza de Arsites, s&#225;trapa de Frigia, que se alzaba, junto al lago era un oasis de frescura. Los altos muros y sus torres estaban rodeados de f&#233;rtiles prados y reservas de caza donde abundaban los animales y las aves ex&#243;ticas. Era un aut&#233;ntico para&#237;so, un parque pensado para el placer con las terrazas ajardinadas, los huertos de palmeras, los senderos umbr&#237;os, los cenadores y las rumorosas fuentes. Tanto dentro como fuera de los muros de la fortaleza, los estanques brillaban a la luz del sol, bien surtidos de carpas y muchas otras variedades de peces. Bosquecillos de robles, &#225;lamos, abetos y encinas serv&#237;an como cotos de caza, donde el s&#225;trapa practicaba su deporte preferido. Por lo com&#250;n, Arsites y su corte pasaban muchas horas en el parque, dedicados a comer y beber, pero, en aquel fat&#237;dico d&#237;a, no hab&#237;a nadie que paseara por los jardines y el silencio s&#243;lo lo romp&#237;an los chillidos de los pavos reales que cortejaban en los prados acabados de regar.

En el interior, en la mal iluminada sala de audiencias, Arsites y su corte recibieron a Memn&#243;n el griego. El mercenario rodio, vestido con una sencilla t&#250;nica, no hizo el menor caso de los magn&#237;ficos tapices decorados con las fant&#225;sticas formas de p&#225;jaros y animales ex&#243;ticos. Permaneci&#243; sentado, inc&#243;modo, en el div&#225;n dorado, con la mirada fija en la peque&#241;a mesa de acacia que ten&#237;a delante, colmada de frutas y copas ornadas con tigres de plata y llenas hasta el borde con vino blanco helado. Memn&#243;n s&#243;lo ten&#237;a ojos para Arsites, ataviado con una ex&#243;tica y lujosa t&#250;nica sobre una fina camisa de tela dorada y pantalones bombachos. Calzaba babuchas rojas y plateadas y se cubr&#237;a la cabeza con un ajustado sombrero c&#243;nico, un kulah, con unas cintas que le ca&#237;an sobre la nuca. Arsites llevaba el rostro maquillado, los labios y las u&#241;as pintados de un color rojo brillante. Las trenzas, la barba y el bigote brillaban con los m&#225;s finos aceites.

Memn&#243;n pens&#243; que no eran m&#225;s que unas mujerzuelas. Intent&#243; controlar su irritaci&#243;n, consciente de que su juicio era injusto. Arsites y sus compa&#241;eros, tendidos en los divanes, pod&#237;an vestir como unas cortesanas, pero todos eran valientes guerreros, ansiosos por enfrentarse a Alejandro. Esto era lo que preocupaba a Memn&#243;n por encima de todo lo dem&#225;s. Mir&#243; a su derecha, donde Cle&#243;n, el rubio f&#237;sico con cara de tonto, reci&#233;n llegado del campamento de Alejandro al otro lado del Helesponto, beb&#237;a ruidosamente una copa de vino. Luego mir&#243; el rostro sonriente de su criado y hombre de confianza Diocles, quien le advirti&#243; con la mirada, como hab&#237;a hecho antes del banquete, que contuviera su temperamento y no se comportara groseramente con Arsites, Mitr&#237;dates, Nifrates y los dem&#225;s.

&#191;Est&#225;s bien, general Memn&#243;n? -pregunt&#243; Arsites extendiendo una mano para coger un grano de uva del bol que ten&#237;a delante.

Estoy bien, pero atareado.

La &#225;spera respuesta de Memn&#243;n interrumpi&#243; la charla; se hizo el silencio ante esta falta de etiqueta. Arsites cogi&#243; otro grano de uva y se lo meti&#243; en la boca.

Tengo noticias para ti -advirti&#243; el s&#225;trapa con una mirada hostil-. El macedonio est&#225; en Troya. &#161;Ha cruzado desde Elaeum!

&#191;Qu&#233;? -exclam&#243; Memn&#243;n apoyando los pies en el suelo y mirando a su anfitri&#243;n con furia-. &#191; Cu&#225;ntos hombres ha tra&#237;do?

Sesenta trirremes; un peque&#241;o ej&#233;rcito de tres mil soldados.

Memn&#243;n cogi&#243; la copa de vino.

De haberlo sabido, podr&#237;amos haber enviado barcos, tener una fuerza esper&#225;ndolos. Cre&#237; que cruzar&#237;a con los dem&#225;s a Abidos y, desde all&#237;, emprender&#237;a la marcha hacia el sur. &#191;Para qu&#233; tenemos a un esp&#237;a en su campamento? &#191;No tendr&#237;a que habernos avisado de sus intenciones?

Al parecer, fue algo que lo pill&#243; por sorpresa. Una decisi&#243;n que Alejandro tom&#243; repentinamente.

&#161;L&#225;stima de oportunidad desperdiciada! Estaba seguro de que cruzar&#237;a con los dem&#225;s -lamentaba Memn&#243;n hablando casi para &#233;l mismo, con la mirada puesta en el tapiz detr&#225;s de Arsites-. Podr&#237;amos haberle tendido una trampa, podr&#237;amos haberlo matado.

Lo atraparemos y lo mataremos -replic&#243; el s&#225;trapa con voz l&#225;nguida-. General Memn&#243;n, &#191;qui&#233;n dio las &#243;rdenes de desembarcar a un grupo de asesinos y enviarlos al campamento de Alejandro?

El mercenario mir&#243; de reojo a Cle&#243;n, que no apartaba la mirada de la copa.

S&#237;, nuestro buen f&#237;sico nos comunic&#243; la informaci&#243;n -a&#241;adi&#243; Arsites-. Alejandro mat&#243; a los asesinos y apil&#243; sus armas como un trofeo delante de su pabell&#243;n.

Memn&#243;n murmur&#243; una breve plegaria, una despedida a Droxenius y los dem&#225;s.

Eran hombres buenos. Murieron con honor en combate. &#191;Qu&#233; m&#225;s puede pedir un soldado? -pregunt&#243; mirando a su alrededor.

No le gustaba la atm&#243;sfera; sus anfitriones eran corteses pero reservados. No conf&#237;an en m&#237;, pens&#243; el rodio. Su inquietud fue en aumento y el recuerdo de Lisias encerrado en aquella jaula de hierro reapareci&#243; en su mente. En el patio le esperaban diez hoplitas. Ahora se arrepinti&#243; de no haber tra&#237;do a m&#225;s hombres de su ej&#233;rcito de quince mil mercenarios acampados al este, no muy lejos de la fortaleza.

Alejandro ser&#225; atrapado y matado -repiti&#243; Arsites, que lo miraba atentamente.

Memn&#243;n escuch&#243; un ruido y mir&#243; por encima del hombro. Vio como se abr&#237;a la puerta y entraban en la sala seis de los guardaespaldas de Arsites, armados con escudos y las espadas desenvainadas. Cle&#243;n dej&#243; de masticar y tambi&#233;n levant&#243; la cabeza, con los ojos azules llorosos y la boca abierta. Su mirada se cruz&#243; con la del rodio y le gui&#241;&#243; un ojo.

&#191;Puedo recordarte, Arsites, que disfruto del favor personal del Rey de Reyes? -manifest&#243; Memn&#243;n con un tono que disimulaba perfectamente su nerviosismo.

As&#237; es, desde luego.

&#191;El tal Naihpat? -prosigui&#243; Memn&#243;n-. &#191;Sabes acaso qui&#233;n es?

No lo sabemos, &#191;no es as&#237;, Cle&#243;n? -apunt&#243; Arsites levantando la copa y brindando por el f&#237;sico medio borracho.

Busqu&#233; y busqu&#233; -farfull&#243; Cle&#243;n, con lengua estropajosa-. Segu&#237; buscando Pero &#191;qui&#233;n es? -pregunt&#243; moviendo la cabeza atr&#225;s y adelante como si se tratara de un juego infantil-. No lo s&#233;.

Entonces, vales muy poco como esp&#237;a -afirm&#243; Memn&#243;n.

Arsites mir&#243; al general mercenario.

Es &#250;til para algunas cosas.

La inquietud de Memn&#243;n aument&#243;. Desde que hab&#237;a dejado Pers&#233;polis se hab&#237;a mantenido en contacto permanente con el s&#225;trapa y sus generales. Antes de venir, ya se barruntaba que Droxenius y sus compa&#241;eros hab&#237;an fracasado en su misi&#243;n; de haber tenido &#233;xito, la noticia se hubiera propagado con la rapidez del viento.

&#191;Qu&#233; cosas?

Quienquiera que sea Naihpat, cuya identidad s&#243;lo conoce el se&#241;or Mitra, ha hecho un buen trabajo. Tenemos informes de que Alejandro tiene dudas. Los gu&#237;as que contrat&#243; -Arsites sonri&#243;- han sufrido bajas.

&#191;A qu&#233; te refieres?

Algunos de ellos han sido asesinados, como tambi&#233;n lo ha sido Critias, el dibujante de mapas. Alejandro podr&#225; avanzar hacia el sur, pero caer&#225; directamente en nuestra trampa. El hombre que ha matado a su propio padre

No tienes ninguna prueba de eso.

Ni falta que nos hace -replic&#243; el s&#225;trapa-. Es un par&#225;sito, un tufo maloliente en la nariz del Ahura-Mazda, que lo har&#225; caer en nuestras manos.

Memn&#243;n sacudi&#243; la cabeza, contrariado.

No, no debes oponerte al macedonio.

&#191;Qu&#233; nos recomiendas que hagamos? -pregunt&#243; Nifrates, el joven general sentado a la diestra de Arsites, hombre de piel m&#225;s clara que el s&#225;trapa y facciones delicadas, pero con una mirada feroz, implacable-. &#191;Cu&#225;l es tu recomendaci&#243;n, general?

Que nos retiremos. &#161;Debemos quemar todas las casas, los graneros y los campos! &#161;Matar el ganado o espantarlo! &#161;Arrasar la tierra!

&#161;Jam&#225;s!

La r&#233;plica de Arsites fue aplaudida por sus colegas.

Memn&#243;n los mir&#243; con una expresi&#243;n de s&#250;plica. Se escucharon el grito de un pavo real y los trinos de las aves en las jaulas doradas. Arsites sacudi&#243; la cabeza y esboz&#243; una sonrisa.

El divino -declar&#243; Memn&#243;n- me ha otorgado el mando

Te otorg&#243; el mando de quince mil mercenarios -le interrumpi&#243; Arsites- y el derecho a sentarte en este consejo de guerra. T&#250; no eres el Rey de Reyes, Memn&#243;n. No puedes

Manifestar&#233; todas las opiniones que considere necesarias -replic&#243; Memn&#243;n, con una expresi&#243;n de c&#243;lera-. He combatido contra el macedonio. La sorpresa, la velocidad, el salvajismo: nunca te has enfrentado a nada ni siquiera remotamente parecido. Escucha -apunt&#243; el rodio intentando razonar-. Alejandro marchar&#225; sin apartarse de la costa. Su flota es pat&#233;tica. S&#243;lo dispone de ciento sesenta barcos y algunos de ellos s&#243;lo son embarcaciones de transporte. Una buena parte de la flota es ateniense, o de otras ciudades que s&#243;lo esperan el momento oportuno para rebelarse contra el control de los macedonios. Ser&#237;a algo sencillo derrotarla, enviarla al fondo del mar

Estoy de acuerdo -manifest&#243; el s&#225;trapa-. El macedonio ha venido, pero no volver&#225; a su patria.

Entonces ret&#237;rate -insisti&#243; Memn&#243;n-. &#161;Arrasa la tierra y envenena los pozos! Sus hombres acabar&#225;n exhaustos, muertos de hambre. Su famosa caballer&#237;a no ganar&#225; honores. Deja que ronde; fomenta la rebeli&#243;n y el descontento. Permite que sus aliados deserten, que pidan condiciones. Despu&#233;s, destr&#250;yelo -concluy&#243; el rodio engarfiando los dedos.

Por lo tanto, &#191;quieres que incendiemos nuestros graneros? -replic&#243; Arsites-. &#191;Que envenenemos los pozos, matemos los peces y el ganador, que lo convirtamos todo en un desierto que se pudre al sol? &#191;Es eso lo que quieres?

Los pastos volver&#225;n a crecer -manifest&#243; Memn&#243;n-. Se pueden plantar nuevos &#225;rboles, comprar m&#225;s ganado

&#191;Qu&#233; pasar&#225; con nuestra gente? -pregunt&#243; Arsites.

Deja que escape al este. Prom&#233;tele compensaciones, la alegr&#237;a de ver a Alejandro entre cadenas y a los supervivientes de su ej&#233;rcito engrillados, camino de tus minas. O, si quieres, crucif&#237;calos a cada lado del camino real, como una advertencia para el resto de Grecia.

&#191;Tanto le odias?

Tanto le odio.

T&#250; eres griego.

S&#237;, y Alejandro es macedonio. Un b&#225;rbaro.

&#191;&#201;l te odia?

Ha jurado -respondi&#243; Memn&#243;n despu&#233;s de beber apresuradamente un trago de su copa- que no tendr&#225; piedad, que ser&#225; inclemente con cualquier griego que empu&#241;e las armas en su contra. Mi se&#241;or Arsites, estar&#233; a tu lado, luchar&#233; y, si es necesario, morir&#233; contigo.

Nuestras noticias hablan de otra cosa.

Con un movimiento brusco, Arsites despej&#243; la mesa; los boles y las preciosas copas rodaron por el suelo. Cle&#243;n dio un brinco. Diocles se sobresalt&#243;. Memn&#243;n acerc&#243; la mano all&#237; donde ten&#237;a que estar la daga, pero, por supuesto, hab&#237;an tenido que dejar las armas antes de entrar en la sala.

&#191;Est&#225;s muy furioso, mi se&#241;or Arsites?

Estoy muy furioso.

El persa se agach&#243; para sacar un peque&#241;o cofre oculto debajo del div&#225;n y lo dej&#243; encima de la mesa. Abri&#243; la cerradura y levant&#243; la tapa.

Aqu&#237; est&#225;n los informes enviados desde Abidos por nuestros esp&#237;as en el puerto y las zonas vecinas.

Memn&#243;n not&#243; un sudor fr&#237;o que le corr&#237;a por la espalda. Sospechaba lo que estaba a punto de ocurrir.

Mir&#243; r&#225;pidamente a los dem&#225;s: los persas de piel morena y cabellos oscuros le devolvieron la mirada, implacables.

&#191;Tienes fincas all&#237;? -le pregunt&#243; el s&#225;trapa.

&#161;El Rey de Reyes ha sido muy generoso!

&#161;Yo tambi&#233;n tengo fincas all&#237;! -manifest&#243; uno de los comandantes persas.

&#161;Y yo! -declar&#243; otro.

Muchos de nosotros ten&#237;amos fincas all&#237; -se&#241;al&#243; Arsites con voz calma-. Ahora las han incendiado, arrasado, saqueado No quedan m&#225;s que cenizas y restos calcinados. Sin embargo, general Memn&#243;n, no han tocado tus tierras.

Sabes de sobra el motivo -replic&#243; el mercenario-. El rey de reyes me dispensa su m&#225;xima confianza. Alejandro, aconsejado por ese astuto y taimado Aristandro, seguramente dio la orden de que no tocaran mis propiedades para as&#237; fomentar la desuni&#243;n y la discordia entre nosotros.

Tu lealtad, mi se&#241;or, no est&#225; en duda -afirm&#243; Arsites-. &#191;No es as&#237;, Cle&#243;n?

El f&#237;sico se apresur&#243; a mirar al persa; luego mir&#243; a Memn&#243;n y sacudi&#243; la cabeza con una expresi&#243;n de pena.

La verdad es que creo que Alejandro tiene tan elevada opini&#243;n de ti como la que t&#250; tienes de &#233;l -apunt&#243; Arsites-. &#201;l, como nosotros, hace lo imposible por crear la discordia y fomentar la sospecha -a&#241;adi&#243; agitando la mano en un gesto displicente-. En cambio, tenemos pruebas de otros asuntos. Por favor, general Memn&#243;n, lee esto.

Le arroj&#243; un rollo de pergamino atado con una cinta. Memn&#243;n se arm&#243; de valor, desat&#243; la cinta y despleg&#243; la carta.

L&#233;ela en voz alta, general.

Memn&#243;n descubri&#243; que no pod&#237;a. Le temblaban las manos. Reconoci&#243; la caligraf&#237;a personal de Alejandro y, al pie de la carta, el sello del rey. En la sala se hizo un silencio absoluto. En el exterior, el pavo real hab&#237;a dejado de o&#237;rse. Los p&#225;jaros revoloteaban inquietos en las jaulas doradas, como si la amenaza que se respiraba en la atm&#243;sfera hubiese apagado todo deseo de trinar.

Estoy de acuerdo contigo, general Memn&#243;n -susurr&#243; Arsites-. Si hubi&#233;semos sabido que Alejandro iba a navegar directamente a Troya con una escolta tan peque&#241;a, le hubi&#233;ramos estado esperando, ya fuese en el mar o en tierra. Es con la mayor sinceridad que te digo esto: si creyera que tu estrategia de quemar la tierra y envenenar los pozos diera resultado, mis colegas y yo estar&#237;amos de acuerdo. Confiamos en ti, general Memn&#243;n, pero no confiamos en quienes te rodean. Lisias era un traidor. Quer&#237;a reunirse con Alejandro en Troya. El divino, desde luego, dijo la verdad cuando afirm&#243; que hab&#237;a otros involucrados en esta traici&#243;n.

El rodio mir&#243; la carta una vez m&#225;s, con l&#225;grimas en los ojos.

Pero, general Memn&#243;n, &#191;c&#243;mo podemos confiar plenamente en ti? -susurr&#243; Arsites-. &#191;Cuando incluso tu sirviente Diocles es un traidor?

Diocles se levant&#243; con tanta violencia que tumb&#243; la mesa. Tendi&#243; las manos, movi&#243; la boca en un in&#250;til intento de pronunciar palabras y mir&#243; a su amo con una expresi&#243;n de s&#250;plica.

Es una carta de Alejandro de Macedonia, &#191;no es as&#237;? -a&#241;adi&#243; el s&#225;trapa-. &#161;Est&#225; escrita de su pu&#241;o y letra; lleva su sello! No es una falsificaci&#243;n. &#191;Qu&#233; dice, general Memn&#243;n? Puedo citar cada una de las palabras: Alejandro, rey de Macedonia, capit&#225;n general de toda Grecia, a Diocles, mi amigo, sirviente del traidor, saludos. La informaci&#243;n que nos has enviado ser&#225; de gran ayuda en nuestra marcha al este, como lo fue en la captura del esp&#237;a persa, Leontes. Los dioses est&#225;n con nosotros. Viajar&#233; a Troya para ofrecer un sacrificio a los dioses y honrar a mis antepasados. Luego iremos en busca de tu amo. D&#233;jalo que corra -ley&#243; Arsites antes de hacer una pausa-. S&#237;, eso es lo que dice, &#191;verdad?

No hizo caso de Diocles, que en aquel momento hab&#237;a ca&#237;do de rodillas con los brazos cruzados sobre el est&#243;mago.

S&#237;-repiti&#243; Arsites-. &#191;C&#243;mo contin&#250;a? Deja que tu amo corra. Deja que &#233;l haga nuestra tarea y lo arrase todo en la huida. Aun as&#237;, le seguiremos. Nuestro avance nos har&#225; cada vez m&#225;s fuertes. Las ciudades de Asia nos abrir&#225;n sus puertas y aclamar&#225;n al salvador que los librar&#225; del fuego y la espada. Muy pronto estaremos contigo. Hasta la vista.

&#191;D&#243;nde lo has conseguido? -pregunt&#243; Memn&#243;n con dificultades para hablar y la sensaci&#243;n de que el coraz&#243;n le estallar&#237;a en cualquier momento-. &#191;C&#243;mo ha llegado a tus manos?

Yo la traje -susurr&#243; Cle&#243;n.

&#191;Vas a decirme que entraste sin m&#225;s en el pabell&#243;n del rey, buscaste entre su correspondencia y te llevaste lo que quisiste?

Nunca he dicho tal cosa -respondi&#243; el f&#237;sico con una sonrisa vanidosa-. El d&#237;a, general, que tus mercenarios intentaron matar a Alejandro de Macedonia, rein&#243; en el campamento una gran confusi&#243;n. Volv&#237; a mi tienda y me acost&#233; un rato. S&#243;lo entonces vi una peque&#241;a bolsa con los pergaminos. Los cog&#237; y los le&#237;. La carta que mi se&#241;or Arsites te acaba de dar es una de ellas. Hay otras. Es probable que con toda la confusi&#243;n en el campamento macedonio ni siquiera las hayan echado en falta.

&#191;Cu&#225;ntos m&#225;s? -pregunt&#243; Memn&#243;n-. &#191;Hay otros griegos en mi compa&#241;&#237;a?

No -respondi&#243; Arsites sacudiendo la cabeza-. Est&#225;n los nombres de los traidores en otras ciudades. No te preocupes; nos ocuparemos de ellos. Estas cartas nos ofrecen, amigo m&#237;o, una visi&#243;n de lo que pasa por la mente del macedonio -proclam&#243; el s&#225;trapa agitando un dedo-. En ning&#250;n momento Alejandro expresa el ansia de enfrentarse con nosotros en combate. Conf&#237;a en que nos retiremos. Cuenta con los traidores en nuestras ciudades para que le abran las puertas -observ&#243; Arsites antes de hacer una pausa que dej&#243; o&#237;r los conmovedores gemidos de Diocles-. &#161;No continuar&#233; hablando hasta que no se lleven a este traidor de aqu&#237; y le den su merecido! -exclam&#243; el persa levant&#225;ndose &#225;gilmente.

Diocles se hubiera arrastrado por el suelo, pero Arsites dio una palmada. Los guardaespaldas que estaban junto a la puerta se acercaron. Pasaron junto al div&#225;n de Cle&#243;n y levantaron sin m&#225;s al criado mudo, que no dejaba de debatirse. Memn&#243;n no pod&#237;a hacer otra cosa que presenciar la terrible escena con una expresi&#243;n de la m&#225;s absoluta incredulidad. Diocles llevaba por lo menos diez a&#241;os a su servicio; hab&#237;a sido su hombre de confianza en la paz y en la guerra. &#191;Pod&#237;a dar fe a lo que dec&#237;a la carta que ten&#237;a en la mano? Sacudi&#243; la cabeza.

No es una falsificaci&#243;n -admiti&#243; mirando con furia a Cle&#243;n-. &#191;Podr&#237;a haber sido dejada en la tienda con toda intenci&#243;n?

El f&#237;sico lo neg&#243; con vehemencia.

El esp&#237;a Naihpat las dej&#243; en mi tienda -respondi&#243; dejando ir un suspiro-. Eso significa, mi se&#241;or, que tambi&#233;n sab&#237;a que yo cobraba del oro de los persas. &#191;Quiz&#225; me estaba dando un aviso? Despu&#233;s de todo, uno de mis colegas ya hab&#237;a sido ejecutado, probablemente traicionado por tu sirviente. Aristandro me vigilaba, y a los dem&#225;s tambi&#233;n. Si encontraban estas cartas en mi poder, me hubiese resultado muy dif&#237;cil dar cualquier explicaci&#243;n. As&#237; que decid&#237; marcharme lo m&#225;s r&#225;pido posible.

&#191;Nadie intent&#243; impedir que te marcharas?

Tal como dije, en el campamento reinaba el caos despu&#233;s del ataque a Alejandro. Me result&#243; relativamente sencillo. Ensill&#233; mi caballo y dije que ten&#237;a unos asuntos que atender en Sestos. En cambio, segu&#237; el camino de la costa y contrat&#233; a un pescador para que me cruzara a este lado. Y aqu&#237; estoy -manifest&#243; separando las manos.

Diocles intent&#243; abalanzarse sobre el f&#237;sico.

&#161;Sacadlo de aqu&#237;! -orden&#243; Arsites.

Diocles se resisti&#243; con denuedo; una de las peque&#241;as mesas sali&#243; volando cuando la alcanz&#243; con un puntapi&#233;. Uno de los guardaespaldas le golpe&#243; en la cabeza con el plano de la espada y lo dej&#243; inconsciente; la sangre que manaba de la herida corri&#243; por el suelo de m&#225;rmol. Las aves espantadas por los gritos se estrellaban contra los barrotes de las jaulas. Arsites grit&#243; una orden y se llevaron a Diocles a rastras. Memn&#243;n segu&#237;a sin aceptar que la acusaci&#243;n pudiera ser verdad.

Es demasiado sencillo -protest&#243;-. &#161;Un pu&#241;ado de cartas dejadas sin m&#225;s en una tienda! Cle&#243;n las encuentra e inmediatamente decide escapar.

Arsites volvi&#243; a sentarse en su div&#225;n.

Mi se&#241;or, te olvidas de un detalle importante. Nuestro querido f&#237;sico Cle&#243;n ha sido durante muchos meses un visitante asiduo de nuestra corte. Est&#225; a nuestro servicio, y ha trabajado con muchos riesgos, como lo hizo Leontes hasta que lo traicionaron. Si lo capturaran, Cle&#243;n ya estar&#237;a crucificado. En cualquier caso, &#191;por qu&#233; iba a mentirnos?

Quiz&#225;s el propio Alejandro dejara las cartas en la tienda.

&#191;Por qu&#233; raz&#243;n iba el macedonio a mencionar que viajar&#237;a a Troya directamente? &#191;Por qu&#233; lo hizo? Sin duda sab&#237;a que la carta hab&#237;a desaparecido.

Porque Alejandro es Alejandro -farfull&#243; Cle&#243;n-. Es algo que le obsesiona. Ahora bien, incluso si lo hubieses sabido, general Memn&#243;n, que s&#243;lo hablas de una retirada, &#191;hubieses ido a su encuentro?

Te olvidas de las otras cartas -a&#241;adi&#243; Arsites, que palme&#243; el cofre-. Sabemos a cu&#225;ntos hombres ha comprado Alejandro. Los suministros que necesita. La ruta que seguir&#225;, y lo que es m&#225;s importante, su estrategia. Le han recibido en Troya. No se puede permitir que las otras ciudades le cierren las puertas. Mira, mi se&#241;or, Diocles ya est&#225; muerto: su ejecuci&#243;n ha sido inmediata.

Memn&#243;n cerr&#243; los ojos.

Una muerte r&#225;pida -le asegur&#243; Arsites-. Su cabeza ya se ha separado de su cuerpo. Acept&#243; nuestro oro, parti&#243; el pan y comi&#243; nuestra sal. Nuestra confianza en ti, sin embargo, es inalterable. Estas mismas cartas hablan de ti de la forma m&#225;s dura. Alejandro de Macedonia teme a Memn&#243;n de Rodas. Por lo tanto, le demostraremos que su miedo es acertado -proclam&#243; el s&#225;trapa levantando las manos-. Hemos enviado nuestras &#243;rdenes. Los ej&#233;rcitos se re&#250;nen. Nos enfrentaremos a los macedonios en el campo de batalla.

El rodio s&#243;lo le escuchaba a medias.

General Memn&#243;n, te recomiendo que salgas unos minutos -a&#241;adi&#243; Arsites-. Recupera la calma. Supera el dolor. Luego vuelve y entre todos planearemos la venganza de la que toda Grecia ser&#225; testigo.



* * *


Un grito que helaba la sangre espant&#243; a los pastores a primera hora de la ma&#241;ana. Un prolongado grito de terror que rompi&#243; el silencio de la noche y los hizo acurrucarse alrededor de la hoguera mientras los perros aullaban al cielo estrellado. El jefe de los pastores propuso que fueran a averiguar lo que hab&#237;a pasado, pero los dem&#225;s se mostraron m&#225;s cautos. Las llanuras barridas por el viento que rodeaban Troya estaban pobladas de fantasmas y la llegada de los macedonios hab&#237;a revivido antiguas memorias. Los pastores mantuvieron a los perros a su lado y vigilaron el cielo atentos a las primeras se&#241;ales de la aurora. Se preguntaron cu&#225;l pod&#237;a ser el origen de aquel horror. El ej&#233;rcito macedonio llevaba cinco d&#237;as acampado a las puertas de Troya y nuevas tropas llegaban cada d&#237;a. Para los pastores, era como ver un mar de hombres, manadas de caballos, una interminable caravana de carros cargados con armas y m&#225;quinas de guerra; enormes catapultas, gigantescos mandrones, pesados arietes Hab&#237;an visto de lejos al rey macedonio. Hab&#237;an escuchado rumores, la charla de buhonero o de un calderero que hablaba de un ej&#233;rcito todav&#237;a mayor, un aut&#233;ntico mar de soldados de caballer&#237;a que avanzaba hacia el oeste para atrapar al macedonio, para plantearle batalla y destruirlo.

Los pastores, que hablaban en el dialecto de la regi&#243;n, discutieron sobre qui&#233;n pod&#237;a ser la v&#237;ctima. Despu&#233;s de todo, el campamento macedonio estaba rodeado por un anillo de acero y las patrullas de caballer&#237;a recorr&#237;an los campos a todas horas. &#191;Ser&#237;a alg&#250;n esp&#237;a o explorador persa? &#191;Pod&#237;a ser que alguno de los jinetes se hubiera encontrado por casualidad con alguna muchacha campesina o con alg&#250;n viajero que llevaba en la bolsa m&#225;s monedas de lo que era prudente en estos tiempos? &#191;No pod&#237;a tratarse de algo m&#225;s siniestro? &#191;Un sacrificio a los dioses? El rey macedonio parec&#237;a muy aficionado a los sacrificios: levantaba altares aqu&#237; y all&#225; vestido con la armadura sagrada que hab&#237;a cogido del templo. Los m&#225;s ancianos hablaban de c&#243;mo, cuando Jerjes, el gran rey persa, hab&#237;a cruzado el Helesponto, hab&#237;a mandado sacrificar un millar de toros. &#191;El macedonio har&#237;a lo mismo? &#191;Quiz&#225; cre&#237;a que la sangre humana era m&#225;s del agrado de los dioses?

El macedonio no ha podido salirse con la suya -declar&#243; el jefe de los pastores-. Ha enviado a sus emisarios a las ciudades, pero todas se han negado a abrirle las puertas. Los jefes de Lampasco -a&#241;adi&#243; refiri&#233;ndose a una ciudad vecina- cerraron las puertas y despacharon a sus enviados con viento fresco.

&#191;Emprender&#225; la marcha o se quedar&#225; en Troya? -pregunt&#243; uno.

Dicen que est&#225; a punto de marchar -afirm&#243; el l&#237;der con un tono seguro-; cuando lo haga, nos llevaremos los reba&#241;os. Estar&#225;n escasos de carne y nuestros corderos primaverales podr&#237;an desaparecer como la nieve con el sol.

&#191;Pasan hambre? -quiso saber un pastorcillo.

Sol&#237;a entretener a sus compa&#241;eros con las melod&#237;as de su flauta, pero aquel grito lo hab&#237;a silenciado todo.

Van escasos de comida -confirm&#243; el jefe de los pastores-. Han comprado todas las vituallas. En el mercado no queda nada.

&#191; C&#243;mo es que todav&#237;a no se han llevado nuestras ovejas? -intervino otro que ten&#237;a las manos muy cerca del fuego.

El macedonio ha dado &#243;rdenes estrictas: aquellos que se dediquen al pillaje ser&#225;n severamente castigados. Seg&#250;n &#233;l somos sus s&#250;bditos y nuestra propiedad es sagrada -manifest&#243; el jefe al tiempo que se re&#237;a sonoramente-. Pero no os enga&#241;&#233;is -a&#241;adi&#243; muy seguro de s&#237; mismo-, en cuanto tengan hambre de verdad, nos dar&#225;n un garrotazo en la cabeza y adi&#243;s a nuestras ovejas.

&#191;Qu&#233; podemos hacer para impedirlo? -pregunt&#243; el pastorcillo.

Escaparemos al bosque -respondi&#243; el jefe-. Nos llevaremos los reba&#241;os, a los ni&#241;os todo lo que podamos. Enterraremos todo lo que no nos podamos llevar y esperaremos a que se marche toda esta banda de saqueadores.

Uno de los pastores mir&#243; por encima del hombro en direcci&#243;n al camino, blanco a la luz de la luna, que llevaba al sur. Los pastores acampaban aqu&#237; todas las noches. Era m&#225;s seguro. Los lobos y otros animales salvajes nunca se acercaban all&#237; donde el olor de los humanos era fuerte.

&#191;Sabe &#233;l donde va? &#191;La sacerdotisa no le llev&#243; unos gu&#237;as? Dicen que han asesinado a algunos de ellos.

No creo que los necesite -asegur&#243; el jefe levantando las manos-. &#191;Hab&#233;is visto a los jinetes?

Los pastores se arrebujaron en sus pellejas y asintieron. Los exploradores macedonios recorr&#237;an incansablemente senderos y caminos montados en sus veloces caballos. Algunas veces se deten&#237;an para interrogar a los pastores y, cuando lo hac&#237;an, utilizaban el dialecto local. Las preguntas siempre eran las mismas: &#191;hab&#237;an escuchado rumores?; &#191;hab&#237;an visto a los persas? Incluso hab&#237;an cabalgado hacia el este, hasta el r&#237;o Gr&#225;nico, y se hab&#237;an llevado con ellos a dos pastores para que les indicaran los vados y tambi&#233;n el nivel m&#225;ximo que alcanzaban las aguas. No satisfechos con aquello, hab&#237;an vadeado el Gr&#225;nico para explorar las zonas boscosas del otro lado.

Creo que deber&#237;amos ir a ver qui&#233;n es -dijo uno de los pastores, que pasaba por ser el m&#225;s valiente, cogiendo un tiz&#243;n.

Aquel hombre se alej&#243; de la hoguera con paso decidido, pero luego se dej&#243; atrapar por las fantas&#237;as: el rumor del follaje sacudido por la brisa nocturna, el chillido de un animal, la llamada de alg&#250;n p&#225;jaro nocturno; y le fall&#243; el coraje.

Me parece que lo mejor ser&#225; esperar a que amanezca -murmur&#243; mientras volv&#237;a a sentarse junto al fuego.

En el horizonte aparecieron las primeras pinceladas de color como anuncio de la salida del sol. Los pastores apagaron la hoguera y, armados con garrotes y cayados, echaron a andar por el camino. En ladera de la colina a su derecha, abundaban las cuevas y senderos, pero los pastores no les prestaron atenci&#243;n, porque el grito hab&#237;a venido del camino. Hab&#237;an caminado casi un estadio cuando el l&#237;der, que ten&#237;a una visi&#243;n muy aguda, distingui&#243; una mota de color. Apresuraron el paso. El cad&#225;ver estaba tendido a la vera del camino; la t&#250;nica marr&#243;n, los cabellos y la barba negra estaban cubiertos de un fino polvo blanco. Una mirada a la expresi&#243;n de terror en el rostro de la v&#237;ctima les hizo comprender que hab&#237;a tenido una muerte horrible. Observaron con curiosidad la herida en el costado, la extra&#241;a daga con la empu&#241;adura alada y el trozo de pergamino metido entre los dedos agarrotados. Cogieron el pergamino y lo desenrollaron. Ninguno de ellos sab&#237;a leer. Miraron hacia la ladera. &#191;El hombre hab&#237;a venido desde all&#237;?

&#191;Hab&#237;a estado oculto en alguna de las cuevas? &#191;Era posible que hubiese venido del campamento? No llevaba armadura, la t&#250;nica aparec&#237;a llena de remiendos y las sandalias eran de mala calidad.

&#161;Le conozco! -exclam&#243; el jefe de los pastores chasqueando los dedos-. Es de un pueblo que est&#225; al sur. Es uno de los gu&#237;as contratados por la sacerdotisa para el ej&#233;rcito macedonio.

&#191;Qu&#233; dice el pergamino? -pregunt&#243; uno de sus compa&#241;eros-. &#191;Es una maldici&#243;n?

El l&#237;der cogi&#243; la nota y la observ&#243; con mucha atenci&#243;n. S&#243;lo fue capaz de identificar algunas letras sueltas; no sab&#237;a m&#225;s. Se sobresaltaron cuando uno de los perros comenz&#243; a aullar. Se quedaron inm&#243;viles al escuchar despu&#233;s el tronar de los cascos. Se levantaron de un salto, pero ya era demasiado tarde para escapar. Los jinetes que aparecieron por un recodo del camino que quedaba oculto por un bosquecillo eran exploradores macedonios. Avanzaban a todo galope, con las afiladas lanzas en ristre; los rayos del sol hac&#237;an fulgurar los bru&#241;idos escudos. Las pastores formaron un grupo muy apretado. Los exploradores los rodearon. Uno de los pastores, aterrorizado, intent&#243; escapar, pero uno de los jinetes le hizo retroceder con un golpe de la lanza. Los pastores se sentaron junto al cad&#225;ver. El c&#237;rculo de jinetes se estrech&#243;, con las lanzas preparadas. Soldados j&#243;venes -se dijo el jefe de los pastores, mientras miraba los rostros hoscos-, ansiosos por tener una excusa que les permita matarnos.

&#191;Qu&#233; pasa aqu&#237;?

El jefe del escuadr&#243;n desmont&#243; de un salto de su caballo negro cubierto de la cruz a la grupa con una piel de pantera. El hombre se quit&#243; el yelmo de bronce y se enjug&#243; el sudor de la frente con el antebrazo.

&#191;Hab&#233;is intentado robarle y se resisti&#243;? -pregunt&#243; arrodill&#225;ndose junto al cad&#225;ver-. &#191;Sab&#233;is cu&#225;l es la sentencia por asesinato?

El l&#237;der de los pastores comprendi&#243; que el soldado le estaba provocando.

No sabemos qui&#233;n es -manifest&#243; uno de los pastores con un tono desafiante-. Escuchamos un alarido en mitad de la noche. Nos acercamos para averiguar lo que hab&#237;a pasado en cuanto amaneci&#243;. Esto es lo que nos encontramos.

&#191;No sab&#233;is qui&#233;n es?

S&#237; que lo sabemos -replic&#243; el l&#237;der de los pastores, que a estas alturas ya hab&#237;a recuperado el coraje-. Creemos que uno de los gu&#237;as de tu ej&#233;rcito.

El jefe del escuadr&#243;n ya no estaba interesado en sus explicaciones. Sac&#243; la daga de la herida y, sin preocuparse de la sangre que man&#243;, la observ&#243; detenidamente. El l&#237;der de los pastores le ofreci&#243; el pergamino. El oficial ley&#243; la nota con cierta dificultad. Cambi&#243; de expresi&#243;n en un abrir y cerrar de ojos, trag&#243; saliva y se levant&#243; de un salto.

Es del campamento -declar&#243;-. &#161;Traed el cad&#225;ver! -orden&#243; a los pastores.

Cogi&#243; las riendas de su caballo y mont&#243; de un salto. Algunos de sus hombres se quedaron para escoltar a los pastores y a su macabra carga, y los dem&#225;s siguieron a su jefe, que ya se alejaba a todo galope en direcci&#243;n al campamento.



* * *


Telam&#243;n se encontraba con el rey cuando lleg&#243; el mensajero. Alejandro estaba de muy buen humor. Bromeaba con el barbero que intentaba afeitarlo y compart&#237;a las bromas con el f&#237;sico, que hab&#237;a solicitado la audiencia. Cuando Ptolomeo entr&#243; con el comandante del escuadr&#243;n y le ense&#241;&#243; la daga manchada de sangre y el trozo de pergamino, Alejandro cogi&#243; una toalla, se limpi&#243; la cara y despach&#243; al barbero. Arroj&#243; la daga al suelo, ech&#243; una ojeada a la nota y luego se la entreg&#243; a Telam&#243;n.

&#191;La misma de las otras veces?

Por supuesto -respondi&#243; el f&#237;sico-. El mismo mensaje, como una cantinela demon&#237;aca: El toro est&#225; preparado para el sacrificio, el verdugo listo; todo est&#225; preparado.

&#191;Qu&#233; me dices de las otras citas? &#191;Las reconoces?

Tiene la misma fuente que las anteriores -afirm&#243; Telam&#243;n-. Las bacantes de Eur&#237;pides.

&#161;L&#233;elas en voz alta!

Telam&#243;n mir&#243; al rey por un segundo. Le pareci&#243; ver una expresi&#243;n c&#237;nica y divertida en los ojos del monarca. &#191;Est&#225;s disimulando? -se pregunt&#243; el f&#237;sico-. &#191;Sabes algo de esto que no nos quieres decir? Mir&#243; las frases. Hab&#237;a dedicado los &#250;ltimos d&#237;as a repasar todas las pruebas que hab&#237;a conseguido reunir; sin embargo, cuanto m&#225;s reflexionaba, m&#225;s eran las dudas que le asaltaban.

&#161;Lee los versos, Telam&#243;n!

Cuando te des cuenta de los horrores que has cometido, sufrir&#225;s terriblemente. &#201;ste es el primero -asegur&#243; a Alejandro mir&#225;ndolo-. El segundo dice: Contra lo inexpugnable te lanzas con obsesionada furia.

&#191;Qu&#233; dice el tercero? -pregunt&#243; Alejandro sec&#225;ndose.

Te tenemos en nuestra red. Puede que seas veloz, pero ahora no podr&#225;s escapar de nosotros.

&#191;Sabes cu&#225;l es mi respuesta, Telam&#243;n? -pregunt&#243; Alejandro sec&#225;ndose una vez m&#225;s el rostro con el pa&#241;o que ten&#237;a en la mano-. Si tuviese que contestar estos mensajes, lo har&#237;a con una cita tomada del canto siete de la Il&#237;ada: Volveremos a luchar, hasta que los dioses escojan entre nosotros y concedan la victoria a uno u otro.

&#191;Qui&#233;n es el otro? -pregunt&#243; Telam&#243;n-. Alejandro, &#191;qui&#233;n es el otro? &#191;Qui&#233;n es Naihpat?

El rey hizo un gesto a Aristandro, que rondaba por el extremo m&#225;s alejado del pabell&#243;n, para que se marchara.

&#161;Corre la tela de la entrada cuando salgas!

El nigromante se march&#243; con una expresi&#243;n airada en el rostro.

Han asesinado a otro de los gu&#237;as -dijo Telam&#243;n.

S&#237;, en el camino -murmur&#243; Alejandro-. Nadie sabe c&#243;mo lleg&#243; all&#237;. Podr&#237;a hacer algunas averiguaciones, pero estoy seguro de que la historia ser&#225; la misma de siempre. Lo vieron bebiendo en alguna taberna antes de que desapareciera. El asesino se las apa&#241;&#243; para que cruzara nuestro anillo de hierro y lo mat&#243; brutalmente en plena noche con una daga id&#233;ntica a la que asesin&#243; a mi padre. Y los versos de Eur&#237;pides

Alejandro se sent&#243; en un taburete sin acabar la frase y se frot&#243; las manos.

Tendr&#237;as que estar preocupado -se&#241;al&#243; Telam&#243;n.

Lo estoy -confes&#243; el rey sonriendo-. Si esta noticia llega a conocimiento de los hombres -advirti&#243; agitando una mano-. &#161;Ese es el &#250;nico peligro real de todo esto! Pero Aristandro no se lo dir&#225; a nadie, el comandante del escuadr&#243;n mantendr&#225; la boca cerrada y, por supuesto, Telam&#243;n no habla con nadie, excepto con su b&#225;rbara mujer pelirroja.

No soy su due&#241;o -replic&#243; Telam&#243;n-, y no es una b&#225;rbara, sino tebana.

Dentro de unas horas levantaremos el campamento -prosigui&#243; Alejandro sin hacer caso del enfado de Telam&#243;n-. Parmenio ya est&#225; aqu&#237;. Marcharemos en direcci&#243;n este, hacia el Gr&#225;nico. Los dioses decidir&#225;n.

&#161;Al este! &#161;Cre&#237;a que marchar&#237;amos hacia el sur a lo largo de la costa!

T&#250; y todos los dem&#225;s -replic&#243; Alejandro, que disfrutaba a m&#225;s no poder con la m&#225;s secreta de sus bromas.

Lo ten&#237;as decidido desde hace tiempo, &#191;no es as&#237;? -exclam&#243; Telam&#243;n-. &#161;Todo ha sido un gran enga&#241;o! Apuntas como una flecha al coraz&#243;n de Dar&#237;o: el primer movimiento se decidir&#225; con una tirada de los dados.

Te falta confianza, Telam&#243;n.

&#191;Y Naihpat, mi se&#241;or?

No lo s&#233;.

Pero sospechas de alguien.

Alejandro se cubri&#243; el rostro con las manos y repic&#243; con los dedos en las mejillas.

Sospecho, Telam&#243;n. Sospecho de unos cuantos.

Nada es lo que parece.

&#161;Eres un f&#237;sico! T&#250; sabes que es as&#237;.

Tambi&#233;n lo era Cle&#243;n.

El rey se ech&#243; a re&#237;r a carcajadas.

Telam&#243;n enrojeci&#243; de ira.

Cle&#243;n no es un traidor, &#191;verdad? -pregunt&#243;-. Soy incapaz de imaginar a nuestro bajo y rechoncho f&#237;sico ensillando un caballo y huir al galope. &#191;&#201;l es Naihpat?

No, no lo es -respondi&#243; Alejandro recuperando la compostura-. Te contar&#233; la verdad. Cle&#243;n es una de las criaturas de Aristandro. Cle&#243;n naci&#243; para ser esp&#237;a, con la mirada ap&#225;tica, su expresi&#243;n de tonto y sus modales relamidos. Nadie se cree que Cle&#243;n sea peligroso, pero lo es, y mucho. Se meti&#243; en la corte persa y les vendi&#243; su alma. Lo que ellos no saben es que Cle&#243;n me ama como una ni&#241;a a su primer amor. &#161;Es tan incapaz de traicionarme como de volar hasta el sol!

Alejandro no pudo contener la risa al ver la expresi&#243;n del m&#225;s absoluto asombro en el rostro de Telam&#243;n.

&#201;l es mi esp&#237;a -continu&#243; el rey-, dispuesto a enga&#241;ar a los persas, y a Memn&#243;n en particular, a sembrar la confusi&#243;n en las filas enemigas con las cartas que le di. Por lo tanto, antes de que comience la batalla, d&#233;jame asegurarte que no tenemos m&#225;s esp&#237;as en el campamento de Memn&#243;n. Uno de sus comandantes de caballer&#237;a, Lisias, quer&#237;a entrevistarse conmigo en secreto en Troya. Cle&#243;n sospech&#243; que no era porque tuviese la intenci&#243;n de traicionar a su general, sino que deseaba matarme. Lisias era tebano. Ten&#237;a una deuda de sangre. &#161;No se hubiera arrodillado a besarme los pies m&#225;s de lo que yo me hubiese mostrado dispuesto a besarle el culo! Crey&#243; que Cle&#243;n estaba a su servicio y pidi&#243; a nuestro buen f&#237;sico que preparara un encuentro. Sin embargo, Cle&#243;n sospech&#243; la verdad y, en lugar de venderme a los persas

&#191;Les entreg&#243; a Lisias?

Muy bien, Telam&#243;n. El rodio tiene algunas debilidades, y &#233;sa es una de ellas. Contrata a mercenarios que, por encima de todo lo dem&#225;s, son fieles a s&#237; mismos. Lisias nunca le mencion&#243; lo que planeaba; s&#243;lo se confi&#243; en Cle&#243;n.

&#191;Qu&#233; hay de Droxenius? -inquiri&#243; Telam&#243;n-. &#191;El l&#237;der de los asesinos que a punto estuvieron de matarnos?

Alejandro sacudi&#243; la cabeza.

Mi vida est&#225; en manos de los dioses. He dejado de ser mortal. &#161;Droxenius ten&#237;a tantas probabilidades de matarme como de convertirse en rey de Atenas! -&#191;Sab&#237;as que vendr&#237;a?

No, no lo sab&#237;a, pero Cle&#243;n me advirti&#243; de que tuviese cuidado.

&#191;Ya te has cobrado tu venganza?

S&#237; -respondi&#243; Alejandro palme&#225;ndose el muslo-. Los persas no enviaron a Droxenius y a sus asesinos; ellos quieren enfrentarse a m&#237; en combate. Los tebanos eran hombres de Memn&#243;n, as&#237; que me propuse dar una lecci&#243;n al rodio. Nunca vendas la piel del le&#243;n antes de cazarlo, y menos cuando todav&#237;a es el rey de las bestias. Golpe&#233; fuerte y sin demora. Escrib&#237; de mi pu&#241;o y letra varias cartas, todas con mi sello personal, a los supuestos traidores en algunas ciudades persas. Tambi&#233;n escrib&#237; una para el mudo Diocles, el sirviente y lugarteniente de Memn&#243;n. Prepar&#233; la marcha de Cle&#243;n y me asegur&#233; de que llegara sano y salvo a la fortaleza del s&#225;trapa de Frigia, donde, estoy seguro, ahora est&#225; haciendo todo lo posible y m&#225;s para provocar problemas.

Ah, &#191;as&#237; que fue &#233;l quien inform&#243; a Aristandro de que Leontes era un esp&#237;a?

Por supuesto, y Aristandro sali&#243; de cacer&#237;a -respondi&#243; Alejandro inclin&#225;ndose para coger la mano de Telam&#243;n-. Tambi&#233;n estoy enterado de las peque&#241;as tretas de Ptolomeo. Uno de estos d&#237;as le dar&#233; una lecci&#243;n. El problema con Ptolomeo es que cree que Filipo era su padre y que es mejor general y mejor soldado que yo! Ptolomeo no es malo, pero muy pronto aprender&#225; cu&#225;l es el lugar que le corresponde en el esquema de las cosas.

Telam&#243;n sostuvo la mirada de Alejandro y vio como cambiaba la luz en sus ojos. Eres m&#225;s de una persona -pens&#243;-. Eres un actor. Interpretas el personaje que haga falta, usas las m&#225;scaras con la naturalidad de un actor profesional: Alejandro el soldado fanfarr&#243;n; Alejandro el general; Alejandro el rom&#225;ntico; Alejandro el iluso; Alejandro el intrigante

Me ense&#241;aron muy bien -susurr&#243; el rey-. Con una madre como Olimpia y un padre como Filipo, &#191;qu&#233; se pod&#237;a esperar, Telam&#243;n?

Cle&#243;n puede estar en peligro.

Telam&#243;n, todos estamos en peligro. Cle&#243;n asume los riesgos.

No le creer&#225;n.

Oh, creo que s&#237;. Orden&#233; al viejo Parmenio que no tocara las propiedades de Memn&#243;n cerca de Abidos. Tampoco acept&#233; la propuesta de Lisias. Ahora hundir&#233; todav&#237;a m&#225;s la cu&#241;a entre Memn&#243;n y sus amos persas. Nunca lo olvides, Telam&#243;n. A los persas no les gustan los griegos, y a los griegos no les gustan los persas. Los persas no conf&#237;an en los griegos. Los griegos no conf&#237;an en los persas. &#191;Debo decirte qui&#233;n es mi verdadero enemigo? &#161;No lo es Dar&#237;o ni Arsites, sino Memn&#243;n! El rodio es un buen soldado. Ha luchado contra los macedonios. Ha estudiado los m&#233;todos de mi padre, y los m&#237;os. Lo &#250;nico que me asusta es que los persas sigan los consejos de Memn&#243;n. Imag&#237;natelo. Los campos incendiados y los pueblos arrasados. Los persas en retirada. Las ciudades con las puertas cerradas, que no las abrir&#225;n a menos que consiga una gran victoria. Debo ganar una batalla cuanto antes. S&#243;lo disponemos de suministros para veinte d&#237;as. Mi flota es peque&#241;a y no conf&#237;o en algunos de sus capitanes m&#225;s de lo que confiar&#237;a la bolsa a un ladr&#243;n. Necesitamos comida. Necesitamos un bot&#237;n. Necesitamos una victoria o el ej&#233;rcito se rebelar&#225;.

&#191;Buscas una batalla?

Telam&#243;n, ruego todos los d&#237;as para tener una.

&#191;Qu&#233; pasa con Naihpat?

La victoria y t&#250; os encargar&#233;is de Naihpat. S&#243;lo quiero estar seguro.

No necesitabas a los gu&#237;as, &#191;verdad? -coment&#243; Telam&#243;n-. T&#250; ya tienes los mapas. Sin duda, tu padre se encarg&#243; de que los confeccionaran.

Todo forma parte del plan -asegur&#243; Alejandro volvi&#233;ndose a frotar las manos-. Cle&#243;n estar&#225; alborotando el avispero. Los persas creen que tengo miedo, que estoy desmoralizado. Vendr&#225;n a buscarme dispuestos a pelear. De una manera u otra, con una simple tirada, demostrar&#233; aquello que siempre he querido. &#161;El resto te lo dejo a ti, Telam&#243;n, y a los dioses! -exclam&#243; Alejandro palmeando el hombro de Telam&#243;n mientras se levantaba.



CAP&#205;TULO XII

El persa crey&#243; que la oportunidad de mantener un combate singular era un regalo de los dioses. Confiaba en que, gracias a su coraje personal, Asia se liberar&#237;a de la terrible amenaza y que detendr&#237;a la renombrada audacia de Alejandro.

Diodoro S&#237;culo, Biblioteca hist&#243;rica, libro 17, cap&#237;tulo 20



A lo largo y ancho del valle del Gr&#225;nico, los campesinos y pastores hablaron durante a&#241;os de la gran carnicer&#237;a, la sangrienta batalla que se libr&#243; mientras la nube de polvo se extend&#237;a sobre los campos de girasoles y trigo y la brisa del r&#237;o aportaba el primer frescor del d&#237;a que se acababa. Durante las d&#233;cadas posteriores, sus hijos buscaron armas: dagas, espadas, escudos y lanzas. De vez en cuando, los m&#225;s afortunados encontraban un alhaja, una daga con incrustaciones de oro, un anillo o alguna piedra preciosa que hab&#237;a decorado las hermosas prendas que hab&#237;an vestido los comandantes y los s&#225;trapas persas. Durante muchos d&#237;as despu&#233;s de la batalla, hermosos caballos vagaron por los valles en busca de sus amos, mientras los halcones y los buitres y los carro&#241;eros de los bosques se llenaban los buches y las barrigas con la carne de los cad&#225;veres. Los pobladores de los valles asent&#237;an sabiamente. Hab&#237;an sido testigos de todo desde el comienzo: los miles y miles de jinetes persas que bajaban de las colinas entre los bosques de abetos, robles, &#225;lamos y cipreses. Las tropas del rey de reyes que iban a enfrentarse a Alejandro, una imponente visi&#243;n con sus capas bordadas con hilo de oro, las corazas tejidas con escamas de hierro, los pantalones bombachos de seda roja y verdes con las perneras metidas en las botas de tafilete de ca&#241;a alta hasta las rodillas, los yelmos de hierro con largos penachos que les proteg&#237;an las cabezas. Los bellos j&#243;venes, los hijos de los medos, con los rostros maquillados, con puntiagudos gorros de fieltro con orejeras y un barboquejo que les resguardaba los labios y la nariz de las nubes de polvo y las hordas de t&#225;banos y moscas. En la cintura, llevaban los cinturones con tachones de plata que sujetaban las dagas y las cimitarras, mientras que, en una mano, sujetaban las rodelas adornadas con todos los colores del arco iris y, en la otra, las jabalinas con las puntas con leng&#252;etas, afiladas al m&#225;ximo para atravesar la carne de los b&#225;rbaros llegados de Macedonia.

La caballer&#237;a avanzaba sin prisas, con las riendas flojas, en caballos de todos los pelajes y razas, enjaezados con lujosos arneses y preciosas mantas. Proced&#237;an de todas las provincias del imperio: los persas de piel clara de occidente cabalgaban junto a los morenos jinetes con turbantes de las fabulosas tierras del Hind&#250; Kush. Detr&#225;s de la caballer&#237;a, marchaban los mercenarios griegos, con las cabezas afeitadas, las barbas y los bigotes recortados, los rostros atezados por el sol. Caminaban a buen paso, vestidos con t&#250;nicas y calzados con recias botas, y escoltados por los carros que transportaban las armaduras, los arneses, las espadas, las lanzas y los escudos. Su l&#237;der Memn&#243;n cabalgaba en la vanguardia con los pr&#237;ncipes persas, pero el comandante de brigada Omerta, con el rostro enjuto marcado por mil cicatrices, caminaba con ellos. Los mercenarios estaban de buen humor. Bien pagados y mejor provistos, cada hombre cargaba su propio mochila. Los se&#241;ores persas tambi&#233;n hab&#237;an cargado los carros de provisiones con el mejor pan, las m&#225;s tiernas carnes y los mejores vinos y cervezas de su pa&#237;s. Todos y cada uno de ellos hab&#237;a recibido ya un pu&#241;ado de daraicas de oro y les hab&#237;an prometido m&#225;s cuando se acabara la batalla. Los mercenarios marchaban al un&#237;sono: falanges de ocho hombres de frente y diecis&#233;is de fondo, con un espacio entre cada batall&#243;n. Los cornetas caminaban en los flancos, los exploradores iban adelantados, dispuestos a dar la voz de alarma ante la posibilidad de un ataque por sorpresa. Los oficiales de los mercenarios les hab&#237;an informado de que los macedonios estaban desorientados, confusos y mal aprovisionados. Memn&#243;n, Omerta y los dem&#225;s comandantes nada hab&#237;an dicho de su cada vez mayor inquietud, de la profunda desconfianza de que eran objeto por parte de los generales persas, de las acaloradas discusiones sobre cu&#225;l ser&#237;a su lugar, su posici&#243;n y su funci&#243;n en la l&#237;nea de combate persa.

Memn&#243;n cabalgaba con Arsites. El s&#225;trapa y sus comandantes vest&#237;an magn&#237;ficas armaduras de oro y plata y capas te&#241;idas de rojo. En las orejas, las gargantas y las mu&#241;ecas, resplandec&#237;an las joyas de los mejores orfebres. El rodio, en cambio, vest&#237;a una sencilla t&#250;nica y una coraza de cuero; un paje cargaba con el yelmo y el escudo. Memn&#243;n ped&#237;a una y otra vez a Arsites que enviara m&#225;s exploradores para descubrir d&#243;nde se encontraba Alejandro. Incluso hab&#237;a intentado reabrir el debate y hab&#237;a rogado al s&#225;trapa que se retirara, que se llevara a las tropas, pero Arsites no hab&#237;a dado el brazo a torcer. La &#250;ltima sesi&#243;n del consejo de guerra hab&#237;a tenido lugar en la ciudad de Zeluceia, donde se hab&#237;an tomado las postreras decisiones. Marchar&#237;an a la puerta de Asia, el valle del Gr&#225;nico, y tomar&#237;an posiciones en la ribera oriental. Memn&#243;n hab&#237;a preguntado la raz&#243;n, y entonces se hab&#237;an enterado de la terrible noticia: Alejandro no marchaba hacia el sur a lo largo de la costa tal como se hab&#237;a esperado, sino que avanzaba hacia el este dispuesto a trabar combate.

Te lo dije -record&#243; Memn&#243;n a Arsites-. Alejandro es capaz de cambiar en menos de lo que canta un gallo. Lo que dice y lo que hace son dos cosas diferentes.

Tambi&#233;n es otro tema lo que &#233;l planea y lo que suceder&#225; -replic&#243; el persa.

Memn&#243;n exhal&#243; un suspiro con la mirada perdida en la distancia. En alg&#250;n punto de la llanura de Adrestia, su mortal enemigo marchaba a su encuentro.



* * *


En realidad, Alejandro se mov&#237;a mucho m&#225;s deprisa de lo que Memn&#243;n pod&#237;a imaginar. Algunos destacamentos se hab&#237;an unido al rey en Troya. Luego hab&#237;a abandonado la legendaria ciudad para reunirse con Parmenio en la peque&#241;a ciudad de Arasbio y emprender la marcha hacia el este. Alejandro abandon&#243; todo disimulo. Despidi&#243; a los gu&#237;as y despach&#243; a veintenas de exploradores a recorrer los campos. Telam&#243;n los ve&#237;a una y otra vez regresar a todo galope. Alejandro quer&#237;a ser visto: una inmensa nube de polvo cubr&#237;a al ej&#233;rcito y las colinas devolv&#237;an el eco de los millares de botas, del traqueteo de los carros y los golpes de los cascos y los relinchos de los caballos. El sol arrancaba destellos de las armas, iluminaba los colores de los diferentes regimientos y los toques de corneta se suced&#237;an sin soluci&#243;n de continuidad. El ej&#233;rcito macedonio marchaba en formaci&#243;n de combate: dos grandes columnas, de setecientos cincuenta hombres de frente y diecis&#233;is de fondo, con un espacio entre la octava y novena fila de forma tal que las brigadas de atr&#225;s, si era necesario, pudieran volverse r&#225;pidamente para hacer frente a cualquier amenaza. La caballer&#237;a se encargaba de la protecci&#243;n de los flancos y las caravanas de carros cerraban la marcha escoltadas por compa&#241;&#237;as de lanceros. Aqu&#237; y all&#225; se escuchaban las canciones que cantaban los soldados para burlarse de las brigadas rivales. Alejandro galopaba a lo largo de las columnas e impart&#237;a las &#243;rdenes, que eran repetidas hasta que las recibieran todos los combatientes.

&#161;Recordad la forma de combate macedonia! El ala derecha es el martillo, la falange central es el yunque y la izquierda es el fuego. &#161;Cada hombre debe saber cu&#225;l es su lugar! &#161;Estad atentos a las &#243;rdenes de vuestros comandantes! &#161;Prestad atenci&#243;n a los toques de corneta, aprended bien las llamadas!

Telam&#243;n y Aristandro acompa&#241;aban al rey en estos recorridos, que ten&#237;an la intenci&#243;n de mantener bien alta la moral de las tropas. Alejandro hac&#237;a gala de un magn&#237;fico humor e intercambiaba burlas y chanzas con los oficiales y los soldados. De vez en cuando, sofrenaba el caballo, llamaba a un hombre de la columna, le comentaba que conoc&#237;a a su padre o a sus parientes, le daba la mano y reanudaba la marcha. Todos discut&#237;an sobre cu&#225;l ser&#237;a el lugar escogido por los persas para plantarles cara. Parmenio, comandante de brigada del flanco izquierdo, insisti&#243; en la precauci&#243;n. Alejandro se ri&#243;.

&#191;Si fueras persa, d&#243;nde te apostar&#237;as? -grit&#243; Ptolomeo.

&#161;Si fuera persa, no existir&#237;a Macedonia! -replic&#243; Alejandro para gran diversi&#243;n de sus compa&#241;eros.

Pasaban las horas y el calor era agobiante. Comenzaron a llegar los exploradores con noticias precisas: los persas estaban desplegando sus tropas en la ribera oriental del Gr&#225;nico. Alejandro mand&#243; parar. Acercaron los carros a toda prisa y se distribuyeron las armas. Los hombres de las falanges cogieron las largas sarisas y se ajustaron firmemente los cascos. Los escuderos se ci&#241;eron las corazas, recogieron los escudos, las espadas y las lanzas, y se colocaron los yelmos frigios con los colores de sus unidades. Alejandro se visti&#243; para la batalla e insisti&#243; en llevar el hermoso casco, la coraza, la falda, las espinilleras y el escudo que hab&#237;a tomado del templo de Atenea en Troya. El &#250;nico cambio era que ahora el casco llevaba un penacho de plumas blancas. Cleito manifest&#243; su ruidosa protesta.

Los persas te ver&#225;n. T&#250; mismo le se&#241;alar&#225;s su objetivo. &#191;Mi se&#241;or, por qu&#233; tienes que exhibirte como un pavo real cuando el zorro est&#225; ausente?

No s&#233; de qu&#233; zorro me hablas -replic&#243; Alejandro, que le gui&#241;&#243; un ojo a Telam&#243;n, que no dejaba de mirar con curiosidad la espectacular armadura.

Durante los &#250;ltimos d&#237;as, las sospechas de Telam&#243;n sobre lo que se tramaba hab&#237;an ido en aumento. Lo hab&#237;a discutido en varias ocasiones con Casandra y comenzaba a tener una teor&#237;a. Algunas veces, hab&#237;a sorprendido a Alejandro espi&#225;ndole de soslayo. Telam&#243;n ten&#237;a la sospecha de que Alejandro se barruntaba la verdad, pero el monarca se mostraba tan impetuoso, audaz e imperioso como siempre, quiz&#225; todav&#237;a m&#225;s. Con la armadura de oro y plata, la capa roja y el magn&#237;fico yelmo, Alejandro se convertir&#237;a en un objetivo claro para los persas. El rey se inclin&#243; para sujetar a Telam&#243;n por un brazo.

&#191;Cabalgar&#225;s conmigo, Telam&#243;n, como hiciste en Mieza?

&#191;Por eso me has tra&#237;do aqu&#237;?

Te echaba de menos, Telam&#243;n, siempre te he echado de menos. Siempre has sido muy sincero. No eres ladino como Seleuco ni desde&#241;oso como Ptolomeo.

El rey no hizo caso de la agitaci&#243;n y el bullicio del entorno: los hombres se armaban, musitaban plegarias, se desped&#237;an de los amigos y se intercambiaban mensajes para sus familias por si ca&#237;an en el combate.

&#191;Qu&#233; le pas&#243; a mi padre? -pregunt&#243; Telam&#243;n-. Siempre he querido saberlo. &#191;Por qu&#233; cambi&#243;?

&#161;T&#237;pico de ti pregunt&#225;rmelo ahora! -brome&#243; Alejandro-. Ver&#225;s, Telam&#243;n, la respuesta la tienes en lo que est&#225; pasando ahora. Tu padre se hart&#243; de la sangre derramada, de la carnicer&#237;a, de la locura de la batalla.

Pero t&#250; no, &#191;eh, mi se&#241;or?

Alejandro sacudi&#243; la cabeza. Empu&#241;&#243; las riendas en una mano y con la otra acarici&#243; la piel de leopardo que cubr&#237;a los lomos del caballo. Las patas de la piel colgaban por los costados, con las garras al aire bien pulidas y afiladas.

Yo no, Telam&#243;n -susurr&#243; Alejandro-. &#161;Para m&#237;, la gloria y el fuego!

El rey clav&#243; los talones en los ijares del caballo. Aristandro hab&#237;a desaparecido. Con Cleito el Negro a su derecha y Telam&#243;n muy cerca por la izquierda, Alejandro recorri&#243; las columnas para ordenarles que marcharan a paso redoblado. El ej&#233;rcito se hab&#237;a transformado. Escuadrones tras escuadrones de caballer&#237;a: los Compa&#241;eros, los tesalios, los tracios, las diferentes brigadas y los regimientos de infanter&#237;a, arqueros cretenses y honderos. En el coraz&#243;n del ej&#233;rcito macedonio, los regimientos de escuderos y las falanges, con las enormes sarisas en alto. Todos marchaban a paso redoblado. En respuesta a los toques de corneta, los soldados se desplegaron para formar la l&#237;nea de combate. Abandonaron el camino y comenzaron a cruzar los campos siempre en direcci&#243;n al Gr&#225;nico. Telam&#243;n mir&#243; atr&#225;s por un momento. Casandra viajaba en uno de los carros de la caravana. Le hab&#237;a dado &#243;rdenes estrictas de lo que deb&#237;a hacer si las cosas iban mal. La suerte estaba echada: &#233;l estaba con Alejandro y con Alejandro se quedar&#237;a, para vivir o morir con el rey.

Los macedonios llegaron a los ca&#241;averales de la orilla y ocuparon sus posiciones sin demoras. Parmenio, con algunos escuadrones de caballer&#237;a y una brigada mixta de escuderos y soldados de la falange, ten&#237;a a su mando el flanco izquierdo. Ptolomeo, Amintas y S&#243;crates dirig&#237;an a las falanges y los escuderos en el centro. Alejandro, con los escuadrones reales de los Compa&#241;eros, apoyado por dos batallones de escuderos y el mismo n&#250;mero de falangistas, mandaba el flanco derecho.

Alejandro observ&#243; el despliegue desde un otero, rodeado por los cornetas y los mensajeros.

&#161;Recordad como es! -orden&#243; se&#241;alando la l&#237;nea-. &#161;A la izquierda, Parmenio! &#161;En el centro, Ptolomeo, Amintas y S&#243;crates! &#161;Yo a la derecha! &#161;Nosotros somos el martillo, el centro es el yunque y la izquierda es el fuego! &#161;Caballeros, es hora de ir a inspeccionar el r&#237;o!

Alejandro, acompa&#241;ado por los jefes de su estado mayor y su s&#233;quito, entre ellos Telam&#243;n, abandon&#243; el otero y cabalg&#243; entre los sauces y los matorrales hasta la orilla. El Gr&#225;nico corr&#237;a lentamente por su lecho de cantos rodados blancos y grises.

&#161;Bien! &#161;Bien! -murmur&#243; Alejandro-. &#161;No es muy profundo!

&#161;Tiene treinta pasos de ancho! -exclam&#243; uno de los generales.

Telam&#243;n ech&#243; un vistazo al r&#237;o y el alma se le cay&#243; a los pies. En el otro lado, la ribera de arcilla era muy empinada y, m&#225;s atr&#225;s, hab&#237;a &#225;rboles y matorrales que impedir&#237;an cualquier asalto.

&#161;Esperaremos! &#161;Esperaremos! -orden&#243; Alejandro-. &#161;Esperaremos a ver los errores que cometer&#225; Arsites!



* * *


El alto mando persa estaba sumido en la confusi&#243;n. Los exploradores hab&#237;an vuelto con la noticia de la r&#225;pida marcha y desplegamiento de las tropas de Alejandro. Ellos carec&#237;an de dicha rapidez: Arsites todav&#237;a estaba dando sus &#243;rdenes, y &#233;stas tardaban en llegar a las diferentes unidades debido a la mala comunicaci&#243;n. La caballer&#237;a estaba formada en una larga l&#237;nea de ocho en fondo, dirigida por los comandantes y jefes locales. La l&#237;nea se extend&#237;a a lo largo de unos seis estadios: un arco multicolor de hombres, armas, estandartes y caballos. En el aire resonaban las &#243;rdenes y los toques de cornetas. De vez en cuando, el viento les tra&#237;a el eco de las voces y las llamadas de corneta del enemigo desde el otro lado del r&#237;o.

Memn&#243;n, montado en su caballo, miraba a Arsites con una expresi&#243;n de absoluta incredulidad. El rostro del s&#225;trapa estaba oculto por el yelmo con los gruesos protectores de las orejas y las mejillas.

&#161;Mi se&#241;or, esto es una locura! -exclam&#243; Memn&#243;n-. Alejandro se mueve a gran velocidad. Supon&#237;as que su intenci&#243;n era acampar aqu&#237; para pasar la noche y no lo ha hecho -apunt&#243; se&#241;alando el sol, que comenzaba su descenso por el oeste-. Ahora estaremos totalmente

&#161;Ostento el mando supremo! -le interrumpi&#243; Arsites-. La caballer&#237;a persa avanzar&#225; entre los &#225;rboles para controlar la margen oriental del Gr&#225;nico. Alejandro tendr&#225; que cruzarlo y fracasar&#225; en el intento.

&#161;Pero hay que contar con mis griegos! -protest&#243; Memn&#243;n, al tiempo que cog&#237;a la brida del caballo del s&#225;trapa.

El persa tir&#243; furioso de las riendas y el caballo intent&#243; recular. Los ayudantes del s&#225;trapa miraron airados al rodio y acercaron las manos a las cimitarras.

Es algo sin precedentes -suplic&#243; Memn&#243;n-. Mis griegos tendr&#237;an que estar en el centro para formar una falange de lanceros. Ellos contendr&#225;n a los macedonios.

Tienes mis &#243;rdenes -replic&#243; Arsites fr&#237;amente-. Avanzaremos entre los &#225;rboles. T&#250; llevar&#225;s a tu brigada al terreno elevado detr&#225;s de la l&#237;nea persa. &#161;De ninguna manera ocupar&#225;n el lugar de honor!

&#161;No es una cuesti&#243;n de honor! -grit&#243; Memn&#243;n-. Cuando los macedonios suban por la ribera

Se encontrar&#225;n con una lluvia de jabalinas -le cort&#243; Arsites-. &#161;Se acab&#243; la discusi&#243;n!

El s&#225;trapa se alej&#243; al trote. Se dieron las &#250;ltimas &#243;rdenes. Sonaron las cornetas, los estandartes bajaron en respuesta a la llamada y la l&#237;nea persa se adentr&#243; entre los &#225;rboles camino de la ribera.

Un oficial persa cabalg&#243; de regreso hasta donde estaba Memn&#243;n, que segu&#237;a contemplando estupefacto a la falange de mercenarios griegos dispuestos en orden de combate, un cuadrado de lanzas, escudos y yelmos.

Mi se&#241;or Arsites te env&#237;a sus saludos -dijo el oficial-. Te ruego que te unas a &#233;l en el lugar de honor, en el centro de la l&#237;nea.

Estar&#233; all&#237;.

El oficial se alej&#243; al galope. Memn&#243;n tir&#243; de las riendas de su caballo y fue al trote hasta donde Omerta y sus oficiales permanec&#237;an a la cabeza de sus hombres.

&#161;Tienes tus &#243;rdenes!

Memn&#243;n mir&#243; a Omerta y su segundo le devolvi&#243; la mirada, con sus ojos como dos ascuas a trav&#233;s de las rendijas de yelmo corintio con un gran penacho.

&#161;Esto es una locura! -coment&#243; Omerta por lo bajo. -Es porque no conf&#237;an en nosotros -replic&#243; el rodio-. Omerta, ten cuidado, mant&#233;n la posici&#243;n. Si la l&#237;nea persa se rompe, s&#243;lo ret&#237;rate cuando te lo ordenen. No te muevas sin una orden directa del s&#225;trapa; de lo contrario, podr&#237;an sospechar una traici&#243;n.

Omerta levant&#243; la lanza en un saludo a su general. Memn&#243;n le respondi&#243; estirando el brazo y mir&#243; la cerrada formaci&#243;n de los mercenarios.

&#161;Ten&#233;is vuestra posici&#243;n! -grit&#243;-. &#161;Nos hemos enfrentado antes a los macedonios y los vencimos!

Una estruendosa ovaci&#243;n dio r&#233;plica a sus palabras mientras eran repetidas de fila en fila.

&#161;Ocupad vuestros puestos y esperad nuevas &#243;rdenes! -a&#241;adi&#243; Memn&#243;n-. &#161;No os mov&#225;is hacia adelante ni atr&#225;s!

Las l&#225;grimas asomaron a sus ojos. Intent&#243; dar a su voz un tono de firmeza, pero sus palabras de aliento sonaron huecas. Era consciente del sol abrasador, de la llamada de un p&#225;jaro que volaba tan bajo que parec&#237;a estar a punto de chocar con la hierba alta, del zumbido de una abeja Sus hombres lo miraban atentamente. Cre&#237;an de verdad que hoy ser&#237;an los vencedores. A Memn&#243;n se le hac&#237;a imposible decepcionarlos. Los latidos de su coraz&#243;n y el nudo que ten&#237;a en la garganta le impidieron continuar con su discurso. Levant&#243; la mano en un saludo y, escoltado por sus oficiales, cabalg&#243; hacia la l&#237;nea persa.

No sab&#237;a que desconfiaran tanto de nosotros -murmur&#243; para sus adentros-. De haberlo sabido Sofren&#243; a su caballo y mir&#243; por encima del hombro a la falange, que ahora avanzaba lentamente. Contuvo el deseo de volver atr&#225;s y de ordenar a sus hombres que dieran media vuelta y se marcharan lo m&#225;s lejos posible, pero era lo que esperaba Arsites: la prueba de que no se pod&#237;a fiar de los griegos y de que Memn&#243;n no se merec&#237;a el favor del Rey de Reyes. Memn&#243;n estar&#237;a acabado y sus mercenarios se ver&#237;an atacados por los macedonios y los persas. La suerte estaba echada. El general rodio cogi&#243; el yelmo que le ofrec&#237;a un edec&#225;n.

Mi se&#241;or -pregunt&#243; el oficial-, &#191;qu&#233; podemos hacer?

&#161;Luchar y rezar! -replic&#243; Memn&#243;n. Se encasquet&#243; el yelmo y, dando un golpe de talones en los costados del caballo, se alej&#243; al galope.

La l&#237;nea de batalla macedonia estaba formada ahora en la fangosa orilla del Gr&#225;nico. Los hombres contemplaban el agua fresca, se relam&#237;an los labios resecos y miraban con desconfianza la orilla opuesta. Lo &#250;nico que ve&#237;an era la ribera de arcilla y los &#225;rboles que hab&#237;a detr&#225;s. Alejandro, rodeado de sus oficiales, observaba y esperaba. En alg&#250;n lugar de la l&#237;nea, un hombre comenz&#243; a entonar un himno. El rey envi&#243; a un mensajero para que lo hiciera callar. Bebieron la &#250;ltima copa de vino. Alejandro ofreci&#243; una libaci&#243;n y contempl&#243; como el vino desaparec&#237;a en el fango. Mir&#243; a Telam&#243;n, que ahora tambi&#233;n llevaba el yelmo y la coraza y en bandolera el cintur&#243;n de la espada.

&#161;No hay nada tan magn&#237;fico como un ej&#233;rcito preparado para la batalla!

Telam&#243;n asinti&#243;. Alejandro, con los comandantes de la brigada real, ocupaba un peque&#241;o mont&#237;culo. A su izquierda, se extend&#237;a todo el ej&#233;rcito preparado para el combate: diez mil soldados de infanter&#237;a y cinco mil jinetes.

Los persas tienen aproximadamente el mismo n&#250;mero -le inform&#243; Alejandro como si hubiese le&#237;do los pensamientos del f&#237;sico-. Unos doce mil soldados de caballer&#237;a, y cinco mil mercenarios griegos. &#161;Quiero ver como maniobran! -exclam&#243; levantando un pu&#241;o, dominado por la excitaci&#243;n.

Se escuch&#243; un murmullo entre la tropa. Telam&#243;n mir&#243; al otro lado del r&#237;o. El coraz&#243;n le dio un brinco. La l&#237;nea persa comenzaba a salir de entre los &#225;rboles, fila tras fila de jinetes vestidos de brillantes colores y con las armaduras iluminadas por los rayos del sol de finales de la tarde. La caballer&#237;a persa se fue extendiendo por la ribera oriental alrededor de los macedonios. Alejandro apenas si pod&#237;a contener la excitaci&#243;n.

&#161;Mirad, mirad lo que hacen! -exclam&#243;-. &#161;Intentan rodearnos! Baja y dile a Amintas, Ptolomeo y Parmenio que deben alargar nuestra l&#237;nea -orden&#243; a uno de sus mensajeros-. Dile a Parmenio en particular que vigile a sus oponentes.

Se escuch&#243; una tremenda ovaci&#243;n de las filas enemigas cuando un grupo de oficiales con una vestimenta multicolor hizo acto de presencia. Se abrieron paso entre las filas persas y galoparon a lo largo de la rivera. Se detuvieron cuando llegaron a la altura del lugar donde se encontraba el rey macedonio y miraron a Alejandro y su grupo.

&#161;Es Arsites! -murmur&#243; Alejandro-. Dicen que viste como una mujer, pero que lucha como un gato montes. Memn&#243;n est&#225; con ellos -apunt&#243; tras observar a los generales enemigos con sus ojos de &#225;guila- benditos sean los dioses -exclam&#243; con sus ojos brillando de entusiasmo-. &#161;No me lo puedo creer!

&#191;Qu&#233; has visto? -pregunt&#243; Telam&#243;n.

&#161;Oh, Cle&#243;n, te dar&#237;a un beso! -exclam&#243; Alejandro-. &#191;No lo ves, Telam&#243;n? No se ve a los mercenarios griegos por ninguna parte. Los persas los han retenido en la retaguardia. Nunca sit&#250;es a la infanter&#237;a detr&#225;s de la caballer&#237;a -advirti&#243; levantando una mano como si estuviera aleccionando a unos reclutas-. &#161;Tienen que estar en la vanguardia, apoyados por la caballer&#237;a; nunca detr&#225;s!

Ahora todos los efectivos persas hab&#237;an salido de entre los &#225;rboles: hileras tras hileras de hombres, un muro de color con los brillantes escudos, los relucientes yelmos y los caballos que caracoleaban como un reflejo de la excitaci&#243;n de los jinetes. Se escuchaban los gritos de los oficiales, las llamadas de cornetas, el tintineo de los arreos y el escalofriante deslizar de las armas al ser desenvainadas.

Telam&#243;n mir&#243; a las l&#237;neas macedonias, que rivalizaban en colorido con las persas, con los cascos de colores de los escuderos, la vestimenta de los hombres de las falanges, los tesalios y los tracios. Ech&#243; una ojeada por encima del hombro. Aristandro acababa de llegar a pie rodeado por el coro. Los celtas iban armados con grandes escudos ovales; algunos llevaban espadas, otros hachas de doble filo.

&#161;Qu&#233; tranquilo est&#225; todo! -coment&#243; uno de los oficiales de Alejandro en voz baja.

Los persas, desplegados en una larga l&#237;nea de jinetes, miraban en silencio a los macedonios. El &#250;nico movimiento que se percib&#237;a en la l&#237;nea macedonia era el de las mu&#237;as en el extremo del flanco izquierdo, que arrastraban las siniestras m&#225;quinas de guerra: catapultas, hondas y mandrones.

La brisa procedente del r&#237;o despej&#243; las nubes de polvo. Era una serena tarde de primavera, alumbrada por el sol de poniente. Las aguas del Gr&#225;nico corr&#237;an lentamente sobre el lecho de piedra. En lo alto, revoloteaban bandadas de p&#225;jaros. El olor de los girasoles y las flores silvestres pisoteadas por los cascos de los caballos y las recias sandalias de los combatientes inundaba con su perfume la ribera.

Ahora ya no hab&#237;a entusiasmo ni tensi&#243;n: s&#243;lo una impresionante quietud, como si los ej&#233;rcitos enfrentados se estuvieran preguntando si comenzar&#237;a o no el sangriento combate. De pronto se escucharon unos gritos, los insultos proferidos por algunos de los soldados de la falange de Alejandro situada en el centro. Al otro lado del r&#237;o, un jinete persa se acerc&#243; lentamente hasta que los cascos de su caballo se sumergieron en el agua.

&#191;Qu&#233; est&#225;is haciendo? -pregunt&#243; a voz en cuello-. &#191;Por qu&#233; pretend&#233;is entrar en los territorios del rey de reyes? &#191;Ten&#233;is su permiso? &#191;Hab&#233;is tra&#237;do los tributos? &#191;Qu&#233; sois? &#191;Hombres disfrazados de mujeres? Os traigo un mensaje. &#161;Si depon&#233;is las armas, os daremos un par de azotes en el culo y os dejaremos volver a casa!

El persa volvi&#243; ligeramente la cabeza como si quisiera escuchar mejor la respuesta. Uno de los hombres de la falange macedonia corri&#243; hasta la orilla. Le volvi&#243; la espalda al enemigo, se levant&#243; la falda y solt&#243; una sonora ventosidad, para gran diversi&#243;n de sus camaradas. Algunos cogieron piedras y las lanzaron a trav&#233;s del r&#237;o.

&#161;Ha llegado la hora! -anunci&#243; Alejandro-. &#161;Seguidme!

Se encasquet&#243; el yelmo, desenvain&#243; la espada y baj&#243; al galope hasta la orilla para despu&#233;s recorrer el frente macedonio. Telam&#243;n y los dem&#225;s no pudieron hacer otra cosa que seguirlo. El f&#237;sico se sinti&#243; m&#225;s tranquilo al ponerse en movimiento y disfrutar del frescor de la brisa del r&#237;o. Alejandro galopaba en la vanguardia, la espada en alto, resplandeciente como un dios en la soberbia armadura que hab&#237;a sido de Aquiles. No montaba a Buc&#233;falo, su precioso animal, sino un robusto corcel. Cuando pasaba por delante de una unidad, los soldados levantaban las lanzas, bat&#237;an las espadas contra los escudos y le saludaban con el grito de batalla macedonio, en honor a su antiguo dios de la Guerra: &#161;Enyalios! &#161;Enyalios!.

El grito reson&#243; en todo el valle. Telam&#243;n era consciente de los ojos que los miraban, de los rostros ocultos detr&#225;s de las viseras de los yelmos, del olor a cuero, a sudor agrio; del miedo y el coraje en tantos rostros y ojos. Pasaron por delante de los escuderos, que golpeaban las armas para saludar a su rey. Llegaron al centro de la l&#237;nea y desfilaron delante de Ptolomeo, que los observ&#243; pasar con una expresi&#243;n c&#237;nica y relajada. S&#243;crates casi no les hizo caso, ocupado como estaba en recuperar el control de su caballo. Amintas, jefe de la brigada de &#233;lite de los escuderos, vocifer&#243; el grito de guerra, ansioso por descargar la tensi&#243;n y el entusiasmo acumulado. Finalmente, llegaron al ala izquierda del ej&#233;rcito macedonio, que estaba al mando de Parmenio, un veterano de muchas campa&#241;as. &#201;l tambi&#233;n estaba desconcertado por el error de los persas y afirmaba que era imposible ser tan est&#250;pido.

Los mercenarios tendr&#237;an que estar all&#237;, mi se&#241;or -observ&#243; se&#241;alando el centro del frente persa-. &#191;Qui&#233;n sabe? &#191;Quiz&#225; decidieron dejarles en casa para una mejor ocasi&#243;n?

Alejandro, sin embargo, ahora s&#243;lo se interesaba en su plan de batalla. Sujet&#243; la mu&#241;eca de Parmenio.

Tienes mis &#243;rdenes. Mant&#233;n la formaci&#243;n -orden&#243; se&#241;alando la hilera de catapultas y mandrones-. Cuando comience el ataque, no las utilices. No fuerces a la derecha persa a que se mueva.

&#191;Lo consideras prudente?

Alejandro, que ya estaba haciendo girar a su caballo, le respondi&#243; con un gesto. Galop&#243; una vez m&#225;s a lo largo de la l&#237;nea y se detuvo en el centro.

&#161;S&#243;crates, t&#250; primero! Dos escuadrones de caballer&#237;a. Diles que levanten toda la espuma que puedan. Lleva a una tropa de lanceros y auxiliares. Amintas, t&#250; le seguir&#225;s con una brigada de escuderos: se encargar&#225;n de establecer la cabecera de puente. Detr&#225;s de vosotros ir&#225; la falange. &#161;Ptolomeo, eso es cosa tuya!

Mi se&#241;or -protest&#243; Amintas-. Tenemos que cruzar un r&#237;o. Es verdad que no es muy profundo y la corriente es d&#233;bil, pero luego tendremos que escalar la ribera. Los persas nos lanzar&#225;n las jabalinas.

&#161;Que las lancen! -exclam&#243; Alejandro con una voz que son&#243; helada por la furia reprimida-. Si crees que eres incapaz de hacerlo

No, no -respondi&#243; Amintas sacudiendo la cabeza y volvi&#233;ndose a calarse el yelmo.

Alejandro se inclin&#243; para golpearle cari&#241;osamente en la barbilla con el pu&#241;o.

Avanza hacia la derecha en l&#237;nea oblicua -susurr&#243;-. No te desesperes, ni cedas. Ya sabes lo que tienes que hacer. S&#243;crates ir&#225; primero, en l&#237;nea recta. Amintas detr&#225;s, levemente desviado a la derecha. Amintas, c&#225;lmate un poco. Los persas no tienen soldados de infanter&#237;a y cuentan con pocos arqueros, pero cada uno lleva dos jabalinas. Despu&#233;s de lanzarlas, tendr&#225;n que desenvainar las espadas y bajar a nuestro encuentro.

En el rostro de Amintas cubierto parcialmente por las protecciones del yelmo, apareci&#243; una sonrisa.

No pueden cargar -a&#241;adi&#243; Alejandro-. Los caballos rodar&#225;n por la pendiente de fango. Los jinetes resbalar&#225;n. Esperad mi se&#241;al. Les haremos sentir todas las furias del infierno.

Alejandro cabalg&#243; de regreso al peque&#241;o altozano. Dio la se&#241;al al cornet&#237;n: un toque prolongado y agudo, que transmit&#237;a la orden de avanzar. El cornet&#237;n de S&#243;crates respondi&#243; a la llamada. Se escuch&#243; el griter&#237;o salvaje de las huestes macedonias cuando S&#243;crates entr&#243; en el agua a la cabeza de sus escuadrones. Alejandro observ&#243; c&#243;mo los jinetes y los caballos luchaban contra la corriente. Algunos persas, incapaces de controlar la excitaci&#243;n, bajaron hasta el agua ansiosos por iniciar el combate con el enemigo. Los hombres de S&#243;crates se desplegaron. El movimiento de una fuerza tan grande levant&#243; una gran nube de espuma. Son&#243; otra corneta. Amintas llev&#243; a sus soldados de infanter&#237;a al agua. No siguieron la estela de S&#243;crates, sino que formaron una cu&#241;a y avanzaron en l&#237;nea oblicua hacia la derecha. El comandante persa advirti&#243; la maniobra y comenz&#243; a mover sus tropas para cerrarles el paso.

La l&#237;nea de S&#243;crates lleg&#243; a la orilla opuesta, donde fue recibido por una lluvia de jabalinas. Cayeron caballos y jinetes; los animales relinchaban espantados y lanzaban coces en todas las direcciones, mientras los jinetes intentaban alejarse. Telam&#243;n vio c&#243;mo uno recib&#237;a el impacto de un casco. El hombre se desplom&#243; en el agua, gir&#243; sobre s&#237; mismo y flot&#243; boca abajo; arrastrado por la corriente pas&#243; entre sus compa&#241;eros, que luchaban por ganar mejor posici&#243;n.

Aqu&#237; y all&#225; los hombres de S&#243;crates consegu&#237;an escalar la ribera, donde se ve&#237;an atacados por los persas como un mar de brillantes cimitarras dispuestos a hacerlos retroceder. En el aire resonaba el estr&#233;pito de las armas al chocar, los relinchos de los caballos, los gritos y los alaridos de los hombres. Un caballo, con su jinete decapitado pero sujeto de alg&#250;n modo por las riendas, pas&#243; al galope por la orilla hasta que finalmente rod&#243; por el fango, y la macabra carga sali&#243; disparada como un proyectil. Las aguas cristalinas del Gr&#225;nico se ti&#241;eron de rojo. Los cad&#225;veres se alejaban llevados por la corriente. Los soldados, con los rostros ba&#241;ados en sangre, ped&#237;an ayuda.

Alejandro observaba todo impasible. Las tropas de Amintas llegaron a la orilla opuesta, con los escudos unidos para formar una barrera en apariencia impenetrable. La caballer&#237;a persa les sali&#243; al encuentro. La lluvia de jabalinas tuvo un efecto catastr&#243;fico. Las filas de Amintas se dispersaron; los hombres, heridos o no, olvidaron toda disciplina y escaparon del terror que se les ven&#237;a encima.

El rey no cambi&#243; de expresi&#243;n. Uno de los jinetes de S&#243;crates cruz&#243; el r&#237;o y se acerc&#243; con los brazos y las manos cubiertos de sangre.

Mi se&#241;or -jade&#243;-. &#161;No conseguimos alcanzar una posici&#243;n segura!

Di a S&#243;crates que se quede donde est&#225; -le orden&#243; Alejandro en voz baja.

La brigada de los escuderos combat&#237;a ahora en el borde del agua, en evidente desventaja, dado que no consegu&#237;an establecerse en tierra firme. Algunos resbalan y ca&#237;an, con lo que mor&#237;an pisoteados por sus compa&#241;eros. Otros se apartaban al ver que no prosperaban. Otros m&#225;s emprendedores consiguieron subir la ribera. Un peque&#241;o grupo de escuderos se encontr&#243; rodeado. Las cimitarras subieron y bajaron en brillantes arcos y los cuerpos despedazados rodaron por la ladera de fango hasta la orilla. Una vez m&#225;s, Alejandro mir&#243; la l&#237;nea de macedonios que aguardaba en silencio.

&#161;Ahora el martillo! -murmur&#243;.

Se sujet&#243; el yelmo y con un chasquido de los dedos pidi&#243; su escudo. Un paje con el rostro muy p&#225;lido se lo alcanz&#243;. Alejandro le dio las gracias, le dijo que no se preocupara y gui&#243; a sus escuadrones hasta la orilla.

Telam&#243;n lo sigui&#243; como en un sue&#241;o. El caballo que montaba hab&#237;a sido escogido por el rey en persona: un animal fuerte y de paso seguro. El f&#237;sico se sent&#237;a inc&#243;modo con la coraza de cuero y el peso del escudo que aguantaba en el brazo izquierdo. S&#243;lo iba armado con la espada; no llevaba una lanza porque era mal jinete y necesitaba de las dos manos para no caerse. A su alrededor se arremolinaba la fuerza atacante de Alejandro: la real brigada de caballer&#237;a de los Compa&#241;eros, apoyada por los escuderos y los lanceros.

En cuanto entr&#243; en el agua, Alejandro se movi&#243; deprisa. Avanz&#243; en diagonal hacia la derecha, alejado de la l&#237;nea persa. En el aire resonaban el batir de los cascos, los relinchos de los caballos y los gritos y los alaridos de los hombres. Alejandro cabalgaba como un hombre pose&#237;do. Cruzaron el r&#237;o y subieron la pendiente de la ribera. Un grupo de caballer&#237;a persa apareci&#243; en lo alto. El rey cabalg&#243; directamente hacia ellos. Las lanzas apuntaron a los rostros y los pechos. Telam&#243;n lo sigui&#243;. Hefesti&#243;n apareci&#243; repentinamente a la izquierda de Alejandro. A su derecha iba Cleito el Negro, una figura gigantesca e impresionante cubierta por una capa negra, con el escudo con la imagen de Medusa y su larga espada de hoja ancha.

El resto de la fuerza atacante se despleg&#243; en abanico. Se aseguraron el control de la ribera. Telam&#243;n atisbo a la derecha a los mercenarios griegos en una zona elevada, con las lanzas en alto. Justo enfrente ten&#237;a la l&#237;nea persa, con el flanco expuesto al ataque de Alejandro. Los macedonios corearon el grito de guerra y se lanzaron como una tromba sobre el enemigo. Los persas ya hab&#237;an visto el peligro. Un grupo de caballer&#237;a sali&#243; al encuentro de la amenaza macedonia.

Telam&#243;n se encontr&#243; de pronto metido en el coraz&#243;n del combate. Apret&#243; los muslos contra los flancos del caballo para no caer. Al estar tan cerca del rey, encontr&#243; muy poca oposici&#243;n, pero vio las pruebas del sangriento trabajo de Alejandro: los jinetes persas tumbados de los caballos, arrollados por la carga, con los cuerpos aplastados y rotos por los cascos. Aquellos que se enfrentaron a Alejandro y sus compa&#241;eros en combates cuerpo a cuerpo fueron brutalmente aniquilados. La ferocidad y la energ&#237;a de Alejandro y sus hombres acababan con cualquier resistencia. Atacaban a hombres y caballos por igual. Con un golpe de espada, Cleito decapit&#243; limpiamente a un persa, mientras otro todav&#237;a sentado en la montura miraba incr&#233;dulo como los intestinos se le escapaban por el tajo abierto en el vientre. Otro jinete se le acerc&#243;. El caballo de Cleito lo roz&#243;. El hombre pas&#243; como una exhalaci&#243;n. Por su parte, el f&#237;sico se prepar&#243; para defenderse, pero la mano del persa que empu&#241;aba la espada hab&#237;a desaparecido y un chorro de sangre brotaba del mu&#241;&#243;n.

En cualquier caso, la superioridad num&#233;rica de la caballer&#237;a persa fue conteniendo el asalto macedonio. Alejandro y los dem&#225;s que hab&#237;a por delante de Telam&#243;n volvieron a trabarse en combates individuales; caballo y jinete contra caballo y jinete, que se empujaban y se golpeaban con verdadera desesperaci&#243;n. De vez en cuando, alg&#250;n persa consegu&#237;a pasar la barrera macedonia. Telam&#243;n sali&#243; al encuentro de uno. Se escuch&#243; el sonoro choque de los escudos, Telam&#243;n descarg&#243; un golpe con la espada y, m&#225;s por obra de la fortuna que por habilidad, acert&#243; en la carne del cuello expuesta por debajo del yelmo.

Por fin consiguieron abrirse paso. Alejandro no se preocupaba en absoluto por lo que estaba pasando en la orilla del r&#237;o: su &#250;nico objetivo era alcanzar el centro persa. A pesar de la dureza del combate, la t&#225;ctica de Alejandro estaba dando resultados. Cada vez era mayor el n&#250;mero de jinetes persas que se alejaban del centro para atender a esta nueva amenaza y mayor tambi&#233;n era el n&#250;mero de soldados de infanter&#237;a macedonios que segu&#237;an apresuradamente los pasos de Alejandro. Un tremendo griter&#237;o lleg&#243; desde el r&#237;o seguido por el grito de guerra macedonio: las falanges hab&#237;an cruzado y ahora hac&#237;an retroceder a la caballer&#237;a persa con las temibles sarisas.

Telam&#243;n perdi&#243; toda noci&#243;n del espacio y el tiempo, atrapado en una pesadilla de mandobles, maldiciones, gritos, cuerpos que ca&#237;an y cad&#225;veres pisoteados. Escuch&#243; gritos de &#161;Lanzas abajo! y &#161;Adelante! acompa&#241;ados por los toques de corneta. Cleito gritaba algo. Telam&#243;n mir&#243; al maestro de armas, se quit&#243; el yelmo y se enjug&#243; el sudor del rostro. Hab&#237;an rechazado el primer asalto de la caballer&#237;a persa, pero ahora una segunda oleada, dirigida por oficiales con regios atav&#237;os, se dirig&#237;a directamente contra Alejandro. El rey lanz&#243; su grito de guerra y sali&#243; al encuentro del enemigo escoltado por sus compa&#241;eros. Alejandro se enfrent&#243; con el jefe persa: con un solo golpe de una jabalina que hab&#237;a cogido en alguna parte, atraves&#243; al persa por el pecho, lo arranc&#243; de la silla y solt&#243; la jabalina cuando el cad&#225;ver cay&#243; al suelo. Telam&#243;n repart&#237;a mandobles a diestro y siniestro. Cleito, dominado por la furia, luchaba para proteger la retaguardia de Alejandro. Mir&#243; a Telam&#243;n con los ojos desorbitados.

&#161;Es la armadura! -grit&#243;-. &#161;Es la armadura!

Telam&#243;n vio los rostros morenos de los oficiales persas vestidos con preciosos yelmos y armaduras. Comprendi&#243; el miedo de Cleito. Ahora estaban siendo atacados por el alto mando persa. Los generales y comandantes hab&#237;an reconocido a Alejandro y, con el apoyo de sus guardias personales, intentaban dar caza y matar al macedonio. La batalla se convirti&#243; en una re&#241;ida lucha cuerpo a cuerpo; escudo contra espada, espada contra escudo. Telam&#243;n opt&#243; por atacar todo lo que se mov&#237;a a su alrededor. El olor de la sangre, el barro, el sudor, los excrementos humanos y todo aquello propio del siniestro hedor de la batalla formaban una nube que lo encerraba. Un persa intent&#243; sujetarle los brazos. Otro, desmontado, intent&#243; tumbarlo del caballo. Telam&#243;n lo derrib&#243; de un puntapi&#233;. Alejandro libraba un duelo con un oficial persa. Lo mat&#243; atraves&#225;ndole el pecho. Otro lo rode&#243;, con el brazo levantado y la cimitarra iluminada por el sol dispuesta a asestar el golpe mortal. Telam&#243;n grit&#243;. Intent&#243; avanzar. Apareci&#243; Cleito. Hab&#237;a pasado con su caballo por delante de Alejandro y ahora cabalgaba entre su rey y el persa: de un solo golpe cercen&#243; el brazo del atacante a la altura del hombro. La sangre brot&#243; como un surtidor, y el chorro salpic&#243; a Alejandro y al caballo. El animal, enloquecido por el ardor de la batalla, se levant&#243; sobre las patas traseras y Alejandro intent&#243; mantenerse montado, pero resbal&#243;. Se apart&#243; del caballo en el preciso momento en que un jinete persa que hab&#237;a conseguido abrirse paso descargaba un golpe mortal contra la cabeza del rey. Alejandro vio el peligro y se movi&#243;. La espada golpe&#243; contra el yelmo de refil&#243;n mientras Cleito y el resto de los guardaespaldas rodeaban al rey, que se desplom&#243; de rodillas. Atraparon al atacante persa y lo derribaron del caballo. Cleito le ech&#243; la cabeza hacia atr&#225;s, le cort&#243; la garganta como si fuera un pollo y lo apart&#243; de un puntapi&#233;. La guardia macedonia form&#243; un c&#237;rculo de hierro alrededor de su rey ca&#237;do. Telam&#243;n desmont&#243; de un salto, se desprendi&#243; del yelmo y la espada y quit&#243; el yelmo a Alejandro. Los ojos del rey estaban desenfocados y la piel del rostro, blanca como la nieve, aparec&#237;a manchada de sangre. El f&#237;sico busc&#243; debajo de la cabellera rubia y palp&#243; el chich&#243;n y el corte en el cuero cabelludo. Cleito estaba a su lado. El anillo alrededor de Alejandro se hac&#237;a cada vez mayor a medida que nuevas unidades de los Compa&#241;eros de a pie ocupaban sus posiciones. Alejandro, mareado, mir&#243; a su alrededor.

&#191;C&#243;mo va? -susurr&#243;.

&#191;No te das cuenta? -replic&#243; Cleito con una sonrisa-. &#191;Mi se&#241;or, no lo escuchas?

Telam&#243;n control&#243; el pulso de Alejandro y busc&#243; alguna otra herida. &#201;l tambi&#233;n notaba un cambio. El peligro hab&#237;a desaparecido. Los macedonios avanzaban a paso redoblado.

&#161;Hemos roto sus l&#237;neas! -grit&#243; Cleito-. La falange de Ptolomeo cruz&#243; el r&#237;o. &#161;Los persas est&#225;n en plena retirada!

&#191;Es posible? -susurr&#243; Telam&#243;n- &#191;Se ha acabado?

&#191;C&#243;mo est&#225; el rey? -pregunt&#243; Cleito vivamente.

Maltrecho y dolorido -replic&#243; Telam&#243;n-. Pero vivir&#225;.

El rostro de Alejandro hab&#237;a recuperado un poco de color. Sonri&#243; y, apoy&#225;ndose en Cleito a modo de bast&#243;n, se puso de pie.

&#161;Vamos a matar a todos! -dijo con una voz pastosa- &#161;Y deprisa, antes de que caiga la noche!



CAPlTULO XIII

Despu&#233;s de ofrecer un sacrificio en el templo de Atenea, Alejandro deposit&#243; su propia armadura, y tom&#243; a cambio las armas que hab&#237;an estado colgadas all&#237; desde la guerra de Troya Se dice que las us&#243; en la batalla del Gr&#225;nico.

Quinto Curcio Rufo, Historia, libro 2, cap&#237;tulo 4



Memn&#243;n gritaba pose&#237;do por una furia tremenda. Sin el yelmo, con un profundo corte en el brazo de la espada, miraba a Arsites hecho un basilisco. No sent&#237;a ni la m&#225;s m&#237;nima compasi&#243;n por este arrogante comandante persa, que ahora no era m&#225;s que una sombra de su antiguo ser. La magn&#237;fica armadura del s&#225;trapa estaba abollada y rota. Ten&#237;a una herida en la mejilla izquierda y el rostro ba&#241;ado en sangre.

&#191;Qu&#233; har&#233;? -gimi&#243; el persa-. &#161;Han muerto los parientes de Dar&#237;o!

&#161;Mu&#233;rete! -le grit&#243; el rodio. Tir&#243; salvajemente de las riendas y mir&#243; hacia el lugar donde hab&#237;a estado unos minutos antes. Anochec&#237;a. La brisa le refresc&#243; el rostro. A su alrededor continuaban sonando los ruidos de la batalla. Las &#250;ltimas unidades de &#233;lite de los persas se alejaban del frente a todo galope. Los caballos sin jinetes galopaban por todas partes y otros daban vueltas aterrorizados, con cad&#225;veres ensangrentados tumbados sobre sus pescuezos. Un animal galop&#243; en c&#237;rculos hasta que el jinete muerto cay&#243; al suelo y, despu&#233;s, se alej&#243; al trote. Memn&#243;n se volvi&#243;. Arsites hab&#237;a desaparecido. Desde la orilla del r&#237;o le lleg&#243; una ovaci&#243;n, tan estruendosa que fue como si el cielo se hubiera venido abajo.

&#161;Enyalios! &#161;Enyalios por Macedonia!

El general rodio cabalg&#243; hasta la ribera y contempl&#243; el espect&#225;culo con una expresi&#243;n de horror. Todo el ej&#233;rcito macedonio, liderado por la brigada de Ptolomeo, hab&#237;a cruzado el r&#237;o. La falange se hab&#237;a hecho con el control de la orilla y ahora avanzaba con las temibles sarisas bajadas: una terrible pared de puntas de hierro que avanzaba contra hombres y caballos. Los persas estaban exhaustos y ya no dispon&#237;an de m&#225;s jabalinas. No pod&#237;an hacer otra cosa que blandir sus in&#250;tiles cimitarras y alfanjes contra aquellas terribles lanzas de madera y hierro.

El Gr&#225;nico era como una enorme mancha roja alumbrada por los rayos del sol poniente. Los cad&#225;veres se amontonaban en la superficie. En la orilla, los muertos formaban pilas y los heridos intentaban escapar como pod&#237;an. Las primeras bajas macedonias hab&#237;an quedado cubiertas por otros muertos, la mayor&#237;a de ellos vestidos con las lujosas capas de los persas. Mientras contemplaba la infernal escena, Memn&#243;n escuch&#243; otro griter&#237;o r&#237;o abajo. Se cerraba la trampa. Parmenio y sus tropas Los persas que todav&#237;a luchaban en la orilla abandonaron el combate e intentaron escapar. Los caballos resbalaron en el talud de fango y sus jinetes acabaron pisoteados o cruelmente atravesados por las lanzas enemigas. La falange gan&#243; velocidad y subi&#243; la pendiente sin problemas. En las filas persas, desapareci&#243; todo rastro de disciplina; los jinetes en fuga comenzaron a pasar junto a Memn&#243;n. Uno de los oficiales del rodio se le acerc&#243;.

&#161;Se ha acabado! -le dijo.

Memn&#243;n se hab&#237;a quedado mudo. Notaba la garganta seca y la lengua hinchada. No consegu&#237;a entenderlo. La rapidez del ataque. C&#243;mo los persas hab&#237;an ca&#237;do tan ingenuamente en la trampa de Alejandro. Tan sencilla, tan mortal en su lucidez. La finta de Alejandro por el centro, el golpe brutal por la derecha y las tropas de Arsites que abandonaban las posiciones para hacer frente a la nueva amenaza. As&#237; y todo, los persas no se hab&#237;an dado cuenta de lo que pasaba. Memn&#243;n record&#243; c&#243;mo Arsites y sus generales, imbuidos de una falsa seguridad, hab&#237;an discutido c&#243;mo se encargar&#237;an personalmente de acabar con Alejandro, a quien distinguir&#237;an sin problemas por su espectacular armadura. Los generales persas hab&#237;an cargado contra el rey macedonio y todos, salvo un pu&#241;ado, ahora estaban muertos. A Mitr&#237;dates le hab&#237;an cortado un brazo a la altura del hombro; los dem&#225;s hab&#237;an sido segados como si fueran hierba seca.

Mi se&#241;or.

El oficial se inclin&#243; para sacudir a Memn&#243;n. El general sali&#243; de su ensimismamiento y mir&#243; a su subordinado. Los persas que hab&#237;an resistido unos minutos m&#225;s al avance de los macedonios eran aniquilados. El olor de la sangre impregnaba todo. Los gritos de ayuda y los alaridos de los moribundos sonaban por doquier. Memn&#243;n dej&#243; que su oficial guiara su caballo de la brida. Era muy consciente de lo que pasar&#237;a a continuaci&#243;n. El movimiento de pinzas de los macedonios los rodear&#237;a en un c&#237;rculo de hierro que se ir&#237;a estrechando y luego comenzar&#237;a la matanza.

&#161;He de ver a Omerta! -grit&#243; Memn&#243;n.

Cruzaron el campo de batalla a todo galope. La falange mercenaria continuaba formada, con los escudos dispuestos como un muro de hierro por los cuatro costados y las lanzas bajadas, sin hacer el menor caso de la desbandada de los jinetes persas. Memn&#243;n se desesper&#243; al verse impotente; sus hombres estaban atrapados. Si escapaban, la caballer&#237;a macedonia los alcanzar&#237;a r&#225;pidamente y matar&#237;an a todos.

&#161;La &#250;nica oportunidad que tienen es mantenerse firmes y negociar la rendici&#243;n! -afirm&#243; el oficial empujando el caballo de su comandante con el suyo-. &#161;Mi se&#241;or, si te capturan te crucificar&#225;n!

Memn&#243;n contempl&#243; el campo de batalla sin hacer caso de los persas que escapaban. Los mercenarios griegos, formados en un largo rect&#225;ngulo erizado de lanzas, esperaban acontecimientos. Su oficial ten&#237;a raz&#243;n. Eran mercenarios, combat&#237;an por una paga. Negociar&#237;an la rendici&#243;n. Alejandro los acoger&#237;a en su ej&#233;rcito y permitir&#237;a que aquellos que se negaran a entregar las armas prestaran juramento de que nunca m&#225;s luchar&#237;an contra &#233;l y marcharan en libertad.

El rodio y sus oficiales se unieron a la retirada. Mientras cabalgaba, Memn&#243;n comenz&#243; a pensar con m&#225;s claridad y la frustraci&#243;n y la c&#243;lera fueron reemplazadas por el deseo de venganza. Arsites hab&#237;a ca&#237;do en la trampa. Sospechaba que aquel f&#237;sico con cara de tonto, el tal Cle&#243;n, hab&#237;a tenido mucho que ver en todo esto. El macedonio le hab&#237;a suministrado informaci&#243;n falsa al s&#225;trapa de Frigia y a sus comandantes. Alejandro hab&#237;a hecho exactamente lo opuesto a lo que hab&#237;an esperado: hab&#237;a marchado al este y no al sur, y hab&#237;a buscado una batalla cuanto antes, al tiempo que hab&#237;a hecho creer que su ej&#233;rcito estaba confuso y desmoralizado.

Llegaron a la caravana de abastecimientos persa. Memn&#243;n, como un hombre pose&#237;do por los demonios, fue de carro en carro con la espada en la mano en busca de Cle&#243;n, pero todos los seguidores del campamento hab&#237;an escapado. Vio a Arsites y a su s&#233;quito junto a uno de los carros. Otro estruendoso griter&#237;o lleg&#243; desde el campo de batalla. Mir&#243; en aquella direcci&#243;n. Comprendi&#243; lo que acababa de ocurrir. Las huestes macedonias hab&#237;an coronado la ribera. La derrota persa era total. La furia domin&#243; otra vez al rodio. Galop&#243; hacia donde Arsites se despojaba r&#225;pidamente de sus atav&#237;os de guerra al tiempo que llamaba para que le trajeran caballos frescos. Memn&#243;n desmont&#243;. Se le unieron griegos que hab&#237;an sobrevivido a la batalla. Algunos de ellos estaban irreconocibles, cubiertos de sangre de pies a cabeza. El s&#225;trapa parec&#237;a un cervatillo asustado. El rodio se le acerc&#243;.

&#161;Est&#250;pido bastardo! &#161;No s&#243;lo te han derrotado, sino que te has dejado enga&#241;ar! &#191;D&#243;nde est&#225; Cle&#243;n? -pregunt&#243; sujetando por el hombro al persa, que intentaba apartarse sin lograrlo.


&#161;Soy el representante del Rey de Reyes!

&#161;T&#250; no eres nada! -grit&#243; Memn&#243;n atraves&#225;ndole el est&#243;mago con la espada y revolvi&#233;ndole el arma en la herida con ferocidad.

El s&#233;quito de Arsites se apart&#243;. Nadie abri&#243; la boca ni levant&#243; una mano para protestar. Memn&#243;n continu&#243; girando la espada de un lado a otro hasta que la vida se extingui&#243; en los ojos del persa. S&#243;lo entonces retir&#243; la espada. El cad&#225;ver cay&#243; al suelo y el rodio lo apart&#243; de un puntapi&#233;. Mont&#243; en su caballo.

&#161;El d&#237;a se ha acabado! -grit&#243;-. &#161;Rezad a los dioses para que haya otro!



* * *


La oscuridad se cern&#237;a r&#225;pidamente sobre el campo de batalla. El ej&#233;rcito persa hab&#237;a escapado. Alejandro se hab&#237;a hecho con otro caballo. P&#225;lido y un tanto mareado, acept&#243; la ovaci&#243;n que le dedicaron sus compa&#241;eros y oficiales. Telam&#243;n, distra&#237;do, mir&#243; a la impresionante falange de mercenarios griegos que manten&#237;an la formaci&#243;n a la espera de acontecimientos. Estaban completamente rodeados: los hombres de la falange macedonia al frente, los escuderos en los flancos, la caballer&#237;a a la retaguardia. Por todas partes se escuchaban los gritos y las s&#250;plicas de los heridos y los moribundos. Algunos soldados de la caballer&#237;a ligera ya hab&#237;an comenzado a despojar a los muertos de sus pertenencias.

Alejandro se adelant&#243;. Parec&#237;a haberse olvidado de los v&#237;tores y montaba con el cuerpo laso, mirando con los ojos hundidos a la tropa de Memn&#243;n.

&#161;Alejandro de Macedonia! -grit&#243; una voz clara y firme desde las filas mercenarias-. &#161;Alejandro de Macedonia! &#161;Pedimos condiciones!

El monarca levant&#243; una mano para llamar a un corneta, al que susurr&#243; unas &#243;rdenes al o&#237;do. El hombre se llev&#243; la corneta a los labios y toc&#243; una nota aguda.

&#161;Escuchadme! -grit&#243; el corneta-. &#191;Qui&#233;n est&#225; al mando?

&#161;Omerta!

&#161;Omerta de Tebas! -murmur&#243; Alejandro.

El corneta repiti&#243; la pregunta.

&#161;Omerta de Tebas, macedonio!

&#191;D&#243;nde est&#225; Memn&#243;n? -pregunt&#243; el corneta,

&#161;Muerto o pr&#243;fugo! &#191;Cu&#225;les son los t&#233;rminos que ofrec&#233;is?

&#161;Ninguno! -respondi&#243; el corneta-. &#161;Rendici&#243;n incondicional!

Se escuch&#243; la sonora protesta de las filas mercenarias.

Ptolomeo se acerc&#243; al rey.

&#161;Mi se&#241;or, han pedido condiciones!

&#161;Dadles mi respuesta! -replic&#243; Alejandro con un tono que no admit&#237;a discusi&#243;n, al tiempo que volv&#237;a la cabeza para que la brisa le refrescara el rostro.

&#161;Sois griegos que luch&#225;is contra los griegos, en abierto desaf&#237;o a las leyes griegas! -grit&#243; el corneta-. &#161;Deponed las armas!

Molen labe! -contest&#243; una voz, con la misma respuesta que hab&#237;an dado los espartanos cuando el rey de Persa les exigi&#243; la sumisi&#243;n-. &#161;Venid a buscarlas!

Alejandro dio la se&#241;al. Se escuch&#243; un toque de corneta que fue repetido por las dem&#225;s. Telam&#243;n observ&#243;, con la boca seca, c&#243;mo avanzaba la falange macedonia con las sarisas en posici&#243;n. El propio Alejandro dirigi&#243; la carga de caballer&#237;a contra las filas enemigas. Los macedonios acortaron distancias y comenz&#243; la masacre.

Telam&#243;n, paralizado por el miedo, permaneci&#243; sentado en su caballo mientras, una vez m&#225;s, en el fr&#237;o aire del ocaso resonaban el estr&#233;pito del combate y los espantosos ayes de los hombres que mor&#237;an. Las filas de mercenarios griegos iban cayendo poco a poco.

Ya he visto suficiente -susurr&#243; Telam&#243;n dando media vuelta y regresando al r&#237;o.

Las consecuencias de la batalla se ve&#237;an por todas partes. En algunos lugares, los muertos se apilaban, mezclados los persas con los macedonios. La sangre formaba charcos. En el fango aparec&#237;an dispersos una multitud de miembros amputados. Una cabeza, con los ojos abiertos y la lengua sujeta entre los dientes, estaba enganchada como una pelota entre las ramas de un arbusto. Los caballos heridos se revolcaban en el fango, en un intento in&#250;til por levantarse. Los heridos que a&#250;n pod&#237;an caminar se alejaban tambaleantes, cubiertos de sangre de pies a cabeza. Un persa estaba sentado con la espalda apoyada en el tronco de un &#225;rbol; ten&#237;a abierto el tronco desde el cuello hasta las ingles, con todas las v&#237;sceras fuera. Sin embargo, sus ojos todav&#237;a parpadeaban y mov&#237;a los labios; un extra&#241;o sonido como un gorgoteo sal&#237;a del fondo de su garganta. Un arquero cretense en busca de bot&#237;n se acerc&#243;, degoll&#243; al moribundo y comenz&#243; a robarle todo lo que ten&#237;a, sin preocuparse en lo m&#225;s m&#237;nimo de la presencia de Telam&#243;n. Aqu&#237; y all&#225; se ve&#237;an puntos de luz en movimiento; eran las antorchas que llevaban los soldados que recorr&#237;an el campo de batalla en busca de los compa&#241;eros ca&#237;dos o sencillamente dedicados al pillaje. Los mercenarios de Alejandro se entregaban a su sangriento negocio. Hab&#237;an comenzado el traslado de los heridos griegos; los curanderos y los seguidores del ej&#233;rcito se ocupaban de ellos. En cambio, a los heridos persas s&#243;lo les quedaba esperar que los remataran de una pu&#241;alada misericordiosa.

Telam&#243;n escuch&#243; un grito que proced&#237;a de un grupo de arbustos en lo alto de la ribera. Desmont&#243; y camin&#243; hacia el lugar con el caballo sujeto de las riendas. Un grupo de jinetes tesalios hab&#237;a capturado a un joven persa; lo hab&#237;an desnudado y ahora lo ten&#237;an boca abajo en el suelo, con las piernas separadas, dispuestos a sodomizarlo y a cometer otras muchas obscenidades. El persa se resist&#237;a mientras uno de los tesalios se arrodillaba delante de su rostro, con la falda levantada y el pene erecto.

&#161;Alto! -grit&#243;.

Los tesalios se levantaron de un salto y desenvainaron las espadas.

&#161;Soy Telam&#243;n! &#161;F&#237;sico de Alejandro! -exclam&#243; mostrando el sello real.

Los tesalios se alejaron. El persa se levant&#243;. Era un adolescente que no pod&#237;a tener m&#225;s de diecis&#233;is veranos. El f&#237;sico cogi&#243; una capa y se la arroj&#243;.

&#161;V&#237;stete! -le orden&#243; se&#241;alando el caballo-. &#161;Monta mi caballo y escapa de este lugar abominable!

No esper&#243; la respuesta del muchacho. Se alej&#243; otra vez hacia el r&#237;o y baj&#243; el talud. Se encontr&#243; con un grupo de escuderos. Le pidieron ayuda. Telam&#243;n se ocup&#243; de limpiar y vendar las heridas, pero estaba tan agotado que ni siquiera le quedaban fuerzas para hacer un nudo. Uno de los escuderos lo cogi&#243; de un brazo y le ayud&#243; a vadear la corriente. Lleg&#243; a la otra orilla y vio las luces de las antorchas. A su alrededor se reuni&#243; una multitud; un coro de voces le hizo mil y una preguntas. Casandra, con el rostro p&#225;lido y ojeroso, le ofreci&#243; un vaso de vino. Cogi&#243; a Telam&#243;n de una mano y le hizo beber hasta la &#250;ltima gota. Se dej&#243; llevar en medio de la oscuridad hasta un carro, se tumb&#243; en el suelo debajo del carro y se qued&#243; dormido con Casandra a su lado.

Los puntapi&#233;s que le propinaba un soldado despertaron a Telam&#243;n. Entonces escuch&#243; las airadas protestas de Casandra, a las que el hombre respond&#237;a con gestos obscenos.

&#161;Est&#225; bien! &#161;Est&#225; bien! -protestaba Telam&#243;n saliendo de debajo del carro.

Mir&#243; al cielo y se dio cuenta de que la ma&#241;ana estaba muy avanzada. Reinaba una gran actividad en el campamento de las caravanas. Se llevaban a los prisioneros fuertemente custodiados. Una cadena de hombres trasladaba de mano en mano a trav&#233;s del r&#237;o los bultos con el bot&#237;n cogido a los persas. Otros transportaban en unas improvisadas camillas a los macedonios heridos hasta un bosquecillo donde se hab&#237;a instalado un hospital de campa&#241;a.

&#191;Necesitas ayuda? -murmur&#243; el f&#237;sico.

El soldado, borracho y sin afeitar, con las manos cubiertas de sangre hasta las mu&#241;ecas, sacudi&#243; la cabeza.

&#161;Por favor, se&#241;or, di a tu ramera pelirroja que se calle! &#161;El rey quiere verte!

Call&#243; al o&#237;r un griter&#237;o donde destacaban los insultos y burlas. Una larga columna de hombres, s&#243;lo vestidos con los taparrabos y encadenados los unos a los otros por las mu&#241;ecas y los tobillos, avanzaba desde el r&#237;o. A cada lado caminaban los escuderos, que trataban a los prisioneros con gran brutalidad. Desfilaron junto a los carros: una larga columna de seres reducidos a una condici&#243;n abyecta, sucios de barro y sangre.

&#161;Pobres diablos! -murmur&#243; el soldado-. &#161;Son todos los que quedan de los mercenarios de Memn&#243;n!

&#191;A cu&#225;ntos mataron? -pregunt&#243; Telam&#243;n.

A unos tres mil; los dem&#225;s se rindieron. Los env&#237;an a las minas de plata de Macedonia.

La noticia de la llegada de los mercenarios prisioneros corri&#243; por todo el campamento. Soldados y civiles se amontonaban para verlos pasar. Hubo muchos que comenzaron a tirarles piedras mientras los insultaban a voz en cuello.

Hay tebanos entre ellos -observ&#243; Casandra-. Me qued&#233; aqu&#237; noche y d&#237;a para vigilar nuestras pertenencias -a&#241;adi&#243; mirando a Telam&#243;n-. Por aqu&#237; hay m&#225;s ladrones que moscas y la mayor&#237;a de ellos son macedonios.

El soldado se adelant&#243; con una expresi&#243;n amenazadora en el rostro.

Ahora ver&#233; al rey -dijo Telam&#243;n apresuradamente.

Hab&#237;an instalado el pabell&#243;n de Alejandro muy cerca del lugar donde el d&#237;a anterior hab&#237;a estado Parmenio con el ala izquierda del ej&#233;rcito. El rey estaba sentado en un taburete fuera del pabell&#243;n. No hab&#237;a dormido y mostraba un rostro p&#225;lido y sin afeitar. Iba vestido con la t&#250;nica que hab&#237;a llevado debajo de la armadura durante la batalla. Manchas de sangre seca salpicaban los brazos y las piernas y un vendaje improvisado cubr&#237;a la herida en la cabeza. Los escribas estaban sentados en el suelo formando un semic&#237;rculo. Alejandro vigilaba atentamente a los soldados que apilaban las valiosas armaduras persas recogidas en el escenario de los combates.

&#161;Quiero que env&#237;en nueve de &#233;stos a Atenas! -orden&#243; Alejandro a voz en cuello-. Con el siguiente mensaje: Alejandro, hijo de Filipo y los griegos, a Atenas y a todas las ciudades de Grecia excepto Esparta -El resto del mensaje era breve y muy claro y consist&#237;a en la descripci&#243;n de una aplastante victoria. Telam&#243;n vio detr&#225;s de Alejandro a un grupo de comandantes sentados alrededor de una mesa en el interior de la tienda, acompa&#241;ados por unos cuantos escribas muy atareados en el estudio de los mapas de campa&#241;a. El rey dict&#243; m&#225;s cartas. Hablaba deprisa, impart&#237;a &#243;rdenes y escuchaba los informes. Luego se volvi&#243; para mirar al f&#237;sico con una mano por encima de los ojos a modo de visera para protegerlos del resplandor del sol.

Una gran victoria, &#191;eh, Telam&#243;n? Los dioses han dado a conocer su voluntad. &#191;Has visto a Cle&#243;n? -pregunt&#243; dejando de sonre&#237;r.

Telam&#243;n sacudi&#243; la cabeza.

Probablemente escap&#243; lo m&#225;s lejos que pudo -coment&#243; Alejandro con un tono seco- y ahora se dirige hacia aqu&#237; sin prisas. T&#250; y yo tenemos asuntos pendientes, &#191;no es as&#237;? &#161;Se tiene que revelar la verdad! &#161;Hazlo r&#225;pido! -orden&#243; agitando la mano-. En secreto. Despu&#233;s, h&#225;zmelo saber. Ah, no te llevar&#225;s a la pelirroja contigo -le comunic&#243; haci&#233;ndole venir a su lado con un adem&#225;n-. Un grupo de lanceros se encargar&#225; de llevarte sano y salvo hasta Troya.

Fingi&#243; una expresi&#243;n de inocencia al ver el desconsuelo que se reflejaba en el rostro de Telam&#243;n.

&#191;Qu&#233; pasa, f&#237;sico?

&#161;Troya! -protest&#243; Telam&#243;n enfadado-. &#191;Tengo que regresar a Troya precisamente ahora?

Tal como predicar&#237;a nuestro gran y amado maestro Arist&#243;teles -replic&#243; Alejandro en voz baja-, hay que ser l&#243;gico en todas las cosas. T&#250; sabes qui&#233;n es Naihpat, &#191;no es verdad, Telam&#243;n? &#191;Conoces la verdadera identidad del criminal y c&#243;mo se cometieron los asesinatos, la traici&#243;n?

Telam&#243;n sinti&#243; que le faltaban las piernas y se sent&#243; en un taburete sin esperar la invitaci&#243;n.

&#161;Lo has sospechado desde el primer momento! -susurr&#243; Telam&#243;n-. Nos has hecho interpretar una farsa. Ahora tenemos a Alejandro el general victorioso, el astuto pol&#237;tico. &#191;Qu&#233; personaje desempe&#241;abas cuando estuvimos acampados en Sestos?

El rey puso los ojos en blanco.

E e el de un soldado un tanto confuso, sin ninguna experiencia.

&#161;Mucho m&#225;s que eso! -replic&#243; Telam&#243;n-. &#161;Todas aquellas pamplinas de ofrecer sacrificios a este dios y a aquel otro! Preocupado por la ruta que seguir&#237;as; los mapas, los gu&#237;as, las celebraciones en Troya


Todo aquello s&#243;lo fueron a&#241;agazas. Ya ten&#237;as planeado todo lo que iba a pasar, d&#243;nde ir&#237;as y c&#243;mo conseguir tus sue&#241;os. &#161;Todo era un puro juego! Me enga&#241;aste a m&#237;; enga&#241;aste a todos. Durante estos &#250;ltimos d&#237;as, llegu&#233; a mi conclusi&#243;n a trav&#233;s de la l&#243;gica, la reflexi&#243;n y las pruebas. &#161;T&#250;, en cambio, lo sab&#237;as desde el principio!

Por supuesto que s&#237; -respondi&#243; Alejandro con una sonora risa-. No, miento. No lo sab&#237;a, pero lo sospechaba. Necesitaba enga&#241;ar a todo el mundo. &#191;Recuerdas cuando nos batimos contra Droxenius? Lo derrot&#233;, no porque fu&#233;ramos m&#225;s fuertes o m&#225;s h&#225;biles en el manejo de las espadas, sino a trav&#233;s del enga&#241;o. Lo mismo se aplica a este caso. Enga&#241;&#233; a Arsites y a sus comandantes. Ahora el juego se ha acabado. Es hora de dejarlo todo limpio, de barrer la porquer&#237;a, de desenmascarar al traidor.

&#191;C&#243;mo sabes que estoy preparado para hacerlo?

Oh, Telam&#243;n, es posible que t&#250; me estudies, pero no te quepa duda de que yo lo haga contigo. Me fij&#233; en tu rostro durante nuestra marcha hacia el Gr&#225;nico, en lo ensimismado que estabas. Ahora es el momento

&#191;De aplicar la justicia del rey?

Precisamente -respondi&#243; Alejandro despidi&#233;ndole con un gesto-. Nos veremos esta noche, &#191;verdad? &#191;O quiz&#225; ma&#241;ana? Me contar&#225;s todo lo que ocurra.

Ya era de noche cuando Telam&#243;n lleg&#243; a Troya. La guarnici&#243;n que Alejandro hab&#237;a dejado para vigilar las ruinas y el pueblo estaba ansiosa de noticias. Rodearon al f&#237;sico y lo acribillaron a preguntas. Telam&#243;n no les hizo caso. Se sent&#237;a tan cansado como inquieto. Lament&#243; no haber tra&#237;do con &#233;l a Casandra, o al menos tener la oportunidad de despedirse, pero el oficial al mando de los lanceros ten&#237;a &#243;rdenes estrictas.

Debo llevarte directamente a Troya, se&#241;or. Protegerte y traerte de regreso, le hab&#237;a comunicado el oficial.

La multitud se dispers&#243;. El oficial llev&#243; a Telam&#243;n por las serpenteantes calles hasta el patio ante el templo de Atenea. El portero que dorm&#237;a en la escalinata se despert&#243; bruscamente. Unos minutos m&#225;s tarde, acompa&#241;&#243; al f&#237;sico hasta la peque&#241;a habitaci&#243;n al fondo del templo donde Ant&#237;gona se encontraba trabajando. Estaba sentada ante la mesa, donde hab&#237;a cuatro l&#225;mparas encendidas; otras iluminaban la estancia desde los nichos construidos en las paredes. La sacerdotisa le&#237;a con mucha atenci&#243;n un pergamino, con un estilo en la mano y un peque&#241;o tintero a un lado. Apenas se molest&#243; en mirar a Telam&#243;n cuando entr&#243;. Con un gesto distra&#237;do, se rasc&#243; la mejilla con el cabo del estilo.

&#191;Has venido solo, f&#237;sico?

Hay una escolta que me espera en el exterior.

Ant&#237;gona apoy&#243; la espalda en la pared. La cabellera suelta le ca&#237;a sobre los hombros y enmarcaba su hermoso rostro.

&#161;Cierra la puerta, Telam&#243;n! &#161;Echa los cerrojos y pon la tranca!

&#191;Me esperabas?

Desde hace a&#241;os -replic&#243; la mujer-. He estado esperando tu llegada, o la de alguien como t&#250;, desde hace m&#225;s a&#241;os de los que quiero recordar.

Ant&#237;gona se levant&#243; para acercarse a un estante y coger una copa. La llen&#243; de vino y la llev&#243; donde estaba Telam&#243;n, que, despu&#233;s de cerrar la puerta con los cerrojos y la tranca, se hab&#237;a sentado en un banco de piedra que recorr&#237;a toda la pared. El f&#237;sico rechaz&#243; la copa. Ant&#237;gona sonri&#243;. Bebi&#243; un buen trago y a continuaci&#243;n se la entreg&#243; para que la sostuviera.

Has viajado desde muy lejos. Traes noticias de la gran victoria de Alejandro. Ya estoy enterada. Arsites fue muy torpe. El macedonio ha conseguido lo que deseaba. &#161;Ha venido para abrasar a los persas con el fuego divino! &#161;Todo esto se convertir&#225; en un infierno! -exclam&#243; regresando a su silla y apartando el pergamino-. El templo es lo &#250;nico que cuenta. Tienes noticias m&#225;s urgentes, &#191;no es verdad, Telam&#243;n?

Naihpat.

Ant&#237;gona sonri&#243;.

Olvid&#233; cosas que hab&#237;a aprendido -confes&#243; Telam&#243;n-. En cambio, t&#250; eres sacerdotisa de Atenea. T&#250; lo sabes todo al respecto. En una historia, Atenea adopta la forma humana, la de un rey llamado Taphian. Si le das la vuelta al nombre, un juego infantil muy popular, tienes Naihpat.

&#191;Es tuya la deducci&#243;n?

No, es de H&#233;rcules, el enano de Aristandro. Era un juego que le encantaba. No dejaba de invertir los nombres de las personas. Hizo lo mismo con Naihpat y se encontr&#243; con Taphian. &#191;Qu&#233; pas&#243; despu&#233;s? &#191;Vino a verte y te lo pregunt&#243;? &#191;Qu&#233; hiciste t&#250;, Ant&#237;gona, Naihpat, Taphian? &#191;Lo sedujiste para llevarlo a uno de aquellos bosquecillos aislados en las llanuras de Sestos? &#191;Un r&#225;pido golpe en la cabeza seguido de un entierro en un pantano?

&#191;Si lo hubiese hecho, su cuerpo no hubiese reaparecido en la superficie?

No si lastraron el cuerpo con piedras. Estoy seguro de que yace en el fondo de una de aquellas ci&#233;nagas, con piedras en los bolsillos y atadas al cuerpo. &#161;Yacer&#225; y se pudrir&#225; all&#237; durante a&#241;os! Las preguntas del enano, su infinita curiosidad, silenciadas de una vez para siempre &#191;Qui&#233;n lo mat&#243;? &#191;T&#250; o Selena? &#191;Quiz&#225; fue Aspasia? Aquel d&#237;a, H&#233;rcules rondaba por el campamento; t&#250; tienes que haberlo seguido, o mandaste que lo siguieran.

&#191;Te ha enviado Alejandro?

&#201;l lo sospecha.

Ant&#237;gona se volvi&#243; en la silla para mirarle a la cara y bebi&#243; con elegancia un trago de vino.

Es una historia muy curiosa. Son muy pocas las personas que conocen el nombre de Taphian o la leyenda ligada a &#233;l. Tienes raz&#243;n, H&#233;rcules era un mono parlanch&#237;n. Vino a preguntarme si yo sab&#237;a qui&#233;n era Taphian. Lo mand&#233; con viento fresco; le respond&#237; que nunca hab&#237;a escuchado ese nombre.

Por supuesto. Si H&#233;rcules alguna vez se enterase de la leyenda, se habr&#237;a preguntado c&#243;mo era que una sacerdotisa de Atenea no hab&#237;a reconocido el nombre.

&#161;Muy bien!

&#191;C&#243;mo empez&#243; todo? -pregunt&#243; Telam&#243;n.

Yo era una parienta lejana de la casa real de Macedonia, aunque nac&#237; en Atenas y me cri&#233; como tal. Mi padre trabajaba en el teatro.

&#191;D&#243;nde le&#237;ste las obras de Eur&#237;pides?

Ah, s&#237;-respondi&#243; sonriendo-. &#161;Las citas! Entr&#233; al servicio de Atenea en un templo cercano a Corinto. All&#237; fue donde conoc&#237; a Filipo. Ten&#237;a el aspecto de un macho cabr&#237;o. &#161;Desde luego, ol&#237;a como si lo fuera! -exclam&#243; soltando una carcajada-. Tambi&#233;n era igual de libidinoso. Sin embargo, me enamor&#233; de &#233;l enloquecidamente. &#201;l me minti&#243;, por supuesto. Dijo que estaba cansado de Olimpia. Quer&#237;a que viniera a Troya para convertirme en sacerdotisa de este templo, lo bastante lejos de Pella como para disfrutar de sus placeres sin problemas. A&#241;adi&#243; que ten&#237;a un trabajo para m&#237;, que podr&#237;a venir a visitarme mientras planeaba la conquista de Persia. Troya ser&#237;a su nuevo hogar. Yo ser&#237;a su esposa. Todo era mentira, por supuesto -lament&#243; mientras las l&#225;grimas acud&#237;an a sus ojos-. Yo le amaba de verdad. Vine a Troya. Para todos, la virginal sacerdotisa de Atenea; en verdad, la amante de Filipo de Macedonia, o una de sus muchas queridas. Una vez aqu&#237;, me di cuenta de los verdaderos prop&#243;sitos de Filipo. Troya est&#225; muy cerca del Helesponto, la encrucijada entre Grecia y Asia.

&#191;Te convertiste en su esp&#237;a?

Me convert&#237; en su esp&#237;a. La pasi&#243;n de Filipo comenz&#243; a menguar. La m&#237;a se hizo todav&#237;a m&#225;s fuerte, pero la dura realidad tambi&#233;n resultaba cada vez m&#225;s clara: las visitas resultaban cada vez m&#225;s espaciadas y dejaron de llegar cartas, aunque siempre insist&#237;a en que le enviara noticias. Entonces una ma&#241;ana, un joven con la mirada extraviada, medio loco, se present&#243; en el templo.

&#191;Pausanias, el asesino de Filipo?

S&#237;. Tendr&#237;a que haber borrado su nombre de la lista de visitantes, pero eso hubiera despertado sospechas -apunt&#243; Ant&#237;gona echando una ojeada a la peque&#241;a habitaci&#243;n-. Hubiese estado dispuesta a quedarme encerrada aqu&#237;, en un lugar como &#233;ste, durante un mill&#243;n de a&#241;os mientras Filipo me amara. Pausanias estaba loco de remate. Me lo cont&#243; todo, y no s&#243;lo lo referente a la lascivia de Filipo -precis&#243; volviendo a re&#237;r con una risa aguda-. Eso era algo que sab&#237;a todo el mundo. Has de saber que Pausanias tambi&#233;n hab&#237;a visitado a la madre de Alejandro -apunt&#243; antes de hacer una pausa-. Olimpia dio rienda suelta a toda su bilis. Hizo una lista de las conquistas de Filipo: mi nombre figuraba en primer lugar y, por ser la m&#225;s reciente, fui el objeto de su desprecio. Inform&#243; a Pausanias de c&#243;mo Filipo se hab&#237;a vanagloriado de sus amor&#237;os conmigo. Tambi&#233;n envenen&#243; la mente de Pausanias contra Filipo y le revel&#243; un secreto: Filipo iba a divorciarse de ella para casarse con alguna otra.

Ant&#237;gona sujet&#243; la copa contra su pecho: sus bellos ojos miraban a lo lejos. Telam&#243;n sospech&#243; que la mujer hab&#237;a repetido esta misma historia para sus adentros infinidad de veces, hasta que se la hab&#237;a aprendido de memoria.

Entonces comprend&#237; que no s&#243;lo hab&#237;a sido seducida sino tambi&#233;n enga&#241;ada.

&#191;Animaste a Pausanias para que asesinara a Filipo?

No, no. Fue Olimpia quien encendi&#243; el fuego -aclar&#243; Ant&#237;gona desviando la mirada-. Pero, los dioses me perdonen, fui yo quien aviv&#243; las llamas: un momento de odio que despu&#233;s lament&#233;. Tambi&#233;n decid&#237; volver el juego en contra de Filipo. Todo el mundo viene a Troya. El rey de reyes, Dar&#237;o, tiene a un hombre muy cerca de su mano derecha.

&#191;Qui&#233;n? -pregunt&#243; Telam&#243;n, llevado por la curiosidad.

Dar&#237;o lo llama Mitra y lo mantiene bien oculto. Le escrib&#237; a Dar&#237;o para ofrecerle compartir secretos. Le di el nombre de Naihpat y dije que me encontrar&#237;a en Troya. Luego me sent&#233; a esperar. A su debido tiempo, bueno, ya te puedes imaginar lo que pas&#243;. Apareci&#243; Mitra, disfrazado como un mercader. Pregunt&#243; en el mercado. Los vendedores, por supuesto, lo enviaron al templo. &#191;Sab&#237;a yo qui&#233;n era Naihpat? Me prometi&#243; protecci&#243;n, talentos de oro y, cuando lo deseara, un lugar de honor en la corte persa. Pero, mientras tanto -continu&#243; apart&#225;ndose un mech&#243;n de pelo que le ca&#237;a sobre el rostro-, estar&#237;a a su servicio y al de su amo. S&#243;lo ellos dos conocer&#237;an mi existencia. A cambio, le promet&#237; que le dar&#237;a toda la informaci&#243;n posible sobre el rey Filipo, la corte macedonia y, sobre todo, la proyectada invasi&#243;n a Asia. En cuanto Filipo envi&#243; a Parmenio con la orden de establecer una cabeza de puente, mi utilidad aument&#243; proporcionalmente. Los macedonios ven&#237;an a visitarme con frecuencia. Yo, como era de recibo, visitaba su campamento. Me trataban con la consideraci&#243;n debida a una pariente de Filipo, una sacerdotisa de Atenea, una griega. Me dieron su confianza y me revelaron secretos.

&#191;Todo eso se lo comunicaste a Mitra?

&#161;Por supuesto!

&#191;C&#243;mo lo hac&#237;as? &#191;Por carta?

Algunas veces. Otras, &#233;l ven&#237;a a visitarme.

&#191;C&#243;mo es posible? -pregunt&#243; Telam&#243;n-. Parmenio ten&#237;a sus esp&#237;as. Sin duda el templo estaba vigilado.

Troya es una ciudad muy antigua. Hay un pasadizo subterr&#225;neo que sale del templo y se comunica con las cuevas que est&#225;n mucho m&#225;s all&#225; de los muros de la ciudad.

Telam&#243;n entrecerr&#243; los p&#225;rpados.

Ense&#241;&#233; a Mitra las entradas. El pasadizo, muy antiguo y construido en la roca viva, es un camino seguro. Pod&#237;a ir y venir a su antojo. Siempre se mostraba complacido con la informaci&#243;n suministrada. Las intenciones de Filipo, las intrigas en la corte macedonia, el n&#250;mero y la preparaci&#243;n de las tropas, los movimientos y los suministros -manifest&#243; encogi&#233;ndose de hombros-. Por encima de todo lo dem&#225;s, las intrigas de Olimpia contra su marido, el asesinato de Filipo y mi valoraci&#243;n de Alejandro.

&#191;Qu&#233; me dices de las doncellas tesalias? -pregunt&#243; el f&#237;sico-. Las ofrendas al esp&#237;ritu de Casandra.

Una de las ideas m&#225;s extravagantes y locas de Filipo. Quer&#237;a que fundara un colegio de sacerdotisas y las utilizara como esp&#237;as.

Claro que, a ti, eso no te interesaba en lo m&#225;s m&#237;nimo, &#191;no es as&#237;?

Tuve suerte. Selena y Aspasia fueron las primeras en llegar. No sab&#237;a qu&#233; hacer. Se amaban con locura. Eran lo que t&#250; llamar&#237;as elegantemente seguidoras de Safo de Lesbos -aclar&#243; ech&#225;ndose a re&#237;r-. Ambas se enamoraron de m&#237;. Fue un amor a primera vista. Pronto me las hice m&#237;as. Estaban m&#225;s que dispuestas. Hac&#237;an todo lo que yo les ped&#237;a, y les advert&#237; del peligro que significaba que otras se nos unieran. Al segundo a&#241;o, no vino nadie, pero, al a&#241;o siguiente, vinieron dos

&#191;Y este a&#241;o?

Las est&#225;bamos esperando. Delante de las cuevas, en aquel camino solitario que conduce a Troya. La leyenda dice que las doncellas deben hacer el trayecto solas.

&#191;No tuviste reparos?

Al principio, s&#237;. Pero, despu&#233;s del primer asesinato, ninguno. Ten&#237;amos que matarlas o ser&#237;amos traicionadas. Las invitamos a entrar en la cueva. La apariencia de Selena y Aspasia las enga&#241;aron. Eran dos asesinas natas. Matamos a las doncellas. Encontrar&#225;s sus cuerpos enterrados en el t&#250;nel. Hay una fosa un poco m&#225;s all&#225; de la entrada.

Sin embargo, este a&#241;o, una de ellas escap&#243;, &#191;no es as&#237;?

S&#237;. Alejandro continu&#243; con la costumbre. Una vez m&#225;s las cien familias locrenses eligieron dos doncellas para enviarlas a nuestro templo. Naturalmente, est&#225;bamos avisadas. Les salimos al paso, s&#243;lo que esta vez, por pura casualidad, una consigui&#243; escapar. El resto ya lo sabes. La encontraron y la trajeron al templo. Si algo le ocurr&#237;a aqu&#237;, se habr&#237;an despertado las sospechas. La verdad es que la muchacha estaba confusa, desorientada.

Supongo que el uso de vino drogado hizo que la confusi&#243;n fuera todav&#237;a mayor.

Efectivamente -admiti&#243; Ant&#237;gona-. Aspasia y Selena quer&#237;an matarla sin m&#225;s, pero, tal como he dicho, hab&#237;a que evitar cualquier sospecha. Al mismo tiempo, Alejandro hac&#237;a notar cada vez m&#225;s su presencia. Hab&#237;a masacrado a los tebanos, se hab&#237;a autoproclamado capit&#225;n general de Grecia y manten&#237;a una comunicaci&#243;n regular con Parmenio y conmigo. Achac&#243; la falta de &#233;xito de Parmenio al escaso conocimiento del terreno. Me dijo que estaba reuniendo su ej&#233;rcito en Sestos y me indic&#243; que contratara gu&#237;as que conocieran bien la costa occidental de Asia. Dijo que necesitaba a alguien que supiera confeccionar mapas; me orden&#243; que los reuniera y los llevara a su campamento en Sestos. Me equivoqu&#233; al juzgar a Alejandro, &#191;verdad? -advirti&#243; haciendo girar el vino en la copa y sonriendo-. Supongo que todos se equivocaron. Tiene m&#225;s caras que un dado. Un hombre de m&#225;scaras. Me escribi&#243; a menudo, siempre interpretando el personaje del rey joven e inexperto. Ansioso por iniciar la invasi&#243;n de Asia, pero asustado por los problemas pr&#225;cticos y la manera de asegurarse el favor de los dioses.

As&#237; que fuiste a Sestos. Te llevaste contigo a la doncella, junto con Critias y los dem&#225;s.

S&#237;. Hab&#237;a hablado con Mitra. Me dijo que hiciera todo lo posible por confundir a Alejandro, propagar la inquietud y poner las cosas dif&#237;ciles. Una de las cosas con las que no hab&#237;a contado -su rostro mostr&#243; una expresi&#243;n desagradable- fue con aquella est&#250;pida muchacha tesalia. Alejandro me orden&#243; llevarla conmigo; de lo contrario, la hubiese dejado en Troya. Selena y Aspasia estaban muy inquietas -apunt&#243; volviendo a llenar la copa de vino y sonriendo a Telam&#243;n-. No estuve de acuerdo con ellas hasta que te conoc&#237;. Me dije: Aqu&#237; tenemos a un f&#237;sico que sumir&#225; a esta muchacha en un sue&#241;o profunda, calmar&#225; sus humores, tranquilizar&#225; su mente, aplacar&#225; su alma y despertar&#225; recuerdos -Ant&#237;gona hizo una pausa-. Incluso en su confusi&#243;n, desconfiaba de m&#237;. &#191;Sospechabas que la hab&#237;a matado?

No hasta m&#225;s tarde, cuando reun&#237; m&#225;s pruebas. Record&#233; aquella noche en tu tienda -advirti&#243; se&#241;alando la copa de vino que no hab&#237;a tocado-. Hab&#237;a tazas y copas en un peque&#241;o cofre. Sin embargo, t&#250; fuiste a buscar una copa al fondo de la tienda y la llenaste con el vino.

La sonrisa de Ant&#237;gona se ensanch&#243;. -Sin embargo, t&#250; y yo bebimos de la copa.

As&#237; es, y quiz&#225;s otros la tocaron. Era un copa envenenada. Me han hablado y he visto esa clase de copas; tienen un falso fondo, un peque&#241;o disco que se puede abrir y cerrar con un mecanismo secreto, cosa que permite que cualquier polvo colocado debajo se mezcle con la bebida. Eso fue lo que hiciste antes de que bebiera la doncella. Nunca pens&#233; que la respuesta pudiese estar en la propia copa. -Telam&#243;n cogi&#243; su copa y derram&#243; el vino en el suelo de piedra negra-. En realidad, t&#250; tienes dos copas, &#191;no es as&#237;? Ambas id&#233;nticas. La envenenada, la escondiste o la tiraste. La segunda, sin el mecanismo, fue la que ofreciste para que la inspeccion&#225;ramos.

&#161;Muy agudo!

No es verdad -replic&#243; Telam&#243;n haciendo una mueca intentando vencer el profundo cansancio que le dominaba-. M&#225;s que nada, una cuesti&#243;n de pura l&#243;gica y sentido com&#250;n: no se me ocurri&#243; hasta mucho despu&#233;s.

Telam&#243;n apoy&#243; la cabeza en la pared. La joven mujer sentada con tanta elegancia delante suyo se hab&#237;a transformado en una asesina por la fuerza de una pasi&#243;n que se hab&#237;a convertido en odio. Se maravill&#243; para sus adentros ante el caos y la destrucci&#243;n causados por Filipo, Olimpia y Alejandro.

El asesinato de los gu&#237;as -a&#241;adi&#243; el f&#237;sico- fue algo relativamente sencillo. El primero muri&#243; al borde del acantilado. Probablemente sent&#237;a nostalgia de su tierra. Se encontr&#243; con Selena o Aspasia. La que fuese de las dos atac&#243; en el acto, r&#225;pida como una serpiente. Tendr&#237;an que haber encontrado el cad&#225;ver en la cima, pero supongo que en la agon&#237;a resbal&#243; y fue a estrellarse contra las piedras. &#191;Qui&#233;n pod&#237;a sospechar de una de tus muchachas con su rostro angelical?

&#191;Qu&#233; me dices del segundo gu&#237;a?

Pues lo mismo. &#201;l y los dem&#225;s estaban comiendo a cuatro carrillos y emborrach&#225;ndose alrededor de la hoguera. T&#250; estabas ocupada conmigo en el pabell&#243;n de Alejandro. Selena y Aspasia seguramente no tuvieron problemas para escabullirse. Lo hizo una de las dos.

&#191;C&#243;mo? -le provoc&#243; Ant&#237;gona.

&#191;Tu curiosidad es cierta? -replic&#243; Telam&#243;n.

&#161;Los centinelas afirmaron que ambas estaban dormidas!

&#161;Ah! Ahora llegamos al tema de las tiendas -apunt&#243; Telam&#243;n antes de hacer una pausa-. No hac&#237;a ni un par de horas que hab&#237;a llegado al campamento de Alejandro cuando me enter&#233; de que mi tienda se hab&#237;a incendiado. Las tiendas no son nada baratas; las cubiertas de cuero, las cuerdas y las estructuras valen dinero. T&#250;, o una de tus ayudantes, origin&#243; aquel incendio. En la confusi&#243;n, t&#250; robaste nueve o diez trozos del cordel que se utiliza para sujetar los trozos de cuero a los postes. Necesitabas conseguirlos all&#237; porque, como en cualquier otro ej&#233;rcito, los furrieles guardan celosamente el material que administran. Necesitabas un cordel del mismo color y textura que los empleados en las otras tiendas del campamento. Para montar una tienda, hay que ser muy h&#225;bil y experto. Cuando se colocan las piezas de cuero sobre la estructura, hay que atarlas de una cierta manera para mantenerlas tensas y, por supuesto, evitar que vuelen.

Ant&#237;gona se mord&#237;a el labio inferior al tiempo que lo miraba con una expresi&#243;n sard&#243;nica.

T&#250;, Selena o Aspasia robasteis los trozos de cordel, pegasteis fuego a mi tienda para ocultar vuestro robo y, a continuaci&#243;n, comenzasteis vuestra campa&#241;a. No s&#233; exactamente lo que sucedi&#243; la noche que asesinaron al primer gu&#237;a, pero tuvo que ser un trabajo sencillo. Nadie vigilaba. Despu&#233;s del asesinato, tuvisteis que ir con m&#225;s cuidado. Fuiste al pabell&#243;n de Alejandro mientras Selena y Aspasia simulaban estar dormidas. Ten&#237;an bajada la tela de entrada de la tienda y el centinela se cuid&#243; mucho de que no le acusaran de espiar a las doncellas del templo. Una de tus ayudantes se levant&#243;, se calz&#243; las sandalias y se visti&#243; con la capa y la capucha. Cort&#243; el cordel que un&#237;a dos pies al poste y se escabull&#243; al amparo de la oscuridad. La otra se qued&#243; de guardia. Utiliz&#243; el cordel robado para sujetar las dos piezas sueltas. Los gu&#237;as continuaban bebiendo y compartiendo sus cuitas alrededor de la hoguera. Uno de ellos se apart&#243; para hacer sus necesidades. Tu c&#243;mplice lo sigui&#243;. El hombre estaba borracho: de pie en la oscuridad, atontado y medio dormido de tanto vino, apenas se aguantaba. Selena, o Aspasia, no perdi&#243; la oportunidad y actu&#243; r&#225;pida y silenciosa como una sombra fugaz en la noche. La daga celta le lleg&#243; al coraz&#243;n y la muerte fue instant&#225;nea. La asesina dej&#243; el mensaje y se col&#243; entre los centinelas para regresar al campamento. Las calles entre las tiendas son oscuras. &#191;Qui&#233;n se iba a fijar? &#191;A qui&#233;n le importar&#237;a? Regres&#243; a la tienda, afloj&#243; el cordel que hab&#237;a colocado la otra, se desliz&#243; por el agujero y lo at&#243; con un nudo id&#233;ntico. Sospecho que fue Aspasia, ya que parec&#237;a la m&#225;s fuerte de las dos -sugiri&#243; antes de hacer una pausa al escuchar un sonido que ven&#237;a del interior del templo.

No es m&#225;s que el portero -precis&#243; Ant&#237;gona sonriendo-. No tendr&#225;s miedo, &#191;verdad Telam&#243;n? No llevo armas. Tu vino no conten&#237;a ni una gota de veneno y los hombres del macedonio no est&#225;n muy lejos. &#191;Por qu&#233; sospechaste de Aspasia?

Fui a visitarte a su tienda despu&#233;s de su muerte. Ten&#237;a empaquetadas sus pertenencias. Me fij&#233; que hab&#237;a utilizado el mismo nudo que se utiliza en los cordeles de las tiendas. Me pareci&#243; una extra&#241;a coincidencia: es de una clase muy particular, con una doble vuelta muy apretada, y resulta muy dif&#237;cil de deshacer. Por lo com&#250;n, tienes que utilizar un cuchillo. Estoy seguro de que las tres estudiasteis a fondo el arte de hacer nudos.

&#191;Qu&#233; me dices de Critias?

Una vez m&#225;s, tu asesino se escabull&#243; en la noche. Cort&#243; el cordel de la tienda de Critias y entr&#243;. El dibujante de mapas estaba cansado, borracho; es probable que a esa hora siempre lo estuviese. Despu&#233;s de todo, t&#250; le contrataste -apunt&#243; extendiendo las manos-. Conoc&#237;as sus costumbres. Fue sencillo cortarle la garganta, clavarle la daga entre las costillas y marcharse de la tienda. Una vez en el exterior, Aspasia, si era ella, se arrodill&#243;. Seguramente s&#243;lo hab&#237;a cortado dos o tres trozos de cordel para entrar; los reemplaz&#243; y luego se fue tan silenciosamente como hab&#237;a venido. Para todos, la muerte de Critias, aparentemente, hab&#237;a sido causado por alguna fuerza mal&#233;vola o la furia de los dioses.

&#191;C&#243;mo explicas la destrucci&#243;n de los mapas?

El f&#237;sico sonri&#243;.

Un detalle muy astuto. Aspasia llev&#243; con ella un peque&#241;o cofre lleno de ceniza que era id&#233;ntico al de Critias. No tuvo m&#225;s que reemplazar uno por otro.

&#191;C&#243;mo sabes que era id&#233;ntico?

Porque vi que los vend&#237;an en uno de los tenderetes del mercado que est&#225; aqu&#237; mismo, delante del templo. Compraste dos y le diste uno a Critias para que guardara sus mapas.

Ant&#237;gona se dio unos golpecitos en los labios con las puntas de los dedos. Miraba un punto por encima de la cabeza de Telam&#243;n.

&#191;Alejandro est&#225; enterado de todo esto?

Se enterar&#225;. Las cosas comenzaron a ir mal, &#191;no es as&#237;? Aspasia era la verdadera asesina. &#193;gil y letal con una daga. Sigui&#243; a H&#233;rcules cuando sali&#243; del campamento y lo mat&#243;. Un r&#225;pido golpe en la cabeza. Lo carg&#243; con piedras y lo arroj&#243; a la ci&#233;naga para que muriera ahogado. Regres&#243; all&#237; una ma&#241;ana

&#191;Por qu&#233;?

Ten&#237;a que deshacerse del peque&#241;o cofre de Critias. Lo ocult&#243; en un cesto y se dirigi&#243; al campo con la excusa de que iba a recolectar flores y hierbas medicinales. Las Furias no estaban muy lejos. Aspasia estar&#237;a desesperada, inquieta, ansiosa por desprenderse de la prueba que pod&#237;a condenarla. Cometi&#243; un error. Dej&#243; el cesto en el suelo, sac&#243; el cofre y se resbal&#243; o quiz&#225; se le quedaron enganchados los dedos en el asa del cofre. Perdi&#243; el equilibrio y cay&#243; en la ci&#233;naga. Esto explicar&#237;a las marcas en la piel de los dedos, mientras que el chich&#243;n probablemente se lo hizo cuando se golpe&#243; la cabeza contra el cofre que intentaba ocultar. Entonces se aturdi&#243;. El cofre se desliz&#243; de sus manos y se hundi&#243; hasta el fondo. Aspasia luch&#243; para salir del fango que se la tragaba y, cuanto m&#225;s luchaba, peor era el resultado. El fango le tap&#243; la nariz y la boca. Muri&#243; en cuesti&#243;n de minutos y su cad&#225;ver qued&#243; flotando en la superficie de la ci&#233;naga.

No era m&#225;s que una muchacha tonta -afirm&#243; Ant&#237;gona-. Cometi&#243; un error est&#250;pido y nos puso en peligro a todas.

Estabas muy preocupada. Aspasia se hab&#237;a librado del cofre, pero Selena no ten&#237;a consuelo: era la m&#225;s d&#233;bil de vosotras tres. S&#243;lo los dioses saben lo que hubiese podido hacer llevada por la histeria. Eres una zorra con un coraz&#243;n de hielo, Ant&#237;gona. Decidiste utilizar a tu propia doncella para que hubiese m&#225;s derramamiento de sangre y aumentar la inquietud. Diste a Selena una copa de vino bien cargado con una p&#243;cima somn&#237;fera. Se acost&#243; en su cama, en el extremo m&#225;s alejado de la tienda y junto a la pared, de espaldas a la entrada. Antes de marcharte a la fiesta de Alejandro, te inclinaste sobre ella para darle un beso de buenas noches y, mientras lo hac&#237;as, le clavaste entre las costillas una de aquellas dagas celtas compradas a un vendedor ambulante. Profundamente dormida, con la boca cerrada por tus labios traidores, Selena no opuso casi resistencia y luego yaci&#243; inm&#243;vil. Dejaste el mensaje y te marchaste. Para todos los dem&#225;s, Selena, la doncella del templo, estaba profundamente dormida en su cama, de espaldas al centinela.

La encontraron tumbada en el suelo.

Eres una sacerdotisa. Llevas un cayado de pastor a modo de bast&#243;n, un s&#237;mbolo de tu cargo. Antes de marcharte, sospecho que enganchaste el mango de tu cayado en la pata de la cama de Selena y dejaste el otro extremo al alcance de la mano junto al borde inferior de la pared de la tienda. Aquella noche te acompa&#241;&#233; en el camino de regreso; fue la gran ocasi&#243;n para utilizarme de testigo. Me diste las buenas noches y te escabulliste para ir por el exterior hasta el punto donde asomaba la punta del cayado, lo sujetaste y te bast&#243; con tirar para hacer que la cama se inclinara. El cad&#225;ver de Selena cay&#243; al suelo. Luego volviste a la cama y comenz&#243; todo aquel espect&#225;culo.

Ant&#237;gona aplaudi&#243; la explicaci&#243;n del f&#237;sico con una expresi&#243;n de burla en el rostro.

Tienes muy pocas pruebas, Telam&#243;n. Como dir&#237;an los sofistas: No son m&#225;s que suposiciones e hip&#243;tesis no demostrables.

Los ingenieros de Alejandro podr&#237;an vaciar la ci&#233;naga. Los hombres de Aristandro podr&#237;an interrogar al vendedor del mercado. Podr&#237;amos realizar una b&#250;squeda a fondo. Pero no creo que sea necesario llegar a tanto -apunt&#243; inclin&#225;ndose hacia adelante-. Alejandro abandon&#243; Sestos. T&#250; hab&#237;as hecho todo el da&#241;o posible y regresado a Troya. El asesinato del tercer gu&#237;a result&#243; la mar de sencillo. &#201;l y sus compa&#241;eros seguramente estaban aterrorizados. S&#243;lo pensaban en regresar a sus casas, abandonar el ej&#233;rcito de Alejandro. &#191;Te pusiste de acuerdo con &#233;l para encontrarle en el templo? &#191;Estaba borracho y lloroso y acudi&#243; a ti en busca de consejo, a pedirte ayuda? Tuvo que ser as&#237;-se respondi&#243; a s&#237; mismo-. Te ofreciste a ense&#241;arle el camino a trav&#233;s de tu pasadizo secreto para sacarle de la ciudad. En cuanto llegasteis a campo abierto, no tardaste ni un segundo en apu&#241;alarlo en medio del camino. Dejaste el mensaje en su mano y regresaste por donde hab&#237;as venido.

Telam&#243;n se levant&#243;. Le dol&#237;a todo el cuerpo. Se acerc&#243; hasta la puerta y la abri&#243; para observar la nave del templo. Sus escoltas se encontraban en la antec&#225;mara; manten&#237;an una animada conversaci&#243;n con el viejo portero. El f&#237;sico cerr&#243; la puerta y volvi&#243;. Ant&#237;gona hab&#237;a vuelto a llenar las copas.

&#191;Por qu&#233; no mataste sin m&#225;s a Alejandro?

Vamos, t&#250; ya sabes la respuesta, Telam&#243;n -contest&#243; la sacerdotisa, decidida a abandonar cualquier farsa-. Los persas insistieron. Si asesinaban a Alejandro en Grecia, todos lo ver&#237;an como a un m&#225;rtir. Les preocupaba el poder del macedonio sobre los Estados griegos. Hab&#237;a que buscar la manera de alejar a Alejandro de all&#237;. En cuanto &#233;l desapareciera, los griegos volver&#237;an a practicar aquello que mejor saben hacer: re&#241;ir entre ellos.

&#191;Qu&#233; pasar&#237;a con Alejandro?

Le hubieran dejado vagar con su rid&#237;culo ej&#233;rcito, hasta que se presentara el momento oportuno de plantearle batalla, derrotarlo y matarlo o retenerlo prisionero. Para aquel entonces, la flota persa ya habr&#237;a regresado al mar Medio. Ni un solo macedonio hubiese regresado a su patria. Grecia volver&#237;a a estar desunida. Macedonia hubiese desaparecido como potencia y Persia hubiese dado al mundo una lecci&#243;n. Los persas fueron muy claros: Alejandro ten&#237;a que morir o ser capturado en combate.

&#191;Por esa raz&#243;n le diste la armadura?

Ant&#237;gona ri&#243; de buena gana al escuchar la pregunta.

Estudi&#233; la mente de Alejandro. Sus supersticiones, sus miedos, la culpa que le atormentaba respecto a la muerte de su padre Pero, por encima de todo, me centr&#233; en su pasi&#243;n por ser un segundo Aquiles. Las armas que se llev&#243; de aqu&#237; fueron hechas a medida. La coraza, el yelmo y el escudo de un brillo cegador. As&#237; era c&#243;mo los persas lo quer&#237;an ver en la batalla, para poder identificarlo r&#225;pidamente y matarlo. Alejandro las acept&#243; con un entusiasmo verdaderamente infantil. Como un ni&#241;o que invitan a participar de un juego, quer&#237;a presentarse en el campo de batalla como el gran h&#233;roe.

A punto estuvieron de salirse con la suya -reconoci&#243; Telam&#243;n-. Los persas no le mataron por muy poco en el Gr&#225;nico. Todos los parientes de Dar&#237;o intentaron darle muerte en cuanto lo distinguieron en el campo de batalla.

Todo ocurri&#243; tal como lo has explicado, pero cometimos un error -murmur&#243; Ant&#237;gona-. Nos olvidamos de los dioses: Alejandro es su favorito. Memn&#243;n estaba en lo cierto, Dar&#237;o estaba equivocado y yo, Telam&#243;n, estoy condenada a la oscuridad. La cicuta, lo mismo que bebi&#243; S&#243;crates -proclam&#243; levantando la copa en un &#250;ltimo brindis.

Ant&#237;gona vaci&#243; la copa, se ech&#243; hacia atr&#225;s y comenz&#243; a cantar con voz muy dulce. Telam&#243;n conoc&#237;a la canci&#243;n de amor. La sacerdotisa se movi&#243; un poco cuando comenz&#243; a perder la sensaci&#243;n en las piernas. La copa se le escap&#243; de la mano y se estrell&#243; contra el suelo. Mir&#243; al f&#237;sico, aturdida, como una persona que se queda dormida. Sonri&#243;, apoy&#243; los brazos en la mesa y agach&#243; la cabeza. Durante un par de minutos, se estremeci&#243; mientras luchaba por respirar, hasta que uno de los brazos se resbal&#243; de la mesa y el silencio rein&#243; en la habitaci&#243;n.



* * *


&#191;Te marchaste inmediatamente? -pregunt&#243; Alejandro cogiendo el bol de carne estofada para servir personalmente a Telam&#243;n.

Se encontraban solos en la antec&#225;mara del pabell&#243;n real. El monarca, despu&#233;s de ba&#241;arse y afeitarse, se hab&#237;a vestido con una t&#250;nica con los hilos de oro que hab&#237;a sido cogida del campamento persa. Calzaba sandalias con tachones de plata y llevaba una tiara verde y dorada que le serv&#237;a para mantener sujeto el vendaje. Aparte de los cortes, un morado en el p&#243;mulo y una leve rigidez cuando caminaba, se hab&#237;a recuperado r&#225;pidamente de los efectos del combate.

Estaba muerta -respondi&#243; Telam&#243;n-. Lo comprob&#233; y luego encargu&#233; al portero que se ocupara del ritual funerario.

Telam&#243;n hab&#237;a dejado Troya para regresar inmediatamente al campamento de Alejandro. Todo el ej&#233;rcito estaba celebrando la gran victoria conseguida en el Gr&#225;nico. Todav&#237;a estaban trayendo a los prisioneros junto con carros cargados con el bot&#237;n sacado de la caravana persa y del campo de batalla. Por todas partes, se elevaban las columnas de humo negro de las piras funerarias.

Casandra le hab&#237;a recibido efusivamente y tambi&#233;n con desparpajo. Se hab&#237;a hecho con parte del bot&#237;n y abundantes provisiones. Si est&#225;s con los macedonios, tienes que comportarte como ellos, hab&#237;a manifestado como justificaci&#243;n de sus actos. Tambi&#233;n hab&#237;a conseguido un mejor alojamiento y lo ten&#237;a todo muy limpio y ordenado.

Telam&#243;n, a su regreso, se hab&#237;a comportado como si estuviese viviendo un sue&#241;o. Los rostros iban y ven&#237;an: la mirada mal&#233;vola de Aristandro; Ptolomeo envanecido de su coraje; incluso Cle&#243;n, con el rostro enrojecido y un tanto magullado, que, acabada su tarea, hab&#237;a conseguido regresar al campamento macedonio despu&#233;s de dar un largo rodeo.

Telam&#243;n se hab&#237;a echado a dormir, pero cuando ya oscurec&#237;a se hab&#237;an presentado dos guardaespaldas para llevarle a la presencia del rey. Alejandro se hab&#237;a mostrado reservado pero cort&#233;s. Ya no era el impetuoso general, sino el pol&#237;tico astuto dispuesto a obtener el m&#225;ximo beneficio posible de su extraordinaria victoria. Se hab&#237;an enviado cartas a los jefes de las provincias vecinas para reclamarles su adhesi&#243;n y se hab&#237;an cursado proclamas a todas las ciudades de Grecia. Telam&#243;n se sobresalt&#243; al sentir que le tocaban la mano.

&#191;Est&#225;s cansado, f&#237;sico? -pregunt&#243; Alejandro en un tono burl&#243;n-. &#191;Te entristece la muerte de Ant&#237;gona? Yo la hubiese mandado crucificar. Se le permiti&#243; escoger la salida menos dolorosa.

Telam&#243;n pens&#243; en los muertos apilados en el campo de batalla.

&#191;Eres como tu padre, f&#237;sico? -prosigui&#243; el rey-. &#191;El olor de la sangre te asquea? -quiso saber Alejandro, inclinando la cabeza un poco hacia la izquierda como si viese a Telam&#243;n por primera vez-. Entre nosotros dos hay una brecha -murmur&#243;-. Desear&#237;a que no fuese as&#237;. S&#243;lo estoy cumpliendo mi destino.

&#191;Eso incluye la masacre de aquellos mercenarios?

Alejandro le dio a Telam&#243;n una palmada juguetona en la mu&#241;eca.

Aquello fue un error, algo provocado por la ceguera del combate, y es algo que ya no puedo remediar. Pero &#191;Ant&#237;gona? -pregunt&#243; mirando la copa de vino antes de cogerla, haber bebido un trago y pas&#225;rsela a Telam&#243;n.

&#191;T&#250; lo sospechabas? -pregunt&#243; el f&#237;sico.

Me gustar&#237;a decir -Alejandro vacil&#243; y se acomod&#243; mejor en la silla acolchada que alguien le hab&#237;a tra&#237;do del campamento persa-. Me gustar&#237;a decir que lo sab&#237;a todo, pero faltar&#237;a a la verdad.

&#191;Estabas enterado de la relaci&#243;n de Filipo y Ant&#237;gona? -quiso saber Telam&#243;n.

&#161;Por supuesto! Mi padre relataba a mi madre todas sus conquistas sin olvidar ni un detalle; &#233;sa es una de las razones por las que ella est&#225; medio loca. Olimpia me lo dijo. Ant&#237;gona me ten&#237;a intrigado. Estaba muy bien situada para pasar informaci&#243;n. Aristandro mand&#243; vigilar el templo, pero nunca descubrimos nada -manifest&#243; extendiendo las manos-. Hab&#237;a un esp&#237;a que nos traicionaba, aunque, hasta cierto punto, no ten&#237;a demasiada importancia. Deseaba confundir a los persas. Cle&#243;n realiz&#243; un extraordinario trabajo, pero eso no fue nada

&#191;Comparado con enga&#241;ar a los persas?

Naturalmente -respondi&#243; Alejandro ri&#233;ndose-. Dar&#237;o me ten&#237;a por un joven inexperto. Quer&#237;a confirmarle ese juicio. Hice todo lo posible por mostrarle que estaba confuso, que carec&#237;a de la confianza de mi padre, que me sent&#237;a culpable de su muerte.

&#191;Lo est&#225;s?

No, no lo estoy -respondi&#243; al tiempo que su mirada se helaba-. Nunca lo he estado. &#161;Nunca lo estar&#233;!

&#191;Ant&#237;gona tuvo algo que ver con su muerte?

Es posible, pero lo mismo se podr&#237;a decir de mi madre. Yo sospechaba de Ant&#237;gona, pero no pod&#237;a demostrarlo: por eso te necesitaba. Telam&#243;n con su mente aguda y la mirada de &#225;guila. &#161;El observador de la causa y efecto! La traici&#243;n es una enfermedad, Telam&#243;n. Tambi&#233;n tiene sus s&#237;ntomas -afirm&#243; dejando ir un suspiro y pellizc&#225;ndose la tela de la t&#250;nica que vest&#237;a-. Esta prenda perteneci&#243; a Arsites. He enviado un mensaje a Dar&#237;o. Cuando termine esta campa&#241;a, todo el vestuario imperial me pertenecer&#225;. Utilic&#233; a Cle&#243;n. Utilic&#233; a Aristandro. Por encima de todo lo dem&#225;s, utilic&#233; a Ant&#237;gona. Le dije que necesitaba los servicios de los gu&#237;as, que no ten&#237;a mapas. Ella transmiti&#243; toda esta informaci&#243;n a los persas. Envi&#233; a aquellas doncellas de Tesalia, con la esperanza de que alguna de ellas pudiera descubrir alguna cosa. Ant&#237;gona se encarg&#243; de asesinarlas. Por lo tanto, invit&#233; a nuestra querida sacerdotisa a que se uniera a nosotros en Sestos y viniera con los gu&#237;as y el dibujante de mapas. Remov&#237; el avispero para ver lo que pasaba -asegur&#243; trazando un c&#237;rculo en el aire-. Ant&#237;gona sab&#237;a muy bien lo que hac&#237;a: la muerte de los gu&#237;as, los misteriosos asesinatos, las sombr&#237;as advertencias, las referencias a mi padre Aunque parec&#237;a ser la persona m&#225;s sospechosa, no hab&#237;a ninguna prueba en su contra. Yo ten&#237;a que obrar con mucho cuidado. No quer&#237;a dar pie a ninguna ofensa, ni provocar la c&#243;lera de los dioses con la ejecuci&#243;n de una sacerdotisa de Atenas. Necesitaba pruebas: te necesitaba. Los persas creyeron siempre que estaban tratando con alguien confuso y dominado por la culpa. Bueno -Alejandro sonri&#243;, complacido-, les he demostrado que estaban en un error. El verdadero peligro era Memn&#243;n. Si hubiesen aceptado su estrategia, a&#250;n estar&#237;a marchando por un territorio donde ni una sola de las ciudades me hubiese abierto las puertas, desprovisto de batallas, de victoria, de gloria y el favor divino. Ahora lo tengo todo. Por lo tanto, Telam&#243;n, brindemos -proclam&#243; cogiendo la copa de vino-. &#161;Por mi gloria y porque lleguemos hasta los confines del mundo!



NOTA DEL AUTOR

Los episodios ocurridos en el a&#241;o 334 a.C. son tal como aparecen descritos en esta novela. Dar&#237;o, Arsites y Memn&#243;n manten&#237;an un profundo desacuerdo respecto a la estrategia y las t&#225;cticas que hab&#237;a que seguir para controlar y vencer a Alejandro de Macedonia. Las fuentes hist&#243;ricas -Arriano, Diodoro S&#237;culo, Plutarco, Quinto Curcio Rufo y Justino- describen con mucho detalle lo que pasaba en el campo persa. Al final, prevaleci&#243; la opini&#243;n de Arsites y la consecuencia fue la gran victoria de Alejandro. Seg&#250;n Arriano, el s&#225;trapa de Frigia escap&#243; del campo de batalla y sin que se volviera a saber m&#225;s de &#233;l; quiz&#225; se suicidara. No obstante, a la vista de que despu&#233;s Dar&#237;o confiri&#243; el mando de las tropas al rodio, le he dado otra interpretaci&#243;n: que Arsites, tal como era la costumbre que se aplicaba a un s&#225;trapa persa que era derrotado tan estrepitosamente, fue ejecutado por su fracaso.

La batalla del Gr&#225;nico ha sido con frecuencia tema de debate entre los historiadores. Algunos afirman que Alejandro en realidad esper&#243; hasta el d&#237;a siguiente para lanzar el ataque, pero me he atenido a las fuentes originales que hablan de la rapidez, la ferocidad, y el elemento sorpresa en el ataque de Alejandro. La mejor prueba para esta interpretaci&#243;n es la suerte corrida por los mercenarios griegos, que literalmente fueron sorprendidos a contrapi&#233; y que, imposibilitados de cualquier retirada, tuvieron que plantar cara y luchar. Alejandro orden&#243; la masacre, un hecho que despu&#233;s lament&#243;. Aquellos que sobrevivieron fueron encadenados y enviados a trabajar en las minas de Macedonia. Los arque&#243;logos han encontrado recientemente sus esqueletos, todav&#237;a con los grilletes puestos.

Las t&#225;cticas de Alejandro en el Gr&#225;nico fueron tal como se relatan en la novela. La repentina acometida a trav&#233;s del r&#237;o, la distracci&#243;n de los comandantes persas y la gran ambici&#243;n personal de reclamar el honor de haber dado muerte al rey macedonio produjeron la ruptura de la cadena de mandos, el debilitamiento del centro y la consiguiente derrota total del ej&#233;rcito persa.

Las tropas y las t&#225;cticas de Alejandro tambi&#233;n est&#225;n fielmente registradas: la utilizaci&#243;n de las falanges, protegidas por los escuderos, y tambi&#233;n el ingenioso empleo de los r&#225;pidos ataques de la caballer&#237;a para asestar golpes demoledores en los flancos del enemigo. Es cierto que las descripciones respecto a las t&#225;cticas de Alejandro son en ocasiones confusas. Disponemos de m&#250;ltiples fuentes primarias, mencionadas antes, pero tambi&#233;n sabemos que el rey llevaba un diario, mientras que el general Ptolomeo, quien m&#225;s tarde se convertir&#237;a en fara&#243;n de Egipto, tambi&#233;n public&#243; su propia versi&#243;n de los acontecimientos. Los otros generales de Alejandro, al igual que sucede en la actualidad, quisieron destacar su propia grandeza mientras serv&#237;an a las &#243;rdenes del macedonio; los fragmentos que quedan de estas biograf&#237;as y de los tratados militares ofrecen una lectura muy interesante.

He reflejado fielmente el humor de los compa&#241;eros de Alejandro: Ptolomeo, Seleuco, Amintas y Parmenio. Aristandro el nigromante es un personaje hist&#243;rico real: un servidor de Olimpia, pero por alg&#250;n extra&#241;o motivo muy pr&#243;ximo al consejo de Alejandro. Ptolomeo fue quiz&#225;s el m&#225;s brillante de los generales de Alejandro. Ten&#237;a ideas de grandeza y se consideraba a s&#237; mismo como hermanastro de Alejandro. En algunos momentos, la rivalidad entre ellos fue considerable.

El f&#237;sico Telam&#243;n est&#225; basado en otra figura hist&#243;rica: el m&#233;dico de Filipo, que aparece mencionado en las obras de Arriano y otros autores.

La historia de las v&#237;rgenes tesalias enviadas a Troya se menciona en dos antiguas fuentes: en la obra de Eneas el T&#225;ctico y en Alejandra, el poema de Licrof&#243;n. Robin La&#241;e Fox, en su brillante biograf&#237;a {Alexander the Great, Penguin Books, 1986), afirma que el rey, a su llegada a Troya, orden&#243; que cesara dicha pr&#225;ctica. Tanto Eneas como Licrof&#243;n mencionan un pasadizo secreto que pasaba por debajo de las antiguas ruinas de Troya.

Mi trama est&#225; basada en el estudio de los movimientos de Alejandro en Sestos, Troya y el Gr&#225;nico. En los meses previos, el rey hab&#237;a actuado con gran velocidad, cuando someti&#243; a las tribus norte&#241;as y unific&#243; toda Grecia bajo su mando; sin embargo, en Sestos, Alejandro se mostr&#243; repentinamente vacilante y supersticioso. Ofreci&#243; sacrificios aqu&#237; y en Elaeum para aplacar a los dioses, as&#237; como en el momento de cruzar el Helesponto. Mi descripci&#243;n del desembarco en Troya est&#225; basada en viejas fuentes. Cuando lleg&#243; a las ruinas, Alejandro se comport&#243; como si estuviese maravillado. Ofreci&#243; sacrificios en diferentes partes de la ciudad y manifest&#243; su gran amor y admiraci&#243;n por Aquiles cuando organiz&#243; una carrera hasta el t&#250;mulo funerario de su h&#233;roe, donde &#233;l, Hefesti&#243;n y los dem&#225;s depositaron flores e hicieron libaciones.

La historia de las armas de Aquiles tambi&#233;n es ver&#237;dica. De acuerdo con Diodoro S&#237;culo: Alejandro ofreci&#243; un espl&#233;ndido sacrificio a Atenea y dedic&#243; sus propias armas a la diosa. Luego cogi&#243; las m&#225;s finas armas depositadas en el templo, se las puso y las emple&#243; en su primera batalla [la del r&#237;o Gr&#225;nico] (Biblioteca hist&#243;rica, libro 17, cap&#237;tulo 17, verso 18). Arriano dice que llevaban las armas delante de &#233;l en la batalla (Las campa&#241;as de Alejandro, libro 1, cap&#237;tulo 11). No hay ninguna duda de que las armas de Alejandro lo hicieron claramente visible a las miradas del alto mando persa. Tanto Arriano como Diodoro S&#237;culo, al igual que otras fuentes, describen c&#243;mo los comandantes de Dar&#237;o abandonaron sus puestos para ir a enfrentarse en feroces combates cuerpo a cuerpo con Alejandro y sus compa&#241;eros.

Las teor&#237;as m&#233;dicas mencionadas en la novela tambi&#233;n est&#225;n basadas en pruebas reales, en particular la utilizaci&#243;n del vino de mucha graduaci&#243;n mezclado con miel y sal. Los f&#237;sicos griegos quiz&#225; no comprend&#237;an del todo la gran complejidad del cuerpo humano, pero eran agudos observadores. Los f&#237;sicos recorr&#237;an el mundo conocido para adquirir conocimientos, como hace Telam&#243;n. Una buena descripci&#243;n de la medicina en la Antig&#252;edad est&#225; disponible en el espl&#233;ndido libro A History of Military Medicines de Richard A. Gabriel y Karen Metz (The Greenwood Press, Nueva York, 1992). Tenemos la tendencia a pensar en la medicina como un largo y constante avance, pero no fue as&#237;. Por ejemplo, algunas autoridades en la materia afirman que un soldado romano en la Britania del a&#241;o 90 d. C. ten&#237;a m&#225;s probabilidades de recuperarse de una herida de lanza que un soldado brit&#225;nico que sirviera en &#193;frica durante el siglo XIX. La pr&#225;ctica de apretar los vendajes al m&#225;ximo en las heridas de guerra se mantuvo en los hospitales hasta despu&#233;s de la Primera Guerra Mundial.

Alejandro es una figura camale&#243;nica, una de las grandes figuras de la historia que menciona Hegel, una estrella fugaz cuya vida y haza&#241;as todav&#237;a nos fascinan miles de a&#241;os despu&#233;s de su muerte. Estaba fuertemente influido por sus padres: su relaci&#243;n filial se puede describir brevemente como de amor y odio. Adoraba a Filipo y a Olimpia, y sus constantes peleas tuvieron un gran impacto psicol&#243;gico en su personalidad.

Alejandro era un griego que quer&#237;a ser persa. Un hombre que cre&#237;a en la democracia y, al mismo tiempo, era tan autocr&#225;tico como cualquier emperador. Pod&#237;a ser generoso hasta la exageraci&#243;n, magn&#225;nimo y compasivo, pero, cuando cambiaba de humor, atacaba de una manera absolutamente salvaje y despiadada. El destino de Tebas y el de los mercenarios despu&#233;s de la batalla del Gr&#225;nico ilustran el lado oscuro de Alejandro. En ocasiones, pod&#237;a comportarse de una manera infantil, como ocurri&#243; en su visita a Troya. Confiado e inocente, interpretaba la vida como una gran aventura y luego cambiaba para ser tan astuto como Filipo o tan vengativo como Olimpia.

Era un fiel amigo y compa&#241;ero. Cuando daba su palabra, la manten&#237;a contra viento y marea. Sent&#237;a una gran pasi&#243;n por la poes&#237;a, sobre todo por la Il&#237;ada de Hornero, y, gracias a su tutor Arist&#243;teles, un profundo inter&#233;s por el mundo natural. Era un neur&#243;tico en lo que a la superstici&#243;n se refiere, pero, como en el Gr&#225;nico, siempre mostr&#243; una valent&#237;a y un arrojo impresionantes. Su genio como militar y l&#237;der quiz&#225;s a&#250;n no ha sido superado por nadie y, sin embargo, era capaz de re&#237;rse de s&#237; mismo y de demostrar incluso humildad.

Su afici&#243;n a la bebida tambi&#233;n ha sido un tema de acaloradas discusiones. Algunas autoridades, como Quinto Curcio Rufo, afirman que era un borracho dado a arranques homicidas. Arist&#243;bulo, su amigo &#237;ntimo, citado por Arriano, sostiene que la participaci&#243;n de Alejandro en aquellas juergas no se deb&#237;a tanto a su afici&#243;n al vino, sino al deseo de compartir todo con sus amigos. En cualquier caso, Alejandro ten&#237;a sus fallos y defectos, como todos, y el vino los sacaba a flote. Quiz&#225;s esto explique la fascinaci&#243;n que Alejandro ejerce sobre nosotros: no s&#243;lo por sus grandes victorias y haza&#241;as, sino tambi&#233;n por su personalidad, que, a veces, resume lo mejor y lo peor de los seres humanos.



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